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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: El misterio de un hombre pequeñito - -Author: Eduardo Zamacois - -Release Date: December 15, 2016 [EBook #53743] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - - - - - EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO - - DEL MISMO AUTOR - - (PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL) - - - NOVELAS - - Pesetas. - - =El otro= (segunda edición) 3,50 - - =La opinión ajena= 3,50 - - =La cita= (_Biblioteca popular_) 1 - - - - - EDUARDO ZAMACOIS - - EL MISTERIO - DE UN HOMBRE - PEQUEÑITO - - NOVELA - - [Illustration: colofón] - - RENACIMIENTO - - MADRID - - San Marcos, 42. - - BUENOS AIRES - - Libertad, 170. - - 1914 - - ES PROPIEDAD - - - Imp. de Ramona Velasco, viuda de Prudencio Pérez.--Campomanes, 4. - - _¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como - ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No - constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro - por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas - personas--aborrecidas ó deseadas--viven lejos de nosotros?_ - - - - -EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO - - - - -I - - -Mediaba la tarde cuando empezó á llover. La misma violencia inicial del -aguacero, engañó á los vecinos; creían todos que el chaparrón, como de -Mayo, amainaría pronto; pero no fué así, y la voz gradualmente más -fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes á -columnas de humo, que velaban la crestería de los montes mayores, -aseguraron la persistencia del mal tiempo. - -Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado -en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos. -Hállase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo, -circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su -humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser -orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un -anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de -castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos, -componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto á cerca -de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos -tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor -asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el -trueno suscitan en las concavidades graníticas de la cordillera ululeos -y resonancias imponentes. - -Y como la región, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y -movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el -caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir -lo ofrecido, generosos é hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y -bravos, cual corresponde á la tradición, tantas veces centenaria, de la -ejemplar Castilla. - -La historia de Puertopomares es dilatadísima. Sus fundadores, gentes -dedicadas al pastoreo y poco belicosas, quizás construyeron las primeras -viviendas junto al río Malamula, que en todo tiempo corre cristalino -como un llanto perpetuo de la sierra, y así parece indicarlo la vejez -secular de aquellas edificaciones que hoy componen el arrabal ó extremo -más miserable del pueblo. Después los aborígenes, hostilizados por -tribus enemigas, debieron de sentir la utilidad defensiva del monte y á -él subieron pidiéndole favor contra la desamparada mansedumbre de la -llanura. Inconscientemente los siervos de la gleba buscaban un amo. -Varios siglos pasaron. Dominando la parte más altiva hiciéronse al fin -los muros aspillerados de un castillo románico, cuyos salones sirven -ogaño de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes -todavía, constituyen la armazón ó esqueleto de todo el villorrio. -Examinando su recia disposición, surgen á montones huellas de -civilizaciones distintas. Los cimientos de la llamada Puerta del Acoso, -y el formidable aparejo de la muralla que domina la parte Norte, son -romanos. Algunos torreoncitos saledizos que interrumpen la sucesión de -los merlones y de las almenas, señalan el paso de la época gótica. Más -adelante la fábrica aborigen trocóse en alcazaba y los árabes dejaron en -el remate de algunas barbacanas la gracia espiritual de su arquitectura. -Posteriormente el feudalismo grabó el sello de su rudeza guerrera y -sensual en la amplitud ecoica de las escaleras y de las cámaras. Todo -allí interesa: cada piedra tiene una historia, cada puñado de argamasa -una gota de sangre; el polvo que ensucia las botas del viajero, es -ceniza de héroes. - -Una piedra gerarca defiende todavía la memoria del caballero leonés don -Fadrique Ballesteros de Guzmán, señor de Cantagallos y de Fuenfría, -quien, bajo el tempestuoso reinado de Alfonso onceno, ganó el castillo -de Puertopomares á la morisma. El escudo que ennoblece la Puerta del -Acoso explica el recio temple de aquel hombre y los misterios de su -linaje. Es tajado el escudo, y acreditan bastardía tanto el resalto de -la línea transversal como la disposición del yelmo que lo cubre y se -halla vuelto hacia la izquierda y con la visera baja, cual si quienes -habían de llevarlo se avergonzasen de su origen. Un roble y un lobo -empinante aseveran la elevación de ideas y el temerario coraje de don -Fadrique, así como una mano dice su liberalidad hidalga, y las líneas -verticales y horizontales que se entrecruzan en el cuartel inferior, su -ascético silencio y la contenida aflicción de su ánimo. - -De Ballesteros de Guzmán nada escribieron los cronistas de la época; -quizás sucumbió oscuramente en la batalla del Salado, y otro señor, de -nombre desconocido, le arrebató su feudo. La guerra contra la Media Luna -proseguía implacable. Por tres veces, en menos de una centuria, los -moros fronterizos recobraron el castillo, que por lo estratégico era muy -codiciado, y otras tantas lo perdieron. Dos hermanos, don Jaime y don -Siro, emparentados por la rama cognática con uno de los principales -linajes de Aragón, aparecen allí más tarde, y sus crueldades, -violaciones y rapiñas, siembran el espanto en la región. Menos -sanguinarios son sus halcones. Huyen furiosos y cobardes los pecheros á -otras tierras, y los señores bajan al pueblo libremente y cuentan por -cientos sus barraganas. Una ola insultante de bastardía parece descender -de la montaña. - -Siglos después, la miseria que ocasionaron la expulsión de los judíos y -la conquista de América, las invasiones extranjeras, las contiendas -civiles, los años de paz con su abandono más funesto para las -edificaciones marciales que la misma guerra, fueron arrancando piedras, -resquebrajando bóvedas y arruinando poco á poco los muros hasta dar con -varios de ellos en el suelo. Entonces fué cuando la gente pobre, los -menesterosos del llano, se acercaron al titán, y perdiéndole el miedo -comenzaron á quitarle lo que necesitaban para sus viviendas. Este -llevábase unos sillares, aquél unos horcones ó unos azulejos, ó -levantaba su casa afirmándola contra las adarajas de algún murallón; -esotro pastor acotaba el extremo de una galería y en ella encerraba de -noche su ganado. En invierno, muchos hampones se detenían allí y, sin -reverencia, para calentarse, encendían hogueras. Había en esta -expoliación pacífica una especie de aborrecimiento subconsciente, de -odio atávico; el odio que dedican al recuerdo del amo, incendiario y -violador, los hijos del siervo. - -Por esta causa la vieja alcazaba subsiste mezclada á la vida de -Puertopomares de manera tal, que imposible sería demoler una casa sin -tropezar en ella con algún macho ó lienzo de pared, perteneciente al -coloso. Hay zaguanes, verbigracia, de techumbre abovedada surcada por -las nervaduras sencillas y escuetas de la primitiva arquitectura ojival; -y cocinas, tiendas de comestibles y almacenes, cuyos artesonados -exagonales conservan intactos los follajes y adornos del Renacimiento. -Un salmer sirve de base á una escalera moderna. Una línea de dovelas, da -á una bodega acceso suntuario. Subsisten arcos románicos enormes, -tendidos á traves de cuatro y cinco casas. A veces, empotradas en una -vulgar pared de ladrillo, grisean un trozo de arquitrave y algo del -capitel de una columna hundida allí hace siglos. Insensiblemente la -fábrica primitiva experimentó mutaciones incontables: la iglesia que -comenzaron á levantar adosada á una muralla, se apoderó de un bastión -mudéjar y con ciertos aditamentos lo cambió en torre; un primer reducto -fué convertido más tarde en cárcel; un arbotante en el arrimo principal -del edificio destinado á Casino, la crujía en callejón, la saetera en -ventana, el foso en atajo, el temido ergástulo en bodega, y en -desabrigada plazoleta pública la severidad del antiguo patio de armas. -Los enormes sillares que el tiempo y los asaltos precipitaron desde los -baluartes soberbios á las márgenes humildes del río, fueron aprovechados -luego en la construcción de puentes, fábricas y represas. El cadáver del -titán conserva todavía piedra suficiente para construir un segundo -pueblo, y el de Puertopomares continúa robándole cuanta necesita. -También le debe su fuerza centrípeta, la virtud coercitiva que parece -sujetar inexorablemente sus casas unas á otras; á veces, registrando la -secreta estructura de varias viviendas, la observación descubre, bajo -una máscara reciente de cal y ladrillo, un trozo de bastión ó acitara -que, semejante á un nervio, las sujeta á todas. - -Las mudanzas de las civilizaciones y del tiempo, dieron al cerro de -Puertopomares dos fisonomías perfectamente distintas. La parte Sur, que -enfrenta la estación del ferrocarril, es más apacible; hay menos -peñascales y los bosques de castaños y de fresnos muéstranse lozanos y -tupidos; la hierba tiende su magia saludable por las laderas de los -montes, y entre el silencio de la espesura virgiliana blanquean -risueñas viviendas. Arriba, en las tardes de buen sol, el fenestraje -arde con refulgencias cegadoras, las persianas verdean como pámpanos y -los tejados son más rojos. Abajo, en el llano, los rieles del tren, -abrillantados por el uso, ondulan con flexible gracia de serpiente ó de -látigo; en las vías de descarga, vagones oscuros y herméticos, irradian -la melancolía de su quietud. La estación es pequeña, tranquila y tiene -un andén de arena, sombreado por algunos chopos, y una techumbre -salediza. Desde allí al pueblo, á través de la umbría del bosque, -cigzaguea un camino. Al pie del monte un túnel abre la tiniebla de su -medio círculo, y luego, doblándose como un alfanje, pasa al otro lado; -toda la pesadumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre él. -Los trenes que van á Salamanca cruzan el túnel, salvan el río por un -puente muy alto de hierro y madera, y describiendo una curva se hunden -en la sierra. Al desaparecer, súbitamente su estrépito se apaga. - -Este lado Norte de Puertopomares, acaso por la mayor cólera de los -vientos, es fosco, batallador, de una acritud estéril, hirsuta y -primitiva. La tierra allí hízose roca. Abundan los yacimientos -graníticos cortados á tajo y todo tiene el color oscuro de la piedra. -Como la vertiente es rapidísima, el desmoronamiento y caída de los -nobles muros belicosos debió de ser terrible. Muchos sillares, -arrancados de los propugnáculos derruídos por el tiempo y las gestas, -rodaron con tal ímpetu que pasaron el río y en la opuesta orilla se -afincaron; algunos quedaron en medio del cauce y contra ellos el agua -murmurante se rompe desde hace siglos; otros, detenidos milagrosamente -en una quiebra de la ladera, permanecen inclinados sobre el abismo y -todavía amenazan. Aquí y allá, en grupos, cual guerrilleros lanzados á -la conquista de la gloriosa fortaleza, crecen frondosos árboles, y en -el amplísimo telón verde de la pendiente numerosas casas, construídas -tal vez en los mismos cimientos de alguna barbacana rota, ó sobre la -sólida anchura de un adarve, levantan su alegría de hogar. - -Arriba, en el fastigio ó acirate, y de Levante á Poniente, el lugarejo -muestra la rusticidad abigarrada y guerrera de sus techumbres; entre -todas componen un perfil jiboso, un lomo de camello. La calle Larga, -donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa -Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de -Este á Oeste y constituye su espinazo; va desde la Puerta del Acoso á la -Glorieta del Parque, cerca de mil metros mide y ocupa la parte -culminante. Otras tres calles, las de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro, -por la vertiente septentrional, y la del Sacramento, por el mediodía, le -son paralelas, pero hállanse en niveles tan desiguales, que varias casas -de planta baja de la calle Larga, en la de Amor de Dios tienen tres y -aun cuatro pisos. Análoga desproporción existe entre la de Amor de Dios -y Pozo de Don Ramiro, construída á trechos sobre los bloques antemurales -más avanzados del castillo, por cuanto estas vías se encuentran, unas -con respecto á otras, como los bancales en las laderas de los oteros y -colinas. Las demás callejas son pequeñas y fueron abiertas de Sur á -Norte, perpendicularmente á las ya citadas. La parte menos alta la -integran las casucas edificadas fuera de la Puerta del Acoso, las cuales -arraciman, barajan y confunden sus paredes y tejados cual si algún -furioso terremoto las hubiese dislocado y revuelto. Son las más -humildes, las más viejas, y señalan el camino por donde la gente de la -tierra baja trepó á la montaña. Surgen después á intervalos algunos -largos retales de la antigua muralla, todos tiznados por el tiempo y -cubiertos de muérdago y de hiedra; y á continuación, interpolado -pintorescamente á las reliquias del muerto castillo, el pueblo: un -caserío original de contextura arbitraria, de balconajes volados y -grandes como galerías, de espadañas tristes y sutiles, de hostigos -cubiertos de tejas, de fachadas arlequinescas ensuciadas por la ventisca -y las nieves, que le dan un aspecto triste, una tonalidad severa y -medioeval nunca comparable, ni aun en los limpios días del verano, á la -pinturería reverberante de las ciudades andaluzas. - -Aquella tarde de Mayo llovió como en los días peores del invierno. En la -lejanía plomiza, las montañas y las nubes se emborronaban; un relámpago -que fingió piruetear de un cerro á otro, bañó el espacio en vivísimo -resplandor, y casi simultáneamente la voz abracadabra del trueno -tableteó horrísona en los arcanos serrinos; los ecos se devolvían aquel -atabaleo trágico que resonaba de valle en valle, de gollizo en cañada, -como el gorgoteo de un intestino lapidario. Enojóse el Malamula con el -aguacero, y su musiteo tornóse rumor de amenaza. El viento dormía y en -las calles desiertas, lavadas, escurridizas y pendientes, sólo vibraba -el acorde monorrítmico del chaparrón semejante á un siseo continuado, á -una orden de silencio. El agua salióse de los alcorques, y desbordándose -de las canales caía ruidosamente sobre las aceras; grandes manchas de -humedad oscurecían las fachadas; por las viejas troneras, por las -grietas de los arruinados paredones, la lluvia torrencial filtrábase -bordando brillantes arabescos. Desde los anchos balcones, de renegrida -horconadura, y á través de los cristales, mujeres de mejillas flacas -color cera y de ojos intensos y negrísimos, mujeres de labios finos y -cabellos lustrosos peinados simétricamente sobre la frente, mujeres -resignadas de Castilla, hacían labores que, á intervalos, interrumpían -para signarse y mirar al espacio. Ni un transeunte, ni un pregón, ni un -ruido; únicamente el susurro de hervor del tenaz y caudal aguacero -respondiendo al sollozo profundo del río. Hasta el martillo de don -Ignacio, el veterinario, reposaba. Feas, aturdidas, caladas, tristes, -muchas gallinas se habían buscado un refugio en el quicio de las -puertas, contra los batientes cerrados. Por las calles mejores y más aun -por los pasadizos dispuestos, para mayor comodidad de los viandantes, en -forma de escalera, el agua descendía impetuosa, espumeante, cobrando -rumores de torrente al despedazarse contra los guardacantones de las -esquinas. A poco levantóse el viento y su furia arrancó á las -encrucijadas temerosas estridencias; la lluvia convirtióse en granizo y -una nueva melancolía aceleró la rapidez gris del crepúsculo; bajo tan -densa brumazón el caserío de Puertopomares, con la plateresca disonancia -de sus espaciosos aleros, de sus balcones largos y saledizos, capaces de -ensombrecer una fachada, y de sus calles tortuosas y sin gente, tenía la -muda desolación de una aldea abandonada. - -Sólo una voz implorante y sin timbre rompía de cuándo en cuándo la -quietud de la calle Amor de Dios. Era la del tonto Juan Ramos, llamado -_Ramitas_, que lloraba porque la dueña del Café de la Amistad no le -había permitido entrar en su establecimiento. Ramitas, hemiplégico del -lado izquierdo, arrastraba una pierna al andar y tenía un brazo encogido -y con el codo vuelto hacia afuera. Iba sin sombrero. Su rostro joven, -mojado por la lluvia y las lágrimas, chorreaba mugre. Desde los zaguanes -algunos chiquillos gritábanle burlones y crueles: - ---¡Tonto Ramitas!... ¡Eh!... ¿Te han pegado?... - -El idiota volvía la cabeza. Acaso comprendía su abandono, su desgracia -que á nadie inspiraba piedad, y prorrumpía en llanto amarguísimo. Mojado -hasta los huesos, intentaba refugiarse en cuantos almacenes de -comestibles y tabernas hallaba al paso, pero de todas partes le -despedían. - ---¡Tú, Ramitas!... ¡Fuera de aquí!... - -Le tenían asco. El seguía adelante. Lloraba y andaba. Su treno ronco, -doliente, iba alejándose, arrastrándose á lo largo de las calles, como -el lamento de un animal herido. - -A las cinco de la tarde, diez minutos antes de la llegada del expreso de -Madrid, los vecinos de la Glorieta del Parque oyeron pasar, hacia la -Estación, el coche de la Fonda del Toro Blanco. Fragor de cristales y de -colleras. Luego, nada. El silencio otra vez; el denso silencio -aldeaniego empapado en la doble tristeza de la lluvia y de la noche. - - - - -II - - -A la misma hora, Teodoro, el camarero del Casino, encendió las luces y -frotó cuidadosamente, con la blancura de su delantal, el mármol de los -veladores. Era un joven de razonable estatura, rubio, servicial y -agradable, que mantenía relaciones con Dominga, la sobrina de don -Valentín Olmedilla, propietario de la Fonda del Toro Blanco. El día de -la boda estaba cercano, y esta proximidad, origen de impaciencias y -acaso de zozobras, daba al rostro humilde y bueno de Teodoro una -ansiedad y una melancolía. - -Las mesas de tresillo y las de billar, hallábanse ocupadas, y las voces -de los jugadores y el ruido de los tacos, al golpear la madera del -suelo, producían regocijo. - -El Casino, por su amplitud, ornato y afortunada disposición, merecía -serlo de una capital provinciana. Ocupaba en el accidentado perímetro de -la población un sitio muy alto, y un lienzo de muralla prestábale -cimiento. Constaba de dos cámaras espaciosas y de mucho puntal; las -ventanas de una de ellas abocaban á una plazuela lamentable, de -fachadas torcidas, de piso herboso y desigual, como dislocado por algún -terremoto, y entristecida bajo la umbría de unos soportales. El otro -salón se destinaba exclusivamente á bailes, y lo rodeaban largas -banquetas de pañete azul. Espejos de dorado marco, envueltos en gasas -para mayor pulcritud y conservación, adornaban los muros pintados al -temple. Contiguo á este salón había una galería abierta al Sur, sobre un -panorama magnífico. Su fenestraje, que visto desde el valle, parecía -arder con el sol, dominaba la estación del ferrocarril oprimida bajo su -techumbre de pizarra fregada por los aguaceros, la serenidad esmeralda -de algunos huertos, la reciedumbre y frondosidad saludable de los -viciosos castañares que sombreaban toda aquella parte, y la altivez de -los lejanos montes, ceñidos de nubes, semejantes á volcanes humosos. -Entre aquel inmenso verdor gambeteaba, apareciendo y ocultándose -alternativamente con una inquietud de parpadeo, el camino que conducía á -la ermita de San Fernando, semejante á una piedra, por lo pequeña, y -desde cuyo atrio todos los años, y con notable concurrencia y zambra de -romeros, un sacerdote, en el mes más propicio á la vida, bendecía los -campos. Las otras habitaciones ó dependencias del Casino eran la alcoba -de Teodoro, la cocina que se encendía rara vez, pues casi ningún socio -almorzaba ni comía allí, la sala de juego y la habitación destinada á -biblioteca; un cuarto desabrigado y minúsculo, ocupado por un largo -pupitre y varios estantes con libros. No llegarían éstos á trescientos. -En lugar bien visible y preferente, había dos retratos al óleo: el del -señor don Filiberto Pérez y el del alcalde señor Martínez Rodríguez. -Ambos fueron puertopomarenses ilustres, y la amplitud de sus cuellos y -la estrechez de sus levitas con trencilla señalaban una época distante. -Don Filiberto tenía los cabellos cortados al rape, la frente oscura y -el bigote rubio y caído; el señor Martínez Rodríguez estaba afeitado y -en su rostro plebeyo y trivial fulgían unos ojos chiquitos, negros y -redondos, como gotas de tinta. Nadie recordaba la historia abnegada, -llena, sin duda, de iniciativas, filantropía, sacrificios y nobles -desvelos, de aquellos dos varones preclaros. Su obra se había perdido. -Toda la buena sociedad puertopomarense les conocía de verles allí, en la -biblioteca del Casino, y nada más. A sus nombres vulgares no iba unido -el recuerdo de ninguna hazaña capaz de imponerse á la ingratitud del -tiempo. Don Filiberto Pérez había sido notario y murió soltero; Martínez -Rodríguez fué alcalde, restauró á sus espensas la torre de la iglesia y -tuvo varios telares. A esto reducíase la vida de ambos próceres. Sin -embargo, cuando algún forastero visitaba el Casino, las personas que le -acompañasen nunca dejaban de mostrarle la biblioteca. Aquellos -trescientos volúmenes polvorientos, que nadie leía, eran el orgullo del -vecindario, su más limpio timbre de progreso. - ---Hasta ahora--decían--no hemos conseguido hacer más. Esto debemos -reformarlo. Nuestro pueblo necesita cultura... ¡mucha cultura!... En -fin, más adelante... poco á poco... ¡ya veremos! Luchamos contra dos -enemigos terribles: la ignorancia y la falta de dinero. ¿Quiere usted -creer que se pasan los años sin que á ninguno de los doscientos y pico -de socios que nos reunimos aquí, se le ocurra pedir un libro? - -Tampoco dejaban de tributar á los retratos un elogio breve y ferviente: - ---El señor Martínez Rodríguez; el señor don Filiberto Pérez; dos -conterráneos insignes... - -En estas palabras vibraba siempre cierto énfasis; un orgullo de -campanario, una vanidad lugareña que utilizaba aquel momento para -ponerse de puntillas. El forastero se inclinaba cortés ante aquellas -figuras que lo recogido del sitio y la tizne de los años mejoraban, y su -rostro expresaba devoción y melancolía, cual si realmente lamentase no -haber conocido á dos personas de tanto mérito. - -A pesar de sus comodidades y holgura, el Casino arrastraba una -existencia pobre. Años atrás, se celebraban allí todos los domingos -bailes, á los que concurría lo más granadito de la población. De estas -reuniones resultaron algunas bodas, como la de don Elías Fernández -Parreño, que acababa de licenciarse médico en Salamanca, con -Presentacioncita Tejas, la heredera más rica de la localidad. Luego, sin -causa ostensible, el celo de tales divertimientos fué apagándose; el -pianillo de manubrio, al que en las noches de holgorio desembarazaban de -su funda gris, sonaba inútilmente; huyendo de las mujeres los hombres se -refugiaban en la sala de juego ó asaltaban las mesas de tresillo, y las -muchachas no tenían con quien bailar. Las más alegres valsaban unas con -otras, como para afear á los galanes su huraña descortesía. Poco á poco -los bailes, semejantes á una fruta que fuera secándose, redujéronse á -dos mensuales; más tarde, á uno; finalmente se suprimieron, y las -mujeres, haciendo de su orgullo resignación, no demostraron sentirlo. -Teodoro achacaba esta decadencia á los hombres. La juventud masculina -veía en el baile un riesgo, una peligrosa ocasión de galantería y -coqueteo que acaso pudiera trocarse después en grave amor; no son buenos -juegos los que terminan ciñéndose coronas de responsabilidades y -obligaciones, ni cómodos los labios femeninos que, para besar, exigen la -previa sanción del cura y del juez, y así, el miedo al matrimonio echó -del Casino al genio celestinesco del baile. - -En Puertopomares, el número de solteros era enorme; había muchos -individuos ricos, independientes y de juveniles costumbres, que -llegaron á los cuarenta años sin noviar con nadie. Estos refinados -egoístas satisfacían sus apetitos en las infelices habitantes de una -mancebía miserable, situada fuera del pueblo, sobre el tajo del río, en -un repliegue del terreno denominado Barranco del Zorro, y no pedían más; -los que necesitaban dar á sus licenciosos gustos mayores libertad y -lujo, se iban á Salamanca. «Amor sin amor--pensaban--amor pagado -inmediatamente, fué siempre el más barato y el más cómodo». Las mozas -casables estaban desesperadas; padres y maestros las recomendaron el -recogimiento, el pudor, la mesura más escrupulosa en sus acciones y -palabras. ¡Oh!... ¿Para qué?... ¿Quién agradecería su sacrificio -vestal?... Millares de entre ellas llegaron á la vejez solteras, -afeadas, marchitadas, por las brasas del deseo insatisfecho y -perdurable. Y había en la lenta consunción de aquellos azahares -inútiles, en la sempiterna agonía interior de tantas vírgenes estériles, -el dolor infinito, el espanto de tragedia, de una abominable injusticia -social. - -Generalmente al Casino los socios sólo concurrían de nueve á doce de la -noche; pero aquella tarde, muchos de ellos, sorprendidos en el campo ó -en la calle por la tempestad, acudieron á guarecerse allí. - -En la galería, sentadas alrededor de una mesa, varias personas miraban -hacia el paisaje sobre el cual la lluvia y la agonía crepuscular -desgranaban fugaces temblores amarillos y violetas. Era la contemplación -profunda, el éxtasis religioso, de los labriegos para quienes encierra -algo místico el fenómeno fecundante de la lluvia. Los relámpagos -pintaban en el espacio fuliginoso grietas terribles, ágiles como -víboras. El aire olía á tierra húmeda. Del valle subía el rumor, hondo, -interminable--lamento de mar--del viento, entre los árboles. Muy lejos, -la corriente del Malamula gruñía rencorosa. - -Formaban la tertulia don Juan Manuel Rubio, al que sus muchas haciendas -y relaciones habían consagrado diputado á través de todas las -legislaturas; don Elías, el médico; don Ignacio Martínez, el -veterinario; el juez municipal, don Niceto Olmedilla, hermano de don -Valentín, el amo de la fonda; don Isidro Peinado, alcalde y dueño de una -ferretería de la calle Larga, y otros dos individuos. Don Juan Manuel y -don Ignacio, bebían coñac; los demás, cerveza. Durante mucho rato todos -hablaron del tiempo, y cada cual, cachazudamente, aportó á la -conversación un dato interesante. - ---Dicen--exclamó don Elías--que en Nava de Pomares llueve desde anoche -torrencialmente. Los viejos no recuerdan aguacero igual. - ---¿Cómo lo sabe usted?--preguntó don Niceto. - ---Porque esta mañana fué Luisito Cruz á decirme que su madre había -amanecido peor, y él vive en la Nava... - ---Tiene usted razón; hoy le vi en la fonda, hablando con mi hermano. - -Callaron. Unos momentos todos miraron hacia el campo; diríase que la -afirmación, «en Nava de Pomares está lloviendo mucho», era tan grande, -tan trascendente, que congestionaba los cerebros. Al cabo, la voz -ruda--voz de mando--de don Ignacio Martínez, deshizo el encanto. - ---En Candelario, esta madrugada diluviaba; me consta por un mozo de -allí, que me ha traído á herrar dos caballerías. - ---Pues si diluvia en Candelario--observó don Isidro--habrá llovido -también en Cantagallos y en La Olla y en Palomares... pues siempre fué -así, y conocida la disposición de la sierra no puede ser de otro modo. - ---Yo creo que esta vez hubo agua de sobra--replicó el médico--; lo malo -es que nunca llueve á gusto de todos. El chubasco, por ejemplo, que -favorece al centeno, acaso perjudica al trigo; lo que en este bancal es -beneficio, es muerte en aquel predio. - -Agotada la conversación, reducido el tema de los cambios admosféricos á -reseco y desjugado bagazo, apuntadas y discutidas todas las -posibilidades con esa machaconería minuciosa de que sólo la gente -rústica es capaz, el diálogo orientóse hacia otros rumbos. Alguien habló -del vidriero Jesús Ochoa, fallecido aquella tarde. De la sórdida -avaricia y misérrimo fin de aquel hombre referíanse escenas -inverosímiles. Ochoa moría septuagenario; nunca quiso casarse y no tenía -herederos; los días de su mezquina vida los pasó en una tienducha -lóbrega, especie de fétido chiscón situado detrás de la iglesia y en un -plano inferior al nivel de la calle. Hasta sus últimos instantes el -anciano vidriero demostró un valor y una clarividencia que, á no -emplearse en la más torpe codicia, hubiesen sido admirables. - -En Puertopomares, al igual que en otros pueblos salmantinos, los -parientes del difunto alquilan, para lujo y vistosidad del entierro, un -determinado número de cirios, que deben lucir durante todo el transcurso -de la ceremonia. Estos cirios se pesan antes de ser encendidos; luego, á -la salida del camposanto, vuelven á pesarse, y la diferencia entre ambas -pesadas, que señala la cantidad de cera consumida, es lo que se paga. -Ochoa, que carecía de familia y que, á tenerla, probablemente no se -hubiese fiado de ella, discutió por sí mismo el precio de la cera que -había de arder en sus funerales. Hasta el postrer momento sintió la -audacia y el sibaritismo de regatear, de defender su dinero, único goce -de su vida. - ---En la botica de don Artemio lo referían esta mañana unos amigachos del -difunto--dijo don Isidro--; creo que Teobaldo, el amo de la Funeraria, -estaba asombrado de tanta fortaleza de ánimo. ¡Es increíble ese valor -en un viejo de más de setenta años!... - -Los entierros eran de dos categorías. En los mejores, denominados «con -salida», el clero acompañaba al cadáver desde la iglesia hasta la -Glorieta del Parque; en los de segunda clase, ó «sin salida», los curas -rezaban el último responso bajo el pórtico del templo; que tan lejos -alcanza la virtud del oro que hasta la oración, lo inefable, se rindió -mercenariamente á su poder. Don Niceto preguntó si el entierro de Ochoa -sería de segunda clase. - ---¡Naturalmente!--interrumpió el médico--; pues, ¿cómo pensaba usted que -fuese?... Y, gracias á que llegó á una avenencia con Teobaldo; pues de -no ponerle éste la cera al precio que él exigía, capaz es de seguir -viviendo. Conozco á los avaros; hasta para morirse buscan el momento más -económico. - -El acre humorismo de Fernández Parreño fué saludado con una carcajada -general. Este pequeño éxito empurpuró las mejillas de don Elías y -obligóle á bajar los párpados. Era un hombre corpulento, de miembros -bien trabados, de aspecto ecuánime y simpático, á quien, como á todo -miope, la necesidad de acercarse mucho á los objetos para distinguirlos, -había encorvado cortesmente hacia adelante. Tenía los ojos zarcos y el -bigote blanco y pulcro. El temblor de unos lentes de oro daban á las -expresiones de su rostro cierta noble quietud. Hablaba despacio y nunca -sin anteponer á sus palabras la importancia de un breve silencio. Sus -cincuenta años y la decorativa hinchazón de sus diagnósticos habíanle -granjeado mucho crédito. En todos aquellos lugarejos comarcanos tenía -clientes, y hasta de Salamanca, según testigos, le llamaron una vez. -Este fué el mayor orgullo de su vida. - -Don Juan Manuel le burlaba frecuentemente, asegurando que la ciencia de -Fernández Parreño reducíase á repetir, como papagayo, los anuncios que -con gran acopio de nombres técnicos publican los vendedores de -específicos en la cuarta plana de los periódicos. Algo de esto había, -efectivamente: don Elías, poco accesible á las fiebres de la curiosidad -científica, apenas terminó su carrera cerró los libros, pero con tal fe -y sincera decisión, que no volvió á tocarlos. Era pobre y ni su misma -penuria decidíale al trabajo. Su tarda voluntad encomendábase á la -rutina. «Más sabe un practicón que cien doctores»--pensaba--. Por el -momento bastábale con ser buen mozo. Afortunadamente, Presentación, la -unigénita del opulento cacique don Ladislao Tejas, enamoróse de él, y -los dos millones de reales que aportó al matrimonio añadieron á su -gallarda figura y á su título de médico los debidos prestigios. Otro, en -su lugar hubiérase echado á la vida bartola. Don Elías, más -quisquilloso, más caballero, quiso trabajar para no avergonzarse de su -riqueza, y la misma holgura de su posición le captó en seguida clientela -abundante y selecta. Siete, ocho y hasta diez mil pesetas, afanaba -anualmente, que unidas á su amable trato y á la pacificadora labor del -tiempo, ayudaron á desvanecer, ó cuando menos á suavizar, el recuerdo de -que Fernández Parreño, según cierta frase cruel, muchas veces repetida, -á imitación de las cortesanas había ganado su fortuna de noche... - -Comentada suficientemente la muerte de Jesús Ochoa, se habló de mujeres, -tópico alegre en que las opiniones, aun de los hombres más desemejantes -y rivales, aconsonantan en seguida; y apenas comenzó el diálogo, tomó, -con gran gusto, sus riendas don Juan Manuel Rubio. Don Niceto había -dicho que el domingo anterior, al salir de la iglesia, sorprendió á -Romualdo Pérez, gerente del tejar _La Honradez_, hablando con doña -Quintina. Hallábanse cerca de un confesionario y vueltos de espaldas al -público, como si no quisieran ser vistos. - ---Yo, por lo mismo, me fuí á ellos derechito--continuó don Niceto--, -saludé á Quintina y á Romualdo le pregunté por Micaela, la hija mayor de -doña Virtudes. - ---¿Y qué respondió? - ---Psch... nada... hizo lo posible por mostrarse afable y quedar bien; -pero la cara se le puso como una cereza. - -Don Juan Manuel interrumpió á Olmedilla. - ---Amigo mío, preguntar al hombre que hallamos acompañado de una mujer -por otra mujer, aunque ésta sea la suya legítima, es una indiscreción; -porque usted no sabe si él, con la señora que tiene delante, presume de -soltero. Además, acordarnos de una mujer teniendo á nuestro lado otra, -implica siempre hacia la segunda cierta descortesía. - ---¡Muy finamente sentido y muy bien expresado!--exclamó Martínez, -sirviéndose un coñac--; esa carambola se la apunta don Juan. - -El juez municipal se desconcertó. - ---Hombre... yo creí... - ---¡Nada, nada--repitió el albeitar--; esa carambola se la apunta don -Juan Manuel!... - -El diputado, que padecía ciertas inclinaciones oratorias, prosiguió: - ---Otro tanto podría razonarse de la feísima costumbre, bien -generalizada, ciertamente, de decir á la persona á quien saludamos: -«Ayer le vi á usted en tal sitio»; ó... «anoche le vieron á usted por -cual parte»... La indiscreción de estas palabras es evidente. ¿Qué nos -proponemos con ellas? ¿Molestar á nuestro interlocutor significándole -que conocemos ó vamos en camino de conocer sus secretos...? Habremos -incurrido en una grosería y vulnerado el santo derecho que todo -ciudadano tiene de ir adonde le parezca. ¿Lo hicimos sin malicia y sólo -por el gusto de hablar?... Pues seremos responsables de un notorio -delito de tontería. Voy, á propósito de esto, á referir á ustedes una -anécdota... - -Disertaba don Juan Manuel Rubio con aquella lentitud y autoridad que le -conferían su urbana distinción de hombre que vivía en Madrid la mayor -parte del año, y la indulgencia chancera de sus costumbres. Frisaba en -los cincuenta años, aun cuando él, siempre que á su presencia se -suscitaba tan impertinente cuestión, declarase muchos menos. Nunca quiso -casarse. Era de mediana estatura y grueso; y de su lucia cogullada -abacial, de la curva feliz de su vientre, del invariable optimismo de -sus palabras y de sus ojos, que le bailaban de relucientes y traviesos, -desprendíase una regocijadora emoción de salud. Su mucha hacienda, -puesta al servicio de su evangélico y munífico corazón, había remediado -bastantes dolores. Estas virtudes hacíanle simpático y servían de alivio -á sus defectos, que eran de los comprendidos entre los siete pecados -mayores. A don Juan Manuel la opinión pública toleraba lo que no hubiera -consentido á ningún otro vecino de Puertopomares: una querida. El -diputado no vivía con ella, pero iba á visitarla diariamente y sin -guardarse de nadie, y esta pequeña irregularidad de costumbres, que -rompía el ambiente pacato del lugar, antes le mejoraba que le perdía en -el concepto de las mujeres. - -Las ideas que el diputado acababa de exponer, contestando á don Niceto, -merecieron la alborozada adhesión y caluroso entusiasmo de don Ignacio -Martínez. El veterinario no olvidaba que la única vez que engañó á su -Fabiana, ésta lo supo justamente por una de aquellas indiscreciones que -con tanto donaire glosaba don Juan. El hecho ocurrió á los cinco meses y -un día cabales de su matrimonio, y ni un detalle había palidecido en el -espejo, cruelmente fiel, de su memoria. - -Don Ignacio y su mujer salían del Café de la Amistad, situado en la -calle Amor de Dios, cuando un individuo que se acercó á saludarles, le -dijo: «Anoche, ya tarde, le vieron á usted en Candelario». Y como -Martínez, para disimular su emoción, tratara de mostrarse sorprendido, -el indiscreto agregó bromeando: «Sí, señor; á eso de las once; no lo -niegue usted...» Con lo que doña Fabiana, que andaba picada por el -tábano de los celos, no necesitó más. Esta escena sirvió de prólogo á -vanos días terribles. Diez años transcurrieron desde entonces y, sin -embargo, don Ignacio, que seguía enamoradísimo de su mujer, todavía -apretaba los puños. - ---Afortunadamente--prosiguió--tuve la suerte de tropezarme con el -correveidile que así, en mis propias narices, le fué á Fabiana con el -soplo. Necio ó malintencionado, se llevó buen castigo. Ya le conocéis: -Pedro Sáez, cuñado de José, el de la zapatería. A puñetazos le puse la -cara como un tambor; quince días estuvo sin salir á la calle. - -En los pueblos donde la vida colectiva carece de misterios, le es muy -difícil á nadie contar nada nuevo; lo que el narrador empieza á referir -para distraer el fastidio de la tertulia, podría decirlo también -cualquiera de sus oyentes, y así el diálogo se reduce á una rumiación ó -comentario de hechos notorios, caídos en el dominio público y -recalentados mil veces. Apenas alguien habla, los circunstantes, -enterados de cuanto van á oir, afirman. Lo propio sucedía con la -historia que don Ignacio trajo á colación. Hasta el tonto Ramitas, el -tipo más infeliz de Puertopomares, hubiera sabido repetirla de memoria. -Por esta razón tal vez, para que las gallardías del albeitar no cayesen -en la descortesía y frialdad del silencio, Fernández Parreño creyóse -obligado á esbozar una observación. - ---Creo, amigo Martínez, que á Pedro Sáez le tiró usted al suelo. - ---Sí, señor. - ---Y cuando el pobre hombre estaba así, tripa arriba y sin poder -valerse... - -El veterinario sintió el placer vengativo de concluir la frase, y se la -arrebató á don Elías de los labios. - ---Precisamente, sí, señor; cuando cayó á mis pies le puse los tacones de -mis botas en la cara hasta cansarme, que fué mucho después de perder él -los sentidos. El adagio lo dice: á borrica arrodillada doblarla la -carga. - -Don Juan Manuel, que acababa de encender un buen cigarro puro, miró á -Martínez con repulsión. - ---¡Hombre!... Lo que acaba usted de contarnos es una barbaridad. - -Don Ignacio, muy rojo y adelantando el cuerpo, como para reñir, repuso: - ---Eso es llamarme bárbaro, pero no me ofendo. Soy así... ¡y que nadie -toque á los míos, ni les dé el menor disgusto, porque me lo como! - -Miró á don Niceto y á don Isidro, y añadió: - ---Ya ven ustedes que no me guardo de nadie; estoy hablando precisamente -delante del juez y del señor alcalde; por más que ya sabemos: can que -madre tiene en villa, nunca buena ladrida... - -Olmedilla, que se llevaba su bock á los labios, aparentó no haber oído. -Don Isidro sonrió. Las últimas palabras, un poco desafiadoras y -petulantes, del albeitar, no fueron comentadas. El diputado y los otros -contertulios miraban al paisaje; don Elías había sacado de su cartera -una tijerita de bolsillo. En realidad á don Ignacio, peleador, sanguíneo -y cerrado de entendimiento, todos le temían. Era ancho de mandíbulas y -de espaldas, y muy cejudo: tenía los ojos vivos, la nariz corta, el -canoso bigote bien poblado, los cabellos rucios y cortados á máquina, y -sembrada de blancas cicatrices la cabeza terca y redonda. Además de su -afición á los refranes, especialmente á los que citaban nombres de -animales--«refranes de veterinario» los llamaba él--sus amigos le -conocían un gesto, un «tic» inconsciente, que revelaba la disposición -exacta de sus nervios. En los momentos de inquietud, de impaciencia ó de -cólera, Martínez se mordía las uñas; pero la uña elegida variaba según -el grado de sobresalto de su espíritu. Esta concomitancia -psiquico-física nunca fallaba. Si su agitación era muy violenta, la uña -mordida correspondía á cualquiera de ambos pulgares; si muy grave, á los -índices; y sucesivamente, conforme se apagaba, iba recorriendo los dedos -mayor y anular hasta detenerse en los meñiques. La vinculación entre -estos ademanes y los diversos matices del sentimiento que los producía, -era lógica: la ira mordisqueaba preferentemente los pulgares por ser -estos los dedos que más pronto se acercan á la boca; para morder los -otros precisaba colocar la mano de cierto modo, lo que implica una -pausa, un movimiento semivoluntario, una reflexión que, sea cual fuese -su brevedad, había de contradecir, de enfriar, la furia del impulso. -Roerse la uña de un meñique constituía para don Ignacio un pasatiempo, -casi una coquetería. Sus uñas, de consiguiente, formaban una especie de -columna barométrica, dividida en cinco grados, de los cuales el primero, -el del dedo pulgar, correspondía á la temperatura moral más alta y -temible, mientras los dedos pequeños estaban muy cerca de la ecuanimidad -y de la sonrisa; los pulgares significaban la tempestad, la espada; los -meñiques, el ramo de oliva. Martínez era alborotado, fuerte, bajo y -macizo. A propósito del espesor ó densidad de su figura, y de las -hostilidades de su carácter, don Juan Manuel Rubio tuvo cierta noche una -frase feliz. - ---Ese hombre--había dicho--grueso, inquieto y chiquito, me da la -sensación de un dedo pulgar. - -Don Niceto se puso en pie y comenzó á frotarse las piernas hacia abajo, -para estirarse bien el pantalón. Luego acercóse al mirador y unos -instantes su cabeza lívida y flaca, de enfermo del pecho, emergiendo de -un cuello de camisa mugriento, roído y excesivamente ancho, perfilóse -sobre las últimas penumbras taciturnas de la tarde. Aparentaba treinta y -cinco años. Era débil, enteco de hombros y bajo el bigote ralo los -labios salivosos se abrían con un gesto de ahogo. Sus manos huesudas y -exangües, de uñas cuadradas y sucias, tenían, como su pescuezo, la -amarillez de las retamas. - ---¿Se marcha usted, amigo Olmedilla?--preguntó Rubio. - -El juez municipal examinaba el cielo. - ---Sí, señor; aprovecharemos esta pequeña tregua que nos da el mal -tiempo. - ---¿Llueve todavía? - ---Muy poco. - -Para cerciorarse sacó el brazo derecho fuera de la ventana, la mano bien -abierta y con la palma hacia abajo, como si fuese á jurar. Don Ignacio -copió aquel gesto. - ---Algo chispea todavía--dijo--, pero es la ocasión de irse. - ---Creo que nos vamos todos--repuso don Isidro levantándose. - -Don Juan Manuel llamó á Teodoro para que le restituyese el impermeable y -los chanclos que le entregó al llegar. Los contertulios se habían -agrupado cerca de la ventana, y aspiraban con fruición rústica el olor -de la tierra y de los bosques húmedos. En la oscuridad los entintados -montes componían una especie de oleaje inmóvil. Acullá, lejos, bajo el -silencio negro, griseaba el andén de la estación. - ---¿Saldrá usted después de cenar, don Juan?--interrogó el médico. - ---No es probable; esta noche no debo moverme de casa; necesito escribir -varias cartas urgentes. - -Martínez interpeló á don Elías y á don Isidro. - ---¿Ustedes tienen luego algo que hacer? - ---Nada--respondieron. - ---¿Y usted, don Niceto? - -El juez negó lenta y tristemente con la cabeza. Tampoco Olmedilla tenía -nada que hacer. - ---Entonces--repuso el veterinario--podemos reunirnos aquí esta noche. -Echaremos una partida de tresillo. Tengo ganas de darle un buen julepe -al doctor. - -Agregó dirigiéndose á los otros dos individuos que, durante el -transcurso de la tarde, apenas habían hablado. - ---¿Ustedes vendrán? - ---Bueno--contestó el más alto. - ---¿Y usted? - ---También. - ---Perfectamente--exclamó Martínez;--me gustan las tertulias grandes; -siempre á más gente hay más alegría. - -Verdaderamente ninguno de los circunstantes, ni siquiera el mismo don -Ignacio, tenía interés en volver al Casino aquella noche. Ir ó no ir... -¿no era igual?... El fastidio y la costumbre se repartían -equitativamente la dirección y dominio de aquellos espíritus anodinos. -El aburrimiento que les echaba de sus hogares, les restituía á ellos -horas después. Bostezaban en sus casas, al lado de sus hijos; bostezaban -en el Casino, con los naipes en la mano ó ante las mesas de billar. ¿Qué -esperaban? En lo futuro, ni una emoción, ni una sorpresa, como no fuese -la de la muerte. ¿Mirar hacia el porvenir, no equivalía exactamente á -rememorar y escrutar lo vivido? En aquellas pobres almas que llevaban -consigo, desde la niñez, la aridez del desierto, el inenarrable horror -de las cosas eternamente inmóviles y semejantes á sí mismas, ¿no se -perpetuaba el espanto anacrónico de que lo futuro fuese algo sabido, -familiar y trillado, como un recuerdo? En la horrible monotonía de los -pueblos, ¿cuántas veces resbala el pensamiento por los mismos surcos? -Allí, donde no hay emociones; ¿quién contaría los millares de -momentos--tantos como días que cada individuo vivió y tornó á vivir, su -propia vida? Cotidianamente marchan los pies por idénticos caminos y el -cerebro recibe impresiones iguales, y de esta monotonía se desprende un -vaho adormecedor de opio, de indiferencia, de abulia; y así en cada una -de esas almas--y sin que ellas, por fortuna suya, lo adviertan--se -repite, de padres á hijos, el suplicio interior, el horroroso drama, no -escrito aún, del hombre que nunca tuvo «á dónde ir»... - -Esta era la situación de ánimo de don Juan Manuel Rubio, de Fernández -Parreño, de don Isidro Peinado, de don Niceto y de don Ignacio, cuando, -parados ante el ventanal abierto, hablaban de marcharse. El mismo -trabajo que momentos antes tuvieron para reunirse, les costaba ahora -separarse; en ellos, el hábito de esperar había matado la alegría de la -acción. Además, convencidos tácitamente de que todo era igual, -adivinaban la inutilidad de moverse. Cuanto á su alrededor pudiese -ocurrir, lo tenían previsto. Este cálculo alcanzaba aún á los detalles -menores. Verbigracia: Martínez sabía que, á su paso habitual, tardaba -exactamente tres minutos y medio en ir desde el Casino á su casa, y -cuatro minutos si este camino lo recorría en sentido inverso, porque era -cuesta arriba. El médico, con aquella miopía que parecía obligarle á -dedicar á cada idea ú objeto una atención mayor, pujaba su minuciosidad -bastante más lejos. Fernández Parreño llevaba en la memoria cifras -absolutamente exactas de las distancias. Desde su domicilio al Casino, -por ejemplo, había mil doscientos ocho metros; desde el Casino á la -botica de don Artemio, trescientos veinticuatro, y medio kilómetro justo -separaba su casa de la de su antigua cliente doña Amelia Ruiz, viuda de -Guijosa, la mujer más gorda de Puertopomares. Estos números los había -descubierto con la ayuda del tiempo y á fuerza de repetir cotidianamente -el mismo itinerario. - -Al cabo, la figura blandengue de don Niceto, girando sobre sus talones, -lanzó la señal de marcha. - ---¿Vámonos, señores? - ---Vámonos, sí. - -Reposadamente todos caminaron hacia la puerta. Don Ignacio exclamó, -mirando su reloj. - ---¿Qué hora será?... - -Fernández Parreño consultó el suyo, que levantó á la altura de la nariz. - ---Las siete. - ---Yo--repuso Martínez--tengo las siete menos diez. - -Con esa costumbre irrazonada que obliga á todas las personas á tener más -confianza en el reloj del prójimo que en el suyo, añadió: - ---Debo de ir atrasado... - -Y, sin vacilar, rectificó la hora. Don Juan Manuel dijo un donaire -versallesco: - ---Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don -Elías, también atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al -revés que para conservar á nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos -posible. ¡Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el -desorden!... - -Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la -umbría de los soportales, un hombre silencioso, pequeñito, intensamente -amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro. - -Martínez exclamó dirigiéndose al médico: - ---Ahí va don Gil Tomás. Tenía usted razón. Deben ser, efectivamente, las -siete en punto. - - - - -III - - -Los dos hermanos comieron en silencio, irritados por la ausencia de -Frasquito Miguel, quien, según costumbre, volvería borracho. Terminada -la cena, Rita Paredes levantó el mantel, y, á falta de café, Toribio -dióle un largo tiento al porrón del vino, la rapada cabeza echada hacia -atrás y los ojos puestos en las vigas del techo. Luego, mientras con una -mano dejaba suavemente el porrón en el suelo, con el dorso de la otra se -restregó y secó los labios. Cuarentón ya, mostraba el pelo canoso, el -rostro rasurado, flaco y de líneas salientes, los ojos carniceros, -redondos y de color almagre, la boca fina y oscura, circundada por -manojos de pliegues sutiles. Era sobrado de estatura y cenceño, con esa -flexibilidad y aridez de carnes que da á sus habitantes el solar -castellano. Hablaba poco y mirando al suelo. Tenía algo de mastín. Una -vieja cicatriz endurecíale el rostro. Levantóse, y acercándose á una -ventana examinó el cielo, estrellado, límpido, transparente, después del -furibundo aguacero de aquella tarde. Bostezó malhumorado. - ---Buenas noches. - ---¿Ya vas á dormir? - ---Necesito madrugar. Mañana hay mucha faena. A las cinco me llamas. - -Fatigadamente, los brazos caídos, el paso largo, grave el rostro, -desapareció en la oscuridad de un aposento inmediato. - -Rita, con notables disposición y rapidez, sacudió el mantel bajo la -campana del hogar, fregó los platos, enlució los cubiertos, y lo -sobrante del guisote familiar lo colocó en un pucherito junto al -rescoldo, para que Frasquito Miguel lo encontrase caliente. Sentóse -después á coser, y sobre la blancura de las ropas sus manos morenas, -flacas y de articulaciones nudosas, tenían una impaciencia agresiva. La -herencia había dejado en ambos hermanos una notoria comunidad de rasgos. -Como los ojos de Toribio, los de Rita abríanse pequeños y bermejos, y -sus labios delgados, circuídos de pequeñas arrugas, adquirían al -cerrarse, expresión cruel. Era alta, enjuta, y de apariencias varoniles. -Sus treinta y cinco años, los trabajos, la miseria y la epiléptica -violencia de sus instintos, habían destruído en ella las blandas curvas -de la femineidad; y coronando aquel corpachón anguloso de hombre, una -cabeza pequeña, de perfil corvo, de mejillas pecosas, de cabellos -rútilos y lisos, recogidos atrás. En el pueblo á los Paredes les -llamaban _los Rojos_, y sus costumbres y combativas apariencias les -hacían temibles. - -La mujerona suspendió su labor para escuchar al sereno, que cantaba una -hora: las diez: pero inmediatamente reanudó el trabajo, y había en su -diligencia una especie de cólera. Todo á su alrededor era silencio; -únicamente fuera, en la paz nocturnal, el Malamula, hinchado por el -copiosísimo llanto de las montañas y de las nubes, gemía clamoroso. - -Varios años hacía que Rita habitaba aquella casuca de planta baja, -construída entre los cimientos de un baluarte, sobre la pendiente del -río y en la línea de ruinas que deslindan y separan el barrio pobre del -resto de la población. Fuese á vivir allí poco antes de que su amante -Vicente López, apodado _el Charro_, á quien conoció en un lupanar de -Cáceres, la abandonase para irse á Salamanca con otra mujer. De aquel -amor, que fué muy grande, le quedó á Rita un hijo. Viéndose sola abrió -un tabernucho al amparo del cual recobró sus hábitos de manceba. Este -tráfico, durante las semanas que tardó su cuerpo en ser conocido, -produjo dinero; luego, no. - -Por entonces llegó casualmente á Puertopomares Toribio, que ejercía de -pueblo en pueblo el oficio de bujero. Años hacía que los dos hermanos no -se abrazaban, y su asombro rivalizó con el contento de volver á verse. -Ni una carta se habían escrito en todo aquel tiempo. Se separaron casi -niños y el azar tornaba á reunirles cuando ambos llevaban sobre la -frente el dolor de las primeras canas. En la historia de Toribio había -inconexiones, paréntesis misteriosos, que Rita, necesitadísima también -de indulgencia, no intentó esclarecer. A los diecisiete años Toribio -Paredes se alistó voluntario para la guerra de Cuba y asistió á la -acción de Peralejo, donde fué herido. Le licenciaron. En la Habana, -primero, y luego en otras ciudades de la Isla, ejerció diversos empleos. -Estuvo en Puerto Rico y en Méjico. Después regresó á España y en Cádiz, -á los pocos días de desembarcar, hirió mortalmente al dueño de un -garito. En la pelea no hubo traición, pero la justicia sentenció al -homicida á ocho años de presidio. En el de Ceuta expió su condena. Al -salir dedicóse sucesivamente, como en Cuba, á distintos oficios. Cuando -llegaba ocasión, ejercía el suyo primitivo, de carpintero; después, -vendió baratijas por las ferias, fué leñador, aplicóse al chalaneo y á -la recova y montó un Tío-Vivo. Finalmente deshízose de él y recobró su -profesión de gorgotero ó bujero, cuyo ejercicio reclamaba pocos -desembolsos y hallábase muy en armonía con sus inclinaciones vagabundas. - -A las confesiones de Toribio correspondió Rita con las suyas. Habló de -su primer amante, el amo de una fábrica de corsés, donde ella trabajaba. -Al conocer su embarazo el burlador la despidió. ¡Miserable! Poco -después, cayó enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si -no la llevan al hospital. Allí dió á luz y el niño fué á la Cuna. No -había vuelto á saber de él. Después entró á servir en una casa de donde -la echaron cuando supieron su aventura con el dueño de la fábrica de -corsés. Una vecina les fué á sus amos con el soplo. Al verse de nuevo -sin albergue, rostro á rostro con la miseria, la mujerona pensó: «Esta -noche yo como y duermo bajo techado». Y esperó á que su delatora, cuyo -domicilio conocía, saliese á la calle. La sangre que encerró á Toribio -en Ceuta, hervía en ella. No tenía armas, pero tampoco las necesitaba; -sus dientes y sus uñas bastaban á su cólera. Fué una escena horrible. -Rita cayó sobre su presa, la tiró al suelo y teniéndola sujeta bajo las -rodillas comenzó á despedazarla; matarla hubiera sido poco. A puñados la -mesaba el pelo, y á mordiscos la arrancó una oreja y la desfiguró -bárbaramente la nariz y las cejas; el labio inferior de la víctima -desapareció, y como nadie pudo hallarlo, los testigos de la pelea -supusieron que la agresora, en un rapto de antropofagia, se lo había -tragado. Rita Paredes fué condenada á tres años de reclusión en el penal -de Alcalá. Allí riñó con otra reclusa, á quien maltrató ferozmente, y -por ello sufrió dos años más de encierro. Desde Alcalá se trasladó á -Madrid, donde una alcahueta que andaba en peligrosas cuentas con la -justicia, por corrupción de menores, la propuso ir á Cáceres... - -Al llegar á este capítulo, el más sucio, quizás, de su negra historia, -la mujerona vacilaba: también en su vida, como en la de su hermano, del -monstruoso ayuntamiento de la ignorancia con el infortunio, nacieron -páginas tiznadas, abyecciones inconfesables. Ninguno de los dos tenían -qué recriminarse; del mismo vientre nacieron, y á su tiempo ambos -rodaron hacia el dolor; si ella se había prostituído, él había robado; -los dos malditos, los dos iguales. - -Finalmente, Rita explicó sus relaciones con _el Charro_, y cómo éste la -abandonó y no se preocupaba de su hijo, que ya tenía cinco años. - ---Podías quedarte aquí, conmigo--añadió--; estando juntos viviríamos -mejor. - -Toribio aprobó; rato hacía que en aquello mismo estaba él pensando. A -pesar de haber permanecido alejados tanto tiempo el uno del otro, -volvían á sentirse muy cerca, muy identificados por el misterio augusto -de la raza, y tan unidos en sus pensamientos, codicias y deseos, como si -nunca se hubiesen separado. La miseria eneanchó y afirmó la obra de la -herencia: ella fué mala por las razones mismas que él no pudo ser bueno; -causas análogas les pusieron lejos de la ley; de una parte el hambre, de -otra, el instinto; y así, al término de varios años, perdonáronse -mutuamente sus yerros, maravillados de comprenderse tan bien y de seguir -tan juntos. - -Toribio relató á su hermana la constitución íntima de sus negocios: él, -que continuaba en la pobreza, había llegado á Puertopomares con su socio -capitalista; un tal Frasquito Miguel, andaluz, de quien no le convenía -separarse. Como Paredes, Frasquito Miguel tenía una historia nebulosa. -En Madrid, siendo mozo, ejerció la profesión de trapero. Más adelante, -de acuerdo con otros individuos, abrió una carnicería destinada á -sucursal ó principal despacho de un matadero clandestino. Las ganancias -comenzaron siendo excelentes, pero el asunto no tardó en echarlo á -perder la policía; fué un mal negocio que dió con sus iniciadores en la -cárcel. Al recobrar la libertad Frasquito Miguel trasladóse á Málaga, y -en arriscados lances de contrabando vió medrar su hacienda. Otras -oscuridades y lagunas había en su vida. Él y Toribio se conocieron en la -feria de Badajoz, y aparejados desde hacía dos años por el interés, más -que por la simpatía, operaban juntos: unas veces vendían paños, otras, -juguetes y baratijas de similor. Dónde guardaba el señor Frasquito los -fondos de la sociedad, arcano fué que Toribio Paredes no consiguió -esclarecer nunca; pero era lo cierto que el antiguo trapero siempre -llevaba consigo los billetes de Banco necesarios para no dejar perder -ningún buen negocio. Tras una lucrativa excursión por diferentes pueblos -de la serranía salmantina, llegaron ambos á Puertopomares y en la Fonda -del Toro Blanco pidieron dos habitaciones, pues Frasquito quería -absolutamente dormir solo. - ---Son datos en que debes fijarte--decía el narrador á su hermana. - -Mientras Toribio Paredes hablaba, ella mirábale fijamente, y sus ojos, -rodeados de pestañas bermejas, se abrían y cerraban, revelando con aquel -seguido guiñar un agudo esfuerzo de comprensión. En sus labios, finos y -oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed. - -Toribio concluyó: - ---Los días que estemos aquí, Frasquito puede pasarlos con nosotros; ó, -al menos, almorzar y cenar en nuestra compañía. ¿No te parece? Tú, -procura esmerarte en la comida. El es buena persona y solterón... y con -el tiempo... ¡quién sabe!... llevándonos todos bien... - -Sus cábalas fueron cumpliéndose una á una. Frasquito, receloso al -principio, acabó enamorándose de Rita. De estas relaciones nació un -niño, á quién bautizaron con el nombre de José y los apellidos de su -madre, pues el señor Frasquito, cauto siempre y amigo de andar con los -ojos bien puestos en el porvenir, no quiso precipitarse á reconocerle. -Aquel muchacho añadió nuevos vínculos á los lazos de interés y amistad -que unían á los dos hombres, y así decidieron establecerse juntos. -Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan -irreductible oposición halló en ésta y en su hermano, que desistió. Ya -reunidos todos, acordaron recogerle un poco las riendas á la vida y -aquietarse, y hacer de Puertopomares una especie de centro de residencia -ó de «cuartel general», de donde saldrían á recorrer, periódicamente, -los otros pueblos de la provincia. - -La casuca que cobijó los amores de Rita con el Charro y que ella -transformó luego en taberna y disimulada mancebía, el señor Frasquito -Miguel y su cuñado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron, -ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de -almacén. Para hallarse más separados y con mayor honestidad, levantaron -un tabique que hizo de la cocina primitiva dos habitaciones; la -despensa, que era espaciosa, después de bien enjalbegada y solada, -sirvió de dormitorio, y cuando quedaron celosamente revistas y tapadas -las goteras del pajar, éste ofreció á su vez condiciones excelentes de -seguridad. - -Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta -entonces sólo aprovechó para gallinero y pudridero de basuras. Allí un -viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde -de su copa recogida, sensible al viento. Este árbol fué en tiempos atrás -como un gesto de orgía, como una cimera ó penacho de escándalo, alzado -sobre la vulgaridad de la humilde vivienda. La casa de Rita, la -barragana de tantos, se distinguía y señalaba entre todas por aquel -chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarín. Desde muy lejos se -divisaba. La gente rústica que se acercaba á Puertopomares por el lado -opuesto del río, lo conocía bien; los mozos se lo mostraban unos á -otros, extendiendo un brazo: - ---Es allí...--decían. - -Y hasta hubo quien aseguraba que Rita, muy avisadamente, llegó á -adornarlo en las noches sabatinas con farolillos de colores, y cómo -tales luces, balanceándose en la oscuridad á impulsos del aire, -ejercían sobre los hombres, á una distancia de varios kilómetros, -irresistible atracción. Apropósito de aquel árbol popular y de las -trazas hombrunas de su dueña, alguien había dicho: «Eres, Rita, como el -chopo: alta y grande, pero de mala sombra». La frase gustó y vivió -muchos años. - -Toribio y Frasquito talaron aquel chopo lupanario, igualaron y limpiaron -el suelo, y luego, utilizando como paredes maestras los dos acirates más -largos del corralón, improvisaron á la izquierda un amplio departamento -de mampostería, seco, claro y sólido, bueno para depósito de -mercaderías; y á la derecha, un soportal ó cobertizo de tejas, sostenido -por pilares de ladrillo, destinado á caballeriza. - -Asombraban por igual, la previsora astucia, la alegre voluntad y la -rapidez con que los dos hombres realizaron tan ardua tarea, y el feliz -remate que dieron á todo. En su mañera traza y ágil disposición -claramente echábase de ver la complejidad pícara de sus vidas. Ningún -oficio les era extraño: lo mismo aplomaban una pared, que techaban una -habitación, ó disponían los batientes de una puerta, modelaban á yunque -y martillo una reja, componían una cerradura, herraban un caballo ó -compraban animales que sabían vender luego á mejor precio. Este -abigarramiento de aptitudes resplandecía también en la diversidad -plateresca de su industria. Con todo traficaban. Los objetos de -quincalla, los racimos de zapatos y las pirámides de sombreros y otros -artículos de poco peso, eran subidos al desván; lo mejor, lo más caro, -los paños, mantas, tapetes y piezas de ropa blanca, ocupaban el nuevo -almacén, con su suelo de ladrillo aislado de la humedad por una capa de -carbón. Una yegua y una mula, servíanles para transportar sus -mercancías. A veces salían de Puertopomares al despuntar la aurora, -otras á prima noche, según la estación y la longitud del itinerario que -hubiesen de recorrer; generalmente estas expediciones eran fructuosas, y -al término de ellas el señor Frasquito y Toribio reaparecían con las -caballerías muy aligeradas y en el rostro reflejado el codicioso -contento de los buenos negocios. - -Tan activo tráfico duró varios años, en los cuales Frasquito Miguel y su -coima hubieron dos hijos más: María Luisa y Francisco. No obstante estas -novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada -había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin -acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por -sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes -donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro -eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una -herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito -Miguel, á pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero -con que porfiadas veces coadyuvó al bienestar común, siempre sería un -advenedizo, un extraño, casi un enemigo. El, receloso y astuto, debía de -comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto -constantemente de todos se retraía y guardaba un poco. - -Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio á que Rita -se había dedicado, demostraban á los Paredes cierta hostilidad. -Ateniéndose á la indudable semejanza habida entre cada individuo y las -personas de su afecto y predilección, razonaban que Toribio sería, en -punto á rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel -tampoco debía de tener muy severa moral cuando tan bien hallado parecía -en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo -del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y -disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar. -El famoso chopo del corralón, cuyo perfil fálico recordaba á los mozos -del campo el misterio de Eléusis, había desaparecido, pero su leyenda -golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos «la casa -del chopo», donde, según los viejos, quince ó veinte años antes, fué -asesinado un hombre, parecía irradiar una pavura carcelaria, un enigma -de antro. La honesta labor á que sus actuales moradores se aplicaban, no -lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corrían sin -conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, á -pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien -florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita -ó comprar algo, raras veces se decidían á trasponer el quicio de la -puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna -pareja de la Guardia civil pasaba por allí, nunca lo hacía sin inmergir -una mirada fiscal en el zaguán húmedo, lóbrego y sumido, como una vieja -boca. El vecindario siempre esperaba una emoción: que á los Paredes, -verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de -la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien. - -Al término de algunos años, los graves achaques del señor Frasquito -contribuyeron á ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su -hermano. Agravóse el frío de aquellas relaciones preparadas por la -codicia y el cálculo. El antiguo trapero, que ya contaba más de -cincuenta años, enfermó de reuma: comenzó á padecer en las -articulaciones dolores agudísimos; se le inflamaron las rodillas, -retorciéronsele y trastornáronsele como sarmientos los dedos de las -manos, y vióse obligado á renunciar, casi completamente, al trabajo. -Aquel invierno Toribio Paredes salió solo á vender; su cuñado, medio -paralítico, quedábase en casa y á intervalos los gritos que así la -cólera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus huesos, por igual -le arrancaban, rompían lúgubremente la paz de la calle. - -El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos -meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral. -Rita, que no había olvidado á Vicente López, ni podía hablar de él sin -verter lágrimas, y acaso por obra de los poéticos mirajes del tiempo le -amaba más que nunca, empezó á aborrecer á Frasquito. Al principio de sus -relaciones, le aceptó con gusto, por codicia; luego le fué indiferente; -después esta indiferencia amistosa perdió cuanto pudiese haber de -simpatía, se enfrió y fué desdén; últimamente, el desdén se mudó en -desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenzó á sentir -hacia su último amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y -el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre, á quien muchas -mañanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos -anquilosados y trémulos no le obedecían, era una carga. ¿Qué necesidad -tenía ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces -una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba á su conciencia palabras -de Evangelio; pero inmediatamente el egoísmo y la sordidez tronaban con -espantoso griterío. ¿Qué hubiese hecho el señor Frasquito á ser ella la -inútil? Probablemente echarla á la calle, ó marcharse, y si la suerte -permitió que el enfermo fuese él, ¿por qué no imitarle dejándole?... - -De sus cuatro hijos á la mujerona sólo la interesaba realmente -Deogracias, el primero, en quien revivía la figura del Charro. Los hijos -de Frasquito, Pepe, María Luisa y Francisco, la servían únicamente de -estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban -frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocían la utilidad de -deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo; -pero al llegar á cierto extremo difícil de su conversación, los dos -callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y -devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la -justicia, unido á las torvas memorias de sus años carcelarios, dejaba en -sus almas oscuras un frío. - -El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra -Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez, -la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero. -¿Dónde lo guardaba? ¿A qué prodigios de escamoteo, á qué recursos de -nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su -desaparición no dejase rastro?... - -Antes de afincarse en Puertopomares Toribio creyó siempre que su socio -depositaba sus ahorros en algún Banco de Salamanca, de Badajoz ó de -Madrid, y únicamente llevaba consigo las seis ó siete mil pesetas -indispensables á las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya -todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposición, dedicóse -á leer cuantas cartas el señor Frasquito recibía: á tal fin las colocaba -unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y -el vapor desprendía la nema del sobre tan limpiamente, que luego de -repegada era imposible conocer la traición. Este acecho, minucioso y -perseverante, de varios meses, demostró que el pañero no mantenía -relaciones con ninguna casa de banca, ni recibía otra correspondencia -que las de los fabricantes ó almacenistas al por mayor, de quienes él y -Toribio se proveían; de donde los hermanos Paredes concluyeron que, -según una rancia costumbre española, heredada quizás de los judíos y de -los árabes, Frasquito Miguel debía de recatar sus ganancias en una ó -varias orzas escondidas, probablemente, á muchos metros bajo tierra. - -Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones -y atisbos prolijos. Durante sus excursiones por diversos lugares y -villas, Toribio, que jamás perdía de vista á su adjunto, y de noche -utilizaba múltiples é ingeniosos ardides para saber si salía de su -habitación, llegó á convencerse de que Frasquito no tenía fuera de -Puertopomares ningún tapujo, ni sitio, encrucijada ó mesón, que le -mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa -donde el ladino viejo escondía «su tesoro»; que á tan preeminente y -codiciable categoría remontaba la imaginación de los Paredes la fortuna -de aquél. - -Relacionando diversos datos y pormenores cazados hábilmente en el -transcurso de dos ó tres años, la mujerona y su hermano dedujeron que el -señor Frasquito tenía soterrado su dinero en el corralón, bajo la -raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la -frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su -empeño en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual -si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista -enardeció la codicia de los Paredes, y agravó su avariento sobresalto la -consideración de que las orzas ó pucheros donde Frasquito Miguel fué -servido de meter sus ahorros, empujados por las raíces, vivas aún, del -árbol, iban hundiéndose más y más, de suerte que si transcurría mucho -tiempo llegaría á ser muy difícil dar con ellas. - -Atormentado por este recelo, Toribio una noche, hallándose los tres de -sobremesa, expuso la conveniencia de solar el patio, para lo cual creía -necesario remover bien la tierra y arrancar las raíces que endurecían y -arrugaban el piso. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y -decisión, produjeron en Frasquito Miguel, fué terrible. Quedóse pálido, -luego lívido; hasta que su corazón reaccionó y su rostro cetrino se -llenó de sangre; después aquel aborrachado color empezó á debilitarse y -sus mejillas y su frente tuvieron la blancura de los cadáveres. Su -sorpresa mudábase en cólera. Frunció las cejas, bajó la cabeza, tiró -nerviosamente contra su plato el cuchillo con que iba á cortar una -rebanada de pan, y apenas lo hizo lo recobró afanoso cual si acabase de -sentir la necesidad de tener un arma. - ---El patio-gritó--no se toca. - -Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolución irrevocable. Los -hermanos Paredes cambiaron una mirada de inteligencia, de alegría feroz, -de sordidez ardiente próxima á saciarse, y unos momentos, bajo el -apacible claror plata de la lámpara, aquellas dos cabezas fraternales, -cabezas de presidio donde otra veces el deleite de matar se había -pintado, adquirieron una expresión patética. Toribio quiso argüir algo, -pero su cuñado le atajó. - ---¡He dicho que el patio se deja según está: lo dispuse así y no -consiento que se toque en él ni á un, jaramago! - -Toribio repuso cazurro: - ---Bueno, hombre; no hay motivos para incomodarse tanto; no haremos nada, -descuida. ¡Qué aspavientos!... ¡Cualquiera creería que íbamos á robarte -un tesoro!... - -El tono zumbón y la reticencia con que estas palabras fueron dichas, -desconcertaron al señor Frasquito, quien trató de enmendar su yerro y la -aspereza de su actitud con algún donaire ó frase oportuna. Pero la -explosión de cólera que acababa de experimentar había sido demasiado -violenta, los músculos faciales hallábanse endurecidos aún, y ni supo -dar gracia á sus palabras, ni cordialidad y simpatía á su rostro. Desde -aquel momento los Paredes adquirieron la convicción, la certidumbre -irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tenía -enterrado su dinero en el corral. - -Con la llegada de la primavera le volvieron las fuerzas al enfermo y -hallóse de nuevo en situación de volver al trabajo; esto, al menos, -creyeron todos, lo que les produjo buen consuelo y alivio. Pronto, sin -embargo, echó de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes; -así porque sus piernas le obedecían mal, como porque con las energías -musculares se le fueron también las lucrativas capacidades y oportunos -ardides de la voluntad. Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba -mucho menos; desaparecieron sus trujamanerías y gitanas zangamangas de -mercader; ya no sabia engañar vendiendo como oro el similor y por nuevo -lo usado. No convencía, no alucinaba; perdió la gracia; fué un -arruinamiento general que abrió en la suma de los ingresos un déficit -considerable. - -Poco á poco el señor Frasquito llegó á reconocer también su inutilidad, -y como esta humillación le hiriese en lo más altivo y sensible de su -alma, para olvidarla se dedicó á la bebida. El momentáneo bienestar que -ésta le producía incitóle á seguir bebiendo, y lo que empezó siendo -arrimo y recurso, creció rápidamente y fué pasión. Toribio Paredes, -maldecía de él: en las ferias no le servía de nada, pues tardaba en -emborracharse el tiempo que empleasen en alzar su tienda; luego se -echaba á dormir debajo del mostrador, y por los caminos iba cantando, -bamboleándose como un polichinela y agarrado á la cola de la última -caballería. La gente hacía escarnio de él. Una vez Toribio regresó á -Puertopomares y entró en su casa llevando al señor Frasquito atravesado -en la yegua. El viejo, que había perdido los sentidos, iba con el -vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos -y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. Entre los dos hermanos le -cogieron y metieron en el zaguán, á presencia de un grupo de vecinos -que, pensando ver á Frasquito Miguel herido ó muerto, acudieron -consternados, y cuando tuvieron noticia de la inverosímil cantidad de -vino que traía en el cuerpo, empezaron á reir y á burlarle. Aquella -madrugada, dominando la unisonancia del Malamula, resonaron en «la casa -del chopo» grandes porrazos, á cada uno de los cuales respondía un -lamento flébil y expirante, como de persona del otro mundo; después los -quejidos cesaron y siguieron los golpes, y al día siguiente revoló de -puerta en puerta la noticia de que los Paredes, con objeto de volver al -señor Frasquito á la virtud de la sobriedad, le habían administrado una -muy gentil paliza. - -Frasquito Miguel no volvió á salir con su cuñado; ayudábale á enjaezar y -disponer la carga de las caballerías, pero luego Toribio se marchaba -solo. La vergüenza de verse preterido, la amarguísima pena de su -inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida -continuó y exacerbó la obra del artritismo. El desdichado empezó á -hincharse, amortiguóse su mirada y bajo los ojos la piel formó hondas -bolsas triangulares. Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenían la -indecisión de la somnolencia. Los únicos sitios que frecuentaba eran el -merendero de Luis, situado cerca del río, al pie del cementerio viejo, y -el café de La Amistad, vulgarmente llamado «café de la Coja». Todas las -mañanas madrugaba, pues continuaba siendo muy rezador y amigo de los -santos; de día quedábase en casa, unas veces en el zaguán, otras junto á -la caballeriza, cual si su oscurecido pensamiento alimentase la -invencible obsesión de no alejarse de allí; y entre tanto empleábase en -reponer asientos á las sillas ó arreglar el calzado viejo ó cortarles -calzones y baberos á los muchachos, que para estos y otros diversos -menesteres y oficios sus manos industriosas supieron siempre darse buena -traza. En la mesa apenas dirigía la palabra á sus familiares, ni -regañaba á los niños, ni levantaba del plato los ojos, y con el último -bocado de la cena en la boca, se iba á la calle. Cuando volvía, lo que -nunca sucedía antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho. - -Esta abominable costumbre y más aún, la particularidad de que el señor -Frasquito, que hacía tiempo no ganaba dinero, llevara siempre tres ó -cuatro pesetas en el bolsillo, exasperaban los desapoderados odios de -Rita y de su hermano. Frasquito Miguel representaba en aquella casa el -papel de zángano; vivía y no trabajaba. ¿Por qué no se marchaba de una -vez con sus hijos? Y si no quería irse, ¿por qué no le despedían ellos? -¿Qué ley ó documento les obligaba á seguir juntos?... Los Paredes, sin -embargo, no se atrevían á desahuciarle; y era la codicia, la ilusión -avara de dar con el tesoro del viejo, lo que les detenía. - - - - -IV - - -Bajo el claror lechoso de la lámpara, Rita seguía cosiendo, y el choque -de la luz con la sombra extremaba las angulosidades tercas de su rostro, -la curvatura de la nariz, la demacración de los pómulos, la fortaleza -carnicera de la mandíbula. Deseos homicidas cruzaban su frente. Aquella -tarde Frasquito Miguel, acobardado quizás por la tormenta, no había ido -á cenar. - ---¡Si no volviese!--pensaba la mujerona. - -Un recuerdo la obligó á mirar á su alrededor, como si en la blancura de -aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspiró: se acordaba de -Vicente y esto guió sus ojos hacia la puerta del aposento donde dormían, -Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vástagos de Frasquito Miguel. -A éstos les aborrecía. Rita tiró su labor y por dos veces sus manos -nerviosas, inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y -planchados, sobre la redondez pequeña de la cabeza. En sus pupilas la -cólera, durante segundos, encendió una luz. - ---Podían morirse--murmuró--y ni ellos ni yo perderíamos nada. - -Recobró su costura. La habitación donde se hallaba abocaba á la calle; -tenía el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido -densamente por el humo del fogón. Viejos cromos que decían los amores -del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón -de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco. -Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul. - -Poco á poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el -rumor del Malamula iba acallándose. El sereno cantó otra hora; las once. -Luego, nada dentro de la casa dormida: la lámpara vertiendo -monótonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre -el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos -é inmóviles, con inmovilidad cabalística, contra la albura de las -paredes. - -Rita, de súbito, alzó la cabeza y un frío extraño y rápido, á un temblor -á flor de piel, pareció deslizarse por entre la raigambre de sus -cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de -inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitación en línea recta desde -la ventana al aposento donde dormía Toribio. La mujerona abrió bien los -ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya -no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de -sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus -nervios con la violencia de una descarga eléctrica. Ni el más tenue -ruidito á su alrededor; nada tampoco sobre la uniformidad de la pared -blanca. Levantóse, sin embargo, dócil á un raro terror supersticioso, y -fué á cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la -calle estaban echados. Miró hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de -luna, mostrábanse apacibles; y luego á las cortinas, muertas, sin un -temblor. Rita permanecía suspensa, asustándose del roce de sus vestidos -y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazón descarnada y varonil, -aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arrancó á sus -labios, descoloridos por el miedo á lo invisible, una interjección soez. -Volvió á sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su -alma estuviera allí, hirióla, de improviso. Tembló y ya iba á levantarse -cuando su razón y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente, -ella no pudo ver nada; todo habría sido un guiño ó intermitencia de la -luz, ó la levísima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones -continuaba teniendo miedo: aquella ficción rapidísima, aquella especie -de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de -huracán y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes -más pequeños se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al -cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo. - -Las doce eran dadas cuando Toribio comenzó á soñar en alta voz. A través -de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrábanse -inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque -aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse: -la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho, -articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si -algo muy pesado le oprimiera el pecho. Inútilmente trató Rita de -comprender lo que su hermano decía. Otra vez la mujerona tuvo miedo. -Aunque nada ó muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto, -siempre envolverán las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio. -¿El verdadero origen de los sueños es exclusivamente fisiológico, ó á -esos accidentes circulatorios y digestivos á que la medicina los -atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafísica?... Un ensueño se -reduce, tal vez, á un dinamismo incompleto y pasajero del aparato -cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivinó en ellos -mucho más. ¡Oh, la terrible, la abracadabra emoción, la sugestión -fascinante, que anima las actitudes de quien sueña en voz alta! Aquellos -ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de -alegría, de sorpresa, de cólera, que correspondiendo á imágenes venidas -del más allá estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y á las -que él, empero, responde... ¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche -y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de -otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el -mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de -cuantas personas--aborrecidas ó deseadas--viven lejos de nosotros?... - -Rita llamó, por dos veces: - ---¡Toribio... Toribio!... - -El dormido exclamó levantando mucho la voz y con perfecta claridad: - ---¡No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser. - -Su dicción volvió á emborronarse; no fraseaba; las sílabas se -confundían. - ---No puede ser... no... pue... de... ser... - -Esta negativa la repitió hasta que dentro de su boca las palabras mal -pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de gárgara; parecía que -iba á ahogarse. Su hermana le gritó: - ---¡Toribio!... ¿No oyes?... ¡Despierta!... ¡Estás soñando!... Dí... ¿no -oyes?... - -A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una -mano, presentóse Paredes. Hallábase en ropas menores, y la inmovilidad -de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decían claramente que -estaba sonámbulo. Unos segundos permaneció boquiabierto, como -sorprendido y detenido por la luz; guiñó los párpados, sacudió la -cabeza; quería despertar. Después avanzó y la cortina, al caer otra vez, -sirvió de fondo á su figura. La mujerona se levantó y empuñó unas -tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista -momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso -terror la invadió. - ---¿Dónde vas?... - -Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se -apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía. - ---¿Dónde vas?--repitió Rita. - -Cautamente habíase colocado detrás de la mesa, en actitud defensiva. Su -hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras. - ---Voy con él. - ---¿Con él?... ¿Quién es él?... - ---Ese... don Gil Tomás... Me voy con don Gil Tomás. - -Palideció Rita. - ---¿Qué dices? No entiendo; ¿dónde te espera don Gil? - ---¡Ahí, ahí!... Viene á buscarme. - -Extendía un brazo hacia la puerta de la calle. De súbito comenzó á -restregarse los ojos con ambas manos. La mujerona agregó: - ---¿Ha dicho él que te espera? - ---Sí... sí... - ---¿Cuándo?... - ---No; no me lo ha dicho... Es que conversábamos... Don Gil ha salido... - -Por momentos hablaba con mayor limpieza, dió algunos pasos hacia -adelante y despertó. Su cara entonces cubrióse de sorpresa; tuvo -conciencia plena de sí mismo. Estaba medio desnudo, descalzo... - ---¿Qué significa esto?--balbuceó. - -En el sonámbulo fantasmal resucitaba el hombre de siempre. Ahora sus -ojos, sus ademanes, su voz, eran los de costumbre. Tranquilizada -súbitamente, Rita volvió á sentarse. - ---Estabas soñando--dijo--y á no ser por mí te echas á la calle según te -ves. - -Muy despacio, porque no concluía de recobrar la posesión de sí mismo, -Toribio Paredes repuso: - ---Hablaba con don Gil Tomás. - ---Eso me dijiste, y querías marcharte con él. - ---¡Es cierto!... Quise marcharme con él. Miró á la mujerona. - ---¿Tú le viste salir? - ---¿Que si yo vi salir á don Gil?... ¿Y de dónde?... - ---De ahí, de mi cuarto... y por delante de ti ha debido pasar. - -La voz del bujero vibraba tranquila, consciente, clara; indudablemente -hallábase bien despierto y su juicio, no obstante, titubeaba ante la -sugestión de lo soñado. De nuevo el terror, esa pavura glacial que seca -los labios y pone las azucenas de la muerte en las mejillas, cubrió el -rostro huesudo y macho de Rita. - ---¿Estás dormido aún--exclamó--ó perdiste el seso?... Dí... ¿Quieres -explicarte de una vez?... - -Toribio, sin responder, la frente preocupada, cogió una silla y se -sentó. De su camiseta burda, color tabaco, emergía el cuello cenceño y -nervudo, curtido por la intemperie y terminado en una cabeza deprimida, -rojiza y pequeña. Los calzoncillos, largos y de dudosa limpieza, se -sujetaban con cintas á las piernas peludas; los pies, endurecidos sobre -los caminos por donde muchos años anduvieron descalzos, eran grandes, -angulosos, oscuros; parecían de bronce ó de tierra. Un rato estúvose -callado, los codos en las rodillas, el cuerpo recogido, el semblante -taciturno y perplejo; y, según el curso de sus cavilaciones, sus miradas -iban unas veces á la ventana, otras al dormitorio, ó hacia la puerta. A -ratos parecíale, efectivamente, haber soñado: pero apenas lo creía -cuando con renovado sobresalto dudaba de hallarse despierto, que tales -eran la exactitud, la impoluta nitidez, el avasallante vigor de -realidad, con que las imágenes de su pesadilla resucitaban y apremiaban -su memoria. Contornos, colorido, plasticidad, voz... todo lo aunaban -aquellas ficciones; hubiesen tenido existencia objetiva, y no le -hubieran impresionado con mayor fuerza que cuando nacieron en su propio -espíritu. - -Toribio, ya completamente despavilado y sobre sí, no sabía aún si lo -sucedido era una verdad tan espantosa que parecía sueño, ó una pesadilla -de tal bulto y relieve que pudiera equipararse con la realidad. -Estérilmente buscaba en su interior; la meditación, lejos de esclarecer -su conciencia, la embarullaba. Estaba cierto de haber hablado allí mismo -con don Gil Tomás: le vió, oyó su voz, sintió en su mano ruda el frío de -la suya, blanda y suave...; y Rita, sin embargo, le aseguraba que todo -aquello, al parecer tan irreductible, tan terminante, tan vivaz, había -sido sueño. ¿Pero era posible que los cinco sentidos de un hombre, -aplicados simultaneamente al conocimiento del mismo objeto, se -equivoquen así?... - -Intrigada por los enigmáticos ojeos de su hermano, la mujerona exclamó: - ---¿Qué haces?... Me das miedo. ¿Quieres hablar? - -Toribio Paredes tardó en responder. Meditaba. Repentinamente se levantó -y de un salto desapareció en la alcoba. Iba á vestirse. Necesitaba -penetrarse de la certidumbre ó mentira de lo sucedido; de lo contrario -parecíale que la zozobra le volvería el juicio. En un santiamén se puso -el pantalón, se endosó la chaqueta y, sin calzarse, para ganar tiempo, -regresó al comedor. En su rostro flotaba una vaguedad de locura, un -miedo de superstición. Ella le preguntó: - ---¿Dónde vas? - -Su hermano arqueó las cejas y se llevó un índice á los labios. - ---¡Chist!... Luego te lo diré; aguarda... - -Abrió la puerta y salió á la calle, y en el silencio Rita oyó la carrera -sorda, vertiginosa, de sus pies desnudos. La mujerona le esperó, -acurrucada en un escabel, las manos de gruesos artejos cruzadas delante -de las rodillas. En el reloj de la iglesia sonaron las doce: la hora de -la bruja. Transcurridos pocos minutos volvió Toribio; jadeaba y el -cansancio le descoloría los labios; en cada una de las profundas arrugas -de su frente el sudor ponía un hilo de plata. Ella interrogó: - ---¿Qué traes? ¿Viste algo? - -El se desplomó sobre una silla. Luego, acercando mucho las cabezas, los -dos hermanos empezaron á hablar. Toribio procuró explicar su -alucinación: era algo muy raro. - ---Yo--dijo--acababa de acostarme y sin duda dormía. Sólo recuerdo que me -circundaba una oscuridad profunda. De pronto, pienso: «Ahí viene don Gil -Tomás». No le veía aún, pero estaba cierto de que se hallaba aquí. -Después fué como si el alma se me hubiese salido del cuerpo para acudir -á recibirle; porque yo sabía que mi cuerpo se quedaba allá, en la -alcoba, y, sin embargo, yo, es decir, mi conciencia, mi pensamiento, se -personaron en esta habitación, y todo lo apreciaban y reconocían según -ahora lo veo: la lámpara encendida, los muebles, los cuadros, tú -cosiendo al lado de la mesa... «Mi hermana--discurrí--no puede verme; -me cree dormido...» - -Se interrumpió y de nuevo sus manos acariciaron lentamente su frente -absorta y estrecha. Su concepción tenía una diafanidad y sus palabras -una elocuencia compendiosa y justa, que impresionaron á la mujerona. -Diríase que en el oscuro cerebro de Toribio vibraba aún la luz de otro -entendimiento más sutil. El bujero continuó subrayando y fijando bien -las palabras con el ademán: - ---Yo estaba ahí, en semejante sitio y de cara á la ventana, cuando -apareció por ella don Gil. En su mirada comprendí que necesitaba -anunciarme algo grave y secreto, y sin detenernos subintramos en la -alcoba, donde mi alma, no sé cómo, volvió á meterse dentro de mi cuerpo. -Todo lo que cuento tardaría en ocurrir segundos nada más. Al llegar este -momento hay una sombra; el sueño parece interrumpirse; luego se reanuda -del siguiente modo: Yo me hallaba acostado, boca arriba, y don Gil -sentado al borde de la cama, la cabeza vuelta hacia mí; y como es tan -pequeñito, los pies no le llegaban, ni con mucho, al suelo. Entonces -hablamos... - -Calló Toribio unos segundos y después su voz fué más débil y tuvo una -emoción punzante de confesión y de drama. - ---¿Sabes lo que me aconsejaba don Gil?... - -Ella le interrumpió, anhelante: - ---No, pero sí lo que tú contestabas. Tu decías: «No puede ser; eso no -puede ser». - ---Así le repliqué, en efecto... porque don Gil pretendía que entre tú y -yo matásemos á Frasquito. Porfió mucho. «Yo me encargo--añadía--de que -nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo iría por las -noches á su cama, y en hallándole dormido, le quitaría esa idea...» - -En el supremo interés de un silencio, Rita Paredes dejó caer estas -palabras terribles: - ---También á mí muchas veces, en sueños, don Gil Tomás me aconsejó lo -mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero. - -La cabeza roja de Toribio palideció, y en su repentina lividez las pecas -bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana -expresión. - ---¡Ah!... ¡Tú lo sabías!... - ---Dice que el dinero lo esconde en el patio. - ---¿Entre las raíces del chopo? - ---Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas. - ---En tres grandes orzas verdes. - ---Justo, hermano; ¡hasta el color!... - -Cuchicheaban presurosos, arrebatándose mutuamente las palabras de los -labios, trémulos de codicia. Rita habló de aquel temblor amarillo y -amorfo que momentos antes vió ir desde la ventana al cuarto de Toribio, -y éste ratificó sus declaraciones. Sus ojos volvíanse automáticamente -hacia la puerta de salida. - ---Al marcharse don Gil--exclamó--quise preguntarle algo que ahora no -recuerdo, y para alcanzarle me tiré de la cama. Fué entonces cuando tú -me detuviste, preguntándome adónde iba y si estaba soñando. Dormido me -hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la -luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cómo yo -las veía; y así, aun después de reconocer que toda mi conversación con -ese hombre fué obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme más de -ello salí á la calle. Llegué hasta la casa de don Gil, y anduve -examinando los balcones por si en alguno de ellos había luz. Mas todos -estaban oscuros y la verja del jardín cerrada con llave, como siempre... - -De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueños dedujeron ambos -hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna, -que debía de ser cuantiosa, el señor Frasquito la guardaba allí mismo, -metida en tres magníficas orzas verdes, bajo las raíces del chopo -legendario. Ni un momento detuviéronse á pensar que el motivo probable -de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos -tenían en la riqueza del señor Frasquito; tampoco les alarmó el interés, -al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo -contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles á -ellos. Su avaricia desbridada de súbito por la proximidad del oro, todo -lo juzgaba llano y fácil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, ¿para -qué iba á vivir más? Y, considerando su innoble afición al alcohol, -vicio que, día por día, exaltaba su degradación y embrutecimiento, -desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de -justicia, que casi tenía el perfil de una caridad. - -Los dos hermanos seguían agitando en silencio la hórrida tiniebla de sus -instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada -cual veía reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro. -Asesinar á Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en -seguida huir del pueblo. ¿No dibujaban estas tres afirmaciones una línea -recta, fácil y de absoluta lógica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes -volvían á reunirse en el espanto de los mismos propósitos, concatenados -siempre, á despecho del sexo y de los años que anduvieron separados, por -el genio sanguinario de su infame raza. Allí estaba el estigma, la -herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En -la realidad, como en el mundo de lo soñado, sus espíritus marchaban -sobre los mismos fangales. ¡Oh!... ¿Por qué el Azar no les habría -permitido aliarse un poco antes?... - -El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la -calle, delante de la ventana, interrumpió la conversación. Llamaron á -la puerta y Rita salió á abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba -cincuenta y tantos años: era de mediana estatura, el busto delgado y -ancho, las piernas débiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos -cabellos tenían una albura brillante de plata. El rostro afeitado, -expresaba cobardía y humildad. - ---Buenas noches--murmuró. - -Según costumbre, el señor Frasquito iba borracho. Sin mirar á sus -familiares, muy rígido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto, -el sombrero sobre las cejas, dirigióse hacia su habitación. Como nadie -contestase á su saludo, repitió: - ---Buenas noches. - ---Buenas noches--dijo Toribio entre dientes. - ---¿No cenas?--preguntó Rita. - -El repuso balbuceando: - ---No.... no..., no tengo ganas..., gracias. Buenas noches... - -Si Frasquito Miguel hubiese visto la mirada roja, implacable, que los -hermanos Paredes cambiaron, no habría podido dormir. - - - - -V - - -Don Gil Tomás, el hombre más chiquito de Puertopomares, vivía en un -hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos, á dos pasos -de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco años, y tenía -un metro treinta y nueve centímetros de estatura. Amén de ser el vecino -más pequeño era también el más original, lo que le infundía á despecho -de su hurañoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la -amistad de los ricos ni fraternizar demasiado con los pobres, sin -militar en ningún partido político, ni exhibirse, ni hacer nada que -pudiese atraer la pública atención, aquel individuo minúsculo ejercía -sobre sus conterráneos un raro dominio, una especie de fascinación á -distancia. Comía de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y -en su casa, donde le acompañaban dos criadas, que eran también sus -mancebas, nunca recibía visitas. Una indefinible emoción de silencio le -precedía, le acompañaba y quedaba flotando tras él. Cuando iba por la -calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y -de la Fonda del Toro Blanco, interrumpían sus diálogos al verle -acercarse, le cedían la acera y le saludaban con un comedimiento que -parecía encubrir un temor; luego que había pasado, todos, á la vez, se -quedaban mirándole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurría pocas -veces, instalábase aparte y ojeaba los periódicos. No buscaba -relaciones, pero tampoco negaba á nadie su saludo; ni amiguero ni -misántropo, mostrábase cuidadoso de no rebasar nunca los límites -vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y añadían á su -equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que, -para subirse á los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse -con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los -de un pelele, tenía una capacidad centrípeta enorme. - -Buena parte de este poder provenía evidentemente de la fuerte -extravagancia de su figura. - -Tenía don Gil los hombros angostos y caídos, lo que entristecía su -empaque, y una de esas cabezas voluminosas, estrechas de occipucio y muy -bombeadas y crecidas de frontal, sobre las cuales los sombreros nunca -ajustan bien. Su rostro afeitado, largo y huesudo, iluminado por la -expresión metálica de los ojos, era de color miel, de color de fideo, de -esa tonalidad aceitosa que fluctúa entre el ocre caliente del azafrán y -la enferma amarillez del pus. Aquel semblante digno, por sus -proporciones, de un individuo alto, absorbía toda la vida de don Gil -Tomás y causaba, efectivamente, en cuantos le veían, impresión anormal y -durable. El resto del raquítico cuerpo, vestido en todo tiempo de negro, -con sus calcetines blancos, sus zapatos de becerro y aquellas camisas de -cuyos cuellos, siempre un poco anchos, el pescuezo ahilado y pajizo -emergía con la tristeza de un lamento, era nimio y despreciable; lo -mismo que los pies, diminutos como los de un niño, y las manos blandas, -suaves y frías. La cara, en cambio, irradiaba un vigor truculento, -alucinador, de pesadilla; la frente cavilosa, la nariz aguileña, las -pupilas de color de cobre, las orejas delgadas y erectas, los labios -bermejos, finos y crueles, como los bordes de una cuchillada por donde -toda la sangre de las mejillas se hubiese vertido. ¡Contraste terrible! -Sobre aquel cuerpecillo negro, aquella cabeza grande y gualda, tenía la -expresión lívida, la expresión de eternidad, de una cabeza trunca. - -Por esto, á pesar de su parvedad, la silueta de don Gil antes era grave -que ridícula. Si, á primera vista solía mover á burla, luego de -examinada unos instantes, imponía seriedad. El observador adivinaba tras -ella un misterio. Descolorida, impasible, con una inalterabilidad de -ausencia, poseía el vigor sigiloso del enigma. Atraía, obsesionaba, y la -emoción de su silencio se clavaba en las almas como un rehilete. - -Contribuía á robustecer esta expresión la tristeza absoluta, jamás -interrumpida por ningún accidente ó donaire, de don Gil. Nadie, ni -siquiera don Juan Manuel Rubio, el diputado, que gozaba fama de -gracioso, podía jactarse de haberle visto los dientes. Los labios, poco -platicadores de don Gil, ignoraban la simpatía de la risa; movíanse -para conversar, para bostezar, para besar tal vez; pero desconocían la -hilaridad. Si estaba muy contento, sus ojos metálicos brillaban un poco -más que de ordinario; eso era todo; su mejor humor no pasaba de ahí. -Aquel enano amarillo y pequeño, no había reído nunca. - -Cuando don Gil Tomás llegó á Puertopomares, seis ó siete años antes, la -expresión estática y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad -de cuantos ociosos había en el andén. Todos miraban sorprendidos aquella -cabeza robusta sembrada sobre un tórax raquítico que apenas alcanzaba á -la ventanilla del vagón, y creyeron pertenecía á un individuo -excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectación -trocóse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la -persona á quien tan descomunal cabeza correspondía, estaba de pie. Sin -embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fué objeto de mofa. -Algo magnético le nimbaba y defendía como una armadura, y todos los -vecinos, tácitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un -enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de -cristal, descendía á lo más hondo. ¿Hubo nunca nada más sospechoso, más -inquietante, que un hombre serio y pequeñito?... - -Meses después, el forastero compró un hotelito en el Paseo de los -Mirlos, esquina á la Glorieta del Parque, y ello esclareció su nombre y -sirvióle de recomendación. Quien más, quien menos, todos procuraban -abordarle, y á excitar este deseo contribuía el mismo perezoso interés -que él demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fué una de las -personalidades más notorias de la población: su aire reservado, sus -rentas, que le permitían vivir holgadamente mano sobre mano, la -circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por -arte de embeleco ó sugestión, supo convertir en coimas á las dos lindas -mozas que tomó á su servicio, sirvieron á su alfeñicada figurilla de -plataforma. Al contrario de lo que sucede á muchas personas, que se -desprestigian según de más cerca se las trata y conoce, aquel hombre -pequeñito y hermético, enaltecía sus méritos cuanto mejor se mostraba. -Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre -estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de -los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distracción -perpetua de los ojos que parecían constantemente abiertos sobre el -panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su -caminar, rasgos y perfiles excelentísimos eran capaces de resistir el -más descontentadizo análisis. Las gentes, sin razón ninguna, le -admiraban, y por instinto le temían. Gracias á esta alabanciosa unidad -de criterios, llegó á ser «una de las cosas» más notables de -Puertopomares; se hablaba de él como de algo peregrino y selecto; se le -celebraba, se aseguraba que su carácter y condiciones eran dignos de -estudio, y todas sus palabras revestían importancia. Su fama igualó y -hasta nubló un poco la del viejo castillo. Cuando algún forastero -llegaba al pueblo, sus acompañantes le decían: - ---Antes de que se marche usted queremos presentarle á don Gil Tomás. -Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre -pequeñito, de color de boj, que no ha reído nunca... - -A propósito de él é inspirándose en la brevedad de su nombre, don Juan -Manuel tuvo una frase feliz: - ---Me da la impresión--había dicho el diputado--de un monosílabo. - -Esa inevitable concatenación entre los rasgos anatómicos y morales de -cada individuo, resplandecía acentuadamente en don Gil, quien, dócil á -la ley común, sumaba á su extravagante complexión y amarillez, otra -anomalía de orden metafísico. Aquel hombre pequeñito escondía un -misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud teúrgica el vulgo -sagaz, aunque sin comprenderla, había adivinado. - -Don Gil Tomás era natural de Puertopomares, de donde salió muy niño, y -su madre, muriendo al darle á luz, pareció imprimir á su vida un sesgo -trágico. Dos años más tarde su padre sucumbió á mano airada, sin que -nadie pudiese averiguar quiénes fueron sus matadores, pues del número y -clase de heridas que recibió la víctima dedujeron los peritos que debían -los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno -primero, y de un hermano de su padre después, pasó don Gil su -adolescencia. Para ofrecer á la vanidad de sus deudos un título -académico, cursó en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando -la insignificancia cómica de su figura, no quiso abrir bufete ni -casarse, y dedicóse con resignación y humildad ejemplares al cuido de su -hacienda. - -Esta vida de concentración y retraimiento, sirvió para dotar á su -espíritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los términos de la -segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experimentó su -actividad cerebral una desviación peregrina. Apenas dormido, á su -idiosincrasia cotidiana, apacible é isócrona, sucedía otra voluntad -aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabática -corría libremente, multiplicando á capricho sus amoríos y sus viajes. -Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su -figura en las horas de vigilia, reproducíanse con exasperadas -vehemencias bajo la generosa égida del sueño. Entonces su espíritu -ardía, tostábase y devorábase á sí mismo, como en una llama. Una -clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias más nobles. Todo -lo veía con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse en lo pasado, -permitíale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro. -Dormido don Gil era inteligentísimo, elocuente, impulsivo, insaciable en -sus determinaciones y apetitos, y no había diques, ni cerrados lugares, -ni voluntad capaces de resistir á las apremiantes sugestiones de su -deseo: en sueños el discutía con los hombres, les arrancaba sus secretos -más ocultos, les dirigía, les imponía sus propósitos, y si le eran -agradables les inspiraba ideas que más adelante, en el transcurso de los -días vulgares, parecían surgir naturalmente del limo de sus -cerebraciones inconscientes para convertirse en acción y provecho; él, -finalmente, hallábase presente á todas las conversaciones, y horro de -escrúpulos deslizábase lascivo y sultán en el lecho de cuantas mujeres -hermosas, casadas ó doncellas, vió y apeteció en la calle. - -Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre -prepotentes, sombras de muertos que, según la cosmogonía egipcia, -acudían á disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia -sexual que alimentaba el frenesí de la misa negra, la encarnación del -deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el -brujo, que reía en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino -vibraba, semejante á un imperativo específico inexorable, los millones -de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A -tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y, á la mañana siguiente, -nada: la inacción otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la -fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el -cansancio de lo soñado iba añadiendo, día por día, una amarillez -nueva... - -Esta doble vida de la que, al despertar, no tenía conciencia, este -agudizado instinto de lo arcano que le erigía en gnomo del misterio, -permitiéronle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin -de su padre. La revelación, venida inesperadamente del mundo de las -sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte, -realizóse durante el hórrido filar de una pesadilla. - -Las denominadas ideas-imágenes ofrecíanse en el curso de aquel ensueño -con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los -pensamientos que no llegaron á traducirse en ademanes, ni siquiera en -palabras, todo adquiría en la imaginación del dormido perfiles -terminantes. - -Soñó, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba á Salamanca -llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el -buen don Alonso rindió siempre pleitesía apasionada. Iba el pobre -caballero, que á la sazón frisaba en los cincuenta años, gineteando una -mula de muy rebelde y alborotadiza condición. El dormido dábase cuenta -precisa de la hora crepuscular en que acaeció el lance: la color del -cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario, -abierto entre boscajes de copudos castañares y de alisos. En un recodo -umbrío, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio -esperaban á don Alonso con propósito de robarle y, por consiguiente, de -asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase -desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conocía -mucho, salióle al encuentro, saludándole con señalada reverencia, y so -pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de -entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un -poco fatigado, desestribó el pie izquierdo y sentóse á mujeriegas, la -pierna de aquel lado puesta sobre el arzón delantero de la silla. En tal -instante Antonio, que se había escondido tras unos árboles, disparó su -escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la -nuca cayó al suelo, donde Frasquito Miguel le remató á cuchilladas y -desfigurándole de manera que costó después gran trabajo identificar el -cadáver. Despojada la víctima de su dinero, los matadores huyeron, -internándose en Portugal y sin dejar rastro de su fechoría. - -Varias noches consecutivas soñó don Gil la misma escena, pero su -intensidad era tan penetrante y dolorosa y removía con tal fuerza sus -nervios que le despertaba, y así la truculenta película quedaba rota. -Hasta que la repetición casi cotidiana de aquella pesadilla, -desimpresionándole un poco, permitióle seguir adelante. Acompañó á los -foragidos en su éxodo, vióles repartirse lo robado y emprender, unas -veces en Portugal, otras en España, diversos negocios. Falleció Antonio -Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito quedó sujeto -á la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeñito le -sugirió, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba -á visitarle á la cárcel, atormentándole con infernales pesadillas, y más -tarde asistió á los lances de contrabando, en los cuales, bien á -despecho de su invisible enemigo, el señor Frasquito acrecentó su -fortuna. Durante años, á lo largo de los caminos unas veces, otras en -los dormitorios de las posadas, el esforzado espíritu del hijo de don -Alonso, acompañó al criminal. El bujero llegó á sentir en torno suyo la -presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendíase expiado y adquirió -la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolvía; -de esto nació aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de -que Toribio y Rita Paredes diversas veces habían hablado. - -La acción demoledora del tiempo, con alcanzar á tanto, no gastaba los -caudales de odio que don Gil Tomás llevaba consigo; y á este rencor, -estéril pues que no rebasaba los límites de lo subconsciente, obedecía -la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la -expresión de frialdad y lejanía de sus ojos, la sobriedad esquiva de su -trato, su aire siempre distraído y toda aquella emoción de pesadumbre y -silencio, en fin, semejante á un vaho, que irradiaba su diminuta -persona. - -Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo -trascendió de ellas, algo dejó aquel hondo oleaje de rencores en las -playas tranquilas de la conciencia; y fué que don Gil, sin conocer -personalmente al señor Frasquito, experimentaba la necesidad de no -separarse de él. Todos sus traslados y mudanzas respondían á esta causa -ignorada. Así, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, allí vivió -don Gil; y cuando el bujero alzó su tienda bohemia para trasladarse á -Avila, don Gil, sin saber por qué, comenzó á aburrirse en Badajoz y á -pensar que en la ciudad de Avila viviría mejor. Sus amigos, sorprendidos -de aquellas aficiones vagabundas, solían preguntarle: - ---¿Por qué viaja usted tanto?... - -El hombre pequeñito lo ignoraba. - ---Es que me canso--decía--de ver siempre los mismos objetos: necesito -variar... - -Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existían. En realidad -era la atracción del señor Frasquito, lo que tiraba de él. - -La aparición de don Gil en Puertopomares, acaecida un año después de -instalarse allí Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, señaló en la -vida moral más íntima del vecindario un grave trastorno. La figura del -enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines -blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantalón, impresionaba -fuertemente á las mujeres, de día, y luego las acompañaba de noche en su -alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones análogas, y -acaso por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegría de la Vida -como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de -castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria. - -La historia de los íncubos demuestra que éstos suelen revestir las -trazas ó apariencias más repugnantes: mendigos, epilépticos, leprosos, -viejos absurdos cubiertos de llagas, animales extraños, mitad hombres, -mitad fieras, estremecidos por todos los instintos y las muecas y las -delirantes piruetas del Diablo. - -Jamás estudió la teratología monstruos ni prodigios semejantes á los -fantaseados por el espíritu masoquista de la mujer, para quien las -espumas y quintas esencias mejores del amor residen, antes que en la -natural y sana voluptuosidad de la caída, en el sufrimiento ó castigo -que frecuentemente acompaña á la posesión. Como las hembras de todas las -especies, la mujer espera á ser tomada, y constituyen legión las que, -llevadas de una humildad morbosa, prefieren el golpe á la caricia. Las -mujeres raras veces descubren el cenit de la locura carnal sin el -acicate del dolor físico; diríase que el tormento de la desfloración -perdura en ellas como un rito, y que en su alma dócil, reducida de -madres á hijas á ineluctable esclavitud, las emociones de martirio y de -voluptuosidad se confunden. Sufrió la hembra la primera vez que el deseo -del esposo se detuvo en ella; sufrió cuantas veces el egoísmo varonil la -tomó y fatigado luego, la dejó sin curarse de su placer; padeció más -tarde cuando sus hijos, concebidos acaso en la sed de un deleite -vanamente esperado, se agarraron voraces á su seno. Ella nunca se queja; -con su sexo recibió el culto al dios dolor, la terrible divinidad -ardiente, tan vecina del misticismo como del desenfreno, que tiene para -los flancos de sus siervas disciplinas de llamas. - -Esta necesidad de tortura explica la inclinación de la fantasía femenina -á revestir de apariencias llenas de suciedad ó de horror, los espíritus -viciosos que de noche van á visitarla. Un íncubo bello y joven no -satisface plenamente las exigencias de su carne, acostumbrada al -martirio; el íncubo preferido será aborrecible, viscoso y se adueñará de -ella por fuerza: unas noches tendrá la forma de una araña de patas -peludas y tenazas palpitantes; otras será un mono cornudo y con hocico -de pescado; otras un lobo con cabeza de viejo, ó un hampón erisipeloso, -ó un lagarto frío, que apoyará sobre el vientre y entre los senos de la -dormida, el espanto de su cabeza verde... - -La complexión de la mujer, halla en el dolor y en el suplicio del miedo, -las espuelas ó complementos más eminentes de la emoción sexual; y -también el sutil trampantojo excusador de la caída. Esta malsana -derivación hacia lo odioso, hacia lo feo, explica el dominio que sobre -el mujerío de Puertopomares comenzó á ejercer, desde los primeros -momentos, el hombre pequeñito. Por eso, nada más: porque era amarillo y -su rostro tenía la rigidez enloquecedora de las carátulas; porque sus -pies eran minúsculos y sus manos muelles y blanquísimas; por la tortura -de aquella frente socrática, la mezquindad de aquellos hombros -resbaladizos y el vaivén cómico que, al andar, sus perneras repetían -sobre la blancura de los calcetines; por la fuerza extravagante y el -presentido enigma, en fin, de su vida, todas las mujeres dieron en la -habituación de soñar con él. La misma pesadilla, dulce y horrible por -igual, rodaba de alcoba en alcoba, y ni aun las casadas, dormidas al -lado de sus esposos, se libraban de ella. Don Gil aparecía en los -dormitorios, tan pronto por una ventana como por la puerta, sin hablar -adelantábase hacia sus amadas, las tomaba y se iba. Esta alucinación, -que robó á muchas caras virginales su color y entristeció precozmente el -mirar de algunas niñas, fué como una de aquellas epidemias de ninfomanía -que los obispos medioevales combatían con el fuego y el agua bendita. - -Favorecido por el misoginismo de los mozos, tiempo brevísimo necesitó el -enano para imponer su extraño amor á cuantas mujeres bonitas veía, y era -tal la diligencia de sus propósitos, que en una misma noche, según luego -se supo, asaltó varias alcobas. Mancebas suyas fueron Anita y Raimunda, -hijas del médico don Elías Fernández Parreño; doña Evarista Garrido, la -protegida de don Juan Manuel Rubio; Micaela y Enriqueta, hijas de la -austera y severísima señora doña Virtudes, viuda de Castro, á quien -también, á pesar de sus años y sólo quizás por humorismo y donaire, -visitó el íncubo; Rosario, la coja rubia, dueña del café de «La -Amistad», y otras muchas. Ricas, como doña Quintina, ó plebeyas y -cargadas de hijos, como Aurora, la mujer de Eustasio, el tonelero, á -todas se atrevía y su apasionado celo á hermosas y á feas alcanzaba y -beneficiaba por igual. Su salacidad siempre encendida y casi ubicua, ni -siquiera perdonó á la viuda de Guijosa, doña Amelia Ruiz, la mujer más -gorda de Puertopomares. Esta perenne donación de amor era como una -galantería, acaso como una caridad, que don Gil derramaba muníficamente. -Su gusto, no obstante, tenía distinciones y preferencias; especies de -hostales donde, en aquel larguísimo viaje hacia Citeres, su deseo se -complacía con satisfacción y reposo mayores: tales, María Jacinta, de -veinte años, hija única de don Artemio Morón, el boticario, y su prima -Flora. La primera, especialmente, hallóse durante varios meses tan -acosada, tan furiosamente sujeta y poseída, que perdió el apetito, -cubriéronse sus ojos de sombras violetas y dió en enflaquecer de manera -que todos juzgaron comprometida su salud. - -Ninguna de estas vergonzosas intimidades cayó en los libérrimos campos -de la pública murmuración hasta pasado cierto tiempo, pues las -muchachas, aun las más solicitadas por don Gil, absteníanse celosamente -de declararlas. Al cabo, las luces de la santa verdad resplandecieron, -aunque siguiendo los marañosos caminos á que la hipocresía las obligaba. -Fueron Micaela de Castro y María Jacinta Morón, las que antes hablaron: -Micaela refirió á su hermana la esclavitud sexual á que el enano del -Paseo de los Mirlos la tenía sujeta; lo propio hizo María Jacinta con su -prima Florita. Tanto ésta como Enriqueta conocían por personal -experiencia el sabor, simultáneamente regalado y acerbo, de tales -posesiones, lo que no las impidió admirarse y aun ruborizarse -taimadamente de cuanto oían, cual si nada supiesen; pero, por lo mismo -que ambas tuvieron la voluntad necesaria para callar sus vergüenzas, -faltólas tiempo y virtud para encubrir las ajenas, y así fueron sus -labios los primeros en divulgar el goloso secreto de don Gil. - -Con el mayor sigilo y bajo juramento de no comunicárselo á nadie, -Enriqueta de Castro decía á sus amigas: - ---¿Sabéis lo que me ha confesado mi hermana?... - -Florita, por su lado, hacía lo mismo: - ---¿Queréis saber por qué está quedándose tan anémica María Jacinta? - -Estas indiscreciones provocaban otras de análoga índole y atrevimiento. -En los pueblos pequeños todo se descubre y conoce, cual si hasta los -muros más densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doña Quintina sabía -por Raimunda, la primogénita de Fernández Parreño, que á su hermana -Anita la visitaba don Gil, y á doña Evarista la había informado doña -Fabiana, la mujer de Martínez, el veterinario, que á idénticos peligros -hallábase expuesta la mirlada castidad de doña Virtudes; esto último se -averiguó por una indiscreción del cura don Martín, pues la tribulación -y el pánico que la excelente señora tenía á morir en pecado mortal eran -tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llevó su -cuita al confesionario... - -En mucho tiempo las amigas íntimas no supieron hablar de otro asunto, -aunque conservando siempre el hipócrita cuidado de referir á una tercera -persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad removía hasta -los detalles más arriesgados, enardecíanse sus imaginaciones y la -evocación de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos -desfallecimientos de harén. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y -ondulantes, otras negras y lisas, apretujándose para charlar en voz baja -con el interés acre de las conversaciones prohibidas, componían -ramilletes de flores extrañas sobre las cuales el recuerdo de don Gil -zumbaba semejante á un moscardón cabalístico. - - - - -VI - -¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo -reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia -de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el -distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante -síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á -decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él -numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así. - -Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á -continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo -criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este -supersticioso juicio se afirmase. - -A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares, tuvo la desgracia de -enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio -Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan -urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho -donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así, -desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de -su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los -labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas -del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió -germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito. - -Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy -triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella -lividez. - ---¿Qué tienes?... - ---Nada; pena... ¡Nada!... - -A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo, -miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y -nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la -razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla -vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas -reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de -un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con -las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría -quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre -ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban -esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un -soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio; -palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el -cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la -tarde; sin duda quería ver... - -A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y -llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la -enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase -aliado de la Lívida; hasta la protegía. - ---¿Qué quieres?--la preguntó. - -Repuso la Muerte: - ---No hallo lo que busco. - -Y don Gil: - ---Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?... - -Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia -indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos, -no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse -con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más, -acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el -enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto -de su mano fría y parva. - ---No te escondas--dijo don Gil--, es á ti, á quien busca la Muerte. - -Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á -despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el -maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto -nevado de su risa. - ---¿Era ésta tu elegida?--insistió don Gil. - -La Muerte repuso, sin aproximarse: - ---Esa es. - -Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima: - ---Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu -conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días. - -Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo -Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin -duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba el -odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas -extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus -absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse -á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el -vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la -joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los -momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El -sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El -lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de -costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo -estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus -postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de -Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío -en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la -calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la _jettatura_ ó -mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una -reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo. - -El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó -brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también -significativa originalidad. - -A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y -acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba -recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase -camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al -Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con -un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros -cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más -que de la fortaleza del encontrón, que no pudo ser grande dado el poco -peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose -alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios -cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se -empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas -producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala -obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien -trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los -hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya -enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á -tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena, -intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito, -convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera -habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como -una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en -la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba -horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados: -hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber -quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo. - -El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y -cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la -noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes -del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La -mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel -hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo. - ---Hiciste mal en provocarle--murmuró--; porque, según dicen, ese don Gil -es brujo. - -Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que -le despertase temprano, pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse -á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que -al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo, -expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase -de verle tan despavilado, Ayala repuso: - ---¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás. - -Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia: - ---Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he -amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo, -como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que -tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á -Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según -estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el -reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?... - -Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética: - ---Yo, en tu lugar, no iba á Candelario. - -No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse, -aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche. -Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería -le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien -acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió -el corazón. - -De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con -velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio -fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos, -llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de -superstición y de dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de -las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus -brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad -del miedo y del asco. - -¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por -igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los -linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde -campea la conciencia?... - -Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica; -para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente -diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura -el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete -con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa -se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á -seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el -cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde, -envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu -abre hacia la increada luz sus alas inmortales. - -Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja -inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los -sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y -multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó -sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual -modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la -materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá -del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por -sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su -actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para -todo contacto físico?... - -De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista -término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos -orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu -de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como -una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle -una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al -alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe -por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la -inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la -conciencia después de la muerte. - -Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los -sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las -civilizaciones antiguas y en los textos sagrados. - -Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á -ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos -esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo, -el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima -mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo -que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente -cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus -imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento -puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó -doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir -subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se -acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar -bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto -ideas truculentas... - -Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana, -constituyen los «estados inferiores» del sueño. Mas hay otros en que es -el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan -intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa -versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y -una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal -sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del -sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el -sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los -peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá» -efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y -responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece -apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que -«recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de -memoria. - -¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente -ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso -dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente -armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de -los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad -objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior -rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia, -pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué -importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó -hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida -cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del -cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?... - -A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien -delineada separación entre la carne y el alma de don Gil, y aquella -increíble y jocunda autonomía de su voluntad. - -El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su -hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en -cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed -de Tántalo. - -Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima -gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de -despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer -el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel -momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una -elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo -objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años -ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil -Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo -vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su -imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores -corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el -vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro, -otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa -de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía -vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil, -que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo -la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y -así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud -de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que -pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento -de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un -aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á -quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna -que ésta iba á heredar. - -La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca -llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la -mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su -ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin, -no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las -emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á -sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados, -de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces. - -El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y -así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma -nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece, -pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos -fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y -melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades, -panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las -pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos, -que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la -conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres -cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria -poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la -angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida -durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales, -sin sospecharlo, va filando el espíritu. - -Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las -ideas de rebaño, de multitud. En una nación las capacidades directoras, -los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos -cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El -resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son -«los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra -provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en -nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada -antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo -más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de -ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar -detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas -eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra. -En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo -muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada -sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos -parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua. -¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á -lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el -vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar -todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?... - -En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los -Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la -personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó -menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad, -porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas -las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel -cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y -potencias teúrgicas de las que nadie era capaz. - -Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos -apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de -las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más -agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de -algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera. -Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil -contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye -imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar. -Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la -puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios -rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de -difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de -amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que -acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos. - -Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida -por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á -rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad, -que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones -epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las -mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el -dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la -calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que -dejan los entierros. - -Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del -hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era -morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal, -una tras otra le pertenecieron y continuaban bajo su dominio. Del -hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos -castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre -celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían -contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era -interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para -heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía? - -Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni -Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando -éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de -cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia, -pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente -se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y -podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido -conciliar el sueño. - -Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba -los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío... - - - - -VII - - -No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino. -Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle. -Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y -sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el -polvo. - ---Voy con usted, don Gil--dijo--, porque supongo que querrá usted tomar -algo. - ---Sí; tomaré un ajenjo. - -El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba -llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar -la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre -el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques, -se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega -albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un -tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente -en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el -sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo. - -Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso. -Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo -enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la -parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se -hallaban en la misma línea perpendicular. - -Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo. - ---Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil. - ---Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas -llevo andadas. - ---¿De paseo, verdad? - ---De paseo: ir á Torres de la Encina y volver. - ---Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel -también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy? - ---No. - ---Va mucho por ahí, porque en el término de Torres de la Encina tiene un -olivar. - ---A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estación, es al señor -Frasquito Miguel. - ---Iría á Navahonda. - ---No lo sé. - ---¿Llevaba el carro?... Pues entonces iba á Navahonda, por leña. Va -todas las semanas. - -Don Gil aderezó su ajenjo y pidió los periódicos del día. Trájoselos -Teodoro y seguidamente marchóse á proseguir el barrido y buena limpieza -del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de -la galería, el hombre pequeñito, amarillento, encogido y trajeado de -negro, parecía un niño enfermo. Absorto en la lectura de _El -Adelantado_, diario conservador de Salamanca, don Gil no vió á un hombre -que, habiéndole observado unos instantes desde la puerta del salón, se -retiró sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspendía su lectura, -empuñaba la botella del agua y vertía algo de su contenido sobre el -terrón de azúcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la -copa. El agua, filtrándose á través del azúcar, caía gota á gota, y -abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente -palidecía. La figura inmóvil de don Gil daba á la sencilla operación una -expresión medrosa y rara, un enigma de maleficio. - -Terminada su faena, Teodoro reapareció y fué á sentarse al extremo -opuesto de la galería. Encendió un cigarro. Sus ojos azules, dóciles, -buenos, iban de un lado á otro, con la satisfacción de la labor -realizada, y á ratos se detenían en don Gil. Desde allí sólo podía verle -la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el -periódico abierto. - -Teodoro pensaba: - ---Verdaderamente, el pobre es muy pequeñito... - -Luego, su ánimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba -lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; había fregado los -espejos y cepillado el paño de las mesas de billar; únicamente le -quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monólogo -interior lo interrumpía de vez en vez don Gil, quien, para continuar -leyendo, daba á _El Adelantado_ un nuevo doblez. - -Entonces Teodoro volvía á decirse: - ---¡Pero qué chiquito es!... - -A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo, -dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo. -Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro. - -Teodoro también se levantó, servicial y reverente. - ---¿Ya se marcha usted? - ---Sí; me voy á casa. Hasta luego. - ---Hasta luego ó hasta mañana. - ---Adiós, Teodoro. - -Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le -cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el -portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la -hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una -mano el ala del sombrero. - ---Buenos días. - ---Buenos días, don Gil... - -De rubor, como amapolas, se pusieron las tres. - - - - -VIII - - -Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta, -llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba -del ronzal una mula. - ---Buenos días, don Ignacio. - ---¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante! - -Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena -para saludar. - ---Buen día nos dé Dios. - -Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario -exclamó: - ---¿Qué te trae por aquí? - ---Pues, una desgracia que me sucedió ayer. - -Los ojos del chalán pasearon por todas partes una mirada furtiva y -segura. El local donde don Ignacio tenía su clínica era espacioso, el -suelo de tierra, cubierto de boñigas y de estiércol, el techo bajo y -envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo, -adosada al testero más oscuro, veíase una larga pesebrera: colgadas de -las sucias paredes y en ringlera había abundante número de herraduras, y -sobre los entrepaños de un armario, martillos, pinzas, un trabón inglés, -especie de pulsera con que se sujeta á los caballos para castrarlos, una -carátula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchón de basura -que cubría el pavimento y cedía muellemente bajo los pies, en la cálida -y pestilente fermentación de tantos abonos corrompidos, bullía, -semejante á una devoradora comezón, la inquietud sanguinaria de las -garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacían su -agosto; zumbaban las moscas y los tábanos. El ambiente conservaba el -inconfundible olor áspero del casco quemado. - -Don Ignacio Martínez, pequeño, sólido, esparrancado sobre el estiércol, -en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del -chaleco, callaba esperando á que su interlocutor se explicase. Mascaba -una tagarnina, que con un impaciente guiño de labios se trasladaba á -cada momento de un lado á otro de la boca: tenía cargados de sueño los -ojos, y el ancho rostro, que aun no había tenido tiempo de lavarse, -macilento y de pocos amigos. - -El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo -á quince ó veinte personas de calidad, tuteaba á todo el mundo. El señor -Frasquito adelantóse algunos pasos y deslizando una mano bajo las -crecidas haldas de su sombrero, comenzó á rascarse el cogote, como si -aquella rascadura ayudase al nacimiento y composición de sus ideas. - ---Pues, ya está usted viendo cómo viene la mula. - -Mostraba el desdichado animal, que apenas podía moverse, el lado derecho -cubierto desde el anca á la cruz, por una bermeja, cruel y ardentísima -llaga. Tratábase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad -las llamas mordieron en la carne, que royéndola toda dejaron al aire los -costillares. Según Frasquito Miguel explicó, el accidente había ocurrido -en el camino de Navahonda á Puertopomares. Iba él durmiendo en lo alto -de su carro cargado de leña. El tiro lo componían tres mulas; de julo -llevaba un pollino. De súbito despertó medio asfixiado por densísimos -remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la -causa del siniestro; el convoy ardía, crepitaba, hecho un volcán. -Afortunadamente el señor Frasquito se recobró á tiempo, y con la -inesperada agilidad que le dió el peligro saltó á tierra. El burro y las -dos caballerías delanteras sacaron de su pánico fuerzas para romper los -tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del -vehículo, no pudo imitarlas. Fué una escena terrible: el animal, -hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba -esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron -los quijotes, su pánico trocóse en desesperación y locura, y tales -fueron sus brincos y corcovas, que volcó el carro. De entre las varas de -éste logró sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirándole á -dos manos de la brida, y luego de cortar á cuchillo cuantos arreos y -guarniciones lo sujetaban; pero á pesar de su caritativa diligencia, -cuando lo consiguió ya las llamas hambrientas habían mordido mucho en -él. - -Pasados unos instantes de meditación, el veterinario exclamó: - ---No comprendo cómo ocurrió el accidente que acabas de contarme. ¿Tú -fumas? - ---No, señor. - ---¿Ni sueles llevar cerillas? - ---Nunca. ¿A qué fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que á -cualquiera de los mozos que ayudaron á cargar el carro se le cayese una -caja de fósforos entre los haces de leña, inflamáronse aquellos después -con el sol y la carga empezó á arder. - -Calló, miró al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa. - ---Por cierto que ayer á poco de salir de casa me crucé en el Camino Bajo -de la estación con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me -dije: «Mala sombra.» ¡Palabra de honor que lo pensé así!... - ---¡Déjate de pataratas!--interrumpió Martínez con brusca exaltación y -mordiéndose la uña del anular--; si hubieras ido andando, según era -deber tuyo, no hay fuego; pero como queréis ir por atún y á ver al -duque... ¡esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien -dicen que por un clavo se pierde una herradura. - -Repuso el señor Frasquito: - ---Tiene usted razón; pero es imposible preverlo todo, y, además, hay -días en que la fatiga no le deja á uno ni tirar de los pies. En fin, -ahora lo necesario es que la mula sane pronto. - -Replicó don Ignacio: - ---Sanará en seguida si cuidáis de que no la piquen las moscas. Tú mismo -puedes curarla; todo se reduce á que la laves diariamente con ácido -pícrico. ¿Has comprendido? - ---Sí, señor. - ---¿Quieres la receta por escrito? - ---No, no hace falta: ¿ácido pícrico dijo usted? - ---Eso es: ácido pícrico, al cincuenta por ciento. Ve á la botica de don -Artemio y te servirán bien. Después del lavaje, y pasado un rato, cubres -toda la quemadura con glicerina; más adelante, si la llaga sigue -cicatrizándose, bastará secarla con polvos de almidón ó de arroz. - -El animal, á quien el señor Frasquito tenía del cabestro, conservábase -inmóvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una -actitud de sufrimiento y pasividad. Martínez llegóse á él, frunciendo -las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la -herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban, -con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realizó un -esquince y alzó la cabeza; un extravío de cólera abrasó sus pupilas. - ---No me detengo á curarlo--dijo don Ignacio--, porque dispongo de poco -tiempo. Hoy cumple años Fabiana y tenemos invitados á comer, y luego -baile. Además, ya sabes: ácido pícrico al cincuenta por ciento, es lo -mejor... - -Saludó Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvióse hacia -la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro. -Dócilmente la bestia le siguió. Entonces don Ignacio se acordó de decir: - ---¿Y en tu casa? - -Detúvose el interpelado, escorzándose un poco para contestar, pero sin -volver la cabeza: - ---Bien todos, muchas gracias. - ---¿Y tu mujer? - ---Allí, la pobre, con los chicos; rabiando... - ---¿Y Toribio? - ---Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de -hallarse ahora. - ---Bueno, hombre; dales recuerdos. - ---Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre, -Pascualita!... - -Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la -anquilosis de sus piernecillas flacas, muy sobradas de horcajadura, su -tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios -entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía -sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una -tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de -la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron... - -Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar. - - - - -IX - - -Inmediatamente Martínez dirigióse al fondo de la clínica, empujó una -puertecilla y salió á un patio rectangular, bastante grande, con solado -de hormigón y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de -una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso -principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas -galerías encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. Allí encontró -á Fabiana, su mujer, y á su hija, ocupadas en sacudir las paredes y -traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche -habían de reposarse. Don Ignacio llegóse á ellas y las oprimió contra su -pecho, besando á la niña y pellizcando sabrosamente á la madre en las -posaderas. Después, informado de que las criadas habían sabido comprar -todo lo necesario para la cena, añadió: - ---¿Cuántos invitados tenemos? - ---Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve. - ---Pues dispón otros tres cubiertos porque esta mañana doña Virtudes me -envió recado de que vendría con sus pimpollos. - -Martínez, más chiquito que su mujer, gordo, saludable, lleno de -impaciencias sanguíneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, á -pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doña -Fabiana preguntó: - ---¿No tenías que ver hoy el caballo de don Juan Manuel? - ---Sí, más tarde. - -Charló largo rato, hallando en aquellos diálogos familiares una dulce, -sencilla y confortadora alegría. Estimulado por la actividad de la madre -y de la hija, cogió un martillo y, encaramándose sobre un taburete, fijó -varios clavos. Acomodóse luego en una mecedora, apoyó el tarso de una -pierna sobre la rodilla de la otra, se aflojó comodonamente el cinturón, -dejó ir el cuerpo hacia atrás y encendió un cigarro. A sus ojos todo -ofrecíase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el -hormigón, recién fregado, brillaba á la luz; sobre la celosa albura de -las encaladas paredes, la verdosidad húmeda de la hiedra parecía mayor; -desde sus jaulas, colgadas del techo de la galería, varios jilgueros y -canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de -rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croché, -y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la dueña -de la casa unió unas pilastras á otras, tenían en la penumbra del patio -suaves ligereza y frescura. - -Rato hacía que Martínez se marchó y aun la decoradora faena se -prolongaba con perseverante fervor: Antoñita entraba y salía de las -habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las ágiles -y muy discretas manos de su madre distribuían luego con acierto vistoso. - -Doña Fabiana Vázquez llegaba, con los treinta años, al lucido apogeo de -su belleza: tenía de ébano los undosos cabellos, morenas la bien calzada -frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos, -almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente -expresión de sanidad en toda su matronil persona. Lástima que no hubiese -crecido un poco más, con lo que hubiera alcanzado á esa línea de donde -arranca en las mujeres la gallardía; de lamentar también que sus brazos -fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la -redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada -magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba á caminar con cierta -lentitud y un anadeo que descubría, bajo la holgura de sus batas -bermejas, la disposición maciza de las piernas. No obstante, la -hermosura árabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la -seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplían con exceso los -errores de la línea. Era buena, era simpática, emotiva, dulce; una de -esas almas maternales á cuyo lado los desgraciados y los tímidos, -especialmente, se encuentran bien. - -Antoñita, su hija, tenía once años, el perfil delicado y los cabellos -encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus -brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba á ser -alta. En sus pupilas azules había una indecisión que las agrandaba y -embellecía. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos, -influyó en la grácil y espigada complexión de la chiquilla. Antoñita -parecía destinada á servir de origen ó troquel á un tipo nuevo; las -razas de los Martínez y de los Vázquez habían entroncado con tal -brusquedad que se anularon mutuamente, fundiéndose y como diluyéndose -apasionadamente en su retoño. Antoñita era Antoñita y perdería el tiempo -quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos ó cognáticos una figura -que justificase la suya ante las leyes de la herencia. ¿Se afearía más -tarde? Cuando la niñez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo -de los pueblos no favorece á las bellezas delicadas, ¿resucitaría en -ella la gordura que en plena mocedad afligió á doña Fabiana? Nada -parecía señalarlo así, y Antoñita marcaba en su hogar una pincelada -inconfundible, noble y rara, semejante á esas plantas que alzan de -pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo murallón. - -A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron á llegar los invitados -al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el -fresco, les acogía con sinceras demostraciones de regocijo, dábales -conversación unos instantes y les despachaba hacia dentro, diciéndoles: - ---Si quieren ustedes ver á Fabiana, pueden pasar... - -Ellos cruzaban la cuadra, fétida, oscurecida por el crepúsculo y -cubierta de estiércol; los pies se hundían en la hedionda majada donde -pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo á las cucarachas -las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Después, empujando la -puertecilla que se abría al fondo del local, salían al patio. Allí les -aguardaban doña Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente -enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de -parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato, -limpio, que olía á macetas recién regadas. - -Los más puntuales en acudir á la fiesta fueron don Elías y doña -Presentación, con sus hijas Raimunda y Anita; luego llegó don Artemio -Morón con María Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doña Evarista, -la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, así por el honesto -aislamiento de sus costumbres como por el considerable mérito político, -dinero y personales simpatías, de su protector, era en todos lados bien -recibida. La tertulia iba formándose en el patio, mientras llegaba la -hora de cenar. Las mujeres, á quienes la conversación excita y aturde -como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicándose -nerviosamente y charlando todas muy alto y á la vez. Don Elías y don -Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron á pasearse -con andar cadencioso y las manos cruzadas atrás. Discurrían -ramplonamente: - ---¿Se ha enterado usted del pedrisco que cayó anoche en Navahonda? - ---Esta tarde me lo dijeron. - -Don Elías miró al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes. - ---Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la -pena, vamos á tener mucha miseria este año. - -El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arrancó un suspiro. - ---Yo debía haber ido esta tarde á casa de la viuda de Guijosa; pero las -niñas se empeñaron en que las trajese aquí... - ---¿Cómo sigue doña Amelia? - ---Peor, siempre peor; cada día más gorda, hasta que la grasa la ahogue. -Morirá del corazón. - ---Diga usted--interrumpió el farmacéutico--¿es cierto que no puede salir -de la habitación donde está? - ---Ciertísimo. Hace años, á raíz del fallecimiento de Guijosa, la pobre -mujer se metió en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten -en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, á -ella el dolor la dió por engordar, y cuando á instancias mías determinó -hacer un poco de ejercicio, tenía las nalgas y el vientre tan enormes, -que ni de perfil cabía por las puertas. Actualmente mide cincuenta -centímetros de cuello. ¡Un monstruo! El caso de doña Amelia á un -extranjero le parecería inverosímil, pero á nosotros no debe -asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su -virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el -corsé y no poner los pies en la calle. - -La brusquedad de sus propias palabras enardeció á Fernández Parreño. El -diálogo adquirió un sesgo social. Don Elías comenzó á perorar -cálidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y á buscar -el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas. -Nación donde la enseñanza no es obligatoria, nación perdida. Don Artemio -hacía signos de asentimiento. El médico prosiguió: - ---Aquí malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres -no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo, -hubo en Salamanca una importante reunión «contra la blasfemia»: se -pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas -señoras se darían el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos -salieron del mitin como fueron á él; es decir: convencidos de que no se -debe blasfemar. Indudablemente esta es también la opinión de todos los -carreteros de España, aunque jamás se les haya ocurrido protestar de su -mala lengua. ¡Sí, ya lo saben! Ofender á los santos no está bien... Sin -embargo, ¡no quiera usted oir lo que dirán por esos caminos apenas se -les atasque el carro ó las mulas no tiren como deben!... Y es porque el -hábito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con -palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen -implantando otras, no con bambollas retóricas; la destrucción es buena á -condición de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror -al vacío; y tales evoluciones sólo se obtienen con el favor del tiempo y -dragando en los estratos más arcanos del alma nacional. - -Muy satisfecho de la callada atención del boticario, Fernández Parreño -continuó: - ---¡Guerra á la blasfemia, sí, señor! ¡Guerra también á toda clase de -feas interjecciones, especialmente á nuestra puerca, innoble, fementida -y abominable costumbre de citar á cada momento los órganos genitales, -para vergüenza de nuestras mujeres, escándalo de extranjeros y mengua y -baldón de la española cortesía!... Luchemos contra ese fango que, antes -de macular los labios ensució los pensamientos. Pero esto no se obtiene -con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseñanza. -Un maestro deja en el espíritu colectivo más hondo surco que cien -oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento, -ponerle guiones á la voluntad, darle elegancias á la conciencia. El -hombre «elegante por dentro», aunque carezca de ideas religiosas no -blasfema, pues el torpe juramento repugna á su gusto delicado; ni -incurre en otros delitos de grosería, porque la cultura así enfrena los -ademanes del cuerpo, como las ideas y propósitos, ademanes del alma. -Según desaparecieron el miriñaque y el calzón corto, así desaparecerá la -blasfemia; pero, más adelante: cuando un juramento produzca en nuestros -oídos el efecto de una disonancia. - -Don Artemio interrumpió al médico: - ---A propósito: ¿conoce usted al maestro de Cantagallos? - ---¿Don Joaquín Blanco?... ¡Mucho! - ---Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron á Madrid con idea -de ponerse á servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban días enteros -sin comer. - -Don Elías lanzó una interjección que desentonaba bastante con sus -conceptos relativos á la limpieza del lenguaje: - ---¿Ve usted?--exclamó--; ¿cómo vamos á lamentarnos de que blasfemen los -carreteros de un país cuyos maestros tienen hijas fregando platos?... - -La llegada de la señora viuda de Castro, con sus dos hijas, atajó la -peroración de don Elías. Era doña Virtudes una mujer cincuentona, alta y -cenceña de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vestía de negro en -toda estación, más que por reverencia al perdido esposo por melancolía -y sequedad de carácter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de -sus cabellos parecía mayor. Sobre la delgadez de los labios herméticos, -la nariz larga, fina y severa, daba á sus menores palabras irrevocable -autoridad. El mirar buído de sus ojos simiescos, pequeños y muy juntos, -se resistía difícilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como -potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta. - -Adelantáronse doña Fabiana y Antoñita á recibirlas, y entre cordiales -aspavientos de amistad fueron besándolas en las mejillas. Doña Virtudes -las besó también, dió su flaca mano á la esposa y á las hijas de -Fernández Parreño, á María Jacinta y á Flora, y ofreció á doña Evarista -un saludo imperceptible. - -Don Artemio y don Elías reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo -dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doña Fabiana, doña -Presentación y la señora viuda de Castro, á un lado; en el otro, doña -Evarista y la gente joven. Las muchachas reían y se sacudían las faldas. - ---¿Verdad que hay muchas pulgas?--preguntaba María Jacinta. - ---Muchísimas. - ---Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae -hambre atrasada, ¡porque está dándose un banquete!... Seguramente las -hemos recogido al entrar, de entre el estiércol. - -Un ademán algo deshonesto de Micaela, abrasó en relámpagos de ira las -pupilas negrísimas de doña Virtudes. - ---¡Niña! - ---¿Qué, mamá? - ---¿Qué gestos son esos, en una casa extraña? - ---¡Ay, no es nada!... ¿Quiere usted callarse?... ¡Que me pican mucho las -pulgas!... - -Doña Fabiana sonreía indulgente, segura de que las muchachas no -exageraban. Había, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le -traían martirizado, especialmente de noche; pero, ¿cómo acabar con -ellas? - ---¡Yo no resisto más!--exclamó Raimunda levantándose. - -Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredaño del comedor, cuya -puerta cerraron. Se las oyó retozar y reir. El semblante cetrino de doña -Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas -reaparecieron, doña Fabiana hizo girar las llaves de la luz eléctrica y -el patio se iluminó. Algunas lamparillas oportunamente distribuídas -entre la lozana fronda de la hiedra, dieron á la escena vistosidad -teatral. En la galería, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso -relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron -contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las -livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa, -de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de -las luces y la copiosa verbosidad y ornitológica algarabía de las -mujeres, los pájaros rompieron á cantar. - -Don Elías y el boticario se acercaron á la dueña de la casa. - ---¿A quien esperamos?--preguntó Morón. - ---A don Niceto. - -La señora de Martínez llamó á su hija. - ---Ve á buscar á papá; dile que estamos aguardándole. - -Creyóse obligada á explicar la ausencia, un tanto descortés, de su -marido, y agregó: - ---Ignacio, si le dan conversación, es capaz de charlar tres días -seguidos. No sabe despedir á nadie. - -En aquel momento aparecieron Martínez y el juez municipal. Esta fué la -señal para trasladarse al comedor. Por consideración y respeto á las -señoras, don Ignacio, que tenía la costumbre de ir siempre en mangas de -camisa, fué á vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa -el avisado consejo de doña Fabiana distribuyó á los invitados, según su -edad, con lo que se formaron dos grupos á los cuales parecía separar el -gran frutero, cargado de bruñidas manzanas y aterciopelados melocotones, -que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martínez, como motivo -que era de la fiesta, y más aún por sus pocos años y juvenil ufanía de -carácter, ocupó, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa: -á su derecha estaban su hija, María Jacinta y Flora; á su izquierda, -doña Evarista, Raimunda y Anita. A continuación de Flora y de Anita, -respectivamente, se colocaron don Artemio y el médico; al lado de éste, -don Niceto, y luego las señoras de mayor gravedad y empaque: doña -Presentación y doña Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequeña, -alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sentó don Ignacio. - -Empezó la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y -rajitas de salchichón, y la fuga de una aceituna que rodó por el mantel, -como huyendo del tenedor de María Jacinta, suscitó grandes risas. Los -platos, de dorada cenefa, rielaban á la luz. El vino ponía en la -transparencia de las copas su encendida alegría. Dos azafatas, con -alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del -servicio. - -El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando -la expresión de los rostros. En las mejillas, perversamente -descoloridas, de María Jacinta, comenzaba á extenderse una leve -evaporación rosa, y en sus ojos garzos chispeaba á intervalos un fulgor. -A Flora, más gruesa que su prima, el calor de las libaciones la había -abultado y acarminado los labios, por cuanto su fuerte dentadura -parecía más blanca. A Antoñita su madre la prohibió beber más. Anita y -su hermana también estaban muy contentas, y entre la rubicundez -ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la -juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente -oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozanía. -Eran las dos de buena estatura, sólidas y esbeltas á la vez, y sus -caderas turgentes sobresalían y se desbordaban de las sillas como en una -provocación carnal. La belleza treintañal de doña Evarista era menos -petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la -experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenían una corrección urbana -por todo extremo educada y simpática. La señora de Martínez parlaba con -todas y sus ojos negros, blandos y cálidos, sus magníficos ojos de -terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras. - -Fernández Parreño, á quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopía y -el brillo prócer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presidía -la conversación secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi -siempre para contradecirle. Doña Presentación, gorda, sencilla y de buen -color, y doña Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban á oir. Don -Artemio también hablaba poco. - -Había en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la -lámpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia, -alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste, -emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas, -como del severo color de sus vestidos. - -Fernández Parreño, cuyas disposiciones satíricas necesitaban una -víctima, complacíase en hacer hito ó blanco de sus burlas al boticario, -mientras don Ignacio recogía una á una aquellas ironías y exornadas con -nuevos aditamentos y donaires tornaba á echarlas sobre el mantel. De -este modo la conversación, salvo ligeros comentarios de la gente joven, -describía una especie de triángulo en el cual cuanto don Elías iba -diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado -por Martínez. - -Acodado familiarmente en la mesa, distraído y buenazo, el farmacéutico -oponía á las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa -imperturbable. Tenía cincuenta años, había enviudado siendo mozo aún y -como, acaso por pereza, no quiso volver á casarse, la costumbre de vivir -solo contribuyó á ratificar la significación tímida y ausente de sus -actitudes. En don Artemio, por excepción la conciencia acompañaba al -cuerpo; ó, lo que es igual: rarísimas veces movíase y hablaba conforme á -lo que sus sentidos iban diciéndole, lo cual le daba un gesto cómico de -constante indecisión. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos, -bien claramente revelaban la buena lozanía de sus años adolescentes, -pero una caída, partiéndole la espina dorsal á la altura de los -omoplatos, dejó en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el -equilibrio entre las extremidades y el busto, lo único recomendable de -su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja -blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil -volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada -y abundante. - -Y no era este desconcierto de huesos el menor daño que afligía al -boticario, aunque él así lo creyese, sino que con la joroba física -salióle otra muy gravísima corcova en el alma, y fué la de la tacañería. -Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron -grandemente el desapoderado incremento de esta inclinación. Como conocía -á todos los modestos propietarios de la comarca y estaba al tanto de -sus apuros, solía facilitarles dinero mediante hipotecas terribles. -Cumplido el plazo señalado para el reintegro ó devolución de la suma -prestada, don Artemio procedía á raja tabla y gozosamente al embargo de -los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento -cuadruplicó sus heredades. Pocos años le bastaron para enriquecerse. En -Puertopomares la gente á la vez le quería y le odiaba, pues mientras -unos decían horrores de él, otros aseguraban que, fuera de su ominosa -fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y -bonísimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antaño no era -así. - ---A no haberse jorobado--decían--hoy no sería usurero. - -Para Fernández Parreño, que solía abrazarle pensando en que los -corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morón, con su gran cabeza -sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era -un símbolo: el símbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la -tragedia, lo grave y lo ridículo, lo más noble y preexcelente y lo más -ruin, marcharon siempre unidos. - -La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban á -dolerse de la exigua representación que el elemento masculino tenía -allí; Raimunda lamentábase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita -preguntó á don Niceto por su hermano Luis. Micaela también echaba de -menos á Romualdo. Doña Fabiana las tranquilizó; aludió á su marido con -un gesto. - ---Nosotros--dijo--hubiésemos querido invitarles á comer; pero, como -veis, la mesa es pequeña para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase -apuros, porque esos señores están invitados y á la hora del baile les -tendremos aquí. - -Raimunda, la primogénita de los Fernández Parreño, cuchicheaba con doña -Evarista. - ---¿Ya no le pican á usted las pulgas? - ---Martirizada me traen, hija mía. - ---Yo tengo una terrible aquí debajo... ¿usted comprende?... La pícara -pudo irse á otro sitio, pero sin duda tenía mucha hambre y eligió el -plato mayor y mejor servido... - -La protegida de don Juan Manuel reía oyendo estas ligerezas, y la -hilaridad humedecía voluptuosamente sus bellos ojos. - -Adelantando un poco el busto la señora de Martínez inquirió la causa de -aquel regocijo. - ---¿Qué dice Raimunda? - ---Nos quejamos de las pulgas. - -Idéntico daño afligía á María Jacinta y á Flora, y esto acuciaba en -todas el deseo de bailar. Informado de lo que sucedía, Fernández Parreño -improvisó un elogio del mosquito. - -Según don Elías, el mosquito posée cualidades estéticas que le hacen -infinitamente superior á la pulga: es artista porque habiendo sabido -hermanar el hambre con la música, adorna sus picotazos cantando, y á -semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y -también porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A -un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin más que quemarle las alas -con un fósforo; mientras á las pulgas es necesario descender á buscarlas -en los escondrijos del traje ó del lecho donde se ocultan. Además, la -pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, sólo -por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de -visita, nos devorará el cuello; si vamos de paseo, se nos meterá dentro -de una bota. ¿Sabe nadie las ideas de desesperación y hasta de suicidio -que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de -nuestro sombrero?... - -Como lograse terminar su disertación con notable fortuna, don Elías, -excitado al calor de sus propias agudezas, comenzó á probar nuevamente -la buena paciencia de don Artemio. - -Morón vivía á la entrada de la Glorieta del Parque, frontero á la Fonda -del Toro Blanco, y, según Fernández Parreño, la distancia que separaba -la botica del Casino servía á don Artemio para someter á cálculos, casi -matemáticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le -dedicaba. - ---¡No haya cuidado--aseguraba el médico--que este hombre por nadie se -moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por -él. ¿Es cierto no?... - -El interpelado sonreía modesto, ocultando la satisfacción de verse -comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no -obstante su rápida trivialidad, equivalía á un polvillo de éxito, á un -rocío de gloria, que cayese sobre él. - -Las festeras palabras de don Elías eran recibidas con francos -borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos. -A don Artemio Morón, verbigracia, le gustaba muchísimo charlar. -Sincretista y desocupado, amaba la conversación por ella misma, por «su -ruido», que no por estudiosa curiosidad espiritual ó inteligente prurito -de discutir. Así, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto -del diálogo, le interesaban mayormente. ¿Se comentaban las últimas -corridas de toros? Bueno. ¿Hablaban de política? Adelante. ¿Debía -charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los -asuntos parecíanle igualmente oportunos para no dejar á su lengua ni á -sus oídos en la ociosidad. - -Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino, -procuraba no salir nunca solo de allí. Si á la hora de él marcharse sus -contertulios hallábanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de -tresillo ó de dominó, atardaba su retirada para esperarles. Ellos, -conociéndole, se hacían los remolones. Les aburría. El boticario, -parsimonioso en sus actitudes, amén de caminar muy despacio, tenía la -molestísima costumbre de pararse al hablar. Mientras oía andaba, pero no -bien abría la boca se detenía, cual si los dinamismos de sus labios y de -sus pies fueran rivales. - ---A propósito de eso que ha contado usted--decía--voy á referirle lo -siguiente... - -Y se paraba. Replicaba su acompañante, que sabedor de sus tretas -procuraba llevar las riendas del diálogo; pero había de tenerlas muy -cogidas, pues Morón se las quitaba en seguida, y como hallaba especial -contento en escucharse no era fácil arrebatárselas después. - -A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, añadía el hábito de ir -subrayando sus palabras con líneas que la contera de su bastón trazaba -sobre la acera ó en la fachada de las casas. - ---La liebre--explicaba--se había escondido aquí, bajo unas matas; yo -venía por acá. Al ver al animal mis perros describieron un semicírculo -en esta forma... - -Todo lo corpóreo, lo susceptible de expresión gráfica, le obsesionaba; -don Artemio no sabía zurcir dos ideas si á medida que germinaban en su -caletre no las pintaba. - ---El toro estaba allí; el picador se acercaba por este lado... -¿Comprende usted?... - -Mientras la contera infatigable de su bastón peregrinaba sobre las losas -del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, ó -golpeándolas sonoramente, para mejor imbuir en el ánimo del oyente la -convicción de que determinado objeto ó persona ocupaba un sitio fijo, -preciso, rotundo. Comprender bien á don Artemio suponía, por tanto, -escucharle á pie quieto y sin apartar de su bastón los ojos. - -Todo esto daba tan fastidiosa monotonía á su trato, que sus amigos del -Casino le huían. Algunos, sin embargo, solían acompañarle, ó por -desocupación y deseo moceril de trasnochar, ó porque sus domicilios se -hallasen en el mismo rumbo ó dirección de la botica. - -Las personas de quienes don Artemio recibía tan meritísimos testimonios -de paciencia y afecto, eran el gerente de _La Honradez_, don Romualdo -Pérez; Epifanio Rodríguez, estanquillero y corresponsal de periódicos; -don Valentín Olmedilla, dueño de la fonda del Toro Blanco, y don Gil -Tomás. A todos ellos teníales clasificados según el tiempo que le daban -escolta, y establecía relaciones directas entre la amistad de sus -acompañantes y la longitud del camino. A más camino, mayor amistad. Así, -el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba -en la Bajada de la Fuente, á cincuenta pasos mal contados del Casino. -Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo á las severísimas -rejas de doña Virtudes, le acompañaba hasta el callejón del Misionero. -De allí á la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don -Valentín y don Gil Tomás, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque -para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con él hasta su casa. - ---El refinado egoísmo de don Artemio--decía don Elías--tiene -clasificados á sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes. - -Para excitar la hilaridad del mujerío, parodiaba con su cuchillo, sobre -el mantel, los geroglíficos que el boticario hacía en las aceras con su -bastón. - ---Supongamos--continuó--que se trata de un termómetro inventado por -Morón para medir la temperatura afectiva ó sentimental de sus conocidos. -La ampolla ó depósito del aparato lo constituye el Casino; la columna -termométrica es la calle Larga, eje máximo ó espina dorsal del pueblo -que va, como todos sabemos, desde el Casino á la Glorieta del Parque; y -el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quiénes -don Artemio se acompaña egoístamente y con el exclusivo objeto de no -aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo señala, -por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. ¿No es -eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejón -del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y, -solamente, don Valentín, don Gil y algún otro, llegan á la Glorieta del -Parque, que representa los cien grados, la ebullición, la muerte de -todos los gérmenes ingratos, la exaltación ó frenesí de la amistad. -Anoche, alrededor de las doce, le vi á usted acarreando por la columna -mercurial á don Juan Manuel. ¿Consiguió usted que subiera mucho?... - -Fernández Parreño miraba á doña Evarista, que lucía risueñamente el -prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio siguió la broma. - ---No crea usted--repuso--que la temperatura afectuosa sube en don Juan -Manuel fácilmente. - ---¿Pasó de la Bajada de la Fuente? - ---¡Eso, sí! Podemos decir que conseguí hacerle «romper el hielo»; pero -se quedó á la altura de Correos: no fué mucho; algo equivalente á diez ó -doce grados... - -Según adelantaba la comida, la conversación iba generalizándose y -cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino -desnudaban los caracteres que florecían en atrevimientos y expresiones -nuevas. La señora de Fernández Parreño, admirada del fértil y ameno -ingenio de su esposo, reía sus donaires con una complacencia parecida á -un orto de amor; doña Virtudes, ocupada siempre en corregir con -fulminantes miradas los dichetes de sus hijas, no disponía de la -ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro -de la más impecable corrección, una actitud fiscal; María Jacinta y -Flora, charlaban aparte; las hijas del médico, doña Evarista y la señora -de Martínez, conversaban con gran alborozo y todas á un tiempo. - -Servían el café, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos, -oliendo á esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jóvenes, -delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros -redondos de paja. Epifanio lucía un «completo» gris y una corbata -encarnada; Romualdo vestía un traje azul marino con rayitas blancas y -zapatos de piel de Rusia. Su aparición fué aplaudida y señaló el momento -de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba á empezar. Cuatro -músicos, sentados en un ángulo del patio, junto á la enredadera, -preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas -de un lugar á otro ahogaron aquellos primeros compases. Los -circunstantes iban sentándose en semicírculo y según su gusto: unos, al -aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la -galería, donde era más áspera la claridad. Y de nuevo, exasperados, -enloquecidos, por la greguería de la música y de tantas voces, los -jilgueros y los canarios rompieron á cantar. - -Muy sensible al calor don Ignacio había resuelto ponerse en mangas de -camisa. Pequeño, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y -peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el señor -Martínez dió dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro -vello hasta las uñas, sonaron como tablas. - ---¡Señores, á bailar!... - -¡Oh, y qué blandas, qué suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron -aquellas palabras!... Fué un soplo de paganía, un estremecimiento -sabático. Epifanio ofreció su brazo á Raimunda; Romualdo dió el suyo á -Micaela. La joven se levantó, el rostro bañado en felicidad y alisándose -con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un -vaivén voluptuoso. Doña Virtudes la llamó y en voz muy baja, -sibilante... - ---Estás fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente... - -Micaela se encogió de hombros. - ---Por Dios, mamá... - -Fernández Parreño quiso danzar con doña Evarista, quien se excusó -finamente cimentando en su edad su negativa, y el médico invitó á Flora. -Don Ignacio, contento y ágil como un muchacho, bailaba á María Jacinta; -y, á pesar de su corcova, don Artemio brindó galantemente su brazo á -doña Fabiana. - -La corrección de don Elías y su juvenil esmero en acicalarse, -impresionaron al veterinario. ¿No iba don Elías demasiado currutaco para -sus años? ¡Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!... - ---¡A rocin viejo, cabezadas nuevas!--gritó Martínez. - -Antoñita dormía acurrucada en un sillón. Doña Virtudes, doña -Presentación, Anita y don Niceto, que no sabía bailar, se sentaron en -grupo. Para oirse necesitaban hablar á gritos; al fin, ensordecidos por -la música y el canto, cada vez más rabioso, de los pájaros, decidieron -callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban -infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se -multiplicaban sus perfiles. Según el trozo de patio que sirviese de -fondo á las figuras, éstas perdían ó ganaban en nitidez: así, sobre las -iluminadas paredes de la galería, los cuerpos de María Jacinta y de -Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros -cabellos de la señora de Martínez exaltaban la solemnidad de su ébano; -y, por el contrario, ante la oscuridad de la hiedra, los trajes claros -y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se -desvanecían. La exactitud de tales contrastes podía seguirse mejor -atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de _La -Honradez_, vestido de azul, era el bailarín de la luz y de los muros -encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palidecía bajo las -lamparillas eléctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en -la penumbra de la hiedra. - -A las once tocaba la fiesta á su apogeo. Habían llegado doña Quintina, -una jamona, alegre y apretada de carnes, á quien don Artemio no podía -mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el -prometido de Anita, á cuya sola presencia los labios hasta allí -amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color. - -En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las -muchachas de Puertopomares, cuál más, cuál menos, había pensado alguna -vez. Socapa de estudiar Derecho vivió en Madrid varios años, y allí -aprendió á tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus -costumbres holgazanas y su mediana ilustración le separaban del bajo -pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complacía. Era faldero -y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle -de quintas, había agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorcó -los libros, vivía en la fonda del Toro Blanco y á expensas de don -Valentín, y sin mejor ocupación que retozarle las criadas y beberle los -mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos -pormenores que de él se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de -la moral, se perecían por gustarle, y ello estimulaba la pasión en que -la menor de las hijas del médico se derretía. - -Al terminar el vals, don Artemio invitó á Olmedilla á pulsar la -guitarra; aceptó en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y -lucirse, y apenas vibró la suave pesadumbre de las primeras coplas, -cuando Martínez, que con las frecuentes libaciones sentíase enternecido -y más enamorado de su mujer que de costumbre, determinó obsequiar á sus -invitados con unas botellas de _champagne_. - -A media noche los ojos de doña Presentación y de doña Virtudes empezaron -á cerrarse de sueño, pero las muchachas tenían los suyos por momentos -más pajareros y luminosos. La danza pedía vino, y el vino, danza; -multiplicábanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban á -gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron á colación varios -cuentos: don Elías refirió uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla -empezó una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que María -Jacinta, Flora y las señoritas de Fernández Parreño, comprendiéronse -obligadas á taparse los oídos. Doña Evarista acudió en socorro de las -escandalizadas doncellas. - ---Luis, las atrocidades están prohibidas; hay demasiada gente... - ---Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos -gravedad. - ---¡Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oiría eso... y -más. En público, no. La vergüenza femenina es un fenómeno de conjunto -que sólo se produce con la aparición de una «tercera persona». Como en -el Paraiso, exactamente... - -Don Elías propuso un juego de prendas, pero su opinión fué rechazada. La -juventud prefería bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las -muchachas ofrecían una tersura brillante y nacarina. Las hijas de -Fernández Parreño, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes -amapolas. Los rostros de Flora y de las señoritas de Castro, también -ardían, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza. En los breves -instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el -nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y -los labios viciosos de María Jacinta tenían arreboles de salud. - -Los músicos requerían de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba -agilidades de pájaro en los pies, pidió á voces un vals. La mayoría -protestó: deseaban algo más lento, más sensual... - -Doña Fabiana llamó la atención de su marido. - ---Me parece que ha sonado el aldabón de la puerta de la calle. - -Martínez hizo un gesto de duda. - ---¿A estas horas? No es probable. - -Fernández Parreño ratificó lo dicho por la señora de Martínez: él -también estaba cierto de que habían llamado. Don Ignacio se encogió de -hombros. - ---Quien sea--dijo--puede entrar, porque la puerta quedó entornada. - -Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que -relacionaba el patio con la cuadra se abrió lentamente y, sobre su -oscuridad, apareció don Gil. - -La llegada insólita del hombre pequeñito y astral, determinó en todas -las mujeres idéntica emoción de frío. Miráronle con miedo, con rubor; -con ese rubor que hay en las pupilas de las recién casadas. De emoción -María Jacinta, la favorita de don Gil, quedóse lívida. Cesaron las -risas. La entrada de un Sultán en su serrallo, no produciría otro -efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se hacía hombre; el -íncubo... - -En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil -Tomás, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no había reído -nunca, avanzó insinuando un saludo amable... - - - - -X - - -Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la -lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y -lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta, -pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con -ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó: - ---¿Ya se ha dormido? - ---Sí. - ---¡Pronto le llegó el sueño esta noche!... - ---Afortunadamente... - -Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir -porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo -su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que -repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos, -camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno, -lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente -el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno: - ---¡Las once... y nublado! - ---Las once ya--repitió Pilar. - ---Pues don Ignacio trabaja todavía. - ---Sin duda por ser mañana jueves, día de feria. - ---Es verdad. - -Hablaron de las faenas menudas de la casa. - ---¿Quién va á lavar esta semana?--preguntó Maximina. - ---Me corresponde lavar á mí. - ---¿Hay jabón? - ---Me parece que no. - -Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor; -latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia. - ---El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella--continuó Maximina. - ---Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más -peleador; á sus hermanos no los deja vivir. - -Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de -agua corriente, producida por el viento entre los árboles. - ---Mañana tendremos mal tiempo--observó Pilar. - ---Creo lo mismo. - -Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas -quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se -buscaron. - ---¿Has visto? - ---Sí. - -Examinaron la lámpara. - ---¿Habrá sido un temblequeo de la luz? - ---No, sé. - -Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un -segundo--sólo un segundo--imaginaron ver resbalar por la blancura de la -pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados, -suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante, -fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las -dos. - -Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como -disponiéndose á huir. - ---Tengo miedo--dijo--; eso es el amo, que se ha marchado. - -A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas. - ---¿Dices que es el amo? - ---Estoy segura. Vé á ver. - ---¿A dónde quieres que vaya? - ---A su cuarto. - ---Yo, no me atrevo. - -Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor, -se levantó. - ---Vamos las dos. - -Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la -rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea. - ---¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí! - -Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por -nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la -miró con odio y desdén: - ---¡Cobarde!... Iré yo sola. - -Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó -suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla, -de don Gil, reposaba sobre las almohadas. - -Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había -seguido. Preguntó: - ---¿Está?... - -Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de -puntillas. - ---Sí... está...--balbuceó. - -Hizo un gesto y bajando mucho la voz: - ---Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú -comprendes?... - - - - -XI - - -La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el -pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora -de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino, la Fonda -del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la -Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos -lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento -masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de -política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de -la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y -entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua -inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas -que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación. - -El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la -población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor -sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á -las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado -también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un -matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas -de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don -Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos -para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los -puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don -Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de -un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de -consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes -cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones -adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le -hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano -dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores -de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á -nadie le parecía mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y -cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don -Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa. - -El café de la Amistad pertenecía al pueblo. Hallábase situado en el -cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local -amplísimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces -tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas. -Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un -pintor, para darle apariencias celestes, revocó de azul y adornó con una -lamentable bandada de golondrinas; el guión llevaba en el pico un ramo -de vid. Había tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y -ocupaban el resto del salón numerosos veladores con pies de madera y -piedra de mármol. El mostrador hallábase inmediato á la puerta que -conducía al interior del establecimiento, y ante un elevado estante, -bien repleto de botellas polícromas y exornado en su remate por un reloj -de cuco. - -En el café de la Amistad no había camareros; Rosario, la dueña, servía -por su mano á su clientela, y ello significaba el mejor sostén ó razón -del negocio. Era una rubia de veinticuatro años, desde el amanecer muy -bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con -las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y -rollizas. Para mayor provocación, siendo niña habíase roto la pierna -derecha á la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron -bien, aquella extremidad quedó más corta, lo que la constreñía, al -caminar, á mover las nalgas de un modo que suspendía la atención de los -hombres. Más de un jugador de dominó, por mirárselas, se distrajo y -neciamente perdió la partida. - -Entre los contertulios asiduos del café de la Coja, estaba Frasquito -Miguel. Iba solo y á prima noche y procuraba instalarse cerca de la -puerta, con la obsesión de embriagarse y de no llamar la atención al -salir. El señor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. «Me -gustan--decía--las armas blancas...» De media en media hora pedía un -vaso grande, que bebía á sorbos caudales y lentos, para que el deleite -de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura -cetrina, inmóvil, apoyada de codos en la mesa, perfilábase sobre la -blancura de la pared. No hablaba, no sonreía, y si alguien le dirigía la -palabra, replicaba con monosílabos. Entre tanto, sus mejillas iban -congestionándose, desmayábase su labio inferior y sus ojos mortecinos -miraban idiotizados á la concurrencia. Si le invitaban á jugar una -partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No sentía la -necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que -llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior, -reconcentrado, hermético. El señor Frasquito pensaba en la coja; por -verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en -alto, iba allí. Admirándola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan -pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cenceña, huesuda y -desapacible, y aunque hacía tiempo no ponía en ella las manos, harto -recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. «¡Si se -pareciese á «la Coja!...»--pensaba. Luego, ya tarde, llamaba á Rosario; -sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe -de su gasto, pagaba y muy erguido, rígidas las piernas, mesurado el -paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se dirigía hacia la -puerta. - -Toribio Paredes, el tonelero Eustasio García, Luis Olmedilla, que -gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de -sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el café de la Amistad -sólo por complacer sus ojos en la hermosura de la dueña y, -particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan -á gusto de todos, salpresaba y ponía de manifiesto. Este brusco vaivén -exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser -coja, y, como por ensalmo, habrían disminuído sus ganancias; desde el -punto de vista económico, aquel «buen pie», que otros industriales la -envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien -convencida la hermosa mujer, y aunque tenía un don Cuyo, de quien -parecía muy enamorada, fuese por interés ó por pinturería y femenil -vanidad, ó por ambas causas, complacíase en recorrer la sala, yendo de -mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y -estudiadas sonrisas. - -Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gañanes, que se la -comían con los ojos, y este represado apetito descubríase en el ardor -con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus -pies, desnudos, se retorcían. Toribio, especialmente, perecíase por -ella, y tanto creció su afición, que necesitó echarla del pecho. Su -hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tenía, púsolo á merced -de la adorada. Rosario le escuchó indulgente y con frases cordiales le -desesperanzó y persuadió de la inutilidad de sus deseos: ella tenía á -quién querer, y este amor grande, amor de muchos años, excluía de su -corazón cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo, -podía haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero -acento de sus palabras convenció á Toribio: estaba bien; nunca más, -aunque llegase á centenario, volvería á importunarla con sus ruegos. No -obstante, bajo la vertical decisión de la voluntad, el deseo embravecido -persistía inexorable. Por adueñarse de «la Coja», Toribio Paredes -hubiese llegado al crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos -durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra ó entregar -la garganta al verdugo... ¿qué importa?... El, nada decía; antes le -hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva -al infierno de su corazón; pero cuando veía á Rosario, decolorábanse sus -labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas -por la emoción del deseo, parecían adherirse al cráneo como las de las -fieras cuando van á reñir. - -Al Casino, por las mañanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar -y nada más. A mediodía llegaban los devotos del _vermouth_: don Elías, -don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes, -especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios -acrecía, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas -y de las apuestas. De noche, la animación era aún mayor. Los -contertulios se repartían: los más jóvenes, luchaban inclinados sobre -las mesas de billar; otros, acudían á la sala de juego, ó fraccionados -en grupos, se abandonaban á las sorpresas del dominó ó del tute. - -Entre los concurrentes más tenaces estaba don Elías, quien diariamente, -á lo largo de su vida, le disputaba á don Artemio Morón el campeonato -del ajedrez. Tres años hacía que, todas las noches, aquel empeñado -torneo se reanudaba: ni claudicaba el médico, ni el boticario se rendía: -si Fernández Parreño perdía, don Artemio le invitaba á desquitarse; si, -por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elías se -apresuraba á desafiarle nuevamente y agasajarle así con la perspectiva -de una victoria. - -Esta tenacidad servía de argamasa ó basamento á una tertulia formada por -el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Pérez, Epifanio Rodríguez y don -Pepe Erato, uno de los vecinos más insignificantes y más buenos de la -población. Don Juan Manuel, que adoraba las ásperas emociones del -«treinta y cuarenta» llegaba después, y siempre, hubiese ganado ó -perdido, su hablar cultipicaño, abundante y sobrado de amables -paradojas, imprimía á la conversación rumboso incremento. - -Don Ignacio Martínez, favorecido por don Dimas, el médico, don Isidro -Peinado y otros, constituía reunión aparte: el veterinario era -vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quería sentarse á la mesa -donde otros prestigios--los de don Juan Manuel y Fernández Parreño, -verbigracia--pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida -esta separación y satisfecho de su independencia y hegemonía, Martínez -ya no hallaba reparo en interpelar á sus amigos de otras tertulias con -razones y dichetes, y obtener así para la suya algunas migajas de la -alacridad que generalmente sobraba en la del diputado. - -Varias figuras, comunes á la mayoría de las ciudades pequeñas, -descollaban allí. - -Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos -los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquirió este hábito á poco de -terminar su carrera, porque, según decía, con el mucho estudiar se le -había fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la -atención, de manera que no acertaba á comprender claramente lo que leía -si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban -metiéndosele en el alma por los oídos. Un sentido ayudaba al otro. El -público había aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado -por el interés de algún acontecimiento taurino, ó de cualquier incidente -parlamentario ruidoso, proponía: «Veamos lo que dice el periódico». Sus -oyentes le contestaban enseguida: «¿Qué prisa hay? Esperemos á que venga -don Ignacio; él lo leerá». Tácitamente no reconocían otro lector: en sus -labios las noticias tenían mejor aderezo; estaban habituados á sus -ademanes, á su manera de frasear, á sus apostillas un poco anárquicas. -De bonísimo grado Martínez ejercitaba aquel cargo honorífico. Fiado en -la adhesión incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino -desdoblaba la prensa, venida de Salamanca ó de Madrid, instalábase -debajo de una luz y poníase á leer de modo que todos le oyesen. Era un -lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como -su carácter, llenaba el salón. Egoístamente, sin curarse de nadie, don -Ignacio leía el artículo «de fondo», los telegramas, la crónica negra, -la sección de teatros... Los circunstantes le atendían unas veces, otras -no; generalmente sólo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en -traerles la caja del dominó ó la del ajedrez; luego se abismaban en el -juego y olvidados de Martínez disputaban y reían. Don Ignacio, sin -embargo, continuaba leyendo: primero, leía para todos; después para -Teodoro, que sentado á su lado y codicioso de saber lo que acaecía en el -mundo, miraba al albeitar como á un oráculo; pero estas devociones -siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban á -ir incesantemente de un sitio á otro. Entonces don Ignacio, -impertérrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para sí mismo, -y la obstinada fe que en ello ponía era la del estudiante que, en -víspera de examen, estuviera aprendiéndose una página de memoria. - -Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguían por -otros rasgos ó costumbres especiales. - -Así don Artemio Morón era el individuo más madrugador de Puertopomares -y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la -vida secreta del vecindario. Fuese invierno ó verano, apenas empezaba á -clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacábase en la puerta de -la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del -pantalón, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas aún de -rocío. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga, -casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo -de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien -amanecía, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morón, que veía salir -muy de mañana á don Juan Manuel del domicilio de doña Evarista, llevaba -cuenta de las noches que el diputado distraía en casa de su amiga, -avizoraba también á cuantos mozos volvían de pernoctar en el burdel de -la Casilda, y si pasaba algún tipo desconocido, de su traza y del rumbo -que llevase deducía quién fuese. En años anteriores, la virtud, muy -propensa á quebrarse, de doña Amparito, la esposa de don Pepe Erato, -proporcionó al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que -descubriese la falta, sino el criminal regocijo que ponía en contarla. -Por él, finalmente, se supo que á horas avanzadas de la noche Romualdo -rondaba las rejas de doña Virtudes, y que en aquella donde Micaela -asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de _La -Honradez_ se agarraba y cosía. - -Los matuteros, y más aún los amantes clandestinos, recelaban la -centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de más hondo -y sabroso dormir, todas las mujeres que sufrían la angustia de alguna -pasión prohibida, removían al amante feliz y cansado. Con zarandeos y -palabras de alerta, espantaban su modorra. - ---Levántate--decían--y vete, antes de que don Artemio abra la botica. - -Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecían asustados, como huyen -los malos intentos ante la razón. En la vida de Puertopomares, don -Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia. - -Don José Erato, en punto á vigilancia, era el reverso de don Artemio. -Por no fiscalizar lo que á su alrededor sucedía, ni siquiera en la vida -de su mujer se entrometió nunca, y así fueron de libérrimas las -costumbres de doña Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no -pudo seguir ninguna carrera porque «se dormía» leyendo. Todo lo -contrario de Martínez. Los médicos, achacando aquella modorra á una -lesión cerebral, le prohibieron el estudio. Vivía, pues, de sus rentas -que, si bien modestas, bastaban á sus necesidades, y el dulce sueño que -le causaban los libros, cerrándole también bondadosamente los párpados -para ciertas vergüenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce -ecuanimidad de su espíritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe, -aislado realmente de todo por esa conflagración de silencio y de sombras -que el mundo teje alrededor de los maridos engañados, no sospechó jamás -los platos de adulterio que á espaldas suyas se guisaban; pero otros, le -suponían al corriente de todo, añadiendo que era tal el imperio de doña -Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de éste hacia ella, que -por no perderla renunciaba á sus fueros de marido y su pasión resolvíase -en cobarde humildad. - -Al fin estos errores juveniles pasaron. Hacía tiempo que los dos eran -viejos: ella tenía cincuenta años, él rondaba ya los sesenta. Vivían en -una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estación, y, -diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les veían asomados, entre -floridas macetas, á una ventana del piso bajo. Algunos saludaban: - ---Buenas tardes, doña Amparo y don José. - ---Buenas tardes... - -El padecía del estómago y su semblante descolorido expresaba tristeza; -doña Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y -salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don -Pepe, que seguramente conocía todo el ridículo de su historia, nunca se -había quejado: era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un -espíritu ecléctico, de limpia raigambre cristiana; un evangélico sin -hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tiranía que sobre ciertos -temperamentos ejerce el deseo, pasó su mansa existencia «haciéndose -cargo». Por lo mismo doña Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad, -comenzó á quererle. Menos aquél, todos los hombres á quienes neciamente -se dió la habian olvidado. Entonces su ánimo tornóse hacia el pobre -compañero sumiso, de manos frías y cabellos blancos, que siempre -perdonó; y, por ensalmo, su desprecio hacia él evolucionó y fué -simpatía, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco á poco floreció -en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuyó á esta -reconciliación sin palabras, obra de arte del tiempo, la pérdida de un -hijo que, suicidándose á los veinte años por una mujer, debió de -enseñarles á entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto -abrevió el otoño sentimental de doña Amparito; dentro de su cuerpo, -todavía garrido, su alma flaqueaba y se cubría de arrugas, y cuando -hastiada, revolvió los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se -maravilló de hallarse tan cerca de él y de quererle tanto. Fatalmente su -cansado corazón y la moral se ponían de acuerdo. - -Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizás por ser tan tardío, -tuvo don Juan Manuel una frase volteriana: - ---Ha vuelto á el--dijo--á esa edad en que la virtud deja de ser para -nosotros un estorbo. - -Así era, en efecto. ¡Pobre don Pepe! Pero, después de la virtud que nace -del amor, la nacida del desengaño y de la fatiga, ¿no es la más -segura?... - -La Fonda del Toro Blanco tenía sobre el Casino la indiscutible ventaja -de que en ella se podía comer. Según la estación, el público se -congregaba en el comedor ó al aire libre, que para tales y aun mayores -esparcimientos ofrecía la casa comodidades y anchura. Durante la -estación estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio -que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes -llamaban «la playa». Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de -mármol y circuído en lo alto por una galería que sustentaban columnas de -hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le servía de dosel y las -luces eléctricas distribuídas equilibradamente entre la fronda, daban á -las hojas más próximas alegrías de corindón. En el nimbo plata de cada -lamparilla, las arañas, silenciosas, tejían su traición. A un lado, -negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba -el ambiente con su aliento húmedo. Aquel pozo tenía una historia: á su -abismo, Luis Olmedilla, una noche, había querido tirar á una criada. - -En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastísimo local con -suelo de madera, paredes estucadas y cinco ó más ventanas á una huerta. -La única singularidad digna de recordación que allí había, era el -retrato de don Valentín con que el testero principal del salón se -adornaba. Cuando algún forastero, curioso, inquería el origen de aquella -obra de arte, don Valentín Olmedilla, como hombre que tiene clasificada -la gloria entre las mayores pequeñeces humanas, modestamente bajaba los -ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, había un remordimiento: -él, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan -desprendido, una vez fué cruel con un desdichado pintor vagabundo que le -adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascendía á -doscientas pesetas. - ---Pues si no tiene usted dinero--había dicho don Valentín--va usted á -pagarme haciéndome un retrato. - -Y como era compasivo, añadió: - ---Los días que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aquí; no le -costarán nada. - -Valido de esta autorización misericordiosa el pintor no se dió prisa en -pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, sólo trabajaba por las -tardes, durante una ó dos horas: la señora de Olmedilla, sus hijas, -Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentín, agrupadas -tras él, sonrientes, suspensas y calladas, maravillábanse al ver cómo la -figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentín era -pequeño, viejo y feo, pero en sus ojos había una expresión de bondad que -pronto se mudaba en simpatía, ganadora de voluntades. Este gesto dócil y -servicial lo recogió bien el pintor, dando con él mérito á su obra. Don -Valentín aparecía retratado hasta algo más abajo de las rodillas y en -actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente -perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y -un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanquísima, -signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban, á la -vez, la psicología y la figura del hostelero: más que una cabeza, el -pintor había compuesto una biografía. - -Satisfechísimo de aquel retrato que había de sobrevivirle y le aseguraba -una especie de pequeña inmortalidad, don Valentín dispuso colocarlo en -el comedor, sobre el aparato del teléfono. Era un medio infalible de -exhibición. Durante el día, á las horas de comer, y por las noches, -cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre -telefónico, las miradas todas convergían hacia él y, de consiguiente, -tropezaban con el retrato del dueño de la casa; la cabeza perfilada y en -alto, el semblante risueño, presentando con gracia, solicitud y -desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las -rodillas de don Valentín, era, por efecto de una sencilla asociación de -ideas, la voz del amo. - -La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestría en el -dificilísimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar -indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantenía floreciente -la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, económica, limpia -y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocían. En tiempo -de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban á Puertopomares, se -alojaban allí. - -El isocronismo de la existencia pueblerina imponía á las tertulias del -Toro Blanco, como á las del Casino y á las otras más plebeyas, del Café -de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de -los días, las imaginaciones se apagaban y el fastidio servía de sedante -á los nervios. La paz ambiente quitaba á las almas su fluidez y las -saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las -inteligencias se adormilaban y su propia inacción las entumecía. Como -jamás sucedía nada original, digno verdaderamente de mención, los -espíritus no podían rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la -inquietud, y dedicábanse á comentar lo insignificante, lo cotidiano, -adobándolo, vistiéndolo y aderezándolo de mil prolijas maneras. Así, la -muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraía -lisonjeramente la atención pública: ver al finado en su caja, informarse -de cómo lo habían vestido y de las personas que acudieron á velar el -cadáver, constituía, efectivamente, un pequeño espectáculo, un asunto de -conversación con cuyos detalles los desocupados, luego, se relamerían de -gusto. - -Don Juan Manuel Rubio, á fuer de espíritu cultivado y forastero, era la -única persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y -donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad sabía mostrarse á -tiempo y algunas noches invitaba á don Elías, al boticario, al juez y á -otras personas de su afecto y confianza, á cenar en casa de doña -Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de -complacer al diputado, rivalizaba con él en la tarea de obsequiar á sus -huéspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes á su -humor juvenil y divirtiéndose alimentaba su influencia política. - -Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenían otras -distracciones: los plebeyos, el Café de la Coja; los señores, el Casino, -la Fonda del Toro Blanco ó los ágapes familiares de don Juan Manuel; y á -intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos -leales de divertirse, una escapatoria de cuatro ó cinco días á Salamanca -ó á Madrid. Luego, á la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez, -á embaucar á los amigos refiriéndoles con exagerados aditamentos lo -hecho ó dándoles también por sucedido lo que acaso ni siquiera -intentaron hacer; á criticar, á mentir, á ver egoístamente secarse la -bonitura de las vírgenes en el suplicio de una eterna espera. - -No todo reposaba, sin embargo, en la población. Bajo aquellas techumbres -pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas -herméticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo -aislamiento se consumían cual lámparas votivas. Esta doncella borda, -otra recose las ropas que va sacando de un cuévano, aquella estudia -nerviosamente su lección de piano; y mientras, á intervalos, todas -recuerdan que, un poco más tarde, será hora de reunirse para ir á ver el -tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses -vernales y de estío, y aun en los comienzos del otoño, el andén era el -Casino de las mujeres. - -De cuantos trenes cruzaban por allí, el más interesante era el correo. -El expreso huía de largo, y su afán parecia implicar un desdén; los -mixtos llegaban á horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y -sin inexpresión. El correo, que conducía siempre muchos viajeros y -pasaba á las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas -Fernández Parreño, las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima -Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir á -recibirlo. Buscábanse unas veces en casa del médico, otras delante de la -botica ó en la Glorieta del Parque, bajo los árboles, y vestidas de -gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudían á la estación. -Marchaban en pequeños grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus -caderas retozonas movíanse á compás, y el murmurio de sus risas y de su -frívolo charlar flotaba tras ellas semejante á un polvillo juvenil. El -viejo camino que empapó sangre de romanos y de moros, el legendario -camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y -la inquietud de tantas haldas. - -Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minúsculo andén: las mozas -conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros ó se paseaban. Un -gran zumbido de colmena llenaba la estación. ¿Por qué tanta alegría? -Había en este regocijo inclasificable una emoción de ensueño, un -nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante -horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como -á un Rey Mago, jamás faltó á la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje -de castaños lo anunciaba, y de súbito aparecía negro, fragoroso y -humeante. Pasaba la máquina jadeando, chorreando agua hirviendo; -rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, deteníase el convoy. Las -ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos -viajeros requebraban á las vírgenes lugareñas que les miraban sonriendo, -á la vez, alegres y tristes, sin saber por qué. Una voz gritaba: - ---¡Puertopomares... un minuto!... - -Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren seguía, -disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el túnel. -Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio, -emprendían cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de -los cabellos rubios, y María Jacinta la del rostro sin color, y Micaela -y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el -mismo pensamiento: - -«Mañana lo veremos también...» - -Y no pedían más. - -La felicidad constituye algo tan fortísimo, supereminente y precioso, -que la partícula más nimia caída de su divino manto, puede hacer al -hombre dichoso; en lo cual se parece á la belleza, cuyas migajas son de -tan egregia condición, que la menor de todas bastaría á la inmortalidad -de un artista. Y así, con «aquel minuto» que el correo hizo alto ante el -andén, cuantas doncellas acudieron á recibirlo se juzgaban pagadas. -Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, ¿no será -espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la -fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el día. Más -aún: no había de llegar, y el regocijo con que los corazones se -prepararon á recibirlo bastaría á hacerlos dichosos. Imagen de la humana -felicidad es ese tren que todas las mozas lugareñas aguardan. ¿No son -también las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusión ha -de pasar?... Y si pasó, en efecto, y un instante se detuvo, ¿quién será -tan ambicioso ó insensato que se crea defraudado?... Además: ¿no hubo y -seguirá habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente -porque murieron esperándole?... - -El correo se detendría más de un minuto, y perdería algo de su interés; -la dicha se retardaría unos segundos más en el corazón, y tal vez -pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son -bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es -recuerdo... ¡y sólo el recuerdo, por ser tristeza, es poesía!... - -Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo -sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresión de la eterna mudanza -y de la universal melancolía, la adivinaban las vírgenes de -Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estación, -sentían de pronto ganas de llorar. - - - - -XII - - -La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles -ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso. - -Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos -Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de -descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias, -hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían -con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito -ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado -y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba -las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si -éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras -admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que, -efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de -consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos, -era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que aquél les -hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no -cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante -del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas -chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos, -repetía abstraída: - -«Hay que matarle...» - -A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso -lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio. - -«Hay que matar á Frasquito»--pensaba. - -Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco -ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado -por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás, -que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares. -Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de -don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el -sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique, -todo vibraba claramente. - ---Rita--murmuraba Toribio. - ---¿Qué? - ---¿Me oyes bien? - ---Te oigo. - ---¡Si supieses lo que me ha dicho!... - -Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que -dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de -escuchar, contraía sus labios. - ---¿Qué ha sido?... dí... - -Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que -el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón. - -Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este -criterio, el bujero musitaba evasivas. - ---Es largo de contar; ya lo sabrás mañana. - -Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen -lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y -los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al -desenlace de su venganza. - -Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la -Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que -servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle, -pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo -que el _Rojo_ clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo -consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera -podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se -debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el -sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del -domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina -le sonreía desde una ventana. - -En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con -estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche -antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan -avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de -sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó -el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo -al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero -quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había -soñado ó si, efectivamente, había visto... - -A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y -negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose -por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al -hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y -apaciblemente dormido. - ---Anoche, precisamente--agregó la azafata--, el amo no salió; estuvo -leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano. - ---¿A qué hora? - ---Serían las diez. - -Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una -vacilación y una malicia. - ---¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?... - -Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para -confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito. - ---Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la -del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar. - -Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de -don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y -no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así -convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde, -como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole -frente á frente de don Gil. - -Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de -negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies -descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de -duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal -bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle, -de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La -hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le -negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación, -abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al -cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad, el bien justificado ahinco -de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor -Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas -mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose -torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le -servía de apoyo. - -El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases -sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía. -Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio -llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés. - -Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era -Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil -hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente -como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz -pesadumbre. - ---El pobrecito--dijo--empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle -tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el -trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos -le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de -acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen -como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo -estarse quieto. - -Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio. - ---¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio -puede decirlo mejor que yo. - ---¿Y el yoduro?... - ---Igual. - ---Creo que el yoduro realiza milagros... - ---No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo -peor es que mi cuñado tiene una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán -dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y -medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los -reumáticos. - -Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos, -nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y -miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para -servicio y contento de los suyos. - -«No le odia»--pensaba Toribio. - -Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que -le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor -sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse -obligado á razonar su hilaridad. - ---Me reía de los disparates que se sueñan... - -Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas -palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante -equivalía á una declaración de inocencia. - ---Figúrese usted, don Gil--prosiguió--que anoche, á poco de acostarme, -las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi -entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si -estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y -sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le -respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja -una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si -matases al señor Frasquito nadie lo sabría.» - -Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y -apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito -iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de -sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca -habían reído, y el asco y miedoso poder de toda su exigua persona; y -tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de -sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y -superpusieron, y creyó soñar. - -Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y -embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la -menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo -sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar -tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la -vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba -inocente. - - - - -XIII - - -En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida -que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible -con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas -era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina -nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche, -con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que -corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas -alcobas. - -Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una -de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y -aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación -espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de -las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no -correspondido. - -En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo -y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde, -los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los -ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La -madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y -de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino; -Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha -concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de -las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de -su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le -ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo -advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales, -á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo -fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia -que días después ejecutaba Ravaillac... - -Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los -extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y -á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á -suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna -con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La -verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan -en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy -pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son -las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los -recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías -más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos -conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en -realidad, la cascara del espíritu. Como el sol, que únicamente alumbra -la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina -la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre -ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su -memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de -su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla -de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al -individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al -árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento, -no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente, -obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón -de su vida en su pasado?... - -Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más -arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su -preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en -las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de -inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo -peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de -alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de -mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en -él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto, -diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de -los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma. - -Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente -tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada -por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación -cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y -nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo -mental, y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la -colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas -pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la -respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo -decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los -párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de -más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre -la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su -nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en -responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera -secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para -extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una -flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen -de la Muerte, caricatura de la Nada... - -Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos -momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de -entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y -grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del -cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione, -mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior, -aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que -en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente, -pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la -eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la -necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la -imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las -células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los -esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio ó despabilarlas de una -vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los -dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por -aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados; -la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de -imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa -teratología de los sueños. - -En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo -al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse -totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á -la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo -extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino -merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite, -pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco -de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los -sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y -también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu -queda libre y dueño de acudir al sabat. - -Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía -vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte -para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio -físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se -evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía -trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su -mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era -alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en -ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo -podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer. -Con el canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en -realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía -despierto, estaba dormido. - -El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez -y á todas su salacidad entretenía con igual devoción. - -A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo -extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan -obesa. - -Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por -desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle. - -En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia, -antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés, -aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de -acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué -algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios -días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la -terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad -de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que -nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una -pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la -recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba -dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su -madre falleció del disgusto. - -También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse; -sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la -pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en -un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos -años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador -rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la tomó por esposa. -Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á -quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil. -Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un -deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla -completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían -resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se -acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve -producía en ellos igual evocación. - ---Una nevada como ésta--decían--cayó la tarde en que Amelia, la mujer de -Guijosa, se rompió la pierna. - -Y, sonriendo, contaban las historia. - -El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña -Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á -misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y -su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de -un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó. -Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la -línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una -papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre -la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos -rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una -cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo -bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba -dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota -granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña -Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos, -y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza, que, cuando -quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció -encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para -libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique, -si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías -irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de -adelgazar. - -Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la -calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche -soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de -Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó -avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas -honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda. -Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no -merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas -dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que, -obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba, -y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros -requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia -veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa -que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el -contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose -habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no -se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente -estaba triste. - -Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña -Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un -niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el -espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente había -motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero -brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes. - -Una honda tristeza--tristeza de almas--llenaba aquel hogar. Esta emoción -fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto, -rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no -significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión, -acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie -rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron -joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido -igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si -nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su -hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma, -ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia -hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la -pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían, -ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia. -Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el -isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente -desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no -quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que, -sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros -tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción -que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez -lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció -sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la -risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y -maldición del cielo á su alma volvía. - -Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que con sus habilísimas -manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un -cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso -por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que -así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le -endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y -tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía -rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la -previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni -revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar -sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra -índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los -hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad -y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse, -pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los -días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la -perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de -su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio -de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el -santo y que tuviera el perro. - -Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos -animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra -conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y -siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también -estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación -absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y -expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de -cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse. - -Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de -aquel hogar: la severidad, el orden más estricto, derramaban por las -paredes una frialdad dura. A través del tiempo y de los acontecimientos, -prósperos ó adversos, más trascendentales, los muebles y hasta los -cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al -comprarlos, fueron colocados. Había un lugar para cada objeto, y una -hora, siempre la misma, para cada acción: la hora de tomar el desayuno, -de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardín, de encender la luz, -de tocar el piano. Nada rompía aquella disciplina entumecedora. El único -hijo varón de doña Virtudes, que vivía en el extranjero dedicado al -comercio, después de ocho años de ausencia, regresó unos días al lado de -su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de júbilo. Doña -Virtudes, muy contenta también, abrazó y besuqueó al mozo con toda la -ternura de que su carácter entonado y vertical era susceptible. -Transcurridos los primeros momentos, el forastero pensó en asearse y -pidió un cepillo. - ---¿Dónde lo dejaste, cuando te fuiste de aquí?--preguntó la anciana. - -Quedóse el interpelado atónito; luego frunció las cejas; reflexionaba y -las viejas imágenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes, -inmutables, como los muros de las cárceles, resucitaban sobresaltadas en -su memoria. De pronto, vió claro. - ---¡Como no esté en el hueco de la ventana del gabinete!... - -Su madre sonrió contenta de que aquellas primeras impresiones -perseverasen en él, no obstante los viajes y el tiempo. - ---Vé--repuso--que allí lo encontrarás. - -Esta fanática regularidad de costumbres trascendió y fué célebre en -Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de -compasión como de risa. La casita del callejón del Misionero, con sus -dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy -saledizo, tenía el frontispicio melancólico y umbroso de un convento ó -de una prisión, el aspecto amustiado del lugar donde está cumpliéndose -una injusticia ó un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El -pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar -inflexible donde todo parecía cumplirse militarmente y á toque de -corneta, «la Casa-Cuartel de doña Virtudes». - -Esta inhumana aspereza de costumbres determinó en Enriqueta y Micaela -una intensa reconcentración de caracteres, una superabundancia de vida -interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de -vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente -designaban el íntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos. - -Un interesantísimo drama psicológico separaba á las dos hermanas; una -gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era también un duelo -de vanidades. - -Enriqueta, la más joven, vencía á la primogénita en belleza, estatura y -señoril presencia: tenía el mirar seguro y dominador, la boca -impertinente, grave el carácter, los cabellos de ébano, las actitudes -teatrales. Con su hermosura corría parejas su elación. Por egolatría, -Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre éstos ninguno hubiera -podido vanagloriarse de haberla hurtado el más leve favor. Sin embargo, -su irreductible castidad no era convicción ética, sino orgullo. -Reconocíase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el -infierno de las concupiscencias masculinas con coqueterías y miradas; á -su juicio, mostrándose sólo hacía bastante. Dar la mano, sonreir, -interesarse en alguna conversación, constituían otros tintos sacrificios -para su altivo ánimo. Se adoraba y nunca sintió amor por nadie. Su -moral, todo su carácter, habían cristalizado en un gesto soberbio. - -Micaela, rubia y nacarina como una muñeca, era linda también, pero -brillaba menos: la perjudicaban la tacañería de su estatura, la línea -irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al -lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela -sufrió muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban á -Enriqueta, concluían enamorándose de Micaela. Esta era la lucha íntima, -el terrible torneo sin palabras que separaba á las hermanas. Los hombres -que procuraban inútilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin -advertirlo quizás, iban acercándose á la primogénita y buscando en ella -un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era más -humana, más mujer. Su emotividad acaso fuese una disposición de -temperamento, tal vez un cálculo. Ella comprendía que á la pasión que -ruje y lo exige todo, conviene, á prudentes intervalos, concederla algo -para enardecerla y obligarla á seguir pidiendo, pues, flaco y muy para -poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahincos no -suplica y procura. La devoción que á primera vista no alcanzaba su -belleza, la obtenían luego sus dádivas. La actitud soplada, el cuello -erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecían decir: - -«Soy más hermosa que tú...» - -A cuya afirmación rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca -encendida y festera de su hermana, respondían: - -«No me importa; todos tus adoradores lo serán míos, cuando yo quiera...» - -Y así era, en efecto, pues los hombres, generalmente más sensuales que -artistas, más devotos de la carne pecadora que del mármol, prefieren á -la venustidad inabordable las dulzuras de la fragilidad. - -El espíritu galán de don Gil advirtió en seguida esta interesante -contienda moral y luego de estudiar bien á las dos mozas, para mejor -conocerlas, tomó de ellas posesión sabrosa. - -Al revés de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura -dentro de su verdadera forma corporal, don Gil halló más emociones y -mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para -Micaela, que antes de conocer á Romualdo había tenido un amante, las -salaces asiduidades del hombre pequeñito no podían ofrecer un interés -excepcional: recibiólas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillación, -y apenas recordaba de ellas cuando al otro día se miró al espejo. Para -Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidación -hondísima que removió y escandalizó su virginidad. - -Conocía de vista á don Gil y parecíale feo y ridículo; sin embargo, -cuando soñó hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, ó, más -exactamente, la caliente acometida del sátiro fue tan inesperada y tan -dulce, que no pudo rechazarla. ¿De dónde venían aquel estremecimiento -inefable, aquella suavísima congoja, que, cubriéndola de mador las -sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazón? -Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despertó, ¿por qué -sentía vergüenza?... Poco á poco, intentó explicarse aquellas -alucinaciones; pero así como nadie logró determinar la línea en que la -vigilia y el sueño se funden, tampoco pudo ella saber la manera y -momento en que la impura emoción se producía. Únicamente precisaba los -hechos. Su espíritu dormía; de pronto, su conciencia experimentaba la -noción de hallarse inmergida en una densa sombra; á su alrededor todo -callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortísima tiniebla -palidecía, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque los -párpados estén cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un -temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompañaba á este -fenómeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo -dulce, que más tenía de voluptuosidad que de angustia. Hasta que, -súbitamente, aparecía don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror, -contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de -aquella cabeza amarilla. - -Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procuró -desvanecer el sucio sortilegio. Sentíase vejada, asqueada, irritadísima -consigo misma. ¿Cómo suprimir estos desvaríos que ella, recordando -ciertas lecturas, achacaba á una turbación medular? También la -encolerizaba su predilección por lo feo. ¿Por qué no ligaba sus ensueños -á cualquiera de los buenos mozos que conocía y gustaban de ella; á Luis -Olmedilla, por ejemplo, ó al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo, -era gracioso, limpio y galán, y no al descolorido, caricaturesco y -misterioso don Gil?... - -Su decisión fué tan firme, que varias noches consecutivas resistió al -sueño. Se acostaba, encendía una luz y leyendo esperaba la salida del -sol. Pero otro día, no bien cedió al cansancio, el hombre pequeñito -reapareció y tornó á lograrla, tan prestamente como si paso á paso -hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y -rebelde, encantaba á don Gil. - -Sin embargo, María Jacinta, la unigénita de don Artemio Morón, -interesábale infinitamente más, y no porque aquella delgada y frágil -criatura, con sus ojos distraídos y dulces y sus mejillas eucarísticas, -se acercase á la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque -la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su -imaginación, le allanaban la tarea. La conquista de María Jacinta no le -costó trabajo; la señorita Morón era una neurótica expuesta á -frecuentes crisis de ninfomanía. Los primeros responsables de estos -desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros -individuos de buen humor que todas las noches, á última hora, concurrían -á la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don -Artemio, y como siempre pecó de distraído, sus amigos le deslizaban -furtivamente en los bolsillos del gabán láminas y libros pornográficos, -con la miserable intención de que luego María Jacinta los viese. Así -sucedía, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa -releía aquellas páginas infames, y se abrasaba en la contemplación de -los grabados obscenos. De este modo conoció todos los momentos, todos -los desvaríos, del dulce secreto. Una noche, hallándose dormida, sintió -en su vientre la presión de un cuerpo, y sobre los riñones la caricia de -unas manos, y entreabriendo los párpados creyó ver á don Gil. El -hombrecito de color de miel no necesitó esforzarse para ir tan lejos; -cuando llegó, la seducción de la doncella, gracias á la labor -preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha. - -Con ser tan abundante el tragín seductor de sus noches, aun quedábanle -tiempo y ganas á don Gil para nuevos devaneos, y así, de cuándo en -cuándo, visitaba á Flora, la prima de María Jacinta, que también era muy -guapa; á las hijas de don Valentín, Serafina y Mercedes; á las señoritas -de Fernández Parreño, y aun se atrevió á turbar diferentes veces el -reposo de doña Evarista, tan desengañada y separada del amor por lo -mismo que siempre vivió de él. - -Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don -Gil Tomás no era feliz. De día su carácter mostrábase reservón, callado, -ecuánime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos -se autoinspeccionaba, refería su tristeza al aislamiento de su vida y á -su aburrido holgar. Su pena, sin motivo, sin término, sin nombre, -parecía derivarse de su inacción. - ---¡Si yo pudiese trabajar en algo!--meditaba. - -En realidad, su melancolía era el reflejo ó la sombra que irradiaba -sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era -desgraciado de día porque también lo era de noche, y esta congoja -noctámbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeñito estaba enamorado, -á perder, de doña Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los -párpados, su alma retorcíase, como sobre un potro, en el ardientísimo -deseo que aquella mujer, gruesa, trigueña, con su húmeda y encendida -boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugería. - -Pero á semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna, -tangible y soleada, en el mundo de los sueños don Ignacio Martínez -defendía á su consorte. Sorprende el paralelismo, la armonía casi -perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados: -trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razón, -ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los -recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del ánimo, entran en -juego como si el individuo estuviese despierto. - -Generalmente el espíritu de don Gil ignoraba dónde pudiera hallarse el -de doña Fabiana, aunque presumía, conocidas su apacibilidad y virtud, -que no se alejaría mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre -pequeñito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto hacía la de don Ignacio, -empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse á Fabiana -un momento le sostenía. Unas veces vigilaba desde el taller del -veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estiércol; otras -escondíase en el despacho ó se aventuraba rampante á la hila de los -muros tapizados de hiedra, del jardín: dormían los pájaros en sus -jaulas; bajo la luna, las columnas de las galerías pintaban largas -sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la -fuente... Cierta noche consiguió llegar al dormitorio de doña Fabiana y -verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la niña ocupaba -una cuna. - -Con esa portentosa facilidad--rapidez de luz--de los espíritus, don Gil -lo apreció todo: la amplitud del aposento, la distribución de los -muebles y de las puertas. También comprendió que el alma tranquila y -feliz--alma sin deseos--de doña Fabiana, estaba allí, acurcullada dentro -de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeñito de lascivia y pavura. -¡Oh! ¡Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un -veneno, el recuerdo de su posesión!... Pero pronto finaron sus cábalas, -porque el alma del veterinario volvía, y tuvo que escapar. - -Don Ignacio, efectivamente, parecía recelar algo; en sueños, su voluntad -conservaba el impulso y la exaltación agresiva de cuando estaba -despierto; tenía celos y no sabía de quien. Era un caso interesante de -adivinación magnética. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de -oirle barbotar palabras de cólera y amenaza, y rechinar los dientes. - ---¿Qué tienes?--le decía--; oye... ¿Me oyes?... ¡Estás soñando!... - -El abría los ojos; destosía; se incorporaba. - ---Sí--repetía--es verdad... estaba soñando... - -Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeñito, todas las rudas -imágenes que trastornaban el alma de Martínez se habían borrado. Algo, -sin embargo, semejante á un légamo de mal humor, dejaban en él estas -pesadillas. Al día siguiente su carácter agriado padecía tempestades -terribles de cólera, que él achacaba á un exceso de bilis. Todo le -irritaba entonces, la emprendía á puntapiés con los muebles, no -soportaba que nadie le contradijese y se mordía todas las uñas. Era un -prurito de reñir, de romper. - -Por las mañanas, Antoñita, que era muy avispada y graciosa, conocía si -su padre estaba ó no de buen humor por la cola de «Bock», el fosterrier -que dormía en la alcoba familiar. - -Salir «Bock» del aposento con el rabo entre piernas, era señal infalible -de tempestad; le habían pegado; el amo estaba furioso, quería pelea. En -cambio, si el animal llevaba el rabo en alto, podía asegurarse que don -Ignacio se levantaba contento. Esta ingeniosa observación de la niña la -comprobó su madre; la asociación y sincronismo de ambos hechos llegó á -ser evidente y constante; la presión moral de Martínez se reflejaba, -como sobre un barómetro, en la cola del perro. - -Don Gil y don Ignacio salían juntos algunas noches del Casino, unas -veces con don Valentín, otras solos, y en el silencio de la calle Larga -las pisadas seguras del veterinario sonaban marciales; los pies -diminutos de don Gil, por el contrario, caminaban sin ruido. Martínez -hablaba alto, tosía, gesticulaba levantando los brazos y con los puños -apretados. El enano, impasible y amarillento, se limitaba á oir. En la -Glorieta del Parque se despedían, y el hombre pequeñito seguía hacia su -casa. - -Su figura, su palidez, el misterio de su cara que nunca había reído, el -cenobítico retraimiento de sus costumbres, la emoción de asco y miedo -que todas las mujeres, unidas á él por un concubinaje absurdo, -experimentaban al verle en la calle, eran pormenores que lentamente iban -afianzando sus prestigios de brujo. El pueblo recordaba siempre la -muerte de Manuel Ayala y el sueño profético de Ursula Izquierdo, y la -imaginación fértil de los comentaristas empeoraba los hechos. A pesar de -no haber causado mal á nadie, al menos de un modo fehaciente y preciso, -sus convecinos, supersticiosamente, se apartaban de él. Era el brujo, -el morabito jorguín portador de la mala sombra; el _jettatore_ cuyos -ojos impasibles, color de cobre, al mirar, repartían el mal hechizo. - - - - -XIV - - -En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como -la suya, iban y venían sabrosamente, horras de la dura sujeción -carcelaria del cuerpo. Con los espíritus de las personas dormidas, -entremezclábanse los de las ya difuntas, y entre todos componían -multitudes numerosísimas, que viajaban, se relacionaban y tenían -quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados -disfrutaban de esta segunda vida de noche y de día, sin preferir la luna -al sol, como cree el vulgo; los dormidos sólo gozaban de ella de noche, -cuando el sueño les restituía su libertad. Llegaban á lo invisible por -montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, é -inmediatamente trasladábanse de un lado á otro con la misma vertiginosa -velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y así su -ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que -jamás se detuvo. La agilidad de los espíritus, sólo á la de los -marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aquéllos. Las -pesadillas más dilatadas, más complejas, duran instantes; una alma, para -volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la décima -parte de un minuto tiene suficiente. - -Reintegrado cada espíritu á su cuerpo en el momento del despertar, raras -veces consigue acordarse de lo soñado; cree haber dormido profundamente -y que en su reposo no hubo imágenes. Error. Dormir es soñar, y soñar -equivale á vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas -ideas-imágenes que estremecen al espíritu durante sus horas de libres, -por su tenuidad, rapidez y selección carecen de la grosería material -necesaria para conmover los centros nerviosos. Inútilmente llaman á -éstos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporción ni -equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del niño que quisiera mover -una palanca ó hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la -energía de un hombre. - -De esta suerte los movimientos de la vigilia y del sueño hállanse casi -totalmente separados: la vigilia del alma es el reposo del cuerpo; en -cambio, todas las mañanas, cuando la carne te levanta, el alma se echa á -dormir. - -Una noche don Gil Tomás soñó que su espíritu y el de Manolo Peinado, -sobrino de don Isidro, el alcalde, se saludaban. Manolo abrazó al hombre -pequeñito con una emoción que lo mismo podía ser de zozobra que de -alegría. - ---¿Sabe usted--le dijo--que mañana me muero? - -La noticia sorprendió á don Gil. Manuel Peinado era un mocetón -treintañal, que parecía derramar optimismo y salud. El enano repuso: - ---¿Y de qué muere usted? - ---Del corazón. - ---¡Ah!... - ---Sí, tengo un aneurisma; moriré de repente. Hace tiempo lo veo formarse -y la agitación de mis costumbres lo empeora. Yo monto á caballo y juego -á la pelota casi todos los días, y ambos ejercicios me son fatales. He -procurado advertir á mi cuerpo del peligro y obligarle á un régimen más -sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... ¡Lo lamento porque el -mundo de los sentidos todavía me parece bonito!... - -El suspiro que Manuel Peinado añadió á esta exclamación acrecentó la -compasiva emoción de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados -de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprendía la -magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la -canción del río, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna -argentina plateaba la fronda de los castañares lejanos; á ratos, en la -sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas. - -Preguntó don Gil: - ---¿Ha hablado usted de esto con Fernández Parreño? - ---Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre -exactamente á él con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra, -de nuestras conversaciones. - -Agregó: - ---Empero, más que morirme, deploro el mal rato que Elvira va á pasar. -Porque, precisamente, «está escrito» que muera en su casa. - ---¿La visita usted todas las noches? - ---Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se -halla velando á una tía suya enferma; por eso me ve usted aquí. Pero -mañana, á las doce de la noche iré á visitarla, y á la una en punto, en -su cama, me quedaré muerto. ¡Imagínese usted el miedo, primero, y luego -el dolor y la vergüenza que la infeliz va á sufrir!... ¡Y no sé cómo -prevenirla, no hay medio de evitar el drama!... - -Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba así, el hombre -pequeñito, que sentía hacia doña Elvira una muy segura y fraternal -amistad, discurría en el modo de impedir aquella última cita. - -Doña Elvira Ferrer vivía en el camino de La Olla y á dos kilómetros de -Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardín. Era -joven y bella y salió del colegio para casarse con un inglés riquísimo. -Ernesto Wollingen tenía acciones de distintos ferrocarriles, negociaba -en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin -embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeñaba la poesía del -reposo, doña Elvira se aburría, y al cabo su fastidio cristalizó y se -hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba -su puesto. - -Aquella noche, después de cenar, doña Elvira Ferrer se quedó dormida. -Fue un sueño brusco, que la sorprendió y venció cuando se disponía á -tomar el café. En tal instante llegaba don Gil. - ---¿A quién espera usted esta noche?--preguntó el enano. - -La joven pensó que sus mejillas se empurpuraban de vergüenza y quiso -huir. Don Gil la detuvo: - ---No finja usted. Yo sé que tiene usted un amante y vengo á rogarla que -no le reciba. Cuando venga, recurriendo á un ardid cualquiera, despídale -usted. - -Doña Elvira, como por ensalmo, pareció llena de tranquilidad y -confianza. - ---¿Por qué me dice usted eso? - ---Por su bien. - ---¿Me amenaza algún peligro? - ---Sí; uno muy grande. - ---¿Vendrá mi marido? - ---No. Míster Wollingen se encuentra muy lejos de aquí. - ---¿Qué debo temer entonces?... - -Los ojos metálicos del hombre pequeñito mudaron de expresión; una -ternura húmeda suavizó su brillo. - ---Elvira--repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una -firmeza paternal--, yo, que la quiero á usted bien y deseo ahorrarla el -mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir á Manuel Peinado esta -noche. - ---Pero... ¿por qué? - -Don Gil comprendió que sus reticencias no servirían de nada; era preciso -hablar. - ---Porque Manuel Peinado está enfermo. - -Como un eco, ella repitió: - ---Enfermo... - ---Sí. - ---¿De qué? - ---Del corazón. Manuel Peinado viene á morir aquí; se morirá esta misma -noche, á la una en punto. - -Doña Elvira lanzó un agudísimo grito, tan estridente, que la despertó. -Abrió los párpados y temblando miró á su alrededor. Don Gil había -desaparecido. - ---He soñado...--pensó. - -Esta reflexión la ayudó á recobrarse. De un sorbo apuró el café, que -estaba ya frío. Dos criadas entraban y salían del comedor, levantando la -mesa. Terminada su faena se retiraron. Doña Elvira abrió un libro, que -empezó á leer aquella tarde. Bajo la luz de la lámpara, su cabeza rubia -tenía el brillo mate y noble de las viejas onzas. - -A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su -amante estaba allí. Salió á recibirle. Luego, ella y él, los brazos -entrelazados, sosteniéndose mutuamente por la cintura, penetraron en la -alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella -murmuró: - ---¡He tenido mucho miedo! - ---¿Por qué?... - ---Pues... lo que nunca me sucede: cuando terminé de cenar me quedé -dormida y soñé con don Gil... - -El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos. - ---¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!... - -Y seguidamente, cambiando de tono: - ---¿A ti no te duele el corazón? - ---Nunca. - ---¿No estás enfermo de nada? - -El afirmó petulante. - ---Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?... - -Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se -quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras -agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá -esta noche, á la una en punto...» - -Interrogó supersticiosa: - ---¿Te irás temprano? - ---No, como siempre. ¿A qué viene eso? - ---No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te -marches. - -El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al -quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración -tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante: - ---Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando -los cierras me parece que me quedo sola. - -Peinado hizo un ademán de impaciencia: - ---Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado. - -Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas -para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á -levantar los párpados. - ---No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no -hables, pero necesito verte los ojos. - -No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella -sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban. -Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito: - ---¡Manuel!... - -Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara -acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió: - ---Manuel... - -Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por -instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el -equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le -auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los -halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban -helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una -voz murmuraba: - -«Ha muerto... Está muerto...» - -Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una -bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la -chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo -Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial, -vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora. -Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia -él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como -siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie -penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana. - -Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la -impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones. -Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo, -salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo -desatentada de un lecho á otro, las despertó: - ---Margarita... Lorenza... Margarita... pronto... - -En un santiamén estuvieron en pie y medio vestidas. - ---¿Qué sucede?... - ---Venid conmigo, venid... - -Asustadas y restregándose los ojos, siguieron á su ama. - ---¿Qué sucede? - ---Silencio; hablad bajo... - ---¿Se ha puesto enfermo don Manuel? - ---No sé; quizás esté difunto; no sé. Tenéis que ayudarme á sacarle de -aquí. - -Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los -grandes peligros, replicaron: - ---Lo que usted disponga, eso haremos. - -Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al -jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo, -caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica; -la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban. - -A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos -arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y -meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del -campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde -falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás. - - - - -XV - - -Hacía mucho tiempo, cerca de un año, que los Paredes, obligados por su -codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar á -Frasquito Miguel. Pero, ¿á qué sutilísimo ardid recurrir para que su -homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paralítico, -indefenso y confiado, no ofrecía dificultad ni riesgo; lo peligroso -empezaba más tarde. El vecindario preguntaría por él. ¿Cómo justificar -su desaparición? ¿Dónde inhumar el cadáver?... - -Casi á diario, en voz muy baja, mientras comían, Toribio y su hermana -hablaban de esto: era un propósito que volvía á ellos cotidianamente con -la oscuridad de los crepúsculos, y que sus espíritus, tan aireados y -sueltos de intenciones como herméticos de mollera, no sabían llevar á -termino. - -Empeoraba la criminal disposición de sus ánimos la enfermedad del señor -Frasquito, de día en día más inútil. Apenas salía del lecho, y cuando lo -dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban -ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyándose en los -muebles, dedicábase á buscar la botella del aguardiente, y aunque sus -familiares la escondían, su instinto zahorí de borracho siempre daba con -ella, unas veces en la cocina, otras en el arcón de la ropa, ó en la -cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuñaba y alborozadamente -se la ponía en los labios: bebía con sed febril, bebía con rabia; aquel -alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos -torturados. Luego, si podía, regresaba á su cuarto; pero, generalmente, -le hallaban en el suelo, caído en la doble inmovilidad de la embriaguez -y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos á cada -momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de -comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el -aposento adquirió una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella -miseria, aquella lenta pudrición, exasperaban á los Paredes; cuidaban -del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, sólo había asco y -rencor. ¡Si se muriese! ¡Si una mañana, al entrar en su cuarto, le -hallasen frío!... Este deseo infundía á todos sus ademanes una cruel -aspereza, y cuando vestían al señor Frasquito ó le sentaban en una silla -mientras le aderezaban y mullían el lecho, hacíanlo violentamente, á -tirones y á golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos -algo habían de contribuir á acortarle la vida. Frasquito Miguel, -comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de -aluvión, dolíase amargamente de su mala fortuna, y á veces su pena era -tan grande que se afeminaba y resolvía en llanto copiosísimo. A -intervalos, según el hipar de su congoja se lo permitía, les -improperaba: - ---¡Asesinos... ladrones!... ¡Si tenéis peores entrañas que las -fieras!... ¡Leche de tigres debió de daros á mamar vuestra madre!... - -Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con ésta el miedo á la -justicia, salíanse de la habitación. La ira extendía por sus rostros el -livor trágico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color, -los labios. - ---¿Eh?--rezongaban--¿qué te parece? ¡Vamos! ¡Que es muy duro dejarse -insultar así!... - -Una noche Toribio Paredes volvió á su casa de negrisimo humor; había -perdido al tute, en el café de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar á -nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de -amenaza, tiró el sombrero á un rincón, y acercando con el pie un -taburete á la mesa, se dispuso á cenar. Los niños, sentados enfrente de -él, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita había traído una cazuela -abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se -sirvió una generosa ración, porque en él la cólera no excluía el -apetito, y empezó á comer. No se acordó de los muchachos. Estos, -sintiéndose olvidados, no sabían qué hacer. Francisco, el más pequeño, -empezó á golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias, -María Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto -Deogracias, el mayor, adoptó una resolución: levantóse y empuñó el -cucharón, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado, -volcó un poco de salsa sobre el pan. Furioso su tío le dió una bofetada -que le tiró de la silla. Empezó á dolerse el muchacho con lastimeros -ayes, boca arriba, según cayó, y las manos puestas en los riñones, ni -más ni menos que si se los hubiera roto; y María Luisa, que era muy -traviesa y aborrecía á Deogracias por primogénito, empezó á reir; con -cuya discordancia Toribio Paredes se exasperó de modo que comenzó á -repartir puñetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos -como guiñapos, rodaron por el suelo. - -El señor Frasquito, sentado á duras penas en su camastro, denostó -agriamente á Rita que se le acercaba á darle de comer. - ---¿Pero no oyes lo que el animal de tu hermano está haciendo con los -niños? ¿Por qué les pega? - -La mujerona se alzó de hombros. En aquel momento no se acordaba de -Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, á -quienes aborrecía casi tanto como á su padre. - ---¡Mira--repuso--qué bien!... ¡Si acabase con todos!... - -El enfermo no contestó; no podía apartar su atención de lo que sucedía -en el comedor; la cólera, la espantosa cólera inútil de los paralíticos, -le trastornaba el rostro en ráfagas alternativamente lívidas y rojas. -Empezó á gritar: - ---¡Toribio!... ¡Ladrón, más que ladrón!... ¡Déjales!... ¡Deja á los -muchachos ó te doy un tiro!... - -Rita procuró acallarle presentándole el plato de la comida. - ---Vamos, toma y cállate ya... - -Frasquito Miguel siguió vociferando: - ---¡Toribio!... ¡Canalla!... ¡Asesino! ¡Maldito sea tu corazón! ¡Malditas -tu sangre y la leche que te dieron á beber, y la luz que te entra por -los ojos!... ¿Quieres no pegarle más á los niños?... ¡Así te quedes -ciego... así el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!... - -Los insultos, gárrulos, sucios y coloristas, manaban de sus labios -trémulos á borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento -contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillería vapuleada, -retumbaban desoladores. - ---¡Tío, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted más!... ¡No me -pegue usted más!... - -Y el estrépito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos -que huían, se entrechocaban y caían al suelo, daba una impresión de -lucha. ¿Hasta cuándo iba á durar el tormento? El señor Frasquito, á -pesar de sus dolores, intentó levantarse. Bramaba de coraje. Quería -buscar su revólver. - ---A ese miserable--repetía--le mato; ahora mismo le mato; no espero más: -¡Le mato!... - -Su barragana, asiéndole por un brazo, le detuvo: - ---Pero, ¿á dónde vas tú, semicadáver? ¿A dónde vas tú?... Toma, come y -calla... - -Le presentaba el plato. Pero el señor Frasquito, con un gesto soberbio, -arrebatándoselo de las manos, lo estrelló contra el suelo. Las -salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho -borrón sobre la pared encalada. Entonces fué Rita, la mujerona de los -ojos pequeños y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la -que, tremante de furor, empezó á gritar: - ---¡Canalla, marrano, grandísimo cochino!... Después que no se puede -aguantar la peste que echas!... ¡Cabrón!... ¿Así agradeces el pan que te -damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... ¡Si debíamos -quemarte los ojos!... - -El señor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le -tenía asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el daño que mutuamente -se causaban enardecieron á los dos. Ella descargó sobre el enfermo -varias bofetadas, á las que Frasquito contestó magullándola la nariz de -un seguro y rectilíneo puñetazo. - ---¿Creías que no podía defenderme?--barbotaba el pañero--; pues vas á -echar los sesos por los oídos. - -Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la dió varios -certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada según estaba -sobre el lecho, Rita comenzó á sangrar. Su valor flaqueaba. - -En tan crítica sazón Toribio apareció; llegaba furioso. Así, al ver la -escena, no se detuvo á inquerir sus motivos, ni siquiera á librar -pacíficamente á su hermana, sino que, abalanzándose sobre Frasquito, -comenzó á apuñearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una -idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo había -acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento frutecía y á la -par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus -brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenesí bárbaro de la cólera, -Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes: - ---Toma... toma... toma... - -El señor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defendía; su rostro se -amorataba y la almohada donde yacía su molida y ensangrentada cabeza, -iba tiñéndose de púrpura. A los golpes salvajes de su cuñado, el infeliz -respondía con ayes desgarradores. Rita permanecía suspensa, lívida, los -brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minúscula, -de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleció. Acababa de ver -pasar la tragedia; comprendía que iba á cometerse un crimen, que nadie -podría evitarlo, que la última hora del señor Frasquito había sonado. -Entonces sintió miedo, frío; miedo á que las gentes que transitaban por -la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en -averiguación y conocimiento de lo que sucedía; y entonces, en un -repentino alarde de refinadísima hipocresía, empezó á gritar con -compasivo y maternal acento: - ---¡Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes así, que eso no es nada! ¡No -te apures, hijo mío, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el -dolor te pasará pronto... ¡Déjate dar la untura!... ¡Déjate dar la -untura, hombre!... ¡Aguanta un poco!... - -Cegado por la cólera, Toribio Paredes, de súbito, ya no se satisfizo con -golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban á -la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que -empezaba á torcer el dolor. Entonces se palpó los bolsillos, buscando un -arma, y como no la hallase miró á su alrededor con una doble expresión -de rabia y de loca angustia: necesitaba un puñal, un martillo, una -hacha, una piedra... algo que le preparase á la muerte un fácil camino. -Rita entendió á su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba -vacío y el terror se agarraba á sus pies como un grillete. Este diálogo -brevísimo, diálogo sin palabras, duró el relámpago de una mirada. -Toribio iba á coger al señor Frasquito por el cuello, que bríos sobrados -tenía para arrancarle así, con las manos, su miserable vida; pero según -se disponía á ello, recordó que la extrangulación deja señales precisas -en la víctima, y el temor á la justicia le detuvo. Por su alma -truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refilón, en meditaciones -breves como fracciones de segundo, la razón iba midiéndolas todas. Al -fin, de un salto, trepó á la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar, -comenzó á patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo. - ---¡Socorro!... ¡Que me matan!... ¡No puedo más!... ¡Me matan!... -¡Socorro!...--imploraba el infeliz. - -A sus voces, Rita, que había cerrado la puerta del dormitorio temerosa -de que los niños se asomasen á ella, respondía con otras mayores, de -gran zalamería y piedad: - ---¡Frasquito, no te pongas así!... ¡Ten paciencia..., ten paciencia!... -¡Ya verás cómo, con lo que estamos haciéndote, pasado un ratito no te -duele nada!... - -Sus palabras disimulaban una ironía horrible. Toribio, enloquecido, -convulso, semejante á los brujos que danzaban en la epilepsia de los -aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entrañas del caído. Un -quinqué de petróleo, puesto sobre una cómoda, alumbraba la inaudita -escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extrañas contorsiones -del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos -brazos que alternativamente se abrían y cerraban para mantener el -equilibrio del cuerpo, corrían por el suelo ó escalaban los muros como -arañas. El lecho, que era endeble y de hierro, gemía bajo tan fiero -trajín, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un -ritmo. Era un cuadro de pesadilla. - ---¡Que me matan!... No puedo más... me matan... ¡Socorro!... - -Gemía desmayadamente el señor Frasquito. Y á la vez, consolando su pena, -Rita gritaba: - ---¡Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... ¡Ya verás cómo luego te -quedas dormido!... - -La voz de la víctima, rápidamente, iba debilitándose, alejándose. Luego, -por obra de los golpes que había recibido en el vientre, su boca se -llenó de sangre. Desesperado movió la cabeza á un lado y otro, -batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus -palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se -retorcía. De pronto, aquel barboteo cesó también y las manos se -crisparon agoreras sobre las mantas. El señor Frasquito acababa de -perder el conocimiento. - -En el silencio que se produjo los dos hermanos miráronse aterrados. La -mujerona susurró: - ---Ya está. - -Pensaba que Frasquito Miguel había muerto. Toribio saltó de la cama al -suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asustó. Llevóse un -índice á los labios, significando á Rita que callase, y unos momentos -permanecieron así, los ojos muy abiertos, atentos á los menores ruidos. -En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercándose. -Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes -experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante, -por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se -alejaron isócronos, amortiguándose en la distancia. Luego, nada; el -silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del -río. Rita hizo un gesto negativo. - ---No es nadie... - -Toribio acercó su cabeza lívida al rostro ensangrentado, horriblemente -amoratado y torcido, del señor Frasquito, y así permaneció hasta -convencerse de que respiraba. Su hermana interrogó ansiosa: - ---¿Ha muerto? - -Toribio repuso incorporándose: - ---No; respira... - -Esta idea les serenó, produciéndoles un brusco é inefable -contentamiento; fué una calma parecida á la que los marinos obtienen -vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todavía no eran -criminales, todavía la ley podía indultarles. Pero esta noción -consoladora duró un instante. - ---Hay que rematarle--dijo Toribio. - -Ella afirmó con la cabeza; él agregó: - ---Porque si no le rematamos, nos acusará y somos perdidos. - ---Es verdad. - ---Empezamos á comernos el melón, y debemos concluirlo... - -La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala acción, la idea que -enloquece á los criminales y les obliga á las crueldades peores, se -aferraba á sus frentes estrechas. - -Quedáronse unos minutos inmóviles delante del lecho, las miradas fijas -en la víctima, prontos á lanzarse sobre ella para detener en su garganta -el menor quejido. El quinqué, sin pantalla, ardía serenamente. Ahora, -con el reposo de los cuerpos, las sombras habían desaparecido, y en la -habitación de paredes encaladas todo era blanco. - ---Si le matamos antes de que despierte--balbuceó Rita--de aquí al -amanecer podemos abrir un hoyo en el patio y enterrarle... - -Sus ojos pequeños y rojizos, que el cansancio de la emoción había -hundido en el fondo de sus cuencas, se volvieron hacia Frasquito. Hubo -en ella como una piedad. - ---Quién sabe--dijo--si no tendremos que rematarle; acaso se muera él -solo... - -Paredes tuvo un corajoso ademán de impaciencia. - ---Pero si ahogarle ahora, como se ahoga un pollo, es lo de menos. Lo -grave es la segunda parte. ¿Dónde escondemos el cadáver? En el patio no -puede ser, ¿no comprendes? - ---Tienes razón... - ---Sacarle de aquí tampoco es difícil: le metemos en un saco, le ponemos -á lomos de la mula... ¡y andando! Luego, á dos ó tres leguas, en lo más -cerrado de la sierra, se le deja. Pero es que su desaparición picará la -curiosidad de los vecinos, que nos preguntarían por él y llegarían á -sospechar de nosotros. ¡Si fuese antes, que salía solo á vender!... Pero -se trata de un hombre paralítico, que no iba por su pie á ninguna parte. - -Demudado el semblante, los ojos idiotizados por el terror y fijos en el -herido, la mujerona repetía: - ---Es verdad... es verdad... - -Era el negro laberinto, el terrible callejón sin escape, donde los -muertos encierran, acosan y pierden á los vivos. Transcurridos unos -instantes, los labios blancos de Toribio temblaron y su cara -resplandeció en una histérica contracción de júbilo. Retrocedió varios -pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrándose como el cazador -que acecha ó que busca una pista en el suelo. - ---Ya sé--musitó--, ya sé... - -Sacudió á su hermana por una muñeca y señalando al señor Frasquito con -el ademán: - ---Vámonos... ven... antes de que vuelva en sí. Ya sé lo que debemos -hacer con él; me lo dijo don Gil anoche... - -Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta -suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de -que Frasquito Miguel no les había oído marchar, Toribio atisbó por el -hueco de la cerradura el interior de la habitación, silenciosa y bañada -en luz blanca. - ---Acuesta á los niños--murmuró. - -Con el sueño del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida, -los cuatro chiquillos dormían profundamente: Deogracias, sobre un banco; -los otros en el suelo, á la hila de los muros. En un santiamén y con -mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fué -trasladándoles á sus camas, donde les dejó vestidos, y hasta besó á -Paquito, el más chiquitín, que al sentirse removido entreabrió los -párpados. Inmediatamente, con un andar rápido de furia, volvió al lado -de su hermano. Este comenzó á hablarla al oído y con nerviosa -vehemencia; su boca, alargada por la emoción, parecía un hocico. - ---Ahora mismo vamos á coger un trozo de madera, de aquellos que -empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de -maza... ¿Comprendes?... - -Rita Paredes, la nariz aguileña, los fieros ojos parpadeantes y -bruñidos, los pómulos lívidos más salientes que nunca, aprobó: - ---Sí... ¿y qué? - ---Lo soñé anoche--prosiguió Toribio--, me lo dijo don Gil, y cuando él -hablaba, yo le oía y veía según ahora mismo te oigo y te veo á ti. - -La mujerona, hipnotizada, frunciendo los párpados como quien en la -oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repitió: - ---Sí, sí... - -Continuó el bujero: - ---Luego le quitamos á la mula una herradura y la clavamos en la parte -más gruesa de la maza, que así preparada nos servirá de rompecabezas. -Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente á Frasquito, y la -gente, cuando vea la herida, pensará que se trata de una coz. - -Su rostro anguloso resplandecía con la fiebre de una espantosa -inspiración. A descompuestas zancadas dirigióse hacia el patio. - ---Ven... ¡pronto!... - -A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le siguió. A oscuras, -para no atraer la atención chismera de los vecinos, salieron al patio, -sobre el cual el cielo estrellado vertía un casi imperceptible claror. -Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la -puerta del almacén aparecía cerrada; á la derecha, bajo la techumbre de -la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudían sus -cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos -horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la -limpieza de la pared. Allí los dos hermanos inclinados hacia adelante, -como sobre un rastrojo, empezaron á buscar. Rita era la más impaciente; -casi sin interrupción, no bien sus ávidas manos tropezaban un zoquete, -interrogaba. - ---¿Sirve este? - -Toribio, tasándolo con una mirada, repetía lacónico. - ---No. - ---¿Y este? - ---Tampoco. - -Ella volvía á preguntar: - ---¿Y este? - -Tenía la obsesión de que el señor Frasquito iba á levantarse, y á cada -momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que pedía socorro en la -calle. - -Toribio fué quien halló el trozo de leña, largo como de un metro, recto -y macizo, que necesitaban, y con él regresaron ambos á la cocina. Tenían -trastornada la color de los rostros; el frío de la cruda emoción que les -dominaba, unido al de la noche, les hacía temblar. El bujero miró al -reloj de pesas que latía en un ángulo de la estancia: iban á ser las -once. - ---A las doce--dijo--la primera parte de la faena debe estar concluída. - -Descolgó una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente -empezó á modelar el tarugo, dejándole en uno de sus extremos todo su -volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder -empuñarlo fácilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, quedó -transformado en maza; un enorme as de bastos parecía. Satisfecho, -Toribio lo agarró por su parte flaca y levantándolo en alto hízolo girar -sobre su cabeza. Las virutas que arrancó de él, Rita había tenido la -asotilada precaución de arrojarlas al fuego, y así, cuando la faena -concluyó, el suelo estaba limpio. Toribio preguntó: - ---¿Quedó bien cerrada la puerta de la calle? - -Rita fué á asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendían -estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la -mujerona tapó con una miga de pan el hueco de la cerradura. - -Entonces _los Rojos_ volvieron al patio. El propósito de desherrar la -mula ofrecía dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca -condición del animal como porque necesitaban maniobrar á oscuras y -callando. - ---¿Por qué no desherramos al burro?--insinuó la mujer. - -Y él, imperativo: - ---No; tú, cállate; yo sé lo que digo: la mula es mejor. - -Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante; -llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su -oficio; se acercó á la mula y comenzó á acariciarla el cuello y las -ancas. Procuró dar á su voz, destemplada por la vesánica tensión de sus -nervios, una inflexión dulce: - ---Pascuala, Pascualita... ¿qué tiene Pascualita?... - -El bruto, cuya alborotadiza condición había empeorado desde que estuvo -en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba á su amo con ojos -brillantes de recelo. Toribio le echó por la cabeza un acial que sujetó -á una argolla. Rita se había quedado un poco atrás. - ---Yo no veo nada--dijo--; preciso será traer luz. - -El consintió. Marchóse la mujerona y tardó bastante en traer bajo el -delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos -serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estiércol, un temeroso -enjambre de arañas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, huía -de la luz. La mula comenzó á titubear los secos cuadriles con inquietud. - ---Tú la levantas una de las patas--ordenó Toribio--y la sujetas bien; no -tengas miedo. - ---¿Y por qué no la desherramos una mano? Es más fácil. - ---Es más fácil, pero luego sería peor; yo me entiendo. ¡Anda! - -Ella, que no medía toda la sutilidad infernal del plan que su hermano -iba devanando, repuso: - ---También podríamos clavar en la maza una herradura nueva, pues que -todas, nuevas y viejas, son del mismo tamaño, y ahorraríamos tiempo y -faena. ¿No te parece?... - -El vaciló, vencido momentáneamente por la lógica de aquella sencilla -observación. Añadió, Rita: - ---Así concluiríamos antes. - -Pero al momento Paredes se rehizo y su reacción tuvo la violencia de una -fe inquebrantable. - ---¡No... no! ¡De ninguna manera! ¡Lo haremos todo según me lo ha dicho -don Gil!... - -La intervención bruja del hombre pequeñito en el curso de aquel drama, -decidió á Rita. Sin decir palabra cogió un trozo de cuerda que, -dispuesto en forma de nudo corredizo, enlazó á la pata derecha de la -mula. Asustada ésta empezó á moverse, piafando y dando furiosos tirones -del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empezó á -tranquilizarla con la voz: - ---Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo... - -Cuando la comprendieron más sosegada, Rita volvió á trabarla de la pata, -que levantó y sujetó debajo de su brazo derecho, de modo que la rótula ó -babilla quedaba detrás y á la altura de su hombro. Sobre su muslo, y -vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas á la -bestia, resistía vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el -esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas. - -Hábilmente Toribio Paredes procedió á quitar la herradura. Con las -tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo -extraía con un chirrido breve. - ---Fíjate--dijo á su hermana--en que falta un clavo aquí, á la izquierda. - ---Bueno... - ---Acuérdate de cual es, luego, para dejar el hueco. - ---Bien, bien... - -Mataron la luz y regresaron á la cocina. Arrodillado en el suelo, -Toribio procedió á clavar la herradura en la parte más gruesa del -zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella, -del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la -precaución de no poner el clavo que echó de menos al desherrar la mula. -Juzgando su obra bien concluída, murmuró: - ---Estamos listos. - -Miró el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco púsose -en pie: - ---Vamos... - -Su figura crecida y angulosa, y su brazo derecha armado y desnudo hasta -el codo, rimaban siniestramente. Avanzó algunos pasos y se detuvo: - ---Lleva una toalla para taparle la boca, si gritase... - - - - -XVI - - -Rato hacía que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por -levantarse. Su conciencia había encendido todas las luces y sostenía un -pavoroso monólogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra él los -desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio -al apuñearle y patearle, y la terrible hipocresía de su hermana. -Aquellas frases, cariñosas, aquellas exclamaciones de misericordia y -emoción gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen oído -los lamentos del supliciado los atribuyesen, no á un castigo, sino á una -cura dolorosa, empavorecían al señor Frasquito. Acababa de comprender á -los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y así, no obstante la -coyuntura de postración y flaqueza en que le habían dejado, á todo -trance quería huir. Sentíase inerme, débil como un niño, y á merced de -dos fieras. - ---Les estorbo--pensó--; quieren acabar conmigo, para robarme... - -El silencio de la habitación, la blancura de los muros, el frío de la -almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias, -hasta la misma luz apacible del quinqué sin pantalla, acrecentaban su -terror. Levantando la cabeza procuró espiar los ruidos de la casa. Oyó -en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los -animales parecían inquietos. Después hubo un silencio; luego reconoció -los pasos de Rita y de su hermano que iban y venían. Tuvo el señor -Frasquito la visión neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja -para enterrarle. - ---Temen que mañana les acuse, y piensan hacerme desaparecer... - -Esta idea acució sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era -posible escapar; de consiguiente, había de salir á la calle por la -puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le -vigilaban. Merced á un titánico esfuerzo consiguió incorporarse; la cama -producíale espanto; que le matasen, bueno, pero hallándose él de pie; -acostado, no. - -En aquel momento, por dos veces, chirrió la cerradura y abrióse la -puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los -brazos cruzados atrás, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una -toalla. Aquel trapo blanco asocióse instantáneamente en el espíritu del -señor Frasquito á una idea de crimen, á una visión de sangre derramada, -de sangre suya, que sería necesario limpiar. El desdichado quiso -defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brincó sobre él y, -cubriéndole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le -sujetó fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como -de una brida, sacó á la víctima arrastras del lecho. Cayó Frasquito -Miguel pecho arriba, los brazos inertes, las flacas piernas extendidas -y lacias. - -Toribio entonces, parado delante de él, inclinado el cuerpo en la -actitud reverente de los segadores, por dos veces bajó y subió la maza -que esgrimía á dos manos sobre la cabeza del caído: aseguraba el golpe. -Rita, arrodillada junto á Frasquito para impedirle todo movimiento, -volvía la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del -sacrificio. Toribio, de pronto, se decidió á herir; un estremecimiento -asesino sacudió su cuerpo; al unísono sus músculos enjutos vibraron; la -contracción de los maseteros apretó convulsivamente sus mandíbulas y -desnudó los dientes; puso las piernas en flexión, sus lomos tremaron, -sus manos crispáronse frenéticas sobre la empuñadura de la maza que -descendió irresistible, semejante á un martillo de fragua. La muerte del -señor Frasquito fue instantánea; el porrazo le deshizo el ojo y el -pómulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia encefálica comenzó -á salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de -la herradura grabaron un medio círculo que primero fue rojo y luego -negro. - ---Vamos con él--masculló Toribio--, vamos pronto, antes de que se manche -más el suelo... - ---Pero hay que vestirle--observó Rita. - ---¿Para qué? No hace falta. Mejor está así. - -Le cogió por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la -habitación; pesaba muy poco; su rota cabeza pendía hacia atrás; llevaba -los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto -cuerpo unas veces se encogía y otras se estiraba, según los que le -llevaban se acercasen entre sí más ó menos. De este modo el fúnebre -convoy llegó á la cuadra. El cadáver, sin otra ropa que una camiseta y -el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el -estiércol. Inmediatamente los Paredes regresaron á la cocina: ella, á -encender nuevamente el farolillo; él, á quitar la herradura de la maza -y reponerla en su sitio. Aquel agitadísimo trajín les tenía -desemblantados y con las sienes empapadas en frío sudor. Toribio miró al -reloj y sorprendióle que aun faltasen minutos para la una; los instantes -que siguieron al asesinato del señor Frasquito habían tenido en su -espíritu inacabable duración; él hubiese jurado que estaba amaneciendo. - -Los dos criminales volvieron á la cuadra, dejaron la luz donde antes y -procedieron á reherrar la mula. Esta vez trabajaban con más desembarazo -y diligencia, porque la decisión que les impelía era mayor. Rita -sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los -martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente, -entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez _del -Rojo_ aumentó; su hermana creyó que iba á perder los sentidos; el -miserable palidecía de miedo; recordaba que la herradura tenía todos sus -redoblones, menos uno, y no sabía cuál. - ---El primero de la izquierda--repuso Rita. - ---¿Estás segura?--balbuceó él--Fíjate bien: hay que dejar la clavera -libre; de lo contrario, podría descubrirle el engaño. Fíjate. Nos va en -ello la vida... - -Pero la mujerona no titubeaba: - ---Sé lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro -izquierdo; corresponde á la izquierda tuya... ¿no comprendes?... - -El rememoraba la escena del desherraje, y cómo puso en la maza la -herradura. Al fin, las imágenes emborronadas se diafanizaron; vió limpio -y alentó satisfecho; aquel último detalle le aseguraba la inmunidad. - ---¡Tenías razón!--exclamó. - -En un santiamén la operación quedó concluída. - -Después cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba, -junto á las patas traseras de la mula. La obsesión de Toribio Paredes -era poder justificar, ante el público, las magulladuras que sus manos y -sus pies iracundos causaron en la víctima; para esto era indispensable -que la mula patease bien sobre el cadáver. Con su cuchillo Toribio -empezó á hostigar á la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso -drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba -á hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que -volvía la cabeza para mirar á Frasquito Miguel, á quien demasiado -conocía. Extrañaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y -acrecentándose esta extrañeza pronto se exacerbó y fué pavura. Quiso -huir y, tropezando con la pesebrera, ladeó el cuerpo; retrocedió luego y -pisó el cadáver; sus cascos hundiéronse muchas veces en el pecho y en el -vientre del muerto. Por la boca lívida, desquijarada, del señor -Frasquito, manaba un hilo de sangre negra. - -Toribio murmuró: - ---Todo ha salido bien; ahora, vámonos á dormir. - -De súbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una -pincelada maestra, y añadió: - ---Espera aquí... - -Marchóse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derramó -en el suelo; la botella, casi vacía, la dejó cerca del cadáver. Este -ardid induciría á las gentes á creer que el señor Frasquito, cuando la -mula le mató, estaba borracho. Después, siempre medio á oscuras y con -gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza; -disimularon la tierra removida bajo un montón de palos, ladrillos y -trozos de cascote; después borraron escrupulosamente las manchas de -sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y según fregaban -iban restañando la humedad de lo limpiado. Últimamente pisaban sobre -aquellas señales de pulcritud que dejó la aljofifa, ensuciándolas de -modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, deteniéndose -en quitarse los bordes rojos de las uñas. Terminada, en fin, la -operación, mal concluída casi siempre, de desvanecer esos incontables -rastros que el criminal va olvidando tras sí, los Paredes se retiraron á -sus alcobas respectivas. Los niños dormían sosegadamente. En el -recogimiento de la casa, el drama parecía no haber dejado huella. - -Antes de separarse, Toribio cogió á su hermana por un brazo, -atenaceándoselo como si aquel dolor contribuyese á grabar sus palabras -en el remiso discernimiento de la mujerona. - ---Mañana--dijo--, apenas te levantes, sales al patio, ¿entiendes?... -sales al patio, entras en la cuadra é inmediatamente empiezas á gritar y -á pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan. - -Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquirió: - ---¿Por qué? - -Tenía su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando. -Ahora, después de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver á la -luz del sol la cabeza violácea y tumefacta, del señor Frasquito. -Seguramente no podría resistir tan espantosa emoción. - ---Es mejor--se atrevió á decir--que te levantes tú primero. - ---¿Para qué? - ---Tengo miedo... - ---¡Qué miedo ni qué porra!--masculló el pañero--¡Te mato como á él si no -haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que -más madrugan. Por eso mañana, como de costumbre, te levantas la primera. -Luego, á tus voces, saldré yo. - -No replicó la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas -transcurrían sin que ni ella ni él pudiesen dormir. La hiperestesia de -sus nervios daba mayor sonoridad á todos los ruidos. El murmullo del río -parecía más fuerte. Empezaron á cantar los gallos. En el silencio, cada -vez que oían removerse á la mula, pensaban en el cadáver tirado sobre el -estiércol, magullado bárbaramente bajo las patas del arisco animal. -Rita, lívida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas. - -Pero amaneció y con la llegada de la luz solar, de la luz franca, -rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos -hermanos recobraron su serenidad. - -Ya dueña de sí la mujerona, á la hora de costumbre, brincó del lecho, -fue al patio y apenas entró en la cuadra prorrumpió en estridentes y -atronadores alaridos. Sus estentóreos gritos desgarraban el azul. - ---¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito de mi alma!... -¡Virgen Santísima... mi Frasquito ha muerto!... ¡Socorro, socorro!... -¡¡Socorro!!... - -Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los -ojos, escapó hacia la calle, solitaria y bañada ufanamente en el claror -blanco de la mañana. Allí sus voces y aspavientos redoblaron. - ---¡A mi Frasquito le han matado! ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!... -¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!... - -Casi á la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las -ventanas aparecían semblantes curiosos y atónitos, ojos deslumbrados, -cargados aún de sueño. Mujeres y hombres, á medio vestir, todos -compadecidos y solícitos, salieron á la calle en tropel y rodearon á -Rita. - ---¿Qué pasa, qué sucede?