summaryrefslogtreecommitdiff
diff options
context:
space:
mode:
-rw-r--r--.gitattributes4
-rw-r--r--LICENSE.txt11
-rw-r--r--README.md2
-rw-r--r--old/53743-8.txt13066
-rw-r--r--old/53743-8.zipbin261274 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/53743-h.zipbin356068 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/53743-h/53743-h.htm13092
-rw-r--r--old/53743-h/images/colofon.pngbin6726 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/53743-h/images/cover.jpgbin76464 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/53743-h/images/deco.pngbin1532 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/53743-h/images/lins.pngbin1498 -> 0 bytes
11 files changed, 17 insertions, 26158 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes
new file mode 100644
index 0000000..d7b82bc
--- /dev/null
+++ b/.gitattributes
@@ -0,0 +1,4 @@
+*.txt text eol=lf
+*.htm text eol=lf
+*.html text eol=lf
+*.md text eol=lf
diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt
new file mode 100644
index 0000000..6312041
--- /dev/null
+++ b/LICENSE.txt
@@ -0,0 +1,11 @@
+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
+
+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
+
+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
diff --git a/README.md b/README.md
new file mode 100644
index 0000000..96bc2f9
--- /dev/null
+++ b/README.md
@@ -0,0 +1,2 @@
+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
+eBook #53743 (https://www.gutenberg.org/ebooks/53743)
diff --git a/old/53743-8.txt b/old/53743-8.txt
deleted file mode 100644
index 0045820..0000000
--- a/old/53743-8.txt
+++ /dev/null
@@ -1,13066 +0,0 @@
-Project Gutenberg's El misterio de un hombre pequeñito, by Eduardo Zamacois
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: El misterio de un hombre pequeñito
-
-Author: Eduardo Zamacois
-
-Release Date: December 15, 2016 [EBook #53743]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
- EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO
-
- DEL MISMO AUTOR
-
- (PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL)
-
-
- NOVELAS
-
- Pesetas.
-
- =El otro= (segunda edición) 3,50
-
- =La opinión ajena= 3,50
-
- =La cita= (_Biblioteca popular_) 1
-
-
-
-
- EDUARDO ZAMACOIS
-
- EL MISTERIO
- DE UN HOMBRE
- PEQUEÑITO
-
- NOVELA
-
- [Illustration: colofón]
-
- RENACIMIENTO
-
- MADRID
-
- San Marcos, 42.
-
- BUENOS AIRES
-
- Libertad, 170.
-
- 1914
-
- ES PROPIEDAD
-
-
- Imp. de Ramona Velasco, viuda de Prudencio Pérez.--Campomanes, 4.
-
- _¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como
- ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No
- constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro
- por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas
- personas--aborrecidas ó deseadas--viven lejos de nosotros?_
-
-
-
-
-EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO
-
-
-
-
-I
-
-
-Mediaba la tarde cuando empezó á llover. La misma violencia inicial del
-aguacero, engañó á los vecinos; creían todos que el chaparrón, como de
-Mayo, amainaría pronto; pero no fué así, y la voz gradualmente más
-fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes á
-columnas de humo, que velaban la crestería de los montes mayores,
-aseguraron la persistencia del mal tiempo.
-
-Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado
-en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos.
-Hállase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo,
-circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su
-humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser
-orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un
-anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de
-castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos,
-componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto á cerca
-de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos
-tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor
-asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el
-trueno suscitan en las concavidades graníticas de la cordillera ululeos
-y resonancias imponentes.
-
-Y como la región, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y
-movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el
-caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir
-lo ofrecido, generosos é hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y
-bravos, cual corresponde á la tradición, tantas veces centenaria, de la
-ejemplar Castilla.
-
-La historia de Puertopomares es dilatadísima. Sus fundadores, gentes
-dedicadas al pastoreo y poco belicosas, quizás construyeron las primeras
-viviendas junto al río Malamula, que en todo tiempo corre cristalino
-como un llanto perpetuo de la sierra, y así parece indicarlo la vejez
-secular de aquellas edificaciones que hoy componen el arrabal ó extremo
-más miserable del pueblo. Después los aborígenes, hostilizados por
-tribus enemigas, debieron de sentir la utilidad defensiva del monte y á
-él subieron pidiéndole favor contra la desamparada mansedumbre de la
-llanura. Inconscientemente los siervos de la gleba buscaban un amo.
-Varios siglos pasaron. Dominando la parte más altiva hiciéronse al fin
-los muros aspillerados de un castillo románico, cuyos salones sirven
-ogaño de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes
-todavía, constituyen la armazón ó esqueleto de todo el villorrio.
-Examinando su recia disposición, surgen á montones huellas de
-civilizaciones distintas. Los cimientos de la llamada Puerta del Acoso,
-y el formidable aparejo de la muralla que domina la parte Norte, son
-romanos. Algunos torreoncitos saledizos que interrumpen la sucesión de
-los merlones y de las almenas, señalan el paso de la época gótica. Más
-adelante la fábrica aborigen trocóse en alcazaba y los árabes dejaron en
-el remate de algunas barbacanas la gracia espiritual de su arquitectura.
-Posteriormente el feudalismo grabó el sello de su rudeza guerrera y
-sensual en la amplitud ecoica de las escaleras y de las cámaras. Todo
-allí interesa: cada piedra tiene una historia, cada puñado de argamasa
-una gota de sangre; el polvo que ensucia las botas del viajero, es
-ceniza de héroes.
-
-Una piedra gerarca defiende todavía la memoria del caballero leonés don
-Fadrique Ballesteros de Guzmán, señor de Cantagallos y de Fuenfría,
-quien, bajo el tempestuoso reinado de Alfonso onceno, ganó el castillo
-de Puertopomares á la morisma. El escudo que ennoblece la Puerta del
-Acoso explica el recio temple de aquel hombre y los misterios de su
-linaje. Es tajado el escudo, y acreditan bastardía tanto el resalto de
-la línea transversal como la disposición del yelmo que lo cubre y se
-halla vuelto hacia la izquierda y con la visera baja, cual si quienes
-habían de llevarlo se avergonzasen de su origen. Un roble y un lobo
-empinante aseveran la elevación de ideas y el temerario coraje de don
-Fadrique, así como una mano dice su liberalidad hidalga, y las líneas
-verticales y horizontales que se entrecruzan en el cuartel inferior, su
-ascético silencio y la contenida aflicción de su ánimo.
-
-De Ballesteros de Guzmán nada escribieron los cronistas de la época;
-quizás sucumbió oscuramente en la batalla del Salado, y otro señor, de
-nombre desconocido, le arrebató su feudo. La guerra contra la Media Luna
-proseguía implacable. Por tres veces, en menos de una centuria, los
-moros fronterizos recobraron el castillo, que por lo estratégico era muy
-codiciado, y otras tantas lo perdieron. Dos hermanos, don Jaime y don
-Siro, emparentados por la rama cognática con uno de los principales
-linajes de Aragón, aparecen allí más tarde, y sus crueldades,
-violaciones y rapiñas, siembran el espanto en la región. Menos
-sanguinarios son sus halcones. Huyen furiosos y cobardes los pecheros á
-otras tierras, y los señores bajan al pueblo libremente y cuentan por
-cientos sus barraganas. Una ola insultante de bastardía parece descender
-de la montaña.
-
-Siglos después, la miseria que ocasionaron la expulsión de los judíos y
-la conquista de América, las invasiones extranjeras, las contiendas
-civiles, los años de paz con su abandono más funesto para las
-edificaciones marciales que la misma guerra, fueron arrancando piedras,
-resquebrajando bóvedas y arruinando poco á poco los muros hasta dar con
-varios de ellos en el suelo. Entonces fué cuando la gente pobre, los
-menesterosos del llano, se acercaron al titán, y perdiéndole el miedo
-comenzaron á quitarle lo que necesitaban para sus viviendas. Este
-llevábase unos sillares, aquél unos horcones ó unos azulejos, ó
-levantaba su casa afirmándola contra las adarajas de algún murallón;
-esotro pastor acotaba el extremo de una galería y en ella encerraba de
-noche su ganado. En invierno, muchos hampones se detenían allí y, sin
-reverencia, para calentarse, encendían hogueras. Había en esta
-expoliación pacífica una especie de aborrecimiento subconsciente, de
-odio atávico; el odio que dedican al recuerdo del amo, incendiario y
-violador, los hijos del siervo.
-
-Por esta causa la vieja alcazaba subsiste mezclada á la vida de
-Puertopomares de manera tal, que imposible sería demoler una casa sin
-tropezar en ella con algún macho ó lienzo de pared, perteneciente al
-coloso. Hay zaguanes, verbigracia, de techumbre abovedada surcada por
-las nervaduras sencillas y escuetas de la primitiva arquitectura ojival;
-y cocinas, tiendas de comestibles y almacenes, cuyos artesonados
-exagonales conservan intactos los follajes y adornos del Renacimiento.
-Un salmer sirve de base á una escalera moderna. Una línea de dovelas, da
-á una bodega acceso suntuario. Subsisten arcos románicos enormes,
-tendidos á traves de cuatro y cinco casas. A veces, empotradas en una
-vulgar pared de ladrillo, grisean un trozo de arquitrave y algo del
-capitel de una columna hundida allí hace siglos. Insensiblemente la
-fábrica primitiva experimentó mutaciones incontables: la iglesia que
-comenzaron á levantar adosada á una muralla, se apoderó de un bastión
-mudéjar y con ciertos aditamentos lo cambió en torre; un primer reducto
-fué convertido más tarde en cárcel; un arbotante en el arrimo principal
-del edificio destinado á Casino, la crujía en callejón, la saetera en
-ventana, el foso en atajo, el temido ergástulo en bodega, y en
-desabrigada plazoleta pública la severidad del antiguo patio de armas.
-Los enormes sillares que el tiempo y los asaltos precipitaron desde los
-baluartes soberbios á las márgenes humildes del río, fueron aprovechados
-luego en la construcción de puentes, fábricas y represas. El cadáver del
-titán conserva todavía piedra suficiente para construir un segundo
-pueblo, y el de Puertopomares continúa robándole cuanta necesita.
-También le debe su fuerza centrípeta, la virtud coercitiva que parece
-sujetar inexorablemente sus casas unas á otras; á veces, registrando la
-secreta estructura de varias viviendas, la observación descubre, bajo
-una máscara reciente de cal y ladrillo, un trozo de bastión ó acitara
-que, semejante á un nervio, las sujeta á todas.
-
-Las mudanzas de las civilizaciones y del tiempo, dieron al cerro de
-Puertopomares dos fisonomías perfectamente distintas. La parte Sur, que
-enfrenta la estación del ferrocarril, es más apacible; hay menos
-peñascales y los bosques de castaños y de fresnos muéstranse lozanos y
-tupidos; la hierba tiende su magia saludable por las laderas de los
-montes, y entre el silencio de la espesura virgiliana blanquean
-risueñas viviendas. Arriba, en las tardes de buen sol, el fenestraje
-arde con refulgencias cegadoras, las persianas verdean como pámpanos y
-los tejados son más rojos. Abajo, en el llano, los rieles del tren,
-abrillantados por el uso, ondulan con flexible gracia de serpiente ó de
-látigo; en las vías de descarga, vagones oscuros y herméticos, irradian
-la melancolía de su quietud. La estación es pequeña, tranquila y tiene
-un andén de arena, sombreado por algunos chopos, y una techumbre
-salediza. Desde allí al pueblo, á través de la umbría del bosque,
-cigzaguea un camino. Al pie del monte un túnel abre la tiniebla de su
-medio círculo, y luego, doblándose como un alfanje, pasa al otro lado;
-toda la pesadumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre él.
-Los trenes que van á Salamanca cruzan el túnel, salvan el río por un
-puente muy alto de hierro y madera, y describiendo una curva se hunden
-en la sierra. Al desaparecer, súbitamente su estrépito se apaga.
-
-Este lado Norte de Puertopomares, acaso por la mayor cólera de los
-vientos, es fosco, batallador, de una acritud estéril, hirsuta y
-primitiva. La tierra allí hízose roca. Abundan los yacimientos
-graníticos cortados á tajo y todo tiene el color oscuro de la piedra.
-Como la vertiente es rapidísima, el desmoronamiento y caída de los
-nobles muros belicosos debió de ser terrible. Muchos sillares,
-arrancados de los propugnáculos derruídos por el tiempo y las gestas,
-rodaron con tal ímpetu que pasaron el río y en la opuesta orilla se
-afincaron; algunos quedaron en medio del cauce y contra ellos el agua
-murmurante se rompe desde hace siglos; otros, detenidos milagrosamente
-en una quiebra de la ladera, permanecen inclinados sobre el abismo y
-todavía amenazan. Aquí y allá, en grupos, cual guerrilleros lanzados á
-la conquista de la gloriosa fortaleza, crecen frondosos árboles, y en
-el amplísimo telón verde de la pendiente numerosas casas, construídas
-tal vez en los mismos cimientos de alguna barbacana rota, ó sobre la
-sólida anchura de un adarve, levantan su alegría de hogar.
-
-Arriba, en el fastigio ó acirate, y de Levante á Poniente, el lugarejo
-muestra la rusticidad abigarrada y guerrera de sus techumbres; entre
-todas componen un perfil jiboso, un lomo de camello. La calle Larga,
-donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa
-Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de
-Este á Oeste y constituye su espinazo; va desde la Puerta del Acoso á la
-Glorieta del Parque, cerca de mil metros mide y ocupa la parte
-culminante. Otras tres calles, las de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro,
-por la vertiente septentrional, y la del Sacramento, por el mediodía, le
-son paralelas, pero hállanse en niveles tan desiguales, que varias casas
-de planta baja de la calle Larga, en la de Amor de Dios tienen tres y
-aun cuatro pisos. Análoga desproporción existe entre la de Amor de Dios
-y Pozo de Don Ramiro, construída á trechos sobre los bloques antemurales
-más avanzados del castillo, por cuanto estas vías se encuentran, unas
-con respecto á otras, como los bancales en las laderas de los oteros y
-colinas. Las demás callejas son pequeñas y fueron abiertas de Sur á
-Norte, perpendicularmente á las ya citadas. La parte menos alta la
-integran las casucas edificadas fuera de la Puerta del Acoso, las cuales
-arraciman, barajan y confunden sus paredes y tejados cual si algún
-furioso terremoto las hubiese dislocado y revuelto. Son las más
-humildes, las más viejas, y señalan el camino por donde la gente de la
-tierra baja trepó á la montaña. Surgen después á intervalos algunos
-largos retales de la antigua muralla, todos tiznados por el tiempo y
-cubiertos de muérdago y de hiedra; y á continuación, interpolado
-pintorescamente á las reliquias del muerto castillo, el pueblo: un
-caserío original de contextura arbitraria, de balconajes volados y
-grandes como galerías, de espadañas tristes y sutiles, de hostigos
-cubiertos de tejas, de fachadas arlequinescas ensuciadas por la ventisca
-y las nieves, que le dan un aspecto triste, una tonalidad severa y
-medioeval nunca comparable, ni aun en los limpios días del verano, á la
-pinturería reverberante de las ciudades andaluzas.
-
-Aquella tarde de Mayo llovió como en los días peores del invierno. En la
-lejanía plomiza, las montañas y las nubes se emborronaban; un relámpago
-que fingió piruetear de un cerro á otro, bañó el espacio en vivísimo
-resplandor, y casi simultáneamente la voz abracadabra del trueno
-tableteó horrísona en los arcanos serrinos; los ecos se devolvían aquel
-atabaleo trágico que resonaba de valle en valle, de gollizo en cañada,
-como el gorgoteo de un intestino lapidario. Enojóse el Malamula con el
-aguacero, y su musiteo tornóse rumor de amenaza. El viento dormía y en
-las calles desiertas, lavadas, escurridizas y pendientes, sólo vibraba
-el acorde monorrítmico del chaparrón semejante á un siseo continuado, á
-una orden de silencio. El agua salióse de los alcorques, y desbordándose
-de las canales caía ruidosamente sobre las aceras; grandes manchas de
-humedad oscurecían las fachadas; por las viejas troneras, por las
-grietas de los arruinados paredones, la lluvia torrencial filtrábase
-bordando brillantes arabescos. Desde los anchos balcones, de renegrida
-horconadura, y á través de los cristales, mujeres de mejillas flacas
-color cera y de ojos intensos y negrísimos, mujeres de labios finos y
-cabellos lustrosos peinados simétricamente sobre la frente, mujeres
-resignadas de Castilla, hacían labores que, á intervalos, interrumpían
-para signarse y mirar al espacio. Ni un transeunte, ni un pregón, ni un
-ruido; únicamente el susurro de hervor del tenaz y caudal aguacero
-respondiendo al sollozo profundo del río. Hasta el martillo de don
-Ignacio, el veterinario, reposaba. Feas, aturdidas, caladas, tristes,
-muchas gallinas se habían buscado un refugio en el quicio de las
-puertas, contra los batientes cerrados. Por las calles mejores y más aun
-por los pasadizos dispuestos, para mayor comodidad de los viandantes, en
-forma de escalera, el agua descendía impetuosa, espumeante, cobrando
-rumores de torrente al despedazarse contra los guardacantones de las
-esquinas. A poco levantóse el viento y su furia arrancó á las
-encrucijadas temerosas estridencias; la lluvia convirtióse en granizo y
-una nueva melancolía aceleró la rapidez gris del crepúsculo; bajo tan
-densa brumazón el caserío de Puertopomares, con la plateresca disonancia
-de sus espaciosos aleros, de sus balcones largos y saledizos, capaces de
-ensombrecer una fachada, y de sus calles tortuosas y sin gente, tenía la
-muda desolación de una aldea abandonada.
-
-Sólo una voz implorante y sin timbre rompía de cuándo en cuándo la
-quietud de la calle Amor de Dios. Era la del tonto Juan Ramos, llamado
-_Ramitas_, que lloraba porque la dueña del Café de la Amistad no le
-había permitido entrar en su establecimiento. Ramitas, hemiplégico del
-lado izquierdo, arrastraba una pierna al andar y tenía un brazo encogido
-y con el codo vuelto hacia afuera. Iba sin sombrero. Su rostro joven,
-mojado por la lluvia y las lágrimas, chorreaba mugre. Desde los zaguanes
-algunos chiquillos gritábanle burlones y crueles:
-
---¡Tonto Ramitas!... ¡Eh!... ¿Te han pegado?...
-
-El idiota volvía la cabeza. Acaso comprendía su abandono, su desgracia
-que á nadie inspiraba piedad, y prorrumpía en llanto amarguísimo. Mojado
-hasta los huesos, intentaba refugiarse en cuantos almacenes de
-comestibles y tabernas hallaba al paso, pero de todas partes le
-despedían.
-
---¡Tú, Ramitas!... ¡Fuera de aquí!...
-
-Le tenían asco. El seguía adelante. Lloraba y andaba. Su treno ronco,
-doliente, iba alejándose, arrastrándose á lo largo de las calles, como
-el lamento de un animal herido.
-
-A las cinco de la tarde, diez minutos antes de la llegada del expreso de
-Madrid, los vecinos de la Glorieta del Parque oyeron pasar, hacia la
-Estación, el coche de la Fonda del Toro Blanco. Fragor de cristales y de
-colleras. Luego, nada. El silencio otra vez; el denso silencio
-aldeaniego empapado en la doble tristeza de la lluvia y de la noche.
-
-
-
-
-II
-
-
-A la misma hora, Teodoro, el camarero del Casino, encendió las luces y
-frotó cuidadosamente, con la blancura de su delantal, el mármol de los
-veladores. Era un joven de razonable estatura, rubio, servicial y
-agradable, que mantenía relaciones con Dominga, la sobrina de don
-Valentín Olmedilla, propietario de la Fonda del Toro Blanco. El día de
-la boda estaba cercano, y esta proximidad, origen de impaciencias y
-acaso de zozobras, daba al rostro humilde y bueno de Teodoro una
-ansiedad y una melancolía.
-
-Las mesas de tresillo y las de billar, hallábanse ocupadas, y las voces
-de los jugadores y el ruido de los tacos, al golpear la madera del
-suelo, producían regocijo.
-
-El Casino, por su amplitud, ornato y afortunada disposición, merecía
-serlo de una capital provinciana. Ocupaba en el accidentado perímetro de
-la población un sitio muy alto, y un lienzo de muralla prestábale
-cimiento. Constaba de dos cámaras espaciosas y de mucho puntal; las
-ventanas de una de ellas abocaban á una plazuela lamentable, de
-fachadas torcidas, de piso herboso y desigual, como dislocado por algún
-terremoto, y entristecida bajo la umbría de unos soportales. El otro
-salón se destinaba exclusivamente á bailes, y lo rodeaban largas
-banquetas de pañete azul. Espejos de dorado marco, envueltos en gasas
-para mayor pulcritud y conservación, adornaban los muros pintados al
-temple. Contiguo á este salón había una galería abierta al Sur, sobre un
-panorama magnífico. Su fenestraje, que visto desde el valle, parecía
-arder con el sol, dominaba la estación del ferrocarril oprimida bajo su
-techumbre de pizarra fregada por los aguaceros, la serenidad esmeralda
-de algunos huertos, la reciedumbre y frondosidad saludable de los
-viciosos castañares que sombreaban toda aquella parte, y la altivez de
-los lejanos montes, ceñidos de nubes, semejantes á volcanes humosos.
-Entre aquel inmenso verdor gambeteaba, apareciendo y ocultándose
-alternativamente con una inquietud de parpadeo, el camino que conducía á
-la ermita de San Fernando, semejante á una piedra, por lo pequeña, y
-desde cuyo atrio todos los años, y con notable concurrencia y zambra de
-romeros, un sacerdote, en el mes más propicio á la vida, bendecía los
-campos. Las otras habitaciones ó dependencias del Casino eran la alcoba
-de Teodoro, la cocina que se encendía rara vez, pues casi ningún socio
-almorzaba ni comía allí, la sala de juego y la habitación destinada á
-biblioteca; un cuarto desabrigado y minúsculo, ocupado por un largo
-pupitre y varios estantes con libros. No llegarían éstos á trescientos.
-En lugar bien visible y preferente, había dos retratos al óleo: el del
-señor don Filiberto Pérez y el del alcalde señor Martínez Rodríguez.
-Ambos fueron puertopomarenses ilustres, y la amplitud de sus cuellos y
-la estrechez de sus levitas con trencilla señalaban una época distante.
-Don Filiberto tenía los cabellos cortados al rape, la frente oscura y
-el bigote rubio y caído; el señor Martínez Rodríguez estaba afeitado y
-en su rostro plebeyo y trivial fulgían unos ojos chiquitos, negros y
-redondos, como gotas de tinta. Nadie recordaba la historia abnegada,
-llena, sin duda, de iniciativas, filantropía, sacrificios y nobles
-desvelos, de aquellos dos varones preclaros. Su obra se había perdido.
-Toda la buena sociedad puertopomarense les conocía de verles allí, en la
-biblioteca del Casino, y nada más. A sus nombres vulgares no iba unido
-el recuerdo de ninguna hazaña capaz de imponerse á la ingratitud del
-tiempo. Don Filiberto Pérez había sido notario y murió soltero; Martínez
-Rodríguez fué alcalde, restauró á sus espensas la torre de la iglesia y
-tuvo varios telares. A esto reducíase la vida de ambos próceres. Sin
-embargo, cuando algún forastero visitaba el Casino, las personas que le
-acompañasen nunca dejaban de mostrarle la biblioteca. Aquellos
-trescientos volúmenes polvorientos, que nadie leía, eran el orgullo del
-vecindario, su más limpio timbre de progreso.
-
---Hasta ahora--decían--no hemos conseguido hacer más. Esto debemos
-reformarlo. Nuestro pueblo necesita cultura... ¡mucha cultura!... En
-fin, más adelante... poco á poco... ¡ya veremos! Luchamos contra dos
-enemigos terribles: la ignorancia y la falta de dinero. ¿Quiere usted
-creer que se pasan los años sin que á ninguno de los doscientos y pico
-de socios que nos reunimos aquí, se le ocurra pedir un libro?
-
-Tampoco dejaban de tributar á los retratos un elogio breve y ferviente:
-
---El señor Martínez Rodríguez; el señor don Filiberto Pérez; dos
-conterráneos insignes...
-
-En estas palabras vibraba siempre cierto énfasis; un orgullo de
-campanario, una vanidad lugareña que utilizaba aquel momento para
-ponerse de puntillas. El forastero se inclinaba cortés ante aquellas
-figuras que lo recogido del sitio y la tizne de los años mejoraban, y su
-rostro expresaba devoción y melancolía, cual si realmente lamentase no
-haber conocido á dos personas de tanto mérito.
-
-A pesar de sus comodidades y holgura, el Casino arrastraba una
-existencia pobre. Años atrás, se celebraban allí todos los domingos
-bailes, á los que concurría lo más granadito de la población. De estas
-reuniones resultaron algunas bodas, como la de don Elías Fernández
-Parreño, que acababa de licenciarse médico en Salamanca, con
-Presentacioncita Tejas, la heredera más rica de la localidad. Luego, sin
-causa ostensible, el celo de tales divertimientos fué apagándose; el
-pianillo de manubrio, al que en las noches de holgorio desembarazaban de
-su funda gris, sonaba inútilmente; huyendo de las mujeres los hombres se
-refugiaban en la sala de juego ó asaltaban las mesas de tresillo, y las
-muchachas no tenían con quien bailar. Las más alegres valsaban unas con
-otras, como para afear á los galanes su huraña descortesía. Poco á poco
-los bailes, semejantes á una fruta que fuera secándose, redujéronse á
-dos mensuales; más tarde, á uno; finalmente se suprimieron, y las
-mujeres, haciendo de su orgullo resignación, no demostraron sentirlo.
-Teodoro achacaba esta decadencia á los hombres. La juventud masculina
-veía en el baile un riesgo, una peligrosa ocasión de galantería y
-coqueteo que acaso pudiera trocarse después en grave amor; no son buenos
-juegos los que terminan ciñéndose coronas de responsabilidades y
-obligaciones, ni cómodos los labios femeninos que, para besar, exigen la
-previa sanción del cura y del juez, y así, el miedo al matrimonio echó
-del Casino al genio celestinesco del baile.
-
-En Puertopomares, el número de solteros era enorme; había muchos
-individuos ricos, independientes y de juveniles costumbres, que
-llegaron á los cuarenta años sin noviar con nadie. Estos refinados
-egoístas satisfacían sus apetitos en las infelices habitantes de una
-mancebía miserable, situada fuera del pueblo, sobre el tajo del río, en
-un repliegue del terreno denominado Barranco del Zorro, y no pedían más;
-los que necesitaban dar á sus licenciosos gustos mayores libertad y
-lujo, se iban á Salamanca. «Amor sin amor--pensaban--amor pagado
-inmediatamente, fué siempre el más barato y el más cómodo». Las mozas
-casables estaban desesperadas; padres y maestros las recomendaron el
-recogimiento, el pudor, la mesura más escrupulosa en sus acciones y
-palabras. ¡Oh!... ¿Para qué?... ¿Quién agradecería su sacrificio
-vestal?... Millares de entre ellas llegaron á la vejez solteras,
-afeadas, marchitadas, por las brasas del deseo insatisfecho y
-perdurable. Y había en la lenta consunción de aquellos azahares
-inútiles, en la sempiterna agonía interior de tantas vírgenes estériles,
-el dolor infinito, el espanto de tragedia, de una abominable injusticia
-social.
-
-Generalmente al Casino los socios sólo concurrían de nueve á doce de la
-noche; pero aquella tarde, muchos de ellos, sorprendidos en el campo ó
-en la calle por la tempestad, acudieron á guarecerse allí.
-
-En la galería, sentadas alrededor de una mesa, varias personas miraban
-hacia el paisaje sobre el cual la lluvia y la agonía crepuscular
-desgranaban fugaces temblores amarillos y violetas. Era la contemplación
-profunda, el éxtasis religioso, de los labriegos para quienes encierra
-algo místico el fenómeno fecundante de la lluvia. Los relámpagos
-pintaban en el espacio fuliginoso grietas terribles, ágiles como
-víboras. El aire olía á tierra húmeda. Del valle subía el rumor, hondo,
-interminable--lamento de mar--del viento, entre los árboles. Muy lejos,
-la corriente del Malamula gruñía rencorosa.
-
-Formaban la tertulia don Juan Manuel Rubio, al que sus muchas haciendas
-y relaciones habían consagrado diputado á través de todas las
-legislaturas; don Elías, el médico; don Ignacio Martínez, el
-veterinario; el juez municipal, don Niceto Olmedilla, hermano de don
-Valentín, el amo de la fonda; don Isidro Peinado, alcalde y dueño de una
-ferretería de la calle Larga, y otros dos individuos. Don Juan Manuel y
-don Ignacio, bebían coñac; los demás, cerveza. Durante mucho rato todos
-hablaron del tiempo, y cada cual, cachazudamente, aportó á la
-conversación un dato interesante.
-
---Dicen--exclamó don Elías--que en Nava de Pomares llueve desde anoche
-torrencialmente. Los viejos no recuerdan aguacero igual.
-
---¿Cómo lo sabe usted?--preguntó don Niceto.
-
---Porque esta mañana fué Luisito Cruz á decirme que su madre había
-amanecido peor, y él vive en la Nava...
-
---Tiene usted razón; hoy le vi en la fonda, hablando con mi hermano.
-
-Callaron. Unos momentos todos miraron hacia el campo; diríase que la
-afirmación, «en Nava de Pomares está lloviendo mucho», era tan grande,
-tan trascendente, que congestionaba los cerebros. Al cabo, la voz
-ruda--voz de mando--de don Ignacio Martínez, deshizo el encanto.
-
---En Candelario, esta madrugada diluviaba; me consta por un mozo de
-allí, que me ha traído á herrar dos caballerías.
-
---Pues si diluvia en Candelario--observó don Isidro--habrá llovido
-también en Cantagallos y en La Olla y en Palomares... pues siempre fué
-así, y conocida la disposición de la sierra no puede ser de otro modo.
-
---Yo creo que esta vez hubo agua de sobra--replicó el médico--; lo malo
-es que nunca llueve á gusto de todos. El chubasco, por ejemplo, que
-favorece al centeno, acaso perjudica al trigo; lo que en este bancal es
-beneficio, es muerte en aquel predio.
-
-Agotada la conversación, reducido el tema de los cambios admosféricos á
-reseco y desjugado bagazo, apuntadas y discutidas todas las
-posibilidades con esa machaconería minuciosa de que sólo la gente
-rústica es capaz, el diálogo orientóse hacia otros rumbos. Alguien habló
-del vidriero Jesús Ochoa, fallecido aquella tarde. De la sórdida
-avaricia y misérrimo fin de aquel hombre referíanse escenas
-inverosímiles. Ochoa moría septuagenario; nunca quiso casarse y no tenía
-herederos; los días de su mezquina vida los pasó en una tienducha
-lóbrega, especie de fétido chiscón situado detrás de la iglesia y en un
-plano inferior al nivel de la calle. Hasta sus últimos instantes el
-anciano vidriero demostró un valor y una clarividencia que, á no
-emplearse en la más torpe codicia, hubiesen sido admirables.
-
-En Puertopomares, al igual que en otros pueblos salmantinos, los
-parientes del difunto alquilan, para lujo y vistosidad del entierro, un
-determinado número de cirios, que deben lucir durante todo el transcurso
-de la ceremonia. Estos cirios se pesan antes de ser encendidos; luego, á
-la salida del camposanto, vuelven á pesarse, y la diferencia entre ambas
-pesadas, que señala la cantidad de cera consumida, es lo que se paga.
-Ochoa, que carecía de familia y que, á tenerla, probablemente no se
-hubiese fiado de ella, discutió por sí mismo el precio de la cera que
-había de arder en sus funerales. Hasta el postrer momento sintió la
-audacia y el sibaritismo de regatear, de defender su dinero, único goce
-de su vida.
-
---En la botica de don Artemio lo referían esta mañana unos amigachos del
-difunto--dijo don Isidro--; creo que Teobaldo, el amo de la Funeraria,
-estaba asombrado de tanta fortaleza de ánimo. ¡Es increíble ese valor
-en un viejo de más de setenta años!...
-
-Los entierros eran de dos categorías. En los mejores, denominados «con
-salida», el clero acompañaba al cadáver desde la iglesia hasta la
-Glorieta del Parque; en los de segunda clase, ó «sin salida», los curas
-rezaban el último responso bajo el pórtico del templo; que tan lejos
-alcanza la virtud del oro que hasta la oración, lo inefable, se rindió
-mercenariamente á su poder. Don Niceto preguntó si el entierro de Ochoa
-sería de segunda clase.
-
---¡Naturalmente!--interrumpió el médico--; pues, ¿cómo pensaba usted que
-fuese?... Y, gracias á que llegó á una avenencia con Teobaldo; pues de
-no ponerle éste la cera al precio que él exigía, capaz es de seguir
-viviendo. Conozco á los avaros; hasta para morirse buscan el momento más
-económico.
-
-El acre humorismo de Fernández Parreño fué saludado con una carcajada
-general. Este pequeño éxito empurpuró las mejillas de don Elías y
-obligóle á bajar los párpados. Era un hombre corpulento, de miembros
-bien trabados, de aspecto ecuánime y simpático, á quien, como á todo
-miope, la necesidad de acercarse mucho á los objetos para distinguirlos,
-había encorvado cortesmente hacia adelante. Tenía los ojos zarcos y el
-bigote blanco y pulcro. El temblor de unos lentes de oro daban á las
-expresiones de su rostro cierta noble quietud. Hablaba despacio y nunca
-sin anteponer á sus palabras la importancia de un breve silencio. Sus
-cincuenta años y la decorativa hinchazón de sus diagnósticos habíanle
-granjeado mucho crédito. En todos aquellos lugarejos comarcanos tenía
-clientes, y hasta de Salamanca, según testigos, le llamaron una vez.
-Este fué el mayor orgullo de su vida.
-
-Don Juan Manuel le burlaba frecuentemente, asegurando que la ciencia de
-Fernández Parreño reducíase á repetir, como papagayo, los anuncios que
-con gran acopio de nombres técnicos publican los vendedores de
-específicos en la cuarta plana de los periódicos. Algo de esto había,
-efectivamente: don Elías, poco accesible á las fiebres de la curiosidad
-científica, apenas terminó su carrera cerró los libros, pero con tal fe
-y sincera decisión, que no volvió á tocarlos. Era pobre y ni su misma
-penuria decidíale al trabajo. Su tarda voluntad encomendábase á la
-rutina. «Más sabe un practicón que cien doctores»--pensaba--. Por el
-momento bastábale con ser buen mozo. Afortunadamente, Presentación, la
-unigénita del opulento cacique don Ladislao Tejas, enamoróse de él, y
-los dos millones de reales que aportó al matrimonio añadieron á su
-gallarda figura y á su título de médico los debidos prestigios. Otro, en
-su lugar hubiérase echado á la vida bartola. Don Elías, más
-quisquilloso, más caballero, quiso trabajar para no avergonzarse de su
-riqueza, y la misma holgura de su posición le captó en seguida clientela
-abundante y selecta. Siete, ocho y hasta diez mil pesetas, afanaba
-anualmente, que unidas á su amable trato y á la pacificadora labor del
-tiempo, ayudaron á desvanecer, ó cuando menos á suavizar, el recuerdo de
-que Fernández Parreño, según cierta frase cruel, muchas veces repetida,
-á imitación de las cortesanas había ganado su fortuna de noche...
-
-Comentada suficientemente la muerte de Jesús Ochoa, se habló de mujeres,
-tópico alegre en que las opiniones, aun de los hombres más desemejantes
-y rivales, aconsonantan en seguida; y apenas comenzó el diálogo, tomó,
-con gran gusto, sus riendas don Juan Manuel Rubio. Don Niceto había
-dicho que el domingo anterior, al salir de la iglesia, sorprendió á
-Romualdo Pérez, gerente del tejar _La Honradez_, hablando con doña
-Quintina. Hallábanse cerca de un confesionario y vueltos de espaldas al
-público, como si no quisieran ser vistos.
-
---Yo, por lo mismo, me fuí á ellos derechito--continuó don Niceto--,
-saludé á Quintina y á Romualdo le pregunté por Micaela, la hija mayor de
-doña Virtudes.
-
---¿Y qué respondió?
-
---Psch... nada... hizo lo posible por mostrarse afable y quedar bien;
-pero la cara se le puso como una cereza.
-
-Don Juan Manuel interrumpió á Olmedilla.
-
---Amigo mío, preguntar al hombre que hallamos acompañado de una mujer
-por otra mujer, aunque ésta sea la suya legítima, es una indiscreción;
-porque usted no sabe si él, con la señora que tiene delante, presume de
-soltero. Además, acordarnos de una mujer teniendo á nuestro lado otra,
-implica siempre hacia la segunda cierta descortesía.
-
---¡Muy finamente sentido y muy bien expresado!--exclamó Martínez,
-sirviéndose un coñac--; esa carambola se la apunta don Juan.
-
-El juez municipal se desconcertó.
-
---Hombre... yo creí...
-
---¡Nada, nada--repitió el albeitar--; esa carambola se la apunta don
-Juan Manuel!...
-
-El diputado, que padecía ciertas inclinaciones oratorias, prosiguió:
-
---Otro tanto podría razonarse de la feísima costumbre, bien
-generalizada, ciertamente, de decir á la persona á quien saludamos:
-«Ayer le vi á usted en tal sitio»; ó... «anoche le vieron á usted por
-cual parte»... La indiscreción de estas palabras es evidente. ¿Qué nos
-proponemos con ellas? ¿Molestar á nuestro interlocutor significándole
-que conocemos ó vamos en camino de conocer sus secretos...? Habremos
-incurrido en una grosería y vulnerado el santo derecho que todo
-ciudadano tiene de ir adonde le parezca. ¿Lo hicimos sin malicia y sólo
-por el gusto de hablar?... Pues seremos responsables de un notorio
-delito de tontería. Voy, á propósito de esto, á referir á ustedes una
-anécdota...
-
-Disertaba don Juan Manuel Rubio con aquella lentitud y autoridad que le
-conferían su urbana distinción de hombre que vivía en Madrid la mayor
-parte del año, y la indulgencia chancera de sus costumbres. Frisaba en
-los cincuenta años, aun cuando él, siempre que á su presencia se
-suscitaba tan impertinente cuestión, declarase muchos menos. Nunca quiso
-casarse. Era de mediana estatura y grueso; y de su lucia cogullada
-abacial, de la curva feliz de su vientre, del invariable optimismo de
-sus palabras y de sus ojos, que le bailaban de relucientes y traviesos,
-desprendíase una regocijadora emoción de salud. Su mucha hacienda,
-puesta al servicio de su evangélico y munífico corazón, había remediado
-bastantes dolores. Estas virtudes hacíanle simpático y servían de alivio
-á sus defectos, que eran de los comprendidos entre los siete pecados
-mayores. A don Juan Manuel la opinión pública toleraba lo que no hubiera
-consentido á ningún otro vecino de Puertopomares: una querida. El
-diputado no vivía con ella, pero iba á visitarla diariamente y sin
-guardarse de nadie, y esta pequeña irregularidad de costumbres, que
-rompía el ambiente pacato del lugar, antes le mejoraba que le perdía en
-el concepto de las mujeres.
-
-Las ideas que el diputado acababa de exponer, contestando á don Niceto,
-merecieron la alborozada adhesión y caluroso entusiasmo de don Ignacio
-Martínez. El veterinario no olvidaba que la única vez que engañó á su
-Fabiana, ésta lo supo justamente por una de aquellas indiscreciones que
-con tanto donaire glosaba don Juan. El hecho ocurrió á los cinco meses y
-un día cabales de su matrimonio, y ni un detalle había palidecido en el
-espejo, cruelmente fiel, de su memoria.
-
-Don Ignacio y su mujer salían del Café de la Amistad, situado en la
-calle Amor de Dios, cuando un individuo que se acercó á saludarles, le
-dijo: «Anoche, ya tarde, le vieron á usted en Candelario». Y como
-Martínez, para disimular su emoción, tratara de mostrarse sorprendido,
-el indiscreto agregó bromeando: «Sí, señor; á eso de las once; no lo
-niegue usted...» Con lo que doña Fabiana, que andaba picada por el
-tábano de los celos, no necesitó más. Esta escena sirvió de prólogo á
-vanos días terribles. Diez años transcurrieron desde entonces y, sin
-embargo, don Ignacio, que seguía enamoradísimo de su mujer, todavía
-apretaba los puños.
-
---Afortunadamente--prosiguió--tuve la suerte de tropezarme con el
-correveidile que así, en mis propias narices, le fué á Fabiana con el
-soplo. Necio ó malintencionado, se llevó buen castigo. Ya le conocéis:
-Pedro Sáez, cuñado de José, el de la zapatería. A puñetazos le puse la
-cara como un tambor; quince días estuvo sin salir á la calle.
-
-En los pueblos donde la vida colectiva carece de misterios, le es muy
-difícil á nadie contar nada nuevo; lo que el narrador empieza á referir
-para distraer el fastidio de la tertulia, podría decirlo también
-cualquiera de sus oyentes, y así el diálogo se reduce á una rumiación ó
-comentario de hechos notorios, caídos en el dominio público y
-recalentados mil veces. Apenas alguien habla, los circunstantes,
-enterados de cuanto van á oir, afirman. Lo propio sucedía con la
-historia que don Ignacio trajo á colación. Hasta el tonto Ramitas, el
-tipo más infeliz de Puertopomares, hubiera sabido repetirla de memoria.
-Por esta razón tal vez, para que las gallardías del albeitar no cayesen
-en la descortesía y frialdad del silencio, Fernández Parreño creyóse
-obligado á esbozar una observación.
-
---Creo, amigo Martínez, que á Pedro Sáez le tiró usted al suelo.
-
---Sí, señor.
-
---Y cuando el pobre hombre estaba así, tripa arriba y sin poder
-valerse...
-
-El veterinario sintió el placer vengativo de concluir la frase, y se la
-arrebató á don Elías de los labios.
-
---Precisamente, sí, señor; cuando cayó á mis pies le puse los tacones de
-mis botas en la cara hasta cansarme, que fué mucho después de perder él
-los sentidos. El adagio lo dice: á borrica arrodillada doblarla la
-carga.
-
-Don Juan Manuel, que acababa de encender un buen cigarro puro, miró á
-Martínez con repulsión.
-
---¡Hombre!... Lo que acaba usted de contarnos es una barbaridad.
-
-Don Ignacio, muy rojo y adelantando el cuerpo, como para reñir, repuso:
-
---Eso es llamarme bárbaro, pero no me ofendo. Soy así... ¡y que nadie
-toque á los míos, ni les dé el menor disgusto, porque me lo como!
-
-Miró á don Niceto y á don Isidro, y añadió:
-
---Ya ven ustedes que no me guardo de nadie; estoy hablando precisamente
-delante del juez y del señor alcalde; por más que ya sabemos: can que
-madre tiene en villa, nunca buena ladrida...
-
-Olmedilla, que se llevaba su bock á los labios, aparentó no haber oído.
-Don Isidro sonrió. Las últimas palabras, un poco desafiadoras y
-petulantes, del albeitar, no fueron comentadas. El diputado y los otros
-contertulios miraban al paisaje; don Elías había sacado de su cartera
-una tijerita de bolsillo. En realidad á don Ignacio, peleador, sanguíneo
-y cerrado de entendimiento, todos le temían. Era ancho de mandíbulas y
-de espaldas, y muy cejudo: tenía los ojos vivos, la nariz corta, el
-canoso bigote bien poblado, los cabellos rucios y cortados á máquina, y
-sembrada de blancas cicatrices la cabeza terca y redonda. Además de su
-afición á los refranes, especialmente á los que citaban nombres de
-animales--«refranes de veterinario» los llamaba él--sus amigos le
-conocían un gesto, un «tic» inconsciente, que revelaba la disposición
-exacta de sus nervios. En los momentos de inquietud, de impaciencia ó de
-cólera, Martínez se mordía las uñas; pero la uña elegida variaba según
-el grado de sobresalto de su espíritu. Esta concomitancia
-psiquico-física nunca fallaba. Si su agitación era muy violenta, la uña
-mordida correspondía á cualquiera de ambos pulgares; si muy grave, á los
-índices; y sucesivamente, conforme se apagaba, iba recorriendo los dedos
-mayor y anular hasta detenerse en los meñiques. La vinculación entre
-estos ademanes y los diversos matices del sentimiento que los producía,
-era lógica: la ira mordisqueaba preferentemente los pulgares por ser
-estos los dedos que más pronto se acercan á la boca; para morder los
-otros precisaba colocar la mano de cierto modo, lo que implica una
-pausa, un movimiento semivoluntario, una reflexión que, sea cual fuese
-su brevedad, había de contradecir, de enfriar, la furia del impulso.
-Roerse la uña de un meñique constituía para don Ignacio un pasatiempo,
-casi una coquetería. Sus uñas, de consiguiente, formaban una especie de
-columna barométrica, dividida en cinco grados, de los cuales el primero,
-el del dedo pulgar, correspondía á la temperatura moral más alta y
-temible, mientras los dedos pequeños estaban muy cerca de la ecuanimidad
-y de la sonrisa; los pulgares significaban la tempestad, la espada; los
-meñiques, el ramo de oliva. Martínez era alborotado, fuerte, bajo y
-macizo. A propósito del espesor ó densidad de su figura, y de las
-hostilidades de su carácter, don Juan Manuel Rubio tuvo cierta noche una
-frase feliz.
-
---Ese hombre--había dicho--grueso, inquieto y chiquito, me da la
-sensación de un dedo pulgar.
-
-Don Niceto se puso en pie y comenzó á frotarse las piernas hacia abajo,
-para estirarse bien el pantalón. Luego acercóse al mirador y unos
-instantes su cabeza lívida y flaca, de enfermo del pecho, emergiendo de
-un cuello de camisa mugriento, roído y excesivamente ancho, perfilóse
-sobre las últimas penumbras taciturnas de la tarde. Aparentaba treinta y
-cinco años. Era débil, enteco de hombros y bajo el bigote ralo los
-labios salivosos se abrían con un gesto de ahogo. Sus manos huesudas y
-exangües, de uñas cuadradas y sucias, tenían, como su pescuezo, la
-amarillez de las retamas.
-
---¿Se marcha usted, amigo Olmedilla?--preguntó Rubio.
-
-El juez municipal examinaba el cielo.
-
---Sí, señor; aprovecharemos esta pequeña tregua que nos da el mal
-tiempo.
-
---¿Llueve todavía?
-
---Muy poco.
-
-Para cerciorarse sacó el brazo derecho fuera de la ventana, la mano bien
-abierta y con la palma hacia abajo, como si fuese á jurar. Don Ignacio
-copió aquel gesto.
-
---Algo chispea todavía--dijo--, pero es la ocasión de irse.
-
---Creo que nos vamos todos--repuso don Isidro levantándose.
-
-Don Juan Manuel llamó á Teodoro para que le restituyese el impermeable y
-los chanclos que le entregó al llegar. Los contertulios se habían
-agrupado cerca de la ventana, y aspiraban con fruición rústica el olor
-de la tierra y de los bosques húmedos. En la oscuridad los entintados
-montes componían una especie de oleaje inmóvil. Acullá, lejos, bajo el
-silencio negro, griseaba el andén de la estación.
-
---¿Saldrá usted después de cenar, don Juan?--interrogó el médico.
-
---No es probable; esta noche no debo moverme de casa; necesito escribir
-varias cartas urgentes.
-
-Martínez interpeló á don Elías y á don Isidro.
-
---¿Ustedes tienen luego algo que hacer?
-
---Nada--respondieron.
-
---¿Y usted, don Niceto?
-
-El juez negó lenta y tristemente con la cabeza. Tampoco Olmedilla tenía
-nada que hacer.
-
---Entonces--repuso el veterinario--podemos reunirnos aquí esta noche.
-Echaremos una partida de tresillo. Tengo ganas de darle un buen julepe
-al doctor.
-
-Agregó dirigiéndose á los otros dos individuos que, durante el
-transcurso de la tarde, apenas habían hablado.
-
---¿Ustedes vendrán?
-
---Bueno--contestó el más alto.
-
---¿Y usted?
-
---También.
-
---Perfectamente--exclamó Martínez;--me gustan las tertulias grandes;
-siempre á más gente hay más alegría.
-
-Verdaderamente ninguno de los circunstantes, ni siquiera el mismo don
-Ignacio, tenía interés en volver al Casino aquella noche. Ir ó no ir...
-¿no era igual?... El fastidio y la costumbre se repartían
-equitativamente la dirección y dominio de aquellos espíritus anodinos.
-El aburrimiento que les echaba de sus hogares, les restituía á ellos
-horas después. Bostezaban en sus casas, al lado de sus hijos; bostezaban
-en el Casino, con los naipes en la mano ó ante las mesas de billar. ¿Qué
-esperaban? En lo futuro, ni una emoción, ni una sorpresa, como no fuese
-la de la muerte. ¿Mirar hacia el porvenir, no equivalía exactamente á
-rememorar y escrutar lo vivido? En aquellas pobres almas que llevaban
-consigo, desde la niñez, la aridez del desierto, el inenarrable horror
-de las cosas eternamente inmóviles y semejantes á sí mismas, ¿no se
-perpetuaba el espanto anacrónico de que lo futuro fuese algo sabido,
-familiar y trillado, como un recuerdo? En la horrible monotonía de los
-pueblos, ¿cuántas veces resbala el pensamiento por los mismos surcos?
-Allí, donde no hay emociones; ¿quién contaría los millares de
-momentos--tantos como días que cada individuo vivió y tornó á vivir, su
-propia vida? Cotidianamente marchan los pies por idénticos caminos y el
-cerebro recibe impresiones iguales, y de esta monotonía se desprende un
-vaho adormecedor de opio, de indiferencia, de abulia; y así en cada una
-de esas almas--y sin que ellas, por fortuna suya, lo adviertan--se
-repite, de padres á hijos, el suplicio interior, el horroroso drama, no
-escrito aún, del hombre que nunca tuvo «á dónde ir»...
-
-Esta era la situación de ánimo de don Juan Manuel Rubio, de Fernández
-Parreño, de don Isidro Peinado, de don Niceto y de don Ignacio, cuando,
-parados ante el ventanal abierto, hablaban de marcharse. El mismo
-trabajo que momentos antes tuvieron para reunirse, les costaba ahora
-separarse; en ellos, el hábito de esperar había matado la alegría de la
-acción. Además, convencidos tácitamente de que todo era igual,
-adivinaban la inutilidad de moverse. Cuanto á su alrededor pudiese
-ocurrir, lo tenían previsto. Este cálculo alcanzaba aún á los detalles
-menores. Verbigracia: Martínez sabía que, á su paso habitual, tardaba
-exactamente tres minutos y medio en ir desde el Casino á su casa, y
-cuatro minutos si este camino lo recorría en sentido inverso, porque era
-cuesta arriba. El médico, con aquella miopía que parecía obligarle á
-dedicar á cada idea ú objeto una atención mayor, pujaba su minuciosidad
-bastante más lejos. Fernández Parreño llevaba en la memoria cifras
-absolutamente exactas de las distancias. Desde su domicilio al Casino,
-por ejemplo, había mil doscientos ocho metros; desde el Casino á la
-botica de don Artemio, trescientos veinticuatro, y medio kilómetro justo
-separaba su casa de la de su antigua cliente doña Amelia Ruiz, viuda de
-Guijosa, la mujer más gorda de Puertopomares. Estos números los había
-descubierto con la ayuda del tiempo y á fuerza de repetir cotidianamente
-el mismo itinerario.
-
-Al cabo, la figura blandengue de don Niceto, girando sobre sus talones,
-lanzó la señal de marcha.
-
---¿Vámonos, señores?
-
---Vámonos, sí.
-
-Reposadamente todos caminaron hacia la puerta. Don Ignacio exclamó,
-mirando su reloj.
-
---¿Qué hora será?...
-
-Fernández Parreño consultó el suyo, que levantó á la altura de la nariz.
-
---Las siete.
-
---Yo--repuso Martínez--tengo las siete menos diez.
-
-Con esa costumbre irrazonada que obliga á todas las personas á tener más
-confianza en el reloj del prójimo que en el suyo, añadió:
-
---Debo de ir atrasado...
-
-Y, sin vacilar, rectificó la hora. Don Juan Manuel dijo un donaire
-versallesco:
-
---Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don
-Elías, también atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al
-revés que para conservar á nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos
-posible. ¡Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el
-desorden!...
-
-Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la
-umbría de los soportales, un hombre silencioso, pequeñito, intensamente
-amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro.
-
-Martínez exclamó dirigiéndose al médico:
-
---Ahí va don Gil Tomás. Tenía usted razón. Deben ser, efectivamente, las
-siete en punto.
-
-
-
-
-III
-
-
-Los dos hermanos comieron en silencio, irritados por la ausencia de
-Frasquito Miguel, quien, según costumbre, volvería borracho. Terminada
-la cena, Rita Paredes levantó el mantel, y, á falta de café, Toribio
-dióle un largo tiento al porrón del vino, la rapada cabeza echada hacia
-atrás y los ojos puestos en las vigas del techo. Luego, mientras con una
-mano dejaba suavemente el porrón en el suelo, con el dorso de la otra se
-restregó y secó los labios. Cuarentón ya, mostraba el pelo canoso, el
-rostro rasurado, flaco y de líneas salientes, los ojos carniceros,
-redondos y de color almagre, la boca fina y oscura, circundada por
-manojos de pliegues sutiles. Era sobrado de estatura y cenceño, con esa
-flexibilidad y aridez de carnes que da á sus habitantes el solar
-castellano. Hablaba poco y mirando al suelo. Tenía algo de mastín. Una
-vieja cicatriz endurecíale el rostro. Levantóse, y acercándose á una
-ventana examinó el cielo, estrellado, límpido, transparente, después del
-furibundo aguacero de aquella tarde. Bostezó malhumorado.
-
---Buenas noches.
-
---¿Ya vas á dormir?
-
---Necesito madrugar. Mañana hay mucha faena. A las cinco me llamas.
-
-Fatigadamente, los brazos caídos, el paso largo, grave el rostro,
-desapareció en la oscuridad de un aposento inmediato.
-
-Rita, con notables disposición y rapidez, sacudió el mantel bajo la
-campana del hogar, fregó los platos, enlució los cubiertos, y lo
-sobrante del guisote familiar lo colocó en un pucherito junto al
-rescoldo, para que Frasquito Miguel lo encontrase caliente. Sentóse
-después á coser, y sobre la blancura de las ropas sus manos morenas,
-flacas y de articulaciones nudosas, tenían una impaciencia agresiva. La
-herencia había dejado en ambos hermanos una notoria comunidad de rasgos.
-Como los ojos de Toribio, los de Rita abríanse pequeños y bermejos, y
-sus labios delgados, circuídos de pequeñas arrugas, adquirían al
-cerrarse, expresión cruel. Era alta, enjuta, y de apariencias varoniles.
-Sus treinta y cinco años, los trabajos, la miseria y la epiléptica
-violencia de sus instintos, habían destruído en ella las blandas curvas
-de la femineidad; y coronando aquel corpachón anguloso de hombre, una
-cabeza pequeña, de perfil corvo, de mejillas pecosas, de cabellos
-rútilos y lisos, recogidos atrás. En el pueblo á los Paredes les
-llamaban _los Rojos_, y sus costumbres y combativas apariencias les
-hacían temibles.
-
-La mujerona suspendió su labor para escuchar al sereno, que cantaba una
-hora: las diez: pero inmediatamente reanudó el trabajo, y había en su
-diligencia una especie de cólera. Todo á su alrededor era silencio;
-únicamente fuera, en la paz nocturnal, el Malamula, hinchado por el
-copiosísimo llanto de las montañas y de las nubes, gemía clamoroso.
-
-Varios años hacía que Rita habitaba aquella casuca de planta baja,
-construída entre los cimientos de un baluarte, sobre la pendiente del
-río y en la línea de ruinas que deslindan y separan el barrio pobre del
-resto de la población. Fuese á vivir allí poco antes de que su amante
-Vicente López, apodado _el Charro_, á quien conoció en un lupanar de
-Cáceres, la abandonase para irse á Salamanca con otra mujer. De aquel
-amor, que fué muy grande, le quedó á Rita un hijo. Viéndose sola abrió
-un tabernucho al amparo del cual recobró sus hábitos de manceba. Este
-tráfico, durante las semanas que tardó su cuerpo en ser conocido,
-produjo dinero; luego, no.
-
-Por entonces llegó casualmente á Puertopomares Toribio, que ejercía de
-pueblo en pueblo el oficio de bujero. Años hacía que los dos hermanos no
-se abrazaban, y su asombro rivalizó con el contento de volver á verse.
-Ni una carta se habían escrito en todo aquel tiempo. Se separaron casi
-niños y el azar tornaba á reunirles cuando ambos llevaban sobre la
-frente el dolor de las primeras canas. En la historia de Toribio había
-inconexiones, paréntesis misteriosos, que Rita, necesitadísima también
-de indulgencia, no intentó esclarecer. A los diecisiete años Toribio
-Paredes se alistó voluntario para la guerra de Cuba y asistió á la
-acción de Peralejo, donde fué herido. Le licenciaron. En la Habana,
-primero, y luego en otras ciudades de la Isla, ejerció diversos empleos.
-Estuvo en Puerto Rico y en Méjico. Después regresó á España y en Cádiz,
-á los pocos días de desembarcar, hirió mortalmente al dueño de un
-garito. En la pelea no hubo traición, pero la justicia sentenció al
-homicida á ocho años de presidio. En el de Ceuta expió su condena. Al
-salir dedicóse sucesivamente, como en Cuba, á distintos oficios. Cuando
-llegaba ocasión, ejercía el suyo primitivo, de carpintero; después,
-vendió baratijas por las ferias, fué leñador, aplicóse al chalaneo y á
-la recova y montó un Tío-Vivo. Finalmente deshízose de él y recobró su
-profesión de gorgotero ó bujero, cuyo ejercicio reclamaba pocos
-desembolsos y hallábase muy en armonía con sus inclinaciones vagabundas.
-
-A las confesiones de Toribio correspondió Rita con las suyas. Habló de
-su primer amante, el amo de una fábrica de corsés, donde ella trabajaba.
-Al conocer su embarazo el burlador la despidió. ¡Miserable! Poco
-después, cayó enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si
-no la llevan al hospital. Allí dió á luz y el niño fué á la Cuna. No
-había vuelto á saber de él. Después entró á servir en una casa de donde
-la echaron cuando supieron su aventura con el dueño de la fábrica de
-corsés. Una vecina les fué á sus amos con el soplo. Al verse de nuevo
-sin albergue, rostro á rostro con la miseria, la mujerona pensó: «Esta
-noche yo como y duermo bajo techado». Y esperó á que su delatora, cuyo
-domicilio conocía, saliese á la calle. La sangre que encerró á Toribio
-en Ceuta, hervía en ella. No tenía armas, pero tampoco las necesitaba;
-sus dientes y sus uñas bastaban á su cólera. Fué una escena horrible.
-Rita cayó sobre su presa, la tiró al suelo y teniéndola sujeta bajo las
-rodillas comenzó á despedazarla; matarla hubiera sido poco. A puñados la
-mesaba el pelo, y á mordiscos la arrancó una oreja y la desfiguró
-bárbaramente la nariz y las cejas; el labio inferior de la víctima
-desapareció, y como nadie pudo hallarlo, los testigos de la pelea
-supusieron que la agresora, en un rapto de antropofagia, se lo había
-tragado. Rita Paredes fué condenada á tres años de reclusión en el penal
-de Alcalá. Allí riñó con otra reclusa, á quien maltrató ferozmente, y
-por ello sufrió dos años más de encierro. Desde Alcalá se trasladó á
-Madrid, donde una alcahueta que andaba en peligrosas cuentas con la
-justicia, por corrupción de menores, la propuso ir á Cáceres...
-
-Al llegar á este capítulo, el más sucio, quizás, de su negra historia,
-la mujerona vacilaba: también en su vida, como en la de su hermano, del
-monstruoso ayuntamiento de la ignorancia con el infortunio, nacieron
-páginas tiznadas, abyecciones inconfesables. Ninguno de los dos tenían
-qué recriminarse; del mismo vientre nacieron, y á su tiempo ambos
-rodaron hacia el dolor; si ella se había prostituído, él había robado;
-los dos malditos, los dos iguales.
-
-Finalmente, Rita explicó sus relaciones con _el Charro_, y cómo éste la
-abandonó y no se preocupaba de su hijo, que ya tenía cinco años.
-
---Podías quedarte aquí, conmigo--añadió--; estando juntos viviríamos
-mejor.
-
-Toribio aprobó; rato hacía que en aquello mismo estaba él pensando. A
-pesar de haber permanecido alejados tanto tiempo el uno del otro,
-volvían á sentirse muy cerca, muy identificados por el misterio augusto
-de la raza, y tan unidos en sus pensamientos, codicias y deseos, como si
-nunca se hubiesen separado. La miseria eneanchó y afirmó la obra de la
-herencia: ella fué mala por las razones mismas que él no pudo ser bueno;
-causas análogas les pusieron lejos de la ley; de una parte el hambre, de
-otra, el instinto; y así, al término de varios años, perdonáronse
-mutuamente sus yerros, maravillados de comprenderse tan bien y de seguir
-tan juntos.
-
-Toribio relató á su hermana la constitución íntima de sus negocios: él,
-que continuaba en la pobreza, había llegado á Puertopomares con su socio
-capitalista; un tal Frasquito Miguel, andaluz, de quien no le convenía
-separarse. Como Paredes, Frasquito Miguel tenía una historia nebulosa.
-En Madrid, siendo mozo, ejerció la profesión de trapero. Más adelante,
-de acuerdo con otros individuos, abrió una carnicería destinada á
-sucursal ó principal despacho de un matadero clandestino. Las ganancias
-comenzaron siendo excelentes, pero el asunto no tardó en echarlo á
-perder la policía; fué un mal negocio que dió con sus iniciadores en la
-cárcel. Al recobrar la libertad Frasquito Miguel trasladóse á Málaga, y
-en arriscados lances de contrabando vió medrar su hacienda. Otras
-oscuridades y lagunas había en su vida. Él y Toribio se conocieron en la
-feria de Badajoz, y aparejados desde hacía dos años por el interés, más
-que por la simpatía, operaban juntos: unas veces vendían paños, otras,
-juguetes y baratijas de similor. Dónde guardaba el señor Frasquito los
-fondos de la sociedad, arcano fué que Toribio Paredes no consiguió
-esclarecer nunca; pero era lo cierto que el antiguo trapero siempre
-llevaba consigo los billetes de Banco necesarios para no dejar perder
-ningún buen negocio. Tras una lucrativa excursión por diferentes pueblos
-de la serranía salmantina, llegaron ambos á Puertopomares y en la Fonda
-del Toro Blanco pidieron dos habitaciones, pues Frasquito quería
-absolutamente dormir solo.
-
---Son datos en que debes fijarte--decía el narrador á su hermana.
-
-Mientras Toribio Paredes hablaba, ella mirábale fijamente, y sus ojos,
-rodeados de pestañas bermejas, se abrían y cerraban, revelando con aquel
-seguido guiñar un agudo esfuerzo de comprensión. En sus labios, finos y
-oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed.
-
-Toribio concluyó:
-
---Los días que estemos aquí, Frasquito puede pasarlos con nosotros; ó,
-al menos, almorzar y cenar en nuestra compañía. ¿No te parece? Tú,
-procura esmerarte en la comida. El es buena persona y solterón... y con
-el tiempo... ¡quién sabe!... llevándonos todos bien...
-
-Sus cábalas fueron cumpliéndose una á una. Frasquito, receloso al
-principio, acabó enamorándose de Rita. De estas relaciones nació un
-niño, á quién bautizaron con el nombre de José y los apellidos de su
-madre, pues el señor Frasquito, cauto siempre y amigo de andar con los
-ojos bien puestos en el porvenir, no quiso precipitarse á reconocerle.
-Aquel muchacho añadió nuevos vínculos á los lazos de interés y amistad
-que unían á los dos hombres, y así decidieron establecerse juntos.
-Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan
-irreductible oposición halló en ésta y en su hermano, que desistió. Ya
-reunidos todos, acordaron recogerle un poco las riendas á la vida y
-aquietarse, y hacer de Puertopomares una especie de centro de residencia
-ó de «cuartel general», de donde saldrían á recorrer, periódicamente,
-los otros pueblos de la provincia.
-
-La casuca que cobijó los amores de Rita con el Charro y que ella
-transformó luego en taberna y disimulada mancebía, el señor Frasquito
-Miguel y su cuñado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron,
-ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de
-almacén. Para hallarse más separados y con mayor honestidad, levantaron
-un tabique que hizo de la cocina primitiva dos habitaciones; la
-despensa, que era espaciosa, después de bien enjalbegada y solada,
-sirvió de dormitorio, y cuando quedaron celosamente revistas y tapadas
-las goteras del pajar, éste ofreció á su vez condiciones excelentes de
-seguridad.
-
-Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta
-entonces sólo aprovechó para gallinero y pudridero de basuras. Allí un
-viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde
-de su copa recogida, sensible al viento. Este árbol fué en tiempos atrás
-como un gesto de orgía, como una cimera ó penacho de escándalo, alzado
-sobre la vulgaridad de la humilde vivienda. La casa de Rita, la
-barragana de tantos, se distinguía y señalaba entre todas por aquel
-chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarín. Desde muy lejos se
-divisaba. La gente rústica que se acercaba á Puertopomares por el lado
-opuesto del río, lo conocía bien; los mozos se lo mostraban unos á
-otros, extendiendo un brazo:
-
---Es allí...--decían.
-
-Y hasta hubo quien aseguraba que Rita, muy avisadamente, llegó á
-adornarlo en las noches sabatinas con farolillos de colores, y cómo
-tales luces, balanceándose en la oscuridad á impulsos del aire,
-ejercían sobre los hombres, á una distancia de varios kilómetros,
-irresistible atracción. Apropósito de aquel árbol popular y de las
-trazas hombrunas de su dueña, alguien había dicho: «Eres, Rita, como el
-chopo: alta y grande, pero de mala sombra». La frase gustó y vivió
-muchos años.
-
-Toribio y Frasquito talaron aquel chopo lupanario, igualaron y limpiaron
-el suelo, y luego, utilizando como paredes maestras los dos acirates más
-largos del corralón, improvisaron á la izquierda un amplio departamento
-de mampostería, seco, claro y sólido, bueno para depósito de
-mercaderías; y á la derecha, un soportal ó cobertizo de tejas, sostenido
-por pilares de ladrillo, destinado á caballeriza.
-
-Asombraban por igual, la previsora astucia, la alegre voluntad y la
-rapidez con que los dos hombres realizaron tan ardua tarea, y el feliz
-remate que dieron á todo. En su mañera traza y ágil disposición
-claramente echábase de ver la complejidad pícara de sus vidas. Ningún
-oficio les era extraño: lo mismo aplomaban una pared, que techaban una
-habitación, ó disponían los batientes de una puerta, modelaban á yunque
-y martillo una reja, componían una cerradura, herraban un caballo ó
-compraban animales que sabían vender luego á mejor precio. Este
-abigarramiento de aptitudes resplandecía también en la diversidad
-plateresca de su industria. Con todo traficaban. Los objetos de
-quincalla, los racimos de zapatos y las pirámides de sombreros y otros
-artículos de poco peso, eran subidos al desván; lo mejor, lo más caro,
-los paños, mantas, tapetes y piezas de ropa blanca, ocupaban el nuevo
-almacén, con su suelo de ladrillo aislado de la humedad por una capa de
-carbón. Una yegua y una mula, servíanles para transportar sus
-mercancías. A veces salían de Puertopomares al despuntar la aurora,
-otras á prima noche, según la estación y la longitud del itinerario que
-hubiesen de recorrer; generalmente estas expediciones eran fructuosas, y
-al término de ellas el señor Frasquito y Toribio reaparecían con las
-caballerías muy aligeradas y en el rostro reflejado el codicioso
-contento de los buenos negocios.
-
-Tan activo tráfico duró varios años, en los cuales Frasquito Miguel y su
-coima hubieron dos hijos más: María Luisa y Francisco. No obstante estas
-novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada
-había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin
-acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por
-sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes
-donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro
-eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una
-herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito
-Miguel, á pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero
-con que porfiadas veces coadyuvó al bienestar común, siempre sería un
-advenedizo, un extraño, casi un enemigo. El, receloso y astuto, debía de
-comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto
-constantemente de todos se retraía y guardaba un poco.
-
-Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio á que Rita
-se había dedicado, demostraban á los Paredes cierta hostilidad.
-Ateniéndose á la indudable semejanza habida entre cada individuo y las
-personas de su afecto y predilección, razonaban que Toribio sería, en
-punto á rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel
-tampoco debía de tener muy severa moral cuando tan bien hallado parecía
-en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo
-del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y
-disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar.
-El famoso chopo del corralón, cuyo perfil fálico recordaba á los mozos
-del campo el misterio de Eléusis, había desaparecido, pero su leyenda
-golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos «la casa
-del chopo», donde, según los viejos, quince ó veinte años antes, fué
-asesinado un hombre, parecía irradiar una pavura carcelaria, un enigma
-de antro. La honesta labor á que sus actuales moradores se aplicaban, no
-lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corrían sin
-conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, á
-pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien
-florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita
-ó comprar algo, raras veces se decidían á trasponer el quicio de la
-puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna
-pareja de la Guardia civil pasaba por allí, nunca lo hacía sin inmergir
-una mirada fiscal en el zaguán húmedo, lóbrego y sumido, como una vieja
-boca. El vecindario siempre esperaba una emoción: que á los Paredes,
-verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de
-la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien.
-
-Al término de algunos años, los graves achaques del señor Frasquito
-contribuyeron á ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su
-hermano. Agravóse el frío de aquellas relaciones preparadas por la
-codicia y el cálculo. El antiguo trapero, que ya contaba más de
-cincuenta años, enfermó de reuma: comenzó á padecer en las
-articulaciones dolores agudísimos; se le inflamaron las rodillas,
-retorciéronsele y trastornáronsele como sarmientos los dedos de las
-manos, y vióse obligado á renunciar, casi completamente, al trabajo.
-Aquel invierno Toribio Paredes salió solo á vender; su cuñado, medio
-paralítico, quedábase en casa y á intervalos los gritos que así la
-cólera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus huesos, por igual
-le arrancaban, rompían lúgubremente la paz de la calle.
-
-El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos
-meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral.
-Rita, que no había olvidado á Vicente López, ni podía hablar de él sin
-verter lágrimas, y acaso por obra de los poéticos mirajes del tiempo le
-amaba más que nunca, empezó á aborrecer á Frasquito. Al principio de sus
-relaciones, le aceptó con gusto, por codicia; luego le fué indiferente;
-después esta indiferencia amistosa perdió cuanto pudiese haber de
-simpatía, se enfrió y fué desdén; últimamente, el desdén se mudó en
-desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenzó á sentir
-hacia su último amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y
-el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre, á quien muchas
-mañanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos
-anquilosados y trémulos no le obedecían, era una carga. ¿Qué necesidad
-tenía ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces
-una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba á su conciencia palabras
-de Evangelio; pero inmediatamente el egoísmo y la sordidez tronaban con
-espantoso griterío. ¿Qué hubiese hecho el señor Frasquito á ser ella la
-inútil? Probablemente echarla á la calle, ó marcharse, y si la suerte
-permitió que el enfermo fuese él, ¿por qué no imitarle dejándole?...
-
-De sus cuatro hijos á la mujerona sólo la interesaba realmente
-Deogracias, el primero, en quien revivía la figura del Charro. Los hijos
-de Frasquito, Pepe, María Luisa y Francisco, la servían únicamente de
-estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban
-frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocían la utilidad de
-deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo;
-pero al llegar á cierto extremo difícil de su conversación, los dos
-callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y
-devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la
-justicia, unido á las torvas memorias de sus años carcelarios, dejaba en
-sus almas oscuras un frío.
-
-El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra
-Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez,
-la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero.
-¿Dónde lo guardaba? ¿A qué prodigios de escamoteo, á qué recursos de
-nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su
-desaparición no dejase rastro?...
-
-Antes de afincarse en Puertopomares Toribio creyó siempre que su socio
-depositaba sus ahorros en algún Banco de Salamanca, de Badajoz ó de
-Madrid, y únicamente llevaba consigo las seis ó siete mil pesetas
-indispensables á las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya
-todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposición, dedicóse
-á leer cuantas cartas el señor Frasquito recibía: á tal fin las colocaba
-unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y
-el vapor desprendía la nema del sobre tan limpiamente, que luego de
-repegada era imposible conocer la traición. Este acecho, minucioso y
-perseverante, de varios meses, demostró que el pañero no mantenía
-relaciones con ninguna casa de banca, ni recibía otra correspondencia
-que las de los fabricantes ó almacenistas al por mayor, de quienes él y
-Toribio se proveían; de donde los hermanos Paredes concluyeron que,
-según una rancia costumbre española, heredada quizás de los judíos y de
-los árabes, Frasquito Miguel debía de recatar sus ganancias en una ó
-varias orzas escondidas, probablemente, á muchos metros bajo tierra.
-
-Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones
-y atisbos prolijos. Durante sus excursiones por diversos lugares y
-villas, Toribio, que jamás perdía de vista á su adjunto, y de noche
-utilizaba múltiples é ingeniosos ardides para saber si salía de su
-habitación, llegó á convencerse de que Frasquito no tenía fuera de
-Puertopomares ningún tapujo, ni sitio, encrucijada ó mesón, que le
-mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa
-donde el ladino viejo escondía «su tesoro»; que á tan preeminente y
-codiciable categoría remontaba la imaginación de los Paredes la fortuna
-de aquél.
-
-Relacionando diversos datos y pormenores cazados hábilmente en el
-transcurso de dos ó tres años, la mujerona y su hermano dedujeron que el
-señor Frasquito tenía soterrado su dinero en el corralón, bajo la
-raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la
-frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su
-empeño en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual
-si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista
-enardeció la codicia de los Paredes, y agravó su avariento sobresalto la
-consideración de que las orzas ó pucheros donde Frasquito Miguel fué
-servido de meter sus ahorros, empujados por las raíces, vivas aún, del
-árbol, iban hundiéndose más y más, de suerte que si transcurría mucho
-tiempo llegaría á ser muy difícil dar con ellas.
-
-Atormentado por este recelo, Toribio una noche, hallándose los tres de
-sobremesa, expuso la conveniencia de solar el patio, para lo cual creía
-necesario remover bien la tierra y arrancar las raíces que endurecían y
-arrugaban el piso. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y
-decisión, produjeron en Frasquito Miguel, fué terrible. Quedóse pálido,
-luego lívido; hasta que su corazón reaccionó y su rostro cetrino se
-llenó de sangre; después aquel aborrachado color empezó á debilitarse y
-sus mejillas y su frente tuvieron la blancura de los cadáveres. Su
-sorpresa mudábase en cólera. Frunció las cejas, bajó la cabeza, tiró
-nerviosamente contra su plato el cuchillo con que iba á cortar una
-rebanada de pan, y apenas lo hizo lo recobró afanoso cual si acabase de
-sentir la necesidad de tener un arma.
-
---El patio-gritó--no se toca.
-
-Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolución irrevocable. Los
-hermanos Paredes cambiaron una mirada de inteligencia, de alegría feroz,
-de sordidez ardiente próxima á saciarse, y unos momentos, bajo el
-apacible claror plata de la lámpara, aquellas dos cabezas fraternales,
-cabezas de presidio donde otra veces el deleite de matar se había
-pintado, adquirieron una expresión patética. Toribio quiso argüir algo,
-pero su cuñado le atajó.
-
---¡He dicho que el patio se deja según está: lo dispuse así y no
-consiento que se toque en él ni á un, jaramago!
-
-Toribio repuso cazurro:
-
---Bueno, hombre; no hay motivos para incomodarse tanto; no haremos nada,
-descuida. ¡Qué aspavientos!... ¡Cualquiera creería que íbamos á robarte
-un tesoro!...
-
-El tono zumbón y la reticencia con que estas palabras fueron dichas,
-desconcertaron al señor Frasquito, quien trató de enmendar su yerro y la
-aspereza de su actitud con algún donaire ó frase oportuna. Pero la
-explosión de cólera que acababa de experimentar había sido demasiado
-violenta, los músculos faciales hallábanse endurecidos aún, y ni supo
-dar gracia á sus palabras, ni cordialidad y simpatía á su rostro. Desde
-aquel momento los Paredes adquirieron la convicción, la certidumbre
-irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tenía
-enterrado su dinero en el corral.
-
-Con la llegada de la primavera le volvieron las fuerzas al enfermo y
-hallóse de nuevo en situación de volver al trabajo; esto, al menos,
-creyeron todos, lo que les produjo buen consuelo y alivio. Pronto, sin
-embargo, echó de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes;
-así porque sus piernas le obedecían mal, como porque con las energías
-musculares se le fueron también las lucrativas capacidades y oportunos
-ardides de la voluntad. Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba
-mucho menos; desaparecieron sus trujamanerías y gitanas zangamangas de
-mercader; ya no sabia engañar vendiendo como oro el similor y por nuevo
-lo usado. No convencía, no alucinaba; perdió la gracia; fué un
-arruinamiento general que abrió en la suma de los ingresos un déficit
-considerable.
-
-Poco á poco el señor Frasquito llegó á reconocer también su inutilidad,
-y como esta humillación le hiriese en lo más altivo y sensible de su
-alma, para olvidarla se dedicó á la bebida. El momentáneo bienestar que
-ésta le producía incitóle á seguir bebiendo, y lo que empezó siendo
-arrimo y recurso, creció rápidamente y fué pasión. Toribio Paredes,
-maldecía de él: en las ferias no le servía de nada, pues tardaba en
-emborracharse el tiempo que empleasen en alzar su tienda; luego se
-echaba á dormir debajo del mostrador, y por los caminos iba cantando,
-bamboleándose como un polichinela y agarrado á la cola de la última
-caballería. La gente hacía escarnio de él. Una vez Toribio regresó á
-Puertopomares y entró en su casa llevando al señor Frasquito atravesado
-en la yegua. El viejo, que había perdido los sentidos, iba con el
-vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos
-y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. Entre los dos hermanos le
-cogieron y metieron en el zaguán, á presencia de un grupo de vecinos
-que, pensando ver á Frasquito Miguel herido ó muerto, acudieron
-consternados, y cuando tuvieron noticia de la inverosímil cantidad de
-vino que traía en el cuerpo, empezaron á reir y á burlarle. Aquella
-madrugada, dominando la unisonancia del Malamula, resonaron en «la casa
-del chopo» grandes porrazos, á cada uno de los cuales respondía un
-lamento flébil y expirante, como de persona del otro mundo; después los
-quejidos cesaron y siguieron los golpes, y al día siguiente revoló de
-puerta en puerta la noticia de que los Paredes, con objeto de volver al
-señor Frasquito á la virtud de la sobriedad, le habían administrado una
-muy gentil paliza.
-
-Frasquito Miguel no volvió á salir con su cuñado; ayudábale á enjaezar y
-disponer la carga de las caballerías, pero luego Toribio se marchaba
-solo. La vergüenza de verse preterido, la amarguísima pena de su
-inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida
-continuó y exacerbó la obra del artritismo. El desdichado empezó á
-hincharse, amortiguóse su mirada y bajo los ojos la piel formó hondas
-bolsas triangulares. Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenían la
-indecisión de la somnolencia. Los únicos sitios que frecuentaba eran el
-merendero de Luis, situado cerca del río, al pie del cementerio viejo, y
-el café de La Amistad, vulgarmente llamado «café de la Coja». Todas las
-mañanas madrugaba, pues continuaba siendo muy rezador y amigo de los
-santos; de día quedábase en casa, unas veces en el zaguán, otras junto á
-la caballeriza, cual si su oscurecido pensamiento alimentase la
-invencible obsesión de no alejarse de allí; y entre tanto empleábase en
-reponer asientos á las sillas ó arreglar el calzado viejo ó cortarles
-calzones y baberos á los muchachos, que para estos y otros diversos
-menesteres y oficios sus manos industriosas supieron siempre darse buena
-traza. En la mesa apenas dirigía la palabra á sus familiares, ni
-regañaba á los niños, ni levantaba del plato los ojos, y con el último
-bocado de la cena en la boca, se iba á la calle. Cuando volvía, lo que
-nunca sucedía antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho.
-
-Esta abominable costumbre y más aún, la particularidad de que el señor
-Frasquito, que hacía tiempo no ganaba dinero, llevara siempre tres ó
-cuatro pesetas en el bolsillo, exasperaban los desapoderados odios de
-Rita y de su hermano. Frasquito Miguel representaba en aquella casa el
-papel de zángano; vivía y no trabajaba. ¿Por qué no se marchaba de una
-vez con sus hijos? Y si no quería irse, ¿por qué no le despedían ellos?
-¿Qué ley ó documento les obligaba á seguir juntos?... Los Paredes, sin
-embargo, no se atrevían á desahuciarle; y era la codicia, la ilusión
-avara de dar con el tesoro del viejo, lo que les detenía.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Bajo el claror lechoso de la lámpara, Rita seguía cosiendo, y el choque
-de la luz con la sombra extremaba las angulosidades tercas de su rostro,
-la curvatura de la nariz, la demacración de los pómulos, la fortaleza
-carnicera de la mandíbula. Deseos homicidas cruzaban su frente. Aquella
-tarde Frasquito Miguel, acobardado quizás por la tormenta, no había ido
-á cenar.
-
---¡Si no volviese!--pensaba la mujerona.
-
-Un recuerdo la obligó á mirar á su alrededor, como si en la blancura de
-aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspiró: se acordaba de
-Vicente y esto guió sus ojos hacia la puerta del aposento donde dormían,
-Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vástagos de Frasquito Miguel.
-A éstos les aborrecía. Rita tiró su labor y por dos veces sus manos
-nerviosas, inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y
-planchados, sobre la redondez pequeña de la cabeza. En sus pupilas la
-cólera, durante segundos, encendió una luz.
-
---Podían morirse--murmuró--y ni ellos ni yo perderíamos nada.
-
-Recobró su costura. La habitación donde se hallaba abocaba á la calle;
-tenía el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido
-densamente por el humo del fogón. Viejos cromos que decían los amores
-del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón
-de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco.
-Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul.
-
-Poco á poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el
-rumor del Malamula iba acallándose. El sereno cantó otra hora; las once.
-Luego, nada dentro de la casa dormida: la lámpara vertiendo
-monótonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre
-el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos
-é inmóviles, con inmovilidad cabalística, contra la albura de las
-paredes.
-
-Rita, de súbito, alzó la cabeza y un frío extraño y rápido, á un temblor
-á flor de piel, pareció deslizarse por entre la raigambre de sus
-cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de
-inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitación en línea recta desde
-la ventana al aposento donde dormía Toribio. La mujerona abrió bien los
-ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya
-no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de
-sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus
-nervios con la violencia de una descarga eléctrica. Ni el más tenue
-ruidito á su alrededor; nada tampoco sobre la uniformidad de la pared
-blanca. Levantóse, sin embargo, dócil á un raro terror supersticioso, y
-fué á cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la
-calle estaban echados. Miró hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de
-luna, mostrábanse apacibles; y luego á las cortinas, muertas, sin un
-temblor. Rita permanecía suspensa, asustándose del roce de sus vestidos
-y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazón descarnada y varonil,
-aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arrancó á sus
-labios, descoloridos por el miedo á lo invisible, una interjección soez.
-Volvió á sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su
-alma estuviera allí, hirióla, de improviso. Tembló y ya iba á levantarse
-cuando su razón y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente,
-ella no pudo ver nada; todo habría sido un guiño ó intermitencia de la
-luz, ó la levísima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones
-continuaba teniendo miedo: aquella ficción rapidísima, aquella especie
-de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de
-huracán y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes
-más pequeños se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al
-cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo.
-
-Las doce eran dadas cuando Toribio comenzó á soñar en alta voz. A través
-de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrábanse
-inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque
-aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse:
-la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho,
-articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si
-algo muy pesado le oprimiera el pecho. Inútilmente trató Rita de
-comprender lo que su hermano decía. Otra vez la mujerona tuvo miedo.
-Aunque nada ó muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto,
-siempre envolverán las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio.
-¿El verdadero origen de los sueños es exclusivamente fisiológico, ó á
-esos accidentes circulatorios y digestivos á que la medicina los
-atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafísica?... Un ensueño se
-reduce, tal vez, á un dinamismo incompleto y pasajero del aparato
-cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivinó en ellos
-mucho más. ¡Oh, la terrible, la abracadabra emoción, la sugestión
-fascinante, que anima las actitudes de quien sueña en voz alta! Aquellos
-ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de
-alegría, de sorpresa, de cólera, que correspondiendo á imágenes venidas
-del más allá estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y á las
-que él, empero, responde... ¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche
-y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de
-otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el
-mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de
-cuantas personas--aborrecidas ó deseadas--viven lejos de nosotros?...
-
-Rita llamó, por dos veces:
-
---¡Toribio... Toribio!...
-
-El dormido exclamó levantando mucho la voz y con perfecta claridad:
-
---¡No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser.
-
-Su dicción volvió á emborronarse; no fraseaba; las sílabas se
-confundían.
-
---No puede ser... no... pue... de... ser...
-
-Esta negativa la repitió hasta que dentro de su boca las palabras mal
-pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de gárgara; parecía que
-iba á ahogarse. Su hermana le gritó:
-
---¡Toribio!... ¿No oyes?... ¡Despierta!... ¡Estás soñando!... Dí... ¿no
-oyes?...
-
-A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una
-mano, presentóse Paredes. Hallábase en ropas menores, y la inmovilidad
-de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decían claramente que
-estaba sonámbulo. Unos segundos permaneció boquiabierto, como
-sorprendido y detenido por la luz; guiñó los párpados, sacudió la
-cabeza; quería despertar. Después avanzó y la cortina, al caer otra vez,
-sirvió de fondo á su figura. La mujerona se levantó y empuñó unas
-tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista
-momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso
-terror la invadió.
-
---¿Dónde vas?...
-
-Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se
-apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía.
-
---¿Dónde vas?--repitió Rita.
-
-Cautamente habíase colocado detrás de la mesa, en actitud defensiva. Su
-hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras.
-
---Voy con él.
-
---¿Con él?... ¿Quién es él?...
-
---Ese... don Gil Tomás... Me voy con don Gil Tomás.
-
-Palideció Rita.
-
---¿Qué dices? No entiendo; ¿dónde te espera don Gil?
-
---¡Ahí, ahí!... Viene á buscarme.