--preguntaban. - -Ella no respondía y desparramaba sus miradas á un lado y á otro, como si -la desesperación la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la más ilustre, -hubiese podido representar mejor su papel. ¿De dónde aquella mala -hembra, inculta y torpe, podía sacar tan perfectos recursos? ¿Qué -increíble inspiración de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus -cabellos enmarañados. Sobre su pecho árido, bajo la chambra -entreabierta, los senos flácidos colgaban tristes y parecían resbalar -como lágrimas. Su elevada estatura sobresalía en medio del grupo de -curiosos. Fuera de sí, comenzó á mesarse los cabellos, á torturarse los -brazos, y llegó á morderse los labios tan sinceramente que la sangre -brotó. - -En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustándose -los calzones, apareció Toribio. - ---¿Qué sucede--decía--, qué sucede?... - -Su cabeza roja y minúscula estaba nimbada de espanto. También el -miserable era un soberbio actor. La mujerona le abrazó llorando. - ---Frasquito ha muerto... ha muerto... - ---¿Cómo?... ¿Que ha muerto Frasquito? - ---Sí... le ha matado la mula... - -Toribio ensanchaba los ojos; no comprendía; su frente demudada tenía la -blancura del papel. - ---¿La mula le ha matado?... ¡No es posible!... - ---Sí, le ha matado. En la cuadra está... yo le he visto..., le he -visto... ¡le he visto!... - -Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las -cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadáver delante. Toribio -corrió hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al -patio. Rita, á quien las mujeres sostenían porque estuvo á punto de -sufrir una congoja, tambaleándose les siguió también. Sus hijos, -despertados por el tumulto, acudieron á ella; los mayores, adivinando -una desgracia, se agarraron á sus faldas, llorando. - ---Mamá... ¿qué ha sucedido?... ¿Por qué lloras, mamá? - -Rita les miraba sin responder; hipaba y tenía en la lividez de sus -mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecían absolutamente de -expresión; diríase que el miedo y el dolor habían limpiado su espíritu -de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresuró, con -franqueza brutal, á informar á los niños de su infortunio. - ---Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabéis. Ahora, marcharos, por -ahí... - -Los muchachos, á coro, rompieron á llorar. - -En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y á cada momento, en -grupos, llegaban más; apenas podían rebullirse. Los que primero -acudieron permanecían inmóviles ante el cobertizo de la cuadra, -contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistían el -avance de los que estaban detrás y para ver se ponían de puntillas. -Únicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadáver de -su cuñado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por -la presencia de tanta gente, volvía la cabeza donde sus ojos negrísimos -fulgían de espanto. El cuerpo del señor Frasquito quedó tendido pecho -arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando así las plantas, endurecidas -por el trabajo, de sus pies. - -Abriéndose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre -que manaba de su labio mordido, la había manchado el corpiño; su menton -rojo formaba con la amarillez hipocrática de los pómulos y de la frente, -una disonancia de pesadilla. Al ver el cadáver empezó á gritar: - ---¡Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!... - -Demostró perder el conocimiento. Cayó hacia atrás, rígida, y su cabeza -pequeña rebotó contra el suelo. Varias personas caritativas la empuñaron -por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las -mujeres gritaban: - ---¡Dadla á oler un pañuelo empapado en vinagre! - -Y otras: - ---¡Mejor es ponerla una llave sobre el corazón!... - ---También es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda... - -Los chiquillos contemplaban á su padre, fluctuando entre la pena, el -cariño filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo -rígido. Solamente Deogracias se atrevió á arrodillarse delante de él. - -Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos á la vez -esforzándose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse á -tocar al difunto, muchos le reconocían la cabeza, donde debió de -recibir, según todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quitó -la vida. La sucinta indumentaria del cadáver y la posición en que fue -encontrado, decían que el señor Frasquito hubo de levantarse de noche -para ir á la cuadra, y al pasar junto á la muía, ésta le dió una coz. - -Una vecina manifestó que la víspera, á última hora de la tarde, había -oído quejarse desesperadamente al señor Frasquito, y á Rita prodigarle -frases de maternal consuelo. Y agregó: - ---Yo pasaba por la calle y me detuve á escuchar. Desde luego supuse que -al pobrecillo estarían curándole. - -Toribio Paredes ratificó las palabras de aquella mujer. Su cuñado, que -estaba enfermo de gota, se había agravado y fué necesario friccionarle -el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores -desacostumbrados y le arrancó ayes terribles. - -Con notable naturalidad añadió: - ---Esta madrugada, entre sueños, me pareció oir ruido en la cocina; pensé -que era mi hermana y ni siquiera abrí los ojos; pero debía de ser él, -que iba á la cuadra. - -Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecían á -todos muy concertadas y en su punto. Pero, ¿qué pudo ir á buscar á la -caballeriza, á tales horas, el señor Frasquito? - ---Yo creía--insinuó un vecino--que el pobre, reumático como estaba, no -podía moverse. - -Toribio replicó: - ---No; mi cuñado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrándose á las -paredes, como los niños pequeños, pero andaba... - ---¿Y qué supone usted que fuese á hacer en la cuadra?... - -El pañero se encogía de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes -eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y -vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulería de tantos diálogos, -permaneció absorto. Hubo momentos en los cuales pareció que, no obstante -su entereza, iba á llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzgó llegada -la ocasión de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una -casualidad favorable, la mula había roto. Cogió uno de los añicos, el -más grande, y con aire inquisitivo se lo acercó á la nariz. - ---Esto--dijo--huele á aguardiente. - -Los que le oyeron, repitieron preguntando: - ---¿Huele á aguardiente?... - ---Sí... - -Su cara se iluminó. - ---¡Ya sé, ya me explico lo sucedido!... - -Como todos sabían, el señor Frasquito se emborrachaba; bebía sin freno, -hasta caer. Diferentes veces se había levantado á media noche para -beberse el vino ó el aguardiente ó el coñac, que hubiere en la despensa. -Tanto Rita como su hermano, por consejo del médico procuraban que el -enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las -noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces -debajo de la cómoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los -pesebres. Este último lugar, como más distante, era indudablemente el -más seguro. Pero Frasquito Miguel, á quien su pasión inspiraba -adivinaciones extraordinarias, poco á poco, en fuerza de registrar todos -los rincones de la casa, descubrió también aquellos escondrijos. Toribio -relacionaba unos hechos á otros. Evidentemente su cuñado, que con el -masaje de aquella tarde había sufrido mucho, llegada la noche -experimentó, más intensamente que nunca, el deseo de beber, para -adormecerse y descansar. Con este propósito registraría la casa, y no -hallando lo que quería fué á buscarlo á la cuadra. Frasquito Miguel, -aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones á -oscuras, por miedo á ser visto. El desdichado se acercaría al pesebre y -cogió la botella; quizás allí mismo, en pie, poniéndosela sobre los -labios, agotó su contenido, lo que turbándole la cabeza empeoró la -inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezaría entre el -estiércol, para no caer se agarraría á la mula, y ésta, que era muy -espantadiza, le dió una coz que Frasquito, por su desgracia, recibió en -la frente... - -Toribio se interrumpió; en aquel momento la Pascuala movía la cabeza -para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discreción iba -desenredando su mentira, palideció: tuvo miedo, un miedo supersticioso; -se acordó de aquella burra que habla en la Biblia, y creyó que la -bestia, testigo único de su crimen, iba á desmentirle. - -Los circunstantes, que habían seguido atentamente las explicaciones del -bujero, las hallaron muy lógicas. Ni un instante la sospecha de un -asesinato removió sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocían las causas -del drama, la muerte del señor Frasquito les parecía menos triste. -Alguien dijo, con mal encubierta ironía. - ---En fin, si cuando el pobre recibió la coz estaba ya borracho... -¡tanto mejor!... porque sufriría menos... - -Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes -se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad. - -A poco llegó el Juzgado, compuesto del señor juez, el señor secretario y -tres alguaciles. - -Don Niceto Olmedilla, después de tomar á los presentes declaraciones -minuciosas, ordenó el levantamiento del cadáver. Casi á la vez -aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernández Parreño, don Dimas Narro y -el veterinario. Don Elías supo lo ocurrido en la botica; á don Ignacio -fueron á decírselo á su casa. Entonces don Niceto, para esquivar -trámites y ganar tiempo, refirióles cómo había sucedido la desgracia, y -les invitó á reconocer el cadáver y añadir sus dictámenes á las -diligencias sumariales que habían de incoarse. Ellos asintieron. Los -alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras á empellones, -despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual -depositaron al muerto. Toribio, á cada momento, escupía y se llevaba las -manos á los ojos. - ---Yo le quería mucho--balbuceaba--yo le quería mucho. Me había -acostumbrado á él. ¡Era muy bueno!... - -Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le -compadecían, admiraban su buen corazón y sentían hacia él una simpatía -nueva. Refiriéndose á su cuñado, el bujero preguntó: - ---¿Debo desnudarle? - -Don Niceto repuso: - ---No lo creo necesario; pero eso los señores peritos han de decirlo. - -Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro, -Martínez, Fernández Parreño, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban -vibrantes de interés y de emoción. En don Ignacio la idea de alternar -mano á mano con dos médicos en una cuestión profesional, producíale -cierta escondida vanidad. El cuerpo del señor Frasquito fué colocado en -actitud supina, y como no cabía en la mesa, sus piernas, ya rígidas, -quedaron en el aire. - -Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa, -descompuesta por la hinchazón que siguió al golpe. La sangre se había -coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia -cerebral. Sobre el pómulo izquierdo aparecía clara, terminante, la -huella curva de la herradura. Los bordes del hierro habían grabado un -perfil inconfundible. Todos callaban consternados. - ---¡Qué golpe!--exclamó don Dimas. - -No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio añadió: - ---La coz que, como ve usted, está ligeramente inclinada hacia afuera, -debe habérsela dado el animal con la pata derecha. - -La cabeza pálida y mal afeitada de don Niceto asintió. En el medio -círculo de la herradura, las señales más hondas que dejaron los clavos -atestiguaban la formidable violencia de la percusión. Fernández Parreño -empezó á contarlos. - ---¡Aquí falta uno! - -Repuso Martínez: - ---Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fué dada con la -pata derecha, según yo creo, ó con la izquierda. Veámoslo. - -Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegría. ¡Qué certeramente -supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa, -irrebatible, que había de ponerle á salvo de sospechas, estaba allí. -Acercóse á la mula con muchas precauciones. Pascuala empezó á -encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche parecía -haber dejado un terror. - ---¡Qué mala bestia!--repetía Martínez--; cuando se quemó hubieran hecho -ustedes muy bien en darla un tiro. - -Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobación decisiva, -Toribio levantó primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero, -bruñido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los -clavos: estaban todos. - ---Lo que yo dije--exclamó Martínez satisfecho--la coz ha sido dada con -la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciorémonos de una vez. - -El bujero obedeció. Efectivamente, allí faltaba un clavo. - ---¿Ven ustedes?--insistió Martínez triunfante--fué con la pata derecha. - -Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo él estaba -manchado de sangre. Volvieron al lado del cadáver. En los sitios más -profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron -partículas de estiércol. - ---¡Qué atrocidad!--repetían los médicos--; ¡qué fuerza la de ese -animal!... - -Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre. -Todo el cuerpo que, durante horas, pateó la mula, hallábase -horriblemente mutilado: el vientre aparecía inflado por unas partes y -por otras deshecho; las costillas, rotas, habían desgarrado la carne y -blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos -los allí presentes un movimiento de asco. - -Don Niceto se volvió hacia Toribio y, á la vez compadecido y grave, le -estrechó la mano. Después aludió al cadáver. - ---Echenle ustedes una sábana por encima, y el entierro cuanto antes sea, -mejor. - -Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vió á Rita, á quién varias -mujeres fortalecían con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla -declaración. La mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto, -ratificó cuanto su hermano había dicho, y apenas terminó de hablar cerró -los ojos y dejó ir la cabeza hacia atrás, inerte y fría como si de nuevo -hubiese perdido los sentidos. - -Durante la tarde los Paredes observaron idéntica actitud de dolor. No -almorzaron y la debilidad les enflaquecía el rostro. Ella parecía -idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmóviles -y no respondía á las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de -éstas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del -señor Frasquito desde un punto de vista práctico. Se trataba de un -organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. ¿Qué -hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante años y años? -Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle, -constituía un bien para todos; Dios sabe siempre darle á sus hijos lo -que más les conviene... - -A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona respondía con -exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los -hombros. - ---¡Estaba tan hecha á él!--decía--; ¡era tan trabajador, tan bueno!... - -Toribio, sentado en un rincón, los codos en las rodillas y la pequeña -cabeza oculta entre las manos, demostraba también su tribulación con -frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo á -amistosas invitaciones, fué á la taberna, donde volvió á explicar la -fiera muerte de su cuñado y las circunstancias que, á su juicio, -debieron de rodearla. - -Al día siguiente, muy temprano, dieron tierra á los restos del señor -Frasquito. Componía el acompañamiento una veintena de personas. El ataud -iba llevado á hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena -voluntad. Cuando éstos se cansaban otros les sustituían, pues para tan -cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrándose con -ello. _El Rojo_ era quien más resistía, y á todos sorprendía su -fortaleza, nacida evidentemente de su cariño al difunto. Bajaba el -luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estación, y Toribio, ya -fatigado, acababa de ceder su puesto á un amigo, cuando vió á don Gil -Tomás que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre -pequeñito, en aquellas circunstancias, emocionó y acobardó á Paredes. -Creeríase que el brujo madrugaba para asistir á su obra. En el júbilo -rosa y azul de la mañana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de -la carretera, su cuerpo minúsculo, vestido de negro, echaba un -borroncillo impertinente. Toribio sintió que toda su sangre, hecha -hielo, le subía á la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No -obstante rehízose pronto y saludó, concediendo á la mayor categoría -social de Tomás el respeto debido. - ---Buenos días, don Gil. - ---Buenos días, Toribio. - -Ante el féretro el hombre pequeñito se había descubierto. Su rostro, de -color de miel, no delataba emoción ninguna. Evidentemente no sabía quién -iba allí. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal -lívido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibujó un jabeque -rojo. - -«¡Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrás!...»--pensaba -Paredes. - -Y á continuación: - -«Y, si no se acuerda, ¿cómo está aquí él, que se levanta siempre -tarde?...» - -Don Gil le interpeló: - ---¿Quién ha muerto? - -Con voz casi imperceptible, el bujero repuso: - ---Mi cuñado. - ---¿Su cuñado?... ¿El señor Frasquito? - ---Sí, señor. - ---¡Oh!... ¡Qué sorpresa!... ¿Cuándo?... - ---Anteanoche. Ayer, por la mañana, le encontramos muerto en la cuadra. -La mula que tenemos le había matado de una coz. - -Se interrumpió bruscamente; parecíale estar diciendo palabras ociosas. -¿No era don Gil su cómplice? - ---Pero, ¿es cierto que no sabía usted nada?--agregó. - ---Nada, se lo aseguro; no había oído decir nada... ¡Qué desgracia!... - -Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasión se -trocó en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente, -tan retozona y llena de preguntas, que parecía una alegría. ¿Cómo brotó -en su alma aquella suave alacridad?... - ---Cuénteme, amigo Toribio--exclamó--, cuénteme cómo esa espantosa -desgracia ha sucedido. - ---¿Cómo? Muy sencillo; verá usted... - -Estirando las piernecillas cuanto podía, para no rezagarse, el hombre -pequeñito siguió al muerto. - - - - -XVII - - -Teodoro entreabrió la ventana. - ---¿Está bien así, don Juan Manuel? - -El diputado aprobó con un gesto. Había pedido la botella del ron y -llevaba trasegado de su contenido cerca de la mitad. Sus amigos decían -que don Juan Manuel iba aficionándose á la bebida con exceso. Ello -perjudicaba á su talento y le quitaba elocuencia en las Cortes. Había -engruesado notablemente, y sus mejillas se acaloraban con facilidad. -Nunca, sin embargo, su carácter revelóse más expansivo, más fecundo en -dicacidades y agudezas; y en sus ojos zarcos, saltones, acuosos, -acostumbrados á entornarse voluptuosamente, titilaba una luz optimista. - -Aquella tarde de Abril el calor apretaba y la atmósfera del Casino, -llena de humo y de sol, llegó á ser irrespirable. Don Juan Manuel, -sofocado en el espacio, breve para su vientre, que separaba el diván de -la mesa, ordenó á Teodoro abrir la ventana más próxima, y una corriente -de aire cruzó el salón como una ráfaga de salud. - -Componían la tertulia del diputado, Fernández Parreño, don Niceto y don -Luis Olmedilla, don José Erato y don Artemio. Acababan de terminar su -partida de tresillo y los lances del juego, por lo mismo que les -interesaron y sacudieron mucho, les habían fatigado. Al recogerse en sí -todos halláronse amustiados y sin ideas; cesó con el trajín de los -naipes el regocijo de la reunión; el tedio de la ociosidad, el tormento -sigiloso, mil veces renovado, de no saber á dónde ir, renacía. Antes de -marcharse á cenar aun necesitaban esperar, cuando menos, una hora. ¿Qué -hacer hasta entonces?... Y á esta pregunta, en cada alma, respondía el -silencio. - -Todos habían cambiado de actitud y miraban hacia los balcones, invadidos -de cruda claridad. El Casino, á la sazón, estaba callado. Unicamente -resonaban las voces de Romualdo y de otros dos individuos que jugaban al -billar. - -Don Juan Manuel Rubio sacó su petaca y ofreció tabaco á la reunión; -todos aceptaron, menos don Niceto. - ---Gracias, don Juan; ya sabe usted que no fumo ni bebo alcoholes más que -de noche. - -La observación era rigurosamente cierta; el juez no bebía ni fumaba -mientras el sol alumbrase el horizonte. ¿Por qué alterar aquella -costumbre de tantos años? El diputado no insistió. - -Dijo don Artemio: - ---¿Saben ustedes que el veterinario se ha comprado una corbata? - ---Yo, sí--repuso don Elías. - ---Yo, también--agregó Luis--; una corbata encarnada... - ---La misma; ¿le han visto ustedes? - ---No le he visto--replicó Olmedilla--, pero me la dijeron hoy, á medio -día, en el Café de la Coja. - ---Yo lo supe anoche--añadió el médico--, me lo contaron en la fonda. - ---Se la habrá comprado su mujer, ¿verdad? - ---No lo creo; su mujer tiene mejor gusto. - -De unos labios á otros, en el curso de aquellos dos días la corbata de -don Ignacio Martínez había estremecido la opinión. - -El sustantivo «fonda», dicho por Fernández Parreño, trajo á la distraída -memoria del señor Erato, un recuerdo. - ---Diga usted, don Luis, ¿es cierto que esta mañana, un comisionista -alemán, dió un escándalo en el Toro Blanco?... - -La pregunta interesó mucho á los circunstantes, que ignoraban el hecho. - -Luis Olmedilla, siempre presumido y valentón, repuso irguiéndose en su -asiento y entornando los ojos con aire jaque: - ---Hombre... tanto como un escándalo, no señor; porque si mi hermano -Valentín es como es, un manso y lo aguanta, yo, no lo aguanto. Lo que -hubo fueron palabras gruesas, pero no conmigo, que yo, en aquel momento, -no estaba allí. El hecho es muy sencillo. Ese comisionista alemán vino -esta mañana de Salamanca, en el primer tren, y apenas llegó á la fonda, -pidió un baño. La criada que sirve en el piso principal y se expresa muy -bien porque está acostumbrada á tratar con buena gente, le manifestó que -en casa no había baño, pero que podía buscarle un barreño si, por -casualidad, necesitaba lavarse los pies. ¡Me parece que la mujer no dijo -ningún disparate!... - -Todos asintieron. Parsimoniosamente, escuchándose un poco, Luis -Olmedilla continuó: - ---¡Pues, para qué quiso oir más el alemán!... Empezó á decir que él no -necesitaba lavarse los pies, porque los llevaba siempre muy limpios; que -los necesitados de limpieza somos nosotros, los españoles; que si pedía -un baño era por gusto, porque en su país la gente, según parece, se baña -todos los días. ¡Ganas de presumir, claro es!... Como hablaba á voces y -manoteando, la muchacha se asustó y fué á llamar á su ama, porque -Valentín estaba en la peluquería, afeitándose. Mi cuñada procuró -apaciguar al alemán diciéndole que ni en Puertopomares, ni en otros -pueblos de más categoría, las fondas tienen cuarto de baño, por la -sencilla razón de que nadie se baña, y mucho manos ahora, en primavera, -lo que no impide que gocemos de buena salud. Eso fué todo. Pero como el -extranjero gritaba y decía en su lengua palabras incomprensibles, los -criados pensaron que les estaba insultando, y á no llegar mi hermano -nadie sabe lo que hubiese sucedido. - -Exceptuando don Juan Manuel, que se reservó su opinión, todos los -circunstantes, incluso Fernández Parreño, declaráronse en contra del -alemán. El médico afirmó que los baños, fuera de los meses de Junio, -Julio y Agosto, constituyen un reverendo disparate. ¿A quién, que no -esté loco, se le ocurre bañarse, por ejemplo, en Abril?... - -Luis Olmedilla dijo que su hermano, sin embargo, para complacer á los -extranjeros, pensaba instalar una ducha. ¡Lástima de dinero! - ---Dile á Valentín--exclamó el boticario--que si las pesetas le hacen -cosquillas las emplee en ensancharnos el saloncito de tresillo, y se lo -agradeceremos todos. - -Don Juan Manuel preguntó á don Niceto el resultado de la querella que -don Arístides, propietario del tejar _La Honradez_, tenía entablada -contra Juanito, _el Manchego_. - ---Hoy se ha celebrado el juicio--repuso el juez--, pero no hubo -sentencia porque las circunstancias en que el demandante apoya su -denuncia no están bien probadas. Ya le conocemos; por pleitear -pleitearía con un árbol. Dice don Arístides que á una yegua inglesa, muy -buena, que tiene, la acaballó un potro de Juanito _el Manchego_ -hallándose la yegua sudada; que _el Manchego_ la echó el potro para -dañarla, pues, según parece, él y don Arístides se llevan mal, y la -yegua hubo de asustarse y con la impresión se la cortó el sudor y desde -entonces está enferma. Por daños y perjuicios pide seis mil pesetas. -Claro es que Juanito se defiende diciendo que si la yegua se escapó y -vino á buscar al potro, ó si éste rompió el acial y se fué en busca de -la yegua, él no tiene culpa, pues son accidentes inevitables y -fortuitos. También asegura que la yegua no está enferma de pasmo, sino -de alguna mala hierba que ha comido. Martínez, como perito, habrá de -decirlo. - -Este diálogo trajo al espíritu de Fernández Parreño el recuerdo de las -dos potrancas que aquel año deseaba llevar á la cubrición. Don Juan -Manuel poseía en su finca «La Evarista», así llamada para rendir público -testimonio de adhesión y fineza hacia Evarista Garrido, su amante y -heredera, una excelente monta con magníficos caballos padres y burros -garañones andaluces de lozana estampa y extremado poder, que anualmente, -desde que comenzaba la cubrición á primeros de Marzo, hasta fines de -Junio, allá por San Juan, producíanle muy generosos rendimientos. - ---¿Cuándo quiere usted que lleve las potras á cubrir?--preguntó don -Elías. - ---Cuando usted guste. ¿Están en sazón? - ---Desde hace tres días. Pero, ya sabe usted que, por ser mis yeguas -primerizas, tengo derecho á elegir semental... - -Mientras se servía otra copa de ron, don Juan Manuel tuvo un gesto de -desprendimiento y elegancia. - ---Le asiste á usted, amigo don Elías, efectivamente, ese derecho de -elección; pero aunque así no fuese, por ser usted quien es y por nuestra -buena amistad, en mis tierras de ese y de cuantos fueros y pragmáticas -necesite puede usar. - -Agradeció Fernández Parreño tan generoso ofrecimiento, y prometió enviar -al día siguiente las dos potrancas á la parada. Convenía aprovechar la -bonanza del tiempo, pues la experiencia habíale demostrado que los días -nublados no son propicios á la cubrición. - ---¿Usted irá?--preguntó el diputado. - ---Seguramente. - ---Si quiere usted, puedo llevarle en mi tartanita; iríamos juntos y le -enseñaría el último garañón que he comprado. ¡Merece verse!... - -Esta conversación, tanto por la misma salsa picante de su asunto, como -por el interés que estos episodios de la existencia rústica inspiran á -cuantas personas viven del campo ó muy cerca de él, apasionó á los -circunstantes. Para los vecinos de las aldeas, la noticia de un -pedrisco, la época de la jifería, el júbilo verde de los bancales -enlucidos con los primeros brotes de la cosecha próxima, la preñez de -las ovejas ó el alumbramiento de una vaca, revistieron siempre -importancia excepcional. - -Don Elías explicó las condiciones de sus yeguas, su complexión, su edad -y el empleo que daría á las crías. En relación con todo esto, quería -para la potranca negra á «Temerario», garañón alazán; y, para la -potranca rodada, á «Pensativo», soberbio ejemplar de ruchos cordobeses. - -Don Juan Manuel sonreía petulante. - ---Este doctor sabe escojer. Si entendiese de medicina como de animales, -podíamos cerrar el cementerio. - -El ejemplo de Fernández Parreño suscitó en los oyentes ideas de codicia. -Don Artemio Morón tenía una pollina joven, ociosa desde hacía dos años. -Don Niceto habló de su yegua. - ---Pues anímense ustedes--exclamó el diputado--y vénganse mañana temprano -con nosotros. Pasaremos un buen rato. Además, ahora la cubrición está en -su apogeo, y á ustedes les conviene que la monta se realice antes de que -los machos empiecen á cansarse. - -Por burla, Luis Olmedilla dijo que aquella invitación se la dictaba á -don Juan Manuel el interés. Cobraba el diputado las cubriciones á -setenta y aun á ochenta reales, y como á su acaballadero acudían todas -las yeguas y pollinas de los alrededores, las ganancias de la faena -reproductora alcanzaban á mucho. Así, la parada de La Evarista -constituía una especie de mancebía, de la que don Juan Manuel Rubio era -amo y alcahuete. El dudoso gusto de la broma no hizo mella en aquél, que -la arrostró bravamente, salpresándola con atrevidos donaires y uniendo -sus risas á las de todos. - -A la hora de cenar la reunión se disolvió, marchándose cada cual á su -casa, pero prometiendo volver á entrevistarse luego en el Casino, para -determinar bien el sitio y momento en que á la siguiente mañana habían -de reunirse. - -De esto trataban á última hora, cuando don Gil Tomás, que después de -pasar la velada en un ángulo del salón y leyendo periódicos, se -restituía á su domicilio, se acercó á la tertulia. - ---Buenas noches, señores... - ---Buenas noches, don Gil. - -Hicieron ademán de brindarle una silla. - ---Muchas gracias. Voy ya de retirada. - -Bajo la claridad de las lámparas y entre la blancura del mármol de las -mesas, parecía un pelele con su cabeza de amarillez azafranosa y su -cuerpo de hombros caídos y estrechos. Fernández Parreño le explicó de -qué se trataba y don Gil mostróse propicio á conocer lo que, por falta -de ocasión, nunca había visto, mas no consintió en que nadie se -molestase yéndole á buscar. El, con mucho gusto, concurriría -puntualmente adonde le dijesen. Discutieron el sitio mejor para citarse: -unos proponían el Casino, otros la farmacia. Al cabo quedó concertado -que don Juan Manuel iría, en su coche, á recoger al médico, que don -Niceto y su hermano saldrían por su camino y á la hora que les -pareciese, y que don Artemio aguardaría á don Gil en la botica, pero -maniobrando todos activamente de manera de reunirse en La Evarista entre -ocho y nueve de la mañana. En esta conformidad se separaron. - -El acaballadero de La Evarista hallábase á poco más de tres kilómetros -de la población, inmediato al camino de Puertopomares á Torres de la -Encina, y en el hondón formado por dos alcores sembrados de olivos. Era -un vasto corralón circuído por densas acitaras de mampostería, altas -como de dos metros, donde se apoyaba un cobertizo bajo del cual los -gañanes ponían las carretas y otros aperos de labranza al resguardo de -la lluvia. Junto á una piedra redonda, de las empleadas en las aceñas, y -que con industria fué convertida en pesebre, relinchaba furioso el -caballo «catador», destinado únicamente á examinar si las hembras que -iban llegando estaban ó no en sazón de ser cubiertas. El pobre animal, -los ojos alocados, los belfos espumeantes, erizada la crín, trepidante -de un furor genésico exacerbado á cada nueva cata y siempre -insatisfecho, atabaleaba el suelo y corajudo se mordía los ijares. - -Los caballos y pollinos sementales estaban aparte, en lugar bien cerrado -y separados unos de otros, porque el aislamiento, según el experimentado -saber de don Juan Manuel, aviva en los machos el deseo reproductor. Así, -cada garañón ocupaba un departamento, una especie de celda, de la que -salía para cumplir la función sexual y á la que era restituído -inmediatamente después. En aquel pequeño local cubierto de estiércol y -flanqueado por los cuartos donde los sementales esperaban, atronaba la -polifonía de los graves rebuznos, la estridencia bélica de los -relinchos, el golpear de los aciales sacudidos, la temible impaciencia -con que los brutos rijosos pateaban el suelo. A veces, un semental, de -un par de coces, abría la puerta de su encierro, haciendo saltar la -cerradura. - -Don Gil Tomás y el boticario, que salieron de Puertopomares á paso de -tropa, alcanzaron en el camino á don Niceto Olmedilla y á su hermano. -Don Artemio llevaba á su pollina del ronzal; el juez, más comodón, había -recorrido el trayecto montado en su yegua. Continuaron andando los -cuatro, y á poco se reunieron con Fernández Parreño y don Juan Manuel -que les esperaban á la entrada de La Evarista porque el coche no podía -seguir adelante. Ya juntos, prosiguieron la ruta á pie, entre la alegría -de los olivos y de los campos donde empezaban á lozanear los primeros -brotes de la cosecha próxima. Un zagalillo, que llevaba del ramal á las -dos potrancas del médico, les precedía. El cielo era azul, tibio el -aire; las glebas, que paralelamente levantó el arado, rojeaban bajo el -sol. Un júbilo afrodisíaco, excitador, un saludable aroma de sarpullos -tempranos y de savias y resinas nupciales, saturaba el paisaje. - -Interesó la atención de don Gil el que, tanto la burra del boticario -como la yegua de don Niceto, ya cerca de la parada empezasen á dar -muestras de contento y, sin que nadie las estimulase á ello, se pusieran -al trote. - ---Es que adivinan á dónde vamos--decía don Artemio riendo--; vea usted, -en cambio, las dos potrancas de don Elías: como son doncellas no -malician nada. - -En las inmediaciones del acaballadero había bastante rebullicio. Mujeres -y zagales acudían allí, como á una fiesta dionisiaca, llevando del -ronzal á las hembras en quienes la rigurosa ley de la reproducción había -de cumplirse. Los animales, alborozados, brincaban delante de sus -dueños. Novias parecían. Era un cuadro pagano donde, á la picardía de -las escenas, aunábase la avaricia campesina, el codicioso deseo de que -las hembras quedasen fecundadas. - -Ya en el acaballadero, los hombres franqueaban la puerta del corralón; -las mozas, vacilando entre su femenil recato y su vicioso prurito de -ver, no entraban, pero se encaramaban á los muros y sentadas sobre el -cobertizo, destacaban sus rostros traviesos, llenos de risas, del gran -fondo alegre del cielo y del campo. Don Gil, curioso y lascivo, lo -observaba todo. - -A recibir á don Juan Manuel acudió Luciano, el encargado de la parada. -Venía en mangas de camisa y llevaba chaleco y calzones de pana. Era -viejo, recio y alto. Una boina negra cubría su cráneo rapado y de líneas -seguras. Sus ojos pequeños y sin luz, y sus labios, renegridos por el -tabaco, daban al rostro afeitado una expresión bestial. Saludó: - ---Buenos días, don Juan Manuel y la compaña... - -Luciano informó á su amo de cómo aquellas últimas mañanas habían sido de -trabajo incesante. Designó con un gesto á las yeguas que esperaban en el -corral. Llevaba despachadas otras ocho, y aunque tenía cuidado de no -debilitar á los sementales dándoles á comer hierba fresca, no comprendía -cómo éstos podían resistir tanto trabajo. - -Preguntó don Juan Manuel si «Temerario» y «Pensativo» se hallaban bien -dispuestos, y como las respuestas de Luciano fuesen afirmativas, don -Elías no disimuló su contento. - ---Si todo sale bien--dijo--le haré á usted un buen regalo. - -Luciano, sonriendo, prometió esmerarse, tanto por respeto y cariño á don -Juan Manuel, como por corresponder á las dadivosas intenciones del -médico. - ---Ya sabrá usted--repuso--que tiene derecho á que cada una de sus yeguas -sea cubierta catorce veces, distribuidas en la siguiente forma. Después -de los cinco ayuntamientos primeros, las dejaremos descansar nueve días; -luego, con intervalos de veinticuatro horas, recibirán otros cuatro; -nueve días después, tres más, y, finalmente, transcurrida una semana, -otros dos... - -Al saber que don Elías quería para su yegua negra al alazán «Temerario», -y para la rodada á «Pensativo», Luciano movió la cabeza y su semblante -se nubló. A despecho de su rusticidad, parecía un bonzo, uno de aquellos -sacerdotes antiguos, crueles y sensuales, cuyas preces poseían el don -terrible de hacer correr ó de secar las fuentes del deseo. - ---Veremos--exclamó--; no crean ustedes que los animales me obedecen -siempre. Los animales, con perdón sea dicho, tienen sus preferencias, -como las personas. Los caballos gustan de unas yeguas más que de otras, -y á las yeguas las sucede lo propio. Lo mismo ocurre con los burros: el -asno que haya tenido comercio con una yegua, es muy difícil que luego -acepte á una pollina. - -Mientras Luciano disertaba, don Gil, Luis Olmedilla y don Artemio, que á -pesar de sus años y de su jorobada figura se perecía por las faldas, -observaban descocadamente á las mozas. Ellas, avergonzadas de la -curiosidad que las había llevado allí, enrojecían, y, para disimular su -turbación, volvíanse de espaldas y miraban al campo. - -La faena de la cubrición fué rápida. Desatado el potro «catador», -abalanzóse sobre las yeguas que le ofrecían; pero apenas sujetaba á una -entre sus patas, Luciano, tirándole violentamente del ronzal, lo -derribaba al suelo. De este modo el animal se ayuntó con todas, pero con -una rapidez que, por no satisfacerlas, las dejaba en la mejor -disposición y apetito. Inmediatamente las hembras fueron llevadas al -departamento donde los garañones, que habían olfateado el banquete -sexual, relinchaban glotones, y allí las ataron las patas, para que no -coceasen. Los sementales, al salir de su departamento, apenas veían la -yegua que les estaba destinada, apasionadamente arremetían con ella. El -médico, el boticario, don Gil, don Niceto Olmedilla, su hermano y don -Juan Manuel, presenciaban la escena conturbados por la mirada dulce, -sumisa, perfectamente femenina, de las hembras. Una vaga inquietad -genésica les removía. Unicamente Luciano, los calzones sujetos por una -faja negra, la boina echada sobre el cogote, al aire los antebrazos -velludos, presidía los ayuntamientos ordenándolos con castidad perfecta. - -Cuando don Juan Manuel y sus amigos salieron de la parada, el hombre -pequeñito iba densamente pálido. Varias mozas, que en sueños le tuvieron -entre los brazos, sintieron deslizarse por su carne supersticiosa un -calofrío de miedo. - -Ya iban llegando á la población, cuando don Gil se despidió de sus -acompañantes invocando un quehacer perentorio, y por un atajo caminó -hacia su casa. Su presencia por aquellos andurriales llamó la atención. -Algunos hombres le saludaron respetuosamente, con ese acatamiento que -en los pueblos, más que en las ciudades, inspiran los ricos; los ojos de -las mujeres le seguían largo rato, inquietos y atentos, como si vieran -alejarse un peligro; únicamente los muchachos, hallándole pequeño, casi -de su tamaño, le miraban de igual á igual. - - - - -XVIII - - -Poseía don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpatía, -los recursos, no menos envidiables de parecer útil y de inspirar -confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su -barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la -mirada y en la voz, pormenores eran que infundían respeto y hasta temor -en las gentes sencillas. - -Muchos rústicos comarcanos, tanto por motivos de economía como porque la -ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crédito, le preferían al -médico ó al albeitar, y muy de mañana iban á consultarle so pretexto de -comprar cinco céntimos de vaselina ó una botella de agua purgante. El -farmacéutico poseía un memorión formidable y conocía palmo á palmo todas -las villas de en seis leguas á la redonda. Esto le daba gran prestigio. -Además tuteaba á sus clientes en señal de dominio, ciencia y señorío, y -tenía el llamado «ojo clínico», es decir: la intuición del médico, el -presentimiento de las enfermedades, orientación ó guía suprema del arte -de curar. - -Morón recibía á su parroquia en la puerta de la botica. Allí empezaba la -consulta. Metido en una especie de bata ó cubrepolvo de crudillo que le -alcanzaba á los pies, las manos en las faltriqueras del pantalón y un -gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio correspondía al -saludo humilde de sus visitantes con una interrogación: - ---¿Tú eres de Navahonda, verdad? - ---Sí, señor. - -Había una breve pausa. Morón inquiría, hilvanaba recuerdos... - ---¿Eres de Navahonda ó de Torres de la Encina? - ---Verá usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda. - -Don Artemio dejaba escapar un gruñido. - ---¡Ya me parecía!... Bueno; al boticario debe decírsele siempre la -verdad. ¿Qué te trae por aquí?... - -El páparo vacilaba, no sabía reducir su idea á palabras. - ---Verá usted... - -Se rascaba las corvas, la cabeza, hacía con las cejas extraños visajes. -Morón iba en su auxilio. - ---Tú tienes calenturas. - ---Sí, señor... - ---Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te -echan fuego. - ---Sí, señor... - ---Te duelen las articulaciones, ¡todas las articulaciones! - ---Sí, señor, y después... - ---No digas más: sé lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas -fiebres. Entra. - -Generalmente la conversación terminaba allí mismo, delante del -mostrador, con una caja de sellos de quinina ó una poción de agua -purgante, que don Artemio vendía añadiendo por la consulta, al valor de -la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad, -Morón llevaba á sus enfermos á la rebotica, donde, tendiéndoles en un -sofá, les reconocía. Estos manejos y diversos específicos compuestos por -él mismo para curar los males de estómago y de garganta, engordar ó -enflaquecer á voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor -de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas, -zarzaparrillas y ungüentos de las más diversas y pintorescas -aplicaciones, remozaban de año en año su popularidad y producíanle -notables rendimientos. - -En verano, al anochecer, sus amigos reuníanse á charlar delante de la -botica. Los diálogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido -color. Algunas veces, después de cenar, Luis Olmedilla llevaba á la -reunión la alegría de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba -hasta tarde. El sitio era muy á propósito para gozar del fresco, porque -allí la calle Larga se ensanchaba y los árboles de la vecina Glorieta -del Parque diluían en la atmósfera una humedad de jardín. Don Valentín -llegó á sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro -Blanco. - -Una noche, alguien habló de brujas, y este asunto, al que el silencio -aldeano fué siempre propicio, recordó á la reunión la muerte súbita -acaecida días atrás en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el -primer momento, por instinto, la imaginación popular había venteado en -el hecho aquél, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio. -Fué á la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres -hijas, ya mozas, acababan de sentarse á la mesa. Todos los operarios del -taller se habían marchado, y á excepción del comedor, el resto de la -casa hallábase á obscuras. Un incidente trivial preparó al drama el -camino. En la mesa no había servilletas. - ---Yo iré á buscarlas--dijo Juanita, la hija menor. - -Se levantó y salió al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal -presentimiento, exclamó: - ---Ya sabes que las servilletas están en el arcón, á la derecha. ¡No -vayas á tropezar! ¡Enciende una luz! - -La muchacha repuso: - ---No hace falta. - -A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud -expectante; parecían temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita -que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba á seguirla y, sin saber -por qué, no lo hizo. Un chirrido de goznes indicó que Juana había -llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido -resonaron un grito, un horrible grito, y la percusión de un cuerpo -contra el suelo. - -La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados: - ---¡Mi hija!... - -Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellándose, removidos por -sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos -buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz. -Juanita yacía sobre el pavimento, y la opinión aseguraba que la -chiquilla había muerto de miedo. - ---Los doctores Narro y Fernández Parreño--dijo Erato--hicieron la -autopsia del cadáver, y han certificado que la hija de Wenceslao tenía -una angina de pecho. - -Los circunstantes callaban. Todos, cual más cual menos, presentían un -misterio. La causa «inmediata» de aquella muerte sería la angina de que -hablaban los médicos. Pero, ¿por qué el mal hirió á la víctima -precisamente cuando ésta se hallaba sola? ¿Por qué no lo hizo un minuto -antes ó un minuto después? ¿Detrás de la causa más próxima y visible no -habría otra? - -De esta opinión participaba el boticario. - ---¡Déjenme ustedes de anginas!--exclamó--; en la vida ocurren sucesos -inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los -muertos. La hija de Wenceslao murió de un susto; créanme ustedes; murió -de miedo, porque al abrir la puerta de la habitación vió algo... - -Y, bajando la voz, como para contar una picardía: - ---Hay fenómenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro. - -Miró á su alrededor, y con la mano hizo á los presentes señal de -acercarse. - ---Ya conocéis á Epifanio Rodríguez. Es un muchacho sencillo y buenazo á -carta cabal, pero, como diría Martínez, un tanto arrimado á la cola. -Sacándole del estanco, no sirve para nada. Hace dos ó tres mañanas vino -á contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no -es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle -del Sacramento. - -Un indiscreto atajó al narrador. - ---¿La hija de López? - ---¿Qué López? - ---Teobaldo López, el notario. - ---Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que -quizás no pensaba casarse con ella, quería... lo que todos, y la -muchacha, que es un poco loquilla, accedió. Entonces concertaron que él -fuese á verla una tarde, á las seis, hora en que Teobaldo está en el -Casino. Como supondrán ustedes, Epifanio no faltó á la cita. - -Hubo sonrisas y maliciosos comentarios: - ---¡Cómo que la chiquilla es preciosa! - ---¡Tiene un cuerpo! - ---¿El cuerpo?... ¿Y los ojos?... ¿Dónde me deja usted los ojos? - -Prosiguió don Artemio: - ---Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle -el paladar á un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle -del Sacramento se cruzó con don Gil, á quien saludó, y en el acto, sin -razón, tuvo miedo... ¿Comprenden ustedes?... Miedo de no poder -conseguir su deseo. Así fué. La preocupación heló su carne y le -inutilizó, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca, -como en aquella ocasión, estuvieron más seguros. Y no fué ésto lo peor; -sino que la desairadísima escena se repitió varias veces, porque -Epifanio no podía echar de su ánimo la imagen de don Gil. Cuando el -pobre muchacho acudió á pedirme socorro contra su repentina debilidad, -parecía loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quería -asesinar á don Gil; ¡daba lástima! Es un caso de sugestión muy raro, por -su persistencia. Yo le recomendé que procurase distraerse, -tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero él decía: «No -puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil -veces, y no puedo; ¡no puedo!...» Y seguramente no ha pasado de ahí, -porque ahora, según cuentan, quiere casarse. - -Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente -hallaban una concatenación secreta, una relación manida y oscura, entre -el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El -boticario tuvo para aquel estado de opinión, una afirmación categórica: - ---Señores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos -telepatía ó sugestión, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de -ojo. Sólo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es -el mismo. - - - - -XIX - - -Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los -Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aquél íntimo y seguro -bienestar experimentaba ese regocijo, esos deseos de cantar y de -moverse, que inspira la realización cercana de una esperanza. Los -vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante -años, del hotelito de don Gil Tomás, eran abiertas muchas mañanas, y que -el hombre pequeñito salía á los balcones á gozar del sol. Su cabezota de -color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba -risas. - -Don Gil, sorprendido de su propia alegría, se preguntaba: - ---¿Por qué estoy contento?... - -Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su -mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su ánimo entre -el sueño y la vigilia, las impresiones de ésta resonaban en aquél de -idéntica manera á como sus ensoñaciones se proyectaban sobre su vida -real, y así, el júbilo confortador de que se reconocía acompañado era la -satisfacción subconsciente de la cruelísima venganza que, hallándose -dormido, tomó en la persona del señor Frasquito. El regocijo, de -consiguiente, que le poseía y le sacaba á los balcones de su casa en las -mañanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor á -sangre. - -Esta satisfacción, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera, -exacerbó la ginecomanía de don Gil. Jamás su actividad nocturna fué -mayor; como lámpara milagrosa su impulso lascivo se encendía no bien -cerraba los párpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas -savias vernales eran fuego en sus venas. - -A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasión por -doña Fabiana. La suave complacencia que, hallándose despierto, le -producían el sortilegio acariciador de su voz, el reposo cálido y negro -de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su -matronil, hermosura y cierta tristeza otoñal que infundía á sus -movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueño y -convertíanse en furibundo frenesí. Pero, ¿cómo alcanzarla si el marido, -desconfiado y hostil, estaba allí siempre?... - -Sólo una vez el hombre pequeñito casi llegó al sabrosísimo término de su -afán. - -Generalmente Martínez no soñaba; fatigado su espíritu, de la diaria -labor, no se alejaba del cuerpo y permanecía acurrucado bajo las mantas -del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acertó á presentarse en -la alcoba del veterinario en ocasión que el alma de éste hallábase en el -acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don -Juan Manuel le había hablado la víspera. Tan dichoso azar suspendió al -enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro -las felicidades extremas suelen acobardar á los hombres; y fueron -aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria -necesitó después... - -El íncubo examinó la disposición y moblaje del aposento: en el lecho de -bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo, -las cabezas de doña Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella, -apacible, pálida, como nimbada de luz lunar; la de Martínez, cetrina, -ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada -y fuerte. Antoñita dormía en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de -la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y -asiento de anea, la cómoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres -antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareñas. El ambiente era -tibio. Por las rendijas de la ventana filtrábase, semejante á una -humareda, un ligerísimo claror estelar. El lejano murmurio del río -parecía agrandarse en los ángulos de la callada y cerrada habitación. - -Vibrante de deseo, avanzó don Gil; su alma rijosa temblaba, se -retorcía, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de -Paracelso, y su influencia magnética turbó á doña Fabiana. La excelente -señora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad, -empezó á soñar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fácil, -rápido, sabrosamente ilógico, como el de las películas cinematográficas. -Doña Fabiana gozaba de esa levedad física, de esa suave y vagarosa -multiplicación de imágenes con que la morfina y el opio, los divinos -emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Según en las comedias -de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible. - -Hallábase doña Fabiana asomada á un balcón de su casa, cuando por la -parte más alta de la calle apareció don Gil: veía su cara de color de -fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar, -su figurilla vestida de negro y la línea blanca de los calcetines entre -los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantalón. Por lo parvo, por -lo ruin, parecía un humillo que saliese del suelo. La calle mostrábase -desierta, muda, vacía, con esa total soledad que las pesadillas dan á -sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y -por añadidura comprendíase que tras ellas no había nadie. Las casas, más -que realidades tangibles, parecían imágenes sin expresión, imágenes -muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y -tierra. La naturaleza, de súbito, se había inmovilizado; los objetos -perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hízose trapo y -silencio. Doña Fabiana reconocía la calle Larga, la Fonda del Toro -Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros árboles del Paseo de los -Mirlos, y, sin embargo, comprendía que todo, á pesar de no haber -cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este -contrasentido, llenaba su ánimo de estupor. - ---En Puertopomares no hay nadie--pensó--; no queda nadie, más que don -Gil Tomás. - -El hombre pequeñito era lo único vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse -con él, y su congoja crecía según don Gil iba acercándose. Dentro de la -atribulada conciencia de doña Fabiana, una voz musitó. - ---Estás tan sola porque tu marido se ha marchado. Si él estuviese aquí, -las calles te parecería que rebosaban gente. Las personas que nos aman -son las únicas que, verdaderamente, nos hacen compañía. - -Don Gil habíase detenido debajo del balcón. - ---¿Subo?...--preguntó. - -Y cambiando seguidamente su interrogación en afirmación inflexible y -tranquila, repitió: - ---Subo. - -En la amarillez asiática de su rostro, sus ojos, también amarillos, -adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgían como -topacios. - -Al mismo tiempo la esposa de Martínez advirtió que, sin graduaciones ni -matices, su miedo transmutábase en suavísimo quebranto sexual. Adivinóse -codiciada, sintió el calor del deseo que iba á pasar sobre su carne como -una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta -entonces, conoció la lujuria; y contribuía á la exaltación de este -pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color -y la enana ridiculez del hominicaco la producían. - -Don Gil cruzaba la calle. Doña Fabiana, inclinándose un poco sobre la -barandilla del balcón, murmuró: - ---No puede usted subir. - -Don Gil Tomás levantó la cabeza. - ---¿Por qué? - ---La niña está durmiendo y si le ve á usted se asustará. - ---La niña--repuso el íncubo--no oirá nada. - -Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitación, pero -no lo hizo. Tenía miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y á la -vez un inmenso afán de ser poseída. Por su sangre, los diablos -incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corrían como -centauros. De pronto, el hombre pequeñito estuvo á su lado. La tuteaba. - ---Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. ¿No lo sabías? - -Ella replicó: - ---Sí, lo sabía. - ---¿Y por qué no te dabas á mí? - -Y doña Fabiana, suspirando: - ---Porque me daba usted mucho miedo. - -Su pavor, efectivamente, en aquellos instantes, no tenía límites: un -pavor que era asco; un asco que era, á su vez, violento deseo de entrega -y capitulación. Luego, sin haber seguido camino ninguno, hallóse en su -cama, los brazos arriba y atrás, bajo la nuca, el bello cuerpo á merced -del íncubo, por momentos más exaltado y apremiante. Con los ojos del -espíritu veía á su derecha á Antoñita dormida, y á su izquierda á don -Ignacio, dormido también. Mirándole, pensó: - ---Se ha ido; su alma se ha ido; si estuviese aquí me salvaría... - -Y según en la complejidad incalculable de la vida mental los -pensamientos más antagónicos coexisten ó turnan en el gobierno del -ánimo, así la atribulada señora quería que su marido oportunamente -acudiese á salvarla del adulterio, como deseaba que la hórrida violación -se consumase. Después sintió sobre la encendida fresa de sus labios -entreabiertos por la congoja de su corazón, los labios de don Gil. Sus -mejillas recibieron el roce de su aliento inflamado. En sus senos, duros -y erectos, no obstante las fatigas de la maternidad, en sus senos de -pagana turgencia, los dedos del íncubo se crisparon. Experimentó -entonces una repugnancia mayor; aquellas manecitas frías, alimonadas, -suaves, blandas, de una blandura cartilaginosa, produjéronle la aversión -que inspira el contacto de un reptil. Y, sin embargo, su voluptuosa -enervación iba en aumento: la sintió en su vientre, sobre sus flancos; -una especie de ardientísimo vapor la envolvía; todo su cuerpo temblaba -cual si una corriente eléctrica lo sacudiese... - -De súbito las imágenes se emborronaron, desaparecieron; fue como un -choque. Doña Fabiana lanzó un grito, entreabrió los párpados y hallóse -al lado de don Ignacio. Asustada, se estrechó contra él. El veterinario -despertó. - ---Estás soñando--dijo--; ¿verdad?... Estabas soñando... - -Ella temblaba aún bajo el recuerdo vitando de su pesadilla. - ---¿De dónde vienes?--preguntó. - ---¿Cómo, de dónde vengo?... ¡Despierta, mujer!... ¿Acaso me he movido de -aquí?... - -Y, recogiendo sus ideas: - ---Yo, en este momento, también soñaba. Me hallaba en La Evarista -examinando unos machos de que don Juan Manuel me habló anoche. ¿Sabes -quién me acompañaba?... El boticario. Nos habíamos enredado en una -discusión. Don Artemio sostenía que uno de aquellos animales tenía -muermo; yo decía que no. En éstas tuve el presentimiento de que iba á -sucederte una desgracia; me pareció que gritabas... y eché á correr. Fué -cuando desperté. - -Doña Fabiana, temblando, murmuró: - ---Abrázame... - -Cuando se sintió bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de -Martínez, le refirió su pesadilla, aunque guardándose de decir las -dulces ansias porque ella misma, á pesar de su recato y de la poco -amable figura de don Gil, había pasado. Describió la escena con todo el -acre relieve de que su fantasía, caldeada aún por la violencia de las -imágenes, era capaz. Explicó cómo el hombre pequeñito la interpeló desde -la calle, cómo llegó á deslizarse en su lecho, cómo la besó, cómo sus -manos de enano la palparon... - -Sin advertirlo, ponía en la rememoración de estos detalles una -minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueño, don Ignacio -sintió su tempestuoso corazón hincharse de celos. - ---¿Quieres no contar más desatinos?--exclamó--, porque mañana, si me -tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no -respondo de darle una pateadura. - - - - -XX - - -Frustrada aquella ocasión de victoria, el alma del hombre pequeñito -comenzó á recocerse en nuevas y violentísimas llamas de deseo. Así, -aquel año, la primavera encendió en las mozas de Puertopomares--ellas -atribuían el fenómeno á la primavera--inquietudes extraordinarias. La -obesa doña Amelia gozó de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y -palpitaciones de corazón: las hijas de Fernández Parreño y las de doña -Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegría -rosada de sus mejillas. Daño análogo marchitaba á las niñas de don -Valentín. En la mayoría de las mujeres, aun de las casadas, los hombres -advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y reían menos que -antes, y cuando por las tardes iban á la estación, á ver el tren, -caminaban más despacio. - ---Siempre en esta época--pensaban los padres--la clorósis y la anemia -hacen estragos en las muchachas. - -Don Elías, poco inclinado á remover la parte moral de sus enfermos, -atribuía sus enervamientos á atonía circulatoria ó á pereza estomacal, y -recetaba hierro á todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las -kolas y los glicero-fosfatos de su botica. - -En sus conversaciones más íntimas, las doncellas solían confiarse -aquellos ensueños de los cuales todas conservaban impresión ingrata. -Ellas sabían que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque á -intervalos, á través de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban á -vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que -empiezan á secarse; pero ordinariamente el íncubo adoptaba, al -presentarse, las máscaras más horripilantes y absurdas: tan pronto era -una vieja leprosa, como un sapo, como una araña de patas aterciopeladas, -ó una serpiente de verdosos anillos, ó un animal con cabeza de macho -cabrío y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el -suelo semejante á la cola de un vestido de baile. - -De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeñito no tenía culpa; -antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma á su gusto, -seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese -naturalísimo prurito de agradar común á todas las personas, sin -excepción de sexo, edad ni social categoría. No estando en sus -facultades hacerlo, mostrábase según la ciega y cruel naturaleza le -hizo: pajizo, ridículo, insignificante, esquelético y frío, como un niño -enfermo de consunción. Lo que después sucedía era que las muchachas á -quienes acosaba, por obra de la imperfección con que trabajan los -centros cerebrales durante el sueño, no conseguían distinguir claramente -la figura del íncubo, y la entremezclaban con las imágenes que, por una -ú otra razón, más las hubiesen impresionado en el curso del día. - -Por las tardes, en el aislamiento conventual de la rebotica, mientras -hacían labores, cortaban una blusa ó se probaban un vestido, María -Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de -su mayor intimidad, Anita Fernández Parreño y Micaela, la primogénita de -doña Virtudes, se decían sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas -bajas ante la ventana y entre la alegría de los cuévanos rebosantes de -ropa y de los bastidores donde el trajín de las agujas iba pintando -flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vírgenes -levantaba un murmullo de oración. Las cabezas pelinegras ó rubias, -adornadas con lacitos de colores, se agrupaban ó separaban según crecía -ó menguaba el deshonesto interés de las confesiones. Las nucas blancas, -las nucas por cuya piel, en el eléctrico tremar de los nervios, corren -los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecían tentadoras bajo la -luz. Anita había dicho á su padre que dormía muy mal, pero sin -declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo: - ---¡Me ha recetado un purgante!... - -Micaela, que era muy devota, solía persignarse escuchando los secretos -de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su -misticismo una amenaza del infierno. - ---Estamos embrujadas--repetía--: yo creo que debemos confesárselo todo -al cura y pedirle que nos exorcise. - -Estas palabras causaron impresión. - ---Yo--dijo Flora--desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita. - ---Yo--agregó Anita--no volveré á quitarme los escapularios, y de aquí en -adelante dormiré con los brazos en cruz. - -Micaela insistía: - ---Hay que decírselo al cura; creedme: debemos decírselo toda al cura... - -Sus palabras devotas producían momentáneamente una emoción grave. Luego -esta seriedad se desvanecía, se aclaraban las frentes y los labios -rompían á reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban: - ---Pero, ¿quién tendrá la desvergüenza de confesar esos desatinos?... - -Micaela empezó á describir su última pesadilla. - ---Soñé que en mi cama había muchos caracoles... ¡Muchos!... Yo los -sentía voltijear á mi alrededor y algunos me rozaban con sus -cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producían un asco -horrible... - -Flora interrumpió el relato con una observación: - ---Esos caracoles ¿estaban encima ó debajo de las mantas?... - ---Debajo; ¿no digo que me hacían cosquillas en la piel?... Y, sin -embargo, los veía. Repentinamente todos se convirtieron en un solo -caracol; un caracol enorme, del tamaño de un gato; yo no quería mirarlo -porque sabía que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empezó á -colocarse sobre mí. Para defenderme, me puse de lado, pero él dió la -vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y según avanzaba -iba creciendo. Lo sentía en mi vientre, y llegó á cubrirme desde las -rodillas á la garganta. Al principio era frío, luego quemaba... Yo no -podía gritar... Reconocía hallarme soñando y quería despertar, y al -mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueño... Aquello era -bueno y era horrible á la vez... - -Concluyó: - ---La explicación de mi pesadilla está en que la víspera mi hermana y yo -fuimos á la huerta de don Arístides á coger caracoles. - -Como el hombre pequeñito se ofrecía, generalmente, á sus concubinas, era -en forma de araña. María Jacinta casi siempre le veía así. Flora y -Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas -veces, sin perder la idea de su personalidad, sin olvidarse de su -nombre, soñaban que eran moscas. ¡Qué alegría, qué turbulencia, qué -dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban á los árboles, se -bañaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caían en una red de -araña. Los terribles hilos de traición pintados de violeta, de -anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban á sus miembros. -Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araña, -oculta hasta entonces, las acometía sanguinaria. Era don Gil. La red -felona se hacía lecho. Ellas, sin comprender nada, volvían á ser -mujeres. En parte estas alucinaciones provenían del crecido número de -arañas que había en el camino de la Estación. Entre los huecos de las -piedras ó al abrigo de las raices de los viejos árboles, abundaban las -tarántulas. Las muchachas que, por las tardes, iban á ver pasar el -correo, solían detenerse á mirarlas. La ferocidad de la araña, su -nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta, -llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban á las -mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenían á examinarlas; el -horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo -de lo viscoso, de lo sucio, las retenía allí. Pensaban en el suplicio de -los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas -redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo -sentían como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo á la -picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno, -que destila al morder la tarántula; sino á su aspecto, á las patas que -circundan su caparazón, á toda su horrible fealdad brincando, de -súbito... Estos instantes de observación morbosa eran cortos; las -arañas, sintiéndose expiadas, con un movimiento rapidísimo desaparecían -en sus escondites; el cubil de la pequeña fiera quedaba vacío, negro, -amenazador, y las mujeres se iban llevándose en la memoria la figura -del animal. Por la noche aquellas arañas, lujuriosas y sádicas, tenían -la cara de don Gil. - -Este recuerdo añadió nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de -María Jacinta. La hija de don Artemio cruzó las manos con devoción y -susto. - ---Creo--dijo--que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espíritu de -las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas -veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergüenza, -debemos confesárselo todo al cura. - -Calló y quedóse triste, apagada, muda, como un líquido que, estando -hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tenía miedo. A través de los -siglos los misterios eleusíacos del alma femenina, las inquietudes, -mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad -de su hogar á las tentaciones del Diablo, se repetían. La mujer, que -adora el pecado, se abraza, sin embargo, á la Iglesia. En vano quiere -ser casta; inútilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas, -y fortalece su ascetismo con el miedo á las hogueras infernales. La -naturaleza prolífica, enemiga de la esterilidad, avasalla los más -fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de María, la serpiente inmortal -silba de deseo. - -Flora, María Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qué cura recibiría -más benévolamente sus confesiones. - ---Don Leopoldo--dijo la hija de Fernández Parreño--es demasiado joven. - ---Y don Emilio--agregó Flora--tiene muy mal genio. - -Todas recordaban los odios bíblicos, las improperaciones virulentas con -que algunos domingos tronaba, desde el púlpito, la exaltada inspiración -de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan íntimo y -desusado, nadie mejor que don Antolín, el cura más viejo de -Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las -sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdón -abiertas siempre á las confesiones del pecado, sabían escuchar -resignadamente. Una observación picaresca de Anita hizo prorrumpir en -carcajadas á sus amigas. Por enfriado y hecho á oir desatinos que don -Antolín estuviese, ¿podría resistir, cuatro veces seguidas, la historia -de la araña?... - -Solamente María Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su -repetición y frecuencia, á ser dolorosas, no reía. En la soledad de su -dormitorio la pobre niña se extenuaba; alrededor de su lecho la -clorosis, la ninfomanía, la neurastenia, la tisis, la locura, parecían -repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araña la -bebía la sangre: el contacto aterciopelado y húmedo de su cuerpo lo -sentía entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban -sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la -privó de conocimiento. La araña negra, de un negro musgoso, tenía la -cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y -terrible, de las tarántulas que acechaban entre las piedras del camino -de la Estación. Desde entonces, María Jacinta se abandonaba á ella -cerrando los ojos. No quería irritar á la fiera, cuyo aliento subía, -como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hízose -calambre y tortura. El vampiro, inmóvil sobre su víctima, clavaba en -ella un extraño aguijón. - -Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligió hasta echarse -á llorar. Sus amigas también se habían quedado tristes. Aquellos amores -solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de -humillación ó de redolor moral, parecido á un remordimiento. Cuando se -quejaban ante el médico de sus mejillas sin color, de sus sueños -agitados, de la facilidad ridícula que tenían para convertir en risa el -llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus -palpitaciones cardíacas y de otros síntomas de histeria, don Elías las -miraba entre burlón y compasivo. Ellas se indignaban. ¡Si hubieran -podido hablarle de la araña!... A sus preguntas Fernández Parreño -contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecería -cuando se casasen. ¡Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en -panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y -de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio, -que unas veces será rango social, y otras medicina y otras ilusión... -Sin duda don Elías acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para -conjurar el sortilegio vitando de la araña negra. ¡Pero si en -Puertopomares nadie se casaba! ¡Si entre tanto mozo soltero eran -contados los que manifestaban vocación de marido!... De todo esto se -aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habrían de satisfacerse -con él de grado ó por fuerza. Don Gil era el señor, el sultán. El -misoginismo cobarde de la mayoría aseguraba su imperio y dictadura. - -Dos hechos removieron aquel verano la atención dormida del vecindario, y -arrojaron una alegría en las soporíferas tertulias del Casino, del Café -de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fué la probada -intimidad de las relaciones de Romualdo Pérez con la hija mayor de doña -Virtudes; el otro, la trágica muerte del señor Eustasio, el tonelero. - -Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominación del hombre -pequeñito, decidió conceder á su novio la sabrosas preeminencias de -amante: vería ella entonces cuál de ambos maridos era más fuerte. - -El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fué don Artemio -Morón, que continuaba siendo el vecino más madrugador de Puertopomares. -Los conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la -noticia como un caramelo. El boticario les explicó su descubrimiento. De -tiempo atrás espiaba á Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez, -era muy fino. Varias noches consecutivas él y Romualdo salieron juntos, -y en llegando al callejón del Misionero, se separaban: Pérez íbase á -charlar con su novia, y don Artemio seguía hacia su farmacia. Aquel -noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban á -media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas á percibir en la -oscuridad la silueta del galán agarrado y como pegado á una de las rejas -de la «Casa-Cuartel» de doña Virtudes. - -El azar puso á Morón sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y -sólo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber. - -Una madrugada, el sereno del callejón del Misionero, á la hora de -retirarse, fué á la farmacia á comprar un sinapismo para su mujer, que -tenía dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio -le preguntó por Romualdo. El sereno le había visto aquella noche, como -otras muchas, en la reja de su novia. - ---Por cierto--dijo deslizando en su observación un poco de malicia--que -no sé el camino que luego habrá seguido para ir á su casa. - -Morón aseguró que por la calle Larga no había pasado. Precisamente -aquella mañana abrió su farmacia más temprano que nunca, y no se había -movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la -severísima «Casa-Cuartel» de la viuda de Castro, le sacudió y fué á -recogerse alegremente en su corazón. Inmediatamente determinó comprobar -su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y -retirar á la descarriada Micaela su estimación, sino para regodearse con -la salpimienta y buena gracia de la aventura, y referirla á sus amigos. - -Noche tras noche don Artemio espió á Romualdo, y su animoso afán traía -tal regocijo á su espíritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores -de sueño. Con la topografía del sitio ocupado por la casa de doña -Virtudes, había compuesto don Artemio una especie de inexorable -silogismo; y era: que si el callejón del Misionero constituía un -tránsito ó pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento, -quien entrase en él, de no salir por una esquina había de hacerlo por la -otra, como algún zaguán misericordioso no le acogiera y ocultase. - -La labor del viejo Morón fué ruda. Según costumbre, procuraba salir del -Casino con Romualdo, despedíase de éste frente al callejón del -Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huéspedes de la Fonda del -Toro Blanco le veían llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla -después con llaves y cerrojos. - ---Deben de ser las doce--pensaban. - -Y aquel fragor de hierros parecía arrojar un nuevo silencio sobre la -vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio -reaparecía, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra -deslizábase por la acera más oscura; su perfil fugitivo desvanecíase á -intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y -los frontis salientes. En la esquina del callejón del Misionero se -detenía, y asomando un ojo nada más, miraba hacia el fondo pendiente y -oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido á la -reja de sus amores, producíale indecible consuelo. El cuchicheo de los -novios llegaba á él como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, bañado -en luna, dormía; y en su quietud, la canción del río, el silbido lejano -de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba una hora. La -casa de doña Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta -circunstancia Morón sabía que Romualdo no podía sorprenderle, pues si -enderezaba sus pisos hacia donde él acechaba, tiempo sobrado tenía de -alejarse lo suficiente para no ser visto. - -Pegado á la esquina que le servía de observatorio, el farmacéutico -únicamente sacaba fuera de ella, y á intervalos, la mitad del rostro. -Así, aterido bajo los rigores del relente, perdió varias noches. Al -cabo, logró su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada -en las oscuridades profundas del callejón, advirtió que Romualdo no -estaba. ¿Era posible? Para desvanecer dudas, dirigióse hacia la calle -del Sacramento. Allí, sentado en el quicio de una puerta, encontró al -sereno, quien demostró pasmarse mucho de ver á don Artemio en alpargatas -y á tales horas. - ---¿Ha pasado por aquí Romualdo?--preguntó Morón. - ---No, señor; no es hora todavía; se retira siempre más tarde. - -El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una -boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si -Romualdo había desaparecido del callejón del Misionero sin salir de él -ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba -en casa de doña Virtudes. - -Don Artemio concluyó declarando el júbilo que le producía el -esclarecimiento de aquel enredo. - ---Es indispensable--prosiguió--que esta misma noche los naipes queden -boca arriba. ¡Nada de tapujos! Me revientan los hipócritas. Quien la -hace, que la pague. ¿Cuándo dejas tú el servicio? - -Repuso el sereno que á las cinco; pero que las últimas horas de la -madrugada solía pasarlas durmiendo en un zaguán. - ---Pues hoy no se duerme--ordenó el boticario, cuyo acento fluctuaba -entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesión -y su autoridad en el Ayuntamiento--; hoy no se duerme. ¿Entiendes bien? -Necesitamos cazar á ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le -esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestión es -cogerle. Cuando pase, le das los «buenos días» y nada más; con eso tiene -bastante. Yo, en la otra esquina, haré lo mismo. - -No le fué difícil á Morón captarse la alianza del sereno, que para las -acciones villanas más que para las nobles, las gentes se conciertan en -seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa -guardia. Mientras duró el acecho, ninguno tuvo frío, ni sueño. Desde su -observatorio, don Artemio veía brillar en el término más hondo del -callejón el farol del sereno; como éste vislumbraba, en la esquina de la -calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos -cantaron. Palidecían las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un -claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la -torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, parecía -enredarse, sonaron las tres... las tres y media... - -A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejón vibró, casi -imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de -doña Virtudes apareció Romualdo. El galán iba á seguir su camino de -siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento -volvió sobre sus pasos. Su andar tenía una ligereza de fuga. Don -Artemio, en lugar de ocultarse, decidió esperarle, cachazudamente -recostado detrás de la esquina. Al doblar ésta y encontrarse con el -boticario, Romualdo tembló. Imposible retroceder; había caído en la -trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y -salutación. - ---Bien se madruga, don Artemio. - ---Es verdad; pero hoy á usted tampoco se le han pegado al cuerpo las -sábanas. - ---Hasta mañana, don Artemio. - ---Hasta mañana, Romualdo. - -El boticario volvió á su farmacia reventando de risa. «Sabe que yo lo sé -todo y va hecho un tigre»--pensaba. - -Romualdo dejó transcurrir varios días sin ir al Casino, ni á la Fonda -del Toro Blanco. Corrió la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando -reapareció, Morón, Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Isidro -Peinado, don Niceto... cuantos á costa de su aventura más habían reído, -le preguntaron con evidente cariño y ceremonia por su salud, y no -volvieron á mirarle en toda la noche. - -El interés de este lance palideció á la semana siguiente con el trágico -fin del señor Eustasio García, el tonelero de la calle Arcos de la -Cárcel. A su muerte, por un azar que no pasó inadvertido á los -glosadores del suceso, iba ligado fatídicamente el nombre de don Gil. - -El señor Eustasio era uno de los tipos más notables, simpáticos, -alegres, laboriosos y aficionados á repartir limosnas, del pueblo. No -creía en los mendigos de oficio, pues más trabajo cuesta extender la -mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el -pan sin humillaciones. De aquí, su inagotable caridad. - ---El que pordiosea--decía--es porque no puede hacer otra cosa... - -Cuando alguien iba á su casa preguntando por él, la cara de la mujer que -tenía establecido en el zaguán un despacho de bebidas, resplandecía con -una sonrisita de satisfacción. - ---¿El señor Eustasio?... Sí, aquí es: al otro lado del patio. - -Y aquella sonrisa, era como un recuerdo cariñoso ofrendado al inquilino -más antiguo y mejor de la finca. - -El señor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y -contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufanía -resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el día, -á la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras -plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tenía cinco hijos, el -mayor de diez años. Aquella chiquillería constituía la obsesión -torturadora, y también el esperanzado regocijo, del tonelero. -Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener á tantos; pero -luego, cuando hasta los más pequeñines estuviesen criados, ¡qué paz -interior, qué regocijo, qué noble orgullo patriarcal sentiría viendo -asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no -cesaba nunca; aquel rudo batanear parecía la voz de la casa, una voz -saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concluído, el señor -Eustasio, de un puntapié, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio. -El barril giraba, alejándose con balanceos graciosos. ¡Qué bonitos eran -aquellos toneles, qué elegantes, qué sólidos!... Sus movimientos tenían -un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... ¡Verdaderamente en -pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!... - -Pensando así el señor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un -artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrás y encendía una -pipa. - -¿Por qué aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrión, -sentía una afición tartarinesca á las armas de fuego? ¿Era esto una -previsión discreta? ¿Era un atavismo, ó una vanidad parecida á la de los -niños cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo -cierto es que, como otros hombres tienen un bastón, una sortija ó un -perro, el señor Eustasio tenía un revólver. Para justificar este -capricho bélico el tonelero solía decir: - ---Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, más aún que en las ciudades -grandes, ningún hombre honrado debe salir á la calle con las manos -vacías. - -Aquel revólver era la ventana romántica por donde su dueño, pacífico, -metódico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba á las regiones -de lo novelesco y hazañoso. El individuo que tiene un revólver puede, en -caso necesario, llegar á ser un héroe. Así, cuando se encargaba un -pantalón, lo primero que el señor Eustasio pedía al sastre era un -bolsillo atrás, sobre las caderas. - ---Porque yo--decía--siempre voy armado. - -Aquel chisme pesado é inútil le molestaba bastante, mas no por ello -dejaba de llevarlo consigo á todas partes. Algunas veces salía de su -casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces, -apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba: - ---¿Se te ha olvidado algo? - -Y él respondía, un poco misterioso: - ---Sí; el revólver... - -Aquel viejo revólver, grande, negro, colgado de un clavo á la cabecera -del lecho marital, infundía á los niños un temor religioso. - ---¡El revólver de papá!...--decían. - -Lo miraban, sí, pero á distancia y respetuosamente; ninguno se atrevía á -tocarlo; el trueno de pólvora de sus entrañas, les empavorecía; allí -dormía la muerte; desde que nacieron estaban viéndolo y, sin embargo, no -habían llegado á familiarizarse con él. La esposa también lo respetaba. -Era una especie de dios penate, á la vez bondadoso y terrible, que -defendía el hogar y velaba por la salud de todos. - -Transcurrieron los años: cinco, ocho, diez...; y llegó la catástrofe -con la fuerza inexorable de lo preestablecido. - -Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos -iban y volvían diligentes por la panza pulida del barril que estaba -construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompía -ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbaló y -cayó al suelo, disparósele el revólver y el infeliz recibió de abajo -arriba, en el pecho, un balazo mortal. ¡Revólver maldito! ¿Por qué lo -compraría el señor Eustasio? ¿Por qué, para morir así, lo llevó con -dolor de sus riñones tantos años consigo?... - -La muerte del barrilero preocupó mucho á la opinión. El señor Eustasio -no tenía enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y -luego, ¡aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!... -Varios centenares de personas acudieron á su entierro y para socorrer á -la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabezó con veinte duros una -suscripción cuya suma total ascendió pronto á un millar de pesetas. - -El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revólver del -señor Eustasio, certificó que tenía el seguro roto. Durante algunas -semanas este suceso sirvió de asunto á todas las conversaciones. Era -deplorable, también era cómico, el fin de aquel hombre pacífico empeñado -en no separarse, ni aun en su casa, de un revólver que, la única vez que -disparó, fué contra su amo. - -Alguien dijo que, días antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo -un disgusto con don Gil Tomás, á propósito de dos barriles que éste le -había encargado. La cuestión, según sus comentaristas, fué bastante -seria; el señor Eustasio, á pesar de su bonísimo carácter, creyendo -atropellados sus intereses llegó á amenazar al hombre pequeñito, y á no -impedírselo las criadas de éste, le hubiese golpeado. Por referirse al -solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia ó conseja interesó -grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de -la superstición, dió la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el -Café de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prósperos -de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y marañosos -pasadizos inmediatos á la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron -largamente el lance. Los más viejos recordaban el sueño fatal de Ursula -Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala. - -Estas evocaciones contribuyeron á reforzar las sombras de brujería con -que, desde antiguo, la certera imaginación popular rodeaba la enmelada y -tacaña figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fríos y -su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle, -tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le -circundaba una sensación de silencio; aquel silencio le seguía y le -anunciaba; era un halo de enigma extendido á su alrededor. ¿De qué -fuerzas teúrgicas, de qué recursos hechiceros y terribles dispondría -aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocían bien sus -perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche, -vivía una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban á sus -maridos de las posesiones disparatadas á que el enano las sometía, y -éstos la comentaban después entre sí. Los hombres llegaron á mirarle -como á un rival. Un odio criminal germinó contra él. Era el brujo aliado -del Diablo; el hierofante árbitro de todos los recursos de la -lecanomancia y de la brizomancia; el íncubo sádico para quien ningún -cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en -las mejillas de las vírgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus -senos y las enseñaba las láminas lascivas del Libro del Pecado; el -iniciador astuto por quien las niñas permitían á los muchachos que, -jugando, las cogían del talle, á deslizar sus manos más abajo... - -Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el señor -Eustasio, su alma impresionable también cayó del lado de la -superstición. - ---¡Ahora me explico su muerte!--exclamó. - -Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho ó diez -personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Había que matar -á don Gil; ó, cuando menos, obligarle á salir del pueblo. - - - - -XXI - - -Más de un año necesitaron los Paredes para decidirse á buscar el tesoro -que, según creencia suya, el señor Frasquito dejó escondido bajo las -raíces del chopo. En sus frentes criminales, en sus cráneos pequeños, -puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo; -el brillo petulante del dinero podía delatarles; ellos habían oído decir -muchas veces que ningún asesinato queda impune, pues siempre, tarde ó -temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crímenes, cual -si los muertos, valiéndose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro -mundo á contarles la verdad á los vivos y á pedirles justicia. - -Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un ápice de -su existencia ordinaria. Según costumbre y acaso con mayor tesón que -antes, Rita cuidaba del hogar y de los niños, y Toribio todas las -madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien -de paños, mantas y percales, y salía á recorrer los pueblos comarcanos. -Su itinerario variaba según la estación: unas veces iba á Nava de -Pomares, otras á Torres de la Encina, ó á La Olla; otras á Candelario, -donde el dinero corría abundante desde Noviembre á Febrero, meses -destinados á la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura -crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza -minúscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quería. A pesar -de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pómulos -salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandíbula descarnada era -cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondían -una amenaza. Daba la sensación de un hombre que huye. En el campo, al -cruzarse con él las mozas apretaban el paso; tenían miedo á su mirada -tenaz, á su boca recogida y sedienta. Algo extraño, una especie de -invisible sombra, parecía marchar á su lado por los caminos. - -Nunca fué simpático Toribio Paredes. Años atrás los suburbanos de la -Puerta del Acoso, habíanle tildado secretamente de mantener relaciones -con Rita. Nadie se sorprendió. Eran los tiempos en que la mujerona, de -noche, ponía un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos, -abyectos, tiranizados por la más repugnante animalidad, los dos hermanos -se buscaron. Su pasión maldita tuvo refinamientos abominables; se -emborrachaban y su satiriasis urdía escenas brutales. La murmuración -decía que una tarde, en el bosque, Rita se abalanzó sobre una zagala, -sujetándola por detrás mientras Toribio la violaba. - -La aparición de Frasquito Miguel desvaneció aquellas nubes incestuosas; -Toribio recobró su puesto de hermano; el farol del chopo no volvió á -encenderse; nacieron Pepe, María Luisa y Francisco, y en las ventanas de -la antigua mancebía hubo ropas infantiles tendidas á secar. Ante la -puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo. - -Muerto Frasquito, la gente reverdeció la historia incestuosa de los -Paredes. Nada, sin embargo, parecía acusarles. Eran laboriosos y -callados, y mostrábanse tristes, más tristes que nunca, como si el -dramático fin del señor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin -consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y, á su pesar, sus -deducciones eran favorables á los hermanos. Toribio tenía su alcoba; -Rita dormía en otra habitación con los niños. La mujerona ya no se -perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el corsé como antes. El -pañero, después de cenar iba un rato al Café de la Coja, pero se -retiraba temprano; no bebía ni jugaba; también había renunciado á su -enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron, -casi de súbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejentó. -Muchas noches, al volver á su casa, mientras abría la puerta de la -calle, los vecinos le oían suspirar... - -Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancolía, los dos -hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo -como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y -las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasión -de cobrar su crimen, pero el miedo á delatarse les entumecía la voluntad -y paralizaba indefinidamente su acción. Dentro de sus conciencias -tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable: - -«Todavía es pronto...» - -Y esta observación, que no subía á sus labios, producía en sus carnes la -sensación del hielo. - -Tanto ella como él tenían determinado, no bien desenterrasen el tesoro, -trasladarse á otra calle mejor, donde establecerían un comercio. -Mientras, su temor á infundir sospechas les vedó alterar en nada la -disposición de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y -en la mesa el sitio del señor Frasquito continuaba vacío, como -esperándole. Esta quietud triste parecía una ofrenda dedicada al muerto. - -A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que -había sobre la cómoda, en la misma alcoba donde le mataron. La -fotografía, hecha en Salamanca muchos años atrás, empezaba á palidecer. -Siempre que Paredes entraba en la habitación, los ojos del retrato, -misteriosamente, le salían al encuentro. A Rita también la preocupaba -aquella imagen cubierta de tristeza por la acción decolorante de la -humedad y de la luz. Un día la mujerona agarró impetuosamente la -cartulina, regresó con ella al comedor, y allí, á la vista de su -hermano, la partió en cuatro pedazos. - ---¡Así habremos desterrado la mala sombra!--exclamó. - -Y tiró los añicos sobre la mesa. Su propósito, no obstante, falló. En -uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se había librado -intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogió el pedazo y lo rompió en -dos; pero, al quebrarse el cartón, fué de manera que también esta vez la -cabeza se salvó. ¿Por qué es tan difícil romper un retrato? ¿Por qué -tienen todas las fotografías, especialmente las de los muertos, algo -metafísico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la -imagen: borráronse la nariz y la boca; luego la frente; sólo los ojos, -resignados, tristes, acusadores, resistían aún, salvándose como de -milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeños que éstos -fuesen, cabían los dos. Toribio llegó á morderlos. Al cabo, -desaparecieron también. - -El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuyó á -acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables -sentíanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenían miedo á -moverse. A todas horas parecíales que una pupila ardiente, asomada á -las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevían á hablar, cual si -detrás de cada puerta acechase el oído de un policía. - -En diferentes ocasiones Toribio manifestó á sus vecinos deseos de vaciar -y solar el patio. Según él, hallábase en malísimas condiciones, porque -la tierra se reblandecía con las lluvias y esta humedad dificultaba la -buena conservación de las mercaderías en el almacén. Todas las personas -á quienes explicaba su propósito, lo aprobaban. Una mañana se detuvieron -ante la casa de _los Rojos_, dos chirriones cargados de ladrillos, que -fueron transportados al fondo del corral. Allí, hacinados contra el -muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de -la buena estación los más expuestos á la intemperie comenzaron á -cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y -resuelta voluntad para el trabajo del pañero, se asombraban de que no -diese pronto empleo á aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo -que la operación era grave, pues necesitaban arrancar las raíces del -chopo, porque luego, con la humedad, podían hincharse y romper el piso; -además, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel, á quien quiso -mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carácter -más que los años. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro -leguas sin fatiga, ahora, cuando volvía de vender, ni alientos para -cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropía de su actitud, -procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzón y ladino, -buscaba que las gentes fuesen habituándose á la idea de que el patio, -tarde ó temprano, había de solarse, para que así no se sorprendiesen de -verlo una mañana desmenuzado y removido. - -Al fin, sosegados un poco todos los escrúpulos y resquemores de su -prudencia, los dos hermanos decidiéronse á exhumar aquellas tres orzas, -repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos, -habían pensado. - -Resueltos á tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus -fueros y halláronse repentinamente en posesión de abundantes energías. -Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades -interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la acción. - -La noche que eligieron para la faena, no había luna. Temerosos de que -alguien, desde algún postigo ó buharda distantes, pudiera observarles, -pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendrían -suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegaría la sutileza tactil -de sus manos y de sus pies descalzos; que á esto redúcense muchas veces -los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del -filón. - -A Rita, como á Toribio, el hombre pequeñito les había dicho: - -«La orza más grande se halla al término del patio, no lejos del pozo. -Allí es, de consiguiente, donde debéis empezar á cavar.» - -La operación, digna de cíclopes, fué desde el primer momento dura y -angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo á la -maliciosa atención del vecindario, sembraban en el espíritu de ambos -hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la -templanza del ambiente la mujerona y el pañero tenían los rostros -cubiertos de sudor; sus cabellos de rútilo se adherían á sus frentes -encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corría hecho -agua. Toribio, que empezó á trabajar en mangas de camisa, no tardó en -desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral -su torso blanco, de musculatura ágil, enjuta y tremante, se removía con -flexibilidades tigrescas. - -En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanzó cerca de tres -metros de largo por uno de profundidad. No habían perdido el tiempo. -Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas raíces, torcidas -y nudosas, arracimándose aquí y allá, como disciplinas, daban á la -tierra increíble y desesperante cohesión. Peleaba el hombre con ella sin -desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada, -las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadón. Levantaba la -herramienta en el aire y luego la hundía, con todo el fervoroso empuje -de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba -cuando tornaba á izarla sobre su cabeza. El azadón, agudo, bruñido, -dotado de una expresión hambrienta, semejante á un colmillo de acero, -mordía la tierra, destrizándola. En el silencio, sus percusiones -resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecían venir de -abajo como un temblor sísmico. - -La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favorecía unas veces -apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras -esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo, -desalentado de espíritu, tiró el azadón y dejóse caer sobre un borde de -la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudió á secarle con sus faldas -el cuerpo y el rostro, y luego le echó una chaqueta por los hombros. El -buhonero no podía más; la sospecha de que las orzas, soñadas tantas -veces, no existían, acababa de quitarle los últimos alientos; como -herida del rayo, su voluntad quedó ovillada, pulverizada, muerta. - ---Creo--suspiró--que estamos perdiendo el tiempo. - -Rita, en cuclillas á su lado, murmuró: - ---Pero si «él» lo ha dicho. - -Se refería á don Gil. - ---Sí--repuso Paredes;--«él» lo dijo; pero, ya ves... - -Rita, suavemente, le reprochó su cobardía. Si se tratase de un sueño, de -un sueño sólo, ella desconfiaría. Pero la pesadilla del tesoro escondido -por Frasquito habíase repetido muchas, muchísimas veces, y siempre con -idéntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaños -diferentes; ambos las habían visto, y describían su forma y color del -mismo modo. ¿No bastaba esto? Además, don Gil, que con tan resuelta -decisión les hablaba de aquella fortuna, ¿qué empeño tendría en -engañarles?... ¡No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de -aquella tierra no había nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar -una á una todas las raíces, y en esta faena emplearía una noche, dos, -tres, cuantas fuesen precisas. ¿No serían ellos capaces de cavar tan -hondo como cavó Frasquito Miguel? - -Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazón de -Toribio Paredes; la quimera volvió á pasar ante sus ojos deslumbrante. -Levantóse resuelto, tiró al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empuñó -el azadón. La mujerona asió la pala. A veces la punta de aquél mordía -con estridencia acre la dureza de una raíz, otras se clavaba hasta la -cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala, -empujada por el pie de Rita, recogía con agrio chirrido la tierra -arenosa. Así, callados y como á porfía, continuaron los dos. - -De pronto recibieron una emoción alegre, vivaz y penetrante, que, -suspendiéndoles el aliento y paralizándoles el corazón, á durar algo más -hubiérase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy -superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza. -Milagrosamente el diente del azadón, al pasar impetuoso junto á ella, no -la rompió. Su cuerpo esférico, lucio, hinchado probablemente de oro, -asomaba orondo en la pared del tajo, y era grande y verde, según -Toribio y Rita la vieron en sueños. - ---Mírala--balbuceó la mujerona conteniendo un grito. - -Y su hermano, temblando, repitió: - ---Mírala... - -Ciertamente, para esconder su tesoro el señor Frasquito no se había -molestado mucho, pues lo dejó á medio metro bajo el nivel del suelo, -sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia -del sitio donde están. La orza yacía entre un puñado de raíces, lacias, -retorcidas, semejantes á las patas de un pulpo; y aquellas raíces eran -como los dedos de una mano fantástica que bruscamente saliese de la -tierra á ofrecer á los dos asesinos la fortuna. - -Toribio dejó el azadón y, arañando en la tierra y rompiendo las raíces -que habían tejido alrededor de su presa una especie de red, cobró la -vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrarió y nubó el rostro de densa -palidez. - ---¿Está vacía?--balbuceó Rita. - ---Parece que sí... - -La contemplaba con expresión idiota. Después la sacudió en el aire, -acercándosela al oído, para escuchar; dentro de ella percibió un rumor -vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista, -dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en -billetes de Banco. Tras una breve deliberación acordaron cerciorarse de -lo que la orza contenía, y remitir la busca de las otras dos á la noche -siguiente. Así lo hicieron, y volviendo la tierra á la zanja y -apretándola luego con los pies para disimular un poco lo hecho, -regresaron á la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos -volvían á cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tenía -frío, ni siquiera percatábase del dolor de sus brazos entumecidos por -el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre. - -Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqué, los Paredes -rompieron la orza, cuya boca había sido cuidadosamente lacrada. La -vasija contenía doce mil reales justos en billetes de veinticinco, -cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenció impávida el -asesinato de Frasquito, ahora, con el júbilo de su codicia, sentía sus -piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmóvil, encueros de -cintura arriba, con su cráneo bermejo y puntiagudo y sus manos trémulas -de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de -palpar aquellos billetes: unas veces los cogían á puñados, por la -satisfacción de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y -desarrugaban delicadamente entre sus dedos, ó acercándolos al quinqué -los examinaban al traslúz, cerciorándose de que todos eran legítimos. -Luego procedieron á dividirse las ganancias; á cada uno de ellos -correspondían mil quinientas pesetas. - ---Es tonto andar en particiones--dijo Toribio--pues que hemos de seguir -viviendo juntos. - ---No importa--objetó Rita;--con el dinero no se juega, por aquello de -que «cuenta y razón conservan amistad». Además, que, si como tenemos -pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual -sabrá exactamente cuánto aportó al negocio. - -Transigió Toribio, y ya el reparto iba á quedar hecho, cuando la dudosa -validez de un billete de cincuenta pesetas suscitó entre ambos hermanos -una disputa. - ---¡Es falso!--exclamó Rita;--¿no conoces la moneda, ó quieres engañarme? -Sobre todo, si te gusta, quédate con el y dame otro. - -El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las -aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisión á su ánimo. - ---No seas imbécil--dijo--si todos son iguales. ¿No ves que todos son -iguales? - ---Pues no quiero ese. Cámbiamelo. - -Ninguno cedía, y llegaron á mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar -amigablemente la cuestión, Toribio propuso recurrir á la suerte. Aunque -de mal talante la mujerona accedió, y él lanzó al aire una moneda, -exclamando: - ---¡Cruz!... - -La moneda tintineó alborozadamente contra la mesa. - ---Cara--murmuró Rita riendo;--me alegro; has perdido. - -Su hermano, rezongando una interjección, recogió el billete sospechoso, -y seguros ambos de que los niños no habían despertado, se fueron á -dormir. - -A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas, -cuyo fruto fué el hallazgo de dos vasijas más, una con cuatrocientos y -otra con ciento veinte duros, que, sumados á los seiscientos de la -primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas. -Conseguido esto ya no buscaron más. Estaban satisfechos. El hombre -pequeñito no había mentido. - -Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor á ser -descubiertos, aquella misma mañana los Paredes emprendieron la faena de -solar el patio. Dos días tardaron en concluirla, y al colocar sobre -aquella tierra el último ladrillo, experimentaron un inefable bienestar. -Por las noches, disponían tranquilamente los horizontes de su porvenir. -Nadie debía extrañarse de que dejasen «la casa del chopo», foco para -ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En -cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo -amplio y céntrico. Rita había visto un cuarto, bueno para almacén, en la -Glorieta del Parque, contiguo á la Fonda del Toro Blanco. Toribio, -calculador y reflexivo, rechazó aquella proposición: él conocía un local -mucho mejor en la calle Larga, la más frecuentada de Puertopomares y, -por lo mismo, la más comercial. Tenía tres huecos ó puertas, de las -cuales dos, revestidas de cristales, servirían de escaparates. Era -espacioso, con habitaciones cómodas, sótanos ventilados y secos, muy -idóneos para guardar mercancías, y un patio, solado de cemento, que, en -caso de necesidad, podía ser fácilmente techado. - -La mujerona, que tenía gran fe en las iniciativas de su hermano, se dejó -convencer, y de allí á pocos días Toribio Paredes se entrevistó con el -propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos, -tomó en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales. - -Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvió á encontrarle por los -caminos. La vida regalona de aquellos últimos meses había -aristocratizado sus gustos y enfriado su devoción al trabajo. Las gentes -hallaban la explicación de esta bonanza en la muerte del señor -Frasquito. - ---El pobre hombre--decían--, con sus borracheras, traía arruinada á su -familia; Dios hizo bien en llevársele... - -Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle -Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abrió sus puertas al público. -Hubo música, para mayor lujo y animación de la fiesta, y _los Rojos_ -obsequiaron á sus amigos con dulces secos, licores y cerveza. - -Sobre el frontis del establecimiento un gran rótulo declaraba, en -caracteres negros: «Paredes, Hermanos». Y explicando estas palabras, que -parecían la consagración de dos existencias dedicadas al trabajo, y en -letras más pequeñas: «Mercería. Juguetería. Mantas». Las estridencias -broncíneas de la murga duraron hasta media noche, y dieron ocasión para -que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del -flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del -Casino, al pasar por allí, deteníanse á ver el alegre rebullicio. La -chiquillería, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los -escaparates. Las mujeres, desde la acera, á través de los cristales, -observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposición de la -tienda. En una de las vidrieras había un maniquí de mujer. Sus ojos -negrísimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre, -sugestionaban la atención de los hombres. Era guapa y miraba al suelo -como avergonzada. Tenía los blanquísimos brazos al aire, y las -pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de -seda. Los páparos sonreían glotones ante aquella figura que estaba en -pantalones y lucía un corsé rojo muy largo. - ---¡Si respirase!--pensaban. - -Al fondo del local, y de un extremo á otro, estaban las anaquelerías, -que alcanzaban al techo, y donde todo aparecía cuidadosamente ordenado. -Los artículos más diversos fraternizaban allí. Pendientes de perchas -había boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas, -tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las -piezas de jerga, vicuña y cheviot, yacían superpuestas en los entrepaños -laterales. Del techo colgaban racimos de muñecas, cromos de colores -arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros, -sierras, haces de martillos y muchos enseres más de ferretería. La -quincalla y la mercería ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de -cartón ó cosidos á pequeños envoltorios de papel azul, las muestras de -botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y -cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos, -brillaban con petulante júbilo bajo la luz. Tras el mostrador, los -hermanos Paredes sonreían obsequiosos á sus parroquianos, y con su -amabilidad parecían rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir -á comprar allí. Los invitados mostrábanse contentos. Ya nadie recordaba -los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su -hermana; su rápido advenimiento á la fortuna, prueba inconcusa de su -afición al trabajo, sorprendiendo al pueblo había sido para ellos una -especie de agua lustral. - -Transcurrió otro año y los negocios de la razón comercial «Paredes, -Hermanos», se desenvolvían prósperamente. Deogracias, el primogénito de -la mujerona, ayudaba á su madre y á su tío en el servicio de la tienda. -Pepe, el segundón, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y -juiciosa, empezaba á recordar la de su padre, el difunto señor -Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tenía -tiempo para atender así al gobierno y limpieza de la casa, como al -negocio. Toribio, menos codicioso, se permitía cotidianamente algunas -horas de suave holganza. Después de cenar íbase á jugar al dominó á la -Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia; ó al Café de -la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos -anadeos, siempre tenían la virtud de encandilarle los ojos. Estaba más -grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle á retreparse -un poco, daba engreimiento á su persona. Del pasado los hermanos Paredes -no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les había llevado á tan -envidiable situación. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus -conciencias, parecíales lontano y natural. Tampoco comentaban la -intervención que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la -incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeñito. Ambos -reconocíanse amados y protegidos misteriosamente por él, y nunca sus -espíritus tardos, incapaces de una introinspección inteligente, -detuviéronse á existimar la razón de aquel enigma. ¿Ni para qué, si á su -juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el -curso del tiempo, perdieron toda su importancia?... - - - - -XXII - - -Una noche, de vuelta del café, Toribio entró en el dormitorio de su -hermana. - ---¿A que no sabes--dijo--con quién he estado hablando hace un -momento?... ¡No puedes figurártelo!... - -Hizo ella un signo negativo. Paredes, el rostro un poco demudado, -agregó: - ---Voy á decírtelo porque, aunque estuvieses pensando en ello dos meses -seguidos, no lo adivinarías: con Vicente López. - -La mujerona se incorporó en el lecho, removida hasta los tuétanos por -una emoción que así era de agudísimo pasmo, como de alegría. El terrible -amor de su juventud, la pasión furibunda en que su carne se requemó como -sobre brasas, resucitaba ante ella. - ---¡Vicente!... ¿Te preguntó por mí? - ---Apenas me vió. - -Parecía contrariado; sin duda recelaba que el súbito advenimiento del -_Charro_ fuese á trastornar el lozano curso de sus negocios. Agregó: - ---Se hospeda en casa de don Valentín. Yo pasaba por delante de la fonda, -cuando veo en la puerta un hombre alto, grueso, afeitado, un poco -canoso... y me digo: «¡Si parece Vicente López!...» Y en esto, él que se -viene á mí, exclamando: «¿Toribio, no me conoces?...» Con que nos -abrazamos y charlamos un rato. Llegó hoy, á mediodía, de Salamanca. -Mañana vendrá á verte. - -Rita callaba. Paredes se retiró á su habitación, se desnudó y mató la -luz. Transcurridos unos minutos y como buscando una contestación al hilo -de sus malas cavilaciones, exclamó: - ---Supongo que ahora, con los cuarenta años que tienes sobre el lomo, no -volverás á enamorarte de él, ¿verdad? - -La mujerona no contestó. Añadió el buhonero: - ---¡Tendría gracia!... Además, si ese hombre viene á buscarte, no será -por tu cara, sino por tu dinero, pues quien te dejó de moza, hallándote -vieja no va á cargar contigo. ¿Oyes?... Andate con cuidado. Yo conozco á -Vicente. Es un sinvergüenza. Te lo advierto á tiempo para que luego no -vayamos á tener disgustos. - -La idea de que la imprevista reaparición del _Charro_, con sus antiguos -fueros de amante y de padre, pudiese nublar la serenidad de su vida, -levantaba olas de odio en su impulsivo corazón. - ---Y aunque esta casa sea tuya y mía--continuó--, yo soy el hombre, y no -consiento que ningún otro hombre usurpe, ni siquiera menoscabe, mis -derechos. - -Sus instintos homicidas despertaban. Aludió á Frasquito: - ---Tú ya sabes cómo soy: que no venga Vicente con monsergas ni bravatas -porque le hago lo que al otro. - -A estas palabras de amenaza la mujerona tampoco respondió. De dichosa, -sentíase fuera de sí. Ni un instante se acordó de sus hijos. Su alegría -era indiferencia, olvido de los ingratos quehaceres cotidianos, deseo de -revivir los años líricos de la mocedad. - -«Voy á verle»--pensaba. - -Y luego: - -«¿Cómo me encontrará?... Y él... ¿habrá cambiado mucho?...» - -Amanecía cuando Rita se levantó. No había dormido y, sin embargo, no -estaba cansada. Más ágil que nunca, en un santiamén barrió la tienda y -dispuso el desayuno. Desde sus camas, los niños se asombraron de oirla -cantar. - -La entrevista que los dos antiguos amantes celebraron por la tarde, en -la tienda, empezó desabridamente. Cohibidos ante la actitud atisbadora -de Toribio y por los ocho ó nueve años que vivieron ajenos el uno al -otro, no acertaban á zurcir bien la conversación. Los hermanos Paredes -permanecían detrás del mostrador. Vicente se había sentado en un -taburete. El y Rita se miraban con desconfianza, con pena; sobre todo, -con pena, cual si en aquel momento, lleno de evocaciones, echasen de -menos el tiempo que estuvieron separados. A grandes rasgos, deseaban -explicarse las cumbres ó hechos más eminentes de sus historias -respectivas. - ---Frasquito Miguel, murió--dijo Rita. - ---Ya lo sé. - ---¿Cómo lo supiste? - ---Por un vecino de Puertopomares, que fué á Salamanca. Conque, apenas me -dieron la noticia, pensé: «Pues voy á verles á Rita y á su hermano, por -si se acuerdan de mí». - -Agradeció Toribio la fineza de aquellas palabras con un leve movimiento -de cabeza. Vicente López continuó: - ---¿Te dejó muchos hijos Frasquito? - ---Tres. - ---¡Tres!... ¡Vaya por Dios! Ya son bastantes. - ---Dos varones y una hembra. - -Vicente repitió, apagando la voz, como si dialogase consigo mismo: - ---¡Ya son bastantes!... - -Transcurridos unos segundos, agregó: - ---Nuestro Deogracias estará hecho un hombrecito. - -La mujerona suspiró: - ---Tú lo has dicho: un hombre. - -Asomóse á la puerta de la trastienda y con voz mordicante, destemplada -por la emoción, llamó: - ---¡Deogracias!... ¡Deogracias!... - -Acudió el muchacho. Era ágil, simpático y tenía el perfil aguileño y la -color broncinea de su padre. - ---Ese señor--dijo Rita--, quiere darte un beso. Ve... - -El chiquillo brincó el mostrador y con amable desenfado se acercó á -Vicente. Éste le colocó entre sus rodillas y rodeándole el talle con un -brazo le cubrió de sonoros besos las mejillas y la frente. Según le -tenía así, recostado contra su pecho, preguntó. - ---¿Sabe quién soy yo?... - -La madre hizo un gesto negativo, cuyo elocuente misterio el niño, por la -posición en que se hallaba, no pudo ver. Vicente López parecía -sinceramente emocionado: - ---¡Pobrecito!--exclamó--tal vez, por ahora, sea mejor así. - -_El Charro_ explicó á sus amigos la marcha de sus negocios. Como -siempre, continuaba dedicándose á la compra y reventa de animales, pero -este tráfico, cada vez estaba peor; las ferias, de año en año, iban -desanimándose; escaseaba el dinero y la emigración acarreaba, camino de -América, lo mejor de cada pueblo. Suspiró. Realmente, no podía quejarse -de la fortuna; trabajaba bastante y había tenido la discreción de no -casarse. Sin embargo, él necesitaba y merecía más; hasta entonces había -vivido al día, pero el hombre, en cuanto pasa la cuarentena, debe -preocuparse de su porvenir. - ---Más de una vez--agregó--he determinado marcharme á la Argentina; pero, -lo que sucede; ya sabéis: la patria siempre tira de uno, y, por -indiferentes que seamos, á última hora nos falta la decisión de irnos. - -Rita no le quitaba ojo; hallábale buen mozo todavía y quedamente, en su -alma, los viejos recuerdos iban cubriéndose de nuevos verdores. ¡Le -había querido tanto! Al eco de la voz adorada sentía renacer lances y -mirajes insensatos de pasión. Sus manos, especialmente, sus manos de -chalán, fuertes y velludas, que tantas veces cayeron sobre ella -iracundas, la producían singular emoción. En los ojos grises de la -mujerona, el pasado, convertido bruscamente en deseo carnal, encendió -una luz; su alma vehemente, su alma criminal, parecía alebrarse y -ondular de lujuria, como una pantera. - -A cada momento la puerta del comercio se abría y entraba un comprador; -Rita ó su hermano le atendían y apenas se iba, López reanudaba su -plática. Toribio comenzaba á aburrirse de aquella visita cuya finalidad -le inquietaba. A la sobretarde, no pudiendo contener su impaciencia, -alegó un pretexto para irse á la calle. Dió la mano á Vicente. - ---¿Cuándo piensas volver á Salamanca? - ---A punto fijo, no lo sé; ello depende de la resolución, más ó menos -pronta, de los asuntos que aquí me han traído; de todos modos, nunca -será antes de cuatro ó cinco días. - ---Entonces, ya nos veremos; y si vas esta noche al Café de la Coja, de -nueve en adelante, allí estoy. - -No bien Toribio Paredes salió, _el Charro_, casi de un salto, se acercó -al mostrador, y cogiendo á Rita por los hombros la atrajo hacia sí y en -los labios y en los ojos la dió muchos y ardorosos besos. - ---¡Te quiero!--balbuceaba--¡Si ni un sólo día dejé de acordarme de ti, y -ahora, que vuelvo á verte, pienso quererte más que nunca!... - -Agradecida, dócil, trémula de emoción, la mujerona no respondió, pero -sus párpados se enrojecieron y mojaron en llanto. Prosiguió Vicente, con -miedo y prisa: - ---Necesito hablarte despacio. Quiero que volvamos á vivir juntos; á mi -hijo yo debo criarle. - -Sobrecogida por estas declaraciones, Rita se había echado hacia atrás y -miraba á su antiguo dueño con ojos relucientes de asombro y de alegría. -¿No deliraba? ¿Era Vicente, por quien tanto había llorado, el que -hablaba así?... - -Tras una pausa, aquél añadió: - ---Si quieres nos casamos, ¿oyes?... Lo pasado, pasado... ¡y nos -casamos!... A Toribio no se lo he dicho, pero yo pienso irme á América -contigo y con nuestro Deogracias. - -Hizo una transición. - ---¿De quién es esta tienda? - ---Mía y de mi hermano. - ---¿La pusísteis á medias? - ---Sí, á medias; porque yo, para que lo sepas, tenía un dinero... - -El amor dispone del don precioso de infantilizar á los adultos, -especialmente á las mujeres. Una jamona, en cuanto se enamora, se vuelve -niña. Bajo la mirada zahorí de Vicente, Rita Paredes balbuceaba, se -embrollaba, dominada por un repentino deseo de decir la verdad. -Afortunadamente _el Charro_ la interrumpió: - ---No necesito saber cómo ganaste ese dinero ó quién te lo dió; supongo -que sería el señor Frasquito. Ya te dije que lo pasado queda atrás y no -debe tocarse. ¿A cuánto asciende ese dinero? - ---A dos mil ochocientas pesetas. - ---¿Nada más? - ---Nada más. ¿Por qué?... - -Su voz fue suplicante; imploraba perdón. Súbitamente, ante el hombre -amado, había sentido el remordimiento de ser tan pobre. - ---¿Y en esa cantidad--prosiguió él--incluyes los géneros que hay en la -tienda? - ---Sí, todo... - -Por sus cejas, violentamente contraídas hacia arriba, pasó una terrible -ansiedad. Vicente hizo una mueca de disgusto. - ---¡Es poco dinero!... ¡Muy poco dinero!... - -Luego, con repentina decisión: - ---¡No importa! Con eso y lo mío, tenemos bastante. Iremos á América. Yo -no me separo más del chiquillo. - -Entre dientes, con humildad de esclava, la mujerona interrogó: - ---¿Y mis otros tres hijos? - -La respuesta del chalán fue categórica, terminante, como un hachazo. - ---¡Ah! ¡Esos no vienen con nosotros! ¡De ninguna manera! ¡Esos se quedan -aquí, con su tío!... Comprende que entre nosotros no debe existir nada -que nos recuerde lo que yo he sido y lo que tú hayas podido ser. - -Aun hablaron más, pero como no les pareciese bastante, para comunicarse -con mayor espacio y reposo, acordaron reunirse al día siguiente, á la -hora del anochecer, dentro del túnel, por la parte más inmediata al río. - -Aquella noche, en sueños, la mujerona habló con don Gil. Dormía -tranquilamente cuando comenzó á sentir una inquietud semejante á la -producida por el inmediato arribo de una visita; al mismo tiempo -vislumbraba dentro de sí una especie de resplandor tenue. Sin lograrlo, -varias veces quiso abrir sus párpados soñolientos; al conseguirlo, en -pie delante de su cama vió al hombre pequeñito. No le distinguía aún y -sabía, sin embargo, que estaba allí. Parecióle más descolorido y -minúsculo que otras veces. Un diálogo breve se entabló: imperioso y -dictatorial por parte de él; suave, humilde, lleno de condescendencias y -vasallaje, por parte de ella. - ---Ya sé que Vicente López ha venido á verte. - ---Sí, señor. - ---Le mandé yo venir. - ---¡Ah! No me dijo nada. - ---Es que no lo sabe: él cree haber venido por su gusto, pero fue porque -yo lo dispuse así. - -Rita asintió. ¿Cómo discutir las palabras de su bienhechor? El rostro -del hominicaco aparecía ante ella pálido, indeciso, emborronado, al -igual de esas viejas fotografías roídas por la luz. Un claror alechigado -le envolvía. No pestañeaba. Sus labios, como los labios de las caretas, -no se movían al hablar. Prosiguió: - ---Vicente López, á quien tanto has amado, quiere llevaros, á ti y á su -hijo, á América. - ---Sí, señor don Gil. - ---Es preciso que le obedezcas. ¿Le obedecerás? - ---Sí, don Gil. - ---No te ocupes de la tienda: con el dinero que él tiene y los billetes -que tú guardas detrás del ropero, lleváis lo necesario para el viaje. - ---Bueno, don Gil; lo que usted disponga. - -La mujerona experimentó un terror frío, tan agudo, que heló á sus -huesos. Por obra de un inexplicable fenómeno telepático, Rita iba -adelantándose al pensamiento de su interlocutor de modo que éste aun no -articulaba una frase cuando ella, misteriosamente, ya la había oído. -Rita sintió que sobre las cabezas inocentes de Pepe, María Luisa y -Francisco, el hombre pequeñito echaba una sentencia terrible, y las -palabras del enano tenían para ella la fuerza apremiante y sin evasivas, -de la fatalidad. - ---Para seguir á Vicente--habló don Gil--abandonarás á los tres hijos de -Frasquito Miguel. ¿Lo harás?... - -Dentro de la madre algo sobrehumano se atrevió á protestar, aunque -tímidamente. - ---¿Y no les veré ya nunca? - ---Nunca. - -La torturada gimió, doblegándose; su rebeldía expiró bajo la orden -inflexible. - ---Bien, don Gil. - -Volvió á temblar; el acento sibilino del brujo se debilitaba, parecía -venir de lo arcano; su turbia imagen no se había movido de allí, y su -voz, sin embargo, llegaba de muy lejos, del horizonte, del fondo de la -tierra. Los labios inmóviles dispusieron: - ---A tus hijos no les dejarás. Es mejor que les mates. - -Sollozó la mujerona, y no contestó. - ---Yo odiaba á Frasquito Miguel--prosiguió don Gil Tomás--y mi odio no se -satisface con su muerte: quiero secar también esos tres retoños de aquel -árbol maldito. Además, es mejor matar que abandonar, porque los -abandonados sufren, mientras los muertos no sólo no sufren si no que -descansan. Rita, ¿obedecerás?... - -Ella gimoteaba y se removía convulsivamente. Un instante creyó soñar, -pensó que se había acostado del lado izquierdo y que con ambas manos se -oprimía el corazón. Pero esta sospecha menos duró que un relámpago. No -soñaba, no: el hombre pequeñito, inexorable, inquisidor, continuaba -allí. - ---Si no me obedeces--agregó Tomás--te perderé, te pondré en manos de la -justicia, les diré á los jueces que fuiste tú quien asesinó á Frasquito -Miguel. - -Después de un silencio, la voz remota, más terrible cuanto más remota, -preguntó: - ---¿Cumplirás mi mandato? - -Rita se ahogaba; algo pesado, duro, frío, como una piedra, oprimía su -garganta. Cuando pudo hablar: - ---Sí, don Gil--murmuró. - ---¿Matarás á tus hijos, Rita? - ---Sí, don Gil. - ---Pronto, ¿verdad? - ---Sí, don Gil. - ---¿Y les matarás sin que Vicente lo sepa? - ---Sí, don Gil... - -La imagen del hombre pequeñito desapareció. La mujerona continuó -durmiendo; fué como si el cristal de alguna linterna mágica y espantosa -se hubiese apagado. - - - - -XXIII - - -Al siguiente día y á la hora señalada, Rita y _el Charro_ acudieron al -túnel. Describía éste un semicírculo que oradaba de Norte á Sur el cerro -donde Puertopomares fué edificado. Correspondía la entrada meridional á -la estación del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de -castañares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejábase ondulando al -compás de las montañas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y -la boca norteña, abierta á veinticinco ó treinta metros del puente -tendido sobre el Malamula, á la parte más abrupta, encrespada y fragosa. -Allí el viento encajonado entre altísimas laderas de granito y basalto, -recogía fielmente todos los murmullos del río y de los árboles, los -exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la -oquedad renegrida del túnel. Sus ráfagas violentísimas, cargadas de -estridencias lapidarias, producían bajo la bóveda ecoica fragores -idénticos á los de un tren en marcha. - -Fué allí donde la mujerona y su amante se vieron, y más de una vez, -engañados por los ululeos del aire, se apartaron de la vía y se -estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbón y rezumantes de agua, -creyendo que el correo de Salamanca trasponía el puente. - -Comenzó Vicente López la conversación exponiendo los planes que, de -tiempo atrás, tenía bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta -á seguirle no debían desaprovechar momento, pues todo el dinero que -gastasen en el transcurso de aquellos días ociosos lo necesitarían luego -para el viaje: él regresaría inmediatamente á Salamanca, para retirar -los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos -pendientes. Rita, con su hijo, iría á buscarle á La Coruña, donde -embarcarían los tres para Buenos Aires. - ---Cuando yo salga de Salamanca--agregó--te escribiré dos letras, -diciéndotelo. Estáte prevenida porque en todo esto podemos emplear, á lo -sumo, un par de semanas. - -Llamó la atención de Vicente la mansa prontitud con que su amante -aceptaba sus órdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y -sorprendíale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan á -su talante y favor. Repentinamente la duda le mordió. Su espíritu de -trujamán, educado en las lides y tretas del engaño, receló de aquella -obediencia. - ---¿Es que aparentas transigir--exclamó--para alejarme de tu lado sin -riñas y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habías de reirte de -mí: por primera providencia, te quitaba el niño; después... ¡ya -veríamos!... - -La había cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la -tortura de su carne la dureza y decisión de su voluntad. Rita Paredes -entornó los ojos; hervía su sangre; aquellas manos crueles tenían para -ella la voz de fuego del recuerdo. - ---No pienso engañarte--repuso--; es que te quiero, Vicente; es que no -puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me dirías «ven», y te -seguiría aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas... - -Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con -que asistió al martirio del señor Frasquito y la perversidad de aquellas -exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba los lamentos -de la víctima; todo el execrable horror de su alma egoísta y codiciosa, -mudábanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne -lasciva, pareció quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un -incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lívido -nimbado por el halo rútilo de sus cabellos, parecía una llama. El -escenario daba al bárbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la -enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las -locomotoras; los rieles bruñidos bajo el vaivén de los trenes, -alejándose á ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento; -el latir de las gotas de agua desprendidas de la bóveda de la cripta, y -que resonaban en el silencio como pisadas duendes... - -A las siete menos minutos resonó prepotente, al lado opuesto del río, el -silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la máquina -avisaba que iba á hundirse en el monte. El convoy cruzó el puente y se -lanzó jadeante por la boca del túnel. Retembló el suelo. Abermejáronse -los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la -ráfaga--hierro y fuego--del tren, y ante la linterna roja de la -locomotora las tinieblas huían y los muros negros, grietosos, empapados -en agua, se tiñeron de sangre. Un instante, desde la altura del ténder y -en el huracán de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los -maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre caídos en la suciedad de -hollín de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren siguió -adelante. Un momento después, amparados bajo la oscuridad de la noche, -Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de -carbón, consumado el pecado original salían del túnel como de un -paraíso. - -Regresó la mujerona á su casa muy tarde; para no llamar la atención de -las personas que la conociesen, al separarse de Vicente había ido al -río á lavarse las ropas, y en esta faena empleó cerca de una hora. -Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando terminó. Su hermano, -maliciando lo ocurrido, recibióla con cara y voces de vinagre. El y los -niños ya habían cenado. - ---¿Piensas volver á las andadas?--gritó--¡Pues no estoy dispuesto á -consentirlo! Aquí se hace lo que yo mando. - -Rita le miró con frío desdén. - ---Esta casa--repuso--es de los dos, y en ella mandamos los dos por -igual: ni tú más que yo, ni yo más que tú. Con que... ¡haya paz y -callemos todos! Guárdate las uñas si no quieres que yo saque las mías... - -Dicho esto con dejo reposado y bravucón, sentóse á cenar; y apenas quedó -sola, su cólera se deshizo, como licuada, en una recóndita, inefable y -sedante emoción amorosa. Comía maquinalmente. Las imágenes de los -ardientes momentos recién vividos, producíanse con tal vigor de verdad -en su espíritu, que creía pasar de nuevo por ellos. Vicente López se -hallaba á su lado, reconocía diáfanamente el timbre de su voz, y con los -ojos del alma veía sus gestos. Según las diversas mutaciones de aquel -diálogo interior, la mujer sonreía ó su rostro se revestía de gravedad. -A veces, afirmaba; á veces, parecía dudar; á intervalos, también, sentía -sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del -_Charro_. ¡Oh! ¡Cómo había querido á aquel hombre, y cómo le quería -aún!... Era el sultán, el dueño. Ella, fuerte y rebelde como un macho, é -incapaz de conceder á nadie jefatura sobre su albedrío, reconocía el -imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la -despreciase, aunque transcurriesen los años sin saber de él, para su -enamorado corazón Vicente López siempre sería «el amo». Terminada su -colación, la mujerona se acostó, y, de un tirón, como cuando niña, -durmió toda la noche. - -Este gratísimo contento duró varios días. Sentada detrás del mostrador, -dejaba transcurrir las horas mirando distraídamente hacia la calle. Su -espíritu no estaba allí. A ratos asociaba un nombre á las figuras que -pasaban de largo ante las vidrieras del comercio, ó se detenían á -examinar los escaparates. - ---Ahí va don Ignacio--pensaba. - -O bien: - ---Es don Elías, que vuelve del Casino... - -Pero estas ideas según se producían se eclipsaban, y la mujerona tornaba -á inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un baño. A su lado -Toribio y Deogracias se afanaban en servir á los compradores que -llegaban, registrando debajo del mostrador, subiéndose por una escalera -á los entrepaños superiores de la anaquelería ó descolgando, con auxilio -de una percha, los objetos suspendidos del techo. - -En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente -volvía una vez y otra á la misma obsesión criminal: - -«A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el -padre debo hacer con ellos»... - -En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente; -no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta -lo exigía. A las empresas, para que reditúen los debidos beneficios, es -necesario llevarlas á su término y rematarlas bien y sin miedo. ¿Habría -conseguido algo el arquitecto que, después de construir una casa, -empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar -sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesinó al señor -Frasquito para robarle y vivir cómodamente del producto de lo robado, -¿no perdería el valor ó recompensa de su trabajo si aquel dinero iban -comiéndoselo poco á poco los hijos del muerto?... - -Perseguida por esta decisión, cada vez más resuelta, Rita procuraba ver -á los niños lo menos posible. Cuando alguno se agarraba á sus faldas, la -mujerona palidecía y miraba á otro lado; la dulzura de aquellos ojos -inocentes, tan candorosos, que parecían asustados, era horrible. Rita -Paredes recordaba las órdenes verticales de don Gil; el hombre pequeñito -razonaba bien: urgía deshacerse de aquellas criaturas que, más adelante, -la importunarían. Don Gil aconsejaba: «Los abandonados sufren, los -muertos no». ¡Era cierto! ¿Cómo no reconoció ella antes la certidumbre -de tales palabras?... A este pensamiento servía de abono y arrimo la -amenaza del brujo: «Si no me obedeces--había dicho don Gil--te llevaré á -los Tribunales y los jueces sabrán que tú fuiste quien asesinó á -Frasquito Miguel». Hallábase, de consiguiente, colocada en el entronque -ó bifurcación de dos caminos: uno, el camino de América, de la vida -libre, al lado de su hijo mayor y del único hombre que había amado; el -otro era la ruta que guiaba á la perdición, al presidio, quizás á la -muerte. ¿Cómo dudar entre ambos?... - -La mujerona repetía: - ---Esos chiquillos son una maldición para mí; ó ellos ó yo; no hay otro -remedio... - -Discurriendo así sentía que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy -caudalosas, de su amor maternal iban secándose, y que todo el odio que -profesó al señor Frasquito resurgía ahora con fatales verdores hacia sus -hijos. - -Cumpliendo disposiciones de don Gil Tomás, Rita nada de esto dijo á su -cómplice; el hombre pequeñito lo decretó así, tanto porque de los -asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo á que López, -esquivando las derivaciones ó responsabilidades criminales que tal -empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella. - -Según don Gil manifestó á Rita, la inesperada reaparición de Vicente en -Puertopomares obedecía á insinuaciones suyas. Esta labor, realizada -únicamente durante las horas de descanso, fué lenta. En Salamanca los -asuntos de López marchaban de mal en peor; de año en año los negocios -iban escaseando y las transacciones eran más difíciles. ¿Cómo vivir en -un país esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son á vender y -nadie compra?... Entonces surgió en _el Charro_ la idea de buscar fuera -de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia á toda -suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas -instigaciones del hombre pequeñito. Don Gil, implacable, necesitaba -destruir el hogar de los hermanos Paredes y con él la raza del señor -Frasquito, pues el odio es tan recia pasión que sólo se aplaca -satisfaciéndose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar -pronto y á buen desenlace este plan, don Gil solicitó y á corto esfuerzo -obtuvo la alianza del _Charro_. - -Varias semanas hacía que éste, allá en la posada salmantina donde tenía -su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heteróclitas, que -huían de su memoria apenas despertaba y parecían episodios ó fragmentos -de algún gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances, -el chalán comprendía que una grave adivinación ó presentimiento -germinaba en los subsuelos de su espíritu. Como esas enfermedades que, -antes de perfilarse claramente, se anuncian con erráticos y variables -dolores, de igual manera aquel hondo misterio aparecía y desaparecía -tras un torbellino de imágenes inconcluídas y vagabundas. Empero, por -estos ocultos caminos, la revelación, laboriosamente, iba preparándose. - -Una noche Vicente López soñó con su antigua amante Rita Paredes: la -halló más fea, más seca, pero el dolor de sus ojos--dolor de olvido--le -impresionó favorablemente. Hablaron: ella lloró mucho, le explicó sus -penas, sus errores, y él concluyó acusándose de haberla abandonado. Al -despertar, Vicente, dominado aún por el recuerdo de su pesadilla, estaba -triste. Las noches sucesivas también soñó con Rita, y tan gayamente -renacían los episodios de este viejo amor, que sintió, como un -remordimiento, el haberlo perdido. ¿Por qué aquella figura, largo tiempo -olvidada, resucitaba así? ¿Qué extraño poder la sacó de la sombra?... - -Con zozobra, _el Charro_ pensó: - -«¿Habrá muerto Rita?...» - -Otra noche soñó que quien había fallecido era Frasquito Miguel, y que -Rita Paredes le heredó y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz -musitadora de las pesadillas aseguraba á Vicente que su antigua manceba -no era feliz y se acordaba siempre de él. Estas figuraciones se -repitieron y con los ojos del alma, el Charro vió la tienda de los -hermanos Paredes, y á Rita detrás del mostrador, en la actitud grave y -triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de -las aventuras ha pasado. López comprendió que Rita, asomada al mostrador -de su tienda, como á una ventana, le esperaba todavía. Entonces sus -propósitos de expatriarse cobraron repentinos bríos, y á ellos se -asociaba el deseo de conocer á su hijo. Una idea de lucro, una esperanza -de negocio, ligábase solapadamente á esta resurrección sentimental; los -apuros económicos con que _el Charro_ tropezaba en su oficio, el genio -bondadoso de los sueños los solucionaba, con arte mágico, por las -noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen á él no -debía importunarle, podía ser suyo. - -Tanto creció esta obsesión y en tales gasas de lógica y de entrañable -afecto se envolvía, que la conciencia de Vicente barajó y llegó á -mezclar las imágenes de sus vigilias con las de sus sueños, explicando -las unas por las otras, viviendo como si soñase y tomando sus -fantasmagorías por realidades, hasta que determinó trasladarse á -Puertopomares y hablar con Rita. - -Cuando _el Charro_ enfrontó el comercio de los hermanos Paredes y -examinó su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de -juguetes y de ropas, no se sorprendió. - -«Todo esto--pensó--lo he visto ya»... - -Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tenía delante, -lo conocía por haberlo soñado muchas veces. De noche, sin duda, su alma -recorrió el mismo itinerario: llegó á la Fonda del Toro Blanco, paseó la -calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese á una cita, ante el -bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las -anaquelerías, repletas de géneros, ni el maniquí que arrancaba al tonto -Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes á -estalactitas, pendían del techo envigado, ni la silueta de su antigua -barragana, lívida y rígida, detrás del mostrador. Su conversación con -ella y todo lo que luego acaeció, pareciéronle también hechos naturales; -y así, cuando después de firmemente unidos y concertados regresó á -Salamanca, ni un momento dudó de que Rita Paredes dejara de seguirle. - - - - -XXIV - - -Una tarde, de las últimas de Octubre, llegó á Puertopomares la carta -donde Vicente López daba orden á su amante de ponerse en camino. - -«Me voy á Coruña esta noche--decía--y en el vapor _Carolina_, que zarpa -de allí el sábado próximo, retendré tres pasajes. No malgastemos tiempo. -Recoge tu dinero y para no llamar la atención, sin equipaje, como si -fueses á dar un paseo, te vas con el niño á la estación y subes al -correo que llega ahí á las siete y cuarenta». - -Firmaba _el Charro_ sólo con la inicial de su nombre; y debajo añadía -previsoramente: - -«Rompe este papel.» - -La mujerona leyó y releyó la misiva, escrita en caracteres irregulares y -grandes, y dócil al consejo de su amante la rasgó en cuatro pedazos; -pero al mismo tiempo cambió de parecer, y entreabriéndose el corpiño -guardóse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la mañana cuando -esto ocurría. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vió al -cartero. Los niños estaban en el colegio. Un alegre sol de otoño llenaba -la tienda, bruñía el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las -mejillas del maniquí, rielaba sobre los objetos de metal--tijeras, -cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos--puestos en -ordenadas ringleras sobre los entrepaños de las anaquelerías. Siempre -que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantán -jocundo, nuncio de ganancias, parecía convertirse en luz. Luego, dentro -del cajón donde los Paredes iban echando el importe de la venta del día, -las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su canción parecía una -risa. - -A mediodía Toribio necesitó ir á la Estación, á retirar unas mercancías. -Esta oportunidad la aprovechó Rita para entrar en su dormitorio y coger -los billetes de Banco que escondidos tenía detrás del ropero. En seguida -volvió á la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro -que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consistía -en deshacerse de los tres hijos del señor Frasquito arrojándoles al -paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba; -la impunidad de su primer crimen la impelía á cometer el segundo, y -hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso símbolo, en que, -sobre los mismos rieles donde los vástagos del señor Frasquito quedasen -destrozados, huyese ella después, como por una ruta de sangre, en busca -de «su hombre» y con el hijo único de «su hombre»... - -El tempestuoso curso de estas cavilaciones llevó los ojos de Rita hacia -el almanaque colocado junto á la puertecilla de la trastienda. Era -martes, día de agorerías y maleficios. - ---Martes--repitió mentalmente _la Roja_--; de aquí al sábado, hay tiempo -para todo. - -Un impulso ciego, una obsesión infernal, la dominaban. A la puesta del -sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejándose de dolor de cabeza, -invitó á los niños á dar un paseo; aceptaron todos con alardes -extremados de alborozo, y ella, cariñosa, les peinó y vistió -pulcramente; en los undosos cabellos claros de María Luisa prendió un -lindo lazo de seda azul, y accedió á que Paquito, el más pequeño de los -tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos -detalles de amor maternal que luego podían defenderla eficazmente, si, -contra lo que don Gil había asegurado, necesitaba andar en dimes y -diretes con la justicia. Deogracias quiso acompañar á sus hermanos; -tenía celos de ellos. - ---¿Voy contigo, mamá? - ---No; tú te quedas al cuidado de la casa; á tu tío puede ocurrírsele -salir y la tienda no debe quedarse sola. - -En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantón alfombrado, -llevando de la mano á María Luisa y precedida de Pepe y de Francisco, -atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la -interpelaron: - ---¿Va usted á poner escuela, señora Rita? - -La mujerona reía con naturalidad. - ---Salgo porque me conviene andar; desde esta mañana tengo una jaqueca -horrible; quizás me alivie con el ejercicio y el aire. - -Y añadía, designando á los niños: - ---Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasión para darles un buen -paseo. Ahora vamos á la Estación y, luego, si hay tiempo, llegaremos al -río. - ---¿Irá usted por el túnel? - ---Eso pensaba. - ---Tenga usted cuidado con los trenes. - ---Ya lo sé; á ciertas horas no hay peligro. - -Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que había conocido á -Rita cuando ésta encendía en el chopo de su casa el farol de los sucios -deseos, sonrió bonachón á la mujerona y obsequió á los chiquillos con -caramelos, azúcar cande y pastillas de goma. De bonísima gana hubiese -tuteado á Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz -travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitóse á exclamar: - ---Mucho cambian los tiempos, Rita. - ---Mucho, don Artemio. - ---¿Quién iba á decírnoslo entonces, ¿verdad?... Usted, convertida en -madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. ¡Cómo ha de -ser!... - -La mujerona siguió adelante, enfrentó la hostería de don Valentín, y por -la Glorieta del Parque tomó el camino Alto de la Estación. El sol, -próximo á esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la -iglesia parecía de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como -diamantes; una ligera bruma ascendía del valle, lleno de rumores -vesperales; bajo la umbría de los árboles y entre los repechos -pedregosos y oscuros, la tierra húmeda del camino tenía una amarillez de -hoja seca. - -Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques, corrían los niños. -La mujerona iba pensando: - -«Son mi maldición; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas -cadenas quedarán rotas... y seré libre...» - -Personas que volvían de la Estación, la saludaban. - ---Buenas tardes, señora Rita. - ---Buenas tardes... - -Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermín, el tartanero de la Fonda -del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanzó: iban en él las -hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora. - ---¿De paseo, eh, señora Rita? - ---De paseo, sí... para que los niños respiren un poco de aire. - ---¡Muy bien, hasta luego!... - ---Hasta después, adiós... - -Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente -friolero de la tarde. Se encaminaban, según costumbre, á la Estación, á -ver pasar el tren. Sus siluetas gráciles, envueltas en telas claras, -vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la -miserable, la incestuosa, mientras las veía alejarse, pensaba: - -«Todas éstas, si hiciese falta, declararían en mi favor.» - -A poco, en vez de llegar á la Estación, Rita Paredes se internó entre -los árboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron á la vía del -ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una -torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estación; -al otro aparecía el túnel; delante alzábase el cerro coronado por el -caserío, bañado en sol, de Puertopomares; detrás, el bosque cerrado, -enigmático, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron á -nadie; á su alrededor crecían el silencio, el desamparo, la frialdad, -todas las incontables melancolías de la tarde muriente; á lo lejos, -dispersos entre la niebla, resonaban gritos de gañanes, ladridos de -mastines, vibrar de esquilas. Faltarían minutos para las siete. Acababan -de encenderse las luces del andén. - -La mujerona llamó á sus hijos. - ---¿Queréis que atravesemos el túnel y vayamos al río?... - -La proposición de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que veían al -pie de la montaña, intimidó á los niños. Su primer gesto fue de defensa. -Pero en seguida cambiaron de opinión y comenzaron á palmotear. El riesgo -atrae á la infancia. - ---¡Sí, sí; vamos á verlo, vamos á verlo!--exclamaron á coro. - -El túnel era una especie de «coco» para los muchachos de Puertopomares; -cuando salían al campo todos recibían de sus madres idéntica -recomendación: «No entréis en el túnel, no os acerquéis al túnel...» -Como si en aquel agujero, por donde únicamente las máquinas se atrevían -á pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusión vanidosa de -describirlo al día siguiente, en el colegio, enardeció á los chiquillos. -Al amparo de su madre nada malo les sucedería; desde el momento en que -ésta, tan regañona y dispuesta siempre á contrariar sus gustos, les -había dicho: «Vamos por el túnel», es que podían ir. Además, no temían á -los trenes; temían á la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos -sabían que el silencio no mata y que al otro lado de la montaña volvía á -haber luz. - -Discurriendo así penetraron bajo la bóveda del antro, fuerte, imponente, -como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco -iban de vanguardia; María Luisa caminaba agarrada á las faldas de su -madre, primero con una manecita, después con las dos. Lo misterioso del -lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido -de sus pasos bajo la resonante oquedad de la bóveda, impresionaron y -deprimieron el optimismo de los niños, que hablaban alto y se esforzaban -en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenían á mirar -hacia atrás, y el semicírculo, bañado en claridad, de la entrada del -túnel, les confortaba. Poco á poco, según decrecía la luz, la verbosidad -de todos iba menguando; en sus labios el pánico helaba las palabras, y -cuando callaban el trajín de sus piececitos sobre la arena les parecía -más grande y temeroso. Ya, apenas se veían unos á otros. Paquito, el más -chico, experimentó una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban. - ---Mamá... mamá...--balbuceó. - -Su madre repuso: - ---Adelante, no tengáis miedo, que voy yo aquí. - -Paquito demostró resignarse. Después fué Pepe, el mayor, quien sintiendo -en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidió auxilio: - ---Mamá, tengo miedo... - -Replicó ella con aspereza: - ---¡Vamos! Tener miedo... ¡Un hombre! ¿No te da vergüenza? Seguid, seguid -adelante, que falta poco. - -En aquellos momentos la expresión de Rita Paredes, fatal y vengativa -como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impedía -ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcían sus labios, abrasaban en -cólera sus ojos fríos. La miserable pensaba en el tren que, de un -instante á otro, debía llegar; según sus cálculos estaba ya muy próximo -y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos -sanguinarios comenzaban á desatarse. Había entrado en el túnel resuelta -á salir libre de él, y nada torcería su propósito. Si el tren se -retrasaba, ella era capaz de coger á los tres niños y, entre sus brazos -y contra su corazón, retenerles á la fuerza, hasta que la muerte -pasase. - -Continuaron todos andando. Algunos metros más allá la galería se -curvaba, y de súbito la oscuridad fué completa. María Luisa rompió á -llorar. - ---¡Tengo miedo, mamá!... ¡Mamaíta!... ¡Madrecita de mi alma!... ¡Tengo -mucho miedo!... - -Había en la voz implorante de la niña como un presentimiento de lo que -iba á ocurrir. Rita sintió que Pepe y Francisco, á quienes apenas veía, -se agarraban empavorecidos á sus rodillas. Entonces la mujerona -consideró que aquel paraje fuese quizás el mejor para realizar su -intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogió -entre sus brazos á los tres niños. Ante ella, á menos de un metro, los -rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de frío, de miedo, -bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podían hablar. Al cabo, -Pepe preguntó: - ---¿A qué esperamos aquí, mamá? - ---A que pase el tren. - ---¿Por qué no seguimos? ¿No es mejor seguir?... - ---No; porque más adelante el camino se estrecha mucho. - -Transcurridos unos instantes habló Paquito: - ---Mamá... mamá... - ---¿Qué? - ---¿Tardará mucho el tren? - ---No; tardará poco... - -Rita, sin querer, apretaba los dientes. - -María Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor -del pecho materno, había interrumpido su llanto. Los tres hermanos, -consolados repentinamente, parecían tranquilos. Francisco volvió á -interrogar: - ---Mamá... ¿tardará mucho el tren?... - ---No, vendrá pronto. - ---Bueno... - -Aturdida por la oscuridad, María Luisa había perdido la noción del -tiempo. - ---Cuando salgamos de aquí--dijo--ya será de noche. - -Volvieron á callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla húmeda del -antro. De pronto, lejos, resonó un silbido agudísimo, y el fragor -creciente de algo pesado y tremendo pobló la bóveda de medrosos rumores. -Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la -cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren trasponía el puente con -jadeos espantosos. Volvió á silbar; iba á meterse en el túnel. Los niños -temblaban, se encogían, mudos de pavor. Unicamente José pudo gritar: - ---¡Mamá!... ¡Madrecita!... - -Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de sí, los -labios espumeantes, le mordió en la cara con tal furia, que el muchacho, -de miedo y de dolor, perdió los sentidos. En el fondo fuliginoso -apareció la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el -convoy, negro también, no se distinguía aún. Hubo un tableteo horrísono, -una agitación de caos, una especie de epilepsia telúrica: temblaba el -suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareció -resquebrajarse y saltar en añicos la montaña. - -La infanticida entonces, epiléptica y terrible, comenzó á gritar: - ---¡Socorro!... ¡¡Socorro!!... - -Y empuñando á sus hijos, á los tres, simultáneamente, revueltos unos con -otros, les precipitó sobre la vía. - -Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las -ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsión de que algún -viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo: - ---¡Socorro!... ¡¡Socorro!!... - -Luego, sin mantón, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita -Paredes escapaba del túnel, por el lado del río. Momentos después, su -figura seca, alta, desgarbada, recorría la calle Larga. Los vecinos la -miraban atónitos. Rita tenía la expresión idiota; sus brazos -gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; parecía loca... - -Varios transeúntes la detuvieron: - ---¿Qué la sucede á usted? ¿Por qué va usted así?... - -Ella había vuelto á encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de -estupidez y de dolor, con que una mañana estuvo contemplando el cadáver -del señor Frasquito. - ---Los he perdido--sollozaba--los he perdido... - ---¿A quién ha perdido usted, Rita?... - ---A mis hijos... - -Y seguía adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetían -automáticamente: - ---He perdido á mis hijos... he perdido á mis hijos... - -A su alrededor el número de curiosos aumentaba. Todos, ávidos de saber y -compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llenó -la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetró -en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros -interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salían del Casino, se -acercaron á la mujerona. - ---¿Qué dice usted, Rita? ¿Se ha vuelto usted loca? ¿Ha perdido usted á -sus hijos?... ¡No es posible!... - ---Sí; á los tres. - ---¿Cómo?... ¿Ahora? - ---Sí... ahora... - ---¿Dónde? - ---Abajo... allí... - -Con un gesto, señalaba hacia la tierra. - ---Los he perdido abajo, en el túnel; abajo... los ha matado el tren. - - - - -XXV - - -En los tres días consecutivos á la catástrofe del túnel, el bazar -«Paredes, Hermanos», permaneció cerrado. Toribio, que ignoraba la -horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se -felicitase de haberse aligerado así, tan de cuajo, de los gastos anejos -á la crianza y educación de tres niños pequeños. Molestaban, sin -embargo, á su egoísmo, las visitas al Juzgado, adonde fué varias veces á -declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora -manifestación de duelo y simpatía todos los parvulillos de -Puertopomares; la expectación de que era objeto y la avidez con que la -pública curiosidad le pedía nuevos detalles del truculento lance; y, -finalmente, el dinero que le obligaba á perder la inexorable obstinación -de Rita en no abrir la tienda. - -Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpía en maldiciones -terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puñetazos -furibundos. - ---Esa mujer--aludía á su hermana--tiene menos discernimiento que un -asno; ¿cómo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el túnel -con los niños justamente minutos antes de pasar el tren?... ¿No merece, -por imbécil, que la tundan á palos?... - -Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la -opinión general compadecía á la madre. El inaudito dolor que pesaba -sobre ella, determinó en su favor una cristiana y unánime corriente de -cariño. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describían -emocionadas el amor y el esmero con que llevaba á sus hijos de paseo. -Repetían sus palabras: - -«Los pobrecitos--había dicho Rita--no salen nunca y necesitan tomar un -poco de aire». - -La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta -de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con -zapatitos flamantes de charol blanco, y que María Luisa llevaba en los -cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor -de cabeza. Don Artemio Morón, con la vanidad del hombre que vivió unos -segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir á -cuantas personas llegaban á la botica: - ---Por aquí pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme á la -puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llené los -bolsillos de golosinas; iban contentísimos. - -_La Roja_, entre tanto, permanecía recluída en su casa; ni siquiera -salía de su habitación. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos -pequeños y azules, de un azul gris, tenían una fijeza imbécil. El rostro -anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que -se siente morir. - -Al día siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse á Salamanca, -para desde allí ir á reunirse con Vicente en La Coruña: pero no bien el -asesinato se consumó, experimentó una dispersión total de ideas, un -desastre y absoluto aniquilamiento de propósitos. Como por arte de -brujería, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareció. -Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar á sus hijos bajo las ruedas del -tren, agotó las energías feroces de su voluntad; acaso las almas de los -niños sacrificados y la de su padre, el señor Frasquito, sugestionaban á -la criminal y la producían aquel invencible desfallecimiento; quizás -también el espíritu del hombre pequeñito, satisfecha su venganza, había -renunciado á seguir protegiendo á su cómplice. - -Ello fué que, de repente, la mujerona hallóse desposeída del propio -dominio y como desterrada de sí misma. Oía menos, veía menos y sus manos -perdieron la noción justa de los objetos y de las distancias. Una -temerosa quietud, un hondísimo silencio de tumba, parecía desprenderse -de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quería moverse y cual si -entre el espíritu y el cuerpo toda comunicación se hubiese interrumpido, -los músculos manteníanse ociosos. Sabía que Vicente López la esperaba, y -no podía correr á buscarle: una fuerza suprema, un obstáculo invencible, -atravesado delante de ella como un muro, la detenía. En tan rigurosa -soledad, el tiempo adquiría proporciones absurdas: una hora equivalía á -un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razón, Rita pensaba -que, desde que salió del túnel, habían transcurrido muchos años. A -intervalos, la miserable experimentaba una sensación de vacío; la -emoción de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas. -Entonces pensaba: - -«¿Por qué don Gil no vendrá á verme?...» - -La idea, por momentos más firme, de que el hombre pequeñito había -desertado, acrecentaba sus zozobras, y llegó á sentir el miedo, un miedo -que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un -camino. - -El jueves de aquella misma semana recibió una carta del _Charro_, -fechada en La Coruña, y al día siguiente, otra, concisa, imperativa, -apremiante como un telegrama. Decía: - -«Ya no podemos embarcar en el _Carolina_, que sale de aquí mañana. ¿Qué -sucede? ¿Por qué no vienes? ¿Te has arrepentido? ¿Es que ya no me -quieres?...» - -Estas misivas sorprendieron un poco á Rita. Con asombro y pena se -cercioró de que el nombre de Vicente López no suscitaba en ella ninguna -emoción simpática. No recomponía bien la significación de aquel hombre -en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. ¡Vicente -López... el padre de Deogracias!... ¿Y qué?... Además, ¡aquel pasado se -hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, así la imagen del -_Charro_ cruzó por su alma sin detenerse. ¡Vicente!... ¿Para qué -molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprendía que siempre, -mientras viviese, estaría triste? Y no porque se arrepintiese de lo -hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la parecía igual. - ---¡Vicente!--murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su -desorganizada memoria--; ¡Vicente!... ¡Es raro!... ¿Por qué estoy así? -¡No me acuerdo bien de él! - -Otra razón, de índole muy distinta, agravaba su marasmo: era la -seguridad de que su vitando crimen no quedaría impune, de que se hallaba -perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento á otro, iba -á saberlo todo. Invadíala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo -miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesándose, -echaría fuera de sí aquella inquietud. - -Pensaba: - -«¡Hablar!... ¡Eso quizás fuese lo mejor!...» - -En estas incertidumbres perdió dos semanas. Vicente López había dejado -de escribir. El comercio «Paredes, Hermanos» volvió á abrirse, y -Toribio, detrás del mostrador, recobró su vida. - -Un día, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron -pasar á Rita, en dirección á Correos, con una carta en la mano. Iba -descalza y á medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus -cabellos bermejos y revueltos la cubrían los ojos; unos ojos estáticos, -inexpresivos, de sonámbula. Algunos la llamaron: - ---¡Señora Rita!... ¡Señora Rita!... - -Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto, como si la calle -estuviese vacía. Cuando llegó á la Casa-Correos, sin vacilar, echó la -carta al buzón. En aquel instante, una vecina que corría tras ella la -tocó en el hombro: - ---Señora Rita... - -La mujerona volvió la cabeza, pareció examinar á quien le hablaba y no -contestó. Tenía la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco -asustada, repitió: - ---Señora Rita... - -Otros transeuntes se habían acercado. Los ojos de la mujerona empezaban -á parpadear y adquirían expresión. Al cabo, tras algunas degluciones -penosas, pudo responder: - ---¿Qué?... - -Su voz sonaba raramente. La preguntaron: - ---¿Está usted dormida? - ---¿Dormida?--repitió. - ---Sí; está usted dormida. ¿Por qué ha salido usted á la calle en ese -traje? - ---¿Yo?... ¿En la calle?... ¿Qué calle?... - -El número de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabrió la colcha con -que se envolvía. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban -intermitentes y rápidos, como ráfagas nerviosas, por su rostro. - ---Rita--la decían--, Rita... - ---¿Qué?... ¿Quién me llama?... - -De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresión; renació la -conciencia. Vióse medio desnuda y en la calle, y su terror fué inmenso, -como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del -aquelarre. Empezó á tiritar. - ---¿Cómo me hallo aquí?... ¿Cómo he venido hasta aquí?... - -Estaba repugnante, sabática, con su pelambrera rojiza, mezquina y -salpicada de cabellos blancos; sus ojuelos de lobo, amustiados por el -miedo entre la miseria de los párpados sin pestañas; la piel seca, -rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pómulos; el semblante -espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte -caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no -teniendo á mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina. -Temblaba de frío en medio del grupo, compasivo y fisgón; Rita Paredes, -enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, parecía un -espantapájaros. Todos murmuraban: - ---Ha perdido la razón. Está loca. ¡Pobre mujer!... - -La noticia corría de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal, -que cuando llegaba á la Puerta del Acoso ya se sabía también en la -Glorieta del Parque. El boticario y don Valentín, en cuanto tuvieron de -ella conocimiento, salieron á buscar detalles. Un muchacho había ido á -despertar á Toribio. Rita, entretanto, permanecía de pie, apoyada contra -la pared de la Casa-Correos. - ---¿Por qué estoy aquí?--balbuceaba--¿Qué vine á hacer aquí?... - -Fruncía las cejas y, á ratos, con sus dedos esqueléticos, de uñas -agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo. - ---¿Qué vine á hacer aquí?... - -Sin embargo, no quería marcharse; esperaba algo. - -La mujer que primero la vió, dijo: - ---Usted, hace un momento, salió de su casa para echar una carta al -buzón. - -Rita, murmuró: - ---¿Una carta? - ---Sí, señora. La llevaba usted en la mano y la depositó usted ahí. - -Señaló con un gesto al buzón; Rita siguió aquel movimiento; después se -miró los dedos. Su interlocutora explicó á los circunstantes: - ---¡Pobre mujer! Está buscando la carta. No sabe lo que hizo de ella... - -En seguida, dirigiéndose á Rita: - ---La carta la puso usted ahí. ¿Comprende? Ahí... - -La mujerona volvió á mirar al buzón, que era la máscara, en mármol, de -un león con la boca abierta. Aquella imagen mordía en su memoria y la -despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarándose, y este amanecer -interior hacía filar por su rostro una sucesión interminable de -penumbras, muecas y rapidísimos temblores. Sentíase perdida, arrastrada, -hacia un abismo. - ---¿A quién escribió usted?--la preguntaron. - ---No sé. - ---¿Cómo? ¿Ha olvidado usted el nombre de la persona á quien ha escrito? - -Rita movía la cabeza afirmativamente. La expresión de sus ojuelos era -mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el -torturador trajín, de la evocación. La imagen de Vicente López cruzó su -memoria. Vaciló unos segundos y luego: - ---No... no es á él--balbuceó--á quien he escrito... - -Después: - ---Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo... - -Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas. - ---¿Sabe usted para quién era la carta? - ---Sí. - ---¿Se acuerda usted de la persona? - ---Sí; he escrito al juez. - -Estas palabras sibilinas, que parecían envolver un enigma, produjeron en -el auditorio acre emoción. - ---¿Ha escrito usted al juez? - ---Sí. - ---¿A don Niceto? - ---Sí... - ---¿Y para qué ha escrito usted al juez, Rita?... - ---Para... para decirle... para decirle... - -No concluyó. Acababa de recobrar la razón y al comprenderse perdida, -lanzó un grito, un horrísono grito, y cayó de bruces contra el suelo. Su -cabeza lívida, al rebotar contra las piedras, se magulló y cubrió de -sangre. - - - - -XXVI - - -Semejante á un temblor de tierra, aquella noche rodó por las tertulias -del Casino, del Toro Blanco y del Café de la Coja, la noticia de que don -Niceto, acompañado de su secretario y de dos números de la Guardia -civil, había procedido á la detención de los hermanos Paredes y que -éstos hallábanse presos é incomunicados en los sótanos de la cárcel. - -Suceso tan inverosímil puso en nerviosa conmoción al vecindario. Muchos -curiosos fueron á la tienda de los supuestos detenidos, en busca de -informes, pero la encontraron cerrada, y esta clausura acrecentó la -general espectación. Todos acudieron entonces á la fonda, y don Valentín -se halló acosado y vencido á preguntas. Don Juan Manuel Rubio, don -Elías, don Artemio, don Ignacio y otras personas, le cercaron. - ---¿Qué sabe usted?... ¿Y Niceto?... ¿Dónde está Niceto?... - -Desgraciadamente ni don Valentín ni sus hijas podían contestar á nada, -porque nada sabían. Desde la víspera, don Valentín no veía á su hermano. -Asimismo, cual si les hubiera tragado la tierra, el secretario del -Ayuntamiento y los dos guardias que dieron escolta al juez habían -desaparecido. Según en los períodos febriles la sangre se precipita con -mayor ímpetu por las arterias, de igual modo, en las crisis colectivas -las muchedumbres adquieren un dinamismo violento y morboso. Por las -callejas de Puertopomares, impelidos por la calentura de la curiosidad, -agitados, insomnes, alegres, los vecinos corrían á caza de detalles. - -Como don Niceto no había ido á cenar á su casa ni estaba en el Juzgado, -ni era fácil, de consiguiente, dar con él, Rubio, Fernández Parreño, don -Artemio y el veterinario, resueltos á salir de dudas, se personaron en -la cárcel. - -Esta, que fué construída aprovechando los restos de un torreón -centenario, era una casuca alta, estrecha y de paredes circulares. Las -gloriosas saeteras fueron rasgadas y convertidas en ventanas guarnecidas -de espesos hierros. La puerta, que acaso en otros tiempos lo fué de -algún patio de armas, mostrábase en un plano inferior al de la calle y -como aplastada bajo la pesantez de un arco granítico. - -Respondiendo á los clamorosos aldabonazos que en ella dieron el médico y -sus acompañantes, un ventanuco, defendido también por densos hierros, se -abrió misterioso. Desde el interior oscuro una voz preguntó: - ---¿Quién va?... - -En ella don Elías adivinó á Luis, el carcelero. - ---Yo soy, Luis, abre. - -El interpelado, á su vez, reconoció al médico; su acento tornóse más -humilde; era el acento del hombre que desea servir; pero en aquella -misma melosidad presintió Fernández Parreño una negativa. - ---Dispense usted, don Elías; no puedo complacerle. He recibido orden de -no abrir á nadie. - -Fernández Parreño, usando de esa llaneza con que en los pueblos, donde -todos se conocen, se tratan los asuntos más reservados, replicó: - ---Abre, hombre; esa orden, por severa que sea, no reza conmigo, ni -alcanza á las personas que me acompañan. - -Luis se excusó: - ---Imposible, don Elías: la orden que me han dado es terminante. - -Don Juan Manuel quiso utilizar su influencia de diputado. - ---¡Déjate de bobadas, Luis! Si don Niceto te reprendiese por haberle -desobedecido, le dices que me lo cuente á mí. ¡Abre!... - -Su acento era decisivo, conminatorio. Pero la voz dócil no cedía: - ---Lo siento, don Juan Manuel; perdóneme usted. Tengo orden absoluta de -no recibir á nadie. - ---Pero, al menos--interrumpió don Artemio--podrás responder á una -pregunta. - ---Según... - ---Necesitamos saber si es cierto que los hermanos Paredes están aquí. - -Luis no contestó. Vacilaba. - ---¿También te han prohibido decir lo que ya se murmura en todo el -pueblo?--agregó el boticario exaltándose. - -La voz, replicó: - ---Sí, señor; pero no pretendan ustedes saber más: los hermanos Paredes -están aquí desde esta tarde. - -Tras estas palabras, dichas con una dulcedumbre que no excluía cierta -sequedad, se cerró el ventanillo, y del viejo portalón carcelario -pareció desprenderse, semejante á un aroma, un hondo silencio. - -Derrotados los indiscretos visitantes regresaron al Casino. Eran las -once. Para distraerse organizaron una partida de tresillo. Después llegó -Romualdo Pérez que se sentó aparte. El gerente de _La Honradez_ se había -casado hacía dos meses con Micaela, y estaba en vísperas de ser padre. -Don Elías le preguntó por su mujer, á quien el embarazo mortificaba. - ---La pobre sigue mal--repuso Romualdo--; los vómitos no la dejan. Creo -que debía usted ir á darla un vistazo. - -El boticario invitó á Romualdo á jugar al dominó. Pérez aceptó. Durante -largo tiempo alimentó una sorda cólera contra don Artemio, por ser éste -quien descubrió y divulgó el secreto de sus relaciones con Micaela; pero -luego el matrimonio había esclarecido aquellas nubes, y el viejo rencor -quedó olvidado. - -A hora muy avanzada de la noche, Teodoro, el camarero, acercóse -corriendo á don Juan Manuel y á don Elías para decirles que don Niceto -subía las escaleras del Casino. El juez entró en el salón. Su figurilla -esmirriada y mal vestida, su rostro ojeroso y sin afeitar, su pescuezo -flaco asomando por un cuello poco limpio y demasiado ancho, expresaban -fatiga. Al verle, todos se levantaron, y saliéndole al encuentro le -agasajaron con palabras afectuosas y cordiales golpecitos en la espalda. -Don Juan Manuel le echó un brazo por el hombro, y le ofreció un lugar á -su lado, en el diván. Don Niceto, poseído de su importancia y satisfecho -de aquellas demostraciones de simpatía, entornaba los ojos. - ---El día de hoy--declaró--no lo olvidaré nunca: ha sido la jornada más -terrible, más llena de emociones, de mi carrera. - -Ante las preguntas vehementísimas de sus amigos, adoptó una actitud -reservada: no podía hablar, no debía hablar; el asunto que iba á -ventilarse revestía caracteres de gravedad y trascendencia -excepcionales. - ---Se trata--añadió--de un antiguo error judicial. Yo, lo confieso, fuí -entonces el primer engañado. Nos aguardan sorpresas inauditas, sorpresas -terribles, sorpresas de folletín. ¡Ya lo verán ustedes!... De no -reducirse todo á la declaración sin sentido de una loca, en el proceso -que va á incoarse danzarán varias personas: usted el primero, don -Ignacio; y usted también, don Elías... - -Con estas palabras, casi amenazadoras, exacerbóse de manera tal la -curiosidad de unos y otros, y tan desaforada avalancha de preguntas -cayó sobre la exigua y alimonada cabeza de Olmedilla, que éste accedió á -descorrer un poquito el velo del misterio. - -Aquel medio día, hallándose almorzando, recibió don Niceto una carta -suscrita por Rita Paredes, donde ésta manifestaba que, espontáneamente y -para aligerar su alma de remordimientos, declarábase responsable única -de la muerte de sus tres hijos, y coautores, ella y su hermano, de la de -Frasquito Miguel; añadiendo que el móvil de este crimen fué el robo, y -que la maza con que asesinaron al señor Frasquito había sido enterrada -en el patio de la llamada «casa del chopo». - ---Se conoce--prosiguió el juez--que Rita escribió su carta en un rapto -de fiebre ó de sonambulismo, y luego, sin darse cuenta, fue á echarla á -Correos, donde esta mañana temprano, según he oído decir, varios vecinos -la encontraron alelada y casi encueros. Tan pronto recibí esa carta que, -por sus terribles acusaciones, más que obra de un vivo parece dictada -por el espíritu vengativo de un muerto, me personé, acompañado de mi -secretario y de dos números de la Guardia civil, en casa de los Paredes, -y á quemarropa, para estimar mejor el efecto de mis palabras, les -notifiqué su detención. La impresión que en uno y otro hermano causó la -noticia, corroboró plenamente la sospecha que la misiva reveladora, -apenas la leí, me produjo. Evidentemente me hallaba sobre la pista de un -crimen. Al recibir mi orden, Rita, que en aquel momento salía de la -trastienda, no mudó de color; parecía aguardarme y bajó los párpados -resignadamente. Toribio, en cambio, se quedó lívido, con una lividez -tal, que desvaneció en la blancura del rostro la línea de los labios. -Esto, tratándose de un trujamán tan valentón y experimentado como él, -significa mucho. ¡Si le hubiesen ustedes visto!... Se le afiló la nariz, -se le hundieron los ojos; hízose penosa su respiración; no podía echar -el habla del cuerpo. Adelantándome á la posibilidad de que, transcurrido -el primer momento de pánico, sus nervios tuviesen una reacción furiosa, -mandé que le atasen las manos. No opuso resistencia, y su mansedumbre -constituye, á mi juicio, un nuevo indicio de culpabilidad. Mientras le -amarraban, murmuró: - -«¿Por qué me prenden? Yo no he hecho daño á nadie». - -Le atajé: - -«Si es usted ó no responsable de algo malo, lo sabremos más tarde. Yo, -por el momento, cumplo un deber deteniéndole á usted.» - -Rita se limitó á decir: - -«¿Y mi hijo?... ¿Qué será de él?...» - -Como comprenderán ustedes, su pregunta es muy elocuente, pues descubre -la seguridad que Rita Paredes tiene de no ver á su hijo nunca más. Esa -interrogación envuelve un adiós, una despedida. - -Yo la contesté: - -«No la inquiete la suerte del niño. Yo me encargo de él. Deogracias -permanecerá en mi casa todo el tiempo preciso.» - -Enternecida me alargó una mano, que, como es natural, rehusé. Entonces -murmuró: - -«Gracias, don Niceto; muchas gracias. Ya no tengo miedo.» - -Olmedilla apuró su café, que se había quedado frío. Después, engreído, -apersonado, enigmático, se puso de pie; era el protagonista, el dueño, -casi omnímodo, del drama policíaco que iba á desarrollarse. Con la -importancia que tan extraordinaria situación le confería, su alfeñicada -figurilla parecía más noble y más alta. - -Don Juan Manuel intentó dirigirle una nueva pregunta, pero antes de que -la primera palabra subiese á sus labios, don Niceto le atajó con un -ademán. Había recobrado su aspecto impenetrable, severo, casi hostil, -de hombre en quien la sociedad resignó la administración de los -castigos. - ---No pretendan ustedes saber más--dijo--; sería inútil. Todas las -habitaciones del domicilio de los Paredes han quedado cerradas y -selladas. Mañana tomaré minuciosa declaración á los detenidos y -seguidamente comenzaré á instruir las diligencias preliminares. Luego... -¡ya veremos qué resulta!... - -Dicho esto saludó y se fué, orondo, inquieto y ufano á la vez, como un -autor en vísperas de un gran estreno. - -Don Elías, don Juan Manuel, don Artemio y don Ignacio, prolongaron su -tertulia hasta muy tarde. En resumen, hallábanse tan descaminados y á -oscuras como antes. La inverosímil confesión de la mujerona no echaba -sobre el misterio luz ninguna. ¿Cómo Rita, que, mal ó bien, á través de -sus años de miseria siempre cuidó de sus hijos, hubiera querido, -precisamente cuando sus negocios marchaban mejor, desembarazarse de -ellos? Lo que no hizo de moza perdida, ¿iba á hacerlo en los umbrales de -una vejez laboriosa y honesta? Y, sobre todo, ¿dónde estaba la causa -razonada, el motivo lógico, de tan abominable crimen?... En cuanto á que -el señor Frasquito muriese de un mazazo en la cabeza, ¿quién admitiría -semejante patraña? ¿No se comprobó entonces que el pañero falleció de la -coz que le dió una mula? Don Elías, don Ignacio Martínez y los dos -médicos titulares que reconocieron el cadáver, ¿no vieron en éste -dibujada claramente la herradura del animal?... - -Discutidos estos extremos, convinieron todos en que la carta de Rita -Paredes era, sencillamente, la obra de una perturbada, y de consiguiente -que don Niceto, poniendo bajo hierros á los hermanos Paredes sin más -razones ni otros indicios que los apuntados, había procedido con notoria -y punible ligereza. - -Rozados en su vanidad profesional, Fernández Parreño y don Ignacio -Martínez afirmaban que el dictamen por ellos suscrito respecto al -accidente que privó de vida al señor Frasquito, era rigurosamente -cierto. De lo que examinaron y juzgaron por sus propios ojos, no podían -dudar. Don Ignacio recordaba la forma, dimensiones y aspecto de la -herida, como si acabase de verla. A don Elías sucedíale lo mismo. Para -mayor demostración, ambos estaban seguros de que en la señal que sobre -la frente de la víctima dejó la herradura, faltaba la huella de un -clavo. - ---Aquel, precisamente--añadió Martínez--que faltaba en la pata derecha -del animal. - -Las razones aportadas por el veterinario y el médico, resplandecían -incontrovertibles; don Juan Manuel y don Artemio lo reconocieron y -demostraban su asentimiento con leales movimientos de cabeza y de -párpados. - ---Pues si la historia del asesinato de Frasquito Miguel es -mentira--exclamó don Elías--, ¿por qué no sería mentira también el -asesinato de los niños en el túnel?... Yo pienso, señores, que nuestro -amigo don Niceto se ha puesto en ridículo. El prurito de figurar, el -deseo de que los diarios de Salamanca hablen de él, le llevan demasiado -lejos. Rita Paredes es una loca; una pobre loca cuya manía consiste en -creerse criminal, como otras se dicen reinas ó actrices ó millonarias. -Y, si no... ¡al tiempo!... - ---Estamos de acuerdo--interrumpió Martínez--; don Niceto quiere lucirse -y se precipita: «aun no ensillamos y ya cabalgamos». De ahí nace su -ofuscación. - -Este criterio mantenido por los prohombres del Casino fué, durante la -mañana del día siguiente, el de todo el vecindario, y tantos detalles -aportaban unos y otros en favor de los Paredes, que hasta el mismo don -Valentín, que asistía á las discusiones de sus clientes, llegó á temer -que Niceto, mareado por repentinas ansias de notoriedad, hubiese -cometido una gravísima equivocación. - -Así la sorpresa de todos fué mayor cuando, á la sobretarde, corrió la -noticia de que Rita Paredes había ratificado y ampliado ante el juez las -declaraciones de su carta, añadiendo pormenores que no daban lugar á -vacilación ninguna; y, finalmente, que el Juzgado se presentó en la -«casa del chopo», habitada á la sazón por unos trajinantes riojanos, y -que en el patio, y en el lugar mismo señalado por Rita, había aparecido -una maza, como de tres palmos de longitud, cuya parte más voluminosa -conservaba la señal evidente de un herradura. - -El vecindario tornó á estremecerse; el alma sencilla y violenta de las -muchedumbres, se enardecía, vibraba de emoción, temblaba de cólera. Cada -sexo dirigía su odio contra uno de los asesinos: los hombres aborrecían -á Toribio; las mujeres á Rita. Ahora todos se explicaban el rápido -encumbramiento de los dos hermanos: su bazar de la calle Larga, era -fruto de un crimen; las telas, los juguetes, que allí vendían, -destilaban sangre. Evidentemente Toribio era un miserable, digno de la -horca; pero Rita le aventajaba en perfidia. ¡Matar así, en su propio -lecho y á mansalva, al hombre con quien había vivido tantos años, y -asesinar luego á los hijos de sus entrañas tirándoles, en racimo, bajo -las ruedas de un tren!... ¿Es posible que haya madres capaces de dar -lecciones de ferocidad á las hienas?... - -Poseída de belicosa excitación, la gente preguntaba: - ---¿Y Toribio? ¿Qué dice Toribio?... ¿Ha confesado algo?... - -Estas interrogaciones iban y venían desde el Casino á la Fonda del Toro -Blanco, y desde allí al Café de la Coja. En la botica, en el taller de -don Ignacio, en la Estación, nadie hablaba de otro asunto. Delante de -los comercios de la calle Larga, no bien se reunían tres personas, la -obsesionadora y terrible actualidad renacía. Según las últimas -referencias, el buhonero no había declarado nada; á las palabras de don -Niceto opuso un inquebrantable silencio; pero, según decían, terminado -el interrogatorio hubieron de esposarle porque, en un acceso de furiosa -locura, intentó degollarse con un cristal. - -Estas noticias, más que sabidas, adivinadas, venteadas por el instinto -de la multitud, exasperaban la atención general. A prima noche, los -comentarios que revolaban de corrillo en tertulia desde los paradores y -tabernas de la Glorieta del Parque á las casucas de la Puerta del Acoso, -arreciaron al extremo de revestir formas hostiles. Una veintena de -mujeres y hombres se habían congregado delante de Correos y miraban -hacia el bazar de los Paredes. Aquel grupo exaltado rumiaba una -venganza. - -De pronto, una voz turbia y gangosa, la voz del tonto Ramitas, gritó: - ---¡Vamos á quemar la casa!... - -Instantáneamente todos se aprestaron á cumplir aquella iniciativa. De un -zaguán sacaron un jergón, que varias mujeres rociaron de petróleo. -Segundos después aquel montón de paja ardía, y sus llamas, disciplinadas -por el viento, iluminaron trágicamente la calle oscura. Lampazos -infernales de oro y púrpura corrieron por las fachadas de los edificios. -La multitud gesticulaba, rugía, satisfecha de su obra. El escándalo se -convertía en motín. Las puertas de la tienda empezaron á arder. Entonces -varios empleados de Correos acudieron resueltos á conjurar el daño. -Entre ellos y los incendiarios hubo una corta y sañuda rebatiña, -insultos, golpes; al cabo, la oportuna intervención de dos guardias, que -llegaban sable en mano, dispersó á los revoltosos. El fuego quedó -extinguido. Luego los alborotadores, siguiendo rumbos diferentes, -tornaron á reunirse delante de la cárcel, contra cuyas ventanas -arrojaron muchas piedras. Las mujeres prorrumpían en gritos -ensordecedores de amenaza. La indignación popular no cedía, y en tan -críticos momentos los muros de la prisión fueron para los dos acusados, -más que castigo, garantía y defensa. Finalmente, el cansancio de todos, -antes que las frases sincretistas de don Isidro, el alcalde, devolvió al -vecindario su sosiego. Hasta los menos razonables se apaciguaron. -Renació el silencio. Aquella noche, en la muda tiniebla de la calle -Larga, el frontis del comercio «Paredes, Hermanos», horriblemente -chamuscado por el incendio, tenía una expresión de cosa abandonada, -trágica y maldita. - - - - -XXVII - - -El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para -esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó -seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de -emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en -sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la -multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los -diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares», -insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los -límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista -cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos -Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste -envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla había -adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más -descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas -semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor -profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado -mucho. - -El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba -derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su -palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas -que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y -el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana, -Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se -descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le -destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua -con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y -severo, le decía: - ---Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el día de la -sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le será más benigna. - -Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y -nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin, -engañado ó abúlico, habló, y sus declaraciones añadieron á la escena del -asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedióse á -la exhumación del cadáver del señor Frasquito, pero el examen pericial -no dió resultado, por hallarse aquel en completo estado de -descomposición. Don Elías, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras -muchas personas, fueron llamadas á declarar, y sobre las mesas del -Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonándose. Agobiado por -tan ruda labor, don Niceto ni tenía ganas de comer ni dormía á derechas. -Empero su actividad no declinaba. Resuelto á sujetar bien todos los -cabos de la maraña, envió un exhorto á la Audiencia de La Coruña -pidiendo la detención de Vicente López, y éste fué preso. Ello aportó al -escándalo un inesperado interés, y la figura de aquel hombre, autor -moral quizás del asesinato de los hijos de Rita, echó sobre la desalmada -madre mayores tinieblas. - -La vista de la causa debía celebrarse meses después en Salamanca, y -allí, de consiguiente, era indispensable trasladar á los Paredes. Su -conducción, desde la cárcel de Puertopomares á la Estación del -ferrocarril, ofrecía serias dificultades, porque el vecindario -seguramente intentaría agredirles. Comprendiéndolo así don Niceto y no -disponiendo de las fuerzas necesarias para domeñar un conflicto de orden -público, pidió á sus compañeros los jueces de Campanario, Cantagallos, -Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que -tuvieran, y de este modo, entre individuos de «la benemérita» y -municipales, formó un pelotón de quince hombres. - -Los presos debían ser sacados de la cárcel al filo de la media noche y -con todo sigilo; mas no faltó quien lo supiese, y la noticia, volando -eléctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmoción al -vecindario. A la hora señalada, por todas partes un extraño y amenazador -murmullo de pasos, rompió el silencio. Misteriosamente las ventanas se -iluminaban; una especie de temblor estremecía las casas: era que sus -habitantes, informados de lo que iba á suceder, dejaban el lecho para -vestirse y salir. Las puertas se abrían con chirriar impaciente de -cerraduras, y en el rectángulo negro de los zaguanes aparecían hombres -provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para -que más de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta, -pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la cárcel, cuya puerta -custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje -amarillo de su armamento y los cañones de sus mausers, lucían marciales -en la oscuridad. - -Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de -los diálogos se convertía en rugido. Algunas piedras, disparadas al -azar, chocaron contra el frontis de la cárcel. Estos preludios de -batalla enardecieron los ánimos. Voces varoniles, voces de gesta, -gritaban: - ---¡Hay que arrastrarles! ¡No tenemos vergüenza si les dejamos salir -vivos de aquí!... - -Y las pedradas volvían á sonar, ahora una, luego otra, como granizos -escapados de una tempestad en formación. - -Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mandó -recado á su hermano Valentín de que le enviase el coche. Era una vieja -tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros, -que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar -el vehículo la irritación de la multitud aumentó. Los manifestantes -silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que -iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas -eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar, -familiarizadas con la sucia historia de «la casa del chopo». Sus -pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos -hechos á pelear con la tierra, agitándose furibundos, imponían miedo. -Todas, á coro, voceaban: - ---¡Que no se escapen! ¡Desenganchar los caballos!... - -Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no harían fuego -contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron. - -En aquel instante la puerta de la cárcel se abrió y surgió don Niceto -seguido de varios guardias civiles. A la luz débil de los faroles, la -figura minúscula y asustada del juez parecía una mancha amarilla. -Luego, entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La -muchedumbre, á quien la presencia del juez durante segundos impuso -respeto, reconoció á los criminales. La furia volvió á los corazones. En -los espíritus las ideas de justicia y venganza se confundían. Las -mujeres se desgañitaban: - ---¡Mueran los asesinos!... ¡Mueran los asesinos!... - -Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vaciló y fué -retirado á la enfermería. - ---¡Mueran los asesinos!--repetía la turba ganando terreno. - -Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto -Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los -caballos partieron al paso. Alrededor del vehículo, firmes, estoicos, -con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A -intervalos, desde el pescante, Fermín, el mayoral, arengaba á los -amotinados: - ---¡Animales, no tiréis!... ¿No veis que vamos aquí nosotros y no tenemos -culpa de nada?... - -En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos añicos, y -heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita -lloraba; su hermano, callado, lívido, sin mover ni siquiera los -párpados, parecía una estatua. En medio de aquel espantoso griterío -recorrió el convoy toda la calle Larga. Fermín, que tenía magullado el -cuerpo á pedradas, optó por ovillarse en el suelo del pescante; los -guardias, perdida la paciencia, se defendían á culatazos; varios -paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don -Valentín, don Elías, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el -alcalde y otras personas de significación, salieron valerosamente á la -calle, exhortando á las turbas á retirarse, pero viéndose amenazados -desistieron de su empeño. Por segundos la furia popular crecía. Algunas -mujeres llegaron á querer detener el coche agarrándose á las ruedas. Un -vecino de la calle del Sacramento trató de asestarle á Toribio una -cuchillada en la espalda. - -Cuando los fugitivos llegaron á la Glorieta del Parque Fermín fustigó -vigorosamente á los caballos, que partieron al galope, mientras los -guardias, desplegados en ala, resistían el choque de los acosadores. En -la refriega, sostenida cuerpo á cuerpo, uno de los guardias recibió un -navajazo en el vientre. Sus compañeros entonces, á quemarropa, hicieron -fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las -turbas huyeron. - -De este modo, dejando tras sí un reguero de sangre, salieron los -hermanos Paredes de Puertomares. - - - - -XXVIII - - -Consumada su venganza, don Gil, que vivía completamente ajeno á las -peripecias de su vida nocturna, experimentó un bienestar inesperado. -Nunca, desde la muerte del señor Frasquito, había sentido mayor plétora -de salud. Dormía nueve horas, tenía ganas de pasear, de ir al Casino y -hasta sus labios hubieron una vez un conato ó intento de sonrisa. Era -una satisfacción íntima, analéptica, remozadora, que el hombre pequeñito -no sabía á qué ocultos motivos referir. - -«Estoy contento--solía decirse--; estoy muy contento, y, sin embargo, -nada bueno me ha sucedido»... - -Durante años, semejante á un escultor, su alma misteriosa había -preparado y burilado su venganza. El deseo de castigar el asesinato de -su padre, dió perseverancias sobrehumanas á su voluntad: él indujo á -Frasquito Miguel á echarse en los brazos de Rita; él dispuso su muerte y -la de sus hijos. Del odiado gorgotero no quedaría nada, ni aun la -amante, que, según cábalas y previsiones de don Gil, en plazo no lejano -rendiría su cabeza al verdugo. Realizado su plan, el brujo cruzóse de -brazos, cansado y orondo. - -Estas vacaciones proporcionaron á su alma un mayor enardecimiento -amoroso, y, sobre todo, efervorizaron temerariamente aquel deseo que le -empujaba hacia doña Fabiana. Como hombre que de todos los placeres -terrenales sólo apetece uno, don Gil, en sueños, meditaba: - -«No me importaría morir si esa mujer fuese mía... siquiera una vez...» - -Mas, ¿cómo separarla de su marido? ¿Cómo preparar á su virtud una -emboscada cierta?... Esto suponía que la señora de Martínez estuviese -dormida y despierto don Ignacio, pues alejados entonces por el abismo -que separa la vigilia del sueño, el veterinario no podría socorrer á su -esposa. Desgraciadamente para don Gil, doña Fabiana se acostaba siempre -después de su marido. - -Una noche, alrededor de las diez, Fermín dormitaba en el zaguán de la -Fonda del Toro Blanco, sentado en una silla, cuando la voz y la -presencia de don Gil le despertaron. El hominicaco, evitando asustarle, -le llamaba suavemente: - ---Fermín..., Fermín... - -Era un bisbiseo leve y blando. Abrió el tartanero los ojos, y -reconociendo á su interlocutor, se levantó solícito. - ---Mande usted, don Gil... - ---Vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con tu coche -delante del portal de don Ignacio. - ---Muy bien, don Gil. - ---Procura ser exacto. - ---¿Es que el señor Martínez va de viaje? - ---Lo ignoro. Sólo te encargo que acudas donde digo á la primera -campanada de las doce. - ---Pierda usted cuidado; y, por lo que después pueda suceder, voy á -echarles á los caballos un pienso. - -En tanto hablaba, el tartanero miraba con cierto asombro á su -interlocutor: parecíale más diminuto, más amarillo, que otras veces; -como si fuese la imagen de don Gil y no su persona, en carne mortal, la -que tenía delante. - -Fuese el enano y Fermín, malhumorado y soñoliento, empezó á renegar de -su raída fortuna. Pedro, el cocinero de la fonda, quiso saber el motivo -de aquel enojo. - ---¡Una friolera!--replicó Fermín--A los pobres todo nos sale del revés. -Hoy pensaba acostarme en seguida, porque esta mañana me levanté cuando -aun había estrellas, y acaban de decirme que vaya á media noche con la -tartana á casa de don Ignacio. - ---¿Para qué? - ---No sé; me pareció imprudente preguntarlo. - ---¿Cuándo te lo han dicho? - ---Ahora mismo. - ---¿Ahora mismo?... ¿Quién trajo el recado? - ---Don Gil. - -Pedro se asombró y, sin transición, su pasmo convirtióse en desdén y -risa. - ---¡Chico!... ¡Tú andas mal de la cabeza! Eso que cuentas lo has soñado. -¡Si hace quince ó veinte minutos que yo estoy ahí, en la puerta, y no he -visto á nadie!... - ---¿A don Gil Tomás, tampoco? - ---Tampoco; no, señor... - -Fermín se alzó de hombros: - ---¡Déjame de historias! El dormido ó el borracho serás tú. ¿O es que yo -no conozco á las personas ni entiendo lo que veo?... Don Gil Tomás ha -estado aquí, hablando conmigo... - -Incrédulo y alegre, Pedro prorrumpió en carcajadas: - ---¡Tú has bebido, Fermín!... ¡Tú estás peneque, Fermín!... - -El tartanero, furioso, le volvió la espalda y se marchó rezongando -injurias. - - - - -XXIX - - -Hacía rato que el sereno de la calle Larga cantó las once y media. -Puertopomares reposaba en el crespón fresco, lleno de enigma, de una -noche sin luna. Las pisadas de los trasnochadores resonaban en el -silencio limpiamente; sus sombras se alargaban oscilantes bajo la luz de -los faroles. - -Doña Fabiana que, contra su costumbre, se había acostado temprano, creyó -despertar y abrió los ojos. En pie, delante de ella, vió á don Gil. A la -hermosa mujer no la extrañó que el hombre pequeñito hubiese penetrado -hasta allí y á tales horas. Sin sobresalto, le preguntó: - ---¿Ocurre algo, don Gil?... - ---Sí, señora; su esposo se halla en mi casa y desea verla á usted. - -Presa de repentino pánico, doña Fabiana miró hacia atrás, buscando en la -cama á don Ignacio, y no le halló. - ---¿Cómo; está enfermo mi marido?... - -Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo, á la vez que se llevaba un -índice á los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos, -fríos, sin expresión, como los de los peces, señalaban hacia la niña. - ---¡Chist!... hable usted bajo--musitó--; Antoñita podría despertar. - -Doña Fabiana repuso, sollozante: - ---Confiéseme usted la verdad, don Gil: ¿está enfermo Ignacio?... - -Con la curiosidad de saber adelantó un poco el cuerpo, y los encajes de -su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento -tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron. - ---Don Ignacio--dijo--está un poco enfermo. Vaya usted á verle cuanto -antes. Fermín la llevará á usted en su coche; le avisé hace un rato y -está ahí... - -Quiso retirarse. Ella se incorporó, bebiéndose las lágrimas: - ---Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos. - -El hombre pequeñito hizo un ademán negativo, de silencio y misterio. - ---No--dijo--no; yo saldré antes. - -Y, mirando á la niña: - ---No haga usted ruido... - -Desapareció fantasmal. Inmediatamente doña Fabiana saltó del lecho, -halló á tientas sus zapatillas, arropóse en una bata, se echó por los -hombros un mantón y, á oscuras, buscó la salida del dormitorio. Iba -ahogándose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazón; pero el -temor de despertar á Antoñita, la impedía llorar. Rápidamente cruzó el -patio y empujó la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el -estiércol cálido. - -En aquel instante don Ignacio, obedeciendo á un presentimiento -indefinible, salía de su despacho. Durante varias horas estuvo -examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operación que -á la mañana siguiente debía realizar. Había trabajado férvidamente, sin -que ni su voluntad ni su atención desmayasen un punto; apenas el interés -de lo que estudiaba le permitió fumar. Y empero, de pronto, sin motivo, -experimentaba un desasosiego íntimo, un deseo invencible de salir fuera -de la habitación donde se hallaba. De un salto se levantó y abrió la -puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atravesó la longitud -del taller pintando en la suciedad del suelo un rectángulo blanco. -Martínez miró á todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vió á -Fabiana, un calofrío nervioso sacudió su carne. ¿A dónde iba su mujer? -Avanzó hacia ella. - ---¿Qué buscas aquí?... - -Doña Fabiana demostró no reparar en él; sus grandes ojos negros estaban -inmóviles; parecían mirar á lo lejos. Comprendió, sin embargo, lo que la -preguntaban, y repuso acorde: - ---Voy á la calle; que no se despierte la niña... - -Entendió don Ignacio que su mujer se hallaba sonámbula, y la habló -dulcemente. - ---¿Vas á la calle? - ---Voy á casa de don Gil. - ---¿A casa de don Gil? ¿Para qué?... - ---Porque mi marido está allí; está enfermo; don Gil ha venido á -decírmelo. ¡Dios mío!... ¡Dios mío!... - -Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y -resonase dentro de ella misma. Su actitud rígida, hierática, era la del -éxtasis. Intentó avanzar. Delicadamente Martínez la detuvo por un brazo. - ---Tu Ignacio está bueno y sano. - ---¡No! ¿Cómo? No es verdad. Está enfermo. Me lo ha dicho don Gil. - ---Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; estás en tu casa, -hablando con él. Mírame, mírame á la cara... - -La cogió por la barbilla, procurando que detuviese en él los ojos. - ---¡Mírame!... - -Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martínez hasta -cuando acariciaban eran impacientes, comenzó á desvanecer el -sonambulismo de doña Fabiana. Su alucinación flaqueaba, perdía color, -se desleía en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azúcar. -Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir: - ---Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho... - -Don Ignacio agarró á su mujer por los hombros, y sacudiéndola de delante -á atrás: - ---Despierta, Fabiana, despierta. Estás soñando. ¡Oye!... - ---¿Estoy soñando, verdad? - ---Sí, sí. ¡Oyeme!... - ---¿Verdad?... Estoy soñando... - -Su voz adquiría una inflexión alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de -súbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces -impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivió; la emoción -arreboló ligeramente el mármol de las mejillas. Miró en torno suyo con -espanto: reconoció el local, reconoció á don Ignacio... - ---¿Cómo estoy aquí?... - ---Venías soñando--repuso Martínez. - -Ella respiró mejor y abrazó á su marido. Sentía tranquilizarse la -angustia y fatiga de su corazón. - ---He tenido una pesadilla horrible--murmuró--; don Gil vino á decirme -que te habías puesto enfermo en su casa... - -Empezó á temblar. A su nerviosidad se añadía el frío que recogió al -cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castañeteaba los -dientes; se cruzó de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos -yertas buscaban la tibieza suave de las axilas. - -Don Ignacio, diligente y con una emoción donde á la inclinación sexual -del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arropó á su mujer en la -manta que él tenía en su despacho para abrigarse las piernas, y -llevándola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su -cuerpo, la ayudó á repasar el patio. - -Apenas en su dormitorio, doña Fabiana se zambulló en el lecho. No se -atrevía á moverse; el contacta frígido de las sábanas la causaba horror. - ---Acuéstate--dijo á don Ignacio--; ya es muy tarde. - ---Estoy concluyendo de tomar unas notas--repuso él. - ---Déjalas para mañana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva -don Gil. - -Don Ignacio, resistía, esclavo de su deber. - ---Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo -en seguida; antes de quince minutos... - -Para consolarla la palpó por encima de las mantas, y sobre los labios y -en las mejillas la dió muchos besos. - -Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle. - ---Han llamado--exclamó doña Fabiana palideciendo. - -Don Ignacio advirtió su miedo y replicó zumbón: - ---¿Si será don Gil?... - -Absorta, ella repitió: - ---¡Si será don Gil!... - -Y hubo en su acento tal misterio que, bien á su pesar, Martínez sintió -descender un estremecimiento de terror por su espalda. - ---Veamos--dijo recobrándose--quién puede llamar á estas horas. - -Sacó del cajón de la mesilla de noche su revólver y salió al patio. Dos -veces, sin motivo, miró hacia atrás. Una inquietud supersticiosa le -envolvía. Parecíale que á su lado, silenciosamente, como sobre unos pies -de terciopelo, caminaba una sombra. - -Al abrir la puerta el veterinario se encontró con Fermín. También -reconoció el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos -cuadriles de los caballos. El tartanero se destocó, respetuoso. - ---Buenas noches, don Ignacio. - ---Hola, Fermín. ¿Qué hay?... - ---Nada, don Ignacio; dispense usted si llamándole le he molestado... - ---No, hombre. - ---Pero, yo me dije: «No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar». -¡Pues, desde las doce estoy aquí!... - ---No... no te había oído--repuso Martínez con aire maquinal. - ---Pues... ¡no tenga usted prisa! Acabe usted lo que esté haciendo con -todo sosiego; yo aquí le aguardo. - -Don Ignacio no comprendía. - ---¿Pero, tú qué buscas?... ¿Tú qué necesitas ó qué quieres?... - -Estas preguntas, formuladas con cierta destemplanza colérica, llenaron -de estupefacción el semblante carrilludo y cetrino de Fermín. - ---¡Yo no quiero ni busco nada, don Ignacio!... - ---¿Entonces, qué?... ¿A qué has venido? - ---Yo he venido cumpliendo el recado que me dieron. - ---¿Un recado? ¿Te han dado á ti un recado? - ---Sí, señor. - ---¿De parte de quién? ¡Que me maten si entiendo! - ---¡Qué gracia! ¡De parte de usted!... - ---¡De parte mía!... - -Don Ignacio sintió en todo su cuerpo un frío intenso, sutil, que llegaba -á sus huesos y él atribuyó á la corriente de aire establecida entre la -calle y el patio. Para guardarse de ella salió á la acera, cerrando tras -sí la puerta. En las palabras del tartanero Martínez empezaba á -vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja. - ---Dí, Fermín: ¿cuándo te llevaron ese recado? - ---Poco después de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado -así, en semejante posición, el respaldo de la silla apoyado contra la -pared. Por más señas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareció -don Gil Tomás y me dijo: «Fermín: vengo á decirte que luego, á las doce -en punto, estés con el coche en casa de don Ignacio». - -Al oir el nombre del enano, Martínez se desemblantó y turbó hasta la -lividez. Fermín lo advirtió. - ---Pero, ¿no es verdad? - ---No, no es verdad--repitió Martínez--; yo no he visto á don Gil. - -De pronto, rehaciéndose, porque su animosa voluntad se doblegaba -trabajosamente al miedo: - ---Pero, ¿tú has hablado con don Gil? - ---Sí, señor. - ---¿Tú estás seguro de haber hablado con él? - ---Sí, señor... ¡ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo -que morir. Es más: yo le pregunté, un tanto extrañado del aviso: «¿Es -que el señor Martínez va de viaje?...» A lo que respondió: «No sé; pero -procura acudir puntualmente adonde te he dicho»... - -Fermín se dió una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras -de Pedro. - ---¿Lo habré soñado?--exclamó. - -Refirió la escena detalladamente y cómo después que don Gil Tomás se -hubo marchado, al lamentarse él de tener que enganchar los caballos, -Pedro, el cocinero, empezó á embromarle, asegurándole que aquello eran -invenciones suyas, puesto que el hombre pequeñito no había estado allí. - ---¿Si lo habré soñado?--repetía Fermín--; diga usted, don Ignacio, ¿seré -yo sonámbulo? Porque es muy extraño que, hallándome dormido y Pedro -despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese á don Gil y mi -compañero no le viese. ¿Habrá escondido en alguna brujería?... - -El veterinario no contestó. Fermín se signó cristianamente y prosiguió -hablando, porque esto le aliviaba de su emoción. Don Ignacio pensaba: - -«El hecho de que este mastuerzo haya soñado con don Gil, y de que la -intensidad de la alucinación haya determinado en él una crisis de -sonambulismo, no me extraña. Pero, ¿y Fabiana? ¿Cómo Fabiana ha soñado -también con él?...» - -A este pensamiento sucedió otro: - -«Evidentemente hay una relación entre ambos sueños: el de Fermín casi -explica el de Fabiana; diríase que se trata de un rapto. ¿Estará don Gil -enamorado de mi mujer?...» - -Preguntó: - ---¿Y no te dijo don Gil á dónde habías de ir después? - ---No, señor; y si me lo dijo... ¡no lo recuerdo! - -Continuó devanándose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don -Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardándole, le -interrumpió: - ---Bueno, Fermín: no caviles más en eso porque vas á perder el juicio. -Todo ha sido un sueño. ¡Ea, hasta mañana!... - -Fermín saludó: - ---Será como usted dice, don Ignacio: lo habré soñado. Buenas noches... y -dispensar... - -Subió al pescante, requirió las riendas y la tartana, oscilando sobre el -pavimento desigual, se alejó lentamente. Una estela de silencio quedaba -tras ella. - -Don Ignacio entró en su casa y cerró la puerta. Tenía frío. Miró á su -alrededor. La lámpara del despacho recortaba en el suelo un largo -rectángulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas -en ordenadas ringleras, brillaban como cráneos. Martínez volvió á -preguntarse: - -«¿Cómo ha venido el coche? ¿Por qué Fabiana quería marcharse?... ¿Qué -misterio se esconde en todo esto?...» - -Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se -erizaron. No veía á nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse -solo. Tembló. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de -músculos y arrebatado de corazón, sintió el miedo. - - - - -XXX - - -Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en -la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La -temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía -una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles -pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo -parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos -aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo, -indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse -manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo -se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era -menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus -laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche -blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á -falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de -tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba -metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del -ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de -plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más -arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin, -del mundo inorgánico, toda la policromía adusta, llena de severa -aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y -de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del -feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde -predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy -oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un -azul pálido, frío, triste, como un convaleciente... - -En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de -Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba -resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin -frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la -escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas -rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las -voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse -desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la -sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las -alfombras. - -Los rigores atmosféricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de -sus paredes, seguía igual. El tiempo, el terrible anarquizante que á las -almas, como á los edificios, lleva siempre principios de disgregación, -olvido y renovamiento, cambiando allí de táctica, sirvió de argamasa, y -con ungüento de rutina, más coercitivo que el cemento romano, aseguró la -marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de -veinte años, casó con Dominga, la sobrina de don Valentín; pero como sus -economías no le bastaban á establecerse, seguía desempeñando sus -funciones de camarero con aquella discreción que estereotipó en su -semblante triste y flaco--semblante de dispéptico--una sonrisa -servicial. Entre los parroquianos más antiguos notábanse algunas -deserciones. Ejemplos: Romualdo Pérez, cuyo humor parecía haberse -anubarrado con las cargas matrimoniales, y sólo iba al Casino los -domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus -libertinas mañas y formalmente enamorado de Anita Fernández Parreño, -apenas salía á la calle de noche. También su hermano don Niceto, el -juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parálisis, -observaban vida muy apartada. - -En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Isidro -Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martínez y don -Artemio, continuaba inmutable. A ella habíanse agregado otros elementos: -tales don Dimas Narro, médico joven y de mérito, que en breve tiempo -supo ganarse una clientela; y don Belisario López, el dueño de la -imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas ó forasteras, no aportaron -al espíritu arcaico de la reunión ninguna ráfaga pinturera ó -extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos -cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idénticas -palabras triviales. Por obra de la desocupación y del fastidio, lo más -baladí se glosaba hasta la saciedad y era durante días motivo de -conversación. - -La vejez que las ruinas del viejo castillo infundió á los edificios, -trascendió á los caracteres. En aquel ambiente inmóvil todo era ruin y -oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crímenes de Rita, -el misoginismo de los hombres y las orgías de don Gil, la idiotez de -Ramitas y la chismorrería, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El -alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de -Castilla, sin ecos ni colores. - -Unicamente los jueves, días de mercado, traían al Casino cierto -regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la mañana, -bajo los árboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba allí -perfectamente. - -El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la -raqueta del banquero sonaba más. - -A don Juan Manuel y á don Elías les gustaba jugar, especialmente al -primero, de quien se decía que en el Casino de Madrid llegó á perder -cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno -siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no -entristecían. Don Artemio también solía arriesgar algún dinerillo al -vaivén cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y -producíale cosquilleos recónditos; su circulación se aceleraba; pero -como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus pérdidas, nunca -excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martínez. El -albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perdía, doblaba -las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carácter se -desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio, -anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con -gruñidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebullía -como si le pinchasen alfileres. Fuésele la suerte propicia ó adversa, el -señor Martínez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelión. - -Aquella noche, después de jugar un rato, la mayoría del público regresó -al salón del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un -espejo, del «cuarto verde», se abría y aparecían más socios. -Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corría -solícito, de un lado á otro. - -Don Juan Manuel Rubio examinó su cartera: había perdido cien pesetas. - ---De las cuales--contestó don Elías--han llegado á mis manos la mitad, -justamente. He ganado diez duros. - -Don Artemio Morón no había cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo -que se divirtió tenía bastante. Don Isidro y don Dimas también -perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales. - ---Entonces--exclamó don Elías liberalmente--invito á ustedes. El dinero -del juego es alegre. Llamen á Teodoro y pidan lo que gusten. - -El diálogo recayó sobre las operaciones realizadas aquel día en el -mercado. La arroba de carne de cerdo se había vendido á setenta reales, -y á veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y -marranos de doce. Don Juan Manuel hacía signos de asentimiento; él tenía -en «La Evarista» varios cerdos que seguramente pesaban bastante más; lo -lamentable era la epidemia de erisipela, ó mal rojo, que aquel año -afligía á los puercos. - ---A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso. -No sé qué le sucede; ¿no le encuentran ustedes distraído?... - ---Pues, en su negocio--repuso don Isidro--, no debe de irle mal. Tiene -todo el trabajo que quiere. - ---Yo creo que bebe--insinuó malévolamente don Artemio, bajando la voz. - -Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel -instante salía Martínez. Don Ignacio, el paso firme, se acercó á la -tertulia y cogiendo una silla dejóse caer en ella con ímpetu. Su -semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, más enardecidos que -nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Había perdido -cuarenta y dos pesetas. A última hora necesitaba un cuatro de bastos -para desquitarse, y el banquero tiró una sota... - ---¡De bonísima gana--exclamó--le hubiese dado un puñetazo en la -cabeza!... ¡Así!... - -Y su brazo corto y musculoso se encogía, se estiraba, describiendo la -trayectoria del golpe. - -Las crisis de mal humor del veterinario producían en don Juan Manuel -reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era cólera, minutos -después en el diputado se hacía risa. Aquellos dos caracteres, -igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida -de la furia del otro; si éste se deprimía aquél se exaltaba, y de su -constante oposición derivábase una atmósfera espiritual muy grata. - -El señor Martínez aquella noche estaba de malísimo temple porque el -forjador de su taller se le había marchado á Salamanca, y no tenía con -quién reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y -de pocas palabras. - ---Por lo mismo--agregó--, cuando esta mañana, de repente, me dijo que se -iba, no sé cómo no le di con el martillo. - -Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del -señor Martínez y comprendían su contrariedad, y el perjuicio que aquel -accidente le irrogaba. Únicamente don Juan Manuel se echó á reir. - ---¡Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que está -jugando y el banquero le tira una sota... ¡Puñetazo al banquero! Que se -le va un empleado y no tiene con quién sustituirle... ¡Puñetazo al -empleado! ¿Pero usted cree que las voluntades se arreglan á golpes, como -las herraduras? «A caballo corredor, cabestro corto», amigo Martínez. - ---En muchos casos, sí, señor. - ---Pero en otros muchos casos, no, señor; y en todos es preferible pecar -de tímido que de bárbaro. «Burrilla mansa, á su madre y á la ajena -mama»... ¡Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que á usted -le gustan!... - -Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un -filósofo epicúreo, de la moza temprana y del vino añejo, sustentaba -afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendían y regocijaban -amenamente á la reunión. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio -dialéctico cultivando la paradoja, era bueno y alegre porque sabía -perdonar, y perdonaba fácilmente porque todo le parecía bien. Había una -lógica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y -su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el -optimismo fragante de su corazón perfumaba su discurso, y -recíprocamente, su lógica daba á sus costumbres aplomo simpático. Alto, -grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fáciles -á la dicacidad y á la risa, todo armonizaba en él; el dichete agudo, lo -subrayaba la línea oronda del abdomen. - -En las discusiones que emprendía contra todos, don Juan Manuel, solterón -y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el -olvido, la indulgencia frívola, el perdón hacia cuanto siempre se creyó -imperdonable. - ---Creemos--decía--que en moral hemos llegado á la perfección, que son -inamovibles los fundamentos que dimos á las nociones de «deber» y -«bondad», y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueología, -la medicina, la biología, la mecánica y la estadística, continúan -progresando. ¿No existe entre ambas afirmaciones contradicción?... Yo -creo que sí; pues si la moral constituye el cogollo ó sumidad del humano -saber, y, por lo mismo, la síntesis, resultado ó abreviatura de todas -las ciencias, mientras éstas no lleguen á los límites, lejanos todavía, -de lo cognoscible, la última palabra de la ética no podrá ser escrita. -Nosotros no sabemos aún, definitivamente, dónde está la virtud. La -humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de día en -día, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne -mañana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que -paulatinamente va formándose en los talleres, en las fábricas, en los -laboratorios, según las necesidades materiales y el nivel cultural de -cada época. La aparición de un fósil desconocido, el descubrimiento de -una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La ética, señores, es el aroma -de muchas rosas enormes que aun están abriéndose... - -Don Juan Manuel Rubio, que allá, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del -Parlamento, raras veces se atrevía á hablar, entre un grupo de amigos -era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrería, -tanto argumento desorbitado y capcioso. - ---De modo--replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba -objetivar las ideas--que si un marido descubre la infidelidad de su -compañera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo -que debe hacer... - ---Perfectamente; y mientras el consejo llega ó nó puede perdonarla y -seguir á su lado, ó separarse de ella. Todo menos creerse autorizado á -asesinar cobardemente á una pobre mujer que, después de amarle... y -acaso sin dejar de amarle... amó á otro. - ---¿Usted lo haría, usted perdonaría? - ---Sin vacilar. - ---¡Bah!... Usted habla así porque es soltero. - ---Y si me hubiese casado pensaría lo mismo. Además, ¿no lo estoy?... -Evarista, con quien tengo relaciones hace doce ó trece años, como -ustedes saben, es para mí una esposa. Yo, al menos, me fastidio á su -lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfacción consiste en saber -que Evarista me quiere «porque sí», y no me engaña porque me respeta lo -suficiente para no engañarme, no porque carezca en su casa de completa -libertad. Esta alegre confianza mía los celosos la ignoran. Un celoso -debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legítimo amor, sino -miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y -vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que -creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de él. En -cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas -de par en par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no -quiere irse... - -Don Juan Manuel disertó amenamente acerca del amor y del modo, un poco -libertino, que él tenía de sentirlo. - ---Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con -sinceridad, pero sí aparentar ó fingir magistralmente que las amamos; -pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer ó tan esquisitamente -frívolas, que se contentan y satisfacen con la ficción. Cabalmente -porque nunca las quise mucho, fué por lo que ellas, casi todas, me -quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis -teorías y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la -renovación frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin -embargo, quiero á Evarista y probablemente no me separaré de ella. Es -cierto. Pero conviene consignar aquí que á todas las pasiones de mi -vida, aun á las mayores, fué ligada siempre una abundante dosis de -pereza. Yo no suelo serles fiel á las mujeres por cariño; mi constancia -no es constancia legítima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por -abandono sigo á su lado, como frecuentemente hallándonos encamados, -tenemos sed, y no nos levantamos á beber por no molestarnos en cambiar -de actitud. ¡Anomalía extraña! La costumbre, que mata al amor, es, no -obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor. - -Fernández Parreño aprovechó la pausa que en este momento de su discurso -hizo el diputado, para sentar la opinión de que don Juan Manuel, ó por -pereza, como él creía, ó por nobleza, gratitud y perseverancia de -corazón, si llegara á casarse sería un marido modelo. - -Don Juan Manuel sonrió y movió la cabeza, en señal de duda. - ---No sé, mi querido amigo--repuso--; no sé qué decirle, pues tengo -poquísima confianza en mí. Sucede con los amores lo que con las citas. -Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. «No es -correcto hacerla esperar al aire libre»--pensamos--. Lo mismo ocurre en -los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos -retrasemos, siempre acudiremos á tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda -en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse. -El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale -á una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan -cómodas, nunca sería exacto... - -Se interrumpió, tuvo una sonrisita desdeñosa, aplastó lentamente la -blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de café: - ---Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sentí -celos. ¡Pobres cerebros pequeños, cerebros oscuros!... A veces les -compadezco, á ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro más que nadie -de ese mal, porque mi ambicioso corazón tiene celos simultáneamente de -millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas, -que llenan los teatros de Madrid y no son mias. - -Hizo un mohín irónico. - ---Claro es que de tan descosida afición amorosa un hombre discreto se -alivia fácilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos -dirigido la siguiente pregunta: «¿A quién pertenecen esas mujeres tan -bellas que vemos en la calle? ¿A qué venturoso galán rindieron la -intimidad perfumada de sus noches?...» Pero no debemos desesperarnos, -pues igual interrogación se propondrán los dueños de tales hermosuras -con respecto de nuestras esposas. Es la triste condición humana; basta -que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se -detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber -triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos le guían y ayudan en su -camino: la vista y el tacto. Pero diríase que aquella tiene vergüenza de -que su aliado, mucho más tardo y grosero, la empareje; y así, apenas -nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente -ingratos y peregrinos, miran á otra. Ello me anima á dar á ustedes el -siguiente consejo: cuando alguien desee mucho á una mujer casada y -cegado por su deseo se torture y piense que únicamente á su lado sería -feliz, acuérdese de que, junto á ella, su esposo, más de una noche, se -aburrirá horrorosamente. Esta reflexión ha de producirle gran alivio... - -Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel -intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel calló la -conversación siguió rumbos más fáciles. - -Don Isidro dijo que por la tarde él y su cuñado salieron á dar un paseo, -y que estuvieron divirtiéndose en tirar piedras contra un poste del -telégrafo. - ---En ese mismo poste--agregó--, siendo yo niño, grabé con un cortaplumas -las iniciales de mi nombre; hoy las busqué y allí están todavía. - -Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza -del vivir pueblerino, arrancó un suspiro á don Artemio. También suspiró -don Elías. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo más -pequeño durará más que ellos. - -Hablaron de dos turistas ingleses, padre é hijo, que llegaron al pueblo -la víspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje á Salamanca al -día siguiente. - ---Entre ayer y hoy--exclamó don Artemio--han recorrido, no sólo la -población, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para -aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque -bebiendo cerveza á la puerta del parador del Sol, y retrataron á unos -trajinantes gitanos que estaban allí con sus caballerías. Después, por -el Paseo de los Mirlos, bajaron al río y visitaron la fábrica de -tejidos de Pepe González. - -Don Isidro, que aborrecía á González por rivalidades de oficio, tuvo una -mueca desdeñosa. - ---¿Y quién les llevó á casa de González?--interrumpió. - ---No lo sé. - ---Siempre sería el mentecato de su sobrino Juan, el marido de _la -Manca_... - -Don Isidro miró á los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del -hombre acostumbrado á acertar. - ---Lo comprendí--agregó--en cuanto dijo usted que esos forasteros habían -estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de _la Manca_, -no sale de allí. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es también de -Felipe Ortiz, el dueño del parador. ¡Esposa de la mano izquierda, se -entiende! ¡No tiene otra!... - -Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar á -González, su enemigo, añadió: - ---¡Pues, valiente telar han ido á enseñarles! Apuesto la cabeza á que no -hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado á la -hilandería de mi suegro!... - ---También la visitaron--repuso el boticario--; y retrataron á todo el -personal. Después repasaron el río y triscando como cabras subieron -hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio -pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografías; decían que -la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mérito. En -seguida pidieron autorización para visitar el cuartel; estuvieron en la -torre y bajaron á los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos -años, lo menos treinta, estaba cerrado. También celebraron con -entusiasmo los frescos de la bóveda de la enfermería. Pero lo que más -les ha gustado, según don Valentín, es el balcón de la calle Amor de -Dios. - ---¿El de casa de doña Francisca?--preguntó Martínez. - ---Eso es. ¿Lo sabía usted? - ---Me lo dijeron anoche. - ---¿Sí?... ¿Dónde? - ---En la peluquería de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera -Salamanca; aquí en seguida se sabe todo. - -Comentaron abundantemente cuanto los forasteros habían hecho y dicho. No -llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la -excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de -mirar, de hablar, de moverse, descubrían el rango de sus personas. Los -dos se parecían extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de -movimientos y rubios; caminaban á zancadas largas y usaban monóculo. Lo -que más pasmaba á la reunión era la actividad infatigable de aquellos -trotatierras. - ---De ayer á hoy--observó don Artemio--han cambiado de calzado lo menos -cinco veces. - -Agotado el tema, don Dimas interpeló á su colega don Elías. - ---¡Me debe usted una merienda!... - -Entre risas, explicó lo ocurrido. Acababa de sentarse á tomar un -piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto. - ---Tiré la servilleta y corrí al balcón á informarme de lo que sucedía; -era la jaca de nuestro amigo Fernández Parreño, que no quería andar. El -animal reculaba y se metía en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba -consiguió dominarlo. Pero cuando yo volví á la mesa me encontré con que -el gato se había llevado mi merienda. - ---Al taller fueron á decirme--exclamó don Ignacio--que en la calle Larga -se espantó esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don -Elías. - -Y agregó doctoral, dirigiéndose al médico: - ---Le advierto á usted que esa jaca está medio loca y antes de un año -será preciso matarla. Si halla usted ocasión de venderla, hágalo. Es un -buen consejo. - -Don Juan Manuel preguntó al veterinario lo que convendría hacer con los -bueyes que tenía enfermos. El señor Martínez hizo un ademán impaciente. - ---Esos animales--replicó con hostil vivacidad--están tuberculosos. Ya se -lo he dicho á usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamación de -la articulación fémororrotuliana es producida por un exceso de -trabajo... ¡Pues, no señor! Usted, para curarlos, habrá empleado -vesicantes... ó les habrá aplicado inyecciones de adrenalina, ¿verdad? - ---Justamente. - ---¿Y no ha conseguido usted nada? - ---Hasta ahora, nada. - ---¡Es claro! Porque esa inflamación de la sinovial no proviene de ningún -esfuerzo, ni es de origen artrítico, sino de origen tuberculoso. Esos -bueyes, vuelvo á repetir, no le sirven á usted y debe usted matarlos -cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad. - ---Mañana mismo pasarán á mejor vida--repuso tranquilamente don Juan -Manuel. - -Con esta promesa, que era una satisfacción y tributo rendidos á la -practica, saber y buena amistad, del señor Martínez, éste se dió por -contento, y suavizó su humor. - -Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compró en -Candelario. - ---¿Tiene furor uterino?--interrogó don Ignacio.--Entonces, es lo mejor -que puede usted hacer; porque, estirpándola los ovarios, rendirá mucha -más leche. Transcurridos dos ó tres años, quedará inútil, ya lo sabe -usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar -por ella lo que haya podido costarle ó más... - ---Necesito castrar un potro--dijo don Elías. - ---Cuando usted guste. - ---Esta semana. Todavía es añal. - ---Mejor. Así la operación ofrece menos peligros. Después, el tratamiento -es sencillo. Se reduce á lavar bien la herida con agua sublimada ó -fenicada, y á tener al animal, durante los ocho primeros días, atado -corto al pesebre, para que no se eche. - -De pronto el señor Martínez se revolvió contra el boticario; su belicosa -voluntad acababa de sentir una crisis de cólera. - ---¡Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el -favor de no meterse á recetar. Usted no es quién, para recetar. Yo hablo -muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligación, ha de limitarse á -servir las recetas que le lleven. - -La acometida fué tan á quemarropa, que don Artemio, á pesar de su flema, -se ruborizó. - ---¡Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. ¿A qué viene eso?... - ---Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: «quien del alacrán -está picado, la sombra le espanta». - ---Repito que no le entiendo á usted. ¿A qué responde ese exabrupto? - ---Viene á cuento--replicó el señor Martínez clavando sus ojos -tempestuosos en los del boticario--de que muchas personas, unas del -pueblo, otras del campo, van á la farmacia de usted y, para ahorrarse el -dinero del médico ó del veterinario, le consultan las dolencias que -ellos, ó sus animales, padecen. Y usted... ¡claro!... les atiende; y si -había de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y -cuartillo, sin advertir que, aquí, en Puertopomares, hay ocho médicos y -dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted -hay que hablarle así, porque «el buey ruin en cuerno crece»... - -Aunque acobardado por la marcial actitud de Martínez, el boticario se -creyó obligado á oponer un alarde rotundo y viril á la acusación de que -era objeto. La presencia de dos médicos en la tertulia acrecentaba la -gravedad y ridiculez de su situación. Apretó bien los puños bajo la -mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de él una bizarría. Hasta -don Juan Manuel, se había quedado grave. - ---¿Y eso lo dice usted en serio?--interrogó don Artemio, templándose -para la pelea. - ---En serio, sí, señor. Yo soy así. Yo hablo siempre en serio y digo las -verdades en la cara. - ---Pues... ¡miente usted!... - ---¿Que yo miento?... ¿Ha dicho usted que yo miento?... - -Levantóse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo -y esgrimiéndola á manera de maza, la descargó sobre la cabeza del -boticario. Resonó un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo -y turgente, de don Artemio, tiñóse de sangre. El agredido vaciló, pero -recobrándose quiso arremeter á su rival, cuando éste, poniéndole los -puños unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcertó y -zarandeó hasta dar con él de lomos en el suelo. Alzáronse todos, -acudiendo á represar con manos y razones la desbridada furia de don -Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de sí, pretendía subirse encima -del caído y patearle y exprimirle como á uva en lagar.--«¡Al capón que -se hace gallo, azotallo!»--gritaba el albeitar, que, ni aun en tan -dramático momento, perdía su culto á los refranes. - -Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que habían acudido -al ruido de la trifulca, rodearon á Martínez, llevándole, casi á -rastras, al hueco de un balcón. Fernández Parreño y don Dimas favorecían -á Morón, ayudándole á enmendar el desorden de su traje y á limpiárselo -con una servilleta. Había en su solicitud una especie de solidaridad, -una protesta tácita contra la baratería del agresor. Muy pálido, la voz -agitada aún por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba: - ---¡Farsante!... ¡Calumniador!... ¡Decir que yo receto!... - -En medio de su tribulación el pobre hombre, con su elevada estatura, su -joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automáticamente -se palpaba la frente con un pañuelo, y al ver que éste se cubría de -púrpura, volvía á restañarse la herida. Entre su enorme cráneo rojo y -sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenían una lividez -cadavérica y sus amedrentados ojos parecían mayores. Todo su corpachón, -débil y cobarde, temblaba. - ---¡Decir que yo receto!... ¡Embustero!... ¡Y acometerme hallándome -desprevenido!... ¡Claro es que esto no queda así!... ¡Yo sabré lo que -debo hacer!... - -Dolíase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque, á través de -la distancia y de las personas que le defendían, las venenosas pupilas -de Martínez le buscaban furibundas y se clavaban en él como saetas. - -Trémulo de cólera, con algo de jabalí acosado, en la expresión de los -enrojecidos ojos, don Ignacio repetía: - ---Ese viejo usurero vive porque están ustedes aquí. Pero yo, un día, le -mato; le abro la cabeza de un garrotazo... - -También se revolvió lesivo contra una observación de don Juan Manuel. - ---¡No, señor!--gritó--yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que -dice en voz alta lo que piensan muchos. ¡Ni más ni menos! Los ocho -médicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos -roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...; ¡ó no me da la -gana de callarme!... ¡Bastante prudente he sido!... Este escándalo debí -darlo hace tiempo... - -Como la furia del señor Martínez no amainaba, don Dimas y don Isidro -decidieron llevarse á don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba -una ocasión discreta para poner pies en polvorosa, agradeció -sinceramente aquella intervención, y lanzando á su contrario una mirada -de desafío, insinuó hacia la puerta del salón una retirada elegante. -Salió con andar lento y ajustándose bien el sombrero sobre sus melenas -despeinadas. En medio de su espalda, señalando la cresta más saliente de -su joroba, griseaba una mancha de polvo. - -Don Ignacio le gritó implacable: - ---¡Ya nos veremos!... - -Al mismo tiempo que golpeándose, por dos veces, el antebrazo izquierdo -con la mano derecha, ponía á su advertencia un comentario obsceno. - -Cuando don Artemio se marchó, el señor Martínez, y cuantos con él -estaban, volvieron á sentarse. Los ánimos se apaciguaban. La opinión, -que hasta allí habíase mostrado indecisa, reaccionó en favor del -veterinario. La mayoría admiraba la crudeza de sus palabras y la -excelente puntería y diligencia de sus puños. Reconocían que el -silletazo que derribó á don Artemio fué magistral. Verdaderamente, don -Ignacio estuvo muy bien, y Fernández Parreño le testimonió su adhesión -dándole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos -todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y -cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesía. - -Don Juan Manuel lanzó una carcajada. - ---Realmente, hasta que no le he visto á usted boxear, amigo Martínez, no -comprendía yo que se le pudiesen dar á un hombre tantas bofetadas en tan -poco tiempo... - - - - -XXXI - - ---Advierto desde hace tiempo--había dicho don Valentín--que don Ignacio -no se muerde más que las uñas de los dedos pulgares... - -La observación era rigurosamente cierta. Varios meses hacía que el señor -Martínez, apenas se hallaba solo, empezaba á comerse vorazmente las uñas -de sus pulgares, y este rasgo de autopofagia acusaba en él una -impaciente y colérica preocupación. Su inquietud provenía de la noche en -que doña Fabiana se levantó sonámbula para ir á casa del hombre amarillo -y pequeñito. Consideradas separadamente, ni la pesadilla de su mujer, ni -la de Fermín, el tartanero, revestian verdadera importancia, pues son -frecuentes los ensueños que sugestionan á las personas dormidas al -extremo de obligarlas á la acción. Lo inexplicable eran el sincronismo y -la absoluta concordancia de ambos fenómenos. Don Gil había dicho al -tartanero: - -«A las doce en punto estarás con tu coche delante de la puerta de don -Ignacio.» - -Y á doña Fabiana: - -«Su marido está enfermo. Vaya usted á verle. Fermín la llevará á -usted...» - -El veterinario se recomía los sesos escudriñando los vínculos que -pudiera haber entre estas alucinaciones, y aunque materialista acérrimo -y refractario, de consiguiente, á admitir que las almas campasen solas, -bien echaba de ver que el fondo de aquel asunto escapaba á toda cábala -científica. Allí había un secreto, un enigma, demasiado complejo para -achacarlo á la casualidad. De esto don Ignacio no hablaba con nadie; el -recelo de parecer asustadizo y de que las gentes empezasen á decir que -don Gil Tomás gustaba de doña Fabiana, le contenían. Su reserva y las -supersticiosas tribulaciones de su mujer, agravaban su preocupación. -Como él, doña Fabiana advertía á su alrededor, especialmente de noche, -un peligro; la presencia de algo invisible y fuerte que la espiaba. En -otra ocasión, Martínez hubiese achacado aquel sobresalto á un principio -de neurastenia; pero, contra esta suposición tranquilizadora, alzábase -el recuerdo de aquella cita inexplicable, tendida, como un lazo, á la -virtud de su mujer. - ---¿Tú no crees--preguntaba Martínez á doña Fabiana--que don Gil esté -enamorado de ti? - ---No lo creo. - ---Una noche, sin embargo, soñaste con él; quería abrazarte; tú me lo -dijiste. - ---¿Qué importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueños son -tonterías. - -Don Ignacio desconfiaba; temía que su mujer, conociendo las violencias -de su carácter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no -ocultarle nada, y tal acento de convicción y nobleza tenían sus -palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doña Fabiana era sincera; -el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte. - -Además, la señora de Martínez no había vuelto á soñar con don Gil, y si -alguna vez le vió en sueños, fué tan ligeramente, que su imagen no dejó -rastro malo ni bueno en su memoria. Acerca de esto don Ignacio no sabía -interrogarla y se informaba torpemente. Algo honesto, muy caballeresco, -muy pulcro, le impedía formular preguntas infames. Doña Fabiana, sin -embargo, le respondía explícitamente. Demasiado comprendía las -curiosidades de su marido cuáles eran y por dónde iban orientadas. - ---Puedes creer--le decía--que después de esa noche de que ya hemos -hablado, no he visto á don Gil. - -Con cuya misericordiosa afirmación Martínez sentía apaciguarse la -agresiva tirantez de sus nervios y aliviado su corazón de una sofocante -pesadumbre. - -Terminadas las vacaciones carnavalescas, comenzó á celebrarse en -Salamanca la vista del proceso instruído contra los hermanos Paredes. La -noticia produjo en Puertopomares indecible emoción y devolvió á _los -Rojos_ todo su repugnante interés criminal. Los detalles de la causa, un -poco olvidados en el somnífero transcurso de aquel año, readquirieron -llamativos verdores. La gente, al pasar por delante de la llamada -siempre «casa del chopo», miraba recelosa hacia la puerta; aquella -puertecilla sórdida, oscura, colocada en un nivel inferior al de la -calle, por donde el cadáver del señor Frasquito salió una mañana -llevándose á la tierra el secreto de su agonía. Nada faltaba en el negro -horror de tan inaudita tragedia policíaca: las relaciones incestuosas de -Rita con su hermano; la horrible sagacidad que ambos pusieron en el -planteamiento y realización de su crimen; el hallazgo de las tres orzas, -llenas de dinero, detalle que enardecía la imaginación popular inclinada -á creer, por motivos de raza, en tesoros ocultos. Luego el desarrollo de -tan ominosa película ofrecía un intervalo de sosiego, de paz hipócrita: -el comercio establecido por los Paredes en la calle Larga; la existencia -honrada, fértil y sin penumbras, vivida serenamente ante los ojos de -todo el vecindario: el hombre que no bebe, ni juega y se acuesta -temprano; la mujer, casera, dedicada absolutamente á la crianza de sus -hijos, como si quisiera ir borrando con la santidad de aquel amor las -torpezas escandalosas de su juventud. Hasta que, de súbito, sin razón -ostensible, el espectro del crimen reaparece para arrojar á tres niños -bajo las ruedas de un tren. ¿Por qué aquel triple infanticidio? ¿Qué -espíritu infernal necesitaba, para encalmarse y ser propicio, la -ofrenda de aquella sangre inocente? ¿Asesinando á sus hijos cumpliría -Rita Paredes algún voto?... - -Durante las primeras sesiones, los procesados se mantuvieron inflexibles -en las posiciones que cada cual había elegido. Rita ratificaba -puntualmente sus declaraciones y acusaba sin piedad á su hermano. En -cambio, Toribio lo negaba todo; pero como en sus careos con la mujerona -se aturrullaba y contradecía, su situación era, por momentos, más falsa. -Vicente López se disculpaba diciendo que, efectivamente, él quiso -llevarse á Buenos Aires á su hijo Deogracias y á Rita, pero que no -comprendía por qué ésta asesinó á sus otros hijos, ni cómo pudo llegar á -tan desaforado extremo de sevicia. - -Fernández Parreño y su colega don Dimas Narro, don Ignacio, don Isidro -Peinado, alcalde de Puertopomares cuando ocurrió la muerte del señor -Frasquito, y otros muchos vecinos, fueron reclamados como testigos por -la Audiencia de Salamanca. Sus declaraciones no aportaron luz ninguna al -proceso, pero sirvieron para exacerbar la pública inquietud. Los -comentarios se multiplicaban hasta lo infinito; á Epifanio Rodríguez, el -estanquillero, le arrebataban los periódicos de las manos. - -En el Casino, en la Fonda del Toro Blanco, alrededor de las mesas del -Café de la Coja, bajo el emparrado tendido, á modo de visera, ante el -Parador del Sol, en los bancos de la Glorieta del Parque, donde se -reuniesen cuatro ó cinco personas, siempre había una dispuesta á leer en -alta voz las largas informaciones que cotidianamente la Prensa -salmantina consagraba al crimen de los Paredes. Las tertulias tenían un -interés nuevo; los circunstantes revisaban todos los incidentes de la -vista, glosaban las declaraciones de Rita, elogiaban las argucias, -emboscadas y ágiles taimerías del fiscal. En el Casino, donde, según -costumbre, Martínez era el encargado de leer los periódicos, reinaba -expectación indescriptible. Cuando el veterinario se colocaba las gafas -sobre la nariz y cogía la Prensa, apagábanse todos los murmullos del -salón, las conversaciones cesaban, los jugadores de billar dejaban sus -tacos. Rodeando la mesa que ocupaban don Ignacio, don Juan Manuel, -Fernández Parreño y otros amigos, los oyentes se oprimían. Cada cual -cogía una silla y se aproximaba procurando no hacer ruido. Sobre el -fondo claro de los muros, bajo la luz alechigada de las lamparillas -eléctricas, únicamente Teodoro, rígido y vestido de negro, las manos -atrás y la servilleta al hombro, permanecía de pie. Su cabeza pálida, -cubierta de cabellos erectos y rubios, cortados según la moda francesa, -parecía de oro. - -Los diarios de aquella noche publicaban los incidentes de la cuarta -sesión. Don Ignacio Martínez, que acababa de beber una copita de coñac, -se limpió los labios con la mano, paseó por su auditorio una mirada -satisfecha, y empezó á leer: - -«A las dos en punto comienza la sesión. La tribuna pública rebosa gente; -los curiosos se oprimen, se lastiman y con el ahinco de ver se ponen de -puntillas y estiran el cuello. La temperatura es sofocante; el señor -presidente manda abrir una ventana y la orden es recibida con murmullos -aprobativos. Suena una campanilla y el silencio se restablece. Por una -puerta y entre guardias aparecen los procesados: primero, Rita Paredes; -luego su hermano, Toribio Paredes; detrás, Vicente López. Los tres -ocupan el banquillo de los acusados. Rita pide la quiten las esposas, á -lo que el señor presidente del Tribunal accede. Lo mismo hacen con -Vicente y Toribio. Este no dice nada; hállase muy abatido y no levanta -los ojos de la alfombra. Vicente López, en cambio, mira al público con -descaro y sonríe á los periodistas. - -»Empieza el interrogatorio. A una invitación del señor presidente, Rita -Paredes se levanta. Parece más alta, más flaca, más angulosa, que nunca. -Sus brazos descarnados forman, con la línea de los hombros, un ángulo -recto. - -»Fiscal.--Veamos, Rita: el Tribunal está muy satisfecho de usted porque, -desde los primeros momentos, usted se ha manifestado decidida á ayudarle -en sus pesquisas. Pero, aun no hemos llegado al fin. Entre las -declaraciones de usted y las de su hermano, hay divergencias que la -Justicia necesita precisar y aclarar. Debemos, pues, insistir sobre -ciertos puntos ya discutidos. Usted ha dicho que á Frasquito Miguel le -mataron entre usted y su hermano Toribio. ¿Es esto verdad? - -»Rita.--Sí, señor. - -»--¿En la comisión del asesinato no les ayudó nadie? ¿No tenían ustedes -algún cómplice? - -»--No, señor, ninguno. - -»--Su hermano Toribio dice que la noche de autos, cuando él regresó del -Café de la Coja, ya de madrugada, vió á un hombre que salía corriendo de -casa de ustedes, y que en aquel individuo creyó reconocer á Vicente -López, _el Charro_, antiguo amante de usted. - -»--Es mentira. - -»--Fíjese usted bien. Acerca de este punto, el Tribunal necesita -hallarse perfectamente informado. Mida usted bien sus palabras. Echaría -usted sobre su conciencia una responsabilidad gravísima, si, por -favorecer á la persona que ama, acusase usted á un inocente. - -»--He dicho la verdad. - -»--Usted, con sus palabras, no ha sabido infundirnos esa convicción. -Nadie comprende que Toribio Paredes, quien, según declaración de -diversos testigos, parecía profesar á su cuñado morganático sincero -afecto, de pronto se concertase con usted para asesinarle. En cambio, -hallo muy verosímil que usted y Vicente López, el padre de su primer -hijo y, según indicios, el hombre á quien usted ha querido más, -decidiesen matar á Frasquito Miguel para robarle y con su dinero huir á -Buenos Aires. El tiempo que dejaron ustedes transcurrir entre la -perpetración del delito y el día de la fuga, no significa nada, ni pesa -nada en el criterio del Tribunal; es, sencillamente, un ardid empleado -por ustedes para eludir sospechas. - -»(Hay un silencio. Toribio Paredes permanece inerte, la barbilla sobre -el pecho, los ojos apagados. Parece sordo. Vicente López se rebulle en -su asiento y hace con la cabeza enérgicos ademanes negativos. Uno de los -guardias que le custodian le toca en la espalda y por señas le ordena -que observe más circunspección y mesura. _El Charro_ suspira y se encoje -de hombros). - -»Fiscal.--¿Qué responde usted, Rita, á lo que acabo de decir? - -»Rita.--Ya lo sabe usted. Mi hermano miente. La noche del crimen Toribio -no salió á la calle, y de consiguiente nadie pudo penetrar en casa á -hurtadillas suyas. Además, en aquella época Vicente López no vivía en -Puertopomares. - -»--¿Dónde estaba? - -»--No lo sé; no nos escribíamos. Habíamos reñido y hacía años que yo no -tenía noticias de él. - -»(El abogado de Toribio Paredes pide autorización para dirigir á la -acusada una pregunta. El Tribunal consiente). - -»El señor García Pérez.--¿Cómo explica entonces la acusada que, apenas -asesinado el señor Frasquito Miguel, resucitase en Vicente López el -cariño hacia ella? Yo invito á la Sala á fijarse en la extraña -concatenación de estos hechos. Hay entre ambos una derivación -perfectamente lógica. A mi juicio, si Vicente López no es el ejecutor -del crimen, fué, cuando menos, el agente moral, el inspirador; su -repentino amor á la acusada sólo se explica por el deseo de apoderarse -del dinero de la víctima. Es cuanto tenía que decir. - -»El señor Bastín, defensor de Vicente López, exclama: - -»--Esa observación carece de sentido. - -»El señor García Pérez, que no ha oído: - -»--¿Cómo? - -»--El señor Bastín.--Se quiere, porque sí, y los amores que parecían -muertos resucitan también «porque sí». Esto sucede todos los días. Decir -lo contrario es hablar como lo haría un chiquillo sin experiencia. - -»(Risas. Los dos letrados entablan un tiroteo de frases bastante vivo. -El señor presidente se cree obligado á intervenir): - -»--¡Orden, señores!... - -»(El señor García Pérez se sienta, un poco sofocado, y al hacerlo deja -caer unos papeles que revuelan como mariposas y se esparcen sobre la -alfombra. El señor García Pérez hace un guiño de contrariedad. Más -risas). - -»Fiscal.--¿No obstante lo afirmado por el señor García Pérez, la acusada -mantiene sus declaraciones? - -»Rita.--Sí, señor. - -»--¿Su hermano Toribio es el único autor material y moral del asesinato -cometido en la persona de Frasquito Miguel? - -»--¿Cómo, moral? ¿Qué quiere decir eso?... - -»--Pregunto que si fuera de Toribio no hubo nadie, Vicente López, por -ejemplo, ú otra persona cualquiera, que les aconsejase, tanto á usted -como á su hermano, desembarazarse del señor Frasquito. - -»(Hay una pausa. Rita parece vacilar. El señor fiscal insiste): - -»--Díganos la verdad: ¿Nadie indujo á ustedes al asesinato del señor -Frasquito? - -»--Sí, señor. - -»--¿Cómo? ¿Alguien ha aconsejado á ustedes matar á Frasquito Miguel? - -»--Sí, señor. - -»--De ello, sin embargo, nada había usted dicho hasta ahora... - -»--No, señor. - -»--¿Por qué?... - -»--No me había acordado. - -»(Las palabras de Rita Paredes despiertan extraordinaria emoción. La -mujerona, larguirucha y fantasmal, parece sonámbula. Toribio Paredes -levanta precipitadamente la cabeza y mira á su hermana. Su rostro -refleja una ansiedad y una alegría). - -»Fiscal.--Supongo que no intentará usted descarrilar la acción de la -justicia inventando patrañas cuya falsedad no tardaríamos en comprobar. - -»--No, señor; juro decir verdad. - -»--Entonces, hable usted sin miedo. ¿Quién aconsejó á usted y á su -hermano asesinar á Frasquito Miguel?... - -«(Prodúcese en la Sala un silencio absoluto; silencio de camposanto. -Centenares de ojos, bruñidos por la curiosidad, se clavan en Rita. Esta -duda, mira al Tribunal, á los letrados y al público, con expresión -idiota. Por dos veces se lleva las manos á la frente y, automáticamente, -se alisa los cabellos). - -»--Lo que voy á decir esconde un misterio; un misterio que no comprendo -y, de consiguiente, que no sabré explicar... - -»--Hable usted como mejor sepa, Rita; aquí estamos todos dispuestos á -ayudarla. - -»(La voz del señor fiscal se ha almibarado notablemente: es la seductora -dulzura paternal conque la experiencia le ha demostrado que debe -hablarse á los acusados para empujarles á la sinceridad y á la -confesión. Toribio Paredes no cesa de mirar á su hermana. En la cara de -Vicente López hay asombro). - -»Rita.--La persona que, tanto á mi hermano como á mí, nos ha dicho que -debíamos matar á Frasquito Miguel para robarle, es don Gil Tomás. - -»--¿Quién es don Gil Tomás? - -»--Un señor que nosotros conocemos. - -»--¿Dónde vive? - -»--En Puertopomares, á la entrada del Paseo de los Mirlos. - -»--¿Sigue viviendo allí? - -»--Sí, señor. - -»--¿Y qué interés cree usted que podía tener ese don Gil Tomás en el -asesinato del señor Frasquito? - -»--Lo ignoro. - -»--¿Habló usted muchas veces con él? - -»--Sí, señor. - -»--¿Y su hermano? - -»--También. - -»(Toribio Paredes hace, con gran energía, ademanes afirmativos. Una ola -de sangre arrebola su rostro; tiene las mejillas encendidas y la -estrecha frente cubierta de sudor. Vicente López guarda la actitud -reconcentrada y absorta del hombre que busca un recuerdo muy olvidado, -muy hundido, en el subsuelo de su conciencia). - -»Fiscal.--¿Dónde veía usted á ese don Gil Tomás? - -»--En mi casa. Es decir: yo no le veía en ninguna parte. Yo le veía y -hablaba con él, pero era en sueños». - -Al llegar á este punto don Ignacio Martínez, que, no bien leyó el nombre -de don Gil, había comenzado á dar muestras de agitación, tiró el -periódico sobre la mesa y empezó á morderse el pulgar derecho. En su -rostro, crispado por una terrible emoción, los ojos pequeños y redondos -ardían y quemaban como brasas. Los circunstantes se miraban atónitos. -Con ser enorme la sorpresa que les produjo la acusación lanzada por Rita -Paredes contra don Gil, no era tan fuerte como la que acababa de -sugerirles la insólita actitud del señor Martínez. - -Don Juan Manuel le interpeló: - ---¿Qué le sucede á usted? ¿Está usted enfermo?... - -Fernández Parreño miraba al veterinario fijamente, recelando ver en su -semblante síntomas de congestión. Varias personas se habían puesto de -pie, y la cabeza rubia de Teodoro adquirió repentinamente la blancura -del miedo. Hubo un silencio lleno de interés, de emoción, de solicitud. -Don Ignacio, callado, continuaba mordisqueándose las uñas con tan sañudo -ahinco, que era milagroso que la sangre no hubiese corrido ya. ¿Por qué -aquel furor caníbal? Algunos recordaron la fiel observación de don -Valentín: «Hace mucho tiempo que don Ignacio no se muerde otras uñas que -la de sus pulgares...» - -Don Elías tocó ligeramente en un brazo al señor Martínez. - ---¿Qué ha sido eso?... ¿Un mareo, verdad? ¿Quiere usted beber un sorbo -de agua? - -Don Ignacio pareció recobrarse: - ---No--dijo--, no es nada; muchas gracias. - -Don Elías se volvió hacia la reunión: - ---Ha sido un desvanecimiento producido por la lectura. Leer en alta voz -aturde; he tenido ocasión de comprobarlo personalmente más de una vez. - ---No es eso--contestaba Martínez--; no es eso... - -¿Cómo explicar en pocas palabras el efecto que la revelación de Rita -Paredes le había producido? ¿Cómo decir que, asociando las sugestiones á -que la mujerona se refería con las alucinaciones de doña Fabiana y de -Fermín, acababa de tener la convicción vertical, irreductible, de que el -hombre pequeñito era un espíritu sabático?... - -Para excusar explicaciones, el señor Martínez se levantó: - ---Señores, ustedes van á permitirme que me retire... - -Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Dimas y don Isidro, quisieron -acompañarle. - ---Iremos con usted hasta su casa--decían. - ---No, no; muchas gracias; no es preciso. Créanme ustedes: estoy bien, -completamente bien. Hasta mañana... - -Y se fué dejando á todos asombrados. Hubo algunos comentarios. Después -don Elías se puso sus gafas y cogió el periódico. - ---Entonces, si ustedes quieren, leeré yo. ¿Dónde estábamos?... ¡Ah, sí! -Aquí: Rita había dicho que veía y conversaba con don Gil Tomás en -sueños. - -«Fiscal.--¿Cómo se explica usted eso?...» - -Prosiguió leyendo. Su voz caía, como lluvia benéfica, sobre la -curiosidad de la tertulia; una curiosidad quemante, parecida á una -sed... - - - - -XXXII - - -El proceso instruído contra los hermanos Paredes tomó, de pronto, un -sesgo inesperado. Como las preguntas del fiscal y de los defensores, las -contestaciones de los reos tenían una orientación telepática, un picante -aliño abracadabro. En Puertopomares la curiosidad pública, aguijoneada -diariamente por los periódicos, tocaba á las cumbres de una excitación -morbosa. La multitud estaba dispuesta á amotinarse contra don Gil Tomás, -y hacía una semana que el hombre pequeñito, tildado de asesino y de -duende por la opinión, no se atrevía á salir á la calle. - -De este criterio parecía participar también la Prensa salmantina. Un -médico de mucha notoriedad y prestigio en la ciudad del Tormes, publicó -una crónica explicando las relaciones entre el sueño y la vigilia, y -cómo la voz teúrgica de las pesadillas puede dejarse oir en la realidad. -Aquel artículo produjo impresión y animó á su autor á escribir otros. Un -publicista spenceriano le contestó, rebatiéndole. Surgió una polémica. -La conciencia colectiva, sacudida por tan punzantes novedades, se -enardecía y flameaba como una bandera. - -Apenas Rita Paredes se acordó de acusar á don Gil Tomás de la muerte del -señor Frasquito y de sus hijos, el aspecto de los interrogatorios -cambió. Toribio, á su vez, se declaró autor del asesinato del buhonero y -confirmó puntualmente las palabras de su hermana. - -«Yo no hubiese pensado nunca en matar á Frasquito Miguel--dijo--si don -Gil Tomás, en sueños, no me lo hubiese aconsejado y ordenado; añadiendo -que, si yo le complacía, él sabría arreglárselas de manera que el crimen -no se descubriese.» - -El Tribunal parecía impresionado. Había en las declaraciones de los -hermanos Paredes una armonía absoluta, una categórica uniformidad de -detalles. A porfía Rita y Toribio citaban frases, conversaciones, -pormenores, que evidenciaban la sugestión criminal del hombre pequeñito. -Los dos demostraban haber obrado bajo el imperio de un vigor oculto, -inexplicable y fatal. Fue don Gil quien les aseguró que el señor -Frasquito tenía su dinero escondido en tres orzas pintadas de verde; y -quien explicó á Toribio el ardid de clavar una herradura en la maza con -que había de matar, para que ante los ojos de la opinión el mazazo se -convirtiese en coz; y quien, finalmente, obligó á Rita á desembarazarse -de sus hijos, amenazándola con delatarla á la Justicia si no lo hacía. -Los jueces estaban pasmados. Una luz nueva, un resplandor astral y -extravagante, caía sobre el proceso y lo aclaraba. Lo que permanecía -inexplicable era el motivo que pudo impelir á don Gil á exterminar de -tan excéntrico y cruelísimo modo á Frasquito Miguel y á sus -descendientes. El proceso salíase de sus moldes habituales y perdía su -carácter contemporáneo para convertirse en una de aquellas causas por -brujería, que apasionaron á la Edad Media. - -Tan serio interés y alboroto acentuóse más aún cuando las declaraciones -de Vicente López confirmaron, en cierto modo, la verosimilitud de cuanto -últimamente los hermanos Paredes habían dicho. A su vez _el Charro_ -recordaba haber soñado diferentes veces con un hombre amarillo y -pequeño, á quien no conocía, que porfiadamente le hablaba de que Rita -tenía buenos ahorros y le aconsejaba volver á reunirse con ella. Ahora -que sabía, aunque sólo de referencias, las trazas de don Gil, no dudaba -de que fuese éste el individuo de sus pesadillas. Con claro desparpajo -explicaba aquel reverdecimiento de su amor hacia Rita. Muchos años vivió -sin acordarse ni de la mujerona ni de su hijo; otras mujeres y otros -afanes ocupaban su corazón. Tampoco sufría remordimientos por haberla -abandonado; el tiempo se había llevado su imagen muy atrás. Una vez, sin -embargo, soñó con ella, y cuando despertó estaba triste. Varias noches -consecutivas aquel ensueño se repitió. ¿Por qué? Vicente López llegó á -preguntarse: «¿Habrá muerto?...» Durante todo el día una pesadumbre -indefinible le acompañó, semejante á una sombra. ¿Es que las veleidades -y alegrías de la juventud, vuelven en la vejez convertidas en lágrimas? -Lo que en los años verdes fué risa, ¿será después, bajo la nieve de los -cabellos, sollozo y dolor?... A estas preguntas respondió un hombrecito -estrafalario. Aquel individuo exhortaba á Vicente López á reunirse con -Rita. «Esa mujer te quiere como nadie te quiso--le decía--; con ella y -tu hijo aun puedes ser dichoso». Sus palabras iban derritiendo poco á -poco los hielos ingratos que sobre su corazón fué echando el tiempo. Y -_el Charro_ pensó: «¿Por qué no soplar y avivar el rescoldo? ¿Por qué no -sentarse otra vez al calor de la vieja hoguera?...» A esta resurrección -sentimental servía de poderoso abono el mal curso de sus negocios. -Vicente López estaba arruinado, desprestigiado, y el dinero de su -antigua amante constituía para él una salvación. Por eso se informó del -paradero de Rita y con ansias, que igual podían ser de amor que de -lucro, fué á buscarla; pero ni sabía que el señor Frasquito hubiese -muerto asesinado, ni tuvo participación alguna en el execrable -infanticidio del túnel. - -La novelesca unanimidad de todas estas deposiciones pesó en el ánimo de -los jueces y les determinó á reclamar la presencia de don Gil. - -Apenas el mandato judicial llegó á Puertopomares, don Niceto Olmedilla -se apresuró á cumplirlo. Sin perder instante, acompañado de su -secretario y de dos alguaciles, personóse en el domicilio del enano. Al -verle, el hombre pequeñito se inmutó, y la sorpresa acreció el livor de -sus mejillas. - ---¿Viene usted á detenerme, amigo don Niceto? - ---Sí, señor. Es la orden que la Audiencia de Salamanca acaba de -transmitirme. Usted sabrá, por los periódicos, que los Paredes le acusan -del asesinato de Frasquito Miguel. - ---Efectivamente; pero su afirmación es gratuita, descabellada... ¡carece -de todo sentido común!... - -En la expresión de sus ojos glaucos había una fuerte, indiscutible y -sugestiva sinceridad. Don Niceto Olmedilla sintió el leal imperio de -aquella protesta, y sus manos tuvieron un gesto de conciliación y -disculpa. - ---Lo comprendo--repuso--pero la humana justicia procede así, y en casos -como éste, el deseo de descubrir la verdad la obliga á toda clase de -tanteos y pesquisas. - -La escena se desarrollaba en el comedor. Caía la tarde. Delante de la -ventana abierta sobre el jardín, en la blanda palidez azulina del -espacio, negreaba misterioso el ramaje cónico de un ciprés. Don Gil iba -y volvía por la estancia, el andar lento, las manos metidas en los -bolsillos del pantalón: más que inquieto, manifestábase humillado y -enfurecido por aquel contratiempo que, á barrisco, irrumpía en su vida y -la desordenaba. Con un esfuerzo de voluntad, demostró serenarse. Miró al -reloj, pendiente del muro, entre viejos platos de Talavera y de Manises. -Eran las seis. - ---¿Cuándo hemos de marcharnos?--preguntó. - ---El tren de las seis y cuarenta es el mejor. Nos conviene salir de aquí -antes de que la noticia de hallarse usted requerido por la Audiencia se -divulgue. Ya recordará usted lo que sucedió cuando nos llevamos á los -hermanos Paredes á Salamanca. - ---¡Es cierto!... - -En un rapto de cólera, don Gil levantó los brazos sobre su cabeza; entre -los puños de su camisa, sus muñecas débiles y sus manecitas blancas, -impotentes, minúsculas, parecían las de un niño. - ---¡Qué contrariedad, qué trastorno! Este incidente me obligará, tarde ó -temprano, á marcharme de aquí. ¡Ya lo verán ustedes!... - -Asomóse á un balcón y llamó á sus criadas, que platicaban en la calle -con unos vecinos á quienes había alarmado la llegada del juez. -Obedientes á la voz del amo las dos muchachas acudieron, y don Gil -díjolas brevemente lo que debían hacer durante su ausencia. Pidió luego -le colocasen en un maletín sus enseres de tocador, y sin otras -dilaciones, marchando entre don Niceto y su secretario, y, seguido por -los alguaciles, salió á la calle. Noticiosas de su detención muchas -personas le miraban con recelo y asombro. En la Glorieta del Parque, -delante del Parador del Sol y á la entrada de la calle Larga, la gente -se detenía para verle pasar. - -Con este nuevo aliño de brujería y ocultismo, tan del gusto popular, el -interés de la causa aumentó. Los nuevos interrogatorios á que el fiscal -sometió á los acusados, y los tenaces y enardecidos careos de éstos con -el hombre pequeñito, tenían una orientación cabalística, un aroma de -otra vida, que exasperaban la curiosidad. - - - - -XXXIII - - -La presencia de don Gil en la Sala donde se celebraba la vista, produjo, -así en el público como en las personas del Tribunal, emoción fortísima. -Jueces, letrados, periodistas, ujieres, todos admiraban la minúscula -figura de aquel hombrecito sobre quien, á porfía, los tres procesados -declinaban las peores responsabilidades. También advirtieron la -expresión cerrada, preocupadora, de su rostro amarillo. - -Don Gil Tomás afrontó aquel momento con bizarría. Traspuso sereno la -barandilla que limitaba el espacio destinado al público, y subió los dos -peldaños que facilitaban el acceso al estrado. La inverosímil pequeñez -de su cuerpecillo, vestido de negro, la brevedad infantil de sus manos y -de sus pies, y más aún la quietud de su cabeza, lívida y grave, dábanle -las apariencias de un muñeco. Hubo un largo murmullo. Don Gil miró á su -alrededor. Todo era rojo: la alfombra, el papel que revestía los altos -muros, el dosel que daba á la mesa del Tribunal severo paramento, el -ovalado respaldo de los sillones donde, semejantes á hojas otoñales, -amarilleaban de vejez y fastidio las caras de los jueces. Suelo, -paredes, muebles, naufragaban en la misma ola púrpura; un miraje -alucinante, sanguinario, enloquecedor, sobre el cual las cabezas de los -magistrados flotaban exangües y como truncas... - -Después de responder á las generales de la ley, don Gil esperó cruzado -de brazos. Iban á carearle con Rita. Su aspecto, su respiración, la -mirada límpida de sus ojos, decían su inocencia. Apareció la mujerona. -Desde el primer instante el fiscal encauzó el interrogatorio -diestramente y sin divagaciones. - ---Como usted sabe--empezó diciendo el representante de la ley--, aquí se -han lanzado contra usted acusaciones gravísimas. Dos de los tres -individuos complicados en el asesinato de Frasquito Miguel, dicen ser -usted quien, con razones y consejos, excitando en ellos unas veces la -codicia y otras su odio al difunto, les determinó y condujo al crimen. -¿Es cierto? - ---No, señor. Todas esas aseveraciones son absurdas, y tomarlas en -consideración me parece ridículo. - -La réplica ardorosa y cortante, de don Gil, tuvo la virtud de endurecer -un poco las cejas del señor fiscal. - ---No debe el testigo--dijo--discutir los medios de que el Tribunal se -sirve para esclarecer la verdad de los hechos. Nadie ha solicitado su -opinión acerca de esto. Limítese, por consiguiente, á contestar. - -Don Gil se inclinó, demostrando acatamiento y reverencia. Continuó el -fiscal. - ---¿Conocía el testigo al difunto Frasquito Miguel? - ---Sí, señor. - ---¿Desde hace mucho tiempo? - ---Desde hace ocho ó nueve años. No sabría precisar ahora cuántos. - ---¿Fueron ustedes muy amigos? - ---No, señor. Nos saludábamos en la calle y nada más. Puedo decir que -sólo le conocía de vista, como conozco á todos los vecinos del pueblo. - ---¿No alimentaba usted contra él ningún motivo de resentimiento? - ---Absolutamente ninguno. - ---¿Los padres de usted conocieron al interfecto? - ---Lo ignoro. Supongo que no. - ---¿Dónde estaba usted la noche de autos?... - ---En mi casa, probablemente, porque casi nunca salgo á la calle después -de cenar. - ---¿Qué impresión le produjo la muerte del señor Frasquito? - ---Una impresión de piedad. Le creía un hombre inofensivo y bueno. -Recuerdo que al siguiente día tropecé con su entierro y me uní á su -comitiva. - ---¿Por qué?... - -Esta pregunta, que en otra ocasión cualquiera habría parecido ociosa, -interesó á la Sala. También sorprendió á don Gil, que se alzó de -hombros. - ---Porque sí--repuso. Su voz era tranquila. - -El fiscal continuó: - ---No comprendo entonces la participación activísima que Rita Paredes y -su hermano le atribuyen á usted en el asesinato del señor Frasquito. -Ambos afirman que tan coautor como ellos es usted de esa muerte. - ---Tampoco yo lo comprendo, señor fiscal. - ---¿Frecuentaba usted el trato de Rita? - ---No. Con quien he hablado algunas veces es con su hermano. A ella la -conocía de vista, sabía su historia y nada más. - -El fiscal invitó á Rita Paredes á levantarse. - ---¿Es cierto--preguntó--como diferentes veces ha manifestado usted, que -el testigo la indujo á matar á Frasquito Miguel? - ---Sí, señor. - ---Hable usted. - -Con leal vehemencia, la mujerona dirigió sus miradas y sus ademanes -hacia el hombre pequeñito. Un gran cimiento de lógica, un fondo de -verdad, de sinceridad, daba maravillosa trabazón á sus palabras, al -parecer incoherentes. Don Gil la convenció de que debía asesinar al -señor Frasquito, la dijo dónde éste guardaba sus ahorros y la aseguró -que de aquel crímen la Justicia nunca sabría nada. Agregó. - ---No había noche en que don Gil ó su alma... ¡ó lo que fuese!... no -compareciese en la alcoba donde mi hermano y yo dormíamos, y unas veces -á él, otras á mí, siempre nos decía lo mismo: «Que Frasquito Miguel no -servía para nada, y que si le matábamos podíamos tener dinero y ser -dichosos...» - -Las palabras de la mujerona indignaron al hombre pequeñito, que empezó á -gritar: - ---¡Esa criatura está loca! ¡Sus palabras carecen de sindéresis!... Pero, -¿no lo comprende así la Sala? - -Rita le increpó con una cólera que el respeto de las frases no bastaba á -encubrir: - ---No, señor, no estoy loca. Cuento lo sucedido. Yo desconozco los -motivos que usted tendría para odiar á Frasquito Miguel y desearle la -muerte; pero lo cierto es que eran muy raras las noches que usted dejaba -transcurrir si recomendarnos que le matásemos. - ---¡Falta usted á la verdad! Usted y yo no hemos hablado nunca: ni -despiertos, ni dormidos, ni de ninguna forma. - ---¿Que no, señor don Gil? - ---No, señora. - ---¿Y de la hecatombe del túnel, no tiene usted la culpa? - ---¿Yo?... ¿Yo?... - ---¿Usted no me ordenó que, antes de irme con Vicente López, matase á mis -hijos, pues de no hacerlo diría usted á la Justicia que entre mi -hermano y yo asesinamos á Frasquito Miguel? - -A estas acusaciones replicaba don Gil Tomás con negativas rotundas y -llevándose escandalizado entrambas manos á la cabeza. Cuanto Rita decía, -punto por punto lo negaba el enano. Ni una sola vez consiguieron ponerse -de acuerdo, y el careo, por tanto, á pesar de la excelente discreción y -pericia del fiscal, no trajo luz ninguna al sumario. - -Otro tanto sucedió en el careo verificado al día siguiente entre el -hombre pequeñito y Toribio Paredes, lo que restó algún interés á la -vista. Toribio exponía lo sucedido y explicaba la complicidad de don Gil -en términos idénticos á los empleados por su hermana. Asimismo don Gil -se obstinaba en una negativa intransigente, total y sin resquicios. El -público empezaba á aburrirse. - -En cambio, la declaración de Vicente López trajo una variante muy amena. -Al ver á don Gil, _el Charro_ tuvo un ademán de asombro; después aquella -sorpresa fué convirtiéndose en miedo y supersticioso terror. Temblaba su -voz ligeramente. Sus pesadillas acababan de objetivarse y de hacerse -carne; carne real, viva... - ---Con este hombre--dijo--yo he hablado en sueños muchas veces. - -Las palabras de Vicente López causaron enorme emoción: eran sencillas, -reveladoras, implacables. El fiscal preguntó á Vicente: - ---¿Reconoce usted bien al testigo? - ---Perfectamente, señor fiscal. - ---¿Y por la voz, le hubiese usted reconocido también? - ---No lo creo: ya sabe usted que en las pesadillas la voz de las personas -que hablan con nosotros vibra en nuestro interior y no en nuestros -oídos; quiero decir, que no suena realmente. - -Las declaraciones de Vicente López y de los hermanos Paredes, -ajustándose y completándose admirablemente unas á otras, constituían un -terrible bloque acusador para don Gil. Indudablemente en los oscuros -entresijos de aquel asunto había un secreto telepático. Si Toribio y -Rita hubiesen acusado á don Gil desde el primer momento, hubiera podido -creerse en un complot tramado por ambos para suavizar la gravedad de los -cargos dirigidos contra ellos. Pero aquel rumbo que las indagaciones -judiciales tomaron por los trigales del misterio, surgía de pronto, -cuando los procesados llevaban más de veinte días de rigurosa -incomunicación. - -Las primeras frases en que Rita Paredes se acordó de presentar á don Gil -como coautor del asesinato de Frasquito Miguel y de sus tres hijos, -parecieron bañar en una nueva luz la conciencia de los otros dos -acusados. Espontáneamente y con el franco ímpetu que inspira la verdad, -Toribio y Vicente renunciaron á las posiciones en que precavidamente se -habían encastillado: Toribio aceptó la parte de culpa que le -correspondía en el crimen, y _el Charro_ vió surgir del olvidado -horizonte de sus recuerdos la imágen de un hombrecillo que, usando -palabras insinuantes de amorosa emoción y melancolía, le aconsejaba -buscar á Rita. La armonía de estas declaraciones era rotunda. Entre las -de Toribio y su hermana, especialmente, ni una vaguedad, ni una -contradicción, ni siquiera una leve discrepancia. En sus espíritus, la -impresión de aquellos sueños criminales subsistía intacta. Ambos, por -igual, habían experimentado las influencias telepáticas de don Gil, los -dos evocaban con exactitud abrumadora, casi documental, el modo cómo -aquellas alucinaciones nocturnas se producían, las palabras del -sugestionador, su rostro, su traje, sus actitudes, el silencio con que -se presentaba y se iba. Al par de Toribio, Rita citaba momentos, -miradas, fechas y otros detalles terminantes. - -Era imposible que los hermanos Paredes se hubiesen aunado para mantener -semejante patraña; esto requería una memoria, un vigor de entendimiento -y una sagacidad para la mentira, de que tanto ella como él, eran -absolutamente incapaces. Por consiguiente, no se trataba de nada -inventado: sus confesiones envolvían un misterio real, acaso un arcano -problema científico. A saber: ¿Pueden los espíritus separarse de sus -cuerpos durante el sueño? Y en caso afirmativo: ¿Pueden las almas -conversar unas con otras y sugestionarse al extremo de realizar -despiertas lo que determinaron hacer hallándose dormidas?... Para mayor -asombro, las últimas declaraciones de Vicente López ratificaban las de -los Paredes, y eran como una firma más estampada al pie de aquella -especie de alegato en favor de la existencia de un mundo invisible. - -Pero estas arriesgadas presunciones fracasaban ante los ademanes y las -miradas, de vertical inocencia, de don Gil. El hombre pequeñito no sabía -nada, no comprendía nada, de cuanto le decían. Todas aquellas -imputaciones parecíanle calumnias odiosas, tretas abominables inventadas -por la astucia de los criminales y que la incultura colectiva acogía con -regocijo insano. Él apenas había tratado al señor Frasquito; él apenas -salía á la calle de noche; su vida era transparente; vida sin viajes, -sin recobecos, sin negocios, deslizada pacíficamente bajo las miradas de -sus vecinos. ¿Quién podía reprocharle ninguna mala acción? ¿A quién -había engañado? ¿Con quién había reñido? Para honrarle ¿no estaba allí -su historia límpida, clara, impoluta, semejante á un cristal bañado en -sol?... - -Don Gil no mentía, y como las agitaciones de su vida nocturna huían de -su espíritu con la vigilia, este olvido daba á sus protestas un acento -irresistible de verdad. Si fuertes y leales eran las acusaciones que -contra él dirigían los procesados, no eran menos enérgicos los gestos y -las frases con que el hombrecillo se defendía; y esta indomable -sinceridad hacíase temblor colérico en sus manos y fuego vengativo en -sus ojos. Escuchando desapasionadamente á unos y otros, la Sala llegó á -convencerse de que nadie mentía. Eran francos los hermanos Paredes, lo -era Vicente López, lo era también don Gil. Mas, ¿cómo vincular la vida -real á la fantástica? ¿Cómo conceder capacidad criminal y, de -consiguiente, valimiento jurídico, á un sueño? Los Paredes y Vicente -López aseguraban haber soñado muchas veces con don Gil, pero éste lo -negaba. La certidumbre de tales pesadillas era indudable, y no obstante -don Gil podía ser ajeno á ellas. Los fisiólogos no han conseguido medir -aún el alcance de los sueños. Pudo la voluntad de don Gil presentarse -una vez y muchas á los acusados y ejercer presión en ellos; pudieron -éstos asimismo, soñar con don Gil, en cuyo caso la imagen del hombre -pequeñito cesaba de tener sustantividad objetiva para ser un producto ó -visión de la fantasía de los durmientes. Y en esta enmarañada selva de -suposiciones gratuitas y resbaladizas apariencias, ¿dónde hallar la -verdad?... - -Al cabo, con muy sano acuerdo, los señores jueces decidieron atenerse á -los hechos comprobados y renunciar á toda laya de pesquisiciones -metafísicas; y pues la presencia de don Gil tuvo la virtud de arrancar á -Toribio Paredes la confesión de su crimen, no quisieron obtener más de -él y restituyeron al hombre pequeñito su libertad. - -No obstante, estos interrogatorios y careos dejaron una estela fatal -para el enano. Sus discusiones con Vicente López y los Paredes ante la -Mesa del Tribunal, y los formidables cargos lanzados contra él, -ratificaron en el vecindario de Puertopomares la antigua creencia de -que don Gil Tomás, si no capacidades de hechicero, precisamente, tenía, -cuando menos, ciertos dones extraños, poderes telepaticos, virtudes -hipnóticas, que le permitian ejercer, á distancia, influencia sobre las -personas. La opinión elogiaba la hábil cautela con que la Audiencia -salmantina desdeñó el aura de brujería en que los tres acusados trataron -de envolver al hombrecillo, pero reservábase el derecho de seguir -creyéndole un empecatado y temible jorguín. - -Como el tonto Ramitas que, de año en año, arrastraba por las calles su -gruñido idiota, don Gil llegó á ser un tipo representativo. Ramitas -personificaba la ignorancia ambiente; don Gil, la incultura, gofería y -atraso de todos. En su cuerpecillo los fanatismos religiosos peores, las -supersticiones, la fe en la virtud de las cosas ocultas, cristalizaron. - -También parecía tener el rostro de la Muerte. - -A nuestro alrededor, día y noche, en todos nuestros actos, en todas las -conversaciones, en el agua demasiado fría que bebimos á destiempo, en el -rayo de sol que calentó demasiado nuestra nuca, en el negocio que -emprendemos, acecha la muerte. Su imperio aciago nos rodea. Es horrible -considerar que la casa donde moriremos seguramente ya está edificada, -que hay una escalera cuyos peldaños bajaremos en hombros, que la madera -de nuestro ataúd existe ya. «¿Cuál es esa casa?--pensamos--¿Qué árbol, -entre los millares de árboles que vi cruzando un bosque en tren, dará la -madera de mi ataúd? ¿Qué sastre hará mi último vestido? ¿Cuáles serán el -último teatro, la última ciudad, el último paisaje, que miren mis ojos? -Y, de cuantas manos estrecharon la mía, ¿cuál cerrará mis párpados?»... -Estas ideas el pueblo las asociaba al hominicaco del Paseo de los -Mirlos. Don Gil Tomás, con su actitud, que destilaba silencio, y sus -labios sin risas, debía de poseer la clave de tan terribles preguntas. - -Prodújose contra él una reacción bárbara. Los vecinos más pacíficos -pedían su destierro. En una taberna de la Puerta del Acoso, varios -gitanos habían jurado matarle. Los hombres, que conocían por sus mujeres -las grandes venturas nocturnas del enano, tenían celos de él. Los -labriegos le hacían responsable de los pedriscos, de las escarchas y de -los animales perdidos. Un rehalero aseguraba que una noche de tormenta, -á la hora cabalística de las doce, vió á don Gil rondando la majada, y -habiéndole arrojado con certera puntería una piedra, instantáneamente -cesó de verle, de donde dedujo que no era su cuerpo mortal, sino su -espíritu, el que por allí andaba. - -La historia tenebrosa del hombrecito color de limón, florecía de nuevo -en las tertulias del Toro Blanco y del Casino, y en los corrillos de la -Glorieta. Don Ignacio Martínez, que nunca había hablado de la noche en -que su mujer, sonámbula, quiso ir á buscarle á casa de don Gil, -apremiado por la curiosidad de sus amigos, que tenían noticias de aquel -suceso por Fermín, lo describió circunstanciadamente, y su narración -produjo emociones rayanas en el terror cerval. - ---Ahora comprenderán ustedes--decía el veterinario--por qué al leer que -los hermanos Paredes acusaban á ese hombre de la muerte del señor -Frasquito, tiré el periódico. Tuve miedo, lo confieso, un miedo que era -frío y me llegaba á los tuétanos; miedo á lo sobrenatural, á los -muertos... ¡no sé!... - -A granel iban acumulándose contra don Gil Tomás recuerdos y detalles. La -memoria benedictina de unos, la imaginación hiperbólica de otros y la -ignorancia y malevolencia de todos, realizaban este infame milagro. Se -recordaron el accidente que privó de la vida á Eustasio, el tonelero; la -pesadilla profética de Ursula Izquierdo; el fin de Manuel Ayala, muerto -en riña al día siguiente de tener una disputa con don Gil; el -fallecimiento repentino de Juanita, la hija del carpintero Wenceslao; y -los últimos momentos de Manolo Peinado, expirando en el silencio de una -cita. Hasta las buenas acciones de don Gil, consistentes en señalar á -las personas de su agrado qué asuntos debían emprender ó de cuáles les -convenía guardarse, se revolvían en contra suya. - -Acobardado por la hostilidad del ambiente, el hombre pequeñito se -refugió en su casa, de la que salía apenas. Una tarde dos mujeres, que -volvían de lavar, le encontraron tendido sin conocimiento entre unos -matorrales, cerca del Malamula, y compadecidas de él le condujeron á su -domicilio. Mientras le llevaban, reían y decían maliciosos donaires. -¡Pesaba tan poco!... - -Meses tardó don Gil en reponerse de sus heridas. Durante este tiempo -nadie se interesó por su salud. Luego se supo que fueron Luis Olmedilla, -recién casado con Anita Fernández Parreño, y Romualdo Pérez, los autores -de tan gentil paliza. - - - - -XXXIV - - -Llegada la noche, que era fría, y no bien terminaron de cenar, don -Ignacio y su mujer se acostaron. Serían las nueve. - ---¿Quién ha preguntado por mí esta tarde?--decía Martínez--; ¿Vino el -jardinero? ¿Envió don Valentín las veinte pesetas que me debe?... - -Doña Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados. -Tenía sueño. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa -albura de las almohadas, aparecían las cabezas del matrimonio: ella, -saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el -ébano regio de sus cabellos; él, moreno, atlético, bigotudo, con algunos -hilos de plata en el pelo áspero, cortado al rape sobre la frente -estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tálamo y dentro de -una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa -azul, dormía Antoñita. - -Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apaciguándose. También -él tenía sueño y tiró á un rincón el chicote que estaba fumando. Doña -Fabiana bostezó. - ---¿Dormimos?--dijo. - ---Bueno. - ---Hasta mañana, entonces. - ---Hasta mañana... - -Cambiaron un beso. Ella dió media vuelta, buscando una actitud cómoda, y -sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazón -apetecible. Don Ignacio echó fuera del embozo un brazo faunesco, velloso -y cobrizo, y apagó la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad -rubia de la luna tendía en la oscuridad del dormitorio hilos -fantasmales. Aún doña Fabiana, la lengua entorpecida por el sueño, -interrogó: - ---¿A qué hora he de llamarte? - ---A las siete, en punto. - -Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron á roncar. Transcurrió -mucho tiempo. Los gallos habían cantado ya varias veces. Eran más de las -cuatro. De súbito, en la quietud del caserón, la voz atiplada de la niña -vibró imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror: - ---¡Mamá... mamá!... - -En el lecho de sus padres, sus oídos, hiperestesiados por el miedo, -percibían balbuceos de angustia y rebullos extraños de lucha. Volvió á -llamar: - ---¡Mamá!... ¡Mamá!... - ---¿Qué?... Voy... - -Respondía doña Fabiana entre dientes. Antonia repitió incorporándose y -con la garganta llena de lágrimas: - ---¡¡Mamá!!... - -La señora de Martínez despertó; respiraba difícilmente y tenía la frente -y el cuello bañados en copiosísimo sudor. - ---¿Qué es?--exclamó extendiendo una mano hasta palpar á su hija--; ¿qué -es?... ¿Sucede algo? - -Y la niña: - ---¿Por qué gritabas, mamá? Me has asustado; ahora siento mucho miedo. - ---¿He gritado, dices?... - ---Sí; diste un grito horrible. ¿Soñabas? - -Tardó en responder. - ---Sí, creo que sí... - ---¿En qué soñabas? - ---No sé, no me acuerdo. Ea, duerme. - -Destosió, se frotó los ojos, procurando entrar en posesión de sí misma. -Antoñita decía bien: había soñado. Tenía los brazos cruzados fuertemente -sobre el pecho, lo que produce pesadillas. - ---Sí--repitió--estaba soñando... ¡Gracias á Dios, todo es mentira!... - -Don Ignacio también comenzó á removerse; forcejeaba y por entre sus -dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su -vez, doña Fabiana tuvo miedo de aquella voz que parecía venir de otra -vida. Encendió luz. - ---¡Ignacio!... - -Volvióse hacia él, tocándole en la cara nerviosamente. - ---¡Ignacio!... ¿No oyes?... ¡Ignacio!... ¡Ignacio!... - -Antoñita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos y suplicantes, -las cejas llenas de aflicción, repetía: - ---¿Qué tiene papá?... ¿Qué le sucede?... - -El veterinario tardó en recobrarse. Al cabo abrió los párpados, y había -en su rostro la angustia del náufrago que vuelve á flor de agua tras de -una larga inmersión. Estaba fatigadísimo y alentaba con trabajo; la -violencia de las palpitaciones de su corazón le sofocaban. Sus manos, -apretadas una contra otra, parecían oprimir algo... - -Doña Fabiana repetía: - ---Ignacio, tienes una pesadilla... ¿Oyes?... Tienen una pesadilla... -¡Despierta!... - -Suspiró el señor Martínez y demostró haber hallado su conciencia. - ---¡Sí...--dijo--qué horror!... Es verdad... ¡Estaba soñando!... - -La voz de la niña vibraba implorante y llorosa: - ---No sueñes, papá; me das miedo. - ---No, hija mía... - ---Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y después de morirte -hablas. - ---Tranquilízate: es que me había acostado del lado izquierdo. ¡Ya todo -pasó!... Ea, duerme. Hasta mañana. - -Antoñita se acostó, hundió en las blanduras de la almohada su cabecita -rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, tornó á dormirse. -Doña Fabiana apagó la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy -quedamente, llamó don Ignacio. - ---Fabiana... - ---¿Qué? - ---¿Tienes sueño? - ---No. Habla bajo, no despierte la niña. - ---Oye... - -Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvióse de cara á su -marido. Agradecíale aquel ratito de conversación, pues tenía miedo. Le -abrazó bajo la suave tibieza de las mantas. El prosiguió, hablando casi -con el aliento: - ---Acabo de pasar un rato malísimo. ¿Sabes lo que soñaba?... Pues que don -Gil Tomás, enamorado de ti y creyéndome ausente, había entrado en este -cuarto á seducirte. - -Precipitadamente doña Fabiana hubo de meterse un trozo de sábana en la -boca para sofocar un grito. - ---¡Ignacio!--balbuceó la mujer, empavorecida--Ignacio... ¿Qué es -esto?... Yo he soñado lo mismo. - -El señor Martínez empezó á temblar. - ---¿Es posible? - ---Sí. - -En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sintió que algo -viscoso, frío, como una mano muerta, recorría su espalda. Efectivamente, -había en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento -de otra vida. Prosiguió: - ---Nosotros nos hallábamos acostados aquí, tú á mi derecha, según estamos -ahora, cuando ese hombre llegó. Le encontré un poco raro: el semblante -más flaco, más amarillo; el resto del cuerpo no se distinguía bien... -parecía borroso... ¿Le soñaste tú así?... - ---Lo mismo--repuso doña Fabiana, persignándose--; lo mismo... - ---Entró deslizándose por entre ambos batientes de la puerta... - ---Eso es. - ---Y avanzó por detrás de la butaca... - ---Exacto. - ---Hasta detenerse á los pies del lecho de la niña... - ---Exacto, justo--repetía doña Fabiana que sentía helarse su carne de -pavura. - -Continuó don Ignacio: - ---No dijo palabra don Gil, ni yo me incomodé en preguntarle á qué venía, -pues en su frente, como en un libro, leí su intención. De un brinco le -salí al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me -abalancé sobre él. - ---Es verdad. Yo le había hecho señas de que se fuera, para que tú no le -vieses, pero no me entendió. - ---Luchando á brazo partido caimos los dos al suelo; mas él quedó debajo, -y yo, teniéndole bien sujeto con mis rodillas, empecé á estrangularle. -¡Ah, qué placer, cuando le cogí por el cuello, sintieron mis manos!... -El perneaba, quería morderme, luego me pareció que vidriaba los ojos... - -Doña Fabiana interrumpió á su marido. - ---Sí, sí... ¡qué espanto! Todo eso lo he visto yo... ¡lo juro!... lo he -visto... ¡lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces -fué cuando di un grito y la niña me despertó. - ---Indudablemente--repuso don Ignacio--porque yo oí ese grito y tu figura -empezó á desdibujarse hasta desaparecer. - ---¿Dejaste de verme? - ---Completamente; y entonces oí tu voz y desperté. - -La señora de Martínez, devotamente, tornó á persignarse. - ---¡Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo juraría que, hace unos -instantes, el alma de don Gil Tomás ha entrado aquí. - ---Creo lo mismo. - ---¿Estará ese hombre enamorado de mí? Hay en todo esto como una -brujería. - ---¡Quién sabe!... Tal vez... - -No hablaron más y durmieron sosegadamente hasta el otro día. - -A la mañana siguiente corrió por el pueblo la noticia de que el hombre -pequeñito había muerto. Sus criadas, cuando fueron á llevarle el -desayuno, le hallaron tendido en su cama, frío y blanco. Los médicos á -quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encargó reconocer el cadáver, no -hallando en éste nada anormal, certificaron que don Gil había fallecido -de un derrame seroso. El parte facultativo añadía que la muerte debió de -ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco... - - Madrid, Junio 1914. - - Fin - - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El misterio de un hombre pequeñito, by -Eduardo Zamacois - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO *** - -***** This file should be named 53743-8.txt or 53743-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/3/7/4/53743/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: El misterio de un hombre pequeñito - -Author: Eduardo Zamacois - -Release Date: December 15, 2016 [EBook #53743] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<div class="figcenter"> -<img src="images/cover.jpg" width="344" height="528" alt="" title="" /> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span></p> - -<p class="cb">EL MISTERIO<br /> -DE UN HOMBRE PEQUEÑITO</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span></p> - -<p class="c">DEL MISMO AUTOR<br /> -(PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL)</p> - -<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td class="c" colspan="2">NOVELAS</td></tr> -<tr><td class="rt" colspan="2">Pesetas.</td></tr> -<tr><td><b>El otro</b> (segunda edición)</td><td>3,50</td></tr> -<tr><td><b>La opinión ajena</b></td><td>3,50</td></tr> -<tr><td><b>La cita</b> (<i>Biblioteca popular</i>)</td><td>1</td></tr> -</table> -<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p> - -<p class="c"> -EDUARDO ZAMACOIS</p> - -<h1><img src="images/lins.png" -alt="===" - class="nspc" -/> - -EL MISTERIO<br /> -DE UN HOMBRE<br /> -PEQUEÑITO <img src="images/lins.png" -alt="===" - class="nspc" -/></h1> - -<p class="c"> -NOVELA<br /> -<br /> -<img src="images/colofon.png" -alt="colofón" -width="95" -/></p> - -<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary=""> - -<tr><td colspan="3" class="c">RENACIMIENTO</td></tr> - -<tr class="c"><td>MADRID<br /> - -<b>San Marcos, 42.</b></td> -<td><img src="images/deco.png" -width="18" -alt="" -/></td> -<td>BUENOS AIRES<br /> - -<b>Libertad, 170.</b></td></tr> - -<tr><td colspan="3" class="c">1914</td></tr> -</table> - -<p> -<span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p> - -<p class="r"> -ES PROPIEDAD<br /> -</p> - -<p class="ov">Imp. de Ramona Velasco, viuda de Prudencio Pérez.—Campomanes, 4.<span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p> - -<div class="blockquot"><p><i>¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como -ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No -constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro -por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas -personas—aborrecidas ó deseadas—viven lejos de nosotros?</i></p></div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span></p> - -<div class="bbox"> -<p> - -<a href="#I">Capítolo I, </a> -<a href="#II">II, </a> -<a href="#III">III, </a> -<a href="#IV">IV, </a> -<a href="#V">V, </a> -<a href="#VI">VI, </a> -<a href="#VII">VII, </a> -<a href="#VIII">VIII, </a> -<a href="#IX">IX, </a> -<a href="#X">X, </a> -<a href="#XI">XI, </a> -<a href="#XII">XII, </a> -<a href="#XIII">XIII, </a> -<a href="#XIV">XIV, </a> -<a href="#XV">XV, </a> -<a href="#XVI">XVI, </a> -<a href="#XVII">XVII, </a> -<a href="#XVIII">XVIII, </a> -<a href="#XIX">XIX, </a> -<a href="#XX">XX, </a> -<a href="#XXI">XXI, </a> -<a href="#XXII">XXII, </a> -<a href="#XXIII">XXIII, </a> -<a href="#XXIV">XXIV, </a> -<a href="#XXV">XXV, </a> -<a href="#XXVI">XXVI, </a> -<a href="#XXVII">XXVII, </a> -<a href="#XXVIII">XXVIII, </a> -<a href="#XXIX">XXIX, </a> -<a href="#XXX">XXX, </a> -<a href="#XXXI">XXXI, </a> -<a href="#XXXII">XXXII, </a> -<a href="#XXXIII">XXXIII, </a> -<a href="#XXXIV">XXXIV.</a> -</p> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span></p> - -<h1>EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO</h1> - -<h2><a name="I" id="I"></a>I</h2> - -<p>Mediaba la tarde cuando empezó á llover. La misma violencia inicial del -aguacero, engañó á los vecinos; creían todos que el chaparrón, como de -Mayo, amainaría pronto; pero no fué así, y la voz gradualmente más -fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes á -columnas de humo, que velaban la crestería de los montes mayores, -aseguraron la persistencia del mal tiempo.</p> - -<p>Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado -en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos. -Hállase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo, -circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su -humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser -orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un -anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de -castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos, -componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto á cerca -de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span> -tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor -asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el -trueno suscitan en las concavidades graníticas de la cordillera ululeos -y resonancias imponentes.</p> - -<p>Y como la región, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y -movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el -caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir -lo ofrecido, generosos é hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y -bravos, cual corresponde á la tradición, tantas veces centenaria, de la -ejemplar Castilla.</p> - -<p>La historia de Puertopomares es dilatadísima. Sus fundadores, gentes -dedicadas al pastoreo y poco belicosas, quizás construyeron las primeras -viviendas junto al río Malamula, que en todo tiempo corre cristalino -como un llanto perpetuo de la sierra, y así parece indicarlo la vejez -secular de aquellas edificaciones que hoy componen el arrabal ó extremo -más miserable del pueblo. Después los aborígenes, hostilizados por -tribus enemigas, debieron de sentir la utilidad defensiva del monte y á -él subieron pidiéndole favor contra la desamparada mansedumbre de la -llanura. Inconscientemente los siervos de la gleba buscaban un amo. -Varios siglos pasaron. Dominando la parte más altiva hiciéronse al fin -los muros aspillerados de un castillo románico, cuyos salones sirven -ogaño de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes -todavía, constituyen la armazón ó esqueleto de todo el villorrio. -Examinando su recia disposición, surgen á montones huellas de -civilizaciones distintas. Los cimientos de la llamada Puerta del Acoso, -y el formidable aparejo de la muralla que domina la parte Norte, son -romanos. Algunos torreoncitos saledizos que interrumpen la sucesión de -los merlones y de las almenas, señalan el paso de la<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> época gótica. Más -adelante la fábrica aborigen trocóse en alcazaba y los árabes dejaron en -el remate de algunas barbacanas la gracia espiritual de su arquitectura. -Posteriormente el feudalismo grabó el sello de su rudeza guerrera y -sensual en la amplitud ecoica de las escaleras y de las cámaras. Todo -allí interesa: cada piedra tiene una historia, cada puñado de argamasa -una gota de sangre; el polvo que ensucia las botas del viajero, es -ceniza de héroes.</p> - -<p>Una piedra gerarca defiende todavía la memoria del caballero leonés don -Fadrique Ballesteros de Guzmán, señor de Cantagallos y de Fuenfría, -quien, bajo el tempestuoso reinado de Alfonso onceno, ganó el castillo -de Puertopomares á la morisma. El escudo que ennoblece la Puerta del -Acoso explica el recio temple de aquel hombre y los misterios de su -linaje. Es tajado el escudo, y acreditan bastardía tanto el resalto de -la línea transversal como la disposición del yelmo que lo cubre y se -halla vuelto hacia la izquierda y con la visera baja, cual si quienes -habían de llevarlo se avergonzasen de su origen. Un roble y un lobo -empinante aseveran la elevación de ideas y el temerario coraje de don -Fadrique, así como una mano dice su liberalidad hidalga, y las líneas -verticales y horizontales que se entrecruzan en el cuartel inferior, su -ascético silencio y la contenida aflicción de su ánimo.</p> - -<p>De Ballesteros de Guzmán nada escribieron los cronistas de la época; -quizás sucumbió oscuramente en la batalla del Salado, y otro señor, de -nombre desconocido, le arrebató su feudo. La guerra contra la Media Luna -proseguía implacable. Por tres veces, en menos de una centuria, los -moros fronterizos recobraron el castillo, que por lo estratégico era muy -codiciado, y otras tantas lo perdieron. Dos hermanos, don Jaime y don -Siro, emparentados por la rama cognática con uno de los principales -linajes de Aragón,<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> aparecen allí más tarde, y sus crueldades, -violaciones y rapiñas, siembran el espanto en la región. Menos -sanguinarios son sus halcones. Huyen furiosos y cobardes los pecheros á -otras tierras, y los señores bajan al pueblo libremente y cuentan por -cientos sus barraganas. Una ola insultante de bastardía parece descender -de la montaña.</p> - -<p>Siglos después, la miseria que ocasionaron la expulsión de los judíos y -la conquista de América, las invasiones extranjeras, las contiendas -civiles, los años de paz con su abandono más funesto para las -edificaciones marciales que la misma guerra, fueron arrancando piedras, -resquebrajando bóvedas y arruinando poco á poco los muros hasta dar con -varios de ellos en el suelo. Entonces fué cuando la gente pobre, los -menesterosos del llano, se acercaron al titán, y perdiéndole el miedo -comenzaron á quitarle lo que necesitaban para sus viviendas. Este -llevábase unos sillares, aquél unos horcones ó unos azulejos, ó -levantaba su casa afirmándola contra las adarajas de algún murallón; -esotro pastor acotaba el extremo de una galería y en ella encerraba de -noche su ganado. En invierno, muchos hampones se detenían allí y, sin -reverencia, para calentarse, encendían hogueras. Había en esta -expoliación pacífica una especie de aborrecimiento subconsciente, de -odio atávico; el odio que dedican al recuerdo del amo, incendiario y -violador, los hijos del siervo.</p> - -<p>Por esta causa la vieja alcazaba subsiste mezclada á la vida de -Puertopomares de manera tal, que imposible sería demoler una casa sin -tropezar en ella con algún macho ó lienzo de pared, perteneciente al -coloso. Hay zaguanes, verbigracia, de techumbre abovedada surcada por -las nervaduras sencillas y escuetas de la primitiva arquitectura ojival; -y cocinas, tiendas de comestibles y almacenes, cuyos artesonados -exagonales conservan intactos los follajes y adornos<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> del Renacimiento. -Un salmer sirve de base á una escalera moderna. Una línea de dovelas, da -á una bodega acceso suntuario. Subsisten arcos románicos enormes, -tendidos á traves de cuatro y cinco casas. A veces, empotradas en una -vulgar pared de ladrillo, grisean un trozo de arquitrave y algo del -capitel de una columna hundida allí hace siglos. Insensiblemente la -fábrica primitiva experimentó mutaciones incontables: la iglesia que -comenzaron á levantar adosada á una muralla, se apoderó de un bastión -mudéjar y con ciertos aditamentos lo cambió en torre; un primer reducto -fué convertido más tarde en cárcel; un arbotante en el arrimo principal -del edificio destinado á Casino, la crujía en callejón, la saetera en -ventana, el foso en atajo, el temido ergástulo en bodega, y en -desabrigada plazoleta pública la severidad del antiguo patio de armas. -Los enormes sillares que el tiempo y los asaltos precipitaron desde los -baluartes soberbios á las márgenes humildes del río, fueron aprovechados -luego en la construcción de puentes, fábricas y represas. El cadáver del -titán conserva todavía piedra suficiente para construir un segundo -pueblo, y el de Puertopomares continúa robándole cuanta necesita. -También le debe su fuerza centrípeta, la virtud coercitiva que parece -sujetar inexorablemente sus casas unas á otras; á veces, registrando la -secreta estructura de varias viviendas, la observación descubre, bajo -una máscara reciente de cal y ladrillo, un trozo de bastión ó acitara -que, semejante á un nervio, las sujeta á todas.</p> - -<p>Las mudanzas de las civilizaciones y del tiempo, dieron al cerro de -Puertopomares dos fisonomías perfectamente distintas. La parte Sur, que -enfrenta la estación del ferrocarril, es más apacible; hay menos -peñascales y los bosques de castaños y de fresnos muéstranse lozanos y -tupidos; la hierba tiende su magia saludable por las laderas de los -montes, y entre<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> el silencio de la espesura virgiliana blanquean -risueñas viviendas. Arriba, en las tardes de buen sol, el fenestraje -arde con refulgencias cegadoras, las persianas verdean como pámpanos y -los tejados son más rojos. Abajo, en el llano, los rieles del tren, -abrillantados por el uso, ondulan con flexible gracia de serpiente ó de -látigo; en las vías de descarga, vagones oscuros y herméticos, irradian -la melancolía de su quietud. La estación es pequeña, tranquila y tiene -un andén de arena, sombreado por algunos chopos, y una techumbre -salediza. Desde allí al pueblo, á través de la umbría del bosque, -cigzaguea un camino. Al pie del monte un túnel abre la tiniebla de su -medio círculo, y luego, doblándose como un alfanje, pasa al otro lado; -toda la pesadumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre él. -Los trenes que van á Salamanca cruzan el túnel, salvan el río por un -puente muy alto de hierro y madera, y describiendo una curva se hunden -en la sierra. Al desaparecer, súbitamente su estrépito se apaga.</p> - -<p>Este lado Norte de Puertopomares, acaso por la mayor cólera de los -vientos, es fosco, batallador, de una acritud estéril, hirsuta y -primitiva. La tierra allí hízose roca. Abundan los yacimientos -graníticos cortados á tajo y todo tiene el color oscuro de la piedra. -Como la vertiente es rapidísima, el desmoronamiento y caída de los -nobles muros belicosos debió de ser terrible. Muchos sillares, -arrancados de los propugnáculos derruídos por el tiempo y las gestas, -rodaron con tal ímpetu que pasaron el río y en la opuesta orilla se -afincaron; algunos quedaron en medio del cauce y contra ellos el agua -murmurante se rompe desde hace siglos; otros, detenidos milagrosamente -en una quiebra de la ladera, permanecen inclinados sobre el abismo y -todavía amenazan. Aquí y allá, en grupos, cual guerrilleros lanzados á -la conquista de la gloriosa fortaleza, crecen frondosos árboles,<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> y en -el amplísimo telón verde de la pendiente numerosas casas, construídas -tal vez en los mismos cimientos de alguna barbacana rota, ó sobre la -sólida anchura de un adarve, levantan su alegría de hogar.</p> - -<p>Arriba, en el fastigio ó acirate, y de Levante á Poniente, el lugarejo -muestra la rusticidad abigarrada y guerrera de sus techumbres; entre -todas componen un perfil jiboso, un lomo de camello. La calle Larga, -donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa -Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de -Este á Oeste y constituye su espinazo; va desde la Puerta del Acoso á la -Glorieta del Parque, cerca de mil metros mide y ocupa la parte -culminante. Otras tres calles, las de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro, -por la vertiente septentrional, y la del Sacramento, por el mediodía, le -son paralelas, pero hállanse en niveles tan desiguales, que varias casas -de planta baja de la calle Larga, en la de Amor de Dios tienen tres y -aun cuatro pisos. Análoga desproporción existe entre la de Amor de Dios -y Pozo de Don Ramiro, construída á trechos sobre los bloques antemurales -más avanzados del castillo, por cuanto estas vías se encuentran, unas -con respecto á otras, como los bancales en las laderas de los oteros y -colinas. Las demás callejas son pequeñas y fueron abiertas de Sur á -Norte, perpendicularmente á las ya citadas. La parte menos alta la -integran las casucas edificadas fuera de la Puerta del Acoso, las cuales -arraciman, barajan y confunden sus paredes y tejados cual si algún -furioso terremoto las hubiese dislocado y revuelto. Son las más -humildes, las más viejas, y señalan el camino por donde la gente de la -tierra baja trepó á la montaña. Surgen después á intervalos algunos -largos retales de la antigua muralla, todos tiznados por el tiempo y -cubiertos de muérdago y de hiedra; y á continuación, interpolado -pintorescamente á las reliquias del muerto<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span> castillo, el pueblo: un -caserío original de contextura arbitraria, de balconajes volados y -grandes como galerías, de espadañas tristes y sutiles, de hostigos -cubiertos de tejas, de fachadas arlequinescas ensuciadas por la ventisca -y las nieves, que le dan un aspecto triste, una tonalidad severa y -medioeval nunca comparable, ni aun en los limpios días del verano, á la -pinturería reverberante de las ciudades andaluzas.</p> - -<p>Aquella tarde de Mayo llovió como en los días peores del invierno. En la -lejanía plomiza, las montañas y las nubes se emborronaban; un relámpago -que fingió piruetear de un cerro á otro, bañó el espacio en vivísimo -resplandor, y casi simultáneamente la voz abracadabra del trueno -tableteó horrísona en los arcanos serrinos; los ecos se devolvían aquel -atabaleo trágico que resonaba de valle en valle, de gollizo en cañada, -como el gorgoteo de un intestino lapidario. Enojóse el Malamula con el -aguacero, y su musiteo tornóse rumor de amenaza. El viento dormía y en -las calles desiertas, lavadas, escurridizas y pendientes, sólo vibraba -el acorde monorrítmico del chaparrón semejante á un siseo continuado, á -una orden de silencio. El agua salióse de los alcorques, y desbordándose -de las canales caía ruidosamente sobre las aceras; grandes manchas de -humedad oscurecían las fachadas; por las viejas troneras, por las -grietas de los arruinados paredones, la lluvia torrencial filtrábase -bordando brillantes arabescos. Desde los anchos balcones, de renegrida -horconadura, y á través de los cristales, mujeres de mejillas flacas -color cera y de ojos intensos y negrísimos, mujeres de labios finos y -cabellos lustrosos peinados simétricamente sobre la frente, mujeres -resignadas de Castilla, hacían labores que, á intervalos, interrumpían -para signarse y mirar al espacio. Ni un transeunte, ni un pregón, ni un -ruido; únicamente el susurro de hervor del tenaz y caudal aguacero -respondiendo al sollozo profundo del río.<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> Hasta el martillo de don -Ignacio, el veterinario, reposaba. Feas, aturdidas, caladas, tristes, -muchas gallinas se habían buscado un refugio en el quicio de las -puertas, contra los batientes cerrados. Por las calles mejores y más aun -por los pasadizos dispuestos, para mayor comodidad de los viandantes, en -forma de escalera, el agua descendía impetuosa, espumeante, cobrando -rumores de torrente al despedazarse contra los guardacantones de las -esquinas. A poco levantóse el viento y su furia arrancó á las -encrucijadas temerosas estridencias; la lluvia convirtióse en granizo y -una nueva melancolía aceleró la rapidez gris del crepúsculo; bajo tan -densa brumazón el caserío de Puertopomares, con la plateresca disonancia -de sus espaciosos aleros, de sus balcones largos y saledizos, capaces de -ensombrecer una fachada, y de sus calles tortuosas y sin gente, tenía la -muda desolación de una aldea abandonada.</p> - -<p>Sólo una voz implorante y sin timbre rompía de cuándo en cuándo la -quietud de la calle Amor de Dios. Era la del tonto Juan Ramos, llamado -<i>Ramitas</i>, que lloraba porque la dueña del Café de la Amistad no le -había permitido entrar en su establecimiento. Ramitas, hemiplégico del -lado izquierdo, arrastraba una pierna al andar y tenía un brazo encogido -y con el codo vuelto hacia afuera. Iba sin sombrero. Su rostro joven, -mojado por la lluvia y las lágrimas, chorreaba mugre. Desde los zaguanes -algunos chiquillos gritábanle burlones y crueles:</p> - -<p>—¡Tonto Ramitas!... ¡Eh!... ¿Te han pegado?...</p> - -<p>El idiota volvía la cabeza. Acaso comprendía su abandono, su desgracia -que á nadie inspiraba piedad, y prorrumpía en llanto amarguísimo. Mojado -hasta los huesos, intentaba refugiarse en cuantos almacenes de -comestibles y tabernas hallaba al paso, pero de todas partes le -despedían.</p> - -<p>—¡Tú, Ramitas!... ¡Fuera de aquí!...