-
-Extendía un brazo hacia la puerta de la calle. De súbito comenzó á
-restregarse los ojos con ambas manos. La mujerona agregó:
-
---¿Ha dicho él que te espera?
-
---Sí... sí...
-
---¿Cuándo?...
-
---No; no me lo ha dicho... Es que conversábamos... Don Gil ha salido...
-
-Por momentos hablaba con mayor limpieza, dió algunos pasos hacia
-adelante y despertó. Su cara entonces cubrióse de sorpresa; tuvo
-conciencia plena de sí mismo. Estaba medio desnudo, descalzo...
-
---¿Qué significa esto?--balbuceó.
-
-En el sonámbulo fantasmal resucitaba el hombre de siempre. Ahora sus
-ojos, sus ademanes, su voz, eran los de costumbre. Tranquilizada
-súbitamente, Rita volvió á sentarse.
-
---Estabas soñando--dijo--y á no ser por mí te echas á la calle según te
-ves.
-
-Muy despacio, porque no concluía de recobrar la posesión de sí mismo,
-Toribio Paredes repuso:
-
---Hablaba con don Gil Tomás.
-
---Eso me dijiste, y querías marcharte con él.
-
---¡Es cierto!... Quise marcharme con él. Miró á la mujerona.
-
---¿Tú le viste salir?
-
---¿Que si yo vi salir á don Gil?... ¿Y de dónde?...
-
---De ahí, de mi cuarto... y por delante de ti ha debido pasar.
-
-La voz del bujero vibraba tranquila, consciente, clara; indudablemente
-hallábase bien despierto y su juicio, no obstante, titubeaba ante la
-sugestión de lo soñado. De nuevo el terror, esa pavura glacial que seca
-los labios y pone las azucenas de la muerte en las mejillas, cubrió el
-rostro huesudo y macho de Rita.
-
---¿Estás dormido aún--exclamó--ó perdiste el seso?... Dí... ¿Quieres
-explicarte de una vez?...
-
-Toribio, sin responder, la frente preocupada, cogió una silla y se
-sentó. De su camiseta burda, color tabaco, emergía el cuello cenceño y
-nervudo, curtido por la intemperie y terminado en una cabeza deprimida,
-rojiza y pequeña. Los calzoncillos, largos y de dudosa limpieza, se
-sujetaban con cintas á las piernas peludas; los pies, endurecidos sobre
-los caminos por donde muchos años anduvieron descalzos, eran grandes,
-angulosos, oscuros; parecían de bronce ó de tierra. Un rato estúvose
-callado, los codos en las rodillas, el cuerpo recogido, el semblante
-taciturno y perplejo; y, según el curso de sus cavilaciones, sus miradas
-iban unas veces á la ventana, otras al dormitorio, ó hacia la puerta. A
-ratos parecíale, efectivamente, haber soñado: pero apenas lo creía
-cuando con renovado sobresalto dudaba de hallarse despierto, que tales
-eran la exactitud, la impoluta nitidez, el avasallante vigor de
-realidad, con que las imágenes de su pesadilla resucitaban y apremiaban
-su memoria. Contornos, colorido, plasticidad, voz... todo lo aunaban
-aquellas ficciones; hubiesen tenido existencia objetiva, y no le
-hubieran impresionado con mayor fuerza que cuando nacieron en su propio
-espíritu.
-
-Toribio, ya completamente despavilado y sobre sí, no sabía aún si lo
-sucedido era una verdad tan espantosa que parecía sueño, ó una pesadilla
-de tal bulto y relieve que pudiera equipararse con la realidad.
-Estérilmente buscaba en su interior; la meditación, lejos de esclarecer
-su conciencia, la embarullaba. Estaba cierto de haber hablado allí mismo
-con don Gil Tomás: le vió, oyó su voz, sintió en su mano ruda el frío de
-la suya, blanda y suave...; y Rita, sin embargo, le aseguraba que todo
-aquello, al parecer tan irreductible, tan terminante, tan vivaz, había
-sido sueño. ¿Pero era posible que los cinco sentidos de un hombre,
-aplicados simultaneamente al conocimiento del mismo objeto, se
-equivoquen así?...
-
-Intrigada por los enigmáticos ojeos de su hermano, la mujerona exclamó:
-
---¿Qué haces?... Me das miedo. ¿Quieres hablar?
-
-Toribio Paredes tardó en responder. Meditaba. Repentinamente se levantó
-y de un salto desapareció en la alcoba. Iba á vestirse. Necesitaba
-penetrarse de la certidumbre ó mentira de lo sucedido; de lo contrario
-parecíale que la zozobra le volvería el juicio. En un santiamén se puso
-el pantalón, se endosó la chaqueta y, sin calzarse, para ganar tiempo,
-regresó al comedor. En su rostro flotaba una vaguedad de locura, un
-miedo de superstición. Ella le preguntó:
-
---¿Dónde vas?
-
-Su hermano arqueó las cejas y se llevó un índice á los labios.
-
---¡Chist!... Luego te lo diré; aguarda...
-
-Abrió la puerta y salió á la calle, y en el silencio Rita oyó la carrera
-sorda, vertiginosa, de sus pies desnudos. La mujerona le esperó,
-acurrucada en un escabel, las manos de gruesos artejos cruzadas delante
-de las rodillas. En el reloj de la iglesia sonaron las doce: la hora de
-la bruja. Transcurridos pocos minutos volvió Toribio; jadeaba y el
-cansancio le descoloría los labios; en cada una de las profundas arrugas
-de su frente el sudor ponía un hilo de plata. Ella interrogó:
-
---¿Qué traes? ¿Viste algo?
-
-El se desplomó sobre una silla. Luego, acercando mucho las cabezas, los
-dos hermanos empezaron á hablar. Toribio procuró explicar su
-alucinación: era algo muy raro.
-
---Yo--dijo--acababa de acostarme y sin duda dormía. Sólo recuerdo que me
-circundaba una oscuridad profunda. De pronto, pienso: «Ahí viene don Gil
-Tomás». No le veía aún, pero estaba cierto de que se hallaba aquí.
-Después fué como si el alma se me hubiese salido del cuerpo para acudir
-á recibirle; porque yo sabía que mi cuerpo se quedaba allá, en la
-alcoba, y, sin embargo, yo, es decir, mi conciencia, mi pensamiento, se
-personaron en esta habitación, y todo lo apreciaban y reconocían según
-ahora lo veo: la lámpara encendida, los muebles, los cuadros, tú
-cosiendo al lado de la mesa... «Mi hermana--discurrí--no puede verme;
-me cree dormido...»
-
-Se interrumpió y de nuevo sus manos acariciaron lentamente su frente
-absorta y estrecha. Su concepción tenía una diafanidad y sus palabras
-una elocuencia compendiosa y justa, que impresionaron á la mujerona.
-Diríase que en el oscuro cerebro de Toribio vibraba aún la luz de otro
-entendimiento más sutil. El bujero continuó subrayando y fijando bien
-las palabras con el ademán:
-
---Yo estaba ahí, en semejante sitio y de cara á la ventana, cuando
-apareció por ella don Gil. En su mirada comprendí que necesitaba
-anunciarme algo grave y secreto, y sin detenernos subintramos en la
-alcoba, donde mi alma, no sé cómo, volvió á meterse dentro de mi cuerpo.
-Todo lo que cuento tardaría en ocurrir segundos nada más. Al llegar este
-momento hay una sombra; el sueño parece interrumpirse; luego se reanuda
-del siguiente modo: Yo me hallaba acostado, boca arriba, y don Gil
-sentado al borde de la cama, la cabeza vuelta hacia mí; y como es tan
-pequeñito, los pies no le llegaban, ni con mucho, al suelo. Entonces
-hablamos...
-
-Calló Toribio unos segundos y después su voz fué más débil y tuvo una
-emoción punzante de confesión y de drama.
-
---¿Sabes lo que me aconsejaba don Gil?...
-
-Ella le interrumpió, anhelante:
-
---No, pero sí lo que tú contestabas. Tu decías: «No puede ser; eso no
-puede ser».
-
---Así le repliqué, en efecto... porque don Gil pretendía que entre tú y
-yo matásemos á Frasquito. Porfió mucho. «Yo me encargo--añadía--de que
-nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo iría por las
-noches á su cama, y en hallándole dormido, le quitaría esa idea...»
-
-En el supremo interés de un silencio, Rita Paredes dejó caer estas
-palabras terribles:
-
---También á mí muchas veces, en sueños, don Gil Tomás me aconsejó lo
-mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero.
-
-La cabeza roja de Toribio palideció, y en su repentina lividez las pecas
-bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana
-expresión.
-
---¡Ah!... ¡Tú lo sabías!...
-
---Dice que el dinero lo esconde en el patio.
-
---¿Entre las raíces del chopo?
-
---Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas.
-
---En tres grandes orzas verdes.
-
---Justo, hermano; ¡hasta el color!...
-
-Cuchicheaban presurosos, arrebatándose mutuamente las palabras de los
-labios, trémulos de codicia. Rita habló de aquel temblor amarillo y
-amorfo que momentos antes vió ir desde la ventana al cuarto de Toribio,
-y éste ratificó sus declaraciones. Sus ojos volvíanse automáticamente
-hacia la puerta de salida.
-
---Al marcharse don Gil--exclamó--quise preguntarle algo que ahora no
-recuerdo, y para alcanzarle me tiré de la cama. Fué entonces cuando tú
-me detuviste, preguntándome adónde iba y si estaba soñando. Dormido me
-hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la
-luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cómo yo
-las veía; y así, aun después de reconocer que toda mi conversación con
-ese hombre fué obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme más de
-ello salí á la calle. Llegué hasta la casa de don Gil, y anduve
-examinando los balcones por si en alguno de ellos había luz. Mas todos
-estaban oscuros y la verja del jardín cerrada con llave, como siempre...
-
-De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueños dedujeron ambos
-hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna,
-que debía de ser cuantiosa, el señor Frasquito la guardaba allí mismo,
-metida en tres magníficas orzas verdes, bajo las raíces del chopo
-legendario. Ni un momento detuviéronse á pensar que el motivo probable
-de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos
-tenían en la riqueza del señor Frasquito; tampoco les alarmó el interés,
-al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo
-contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles á
-ellos. Su avaricia desbridada de súbito por la proximidad del oro, todo
-lo juzgaba llano y fácil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, ¿para
-qué iba á vivir más? Y, considerando su innoble afición al alcohol,
-vicio que, día por día, exaltaba su degradación y embrutecimiento,
-desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de
-justicia, que casi tenía el perfil de una caridad.
-
-Los dos hermanos seguían agitando en silencio la hórrida tiniebla de sus
-instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada
-cual veía reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro.
-Asesinar á Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en
-seguida huir del pueblo. ¿No dibujaban estas tres afirmaciones una línea
-recta, fácil y de absoluta lógica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes
-volvían á reunirse en el espanto de los mismos propósitos, concatenados
-siempre, á despecho del sexo y de los años que anduvieron separados, por
-el genio sanguinario de su infame raza. Allí estaba el estigma, la
-herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En
-la realidad, como en el mundo de lo soñado, sus espíritus marchaban
-sobre los mismos fangales. ¡Oh!... ¿Por qué el Azar no les habría
-permitido aliarse un poco antes?...
-
-El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la
-calle, delante de la ventana, interrumpió la conversación. Llamaron á
-la puerta y Rita salió á abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba
-cincuenta y tantos años: era de mediana estatura, el busto delgado y
-ancho, las piernas débiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos
-cabellos tenían una albura brillante de plata. El rostro afeitado,
-expresaba cobardía y humildad.
-
---Buenas noches--murmuró.
-
-Según costumbre, el señor Frasquito iba borracho. Sin mirar á sus
-familiares, muy rígido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto,
-el sombrero sobre las cejas, dirigióse hacia su habitación. Como nadie
-contestase á su saludo, repitió:
-
---Buenas noches.
-
---Buenas noches--dijo Toribio entre dientes.
-
---¿No cenas?--preguntó Rita.
-
-El repuso balbuceando:
-
---No.... no..., no tengo ganas..., gracias. Buenas noches...
-
-Si Frasquito Miguel hubiese visto la mirada roja, implacable, que los
-hermanos Paredes cambiaron, no habría podido dormir.
-
-
-
-
-V
-
-
-Don Gil Tomás, el hombre más chiquito de Puertopomares, vivía en un
-hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos, á dos pasos
-de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco años, y tenía
-un metro treinta y nueve centímetros de estatura. Amén de ser el vecino
-más pequeño era también el más original, lo que le infundía á despecho
-de su hurañoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la
-amistad de los ricos ni fraternizar demasiado con los pobres, sin
-militar en ningún partido político, ni exhibirse, ni hacer nada que
-pudiese atraer la pública atención, aquel individuo minúsculo ejercía
-sobre sus conterráneos un raro dominio, una especie de fascinación á
-distancia. Comía de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y
-en su casa, donde le acompañaban dos criadas, que eran también sus
-mancebas, nunca recibía visitas. Una indefinible emoción de silencio le
-precedía, le acompañaba y quedaba flotando tras él. Cuando iba por la
-calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y
-de la Fonda del Toro Blanco, interrumpían sus diálogos al verle
-acercarse, le cedían la acera y le saludaban con un comedimiento que
-parecía encubrir un temor; luego que había pasado, todos, á la vez, se
-quedaban mirándole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurría pocas
-veces, instalábase aparte y ojeaba los periódicos. No buscaba
-relaciones, pero tampoco negaba á nadie su saludo; ni amiguero ni
-misántropo, mostrábase cuidadoso de no rebasar nunca los límites
-vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y añadían á su
-equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que,
-para subirse á los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse
-con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los
-de un pelele, tenía una capacidad centrípeta enorme.
-
-Buena parte de este poder provenía evidentemente de la fuerte
-extravagancia de su figura.
-
-Tenía don Gil los hombros angostos y caídos, lo que entristecía su
-empaque, y una de esas cabezas voluminosas, estrechas de occipucio y muy
-bombeadas y crecidas de frontal, sobre las cuales los sombreros nunca
-ajustan bien. Su rostro afeitado, largo y huesudo, iluminado por la
-expresión metálica de los ojos, era de color miel, de color de fideo, de
-esa tonalidad aceitosa que fluctúa entre el ocre caliente del azafrán y
-la enferma amarillez del pus. Aquel semblante digno, por sus
-proporciones, de un individuo alto, absorbía toda la vida de don Gil
-Tomás y causaba, efectivamente, en cuantos le veían, impresión anormal y
-durable. El resto del raquítico cuerpo, vestido en todo tiempo de negro,
-con sus calcetines blancos, sus zapatos de becerro y aquellas camisas de
-cuyos cuellos, siempre un poco anchos, el pescuezo ahilado y pajizo
-emergía con la tristeza de un lamento, era nimio y despreciable; lo
-mismo que los pies, diminutos como los de un niño, y las manos blandas,
-suaves y frías. La cara, en cambio, irradiaba un vigor truculento,
-alucinador, de pesadilla; la frente cavilosa, la nariz aguileña, las
-pupilas de color de cobre, las orejas delgadas y erectas, los labios
-bermejos, finos y crueles, como los bordes de una cuchillada por donde
-toda la sangre de las mejillas se hubiese vertido. ¡Contraste terrible!
-Sobre aquel cuerpecillo negro, aquella cabeza grande y gualda, tenía la
-expresión lívida, la expresión de eternidad, de una cabeza trunca.
-
-Por esto, á pesar de su parvedad, la silueta de don Gil antes era grave
-que ridícula. Si, á primera vista solía mover á burla, luego de
-examinada unos instantes, imponía seriedad. El observador adivinaba tras
-ella un misterio. Descolorida, impasible, con una inalterabilidad de
-ausencia, poseía el vigor sigiloso del enigma. Atraía, obsesionaba, y la
-emoción de su silencio se clavaba en las almas como un rehilete.
-
-Contribuía á robustecer esta expresión la tristeza absoluta, jamás
-interrumpida por ningún accidente ó donaire, de don Gil. Nadie, ni
-siquiera don Juan Manuel Rubio, el diputado, que gozaba fama de
-gracioso, podía jactarse de haberle visto los dientes. Los labios, poco
-platicadores de don Gil, ignoraban la simpatía de la risa; movíanse
-para conversar, para bostezar, para besar tal vez; pero desconocían la
-hilaridad. Si estaba muy contento, sus ojos metálicos brillaban un poco
-más que de ordinario; eso era todo; su mejor humor no pasaba de ahí.
-Aquel enano amarillo y pequeño, no había reído nunca.
-
-Cuando don Gil Tomás llegó á Puertopomares, seis ó siete años antes, la
-expresión estática y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad
-de cuantos ociosos había en el andén. Todos miraban sorprendidos aquella
-cabeza robusta sembrada sobre un tórax raquítico que apenas alcanzaba á
-la ventanilla del vagón, y creyeron pertenecía á un individuo
-excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectación
-trocóse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la
-persona á quien tan descomunal cabeza correspondía, estaba de pie. Sin
-embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fué objeto de mofa.
-Algo magnético le nimbaba y defendía como una armadura, y todos los
-vecinos, tácitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un
-enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de
-cristal, descendía á lo más hondo. ¿Hubo nunca nada más sospechoso, más
-inquietante, que un hombre serio y pequeñito?...
-
-Meses después, el forastero compró un hotelito en el Paseo de los
-Mirlos, esquina á la Glorieta del Parque, y ello esclareció su nombre y
-sirvióle de recomendación. Quien más, quien menos, todos procuraban
-abordarle, y á excitar este deseo contribuía el mismo perezoso interés
-que él demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fué una de las
-personalidades más notorias de la población: su aire reservado, sus
-rentas, que le permitían vivir holgadamente mano sobre mano, la
-circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por
-arte de embeleco ó sugestión, supo convertir en coimas á las dos lindas
-mozas que tomó á su servicio, sirvieron á su alfeñicada figurilla de
-plataforma. Al contrario de lo que sucede á muchas personas, que se
-desprestigian según de más cerca se las trata y conoce, aquel hombre
-pequeñito y hermético, enaltecía sus méritos cuanto mejor se mostraba.
-Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre
-estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de
-los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distracción
-perpetua de los ojos que parecían constantemente abiertos sobre el
-panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su
-caminar, rasgos y perfiles excelentísimos eran capaces de resistir el
-más descontentadizo análisis. Las gentes, sin razón ninguna, le
-admiraban, y por instinto le temían. Gracias á esta alabanciosa unidad
-de criterios, llegó á ser «una de las cosas» más notables de
-Puertopomares; se hablaba de él como de algo peregrino y selecto; se le
-celebraba, se aseguraba que su carácter y condiciones eran dignos de
-estudio, y todas sus palabras revestían importancia. Su fama igualó y
-hasta nubló un poco la del viejo castillo. Cuando algún forastero
-llegaba al pueblo, sus acompañantes le decían:
-
---Antes de que se marche usted queremos presentarle á don Gil Tomás.
-Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre
-pequeñito, de color de boj, que no ha reído nunca...
-
-A propósito de él é inspirándose en la brevedad de su nombre, don Juan
-Manuel tuvo una frase feliz:
-
---Me da la impresión--había dicho el diputado--de un monosílabo.
-
-Esa inevitable concatenación entre los rasgos anatómicos y morales de
-cada individuo, resplandecía acentuadamente en don Gil, quien, dócil á
-la ley común, sumaba á su extravagante complexión y amarillez, otra
-anomalía de orden metafísico. Aquel hombre pequeñito escondía un
-misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud teúrgica el vulgo
-sagaz, aunque sin comprenderla, había adivinado.
-
-Don Gil Tomás era natural de Puertopomares, de donde salió muy niño, y
-su madre, muriendo al darle á luz, pareció imprimir á su vida un sesgo
-trágico. Dos años más tarde su padre sucumbió á mano airada, sin que
-nadie pudiese averiguar quiénes fueron sus matadores, pues del número y
-clase de heridas que recibió la víctima dedujeron los peritos que debían
-los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno
-primero, y de un hermano de su padre después, pasó don Gil su
-adolescencia. Para ofrecer á la vanidad de sus deudos un título
-académico, cursó en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando
-la insignificancia cómica de su figura, no quiso abrir bufete ni
-casarse, y dedicóse con resignación y humildad ejemplares al cuido de su
-hacienda.
-
-Esta vida de concentración y retraimiento, sirvió para dotar á su
-espíritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los términos de la
-segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experimentó su
-actividad cerebral una desviación peregrina. Apenas dormido, á su
-idiosincrasia cotidiana, apacible é isócrona, sucedía otra voluntad
-aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabática
-corría libremente, multiplicando á capricho sus amoríos y sus viajes.
-Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su
-figura en las horas de vigilia, reproducíanse con exasperadas
-vehemencias bajo la generosa égida del sueño. Entonces su espíritu
-ardía, tostábase y devorábase á sí mismo, como en una llama. Una
-clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias más nobles. Todo
-lo veía con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse en lo pasado,
-permitíale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro.
-Dormido don Gil era inteligentísimo, elocuente, impulsivo, insaciable en
-sus determinaciones y apetitos, y no había diques, ni cerrados lugares,
-ni voluntad capaces de resistir á las apremiantes sugestiones de su
-deseo: en sueños el discutía con los hombres, les arrancaba sus secretos
-más ocultos, les dirigía, les imponía sus propósitos, y si le eran
-agradables les inspiraba ideas que más adelante, en el transcurso de los
-días vulgares, parecían surgir naturalmente del limo de sus
-cerebraciones inconscientes para convertirse en acción y provecho; él,
-finalmente, hallábase presente á todas las conversaciones, y horro de
-escrúpulos deslizábase lascivo y sultán en el lecho de cuantas mujeres
-hermosas, casadas ó doncellas, vió y apeteció en la calle.
-
-Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre
-prepotentes, sombras de muertos que, según la cosmogonía egipcia,
-acudían á disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia
-sexual que alimentaba el frenesí de la misa negra, la encarnación del
-deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el
-brujo, que reía en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino
-vibraba, semejante á un imperativo específico inexorable, los millones
-de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A
-tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y, á la mañana siguiente,
-nada: la inacción otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la
-fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el
-cansancio de lo soñado iba añadiendo, día por día, una amarillez
-nueva...
-
-Esta doble vida de la que, al despertar, no tenía conciencia, este
-agudizado instinto de lo arcano que le erigía en gnomo del misterio,
-permitiéronle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin
-de su padre. La revelación, venida inesperadamente del mundo de las
-sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte,
-realizóse durante el hórrido filar de una pesadilla.
-
-Las denominadas ideas-imágenes ofrecíanse en el curso de aquel ensueño
-con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los
-pensamientos que no llegaron á traducirse en ademanes, ni siquiera en
-palabras, todo adquiría en la imaginación del dormido perfiles
-terminantes.
-
-Soñó, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba á Salamanca
-llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el
-buen don Alonso rindió siempre pleitesía apasionada. Iba el pobre
-caballero, que á la sazón frisaba en los cincuenta años, gineteando una
-mula de muy rebelde y alborotadiza condición. El dormido dábase cuenta
-precisa de la hora crepuscular en que acaeció el lance: la color del
-cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario,
-abierto entre boscajes de copudos castañares y de alisos. En un recodo
-umbrío, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio
-esperaban á don Alonso con propósito de robarle y, por consiguiente, de
-asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase
-desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conocía
-mucho, salióle al encuentro, saludándole con señalada reverencia, y so
-pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de
-entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un
-poco fatigado, desestribó el pie izquierdo y sentóse á mujeriegas, la
-pierna de aquel lado puesta sobre el arzón delantero de la silla. En tal
-instante Antonio, que se había escondido tras unos árboles, disparó su
-escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la
-nuca cayó al suelo, donde Frasquito Miguel le remató á cuchilladas y
-desfigurándole de manera que costó después gran trabajo identificar el
-cadáver. Despojada la víctima de su dinero, los matadores huyeron,
-internándose en Portugal y sin dejar rastro de su fechoría.
-
-Varias noches consecutivas soñó don Gil la misma escena, pero su
-intensidad era tan penetrante y dolorosa y removía con tal fuerza sus
-nervios que le despertaba, y así la truculenta película quedaba rota.
-Hasta que la repetición casi cotidiana de aquella pesadilla,
-desimpresionándole un poco, permitióle seguir adelante. Acompañó á los
-foragidos en su éxodo, vióles repartirse lo robado y emprender, unas
-veces en Portugal, otras en España, diversos negocios. Falleció Antonio
-Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito quedó sujeto
-á la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeñito le
-sugirió, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba
-á visitarle á la cárcel, atormentándole con infernales pesadillas, y más
-tarde asistió á los lances de contrabando, en los cuales, bien á
-despecho de su invisible enemigo, el señor Frasquito acrecentó su
-fortuna. Durante años, á lo largo de los caminos unas veces, otras en
-los dormitorios de las posadas, el esforzado espíritu del hijo de don
-Alonso, acompañó al criminal. El bujero llegó á sentir en torno suyo la
-presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendíase expiado y adquirió
-la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolvía;
-de esto nació aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de
-que Toribio y Rita Paredes diversas veces habían hablado.
-
-La acción demoledora del tiempo, con alcanzar á tanto, no gastaba los
-caudales de odio que don Gil Tomás llevaba consigo; y á este rencor,
-estéril pues que no rebasaba los límites de lo subconsciente, obedecía
-la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la
-expresión de frialdad y lejanía de sus ojos, la sobriedad esquiva de su
-trato, su aire siempre distraído y toda aquella emoción de pesadumbre y
-silencio, en fin, semejante á un vaho, que irradiaba su diminuta
-persona.
-
-Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo
-trascendió de ellas, algo dejó aquel hondo oleaje de rencores en las
-playas tranquilas de la conciencia; y fué que don Gil, sin conocer
-personalmente al señor Frasquito, experimentaba la necesidad de no
-separarse de él. Todos sus traslados y mudanzas respondían á esta causa
-ignorada. Así, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, allí vivió
-don Gil; y cuando el bujero alzó su tienda bohemia para trasladarse á
-Avila, don Gil, sin saber por qué, comenzó á aburrirse en Badajoz y á
-pensar que en la ciudad de Avila viviría mejor. Sus amigos, sorprendidos
-de aquellas aficiones vagabundas, solían preguntarle:
-
---¿Por qué viaja usted tanto?...
-
-El hombre pequeñito lo ignoraba.
-
---Es que me canso--decía--de ver siempre los mismos objetos: necesito
-variar...
-
-Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existían. En realidad
-era la atracción del señor Frasquito, lo que tiraba de él.
-
-La aparición de don Gil en Puertopomares, acaecida un año después de
-instalarse allí Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, señaló en la
-vida moral más íntima del vecindario un grave trastorno. La figura del
-enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines
-blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantalón, impresionaba
-fuertemente á las mujeres, de día, y luego las acompañaba de noche en su
-alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones análogas, y
-acaso por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegría de la Vida
-como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de
-castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria.
-
-La historia de los íncubos demuestra que éstos suelen revestir las
-trazas ó apariencias más repugnantes: mendigos, epilépticos, leprosos,
-viejos absurdos cubiertos de llagas, animales extraños, mitad hombres,
-mitad fieras, estremecidos por todos los instintos y las muecas y las
-delirantes piruetas del Diablo.
-
-Jamás estudió la teratología monstruos ni prodigios semejantes á los
-fantaseados por el espíritu masoquista de la mujer, para quien las
-espumas y quintas esencias mejores del amor residen, antes que en la
-natural y sana voluptuosidad de la caída, en el sufrimiento ó castigo
-que frecuentemente acompaña á la posesión. Como las hembras de todas las
-especies, la mujer espera á ser tomada, y constituyen legión las que,
-llevadas de una humildad morbosa, prefieren el golpe á la caricia. Las
-mujeres raras veces descubren el cenit de la locura carnal sin el
-acicate del dolor físico; diríase que el tormento de la desfloración
-perdura en ellas como un rito, y que en su alma dócil, reducida de
-madres á hijas á ineluctable esclavitud, las emociones de martirio y de
-voluptuosidad se confunden. Sufrió la hembra la primera vez que el deseo
-del esposo se detuvo en ella; sufrió cuantas veces el egoísmo varonil la
-tomó y fatigado luego, la dejó sin curarse de su placer; padeció más
-tarde cuando sus hijos, concebidos acaso en la sed de un deleite
-vanamente esperado, se agarraron voraces á su seno. Ella nunca se queja;
-con su sexo recibió el culto al dios dolor, la terrible divinidad
-ardiente, tan vecina del misticismo como del desenfreno, que tiene para
-los flancos de sus siervas disciplinas de llamas.
-
-Esta necesidad de tortura explica la inclinación de la fantasía femenina
-á revestir de apariencias llenas de suciedad ó de horror, los espíritus
-viciosos que de noche van á visitarla. Un íncubo bello y joven no
-satisface plenamente las exigencias de su carne, acostumbrada al
-martirio; el íncubo preferido será aborrecible, viscoso y se adueñará de
-ella por fuerza: unas noches tendrá la forma de una araña de patas
-peludas y tenazas palpitantes; otras será un mono cornudo y con hocico
-de pescado; otras un lobo con cabeza de viejo, ó un hampón erisipeloso,
-ó un lagarto frío, que apoyará sobre el vientre y entre los senos de la
-dormida, el espanto de su cabeza verde...
-
-La complexión de la mujer, halla en el dolor y en el suplicio del miedo,
-las espuelas ó complementos más eminentes de la emoción sexual; y
-también el sutil trampantojo excusador de la caída. Esta malsana
-derivación hacia lo odioso, hacia lo feo, explica el dominio que sobre
-el mujerío de Puertopomares comenzó á ejercer, desde los primeros
-momentos, el hombre pequeñito. Por eso, nada más: porque era amarillo y
-su rostro tenía la rigidez enloquecedora de las carátulas; porque sus
-pies eran minúsculos y sus manos muelles y blanquísimas; por la tortura
-de aquella frente socrática, la mezquindad de aquellos hombros
-resbaladizos y el vaivén cómico que, al andar, sus perneras repetían
-sobre la blancura de los calcetines; por la fuerza extravagante y el
-presentido enigma, en fin, de su vida, todas las mujeres dieron en la
-habituación de soñar con él. La misma pesadilla, dulce y horrible por
-igual, rodaba de alcoba en alcoba, y ni aun las casadas, dormidas al
-lado de sus esposos, se libraban de ella. Don Gil aparecía en los
-dormitorios, tan pronto por una ventana como por la puerta, sin hablar
-adelantábase hacia sus amadas, las tomaba y se iba. Esta alucinación,
-que robó á muchas caras virginales su color y entristeció precozmente el
-mirar de algunas niñas, fué como una de aquellas epidemias de ninfomanía
-que los obispos medioevales combatían con el fuego y el agua bendita.
-
-Favorecido por el misoginismo de los mozos, tiempo brevísimo necesitó el
-enano para imponer su extraño amor á cuantas mujeres bonitas veía, y era
-tal la diligencia de sus propósitos, que en una misma noche, según luego
-se supo, asaltó varias alcobas. Mancebas suyas fueron Anita y Raimunda,
-hijas del médico don Elías Fernández Parreño; doña Evarista Garrido, la
-protegida de don Juan Manuel Rubio; Micaela y Enriqueta, hijas de la
-austera y severísima señora doña Virtudes, viuda de Castro, á quien
-también, á pesar de sus años y sólo quizás por humorismo y donaire,
-visitó el íncubo; Rosario, la coja rubia, dueña del café de «La
-Amistad», y otras muchas. Ricas, como doña Quintina, ó plebeyas y
-cargadas de hijos, como Aurora, la mujer de Eustasio, el tonelero, á
-todas se atrevía y su apasionado celo á hermosas y á feas alcanzaba y
-beneficiaba por igual. Su salacidad siempre encendida y casi ubicua, ni
-siquiera perdonó á la viuda de Guijosa, doña Amelia Ruiz, la mujer más
-gorda de Puertopomares. Esta perenne donación de amor era como una
-galantería, acaso como una caridad, que don Gil derramaba muníficamente.
-Su gusto, no obstante, tenía distinciones y preferencias; especies de
-hostales donde, en aquel larguísimo viaje hacia Citeres, su deseo se
-complacía con satisfacción y reposo mayores: tales, María Jacinta, de
-veinte años, hija única de don Artemio Morón, el boticario, y su prima
-Flora. La primera, especialmente, hallóse durante varios meses tan
-acosada, tan furiosamente sujeta y poseída, que perdió el apetito,
-cubriéronse sus ojos de sombras violetas y dió en enflaquecer de manera
-que todos juzgaron comprometida su salud.
-
-Ninguna de estas vergonzosas intimidades cayó en los libérrimos campos
-de la pública murmuración hasta pasado cierto tiempo, pues las
-muchachas, aun las más solicitadas por don Gil, absteníanse celosamente
-de declararlas. Al cabo, las luces de la santa verdad resplandecieron,
-aunque siguiendo los marañosos caminos á que la hipocresía las obligaba.
-Fueron Micaela de Castro y María Jacinta Morón, las que antes hablaron:
-Micaela refirió á su hermana la esclavitud sexual á que el enano del
-Paseo de los Mirlos la tenía sujeta; lo propio hizo María Jacinta con su
-prima Florita. Tanto ésta como Enriqueta conocían por personal
-experiencia el sabor, simultáneamente regalado y acerbo, de tales
-posesiones, lo que no las impidió admirarse y aun ruborizarse
-taimadamente de cuanto oían, cual si nada supiesen; pero, por lo mismo
-que ambas tuvieron la voluntad necesaria para callar sus vergüenzas,
-faltólas tiempo y virtud para encubrir las ajenas, y así fueron sus
-labios los primeros en divulgar el goloso secreto de don Gil.
-
-Con el mayor sigilo y bajo juramento de no comunicárselo á nadie,
-Enriqueta de Castro decía á sus amigas:
-
---¿Sabéis lo que me ha confesado mi hermana?...
-
-Florita, por su lado, hacía lo mismo:
-
---¿Queréis saber por qué está quedándose tan anémica María Jacinta?
-
-Estas indiscreciones provocaban otras de análoga índole y atrevimiento.
-En los pueblos pequeños todo se descubre y conoce, cual si hasta los
-muros más densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doña Quintina sabía
-por Raimunda, la primogénita de Fernández Parreño, que á su hermana
-Anita la visitaba don Gil, y á doña Evarista la había informado doña
-Fabiana, la mujer de Martínez, el veterinario, que á idénticos peligros
-hallábase expuesta la mirlada castidad de doña Virtudes; esto último se
-averiguó por una indiscreción del cura don Martín, pues la tribulación
-y el pánico que la excelente señora tenía á morir en pecado mortal eran
-tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llevó su
-cuita al confesionario...
-
-En mucho tiempo las amigas íntimas no supieron hablar de otro asunto,
-aunque conservando siempre el hipócrita cuidado de referir á una tercera
-persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad removía hasta
-los detalles más arriesgados, enardecíanse sus imaginaciones y la
-evocación de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos
-desfallecimientos de harén. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y
-ondulantes, otras negras y lisas, apretujándose para charlar en voz baja
-con el interés acre de las conversaciones prohibidas, componían
-ramilletes de flores extrañas sobre las cuales el recuerdo de don Gil
-zumbaba semejante á un moscardón cabalístico.
-
-
-
-
-VI
-
-¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo
-reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia
-de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el
-distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante
-síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á
-decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él
-numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así.
-
-Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á
-continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo
-criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este
-supersticioso juicio se afirmase.
-
-A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares, tuvo la desgracia de
-enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio
-Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan
-urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho
-donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así,
-desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de
-su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los
-labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas
-del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió
-germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.
-
-Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy
-triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella
-lividez.
-
---¿Qué tienes?...
-
---Nada; pena... ¡Nada!...
-
-A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo,
-miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y
-nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la
-razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla
-vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas
-reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de
-un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con
-las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría
-quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre
-ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban
-esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un
-soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio;
-palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el
-cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la
-tarde; sin duda quería ver...
-
-A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y
-llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la
-enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase
-aliado de la Lívida; hasta la protegía.
-
---¿Qué quieres?--la preguntó.
-
-Repuso la Muerte:
-
---No hallo lo que busco.
-
-Y don Gil:
-
---Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?...
-
-Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia
-indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos,
-no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse
-con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más,
-acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el
-enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto
-de su mano fría y parva.
-
---No te escondas--dijo don Gil--, es á ti, á quien busca la Muerte.
-
-Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á
-despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el
-maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto
-nevado de su risa.
-
---¿Era ésta tu elegida?--insistió don Gil.
-
-La Muerte repuso, sin aproximarse:
-
---Esa es.
-
-Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima:
-
---Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu
-conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días.
-
-Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo
-Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin
-duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba el
-odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas
-extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus
-absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse
-á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el
-vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la
-joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los
-momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El
-sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El
-lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de
-costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo
-estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus
-postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de
-Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío
-en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la
-calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la _jettatura_ ó
-mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una
-reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.
-
-El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó
-brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también
-significativa originalidad.
-
-A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y
-acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba
-recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase
-camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al
-Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con
-un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros
-cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más
-que de la fortaleza del encontrón, que no pudo ser grande dado el poco
-peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose
-alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios
-cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se
-empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas
-producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala
-obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien
-trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los
-hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya
-enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á
-tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena,
-intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito,
-convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera
-habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como
-una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en
-la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba
-horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados:
-hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber
-quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.
-
-El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y
-cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la
-noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes
-del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La
-mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel
-hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo.
-
---Hiciste mal en provocarle--murmuró--; porque, según dicen, ese don Gil
-es brujo.
-
-Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que
-le despertase temprano, pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse
-á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que
-al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo,
-expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase
-de verle tan despavilado, Ayala repuso:
-
---¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás.
-
-Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia:
-
---Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he
-amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo,
-como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que
-tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á
-Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según
-estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el
-reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?...
-
-Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética:
-
---Yo, en tu lugar, no iba á Candelario.
-
-No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse,
-aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche.
-Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería
-le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien
-acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió
-el corazón.
-
-De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con
-velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio
-fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos,
-llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de
-superstición y de dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de
-las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus
-brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad
-del miedo y del asco.
-
-¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por
-igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los
-linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde
-campea la conciencia?...
-
-Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica;
-para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente
-diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura
-el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete
-con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa
-se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á
-seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el
-cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde,
-envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu
-abre hacia la increada luz sus alas inmortales.
-
-Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja
-inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los
-sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y
-multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó
-sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual
-modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la
-materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá
-del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por
-sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su
-actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para
-todo contacto físico?...
-
-De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista
-término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos
-orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu
-de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como
-una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle
-una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al
-alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe
-por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la
-inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la
-conciencia después de la muerte.
-
-Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los
-sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las
-civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.
-
-Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á
-ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos
-esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo,
-el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima
-mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo
-que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente
-cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus
-imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento
-puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó
-doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir
-subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se
-acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar
-bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto
-ideas truculentas...
-
-Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana,
-constituyen los «estados inferiores» del sueño. Mas hay otros en que es
-el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan
-intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa
-versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y
-una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal
-sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del
-sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el
-sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los
-peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá»
-efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y
-responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece
-apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que
-«recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de
-memoria.
-
-¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente
-ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso
-dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente
-armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de
-los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad
-objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior
-rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia,
-pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué
-importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó
-hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida
-cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del
-cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?...
-
-A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien
-delineada separación entre la carne y el alma de don Gil, y aquella
-increíble y jocunda autonomía de su voluntad.
-
-El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su
-hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en
-cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed
-de Tántalo.
-
-Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima
-gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de
-despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer
-el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel
-momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una
-elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo
-objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años
-ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil
-Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo
-vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su
-imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores
-corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el
-vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro,
-otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa
-de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía
-vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil,
-que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo
-la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y
-así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud
-de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que
-pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento
-de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un
-aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á
-quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna
-que ésta iba á heredar.
-
-La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca
-llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la
-mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su
-ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin,
-no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las
-emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á
-sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados,
-de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces.
-
-El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y
-así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma
-nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece,
-pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos
-fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y
-melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades,
-panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las
-pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos,
-que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la
-conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres
-cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria
-poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la
-angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida
-durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales,
-sin sospecharlo, va filando el espíritu.
-
-Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las
-ideas de rebaño, de multitud. En una nación las capacidades directoras,
-los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos
-cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El
-resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son
-«los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra
-provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en
-nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada
-antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo
-más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de
-ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar
-detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas
-eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra.
-En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo
-muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada
-sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos
-parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua.
-¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á
-lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el
-vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar
-todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?...
-
-En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los
-Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la
-personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó
-menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad,
-porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas
-las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel
-cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y
-potencias teúrgicas de las que nadie era capaz.
-
-Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos
-apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de
-las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más
-agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de
-algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera.
-Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil
-contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye
-imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar.
-Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la
-puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios
-rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de
-difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de
-amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que
-acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos.
-
-Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida
-por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á
-rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad,
-que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones
-epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las
-mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el
-dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la
-calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que
-dejan los entierros.
-
-Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del
-hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era
-morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal,
-una tras otra le pertenecieron y continuaban bajo su dominio. Del
-hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos
-castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre
-celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían
-contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era
-interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para
-heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía?
-
-Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni
-Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando
-éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de
-cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia,
-pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente
-se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y
-podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido
-conciliar el sueño.
-
-Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba
-los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío...
-
-
-
-
-VII
-
-
-No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino.
-Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle.
-Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y
-sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el
-polvo.
-
---Voy con usted, don Gil--dijo--, porque supongo que querrá usted tomar
-algo.
-
---Sí; tomaré un ajenjo.
-
-El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba
-llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar
-la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre
-el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques,
-se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega
-albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un
-tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente
-en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el
-sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo.
-
-Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso.
-Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo
-enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la
-parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se
-hallaban en la misma línea perpendicular.
-
-Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.
-
---Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.
-
---Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas
-llevo andadas.
-
---¿De paseo, verdad?
-
---De paseo: ir á Torres de la Encina y volver.
-
---Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel
-también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy?
-
---No.
-
---Va mucho por ahí, porque en el término de Torres de la Encina tiene un
-olivar.
-
---A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estación, es al señor
-Frasquito Miguel.
-
---Iría á Navahonda.
-
---No lo sé.
-
---¿Llevaba el carro?... Pues entonces iba á Navahonda, por leña. Va
-todas las semanas.
-
-Don Gil aderezó su ajenjo y pidió los periódicos del día. Trájoselos
-Teodoro y seguidamente marchóse á proseguir el barrido y buena limpieza
-del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de
-la galería, el hombre pequeñito, amarillento, encogido y trajeado de
-negro, parecía un niño enfermo. Absorto en la lectura de _El
-Adelantado_, diario conservador de Salamanca, don Gil no vió á un hombre
-que, habiéndole observado unos instantes desde la puerta del salón, se
-retiró sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspendía su lectura,
-empuñaba la botella del agua y vertía algo de su contenido sobre el
-terrón de azúcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la
-copa. El agua, filtrándose á través del azúcar, caía gota á gota, y
-abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente
-palidecía. La figura inmóvil de don Gil daba á la sencilla operación una
-expresión medrosa y rara, un enigma de maleficio.
-
-Terminada su faena, Teodoro reapareció y fué á sentarse al extremo
-opuesto de la galería. Encendió un cigarro. Sus ojos azules, dóciles,
-buenos, iban de un lado á otro, con la satisfacción de la labor
-realizada, y á ratos se detenían en don Gil. Desde allí sólo podía verle
-la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el
-periódico abierto.
-
-Teodoro pensaba:
-
---Verdaderamente, el pobre es muy pequeñito...
-
-Luego, su ánimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba
-lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; había fregado los
-espejos y cepillado el paño de las mesas de billar; únicamente le
-quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monólogo
-interior lo interrumpía de vez en vez don Gil, quien, para continuar
-leyendo, daba á _El Adelantado_ un nuevo doblez.
-
-Entonces Teodoro volvía á decirse:
-
---¡Pero qué chiquito es!...
-
-A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo,
-dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo.
-Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro.
-
-Teodoro también se levantó, servicial y reverente.
-
---¿Ya se marcha usted?
-
---Sí; me voy á casa. Hasta luego.
-
---Hasta luego ó hasta mañana.
-
---Adiós, Teodoro.
-
-Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le
-cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el
-portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la
-hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una
-mano el ala del sombrero.
-
---Buenos días.
-
---Buenos días, don Gil...
-
-De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta,
-llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba
-del ronzal una mula.
-
---Buenos días, don Ignacio.
-
---¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante!
-
-Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena
-para saludar.
-
---Buen día nos dé Dios.
-
-Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario
-exclamó:
-
---¿Qué te trae por aquí?
-
---Pues, una desgracia que me sucedió ayer.
-
-Los ojos del chalán pasearon por todas partes una mirada furtiva y
-segura. El local donde don Ignacio tenía su clínica era espacioso, el
-suelo de tierra, cubierto de boñigas y de estiércol, el techo bajo y
-envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo,
-adosada al testero más oscuro, veíase una larga pesebrera: colgadas de
-las sucias paredes y en ringlera había abundante número de herraduras, y
-sobre los entrepaños de un armario, martillos, pinzas, un trabón inglés,
-especie de pulsera con que se sujeta á los caballos para castrarlos, una
-carátula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchón de basura
-que cubría el pavimento y cedía muellemente bajo los pies, en la cálida
-y pestilente fermentación de tantos abonos corrompidos, bullía,
-semejante á una devoradora comezón, la inquietud sanguinaria de las
-garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacían su
-agosto; zumbaban las moscas y los tábanos. El ambiente conservaba el
-inconfundible olor áspero del casco quemado.
-
-Don Ignacio Martínez, pequeño, sólido, esparrancado sobre el estiércol,
-en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del
-chaleco, callaba esperando á que su interlocutor se explicase. Mascaba
-una tagarnina, que con un impaciente guiño de labios se trasladaba á
-cada momento de un lado á otro de la boca: tenía cargados de sueño los
-ojos, y el ancho rostro, que aun no había tenido tiempo de lavarse,
-macilento y de pocos amigos.
-
-El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo
-á quince ó veinte personas de calidad, tuteaba á todo el mundo. El señor
-Frasquito adelantóse algunos pasos y deslizando una mano bajo las
-crecidas haldas de su sombrero, comenzó á rascarse el cogote, como si
-aquella rascadura ayudase al nacimiento y composición de sus ideas.
-
---Pues, ya está usted viendo cómo viene la mula.
-
-Mostraba el desdichado animal, que apenas podía moverse, el lado derecho
-cubierto desde el anca á la cruz, por una bermeja, cruel y ardentísima
-llaga. Tratábase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad
-las llamas mordieron en la carne, que royéndola toda dejaron al aire los
-costillares. Según Frasquito Miguel explicó, el accidente había ocurrido
-en el camino de Navahonda á Puertopomares. Iba él durmiendo en lo alto
-de su carro cargado de leña. El tiro lo componían tres mulas; de julo
-llevaba un pollino. De súbito despertó medio asfixiado por densísimos
-remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la
-causa del siniestro; el convoy ardía, crepitaba, hecho un volcán.
-Afortunadamente el señor Frasquito se recobró á tiempo, y con la
-inesperada agilidad que le dió el peligro saltó á tierra. El burro y las
-dos caballerías delanteras sacaron de su pánico fuerzas para romper los
-tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del
-vehículo, no pudo imitarlas. Fué una escena terrible: el animal,
-hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba
-esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron
-los quijotes, su pánico trocóse en desesperación y locura, y tales
-fueron sus brincos y corcovas, que volcó el carro. De entre las varas de
-éste logró sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirándole á
-dos manos de la brida, y luego de cortar á cuchillo cuantos arreos y
-guarniciones lo sujetaban; pero á pesar de su caritativa diligencia,
-cuando lo consiguió ya las llamas hambrientas habían mordido mucho en
-él.
-
-Pasados unos instantes de meditación, el veterinario exclamó:
-
---No comprendo cómo ocurrió el accidente que acabas de contarme. ¿Tú
-fumas?
-
---No, señor.
-
---¿Ni sueles llevar cerillas?
-
---Nunca. ¿A qué fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que á
-cualquiera de los mozos que ayudaron á cargar el carro se le cayese una
-caja de fósforos entre los haces de leña, inflamáronse aquellos después
-con el sol y la carga empezó á arder.
-
-Calló, miró al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa.
-
---Por cierto que ayer á poco de salir de casa me crucé en el Camino Bajo
-de la estación con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me
-dije: «Mala sombra.» ¡Palabra de honor que lo pensé así!...
-
---¡Déjate de pataratas!--interrumpió Martínez con brusca exaltación y
-mordiéndose la uña del anular--; si hubieras ido andando, según era
-deber tuyo, no hay fuego; pero como queréis ir por atún y á ver al
-duque... ¡esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien
-dicen que por un clavo se pierde una herradura.
-
-Repuso el señor Frasquito:
-
---Tiene usted razón; pero es imposible preverlo todo, y, además, hay
-días en que la fatiga no le deja á uno ni tirar de los pies. En fin,
-ahora lo necesario es que la mula sane pronto.
-
-Replicó don Ignacio:
-
---Sanará en seguida si cuidáis de que no la piquen las moscas. Tú mismo
-puedes curarla; todo se reduce á que la laves diariamente con ácido
-pícrico. ¿Has comprendido?
-
---Sí, señor.
-
---¿Quieres la receta por escrito?
-
---No, no hace falta: ¿ácido pícrico dijo usted?
-
---Eso es: ácido pícrico, al cincuenta por ciento. Ve á la botica de don
-Artemio y te servirán bien. Después del lavaje, y pasado un rato, cubres
-toda la quemadura con glicerina; más adelante, si la llaga sigue
-cicatrizándose, bastará secarla con polvos de almidón ó de arroz.
-
-El animal, á quien el señor Frasquito tenía del cabestro, conservábase
-inmóvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una
-actitud de sufrimiento y pasividad. Martínez llegóse á él, frunciendo
-las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la
-herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban,
-con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realizó un
-esquince y alzó la cabeza; un extravío de cólera abrasó sus pupilas.
-
---No me detengo á curarlo--dijo don Ignacio--, porque dispongo de poco
-tiempo. Hoy cumple años Fabiana y tenemos invitados á comer, y luego
-baile. Además, ya sabes: ácido pícrico al cincuenta por ciento, es lo
-mejor...
-
-Saludó Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvióse hacia
-la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro.
-Dócilmente la bestia le siguió. Entonces don Ignacio se acordó de decir:
-
---¿Y en tu casa?
-
-Detúvose el interpelado, escorzándose un poco para contestar, pero sin
-volver la cabeza:
-
---Bien todos, muchas gracias.
-
---¿Y tu mujer?
-
---Allí, la pobre, con los chicos; rabiando...
-
---¿Y Toribio?
-
---Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de
-hallarse ahora.
-
---Bueno, hombre; dales recuerdos.
-
---Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre,
-Pascualita!...
-
-Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la
-anquilosis de sus piernecillas flacas, muy sobradas de horcajadura, su
-tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios
-entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía
-sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una
-tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de
-la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...
-
-Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Inmediatamente Martínez dirigióse al fondo de la clínica, empujó una
-puertecilla y salió á un patio rectangular, bastante grande, con solado
-de hormigón y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de
-una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso
-principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas
-galerías encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. Allí encontró
-á Fabiana, su mujer, y á su hija, ocupadas en sacudir las paredes y
-traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche
-habían de reposarse. Don Ignacio llegóse á ellas y las oprimió contra su
-pecho, besando á la niña y pellizcando sabrosamente á la madre en las
-posaderas. Después, informado de que las criadas habían sabido comprar
-todo lo necesario para la cena, añadió:
-
---¿Cuántos invitados tenemos?
-
---Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve.
-
---Pues dispón otros tres cubiertos porque esta mañana doña Virtudes me
-envió recado de que vendría con sus pimpollos.
-
-Martínez, más chiquito que su mujer, gordo, saludable, lleno de
-impaciencias sanguíneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, á
-pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doña
-Fabiana preguntó:
-
---¿No tenías que ver hoy el caballo de don Juan Manuel?
-
---Sí, más tarde.
-
-Charló largo rato, hallando en aquellos diálogos familiares una dulce,
-sencilla y confortadora alegría. Estimulado por la actividad de la madre
-y de la hija, cogió un martillo y, encaramándose sobre un taburete, fijó
-varios clavos. Acomodóse luego en una mecedora, apoyó el tarso de una
-pierna sobre la rodilla de la otra, se aflojó comodonamente el cinturón,
-dejó ir el cuerpo hacia atrás y encendió un cigarro. A sus ojos todo
-ofrecíase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el
-hormigón, recién fregado, brillaba á la luz; sobre la celosa albura de
-las encaladas paredes, la verdosidad húmeda de la hiedra parecía mayor;
-desde sus jaulas, colgadas del techo de la galería, varios jilgueros y
-canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de
-rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croché,
-y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la dueña
-de la casa unió unas pilastras á otras, tenían en la penumbra del patio
-suaves ligereza y frescura.
-
-Rato hacía que Martínez se marchó y aun la decoradora faena se
-prolongaba con perseverante fervor: Antoñita entraba y salía de las
-habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las ágiles
-y muy discretas manos de su madre distribuían luego con acierto vistoso.
-
-Doña Fabiana Vázquez llegaba, con los treinta años, al lucido apogeo de
-su belleza: tenía de ébano los undosos cabellos, morenas la bien calzada
-frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos,
-almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente
-expresión de sanidad en toda su matronil persona. Lástima que no hubiese
-crecido un poco más, con lo que hubiera alcanzado á esa línea de donde
-arranca en las mujeres la gallardía; de lamentar también que sus brazos
-fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la
-redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada
-magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba á caminar con cierta
-lentitud y un anadeo que descubría, bajo la holgura de sus batas
-bermejas, la disposición maciza de las piernas. No obstante, la
-hermosura árabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la
-seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplían con exceso los
-errores de la línea. Era buena, era simpática, emotiva, dulce; una de
-esas almas maternales á cuyo lado los desgraciados y los tímidos,
-especialmente, se encuentran bien.
-
-Antoñita, su hija, tenía once años, el perfil delicado y los cabellos
-encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus
-brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba á ser
-alta. En sus pupilas azules había una indecisión que las agrandaba y
-embellecía. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos,
-influyó en la grácil y espigada complexión de la chiquilla. Antoñita
-parecía destinada á servir de origen ó troquel á un tipo nuevo; las
-razas de los Martínez y de los Vázquez habían entroncado con tal
-brusquedad que se anularon mutuamente, fundiéndose y como diluyéndose
-apasionadamente en su retoño. Antoñita era Antoñita y perdería el tiempo
-quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos ó cognáticos una figura
-que justificase la suya ante las leyes de la herencia. ¿Se afearía más
-tarde? Cuando la niñez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo
-de los pueblos no favorece á las bellezas delicadas, ¿resucitaría en
-ella la gordura que en plena mocedad afligió á doña Fabiana? Nada
-parecía señalarlo así, y Antoñita marcaba en su hogar una pincelada
-inconfundible, noble y rara, semejante á esas plantas que alzan de
-pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo murallón.
-
-A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron á llegar los invitados
-al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el
-fresco, les acogía con sinceras demostraciones de regocijo, dábales
-conversación unos instantes y les despachaba hacia dentro, diciéndoles:
-
---Si quieren ustedes ver á Fabiana, pueden pasar...
-
-Ellos cruzaban la cuadra, fétida, oscurecida por el crepúsculo y
-cubierta de estiércol; los pies se hundían en la hedionda majada donde
-pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo á las cucarachas
-las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Después, empujando la
-puertecilla que se abría al fondo del local, salían al patio. Allí les
-aguardaban doña Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente
-enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de
-parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato,
-limpio, que olía á macetas recién regadas.
-
-Los más puntuales en acudir á la fiesta fueron don Elías y doña
-Presentación, con sus hijas Raimunda y Anita; luego llegó don Artemio
-Morón con María Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doña Evarista,
-la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, así por el honesto
-aislamiento de sus costumbres como por el considerable mérito político,
-dinero y personales simpatías, de su protector, era en todos lados bien
-recibida. La tertulia iba formándose en el patio, mientras llegaba la
-hora de cenar. Las mujeres, á quienes la conversación excita y aturde
-como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicándose
-nerviosamente y charlando todas muy alto y á la vez. Don Elías y don
-Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron á pasearse
-con andar cadencioso y las manos cruzadas atrás. Discurrían
-ramplonamente:
-
---¿Se ha enterado usted del pedrisco que cayó anoche en Navahonda?
-
---Esta tarde me lo dijeron.
-
-Don Elías miró al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes.
-
---Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la
-pena, vamos á tener mucha miseria este año.
-
-El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arrancó un suspiro.
-
---Yo debía haber ido esta tarde á casa de la viuda de Guijosa; pero las
-niñas se empeñaron en que las trajese aquí...
-
---¿Cómo sigue doña Amelia?
-
---Peor, siempre peor; cada día más gorda, hasta que la grasa la ahogue.
-Morirá del corazón.
-
---Diga usted--interrumpió el farmacéutico--¿es cierto que no puede salir
-de la habitación donde está?
-
---Ciertísimo. Hace años, á raíz del fallecimiento de Guijosa, la pobre
-mujer se metió en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten
-en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, á
-ella el dolor la dió por engordar, y cuando á instancias mías determinó
-hacer un poco de ejercicio, tenía las nalgas y el vientre tan enormes,
-que ni de perfil cabía por las puertas. Actualmente mide cincuenta
-centímetros de cuello. ¡Un monstruo! El caso de doña Amelia á un
-extranjero le parecería inverosímil, pero á nosotros no debe
-asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su
-virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el
-corsé y no poner los pies en la calle.
-
-La brusquedad de sus propias palabras enardeció á Fernández Parreño. El
-diálogo adquirió un sesgo social. Don Elías comenzó á perorar
-cálidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y á buscar
-el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas.
-Nación donde la enseñanza no es obligatoria, nación perdida. Don Artemio
-hacía signos de asentimiento. El médico prosiguió:
-
---Aquí malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres
-no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo,
-hubo en Salamanca una importante reunión «contra la blasfemia»: se
-pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas
-señoras se darían el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos
-salieron del mitin como fueron á él; es decir: convencidos de que no se
-debe blasfemar. Indudablemente esta es también la opinión de todos los
-carreteros de España, aunque jamás se les haya ocurrido protestar de su
-mala lengua. ¡Sí, ya lo saben! Ofender á los santos no está bien... Sin
-embargo, ¡no quiera usted oir lo que dirán por esos caminos apenas se
-les atasque el carro ó las mulas no tiren como deben!... Y es porque el
-hábito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con
-palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen
-implantando otras, no con bambollas retóricas; la destrucción es buena á
-condición de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror
-al vacío; y tales evoluciones sólo se obtienen con el favor del tiempo y
-dragando en los estratos más arcanos del alma nacional.
-
-Muy satisfecho de la callada atención del boticario, Fernández Parreño
-continuó:
-
---¡Guerra á la blasfemia, sí, señor! ¡Guerra también á toda clase de
-feas interjecciones, especialmente á nuestra puerca, innoble, fementida
-y abominable costumbre de citar á cada momento los órganos genitales,
-para vergüenza de nuestras mujeres, escándalo de extranjeros y mengua y
-baldón de la española cortesía!... Luchemos contra ese fango que, antes
-de macular los labios ensució los pensamientos. Pero esto no se obtiene
-con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseñanza.
-Un maestro deja en el espíritu colectivo más hondo surco que cien
-oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento,
-ponerle guiones á la voluntad, darle elegancias á la conciencia. El
-hombre «elegante por dentro», aunque carezca de ideas religiosas no
-blasfema, pues el torpe juramento repugna á su gusto delicado; ni
-incurre en otros delitos de grosería, porque la cultura así enfrena los
-ademanes del cuerpo, como las ideas y propósitos, ademanes del alma.
-Según desaparecieron el miriñaque y el calzón corto, así desaparecerá la
-blasfemia; pero, más adelante: cuando un juramento produzca en nuestros
-oídos el efecto de una disonancia.
-
-Don Artemio interrumpió al médico:
-
---A propósito: ¿conoce usted al maestro de Cantagallos?
-
---¿Don Joaquín Blanco?... ¡Mucho!
-
---Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron á Madrid con idea
-de ponerse á servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban días enteros
-sin comer.
-
-Don Elías lanzó una interjección que desentonaba bastante con sus
-conceptos relativos á la limpieza del lenguaje:
-
---¿Ve usted?--exclamó--; ¿cómo vamos á lamentarnos de que blasfemen los
-carreteros de un país cuyos maestros tienen hijas fregando platos?...
-
-La llegada de la señora viuda de Castro, con sus dos hijas, atajó la
-peroración de don Elías. Era doña Virtudes una mujer cincuentona, alta y
-cenceña de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vestía de negro en
-toda estación, más que por reverencia al perdido esposo por melancolía
-y sequedad de carácter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de
-sus cabellos parecía mayor. Sobre la delgadez de los labios herméticos,
-la nariz larga, fina y severa, daba á sus menores palabras irrevocable
-autoridad. El mirar buído de sus ojos simiescos, pequeños y muy juntos,
-se resistía difícilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como
-potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta.
-
-Adelantáronse doña Fabiana y Antoñita á recibirlas, y entre cordiales
-aspavientos de amistad fueron besándolas en las mejillas. Doña Virtudes
-las besó también, dió su flaca mano á la esposa y á las hijas de
-Fernández Parreño, á María Jacinta y á Flora, y ofreció á doña Evarista
-un saludo imperceptible.
-
-Don Artemio y don Elías reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo
-dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doña Fabiana, doña
-Presentación y la señora viuda de Castro, á un lado; en el otro, doña
-Evarista y la gente joven. Las muchachas reían y se sacudían las faldas.
-
---¿Verdad que hay muchas pulgas?--preguntaba María Jacinta.
-
---Muchísimas.
-
---Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae
-hambre atrasada, ¡porque está dándose un banquete!... Seguramente las
-hemos recogido al entrar, de entre el estiércol.
-
-Un ademán algo deshonesto de Micaela, abrasó en relámpagos de ira las
-pupilas negrísimas de doña Virtudes.
-
---¡Niña!
-
---¿Qué, mamá?
-
---¿Qué gestos son esos, en una casa extraña?
-
---¡Ay, no es nada!... ¿Quiere usted callarse?... ¡Que me pican mucho las
-pulgas!...
-
-Doña Fabiana sonreía indulgente, segura de que las muchachas no
-exageraban. Había, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le
-traían martirizado, especialmente de noche; pero, ¿cómo acabar con
-ellas?
-
---¡Yo no resisto más!--exclamó Raimunda levantándose.
-
-Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredaño del comedor, cuya
-puerta cerraron. Se las oyó retozar y reir. El semblante cetrino de doña
-Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas
-reaparecieron, doña Fabiana hizo girar las llaves de la luz eléctrica y
-el patio se iluminó. Algunas lamparillas oportunamente distribuídas
-entre la lozana fronda de la hiedra, dieron á la escena vistosidad
-teatral. En la galería, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso
-relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron
-contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las
-livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa,
-de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de
-las luces y la copiosa verbosidad y ornitológica algarabía de las
-mujeres, los pájaros rompieron á cantar.
-
-Don Elías y el boticario se acercaron á la dueña de la casa.
-
---¿A quien esperamos?--preguntó Morón.
-
---A don Niceto.
-
-La señora de Martínez llamó á su hija.
-
---Ve á buscar á papá; dile que estamos aguardándole.
-
-Creyóse obligada á explicar la ausencia, un tanto descortés, de su
-marido, y agregó:
-
---Ignacio, si le dan conversación, es capaz de charlar tres días
-seguidos. No sabe despedir á nadie.
-
-En aquel momento aparecieron Martínez y el juez municipal. Esta fué la
-señal para trasladarse al comedor. Por consideración y respeto á las
-señoras, don Ignacio, que tenía la costumbre de ir siempre en mangas de
-camisa, fué á vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa
-el avisado consejo de doña Fabiana distribuyó á los invitados, según su
-edad, con lo que se formaron dos grupos á los cuales parecía separar el
-gran frutero, cargado de bruñidas manzanas y aterciopelados melocotones,
-que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martínez, como motivo
-que era de la fiesta, y más aún por sus pocos años y juvenil ufanía de
-carácter, ocupó, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa:
-á su derecha estaban su hija, María Jacinta y Flora; á su izquierda,
-doña Evarista, Raimunda y Anita. A continuación de Flora y de Anita,
-respectivamente, se colocaron don Artemio y el médico; al lado de éste,
-don Niceto, y luego las señoras de mayor gravedad y empaque: doña
-Presentación y doña Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequeña,
-alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sentó don Ignacio.
-
-Empezó la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y
-rajitas de salchichón, y la fuga de una aceituna que rodó por el mantel,
-como huyendo del tenedor de María Jacinta, suscitó grandes risas. Los
-platos, de dorada cenefa, rielaban á la luz. El vino ponía en la
-transparencia de las copas su encendida alegría. Dos azafatas, con
-alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del
-servicio.
-
-El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando
-la expresión de los rostros. En las mejillas, perversamente
-descoloridas, de María Jacinta, comenzaba á extenderse una leve
-evaporación rosa, y en sus ojos garzos chispeaba á intervalos un fulgor.
-A Flora, más gruesa que su prima, el calor de las libaciones la había
-abultado y acarminado los labios, por cuanto su fuerte dentadura
-parecía más blanca. A Antoñita su madre la prohibió beber más. Anita y
-su hermana también estaban muy contentas, y entre la rubicundez
-ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la
-juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente
-oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozanía.
-Eran las dos de buena estatura, sólidas y esbeltas á la vez, y sus
-caderas turgentes sobresalían y se desbordaban de las sillas como en una
-provocación carnal. La belleza treintañal de doña Evarista era menos
-petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la
-experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenían una corrección urbana
-por todo extremo educada y simpática. La señora de Martínez parlaba con
-todas y sus ojos negros, blandos y cálidos, sus magníficos ojos de
-terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras.
-
-Fernández Parreño, á quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopía y
-el brillo prócer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presidía
-la conversación secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi
-siempre para contradecirle. Doña Presentación, gorda, sencilla y de buen
-color, y doña Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban á oir. Don
-Artemio también hablaba poco.
-
-Había en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la
-lámpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia,
-alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste,
-emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas,
-como del severo color de sus vestidos.
-
-Fernández Parreño, cuyas disposiciones satíricas necesitaban una
-víctima, complacíase en hacer hito ó blanco de sus burlas al boticario,
-mientras don Ignacio recogía una á una aquellas ironías y exornadas con
-nuevos aditamentos y donaires tornaba á echarlas sobre el mantel. De
-este modo la conversación, salvo ligeros comentarios de la gente joven,
-describía una especie de triángulo en el cual cuanto don Elías iba
-diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado
-por Martínez.
-
-Acodado familiarmente en la mesa, distraído y buenazo, el farmacéutico
-oponía á las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa
-imperturbable. Tenía cincuenta años, había enviudado siendo mozo aún y
-como, acaso por pereza, no quiso volver á casarse, la costumbre de vivir
-solo contribuyó á ratificar la significación tímida y ausente de sus
-actitudes. En don Artemio, por excepción la conciencia acompañaba al
-cuerpo; ó, lo que es igual: rarísimas veces movíase y hablaba conforme á
-lo que sus sentidos iban diciéndole, lo cual le daba un gesto cómico de
-constante indecisión. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos,
-bien claramente revelaban la buena lozanía de sus años adolescentes,
-pero una caída, partiéndole la espina dorsal á la altura de los
-omoplatos, dejó en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el
-equilibrio entre las extremidades y el busto, lo único recomendable de
-su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja
-blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil
-volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada
-y abundante.
-
-Y no era este desconcierto de huesos el menor daño que afligía al
-boticario, aunque él así lo creyese, sino que con la joroba física
-salióle otra muy gravísima corcova en el alma, y fué la de la tacañería.
-Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron
-grandemente el desapoderado incremento de esta inclinación. Como conocía
-á todos los modestos propietarios de la comarca y estaba al tanto de
-sus apuros, solía facilitarles dinero mediante hipotecas terribles.
-Cumplido el plazo señalado para el reintegro ó devolución de la suma
-prestada, don Artemio procedía á raja tabla y gozosamente al embargo de
-los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento
-cuadruplicó sus heredades. Pocos años le bastaron para enriquecerse. En
-Puertopomares la gente á la vez le quería y le odiaba, pues mientras
-unos decían horrores de él, otros aseguraban que, fuera de su ominosa
-fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y
-bonísimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antaño no era
-así.
-
---A no haberse jorobado--decían--hoy no sería usurero.
-
-Para Fernández Parreño, que solía abrazarle pensando en que los
-corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morón, con su gran cabeza
-sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era
-un símbolo: el símbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la
-tragedia, lo grave y lo ridículo, lo más noble y preexcelente y lo más
-ruin, marcharon siempre unidos.
-
-La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban á
-dolerse de la exigua representación que el elemento masculino tenía
-allí; Raimunda lamentábase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita
-preguntó á don Niceto por su hermano Luis. Micaela también echaba de
-menos á Romualdo. Doña Fabiana las tranquilizó; aludió á su marido con
-un gesto.
-
---Nosotros--dijo--hubiésemos querido invitarles á comer; pero, como
-veis, la mesa es pequeña para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase
-apuros, porque esos señores están invitados y á la hora del baile les
-tendremos aquí.
-
-Raimunda, la primogénita de los Fernández Parreño, cuchicheaba con doña
-Evarista.
-
---¿Ya no le pican á usted las pulgas?
-
---Martirizada me traen, hija mía.
-
---Yo tengo una terrible aquí debajo... ¿usted comprende?... La pícara
-pudo irse á otro sitio, pero sin duda tenía mucha hambre y eligió el
-plato mayor y mejor servido...
-
-La protegida de don Juan Manuel reía oyendo estas ligerezas, y la
-hilaridad humedecía voluptuosamente sus bellos ojos.
-
-Adelantando un poco el busto la señora de Martínez inquirió la causa de
-aquel regocijo.
-
---¿Qué dice Raimunda?
-
---Nos quejamos de las pulgas.
-
-Idéntico daño afligía á María Jacinta y á Flora, y esto acuciaba en
-todas el deseo de bailar. Informado de lo que sucedía, Fernández Parreño
-improvisó un elogio del mosquito.
-
-Según don Elías, el mosquito posée cualidades estéticas que le hacen
-infinitamente superior á la pulga: es artista porque habiendo sabido
-hermanar el hambre con la música, adorna sus picotazos cantando, y á
-semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y
-también porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A
-un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin más que quemarle las alas
-con un fósforo; mientras á las pulgas es necesario descender á buscarlas
-en los escondrijos del traje ó del lecho donde se ocultan. Además, la
-pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, sólo
-por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de
-visita, nos devorará el cuello; si vamos de paseo, se nos meterá dentro
-de una bota. ¿Sabe nadie las ideas de desesperación y hasta de suicidio
-que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de
-nuestro sombrero?...
-
-Como lograse terminar su disertación con notable fortuna, don Elías,
-excitado al calor de sus propias agudezas, comenzó á probar nuevamente
-la buena paciencia de don Artemio.
-
-Morón vivía á la entrada de la Glorieta del Parque, frontero á la Fonda
-del Toro Blanco, y, según Fernández Parreño, la distancia que separaba
-la botica del Casino servía á don Artemio para someter á cálculos, casi
-matemáticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le
-dedicaba.
-
---¡No haya cuidado--aseguraba el médico--que este hombre por nadie se
-moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por
-él. ¿Es cierto no?...
-
-El interpelado sonreía modesto, ocultando la satisfacción de verse
-comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no
-obstante su rápida trivialidad, equivalía á un polvillo de éxito, á un
-rocío de gloria, que cayese sobre él.
-
-Las festeras palabras de don Elías eran recibidas con francos
-borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos.
-A don Artemio Morón, verbigracia, le gustaba muchísimo charlar.
-Sincretista y desocupado, amaba la conversación por ella misma, por «su
-ruido», que no por estudiosa curiosidad espiritual ó inteligente prurito
-de discutir. Así, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto
-del diálogo, le interesaban mayormente. ¿Se comentaban las últimas
-corridas de toros? Bueno. ¿Hablaban de política? Adelante. ¿Debía
-charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los
-asuntos parecíanle igualmente oportunos para no dejar á su lengua ni á
-sus oídos en la ociosidad.
-
-Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino,
-procuraba no salir nunca solo de allí. Si á la hora de él marcharse sus
-contertulios hallábanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de
-tresillo ó de dominó, atardaba su retirada para esperarles. Ellos,
-conociéndole, se hacían los remolones. Les aburría. El boticario,
-parsimonioso en sus actitudes, amén de caminar muy despacio, tenía la
-molestísima costumbre de pararse al hablar. Mientras oía andaba, pero no
-bien abría la boca se detenía, cual si los dinamismos de sus labios y de
-sus pies fueran rivales.
-
---A propósito de eso que ha contado usted--decía--voy á referirle lo
-siguiente...
-
-Y se paraba. Replicaba su acompañante, que sabedor de sus tretas
-procuraba llevar las riendas del diálogo; pero había de tenerlas muy
-cogidas, pues Morón se las quitaba en seguida, y como hallaba especial
-contento en escucharse no era fácil arrebatárselas después.
-
-A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, añadía el hábito de ir
-subrayando sus palabras con líneas que la contera de su bastón trazaba
-sobre la acera ó en la fachada de las casas.
-
---La liebre--explicaba--se había escondido aquí, bajo unas matas; yo
-venía por acá. Al ver al animal mis perros describieron un semicírculo
-en esta forma...
-
-Todo lo corpóreo, lo susceptible de expresión gráfica, le obsesionaba;
-don Artemio no sabía zurcir dos ideas si á medida que germinaban en su
-caletre no las pintaba.
-
---El toro estaba allí; el picador se acercaba por este lado...
-¿Comprende usted?...
-
-Mientras la contera infatigable de su bastón peregrinaba sobre las losas
-del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, ó
-golpeándolas sonoramente, para mejor imbuir en el ánimo del oyente la
-convicción de que determinado objeto ó persona ocupaba un sitio fijo,
-preciso, rotundo. Comprender bien á don Artemio suponía, por tanto,
-escucharle á pie quieto y sin apartar de su bastón los ojos.
-
-Todo esto daba tan fastidiosa monotonía á su trato, que sus amigos del
-Casino le huían. Algunos, sin embargo, solían acompañarle, ó por
-desocupación y deseo moceril de trasnochar, ó porque sus domicilios se
-hallasen en el mismo rumbo ó dirección de la botica.
-
-Las personas de quienes don Artemio recibía tan meritísimos testimonios
-de paciencia y afecto, eran el gerente de _La Honradez_, don Romualdo
-Pérez; Epifanio Rodríguez, estanquillero y corresponsal de periódicos;
-don Valentín Olmedilla, dueño de la fonda del Toro Blanco, y don Gil
-Tomás. A todos ellos teníales clasificados según el tiempo que le daban
-escolta, y establecía relaciones directas entre la amistad de sus
-acompañantes y la longitud del camino. A más camino, mayor amistad. Así,
-el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba
-en la Bajada de la Fuente, á cincuenta pasos mal contados del Casino.
-Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo á las severísimas
-rejas de doña Virtudes, le acompañaba hasta el callejón del Misionero.
-De allí á la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don
-Valentín y don Gil Tomás, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque
-para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con él hasta su casa.
-
---El refinado egoísmo de don Artemio--decía don Elías--tiene
-clasificados á sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes.
-
-Para excitar la hilaridad del mujerío, parodiaba con su cuchillo, sobre
-el mantel, los geroglíficos que el boticario hacía en las aceras con su
-bastón.
-
---Supongamos--continuó--que se trata de un termómetro inventado por
-Morón para medir la temperatura afectiva ó sentimental de sus conocidos.
-La ampolla ó depósito del aparato lo constituye el Casino; la columna
-termométrica es la calle Larga, eje máximo ó espina dorsal del pueblo
-que va, como todos sabemos, desde el Casino á la Glorieta del Parque; y
-el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quiénes
-don Artemio se acompaña egoístamente y con el exclusivo objeto de no
-aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo señala,
-por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. ¿No es
-eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejón
-del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y,
-solamente, don Valentín, don Gil y algún otro, llegan á la Glorieta del
-Parque, que representa los cien grados, la ebullición, la muerte de
-todos los gérmenes ingratos, la exaltación ó frenesí de la amistad.
-Anoche, alrededor de las doce, le vi á usted acarreando por la columna
-mercurial á don Juan Manuel. ¿Consiguió usted que subiera mucho?...
-
-Fernández Parreño miraba á doña Evarista, que lucía risueñamente el
-prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio siguió la broma.
-
---No crea usted--repuso--que la temperatura afectuosa sube en don Juan
-Manuel fácilmente.
-
---¿Pasó de la Bajada de la Fuente?
-
---¡Eso, sí! Podemos decir que conseguí hacerle «romper el hielo»; pero
-se quedó á la altura de Correos: no fué mucho; algo equivalente á diez ó
-doce grados...
-
-Según adelantaba la comida, la conversación iba generalizándose y
-cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino
-desnudaban los caracteres que florecían en atrevimientos y expresiones
-nuevas. La señora de Fernández Parreño, admirada del fértil y ameno
-ingenio de su esposo, reía sus donaires con una complacencia parecida á
-un orto de amor; doña Virtudes, ocupada siempre en corregir con
-fulminantes miradas los dichetes de sus hijas, no disponía de la
-ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro
-de la más impecable corrección, una actitud fiscal; María Jacinta y
-Flora, charlaban aparte; las hijas del médico, doña Evarista y la señora
-de Martínez, conversaban con gran alborozo y todas á un tiempo.
-
-Servían el café, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos,
-oliendo á esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jóvenes,
-delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros
-redondos de paja. Epifanio lucía un «completo» gris y una corbata
-encarnada; Romualdo vestía un traje azul marino con rayitas blancas y
-zapatos de piel de Rusia. Su aparición fué aplaudida y señaló el momento
-de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba á empezar. Cuatro
-músicos, sentados en un ángulo del patio, junto á la enredadera,
-preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas
-de un lugar á otro ahogaron aquellos primeros compases. Los
-circunstantes iban sentándose en semicírculo y según su gusto: unos, al
-aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la
-galería, donde era más áspera la claridad. Y de nuevo, exasperados,
-enloquecidos, por la greguería de la música y de tantas voces, los
-jilgueros y los canarios rompieron á cantar.
-
-Muy sensible al calor don Ignacio había resuelto ponerse en mangas de
-camisa. Pequeño, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y
-peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el señor
-Martínez dió dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro
-vello hasta las uñas, sonaron como tablas.
-
---¡Señores, á bailar!...
-
-¡Oh, y qué blandas, qué suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron
-aquellas palabras!... Fué un soplo de paganía, un estremecimiento
-sabático. Epifanio ofreció su brazo á Raimunda; Romualdo dió el suyo á
-Micaela. La joven se levantó, el rostro bañado en felicidad y alisándose
-con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un
-vaivén voluptuoso. Doña Virtudes la llamó y en voz muy baja,
-sibilante...
-
---Estás fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente...
-
-Micaela se encogió de hombros.
-
---Por Dios, mamá...
-
-Fernández Parreño quiso danzar con doña Evarista, quien se excusó
-finamente cimentando en su edad su negativa, y el médico invitó á Flora.
-Don Ignacio, contento y ágil como un muchacho, bailaba á María Jacinta;
-y, á pesar de su corcova, don Artemio brindó galantemente su brazo á
-doña Fabiana.
-
-La corrección de don Elías y su juvenil esmero en acicalarse,
-impresionaron al veterinario. ¿No iba don Elías demasiado currutaco para
-sus años? ¡Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!...
-
---¡A rocin viejo, cabezadas nuevas!--gritó Martínez.
-
-Antoñita dormía acurrucada en un sillón. Doña Virtudes, doña
-Presentación, Anita y don Niceto, que no sabía bailar, se sentaron en
-grupo. Para oirse necesitaban hablar á gritos; al fin, ensordecidos por
-la música y el canto, cada vez más rabioso, de los pájaros, decidieron
-callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban
-infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se
-multiplicaban sus perfiles. Según el trozo de patio que sirviese de
-fondo á las figuras, éstas perdían ó ganaban en nitidez: así, sobre las
-iluminadas paredes de la galería, los cuerpos de María Jacinta y de
-Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros
-cabellos de la señora de Martínez exaltaban la solemnidad de su ébano;
-y, por el contrario, ante la oscuridad de la hiedra, los trajes claros
-y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se
-desvanecían. La exactitud de tales contrastes podía seguirse mejor
-atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de _La
-Honradez_, vestido de azul, era el bailarín de la luz y de los muros
-encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palidecía bajo las
-lamparillas eléctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en
-la penumbra de la hiedra.
-
-A las once tocaba la fiesta á su apogeo. Habían llegado doña Quintina,
-una jamona, alegre y apretada de carnes, á quien don Artemio no podía
-mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el
-prometido de Anita, á cuya sola presencia los labios hasta allí
-amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color.
-
-En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las
-muchachas de Puertopomares, cuál más, cuál menos, había pensado alguna
-vez. Socapa de estudiar Derecho vivió en Madrid varios años, y allí
-aprendió á tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus
-costumbres holgazanas y su mediana ilustración le separaban del bajo
-pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complacía. Era faldero
-y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle
-de quintas, había agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorcó
-los libros, vivía en la fonda del Toro Blanco y á expensas de don
-Valentín, y sin mejor ocupación que retozarle las criadas y beberle los
-mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos
-pormenores que de él se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de
-la moral, se perecían por gustarle, y ello estimulaba la pasión en que
-la menor de las hijas del médico se derretía.
-
-Al terminar el vals, don Artemio invitó á Olmedilla á pulsar la
-guitarra; aceptó en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y
-lucirse, y apenas vibró la suave pesadumbre de las primeras coplas,
-cuando Martínez, que con las frecuentes libaciones sentíase enternecido
-y más enamorado de su mujer que de costumbre, determinó obsequiar á sus
-invitados con unas botellas de _champagne_.
-
-A media noche los ojos de doña Presentación y de doña Virtudes empezaron
-á cerrarse de sueño, pero las muchachas tenían los suyos por momentos
-más pajareros y luminosos. La danza pedía vino, y el vino, danza;
-multiplicábanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban á
-gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron á colación varios
-cuentos: don Elías refirió uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla
-empezó una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que María
-Jacinta, Flora y las señoritas de Fernández Parreño, comprendiéronse
-obligadas á taparse los oídos. Doña Evarista acudió en socorro de las
-escandalizadas doncellas.
-
---Luis, las atrocidades están prohibidas; hay demasiada gente...
-
---Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos
-gravedad.
-
---¡Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oiría eso... y
-más. En público, no. La vergüenza femenina es un fenómeno de conjunto
-que sólo se produce con la aparición de una «tercera persona». Como en
-el Paraiso, exactamente...
-
-Don Elías propuso un juego de prendas, pero su opinión fué rechazada. La
-juventud prefería bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las
-muchachas ofrecían una tersura brillante y nacarina. Las hijas de
-Fernández Parreño, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes
-amapolas. Los rostros de Flora y de las señoritas de Castro, también
-ardían, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza. En los breves
-instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el
-nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y
-los labios viciosos de María Jacinta tenían arreboles de salud.
-
-Los músicos requerían de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba
-agilidades de pájaro en los pies, pidió á voces un vals. La mayoría
-protestó: deseaban algo más lento, más sensual...
-
-Doña Fabiana llamó la atención de su marido.
-
---Me parece que ha sonado el aldabón de la puerta de la calle.
-
-Martínez hizo un gesto de duda.
-
---¿A estas horas? No es probable.
-
-Fernández Parreño ratificó lo dicho por la señora de Martínez: él
-también estaba cierto de que habían llamado. Don Ignacio se encogió de
-hombros.
-
---Quien sea--dijo--puede entrar, porque la puerta quedó entornada.
-
-Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que
-relacionaba el patio con la cuadra se abrió lentamente y, sobre su
-oscuridad, apareció don Gil.
-
-La llegada insólita del hombre pequeñito y astral, determinó en todas
-las mujeres idéntica emoción de frío. Miráronle con miedo, con rubor;
-con ese rubor que hay en las pupilas de las recién casadas. De emoción
-María Jacinta, la favorita de don Gil, quedóse lívida. Cesaron las
-risas. La entrada de un Sultán en su serrallo, no produciría otro
-efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se hacía hombre; el
-íncubo...
-
-En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil
-Tomás, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no había reído
-nunca, avanzó insinuando un saludo amable...
-
-
-
-
-X
-
-
-Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la
-lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y
-lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta,
-pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con
-ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó:
-
---¿Ya se ha dormido?
-
---Sí.
-
---¡Pronto le llegó el sueño esta noche!...
-
---Afortunadamente...
-
-Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir
-porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo
-su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que
-repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos,
-camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno,
-lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente
-el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno:
-
---¡Las once... y nublado!
-
---Las once ya--repitió Pilar.
-
---Pues don Ignacio trabaja todavía.
-
---Sin duda por ser mañana jueves, día de feria.
-
---Es verdad.
-
-Hablaron de las faenas menudas de la casa.
-
---¿Quién va á lavar esta semana?--preguntó Maximina.
-
---Me corresponde lavar á mí.
-
---¿Hay jabón?
-
---Me parece que no.
-
-Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor;
-latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.
-
---El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella--continuó Maximina.
-
---Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más
-peleador; á sus hermanos no los deja vivir.
-
-Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de
-agua corriente, producida por el viento entre los árboles.
-
---Mañana tendremos mal tiempo--observó Pilar.
-
---Creo lo mismo.
-
-Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas
-quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se
-buscaron.
-
---¿Has visto?
-
---Sí.
-
-Examinaron la lámpara.
-
---¿Habrá sido un temblequeo de la luz?
-
---No, sé.
-
-Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un
-segundo--sólo un segundo--imaginaron ver resbalar por la blancura de la
-pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados,
-suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante,
-fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las
-dos.
-
-Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como
-disponiéndose á huir.
-
---Tengo miedo--dijo--; eso es el amo, que se ha marchado.
-
-A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas.
-
---¿Dices que es el amo?
-
---Estoy segura. Vé á ver.
-
---¿A dónde quieres que vaya?
-
---A su cuarto.
-
---Yo, no me atrevo.
-
-Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor,
-se levantó.
-
---Vamos las dos.
-
-Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la
-rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea.
-
---¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí!
-
-Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por
-nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la
-miró con odio y desdén:
-
---¡Cobarde!... Iré yo sola.
-
-Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó
-suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla,
-de don Gil, reposaba sobre las almohadas.
-
-Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había
-seguido. Preguntó:
-
---¿Está?...
-
-Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de
-puntillas.
-
---Sí... está...--balbuceó.
-
-Hizo un gesto y bajando mucho la voz:
-
---Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú
-comprendes?...
-
-
-
-
-XI
-
-
-La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el
-pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora
-de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino, la Fonda
-del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la
-Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos
-lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento
-masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de
-política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de
-la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y
-entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua
-inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas
-que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación.
-
-El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la
-población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor
-sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á
-las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado
-también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un
-matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas
-de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don
-Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos
-para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los
-puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don
-Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de
-un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de
-consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes
-cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones
-adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le
-hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano
-dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores
-de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á
-nadie le parecía mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y
-cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don
-Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.
-
-El café de la Amistad pertenecía al pueblo. Hallábase situado en el
-cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local
-amplísimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces
-tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas.
-Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un
-pintor, para darle apariencias celestes, revocó de azul y adornó con una
-lamentable bandada de golondrinas; el guión llevaba en el pico un ramo
-de vid. Había tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y
-ocupaban el resto del salón numerosos veladores con pies de madera y
-piedra de mármol. El mostrador hallábase inmediato á la puerta que
-conducía al interior del establecimiento, y ante un elevado estante,
-bien repleto de botellas polícromas y exornado en su remate por un reloj
-de cuco.
-
-En el café de la Amistad no había camareros; Rosario, la dueña, servía
-por su mano á su clientela, y ello significaba el mejor sostén ó razón
-del negocio. Era una rubia de veinticuatro años, desde el amanecer muy
-bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con
-las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y
-rollizas. Para mayor provocación, siendo niña habíase roto la pierna
-derecha á la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron
-bien, aquella extremidad quedó más corta, lo que la constreñía, al
-caminar, á mover las nalgas de un modo que suspendía la atención de los
-hombres. Más de un jugador de dominó, por mirárselas, se distrajo y
-neciamente perdió la partida.
-
-Entre los contertulios asiduos del café de la Coja, estaba Frasquito
-Miguel. Iba solo y á prima noche y procuraba instalarse cerca de la
-puerta, con la obsesión de embriagarse y de no llamar la atención al
-salir. El señor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. «Me
-gustan--decía--las armas blancas...» De media en media hora pedía un
-vaso grande, que bebía á sorbos caudales y lentos, para que el deleite
-de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura
-cetrina, inmóvil, apoyada de codos en la mesa, perfilábase sobre la
-blancura de la pared. No hablaba, no sonreía, y si alguien le dirigía la
-palabra, replicaba con monosílabos. Entre tanto, sus mejillas iban
-congestionándose, desmayábase su labio inferior y sus ojos mortecinos
-miraban idiotizados á la concurrencia. Si le invitaban á jugar una
-partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No sentía la
-necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que
-llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior,
-reconcentrado, hermético. El señor Frasquito pensaba en la coja; por
-verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en
-alto, iba allí. Admirándola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan
-pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cenceña, huesuda y
-desapacible, y aunque hacía tiempo no ponía en ella las manos, harto
-recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. «¡Si se
-pareciese á «la Coja!...»--pensaba. Luego, ya tarde, llamaba á Rosario;
-sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe
-de su gasto, pagaba y muy erguido, rígidas las piernas, mesurado el
-paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se dirigía hacia la
-puerta.
-
-Toribio Paredes, el tonelero Eustasio García, Luis Olmedilla, que
-gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de
-sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el café de la Amistad
-sólo por complacer sus ojos en la hermosura de la dueña y,
-particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan
-á gusto de todos, salpresaba y ponía de manifiesto. Este brusco vaivén
-exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser
-coja, y, como por ensalmo, habrían disminuído sus ganancias; desde el
-punto de vista económico, aquel «buen pie», que otros industriales la
-envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien
-convencida la hermosa mujer, y aunque tenía un don Cuyo, de quien
-parecía muy enamorada, fuese por interés ó por pinturería y femenil
-vanidad, ó por ambas causas, complacíase en recorrer la sala, yendo de
-mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y
-estudiadas sonrisas.
-
-Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gañanes, que se la
-comían con los ojos, y este represado apetito descubríase en el ardor
-con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus
-pies, desnudos, se retorcían. Toribio, especialmente, perecíase por
-ella, y tanto creció su afición, que necesitó echarla del pecho. Su
-hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tenía, púsolo á merced
-de la adorada. Rosario le escuchó indulgente y con frases cordiales le
-desesperanzó y persuadió de la inutilidad de sus deseos: ella tenía á
-quién querer, y este amor grande, amor de muchos años, excluía de su
-corazón cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo,
-podía haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero
-acento de sus palabras convenció á Toribio: estaba bien; nunca más,
-aunque llegase á centenario, volvería á importunarla con sus ruegos. No
-obstante, bajo la vertical decisión de la voluntad, el deseo embravecido
-persistía inexorable. Por adueñarse de «la Coja», Toribio Paredes
-hubiese llegado al crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos
-durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra ó entregar
-la garganta al verdugo... ¿qué importa?... El, nada decía; antes le
-hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva
-al infierno de su corazón; pero cuando veía á Rosario, decolorábanse sus
-labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas
-por la emoción del deseo, parecían adherirse al cráneo como las de las
-fieras cuando van á reñir.
-
-Al Casino, por las mañanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar
-y nada más. A mediodía llegaban los devotos del _vermouth_: don Elías,
-don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes,
-especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios
-acrecía, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas
-y de las apuestas. De noche, la animación era aún mayor. Los
-contertulios se repartían: los más jóvenes, luchaban inclinados sobre
-las mesas de billar; otros, acudían á la sala de juego, ó fraccionados
-en grupos, se abandonaban á las sorpresas del dominó ó del tute.
-
-Entre los concurrentes más tenaces estaba don Elías, quien diariamente,
-á lo largo de su vida, le disputaba á don Artemio Morón el campeonato
-del ajedrez. Tres años hacía que, todas las noches, aquel empeñado
-torneo se reanudaba: ni claudicaba el médico, ni el boticario se rendía:
-si Fernández Parreño perdía, don Artemio le invitaba á desquitarse; si,
-por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elías se
-apresuraba á desafiarle nuevamente y agasajarle así con la perspectiva
-de una victoria.
-
-Esta tenacidad servía de argamasa ó basamento á una tertulia formada por
-el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Pérez, Epifanio Rodríguez y don
-Pepe Erato, uno de los vecinos más insignificantes y más buenos de la
-población. Don Juan Manuel, que adoraba las ásperas emociones del
-«treinta y cuarenta» llegaba después, y siempre, hubiese ganado ó
-perdido, su hablar cultipicaño, abundante y sobrado de amables
-paradojas, imprimía á la conversación rumboso incremento.
-
-Don Ignacio Martínez, favorecido por don Dimas, el médico, don Isidro
-Peinado y otros, constituía reunión aparte: el veterinario era
-vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quería sentarse á la mesa
-donde otros prestigios--los de don Juan Manuel y Fernández Parreño,
-verbigracia--pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida
-esta separación y satisfecho de su independencia y hegemonía, Martínez
-ya no hallaba reparo en interpelar á sus amigos de otras tertulias con
-razones y dichetes, y obtener así para la suya algunas migajas de la
-alacridad que generalmente sobraba en la del diputado.
-
-Varias figuras, comunes á la mayoría de las ciudades pequeñas,
-descollaban allí.
-
-Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos
-los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquirió este hábito á poco de
-terminar su carrera, porque, según decía, con el mucho estudiar se le
-había fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la
-atención, de manera que no acertaba á comprender claramente lo que leía
-si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban
-metiéndosele en el alma por los oídos. Un sentido ayudaba al otro. El
-público había aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado
-por el interés de algún acontecimiento taurino, ó de cualquier incidente
-parlamentario ruidoso, proponía: «Veamos lo que dice el periódico». Sus
-oyentes le contestaban enseguida: «¿Qué prisa hay? Esperemos á que venga
-don Ignacio; él lo leerá». Tácitamente no reconocían otro lector: en sus
-labios las noticias tenían mejor aderezo; estaban habituados á sus
-ademanes, á su manera de frasear, á sus apostillas un poco anárquicas.
-De bonísimo grado Martínez ejercitaba aquel cargo honorífico. Fiado en
-la adhesión incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino
-desdoblaba la prensa, venida de Salamanca ó de Madrid, instalábase
-debajo de una luz y poníase á leer de modo que todos le oyesen. Era un
-lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como
-su carácter, llenaba el salón. Egoístamente, sin curarse de nadie, don
-Ignacio leía el artículo «de fondo», los telegramas, la crónica negra,
-la sección de teatros... Los circunstantes le atendían unas veces, otras
-no; generalmente sólo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en
-traerles la caja del dominó ó la del ajedrez; luego se abismaban en el
-juego y olvidados de Martínez disputaban y reían. Don Ignacio, sin
-embargo, continuaba leyendo: primero, leía para todos; después para
-Teodoro, que sentado á su lado y codicioso de saber lo que acaecía en el
-mundo, miraba al albeitar como á un oráculo; pero estas devociones
-siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban á
-ir incesantemente de un sitio á otro. Entonces don Ignacio,
-impertérrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para sí mismo,
-y la obstinada fe que en ello ponía era la del estudiante que, en
-víspera de examen, estuviera aprendiéndose una página de memoria.
-
-Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguían por
-otros rasgos ó costumbres especiales.
-
-Así don Artemio Morón era el individuo más madrugador de Puertopomares
-y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la
-vida secreta del vecindario. Fuese invierno ó verano, apenas empezaba á
-clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacábase en la puerta de
-la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del
-pantalón, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas aún de
-rocío. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga,
-casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo
-de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien
-amanecía, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morón, que veía salir
-muy de mañana á don Juan Manuel del domicilio de doña Evarista, llevaba
-cuenta de las noches que el diputado distraía en casa de su amiga,
-avizoraba también á cuantos mozos volvían de pernoctar en el burdel de
-la Casilda, y si pasaba algún tipo desconocido, de su traza y del rumbo
-que llevase deducía quién fuese. En años anteriores, la virtud, muy
-propensa á quebrarse, de doña Amparito, la esposa de don Pepe Erato,
-proporcionó al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que
-descubriese la falta, sino el criminal regocijo que ponía en contarla.
-Por él, finalmente, se supo que á horas avanzadas de la noche Romualdo
-rondaba las rejas de doña Virtudes, y que en aquella donde Micaela
-asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de _La
-Honradez_ se agarraba y cosía.
-
-Los matuteros, y más aún los amantes clandestinos, recelaban la
-centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de más hondo
-y sabroso dormir, todas las mujeres que sufrían la angustia de alguna
-pasión prohibida, removían al amante feliz y cansado. Con zarandeos y
-palabras de alerta, espantaban su modorra.
-
---Levántate--decían--y vete, antes de que don Artemio abra la botica.
-
-Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecían asustados, como huyen
-los malos intentos ante la razón. En la vida de Puertopomares, don
-Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia.
-
-Don José Erato, en punto á vigilancia, era el reverso de don Artemio.
-Por no fiscalizar lo que á su alrededor sucedía, ni siquiera en la vida
-de su mujer se entrometió nunca, y así fueron de libérrimas las
-costumbres de doña Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no
-pudo seguir ninguna carrera porque «se dormía» leyendo. Todo lo
-contrario de Martínez. Los médicos, achacando aquella modorra á una
-lesión cerebral, le prohibieron el estudio. Vivía, pues, de sus rentas
-que, si bien modestas, bastaban á sus necesidades, y el dulce sueño que
-le causaban los libros, cerrándole también bondadosamente los párpados
-para ciertas vergüenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce
-ecuanimidad de su espíritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe,
-aislado realmente de todo por esa conflagración de silencio y de sombras
-que el mundo teje alrededor de los maridos engañados, no sospechó jamás
-los platos de adulterio que á espaldas suyas se guisaban; pero otros, le
-suponían al corriente de todo, añadiendo que era tal el imperio de doña
-Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de éste hacia ella, que
-por no perderla renunciaba á sus fueros de marido y su pasión resolvíase
-en cobarde humildad.
-
-Al fin estos errores juveniles pasaron. Hacía tiempo que los dos eran
-viejos: ella tenía cincuenta años, él rondaba ya los sesenta. Vivían en
-una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estación, y,
-diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les veían asomados, entre
-floridas macetas, á una ventana del piso bajo. Algunos saludaban:
-
---Buenas tardes, doña Amparo y don José.
-
---Buenas tardes...
-
-El padecía del estómago y su semblante descolorido expresaba tristeza;
-doña Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y
-salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don
-Pepe, que seguramente conocía todo el ridículo de su historia, nunca se
-había quejado: era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un
-espíritu ecléctico, de limpia raigambre cristiana; un evangélico sin
-hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tiranía que sobre ciertos
-temperamentos ejerce el deseo, pasó su mansa existencia «haciéndose
-cargo». Por lo mismo doña Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad,
-comenzó á quererle. Menos aquél, todos los hombres á quienes neciamente
-se dió la habian olvidado. Entonces su ánimo tornóse hacia el pobre
-compañero sumiso, de manos frías y cabellos blancos, que siempre
-perdonó; y, por ensalmo, su desprecio hacia él evolucionó y fué
-simpatía, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco á poco floreció
-en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuyó á esta
-reconciliación sin palabras, obra de arte del tiempo, la pérdida de un
-hijo que, suicidándose á los veinte años por una mujer, debió de
-enseñarles á entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto
-abrevió el otoño sentimental de doña Amparito; dentro de su cuerpo,
-todavía garrido, su alma flaqueaba y se cubría de arrugas, y cuando
-hastiada, revolvió los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se
-maravilló de hallarse tan cerca de él y de quererle tanto. Fatalmente su
-cansado corazón y la moral se ponían de acuerdo.
-
-Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizás por ser tan tardío,
-tuvo don Juan Manuel una frase volteriana:
-
---Ha vuelto á el--dijo--á esa edad en que la virtud deja de ser para
-nosotros un estorbo.
-
-Así era, en efecto. ¡Pobre don Pepe! Pero, después de la virtud que nace
-del amor, la nacida del desengaño y de la fatiga, ¿no es la más
-segura?...
-
-La Fonda del Toro Blanco tenía sobre el Casino la indiscutible ventaja
-de que en ella se podía comer. Según la estación, el público se
-congregaba en el comedor ó al aire libre, que para tales y aun mayores
-esparcimientos ofrecía la casa comodidades y anchura. Durante la
-estación estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio
-que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes
-llamaban «la playa». Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de
-mármol y circuído en lo alto por una galería que sustentaban columnas de
-hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le servía de dosel y las
-luces eléctricas distribuídas equilibradamente entre la fronda, daban á
-las hojas más próximas alegrías de corindón. En el nimbo plata de cada
-lamparilla, las arañas, silenciosas, tejían su traición. A un lado,
-negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba
-el ambiente con su aliento húmedo. Aquel pozo tenía una historia: á su
-abismo, Luis Olmedilla, una noche, había querido tirar á una criada.
-
-En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastísimo local con
-suelo de madera, paredes estucadas y cinco ó más ventanas á una huerta.
-La única singularidad digna de recordación que allí había, era el
-retrato de don Valentín con que el testero principal del salón se
-adornaba. Cuando algún forastero, curioso, inquería el origen de aquella
-obra de arte, don Valentín Olmedilla, como hombre que tiene clasificada
-la gloria entre las mayores pequeñeces humanas, modestamente bajaba los
-ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, había un remordimiento:
-él, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan
-desprendido, una vez fué cruel con un desdichado pintor vagabundo que le
-adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascendía á
-doscientas pesetas.
-
---Pues si no tiene usted dinero--había dicho don Valentín--va usted á
-pagarme haciéndome un retrato.
-
-Y como era compasivo, añadió:
-
---Los días que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aquí; no le
-costarán nada.
-
-Valido de esta autorización misericordiosa el pintor no se dió prisa en
-pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, sólo trabajaba por las
-tardes, durante una ó dos horas: la señora de Olmedilla, sus hijas,
-Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentín, agrupadas
-tras él, sonrientes, suspensas y calladas, maravillábanse al ver cómo la
-figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentín era
-pequeño, viejo y feo, pero en sus ojos había una expresión de bondad que
-pronto se mudaba en simpatía, ganadora de voluntades. Este gesto dócil y
-servicial lo recogió bien el pintor, dando con él mérito á su obra. Don
-Valentín aparecía retratado hasta algo más abajo de las rodillas y en
-actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente
-perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y
-un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanquísima,
-signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban, á la
-vez, la psicología y la figura del hostelero: más que una cabeza, el
-pintor había compuesto una biografía.
-
-Satisfechísimo de aquel retrato que había de sobrevivirle y le aseguraba
-una especie de pequeña inmortalidad, don Valentín dispuso colocarlo en
-el comedor, sobre el aparato del teléfono. Era un medio infalible de
-exhibición. Durante el día, á las horas de comer, y por las noches,
-cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre
-telefónico, las miradas todas convergían hacia él y, de consiguiente,
-tropezaban con el retrato del dueño de la casa; la cabeza perfilada y en
-alto, el semblante risueño, presentando con gracia, solicitud y
-desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las
-rodillas de don Valentín, era, por efecto de una sencilla asociación de
-ideas, la voz del amo.
-
-La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestría en el
-dificilísimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar
-indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantenía floreciente
-la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, económica, limpia
-y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocían. En tiempo
-de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban á Puertopomares, se
-alojaban allí.
-
-El isocronismo de la existencia pueblerina imponía á las tertulias del
-Toro Blanco, como á las del Casino y á las otras más plebeyas, del Café
-de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de
-los días, las imaginaciones se apagaban y el fastidio servía de sedante
-á los nervios. La paz ambiente quitaba á las almas su fluidez y las
-saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las
-inteligencias se adormilaban y su propia inacción las entumecía. Como
-jamás sucedía nada original, digno verdaderamente de mención, los
-espíritus no podían rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la
-inquietud, y dedicábanse á comentar lo insignificante, lo cotidiano,
-adobándolo, vistiéndolo y aderezándolo de mil prolijas maneras. Así, la
-muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraía
-lisonjeramente la atención pública: ver al finado en su caja, informarse
-de cómo lo habían vestido y de las personas que acudieron á velar el
-cadáver, constituía, efectivamente, un pequeño espectáculo, un asunto de
-conversación con cuyos detalles los desocupados, luego, se relamerían de
-gusto.
-
-Don Juan Manuel Rubio, á fuer de espíritu cultivado y forastero, era la
-única persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y
-donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad sabía mostrarse á
-tiempo y algunas noches invitaba á don Elías, al boticario, al juez y á
-otras personas de su afecto y confianza, á cenar en casa de doña
-Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de
-complacer al diputado, rivalizaba con él en la tarea de obsequiar á sus
-huéspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes á su
-humor juvenil y divirtiéndose alimentaba su influencia política.
-
-Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenían otras
-distracciones: los plebeyos, el Café de la Coja; los señores, el Casino,
-la Fonda del Toro Blanco ó los ágapes familiares de don Juan Manuel; y á
-intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos
-leales de divertirse, una escapatoria de cuatro ó cinco días á Salamanca
-ó á Madrid. Luego, á la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez,
-á embaucar á los amigos refiriéndoles con exagerados aditamentos lo
-hecho ó dándoles también por sucedido lo que acaso ni siquiera
-intentaron hacer; á criticar, á mentir, á ver egoístamente secarse la
-bonitura de las vírgenes en el suplicio de una eterna espera.
-
-No todo reposaba, sin embargo, en la población. Bajo aquellas techumbres
-pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas
-herméticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo
-aislamiento se consumían cual lámparas votivas. Esta doncella borda,
-otra recose las ropas que va sacando de un cuévano, aquella estudia
-nerviosamente su lección de piano; y mientras, á intervalos, todas
-recuerdan que, un poco más tarde, será hora de reunirse para ir á ver el
-tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses
-vernales y de estío, y aun en los comienzos del otoño, el andén era el
-Casino de las mujeres.
-
-De cuantos trenes cruzaban por allí, el más interesante era el correo.
-El expreso huía de largo, y su afán parecia implicar un desdén; los
-mixtos llegaban á horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y
-sin inexpresión. El correo, que conducía siempre muchos viajeros y
-pasaba á las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas
-Fernández Parreño, las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima
-Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir á
-recibirlo. Buscábanse unas veces en casa del médico, otras delante de la
-botica ó en la Glorieta del Parque, bajo los árboles, y vestidas de
-gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudían á la estación.
-Marchaban en pequeños grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus
-caderas retozonas movíanse á compás, y el murmurio de sus risas y de su
-frívolo charlar flotaba tras ellas semejante á un polvillo juvenil. El
-viejo camino que empapó sangre de romanos y de moros, el legendario
-camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y
-la inquietud de tantas haldas.
-
-Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minúsculo andén: las mozas
-conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros ó se paseaban. Un
-gran zumbido de colmena llenaba la estación. ¿Por qué tanta alegría?
-Había en este regocijo inclasificable una emoción de ensueño, un
-nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante
-horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como
-á un Rey Mago, jamás faltó á la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje
-de castaños lo anunciaba, y de súbito aparecía negro, fragoroso y
-humeante. Pasaba la máquina jadeando, chorreando agua hirviendo;
-rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, deteníase el convoy. Las
-ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos
-viajeros requebraban á las vírgenes lugareñas que les miraban sonriendo,
-á la vez, alegres y tristes, sin saber por qué. Una voz gritaba:
-
---¡Puertopomares... un minuto!...
-
-Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren seguía,
-disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el túnel.
-Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio,
-emprendían cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de
-los cabellos rubios, y María Jacinta la del rostro sin color, y Micaela
-y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el
-mismo pensamiento:
-
-«Mañana lo veremos también...»
-
-Y no pedían más.
-
-La felicidad constituye algo tan fortísimo, supereminente y precioso,
-que la partícula más nimia caída de su divino manto, puede hacer al
-hombre dichoso; en lo cual se parece á la belleza, cuyas migajas son de
-tan egregia condición, que la menor de todas bastaría á la inmortalidad
-de un artista. Y así, con «aquel minuto» que el correo hizo alto ante el
-andén, cuantas doncellas acudieron á recibirlo se juzgaban pagadas.
-Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, ¿no será
-espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la
-fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el día. Más
-aún: no había de llegar, y el regocijo con que los corazones se
-prepararon á recibirlo bastaría á hacerlos dichosos. Imagen de la humana
-felicidad es ese tren que todas las mozas lugareñas aguardan. ¿No son
-también las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusión ha
-de pasar?... Y si pasó, en efecto, y un instante se detuvo, ¿quién será
-tan ambicioso ó insensato que se crea defraudado?... Además: ¿no hubo y
-seguirá habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente
-porque murieron esperándole?...
-
-El correo se detendría más de un minuto, y perdería algo de su interés;
-la dicha se retardaría unos segundos más en el corazón, y tal vez
-pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son
-bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es
-recuerdo... ¡y sólo el recuerdo, por ser tristeza, es poesía!...
-
-Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo
-sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresión de la eterna mudanza
-y de la universal melancolía, la adivinaban las vírgenes de
-Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estación,
-sentían de pronto ganas de llorar.
-
-
-
-
-XII
-
-
-La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles
-ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.
-
-Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos
-Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de
-descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias,
-hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían
-con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito
-ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado
-y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba
-las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si
-éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras
-admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que,
-efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de
-consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos,
-era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que aquél les
-hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no
-cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante
-del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas
-chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos,
-repetía abstraída:
-
-«Hay que matarle...»
-
-A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso
-lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio.
-
-«Hay que matar á Frasquito»--pensaba.
-
-Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco
-ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado
-por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás,
-que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares.
-Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de
-don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el
-sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique,
-todo vibraba claramente.
-
---Rita--murmuraba Toribio.
-
---¿Qué?
-
---¿Me oyes bien?
-
---Te oigo.
-
---¡Si supieses lo que me ha dicho!...
-
-Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que
-dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de
-escuchar, contraía sus labios.
-
---¿Qué ha sido?... dí...
-
-Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que
-el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón.
-
-Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este
-criterio, el bujero musitaba evasivas.
-
---Es largo de contar; ya lo sabrás mañana.
-
-Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen
-lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y
-los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al
-desenlace de su venganza.
-
-Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la
-Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que
-servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle,
-pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo
-que el _Rojo_ clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo
-consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera
-podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se
-debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el
-sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del
-domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina
-le sonreía desde una ventana.
-
-En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con
-estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche
-antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan
-avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de
-sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó
-el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo
-al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero
-quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había
-soñado ó si, efectivamente, había visto...
-
-A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y
-negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose
-por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al
-hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y
-apaciblemente dormido.
-
---Anoche, precisamente--agregó la azafata--, el amo no salió; estuvo
-leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano.
-
---¿A qué hora?
-
---Serían las diez.
-
-Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una
-vacilación y una malicia.
-
---¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?...
-
-Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para
-confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito.
-
---Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la
-del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar.
-
-Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de
-don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y
-no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así
-convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde,
-como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole
-frente á frente de don Gil.
-
-Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de
-negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies
-descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de
-duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal
-bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle,
-de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La
-hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le
-negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación,
-abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al
-cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad, el bien justificado ahinco
-de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor
-Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas
-mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose
-torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le
-servía de apoyo.
-
-El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases
-sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía.
-Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio
-llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés.
-
-Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era
-Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil
-hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente
-como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz
-pesadumbre.
-
---El pobrecito--dijo--empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle
-tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el
-trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos
-le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de
-acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen
-como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo
-estarse quieto.
-
-Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio.
-
---¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio
-puede decirlo mejor que yo.
-
---¿Y el yoduro?...
-
---Igual.
-
---Creo que el yoduro realiza milagros...
-
---No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo
-peor es que mi cuñado tiene una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán
-dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y
-medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los
-reumáticos.
-
-Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos,
-nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y
-miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para
-servicio y contento de los suyos.
-
-«No le odia»--pensaba Toribio.
-
-Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que
-le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor
-sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse
-obligado á razonar su hilaridad.
-
---Me reía de los disparates que se sueñan...
-
-Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas
-palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante
-equivalía á una declaración de inocencia.
-
---Figúrese usted, don Gil--prosiguió--que anoche, á poco de acostarme,
-las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi
-entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si
-estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y
-sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le
-respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja
-una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si
-matases al señor Frasquito nadie lo sabría.»
-
-Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y
-apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito
-iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de
-sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca
-habían reído, y el asco y miedoso poder de toda su exigua persona; y
-tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de
-sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y
-superpusieron, y creyó soñar.
-
-Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y
-embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la
-menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo
-sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar
-tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la
-vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba
-inocente.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida
-que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible
-con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas
-era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina
-nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche,
-con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que
-corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas
-alcobas.
-
-Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una
-de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y
-aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación
-espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de
-las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no
-correspondido.
-
-En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo
-y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde,
-los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los
-ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La
-madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y
-de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino;
-Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha
-concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de
-las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de
-su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le
-ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo
-advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales,
-á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo
-fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia
-que días después ejecutaba Ravaillac...
-
-Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los
-extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y
-á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á
-suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna
-con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La
-verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan
-en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy
-pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son
-las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los
-recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías
-más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos
-conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en
-realidad, la cascara del espíritu. Como el sol, que únicamente alumbra
-la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina
-la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre
-ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su
-memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de
-su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla
-de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al
-individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al
-árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento,
-no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente,
-obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón
-de su vida en su pasado?...
-
-Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más
-arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su
-preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en
-las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de
-inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo
-peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de
-alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de
-mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en
-él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto,
-diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de
-los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma.
-
-Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente
-tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada
-por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación
-cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y
-nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo
-mental, y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la
-colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas
-pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la
-respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo
-decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los
-párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de
-más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre
-la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su
-nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en
-responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera
-secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para
-extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una
-flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen
-de la Muerte, caricatura de la Nada...
-
-Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos
-momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de
-entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y
-grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del
-cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione,
-mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior,
-aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que
-en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente,
-pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la
-eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la
-necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la
-imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las
-células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los
-esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio ó despabilarlas de una
-vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los
-dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por
-aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados;
-la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de
-imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa
-teratología de los sueños.
-
-En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo
-al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse
-totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á
-la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo
-extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino
-merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite,
-pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco
-de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los
-sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y
-también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu
-queda libre y dueño de acudir al sabat.
-
-Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía
-vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte
-para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio
-físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se
-evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía
-trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su
-mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era
-alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en
-ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo
-podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer.
-Con el canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en
-realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía
-despierto, estaba dormido.
-
-El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez
-y á todas su salacidad entretenía con igual devoción.
-
-A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo
-extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan
-obesa.
-
-Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por
-desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle.
-
-En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia,
-antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés,
-aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de
-acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué
-algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios
-días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la
-terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad
-de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que
-nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una
-pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la
-recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba
-dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su
-madre falleció del disgusto.
-
-También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse;
-sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la
-pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en
-un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos
-años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador
-rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la tomó por esposa.
-Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á
-quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil.
-Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un
-deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla
-completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían
-resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se
-acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve
-producía en ellos igual evocación.
-
---Una nevada como ésta--decían--cayó la tarde en que Amelia, la mujer de
-Guijosa, se rompió la pierna.
-
-Y, sonriendo, contaban las historia.
-
-El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña
-Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á
-misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y
-su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de
-un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó.
-Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la
-línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una
-papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre
-la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos
-rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una
-cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo
-bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba
-dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota
-granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña
-Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos,
-y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza, que, cuando
-quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció
-encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para
-libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique,
-si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías
-irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de
-adelgazar.
-
-Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la
-calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche
-soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de
-Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó
-avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas
-honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda.
-Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no
-merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas
-dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que,
-obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba,
-y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros
-requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia
-veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa
-que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el
-contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose
-habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no
-se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente
-estaba triste.
-
-Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña
-Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un
-niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el
-espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente había
-motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero
-brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.
-
-Una honda tristeza--tristeza de almas--llenaba aquel hogar. Esta emoción
-fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto,
-rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no
-significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión,
-acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie
-rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron
-joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido
-igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si
-nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su
-hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma,
-ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia
-hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la
-pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían,
-ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia.
-Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el
-isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente
-desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no
-quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que,
-sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros
-tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción
-que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez
-lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció
-sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la
-risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y
-maldición del cielo á su alma volvía.
-
-Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que con sus habilísimas
-manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un
-cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso
-por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que
-así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le
-endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y
-tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía
-rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la
-previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni
-revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar
-sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra
-índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los
-hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad
-y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse,
-pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los
-días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la
-perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de
-su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio
-de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el
-santo y que tuviera el perro.
-
-Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos
-animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra
-conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y
-siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también
-estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación
-absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y
-expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de
-cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse.
-
-Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de
-aquel hogar: la severidad, el orden más estricto, derramaban por las
-paredes una frialdad dura. A través del tiempo y de los acontecimientos,
-prósperos ó adversos, más trascendentales, los muebles y hasta los
-cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al
-comprarlos, fueron colocados. Había un lugar para cada objeto, y una
-hora, siempre la misma, para cada acción: la hora de tomar el desayuno,
-de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardín, de encender la luz,
-de tocar el piano. Nada rompía aquella disciplina entumecedora. El único
-hijo varón de doña Virtudes, que vivía en el extranjero dedicado al
-comercio, después de ocho años de ausencia, regresó unos días al lado de
-su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de júbilo. Doña
-Virtudes, muy contenta también, abrazó y besuqueó al mozo con toda la
-ternura de que su carácter entonado y vertical era susceptible.
-Transcurridos los primeros momentos, el forastero pensó en asearse y
-pidió un cepillo.
-
---¿Dónde lo dejaste, cuando te fuiste de aquí?--preguntó la anciana.
-
-Quedóse el interpelado atónito; luego frunció las cejas; reflexionaba y
-las viejas imágenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes,
-inmutables, como los muros de las cárceles, resucitaban sobresaltadas en
-su memoria. De pronto, vió claro.
-
---¡Como no esté en el hueco de la ventana del gabinete!...
-
-Su madre sonrió contenta de que aquellas primeras impresiones
-perseverasen en él, no obstante los viajes y el tiempo.
-
---Vé--repuso--que allí lo encontrarás.
-
-Esta fanática regularidad de costumbres trascendió y fué célebre en
-Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de
-compasión como de risa. La casita del callejón del Misionero, con sus
-dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy
-saledizo, tenía el frontispicio melancólico y umbroso de un convento ó
-de una prisión, el aspecto amustiado del lugar donde está cumpliéndose
-una injusticia ó un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El
-pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar
-inflexible donde todo parecía cumplirse militarmente y á toque de
-corneta, «la Casa-Cuartel de doña Virtudes».
-
-Esta inhumana aspereza de costumbres determinó en Enriqueta y Micaela
-una intensa reconcentración de caracteres, una superabundancia de vida
-interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de
-vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente
-designaban el íntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos.
-
-Un interesantísimo drama psicológico separaba á las dos hermanas; una
-gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era también un duelo
-de vanidades.
-
-Enriqueta, la más joven, vencía á la primogénita en belleza, estatura y
-señoril presencia: tenía el mirar seguro y dominador, la boca
-impertinente, grave el carácter, los cabellos de ébano, las actitudes
-teatrales. Con su hermosura corría parejas su elación. Por egolatría,
-Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre éstos ninguno hubiera
-podido vanagloriarse de haberla hurtado el más leve favor. Sin embargo,
-su irreductible castidad no era convicción ética, sino orgullo.
-Reconocíase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el
-infierno de las concupiscencias masculinas con coqueterías y miradas; á
-su juicio, mostrándose sólo hacía bastante. Dar la mano, sonreir,
-interesarse en alguna conversación, constituían otros tintos sacrificios
-para su altivo ánimo. Se adoraba y nunca sintió amor por nadie. Su
-moral, todo su carácter, habían cristalizado en un gesto soberbio.
-
-Micaela, rubia y nacarina como una muñeca, era linda también, pero
-brillaba menos: la perjudicaban la tacañería de su estatura, la línea
-irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al
-lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela
-sufrió muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban á
-Enriqueta, concluían enamorándose de Micaela. Esta era la lucha íntima,
-el terrible torneo sin palabras que separaba á las hermanas. Los hombres
-que procuraban inútilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin
-advertirlo quizás, iban acercándose á la primogénita y buscando en ella
-un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era más
-humana, más mujer. Su emotividad acaso fuese una disposición de
-temperamento, tal vez un cálculo. Ella comprendía que á la pasión que
-ruje y lo exige todo, conviene, á prudentes intervalos, concederla algo
-para enardecerla y obligarla á seguir pidiendo, pues, flaco y muy para
-poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahincos no
-suplica y procura. La devoción que á primera vista no alcanzaba su
-belleza, la obtenían luego sus dádivas. La actitud soplada, el cuello
-erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecían decir:
-
-«Soy más hermosa que tú...»
-
-A cuya afirmación rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca
-encendida y festera de su hermana, respondían:
-
-«No me importa; todos tus adoradores lo serán míos, cuando yo quiera...»
-
-Y así era, en efecto, pues los hombres, generalmente más sensuales que
-artistas, más devotos de la carne pecadora que del mármol, prefieren á
-la venustidad inabordable las dulzuras de la fragilidad.
-
-El espíritu galán de don Gil advirtió en seguida esta interesante
-contienda moral y luego de estudiar bien á las dos mozas, para mejor
-conocerlas, tomó de ellas posesión sabrosa.
-
-Al revés de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura
-dentro de su verdadera forma corporal, don Gil halló más emociones y
-mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para
-Micaela, que antes de conocer á Romualdo había tenido un amante, las
-salaces asiduidades del hombre pequeñito no podían ofrecer un interés
-excepcional: recibiólas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillación,
-y apenas recordaba de ellas cuando al otro día se miró al espejo. Para
-Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidación
-hondísima que removió y escandalizó su virginidad.
-
-Conocía de vista á don Gil y parecíale feo y ridículo; sin embargo,
-cuando soñó hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, ó, más
-exactamente, la caliente acometida del sátiro fue tan inesperada y tan
-dulce, que no pudo rechazarla. ¿De dónde venían aquel estremecimiento
-inefable, aquella suavísima congoja, que, cubriéndola de mador las
-sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazón?
-Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despertó, ¿por qué
-sentía vergüenza?... Poco á poco, intentó explicarse aquellas
-alucinaciones; pero así como nadie logró determinar la línea en que la
-vigilia y el sueño se funden, tampoco pudo ella saber la manera y
-momento en que la impura emoción se producía. Únicamente precisaba los
-hechos. Su espíritu dormía; de pronto, su conciencia experimentaba la
-noción de hallarse inmergida en una densa sombra; á su alrededor todo
-callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortísima tiniebla
-palidecía, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque los
-párpados estén cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un
-temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompañaba á este
-fenómeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo
-dulce, que más tenía de voluptuosidad que de angustia. Hasta que,
-súbitamente, aparecía don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror,
-contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de
-aquella cabeza amarilla.
-
-Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procuró
-desvanecer el sucio sortilegio. Sentíase vejada, asqueada, irritadísima
-consigo misma. ¿Cómo suprimir estos desvaríos que ella, recordando
-ciertas lecturas, achacaba á una turbación medular? También la
-encolerizaba su predilección por lo feo. ¿Por qué no ligaba sus ensueños
-á cualquiera de los buenos mozos que conocía y gustaban de ella; á Luis
-Olmedilla, por ejemplo, ó al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo,
-era gracioso, limpio y galán, y no al descolorido, caricaturesco y
-misterioso don Gil?...
-
-Su decisión fué tan firme, que varias noches consecutivas resistió al
-sueño. Se acostaba, encendía una luz y leyendo esperaba la salida del
-sol. Pero otro día, no bien cedió al cansancio, el hombre pequeñito
-reapareció y tornó á lograrla, tan prestamente como si paso á paso
-hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y
-rebelde, encantaba á don Gil.
-
-Sin embargo, María Jacinta, la unigénita de don Artemio Morón,
-interesábale infinitamente más, y no porque aquella delgada y frágil
-criatura, con sus ojos distraídos y dulces y sus mejillas eucarísticas,
-se acercase á la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque
-la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su
-imaginación, le allanaban la tarea. La conquista de María Jacinta no le
-costó trabajo; la señorita Morón era una neurótica expuesta á
-frecuentes crisis de ninfomanía. Los primeros responsables de estos
-desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros
-individuos de buen humor que todas las noches, á última hora, concurrían
-á la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don
-Artemio, y como siempre pecó de distraído, sus amigos le deslizaban
-furtivamente en los bolsillos del gabán láminas y libros pornográficos,
-con la miserable intención de que luego María Jacinta los viese. Así
-sucedía, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa
-releía aquellas páginas infames, y se abrasaba en la contemplación de
-los grabados obscenos. De este modo conoció todos los momentos, todos
-los desvaríos, del dulce secreto. Una noche, hallándose dormida, sintió
-en su vientre la presión de un cuerpo, y sobre los riñones la caricia de
-unas manos, y entreabriendo los párpados creyó ver á don Gil. El
-hombrecito de color de miel no necesitó esforzarse para ir tan lejos;
-cuando llegó, la seducción de la doncella, gracias á la labor
-preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha.
-
-Con ser tan abundante el tragín seductor de sus noches, aun quedábanle
-tiempo y ganas á don Gil para nuevos devaneos, y así, de cuándo en
-cuándo, visitaba á Flora, la prima de María Jacinta, que también era muy
-guapa; á las hijas de don Valentín, Serafina y Mercedes; á las señoritas
-de Fernández Parreño, y aun se atrevió á turbar diferentes veces el
-reposo de doña Evarista, tan desengañada y separada del amor por lo
-mismo que siempre vivió de él.
-
-Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don
-Gil Tomás no era feliz. De día su carácter mostrábase reservón, callado,
-ecuánime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos
-se autoinspeccionaba, refería su tristeza al aislamiento de su vida y á
-su aburrido holgar. Su pena, sin motivo, sin término, sin nombre,
-parecía derivarse de su inacción.
-
---¡Si yo pudiese trabajar en algo!--meditaba.
-
-En realidad, su melancolía era el reflejo ó la sombra que irradiaba
-sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era
-desgraciado de día porque también lo era de noche, y esta congoja
-noctámbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeñito estaba enamorado,
-á perder, de doña Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los
-párpados, su alma retorcíase, como sobre un potro, en el ardientísimo
-deseo que aquella mujer, gruesa, trigueña, con su húmeda y encendida
-boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugería.
-
-Pero á semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna,
-tangible y soleada, en el mundo de los sueños don Ignacio Martínez
-defendía á su consorte. Sorprende el paralelismo, la armonía casi
-perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados:
-trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razón,
-ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los
-recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del ánimo, entran en
-juego como si el individuo estuviese despierto.
-
-Generalmente el espíritu de don Gil ignoraba dónde pudiera hallarse el
-de doña Fabiana, aunque presumía, conocidas su apacibilidad y virtud,
-que no se alejaría mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre
-pequeñito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto hacía la de don Ignacio,
-empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse á Fabiana
-un momento le sostenía. Unas veces vigilaba desde el taller del
-veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estiércol; otras
-escondíase en el despacho ó se aventuraba rampante á la hila de los
-muros tapizados de hiedra, del jardín: dormían los pájaros en sus
-jaulas; bajo la luna, las columnas de las galerías pintaban largas
-sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la
-fuente... Cierta noche consiguió llegar al dormitorio de doña Fabiana y
-verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la niña ocupaba
-una cuna.
-
-Con esa portentosa facilidad--rapidez de luz--de los espíritus, don Gil
-lo apreció todo: la amplitud del aposento, la distribución de los
-muebles y de las puertas. También comprendió que el alma tranquila y
-feliz--alma sin deseos--de doña Fabiana, estaba allí, acurcullada dentro
-de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeñito de lascivia y pavura.
-¡Oh! ¡Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un
-veneno, el recuerdo de su posesión!... Pero pronto finaron sus cábalas,
-porque el alma del veterinario volvía, y tuvo que escapar.
-
-Don Ignacio, efectivamente, parecía recelar algo; en sueños, su voluntad
-conservaba el impulso y la exaltación agresiva de cuando estaba
-despierto; tenía celos y no sabía de quien. Era un caso interesante de
-adivinación magnética. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de
-oirle barbotar palabras de cólera y amenaza, y rechinar los dientes.
-
---¿Qué tienes?--le decía--; oye... ¿Me oyes?... ¡Estás soñando!...
-
-El abría los ojos; destosía; se incorporaba.
-
---Sí--repetía--es verdad... estaba soñando...
-
-Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeñito, todas las rudas
-imágenes que trastornaban el alma de Martínez se habían borrado. Algo,
-sin embargo, semejante á un légamo de mal humor, dejaban en él estas
-pesadillas. Al día siguiente su carácter agriado padecía tempestades
-terribles de cólera, que él achacaba á un exceso de bilis. Todo le
-irritaba entonces, la emprendía á puntapiés con los muebles, no
-soportaba que nadie le contradijese y se mordía todas las uñas. Era un
-prurito de reñir, de romper.
-
-Por las mañanas, Antoñita, que era muy avispada y graciosa, conocía si
-su padre estaba ó no de buen humor por la cola de «Bock», el fosterrier
-que dormía en la alcoba familiar.
-
-Salir «Bock» del aposento con el rabo entre piernas, era señal infalible
-de tempestad; le habían pegado; el amo estaba furioso, quería pelea. En
-cambio, si el animal llevaba el rabo en alto, podía asegurarse que don
-Ignacio se levantaba contento. Esta ingeniosa observación de la niña la
-comprobó su madre; la asociación y sincronismo de ambos hechos llegó á
-ser evidente y constante; la presión moral de Martínez se reflejaba,
-como sobre un barómetro, en la cola del perro.
-
-Don Gil y don Ignacio salían juntos algunas noches del Casino, unas
-veces con don Valentín, otras solos, y en el silencio de la calle Larga
-las pisadas seguras del veterinario sonaban marciales; los pies
-diminutos de don Gil, por el contrario, caminaban sin ruido. Martínez
-hablaba alto, tosía, gesticulaba levantando los brazos y con los puños
-apretados. El enano, impasible y amarillento, se limitaba á oir. En la
-Glorieta del Parque se despedían, y el hombre pequeñito seguía hacia su
-casa.
-
-Su figura, su palidez, el misterio de su cara que nunca había reído, el
-cenobítico retraimiento de sus costumbres, la emoción de asco y miedo
-que todas las mujeres, unidas á él por un concubinaje absurdo,
-experimentaban al verle en la calle, eran pormenores que lentamente iban
-afianzando sus prestigios de brujo. El pueblo recordaba siempre la
-muerte de Manuel Ayala y el sueño profético de Ursula Izquierdo, y la
-imaginación fértil de los comentaristas empeoraba los hechos. A pesar de
-no haber causado mal á nadie, al menos de un modo fehaciente y preciso,
-sus convecinos, supersticiosamente, se apartaban de él. Era el brujo,
-el morabito jorguín portador de la mala sombra; el _jettatore_ cuyos
-ojos impasibles, color de cobre, al mirar, repartían el mal hechizo.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como
-la suya, iban y venían sabrosamente, horras de la dura sujeción
-carcelaria del cuerpo. Con los espíritus de las personas dormidas,
-entremezclábanse los de las ya difuntas, y entre todos componían
-multitudes numerosísimas, que viajaban, se relacionaban y tenían
-quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados
-disfrutaban de esta segunda vida de noche y de día, sin preferir la luna
-al sol, como cree el vulgo; los dormidos sólo gozaban de ella de noche,
-cuando el sueño les restituía su libertad. Llegaban á lo invisible por
-montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, é
-inmediatamente trasladábanse de un lado á otro con la misma vertiginosa
-velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y así su
-ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que
-jamás se detuvo. La agilidad de los espíritus, sólo á la de los
-marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aquéllos. Las
-pesadillas más dilatadas, más complejas, duran instantes; una alma, para
-volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la décima
-parte de un minuto tiene suficiente.
-
-Reintegrado cada espíritu á su cuerpo en el momento del despertar, raras
-veces consigue acordarse de lo soñado; cree haber dormido profundamente
-y que en su reposo no hubo imágenes. Error. Dormir es soñar, y soñar
-equivale á vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas
-ideas-imágenes que estremecen al espíritu durante sus horas de libres,
-por su tenuidad, rapidez y selección carecen de la grosería material
-necesaria para conmover los centros nerviosos. Inútilmente llaman á
-éstos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporción ni
-equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del niño que quisiera mover
-una palanca ó hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la
-energía de un hombre.
-
-De esta suerte los movimientos de la vigilia y del sueño hállanse casi
-totalmente separados: la vigilia del alma es el reposo del cuerpo; en
-cambio, todas las mañanas, cuando la carne te levanta, el alma se echa á
-dormir.
-
-Una noche don Gil Tomás soñó que su espíritu y el de Manolo Peinado,
-sobrino de don Isidro, el alcalde, se saludaban. Manolo abrazó al hombre
-pequeñito con una emoción que lo mismo podía ser de zozobra que de
-alegría.
-
---¿Sabe usted--le dijo--que mañana me muero?
-
-La noticia sorprendió á don Gil. Manuel Peinado era un mocetón
-treintañal, que parecía derramar optimismo y salud. El enano repuso:
-
---¿Y de qué muere usted?
-
---Del corazón.
-
---¡Ah!...
-
---Sí, tengo un aneurisma; moriré de repente. Hace tiempo lo veo formarse
-y la agitación de mis costumbres lo empeora. Yo monto á caballo y juego
-á la pelota casi todos los días, y ambos ejercicios me son fatales. He
-procurado advertir á mi cuerpo del peligro y obligarle á un régimen más
-sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... ¡Lo lamento porque el
-mundo de los sentidos todavía me parece bonito!...
-
-El suspiro que Manuel Peinado añadió á esta exclamación acrecentó la
-compasiva emoción de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados
-de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprendía la
-magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la
-canción del río, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna
-argentina plateaba la fronda de los castañares lejanos; á ratos, en la
-sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas.
-
-Preguntó don Gil:
-
---¿Ha hablado usted de esto con Fernández Parreño?
-
---Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre
-exactamente á él con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra,
-de nuestras conversaciones.
-
-Agregó:
-
---Empero, más que morirme, deploro el mal rato que Elvira va á pasar.
-Porque, precisamente, «está escrito» que muera en su casa.
-
---¿La visita usted todas las noches?
-
---Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se
-halla velando á una tía suya enferma; por eso me ve usted aquí. Pero
-mañana, á las doce de la noche iré á visitarla, y á la una en punto, en
-su cama, me quedaré muerto. ¡Imagínese usted el miedo, primero, y luego
-el dolor y la vergüenza que la infeliz va á sufrir!... ¡Y no sé cómo
-prevenirla, no hay medio de evitar el drama!...
-
-Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba así, el hombre
-pequeñito, que sentía hacia doña Elvira una muy segura y fraternal
-amistad, discurría en el modo de impedir aquella última cita.
-
-Doña Elvira Ferrer vivía en el camino de La Olla y á dos kilómetros de
-Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardín. Era
-joven y bella y salió del colegio para casarse con un inglés riquísimo.
-Ernesto Wollingen tenía acciones de distintos ferrocarriles, negociaba
-en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin
-embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeñaba la poesía del
-reposo, doña Elvira se aburría, y al cabo su fastidio cristalizó y se
-hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba
-su puesto.
-
-Aquella noche, después de cenar, doña Elvira Ferrer se quedó dormida.
-Fue un sueño brusco, que la sorprendió y venció cuando se disponía á
-tomar el café. En tal instante llegaba don Gil.
-
---¿A quién espera usted esta noche?--preguntó el enano.
-
-La joven pensó que sus mejillas se empurpuraban de vergüenza y quiso
-huir. Don Gil la detuvo:
-
---No finja usted. Yo sé que tiene usted un amante y vengo á rogarla que
-no le reciba. Cuando venga, recurriendo á un ardid cualquiera, despídale
-usted.
-
-Doña Elvira, como por ensalmo, pareció llena de tranquilidad y
-confianza.
-
---¿Por qué me dice usted eso?
-
---Por su bien.
-
---¿Me amenaza algún peligro?
-
---Sí; uno muy grande.
-
---¿Vendrá mi marido?
-
---No. Míster Wollingen se encuentra muy lejos de aquí.
-
---¿Qué debo temer entonces?...
-
-Los ojos metálicos del hombre pequeñito mudaron de expresión; una
-ternura húmeda suavizó su brillo.
-
---Elvira--repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una
-firmeza paternal--, yo, que la quiero á usted bien y deseo ahorrarla el
-mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir á Manuel Peinado esta
-noche.
-
---Pero... ¿por qué?
-
-Don Gil comprendió que sus reticencias no servirían de nada; era preciso
-hablar.
-
---Porque Manuel Peinado está enfermo.
-
-Como un eco, ella repitió:
-
---Enfermo...
-
---Sí.
-
---¿De qué?
-
---Del corazón. Manuel Peinado viene á morir aquí; se morirá esta misma
-noche, á la una en punto.
-
-Doña Elvira lanzó un agudísimo grito, tan estridente, que la despertó.
-Abrió los párpados y temblando miró á su alrededor. Don Gil había
-desaparecido.
-
---He soñado...--pensó.
-
-Esta reflexión la ayudó á recobrarse. De un sorbo apuró el café, que
-estaba ya frío. Dos criadas entraban y salían del comedor, levantando la
-mesa. Terminada su faena se retiraron. Doña Elvira abrió un libro, que
-empezó á leer aquella tarde. Bajo la luz de la lámpara, su cabeza rubia
-tenía el brillo mate y noble de las viejas onzas.
-
-A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su
-amante estaba allí. Salió á recibirle. Luego, ella y él, los brazos
-entrelazados, sosteniéndose mutuamente por la cintura, penetraron en la
-alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella
-murmuró:
-
---¡He tenido mucho miedo!
-
---¿Por qué?...
-
---Pues... lo que nunca me sucede: cuando terminé de cenar me quedé
-dormida y soñé con don Gil...
-
-El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos.
-
---¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!...
-
-Y seguidamente, cambiando de tono:
-
---¿A ti no te duele el corazón?
-
---Nunca.
-
---¿No estás enfermo de nada?
-
-El afirmó petulante.
-
---Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?...
-
-Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se
-quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras
-agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá
-esta noche, á la una en punto...»
-
-Interrogó supersticiosa:
-
---¿Te irás temprano?
-
---No, como siempre. ¿A qué viene eso?
-
---No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te
-marches.
-
-El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al
-quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración
-tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante:
-
---Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando
-los cierras me parece que me quedo sola.
-
-Peinado hizo un ademán de impaciencia:
-
---Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado.
-
-Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas
-para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á
-levantar los párpados.
-
---No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no
-hables, pero necesito verte los ojos.
-
-No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella
-sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban.
-Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito:
-
---¡Manuel!...
-
-Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara
-acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió:
-
---Manuel...
-
-Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por
-instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el
-equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le
-auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los
-halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban
-helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una
-voz murmuraba:
-
-«Ha muerto... Está muerto...»
-
-Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una
-bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la
-chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo
-Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial,
-vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora.
-Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia
-él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como
-siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie
-penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana.
-
-Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la
-impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones.
-Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo,
-salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo
-desatentada de un lecho á otro, las despertó:
-
---Margarita... Lorenza... Margarita... pronto...
-
-En un santiamén estuvieron en pie y medio vestidas.
-
---¿Qué sucede?...
-
---Venid conmigo, venid...
-
-Asustadas y restregándose los ojos, siguieron á su ama.
-
---¿Qué sucede?
-
---Silencio; hablad bajo...
-
---¿Se ha puesto enfermo don Manuel?
-
---No sé; quizás esté difunto; no sé. Tenéis que ayudarme á sacarle de
-aquí.
-
-Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los
-grandes peligros, replicaron:
-
---Lo que usted disponga, eso haremos.
-
-Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al
-jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo,
-caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica;
-la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.
-
-A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos
-arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y
-meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del
-campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde
-falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás.
-
-
-
-
-XV
-
-
-Hacía mucho tiempo, cerca de un año, que los Paredes, obligados por su
-codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar á
-Frasquito Miguel. Pero, ¿á qué sutilísimo ardid recurrir para que su
-homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paralítico,
-indefenso y confiado, no ofrecía dificultad ni riesgo; lo peligroso
-empezaba más tarde. El vecindario preguntaría por él. ¿Cómo justificar
-su desaparición? ¿Dónde inhumar el cadáver?...
-
-Casi á diario, en voz muy baja, mientras comían, Toribio y su hermana
-hablaban de esto: era un propósito que volvía á ellos cotidianamente con
-la oscuridad de los crepúsculos, y que sus espíritus, tan aireados y
-sueltos de intenciones como herméticos de mollera, no sabían llevar á
-termino.
-
-Empeoraba la criminal disposición de sus ánimos la enfermedad del señor
-Frasquito, de día en día más inútil. Apenas salía del lecho, y cuando lo
-dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban
-ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyándose en los
-muebles, dedicábase á buscar la botella del aguardiente, y aunque sus
-familiares la escondían, su instinto zahorí de borracho siempre daba con
-ella, unas veces en la cocina, otras en el arcón de la ropa, ó en la
-cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuñaba y alborozadamente
-se la ponía en los labios: bebía con sed febril, bebía con rabia; aquel
-alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos
-torturados. Luego, si podía, regresaba á su cuarto; pero, generalmente,
-le hallaban en el suelo, caído en la doble inmovilidad de la embriaguez
-y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos á cada
-momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de
-comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el
-aposento adquirió una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella
-miseria, aquella lenta pudrición, exasperaban á los Paredes; cuidaban
-del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, sólo había asco y
-rencor. ¡Si se muriese! ¡Si una mañana, al entrar en su cuarto, le
-hallasen frío!... Este deseo infundía á todos sus ademanes una cruel
-aspereza, y cuando vestían al señor Frasquito ó le sentaban en una silla
-mientras le aderezaban y mullían el lecho, hacíanlo violentamente, á
-tirones y á golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos
-algo habían de contribuir á acortarle la vida. Frasquito Miguel,
-comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de
-aluvión, dolíase amargamente de su mala fortuna, y á veces su pena era
-tan grande que se afeminaba y resolvía en llanto copiosísimo. A
-intervalos, según el hipar de su congoja se lo permitía, les
-improperaba:
-
---¡Asesinos... ladrones!... ¡Si tenéis peores entrañas que las
-fieras!... ¡Leche de tigres debió de daros á mamar vuestra madre!...
-
-Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con ésta el miedo á la
-justicia, salíanse de la habitación. La ira extendía por sus rostros el
-livor trágico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color,
-los labios.
-
---¿Eh?--rezongaban--¿qué te parece? ¡Vamos! ¡Que es muy duro dejarse
-insultar así!...
-
-Una noche Toribio Paredes volvió á su casa de negrisimo humor; había
-perdido al tute, en el café de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar á
-nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de
-amenaza, tiró el sombrero á un rincón, y acercando con el pie un
-taburete á la mesa, se dispuso á cenar. Los niños, sentados enfrente de
-él, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita había traído una cazuela
-abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se
-sirvió una generosa ración, porque en él la cólera no excluía el
-apetito, y empezó á comer. No se acordó de los muchachos. Estos,
-sintiéndose olvidados, no sabían qué hacer. Francisco, el más pequeño,
-empezó á golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias,
-María Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto
-Deogracias, el mayor, adoptó una resolución: levantóse y empuñó el
-cucharón, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado,
-volcó un poco de salsa sobre el pan. Furioso su tío le dió una bofetada
-que le tiró de la silla. Empezó á dolerse el muchacho con lastimeros
-ayes, boca arriba, según cayó, y las manos puestas en los riñones, ni
-más ni menos que si se los hubiera roto; y María Luisa, que era muy
-traviesa y aborrecía á Deogracias por primogénito, empezó á reir; con
-cuya discordancia Toribio Paredes se exasperó de modo que comenzó á
-repartir puñetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos
-como guiñapos, rodaron por el suelo.
-
-El señor Frasquito, sentado á duras penas en su camastro, denostó
-agriamente á Rita que se le acercaba á darle de comer.
-
---¿Pero no oyes lo que el animal de tu hermano está haciendo con los
-niños? ¿Por qué les pega?
-
-La mujerona se alzó de hombros. En aquel momento no se acordaba de
-Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, á
-quienes aborrecía casi tanto como á su padre.
-
---¡Mira--repuso--qué bien!... ¡Si acabase con todos!...
-
-El enfermo no contestó; no podía apartar su atención de lo que sucedía
-en el comedor; la cólera, la espantosa cólera inútil de los paralíticos,
-le trastornaba el rostro en ráfagas alternativamente lívidas y rojas.
-Empezó á gritar:
-
---¡Toribio!... ¡Ladrón, más que ladrón!... ¡Déjales!... ¡Deja á los
-muchachos ó te doy un tiro!...
-
-Rita procuró acallarle presentándole el plato de la comida.
-
---Vamos, toma y cállate ya...
-
-Frasquito Miguel siguió vociferando:
-
---¡Toribio!... ¡Canalla!... ¡Asesino! ¡Maldito sea tu corazón! ¡Malditas
-tu sangre y la leche que te dieron á beber, y la luz que te entra por
-los ojos!... ¿Quieres no pegarle más á los niños?... ¡Así te quedes
-ciego... así el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!...
-
-Los insultos, gárrulos, sucios y coloristas, manaban de sus labios
-trémulos á borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento
-contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillería vapuleada,
-retumbaban desoladores.
-
---¡Tío, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted más!... ¡No me
-pegue usted más!...
-
-Y el estrépito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos
-que huían, se entrechocaban y caían al suelo, daba una impresión de
-lucha. ¿Hasta cuándo iba á durar el tormento? El señor Frasquito, á
-pesar de sus dolores, intentó levantarse. Bramaba de coraje. Quería
-buscar su revólver.
-
---A ese miserable--repetía--le mato; ahora mismo le mato; no espero más:
-¡Le mato!...
-
-Su barragana, asiéndole por un brazo, le detuvo:
-
---Pero, ¿á dónde vas tú, semicadáver? ¿A dónde vas tú?... Toma, come y
-calla...
-
-Le presentaba el plato. Pero el señor Frasquito, con un gesto soberbio,
-arrebatándoselo de las manos, lo estrelló contra el suelo. Las
-salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho
-borrón sobre la pared encalada. Entonces fué Rita, la mujerona de los
-ojos pequeños y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la
-que, tremante de furor, empezó á gritar:
-
---¡Canalla, marrano, grandísimo cochino!... Después que no se puede
-aguantar la peste que echas!... ¡Cabrón!... ¿Así agradeces el pan que te
-damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... ¡Si debíamos
-quemarte los ojos!...
-
-El señor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le
-tenía asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el daño que mutuamente
-se causaban enardecieron á los dos. Ella descargó sobre el enfermo
-varias bofetadas, á las que Frasquito contestó magullándola la nariz de
-un seguro y rectilíneo puñetazo.
-
---¿Creías que no podía defenderme?--barbotaba el pañero--; pues vas á
-echar los sesos por los oídos.
-
-Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la dió varios
-certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada según estaba
-sobre el lecho, Rita comenzó á sangrar. Su valor flaqueaba.
-
-En tan crítica sazón Toribio apareció; llegaba furioso. Así, al ver la
-escena, no se detuvo á inquerir sus motivos, ni siquiera á librar
-pacíficamente á su hermana, sino que, abalanzándose sobre Frasquito,
-comenzó á apuñearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una
-idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo había
-acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento frutecía y á la
-par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus
-brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenesí bárbaro de la cólera,
-Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes:
-
---Toma... toma... toma...
-
-El señor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defendía; su rostro se
-amorataba y la almohada donde yacía su molida y ensangrentada cabeza,
-iba tiñéndose de púrpura. A los golpes salvajes de su cuñado, el infeliz
-respondía con ayes desgarradores. Rita permanecía suspensa, lívida, los
-brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minúscula,
-de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleció. Acababa de ver
-pasar la tragedia; comprendía que iba á cometerse un crimen, que nadie
-podría evitarlo, que la última hora del señor Frasquito había sonado.
-Entonces sintió miedo, frío; miedo á que las gentes que transitaban por
-la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en
-averiguación y conocimiento de lo que sucedía; y entonces, en un
-repentino alarde de refinadísima hipocresía, empezó á gritar con
-compasivo y maternal acento:
-
---¡Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes así, que eso no es nada! ¡No
-te apures, hijo mío, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el
-dolor te pasará pronto... ¡Déjate dar la untura!... ¡Déjate dar la
-untura, hombre!... ¡Aguanta un poco!...
-
-Cegado por la cólera, Toribio Paredes, de súbito, ya no se satisfizo con
-golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban á
-la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que
-empezaba á torcer el dolor. Entonces se palpó los bolsillos, buscando un
-arma, y como no la hallase miró á su alrededor con una doble expresión
-de rabia y de loca angustia: necesitaba un puñal, un martillo, una
-hacha, una piedra... algo que le preparase á la muerte un fácil camino.
-Rita entendió á su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba
-vacío y el terror se agarraba á sus pies como un grillete. Este diálogo
-brevísimo, diálogo sin palabras, duró el relámpago de una mirada.
-Toribio iba á coger al señor Frasquito por el cuello, que bríos sobrados
-tenía para arrancarle así, con las manos, su miserable vida; pero según
-se disponía á ello, recordó que la extrangulación deja señales precisas
-en la víctima, y el temor á la justicia le detuvo. Por su alma
-truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refilón, en meditaciones
-breves como fracciones de segundo, la razón iba midiéndolas todas. Al
-fin, de un salto, trepó á la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar,
-comenzó á patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo.
-
---¡Socorro!... ¡Que me matan!... ¡No puedo más!... ¡Me matan!...
-¡Socorro!...--imploraba el infeliz.
-
-A sus voces, Rita, que había cerrado la puerta del dormitorio temerosa
-de que los niños se asomasen á ella, respondía con otras mayores, de
-gran zalamería y piedad:
-
---¡Frasquito, no te pongas así!... ¡Ten paciencia..., ten paciencia!...
-¡Ya verás cómo, con lo que estamos haciéndote, pasado un ratito no te
-duele nada!...
-
-Sus palabras disimulaban una ironía horrible. Toribio, enloquecido,
-convulso, semejante á los brujos que danzaban en la epilepsia de los
-aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entrañas del caído. Un
-quinqué de petróleo, puesto sobre una cómoda, alumbraba la inaudita
-escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extrañas contorsiones
-del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos
-brazos que alternativamente se abrían y cerraban para mantener el
-equilibrio del cuerpo, corrían por el suelo ó escalaban los muros como
-arañas. El lecho, que era endeble y de hierro, gemía bajo tan fiero
-trajín, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un
-ritmo. Era un cuadro de pesadilla.
-
---¡Que me matan!... No puedo más... me matan... ¡Socorro!...
-
-Gemía desmayadamente el señor Frasquito. Y á la vez, consolando su pena,
-Rita gritaba:
-
---¡Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... ¡Ya verás cómo luego te
-quedas dormido!...
-
-La voz de la víctima, rápidamente, iba debilitándose, alejándose. Luego,
-por obra de los golpes que había recibido en el vientre, su boca se
-llenó de sangre. Desesperado movió la cabeza á un lado y otro,
-batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus
-palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se
-retorcía. De pronto, aquel barboteo cesó también y las manos se
-crisparon agoreras sobre las mantas. El señor Frasquito acababa de
-perder el conocimiento.
-
-En el silencio que se produjo los dos hermanos miráronse aterrados. La
-mujerona susurró:
-
---Ya está.
-
-Pensaba que Frasquito Miguel había muerto. Toribio saltó de la cama al
-suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asustó. Llevóse un
-índice á los labios, significando á Rita que callase, y unos momentos
-permanecieron así, los ojos muy abiertos, atentos á los menores ruidos.
-En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercándose.
-Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes
-experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante,
-por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se
-alejaron isócronos, amortiguándose en la distancia. Luego, nada; el
-silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del
-río. Rita hizo un gesto negativo.
-
---No es nadie...
-
-Toribio acercó su cabeza lívida al rostro ensangrentado, horriblemente
-amoratado y torcido, del señor Frasquito, y así permaneció hasta
-convencerse de que respiraba. Su hermana interrogó ansiosa:
-
---¿Ha muerto?
-
-Toribio repuso incorporándose:
-
---No; respira...
-
-Esta idea les serenó, produciéndoles un brusco é inefable
-contentamiento; fué una calma parecida á la que los marinos obtienen
-vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todavía no eran
-criminales, todavía la ley podía indultarles. Pero esta noción
-consoladora duró un instante.
-
---Hay que rematarle--dijo Toribio.
-
-Ella afirmó con la cabeza; él agregó:
-
---Porque si no le rematamos, nos acusará y somos perdidos.
-
---Es verdad.
-
---Empezamos á comernos el melón, y debemos concluirlo...
-
-La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala acción, la idea que
-enloquece á los criminales y les obliga á las crueldades peores, se
-aferraba á sus frentes estrechas.
-
-Quedáronse unos minutos inmóviles delante del lecho, las miradas fijas
-en la víctima, prontos á lanzarse sobre ella para detener en su garganta
-el menor quejido. El quinqué, sin pantalla, ardía serenamente. Ahora,
-con el reposo de los cuerpos, las sombras habían desaparecido, y en la
-habitación de paredes encaladas todo era blanco.
-
---Si le matamos antes de que despierte--balbuceó Rita--de aquí al
-amanecer podemos abrir un hoyo en el patio y enterrarle...
-
-Sus ojos pequeños y rojizos, que el cansancio de la emoción había
-hundido en el fondo de sus cuencas, se volvieron hacia Frasquito. Hubo
-en ella como una piedad.
-
---Quién sabe--dijo--si no tendremos que rematarle; acaso se muera él
-solo...
-
-Paredes tuvo un corajoso ademán de impaciencia.
-
---Pero si ahogarle ahora, como se ahoga un pollo, es lo de menos. Lo
-grave es la segunda parte. ¿Dónde escondemos el cadáver? En el patio no
-puede ser, ¿no comprendes?
-
---Tienes razón...
-
---Sacarle de aquí tampoco es difícil: le metemos en un saco, le ponemos
-á lomos de la mula... ¡y andando! Luego, á dos ó tres leguas, en lo más
-cerrado de la sierra, se le deja. Pero es que su desaparición picará la
-curiosidad de los vecinos, que nos preguntarían por él y llegarían á
-sospechar de nosotros. ¡Si fuese antes, que salía solo á vender!... Pero
-se trata de un hombre paralítico, que no iba por su pie á ninguna parte.
-
-Demudado el semblante, los ojos idiotizados por el terror y fijos en el
-herido, la mujerona repetía:
-
---Es verdad... es verdad...
-
-Era el negro laberinto, el terrible callejón sin escape, donde los
-muertos encierran, acosan y pierden á los vivos. Transcurridos unos
-instantes, los labios blancos de Toribio temblaron y su cara
-resplandeció en una histérica contracción de júbilo. Retrocedió varios
-pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrándose como el cazador
-que acecha ó que busca una pista en el suelo.
-
---Ya sé--musitó--, ya sé...
-
-Sacudió á su hermana por una muñeca y señalando al señor Frasquito con
-el ademán:
-
---Vámonos... ven... antes de que vuelva en sí. Ya sé lo que debemos
-hacer con él; me lo dijo don Gil anoche...
-
-Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta
-suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de
-que Frasquito Miguel no les había oído marchar, Toribio atisbó por el
-hueco de la cerradura el interior de la habitación, silenciosa y bañada
-en luz blanca.
-
---Acuesta á los niños--murmuró.
-
-Con el sueño del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida,
-los cuatro chiquillos dormían profundamente: Deogracias, sobre un banco;
-los otros en el suelo, á la hila de los muros. En un santiamén y con
-mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fué
-trasladándoles á sus camas, donde les dejó vestidos, y hasta besó á
-Paquito, el más chiquitín, que al sentirse removido entreabrió los
-párpados. Inmediatamente, con un andar rápido de furia, volvió al lado
-de su hermano. Este comenzó á hablarla al oído y con nerviosa
-vehemencia; su boca, alargada por la emoción, parecía un hocico.
-
---Ahora mismo vamos á coger un trozo de madera, de aquellos que
-empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de
-maza... ¿Comprendes?...
-
-Rita Paredes, la nariz aguileña, los fieros ojos parpadeantes y
-bruñidos, los pómulos lívidos más salientes que nunca, aprobó:
-
---Sí... ¿y qué?
-
---Lo soñé anoche--prosiguió Toribio--, me lo dijo don Gil, y cuando él
-hablaba, yo le oía y veía según ahora mismo te oigo y te veo á ti.
-
-La mujerona, hipnotizada, frunciendo los párpados como quien en la
-oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repitió:
-
---Sí, sí...
-
-Continuó el bujero:
-
---Luego le quitamos á la mula una herradura y la clavamos en la parte
-más gruesa de la maza, que así preparada nos servirá de rompecabezas.
-Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente á Frasquito, y la
-gente, cuando vea la herida, pensará que se trata de una coz.
-
-Su rostro anguloso resplandecía con la fiebre de una espantosa
-inspiración. A descompuestas zancadas dirigióse hacia el patio.
-
---Ven... ¡pronto!...
-
-A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le siguió. A oscuras,
-para no atraer la atención chismera de los vecinos, salieron al patio,
-sobre el cual el cielo estrellado vertía un casi imperceptible claror.
-Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la
-puerta del almacén aparecía cerrada; á la derecha, bajo la techumbre de
-la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudían sus
-cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos
-horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la
-limpieza de la pared. Allí los dos hermanos inclinados hacia adelante,
-como sobre un rastrojo, empezaron á buscar. Rita era la más impaciente;
-casi sin interrupción, no bien sus ávidas manos tropezaban un zoquete,
-interrogaba.
-
---¿Sirve este?
-
-Toribio, tasándolo con una mirada, repetía lacónico.
-
---No.
-
---¿Y este?
-
---Tampoco.
-
-Ella volvía á preguntar:
-
---¿Y este?
-
-Tenía la obsesión de que el señor Frasquito iba á levantarse, y á cada
-momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que pedía socorro en la
-calle.
-
-Toribio fué quien halló el trozo de leña, largo como de un metro, recto
-y macizo, que necesitaban, y con él regresaron ambos á la cocina. Tenían
-trastornada la color de los rostros; el frío de la cruda emoción que les
-dominaba, unido al de la noche, les hacía temblar. El bujero miró al
-reloj de pesas que latía en un ángulo de la estancia: iban á ser las
-once.
-
---A las doce--dijo--la primera parte de la faena debe estar concluída.
-
-Descolgó una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente
-empezó á modelar el tarugo, dejándole en uno de sus extremos todo su
-volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder
-empuñarlo fácilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, quedó
-transformado en maza; un enorme as de bastos parecía. Satisfecho,
-Toribio lo agarró por su parte flaca y levantándolo en alto hízolo girar
-sobre su cabeza. Las virutas que arrancó de él, Rita había tenido la
-asotilada precaución de arrojarlas al fuego, y así, cuando la faena
-concluyó, el suelo estaba limpio. Toribio preguntó:
-
---¿Quedó bien cerrada la puerta de la calle?
-
-Rita fué á asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendían
-estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la
-mujerona tapó con una miga de pan el hueco de la cerradura.
-
-Entonces _los Rojos_ volvieron al patio. El propósito de desherrar la
-mula ofrecía dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca
-condición del animal como porque necesitaban maniobrar á oscuras y
-callando.
-
---¿Por qué no desherramos al burro?--insinuó la mujer.
-
-Y él, imperativo:
-
---No; tú, cállate; yo sé lo que digo: la mula es mejor.
-
-Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante;
-llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su
-oficio; se acercó á la mula y comenzó á acariciarla el cuello y las
-ancas. Procuró dar á su voz, destemplada por la vesánica tensión de sus
-nervios, una inflexión dulce:
-
---Pascuala, Pascualita... ¿qué tiene Pascualita?...
-
-El bruto, cuya alborotadiza condición había empeorado desde que estuvo
-en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba á su amo con ojos
-brillantes de recelo. Toribio le echó por la cabeza un acial que sujetó
-á una argolla. Rita se había quedado un poco atrás.
-
---Yo no veo nada--dijo--; preciso será traer luz.
-
-El consintió. Marchóse la mujerona y tardó bastante en traer bajo el
-delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos
-serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estiércol, un temeroso
-enjambre de arañas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, huía
-de la luz. La mula comenzó á titubear los secos cuadriles con inquietud.
-
---Tú la levantas una de las patas--ordenó Toribio--y la sujetas bien; no
-tengas miedo.
-
---¿Y por qué no la desherramos una mano? Es más fácil.
-
---Es más fácil, pero luego sería peor; yo me entiendo. ¡Anda!
-
-Ella, que no medía toda la sutilidad infernal del plan que su hermano
-iba devanando, repuso:
-
---También podríamos clavar en la maza una herradura nueva, pues que
-todas, nuevas y viejas, son del mismo tamaño, y ahorraríamos tiempo y
-faena. ¿No te parece?...
-
-El vaciló, vencido momentáneamente por la lógica de aquella sencilla
-observación. Añadió, Rita:
-
---Así concluiríamos antes.
-
-Pero al momento Paredes se rehizo y su reacción tuvo la violencia de una
-fe inquebrantable.
-
---¡No... no! ¡De ninguna manera! ¡Lo haremos todo según me lo ha dicho
-don Gil!...
-
-La intervención bruja del hombre pequeñito en el curso de aquel drama,
-decidió á Rita. Sin decir palabra cogió un trozo de cuerda que,
-dispuesto en forma de nudo corredizo, enlazó á la pata derecha de la
-mula. Asustada ésta empezó á moverse, piafando y dando furiosos tirones
-del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empezó á
-tranquilizarla con la voz:
-
---Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo...
-
-Cuando la comprendieron más sosegada, Rita volvió á trabarla de la pata,
-que levantó y sujetó debajo de su brazo derecho, de modo que la rótula ó
-babilla quedaba detrás y á la altura de su hombro. Sobre su muslo, y
-vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas á la
-bestia, resistía vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el
-esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas.
-
-Hábilmente Toribio Paredes procedió á quitar la herradura. Con las
-tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo
-extraía con un chirrido breve.
-
---Fíjate--dijo á su hermana--en que falta un clavo aquí, á la izquierda.
-
---Bueno...
-
---Acuérdate de cual es, luego, para dejar el hueco.
-
---Bien, bien...
-
-Mataron la luz y regresaron á la cocina. Arrodillado en el suelo,
-Toribio procedió á clavar la herradura en la parte más gruesa del
-zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella,
-del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la
-precaución de no poner el clavo que echó de menos al desherrar la mula.
-Juzgando su obra bien concluída, murmuró:
-
---Estamos listos.
-
-Miró el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco púsose
-en pie:
-
---Vamos...
-
-Su figura crecida y angulosa, y su brazo derecha armado y desnudo hasta
-el codo, rimaban siniestramente. Avanzó algunos pasos y se detuvo:
-
---Lleva una toalla para taparle la boca, si gritase...
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Rato hacía que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por
-levantarse. Su conciencia había encendido todas las luces y sostenía un
-pavoroso monólogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra él los
-desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio
-al apuñearle y patearle, y la terrible hipocresía de su hermana.
-Aquellas frases, cariñosas, aquellas exclamaciones de misericordia y
-emoción gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen oído
-los lamentos del supliciado los atribuyesen, no á un castigo, sino á una
-cura dolorosa, empavorecían al señor Frasquito. Acababa de comprender á
-los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y así, no obstante la
-coyuntura de postración y flaqueza en que le habían dejado, á todo
-trance quería huir. Sentíase inerme, débil como un niño, y á merced de
-dos fieras.
-
---Les estorbo--pensó--; quieren acabar conmigo, para robarme...
-
-El silencio de la habitación, la blancura de los muros, el frío de la
-almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias,
-hasta la misma luz apacible del quinqué sin pantalla, acrecentaban su
-terror. Levantando la cabeza procuró espiar los ruidos de la casa. Oyó
-en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los
-animales parecían inquietos. Después hubo un silencio; luego reconoció
-los pasos de Rita y de su hermano que iban y venían. Tuvo el señor
-Frasquito la visión neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja
-para enterrarle.
-
---Temen que mañana les acuse, y piensan hacerme desaparecer...
-
-Esta idea acució sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era
-posible escapar; de consiguiente, había de salir á la calle por la
-puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le
-vigilaban. Merced á un titánico esfuerzo consiguió incorporarse; la cama
-producíale espanto; que le matasen, bueno, pero hallándose él de pie;
-acostado, no.
-
-En aquel momento, por dos veces, chirrió la cerradura y abrióse la
-puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los
-brazos cruzados atrás, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una
-toalla. Aquel trapo blanco asocióse instantáneamente en el espíritu del
-señor Frasquito á una idea de crimen, á una visión de sangre derramada,
-de sangre suya, que sería necesario limpiar. El desdichado quiso
-defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brincó sobre él y,
-cubriéndole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le
-sujetó fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como
-de una brida, sacó á la víctima arrastras del lecho. Cayó Frasquito
-Miguel pecho arriba, los brazos inertes, las flacas piernas extendidas
-y lacias.
-
-Toribio entonces, parado delante de él, inclinado el cuerpo en la
-actitud reverente de los segadores, por dos veces bajó y subió la maza
-que esgrimía á dos manos sobre la cabeza del caído: aseguraba el golpe.
-Rita, arrodillada junto á Frasquito para impedirle todo movimiento,
-volvía la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del
-sacrificio. Toribio, de pronto, se decidió á herir; un estremecimiento
-asesino sacudió su cuerpo; al unísono sus músculos enjutos vibraron; la
-contracción de los maseteros apretó convulsivamente sus mandíbulas y
-desnudó los dientes; puso las piernas en flexión, sus lomos tremaron,
-sus manos crispáronse frenéticas sobre la empuñadura de la maza que
-descendió irresistible, semejante á un martillo de fragua. La muerte del
-señor Frasquito fue instantánea; el porrazo le deshizo el ojo y el
-pómulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia encefálica comenzó
-á salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de
-la herradura grabaron un medio círculo que primero fue rojo y luego
-negro.
-
---Vamos con él--masculló Toribio--, vamos pronto, antes de que se manche
-más el suelo...
-
---Pero hay que vestirle--observó Rita.
-
---¿Para qué? No hace falta. Mejor está así.
-
-Le cogió por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la
-habitación; pesaba muy poco; su rota cabeza pendía hacia atrás; llevaba
-los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto
-cuerpo unas veces se encogía y otras se estiraba, según los que le
-llevaban se acercasen entre sí más ó menos. De este modo el fúnebre
-convoy llegó á la cuadra. El cadáver, sin otra ropa que una camiseta y
-el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el
-estiércol. Inmediatamente los Paredes regresaron á la cocina: ella, á
-encender nuevamente el farolillo; él, á quitar la herradura de la maza
-y reponerla en su sitio. Aquel agitadísimo trajín les tenía
-desemblantados y con las sienes empapadas en frío sudor. Toribio miró al
-reloj y sorprendióle que aun faltasen minutos para la una; los instantes
-que siguieron al asesinato del señor Frasquito habían tenido en su
-espíritu inacabable duración; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.
-
-Los dos criminales volvieron á la cuadra, dejaron la luz donde antes y
-procedieron á reherrar la mula. Esta vez trabajaban con más desembarazo
-y diligencia, porque la decisión que les impelía era mayor. Rita
-sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los
-martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente,
-entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez _del
-Rojo_ aumentó; su hermana creyó que iba á perder los sentidos; el
-miserable palidecía de miedo; recordaba que la herradura tenía todos sus
-redoblones, menos uno, y no sabía cuál.
-
---El primero de la izquierda--repuso Rita.
-
---¿Estás segura?--balbuceó él--Fíjate bien: hay que dejar la clavera
-libre; de lo contrario, podría descubrirle el engaño. Fíjate. Nos va en
-ello la vida...
-
-Pero la mujerona no titubeaba:
-
---Sé lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro
-izquierdo; corresponde á la izquierda tuya... ¿no comprendes?...
-
-El rememoraba la escena del desherraje, y cómo puso en la maza la
-herradura. Al fin, las imágenes emborronadas se diafanizaron; vió limpio
-y alentó satisfecho; aquel último detalle le aseguraba la inmunidad.
-
---¡Tenías razón!--exclamó.
-
-En un santiamén la operación quedó concluída.
-
-Después cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba,
-junto á las patas traseras de la mula. La obsesión de Toribio Paredes
-era poder justificar, ante el público, las magulladuras que sus manos y
-sus pies iracundos causaron en la víctima; para esto era indispensable
-que la mula patease bien sobre el cadáver. Con su cuchillo Toribio
-empezó á hostigar á la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso
-drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba
-á hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que
-volvía la cabeza para mirar á Frasquito Miguel, á quien demasiado
-conocía. Extrañaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y
-acrecentándose esta extrañeza pronto se exacerbó y fué pavura. Quiso
-huir y, tropezando con la pesebrera, ladeó el cuerpo; retrocedió luego y
-pisó el cadáver; sus cascos hundiéronse muchas veces en el pecho y en el
-vientre del muerto. Por la boca lívida, desquijarada, del señor
-Frasquito, manaba un hilo de sangre negra.
-
-Toribio murmuró:
-
---Todo ha salido bien; ahora, vámonos á dormir.
-
-De súbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una
-pincelada maestra, y añadió:
-
---Espera aquí...
-
-Marchóse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derramó
-en el suelo; la botella, casi vacía, la dejó cerca del cadáver. Este
-ardid induciría á las gentes á creer que el señor Frasquito, cuando la
-mula le mató, estaba borracho. Después, siempre medio á oscuras y con
-gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza;
-disimularon la tierra removida bajo un montón de palos, ladrillos y
-trozos de cascote; después borraron escrupulosamente las manchas de
-sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y según fregaban
-iban restañando la humedad de lo limpiado. Últimamente pisaban sobre
-aquellas señales de pulcritud que dejó la aljofifa, ensuciándolas de
-modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, deteniéndose
-en quitarse los bordes rojos de las uñas. Terminada, en fin, la
-operación, mal concluída casi siempre, de desvanecer esos incontables
-rastros que el criminal va olvidando tras sí, los Paredes se retiraron á
-sus alcobas respectivas. Los niños dormían sosegadamente. En el
-recogimiento de la casa, el drama parecía no haber dejado huella.
-
-Antes de separarse, Toribio cogió á su hermana por un brazo,
-atenaceándoselo como si aquel dolor contribuyese á grabar sus palabras
-en el remiso discernimiento de la mujerona.
-
---Mañana--dijo--, apenas te levantes, sales al patio, ¿entiendes?...
-sales al patio, entras en la cuadra é inmediatamente empiezas á gritar y
-á pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan.
-
-Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquirió:
-
---¿Por qué?
-
-Tenía su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando.
-Ahora, después de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver á la
-luz del sol la cabeza violácea y tumefacta, del señor Frasquito.
-Seguramente no podría resistir tan espantosa emoción.
-
---Es mejor--se atrevió á decir--que te levantes tú primero.
-
---¿Para qué?
-
---Tengo miedo...
-
---¡Qué miedo ni qué porra!--masculló el pañero--¡Te mato como á él si no
-haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que
-más madrugan. Por eso mañana, como de costumbre, te levantas la primera.
-Luego, á tus voces, saldré yo.
-
-No replicó la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas
-transcurrían sin que ni ella ni él pudiesen dormir. La hiperestesia de
-sus nervios daba mayor sonoridad á todos los ruidos. El murmullo del río
-parecía más fuerte. Empezaron á cantar los gallos. En el silencio, cada
-vez que oían removerse á la mula, pensaban en el cadáver tirado sobre el
-estiércol, magullado bárbaramente bajo las patas del arisco animal.
-Rita, lívida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas.
-
-Pero amaneció y con la llegada de la luz solar, de la luz franca,
-rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos
-hermanos recobraron su serenidad.
-
-Ya dueña de sí la mujerona, á la hora de costumbre, brincó del lecho,
-fue al patio y apenas entró en la cuadra prorrumpió en estridentes y
-atronadores alaridos. Sus estentóreos gritos desgarraban el azul.