<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span></p> - -<p>Le tenían asco. El seguía adelante. Lloraba y andaba. Su treno ronco, -doliente, iba alejándose, arrastrándose á lo largo de las calles, como -el lamento de un animal herido.</p> - -<p>A las cinco de la tarde, diez minutos antes de la llegada del expreso de -Madrid, los vecinos de la Glorieta del Parque oyeron pasar, hacia la -Estación, el coche de la Fonda del Toro Blanco. Fragor de cristales y de -colleras. Luego, nada. El silencio otra vez; el denso silencio -aldeaniego empapado en la doble tristeza de la lluvia y de la noche.</p> - -<h2><a name="II" id="II"></a>II</h2> - -<p>A la misma hora, Teodoro, el camarero del Casino, encendió las luces y -frotó cuidadosamente, con la blancura de su delantal, el mármol de los -veladores. Era un joven de razonable estatura, rubio, servicial y -agradable, que mantenía relaciones con Dominga, la sobrina de don -Valentín Olmedilla, propietario de la Fonda del Toro Blanco. El día de -la boda estaba cercano, y esta proximidad, origen de impaciencias y -acaso de zozobras, daba al rostro humilde y bueno de Teodoro una -ansiedad y una melancolía.</p> - -<p>Las mesas de tresillo y las de billar, hallábanse ocupadas, y las voces -de los jugadores y el ruido de los tacos, al golpear la madera del -suelo, producían regocijo.</p> - -<p>El Casino, por su amplitud, ornato y afortunada disposición, merecía -serlo de una capital provinciana. Ocupaba en el accidentado perímetro de -la población un sitio muy alto, y un lienzo de muralla prestábale -cimiento. Constaba de dos cámaras espaciosas y de mucho puntal; las -ventanas de una de ellas abocaban<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> á una plazuela lamentable, de -fachadas torcidas, de piso herboso y desigual, como dislocado por algún -terremoto, y entristecida bajo la umbría de unos soportales. El otro -salón se destinaba exclusivamente á bailes, y lo rodeaban largas -banquetas de pañete azul. Espejos de dorado marco, envueltos en gasas -para mayor pulcritud y conservación, adornaban los muros pintados al -temple. Contiguo á este salón había una galería abierta al Sur, sobre un -panorama magnífico. Su fenestraje, que visto desde el valle, parecía -arder con el sol, dominaba la estación del ferrocarril oprimida bajo su -techumbre de pizarra fregada por los aguaceros, la serenidad esmeralda -de algunos huertos, la reciedumbre y frondosidad saludable de los -viciosos castañares que sombreaban toda aquella parte, y la altivez de -los lejanos montes, ceñidos de nubes, semejantes á volcanes humosos. -Entre aquel inmenso verdor gambeteaba, apareciendo y ocultándose -alternativamente con una inquietud de parpadeo, el camino que conducía á -la ermita de San Fernando, semejante á una piedra, por lo pequeña, y -desde cuyo atrio todos los años, y con notable concurrencia y zambra de -romeros, un sacerdote, en el mes más propicio á la vida, bendecía los -campos. Las otras habitaciones ó dependencias del Casino eran la alcoba -de Teodoro, la cocina que se encendía rara vez, pues casi ningún socio -almorzaba ni comía allí, la sala de juego y la habitación destinada á -biblioteca; un cuarto desabrigado y minúsculo, ocupado por un largo -pupitre y varios estantes con libros. No llegarían éstos á trescientos. -En lugar bien visible y preferente, había dos retratos al óleo: el del -señor don Filiberto Pérez y el del alcalde señor Martínez Rodríguez. -Ambos fueron puertopomarenses ilustres, y la amplitud de sus cuellos y -la estrechez de sus levitas con trencilla señalaban una época distante. -Don Filiberto tenía los cabellos cortados<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> al rape, la frente oscura y -el bigote rubio y caído; el señor Martínez Rodríguez estaba afeitado y -en su rostro plebeyo y trivial fulgían unos ojos chiquitos, negros y -redondos, como gotas de tinta. Nadie recordaba la historia abnegada, -llena, sin duda, de iniciativas, filantropía, sacrificios y nobles -desvelos, de aquellos dos varones preclaros. Su obra se había perdido. -Toda la buena sociedad puertopomarense les conocía de verles allí, en la -biblioteca del Casino, y nada más. A sus nombres vulgares no iba unido -el recuerdo de ninguna hazaña capaz de imponerse á la ingratitud del -tiempo. Don Filiberto Pérez había sido notario y murió soltero; Martínez -Rodríguez fué alcalde, restauró á sus espensas la torre de la iglesia y -tuvo varios telares. A esto reducíase la vida de ambos próceres. Sin -embargo, cuando algún forastero visitaba el Casino, las personas que le -acompañasen nunca dejaban de mostrarle la biblioteca. Aquellos -trescientos volúmenes polvorientos, que nadie leía, eran el orgullo del -vecindario, su más limpio timbre de progreso.</p> - -<p>—Hasta ahora—decían—no hemos conseguido hacer más. Esto debemos -reformarlo. Nuestro pueblo necesita cultura... ¡mucha cultura!... En -fin, más adelante... poco á poco... ¡ya veremos! Luchamos contra dos -enemigos terribles: la ignorancia y la falta de dinero. ¿Quiere usted -creer que se pasan los años sin que á ninguno de los doscientos y pico -de socios que nos reunimos aquí, se le ocurra pedir un libro?</p> - -<p>Tampoco dejaban de tributar á los retratos un elogio breve y ferviente:</p> - -<p>—El señor Martínez Rodríguez; el señor don Filiberto Pérez; dos -conterráneos insignes...</p> - -<p>En estas palabras vibraba siempre cierto énfasis; un orgullo de -campanario, una vanidad lugareña que utilizaba aquel momento para -ponerse de puntillas.<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span> El forastero se inclinaba cortés ante aquellas -figuras que lo recogido del sitio y la tizne de los años mejoraban, y su -rostro expresaba devoción y melancolía, cual si realmente lamentase no -haber conocido á dos personas de tanto mérito.</p> - -<p>A pesar de sus comodidades y holgura, el Casino arrastraba una -existencia pobre. Años atrás, se celebraban allí todos los domingos -bailes, á los que concurría lo más granadito de la población. De estas -reuniones resultaron algunas bodas, como la de don Elías Fernández -Parreño, que acababa de licenciarse médico en Salamanca, con -Presentacioncita Tejas, la heredera más rica de la localidad. Luego, sin -causa ostensible, el celo de tales divertimientos fué apagándose; el -pianillo de manubrio, al que en las noches de holgorio desembarazaban de -su funda gris, sonaba inútilmente; huyendo de las mujeres los hombres se -refugiaban en la sala de juego ó asaltaban las mesas de tresillo, y las -muchachas no tenían con quien bailar. Las más alegres valsaban unas con -otras, como para afear á los galanes su huraña descortesía. Poco á poco -los bailes, semejantes á una fruta que fuera secándose, redujéronse á -dos mensuales; más tarde, á uno; finalmente se suprimieron, y las -mujeres, haciendo de su orgullo resignación, no demostraron sentirlo. -Teodoro achacaba esta decadencia á los hombres. La juventud masculina -veía en el baile un riesgo, una peligrosa ocasión de galantería y -coqueteo que acaso pudiera trocarse después en grave amor; no son buenos -juegos los que terminan ciñéndose coronas de responsabilidades y -obligaciones, ni cómodos los labios femeninos que, para besar, exigen la -previa sanción del cura y del juez, y así, el miedo al matrimonio echó -del Casino al genio celestinesco del baile.</p> - -<p>En Puertopomares, el número de solteros era enorme; había muchos -individuos ricos, independientes y<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> de juveniles costumbres, que -llegaron á los cuarenta años sin noviar con nadie. Estos refinados -egoístas satisfacían sus apetitos en las infelices habitantes de una -mancebía miserable, situada fuera del pueblo, sobre el tajo del río, en -un repliegue del terreno denominado Barranco del Zorro, y no pedían más; -los que necesitaban dar á sus licenciosos gustos mayores libertad y -lujo, se iban á Salamanca. «Amor sin amor—pensaban—amor pagado -inmediatamente, fué siempre el más barato y el más cómodo». Las mozas -casables estaban desesperadas; padres y maestros las recomendaron el -recogimiento, el pudor, la mesura más escrupulosa en sus acciones y -palabras. ¡Oh!... ¿Para qué?... ¿Quién agradecería su sacrificio -vestal?... Millares de entre ellas llegaron á la vejez solteras, -afeadas, marchitadas, por las brasas del deseo insatisfecho y -perdurable. Y había en la lenta consunción de aquellos azahares -inútiles, en la sempiterna agonía interior de tantas vírgenes estériles, -el dolor infinito, el espanto de tragedia, de una abominable injusticia -social.</p> - -<p>Generalmente al Casino los socios sólo concurrían de nueve á doce de la -noche; pero aquella tarde, muchos de ellos, sorprendidos en el campo ó -en la calle por la tempestad, acudieron á guarecerse allí.</p> - -<p>En la galería, sentadas alrededor de una mesa, varias personas miraban -hacia el paisaje sobre el cual la lluvia y la agonía crepuscular -desgranaban fugaces temblores amarillos y violetas. Era la contemplación -profunda, el éxtasis religioso, de los labriegos para quienes encierra -algo místico el fenómeno fecundante de la lluvia. Los relámpagos -pintaban en el espacio fuliginoso grietas terribles, ágiles como -víboras. El aire olía á tierra húmeda. Del valle subía el rumor, hondo, -interminable—lamento de mar—del viento, entre los árboles. Muy lejos, -la corriente del Malamula gruñía rencorosa.<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span></p> - -<p>Formaban la tertulia don Juan Manuel Rubio, al que sus muchas haciendas -y relaciones habían consagrado diputado á través de todas las -legislaturas; don Elías, el médico; don Ignacio Martínez, el -veterinario; el juez municipal, don Niceto Olmedilla, hermano de don -Valentín, el amo de la fonda; don Isidro Peinado, alcalde y dueño de una -ferretería de la calle Larga, y otros dos individuos. Don Juan Manuel y -don Ignacio, bebían coñac; los demás, cerveza. Durante mucho rato todos -hablaron del tiempo, y cada cual, cachazudamente, aportó á la -conversación un dato interesante.</p> - -<p>—Dicen—exclamó don Elías—que en Nava de Pomares llueve desde anoche -torrencialmente. Los viejos no recuerdan aguacero igual.</p> - -<p>—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó don Niceto.</p> - -<p>—Porque esta mañana fué Luisito Cruz á decirme que su madre había -amanecido peor, y él vive en la Nava...</p> - -<p>—Tiene usted razón; hoy le vi en la fonda, hablando con mi hermano.</p> - -<p>Callaron. Unos momentos todos miraron hacia el campo; diríase que la -afirmación, «en Nava de Pomares está lloviendo mucho», era tan grande, -tan trascendente, que congestionaba los cerebros. Al cabo, la voz -ruda—voz de mando—de don Ignacio Martínez, deshizo el encanto.</p> - -<p>—En Candelario, esta madrugada diluviaba; me consta por un mozo de -allí, que me ha traído á herrar dos caballerías.</p> - -<p>—Pues si diluvia en Candelario—observó don Isidro—habrá llovido -también en Cantagallos y en La Olla y en Palomares... pues siempre fué -así, y conocida la disposición de la sierra no puede ser de otro modo.</p> - -<p>—Yo creo que esta vez hubo agua de sobra—replicó el médico—; lo malo -es que nunca llueve á gusto<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> de todos. El chubasco, por ejemplo, que -favorece al centeno, acaso perjudica al trigo; lo que en este bancal es -beneficio, es muerte en aquel predio.</p> - -<p>Agotada la conversación, reducido el tema de los cambios admosféricos á -reseco y desjugado bagazo, apuntadas y discutidas todas las -posibilidades con esa machaconería minuciosa de que sólo la gente -rústica es capaz, el diálogo orientóse hacia otros rumbos. Alguien habló -del vidriero Jesús Ochoa, fallecido aquella tarde. De la sórdida -avaricia y misérrimo fin de aquel hombre referíanse escenas -inverosímiles. Ochoa moría septuagenario; nunca quiso casarse y no tenía -herederos; los días de su mezquina vida los pasó en una tienducha -lóbrega, especie de fétido chiscón situado detrás de la iglesia y en un -plano inferior al nivel de la calle. Hasta sus últimos instantes el -anciano vidriero demostró un valor y una clarividencia que, á no -emplearse en la más torpe codicia, hubiesen sido admirables.</p> - -<p>En Puertopomares, al igual que en otros pueblos salmantinos, los -parientes del difunto alquilan, para lujo y vistosidad del entierro, un -determinado número de cirios, que deben lucir durante todo el transcurso -de la ceremonia. Estos cirios se pesan antes de ser encendidos; luego, á -la salida del camposanto, vuelven á pesarse, y la diferencia entre ambas -pesadas, que señala la cantidad de cera consumida, es lo que se paga. -Ochoa, que carecía de familia y que, á tenerla, probablemente no se -hubiese fiado de ella, discutió por sí mismo el precio de la cera que -había de arder en sus funerales. Hasta el postrer momento sintió la -audacia y el sibaritismo de regatear, de defender su dinero, único goce -de su vida.</p> - -<p>—En la botica de don Artemio lo referían esta mañana unos amigachos del -difunto—dijo don Isidro—; creo que Teobaldo, el amo de la Funeraria, -estaba asombrado de tanta fortaleza de ánimo. ¡Es<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> increíble ese valor -en un viejo de más de setenta años!...</p> - -<p>Los entierros eran de dos categorías. En los mejores, denominados «con -salida», el clero acompañaba al cadáver desde la iglesia hasta la -Glorieta del Parque; en los de segunda clase, ó «sin salida», los curas -rezaban el último responso bajo el pórtico del templo; que tan lejos -alcanza la virtud del oro que hasta la oración, lo inefable, se rindió -mercenariamente á su poder. Don Niceto preguntó si el entierro de Ochoa -sería de segunda clase.</p> - -<p>—¡Naturalmente!—interrumpió el médico—; pues, ¿cómo pensaba usted que -fuese?... Y, gracias á que llegó á una avenencia con Teobaldo; pues de -no ponerle éste la cera al precio que él exigía, capaz es de seguir -viviendo. Conozco á los avaros; hasta para morirse buscan el momento más -económico.</p> - -<p>El acre humorismo de Fernández Parreño fué saludado con una carcajada -general. Este pequeño éxito empurpuró las mejillas de don Elías y -obligóle á bajar los párpados. Era un hombre corpulento, de miembros -bien trabados, de aspecto ecuánime y simpático, á quien, como á todo -miope, la necesidad de acercarse mucho á los objetos para distinguirlos, -había encorvado cortesmente hacia adelante. Tenía los ojos zarcos y el -bigote blanco y pulcro. El temblor de unos lentes de oro daban á las -expresiones de su rostro cierta noble quietud. Hablaba despacio y nunca -sin anteponer á sus palabras la importancia de un breve silencio. Sus -cincuenta años y la decorativa hinchazón de sus diagnósticos habíanle -granjeado mucho crédito. En todos aquellos lugarejos comarcanos tenía -clientes, y hasta de Salamanca, según testigos, le llamaron una vez. -Este fué el mayor orgullo de su vida.</p> - -<p>Don Juan Manuel le burlaba frecuentemente, asegurando que la ciencia de -Fernández Parreño reducíase á repetir, como papagayo, los anuncios que -con<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> gran acopio de nombres técnicos publican los vendedores de -específicos en la cuarta plana de los periódicos. Algo de esto había, -efectivamente: don Elías, poco accesible á las fiebres de la curiosidad -científica, apenas terminó su carrera cerró los libros, pero con tal fe -y sincera decisión, que no volvió á tocarlos. Era pobre y ni su misma -penuria decidíale al trabajo. Su tarda voluntad encomendábase á la -rutina. «Más sabe un practicón que cien doctores»—pensaba—. Por el -momento bastábale con ser buen mozo. Afortunadamente, Presentación, la -unigénita del opulento cacique don Ladislao Tejas, enamoróse de él, y -los dos millones de reales que aportó al matrimonio añadieron á su -gallarda figura y á su título de médico los debidos prestigios. Otro, en -su lugar hubiérase echado á la vida bartola. Don Elías, más -quisquilloso, más caballero, quiso trabajar para no avergonzarse de su -riqueza, y la misma holgura de su posición le captó en seguida clientela -abundante y selecta. Siete, ocho y hasta diez mil pesetas, afanaba -anualmente, que unidas á su amable trato y á la pacificadora labor del -tiempo, ayudaron á desvanecer, ó cuando menos á suavizar, el recuerdo de -que Fernández Parreño, según cierta frase cruel, muchas veces repetida, -á imitación de las cortesanas había ganado su fortuna de noche...</p> - -<p>Comentada suficientemente la muerte de Jesús Ochoa, se habló de mujeres, -tópico alegre en que las opiniones, aun de los hombres más desemejantes -y rivales, aconsonantan en seguida; y apenas comenzó el diálogo, tomó, -con gran gusto, sus riendas don Juan Manuel Rubio. Don Niceto había -dicho que el domingo anterior, al salir de la iglesia, sorprendió á -Romualdo Pérez, gerente del tejar <i>La Honradez</i>, hablando con doña -Quintina. Hallábanse cerca de un confesionario y vueltos de espaldas al -público, como si no quisieran ser vistos.<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span></p> - -<p>—Yo, por lo mismo, me fuí á ellos derechito—continuó don Niceto—, -saludé á Quintina y á Romualdo le pregunté por Micaela, la hija mayor de -doña Virtudes.</p> - -<p>—¿Y qué respondió?</p> - -<p>—Psch... nada... hizo lo posible por mostrarse afable y quedar bien; -pero la cara se le puso como una cereza.</p> - -<p>Don Juan Manuel interrumpió á Olmedilla.</p> - -<p>—Amigo mío, preguntar al hombre que hallamos acompañado de una mujer -por otra mujer, aunque ésta sea la suya legítima, es una indiscreción; -porque usted no sabe si él, con la señora que tiene delante, presume de -soltero. Además, acordarnos de una mujer teniendo á nuestro lado otra, -implica siempre hacia la segunda cierta descortesía.</p> - -<p>—¡Muy finamente sentido y muy bien expresado!—exclamó Martínez, -sirviéndose un coñac—; esa carambola se la apunta don Juan.</p> - -<p>El juez municipal se desconcertó.</p> - -<p>—Hombre... yo creí...</p> - -<p>—¡Nada, nada—repitió el albeitar—; esa carambola se la apunta don -Juan Manuel!...</p> - -<p>El diputado, que padecía ciertas inclinaciones oratorias, prosiguió:</p> - -<p>—Otro tanto podría razonarse de la feísima costumbre, bien -generalizada, ciertamente, de decir á la persona á quien saludamos: -«Ayer le vi á usted en tal sitio»; ó... «anoche le vieron á usted por -cual parte»... La indiscreción de estas palabras es evidente. ¿Qué nos -proponemos con ellas? ¿Molestar á nuestro interlocutor significándole -que conocemos ó vamos en camino de conocer sus secretos...? Habremos -incurrido en una grosería y vulnerado el santo derecho que todo -ciudadano tiene de ir adonde le parezca. ¿Lo hicimos sin malicia y sólo -por el gusto de hablar?... Pues seremos responsables de un notorio -delito<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> de tontería. Voy, á propósito de esto, á referir á ustedes una -anécdota...</p> - -<p>Disertaba don Juan Manuel Rubio con aquella lentitud y autoridad que le -conferían su urbana distinción de hombre que vivía en Madrid la mayor -parte del año, y la indulgencia chancera de sus costumbres. Frisaba en -los cincuenta años, aun cuando él, siempre que á su presencia se -suscitaba tan impertinente cuestión, declarase muchos menos. Nunca quiso -casarse. Era de mediana estatura y grueso; y de su lucia cogullada -abacial, de la curva feliz de su vientre, del invariable optimismo de -sus palabras y de sus ojos, que le bailaban de relucientes y traviesos, -desprendíase una regocijadora emoción de salud. Su mucha hacienda, -puesta al servicio de su evangélico y munífico corazón, había remediado -bastantes dolores. Estas virtudes hacíanle simpático y servían de alivio -á sus defectos, que eran de los comprendidos entre los siete pecados -mayores. A don Juan Manuel la opinión pública toleraba lo que no hubiera -consentido á ningún otro vecino de Puertopomares: una querida. El -diputado no vivía con ella, pero iba á visitarla diariamente y sin -guardarse de nadie, y esta pequeña irregularidad de costumbres, que -rompía el ambiente pacato del lugar, antes le mejoraba que le perdía en -el concepto de las mujeres.</p> - -<p>Las ideas que el diputado acababa de exponer, contestando á don Niceto, -merecieron la alborozada adhesión y caluroso entusiasmo de don Ignacio -Martínez. El veterinario no olvidaba que la única vez que engañó á su -Fabiana, ésta lo supo justamente por una de aquellas indiscreciones que -con tanto donaire glosaba don Juan. El hecho ocurrió á los cinco meses y -un día cabales de su matrimonio, y ni un detalle había palidecido en el -espejo, cruelmente fiel, de su memoria.</p> - -<p>Don Ignacio y su mujer salían del Café de la Amistad,<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> situado en la -calle Amor de Dios, cuando un individuo que se acercó á saludarles, le -dijo: «Anoche, ya tarde, le vieron á usted en Candelario». Y como -Martínez, para disimular su emoción, tratara de mostrarse sorprendido, -el indiscreto agregó bromeando: «Sí, señor; á eso de las once; no lo -niegue usted...» Con lo que doña Fabiana, que andaba picada por el -tábano de los celos, no necesitó más. Esta escena sirvió de prólogo á -vanos días terribles. Diez años transcurrieron desde entonces y, sin -embargo, don Ignacio, que seguía enamoradísimo de su mujer, todavía -apretaba los puños.</p> - -<p>—Afortunadamente—prosiguió—tuve la suerte de tropezarme con el -correveidile que así, en mis propias narices, le fué á Fabiana con el -soplo. Necio ó malintencionado, se llevó buen castigo. Ya le conocéis: -Pedro Sáez, cuñado de José, el de la zapatería. A puñetazos le puse la -cara como un tambor; quince días estuvo sin salir á la calle.</p> - -<p>En los pueblos donde la vida colectiva carece de misterios, le es muy -difícil á nadie contar nada nuevo; lo que el narrador empieza á referir -para distraer el fastidio de la tertulia, podría decirlo también -cualquiera de sus oyentes, y así el diálogo se reduce á una rumiación ó -comentario de hechos notorios, caídos en el dominio público y -recalentados mil veces. Apenas alguien habla, los circunstantes, -enterados de cuanto van á oir, afirman. Lo propio sucedía con la -historia que don Ignacio trajo á colación. Hasta el tonto Ramitas, el -tipo más infeliz de Puertopomares, hubiera sabido repetirla de memoria. -Por esta razón tal vez, para que las gallardías del albeitar no cayesen -en la descortesía y frialdad del silencio, Fernández Parreño creyóse -obligado á esbozar una observación.</p> - -<p>—Creo, amigo Martínez, que á Pedro Sáez le tiró usted al suelo.<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span></p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Y cuando el pobre hombre estaba así, tripa arriba y sin poder -valerse...</p> - -<p>El veterinario sintió el placer vengativo de concluir la frase, y se la -arrebató á don Elías de los labios.</p> - -<p>—Precisamente, sí, señor; cuando cayó á mis pies le puse los tacones de -mis botas en la cara hasta cansarme, que fué mucho después de perder él -los sentidos. El adagio lo dice: á borrica arrodillada doblarla la -carga.</p> - -<p>Don Juan Manuel, que acababa de encender un buen cigarro puro, miró á -Martínez con repulsión.</p> - -<p>—¡Hombre!... Lo que acaba usted de contarnos es una barbaridad.</p> - -<p>Don Ignacio, muy rojo y adelantando el cuerpo, como para reñir, repuso:</p> - -<p>—Eso es llamarme bárbaro, pero no me ofendo. Soy así... ¡y que nadie -toque á los míos, ni les dé el menor disgusto, porque me lo como!</p> - -<p>Miró á don Niceto y á don Isidro, y añadió:</p> - -<p>—Ya ven ustedes que no me guardo de nadie; estoy hablando precisamente -delante del juez y del señor alcalde; por más que ya sabemos: can que -madre tiene en villa, nunca buena ladrida...</p> - -<p>Olmedilla, que se llevaba su bock á los labios, aparentó no haber oído. -Don Isidro sonrió. Las últimas palabras, un poco desafiadoras y -petulantes, del albeitar, no fueron comentadas. El diputado y los otros -contertulios miraban al paisaje; don Elías había sacado de su cartera -una tijerita de bolsillo. En realidad á don Ignacio, peleador, sanguíneo -y cerrado de entendimiento, todos le temían. Era ancho de mandíbulas y -de espaldas, y muy cejudo: tenía los ojos vivos, la nariz corta, el -canoso bigote bien poblado, los cabellos rucios y cortados á máquina, y -sembrada de blancas cicatrices la cabeza terca y redonda. Además de su -afición á los refranes, especialmente á los que citaban<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> nombres de -animales—«refranes de veterinario» los llamaba él—sus amigos le -conocían un gesto, un «tic» inconsciente, que revelaba la disposición -exacta de sus nervios. En los momentos de inquietud, de impaciencia ó de -cólera, Martínez se mordía las uñas; pero la uña elegida variaba según -el grado de sobresalto de su espíritu. Esta concomitancia -psiquico-física nunca fallaba. Si su agitación era muy violenta, la uña -mordida correspondía á cualquiera de ambos pulgares; si muy grave, á los -índices; y sucesivamente, conforme se apagaba, iba recorriendo los dedos -mayor y anular hasta detenerse en los meñiques. La vinculación entre -estos ademanes y los diversos matices del sentimiento que los producía, -era lógica: la ira mordisqueaba preferentemente los pulgares por ser -estos los dedos que más pronto se acercan á la boca; para morder los -otros precisaba colocar la mano de cierto modo, lo que implica una -pausa, un movimiento semivoluntario, una reflexión que, sea cual fuese -su brevedad, había de contradecir, de enfriar, la furia del impulso. -Roerse la uña de un meñique constituía para don Ignacio un pasatiempo, -casi una coquetería. Sus uñas, de consiguiente, formaban una especie de -columna barométrica, dividida en cinco grados, de los cuales el primero, -el del dedo pulgar, correspondía á la temperatura moral más alta y -temible, mientras los dedos pequeños estaban muy cerca de la ecuanimidad -y de la sonrisa; los pulgares significaban la tempestad, la espada; los -meñiques, el ramo de oliva. Martínez era alborotado, fuerte, bajo y -macizo. A propósito del espesor ó densidad de su figura, y de las -hostilidades de su carácter, don Juan Manuel Rubio tuvo cierta noche una -frase feliz.</p> - -<p>—Ese hombre—había dicho—grueso, inquieto y chiquito, me da la -sensación de un dedo pulgar.</p> - -<p>Don Niceto se puso en pie y comenzó á frotarse las<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span> piernas hacia abajo, -para estirarse bien el pantalón. Luego acercóse al mirador y unos -instantes su cabeza lívida y flaca, de enfermo del pecho, emergiendo de -un cuello de camisa mugriento, roído y excesivamente ancho, perfilóse -sobre las últimas penumbras taciturnas de la tarde. Aparentaba treinta y -cinco años. Era débil, enteco de hombros y bajo el bigote ralo los -labios salivosos se abrían con un gesto de ahogo. Sus manos huesudas y -exangües, de uñas cuadradas y sucias, tenían, como su pescuezo, la -amarillez de las retamas.</p> - -<p>—¿Se marcha usted, amigo Olmedilla?—preguntó Rubio.</p> - -<p>El juez municipal examinaba el cielo.</p> - -<p>—Sí, señor; aprovecharemos esta pequeña tregua que nos da el mal -tiempo.</p> - -<p>—¿Llueve todavía?</p> - -<p>—Muy poco.</p> - -<p>Para cerciorarse sacó el brazo derecho fuera de la ventana, la mano bien -abierta y con la palma hacia abajo, como si fuese á jurar. Don Ignacio -copió aquel gesto.</p> - -<p>—Algo chispea todavía—dijo—, pero es la ocasión de irse.</p> - -<p>—Creo que nos vamos todos—repuso don Isidro levantándose.</p> - -<p>Don Juan Manuel llamó á Teodoro para que le restituyese el impermeable y -los chanclos que le entregó al llegar. Los contertulios se habían -agrupado cerca de la ventana, y aspiraban con fruición rústica el olor -de la tierra y de los bosques húmedos. En la oscuridad los entintados -montes componían una especie de oleaje inmóvil. Acullá, lejos, bajo el -silencio negro, griseaba el andén de la estación.</p> - -<p>—¿Saldrá usted después de cenar, don Juan?—interrogó el médico.</p> - -<p>—No es probable; esta noche no debo moverme<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span> de casa; necesito escribir -varias cartas urgentes.</p> - -<p>Martínez interpeló á don Elías y á don Isidro.</p> - -<p>—¿Ustedes tienen luego algo que hacer?</p> - -<p>—Nada—respondieron.</p> - -<p>—¿Y usted, don Niceto?</p> - -<p>El juez negó lenta y tristemente con la cabeza. Tampoco Olmedilla tenía -nada que hacer.</p> - -<p>—Entonces—repuso el veterinario—podemos reunirnos aquí esta noche. -Echaremos una partida de tresillo. Tengo ganas de darle un buen julepe -al doctor.</p> - -<p>Agregó dirigiéndose á los otros dos individuos que, durante el -transcurso de la tarde, apenas habían hablado.</p> - -<p>—¿Ustedes vendrán?</p> - -<p>—Bueno—contestó el más alto.</p> - -<p>—¿Y usted?</p> - -<p>—También.</p> - -<p>—Perfectamente—exclamó Martínez;—me gustan las tertulias grandes; -siempre á más gente hay más alegría.</p> - -<p>Verdaderamente ninguno de los circunstantes, ni siquiera el mismo don -Ignacio, tenía interés en volver al Casino aquella noche. Ir ó no ir... -¿no era igual?... El fastidio y la costumbre se repartían -equitativamente la dirección y dominio de aquellos espíritus anodinos. -El aburrimiento que les echaba de sus hogares, les restituía á ellos -horas después. Bostezaban en sus casas, al lado de sus hijos; bostezaban -en el Casino, con los naipes en la mano ó ante las mesas de billar. ¿Qué -esperaban? En lo futuro, ni una emoción, ni una sorpresa, como no fuese -la de la muerte. ¿Mirar hacia el porvenir, no equivalía exactamente á -rememorar y escrutar lo vivido? En aquellas pobres almas que llevaban -consigo, desde la niñez, la aridez del desierto, el inenarrable horror -de las cosas eternamente inmóviles y semejantes á sí<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> mismas, ¿no se -perpetuaba el espanto anacrónico de que lo futuro fuese algo sabido, -familiar y trillado, como un recuerdo? En la horrible monotonía de los -pueblos, ¿cuántas veces resbala el pensamiento por los mismos surcos? -Allí, donde no hay emociones; ¿quién contaría los millares de -momentos—tantos como días que cada individuo vivió y tornó á vivir, su -propia vida? Cotidianamente marchan los pies por idénticos caminos y el -cerebro recibe impresiones iguales, y de esta monotonía se desprende un -vaho adormecedor de opio, de indiferencia, de abulia; y así en cada una -de esas almas—y sin que ellas, por fortuna suya, lo adviertan—se -repite, de padres á hijos, el suplicio interior, el horroroso drama, no -escrito aún, del hombre que nunca tuvo «á dónde ir»...</p> - -<p>Esta era la situación de ánimo de don Juan Manuel Rubio, de Fernández -Parreño, de don Isidro Peinado, de don Niceto y de don Ignacio, cuando, -parados ante el ventanal abierto, hablaban de marcharse. El mismo -trabajo que momentos antes tuvieron para reunirse, les costaba ahora -separarse; en ellos, el hábito de esperar había matado la alegría de la -acción. Además, convencidos tácitamente de que todo era igual, -adivinaban la inutilidad de moverse. Cuanto á su alrededor pudiese -ocurrir, lo tenían previsto. Este cálculo alcanzaba aún á los detalles -menores. Verbigracia: Martínez sabía que, á su paso habitual, tardaba -exactamente tres minutos y medio en ir desde el Casino á su casa, y -cuatro minutos si este camino lo recorría en sentido inverso, porque era -cuesta arriba. El médico, con aquella miopía que parecía obligarle á -dedicar á cada idea ú objeto una atención mayor, pujaba su minuciosidad -bastante más lejos. Fernández Parreño llevaba en la memoria cifras -absolutamente exactas de las distancias. Desde su domicilio al Casino, -por ejemplo, había mil doscientos<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> ocho metros; desde el Casino á la -botica de don Artemio, trescientos veinticuatro, y medio kilómetro justo -separaba su casa de la de su antigua cliente doña Amelia Ruiz, viuda de -Guijosa, la mujer más gorda de Puertopomares. Estos números los había -descubierto con la ayuda del tiempo y á fuerza de repetir cotidianamente -el mismo itinerario.</p> - -<p>Al cabo, la figura blandengue de don Niceto, girando sobre sus talones, -lanzó la señal de marcha.</p> - -<p>—¿Vámonos, señores?</p> - -<p>—Vámonos, sí.</p> - -<p>Reposadamente todos caminaron hacia la puerta. Don Ignacio exclamó, -mirando su reloj.</p> - -<p>—¿Qué hora será?...</p> - -<p>Fernández Parreño consultó el suyo, que levantó á la altura de la nariz.</p> - -<p>—Las siete.</p> - -<p>—Yo—repuso Martínez—tengo las siete menos diez.</p> - -<p>Con esa costumbre irrazonada que obliga á todas las personas á tener más -confianza en el reloj del prójimo que en el suyo, añadió:</p> - -<p>—Debo de ir atrasado...</p> - -<p>Y, sin vacilar, rectificó la hora. Don Juan Manuel dijo un donaire -versallesco:</p> - -<p>—Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don -Elías, también atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al -revés que para conservar á nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos -posible. ¡Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el -desorden!...</p> - -<p>Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la -umbría de los soportales, un hombre silencioso, pequeñito, intensamente -amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro.</p> - -<p>Martínez exclamó dirigiéndose al médico:</p> - -<p>—Ahí va don Gil Tomás. Tenía usted razón. Deben ser, efectivamente, las -siete en punto.<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span></p> - -<h2><a name="III" id="III"></a>III</h2> - -<p>Los dos hermanos comieron en silencio, irritados por la ausencia de -Frasquito Miguel, quien, según costumbre, volvería borracho. Terminada -la cena, Rita Paredes levantó el mantel, y, á falta de café, Toribio -dióle un largo tiento al porrón del vino, la rapada cabeza echada hacia -atrás y los ojos puestos en las vigas del techo. Luego, mientras con una -mano dejaba suavemente el porrón en el suelo, con el dorso de la otra se -restregó y secó los labios. Cuarentón ya, mostraba el pelo canoso, el -rostro rasurado, flaco y de líneas salientes, los ojos carniceros, -redondos y de color almagre, la boca fina y oscura, circundada por -manojos de pliegues sutiles. Era sobrado de estatura y cenceño, con esa -flexibilidad y aridez de carnes que da á sus habitantes el solar -castellano. Hablaba poco y mirando al suelo. Tenía algo de mastín. Una -vieja cicatriz endurecíale el rostro. Levantóse, y acercándose á una -ventana examinó el cielo, estrellado, límpido, transparente, después del -furibundo aguacero de aquella tarde. Bostezó malhumorado.</p> - -<p>—Buenas noches.</p> - -<p>—¿Ya vas á dormir?</p> - -<p>—Necesito madrugar. Mañana hay mucha faena. A las cinco me llamas.</p> - -<p>Fatigadamente, los brazos caídos, el paso largo, grave el rostro, -desapareció en la oscuridad de un aposento inmediato.</p> - -<p>Rita, con notables disposición y rapidez, sacudió el mantel bajo la -campana del hogar, fregó los platos, enlució los cubiertos, y lo -sobrante del guisote<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> familiar lo colocó en un pucherito junto al -rescoldo, para que Frasquito Miguel lo encontrase caliente. Sentóse -después á coser, y sobre la blancura de las ropas sus manos morenas, -flacas y de articulaciones nudosas, tenían una impaciencia agresiva. La -herencia había dejado en ambos hermanos una notoria comunidad de rasgos. -Como los ojos de Toribio, los de Rita abríanse pequeños y bermejos, y -sus labios delgados, circuídos de pequeñas arrugas, adquirían al -cerrarse, expresión cruel. Era alta, enjuta, y de apariencias varoniles. -Sus treinta y cinco años, los trabajos, la miseria y la epiléptica -violencia de sus instintos, habían destruído en ella las blandas curvas -de la femineidad; y coronando aquel corpachón anguloso de hombre, una -cabeza pequeña, de perfil corvo, de mejillas pecosas, de cabellos -rútilos y lisos, recogidos atrás. En el pueblo á los Paredes les -llamaban <i>los Rojos</i>, y sus costumbres y combativas apariencias les -hacían temibles.</p> - -<p>La mujerona suspendió su labor para escuchar al sereno, que cantaba una -hora: las diez: pero inmediatamente reanudó el trabajo, y había en su -diligencia una especie de cólera. Todo á su alrededor era silencio; -únicamente fuera, en la paz nocturnal, el Malamula, hinchado por el -copiosísimo llanto de las montañas y de las nubes, gemía clamoroso.</p> - -<p>Varios años hacía que Rita habitaba aquella casuca de planta baja, -construída entre los cimientos de un baluarte, sobre la pendiente del -río y en la línea de ruinas que deslindan y separan el barrio pobre del -resto de la población. Fuese á vivir allí poco antes de que su amante -Vicente López, apodado <i>el Charro</i>, á quien conoció en un lupanar de -Cáceres, la abandonase para irse á Salamanca con otra mujer. De aquel -amor, que fué muy grande, le quedó á Rita un hijo. Viéndose sola abrió -un tabernucho al amparo del cual recobró sus hábitos de manceba. Este -tráfico,<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> durante las semanas que tardó su cuerpo en ser conocido, -produjo dinero; luego, no.</p> - -<p>Por entonces llegó casualmente á Puertopomares Toribio, que ejercía de -pueblo en pueblo el oficio de bujero. Años hacía que los dos hermanos no -se abrazaban, y su asombro rivalizó con el contento de volver á verse. -Ni una carta se habían escrito en todo aquel tiempo. Se separaron casi -niños y el azar tornaba á reunirles cuando ambos llevaban sobre la -frente el dolor de las primeras canas. En la historia de Toribio había -inconexiones, paréntesis misteriosos, que Rita, necesitadísima también -de indulgencia, no intentó esclarecer. A los diecisiete años Toribio -Paredes se alistó voluntario para la guerra de Cuba y asistió á la -acción de Peralejo, donde fué herido. Le licenciaron. En la Habana, -primero, y luego en otras ciudades de la Isla, ejerció diversos empleos. -Estuvo en Puerto Rico y en Méjico. Después regresó á España y en Cádiz, -á los pocos días de desembarcar, hirió mortalmente al dueño de un -garito. En la pelea no hubo traición, pero la justicia sentenció al -homicida á ocho años de presidio. En el de Ceuta expió su condena. Al -salir dedicóse sucesivamente, como en Cuba, á distintos oficios. Cuando -llegaba ocasión, ejercía el suyo primitivo, de carpintero; después, -vendió baratijas por las ferias, fué leñador, aplicóse al chalaneo y á -la recova y montó un Tío-Vivo. Finalmente deshízose de él y recobró su -profesión de gorgotero ó bujero, cuyo ejercicio reclamaba pocos -desembolsos y hallábase muy en armonía con sus inclinaciones vagabundas.</p> - -<p>A las confesiones de Toribio correspondió Rita con las suyas. Habló de -su primer amante, el amo de una fábrica de corsés, donde ella trabajaba. -Al conocer su embarazo el burlador la despidió. ¡Miserable! Poco -después, cayó enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si -no la llevan al hospital.<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> Allí dió á luz y el niño fué á la Cuna. No -había vuelto á saber de él. Después entró á servir en una casa de donde -la echaron cuando supieron su aventura con el dueño de la fábrica de -corsés. Una vecina les fué á sus amos con el soplo. Al verse de nuevo -sin albergue, rostro á rostro con la miseria, la mujerona pensó: «Esta -noche yo como y duermo bajo techado». Y esperó á que su delatora, cuyo -domicilio conocía, saliese á la calle. La sangre que encerró á Toribio -en Ceuta, hervía en ella. No tenía armas, pero tampoco las necesitaba; -sus dientes y sus uñas bastaban á su cólera. Fué una escena horrible. -Rita cayó sobre su presa, la tiró al suelo y teniéndola sujeta bajo las -rodillas comenzó á despedazarla; matarla hubiera sido poco. A puñados la -mesaba el pelo, y á mordiscos la arrancó una oreja y la desfiguró -bárbaramente la nariz y las cejas; el labio inferior de la víctima -desapareció, y como nadie pudo hallarlo, los testigos de la pelea -supusieron que la agresora, en un rapto de antropofagia, se lo había -tragado. Rita Paredes fué condenada á tres años de reclusión en el penal -de Alcalá. Allí riñó con otra reclusa, á quien maltrató ferozmente, y -por ello sufrió dos años más de encierro. Desde Alcalá se trasladó á -Madrid, donde una alcahueta que andaba en peligrosas cuentas con la -justicia, por corrupción de menores, la propuso ir á Cáceres...</p> - -<p>Al llegar á este capítulo, el más sucio, quizás, de su negra historia, -la mujerona vacilaba: también en su vida, como en la de su hermano, del -monstruoso ayuntamiento de la ignorancia con el infortunio, nacieron -páginas tiznadas, abyecciones inconfesables. Ninguno de los dos tenían -qué recriminarse; del mismo vientre nacieron, y á su tiempo ambos -rodaron hacia el dolor; si ella se había prostituído, él había robado; -los dos malditos, los dos iguales.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span>Finalmente, Rita explicó sus relaciones con <i>el Charro</i>, y cómo éste la -abandonó y no se preocupaba de su hijo, que ya tenía cinco años.</p> - -<p>—Podías quedarte aquí, conmigo—añadió—; estando juntos viviríamos -mejor.</p> - -<p>Toribio aprobó; rato hacía que en aquello mismo estaba él pensando. A -pesar de haber permanecido alejados tanto tiempo el uno del otro, -volvían á sentirse muy cerca, muy identificados por el misterio augusto -de la raza, y tan unidos en sus pensamientos, codicias y deseos, como si -nunca se hubiesen separado. La miseria eneanchó y afirmó la obra de la -herencia: ella fué mala por las razones mismas que él no pudo ser bueno; -causas análogas les pusieron lejos de la ley; de una parte el hambre, de -otra, el instinto; y así, al término de varios años, perdonáronse -mutuamente sus yerros, maravillados de comprenderse tan bien y de seguir -tan juntos.</p> - -<p>Toribio relató á su hermana la constitución íntima de sus negocios: él, -que continuaba en la pobreza, había llegado á Puertopomares con su socio -capitalista; un tal Frasquito Miguel, andaluz, de quien no le convenía -separarse. Como Paredes, Frasquito Miguel tenía una historia nebulosa. -En Madrid, siendo mozo, ejerció la profesión de trapero. Más adelante, -de acuerdo con otros individuos, abrió una carnicería destinada á -sucursal ó principal despacho de un matadero clandestino. Las ganancias -comenzaron siendo excelentes, pero el asunto no tardó en echarlo á -perder la policía; fué un mal negocio que dió con sus iniciadores en la -cárcel. Al recobrar la libertad Frasquito Miguel trasladóse á Málaga, y -en arriscados lances de contrabando vió medrar su hacienda. Otras -oscuridades y lagunas había en su vida. Él y Toribio se conocieron en la -feria de Badajoz, y aparejados desde hacía dos años por el interés, más -que por la simpatía, operaban juntos: unas veces vendían paños, otras, -juguetes y baratijas de<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> similor. Dónde guardaba el señor Frasquito los -fondos de la sociedad, arcano fué que Toribio Paredes no consiguió -esclarecer nunca; pero era lo cierto que el antiguo trapero siempre -llevaba consigo los billetes de Banco necesarios para no dejar perder -ningún buen negocio. Tras una lucrativa excursión por diferentes pueblos -de la serranía salmantina, llegaron ambos á Puertopomares y en la Fonda -del Toro Blanco pidieron dos habitaciones, pues Frasquito quería -absolutamente dormir solo.</p> - -<p>—Son datos en que debes fijarte—decía el narrador á su hermana.</p> - -<p>Mientras Toribio Paredes hablaba, ella mirábale fijamente, y sus ojos, -rodeados de pestañas bermejas, se abrían y cerraban, revelando con aquel -seguido guiñar un agudo esfuerzo de comprensión. En sus labios, finos y -oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed.</p> - -<p>Toribio concluyó:</p> - -<p>—Los días que estemos aquí, Frasquito puede pasarlos con nosotros; ó, -al menos, almorzar y cenar en nuestra compañía. ¿No te parece? Tú, -procura esmerarte en la comida. El es buena persona y solterón... y con -el tiempo... ¡quién sabe!... llevándonos todos bien...</p> - -<p>Sus cábalas fueron cumpliéndose una á una. Frasquito, receloso al -principio, acabó enamorándose de Rita. De estas relaciones nació un -niño, á quién bautizaron con el nombre de José y los apellidos de su -madre, pues el señor Frasquito, cauto siempre y amigo de andar con los -ojos bien puestos en el porvenir, no quiso precipitarse á reconocerle. -Aquel muchacho añadió nuevos vínculos á los lazos de interés y amistad -que unían á los dos hombres, y así decidieron establecerse juntos. -Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan -irreductible oposición halló en ésta y en su hermano, que desistió. Ya -reunidos<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> todos, acordaron recogerle un poco las riendas á la vida y -aquietarse, y hacer de Puertopomares una especie de centro de residencia -ó de «cuartel general», de donde saldrían á recorrer, periódicamente, -los otros pueblos de la provincia.</p> - -<p>La casuca que cobijó los amores de Rita con el Charro y que ella -transformó luego en taberna y disimulada mancebía, el señor Frasquito -Miguel y su cuñado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron, -ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de -almacén. Para hallarse más separados y con mayor honestidad, levantaron -un tabique que hizo de la cocina primitiva dos habitaciones; la -despensa, que era espaciosa, después de bien enjalbegada y solada, -sirvió de dormitorio, y cuando quedaron celosamente revistas y tapadas -las goteras del pajar, éste ofreció á su vez condiciones excelentes de -seguridad.</p> - -<p>Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta -entonces sólo aprovechó para gallinero y pudridero de basuras. Allí un -viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde -de su copa recogida, sensible al viento. Este árbol fué en tiempos atrás -como un gesto de orgía, como una cimera ó penacho de escándalo, alzado -sobre la vulgaridad de la humilde vivienda. La casa de Rita, la -barragana de tantos, se distinguía y señalaba entre todas por aquel -chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarín. Desde muy lejos se -divisaba. La gente rústica que se acercaba á Puertopomares por el lado -opuesto del río, lo conocía bien; los mozos se lo mostraban unos á -otros, extendiendo un brazo:</p> - -<p>—Es allí...—decían.</p> - -<p>Y hasta hubo quien aseguraba que Rita, muy avisadamente, llegó á -adornarlo en las noches sabatinas con farolillos de colores, y cómo -tales luces, balanceándose en la oscuridad á impulsos del aire, -ejercían<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> sobre los hombres, á una distancia de varios kilómetros, -irresistible atracción. Apropósito de aquel árbol popular y de las -trazas hombrunas de su dueña, alguien había dicho: «Eres, Rita, como el -chopo: alta y grande, pero de mala sombra». La frase gustó y vivió -muchos años.</p> - -<p>Toribio y Frasquito talaron aquel chopo lupanario, igualaron y limpiaron -el suelo, y luego, utilizando como paredes maestras los dos acirates más -largos del corralón, improvisaron á la izquierda un amplio departamento -de mampostería, seco, claro y sólido, bueno para depósito de -mercaderías; y á la derecha, un soportal ó cobertizo de tejas, sostenido -por pilares de ladrillo, destinado á caballeriza.</p> - -<p>Asombraban por igual, la previsora astucia, la alegre voluntad y la -rapidez con que los dos hombres realizaron tan ardua tarea, y el feliz -remate que dieron á todo. En su mañera traza y ágil disposición -claramente echábase de ver la complejidad pícara de sus vidas. Ningún -oficio les era extraño: lo mismo aplomaban una pared, que techaban una -habitación, ó disponían los batientes de una puerta, modelaban á yunque -y martillo una reja, componían una cerradura, herraban un caballo ó -compraban animales que sabían vender luego á mejor precio. Este -abigarramiento de aptitudes resplandecía también en la diversidad -plateresca de su industria. Con todo traficaban. Los objetos de -quincalla, los racimos de zapatos y las pirámides de sombreros y otros -artículos de poco peso, eran subidos al desván; lo mejor, lo más caro, -los paños, mantas, tapetes y piezas de ropa blanca, ocupaban el nuevo -almacén, con su suelo de ladrillo aislado de la humedad por una capa de -carbón. Una yegua y una mula, servíanles para transportar sus -mercancías. A veces salían de Puertopomares al despuntar la aurora, -otras á prima noche, según la estación y la longitud del itinerario que<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> -hubiesen de recorrer; generalmente estas expediciones eran fructuosas, y -al término de ellas el señor Frasquito y Toribio reaparecían con las -caballerías muy aligeradas y en el rostro reflejado el codicioso -contento de los buenos negocios.</p> - -<p>Tan activo tráfico duró varios años, en los cuales Frasquito Miguel y su -coima hubieron dos hijos más: María Luisa y Francisco. No obstante estas -novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada -había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin -acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por -sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes -donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro -eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una -herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito -Miguel, á pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero -con que porfiadas veces coadyuvó al bienestar común, siempre sería un -advenedizo, un extraño, casi un enemigo. El, receloso y astuto, debía de -comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto -constantemente de todos se retraía y guardaba un poco.</p> - -<p>Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio á que Rita -se había dedicado, demostraban á los Paredes cierta hostilidad. -Ateniéndose á la indudable semejanza habida entre cada individuo y las -personas de su afecto y predilección, razonaban que Toribio sería, en -punto á rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel -tampoco debía de tener muy severa moral cuando tan bien hallado parecía -en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo -del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y -disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar. -El famoso chopo del corralón, cuyo<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> perfil fálico recordaba á los mozos -del campo el misterio de Eléusis, había desaparecido, pero su leyenda -golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos «la casa -del chopo», donde, según los viejos, quince ó veinte años antes, fué -asesinado un hombre, parecía irradiar una pavura carcelaria, un enigma -de antro. La honesta labor á que sus actuales moradores se aplicaban, no -lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corrían sin -conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, á -pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien -florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita -ó comprar algo, raras veces se decidían á trasponer el quicio de la -puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna -pareja de la Guardia civil pasaba por allí, nunca lo hacía sin inmergir -una mirada fiscal en el zaguán húmedo, lóbrego y sumido, como una vieja -boca. El vecindario siempre esperaba una emoción: que á los Paredes, -verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de -la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien.</p> - -<p>Al término de algunos años, los graves achaques del señor Frasquito -contribuyeron á ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su -hermano. Agravóse el frío de aquellas relaciones preparadas por la -codicia y el cálculo. El antiguo trapero, que ya contaba más de -cincuenta años, enfermó de reuma: comenzó á padecer en las -articulaciones dolores agudísimos; se le inflamaron las rodillas, -retorciéronsele y trastornáronsele como sarmientos los dedos de las -manos, y vióse obligado á renunciar, casi completamente, al trabajo. -Aquel invierno Toribio Paredes salió solo á vender; su cuñado, medio -paralítico, quedábase en casa y á intervalos los gritos que así la -cólera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> huesos, por igual -le arrancaban, rompían lúgubremente la paz de la calle.</p> - -<p>El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos -meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral. -Rita, que no había olvidado á Vicente López, ni podía hablar de él sin -verter lágrimas, y acaso por obra de los poéticos mirajes del tiempo le -amaba más que nunca, empezó á aborrecer á Frasquito. Al principio de sus -relaciones, le aceptó con gusto, por codicia; luego le fué indiferente; -después esta indiferencia amistosa perdió cuanto pudiese haber de -simpatía, se enfrió y fué desdén; últimamente, el desdén se mudó en -desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenzó á sentir -hacia su último amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y -el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre, á quien muchas -mañanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos -anquilosados y trémulos no le obedecían, era una carga. ¿Qué necesidad -tenía ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces -una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba á su conciencia palabras -de Evangelio; pero inmediatamente el egoísmo y la sordidez tronaban con -espantoso griterío. ¿Qué hubiese hecho el señor Frasquito á ser ella la -inútil? Probablemente echarla á la calle, ó marcharse, y si la suerte -permitió que el enfermo fuese él, ¿por qué no imitarle dejándole?...</p> - -<p>De sus cuatro hijos á la mujerona sólo la interesaba realmente -Deogracias, el primero, en quien revivía la figura del Charro. Los hijos -de Frasquito, Pepe, María Luisa y Francisco, la servían únicamente de -estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban -frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocían la utilidad de -deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo; -pero al llegar á cierto extremo difícil de su<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> conversación, los dos -callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y -devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la -justicia, unido á las torvas memorias de sus años carcelarios, dejaba en -sus almas oscuras un frío.</p> - -<p>El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra -Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez, -la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero. -¿Dónde lo guardaba? ¿A qué prodigios de escamoteo, á qué recursos de -nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su -desaparición no dejase rastro?...</p> - -<p>Antes de afincarse en Puertopomares Toribio creyó siempre que su socio -depositaba sus ahorros en algún Banco de Salamanca, de Badajoz ó de -Madrid, y únicamente llevaba consigo las seis ó siete mil pesetas -indispensables á las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya -todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposición, dedicóse -á leer cuantas cartas el señor Frasquito recibía: á tal fin las colocaba -unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y -el vapor desprendía la nema del sobre tan limpiamente, que luego de -repegada era imposible conocer la traición. Este acecho, minucioso y -perseverante, de varios meses, demostró que el pañero no mantenía -relaciones con ninguna casa de banca, ni recibía otra correspondencia -que las de los fabricantes ó almacenistas al por mayor, de quienes él y -Toribio se proveían; de donde los hermanos Paredes concluyeron que, -según una rancia costumbre española, heredada quizás de los judíos y de -los árabes, Frasquito Miguel debía de recatar sus ganancias en una ó -varias orzas escondidas, probablemente, á muchos metros bajo tierra.</p> - -<p>Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones -y atisbos prolijos. Durante sus<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> excursiones por diversos lugares y -villas, Toribio, que jamás perdía de vista á su adjunto, y de noche -utilizaba múltiples é ingeniosos ardides para saber si salía de su -habitación, llegó á convencerse de que Frasquito no tenía fuera de -Puertopomares ningún tapujo, ni sitio, encrucijada ó mesón, que le -mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa -donde el ladino viejo escondía «su tesoro»; que á tan preeminente y -codiciable categoría remontaba la imaginación de los Paredes la fortuna -de aquél.</p> - -<p>Relacionando diversos datos y pormenores cazados hábilmente en el -transcurso de dos ó tres años, la mujerona y su hermano dedujeron que el -señor Frasquito tenía soterrado su dinero en el corralón, bajo la -raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la -frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su -empeño en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual -si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista -enardeció la codicia de los Paredes, y agravó su avariento sobresalto la -consideración de que las orzas ó pucheros donde Frasquito Miguel fué -servido de meter sus ahorros, empujados por las raíces, vivas aún, del -árbol, iban hundiéndose más y más, de suerte que si transcurría mucho -tiempo llegaría á ser muy difícil dar con ellas.</p> - -<p>Atormentado por este recelo, Toribio una noche, hallándose los tres de -sobremesa, expuso la conveniencia de solar el patio, para lo cual creía -necesario remover bien la tierra y arrancar las raíces que endurecían y -arrugaban el piso. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y -decisión, produjeron en Frasquito Miguel, fué terrible. Quedóse pálido, -luego lívido; hasta que su corazón reaccionó y su rostro cetrino se -llenó de sangre; después aquel aborrachado color empezó á debilitarse y -sus mejillas y su frente<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> tuvieron la blancura de los cadáveres. Su -sorpresa mudábase en cólera. Frunció las cejas, bajó la cabeza, tiró -nerviosamente contra su plato el cuchillo con que iba á cortar una -rebanada de pan, y apenas lo hizo lo recobró afanoso cual si acabase de -sentir la necesidad de tener un arma.</p> - -<p>—El patio-gritó—no se toca.</p> - -<p>Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolución irrevocable. Los -hermanos Paredes cambiaron una mirada de inteligencia, de alegría feroz, -de sordidez ardiente próxima á saciarse, y unos momentos, bajo el -apacible claror plata de la lámpara, aquellas dos cabezas fraternales, -cabezas de presidio donde otra veces el deleite de matar se había -pintado, adquirieron una expresión patética. Toribio quiso argüir algo, -pero su cuñado le atajó.</p> - -<p>—¡He dicho que el patio se deja según está: lo dispuse así y no -consiento que se toque en él ni á un, jaramago!</p> - -<p>Toribio repuso cazurro:</p> - -<p>—Bueno, hombre; no hay motivos para incomodarse tanto; no haremos nada, -descuida. ¡Qué aspavientos!... ¡Cualquiera creería que íbamos á robarte -un tesoro!...</p> - -<p>El tono zumbón y la reticencia con que estas palabras fueron dichas, -desconcertaron al señor Frasquito, quien trató de enmendar su yerro y la -aspereza de su actitud con algún donaire ó frase oportuna. Pero la -explosión de cólera que acababa de experimentar había sido demasiado -violenta, los músculos faciales hallábanse endurecidos aún, y ni supo -dar gracia á sus palabras, ni cordialidad y simpatía á su rostro. Desde -aquel momento los Paredes adquirieron la convicción, la certidumbre -irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tenía -enterrado su dinero en el corral.</p> - -<p>Con la llegada de la primavera le volvieron las<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> fuerzas al enfermo y -hallóse de nuevo en situación de volver al trabajo; esto, al menos, -creyeron todos, lo que les produjo buen consuelo y alivio. Pronto, sin -embargo, echó de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes; -así porque sus piernas le obedecían mal, como porque con las energías -musculares se le fueron también las lucrativas capacidades y oportunos -ardides de la voluntad. Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba -mucho menos; desaparecieron sus trujamanerías y gitanas zangamangas de -mercader; ya no sabia engañar vendiendo como oro el similor y por nuevo -lo usado. No convencía, no alucinaba; perdió la gracia; fué un -arruinamiento general que abrió en la suma de los ingresos un déficit -considerable.</p> - -<p>Poco á poco el señor Frasquito llegó á reconocer también su inutilidad, -y como esta humillación le hiriese en lo más altivo y sensible de su -alma, para olvidarla se dedicó á la bebida. El momentáneo bienestar que -ésta le producía incitóle á seguir bebiendo, y lo que empezó siendo -arrimo y recurso, creció rápidamente y fué pasión. Toribio Paredes, -maldecía de él: en las ferias no le servía de nada, pues tardaba en -emborracharse el tiempo que empleasen en alzar su tienda; luego se -echaba á dormir debajo del mostrador, y por los caminos iba cantando, -bamboleándose como un polichinela y agarrado á la cola de la última -caballería. La gente hacía escarnio de él. Una vez Toribio regresó á -Puertopomares y entró en su casa llevando al señor Frasquito atravesado -en la yegua. El viejo, que había perdido los sentidos, iba con el -vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos -y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. Entre los dos hermanos le -cogieron y metieron en el zaguán, á presencia de un grupo de vecinos -que, pensando ver á Frasquito Miguel herido ó muerto, acudieron -consternados, y<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> cuando tuvieron noticia de la inverosímil cantidad de -vino que traía en el cuerpo, empezaron á reir y á burlarle. Aquella -madrugada, dominando la unisonancia del Malamula, resonaron en «la casa -del chopo» grandes porrazos, á cada uno de los cuales respondía un -lamento flébil y expirante, como de persona del otro mundo; después los -quejidos cesaron y siguieron los golpes, y al día siguiente revoló de -puerta en puerta la noticia de que los Paredes, con objeto de volver al -señor Frasquito á la virtud de la sobriedad, le habían administrado una -muy gentil paliza.</p> - -<p>Frasquito Miguel no volvió á salir con su cuñado; ayudábale á enjaezar y -disponer la carga de las caballerías, pero luego Toribio se marchaba -solo. La vergüenza de verse preterido, la amarguísima pena de su -inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida -continuó y exacerbó la obra del artritismo. El desdichado empezó á -hincharse, amortiguóse su mirada y bajo los ojos la piel formó hondas -bolsas triangulares. Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenían la -indecisión de la somnolencia. Los únicos sitios que frecuentaba eran el -merendero de Luis, situado cerca del río, al pie del cementerio viejo, y -el café de La Amistad, vulgarmente llamado «café de la Coja». Todas las -mañanas madrugaba, pues continuaba siendo muy rezador y amigo de los -santos; de día quedábase en casa, unas veces en el zaguán, otras junto á -la caballeriza, cual si su oscurecido pensamiento alimentase la -invencible obsesión de no alejarse de allí; y entre tanto empleábase en -reponer asientos á las sillas ó arreglar el calzado viejo ó cortarles -calzones y baberos á los muchachos, que para estos y otros diversos -menesteres y oficios sus manos industriosas supieron siempre darse buena -traza. En la mesa apenas dirigía la palabra á sus familiares, ni -regañaba á los niños, ni levantaba del plato los ojos, y con el último -bocado<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> de la cena en la boca, se iba á la calle. Cuando volvía, lo que -nunca sucedía antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho.</p> - -<p>Esta abominable costumbre y más aún, la particularidad de que el señor -Frasquito, que hacía tiempo no ganaba dinero, llevara siempre tres ó -cuatro pesetas en el bolsillo, exasperaban los desapoderados odios de -Rita y de su hermano. Frasquito Miguel representaba en aquella casa el -papel de zángano; vivía y no trabajaba. ¿Por qué no se marchaba de una -vez con sus hijos? Y si no quería irse, ¿por qué no le despedían ellos? -¿Qué ley ó documento les obligaba á seguir juntos?... Los Paredes, sin -embargo, no se atrevían á desahuciarle; y era la codicia, la ilusión -avara de dar con el tesoro del viejo, lo que les detenía.</p> - -<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2> - -<p>Bajo el claror lechoso de la lámpara, Rita seguía cosiendo, y el choque -de la luz con la sombra extremaba las angulosidades tercas de su rostro, -la curvatura de la nariz, la demacración de los pómulos, la fortaleza -carnicera de la mandíbula. Deseos homicidas cruzaban su frente. Aquella -tarde Frasquito Miguel, acobardado quizás por la tormenta, no había ido -á cenar.</p> - -<p>—¡Si no volviese!—pensaba la mujerona.</p> - -<p>Un recuerdo la obligó á mirar á su alrededor, como si en la blancura de -aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspiró: se acordaba de -Vicente y esto guió sus ojos hacia la puerta del aposento donde dormían, -Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vástagos de Frasquito Miguel. -A éstos les aborrecía. Rita tiró su labor y por dos veces sus manos -nerviosas,<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span> inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y -planchados, sobre la redondez pequeña de la cabeza. En sus pupilas la -cólera, durante segundos, encendió una luz.</p> - -<p>—Podían morirse—murmuró—y ni ellos ni yo perderíamos nada.</p> - -<p>Recobró su costura. La habitación donde se hallaba abocaba á la calle; -tenía el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido -densamente por el humo del fogón. Viejos cromos que decían los amores -del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón -de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco. -Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul.</p> - -<p>Poco á poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el -rumor del Malamula iba acallándose. El sereno cantó otra hora; las once. -Luego, nada dentro de la casa dormida: la lámpara vertiendo -monótonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre -el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos -é inmóviles, con inmovilidad cabalística, contra la albura de las -paredes.</p> - -<p>Rita, de súbito, alzó la cabeza y un frío extraño y rápido, á un temblor -á flor de piel, pareció deslizarse por entre la raigambre de sus -cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de -inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitación en línea recta desde -la ventana al aposento donde dormía Toribio. La mujerona abrió bien los -ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya -no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de -sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus -nervios con la violencia de una descarga eléctrica. Ni el más tenue -ruidito á su alrededor;<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> nada tampoco sobre la uniformidad de la pared -blanca. Levantóse, sin embargo, dócil á un raro terror supersticioso, y -fué á cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la -calle estaban echados. Miró hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de -luna, mostrábanse apacibles; y luego á las cortinas, muertas, sin un -temblor. Rita permanecía suspensa, asustándose del roce de sus vestidos -y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazón descarnada y varonil, -aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arrancó á sus -labios, descoloridos por el miedo á lo invisible, una interjección soez. -Volvió á sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su -alma estuviera allí, hirióla, de improviso. Tembló y ya iba á levantarse -cuando su razón y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente, -ella no pudo ver nada; todo habría sido un guiño ó intermitencia de la -luz, ó la levísima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones -continuaba teniendo miedo: aquella ficción rapidísima, aquella especie -de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de -huracán y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes -más pequeños se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al -cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo.</p> - -<p>Las doce eran dadas cuando Toribio comenzó á soñar en alta voz. A través -de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrábanse -inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque -aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse: -la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho, -articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si -algo muy pesado le oprimiera el pecho. Inútilmente trató Rita de -comprender lo que su hermano decía. Otra vez la mujerona<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> tuvo miedo. -Aunque nada ó muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto, -siempre envolverán las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio. -¿El verdadero origen de los sueños es exclusivamente fisiológico, ó á -esos accidentes circulatorios y digestivos á que la medicina los -atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafísica?... Un ensueño se -reduce, tal vez, á un dinamismo incompleto y pasajero del aparato -cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivinó en ellos -mucho más. ¡Oh, la terrible, la abracadabra emoción, la sugestión -fascinante, que anima las actitudes de quien sueña en voz alta! Aquellos -ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de -alegría, de sorpresa, de cólera, que correspondiendo á imágenes venidas -del más allá estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y á las -que él, empero, responde... ¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche -y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de -otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el -mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de -cuantas personas—aborrecidas ó deseadas—viven lejos de nosotros?...</p> - -<p>Rita llamó, por dos veces:</p> - -<p>—¡Toribio... Toribio!...</p> - -<p>El dormido exclamó levantando mucho la voz y con perfecta claridad:</p> - -<p>—¡No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser.</p> - -<p>Su dicción volvió á emborronarse; no fraseaba; las sílabas se -confundían.</p> - -<p>—No puede ser... no... pue... de... ser...</p> - -<p>Esta negativa la repitió hasta que dentro de su boca las palabras mal -pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de gárgara; parecía que -iba á ahogarse. Su hermana le gritó:<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span></p> - -<p>—¡Toribio!... ¿No oyes?... ¡Despierta!... ¡Estás soñando!... Dí... ¿no -oyes?...</p> - -<p>A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una -mano, presentóse Paredes. Hallábase en ropas menores, y la inmovilidad -de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decían claramente que -estaba sonámbulo. Unos segundos permaneció boquiabierto, como -sorprendido y detenido por la luz; guiñó los párpados, sacudió la -cabeza; quería despertar. Después avanzó y la cortina, al caer otra vez, -sirvió de fondo á su figura. La mujerona se levantó y empuñó unas -tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista -momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso -terror la invadió.</p> - -<p>—¿Dónde vas?...</p> - -<p>Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se -apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía.</p> - -<p>—¿Dónde vas?—repitió Rita.</p> - -<p>Cautamente habíase colocado detrás de la mesa, en actitud defensiva. Su -hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras.</p> - -<p>—Voy con él.</p> - -<p>—¿Con él?... ¿Quién es él?...</p> - -<p>—Ese... don Gil Tomás... Me voy con don Gil Tomás.</p> - -<p>Palideció Rita.</p> - -<p>—¿Qué dices? No entiendo; ¿dónde te espera don Gil?</p> - -<p>—¡Ahí, ahí!... Viene á buscarme.</p> - -<p>Extendía un brazo hacia la puerta de la calle. De súbito comenzó á -restregarse los ojos con ambas manos. La mujerona agregó:</p> - -<p>—¿Ha dicho él que te espera?</p> - -<p>—Sí... sí...</p> - -<p>—¿Cuándo?...<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p> - -<p>—No; no me lo ha dicho... Es que conversábamos... Don Gil ha salido...</p> - -<p>Por momentos hablaba con mayor limpieza, dió algunos pasos hacia -adelante y despertó. Su cara entonces cubrióse de sorpresa; tuvo -conciencia plena de sí mismo. Estaba medio desnudo, descalzo...</p> - -<p>—¿Qué significa esto?—balbuceó.</p> - -<p>En el sonámbulo fantasmal resucitaba el hombre de siempre. Ahora sus -ojos, sus ademanes, su voz, eran los de costumbre. Tranquilizada -súbitamente, Rita volvió á sentarse.</p> - -<p>—Estabas soñando—dijo—y á no ser por mí te echas á la calle según te -ves.</p> - -<p>Muy despacio, porque no concluía de recobrar la posesión de sí mismo, -Toribio Paredes repuso:</p> - -<p>—Hablaba con don Gil Tomás.</p> - -<p>—Eso me dijiste, y querías marcharte con él.</p> - -<p>—¡Es cierto!... Quise marcharme con él. Miró á la mujerona.</p> - -<p>—¿Tú le viste salir?</p> - -<p>—¿Que si yo vi salir á don Gil?... ¿Y de dónde?...</p> - -<p>—De ahí, de mi cuarto... y por delante de ti ha debido pasar.</p> - -<p>La voz del bujero vibraba tranquila, consciente, clara; indudablemente -hallábase bien despierto y su juicio, no obstante, titubeaba ante la -sugestión de lo soñado. De nuevo el terror, esa pavura glacial que seca -los labios y pone las azucenas de la muerte en las mejillas, cubrió el -rostro huesudo y macho de Rita.</p> - -<p>—¿Estás dormido aún—exclamó—ó perdiste el seso?... Dí... ¿Quieres -explicarte de una vez?...</p> - -<p>Toribio, sin responder, la frente preocupada, cogió una silla y se -sentó. De su camiseta burda, color tabaco, emergía el cuello cenceño y -nervudo, curtido por la intemperie y terminado en una cabeza deprimida, -rojiza y pequeña. Los calzoncillos, largos y de dudosa limpieza, se -sujetaban con cintas á las piernas<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> peludas; los pies, endurecidos sobre -los caminos por donde muchos años anduvieron descalzos, eran grandes, -angulosos, oscuros; parecían de bronce ó de tierra. Un rato estúvose -callado, los codos en las rodillas, el cuerpo recogido, el semblante -taciturno y perplejo; y, según el curso de sus cavilaciones, sus miradas -iban unas veces á la ventana, otras al dormitorio, ó hacia la puerta. A -ratos parecíale, efectivamente, haber soñado: pero apenas lo creía -cuando con renovado sobresalto dudaba de hallarse despierto, que tales -eran la exactitud, la impoluta nitidez, el avasallante vigor de -realidad, con que las imágenes de su pesadilla resucitaban y apremiaban -su memoria. Contornos, colorido, plasticidad, voz... todo lo aunaban -aquellas ficciones; hubiesen tenido existencia objetiva, y no le -hubieran impresionado con mayor fuerza que cuando nacieron en su propio -espíritu.</p> - -<p>Toribio, ya completamente despavilado y sobre sí, no sabía aún si lo -sucedido era una verdad tan espantosa que parecía sueño, ó una pesadilla -de tal bulto y relieve que pudiera equipararse con la realidad. -Estérilmente buscaba en su interior; la meditación, lejos de esclarecer -su conciencia, la embarullaba. Estaba cierto de haber hablado allí mismo -con don Gil Tomás: le vió, oyó su voz, sintió en su mano ruda el frío de -la suya, blanda y suave...; y Rita, sin embargo, le aseguraba que todo -aquello, al parecer tan irreductible, tan terminante, tan vivaz, había -sido sueño. ¿Pero era posible que los cinco sentidos de un hombre, -aplicados simultaneamente al conocimiento del mismo objeto, se -equivoquen así?...</p> - -<p>Intrigada por los enigmáticos ojeos de su hermano, la mujerona exclamó:</p> - -<p>—¿Qué haces?... Me das miedo. ¿Quieres hablar?</p> - -<p>Toribio Paredes tardó en responder. Meditaba. Repentinamente se levantó -y de un salto desapareció en la alcoba. Iba á vestirse. Necesitaba -penetrarse de la<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> certidumbre ó mentira de lo sucedido; de lo contrario -parecíale que la zozobra le volvería el juicio. En un santiamén se puso -el pantalón, se endosó la chaqueta y, sin calzarse, para ganar tiempo, -regresó al comedor. En su rostro flotaba una vaguedad de locura, un -miedo de superstición. Ella le preguntó:</p> - -<p>—¿Dónde vas?</p> - -<p>Su hermano arqueó las cejas y se llevó un índice á los labios.</p> - -<p>—¡Chist!... Luego te lo diré; aguarda...</p> - -<p>Abrió la puerta y salió á la calle, y en el silencio Rita oyó la carrera -sorda, vertiginosa, de sus pies desnudos. La mujerona le esperó, -acurrucada en un escabel, las manos de gruesos artejos cruzadas delante -de las rodillas. En el reloj de la iglesia sonaron las doce: la hora de -la bruja. Transcurridos pocos minutos volvió Toribio; jadeaba y el -cansancio le descoloría los labios; en cada una de las profundas arrugas -de su frente el sudor ponía un hilo de plata. Ella interrogó:</p> - -<p>—¿Qué traes? ¿Viste algo?</p> - -<p>El se desplomó sobre una silla. Luego, acercando mucho las cabezas, los -dos hermanos empezaron á hablar. Toribio procuró explicar su -alucinación: era algo muy raro.</p> - -<p>—Yo—dijo—acababa de acostarme y sin duda dormía. Sólo recuerdo que me -circundaba una oscuridad profunda. De pronto, pienso: «Ahí viene don Gil -Tomás». No le veía aún, pero estaba cierto de que se hallaba aquí. -Después fué como si el alma se me hubiese salido del cuerpo para acudir -á recibirle; porque yo sabía que mi cuerpo se quedaba allá, en la -alcoba, y, sin embargo, yo, es decir, mi conciencia, mi pensamiento, se -personaron en esta habitación, y todo lo apreciaban y reconocían según -ahora lo veo: la lámpara encendida, los muebles, los cuadros, tú -cosiendo al lado de la mesa... «Mi <span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span>hermana—discurrí—no puede verme; -me cree dormido...»</p> - -<p>Se interrumpió y de nuevo sus manos acariciaron lentamente su frente -absorta y estrecha. Su concepción tenía una diafanidad y sus palabras -una elocuencia compendiosa y justa, que impresionaron á la mujerona. -Diríase que en el oscuro cerebro de Toribio vibraba aún la luz de otro -entendimiento más sutil. El bujero continuó subrayando y fijando bien -las palabras con el ademán:</p> - -<p>—Yo estaba ahí, en semejante sitio y de cara á la ventana, cuando -apareció por ella don Gil. En su mirada comprendí que necesitaba -anunciarme algo grave y secreto, y sin detenernos subintramos en la -alcoba, donde mi alma, no sé cómo, volvió á meterse dentro de mi cuerpo. -Todo lo que cuento tardaría en ocurrir segundos nada más. Al llegar este -momento hay una sombra; el sueño parece interrumpirse; luego se reanuda -del siguiente modo: Yo me hallaba acostado, boca arriba, y don Gil -sentado al borde de la cama, la cabeza vuelta hacia mí; y como es tan -pequeñito, los pies no le llegaban, ni con mucho, al suelo. Entonces -hablamos...</p> - -<p>Calló Toribio unos segundos y después su voz fué más débil y tuvo una -emoción punzante de confesión y de drama.</p> - -<p>—¿Sabes lo que me aconsejaba don Gil?...</p> - -<p>Ella le interrumpió, anhelante:</p> - -<p>—No, pero sí lo que tú contestabas. Tu decías: «No puede ser; eso no -puede ser».</p> - -<p>—Así le repliqué, en efecto... porque don Gil pretendía que entre tú y -yo matásemos á Frasquito. Porfió mucho. «Yo me encargo—añadía—de que -nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo iría por las -noches á su cama, y en hallándole dormido, le quitaría esa idea...»</p> - -<p>En el supremo interés de un silencio, Rita Paredes dejó caer estas -palabras terribles:<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span></p> - -<p>—También á mí muchas veces, en sueños, don Gil Tomás me aconsejó lo -mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero.</p> - -<p>La cabeza roja de Toribio palideció, y en su repentina lividez las pecas -bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana -expresión.</p> - -<p>—¡Ah!... ¡Tú lo sabías!...</p> - -<p>—Dice que el dinero lo esconde en el patio.</p> - -<p>—¿Entre las raíces del chopo?</p> - -<p>—Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas.</p> - -<p>—En tres grandes orzas verdes.</p> - -<p>—Justo, hermano; ¡hasta el color!...</p> - -<p>Cuchicheaban presurosos, arrebatándose mutuamente las palabras de los -labios, trémulos de codicia. Rita habló de aquel temblor amarillo y -amorfo que momentos antes vió ir desde la ventana al cuarto de Toribio, -y éste ratificó sus declaraciones. Sus ojos volvíanse automáticamente -hacia la puerta de salida.</p> - -<p>—Al marcharse don Gil—exclamó—quise preguntarle algo que ahora no -recuerdo, y para alcanzarle me tiré de la cama. Fué entonces cuando tú -me detuviste, preguntándome adónde iba y si estaba soñando. Dormido me -hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la -luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cómo yo -las veía; y así, aun después de reconocer que toda mi conversación con -ese hombre fué obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme más de -ello salí á la calle. Llegué hasta la casa de don Gil, y anduve -examinando los balcones por si en alguno de ellos había luz. Mas todos -estaban oscuros y la verja del jardín cerrada con llave, como siempre...</p> - -<p>De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueños dedujeron ambos -hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna, -que<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> debía de ser cuantiosa, el señor Frasquito la guardaba allí mismo, -metida en tres magníficas orzas verdes, bajo las raíces del chopo -legendario. Ni un momento detuviéronse á pensar que el motivo probable -de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos -tenían en la riqueza del señor Frasquito; tampoco les alarmó el interés, -al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo -contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles á -ellos. Su avaricia desbridada de súbito por la proximidad del oro, todo -lo juzgaba llano y fácil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, ¿para -qué iba á vivir más? Y, considerando su innoble afición al alcohol, -vicio que, día por día, exaltaba su degradación y embrutecimiento, -desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de -justicia, que casi tenía el perfil de una caridad.</p> - -<p>Los dos hermanos seguían agitando en silencio la hórrida tiniebla de sus -instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada -cual veía reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro. -Asesinar á Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en -seguida huir del pueblo. ¿No dibujaban estas tres afirmaciones una línea -recta, fácil y de absoluta lógica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes -volvían á reunirse en el espanto de los mismos propósitos, concatenados -siempre, á despecho del sexo y de los años que anduvieron separados, por -el genio sanguinario de su infame raza. Allí estaba el estigma, la -herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En -la realidad, como en el mundo de lo soñado, sus espíritus marchaban -sobre los mismos fangales. ¡Oh!... ¿Por qué el Azar no les habría -permitido aliarse un poco antes?...</p> - -<p>El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la -calle, delante de la ventana,<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> interrumpió la conversación. Llamaron á -la puerta y Rita salió á abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba -cincuenta y tantos años: era de mediana estatura, el busto delgado y -ancho, las piernas débiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos -cabellos tenían una albura brillante de plata. El rostro afeitado, -expresaba cobardía y humildad.</p> - -<p>—Buenas noches—murmuró.</p> - -<p>Según costumbre, el señor Frasquito iba borracho. Sin mirar á sus -familiares, muy rígido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto, -el sombrero sobre las cejas, dirigióse hacia su habitación. Como nadie -contestase á su saludo, repitió:</p> - -<p>—Buenas noches.</p> - -<p>—Buenas noches—dijo Toribio entre dientes.</p> - -<p>—¿No cenas?—preguntó Rita.</p> - -<p>El repuso balbuceando:</p> - -<p>—No.... no..., no tengo ganas..., gracias. Buenas noches...</p> - -<p>Si Frasquito Miguel hubiese visto la mirada roja, implacable, que los -hermanos Paredes cambiaron, no habría podido dormir.</p> - -<h2><a name="V" id="V"></a>V</h2> - -<p>Don Gil Tomás, el hombre más chiquito de Puertopomares, vivía en un -hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos, á dos pasos -de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco años, y tenía -un metro treinta y nueve centímetros de estatura. Amén de ser el vecino -más pequeño era también el más original, lo que le infundía á despecho -de su hurañoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la -amistad de los ricos ni fraternizar demasiado<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span> con los pobres, sin -militar en ningún partido político, ni exhibirse, ni hacer nada que -pudiese atraer la pública atención, aquel individuo minúsculo ejercía -sobre sus conterráneos un raro dominio, una especie de fascinación á -distancia. Comía de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y -en su casa, donde le acompañaban dos criadas, que eran también sus -mancebas, nunca recibía visitas. Una indefinible emoción de silencio le -precedía, le acompañaba y quedaba flotando tras él. Cuando iba por la -calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y -de la Fonda del Toro Blanco, interrumpían sus diálogos al verle -acercarse, le cedían la acera y le saludaban con un comedimiento que -parecía encubrir un temor; luego que había pasado, todos, á la vez, se -quedaban mirándole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurría pocas -veces, instalábase aparte y ojeaba los periódicos. No buscaba -relaciones, pero tampoco negaba á nadie su saludo; ni amiguero ni -misántropo, mostrábase cuidadoso de no rebasar nunca los límites -vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y añadían á su -equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que, -para subirse á los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse -con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los -de un pelele, tenía una capacidad centrípeta enorme.</p> - -<p>Buena parte de este poder provenía evidentemente de la fuerte -extravagancia de su figura.</p> - -<p>Tenía don Gil los hombros angostos y caídos, lo que entristecía su -empaque, y una de esas cabezas voluminosas, estrechas de occipucio y muy -bombeadas y crecidas de frontal, sobre las cuales los sombreros nunca -ajustan bien. Su rostro afeitado, largo y huesudo, iluminado por la -expresión metálica de los ojos, era de color miel, de color de fideo, de -esa<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> tonalidad aceitosa que fluctúa entre el ocre caliente del azafrán y -la enferma amarillez del pus. Aquel semblante digno, por sus -proporciones, de un individuo alto, absorbía toda la vida de don Gil -Tomás y causaba, efectivamente, en cuantos le veían, impresión anormal y -durable. El resto del raquítico cuerpo, vestido en todo tiempo de negro, -con sus calcetines blancos, sus zapatos de becerro y aquellas camisas de -cuyos cuellos, siempre un poco anchos, el pescuezo ahilado y pajizo -emergía con la tristeza de un lamento, era nimio y despreciable; lo -mismo que los pies, diminutos como los de un niño, y las manos blandas, -suaves y frías. La cara, en cambio, irradiaba un vigor truculento, -alucinador, de pesadilla; la frente cavilosa, la nariz aguileña, las -pupilas de color de cobre, las orejas delgadas y erectas, los labios -bermejos, finos y crueles, como los bordes de una cuchillada por donde -toda la sangre de las mejillas se hubiese vertido. ¡Contraste terrible! -Sobre aquel cuerpecillo negro, aquella cabeza grande y gualda, tenía la -expresión lívida, la expresión de eternidad, de una cabeza trunca.</p> - -<p>Por esto, á pesar de su parvedad, la silueta de don Gil antes era grave -que ridícula. Si, á primera vista solía mover á burla, luego de -examinada unos instantes, imponía seriedad. El observador adivinaba tras -ella un misterio. Descolorida, impasible, con una inalterabilidad de -ausencia, poseía el vigor sigiloso del enigma. Atraía, obsesionaba, y la -emoción de su silencio se clavaba en las almas como un rehilete.</p> - -<p>Contribuía á robustecer esta expresión la tristeza absoluta, jamás -interrumpida por ningún accidente ó donaire, de don Gil. Nadie, ni -siquiera don Juan Manuel Rubio, el diputado, que gozaba fama de -gracioso, podía jactarse de haberle visto los dientes. Los labios, poco -platicadores de don Gil, ignoraban la<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> simpatía de la risa; movíanse -para conversar, para bostezar, para besar tal vez; pero desconocían la -hilaridad. Si estaba muy contento, sus ojos metálicos brillaban un poco -más que de ordinario; eso era todo; su mejor humor no pasaba de ahí. -Aquel enano amarillo y pequeño, no había reído nunca.</p> - -<p>Cuando don Gil Tomás llegó á Puertopomares, seis ó siete años antes, la -expresión estática y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad -de cuantos ociosos había en el andén. Todos miraban sorprendidos aquella -cabeza robusta sembrada sobre un tórax raquítico que apenas alcanzaba á -la ventanilla del vagón, y creyeron pertenecía á un individuo -excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectación -trocóse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la -persona á quien tan descomunal cabeza correspondía, estaba de pie. Sin -embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fué objeto de mofa. -Algo magnético le nimbaba y defendía como una armadura, y todos los -vecinos, tácitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un -enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de -cristal, descendía á lo más hondo. ¿Hubo nunca nada más sospechoso, más -inquietante, que un hombre serio y pequeñito?...</p> - -<p>Meses después, el forastero compró un hotelito en el Paseo de los -Mirlos, esquina á la Glorieta del Parque, y ello esclareció su nombre y -sirvióle de recomendación. Quien más, quien menos, todos procuraban -abordarle, y á excitar este deseo contribuía el mismo perezoso interés -que él demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fué una de las -personalidades más notorias de la población: su aire reservado, sus -rentas, que le permitían vivir holgadamente mano sobre mano, la -circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por -arte de embeleco<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> ó sugestión, supo convertir en coimas á las dos lindas -mozas que tomó á su servicio, sirvieron á su alfeñicada figurilla de -plataforma. Al contrario de lo que sucede á muchas personas, que se -desprestigian según de más cerca se las trata y conoce, aquel hombre -pequeñito y hermético, enaltecía sus méritos cuanto mejor se mostraba. -Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre -estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de -los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distracción -perpetua de los ojos que parecían constantemente abiertos sobre el -panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su -caminar, rasgos y perfiles excelentísimos eran capaces de resistir el -más descontentadizo análisis. Las gentes, sin razón ninguna, le -admiraban, y por instinto le temían. Gracias á esta alabanciosa unidad -de criterios, llegó á ser «una de las cosas» más notables de -Puertopomares; se hablaba de él como de algo peregrino y selecto; se le -celebraba, se aseguraba que su carácter y condiciones eran dignos de -estudio, y todas sus palabras revestían importancia. Su fama igualó y -hasta nubló un poco la del viejo castillo. Cuando algún forastero -llegaba al pueblo, sus acompañantes le decían:</p> - -<p>—Antes de que se marche usted queremos presentarle á don Gil Tomás. -Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre -pequeñito, de color de boj, que no ha reído nunca...</p> - -<p>A propósito de él é inspirándose en la brevedad de su nombre, don Juan -Manuel tuvo una frase feliz:</p> - -<p>—Me da la impresión—había dicho el diputado—de un monosílabo.</p> - -<p>Esa inevitable concatenación entre los rasgos anatómicos y morales de -cada individuo, resplandecía acentuadamente en don Gil, quien, dócil á -la ley común, sumaba á su extravagante complexión y amarillez,<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> otra -anomalía de orden metafísico. Aquel hombre pequeñito escondía un -misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud teúrgica el vulgo -sagaz, aunque sin comprenderla, había adivinado.</p> - -<p>Don Gil Tomás era natural de Puertopomares, de donde salió muy niño, y -su madre, muriendo al darle á luz, pareció imprimir á su vida un sesgo -trágico. Dos años más tarde su padre sucumbió á mano airada, sin que -nadie pudiese averiguar quiénes fueron sus matadores, pues del número y -clase de heridas que recibió la víctima dedujeron los peritos que debían -los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno -primero, y de un hermano de su padre después, pasó don Gil su -adolescencia. Para ofrecer á la vanidad de sus deudos un título -académico, cursó en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando -la insignificancia cómica de su figura, no quiso abrir bufete ni -casarse, y dedicóse con resignación y humildad ejemplares al cuido de su -hacienda.</p> - -<p>Esta vida de concentración y retraimiento, sirvió para dotar á su -espíritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los términos de la -segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experimentó su -actividad cerebral una desviación peregrina. Apenas dormido, á su -idiosincrasia cotidiana, apacible é isócrona, sucedía otra voluntad -aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabática -corría libremente, multiplicando á capricho sus amoríos y sus viajes. -Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su -figura en las horas de vigilia, reproducíanse con exasperadas -vehemencias bajo la generosa égida del sueño. Entonces su espíritu -ardía, tostábase y devorábase á sí mismo, como en una llama. Una -clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias más nobles. Todo -lo veía con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> en lo pasado, -permitíale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro. -Dormido don Gil era inteligentísimo, elocuente, impulsivo, insaciable en -sus determinaciones y apetitos, y no había diques, ni cerrados lugares, -ni voluntad capaces de resistir á las apremiantes sugestiones de su -deseo: en sueños el discutía con los hombres, les arrancaba sus secretos -más ocultos, les dirigía, les imponía sus propósitos, y si le eran -agradables les inspiraba ideas que más adelante, en el transcurso de los -días vulgares, parecían surgir naturalmente del limo de sus -cerebraciones inconscientes para convertirse en acción y provecho; él, -finalmente, hallábase presente á todas las conversaciones, y horro de -escrúpulos deslizábase lascivo y sultán en el lecho de cuantas mujeres -hermosas, casadas ó doncellas, vió y apeteció en la calle.</p> - -<p>Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre -prepotentes, sombras de muertos que, según la cosmogonía egipcia, -acudían á disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia -sexual que alimentaba el frenesí de la misa negra, la encarnación del -deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el -brujo, que reía en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino -vibraba, semejante á un imperativo específico inexorable, los millones -de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A -tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y, á la mañana siguiente, -nada: la inacción otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la -fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el -cansancio de lo soñado iba añadiendo, día por día, una amarillez -nueva...</p> - -<p>Esta doble vida de la que, al despertar, no tenía conciencia, este -agudizado instinto de lo arcano que le erigía en gnomo del misterio, -permitiéronle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> -de su padre. La revelación, venida inesperadamente del mundo de las -sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte, -realizóse durante el hórrido filar de una pesadilla.</p> - -<p>Las denominadas ideas-imágenes ofrecíanse en el curso de aquel ensueño -con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los -pensamientos que no llegaron á traducirse en ademanes, ni siquiera en -palabras, todo adquiría en la imaginación del dormido perfiles -terminantes.</p> - -<p>Soñó, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba á Salamanca -llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el -buen don Alonso rindió siempre pleitesía apasionada. Iba el pobre -caballero, que á la sazón frisaba en los cincuenta años, gineteando una -mula de muy rebelde y alborotadiza condición. El dormido dábase cuenta -precisa de la hora crepuscular en que acaeció el lance: la color del -cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario, -abierto entre boscajes de copudos castañares y de alisos. En un recodo -umbrío, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio -esperaban á don Alonso con propósito de robarle y, por consiguiente, de -asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase -desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conocía -mucho, salióle al encuentro, saludándole con señalada reverencia, y so -pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de -entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un -poco fatigado, desestribó el pie izquierdo y sentóse á mujeriegas, la -pierna de aquel lado puesta sobre el arzón delantero de la silla. En tal -instante Antonio, que se había escondido tras unos árboles, disparó su -escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la -nuca cayó al suelo, donde<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> Frasquito Miguel le remató á cuchilladas y -desfigurándole de manera que costó después gran trabajo identificar el -cadáver. Despojada la víctima de su dinero, los matadores huyeron, -internándose en Portugal y sin dejar rastro de su fechoría.</p> - -<p>Varias noches consecutivas soñó don Gil la misma escena, pero su -intensidad era tan penetrante y dolorosa y removía con tal fuerza sus -nervios que le despertaba, y así la truculenta película quedaba rota. -Hasta que la repetición casi cotidiana de aquella pesadilla, -desimpresionándole un poco, permitióle seguir adelante. Acompañó á los -foragidos en su éxodo, vióles repartirse lo robado y emprender, unas -veces en Portugal, otras en España, diversos negocios. Falleció Antonio -Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito quedó sujeto -á la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeñito le -sugirió, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba -á visitarle á la cárcel, atormentándole con infernales pesadillas, y más -tarde asistió á los lances de contrabando, en los cuales, bien á -despecho de su invisible enemigo, el señor Frasquito acrecentó su -fortuna. Durante años, á lo largo de los caminos unas veces, otras en -los dormitorios de las posadas, el esforzado espíritu del hijo de don -Alonso, acompañó al criminal. El bujero llegó á sentir en torno suyo la -presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendíase expiado y adquirió -la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolvía; -de esto nació aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de -que Toribio y Rita Paredes diversas veces habían hablado.</p> - -<p>La acción demoledora del tiempo, con alcanzar á tanto, no gastaba los -caudales de odio que don Gil Tomás llevaba consigo; y á este rencor, -estéril pues que no rebasaba los límites de lo subconsciente, obedecía<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> -la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la -expresión de frialdad y lejanía de sus ojos, la sobriedad esquiva de su -trato, su aire siempre distraído y toda aquella emoción de pesadumbre y -silencio, en fin, semejante á un vaho, que irradiaba su diminuta -persona.</p> - -<p>Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo -trascendió de ellas, algo dejó aquel hondo oleaje de rencores en las -playas tranquilas de la conciencia; y fué que don Gil, sin conocer -personalmente al señor Frasquito, experimentaba la necesidad de no -separarse de él. Todos sus traslados y mudanzas respondían á esta causa -ignorada. Así, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, allí vivió -don Gil; y cuando el bujero alzó su tienda bohemia para trasladarse á -Avila, don Gil, sin saber por qué, comenzó á aburrirse en Badajoz y á -pensar que en la ciudad de Avila viviría mejor. Sus amigos, sorprendidos -de aquellas aficiones vagabundas, solían preguntarle:</p> - -<p>—¿Por qué viaja usted tanto?...</p> - -<p>El hombre pequeñito lo ignoraba.</p> - -<p>—Es que me canso—decía—de ver siempre los mismos objetos: necesito -variar...</p> - -<p>Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existían. En realidad -era la atracción del señor Frasquito, lo que tiraba de él.</p> - -<p>La aparición de don Gil en Puertopomares, acaecida un año después de -instalarse allí Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, señaló en la -vida moral más íntima del vecindario un grave trastorno. La figura del -enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines -blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantalón, impresionaba -fuertemente á las mujeres, de día, y luego las acompañaba de noche en su -alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones análogas, y -acaso<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegría de la Vida -como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de -castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria.</p> - -<p>La historia de los íncubos demuestra que éstos suelen revestir las -trazas ó apariencias más repugnantes: mendigos, epilépticos, leprosos, -viejos absurdos cubiertos de llagas, animales extraños, mitad hombres, -mitad fieras, estremecidos por todos los instintos y las muecas y las -delirantes piruetas del Diablo.</p> - -<p>Jamás estudió la teratología monstruos ni prodigios semejantes á los -fantaseados por el espíritu masoquista de la mujer, para quien las -espumas y quintas esencias mejores del amor residen, antes que en la -natural y sana voluptuosidad de la caída, en el sufrimiento ó castigo -que frecuentemente acompaña á la posesión. Como las hembras de todas las -especies, la mujer espera á ser tomada, y constituyen legión las que, -llevadas de una humildad morbosa, prefieren el golpe á la caricia. Las -mujeres raras veces descubren el cenit de la locura carnal sin el -acicate del dolor físico; diríase que el tormento de la desfloración -perdura en ellas como un rito, y que en su alma dócil, reducida de -madres á hijas á ineluctable esclavitud, las emociones de martirio y de -voluptuosidad se confunden. Sufrió la hembra la primera vez que el deseo -del esposo se detuvo en ella; sufrió cuantas veces el egoísmo varonil la -tomó y fatigado luego, la dejó sin curarse de su placer; padeció más -tarde cuando sus hijos, concebidos acaso en la sed de un deleite -vanamente esperado, se agarraron voraces á su seno. Ella nunca se queja; -con su sexo recibió el culto al dios dolor, la terrible divinidad -ardiente, tan vecina del misticismo como del desenfreno, que tiene para -los flancos de sus siervas disciplinas de llamas.</p> - -<p>Esta necesidad de tortura explica la inclinación de la fantasía femenina -á revestir de apariencias llenas<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> de suciedad ó de horror, los espíritus -viciosos que de noche van á visitarla. Un íncubo bello y joven no -satisface plenamente las exigencias de su carne, acostumbrada al -martirio; el íncubo preferido será aborrecible, viscoso y se adueñará de -ella por fuerza: unas noches tendrá la forma de una araña de patas -peludas y tenazas palpitantes; otras será un mono cornudo y con hocico -de pescado; otras un lobo con cabeza de viejo, ó un hampón erisipeloso, -ó un lagarto frío, que apoyará sobre el vientre y entre los senos de la -dormida, el espanto de su cabeza verde...</p> - -<p>La complexión de la mujer, halla en el dolor y en el suplicio del miedo, -las espuelas ó complementos más eminentes de la emoción sexual; y -también el sutil trampantojo excusador de la caída. Esta malsana -derivación hacia lo odioso, hacia lo feo, explica el dominio que sobre -el mujerío de Puertopomares comenzó á ejercer, desde los primeros -momentos, el hombre pequeñito. Por eso, nada más: porque era amarillo y -su rostro tenía la rigidez enloquecedora de las carátulas; porque sus -pies eran minúsculos y sus manos muelles y blanquísimas; por la tortura -de aquella frente socrática, la mezquindad de aquellos hombros -resbaladizos y el vaivén cómico que, al andar, sus perneras repetían -sobre la blancura de los calcetines; por la fuerza extravagante y el -presentido enigma, en fin, de su vida, todas las mujeres dieron en la -habituación de soñar con él. La misma pesadilla, dulce y horrible por -igual, rodaba de alcoba en alcoba, y ni aun las casadas, dormidas al -lado de sus esposos, se libraban de ella. Don Gil aparecía en los -dormitorios, tan pronto por una ventana como por la puerta, sin hablar -adelantábase hacia sus amadas, las tomaba y se iba. Esta alucinación, -que robó á muchas caras virginales su color y entristeció precozmente el -mirar de algunas niñas, fué como una de aquellas epidemias de ninfomanía -que los obispos<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> medioevales combatían con el fuego y el agua bendita.</p> - -<p>Favorecido por el misoginismo de los mozos, tiempo brevísimo necesitó el -enano para imponer su extraño amor á cuantas mujeres bonitas veía, y era -tal la diligencia de sus propósitos, que en una misma noche, según luego -se supo, asaltó varias alcobas. Mancebas suyas fueron Anita y Raimunda, -hijas del médico don Elías Fernández Parreño; doña Evarista Garrido, la -protegida de don Juan Manuel Rubio; Micaela y Enriqueta, hijas de la -austera y severísima señora doña Virtudes, viuda de Castro, á quien -también, á pesar de sus años y sólo quizás por humorismo y donaire, -visitó el íncubo; Rosario, la coja rubia, dueña del café de «La -Amistad», y otras muchas. Ricas, como doña Quintina, ó plebeyas y -cargadas de hijos, como Aurora, la mujer de Eustasio, el tonelero, á -todas se atrevía y su apasionado celo á hermosas y á feas alcanzaba y -beneficiaba por igual. Su salacidad siempre encendida y casi ubicua, ni -siquiera perdonó á la viuda de Guijosa, doña Amelia Ruiz, la mujer más -gorda de Puertopomares. Esta perenne donación de amor era como una -galantería, acaso como una caridad, que don Gil derramaba muníficamente. -Su gusto, no obstante, tenía distinciones y preferencias; especies de -hostales donde, en aquel larguísimo viaje hacia Citeres, su deseo se -complacía con satisfacción y reposo mayores: tales, María Jacinta, de -veinte años, hija única de don Artemio Morón, el boticario, y su prima -Flora. La primera, especialmente, hallóse durante varios meses tan -acosada, tan furiosamente sujeta y poseída, que perdió el apetito, -cubriéronse sus ojos de sombras violetas y dió en enflaquecer de manera -que todos juzgaron comprometida su salud.</p> - -<p>Ninguna de estas vergonzosas intimidades cayó en los libérrimos campos -de la pública murmuración<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> hasta pasado cierto tiempo, pues las -muchachas, aun las más solicitadas por don Gil, absteníanse celosamente -de declararlas. Al cabo, las luces de la santa verdad resplandecieron, -aunque siguiendo los marañosos caminos á que la hipocresía las obligaba. -Fueron Micaela de Castro y María Jacinta Morón, las que antes hablaron: -Micaela refirió á su hermana la esclavitud sexual á que el enano del -Paseo de los Mirlos la tenía sujeta; lo propio hizo María Jacinta con su -prima Florita. Tanto ésta como Enriqueta conocían por personal -experiencia el sabor, simultáneamente regalado y acerbo, de tales -posesiones, lo que no las impidió admirarse y aun ruborizarse -taimadamente de cuanto oían, cual si nada supiesen; pero, por lo mismo -que ambas tuvieron la voluntad necesaria para callar sus vergüenzas, -faltólas tiempo y virtud para encubrir las ajenas, y así fueron sus -labios los primeros en divulgar el goloso secreto de don Gil.</p> - -<p>Con el mayor sigilo y bajo juramento de no comunicárselo á nadie, -Enriqueta de Castro decía á sus amigas:</p> - -<p>—¿Sabéis lo que me ha confesado mi hermana?...</p> - -<p>Florita, por su lado, hacía lo mismo:</p> - -<p>—¿Queréis saber por qué está quedándose tan anémica María Jacinta?</p> - -<p>Estas indiscreciones provocaban otras de análoga índole y atrevimiento. -En los pueblos pequeños todo se descubre y conoce, cual si hasta los -muros más densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doña Quintina sabía -por Raimunda, la primogénita de Fernández Parreño, que á su hermana -Anita la visitaba don Gil, y á doña Evarista la había informado doña -Fabiana, la mujer de Martínez, el veterinario, que á idénticos peligros -hallábase expuesta la mirlada castidad de doña Virtudes; esto último se -averiguó por una indiscreción del cura don Martín, pues la tribulación<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> -y el pánico que la excelente señora tenía á morir en pecado mortal eran -tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llevó su -cuita al confesionario...</p> - -<p>En mucho tiempo las amigas íntimas no supieron hablar de otro asunto, -aunque conservando siempre el hipócrita cuidado de referir á una tercera -persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad removía hasta -los detalles más arriesgados, enardecíanse sus imaginaciones y la -evocación de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos -desfallecimientos de harén. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y -ondulantes, otras negras y lisas, apretujándose para charlar en voz baja -con el interés acre de las conversaciones prohibidas, componían -ramilletes de flores extrañas sobre las cuales el recuerdo de don Gil -zumbaba semejante á un moscardón cabalístico.</p> - -<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2> - -<p>¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo -reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia -de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el -distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante -síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á -decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él -numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así.</p> - -<p>Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á -continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo -criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este -supersticioso juicio se afirmase.</p> - -<p>A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares,<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> tuvo la desgracia de -enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio -Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan -urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho -donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así, -desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de -su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los -labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas -del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió -germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.</p> - -<p>Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy -triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella -lividez.</p> - -<p>—¿Qué tienes?...</p> - -<p>—Nada; pena... ¡Nada!...</p> - -<p>A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo, -miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y -nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la -razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla -vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas -reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de -un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con -las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría -quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre -ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban -esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un -soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio; -palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el -cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la -tarde; sin duda quería ver...<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span></p> - -<p>A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y -llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la -enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase -aliado de la Lívida; hasta la protegía.</p> - -<p>—¿Qué quieres?—la preguntó.</p> - -<p>Repuso la Muerte:</p> - -<p>—No hallo lo que busco.</p> - -<p>Y don Gil:</p> - -<p>—Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?...</p> - -<p>Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia -indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos, -no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse -con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más, -acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el -enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto -de su mano fría y parva.</p> - -<p>—No te escondas—dijo don Gil—, es á ti, á quien busca la Muerte.</p> - -<p>Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á -despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el -maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto -nevado de su risa.</p> - -<p>—¿Era ésta tu elegida?—insistió don Gil.</p> - -<p>La Muerte repuso, sin aproximarse:</p> - -<p>—Esa es.</p> - -<p>Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima:</p> - -<p>—Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu -conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días.</p> - -<p>Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo -Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin -duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> el -odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas -extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus -absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse -á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el -vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la -joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los -momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El -sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El -lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de -costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo -estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus -postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de -Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío -en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la -calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la <i>jettatura</i> ó -mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una -reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.</p> - -<p>El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó -brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también -significativa originalidad.</p> - -<p>A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y -acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba -recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase -camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al -Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con -un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros -cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más -que de la fortaleza del<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> encontrón, que no pudo ser grande dado el poco -peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose -alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios -cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se -empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas -producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala -obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien -trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los -hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya -enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á -tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena, -intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito, -convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera -habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como -una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en -la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba -horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados: -hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber -quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.</p> - -<p>El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y -cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la -noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes -del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La -mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel -hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo.</p> - -<p>—Hiciste mal en provocarle—murmuró—; porque, según dicen, ese don Gil -es brujo.</p> - -<p>Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que -le despertase temprano,<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span> pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse -á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que -al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo, -expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase -de verle tan despavilado, Ayala repuso:</p> - -<p>—¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás.</p> - -<p>Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia:</p> - -<p>—Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he -amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo, -como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que -tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á -Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según -estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el -reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?...</p> - -<p>Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética:</p> - -<p>—Yo, en tu lugar, no iba á Candelario.</p> - -<p>No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse, -aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche. -Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería -le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien -acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió -el corazón.</p> - -<p>De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con -velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio -fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos, -llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de -superstición y de<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de -las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus -brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad -del miedo y del asco.</p> - -<p>¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por -igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los -linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde -campea la conciencia?...</p> - -<p>Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica; -para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente -diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura -el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete -con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa -se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á -seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el -cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde, -envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu -abre hacia la increada luz sus alas inmortales.</p> - -<p>Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja -inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los -sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y -multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó -sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual -modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la -materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá -del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por -sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su -actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para -todo contacto físico?...<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span></p> - -<p>De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista -término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos -orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu -de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como -una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle -una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al -alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe -por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la -inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la -conciencia después de la muerte.</p> - -<p>Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los -sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las -civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.</p> - -<p>Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á -ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos -esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo, -el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima -mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo -que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente -cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus -imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento -puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó -doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir -subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se -acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar -bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto -ideas truculentas...</p> - -<p>Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana, -constituyen los «estados inferiores»<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> del sueño. Mas hay otros en que es -el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan -intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa -versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y -una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal -sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del -sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el -sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los -peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá» -efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y -responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece -apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que -«recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de -memoria.</p> - -<p>¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente -ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso -dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente -armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de -los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad -objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior -rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia, -pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué -importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó -hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida -cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del -cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?...</p> - -<p>A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien -delineada separación entre la<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> carne y el alma de don Gil, y aquella -increíble y jocunda autonomía de su voluntad.</p> - -<p>El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su -hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en -cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed -de Tántalo.</p> - -<p>Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima -gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de -despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer -el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel -momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una -elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo -objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años -ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil -Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo -vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su -imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores -corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el -vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro, -otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa -de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía -vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil, -que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo -la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y -así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud -de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que -pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento -de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> -aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á -quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna -que ésta iba á heredar.</p> - -<p>La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca -llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la -mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su -ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin, -no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las -emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á -sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados, -de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces.</p> - -<p>El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y -así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma -nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece, -pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos -fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y -melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades, -panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las -pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos, -que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la -conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres -cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria -poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la -angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida -durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales, -sin sospecharlo, va filando el espíritu.</p> - -<p>Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las -ideas de rebaño, de multitud. En<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> una nación las capacidades directoras, -los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos -cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El -resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son -«los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra -provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en -nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada -antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo -más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de -ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar -detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas -eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra. -En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo -muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada -sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos -parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua. -¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á -lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el -vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar -todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?...</p> - -<p>En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los -Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la -personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó -menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad, -porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas -las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel -cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y -potencias teúrgicas de las que nadie era capaz.<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span></p> - -<p>Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos -apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de -las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más -agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de -algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera. -Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil -contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye -imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar. -Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la -puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios -rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de -difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de -amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que -acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos.</p> - -<p>Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida -por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á -rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad, -que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones -epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las -mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el -dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la -calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que -dejan los entierros.</p> - -<p>Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del -hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era -morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal, -una tras otra le pertenecieron y continuaban<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> bajo su dominio. Del -hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos -castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre -celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían -contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era -interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para -heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía?</p> - -<p>Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni -Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando -éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de -cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia, -pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente -se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y -podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido -conciliar el sueño.</p> - -<p>Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba -los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío...</p> - -<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2> - -<p>No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino. -Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle. -Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y -sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el -polvo.</p> - -<p>—Voy con usted, don Gil—dijo—, porque supongo que querrá usted tomar -algo.</p> - -<p>—Sí; tomaré un ajenjo.<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span></p> - -<p>El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba -llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar -la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre -el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques, -se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega -albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un -tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente -en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el -sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo.</p> - -<p>Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso. -Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo -enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la -parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se -hallaban en la misma línea perpendicular.</p> - -<p>Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.</p> - -<p>—Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.</p> - -<p>—Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas -llevo andadas.</p> - -<p>—¿De paseo, verdad?</p> - -<p>—De paseo: ir á Torres de la Encina y volver.</p> - -<p>—Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel -también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Va mucho por ahí, porque en el término de Torres de la Encina tiene un -olivar.</p> - -<p>—A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estación, es al señor -Frasquito Miguel.</p> - -<p>—Iría á Navahonda.</p> - -<p>—No lo sé.</p> - -<p>—¿Llevaba el carro?... Pues entonces iba á Navahonda, por leña. Va -todas las semanas.<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span></p> - -<p>Don Gil aderezó su ajenjo y pidió los periódicos del día. Trájoselos -Teodoro y seguidamente marchóse á proseguir el barrido y buena limpieza -del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de -la galería, el hombre pequeñito, amarillento, encogido y trajeado de -negro, parecía un niño enfermo. Absorto en la lectura de <i>El -Adelantado</i>, diario conservador de Salamanca, don Gil no vió á un hombre -que, habiéndole observado unos instantes desde la puerta del salón, se -retiró sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspendía su lectura, -empuñaba la botella del agua y vertía algo de su contenido sobre el -terrón de azúcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la -copa. El agua, filtrándose á través del azúcar, caía gota á gota, y -abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente -palidecía. La figura inmóvil de don Gil daba á la sencilla operación una -expresión medrosa y rara, un enigma de maleficio.</p> - -<p>Terminada su faena, Teodoro reapareció y fué á sentarse al extremo -opuesto de la galería. Encendió un cigarro. Sus ojos azules, dóciles, -buenos, iban de un lado á otro, con la satisfacción de la labor -realizada, y á ratos se detenían en don Gil. Desde allí sólo podía verle -la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el -periódico abierto.</p> - -<p>Teodoro pensaba:</p> - -<p>—Verdaderamente, el pobre es muy pequeñito...</p> - -<p>Luego, su ánimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba -lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; había fregado los -espejos y cepillado el paño de las mesas de billar; únicamente le -quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monólogo -interior lo interrumpía de vez en vez don Gil, quien, para continuar -leyendo, daba á <i>El Adelantado</i> un nuevo doblez.</p> - -<p>Entonces Teodoro volvía á decirse:<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span></p> - -<p>—¡Pero qué chiquito es!...</p> - -<p>A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo, -dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo. -Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro.</p> - -<p>Teodoro también se levantó, servicial y reverente.</p> - -<p>—¿Ya se marcha usted?</p> - -<p>—Sí; me voy á casa. Hasta luego.</p> - -<p>—Hasta luego ó hasta mañana.</p> - -<p>—Adiós, Teodoro.</p> - -<p>Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le -cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el -portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la -hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una -mano el ala del sombrero.</p> - -<p>—Buenos días.</p> - -<p>—Buenos días, don Gil...</p> - -<p>De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.</p> - -<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2> - -<p>Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta, -llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba -del ronzal una mula.</p> - -<p>—Buenos días, don Ignacio.</p> - -<p>—¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante!</p> - -<p>Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena -para saludar.</p> - -<p>—Buen día nos dé Dios.</p> - -<p>Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario -exclamó:</p> - -<p>—¿Qué te trae por aquí?<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span></p> - -<p>—Pues, una desgracia que me sucedió ayer.</p> - -<p>Los ojos del chalán pasearon por todas partes una mirada furtiva y -segura. El local donde don Ignacio tenía su clínica era espacioso, el -suelo de tierra, cubierto de boñigas y de estiércol, el techo bajo y -envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo, -adosada al testero más oscuro, veíase una larga pesebrera: colgadas de -las sucias paredes y en ringlera había abundante número de herraduras, y -sobre los entrepaños de un armario, martillos, pinzas, un trabón inglés, -especie de pulsera con que se sujeta á los caballos para castrarlos, una -carátula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchón de basura -que cubría el pavimento y cedía muellemente bajo los pies, en la cálida -y pestilente fermentación de tantos abonos corrompidos, bullía, -semejante á una devoradora comezón, la inquietud sanguinaria de las -garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacían su -agosto; zumbaban las moscas y los tábanos. El ambiente conservaba el -inconfundible olor áspero del casco quemado.</p> - -<p>Don Ignacio Martínez, pequeño, sólido, esparrancado sobre el estiércol, -en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del -chaleco, callaba esperando á que su interlocutor se explicase. Mascaba -una tagarnina, que con un impaciente guiño de labios se trasladaba á -cada momento de un lado á otro de la boca: tenía cargados de sueño los -ojos, y el ancho rostro, que aun no había tenido tiempo de lavarse, -macilento y de pocos amigos.</p> - -<p>El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo -á quince ó veinte personas de calidad, tuteaba á todo el mundo. El señor -Frasquito adelantóse algunos pasos y deslizando una mano bajo las -crecidas haldas de su sombrero, comenzó á rascarse el cogote, como si -aquella rascadura ayudase al nacimiento y composición de sus ideas.<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p> - -<p>—Pues, ya está usted viendo cómo viene la mula.</p> - -<p>Mostraba el desdichado animal, que apenas podía moverse, el lado derecho -cubierto desde el anca á la cruz, por una bermeja, cruel y ardentísima -llaga. Tratábase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad -las llamas mordieron en la carne, que royéndola toda dejaron al aire los -costillares. Según Frasquito Miguel explicó, el accidente había ocurrido -en el camino de Navahonda á Puertopomares. Iba él durmiendo en lo alto -de su carro cargado de leña. El tiro lo componían tres mulas; de julo -llevaba un pollino. De súbito despertó medio asfixiado por densísimos -remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la -causa del siniestro; el convoy ardía, crepitaba, hecho un volcán. -Afortunadamente el señor Frasquito se recobró á tiempo, y con la -inesperada agilidad que le dió el peligro saltó á tierra. El burro y las -dos caballerías delanteras sacaron de su pánico fuerzas para romper los -tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del -vehículo, no pudo imitarlas. Fué una escena terrible: el animal, -hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba -esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron -los quijotes, su pánico trocóse en desesperación y locura, y tales -fueron sus brincos y corcovas, que volcó el carro. De entre las varas de -éste logró sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirándole á -dos manos de la brida, y luego de cortar á cuchillo cuantos arreos y -guarniciones lo sujetaban; pero á pesar de su caritativa diligencia, -cuando lo consiguió ya las llamas hambrientas habían mordido mucho en -él.</p> - -<p>Pasados unos instantes de meditación, el veterinario exclamó:</p> - -<p>—No comprendo cómo ocurrió el accidente que acabas de contarme. ¿Tú -fumas?<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span></p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—¿Ni sueles llevar cerillas?</p> - -<p>—Nunca. ¿A qué fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que á -cualquiera de los mozos que ayudaron á cargar el carro se le cayese una -caja de fósforos entre los haces de leña, inflamáronse aquellos después -con el sol y la carga empezó á arder.</p> - -<p>Calló, miró al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa.</p> - -<p>—Por cierto que ayer á poco de salir de casa me crucé en el Camino Bajo -de la estación con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me -dije: «Mala sombra.» ¡Palabra de honor que lo pensé así!...</p> - -<p>—¡Déjate de pataratas!—interrumpió Martínez con brusca exaltación y -mordiéndose la uña del anular—; si hubieras ido andando, según era -deber tuyo, no hay fuego; pero como queréis ir por atún y á ver al -duque... ¡esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien -dicen que por un clavo se pierde una herradura.</p> - -<p>Repuso el señor Frasquito:</p> - -<p>—Tiene usted razón; pero es imposible preverlo todo, y, además, hay -días en que la fatiga no le deja á uno ni tirar de los pies. En fin, -ahora lo necesario es que la mula sane pronto.</p> - -<p>Replicó don Ignacio:</p> - -<p>—Sanará en seguida si cuidáis de que no la piquen las moscas. Tú mismo -puedes curarla; todo se reduce á que la laves diariamente con ácido -pícrico. ¿Has comprendido?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Quieres la receta por escrito?</p> - -<p>—No, no hace falta: ¿ácido pícrico dijo usted?</p> - -<p>—Eso es: ácido pícrico, al cincuenta por ciento. Ve á la botica de don -Artemio y te servirán bien. Después del lavaje, y pasado un rato, cubres -toda la<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> quemadura con glicerina; más adelante, si la llaga sigue -cicatrizándose, bastará secarla con polvos de almidón ó de arroz.</p> - -<p>El animal, á quien el señor Frasquito tenía del cabestro, conservábase -inmóvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una -actitud de sufrimiento y pasividad. Martínez llegóse á él, frunciendo -las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la -herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban, -con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realizó un -esquince y alzó la cabeza; un extravío de cólera abrasó sus pupilas.</p> - -<p>—No me detengo á curarlo—dijo don Ignacio—, porque dispongo de poco -tiempo. Hoy cumple años Fabiana y tenemos invitados á comer, y luego -baile. Además, ya sabes: ácido pícrico al cincuenta por ciento, es lo -mejor...</p> - -<p>Saludó Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvióse hacia -la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro. -Dócilmente la bestia le siguió. Entonces don Ignacio se acordó de decir:</p> - -<p>—¿Y en tu casa?</p> - -<p>Detúvose el interpelado, escorzándose un poco para contestar, pero sin -volver la cabeza:</p> - -<p>—Bien todos, muchas gracias.</p> - -<p>—¿Y tu mujer?</p> - -<p>—Allí, la pobre, con los chicos; rabiando...</p> - -<p>—¿Y Toribio?</p> - -<p>—Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de -hallarse ahora.</p> - -<p>—Bueno, hombre; dales recuerdos.</p> - -<p>—Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre, -Pascualita!...</p> - -<p>Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la -anquilosis de sus piernecillas flacas,<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> muy sobradas de horcajadura, su -tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios -entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía -sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una -tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de -la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...</p> - -<p>Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar.</p> - -<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2> - -<p>Inmediatamente Martínez dirigióse al fondo de la clínica, empujó una -puertecilla y salió á un patio rectangular, bastante grande, con solado -de hormigón y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de -una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso -principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas -galerías encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. Allí encontró -á Fabiana, su mujer, y á su hija, ocupadas en sacudir las paredes y -traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche -habían de reposarse. Don Ignacio llegóse á ellas y las oprimió contra su -pecho, besando á la niña y pellizcando sabrosamente á la madre en las -posaderas. Después, informado de que las criadas habían sabido comprar -todo lo necesario para la cena, añadió:</p> - -<p>—¿Cuántos invitados tenemos?</p> - -<p>—Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve.</p> - -<p>—Pues dispón otros tres cubiertos porque esta mañana doña Virtudes me -envió recado de que vendría con sus pimpollos.</p> - -<p>Martínez, más chiquito que su mujer, gordo, saludable,<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> lleno de -impaciencias sanguíneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, á -pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doña -Fabiana preguntó:</p> - -<p>—¿No tenías que ver hoy el caballo de don Juan Manuel?</p> - -<p>—Sí, más tarde.</p> - -<p>Charló largo rato, hallando en aquellos diálogos familiares una dulce, -sencilla y confortadora alegría. Estimulado por la actividad de la madre -y de la hija, cogió un martillo y, encaramándose sobre un taburete, fijó -varios clavos. Acomodóse luego en una mecedora, apoyó el tarso de una -pierna sobre la rodilla de la otra, se aflojó comodonamente el cinturón, -dejó ir el cuerpo hacia atrás y encendió un cigarro. A sus ojos todo -ofrecíase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el -hormigón, recién fregado, brillaba á la luz; sobre la celosa albura de -las encaladas paredes, la verdosidad húmeda de la hiedra parecía mayor; -desde sus jaulas, colgadas del techo de la galería, varios jilgueros y -canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de -rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croché, -y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la dueña -de la casa unió unas pilastras á otras, tenían en la penumbra del patio -suaves ligereza y frescura.</p> - -<p>Rato hacía que Martínez se marchó y aun la decoradora faena se -prolongaba con perseverante fervor: Antoñita entraba y salía de las -habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las ágiles -y muy discretas manos de su madre distribuían luego con acierto vistoso.</p> - -<p>Doña Fabiana Vázquez llegaba, con los treinta años, al lucido apogeo de -su belleza: tenía de ébano los undosos cabellos, morenas la bien calzada -frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos,<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> -almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente -expresión de sanidad en toda su matronil persona. Lástima que no hubiese -crecido un poco más, con lo que hubiera alcanzado á esa línea de donde -arranca en las mujeres la gallardía; de lamentar también que sus brazos -fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la -redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada -magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba á caminar con cierta -lentitud y un anadeo que descubría, bajo la holgura de sus batas -bermejas, la disposición maciza de las piernas. No obstante, la -hermosura árabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la -seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplían con exceso los -errores de la línea. Era buena, era simpática, emotiva, dulce; una de -esas almas maternales á cuyo lado los desgraciados y los tímidos, -especialmente, se encuentran bien.</p> - -<p>Antoñita, su hija, tenía once años, el perfil delicado y los cabellos -encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus -brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba á ser -alta. En sus pupilas azules había una indecisión que las agrandaba y -embellecía. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos, -influyó en la grácil y espigada complexión de la chiquilla. Antoñita -parecía destinada á servir de origen ó troquel á un tipo nuevo; las -razas de los Martínez y de los Vázquez habían entroncado con tal -brusquedad que se anularon mutuamente, fundiéndose y como diluyéndose -apasionadamente en su retoño. Antoñita era Antoñita y perdería el tiempo -quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos ó cognáticos una figura -que justificase la suya ante las leyes de la herencia. ¿Se afearía más -tarde? Cuando la niñez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo -de los pueblos no favorece á las bellezas delicadas, ¿resucitaría en -ella<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> la gordura que en plena mocedad afligió á doña Fabiana? Nada -parecía señalarlo así, y Antoñita marcaba en su hogar una pincelada -inconfundible, noble y rara, semejante á esas plantas que alzan de -pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo murallón.</p> - -<p>A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron á llegar los invitados -al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el -fresco, les acogía con sinceras demostraciones de regocijo, dábales -conversación unos instantes y les despachaba hacia dentro, diciéndoles:</p> - -<p>—Si quieren ustedes ver á Fabiana, pueden pasar...</p> - -<p>Ellos cruzaban la cuadra, fétida, oscurecida por el crepúsculo y -cubierta de estiércol; los pies se hundían en la hedionda majada donde -pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo á las cucarachas -las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Después, empujando la -puertecilla que se abría al fondo del local, salían al patio. Allí les -aguardaban doña Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente -enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de -parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato, -limpio, que olía á macetas recién regadas.</p> - -<p>Los más puntuales en acudir á la fiesta fueron don Elías y doña -Presentación, con sus hijas Raimunda y Anita; luego llegó don Artemio -Morón con María Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doña Evarista, -la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, así por el honesto -aislamiento de sus costumbres como por el considerable mérito político, -dinero y personales simpatías, de su protector, era en todos lados bien -recibida. La tertulia iba formándose en el patio, mientras llegaba la -hora de cenar. Las mujeres, á quienes la conversación excita y aturde -como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicándose -nerviosamente y charlando todas muy alto y á la vez. Don<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span> Elías y don -Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron á pasearse -con andar cadencioso y las manos cruzadas atrás. Discurrían -ramplonamente:</p> - -<p>—¿Se ha enterado usted del pedrisco que cayó anoche en Navahonda?</p> - -<p>—Esta tarde me lo dijeron.</p> - -<p>Don Elías miró al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes.</p> - -<p>—Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la -pena, vamos á tener mucha miseria este año.</p> - -<p>El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arrancó un suspiro.</p> - -<p>—Yo debía haber ido esta tarde á casa de la viuda de Guijosa; pero las -niñas se empeñaron en que las trajese aquí...</p> - -<p>—¿Cómo sigue doña Amelia?</p> - -<p>—Peor, siempre peor; cada día más gorda, hasta que la grasa la ahogue. -Morirá del corazón.</p> - -<p>—Diga usted—interrumpió el farmacéutico—¿es cierto que no puede salir -de la habitación donde está?</p> - -<p>—Ciertísimo. Hace años, á raíz del fallecimiento de Guijosa, la pobre -mujer se metió en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten -en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, á -ella el dolor la dió por engordar, y cuando á instancias mías determinó -hacer un poco de ejercicio, tenía las nalgas y el vientre tan enormes, -que ni de perfil cabía por las puertas. Actualmente mide cincuenta -centímetros de cuello. ¡Un monstruo! El caso de doña Amelia á un -extranjero le parecería inverosímil, pero á nosotros no debe -asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su -virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el -corsé y no poner los pies en la calle.</p> - -<p>La brusquedad de sus propias palabras enardeció á<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> Fernández Parreño. El -diálogo adquirió un sesgo social. Don Elías comenzó á perorar -cálidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y á buscar -el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas. -Nación donde la enseñanza no es obligatoria, nación perdida. Don Artemio -hacía signos de asentimiento. El médico prosiguió:</p> - -<p>—Aquí malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres -no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo, -hubo en Salamanca una importante reunión «contra la blasfemia»: se -pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas -señoras se darían el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos -salieron del mitin como fueron á él; es decir: convencidos de que no se -debe blasfemar. Indudablemente esta es también la opinión de todos los -carreteros de España, aunque jamás se les haya ocurrido protestar de su -mala lengua. ¡Sí, ya lo saben! Ofender á los santos no está bien... Sin -embargo, ¡no quiera usted oir lo que dirán por esos caminos apenas se -les atasque el carro ó las mulas no tiren como deben!... Y es porque el -hábito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con -palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen -implantando otras, no con bambollas retóricas; la destrucción es buena á -condición de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror -al vacío; y tales evoluciones sólo se obtienen con el favor del tiempo y -dragando en los estratos más arcanos del alma nacional.</p> - -<p>Muy satisfecho de la callada atención del boticario, Fernández Parreño -continuó:</p> - -<p>—¡Guerra á la blasfemia, sí, señor! ¡Guerra también á toda clase de -feas interjecciones, especialmente á nuestra puerca, innoble, fementida -y abominable costumbre de citar á cada momento los órganos<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> genitales, -para vergüenza de nuestras mujeres, escándalo de extranjeros y mengua y -baldón de la española cortesía!... Luchemos contra ese fango que, antes -de macular los labios ensució los pensamientos. Pero esto no se obtiene -con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseñanza. -Un maestro deja en el espíritu colectivo más hondo surco que cien -oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento, -ponerle guiones á la voluntad, darle elegancias á la conciencia. El -hombre «elegante por dentro», aunque carezca de ideas religiosas no -blasfema, pues el torpe juramento repugna á su gusto delicado; ni -incurre en otros delitos de grosería, porque la cultura así enfrena los -ademanes del cuerpo, como las ideas y propósitos, ademanes del alma. -Según desaparecieron el miriñaque y el calzón corto, así desaparecerá la -blasfemia; pero, más adelante: cuando un juramento produzca en nuestros -oídos el efecto de una disonancia.</p> - -<p>Don Artemio interrumpió al médico:</p> - -<p>—A propósito: ¿conoce usted al maestro de Cantagallos?</p> - -<p>—¿Don Joaquín Blanco?... ¡Mucho!</p> - -<p>—Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron á Madrid con idea -de ponerse á servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban días enteros -sin comer.</p> - -<p>Don Elías lanzó una interjección que desentonaba bastante con sus -conceptos relativos á la limpieza del lenguaje:</p> - -<p>—¿Ve usted?—exclamó—; ¿cómo vamos á lamentarnos de que blasfemen los -carreteros de un país cuyos maestros tienen hijas fregando platos?...</p> - -<p>La llegada de la señora viuda de Castro, con sus dos hijas, atajó la -peroración de don Elías. Era doña Virtudes una mujer cincuentona, alta y -cenceña de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vestía de negro en -toda estación, más que por reverencia al<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> perdido esposo por melancolía -y sequedad de carácter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de -sus cabellos parecía mayor. Sobre la delgadez de los labios herméticos, -la nariz larga, fina y severa, daba á sus menores palabras irrevocable -autoridad. El mirar buído de sus ojos simiescos, pequeños y muy juntos, -se resistía difícilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como -potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta.</p> - -<p>Adelantáronse doña Fabiana y Antoñita á recibirlas, y entre cordiales -aspavientos de amistad fueron besándolas en las mejillas. Doña Virtudes -las besó también, dió su flaca mano á la esposa y á las hijas de -Fernández Parreño, á María Jacinta y á Flora, y ofreció á doña Evarista -un saludo imperceptible.</p> - -<p>Don Artemio y don Elías reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo -dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doña Fabiana, doña -Presentación y la señora viuda de Castro, á un lado; en el otro, doña -Evarista y la gente joven. Las muchachas reían y se sacudían las faldas.