-
---¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito de mi alma!...
-¡Virgen Santísima... mi Frasquito ha muerto!... ¡Socorro, socorro!...
-¡¡Socorro!!...
-
-Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los
-ojos, escapó hacia la calle, solitaria y bañada ufanamente en el claror
-blanco de la mañana. Allí sus voces y aspavientos redoblaron.
-
---¡A mi Frasquito le han matado! ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...
-¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...
-
-Casi á la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las
-ventanas aparecían semblantes curiosos y atónitos, ojos deslumbrados,
-cargados aún de sueño. Mujeres y hombres, á medio vestir, todos
-compadecidos y solícitos, salieron á la calle en tropel y rodearon á
-Rita.
-
---¿Qué pasa, qué sucede?--preguntaban.
-
-Ella no respondía y desparramaba sus miradas á un lado y á otro, como si
-la desesperación la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la más ilustre,
-hubiese podido representar mejor su papel. ¿De dónde aquella mala
-hembra, inculta y torpe, podía sacar tan perfectos recursos? ¿Qué
-increíble inspiración de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus
-cabellos enmarañados. Sobre su pecho árido, bajo la chambra
-entreabierta, los senos flácidos colgaban tristes y parecían resbalar
-como lágrimas. Su elevada estatura sobresalía en medio del grupo de
-curiosos. Fuera de sí, comenzó á mesarse los cabellos, á torturarse los
-brazos, y llegó á morderse los labios tan sinceramente que la sangre
-brotó.
-
-En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustándose
-los calzones, apareció Toribio.
-
---¿Qué sucede--decía--, qué sucede?...
-
-Su cabeza roja y minúscula estaba nimbada de espanto. También el
-miserable era un soberbio actor. La mujerona le abrazó llorando.
-
---Frasquito ha muerto... ha muerto...
-
---¿Cómo?... ¿Que ha muerto Frasquito?
-
---Sí... le ha matado la mula...
-
-Toribio ensanchaba los ojos; no comprendía; su frente demudada tenía la
-blancura del papel.
-
---¿La mula le ha matado?... ¡No es posible!...
-
---Sí, le ha matado. En la cuadra está... yo le he visto..., le he
-visto... ¡le he visto!...
-
-Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las
-cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadáver delante. Toribio
-corrió hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al
-patio. Rita, á quien las mujeres sostenían porque estuvo á punto de
-sufrir una congoja, tambaleándose les siguió también. Sus hijos,
-despertados por el tumulto, acudieron á ella; los mayores, adivinando
-una desgracia, se agarraron á sus faldas, llorando.
-
---Mamá... ¿qué ha sucedido?... ¿Por qué lloras, mamá?
-
-Rita les miraba sin responder; hipaba y tenía en la lividez de sus
-mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecían absolutamente de
-expresión; diríase que el miedo y el dolor habían limpiado su espíritu
-de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresuró, con
-franqueza brutal, á informar á los niños de su infortunio.
-
---Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabéis. Ahora, marcharos, por
-ahí...
-
-Los muchachos, á coro, rompieron á llorar.
-
-En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y á cada momento, en
-grupos, llegaban más; apenas podían rebullirse. Los que primero
-acudieron permanecían inmóviles ante el cobertizo de la cuadra,
-contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistían el
-avance de los que estaban detrás y para ver se ponían de puntillas.
-Únicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadáver de
-su cuñado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por
-la presencia de tanta gente, volvía la cabeza donde sus ojos negrísimos
-fulgían de espanto. El cuerpo del señor Frasquito quedó tendido pecho
-arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando así las plantas, endurecidas
-por el trabajo, de sus pies.
-
-Abriéndose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre
-que manaba de su labio mordido, la había manchado el corpiño; su menton
-rojo formaba con la amarillez hipocrática de los pómulos y de la frente,
-una disonancia de pesadilla. Al ver el cadáver empezó á gritar:
-
---¡Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!...
-
-Demostró perder el conocimiento. Cayó hacia atrás, rígida, y su cabeza
-pequeña rebotó contra el suelo. Varias personas caritativas la empuñaron
-por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las
-mujeres gritaban:
-
---¡Dadla á oler un pañuelo empapado en vinagre!
-
-Y otras:
-
---¡Mejor es ponerla una llave sobre el corazón!...
-
---También es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda...
-
-Los chiquillos contemplaban á su padre, fluctuando entre la pena, el
-cariño filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo
-rígido. Solamente Deogracias se atrevió á arrodillarse delante de él.
-
-Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos á la vez
-esforzándose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse á
-tocar al difunto, muchos le reconocían la cabeza, donde debió de
-recibir, según todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quitó
-la vida. La sucinta indumentaria del cadáver y la posición en que fue
-encontrado, decían que el señor Frasquito hubo de levantarse de noche
-para ir á la cuadra, y al pasar junto á la muía, ésta le dió una coz.
-
-Una vecina manifestó que la víspera, á última hora de la tarde, había
-oído quejarse desesperadamente al señor Frasquito, y á Rita prodigarle
-frases de maternal consuelo. Y agregó:
-
---Yo pasaba por la calle y me detuve á escuchar. Desde luego supuse que
-al pobrecillo estarían curándole.
-
-Toribio Paredes ratificó las palabras de aquella mujer. Su cuñado, que
-estaba enfermo de gota, se había agravado y fué necesario friccionarle
-el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores
-desacostumbrados y le arrancó ayes terribles.
-
-Con notable naturalidad añadió:
-
---Esta madrugada, entre sueños, me pareció oir ruido en la cocina; pensé
-que era mi hermana y ni siquiera abrí los ojos; pero debía de ser él,
-que iba á la cuadra.
-
-Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecían á
-todos muy concertadas y en su punto. Pero, ¿qué pudo ir á buscar á la
-caballeriza, á tales horas, el señor Frasquito?
-
---Yo creía--insinuó un vecino--que el pobre, reumático como estaba, no
-podía moverse.
-
-Toribio replicó:
-
---No; mi cuñado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrándose á las
-paredes, como los niños pequeños, pero andaba...
-
---¿Y qué supone usted que fuese á hacer en la cuadra?...
-
-El pañero se encogía de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes
-eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y
-vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulería de tantos diálogos,
-permaneció absorto. Hubo momentos en los cuales pareció que, no obstante
-su entereza, iba á llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzgó llegada
-la ocasión de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una
-casualidad favorable, la mula había roto. Cogió uno de los añicos, el
-más grande, y con aire inquisitivo se lo acercó á la nariz.
-
---Esto--dijo--huele á aguardiente.
-
-Los que le oyeron, repitieron preguntando:
-
---¿Huele á aguardiente?...
-
---Sí...
-
-Su cara se iluminó.
-
---¡Ya sé, ya me explico lo sucedido!...
-
-Como todos sabían, el señor Frasquito se emborrachaba; bebía sin freno,
-hasta caer. Diferentes veces se había levantado á media noche para
-beberse el vino ó el aguardiente ó el coñac, que hubiere en la despensa.
-Tanto Rita como su hermano, por consejo del médico procuraban que el
-enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las
-noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces
-debajo de la cómoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los
-pesebres. Este último lugar, como más distante, era indudablemente el
-más seguro. Pero Frasquito Miguel, á quien su pasión inspiraba
-adivinaciones extraordinarias, poco á poco, en fuerza de registrar todos
-los rincones de la casa, descubrió también aquellos escondrijos. Toribio
-relacionaba unos hechos á otros. Evidentemente su cuñado, que con el
-masaje de aquella tarde había sufrido mucho, llegada la noche
-experimentó, más intensamente que nunca, el deseo de beber, para
-adormecerse y descansar. Con este propósito registraría la casa, y no
-hallando lo que quería fué á buscarlo á la cuadra. Frasquito Miguel,
-aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones á
-oscuras, por miedo á ser visto. El desdichado se acercaría al pesebre y
-cogió la botella; quizás allí mismo, en pie, poniéndosela sobre los
-labios, agotó su contenido, lo que turbándole la cabeza empeoró la
-inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezaría entre el
-estiércol, para no caer se agarraría á la mula, y ésta, que era muy
-espantadiza, le dió una coz que Frasquito, por su desgracia, recibió en
-la frente...
-
-Toribio se interrumpió; en aquel momento la Pascuala movía la cabeza
-para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discreción iba
-desenredando su mentira, palideció: tuvo miedo, un miedo supersticioso;
-se acordó de aquella burra que habla en la Biblia, y creyó que la
-bestia, testigo único de su crimen, iba á desmentirle.
-
-Los circunstantes, que habían seguido atentamente las explicaciones del
-bujero, las hallaron muy lógicas. Ni un instante la sospecha de un
-asesinato removió sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocían las causas
-del drama, la muerte del señor Frasquito les parecía menos triste.
-Alguien dijo, con mal encubierta ironía.
-
---En fin, si cuando el pobre recibió la coz estaba ya borracho...
-¡tanto mejor!... porque sufriría menos...
-
-Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes
-se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad.
-
-A poco llegó el Juzgado, compuesto del señor juez, el señor secretario y
-tres alguaciles.
-
-Don Niceto Olmedilla, después de tomar á los presentes declaraciones
-minuciosas, ordenó el levantamiento del cadáver. Casi á la vez
-aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernández Parreño, don Dimas Narro y
-el veterinario. Don Elías supo lo ocurrido en la botica; á don Ignacio
-fueron á decírselo á su casa. Entonces don Niceto, para esquivar
-trámites y ganar tiempo, refirióles cómo había sucedido la desgracia, y
-les invitó á reconocer el cadáver y añadir sus dictámenes á las
-diligencias sumariales que habían de incoarse. Ellos asintieron. Los
-alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras á empellones,
-despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual
-depositaron al muerto. Toribio, á cada momento, escupía y se llevaba las
-manos á los ojos.
-
---Yo le quería mucho--balbuceaba--yo le quería mucho. Me había
-acostumbrado á él. ¡Era muy bueno!...
-
-Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le
-compadecían, admiraban su buen corazón y sentían hacia él una simpatía
-nueva. Refiriéndose á su cuñado, el bujero preguntó:
-
---¿Debo desnudarle?
-
-Don Niceto repuso:
-
---No lo creo necesario; pero eso los señores peritos han de decirlo.
-
-Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro,
-Martínez, Fernández Parreño, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban
-vibrantes de interés y de emoción. En don Ignacio la idea de alternar
-mano á mano con dos médicos en una cuestión profesional, producíale
-cierta escondida vanidad. El cuerpo del señor Frasquito fué colocado en
-actitud supina, y como no cabía en la mesa, sus piernas, ya rígidas,
-quedaron en el aire.
-
-Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa,
-descompuesta por la hinchazón que siguió al golpe. La sangre se había
-coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia
-cerebral. Sobre el pómulo izquierdo aparecía clara, terminante, la
-huella curva de la herradura. Los bordes del hierro habían grabado un
-perfil inconfundible. Todos callaban consternados.
-
---¡Qué golpe!--exclamó don Dimas.
-
-No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio añadió:
-
---La coz que, como ve usted, está ligeramente inclinada hacia afuera,
-debe habérsela dado el animal con la pata derecha.
-
-La cabeza pálida y mal afeitada de don Niceto asintió. En el medio
-círculo de la herradura, las señales más hondas que dejaron los clavos
-atestiguaban la formidable violencia de la percusión. Fernández Parreño
-empezó á contarlos.
-
---¡Aquí falta uno!
-
-Repuso Martínez:
-
---Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fué dada con la
-pata derecha, según yo creo, ó con la izquierda. Veámoslo.
-
-Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegría. ¡Qué certeramente
-supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa,
-irrebatible, que había de ponerle á salvo de sospechas, estaba allí.
-Acercóse á la mula con muchas precauciones. Pascuala empezó á
-encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche parecía
-haber dejado un terror.
-
---¡Qué mala bestia!--repetía Martínez--; cuando se quemó hubieran hecho
-ustedes muy bien en darla un tiro.
-
-Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobación decisiva,
-Toribio levantó primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero,
-bruñido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los
-clavos: estaban todos.
-
---Lo que yo dije--exclamó Martínez satisfecho--la coz ha sido dada con
-la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciorémonos de una vez.
-
-El bujero obedeció. Efectivamente, allí faltaba un clavo.
-
---¿Ven ustedes?--insistió Martínez triunfante--fué con la pata derecha.
-
-Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo él estaba
-manchado de sangre. Volvieron al lado del cadáver. En los sitios más
-profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron
-partículas de estiércol.
-
---¡Qué atrocidad!--repetían los médicos--; ¡qué fuerza la de ese
-animal!...
-
-Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre.
-Todo el cuerpo que, durante horas, pateó la mula, hallábase
-horriblemente mutilado: el vientre aparecía inflado por unas partes y
-por otras deshecho; las costillas, rotas, habían desgarrado la carne y
-blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos
-los allí presentes un movimiento de asco.
-
-Don Niceto se volvió hacia Toribio y, á la vez compadecido y grave, le
-estrechó la mano. Después aludió al cadáver.
-
---Echenle ustedes una sábana por encima, y el entierro cuanto antes sea,
-mejor.
-
-Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vió á Rita, á quién varias
-mujeres fortalecían con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla
-declaración. La mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto,
-ratificó cuanto su hermano había dicho, y apenas terminó de hablar cerró
-los ojos y dejó ir la cabeza hacia atrás, inerte y fría como si de nuevo
-hubiese perdido los sentidos.
-
-Durante la tarde los Paredes observaron idéntica actitud de dolor. No
-almorzaron y la debilidad les enflaquecía el rostro. Ella parecía
-idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmóviles
-y no respondía á las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de
-éstas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del
-señor Frasquito desde un punto de vista práctico. Se trataba de un
-organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. ¿Qué
-hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante años y años?
-Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle,
-constituía un bien para todos; Dios sabe siempre darle á sus hijos lo
-que más les conviene...
-
-A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona respondía con
-exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los
-hombros.
-
---¡Estaba tan hecha á él!--decía--; ¡era tan trabajador, tan bueno!...
-
-Toribio, sentado en un rincón, los codos en las rodillas y la pequeña
-cabeza oculta entre las manos, demostraba también su tribulación con
-frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo á
-amistosas invitaciones, fué á la taberna, donde volvió á explicar la
-fiera muerte de su cuñado y las circunstancias que, á su juicio,
-debieron de rodearla.
-
-Al día siguiente, muy temprano, dieron tierra á los restos del señor
-Frasquito. Componía el acompañamiento una veintena de personas. El ataud
-iba llevado á hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena
-voluntad. Cuando éstos se cansaban otros les sustituían, pues para tan
-cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrándose con
-ello. _El Rojo_ era quien más resistía, y á todos sorprendía su
-fortaleza, nacida evidentemente de su cariño al difunto. Bajaba el
-luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estación, y Toribio, ya
-fatigado, acababa de ceder su puesto á un amigo, cuando vió á don Gil
-Tomás que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre
-pequeñito, en aquellas circunstancias, emocionó y acobardó á Paredes.
-Creeríase que el brujo madrugaba para asistir á su obra. En el júbilo
-rosa y azul de la mañana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de
-la carretera, su cuerpo minúsculo, vestido de negro, echaba un
-borroncillo impertinente. Toribio sintió que toda su sangre, hecha
-hielo, le subía á la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No
-obstante rehízose pronto y saludó, concediendo á la mayor categoría
-social de Tomás el respeto debido.
-
---Buenos días, don Gil.
-
---Buenos días, Toribio.
-
-Ante el féretro el hombre pequeñito se había descubierto. Su rostro, de
-color de miel, no delataba emoción ninguna. Evidentemente no sabía quién
-iba allí. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal
-lívido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibujó un jabeque
-rojo.
-
-«¡Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrás!...»--pensaba
-Paredes.
-
-Y á continuación:
-
-«Y, si no se acuerda, ¿cómo está aquí él, que se levanta siempre
-tarde?...»
-
-Don Gil le interpeló:
-
---¿Quién ha muerto?
-
-Con voz casi imperceptible, el bujero repuso:
-
---Mi cuñado.
-
---¿Su cuñado?... ¿El señor Frasquito?
-
---Sí, señor.
-
---¡Oh!... ¡Qué sorpresa!... ¿Cuándo?...
-
---Anteanoche. Ayer, por la mañana, le encontramos muerto en la cuadra.
-La mula que tenemos le había matado de una coz.
-
-Se interrumpió bruscamente; parecíale estar diciendo palabras ociosas.
-¿No era don Gil su cómplice?
-
---Pero, ¿es cierto que no sabía usted nada?--agregó.
-
---Nada, se lo aseguro; no había oído decir nada... ¡Qué desgracia!...
-
-Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasión se
-trocó en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente,
-tan retozona y llena de preguntas, que parecía una alegría. ¿Cómo brotó
-en su alma aquella suave alacridad?...
-
---Cuénteme, amigo Toribio--exclamó--, cuénteme cómo esa espantosa
-desgracia ha sucedido.
-
---¿Cómo? Muy sencillo; verá usted...
-
-Estirando las piernecillas cuanto podía, para no rezagarse, el hombre
-pequeñito siguió al muerto.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Teodoro entreabrió la ventana.
-
---¿Está bien así, don Juan Manuel?
-
-El diputado aprobó con un gesto. Había pedido la botella del ron y
-llevaba trasegado de su contenido cerca de la mitad. Sus amigos decían
-que don Juan Manuel iba aficionándose á la bebida con exceso. Ello
-perjudicaba á su talento y le quitaba elocuencia en las Cortes. Había
-engruesado notablemente, y sus mejillas se acaloraban con facilidad.
-Nunca, sin embargo, su carácter revelóse más expansivo, más fecundo en
-dicacidades y agudezas; y en sus ojos zarcos, saltones, acuosos,
-acostumbrados á entornarse voluptuosamente, titilaba una luz optimista.
-
-Aquella tarde de Abril el calor apretaba y la atmósfera del Casino,
-llena de humo y de sol, llegó á ser irrespirable. Don Juan Manuel,
-sofocado en el espacio, breve para su vientre, que separaba el diván de
-la mesa, ordenó á Teodoro abrir la ventana más próxima, y una corriente
-de aire cruzó el salón como una ráfaga de salud.
-
-Componían la tertulia del diputado, Fernández Parreño, don Niceto y don
-Luis Olmedilla, don José Erato y don Artemio. Acababan de terminar su
-partida de tresillo y los lances del juego, por lo mismo que les
-interesaron y sacudieron mucho, les habían fatigado. Al recogerse en sí
-todos halláronse amustiados y sin ideas; cesó con el trajín de los
-naipes el regocijo de la reunión; el tedio de la ociosidad, el tormento
-sigiloso, mil veces renovado, de no saber á dónde ir, renacía. Antes de
-marcharse á cenar aun necesitaban esperar, cuando menos, una hora. ¿Qué
-hacer hasta entonces?... Y á esta pregunta, en cada alma, respondía el
-silencio.
-
-Todos habían cambiado de actitud y miraban hacia los balcones, invadidos
-de cruda claridad. El Casino, á la sazón, estaba callado. Unicamente
-resonaban las voces de Romualdo y de otros dos individuos que jugaban al
-billar.
-
-Don Juan Manuel Rubio sacó su petaca y ofreció tabaco á la reunión;
-todos aceptaron, menos don Niceto.
-
---Gracias, don Juan; ya sabe usted que no fumo ni bebo alcoholes más que
-de noche.
-
-La observación era rigurosamente cierta; el juez no bebía ni fumaba
-mientras el sol alumbrase el horizonte. ¿Por qué alterar aquella
-costumbre de tantos años? El diputado no insistió.
-
-Dijo don Artemio:
-
---¿Saben ustedes que el veterinario se ha comprado una corbata?
-
---Yo, sí--repuso don Elías.
-
---Yo, también--agregó Luis--; una corbata encarnada...
-
---La misma; ¿le han visto ustedes?
-
---No le he visto--replicó Olmedilla--, pero me la dijeron hoy, á medio
-día, en el Café de la Coja.
-
---Yo lo supe anoche--añadió el médico--, me lo contaron en la fonda.
-
---Se la habrá comprado su mujer, ¿verdad?
-
---No lo creo; su mujer tiene mejor gusto.
-
-De unos labios á otros, en el curso de aquellos dos días la corbata de
-don Ignacio Martínez había estremecido la opinión.
-
-El sustantivo «fonda», dicho por Fernández Parreño, trajo á la distraída
-memoria del señor Erato, un recuerdo.
-
---Diga usted, don Luis, ¿es cierto que esta mañana, un comisionista
-alemán, dió un escándalo en el Toro Blanco?...
-
-La pregunta interesó mucho á los circunstantes, que ignoraban el hecho.
-
-Luis Olmedilla, siempre presumido y valentón, repuso irguiéndose en su
-asiento y entornando los ojos con aire jaque:
-
---Hombre... tanto como un escándalo, no señor; porque si mi hermano
-Valentín es como es, un manso y lo aguanta, yo, no lo aguanto. Lo que
-hubo fueron palabras gruesas, pero no conmigo, que yo, en aquel momento,
-no estaba allí. El hecho es muy sencillo. Ese comisionista alemán vino
-esta mañana de Salamanca, en el primer tren, y apenas llegó á la fonda,
-pidió un baño. La criada que sirve en el piso principal y se expresa muy
-bien porque está acostumbrada á tratar con buena gente, le manifestó que
-en casa no había baño, pero que podía buscarle un barreño si, por
-casualidad, necesitaba lavarse los pies. ¡Me parece que la mujer no dijo
-ningún disparate!...
-
-Todos asintieron. Parsimoniosamente, escuchándose un poco, Luis
-Olmedilla continuó:
-
---¡Pues, para qué quiso oir más el alemán!... Empezó á decir que él no
-necesitaba lavarse los pies, porque los llevaba siempre muy limpios; que
-los necesitados de limpieza somos nosotros, los españoles; que si pedía
-un baño era por gusto, porque en su país la gente, según parece, se baña
-todos los días. ¡Ganas de presumir, claro es!... Como hablaba á voces y
-manoteando, la muchacha se asustó y fué á llamar á su ama, porque
-Valentín estaba en la peluquería, afeitándose. Mi cuñada procuró
-apaciguar al alemán diciéndole que ni en Puertopomares, ni en otros
-pueblos de más categoría, las fondas tienen cuarto de baño, por la
-sencilla razón de que nadie se baña, y mucho manos ahora, en primavera,
-lo que no impide que gocemos de buena salud. Eso fué todo. Pero como el
-extranjero gritaba y decía en su lengua palabras incomprensibles, los
-criados pensaron que les estaba insultando, y á no llegar mi hermano
-nadie sabe lo que hubiese sucedido.
-
-Exceptuando don Juan Manuel, que se reservó su opinión, todos los
-circunstantes, incluso Fernández Parreño, declaráronse en contra del
-alemán. El médico afirmó que los baños, fuera de los meses de Junio,
-Julio y Agosto, constituyen un reverendo disparate. ¿A quién, que no
-esté loco, se le ocurre bañarse, por ejemplo, en Abril?...
-
-Luis Olmedilla dijo que su hermano, sin embargo, para complacer á los
-extranjeros, pensaba instalar una ducha. ¡Lástima de dinero!
-
---Dile á Valentín--exclamó el boticario--que si las pesetas le hacen
-cosquillas las emplee en ensancharnos el saloncito de tresillo, y se lo
-agradeceremos todos.
-
-Don Juan Manuel preguntó á don Niceto el resultado de la querella que
-don Arístides, propietario del tejar _La Honradez_, tenía entablada
-contra Juanito, _el Manchego_.
-
---Hoy se ha celebrado el juicio--repuso el juez--, pero no hubo
-sentencia porque las circunstancias en que el demandante apoya su
-denuncia no están bien probadas. Ya le conocemos; por pleitear
-pleitearía con un árbol. Dice don Arístides que á una yegua inglesa, muy
-buena, que tiene, la acaballó un potro de Juanito _el Manchego_
-hallándose la yegua sudada; que _el Manchego_ la echó el potro para
-dañarla, pues, según parece, él y don Arístides se llevan mal, y la
-yegua hubo de asustarse y con la impresión se la cortó el sudor y desde
-entonces está enferma. Por daños y perjuicios pide seis mil pesetas.
-Claro es que Juanito se defiende diciendo que si la yegua se escapó y
-vino á buscar al potro, ó si éste rompió el acial y se fué en busca de
-la yegua, él no tiene culpa, pues son accidentes inevitables y
-fortuitos. También asegura que la yegua no está enferma de pasmo, sino
-de alguna mala hierba que ha comido. Martínez, como perito, habrá de
-decirlo.
-
-Este diálogo trajo al espíritu de Fernández Parreño el recuerdo de las
-dos potrancas que aquel año deseaba llevar á la cubrición. Don Juan
-Manuel poseía en su finca «La Evarista», así llamada para rendir público
-testimonio de adhesión y fineza hacia Evarista Garrido, su amante y
-heredera, una excelente monta con magníficos caballos padres y burros
-garañones andaluces de lozana estampa y extremado poder, que anualmente,
-desde que comenzaba la cubrición á primeros de Marzo, hasta fines de
-Junio, allá por San Juan, producíanle muy generosos rendimientos.
-
---¿Cuándo quiere usted que lleve las potras á cubrir?--preguntó don
-Elías.
-
---Cuando usted guste. ¿Están en sazón?
-
---Desde hace tres días. Pero, ya sabe usted que, por ser mis yeguas
-primerizas, tengo derecho á elegir semental...
-
-Mientras se servía otra copa de ron, don Juan Manuel tuvo un gesto de
-desprendimiento y elegancia.
-
---Le asiste á usted, amigo don Elías, efectivamente, ese derecho de
-elección; pero aunque así no fuese, por ser usted quien es y por nuestra
-buena amistad, en mis tierras de ese y de cuantos fueros y pragmáticas
-necesite puede usar.
-
-Agradeció Fernández Parreño tan generoso ofrecimiento, y prometió enviar
-al día siguiente las dos potrancas á la parada. Convenía aprovechar la
-bonanza del tiempo, pues la experiencia habíale demostrado que los días
-nublados no son propicios á la cubrición.
-
---¿Usted irá?--preguntó el diputado.
-
---Seguramente.
-
---Si quiere usted, puedo llevarle en mi tartanita; iríamos juntos y le
-enseñaría el último garañón que he comprado. ¡Merece verse!...
-
-Esta conversación, tanto por la misma salsa picante de su asunto, como
-por el interés que estos episodios de la existencia rústica inspiran á
-cuantas personas viven del campo ó muy cerca de él, apasionó á los
-circunstantes. Para los vecinos de las aldeas, la noticia de un
-pedrisco, la época de la jifería, el júbilo verde de los bancales
-enlucidos con los primeros brotes de la cosecha próxima, la preñez de
-las ovejas ó el alumbramiento de una vaca, revistieron siempre
-importancia excepcional.
-
-Don Elías explicó las condiciones de sus yeguas, su complexión, su edad
-y el empleo que daría á las crías. En relación con todo esto, quería
-para la potranca negra á «Temerario», garañón alazán; y, para la
-potranca rodada, á «Pensativo», soberbio ejemplar de ruchos cordobeses.
-
-Don Juan Manuel sonreía petulante.
-
---Este doctor sabe escojer. Si entendiese de medicina como de animales,
-podíamos cerrar el cementerio.
-
-El ejemplo de Fernández Parreño suscitó en los oyentes ideas de codicia.
-Don Artemio Morón tenía una pollina joven, ociosa desde hacía dos años.
-Don Niceto habló de su yegua.
-
---Pues anímense ustedes--exclamó el diputado--y vénganse mañana temprano
-con nosotros. Pasaremos un buen rato. Además, ahora la cubrición está en
-su apogeo, y á ustedes les conviene que la monta se realice antes de que
-los machos empiecen á cansarse.
-
-Por burla, Luis Olmedilla dijo que aquella invitación se la dictaba á
-don Juan Manuel el interés. Cobraba el diputado las cubriciones á
-setenta y aun á ochenta reales, y como á su acaballadero acudían todas
-las yeguas y pollinas de los alrededores, las ganancias de la faena
-reproductora alcanzaban á mucho. Así, la parada de La Evarista
-constituía una especie de mancebía, de la que don Juan Manuel Rubio era
-amo y alcahuete. El dudoso gusto de la broma no hizo mella en aquél, que
-la arrostró bravamente, salpresándola con atrevidos donaires y uniendo
-sus risas á las de todos.
-
-A la hora de cenar la reunión se disolvió, marchándose cada cual á su
-casa, pero prometiendo volver á entrevistarse luego en el Casino, para
-determinar bien el sitio y momento en que á la siguiente mañana habían
-de reunirse.
-
-De esto trataban á última hora, cuando don Gil Tomás, que después de
-pasar la velada en un ángulo del salón y leyendo periódicos, se
-restituía á su domicilio, se acercó á la tertulia.
-
---Buenas noches, señores...
-
---Buenas noches, don Gil.
-
-Hicieron ademán de brindarle una silla.
-
---Muchas gracias. Voy ya de retirada.
-
-Bajo la claridad de las lámparas y entre la blancura del mármol de las
-mesas, parecía un pelele con su cabeza de amarillez azafranosa y su
-cuerpo de hombros caídos y estrechos. Fernández Parreño le explicó de
-qué se trataba y don Gil mostróse propicio á conocer lo que, por falta
-de ocasión, nunca había visto, mas no consintió en que nadie se
-molestase yéndole á buscar. El, con mucho gusto, concurriría
-puntualmente adonde le dijesen. Discutieron el sitio mejor para citarse:
-unos proponían el Casino, otros la farmacia. Al cabo quedó concertado
-que don Juan Manuel iría, en su coche, á recoger al médico, que don
-Niceto y su hermano saldrían por su camino y á la hora que les
-pareciese, y que don Artemio aguardaría á don Gil en la botica, pero
-maniobrando todos activamente de manera de reunirse en La Evarista entre
-ocho y nueve de la mañana. En esta conformidad se separaron.
-
-El acaballadero de La Evarista hallábase á poco más de tres kilómetros
-de la población, inmediato al camino de Puertopomares á Torres de la
-Encina, y en el hondón formado por dos alcores sembrados de olivos. Era
-un vasto corralón circuído por densas acitaras de mampostería, altas
-como de dos metros, donde se apoyaba un cobertizo bajo del cual los
-gañanes ponían las carretas y otros aperos de labranza al resguardo de
-la lluvia. Junto á una piedra redonda, de las empleadas en las aceñas, y
-que con industria fué convertida en pesebre, relinchaba furioso el
-caballo «catador», destinado únicamente á examinar si las hembras que
-iban llegando estaban ó no en sazón de ser cubiertas. El pobre animal,
-los ojos alocados, los belfos espumeantes, erizada la crín, trepidante
-de un furor genésico exacerbado á cada nueva cata y siempre
-insatisfecho, atabaleaba el suelo y corajudo se mordía los ijares.
-
-Los caballos y pollinos sementales estaban aparte, en lugar bien cerrado
-y separados unos de otros, porque el aislamiento, según el experimentado
-saber de don Juan Manuel, aviva en los machos el deseo reproductor. Así,
-cada garañón ocupaba un departamento, una especie de celda, de la que
-salía para cumplir la función sexual y á la que era restituído
-inmediatamente después. En aquel pequeño local cubierto de estiércol y
-flanqueado por los cuartos donde los sementales esperaban, atronaba la
-polifonía de los graves rebuznos, la estridencia bélica de los
-relinchos, el golpear de los aciales sacudidos, la temible impaciencia
-con que los brutos rijosos pateaban el suelo. A veces, un semental, de
-un par de coces, abría la puerta de su encierro, haciendo saltar la
-cerradura.
-
-Don Gil Tomás y el boticario, que salieron de Puertopomares á paso de
-tropa, alcanzaron en el camino á don Niceto Olmedilla y á su hermano.
-Don Artemio llevaba á su pollina del ronzal; el juez, más comodón, había
-recorrido el trayecto montado en su yegua. Continuaron andando los
-cuatro, y á poco se reunieron con Fernández Parreño y don Juan Manuel
-que les esperaban á la entrada de La Evarista porque el coche no podía
-seguir adelante. Ya juntos, prosiguieron la ruta á pie, entre la alegría
-de los olivos y de los campos donde empezaban á lozanear los primeros
-brotes de la cosecha próxima. Un zagalillo, que llevaba del ramal á las
-dos potrancas del médico, les precedía. El cielo era azul, tibio el
-aire; las glebas, que paralelamente levantó el arado, rojeaban bajo el
-sol. Un júbilo afrodisíaco, excitador, un saludable aroma de sarpullos
-tempranos y de savias y resinas nupciales, saturaba el paisaje.
-
-Interesó la atención de don Gil el que, tanto la burra del boticario
-como la yegua de don Niceto, ya cerca de la parada empezasen á dar
-muestras de contento y, sin que nadie las estimulase á ello, se pusieran
-al trote.
-
---Es que adivinan á dónde vamos--decía don Artemio riendo--; vea usted,
-en cambio, las dos potrancas de don Elías: como son doncellas no
-malician nada.
-
-En las inmediaciones del acaballadero había bastante rebullicio. Mujeres
-y zagales acudían allí, como á una fiesta dionisiaca, llevando del
-ronzal á las hembras en quienes la rigurosa ley de la reproducción había
-de cumplirse. Los animales, alborozados, brincaban delante de sus
-dueños. Novias parecían. Era un cuadro pagano donde, á la picardía de
-las escenas, aunábase la avaricia campesina, el codicioso deseo de que
-las hembras quedasen fecundadas.
-
-Ya en el acaballadero, los hombres franqueaban la puerta del corralón;
-las mozas, vacilando entre su femenil recato y su vicioso prurito de
-ver, no entraban, pero se encaramaban á los muros y sentadas sobre el
-cobertizo, destacaban sus rostros traviesos, llenos de risas, del gran
-fondo alegre del cielo y del campo. Don Gil, curioso y lascivo, lo
-observaba todo.
-
-A recibir á don Juan Manuel acudió Luciano, el encargado de la parada.
-Venía en mangas de camisa y llevaba chaleco y calzones de pana. Era
-viejo, recio y alto. Una boina negra cubría su cráneo rapado y de líneas
-seguras. Sus ojos pequeños y sin luz, y sus labios, renegridos por el
-tabaco, daban al rostro afeitado una expresión bestial. Saludó:
-
---Buenos días, don Juan Manuel y la compaña...
-
-Luciano informó á su amo de cómo aquellas últimas mañanas habían sido de
-trabajo incesante. Designó con un gesto á las yeguas que esperaban en el
-corral. Llevaba despachadas otras ocho, y aunque tenía cuidado de no
-debilitar á los sementales dándoles á comer hierba fresca, no comprendía
-cómo éstos podían resistir tanto trabajo.
-
-Preguntó don Juan Manuel si «Temerario» y «Pensativo» se hallaban bien
-dispuestos, y como las respuestas de Luciano fuesen afirmativas, don
-Elías no disimuló su contento.
-
---Si todo sale bien--dijo--le haré á usted un buen regalo.
-
-Luciano, sonriendo, prometió esmerarse, tanto por respeto y cariño á don
-Juan Manuel, como por corresponder á las dadivosas intenciones del
-médico.
-
---Ya sabrá usted--repuso--que tiene derecho á que cada una de sus yeguas
-sea cubierta catorce veces, distribuidas en la siguiente forma. Después
-de los cinco ayuntamientos primeros, las dejaremos descansar nueve días;
-luego, con intervalos de veinticuatro horas, recibirán otros cuatro;
-nueve días después, tres más, y, finalmente, transcurrida una semana,
-otros dos...
-
-Al saber que don Elías quería para su yegua negra al alazán «Temerario»,
-y para la rodada á «Pensativo», Luciano movió la cabeza y su semblante
-se nubló. A despecho de su rusticidad, parecía un bonzo, uno de aquellos
-sacerdotes antiguos, crueles y sensuales, cuyas preces poseían el don
-terrible de hacer correr ó de secar las fuentes del deseo.
-
---Veremos--exclamó--; no crean ustedes que los animales me obedecen
-siempre. Los animales, con perdón sea dicho, tienen sus preferencias,
-como las personas. Los caballos gustan de unas yeguas más que de otras,
-y á las yeguas las sucede lo propio. Lo mismo ocurre con los burros: el
-asno que haya tenido comercio con una yegua, es muy difícil que luego
-acepte á una pollina.
-
-Mientras Luciano disertaba, don Gil, Luis Olmedilla y don Artemio, que á
-pesar de sus años y de su jorobada figura se perecía por las faldas,
-observaban descocadamente á las mozas. Ellas, avergonzadas de la
-curiosidad que las había llevado allí, enrojecían, y, para disimular su
-turbación, volvíanse de espaldas y miraban al campo.
-
-La faena de la cubrición fué rápida. Desatado el potro «catador»,
-abalanzóse sobre las yeguas que le ofrecían; pero apenas sujetaba á una
-entre sus patas, Luciano, tirándole violentamente del ronzal, lo
-derribaba al suelo. De este modo el animal se ayuntó con todas, pero con
-una rapidez que, por no satisfacerlas, las dejaba en la mejor
-disposición y apetito. Inmediatamente las hembras fueron llevadas al
-departamento donde los garañones, que habían olfateado el banquete
-sexual, relinchaban glotones, y allí las ataron las patas, para que no
-coceasen. Los sementales, al salir de su departamento, apenas veían la
-yegua que les estaba destinada, apasionadamente arremetían con ella. El
-médico, el boticario, don Gil, don Niceto Olmedilla, su hermano y don
-Juan Manuel, presenciaban la escena conturbados por la mirada dulce,
-sumisa, perfectamente femenina, de las hembras. Una vaga inquietad
-genésica les removía. Unicamente Luciano, los calzones sujetos por una
-faja negra, la boina echada sobre el cogote, al aire los antebrazos
-velludos, presidía los ayuntamientos ordenándolos con castidad perfecta.
-
-Cuando don Juan Manuel y sus amigos salieron de la parada, el hombre
-pequeñito iba densamente pálido. Varias mozas, que en sueños le tuvieron
-entre los brazos, sintieron deslizarse por su carne supersticiosa un
-calofrío de miedo.
-
-Ya iban llegando á la población, cuando don Gil se despidió de sus
-acompañantes invocando un quehacer perentorio, y por un atajo caminó
-hacia su casa. Su presencia por aquellos andurriales llamó la atención.
-Algunos hombres le saludaron respetuosamente, con ese acatamiento que
-en los pueblos, más que en las ciudades, inspiran los ricos; los ojos de
-las mujeres le seguían largo rato, inquietos y atentos, como si vieran
-alejarse un peligro; únicamente los muchachos, hallándole pequeño, casi
-de su tamaño, le miraban de igual á igual.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Poseía don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpatía,
-los recursos, no menos envidiables de parecer útil y de inspirar
-confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su
-barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la
-mirada y en la voz, pormenores eran que infundían respeto y hasta temor
-en las gentes sencillas.
-
-Muchos rústicos comarcanos, tanto por motivos de economía como porque la
-ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crédito, le preferían al
-médico ó al albeitar, y muy de mañana iban á consultarle so pretexto de
-comprar cinco céntimos de vaselina ó una botella de agua purgante. El
-farmacéutico poseía un memorión formidable y conocía palmo á palmo todas
-las villas de en seis leguas á la redonda. Esto le daba gran prestigio.
-Además tuteaba á sus clientes en señal de dominio, ciencia y señorío, y
-tenía el llamado «ojo clínico», es decir: la intuición del médico, el
-presentimiento de las enfermedades, orientación ó guía suprema del arte
-de curar.
-
-Morón recibía á su parroquia en la puerta de la botica. Allí empezaba la
-consulta. Metido en una especie de bata ó cubrepolvo de crudillo que le
-alcanzaba á los pies, las manos en las faltriqueras del pantalón y un
-gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio correspondía al
-saludo humilde de sus visitantes con una interrogación:
-
---¿Tú eres de Navahonda, verdad?
-
---Sí, señor.
-
-Había una breve pausa. Morón inquiría, hilvanaba recuerdos...
-
---¿Eres de Navahonda ó de Torres de la Encina?
-
---Verá usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda.
-
-Don Artemio dejaba escapar un gruñido.
-
---¡Ya me parecía!... Bueno; al boticario debe decírsele siempre la
-verdad. ¿Qué te trae por aquí?...
-
-El páparo vacilaba, no sabía reducir su idea á palabras.
-
---Verá usted...
-
-Se rascaba las corvas, la cabeza, hacía con las cejas extraños visajes.
-Morón iba en su auxilio.
-
---Tú tienes calenturas.
-
---Sí, señor...
-
---Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te
-echan fuego.
-
---Sí, señor...
-
---Te duelen las articulaciones, ¡todas las articulaciones!
-
---Sí, señor, y después...
-
---No digas más: sé lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas
-fiebres. Entra.
-
-Generalmente la conversación terminaba allí mismo, delante del
-mostrador, con una caja de sellos de quinina ó una poción de agua
-purgante, que don Artemio vendía añadiendo por la consulta, al valor de
-la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad,
-Morón llevaba á sus enfermos á la rebotica, donde, tendiéndoles en un
-sofá, les reconocía. Estos manejos y diversos específicos compuestos por
-él mismo para curar los males de estómago y de garganta, engordar ó
-enflaquecer á voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor
-de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas,
-zarzaparrillas y ungüentos de las más diversas y pintorescas
-aplicaciones, remozaban de año en año su popularidad y producíanle
-notables rendimientos.
-
-En verano, al anochecer, sus amigos reuníanse á charlar delante de la
-botica. Los diálogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido
-color. Algunas veces, después de cenar, Luis Olmedilla llevaba á la
-reunión la alegría de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba
-hasta tarde. El sitio era muy á propósito para gozar del fresco, porque
-allí la calle Larga se ensanchaba y los árboles de la vecina Glorieta
-del Parque diluían en la atmósfera una humedad de jardín. Don Valentín
-llegó á sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro
-Blanco.
-
-Una noche, alguien habló de brujas, y este asunto, al que el silencio
-aldeano fué siempre propicio, recordó á la reunión la muerte súbita
-acaecida días atrás en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el
-primer momento, por instinto, la imaginación popular había venteado en
-el hecho aquél, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio.
-Fué á la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres
-hijas, ya mozas, acababan de sentarse á la mesa. Todos los operarios del
-taller se habían marchado, y á excepción del comedor, el resto de la
-casa hallábase á obscuras. Un incidente trivial preparó al drama el
-camino. En la mesa no había servilletas.
-
---Yo iré á buscarlas--dijo Juanita, la hija menor.
-
-Se levantó y salió al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal
-presentimiento, exclamó:
-
---Ya sabes que las servilletas están en el arcón, á la derecha. ¡No
-vayas á tropezar! ¡Enciende una luz!
-
-La muchacha repuso:
-
---No hace falta.
-
-A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud
-expectante; parecían temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita
-que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba á seguirla y, sin saber
-por qué, no lo hizo. Un chirrido de goznes indicó que Juana había
-llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido
-resonaron un grito, un horrible grito, y la percusión de un cuerpo
-contra el suelo.
-
-La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados:
-
---¡Mi hija!...
-
-Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellándose, removidos por
-sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos
-buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz.
-Juanita yacía sobre el pavimento, y la opinión aseguraba que la
-chiquilla había muerto de miedo.
-
---Los doctores Narro y Fernández Parreño--dijo Erato--hicieron la
-autopsia del cadáver, y han certificado que la hija de Wenceslao tenía
-una angina de pecho.
-
-Los circunstantes callaban. Todos, cual más cual menos, presentían un
-misterio. La causa «inmediata» de aquella muerte sería la angina de que
-hablaban los médicos. Pero, ¿por qué el mal hirió á la víctima
-precisamente cuando ésta se hallaba sola? ¿Por qué no lo hizo un minuto
-antes ó un minuto después? ¿Detrás de la causa más próxima y visible no
-habría otra?
-
-De esta opinión participaba el boticario.
-
---¡Déjenme ustedes de anginas!--exclamó--; en la vida ocurren sucesos
-inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los
-muertos. La hija de Wenceslao murió de un susto; créanme ustedes; murió
-de miedo, porque al abrir la puerta de la habitación vió algo...
-
-Y, bajando la voz, como para contar una picardía:
-
---Hay fenómenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro.
-
-Miró á su alrededor, y con la mano hizo á los presentes señal de
-acercarse.
-
---Ya conocéis á Epifanio Rodríguez. Es un muchacho sencillo y buenazo á
-carta cabal, pero, como diría Martínez, un tanto arrimado á la cola.
-Sacándole del estanco, no sirve para nada. Hace dos ó tres mañanas vino
-á contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no
-es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle
-del Sacramento.
-
-Un indiscreto atajó al narrador.
-
---¿La hija de López?
-
---¿Qué López?
-
---Teobaldo López, el notario.
-
---Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que
-quizás no pensaba casarse con ella, quería... lo que todos, y la
-muchacha, que es un poco loquilla, accedió. Entonces concertaron que él
-fuese á verla una tarde, á las seis, hora en que Teobaldo está en el
-Casino. Como supondrán ustedes, Epifanio no faltó á la cita.
-
-Hubo sonrisas y maliciosos comentarios:
-
---¡Cómo que la chiquilla es preciosa!
-
---¡Tiene un cuerpo!
-
---¿El cuerpo?... ¿Y los ojos?... ¿Dónde me deja usted los ojos?
-
-Prosiguió don Artemio:
-
---Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle
-el paladar á un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle
-del Sacramento se cruzó con don Gil, á quien saludó, y en el acto, sin
-razón, tuvo miedo... ¿Comprenden ustedes?... Miedo de no poder
-conseguir su deseo. Así fué. La preocupación heló su carne y le
-inutilizó, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca,
-como en aquella ocasión, estuvieron más seguros. Y no fué ésto lo peor;
-sino que la desairadísima escena se repitió varias veces, porque
-Epifanio no podía echar de su ánimo la imagen de don Gil. Cuando el
-pobre muchacho acudió á pedirme socorro contra su repentina debilidad,
-parecía loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quería
-asesinar á don Gil; ¡daba lástima! Es un caso de sugestión muy raro, por
-su persistencia. Yo le recomendé que procurase distraerse,
-tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero él decía: «No
-puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil
-veces, y no puedo; ¡no puedo!...» Y seguramente no ha pasado de ahí,
-porque ahora, según cuentan, quiere casarse.
-
-Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente
-hallaban una concatenación secreta, una relación manida y oscura, entre
-el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El
-boticario tuvo para aquel estado de opinión, una afirmación categórica:
-
---Señores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos
-telepatía ó sugestión, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de
-ojo. Sólo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es
-el mismo.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los
-Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aquél íntimo y seguro
-bienestar experimentaba ese regocijo, esos deseos de cantar y de
-moverse, que inspira la realización cercana de una esperanza. Los
-vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante
-años, del hotelito de don Gil Tomás, eran abiertas muchas mañanas, y que
-el hombre pequeñito salía á los balcones á gozar del sol. Su cabezota de
-color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba
-risas.
-
-Don Gil, sorprendido de su propia alegría, se preguntaba:
-
---¿Por qué estoy contento?...
-
-Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su
-mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su ánimo entre
-el sueño y la vigilia, las impresiones de ésta resonaban en aquél de
-idéntica manera á como sus ensoñaciones se proyectaban sobre su vida
-real, y así, el júbilo confortador de que se reconocía acompañado era la
-satisfacción subconsciente de la cruelísima venganza que, hallándose
-dormido, tomó en la persona del señor Frasquito. El regocijo, de
-consiguiente, que le poseía y le sacaba á los balcones de su casa en las
-mañanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor á
-sangre.
-
-Esta satisfacción, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera,
-exacerbó la ginecomanía de don Gil. Jamás su actividad nocturna fué
-mayor; como lámpara milagrosa su impulso lascivo se encendía no bien
-cerraba los párpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas
-savias vernales eran fuego en sus venas.
-
-A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasión por
-doña Fabiana. La suave complacencia que, hallándose despierto, le
-producían el sortilegio acariciador de su voz, el reposo cálido y negro
-de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su
-matronil, hermosura y cierta tristeza otoñal que infundía á sus
-movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueño y
-convertíanse en furibundo frenesí. Pero, ¿cómo alcanzarla si el marido,
-desconfiado y hostil, estaba allí siempre?...
-
-Sólo una vez el hombre pequeñito casi llegó al sabrosísimo término de su
-afán.
-
-Generalmente Martínez no soñaba; fatigado su espíritu, de la diaria
-labor, no se alejaba del cuerpo y permanecía acurrucado bajo las mantas
-del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acertó á presentarse en
-la alcoba del veterinario en ocasión que el alma de éste hallábase en el
-acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don
-Juan Manuel le había hablado la víspera. Tan dichoso azar suspendió al
-enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro
-las felicidades extremas suelen acobardar á los hombres; y fueron
-aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria
-necesitó después...
-
-El íncubo examinó la disposición y moblaje del aposento: en el lecho de
-bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo,
-las cabezas de doña Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella,
-apacible, pálida, como nimbada de luz lunar; la de Martínez, cetrina,
-ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada
-y fuerte. Antoñita dormía en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de
-la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y
-asiento de anea, la cómoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres
-antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareñas. El ambiente era
-tibio. Por las rendijas de la ventana filtrábase, semejante á una
-humareda, un ligerísimo claror estelar. El lejano murmurio del río
-parecía agrandarse en los ángulos de la callada y cerrada habitación.
-
-Vibrante de deseo, avanzó don Gil; su alma rijosa temblaba, se
-retorcía, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de
-Paracelso, y su influencia magnética turbó á doña Fabiana. La excelente
-señora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad,
-empezó á soñar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fácil,
-rápido, sabrosamente ilógico, como el de las películas cinematográficas.
-Doña Fabiana gozaba de esa levedad física, de esa suave y vagarosa
-multiplicación de imágenes con que la morfina y el opio, los divinos
-emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Según en las comedias
-de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible.
-
-Hallábase doña Fabiana asomada á un balcón de su casa, cuando por la
-parte más alta de la calle apareció don Gil: veía su cara de color de
-fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar,
-su figurilla vestida de negro y la línea blanca de los calcetines entre
-los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantalón. Por lo parvo, por
-lo ruin, parecía un humillo que saliese del suelo. La calle mostrábase
-desierta, muda, vacía, con esa total soledad que las pesadillas dan á
-sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y
-por añadidura comprendíase que tras ellas no había nadie. Las casas, más
-que realidades tangibles, parecían imágenes sin expresión, imágenes
-muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y
-tierra. La naturaleza, de súbito, se había inmovilizado; los objetos
-perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hízose trapo y
-silencio. Doña Fabiana reconocía la calle Larga, la Fonda del Toro
-Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros árboles del Paseo de los
-Mirlos, y, sin embargo, comprendía que todo, á pesar de no haber
-cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este
-contrasentido, llenaba su ánimo de estupor.
-
---En Puertopomares no hay nadie--pensó--; no queda nadie, más que don
-Gil Tomás.
-
-El hombre pequeñito era lo único vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse
-con él, y su congoja crecía según don Gil iba acercándose. Dentro de la
-atribulada conciencia de doña Fabiana, una voz musitó.
-
---Estás tan sola porque tu marido se ha marchado. Si él estuviese aquí,
-las calles te parecería que rebosaban gente. Las personas que nos aman
-son las únicas que, verdaderamente, nos hacen compañía.
-
-Don Gil habíase detenido debajo del balcón.
-
---¿Subo?...--preguntó.
-
-Y cambiando seguidamente su interrogación en afirmación inflexible y
-tranquila, repitió:
-
---Subo.
-
-En la amarillez asiática de su rostro, sus ojos, también amarillos,
-adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgían como
-topacios.
-
-Al mismo tiempo la esposa de Martínez advirtió que, sin graduaciones ni
-matices, su miedo transmutábase en suavísimo quebranto sexual. Adivinóse
-codiciada, sintió el calor del deseo que iba á pasar sobre su carne como
-una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta
-entonces, conoció la lujuria; y contribuía á la exaltación de este
-pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color
-y la enana ridiculez del hominicaco la producían.
-
-Don Gil cruzaba la calle. Doña Fabiana, inclinándose un poco sobre la
-barandilla del balcón, murmuró:
-
---No puede usted subir.
-
-Don Gil Tomás levantó la cabeza.
-
---¿Por qué?
-
---La niña está durmiendo y si le ve á usted se asustará.
-
---La niña--repuso el íncubo--no oirá nada.
-
-Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitación, pero
-no lo hizo. Tenía miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y á la
-vez un inmenso afán de ser poseída. Por su sangre, los diablos
-incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corrían como
-centauros. De pronto, el hombre pequeñito estuvo á su lado. La tuteaba.
-
---Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. ¿No lo sabías?
-
-Ella replicó:
-
---Sí, lo sabía.
-
---¿Y por qué no te dabas á mí?
-
-Y doña Fabiana, suspirando:
-
---Porque me daba usted mucho miedo.
-
-Su pavor, efectivamente, en aquellos instantes, no tenía límites: un
-pavor que era asco; un asco que era, á su vez, violento deseo de entrega
-y capitulación. Luego, sin haber seguido camino ninguno, hallóse en su
-cama, los brazos arriba y atrás, bajo la nuca, el bello cuerpo á merced
-del íncubo, por momentos más exaltado y apremiante. Con los ojos del
-espíritu veía á su derecha á Antoñita dormida, y á su izquierda á don
-Ignacio, dormido también. Mirándole, pensó:
-
---Se ha ido; su alma se ha ido; si estuviese aquí me salvaría...
-
-Y según en la complejidad incalculable de la vida mental los
-pensamientos más antagónicos coexisten ó turnan en el gobierno del
-ánimo, así la atribulada señora quería que su marido oportunamente
-acudiese á salvarla del adulterio, como deseaba que la hórrida violación
-se consumase. Después sintió sobre la encendida fresa de sus labios
-entreabiertos por la congoja de su corazón, los labios de don Gil. Sus
-mejillas recibieron el roce de su aliento inflamado. En sus senos, duros
-y erectos, no obstante las fatigas de la maternidad, en sus senos de
-pagana turgencia, los dedos del íncubo se crisparon. Experimentó
-entonces una repugnancia mayor; aquellas manecitas frías, alimonadas,
-suaves, blandas, de una blandura cartilaginosa, produjéronle la aversión
-que inspira el contacto de un reptil. Y, sin embargo, su voluptuosa
-enervación iba en aumento: la sintió en su vientre, sobre sus flancos;
-una especie de ardientísimo vapor la envolvía; todo su cuerpo temblaba
-cual si una corriente eléctrica lo sacudiese...
-
-De súbito las imágenes se emborronaron, desaparecieron; fue como un
-choque. Doña Fabiana lanzó un grito, entreabrió los párpados y hallóse
-al lado de don Ignacio. Asustada, se estrechó contra él. El veterinario
-despertó.
-
---Estás soñando--dijo--; ¿verdad?... Estabas soñando...
-
-Ella temblaba aún bajo el recuerdo vitando de su pesadilla.
-
---¿De dónde vienes?--preguntó.
-
---¿Cómo, de dónde vengo?... ¡Despierta, mujer!... ¿Acaso me he movido de
-aquí?...
-
-Y, recogiendo sus ideas:
-
---Yo, en este momento, también soñaba. Me hallaba en La Evarista
-examinando unos machos de que don Juan Manuel me habló anoche. ¿Sabes
-quién me acompañaba?... El boticario. Nos habíamos enredado en una
-discusión. Don Artemio sostenía que uno de aquellos animales tenía
-muermo; yo decía que no. En éstas tuve el presentimiento de que iba á
-sucederte una desgracia; me pareció que gritabas... y eché á correr. Fué
-cuando desperté.
-
-Doña Fabiana, temblando, murmuró:
-
---Abrázame...
-
-Cuando se sintió bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de
-Martínez, le refirió su pesadilla, aunque guardándose de decir las
-dulces ansias porque ella misma, á pesar de su recato y de la poco
-amable figura de don Gil, había pasado. Describió la escena con todo el
-acre relieve de que su fantasía, caldeada aún por la violencia de las
-imágenes, era capaz. Explicó cómo el hombre pequeñito la interpeló desde
-la calle, cómo llegó á deslizarse en su lecho, cómo la besó, cómo sus
-manos de enano la palparon...
-
-Sin advertirlo, ponía en la rememoración de estos detalles una
-minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueño, don Ignacio
-sintió su tempestuoso corazón hincharse de celos.
-
---¿Quieres no contar más desatinos?--exclamó--, porque mañana, si me
-tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no
-respondo de darle una pateadura.
-
-
-
-
-XX
-
-
-Frustrada aquella ocasión de victoria, el alma del hombre pequeñito
-comenzó á recocerse en nuevas y violentísimas llamas de deseo. Así,
-aquel año, la primavera encendió en las mozas de Puertopomares--ellas
-atribuían el fenómeno á la primavera--inquietudes extraordinarias. La
-obesa doña Amelia gozó de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y
-palpitaciones de corazón: las hijas de Fernández Parreño y las de doña
-Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegría
-rosada de sus mejillas. Daño análogo marchitaba á las niñas de don
-Valentín. En la mayoría de las mujeres, aun de las casadas, los hombres
-advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y reían menos que
-antes, y cuando por las tardes iban á la estación, á ver el tren,
-caminaban más despacio.
-
---Siempre en esta época--pensaban los padres--la clorósis y la anemia
-hacen estragos en las muchachas.
-
-Don Elías, poco inclinado á remover la parte moral de sus enfermos,
-atribuía sus enervamientos á atonía circulatoria ó á pereza estomacal, y
-recetaba hierro á todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las
-kolas y los glicero-fosfatos de su botica.
-
-En sus conversaciones más íntimas, las doncellas solían confiarse
-aquellos ensueños de los cuales todas conservaban impresión ingrata.
-Ellas sabían que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque á
-intervalos, á través de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban á
-vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que
-empiezan á secarse; pero ordinariamente el íncubo adoptaba, al
-presentarse, las máscaras más horripilantes y absurdas: tan pronto era
-una vieja leprosa, como un sapo, como una araña de patas aterciopeladas,
-ó una serpiente de verdosos anillos, ó un animal con cabeza de macho
-cabrío y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el
-suelo semejante á la cola de un vestido de baile.
-
-De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeñito no tenía culpa;
-antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma á su gusto,
-seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese
-naturalísimo prurito de agradar común á todas las personas, sin
-excepción de sexo, edad ni social categoría. No estando en sus
-facultades hacerlo, mostrábase según la ciega y cruel naturaleza le
-hizo: pajizo, ridículo, insignificante, esquelético y frío, como un niño
-enfermo de consunción. Lo que después sucedía era que las muchachas á
-quienes acosaba, por obra de la imperfección con que trabajan los
-centros cerebrales durante el sueño, no conseguían distinguir claramente
-la figura del íncubo, y la entremezclaban con las imágenes que, por una
-ú otra razón, más las hubiesen impresionado en el curso del día.
-
-Por las tardes, en el aislamiento conventual de la rebotica, mientras
-hacían labores, cortaban una blusa ó se probaban un vestido, María
-Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de
-su mayor intimidad, Anita Fernández Parreño y Micaela, la primogénita de
-doña Virtudes, se decían sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas
-bajas ante la ventana y entre la alegría de los cuévanos rebosantes de
-ropa y de los bastidores donde el trajín de las agujas iba pintando
-flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vírgenes
-levantaba un murmullo de oración. Las cabezas pelinegras ó rubias,
-adornadas con lacitos de colores, se agrupaban ó separaban según crecía
-ó menguaba el deshonesto interés de las confesiones. Las nucas blancas,
-las nucas por cuya piel, en el eléctrico tremar de los nervios, corren
-los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecían tentadoras bajo la
-luz. Anita había dicho á su padre que dormía muy mal, pero sin
-declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo:
-
---¡Me ha recetado un purgante!...
-
-Micaela, que era muy devota, solía persignarse escuchando los secretos
-de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su
-misticismo una amenaza del infierno.
-
---Estamos embrujadas--repetía--: yo creo que debemos confesárselo todo
-al cura y pedirle que nos exorcise.
-
-Estas palabras causaron impresión.
-
---Yo--dijo Flora--desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita.
-
---Yo--agregó Anita--no volveré á quitarme los escapularios, y de aquí en
-adelante dormiré con los brazos en cruz.
-
-Micaela insistía:
-
---Hay que decírselo al cura; creedme: debemos decírselo toda al cura...
-
-Sus palabras devotas producían momentáneamente una emoción grave. Luego
-esta seriedad se desvanecía, se aclaraban las frentes y los labios
-rompían á reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban:
-
---Pero, ¿quién tendrá la desvergüenza de confesar esos desatinos?...
-
-Micaela empezó á describir su última pesadilla.
-
---Soñé que en mi cama había muchos caracoles... ¡Muchos!... Yo los
-sentía voltijear á mi alrededor y algunos me rozaban con sus
-cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producían un asco
-horrible...
-
-Flora interrumpió el relato con una observación:
-
---Esos caracoles ¿estaban encima ó debajo de las mantas?...
-
---Debajo; ¿no digo que me hacían cosquillas en la piel?... Y, sin
-embargo, los veía. Repentinamente todos se convirtieron en un solo
-caracol; un caracol enorme, del tamaño de un gato; yo no quería mirarlo
-porque sabía que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empezó á
-colocarse sobre mí. Para defenderme, me puse de lado, pero él dió la
-vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y según avanzaba
-iba creciendo. Lo sentía en mi vientre, y llegó á cubrirme desde las
-rodillas á la garganta. Al principio era frío, luego quemaba... Yo no
-podía gritar... Reconocía hallarme soñando y quería despertar, y al
-mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueño... Aquello era
-bueno y era horrible á la vez...
-
-Concluyó:
-
---La explicación de mi pesadilla está en que la víspera mi hermana y yo
-fuimos á la huerta de don Arístides á coger caracoles.
-
-Como el hombre pequeñito se ofrecía, generalmente, á sus concubinas, era
-en forma de araña. María Jacinta casi siempre le veía así. Flora y
-Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas
-veces, sin perder la idea de su personalidad, sin olvidarse de su
-nombre, soñaban que eran moscas. ¡Qué alegría, qué turbulencia, qué
-dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban á los árboles, se
-bañaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caían en una red de
-araña. Los terribles hilos de traición pintados de violeta, de
-anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban á sus miembros.
-Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araña,
-oculta hasta entonces, las acometía sanguinaria. Era don Gil. La red
-felona se hacía lecho. Ellas, sin comprender nada, volvían á ser
-mujeres. En parte estas alucinaciones provenían del crecido número de
-arañas que había en el camino de la Estación. Entre los huecos de las
-piedras ó al abrigo de las raices de los viejos árboles, abundaban las
-tarántulas. Las muchachas que, por las tardes, iban á ver pasar el
-correo, solían detenerse á mirarlas. La ferocidad de la araña, su
-nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta,
-llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban á las
-mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenían á examinarlas; el
-horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo
-de lo viscoso, de lo sucio, las retenía allí. Pensaban en el suplicio de
-los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas
-redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo
-sentían como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo á la
-picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno,
-que destila al morder la tarántula; sino á su aspecto, á las patas que
-circundan su caparazón, á toda su horrible fealdad brincando, de
-súbito... Estos instantes de observación morbosa eran cortos; las
-arañas, sintiéndose expiadas, con un movimiento rapidísimo desaparecían
-en sus escondites; el cubil de la pequeña fiera quedaba vacío, negro,
-amenazador, y las mujeres se iban llevándose en la memoria la figura
-del animal. Por la noche aquellas arañas, lujuriosas y sádicas, tenían
-la cara de don Gil.
-
-Este recuerdo añadió nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de
-María Jacinta. La hija de don Artemio cruzó las manos con devoción y
-susto.
-
---Creo--dijo--que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espíritu de
-las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas
-veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergüenza,
-debemos confesárselo todo al cura.
-
-Calló y quedóse triste, apagada, muda, como un líquido que, estando
-hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tenía miedo. A través de los
-siglos los misterios eleusíacos del alma femenina, las inquietudes,
-mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad
-de su hogar á las tentaciones del Diablo, se repetían. La mujer, que
-adora el pecado, se abraza, sin embargo, á la Iglesia. En vano quiere
-ser casta; inútilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas,
-y fortalece su ascetismo con el miedo á las hogueras infernales. La
-naturaleza prolífica, enemiga de la esterilidad, avasalla los más
-fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de María, la serpiente inmortal
-silba de deseo.
-
-Flora, María Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qué cura recibiría
-más benévolamente sus confesiones.
-
---Don Leopoldo--dijo la hija de Fernández Parreño--es demasiado joven.
-
---Y don Emilio--agregó Flora--tiene muy mal genio.
-
-Todas recordaban los odios bíblicos, las improperaciones virulentas con
-que algunos domingos tronaba, desde el púlpito, la exaltada inspiración
-de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan íntimo y
-desusado, nadie mejor que don Antolín, el cura más viejo de
-Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las
-sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdón
-abiertas siempre á las confesiones del pecado, sabían escuchar
-resignadamente. Una observación picaresca de Anita hizo prorrumpir en
-carcajadas á sus amigas. Por enfriado y hecho á oir desatinos que don
-Antolín estuviese, ¿podría resistir, cuatro veces seguidas, la historia
-de la araña?...
-
-Solamente María Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su
-repetición y frecuencia, á ser dolorosas, no reía. En la soledad de su
-dormitorio la pobre niña se extenuaba; alrededor de su lecho la
-clorosis, la ninfomanía, la neurastenia, la tisis, la locura, parecían
-repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araña la
-bebía la sangre: el contacto aterciopelado y húmedo de su cuerpo lo
-sentía entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban
-sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la
-privó de conocimiento. La araña negra, de un negro musgoso, tenía la
-cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y
-terrible, de las tarántulas que acechaban entre las piedras del camino
-de la Estación. Desde entonces, María Jacinta se abandonaba á ella
-cerrando los ojos. No quería irritar á la fiera, cuyo aliento subía,
-como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hízose
-calambre y tortura. El vampiro, inmóvil sobre su víctima, clavaba en
-ella un extraño aguijón.
-
-Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligió hasta echarse
-á llorar. Sus amigas también se habían quedado tristes. Aquellos amores
-solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de
-humillación ó de redolor moral, parecido á un remordimiento. Cuando se
-quejaban ante el médico de sus mejillas sin color, de sus sueños
-agitados, de la facilidad ridícula que tenían para convertir en risa el
-llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus
-palpitaciones cardíacas y de otros síntomas de histeria, don Elías las
-miraba entre burlón y compasivo. Ellas se indignaban. ¡Si hubieran
-podido hablarle de la araña!... A sus preguntas Fernández Parreño
-contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecería
-cuando se casasen. ¡Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en
-panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y
-de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio,
-que unas veces será rango social, y otras medicina y otras ilusión...
-Sin duda don Elías acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para
-conjurar el sortilegio vitando de la araña negra. ¡Pero si en
-Puertopomares nadie se casaba! ¡Si entre tanto mozo soltero eran
-contados los que manifestaban vocación de marido!... De todo esto se
-aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habrían de satisfacerse
-con él de grado ó por fuerza. Don Gil era el señor, el sultán. El
-misoginismo cobarde de la mayoría aseguraba su imperio y dictadura.
-
-Dos hechos removieron aquel verano la atención dormida del vecindario, y
-arrojaron una alegría en las soporíferas tertulias del Casino, del Café
-de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fué la probada
-intimidad de las relaciones de Romualdo Pérez con la hija mayor de doña
-Virtudes; el otro, la trágica muerte del señor Eustasio, el tonelero.
-
-Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominación del hombre
-pequeñito, decidió conceder á su novio la sabrosas preeminencias de
-amante: vería ella entonces cuál de ambos maridos era más fuerte.
-
-El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fué don Artemio
-Morón, que continuaba siendo el vecino más madrugador de Puertopomares.
-Los conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la
-noticia como un caramelo. El boticario les explicó su descubrimiento. De
-tiempo atrás espiaba á Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez,
-era muy fino. Varias noches consecutivas él y Romualdo salieron juntos,
-y en llegando al callejón del Misionero, se separaban: Pérez íbase á
-charlar con su novia, y don Artemio seguía hacia su farmacia. Aquel
-noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban á
-media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas á percibir en la
-oscuridad la silueta del galán agarrado y como pegado á una de las rejas
-de la «Casa-Cuartel» de doña Virtudes.
-
-El azar puso á Morón sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y
-sólo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber.
-
-Una madrugada, el sereno del callejón del Misionero, á la hora de
-retirarse, fué á la farmacia á comprar un sinapismo para su mujer, que
-tenía dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio
-le preguntó por Romualdo. El sereno le había visto aquella noche, como
-otras muchas, en la reja de su novia.
-
---Por cierto--dijo deslizando en su observación un poco de malicia--que
-no sé el camino que luego habrá seguido para ir á su casa.
-
-Morón aseguró que por la calle Larga no había pasado. Precisamente
-aquella mañana abrió su farmacia más temprano que nunca, y no se había
-movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la
-severísima «Casa-Cuartel» de la viuda de Castro, le sacudió y fué á
-recogerse alegremente en su corazón. Inmediatamente determinó comprobar
-su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y
-retirar á la descarriada Micaela su estimación, sino para regodearse con
-la salpimienta y buena gracia de la aventura, y referirla á sus amigos.
-
-Noche tras noche don Artemio espió á Romualdo, y su animoso afán traía
-tal regocijo á su espíritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores
-de sueño. Con la topografía del sitio ocupado por la casa de doña
-Virtudes, había compuesto don Artemio una especie de inexorable
-silogismo; y era: que si el callejón del Misionero constituía un
-tránsito ó pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento,
-quien entrase en él, de no salir por una esquina había de hacerlo por la
-otra, como algún zaguán misericordioso no le acogiera y ocultase.
-
-La labor del viejo Morón fué ruda. Según costumbre, procuraba salir del
-Casino con Romualdo, despedíase de éste frente al callejón del
-Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huéspedes de la Fonda del
-Toro Blanco le veían llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla
-después con llaves y cerrojos.
-
---Deben de ser las doce--pensaban.
-
-Y aquel fragor de hierros parecía arrojar un nuevo silencio sobre la
-vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio
-reaparecía, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra
-deslizábase por la acera más oscura; su perfil fugitivo desvanecíase á
-intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y
-los frontis salientes. En la esquina del callejón del Misionero se
-detenía, y asomando un ojo nada más, miraba hacia el fondo pendiente y
-oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido á la
-reja de sus amores, producíale indecible consuelo. El cuchicheo de los
-novios llegaba á él como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, bañado
-en luna, dormía; y en su quietud, la canción del río, el silbido lejano
-de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba una hora. La
-casa de doña Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta
-circunstancia Morón sabía que Romualdo no podía sorprenderle, pues si
-enderezaba sus pisos hacia donde él acechaba, tiempo sobrado tenía de
-alejarse lo suficiente para no ser visto.
-
-Pegado á la esquina que le servía de observatorio, el farmacéutico
-únicamente sacaba fuera de ella, y á intervalos, la mitad del rostro.
-Así, aterido bajo los rigores del relente, perdió varias noches. Al
-cabo, logró su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada
-en las oscuridades profundas del callejón, advirtió que Romualdo no
-estaba. ¿Era posible? Para desvanecer dudas, dirigióse hacia la calle
-del Sacramento. Allí, sentado en el quicio de una puerta, encontró al
-sereno, quien demostró pasmarse mucho de ver á don Artemio en alpargatas
-y á tales horas.
-
---¿Ha pasado por aquí Romualdo?--preguntó Morón.
-
---No, señor; no es hora todavía; se retira siempre más tarde.
-
-El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una
-boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si
-Romualdo había desaparecido del callejón del Misionero sin salir de él
-ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba
-en casa de doña Virtudes.
-
-Don Artemio concluyó declarando el júbilo que le producía el
-esclarecimiento de aquel enredo.
-
---Es indispensable--prosiguió--que esta misma noche los naipes queden
-boca arriba. ¡Nada de tapujos! Me revientan los hipócritas. Quien la
-hace, que la pague. ¿Cuándo dejas tú el servicio?
-
-Repuso el sereno que á las cinco; pero que las últimas horas de la
-madrugada solía pasarlas durmiendo en un zaguán.
-
---Pues hoy no se duerme--ordenó el boticario, cuyo acento fluctuaba
-entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesión
-y su autoridad en el Ayuntamiento--; hoy no se duerme. ¿Entiendes bien?
-Necesitamos cazar á ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le
-esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestión es
-cogerle. Cuando pase, le das los «buenos días» y nada más; con eso tiene
-bastante. Yo, en la otra esquina, haré lo mismo.
-
-No le fué difícil á Morón captarse la alianza del sereno, que para las
-acciones villanas más que para las nobles, las gentes se conciertan en
-seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa
-guardia. Mientras duró el acecho, ninguno tuvo frío, ni sueño. Desde su
-observatorio, don Artemio veía brillar en el término más hondo del
-callejón el farol del sereno; como éste vislumbraba, en la esquina de la
-calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos
-cantaron. Palidecían las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un
-claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la
-torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, parecía
-enredarse, sonaron las tres... las tres y media...
-
-A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejón vibró, casi
-imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de
-doña Virtudes apareció Romualdo. El galán iba á seguir su camino de
-siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento
-volvió sobre sus pasos. Su andar tenía una ligereza de fuga. Don
-Artemio, en lugar de ocultarse, decidió esperarle, cachazudamente
-recostado detrás de la esquina. Al doblar ésta y encontrarse con el
-boticario, Romualdo tembló. Imposible retroceder; había caído en la
-trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y
-salutación.
-
---Bien se madruga, don Artemio.
-
---Es verdad; pero hoy á usted tampoco se le han pegado al cuerpo las
-sábanas.
-
---Hasta mañana, don Artemio.
-
---Hasta mañana, Romualdo.
-
-El boticario volvió á su farmacia reventando de risa. «Sabe que yo lo sé
-todo y va hecho un tigre»--pensaba.
-
-Romualdo dejó transcurrir varios días sin ir al Casino, ni á la Fonda
-del Toro Blanco. Corrió la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando
-reapareció, Morón, Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Isidro
-Peinado, don Niceto... cuantos á costa de su aventura más habían reído,
-le preguntaron con evidente cariño y ceremonia por su salud, y no
-volvieron á mirarle en toda la noche.
-
-El interés de este lance palideció á la semana siguiente con el trágico
-fin del señor Eustasio García, el tonelero de la calle Arcos de la
-Cárcel. A su muerte, por un azar que no pasó inadvertido á los
-glosadores del suceso, iba ligado fatídicamente el nombre de don Gil.
-
-El señor Eustasio era uno de los tipos más notables, simpáticos,
-alegres, laboriosos y aficionados á repartir limosnas, del pueblo. No
-creía en los mendigos de oficio, pues más trabajo cuesta extender la
-mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el
-pan sin humillaciones. De aquí, su inagotable caridad.
-
---El que pordiosea--decía--es porque no puede hacer otra cosa...
-
-Cuando alguien iba á su casa preguntando por él, la cara de la mujer que
-tenía establecido en el zaguán un despacho de bebidas, resplandecía con
-una sonrisita de satisfacción.
-
---¿El señor Eustasio?... Sí, aquí es: al otro lado del patio.
-
-Y aquella sonrisa, era como un recuerdo cariñoso ofrendado al inquilino
-más antiguo y mejor de la finca.
-
-El señor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y
-contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufanía
-resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el día,
-á la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras
-plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tenía cinco hijos, el
-mayor de diez años. Aquella chiquillería constituía la obsesión
-torturadora, y también el esperanzado regocijo, del tonelero.
-Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener á tantos; pero
-luego, cuando hasta los más pequeñines estuviesen criados, ¡qué paz
-interior, qué regocijo, qué noble orgullo patriarcal sentiría viendo
-asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no
-cesaba nunca; aquel rudo batanear parecía la voz de la casa, una voz
-saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concluído, el señor
-Eustasio, de un puntapié, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio.
-El barril giraba, alejándose con balanceos graciosos. ¡Qué bonitos eran
-aquellos toneles, qué elegantes, qué sólidos!... Sus movimientos tenían
-un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... ¡Verdaderamente en
-pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!...
-
-Pensando así el señor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un
-artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrás y encendía una
-pipa.
-
-¿Por qué aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrión,
-sentía una afición tartarinesca á las armas de fuego? ¿Era esto una
-previsión discreta? ¿Era un atavismo, ó una vanidad parecida á la de los
-niños cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo
-cierto es que, como otros hombres tienen un bastón, una sortija ó un
-perro, el señor Eustasio tenía un revólver. Para justificar este
-capricho bélico el tonelero solía decir:
-
---Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, más aún que en las ciudades
-grandes, ningún hombre honrado debe salir á la calle con las manos
-vacías.
-
-Aquel revólver era la ventana romántica por donde su dueño, pacífico,
-metódico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba á las regiones
-de lo novelesco y hazañoso. El individuo que tiene un revólver puede, en
-caso necesario, llegar á ser un héroe. Así, cuando se encargaba un
-pantalón, lo primero que el señor Eustasio pedía al sastre era un
-bolsillo atrás, sobre las caderas.
-
---Porque yo--decía--siempre voy armado.
-
-Aquel chisme pesado é inútil le molestaba bastante, mas no por ello
-dejaba de llevarlo consigo á todas partes. Algunas veces salía de su
-casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces,
-apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba:
-
---¿Se te ha olvidado algo?
-
-Y él respondía, un poco misterioso:
-
---Sí; el revólver...
-
-Aquel viejo revólver, grande, negro, colgado de un clavo á la cabecera
-del lecho marital, infundía á los niños un temor religioso.
-
---¡El revólver de papá!...--decían.
-
-Lo miraban, sí, pero á distancia y respetuosamente; ninguno se atrevía á
-tocarlo; el trueno de pólvora de sus entrañas, les empavorecía; allí
-dormía la muerte; desde que nacieron estaban viéndolo y, sin embargo, no
-habían llegado á familiarizarse con él. La esposa también lo respetaba.
-Era una especie de dios penate, á la vez bondadoso y terrible, que
-defendía el hogar y velaba por la salud de todos.
-
-Transcurrieron los años: cinco, ocho, diez...; y llegó la catástrofe
-con la fuerza inexorable de lo preestablecido.
-
-Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos
-iban y volvían diligentes por la panza pulida del barril que estaba
-construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompía
-ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbaló y
-cayó al suelo, disparósele el revólver y el infeliz recibió de abajo
-arriba, en el pecho, un balazo mortal. ¡Revólver maldito! ¿Por qué lo
-compraría el señor Eustasio? ¿Por qué, para morir así, lo llevó con
-dolor de sus riñones tantos años consigo?...
-
-La muerte del barrilero preocupó mucho á la opinión. El señor Eustasio
-no tenía enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y
-luego, ¡aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!...
-Varios centenares de personas acudieron á su entierro y para socorrer á
-la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabezó con veinte duros una
-suscripción cuya suma total ascendió pronto á un millar de pesetas.
-
-El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revólver del
-señor Eustasio, certificó que tenía el seguro roto. Durante algunas
-semanas este suceso sirvió de asunto á todas las conversaciones. Era
-deplorable, también era cómico, el fin de aquel hombre pacífico empeñado
-en no separarse, ni aun en su casa, de un revólver que, la única vez que
-disparó, fué contra su amo.
-
-Alguien dijo que, días antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo
-un disgusto con don Gil Tomás, á propósito de dos barriles que éste le
-había encargado. La cuestión, según sus comentaristas, fué bastante
-seria; el señor Eustasio, á pesar de su bonísimo carácter, creyendo
-atropellados sus intereses llegó á amenazar al hombre pequeñito, y á no
-impedírselo las criadas de éste, le hubiese golpeado. Por referirse al
-solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia ó conseja interesó
-grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de
-la superstición, dió la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el
-Café de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prósperos
-de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y marañosos
-pasadizos inmediatos á la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron
-largamente el lance. Los más viejos recordaban el sueño fatal de Ursula
-Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala.
-
-Estas evocaciones contribuyeron á reforzar las sombras de brujería con
-que, desde antiguo, la certera imaginación popular rodeaba la enmelada y
-tacaña figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fríos y
-su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle,
-tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le
-circundaba una sensación de silencio; aquel silencio le seguía y le
-anunciaba; era un halo de enigma extendido á su alrededor. ¿De qué
-fuerzas teúrgicas, de qué recursos hechiceros y terribles dispondría
-aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocían bien sus
-perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche,
-vivía una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban á sus
-maridos de las posesiones disparatadas á que el enano las sometía, y
-éstos la comentaban después entre sí. Los hombres llegaron á mirarle
-como á un rival. Un odio criminal germinó contra él. Era el brujo aliado
-del Diablo; el hierofante árbitro de todos los recursos de la
-lecanomancia y de la brizomancia; el íncubo sádico para quien ningún
-cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en
-las mejillas de las vírgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus
-senos y las enseñaba las láminas lascivas del Libro del Pecado; el
-iniciador astuto por quien las niñas permitían á los muchachos que,
-jugando, las cogían del talle, á deslizar sus manos más abajo...
-
-Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el señor
-Eustasio, su alma impresionable también cayó del lado de la
-superstición.
-
---¡Ahora me explico su muerte!--exclamó.
-
-Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho ó diez
-personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Había que matar
-á don Gil; ó, cuando menos, obligarle á salir del pueblo.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Más de un año necesitaron los Paredes para decidirse á buscar el tesoro
-que, según creencia suya, el señor Frasquito dejó escondido bajo las
-raíces del chopo. En sus frentes criminales, en sus cráneos pequeños,
-puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo;
-el brillo petulante del dinero podía delatarles; ellos habían oído decir
-muchas veces que ningún asesinato queda impune, pues siempre, tarde ó
-temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crímenes, cual
-si los muertos, valiéndose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro
-mundo á contarles la verdad á los vivos y á pedirles justicia.
-
-Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un ápice de
-su existencia ordinaria. Según costumbre y acaso con mayor tesón que
-antes, Rita cuidaba del hogar y de los niños, y Toribio todas las
-madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien
-de paños, mantas y percales, y salía á recorrer los pueblos comarcanos.
-Su itinerario variaba según la estación: unas veces iba á Nava de
-Pomares, otras á Torres de la Encina, ó á La Olla; otras á Candelario,
-donde el dinero corría abundante desde Noviembre á Febrero, meses
-destinados á la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura
-crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza
-minúscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quería. A pesar
-de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pómulos
-salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandíbula descarnada era
-cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondían
-una amenaza. Daba la sensación de un hombre que huye. En el campo, al
-cruzarse con él las mozas apretaban el paso; tenían miedo á su mirada
-tenaz, á su boca recogida y sedienta. Algo extraño, una especie de
-invisible sombra, parecía marchar á su lado por los caminos.
-
-Nunca fué simpático Toribio Paredes. Años atrás los suburbanos de la
-Puerta del Acoso, habíanle tildado secretamente de mantener relaciones
-con Rita. Nadie se sorprendió. Eran los tiempos en que la mujerona, de
-noche, ponía un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos,
-abyectos, tiranizados por la más repugnante animalidad, los dos hermanos
-se buscaron. Su pasión maldita tuvo refinamientos abominables; se
-emborrachaban y su satiriasis urdía escenas brutales. La murmuración
-decía que una tarde, en el bosque, Rita se abalanzó sobre una zagala,
-sujetándola por detrás mientras Toribio la violaba.
-
-La aparición de Frasquito Miguel desvaneció aquellas nubes incestuosas;
-Toribio recobró su puesto de hermano; el farol del chopo no volvió á
-encenderse; nacieron Pepe, María Luisa y Francisco, y en las ventanas de
-la antigua mancebía hubo ropas infantiles tendidas á secar. Ante la
-puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo.
-
-Muerto Frasquito, la gente reverdeció la historia incestuosa de los
-Paredes. Nada, sin embargo, parecía acusarles. Eran laboriosos y
-callados, y mostrábanse tristes, más tristes que nunca, como si el
-dramático fin del señor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin
-consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y, á su pesar, sus
-deducciones eran favorables á los hermanos. Toribio tenía su alcoba;
-Rita dormía en otra habitación con los niños. La mujerona ya no se
-perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el corsé como antes. El
-pañero, después de cenar iba un rato al Café de la Coja, pero se
-retiraba temprano; no bebía ni jugaba; también había renunciado á su
-enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron,
-casi de súbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejentó.
-Muchas noches, al volver á su casa, mientras abría la puerta de la
-calle, los vecinos le oían suspirar...
-
-Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancolía, los dos
-hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo
-como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y
-las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasión
-de cobrar su crimen, pero el miedo á delatarse les entumecía la voluntad
-y paralizaba indefinidamente su acción. Dentro de sus conciencias
-tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable:
-
-«Todavía es pronto...»
-
-Y esta observación, que no subía á sus labios, producía en sus carnes la
-sensación del hielo.
-
-Tanto ella como él tenían determinado, no bien desenterrasen el tesoro,
-trasladarse á otra calle mejor, donde establecerían un comercio.
-Mientras, su temor á infundir sospechas les vedó alterar en nada la
-disposición de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y
-en la mesa el sitio del señor Frasquito continuaba vacío, como
-esperándole. Esta quietud triste parecía una ofrenda dedicada al muerto.
-
-A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que
-había sobre la cómoda, en la misma alcoba donde le mataron. La
-fotografía, hecha en Salamanca muchos años atrás, empezaba á palidecer.
-Siempre que Paredes entraba en la habitación, los ojos del retrato,
-misteriosamente, le salían al encuentro. A Rita también la preocupaba
-aquella imagen cubierta de tristeza por la acción decolorante de la
-humedad y de la luz. Un día la mujerona agarró impetuosamente la
-cartulina, regresó con ella al comedor, y allí, á la vista de su
-hermano, la partió en cuatro pedazos.
-
---¡Así habremos desterrado la mala sombra!--exclamó.
-
-Y tiró los añicos sobre la mesa. Su propósito, no obstante, falló. En
-uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se había librado
-intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogió el pedazo y lo rompió en
-dos; pero, al quebrarse el cartón, fué de manera que también esta vez la
-cabeza se salvó. ¿Por qué es tan difícil romper un retrato? ¿Por qué
-tienen todas las fotografías, especialmente las de los muertos, algo
-metafísico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la
-imagen: borráronse la nariz y la boca; luego la frente; sólo los ojos,
-resignados, tristes, acusadores, resistían aún, salvándose como de
-milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeños que éstos
-fuesen, cabían los dos. Toribio llegó á morderlos. Al cabo,
-desaparecieron también.
-
-El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuyó á
-acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables
-sentíanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenían miedo á
-moverse. A todas horas parecíales que una pupila ardiente, asomada á
-las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevían á hablar, cual si
-detrás de cada puerta acechase el oído de un policía.