</p> - -<p>—¿Verdad que hay muchas pulgas?—preguntaba María Jacinta.</p> - -<p>—Muchísimas.</p> - -<p>—Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae -hambre atrasada, ¡porque está dándose un banquete!... Seguramente las -hemos recogido al entrar, de entre el estiércol.</p> - -<p>Un ademán algo deshonesto de Micaela, abrasó en relámpagos de ira las -pupilas negrísimas de doña Virtudes.</p> - -<p>—¡Niña!</p> - -<p>—¿Qué, mamá?</p> - -<p>—¿Qué gestos son esos, en una casa extraña?</p> - -<p>—¡Ay, no es nada!... ¿Quiere usted callarse?... ¡Que me pican mucho las -pulgas!...</p> - -<p>Doña Fabiana sonreía indulgente, segura de que<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> las muchachas no -exageraban. Había, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le -traían martirizado, especialmente de noche; pero, ¿cómo acabar con -ellas?</p> - -<p>—¡Yo no resisto más!—exclamó Raimunda levantándose.</p> - -<p>Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredaño del comedor, cuya -puerta cerraron. Se las oyó retozar y reir. El semblante cetrino de doña -Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas -reaparecieron, doña Fabiana hizo girar las llaves de la luz eléctrica y -el patio se iluminó. Algunas lamparillas oportunamente distribuídas -entre la lozana fronda de la hiedra, dieron á la escena vistosidad -teatral. En la galería, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso -relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron -contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las -livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa, -de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de -las luces y la copiosa verbosidad y ornitológica algarabía de las -mujeres, los pájaros rompieron á cantar.</p> - -<p>Don Elías y el boticario se acercaron á la dueña de la casa.</p> - -<p>—¿A quien esperamos?—preguntó Morón.</p> - -<p>—A don Niceto.</p> - -<p>La señora de Martínez llamó á su hija.</p> - -<p>—Ve á buscar á papá; dile que estamos aguardándole.</p> - -<p>Creyóse obligada á explicar la ausencia, un tanto descortés, de su -marido, y agregó:</p> - -<p>—Ignacio, si le dan conversación, es capaz de charlar tres días -seguidos. No sabe despedir á nadie.</p> - -<p>En aquel momento aparecieron Martínez y el juez municipal. Esta fué la -señal para trasladarse al<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> comedor. Por consideración y respeto á las -señoras, don Ignacio, que tenía la costumbre de ir siempre en mangas de -camisa, fué á vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa -el avisado consejo de doña Fabiana distribuyó á los invitados, según su -edad, con lo que se formaron dos grupos á los cuales parecía separar el -gran frutero, cargado de bruñidas manzanas y aterciopelados melocotones, -que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martínez, como motivo -que era de la fiesta, y más aún por sus pocos años y juvenil ufanía de -carácter, ocupó, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa: -á su derecha estaban su hija, María Jacinta y Flora; á su izquierda, -doña Evarista, Raimunda y Anita. A continuación de Flora y de Anita, -respectivamente, se colocaron don Artemio y el médico; al lado de éste, -don Niceto, y luego las señoras de mayor gravedad y empaque: doña -Presentación y doña Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequeña, -alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sentó don Ignacio.</p> - -<p>Empezó la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y -rajitas de salchichón, y la fuga de una aceituna que rodó por el mantel, -como huyendo del tenedor de María Jacinta, suscitó grandes risas. Los -platos, de dorada cenefa, rielaban á la luz. El vino ponía en la -transparencia de las copas su encendida alegría. Dos azafatas, con -alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del -servicio.</p> - -<p>El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando -la expresión de los rostros. En las mejillas, perversamente -descoloridas, de María Jacinta, comenzaba á extenderse una leve -evaporación rosa, y en sus ojos garzos chispeaba á intervalos un fulgor. -A Flora, más gruesa que su prima, el calor de las libaciones la había -abultado y acarminado<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> los labios, por cuanto su fuerte dentadura -parecía más blanca. A Antoñita su madre la prohibió beber más. Anita y -su hermana también estaban muy contentas, y entre la rubicundez -ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la -juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente -oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozanía. -Eran las dos de buena estatura, sólidas y esbeltas á la vez, y sus -caderas turgentes sobresalían y se desbordaban de las sillas como en una -provocación carnal. La belleza treintañal de doña Evarista era menos -petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la -experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenían una corrección urbana -por todo extremo educada y simpática. La señora de Martínez parlaba con -todas y sus ojos negros, blandos y cálidos, sus magníficos ojos de -terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras.</p> - -<p>Fernández Parreño, á quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopía y -el brillo prócer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presidía -la conversación secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi -siempre para contradecirle. Doña Presentación, gorda, sencilla y de buen -color, y doña Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban á oir. Don -Artemio también hablaba poco.</p> - -<p>Había en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la -lámpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia, -alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste, -emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas, -como del severo color de sus vestidos.</p> - -<p>Fernández Parreño, cuyas disposiciones satíricas necesitaban una -víctima, complacíase en hacer hito ó blanco de sus burlas al boticario, -mientras don Ignacio<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> recogía una á una aquellas ironías y exornadas con -nuevos aditamentos y donaires tornaba á echarlas sobre el mantel. De -este modo la conversación, salvo ligeros comentarios de la gente joven, -describía una especie de triángulo en el cual cuanto don Elías iba -diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado -por Martínez.</p> - -<p>Acodado familiarmente en la mesa, distraído y buenazo, el farmacéutico -oponía á las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa -imperturbable. Tenía cincuenta años, había enviudado siendo mozo aún y -como, acaso por pereza, no quiso volver á casarse, la costumbre de vivir -solo contribuyó á ratificar la significación tímida y ausente de sus -actitudes. En don Artemio, por excepción la conciencia acompañaba al -cuerpo; ó, lo que es igual: rarísimas veces movíase y hablaba conforme á -lo que sus sentidos iban diciéndole, lo cual le daba un gesto cómico de -constante indecisión. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos, -bien claramente revelaban la buena lozanía de sus años adolescentes, -pero una caída, partiéndole la espina dorsal á la altura de los -omoplatos, dejó en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el -equilibrio entre las extremidades y el busto, lo único recomendable de -su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja -blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil -volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada -y abundante.</p> - -<p>Y no era este desconcierto de huesos el menor daño que afligía al -boticario, aunque él así lo creyese, sino que con la joroba física -salióle otra muy gravísima corcova en el alma, y fué la de la tacañería. -Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron -grandemente el desapoderado incremento de esta inclinación. Como conocía -á todos los modestos<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> propietarios de la comarca y estaba al tanto de -sus apuros, solía facilitarles dinero mediante hipotecas terribles. -Cumplido el plazo señalado para el reintegro ó devolución de la suma -prestada, don Artemio procedía á raja tabla y gozosamente al embargo de -los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento -cuadruplicó sus heredades. Pocos años le bastaron para enriquecerse. En -Puertopomares la gente á la vez le quería y le odiaba, pues mientras -unos decían horrores de él, otros aseguraban que, fuera de su ominosa -fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y -bonísimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antaño no era -así.</p> - -<p>—A no haberse jorobado—decían—hoy no sería usurero.</p> - -<p>Para Fernández Parreño, que solía abrazarle pensando en que los -corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morón, con su gran cabeza -sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era -un símbolo: el símbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la -tragedia, lo grave y lo ridículo, lo más noble y preexcelente y lo más -ruin, marcharon siempre unidos.</p> - -<p>La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban á -dolerse de la exigua representación que el elemento masculino tenía -allí; Raimunda lamentábase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita -preguntó á don Niceto por su hermano Luis. Micaela también echaba de -menos á Romualdo. Doña Fabiana las tranquilizó; aludió á su marido con -un gesto.</p> - -<p>—Nosotros—dijo—hubiésemos querido invitarles á comer; pero, como -veis, la mesa es pequeña para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase -apuros, porque esos señores están invitados y á la hora del baile les -tendremos aquí.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span></p> - -<p>Raimunda, la primogénita de los Fernández Parreño, cuchicheaba con doña -Evarista.</p> - -<p>—¿Ya no le pican á usted las pulgas?</p> - -<p>—Martirizada me traen, hija mía.</p> - -<p>—Yo tengo una terrible aquí debajo... ¿usted comprende?... La pícara -pudo irse á otro sitio, pero sin duda tenía mucha hambre y eligió el -plato mayor y mejor servido...</p> - -<p>La protegida de don Juan Manuel reía oyendo estas ligerezas, y la -hilaridad humedecía voluptuosamente sus bellos ojos.</p> - -<p>Adelantando un poco el busto la señora de Martínez inquirió la causa de -aquel regocijo.</p> - -<p>—¿Qué dice Raimunda?</p> - -<p>—Nos quejamos de las pulgas.</p> - -<p>Idéntico daño afligía á María Jacinta y á Flora, y esto acuciaba en -todas el deseo de bailar. Informado de lo que sucedía, Fernández Parreño -improvisó un elogio del mosquito.</p> - -<p>Según don Elías, el mosquito posée cualidades estéticas que le hacen -infinitamente superior á la pulga: es artista porque habiendo sabido -hermanar el hambre con la música, adorna sus picotazos cantando, y á -semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y -también porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A -un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin más que quemarle las alas -con un fósforo; mientras á las pulgas es necesario descender á buscarlas -en los escondrijos del traje ó del lecho donde se ocultan. Además, la -pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, sólo -por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de -visita, nos devorará el cuello; si vamos de paseo, se nos meterá dentro -de una bota. ¿Sabe nadie las ideas de desesperación y hasta de suicidio -que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de -nuestro sombrero?...<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span></p> - -<p>Como lograse terminar su disertación con notable fortuna, don Elías, -excitado al calor de sus propias agudezas, comenzó á probar nuevamente -la buena paciencia de don Artemio.</p> - -<p>Morón vivía á la entrada de la Glorieta del Parque, frontero á la Fonda -del Toro Blanco, y, según Fernández Parreño, la distancia que separaba -la botica del Casino servía á don Artemio para someter á cálculos, casi -matemáticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le -dedicaba.</p> - -<p>—¡No haya cuidado—aseguraba el médico—que este hombre por nadie se -moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por -él. ¿Es cierto no?...</p> - -<p>El interpelado sonreía modesto, ocultando la satisfacción de verse -comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no -obstante su rápida trivialidad, equivalía á un polvillo de éxito, á un -rocío de gloria, que cayese sobre él.</p> - -<p>Las festeras palabras de don Elías eran recibidas con francos -borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos. -A don Artemio Morón, verbigracia, le gustaba muchísimo charlar. -Sincretista y desocupado, amaba la conversación por ella misma, por «su -ruido», que no por estudiosa curiosidad espiritual ó inteligente prurito -de discutir. Así, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto -del diálogo, le interesaban mayormente. ¿Se comentaban las últimas -corridas de toros? Bueno. ¿Hablaban de política? Adelante. ¿Debía -charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los -asuntos parecíanle igualmente oportunos para no dejar á su lengua ni á -sus oídos en la ociosidad.</p> - -<p>Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino, -procuraba no salir nunca solo de allí. Si á la hora de él marcharse sus -contertulios hallábanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> -tresillo ó de dominó, atardaba su retirada para esperarles. Ellos, -conociéndole, se hacían los remolones. Les aburría. El boticario, -parsimonioso en sus actitudes, amén de caminar muy despacio, tenía la -molestísima costumbre de pararse al hablar. Mientras oía andaba, pero no -bien abría la boca se detenía, cual si los dinamismos de sus labios y de -sus pies fueran rivales.</p> - -<p>—A propósito de eso que ha contado usted—decía—voy á referirle lo -siguiente...</p> - -<p>Y se paraba. Replicaba su acompañante, que sabedor de sus tretas -procuraba llevar las riendas del diálogo; pero había de tenerlas muy -cogidas, pues Morón se las quitaba en seguida, y como hallaba especial -contento en escucharse no era fácil arrebatárselas después.</p> - -<p>A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, añadía el hábito de ir -subrayando sus palabras con líneas que la contera de su bastón trazaba -sobre la acera ó en la fachada de las casas.</p> - -<p>—La liebre—explicaba—se había escondido aquí, bajo unas matas; yo -venía por acá. Al ver al animal mis perros describieron un semicírculo -en esta forma...</p> - -<p>Todo lo corpóreo, lo susceptible de expresión gráfica, le obsesionaba; -don Artemio no sabía zurcir dos ideas si á medida que germinaban en su -caletre no las pintaba.</p> - -<p>—El toro estaba allí; el picador se acercaba por este lado... -¿Comprende usted?...</p> - -<p>Mientras la contera infatigable de su bastón peregrinaba sobre las losas -del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, ó -golpeándolas sonoramente, para mejor imbuir en el ánimo del oyente la -convicción de que determinado objeto ó persona ocupaba un sitio fijo, -preciso, rotundo. Comprender bien á don Artemio suponía, por tanto, -escucharle<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> á pie quieto y sin apartar de su bastón los ojos.</p> - -<p>Todo esto daba tan fastidiosa monotonía á su trato, que sus amigos del -Casino le huían. Algunos, sin embargo, solían acompañarle, ó por -desocupación y deseo moceril de trasnochar, ó porque sus domicilios se -hallasen en el mismo rumbo ó dirección de la botica.</p> - -<p>Las personas de quienes don Artemio recibía tan meritísimos testimonios -de paciencia y afecto, eran el gerente de <i>La Honradez</i>, don Romualdo -Pérez; Epifanio Rodríguez, estanquillero y corresponsal de periódicos; -don Valentín Olmedilla, dueño de la fonda del Toro Blanco, y don Gil -Tomás. A todos ellos teníales clasificados según el tiempo que le daban -escolta, y establecía relaciones directas entre la amistad de sus -acompañantes y la longitud del camino. A más camino, mayor amistad. Así, -el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba -en la Bajada de la Fuente, á cincuenta pasos mal contados del Casino. -Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo á las severísimas -rejas de doña Virtudes, le acompañaba hasta el callejón del Misionero. -De allí á la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don -Valentín y don Gil Tomás, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque -para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con él hasta su casa.</p> - -<p>—El refinado egoísmo de don Artemio—decía don Elías—tiene -clasificados á sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes.</p> - -<p>Para excitar la hilaridad del mujerío, parodiaba con su cuchillo, sobre -el mantel, los geroglíficos que el boticario hacía en las aceras con su -bastón.</p> - -<p>—Supongamos—continuó—que se trata de un termómetro inventado por -Morón para medir la temperatura afectiva ó sentimental de sus conocidos. -La ampolla ó depósito del aparato lo constituye el<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> Casino; la columna -termométrica es la calle Larga, eje máximo ó espina dorsal del pueblo -que va, como todos sabemos, desde el Casino á la Glorieta del Parque; y -el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quiénes -don Artemio se acompaña egoístamente y con el exclusivo objeto de no -aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo señala, -por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. ¿No es -eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejón -del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y, -solamente, don Valentín, don Gil y algún otro, llegan á la Glorieta del -Parque, que representa los cien grados, la ebullición, la muerte de -todos los gérmenes ingratos, la exaltación ó frenesí de la amistad. -Anoche, alrededor de las doce, le vi á usted acarreando por la columna -mercurial á don Juan Manuel. ¿Consiguió usted que subiera mucho?...</p> - -<p>Fernández Parreño miraba á doña Evarista, que lucía risueñamente el -prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio siguió la broma.</p> - -<p>—No crea usted—repuso—que la temperatura afectuosa sube en don Juan -Manuel fácilmente.</p> - -<p>—¿Pasó de la Bajada de la Fuente?</p> - -<p>—¡Eso, sí! Podemos decir que conseguí hacerle «romper el hielo»; pero -se quedó á la altura de Correos: no fué mucho; algo equivalente á diez ó -doce grados...</p> - -<p>Según adelantaba la comida, la conversación iba generalizándose y -cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino -desnudaban los caracteres que florecían en atrevimientos y expresiones -nuevas. La señora de Fernández Parreño, admirada del fértil y ameno -ingenio de su esposo, reía sus donaires con una complacencia parecida á -un orto de amor; doña Virtudes, ocupada siempre en corregir con -fulminantes miradas los dichetes de sus<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> hijas, no disponía de la -ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro -de la más impecable corrección, una actitud fiscal; María Jacinta y -Flora, charlaban aparte; las hijas del médico, doña Evarista y la señora -de Martínez, conversaban con gran alborozo y todas á un tiempo.</p> - -<p>Servían el café, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos, -oliendo á esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jóvenes, -delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros -redondos de paja. Epifanio lucía un «completo» gris y una corbata -encarnada; Romualdo vestía un traje azul marino con rayitas blancas y -zapatos de piel de Rusia. Su aparición fué aplaudida y señaló el momento -de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba á empezar. Cuatro -músicos, sentados en un ángulo del patio, junto á la enredadera, -preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas -de un lugar á otro ahogaron aquellos primeros compases. Los -circunstantes iban sentándose en semicírculo y según su gusto: unos, al -aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la -galería, donde era más áspera la claridad. Y de nuevo, exasperados, -enloquecidos, por la greguería de la música y de tantas voces, los -jilgueros y los canarios rompieron á cantar.</p> - -<p>Muy sensible al calor don Ignacio había resuelto ponerse en mangas de -camisa. Pequeño, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y -peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el señor -Martínez dió dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro -vello hasta las uñas, sonaron como tablas.</p> - -<p>—¡Señores, á bailar!...</p> - -<p>¡Oh, y qué blandas, qué suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron -aquellas palabras!... Fué un soplo de paganía, un estremecimiento -sabático. Epifanio<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> ofreció su brazo á Raimunda; Romualdo dió el suyo á -Micaela. La joven se levantó, el rostro bañado en felicidad y alisándose -con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un -vaivén voluptuoso. Doña Virtudes la llamó y en voz muy baja, -sibilante...</p> - -<p>—Estás fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente...</p> - -<p>Micaela se encogió de hombros.</p> - -<p>—Por Dios, mamá...</p> - -<p>Fernández Parreño quiso danzar con doña Evarista, quien se excusó -finamente cimentando en su edad su negativa, y el médico invitó á Flora. -Don Ignacio, contento y ágil como un muchacho, bailaba á María Jacinta; -y, á pesar de su corcova, don Artemio brindó galantemente su brazo á -doña Fabiana.</p> - -<p>La corrección de don Elías y su juvenil esmero en acicalarse, -impresionaron al veterinario. ¿No iba don Elías demasiado currutaco para -sus años? ¡Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!...</p> - -<p>—¡A rocin viejo, cabezadas nuevas!—gritó Martínez.</p> - -<p>Antoñita dormía acurrucada en un sillón. Doña Virtudes, doña -Presentación, Anita y don Niceto, que no sabía bailar, se sentaron en -grupo. Para oirse necesitaban hablar á gritos; al fin, ensordecidos por -la música y el canto, cada vez más rabioso, de los pájaros, decidieron -callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban -infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se -multiplicaban sus perfiles. Según el trozo de patio que sirviese de -fondo á las figuras, éstas perdían ó ganaban en nitidez: así, sobre las -iluminadas paredes de la galería, los cuerpos de María Jacinta y de -Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros -cabellos de la señora de Martínez exaltaban la solemnidad de su ébano; -y, por el contrario, ante la oscuridad<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> de la hiedra, los trajes claros -y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se -desvanecían. La exactitud de tales contrastes podía seguirse mejor -atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de <i>La -Honradez</i>, vestido de azul, era el bailarín de la luz y de los muros -encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palidecía bajo las -lamparillas eléctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en -la penumbra de la hiedra.</p> - -<p>A las once tocaba la fiesta á su apogeo. Habían llegado doña Quintina, -una jamona, alegre y apretada de carnes, á quien don Artemio no podía -mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el -prometido de Anita, á cuya sola presencia los labios hasta allí -amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color.</p> - -<p>En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las -muchachas de Puertopomares, cuál más, cuál menos, había pensado alguna -vez. Socapa de estudiar Derecho vivió en Madrid varios años, y allí -aprendió á tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus -costumbres holgazanas y su mediana ilustración le separaban del bajo -pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complacía. Era faldero -y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle -de quintas, había agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorcó -los libros, vivía en la fonda del Toro Blanco y á expensas de don -Valentín, y sin mejor ocupación que retozarle las criadas y beberle los -mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos -pormenores que de él se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de -la moral, se perecían por gustarle, y ello estimulaba la pasión en que -la menor de las hijas del médico se derretía.</p> - -<p>Al terminar el vals, don Artemio invitó á Olmedilla<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> á pulsar la -guitarra; aceptó en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y -lucirse, y apenas vibró la suave pesadumbre de las primeras coplas, -cuando Martínez, que con las frecuentes libaciones sentíase enternecido -y más enamorado de su mujer que de costumbre, determinó obsequiar á sus -invitados con unas botellas de <i>champagne</i>.</p> - -<p>A media noche los ojos de doña Presentación y de doña Virtudes empezaron -á cerrarse de sueño, pero las muchachas tenían los suyos por momentos -más pajareros y luminosos. La danza pedía vino, y el vino, danza; -multiplicábanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban á -gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron á colación varios -cuentos: don Elías refirió uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla -empezó una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que María -Jacinta, Flora y las señoritas de Fernández Parreño, comprendiéronse -obligadas á taparse los oídos. Doña Evarista acudió en socorro de las -escandalizadas doncellas.</p> - -<p>—Luis, las atrocidades están prohibidas; hay demasiada gente...</p> - -<p>—Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos -gravedad.</p> - -<p>—¡Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oiría eso... y -más. En público, no. La vergüenza femenina es un fenómeno de conjunto -que sólo se produce con la aparición de una «tercera persona». Como en -el Paraiso, exactamente...</p> - -<p>Don Elías propuso un juego de prendas, pero su opinión fué rechazada. La -juventud prefería bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las -muchachas ofrecían una tersura brillante y nacarina. Las hijas de -Fernández Parreño, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes -amapolas. Los rostros de Flora y de las señoritas de Castro, también -ardían, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza.<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> En los breves -instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el -nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y -los labios viciosos de María Jacinta tenían arreboles de salud.</p> - -<p>Los músicos requerían de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba -agilidades de pájaro en los pies, pidió á voces un vals. La mayoría -protestó: deseaban algo más lento, más sensual...</p> - -<p>Doña Fabiana llamó la atención de su marido.</p> - -<p>—Me parece que ha sonado el aldabón de la puerta de la calle.</p> - -<p>Martínez hizo un gesto de duda.</p> - -<p>—¿A estas horas? No es probable.</p> - -<p>Fernández Parreño ratificó lo dicho por la señora de Martínez: él -también estaba cierto de que habían llamado. Don Ignacio se encogió de -hombros.</p> - -<p>—Quien sea—dijo—puede entrar, porque la puerta quedó entornada.</p> - -<p>Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que -relacionaba el patio con la cuadra se abrió lentamente y, sobre su -oscuridad, apareció don Gil.</p> - -<p>La llegada insólita del hombre pequeñito y astral, determinó en todas -las mujeres idéntica emoción de frío. Miráronle con miedo, con rubor; -con ese rubor que hay en las pupilas de las recién casadas. De emoción -María Jacinta, la favorita de don Gil, quedóse lívida. Cesaron las -risas. La entrada de un Sultán en su serrallo, no produciría otro -efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se hacía hombre; el -íncubo...</p> - -<p>En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil -Tomás, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no había reído -nunca, avanzó insinuando un saludo amable...<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span></p> - -<h2><a name="X" id="X"></a>X</h2> - -<p>Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la -lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y -lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta, -pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con -ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó:</p> - -<p>—¿Ya se ha dormido?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¡Pronto le llegó el sueño esta noche!...</p> - -<p>—Afortunadamente...</p> - -<p>Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir -porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo -su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que -repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos, -camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno, -lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente -el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno:</p> - -<p>—¡Las once... y nublado!</p> - -<p>—Las once ya—repitió Pilar.</p> - -<p>—Pues don Ignacio trabaja todavía.</p> - -<p>—Sin duda por ser mañana jueves, día de feria.</p> - -<p>—Es verdad.</p> - -<p>Hablaron de las faenas menudas de la casa.</p> - -<p>—¿Quién va á lavar esta semana?—preguntó Maximina.</p> - -<p>—Me corresponde lavar á mí.</p> - -<p>—¿Hay jabón?</p> - -<p>—Me parece que no.<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span></p> - -<p>Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor; -latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.</p> - -<p>—El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella—continuó Maximina.</p> - -<p>—Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más -peleador; á sus hermanos no los deja vivir.</p> - -<p>Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de -agua corriente, producida por el viento entre los árboles.</p> - -<p>—Mañana tendremos mal tiempo—observó Pilar.</p> - -<p>—Creo lo mismo.</p> - -<p>Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas -quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se -buscaron.</p> - -<p>—¿Has visto?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Examinaron la lámpara.</p> - -<p>—¿Habrá sido un temblequeo de la luz?</p> - -<p>—No, sé.</p> - -<p>Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un -segundo—sólo un segundo—imaginaron ver resbalar por la blancura de la -pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados, -suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante, -fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las -dos.</p> - -<p>Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como -disponiéndose á huir.</p> - -<p>—Tengo miedo—dijo—; eso es el amo, que se ha marchado.</p> - -<p>A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas.</p> - -<p>—¿Dices que es el amo?</p> - -<p>—Estoy segura. Vé á ver.<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span></p> - -<p>—¿A dónde quieres que vaya?</p> - -<p>—A su cuarto.</p> - -<p>—Yo, no me atrevo.</p> - -<p>Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor, -se levantó.</p> - -<p>—Vamos las dos.</p> - -<p>Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la -rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea.</p> - -<p>—¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí!</p> - -<p>Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por -nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la -miró con odio y desdén:</p> - -<p>—¡Cobarde!... Iré yo sola.</p> - -<p>Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó -suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla, -de don Gil, reposaba sobre las almohadas.</p> - -<p>Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había -seguido. Preguntó:</p> - -<p>—¿Está?...</p> - -<p>Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de -puntillas.</p> - -<p>—Sí... está...—balbuceó.</p> - -<p>Hizo un gesto y bajando mucho la voz:</p> - -<p>—Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú -comprendes?...</p> - -<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2> - -<p>La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el -pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora -de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino,<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> la Fonda -del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la -Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos -lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento -masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de -política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de -la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y -entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua -inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas -que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación.</p> - -<p>El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la -población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor -sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á -las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado -también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un -matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas -de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don -Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos -para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los -puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don -Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de -un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de -consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes -cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones -adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le -hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano -dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores -de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á -nadie le parecía<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y -cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don -Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.</p> - -<p>El café de la Amistad pertenecía al pueblo. Hallábase situado en el -cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local -amplísimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces -tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas. -Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un -pintor, para darle apariencias celestes, revocó de azul y adornó con una -lamentable bandada de golondrinas; el guión llevaba en el pico un ramo -de vid. Había tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y -ocupaban el resto del salón numerosos veladores con pies de madera y -piedra de mármol. El mostrador hallábase inmediato á la puerta que -conducía al interior del establecimiento, y ante un elevado estante, -bien repleto de botellas polícromas y exornado en su remate por un reloj -de cuco.</p> - -<p>En el café de la Amistad no había camareros; Rosario, la dueña, servía -por su mano á su clientela, y ello significaba el mejor sostén ó razón -del negocio. Era una rubia de veinticuatro años, desde el amanecer muy -bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con -las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y -rollizas. Para mayor provocación, siendo niña habíase roto la pierna -derecha á la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron -bien, aquella extremidad quedó más corta, lo que la constreñía, al -caminar, á mover las nalgas de un modo que suspendía la atención de los -hombres. Más de un jugador de dominó, por mirárselas, se distrajo y -neciamente perdió la partida.</p> - -<p>Entre los contertulios asiduos del café de la Coja,<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> estaba Frasquito -Miguel. Iba solo y á prima noche y procuraba instalarse cerca de la -puerta, con la obsesión de embriagarse y de no llamar la atención al -salir. El señor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. «Me -gustan—decía—las armas blancas...» De media en media hora pedía un -vaso grande, que bebía á sorbos caudales y lentos, para que el deleite -de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura -cetrina, inmóvil, apoyada de codos en la mesa, perfilábase sobre la -blancura de la pared. No hablaba, no sonreía, y si alguien le dirigía la -palabra, replicaba con monosílabos. Entre tanto, sus mejillas iban -congestionándose, desmayábase su labio inferior y sus ojos mortecinos -miraban idiotizados á la concurrencia. Si le invitaban á jugar una -partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No sentía la -necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que -llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior, -reconcentrado, hermético. El señor Frasquito pensaba en la coja; por -verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en -alto, iba allí. Admirándola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan -pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cenceña, huesuda y -desapacible, y aunque hacía tiempo no ponía en ella las manos, harto -recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. «¡Si se -pareciese á «la Coja!...»—pensaba. Luego, ya tarde, llamaba á Rosario; -sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe -de su gasto, pagaba y muy erguido, rígidas las piernas, mesurado el -paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se dirigía hacia la -puerta.</p> - -<p>Toribio Paredes, el tonelero Eustasio García, Luis Olmedilla, que -gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de -sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el café de la Amistad<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> -sólo por complacer sus ojos en la hermosura de la dueña y, -particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan -á gusto de todos, salpresaba y ponía de manifiesto. Este brusco vaivén -exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser -coja, y, como por ensalmo, habrían disminuído sus ganancias; desde el -punto de vista económico, aquel «buen pie», que otros industriales la -envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien -convencida la hermosa mujer, y aunque tenía un don Cuyo, de quien -parecía muy enamorada, fuese por interés ó por pinturería y femenil -vanidad, ó por ambas causas, complacíase en recorrer la sala, yendo de -mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y -estudiadas sonrisas.</p> - -<p>Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gañanes, que se la -comían con los ojos, y este represado apetito descubríase en el ardor -con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus -pies, desnudos, se retorcían. Toribio, especialmente, perecíase por -ella, y tanto creció su afición, que necesitó echarla del pecho. Su -hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tenía, púsolo á merced -de la adorada. Rosario le escuchó indulgente y con frases cordiales le -desesperanzó y persuadió de la inutilidad de sus deseos: ella tenía á -quién querer, y este amor grande, amor de muchos años, excluía de su -corazón cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo, -podía haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero -acento de sus palabras convenció á Toribio: estaba bien; nunca más, -aunque llegase á centenario, volvería á importunarla con sus ruegos. No -obstante, bajo la vertical decisión de la voluntad, el deseo embravecido -persistía inexorable. Por adueñarse de «la Coja», Toribio Paredes -hubiese llegado al<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos -durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra ó entregar -la garganta al verdugo... ¿qué importa?... El, nada decía; antes le -hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva -al infierno de su corazón; pero cuando veía á Rosario, decolorábanse sus -labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas -por la emoción del deseo, parecían adherirse al cráneo como las de las -fieras cuando van á reñir.</p> - -<p>Al Casino, por las mañanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar -y nada más. A mediodía llegaban los devotos del <i>vermouth</i>: don Elías, -don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes, -especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios -acrecía, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas -y de las apuestas. De noche, la animación era aún mayor. Los -contertulios se repartían: los más jóvenes, luchaban inclinados sobre -las mesas de billar; otros, acudían á la sala de juego, ó fraccionados -en grupos, se abandonaban á las sorpresas del dominó ó del tute.</p> - -<p>Entre los concurrentes más tenaces estaba don Elías, quien diariamente, -á lo largo de su vida, le disputaba á don Artemio Morón el campeonato -del ajedrez. Tres años hacía que, todas las noches, aquel empeñado -torneo se reanudaba: ni claudicaba el médico, ni el boticario se rendía: -si Fernández Parreño perdía, don Artemio le invitaba á desquitarse; si, -por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elías se -apresuraba á desafiarle nuevamente y agasajarle así con la perspectiva -de una victoria.</p> - -<p>Esta tenacidad servía de argamasa ó basamento á una tertulia formada por -el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Pérez, Epifanio Rodríguez y don -Pepe Erato, uno de los vecinos más insignificantes y más buenos de la -población. Don Juan Manuel, que adoraba<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> las ásperas emociones del -«treinta y cuarenta» llegaba después, y siempre, hubiese ganado ó -perdido, su hablar cultipicaño, abundante y sobrado de amables -paradojas, imprimía á la conversación rumboso incremento.</p> - -<p>Don Ignacio Martínez, favorecido por don Dimas, el médico, don Isidro -Peinado y otros, constituía reunión aparte: el veterinario era -vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quería sentarse á la mesa -donde otros prestigios—los de don Juan Manuel y Fernández Parreño, -verbigracia—pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida -esta separación y satisfecho de su independencia y hegemonía, Martínez -ya no hallaba reparo en interpelar á sus amigos de otras tertulias con -razones y dichetes, y obtener así para la suya algunas migajas de la -alacridad que generalmente sobraba en la del diputado.</p> - -<p>Varias figuras, comunes á la mayoría de las ciudades pequeñas, -descollaban allí.</p> - -<p>Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos -los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquirió este hábito á poco de -terminar su carrera, porque, según decía, con el mucho estudiar se le -había fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la -atención, de manera que no acertaba á comprender claramente lo que leía -si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban -metiéndosele en el alma por los oídos. Un sentido ayudaba al otro. El -público había aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado -por el interés de algún acontecimiento taurino, ó de cualquier incidente -parlamentario ruidoso, proponía: «Veamos lo que dice el periódico». Sus -oyentes le contestaban enseguida: «¿Qué prisa hay? Esperemos á que venga -don Ignacio; él lo leerá». Tácitamente no reconocían otro lector: en sus -labios las noticias tenían mejor aderezo; estaban habituados á sus -ademanes, á su manera de<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span> frasear, á sus apostillas un poco anárquicas. -De bonísimo grado Martínez ejercitaba aquel cargo honorífico. Fiado en -la adhesión incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino -desdoblaba la prensa, venida de Salamanca ó de Madrid, instalábase -debajo de una luz y poníase á leer de modo que todos le oyesen. Era un -lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como -su carácter, llenaba el salón. Egoístamente, sin curarse de nadie, don -Ignacio leía el artículo «de fondo», los telegramas, la crónica negra, -la sección de teatros... Los circunstantes le atendían unas veces, otras -no; generalmente sólo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en -traerles la caja del dominó ó la del ajedrez; luego se abismaban en el -juego y olvidados de Martínez disputaban y reían. Don Ignacio, sin -embargo, continuaba leyendo: primero, leía para todos; después para -Teodoro, que sentado á su lado y codicioso de saber lo que acaecía en el -mundo, miraba al albeitar como á un oráculo; pero estas devociones -siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban á -ir incesantemente de un sitio á otro. Entonces don Ignacio, -impertérrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para sí mismo, -y la obstinada fe que en ello ponía era la del estudiante que, en -víspera de examen, estuviera aprendiéndose una página de memoria.</p> - -<p>Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguían por -otros rasgos ó costumbres especiales.</p> - -<p>Así don Artemio Morón era el individuo más madrugador de Puertopomares -y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la -vida secreta del vecindario. Fuese invierno ó verano, apenas empezaba á -clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacábase en la puerta de -la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> -pantalón, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas aún de -rocío. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga, -casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo -de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien -amanecía, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morón, que veía salir -muy de mañana á don Juan Manuel del domicilio de doña Evarista, llevaba -cuenta de las noches que el diputado distraía en casa de su amiga, -avizoraba también á cuantos mozos volvían de pernoctar en el burdel de -la Casilda, y si pasaba algún tipo desconocido, de su traza y del rumbo -que llevase deducía quién fuese. En años anteriores, la virtud, muy -propensa á quebrarse, de doña Amparito, la esposa de don Pepe Erato, -proporcionó al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que -descubriese la falta, sino el criminal regocijo que ponía en contarla. -Por él, finalmente, se supo que á horas avanzadas de la noche Romualdo -rondaba las rejas de doña Virtudes, y que en aquella donde Micaela -asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de <i>La -Honradez</i> se agarraba y cosía.</p> - -<p>Los matuteros, y más aún los amantes clandestinos, recelaban la -centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de más hondo -y sabroso dormir, todas las mujeres que sufrían la angustia de alguna -pasión prohibida, removían al amante feliz y cansado. Con zarandeos y -palabras de alerta, espantaban su modorra.</p> - -<p>—Levántate—decían—y vete, antes de que don Artemio abra la botica.</p> - -<p>Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecían asustados, como huyen -los malos intentos ante la razón. En la vida de Puertopomares, don -Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia.</p> - -<p>Don José Erato, en punto á vigilancia, era el reverso de don Artemio. -Por no fiscalizar lo que á su<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span> alrededor sucedía, ni siquiera en la vida -de su mujer se entrometió nunca, y así fueron de libérrimas las -costumbres de doña Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no -pudo seguir ninguna carrera porque «se dormía» leyendo. Todo lo -contrario de Martínez. Los médicos, achacando aquella modorra á una -lesión cerebral, le prohibieron el estudio. Vivía, pues, de sus rentas -que, si bien modestas, bastaban á sus necesidades, y el dulce sueño que -le causaban los libros, cerrándole también bondadosamente los párpados -para ciertas vergüenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce -ecuanimidad de su espíritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe, -aislado realmente de todo por esa conflagración de silencio y de sombras -que el mundo teje alrededor de los maridos engañados, no sospechó jamás -los platos de adulterio que á espaldas suyas se guisaban; pero otros, le -suponían al corriente de todo, añadiendo que era tal el imperio de doña -Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de éste hacia ella, que -por no perderla renunciaba á sus fueros de marido y su pasión resolvíase -en cobarde humildad.</p> - -<p>Al fin estos errores juveniles pasaron. Hacía tiempo que los dos eran -viejos: ella tenía cincuenta años, él rondaba ya los sesenta. Vivían en -una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estación, y, -diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les veían asomados, entre -floridas macetas, á una ventana del piso bajo. Algunos saludaban:</p> - -<p>—Buenas tardes, doña Amparo y don José.</p> - -<p>—Buenas tardes...</p> - -<p>El padecía del estómago y su semblante descolorido expresaba tristeza; -doña Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y -salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don -Pepe, que seguramente conocía todo el ridículo de su historia, nunca se -había quejado:<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un -espíritu ecléctico, de limpia raigambre cristiana; un evangélico sin -hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tiranía que sobre ciertos -temperamentos ejerce el deseo, pasó su mansa existencia «haciéndose -cargo». Por lo mismo doña Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad, -comenzó á quererle. Menos aquél, todos los hombres á quienes neciamente -se dió la habian olvidado. Entonces su ánimo tornóse hacia el pobre -compañero sumiso, de manos frías y cabellos blancos, que siempre -perdonó; y, por ensalmo, su desprecio hacia él evolucionó y fué -simpatía, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco á poco floreció -en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuyó á esta -reconciliación sin palabras, obra de arte del tiempo, la pérdida de un -hijo que, suicidándose á los veinte años por una mujer, debió de -enseñarles á entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto -abrevió el otoño sentimental de doña Amparito; dentro de su cuerpo, -todavía garrido, su alma flaqueaba y se cubría de arrugas, y cuando -hastiada, revolvió los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se -maravilló de hallarse tan cerca de él y de quererle tanto. Fatalmente su -cansado corazón y la moral se ponían de acuerdo.</p> - -<p>Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizás por ser tan tardío, -tuvo don Juan Manuel una frase volteriana:</p> - -<p>—Ha vuelto á el—dijo—á esa edad en que la virtud deja de ser para -nosotros un estorbo.</p> - -<p>Así era, en efecto. ¡Pobre don Pepe! Pero, después de la virtud que nace -del amor, la nacida del desengaño y de la fatiga, ¿no es la más -segura?...</p> - -<p>La Fonda del Toro Blanco tenía sobre el Casino la indiscutible ventaja -de que en ella se podía comer. Según la estación, el público se -congregaba en el comedor ó al aire libre, que para tales y aun mayores<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> -esparcimientos ofrecía la casa comodidades y anchura. Durante la -estación estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio -que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes -llamaban «la playa». Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de -mármol y circuído en lo alto por una galería que sustentaban columnas de -hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le servía de dosel y las -luces eléctricas distribuídas equilibradamente entre la fronda, daban á -las hojas más próximas alegrías de corindón. En el nimbo plata de cada -lamparilla, las arañas, silenciosas, tejían su traición. A un lado, -negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba -el ambiente con su aliento húmedo. Aquel pozo tenía una historia: á su -abismo, Luis Olmedilla, una noche, había querido tirar á una criada.</p> - -<p>En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastísimo local con -suelo de madera, paredes estucadas y cinco ó más ventanas á una huerta. -La única singularidad digna de recordación que allí había, era el -retrato de don Valentín con que el testero principal del salón se -adornaba. Cuando algún forastero, curioso, inquería el origen de aquella -obra de arte, don Valentín Olmedilla, como hombre que tiene clasificada -la gloria entre las mayores pequeñeces humanas, modestamente bajaba los -ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, había un remordimiento: -él, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan -desprendido, una vez fué cruel con un desdichado pintor vagabundo que le -adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascendía á -doscientas pesetas.</p> - -<p>—Pues si no tiene usted dinero—había dicho don Valentín—va usted á -pagarme haciéndome un retrato.</p> - -<p>Y como era compasivo, añadió:<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span></p> - -<p>—Los días que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aquí; no le -costarán nada.</p> - -<p>Valido de esta autorización misericordiosa el pintor no se dió prisa en -pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, sólo trabajaba por las -tardes, durante una ó dos horas: la señora de Olmedilla, sus hijas, -Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentín, agrupadas -tras él, sonrientes, suspensas y calladas, maravillábanse al ver cómo la -figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentín era -pequeño, viejo y feo, pero en sus ojos había una expresión de bondad que -pronto se mudaba en simpatía, ganadora de voluntades. Este gesto dócil y -servicial lo recogió bien el pintor, dando con él mérito á su obra. Don -Valentín aparecía retratado hasta algo más abajo de las rodillas y en -actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente -perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y -un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanquísima, -signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban, á la -vez, la psicología y la figura del hostelero: más que una cabeza, el -pintor había compuesto una biografía.</p> - -<p>Satisfechísimo de aquel retrato que había de sobrevivirle y le aseguraba -una especie de pequeña inmortalidad, don Valentín dispuso colocarlo en -el comedor, sobre el aparato del teléfono. Era un medio infalible de -exhibición. Durante el día, á las horas de comer, y por las noches, -cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre -telefónico, las miradas todas convergían hacia él y, de consiguiente, -tropezaban con el retrato del dueño de la casa; la cabeza perfilada y en -alto, el semblante risueño, presentando con gracia, solicitud y -desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las -rodillas de don Valentín, era, por efecto de<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> una sencilla asociación de -ideas, la voz del amo.</p> - -<p>La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestría en el -dificilísimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar -indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantenía floreciente -la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, económica, limpia -y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocían. En tiempo -de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban á Puertopomares, se -alojaban allí.</p> - -<p>El isocronismo de la existencia pueblerina imponía á las tertulias del -Toro Blanco, como á las del Casino y á las otras más plebeyas, del Café -de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de -los días, las imaginaciones se apagaban y el fastidio servía de sedante -á los nervios. La paz ambiente quitaba á las almas su fluidez y las -saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las -inteligencias se adormilaban y su propia inacción las entumecía. Como -jamás sucedía nada original, digno verdaderamente de mención, los -espíritus no podían rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la -inquietud, y dedicábanse á comentar lo insignificante, lo cotidiano, -adobándolo, vistiéndolo y aderezándolo de mil prolijas maneras. Así, la -muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraía -lisonjeramente la atención pública: ver al finado en su caja, informarse -de cómo lo habían vestido y de las personas que acudieron á velar el -cadáver, constituía, efectivamente, un pequeño espectáculo, un asunto de -conversación con cuyos detalles los desocupados, luego, se relamerían de -gusto.</p> - -<p>Don Juan Manuel Rubio, á fuer de espíritu cultivado y forastero, era la -única persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y -donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad sabía mostrarse á -tiempo y algunas noches invitaba á don Elías,<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> al boticario, al juez y á -otras personas de su afecto y confianza, á cenar en casa de doña -Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de -complacer al diputado, rivalizaba con él en la tarea de obsequiar á sus -huéspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes á su -humor juvenil y divirtiéndose alimentaba su influencia política.</p> - -<p>Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenían otras -distracciones: los plebeyos, el Café de la Coja; los señores, el Casino, -la Fonda del Toro Blanco ó los ágapes familiares de don Juan Manuel; y á -intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos -leales de divertirse, una escapatoria de cuatro ó cinco días á Salamanca -ó á Madrid. Luego, á la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez, -á embaucar á los amigos refiriéndoles con exagerados aditamentos lo -hecho ó dándoles también por sucedido lo que acaso ni siquiera -intentaron hacer; á criticar, á mentir, á ver egoístamente secarse la -bonitura de las vírgenes en el suplicio de una eterna espera.</p> - -<p>No todo reposaba, sin embargo, en la población. Bajo aquellas techumbres -pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas -herméticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo -aislamiento se consumían cual lámparas votivas. Esta doncella borda, -otra recose las ropas que va sacando de un cuévano, aquella estudia -nerviosamente su lección de piano; y mientras, á intervalos, todas -recuerdan que, un poco más tarde, será hora de reunirse para ir á ver el -tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses -vernales y de estío, y aun en los comienzos del otoño, el andén era el -Casino de las mujeres.</p> - -<p>De cuantos trenes cruzaban por allí, el más interesante era el correo. -El expreso huía de largo, y su<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> afán parecia implicar un desdén; los -mixtos llegaban á horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y -sin inexpresión. El correo, que conducía siempre muchos viajeros y -pasaba á las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas -Fernández Parreño, las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima -Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir á -recibirlo. Buscábanse unas veces en casa del médico, otras delante de la -botica ó en la Glorieta del Parque, bajo los árboles, y vestidas de -gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudían á la estación. -Marchaban en pequeños grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus -caderas retozonas movíanse á compás, y el murmurio de sus risas y de su -frívolo charlar flotaba tras ellas semejante á un polvillo juvenil. El -viejo camino que empapó sangre de romanos y de moros, el legendario -camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y -la inquietud de tantas haldas.</p> - -<p>Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minúsculo andén: las mozas -conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros ó se paseaban. Un -gran zumbido de colmena llenaba la estación. ¿Por qué tanta alegría? -Había en este regocijo inclasificable una emoción de ensueño, un -nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante -horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como -á un Rey Mago, jamás faltó á la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje -de castaños lo anunciaba, y de súbito aparecía negro, fragoroso y -humeante. Pasaba la máquina jadeando, chorreando agua hirviendo; -rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, deteníase el convoy. Las -ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos -viajeros requebraban á las vírgenes lugareñas que les miraban sonriendo, -á la vez, alegres y tristes, sin saber por qué. Una voz gritaba:<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p> - -<p>—¡Puertopomares... un minuto!...</p> - -<p>Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren seguía, -disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el túnel. -Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio, -emprendían cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de -los cabellos rubios, y María Jacinta la del rostro sin color, y Micaela -y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el -mismo pensamiento:</p> - -<p>«Mañana lo veremos también...»</p> - -<p>Y no pedían más.</p> - -<p>La felicidad constituye algo tan fortísimo, supereminente y precioso, -que la partícula más nimia caída de su divino manto, puede hacer al -hombre dichoso; en lo cual se parece á la belleza, cuyas migajas son de -tan egregia condición, que la menor de todas bastaría á la inmortalidad -de un artista. Y así, con «aquel minuto» que el correo hizo alto ante el -andén, cuantas doncellas acudieron á recibirlo se juzgaban pagadas. -Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, ¿no será -espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la -fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el día. Más -aún: no había de llegar, y el regocijo con que los corazones se -prepararon á recibirlo bastaría á hacerlos dichosos. Imagen de la humana -felicidad es ese tren que todas las mozas lugareñas aguardan. ¿No son -también las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusión ha -de pasar?... Y si pasó, en efecto, y un instante se detuvo, ¿quién será -tan ambicioso ó insensato que se crea defraudado?... Además: ¿no hubo y -seguirá habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente -porque murieron esperándole?...</p> - -<p>El correo se detendría más de un minuto, y perdería algo de su interés; -la dicha se retardaría unos segundos<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> más en el corazón, y tal vez -pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son -bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es -recuerdo... ¡y sólo el recuerdo, por ser tristeza, es poesía!...</p> - -<p>Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo -sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresión de la eterna mudanza -y de la universal melancolía, la adivinaban las vírgenes de -Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estación, -sentían de pronto ganas de llorar.</p> - -<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2> - -<p>La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles -ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.</p> - -<p>Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos -Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de -descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias, -hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían -con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito -ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado -y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba -las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si -éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras -admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que, -efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de -consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos, -era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span> aquél les -hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no -cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante -del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas -chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos, -repetía abstraída:</p> - -<p>«Hay que matarle...»</p> - -<p>A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso -lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio.</p> - -<p>«Hay que matar á Frasquito»—pensaba.</p> - -<p>Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco -ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado -por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás, -que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares. -Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de -don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el -sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique, -todo vibraba claramente.</p> - -<p>—Rita—murmuraba Toribio.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—¿Me oyes bien?</p> - -<p>—Te oigo.</p> - -<p>—¡Si supieses lo que me ha dicho!...</p> - -<p>Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que -dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de -escuchar, contraía sus labios.</p> - -<p>—¿Qué ha sido?... dí...</p> - -<p>Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que -el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón.</p> - -<p>Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este -criterio, el bujero musitaba evasivas.<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span></p> - -<p>—Es largo de contar; ya lo sabrás mañana.</p> - -<p>Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen -lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y -los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al -desenlace de su venganza.</p> - -<p>Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la -Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que -servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle, -pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo -que el <i>Rojo</i> clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo -consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera -podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se -debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el -sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del -domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina -le sonreía desde una ventana.</p> - -<p>En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con -estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche -antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan -avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de -sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó -el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo -al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero -quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había -soñado ó si, efectivamente, había visto...</p> - -<p>A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y -negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose -por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> -hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y -apaciblemente dormido.</p> - -<p>—Anoche, precisamente—agregó la azafata—, el amo no salió; estuvo -leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano.</p> - -<p>—¿A qué hora?</p> - -<p>—Serían las diez.</p> - -<p>Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una -vacilación y una malicia.</p> - -<p>—¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?...</p> - -<p>Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para -confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito.</p> - -<p>—Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la -del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar.</p> - -<p>Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de -don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y -no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así -convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde, -como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole -frente á frente de don Gil.</p> - -<p>Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de -negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies -descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de -duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal -bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle, -de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La -hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le -negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación, -abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al -cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad,<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> el bien justificado ahinco -de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor -Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas -mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose -torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le -servía de apoyo.</p> - -<p>El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases -sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía. -Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio -llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés.</p> - -<p>Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era -Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil -hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente -como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz -pesadumbre.</p> - -<p>—El pobrecito—dijo—empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle -tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el -trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos -le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de -acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen -como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo -estarse quieto.</p> - -<p>Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio.</p> - -<p>—¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio -puede decirlo mejor que yo.</p> - -<p>—¿Y el yoduro?...</p> - -<p>—Igual.</p> - -<p>—Creo que el yoduro realiza milagros...</p> - -<p>—No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo -peor es que mi cuñado tiene<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán -dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y -medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los -reumáticos.</p> - -<p>Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos, -nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y -miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para -servicio y contento de los suyos.</p> - -<p>«No le odia»—pensaba Toribio.</p> - -<p>Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que -le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor -sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse -obligado á razonar su hilaridad.</p> - -<p>—Me reía de los disparates que se sueñan...</p> - -<p>Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas -palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante -equivalía á una declaración de inocencia.</p> - -<p>—Figúrese usted, don Gil—prosiguió—que anoche, á poco de acostarme, -las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi -entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si -estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y -sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le -respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja -una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si -matases al señor Frasquito nadie lo sabría.»</p> - -<p>Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y -apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito -iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de -sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca -habían reído, y el asco y<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> miedoso poder de toda su exigua persona; y -tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de -sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y -superpusieron, y creyó soñar.</p> - -<p>Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y -embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la -menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo -sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar -tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la -vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba -inocente.</p> - -<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h2> - -<p>En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida -que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible -con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas -era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina -nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche, -con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que -corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas -alcobas.</p> - -<p>Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una -de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y -aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación -espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de -las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no -correspondido.<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span></p> - -<p>En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo -y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde, -los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los -ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La -madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y -de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino; -Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha -concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de -las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de -su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le -ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo -advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales, -á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo -fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia -que días después ejecutaba Ravaillac...</p> - -<p>Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los -extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y -á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á -suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna -con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La -verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan -en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy -pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son -las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los -recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías -más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos -conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en -realidad, la cascara del espíritu. Como el sol,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> que únicamente alumbra -la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina -la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre -ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su -memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de -su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla -de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al -individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al -árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento, -no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente, -obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón -de su vida en su pasado?...</p> - -<p>Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más -arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su -preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en -las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de -inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo -peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de -alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de -mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en -él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto, -diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de -los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma.</p> - -<p>Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente -tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada -por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación -cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y -nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo -mental,<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la -colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas -pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la -respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo -decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los -párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de -más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre -la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su -nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en -responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera -secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para -extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una -flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen -de la Muerte, caricatura de la Nada...</p> - -<p>Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos -momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de -entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y -grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del -cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione, -mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior, -aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que -en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente, -pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la -eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la -necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la -imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las -células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los -esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> ó despabilarlas de una -vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los -dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por -aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados; -la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de -imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa -teratología de los sueños.</p> - -<p>En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo -al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse -totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á -la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo -extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino -merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite, -pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco -de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los -sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y -también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu -queda libre y dueño de acudir al sabat.</p> - -<p>Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía -vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte -para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio -físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se -evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía -trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su -mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era -alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en -ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo -podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer. -Con el<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span> canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en -realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía -despierto, estaba dormido.</p> - -<p>El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez -y á todas su salacidad entretenía con igual devoción.</p> - -<p>A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo -extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan -obesa.</p> - -<p>Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por -desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle.</p> - -<p>En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia, -antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés, -aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de -acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué -algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios -días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la -terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad -de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que -nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una -pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la -recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba -dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su -madre falleció del disgusto.</p> - -<p>También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse; -sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la -pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en -un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos -años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador -rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span> tomó por esposa. -Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á -quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil. -Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un -deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla -completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían -resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se -acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve -producía en ellos igual evocación.</p> - -<p>—Una nevada como ésta—decían—cayó la tarde en que Amelia, la mujer de -Guijosa, se rompió la pierna.</p> - -<p>Y, sonriendo, contaban las historia.</p> - -<p>El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña -Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á -misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y -su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de -un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó. -Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la -línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una -papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre -la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos -rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una -cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo -bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba -dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota -granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña -Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos, -y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza,<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> que, cuando -quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció -encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para -libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique, -si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías -irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de -adelgazar.</p> - -<p>Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la -calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche -soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de -Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó -avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas -honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda. -Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no -merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas -dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que, -obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba, -y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros -requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia -veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa -que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el -contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose -habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no -se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente -estaba triste.</p> - -<p>Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña -Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un -niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el -espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span> había -motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero -brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.</p> - -<p>Una honda tristeza—tristeza de almas—llenaba aquel hogar. Esta emoción -fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto, -rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no -significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión, -acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie -rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron -joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido -igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si -nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su -hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma, -ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia -hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la -pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían, -ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia. -Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el -isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente -desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no -quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que, -sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros -tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción -que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez -lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció -sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la -risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y -maldición del cielo á su alma volvía.</p> - -<p>Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> con sus habilísimas -manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un -cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso -por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que -así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le -endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y -tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía -rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la -previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni -revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar -sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra -índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los -hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad -y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse, -pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los -días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la -perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de -su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio -de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el -santo y que tuviera el perro.</p> - -<p>Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos -animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra -conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y -siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también -estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación -absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y -expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de -cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse.<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span></p> - -<p>Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de -aquel hogar: la severidad, el orden más estricto, derramaban por las -paredes una frialdad dura. A través del tiempo y de los acontecimientos, -prósperos ó adversos, más trascendentales, los muebles y hasta los -cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al -comprarlos, fueron colocados. Había un lugar para cada objeto, y una -hora, siempre la misma, para cada acción: la hora de tomar el desayuno, -de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardín, de encender la luz, -de tocar el piano. Nada rompía aquella disciplina entumecedora. El único -hijo varón de doña Virtudes, que vivía en el extranjero dedicado al -comercio, después de ocho años de ausencia, regresó unos días al lado de -su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de júbilo. Doña -Virtudes, muy contenta también, abrazó y besuqueó al mozo con toda la -ternura de que su carácter entonado y vertical era susceptible. -Transcurridos los primeros momentos, el forastero pensó en asearse y -pidió un cepillo.</p> - -<p>—¿Dónde lo dejaste, cuando te fuiste de aquí?—preguntó la anciana.</p> - -<p>Quedóse el interpelado atónito; luego frunció las cejas; reflexionaba y -las viejas imágenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes, -inmutables, como los muros de las cárceles, resucitaban sobresaltadas en -su memoria. De pronto, vió claro.</p> - -<p>—¡Como no esté en el hueco de la ventana del gabinete!...</p> - -<p>Su madre sonrió contenta de que aquellas primeras impresiones -perseverasen en él, no obstante los viajes y el tiempo.</p> - -<p>—Vé—repuso—que allí lo encontrarás.</p> - -<p>Esta fanática regularidad de costumbres trascendió y fué célebre en -Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de -compasión como de<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span> risa. La casita del callejón del Misionero, con sus -dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy -saledizo, tenía el frontispicio melancólico y umbroso de un convento ó -de una prisión, el aspecto amustiado del lugar donde está cumpliéndose -una injusticia ó un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El -pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar -inflexible donde todo parecía cumplirse militarmente y á toque de -corneta, «la Casa-Cuartel de doña Virtudes».</p> - -<p>Esta inhumana aspereza de costumbres determinó en Enriqueta y Micaela -una intensa reconcentración de caracteres, una superabundancia de vida -interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de -vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente -designaban el íntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos.</p> - -<p>Un interesantísimo drama psicológico separaba á las dos hermanas; una -gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era también un duelo -de vanidades.</p> - -<p>Enriqueta, la más joven, vencía á la primogénita en belleza, estatura y -señoril presencia: tenía el mirar seguro y dominador, la boca -impertinente, grave el carácter, los cabellos de ébano, las actitudes -teatrales. Con su hermosura corría parejas su elación. Por egolatría, -Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre éstos ninguno hubiera -podido vanagloriarse de haberla hurtado el más leve favor. Sin embargo, -su irreductible castidad no era convicción ética, sino orgullo. -Reconocíase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el -infierno de las concupiscencias masculinas con coqueterías y miradas; á -su juicio, mostrándose sólo hacía bastante. Dar la mano, sonreir, -interesarse en alguna conversación, constituían otros tintos sacrificios -para su altivo ánimo.<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span> Se adoraba y nunca sintió amor por nadie. Su -moral, todo su carácter, habían cristalizado en un gesto soberbio.</p> - -<p>Micaela, rubia y nacarina como una muñeca, era linda también, pero -brillaba menos: la perjudicaban la tacañería de su estatura, la línea -irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al -lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela -sufrió muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban á -Enriqueta, concluían enamorándose de Micaela. Esta era la lucha íntima, -el terrible torneo sin palabras que separaba á las hermanas. Los hombres -que procuraban inútilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin -advertirlo quizás, iban acercándose á la primogénita y buscando en ella -un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era más -humana, más mujer. Su emotividad acaso fuese una disposición de -temperamento, tal vez un cálculo. Ella comprendía que á la pasión que -ruje y lo exige todo, conviene, á prudentes intervalos, concederla algo -para enardecerla y obligarla á seguir pidiendo, pues, flaco y muy para -poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahincos no -suplica y procura. La devoción que á primera vista no alcanzaba su -belleza, la obtenían luego sus dádivas. La actitud soplada, el cuello -erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecían decir:</p> - -<p>«Soy más hermosa que tú...»</p> - -<p>A cuya afirmación rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca -encendida y festera de su hermana, respondían:</p> - -<p>«No me importa; todos tus adoradores lo serán míos, cuando yo quiera...»</p> - -<p>Y así era, en efecto, pues los hombres, generalmente más sensuales que -artistas, más devotos de la carne pecadora que del mármol, prefieren á -la venustidad<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> inabordable las dulzuras de la fragilidad.</p> - -<p>El espíritu galán de don Gil advirtió en seguida esta interesante -contienda moral y luego de estudiar bien á las dos mozas, para mejor -conocerlas, tomó de ellas posesión sabrosa.</p> - -<p>Al revés de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura -dentro de su verdadera forma corporal, don Gil halló más emociones y -mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para -Micaela, que antes de conocer á Romualdo había tenido un amante, las -salaces asiduidades del hombre pequeñito no podían ofrecer un interés -excepcional: recibiólas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillación, -y apenas recordaba de ellas cuando al otro día se miró al espejo. Para -Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidación -hondísima que removió y escandalizó su virginidad.</p> - -<p>Conocía de vista á don Gil y parecíale feo y ridículo; sin embargo, -cuando soñó hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, ó, más -exactamente, la caliente acometida del sátiro fue tan inesperada y tan -dulce, que no pudo rechazarla. ¿De dónde venían aquel estremecimiento -inefable, aquella suavísima congoja, que, cubriéndola de mador las -sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazón? -Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despertó, ¿por qué -sentía vergüenza?... Poco á poco, intentó explicarse aquellas -alucinaciones; pero así como nadie logró determinar la línea en que la -vigilia y el sueño se funden, tampoco pudo ella saber la manera y -momento en que la impura emoción se producía. Únicamente precisaba los -hechos. Su espíritu dormía; de pronto, su conciencia experimentaba la -noción de hallarse inmergida en una densa sombra; á su alrededor todo -callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortísima tiniebla -palidecía, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> los -párpados estén cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un -temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompañaba á este -fenómeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo -dulce, que más tenía de voluptuosidad que de angustia. Hasta que, -súbitamente, aparecía don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror, -contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de -aquella cabeza amarilla.</p> - -<p>Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procuró -desvanecer el sucio sortilegio. Sentíase vejada, asqueada, irritadísima -consigo misma. ¿Cómo suprimir estos desvaríos que ella, recordando -ciertas lecturas, achacaba á una turbación medular? También la -encolerizaba su predilección por lo feo. ¿Por qué no ligaba sus ensueños -á cualquiera de los buenos mozos que conocía y gustaban de ella; á Luis -Olmedilla, por ejemplo, ó al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo, -era gracioso, limpio y galán, y no al descolorido, caricaturesco y -misterioso don Gil?...</p> - -<p>Su decisión fué tan firme, que varias noches consecutivas resistió al -sueño. Se acostaba, encendía una luz y leyendo esperaba la salida del -sol. Pero otro día, no bien cedió al cansancio, el hombre pequeñito -reapareció y tornó á lograrla, tan prestamente como si paso á paso -hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y -rebelde, encantaba á don Gil.</p> - -<p>Sin embargo, María Jacinta, la unigénita de don Artemio Morón, -interesábale infinitamente más, y no porque aquella delgada y frágil -criatura, con sus ojos distraídos y dulces y sus mejillas eucarísticas, -se acercase á la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque -la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su -imaginación, le allanaban la tarea. La conquista de María Jacinta no le -costó trabajo;<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> la señorita Morón era una neurótica expuesta á -frecuentes crisis de ninfomanía. Los primeros responsables de estos -desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros -individuos de buen humor que todas las noches, á última hora, concurrían -á la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don -Artemio, y como siempre pecó de distraído, sus amigos le deslizaban -furtivamente en los bolsillos del gabán láminas y libros pornográficos, -con la miserable intención de que luego María Jacinta los viese. Así -sucedía, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa -releía aquellas páginas infames, y se abrasaba en la contemplación de -los grabados obscenos. De este modo conoció todos los momentos, todos -los desvaríos, del dulce secreto. Una noche, hallándose dormida, sintió -en su vientre la presión de un cuerpo, y sobre los riñones la caricia de -unas manos, y entreabriendo los párpados creyó ver á don Gil. El -hombrecito de color de miel no necesitó esforzarse para ir tan lejos; -cuando llegó, la seducción de la doncella, gracias á la labor -preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha.</p> - -<p>Con ser tan abundante el tragín seductor de sus noches, aun quedábanle -tiempo y ganas á don Gil para nuevos devaneos, y así, de cuándo en -cuándo, visitaba á Flora, la prima de María Jacinta, que también era muy -guapa; á las hijas de don Valentín, Serafina y Mercedes; á las señoritas -de Fernández Parreño, y aun se atrevió á turbar diferentes veces el -reposo de doña Evarista, tan desengañada y separada del amor por lo -mismo que siempre vivió de él.</p> - -<p>Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don -Gil Tomás no era feliz. De día su carácter mostrábase reservón, callado, -ecuánime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos -se autoinspeccionaba, refería su tristeza al aislamiento de su vida y á -su aburrido holgar. Su pena,<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> sin motivo, sin término, sin nombre, -parecía derivarse de su inacción.</p> - -<p>—¡Si yo pudiese trabajar en algo!—meditaba.</p> - -<p>En realidad, su melancolía era el reflejo ó la sombra que irradiaba -sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era -desgraciado de día porque también lo era de noche, y esta congoja -noctámbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeñito estaba enamorado, -á perder, de doña Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los -párpados, su alma retorcíase, como sobre un potro, en el ardientísimo -deseo que aquella mujer, gruesa, trigueña, con su húmeda y encendida -boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugería.</p> - -<p>Pero á semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna, -tangible y soleada, en el mundo de los sueños don Ignacio Martínez -defendía á su consorte. Sorprende el paralelismo, la armonía casi -perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados: -trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razón, -ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los -recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del ánimo, entran en -juego como si el individuo estuviese despierto.</p> - -<p>Generalmente el espíritu de don Gil ignoraba dónde pudiera hallarse el -de doña Fabiana, aunque presumía, conocidas su apacibilidad y virtud, -que no se alejaría mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre -pequeñito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto hacía la de don Ignacio, -empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse á Fabiana -un momento le sostenía. Unas veces vigilaba desde el taller del -veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estiércol; otras -escondíase en el despacho ó se aventuraba rampante á la hila de los -muros tapizados de hiedra, del jardín: dormían los pájaros en<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> sus -jaulas; bajo la luna, las columnas de las galerías pintaban largas -sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la -fuente... Cierta noche consiguió llegar al dormitorio de doña Fabiana y -verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la niña ocupaba -una cuna.</p> - -<p>Con esa portentosa facilidad—rapidez de luz—de los espíritus, don Gil -lo apreció todo: la amplitud del aposento, la distribución de los -muebles y de las puertas. También comprendió que el alma tranquila y -feliz—alma sin deseos—de doña Fabiana, estaba allí, acurcullada dentro -de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeñito de lascivia y pavura. -¡Oh! ¡Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un -veneno, el recuerdo de su posesión!... Pero pronto finaron sus cábalas, -porque el alma del veterinario volvía, y tuvo que escapar.</p> - -<p>Don Ignacio, efectivamente, parecía recelar algo; en sueños, su voluntad -conservaba el impulso y la exaltación agresiva de cuando estaba -despierto; tenía celos y no sabía de quien. Era un caso interesante de -adivinación magnética. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de -oirle barbotar palabras de cólera y amenaza, y rechinar los dientes.</p> - -<p>—¿Qué tienes?—le decía—; oye... ¿Me oyes?... ¡Estás soñando!...</p> - -<p>El abría los ojos; destosía; se incorporaba.</p> - -<p>—Sí—repetía—es verdad... estaba soñando...</p> - -<p>Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeñito, todas las rudas -imágenes que trastornaban el alma de Martínez se habían borrado. Algo, -sin embargo, semejante á un légamo de mal humor, dejaban en él estas -pesadillas. Al día siguiente su carácter agriado padecía tempestades -terribles de cólera, que él achacaba á un exceso de bilis. Todo le -irritaba entonces, la emprendía á puntapiés con los muebles, no -soportaba que nadie le contradijese y se mordía<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> todas las uñas. Era un -prurito de reñir, de romper.</p> - -<p>Por las mañanas, Antoñita, que era muy avispada y graciosa, conocía si -su padre estaba ó no de buen humor por la cola de «Bock», el fosterrier -que dormía en la alcoba familiar.</p> - -<p>Salir «Bock» del aposento con el rabo entre piernas, era señal infalible -de tempestad; le habían pegado; el amo estaba furioso, quería pelea. En -cambio, si el animal llevaba el rabo en alto, podía asegurarse que don -Ignacio se levantaba contento. Esta ingeniosa observación de la niña la -comprobó su madre; la asociación y sincronismo de ambos hechos llegó á -ser evidente y constante; la presión moral de Martínez se reflejaba, -como sobre un barómetro, en la cola del perro.</p> - -<p>Don Gil y don Ignacio salían juntos algunas noches del Casino, unas -veces con don Valentín, otras solos, y en el silencio de la calle Larga -las pisadas seguras del veterinario sonaban marciales; los pies -diminutos de don Gil, por el contrario, caminaban sin ruido. Martínez -hablaba alto, tosía, gesticulaba levantando los brazos y con los puños -apretados. El enano, impasible y amarillento, se limitaba á oir. En la -Glorieta del Parque se despedían, y el hombre pequeñito seguía hacia su -casa.</p> - -<p>Su figura, su palidez, el misterio de su cara que nunca había reído, el -cenobítico retraimiento de sus costumbres, la emoción de asco y miedo -que todas las mujeres, unidas á él por un concubinaje absurdo, -experimentaban al verle en la calle, eran pormenores que lentamente iban -afianzando sus prestigios de brujo. El pueblo recordaba siempre la -muerte de Manuel Ayala y el sueño profético de Ursula Izquierdo, y la -imaginación fértil de los comentaristas empeoraba los hechos. A pesar de -no haber causado mal á nadie, al menos de un modo fehaciente y preciso, -sus convecinos, supersticiosamente, se apartaban de él.<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> Era el brujo, -el morabito jorguín portador de la mala sombra; el <i>jettatore</i> cuyos -ojos impasibles, color de cobre, al mirar, repartían el mal hechizo.</p> - -<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h2> - -<p>En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como -la suya, iban y venían sabrosamente, horras de la dura sujeción -carcelaria del cuerpo. Con los espíritus de las personas dormidas, -entremezclábanse los de las ya difuntas, y entre todos componían -multitudes numerosísimas, que viajaban, se relacionaban y tenían -quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados -disfrutaban de esta segunda vida de noche y de día, sin preferir la luna -al sol, como cree el vulgo; los dormidos sólo gozaban de ella de noche, -cuando el sueño les restituía su libertad. Llegaban á lo invisible por -montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, é -inmediatamente trasladábanse de un lado á otro con la misma vertiginosa -velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y así su -ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que -jamás se detuvo. La agilidad de los espíritus, sólo á la de los -marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aquéllos. Las -pesadillas más dilatadas, más complejas, duran instantes; una alma, para -volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la décima -parte de un minuto tiene suficiente.</p> - -<p>Reintegrado cada espíritu á su cuerpo en el momento del despertar, raras -veces consigue acordarse de lo soñado; cree haber dormido profundamente -y que en su reposo no hubo imágenes. Error. Dormir<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span> es soñar, y soñar -equivale á vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas -ideas-imágenes que estremecen al espíritu durante sus horas de libres, -por su tenuidad, rapidez y selección carecen de la grosería material -necesaria para conmover los centros nerviosos. Inútilmente llaman á -éstos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporción ni -equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del niño que quisiera mover -una palanca ó hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la -energía de un hombre.</p> - -<p>De esta suerte los movimientos de la vigilia y del sueño hállanse casi -totalmente separados: la vigilia del alma es el reposo del cuerpo; en -cambio, todas las mañanas, cuando la carne te levanta, el alma se echa á -dormir.</p> - -<p>Una noche don Gil Tomás soñó que su espíritu y el de Manolo Peinado, -sobrino de don Isidro, el alcalde, se saludaban. Manolo abrazó al hombre -pequeñito con una emoción que lo mismo podía ser de zozobra que de -alegría.</p> - -<p>—¿Sabe usted—le dijo—que mañana me muero?</p> - -<p>La noticia sorprendió á don Gil. Manuel Peinado era un mocetón -treintañal, que parecía derramar optimismo y salud. El enano repuso:</p> - -<p>—¿Y de qué muere usted?</p> - -<p>—Del corazón.</p> - -<p>—¡Ah!...</p> - -<p>—Sí, tengo un aneurisma; moriré de repente. Hace tiempo lo veo formarse -y la agitación de mis costumbres lo empeora. Yo monto á caballo y juego -á la pelota casi todos los días, y ambos ejercicios me son fatales. He -procurado advertir á mi cuerpo del peligro y obligarle á un régimen más -sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... ¡Lo lamento porque el -mundo de los sentidos todavía me parece bonito!...</p> - -<p>El suspiro que Manuel Peinado añadió á esta exclamación<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> acrecentó la -compasiva emoción de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados -de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprendía la -magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la -canción del río, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna -argentina plateaba la fronda de los castañares lejanos; á ratos, en la -sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas.</p> - -<p>Preguntó don Gil:</p> - -<p>—¿Ha hablado usted de esto con Fernández Parreño?</p> - -<p>—Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre -exactamente á él con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra, -de nuestras conversaciones.</p> - -<p>Agregó:</p> - -<p>—Empero, más que morirme, deploro el mal rato que Elvira va á pasar. -Porque, precisamente, «está escrito» que muera en su casa.</p> - -<p>—¿La visita usted todas las noches?</p> - -<p>—Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se -halla velando á una tía suya enferma; por eso me ve usted aquí. Pero -mañana, á las doce de la noche iré á visitarla, y á la una en punto, en -su cama, me quedaré muerto. ¡Imagínese usted el miedo, primero, y luego -el dolor y la vergüenza que la infeliz va á sufrir!... ¡Y no sé cómo -prevenirla, no hay medio de evitar el drama!...</p> - -<p>Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba así, el hombre -pequeñito, que sentía hacia doña Elvira una muy segura y fraternal -amistad, discurría en el modo de impedir aquella última cita.</p> - -<p>Doña Elvira Ferrer vivía en el camino de La Olla y á dos kilómetros de -Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardín. Era -joven y bella y salió del colegio para casarse con un inglés<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> riquísimo. -Ernesto Wollingen tenía acciones de distintos ferrocarriles, negociaba -en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin -embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeñaba la poesía del -reposo, doña Elvira se aburría, y al cabo su fastidio cristalizó y se -hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba -su puesto.</p> - -<p>Aquella noche, después de cenar, doña Elvira Ferrer se quedó dormida. -Fue un sueño brusco, que la sorprendió y venció cuando se disponía á -tomar el café. En tal instante llegaba don Gil.</p> - -<p>—¿A quién espera usted esta noche?—preguntó el enano.</p> - -<p>La joven pensó que sus mejillas se empurpuraban de vergüenza y quiso -huir. Don Gil la detuvo:</p> - -<p>—No finja usted. Yo sé que tiene usted un amante y vengo á rogarla que -no le reciba. Cuando venga, recurriendo á un ardid cualquiera, despídale -usted.</p> - -<p>Doña Elvira, como por ensalmo, pareció llena de tranquilidad y -confianza.</p> - -<p>—¿Por qué me dice usted eso?</p> - -<p>—Por su bien.</p> - -<p>—¿Me amenaza algún peligro?</p> - -<p>—Sí; uno muy grande.</p> - -<p>—¿Vendrá mi marido?</p> - -<p>—No. Míster Wollingen se encuentra muy lejos de aquí.</p> - -<p>—¿Qué debo temer entonces?...</p> - -<p>Los ojos metálicos del hombre pequeñito mudaron de expresión; una -ternura húmeda suavizó su brillo.</p> - -<p>—Elvira—repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una -firmeza paternal—, yo, que la quiero á usted bien y deseo ahorrarla el -mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir á Manuel Peinado esta -noche.</p> - -<p>—Pero... ¿por qué?<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span></p> - -<p>Don Gil comprendió que sus reticencias no servirían de nada; era preciso -hablar.</p> - -<p>—Porque Manuel Peinado está enfermo.</p> - -<p>Como un eco, ella repitió:</p> - -<p>—Enfermo...</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—Del corazón. Manuel Peinado viene á morir aquí; se morirá esta misma -noche, á la una en punto.</p> - -<p>Doña Elvira lanzó un agudísimo grito, tan estridente, que la despertó. -Abrió los párpados y temblando miró á su alrededor. Don Gil había -desaparecido.</p> - -<p>—He soñado...—pensó.</p> - -<p>Esta reflexión la ayudó á recobrarse. De un sorbo apuró el café, que -estaba ya frío. Dos criadas entraban y salían del comedor, levantando la -mesa. Terminada su faena se retiraron. Doña Elvira abrió un libro, que -empezó á leer aquella tarde. Bajo la luz de la lámpara, su cabeza rubia -tenía el brillo mate y noble de las viejas onzas.</p> - -<p>A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su -amante estaba allí. Salió á recibirle. Luego, ella y él, los brazos -entrelazados, sosteniéndose mutuamente por la cintura, penetraron en la -alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella -murmuró:</p> - -<p>—¡He tenido mucho miedo!</p> - -<p>—¿Por qué?...</p> - -<p>—Pues... lo que nunca me sucede: cuando terminé de cenar me quedé -dormida y soñé con don Gil...</p> - -<p>El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos.</p> - -<p>—¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!...</p> - -<p>Y seguidamente, cambiando de tono:</p> - -<p>—¿A ti no te duele el corazón?<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span></p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p>—¿No estás enfermo de nada?</p> - -<p>El afirmó petulante.</p> - -<p>—Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?...</p> - -<p>Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se -quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras -agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá -esta noche, á la una en punto...»</p> - -<p>Interrogó supersticiosa:</p> - -<p>—¿Te irás temprano?</p> - -<p>—No, como siempre. ¿A qué viene eso?</p> - -<p>—No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te -marches.</p> - -<p>El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al -quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración -tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante:</p> - -<p>—Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando -los cierras me parece que me quedo sola.</p> - -<p>Peinado hizo un ademán de impaciencia:</p> - -<p>—Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado.</p> - -<p>Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas -para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á -levantar los párpados.</p> - -<p>—No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no -hables, pero necesito verte los ojos.</p> - -<p>No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella -sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban. -Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito:</p> - -<p>—¡Manuel!...</p> - -<p>Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara -acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió:<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span></p> - -<p>—Manuel...</p> - -<p>Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por -instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el -equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le -auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los -halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban -helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una -voz murmuraba:</p> - -<p>«Ha muerto... Está muerto...»</p> - -<p>Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una -bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la -chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo -Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial, -vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora. -Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia -él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como -siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie -penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana.</p> - -<p>Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la -impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones. -Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo, -salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo -desatentada de un lecho á otro, las despertó:</p> - -<p>—Margarita... Lorenza... Margarita... pronto...</p> - -<p>En un santiamén estuvieron en pie y medio vestidas.</p> - -<p>—¿Qué sucede?...</p> - -<p>—Venid conmigo, venid...</p> - -<p>Asustadas y restregándose los ojos, siguieron á su ama.<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span></p> - -<p>—¿Qué sucede?</p> - -<p>—Silencio; hablad bajo...</p> - -<p>—¿Se ha puesto enfermo don Manuel?</p> - -<p>—No sé; quizás esté difunto; no sé. Tenéis que ayudarme á sacarle de -aquí.</p> - -<p>Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los -grandes peligros, replicaron:</p> - -<p>—Lo que usted disponga, eso haremos.</p> - -<p>Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al -jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo, -caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica; -la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.</p> - -<p>A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos -arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y -meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del -campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde -falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás.</p> - -<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV</h2> - -<p>Hacía mucho tiempo, cerca de un año, que los Paredes, obligados por su -codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar á -Frasquito Miguel. Pero, ¿á qué sutilísimo ardid recurrir para que su -homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paralítico, -indefenso y confiado, no ofrecía dificultad ni riesgo; lo peligroso -empezaba más tarde. El vecindario preguntaría por él. ¿Cómo justificar -su desaparición? ¿Dónde inhumar el cadáver?...</p> - -<p>Casi á diario, en voz muy baja, mientras comían,<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span> Toribio y su hermana -hablaban de esto: era un propósito que volvía á ellos cotidianamente con -la oscuridad de los crepúsculos, y que sus espíritus, tan aireados y -sueltos de intenciones como herméticos de mollera, no sabían llevar á -termino.</p> - -<p>Empeoraba la criminal disposición de sus ánimos la enfermedad del señor -Frasquito, de día en día más inútil. Apenas salía del lecho, y cuando lo -dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban -ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyándose en los -muebles, dedicábase á buscar la botella del aguardiente, y aunque sus -familiares la escondían, su instinto zahorí de borracho siempre daba con -ella, unas veces en la cocina, otras en el arcón de la ropa, ó en la -cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuñaba y alborozadamente -se la ponía en los labios: bebía con sed febril, bebía con rabia; aquel -alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos -torturados. Luego, si podía, regresaba á su cuarto; pero, generalmente, -le hallaban en el suelo, caído en la doble inmovilidad de la embriaguez -y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos á cada -momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de -comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el -aposento adquirió una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella -miseria, aquella lenta pudrición, exasperaban á los Paredes; cuidaban -del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, sólo había asco y -rencor. ¡Si se muriese! ¡Si una mañana, al entrar en su cuarto, le -hallasen frío!... Este deseo infundía á todos sus ademanes una cruel -aspereza, y cuando vestían al señor Frasquito ó le sentaban en una silla -mientras le aderezaban y mullían el lecho, hacíanlo violentamente, á -tirones y á golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos -algo habían de contribuir á acortarle la vida. Frasquito Miguel,<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span> -comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de -aluvión, dolíase amargamente de su mala fortuna, y á veces su pena era -tan grande que se afeminaba y resolvía en llanto copiosísimo. A -intervalos, según el hipar de su congoja se lo permitía, les -improperaba:</p> - -<p>—¡Asesinos... ladrones!... ¡Si tenéis peores entrañas que las -fieras!... ¡Leche de tigres debió de daros á mamar vuestra madre!...</p> - -<p>Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con ésta el miedo á la -justicia, salíanse de la habitación. La ira extendía por sus rostros el -livor trágico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color, -los labios.</p> - -<p>—¿Eh?—rezongaban—¿qué te parece? ¡Vamos! ¡Que es muy duro dejarse -insultar así!...</p> - -<p>Una noche Toribio Paredes volvió á su casa de negrisimo humor; había -perdido al tute, en el café de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar á -nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de -amenaza, tiró el sombrero á un rincón, y acercando con el pie un -taburete á la mesa, se dispuso á cenar. Los niños, sentados enfrente de -él, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita había traído una cazuela -abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se -sirvió una generosa ración, porque en él la cólera no excluía el -apetito, y empezó á comer. No se acordó de los muchachos. Estos, -sintiéndose olvidados, no sabían qué hacer. Francisco, el más pequeño, -empezó á golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias, -María Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto -Deogracias, el mayor, adoptó una resolución: levantóse y empuñó el -cucharón, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado, -volcó un poco de salsa sobre el pan. Furioso su tío le dió una bofetada -que le tiró de la silla. Empezó á dolerse el muchacho con<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span> lastimeros -ayes, boca arriba, según cayó, y las manos puestas en los riñones, ni -más ni menos que si se los hubiera roto; y María Luisa, que era muy -traviesa y aborrecía á Deogracias por primogénito, empezó á reir; con -cuya discordancia Toribio Paredes se exasperó de modo que comenzó á -repartir puñetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos -como guiñapos, rodaron por el suelo.</p> - -<p>El señor Frasquito, sentado á duras penas en su camastro, denostó -agriamente á Rita que se le acercaba á darle de comer.</p> - -<p>—¿Pero no oyes lo que el animal de tu hermano está haciendo con los -niños? ¿Por qué les pega?</p> - -<p>La mujerona se alzó de hombros. En aquel momento no se acordaba de -Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, á -quienes aborrecía casi tanto como á su padre.</p> - -<p>—¡Mira—repuso—qué bien!... ¡Si acabase con todos!...</p> - -<p>El enfermo no contestó; no podía apartar su atención de lo que sucedía -en el comedor; la cólera, la espantosa cólera inútil de los paralíticos, -le trastornaba el rostro en ráfagas alternativamente lívidas y rojas. -Empezó á gritar:</p> - -<p>—¡Toribio!... ¡Ladrón, más que ladrón!... ¡Déjales!... ¡Deja á los -muchachos ó te doy un tiro!...</p> - -<p>Rita procuró acallarle presentándole el plato de la comida.</p> - -<p>—Vamos, toma y cállate ya...</p> - -<p>Frasquito Miguel siguió vociferando:</p> - -<p>—¡Toribio!... ¡Canalla!... ¡Asesino! ¡Maldito sea tu corazón! ¡Malditas -tu sangre y la leche que te dieron á beber, y la luz que te entra por -los ojos!... ¿Quieres no pegarle más á los niños?... ¡Así te quedes -ciego... así el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!...</p> - -<p>Los insultos, gárrulos, sucios y coloristas, manaban<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> de sus labios -trémulos á borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento -contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillería vapuleada, -retumbaban desoladores.</p> - -<p>—¡Tío, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted más!... ¡No me -pegue usted más!...</p> - -<p>Y el estrépito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos -que huían, se entrechocaban y caían al suelo, daba una impresión de -lucha. ¿Hasta cuándo iba á durar el tormento? El señor Frasquito, á -pesar de sus dolores, intentó levantarse. Bramaba de coraje. Quería -buscar su revólver.</p> - -<p>—A ese miserable—repetía—le mato; ahora mismo le mato; no espero más: -¡Le mato!...</p> - -<p>Su barragana, asiéndole por un brazo, le detuvo:</p> - -<p>—Pero, ¿á dónde vas tú, semicadáver? ¿A dónde vas tú?... Toma, come y -calla...</p> - -<p>Le presentaba el plato. Pero el señor Frasquito, con un gesto soberbio, -arrebatándoselo de las manos, lo estrelló contra el suelo. Las -salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho -borrón sobre la pared encalada. Entonces fué Rita, la mujerona de los -ojos pequeños y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la -que, tremante de furor, empezó á gritar:</p> - -<p>—¡Canalla, marrano, grandísimo cochino!... Después que no se puede -aguantar la peste que echas!... ¡Cabrón!... ¿Así agradeces el pan que te -damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... ¡Si debíamos -quemarte los ojos!...</p> - -<p>El señor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le -tenía asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el daño que mutuamente -se causaban enardecieron á los dos. Ella descargó sobre el enfermo -varias bofetadas, á las que Frasquito contestó magullándola la nariz de -un seguro y rectilíneo puñetazo.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span></p> - -<p>—¿Creías que no podía defenderme?—barbotaba el pañero—; pues vas á -echar los sesos por los oídos.</p> - -<p>Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la dió varios -certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada según estaba -sobre el lecho, Rita comenzó á sangrar. Su valor flaqueaba.</p> - -<p>En tan crítica sazón Toribio apareció; llegaba furioso. Así, al ver la -escena, no se detuvo á inquerir sus motivos, ni siquiera á librar -pacíficamente á su hermana, sino que, abalanzándose sobre Frasquito, -comenzó á apuñearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una -idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo había -acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento frutecía y á la -par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus -brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenesí bárbaro de la cólera, -Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes:</p> - -<p>—Toma... toma... toma...</p> - -<p>El señor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defendía; su rostro se -amorataba y la almohada donde yacía su molida y ensangrentada cabeza, -iba tiñéndose de púrpura. A los golpes salvajes de su cuñado, el infeliz -respondía con ayes desgarradores. Rita permanecía suspensa, lívida, los -brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minúscula, -de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleció. Acababa de ver -pasar la tragedia; comprendía que iba á cometerse un crimen, que nadie -podría evitarlo, que la última hora del señor Frasquito había sonado. -Entonces sintió miedo, frío; miedo á que las gentes que transitaban por -la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en -averiguación y conocimiento de lo que sucedía; y entonces, en un -repentino alarde de refinadísima hipocresía, empezó á gritar con -compasivo y maternal acento:</p> - -<p>—¡Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes así, que<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> eso no es nada! ¡No -te apures, hijo mío, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el -dolor te pasará pronto... ¡Déjate dar la untura!... ¡Déjate dar la -untura, hombre!... ¡Aguanta un poco!...</p> - -<p>Cegado por la cólera, Toribio Paredes, de súbito, ya no se satisfizo con -golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban á -la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que -empezaba á torcer el dolor. Entonces se palpó los bolsillos, buscando un -arma, y como no la hallase miró á su alrededor con una doble expresión -de rabia y de loca angustia: necesitaba un puñal, un martillo, una -hacha, una piedra... algo que le preparase á la muerte un fácil camino. -Rita entendió á su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba -vacío y el terror se agarraba á sus pies como un grillete. Este diálogo -brevísimo, diálogo sin palabras, duró el relámpago de una mirada. -Toribio iba á coger al señor Frasquito por el cuello, que bríos sobrados -tenía para arrancarle así, con las manos, su miserable vida; pero según -se disponía á ello, recordó que la extrangulación deja señales precisas -en la víctima, y el temor á la justicia le detuvo. Por su alma -truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refilón, en meditaciones -breves como fracciones de segundo, la razón iba midiéndolas todas. Al -fin, de un salto, trepó á la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar, -comenzó á patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo.</p> - -<p>—¡Socorro!... ¡Que me matan!... ¡No puedo más!... ¡Me matan!... -¡Socorro!...—imploraba el infeliz.</p> - -<p>A sus voces, Rita, que había cerrado la puerta del dormitorio temerosa -de que los niños se asomasen á ella, respondía con otras mayores, de -gran zalamería y piedad:</p> - -<p>—¡Frasquito, no te pongas así!... ¡Ten paciencia..., ten paciencia!... -¡Ya verás cómo, con lo que estamos<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> haciéndote, pasado un ratito no te -duele nada!...</p> - -<p>Sus palabras disimulaban una ironía horrible. Toribio, enloquecido, -convulso, semejante á los brujos que danzaban en la epilepsia de los -aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entrañas del caído. Un -quinqué de petróleo, puesto sobre una cómoda, alumbraba la inaudita -escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extrañas contorsiones -del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos -brazos que alternativamente se abrían y cerraban para mantener el -equilibrio del cuerpo, corrían por el suelo ó escalaban los muros como -arañas. El lecho, que era endeble y de hierro, gemía bajo tan fiero -trajín, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un -ritmo. Era un cuadro de pesadilla.</p> - -<p>—¡Que me matan!... No puedo más... me matan... ¡Socorro!...</p> - -<p>Gemía desmayadamente el señor Frasquito. Y á la vez, consolando su pena, -Rita gritaba:</p> - -<p>—¡Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... ¡Ya verás cómo luego te -quedas dormido!...</p> - -<p>La voz de la víctima, rápidamente, iba debilitándose, alejándose. Luego, -por obra de los golpes que había recibido en el vientre, su boca se -llenó de sangre. Desesperado movió la cabeza á un lado y otro, -batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus -palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se -retorcía. De pronto, aquel barboteo cesó también y las manos se -crisparon agoreras sobre las mantas. El señor Frasquito acababa de -perder el conocimiento.</p> - -<p>En el silencio que se produjo los dos hermanos miráronse aterrados. La -mujerona susurró:</p> - -<p>—Ya está.</p> - -<p>Pensaba que Frasquito Miguel había muerto. Toribio saltó de la cama al -suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asustó. Llevóse un -índice<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span> á los labios, significando á Rita que callase, y unos momentos -permanecieron así, los ojos muy abiertos, atentos á los menores ruidos. -En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercándose. -Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes -experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante, -por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se -alejaron isócronos, amortiguándose en la distancia. Luego, nada; el -silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del -río. Rita hizo un gesto negativo.</p> - -<p>—No es nadie...</p> - -<p>Toribio acercó su cabeza lívida al rostro ensangrentado, horriblemente -amoratado y torcido, del señor Frasquito, y así permaneció hasta -convencerse de que respiraba. Su hermana interrogó ansiosa:</p> - -<p>—¿Ha muerto?</p> - -<p>Toribio repuso incorporándose:</p> - -<p>—No; respira...</p> - -<p>Esta idea les serenó, produciéndoles un brusco é inefable -contentamiento; fué una calma parecida á la que los marinos obtienen -vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todavía no eran -criminales, todavía la ley podía indultarles. Pero esta noción -consoladora duró un instante.</p> - -<p>—Hay que rematarle—dijo Toribio.</p> - -<p>Ella afirmó con la cabeza; él agregó:</p> - -<p>—Porque si no le rematamos, nos acusará y somos perdidos.</p> - -<p>—Es verdad.</p> - -<p>—Empezamos á comernos el melón, y debemos concluirlo...</p> - -<p>La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala acción, la idea que -enloquece á los criminales y les obliga á las crueldades peores, se -aferraba á sus frentes estrechas.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span></p> - -<p>Quedáronse unos minutos inmóviles delante del lecho, las miradas fijas -en la víctima, prontos á lanzarse sobre ella para detener en su garganta -el menor quejido. El quinqué, sin pantalla, ardía serenamente. Ahora, -con el reposo de los cuerpos, las sombras habían desaparecido, y en la -habitación de paredes encaladas todo era blanco.</p> - -<p>—Si le matamos antes de que despierte—balbuceó Rita—de aquí al -amanecer podemos abrir un hoyo en el patio y enterrarle...</p> - -<p>Sus ojos pequeños y rojizos, que el cansancio de la emoción había -hundido en el fondo de sus cuencas, se volvieron hacia Frasquito. Hubo -en ella como una piedad.</p> - -<p>—Quién sabe—dijo—si no tendremos que rematarle; acaso se muera él -solo...</p> - -<p>Paredes tuvo un corajoso ademán de impaciencia.</p> - -<p>—Pero si ahogarle ahora, como se ahoga un pollo, es lo de menos. Lo -grave es la segunda parte. ¿Dónde escondemos el cadáver? En el patio no -puede ser, ¿no comprendes?</p> - -<p>—Tienes razón...</p> - -<p>—Sacarle de aquí tampoco es difícil: le metemos en un saco, le ponemos -á lomos de la mula... ¡y andando! Luego, á dos ó tres leguas, en lo más -cerrado de la sierra, se le deja. Pero es que su desaparición picará la -curiosidad de los vecinos, que nos preguntarían por él y llegarían á -sospechar de nosotros. ¡Si fuese antes, que salía solo á vender!... Pero -se trata de un hombre paralítico, que no iba por su pie á ninguna parte.</p> - -<p>Demudado el semblante, los ojos idiotizados por el terror y fijos en el -herido, la mujerona repetía:</p> - -<p>—Es verdad... es verdad...</p> - -<p>Era el negro laberinto, el terrible callejón sin escape, donde los -muertos encierran, acosan y pierden á los vivos. Transcurridos unos -instantes, los labios<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span> blancos de Toribio temblaron y su cara -resplandeció en una histérica contracción de júbilo. Retrocedió varios -pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrándose como el cazador -que acecha ó que busca una pista en el suelo.</p> - -<p>—Ya sé—musitó—, ya sé...</p> - -<p>Sacudió á su hermana por una muñeca y señalando al señor Frasquito con -el ademán:</p> - -<p>—Vámonos... ven... antes de que vuelva en sí. Ya sé lo que debemos -hacer con él; me lo dijo don Gil anoche...</p> - -<p>Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta -suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de -que Frasquito Miguel no les había oído marchar, Toribio atisbó por el -hueco de la cerradura el interior de la habitación, silenciosa y bañada -en luz blanca.</p> - -<p>—Acuesta á los niños—murmuró.</p> - -<p>Con el sueño del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida, -los cuatro chiquillos dormían profundamente: Deogracias, sobre un banco; -los otros en el suelo, á la hila de los muros. En un santiamén y con -mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fué -trasladándoles á sus camas, donde les dejó vestidos, y hasta besó á -Paquito, el más chiquitín, que al sentirse removido entreabrió los -párpados. Inmediatamente, con un andar rápido de furia, volvió al lado -de su hermano. Este comenzó á hablarla al oído y con nerviosa -vehemencia; su boca, alargada por la emoción, parecía un hocico.</p> - -<p>—Ahora mismo vamos á coger un trozo de madera, de aquellos que -empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de -maza... ¿Comprendes?...</p> - -<p>Rita Paredes, la nariz aguileña, los fieros ojos parpadeantes y -bruñidos, los pómulos lívidos más salientes que nunca, aprobó:<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span></p> - -<p>—Sí... ¿y qué?</p> - -<p>—Lo soñé anoche—prosiguió Toribio—, me lo dijo don Gil, y cuando él -hablaba, yo le oía y veía según ahora mismo te oigo y te veo á ti.</p> - -<p>La mujerona, hipnotizada, frunciendo los párpados como quien en la -oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repitió:</p> - -<p>—Sí, sí...</p> - -<p>Continuó el bujero:</p> - -<p>—Luego le quitamos á la mula una herradura y la clavamos en la parte -más gruesa de la maza, que así preparada nos servirá de rompecabezas. -Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente á Frasquito, y la -gente, cuando vea la herida, pensará que se trata de una coz.</p> - -<p>Su rostro anguloso resplandecía con la fiebre de una espantosa -inspiración. A descompuestas zancadas dirigióse hacia el patio.</p> - -<p>—Ven... ¡pronto!...</p> - -<p>A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le siguió. A oscuras, -para no atraer la atención chismera de los vecinos, salieron al patio, -sobre el cual el cielo estrellado vertía un casi imperceptible claror. -Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la -puerta del almacén aparecía cerrada; á la derecha, bajo la techumbre de -la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudían sus -cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos -horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la -limpieza de la pared. Allí los dos hermanos inclinados hacia adelante, -como sobre un rastrojo, empezaron á buscar. Rita era la más impaciente; -casi sin interrupción, no bien sus ávidas manos tropezaban un zoquete, -interrogaba.</p> - -<p>—¿Sirve este?</p> - -<p>Toribio, tasándolo con una mirada, repetía lacónico.<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span></p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Y este?</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>Ella volvía á preguntar:</p> - -<p>—¿Y este?</p> - -<p>Tenía la obsesión de que el señor Frasquito iba á levantarse, y á cada -momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que pedía socorro en la -calle.</p> - -<p>Toribio fué quien halló el trozo de leña, largo como de un metro, recto -y macizo, que necesitaban, y con él regresaron ambos á la cocina. Tenían -trastornada la color de los rostros; el frío de la cruda emoción que les -dominaba, unido al de la noche, les hacía temblar. El bujero miró al -reloj de pesas que latía en un ángulo de la estancia: iban á ser las -once.</p> - -<p>—A las doce—dijo—la primera parte de la faena debe estar concluída.</p> - -<p>Descolgó una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente -empezó á modelar el tarugo, dejándole en uno de sus extremos todo su -volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder -empuñarlo fácilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, quedó -transformado en maza; un enorme as de bastos parecía. Satisfecho, -Toribio lo agarró por su parte flaca y levantándolo en alto hízolo girar -sobre su cabeza. Las virutas que arrancó de él, Rita había tenido la -asotilada precaución de arrojarlas al fuego, y así, cuando la faena -concluyó, el suelo estaba limpio. Toribio preguntó:</p> - -<p>—¿Quedó bien cerrada la puerta de la calle?</p> - -<p>Rita fué á asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendían -estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la -mujerona tapó con una miga de pan el hueco de la cerradura.</p> - -<p>Entonces <i>los Rojos</i> volvieron al patio. El propósito de desherrar la -mula ofrecía dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca -condición del animal<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span> como porque necesitaban maniobrar á oscuras y -callando.</p> - -<p>—¿Por qué no desherramos al burro?—insinuó la mujer.</p> - -<p>Y él, imperativo:</p> - -<p>—No; tú, cállate; yo sé lo que digo: la mula es mejor.</p> - -<p>Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante; -llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su -oficio; se acercó á la mula y comenzó á acariciarla el cuello y las -ancas. Procuró dar á su voz, destemplada por la vesánica tensión de sus -nervios, una inflexión dulce:</p> - -<p>—Pascuala, Pascualita... ¿qué tiene Pascualita?...</p> - -<p>El bruto, cuya alborotadiza condición había empeorado desde que estuvo -en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba á su amo con ojos -brillantes de recelo. Toribio le echó por la cabeza un acial que sujetó -á una argolla. Rita se había quedado un poco atrás.</p> - -<p>—Yo no veo nada—dijo—; preciso será traer luz.</p> - -<p>El consintió. Marchóse la mujerona y tardó bastante en traer bajo el -delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos -serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estiércol, un temeroso -enjambre de arañas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, huía -de la luz. La mula comenzó á titubear los secos cuadriles con inquietud.</p> - -<p>—Tú la levantas una de las patas—ordenó Toribio—y la sujetas bien; no -tengas miedo.</p> - -<p>—¿Y por qué no la desherramos una mano? Es más fácil.</p> - -<p>—Es más fácil, pero luego sería peor; yo me entiendo. ¡Anda!</p> - -<p>Ella, que no medía toda la sutilidad infernal del plan que su hermano -iba devanando, repuso:</p> - -<p>—También podríamos clavar en la maza una herradura<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> nueva, pues que -todas, nuevas y viejas, son del mismo tamaño, y ahorraríamos tiempo y -faena. ¿No te parece?...</p> - -<p>El vaciló, vencido momentáneamente por la lógica de aquella sencilla -observación. Añadió, Rita:</p> - -<p>—Así concluiríamos antes.</p> - -<p>Pero al momento Paredes se rehizo y su reacción tuvo la violencia de una -fe inquebrantable.</p> - -<p>—¡No... no! ¡De ninguna manera! ¡Lo haremos todo según me lo ha dicho -don Gil!...</p> - -<p>La intervención bruja del hombre pequeñito en el curso de aquel drama, -decidió á Rita. Sin decir palabra cogió un trozo de cuerda que, -dispuesto en forma de nudo corredizo, enlazó á la pata derecha de la -mula. Asustada ésta empezó á moverse, piafando y dando furiosos tirones -del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empezó á -tranquilizarla con la voz:</p> - -<p>—Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo...</p> - -<p>Cuando la comprendieron más sosegada, Rita volvió á trabarla de la pata, -que levantó y sujetó debajo de su brazo derecho, de modo que la rótula ó -babilla quedaba detrás y á la altura de su hombro. Sobre su muslo, y -vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas á la -bestia, resistía vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el -esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas.</p> - -<p>Hábilmente Toribio Paredes procedió á quitar la herradura. Con las -tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo -extraía con un chirrido breve.</p> - -<p>—Fíjate—dijo á su hermana—en que falta un clavo aquí, á la izquierda.</p> - -<p>—Bueno...</p> - -<p>—Acuérdate de cual es, luego, para dejar el hueco.</p> - -<p>—Bien, bien...</p> - -<p>Mataron la luz y regresaron á la cocina. Arrodillado<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> en el suelo, -Toribio procedió á clavar la herradura en la parte más gruesa del -zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella, -del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la -precaución de no poner el clavo que echó de menos al desherrar la mula. -Juzgando su obra bien concluída, murmuró:</p> - -<p>—Estamos listos.</p> - -<p>Miró el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco púsose -en pie:</p> - -<p>—Vamos...</p> - -<p>Su figura crecida y angulosa, y su brazo derecha armado y desnudo hasta -el codo, rimaban siniestramente. Avanzó algunos pasos y se detuvo:</p> - -<p>—Lleva una toalla para taparle la boca, si gritase...</p> - -<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h2> - -<p>Rato hacía que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por -levantarse. Su conciencia había encendido todas las luces y sostenía un -pavoroso monólogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra él los -desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio -al apuñearle y patearle, y la terrible hipocresía de su hermana. -Aquellas frases, cariñosas, aquellas exclamaciones de misericordia y -emoción gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen oído -los lamentos del supliciado los atribuyesen, no á un castigo, sino á una -cura dolorosa, empavorecían al señor Frasquito. Acababa de comprender á -los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y así, no obstante la -coyuntura de postración y flaqueza en que le habían dejado, á todo -trance quería huir. Sentíase inerme, débil como un niño, y á merced de -dos fieras.<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span></p> - -<p>—Les estorbo—pensó—; quieren acabar conmigo, para robarme...</p> - -<p>El silencio de la habitación, la blancura de los muros, el frío de la -almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias, -hasta la misma luz apacible del quinqué sin pantalla, acrecentaban su -terror. Levantando la cabeza procuró espiar los ruidos de la casa. Oyó -en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los -animales parecían inquietos. Después hubo un silencio; luego reconoció -los pasos de Rita y de su hermano que iban y venían. Tuvo el señor -Frasquito la visión neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja -para enterrarle.</p> - -<p>—Temen que mañana les acuse, y piensan hacerme desaparecer...</p> - -<p>Esta idea acució sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era -posible escapar; de consiguiente, había de salir á la calle por la -puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le -vigilaban. Merced á un titánico esfuerzo consiguió incorporarse; la cama -producíale espanto; que le matasen, bueno, pero hallándose él de pie; -acostado, no.</p> - -<p>En aquel momento, por dos veces, chirrió la cerradura y abrióse la -puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los -brazos cruzados atrás, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una -toalla. Aquel trapo blanco asocióse instantáneamente en el espíritu del -señor Frasquito á una idea de crimen, á una visión de sangre derramada, -de sangre suya, que sería necesario limpiar. El desdichado quiso -defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brincó sobre él y, -cubriéndole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le -sujetó fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como -de una brida, sacó á la víctima arrastras del lecho. Cayó Frasquito -Miguel pecho arriba, los brazos<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span> inertes, las flacas piernas extendidas -y lacias.</p> - -<p>Toribio entonces, parado delante de él, inclinado el cuerpo en la -actitud reverente de los segadores, por dos veces bajó y subió la maza -que esgrimía á dos manos sobre la cabeza del caído: aseguraba el golpe. -Rita, arrodillada junto á Frasquito para impedirle todo movimiento, -volvía la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del -sacrificio. Toribio, de pronto, se decidió á herir; un estremecimiento -asesino sacudió su cuerpo; al unísono sus músculos enjutos vibraron; la -contracción de los maseteros apretó convulsivamente sus mandíbulas y -desnudó los dientes; puso las piernas en flexión, sus lomos tremaron, -sus manos crispáronse frenéticas sobre la empuñadura de la maza que -descendió irresistible, semejante á un martillo de fragua. La muerte del -señor Frasquito fue instantánea; el porrazo le deshizo el ojo y el -pómulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia encefálica comenzó -á salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de -la herradura grabaron un medio círculo que primero fue rojo y luego -negro.</p> - -<p>—Vamos con él—masculló Toribio—, vamos pronto, antes de que se manche -más el suelo...</p> - -<p>—Pero hay que vestirle—observó Rita.</p> - -<p>—¿Para qué? No hace falta. Mejor está así.</p> - -<p>Le cogió por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la -habitación; pesaba muy poco; su rota cabeza pendía hacia atrás; llevaba -los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto -cuerpo unas veces se encogía y otras se estiraba, según los que le -llevaban se acercasen entre sí más ó menos. De este modo el fúnebre -convoy llegó á la cuadra. El cadáver, sin otra ropa que una camiseta y -el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el -estiércol. Inmediatamente los Paredes regresaron á la cocina: ella, á -encender nuevamente<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> el farolillo; él, á quitar la herradura de la maza -y reponerla en su sitio. Aquel agitadísimo trajín les tenía -desemblantados y con las sienes empapadas en frío sudor. Toribio miró al -reloj y sorprendióle que aun faltasen minutos para la una; los instantes -que siguieron al asesinato del señor Frasquito habían tenido en su -espíritu inacabable duración; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.</p> - -<p>Los dos criminales volvieron á la cuadra, dejaron la luz donde antes y -procedieron á reherrar la mula. Esta vez trabajaban con más desembarazo -y diligencia, porque la decisión que les impelía era mayor. Rita -sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los -martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente, -entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez <i>del -Rojo</i> aumentó; su hermana creyó que iba á perder los sentidos; el -miserable palidecía de miedo; recordaba que la herradura tenía todos sus -redoblones, menos uno, y no sabía cuál.</p> - -<p>—El primero de la izquierda—repuso Rita.</p> - -<p>—¿Estás segura?—balbuceó él—Fíjate bien: hay que dejar la clavera -libre; de lo contrario, podría descubrirle el engaño. Fíjate. Nos va en -ello la vida...</p> - -<p>Pero la mujerona no titubeaba:</p> - -<p>—Sé lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro -izquierdo; corresponde á la izquierda tuya... ¿no comprendes?...</p> - -<p>El rememoraba la escena del desherraje, y cómo puso en la maza la -herradura. Al fin, las imágenes emborronadas se diafanizaron; vió limpio -y alentó satisfecho; aquel último detalle le aseguraba la inmunidad.</p> - -<p>—¡Tenías razón!—exclamó.</p> - -<p>En un santiamén la operación quedó concluída.</p> - -<p>Después cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba, -junto á las patas traseras de la<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> mula. La obsesión de Toribio Paredes -era poder justificar, ante el público, las magulladuras que sus manos y -sus pies iracundos causaron en la víctima; para esto era indispensable -que la mula patease bien sobre el cadáver. Con su cuchillo Toribio -empezó á hostigar á la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso -drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba -á hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que -volvía la cabeza para mirar á Frasquito Miguel, á quien demasiado -conocía. Extrañaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y -acrecentándose esta extrañeza pronto se exacerbó y fué pavura. Quiso -huir y, tropezando con la pesebrera, ladeó el cuerpo; retrocedió luego y -pisó el cadáver; sus cascos hundiéronse muchas veces en el pecho y en el -vientre del muerto. Por la boca lívida, desquijarada, del señor -Frasquito, manaba un hilo de sangre negra.</p> - -<p>Toribio murmuró:</p> - -<p>—Todo ha salido bien; ahora, vámonos á dormir.</p> - -<p>De súbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una -pincelada maestra, y añadió:</p> - -<p>—Espera aquí...</p> - -<p>Marchóse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derramó -en el suelo; la botella, casi vacía, la dejó cerca del cadáver. Este -ardid induciría á las gentes á creer que el señor Frasquito, cuando la -mula le mató, estaba borracho. Después, siempre medio á oscuras y con -gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza; -disimularon la tierra removida bajo un montón de palos, ladrillos y -trozos de cascote; después borraron escrupulosamente las manchas de -sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y según fregaban -iban restañando la humedad de lo limpiado. Últimamente pisaban sobre -aquellas señales de pulcritud que dejó<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> la aljofifa, ensuciándolas de -modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, deteniéndose -en quitarse los bordes rojos de las uñas. Terminada, en fin, la -operación, mal concluída casi siempre, de desvanecer esos incontables -rastros que el criminal va olvidando tras sí, los Paredes se retiraron á -sus alcobas respectivas. Los niños dormían sosegadamente. En el -recogimiento de la casa, el drama parecía no haber dejado huella.</p> - -<p>Antes de separarse, Toribio cogió á su hermana por un brazo, -atenaceándoselo como si aquel dolor contribuyese á grabar sus palabras -en el remiso discernimiento de la mujerona.</p> - -<p>—Mañana—dijo—, apenas te levantes, sales al patio, ¿entiendes?... -sales al patio, entras en la cuadra é inmediatamente empiezas á gritar y -á pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan.</p> - -<p>Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquirió:</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>Tenía su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando. -Ahora, después de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver á la -luz del sol la cabeza violácea y tumefacta, del señor Frasquito. -Seguramente no podría resistir tan espantosa emoción.</p> - -<p>—Es mejor—se atrevió á decir—que te levantes tú primero.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Tengo miedo...</p> - -<p>—¡Qué miedo ni qué porra!—masculló el pañero—¡Te mato como á él si no -haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que -más madrugan. Por eso mañana, como de costumbre, te levantas la primera. -Luego, á tus voces, saldré yo.</p> - -<p>No replicó la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas -transcurrían sin que ni ella ni él pudiesen<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> dormir. La hiperestesia de -sus nervios daba mayor sonoridad á todos los ruidos. El murmullo del río -parecía más fuerte. Empezaron á cantar los gallos. En el silencio, cada -vez que oían removerse á la mula, pensaban en el cadáver tirado sobre el -estiércol, magullado bárbaramente bajo las patas del arisco animal. -Rita, lívida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas.</p> - -<p>Pero amaneció y con la llegada de la luz solar, de la luz franca, -rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos -hermanos recobraron su serenidad.</p> - -<p>Ya dueña de sí la mujerona, á la hora de costumbre, brincó del lecho, -fue al patio y apenas entró en la cuadra prorrumpió en estridentes y -atronadores alaridos. Sus estentóreos gritos desgarraban el azul.</p> - -<p>—¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito de mi alma!... -¡Virgen Santísima... mi Frasquito ha muerto!... ¡Socorro, socorro!... -¡¡Socorro!!...</p> - -<p>Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los -ojos, escapó hacia la calle, solitaria y bañada ufanamente en el claror -blanco de la mañana. Allí sus voces y aspavientos redoblaron.</p> - -<p>—¡A mi Frasquito le han matado! ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!... -¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...</p> - -<p>Casi á la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las -ventanas aparecían semblantes curiosos y atónitos, ojos deslumbrados, -cargados aún de sueño. Mujeres y hombres, á medio vestir, todos -compadecidos y solícitos, salieron á la calle en tropel y rodearon á -Rita.</p> - -<p>—¿Qué pasa, qué sucede?—preguntaban.</p> - -<p>Ella no respondía y desparramaba sus miradas á un lado y á otro, como si -la desesperación la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la más ilustre, -hubiese podido representar mejor su papel. ¿De dónde<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> aquella mala -hembra, inculta y torpe, podía sacar tan perfectos recursos? ¿Qué -increíble inspiración de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus -cabellos enmarañados. Sobre su pecho árido, bajo la chambra -entreabierta, los senos flácidos colgaban tristes y parecían resbalar -como lágrimas. Su elevada estatura sobresalía en medio del grupo de -curiosos. Fuera de sí, comenzó á mesarse los cabellos, á torturarse los -brazos, y llegó á morderse los labios tan sinceramente que la sangre -brotó.</p> - -<p>En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustándose -los calzones, apareció Toribio.</p> - -<p>—¿Qué sucede—decía—, qué sucede?...</p> - -<p>Su cabeza roja y minúscula estaba nimbada de espanto. También el -miserable era un soberbio actor. La mujerona le abrazó llorando.</p> - -<p>—Frasquito ha muerto... ha muerto...</p> - -<p>—¿Cómo?... ¿Que ha muerto Frasquito?</p> - -<p>—Sí... le ha matado la mula...</p> - -<p>Toribio ensanchaba los ojos; no comprendía; su frente demudada tenía la -blancura del papel.</p> - -<p>—¿La mula le ha matado?... ¡No es posible!...</p> - -<p>—Sí, le ha matado. En la cuadra está... yo le he visto..., le he -visto... ¡le he visto!...</p> - -<p>Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las -cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadáver delante. Toribio -corrió hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al -patio. Rita, á quien las mujeres sostenían porque estuvo á punto de -sufrir una congoja, tambaleándose les siguió también. Sus hijos, -despertados por el tumulto, acudieron á ella; los mayores, adivinando -una desgracia, se agarraron á sus faldas, llorando.</p> - -<p>—Mamá... ¿qué ha sucedido?... ¿Por qué lloras, mamá?</p> - -<p>Rita les miraba sin responder; hipaba y tenía en la<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span> lividez de sus -mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecían absolutamente de -expresión; diríase que el miedo y el dolor habían limpiado su espíritu -de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresuró, con -franqueza brutal, á informar á los niños de su infortunio.</p> - -<p>—Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabéis. Ahora, marcharos, por -ahí...</p> - -<p>Los muchachos, á coro, rompieron á llorar.</p> - -<p>En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y á cada momento, en -grupos, llegaban más; apenas podían rebullirse. Los que primero -acudieron permanecían inmóviles ante el cobertizo de la cuadra, -contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistían el -avance de los que estaban detrás y para ver se ponían de puntillas. -Únicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadáver de -su cuñado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por -la presencia de tanta gente, volvía la cabeza donde sus ojos negrísimos -fulgían de espanto. El cuerpo del señor Frasquito quedó tendido pecho -arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando así las plantas, endurecidas -por el trabajo, de sus pies.</p> - -<p>Abriéndose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre -que manaba de su labio mordido, la había manchado el corpiño; su menton -rojo formaba con la amarillez hipocrática de los pómulos y de la frente, -una disonancia de pesadilla. Al ver el cadáver empezó á gritar:</p> - -<p>—¡Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!...</p> - -<p>Demostró perder el conocimiento. Cayó hacia atrás, rígida, y su cabeza -pequeña rebotó contra el suelo. Varias personas caritativas la empuñaron -por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las -mujeres gritaban:</p> - -<p>—¡Dadla á oler un pañuelo empapado en vinagre!</p> - -<p>Y otras:<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span></p> - -<p>—¡Mejor es ponerla una llave sobre el corazón!...</p> - -<p>—También es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda...</p> - -<p>Los chiquillos contemplaban á su padre, fluctuando entre la pena, el -cariño filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo -rígido. Solamente Deogracias se atrevió á arrodillarse delante de él.</p> - -<p>Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos á la vez -esforzándose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse á -tocar al difunto, muchos le reconocían la cabeza, donde debió de -recibir, según todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quitó -la vida. La sucinta indumentaria del cadáver y la posición en que fue -encontrado, decían que el señor Frasquito hubo de levantarse de noche -para ir á la cuadra, y al pasar junto á la muía, ésta le dió una coz.</p> - -<p>Una vecina manifestó que la víspera, á última hora de la tarde, había -oído quejarse desesperadamente al señor Frasquito, y á Rita prodigarle -frases de maternal consuelo. Y agregó:</p> - -<p>—Yo pasaba por la calle y me detuve á escuchar. Desde luego supuse que -al pobrecillo estarían curándole.</p> - -<p>Toribio Paredes ratificó las palabras de aquella mujer. Su cuñado, que -estaba enfermo de gota, se había agravado y fué necesario friccionarle -el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores -desacostumbrados y le arrancó ayes terribles.</p> - -<p>Con notable naturalidad añadió:</p> - -<p>—Esta madrugada, entre sueños, me pareció oir ruido en la cocina; pensé -que era mi hermana y ni siquiera abrí los ojos; pero debía de ser él, -que iba á la cuadra.</p> - -<p>Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecían á -todos muy concertadas y en su<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> punto. Pero, ¿qué pudo ir á buscar á la -caballeriza, á tales horas, el señor Frasquito?</p> - -<p>—Yo creía—insinuó un vecino—que el pobre, reumático como estaba, no -podía moverse.</p> - -<p>Toribio replicó:</p> - -<p>—No; mi cuñado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrándose á las -paredes, como los niños pequeños, pero andaba...</p> - -<p>—¿Y qué supone usted que fuese á hacer en la cuadra?...</p> - -<p>El pañero se encogía de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes -eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y -vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulería de tantos diálogos, -permaneció absorto. Hubo momentos en los cuales pareció que, no obstante -su entereza, iba á llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzgó llegada -la ocasión de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una -casualidad favorable, la mula había roto. Cogió uno de los añicos, el -más grande, y con aire inquisitivo se lo acercó á la nariz.</p> - -<p>—Esto—dijo—huele á aguardiente.</p> - -<p>Los que le oyeron, repitieron preguntando:</p> - -<p>—¿Huele á aguardiente?...</p> - -<p>—Sí...</p> - -<p>Su cara se iluminó.</p> - -<p>—¡Ya sé, ya me explico lo sucedido!...</p> - -<p>Como todos sabían, el señor Frasquito se emborrachaba; bebía sin freno, -hasta caer. Diferentes veces se había levantado á media noche para -beberse el vino ó el aguardiente ó el coñac, que hubiere en la despensa. -Tanto Rita como su hermano, por consejo del médico procuraban que el -enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las -noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces -debajo de la cómoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los -pesebres. Este último lugar,<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> como más distante, era indudablemente el -más seguro. Pero Frasquito Miguel, á quien su pasión inspiraba -adivinaciones extraordinarias, poco á poco, en fuerza de registrar todos -los rincones de la casa, descubrió también aquellos escondrijos. Toribio -relacionaba unos hechos á otros. Evidentemente su cuñado, que con el -masaje de aquella tarde había sufrido mucho, llegada la noche -experimentó, más intensamente que nunca, el deseo de beber, para -adormecerse y descansar. Con este propósito registraría la casa, y no -hallando lo que quería fué á buscarlo á la cuadra. Frasquito Miguel, -aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones á -oscuras, por miedo á ser visto. El desdichado se acercaría al pesebre y -cogió la botella; quizás allí mismo, en pie, poniéndosela sobre los -labios, agotó su contenido, lo que turbándole la cabeza empeoró la -inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezaría entre el -estiércol, para no caer se agarraría á la mula, y ésta, que era muy -espantadiza, le dió una coz que Frasquito, por su desgracia, recibió en -la frente...</p> - -<p>Toribio se interrumpió; en aquel momento la Pascuala movía la cabeza -para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discreción iba -desenredando su mentira, palideció: tuvo miedo, un miedo supersticioso; -se acordó de aquella burra que habla en la Biblia, y creyó que la -bestia, testigo único de su crimen, iba á desmentirle.</p> - -<p>Los circunstantes, que habían seguido atentamente las explicaciones del -bujero, las hallaron muy lógicas. Ni un instante la sospecha de un -asesinato removió sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocían las causas -del drama, la muerte del señor Frasquito les parecía menos triste. -Alguien dijo, con mal encubierta ironía.</p> - -<p>—En fin, si cuando el pobre recibió la coz estaba<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> ya borracho... -¡tanto mejor!... porque sufriría menos...</p> - -<p>Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes -se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad.</p> - -<p>A poco llegó el Juzgado, compuesto del señor juez, el señor secretario y -tres alguaciles.</p> - -<p>Don Niceto Olmedilla, después de tomar á los presentes declaraciones -minuciosas, ordenó el levantamiento del cadáver. Casi á la vez -aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernández Parreño, don Dimas Narro y -el veterinario. Don Elías supo lo ocurrido en la botica; á don Ignacio -fueron á decírselo á su casa. Entonces don Niceto, para esquivar -trámites y ganar tiempo, refirióles cómo había sucedido la desgracia, y -les invitó á reconocer el cadáver y añadir sus dictámenes á las -diligencias sumariales que habían de incoarse. Ellos asintieron. Los -alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras á empellones, -despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual -depositaron al muerto. Toribio, á cada momento, escupía y se llevaba las -manos á los ojos.</p> - -<p>—Yo le quería mucho—balbuceaba—yo le quería mucho. Me había -acostumbrado á él. ¡Era muy bueno!...</p> - -<p>Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le -compadecían, admiraban su buen corazón y sentían hacia él una simpatía -nueva. Refiriéndose á su cuñado, el bujero preguntó:</p> - -<p>—¿Debo desnudarle?</p> - -<p>Don Niceto repuso:</p> - -<p>—No lo creo necesario; pero eso los señores peritos han de decirlo.</p> - -<p>Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro, -Martínez, Fernández Parreño, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban -vibrantes de interés y de emoción. En don Ignacio la idea de alternar<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> -mano á mano con dos médicos en una cuestión profesional, producíale -cierta escondida vanidad. El cuerpo del señor Frasquito fué colocado en -actitud supina, y como no cabía en la mesa, sus piernas, ya rígidas, -quedaron en el aire.</p> - -<p>Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa, -descompuesta por la hinchazón que siguió al golpe. La sangre se había -coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia -cerebral. Sobre el pómulo izquierdo aparecía clara, terminante, la -huella curva de la herradura. Los bordes del hierro habían grabado un -perfil inconfundible. Todos callaban consternados.</p> - -<p>—¡Qué golpe!—exclamó don Dimas.</p> - -<p>No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio añadió:</p> - -<p>—La coz que, como ve usted, está ligeramente inclinada hacia afuera, -debe habérsela dado el animal con la pata derecha.</p> - -<p>La cabeza pálida y mal afeitada de don Niceto asintió. En el medio -círculo de la herradura, las señales más hondas que dejaron los clavos -atestiguaban la formidable violencia de la percusión. Fernández Parreño -empezó á contarlos.</p> - -<p>—¡Aquí falta uno!</p> - -<p>Repuso Martínez:</p> - -<p>—Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fué dada con la -pata derecha, según yo creo, ó con la izquierda. Veámoslo.</p> - -<p>Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegría. ¡Qué certeramente -supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa, -irrebatible, que había de ponerle á salvo de sospechas, estaba allí. -Acercóse á la mula con muchas precauciones. Pascuala empezó á -encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche parecía -haber dejado un terror.</p> - -<p>—¡Qué mala bestia!—repetía Martínez—; cuando<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> se quemó hubieran hecho -ustedes muy bien en darla un tiro.</p> - -<p>Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobación decisiva, -Toribio levantó primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero, -bruñido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los -clavos: estaban todos.</p> - -<p>—Lo que yo dije—exclamó Martínez satisfecho—la coz ha sido dada con -la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciorémonos de una vez.</p> - -<p>El bujero obedeció. Efectivamente, allí faltaba un clavo.</p> - -<p>—¿Ven ustedes?—insistió Martínez triunfante—fué con la pata derecha.</p> - -<p>Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo él estaba -manchado de sangre. Volvieron al lado del cadáver. En los sitios más -profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron -partículas de estiércol.</p> - -<p>—¡Qué atrocidad!—repetían los médicos—; ¡qué fuerza la de ese -animal!...</p> - -<p>Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre. -Todo el cuerpo que, durante horas, pateó la mula, hallábase -horriblemente mutilado: el vientre aparecía inflado por unas partes y -por otras deshecho; las costillas, rotas, habían desgarrado la carne y -blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos -los allí presentes un movimiento de asco.</p> - -<p>Don Niceto se volvió hacia Toribio y, á la vez compadecido y grave, le -estrechó la mano. Después aludió al cadáver.</p> - -<p>—Echenle ustedes una sábana por encima, y el entierro cuanto antes sea, -mejor.</p> - -<p>Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vió á Rita, á quién varias -mujeres fortalecían con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla -declaración. La<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto, -ratificó cuanto su hermano había dicho, y apenas terminó de hablar cerró -los ojos y dejó ir la cabeza hacia atrás, inerte y fría como si de nuevo -hubiese perdido los sentidos.</p> - -<p>Durante la tarde los Paredes observaron idéntica actitud de dolor. No -almorzaron y la debilidad les enflaquecía el rostro. Ella parecía -idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmóviles -y no respondía á las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de -éstas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del -señor Frasquito desde un punto de vista práctico. Se trataba de un -organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. ¿Qué -hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante años y años? -Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle, -constituía un bien para todos; Dios sabe siempre darle á sus hijos lo -que más les conviene...</p> - -<p>A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona respondía con -exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los -hombros.</p> - -<p>—¡Estaba tan hecha á él!—decía—; ¡era tan trabajador, tan bueno!...</p> - -<p>Toribio, sentado en un rincón, los codos en las rodillas y la pequeña -cabeza oculta entre las manos, demostraba también su tribulación con -frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo á -amistosas invitaciones, fué á la taberna, donde volvió á explicar la -fiera muerte de su cuñado y las circunstancias que, á su juicio, -debieron de rodearla.</p> - -<p>Al día siguiente, muy temprano, dieron tierra á los restos del señor -Frasquito. Componía el acompañamiento una veintena de personas. El ataud -iba llevado á hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena -voluntad. Cuando éstos se cansaban otros<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> les sustituían, pues para tan -cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrándose con -ello. <i>El Rojo</i> era quien más resistía, y á todos sorprendía su -fortaleza, nacida evidentemente de su cariño al difunto. Bajaba el -luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estación, y Toribio, ya -fatigado, acababa de ceder su puesto á un amigo, cuando vió á don Gil -Tomás que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre -pequeñito, en aquellas circunstancias, emocionó y acobardó á Paredes. -Creeríase que el brujo madrugaba para asistir á su obra. En el júbilo -rosa y azul de la mañana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de -la carretera, su cuerpo minúsculo, vestido de negro, echaba un -borroncillo impertinente. Toribio sintió que toda su sangre, hecha -hielo, le subía á la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No -obstante rehízose pronto y saludó, concediendo á la mayor categoría -social de Tomás el respeto debido.</p> - -<p>—Buenos días, don Gil.</p> - -<p>—Buenos días, Toribio.</p> - -<p>Ante el féretro el hombre pequeñito se había descubierto. Su rostro, de -color de miel, no delataba emoción ninguna. Evidentemente no sabía quién -iba allí. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal -lívido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibujó un jabeque -rojo.</p> - -<p>«¡Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrás!...»—pensaba -Paredes.</p> - -<p>Y á continuación:</p> - -<p>«Y, si no se acuerda, ¿cómo está aquí él, que se levanta siempre -tarde?...»</p> - -<p>Don Gil le interpeló:</p> - -<p>—¿Quién ha muerto?</p> - -<p>Con voz casi imperceptible, el bujero repuso:</p> - -<p>—Mi cuñado.</p> - -<p>—¿Su cuñado?... ¿El señor Frasquito?<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span></p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¡Oh!... ¡Qué sorpresa!... ¿Cuándo?...</p> - -<p>—Anteanoche. Ayer, por la mañana, le encontramos muerto en la cuadra. -La mula que tenemos le había matado de una coz.</p> - -<p>Se interrumpió bruscamente; parecíale estar diciendo palabras ociosas. -¿No era don Gil su cómplice?</p> - -<p>—Pero, ¿es cierto que no sabía usted nada?—agregó.</p> - -<p>—Nada, se lo aseguro; no había oído decir nada... ¡Qué desgracia!...</p> - -<p>Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasión se -trocó en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente, -tan retozona y llena de preguntas, que parecía una alegría. ¿Cómo brotó -en su alma aquella suave alacridad?...</p> - -<p>—Cuénteme, amigo Toribio—exclamó—, cuénteme cómo esa espantosa -desgracia ha sucedido.</p> - -<p>—¿Cómo? Muy sencillo; verá usted...</p> - -<p>Estirando las piernecillas cuanto podía, para no rezagarse, el hombre -pequeñito siguió al muerto.</p> - -<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h2> - -<p>Teodoro entreabrió la ventana.</p> - -<p>—¿Está bien así, don Juan Manuel?</p> - -<p>El diputado aprobó con un gesto. Había pedido la botella del ron y -llevaba trasegado de su contenido cerca de la mitad. Sus amigos decían -que don Juan Manuel iba aficionándose á la bebida con exceso. Ello -perjudicaba á su talento y le quitaba elocuencia en las Cortes. Había -engruesado notablemente, y sus mejillas se acaloraban con facilidad. -Nunca, sin embargo,<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> su carácter revelóse más expansivo, más fecundo en -dicacidades y agudezas; y en sus ojos zarcos, saltones, acuosos, -acostumbrados á entornarse voluptuosamente, titilaba una luz optimista.</p> - -<p>Aquella tarde de Abril el calor apretaba y la atmósfera del Casino, -llena de humo y de sol, llegó á ser irrespirable. Don Juan Manuel, -sofocado en el espacio, breve para su vientre, que separaba el diván de -la mesa, ordenó á Teodoro abrir la ventana más próxima, y una corriente -de aire cruzó el salón como una ráfaga de salud.</p> - -<p>Componían la tertulia del diputado, Fernández Parreño, don Niceto y don -Luis Olmedilla, don José Erato y don Artemio. Acababan de terminar su -partida de tresillo y los lances del juego, por lo mismo que les -interesaron y sacudieron mucho, les habían fatigado. Al recogerse en sí -todos halláronse amustiados y sin ideas; cesó con el trajín de los -naipes el regocijo de la reunión; el tedio de la ociosidad, el tormento -sigiloso, mil veces renovado, de no saber á dónde ir, renacía. Antes de -marcharse á cenar aun necesitaban esperar, cuando menos, una hora. ¿Qué -hacer hasta entonces?... Y á esta pregunta, en cada alma, respondía el -silencio.</p> - -<p>Todos habían cambiado de actitud y miraban hacia los balcones, invadidos -de cruda claridad. El Casino, á la sazón, estaba callado. Unicamente -resonaban las voces de Romualdo y de otros dos individuos que jugaban al -billar.</p> - -<p>Don Juan Manuel Rubio sacó su petaca y ofreció tabaco á la reunión; -todos aceptaron, menos don Niceto.</p> - -<p>—Gracias, don Juan; ya sabe usted que no fumo ni bebo alcoholes más que -de noche.</p> - -<p>La observación era rigurosamente cierta; el juez no bebía ni fumaba -mientras el sol alumbrase el horizonte. ¿Por qué alterar aquella -costumbre de tantos años? El diputado no insistió.<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span></p> - -<p>Dijo don Artemio:</p> - -<p>—¿Saben ustedes que el veterinario se ha comprado una corbata?</p> - -<p>—Yo, sí—repuso don Elías.</p> - -<p>—Yo, también—agregó Luis—; una corbata encarnada...</p> - -<p>—La misma; ¿le han visto ustedes?</p> - -<p>—No le he visto—replicó Olmedilla—, pero me la dijeron hoy, á medio -día, en el Café de la Coja.</p> - -<p>—Yo lo supe anoche—añadió el médico—, me lo contaron en la fonda.</p> - -<p>—Se la habrá comprado su mujer, ¿verdad?</p> - -<p>—No lo creo; su mujer tiene mejor gusto.</p> - -<p>De unos labios á otros, en el curso de aquellos dos días la corbata de -don Ignacio Martínez había estremecido la opinión.</p> - -<p>El sustantivo «fonda», dicho por Fernández Parreño, trajo á la distraída -memoria del señor Erato, un recuerdo.</p> - -<p>—Diga usted, don Luis, ¿es cierto que esta mañana, un comisionista -alemán, dió un escándalo en el Toro Blanco?...</p> - -<p>La pregunta interesó mucho á los circunstantes, que ignoraban el hecho.</p> - -<p>Luis Olmedilla, siempre presumido y valentón, repuso irguiéndose en su -asiento y entornando los ojos con aire jaque:</p> - -<p>—Hombre... tanto como un escándalo, no señor; porque si mi hermano -Valentín es como es, un manso y lo aguanta, yo, no lo aguanto. Lo que -hubo fueron palabras gruesas, pero no conmigo, que yo, en aquel momento, -no estaba allí. El hecho es muy sencillo. Ese comisionista alemán vino -esta mañana de Salamanca, en el primer tren, y apenas llegó á la fonda, -pidió un baño. La criada que sirve en el piso principal y se expresa muy -bien porque está acostumbrada á tratar con buena gente, le manifestó que -en<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> casa no había baño, pero que podía buscarle un barreño si, por -casualidad, necesitaba lavarse los pies. ¡Me parece que la mujer no dijo -ningún disparate!...</p> - -<p>Todos asintieron. Parsimoniosamente, escuchándose un poco, Luis -Olmedilla continuó:</p> - -<p>—¡Pues, para qué quiso oir más el alemán!... Empezó á decir que él no -necesitaba lavarse los pies, porque los llevaba siempre muy limpios; que -los necesitados de limpieza somos nosotros, los españoles; que si pedía -un baño era por gusto, porque en su país la gente, según parece, se baña -todos los días. ¡Ganas de presumir, claro es!... Como hablaba á voces y -manoteando, la muchacha se asustó y fué á llamar á su ama, porque -Valentín estaba en la peluquería, afeitándose. Mi cuñada procuró -apaciguar al alemán diciéndole que ni en Puertopomares, ni en otros -pueblos de más categoría, las fondas tienen cuarto de baño, por la -sencilla razón de que nadie se baña, y mucho manos ahora, en primavera, -lo que no impide que gocemos de buena salud. Eso fué todo. Pero como el -extranjero gritaba y decía en su lengua palabras incomprensibles, los -criados pensaron que les estaba insultando, y á no llegar mi hermano -nadie sabe lo que hubiese sucedido.</p> - -<p>Exceptuando don Juan Manuel, que se reservó su opinión, todos los -circunstantes, incluso Fernández Parreño, declaráronse en contra del -alemán. El médico afirmó que los baños, fuera de los meses de Junio, -Julio y Agosto, constituyen un reverendo disparate. ¿A quién, que no -esté loco, se le ocurre bañarse, por ejemplo, en Abril?...</p> - -<p>Luis Olmedilla dijo que su hermano, sin embargo, para complacer á los -extranjeros, pensaba instalar una ducha. ¡Lástima de dinero!</p> - -<p>—Dile á Valentín—exclamó el boticario—que si las pesetas le hacen -cosquillas las emplee en ensancharnos<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span> el saloncito de tresillo, y se lo -agradeceremos todos.</p> - -<p>Don Juan Manuel preguntó á don Niceto el resultado de la querella que -don Arístides, propietario del tejar <i>La Honradez</i>, tenía entablada -contra Juanito, <i>el Manchego</i>.</p> - -<p>—Hoy se ha celebrado el juicio—repuso el juez—, pero no hubo -sentencia porque las circunstancias en que el demandante apoya su -denuncia no están bien probadas. Ya le conocemos; por pleitear -pleitearía con un árbol. Dice don Arístides que á una yegua inglesa, muy -buena, que tiene, la acaballó un potro de Juanito <i>el Manchego</i> -hallándose la yegua sudada; que <i>el Manchego</i> la echó el potro para -dañarla, pues, según parece, él y don Arístides se llevan mal, y la -yegua hubo de asustarse y con la impresión se la cortó el sudor y desde -entonces está enferma. Por daños y perjuicios pide seis mil pesetas. -Claro es que Juanito se defiende diciendo que si la yegua se escapó y -vino á buscar al potro, ó si éste rompió el acial y se fué en busca de -la yegua, él no tiene culpa, pues son accidentes inevitables y -fortuitos. También asegura que la yegua no está enferma de pasmo, sino -de alguna mala hierba que ha comido. Martínez, como perito, habrá de -decirlo.</p> - -<p>Este diálogo trajo al espíritu de Fernández Parreño el recuerdo de las -dos potrancas que aquel año deseaba llevar á la cubrición. Don Juan -Manuel poseía en su finca «La Evarista», así llamada para rendir público -testimonio de adhesión y fineza hacia Evarista Garrido, su amante y -heredera, una excelente monta con magníficos caballos padres y burros -garañones andaluces de lozana estampa y extremado poder, que anualmente, -desde que comenzaba la cubrición á primeros de Marzo, hasta fines de -Junio, allá por San Juan, producíanle muy generosos rendimientos.<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span></p> - -<p>—¿Cuándo quiere usted que lleve las potras á cubrir?—preguntó don -Elías.</p> - -<p>—Cuando usted guste. ¿Están en sazón?</p> - -<p>—Desde hace tres días. Pero, ya sabe usted que, por ser mis yeguas -primerizas, tengo derecho á elegir semental...</p> - -<p>Mientras se servía otra copa de ron, don Juan Manuel tuvo un gesto de -desprendimiento y elegancia.</p> - -<p>—Le asiste á usted, amigo don Elías, efectivamente, ese derecho de -elección; pero aunque así no fuese, por ser usted quien es y por nuestra -buena amistad, en mis tierras de ese y de cuantos fueros y pragmáticas -necesite puede usar.</p> - -<p>Agradeció Fernández Parreño tan generoso ofrecimiento, y prometió enviar -al día siguiente las dos potrancas á la parada. Convenía aprovechar la -bonanza del tiempo, pues la experiencia habíale demostrado que los días -nublados no son propicios á la cubrición.</p> - -<p>—¿Usted irá?—preguntó el diputado.</p> - -<p>—Seguramente.</p> - -<p>—Si quiere usted, puedo llevarle en mi tartanita; iríamos juntos y le -enseñaría el último garañón que he comprado. ¡Merece verse!...</p> - -<p>Esta conversación, tanto por la misma salsa picante de su asunto, como -por el interés que estos episodios de la existencia rústica inspiran á -cuantas personas viven del campo ó muy cerca de él, apasionó á los -circunstantes. Para los vecinos de las aldeas, la noticia de un -pedrisco, la época de la jifería, el júbilo verde de los bancales -enlucidos con los primeros brotes de la cosecha próxima, la preñez de -las ovejas ó el alumbramiento de una vaca, revistieron siempre -importancia excepcional.</p> - -<p>Don Elías explicó las condiciones de sus yeguas, su complexión, su edad -y el empleo que daría á las crías. En relación con todo esto, quería -para la potranca negra á «Temerario», garañón alazán; y, para<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> la -potranca rodada, á «Pensativo», soberbio ejemplar de ruchos cordobeses.</p> - -<p>Don Juan Manuel sonreía petulante.</p> - -<p>—Este doctor sabe escojer. Si entendiese de medicina como de animales, -podíamos cerrar el cementerio.</p> - -<p>El ejemplo de Fernández Parreño suscitó en los oyentes ideas de codicia. -Don Artemio Morón tenía una pollina joven, ociosa desde hacía dos años. -Don Niceto habló de su yegua.</p> - -<p>—Pues anímense ustedes—exclamó el diputado—y vénganse mañana temprano -con nosotros. Pasaremos un buen rato. Además, ahora la cubrición está en -su apogeo, y á ustedes les conviene que la monta se realice antes de que -los machos empiecen á cansarse.</p> - -<p>Por burla, Luis Olmedilla dijo que aquella invitación se la dictaba á -don Juan Manuel el interés. Cobraba el diputado las cubriciones á -setenta y aun á ochenta reales, y como á su acaballadero acudían todas -las yeguas y pollinas de los alrededores, las ganancias de la faena -reproductora alcanzaban á mucho. Así, la parada de La Evarista -constituía una especie de mancebía, de la que don Juan Manuel Rubio era -amo y alcahuete. El dudoso gusto de la broma no hizo mella en aquél, que -la arrostró bravamente, salpresándola con atrevidos donaires y uniendo -sus risas á las de todos.</p> - -<p>A la hora de cenar la reunión se disolvió, marchándose cada cual á su -casa, pero prometiendo volver á entrevistarse luego en el Casino, para -determinar bien el sitio y momento en que á la siguiente mañana habían -de reunirse.</p> - -<p>De esto trataban á última hora, cuando don Gil Tomás, que después de -pasar la velada en un ángulo del salón y leyendo periódicos, se -restituía á su domicilio, se acercó á la tertulia.<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span></p> - -<p>—Buenas noches, señores...</p> - -<p>—Buenas noches, don Gil.</p> - -<p>Hicieron ademán de brindarle una silla.</p> - -<p>—Muchas gracias. Voy ya de retirada.</p> - -<p>Bajo la claridad de las lámparas y entre la blancura del mármol de las -mesas, parecía un pelele con su cabeza de amarillez azafranosa y su -cuerpo de hombros caídos y estrechos. Fernández Parreño le explicó de -qué se trataba y don Gil mostróse propicio á conocer lo que, por falta -de ocasión, nunca había visto, mas no consintió en que nadie se -molestase yéndole á buscar. El, con mucho gusto, concurriría -puntualmente adonde le dijesen. Discutieron el sitio mejor para citarse: -unos proponían el Casino, otros la farmacia. Al cabo quedó concertado -que don Juan Manuel iría, en su coche, á recoger al médico, que don -Niceto y su hermano saldrían por su camino y á la hora que les -pareciese, y que don Artemio aguardaría á don Gil en la botica, pero -maniobrando todos activamente de manera de reunirse en La Evarista entre -ocho y nueve de la mañana. En esta conformidad se separaron.</p> - -<p>El acaballadero de La Evarista hallábase á poco más de tres kilómetros -de la población, inmediato al camino de Puertopomares á Torres de la -Encina, y en el hondón formado por dos alcores sembrados de olivos. Era -un vasto corralón circuído por densas acitaras de mampostería, altas -como de dos metros, donde se apoyaba un cobertizo bajo del cual los -gañanes ponían las carretas y otros aperos de labranza al resguardo de -la lluvia. Junto á una piedra redonda, de las empleadas en las aceñas, y -que con industria fué convertida en pesebre, relinchaba furioso el -caballo «catador», destinado únicamente á examinar si las hembras que -iban llegando estaban ó no en sazón de ser cubiertas. El pobre animal, -los ojos alocados, los belfos espumeantes, erizada la crín,<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> trepidante -de un furor genésico exacerbado á cada nueva cata y siempre -insatisfecho, atabaleaba el suelo y corajudo se mordía los ijares.</p> - -<p>Los caballos y pollinos sementales estaban aparte, en lugar bien cerrado -y separados unos de otros, porque el aislamiento, según el experimentado -saber de don Juan Manuel, aviva en los machos el deseo reproductor. Así, -cada garañón ocupaba un departamento, una especie de celda, de la que -salía para cumplir la función sexual y á la que era restituído -inmediatamente después. En aquel pequeño local cubierto de estiércol y -flanqueado por los cuartos donde los sementales esperaban, atronaba la -polifonía de los graves rebuznos, la estridencia bélica de los -relinchos, el golpear de los aciales sacudidos, la temible impaciencia -con que los brutos rijosos pateaban el suelo. A veces, un semental, de -un par de coces, abría la puerta de su encierro, haciendo saltar la -cerradura.</p> - -<p>Don Gil Tomás y el boticario, que salieron de Puertopomares á paso de -tropa, alcanzaron en el camino á don Niceto Olmedilla y á su hermano. -Don Artemio llevaba á su pollina del ronzal; el juez, más comodón, había -recorrido el trayecto montado en su yegua. Continuaron andando los -cuatro, y á poco se reunieron con Fernández Parreño y don Juan Manuel -que les esperaban á la entrada de La Evarista porque el coche no podía -seguir adelante. Ya juntos, prosiguieron la ruta á pie, entre la alegría -de los olivos y de los campos donde empezaban á lozanear los primeros -brotes de la cosecha próxima. Un zagalillo, que llevaba del ramal á las -dos potrancas del médico, les precedía. El cielo era azul, tibio el -aire; las glebas, que paralelamente levantó el arado, rojeaban bajo el -sol. Un júbilo afrodisíaco, excitador, un saludable aroma de sarpullos -tempranos y de savias y resinas nupciales, saturaba el paisaje.<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span></p> - -<p>Interesó la atención de don Gil el que, tanto la burra del boticario -como la yegua de don Niceto, ya cerca de la parada empezasen á dar -muestras de contento y, sin que nadie las estimulase á ello, se pusieran -al trote.</p> - -<p>—Es que adivinan á dónde vamos—decía don Artemio riendo—; vea usted, -en cambio, las dos potrancas de don Elías: como son doncellas no -malician nada.</p> - -<p>En las inmediaciones del acaballadero había bastante rebullicio. Mujeres -y zagales acudían allí, como á una fiesta dionisiaca, llevando del -ronzal á las hembras en quienes la rigurosa ley de la reproducción había -de cumplirse. Los animales, alborozados, brincaban delante de sus -dueños. Novias parecían. Era un cuadro pagano donde, á la picardía de -las escenas, aunábase la avaricia campesina, el codicioso deseo de que -las hembras quedasen fecundadas.</p> - -<p>Ya en el acaballadero, los hombres franqueaban la puerta del corralón; -las mozas, vacilando entre su femenil recato y su vicioso prurito de -ver, no entraban, pero se encaramaban á los muros y sentadas sobre el -cobertizo, destacaban sus rostros traviesos, llenos de risas, del gran -fondo alegre del cielo y del campo. Don Gil, curioso y lascivo, lo -observaba todo.</p> - -<p>A recibir á don Juan Manuel acudió Luciano, el encargado de la parada. -Venía en mangas de camisa y llevaba chaleco y calzones de pana. Era -viejo, recio y alto. Una boina negra cubría su cráneo rapado y de líneas -seguras. Sus ojos pequeños y sin luz, y sus labios, renegridos por el -tabaco, daban al rostro afeitado una expresión bestial. Saludó:</p> - -<p>—Buenos días, don Juan Manuel y la compaña...</p> - -<p>Luciano informó á su amo de cómo aquellas últimas mañanas habían sido de -trabajo incesante. Designó con un gesto á las yeguas que esperaban en el -corral. Llevaba despachadas otras ocho, y aunque<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> tenía cuidado de no -debilitar á los sementales dándoles á comer hierba fresca, no comprendía -cómo éstos podían resistir tanto trabajo.</p> - -<p>Preguntó don Juan Manuel si «Temerario» y «Pensativo» se hallaban bien -dispuestos, y como las respuestas de Luciano fuesen afirmativas, don -Elías no disimuló su contento.</p> - -<p>—Si todo sale bien—dijo—le haré á usted un buen regalo.</p> - -<p>Luciano, sonriendo, prometió esmerarse, tanto por respeto y cariño á don -Juan Manuel, como por corresponder á las dadivosas intenciones del -médico.</p> - -<p>—Ya sabrá usted—repuso—que tiene derecho á que cada una de sus yeguas -sea cubierta catorce veces, distribuidas en la siguiente forma. Después -de los cinco ayuntamientos primeros, las dejaremos descansar nueve días; -luego, con intervalos de veinticuatro horas, recibirán otros cuatro; -nueve días después, tres más, y, finalmente, transcurrida una semana, -otros dos...</p> - -<p>Al saber que don Elías quería para su yegua negra al alazán «Temerario», -y para la rodada á «Pensativo», Luciano movió la cabeza y su semblante -se nubló. A despecho de su rusticidad, parecía un bonzo, uno de aquellos -sacerdotes antiguos, crueles y sensuales, cuyas preces poseían el don -terrible de hacer correr ó de secar las fuentes del deseo.</p> - -<p>—Veremos—exclamó—; no crean ustedes que los animales me obedecen -siempre. Los animales, con perdón sea dicho, tienen sus preferencias, -como las personas. Los caballos gustan de unas yeguas más que de otras, -y á las yeguas las sucede lo propio. Lo mismo ocurre con los burros: el -asno que haya tenido comercio con una yegua, es muy difícil que luego -acepte á una pollina.</p> - -<p>Mientras Luciano disertaba, don Gil, Luis Olmedilla y don Artemio, que á -pesar de sus años y de su<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> jorobada figura se perecía por las faldas, -observaban descocadamente á las mozas. Ellas, avergonzadas de la -curiosidad que las había llevado allí, enrojecían, y, para disimular su -turbación, volvíanse de espaldas y miraban al campo.</p> - -<p>La faena de la cubrición fué rápida. Desatado el potro «catador», -abalanzóse sobre las yeguas que le ofrecían; pero apenas sujetaba á una -entre sus patas, Luciano, tirándole violentamente del ronzal, lo -derribaba al suelo. De este modo el animal se ayuntó con todas, pero con -una rapidez que, por no satisfacerlas, las dejaba en la mejor -disposición y apetito. Inmediatamente las hembras fueron llevadas al -departamento donde los garañones, que habían olfateado el banquete -sexual, relinchaban glotones, y allí las ataron las patas, para que no -coceasen. Los sementales, al salir de su departamento, apenas veían la -yegua que les estaba destinada, apasionadamente arremetían con ella. El -médico, el boticario, don Gil, don Niceto Olmedilla, su hermano y don -Juan Manuel, presenciaban la escena conturbados por la mirada dulce, -sumisa, perfectamente femenina, de las hembras. Una vaga inquietad -genésica les removía. Unicamente Luciano, los calzones sujetos por una -faja negra, la boina echada sobre el cogote, al aire los antebrazos -velludos, presidía los ayuntamientos ordenándolos con castidad perfecta.</p> - -<p>Cuando don Juan Manuel y sus amigos salieron de la parada, el hombre -pequeñito iba densamente pálido. Varias mozas, que en sueños le tuvieron -entre los brazos, sintieron deslizarse por su carne supersticiosa un -calofrío de miedo.</p> - -<p>Ya iban llegando á la población, cuando don Gil se despidió de sus -acompañantes invocando un quehacer perentorio, y por un atajo caminó -hacia su casa. Su presencia por aquellos andurriales llamó la atención. -Algunos hombres le saludaron respetuosamente,<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> con ese acatamiento que -en los pueblos, más que en las ciudades, inspiran los ricos; los ojos de -las mujeres le seguían largo rato, inquietos y atentos, como si vieran -alejarse un peligro; únicamente los muchachos, hallándole pequeño, casi -de su tamaño, le miraban de igual á igual.</p> - -<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h2> - -<p>Poseía don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpatía, -los recursos, no menos envidiables de parecer útil y de inspirar -confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su -barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la -mirada y en la voz, pormenores eran que infundían respeto y hasta temor -en las gentes sencillas.</p> - -<p>Muchos rústicos comarcanos, tanto por motivos de economía como porque la -ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crédito, le preferían al -médico ó al albeitar, y muy de mañana iban á consultarle so pretexto de -comprar cinco céntimos de vaselina ó una botella de agua purgante. El -farmacéutico poseía un memorión formidable y conocía palmo á palmo todas -las villas de en seis leguas á la redonda. Esto le daba gran prestigio. -Además tuteaba á sus clientes en señal de dominio, ciencia y señorío, y -tenía el llamado «ojo clínico», es decir: la intuición del médico, el -presentimiento de las enfermedades, orientación ó guía suprema del arte -de curar.</p> - -<p>Morón recibía á su parroquia en la puerta de la botica. Allí empezaba la -consulta. Metido en una especie de bata ó cubrepolvo de crudillo que le -alcanzaba á los pies, las manos en las faltriqueras del pantalón<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> y un -gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio correspondía al -saludo humilde de sus visitantes con una interrogación:</p> - -<p>—¿Tú eres de Navahonda, verdad?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>Había una breve pausa. Morón inquiría, hilvanaba recuerdos...</p> - -<p>—¿Eres de Navahonda ó de Torres de la Encina?</p> - -<p>—Verá usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda.</p> - -<p>Don Artemio dejaba escapar un gruñido.</p> - -<p>—¡Ya me parecía!... Bueno; al boticario debe decírsele siempre la -verdad. ¿Qué te trae por aquí?...</p> - -<p>El páparo vacilaba, no sabía reducir su idea á palabras.</p> - -<p>—Verá usted...</p> - -<p>Se rascaba las corvas, la cabeza, hacía con las cejas extraños visajes. -Morón iba en su auxilio.</p> - -<p>—Tú tienes calenturas.</p> - -<p>—Sí, señor...</p> - -<p>—Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te -echan fuego.</p> - -<p>—Sí, señor...</p> - -<p>—Te duelen las articulaciones, ¡todas las articulaciones!</p> - -<p>—Sí, señor, y después...</p> - -<p>—No digas más: sé lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas -fiebres. Entra.</p> - -<p>Generalmente la conversación terminaba allí mismo, delante del -mostrador, con una caja de sellos de quinina ó una poción de agua -purgante, que don Artemio vendía añadiendo por la consulta, al valor de -la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad, -Morón llevaba á sus enfermos á la rebotica, donde, tendiéndoles en un -sofá, les reconocía. Estos manejos y diversos específicos compuestos por -él mismo para curar los males de estómago y<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> de garganta, engordar ó -enflaquecer á voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor -de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas, -zarzaparrillas y ungüentos de las más diversas y pintorescas -aplicaciones, remozaban de año en año su popularidad y producíanle -notables rendimientos.</p> - -<p>En verano, al anochecer, sus amigos reuníanse á charlar delante de la -botica. Los diálogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido -color. Algunas veces, después de cenar, Luis Olmedilla llevaba á la -reunión la alegría de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba -hasta tarde. El sitio era muy á propósito para gozar del fresco, porque -allí la calle Larga se ensanchaba y los árboles de la vecina Glorieta -del Parque diluían en la atmósfera una humedad de jardín. Don Valentín -llegó á sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro -Blanco.</p> - -<p>Una noche, alguien habló de brujas, y este asunto, al que el silencio -aldeano fué siempre propicio, recordó á la reunión la muerte súbita -acaecida días atrás en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el -primer momento, por instinto, la imaginación popular había venteado en -el hecho aquél, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio. -Fué á la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres -hijas, ya mozas, acababan de sentarse á la mesa. Todos los operarios del -taller se habían marchado, y á excepción del comedor, el resto de la -casa hallábase á obscuras. Un incidente trivial preparó al drama el -camino. En la mesa no había servilletas.</p> - -<p>—Yo iré á buscarlas—dijo Juanita, la hija menor.</p> - -<p>Se levantó y salió al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal -presentimiento, exclamó:</p> - -<p>—Ya sabes que las servilletas están en el arcón, á la derecha. ¡No -vayas á tropezar! ¡Enciende una luz!<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span></p> - -<p>La muchacha repuso:</p> - -<p>—No hace falta.</p> - -<p>A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud -expectante; parecían temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita -que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba á seguirla y, sin saber -por qué, no lo hizo. Un chirrido de goznes indicó que Juana había -llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido -resonaron un grito, un horrible grito, y la percusión de un cuerpo -contra el suelo.</p> - -<p>La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados:</p> - -<p>—¡Mi hija!...</p> - -<p>Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellándose, removidos por -sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos -buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz. -Juanita yacía sobre el pavimento, y la opinión aseguraba que la -chiquilla había muerto de miedo.</p> - -<p>—Los doctores Narro y Fernández Parreño—dijo Erato—hicieron la -autopsia del cadáver, y han certificado que la hija de Wenceslao tenía -una angina de pecho.</p> - -<p>Los circunstantes callaban. Todos, cual más cual menos, presentían un -misterio. La causa «inmediata» de aquella muerte sería la angina de que -hablaban los médicos. Pero, ¿por qué el mal hirió á la víctima -precisamente cuando ésta se hallaba sola? ¿Por qué no lo hizo un minuto -antes ó un minuto después? ¿Detrás de la causa más próxima y visible no -habría otra?</p> - -<p>De esta opinión participaba el boticario.</p> - -<p>—¡Déjenme ustedes de anginas!—exclamó—; en la vida ocurren sucesos -inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los -muertos. La hija de Wenceslao murió de un susto; créanme ustedes;<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span> murió -de miedo, porque al abrir la puerta de la habitación vió algo...</p> - -<p>Y, bajando la voz, como para contar una picardía:</p> - -<p>—Hay fenómenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro.</p> - -<p>Miró á su alrededor, y con la mano hizo á los presentes señal de -acercarse.</p> - -<p>—Ya conocéis á Epifanio Rodríguez. Es un muchacho sencillo y buenazo á -carta cabal, pero, como diría Martínez, un tanto arrimado á la cola. -Sacándole del estanco, no sirve para nada. Hace dos ó tres mañanas vino -á contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no -es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle -del Sacramento.</p> - -<p>Un indiscreto atajó al narrador.</p> - -<p>—¿La hija de López?</p> - -<p>—¿Qué López?</p> - -<p>—Teobaldo López, el notario.</p> - -<p>—Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que -quizás no pensaba casarse con ella, quería... lo que todos, y la -muchacha, que es un poco loquilla, accedió. Entonces concertaron que él -fuese á verla una tarde, á las seis, hora en que Teobaldo está en el -Casino. Como supondrán ustedes, Epifanio no faltó á la cita.</p> - -<p>Hubo sonrisas y maliciosos comentarios:</p> - -<p>—¡Cómo que la chiquilla es preciosa!</p> - -<p>—¡Tiene un cuerpo!</p> - -<p>—¿El cuerpo?... ¿Y los ojos?... ¿Dónde me deja usted los ojos?</p> - -<p>Prosiguió don Artemio:</p> - -<p>—Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle -el paladar á un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle -del Sacramento se cruzó con don Gil, á quien saludó, y en el acto, sin -razón, tuvo miedo... ¿Comprenden ustedes?...<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span> Miedo de no poder -conseguir su deseo. Así fué. La preocupación heló su carne y le -inutilizó, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca, -como en aquella ocasión, estuvieron más seguros. Y no fué ésto lo peor; -sino que la desairadísima escena se repitió varias veces, porque -Epifanio no podía echar de su ánimo la imagen de don Gil. Cuando el -pobre muchacho acudió á pedirme socorro contra su repentina debilidad, -parecía loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quería -asesinar á don Gil; ¡daba lástima! Es un caso de sugestión muy raro, por -su persistencia. Yo le recomendé que procurase distraerse, -tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero él decía: «No -puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil -veces, y no puedo; ¡no puedo!...» Y seguramente no ha pasado de ahí, -porque ahora, según cuentan, quiere casarse.</p> - -<p>Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente -hallaban una concatenación secreta, una relación manida y oscura, entre -el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El -boticario tuvo para aquel estado de opinión, una afirmación categórica:</p> - -<p>—Señores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos -telepatía ó sugestión, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de -ojo. Sólo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es -el mismo.</p> - -<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h2> - -<p>Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los -Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aquél íntimo y seguro -bienestar experimentaba<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> ese regocijo, esos deseos de cantar y de -moverse, que inspira la realización cercana de una esperanza. Los -vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante -años, del hotelito de don Gil Tomás, eran abiertas muchas mañanas, y que -el hombre pequeñito salía á los balcones á gozar del sol. Su cabezota de -color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba -risas.</p> - -<p>Don Gil, sorprendido de su propia alegría, se preguntaba:</p> - -<p>—¿Por qué estoy contento?...</p> - -<p>Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su -mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su ánimo entre -el sueño y la vigilia, las impresiones de ésta resonaban en aquél de -idéntica manera á como sus ensoñaciones se proyectaban sobre su vida -real, y así, el júbilo confortador de que se reconocía acompañado era la -satisfacción subconsciente de la cruelísima venganza que, hallándose -dormido, tomó en la persona del señor Frasquito. El regocijo, de -consiguiente, que le poseía y le sacaba á los balcones de su casa en las -mañanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor á -sangre.</p> - -<p>Esta satisfacción, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera, -exacerbó la ginecomanía de don Gil. Jamás su actividad nocturna fué -mayor; como lámpara milagrosa su impulso lascivo se encendía no bien -cerraba los párpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas -savias vernales eran fuego en sus venas.</p> - -<p>A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasión por -doña Fabiana. La suave complacencia que, hallándose despierto, le -producían el sortilegio acariciador de su voz, el reposo cálido y negro -de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su -matronil, hermosura y cierta tristeza<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> otoñal que infundía á sus -movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueño y -convertíanse en furibundo frenesí. Pero, ¿cómo alcanzarla si el marido, -desconfiado y hostil, estaba allí siempre?...</p> - -<p>Sólo una vez el hombre pequeñito casi llegó al sabrosísimo término de su -afán.</p> - -<p>Generalmente Martínez no soñaba; fatigado su espíritu, de la diaria -labor, no se alejaba del cuerpo y permanecía acurrucado bajo las mantas -del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acertó á presentarse en -la alcoba del veterinario en ocasión que el alma de éste hallábase en el -acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don -Juan Manuel le había hablado la víspera. Tan dichoso azar suspendió al -enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro -las felicidades extremas suelen acobardar á los hombres; y fueron -aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria -necesitó después...</p> - -<p>El íncubo examinó la disposición y moblaje del aposento: en el lecho de -bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo, -las cabezas de doña Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella, -apacible, pálida, como nimbada de luz lunar; la de Martínez, cetrina, -ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada -y fuerte. Antoñita dormía en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de -la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y -asiento de anea, la cómoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres -antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareñas. El ambiente era -tibio. Por las rendijas de la ventana filtrábase, semejante á una -humareda, un ligerísimo claror estelar. El lejano murmurio del río -parecía agrandarse en los ángulos de la callada y cerrada habitación.</p> - -<p>Vibrante de deseo, avanzó don Gil; su alma rijosa<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> temblaba, se -retorcía, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de -Paracelso, y su influencia magnética turbó á doña Fabiana. La excelente -señora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad, -empezó á soñar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fácil, -rápido, sabrosamente ilógico, como el de las películas cinematográficas. -Doña Fabiana gozaba de esa levedad física, de esa suave y vagarosa -multiplicación de imágenes con que la morfina y el opio, los divinos -emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Según en las comedias -de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible.</p> - -<p>Hallábase doña Fabiana asomada á un balcón de su casa, cuando por la -parte más alta de la calle apareció don Gil: veía su cara de color de -fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar, -su figurilla vestida de negro y la línea blanca de los calcetines entre -los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantalón. Por lo parvo, por -lo ruin, parecía un humillo que saliese del suelo. La calle mostrábase -desierta, muda, vacía, con esa total soledad que las pesadillas dan á -sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y -por añadidura comprendíase que tras ellas no había nadie. Las casas, más -que realidades tangibles, parecían imágenes sin expresión, imágenes -muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y -tierra. La naturaleza, de súbito, se había inmovilizado; los objetos -perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hízose trapo y -silencio. Doña Fabiana reconocía la calle Larga, la Fonda del Toro -Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros árboles del Paseo de los -Mirlos, y, sin embargo, comprendía que todo, á pesar de no haber -cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este -contrasentido, llenaba su ánimo de estupor.<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span></p> - -<p>—En Puertopomares no hay nadie—pensó—; no queda nadie, más que don -Gil Tomás.</p> - -<p>El hombre pequeñito era lo único vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse -con él, y su congoja crecía según don Gil iba acercándose. Dentro de la -atribulada conciencia de doña Fabiana, una voz musitó.</p> - -<p>—Estás tan sola porque tu marido se ha marchado. Si él estuviese aquí, -las calles te parecería que rebosaban gente. Las personas que nos aman -son las únicas que, verdaderamente, nos hacen compañía.</p> - -<p>Don Gil habíase detenido debajo del balcón.</p> - -<p>—¿Subo?...—preguntó.</p> - -<p>Y cambiando seguidamente su interrogación en afirmación inflexible y -tranquila, repitió:</p> - -<p>—Subo.</p> - -<p>En la amarillez asiática de su rostro, sus ojos, también amarillos, -adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgían como -topacios.</p> - -<p>Al mismo tiempo la esposa de Martínez advirtió que, sin graduaciones ni -matices, su miedo transmutábase en suavísimo quebranto sexual. Adivinóse -codiciada, sintió el calor del deseo que iba á pasar sobre su carne como -una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta -entonces, conoció la lujuria; y contribuía á la exaltación de este -pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color -y la enana ridiculez del hominicaco la producían.</p> - -<p>Don Gil cruzaba la calle. Doña Fabiana, inclinándose un poco sobre la -barandilla del balcón, murmuró:</p> - -<p>—No puede usted subir.</p> - -<p>Don Gil Tomás levantó la cabeza.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—La niña está durmiendo y si le ve á usted se asustará.</p> - -<p>—La niña—repuso el íncubo—no oirá nada.<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span></p> - -<p>Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitación, pero -no lo hizo. Tenía miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y á la -vez un inmenso afán de ser poseída. Por su sangre, los diablos -incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corrían como -centauros. De pronto, el hombre pequeñito estuvo á su lado. La tuteaba.</p> - -<p>—Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. ¿No lo sabías?</p> - -<p>Ella replicó:</p> - -<p>—Sí, lo sabía.</p> - -<p>—¿Y por qué no te dabas á mí?</p> - -<p>Y doña Fabiana, suspirando:</p> - -<p>—Porque me daba usted mucho miedo.</p> - -<p>Su pavor, efectivamente, en aquellos instantes, no tenía límites: un -pavor que era asco; un asco que era, á su vez, violento deseo de entrega -y capitulación. Luego, sin haber seguido camino ninguno, hallóse en su -cama, los brazos arriba y atrás, bajo la nuca, el bello cuerpo á merced -del íncubo, por momentos más exaltado y apremiante. Con los ojos del -espíritu veía á su derecha á Antoñita dormida, y á su izquierda á don -Ignacio, dormido también. Mirándole, pensó:</p> - -<p>—Se ha ido; su alma se ha ido; si estuviese aquí me salvaría...</p> - -<p>Y según en la complejidad incalculable de la vida mental los -pensamientos más antagónicos coexisten ó turnan en el gobierno del -ánimo, así la atribulada señora quería que su marido oportunamente -acudiese á salvarla del adulterio, como deseaba que la hórrida violación -se consumase. Después sintió sobre la encendida fresa de sus labios -entreabiertos por la congoja de su corazón, los labios de don Gil. Sus -mejillas recibieron el roce de su aliento inflamado. En sus senos, duros -y erectos, no obstante las fatigas de la maternidad, en sus senos de -pagana turgencia, los dedos del íncubo se crisparon. Experimentó -entonces<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span> una repugnancia mayor; aquellas manecitas frías, alimonadas, -suaves, blandas, de una blandura cartilaginosa, produjéronle la aversión -que inspira el contacto de un reptil. Y, sin embargo, su voluptuosa -enervación iba en aumento: la sintió en su vientre, sobre sus flancos; -una especie de ardientísimo vapor la envolvía; todo su cuerpo temblaba -cual si una corriente eléctrica lo sacudiese...</p> - -<p>De súbito las imágenes se emborronaron, desaparecieron; fue como un -choque. Doña Fabiana lanzó un grito, entreabrió los párpados y hallóse -al lado de don Ignacio. Asustada, se estrechó contra él. El veterinario -despertó.</p> - -<p>—Estás soñando—dijo—; ¿verdad?... Estabas soñando...</p> - -<p>Ella temblaba aún bajo el recuerdo vitando de su pesadilla.</p> - -<p>—¿De dónde vienes?—preguntó.</p> - -<p>—¿Cómo, de dónde vengo?... ¡Despierta, mujer!... ¿Acaso me he movido de -aquí?...</p> - -<p>Y, recogiendo sus ideas:</p> - -<p>—Yo, en este momento, también soñaba. Me hallaba en La Evarista -examinando unos machos de que don Juan Manuel me habló anoche. ¿Sabes -quién me acompañaba?... El boticario. Nos habíamos enredado en una -discusión. Don Artemio sostenía que uno de aquellos animales tenía -muermo; yo decía que no. En éstas tuve el presentimiento de que iba á -sucederte una desgracia; me pareció que gritabas... y eché á correr. Fué -cuando desperté.</p> - -<p>Doña Fabiana, temblando, murmuró:</p> - -<p>—Abrázame...</p> - -<p>Cuando se sintió bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de -Martínez, le refirió su pesadilla, aunque guardándose de decir las -dulces ansias porque ella misma, á pesar de su recato y de la poco -amable figura de don Gil, había pasado. Describió la<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span> escena con todo el -acre relieve de que su fantasía, caldeada aún por la violencia de las -imágenes, era capaz. Explicó cómo el hombre pequeñito la interpeló desde -la calle, cómo llegó á deslizarse en su lecho, cómo la besó, cómo sus -manos de enano la palparon...</p> - -<p>Sin advertirlo, ponía en la rememoración de estos detalles una -minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueño, don Ignacio -sintió su tempestuoso corazón hincharse de celos.</p> - -<p>—¿Quieres no contar más desatinos?—exclamó—, porque mañana, si me -tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no -respondo de darle una pateadura.</p> - -<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX</h2> - -<p>Frustrada aquella ocasión de victoria, el alma del hombre pequeñito -comenzó á recocerse en nuevas y violentísimas llamas de deseo. Así, -aquel año, la primavera encendió en las mozas de Puertopomares—ellas -atribuían el fenómeno á la primavera—inquietudes extraordinarias. La -obesa doña Amelia gozó de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y -palpitaciones de corazón: las hijas de Fernández Parreño y las de doña -Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegría -rosada de sus mejillas. Daño análogo marchitaba á las niñas de don -Valentín. En la mayoría de las mujeres, aun de las casadas, los hombres -advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y reían menos que -antes, y cuando por las tardes iban á la estación, á ver el tren, -caminaban más despacio.</p> - -<p>—Siempre en esta época—pensaban los padres—la clorósis y la anemia -hacen estragos en las muchachas.<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span></p> - -<p>Don Elías, poco inclinado á remover la parte moral de sus enfermos, -atribuía sus enervamientos á atonía circulatoria ó á pereza estomacal, y -recetaba hierro á todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las -kolas y los glicero-fosfatos de su botica.</p> - -<p>En sus conversaciones más íntimas, las doncellas solían confiarse -aquellos ensueños de los cuales todas conservaban impresión ingrata. -Ellas sabían que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque á -intervalos, á través de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban á -vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que -empiezan á secarse; pero ordinariamente el íncubo adoptaba, al -presentarse, las máscaras más horripilantes y absurdas: tan pronto era -una vieja leprosa, como un sapo, como una araña de patas aterciopeladas, -ó una serpiente de verdosos anillos, ó un animal con cabeza de macho -cabrío y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el -suelo semejante á la cola de un vestido de baile.</p> - -<p>De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeñito no tenía culpa; -antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma á su gusto, -seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese -naturalísimo prurito de agradar común á todas las personas, sin -excepción de sexo, edad ni social categoría. No estando en sus -facultades hacerlo, mostrábase según la ciega y cruel naturaleza le -hizo: pajizo, ridículo, insignificante, esquelético y frío, como un niño -enfermo de consunción. Lo que después sucedía era que las muchachas á -quienes acosaba, por obra de la imperfección con que trabajan los -centros cerebrales durante el sueño, no conseguían distinguir claramente -la figura del íncubo, y la entremezclaban con las imágenes que, por una -ú otra razón, más las hubiesen impresionado en el curso del día.</p> - -<p>Por las tardes, en el aislamiento conventual de la<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> rebotica, mientras -hacían labores, cortaban una blusa ó se probaban un vestido, María -Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de -su mayor intimidad, Anita Fernández Parreño y Micaela, la primogénita de -doña Virtudes, se decían sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas -bajas ante la ventana y entre la alegría de los cuévanos rebosantes de -ropa y de los bastidores donde el trajín de las agujas iba pintando -flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vírgenes -levantaba un murmullo de oración. Las cabezas pelinegras ó rubias, -adornadas con lacitos de colores, se agrupaban ó separaban según crecía -ó menguaba el deshonesto interés de las confesiones. Las nucas blancas, -las nucas por cuya piel, en el eléctrico tremar de los nervios, corren -los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecían tentadoras bajo la -luz. Anita había dicho á su padre que dormía muy mal, pero sin -declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo:</p> - -<p>—¡Me ha recetado un purgante!...</p> - -<p>Micaela, que era muy devota, solía persignarse escuchando los secretos -de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su -misticismo una amenaza del infierno.</p> - -<p>—Estamos embrujadas—repetía—: yo creo que debemos confesárselo todo -al cura y pedirle que nos exorcise.</p> - -<p>Estas palabras causaron impresión.</p> - -<p>—Yo—dijo Flora—desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita.</p> - -<p>—Yo—agregó Anita—no volveré á quitarme los escapularios, y de aquí en -adelante dormiré con los brazos en cruz.</p> - -<p>Micaela insistía:</p> - -<p>—Hay que decírselo al cura; creedme: debemos decírselo toda al cura...<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span></p> - -<p>Sus palabras devotas producían momentáneamente una emoción grave. Luego -esta seriedad se desvanecía, se aclaraban las frentes y los labios -rompían á reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban:</p> - -<p>—Pero, ¿quién tendrá la desvergüenza de confesar esos desatinos?...</p> - -<p>Micaela empezó á describir su última pesadilla.</p> - -<p>—Soñé que en mi cama había muchos caracoles... ¡Muchos!... Yo los -sentía voltijear á mi alrededor y algunos me rozaban con sus -cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producían un asco -horrible...</p> - -<p>Flora interrumpió el relato con una observación:</p> - -<p>—Esos caracoles ¿estaban encima ó debajo de las mantas?...</p> - -<p>—Debajo; ¿no digo que me hacían cosquillas en la piel?... Y, sin -embargo, los veía. Repentinamente todos se convirtieron en un solo -caracol; un caracol enorme, del tamaño de un gato; yo no quería mirarlo -porque sabía que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empezó á -colocarse sobre mí. Para defenderme, me puse de lado, pero él dió la -vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y según avanzaba -iba creciendo. Lo sentía en mi vientre, y llegó á cubrirme desde las -rodillas á la garganta. Al principio era frío, luego quemaba... Yo no -podía gritar... Reconocía hallarme soñando y quería despertar, y al -mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueño... Aquello era -bueno y era horrible á la vez...</p> - -<p>Concluyó:</p> - -<p>—La explicación de mi pesadilla está en que la víspera mi hermana y yo -fuimos á la huerta de don Arístides á coger caracoles.</p> - -<p>Como el hombre pequeñito se ofrecía, generalmente, á sus concubinas, era -en forma de araña. María Jacinta casi siempre le veía así. Flora y -Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas -veces, sin perder la idea de su personalidad,<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> sin olvidarse de su -nombre, soñaban que eran moscas. ¡Qué alegría, qué turbulencia, qué -dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban á los árboles, se -bañaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caían en una red de -araña. Los terribles hilos de traición pintados de violeta, de -anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban á sus miembros. -Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araña, -oculta hasta entonces, las acometía sanguinaria. Era don Gil. La red -felona se hacía lecho. Ellas, sin comprender nada, volvían á ser -mujeres. En parte estas alucinaciones provenían del crecido número de -arañas que había en el camino de la Estación. Entre los huecos de las -piedras ó al abrigo de las raices de los viejos árboles, abundaban las -tarántulas. Las muchachas que, por las tardes, iban á ver pasar el -correo, solían detenerse á mirarlas. La ferocidad de la araña, su -nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta, -llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban á las -mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenían á examinarlas; el -horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo -de lo viscoso, de lo sucio, las retenía allí. Pensaban en el suplicio de -los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas -redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo -sentían como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo á la -picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno, -que destila al morder la tarántula; sino á su aspecto, á las patas que -circundan su caparazón, á toda su horrible fealdad brincando, de -súbito... Estos instantes de observación morbosa eran cortos; las -arañas, sintiéndose expiadas, con un movimiento rapidísimo desaparecían -en sus escondites; el cubil de la pequeña fiera quedaba vacío, negro, -amenazador, y las mujeres se<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> iban llevándose en la memoria la figura -del animal. Por la noche aquellas arañas, lujuriosas y sádicas, tenían -la cara de don Gil.</p> - -<p>Este recuerdo añadió nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de -María Jacinta. La hija de don Artemio cruzó las manos con devoción y -susto.</p> - -<p>—Creo—dijo—que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espíritu de -las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas -veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergüenza, -debemos confesárselo todo al cura.</p> - -<p>Calló y quedóse triste, apagada, muda, como un líquido que, estando -hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tenía miedo. A través de los -siglos los misterios eleusíacos del alma femenina, las inquietudes, -mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad -de su hogar á las tentaciones del Diablo, se repetían. La mujer, que -adora el pecado, se abraza, sin embargo, á la Iglesia. En vano quiere -ser casta; inútilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas, -y fortalece su ascetismo con el miedo á las hogueras infernales. La -naturaleza prolífica, enemiga de la esterilidad, avasalla los más -fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de María, la serpiente inmortal -silba de deseo.</p> - -<p>Flora, María Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qué cura recibiría -más benévolamente sus confesiones.</p> - -<p>—Don Leopoldo—dijo la hija de Fernández Parreño—es demasiado joven.</p> - -<p>—Y don Emilio—agregó Flora—tiene muy mal genio.</p> - -<p>Todas recordaban los odios bíblicos, las improperaciones virulentas con -que algunos domingos tronaba, desde el púlpito, la exaltada inspiración -de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan íntimo y -desusado, nadie mejor que don Antolín, el<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> cura más viejo de -Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las -sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdón -abiertas siempre á las confesiones del pecado, sabían escuchar -resignadamente. Una observación picaresca de Anita hizo prorrumpir en -carcajadas á sus amigas. Por enfriado y hecho á oir desatinos que don -Antolín estuviese, ¿podría resistir, cuatro veces seguidas, la historia -de la araña?...</p> - -<p>Solamente María Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su -repetición y frecuencia, á ser dolorosas, no reía. En la soledad de su -dormitorio la pobre niña se extenuaba; alrededor de su lecho la -clorosis, la ninfomanía, la neurastenia, la tisis, la locura, parecían -repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araña la -bebía la sangre: el contacto aterciopelado y húmedo de su cuerpo lo -sentía entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban -sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la -privó de conocimiento. La araña negra, de un negro musgoso, tenía la -cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y -terrible, de las tarántulas que acechaban entre las piedras del camino -de la Estación. Desde entonces, María Jacinta se abandonaba á ella -cerrando los ojos. No quería irritar á la fiera, cuyo aliento subía, -como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hízose -calambre y tortura. El vampiro, inmóvil sobre su víctima, clavaba en -ella un extraño aguijón.</p> - -<p>Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligió hasta echarse -á llorar. Sus amigas también se habían quedado tristes. Aquellos amores -solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de -humillación ó de redolor moral, parecido á un remordimiento. Cuando se -quejaban ante el médico de sus mejillas sin color, de sus sueños -agitados,<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> de la facilidad ridícula que tenían para convertir en risa el -llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus -palpitaciones cardíacas y de otros síntomas de histeria, don Elías las -miraba entre burlón y compasivo. Ellas se indignaban. ¡Si hubieran -podido hablarle de la araña!... A sus preguntas Fernández Parreño -contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecería -cuando se casasen. ¡Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en -panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y -de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio, -que unas veces será rango social, y otras medicina y otras ilusión... -Sin duda don Elías acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para -conjurar el sortilegio vitando de la araña negra. ¡Pero si en -Puertopomares nadie se casaba! ¡Si entre tanto mozo soltero eran -contados los que manifestaban vocación de marido!... De todo esto se -aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habrían de satisfacerse -con él de grado ó por fuerza. Don Gil era el señor, el sultán. El -misoginismo cobarde de la mayoría aseguraba su imperio y dictadura.</p> - -<p>Dos hechos removieron aquel verano la atención dormida del vecindario, y -arrojaron una alegría en las soporíferas tertulias del Casino, del Café -de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fué la probada -intimidad de las relaciones de Romualdo Pérez con la hija mayor de doña -Virtudes; el otro, la trágica muerte del señor Eustasio, el tonelero.</p> - -<p>Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominación del hombre -pequeñito, decidió conceder á su novio la sabrosas preeminencias de -amante: vería ella entonces cuál de ambos maridos era más fuerte.</p> - -<p>El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fué don Artemio -Morón, que continuaba siendo el vecino más madrugador de Puertopomares. -Los<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la -noticia como un caramelo. El boticario les explicó su descubrimiento. De -tiempo atrás espiaba á Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez, -era muy fino. Varias noches consecutivas él y Romualdo salieron juntos, -y en llegando al callejón del Misionero, se separaban: Pérez íbase á -charlar con su novia, y don Artemio seguía hacia su farmacia. Aquel -noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban á -media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas á percibir en la -oscuridad la silueta del galán agarrado y como pegado á una de las rejas -de la «Casa-Cuartel» de doña Virtudes.</p> - -<p>El azar puso á Morón sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y -sólo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber.</p> - -<p>Una madrugada, el sereno del callejón del Misionero, á la hora de -retirarse, fué á la farmacia á comprar un sinapismo para su mujer, que -tenía dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio -le preguntó por Romualdo. El sereno le había visto aquella noche, como -otras muchas, en la reja de su novia.</p> - -<p>—Por cierto—dijo deslizando en su observación un poco de malicia—que -no sé el camino que luego habrá seguido para ir á su casa.</p> - -<p>Morón aseguró que por la calle Larga no había pasado. Precisamente -aquella mañana abrió su farmacia más temprano que nunca, y no se había -movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la -severísima «Casa-Cuartel» de la viuda de Castro, le sacudió y fué á -recogerse alegremente en su corazón. Inmediatamente determinó comprobar -su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y -retirar á la descarriada Micaela su estimación, sino para regodearse con -la salpimienta<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> y buena gracia de la aventura, y referirla á sus amigos.</p> - -<p>Noche tras noche don Artemio espió á Romualdo, y su animoso afán traía -tal regocijo á su espíritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores -de sueño. Con la topografía del sitio ocupado por la casa de doña -Virtudes, había compuesto don Artemio una especie de inexorable -silogismo; y era: que si el callejón del Misionero constituía un -tránsito ó pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento, -quien entrase en él, de no salir por una esquina había de hacerlo por la -otra, como algún zaguán misericordioso no le acogiera y ocultase.</p> - -<p>La labor del viejo Morón fué ruda. Según costumbre, procuraba salir del -Casino con Romualdo, despedíase de éste frente al callejón del -Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huéspedes de la Fonda del -Toro Blanco le veían llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla -después con llaves y cerrojos.</p> - -<p>—Deben de ser las doce—pensaban.</p> - -<p>Y aquel fragor de hierros parecía arrojar un nuevo silencio sobre la -vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio -reaparecía, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra -deslizábase por la acera más oscura; su perfil fugitivo desvanecíase á -intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y -los frontis salientes. En la esquina del callejón del Misionero se -detenía, y asomando un ojo nada más, miraba hacia el fondo pendiente y -oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido á la -reja de sus amores, producíale indecible consuelo. El cuchicheo de los -novios llegaba á él como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, bañado -en luna, dormía; y en su quietud, la canción del río, el silbido lejano -de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> una hora. La -casa de doña Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta -circunstancia Morón sabía que Romualdo no podía sorprenderle, pues si -enderezaba sus pisos hacia donde él acechaba, tiempo sobrado tenía de -alejarse lo suficiente para no ser visto.</p> - -<p>Pegado á la esquina que le servía de observatorio, el farmacéutico -únicamente sacaba fuera de ella, y á intervalos, la mitad del rostro. -Así, aterido bajo los rigores del relente, perdió varias noches. Al -cabo, logró su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada -en las oscuridades profundas del callejón, advirtió que Romualdo no -estaba. ¿Era posible? Para desvanecer dudas, dirigióse hacia la calle -del Sacramento. Allí, sentado en el quicio de una puerta, encontró al -sereno, quien demostró pasmarse mucho de ver á don Artemio en alpargatas -y á tales horas.</p> - -<p>—¿Ha pasado por aquí Romualdo?—preguntó Morón.</p> - -<p>—No, señor; no es hora todavía; se retira siempre más tarde.</p> - -<p>El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una -boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si -Romualdo había desaparecido del callejón del Misionero sin salir de él -ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba -en casa de doña Virtudes.</p> - -<p>Don Artemio concluyó declarando el júbilo que le producía el -esclarecimiento de aquel enredo.</p> - -<p>—Es indispensable—prosiguió—que esta misma noche los naipes queden -boca arriba. ¡Nada de tapujos! Me revientan los hipócritas. Quien la -hace, que la pague. ¿Cuándo dejas tú el servicio?</p> - -<p>Repuso el sereno que á las cinco; pero que las últimas horas de la -madrugada solía pasarlas durmiendo en un zaguán.<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span></p> - -<p>—Pues hoy no se duerme—ordenó el boticario, cuyo acento fluctuaba -entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesión -y su autoridad en el Ayuntamiento—; hoy no se duerme. ¿Entiendes bien? -Necesitamos cazar á ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le -esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestión es -cogerle. Cuando pase, le das los «buenos días» y nada más; con eso tiene -bastante. Yo, en la otra esquina, haré lo mismo.</p> - -<p>No le fué difícil á Morón captarse la alianza del sereno, que para las -acciones villanas más que para las nobles, las gentes se conciertan en -seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa -guardia. Mientras duró el acecho, ninguno tuvo frío, ni sueño. Desde su -observatorio, don Artemio veía brillar en el término más hondo del -callejón el farol del sereno; como éste vislumbraba, en la esquina de la -calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos -cantaron. Palidecían las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un -claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la -torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, parecía -enredarse, sonaron las tres... las tres y media...</p> - -<p>A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejón vibró, casi -imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de -doña Virtudes apareció Romualdo. El galán iba á seguir su camino de -siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento -volvió sobre sus pasos. Su andar tenía una ligereza de fuga. Don -Artemio, en lugar de ocultarse, decidió esperarle, cachazudamente -recostado detrás de la esquina. Al doblar ésta y encontrarse con el -boticario, Romualdo tembló. Imposible retroceder; había caído en la -trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y -salutación.<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span></p> - -<p>—Bien se madruga, don Artemio.</p> - -<p>—Es verdad; pero hoy á usted tampoco se le han pegado al cuerpo las -sábanas.</p> - -<p>—Hasta mañana, don Artemio.</p> - -<p>—Hasta mañana, Romualdo.</p> - -<p>El boticario volvió á su farmacia reventando de risa. «Sabe que yo lo sé -todo y va hecho un tigre»—pensaba.</p> - -<p>Romualdo dejó transcurrir varios días sin ir al Casino, ni á la Fonda -del Toro Blanco. Corrió la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando -reapareció, Morón, Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Isidro -Peinado, don Niceto... cuantos á costa de su aventura más habían reído, -le preguntaron con evidente cariño y ceremonia por su salud, y no -volvieron á mirarle en toda la noche.</p> - -<p>El interés de este lance palideció á la semana siguiente con el trágico -fin del señor Eustasio García, el tonelero de la calle Arcos de la -Cárcel. A su muerte, por un azar que no pasó inadvertido á los -glosadores del suceso, iba ligado fatídicamente el nombre de don Gil.</p> - -<p>El señor Eustasio era uno de los tipos más notables, simpáticos, -alegres, laboriosos y aficionados á repartir limosnas, del pueblo. No -creía en los mendigos de oficio, pues más trabajo cuesta extender la -mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el -pan sin humillaciones. De aquí, su inagotable caridad.</p> - -<p>—El que pordiosea—decía—es porque no puede hacer otra cosa...</p> - -<p>Cuando alguien iba á su casa preguntando por él, la cara de la mujer que -tenía establecido en el zaguán un despacho de bebidas, resplandecía con -una sonrisita de satisfacción.</p> - -<p>—¿El señor Eustasio?... Sí, aquí es: al otro lado del patio.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span></p> - -<p>Y aquella sonrisa, era como un recuerdo cariñoso ofrendado al inquilino -más antiguo y mejor de la finca.</p> - -<p>El señor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y -contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufanía -resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el día, -á la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras -plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tenía cinco hijos, el -mayor de diez años. Aquella chiquillería constituía la obsesión -torturadora, y también el esperanzado regocijo, del tonelero. -Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener á tantos; pero -luego, cuando hasta los más pequeñines estuviesen criados, ¡qué paz -interior, qué regocijo, qué noble orgullo patriarcal sentiría viendo -asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no -cesaba nunca; aquel rudo batanear parecía la voz de la casa, una voz -saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concluído, el señor -Eustasio, de un puntapié, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio. -El barril giraba, alejándose con balanceos graciosos. ¡Qué bonitos eran -aquellos toneles, qué elegantes, qué sólidos!... Sus movimientos tenían -un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... ¡Verdaderamente en -pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!...</p> - -<p>Pensando así el señor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un -artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrás y encendía una -pipa.</p> - -<p>¿Por qué aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrión, -sentía una afición tartarinesca á las armas de fuego? ¿Era esto una -previsión discreta? ¿Era un atavismo, ó una vanidad parecida á la de los -niños cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo -cierto es que, como otros hombres tienen un bastón, una sortija ó un -perro, el<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> señor Eustasio tenía un revólver. Para justificar este -capricho bélico el tonelero solía decir:</p> - -<p>—Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, más aún que en las ciudades -grandes, ningún hombre honrado debe salir á la calle con las manos -vacías.</p> - -<p>Aquel revólver era la ventana romántica por donde su dueño, pacífico, -metódico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba á las regiones -de lo novelesco y hazañoso. El individuo que tiene un revólver puede, en -caso necesario, llegar á ser un héroe. Así, cuando se encargaba un -pantalón, lo primero que el señor Eustasio pedía al sastre era un -bolsillo atrás, sobre las caderas.</p> - -<p>—Porque yo—decía—siempre voy armado.</p> - -<p>Aquel chisme pesado é inútil le molestaba bastante, mas no por ello -dejaba de llevarlo consigo á todas partes. Algunas veces salía de su -casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces, -apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba:</p> - -<p>—¿Se te ha olvidado algo?</p> - -<p>Y él respondía, un poco misterioso:</p> - -<p>—Sí; el revólver...</p> - -<p>Aquel viejo revólver, grande, negro, colgado de un clavo á la cabecera -del lecho marital, infundía á los niños un temor religioso.</p> - -<p>—¡El revólver de papá!...—decían.</p> - -<p>Lo miraban, sí, pero á distancia y respetuosamente; ninguno se atrevía á -tocarlo; el trueno de pólvora de sus entrañas, les empavorecía; allí -dormía la muerte; desde que nacieron estaban viéndolo y, sin embargo, no -habían llegado á familiarizarse con él. La esposa también lo respetaba. -Era una especie de dios penate, á la vez bondadoso y terrible, que -defendía el hogar y velaba por la salud de todos.</p> - -<p>Transcurrieron los años: cinco, ocho, diez...; y<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> llegó la catástrofe -con la fuerza inexorable de lo preestablecido.</p> - -<p>Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos -iban y volvían diligentes por la panza pulida del barril que estaba -construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompía -ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbaló y -cayó al suelo, disparósele el revólver y el infeliz recibió de abajo -arriba, en el pecho, un balazo mortal. ¡Revólver maldito! ¿Por qué lo -compraría el señor Eustasio? ¿Por qué, para morir así, lo llevó con -dolor de sus riñones tantos años consigo?...</p> - -<p>La muerte del barrilero preocupó mucho á la opinión. El señor Eustasio -no tenía enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y -luego, ¡aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!... -Varios centenares de personas acudieron á su entierro y para socorrer á -la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabezó con veinte duros una -suscripción cuya suma total ascendió pronto á un millar de pesetas.</p> - -<p>El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revólver del -señor Eustasio, certificó que tenía el seguro roto. Durante algunas -semanas este suceso sirvió de asunto á todas las conversaciones. Era -deplorable, también era cómico, el fin de aquel hombre pacífico empeñado -en no separarse, ni aun en su casa, de un revólver que, la única vez que -disparó, fué contra su amo.</p> - -<p>Alguien dijo que, días antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo -un disgusto con don Gil Tomás, á propósito de dos barriles que éste le -había encargado. La cuestión, según sus comentaristas, fué bastante -seria; el señor Eustasio, á pesar de su bonísimo carácter, creyendo -atropellados sus intereses llegó á amenazar al hombre pequeñito, y á no -impedírselo las<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span> criadas de éste, le hubiese golpeado. Por referirse al -solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia ó conseja interesó -grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de -la superstición, dió la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el -Café de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prósperos -de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y marañosos -pasadizos inmediatos á la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron -largamente el lance. Los más viejos recordaban el sueño fatal de Ursula -Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala.</p> - -<p>Estas evocaciones contribuyeron á reforzar las sombras de brujería con -que, desde antiguo, la certera imaginación popular rodeaba la enmelada y -tacaña figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fríos y -su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle, -tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le -circundaba una sensación de silencio; aquel silencio le seguía y le -anunciaba; era un halo de enigma extendido á su alrededor. ¿De qué -fuerzas teúrgicas, de qué recursos hechiceros y terribles dispondría -aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocían bien sus -perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche, -vivía una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban á sus -maridos de las posesiones disparatadas á que el enano las sometía, y -éstos la comentaban después entre sí. Los hombres llegaron á mirarle -como á un rival. Un odio criminal germinó contra él. Era el brujo aliado -del Diablo; el hierofante árbitro de todos los recursos de la -lecanomancia y de la brizomancia; el íncubo sádico para quien ningún -cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en -las mejillas de las vírgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus -senos y las enseñaba las láminas lascivas<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> del Libro del Pecado; el -iniciador astuto por quien las niñas permitían á los muchachos que, -jugando, las cogían del talle, á deslizar sus manos más abajo...</p> - -<p>Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el señor -Eustasio, su alma impresionable también cayó del lado de la -superstición.</p> - -<p>—¡Ahora me explico su muerte!—exclamó.</p> - -<p>Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho ó diez -personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Había que matar -á don Gil; ó, cuando menos, obligarle á salir del pueblo.</p> - -<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h2> - -<p>Más de un año necesitaron los Paredes para decidirse á buscar el tesoro -que, según creencia suya, el señor Frasquito dejó escondido bajo las -raíces del chopo. En sus frentes criminales, en sus cráneos pequeños, -puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo; -el brillo petulante del dinero podía delatarles; ellos habían oído decir -muchas veces que ningún asesinato queda impune, pues siempre, tarde ó -temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crímenes, cual -si los muertos, valiéndose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro -mundo á contarles la verdad á los vivos y á pedirles justicia.</p> - -<p>Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un ápice de -su existencia ordinaria. Según costumbre y acaso con mayor tesón que -antes, Rita cuidaba del hogar y de los niños, y Toribio todas las -madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien -de paños, mantas y percales, y salía á recorrer los pueblos comarcanos.<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> -Su itinerario variaba según la estación: unas veces iba á Nava de -Pomares, otras á Torres de la Encina, ó á La Olla; otras á Candelario, -donde el dinero corría abundante desde Noviembre á Febrero, meses -destinados á la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura -crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza -minúscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quería. A pesar -de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pómulos -salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandíbula descarnada era -cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondían -una amenaza. Daba la sensación de un hombre que huye. En el campo, al -cruzarse con él las mozas apretaban el paso; tenían miedo á su mirada -tenaz, á su boca recogida y sedienta. Algo extraño, una especie de -invisible sombra, parecía marchar á su lado por los caminos.</p> - -<p>Nunca fué simpático Toribio Paredes. Años atrás los suburbanos de la -Puerta del Acoso, habíanle tildado secretamente de mantener relaciones -con Rita. Nadie se sorprendió. Eran los tiempos en que la mujerona, de -noche, ponía un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos, -abyectos, tiranizados por la más repugnante animalidad, los dos hermanos -se buscaron. Su pasión maldita tuvo refinamientos abominables; se -emborrachaban y su satiriasis urdía escenas brutales. La murmuración -decía que una tarde, en el bosque, Rita se abalanzó sobre una zagala, -sujetándola por detrás mientras Toribio la violaba.</p> - -<p>La aparición de Frasquito Miguel desvaneció aquellas nubes incestuosas; -Toribio recobró su puesto de hermano; el farol del chopo no volvió á -encenderse; nacieron Pepe, María Luisa y Francisco, y en las ventanas de -la antigua mancebía hubo ropas infantiles tendidas á secar. Ante la -puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo.<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span></p> - -<p>Muerto Frasquito, la gente reverdeció la historia incestuosa de los -Paredes. Nada, sin embargo, parecía acusarles. Eran laboriosos y -callados, y mostrábanse tristes, más tristes que nunca, como si el -dramático fin del señor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin -consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y, á su pesar, sus -deducciones eran favorables á los hermanos. Toribio tenía su alcoba; -Rita dormía en otra habitación con los niños. La mujerona ya no se -perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el corsé como antes. El -pañero, después de cenar iba un rato al Café de la Coja, pero se -retiraba temprano; no bebía ni jugaba; también había renunciado á su -enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron, -casi de súbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejentó. -Muchas noches, al volver á su casa, mientras abría la puerta de la -calle, los vecinos le oían suspirar...</p> - -<p>Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancolía, los dos -hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo -como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y -las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasión -de cobrar su crimen, pero el miedo á delatarse les entumecía la voluntad -y paralizaba indefinidamente su acción. Dentro de sus conciencias -tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable:</p> - -<p>«Todavía es pronto...»</p> - -<p>Y esta observación, que no subía á sus labios, producía en sus carnes la -sensación del hielo.</p> - -<p>Tanto ella como él tenían determinado, no bien desenterrasen el tesoro, -trasladarse á otra calle mejor, donde establecerían un comercio. -Mientras, su temor á infundir sospechas les vedó alterar en nada la -disposición de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y -en la mesa el sitio del señor<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span> Frasquito continuaba vacío, como -esperándole. Esta quietud triste parecía una ofrenda dedicada al muerto.</p> - -<p>A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que -había sobre la cómoda, en la misma alcoba donde le mataron. La -fotografía, hecha en Salamanca muchos años atrás, empezaba á palidecer. -Siempre que Paredes entraba en la habitación, los ojos del retrato, -misteriosamente, le salían al encuentro. A Rita también la preocupaba -aquella imagen cubierta de tristeza por la acción decolorante de la -humedad y de la luz. Un día la mujerona agarró impetuosamente la -cartulina, regresó con ella al comedor, y allí, á la vista de su -hermano, la partió en cuatro pedazos.</p> - -<p>—¡Así habremos desterrado la mala sombra!—exclamó.</p> - -<p>Y tiró los añicos sobre la mesa. Su propósito, no obstante, falló. En -uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se había librado -intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogió el pedazo y lo rompió en -dos; pero, al quebrarse el cartón, fué de manera que también esta vez la -cabeza se salvó. ¿Por qué es tan difícil romper un retrato? ¿Por qué -tienen todas las fotografías, especialmente las de los muertos, algo -metafísico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la -imagen: borráronse la nariz y la boca; luego la frente; sólo los ojos, -resignados, tristes, acusadores, resistían aún, salvándose como de -milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeños que éstos -fuesen, cabían los dos. Toribio llegó á morderlos. Al cabo, -desaparecieron también.</p> - -<p>El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuyó á -acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables -sentíanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenían miedo á -moverse. A todas horas parecíales que una pupila ardiente,<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> asomada á -las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevían á hablar, cual si -detrás de cada puerta acechase el oído de un policía.</p> - -<p>En diferentes ocasiones Toribio manifestó á sus vecinos deseos de vaciar -y solar el patio. Según él, hallábase en malísimas condiciones, porque -la tierra se reblandecía con las lluvias y esta humedad dificultaba la -buena conservación de las mercaderías en el almacén. Todas las personas -á quienes explicaba su propósito, lo aprobaban. Una mañana se detuvieron -ante la casa de <i>los Rojos</i>, dos chirriones cargados de ladrillos, que -fueron transportados al fondo del corral. Allí, hacinados contra el -muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de -la buena estación los más expuestos á la intemperie comenzaron á -cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y -resuelta voluntad para el trabajo del pañero, se asombraban de que no -diese pronto empleo á aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo -que la operación era grave, pues necesitaban arrancar las raíces del -chopo, porque luego, con la humedad, podían hincharse y romper el piso; -además, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel, á quien quiso -mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carácter -más que los años. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro -leguas sin fatiga, ahora, cuando volvía de vender, ni alientos para -cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropía de su actitud, -procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzón y ladino, -buscaba que las gentes fuesen habituándose á la idea de que el patio, -tarde ó temprano, había de solarse, para que así no se sorprendiesen de -verlo una mañana desmenuzado y removido.</p> - -<p>Al fin, sosegados un poco todos los escrúpulos y resquemores de su -prudencia, los dos hermanos decidiéronse<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> á exhumar aquellas tres orzas, -repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos, -habían pensado.</p> - -<p>Resueltos á tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus -fueros y halláronse repentinamente en posesión de abundantes energías. -Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades -interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la acción.</p> - -<p>La noche que eligieron para la faena, no había luna. Temerosos de que -alguien, desde algún postigo ó buharda distantes, pudiera observarles, -pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendrían -suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegaría la sutileza tactil -de sus manos y de sus pies descalzos; que á esto redúcense muchas veces -los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del -filón.</p> - -<p>A Rita, como á Toribio, el hombre pequeñito les había dicho:</p> - -<p>«La orza más grande se halla al término del patio, no lejos del pozo. -Allí es, de consiguiente, donde debéis empezar á cavar.»</p> - -<p>La operación, digna de cíclopes, fué desde el primer momento dura y -angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo á la -maliciosa atención del vecindario, sembraban en el espíritu de ambos -hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la -templanza del ambiente la mujerona y el pañero tenían los rostros -cubiertos de sudor; sus cabellos de rútilo se adherían á sus frentes -encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corría hecho -agua. Toribio, que empezó á trabajar en mangas de camisa, no tardó en -desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral -su torso blanco, de musculatura ágil, enjuta y tremante, se removía con -flexibilidades tigrescas.<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span></p> - -<p>En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanzó cerca de tres -metros de largo por uno de profundidad. No habían perdido el tiempo. -Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas raíces, torcidas -y nudosas, arracimándose aquí y allá, como disciplinas, daban á la -tierra increíble y desesperante cohesión. Peleaba el hombre con ella sin -desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada, -las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadón. Levantaba la -herramienta en el aire y luego la hundía, con todo el fervoroso empuje -de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba -cuando tornaba á izarla sobre su cabeza. El azadón, agudo, bruñido, -dotado de una expresión hambrienta, semejante á un colmillo de acero, -mordía la tierra, destrizándola. En el silencio, sus percusiones -resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecían venir de -abajo como un temblor sísmico.</p> - -<p>La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favorecía unas veces -apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras -esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo, -desalentado de espíritu, tiró el azadón y dejóse caer sobre un borde de -la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudió á secarle con sus faldas -el cuerpo y el rostro, y luego le echó una chaqueta por los hombros. El -buhonero no podía más; la sospecha de que las orzas, soñadas tantas -veces, no existían, acababa de quitarle los últimos alientos; como -herida del rayo, su voluntad quedó ovillada, pulverizada, muerta.</p> - -<p>—Creo—suspiró—que estamos perdiendo el tiempo.</p> - -<p>Rita, en cuclillas á su lado, murmuró:</p> - -<p>—Pero si «él» lo ha dicho.</p> - -<p>Se refería á don Gil.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span></p> - -<p>—Sí—repuso Paredes;—«él» lo dijo; pero, ya ves...</p> - -<p>Rita, suavemente, le reprochó su cobardía. Si se tratase de un sueño, de -un sueño sólo, ella desconfiaría. Pero la pesadilla del tesoro escondido -por Frasquito habíase repetido muchas, muchísimas veces, y siempre con -idéntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaños -diferentes; ambos las habían visto, y describían su forma y color del -mismo modo. ¿No bastaba esto? Además, don Gil, que con tan resuelta -decisión les hablaba de aquella fortuna, ¿qué empeño tendría en -engañarles?... ¡No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de -aquella tierra no había nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar -una á una todas las raíces, y en esta faena emplearía una noche, dos, -tres, cuantas fuesen precisas. ¿No serían ellos capaces de cavar tan -hondo como cavó Frasquito Miguel?</p> - -<p>Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazón de -Toribio Paredes; la quimera volvió á pasar ante sus ojos deslumbrante. -Levantóse resuelto, tiró al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empuñó -el azadón. La mujerona asió la pala. A veces la punta de aquél mordía -con estridencia acre la dureza de una raíz, otras se clavaba hasta la -cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala, -empujada por el pie de Rita, recogía con agrio chirrido la tierra -arenosa. Así, callados y como á porfía, continuaron los dos.</p> - -<p>De pronto recibieron una emoción alegre, vivaz y penetrante, que, -suspendiéndoles el aliento y paralizándoles el corazón, á durar algo más -hubiérase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy -superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza. -Milagrosamente el diente del azadón, al pasar impetuoso junto á ella, no -la rompió. Su cuerpo esférico, lucio, hinchado probablemente de oro, -asomaba orondo en la pared del<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> tajo, y era grande y verde, según -Toribio y Rita la vieron en sueños.</p> - -<p>—Mírala—balbuceó la mujerona conteniendo un grito.</p> - -<p>Y su hermano, temblando, repitió:</p> - -<p>—Mírala...</p> - -<p>Ciertamente, para esconder su tesoro el señor Frasquito no se había -molestado mucho, pues lo dejó á medio metro bajo el nivel del suelo, -sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia -del sitio donde están. La orza yacía entre un puñado de raíces, lacias, -retorcidas, semejantes á las patas de un pulpo; y aquellas raíces eran -como los dedos de una mano fantástica que bruscamente saliese de la -tierra á ofrecer á los dos asesinos la fortuna.</p> - -<p>Toribio dejó el azadón y, arañando en la tierra y rompiendo las raíces -que habían tejido alrededor de su presa una especie de red, cobró la -vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrarió y nubó el rostro de densa -palidez.</p> - -<p>—¿Está vacía?—balbuceó Rita.</p> - -<p>—Parece que sí...</p> - -<p>La contemplaba con expresión idiota. Después la sacudió en el aire, -acercándosela al oído, para escuchar; dentro de ella percibió un rumor -vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista, -dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en -billetes de Banco. Tras una breve deliberación acordaron cerciorarse de -lo que la orza contenía, y remitir la busca de las otras dos á la noche -siguiente. Así lo hicieron, y volviendo la tierra á la zanja y -apretándola luego con los pies para disimular un poco lo hecho, -regresaron á la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos -volvían á cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tenía -frío, ni siquiera percatábase del dolor<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> de sus brazos entumecidos por -el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre.</p> - -<p>Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqué, los Paredes -rompieron la orza, cuya boca había sido cuidadosamente lacrada. La -vasija contenía doce mil reales justos en billetes de veinticinco, -cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenció impávida el -asesinato de Frasquito, ahora, con el júbilo de su codicia, sentía sus -piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmóvil, encueros de -cintura arriba, con su cráneo bermejo y puntiagudo y sus manos trémulas -de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de -palpar aquellos billetes: unas veces los cogían á puñados, por la -satisfacción de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y -desarrugaban delicadamente entre sus dedos, ó acercándolos al quinqué -los examinaban al traslúz, cerciorándose de que todos eran legítimos. -Luego procedieron á dividirse las ganancias; á cada uno de ellos -correspondían mil quinientas pesetas.</p> - -<p>—Es tonto andar en particiones—dijo Toribio—pues que hemos de seguir -viviendo juntos.</p> - -<p>—No importa—objetó Rita;—con el dinero no se juega, por aquello de -que «cuenta y razón conservan amistad». Además, que, si como tenemos -pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual -sabrá exactamente cuánto aportó al negocio.</p> - -<p>Transigió Toribio, y ya el reparto iba á quedar hecho, cuando la dudosa -validez de un billete de cincuenta pesetas suscitó entre ambos hermanos -una disputa.</p> - -<p>—¡Es falso!—exclamó Rita;—¿no conoces la moneda, ó quieres engañarme? -Sobre todo, si te gusta, quédate con el y dame otro.</p> - -<p>El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las -aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisión á su ánimo.<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span></p> - -<p>—No seas imbécil—dijo—si todos son iguales. ¿No ves que todos son -iguales?</p> - -<p>—Pues no quiero ese. Cámbiamelo.</p> - -<p>Ninguno cedía, y llegaron á mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar -amigablemente la cuestión, Toribio propuso recurrir á la suerte. Aunque -de mal talante la mujerona accedió, y él lanzó al aire una moneda, -exclamando:</p> - -<p>—¡Cruz!...</p> - -<p>La moneda tintineó alborozadamente contra la mesa.</p> - -<p>—Cara—murmuró Rita riendo;—me alegro; has perdido.</p> - -<p>Su hermano, rezongando una interjección, recogió el billete sospechoso, -y seguros ambos de que los niños no habían despertado, se fueron á -dormir.</p> - -<p>A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas, -cuyo fruto fué el hallazgo de dos vasijas más, una con cuatrocientos y -otra con ciento veinte duros, que, sumados á los seiscientos de la -primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas. -Conseguido esto ya no buscaron más. Estaban satisfechos. El hombre -pequeñito no había mentido.</p> - -<p>Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor á ser -descubiertos, aquella misma mañana los Paredes emprendieron la faena de -solar el patio. Dos días tardaron en concluirla, y al colocar sobre -aquella tierra el último ladrillo, experimentaron un inefable bienestar. -Por las noches, disponían tranquilamente los horizontes de su porvenir. -Nadie debía extrañarse de que dejasen «la casa del chopo», foco para -ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En -cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo -amplio y céntrico. Rita había visto un cuarto, bueno para almacén, en la -Glorieta del Parque,<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span> contiguo á la Fonda del Toro Blanco. Toribio, -calculador y reflexivo, rechazó aquella proposición: él conocía un local -mucho mejor en la calle Larga, la más frecuentada de Puertopomares y, -por lo mismo, la más comercial. Tenía tres huecos ó puertas, de las -cuales dos, revestidas de cristales, servirían de escaparates. Era -espacioso, con habitaciones cómodas, sótanos ventilados y secos, muy -idóneos para guardar mercancías, y un patio, solado de cemento, que, en -caso de necesidad, podía ser fácilmente techado.</p> - -<p>La mujerona, que tenía gran fe en las iniciativas de su hermano, se dejó -convencer, y de allí á pocos días Toribio Paredes se entrevistó con el -propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos, -tomó en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales.</p> - -<p>Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvió á encontrarle por los -caminos. La vida regalona de aquellos últimos meses había -aristocratizado sus gustos y enfriado su devoción al trabajo. Las gentes -hallaban la explicación de esta bonanza en la muerte del señor -Frasquito.</p> - -<p>—El pobre hombre—decían—, con sus borracheras, traía arruinada á su -familia; Dios hizo bien en llevársele...</p> - -<p>Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle -Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abrió sus puertas al público. -Hubo música, para mayor lujo y animación de la fiesta, y <i>los Rojos</i> -obsequiaron á sus amigos con dulces secos, licores y cerveza.</p> - -<p>Sobre el frontis del establecimiento un gran rótulo declaraba, en -caracteres negros: «Paredes, Hermanos». Y explicando estas palabras, que -parecían la consagración de dos existencias dedicadas al trabajo, y en -letras más pequeñas: «Mercería. Juguetería. Mantas». Las estridencias -broncíneas de la murga<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span> duraron hasta media noche, y dieron ocasión para -que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del -flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del -Casino, al pasar por allí, deteníanse á ver el alegre rebullicio. La -chiquillería, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los -escaparates. Las mujeres, desde la acera, á través de los cristales, -observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposición de la -tienda. En una de las vidrieras había un maniquí de mujer. Sus ojos -negrísimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre, -sugestionaban la atención de los hombres. Era guapa y miraba al suelo -como avergonzada. Tenía los blanquísimos brazos al aire, y las -pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de -seda. Los páparos sonreían glotones ante aquella figura que estaba en -pantalones y lucía un corsé rojo muy largo.</p> - -<p>—¡Si respirase!—pensaban.</p> - -<p>Al fondo del local, y de un extremo á otro, estaban las anaquelerías, -que alcanzaban al techo, y donde todo aparecía cuidadosamente ordenado. -Los artículos más diversos fraternizaban allí. Pendientes de perchas -había boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas, -tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las -piezas de jerga, vicuña y cheviot, yacían superpuestas en los entrepaños -laterales. Del techo colgaban racimos de muñecas, cromos de colores -arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros, -sierras, haces de martillos y muchos enseres más de ferretería. La -quincalla y la mercería ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de -cartón ó cosidos á pequeños envoltorios de papel azul, las muestras de -botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y -cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos, -brillaban con petulante júbilo<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span> bajo la luz. Tras el mostrador, los -hermanos Paredes sonreían obsequiosos á sus parroquianos, y con su -amabilidad parecían rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir -á comprar allí. Los invitados mostrábanse contentos. Ya nadie recordaba -los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su -hermana; su rápido advenimiento á la fortuna, prueba inconcusa de su -afición al trabajo, sorprendiendo al pueblo había sido para ellos una -especie de agua lustral.</p> - -<p>Transcurrió otro año y los negocios de la razón comercial «Paredes, -Hermanos», se desenvolvían prósperamente. Deogracias, el primogénito de -la mujerona, ayudaba á su madre y á su tío en el servicio de la tienda. -Pepe, el segundón, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y -juiciosa, empezaba á recordar la de su padre, el difunto señor -Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tenía -tiempo para atender así al gobierno y limpieza de la casa, como al -negocio. Toribio, menos codicioso, se permitía cotidianamente algunas -horas de suave holganza. Después de cenar íbase á jugar al dominó á la -Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia; ó al Café de -la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos -anadeos, siempre tenían la virtud de encandilarle los ojos. Estaba más -grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle á retreparse -un poco, daba engreimiento á su persona. Del pasado los hermanos Paredes -no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les había llevado á tan -envidiable situación. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus -conciencias, parecíales lontano y natural. Tampoco comentaban la -intervención que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la -incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeñito. Ambos -reconocíanse amados y protegidos misteriosamente por él, y<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> nunca sus -espíritus tardos, incapaces de una introinspección inteligente, -detuviéronse á existimar la razón de aquel enigma. ¿Ni para qué, si á su -juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el -curso del tiempo, perdieron toda su importancia?...</p> - -<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h2> - -<p>Una noche, de vuelta del café, Toribio entró en el dormitorio de su -hermana.</p> - -<p>—¿A que no sabes—dijo—con quién he estado hablando hace un -momento?... ¡No puedes figurártelo!...</p> - -<p>Hizo ella un signo negativo. Paredes, el rostro un poco demudado, -agregó:</p> - -<p>—Voy á decírtelo porque, aunque estuvieses pensando en ello dos meses -seguidos, no lo adivinarías: con Vicente López.</p> - -<p>La mujerona se incorporó en el lecho, removida hasta los tuétanos por -una emoción que así era de agudísimo pasmo, como de alegría. El terrible -amor de su juventud, la pasión furibunda en que su carne se requemó como -sobre brasas, resucitaba ante ella.</p> - -<p>—¡Vicente!... ¿Te preguntó por mí?</p> - -<p>—Apenas me vió.</p> - -<p>Parecía contrariado; sin duda recelaba que el súbito advenimiento del -<i>Charro</i> fuese á trastornar el lozano curso de sus negocios. Agregó:</p> - -<p>—Se hospeda en casa de don Valentín. Yo pasaba por delante de la fonda, -cuando veo en la puerta un hombre alto, grueso, afeitado, un poco -canoso... y me digo: «¡Si parece Vicente López!...» Y en esto, él que se -viene á mí, exclamando: «¿Toribio, no me conoces?...» Con que nos -abrazamos y charlamos un<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> rato. Llegó hoy, á mediodía, de Salamanca. -Mañana vendrá á verte.</p> - -<p>Rita callaba. Paredes se retiró á su habitación, se desnudó y mató la -luz. Transcurridos unos minutos y como buscando una contestación al hilo -de sus malas cavilaciones, exclamó:</p> - -<p>—Supongo que ahora, con los cuarenta años que tienes sobre el lomo, no -volverás á enamorarte de él, ¿verdad?</p> - -<p>La mujerona no contestó. Añadió el buhonero:</p> - -<p>—¡Tendría gracia!... Además, si ese hombre viene á buscarte, no será -por tu cara, sino por tu dinero, pues quien te dejó de moza, hallándote -vieja no va á cargar contigo. ¿Oyes?... Andate con cuidado. Yo conozco á -Vicente. Es un sinvergüenza. Te lo advierto á tiempo para que luego no -vayamos á tener disgustos.</p> - -<p>La idea de que la imprevista reaparición del <i>Charro</i>, con sus antiguos -fueros de amante y de padre, pudiese nublar la serenidad de su vida, -levantaba olas de odio en su impulsivo corazón.</p> - -<p>—Y aunque esta casa sea tuya y mía—continuó—, yo soy el hombre, y no -consiento que ningún otro hombre usurpe, ni siquiera menoscabe, mis -derechos.</p> - -<p>Sus instintos homicidas despertaban. Aludió á Frasquito:</p> - -<p>—Tú ya sabes cómo soy: que no venga Vicente con monsergas ni bravatas -porque le hago lo que al otro.</p> - -<p>A estas palabras de amenaza la mujerona tampoco respondió. De dichosa, -sentíase fuera de sí. Ni un instante se acordó de sus hijos. Su alegría -era indiferencia, olvido de los ingratos quehaceres cotidianos, deseo de -revivir los años líricos de la mocedad.</p> - -<p>«Voy á verle»—pensaba.</p> - -<p>Y luego:</p> - -<p>«¿Cómo me encontrará?... Y él... ¿habrá cambiado mucho?...»<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span></p> - -<p>Amanecía cuando Rita se levantó. No había dormido y, sin embargo, no -estaba cansada. Más ágil que nunca, en un santiamén barrió la tienda y -dispuso el desayuno. Desde sus camas, los niños se asombraron de oirla -cantar.</p> - -<p>La entrevista que los dos antiguos amantes celebraron por la tarde, en -la tienda, empezó desabridamente. Cohibidos ante la actitud atisbadora -de Toribio y por los ocho ó nueve años que vivieron ajenos el uno al -otro, no acertaban á zurcir bien la conversación. Los hermanos Paredes -permanecían detrás del mostrador. Vicente se había sentado en un -taburete. El y Rita se miraban con desconfianza, con pena; sobre todo, -con pena, cual si en aquel momento, lleno de evocaciones, echasen de -menos el tiempo que estuvieron separados. A grandes rasgos, deseaban -explicarse las cumbres ó hechos más eminentes de sus historias -respectivas.</p> - -<p>—Frasquito Miguel, murió—dijo Rita.</p> - -<p>—Ya lo sé.</p> - -<p>—¿Cómo lo supiste?</p> - -<p>—Por un vecino de Puertopomares, que fué á Salamanca. Conque, apenas me -dieron la noticia, pensé: «Pues voy á verles á Rita y á su hermano, por -si se acuerdan de mí».</p> - -<p>Agradeció Toribio la fineza de aquellas palabras con un leve movimiento -de cabeza. Vicente López continuó:</p> - -<p>—¿Te dejó muchos hijos Frasquito?</p> - -<p>—Tres.</p> - -<p>—¡Tres!... ¡Vaya por Dios! Ya son bastantes.</p> - -<p>—Dos varones y una hembra.</p> - -<p>Vicente repitió, apagando la voz, como si dialogase consigo mismo:</p> - -<p>—¡Ya son bastantes!...</p> - -<p>Transcurridos unos segundos, agregó:</p> - -<p>—Nuestro Deogracias estará hecho un hombrecito.<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span></p> - -<p>La mujerona suspiró:</p> - -<p>—Tú lo has dicho: un hombre.</p> - -<p>Asomóse á la puerta de la trastienda y con voz mordicante, destemplada -por la emoción, llamó:</p> - -<p>—¡Deogracias!... ¡Deogracias!...</p> - -<p>Acudió el muchacho. Era ágil, simpático y tenía el perfil aguileño y la -color broncinea de su padre.</p> - -<p>—Ese señor—dijo Rita—, quiere darte un beso. Ve...</p> - -<p>El chiquillo brincó el mostrador y con amable desenfado se acercó á -Vicente. Éste le colocó entre sus rodillas y rodeándole el talle con un -brazo le cubrió de sonoros besos las mejillas y la frente. Según le -tenía así, recostado contra su pecho, preguntó.</p> - -<p>—¿Sabe quién soy yo?...</p> - -<p>La madre hizo un gesto negativo, cuyo elocuente misterio el niño, por la -posición en que se hallaba, no pudo ver. Vicente López parecía -sinceramente emocionado:</p> - -<p>—¡Pobrecito!—exclamó—tal vez, por ahora, sea mejor así.</p> - -<p><i>El Charro</i> explicó á sus amigos la marcha de sus negocios. Como -siempre, continuaba dedicándose á la compra y reventa de animales, pero -este tráfico, cada vez estaba peor; las ferias, de año en año, iban -desanimándose; escaseaba el dinero y la emigración acarreaba, camino de -América, lo mejor de cada pueblo. Suspiró. Realmente, no podía quejarse -de la fortuna; trabajaba bastante y había tenido la discreción de no -casarse. Sin embargo, él necesitaba y merecía más; hasta entonces había -vivido al día, pero el hombre, en cuanto pasa la cuarentena, debe -preocuparse de su porvenir.</p> - -<p>—Más de una vez—agregó—he determinado marcharme á la Argentina; pero, -lo que sucede; ya sabéis: la patria siempre tira de uno, y, por -indiferentes que seamos, á última hora nos falta la decisión de irnos.<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span></p> - -<p>Rita no le quitaba ojo; hallábale buen mozo todavía y quedamente, en su -alma, los viejos recuerdos iban cubriéndose de nuevos verdores. ¡Le -había querido tanto! Al eco de la voz adorada sentía renacer lances y -mirajes insensatos de pasión. Sus manos, especialmente, sus manos de -chalán, fuertes y velludas, que tantas veces cayeron sobre ella -iracundas, la producían singular emoción. En los ojos grises de la -mujerona, el pasado, convertido bruscamente en deseo carnal, encendió -una luz; su alma vehemente, su alma criminal, parecía alebrarse y -ondular de lujuria, como una pantera.</p> - -<p>A cada momento la puerta del comercio se abría y entraba un comprador; -Rita ó su hermano le atendían y apenas se iba, López reanudaba su -plática. Toribio comenzaba á aburrirse de aquella visita cuya finalidad -le inquietaba. A la sobretarde, no pudiendo contener su impaciencia, -alegó un pretexto para irse á la calle. Dió la mano á Vicente.</p> - -<p>—¿Cuándo piensas volver á Salamanca?</p> - -<p>—A punto fijo, no lo sé; ello depende de la resolución, más ó menos -pronta, de los asuntos que aquí me han traído; de todos modos, nunca -será antes de cuatro ó cinco días.</p> - -<p>—Entonces, ya nos veremos; y si vas esta noche al Café de la Coja, de -nueve en adelante, allí estoy.</p> - -<p>No bien Toribio Paredes salió, <i>el Charro</i>, casi de un salto, se acercó -al mostrador, y cogiendo á Rita por los hombros la atrajo hacia sí y en -los labios y en los ojos la dió muchos y ardorosos besos.</p> - -<p>—¡Te quiero!—balbuceaba—¡Si ni un sólo día dejé de acordarme de ti, y -ahora, que vuelvo á verte, pienso quererte más que nunca!...</p> - -<p>Agradecida, dócil, trémula de emoción, la mujerona no respondió, pero -sus párpados se enrojecieron y mojaron en llanto. Prosiguió Vicente, con -miedo y prisa:<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span></p> - -<p>—Necesito hablarte despacio. Quiero que volvamos á vivir juntos; á mi -hijo yo debo criarle.</p> - -<p>Sobrecogida por estas declaraciones, Rita se había echado hacia atrás y -miraba á su antiguo dueño con ojos relucientes de asombro y de alegría. -¿No deliraba? ¿Era Vicente, por quien tanto había llorado, el que -hablaba así?...</p> - -<p>Tras una pausa, aquél añadió:</p> - -<p>—Si quieres nos casamos, ¿oyes?... Lo pasado, pasado... ¡y nos -casamos!... A Toribio no se lo he dicho, pero yo pienso irme á América -contigo y con nuestro Deogracias.</p> - -<p>Hizo una transición.</p> - -<p>—¿De quién es esta tienda?</p> - -<p>—Mía y de mi hermano.</p> - -<p>—¿La pusísteis á medias?</p> - -<p>—Sí, á medias; porque yo, para que lo sepas, tenía un dinero...</p> - -<p>El amor dispone del don precioso de infantilizar á los adultos, -especialmente á las mujeres. Una jamona, en cuanto se enamora, se vuelve -niña. Bajo la mirada zahorí de Vicente, Rita Paredes balbuceaba, se -embrollaba, dominada por un repentino deseo de decir la verdad. -Afortunadamente <i>el Charro</i> la interrumpió:</p> - -<p>—No necesito saber cómo ganaste ese dinero ó quién te lo dió; supongo -que sería el señor Frasquito. Ya te dije que lo pasado queda atrás y no -debe tocarse. ¿A cuánto asciende ese dinero?</p> - -<p>—A dos mil ochocientas pesetas.</p> - -<p>—¿Nada más?</p> - -<p>—Nada más. ¿Por qué?...</p> - -<p>Su voz fue suplicante; imploraba perdón. Súbitamente, ante el hombre -amado, había sentido el remordimiento de ser tan pobre.</p> - -<p>—¿Y en esa cantidad—prosiguió él—incluyes los géneros que hay en la -tienda?<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span></p> - -<p>—Sí, todo...</p> - -<p>Por sus cejas, violentamente contraídas hacia arriba, pasó una terrible -ansiedad. Vicente hizo una mueca de disgusto.</p> - -<p>—¡Es poco dinero!... ¡Muy poco dinero!...</p> - -<p>Luego, con repentina decisión:</p> - -<p>—¡No importa! Con eso y lo mío, tenemos bastante. Iremos á América. Yo -no me separo más del chiquillo.</p> - -<p>Entre dientes, con humildad de esclava, la mujerona interrogó:</p> - -<p>—¿Y mis otros tres hijos?</p> - -<p>La respuesta del chalán fue categórica, terminante, como un hachazo.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Esos no vienen con nosotros! ¡De ninguna manera! ¡Esos se quedan -aquí, con su tío!... Comprende que entre nosotros no debe existir nada -que nos recuerde lo que yo he sido y lo que tú hayas podido ser.</p> - -<p>Aun hablaron más, pero como no les pareciese bastante, para comunicarse -con mayor espacio y reposo, acordaron reunirse al día siguiente, á la -hora del anochecer, dentro del túnel, por la parte más inmediata al río.</p> - -<p>Aquella noche, en sueños, la mujerona habló con don Gil. Dormía -tranquilamente cuando comenzó á sentir una inquietud semejante á la -producida por el inmediato arribo de una visita; al mismo tiempo -vislumbraba dentro de sí una especie de resplandor tenue. Sin lograrlo, -varias veces quiso abrir sus párpados soñolientos; al conseguirlo, en -pie delante de su cama vió al hombre pequeñito. No le distinguía aún y -sabía, sin embargo, que estaba allí. Parecióle más descolorido y -minúsculo que otras veces. Un diálogo breve se entabló: imperioso y -dictatorial por parte de él; suave, humilde, lleno de condescendencias y -vasallaje, por parte de ella.<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span></p> - -<p>—Ya sé que Vicente López ha venido á verte.</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Le mandé yo venir.</p> - -<p>—¡Ah! No me dijo nada.</p> - -<p>—Es que no lo sabe: él cree haber venido por su gusto, pero fue porque -yo lo dispuse así.</p> - -<p>Rita asintió. ¿Cómo discutir las palabras de su bienhechor? El rostro -del hominicaco aparecía ante ella pálido, indeciso, emborronado, al -igual de esas viejas fotografías roídas por la luz. Un claror alechigado -le envolvía. No pestañeaba. Sus labios, como los labios de las caretas, -no se movían al hablar. Prosiguió:</p> - -<p>—Vicente López, á quien tanto has amado, quiere llevaros, á ti y á su -hijo, á América.</p> - -<p>—Sí, señor don Gil.</p> - -<p>—Es preciso que le obedezcas. ¿Le obedecerás?</p> - -<p>—Sí, don Gil.</p> - -<p>—No te ocupes de la tienda: con el dinero que él tiene y los billetes -que tú guardas detrás del ropero, lleváis lo necesario para el viaje.</p> - -<p>—Bueno, don Gil; lo que usted disponga.</p> - -<p>La mujerona experimentó un terror frío, tan agudo, que heló á sus -huesos. Por obra de un inexplicable fenómeno telepático, Rita iba -adelantándose al pensamiento de su interlocutor de modo que éste aun no -articulaba una frase cuando ella, misteriosamente, ya la había oído. -Rita sintió que sobre las cabezas inocentes de Pepe, María Luisa y -Francisco, el hombre pequeñito echaba una sentencia terrible, y las -palabras del enano tenían para ella la fuerza apremiante y sin evasivas, -de la fatalidad.</p> - -<p>—Para seguir á Vicente—habló don Gil—abandonarás á los tres hijos de -Frasquito Miguel. ¿Lo harás?...</p> - -<p>Dentro de la madre algo sobrehumano se atrevió á protestar, aunque -tímidamente.</p> - -<p>—¿Y no les veré ya nunca?</p> - -<p>—Nunca.<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span></p> - -<p>La torturada gimió, doblegándose; su rebeldía expiró bajo la orden -inflexible.</p> - -<p>—Bien, don Gil.</p> - -<p>Volvió á temblar; el acento sibilino del brujo se debilitaba, parecía -venir de lo arcano; su turbia imagen no se había movido de allí, y su -voz, sin embargo, llegaba de muy lejos, del horizonte, del fondo de la -tierra. Los labios inmóviles dispusieron:</p> - -<p>—A tus hijos no les dejarás. Es mejor que les mates.</p> - -<p>Sollozó la mujerona, y no contestó.</p> - -<p>—Yo odiaba á Frasquito Miguel—prosiguió don Gil Tomás—y mi odio no se -satisface con su muerte: quiero secar también esos tres retoños de aquel -árbol maldito. Además, es mejor matar que abandonar, porque los -abandonados sufren, mientras los muertos no sólo no sufren si no que -descansan. Rita, ¿obedecerás?...</p> - -<p>Ella gimoteaba y se removía convulsivamente. Un instante creyó soñar, -pensó que se había acostado del lado izquierdo y que con ambas manos se -oprimía el corazón. Pero esta sospecha menos duró que un relámpago. No -soñaba, no: el hombre pequeñito, inexorable, inquisidor, continuaba -allí.</p> - -<p>—Si no me obedeces—agregó Tomás—te perderé, te pondré en manos de la -justicia, les diré á los jueces que fuiste tú quien asesinó á Frasquito -Miguel.</p> - -<p>Después de un silencio, la voz remota, más terrible cuanto más remota, -preguntó:</p> - -<p>—¿Cumplirás mi mandato?</p> - -<p>Rita se ahogaba; algo pesado, duro, frío, como una piedra, oprimía su -garganta. Cuando pudo hablar:</p> - -<p>—Sí, don Gil—murmuró.</p> - -<p>—¿Matarás á tus hijos, Rita?</p> - -<p>—Sí, don Gil.</p> - -<p>—Pronto, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí, don Gil.</p> - -<p>—¿Y les matarás sin que Vicente lo sepa?<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span></p> - -<p>—Sí, don Gil...</p> - -<p>La imagen del hombre pequeñito desapareció. La mujerona continuó -durmiendo; fué como si el cristal de alguna linterna mágica y espantosa -se hubiese apagado.</p> - -<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h2> - -<p>Al siguiente día y á la hora señalada, Rita y <i>el Charro</i> acudieron al -túnel. Describía éste un semicírculo que oradaba de Norte á Sur el cerro -donde Puertopomares fué edificado. Correspondía la entrada meridional á -la estación del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de -castañares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejábase ondulando al -compás de las montañas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y -la boca norteña, abierta á veinticinco ó treinta metros del puente -tendido sobre el Malamula, á la parte más abrupta, encrespada y fragosa. -Allí el viento encajonado entre altísimas laderas de granito y basalto, -recogía fielmente todos los murmullos del río y de los árboles, los -exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la -oquedad renegrida del túnel. Sus ráfagas violentísimas, cargadas de -estridencias lapidarias, producían bajo la bóveda ecoica fragores -idénticos á los de un tren en marcha.</p> - -<p>Fué allí donde la mujerona y su amante se vieron, y más de una vez, -engañados por los ululeos del aire, se apartaron de la vía y se -estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbón y rezumantes de agua, -creyendo que el correo de Salamanca trasponía el puente.</p> - -<p>Comenzó Vicente López la conversación exponiendo los planes que, de -tiempo atrás, tenía bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta -á seguirle<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> no debían desaprovechar momento, pues todo el dinero que -gastasen en el transcurso de aquellos días ociosos lo necesitarían luego -para el viaje: él regresaría inmediatamente á Salamanca, para retirar -los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos -pendientes. Rita, con su hijo, iría á buscarle á La Coruña, donde -embarcarían los tres para Buenos Aires.</p> - -<p>—Cuando yo salga de Salamanca—agregó—te escribiré dos letras, -diciéndotelo. Estáte prevenida porque en todo esto podemos emplear, á lo -sumo, un par de semanas.</p> - -<p>Llamó la atención de Vicente la mansa prontitud con que su amante -aceptaba sus órdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y -sorprendíale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan á -su talante y favor. Repentinamente la duda le mordió. Su espíritu de -trujamán, educado en las lides y tretas del engaño, receló de aquella -obediencia.</p> - -<p>—¿Es que aparentas transigir—exclamó—para alejarme de tu lado sin -riñas y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habías de reirte de -mí: por primera providencia, te quitaba el niño; después... ¡ya -veríamos!...</p> - -<p>La había cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la -tortura de su carne la dureza y decisión de su voluntad. Rita Paredes -entornó los ojos; hervía su sangre; aquellas manos crueles tenían para -ella la voz de fuego del recuerdo.</p> - -<p>—No pienso engañarte—repuso—; es que te quiero, Vicente; es que no -puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me dirías «ven», y te -seguiría aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas...</p> - -<p>Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con -que asistió al martirio del señor Frasquito y la perversidad de aquellas -exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> los lamentos -de la víctima; todo el execrable horror de su alma egoísta y codiciosa, -mudábanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne -lasciva, pareció quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un -incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lívido -nimbado por el halo rútilo de sus cabellos, parecía una llama. El -escenario daba al bárbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la -enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las -locomotoras; los rieles bruñidos bajo el vaivén de los trenes, -alejándose á ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento; -el latir de las gotas de agua desprendidas de la bóveda de la cripta, y -que resonaban en el silencio como pisadas duendes...</p> - -<p>A las siete menos minutos resonó prepotente, al lado opuesto del río, el -silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la máquina -avisaba que iba á hundirse en el monte. El convoy cruzó el puente y se -lanzó jadeante por la boca del túnel. Retembló el suelo. Abermejáronse -los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la -ráfaga—hierro y fuego—del tren, y ante la linterna roja de la -locomotora las tinieblas huían y los muros negros, grietosos, empapados -en agua, se tiñeron de sangre. Un instante, desde la altura del ténder y -en el huracán de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los -maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre caídos en la suciedad de -hollín de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren siguió -adelante. Un momento después, amparados bajo la oscuridad de la noche, -Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de -carbón, consumado el pecado original salían del túnel como de un -paraíso.</p> - -<p>Regresó la mujerona á su casa muy tarde; para no llamar la atención de -las personas que la conociesen,<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> al separarse de Vicente había ido al -río á lavarse las ropas, y en esta faena empleó cerca de una hora. -Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando terminó. Su hermano, -maliciando lo ocurrido, recibióla con cara y voces de vinagre. El y los -niños ya habían cenado.</p> - -<p>—¿Piensas volver á las andadas?—gritó—¡Pues no estoy dispuesto á -consentirlo! Aquí se hace lo que yo mando.</p> - -<p>Rita le miró con frío desdén.</p> - -<p>—Esta casa—repuso—es de los dos, y en ella mandamos los dos por -igual: ni tú más que yo, ni yo más que tú. Con que... ¡haya paz y -callemos todos! Guárdate las uñas si no quieres que yo saque las mías...</p> - -<p>Dicho esto con dejo reposado y bravucón, sentóse á cenar; y apenas quedó -sola, su cólera se deshizo, como licuada, en una recóndita, inefable y -sedante emoción amorosa. Comía maquinalmente. Las imágenes de los -ardientes momentos recién vividos, producíanse con tal vigor de verdad -en su espíritu, que creía pasar de nuevo por ellos. Vicente López se -hallaba á su lado, reconocía diáfanamente el timbre de su voz, y con los -ojos del alma veía sus gestos. Según las diversas mutaciones de aquel -diálogo interior, la mujer sonreía ó su rostro se revestía de gravedad. -A veces, afirmaba; á veces, parecía dudar; á intervalos, también, sentía -sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del -<i>Charro</i>. ¡Oh! ¡Cómo había querido á aquel hombre, y cómo le quería -aún!... Era el sultán, el dueño. Ella, fuerte y rebelde como un macho, é -incapaz de conceder á nadie jefatura sobre su albedrío, reconocía el -imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la -despreciase, aunque transcurriesen los años sin saber de él, para su -enamorado corazón Vicente López siempre sería «el amo». Terminada su -colación, la mujerona<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span> se acostó, y, de un tirón, como cuando niña, -durmió toda la noche.</p> - -<p>Este gratísimo contento duró varios días. Sentada detrás del mostrador, -dejaba transcurrir las horas mirando distraídamente hacia la calle. Su -espíritu no estaba allí. A ratos asociaba un nombre á las figuras que -pasaban de largo ante las vidrieras del comercio, ó se detenían á -examinar los escaparates.</p> - -<p>—Ahí va don Ignacio—pensaba.</p> - -<p>O bien:</p> - -<p>—Es don Elías, que vuelve del Casino...</p> - -<p>Pero estas ideas según se producían se eclipsaban, y la mujerona tornaba -á inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un baño. A su lado -Toribio y Deogracias se afanaban en servir á los compradores que -llegaban, registrando debajo del mostrador, subiéndose por una escalera -á los entrepaños superiores de la anaquelería ó descolgando, con auxilio -de una percha, los objetos suspendidos del techo.</p> - -<p>En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente -volvía una vez y otra á la misma obsesión criminal:</p> - -<p>«A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el -padre debo hacer con ellos»...</p> - -<p>En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente; -no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta -lo exigía. A las empresas, para que reditúen los debidos beneficios, es -necesario llevarlas á su término y rematarlas bien y sin miedo. ¿Habría -conseguido algo el arquitecto que, después de construir una casa, -empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar -sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesinó al señor -Frasquito para robarle y vivir cómodamente del producto de lo robado, -¿no perdería el valor ó recompensa de su trabajo si aquel<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span> dinero iban -comiéndoselo poco á poco los hijos del muerto?...</p> - -<p>Perseguida por esta decisión, cada vez más resuelta, Rita procuraba ver -á los niños lo menos posible. Cuando alguno se agarraba á sus faldas, la -mujerona palidecía y miraba á otro lado; la dulzura de aquellos ojos -inocentes, tan candorosos, que parecían asustados, era horrible. Rita -Paredes recordaba las órdenes verticales de don Gil; el hombre pequeñito -razonaba bien: urgía deshacerse de aquellas criaturas que, más adelante, -la importunarían. Don Gil aconsejaba: «Los abandonados sufren, los -muertos no». ¡Era cierto! ¿Cómo no reconoció ella antes la certidumbre -de tales palabras?... A este pensamiento servía de abono y arrimo la -amenaza del brujo: «Si no me obedeces—había dicho don Gil—te llevaré á -los Tribunales y los jueces sabrán que tú fuiste quien asesinó á -Frasquito Miguel». Hallábase, de consiguiente, colocada en el entronque -ó bifurcación de dos caminos: uno, el camino de América, de la vida -libre, al lado de su hijo mayor y del único hombre que había amado; el -otro era la ruta que guiaba á la perdición, al presidio, quizás á la -muerte. ¿Cómo dudar entre ambos?...</p> - -<p>La mujerona repetía:</p> - -<p>—Esos chiquillos son una maldición para mí; ó ellos ó yo; no hay otro -remedio...</p> - -<p>Discurriendo así sentía que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy -caudalosas, de su amor maternal iban secándose, y que todo el odio que -profesó al señor Frasquito resurgía ahora con fatales verdores hacia sus -hijos.</p> - -<p>Cumpliendo disposiciones de don Gil Tomás, Rita nada de esto dijo á su -cómplice; el hombre pequeñito lo decretó así, tanto porque de los -asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo á que López, -esquivando las derivaciones ó responsabilidades criminales<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> que tal -empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella.</p> - -<p>Según don Gil manifestó á Rita, la inesperada reaparición de Vicente en -Puertopomares obedecía á insinuaciones suyas. Esta labor, realizada -únicamente durante las horas de descanso, fué lenta. En Salamanca los -asuntos de López marchaban de mal en peor; de año en año los negocios -iban escaseando y las transacciones eran más difíciles. ¿Cómo vivir en -un país esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son á vender y -nadie compra?... Entonces surgió en <i>el Charro</i> la idea de buscar fuera -de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia á toda -suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas -instigaciones del hombre pequeñito. Don Gil, implacable, necesitaba -destruir el hogar de los hermanos Paredes y con él la raza del señor -Frasquito, pues el odio es tan recia pasión que sólo se aplaca -satisfaciéndose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar -pronto y á buen desenlace este plan, don Gil solicitó y á corto esfuerzo -obtuvo la alianza del <i>Charro</i>.</p> - -<p>Varias semanas hacía que éste, allá en la posada salmantina donde tenía -su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heteróclitas, que -huían de su memoria apenas despertaba y parecían episodios ó fragmentos -de algún gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances, -el chalán comprendía que una grave adivinación ó presentimiento -germinaba en los subsuelos de su espíritu. Como esas enfermedades que, -antes de perfilarse claramente, se anuncian con erráticos y variables -dolores, de igual manera aquel hondo misterio aparecía y desaparecía -tras un torbellino de imágenes inconcluídas y vagabundas. Empero, por -estos ocultos caminos, la revelación, laboriosamente, iba preparándose.</p> - -<p>Una noche Vicente López soñó con su antigua<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span> amante Rita Paredes: la -halló más fea, más seca, pero el dolor de sus ojos—dolor de olvido—le -impresionó favorablemente. Hablaron: ella lloró mucho, le explicó sus -penas, sus errores, y él concluyó acusándose de haberla abandonado. Al -despertar, Vicente, dominado aún por el recuerdo de su pesadilla, estaba -triste. Las noches sucesivas también soñó con Rita, y tan gayamente -renacían los episodios de este viejo amor, que sintió, como un -remordimiento, el haberlo perdido. ¿Por qué aquella figura, largo tiempo -olvidada, resucitaba así? ¿Qué extraño poder la sacó de la sombra?...</p> - -<p>Con zozobra, <i>el Charro</i> pensó:</p> - -<p>«¿Habrá muerto Rita?...»</p> - -<p>Otra noche soñó que quien había fallecido era Frasquito Miguel, y que -Rita Paredes le heredó y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz -musitadora de las pesadillas aseguraba á Vicente que su antigua manceba -no era feliz y se acordaba siempre de él. Estas figuraciones se -repitieron y con los ojos del alma, el Charro vió la tienda de los -hermanos Paredes, y á Rita detrás del mostrador, en la actitud grave y -triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de -las aventuras ha pasado. López comprendió que Rita, asomada al mostrador -de su tienda, como á una ventana, le esperaba todavía. Entonces sus -propósitos de expatriarse cobraron repentinos bríos, y á ellos se -asociaba el deseo de conocer á su hijo. Una idea de lucro, una esperanza -de negocio, ligábase solapadamente á esta resurrección sentimental; los -apuros económicos con que <i>el Charro</i> tropezaba en su oficio, el genio -bondadoso de los sueños los solucionaba, con arte mágico, por las -noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen á él no -debía importunarle, podía ser suyo.</p> - -<p>Tanto creció esta obsesión y en tales gasas de lógica y de entrañable -afecto se envolvía, que la conciencia<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span> de Vicente barajó y llegó á -mezclar las imágenes de sus vigilias con las de sus sueños, explicando -las unas por las otras, viviendo como si soñase y tomando sus -fantasmagorías por realidades, hasta que determinó trasladarse á -Puertopomares y hablar con Rita.</p> - -<p>Cuando <i>el Charro</i> enfrontó el comercio de los hermanos Paredes y -examinó su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de -juguetes y de ropas, no se sorprendió.</p> - -<p>«Todo esto—pensó—lo he visto ya»...</p> - -<p>Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tenía delante, -lo conocía por haberlo soñado muchas veces. De noche, sin duda, su alma -recorrió el mismo itinerario: llegó á la Fonda del Toro Blanco, paseó la -calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese á una cita, ante el -bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las -anaquelerías, repletas de géneros, ni el maniquí que arrancaba al tonto -Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes á -estalactitas, pendían del techo envigado, ni la silueta de su antigua -barragana, lívida y rígida, detrás del mostrador. Su conversación con -ella y todo lo que luego acaeció, pareciéronle también hechos naturales; -y así, cuando después de firmemente unidos y concertados regresó á -Salamanca, ni un momento dudó de que Rita Paredes dejara de seguirle.</p> - -<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h2> - -<p>Una tarde, de las últimas de Octubre, llegó á Puertopomares la carta -donde Vicente López daba orden á su amante de ponerse en camino.</p> - -<p>«Me voy á Coruña esta noche—decía—y en el vapor<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span> <i>Carolina</i>, que zarpa -de allí el sábado próximo, retendré tres pasajes. No malgastemos tiempo. -Recoge tu dinero y para no llamar la atención, sin equipaje, como si -fueses á dar un paseo, te vas con el niño á la estación y subes al -correo que llega ahí á las siete y cuarenta».</p> - -<p>Firmaba <i>el Charro</i> sólo con la inicial de su nombre; y debajo añadía -previsoramente:</p> - -<p>«Rompe este papel.»</p> - -<p>La mujerona leyó y releyó la misiva, escrita en caracteres irregulares y -grandes, y dócil al consejo de su amante la rasgó en cuatro pedazos; -pero al mismo tiempo cambió de parecer, y entreabriéndose el corpiño -guardóse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la mañana cuando -esto ocurría. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vió al -cartero. Los niños estaban en el colegio. Un alegre sol de otoño llenaba -la tienda, bruñía el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las -mejillas del maniquí, rielaba sobre los objetos de metal—tijeras, -cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos—puestos en -ordenadas ringleras sobre los entrepaños de las anaquelerías. Siempre -que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantán -jocundo, nuncio de ganancias, parecía convertirse en luz. Luego, dentro -del cajón donde los Paredes iban echando el importe de la venta del día, -las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su canción parecía una -risa.</p> - -<p>A mediodía Toribio necesitó ir á la Estación, á retirar unas mercancías. -Esta oportunidad la aprovechó Rita para entrar en su dormitorio y coger -los billetes de Banco que escondidos tenía detrás del ropero. En seguida -volvió á la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro -que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consistía -en deshacerse de los tres hijos del señor<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span> Frasquito arrojándoles al -paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba; -la impunidad de su primer crimen la impelía á cometer el segundo, y -hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso símbolo, en que, -sobre los mismos rieles donde los vástagos del señor Frasquito quedasen -destrozados, huyese ella después, como por una ruta de sangre, en busca -de «su hombre» y con el hijo único de «su hombre»...</p> - -<p>El tempestuoso curso de estas cavilaciones llevó los ojos de Rita hacia -el almanaque colocado junto á la puertecilla de la trastienda. Era -martes, día de agorerías y maleficios.</p> - -<p>—Martes—repitió mentalmente <i>la Roja</i>—; de aquí al sábado, hay tiempo -para todo.</p> - -<p>Un impulso ciego, una obsesión infernal, la dominaban. A la puesta del -sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejándose de dolor de cabeza, -invitó á los niños á dar un paseo; aceptaron todos con alardes -extremados de alborozo, y ella, cariñosa, les peinó y vistió -pulcramente; en los undosos cabellos claros de María Luisa prendió un -lindo lazo de seda azul, y accedió á que Paquito, el más pequeño de los -tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos -detalles de amor maternal que luego podían defenderla eficazmente, si, -contra lo que don Gil había asegurado, necesitaba andar en dimes y -diretes con la justicia. Deogracias quiso acompañar á sus hermanos; -tenía celos de ellos.</p> - -<p>—¿Voy contigo, mamá?</p> - -<p>—No; tú te quedas al cuidado de la casa; á tu tío puede ocurrírsele -salir y la tienda no debe quedarse sola.</p> - -<p>En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantón alfombrado, -llevando de la mano á María Luisa y precedida de Pepe y de Francisco, -atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la -interpelaron:<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span></p> - -<p>—¿Va usted á poner escuela, señora Rita?</p> - -<p>La mujerona reía con naturalidad.</p> - -<p>—Salgo porque me conviene andar; desde esta mañana tengo una jaqueca -horrible; quizás me alivie con el ejercicio y el aire.</p> - -<p>Y añadía, designando á los niños:</p> - -<p>—Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasión para darles un buen -paseo. Ahora vamos á la Estación y, luego, si hay tiempo, llegaremos al -río.</p> - -<p>—¿Irá usted por el túnel?</p> - -<p>—Eso pensaba.</p> - -<p>—Tenga usted cuidado con los trenes.</p> - -<p>—Ya lo sé; á ciertas horas no hay peligro.</p> - -<p>Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que había conocido á -Rita cuando ésta encendía en el chopo de su casa el farol de los sucios -deseos, sonrió bonachón á la mujerona y obsequió á los chiquillos con -caramelos, azúcar cande y pastillas de goma. De bonísima gana hubiese -tuteado á Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz -travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitóse á exclamar:</p> - -<p>—Mucho cambian los tiempos, Rita.</p> - -<p>—Mucho, don Artemio.</p> - -<p>—¿Quién iba á decírnoslo entonces, ¿verdad?... Usted, convertida en -madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. ¡Cómo ha de -ser!...</p> - -<p>La mujerona siguió adelante, enfrentó la hostería de don Valentín, y por -la Glorieta del Parque tomó el camino Alto de la Estación. El sol, -próximo á esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la -iglesia parecía de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como -diamantes; una ligera bruma ascendía del valle, lleno de rumores -vesperales; bajo la umbría de los árboles y entre los repechos -pedregosos y oscuros, la tierra húmeda del camino tenía una amarillez de -hoja seca.</p> - -<p>Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques,<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> corrían los niños. -La mujerona iba pensando:</p> - -<p>«Son mi maldición; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas -cadenas quedarán rotas... y seré libre...»</p> - -<p>Personas que volvían de la Estación, la saludaban.</p> - -<p>—Buenas tardes, señora Rita.</p> - -<p>—Buenas tardes...</p> - -<p>Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermín, el tartanero de la Fonda -del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanzó: iban en él las -hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora.</p> - -<p>—¿De paseo, eh, señora Rita?</p> - -<p>—De paseo, sí... para que los niños respiren un poco de aire.</p> - -<p>—¡Muy bien, hasta luego!...</p> - -<p>—Hasta después, adiós...</p> - -<p>Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente -friolero de la tarde. Se encaminaban, según costumbre, á la Estación, á -ver pasar el tren. Sus siluetas gráciles, envueltas en telas claras, -vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la -miserable, la incestuosa, mientras las veía alejarse, pensaba:</p> - -<p>«Todas éstas, si hiciese falta, declararían en mi favor.»</p> - -<p>A poco, en vez de llegar á la Estación, Rita Paredes se internó entre -los árboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron á la vía del -ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una -torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estación; -al otro aparecía el túnel; delante alzábase el cerro coronado por el -caserío, bañado en sol, de Puertopomares; detrás, el bosque cerrado, -enigmático, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron á -nadie; á su alrededor crecían el silencio, el desamparo, la frialdad, -todas las incontables melancolías de la tarde muriente; á lo lejos, -dispersos<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span> entre la niebla, resonaban gritos de gañanes, ladridos de -mastines, vibrar de esquilas. Faltarían minutos para las siete. Acababan -de encenderse las luces del andén.</p> - -<p>La mujerona llamó á sus hijos.</p> - -<p>—¿Queréis que atravesemos el túnel y vayamos al río?...</p> - -<p>La proposición de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que veían al -pie de la montaña, intimidó á los niños. Su primer gesto fue de defensa. -Pero en seguida cambiaron de opinión y comenzaron á palmotear. El riesgo -atrae á la infancia.</p> - -<p>—¡Sí, sí; vamos á verlo, vamos á verlo!—exclamaron á coro.</p> - -<p>El túnel era una especie de «coco» para los muchachos de Puertopomares; -cuando salían al campo todos recibían de sus madres idéntica -recomendación: «No entréis en el túnel, no os acerquéis al túnel...» -Como si en aquel agujero, por donde únicamente las máquinas se atrevían -á pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusión vanidosa de -describirlo al día siguiente, en el colegio, enardeció á los chiquillos. -Al amparo de su madre nada malo les sucedería; desde el momento en que -ésta, tan regañona y dispuesta siempre á contrariar sus gustos, les -había dicho: «Vamos por el túnel», es que podían ir. Además, no temían á -los trenes; temían á la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos -sabían que el silencio no mata y que al otro lado de la montaña volvía á -haber luz.