-
-En diferentes ocasiones Toribio manifestó á sus vecinos deseos de vaciar
-y solar el patio. Según él, hallábase en malísimas condiciones, porque
-la tierra se reblandecía con las lluvias y esta humedad dificultaba la
-buena conservación de las mercaderías en el almacén. Todas las personas
-á quienes explicaba su propósito, lo aprobaban. Una mañana se detuvieron
-ante la casa de _los Rojos_, dos chirriones cargados de ladrillos, que
-fueron transportados al fondo del corral. Allí, hacinados contra el
-muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de
-la buena estación los más expuestos á la intemperie comenzaron á
-cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y
-resuelta voluntad para el trabajo del pañero, se asombraban de que no
-diese pronto empleo á aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo
-que la operación era grave, pues necesitaban arrancar las raíces del
-chopo, porque luego, con la humedad, podían hincharse y romper el piso;
-además, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel, á quien quiso
-mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carácter
-más que los años. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro
-leguas sin fatiga, ahora, cuando volvía de vender, ni alientos para
-cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropía de su actitud,
-procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzón y ladino,
-buscaba que las gentes fuesen habituándose á la idea de que el patio,
-tarde ó temprano, había de solarse, para que así no se sorprendiesen de
-verlo una mañana desmenuzado y removido.
-
-Al fin, sosegados un poco todos los escrúpulos y resquemores de su
-prudencia, los dos hermanos decidiéronse á exhumar aquellas tres orzas,
-repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos,
-habían pensado.
-
-Resueltos á tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus
-fueros y halláronse repentinamente en posesión de abundantes energías.
-Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades
-interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la acción.
-
-La noche que eligieron para la faena, no había luna. Temerosos de que
-alguien, desde algún postigo ó buharda distantes, pudiera observarles,
-pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendrían
-suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegaría la sutileza tactil
-de sus manos y de sus pies descalzos; que á esto redúcense muchas veces
-los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del
-filón.
-
-A Rita, como á Toribio, el hombre pequeñito les había dicho:
-
-«La orza más grande se halla al término del patio, no lejos del pozo.
-Allí es, de consiguiente, donde debéis empezar á cavar.»
-
-La operación, digna de cíclopes, fué desde el primer momento dura y
-angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo á la
-maliciosa atención del vecindario, sembraban en el espíritu de ambos
-hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la
-templanza del ambiente la mujerona y el pañero tenían los rostros
-cubiertos de sudor; sus cabellos de rútilo se adherían á sus frentes
-encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corría hecho
-agua. Toribio, que empezó á trabajar en mangas de camisa, no tardó en
-desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral
-su torso blanco, de musculatura ágil, enjuta y tremante, se removía con
-flexibilidades tigrescas.
-
-En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanzó cerca de tres
-metros de largo por uno de profundidad. No habían perdido el tiempo.
-Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas raíces, torcidas
-y nudosas, arracimándose aquí y allá, como disciplinas, daban á la
-tierra increíble y desesperante cohesión. Peleaba el hombre con ella sin
-desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada,
-las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadón. Levantaba la
-herramienta en el aire y luego la hundía, con todo el fervoroso empuje
-de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba
-cuando tornaba á izarla sobre su cabeza. El azadón, agudo, bruñido,
-dotado de una expresión hambrienta, semejante á un colmillo de acero,
-mordía la tierra, destrizándola. En el silencio, sus percusiones
-resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecían venir de
-abajo como un temblor sísmico.
-
-La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favorecía unas veces
-apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras
-esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo,
-desalentado de espíritu, tiró el azadón y dejóse caer sobre un borde de
-la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudió á secarle con sus faldas
-el cuerpo y el rostro, y luego le echó una chaqueta por los hombros. El
-buhonero no podía más; la sospecha de que las orzas, soñadas tantas
-veces, no existían, acababa de quitarle los últimos alientos; como
-herida del rayo, su voluntad quedó ovillada, pulverizada, muerta.
-
---Creo--suspiró--que estamos perdiendo el tiempo.
-
-Rita, en cuclillas á su lado, murmuró:
-
---Pero si «él» lo ha dicho.
-
-Se refería á don Gil.
-
---Sí--repuso Paredes;--«él» lo dijo; pero, ya ves...
-
-Rita, suavemente, le reprochó su cobardía. Si se tratase de un sueño, de
-un sueño sólo, ella desconfiaría. Pero la pesadilla del tesoro escondido
-por Frasquito habíase repetido muchas, muchísimas veces, y siempre con
-idéntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaños
-diferentes; ambos las habían visto, y describían su forma y color del
-mismo modo. ¿No bastaba esto? Además, don Gil, que con tan resuelta
-decisión les hablaba de aquella fortuna, ¿qué empeño tendría en
-engañarles?... ¡No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de
-aquella tierra no había nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar
-una á una todas las raíces, y en esta faena emplearía una noche, dos,
-tres, cuantas fuesen precisas. ¿No serían ellos capaces de cavar tan
-hondo como cavó Frasquito Miguel?
-
-Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazón de
-Toribio Paredes; la quimera volvió á pasar ante sus ojos deslumbrante.
-Levantóse resuelto, tiró al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empuñó
-el azadón. La mujerona asió la pala. A veces la punta de aquél mordía
-con estridencia acre la dureza de una raíz, otras se clavaba hasta la
-cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala,
-empujada por el pie de Rita, recogía con agrio chirrido la tierra
-arenosa. Así, callados y como á porfía, continuaron los dos.
-
-De pronto recibieron una emoción alegre, vivaz y penetrante, que,
-suspendiéndoles el aliento y paralizándoles el corazón, á durar algo más
-hubiérase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy
-superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza.
-Milagrosamente el diente del azadón, al pasar impetuoso junto á ella, no
-la rompió. Su cuerpo esférico, lucio, hinchado probablemente de oro,
-asomaba orondo en la pared del tajo, y era grande y verde, según
-Toribio y Rita la vieron en sueños.
-
---Mírala--balbuceó la mujerona conteniendo un grito.
-
-Y su hermano, temblando, repitió:
-
---Mírala...
-
-Ciertamente, para esconder su tesoro el señor Frasquito no se había
-molestado mucho, pues lo dejó á medio metro bajo el nivel del suelo,
-sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia
-del sitio donde están. La orza yacía entre un puñado de raíces, lacias,
-retorcidas, semejantes á las patas de un pulpo; y aquellas raíces eran
-como los dedos de una mano fantástica que bruscamente saliese de la
-tierra á ofrecer á los dos asesinos la fortuna.
-
-Toribio dejó el azadón y, arañando en la tierra y rompiendo las raíces
-que habían tejido alrededor de su presa una especie de red, cobró la
-vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrarió y nubó el rostro de densa
-palidez.
-
---¿Está vacía?--balbuceó Rita.
-
---Parece que sí...
-
-La contemplaba con expresión idiota. Después la sacudió en el aire,
-acercándosela al oído, para escuchar; dentro de ella percibió un rumor
-vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista,
-dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en
-billetes de Banco. Tras una breve deliberación acordaron cerciorarse de
-lo que la orza contenía, y remitir la busca de las otras dos á la noche
-siguiente. Así lo hicieron, y volviendo la tierra á la zanja y
-apretándola luego con los pies para disimular un poco lo hecho,
-regresaron á la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos
-volvían á cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tenía
-frío, ni siquiera percatábase del dolor de sus brazos entumecidos por
-el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre.
-
-Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqué, los Paredes
-rompieron la orza, cuya boca había sido cuidadosamente lacrada. La
-vasija contenía doce mil reales justos en billetes de veinticinco,
-cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenció impávida el
-asesinato de Frasquito, ahora, con el júbilo de su codicia, sentía sus
-piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmóvil, encueros de
-cintura arriba, con su cráneo bermejo y puntiagudo y sus manos trémulas
-de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de
-palpar aquellos billetes: unas veces los cogían á puñados, por la
-satisfacción de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y
-desarrugaban delicadamente entre sus dedos, ó acercándolos al quinqué
-los examinaban al traslúz, cerciorándose de que todos eran legítimos.
-Luego procedieron á dividirse las ganancias; á cada uno de ellos
-correspondían mil quinientas pesetas.
-
---Es tonto andar en particiones--dijo Toribio--pues que hemos de seguir
-viviendo juntos.
-
---No importa--objetó Rita;--con el dinero no se juega, por aquello de
-que «cuenta y razón conservan amistad». Además, que, si como tenemos
-pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual
-sabrá exactamente cuánto aportó al negocio.
-
-Transigió Toribio, y ya el reparto iba á quedar hecho, cuando la dudosa
-validez de un billete de cincuenta pesetas suscitó entre ambos hermanos
-una disputa.
-
---¡Es falso!--exclamó Rita;--¿no conoces la moneda, ó quieres engañarme?
-Sobre todo, si te gusta, quédate con el y dame otro.
-
-El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las
-aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisión á su ánimo.
-
---No seas imbécil--dijo--si todos son iguales. ¿No ves que todos son
-iguales?
-
---Pues no quiero ese. Cámbiamelo.
-
-Ninguno cedía, y llegaron á mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar
-amigablemente la cuestión, Toribio propuso recurrir á la suerte. Aunque
-de mal talante la mujerona accedió, y él lanzó al aire una moneda,
-exclamando:
-
---¡Cruz!...
-
-La moneda tintineó alborozadamente contra la mesa.
-
---Cara--murmuró Rita riendo;--me alegro; has perdido.
-
-Su hermano, rezongando una interjección, recogió el billete sospechoso,
-y seguros ambos de que los niños no habían despertado, se fueron á
-dormir.
-
-A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas,
-cuyo fruto fué el hallazgo de dos vasijas más, una con cuatrocientos y
-otra con ciento veinte duros, que, sumados á los seiscientos de la
-primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas.
-Conseguido esto ya no buscaron más. Estaban satisfechos. El hombre
-pequeñito no había mentido.
-
-Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor á ser
-descubiertos, aquella misma mañana los Paredes emprendieron la faena de
-solar el patio. Dos días tardaron en concluirla, y al colocar sobre
-aquella tierra el último ladrillo, experimentaron un inefable bienestar.
-Por las noches, disponían tranquilamente los horizontes de su porvenir.
-Nadie debía extrañarse de que dejasen «la casa del chopo», foco para
-ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En
-cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo
-amplio y céntrico. Rita había visto un cuarto, bueno para almacén, en la
-Glorieta del Parque, contiguo á la Fonda del Toro Blanco. Toribio,
-calculador y reflexivo, rechazó aquella proposición: él conocía un local
-mucho mejor en la calle Larga, la más frecuentada de Puertopomares y,
-por lo mismo, la más comercial. Tenía tres huecos ó puertas, de las
-cuales dos, revestidas de cristales, servirían de escaparates. Era
-espacioso, con habitaciones cómodas, sótanos ventilados y secos, muy
-idóneos para guardar mercancías, y un patio, solado de cemento, que, en
-caso de necesidad, podía ser fácilmente techado.
-
-La mujerona, que tenía gran fe en las iniciativas de su hermano, se dejó
-convencer, y de allí á pocos días Toribio Paredes se entrevistó con el
-propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos,
-tomó en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales.
-
-Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvió á encontrarle por los
-caminos. La vida regalona de aquellos últimos meses había
-aristocratizado sus gustos y enfriado su devoción al trabajo. Las gentes
-hallaban la explicación de esta bonanza en la muerte del señor
-Frasquito.
-
---El pobre hombre--decían--, con sus borracheras, traía arruinada á su
-familia; Dios hizo bien en llevársele...
-
-Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle
-Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abrió sus puertas al público.
-Hubo música, para mayor lujo y animación de la fiesta, y _los Rojos_
-obsequiaron á sus amigos con dulces secos, licores y cerveza.
-
-Sobre el frontis del establecimiento un gran rótulo declaraba, en
-caracteres negros: «Paredes, Hermanos». Y explicando estas palabras, que
-parecían la consagración de dos existencias dedicadas al trabajo, y en
-letras más pequeñas: «Mercería. Juguetería. Mantas». Las estridencias
-broncíneas de la murga duraron hasta media noche, y dieron ocasión para
-que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del
-flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del
-Casino, al pasar por allí, deteníanse á ver el alegre rebullicio. La
-chiquillería, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los
-escaparates. Las mujeres, desde la acera, á través de los cristales,
-observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposición de la
-tienda. En una de las vidrieras había un maniquí de mujer. Sus ojos
-negrísimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre,
-sugestionaban la atención de los hombres. Era guapa y miraba al suelo
-como avergonzada. Tenía los blanquísimos brazos al aire, y las
-pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de
-seda. Los páparos sonreían glotones ante aquella figura que estaba en
-pantalones y lucía un corsé rojo muy largo.
-
---¡Si respirase!--pensaban.
-
-Al fondo del local, y de un extremo á otro, estaban las anaquelerías,
-que alcanzaban al techo, y donde todo aparecía cuidadosamente ordenado.
-Los artículos más diversos fraternizaban allí. Pendientes de perchas
-había boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas,
-tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las
-piezas de jerga, vicuña y cheviot, yacían superpuestas en los entrepaños
-laterales. Del techo colgaban racimos de muñecas, cromos de colores
-arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros,
-sierras, haces de martillos y muchos enseres más de ferretería. La
-quincalla y la mercería ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de
-cartón ó cosidos á pequeños envoltorios de papel azul, las muestras de
-botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y
-cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos,
-brillaban con petulante júbilo bajo la luz. Tras el mostrador, los
-hermanos Paredes sonreían obsequiosos á sus parroquianos, y con su
-amabilidad parecían rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir
-á comprar allí. Los invitados mostrábanse contentos. Ya nadie recordaba
-los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su
-hermana; su rápido advenimiento á la fortuna, prueba inconcusa de su
-afición al trabajo, sorprendiendo al pueblo había sido para ellos una
-especie de agua lustral.
-
-Transcurrió otro año y los negocios de la razón comercial «Paredes,
-Hermanos», se desenvolvían prósperamente. Deogracias, el primogénito de
-la mujerona, ayudaba á su madre y á su tío en el servicio de la tienda.
-Pepe, el segundón, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y
-juiciosa, empezaba á recordar la de su padre, el difunto señor
-Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tenía
-tiempo para atender así al gobierno y limpieza de la casa, como al
-negocio. Toribio, menos codicioso, se permitía cotidianamente algunas
-horas de suave holganza. Después de cenar íbase á jugar al dominó á la
-Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia; ó al Café de
-la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos
-anadeos, siempre tenían la virtud de encandilarle los ojos. Estaba más
-grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle á retreparse
-un poco, daba engreimiento á su persona. Del pasado los hermanos Paredes
-no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les había llevado á tan
-envidiable situación. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus
-conciencias, parecíales lontano y natural. Tampoco comentaban la
-intervención que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la
-incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeñito. Ambos
-reconocíanse amados y protegidos misteriosamente por él, y nunca sus
-espíritus tardos, incapaces de una introinspección inteligente,
-detuviéronse á existimar la razón de aquel enigma. ¿Ni para qué, si á su
-juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el
-curso del tiempo, perdieron toda su importancia?...
-
-
-
-
-XXII
-
-
-Una noche, de vuelta del café, Toribio entró en el dormitorio de su
-hermana.
-
---¿A que no sabes--dijo--con quién he estado hablando hace un
-momento?... ¡No puedes figurártelo!...
-
-Hizo ella un signo negativo. Paredes, el rostro un poco demudado,
-agregó:
-
---Voy á decírtelo porque, aunque estuvieses pensando en ello dos meses
-seguidos, no lo adivinarías: con Vicente López.
-
-La mujerona se incorporó en el lecho, removida hasta los tuétanos por
-una emoción que así era de agudísimo pasmo, como de alegría. El terrible
-amor de su juventud, la pasión furibunda en que su carne se requemó como
-sobre brasas, resucitaba ante ella.
-
---¡Vicente!... ¿Te preguntó por mí?
-
---Apenas me vió.
-
-Parecía contrariado; sin duda recelaba que el súbito advenimiento del
-_Charro_ fuese á trastornar el lozano curso de sus negocios. Agregó:
-
---Se hospeda en casa de don Valentín. Yo pasaba por delante de la fonda,
-cuando veo en la puerta un hombre alto, grueso, afeitado, un poco
-canoso... y me digo: «¡Si parece Vicente López!...» Y en esto, él que se
-viene á mí, exclamando: «¿Toribio, no me conoces?...» Con que nos
-abrazamos y charlamos un rato. Llegó hoy, á mediodía, de Salamanca.
-Mañana vendrá á verte.
-
-Rita callaba. Paredes se retiró á su habitación, se desnudó y mató la
-luz. Transcurridos unos minutos y como buscando una contestación al hilo
-de sus malas cavilaciones, exclamó:
-
---Supongo que ahora, con los cuarenta años que tienes sobre el lomo, no
-volverás á enamorarte de él, ¿verdad?
-
-La mujerona no contestó. Añadió el buhonero:
-
---¡Tendría gracia!... Además, si ese hombre viene á buscarte, no será
-por tu cara, sino por tu dinero, pues quien te dejó de moza, hallándote
-vieja no va á cargar contigo. ¿Oyes?... Andate con cuidado. Yo conozco á
-Vicente. Es un sinvergüenza. Te lo advierto á tiempo para que luego no
-vayamos á tener disgustos.
-
-La idea de que la imprevista reaparición del _Charro_, con sus antiguos
-fueros de amante y de padre, pudiese nublar la serenidad de su vida,
-levantaba olas de odio en su impulsivo corazón.
-
---Y aunque esta casa sea tuya y mía--continuó--, yo soy el hombre, y no
-consiento que ningún otro hombre usurpe, ni siquiera menoscabe, mis
-derechos.
-
-Sus instintos homicidas despertaban. Aludió á Frasquito:
-
---Tú ya sabes cómo soy: que no venga Vicente con monsergas ni bravatas
-porque le hago lo que al otro.
-
-A estas palabras de amenaza la mujerona tampoco respondió. De dichosa,
-sentíase fuera de sí. Ni un instante se acordó de sus hijos. Su alegría
-era indiferencia, olvido de los ingratos quehaceres cotidianos, deseo de
-revivir los años líricos de la mocedad.
-
-«Voy á verle»--pensaba.
-
-Y luego:
-
-«¿Cómo me encontrará?... Y él... ¿habrá cambiado mucho?...»
-
-Amanecía cuando Rita se levantó. No había dormido y, sin embargo, no
-estaba cansada. Más ágil que nunca, en un santiamén barrió la tienda y
-dispuso el desayuno. Desde sus camas, los niños se asombraron de oirla
-cantar.
-
-La entrevista que los dos antiguos amantes celebraron por la tarde, en
-la tienda, empezó desabridamente. Cohibidos ante la actitud atisbadora
-de Toribio y por los ocho ó nueve años que vivieron ajenos el uno al
-otro, no acertaban á zurcir bien la conversación. Los hermanos Paredes
-permanecían detrás del mostrador. Vicente se había sentado en un
-taburete. El y Rita se miraban con desconfianza, con pena; sobre todo,
-con pena, cual si en aquel momento, lleno de evocaciones, echasen de
-menos el tiempo que estuvieron separados. A grandes rasgos, deseaban
-explicarse las cumbres ó hechos más eminentes de sus historias
-respectivas.
-
---Frasquito Miguel, murió--dijo Rita.
-
---Ya lo sé.
-
---¿Cómo lo supiste?
-
---Por un vecino de Puertopomares, que fué á Salamanca. Conque, apenas me
-dieron la noticia, pensé: «Pues voy á verles á Rita y á su hermano, por
-si se acuerdan de mí».
-
-Agradeció Toribio la fineza de aquellas palabras con un leve movimiento
-de cabeza. Vicente López continuó:
-
---¿Te dejó muchos hijos Frasquito?
-
---Tres.
-
---¡Tres!... ¡Vaya por Dios! Ya son bastantes.
-
---Dos varones y una hembra.
-
-Vicente repitió, apagando la voz, como si dialogase consigo mismo:
-
---¡Ya son bastantes!...
-
-Transcurridos unos segundos, agregó:
-
---Nuestro Deogracias estará hecho un hombrecito.
-
-La mujerona suspiró:
-
---Tú lo has dicho: un hombre.
-
-Asomóse á la puerta de la trastienda y con voz mordicante, destemplada
-por la emoción, llamó:
-
---¡Deogracias!... ¡Deogracias!...
-
-Acudió el muchacho. Era ágil, simpático y tenía el perfil aguileño y la
-color broncinea de su padre.
-
---Ese señor--dijo Rita--, quiere darte un beso. Ve...
-
-El chiquillo brincó el mostrador y con amable desenfado se acercó á
-Vicente. Éste le colocó entre sus rodillas y rodeándole el talle con un
-brazo le cubrió de sonoros besos las mejillas y la frente. Según le
-tenía así, recostado contra su pecho, preguntó.
-
---¿Sabe quién soy yo?...
-
-La madre hizo un gesto negativo, cuyo elocuente misterio el niño, por la
-posición en que se hallaba, no pudo ver. Vicente López parecía
-sinceramente emocionado:
-
---¡Pobrecito!--exclamó--tal vez, por ahora, sea mejor así.
-
-_El Charro_ explicó á sus amigos la marcha de sus negocios. Como
-siempre, continuaba dedicándose á la compra y reventa de animales, pero
-este tráfico, cada vez estaba peor; las ferias, de año en año, iban
-desanimándose; escaseaba el dinero y la emigración acarreaba, camino de
-América, lo mejor de cada pueblo. Suspiró. Realmente, no podía quejarse
-de la fortuna; trabajaba bastante y había tenido la discreción de no
-casarse. Sin embargo, él necesitaba y merecía más; hasta entonces había
-vivido al día, pero el hombre, en cuanto pasa la cuarentena, debe
-preocuparse de su porvenir.
-
---Más de una vez--agregó--he determinado marcharme á la Argentina; pero,
-lo que sucede; ya sabéis: la patria siempre tira de uno, y, por
-indiferentes que seamos, á última hora nos falta la decisión de irnos.
-
-Rita no le quitaba ojo; hallábale buen mozo todavía y quedamente, en su
-alma, los viejos recuerdos iban cubriéndose de nuevos verdores. ¡Le
-había querido tanto! Al eco de la voz adorada sentía renacer lances y
-mirajes insensatos de pasión. Sus manos, especialmente, sus manos de
-chalán, fuertes y velludas, que tantas veces cayeron sobre ella
-iracundas, la producían singular emoción. En los ojos grises de la
-mujerona, el pasado, convertido bruscamente en deseo carnal, encendió
-una luz; su alma vehemente, su alma criminal, parecía alebrarse y
-ondular de lujuria, como una pantera.
-
-A cada momento la puerta del comercio se abría y entraba un comprador;
-Rita ó su hermano le atendían y apenas se iba, López reanudaba su
-plática. Toribio comenzaba á aburrirse de aquella visita cuya finalidad
-le inquietaba. A la sobretarde, no pudiendo contener su impaciencia,
-alegó un pretexto para irse á la calle. Dió la mano á Vicente.
-
---¿Cuándo piensas volver á Salamanca?
-
---A punto fijo, no lo sé; ello depende de la resolución, más ó menos
-pronta, de los asuntos que aquí me han traído; de todos modos, nunca
-será antes de cuatro ó cinco días.
-
---Entonces, ya nos veremos; y si vas esta noche al Café de la Coja, de
-nueve en adelante, allí estoy.
-
-No bien Toribio Paredes salió, _el Charro_, casi de un salto, se acercó
-al mostrador, y cogiendo á Rita por los hombros la atrajo hacia sí y en
-los labios y en los ojos la dió muchos y ardorosos besos.
-
---¡Te quiero!--balbuceaba--¡Si ni un sólo día dejé de acordarme de ti, y
-ahora, que vuelvo á verte, pienso quererte más que nunca!...
-
-Agradecida, dócil, trémula de emoción, la mujerona no respondió, pero
-sus párpados se enrojecieron y mojaron en llanto. Prosiguió Vicente, con
-miedo y prisa:
-
---Necesito hablarte despacio. Quiero que volvamos á vivir juntos; á mi
-hijo yo debo criarle.
-
-Sobrecogida por estas declaraciones, Rita se había echado hacia atrás y
-miraba á su antiguo dueño con ojos relucientes de asombro y de alegría.
-¿No deliraba? ¿Era Vicente, por quien tanto había llorado, el que
-hablaba así?...
-
-Tras una pausa, aquél añadió:
-
---Si quieres nos casamos, ¿oyes?... Lo pasado, pasado... ¡y nos
-casamos!... A Toribio no se lo he dicho, pero yo pienso irme á América
-contigo y con nuestro Deogracias.
-
-Hizo una transición.
-
---¿De quién es esta tienda?
-
---Mía y de mi hermano.
-
---¿La pusísteis á medias?
-
---Sí, á medias; porque yo, para que lo sepas, tenía un dinero...
-
-El amor dispone del don precioso de infantilizar á los adultos,
-especialmente á las mujeres. Una jamona, en cuanto se enamora, se vuelve
-niña. Bajo la mirada zahorí de Vicente, Rita Paredes balbuceaba, se
-embrollaba, dominada por un repentino deseo de decir la verdad.
-Afortunadamente _el Charro_ la interrumpió:
-
---No necesito saber cómo ganaste ese dinero ó quién te lo dió; supongo
-que sería el señor Frasquito. Ya te dije que lo pasado queda atrás y no
-debe tocarse. ¿A cuánto asciende ese dinero?
-
---A dos mil ochocientas pesetas.
-
---¿Nada más?
-
---Nada más. ¿Por qué?...
-
-Su voz fue suplicante; imploraba perdón. Súbitamente, ante el hombre
-amado, había sentido el remordimiento de ser tan pobre.
-
---¿Y en esa cantidad--prosiguió él--incluyes los géneros que hay en la
-tienda?
-
---Sí, todo...
-
-Por sus cejas, violentamente contraídas hacia arriba, pasó una terrible
-ansiedad. Vicente hizo una mueca de disgusto.
-
---¡Es poco dinero!... ¡Muy poco dinero!...
-
-Luego, con repentina decisión:
-
---¡No importa! Con eso y lo mío, tenemos bastante. Iremos á América. Yo
-no me separo más del chiquillo.
-
-Entre dientes, con humildad de esclava, la mujerona interrogó:
-
---¿Y mis otros tres hijos?
-
-La respuesta del chalán fue categórica, terminante, como un hachazo.
-
---¡Ah! ¡Esos no vienen con nosotros! ¡De ninguna manera! ¡Esos se quedan
-aquí, con su tío!... Comprende que entre nosotros no debe existir nada
-que nos recuerde lo que yo he sido y lo que tú hayas podido ser.
-
-Aun hablaron más, pero como no les pareciese bastante, para comunicarse
-con mayor espacio y reposo, acordaron reunirse al día siguiente, á la
-hora del anochecer, dentro del túnel, por la parte más inmediata al río.
-
-Aquella noche, en sueños, la mujerona habló con don Gil. Dormía
-tranquilamente cuando comenzó á sentir una inquietud semejante á la
-producida por el inmediato arribo de una visita; al mismo tiempo
-vislumbraba dentro de sí una especie de resplandor tenue. Sin lograrlo,
-varias veces quiso abrir sus párpados soñolientos; al conseguirlo, en
-pie delante de su cama vió al hombre pequeñito. No le distinguía aún y
-sabía, sin embargo, que estaba allí. Parecióle más descolorido y
-minúsculo que otras veces. Un diálogo breve se entabló: imperioso y
-dictatorial por parte de él; suave, humilde, lleno de condescendencias y
-vasallaje, por parte de ella.
-
---Ya sé que Vicente López ha venido á verte.
-
---Sí, señor.
-
---Le mandé yo venir.
-
---¡Ah! No me dijo nada.
-
---Es que no lo sabe: él cree haber venido por su gusto, pero fue porque
-yo lo dispuse así.
-
-Rita asintió. ¿Cómo discutir las palabras de su bienhechor? El rostro
-del hominicaco aparecía ante ella pálido, indeciso, emborronado, al
-igual de esas viejas fotografías roídas por la luz. Un claror alechigado
-le envolvía. No pestañeaba. Sus labios, como los labios de las caretas,
-no se movían al hablar. Prosiguió:
-
---Vicente López, á quien tanto has amado, quiere llevaros, á ti y á su
-hijo, á América.
-
---Sí, señor don Gil.
-
---Es preciso que le obedezcas. ¿Le obedecerás?
-
---Sí, don Gil.
-
---No te ocupes de la tienda: con el dinero que él tiene y los billetes
-que tú guardas detrás del ropero, lleváis lo necesario para el viaje.
-
---Bueno, don Gil; lo que usted disponga.
-
-La mujerona experimentó un terror frío, tan agudo, que heló á sus
-huesos. Por obra de un inexplicable fenómeno telepático, Rita iba
-adelantándose al pensamiento de su interlocutor de modo que éste aun no
-articulaba una frase cuando ella, misteriosamente, ya la había oído.
-Rita sintió que sobre las cabezas inocentes de Pepe, María Luisa y
-Francisco, el hombre pequeñito echaba una sentencia terrible, y las
-palabras del enano tenían para ella la fuerza apremiante y sin evasivas,
-de la fatalidad.
-
---Para seguir á Vicente--habló don Gil--abandonarás á los tres hijos de
-Frasquito Miguel. ¿Lo harás?...
-
-Dentro de la madre algo sobrehumano se atrevió á protestar, aunque
-tímidamente.
-
---¿Y no les veré ya nunca?
-
---Nunca.
-
-La torturada gimió, doblegándose; su rebeldía expiró bajo la orden
-inflexible.
-
---Bien, don Gil.
-
-Volvió á temblar; el acento sibilino del brujo se debilitaba, parecía
-venir de lo arcano; su turbia imagen no se había movido de allí, y su
-voz, sin embargo, llegaba de muy lejos, del horizonte, del fondo de la
-tierra. Los labios inmóviles dispusieron:
-
---A tus hijos no les dejarás. Es mejor que les mates.
-
-Sollozó la mujerona, y no contestó.
-
---Yo odiaba á Frasquito Miguel--prosiguió don Gil Tomás--y mi odio no se
-satisface con su muerte: quiero secar también esos tres retoños de aquel
-árbol maldito. Además, es mejor matar que abandonar, porque los
-abandonados sufren, mientras los muertos no sólo no sufren si no que
-descansan. Rita, ¿obedecerás?...
-
-Ella gimoteaba y se removía convulsivamente. Un instante creyó soñar,
-pensó que se había acostado del lado izquierdo y que con ambas manos se
-oprimía el corazón. Pero esta sospecha menos duró que un relámpago. No
-soñaba, no: el hombre pequeñito, inexorable, inquisidor, continuaba
-allí.
-
---Si no me obedeces--agregó Tomás--te perderé, te pondré en manos de la
-justicia, les diré á los jueces que fuiste tú quien asesinó á Frasquito
-Miguel.
-
-Después de un silencio, la voz remota, más terrible cuanto más remota,
-preguntó:
-
---¿Cumplirás mi mandato?
-
-Rita se ahogaba; algo pesado, duro, frío, como una piedra, oprimía su
-garganta. Cuando pudo hablar:
-
---Sí, don Gil--murmuró.
-
---¿Matarás á tus hijos, Rita?
-
---Sí, don Gil.
-
---Pronto, ¿verdad?
-
---Sí, don Gil.
-
---¿Y les matarás sin que Vicente lo sepa?
-
---Sí, don Gil...
-
-La imagen del hombre pequeñito desapareció. La mujerona continuó
-durmiendo; fué como si el cristal de alguna linterna mágica y espantosa
-se hubiese apagado.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Al siguiente día y á la hora señalada, Rita y _el Charro_ acudieron al
-túnel. Describía éste un semicírculo que oradaba de Norte á Sur el cerro
-donde Puertopomares fué edificado. Correspondía la entrada meridional á
-la estación del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de
-castañares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejábase ondulando al
-compás de las montañas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y
-la boca norteña, abierta á veinticinco ó treinta metros del puente
-tendido sobre el Malamula, á la parte más abrupta, encrespada y fragosa.
-Allí el viento encajonado entre altísimas laderas de granito y basalto,
-recogía fielmente todos los murmullos del río y de los árboles, los
-exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la
-oquedad renegrida del túnel. Sus ráfagas violentísimas, cargadas de
-estridencias lapidarias, producían bajo la bóveda ecoica fragores
-idénticos á los de un tren en marcha.
-
-Fué allí donde la mujerona y su amante se vieron, y más de una vez,
-engañados por los ululeos del aire, se apartaron de la vía y se
-estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbón y rezumantes de agua,
-creyendo que el correo de Salamanca trasponía el puente.
-
-Comenzó Vicente López la conversación exponiendo los planes que, de
-tiempo atrás, tenía bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta
-á seguirle no debían desaprovechar momento, pues todo el dinero que
-gastasen en el transcurso de aquellos días ociosos lo necesitarían luego
-para el viaje: él regresaría inmediatamente á Salamanca, para retirar
-los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos
-pendientes. Rita, con su hijo, iría á buscarle á La Coruña, donde
-embarcarían los tres para Buenos Aires.
-
---Cuando yo salga de Salamanca--agregó--te escribiré dos letras,
-diciéndotelo. Estáte prevenida porque en todo esto podemos emplear, á lo
-sumo, un par de semanas.
-
-Llamó la atención de Vicente la mansa prontitud con que su amante
-aceptaba sus órdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y
-sorprendíale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan á
-su talante y favor. Repentinamente la duda le mordió. Su espíritu de
-trujamán, educado en las lides y tretas del engaño, receló de aquella
-obediencia.
-
---¿Es que aparentas transigir--exclamó--para alejarme de tu lado sin
-riñas y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habías de reirte de
-mí: por primera providencia, te quitaba el niño; después... ¡ya
-veríamos!...
-
-La había cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la
-tortura de su carne la dureza y decisión de su voluntad. Rita Paredes
-entornó los ojos; hervía su sangre; aquellas manos crueles tenían para
-ella la voz de fuego del recuerdo.
-
---No pienso engañarte--repuso--; es que te quiero, Vicente; es que no
-puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me dirías «ven», y te
-seguiría aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas...
-
-Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con
-que asistió al martirio del señor Frasquito y la perversidad de aquellas
-exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba los lamentos
-de la víctima; todo el execrable horror de su alma egoísta y codiciosa,
-mudábanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne
-lasciva, pareció quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un
-incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lívido
-nimbado por el halo rútilo de sus cabellos, parecía una llama. El
-escenario daba al bárbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la
-enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las
-locomotoras; los rieles bruñidos bajo el vaivén de los trenes,
-alejándose á ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento;
-el latir de las gotas de agua desprendidas de la bóveda de la cripta, y
-que resonaban en el silencio como pisadas duendes...
-
-A las siete menos minutos resonó prepotente, al lado opuesto del río, el
-silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la máquina
-avisaba que iba á hundirse en el monte. El convoy cruzó el puente y se
-lanzó jadeante por la boca del túnel. Retembló el suelo. Abermejáronse
-los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la
-ráfaga--hierro y fuego--del tren, y ante la linterna roja de la
-locomotora las tinieblas huían y los muros negros, grietosos, empapados
-en agua, se tiñeron de sangre. Un instante, desde la altura del ténder y
-en el huracán de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los
-maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre caídos en la suciedad de
-hollín de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren siguió
-adelante. Un momento después, amparados bajo la oscuridad de la noche,
-Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de
-carbón, consumado el pecado original salían del túnel como de un
-paraíso.
-
-Regresó la mujerona á su casa muy tarde; para no llamar la atención de
-las personas que la conociesen, al separarse de Vicente había ido al
-río á lavarse las ropas, y en esta faena empleó cerca de una hora.
-Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando terminó. Su hermano,
-maliciando lo ocurrido, recibióla con cara y voces de vinagre. El y los
-niños ya habían cenado.
-
---¿Piensas volver á las andadas?--gritó--¡Pues no estoy dispuesto á
-consentirlo! Aquí se hace lo que yo mando.
-
-Rita le miró con frío desdén.
-
---Esta casa--repuso--es de los dos, y en ella mandamos los dos por
-igual: ni tú más que yo, ni yo más que tú. Con que... ¡haya paz y
-callemos todos! Guárdate las uñas si no quieres que yo saque las mías...
-
-Dicho esto con dejo reposado y bravucón, sentóse á cenar; y apenas quedó
-sola, su cólera se deshizo, como licuada, en una recóndita, inefable y
-sedante emoción amorosa. Comía maquinalmente. Las imágenes de los
-ardientes momentos recién vividos, producíanse con tal vigor de verdad
-en su espíritu, que creía pasar de nuevo por ellos. Vicente López se
-hallaba á su lado, reconocía diáfanamente el timbre de su voz, y con los
-ojos del alma veía sus gestos. Según las diversas mutaciones de aquel
-diálogo interior, la mujer sonreía ó su rostro se revestía de gravedad.
-A veces, afirmaba; á veces, parecía dudar; á intervalos, también, sentía
-sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del
-_Charro_. ¡Oh! ¡Cómo había querido á aquel hombre, y cómo le quería
-aún!... Era el sultán, el dueño. Ella, fuerte y rebelde como un macho, é
-incapaz de conceder á nadie jefatura sobre su albedrío, reconocía el
-imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la
-despreciase, aunque transcurriesen los años sin saber de él, para su
-enamorado corazón Vicente López siempre sería «el amo». Terminada su
-colación, la mujerona se acostó, y, de un tirón, como cuando niña,
-durmió toda la noche.
-
-Este gratísimo contento duró varios días. Sentada detrás del mostrador,
-dejaba transcurrir las horas mirando distraídamente hacia la calle. Su
-espíritu no estaba allí. A ratos asociaba un nombre á las figuras que
-pasaban de largo ante las vidrieras del comercio, ó se detenían á
-examinar los escaparates.
-
---Ahí va don Ignacio--pensaba.
-
-O bien:
-
---Es don Elías, que vuelve del Casino...
-
-Pero estas ideas según se producían se eclipsaban, y la mujerona tornaba
-á inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un baño. A su lado
-Toribio y Deogracias se afanaban en servir á los compradores que
-llegaban, registrando debajo del mostrador, subiéndose por una escalera
-á los entrepaños superiores de la anaquelería ó descolgando, con auxilio
-de una percha, los objetos suspendidos del techo.
-
-En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente
-volvía una vez y otra á la misma obsesión criminal:
-
-«A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el
-padre debo hacer con ellos»...
-
-En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente;
-no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta
-lo exigía. A las empresas, para que reditúen los debidos beneficios, es
-necesario llevarlas á su término y rematarlas bien y sin miedo. ¿Habría
-conseguido algo el arquitecto que, después de construir una casa,
-empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar
-sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesinó al señor
-Frasquito para robarle y vivir cómodamente del producto de lo robado,
-¿no perdería el valor ó recompensa de su trabajo si aquel dinero iban
-comiéndoselo poco á poco los hijos del muerto?...
-
-Perseguida por esta decisión, cada vez más resuelta, Rita procuraba ver
-á los niños lo menos posible. Cuando alguno se agarraba á sus faldas, la
-mujerona palidecía y miraba á otro lado; la dulzura de aquellos ojos
-inocentes, tan candorosos, que parecían asustados, era horrible. Rita
-Paredes recordaba las órdenes verticales de don Gil; el hombre pequeñito
-razonaba bien: urgía deshacerse de aquellas criaturas que, más adelante,
-la importunarían. Don Gil aconsejaba: «Los abandonados sufren, los
-muertos no». ¡Era cierto! ¿Cómo no reconoció ella antes la certidumbre
-de tales palabras?... A este pensamiento servía de abono y arrimo la
-amenaza del brujo: «Si no me obedeces--había dicho don Gil--te llevaré á
-los Tribunales y los jueces sabrán que tú fuiste quien asesinó á
-Frasquito Miguel». Hallábase, de consiguiente, colocada en el entronque
-ó bifurcación de dos caminos: uno, el camino de América, de la vida
-libre, al lado de su hijo mayor y del único hombre que había amado; el
-otro era la ruta que guiaba á la perdición, al presidio, quizás á la
-muerte. ¿Cómo dudar entre ambos?...
-
-La mujerona repetía:
-
---Esos chiquillos son una maldición para mí; ó ellos ó yo; no hay otro
-remedio...
-
-Discurriendo así sentía que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy
-caudalosas, de su amor maternal iban secándose, y que todo el odio que
-profesó al señor Frasquito resurgía ahora con fatales verdores hacia sus
-hijos.
-
-Cumpliendo disposiciones de don Gil Tomás, Rita nada de esto dijo á su
-cómplice; el hombre pequeñito lo decretó así, tanto porque de los
-asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo á que López,
-esquivando las derivaciones ó responsabilidades criminales que tal
-empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella.
-
-Según don Gil manifestó á Rita, la inesperada reaparición de Vicente en
-Puertopomares obedecía á insinuaciones suyas. Esta labor, realizada
-únicamente durante las horas de descanso, fué lenta. En Salamanca los
-asuntos de López marchaban de mal en peor; de año en año los negocios
-iban escaseando y las transacciones eran más difíciles. ¿Cómo vivir en
-un país esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son á vender y
-nadie compra?... Entonces surgió en _el Charro_ la idea de buscar fuera
-de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia á toda
-suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas
-instigaciones del hombre pequeñito. Don Gil, implacable, necesitaba
-destruir el hogar de los hermanos Paredes y con él la raza del señor
-Frasquito, pues el odio es tan recia pasión que sólo se aplaca
-satisfaciéndose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar
-pronto y á buen desenlace este plan, don Gil solicitó y á corto esfuerzo
-obtuvo la alianza del _Charro_.
-
-Varias semanas hacía que éste, allá en la posada salmantina donde tenía
-su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heteróclitas, que
-huían de su memoria apenas despertaba y parecían episodios ó fragmentos
-de algún gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances,
-el chalán comprendía que una grave adivinación ó presentimiento
-germinaba en los subsuelos de su espíritu. Como esas enfermedades que,
-antes de perfilarse claramente, se anuncian con erráticos y variables
-dolores, de igual manera aquel hondo misterio aparecía y desaparecía
-tras un torbellino de imágenes inconcluídas y vagabundas. Empero, por
-estos ocultos caminos, la revelación, laboriosamente, iba preparándose.
-
-Una noche Vicente López soñó con su antigua amante Rita Paredes: la
-halló más fea, más seca, pero el dolor de sus ojos--dolor de olvido--le
-impresionó favorablemente. Hablaron: ella lloró mucho, le explicó sus
-penas, sus errores, y él concluyó acusándose de haberla abandonado. Al
-despertar, Vicente, dominado aún por el recuerdo de su pesadilla, estaba
-triste. Las noches sucesivas también soñó con Rita, y tan gayamente
-renacían los episodios de este viejo amor, que sintió, como un
-remordimiento, el haberlo perdido. ¿Por qué aquella figura, largo tiempo
-olvidada, resucitaba así? ¿Qué extraño poder la sacó de la sombra?...
-
-Con zozobra, _el Charro_ pensó:
-
-«¿Habrá muerto Rita?...»
-
-Otra noche soñó que quien había fallecido era Frasquito Miguel, y que
-Rita Paredes le heredó y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz
-musitadora de las pesadillas aseguraba á Vicente que su antigua manceba
-no era feliz y se acordaba siempre de él. Estas figuraciones se
-repitieron y con los ojos del alma, el Charro vió la tienda de los
-hermanos Paredes, y á Rita detrás del mostrador, en la actitud grave y
-triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de
-las aventuras ha pasado. López comprendió que Rita, asomada al mostrador
-de su tienda, como á una ventana, le esperaba todavía. Entonces sus
-propósitos de expatriarse cobraron repentinos bríos, y á ellos se
-asociaba el deseo de conocer á su hijo. Una idea de lucro, una esperanza
-de negocio, ligábase solapadamente á esta resurrección sentimental; los
-apuros económicos con que _el Charro_ tropezaba en su oficio, el genio
-bondadoso de los sueños los solucionaba, con arte mágico, por las
-noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen á él no
-debía importunarle, podía ser suyo.
-
-Tanto creció esta obsesión y en tales gasas de lógica y de entrañable
-afecto se envolvía, que la conciencia de Vicente barajó y llegó á
-mezclar las imágenes de sus vigilias con las de sus sueños, explicando
-las unas por las otras, viviendo como si soñase y tomando sus
-fantasmagorías por realidades, hasta que determinó trasladarse á
-Puertopomares y hablar con Rita.
-
-Cuando _el Charro_ enfrontó el comercio de los hermanos Paredes y
-examinó su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de
-juguetes y de ropas, no se sorprendió.
-
-«Todo esto--pensó--lo he visto ya»...
-
-Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tenía delante,
-lo conocía por haberlo soñado muchas veces. De noche, sin duda, su alma
-recorrió el mismo itinerario: llegó á la Fonda del Toro Blanco, paseó la
-calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese á una cita, ante el
-bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las
-anaquelerías, repletas de géneros, ni el maniquí que arrancaba al tonto
-Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes á
-estalactitas, pendían del techo envigado, ni la silueta de su antigua
-barragana, lívida y rígida, detrás del mostrador. Su conversación con
-ella y todo lo que luego acaeció, pareciéronle también hechos naturales;
-y así, cuando después de firmemente unidos y concertados regresó á
-Salamanca, ni un momento dudó de que Rita Paredes dejara de seguirle.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Una tarde, de las últimas de Octubre, llegó á Puertopomares la carta
-donde Vicente López daba orden á su amante de ponerse en camino.
-
-«Me voy á Coruña esta noche--decía--y en el vapor _Carolina_, que zarpa
-de allí el sábado próximo, retendré tres pasajes. No malgastemos tiempo.
-Recoge tu dinero y para no llamar la atención, sin equipaje, como si
-fueses á dar un paseo, te vas con el niño á la estación y subes al
-correo que llega ahí á las siete y cuarenta».
-
-Firmaba _el Charro_ sólo con la inicial de su nombre; y debajo añadía
-previsoramente:
-
-«Rompe este papel.»
-
-La mujerona leyó y releyó la misiva, escrita en caracteres irregulares y
-grandes, y dócil al consejo de su amante la rasgó en cuatro pedazos;
-pero al mismo tiempo cambió de parecer, y entreabriéndose el corpiño
-guardóse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la mañana cuando
-esto ocurría. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vió al
-cartero. Los niños estaban en el colegio. Un alegre sol de otoño llenaba
-la tienda, bruñía el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las
-mejillas del maniquí, rielaba sobre los objetos de metal--tijeras,
-cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos--puestos en
-ordenadas ringleras sobre los entrepaños de las anaquelerías. Siempre
-que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantán
-jocundo, nuncio de ganancias, parecía convertirse en luz. Luego, dentro
-del cajón donde los Paredes iban echando el importe de la venta del día,
-las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su canción parecía una
-risa.
-
-A mediodía Toribio necesitó ir á la Estación, á retirar unas mercancías.
-Esta oportunidad la aprovechó Rita para entrar en su dormitorio y coger
-los billetes de Banco que escondidos tenía detrás del ropero. En seguida
-volvió á la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro
-que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consistía
-en deshacerse de los tres hijos del señor Frasquito arrojándoles al
-paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba;
-la impunidad de su primer crimen la impelía á cometer el segundo, y
-hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso símbolo, en que,
-sobre los mismos rieles donde los vástagos del señor Frasquito quedasen
-destrozados, huyese ella después, como por una ruta de sangre, en busca
-de «su hombre» y con el hijo único de «su hombre»...
-
-El tempestuoso curso de estas cavilaciones llevó los ojos de Rita hacia
-el almanaque colocado junto á la puertecilla de la trastienda. Era
-martes, día de agorerías y maleficios.
-
---Martes--repitió mentalmente _la Roja_--; de aquí al sábado, hay tiempo
-para todo.
-
-Un impulso ciego, una obsesión infernal, la dominaban. A la puesta del
-sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejándose de dolor de cabeza,
-invitó á los niños á dar un paseo; aceptaron todos con alardes
-extremados de alborozo, y ella, cariñosa, les peinó y vistió
-pulcramente; en los undosos cabellos claros de María Luisa prendió un
-lindo lazo de seda azul, y accedió á que Paquito, el más pequeño de los
-tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos
-detalles de amor maternal que luego podían defenderla eficazmente, si,
-contra lo que don Gil había asegurado, necesitaba andar en dimes y
-diretes con la justicia. Deogracias quiso acompañar á sus hermanos;
-tenía celos de ellos.
-
---¿Voy contigo, mamá?
-
---No; tú te quedas al cuidado de la casa; á tu tío puede ocurrírsele
-salir y la tienda no debe quedarse sola.
-
-En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantón alfombrado,
-llevando de la mano á María Luisa y precedida de Pepe y de Francisco,
-atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la
-interpelaron:
-
---¿Va usted á poner escuela, señora Rita?
-
-La mujerona reía con naturalidad.
-
---Salgo porque me conviene andar; desde esta mañana tengo una jaqueca
-horrible; quizás me alivie con el ejercicio y el aire.
-
-Y añadía, designando á los niños:
-
---Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasión para darles un buen
-paseo. Ahora vamos á la Estación y, luego, si hay tiempo, llegaremos al
-río.
-
---¿Irá usted por el túnel?
-
---Eso pensaba.
-
---Tenga usted cuidado con los trenes.
-
---Ya lo sé; á ciertas horas no hay peligro.
-
-Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que había conocido á
-Rita cuando ésta encendía en el chopo de su casa el farol de los sucios
-deseos, sonrió bonachón á la mujerona y obsequió á los chiquillos con
-caramelos, azúcar cande y pastillas de goma. De bonísima gana hubiese
-tuteado á Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz
-travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitóse á exclamar:
-
---Mucho cambian los tiempos, Rita.
-
---Mucho, don Artemio.
-
---¿Quién iba á decírnoslo entonces, ¿verdad?... Usted, convertida en
-madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. ¡Cómo ha de
-ser!...
-
-La mujerona siguió adelante, enfrentó la hostería de don Valentín, y por
-la Glorieta del Parque tomó el camino Alto de la Estación. El sol,
-próximo á esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la
-iglesia parecía de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como
-diamantes; una ligera bruma ascendía del valle, lleno de rumores
-vesperales; bajo la umbría de los árboles y entre los repechos
-pedregosos y oscuros, la tierra húmeda del camino tenía una amarillez de
-hoja seca.
-
-Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques, corrían los niños.
-La mujerona iba pensando:
-
-«Son mi maldición; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas
-cadenas quedarán rotas... y seré libre...»
-
-Personas que volvían de la Estación, la saludaban.
-
---Buenas tardes, señora Rita.
-
---Buenas tardes...
-
-Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermín, el tartanero de la Fonda
-del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanzó: iban en él las
-hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora.
-
---¿De paseo, eh, señora Rita?
-
---De paseo, sí... para que los niños respiren un poco de aire.
-
---¡Muy bien, hasta luego!...
-
---Hasta después, adiós...
-
-Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente
-friolero de la tarde. Se encaminaban, según costumbre, á la Estación, á
-ver pasar el tren. Sus siluetas gráciles, envueltas en telas claras,
-vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la
-miserable, la incestuosa, mientras las veía alejarse, pensaba:
-
-«Todas éstas, si hiciese falta, declararían en mi favor.»
-
-A poco, en vez de llegar á la Estación, Rita Paredes se internó entre
-los árboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron á la vía del
-ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una
-torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estación;
-al otro aparecía el túnel; delante alzábase el cerro coronado por el
-caserío, bañado en sol, de Puertopomares; detrás, el bosque cerrado,
-enigmático, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron á
-nadie; á su alrededor crecían el silencio, el desamparo, la frialdad,
-todas las incontables melancolías de la tarde muriente; á lo lejos,
-dispersos entre la niebla, resonaban gritos de gañanes, ladridos de
-mastines, vibrar de esquilas. Faltarían minutos para las siete. Acababan
-de encenderse las luces del andén.
-
-La mujerona llamó á sus hijos.
-
---¿Queréis que atravesemos el túnel y vayamos al río?...
-
-La proposición de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que veían al
-pie de la montaña, intimidó á los niños. Su primer gesto fue de defensa.
-Pero en seguida cambiaron de opinión y comenzaron á palmotear. El riesgo
-atrae á la infancia.
-
---¡Sí, sí; vamos á verlo, vamos á verlo!--exclamaron á coro.
-
-El túnel era una especie de «coco» para los muchachos de Puertopomares;
-cuando salían al campo todos recibían de sus madres idéntica
-recomendación: «No entréis en el túnel, no os acerquéis al túnel...»
-Como si en aquel agujero, por donde únicamente las máquinas se atrevían
-á pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusión vanidosa de
-describirlo al día siguiente, en el colegio, enardeció á los chiquillos.
-Al amparo de su madre nada malo les sucedería; desde el momento en que
-ésta, tan regañona y dispuesta siempre á contrariar sus gustos, les
-había dicho: «Vamos por el túnel», es que podían ir. Además, no temían á
-los trenes; temían á la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos
-sabían que el silencio no mata y que al otro lado de la montaña volvía á
-haber luz.
-
-Discurriendo así penetraron bajo la bóveda del antro, fuerte, imponente,
-como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco
-iban de vanguardia; María Luisa caminaba agarrada á las faldas de su
-madre, primero con una manecita, después con las dos. Lo misterioso del
-lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido
-de sus pasos bajo la resonante oquedad de la bóveda, impresionaron y
-deprimieron el optimismo de los niños, que hablaban alto y se esforzaban
-en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenían á mirar
-hacia atrás, y el semicírculo, bañado en claridad, de la entrada del
-túnel, les confortaba. Poco á poco, según decrecía la luz, la verbosidad
-de todos iba menguando; en sus labios el pánico helaba las palabras, y
-cuando callaban el trajín de sus piececitos sobre la arena les parecía
-más grande y temeroso. Ya, apenas se veían unos á otros. Paquito, el más
-chico, experimentó una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban.
-
---Mamá... mamá...--balbuceó.
-
-Su madre repuso:
-
---Adelante, no tengáis miedo, que voy yo aquí.
-
-Paquito demostró resignarse. Después fué Pepe, el mayor, quien sintiendo
-en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidió auxilio:
-
---Mamá, tengo miedo...
-
-Replicó ella con aspereza:
-
---¡Vamos! Tener miedo... ¡Un hombre! ¿No te da vergüenza? Seguid, seguid
-adelante, que falta poco.
-
-En aquellos momentos la expresión de Rita Paredes, fatal y vengativa
-como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impedía
-ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcían sus labios, abrasaban en
-cólera sus ojos fríos. La miserable pensaba en el tren que, de un
-instante á otro, debía llegar; según sus cálculos estaba ya muy próximo
-y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos
-sanguinarios comenzaban á desatarse. Había entrado en el túnel resuelta
-á salir libre de él, y nada torcería su propósito. Si el tren se
-retrasaba, ella era capaz de coger á los tres niños y, entre sus brazos
-y contra su corazón, retenerles á la fuerza, hasta que la muerte
-pasase.
-
-Continuaron todos andando. Algunos metros más allá la galería se
-curvaba, y de súbito la oscuridad fué completa. María Luisa rompió á
-llorar.
-
---¡Tengo miedo, mamá!... ¡Mamaíta!... ¡Madrecita de mi alma!... ¡Tengo
-mucho miedo!...
-
-Había en la voz implorante de la niña como un presentimiento de lo que
-iba á ocurrir. Rita sintió que Pepe y Francisco, á quienes apenas veía,
-se agarraban empavorecidos á sus rodillas. Entonces la mujerona
-consideró que aquel paraje fuese quizás el mejor para realizar su
-intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogió
-entre sus brazos á los tres niños. Ante ella, á menos de un metro, los
-rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de frío, de miedo,
-bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podían hablar. Al cabo,
-Pepe preguntó:
-
---¿A qué esperamos aquí, mamá?
-
---A que pase el tren.
-
---¿Por qué no seguimos? ¿No es mejor seguir?...
-
---No; porque más adelante el camino se estrecha mucho.
-
-Transcurridos unos instantes habló Paquito:
-
---Mamá... mamá...
-
---¿Qué?
-
---¿Tardará mucho el tren?
-
---No; tardará poco...
-
-Rita, sin querer, apretaba los dientes.
-
-María Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor
-del pecho materno, había interrumpido su llanto. Los tres hermanos,
-consolados repentinamente, parecían tranquilos. Francisco volvió á
-interrogar:
-
---Mamá... ¿tardará mucho el tren?...
-
---No, vendrá pronto.
-
---Bueno...
-
-Aturdida por la oscuridad, María Luisa había perdido la noción del
-tiempo.
-
---Cuando salgamos de aquí--dijo--ya será de noche.
-
-Volvieron á callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla húmeda del
-antro. De pronto, lejos, resonó un silbido agudísimo, y el fragor
-creciente de algo pesado y tremendo pobló la bóveda de medrosos rumores.
-Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la
-cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren trasponía el puente con
-jadeos espantosos. Volvió á silbar; iba á meterse en el túnel. Los niños
-temblaban, se encogían, mudos de pavor. Unicamente José pudo gritar:
-
---¡Mamá!... ¡Madrecita!...
-
-Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de sí, los
-labios espumeantes, le mordió en la cara con tal furia, que el muchacho,
-de miedo y de dolor, perdió los sentidos. En el fondo fuliginoso
-apareció la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el
-convoy, negro también, no se distinguía aún. Hubo un tableteo horrísono,
-una agitación de caos, una especie de epilepsia telúrica: temblaba el
-suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareció
-resquebrajarse y saltar en añicos la montaña.
-
-La infanticida entonces, epiléptica y terrible, comenzó á gritar:
-
---¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...
-
-Y empuñando á sus hijos, á los tres, simultáneamente, revueltos unos con
-otros, les precipitó sobre la vía.
-
-Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las
-ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsión de que algún
-viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo:
-
---¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...
-
-Luego, sin mantón, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita
-Paredes escapaba del túnel, por el lado del río. Momentos después, su
-figura seca, alta, desgarbada, recorría la calle Larga. Los vecinos la
-miraban atónitos. Rita tenía la expresión idiota; sus brazos
-gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; parecía loca...
-
-Varios transeúntes la detuvieron:
-
---¿Qué la sucede á usted? ¿Por qué va usted así?...
-
-Ella había vuelto á encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de
-estupidez y de dolor, con que una mañana estuvo contemplando el cadáver
-del señor Frasquito.
-
---Los he perdido--sollozaba--los he perdido...
-
---¿A quién ha perdido usted, Rita?...
-
---A mis hijos...
-
-Y seguía adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetían
-automáticamente:
-
---He perdido á mis hijos... he perdido á mis hijos...
-
-A su alrededor el número de curiosos aumentaba. Todos, ávidos de saber y
-compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llenó
-la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetró
-en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros
-interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salían del Casino, se
-acercaron á la mujerona.
-
---¿Qué dice usted, Rita? ¿Se ha vuelto usted loca? ¿Ha perdido usted á
-sus hijos?... ¡No es posible!...
-
---Sí; á los tres.
-
---¿Cómo?... ¿Ahora?
-
---Sí... ahora...
-
---¿Dónde?
-
---Abajo... allí...
-
-Con un gesto, señalaba hacia la tierra.
-
---Los he perdido abajo, en el túnel; abajo... los ha matado el tren.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-En los tres días consecutivos á la catástrofe del túnel, el bazar
-«Paredes, Hermanos», permaneció cerrado. Toribio, que ignoraba la
-horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se
-felicitase de haberse aligerado así, tan de cuajo, de los gastos anejos
-á la crianza y educación de tres niños pequeños. Molestaban, sin
-embargo, á su egoísmo, las visitas al Juzgado, adonde fué varias veces á
-declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora
-manifestación de duelo y simpatía todos los parvulillos de
-Puertopomares; la expectación de que era objeto y la avidez con que la
-pública curiosidad le pedía nuevos detalles del truculento lance; y,
-finalmente, el dinero que le obligaba á perder la inexorable obstinación
-de Rita en no abrir la tienda.
-
-Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpía en maldiciones
-terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puñetazos
-furibundos.
-
---Esa mujer--aludía á su hermana--tiene menos discernimiento que un
-asno; ¿cómo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el túnel
-con los niños justamente minutos antes de pasar el tren?... ¿No merece,
-por imbécil, que la tundan á palos?...
-
-Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la
-opinión general compadecía á la madre. El inaudito dolor que pesaba
-sobre ella, determinó en su favor una cristiana y unánime corriente de
-cariño. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describían
-emocionadas el amor y el esmero con que llevaba á sus hijos de paseo.
-Repetían sus palabras:
-
-«Los pobrecitos--había dicho Rita--no salen nunca y necesitan tomar un
-poco de aire».
-
-La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta
-de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con
-zapatitos flamantes de charol blanco, y que María Luisa llevaba en los
-cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor
-de cabeza. Don Artemio Morón, con la vanidad del hombre que vivió unos
-segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir á
-cuantas personas llegaban á la botica:
-
---Por aquí pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme á la
-puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llené los
-bolsillos de golosinas; iban contentísimos.
-
-_La Roja_, entre tanto, permanecía recluída en su casa; ni siquiera
-salía de su habitación. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos
-pequeños y azules, de un azul gris, tenían una fijeza imbécil. El rostro
-anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que
-se siente morir.
-
-Al día siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse á Salamanca,
-para desde allí ir á reunirse con Vicente en La Coruña: pero no bien el
-asesinato se consumó, experimentó una dispersión total de ideas, un
-desastre y absoluto aniquilamiento de propósitos. Como por arte de
-brujería, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareció.
-Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar á sus hijos bajo las ruedas del
-tren, agotó las energías feroces de su voluntad; acaso las almas de los
-niños sacrificados y la de su padre, el señor Frasquito, sugestionaban á
-la criminal y la producían aquel invencible desfallecimiento; quizás
-también el espíritu del hombre pequeñito, satisfecha su venganza, había
-renunciado á seguir protegiendo á su cómplice.
-
-Ello fué que, de repente, la mujerona hallóse desposeída del propio
-dominio y como desterrada de sí misma. Oía menos, veía menos y sus manos
-perdieron la noción justa de los objetos y de las distancias. Una
-temerosa quietud, un hondísimo silencio de tumba, parecía desprenderse
-de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quería moverse y cual si
-entre el espíritu y el cuerpo toda comunicación se hubiese interrumpido,
-los músculos manteníanse ociosos. Sabía que Vicente López la esperaba, y
-no podía correr á buscarle: una fuerza suprema, un obstáculo invencible,
-atravesado delante de ella como un muro, la detenía. En tan rigurosa
-soledad, el tiempo adquiría proporciones absurdas: una hora equivalía á
-un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razón, Rita pensaba
-que, desde que salió del túnel, habían transcurrido muchos años. A
-intervalos, la miserable experimentaba una sensación de vacío; la
-emoción de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas.
-Entonces pensaba:
-
-«¿Por qué don Gil no vendrá á verme?...»
-
-La idea, por momentos más firme, de que el hombre pequeñito había
-desertado, acrecentaba sus zozobras, y llegó á sentir el miedo, un miedo
-que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un
-camino.
-
-El jueves de aquella misma semana recibió una carta del _Charro_,
-fechada en La Coruña, y al día siguiente, otra, concisa, imperativa,
-apremiante como un telegrama. Decía:
-
-«Ya no podemos embarcar en el _Carolina_, que sale de aquí mañana. ¿Qué
-sucede? ¿Por qué no vienes? ¿Te has arrepentido? ¿Es que ya no me
-quieres?...»
-
-Estas misivas sorprendieron un poco á Rita. Con asombro y pena se
-cercioró de que el nombre de Vicente López no suscitaba en ella ninguna
-emoción simpática. No recomponía bien la significación de aquel hombre
-en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. ¡Vicente
-López... el padre de Deogracias!... ¿Y qué?... Además, ¡aquel pasado se
-hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, así la imagen del
-_Charro_ cruzó por su alma sin detenerse. ¡Vicente!... ¿Para qué
-molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprendía que siempre,
-mientras viviese, estaría triste? Y no porque se arrepintiese de lo
-hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la parecía igual.
-
---¡Vicente!--murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su
-desorganizada memoria--; ¡Vicente!... ¡Es raro!... ¿Por qué estoy así?
-¡No me acuerdo bien de él!
-
-Otra razón, de índole muy distinta, agravaba su marasmo: era la
-seguridad de que su vitando crimen no quedaría impune, de que se hallaba
-perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento á otro, iba
-á saberlo todo. Invadíala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo
-miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesándose,
-echaría fuera de sí aquella inquietud.
-
-Pensaba:
-
-«¡Hablar!... ¡Eso quizás fuese lo mejor!...»
-
-En estas incertidumbres perdió dos semanas. Vicente López había dejado
-de escribir. El comercio «Paredes, Hermanos» volvió á abrirse, y
-Toribio, detrás del mostrador, recobró su vida.
-
-Un día, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron
-pasar á Rita, en dirección á Correos, con una carta en la mano. Iba
-descalza y á medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus
-cabellos bermejos y revueltos la cubrían los ojos; unos ojos estáticos,
-inexpresivos, de sonámbula. Algunos la llamaron:
-
---¡Señora Rita!... ¡Señora Rita!...
-
-Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto, como si la calle
-estuviese vacía. Cuando llegó á la Casa-Correos, sin vacilar, echó la
-carta al buzón. En aquel instante, una vecina que corría tras ella la
-tocó en el hombro:
-
---Señora Rita...
-
-La mujerona volvió la cabeza, pareció examinar á quien le hablaba y no
-contestó. Tenía la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco
-asustada, repitió:
-
---Señora Rita...
-
-Otros transeuntes se habían acercado. Los ojos de la mujerona empezaban
-á parpadear y adquirían expresión. Al cabo, tras algunas degluciones
-penosas, pudo responder:
-
---¿Qué?...
-
-Su voz sonaba raramente. La preguntaron:
-
---¿Está usted dormida?
-
---¿Dormida?--repitió.
-
---Sí; está usted dormida. ¿Por qué ha salido usted á la calle en ese
-traje?
-
---¿Yo?... ¿En la calle?... ¿Qué calle?...
-
-El número de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabrió la colcha con
-que se envolvía. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban
-intermitentes y rápidos, como ráfagas nerviosas, por su rostro.
-
---Rita--la decían--, Rita...
-
---¿Qué?... ¿Quién me llama?...
-
-De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresión; renació la
-conciencia. Vióse medio desnuda y en la calle, y su terror fué inmenso,
-como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del
-aquelarre. Empezó á tiritar.
-
---¿Cómo me hallo aquí?... ¿Cómo he venido hasta aquí?...
-
-Estaba repugnante, sabática, con su pelambrera rojiza, mezquina y
-salpicada de cabellos blancos; sus ojuelos de lobo, amustiados por el
-miedo entre la miseria de los párpados sin pestañas; la piel seca,
-rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pómulos; el semblante
-espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte
-caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no
-teniendo á mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina.
-Temblaba de frío en medio del grupo, compasivo y fisgón; Rita Paredes,
-enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, parecía un
-espantapájaros. Todos murmuraban:
-
---Ha perdido la razón. Está loca. ¡Pobre mujer!...
-
-La noticia corría de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal,
-que cuando llegaba á la Puerta del Acoso ya se sabía también en la
-Glorieta del Parque. El boticario y don Valentín, en cuanto tuvieron de
-ella conocimiento, salieron á buscar detalles. Un muchacho había ido á
-despertar á Toribio. Rita, entretanto, permanecía de pie, apoyada contra
-la pared de la Casa-Correos.
-
---¿Por qué estoy aquí?--balbuceaba--¿Qué vine á hacer aquí?...
-
-Fruncía las cejas y, á ratos, con sus dedos esqueléticos, de uñas
-agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo.
-
---¿Qué vine á hacer aquí?...
-
-Sin embargo, no quería marcharse; esperaba algo.
-
-La mujer que primero la vió, dijo:
-
---Usted, hace un momento, salió de su casa para echar una carta al
-buzón.
-
-Rita, murmuró:
-
---¿Una carta?
-
---Sí, señora. La llevaba usted en la mano y la depositó usted ahí.
-
-Señaló con un gesto al buzón; Rita siguió aquel movimiento; después se
-miró los dedos. Su interlocutora explicó á los circunstantes:
-
---¡Pobre mujer! Está buscando la carta. No sabe lo que hizo de ella...
-
-En seguida, dirigiéndose á Rita:
-
---La carta la puso usted ahí. ¿Comprende? Ahí...
-
-La mujerona volvió á mirar al buzón, que era la máscara, en mármol, de
-un león con la boca abierta. Aquella imagen mordía en su memoria y la
-despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarándose, y este amanecer
-interior hacía filar por su rostro una sucesión interminable de
-penumbras, muecas y rapidísimos temblores. Sentíase perdida, arrastrada,
-hacia un abismo.
-
---¿A quién escribió usted?--la preguntaron.
-
---No sé.
-
---¿Cómo? ¿Ha olvidado usted el nombre de la persona á quien ha escrito?
-
-Rita movía la cabeza afirmativamente. La expresión de sus ojuelos era
-mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el
-torturador trajín, de la evocación. La imagen de Vicente López cruzó su
-memoria. Vaciló unos segundos y luego:
-
---No... no es á él--balbuceó--á quien he escrito...
-
-Después:
-
---Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo...
-
-Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas.
-
---¿Sabe usted para quién era la carta?
-
---Sí.
-
---¿Se acuerda usted de la persona?
-
---Sí; he escrito al juez.
-
-Estas palabras sibilinas, que parecían envolver un enigma, produjeron en
-el auditorio acre emoción.
-
---¿Ha escrito usted al juez?
-
---Sí.
-
---¿A don Niceto?
-
---Sí...
-
---¿Y para qué ha escrito usted al juez, Rita?...
-
---Para... para decirle... para decirle...
-
-No concluyó. Acababa de recobrar la razón y al comprenderse perdida,
-lanzó un grito, un horrísono grito, y cayó de bruces contra el suelo. Su
-cabeza lívida, al rebotar contra las piedras, se magulló y cubrió de
-sangre.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Semejante á un temblor de tierra, aquella noche rodó por las tertulias
-del Casino, del Toro Blanco y del Café de la Coja, la noticia de que don
-Niceto, acompañado de su secretario y de dos números de la Guardia
-civil, había procedido á la detención de los hermanos Paredes y que
-éstos hallábanse presos é incomunicados en los sótanos de la cárcel.
-
-Suceso tan inverosímil puso en nerviosa conmoción al vecindario. Muchos
-curiosos fueron á la tienda de los supuestos detenidos, en busca de
-informes, pero la encontraron cerrada, y esta clausura acrecentó la
-general espectación. Todos acudieron entonces á la fonda, y don Valentín
-se halló acosado y vencido á preguntas. Don Juan Manuel Rubio, don
-Elías, don Artemio, don Ignacio y otras personas, le cercaron.
-
---¿Qué sabe usted?... ¿Y Niceto?... ¿Dónde está Niceto?...
-
-Desgraciadamente ni don Valentín ni sus hijas podían contestar á nada,
-porque nada sabían. Desde la víspera, don Valentín no veía á su hermano.
-Asimismo, cual si les hubiera tragado la tierra, el secretario del
-Ayuntamiento y los dos guardias que dieron escolta al juez habían
-desaparecido. Según en los períodos febriles la sangre se precipita con
-mayor ímpetu por las arterias, de igual modo, en las crisis colectivas
-las muchedumbres adquieren un dinamismo violento y morboso. Por las
-callejas de Puertopomares, impelidos por la calentura de la curiosidad,
-agitados, insomnes, alegres, los vecinos corrían á caza de detalles.
-
-Como don Niceto no había ido á cenar á su casa ni estaba en el Juzgado,
-ni era fácil, de consiguiente, dar con él, Rubio, Fernández Parreño, don
-Artemio y el veterinario, resueltos á salir de dudas, se personaron en
-la cárcel.
-
-Esta, que fué construída aprovechando los restos de un torreón
-centenario, era una casuca alta, estrecha y de paredes circulares. Las
-gloriosas saeteras fueron rasgadas y convertidas en ventanas guarnecidas
-de espesos hierros. La puerta, que acaso en otros tiempos lo fué de
-algún patio de armas, mostrábase en un plano inferior al de la calle y
-como aplastada bajo la pesantez de un arco granítico.
-
-Respondiendo á los clamorosos aldabonazos que en ella dieron el médico y
-sus acompañantes, un ventanuco, defendido también por densos hierros, se
-abrió misterioso. Desde el interior oscuro una voz preguntó:
-
---¿Quién va?...
-
-En ella don Elías adivinó á Luis, el carcelero.
-
---Yo soy, Luis, abre.
-
-El interpelado, á su vez, reconoció al médico; su acento tornóse más
-humilde; era el acento del hombre que desea servir; pero en aquella
-misma melosidad presintió Fernández Parreño una negativa.
-
---Dispense usted, don Elías; no puedo complacerle. He recibido orden de
-no abrir á nadie.
-
-Fernández Parreño, usando de esa llaneza con que en los pueblos, donde
-todos se conocen, se tratan los asuntos más reservados, replicó:
-
---Abre, hombre; esa orden, por severa que sea, no reza conmigo, ni
-alcanza á las personas que me acompañan.
-
-Luis se excusó:
-
---Imposible, don Elías: la orden que me han dado es terminante.
-
-Don Juan Manuel quiso utilizar su influencia de diputado.
-
---¡Déjate de bobadas, Luis! Si don Niceto te reprendiese por haberle
-desobedecido, le dices que me lo cuente á mí. ¡Abre!...
-
-Su acento era decisivo, conminatorio. Pero la voz dócil no cedía:
-
---Lo siento, don Juan Manuel; perdóneme usted. Tengo orden absoluta de
-no recibir á nadie.
-
---Pero, al menos--interrumpió don Artemio--podrás responder á una
-pregunta.
-
---Según...
-
---Necesitamos saber si es cierto que los hermanos Paredes están aquí.
-
-Luis no contestó. Vacilaba.
-
---¿También te han prohibido decir lo que ya se murmura en todo el
-pueblo?--agregó el boticario exaltándose.
-
-La voz, replicó:
-
---Sí, señor; pero no pretendan ustedes saber más: los hermanos Paredes
-están aquí desde esta tarde.
-
-Tras estas palabras, dichas con una dulcedumbre que no excluía cierta
-sequedad, se cerró el ventanillo, y del viejo portalón carcelario
-pareció desprenderse, semejante á un aroma, un hondo silencio.
-
-Derrotados los indiscretos visitantes regresaron al Casino. Eran las
-once. Para distraerse organizaron una partida de tresillo. Después llegó
-Romualdo Pérez que se sentó aparte. El gerente de _La Honradez_ se había
-casado hacía dos meses con Micaela, y estaba en vísperas de ser padre.
-Don Elías le preguntó por su mujer, á quien el embarazo mortificaba.
-
---La pobre sigue mal--repuso Romualdo--; los vómitos no la dejan. Creo
-que debía usted ir á darla un vistazo.
-
-El boticario invitó á Romualdo á jugar al dominó. Pérez aceptó. Durante
-largo tiempo alimentó una sorda cólera contra don Artemio, por ser éste
-quien descubrió y divulgó el secreto de sus relaciones con Micaela; pero
-luego el matrimonio había esclarecido aquellas nubes, y el viejo rencor
-quedó olvidado.
-
-A hora muy avanzada de la noche, Teodoro, el camarero, acercóse
-corriendo á don Juan Manuel y á don Elías para decirles que don Niceto
-subía las escaleras del Casino. El juez entró en el salón. Su figurilla
-esmirriada y mal vestida, su rostro ojeroso y sin afeitar, su pescuezo
-flaco asomando por un cuello poco limpio y demasiado ancho, expresaban
-fatiga. Al verle, todos se levantaron, y saliéndole al encuentro le
-agasajaron con palabras afectuosas y cordiales golpecitos en la espalda.
-Don Juan Manuel le echó un brazo por el hombro, y le ofreció un lugar á
-su lado, en el diván. Don Niceto, poseído de su importancia y satisfecho
-de aquellas demostraciones de simpatía, entornaba los ojos.
-
---El día de hoy--declaró--no lo olvidaré nunca: ha sido la jornada más
-terrible, más llena de emociones, de mi carrera.
-
-Ante las preguntas vehementísimas de sus amigos, adoptó una actitud
-reservada: no podía hablar, no debía hablar; el asunto que iba á
-ventilarse revestía caracteres de gravedad y trascendencia
-excepcionales.
-
---Se trata--añadió--de un antiguo error judicial. Yo, lo confieso, fuí
-entonces el primer engañado. Nos aguardan sorpresas inauditas, sorpresas
-terribles, sorpresas de folletín. ¡Ya lo verán ustedes!... De no
-reducirse todo á la declaración sin sentido de una loca, en el proceso
-que va á incoarse danzarán varias personas: usted el primero, don
-Ignacio; y usted también, don Elías...
-
-Con estas palabras, casi amenazadoras, exacerbóse de manera tal la
-curiosidad de unos y otros, y tan desaforada avalancha de preguntas
-cayó sobre la exigua y alimonada cabeza de Olmedilla, que éste accedió á
-descorrer un poquito el velo del misterio.
-
-Aquel medio día, hallándose almorzando, recibió don Niceto una carta
-suscrita por Rita Paredes, donde ésta manifestaba que, espontáneamente y
-para aligerar su alma de remordimientos, declarábase responsable única
-de la muerte de sus tres hijos, y coautores, ella y su hermano, de la de
-Frasquito Miguel; añadiendo que el móvil de este crimen fué el robo, y
-que la maza con que asesinaron al señor Frasquito había sido enterrada
-en el patio de la llamada «casa del chopo».
-
---Se conoce--prosiguió el juez--que Rita escribió su carta en un rapto
-de fiebre ó de sonambulismo, y luego, sin darse cuenta, fue á echarla á
-Correos, donde esta mañana temprano, según he oído decir, varios vecinos
-la encontraron alelada y casi encueros. Tan pronto recibí esa carta que,
-por sus terribles acusaciones, más que obra de un vivo parece dictada
-por el espíritu vengativo de un muerto, me personé, acompañado de mi
-secretario y de dos números de la Guardia civil, en casa de los Paredes,
-y á quemarropa, para estimar mejor el efecto de mis palabras, les
-notifiqué su detención. La impresión que en uno y otro hermano causó la
-noticia, corroboró plenamente la sospecha que la misiva reveladora,
-apenas la leí, me produjo. Evidentemente me hallaba sobre la pista de un
-crimen. Al recibir mi orden, Rita, que en aquel momento salía de la
-trastienda, no mudó de color; parecía aguardarme y bajó los párpados
-resignadamente. Toribio, en cambio, se quedó lívido, con una lividez
-tal, que desvaneció en la blancura del rostro la línea de los labios.
-Esto, tratándose de un trujamán tan valentón y experimentado como él,
-significa mucho. ¡Si le hubiesen ustedes visto!... Se le afiló la nariz,
-se le hundieron los ojos; hízose penosa su respiración; no podía echar
-el habla del cuerpo. Adelantándome á la posibilidad de que, transcurrido
-el primer momento de pánico, sus nervios tuviesen una reacción furiosa,
-mandé que le atasen las manos. No opuso resistencia, y su mansedumbre
-constituye, á mi juicio, un nuevo indicio de culpabilidad. Mientras le
-amarraban, murmuró:
-
-«¿Por qué me prenden? Yo no he hecho daño á nadie».
-
-Le atajé:
-
-«Si es usted ó no responsable de algo malo, lo sabremos más tarde. Yo,
-por el momento, cumplo un deber deteniéndole á usted.»
-
-Rita se limitó á decir:
-
-«¿Y mi hijo?... ¿Qué será de él?...»
-
-Como comprenderán ustedes, su pregunta es muy elocuente, pues descubre
-la seguridad que Rita Paredes tiene de no ver á su hijo nunca más. Esa
-interrogación envuelve un adiós, una despedida.
-
-Yo la contesté:
-
-«No la inquiete la suerte del niño. Yo me encargo de él. Deogracias
-permanecerá en mi casa todo el tiempo preciso.»
-
-Enternecida me alargó una mano, que, como es natural, rehusé. Entonces
-murmuró:
-
-«Gracias, don Niceto; muchas gracias. Ya no tengo miedo.»
-
-Olmedilla apuró su café, que se había quedado frío. Después, engreído,
-apersonado, enigmático, se puso de pie; era el protagonista, el dueño,
-casi omnímodo, del drama policíaco que iba á desarrollarse. Con la
-importancia que tan extraordinaria situación le confería, su alfeñicada
-figurilla parecía más noble y más alta.
-
-Don Juan Manuel intentó dirigirle una nueva pregunta, pero antes de que
-la primera palabra subiese á sus labios, don Niceto le atajó con un
-ademán. Había recobrado su aspecto impenetrable, severo, casi hostil,
-de hombre en quien la sociedad resignó la administración de los
-castigos.
-
---No pretendan ustedes saber más--dijo--; sería inútil. Todas las
-habitaciones del domicilio de los Paredes han quedado cerradas y
-selladas. Mañana tomaré minuciosa declaración á los detenidos y
-seguidamente comenzaré á instruir las diligencias preliminares. Luego...
-¡ya veremos qué resulta!...
-
-Dicho esto saludó y se fué, orondo, inquieto y ufano á la vez, como un
-autor en vísperas de un gran estreno.
-
-Don Elías, don Juan Manuel, don Artemio y don Ignacio, prolongaron su
-tertulia hasta muy tarde. En resumen, hallábanse tan descaminados y á
-oscuras como antes. La inverosímil confesión de la mujerona no echaba
-sobre el misterio luz ninguna. ¿Cómo Rita, que, mal ó bien, á través de
-sus años de miseria siempre cuidó de sus hijos, hubiera querido,
-precisamente cuando sus negocios marchaban mejor, desembarazarse de
-ellos? Lo que no hizo de moza perdida, ¿iba á hacerlo en los umbrales de
-una vejez laboriosa y honesta? Y, sobre todo, ¿dónde estaba la causa
-razonada, el motivo lógico, de tan abominable crimen?... En cuanto á que
-el señor Frasquito muriese de un mazazo en la cabeza, ¿quién admitiría
-semejante patraña? ¿No se comprobó entonces que el pañero falleció de la
-coz que le dió una mula? Don Elías, don Ignacio Martínez y los dos
-médicos titulares que reconocieron el cadáver, ¿no vieron en éste
-dibujada claramente la herradura del animal?...
-
-Discutidos estos extremos, convinieron todos en que la carta de Rita
-Paredes era, sencillamente, la obra de una perturbada, y de consiguiente
-que don Niceto, poniendo bajo hierros á los hermanos Paredes sin más
-razones ni otros indicios que los apuntados, había procedido con notoria
-y punible ligereza.
-
-Rozados en su vanidad profesional, Fernández Parreño y don Ignacio
-Martínez afirmaban que el dictamen por ellos suscrito respecto al
-accidente que privó de vida al señor Frasquito, era rigurosamente
-cierto. De lo que examinaron y juzgaron por sus propios ojos, no podían
-dudar. Don Ignacio recordaba la forma, dimensiones y aspecto de la
-herida, como si acabase de verla. A don Elías sucedíale lo mismo. Para
-mayor demostración, ambos estaban seguros de que en la señal que sobre
-la frente de la víctima dejó la herradura, faltaba la huella de un
-clavo.
-
---Aquel, precisamente--añadió Martínez--que faltaba en la pata derecha
-del animal.
-
-Las razones aportadas por el veterinario y el médico, resplandecían
-incontrovertibles; don Juan Manuel y don Artemio lo reconocieron y
-demostraban su asentimiento con leales movimientos de cabeza y de
-párpados.
-
---Pues si la historia del asesinato de Frasquito Miguel es
-mentira--exclamó don Elías--, ¿por qué no sería mentira también el
-asesinato de los niños en el túnel?... Yo pienso, señores, que nuestro
-amigo don Niceto se ha puesto en ridículo. El prurito de figurar, el
-deseo de que los diarios de Salamanca hablen de él, le llevan demasiado
-lejos. Rita Paredes es una loca; una pobre loca cuya manía consiste en
-creerse criminal, como otras se dicen reinas ó actrices ó millonarias.
-Y, si no... ¡al tiempo!...
-
---Estamos de acuerdo--interrumpió Martínez--; don Niceto quiere lucirse
-y se precipita: «aun no ensillamos y ya cabalgamos». De ahí nace su
-ofuscación.
-
-Este criterio mantenido por los prohombres del Casino fué, durante la
-mañana del día siguiente, el de todo el vecindario, y tantos detalles
-aportaban unos y otros en favor de los Paredes, que hasta el mismo don
-Valentín, que asistía á las discusiones de sus clientes, llegó á temer
-que Niceto, mareado por repentinas ansias de notoriedad, hubiese
-cometido una gravísima equivocación.
-
-Así la sorpresa de todos fué mayor cuando, á la sobretarde, corrió la
-noticia de que Rita Paredes había ratificado y ampliado ante el juez las
-declaraciones de su carta, añadiendo pormenores que no daban lugar á
-vacilación ninguna; y, finalmente, que el Juzgado se presentó en la
-«casa del chopo», habitada á la sazón por unos trajinantes riojanos, y
-que en el patio, y en el lugar mismo señalado por Rita, había aparecido
-una maza, como de tres palmos de longitud, cuya parte más voluminosa
-conservaba la señal evidente de un herradura.
-
-El vecindario tornó á estremecerse; el alma sencilla y violenta de las
-muchedumbres, se enardecía, vibraba de emoción, temblaba de cólera. Cada
-sexo dirigía su odio contra uno de los asesinos: los hombres aborrecían
-á Toribio; las mujeres á Rita. Ahora todos se explicaban el rápido
-encumbramiento de los dos hermanos: su bazar de la calle Larga, era
-fruto de un crimen; las telas, los juguetes, que allí vendían,
-destilaban sangre. Evidentemente Toribio era un miserable, digno de la
-horca; pero Rita le aventajaba en perfidia. ¡Matar así, en su propio
-lecho y á mansalva, al hombre con quien había vivido tantos años, y
-asesinar luego á los hijos de sus entrañas tirándoles, en racimo, bajo
-las ruedas de un tren!... ¿Es posible que haya madres capaces de dar
-lecciones de ferocidad á las hienas?...
-
-Poseída de belicosa excitación, la gente preguntaba:
-
---¿Y Toribio? ¿Qué dice Toribio?... ¿Ha confesado algo?...
-
-Estas interrogaciones iban y venían desde el Casino á la Fonda del Toro
-Blanco, y desde allí al Café de la Coja. En la botica, en el taller de
-don Ignacio, en la Estación, nadie hablaba de otro asunto. Delante de
-los comercios de la calle Larga, no bien se reunían tres personas, la
-obsesionadora y terrible actualidad renacía. Según las últimas
-referencias, el buhonero no había declarado nada; á las palabras de don
-Niceto opuso un inquebrantable silencio; pero, según decían, terminado
-el interrogatorio hubieron de esposarle porque, en un acceso de furiosa
-locura, intentó degollarse con un cristal.
-
-Estas noticias, más que sabidas, adivinadas, venteadas por el instinto
-de la multitud, exasperaban la atención general. A prima noche, los
-comentarios que revolaban de corrillo en tertulia desde los paradores y
-tabernas de la Glorieta del Parque á las casucas de la Puerta del Acoso,
-arreciaron al extremo de revestir formas hostiles. Una veintena de
-mujeres y hombres se habían congregado delante de Correos y miraban
-hacia el bazar de los Paredes. Aquel grupo exaltado rumiaba una
-venganza.
-
-De pronto, una voz turbia y gangosa, la voz del tonto Ramitas, gritó:
-
---¡Vamos á quemar la casa!...
-
-Instantáneamente todos se aprestaron á cumplir aquella iniciativa. De un
-zaguán sacaron un jergón, que varias mujeres rociaron de petróleo.
-Segundos después aquel montón de paja ardía, y sus llamas, disciplinadas
-por el viento, iluminaron trágicamente la calle oscura. Lampazos
-infernales de oro y púrpura corrieron por las fachadas de los edificios.
-La multitud gesticulaba, rugía, satisfecha de su obra. El escándalo se
-convertía en motín. Las puertas de la tienda empezaron á arder. Entonces
-varios empleados de Correos acudieron resueltos á conjurar el daño.
-Entre ellos y los incendiarios hubo una corta y sañuda rebatiña,
-insultos, golpes; al cabo, la oportuna intervención de dos guardias, que
-llegaban sable en mano, dispersó á los revoltosos. El fuego quedó
-extinguido. Luego los alborotadores, siguiendo rumbos diferentes,
-tornaron á reunirse delante de la cárcel, contra cuyas ventanas
-arrojaron muchas piedras. Las mujeres prorrumpían en gritos
-ensordecedores de amenaza. La indignación popular no cedía, y en tan
-críticos momentos los muros de la prisión fueron para los dos acusados,
-más que castigo, garantía y defensa. Finalmente, el cansancio de todos,
-antes que las frases sincretistas de don Isidro, el alcalde, devolvió al
-vecindario su sosiego. Hasta los menos razonables se apaciguaron.
-Renació el silencio. Aquella noche, en la muda tiniebla de la calle
-Larga, el frontis del comercio «Paredes, Hermanos», horriblemente
-chamuscado por el incendio, tenía una expresión de cosa abandonada,
-trágica y maldita.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para
-esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó
-seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de
-emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en
-sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la
-multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los
-diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares»,
-insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los
-límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista
-cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos
-Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste
-envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla había
-adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más
-descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas
-semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor
-profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado
-mucho.
-
-El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba
-derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su
-palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas
-que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y
-el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana,
-Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se
-descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le
-destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua
-con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y
-severo, le decía:
-
---Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el día de la
-sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le será más benigna.
-
-Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y
-nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin,
-engañado ó abúlico, habló, y sus declaraciones añadieron á la escena del
-asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedióse á
-la exhumación del cadáver del señor Frasquito, pero el examen pericial
-no dió resultado, por hallarse aquel en completo estado de
-descomposición. Don Elías, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras
-muchas personas, fueron llamadas á declarar, y sobre las mesas del
-Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonándose. Agobiado por
-tan ruda labor, don Niceto ni tenía ganas de comer ni dormía á derechas.
-Empero su actividad no declinaba. Resuelto á sujetar bien todos los
-cabos de la maraña, envió un exhorto á la Audiencia de La Coruña
-pidiendo la detención de Vicente López, y éste fué preso. Ello aportó al
-escándalo un inesperado interés, y la figura de aquel hombre, autor
-moral quizás del asesinato de los hijos de Rita, echó sobre la desalmada
-madre mayores tinieblas.
-
-La vista de la causa debía celebrarse meses después en Salamanca, y
-allí, de consiguiente, era indispensable trasladar á los Paredes. Su
-conducción, desde la cárcel de Puertopomares á la Estación del
-ferrocarril, ofrecía serias dificultades, porque el vecindario
-seguramente intentaría agredirles. Comprendiéndolo así don Niceto y no
-disponiendo de las fuerzas necesarias para domeñar un conflicto de orden
-público, pidió á sus compañeros los jueces de Campanario, Cantagallos,
-Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que
-tuvieran, y de este modo, entre individuos de «la benemérita» y
-municipales, formó un pelotón de quince hombres.
-
-Los presos debían ser sacados de la cárcel al filo de la media noche y
-con todo sigilo; mas no faltó quien lo supiese, y la noticia, volando
-eléctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmoción al
-vecindario. A la hora señalada, por todas partes un extraño y amenazador
-murmullo de pasos, rompió el silencio. Misteriosamente las ventanas se
-iluminaban; una especie de temblor estremecía las casas: era que sus
-habitantes, informados de lo que iba á suceder, dejaban el lecho para
-vestirse y salir. Las puertas se abrían con chirriar impaciente de
-cerraduras, y en el rectángulo negro de los zaguanes aparecían hombres
-provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para
-que más de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta,
-pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la cárcel, cuya puerta
-custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje
-amarillo de su armamento y los cañones de sus mausers, lucían marciales
-en la oscuridad.
-
-Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de
-los diálogos se convertía en rugido. Algunas piedras, disparadas al
-azar, chocaron contra el frontis de la cárcel. Estos preludios de
-batalla enardecieron los ánimos. Voces varoniles, voces de gesta,
-gritaban:
-
---¡Hay que arrastrarles! ¡No tenemos vergüenza si les dejamos salir
-vivos de aquí!...
-
-Y las pedradas volvían á sonar, ahora una, luego otra, como granizos
-escapados de una tempestad en formación.
-
-Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mandó
-recado á su hermano Valentín de que le enviase el coche. Era una vieja
-tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros,
-que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar
-el vehículo la irritación de la multitud aumentó. Los manifestantes
-silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que
-iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas
-eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar,
-familiarizadas con la sucia historia de «la casa del chopo». Sus
-pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos
-hechos á pelear con la tierra, agitándose furibundos, imponían miedo.
-Todas, á coro, voceaban:
-
---¡Que no se escapen! ¡Desenganchar los caballos!...
-
-Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no harían fuego
-contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron.
-
-En aquel instante la puerta de la cárcel se abrió y surgió don Niceto
-seguido de varios guardias civiles. A la luz débil de los faroles, la
-figura minúscula y asustada del juez parecía una mancha amarilla.
-Luego, entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La
-muchedumbre, á quien la presencia del juez durante segundos impuso
-respeto, reconoció á los criminales. La furia volvió á los corazones. En
-los espíritus las ideas de justicia y venganza se confundían. Las
-mujeres se desgañitaban:
-
---¡Mueran los asesinos!... ¡Mueran los asesinos!...
-
-Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vaciló y fué
-retirado á la enfermería.
-
---¡Mueran los asesinos!--repetía la turba ganando terreno.
-
-Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto
-Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los
-caballos partieron al paso. Alrededor del vehículo, firmes, estoicos,
-con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A
-intervalos, desde el pescante, Fermín, el mayoral, arengaba á los
-amotinados:
-
---¡Animales, no tiréis!... ¿No veis que vamos aquí nosotros y no tenemos
-culpa de nada?...
-
-En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos añicos, y
-heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita
-lloraba; su hermano, callado, lívido, sin mover ni siquiera los
-párpados, parecía una estatua. En medio de aquel espantoso griterío
-recorrió el convoy toda la calle Larga. Fermín, que tenía magullado el
-cuerpo á pedradas, optó por ovillarse en el suelo del pescante; los
-guardias, perdida la paciencia, se defendían á culatazos; varios
-paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don
-Valentín, don Elías, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el
-alcalde y otras personas de significación, salieron valerosamente á la
-calle, exhortando á las turbas á retirarse, pero viéndose amenazados
-desistieron de su empeño. Por segundos la furia popular crecía. Algunas
-mujeres llegaron á querer detener el coche agarrándose á las ruedas. Un
-vecino de la calle del Sacramento trató de asestarle á Toribio una
-cuchillada en la espalda.
-
-Cuando los fugitivos llegaron á la Glorieta del Parque Fermín fustigó
-vigorosamente á los caballos, que partieron al galope, mientras los
-guardias, desplegados en ala, resistían el choque de los acosadores. En
-la refriega, sostenida cuerpo á cuerpo, uno de los guardias recibió un
-navajazo en el vientre. Sus compañeros entonces, á quemarropa, hicieron
-fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las
-turbas huyeron.
-
-De este modo, dejando tras sí un reguero de sangre, salieron los
-hermanos Paredes de Puertomares.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Consumada su venganza, don Gil, que vivía completamente ajeno á las
-peripecias de su vida nocturna, experimentó un bienestar inesperado.
-Nunca, desde la muerte del señor Frasquito, había sentido mayor plétora
-de salud. Dormía nueve horas, tenía ganas de pasear, de ir al Casino y
-hasta sus labios hubieron una vez un conato ó intento de sonrisa. Era
-una satisfacción íntima, analéptica, remozadora, que el hombre pequeñito
-no sabía á qué ocultos motivos referir.
-
-«Estoy contento--solía decirse--; estoy muy contento, y, sin embargo,
-nada bueno me ha sucedido»...
-
-Durante años, semejante á un escultor, su alma misteriosa había
-preparado y burilado su venganza. El deseo de castigar el asesinato de
-su padre, dió perseverancias sobrehumanas á su voluntad: él indujo á
-Frasquito Miguel á echarse en los brazos de Rita; él dispuso su muerte y
-la de sus hijos. Del odiado gorgotero no quedaría nada, ni aun la
-amante, que, según cábalas y previsiones de don Gil, en plazo no lejano
-rendiría su cabeza al verdugo. Realizado su plan, el brujo cruzóse de
-brazos, cansado y orondo.
-
-Estas vacaciones proporcionaron á su alma un mayor enardecimiento
-amoroso, y, sobre todo, efervorizaron temerariamente aquel deseo que le
-empujaba hacia doña Fabiana. Como hombre que de todos los placeres
-terrenales sólo apetece uno, don Gil, en sueños, meditaba:
-
-«No me importaría morir si esa mujer fuese mía... siquiera una vez...»
-
-Mas, ¿cómo separarla de su marido? ¿Cómo preparar á su virtud una
-emboscada cierta?... Esto suponía que la señora de Martínez estuviese
-dormida y despierto don Ignacio, pues alejados entonces por el abismo
-que separa la vigilia del sueño, el veterinario no podría socorrer á su
-esposa. Desgraciadamente para don Gil, doña Fabiana se acostaba siempre
-después de su marido.
-
-Una noche, alrededor de las diez, Fermín dormitaba en el zaguán de la
-Fonda del Toro Blanco, sentado en una silla, cuando la voz y la
-presencia de don Gil le despertaron. El hominicaco, evitando asustarle,
-le llamaba suavemente:
-
---Fermín..., Fermín...
-
-Era un bisbiseo leve y blando. Abrió el tartanero los ojos, y
-reconociendo á su interlocutor, se levantó solícito.
-
---Mande usted, don Gil...
-
---Vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con tu coche
-delante del portal de don Ignacio.
-
---Muy bien, don Gil.
-
---Procura ser exacto.
-
---¿Es que el señor Martínez va de viaje?
-
---Lo ignoro. Sólo te encargo que acudas donde digo á la primera
-campanada de las doce.
-
---Pierda usted cuidado; y, por lo que después pueda suceder, voy á
-echarles á los caballos un pienso.
-
-En tanto hablaba, el tartanero miraba con cierto asombro á su
-interlocutor: parecíale más diminuto, más amarillo, que otras veces;
-como si fuese la imagen de don Gil y no su persona, en carne mortal, la
-que tenía delante.
-
-Fuese el enano y Fermín, malhumorado y soñoliento, empezó á renegar de
-su raída fortuna. Pedro, el cocinero de la fonda, quiso saber el motivo
-de aquel enojo.
-
---¡Una friolera!--replicó Fermín--A los pobres todo nos sale del revés.
-Hoy pensaba acostarme en seguida, porque esta mañana me levanté cuando
-aun había estrellas, y acaban de decirme que vaya á media noche con la
-tartana á casa de don Ignacio.
-
---¿Para qué?
-
---No sé; me pareció imprudente preguntarlo.
-
---¿Cuándo te lo han dicho?
-
---Ahora mismo.
-
---¿Ahora mismo?... ¿Quién trajo el recado?
-
---Don Gil.
-
-Pedro se asombró y, sin transición, su pasmo convirtióse en desdén y
-risa.
-
---¡Chico!... ¡Tú andas mal de la cabeza! Eso que cuentas lo has soñado.
-¡Si hace quince ó veinte minutos que yo estoy ahí, en la puerta, y no he
-visto á nadie!...
-
---¿A don Gil Tomás, tampoco?
-
---Tampoco; no, señor...
-
-Fermín se alzó de hombros:
-
---¡Déjame de historias! El dormido ó el borracho serás tú. ¿O es que yo
-no conozco á las personas ni entiendo lo que veo?... Don Gil Tomás ha
-estado aquí, hablando conmigo...
-
-Incrédulo y alegre, Pedro prorrumpió en carcajadas:
-
---¡Tú has bebido, Fermín!... ¡Tú estás peneque, Fermín!...
-
-El tartanero, furioso, le volvió la espalda y se marchó rezongando
-injurias.
-
-
-
-
-XXIX
-
-
-Hacía rato que el sereno de la calle Larga cantó las once y media.
-Puertopomares reposaba en el crespón fresco, lleno de enigma, de una
-noche sin luna. Las pisadas de los trasnochadores resonaban en el
-silencio limpiamente; sus sombras se alargaban oscilantes bajo la luz de
-los faroles.
-
-Doña Fabiana que, contra su costumbre, se había acostado temprano, creyó
-despertar y abrió los ojos. En pie, delante de ella, vió á don Gil. A la
-hermosa mujer no la extrañó que el hombre pequeñito hubiese penetrado
-hasta allí y á tales horas. Sin sobresalto, le preguntó:
-
---¿Ocurre algo, don Gil?...
-
---Sí, señora; su esposo se halla en mi casa y desea verla á usted.
-
-Presa de repentino pánico, doña Fabiana miró hacia atrás, buscando en la
-cama á don Ignacio, y no le halló.
-
---¿Cómo; está enfermo mi marido?...
-
-Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo, á la vez que se llevaba un
-índice á los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos,
-fríos, sin expresión, como los de los peces, señalaban hacia la niña.
-
---¡Chist!... hable usted bajo--musitó--; Antoñita podría despertar.
-
-Doña Fabiana repuso, sollozante:
-
---Confiéseme usted la verdad, don Gil: ¿está enfermo Ignacio?...
-
-Con la curiosidad de saber adelantó un poco el cuerpo, y los encajes de
-su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento
-tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron.
-
---Don Ignacio--dijo--está un poco enfermo. Vaya usted á verle cuanto
-antes. Fermín la llevará á usted en su coche; le avisé hace un rato y
-está ahí...
-
-Quiso retirarse. Ella se incorporó, bebiéndose las lágrimas:
-
---Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos.
-
-El hombre pequeñito hizo un ademán negativo, de silencio y misterio.
-
---No--dijo--no; yo saldré antes.
-
-Y, mirando á la niña:
-
---No haga usted ruido...
-
-Desapareció fantasmal. Inmediatamente doña Fabiana saltó del lecho,
-halló á tientas sus zapatillas, arropóse en una bata, se echó por los
-hombros un mantón y, á oscuras, buscó la salida del dormitorio. Iba
-ahogándose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazón; pero el
-temor de despertar á Antoñita, la impedía llorar. Rápidamente cruzó el
-patio y empujó la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el
-estiércol cálido.
-
-En aquel instante don Ignacio, obedeciendo á un presentimiento
-indefinible, salía de su despacho. Durante varias horas estuvo
-examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operación que
-á la mañana siguiente debía realizar. Había trabajado férvidamente, sin
-que ni su voluntad ni su atención desmayasen un punto; apenas el interés
-de lo que estudiaba le permitió fumar. Y empero, de pronto, sin motivo,
-experimentaba un desasosiego íntimo, un deseo invencible de salir fuera
-de la habitación donde se hallaba. De un salto se levantó y abrió la
-puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atravesó la longitud
-del taller pintando en la suciedad del suelo un rectángulo blanco.
-Martínez miró á todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vió á
-Fabiana, un calofrío nervioso sacudió su carne. ¿A dónde iba su mujer?
-Avanzó hacia ella.
-
---¿Qué buscas aquí?...
-
-Doña Fabiana demostró no reparar en él; sus grandes ojos negros estaban
-inmóviles; parecían mirar á lo lejos. Comprendió, sin embargo, lo que la
-preguntaban, y repuso acorde:
-
---Voy á la calle; que no se despierte la niña...
-
-Entendió don Ignacio que su mujer se hallaba sonámbula, y la habló
-dulcemente.
-
---¿Vas á la calle?
-
---Voy á casa de don Gil.
-
---¿A casa de don Gil? ¿Para qué?...
-
---Porque mi marido está allí; está enfermo; don Gil ha venido á
-decírmelo. ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...
-
-Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y
-resonase dentro de ella misma. Su actitud rígida, hierática, era la del
-éxtasis. Intentó avanzar. Delicadamente Martínez la detuvo por un brazo.
-
---Tu Ignacio está bueno y sano.
-
---¡No! ¿Cómo? No es verdad. Está enfermo. Me lo ha dicho don Gil.
-
---Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; estás en tu casa,
-hablando con él. Mírame, mírame á la cara...
-
-La cogió por la barbilla, procurando que detuviese en él los ojos.
-
---¡Mírame!...
-
-Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martínez hasta
-cuando acariciaban eran impacientes, comenzó á desvanecer el
-sonambulismo de doña Fabiana. Su alucinación flaqueaba, perdía color,
-se desleía en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azúcar.
-Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir:
-
---Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho...
-
-Don Ignacio agarró á su mujer por los hombros, y sacudiéndola de delante
-á atrás:
-
---Despierta, Fabiana, despierta. Estás soñando. ¡Oye!...
-
---¿Estoy soñando, verdad?
-
---Sí, sí. ¡Oyeme!...
-
---¿Verdad?... Estoy soñando...
-
-Su voz adquiría una inflexión alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de
-súbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces
-impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivió; la emoción
-arreboló ligeramente el mármol de las mejillas. Miró en torno suyo con
-espanto: reconoció el local, reconoció á don Ignacio...
-
---¿Cómo estoy aquí?...
-
---Venías soñando--repuso Martínez.
-
-Ella respiró mejor y abrazó á su marido. Sentía tranquilizarse la
-angustia y fatiga de su corazón.
-
---He tenido una pesadilla horrible--murmuró--; don Gil vino á decirme
-que te habías puesto enfermo en su casa...
-
-Empezó á temblar. A su nerviosidad se añadía el frío que recogió al
-cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castañeteaba los
-dientes; se cruzó de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos
-yertas buscaban la tibieza suave de las axilas.
-
-Don Ignacio, diligente y con una emoción donde á la inclinación sexual
-del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arropó á su mujer en la
-manta que él tenía en su despacho para abrigarse las piernas, y
-llevándola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su
-cuerpo, la ayudó á repasar el patio.
-
-Apenas en su dormitorio, doña Fabiana se zambulló en el lecho. No se
-atrevía á moverse; el contacta frígido de las sábanas la causaba horror.
-
---Acuéstate--dijo á don Ignacio--; ya es muy tarde.
-
---Estoy concluyendo de tomar unas notas--repuso él.
-
---Déjalas para mañana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva
-don Gil.
-
-Don Ignacio, resistía, esclavo de su deber.
-
---Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo
-en seguida; antes de quince minutos...
-
-Para consolarla la palpó por encima de las mantas, y sobre los labios y
-en las mejillas la dió muchos besos.
-
-Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle.
-
---Han llamado--exclamó doña Fabiana palideciendo.
-
-Don Ignacio advirtió su miedo y replicó zumbón:
-
---¿Si será don Gil?...
-
-Absorta, ella repitió:
-
---¡Si será don Gil!...
-
-Y hubo en su acento tal misterio que, bien á su pesar, Martínez sintió
-descender un estremecimiento de terror por su espalda.
-
---Veamos--dijo recobrándose--quién puede llamar á estas horas.
-
-Sacó del cajón de la mesilla de noche su revólver y salió al patio. Dos
-veces, sin motivo, miró hacia atrás. Una inquietud supersticiosa le
-envolvía. Parecíale que á su lado, silenciosamente, como sobre unos pies
-de terciopelo, caminaba una sombra.
-
-Al abrir la puerta el veterinario se encontró con Fermín. También
-reconoció el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos
-cuadriles de los caballos. El tartanero se destocó, respetuoso.
-
---Buenas noches, don Ignacio.
-
---Hola, Fermín. ¿Qué hay?...
-
---Nada, don Ignacio; dispense usted si llamándole le he molestado...
-
---No, hombre.
-
---Pero, yo me dije: «No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar».
-¡Pues, desde las doce estoy aquí!...
-
---No... no te había oído--repuso Martínez con aire maquinal.
-
---Pues... ¡no tenga usted prisa! Acabe usted lo que esté haciendo con
-todo sosiego; yo aquí le aguardo.
-
-Don Ignacio no comprendía.
-
---¿Pero, tú qué buscas?... ¿Tú qué necesitas ó qué quieres?...
-
-Estas preguntas, formuladas con cierta destemplanza colérica, llenaron
-de estupefacción el semblante carrilludo y cetrino de Fermín.
-
---¡Yo no quiero ni busco nada, don Ignacio!...
-
---¿Entonces, qué?... ¿A qué has venido?
-
---Yo he venido cumpliendo el recado que me dieron.
-
---¿Un recado? ¿Te han dado á ti un recado?
-
---Sí, señor.
-
---¿De parte de quién? ¡Que me maten si entiendo!
-
---¡Qué gracia! ¡De parte de usted!...
-
---¡De parte mía!...
-
-Don Ignacio sintió en todo su cuerpo un frío intenso, sutil, que llegaba
-á sus huesos y él atribuyó á la corriente de aire establecida entre la
-calle y el patio. Para guardarse de ella salió á la acera, cerrando tras
-sí la puerta. En las palabras del tartanero Martínez empezaba á
-vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja.
-
---Dí, Fermín: ¿cuándo te llevaron ese recado?
-
---Poco después de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado
-así, en semejante posición, el respaldo de la silla apoyado contra la
-pared. Por más señas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareció
-don Gil Tomás y me dijo: «Fermín: vengo á decirte que luego, á las doce
-en punto, estés con el coche en casa de don Ignacio».
-
-Al oir el nombre del enano, Martínez se desemblantó y turbó hasta la
-lividez. Fermín lo advirtió.
-
---Pero, ¿no es verdad?
-
---No, no es verdad--repitió Martínez--; yo no he visto á don Gil.
-
-De pronto, rehaciéndose, porque su animosa voluntad se doblegaba
-trabajosamente al miedo:
-
---Pero, ¿tú has hablado con don Gil?
-
---Sí, señor.
-
---¿Tú estás seguro de haber hablado con él?
-
---Sí, señor... ¡ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo
-que morir. Es más: yo le pregunté, un tanto extrañado del aviso: «¿Es
-que el señor Martínez va de viaje?...» A lo que respondió: «No sé; pero
-procura acudir puntualmente adonde te he dicho»...
-
-Fermín se dió una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras
-de Pedro.
-
---¿Lo habré soñado?--exclamó.
-
-Refirió la escena detalladamente y cómo después que don Gil Tomás se
-hubo marchado, al lamentarse él de tener que enganchar los caballos,
-Pedro, el cocinero, empezó á embromarle, asegurándole que aquello eran
-invenciones suyas, puesto que el hombre pequeñito no había estado allí.
-
---¿Si lo habré soñado?--repetía Fermín--; diga usted, don Ignacio, ¿seré
-yo sonámbulo? Porque es muy extraño que, hallándome dormido y Pedro
-despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese á don Gil y mi
-compañero no le viese. ¿Habrá escondido en alguna brujería?...
-
-El veterinario no contestó. Fermín se signó cristianamente y prosiguió
-hablando, porque esto le aliviaba de su emoción. Don Ignacio pensaba:
-
-«El hecho de que este mastuerzo haya soñado con don Gil, y de que la
-intensidad de la alucinación haya determinado en él una crisis de
-sonambulismo, no me extraña. Pero, ¿y Fabiana? ¿Cómo Fabiana ha soñado
-también con él?...»
-
-A este pensamiento sucedió otro:
-
-«Evidentemente hay una relación entre ambos sueños: el de Fermín casi
-explica el de Fabiana; diríase que se trata de un rapto. ¿Estará don Gil
-enamorado de mi mujer?...»
-
-Preguntó:
-
---¿Y no te dijo don Gil á dónde habías de ir después?
-
---No, señor; y si me lo dijo... ¡no lo recuerdo!
-
-Continuó devanándose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don
-Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardándole, le
-interrumpió:
-
---Bueno, Fermín: no caviles más en eso porque vas á perder el juicio.
-Todo ha sido un sueño. ¡Ea, hasta mañana!...
-
-Fermín saludó:
-
---Será como usted dice, don Ignacio: lo habré soñado. Buenas noches... y
-dispensar...
-
-Subió al pescante, requirió las riendas y la tartana, oscilando sobre el
-pavimento desigual, se alejó lentamente. Una estela de silencio quedaba
-tras ella.
-
-Don Ignacio entró en su casa y cerró la puerta. Tenía frío. Miró á su
-alrededor. La lámpara del despacho recortaba en el suelo un largo
-rectángulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas
-en ordenadas ringleras, brillaban como cráneos. Martínez volvió á
-preguntarse:
-
-«¿Cómo ha venido el coche? ¿Por qué Fabiana quería marcharse?... ¿Qué
-misterio se esconde en todo esto?...»
-
-Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se
-erizaron. No veía á nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse
-solo. Tembló. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de
-músculos y arrebatado de corazón, sintió el miedo.
-
-
-
-
-XXX
-
-
-Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en
-la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La
-temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía
-una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles
-pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo
-parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos
-aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo,
-indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse
-manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo
-se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era
-menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus
-laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche
-blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á
-falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de
-tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba
-metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del
-ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de
-plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más
-arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin,
-del mundo inorgánico, toda la policromía adusta, llena de severa
-aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y
-de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del
-feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde
-predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy
-oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un
-azul pálido, frío, triste, como un convaleciente...
-
-En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de
-Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba
-resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin
-frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la
-escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas
-rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las
-voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse
-desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la
-sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las
-alfombras.
-
-Los rigores atmosféricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de
-sus paredes, seguía igual. El tiempo, el terrible anarquizante que á las
-almas, como á los edificios, lleva siempre principios de disgregación,
-olvido y renovamiento, cambiando allí de táctica, sirvió de argamasa, y
-con ungüento de rutina, más coercitivo que el cemento romano, aseguró la
-marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de
-veinte años, casó con Dominga, la sobrina de don Valentín; pero como sus
-economías no le bastaban á establecerse, seguía desempeñando sus
-funciones de camarero con aquella discreción que estereotipó en su
-semblante triste y flaco--semblante de dispéptico--una sonrisa
-servicial. Entre los parroquianos más antiguos notábanse algunas
-deserciones. Ejemplos: Romualdo Pérez, cuyo humor parecía haberse
-anubarrado con las cargas matrimoniales, y sólo iba al Casino los
-domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus
-libertinas mañas y formalmente enamorado de Anita Fernández Parreño,
-apenas salía á la calle de noche. También su hermano don Niceto, el
-juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parálisis,
-observaban vida muy apartada.
-
-En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Isidro
-Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martínez y don
-Artemio, continuaba inmutable. A ella habíanse agregado otros elementos:
-tales don Dimas Narro, médico joven y de mérito, que en breve tiempo
-supo ganarse una clientela; y don Belisario López, el dueño de la
-imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas ó forasteras, no aportaron
-al espíritu arcaico de la reunión ninguna ráfaga pinturera ó
-extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos
-cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idénticas
-palabras triviales. Por obra de la desocupación y del fastidio, lo más
-baladí se glosaba hasta la saciedad y era durante días motivo de
-conversación.
-
-La vejez que las ruinas del viejo castillo infundió á los edificios,
-trascendió á los caracteres. En aquel ambiente inmóvil todo era ruin y
-oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crímenes de Rita,
-el misoginismo de los hombres y las orgías de don Gil, la idiotez de
-Ramitas y la chismorrería, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El
-alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de
-Castilla, sin ecos ni colores.
-
-Unicamente los jueves, días de mercado, traían al Casino cierto
-regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la mañana,
-bajo los árboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba allí
-perfectamente.
-
-El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la
-raqueta del banquero sonaba más.
-
-A don Juan Manuel y á don Elías les gustaba jugar, especialmente al
-primero, de quien se decía que en el Casino de Madrid llegó á perder
-cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno
-siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no
-entristecían. Don Artemio también solía arriesgar algún dinerillo al
-vaivén cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y
-producíale cosquilleos recónditos; su circulación se aceleraba; pero
-como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus pérdidas, nunca
-excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martínez. El
-albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perdía, doblaba
-las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carácter se
-desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio,
-anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con
-gruñidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebullía
-como si le pinchasen alfileres. Fuésele la suerte propicia ó adversa, el
-señor Martínez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelión.
-
-Aquella noche, después de jugar un rato, la mayoría del público regresó
-al salón del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un
-espejo, del «cuarto verde», se abría y aparecían más socios.
-Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corría
-solícito, de un lado á otro.
-
-Don Juan Manuel Rubio examinó su cartera: había perdido cien pesetas.
-
---De las cuales--contestó don Elías--han llegado á mis manos la mitad,
-justamente. He ganado diez duros.
-
-Don Artemio Morón no había cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo
-que se divirtió tenía bastante. Don Isidro y don Dimas también
-perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales.
-
---Entonces--exclamó don Elías liberalmente--invito á ustedes. El dinero
-del juego es alegre. Llamen á Teodoro y pidan lo que gusten.
-
-El diálogo recayó sobre las operaciones realizadas aquel día en el
-mercado. La arroba de carne de cerdo se había vendido á setenta reales,
-y á veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y
-marranos de doce. Don Juan Manuel hacía signos de asentimiento; él tenía
-en «La Evarista» varios cerdos que seguramente pesaban bastante más; lo
-lamentable era la epidemia de erisipela, ó mal rojo, que aquel año
-afligía á los puercos.
-
---A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso.
-No sé qué le sucede; ¿no le encuentran ustedes distraído?...
-
---Pues, en su negocio--repuso don Isidro--, no debe de irle mal. Tiene
-todo el trabajo que quiere.
-
---Yo creo que bebe--insinuó malévolamente don Artemio, bajando la voz.
-
-Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel
-instante salía Martínez. Don Ignacio, el paso firme, se acercó á la
-tertulia y cogiendo una silla dejóse caer en ella con ímpetu. Su
-semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, más enardecidos que
-nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Había perdido
-cuarenta y dos pesetas. A última hora necesitaba un cuatro de bastos
-para desquitarse, y el banquero tiró una sota...
-
---¡De bonísima gana--exclamó--le hubiese dado un puñetazo en la
-cabeza!... ¡Así!...
-
-Y su brazo corto y musculoso se encogía, se estiraba, describiendo la
-trayectoria del golpe.
-
-Las crisis de mal humor del veterinario producían en don Juan Manuel
-reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era cólera, minutos
-después en el diputado se hacía risa. Aquellos dos caracteres,
-igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida
-de la furia del otro; si éste se deprimía aquél se exaltaba, y de su
-constante oposición derivábase una atmósfera espiritual muy grata.
-
-El señor Martínez aquella noche estaba de malísimo temple porque el
-forjador de su taller se le había marchado á Salamanca, y no tenía con
-quién reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y
-de pocas palabras.
-
---Por lo mismo--agregó--, cuando esta mañana, de repente, me dijo que se
-iba, no sé cómo no le di con el martillo.
-
-Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del
-señor Martínez y comprendían su contrariedad, y el perjuicio que aquel
-accidente le irrogaba. Únicamente don Juan Manuel se echó á reir.
-
---¡Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que está
-jugando y el banquero le tira una sota... ¡Puñetazo al banquero! Que se
-le va un empleado y no tiene con quién sustituirle... ¡Puñetazo al
-empleado! ¿Pero usted cree que las voluntades se arreglan á golpes, como
-las herraduras? «A caballo corredor, cabestro corto», amigo Martínez.
-
---En muchos casos, sí, señor.
-
---Pero en otros muchos casos, no, señor; y en todos es preferible pecar
-de tímido que de bárbaro. «Burrilla mansa, á su madre y á la ajena
-mama»... ¡Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que á usted
-le gustan!...
-
-Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un
-filósofo epicúreo, de la moza temprana y del vino añejo, sustentaba
-afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendían y regocijaban
-amenamente á la reunión. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio
-dialéctico cultivando la paradoja, era bueno y alegre porque sabía
-perdonar, y perdonaba fácilmente porque todo le parecía bien. Había una
-lógica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y
-su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el
-optimismo fragante de su corazón perfumaba su discurso, y
-recíprocamente, su lógica daba á sus costumbres aplomo simpático. Alto,
-grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fáciles
-á la dicacidad y á la risa, todo armonizaba en él; el dichete agudo, lo
-subrayaba la línea oronda del abdomen.
-
-En las discusiones que emprendía contra todos, don Juan Manuel, solterón
-y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el
-olvido, la indulgencia frívola, el perdón hacia cuanto siempre se creyó
-imperdonable.
-
---Creemos--decía--que en moral hemos llegado á la perfección, que son
-inamovibles los fundamentos que dimos á las nociones de «deber» y
-«bondad», y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueología,
-la medicina, la biología, la mecánica y la estadística, continúan
-progresando. ¿No existe entre ambas afirmaciones contradicción?... Yo
-creo que sí; pues si la moral constituye el cogollo ó sumidad del humano
-saber, y, por lo mismo, la síntesis, resultado ó abreviatura de todas
-las ciencias, mientras éstas no lleguen á los límites, lejanos todavía,
-de lo cognoscible, la última palabra de la ética no podrá ser escrita.
-Nosotros no sabemos aún, definitivamente, dónde está la virtud. La
-humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de día en
-día, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne
-mañana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que
-paulatinamente va formándose en los talleres, en las fábricas, en los
-laboratorios, según las necesidades materiales y el nivel cultural de
-cada época. La aparición de un fósil desconocido, el descubrimiento de
-una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La ética, señores, es el aroma
-de muchas rosas enormes que aun están abriéndose...
-
-Don Juan Manuel Rubio, que allá, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del
-Parlamento, raras veces se atrevía á hablar, entre un grupo de amigos
-era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrería,
-tanto argumento desorbitado y capcioso.
-
---De modo--replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba
-objetivar las ideas--que si un marido descubre la infidelidad de su
-compañera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo
-que debe hacer...
-
---Perfectamente; y mientras el consejo llega ó nó puede perdonarla y
-seguir á su lado, ó separarse de ella. Todo menos creerse autorizado á
-asesinar cobardemente á una pobre mujer que, después de amarle... y
-acaso sin dejar de amarle... amó á otro.
-
---¿Usted lo haría, usted perdonaría?
-
---Sin vacilar.
-
---¡Bah!... Usted habla así porque es soltero.
-
---Y si me hubiese casado pensaría lo mismo. Además, ¿no lo estoy?...
-Evarista, con quien tengo relaciones hace doce ó trece años, como
-ustedes saben, es para mí una esposa. Yo, al menos, me fastidio á su
-lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfacción consiste en saber
-que Evarista me quiere «porque sí», y no me engaña porque me respeta lo
-suficiente para no engañarme, no porque carezca en su casa de completa
-libertad. Esta alegre confianza mía los celosos la ignoran. Un celoso
-debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legítimo amor, sino
-miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y
-vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que
-creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de él. En
-cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas
-de par en par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no
-quiere irse...
-
-Don Juan Manuel disertó amenamente acerca del amor y del modo, un poco
-libertino, que él tenía de sentirlo.
-
---Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con
-sinceridad, pero sí aparentar ó fingir magistralmente que las amamos;
-pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer ó tan esquisitamente
-frívolas, que se contentan y satisfacen con la ficción. Cabalmente
-porque nunca las quise mucho, fué por lo que ellas, casi todas, me
-quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis
-teorías y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la
-renovación frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin
-embargo, quiero á Evarista y probablemente no me separaré de ella. Es
-cierto. Pero conviene consignar aquí que á todas las pasiones de mi
-vida, aun á las mayores, fué ligada siempre una abundante dosis de
-pereza. Yo no suelo serles fiel á las mujeres por cariño; mi constancia
-no es constancia legítima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por
-abandono sigo á su lado, como frecuentemente hallándonos encamados,
-tenemos sed, y no nos levantamos á beber por no molestarnos en cambiar
-de actitud. ¡Anomalía extraña! La costumbre, que mata al amor, es, no
-obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor.
-
-Fernández Parreño aprovechó la pausa que en este momento de su discurso
-hizo el diputado, para sentar la opinión de que don Juan Manuel, ó por
-pereza, como él creía, ó por nobleza, gratitud y perseverancia de
-corazón, si llegara á casarse sería un marido modelo.
-
-Don Juan Manuel sonrió y movió la cabeza, en señal de duda.
-
---No sé, mi querido amigo--repuso--; no sé qué decirle, pues tengo
-poquísima confianza en mí. Sucede con los amores lo que con las citas.
-Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. «No es
-correcto hacerla esperar al aire libre»--pensamos--. Lo mismo ocurre en
-los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos
-retrasemos, siempre acudiremos á tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda
-en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse.
-El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale
-á una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan
-cómodas, nunca sería exacto...
-
-Se interrumpió, tuvo una sonrisita desdeñosa, aplastó lentamente la
-blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de café:
-
---Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sentí
-celos. ¡Pobres cerebros pequeños, cerebros oscuros!... A veces les
-compadezco, á ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro más que nadie
-de ese mal, porque mi ambicioso corazón tiene celos simultáneamente de
-millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas,
-que llenan los teatros de Madrid y no son mias.
-
-Hizo un mohín irónico.
-
---Claro es que de tan descosida afición amorosa un hombre discreto se
-alivia fácilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos
-dirigido la siguiente pregunta: «¿A quién pertenecen esas mujeres tan
-bellas que vemos en la calle? ¿A qué venturoso galán rindieron la
-intimidad perfumada de sus noches?...» Pero no debemos desesperarnos,
-pues igual interrogación se propondrán los dueños de tales hermosuras
-con respecto de nuestras esposas. Es la triste condición humana; basta
-que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se
-detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber
-triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos le guían y ayudan en su
-camino: la vista y el tacto. Pero diríase que aquella tiene vergüenza de
-que su aliado, mucho más tardo y grosero, la empareje; y así, apenas
-nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente
-ingratos y peregrinos, miran á otra. Ello me anima á dar á ustedes el
-siguiente consejo: cuando alguien desee mucho á una mujer casada y
-cegado por su deseo se torture y piense que únicamente á su lado sería
-feliz, acuérdese de que, junto á ella, su esposo, más de una noche, se
-aburrirá horrorosamente. Esta reflexión ha de producirle gran alivio...
-
-Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel
-intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel calló la
-conversación siguió rumbos más fáciles.
-
-Don Isidro dijo que por la tarde él y su cuñado salieron á dar un paseo,
-y que estuvieron divirtiéndose en tirar piedras contra un poste del
-telégrafo.
-
---En ese mismo poste--agregó--, siendo yo niño, grabé con un cortaplumas
-las iniciales de mi nombre; hoy las busqué y allí están todavía.
-
-Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza
-del vivir pueblerino, arrancó un suspiro á don Artemio. También suspiró
-don Elías. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo más
-pequeño durará más que ellos.
-
-Hablaron de dos turistas ingleses, padre é hijo, que llegaron al pueblo
-la víspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje á Salamanca al
-día siguiente.
-
---Entre ayer y hoy--exclamó don Artemio--han recorrido, no sólo la
-población, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para
-aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque
-bebiendo cerveza á la puerta del parador del Sol, y retrataron á unos
-trajinantes gitanos que estaban allí con sus caballerías. Después, por
-el Paseo de los Mirlos, bajaron al río y visitaron la fábrica de
-tejidos de Pepe González.
-
-Don Isidro, que aborrecía á González por rivalidades de oficio, tuvo una
-mueca desdeñosa.
-
---¿Y quién les llevó á casa de González?--interrumpió.
-
---No lo sé.
-
---Siempre sería el mentecato de su sobrino Juan, el marido de _la
-Manca_...
-
-Don Isidro miró á los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del
-hombre acostumbrado á acertar.
-
---Lo comprendí--agregó--en cuanto dijo usted que esos forasteros habían
-estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de _la Manca_,
-no sale de allí. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es también de
-Felipe Ortiz, el dueño del parador. ¡Esposa de la mano izquierda, se
-entiende! ¡No tiene otra!...
-
-Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar á
-González, su enemigo, añadió:
-
---¡Pues, valiente telar han ido á enseñarles! Apuesto la cabeza á que no
-hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado á la
-hilandería de mi suegro!...
-
---También la visitaron--repuso el boticario--; y retrataron á todo el
-personal. Después repasaron el río y triscando como cabras subieron
-hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio
-pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografías; decían que
-la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mérito. En
-seguida pidieron autorización para visitar el cuartel; estuvieron en la
-torre y bajaron á los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos
-años, lo menos treinta, estaba cerrado. También celebraron con
-entusiasmo los frescos de la bóveda de la enfermería. Pero lo que más
-les ha gustado, según don Valentín, es el balcón de la calle Amor de
-Dios.
-
---¿El de casa de doña Francisca?--preguntó Martínez.
-
---Eso es. ¿Lo sabía usted?
-
---Me lo dijeron anoche.
-
---¿Sí?... ¿Dónde?
-
---En la peluquería de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera
-Salamanca; aquí en seguida se sabe todo.
-
-Comentaron abundantemente cuanto los forasteros habían hecho y dicho. No
-llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la
-excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de
-mirar, de hablar, de moverse, descubrían el rango de sus personas. Los
-dos se parecían extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de
-movimientos y rubios; caminaban á zancadas largas y usaban monóculo. Lo
-que más pasmaba á la reunión era la actividad infatigable de aquellos
-trotatierras.
-
---De ayer á hoy--observó don Artemio--han cambiado de calzado lo menos
-cinco veces.
-
-Agotado el tema, don Dimas interpeló á su colega don Elías.
-
---¡Me debe usted una merienda!...
-
-Entre risas, explicó lo ocurrido. Acababa de sentarse á tomar un
-piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto.
-
---Tiré la servilleta y corrí al balcón á informarme de lo que sucedía;
-era la jaca de nuestro amigo Fernández Parreño, que no quería andar. El
-animal reculaba y se metía en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba
-consiguió dominarlo. Pero cuando yo volví á la mesa me encontré con que
-el gato se había llevado mi merienda.
-
---Al taller fueron á decirme--exclamó don Ignacio--que en la calle Larga
-se espantó esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don
-Elías.
-
-Y agregó doctoral, dirigiéndose al médico:
-
---Le advierto á usted que esa jaca está medio loca y antes de un año
-será preciso matarla. Si halla usted ocasión de venderla, hágalo. Es un
-buen consejo.
-
-Don Juan Manuel preguntó al veterinario lo que convendría hacer con los
-bueyes que tenía enfermos. El señor Martínez hizo un ademán impaciente.
-
---Esos animales--replicó con hostil vivacidad--están tuberculosos. Ya se
-lo he dicho á usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamación de
-la articulación fémororrotuliana es producida por un exceso de
-trabajo... ¡Pues, no señor! Usted, para curarlos, habrá empleado
-vesicantes... ó les habrá aplicado inyecciones de adrenalina, ¿verdad?
-
---Justamente.
-
---¿Y no ha conseguido usted nada?
-
---Hasta ahora, nada.
-
---¡Es claro! Porque esa inflamación de la sinovial no proviene de ningún
-esfuerzo, ni es de origen artrítico, sino de origen tuberculoso. Esos
-bueyes, vuelvo á repetir, no le sirven á usted y debe usted matarlos
-cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad.
-
---Mañana mismo pasarán á mejor vida--repuso tranquilamente don Juan
-Manuel.
-
-Con esta promesa, que era una satisfacción y tributo rendidos á la
-practica, saber y buena amistad, del señor Martínez, éste se dió por
-contento, y suavizó su humor.
-
-Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compró en
-Candelario.
-
---¿Tiene furor uterino?--interrogó don Ignacio.--Entonces, es lo mejor
-que puede usted hacer; porque, estirpándola los ovarios, rendirá mucha
-más leche. Transcurridos dos ó tres años, quedará inútil, ya lo sabe
-usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar
-por ella lo que haya podido costarle ó más...
-
---Necesito castrar un potro--dijo don Elías.
-
---Cuando usted guste.
-
---Esta semana. Todavía es añal.
-
---Mejor. Así la operación ofrece menos peligros. Después, el tratamiento
-es sencillo. Se reduce á lavar bien la herida con agua sublimada ó
-fenicada, y á tener al animal, durante los ocho primeros días, atado
-corto al pesebre, para que no se eche.
-
-De pronto el señor Martínez se revolvió contra el boticario; su belicosa
-voluntad acababa de sentir una crisis de cólera.
-
---¡Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el
-favor de no meterse á recetar. Usted no es quién, para recetar. Yo hablo
-muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligación, ha de limitarse á
-servir las recetas que le lleven.
-
-La acometida fué tan á quemarropa, que don Artemio, á pesar de su flema,
-se ruborizó.
-
---¡Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. ¿A qué viene eso?...
-
---Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: «quien del alacrán
-está picado, la sombra le espanta».
-
---Repito que no le entiendo á usted. ¿A qué responde ese exabrupto?
-
---Viene á cuento--replicó el señor Martínez clavando sus ojos
-tempestuosos en los del boticario--de que muchas personas, unas del
-pueblo, otras del campo, van á la farmacia de usted y, para ahorrarse el
-dinero del médico ó del veterinario, le consultan las dolencias que
-ellos, ó sus animales, padecen. Y usted... ¡claro!... les atiende; y si
-había de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y
-cuartillo, sin advertir que, aquí, en Puertopomares, hay ocho médicos y
-dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted
-hay que hablarle así, porque «el buey ruin en cuerno crece»...
-
-Aunque acobardado por la marcial actitud de Martínez, el boticario se
-creyó obligado á oponer un alarde rotundo y viril á la acusación de que
-era objeto. La presencia de dos médicos en la tertulia acrecentaba la
-gravedad y ridiculez de su situación. Apretó bien los puños bajo la
-mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de él una bizarría. Hasta
-don Juan Manuel, se había quedado grave.
-
---¿Y eso lo dice usted en serio?--interrogó don Artemio, templándose
-para la pelea.
-
---En serio, sí, señor. Yo soy así. Yo hablo siempre en serio y digo las
-verdades en la cara.
-
---Pues... ¡miente usted!...
-
---¿Que yo miento?... ¿Ha dicho usted que yo miento?...
-
-Levantóse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo
-y esgrimiéndola á manera de maza, la descargó sobre la cabeza del
-boticario. Resonó un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo
-y turgente, de don Artemio, tiñóse de sangre. El agredido vaciló, pero
-recobrándose quiso arremeter á su rival, cuando éste, poniéndole los
-puños unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcertó y
-zarandeó hasta dar con él de lomos en el suelo. Alzáronse todos,
-acudiendo á represar con manos y razones la desbridada furia de don
-Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de sí, pretendía subirse encima
-del caído y patearle y exprimirle como á uva en lagar.--«¡Al capón que
-se hace gallo, azotallo!»--gritaba el albeitar, que, ni aun en tan
-dramático momento, perdía su culto á los refranes.
-
-Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que habían acudido
-al ruido de la trifulca, rodearon á Martínez, llevándole, casi á
-rastras, al hueco de un balcón. Fernández Parreño y don Dimas favorecían
-á Morón, ayudándole á enmendar el desorden de su traje y á limpiárselo
-con una servilleta. Había en su solicitud una especie de solidaridad,
-una protesta tácita contra la baratería del agresor. Muy pálido, la voz
-agitada aún por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba:
-
---¡Farsante!... ¡Calumniador!... ¡Decir que yo receto!...
-
-En medio de su tribulación el pobre hombre, con su elevada estatura, su
-joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automáticamente
-se palpaba la frente con un pañuelo, y al ver que éste se cubría de
-púrpura, volvía á restañarse la herida. Entre su enorme cráneo rojo y
-sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenían una lividez
-cadavérica y sus amedrentados ojos parecían mayores. Todo su corpachón,
-débil y cobarde, temblaba.
-
---¡Decir que yo receto!... ¡Embustero!... ¡Y acometerme hallándome
-desprevenido!... ¡Claro es que esto no queda así!... ¡Yo sabré lo que
-debo hacer!...
-
-Dolíase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque, á través de
-la distancia y de las personas que le defendían, las venenosas pupilas
-de Martínez le buscaban furibundas y se clavaban en él como saetas.
-
-Trémulo de cólera, con algo de jabalí acosado, en la expresión de los
-enrojecidos ojos, don Ignacio repetía:
-
---Ese viejo usurero vive porque están ustedes aquí. Pero yo, un día, le
-mato; le abro la cabeza de un garrotazo...
-
-También se revolvió lesivo contra una observación de don Juan Manuel.
-
---¡No, señor!--gritó--yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que
-dice en voz alta lo que piensan muchos. ¡Ni más ni menos! Los ocho
-médicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos
-roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...; ¡ó no me da la
-gana de callarme!... ¡Bastante prudente he sido!... Este escándalo debí
-darlo hace tiempo...
-
-Como la furia del señor Martínez no amainaba, don Dimas y don Isidro
-decidieron llevarse á don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba
-una ocasión discreta para poner pies en polvorosa, agradeció
-sinceramente aquella intervención, y lanzando á su contrario una mirada
-de desafío, insinuó hacia la puerta del salón una retirada elegante.
-Salió con andar lento y ajustándose bien el sombrero sobre sus melenas
-despeinadas. En medio de su espalda, señalando la cresta más saliente de
-su joroba, griseaba una mancha de polvo.
-
-Don Ignacio le gritó implacable:
-
---¡Ya nos veremos!...
-
-Al mismo tiempo que golpeándose, por dos veces, el antebrazo izquierdo
-con la mano derecha, ponía á su advertencia un comentario obsceno.
-
-Cuando don Artemio se marchó, el señor Martínez, y cuantos con él
-estaban, volvieron á sentarse. Los ánimos se apaciguaban. La opinión,
-que hasta allí habíase mostrado indecisa, reaccionó en favor del
-veterinario. La mayoría admiraba la crudeza de sus palabras y la
-excelente puntería y diligencia de sus puños. Reconocían que el
-silletazo que derribó á don Artemio fué magistral. Verdaderamente, don
-Ignacio estuvo muy bien, y Fernández Parreño le testimonió su adhesión
-dándole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos
-todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y
-cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesía.
-
-Don Juan Manuel lanzó una carcajada.
-
---Realmente, hasta que no le he visto á usted boxear, amigo Martínez, no
-comprendía yo que se le pudiesen dar á un hombre tantas bofetadas en tan
-poco tiempo...
-
-
-
-
-XXXI
-
-
---Advierto desde hace tiempo--había dicho don Valentín--que don Ignacio
-no se muerde más que las uñas de los dedos pulgares...
-
-La observación era rigurosamente cierta. Varios meses hacía que el señor
-Martínez, apenas se hallaba solo, empezaba á comerse vorazmente las uñas
-de sus pulgares, y este rasgo de autopofagia acusaba en él una
-impaciente y colérica preocupación. Su inquietud provenía de la noche en
-que doña Fabiana se levantó sonámbula para ir á casa del hombre amarillo
-y pequeñito. Consideradas separadamente, ni la pesadilla de su mujer, ni
-la de Fermín, el tartanero, revestian verdadera importancia, pues son
-frecuentes los ensueños que sugestionan á las personas dormidas al
-extremo de obligarlas á la acción. Lo inexplicable eran el sincronismo y
-la absoluta concordancia de ambos fenómenos. Don Gil había dicho al
-tartanero:
-
-«A las doce en punto estarás con tu coche delante de la puerta de don
-Ignacio.»
-
-Y á doña Fabiana:
-
-«Su marido está enfermo. Vaya usted á verle. Fermín la llevará á
-usted...»
-
-El veterinario se recomía los sesos escudriñando los vínculos que
-pudiera haber entre estas alucinaciones, y aunque materialista acérrimo
-y refractario, de consiguiente, á admitir que las almas campasen solas,
-bien echaba de ver que el fondo de aquel asunto escapaba á toda cábala
-científica. Allí había un secreto, un enigma, demasiado complejo para
-achacarlo á la casualidad. De esto don Ignacio no hablaba con nadie; el
-recelo de parecer asustadizo y de que las gentes empezasen á decir que
-don Gil Tomás gustaba de doña Fabiana, le contenían. Su reserva y las
-supersticiosas tribulaciones de su mujer, agravaban su preocupación.
-Como él, doña Fabiana advertía á su alrededor, especialmente de noche,
-un peligro; la presencia de algo invisible y fuerte que la espiaba. En
-otra ocasión, Martínez hubiese achacado aquel sobresalto á un principio
-de neurastenia; pero, contra esta suposición tranquilizadora, alzábase
-el recuerdo de aquella cita inexplicable, tendida, como un lazo, á la
-virtud de su mujer.
-
---¿Tú no crees--preguntaba Martínez á doña Fabiana--que don Gil esté
-enamorado de ti?
-
---No lo creo.
-
---Una noche, sin embargo, soñaste con él; quería abrazarte; tú me lo
-dijiste.
-
---¿Qué importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueños son
-tonterías.
-
-Don Ignacio desconfiaba; temía que su mujer, conociendo las violencias
-de su carácter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no
-ocultarle nada, y tal acento de convicción y nobleza tenían sus
-palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doña Fabiana era sincera;
-el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte.
-
-Además, la señora de Martínez no había vuelto á soñar con don Gil, y si
-alguna vez le vió en sueños, fué tan ligeramente, que su imagen no dejó
-rastro malo ni bueno en su memoria. Acerca de esto don Ignacio no sabía
-interrogarla y se informaba torpemente. Algo honesto, muy caballeresco,
-muy pulcro, le impedía formular preguntas infames. Doña Fabiana, sin
-embargo, le respondía explícitamente. Demasiado comprendía las
-curiosidades de su marido cuáles eran y por dónde iban orientadas.
-
---Puedes creer--le decía--que después de esa noche de que ya hemos
-hablado, no he visto á don Gil.
-
-Con cuya misericordiosa afirmación Martínez sentía apaciguarse la
-agresiva tirantez de sus nervios y aliviado su corazón de una sofocante
-pesadumbre.
-
-Terminadas las vacaciones carnavalescas, comenzó á celebrarse en
-Salamanca la vista del proceso instruído contra los hermanos Paredes. La
-noticia produjo en Puertopomares indecible emoción y devolvió á _los
-Rojos_ todo su repugnante interés criminal. Los detalles de la causa, un
-poco olvidados en el somnífero transcurso de aquel año, readquirieron
-llamativos verdores. La gente, al pasar por delante de la llamada
-siempre «casa del chopo», miraba recelosa hacia la puerta; aquella
-puertecilla sórdida, oscura, colocada en un nivel inferior al de la
-calle, por donde el cadáver del señor Frasquito salió una mañana
-llevándose á la tierra el secreto de su agonía. Nada faltaba en el negro
-horror de tan inaudita tragedia policíaca: las relaciones incestuosas de
-Rita con su hermano; la horrible sagacidad que ambos pusieron en el
-planteamiento y realización de su crimen; el hallazgo de las tres orzas,
-llenas de dinero, detalle que enardecía la imaginación popular inclinada
-á creer, por motivos de raza, en tesoros ocultos. Luego el desarrollo de
-tan ominosa película ofrecía un intervalo de sosiego, de paz hipócrita:
-el comercio establecido por los Paredes en la calle Larga; la existencia
-honrada, fértil y sin penumbras, vivida serenamente ante los ojos de
-todo el vecindario: el hombre que no bebe, ni juega y se acuesta
-temprano; la mujer, casera, dedicada absolutamente á la crianza de sus
-hijos, como si quisiera ir borrando con la santidad de aquel amor las
-torpezas escandalosas de su juventud. Hasta que, de súbito, sin razón
-ostensible, el espectro del crimen reaparece para arrojar á tres niños
-bajo las ruedas de un tren. ¿Por qué aquel triple infanticidio? ¿Qué
-espíritu infernal necesitaba, para encalmarse y ser propicio, la
-ofrenda de aquella sangre inocente? ¿Asesinando á sus hijos cumpliría
-Rita Paredes algún voto?...
-
-Durante las primeras sesiones, los procesados se mantuvieron inflexibles
-en las posiciones que cada cual había elegido. Rita ratificaba
-puntualmente sus declaraciones y acusaba sin piedad á su hermano. En
-cambio, Toribio lo negaba todo; pero como en sus careos con la mujerona
-se aturrullaba y contradecía, su situación era, por momentos, más falsa.
-Vicente López se disculpaba diciendo que, efectivamente, él quiso
-llevarse á Buenos Aires á su hijo Deogracias y á Rita, pero que no
-comprendía por qué ésta asesinó á sus otros hijos, ni cómo pudo llegar á
-tan desaforado extremo de sevicia.
-
-Fernández Parreño y su colega don Dimas Narro, don Ignacio, don Isidro
-Peinado, alcalde de Puertopomares cuando ocurrió la muerte del señor
-Frasquito, y otros muchos vecinos, fueron reclamados como testigos por
-la Audiencia de Salamanca. Sus declaraciones no aportaron luz ninguna al
-proceso, pero sirvieron para exacerbar la pública inquietud. Los
-comentarios se multiplicaban hasta lo infinito; á Epifanio Rodríguez, el
-estanquillero, le arrebataban los periódicos de las manos.
-
-En el Casino, en la Fonda del Toro Blanco, alrededor de las mesas del
-Café de la Coja, bajo el emparrado tendido, á modo de visera, ante el
-Parador del Sol, en los bancos de la Glorieta del Parque, donde se
-reuniesen cuatro ó cinco personas, siempre había una dispuesta á leer en
-alta voz las largas informaciones que cotidianamente la Prensa
-salmantina consagraba al crimen de los Paredes. Las tertulias tenían un
-interés nuevo; los circunstantes revisaban todos los incidentes de la
-vista, glosaban las declaraciones de Rita, elogiaban las argucias,
-emboscadas y ágiles taimerías del fiscal. En el Casino, donde, según
-costumbre, Martínez era el encargado de leer los periódicos, reinaba
-expectación indescriptible. Cuando el veterinario se colocaba las gafas
-sobre la nariz y cogía la Prensa, apagábanse todos los murmullos del
-salón, las conversaciones cesaban, los jugadores de billar dejaban sus
-tacos. Rodeando la mesa que ocupaban don Ignacio, don Juan Manuel,
-Fernández Parreño y otros amigos, los oyentes se oprimían. Cada cual
-cogía una silla y se aproximaba procurando no hacer ruido. Sobre el
-fondo claro de los muros, bajo la luz alechigada de las lamparillas
-eléctricas, únicamente Teodoro, rígido y vestido de negro, las manos
-atrás y la servilleta al hombro, permanecía de pie. Su cabeza pálida,
-cubierta de cabellos erectos y rubios, cortados según la moda francesa,
-parecía de oro.
-
-Los diarios de aquella noche publicaban los incidentes de la cuarta
-sesión. Don Ignacio Martínez, que acababa de beber una copita de coñac,
-se limpió los labios con la mano, paseó por su auditorio una mirada
-satisfecha, y empezó á leer:
-
-«A las dos en punto comienza la sesión. La tribuna pública rebosa gente;
-los curiosos se oprimen, se lastiman y con el ahinco de ver se ponen de
-puntillas y estiran el cuello. La temperatura es sofocante; el señor
-presidente manda abrir una ventana y la orden es recibida con murmullos
-aprobativos. Suena una campanilla y el silencio se restablece. Por una
-puerta y entre guardias aparecen los procesados: primero, Rita Paredes;
-luego su hermano, Toribio Paredes; detrás, Vicente López. Los tres
-ocupan el banquillo de los acusados. Rita pide la quiten las esposas, á
-lo que el señor presidente del Tribunal accede. Lo mismo hacen con
-Vicente y Toribio. Este no dice nada; hállase muy abatido y no levanta
-los ojos de la alfombra. Vicente López, en cambio, mira al público con
-descaro y sonríe á los periodistas.
-
-»Empieza el interrogatorio. A una invitación del señor presidente, Rita
-Paredes se levanta. Parece más alta, más flaca, más angulosa, que nunca.
-Sus brazos descarnados forman, con la línea de los hombros, un ángulo
-recto.
-
-»Fiscal.--Veamos, Rita: el Tribunal está muy satisfecho de usted porque,
-desde los primeros momentos, usted se ha manifestado decidida á ayudarle
-en sus pesquisas. Pero, aun no hemos llegado al fin. Entre las
-declaraciones de usted y las de su hermano, hay divergencias que la
-Justicia necesita precisar y aclarar. Debemos, pues, insistir sobre
-ciertos puntos ya discutidos. Usted ha dicho que á Frasquito Miguel le
-mataron entre usted y su hermano Toribio. ¿Es esto verdad?
-
-»Rita.--Sí, señor.
-
-»--¿En la comisión del asesinato no les ayudó nadie? ¿No tenían ustedes
-algún cómplice?
-
-»--No, señor, ninguno.
-
-»--Su hermano Toribio dice que la noche de autos, cuando él regresó del
-Café de la Coja, ya de madrugada, vió á un hombre que salía corriendo de
-casa de ustedes, y que en aquel individuo creyó reconocer á Vicente
-López, _el Charro_, antiguo amante de usted.
-
-»--Es mentira.
-
-»--Fíjese usted bien. Acerca de este punto, el Tribunal necesita
-hallarse perfectamente informado. Mida usted bien sus palabras. Echaría
-usted sobre su conciencia una responsabilidad gravísima, si, por
-favorecer á la persona que ama, acusase usted á un inocente.
-
-»--He dicho la verdad.
-
-»--Usted, con sus palabras, no ha sabido infundirnos esa convicción.
-Nadie comprende que Toribio Paredes, quien, según declaración de
-diversos testigos, parecía profesar á su cuñado morganático sincero
-afecto, de pronto se concertase con usted para asesinarle. En cambio,
-hallo muy verosímil que usted y Vicente López, el padre de su primer
-hijo y, según indicios, el hombre á quien usted ha querido más,
-decidiesen matar á Frasquito Miguel para robarle y con su dinero huir á
-Buenos Aires. El tiempo que dejaron ustedes transcurrir entre la
-perpetración del delito y el día de la fuga, no significa nada, ni pesa
-nada en el criterio del Tribunal; es, sencillamente, un ardid empleado
-por ustedes para eludir sospechas.
-
-»(Hay un silencio. Toribio Paredes permanece inerte, la barbilla sobre
-el pecho, los ojos apagados. Parece sordo. Vicente López se rebulle en
-su asiento y hace con la cabeza enérgicos ademanes negativos. Uno de los
-guardias que le custodian le toca en la espalda y por señas le ordena
-que observe más circunspección y mesura. _El Charro_ suspira y se encoje
-de hombros).
-
-»Fiscal.--¿Qué responde usted, Rita, á lo que acabo de decir?
-
-»Rita.--Ya lo sabe usted. Mi hermano miente. La noche del crimen Toribio
-no salió á la calle, y de consiguiente nadie pudo penetrar en casa á
-hurtadillas suyas. Además, en aquella época Vicente López no vivía en
-Puertopomares.
-
-»--¿Dónde estaba?
-
-»--No lo sé; no nos escribíamos. Habíamos reñido y hacía años que yo no
-tenía noticias de él.
-
-»(El abogado de Toribio Paredes pide autorización para dirigir á la
-acusada una pregunta. El Tribunal consiente).
-
-»El señor García Pérez.--¿Cómo explica entonces la acusada que, apenas
-asesinado el señor Frasquito Miguel, resucitase en Vicente López el
-cariño hacia ella? Yo invito á la Sala á fijarse en la extraña
-concatenación de estos hechos. Hay entre ambos una derivación
-perfectamente lógica. A mi juicio, si Vicente López no es el ejecutor
-del crimen, fué, cuando menos, el agente moral, el inspirador; su
-repentino amor á la acusada sólo se explica por el deseo de apoderarse
-del dinero de la víctima. Es cuanto tenía que decir.
-
-»El señor Bastín, defensor de Vicente López, exclama:
-
-»--Esa observación carece de sentido.
-
-»El señor García Pérez, que no ha oído:
-
-»--¿Cómo?
-
-»--El señor Bastín.--Se quiere, porque sí, y los amores que parecían
-muertos resucitan también «porque sí». Esto sucede todos los días. Decir
-lo contrario es hablar como lo haría un chiquillo sin experiencia.
-
-»(Risas. Los dos letrados entablan un tiroteo de frases bastante vivo.
-El señor presidente se cree obligado á intervenir):
-
-»--¡Orden, señores!...
-
-»(El señor García Pérez se sienta, un poco sofocado, y al hacerlo deja
-caer unos papeles que revuelan como mariposas y se esparcen sobre la
-alfombra. El señor García Pérez hace un guiño de contrariedad. Más
-risas).
-
-»Fiscal.--¿No obstante lo afirmado por el señor García Pérez, la acusada
-mantiene sus declaraciones?
-
-»Rita.--Sí, señor.
-
-»--¿Su hermano Toribio es el único autor material y moral del asesinato
-cometido en la persona de Frasquito Miguel?
-
-»--¿Cómo, moral? ¿Qué quiere decir eso?...
-
-»--Pregunto que si fuera de Toribio no hubo nadie, Vicente López, por
-ejemplo, ú otra persona cualquiera, que les aconsejase, tanto á usted
-como á su hermano, desembarazarse del señor Frasquito.
-
-»(Hay una pausa. Rita parece vacilar. El señor fiscal insiste):
-
-»--Díganos la verdad: ¿Nadie indujo á ustedes al asesinato del señor
-Frasquito?
-
-»--Sí, señor.
-
-»--¿Cómo? ¿Alguien ha aconsejado á ustedes matar á Frasquito Miguel?
-
-»--Sí, señor.
-
-»--De ello, sin embargo, nada había usted dicho hasta ahora...
-
-»--No, señor.
-
-»--¿Por qué?...
-
-»--No me había acordado.
-
-»(Las palabras de Rita Paredes despiertan extraordinaria emoción. La
-mujerona, larguirucha y fantasmal, parece sonámbula. Toribio Paredes
-levanta precipitadamente la cabeza y mira á su hermana. Su rostro
-refleja una ansiedad y una alegría).
-
-»Fiscal.--Supongo que no intentará usted descarrilar la acción de la
-justicia inventando patrañas cuya falsedad no tardaríamos en comprobar.
-
-»--No, señor; juro decir verdad.
-
-»--Entonces, hable usted sin miedo. ¿Quién aconsejó á usted y á su
-hermano asesinar á Frasquito Miguel?...
-
-«(Prodúcese en la Sala un silencio absoluto; silencio de camposanto.
-Centenares de ojos, bruñidos por la curiosidad, se clavan en Rita. Esta
-duda, mira al Tribunal, á los letrados y al público, con expresión
-idiota. Por dos veces se lleva las manos á la frente y, automáticamente,
-se alisa los cabellos).
-
-»--Lo que voy á decir esconde un misterio; un misterio que no comprendo
-y, de consiguiente, que no sabré explicar...
-
-»--Hable usted como mejor sepa, Rita; aquí estamos todos dispuestos á
-ayudarla.
-
-»(La voz del señor fiscal se ha almibarado notablemente: es la seductora
-dulzura paternal conque la experiencia le ha demostrado que debe
-hablarse á los acusados para empujarles á la sinceridad y á la
-confesión. Toribio Paredes no cesa de mirar á su hermana. En la cara de
-Vicente López hay asombro).
-
-»Rita.--La persona que, tanto á mi hermano como á mí, nos ha dicho que
-debíamos matar á Frasquito Miguel para robarle, es don Gil Tomás.
-
-»--¿Quién es don Gil Tomás?
-
-»--Un señor que nosotros conocemos.
-
-»--¿Dónde vive?
-
-»--En Puertopomares, á la entrada del Paseo de los Mirlos.
-
-»--¿Sigue viviendo allí?
-
-»--Sí, señor.
-
-»--¿Y qué interés cree usted que podía tener ese don Gil Tomás en el
-asesinato del señor Frasquito?
-
-»--Lo ignoro.
-
-»--¿Habló usted muchas veces con él?
-
-»--Sí, señor.
-
-»--¿Y su hermano?
-
-»--También.
-
-»(Toribio Paredes hace, con gran energía, ademanes afirmativos. Una ola
-de sangre arrebola su rostro; tiene las mejillas encendidas y la
-estrecha frente cubierta de sudor. Vicente López guarda la actitud
-reconcentrada y absorta del hombre que busca un recuerdo muy olvidado,
-muy hundido, en el subsuelo de su conciencia).
-
-»Fiscal.--¿Dónde veía usted á ese don Gil Tomás?
-
-»--En mi casa. Es decir: yo no le veía en ninguna parte. Yo le veía y
-hablaba con él, pero era en sueños».
-
-Al llegar á este punto don Ignacio Martínez, que, no bien leyó el nombre
-de don Gil, había comenzado á dar muestras de agitación, tiró el
-periódico sobre la mesa y empezó á morderse el pulgar derecho. En su
-rostro, crispado por una terrible emoción, los ojos pequeños y redondos
-ardían y quemaban como brasas. Los circunstantes se miraban atónitos.
-Con ser enorme la sorpresa que les produjo la acusación lanzada por Rita
-Paredes contra don Gil, no era tan fuerte como la que acababa de
-sugerirles la insólita actitud del señor Martínez.
-
-Don Juan Manuel le interpeló:
-
---¿Qué le sucede á usted? ¿Está usted enfermo?...
-
-Fernández Parreño miraba al veterinario fijamente, recelando ver en su
-semblante síntomas de congestión. Varias personas se habían puesto de
-pie, y la cabeza rubia de Teodoro adquirió repentinamente la blancura
-del miedo. Hubo un silencio lleno de interés, de emoción, de solicitud.
-Don Ignacio, callado, continuaba mordisqueándose las uñas con tan sañudo
-ahinco, que era milagroso que la sangre no hubiese corrido ya. ¿Por qué
-aquel furor caníbal? Algunos recordaron la fiel observación de don
-Valentín: «Hace mucho tiempo que don Ignacio no se muerde otras uñas que
-la de sus pulgares...»
-
-Don Elías tocó ligeramente en un brazo al señor Martínez.
-
---¿Qué ha sido eso?... ¿Un mareo, verdad? ¿Quiere usted beber un sorbo
-de agua?
-
-Don Ignacio pareció recobrarse:
-
---No--dijo--, no es nada; muchas gracias.
-
-Don Elías se volvió hacia la reunión:
-
---Ha sido un desvanecimiento producido por la lectura. Leer en alta voz
-aturde; he tenido ocasión de comprobarlo personalmente más de una vez.
-
---No es eso--contestaba Martínez--; no es eso...
-
-¿Cómo explicar en pocas palabras el efecto que la revelación de Rita
-Paredes le había producido? ¿Cómo decir que, asociando las sugestiones á
-que la mujerona se refería con las alucinaciones de doña Fabiana y de
-Fermín, acababa de tener la convicción vertical, irreductible, de que el
-hombre pequeñito era un espíritu sabático?...
-
-Para excusar explicaciones, el señor Martínez se levantó:
-
---Señores, ustedes van á permitirme que me retire...
-
-Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Dimas y don Isidro, quisieron
-acompañarle.
-
---Iremos con usted hasta su casa--decían.
-
---No, no; muchas gracias; no es preciso. Créanme ustedes: estoy bien,
-completamente bien. Hasta mañana...
-
-Y se fué dejando á todos asombrados. Hubo algunos comentarios. Después
-don Elías se puso sus gafas y cogió el periódico.
-
---Entonces, si ustedes quieren, leeré yo. ¿Dónde estábamos?... ¡Ah, sí!
-Aquí: Rita había dicho que veía y conversaba con don Gil Tomás en
-sueños.
-
-«Fiscal.--¿Cómo se explica usted eso?...»
-
-Prosiguió leyendo. Su voz caía, como lluvia benéfica, sobre la
-curiosidad de la tertulia; una curiosidad quemante, parecida á una
-sed...
-
-
-
-
-XXXII
-
-
-El proceso instruído contra los hermanos Paredes tomó, de pronto, un
-sesgo inesperado. Como las preguntas del fiscal y de los defensores, las
-contestaciones de los reos tenían una orientación telepática, un picante
-aliño abracadabro. En Puertopomares la curiosidad pública, aguijoneada
-diariamente por los periódicos, tocaba á las cumbres de una excitación
-morbosa. La multitud estaba dispuesta á amotinarse contra don Gil Tomás,
-y hacía una semana que el hombre pequeñito, tildado de asesino y de
-duende por la opinión, no se atrevía á salir á la calle.
-
-De este criterio parecía participar también la Prensa salmantina. Un
-médico de mucha notoriedad y prestigio en la ciudad del Tormes, publicó
-una crónica explicando las relaciones entre el sueño y la vigilia, y
-cómo la voz teúrgica de las pesadillas puede dejarse oir en la realidad.
-Aquel artículo produjo impresión y animó á su autor á escribir otros. Un
-publicista spenceriano le contestó, rebatiéndole. Surgió una polémica.
-La conciencia colectiva, sacudida por tan punzantes novedades, se
-enardecía y flameaba como una bandera.
-
-Apenas Rita Paredes se acordó de acusar á don Gil Tomás de la muerte del
-señor Frasquito y de sus hijos, el aspecto de los interrogatorios
-cambió. Toribio, á su vez, se declaró autor del asesinato del buhonero y
-confirmó puntualmente las palabras de su hermana.
-
-«Yo no hubiese pensado nunca en matar á Frasquito Miguel--dijo--si don
-Gil Tomás, en sueños, no me lo hubiese aconsejado y ordenado; añadiendo
-que, si yo le complacía, él sabría arreglárselas de manera que el crimen
-no se descubriese.»
-
-El Tribunal parecía impresionado. Había en las declaraciones de los
-hermanos Paredes una armonía absoluta, una categórica uniformidad de
-detalles. A porfía Rita y Toribio citaban frases, conversaciones,
-pormenores, que evidenciaban la sugestión criminal del hombre pequeñito.
-Los dos demostraban haber obrado bajo el imperio de un vigor oculto,
-inexplicable y fatal. Fue don Gil quien les aseguró que el señor
-Frasquito tenía su dinero escondido en tres orzas pintadas de verde; y
-quien explicó á Toribio el ardid de clavar una herradura en la maza con
-que había de matar, para que ante los ojos de la opinión el mazazo se
-convirtiese en coz; y quien, finalmente, obligó á Rita á desembarazarse
-de sus hijos, amenazándola con delatarla á la Justicia si no lo hacía.
-Los jueces estaban pasmados. Una luz nueva, un resplandor astral y
-extravagante, caía sobre el proceso y lo aclaraba. Lo que permanecía
-inexplicable era el motivo que pudo impelir á don Gil á exterminar de
-tan excéntrico y cruelísimo modo á Frasquito Miguel y á sus
-descendientes. El proceso salíase de sus moldes habituales y perdía su
-carácter contemporáneo para convertirse en una de aquellas causas por
-brujería, que apasionaron á la Edad Media.
-
-Tan serio interés y alboroto acentuóse más aún cuando las declaraciones
-de Vicente López confirmaron, en cierto modo, la verosimilitud de cuanto
-últimamente los hermanos Paredes habían dicho. A su vez _el Charro_
-recordaba haber soñado diferentes veces con un hombre amarillo y
-pequeño, á quien no conocía, que porfiadamente le hablaba de que Rita
-tenía buenos ahorros y le aconsejaba volver á reunirse con ella. Ahora
-que sabía, aunque sólo de referencias, las trazas de don Gil, no dudaba
-de que fuese éste el individuo de sus pesadillas. Con claro desparpajo
-explicaba aquel reverdecimiento de su amor hacia Rita. Muchos años vivió
-sin acordarse ni de la mujerona ni de su hijo; otras mujeres y otros
-afanes ocupaban su corazón. Tampoco sufría remordimientos por haberla
-abandonado; el tiempo se había llevado su imagen muy atrás. Una vez, sin
-embargo, soñó con ella, y cuando despertó estaba triste. Varias noches
-consecutivas aquel ensueño se repitió. ¿Por qué? Vicente López llegó á
-preguntarse: «¿Habrá muerto?...» Durante todo el día una pesadumbre
-indefinible le acompañó, semejante á una sombra. ¿Es que las veleidades
-y alegrías de la juventud, vuelven en la vejez convertidas en lágrimas?
-Lo que en los años verdes fué risa, ¿será después, bajo la nieve de los
-cabellos, sollozo y dolor?... A estas preguntas respondió un hombrecito
-estrafalario. Aquel individuo exhortaba á Vicente López á reunirse con
-Rita. «Esa mujer te quiere como nadie te quiso--le decía--; con ella y
-tu hijo aun puedes ser dichoso». Sus palabras iban derritiendo poco á
-poco los hielos ingratos que sobre su corazón fué echando el tiempo. Y
-_el Charro_ pensó: «¿Por qué no soplar y avivar el rescoldo? ¿Por qué no
-sentarse otra vez al calor de la vieja hoguera?...» A esta resurrección
-sentimental servía de poderoso abono el mal curso de sus negocios.
-Vicente López estaba arruinado, desprestigiado, y el dinero de su
-antigua amante constituía para él una salvación. Por eso se informó del
-paradero de Rita y con ansias, que igual podían ser de amor que de
-lucro, fué á buscarla; pero ni sabía que el señor Frasquito hubiese
-muerto asesinado, ni tuvo participación alguna en el execrable
-infanticidio del túnel.
-
-La novelesca unanimidad de todas estas deposiciones pesó en el ánimo de
-los jueces y les determinó á reclamar la presencia de don Gil.
-
-Apenas el mandato judicial llegó á Puertopomares, don Niceto Olmedilla
-se apresuró á cumplirlo. Sin perder instante, acompañado de su
-secretario y de dos alguaciles, personóse en el domicilio del enano. Al
-verle, el hombre pequeñito se inmutó, y la sorpresa acreció el livor de
-sus mejillas.
-
---¿Viene usted á detenerme, amigo don Niceto?
-
---Sí, señor. Es la orden que la Audiencia de Salamanca acaba de
-transmitirme. Usted sabrá, por los periódicos, que los Paredes le acusan
-del asesinato de Frasquito Miguel.
-
---Efectivamente; pero su afirmación es gratuita, descabellada... ¡carece
-de todo sentido común!...
-
-En la expresión de sus ojos glaucos había una fuerte, indiscutible y
-sugestiva sinceridad. Don Niceto Olmedilla sintió el leal imperio de
-aquella protesta, y sus manos tuvieron un gesto de conciliación y
-disculpa.
-
---Lo comprendo--repuso--pero la humana justicia procede así, y en casos
-como éste, el deseo de descubrir la verdad la obliga á toda clase de
-tanteos y pesquisas.
-
-La escena se desarrollaba en el comedor. Caía la tarde. Delante de la
-ventana abierta sobre el jardín, en la blanda palidez azulina del
-espacio, negreaba misterioso el ramaje cónico de un ciprés. Don Gil iba
-y volvía por la estancia, el andar lento, las manos metidas en los
-bolsillos del pantalón: más que inquieto, manifestábase humillado y
-enfurecido por aquel contratiempo que, á barrisco, irrumpía en su vida y
-la desordenaba. Con un esfuerzo de voluntad, demostró serenarse. Miró al
-reloj, pendiente del muro, entre viejos platos de Talavera y de Manises.
-Eran las seis.
-
---¿Cuándo hemos de marcharnos?--preguntó.
-
---El tren de las seis y cuarenta es el mejor. Nos conviene salir de aquí
-antes de que la noticia de hallarse usted requerido por la Audiencia se
-divulgue. Ya recordará usted lo que sucedió cuando nos llevamos á los
-hermanos Paredes á Salamanca.
-
---¡Es cierto!...
-
-En un rapto de cólera, don Gil levantó los brazos sobre su cabeza; entre
-los puños de su camisa, sus muñecas débiles y sus manecitas blancas,
-impotentes, minúsculas, parecían las de un niño.
-
---¡Qué contrariedad, qué trastorno! Este incidente me obligará, tarde ó
-temprano, á marcharme de aquí. ¡Ya lo verán ustedes!...
-
-Asomóse á un balcón y llamó á sus criadas, que platicaban en la calle
-con unos vecinos á quienes había alarmado la llegada del juez.
-Obedientes á la voz del amo las dos muchachas acudieron, y don Gil
-díjolas brevemente lo que debían hacer durante su ausencia. Pidió luego
-le colocasen en un maletín sus enseres de tocador, y sin otras
-dilaciones, marchando entre don Niceto y su secretario, y, seguido por
-los alguaciles, salió á la calle. Noticiosas de su detención muchas
-personas le miraban con recelo y asombro. En la Glorieta del Parque,
-delante del Parador del Sol y á la entrada de la calle Larga, la gente
-se detenía para verle pasar.
-
-Con este nuevo aliño de brujería y ocultismo, tan del gusto popular, el
-interés de la causa aumentó. Los nuevos interrogatorios á que el fiscal
-sometió á los acusados, y los tenaces y enardecidos careos de éstos con
-el hombre pequeñito, tenían una orientación cabalística, un aroma de
-otra vida, que exasperaban la curiosidad.
-
-
-
-
-XXXIII
-
-
-La presencia de don Gil en la Sala donde se celebraba la vista, produjo,
-así en el público como en las personas del Tribunal, emoción fortísima.
-Jueces, letrados, periodistas, ujieres, todos admiraban la minúscula
-figura de aquel hombrecito sobre quien, á porfía, los tres procesados
-declinaban las peores responsabilidades. También advirtieron la
-expresión cerrada, preocupadora, de su rostro amarillo.
-
-Don Gil Tomás afrontó aquel momento con bizarría. Traspuso sereno la
-barandilla que limitaba el espacio destinado al público, y subió los dos
-peldaños que facilitaban el acceso al estrado. La inverosímil pequeñez
-de su cuerpecillo, vestido de negro, la brevedad infantil de sus manos y
-de sus pies, y más aún la quietud de su cabeza, lívida y grave, dábanle
-las apariencias de un muñeco. Hubo un largo murmullo. Don Gil miró á su
-alrededor. Todo era rojo: la alfombra, el papel que revestía los altos
-muros, el dosel que daba á la mesa del Tribunal severo paramento, el
-ovalado respaldo de los sillones donde, semejantes á hojas otoñales,
-amarilleaban de vejez y fastidio las caras de los jueces. Suelo,
-paredes, muebles, naufragaban en la misma ola púrpura; un miraje
-alucinante, sanguinario, enloquecedor, sobre el cual las cabezas de los
-magistrados flotaban exangües y como truncas...
-
-Después de responder á las generales de la ley, don Gil esperó cruzado
-de brazos. Iban á carearle con Rita. Su aspecto, su respiración, la
-mirada límpida de sus ojos, decían su inocencia. Apareció la mujerona.
-Desde el primer instante el fiscal encauzó el interrogatorio
-diestramente y sin divagaciones.
-
---Como usted sabe--empezó diciendo el representante de la ley--, aquí se
-han lanzado contra usted acusaciones gravísimas. Dos de los tres
-individuos complicados en el asesinato de Frasquito Miguel, dicen ser
-usted quien, con razones y consejos, excitando en ellos unas veces la
-codicia y otras su odio al difunto, les determinó y condujo al crimen.
-¿Es cierto?
-
---No, señor. Todas esas aseveraciones son absurdas, y tomarlas en
-consideración me parece ridículo.
-
-La réplica ardorosa y cortante, de don Gil, tuvo la virtud de endurecer
-un poco las cejas del señor fiscal.
-
---No debe el testigo--dijo--discutir los medios de que el Tribunal se
-sirve para esclarecer la verdad de los hechos. Nadie ha solicitado su
-opinión acerca de esto. Limítese, por consiguiente, á contestar.
-
-Don Gil se inclinó, demostrando acatamiento y reverencia. Continuó el
-fiscal.
-
---¿Conocía el testigo al difunto Frasquito Miguel?
-
---Sí, señor.
-
---¿Desde hace mucho tiempo?
-
---Desde hace ocho ó nueve años. No sabría precisar ahora cuántos.
-
---¿Fueron ustedes muy amigos?
-
---No, señor. Nos saludábamos en la calle y nada más. Puedo decir que
-sólo le conocía de vista, como conozco á todos los vecinos del pueblo.
-
---¿No alimentaba usted contra él ningún motivo de resentimiento?
-
---Absolutamente ninguno.
-
---¿Los padres de usted conocieron al interfecto?
-
---Lo ignoro. Supongo que no.
-
---¿Dónde estaba usted la noche de autos?...
-
---En mi casa, probablemente, porque casi nunca salgo á la calle después
-de cenar.
-
---¿Qué impresión le produjo la muerte del señor Frasquito?
-
---Una impresión de piedad. Le creía un hombre inofensivo y bueno.
-Recuerdo que al siguiente día tropecé con su entierro y me uní á su
-comitiva.
-
---¿Por qué?...
-
-Esta pregunta, que en otra ocasión cualquiera habría parecido ociosa,
-interesó á la Sala. También sorprendió á don Gil, que se alzó de
-hombros.
-
---Porque sí--repuso. Su voz era tranquila.
-
-El fiscal continuó:
-
---No comprendo entonces la participación activísima que Rita Paredes y
-su hermano le atribuyen á usted en el asesinato del señor Frasquito.
-Ambos afirman que tan coautor como ellos es usted de esa muerte.
-
---Tampoco yo lo comprendo, señor fiscal.
-
---¿Frecuentaba usted el trato de Rita?
-
---No. Con quien he hablado algunas veces es con su hermano. A ella la
-conocía de vista, sabía su historia y nada más.
-
-El fiscal invitó á Rita Paredes á levantarse.
-
---¿Es cierto--preguntó--como diferentes veces ha manifestado usted, que
-el testigo la indujo á matar á Frasquito Miguel?
-
---Sí, señor.
-
---Hable usted.