</p> - -<p>Discurriendo así penetraron bajo la bóveda del antro, fuerte, imponente, -como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco -iban de vanguardia; María Luisa caminaba agarrada á las faldas de su -madre, primero con una manecita, después con las dos. Lo misterioso del -lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido -de<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span> sus pasos bajo la resonante oquedad de la bóveda, impresionaron y -deprimieron el optimismo de los niños, que hablaban alto y se esforzaban -en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenían á mirar -hacia atrás, y el semicírculo, bañado en claridad, de la entrada del -túnel, les confortaba. Poco á poco, según decrecía la luz, la verbosidad -de todos iba menguando; en sus labios el pánico helaba las palabras, y -cuando callaban el trajín de sus piececitos sobre la arena les parecía -más grande y temeroso. Ya, apenas se veían unos á otros. Paquito, el más -chico, experimentó una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban.</p> - -<p>—Mamá... mamá...—balbuceó.</p> - -<p>Su madre repuso:</p> - -<p>—Adelante, no tengáis miedo, que voy yo aquí.</p> - -<p>Paquito demostró resignarse. Después fué Pepe, el mayor, quien sintiendo -en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidió auxilio:</p> - -<p>—Mamá, tengo miedo...</p> - -<p>Replicó ella con aspereza:</p> - -<p>—¡Vamos! Tener miedo... ¡Un hombre! ¿No te da vergüenza? Seguid, seguid -adelante, que falta poco.</p> - -<p>En aquellos momentos la expresión de Rita Paredes, fatal y vengativa -como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impedía -ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcían sus labios, abrasaban en -cólera sus ojos fríos. La miserable pensaba en el tren que, de un -instante á otro, debía llegar; según sus cálculos estaba ya muy próximo -y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos -sanguinarios comenzaban á desatarse. Había entrado en el túnel resuelta -á salir libre de él, y nada torcería su propósito. Si el tren se -retrasaba, ella era capaz de coger á los tres niños y, entre sus brazos -y contra su corazón, retenerles á la fuerza, hasta que la muerte -pasase.<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span></p> - -<p>Continuaron todos andando. Algunos metros más allá la galería se -curvaba, y de súbito la oscuridad fué completa. María Luisa rompió á -llorar.</p> - -<p>—¡Tengo miedo, mamá!... ¡Mamaíta!... ¡Madrecita de mi alma!... ¡Tengo -mucho miedo!...</p> - -<p>Había en la voz implorante de la niña como un presentimiento de lo que -iba á ocurrir. Rita sintió que Pepe y Francisco, á quienes apenas veía, -se agarraban empavorecidos á sus rodillas. Entonces la mujerona -consideró que aquel paraje fuese quizás el mejor para realizar su -intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogió -entre sus brazos á los tres niños. Ante ella, á menos de un metro, los -rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de frío, de miedo, -bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podían hablar. Al cabo, -Pepe preguntó:</p> - -<p>—¿A qué esperamos aquí, mamá?</p> - -<p>—A que pase el tren.</p> - -<p>—¿Por qué no seguimos? ¿No es mejor seguir?...</p> - -<p>—No; porque más adelante el camino se estrecha mucho.</p> - -<p>Transcurridos unos instantes habló Paquito:</p> - -<p>—Mamá... mamá...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—¿Tardará mucho el tren?</p> - -<p>—No; tardará poco...</p> - -<p>Rita, sin querer, apretaba los dientes.</p> - -<p>María Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor -del pecho materno, había interrumpido su llanto. Los tres hermanos, -consolados repentinamente, parecían tranquilos. Francisco volvió á -interrogar:</p> - -<p>—Mamá... ¿tardará mucho el tren?...</p> - -<p>—No, vendrá pronto.</p> - -<p>—Bueno...</p> - -<p>Aturdida por la oscuridad, María Luisa había perdido la noción del -tiempo.<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span></p> - -<p>—Cuando salgamos de aquí—dijo—ya será de noche.</p> - -<p>Volvieron á callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla húmeda del -antro. De pronto, lejos, resonó un silbido agudísimo, y el fragor -creciente de algo pesado y tremendo pobló la bóveda de medrosos rumores. -Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la -cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren trasponía el puente con -jadeos espantosos. Volvió á silbar; iba á meterse en el túnel. Los niños -temblaban, se encogían, mudos de pavor. Unicamente José pudo gritar:</p> - -<p>—¡Mamá!... ¡Madrecita!...</p> - -<p>Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de sí, los -labios espumeantes, le mordió en la cara con tal furia, que el muchacho, -de miedo y de dolor, perdió los sentidos. En el fondo fuliginoso -apareció la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el -convoy, negro también, no se distinguía aún. Hubo un tableteo horrísono, -una agitación de caos, una especie de epilepsia telúrica: temblaba el -suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareció -resquebrajarse y saltar en añicos la montaña.</p> - -<p>La infanticida entonces, epiléptica y terrible, comenzó á gritar:</p> - -<p>—¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...</p> - -<p>Y empuñando á sus hijos, á los tres, simultáneamente, revueltos unos con -otros, les precipitó sobre la vía.</p> - -<p>Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las -ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsión de que algún -viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo:</p> - -<p>—¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...</p> - -<p>Luego, sin mantón, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita -Paredes escapaba del túnel, por<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span> el lado del río. Momentos después, su -figura seca, alta, desgarbada, recorría la calle Larga. Los vecinos la -miraban atónitos. Rita tenía la expresión idiota; sus brazos -gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; parecía loca...</p> - -<p>Varios transeúntes la detuvieron:</p> - -<p>—¿Qué la sucede á usted? ¿Por qué va usted así?...</p> - -<p>Ella había vuelto á encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de -estupidez y de dolor, con que una mañana estuvo contemplando el cadáver -del señor Frasquito.</p> - -<p>—Los he perdido—sollozaba—los he perdido...</p> - -<p>—¿A quién ha perdido usted, Rita?...</p> - -<p>—A mis hijos...</p> - -<p>Y seguía adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetían -automáticamente:</p> - -<p>—He perdido á mis hijos... he perdido á mis hijos...</p> - -<p>A su alrededor el número de curiosos aumentaba. Todos, ávidos de saber y -compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llenó -la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetró -en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros -interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salían del Casino, se -acercaron á la mujerona.</p> - -<p>—¿Qué dice usted, Rita? ¿Se ha vuelto usted loca? ¿Ha perdido usted á -sus hijos?... ¡No es posible!...</p> - -<p>—Sí; á los tres.</p> - -<p>—¿Cómo?... ¿Ahora?</p> - -<p>—Sí... ahora...</p> - -<p>—¿Dónde?</p> - -<p>—Abajo... allí...</p> - -<p>Con un gesto, señalaba hacia la tierra.</p> - -<p>—Los he perdido abajo, en el túnel; abajo... los ha matado el tren.<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span></p> - -<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h2> - -<p>En los tres días consecutivos á la catástrofe del túnel, el bazar -«Paredes, Hermanos», permaneció cerrado. Toribio, que ignoraba la -horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se -felicitase de haberse aligerado así, tan de cuajo, de los gastos anejos -á la crianza y educación de tres niños pequeños. Molestaban, sin -embargo, á su egoísmo, las visitas al Juzgado, adonde fué varias veces á -declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora -manifestación de duelo y simpatía todos los parvulillos de -Puertopomares; la expectación de que era objeto y la avidez con que la -pública curiosidad le pedía nuevos detalles del truculento lance; y, -finalmente, el dinero que le obligaba á perder la inexorable obstinación -de Rita en no abrir la tienda.</p> - -<p>Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpía en maldiciones -terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puñetazos -furibundos.</p> - -<p>—Esa mujer—aludía á su hermana—tiene menos discernimiento que un -asno; ¿cómo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el túnel -con los niños justamente minutos antes de pasar el tren?... ¿No merece, -por imbécil, que la tundan á palos?...</p> - -<p>Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la -opinión general compadecía á la madre. El inaudito dolor que pesaba -sobre ella, determinó en su favor una cristiana y unánime corriente de -cariño. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describían -emocionadas el amor y el esmero con que llevaba á sus hijos de paseo. -Repetían sus palabras:<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span></p> - -<p>«Los pobrecitos—había dicho Rita—no salen nunca y necesitan tomar un -poco de aire».</p> - -<p>La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta -de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con -zapatitos flamantes de charol blanco, y que María Luisa llevaba en los -cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor -de cabeza. Don Artemio Morón, con la vanidad del hombre que vivió unos -segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir á -cuantas personas llegaban á la botica:</p> - -<p>—Por aquí pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme á la -puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llené los -bolsillos de golosinas; iban contentísimos.</p> - -<p><i>La Roja</i>, entre tanto, permanecía recluída en su casa; ni siquiera -salía de su habitación. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos -pequeños y azules, de un azul gris, tenían una fijeza imbécil. El rostro -anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que -se siente morir.</p> - -<p>Al día siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse á Salamanca, -para desde allí ir á reunirse con Vicente en La Coruña: pero no bien el -asesinato se consumó, experimentó una dispersión total de ideas, un -desastre y absoluto aniquilamiento de propósitos. Como por arte de -brujería, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareció. -Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar á sus hijos bajo las ruedas del -tren, agotó las energías feroces de su voluntad; acaso las almas de los -niños sacrificados y la de su padre, el señor Frasquito, sugestionaban á -la criminal y la producían aquel invencible desfallecimiento; quizás -también el espíritu del hombre pequeñito, satisfecha su venganza, había -renunciado á seguir protegiendo á su cómplice.<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span></p> - -<p>Ello fué que, de repente, la mujerona hallóse desposeída del propio -dominio y como desterrada de sí misma. Oía menos, veía menos y sus manos -perdieron la noción justa de los objetos y de las distancias. Una -temerosa quietud, un hondísimo silencio de tumba, parecía desprenderse -de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quería moverse y cual si -entre el espíritu y el cuerpo toda comunicación se hubiese interrumpido, -los músculos manteníanse ociosos. Sabía que Vicente López la esperaba, y -no podía correr á buscarle: una fuerza suprema, un obstáculo invencible, -atravesado delante de ella como un muro, la detenía. En tan rigurosa -soledad, el tiempo adquiría proporciones absurdas: una hora equivalía á -un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razón, Rita pensaba -que, desde que salió del túnel, habían transcurrido muchos años. A -intervalos, la miserable experimentaba una sensación de vacío; la -emoción de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas. -Entonces pensaba:</p> - -<p>«¿Por qué don Gil no vendrá á verme?...»</p> - -<p>La idea, por momentos más firme, de que el hombre pequeñito había -desertado, acrecentaba sus zozobras, y llegó á sentir el miedo, un miedo -que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un -camino.</p> - -<p>El jueves de aquella misma semana recibió una carta del <i>Charro</i>, -fechada en La Coruña, y al día siguiente, otra, concisa, imperativa, -apremiante como un telegrama. Decía:</p> - -<p>«Ya no podemos embarcar en el <i>Carolina</i>, que sale de aquí mañana. ¿Qué -sucede? ¿Por qué no vienes? ¿Te has arrepentido? ¿Es que ya no me -quieres?...»</p> - -<p>Estas misivas sorprendieron un poco á Rita. Con asombro y pena se -cercioró de que el nombre de Vicente López no suscitaba en ella ninguna -emoción simpática. No recomponía bien la significación de<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span> aquel hombre -en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. ¡Vicente -López... el padre de Deogracias!... ¿Y qué?... Además, ¡aquel pasado se -hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, así la imagen del -<i>Charro</i> cruzó por su alma sin detenerse. ¡Vicente!... ¿Para qué -molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprendía que siempre, -mientras viviese, estaría triste? Y no porque se arrepintiese de lo -hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la parecía igual.</p> - -<p>—¡Vicente!—murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su -desorganizada memoria—; ¡Vicente!... ¡Es raro!... ¿Por qué estoy así? -¡No me acuerdo bien de él!</p> - -<p>Otra razón, de índole muy distinta, agravaba su marasmo: era la -seguridad de que su vitando crimen no quedaría impune, de que se hallaba -perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento á otro, iba -á saberlo todo. Invadíala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo -miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesándose, -echaría fuera de sí aquella inquietud.</p> - -<p>Pensaba:</p> - -<p>«¡Hablar!... ¡Eso quizás fuese lo mejor!...»</p> - -<p>En estas incertidumbres perdió dos semanas. Vicente López había dejado -de escribir. El comercio «Paredes, Hermanos» volvió á abrirse, y -Toribio, detrás del mostrador, recobró su vida.</p> - -<p>Un día, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron -pasar á Rita, en dirección á Correos, con una carta en la mano. Iba -descalza y á medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus -cabellos bermejos y revueltos la cubrían los ojos; unos ojos estáticos, -inexpresivos, de sonámbula. Algunos la llamaron:</p> - -<p>—¡Señora Rita!... ¡Señora Rita!...</p> - -<p>Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto,<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span> como si la calle -estuviese vacía. Cuando llegó á la Casa-Correos, sin vacilar, echó la -carta al buzón. En aquel instante, una vecina que corría tras ella la -tocó en el hombro:</p> - -<p>—Señora Rita...</p> - -<p>La mujerona volvió la cabeza, pareció examinar á quien le hablaba y no -contestó. Tenía la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco -asustada, repitió:</p> - -<p>—Señora Rita...</p> - -<p>Otros transeuntes se habían acercado. Los ojos de la mujerona empezaban -á parpadear y adquirían expresión. Al cabo, tras algunas degluciones -penosas, pudo responder:</p> - -<p>—¿Qué?...</p> - -<p>Su voz sonaba raramente. La preguntaron:</p> - -<p>—¿Está usted dormida?</p> - -<p>—¿Dormida?—repitió.</p> - -<p>—Sí; está usted dormida. ¿Por qué ha salido usted á la calle en ese -traje?</p> - -<p>—¿Yo?... ¿En la calle?... ¿Qué calle?...</p> - -<p>El número de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabrió la colcha con -que se envolvía. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban -intermitentes y rápidos, como ráfagas nerviosas, por su rostro.</p> - -<p>—Rita—la decían—, Rita...</p> - -<p>—¿Qué?... ¿Quién me llama?...</p> - -<p>De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresión; renació la -conciencia. Vióse medio desnuda y en la calle, y su terror fué inmenso, -como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del -aquelarre. Empezó á tiritar.</p> - -<p>—¿Cómo me hallo aquí?... ¿Cómo he venido hasta aquí?...</p> - -<p>Estaba repugnante, sabática, con su pelambrera rojiza, mezquina y -salpicada de cabellos blancos; sus<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> ojuelos de lobo, amustiados por el -miedo entre la miseria de los párpados sin pestañas; la piel seca, -rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pómulos; el semblante -espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte -caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no -teniendo á mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina. -Temblaba de frío en medio del grupo, compasivo y fisgón; Rita Paredes, -enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, parecía un -espantapájaros. Todos murmuraban:</p> - -<p>—Ha perdido la razón. Está loca. ¡Pobre mujer!...</p> - -<p>La noticia corría de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal, -que cuando llegaba á la Puerta del Acoso ya se sabía también en la -Glorieta del Parque. El boticario y don Valentín, en cuanto tuvieron de -ella conocimiento, salieron á buscar detalles. Un muchacho había ido á -despertar á Toribio. Rita, entretanto, permanecía de pie, apoyada contra -la pared de la Casa-Correos.</p> - -<p>—¿Por qué estoy aquí?—balbuceaba—¿Qué vine á hacer aquí?...</p> - -<p>Fruncía las cejas y, á ratos, con sus dedos esqueléticos, de uñas -agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo.</p> - -<p>—¿Qué vine á hacer aquí?...</p> - -<p>Sin embargo, no quería marcharse; esperaba algo.</p> - -<p>La mujer que primero la vió, dijo:</p> - -<p>—Usted, hace un momento, salió de su casa para echar una carta al -buzón.</p> - -<p>Rita, murmuró:</p> - -<p>—¿Una carta?</p> - -<p>—Sí, señora. La llevaba usted en la mano y la depositó usted ahí.</p> - -<p>Señaló con un gesto al buzón; Rita siguió aquel movimiento; después se -miró los dedos. Su interlocutora explicó á los circunstantes:<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span></p> - -<p>—¡Pobre mujer! Está buscando la carta. No sabe lo que hizo de ella...</p> - -<p>En seguida, dirigiéndose á Rita:</p> - -<p>—La carta la puso usted ahí. ¿Comprende? Ahí...</p> - -<p>La mujerona volvió á mirar al buzón, que era la máscara, en mármol, de -un león con la boca abierta. Aquella imagen mordía en su memoria y la -despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarándose, y este amanecer -interior hacía filar por su rostro una sucesión interminable de -penumbras, muecas y rapidísimos temblores. Sentíase perdida, arrastrada, -hacia un abismo.</p> - -<p>—¿A quién escribió usted?—la preguntaron.</p> - -<p>—No sé.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Ha olvidado usted el nombre de la persona á quien ha escrito?</p> - -<p>Rita movía la cabeza afirmativamente. La expresión de sus ojuelos era -mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el -torturador trajín, de la evocación. La imagen de Vicente López cruzó su -memoria. Vaciló unos segundos y luego:</p> - -<p>—No... no es á él—balbuceó—á quien he escrito...</p> - -<p>Después:</p> - -<p>—Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo...</p> - -<p>Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas.</p> - -<p>—¿Sabe usted para quién era la carta?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Se acuerda usted de la persona?</p> - -<p>—Sí; he escrito al juez.</p> - -<p>Estas palabras sibilinas, que parecían envolver un enigma, produjeron en -el auditorio acre emoción.</p> - -<p>—¿Ha escrito usted al juez?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿A don Niceto?</p> - -<p>—Sí...</p> - -<p>—¿Y para qué ha escrito usted al juez, Rita?...<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span></p> - -<p>—Para... para decirle... para decirle...</p> - -<p>No concluyó. Acababa de recobrar la razón y al comprenderse perdida, -lanzó un grito, un horrísono grito, y cayó de bruces contra el suelo. Su -cabeza lívida, al rebotar contra las piedras, se magulló y cubrió de -sangre.</p> - -<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h2> - -<p>Semejante á un temblor de tierra, aquella noche rodó por las tertulias -del Casino, del Toro Blanco y del Café de la Coja, la noticia de que don -Niceto, acompañado de su secretario y de dos números de la Guardia -civil, había procedido á la detención de los hermanos Paredes y que -éstos hallábanse presos é incomunicados en los sótanos de la cárcel.</p> - -<p>Suceso tan inverosímil puso en nerviosa conmoción al vecindario. Muchos -curiosos fueron á la tienda de los supuestos detenidos, en busca de -informes, pero la encontraron cerrada, y esta clausura acrecentó la -general espectación. Todos acudieron entonces á la fonda, y don Valentín -se halló acosado y vencido á preguntas. Don Juan Manuel Rubio, don -Elías, don Artemio, don Ignacio y otras personas, le cercaron.</p> - -<p>—¿Qué sabe usted?... ¿Y Niceto?... ¿Dónde está Niceto?...</p> - -<p>Desgraciadamente ni don Valentín ni sus hijas podían contestar á nada, -porque nada sabían. Desde la víspera, don Valentín no veía á su hermano. -Asimismo, cual si les hubiera tragado la tierra, el secretario del -Ayuntamiento y los dos guardias que dieron escolta al juez habían -desaparecido. Según en los períodos febriles la sangre se precipita con -mayor ímpetu por las arterias, de igual modo, en las crisis colectivas -las muchedumbres adquieren un dinamismo<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> violento y morboso. Por las -callejas de Puertopomares, impelidos por la calentura de la curiosidad, -agitados, insomnes, alegres, los vecinos corrían á caza de detalles.</p> - -<p>Como don Niceto no había ido á cenar á su casa ni estaba en el Juzgado, -ni era fácil, de consiguiente, dar con él, Rubio, Fernández Parreño, don -Artemio y el veterinario, resueltos á salir de dudas, se personaron en -la cárcel.</p> - -<p>Esta, que fué construída aprovechando los restos de un torreón -centenario, era una casuca alta, estrecha y de paredes circulares. Las -gloriosas saeteras fueron rasgadas y convertidas en ventanas guarnecidas -de espesos hierros. La puerta, que acaso en otros tiempos lo fué de -algún patio de armas, mostrábase en un plano inferior al de la calle y -como aplastada bajo la pesantez de un arco granítico.</p> - -<p>Respondiendo á los clamorosos aldabonazos que en ella dieron el médico y -sus acompañantes, un ventanuco, defendido también por densos hierros, se -abrió misterioso. Desde el interior oscuro una voz preguntó:</p> - -<p>—¿Quién va?...</p> - -<p>En ella don Elías adivinó á Luis, el carcelero.</p> - -<p>—Yo soy, Luis, abre.</p> - -<p>El interpelado, á su vez, reconoció al médico; su acento tornóse más -humilde; era el acento del hombre que desea servir; pero en aquella -misma melosidad presintió Fernández Parreño una negativa.</p> - -<p>—Dispense usted, don Elías; no puedo complacerle. He recibido orden de -no abrir á nadie.</p> - -<p>Fernández Parreño, usando de esa llaneza con que en los pueblos, donde -todos se conocen, se tratan los asuntos más reservados, replicó:</p> - -<p>—Abre, hombre; esa orden, por severa que sea, no reza conmigo, ni -alcanza á las personas que me acompañan.</p> - -<p>Luis se excusó:<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span></p> - -<p>—Imposible, don Elías: la orden que me han dado es terminante.</p> - -<p>Don Juan Manuel quiso utilizar su influencia de diputado.</p> - -<p>—¡Déjate de bobadas, Luis! Si don Niceto te reprendiese por haberle -desobedecido, le dices que me lo cuente á mí. ¡Abre!...</p> - -<p>Su acento era decisivo, conminatorio. Pero la voz dócil no cedía:</p> - -<p>—Lo siento, don Juan Manuel; perdóneme usted. Tengo orden absoluta de -no recibir á nadie.</p> - -<p>—Pero, al menos—interrumpió don Artemio—podrás responder á una -pregunta.</p> - -<p>—Según...</p> - -<p>—Necesitamos saber si es cierto que los hermanos Paredes están aquí.</p> - -<p>Luis no contestó. Vacilaba.</p> - -<p>—¿También te han prohibido decir lo que ya se murmura en todo el -pueblo?—agregó el boticario exaltándose.</p> - -<p>La voz, replicó:</p> - -<p>—Sí, señor; pero no pretendan ustedes saber más: los hermanos Paredes -están aquí desde esta tarde.</p> - -<p>Tras estas palabras, dichas con una dulcedumbre que no excluía cierta -sequedad, se cerró el ventanillo, y del viejo portalón carcelario -pareció desprenderse, semejante á un aroma, un hondo silencio.</p> - -<p>Derrotados los indiscretos visitantes regresaron al Casino. Eran las -once. Para distraerse organizaron una partida de tresillo. Después llegó -Romualdo Pérez que se sentó aparte. El gerente de <i>La Honradez</i> se había -casado hacía dos meses con Micaela, y estaba en vísperas de ser padre. -Don Elías le preguntó por su mujer, á quien el embarazo mortificaba.</p> - -<p>—La pobre sigue mal—repuso Romualdo—; los vómitos no la dejan. Creo -que debía usted ir á darla un vistazo.<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span></p> - -<p>El boticario invitó á Romualdo á jugar al dominó. Pérez aceptó. Durante -largo tiempo alimentó una sorda cólera contra don Artemio, por ser éste -quien descubrió y divulgó el secreto de sus relaciones con Micaela; pero -luego el matrimonio había esclarecido aquellas nubes, y el viejo rencor -quedó olvidado.</p> - -<p>A hora muy avanzada de la noche, Teodoro, el camarero, acercóse -corriendo á don Juan Manuel y á don Elías para decirles que don Niceto -subía las escaleras del Casino. El juez entró en el salón. Su figurilla -esmirriada y mal vestida, su rostro ojeroso y sin afeitar, su pescuezo -flaco asomando por un cuello poco limpio y demasiado ancho, expresaban -fatiga. Al verle, todos se levantaron, y saliéndole al encuentro le -agasajaron con palabras afectuosas y cordiales golpecitos en la espalda. -Don Juan Manuel le echó un brazo por el hombro, y le ofreció un lugar á -su lado, en el diván. Don Niceto, poseído de su importancia y satisfecho -de aquellas demostraciones de simpatía, entornaba los ojos.</p> - -<p>—El día de hoy—declaró—no lo olvidaré nunca: ha sido la jornada más -terrible, más llena de emociones, de mi carrera.</p> - -<p>Ante las preguntas vehementísimas de sus amigos, adoptó una actitud -reservada: no podía hablar, no debía hablar; el asunto que iba á -ventilarse revestía caracteres de gravedad y trascendencia -excepcionales.</p> - -<p>—Se trata—añadió—de un antiguo error judicial. Yo, lo confieso, fuí -entonces el primer engañado. Nos aguardan sorpresas inauditas, sorpresas -terribles, sorpresas de folletín. ¡Ya lo verán ustedes!... De no -reducirse todo á la declaración sin sentido de una loca, en el proceso -que va á incoarse danzarán varias personas: usted el primero, don -Ignacio; y usted también, don Elías...</p> - -<p>Con estas palabras, casi amenazadoras, exacerbóse de manera tal la -curiosidad de unos y otros, y tan<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span> desaforada avalancha de preguntas -cayó sobre la exigua y alimonada cabeza de Olmedilla, que éste accedió á -descorrer un poquito el velo del misterio.</p> - -<p>Aquel medio día, hallándose almorzando, recibió don Niceto una carta -suscrita por Rita Paredes, donde ésta manifestaba que, espontáneamente y -para aligerar su alma de remordimientos, declarábase responsable única -de la muerte de sus tres hijos, y coautores, ella y su hermano, de la de -Frasquito Miguel; añadiendo que el móvil de este crimen fué el robo, y -que la maza con que asesinaron al señor Frasquito había sido enterrada -en el patio de la llamada «casa del chopo».</p> - -<p>—Se conoce—prosiguió el juez—que Rita escribió su carta en un rapto -de fiebre ó de sonambulismo, y luego, sin darse cuenta, fue á echarla á -Correos, donde esta mañana temprano, según he oído decir, varios vecinos -la encontraron alelada y casi encueros. Tan pronto recibí esa carta que, -por sus terribles acusaciones, más que obra de un vivo parece dictada -por el espíritu vengativo de un muerto, me personé, acompañado de mi -secretario y de dos números de la Guardia civil, en casa de los Paredes, -y á quemarropa, para estimar mejor el efecto de mis palabras, les -notifiqué su detención. La impresión que en uno y otro hermano causó la -noticia, corroboró plenamente la sospecha que la misiva reveladora, -apenas la leí, me produjo. Evidentemente me hallaba sobre la pista de un -crimen. Al recibir mi orden, Rita, que en aquel momento salía de la -trastienda, no mudó de color; parecía aguardarme y bajó los párpados -resignadamente. Toribio, en cambio, se quedó lívido, con una lividez -tal, que desvaneció en la blancura del rostro la línea de los labios. -Esto, tratándose de un trujamán tan valentón y experimentado como él, -significa mucho. ¡Si le hubiesen ustedes visto!... Se le afiló la nariz, -se le hundieron los ojos; hízose penosa<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> su respiración; no podía echar -el habla del cuerpo. Adelantándome á la posibilidad de que, transcurrido -el primer momento de pánico, sus nervios tuviesen una reacción furiosa, -mandé que le atasen las manos. No opuso resistencia, y su mansedumbre -constituye, á mi juicio, un nuevo indicio de culpabilidad. Mientras le -amarraban, murmuró:</p> - -<p>«¿Por qué me prenden? Yo no he hecho daño á nadie».</p> - -<p>Le atajé:</p> - -<p>«Si es usted ó no responsable de algo malo, lo sabremos más tarde. Yo, -por el momento, cumplo un deber deteniéndole á usted.»</p> - -<p>Rita se limitó á decir:</p> - -<p>«¿Y mi hijo?... ¿Qué será de él?...»</p> - -<p>Como comprenderán ustedes, su pregunta es muy elocuente, pues descubre -la seguridad que Rita Paredes tiene de no ver á su hijo nunca más. Esa -interrogación envuelve un adiós, una despedida.</p> - -<p>Yo la contesté:</p> - -<p>«No la inquiete la suerte del niño. Yo me encargo de él. Deogracias -permanecerá en mi casa todo el tiempo preciso.»</p> - -<p>Enternecida me alargó una mano, que, como es natural, rehusé. Entonces -murmuró:</p> - -<p>«Gracias, don Niceto; muchas gracias. Ya no tengo miedo.»</p> - -<p>Olmedilla apuró su café, que se había quedado frío. Después, engreído, -apersonado, enigmático, se puso de pie; era el protagonista, el dueño, -casi omnímodo, del drama policíaco que iba á desarrollarse. Con la -importancia que tan extraordinaria situación le confería, su alfeñicada -figurilla parecía más noble y más alta.</p> - -<p>Don Juan Manuel intentó dirigirle una nueva pregunta, pero antes de que -la primera palabra subiese á sus labios, don Niceto le atajó con un -ademán.<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span> Había recobrado su aspecto impenetrable, severo, casi hostil, -de hombre en quien la sociedad resignó la administración de los -castigos.</p> - -<p>—No pretendan ustedes saber más—dijo—; sería inútil. Todas las -habitaciones del domicilio de los Paredes han quedado cerradas y -selladas. Mañana tomaré minuciosa declaración á los detenidos y -seguidamente comenzaré á instruir las diligencias preliminares. Luego... -¡ya veremos qué resulta!...</p> - -<p>Dicho esto saludó y se fué, orondo, inquieto y ufano á la vez, como un -autor en vísperas de un gran estreno.</p> - -<p>Don Elías, don Juan Manuel, don Artemio y don Ignacio, prolongaron su -tertulia hasta muy tarde. En resumen, hallábanse tan descaminados y á -oscuras como antes. La inverosímil confesión de la mujerona no echaba -sobre el misterio luz ninguna. ¿Cómo Rita, que, mal ó bien, á través de -sus años de miseria siempre cuidó de sus hijos, hubiera querido, -precisamente cuando sus negocios marchaban mejor, desembarazarse de -ellos? Lo que no hizo de moza perdida, ¿iba á hacerlo en los umbrales de -una vejez laboriosa y honesta? Y, sobre todo, ¿dónde estaba la causa -razonada, el motivo lógico, de tan abominable crimen?... En cuanto á que -el señor Frasquito muriese de un mazazo en la cabeza, ¿quién admitiría -semejante patraña? ¿No se comprobó entonces que el pañero falleció de la -coz que le dió una mula? Don Elías, don Ignacio Martínez y los dos -médicos titulares que reconocieron el cadáver, ¿no vieron en éste -dibujada claramente la herradura del animal?...</p> - -<p>Discutidos estos extremos, convinieron todos en que la carta de Rita -Paredes era, sencillamente, la obra de una perturbada, y de consiguiente -que don Niceto, poniendo bajo hierros á los hermanos Paredes sin más -razones ni otros indicios que los apuntados, había procedido con notoria -y punible ligereza.<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span></p> - -<p>Rozados en su vanidad profesional, Fernández Parreño y don Ignacio -Martínez afirmaban que el dictamen por ellos suscrito respecto al -accidente que privó de vida al señor Frasquito, era rigurosamente -cierto. De lo que examinaron y juzgaron por sus propios ojos, no podían -dudar. Don Ignacio recordaba la forma, dimensiones y aspecto de la -herida, como si acabase de verla. A don Elías sucedíale lo mismo. Para -mayor demostración, ambos estaban seguros de que en la señal que sobre -la frente de la víctima dejó la herradura, faltaba la huella de un -clavo.</p> - -<p>—Aquel, precisamente—añadió Martínez—que faltaba en la pata derecha -del animal.</p> - -<p>Las razones aportadas por el veterinario y el médico, resplandecían -incontrovertibles; don Juan Manuel y don Artemio lo reconocieron y -demostraban su asentimiento con leales movimientos de cabeza y de -párpados.</p> - -<p>—Pues si la historia del asesinato de Frasquito Miguel es -mentira—exclamó don Elías—, ¿por qué no sería mentira también el -asesinato de los niños en el túnel?... Yo pienso, señores, que nuestro -amigo don Niceto se ha puesto en ridículo. El prurito de figurar, el -deseo de que los diarios de Salamanca hablen de él, le llevan demasiado -lejos. Rita Paredes es una loca; una pobre loca cuya manía consiste en -creerse criminal, como otras se dicen reinas ó actrices ó millonarias. -Y, si no... ¡al tiempo!...</p> - -<p>—Estamos de acuerdo—interrumpió Martínez—; don Niceto quiere lucirse -y se precipita: «aun no ensillamos y ya cabalgamos». De ahí nace su -ofuscación.</p> - -<p>Este criterio mantenido por los prohombres del Casino fué, durante la -mañana del día siguiente, el de todo el vecindario, y tantos detalles -aportaban unos y otros en favor de los Paredes, que hasta el mismo don -Valentín, que asistía á las discusiones de<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> sus clientes, llegó á temer -que Niceto, mareado por repentinas ansias de notoriedad, hubiese -cometido una gravísima equivocación.</p> - -<p>Así la sorpresa de todos fué mayor cuando, á la sobretarde, corrió la -noticia de que Rita Paredes había ratificado y ampliado ante el juez las -declaraciones de su carta, añadiendo pormenores que no daban lugar á -vacilación ninguna; y, finalmente, que el Juzgado se presentó en la -«casa del chopo», habitada á la sazón por unos trajinantes riojanos, y -que en el patio, y en el lugar mismo señalado por Rita, había aparecido -una maza, como de tres palmos de longitud, cuya parte más voluminosa -conservaba la señal evidente de un herradura.</p> - -<p>El vecindario tornó á estremecerse; el alma sencilla y violenta de las -muchedumbres, se enardecía, vibraba de emoción, temblaba de cólera. Cada -sexo dirigía su odio contra uno de los asesinos: los hombres aborrecían -á Toribio; las mujeres á Rita. Ahora todos se explicaban el rápido -encumbramiento de los dos hermanos: su bazar de la calle Larga, era -fruto de un crimen; las telas, los juguetes, que allí vendían, -destilaban sangre. Evidentemente Toribio era un miserable, digno de la -horca; pero Rita le aventajaba en perfidia. ¡Matar así, en su propio -lecho y á mansalva, al hombre con quien había vivido tantos años, y -asesinar luego á los hijos de sus entrañas tirándoles, en racimo, bajo -las ruedas de un tren!... ¿Es posible que haya madres capaces de dar -lecciones de ferocidad á las hienas?...</p> - -<p>Poseída de belicosa excitación, la gente preguntaba:</p> - -<p>—¿Y Toribio? ¿Qué dice Toribio?... ¿Ha confesado algo?...</p> - -<p>Estas interrogaciones iban y venían desde el Casino á la Fonda del Toro -Blanco, y desde allí al Café de la Coja. En la botica, en el taller de -don Ignacio, en la<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300"></a>{300}</span> Estación, nadie hablaba de otro asunto. Delante de -los comercios de la calle Larga, no bien se reunían tres personas, la -obsesionadora y terrible actualidad renacía. Según las últimas -referencias, el buhonero no había declarado nada; á las palabras de don -Niceto opuso un inquebrantable silencio; pero, según decían, terminado -el interrogatorio hubieron de esposarle porque, en un acceso de furiosa -locura, intentó degollarse con un cristal.</p> - -<p>Estas noticias, más que sabidas, adivinadas, venteadas por el instinto -de la multitud, exasperaban la atención general. A prima noche, los -comentarios que revolaban de corrillo en tertulia desde los paradores y -tabernas de la Glorieta del Parque á las casucas de la Puerta del Acoso, -arreciaron al extremo de revestir formas hostiles. Una veintena de -mujeres y hombres se habían congregado delante de Correos y miraban -hacia el bazar de los Paredes. Aquel grupo exaltado rumiaba una -venganza.</p> - -<p>De pronto, una voz turbia y gangosa, la voz del tonto Ramitas, gritó:</p> - -<p>—¡Vamos á quemar la casa!...</p> - -<p>Instantáneamente todos se aprestaron á cumplir aquella iniciativa. De un -zaguán sacaron un jergón, que varias mujeres rociaron de petróleo. -Segundos después aquel montón de paja ardía, y sus llamas, disciplinadas -por el viento, iluminaron trágicamente la calle oscura. Lampazos -infernales de oro y púrpura corrieron por las fachadas de los edificios. -La multitud gesticulaba, rugía, satisfecha de su obra. El escándalo se -convertía en motín. Las puertas de la tienda empezaron á arder. Entonces -varios empleados de Correos acudieron resueltos á conjurar el daño. -Entre ellos y los incendiarios hubo una corta y sañuda rebatiña, -insultos, golpes; al cabo, la oportuna intervención de dos guardias, que -llegaban sable en mano, dispersó á los revoltosos. El fuego quedó -extinguido.<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301"></a>{301}</span> Luego los alborotadores, siguiendo rumbos diferentes, -tornaron á reunirse delante de la cárcel, contra cuyas ventanas -arrojaron muchas piedras. Las mujeres prorrumpían en gritos -ensordecedores de amenaza. La indignación popular no cedía, y en tan -críticos momentos los muros de la prisión fueron para los dos acusados, -más que castigo, garantía y defensa. Finalmente, el cansancio de todos, -antes que las frases sincretistas de don Isidro, el alcalde, devolvió al -vecindario su sosiego. Hasta los menos razonables se apaciguaron. -Renació el silencio. Aquella noche, en la muda tiniebla de la calle -Larga, el frontis del comercio «Paredes, Hermanos», horriblemente -chamuscado por el incendio, tenía una expresión de cosa abandonada, -trágica y maldita.</p> - -<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII</h2> - -<p>El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para -esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó -seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de -emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en -sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la -multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los -diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares», -insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los -límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista -cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos -Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste -envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302"></a>{302}</span> había -adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más -descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas -semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor -profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado -mucho.</p> - -<p>El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba -derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su -palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas -que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y -el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana, -Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se -descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le -destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua -con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y -severo, le decía:</p> - -<p>—Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el día de la -sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le será más benigna.</p> - -<p>Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y -nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin, -engañado ó abúlico, habló, y sus declaraciones añadieron á la escena del -asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedióse á -la exhumación del cadáver del señor Frasquito, pero el examen pericial -no dió resultado, por hallarse aquel en completo estado de -descomposición. Don Elías, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras -muchas personas, fueron llamadas á declarar, y sobre las mesas del -Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonándose. Agobiado por -tan ruda labor, don Niceto ni tenía ganas de comer ni dormía á derechas. -Empero su actividad no declinaba. Resuelto á sujetar bien todos los -cabos<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303"></a>{303}</span> de la maraña, envió un exhorto á la Audiencia de La Coruña -pidiendo la detención de Vicente López, y éste fué preso. Ello aportó al -escándalo un inesperado interés, y la figura de aquel hombre, autor -moral quizás del asesinato de los hijos de Rita, echó sobre la desalmada -madre mayores tinieblas.</p> - -<p>La vista de la causa debía celebrarse meses después en Salamanca, y -allí, de consiguiente, era indispensable trasladar á los Paredes. Su -conducción, desde la cárcel de Puertopomares á la Estación del -ferrocarril, ofrecía serias dificultades, porque el vecindario -seguramente intentaría agredirles. Comprendiéndolo así don Niceto y no -disponiendo de las fuerzas necesarias para domeñar un conflicto de orden -público, pidió á sus compañeros los jueces de Campanario, Cantagallos, -Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que -tuvieran, y de este modo, entre individuos de «la benemérita» y -municipales, formó un pelotón de quince hombres.</p> - -<p>Los presos debían ser sacados de la cárcel al filo de la media noche y -con todo sigilo; mas no faltó quien lo supiese, y la noticia, volando -eléctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmoción al -vecindario. A la hora señalada, por todas partes un extraño y amenazador -murmullo de pasos, rompió el silencio. Misteriosamente las ventanas se -iluminaban; una especie de temblor estremecía las casas: era que sus -habitantes, informados de lo que iba á suceder, dejaban el lecho para -vestirse y salir. Las puertas se abrían con chirriar impaciente de -cerraduras, y en el rectángulo negro de los zaguanes aparecían hombres -provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para -que más de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta, -pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la cárcel, cuya puerta -custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje -amarillo de su armamento<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304"></a>{304}</span> y los cañones de sus mausers, lucían marciales -en la oscuridad.</p> - -<p>Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de -los diálogos se convertía en rugido. Algunas piedras, disparadas al -azar, chocaron contra el frontis de la cárcel. Estos preludios de -batalla enardecieron los ánimos. Voces varoniles, voces de gesta, -gritaban:</p> - -<p>—¡Hay que arrastrarles! ¡No tenemos vergüenza si les dejamos salir -vivos de aquí!...</p> - -<p>Y las pedradas volvían á sonar, ahora una, luego otra, como granizos -escapados de una tempestad en formación.</p> - -<p>Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mandó -recado á su hermano Valentín de que le enviase el coche. Era una vieja -tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros, -que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar -el vehículo la irritación de la multitud aumentó. Los manifestantes -silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que -iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas -eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar, -familiarizadas con la sucia historia de «la casa del chopo». Sus -pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos -hechos á pelear con la tierra, agitándose furibundos, imponían miedo. -Todas, á coro, voceaban:</p> - -<p>—¡Que no se escapen! ¡Desenganchar los caballos!...</p> - -<p>Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no harían fuego -contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron.</p> - -<p>En aquel instante la puerta de la cárcel se abrió y surgió don Niceto -seguido de varios guardias civiles. A la luz débil de los faroles, la -figura minúscula y asustada del juez parecía una mancha amarilla. -Luego,<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305"></a>{305}</span> entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La -muchedumbre, á quien la presencia del juez durante segundos impuso -respeto, reconoció á los criminales. La furia volvió á los corazones. En -los espíritus las ideas de justicia y venganza se confundían. Las -mujeres se desgañitaban:</p> - -<p>—¡Mueran los asesinos!... ¡Mueran los asesinos!...</p> - -<p>Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vaciló y fué -retirado á la enfermería.</p> - -<p>—¡Mueran los asesinos!—repetía la turba ganando terreno.</p> - -<p>Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto -Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los -caballos partieron al paso. Alrededor del vehículo, firmes, estoicos, -con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A -intervalos, desde el pescante, Fermín, el mayoral, arengaba á los -amotinados:</p> - -<p>—¡Animales, no tiréis!... ¿No veis que vamos aquí nosotros y no tenemos -culpa de nada?...</p> - -<p>En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos añicos, y -heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita -lloraba; su hermano, callado, lívido, sin mover ni siquiera los -párpados, parecía una estatua. En medio de aquel espantoso griterío -recorrió el convoy toda la calle Larga. Fermín, que tenía magullado el -cuerpo á pedradas, optó por ovillarse en el suelo del pescante; los -guardias, perdida la paciencia, se defendían á culatazos; varios -paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don -Valentín, don Elías, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el -alcalde y otras personas de significación, salieron valerosamente á la -calle, exhortando á las turbas á retirarse, pero viéndose amenazados -desistieron de su empeño. Por segundos la furia popular crecía. Algunas -mujeres llegaron á querer detener el coche agarrándose á<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306"></a>{306}</span> las ruedas. Un -vecino de la calle del Sacramento trató de asestarle á Toribio una -cuchillada en la espalda.</p> - -<p>Cuando los fugitivos llegaron á la Glorieta del Parque Fermín fustigó -vigorosamente á los caballos, que partieron al galope, mientras los -guardias, desplegados en ala, resistían el choque de los acosadores. En -la refriega, sostenida cuerpo á cuerpo, uno de los guardias recibió un -navajazo en el vientre. Sus compañeros entonces, á quemarropa, hicieron -fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las -turbas huyeron.</p> - -<p>De este modo, dejando tras sí un reguero de sangre, salieron los -hermanos Paredes de Puertomares.</p> - -<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII</h2> - -<p>Consumada su venganza, don Gil, que vivía completamente ajeno á las -peripecias de su vida nocturna, experimentó un bienestar inesperado. -Nunca, desde la muerte del señor Frasquito, había sentido mayor plétora -de salud. Dormía nueve horas, tenía ganas de pasear, de ir al Casino y -hasta sus labios hubieron una vez un conato ó intento de sonrisa. Era -una satisfacción íntima, analéptica, remozadora, que el hombre pequeñito -no sabía á qué ocultos motivos referir.</p> - -<p>«Estoy contento—solía decirse—; estoy muy contento, y, sin embargo, -nada bueno me ha sucedido»...</p> - -<p>Durante años, semejante á un escultor, su alma misteriosa había -preparado y burilado su venganza. El deseo de castigar el asesinato de -su padre, dió perseverancias sobrehumanas á su voluntad: él indujo á -Frasquito Miguel á echarse en los brazos de Rita; él dispuso su muerte y -la de sus hijos. Del odiado<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307"></a>{307}</span> gorgotero no quedaría nada, ni aun la -amante, que, según cábalas y previsiones de don Gil, en plazo no lejano -rendiría su cabeza al verdugo. Realizado su plan, el brujo cruzóse de -brazos, cansado y orondo.</p> - -<p>Estas vacaciones proporcionaron á su alma un mayor enardecimiento -amoroso, y, sobre todo, efervorizaron temerariamente aquel deseo que le -empujaba hacia doña Fabiana. Como hombre que de todos los placeres -terrenales sólo apetece uno, don Gil, en sueños, meditaba:</p> - -<p>«No me importaría morir si esa mujer fuese mía... siquiera una vez...»</p> - -<p>Mas, ¿cómo separarla de su marido? ¿Cómo preparar á su virtud una -emboscada cierta?... Esto suponía que la señora de Martínez estuviese -dormida y despierto don Ignacio, pues alejados entonces por el abismo -que separa la vigilia del sueño, el veterinario no podría socorrer á su -esposa. Desgraciadamente para don Gil, doña Fabiana se acostaba siempre -después de su marido.</p> - -<p>Una noche, alrededor de las diez, Fermín dormitaba en el zaguán de la -Fonda del Toro Blanco, sentado en una silla, cuando la voz y la -presencia de don Gil le despertaron. El hominicaco, evitando asustarle, -le llamaba suavemente:</p> - -<p>—Fermín..., Fermín...</p> - -<p>Era un bisbiseo leve y blando. Abrió el tartanero los ojos, y -reconociendo á su interlocutor, se levantó solícito.</p> - -<p>—Mande usted, don Gil...</p> - -<p>—Vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con tu coche -delante del portal de don Ignacio.</p> - -<p>—Muy bien, don Gil.</p> - -<p>—Procura ser exacto.</p> - -<p>—¿Es que el señor Martínez va de viaje?</p> - -<p>—Lo ignoro. Sólo te encargo que acudas donde digo á la primera -campanada de las doce.<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308"></a>{308}</span></p> - -<p>—Pierda usted cuidado; y, por lo que después pueda suceder, voy á -echarles á los caballos un pienso.</p> - -<p>En tanto hablaba, el tartanero miraba con cierto asombro á su -interlocutor: parecíale más diminuto, más amarillo, que otras veces; -como si fuese la imagen de don Gil y no su persona, en carne mortal, la -que tenía delante.</p> - -<p>Fuese el enano y Fermín, malhumorado y soñoliento, empezó á renegar de -su raída fortuna. Pedro, el cocinero de la fonda, quiso saber el motivo -de aquel enojo.</p> - -<p>—¡Una friolera!—replicó Fermín—A los pobres todo nos sale del revés. -Hoy pensaba acostarme en seguida, porque esta mañana me levanté cuando -aun había estrellas, y acaban de decirme que vaya á media noche con la -tartana á casa de don Ignacio.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—No sé; me pareció imprudente preguntarlo.</p> - -<p>—¿Cuándo te lo han dicho?</p> - -<p>—Ahora mismo.</p> - -<p>—¿Ahora mismo?... ¿Quién trajo el recado?</p> - -<p>—Don Gil.</p> - -<p>Pedro se asombró y, sin transición, su pasmo convirtióse en desdén y -risa.</p> - -<p>—¡Chico!... ¡Tú andas mal de la cabeza! Eso que cuentas lo has soñado. -¡Si hace quince ó veinte minutos que yo estoy ahí, en la puerta, y no he -visto á nadie!...</p> - -<p>—¿A don Gil Tomás, tampoco?</p> - -<p>—Tampoco; no, señor...</p> - -<p>Fermín se alzó de hombros:</p> - -<p>—¡Déjame de historias! El dormido ó el borracho serás tú. ¿O es que yo -no conozco á las personas ni entiendo lo que veo?... Don Gil Tomás ha -estado aquí, hablando conmigo...</p> - -<p>Incrédulo y alegre, Pedro prorrumpió en carcajadas:<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309"></a>{309}</span></p> - -<p>—¡Tú has bebido, Fermín!... ¡Tú estás peneque, Fermín!...</p> - -<p>El tartanero, furioso, le volvió la espalda y se marchó rezongando -injurias.</p> - -<h2><a name="XXIX" id="XXIX"></a>XXIX</h2> - -<p>Hacía rato que el sereno de la calle Larga cantó las once y media. -Puertopomares reposaba en el crespón fresco, lleno de enigma, de una -noche sin luna. Las pisadas de los trasnochadores resonaban en el -silencio limpiamente; sus sombras se alargaban oscilantes bajo la luz de -los faroles.</p> - -<p>Doña Fabiana que, contra su costumbre, se había acostado temprano, creyó -despertar y abrió los ojos. En pie, delante de ella, vió á don Gil. A la -hermosa mujer no la extrañó que el hombre pequeñito hubiese penetrado -hasta allí y á tales horas. Sin sobresalto, le preguntó:</p> - -<p>—¿Ocurre algo, don Gil?...</p> - -<p>—Sí, señora; su esposo se halla en mi casa y desea verla á usted.</p> - -<p>Presa de repentino pánico, doña Fabiana miró hacia atrás, buscando en la -cama á don Ignacio, y no le halló.</p> - -<p>—¿Cómo; está enfermo mi marido?...</p> - -<p>Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo, á la vez que se llevaba un -índice á los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos, -fríos, sin expresión, como los de los peces, señalaban hacia la niña.</p> - -<p>—¡Chist!... hable usted bajo—musitó—; Antoñita podría despertar.</p> - -<p>Doña Fabiana repuso, sollozante:<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310"></a>{310}</span></p> - -<p>—Confiéseme usted la verdad, don Gil: ¿está enfermo Ignacio?...</p> - -<p>Con la curiosidad de saber adelantó un poco el cuerpo, y los encajes de -su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento -tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron.</p> - -<p>—Don Ignacio—dijo—está un poco enfermo. Vaya usted á verle cuanto -antes. Fermín la llevará á usted en su coche; le avisé hace un rato y -está ahí...</p> - -<p>Quiso retirarse. Ella se incorporó, bebiéndose las lágrimas:</p> - -<p>—Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos.</p> - -<p>El hombre pequeñito hizo un ademán negativo, de silencio y misterio.</p> - -<p>—No—dijo—no; yo saldré antes.</p> - -<p>Y, mirando á la niña:</p> - -<p>—No haga usted ruido...</p> - -<p>Desapareció fantasmal. Inmediatamente doña Fabiana saltó del lecho, -halló á tientas sus zapatillas, arropóse en una bata, se echó por los -hombros un mantón y, á oscuras, buscó la salida del dormitorio. Iba -ahogándose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazón; pero el -temor de despertar á Antoñita, la impedía llorar. Rápidamente cruzó el -patio y empujó la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el -estiércol cálido.</p> - -<p>En aquel instante don Ignacio, obedeciendo á un presentimiento -indefinible, salía de su despacho. Durante varias horas estuvo -examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operación que -á la mañana siguiente debía realizar. Había trabajado férvidamente, sin -que ni su voluntad ni su atención desmayasen un punto; apenas el interés -de lo que estudiaba le permitió fumar. Y empero, de pronto, sin motivo, -experimentaba un desasosiego íntimo, un deseo invencible de salir fuera -de la habitación donde<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311"></a>{311}</span> se hallaba. De un salto se levantó y abrió la -puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atravesó la longitud -del taller pintando en la suciedad del suelo un rectángulo blanco. -Martínez miró á todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vió á -Fabiana, un calofrío nervioso sacudió su carne. ¿A dónde iba su mujer? -Avanzó hacia ella.</p> - -<p>—¿Qué buscas aquí?...</p> - -<p>Doña Fabiana demostró no reparar en él; sus grandes ojos negros estaban -inmóviles; parecían mirar á lo lejos. Comprendió, sin embargo, lo que la -preguntaban, y repuso acorde:</p> - -<p>—Voy á la calle; que no se despierte la niña...</p> - -<p>Entendió don Ignacio que su mujer se hallaba sonámbula, y la habló -dulcemente.</p> - -<p>—¿Vas á la calle?</p> - -<p>—Voy á casa de don Gil.</p> - -<p>—¿A casa de don Gil? ¿Para qué?...</p> - -<p>—Porque mi marido está allí; está enfermo; don Gil ha venido á -decírmelo. ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...</p> - -<p>Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y -resonase dentro de ella misma. Su actitud rígida, hierática, era la del -éxtasis. Intentó avanzar. Delicadamente Martínez la detuvo por un brazo.</p> - -<p>—Tu Ignacio está bueno y sano.</p> - -<p>—¡No! ¿Cómo? No es verdad. Está enfermo. Me lo ha dicho don Gil.</p> - -<p>—Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; estás en tu casa, -hablando con él. Mírame, mírame á la cara...</p> - -<p>La cogió por la barbilla, procurando que detuviese en él los ojos.</p> - -<p>—¡Mírame!...</p> - -<p>Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martínez hasta -cuando acariciaban eran impacientes, comenzó á desvanecer el -sonambulismo de doña<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312"></a>{312}</span> Fabiana. Su alucinación flaqueaba, perdía color, -se desleía en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azúcar. -Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir:</p> - -<p>—Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho...</p> - -<p>Don Ignacio agarró á su mujer por los hombros, y sacudiéndola de delante -á atrás:</p> - -<p>—Despierta, Fabiana, despierta. Estás soñando. ¡Oye!...</p> - -<p>—¿Estoy soñando, verdad?</p> - -<p>—Sí, sí. ¡Oyeme!...</p> - -<p>—¿Verdad?... Estoy soñando...</p> - -<p>Su voz adquiría una inflexión alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de -súbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces -impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivió; la emoción -arreboló ligeramente el mármol de las mejillas. Miró en torno suyo con -espanto: reconoció el local, reconoció á don Ignacio...</p> - -<p>—¿Cómo estoy aquí?...</p> - -<p>—Venías soñando—repuso Martínez.</p> - -<p>Ella respiró mejor y abrazó á su marido. Sentía tranquilizarse la -angustia y fatiga de su corazón.</p> - -<p>—He tenido una pesadilla horrible—murmuró—; don Gil vino á decirme -que te habías puesto enfermo en su casa...</p> - -<p>Empezó á temblar. A su nerviosidad se añadía el frío que recogió al -cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castañeteaba los -dientes; se cruzó de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos -yertas buscaban la tibieza suave de las axilas.</p> - -<p>Don Ignacio, diligente y con una emoción donde á la inclinación sexual -del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arropó á su mujer en la -manta que él tenía en su despacho para abrigarse las piernas, y -llevándola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su -cuerpo, la ayudó á repasar el patio.<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313"></a>{313}</span></p> - -<p>Apenas en su dormitorio, doña Fabiana se zambulló en el lecho. No se -atrevía á moverse; el contacta frígido de las sábanas la causaba horror.</p> - -<p>—Acuéstate—dijo á don Ignacio—; ya es muy tarde.</p> - -<p>—Estoy concluyendo de tomar unas notas—repuso él.</p> - -<p>—Déjalas para mañana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva -don Gil.</p> - -<p>Don Ignacio, resistía, esclavo de su deber.</p> - -<p>—Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo -en seguida; antes de quince minutos...</p> - -<p>Para consolarla la palpó por encima de las mantas, y sobre los labios y -en las mejillas la dió muchos besos.</p> - -<p>Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle.</p> - -<p>—Han llamado—exclamó doña Fabiana palideciendo.</p> - -<p>Don Ignacio advirtió su miedo y replicó zumbón:</p> - -<p>—¿Si será don Gil?...</p> - -<p>Absorta, ella repitió:</p> - -<p>—¡Si será don Gil!...</p> - -<p>Y hubo en su acento tal misterio que, bien á su pesar, Martínez sintió -descender un estremecimiento de terror por su espalda.</p> - -<p>—Veamos—dijo recobrándose—quién puede llamar á estas horas.</p> - -<p>Sacó del cajón de la mesilla de noche su revólver y salió al patio. Dos -veces, sin motivo, miró hacia atrás. Una inquietud supersticiosa le -envolvía. Parecíale que á su lado, silenciosamente, como sobre unos pies -de terciopelo, caminaba una sombra.</p> - -<p>Al abrir la puerta el veterinario se encontró con Fermín. También -reconoció el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos -cuadriles de los caballos. El tartanero se destocó, respetuoso.<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314"></a>{314}</span></p> - -<p>—Buenas noches, don Ignacio.</p> - -<p>—Hola, Fermín. ¿Qué hay?...</p> - -<p>—Nada, don Ignacio; dispense usted si llamándole le he molestado...</p> - -<p>—No, hombre.</p> - -<p>—Pero, yo me dije: «No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar». -¡Pues, desde las doce estoy aquí!...</p> - -<p>—No... no te había oído—repuso Martínez con aire maquinal.</p> - -<p>—Pues... ¡no tenga usted prisa! Acabe usted lo que esté haciendo con -todo sosiego; yo aquí le aguardo.</p> - -<p>Don Ignacio no comprendía.</p> - -<p>—¿Pero, tú qué buscas?... ¿Tú qué necesitas ó qué quieres?...</p> - -<p>Estas preguntas, formuladas con cierta destemplanza colérica, llenaron -de estupefacción el semblante carrilludo y cetrino de Fermín.</p> - -<p>—¡Yo no quiero ni busco nada, don Ignacio!...</p> - -<p>—¿Entonces, qué?... ¿A qué has venido?</p> - -<p>—Yo he venido cumpliendo el recado que me dieron.</p> - -<p>—¿Un recado? ¿Te han dado á ti un recado?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿De parte de quién? ¡Que me maten si entiendo!</p> - -<p>—¡Qué gracia! ¡De parte de usted!...</p> - -<p>—¡De parte mía!...</p> - -<p>Don Ignacio sintió en todo su cuerpo un frío intenso, sutil, que llegaba -á sus huesos y él atribuyó á la corriente de aire establecida entre la -calle y el patio. Para guardarse de ella salió á la acera, cerrando tras -sí la puerta. En las palabras del tartanero Martínez empezaba á -vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja.</p> - -<p>—Dí, Fermín: ¿cuándo te llevaron ese recado?</p> - -<p>—Poco después de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado -así, en semejante posición,<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315"></a>{315}</span> el respaldo de la silla apoyado contra la -pared. Por más señas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareció -don Gil Tomás y me dijo: «Fermín: vengo á decirte que luego, á las doce -en punto, estés con el coche en casa de don Ignacio».</p> - -<p>Al oir el nombre del enano, Martínez se desemblantó y turbó hasta la -lividez. Fermín lo advirtió.</p> - -<p>—Pero, ¿no es verdad?</p> - -<p>—No, no es verdad—repitió Martínez—; yo no he visto á don Gil.</p> - -<p>De pronto, rehaciéndose, porque su animosa voluntad se doblegaba -trabajosamente al miedo:</p> - -<p>—Pero, ¿tú has hablado con don Gil?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Tú estás seguro de haber hablado con él?</p> - -<p>—Sí, señor... ¡ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo -que morir. Es más: yo le pregunté, un tanto extrañado del aviso: «¿Es -que el señor Martínez va de viaje?...» A lo que respondió: «No sé; pero -procura acudir puntualmente adonde te he dicho»...</p> - -<p>Fermín se dió una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras -de Pedro.</p> - -<p>—¿Lo habré soñado?—exclamó.</p> - -<p>Refirió la escena detalladamente y cómo después que don Gil Tomás se -hubo marchado, al lamentarse él de tener que enganchar los caballos, -Pedro, el cocinero, empezó á embromarle, asegurándole que aquello eran -invenciones suyas, puesto que el hombre pequeñito no había estado allí.</p> - -<p>—¿Si lo habré soñado?—repetía Fermín—; diga usted, don Ignacio, ¿seré -yo sonámbulo? Porque es muy extraño que, hallándome dormido y Pedro -despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese á don Gil y mi -compañero no le viese. ¿Habrá escondido en alguna brujería?...</p> - -<p>El veterinario no contestó. Fermín se signó cristianamente<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316"></a>{316}</span> y prosiguió -hablando, porque esto le aliviaba de su emoción. Don Ignacio pensaba:</p> - -<p>«El hecho de que este mastuerzo haya soñado con don Gil, y de que la -intensidad de la alucinación haya determinado en él una crisis de -sonambulismo, no me extraña. Pero, ¿y Fabiana? ¿Cómo Fabiana ha soñado -también con él?...»</p> - -<p>A este pensamiento sucedió otro:</p> - -<p>«Evidentemente hay una relación entre ambos sueños: el de Fermín casi -explica el de Fabiana; diríase que se trata de un rapto. ¿Estará don Gil -enamorado de mi mujer?...»</p> - -<p>Preguntó:</p> - -<p>—¿Y no te dijo don Gil á dónde habías de ir después?</p> - -<p>—No, señor; y si me lo dijo... ¡no lo recuerdo!</p> - -<p>Continuó devanándose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don -Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardándole, le -interrumpió:</p> - -<p>—Bueno, Fermín: no caviles más en eso porque vas á perder el juicio. -Todo ha sido un sueño. ¡Ea, hasta mañana!...</p> - -<p>Fermín saludó:</p> - -<p>—Será como usted dice, don Ignacio: lo habré soñado. Buenas noches... y -dispensar...</p> - -<p>Subió al pescante, requirió las riendas y la tartana, oscilando sobre el -pavimento desigual, se alejó lentamente. Una estela de silencio quedaba -tras ella.</p> - -<p>Don Ignacio entró en su casa y cerró la puerta. Tenía frío. Miró á su -alrededor. La lámpara del despacho recortaba en el suelo un largo -rectángulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas -en ordenadas ringleras, brillaban como cráneos. Martínez volvió á -preguntarse:</p> - -<p>«¿Cómo ha venido el coche? ¿Por qué Fabiana quería marcharse?... ¿Qué -misterio se esconde en todo esto?...»<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317"></a>{317}</span></p> - -<p>Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se -erizaron. No veía á nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse -solo. Tembló. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de -músculos y arrebatado de corazón, sintió el miedo.</p> - -<h2><a name="XXX" id="XXX"></a>XXX</h2> - -<p>Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en -la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La -temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía -una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles -pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo -parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos -aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo, -indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse -manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo -se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era -menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus -laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche -blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á -falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de -tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba -metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del -ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de -plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más -arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin, -del mundo inorgánico,<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318"></a>{318}</span> toda la policromía adusta, llena de severa -aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y -de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del -feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde -predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy -oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un -azul pálido, frío, triste, como un convaleciente...</p> - -<p>En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de -Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba -resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin -frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la -escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas -rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las -voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse -desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la -sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las -alfombras.</p> - -<p>Los rigores atmosféricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de -sus paredes, seguía igual. El tiempo, el terrible anarquizante que á las -almas, como á los edificios, lleva siempre principios de disgregación, -olvido y renovamiento, cambiando allí de táctica, sirvió de argamasa, y -con ungüento de rutina, más coercitivo que el cemento romano, aseguró la -marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de -veinte años, casó con Dominga, la sobrina de don Valentín; pero como sus -economías no le bastaban á establecerse, seguía desempeñando sus -funciones de camarero con aquella discreción que estereotipó en su -semblante triste y flaco—semblante de dispéptico—una sonrisa -servicial. Entre los parroquianos más antiguos notábanse algunas -deserciones.<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319"></a>{319}</span> Ejemplos: Romualdo Pérez, cuyo humor parecía haberse -anubarrado con las cargas matrimoniales, y sólo iba al Casino los -domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus -libertinas mañas y formalmente enamorado de Anita Fernández Parreño, -apenas salía á la calle de noche. También su hermano don Niceto, el -juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parálisis, -observaban vida muy apartada.</p> - -<p>En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Isidro -Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martínez y don -Artemio, continuaba inmutable. A ella habíanse agregado otros elementos: -tales don Dimas Narro, médico joven y de mérito, que en breve tiempo -supo ganarse una clientela; y don Belisario López, el dueño de la -imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas ó forasteras, no aportaron -al espíritu arcaico de la reunión ninguna ráfaga pinturera ó -extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos -cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idénticas -palabras triviales. Por obra de la desocupación y del fastidio, lo más -baladí se glosaba hasta la saciedad y era durante días motivo de -conversación.</p> - -<p>La vejez que las ruinas del viejo castillo infundió á los edificios, -trascendió á los caracteres. En aquel ambiente inmóvil todo era ruin y -oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crímenes de Rita, -el misoginismo de los hombres y las orgías de don Gil, la idiotez de -Ramitas y la chismorrería, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El -alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de -Castilla, sin ecos ni colores.</p> - -<p>Unicamente los jueves, días de mercado, traían al Casino cierto -regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la mañana, -bajo los árboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba allí -perfectamente.<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320"></a>{320}</span></p> - -<p>El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la -raqueta del banquero sonaba más.</p> - -<p>A don Juan Manuel y á don Elías les gustaba jugar, especialmente al -primero, de quien se decía que en el Casino de Madrid llegó á perder -cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno -siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no -entristecían. Don Artemio también solía arriesgar algún dinerillo al -vaivén cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y -producíale cosquilleos recónditos; su circulación se aceleraba; pero -como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus pérdidas, nunca -excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martínez. El -albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perdía, doblaba -las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carácter se -desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio, -anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con -gruñidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebullía -como si le pinchasen alfileres. Fuésele la suerte propicia ó adversa, el -señor Martínez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelión.</p> - -<p>Aquella noche, después de jugar un rato, la mayoría del público regresó -al salón del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un -espejo, del «cuarto verde», se abría y aparecían más socios. -Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corría -solícito, de un lado á otro.</p> - -<p>Don Juan Manuel Rubio examinó su cartera: había perdido cien pesetas.</p> - -<p>—De las cuales—contestó don Elías—han llegado á mis manos la mitad, -justamente. He ganado diez duros.</p> - -<p>Don Artemio Morón no había cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo -que se divirtió tenía bastante.<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321"></a>{321}</span> Don Isidro y don Dimas también -perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales.</p> - -<p>—Entonces—exclamó don Elías liberalmente—invito á ustedes. El dinero -del juego es alegre. Llamen á Teodoro y pidan lo que gusten.</p> - -<p>El diálogo recayó sobre las operaciones realizadas aquel día en el -mercado. La arroba de carne de cerdo se había vendido á setenta reales, -y á veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y -marranos de doce. Don Juan Manuel hacía signos de asentimiento; él tenía -en «La Evarista» varios cerdos que seguramente pesaban bastante más; lo -lamentable era la epidemia de erisipela, ó mal rojo, que aquel año -afligía á los puercos.</p> - -<p>—A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso. -No sé qué le sucede; ¿no le encuentran ustedes distraído?...</p> - -<p>—Pues, en su negocio—repuso don Isidro—, no debe de irle mal. Tiene -todo el trabajo que quiere.</p> - -<p>—Yo creo que bebe—insinuó malévolamente don Artemio, bajando la voz.</p> - -<p>Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel -instante salía Martínez. Don Ignacio, el paso firme, se acercó á la -tertulia y cogiendo una silla dejóse caer en ella con ímpetu. Su -semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, más enardecidos que -nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Había perdido -cuarenta y dos pesetas. A última hora necesitaba un cuatro de bastos -para desquitarse, y el banquero tiró una sota...</p> - -<p>—¡De bonísima gana—exclamó—le hubiese dado un puñetazo en la -cabeza!... ¡Así!...</p> - -<p>Y su brazo corto y musculoso se encogía, se estiraba, describiendo la -trayectoria del golpe.</p> - -<p>Las crisis de mal humor del veterinario producían en don Juan Manuel -reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era cólera, minutos -después en el diputado<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322"></a>{322}</span> se hacía risa. Aquellos dos caracteres, -igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida -de la furia del otro; si éste se deprimía aquél se exaltaba, y de su -constante oposición derivábase una atmósfera espiritual muy grata.</p> - -<p>El señor Martínez aquella noche estaba de malísimo temple porque el -forjador de su taller se le había marchado á Salamanca, y no tenía con -quién reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y -de pocas palabras.</p> - -<p>—Por lo mismo—agregó—, cuando esta mañana, de repente, me dijo que se -iba, no sé cómo no le di con el martillo.</p> - -<p>Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del -señor Martínez y comprendían su contrariedad, y el perjuicio que aquel -accidente le irrogaba. Únicamente don Juan Manuel se echó á reir.</p> - -<p>—¡Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que está -jugando y el banquero le tira una sota... ¡Puñetazo al banquero! Que se -le va un empleado y no tiene con quién sustituirle... ¡Puñetazo al -empleado! ¿Pero usted cree que las voluntades se arreglan á golpes, como -las herraduras? «A caballo corredor, cabestro corto», amigo Martínez.</p> - -<p>—En muchos casos, sí, señor.</p> - -<p>—Pero en otros muchos casos, no, señor; y en todos es preferible pecar -de tímido que de bárbaro. «Burrilla mansa, á su madre y á la ajena -mama»... ¡Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que á usted -le gustan!...</p> - -<p>Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un -filósofo epicúreo, de la moza temprana y del vino añejo, sustentaba -afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendían y regocijaban -amenamente á la reunión. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio -dialéctico cultivando la paradoja,<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323"></a>{323}</span> era bueno y alegre porque sabía -perdonar, y perdonaba fácilmente porque todo le parecía bien. Había una -lógica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y -su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el -optimismo fragante de su corazón perfumaba su discurso, y -recíprocamente, su lógica daba á sus costumbres aplomo simpático. Alto, -grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fáciles -á la dicacidad y á la risa, todo armonizaba en él; el dichete agudo, lo -subrayaba la línea oronda del abdomen.</p> - -<p>En las discusiones que emprendía contra todos, don Juan Manuel, solterón -y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el -olvido, la indulgencia frívola, el perdón hacia cuanto siempre se creyó -imperdonable.</p> - -<p>—Creemos—decía—que en moral hemos llegado á la perfección, que son -inamovibles los fundamentos que dimos á las nociones de «deber» y -«bondad», y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueología, -la medicina, la biología, la mecánica y la estadística, continúan -progresando. ¿No existe entre ambas afirmaciones contradicción?... Yo -creo que sí; pues si la moral constituye el cogollo ó sumidad del humano -saber, y, por lo mismo, la síntesis, resultado ó abreviatura de todas -las ciencias, mientras éstas no lleguen á los límites, lejanos todavía, -de lo cognoscible, la última palabra de la ética no podrá ser escrita. -Nosotros no sabemos aún, definitivamente, dónde está la virtud. La -humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de día en -día, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne -mañana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que -paulatinamente va formándose en los talleres, en las fábricas, en los -laboratorios, según las necesidades materiales y el nivel cultural de -cada época. La aparición de un fósil desconocido, el descubrimiento<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324"></a>{324}</span> de -una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La ética, señores, es el aroma -de muchas rosas enormes que aun están abriéndose...</p> - -<p>Don Juan Manuel Rubio, que allá, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del -Parlamento, raras veces se atrevía á hablar, entre un grupo de amigos -era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrería, -tanto argumento desorbitado y capcioso.</p> - -<p>—De modo—replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba -objetivar las ideas—que si un marido descubre la infidelidad de su -compañera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo -que debe hacer...</p> - -<p>—Perfectamente; y mientras el consejo llega ó nó puede perdonarla y -seguir á su lado, ó separarse de ella. Todo menos creerse autorizado á -asesinar cobardemente á una pobre mujer que, después de amarle... y -acaso sin dejar de amarle... amó á otro.</p> - -<p>—¿Usted lo haría, usted perdonaría?</p> - -<p>—Sin vacilar.</p> - -<p>—¡Bah!... Usted habla así porque es soltero.</p> - -<p>—Y si me hubiese casado pensaría lo mismo. Además, ¿no lo estoy?... -Evarista, con quien tengo relaciones hace doce ó trece años, como -ustedes saben, es para mí una esposa. Yo, al menos, me fastidio á su -lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfacción consiste en saber -que Evarista me quiere «porque sí», y no me engaña porque me respeta lo -suficiente para no engañarme, no porque carezca en su casa de completa -libertad. Esta alegre confianza mía los celosos la ignoran. Un celoso -debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legítimo amor, sino -miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y -vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que -creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de él. En -cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas -de par en<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325"></a>{325}</span> par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no -quiere irse...</p> - -<p>Don Juan Manuel disertó amenamente acerca del amor y del modo, un poco -libertino, que él tenía de sentirlo.</p> - -<p>—Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con -sinceridad, pero sí aparentar ó fingir magistralmente que las amamos; -pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer ó tan esquisitamente -frívolas, que se contentan y satisfacen con la ficción. Cabalmente -porque nunca las quise mucho, fué por lo que ellas, casi todas, me -quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis -teorías y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la -renovación frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin -embargo, quiero á Evarista y probablemente no me separaré de ella. Es -cierto. Pero conviene consignar aquí que á todas las pasiones de mi -vida, aun á las mayores, fué ligada siempre una abundante dosis de -pereza. Yo no suelo serles fiel á las mujeres por cariño; mi constancia -no es constancia legítima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por -abandono sigo á su lado, como frecuentemente hallándonos encamados, -tenemos sed, y no nos levantamos á beber por no molestarnos en cambiar -de actitud. ¡Anomalía extraña! La costumbre, que mata al amor, es, no -obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor.</p> - -<p>Fernández Parreño aprovechó la pausa que en este momento de su discurso -hizo el diputado, para sentar la opinión de que don Juan Manuel, ó por -pereza, como él creía, ó por nobleza, gratitud y perseverancia de -corazón, si llegara á casarse sería un marido modelo.</p> - -<p>Don Juan Manuel sonrió y movió la cabeza, en señal de duda.</p> - -<p>—No sé, mi querido amigo—repuso—; no sé qué<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326"></a>{326}</span> decirle, pues tengo -poquísima confianza en mí. Sucede con los amores lo que con las citas. -Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. «No es -correcto hacerla esperar al aire libre»—pensamos—. Lo mismo ocurre en -los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos -retrasemos, siempre acudiremos á tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda -en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse. -El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale -á una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan -cómodas, nunca sería exacto...</p> - -<p>Se interrumpió, tuvo una sonrisita desdeñosa, aplastó lentamente la -blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de café:</p> - -<p>—Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sentí -celos. ¡Pobres cerebros pequeños, cerebros oscuros!... A veces les -compadezco, á ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro más que nadie -de ese mal, porque mi ambicioso corazón tiene celos simultáneamente de -millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas, -que llenan los teatros de Madrid y no son mias.</p> - -<p>Hizo un mohín irónico.</p> - -<p>—Claro es que de tan descosida afición amorosa un hombre discreto se -alivia fácilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos -dirigido la siguiente pregunta: «¿A quién pertenecen esas mujeres tan -bellas que vemos en la calle? ¿A qué venturoso galán rindieron la -intimidad perfumada de sus noches?...» Pero no debemos desesperarnos, -pues igual interrogación se propondrán los dueños de tales hermosuras -con respecto de nuestras esposas. Es la triste condición humana; basta -que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se -detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber -triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327"></a>{327}</span> le guían y ayudan en su -camino: la vista y el tacto. Pero diríase que aquella tiene vergüenza de -que su aliado, mucho más tardo y grosero, la empareje; y así, apenas -nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente -ingratos y peregrinos, miran á otra. Ello me anima á dar á ustedes el -siguiente consejo: cuando alguien desee mucho á una mujer casada y -cegado por su deseo se torture y piense que únicamente á su lado sería -feliz, acuérdese de que, junto á ella, su esposo, más de una noche, se -aburrirá horrorosamente. Esta reflexión ha de producirle gran alivio...</p> - -<p>Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel -intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel calló la -conversación siguió rumbos más fáciles.</p> - -<p>Don Isidro dijo que por la tarde él y su cuñado salieron á dar un paseo, -y que estuvieron divirtiéndose en tirar piedras contra un poste del -telégrafo.</p> - -<p>—En ese mismo poste—agregó—, siendo yo niño, grabé con un cortaplumas -las iniciales de mi nombre; hoy las busqué y allí están todavía.</p> - -<p>Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza -del vivir pueblerino, arrancó un suspiro á don Artemio. También suspiró -don Elías. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo más -pequeño durará más que ellos.</p> - -<p>Hablaron de dos turistas ingleses, padre é hijo, que llegaron al pueblo -la víspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje á Salamanca al -día siguiente.</p> - -<p>—Entre ayer y hoy—exclamó don Artemio—han recorrido, no sólo la -población, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para -aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque -bebiendo cerveza á la puerta del parador del Sol, y retrataron á unos -trajinantes gitanos que estaban allí con sus caballerías. Después, por -el Paseo de los<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328"></a>{328}</span> Mirlos, bajaron al río y visitaron la fábrica de -tejidos de Pepe González.</p> - -<p>Don Isidro, que aborrecía á González por rivalidades de oficio, tuvo una -mueca desdeñosa.</p> - -<p>—¿Y quién les llevó á casa de González?—interrumpió.</p> - -<p>—No lo sé.</p> - -<p>—Siempre sería el mentecato de su sobrino Juan, el marido de <i>la -Manca</i>...</p> - -<p>Don Isidro miró á los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del -hombre acostumbrado á acertar.</p> - -<p>—Lo comprendí—agregó—en cuanto dijo usted que esos forasteros habían -estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de <i>la Manca</i>, -no sale de allí. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es también de -Felipe Ortiz, el dueño del parador. ¡Esposa de la mano izquierda, se -entiende! ¡No tiene otra!...</p> - -<p>Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar á -González, su enemigo, añadió:</p> - -<p>—¡Pues, valiente telar han ido á enseñarles! Apuesto la cabeza á que no -hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado á la -hilandería de mi suegro!...</p> - -<p>—También la visitaron—repuso el boticario—; y retrataron á todo el -personal. Después repasaron el río y triscando como cabras subieron -hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio -pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografías; decían que -la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mérito. En -seguida pidieron autorización para visitar el cuartel; estuvieron en la -torre y bajaron á los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos -años, lo menos treinta, estaba cerrado. También celebraron con -entusiasmo los frescos de la bóveda de la enfermería. Pero lo que más -les ha gustado, según don Valentín, es el balcón de la calle Amor de -Dios.<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329"></a>{329}</span></p> - -<p>—¿El de casa de doña Francisca?—preguntó Martínez.</p> - -<p>—Eso es. ¿Lo sabía usted?</p> - -<p>—Me lo dijeron anoche.</p> - -<p>—¿Sí?... ¿Dónde?</p> - -<p>—En la peluquería de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera -Salamanca; aquí en seguida se sabe todo.</p> - -<p>Comentaron abundantemente cuanto los forasteros habían hecho y dicho. No -llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la -excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de -mirar, de hablar, de moverse, descubrían el rango de sus personas. Los -dos se parecían extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de -movimientos y rubios; caminaban á zancadas largas y usaban monóculo. Lo -que más pasmaba á la reunión era la actividad infatigable de aquellos -trotatierras.</p> - -<p>—De ayer á hoy—observó don Artemio—han cambiado de calzado lo menos -cinco veces.</p> - -<p>Agotado el tema, don Dimas interpeló á su colega don Elías.</p> - -<p>—¡Me debe usted una merienda!...</p> - -<p>Entre risas, explicó lo ocurrido. Acababa de sentarse á tomar un -piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto.</p> - -<p>—Tiré la servilleta y corrí al balcón á informarme de lo que sucedía; -era la jaca de nuestro amigo Fernández Parreño, que no quería andar. El -animal reculaba y se metía en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba -consiguió dominarlo. Pero cuando yo volví á la mesa me encontré con que -el gato se había llevado mi merienda.</p> - -<p>—Al taller fueron á decirme—exclamó don Ignacio—que en la calle Larga -se espantó esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don -Elías.</p> - -<p>Y agregó doctoral, dirigiéndose al médico:<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330"></a>{330}</span></p> - -<p>—Le advierto á usted que esa jaca está medio loca y antes de un año -será preciso matarla. Si halla usted ocasión de venderla, hágalo. Es un -buen consejo.</p> - -<p>Don Juan Manuel preguntó al veterinario lo que convendría hacer con los -bueyes que tenía enfermos. El señor Martínez hizo un ademán impaciente.</p> - -<p>—Esos animales—replicó con hostil vivacidad—están tuberculosos. Ya se -lo he dicho á usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamación de -la articulación fémororrotuliana es producida por un exceso de -trabajo... ¡Pues, no señor! Usted, para curarlos, habrá empleado -vesicantes... ó les habrá aplicado inyecciones de adrenalina, ¿verdad?</p> - -<p>—Justamente.</p> - -<p>—¿Y no ha conseguido usted nada?</p> - -<p>—Hasta ahora, nada.</p> - -<p>—¡Es claro! Porque esa inflamación de la sinovial no proviene de ningún -esfuerzo, ni es de origen artrítico, sino de origen tuberculoso. Esos -bueyes, vuelvo á repetir, no le sirven á usted y debe usted matarlos -cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad.</p> - -<p>—Mañana mismo pasarán á mejor vida—repuso tranquilamente don Juan -Manuel.</p> - -<p>Con esta promesa, que era una satisfacción y tributo rendidos á la -practica, saber y buena amistad, del señor Martínez, éste se dió por -contento, y suavizó su humor.</p> - -<p>Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compró en -Candelario.</p> - -<p>—¿Tiene furor uterino?—interrogó don Ignacio.—Entonces, es lo mejor -que puede usted hacer; porque, estirpándola los ovarios, rendirá mucha -más leche. Transcurridos dos ó tres años, quedará inútil, ya lo sabe -usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar -por ella lo que haya podido costarle ó más...<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331"></a>{331}</span></p> - -<p>—Necesito castrar un potro—dijo don Elías.</p> - -<p>—Cuando usted guste.</p> - -<p>—Esta semana. Todavía es añal.</p> - -<p>—Mejor. Así la operación ofrece menos peligros. Después, el tratamiento -es sencillo. Se reduce á lavar bien la herida con agua sublimada ó -fenicada, y á tener al animal, durante los ocho primeros días, atado -corto al pesebre, para que no se eche.</p> - -<p>De pronto el señor Martínez se revolvió contra el boticario; su belicosa -voluntad acababa de sentir una crisis de cólera.</p> - -<p>—¡Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el -favor de no meterse á recetar. Usted no es quién, para recetar. Yo hablo -muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligación, ha de limitarse á -servir las recetas que le lleven.</p> - -<p>La acometida fué tan á quemarropa, que don Artemio, á pesar de su flema, -se ruborizó.</p> - -<p>—¡Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. ¿A qué viene eso?...</p> - -<p>—Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: «quien del alacrán -está picado, la sombra le espanta».</p> - -<p>—Repito que no le entiendo á usted. ¿A qué responde ese exabrupto?</p> - -<p>—Viene á cuento—replicó el señor Martínez clavando sus ojos -tempestuosos en los del boticario—de que muchas personas, unas del -pueblo, otras del campo, van á la farmacia de usted y, para ahorrarse el -dinero del médico ó del veterinario, le consultan las dolencias que -ellos, ó sus animales, padecen. Y usted... ¡claro!... les atiende; y si -había de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y -cuartillo, sin advertir que, aquí, en Puertopomares, hay ocho médicos y -dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted -hay que hablarle así, porque «el buey ruin en cuerno crece»...<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332"></a>{332}</span></p> - -<p>Aunque acobardado por la marcial actitud de Martínez, el boticario se -creyó obligado á oponer un alarde rotundo y viril á la acusación de que -era objeto. La presencia de dos médicos en la tertulia acrecentaba la -gravedad y ridiculez de su situación. Apretó bien los puños bajo la -mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de él una bizarría. Hasta -don Juan Manuel, se había quedado grave.</p> - -<p>—¿Y eso lo dice usted en serio?—interrogó don Artemio, templándose -para la pelea.</p> - -<p>—En serio, sí, señor. Yo soy así. Yo hablo siempre en serio y digo las -verdades en la cara.</p> - -<p>—Pues... ¡miente usted!...</p> - -<p>—¿Que yo miento?... ¿Ha dicho usted que yo miento?...</p> - -<p>Levantóse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo -y esgrimiéndola á manera de maza, la descargó sobre la cabeza del -boticario. Resonó un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo -y turgente, de don Artemio, tiñóse de sangre. El agredido vaciló, pero -recobrándose quiso arremeter á su rival, cuando éste, poniéndole los -puños unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcertó y -zarandeó hasta dar con él de lomos en el suelo. Alzáronse todos, -acudiendo á represar con manos y razones la desbridada furia de don -Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de sí, pretendía subirse encima -del caído y patearle y exprimirle como á uva en lagar.—«¡Al capón que -se hace gallo, azotallo!»—gritaba el albeitar, que, ni aun en tan -dramático momento, perdía su culto á los refranes.</p> - -<p>Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que habían acudido -al ruido de la trifulca, rodearon á Martínez, llevándole, casi á -rastras, al hueco de un balcón. Fernández Parreño y don Dimas favorecían -á Morón, ayudándole á enmendar el desorden de su traje y á limpiárselo -con una servilleta. Había en<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333"></a>{333}</span> su solicitud una especie de solidaridad, -una protesta tácita contra la baratería del agresor. Muy pálido, la voz -agitada aún por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba:</p> - -<p>—¡Farsante!... ¡Calumniador!... ¡Decir que yo receto!...</p> - -<p>En medio de su tribulación el pobre hombre, con su elevada estatura, su -joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automáticamente -se palpaba la frente con un pañuelo, y al ver que éste se cubría de -púrpura, volvía á restañarse la herida. Entre su enorme cráneo rojo y -sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenían una lividez -cadavérica y sus amedrentados ojos parecían mayores. Todo su corpachón, -débil y cobarde, temblaba.</p> - -<p>—¡Decir que yo receto!... ¡Embustero!... ¡Y acometerme hallándome -desprevenido!... ¡Claro es que esto no queda así!... ¡Yo sabré lo que -debo hacer!...</p> - -<p>Dolíase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque, á través de -la distancia y de las personas que le defendían, las venenosas pupilas -de Martínez le buscaban furibundas y se clavaban en él como saetas.</p> - -<p>Trémulo de cólera, con algo de jabalí acosado, en la expresión de los -enrojecidos ojos, don Ignacio repetía:</p> - -<p>—Ese viejo usurero vive porque están ustedes aquí. Pero yo, un día, le -mato; le abro la cabeza de un garrotazo...</p> - -<p>También se revolvió lesivo contra una observación de don Juan Manuel.</p> - -<p>—¡No, señor!—gritó—yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que -dice en voz alta lo que piensan muchos. ¡Ni más ni menos! Los ocho -médicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos -roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...; ¡ó no me da la -gana de callarme!... ¡Bastante<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334"></a>{334}</span> prudente he sido!... Este escándalo debí -darlo hace tiempo...</p> - -<p>Como la furia del señor Martínez no amainaba, don Dimas y don Isidro -decidieron llevarse á don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba -una ocasión discreta para poner pies en polvorosa, agradeció -sinceramente aquella intervención, y lanzando á su contrario una mirada -de desafío, insinuó hacia la puerta del salón una retirada elegante. -Salió con andar lento y ajustándose bien el sombrero sobre sus melenas -despeinadas. En medio de su espalda, señalando la cresta más saliente de -su joroba, griseaba una mancha de polvo.</p> - -<p>Don Ignacio le gritó implacable:</p> - -<p>—¡Ya nos veremos!...</p> - -<p>Al mismo tiempo que golpeándose, por dos veces, el antebrazo izquierdo -con la mano derecha, ponía á su advertencia un comentario obsceno.</p> - -<p>Cuando don Artemio se marchó, el señor Martínez, y cuantos con él -estaban, volvieron á sentarse. Los ánimos se apaciguaban. La opinión, -que hasta allí habíase mostrado indecisa, reaccionó en favor del -veterinario. La mayoría admiraba la crudeza de sus palabras y la -excelente puntería y diligencia de sus puños. Reconocían que el -silletazo que derribó á don Artemio fué magistral. Verdaderamente, don -Ignacio estuvo muy bien, y Fernández Parreño le testimonió su adhesión -dándole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos -todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y -cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesía.</p> - -<p>Don Juan Manuel lanzó una carcajada.</p> - -<p>—Realmente, hasta que no le he visto á usted boxear, amigo Martínez, no -comprendía yo que se le pudiesen dar á un hombre tantas bofetadas en tan -poco tiempo...<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335"></a>{335}</span></p> - -<h2><a name="XXXI" id="XXXI"></a>XXXI</h2> - -<p>—Advierto desde hace tiempo—había dicho don Valentín—que don Ignacio -no se muerde más que las uñas de los dedos pulgares...</p> - -<p>La observación era rigurosamente cierta. Varios meses hacía que el señor -Martínez, apenas se hallaba solo, empezaba á comerse vorazmente las uñas -de sus pulgares, y este rasgo de autopofagia acusaba en él una -impaciente y colérica preocupación. Su inquietud provenía de la noche en -que doña Fabiana se levantó sonámbula para ir á casa del hombre amarillo -y pequeñito. Consideradas separadamente, ni la pesadilla de su mujer, ni -la de Fermín, el tartanero, revestian verdadera importancia, pues son -frecuentes los ensueños que sugestionan á las personas dormidas al -extremo de obligarlas á la acción. Lo inexplicable eran el sincronismo y -la absoluta concordancia de ambos fenómenos. Don Gil había dicho al -tartanero:</p> - -<p>«A las doce en punto estarás con tu coche delante de la puerta de don -Ignacio.»</p> - -<p>Y á doña Fabiana:</p> - -<p>«Su marido está enfermo. Vaya usted á verle. Fermín la llevará á -usted...»</p> - -<p>El veterinario se recomía los sesos escudriñando los vínculos que -pudiera haber entre estas alucinaciones, y aunque materialista acérrimo -y refractario, de consiguiente, á admitir que las almas campasen solas, -bien echaba de ver que el fondo de aquel asunto escapaba á toda cábala -científica. Allí había un secreto, un enigma, demasiado complejo para -achacarlo á la casualidad. De esto don Ignacio no hablaba con nadie; el -recelo de parecer asustadizo y de que las<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336"></a>{336}</span> gentes empezasen á decir que -don Gil Tomás gustaba de doña Fabiana, le contenían. Su reserva y las -supersticiosas tribulaciones de su mujer, agravaban su preocupación. -Como él, doña Fabiana advertía á su alrededor, especialmente de noche, -un peligro; la presencia de algo invisible y fuerte que la espiaba. En -otra ocasión, Martínez hubiese achacado aquel sobresalto á un principio -de neurastenia; pero, contra esta suposición tranquilizadora, alzábase -el recuerdo de aquella cita inexplicable, tendida, como un lazo, á la -virtud de su mujer.</p> - -<p>—¿Tú no crees—preguntaba Martínez á doña Fabiana—que don Gil esté -enamorado de ti?</p> - -<p>—No lo creo.</p> - -<p>—Una noche, sin embargo, soñaste con él; quería abrazarte; tú me lo -dijiste.</p> - -<p>—¿Qué importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueños son -tonterías.</p> - -<p>Don Ignacio desconfiaba; temía que su mujer, conociendo las violencias -de su carácter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no -ocultarle nada, y tal acento de convicción y nobleza tenían sus -palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doña Fabiana era sincera; -el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte.</p> - -<p>Además, la señora de Martínez no había vuelto á soñar con don Gil, y si -alguna vez le vió en sueños, fué tan ligeramente, que su imagen no dejó -rastro malo ni bueno en su memoria. Acerca de esto don Ignacio no sabía -interrogarla y se informaba torpemente. Algo honesto, muy caballeresco, -muy pulcro, le impedía formular preguntas infames. Doña Fabiana, sin -embargo, le respondía explícitamente. Demasiado comprendía las -curiosidades de su marido cuáles eran y por dónde iban orientadas.</p> - -<p>—Puedes creer—le decía—que después de esa noche de que ya hemos -hablado, no he visto á don Gil.<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337"></a>{337}</span></p> - -<p>Con cuya misericordiosa afirmación Martínez sentía apaciguarse la -agresiva tirantez de sus nervios y aliviado su corazón de una sofocante -pesadumbre.</p> - -<p>Terminadas las vacaciones carnavalescas, comenzó á celebrarse en -Salamanca la vista del proceso instruído contra los hermanos Paredes. La -noticia produjo en Puertopomares indecible emoción y devolvió á <i>los -Rojos</i> todo su repugnante interés criminal. Los detalles de la causa, un -poco olvidados en el somnífero transcurso de aquel año, readquirieron -llamativos verdores. La gente, al pasar por delante de la llamada -siempre «casa del chopo», miraba recelosa hacia la puerta; aquella -puertecilla sórdida, oscura, colocada en un nivel inferior al de la -calle, por donde el cadáver del señor Frasquito salió una mañana -llevándose á la tierra el secreto de su agonía. Nada faltaba en el negro -horror de tan inaudita tragedia policíaca: las relaciones incestuosas de -Rita con su hermano; la horrible sagacidad que ambos pusieron en el -planteamiento y realización de su crimen; el hallazgo de las tres orzas, -llenas de dinero, detalle que enardecía la imaginación popular inclinada -á creer, por motivos de raza, en tesoros ocultos. Luego el desarrollo de -tan ominosa película ofrecía un intervalo de sosiego, de paz hipócrita: -el comercio establecido por los Paredes en la calle Larga; la existencia -honrada, fértil y sin penumbras, vivida serenamente ante los ojos de -todo el vecindario: el hombre que no bebe, ni juega y se acuesta -temprano; la mujer, casera, dedicada absolutamente á la crianza de sus -hijos, como si quisiera ir borrando con la santidad de aquel amor las -torpezas escandalosas de su juventud. Hasta que, de súbito, sin razón -ostensible, el espectro del crimen reaparece para arrojar á tres niños -bajo las ruedas de un tren. ¿Por qué aquel triple infanticidio? ¿Qué -espíritu infernal necesitaba, para encalmarse y ser propicio, la -ofrenda<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338"></a>{338}</span> de aquella sangre inocente? ¿Asesinando á sus hijos cumpliría -Rita Paredes algún voto?...</p> - -<p>Durante las primeras sesiones, los procesados se mantuvieron inflexibles -en las posiciones que cada cual había elegido. Rita ratificaba -puntualmente sus declaraciones y acusaba sin piedad á su hermano. En -cambio, Toribio lo negaba todo; pero como en sus careos con la mujerona -se aturrullaba y contradecía, su situación era, por momentos, más falsa. -Vicente López se disculpaba diciendo que, efectivamente, él quiso -llevarse á Buenos Aires á su hijo Deogracias y á Rita, pero que no -comprendía por qué ésta asesinó á sus otros hijos, ni cómo pudo llegar á -tan desaforado extremo de sevicia.</p> - -<p>Fernández Parreño y su colega don Dimas Narro, don Ignacio, don Isidro -Peinado, alcalde de Puertopomares cuando ocurrió la muerte del señor -Frasquito, y otros muchos vecinos, fueron reclamados como testigos por -la Audiencia de Salamanca. Sus declaraciones no aportaron luz ninguna al -proceso, pero sirvieron para exacerbar la pública inquietud. Los -comentarios se multiplicaban hasta lo infinito; á Epifanio Rodríguez, el -estanquillero, le arrebataban los periódicos de las manos.</p> - -<p>En el Casino, en la Fonda del Toro Blanco, alrededor de las mesas del -Café de la Coja, bajo el emparrado tendido, á modo de visera, ante el -Parador del Sol, en los bancos de la Glorieta del Parque, donde se -reuniesen cuatro ó cinco personas, siempre había una dispuesta á leer en -alta voz las largas informaciones que cotidianamente la Prensa -salmantina consagraba al crimen de los Paredes. Las tertulias tenían un -interés nuevo; los circunstantes revisaban todos los incidentes de la -vista, glosaban las declaraciones de Rita, elogiaban las argucias, -emboscadas y ágiles taimerías del fiscal. En el Casino, donde, según -costumbre, Martínez era el encargado<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339"></a>{339}</span> de leer los periódicos, reinaba -expectación indescriptible. Cuando el veterinario se colocaba las gafas -sobre la nariz y cogía la Prensa, apagábanse todos los murmullos del -salón, las conversaciones cesaban, los jugadores de billar dejaban sus -tacos. Rodeando la mesa que ocupaban don Ignacio, don Juan Manuel, -Fernández Parreño y otros amigos, los oyentes se oprimían. Cada cual -cogía una silla y se aproximaba procurando no hacer ruido. Sobre el -fondo claro de los muros, bajo la luz alechigada de las lamparillas -eléctricas, únicamente Teodoro, rígido y vestido de negro, las manos -atrás y la servilleta al hombro, permanecía de pie. Su cabeza pálida, -cubierta de cabellos erectos y rubios, cortados según la moda francesa, -parecía de oro.</p> - -<p>Los diarios de aquella noche publicaban los incidentes de la cuarta -sesión. Don Ignacio Martínez, que acababa de beber una copita de coñac, -se limpió los labios con la mano, paseó por su auditorio una mirada -satisfecha, y empezó á leer:</p> - -<p>«A las dos en punto comienza la sesión. La tribuna pública rebosa gente; -los curiosos se oprimen, se lastiman y con el ahinco de ver se ponen de -puntillas y estiran el cuello. La temperatura es sofocante; el señor -presidente manda abrir una ventana y la orden es recibida con murmullos -aprobativos. Suena una campanilla y el silencio se restablece. Por una -puerta y entre guardias aparecen los procesados: primero, Rita Paredes; -luego su hermano, Toribio Paredes; detrás, Vicente López. Los tres -ocupan el banquillo de los acusados. Rita pide la quiten las esposas, á -lo que el señor presidente del Tribunal accede. Lo mismo hacen con -Vicente y Toribio. Este no dice nada; hállase muy abatido y no levanta -los ojos de la alfombra. Vicente López, en cambio, mira al público con -descaro y sonríe á los periodistas.</p> - -<p>»Empieza el interrogatorio. A una invitación del<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340"></a>{340}</span> señor presidente, Rita -Paredes se levanta. Parece más alta, más flaca, más angulosa, que nunca. -Sus brazos descarnados forman, con la línea de los hombros, un ángulo -recto.</p> - -<p>»Fiscal.—Veamos, Rita: el Tribunal está muy satisfecho de usted porque, -desde los primeros momentos, usted se ha manifestado decidida á ayudarle -en sus pesquisas. Pero, aun no hemos llegado al fin. Entre las -declaraciones de usted y las de su hermano, hay divergencias que la -Justicia necesita precisar y aclarar. Debemos, pues, insistir sobre -ciertos puntos ya discutidos. Usted ha dicho que á Frasquito Miguel le -mataron entre usted y su hermano Toribio. ¿Es esto verdad?</p> - -<p>»Rita.—Sí, señor.</p> - -<p>»—¿En la comisión del asesinato no les ayudó nadie? ¿No tenían ustedes -algún cómplice?</p> - -<p>»—No, señor, ninguno.</p> - -<p>»—Su hermano Toribio dice que la noche de autos, cuando él regresó del -Café de la Coja, ya de madrugada, vió á un hombre que salía corriendo de -casa de ustedes, y que en aquel individuo creyó reconocer á Vicente -López, <i>el Charro</i>, antiguo amante de usted.</p> - -<p>»—Es mentira.</p> - -<p>»—Fíjese usted bien. Acerca de este punto, el Tribunal necesita -hallarse perfectamente informado. Mida usted bien sus palabras. Echaría -usted sobre su conciencia una responsabilidad gravísima, si, por -favorecer á la persona que ama, acusase usted á un inocente.</p> - -<p>»—He dicho la verdad.</p> - -<p>»—Usted, con sus palabras, no ha sabido infundirnos esa convicción. -Nadie comprende que Toribio Paredes, quien, según declaración de -diversos testigos, parecía profesar á su cuñado morganático sincero -afecto, de pronto se concertase con usted para asesinarle.<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341"></a>{341}</span> En cambio, -hallo muy verosímil que usted y Vicente López, el padre de su primer -hijo y, según indicios, el hombre á quien usted ha querido más, -decidiesen matar á Frasquito Miguel para robarle y con su dinero huir á -Buenos Aires. El tiempo que dejaron ustedes transcurrir entre la -perpetración del delito y el día de la fuga, no significa nada, ni pesa -nada en el criterio del Tribunal; es, sencillamente, un ardid empleado -por ustedes para eludir sospechas.</p> - -<p>»(Hay un silencio. Toribio Paredes permanece inerte, la barbilla sobre -el pecho, los ojos apagados. Parece sordo. Vicente López se rebulle en -su asiento y hace con la cabeza enérgicos ademanes negativos. Uno de los -guardias que le custodian le toca en la espalda y por señas le ordena -que observe más circunspección y mesura. <i>El Charro</i> suspira y se encoje -de hombros).</p> - -<p>»Fiscal.—¿Qué responde usted, Rita, á lo que acabo de decir?</p> - -<p>»Rita.—Ya lo sabe usted. Mi hermano miente. La noche del crimen Toribio -no salió á la calle, y de consiguiente nadie pudo penetrar en casa á -hurtadillas suyas. Además, en aquella época Vicente López no vivía en -Puertopomares.</p> - -<p>»—¿Dónde estaba?</p> - -<p>»—No lo sé; no nos escribíamos. Habíamos reñido y hacía años que yo no -tenía noticias de él.</p> - -<p>»(El abogado de Toribio Paredes pide autorización para dirigir á la -acusada una pregunta. El Tribunal consiente).</p> - -<p>»El señor García Pérez.—¿Cómo explica entonces la acusada que, apenas -asesinado el señor Frasquito Miguel, resucitase en Vicente López el -cariño hacia ella? Yo invito á la Sala á fijarse en la extraña -concatenación de estos hechos. Hay entre ambos una derivación -perfectamente lógica. A mi juicio, si Vicente<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342"></a>{342}</span> López no es el ejecutor -del crimen, fué, cuando menos, el agente moral, el inspirador; su -repentino amor á la acusada sólo se explica por el deseo de apoderarse -del dinero de la víctima. Es cuanto tenía que decir.</p> - -<p>»El señor Bastín, defensor de Vicente López, exclama:</p> - -<p>»—Esa observación carece de sentido.</p> - -<p>»El señor García Pérez, que no ha oído:</p> - -<p>»—¿Cómo?</p> - -<p>»—El señor Bastín.—Se quiere, porque sí, y los amores que parecían -muertos resucitan también «porque sí». Esto sucede todos los días. Decir -lo contrario es hablar como lo haría un chiquillo sin experiencia.</p> - -<p>»(Risas. Los dos letrados entablan un tiroteo de frases bastante vivo. -El señor presidente se cree obligado á intervenir):</p> - -<p>»—¡Orden, señores!...</p> - -<p>»(El señor García Pérez se sienta, un poco sofocado, y al hacerlo deja -caer unos papeles que revuelan como mariposas y se esparcen sobre la -alfombra. El señor García Pérez hace un guiño de contrariedad. Más -risas).</p> - -<p>»Fiscal.—¿No obstante lo afirmado por el señor García Pérez, la acusada -mantiene sus declaraciones?</p> - -<p>»Rita.—Sí, señor.</p> - -<p>»—¿Su hermano Toribio es el único autor material y moral del asesinato -cometido en la persona de Frasquito Miguel?</p> - -<p>»—¿Cómo, moral? ¿Qué quiere decir eso?...</p> - -<p>»—Pregunto que si fuera de Toribio no hubo nadie, Vicente López, por -ejemplo, ú otra persona cualquiera, que les aconsejase, tanto á usted -como á su hermano, desembarazarse del señor Frasquito.</p> - -<p>»(Hay una pausa. Rita parece vacilar. El señor fiscal insiste):<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343"></a>{343}</span></p> - -<p>»—Díganos la verdad: ¿Nadie indujo á ustedes al asesinato del señor -Frasquito?</p> - -<p>»—Sí, señor.</p> - -<p>»—¿Cómo? ¿Alguien ha aconsejado á ustedes matar á Frasquito Miguel?</p> - -<p>»—Sí, señor.</p> - -<p>»—De ello, sin embargo, nada había usted dicho hasta ahora...</p> - -<p>»—No, señor.</p> - -<p>»—¿Por qué?...</p> - -<p>»—No me había acordado.</p> - -<p>»(Las palabras de Rita Paredes despiertan extraordinaria emoción. La -mujerona, larguirucha y fantasmal, parece sonámbula. Toribio Paredes -levanta precipitadamente la cabeza y mira á su hermana. Su rostro -refleja una ansiedad y una alegría).</p> - -<p>»Fiscal.—Supongo que no intentará usted descarrilar la acción de la -justicia inventando patrañas cuya falsedad no tardaríamos en comprobar.</p> - -<p>»—No, señor; juro decir verdad.</p> - -<p>»—Entonces, hable usted sin miedo. ¿Quién aconsejó á usted y á su -hermano asesinar á Frasquito Miguel?...</p> - -<p>«(Prodúcese en la Sala un silencio absoluto; silencio de camposanto. -Centenares de ojos, bruñidos por la curiosidad, se clavan en Rita. Esta -duda, mira al Tribunal, á los letrados y al público, con expresión -idiota. Por dos veces se lleva las manos á la frente y, automáticamente, -se alisa los cabellos).</p> - -<p>»—Lo que voy á decir esconde un misterio; un misterio que no comprendo -y, de consiguiente, que no sabré explicar...</p> - -<p>»—Hable usted como mejor sepa, Rita; aquí estamos todos dispuestos á -ayudarla.</p> - -<p>»(La voz del señor fiscal se ha almibarado notablemente: es la seductora -dulzura paternal conque la experiencia le ha demostrado que debe -hablarse á los<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344"></a>{344}</span> acusados para empujarles á la sinceridad y á la -confesión. Toribio Paredes no cesa de mirar á su hermana. En la cara de -Vicente López hay asombro).</p> - -<p>»Rita.—La persona que, tanto á mi hermano como á mí, nos ha dicho que -debíamos matar á Frasquito Miguel para robarle, es don Gil Tomás.</p> - -<p>»—¿Quién es don Gil Tomás?</p> - -<p>»—Un señor que nosotros conocemos.</p> - -<p>»—¿Dónde vive?</p> - -<p>»—En Puertopomares, á la entrada del Paseo de los Mirlos.</p> - -<p>»—¿Sigue viviendo allí?</p> - -<p>»—Sí, señor.</p> - -<p>»—¿Y qué interés cree usted que podía tener ese don Gil Tomás en el -asesinato del señor Frasquito?</p> - -<p>»—Lo ignoro.</p> - -<p>»—¿Habló usted muchas veces con él?</p> - -<p>»—Sí, señor.</p> - -<p>»—¿Y su hermano?</p> - -<p>»—También.</p> - -<p>»(Toribio Paredes hace, con gran energía, ademanes afirmativos. Una ola -de sangre arrebola su rostro; tiene las mejillas encendidas y la -estrecha frente cubierta de sudor. Vicente López guarda la actitud -reconcentrada y absorta del hombre que busca un recuerdo muy olvidado, -muy hundido, en el subsuelo de su conciencia).</p> - -<p>»Fiscal.—¿Dónde veía usted á ese don Gil Tomás?</p> - -<p>»—En mi casa. Es decir: yo no le veía en ninguna parte. Yo le veía y -hablaba con él, pero era en sueños».</p> - -<p>Al llegar á este punto don Ignacio Martínez, que, no bien leyó el nombre -de don Gil, había comenzado á dar muestras de agitación, tiró el -periódico sobre la mesa y empezó á morderse el pulgar derecho. En su -rostro, crispado por una terrible emoción, los ojos pequeños y redondos -ardían y quemaban como brasas.<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345"></a>{345}</span> Los circunstantes se miraban atónitos. -Con ser enorme la sorpresa que les produjo la acusación lanzada por Rita -Paredes contra don Gil, no era tan fuerte como la que acababa de -sugerirles la insólita actitud del señor Martínez.</p> - -<p>Don Juan Manuel le interpeló:</p> - -<p>—¿Qué le sucede á usted? ¿Está usted enfermo?...</p> - -<p>Fernández Parreño miraba al veterinario fijamente, recelando ver en su -semblante síntomas de congestión. Varias personas se habían puesto de -pie, y la cabeza rubia de Teodoro adquirió repentinamente la blancura -del miedo. Hubo un silencio lleno de interés, de emoción, de solicitud. -Don Ignacio, callado, continuaba mordisqueándose las uñas con tan sañudo -ahinco, que era milagroso que la sangre no hubiese corrido ya. ¿Por qué -aquel furor caníbal? Algunos recordaron la fiel observación de don -Valentín: «Hace mucho tiempo que don Ignacio no se muerde otras uñas que -la de sus pulgares...»</p> - -<p>Don Elías tocó ligeramente en un brazo al señor Martínez.</p> - -<p>—¿Qué ha sido eso?... ¿Un mareo, verdad? ¿Quiere usted beber un sorbo -de agua?</p> - -<p>Don Ignacio pareció recobrarse:</p> - -<p>—No—dijo—, no es nada; muchas gracias.</p> - -<p>Don Elías se volvió hacia la reunión:</p> - -<p>—Ha sido un desvanecimiento producido por la lectura. Leer en alta voz -aturde; he tenido ocasión de comprobarlo personalmente más de una vez.</p> - -<p>—No es eso—contestaba Martínez—; no es eso...</p> - -<p>¿Cómo explicar en pocas palabras el efecto que la revelación de Rita -Paredes le había producido? ¿Cómo decir que, asociando las sugestiones á -que la mujerona se refería con las alucinaciones de doña Fabiana y de -Fermín, acababa de tener la convicción vertical, irreductible, de que el -hombre pequeñito era un espíritu sabático?...<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346"></a>{346}</span></p> - -<p>Para excusar explicaciones, el señor Martínez se levantó:</p> - -<p>—Señores, ustedes van á permitirme que me retire...</p> - -<p>Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Dimas y don Isidro, quisieron -acompañarle.</p> - -<p>—Iremos con usted hasta su casa—decían.</p> - -<p>—No, no; muchas gracias; no es preciso. Créanme ustedes: estoy bien, -completamente bien. Hasta mañana...</p> - -<p>Y se fué dejando á todos asombrados. Hubo algunos comentarios. Después -don Elías se puso sus gafas y cogió el periódico.</p> - -<p>—Entonces, si ustedes quieren, leeré yo. ¿Dónde estábamos?... ¡Ah, sí! -Aquí: Rita había dicho que veía y conversaba con don Gil Tomás en -sueños.</p> - -<p>«Fiscal.—¿Cómo se explica usted eso?...»</p> - -<p>Prosiguió leyendo. Su voz caía, como lluvia benéfica, sobre la -curiosidad de la tertulia; una curiosidad quemante, parecida á una -sed...</p> - -<h2><a name="XXXII" id="XXXII"></a>XXXII</h2> - -<p>El proceso instruído contra los hermanos Paredes tomó, de pronto, un -sesgo inesperado. Como las preguntas del fiscal y de los defensores, las -contestaciones de los reos tenían una orientación telepática, un picante -aliño abracadabro. En Puertopomares la curiosidad pública, aguijoneada -diariamente por los periódicos, tocaba á las cumbres de una excitación -morbosa. La multitud estaba dispuesta á amotinarse contra don Gil Tomás, -y hacía una semana que el hombre pequeñito, tildado de asesino y de -duende por la opinión, no se atrevía á salir á la calle.<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347"></a>{347}</span></p> - -<p>De este criterio parecía participar también la Prensa salmantina. Un -médico de mucha notoriedad y prestigio en la ciudad del Tormes, publicó -una crónica explicando las relaciones entre el sueño y la vigilia, y -cómo la voz teúrgica de las pesadillas puede dejarse oir en la realidad. -Aquel artículo produjo impresión y animó á su autor á escribir otros. Un -publicista spenceriano le contestó, rebatiéndole. Surgió una polémica. -La conciencia colectiva, sacudida por tan punzantes novedades, se -enardecía y flameaba como una bandera.</p> - -<p>Apenas Rita Paredes se acordó de acusar á don Gil Tomás de la muerte del -señor Frasquito y de sus hijos, el aspecto de los interrogatorios -cambió. Toribio, á su vez, se declaró autor del asesinato del buhonero y -confirmó puntualmente las palabras de su hermana.</p> - -<p>«Yo no hubiese pensado nunca en matar á Frasquito Miguel—dijo—si don -Gil Tomás, en sueños, no me lo hubiese aconsejado y ordenado; añadiendo -que, si yo le complacía, él sabría arreglárselas de manera que el crimen -no se descubriese.»</p> - -<p>El Tribunal parecía impresionado. Había en las declaraciones de los -hermanos Paredes una armonía absoluta, una categórica uniformidad de -detalles. A porfía Rita y Toribio citaban frases, conversaciones, -pormenores, que evidenciaban la sugestión criminal del hombre pequeñito. -Los dos demostraban haber obrado bajo el imperio de un vigor oculto, -inexplicable y fatal. Fue don Gil quien les aseguró que el señor -Frasquito tenía su dinero escondido en tres orzas pintadas de verde; y -quien explicó á Toribio el ardid de clavar una herradura en la maza con -que había de matar, para que ante los ojos de la opinión el mazazo se -convirtiese en coz; y quien, finalmente, obligó á Rita á desembarazarse -de sus hijos, amenazándola con delatarla á la Justicia si no lo hacía. -Los jueces<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348"></a>{348}</span> estaban pasmados. Una luz nueva, un resplandor astral y -extravagante, caía sobre el proceso y lo aclaraba. Lo que permanecía -inexplicable era el motivo que pudo impelir á don Gil á exterminar de -tan excéntrico y cruelísimo modo á Frasquito Miguel y á sus -descendientes. El proceso salíase de sus moldes habituales y perdía su -carácter contemporáneo para convertirse en una de aquellas causas por -brujería, que apasionaron á la Edad Media.</p> - -<p>Tan serio interés y alboroto acentuóse más aún cuando las declaraciones -de Vicente López confirmaron, en cierto modo, la verosimilitud de cuanto -últimamente los hermanos Paredes habían dicho. A su vez <i>el Charro</i> -recordaba haber soñado diferentes veces con un hombre amarillo y -pequeño, á quien no conocía, que porfiadamente le hablaba de que Rita -tenía buenos ahorros y le aconsejaba volver á reunirse con ella. Ahora -que sabía, aunque sólo de referencias, las trazas de don Gil, no dudaba -de que fuese éste el individuo de sus pesadillas. Con claro desparpajo -explicaba aquel reverdecimiento de su amor hacia Rita. Muchos años vivió -sin acordarse ni de la mujerona ni de su hijo; otras mujeres y otros -afanes ocupaban su corazón. Tampoco sufría remordimientos por haberla -abandonado; el tiempo se había llevado su imagen muy atrás. Una vez, sin -embargo, soñó con ella, y cuando despertó estaba triste. Varias noches -consecutivas aquel ensueño se repitió. ¿Por qué? Vicente López llegó á -preguntarse: «¿Habrá muerto?...» Durante todo el día una pesadumbre -indefinible le acompañó, semejante á una sombra. ¿Es que las veleidades -y alegrías de la juventud, vuelven en la vejez convertidas en lágrimas? -Lo que en los años verdes fué risa, ¿será después, bajo la nieve de los -cabellos, sollozo y dolor?... A estas preguntas respondió un hombrecito -estrafalario. Aquel individuo exhortaba á Vicente López á reunirse<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349"></a>{349}</span> con -Rita. «Esa mujer te quiere como nadie te quiso—le decía—; con ella y -tu hijo aun puedes ser dichoso». Sus palabras iban derritiendo poco á -poco los hielos ingratos que sobre su corazón fué echando el tiempo. Y -<i>el Charro</i> pensó: «¿Por qué no soplar y avivar el rescoldo? ¿Por qué no -sentarse otra vez al calor de la vieja hoguera?...» A esta resurrección -sentimental servía de poderoso abono el mal curso de sus negocios. -Vicente López estaba arruinado, desprestigiado, y el dinero de su -antigua amante constituía para él una salvación. Por eso se informó del -paradero de Rita y con ansias, que igual podían ser de amor que de -lucro, fué á buscarla; pero ni sabía que el señor Frasquito hubiese -muerto asesinado, ni tuvo participación alguna en el execrable -infanticidio del túnel.</p> - -<p>La novelesca unanimidad de todas estas deposiciones pesó en el ánimo de -los jueces y les determinó á reclamar la presencia de don Gil.</p> - -<p>Apenas el mandato judicial llegó á Puertopomares, don Niceto Olmedilla -se apresuró á cumplirlo. Sin perder instante, acompañado de su -secretario y de dos alguaciles, personóse en el domicilio del enano. Al -verle, el hombre pequeñito se inmutó, y la sorpresa acreció el livor de -sus mejillas.</p> - -<p>—¿Viene usted á detenerme, amigo don Niceto?</p> - -<p>—Sí, señor. Es la orden que la Audiencia de Salamanca acaba de -transmitirme. Usted sabrá, por los periódicos, que los Paredes le acusan -del asesinato de Frasquito Miguel.</p> - -<p>—Efectivamente; pero su afirmación es gratuita, descabellada... ¡carece -de todo sentido común!...</p> - -<p>En la expresión de sus ojos glaucos había una fuerte, indiscutible y -sugestiva sinceridad. Don Niceto Olmedilla sintió el leal imperio de -aquella protesta, y sus manos tuvieron un gesto de conciliación y -disculpa.</p> - -<p>—Lo comprendo—repuso—pero la humana justicia<span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350"></a>{350}</span> procede así, y en casos -como éste, el deseo de descubrir la verdad la obliga á toda clase de -tanteos y pesquisas.</p> - -<p>La escena se desarrollaba en el comedor. Caía la tarde. Delante de la -ventana abierta sobre el jardín, en la blanda palidez azulina del -espacio, negreaba misterioso el ramaje cónico de un ciprés. Don Gil iba -y volvía por la estancia, el andar lento, las manos metidas en los -bolsillos del pantalón: más que inquieto, manifestábase humillado y -enfurecido por aquel contratiempo que, á barrisco, irrumpía en su vida y -la desordenaba. Con un esfuerzo de voluntad, demostró serenarse. Miró al -reloj, pendiente del muro, entre viejos platos de Talavera y de Manises. -Eran las seis.</p> - -<p>—¿Cuándo hemos de marcharnos?—preguntó.</p> - -<p>—El tren de las seis y cuarenta es el mejor. Nos conviene salir de aquí -antes de que la noticia de hallarse usted requerido por la Audiencia se -divulgue. Ya recordará usted lo que sucedió cuando nos llevamos á los -hermanos Paredes á Salamanca.</p> - -<p>—¡Es cierto!...</p> - -<p>En un rapto de cólera, don Gil levantó los brazos sobre su cabeza; entre -los puños de su camisa, sus muñecas débiles y sus manecitas blancas, -impotentes, minúsculas, parecían las de un niño.</p> - -<p>—¡Qué contrariedad, qué trastorno! Este incidente me obligará, tarde ó -temprano, á marcharme de aquí. ¡Ya lo verán ustedes!...</p> - -<p>Asomóse á un balcón y llamó á sus criadas, que platicaban en la calle -con unos vecinos á quienes había alarmado la llegada del juez. -Obedientes á la voz del amo las dos muchachas acudieron, y don Gil -díjolas brevemente lo que debían hacer durante su ausencia. Pidió luego -le colocasen en un maletín sus enseres de tocador, y sin otras -dilaciones, marchando entre don Niceto y su secretario, y, seguido por -los<span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351"></a>{351}</span> alguaciles, salió á la calle. Noticiosas de su detención muchas -personas le miraban con recelo y asombro. En la Glorieta del Parque, -delante del Parador del Sol y á la entrada de la calle Larga, la gente -se detenía para verle pasar.</p> - -<p>Con este nuevo aliño de brujería y ocultismo, tan del gusto popular, el -interés de la causa aumentó. Los nuevos interrogatorios á que el fiscal -sometió á los acusados, y los tenaces y enardecidos careos de éstos con -el hombre pequeñito, tenían una orientación cabalística, un aroma de -otra vida, que exasperaban la curiosidad.</p> - -<h2><a name="XXXIII" id="XXXIII"></a>XXXIII</h2> - -<p>La presencia de don Gil en la Sala donde se celebraba la vista, produjo, -así en el público como en las personas del Tribunal, emoción fortísima. -Jueces, letrados, periodistas, ujieres, todos admiraban la minúscula -figura de aquel hombrecito sobre quien, á porfía, los tres procesados -declinaban las peores responsabilidades. También advirtieron la -expresión cerrada, preocupadora, de su rostro amarillo.</p> - -<p>Don Gil Tomás afrontó aquel momento con bizarría. Traspuso sereno la -barandilla que limitaba el espacio destinado al público, y subió los dos -peldaños que facilitaban el acceso al estrado. La inverosímil pequeñez -de su cuerpecillo, vestido de negro, la brevedad infantil de sus manos y -de sus pies, y más aún la quietud de su cabeza, lívida y grave, dábanle -las apariencias de un muñeco. Hubo un largo murmullo. Don Gil miró á su -alrededor. Todo era rojo: la alfombra, el papel que revestía los altos -muros, el dosel que daba á la mesa del Tribunal severo paramento, el -ovalado respaldo de los sillones donde, semejantes<span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352"></a>{352}</span> á hojas otoñales, -amarilleaban de vejez y fastidio las caras de los jueces. Suelo, -paredes, muebles, naufragaban en la misma ola púrpura; un miraje -alucinante, sanguinario, enloquecedor, sobre el cual las cabezas de los -magistrados flotaban exangües y como truncas...</p> - -<p>Después de responder á las generales de la ley, don Gil esperó cruzado -de brazos. Iban á carearle con Rita. Su aspecto, su respiración, la -mirada límpida de sus ojos, decían su inocencia. Apareció la mujerona. -Desde el primer instante el fiscal encauzó el interrogatorio -diestramente y sin divagaciones.</p> - -<p>—Como usted sabe—empezó diciendo el representante de la ley—, aquí se -han lanzado contra usted acusaciones gravísimas. Dos de los tres -individuos complicados en el asesinato de Frasquito Miguel, dicen ser -usted quien, con razones y consejos, excitando en ellos unas veces la -codicia y otras su odio al difunto, les determinó y condujo al crimen. -¿Es cierto?</p> - -<p>—No, señor. Todas esas aseveraciones son absurdas, y tomarlas en -consideración me parece ridículo.</p> - -<p>La réplica ardorosa y cortante, de don Gil, tuvo la virtud de endurecer -un poco las cejas del señor fiscal.</p> - -<p>—No debe el testigo—dijo—discutir los medios de que el Tribunal se -sirve para esclarecer la verdad de los hechos. Nadie ha solicitado su -opinión acerca de esto. Limítese, por consiguiente, á contestar.</p> - -<p>Don Gil se inclinó, demostrando acatamiento y reverencia. Continuó el -fiscal.</p> - -<p>—¿Conocía el testigo al difunto Frasquito Miguel?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Desde hace mucho tiempo?</p> - -<p>—Desde hace ocho ó nueve años. No sabría precisar ahora cuántos.</p> - -<p>—¿Fueron ustedes muy amigos?<span class="pagenum"><a name="page_353" id="page_353"></a>{353}</span></p> - -<p>—No, señor. Nos saludábamos en la calle y nada más. Puedo decir que -sólo le conocía de vista, como conozco á todos los vecinos del pueblo.</p> - -<p>—¿No alimentaba usted contra él ningún motivo de resentimiento?</p> - -<p>—Absolutamente ninguno.</p> - -<p>—¿Los padres de usted conocieron al interfecto?</p> - -<p>—Lo ignoro. Supongo que no.</p> - -<p>—¿Dónde estaba usted la noche de autos?...</p> - -<p>—En mi casa, probablemente, porque casi nunca salgo á la calle después -de cenar.</p> - -<p>—¿Qué impresión le produjo la muerte del señor Frasquito?</p> - -<p>—Una impresión de piedad. Le creía un hombre inofensivo y bueno. -Recuerdo que al siguiente día tropecé con su entierro y me uní á su -comitiva.</p> - -<p>—¿Por qué?...</p> - -<p>Esta pregunta, que en otra ocasión cualquiera habría parecido ociosa, -interesó á la Sala. También sorprendió á don Gil, que se alzó de -hombros.</p> - -<p>—Porque sí—repuso. Su voz era tranquila.</p> - -<p>El fiscal continuó:</p> - -<p>—No comprendo entonces la participación activísima que Rita Paredes y -su hermano le atribuyen á usted en el asesinato del señor Frasquito. -Ambos afirman que tan coautor como ellos es usted de esa muerte.</p> - -<p>—Tampoco yo lo comprendo, señor fiscal.</p> - -<p>—¿Frecuentaba usted el trato de Rita?</p> - -<p>—No. Con quien he hablado algunas veces es con su hermano. A ella la -conocía de vista, sabía su historia y nada más.</p> - -<p>El fiscal invitó á Rita Paredes á levantarse.</p> - -<p>—¿Es cierto—preguntó—como diferentes veces ha manifestado usted, que -el testigo la indujo á matar á Frasquito Miguel?</p> - -<p>—Sí, señor.<span class="pagenum"><a name="page_354" id="page_354"></a>{354}</span></p> - -<p>—Hable usted.</p> - -<p>Con leal vehemencia, la mujerona dirigió sus miradas y sus ademanes -hacia el hombre pequeñito. Un gran cimiento de lógica, un fondo de -verdad, de sinceridad, daba maravillosa trabazón á sus palabras, al -parecer incoherentes. Don Gil la convenció de que debía asesinar al -señor Frasquito, la dijo dónde éste guardaba sus ahorros y la aseguró -que de aquel crímen la Justicia nunca sabría nada. Agregó.</p> - -<p>—No había noche en que don Gil ó su alma... ¡ó lo que fuese!... no -compareciese en la alcoba donde mi hermano y yo dormíamos, y unas veces -á él, otras á mí, siempre nos decía lo mismo: «Que Frasquito Miguel no -servía para nada, y que si le matábamos podíamos tener dinero y ser -dichosos...»</p> - -<p>Las palabras de la mujerona indignaron al hombre pequeñito, que empezó á -gritar:</p> - -<p>—¡Esa criatura está loca! ¡Sus palabras carecen de sindéresis!... Pero, -¿no lo comprende así la Sala?</p> - -<p>Rita le increpó con una cólera que el respeto de las frases no bastaba á -encubrir:</p> - -<p>—No, señor, no estoy loca. Cuento lo sucedido. Yo desconozco los -motivos que usted tendría para odiar á Frasquito Miguel y desearle la -muerte; pero lo cierto es que eran muy raras las noches que usted dejaba -transcurrir si recomendarnos que le matásemos.</p> - -<p>—¡Falta usted á la verdad! Usted y yo no hemos hablado nunca: ni -despiertos, ni dormidos, ni de ninguna forma.</p> - -<p>—¿Que no, señor don Gil?</p> - -<p>—No, señora.</p> - -<p>—¿Y de la hecatombe del túnel, no tiene usted la culpa?</p> - -<p>—¿Yo?... ¿Yo?...</p> - -<p>—¿Usted no me ordenó que, antes de irme con Vicente López, matase á mis -hijos, pues de no hacerlo<span class="pagenum"><a name="page_355" id="page_355"></a>{355}</span> diría usted á la Justicia que entre mi -hermano y yo asesinamos á Frasquito Miguel?</p> - -<p>A estas acusaciones replicaba don Gil Tomás con negativas rotundas y -llevándose escandalizado entrambas manos á la cabeza. Cuanto Rita decía, -punto por punto lo negaba el enano. Ni una sola vez consiguieron ponerse -de acuerdo, y el careo, por tanto, á pesar de la excelente discreción y -pericia del fiscal, no trajo luz ninguna al sumario.</p> - -<p>Otro tanto sucedió en el careo verificado al día siguiente entre el -hombre pequeñito y Toribio Paredes, lo que restó algún interés á la -vista. Toribio exponía lo sucedido y explicaba la complicidad de don Gil -en términos idénticos á los empleados por su hermana. Asimismo don Gil -se obstinaba en una negativa intransigente, total y sin resquicios. El -público empezaba á aburrirse.</p> - -<p>En cambio, la declaración de Vicente López trajo una variante muy amena. -Al ver á don Gil, <i>el Charro</i> tuvo un ademán de asombro; después aquella -sorpresa fué convirtiéndose en miedo y supersticioso terror. Temblaba su -voz ligeramente. Sus pesadillas acababan de objetivarse y de hacerse -carne; carne real, viva...</p> - -<p>—Con este hombre—dijo—yo he hablado en sueños muchas veces.</p> - -<p>Las palabras de Vicente López causaron enorme emoción: eran sencillas, -reveladoras, implacables. El fiscal preguntó á Vicente:</p> - -<p>—¿Reconoce usted bien al testigo?</p> - -<p>—Perfectamente, señor fiscal.</p> - -<p>—¿Y por la voz, le hubiese usted reconocido también?</p> - -<p>—No lo creo: ya sabe usted que en las pesadillas la voz de las personas -que hablan con nosotros vibra en nuestro interior y no en nuestros -oídos; quiero decir, que no suena realmente.<span class="pagenum"><a name="page_356" id="page_356"></a>{356}</span></p> - -<p>Las declaraciones de Vicente López y de los hermanos Paredes, -ajustándose y completándose admirablemente unas á otras, constituían un -terrible bloque acusador para don Gil. Indudablemente en los oscuros -entresijos de aquel asunto había un secreto telepático. Si Toribio y -Rita hubiesen acusado á don Gil desde el primer momento, hubiera podido -creerse en un complot tramado por ambos para suavizar la gravedad de los -cargos dirigidos contra ellos. Pero aquel rumbo que las indagaciones -judiciales tomaron por los trigales del misterio, surgía de pronto, -cuando los procesados llevaban más de veinte días de rigurosa -incomunicación.</p> - -<p>Las primeras frases en que Rita Paredes se acordó de presentar á don Gil -como coautor del asesinato de Frasquito Miguel y de sus tres hijos, -parecieron bañar en una nueva luz la conciencia de los otros dos -acusados. Espontáneamente y con el franco ímpetu que inspira la verdad, -Toribio y Vicente renunciaron á las posiciones en que precavidamente se -habían encastillado: Toribio aceptó la parte de culpa que le -correspondía en el crimen, y <i>el Charro</i> vió surgir del olvidado -horizonte de sus recuerdos la imágen de un hombrecillo que, usando -palabras insinuantes de amorosa emoción y melancolía, le aconsejaba -buscar á Rita. La armonía de estas declaraciones era rotunda. Entre las -de Toribio y su hermana, especialmente, ni una vaguedad, ni una -contradicción, ni siquiera una leve discrepancia. En sus espíritus, la -impresión de aquellos sueños criminales subsistía intacta. Ambos, por -igual, habían experimentado las influencias telepáticas de don Gil, los -dos evocaban con exactitud abrumadora, casi documental, el modo cómo -aquellas alucinaciones nocturnas se producían, las palabras del -sugestionador, su rostro, su traje, sus actitudes, el silencio con que -se presentaba y se iba. Al par de Toribio,<span class="pagenum"><a name="page_357" id="page_357"></a>{357}</span> Rita citaba momentos, -miradas, fechas y otros detalles terminantes.</p> - -<p>Era imposible que los hermanos Paredes se hubiesen aunado para mantener -semejante patraña; esto requería una memoria, un vigor de entendimiento -y una sagacidad para la mentira, de que tanto ella como él, eran -absolutamente incapaces. Por consiguiente, no se trataba de nada -inventado: sus confesiones envolvían un misterio real, acaso un arcano -problema científico. A saber: ¿Pueden los espíritus separarse de sus -cuerpos durante el sueño? Y en caso afirmativo: ¿Pueden las almas -conversar unas con otras y sugestionarse al extremo de realizar -despiertas lo que determinaron hacer hallándose dormidas?... Para mayor -asombro, las últimas declaraciones de Vicente López ratificaban las de -los Paredes, y eran como una firma más estampada al pie de aquella -especie de alegato en favor de la existencia de un mundo invisible.</p> - -<p>Pero estas arriesgadas presunciones fracasaban ante los ademanes y las -miradas, de vertical inocencia, de don Gil. El hombre pequeñito no sabía -nada, no comprendía nada, de cuanto le decían. Todas aquellas -imputaciones parecíanle calumnias odiosas, tretas abominables inventadas -por la astucia de los criminales y que la incultura colectiva acogía con -regocijo insano. Él apenas había tratado al señor Frasquito; él apenas -salía á la calle de noche; su vida era transparente; vida sin viajes, -sin recobecos, sin negocios, deslizada pacíficamente bajo las miradas de -sus vecinos. ¿Quién podía reprocharle ninguna mala acción? ¿A quién -había engañado? ¿Con quién había reñido? Para honrarle ¿no estaba allí -su historia límpida, clara, impoluta, semejante á un cristal bañado en -sol?...</p> - -<p>Don Gil no mentía, y como las agitaciones de su vida nocturna huían de -su espíritu con la vigilia, este<span class="pagenum"><a name="page_358" id="page_358"></a>{358}</span> olvido daba á sus protestas un acento -irresistible de verdad. Si fuertes y leales eran las acusaciones que -contra él dirigían los procesados, no eran menos enérgicos los gestos y -las frases con que el hombrecillo se defendía; y esta indomable -sinceridad hacíase temblor colérico en sus manos y fuego vengativo en -sus ojos. Escuchando desapasionadamente á unos y otros, la Sala llegó á -convencerse de que nadie mentía. Eran francos los hermanos Paredes, lo -era Vicente López, lo era también don Gil. Mas, ¿cómo vincular la vida -real á la fantástica? ¿Cómo conceder capacidad criminal y, de -consiguiente, valimiento jurídico, á un sueño? Los Paredes y Vicente -López aseguraban haber soñado muchas veces con don Gil, pero éste lo -negaba. La certidumbre de tales pesadillas era indudable, y no obstante -don Gil podía ser ajeno á ellas. Los fisiólogos no han conseguido medir -aún el alcance de los sueños. Pudo la voluntad de don Gil presentarse -una vez y muchas á los acusados y ejercer presión en ellos; pudieron -éstos asimismo, soñar con don Gil, en cuyo caso la imagen del hombre -pequeñito cesaba de tener sustantividad objetiva para ser un producto ó -visión de la fantasía de los durmientes. Y en esta enmarañada selva de -suposiciones gratuitas y resbaladizas apariencias, ¿dónde hallar la -verdad?...</p> - -<p>Al cabo, con muy sano acuerdo, los señores jueces decidieron atenerse á -los hechos comprobados y renunciar á toda laya de pesquisiciones -metafísicas; y pues la presencia de don Gil tuvo la virtud de arrancar á -Toribio Paredes la confesión de su crimen, no quisieron obtener más de -él y restituyeron al hombre pequeñito su libertad.</p> - -<p>No obstante, estos interrogatorios y careos dejaron una estela fatal -para el enano. Sus discusiones con Vicente López y los Paredes ante la -Mesa del Tribunal, y los formidables cargos lanzados contra él, -ratificaron en el vecindario de Puertopomares la antigua<span class="pagenum"><a name="page_359" id="page_359"></a>{359}</span> creencia de -que don Gil Tomás, si no capacidades de hechicero, precisamente, tenía, -cuando menos, ciertos dones extraños, poderes telepaticos, virtudes -hipnóticas, que le permitian ejercer, á distancia, influencia sobre las -personas. La opinión elogiaba la hábil cautela con que la Audiencia -salmantina desdeñó el aura de brujería en que los tres acusados trataron -de envolver al hombrecillo, pero reservábase el derecho de seguir -creyéndole un empecatado y temible jorguín.</p> - -<p>Como el tonto Ramitas que, de año en año, arrastraba por las calles su -gruñido idiota, don Gil llegó á ser un tipo representativo. Ramitas -personificaba la ignorancia ambiente; don Gil, la incultura, gofería y -atraso de todos. En su cuerpecillo los fanatismos religiosos peores, las -supersticiones, la fe en la virtud de las cosas ocultas, cristalizaron.</p> - -<p>También parecía tener el rostro de la Muerte.</p> - -<p>A nuestro alrededor, día y noche, en todos nuestros actos, en todas las -conversaciones, en el agua demasiado fría que bebimos á destiempo, en el -rayo de sol que calentó demasiado nuestra nuca, en el negocio que -emprendemos, acecha la muerte. Su imperio aciago nos rodea. Es horrible -considerar que la casa donde moriremos seguramente ya está edificada, -que hay una escalera cuyos peldaños bajaremos en hombros, que la madera -de nuestro ataúd existe ya. «¿Cuál es esa casa?—pensamos—¿Qué árbol, -entre los millares de árboles que vi cruzando un bosque en tren, dará la -madera de mi ataúd? ¿Qué sastre hará mi último vestido? ¿Cuáles serán el -último teatro, la última ciudad, el último paisaje, que miren mis ojos? -Y, de cuantas manos estrecharon la mía, ¿cuál cerrará mis párpados?»... -Estas ideas el pueblo las asociaba al hominicaco del Paseo de los -Mirlos. Don Gil Tomás, con su actitud, que destilaba silencio, y sus -labios sin risas, debía de poseer la clave de tan terribles preguntas.<span class="pagenum"><a name="page_360" id="page_360"></a>{360}</span></p> - -<p>Prodújose contra él una reacción bárbara. Los vecinos más pacíficos -pedían su destierro. En una taberna de la Puerta del Acoso, varios -gitanos habían jurado matarle. Los hombres, que conocían por sus mujeres -las grandes venturas nocturnas del enano, tenían celos de él. Los -labriegos le hacían responsable de los pedriscos, de las escarchas y de -los animales perdidos. Un rehalero aseguraba que una noche de tormenta, -á la hora cabalística de las doce, vió á don Gil rondando la majada, y -habiéndole arrojado con certera puntería una piedra, instantáneamente -cesó de verle, de donde dedujo que no era su cuerpo mortal, sino su -espíritu, el que por allí andaba.</p> - -<p>La historia tenebrosa del hombrecito color de limón, florecía de nuevo -en las tertulias del Toro Blanco y del Casino, y en los corrillos de la -Glorieta. Don Ignacio Martínez, que nunca había hablado de la noche en -que su mujer, sonámbula, quiso ir á buscarle á casa de don Gil, -apremiado por la curiosidad de sus amigos, que tenían noticias de aquel -suceso por Fermín, lo describió circunstanciadamente, y su narración -produjo emociones rayanas en el terror cerval.</p> - -<p>—Ahora comprenderán ustedes—decía el veterinario—por qué al leer que -los hermanos Paredes acusaban á ese hombre de la muerte del señor -Frasquito, tiré el periódico. Tuve miedo, lo confieso, un miedo que era -frío y me llegaba á los tuétanos; miedo á lo sobrenatural, á los -muertos... ¡no sé!...</p> - -<p>A granel iban acumulándose contra don Gil Tomás recuerdos y detalles. La -memoria benedictina de unos, la imaginación hiperbólica de otros y la -ignorancia y malevolencia de todos, realizaban este infame milagro. Se -recordaron el accidente que privó de la vida á Eustasio, el tonelero; la -pesadilla profética de Ursula Izquierdo; el fin de Manuel Ayala, muerto -en riña al día siguiente de tener una disputa<span class="pagenum"><a name="page_361" id="page_361"></a>{361}</span> con don Gil; el -fallecimiento repentino de Juanita, la hija del carpintero Wenceslao; y -los últimos momentos de Manolo Peinado, expirando en el silencio de una -cita. Hasta las buenas acciones de don Gil, consistentes en señalar á -las personas de su agrado qué asuntos debían emprender ó de cuáles les -convenía guardarse, se revolvían en contra suya.</p> - -<p>Acobardado por la hostilidad del ambiente, el hombre pequeñito se -refugió en su casa, de la que salía apenas. Una tarde dos mujeres, que -volvían de lavar, le encontraron tendido sin conocimiento entre unos -matorrales, cerca del Malamula, y compadecidas de él le condujeron á su -domicilio. Mientras le llevaban, reían y decían maliciosos donaires. -¡Pesaba tan poco!...</p> - -<p>Meses tardó don Gil en reponerse de sus heridas. Durante este tiempo -nadie se interesó por su salud. Luego se supo que fueron Luis Olmedilla, -recién casado con Anita Fernández Parreño, y Romualdo Pérez, los autores -de tan gentil paliza.</p> - -<h2><a name="XXXIV" id="XXXIV"></a>XXXIV</h2> - -<p>Llegada la noche, que era fría, y no bien terminaron de cenar, don -Ignacio y su mujer se acostaron. Serían las nueve.</p> - -<p>—¿Quién ha preguntado por mí esta tarde?—decía Martínez—; ¿Vino el -jardinero? ¿Envió don Valentín las veinte pesetas que me debe?...</p> - -<p>Doña Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados. -Tenía sueño. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa -albura de las almohadas, aparecían las cabezas del matrimonio:<span class="pagenum"><a name="page_362" id="page_362"></a>{362}</span> ella, -saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el -ébano regio de sus cabellos; él, moreno, atlético, bigotudo, con algunos -hilos de plata en el pelo áspero, cortado al rape sobre la frente -estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tálamo y dentro de -una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa -azul, dormía Antoñita.</p> - -<p>Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apaciguándose. También -él tenía sueño y tiró á un rincón el chicote que estaba fumando. Doña -Fabiana bostezó.</p> - -<p>—¿Dormimos?—dijo.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Hasta mañana, entonces.</p> - -<p>—Hasta mañana...</p> - -<p>Cambiaron un beso. Ella dió media vuelta, buscando una actitud cómoda, y -sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazón -apetecible. Don Ignacio echó fuera del embozo un brazo faunesco, velloso -y cobrizo, y apagó la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad -rubia de la luna tendía en la oscuridad del dormitorio hilos -fantasmales. Aún doña Fabiana, la lengua entorpecida por el sueño, -interrogó:</p> - -<p>—¿A qué hora he de llamarte?</p> - -<p>—A las siete, en punto.</p> - -<p>Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron á roncar. Transcurrió -mucho tiempo. Los gallos habían cantado ya varias veces. Eran más de las -cuatro. De súbito, en la quietud del caserón, la voz atiplada de la niña -vibró imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror:</p> - -<p>—¡Mamá... mamá!...</p> - -<p>En el lecho de sus padres, sus oídos, hiperestesiados por el miedo, -percibían balbuceos de angustia y rebullos extraños de lucha. Volvió á -llamar:<span class="pagenum"><a name="page_363" id="page_363"></a>{363}</span></p> - -<p>—¡Mamá!... ¡Mamá!...</p> - -<p>—¿Qué?... Voy...</p> - -<p>Respondía doña Fabiana entre dientes. Antonia repitió incorporándose y -con la garganta llena de lágrimas:</p> - -<p>—¡¡Mamá!!...</p> - -<p>La señora de Martínez despertó; respiraba difícilmente y tenía la frente -y el cuello bañados en copiosísimo sudor.</p> - -<p>—¿Qué es?—exclamó extendiendo una mano hasta palpar á su hija—; ¿qué -es?... ¿Sucede algo?</p> - -<p>Y la niña:</p> - -<p>—¿Por qué gritabas, mamá? Me has asustado; ahora siento mucho miedo.</p> - -<p>—¿He gritado, dices?...</p> - -<p>—Sí; diste un grito horrible. ¿Soñabas?</p> - -<p>Tardó en responder.</p> - -<p>—Sí, creo que sí...</p> - -<p>—¿En qué soñabas?</p> - -<p>—No sé, no me acuerdo. Ea, duerme.</p> - -<p>Destosió, se frotó los ojos, procurando entrar en posesión de sí misma. -Antoñita decía bien: había soñado. Tenía los brazos cruzados fuertemente -sobre el pecho, lo que produce pesadillas.</p> - -<p>—Sí—repitió—estaba soñando... ¡Gracias á Dios, todo es mentira!...</p> - -<p>Don Ignacio también comenzó á removerse; forcejeaba y por entre sus -dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su -vez, doña Fabiana tuvo miedo de aquella voz que parecía venir de otra -vida. Encendió luz.</p> - -<p>—¡Ignacio!...</p> - -<p>Volvióse hacia él, tocándole en la cara nerviosamente.</p> - -<p>—¡Ignacio!... ¿No oyes?... ¡Ignacio!... ¡Ignacio!...</p> - -<p>Antoñita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos<span class="pagenum"><a name="page_364" id="page_364"></a>{364}</span> y suplicantes, -las cejas llenas de aflicción, repetía:</p> - -<p>—¿Qué tiene papá?... ¿Qué le sucede?...</p> - -<p>El veterinario tardó en recobrarse. Al cabo abrió los párpados, y había -en su rostro la angustia del náufrago que vuelve á flor de agua tras de -una larga inmersión. Estaba fatigadísimo y alentaba con trabajo; la -violencia de las palpitaciones de su corazón le sofocaban. Sus manos, -apretadas una contra otra, parecían oprimir algo...</p> - -<p>Doña Fabiana repetía:</p> - -<p>—Ignacio, tienes una pesadilla... ¿Oyes?... Tienen una pesadilla... -¡Despierta!...</p> - -<p>Suspiró el señor Martínez y demostró haber hallado su conciencia.</p> - -<p>—¡Sí...—dijo—qué horror!... Es verdad... ¡Estaba soñando!...</p> - -<p>La voz de la niña vibraba implorante y llorosa:</p> - -<p>—No sueñes, papá; me das miedo.</p> - -<p>—No, hija mía...</p> - -<p>—Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y después de morirte -hablas.</p> - -<p>—Tranquilízate: es que me había acostado del lado izquierdo. ¡Ya todo -pasó!... Ea, duerme. Hasta mañana.</p> - -<p>Antoñita se acostó, hundió en las blanduras de la almohada su cabecita -rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, tornó á dormirse. -Doña Fabiana apagó la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy -quedamente, llamó don Ignacio.</p> - -<p>—Fabiana...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—¿Tienes sueño?</p> - -<p>—No. Habla bajo, no despierte la niña.</p> - -<p>—Oye...</p> - -<p>Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvióse de cara á su -marido. Agradecíale aquel ratito<span class="pagenum"><a name="page_365" id="page_365"></a>{365}</span> de conversación, pues tenía miedo. Le -abrazó bajo la suave tibieza de las mantas. El prosiguió, hablando casi -con el aliento:</p> - -<p>—Acabo de pasar un rato malísimo. ¿Sabes lo que soñaba?... Pues que don -Gil Tomás, enamorado de ti y creyéndome ausente, había entrado en este -cuarto á seducirte.</p> - -<p>Precipitadamente doña Fabiana hubo de meterse un trozo de sábana en la -boca para sofocar un grito.</p> - -<p>—¡Ignacio!—balbuceó la mujer, empavorecida—Ignacio... ¿Qué es -esto?... Yo he soñado lo mismo.</p> - -<p>El señor Martínez empezó á temblar.</p> - -<p>—¿Es posible?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sintió que algo -viscoso, frío, como una mano muerta, recorría su espalda. Efectivamente, -había en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento -de otra vida. Prosiguió:</p> - -<p>—Nosotros nos hallábamos acostados aquí, tú á mi derecha, según estamos -ahora, cuando ese hombre llegó. Le encontré un poco raro: el semblante -más flaco, más amarillo; el resto del cuerpo no se distinguía bien... -parecía borroso... ¿Le soñaste tú así?...</p> - -<p>—Lo mismo—repuso doña Fabiana, persignándose—; lo mismo...</p> - -<p>—Entró deslizándose por entre ambos batientes de la puerta...</p> - -<p>—Eso es.</p> - -<p>—Y avanzó por detrás de la butaca...</p> - -<p>—Exacto.</p> - -<p>—Hasta detenerse á los pies del lecho de la niña...</p> - -<p>—Exacto, justo—repetía doña Fabiana que sentía helarse su carne de -pavura.</p> - -<p>Continuó don Ignacio:<span class="pagenum"><a name="page_366" id="page_366"></a>{366}</span></p> - -<p>—No dijo palabra don Gil, ni yo me incomodé en preguntarle á qué venía, -pues en su frente, como en un libro, leí su intención. De un brinco le -salí al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me -abalancé sobre él.</p> - -<p>—Es verdad. Yo le había hecho señas de que se fuera, para que tú no le -vieses, pero no me entendió.</p> - -<p>—Luchando á brazo partido caimos los dos al suelo; mas él quedó debajo, -y yo, teniéndole bien sujeto con mis rodillas, empecé á estrangularle. -¡Ah, qué placer, cuando le cogí por el cuello, sintieron mis manos!... -El perneaba, quería morderme, luego me pareció que vidriaba los ojos...</p> - -<p>Doña Fabiana interrumpió á su marido.</p> - -<p>—Sí, sí... ¡qué espanto! Todo eso lo he visto yo... ¡lo juro!... lo he -visto... ¡lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces -fué cuando di un grito y la niña me despertó.</p> - -<p>—Indudablemente—repuso don Ignacio—porque yo oí ese grito y tu figura -empezó á desdibujarse hasta desaparecer.</p> - -<p>—¿Dejaste de verme?</p> - -<p>—Completamente; y entonces oí tu voz y desperté.</p> - -<p>La señora de Martínez, devotamente, tornó á persignarse.</p> - -<p>—¡Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo juraría que, hace unos -instantes, el alma de don Gil Tomás ha entrado aquí.</p> - -<p>—Creo lo mismo.</p> - -<p>—¿Estará ese hombre enamorado de mí? Hay en todo esto como una -brujería.</p> - -<p>—¡Quién sabe!... Tal vez...</p> - -<p>No hablaron más y durmieron sosegadamente hasta el otro día.</p> - -<p>A la mañana siguiente corrió por el pueblo la noticia de que el hombre -pequeñito había muerto. Sus<span class="pagenum"><a name="page_367" id="page_367"></a>{367}</span> criadas, cuando fueron á llevarle el -desayuno, le hallaron tendido en su cama, frío y blanco. Los médicos á -quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encargó reconocer el cadáver, no -hallando en éste nada anormal, certificaron que don Gil había fallecido -de un derrame seroso. El parte facultativo añadía que la muerte debió de -ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco...</p> - -<p>Madrid, Junio 1914.</p> - -<p class="c">FIN</p> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El misterio de un hombre pequeñito, by -Eduardo Zamacois - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO *** - -***** This file should be named 53743-h.htm or 53743-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/3/7/4/53743/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/53743-h/images/colofon.png b/old/53743-h/images/colofon.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 8fe12ee..0000000 --- a/old/53743-h/images/colofon.png +++ /dev/null diff --git a/old/53743-h/images/cover.jpg b/old/53743-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 878626b..0000000 --- a/old/53743-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53743-h/images/deco.png b/old/53743-h/images/deco.png Binary files differdeleted file mode 100644 index bf49b1b..0000000 --- a/old/53743-h/images/deco.png +++ /dev/null diff --git a/old/53743-h/images/lins.png b/old/53743-h/images/lins.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 1825300..0000000 --- a/old/53743-h/images/lins.png +++ /dev/null |