-
-Con leal vehemencia, la mujerona dirigió sus miradas y sus ademanes
-hacia el hombre pequeñito. Un gran cimiento de lógica, un fondo de
-verdad, de sinceridad, daba maravillosa trabazón á sus palabras, al
-parecer incoherentes. Don Gil la convenció de que debía asesinar al
-señor Frasquito, la dijo dónde éste guardaba sus ahorros y la aseguró
-que de aquel crímen la Justicia nunca sabría nada. Agregó.
-
---No había noche en que don Gil ó su alma... ¡ó lo que fuese!... no
-compareciese en la alcoba donde mi hermano y yo dormíamos, y unas veces
-á él, otras á mí, siempre nos decía lo mismo: «Que Frasquito Miguel no
-servía para nada, y que si le matábamos podíamos tener dinero y ser
-dichosos...»
-
-Las palabras de la mujerona indignaron al hombre pequeñito, que empezó á
-gritar:
-
---¡Esa criatura está loca! ¡Sus palabras carecen de sindéresis!... Pero,
-¿no lo comprende así la Sala?
-
-Rita le increpó con una cólera que el respeto de las frases no bastaba á
-encubrir:
-
---No, señor, no estoy loca. Cuento lo sucedido. Yo desconozco los
-motivos que usted tendría para odiar á Frasquito Miguel y desearle la
-muerte; pero lo cierto es que eran muy raras las noches que usted dejaba
-transcurrir si recomendarnos que le matásemos.
-
---¡Falta usted á la verdad! Usted y yo no hemos hablado nunca: ni
-despiertos, ni dormidos, ni de ninguna forma.
-
---¿Que no, señor don Gil?
-
---No, señora.
-
---¿Y de la hecatombe del túnel, no tiene usted la culpa?
-
---¿Yo?... ¿Yo?...
-
---¿Usted no me ordenó que, antes de irme con Vicente López, matase á mis
-hijos, pues de no hacerlo diría usted á la Justicia que entre mi
-hermano y yo asesinamos á Frasquito Miguel?
-
-A estas acusaciones replicaba don Gil Tomás con negativas rotundas y
-llevándose escandalizado entrambas manos á la cabeza. Cuanto Rita decía,
-punto por punto lo negaba el enano. Ni una sola vez consiguieron ponerse
-de acuerdo, y el careo, por tanto, á pesar de la excelente discreción y
-pericia del fiscal, no trajo luz ninguna al sumario.
-
-Otro tanto sucedió en el careo verificado al día siguiente entre el
-hombre pequeñito y Toribio Paredes, lo que restó algún interés á la
-vista. Toribio exponía lo sucedido y explicaba la complicidad de don Gil
-en términos idénticos á los empleados por su hermana. Asimismo don Gil
-se obstinaba en una negativa intransigente, total y sin resquicios. El
-público empezaba á aburrirse.
-
-En cambio, la declaración de Vicente López trajo una variante muy amena.
-Al ver á don Gil, _el Charro_ tuvo un ademán de asombro; después aquella
-sorpresa fué convirtiéndose en miedo y supersticioso terror. Temblaba su
-voz ligeramente. Sus pesadillas acababan de objetivarse y de hacerse
-carne; carne real, viva...
-
---Con este hombre--dijo--yo he hablado en sueños muchas veces.
-
-Las palabras de Vicente López causaron enorme emoción: eran sencillas,
-reveladoras, implacables. El fiscal preguntó á Vicente:
-
---¿Reconoce usted bien al testigo?
-
---Perfectamente, señor fiscal.
-
---¿Y por la voz, le hubiese usted reconocido también?
-
---No lo creo: ya sabe usted que en las pesadillas la voz de las personas
-que hablan con nosotros vibra en nuestro interior y no en nuestros
-oídos; quiero decir, que no suena realmente.
-
-Las declaraciones de Vicente López y de los hermanos Paredes,
-ajustándose y completándose admirablemente unas á otras, constituían un
-terrible bloque acusador para don Gil. Indudablemente en los oscuros
-entresijos de aquel asunto había un secreto telepático. Si Toribio y
-Rita hubiesen acusado á don Gil desde el primer momento, hubiera podido
-creerse en un complot tramado por ambos para suavizar la gravedad de los
-cargos dirigidos contra ellos. Pero aquel rumbo que las indagaciones
-judiciales tomaron por los trigales del misterio, surgía de pronto,
-cuando los procesados llevaban más de veinte días de rigurosa
-incomunicación.
-
-Las primeras frases en que Rita Paredes se acordó de presentar á don Gil
-como coautor del asesinato de Frasquito Miguel y de sus tres hijos,
-parecieron bañar en una nueva luz la conciencia de los otros dos
-acusados. Espontáneamente y con el franco ímpetu que inspira la verdad,
-Toribio y Vicente renunciaron á las posiciones en que precavidamente se
-habían encastillado: Toribio aceptó la parte de culpa que le
-correspondía en el crimen, y _el Charro_ vió surgir del olvidado
-horizonte de sus recuerdos la imágen de un hombrecillo que, usando
-palabras insinuantes de amorosa emoción y melancolía, le aconsejaba
-buscar á Rita. La armonía de estas declaraciones era rotunda. Entre las
-de Toribio y su hermana, especialmente, ni una vaguedad, ni una
-contradicción, ni siquiera una leve discrepancia. En sus espíritus, la
-impresión de aquellos sueños criminales subsistía intacta. Ambos, por
-igual, habían experimentado las influencias telepáticas de don Gil, los
-dos evocaban con exactitud abrumadora, casi documental, el modo cómo
-aquellas alucinaciones nocturnas se producían, las palabras del
-sugestionador, su rostro, su traje, sus actitudes, el silencio con que
-se presentaba y se iba. Al par de Toribio, Rita citaba momentos,
-miradas, fechas y otros detalles terminantes.
-
-Era imposible que los hermanos Paredes se hubiesen aunado para mantener
-semejante patraña; esto requería una memoria, un vigor de entendimiento
-y una sagacidad para la mentira, de que tanto ella como él, eran
-absolutamente incapaces. Por consiguiente, no se trataba de nada
-inventado: sus confesiones envolvían un misterio real, acaso un arcano
-problema científico. A saber: ¿Pueden los espíritus separarse de sus
-cuerpos durante el sueño? Y en caso afirmativo: ¿Pueden las almas
-conversar unas con otras y sugestionarse al extremo de realizar
-despiertas lo que determinaron hacer hallándose dormidas?... Para mayor
-asombro, las últimas declaraciones de Vicente López ratificaban las de
-los Paredes, y eran como una firma más estampada al pie de aquella
-especie de alegato en favor de la existencia de un mundo invisible.
-
-Pero estas arriesgadas presunciones fracasaban ante los ademanes y las
-miradas, de vertical inocencia, de don Gil. El hombre pequeñito no sabía
-nada, no comprendía nada, de cuanto le decían. Todas aquellas
-imputaciones parecíanle calumnias odiosas, tretas abominables inventadas
-por la astucia de los criminales y que la incultura colectiva acogía con
-regocijo insano. Él apenas había tratado al señor Frasquito; él apenas
-salía á la calle de noche; su vida era transparente; vida sin viajes,
-sin recobecos, sin negocios, deslizada pacíficamente bajo las miradas de
-sus vecinos. ¿Quién podía reprocharle ninguna mala acción? ¿A quién
-había engañado? ¿Con quién había reñido? Para honrarle ¿no estaba allí
-su historia límpida, clara, impoluta, semejante á un cristal bañado en
-sol?...
-
-Don Gil no mentía, y como las agitaciones de su vida nocturna huían de
-su espíritu con la vigilia, este olvido daba á sus protestas un acento
-irresistible de verdad. Si fuertes y leales eran las acusaciones que
-contra él dirigían los procesados, no eran menos enérgicos los gestos y
-las frases con que el hombrecillo se defendía; y esta indomable
-sinceridad hacíase temblor colérico en sus manos y fuego vengativo en
-sus ojos. Escuchando desapasionadamente á unos y otros, la Sala llegó á
-convencerse de que nadie mentía. Eran francos los hermanos Paredes, lo
-era Vicente López, lo era también don Gil. Mas, ¿cómo vincular la vida
-real á la fantástica? ¿Cómo conceder capacidad criminal y, de
-consiguiente, valimiento jurídico, á un sueño? Los Paredes y Vicente
-López aseguraban haber soñado muchas veces con don Gil, pero éste lo
-negaba. La certidumbre de tales pesadillas era indudable, y no obstante
-don Gil podía ser ajeno á ellas. Los fisiólogos no han conseguido medir
-aún el alcance de los sueños. Pudo la voluntad de don Gil presentarse
-una vez y muchas á los acusados y ejercer presión en ellos; pudieron
-éstos asimismo, soñar con don Gil, en cuyo caso la imagen del hombre
-pequeñito cesaba de tener sustantividad objetiva para ser un producto ó
-visión de la fantasía de los durmientes. Y en esta enmarañada selva de
-suposiciones gratuitas y resbaladizas apariencias, ¿dónde hallar la
-verdad?...
-
-Al cabo, con muy sano acuerdo, los señores jueces decidieron atenerse á
-los hechos comprobados y renunciar á toda laya de pesquisiciones
-metafísicas; y pues la presencia de don Gil tuvo la virtud de arrancar á
-Toribio Paredes la confesión de su crimen, no quisieron obtener más de
-él y restituyeron al hombre pequeñito su libertad.
-
-No obstante, estos interrogatorios y careos dejaron una estela fatal
-para el enano. Sus discusiones con Vicente López y los Paredes ante la
-Mesa del Tribunal, y los formidables cargos lanzados contra él,
-ratificaron en el vecindario de Puertopomares la antigua creencia de
-que don Gil Tomás, si no capacidades de hechicero, precisamente, tenía,
-cuando menos, ciertos dones extraños, poderes telepaticos, virtudes
-hipnóticas, que le permitian ejercer, á distancia, influencia sobre las
-personas. La opinión elogiaba la hábil cautela con que la Audiencia
-salmantina desdeñó el aura de brujería en que los tres acusados trataron
-de envolver al hombrecillo, pero reservábase el derecho de seguir
-creyéndole un empecatado y temible jorguín.
-
-Como el tonto Ramitas que, de año en año, arrastraba por las calles su
-gruñido idiota, don Gil llegó á ser un tipo representativo. Ramitas
-personificaba la ignorancia ambiente; don Gil, la incultura, gofería y
-atraso de todos. En su cuerpecillo los fanatismos religiosos peores, las
-supersticiones, la fe en la virtud de las cosas ocultas, cristalizaron.
-
-También parecía tener el rostro de la Muerte.
-
-A nuestro alrededor, día y noche, en todos nuestros actos, en todas las
-conversaciones, en el agua demasiado fría que bebimos á destiempo, en el
-rayo de sol que calentó demasiado nuestra nuca, en el negocio que
-emprendemos, acecha la muerte. Su imperio aciago nos rodea. Es horrible
-considerar que la casa donde moriremos seguramente ya está edificada,
-que hay una escalera cuyos peldaños bajaremos en hombros, que la madera
-de nuestro ataúd existe ya. «¿Cuál es esa casa?--pensamos--¿Qué árbol,
-entre los millares de árboles que vi cruzando un bosque en tren, dará la
-madera de mi ataúd? ¿Qué sastre hará mi último vestido? ¿Cuáles serán el
-último teatro, la última ciudad, el último paisaje, que miren mis ojos?
-Y, de cuantas manos estrecharon la mía, ¿cuál cerrará mis párpados?»...
-Estas ideas el pueblo las asociaba al hominicaco del Paseo de los
-Mirlos. Don Gil Tomás, con su actitud, que destilaba silencio, y sus
-labios sin risas, debía de poseer la clave de tan terribles preguntas.
-
-Prodújose contra él una reacción bárbara. Los vecinos más pacíficos
-pedían su destierro. En una taberna de la Puerta del Acoso, varios
-gitanos habían jurado matarle. Los hombres, que conocían por sus mujeres
-las grandes venturas nocturnas del enano, tenían celos de él. Los
-labriegos le hacían responsable de los pedriscos, de las escarchas y de
-los animales perdidos. Un rehalero aseguraba que una noche de tormenta,
-á la hora cabalística de las doce, vió á don Gil rondando la majada, y
-habiéndole arrojado con certera puntería una piedra, instantáneamente
-cesó de verle, de donde dedujo que no era su cuerpo mortal, sino su
-espíritu, el que por allí andaba.
-
-La historia tenebrosa del hombrecito color de limón, florecía de nuevo
-en las tertulias del Toro Blanco y del Casino, y en los corrillos de la
-Glorieta. Don Ignacio Martínez, que nunca había hablado de la noche en
-que su mujer, sonámbula, quiso ir á buscarle á casa de don Gil,
-apremiado por la curiosidad de sus amigos, que tenían noticias de aquel
-suceso por Fermín, lo describió circunstanciadamente, y su narración
-produjo emociones rayanas en el terror cerval.
-
---Ahora comprenderán ustedes--decía el veterinario--por qué al leer que
-los hermanos Paredes acusaban á ese hombre de la muerte del señor
-Frasquito, tiré el periódico. Tuve miedo, lo confieso, un miedo que era
-frío y me llegaba á los tuétanos; miedo á lo sobrenatural, á los
-muertos... ¡no sé!...
-
-A granel iban acumulándose contra don Gil Tomás recuerdos y detalles. La
-memoria benedictina de unos, la imaginación hiperbólica de otros y la
-ignorancia y malevolencia de todos, realizaban este infame milagro. Se
-recordaron el accidente que privó de la vida á Eustasio, el tonelero; la
-pesadilla profética de Ursula Izquierdo; el fin de Manuel Ayala, muerto
-en riña al día siguiente de tener una disputa con don Gil; el
-fallecimiento repentino de Juanita, la hija del carpintero Wenceslao; y
-los últimos momentos de Manolo Peinado, expirando en el silencio de una
-cita. Hasta las buenas acciones de don Gil, consistentes en señalar á
-las personas de su agrado qué asuntos debían emprender ó de cuáles les
-convenía guardarse, se revolvían en contra suya.
-
-Acobardado por la hostilidad del ambiente, el hombre pequeñito se
-refugió en su casa, de la que salía apenas. Una tarde dos mujeres, que
-volvían de lavar, le encontraron tendido sin conocimiento entre unos
-matorrales, cerca del Malamula, y compadecidas de él le condujeron á su
-domicilio. Mientras le llevaban, reían y decían maliciosos donaires.
-¡Pesaba tan poco!...
-
-Meses tardó don Gil en reponerse de sus heridas. Durante este tiempo
-nadie se interesó por su salud. Luego se supo que fueron Luis Olmedilla,
-recién casado con Anita Fernández Parreño, y Romualdo Pérez, los autores
-de tan gentil paliza.
-
-
-
-
-XXXIV
-
-
-Llegada la noche, que era fría, y no bien terminaron de cenar, don
-Ignacio y su mujer se acostaron. Serían las nueve.
-
---¿Quién ha preguntado por mí esta tarde?--decía Martínez--; ¿Vino el
-jardinero? ¿Envió don Valentín las veinte pesetas que me debe?...
-
-Doña Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados.
-Tenía sueño. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa
-albura de las almohadas, aparecían las cabezas del matrimonio: ella,
-saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el
-ébano regio de sus cabellos; él, moreno, atlético, bigotudo, con algunos
-hilos de plata en el pelo áspero, cortado al rape sobre la frente
-estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tálamo y dentro de
-una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa
-azul, dormía Antoñita.
-
-Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apaciguándose. También
-él tenía sueño y tiró á un rincón el chicote que estaba fumando. Doña
-Fabiana bostezó.
-
---¿Dormimos?--dijo.
-
---Bueno.
-
---Hasta mañana, entonces.
-
---Hasta mañana...
-
-Cambiaron un beso. Ella dió media vuelta, buscando una actitud cómoda, y
-sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazón
-apetecible. Don Ignacio echó fuera del embozo un brazo faunesco, velloso
-y cobrizo, y apagó la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad
-rubia de la luna tendía en la oscuridad del dormitorio hilos
-fantasmales. Aún doña Fabiana, la lengua entorpecida por el sueño,
-interrogó:
-
---¿A qué hora he de llamarte?
-
---A las siete, en punto.
-
-Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron á roncar. Transcurrió
-mucho tiempo. Los gallos habían cantado ya varias veces. Eran más de las
-cuatro. De súbito, en la quietud del caserón, la voz atiplada de la niña
-vibró imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror:
-
---¡Mamá... mamá!...
-
-En el lecho de sus padres, sus oídos, hiperestesiados por el miedo,
-percibían balbuceos de angustia y rebullos extraños de lucha. Volvió á
-llamar:
-
---¡Mamá!... ¡Mamá!...
-
---¿Qué?... Voy...
-
-Respondía doña Fabiana entre dientes. Antonia repitió incorporándose y
-con la garganta llena de lágrimas:
-
---¡¡Mamá!!...
-
-La señora de Martínez despertó; respiraba difícilmente y tenía la frente
-y el cuello bañados en copiosísimo sudor.
-
---¿Qué es?--exclamó extendiendo una mano hasta palpar á su hija--; ¿qué
-es?... ¿Sucede algo?
-
-Y la niña:
-
---¿Por qué gritabas, mamá? Me has asustado; ahora siento mucho miedo.
-
---¿He gritado, dices?...
-
---Sí; diste un grito horrible. ¿Soñabas?
-
-Tardó en responder.
-
---Sí, creo que sí...
-
---¿En qué soñabas?
-
---No sé, no me acuerdo. Ea, duerme.
-
-Destosió, se frotó los ojos, procurando entrar en posesión de sí misma.
-Antoñita decía bien: había soñado. Tenía los brazos cruzados fuertemente
-sobre el pecho, lo que produce pesadillas.
-
---Sí--repitió--estaba soñando... ¡Gracias á Dios, todo es mentira!...
-
-Don Ignacio también comenzó á removerse; forcejeaba y por entre sus
-dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su
-vez, doña Fabiana tuvo miedo de aquella voz que parecía venir de otra
-vida. Encendió luz.
-
---¡Ignacio!...
-
-Volvióse hacia él, tocándole en la cara nerviosamente.
-
---¡Ignacio!... ¿No oyes?... ¡Ignacio!... ¡Ignacio!...
-
-Antoñita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos y suplicantes,
-las cejas llenas de aflicción, repetía:
-
---¿Qué tiene papá?... ¿Qué le sucede?...
-
-El veterinario tardó en recobrarse. Al cabo abrió los párpados, y había
-en su rostro la angustia del náufrago que vuelve á flor de agua tras de
-una larga inmersión. Estaba fatigadísimo y alentaba con trabajo; la
-violencia de las palpitaciones de su corazón le sofocaban. Sus manos,
-apretadas una contra otra, parecían oprimir algo...
-
-Doña Fabiana repetía:
-
---Ignacio, tienes una pesadilla... ¿Oyes?... Tienen una pesadilla...
-¡Despierta!...
-
-Suspiró el señor Martínez y demostró haber hallado su conciencia.
-
---¡Sí...--dijo--qué horror!... Es verdad... ¡Estaba soñando!...
-
-La voz de la niña vibraba implorante y llorosa:
-
---No sueñes, papá; me das miedo.
-
---No, hija mía...
-
---Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y después de morirte
-hablas.
-
---Tranquilízate: es que me había acostado del lado izquierdo. ¡Ya todo
-pasó!... Ea, duerme. Hasta mañana.
-
-Antoñita se acostó, hundió en las blanduras de la almohada su cabecita
-rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, tornó á dormirse.
-Doña Fabiana apagó la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy
-quedamente, llamó don Ignacio.
-
---Fabiana...
-
---¿Qué?
-
---¿Tienes sueño?
-
---No. Habla bajo, no despierte la niña.
-
---Oye...
-
-Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvióse de cara á su
-marido. Agradecíale aquel ratito de conversación, pues tenía miedo. Le
-abrazó bajo la suave tibieza de las mantas. El prosiguió, hablando casi
-con el aliento:
-
---Acabo de pasar un rato malísimo. ¿Sabes lo que soñaba?... Pues que don
-Gil Tomás, enamorado de ti y creyéndome ausente, había entrado en este
-cuarto á seducirte.
-
-Precipitadamente doña Fabiana hubo de meterse un trozo de sábana en la
-boca para sofocar un grito.
-
---¡Ignacio!--balbuceó la mujer, empavorecida--Ignacio... ¿Qué es
-esto?... Yo he soñado lo mismo.
-
-El señor Martínez empezó á temblar.
-
---¿Es posible?
-
---Sí.
-
-En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sintió que algo
-viscoso, frío, como una mano muerta, recorría su espalda. Efectivamente,
-había en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento
-de otra vida. Prosiguió:
-
---Nosotros nos hallábamos acostados aquí, tú á mi derecha, según estamos
-ahora, cuando ese hombre llegó. Le encontré un poco raro: el semblante
-más flaco, más amarillo; el resto del cuerpo no se distinguía bien...
-parecía borroso... ¿Le soñaste tú así?...
-
---Lo mismo--repuso doña Fabiana, persignándose--; lo mismo...
-
---Entró deslizándose por entre ambos batientes de la puerta...
-
---Eso es.
-
---Y avanzó por detrás de la butaca...
-
---Exacto.
-
---Hasta detenerse á los pies del lecho de la niña...
-
---Exacto, justo--repetía doña Fabiana que sentía helarse su carne de
-pavura.
-
-Continuó don Ignacio:
-
---No dijo palabra don Gil, ni yo me incomodé en preguntarle á qué venía,
-pues en su frente, como en un libro, leí su intención. De un brinco le
-salí al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me
-abalancé sobre él.
-
---Es verdad. Yo le había hecho señas de que se fuera, para que tú no le
-vieses, pero no me entendió.
-
---Luchando á brazo partido caimos los dos al suelo; mas él quedó debajo,
-y yo, teniéndole bien sujeto con mis rodillas, empecé á estrangularle.
-¡Ah, qué placer, cuando le cogí por el cuello, sintieron mis manos!...
-El perneaba, quería morderme, luego me pareció que vidriaba los ojos...
-
-Doña Fabiana interrumpió á su marido.
-
---Sí, sí... ¡qué espanto! Todo eso lo he visto yo... ¡lo juro!... lo he
-visto... ¡lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces
-fué cuando di un grito y la niña me despertó.
-
---Indudablemente--repuso don Ignacio--porque yo oí ese grito y tu figura
-empezó á desdibujarse hasta desaparecer.
-
---¿Dejaste de verme?
-
---Completamente; y entonces oí tu voz y desperté.
-
-La señora de Martínez, devotamente, tornó á persignarse.
-
---¡Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo juraría que, hace unos
-instantes, el alma de don Gil Tomás ha entrado aquí.
-
---Creo lo mismo.
-
---¿Estará ese hombre enamorado de mí? Hay en todo esto como una
-brujería.
-
---¡Quién sabe!... Tal vez...
-
-No hablaron más y durmieron sosegadamente hasta el otro día.
-
-A la mañana siguiente corrió por el pueblo la noticia de que el hombre
-pequeñito había muerto. Sus criadas, cuando fueron á llevarle el
-desayuno, le hallaron tendido en su cama, frío y blanco. Los médicos á
-quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encargó reconocer el cadáver, no
-hallando en éste nada anormal, certificaron que don Gil había fallecido
-de un derrame seroso. El parte facultativo añadía que la muerte debió de
-ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco...
-
- Madrid, Junio 1914.
-
- Fin
-
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of El misterio de un hombre pequeñito, by
-Eduardo Zamacois
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO ***
-
-***** This file should be named 53743-8.txt or 53743-8.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/5/3/7/4/53743/
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions
-will be renamed.
-
-Creating the works from public domain print editions means that no
-one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
-(and you!) can copy and distribute it in the United States without
-permission and without paying copyright royalties. Special rules,
-set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
-copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
-protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
-Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
-charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
-do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
-rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
-such as creation of derivative works, reports, performances and
-research. They may be modified and printed and given away--you may do
-practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
-subject to the trademark license, especially commercial
-redistribution.
-
-
-
-*** START: FULL LICENSE ***
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
-Gutenberg-tm License (available with this file or online at
-http://gutenberg.org/license).
-
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
-electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
-all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
-If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
-Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
-terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
-entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
-individual work is in the public domain in the United States and you are
-located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
-copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
-are removed. Of course, we hope that you will support the Project
-Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
-freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
-this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
-the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
-keeping this work in the same format with its attached full Project
-Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
-a constant state of change. If you are outside the United States, check
-the laws of your country in addition to the terms of this agreement
-before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
-creating derivative works based on this work or any other Project
-Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
-the copyright status of any work in any country outside the United
-States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate
-access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
-whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
-phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
-Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
-copied or distributed:
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
-from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
-posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
-and distributed to anyone in the United States without paying any fees
-or charges. If you are redistributing or providing access to a work
-with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
-work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
-through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
-Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
-1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
-terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
-to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
-permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
-word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
-distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
-"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
-posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
-you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
-copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
-request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
-form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
-License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
-that
-
-- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
- owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
- has agreed to donate royalties under this paragraph to the
- Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
- must be paid within 60 days following each date on which you
- prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
- returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
- sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
- address specified in Section 4, "Information about donations to
- the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
-
-- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or
- destroy all copies of the works possessed in a physical medium
- and discontinue all use of and all access to other copies of
- Project Gutenberg-tm works.
-
-- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
- money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days
- of receipt of the work.
-
-- You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
-electronic work or group of works on different terms than are set
-forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
-both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
-Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
-Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
-collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
-works, and the medium on which they may be stored, may contain
-"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
-corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
-property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
-computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
-your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium with
-your written explanation. The person or entity that provided you with
-the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
-refund. If you received the work electronically, the person or entity
-providing it to you may choose to give you a second opportunity to
-receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
-is also defective, you may demand a refund in writing without further
-opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
-WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
-WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
-If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
-law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
-interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
-the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
-provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
-with this agreement, and any volunteers associated with the production,
-promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
-harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
-that arise directly or indirectly from any of the following which you do
-or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
-work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
-Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
-
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of computers
-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To
-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
-particular state visit http://pglaf.org
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
diff --git a/old/53743-8.zip b/old/53743-8.zip
deleted file mode 100644
index bf7ea2e..0000000
--- a/old/53743-8.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/53743-h.zip b/old/53743-h.zip
deleted file mode 100644
index 9309489..0000000
--- a/old/53743-h.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/53743-h/53743-h.htm b/old/53743-h/53743-h.htm
deleted file mode 100644
index 53fabf6..0000000
--- a/old/53743-h/53743-h.htm
+++ /dev/null
@@ -1,13092 +0,0 @@
-<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
-"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
-
-<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es">
- <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" />
-<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" />
-<title>
- The Project Gutenberg eBook of El misterio
-de un hombre pequeñito, por Eduardo Zacamois.
-</title>
-<style type="text/css">
- p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;}
-
-.c {text-align:center;text-indent:0%;}
-
-.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;}
-
-.nspc {letter-spacing:-.10em;}
-
-.r {text-align:right;margin-right: 5%;}
-
-.rt {text-align:right;}
-
-small {font-size: 70%;}
-
-big {font-size: 130%;}
-
- h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;}
-
- h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both;
- font-size:120%;}
-
- hr {width:90%;margin:2em auto 2em auto;clear:both;color:black;}
-
- hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black;
-padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;}
-
- table {margin-top:2%;margin-bottom:2%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;}
-
- body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;}
-
-a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
-
- link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
-
-a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;}
-
-a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;}
-
-.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;}
-
- img {border:none;}
-
-.blockquot {margin:2% 20% 2% 20%;}
-
-.bbox {border:solid 1px black;margin:auto auto;
-max-width:25em;padding:.5em;}
-
-.figcenter {margin-top:3%;margin-bottom:3%;clear:both;
-margin-left:auto;margin-right:auto;text-align:center;text-indent:0%;}
- @media print, handheld
- {.figcenter
- {page-break-before: avoid;}
- }
-
-.pagenum {font-style:normal;position:absolute;
-left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray;
-background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;}
-@media print, handheld
-{.pagenum
- {display: none;}
- }
-
-.ov {text-decoration: overline;text-align:center;text-indent:0%;}
-</style>
- </head>
-<body>
-
-
-<pre>
-
-Project Gutenberg's El misterio de un hombre pequeñito, by Eduardo Zamacois
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: El misterio de un hombre pequeñito
-
-Author: Eduardo Zamacois
-
-Release Date: December 15, 2016 [EBook #53743]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<hr class="full" />
-
-<div class="figcenter">
-<img src="images/cover.jpg" width="344" height="528" alt="" title="" />
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span></p>
-
-<p class="cb">EL MISTERIO<br />
-DE UN HOMBRE PEQUEÑITO</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span></p>
-
-<p class="c">DEL MISMO AUTOR<br />
-(PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL)</p>
-
-<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td class="c" colspan="2">NOVELAS</td></tr>
-<tr><td class="rt" colspan="2">Pesetas.</td></tr>
-<tr><td><b>El otro</b> (segunda edición)</td><td>3,50</td></tr>
-<tr><td><b>La opinión ajena</b></td><td>3,50</td></tr>
-<tr><td><b>La cita</b> (<i>Biblioteca popular</i>)</td><td>1</td></tr>
-</table>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p>
-
-<p class="c">
-EDUARDO ZAMACOIS</p>
-
-<h1><img src="images/lins.png"
-alt="==="
- class="nspc"
-/>
-
-EL MISTERIO<br />
-DE &nbsp; UN &nbsp; HOMBRE<br />
-PEQUEÑITO&nbsp; <img src="images/lins.png"
-alt="==="
- class="nspc"
-/></h1>
-
-<p class="c">
-NOVELA<br />
-<br />
-<img src="images/colofon.png"
-alt="colofón"
-width="95"
-/></p>
-
-<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary="">
-
-<tr><td colspan="3" class="c">RENACIMIENTO</td></tr>
-
-<tr class="c"><td>MADRID<br />
-
-<b>San Marcos, 42.</b></td>
-<td><img src="images/deco.png"
-width="18"
-alt=""
-/></td>
-<td>BUENOS AIRES<br />
-
-<b>Libertad, 170.</b></td></tr>
-
-<tr><td colspan="3" class="c">1914</td></tr>
-</table>
-
-<p>
-<span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p>
-
-<p class="r">
-ES PROPIEDAD<br />
-</p>
-
-<p class="ov">Imp. de Ramona Velasco, viuda de Prudencio Pérez.&mdash;Campomanes, 4.<span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p>
-
-<div class="blockquot"><p><i>¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche y de la Luna, como
-ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de otra vida? ¿No
-constituirán un nexo entre la realidad sensible y el mundo oscuro
-por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de cuantas
-personas&mdash;aborrecidas ó deseadas&mdash;viven lejos de nosotros?</i></p></div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span></p>
-
-<div class="bbox">
-<p>
-
-<a href="#I">Capítolo I, </a>
-<a href="#II">II, </a>
-<a href="#III">III, </a>
-<a href="#IV">IV, </a>
-<a href="#V">V, </a>
-<a href="#VI">VI, </a>
-<a href="#VII">VII, </a>
-<a href="#VIII">VIII, </a>
-<a href="#IX">IX, </a>
-<a href="#X">X, </a>
-<a href="#XI">XI, </a>
-<a href="#XII">XII, </a>
-<a href="#XIII">XIII, </a>
-<a href="#XIV">XIV, </a>
-<a href="#XV">XV, </a>
-<a href="#XVI">XVI, </a>
-<a href="#XVII">XVII, </a>
-<a href="#XVIII">XVIII, </a>
-<a href="#XIX">XIX, </a>
-<a href="#XX">XX, </a>
-<a href="#XXI">XXI, </a>
-<a href="#XXII">XXII, </a>
-<a href="#XXIII">XXIII, </a>
-<a href="#XXIV">XXIV, </a>
-<a href="#XXV">XXV, </a>
-<a href="#XXVI">XXVI, </a>
-<a href="#XXVII">XXVII, </a>
-<a href="#XXVIII">XXVIII, </a>
-<a href="#XXIX">XXIX, </a>
-<a href="#XXX">XXX, </a>
-<a href="#XXXI">XXXI, </a>
-<a href="#XXXII">XXXII, </a>
-<a href="#XXXIII">XXXIII, </a>
-<a href="#XXXIV">XXXIV.</a>
-</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span></p>
-
-<h1>EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO</h1>
-
-<h2><a name="I" id="I"></a>I</h2>
-
-<p>Mediaba la tarde cuando empezó á llover. La misma violencia inicial del
-aguacero, engañó á los vecinos; creían todos que el chaparrón, como de
-Mayo, amainaría pronto; pero no fué así, y la voz gradualmente más
-fuerte y cercana del trueno, y ciertas nubes grises, semejantes á
-columnas de humo, que velaban la crestería de los montes mayores,
-aseguraron la persistencia del mal tiempo.</p>
-
-<p>Es Puertopomares un lugarejo salmantino de seis mil habitantes, situado
-en las ondulaciones menos ariscas de la fragosa sierra de Gredos.
-Hállase enclavado sobre el lomo de un altozano estrecho y largo,
-circuído por una breve campiña que, muy luego, arrepentida de su
-humildad apacible, trepa veloz y ambiciosa por todos lados hasta ser
-orgullosa montaña; y así el pueblo queda hundido en el centro de un
-anfiteatro ciclópeo alrededor del cual los altos cerros coronados de
-castañares, de alisos, de copudos tejos, de nogales y de chopos,
-componen fabulosas graderías. En aquel escenario abrupto, puesto á cerca
-de mil metros sobre el nivel del mar, los accidentes atmosféricos<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span>
-tienen energía extraordinaria: las nevadas son terribles, el calor
-asfixiante, las lluvias torrenciales y furiosas, y los vientos y el
-trueno suscitan en las concavidades graníticas de la cordillera ululeos
-y resonancias imponentes.</p>
-
-<p>Y como la región, son sus habitantes: acaso un tanto imaginativos y
-movedizos en sus ideas, determinaciones y afectos; pero, llegado el
-caso, duros de voluntad, exaltados en sus deseos, en ofrecer y cumplir
-lo ofrecido, generosos é hidalgos, y, finalmente, nobles, sufridos y
-bravos, cual corresponde á la tradición, tantas veces centenaria, de la
-ejemplar Castilla.</p>
-
-<p>La historia de Puertopomares es dilatadísima. Sus fundadores, gentes
-dedicadas al pastoreo y poco belicosas, quizás construyeron las primeras
-viviendas junto al río Malamula, que en todo tiempo corre cristalino
-como un llanto perpetuo de la sierra, y así parece indicarlo la vejez
-secular de aquellas edificaciones que hoy componen el arrabal ó extremo
-más miserable del pueblo. Después los aborígenes, hostilizados por
-tribus enemigas, debieron de sentir la utilidad defensiva del monte y á
-él subieron pidiéndole favor contra la desamparada mansedumbre de la
-llanura. Inconscientemente los siervos de la gleba buscaban un amo.
-Varios siglos pasaron. Dominando la parte más altiva hiciéronse al fin
-los muros aspillerados de un castillo románico, cuyos salones sirven
-ogaño de Casa Consistorial y de cuartel, y cuyas ruinas, fuertes
-todavía, constituyen la armazón ó esqueleto de todo el villorrio.
-Examinando su recia disposición, surgen á montones huellas de
-civilizaciones distintas. Los cimientos de la llamada Puerta del Acoso,
-y el formidable aparejo de la muralla que domina la parte Norte, son
-romanos. Algunos torreoncitos saledizos que interrumpen la sucesión de
-los merlones y de las almenas, señalan el paso de la<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> época gótica. Más
-adelante la fábrica aborigen trocóse en alcazaba y los árabes dejaron en
-el remate de algunas barbacanas la gracia espiritual de su arquitectura.
-Posteriormente el feudalismo grabó el sello de su rudeza guerrera y
-sensual en la amplitud ecoica de las escaleras y de las cámaras. Todo
-allí interesa: cada piedra tiene una historia, cada puñado de argamasa
-una gota de sangre; el polvo que ensucia las botas del viajero, es
-ceniza de héroes.</p>
-
-<p>Una piedra gerarca defiende todavía la memoria del caballero leonés don
-Fadrique Ballesteros de Guzmán, señor de Cantagallos y de Fuenfría,
-quien, bajo el tempestuoso reinado de Alfonso onceno, ganó el castillo
-de Puertopomares á la morisma. El escudo que ennoblece la Puerta del
-Acoso explica el recio temple de aquel hombre y los misterios de su
-linaje. Es tajado el escudo, y acreditan bastardía tanto el resalto de
-la línea transversal como la disposición del yelmo que lo cubre y se
-halla vuelto hacia la izquierda y con la visera baja, cual si quienes
-habían de llevarlo se avergonzasen de su origen. Un roble y un lobo
-empinante aseveran la elevación de ideas y el temerario coraje de don
-Fadrique, así como una mano dice su liberalidad hidalga, y las líneas
-verticales y horizontales que se entrecruzan en el cuartel inferior, su
-ascético silencio y la contenida aflicción de su ánimo.</p>
-
-<p>De Ballesteros de Guzmán nada escribieron los cronistas de la época;
-quizás sucumbió oscuramente en la batalla del Salado, y otro señor, de
-nombre desconocido, le arrebató su feudo. La guerra contra la Media Luna
-proseguía implacable. Por tres veces, en menos de una centuria, los
-moros fronterizos recobraron el castillo, que por lo estratégico era muy
-codiciado, y otras tantas lo perdieron. Dos hermanos, don Jaime y don
-Siro, emparentados por la rama cognática con uno de los principales
-linajes de Aragón,<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> aparecen allí más tarde, y sus crueldades,
-violaciones y rapiñas, siembran el espanto en la región. Menos
-sanguinarios son sus halcones. Huyen furiosos y cobardes los pecheros á
-otras tierras, y los señores bajan al pueblo libremente y cuentan por
-cientos sus barraganas. Una ola insultante de bastardía parece descender
-de la montaña.</p>
-
-<p>Siglos después, la miseria que ocasionaron la expulsión de los judíos y
-la conquista de América, las invasiones extranjeras, las contiendas
-civiles, los años de paz con su abandono más funesto para las
-edificaciones marciales que la misma guerra, fueron arrancando piedras,
-resquebrajando bóvedas y arruinando poco á poco los muros hasta dar con
-varios de ellos en el suelo. Entonces fué cuando la gente pobre, los
-menesterosos del llano, se acercaron al titán, y perdiéndole el miedo
-comenzaron á quitarle lo que necesitaban para sus viviendas. Este
-llevábase unos sillares, aquél unos horcones ó unos azulejos, ó
-levantaba su casa afirmándola contra las adarajas de algún murallón;
-esotro pastor acotaba el extremo de una galería y en ella encerraba de
-noche su ganado. En invierno, muchos hampones se detenían allí y, sin
-reverencia, para calentarse, encendían hogueras. Había en esta
-expoliación pacífica una especie de aborrecimiento subconsciente, de
-odio atávico; el odio que dedican al recuerdo del amo, incendiario y
-violador, los hijos del siervo.</p>
-
-<p>Por esta causa la vieja alcazaba subsiste mezclada á la vida de
-Puertopomares de manera tal, que imposible sería demoler una casa sin
-tropezar en ella con algún macho ó lienzo de pared, perteneciente al
-coloso. Hay zaguanes, verbigracia, de techumbre abovedada surcada por
-las nervaduras sencillas y escuetas de la primitiva arquitectura ojival;
-y cocinas, tiendas de comestibles y almacenes, cuyos artesonados
-exagonales conservan intactos los follajes y adornos<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> del Renacimiento.
-Un salmer sirve de base á una escalera moderna. Una línea de dovelas, da
-á una bodega acceso suntuario. Subsisten arcos románicos enormes,
-tendidos á traves de cuatro y cinco casas. A veces, empotradas en una
-vulgar pared de ladrillo, grisean un trozo de arquitrave y algo del
-capitel de una columna hundida allí hace siglos. Insensiblemente la
-fábrica primitiva experimentó mutaciones incontables: la iglesia que
-comenzaron á levantar adosada á una muralla, se apoderó de un bastión
-mudéjar y con ciertos aditamentos lo cambió en torre; un primer reducto
-fué convertido más tarde en cárcel; un arbotante en el arrimo principal
-del edificio destinado á Casino, la crujía en callejón, la saetera en
-ventana, el foso en atajo, el temido ergástulo en bodega, y en
-desabrigada plazoleta pública la severidad del antiguo patio de armas.
-Los enormes sillares que el tiempo y los asaltos precipitaron desde los
-baluartes soberbios á las márgenes humildes del río, fueron aprovechados
-luego en la construcción de puentes, fábricas y represas. El cadáver del
-titán conserva todavía piedra suficiente para construir un segundo
-pueblo, y el de Puertopomares continúa robándole cuanta necesita.
-También le debe su fuerza centrípeta, la virtud coercitiva que parece
-sujetar inexorablemente sus casas unas á otras; á veces, registrando la
-secreta estructura de varias viviendas, la observación descubre, bajo
-una máscara reciente de cal y ladrillo, un trozo de bastión ó acitara
-que, semejante á un nervio, las sujeta á todas.</p>
-
-<p>Las mudanzas de las civilizaciones y del tiempo, dieron al cerro de
-Puertopomares dos fisonomías perfectamente distintas. La parte Sur, que
-enfrenta la estación del ferrocarril, es más apacible; hay menos
-peñascales y los bosques de castaños y de fresnos muéstranse lozanos y
-tupidos; la hierba tiende su magia saludable por las laderas de los
-montes, y entre<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> el silencio de la espesura virgiliana blanquean
-risueñas viviendas. Arriba, en las tardes de buen sol, el fenestraje
-arde con refulgencias cegadoras, las persianas verdean como pámpanos y
-los tejados son más rojos. Abajo, en el llano, los rieles del tren,
-abrillantados por el uso, ondulan con flexible gracia de serpiente ó de
-látigo; en las vías de descarga, vagones oscuros y herméticos, irradian
-la melancolía de su quietud. La estación es pequeña, tranquila y tiene
-un andén de arena, sombreado por algunos chopos, y una techumbre
-salediza. Desde allí al pueblo, á través de la umbría del bosque,
-cigzaguea un camino. Al pie del monte un túnel abre la tiniebla de su
-medio círculo, y luego, doblándose como un alfanje, pasa al otro lado;
-toda la pesadumbre, por tanto, del arruinado castillo, gravita sobre él.
-Los trenes que van á Salamanca cruzan el túnel, salvan el río por un
-puente muy alto de hierro y madera, y describiendo una curva se hunden
-en la sierra. Al desaparecer, súbitamente su estrépito se apaga.</p>
-
-<p>Este lado Norte de Puertopomares, acaso por la mayor cólera de los
-vientos, es fosco, batallador, de una acritud estéril, hirsuta y
-primitiva. La tierra allí hízose roca. Abundan los yacimientos
-graníticos cortados á tajo y todo tiene el color oscuro de la piedra.
-Como la vertiente es rapidísima, el desmoronamiento y caída de los
-nobles muros belicosos debió de ser terrible. Muchos sillares,
-arrancados de los propugnáculos derruídos por el tiempo y las gestas,
-rodaron con tal ímpetu que pasaron el río y en la opuesta orilla se
-afincaron; algunos quedaron en medio del cauce y contra ellos el agua
-murmurante se rompe desde hace siglos; otros, detenidos milagrosamente
-en una quiebra de la ladera, permanecen inclinados sobre el abismo y
-todavía amenazan. Aquí y allá, en grupos, cual guerrilleros lanzados á
-la conquista de la gloriosa fortaleza, crecen frondosos árboles,<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> y en
-el amplísimo telón verde de la pendiente numerosas casas, construídas
-tal vez en los mismos cimientos de alguna barbacana rota, ó sobre la
-sólida anchura de un adarve, levantan su alegría de hogar.</p>
-
-<p>Arriba, en el fastigio ó acirate, y de Levante á Poniente, el lugarejo
-muestra la rusticidad abigarrada y guerrera de sus techumbres; entre
-todas componen un perfil jiboso, un lomo de camello. La calle Larga,
-donde estaban los principales comercios, la botica, el Casino y la Casa
-Correos, siguiendo el eje longitudinal del monte atraviesa el pueblo de
-Este á Oeste y constituye su espinazo; va desde la Puerta del Acoso á la
-Glorieta del Parque, cerca de mil metros mide y ocupa la parte
-culminante. Otras tres calles, las de Amor de Dios y Pozo de Don Ramiro,
-por la vertiente septentrional, y la del Sacramento, por el mediodía, le
-son paralelas, pero hállanse en niveles tan desiguales, que varias casas
-de planta baja de la calle Larga, en la de Amor de Dios tienen tres y
-aun cuatro pisos. Análoga desproporción existe entre la de Amor de Dios
-y Pozo de Don Ramiro, construída á trechos sobre los bloques antemurales
-más avanzados del castillo, por cuanto estas vías se encuentran, unas
-con respecto á otras, como los bancales en las laderas de los oteros y
-colinas. Las demás callejas son pequeñas y fueron abiertas de Sur á
-Norte, perpendicularmente á las ya citadas. La parte menos alta la
-integran las casucas edificadas fuera de la Puerta del Acoso, las cuales
-arraciman, barajan y confunden sus paredes y tejados cual si algún
-furioso terremoto las hubiese dislocado y revuelto. Son las más
-humildes, las más viejas, y señalan el camino por donde la gente de la
-tierra baja trepó á la montaña. Surgen después á intervalos algunos
-largos retales de la antigua muralla, todos tiznados por el tiempo y
-cubiertos de muérdago y de hiedra; y á continuación, interpolado
-pintorescamente á las reliquias del muerto<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span> castillo, el pueblo: un
-caserío original de contextura arbitraria, de balconajes volados y
-grandes como galerías, de espadañas tristes y sutiles, de hostigos
-cubiertos de tejas, de fachadas arlequinescas ensuciadas por la ventisca
-y las nieves, que le dan un aspecto triste, una tonalidad severa y
-medioeval nunca comparable, ni aun en los limpios días del verano, á la
-pinturería reverberante de las ciudades andaluzas.</p>
-
-<p>Aquella tarde de Mayo llovió como en los días peores del invierno. En la
-lejanía plomiza, las montañas y las nubes se emborronaban; un relámpago
-que fingió piruetear de un cerro á otro, bañó el espacio en vivísimo
-resplandor, y casi simultáneamente la voz abracadabra del trueno
-tableteó horrísona en los arcanos serrinos; los ecos se devolvían aquel
-atabaleo trágico que resonaba de valle en valle, de gollizo en cañada,
-como el gorgoteo de un intestino lapidario. Enojóse el Malamula con el
-aguacero, y su musiteo tornóse rumor de amenaza. El viento dormía y en
-las calles desiertas, lavadas, escurridizas y pendientes, sólo vibraba
-el acorde monorrítmico del chaparrón semejante á un siseo continuado, á
-una orden de silencio. El agua salióse de los alcorques, y desbordándose
-de las canales caía ruidosamente sobre las aceras; grandes manchas de
-humedad oscurecían las fachadas; por las viejas troneras, por las
-grietas de los arruinados paredones, la lluvia torrencial filtrábase
-bordando brillantes arabescos. Desde los anchos balcones, de renegrida
-horconadura, y á través de los cristales, mujeres de mejillas flacas
-color cera y de ojos intensos y negrísimos, mujeres de labios finos y
-cabellos lustrosos peinados simétricamente sobre la frente, mujeres
-resignadas de Castilla, hacían labores que, á intervalos, interrumpían
-para signarse y mirar al espacio. Ni un transeunte, ni un pregón, ni un
-ruido; únicamente el susurro de hervor del tenaz y caudal aguacero
-respondiendo al sollozo profundo del río.<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> Hasta el martillo de don
-Ignacio, el veterinario, reposaba. Feas, aturdidas, caladas, tristes,
-muchas gallinas se habían buscado un refugio en el quicio de las
-puertas, contra los batientes cerrados. Por las calles mejores y más aun
-por los pasadizos dispuestos, para mayor comodidad de los viandantes, en
-forma de escalera, el agua descendía impetuosa, espumeante, cobrando
-rumores de torrente al despedazarse contra los guardacantones de las
-esquinas. A poco levantóse el viento y su furia arrancó á las
-encrucijadas temerosas estridencias; la lluvia convirtióse en granizo y
-una nueva melancolía aceleró la rapidez gris del crepúsculo; bajo tan
-densa brumazón el caserío de Puertopomares, con la plateresca disonancia
-de sus espaciosos aleros, de sus balcones largos y saledizos, capaces de
-ensombrecer una fachada, y de sus calles tortuosas y sin gente, tenía la
-muda desolación de una aldea abandonada.</p>
-
-<p>Sólo una voz implorante y sin timbre rompía de cuándo en cuándo la
-quietud de la calle Amor de Dios. Era la del tonto Juan Ramos, llamado
-<i>Ramitas</i>, que lloraba porque la dueña del Café de la Amistad no le
-había permitido entrar en su establecimiento. Ramitas, hemiplégico del
-lado izquierdo, arrastraba una pierna al andar y tenía un brazo encogido
-y con el codo vuelto hacia afuera. Iba sin sombrero. Su rostro joven,
-mojado por la lluvia y las lágrimas, chorreaba mugre. Desde los zaguanes
-algunos chiquillos gritábanle burlones y crueles:</p>
-
-<p>&mdash;¡Tonto Ramitas!... ¡Eh!... ¿Te han pegado?...</p>
-
-<p>El idiota volvía la cabeza. Acaso comprendía su abandono, su desgracia
-que á nadie inspiraba piedad, y prorrumpía en llanto amarguísimo. Mojado
-hasta los huesos, intentaba refugiarse en cuantos almacenes de
-comestibles y tabernas hallaba al paso, pero de todas partes le
-despedían.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú, Ramitas!... ¡Fuera de aquí!...<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span></p>
-
-<p>Le tenían asco. El seguía adelante. Lloraba y andaba. Su treno ronco,
-doliente, iba alejándose, arrastrándose á lo largo de las calles, como
-el lamento de un animal herido.</p>
-
-<p>A las cinco de la tarde, diez minutos antes de la llegada del expreso de
-Madrid, los vecinos de la Glorieta del Parque oyeron pasar, hacia la
-Estación, el coche de la Fonda del Toro Blanco. Fragor de cristales y de
-colleras. Luego, nada. El silencio otra vez; el denso silencio
-aldeaniego empapado en la doble tristeza de la lluvia y de la noche.</p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a>II</h2>
-
-<p>A la misma hora, Teodoro, el camarero del Casino, encendió las luces y
-frotó cuidadosamente, con la blancura de su delantal, el mármol de los
-veladores. Era un joven de razonable estatura, rubio, servicial y
-agradable, que mantenía relaciones con Dominga, la sobrina de don
-Valentín Olmedilla, propietario de la Fonda del Toro Blanco. El día de
-la boda estaba cercano, y esta proximidad, origen de impaciencias y
-acaso de zozobras, daba al rostro humilde y bueno de Teodoro una
-ansiedad y una melancolía.</p>
-
-<p>Las mesas de tresillo y las de billar, hallábanse ocupadas, y las voces
-de los jugadores y el ruido de los tacos, al golpear la madera del
-suelo, producían regocijo.</p>
-
-<p>El Casino, por su amplitud, ornato y afortunada disposición, merecía
-serlo de una capital provinciana. Ocupaba en el accidentado perímetro de
-la población un sitio muy alto, y un lienzo de muralla prestábale
-cimiento. Constaba de dos cámaras espaciosas y de mucho puntal; las
-ventanas de una de ellas abocaban<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> á una plazuela lamentable, de
-fachadas torcidas, de piso herboso y desigual, como dislocado por algún
-terremoto, y entristecida bajo la umbría de unos soportales. El otro
-salón se destinaba exclusivamente á bailes, y lo rodeaban largas
-banquetas de pañete azul. Espejos de dorado marco, envueltos en gasas
-para mayor pulcritud y conservación, adornaban los muros pintados al
-temple. Contiguo á este salón había una galería abierta al Sur, sobre un
-panorama magnífico. Su fenestraje, que visto desde el valle, parecía
-arder con el sol, dominaba la estación del ferrocarril oprimida bajo su
-techumbre de pizarra fregada por los aguaceros, la serenidad esmeralda
-de algunos huertos, la reciedumbre y frondosidad saludable de los
-viciosos castañares que sombreaban toda aquella parte, y la altivez de
-los lejanos montes, ceñidos de nubes, semejantes á volcanes humosos.
-Entre aquel inmenso verdor gambeteaba, apareciendo y ocultándose
-alternativamente con una inquietud de parpadeo, el camino que conducía á
-la ermita de San Fernando, semejante á una piedra, por lo pequeña, y
-desde cuyo atrio todos los años, y con notable concurrencia y zambra de
-romeros, un sacerdote, en el mes más propicio á la vida, bendecía los
-campos. Las otras habitaciones ó dependencias del Casino eran la alcoba
-de Teodoro, la cocina que se encendía rara vez, pues casi ningún socio
-almorzaba ni comía allí, la sala de juego y la habitación destinada á
-biblioteca; un cuarto desabrigado y minúsculo, ocupado por un largo
-pupitre y varios estantes con libros. No llegarían éstos á trescientos.
-En lugar bien visible y preferente, había dos retratos al óleo: el del
-señor don Filiberto Pérez y el del alcalde señor Martínez Rodríguez.
-Ambos fueron puertopomarenses ilustres, y la amplitud de sus cuellos y
-la estrechez de sus levitas con trencilla señalaban una época distante.
-Don Filiberto tenía los cabellos cortados<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> al rape, la frente oscura y
-el bigote rubio y caído; el señor Martínez Rodríguez estaba afeitado y
-en su rostro plebeyo y trivial fulgían unos ojos chiquitos, negros y
-redondos, como gotas de tinta. Nadie recordaba la historia abnegada,
-llena, sin duda, de iniciativas, filantropía, sacrificios y nobles
-desvelos, de aquellos dos varones preclaros. Su obra se había perdido.
-Toda la buena sociedad puertopomarense les conocía de verles allí, en la
-biblioteca del Casino, y nada más. A sus nombres vulgares no iba unido
-el recuerdo de ninguna hazaña capaz de imponerse á la ingratitud del
-tiempo. Don Filiberto Pérez había sido notario y murió soltero; Martínez
-Rodríguez fué alcalde, restauró á sus espensas la torre de la iglesia y
-tuvo varios telares. A esto reducíase la vida de ambos próceres. Sin
-embargo, cuando algún forastero visitaba el Casino, las personas que le
-acompañasen nunca dejaban de mostrarle la biblioteca. Aquellos
-trescientos volúmenes polvorientos, que nadie leía, eran el orgullo del
-vecindario, su más limpio timbre de progreso.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta ahora&mdash;decían&mdash;no hemos conseguido hacer más. Esto debemos
-reformarlo. Nuestro pueblo necesita cultura... ¡mucha cultura!... En
-fin, más adelante... poco á poco... ¡ya veremos! Luchamos contra dos
-enemigos terribles: la ignorancia y la falta de dinero. ¿Quiere usted
-creer que se pasan los años sin que á ninguno de los doscientos y pico
-de socios que nos reunimos aquí, se le ocurra pedir un libro?</p>
-
-<p>Tampoco dejaban de tributar á los retratos un elogio breve y ferviente:</p>
-
-<p>&mdash;El señor Martínez Rodríguez; el señor don Filiberto Pérez; dos
-conterráneos insignes...</p>
-
-<p>En estas palabras vibraba siempre cierto énfasis; un orgullo de
-campanario, una vanidad lugareña que utilizaba aquel momento para
-ponerse de puntillas.<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span> El forastero se inclinaba cortés ante aquellas
-figuras que lo recogido del sitio y la tizne de los años mejoraban, y su
-rostro expresaba devoción y melancolía, cual si realmente lamentase no
-haber conocido á dos personas de tanto mérito.</p>
-
-<p>A pesar de sus comodidades y holgura, el Casino arrastraba una
-existencia pobre. Años atrás, se celebraban allí todos los domingos
-bailes, á los que concurría lo más granadito de la población. De estas
-reuniones resultaron algunas bodas, como la de don Elías Fernández
-Parreño, que acababa de licenciarse médico en Salamanca, con
-Presentacioncita Tejas, la heredera más rica de la localidad. Luego, sin
-causa ostensible, el celo de tales divertimientos fué apagándose; el
-pianillo de manubrio, al que en las noches de holgorio desembarazaban de
-su funda gris, sonaba inútilmente; huyendo de las mujeres los hombres se
-refugiaban en la sala de juego ó asaltaban las mesas de tresillo, y las
-muchachas no tenían con quien bailar. Las más alegres valsaban unas con
-otras, como para afear á los galanes su huraña descortesía. Poco á poco
-los bailes, semejantes á una fruta que fuera secándose, redujéronse á
-dos mensuales; más tarde, á uno; finalmente se suprimieron, y las
-mujeres, haciendo de su orgullo resignación, no demostraron sentirlo.
-Teodoro achacaba esta decadencia á los hombres. La juventud masculina
-veía en el baile un riesgo, una peligrosa ocasión de galantería y
-coqueteo que acaso pudiera trocarse después en grave amor; no son buenos
-juegos los que terminan ciñéndose coronas de responsabilidades y
-obligaciones, ni cómodos los labios femeninos que, para besar, exigen la
-previa sanción del cura y del juez, y así, el miedo al matrimonio echó
-del Casino al genio celestinesco del baile.</p>
-
-<p>En Puertopomares, el número de solteros era enorme; había muchos
-individuos ricos, independientes y<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> de juveniles costumbres, que
-llegaron á los cuarenta años sin noviar con nadie. Estos refinados
-egoístas satisfacían sus apetitos en las infelices habitantes de una
-mancebía miserable, situada fuera del pueblo, sobre el tajo del río, en
-un repliegue del terreno denominado Barranco del Zorro, y no pedían más;
-los que necesitaban dar á sus licenciosos gustos mayores libertad y
-lujo, se iban á Salamanca. «Amor sin amor&mdash;pensaban&mdash;amor pagado
-inmediatamente, fué siempre el más barato y el más cómodo». Las mozas
-casables estaban desesperadas; padres y maestros las recomendaron el
-recogimiento, el pudor, la mesura más escrupulosa en sus acciones y
-palabras. ¡Oh!... ¿Para qué?... ¿Quién agradecería su sacrificio
-vestal?... Millares de entre ellas llegaron á la vejez solteras,
-afeadas, marchitadas, por las brasas del deseo insatisfecho y
-perdurable. Y había en la lenta consunción de aquellos azahares
-inútiles, en la sempiterna agonía interior de tantas vírgenes estériles,
-el dolor infinito, el espanto de tragedia, de una abominable injusticia
-social.</p>
-
-<p>Generalmente al Casino los socios sólo concurrían de nueve á doce de la
-noche; pero aquella tarde, muchos de ellos, sorprendidos en el campo ó
-en la calle por la tempestad, acudieron á guarecerse allí.</p>
-
-<p>En la galería, sentadas alrededor de una mesa, varias personas miraban
-hacia el paisaje sobre el cual la lluvia y la agonía crepuscular
-desgranaban fugaces temblores amarillos y violetas. Era la contemplación
-profunda, el éxtasis religioso, de los labriegos para quienes encierra
-algo místico el fenómeno fecundante de la lluvia. Los relámpagos
-pintaban en el espacio fuliginoso grietas terribles, ágiles como
-víboras. El aire olía á tierra húmeda. Del valle subía el rumor, hondo,
-interminable&mdash;lamento de mar&mdash;del viento, entre los árboles. Muy lejos,
-la corriente del Malamula gruñía rencorosa.<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span></p>
-
-<p>Formaban la tertulia don Juan Manuel Rubio, al que sus muchas haciendas
-y relaciones habían consagrado diputado á través de todas las
-legislaturas; don Elías, el médico; don Ignacio Martínez, el
-veterinario; el juez municipal, don Niceto Olmedilla, hermano de don
-Valentín, el amo de la fonda; don Isidro Peinado, alcalde y dueño de una
-ferretería de la calle Larga, y otros dos individuos. Don Juan Manuel y
-don Ignacio, bebían coñac; los demás, cerveza. Durante mucho rato todos
-hablaron del tiempo, y cada cual, cachazudamente, aportó á la
-conversación un dato interesante.</p>
-
-<p>&mdash;Dicen&mdash;exclamó don Elías&mdash;que en Nava de Pomares llueve desde anoche
-torrencialmente. Los viejos no recuerdan aguacero igual.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo sabe usted?&mdash;preguntó don Niceto.</p>
-
-<p>&mdash;Porque esta mañana fué Luisito Cruz á decirme que su madre había
-amanecido peor, y él vive en la Nava...</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted razón; hoy le vi en la fonda, hablando con mi hermano.</p>
-
-<p>Callaron. Unos momentos todos miraron hacia el campo; diríase que la
-afirmación, «en Nava de Pomares está lloviendo mucho», era tan grande,
-tan trascendente, que congestionaba los cerebros. Al cabo, la voz
-ruda&mdash;voz de mando&mdash;de don Ignacio Martínez, deshizo el encanto.</p>
-
-<p>&mdash;En Candelario, esta madrugada diluviaba; me consta por un mozo de
-allí, que me ha traído á herrar dos caballerías.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si diluvia en Candelario&mdash;observó don Isidro&mdash;habrá llovido
-también en Cantagallos y en La Olla y en Palomares... pues siempre fué
-así, y conocida la disposición de la sierra no puede ser de otro modo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que esta vez hubo agua de sobra&mdash;replicó el médico&mdash;; lo malo
-es que nunca llueve á gusto<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> de todos. El chubasco, por ejemplo, que
-favorece al centeno, acaso perjudica al trigo; lo que en este bancal es
-beneficio, es muerte en aquel predio.</p>
-
-<p>Agotada la conversación, reducido el tema de los cambios admosféricos á
-reseco y desjugado bagazo, apuntadas y discutidas todas las
-posibilidades con esa machaconería minuciosa de que sólo la gente
-rústica es capaz, el diálogo orientóse hacia otros rumbos. Alguien habló
-del vidriero Jesús Ochoa, fallecido aquella tarde. De la sórdida
-avaricia y misérrimo fin de aquel hombre referíanse escenas
-inverosímiles. Ochoa moría septuagenario; nunca quiso casarse y no tenía
-herederos; los días de su mezquina vida los pasó en una tienducha
-lóbrega, especie de fétido chiscón situado detrás de la iglesia y en un
-plano inferior al nivel de la calle. Hasta sus últimos instantes el
-anciano vidriero demostró un valor y una clarividencia que, á no
-emplearse en la más torpe codicia, hubiesen sido admirables.</p>
-
-<p>En Puertopomares, al igual que en otros pueblos salmantinos, los
-parientes del difunto alquilan, para lujo y vistosidad del entierro, un
-determinado número de cirios, que deben lucir durante todo el transcurso
-de la ceremonia. Estos cirios se pesan antes de ser encendidos; luego, á
-la salida del camposanto, vuelven á pesarse, y la diferencia entre ambas
-pesadas, que señala la cantidad de cera consumida, es lo que se paga.
-Ochoa, que carecía de familia y que, á tenerla, probablemente no se
-hubiese fiado de ella, discutió por sí mismo el precio de la cera que
-había de arder en sus funerales. Hasta el postrer momento sintió la
-audacia y el sibaritismo de regatear, de defender su dinero, único goce
-de su vida.</p>
-
-<p>&mdash;En la botica de don Artemio lo referían esta mañana unos amigachos del
-difunto&mdash;dijo don Isidro&mdash;; creo que Teobaldo, el amo de la Funeraria,
-estaba asombrado de tanta fortaleza de ánimo. ¡Es<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> increíble ese valor
-en un viejo de más de setenta años!...</p>
-
-<p>Los entierros eran de dos categorías. En los mejores, denominados «con
-salida», el clero acompañaba al cadáver desde la iglesia hasta la
-Glorieta del Parque; en los de segunda clase, ó «sin salida», los curas
-rezaban el último responso bajo el pórtico del templo; que tan lejos
-alcanza la virtud del oro que hasta la oración, lo inefable, se rindió
-mercenariamente á su poder. Don Niceto preguntó si el entierro de Ochoa
-sería de segunda clase.</p>
-
-<p>&mdash;¡Naturalmente!&mdash;interrumpió el médico&mdash;; pues, ¿cómo pensaba usted que
-fuese?... Y, gracias á que llegó á una avenencia con Teobaldo; pues de
-no ponerle éste la cera al precio que él exigía, capaz es de seguir
-viviendo. Conozco á los avaros; hasta para morirse buscan el momento más
-económico.</p>
-
-<p>El acre humorismo de Fernández Parreño fué saludado con una carcajada
-general. Este pequeño éxito empurpuró las mejillas de don Elías y
-obligóle á bajar los párpados. Era un hombre corpulento, de miembros
-bien trabados, de aspecto ecuánime y simpático, á quien, como á todo
-miope, la necesidad de acercarse mucho á los objetos para distinguirlos,
-había encorvado cortesmente hacia adelante. Tenía los ojos zarcos y el
-bigote blanco y pulcro. El temblor de unos lentes de oro daban á las
-expresiones de su rostro cierta noble quietud. Hablaba despacio y nunca
-sin anteponer á sus palabras la importancia de un breve silencio. Sus
-cincuenta años y la decorativa hinchazón de sus diagnósticos habíanle
-granjeado mucho crédito. En todos aquellos lugarejos comarcanos tenía
-clientes, y hasta de Salamanca, según testigos, le llamaron una vez.
-Este fué el mayor orgullo de su vida.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel le burlaba frecuentemente, asegurando que la ciencia de
-Fernández Parreño reducíase á repetir, como papagayo, los anuncios que
-con<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> gran acopio de nombres técnicos publican los vendedores de
-específicos en la cuarta plana de los periódicos. Algo de esto había,
-efectivamente: don Elías, poco accesible á las fiebres de la curiosidad
-científica, apenas terminó su carrera cerró los libros, pero con tal fe
-y sincera decisión, que no volvió á tocarlos. Era pobre y ni su misma
-penuria decidíale al trabajo. Su tarda voluntad encomendábase á la
-rutina. «Más sabe un practicón que cien doctores»&mdash;pensaba&mdash;. Por el
-momento bastábale con ser buen mozo. Afortunadamente, Presentación, la
-unigénita del opulento cacique don Ladislao Tejas, enamoróse de él, y
-los dos millones de reales que aportó al matrimonio añadieron á su
-gallarda figura y á su título de médico los debidos prestigios. Otro, en
-su lugar hubiérase echado á la vida bartola. Don Elías, más
-quisquilloso, más caballero, quiso trabajar para no avergonzarse de su
-riqueza, y la misma holgura de su posición le captó en seguida clientela
-abundante y selecta. Siete, ocho y hasta diez mil pesetas, afanaba
-anualmente, que unidas á su amable trato y á la pacificadora labor del
-tiempo, ayudaron á desvanecer, ó cuando menos á suavizar, el recuerdo de
-que Fernández Parreño, según cierta frase cruel, muchas veces repetida,
-á imitación de las cortesanas había ganado su fortuna de noche...</p>
-
-<p>Comentada suficientemente la muerte de Jesús Ochoa, se habló de mujeres,
-tópico alegre en que las opiniones, aun de los hombres más desemejantes
-y rivales, aconsonantan en seguida; y apenas comenzó el diálogo, tomó,
-con gran gusto, sus riendas don Juan Manuel Rubio. Don Niceto había
-dicho que el domingo anterior, al salir de la iglesia, sorprendió á
-Romualdo Pérez, gerente del tejar <i>La Honradez</i>, hablando con doña
-Quintina. Hallábanse cerca de un confesionario y vueltos de espaldas al
-público, como si no quisieran ser vistos.<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span></p>
-
-<p>&mdash;Yo, por lo mismo, me fuí á ellos derechito&mdash;continuó don Niceto&mdash;,
-saludé á Quintina y á Romualdo le pregunté por Micaela, la hija mayor de
-doña Virtudes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué respondió?</p>
-
-<p>&mdash;Psch... nada... hizo lo posible por mostrarse afable y quedar bien;
-pero la cara se le puso como una cereza.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel interrumpió á Olmedilla.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo mío, preguntar al hombre que hallamos acompañado de una mujer
-por otra mujer, aunque ésta sea la suya legítima, es una indiscreción;
-porque usted no sabe si él, con la señora que tiene delante, presume de
-soltero. Además, acordarnos de una mujer teniendo á nuestro lado otra,
-implica siempre hacia la segunda cierta descortesía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy finamente sentido y muy bien expresado!&mdash;exclamó Martínez,
-sirviéndose un coñac&mdash;; esa carambola se la apunta don Juan.</p>
-
-<p>El juez municipal se desconcertó.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre... yo creí...</p>
-
-<p>&mdash;¡Nada, nada&mdash;repitió el albeitar&mdash;; esa carambola se la apunta don
-Juan Manuel!...</p>
-
-<p>El diputado, que padecía ciertas inclinaciones oratorias, prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Otro tanto podría razonarse de la feísima costumbre, bien
-generalizada, ciertamente, de decir á la persona á quien saludamos:
-«Ayer le vi á usted en tal sitio»; ó... «anoche le vieron á usted por
-cual parte»... La indiscreción de estas palabras es evidente. ¿Qué nos
-proponemos con ellas? ¿Molestar á nuestro interlocutor significándole
-que conocemos ó vamos en camino de conocer sus secretos...? Habremos
-incurrido en una grosería y vulnerado el santo derecho que todo
-ciudadano tiene de ir adonde le parezca. ¿Lo hicimos sin malicia y sólo
-por el gusto de hablar?... Pues seremos responsables de un notorio
-delito<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> de tontería. Voy, á propósito de esto, á referir á ustedes una
-anécdota...</p>
-
-<p>Disertaba don Juan Manuel Rubio con aquella lentitud y autoridad que le
-conferían su urbana distinción de hombre que vivía en Madrid la mayor
-parte del año, y la indulgencia chancera de sus costumbres. Frisaba en
-los cincuenta años, aun cuando él, siempre que á su presencia se
-suscitaba tan impertinente cuestión, declarase muchos menos. Nunca quiso
-casarse. Era de mediana estatura y grueso; y de su lucia cogullada
-abacial, de la curva feliz de su vientre, del invariable optimismo de
-sus palabras y de sus ojos, que le bailaban de relucientes y traviesos,
-desprendíase una regocijadora emoción de salud. Su mucha hacienda,
-puesta al servicio de su evangélico y munífico corazón, había remediado
-bastantes dolores. Estas virtudes hacíanle simpático y servían de alivio
-á sus defectos, que eran de los comprendidos entre los siete pecados
-mayores. A don Juan Manuel la opinión pública toleraba lo que no hubiera
-consentido á ningún otro vecino de Puertopomares: una querida. El
-diputado no vivía con ella, pero iba á visitarla diariamente y sin
-guardarse de nadie, y esta pequeña irregularidad de costumbres, que
-rompía el ambiente pacato del lugar, antes le mejoraba que le perdía en
-el concepto de las mujeres.</p>
-
-<p>Las ideas que el diputado acababa de exponer, contestando á don Niceto,
-merecieron la alborozada adhesión y caluroso entusiasmo de don Ignacio
-Martínez. El veterinario no olvidaba que la única vez que engañó á su
-Fabiana, ésta lo supo justamente por una de aquellas indiscreciones que
-con tanto donaire glosaba don Juan. El hecho ocurrió á los cinco meses y
-un día cabales de su matrimonio, y ni un detalle había palidecido en el
-espejo, cruelmente fiel, de su memoria.</p>
-
-<p>Don Ignacio y su mujer salían del Café de la Amistad,<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> situado en la
-calle Amor de Dios, cuando un individuo que se acercó á saludarles, le
-dijo: «Anoche, ya tarde, le vieron á usted en Candelario». Y como
-Martínez, para disimular su emoción, tratara de mostrarse sorprendido,
-el indiscreto agregó bromeando: «Sí, señor; á eso de las once; no lo
-niegue usted...» Con lo que doña Fabiana, que andaba picada por el
-tábano de los celos, no necesitó más. Esta escena sirvió de prólogo á
-vanos días terribles. Diez años transcurrieron desde entonces y, sin
-embargo, don Ignacio, que seguía enamoradísimo de su mujer, todavía
-apretaba los puños.</p>
-
-<p>&mdash;Afortunadamente&mdash;prosiguió&mdash;tuve la suerte de tropezarme con el
-correveidile que así, en mis propias narices, le fué á Fabiana con el
-soplo. Necio ó malintencionado, se llevó buen castigo. Ya le conocéis:
-Pedro Sáez, cuñado de José, el de la zapatería. A puñetazos le puse la
-cara como un tambor; quince días estuvo sin salir á la calle.</p>
-
-<p>En los pueblos donde la vida colectiva carece de misterios, le es muy
-difícil á nadie contar nada nuevo; lo que el narrador empieza á referir
-para distraer el fastidio de la tertulia, podría decirlo también
-cualquiera de sus oyentes, y así el diálogo se reduce á una rumiación ó
-comentario de hechos notorios, caídos en el dominio público y
-recalentados mil veces. Apenas alguien habla, los circunstantes,
-enterados de cuanto van á oir, afirman. Lo propio sucedía con la
-historia que don Ignacio trajo á colación. Hasta el tonto Ramitas, el
-tipo más infeliz de Puertopomares, hubiera sabido repetirla de memoria.
-Por esta razón tal vez, para que las gallardías del albeitar no cayesen
-en la descortesía y frialdad del silencio, Fernández Parreño creyóse
-obligado á esbozar una observación.</p>
-
-<p>&mdash;Creo, amigo Martínez, que á Pedro Sáez le tiró usted al suelo.<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Y cuando el pobre hombre estaba así, tripa arriba y sin poder
-valerse...</p>
-
-<p>El veterinario sintió el placer vengativo de concluir la frase, y se la
-arrebató á don Elías de los labios.</p>
-
-<p>&mdash;Precisamente, sí, señor; cuando cayó á mis pies le puse los tacones de
-mis botas en la cara hasta cansarme, que fué mucho después de perder él
-los sentidos. El adagio lo dice: á borrica arrodillada doblarla la
-carga.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel, que acababa de encender un buen cigarro puro, miró á
-Martínez con repulsión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!... Lo que acaba usted de contarnos es una barbaridad.</p>
-
-<p>Don Ignacio, muy rojo y adelantando el cuerpo, como para reñir, repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Eso es llamarme bárbaro, pero no me ofendo. Soy así... ¡y que nadie
-toque á los míos, ni les dé el menor disgusto, porque me lo como!</p>
-
-<p>Miró á don Niceto y á don Isidro, y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Ya ven ustedes que no me guardo de nadie; estoy hablando precisamente
-delante del juez y del señor alcalde; por más que ya sabemos: can que
-madre tiene en villa, nunca buena ladrida...</p>
-
-<p>Olmedilla, que se llevaba su bock á los labios, aparentó no haber oído.
-Don Isidro sonrió. Las últimas palabras, un poco desafiadoras y
-petulantes, del albeitar, no fueron comentadas. El diputado y los otros
-contertulios miraban al paisaje; don Elías había sacado de su cartera
-una tijerita de bolsillo. En realidad á don Ignacio, peleador, sanguíneo
-y cerrado de entendimiento, todos le temían. Era ancho de mandíbulas y
-de espaldas, y muy cejudo: tenía los ojos vivos, la nariz corta, el
-canoso bigote bien poblado, los cabellos rucios y cortados á máquina, y
-sembrada de blancas cicatrices la cabeza terca y redonda. Además de su
-afición á los refranes, especialmente á los que citaban<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> nombres de
-animales&mdash;«refranes de veterinario» los llamaba él&mdash;sus amigos le
-conocían un gesto, un «tic» inconsciente, que revelaba la disposición
-exacta de sus nervios. En los momentos de inquietud, de impaciencia ó de
-cólera, Martínez se mordía las uñas; pero la uña elegida variaba según
-el grado de sobresalto de su espíritu. Esta concomitancia
-psiquico-física nunca fallaba. Si su agitación era muy violenta, la uña
-mordida correspondía á cualquiera de ambos pulgares; si muy grave, á los
-índices; y sucesivamente, conforme se apagaba, iba recorriendo los dedos
-mayor y anular hasta detenerse en los meñiques. La vinculación entre
-estos ademanes y los diversos matices del sentimiento que los producía,
-era lógica: la ira mordisqueaba preferentemente los pulgares por ser
-estos los dedos que más pronto se acercan á la boca; para morder los
-otros precisaba colocar la mano de cierto modo, lo que implica una
-pausa, un movimiento semivoluntario, una reflexión que, sea cual fuese
-su brevedad, había de contradecir, de enfriar, la furia del impulso.
-Roerse la uña de un meñique constituía para don Ignacio un pasatiempo,
-casi una coquetería. Sus uñas, de consiguiente, formaban una especie de
-columna barométrica, dividida en cinco grados, de los cuales el primero,
-el del dedo pulgar, correspondía á la temperatura moral más alta y
-temible, mientras los dedos pequeños estaban muy cerca de la ecuanimidad
-y de la sonrisa; los pulgares significaban la tempestad, la espada; los
-meñiques, el ramo de oliva. Martínez era alborotado, fuerte, bajo y
-macizo. A propósito del espesor ó densidad de su figura, y de las
-hostilidades de su carácter, don Juan Manuel Rubio tuvo cierta noche una
-frase feliz.</p>
-
-<p>&mdash;Ese hombre&mdash;había dicho&mdash;grueso, inquieto y chiquito, me da la
-sensación de un dedo pulgar.</p>
-
-<p>Don Niceto se puso en pie y comenzó á frotarse las<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span> piernas hacia abajo,
-para estirarse bien el pantalón. Luego acercóse al mirador y unos
-instantes su cabeza lívida y flaca, de enfermo del pecho, emergiendo de
-un cuello de camisa mugriento, roído y excesivamente ancho, perfilóse
-sobre las últimas penumbras taciturnas de la tarde. Aparentaba treinta y
-cinco años. Era débil, enteco de hombros y bajo el bigote ralo los
-labios salivosos se abrían con un gesto de ahogo. Sus manos huesudas y
-exangües, de uñas cuadradas y sucias, tenían, como su pescuezo, la
-amarillez de las retamas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se marcha usted, amigo Olmedilla?&mdash;preguntó Rubio.</p>
-
-<p>El juez municipal examinaba el cielo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor; aprovecharemos esta pequeña tregua que nos da el mal
-tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Llueve todavía?</p>
-
-<p>&mdash;Muy poco.</p>
-
-<p>Para cerciorarse sacó el brazo derecho fuera de la ventana, la mano bien
-abierta y con la palma hacia abajo, como si fuese á jurar. Don Ignacio
-copió aquel gesto.</p>
-
-<p>&mdash;Algo chispea todavía&mdash;dijo&mdash;, pero es la ocasión de irse.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que nos vamos todos&mdash;repuso don Isidro levantándose.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel llamó á Teodoro para que le restituyese el impermeable y
-los chanclos que le entregó al llegar. Los contertulios se habían
-agrupado cerca de la ventana, y aspiraban con fruición rústica el olor
-de la tierra y de los bosques húmedos. En la oscuridad los entintados
-montes componían una especie de oleaje inmóvil. Acullá, lejos, bajo el
-silencio negro, griseaba el andén de la estación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Saldrá usted después de cenar, don Juan?&mdash;interrogó el médico.</p>
-
-<p>&mdash;No es probable; esta noche no debo moverme<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span> de casa; necesito escribir
-varias cartas urgentes.</p>
-
-<p>Martínez interpeló á don Elías y á don Isidro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ustedes tienen luego algo que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Nada&mdash;respondieron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted, don Niceto?</p>
-
-<p>El juez negó lenta y tristemente con la cabeza. Tampoco Olmedilla tenía
-nada que hacer.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces&mdash;repuso el veterinario&mdash;podemos reunirnos aquí esta noche.
-Echaremos una partida de tresillo. Tengo ganas de darle un buen julepe
-al doctor.</p>
-
-<p>Agregó dirigiéndose á los otros dos individuos que, durante el
-transcurso de la tarde, apenas habían hablado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ustedes vendrán?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;contestó el más alto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted?</p>
-
-<p>&mdash;También.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente&mdash;exclamó Martínez;&mdash;me gustan las tertulias grandes;
-siempre á más gente hay más alegría.</p>
-
-<p>Verdaderamente ninguno de los circunstantes, ni siquiera el mismo don
-Ignacio, tenía interés en volver al Casino aquella noche. Ir ó no ir...
-¿no era igual?... El fastidio y la costumbre se repartían
-equitativamente la dirección y dominio de aquellos espíritus anodinos.
-El aburrimiento que les echaba de sus hogares, les restituía á ellos
-horas después. Bostezaban en sus casas, al lado de sus hijos; bostezaban
-en el Casino, con los naipes en la mano ó ante las mesas de billar. ¿Qué
-esperaban? En lo futuro, ni una emoción, ni una sorpresa, como no fuese
-la de la muerte. ¿Mirar hacia el porvenir, no equivalía exactamente á
-rememorar y escrutar lo vivido? En aquellas pobres almas que llevaban
-consigo, desde la niñez, la aridez del desierto, el inenarrable horror
-de las cosas eternamente inmóviles y semejantes á sí<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> mismas, ¿no se
-perpetuaba el espanto anacrónico de que lo futuro fuese algo sabido,
-familiar y trillado, como un recuerdo? En la horrible monotonía de los
-pueblos, ¿cuántas veces resbala el pensamiento por los mismos surcos?
-Allí, donde no hay emociones; ¿quién contaría los millares de
-momentos&mdash;tantos como días que cada individuo vivió y tornó á vivir, su
-propia vida? Cotidianamente marchan los pies por idénticos caminos y el
-cerebro recibe impresiones iguales, y de esta monotonía se desprende un
-vaho adormecedor de opio, de indiferencia, de abulia; y así en cada una
-de esas almas&mdash;y sin que ellas, por fortuna suya, lo adviertan&mdash;se
-repite, de padres á hijos, el suplicio interior, el horroroso drama, no
-escrito aún, del hombre que nunca tuvo «á dónde ir»...</p>
-
-<p>Esta era la situación de ánimo de don Juan Manuel Rubio, de Fernández
-Parreño, de don Isidro Peinado, de don Niceto y de don Ignacio, cuando,
-parados ante el ventanal abierto, hablaban de marcharse. El mismo
-trabajo que momentos antes tuvieron para reunirse, les costaba ahora
-separarse; en ellos, el hábito de esperar había matado la alegría de la
-acción. Además, convencidos tácitamente de que todo era igual,
-adivinaban la inutilidad de moverse. Cuanto á su alrededor pudiese
-ocurrir, lo tenían previsto. Este cálculo alcanzaba aún á los detalles
-menores. Verbigracia: Martínez sabía que, á su paso habitual, tardaba
-exactamente tres minutos y medio en ir desde el Casino á su casa, y
-cuatro minutos si este camino lo recorría en sentido inverso, porque era
-cuesta arriba. El médico, con aquella miopía que parecía obligarle á
-dedicar á cada idea ú objeto una atención mayor, pujaba su minuciosidad
-bastante más lejos. Fernández Parreño llevaba en la memoria cifras
-absolutamente exactas de las distancias. Desde su domicilio al Casino,
-por ejemplo, había mil doscientos<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> ocho metros; desde el Casino á la
-botica de don Artemio, trescientos veinticuatro, y medio kilómetro justo
-separaba su casa de la de su antigua cliente doña Amelia Ruiz, viuda de
-Guijosa, la mujer más gorda de Puertopomares. Estos números los había
-descubierto con la ayuda del tiempo y á fuerza de repetir cotidianamente
-el mismo itinerario.</p>
-
-<p>Al cabo, la figura blandengue de don Niceto, girando sobre sus talones,
-lanzó la señal de marcha.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vámonos, señores?</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos, sí.</p>
-
-<p>Reposadamente todos caminaron hacia la puerta. Don Ignacio exclamó,
-mirando su reloj.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora será?...</p>
-
-<p>Fernández Parreño consultó el suyo, que levantó á la altura de la nariz.</p>
-
-<p>&mdash;Las siete.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;repuso Martínez&mdash;tengo las siete menos diez.</p>
-
-<p>Con esa costumbre irrazonada que obliga á todas las personas á tener más
-confianza en el reloj del prójimo que en el suyo, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Debo de ir atrasado...</p>
-
-<p>Y, sin vacilar, rectificó la hora. Don Juan Manuel dijo un donaire
-versallesco:</p>
-
-<p>&mdash;Hace usted mal en eso; vea usted: mi reloj, con respecto al de don
-Elías, también atrasa, y no lo toco. Para conservar nuestros relojes, al
-revés que para conservar á nuestras mujeres, debemos tocarlos lo menos
-posible. ¡Por algo ellas, en nuestra vida, fueron siempre el
-desorden!...</p>
-
-<p>Al salir del Casino vieron pasar al otro lado de la plaza, bajo la
-umbría de los soportales, un hombre silencioso, pequeñito, intensamente
-amarillo; un hombrecito, de color de miel, vestido de negro.</p>
-
-<p>Martínez exclamó dirigiéndose al médico:</p>
-
-<p>&mdash;Ahí va don Gil Tomás. Tenía usted razón. Deben ser, efectivamente, las
-siete en punto.<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span></p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a>III</h2>
-
-<p>Los dos hermanos comieron en silencio, irritados por la ausencia de
-Frasquito Miguel, quien, según costumbre, volvería borracho. Terminada
-la cena, Rita Paredes levantó el mantel, y, á falta de café, Toribio
-dióle un largo tiento al porrón del vino, la rapada cabeza echada hacia
-atrás y los ojos puestos en las vigas del techo. Luego, mientras con una
-mano dejaba suavemente el porrón en el suelo, con el dorso de la otra se
-restregó y secó los labios. Cuarentón ya, mostraba el pelo canoso, el
-rostro rasurado, flaco y de líneas salientes, los ojos carniceros,
-redondos y de color almagre, la boca fina y oscura, circundada por
-manojos de pliegues sutiles. Era sobrado de estatura y cenceño, con esa
-flexibilidad y aridez de carnes que da á sus habitantes el solar
-castellano. Hablaba poco y mirando al suelo. Tenía algo de mastín. Una
-vieja cicatriz endurecíale el rostro. Levantóse, y acercándose á una
-ventana examinó el cielo, estrellado, límpido, transparente, después del
-furibundo aguacero de aquella tarde. Bostezó malhumorado.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya vas á dormir?</p>
-
-<p>&mdash;Necesito madrugar. Mañana hay mucha faena. A las cinco me llamas.</p>
-
-<p>Fatigadamente, los brazos caídos, el paso largo, grave el rostro,
-desapareció en la oscuridad de un aposento inmediato.</p>
-
-<p>Rita, con notables disposición y rapidez, sacudió el mantel bajo la
-campana del hogar, fregó los platos, enlució los cubiertos, y lo
-sobrante del guisote<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> familiar lo colocó en un pucherito junto al
-rescoldo, para que Frasquito Miguel lo encontrase caliente. Sentóse
-después á coser, y sobre la blancura de las ropas sus manos morenas,
-flacas y de articulaciones nudosas, tenían una impaciencia agresiva. La
-herencia había dejado en ambos hermanos una notoria comunidad de rasgos.
-Como los ojos de Toribio, los de Rita abríanse pequeños y bermejos, y
-sus labios delgados, circuídos de pequeñas arrugas, adquirían al
-cerrarse, expresión cruel. Era alta, enjuta, y de apariencias varoniles.
-Sus treinta y cinco años, los trabajos, la miseria y la epiléptica
-violencia de sus instintos, habían destruído en ella las blandas curvas
-de la femineidad; y coronando aquel corpachón anguloso de hombre, una
-cabeza pequeña, de perfil corvo, de mejillas pecosas, de cabellos
-rútilos y lisos, recogidos atrás. En el pueblo á los Paredes les
-llamaban <i>los Rojos</i>, y sus costumbres y combativas apariencias les
-hacían temibles.</p>
-
-<p>La mujerona suspendió su labor para escuchar al sereno, que cantaba una
-hora: las diez: pero inmediatamente reanudó el trabajo, y había en su
-diligencia una especie de cólera. Todo á su alrededor era silencio;
-únicamente fuera, en la paz nocturnal, el Malamula, hinchado por el
-copiosísimo llanto de las montañas y de las nubes, gemía clamoroso.</p>
-
-<p>Varios años hacía que Rita habitaba aquella casuca de planta baja,
-construída entre los cimientos de un baluarte, sobre la pendiente del
-río y en la línea de ruinas que deslindan y separan el barrio pobre del
-resto de la población. Fuese á vivir allí poco antes de que su amante
-Vicente López, apodado <i>el Charro</i>, á quien conoció en un lupanar de
-Cáceres, la abandonase para irse á Salamanca con otra mujer. De aquel
-amor, que fué muy grande, le quedó á Rita un hijo. Viéndose sola abrió
-un tabernucho al amparo del cual recobró sus hábitos de manceba. Este
-tráfico,<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> durante las semanas que tardó su cuerpo en ser conocido,
-produjo dinero; luego, no.</p>
-
-<p>Por entonces llegó casualmente á Puertopomares Toribio, que ejercía de
-pueblo en pueblo el oficio de bujero. Años hacía que los dos hermanos no
-se abrazaban, y su asombro rivalizó con el contento de volver á verse.
-Ni una carta se habían escrito en todo aquel tiempo. Se separaron casi
-niños y el azar tornaba á reunirles cuando ambos llevaban sobre la
-frente el dolor de las primeras canas. En la historia de Toribio había
-inconexiones, paréntesis misteriosos, que Rita, necesitadísima también
-de indulgencia, no intentó esclarecer. A los diecisiete años Toribio
-Paredes se alistó voluntario para la guerra de Cuba y asistió á la
-acción de Peralejo, donde fué herido. Le licenciaron. En la Habana,
-primero, y luego en otras ciudades de la Isla, ejerció diversos empleos.
-Estuvo en Puerto Rico y en Méjico. Después regresó á España y en Cádiz,
-á los pocos días de desembarcar, hirió mortalmente al dueño de un
-garito. En la pelea no hubo traición, pero la justicia sentenció al
-homicida á ocho años de presidio. En el de Ceuta expió su condena. Al
-salir dedicóse sucesivamente, como en Cuba, á distintos oficios. Cuando
-llegaba ocasión, ejercía el suyo primitivo, de carpintero; después,
-vendió baratijas por las ferias, fué leñador, aplicóse al chalaneo y á
-la recova y montó un Tío-Vivo. Finalmente deshízose de él y recobró su
-profesión de gorgotero ó bujero, cuyo ejercicio reclamaba pocos
-desembolsos y hallábase muy en armonía con sus inclinaciones vagabundas.</p>
-
-<p>A las confesiones de Toribio correspondió Rita con las suyas. Habló de
-su primer amante, el amo de una fábrica de corsés, donde ella trabajaba.
-Al conocer su embarazo el burlador la despidió. ¡Miserable! Poco
-después, cayó enferma. Hubiera muerto de hambre en mitad de la calle, si
-no la llevan al hospital.<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> Allí dió á luz y el niño fué á la Cuna. No
-había vuelto á saber de él. Después entró á servir en una casa de donde
-la echaron cuando supieron su aventura con el dueño de la fábrica de
-corsés. Una vecina les fué á sus amos con el soplo. Al verse de nuevo
-sin albergue, rostro á rostro con la miseria, la mujerona pensó: «Esta
-noche yo como y duermo bajo techado». Y esperó á que su delatora, cuyo
-domicilio conocía, saliese á la calle. La sangre que encerró á Toribio
-en Ceuta, hervía en ella. No tenía armas, pero tampoco las necesitaba;
-sus dientes y sus uñas bastaban á su cólera. Fué una escena horrible.
-Rita cayó sobre su presa, la tiró al suelo y teniéndola sujeta bajo las
-rodillas comenzó á despedazarla; matarla hubiera sido poco. A puñados la
-mesaba el pelo, y á mordiscos la arrancó una oreja y la desfiguró
-bárbaramente la nariz y las cejas; el labio inferior de la víctima
-desapareció, y como nadie pudo hallarlo, los testigos de la pelea
-supusieron que la agresora, en un rapto de antropofagia, se lo había
-tragado. Rita Paredes fué condenada á tres años de reclusión en el penal
-de Alcalá. Allí riñó con otra reclusa, á quien maltrató ferozmente, y
-por ello sufrió dos años más de encierro. Desde Alcalá se trasladó á
-Madrid, donde una alcahueta que andaba en peligrosas cuentas con la
-justicia, por corrupción de menores, la propuso ir á Cáceres...</p>
-
-<p>Al llegar á este capítulo, el más sucio, quizás, de su negra historia,
-la mujerona vacilaba: también en su vida, como en la de su hermano, del
-monstruoso ayuntamiento de la ignorancia con el infortunio, nacieron
-páginas tiznadas, abyecciones inconfesables. Ninguno de los dos tenían
-qué recriminarse; del mismo vientre nacieron, y á su tiempo ambos
-rodaron hacia el dolor; si ella se había prostituído, él había robado;
-los dos malditos, los dos iguales.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span>Finalmente, Rita explicó sus relaciones con <i>el Charro</i>, y cómo éste la
-abandonó y no se preocupaba de su hijo, que ya tenía cinco años.</p>
-
-<p>&mdash;Podías quedarte aquí, conmigo&mdash;añadió&mdash;; estando juntos viviríamos
-mejor.</p>
-
-<p>Toribio aprobó; rato hacía que en aquello mismo estaba él pensando. A
-pesar de haber permanecido alejados tanto tiempo el uno del otro,
-volvían á sentirse muy cerca, muy identificados por el misterio augusto
-de la raza, y tan unidos en sus pensamientos, codicias y deseos, como si
-nunca se hubiesen separado. La miseria eneanchó y afirmó la obra de la
-herencia: ella fué mala por las razones mismas que él no pudo ser bueno;
-causas análogas les pusieron lejos de la ley; de una parte el hambre, de
-otra, el instinto; y así, al término de varios años, perdonáronse
-mutuamente sus yerros, maravillados de comprenderse tan bien y de seguir
-tan juntos.</p>
-
-<p>Toribio relató á su hermana la constitución íntima de sus negocios: él,
-que continuaba en la pobreza, había llegado á Puertopomares con su socio
-capitalista; un tal Frasquito Miguel, andaluz, de quien no le convenía
-separarse. Como Paredes, Frasquito Miguel tenía una historia nebulosa.
-En Madrid, siendo mozo, ejerció la profesión de trapero. Más adelante,
-de acuerdo con otros individuos, abrió una carnicería destinada á
-sucursal ó principal despacho de un matadero clandestino. Las ganancias
-comenzaron siendo excelentes, pero el asunto no tardó en echarlo á
-perder la policía; fué un mal negocio que dió con sus iniciadores en la
-cárcel. Al recobrar la libertad Frasquito Miguel trasladóse á Málaga, y
-en arriscados lances de contrabando vió medrar su hacienda. Otras
-oscuridades y lagunas había en su vida. Él y Toribio se conocieron en la
-feria de Badajoz, y aparejados desde hacía dos años por el interés, más
-que por la simpatía, operaban juntos: unas veces vendían paños, otras,
-juguetes y baratijas de<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> similor. Dónde guardaba el señor Frasquito los
-fondos de la sociedad, arcano fué que Toribio Paredes no consiguió
-esclarecer nunca; pero era lo cierto que el antiguo trapero siempre
-llevaba consigo los billetes de Banco necesarios para no dejar perder
-ningún buen negocio. Tras una lucrativa excursión por diferentes pueblos
-de la serranía salmantina, llegaron ambos á Puertopomares y en la Fonda
-del Toro Blanco pidieron dos habitaciones, pues Frasquito quería
-absolutamente dormir solo.</p>
-
-<p>&mdash;Son datos en que debes fijarte&mdash;decía el narrador á su hermana.</p>
-
-<p>Mientras Toribio Paredes hablaba, ella mirábale fijamente, y sus ojos,
-rodeados de pestañas bermejas, se abrían y cerraban, revelando con aquel
-seguido guiñar un agudo esfuerzo de comprensión. En sus labios, finos y
-oscuros, la codicia acababa de dibujar un gesto de sed.</p>
-
-<p>Toribio concluyó:</p>
-
-<p>&mdash;Los días que estemos aquí, Frasquito puede pasarlos con nosotros; ó,
-al menos, almorzar y cenar en nuestra compañía. ¿No te parece? Tú,
-procura esmerarte en la comida. El es buena persona y solterón... y con
-el tiempo... ¡quién sabe!... llevándonos todos bien...</p>
-
-<p>Sus cábalas fueron cumpliéndose una á una. Frasquito, receloso al
-principio, acabó enamorándose de Rita. De estas relaciones nació un
-niño, á quién bautizaron con el nombre de José y los apellidos de su
-madre, pues el señor Frasquito, cauto siempre y amigo de andar con los
-ojos bien puestos en el porvenir, no quiso precipitarse á reconocerle.
-Aquel muchacho añadió nuevos vínculos á los lazos de interés y amistad
-que unían á los dos hombres, y así decidieron establecerse juntos.
-Frasquito hubiera preferido vivir aparte con su mujer; pero tan
-irreductible oposición halló en ésta y en su hermano, que desistió. Ya
-reunidos<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> todos, acordaron recogerle un poco las riendas á la vida y
-aquietarse, y hacer de Puertopomares una especie de centro de residencia
-ó de «cuartel general», de donde saldrían á recorrer, periódicamente,
-los otros pueblos de la provincia.</p>
-
-<p>La casuca que cobijó los amores de Rita con el Charro y que ella
-transformó luego en taberna y disimulada mancebía, el señor Frasquito
-Miguel y su cuñado, dando muestras de su mucha industria, la aderezaron,
-ensancharon y dispusieron de manera que sirviese de vivienda y de
-almacén. Para hallarse más separados y con mayor honestidad, levantaron
-un tabique que hizo de la cocina primitiva dos habitaciones; la
-despensa, que era espaciosa, después de bien enjalbegada y solada,
-sirvió de dormitorio, y cuando quedaron celosamente revistas y tapadas
-las goteras del pajar, éste ofreció á su vez condiciones excelentes de
-seguridad.</p>
-
-<p>Pero las principales reformas se verificaron en el corral, que hasta
-entonces sólo aprovechó para gallinero y pudridero de basuras. Allí un
-viejo chopo levantaba, muy por encima de los bardales, la gracia verde
-de su copa recogida, sensible al viento. Este árbol fué en tiempos atrás
-como un gesto de orgía, como una cimera ó penacho de escándalo, alzado
-sobre la vulgaridad de la humilde vivienda. La casa de Rita, la
-barragana de tantos, se distinguía y señalaba entre todas por aquel
-chopo esbelto. Era su reclamo, su anuncio, su clarín. Desde muy lejos se
-divisaba. La gente rústica que se acercaba á Puertopomares por el lado
-opuesto del río, lo conocía bien; los mozos se lo mostraban unos á
-otros, extendiendo un brazo:</p>
-
-<p>&mdash;Es allí...&mdash;decían.</p>
-
-<p>Y hasta hubo quien aseguraba que Rita, muy avisadamente, llegó á
-adornarlo en las noches sabatinas con farolillos de colores, y cómo
-tales luces, balanceándose en la oscuridad á impulsos del aire,
-ejercían<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> sobre los hombres, á una distancia de varios kilómetros,
-irresistible atracción. Apropósito de aquel árbol popular y de las
-trazas hombrunas de su dueña, alguien había dicho: «Eres, Rita, como el
-chopo: alta y grande, pero de mala sombra». La frase gustó y vivió
-muchos años.</p>
-
-<p>Toribio y Frasquito talaron aquel chopo lupanario, igualaron y limpiaron
-el suelo, y luego, utilizando como paredes maestras los dos acirates más
-largos del corralón, improvisaron á la izquierda un amplio departamento
-de mampostería, seco, claro y sólido, bueno para depósito de
-mercaderías; y á la derecha, un soportal ó cobertizo de tejas, sostenido
-por pilares de ladrillo, destinado á caballeriza.</p>
-
-<p>Asombraban por igual, la previsora astucia, la alegre voluntad y la
-rapidez con que los dos hombres realizaron tan ardua tarea, y el feliz
-remate que dieron á todo. En su mañera traza y ágil disposición
-claramente echábase de ver la complejidad pícara de sus vidas. Ningún
-oficio les era extraño: lo mismo aplomaban una pared, que techaban una
-habitación, ó disponían los batientes de una puerta, modelaban á yunque
-y martillo una reja, componían una cerradura, herraban un caballo ó
-compraban animales que sabían vender luego á mejor precio. Este
-abigarramiento de aptitudes resplandecía también en la diversidad
-plateresca de su industria. Con todo traficaban. Los objetos de
-quincalla, los racimos de zapatos y las pirámides de sombreros y otros
-artículos de poco peso, eran subidos al desván; lo mejor, lo más caro,
-los paños, mantas, tapetes y piezas de ropa blanca, ocupaban el nuevo
-almacén, con su suelo de ladrillo aislado de la humedad por una capa de
-carbón. Una yegua y una mula, servíanles para transportar sus
-mercancías. A veces salían de Puertopomares al despuntar la aurora,
-otras á prima noche, según la estación y la longitud del itinerario que<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span>
-hubiesen de recorrer; generalmente estas expediciones eran fructuosas, y
-al término de ellas el señor Frasquito y Toribio reaparecían con las
-caballerías muy aligeradas y en el rostro reflejado el codicioso
-contento de los buenos negocios.</p>
-
-<p>Tan activo tráfico duró varios años, en los cuales Frasquito Miguel y su
-coima hubieron dos hijos más: María Luisa y Francisco. No obstante estas
-novedades, la disposición sentimental de aquellas tres personas nada
-había variado. La sonriente bonanza de sus negocios les enriquecía sin
-acercarles. Rita y Toribio Paredes continuaban estrechamente unidos por
-sus instintos de crueldad y de rapiña: la homogeneidad de los ambientes
-donde desenvolvieron sus vidas les impidió diversificarse: una y otro
-eran egoístas, violentos y sórdidos, cual si sobre ellos gravitase una
-herencia de rapacidad y bandolerismo. Entre ambos hermanos, Frasquito
-Miguel, á pesar de sus tres hijos, de su labor inteligente y del dinero
-con que porfiadas veces coadyuvó al bienestar común, siempre sería un
-advenedizo, un extraño, casi un enemigo. El, receloso y astuto, debía de
-comprenderlo así y sentir la traición que le acechaba, por cuanto
-constantemente de todos se retraía y guardaba un poco.</p>
-
-<p>Los vecinos del barrio, que recordaban el licencioso comercio á que Rita
-se había dedicado, demostraban á los Paredes cierta hostilidad.
-Ateniéndose á la indudable semejanza habida entre cada individuo y las
-personas de su afecto y predilección, razonaban que Toribio sería, en
-punto á rigidez de costumbres, como su hermana, y que Frasquito Miguel
-tampoco debía de tener muy severa moral cuando tan bien hallado parecía
-en aquel ambiente. La figura hombruna de Rita, el semblante frío y torvo
-del bujero, y la cara cetrina, cazurra, llena de vulpejerías y
-disimulos, de Frasquito, afirmaban esta creencia y ensombrecían el lar.
-El famoso chopo del corralón, cuyo<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> perfil fálico recordaba á los mozos
-del campo el misterio de Eléusis, había desaparecido, pero su leyenda
-golosa perduraba. La casa de los Paredes, llamada por muchos «la casa
-del chopo», donde, según los viejos, quince ó veinte años antes, fué
-asesinado un hombre, parecía irradiar una pavura carcelaria, un enigma
-de antro. La honesta labor á que sus actuales moradores se aplicaban, no
-lograba purificarla; las aguas lustrales del trabajo corrían sin
-conseguir llevarse de aquellos muros el olor del burdel. La fachada, á
-pesar de su blancura reverberante y de sus dos balcones cargados de bien
-florecidas macetas, era triste; las mujeres que deseaban hablar con Rita
-ó comprar algo, raras veces se decidían á trasponer el quicio de la
-puerta, colocada medio metro bajo el nivel de la calle, y si alguna
-pareja de la Guardia civil pasaba por allí, nunca lo hacía sin inmergir
-una mirada fiscal en el zaguán húmedo, lóbrego y sumido, como una vieja
-boca. El vecindario siempre esperaba una emoción: que á los Paredes,
-verbigracia, les llevasen presos. Realmente, el aspecto y la historia de
-la casa y los tricornios de la Guardia civil, rimaban muy bien.</p>
-
-<p>Al término de algunos años, los graves achaques del señor Frasquito
-contribuyeron á ensanchar la distancia que le separaba de Rita y de su
-hermano. Agravóse el frío de aquellas relaciones preparadas por la
-codicia y el cálculo. El antiguo trapero, que ya contaba más de
-cincuenta años, enfermó de reuma: comenzó á padecer en las
-articulaciones dolores agudísimos; se le inflamaron las rodillas,
-retorciéronsele y trastornáronsele como sarmientos los dedos de las
-manos, y vióse obligado á renunciar, casi completamente, al trabajo.
-Aquel invierno Toribio Paredes salió solo á vender; su cuñado, medio
-paralítico, quedábase en casa y á intervalos los gritos que así la
-cólera de su inutilidad como el mucho sufrir de sus<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> huesos, por igual
-le arrancaban, rompían lúgubremente la paz de la calle.</p>
-
-<p>El desvalimiento del señor Frasquito, que, con la enfermedad, en pocos
-meses parecía haber envejecido varios años, empeoró su situación moral.
-Rita, que no había olvidado á Vicente López, ni podía hablar de él sin
-verter lágrimas, y acaso por obra de los poéticos mirajes del tiempo le
-amaba más que nunca, empezó á aborrecer á Frasquito. Al principio de sus
-relaciones, le aceptó con gusto, por codicia; luego le fué indiferente;
-después esta indiferencia amistosa perdió cuanto pudiese haber de
-simpatía, se enfrió y fué desdén; últimamente, el desdén se mudó en
-desprecio y el desprecio en odio. La antigua ramera comenzó á sentir
-hacia su último amante, feo, viejo y tullido, inutilizado para el amor y
-el trabajo, un aborrecimiento de fiera. Aquel ex hombre, á quien muchas
-mañanas era necesario vestir y dar de comer, porque sus brazos
-anquilosados y trémulos no le obedecían, era una carga. ¿Qué necesidad
-tenía ella de ir por el mundo con tan terrible cruz acuestas? A veces
-una voz noble, voz generosa de caridad, dictaba á su conciencia palabras
-de Evangelio; pero inmediatamente el egoísmo y la sordidez tronaban con
-espantoso griterío. ¿Qué hubiese hecho el señor Frasquito á ser ella la
-inútil? Probablemente echarla á la calle, ó marcharse, y si la suerte
-permitió que el enfermo fuese él, ¿por qué no imitarle dejándole?...</p>
-
-<p>De sus cuatro hijos á la mujerona sólo la interesaba realmente
-Deogracias, el primero, en quien revivía la figura del Charro. Los hijos
-de Frasquito, Pepe, María Luisa y Francisco, la servían únicamente de
-estorbo y para exacerbar su odio hacia el padre. De esto hablaban
-frecuentemente ambos hermanos, y por igual reconocían la utilidad de
-deshacerse de aquel perdulario y de los chiquillos que trajo al mundo;
-pero al llegar á cierto extremo difícil de su<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> conversación, los dos
-callaban apenados porque en la realidad los hechos no se sucedan y
-devanen con la facilidad que en el pensamiento, y el recuerdo de la
-justicia, unido á las torvas memorias de sus años carcelarios, dejaba en
-sus almas oscuras un frío.</p>
-
-<p>El motivo principal del acerbo rencor que los Paredes alimentaban contra
-Frasquito, era la rapacidad, el cuidado avaro, la esmeradísima avidez,
-la habilidad omnisciente, con que el enfermo sabía esconder su dinero.
-¿Dónde lo guardaba? ¿A qué prodigios de escamoteo, á qué recursos de
-nigromante apelaba para ocultarlo de manera tan maravillosa que su
-desaparición no dejase rastro?...</p>
-
-<p>Antes de afincarse en Puertopomares Toribio creyó siempre que su socio
-depositaba sus ahorros en algún Banco de Salamanca, de Badajoz ó de
-Madrid, y únicamente llevaba consigo las seis ó siete mil pesetas
-indispensables á las modestas transacciones de su negocio. Cuando ya
-todos vivieron juntos, Rita, para comprobar aquella suposición, dedicóse
-á leer cuantas cartas el señor Frasquito recibía: á tal fin las colocaba
-unos instantes sobre la boca de una olla donde hubiese agua hirviendo, y
-el vapor desprendía la nema del sobre tan limpiamente, que luego de
-repegada era imposible conocer la traición. Este acecho, minucioso y
-perseverante, de varios meses, demostró que el pañero no mantenía
-relaciones con ninguna casa de banca, ni recibía otra correspondencia
-que las de los fabricantes ó almacenistas al por mayor, de quienes él y
-Toribio se proveían; de donde los hermanos Paredes concluyeron que,
-según una rancia costumbre española, heredada quizás de los judíos y de
-los árabes, Frasquito Miguel debía de recatar sus ganancias en una ó
-varias orzas escondidas, probablemente, á muchos metros bajo tierra.</p>
-
-<p>Esta segunda parte de la cuestión fué también objeto de investigaciones
-y atisbos prolijos. Durante sus<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> excursiones por diversos lugares y
-villas, Toribio, que jamás perdía de vista á su adjunto, y de noche
-utilizaba múltiples é ingeniosos ardides para saber si salía de su
-habitación, llegó á convencerse de que Frasquito no tenía fuera de
-Puertopomares ningún tapujo, ni sitio, encrucijada ó mesón, que le
-mereciesen preferencia. Luego, si no en el campo, era en su propia casa
-donde el ladino viejo escondía «su tesoro»; que á tan preeminente y
-codiciable categoría remontaba la imaginación de los Paredes la fortuna
-de aquél.</p>
-
-<p>Relacionando diversos datos y pormenores cazados hábilmente en el
-transcurso de dos ó tres años, la mujerona y su hermano dedujeron que el
-señor Frasquito tenía soterrado su dinero en el corralón, bajo la
-raigambre del chopo desaparecido; y confirmaba esta sospecha la
-frecuencia con que iba al retrete, situado al fondo del patio, y su
-empeño en ocuparse de la limpieza de las caballerizas y pesebreras, cual
-si por todos los medios procurara no alejarse de aquel sitio. Esta pista
-enardeció la codicia de los Paredes, y agravó su avariento sobresalto la
-consideración de que las orzas ó pucheros donde Frasquito Miguel fué
-servido de meter sus ahorros, empujados por las raíces, vivas aún, del
-árbol, iban hundiéndose más y más, de suerte que si transcurría mucho
-tiempo llegaría á ser muy difícil dar con ellas.</p>
-
-<p>Atormentado por este recelo, Toribio una noche, hallándose los tres de
-sobremesa, expuso la conveniencia de solar el patio, para lo cual creía
-necesario remover bien la tierra y arrancar las raíces que endurecían y
-arrugaban el piso. El efecto que tales palabras, dichas con ahinco y
-decisión, produjeron en Frasquito Miguel, fué terrible. Quedóse pálido,
-luego lívido; hasta que su corazón reaccionó y su rostro cetrino se
-llenó de sangre; después aquel aborrachado color empezó á debilitarse y
-sus mejillas y su frente<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> tuvieron la blancura de los cadáveres. Su
-sorpresa mudábase en cólera. Frunció las cejas, bajó la cabeza, tiró
-nerviosamente contra su plato el cuchillo con que iba á cortar una
-rebanada de pan, y apenas lo hizo lo recobró afanoso cual si acabase de
-sentir la necesidad de tener un arma.</p>
-
-<p>&mdash;El patio-gritó&mdash;no se toca.</p>
-
-<p>Su fiero y destemplado acento, expresaba una resolución irrevocable. Los
-hermanos Paredes cambiaron una mirada de inteligencia, de alegría feroz,
-de sordidez ardiente próxima á saciarse, y unos momentos, bajo el
-apacible claror plata de la lámpara, aquellas dos cabezas fraternales,
-cabezas de presidio donde otra veces el deleite de matar se había
-pintado, adquirieron una expresión patética. Toribio quiso argüir algo,
-pero su cuñado le atajó.</p>
-
-<p>&mdash;¡He dicho que el patio se deja según está: lo dispuse así y no
-consiento que se toque en él ni á un, jaramago!</p>
-
-<p>Toribio repuso cazurro:</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, hombre; no hay motivos para incomodarse tanto; no haremos nada,
-descuida. ¡Qué aspavientos!... ¡Cualquiera creería que íbamos á robarte
-un tesoro!...</p>
-
-<p>El tono zumbón y la reticencia con que estas palabras fueron dichas,
-desconcertaron al señor Frasquito, quien trató de enmendar su yerro y la
-aspereza de su actitud con algún donaire ó frase oportuna. Pero la
-explosión de cólera que acababa de experimentar había sido demasiado
-violenta, los músculos faciales hallábanse endurecidos aún, y ni supo
-dar gracia á sus palabras, ni cordialidad y simpatía á su rostro. Desde
-aquel momento los Paredes adquirieron la convicción, la certidumbre
-irrevocable, de que el astuto viejo, cumpliendo resabios de raza, tenía
-enterrado su dinero en el corral.</p>
-
-<p>Con la llegada de la primavera le volvieron las<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> fuerzas al enfermo y
-hallóse de nuevo en situación de volver al trabajo; esto, al menos,
-creyeron todos, lo que les produjo buen consuelo y alivio. Pronto, sin
-embargo, echó de ver Toribio que su socio ya no era el hombre de antes;
-así porque sus piernas le obedecían mal, como porque con las energías
-musculares se le fueron también las lucrativas capacidades y oportunos
-ardides de la voluntad. Frasquito Miguel renqueaba bastante y hablaba
-mucho menos; desaparecieron sus trujamanerías y gitanas zangamangas de
-mercader; ya no sabia engañar vendiendo como oro el similor y por nuevo
-lo usado. No convencía, no alucinaba; perdió la gracia; fué un
-arruinamiento general que abrió en la suma de los ingresos un déficit
-considerable.</p>
-
-<p>Poco á poco el señor Frasquito llegó á reconocer también su inutilidad,
-y como esta humillación le hiriese en lo más altivo y sensible de su
-alma, para olvidarla se dedicó á la bebida. El momentáneo bienestar que
-ésta le producía incitóle á seguir bebiendo, y lo que empezó siendo
-arrimo y recurso, creció rápidamente y fué pasión. Toribio Paredes,
-maldecía de él: en las ferias no le servía de nada, pues tardaba en
-emborracharse el tiempo que empleasen en alzar su tienda; luego se
-echaba á dormir debajo del mostrador, y por los caminos iba cantando,
-bamboleándose como un polichinela y agarrado á la cola de la última
-caballería. La gente hacía escarnio de él. Una vez Toribio regresó á
-Puertopomares y entró en su casa llevando al señor Frasquito atravesado
-en la yegua. El viejo, que había perdido los sentidos, iba con el
-vientre sobre la cruz del animal, y las piernas de un lado, y los brazos
-y la cabeza de otro, colgaban como alforjas. Entre los dos hermanos le
-cogieron y metieron en el zaguán, á presencia de un grupo de vecinos
-que, pensando ver á Frasquito Miguel herido ó muerto, acudieron
-consternados, y<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> cuando tuvieron noticia de la inverosímil cantidad de
-vino que traía en el cuerpo, empezaron á reir y á burlarle. Aquella
-madrugada, dominando la unisonancia del Malamula, resonaron en «la casa
-del chopo» grandes porrazos, á cada uno de los cuales respondía un
-lamento flébil y expirante, como de persona del otro mundo; después los
-quejidos cesaron y siguieron los golpes, y al día siguiente revoló de
-puerta en puerta la noticia de que los Paredes, con objeto de volver al
-señor Frasquito á la virtud de la sobriedad, le habían administrado una
-muy gentil paliza.</p>
-
-<p>Frasquito Miguel no volvió á salir con su cuñado; ayudábale á enjaezar y
-disponer la carga de las caballerías, pero luego Toribio se marchaba
-solo. La vergüenza de verse preterido, la amarguísima pena de su
-inutilidad, concluyeron de aburrirle y desganarle de todo. La bebida
-continuó y exacerbó la obra del artritismo. El desdichado empezó á
-hincharse, amortiguóse su mirada y bajo los ojos la piel formó hondas
-bolsas triangulares. Hablaba poco y sus ademanes y palabras tenían la
-indecisión de la somnolencia. Los únicos sitios que frecuentaba eran el
-merendero de Luis, situado cerca del río, al pie del cementerio viejo, y
-el café de La Amistad, vulgarmente llamado «café de la Coja». Todas las
-mañanas madrugaba, pues continuaba siendo muy rezador y amigo de los
-santos; de día quedábase en casa, unas veces en el zaguán, otras junto á
-la caballeriza, cual si su oscurecido pensamiento alimentase la
-invencible obsesión de no alejarse de allí; y entre tanto empleábase en
-reponer asientos á las sillas ó arreglar el calzado viejo ó cortarles
-calzones y baberos á los muchachos, que para estos y otros diversos
-menesteres y oficios sus manos industriosas supieron siempre darse buena
-traza. En la mesa apenas dirigía la palabra á sus familiares, ni
-regañaba á los niños, ni levantaba del plato los ojos, y con el último
-bocado<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> de la cena en la boca, se iba á la calle. Cuando volvía, lo que
-nunca sucedía antes de muy pasada la media noche, siempre era borracho.</p>
-
-<p>Esta abominable costumbre y más aún, la particularidad de que el señor
-Frasquito, que hacía tiempo no ganaba dinero, llevara siempre tres ó
-cuatro pesetas en el bolsillo, exasperaban los desapoderados odios de
-Rita y de su hermano. Frasquito Miguel representaba en aquella casa el
-papel de zángano; vivía y no trabajaba. ¿Por qué no se marchaba de una
-vez con sus hijos? Y si no quería irse, ¿por qué no le despedían ellos?
-¿Qué ley ó documento les obligaba á seguir juntos?... Los Paredes, sin
-embargo, no se atrevían á desahuciarle; y era la codicia, la ilusión
-avara de dar con el tesoro del viejo, lo que les detenía.</p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2>
-
-<p>Bajo el claror lechoso de la lámpara, Rita seguía cosiendo, y el choque
-de la luz con la sombra extremaba las angulosidades tercas de su rostro,
-la curvatura de la nariz, la demacración de los pómulos, la fortaleza
-carnicera de la mandíbula. Deseos homicidas cruzaban su frente. Aquella
-tarde Frasquito Miguel, acobardado quizás por la tormenta, no había ido
-á cenar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si no volviese!&mdash;pensaba la mujerona.</p>
-
-<p>Un recuerdo la obligó á mirar á su alrededor, como si en la blancura de
-aquellas paredes estuviese escrita su historia. Suspiró: se acordaba de
-Vicente y esto guió sus ojos hacia la puerta del aposento donde dormían,
-Deogracias, el hijo del Charro, y los tres vástagos de Frasquito Miguel.
-A éstos les aborrecía. Rita tiró su labor y por dos veces sus manos
-nerviosas,<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span> inconscientes, alisaron sus cabellos, ocres, tensos y
-planchados, sobre la redondez pequeña de la cabeza. En sus pupilas la
-cólera, durante segundos, encendió una luz.</p>
-
-<p>&mdash;Podían morirse&mdash;murmuró&mdash;y ni ellos ni yo perderíamos nada.</p>
-
-<p>Recobró su costura. La habitación donde se hallaba abocaba á la calle;
-tenía el suelo de ladrillo y el techo de vigas nudosas, bajo y renegrido
-densamente por el humo del fogón. Viejos cromos que decían los amores
-del Cid con Jimena, adornaban los muros. Las sillas, la mesa, el arcón
-de la ropa, el armario que servía de alacena, eran de pino blanco.
-Cubrían las puertas de los dormitorios, cortinillas de yute rojo y azul.</p>
-
-<p>Poco á poco, en el doble silencio de la noche lunada y del campo, el
-rumor del Malamula iba acallándose. El sereno cantó otra hora; las once.
-Luego, nada dentro de la casa dormida: la lámpara vertiendo
-monótonamente su claridad de plata, las cortinas de yute quietas sobre
-el vano de las puertas, los muebles arrojando perfiles largos, absurdos
-é inmóviles, con inmovilidad cabalística, contra la albura de las
-paredes.</p>
-
-<p>Rita, de súbito, alzó la cabeza y un frío extraño y rápido, á un temblor
-á flor de piel, pareció deslizarse por entre la raigambre de sus
-cabellos: hubiese jurado que una sombra fantasmal, una especie de
-inquietud amarilla, acababa de cruzar la habitación en línea recta desde
-la ventana al aposento donde dormía Toribio. La mujerona abrió bien los
-ojos, reconcentrando en ellos toda su conciencia para mirar mejor, y ya
-no vió nada. Aquel fenómeno, fuese impresión real ó alucinación vacua de
-sus sentidos, apenas duró un segundo, y no obstante, había sacudido sus
-nervios con la violencia de una descarga eléctrica. Ni el más tenue
-ruidito á su alrededor;<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> nada tampoco sobre la uniformidad de la pared
-blanca. Levantóse, sin embargo, dócil á un raro terror supersticioso, y
-fué á cerciorarse de que los dos cerrojos que afirmaban la puerta de la
-calle estaban echados. Miró hacia la ventana, cuyos cristales, llenos de
-luna, mostrábanse apacibles; y luego á las cortinas, muertas, sin un
-temblor. Rita permanecía suspensa, asustándose del roce de sus vestidos
-y hasta de las sombras que su cuerpo, de armazón descarnada y varonil,
-aplastaba contra los muros. El crugido de un mueble arrancó á sus
-labios, descoloridos por el miedo á lo invisible, una interjección soez.
-Volvió á sentarse, y la idea de que Frasquito Miguel hubiese muerto y su
-alma estuviera allí, hirióla, de improviso. Tembló y ya iba á levantarse
-cuando su razón y su valerosa voluntad reaccionaron: indudablemente,
-ella no pudo ver nada; todo habría sido un guiño ó intermitencia de la
-luz, ó la levísima sombra de un parpadeo. A pesar de estas reflexiones
-continuaba teniendo miedo: aquella ficción rapidísima, aquella especie
-de vapor amarillo, no la hubiesen impresionado tal vez en una noche de
-huracán y de lluvia; pero en la quietud y el silencio, los accidentes
-más pequeños se desquitan de su insignificancia y parecen enormes. Al
-cabo, tranquilizados sus nervios, Rita Paredes siguió cosiendo.</p>
-
-<p>Las doce eran dadas cuando Toribio comenzó á soñar en alta voz. A través
-de la cortina, las palabras que el dormido balbuceaba filtrábanse
-inconexas y turbias. Su hermana, al principio, no hizo caso, porque
-aquel fenómeno repetíase casi diariamente. Luego demostró preocuparse:
-la pesadilla debía de ser muy fuerte, pues Toribio se rebullía mucho,
-articulaba dificultosamente y su voz era destemplada y agoniosa, cual si
-algo muy pesado le oprimiera el pecho. Inútilmente trató Rita de
-comprender lo que su hermano decía. Otra vez la mujerona<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> tuvo miedo.
-Aunque nada ó muy poco, de cuanto la brizomancia explica sea cierto,
-siempre envolverán las pesadillas un intenso pavor, un acre misterio.
-¿El verdadero origen de los sueños es exclusivamente fisiológico, ó á
-esos accidentes circulatorios y digestivos á que la medicina los
-atribuye, va mezclada alguna sutil levadura metafísica?... Un ensueño se
-reduce, tal vez, á un dinamismo incompleto y pasajero del aparato
-cerebral. Sin embargo, el admirable instinto del vulgo adivinó en ellos
-mucho más. ¡Oh, la terrible, la abracadabra emoción, la sugestión
-fascinante, que anima las actitudes de quien sueña en voz alta! Aquellos
-ojos que ven, no obstante hallarse cerrados; aquellas expresiones, de
-alegría, de sorpresa, de cólera, que correspondiendo á imágenes venidas
-del más allá estremecen su rostro; aquellas voces que nadie oye y á las
-que él, empero, responde... ¿No serán los ensueños, hermanos de la Noche
-y de la Luna, como ventanas abiertas sobre el silencio aterciopelado de
-otra vida? ¿No constituirán un nexo entre la realidad sensible y el
-mundo oscuro por donde ambulan los muertos y vibran los magnetismos de
-cuantas personas&mdash;aborrecidas ó deseadas&mdash;viven lejos de nosotros?...</p>
-
-<p>Rita llamó, por dos veces:</p>
-
-<p>&mdash;¡Toribio... Toribio!...</p>
-
-<p>El dormido exclamó levantando mucho la voz y con perfecta claridad:</p>
-
-<p>&mdash;¡No puede ser!... Comprenda usted que eso no puede ser.</p>
-
-<p>Su dicción volvió á emborronarse; no fraseaba; las sílabas se
-confundían.</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser... no... pue... de... ser...</p>
-
-<p>Esta negativa la repitió hasta que dentro de su boca las palabras mal
-pronunciadas formaron un murmullo, un carraspeo de gárgara; parecía que
-iba á ahogarse. Su hermana le gritó:<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Toribio!... ¿No oyes?... ¡Despierta!... ¡Estás soñando!... Dí... ¿no
-oyes?...</p>
-
-<p>A poco, en la puerta de la alcoba, bajo la cortina que recogía con una
-mano, presentóse Paredes. Hallábase en ropas menores, y la inmovilidad
-de sus facciones y el reposo idiota de su mirar, decían claramente que
-estaba sonámbulo. Unos segundos permaneció boquiabierto, como
-sorprendido y detenido por la luz; guiñó los párpados, sacudió la
-cabeza; quería despertar. Después avanzó y la cortina, al caer otra vez,
-sirvió de fondo á su figura. La mujerona se levantó y empuñó unas
-tijeras: su imaginación relacionaba la sombra amarillenta, entrevista
-momentos antes, con la pesadilla de su hermano, y un supersticioso
-terror la invadió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde vas?...</p>
-
-<p>Toribio la miraba fijamente, pero alelado; sus ojos dilatados no se
-apartaban de ella y el conocimiento, sin embargo, no se producía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde vas?&mdash;repitió Rita.</p>
-
-<p>Cautamente habíase colocado detrás de la mesa, en actitud defensiva. Su
-hermano la oyó y repuso marcando con lentitud las palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Voy con él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con él?... ¿Quién es él?...</p>
-
-<p>&mdash;Ese... don Gil Tomás... Me voy con don Gil Tomás.</p>
-
-<p>Palideció Rita.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dices? No entiendo; ¿dónde te espera don Gil?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahí, ahí!... Viene á buscarme.</p>
-
-<p>Extendía un brazo hacia la puerta de la calle. De súbito comenzó á
-restregarse los ojos con ambas manos. La mujerona agregó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha dicho él que te espera?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... sí...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo?...<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p>
-
-<p>&mdash;No; no me lo ha dicho... Es que conversábamos... Don Gil ha salido...</p>
-
-<p>Por momentos hablaba con mayor limpieza, dió algunos pasos hacia
-adelante y despertó. Su cara entonces cubrióse de sorpresa; tuvo
-conciencia plena de sí mismo. Estaba medio desnudo, descalzo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significa esto?&mdash;balbuceó.</p>
-
-<p>En el sonámbulo fantasmal resucitaba el hombre de siempre. Ahora sus
-ojos, sus ademanes, su voz, eran los de costumbre. Tranquilizada
-súbitamente, Rita volvió á sentarse.</p>
-
-<p>&mdash;Estabas soñando&mdash;dijo&mdash;y á no ser por mí te echas á la calle según te
-ves.</p>
-
-<p>Muy despacio, porque no concluía de recobrar la posesión de sí mismo,
-Toribio Paredes repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Hablaba con don Gil Tomás.</p>
-
-<p>&mdash;Eso me dijiste, y querías marcharte con él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es cierto!... Quise marcharme con él. Miró á la mujerona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú le viste salir?</p>
-
-<p>&mdash;¿Que si yo vi salir á don Gil?... ¿Y de dónde?...</p>
-
-<p>&mdash;De ahí, de mi cuarto... y por delante de ti ha debido pasar.</p>
-
-<p>La voz del bujero vibraba tranquila, consciente, clara; indudablemente
-hallábase bien despierto y su juicio, no obstante, titubeaba ante la
-sugestión de lo soñado. De nuevo el terror, esa pavura glacial que seca
-los labios y pone las azucenas de la muerte en las mejillas, cubrió el
-rostro huesudo y macho de Rita.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás dormido aún&mdash;exclamó&mdash;ó perdiste el seso?... Dí... ¿Quieres
-explicarte de una vez?...</p>
-
-<p>Toribio, sin responder, la frente preocupada, cogió una silla y se
-sentó. De su camiseta burda, color tabaco, emergía el cuello cenceño y
-nervudo, curtido por la intemperie y terminado en una cabeza deprimida,
-rojiza y pequeña. Los calzoncillos, largos y de dudosa limpieza, se
-sujetaban con cintas á las piernas<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> peludas; los pies, endurecidos sobre
-los caminos por donde muchos años anduvieron descalzos, eran grandes,
-angulosos, oscuros; parecían de bronce ó de tierra. Un rato estúvose
-callado, los codos en las rodillas, el cuerpo recogido, el semblante
-taciturno y perplejo; y, según el curso de sus cavilaciones, sus miradas
-iban unas veces á la ventana, otras al dormitorio, ó hacia la puerta. A
-ratos parecíale, efectivamente, haber soñado: pero apenas lo creía
-cuando con renovado sobresalto dudaba de hallarse despierto, que tales
-eran la exactitud, la impoluta nitidez, el avasallante vigor de
-realidad, con que las imágenes de su pesadilla resucitaban y apremiaban
-su memoria. Contornos, colorido, plasticidad, voz... todo lo aunaban
-aquellas ficciones; hubiesen tenido existencia objetiva, y no le
-hubieran impresionado con mayor fuerza que cuando nacieron en su propio
-espíritu.</p>
-
-<p>Toribio, ya completamente despavilado y sobre sí, no sabía aún si lo
-sucedido era una verdad tan espantosa que parecía sueño, ó una pesadilla
-de tal bulto y relieve que pudiera equipararse con la realidad.
-Estérilmente buscaba en su interior; la meditación, lejos de esclarecer
-su conciencia, la embarullaba. Estaba cierto de haber hablado allí mismo
-con don Gil Tomás: le vió, oyó su voz, sintió en su mano ruda el frío de
-la suya, blanda y suave...; y Rita, sin embargo, le aseguraba que todo
-aquello, al parecer tan irreductible, tan terminante, tan vivaz, había
-sido sueño. ¿Pero era posible que los cinco sentidos de un hombre,
-aplicados simultaneamente al conocimiento del mismo objeto, se
-equivoquen así?...</p>
-
-<p>Intrigada por los enigmáticos ojeos de su hermano, la mujerona exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces?... Me das miedo. ¿Quieres hablar?</p>
-
-<p>Toribio Paredes tardó en responder. Meditaba. Repentinamente se levantó
-y de un salto desapareció en la alcoba. Iba á vestirse. Necesitaba
-penetrarse de la<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> certidumbre ó mentira de lo sucedido; de lo contrario
-parecíale que la zozobra le volvería el juicio. En un santiamén se puso
-el pantalón, se endosó la chaqueta y, sin calzarse, para ganar tiempo,
-regresó al comedor. En su rostro flotaba una vaguedad de locura, un
-miedo de superstición. Ella le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde vas?</p>
-
-<p>Su hermano arqueó las cejas y se llevó un índice á los labios.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chist!... Luego te lo diré; aguarda...</p>
-
-<p>Abrió la puerta y salió á la calle, y en el silencio Rita oyó la carrera
-sorda, vertiginosa, de sus pies desnudos. La mujerona le esperó,
-acurrucada en un escabel, las manos de gruesos artejos cruzadas delante
-de las rodillas. En el reloj de la iglesia sonaron las doce: la hora de
-la bruja. Transcurridos pocos minutos volvió Toribio; jadeaba y el
-cansancio le descoloría los labios; en cada una de las profundas arrugas
-de su frente el sudor ponía un hilo de plata. Ella interrogó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué traes? ¿Viste algo?</p>
-
-<p>El se desplomó sobre una silla. Luego, acercando mucho las cabezas, los
-dos hermanos empezaron á hablar. Toribio procuró explicar su
-alucinación: era algo muy raro.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;dijo&mdash;acababa de acostarme y sin duda dormía. Sólo recuerdo que me
-circundaba una oscuridad profunda. De pronto, pienso: «Ahí viene don Gil
-Tomás». No le veía aún, pero estaba cierto de que se hallaba aquí.
-Después fué como si el alma se me hubiese salido del cuerpo para acudir
-á recibirle; porque yo sabía que mi cuerpo se quedaba allá, en la
-alcoba, y, sin embargo, yo, es decir, mi conciencia, mi pensamiento, se
-personaron en esta habitación, y todo lo apreciaban y reconocían según
-ahora lo veo: la lámpara encendida, los muebles, los cuadros, tú
-cosiendo al lado de la mesa... «Mi <span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span>hermana&mdash;discurrí&mdash;no puede verme;
-me cree dormido...»</p>
-
-<p>Se interrumpió y de nuevo sus manos acariciaron lentamente su frente
-absorta y estrecha. Su concepción tenía una diafanidad y sus palabras
-una elocuencia compendiosa y justa, que impresionaron á la mujerona.
-Diríase que en el oscuro cerebro de Toribio vibraba aún la luz de otro
-entendimiento más sutil. El bujero continuó subrayando y fijando bien
-las palabras con el ademán:</p>
-
-<p>&mdash;Yo estaba ahí, en semejante sitio y de cara á la ventana, cuando
-apareció por ella don Gil. En su mirada comprendí que necesitaba
-anunciarme algo grave y secreto, y sin detenernos subintramos en la
-alcoba, donde mi alma, no sé cómo, volvió á meterse dentro de mi cuerpo.
-Todo lo que cuento tardaría en ocurrir segundos nada más. Al llegar este
-momento hay una sombra; el sueño parece interrumpirse; luego se reanuda
-del siguiente modo: Yo me hallaba acostado, boca arriba, y don Gil
-sentado al borde de la cama, la cabeza vuelta hacia mí; y como es tan
-pequeñito, los pies no le llegaban, ni con mucho, al suelo. Entonces
-hablamos...</p>
-
-<p>Calló Toribio unos segundos y después su voz fué más débil y tuvo una
-emoción punzante de confesión y de drama.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes lo que me aconsejaba don Gil?...</p>
-
-<p>Ella le interrumpió, anhelante:</p>
-
-<p>&mdash;No, pero sí lo que tú contestabas. Tu decías: «No puede ser; eso no
-puede ser».</p>
-
-<p>&mdash;Así le repliqué, en efecto... porque don Gil pretendía que entre tú y
-yo matásemos á Frasquito. Porfió mucho. «Yo me encargo&mdash;añadía&mdash;de que
-nadie lo sepa; pues si el juez sospechase de vosotros, yo iría por las
-noches á su cama, y en hallándole dormido, le quitaría esa idea...»</p>
-
-<p>En el supremo interés de un silencio, Rita Paredes dejó caer estas
-palabras terribles:<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span></p>
-
-<p>&mdash;También á mí muchas veces, en sueños, don Gil Tomás me aconsejó lo
-mismo. Dice que Frasquito Miguel tiene mucho dinero.</p>
-
-<p>La cabeza roja de Toribio palideció, y en su repentina lividez las pecas
-bermejas de las mejillas se acentuaron y dieron al rostro insana
-expresión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... ¡Tú lo sabías!...</p>
-
-<p>&mdash;Dice que el dinero lo esconde en el patio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Entre las raíces del chopo?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es; y que lo tiene metido en tres grandes orzas.</p>
-
-<p>&mdash;En tres grandes orzas verdes.</p>
-
-<p>&mdash;Justo, hermano; ¡hasta el color!...</p>
-
-<p>Cuchicheaban presurosos, arrebatándose mutuamente las palabras de los
-labios, trémulos de codicia. Rita habló de aquel temblor amarillo y
-amorfo que momentos antes vió ir desde la ventana al cuarto de Toribio,
-y éste ratificó sus declaraciones. Sus ojos volvíanse automáticamente
-hacia la puerta de salida.</p>
-
-<p>&mdash;Al marcharse don Gil&mdash;exclamó&mdash;quise preguntarle algo que ahora no
-recuerdo, y para alcanzarle me tiré de la cama. Fué entonces cuando tú
-me detuviste, preguntándome adónde iba y si estaba soñando. Dormido me
-hallaba, efectivamente: pero despierto y bien despierto y con toda la
-luz del sol encima, considero imposible ver las cosas mejor de cómo yo
-las veía; y así, aun después de reconocer que toda mi conversación con
-ese hombre fué obra de embeleco y pesadilla, para cerciorarme más de
-ello salí á la calle. Llegué hasta la casa de don Gil, y anduve
-examinando los balcones por si en alguno de ellos había luz. Mas todos
-estaban oscuros y la verja del jardín cerrada con llave, como siempre...</p>
-
-<p>De la maravillosa avenencia y exactitud de sus ensueños dedujeron ambos
-hermanos la existencia incuestionable de un tesoro; y que dicha fortuna,
-que<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> debía de ser cuantiosa, el señor Frasquito la guardaba allí mismo,
-metida en tres magníficas orzas verdes, bajo las raíces del chopo
-legendario. Ni un momento detuviéronse á pensar que el motivo probable
-de aquella comunidad de alucinaciones fuese la ardiente fe que los dos
-tenían en la riqueza del señor Frasquito; tampoco les alarmó el interés,
-al parecer injustificado, de don Gil, en despojar al antiguo
-contrabandista de sus riquezas y hasta de la vida, para beneficiarles á
-ellos. Su avaricia desbridada de súbito por la proximidad del oro, todo
-lo juzgaba llano y fácil. Viejo y medio baldado Frasquito Miguel, ¿para
-qué iba á vivir más? Y, considerando su innoble afición al alcohol,
-vicio que, día por día, exaltaba su degradación y embrutecimiento,
-desembarazarle de la existencia era un crimen tan oportuno, tan de
-justicia, que casi tenía el perfil de una caridad.</p>
-
-<p>Los dos hermanos seguían agitando en silencio la hórrida tiniebla de sus
-instintos, y sus torvos magines caminaban tan paralelamente, que cada
-cual veía reflejarse sus propias ideas en los ojos crueles del otro.
-Asesinar á Frasquito, pero de modo que nadie lo supiese, robarle y en
-seguida huir del pueblo. ¿No dibujaban estas tres afirmaciones una línea
-recta, fácil y de absoluta lógica?... Nuevamente Rita y Toribio Paredes
-volvían á reunirse en el espanto de los mismos propósitos, concatenados
-siempre, á despecho del sexo y de los años que anduvieron separados, por
-el genio sanguinario de su infame raza. Allí estaba el estigma, la
-herencia, que convierte al pasado en futuro, y lo instituye inmortal. En
-la realidad, como en el mundo de lo soñado, sus espíritus marchaban
-sobre los mismos fangales. ¡Oh!... ¿Por qué el Azar no les habría
-permitido aliarse un poco antes?...</p>
-
-<p>El rumor de unos pasos inseguros y tardos, que acababan de sonar en la
-calle, delante de la ventana,<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> interrumpió la conversación. Llamaron á
-la puerta y Rita salió á abrir. Era Frasquito Miguel. Representaba
-cincuenta y tantos años: era de mediana estatura, el busto delgado y
-ancho, las piernas débiles; sobre el tinte bronce de la piel, sus viejos
-cabellos tenían una albura brillante de plata. El rostro afeitado,
-expresaba cobardía y humildad.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches&mdash;murmuró.</p>
-
-<p>Según costumbre, el señor Frasquito iba borracho. Sin mirar á sus
-familiares, muy rígido, para guardar mejor el equilibrio, el paso corto,
-el sombrero sobre las cejas, dirigióse hacia su habitación. Como nadie
-contestase á su saludo, repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches&mdash;dijo Toribio entre dientes.</p>
-
-<p>&mdash;¿No cenas?&mdash;preguntó Rita.</p>
-
-<p>El repuso balbuceando:</p>
-
-<p>&mdash;No.... no..., no tengo ganas..., gracias. Buenas noches...</p>
-
-<p>Si Frasquito Miguel hubiese visto la mirada roja, implacable, que los
-hermanos Paredes cambiaron, no habría podido dormir.</p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a>V</h2>
-
-<p>Don Gil Tomás, el hombre más chiquito de Puertopomares, vivía en un
-hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos, á dos pasos
-de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco años, y tenía
-un metro treinta y nueve centímetros de estatura. Amén de ser el vecino
-más pequeño era también el más original, lo que le infundía á despecho
-de su hurañoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la
-amistad de los ricos ni fraternizar demasiado<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span> con los pobres, sin
-militar en ningún partido político, ni exhibirse, ni hacer nada que
-pudiese atraer la pública atención, aquel individuo minúsculo ejercía
-sobre sus conterráneos un raro dominio, una especie de fascinación á
-distancia. Comía de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y
-en su casa, donde le acompañaban dos criadas, que eran también sus
-mancebas, nunca recibía visitas. Una indefinible emoción de silencio le
-precedía, le acompañaba y quedaba flotando tras él. Cuando iba por la
-calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y
-de la Fonda del Toro Blanco, interrumpían sus diálogos al verle
-acercarse, le cedían la acera y le saludaban con un comedimiento que
-parecía encubrir un temor; luego que había pasado, todos, á la vez, se
-quedaban mirándole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurría pocas
-veces, instalábase aparte y ojeaba los periódicos. No buscaba
-relaciones, pero tampoco negaba á nadie su saludo; ni amiguero ni
-misántropo, mostrábase cuidadoso de no rebasar nunca los límites
-vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y añadían á su
-equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que,
-para subirse á los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse
-con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los
-de un pelele, tenía una capacidad centrípeta enorme.</p>
-
-<p>Buena parte de este poder provenía evidentemente de la fuerte
-extravagancia de su figura.</p>
-
-<p>Tenía don Gil los hombros angostos y caídos, lo que entristecía su
-empaque, y una de esas cabezas voluminosas, estrechas de occipucio y muy
-bombeadas y crecidas de frontal, sobre las cuales los sombreros nunca
-ajustan bien. Su rostro afeitado, largo y huesudo, iluminado por la
-expresión metálica de los ojos, era de color miel, de color de fideo, de
-esa<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> tonalidad aceitosa que fluctúa entre el ocre caliente del azafrán y
-la enferma amarillez del pus. Aquel semblante digno, por sus
-proporciones, de un individuo alto, absorbía toda la vida de don Gil
-Tomás y causaba, efectivamente, en cuantos le veían, impresión anormal y
-durable. El resto del raquítico cuerpo, vestido en todo tiempo de negro,
-con sus calcetines blancos, sus zapatos de becerro y aquellas camisas de
-cuyos cuellos, siempre un poco anchos, el pescuezo ahilado y pajizo
-emergía con la tristeza de un lamento, era nimio y despreciable; lo
-mismo que los pies, diminutos como los de un niño, y las manos blandas,
-suaves y frías. La cara, en cambio, irradiaba un vigor truculento,
-alucinador, de pesadilla; la frente cavilosa, la nariz aguileña, las
-pupilas de color de cobre, las orejas delgadas y erectas, los labios
-bermejos, finos y crueles, como los bordes de una cuchillada por donde
-toda la sangre de las mejillas se hubiese vertido. ¡Contraste terrible!
-Sobre aquel cuerpecillo negro, aquella cabeza grande y gualda, tenía la
-expresión lívida, la expresión de eternidad, de una cabeza trunca.</p>
-
-<p>Por esto, á pesar de su parvedad, la silueta de don Gil antes era grave
-que ridícula. Si, á primera vista solía mover á burla, luego de
-examinada unos instantes, imponía seriedad. El observador adivinaba tras
-ella un misterio. Descolorida, impasible, con una inalterabilidad de
-ausencia, poseía el vigor sigiloso del enigma. Atraía, obsesionaba, y la
-emoción de su silencio se clavaba en las almas como un rehilete.</p>
-
-<p>Contribuía á robustecer esta expresión la tristeza absoluta, jamás
-interrumpida por ningún accidente ó donaire, de don Gil. Nadie, ni
-siquiera don Juan Manuel Rubio, el diputado, que gozaba fama de
-gracioso, podía jactarse de haberle visto los dientes. Los labios, poco
-platicadores de don Gil, ignoraban la<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> simpatía de la risa; movíanse
-para conversar, para bostezar, para besar tal vez; pero desconocían la
-hilaridad. Si estaba muy contento, sus ojos metálicos brillaban un poco
-más que de ordinario; eso era todo; su mejor humor no pasaba de ahí.
-Aquel enano amarillo y pequeño, no había reído nunca.</p>
-
-<p>Cuando don Gil Tomás llegó á Puertopomares, seis ó siete años antes, la
-expresión estática y punzadora de su rostro astral, atrajo la curiosidad
-de cuantos ociosos había en el andén. Todos miraban sorprendidos aquella
-cabeza robusta sembrada sobre un tórax raquítico que apenas alcanzaba á
-la ventanilla del vagón, y creyeron pertenecía á un individuo
-excesivamente alto y flaco, que iba sentado; la general expectación
-trocóse en estupor y sonrisa, al abrirse la portezuela y resultar que la
-persona á quien tan descomunal cabeza correspondía, estaba de pie. Sin
-embargo, ni aun entonces la figura del hombrecillo fué objeto de mofa.
-Algo magnético le nimbaba y defendía como una armadura, y todos los
-vecinos, tácitamente, experimentaron su imperio. Con don Gil caminaba un
-enigma, y su mirar helado, turbio, sin parpadeos, como el de los ojos de
-cristal, descendía á lo más hondo. ¿Hubo nunca nada más sospechoso, más
-inquietante, que un hombre serio y pequeñito?...</p>
-
-<p>Meses después, el forastero compró un hotelito en el Paseo de los
-Mirlos, esquina á la Glorieta del Parque, y ello esclareció su nombre y
-sirvióle de recomendación. Quien más, quien menos, todos procuraban
-abordarle, y á excitar este deseo contribuía el mismo perezoso interés
-que él demostraba en rodearse de amigos. Al cabo, don Gil fué una de las
-personalidades más notorias de la población: su aire reservado, sus
-rentas, que le permitían vivir holgadamente mano sobre mano, la
-circunstancia de no tener deudos y aquella facilidad con que, cual por
-arte de embeleco<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> ó sugestión, supo convertir en coimas á las dos lindas
-mozas que tomó á su servicio, sirvieron á su alfeñicada figurilla de
-plataforma. Al contrario de lo que sucede á muchas personas, que se
-desprestigian según de más cerca se las trata y conoce, aquel hombre
-pequeñito y hermético, enaltecía sus méritos cuanto mejor se mostraba.
-Sus sombreros hongos, muy encajados sobre el occipital y siempre
-estrechos para cubrir el hinchado desarrollo de la frente, el secreto de
-los labios sutiles, la delgadez dantesca de la nariz, la distracción
-perpetua de los ojos que parecían constantemente abiertos sobre el
-panorama de otra vida, la frialdad de sus actitudes, lo apaciguado de su
-caminar, rasgos y perfiles excelentísimos eran capaces de resistir el
-más descontentadizo análisis. Las gentes, sin razón ninguna, le
-admiraban, y por instinto le temían. Gracias á esta alabanciosa unidad
-de criterios, llegó á ser «una de las cosas» más notables de
-Puertopomares; se hablaba de él como de algo peregrino y selecto; se le
-celebraba, se aseguraba que su carácter y condiciones eran dignos de
-estudio, y todas sus palabras revestían importancia. Su fama igualó y
-hasta nubló un poco la del viejo castillo. Cuando algún forastero
-llegaba al pueblo, sus acompañantes le decían:</p>
-
-<p>&mdash;Antes de que se marche usted queremos presentarle á don Gil Tomás.
-Seguramente no ha visto usted otro tipo tan raro. Es un hombre
-pequeñito, de color de boj, que no ha reído nunca...</p>
-
-<p>A propósito de él é inspirándose en la brevedad de su nombre, don Juan
-Manuel tuvo una frase feliz:</p>
-
-<p>&mdash;Me da la impresión&mdash;había dicho el diputado&mdash;de un monosílabo.</p>
-
-<p>Esa inevitable concatenación entre los rasgos anatómicos y morales de
-cada individuo, resplandecía acentuadamente en don Gil, quien, dócil á
-la ley común, sumaba á su extravagante complexión y amarillez,<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> otra
-anomalía de orden metafísico. Aquel hombre pequeñito escondía un
-misterio brujo y pavoroso; un enigma cuya virtud teúrgica el vulgo
-sagaz, aunque sin comprenderla, había adivinado.</p>
-
-<p>Don Gil Tomás era natural de Puertopomares, de donde salió muy niño, y
-su madre, muriendo al darle á luz, pareció imprimir á su vida un sesgo
-trágico. Dos años más tarde su padre sucumbió á mano airada, sin que
-nadie pudiese averiguar quiénes fueron sus matadores, pues del número y
-clase de heridas que recibió la víctima dedujeron los peritos que debían
-los asesinos de ser dos, cuando menos. Al lado de su abuelo materno
-primero, y de un hermano de su padre después, pasó don Gil su
-adolescencia. Para ofrecer á la vanidad de sus deudos un título
-académico, cursó en Salamanca la carrera de Derecho, pero considerando
-la insignificancia cómica de su figura, no quiso abrir bufete ni
-casarse, y dedicóse con resignación y humildad ejemplares al cuido de su
-hacienda.</p>
-
-<p>Esta vida de concentración y retraimiento, sirvió para dotar á su
-espíritu de estupendos y hechiceros vigores. Ya en los términos de la
-segunda juventud y sin motivo ostensible ninguno, experimentó su
-actividad cerebral una desviación peregrina. Apenas dormido, á su
-idiosincrasia cotidiana, apacible é isócrona, sucedía otra voluntad
-aventurera, peleadora y errante. Separada del cuerpo, su alma sabática
-corría libremente, multiplicando á capricho sus amoríos y sus viajes.
-Todos los furores sexuales represados por la insignificancia bufa de su
-figura en las horas de vigilia, reproducíanse con exasperadas
-vehemencias bajo la generosa égida del sueño. Entonces su espíritu
-ardía, tostábase y devorábase á sí mismo, como en una llama. Una
-clarividencia superhumana inundaba de luz sus potencias más nobles. Todo
-lo veía con mayor nitidez, y su facilidad para inmergirse<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> en lo pasado,
-permitíale luego aventurarse y predecir con rara exactitud lo futuro.
-Dormido don Gil era inteligentísimo, elocuente, impulsivo, insaciable en
-sus determinaciones y apetitos, y no había diques, ni cerrados lugares,
-ni voluntad capaces de resistir á las apremiantes sugestiones de su
-deseo: en sueños el discutía con los hombres, les arrancaba sus secretos
-más ocultos, les dirigía, les imponía sus propósitos, y si le eran
-agradables les inspiraba ideas que más adelante, en el transcurso de los
-días vulgares, parecían surgir naturalmente del limo de sus
-cerebraciones inconscientes para convertirse en acción y provecho; él,
-finalmente, hallábase presente á todas las conversaciones, y horro de
-escrúpulos deslizábase lascivo y sultán en el lecho de cuantas mujeres
-hermosas, casadas ó doncellas, vió y apeteció en la calle.</p>
-
-<p>Resucitaba don Gil la leyenda de los terribles vampiros, siempre
-prepotentes, sombras de muertos que, según la cosmogonía egipcia,
-acudían á disfrutar carnalmente de los vivos. Era el sabat, la epilepsia
-sexual que alimentaba el frenesí de la misa negra, la encarnación del
-deseo inmortal, del dios Deseo, insatisfecho perpetuamente. Era el
-brujo, que reía en el espanto de la Edad Media, y en su cuerpo mezquino
-vibraba, semejante á un imperativo específico inexorable, los millones
-de amores fracasados, de apetitos incumplidos, de sus progenitores. A
-tanto abarcaba el nocturno ambular de don Gil: y, á la mañana siguiente,
-nada: la inacción otra vez, la somnolencia de un vivir ocioso, la
-fealdad de su cuerpecillo enano, sobre cuyo semblante absorto, el
-cansancio de lo soñado iba añadiendo, día por día, una amarillez
-nueva...</p>
-
-<p>Esta doble vida de la que, al despertar, no tenía conciencia, este
-agudizado instinto de lo arcano que le erigía en gnomo del misterio,
-permitiéronle descubrir los pormenores que rodearon el sangriento fin<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span>
-de su padre. La revelación, venida inesperadamente del mundo de las
-sombras, del mar sin orillas del eterno enigma, donde aguarda la muerte,
-realizóse durante el hórrido filar de una pesadilla.</p>
-
-<p>Las denominadas ideas-imágenes ofrecíanse en el curso de aquel ensueño
-con espantosa limpidez: paisajes, figuras, conversaciones, hasta los
-pensamientos que no llegaron á traducirse en ademanes, ni siquiera en
-palabras, todo adquiría en la imaginación del dormido perfiles
-terminantes.</p>
-
-<p>Soñó, pues, don Gil, que una tarde, su padre regresaba á Salamanca
-llevando consigo una fuerte suma ganada en el juego, vicio al cual el
-buen don Alonso rindió siempre pleitesía apasionada. Iba el pobre
-caballero, que á la sazón frisaba en los cincuenta años, gineteando una
-mula de muy rebelde y alborotadiza condición. El dormido dábase cuenta
-precisa de la hora crepuscular en que acaeció el lance: la color del
-cielo, el aspecto del campo, las ondulaciones del camino solitario,
-abierto entre boscajes de copudos castañares y de alisos. En un recodo
-umbrío, al lado de una fuente, Frasquito Miguel y su hermano Antonio
-esperaban á don Alonso con propósito de robarle y, por consiguiente, de
-asesinarle, pues no era el castellano hombre que mansamente se dejase
-desposeer de lo suyo. Al verle llegar, Frasquito Miguel, que le conocía
-mucho, salióle al encuentro, saludándole con señalada reverencia, y so
-pretexto de preguntarle el domicilio de cierta persona amiga de
-entrambos. Amablemente don Alonso detuvo su cabalgadura, y como fuese un
-poco fatigado, desestribó el pie izquierdo y sentóse á mujeriegas, la
-pierna de aquel lado puesta sobre el arzón delantero de la silla. En tal
-instante Antonio, que se había escondido tras unos árboles, disparó su
-escopeta contra el descuidado caballero, quien gravemente herido en la
-nuca cayó al suelo, donde<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> Frasquito Miguel le remató á cuchilladas y
-desfigurándole de manera que costó después gran trabajo identificar el
-cadáver. Despojada la víctima de su dinero, los matadores huyeron,
-internándose en Portugal y sin dejar rastro de su fechoría.</p>
-
-<p>Varias noches consecutivas soñó don Gil la misma escena, pero su
-intensidad era tan penetrante y dolorosa y removía con tal fuerza sus
-nervios que le despertaba, y así la truculenta película quedaba rota.
-Hasta que la repetición casi cotidiana de aquella pesadilla,
-desimpresionándole un poco, permitióle seguir adelante. Acompañó á los
-foragidos en su éxodo, vióles repartirse lo robado y emprender, unas
-veces en Portugal, otras en España, diversos negocios. Falleció Antonio
-Miguel de muerte natural en Coimbra, y su hermano Frasquito quedó sujeto
-á la vigilancia vengativa de don Gil. El alma del hombre pequeñito le
-sugirió, para perderle, el proyecto del matadero clandestino; luego iba
-á visitarle á la cárcel, atormentándole con infernales pesadillas, y más
-tarde asistió á los lances de contrabando, en los cuales, bien á
-despecho de su invisible enemigo, el señor Frasquito acrecentó su
-fortuna. Durante años, á lo largo de los caminos unas veces, otras en
-los dormitorios de las posadas, el esforzado espíritu del hijo de don
-Alonso, acompañó al criminal. El bujero llegó á sentir en torno suyo la
-presencia de algo adverso, y tuvo miedo; comprendíase expiado y adquirió
-la certidumbre de que el magnetismo de una voluntad enemiga le envolvía;
-de esto nació aquella costumbre de encerrarse con llave para dormir, de
-que Toribio y Rita Paredes diversas veces habían hablado.</p>
-
-<p>La acción demoledora del tiempo, con alcanzar á tanto, no gastaba los
-caudales de odio que don Gil Tomás llevaba consigo; y á este rencor,
-estéril pues que no rebasaba los límites de lo subconsciente, obedecía<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span>
-la palidez alimonada de sus mejillas, el estupor constante y la
-expresión de frialdad y lejanía de sus ojos, la sobriedad esquiva de su
-trato, su aire siempre distraído y toda aquella emoción de pesadumbre y
-silencio, en fin, semejante á un vaho, que irradiaba su diminuta
-persona.</p>
-
-<p>Tantas tempestades secretas no fueron, sin embargo, infructuosas: algo
-trascendió de ellas, algo dejó aquel hondo oleaje de rencores en las
-playas tranquilas de la conciencia; y fué que don Gil, sin conocer
-personalmente al señor Frasquito, experimentaba la necesidad de no
-separarse de él. Todos sus traslados y mudanzas respondían á esta causa
-ignorada. Así, mientras Frasquito Miguel estuvo en Badajoz, allí vivió
-don Gil; y cuando el bujero alzó su tienda bohemia para trasladarse á
-Avila, don Gil, sin saber por qué, comenzó á aburrirse en Badajoz y á
-pensar que en la ciudad de Avila viviría mejor. Sus amigos, sorprendidos
-de aquellas aficiones vagabundas, solían preguntarle:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué viaja usted tanto?...</p>
-
-<p>El hombre pequeñito lo ignoraba.</p>
-
-<p>&mdash;Es que me canso&mdash;decía&mdash;de ver siempre los mismos objetos: necesito
-variar...</p>
-
-<p>Pero esta inquietud, esta avidez espiritual, no existían. En realidad
-era la atracción del señor Frasquito, lo que tiraba de él.</p>
-
-<p>La aparición de don Gil en Puertopomares, acaecida un año después de
-instalarse allí Frasquito Miguel con los hermanos Paredes, señaló en la
-vida moral más íntima del vecindario un grave trastorno. La figura del
-enanito, vestido de negro, con su cabeza amarilla y sus calcetines
-blancos asomando entre el zapato y la fimbria del pantalón, impresionaba
-fuertemente á las mujeres, de día, y luego las acompañaba de noche en su
-alcoba. En amor, lo horrible y lo hermoso suscitan emociones análogas, y
-acaso<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> por hallarse el espasmo sexual tan cerca de la alegría de la Vida
-como del horror de la Muerte, lo muy bello puede inspirar ideas de
-castidad, y el asco, en cambio, trocarse en tumultuosa lujuria.</p>
-
-<p>La historia de los íncubos demuestra que éstos suelen revestir las
-trazas ó apariencias más repugnantes: mendigos, epilépticos, leprosos,
-viejos absurdos cubiertos de llagas, animales extraños, mitad hombres,
-mitad fieras, estremecidos por todos los instintos y las muecas y las
-delirantes piruetas del Diablo.</p>
-
-<p>Jamás estudió la teratología monstruos ni prodigios semejantes á los
-fantaseados por el espíritu masoquista de la mujer, para quien las
-espumas y quintas esencias mejores del amor residen, antes que en la
-natural y sana voluptuosidad de la caída, en el sufrimiento ó castigo
-que frecuentemente acompaña á la posesión. Como las hembras de todas las
-especies, la mujer espera á ser tomada, y constituyen legión las que,
-llevadas de una humildad morbosa, prefieren el golpe á la caricia. Las
-mujeres raras veces descubren el cenit de la locura carnal sin el
-acicate del dolor físico; diríase que el tormento de la desfloración
-perdura en ellas como un rito, y que en su alma dócil, reducida de
-madres á hijas á ineluctable esclavitud, las emociones de martirio y de
-voluptuosidad se confunden. Sufrió la hembra la primera vez que el deseo
-del esposo se detuvo en ella; sufrió cuantas veces el egoísmo varonil la
-tomó y fatigado luego, la dejó sin curarse de su placer; padeció más
-tarde cuando sus hijos, concebidos acaso en la sed de un deleite
-vanamente esperado, se agarraron voraces á su seno. Ella nunca se queja;
-con su sexo recibió el culto al dios dolor, la terrible divinidad
-ardiente, tan vecina del misticismo como del desenfreno, que tiene para
-los flancos de sus siervas disciplinas de llamas.</p>
-
-<p>Esta necesidad de tortura explica la inclinación de la fantasía femenina
-á revestir de apariencias llenas<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> de suciedad ó de horror, los espíritus
-viciosos que de noche van á visitarla. Un íncubo bello y joven no
-satisface plenamente las exigencias de su carne, acostumbrada al
-martirio; el íncubo preferido será aborrecible, viscoso y se adueñará de
-ella por fuerza: unas noches tendrá la forma de una araña de patas
-peludas y tenazas palpitantes; otras será un mono cornudo y con hocico
-de pescado; otras un lobo con cabeza de viejo, ó un hampón erisipeloso,
-ó un lagarto frío, que apoyará sobre el vientre y entre los senos de la
-dormida, el espanto de su cabeza verde...</p>
-
-<p>La complexión de la mujer, halla en el dolor y en el suplicio del miedo,
-las espuelas ó complementos más eminentes de la emoción sexual; y
-también el sutil trampantojo excusador de la caída. Esta malsana
-derivación hacia lo odioso, hacia lo feo, explica el dominio que sobre
-el mujerío de Puertopomares comenzó á ejercer, desde los primeros
-momentos, el hombre pequeñito. Por eso, nada más: porque era amarillo y
-su rostro tenía la rigidez enloquecedora de las carátulas; porque sus
-pies eran minúsculos y sus manos muelles y blanquísimas; por la tortura
-de aquella frente socrática, la mezquindad de aquellos hombros
-resbaladizos y el vaivén cómico que, al andar, sus perneras repetían
-sobre la blancura de los calcetines; por la fuerza extravagante y el
-presentido enigma, en fin, de su vida, todas las mujeres dieron en la
-habituación de soñar con él. La misma pesadilla, dulce y horrible por
-igual, rodaba de alcoba en alcoba, y ni aun las casadas, dormidas al
-lado de sus esposos, se libraban de ella. Don Gil aparecía en los
-dormitorios, tan pronto por una ventana como por la puerta, sin hablar
-adelantábase hacia sus amadas, las tomaba y se iba. Esta alucinación,
-que robó á muchas caras virginales su color y entristeció precozmente el
-mirar de algunas niñas, fué como una de aquellas epidemias de ninfomanía
-que los obispos<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> medioevales combatían con el fuego y el agua bendita.</p>
-
-<p>Favorecido por el misoginismo de los mozos, tiempo brevísimo necesitó el
-enano para imponer su extraño amor á cuantas mujeres bonitas veía, y era
-tal la diligencia de sus propósitos, que en una misma noche, según luego
-se supo, asaltó varias alcobas. Mancebas suyas fueron Anita y Raimunda,
-hijas del médico don Elías Fernández Parreño; doña Evarista Garrido, la
-protegida de don Juan Manuel Rubio; Micaela y Enriqueta, hijas de la
-austera y severísima señora doña Virtudes, viuda de Castro, á quien
-también, á pesar de sus años y sólo quizás por humorismo y donaire,
-visitó el íncubo; Rosario, la coja rubia, dueña del café de «La
-Amistad», y otras muchas. Ricas, como doña Quintina, ó plebeyas y
-cargadas de hijos, como Aurora, la mujer de Eustasio, el tonelero, á
-todas se atrevía y su apasionado celo á hermosas y á feas alcanzaba y
-beneficiaba por igual. Su salacidad siempre encendida y casi ubicua, ni
-siquiera perdonó á la viuda de Guijosa, doña Amelia Ruiz, la mujer más
-gorda de Puertopomares. Esta perenne donación de amor era como una
-galantería, acaso como una caridad, que don Gil derramaba muníficamente.
-Su gusto, no obstante, tenía distinciones y preferencias; especies de
-hostales donde, en aquel larguísimo viaje hacia Citeres, su deseo se
-complacía con satisfacción y reposo mayores: tales, María Jacinta, de
-veinte años, hija única de don Artemio Morón, el boticario, y su prima
-Flora. La primera, especialmente, hallóse durante varios meses tan
-acosada, tan furiosamente sujeta y poseída, que perdió el apetito,
-cubriéronse sus ojos de sombras violetas y dió en enflaquecer de manera
-que todos juzgaron comprometida su salud.</p>
-
-<p>Ninguna de estas vergonzosas intimidades cayó en los libérrimos campos
-de la pública murmuración<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> hasta pasado cierto tiempo, pues las
-muchachas, aun las más solicitadas por don Gil, absteníanse celosamente
-de declararlas. Al cabo, las luces de la santa verdad resplandecieron,
-aunque siguiendo los marañosos caminos á que la hipocresía las obligaba.
-Fueron Micaela de Castro y María Jacinta Morón, las que antes hablaron:
-Micaela refirió á su hermana la esclavitud sexual á que el enano del
-Paseo de los Mirlos la tenía sujeta; lo propio hizo María Jacinta con su
-prima Florita. Tanto ésta como Enriqueta conocían por personal
-experiencia el sabor, simultáneamente regalado y acerbo, de tales
-posesiones, lo que no las impidió admirarse y aun ruborizarse
-taimadamente de cuanto oían, cual si nada supiesen; pero, por lo mismo
-que ambas tuvieron la voluntad necesaria para callar sus vergüenzas,
-faltólas tiempo y virtud para encubrir las ajenas, y así fueron sus
-labios los primeros en divulgar el goloso secreto de don Gil.</p>
-
-<p>Con el mayor sigilo y bajo juramento de no comunicárselo á nadie,
-Enriqueta de Castro decía á sus amigas:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabéis lo que me ha confesado mi hermana?...</p>
-
-<p>Florita, por su lado, hacía lo mismo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis saber por qué está quedándose tan anémica María Jacinta?</p>
-
-<p>Estas indiscreciones provocaban otras de análoga índole y atrevimiento.
-En los pueblos pequeños todo se descubre y conoce, cual si hasta los
-muros más densos tuvieran la diafanidad del cristal. Doña Quintina sabía
-por Raimunda, la primogénita de Fernández Parreño, que á su hermana
-Anita la visitaba don Gil, y á doña Evarista la había informado doña
-Fabiana, la mujer de Martínez, el veterinario, que á idénticos peligros
-hallábase expuesta la mirlada castidad de doña Virtudes; esto último se
-averiguó por una indiscreción del cura don Martín, pues la tribulación<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span>
-y el pánico que la excelente señora tenía á morir en pecado mortal eran
-tales, que atropellando toda guisa de femeniles miramientos llevó su
-cuita al confesionario...</p>
-
-<p>En mucho tiempo las amigas íntimas no supieron hablar de otro asunto,
-aunque conservando siempre el hipócrita cuidado de referir á una tercera
-persona sus particulares sensaciones. Su voraz curiosidad removía hasta
-los detalles más arriesgados, enardecíanse sus imaginaciones y la
-evocación de sus lupercales solitarias derramaban por sus ojos
-desfallecimientos de harén. Aquellas cabezas femeninas, unas rubias y
-ondulantes, otras negras y lisas, apretujándose para charlar en voz baja
-con el interés acre de las conversaciones prohibidas, componían
-ramilletes de flores extrañas sobre las cuales el recuerdo de don Gil
-zumbaba semejante á un moscardón cabalístico.</p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2>
-
-<p>¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo
-reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia
-de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el
-distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante
-síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á
-decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él
-numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así.</p>
-
-<p>Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á
-continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo
-criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este
-supersticioso juicio se afirmase.</p>
-
-<p>A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares,<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> tuvo la desgracia de
-enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio
-Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan
-urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho
-donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así,
-desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de
-su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los
-labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas
-del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió
-germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.</p>
-
-<p>Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy
-triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella
-lividez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienes?...</p>
-
-<p>&mdash;Nada; pena... ¡Nada!...</p>
-
-<p>A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo,
-miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y
-nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la
-razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla
-vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas
-reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de
-un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con
-las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría
-quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre
-ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban
-esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un
-soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio;
-palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el
-cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la
-tarde; sin duda quería ver...<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span></p>
-
-<p>A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y
-llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la
-enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase
-aliado de la Lívida; hasta la protegía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieres?&mdash;la preguntó.</p>
-
-<p>Repuso la Muerte:</p>
-
-<p>&mdash;No hallo lo que busco.</p>
-
-<p>Y don Gil:</p>
-
-<p>&mdash;Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?...</p>
-
-<p>Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia
-indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos,
-no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse
-con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más,
-acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el
-enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto
-de su mano fría y parva.</p>
-
-<p>&mdash;No te escondas&mdash;dijo don Gil&mdash;, es á ti, á quien busca la Muerte.</p>
-
-<p>Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á
-despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el
-maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto
-nevado de su risa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Era ésta tu elegida?&mdash;insistió don Gil.</p>
-
-<p>La Muerte repuso, sin aproximarse:</p>
-
-<p>&mdash;Esa es.</p>
-
-<p>Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima:</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu
-conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días.</p>
-
-<p>Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo
-Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin
-duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> el
-odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas
-extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus
-absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse
-á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el
-vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la
-joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los
-momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El
-sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El
-lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de
-costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo
-estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus
-postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de
-Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío
-en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la
-calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la <i>jettatura</i> ó
-mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una
-reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.</p>
-
-<p>El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó
-brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también
-significativa originalidad.</p>
-
-<p>A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y
-acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba
-recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase
-camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al
-Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con
-un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros
-cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más
-que de la fortaleza del<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> encontrón, que no pudo ser grande dado el poco
-peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose
-alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios
-cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se
-empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas
-producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala
-obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien
-trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los
-hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya
-enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á
-tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena,
-intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito,
-convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera
-habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como
-una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en
-la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba
-horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados:
-hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber
-quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.</p>
-
-<p>El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y
-cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la
-noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes
-del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La
-mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel
-hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo.</p>
-
-<p>&mdash;Hiciste mal en provocarle&mdash;murmuró&mdash;; porque, según dicen, ese don Gil
-es brujo.</p>
-
-<p>Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que
-le despertase temprano,<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span> pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse
-á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que
-al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo,
-expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase
-de verle tan despavilado, Ayala repuso:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás.</p>
-
-<p>Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia:</p>
-
-<p>&mdash;Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he
-amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo,
-como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que
-tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á
-Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según
-estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el
-reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?...</p>
-
-<p>Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética:</p>
-
-<p>&mdash;Yo, en tu lugar, no iba á Candelario.</p>
-
-<p>No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse,
-aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche.
-Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería
-le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien
-acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió
-el corazón.</p>
-
-<p>De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con
-velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio
-fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos,
-llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de
-superstición y de<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de
-las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus
-brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad
-del miedo y del asco.</p>
-
-<p>¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por
-igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los
-linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde
-campea la conciencia?...</p>
-
-<p>Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica;
-para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente
-diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura
-el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete
-con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa
-se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á
-seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el
-cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde,
-envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu
-abre hacia la increada luz sus alas inmortales.</p>
-
-<p>Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja
-inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los
-sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y
-multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó
-sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual
-modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la
-materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá
-del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por
-sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su
-actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para
-todo contacto físico?...<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span></p>
-
-<p>De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista
-término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos
-orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu
-de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como
-una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle
-una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al
-alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe
-por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la
-inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la
-conciencia después de la muerte.</p>
-
-<p>Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los
-sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las
-civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.</p>
-
-<p>Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á
-ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos
-esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo,
-el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima
-mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo
-que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente
-cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus
-imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento
-puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó
-doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir
-subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se
-acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar
-bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto
-ideas truculentas...</p>
-
-<p>Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana,
-constituyen los «estados inferiores»<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> del sueño. Mas hay otros en que es
-el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan
-intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa
-versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y
-una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal
-sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del
-sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el
-sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los
-peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá»
-efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y
-responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece
-apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que
-«recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de
-memoria.</p>
-
-<p>¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente
-ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso
-dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente
-armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de
-los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad
-objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior
-rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia,
-pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué
-importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó
-hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida
-cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del
-cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?...</p>
-
-<p>A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien
-delineada separación entre la<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> carne y el alma de don Gil, y aquella
-increíble y jocunda autonomía de su voluntad.</p>
-
-<p>El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su
-hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en
-cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed
-de Tántalo.</p>
-
-<p>Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima
-gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de
-despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer
-el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel
-momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una
-elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo
-objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años
-ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil
-Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo
-vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su
-imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores
-corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el
-vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro,
-otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa
-de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía
-vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil,
-que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo
-la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y
-así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud
-de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que
-pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento
-de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span>
-aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á
-quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna
-que ésta iba á heredar.</p>
-
-<p>La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca
-llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la
-mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su
-ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin,
-no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las
-emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á
-sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados,
-de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces.</p>
-
-<p>El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y
-así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma
-nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece,
-pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos
-fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y
-melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades,
-panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las
-pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos,
-que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la
-conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres
-cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria
-poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la
-angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida
-durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales,
-sin sospecharlo, va filando el espíritu.</p>
-
-<p>Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las
-ideas de rebaño, de multitud. En<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> una nación las capacidades directoras,
-los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos
-cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El
-resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son
-«los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra
-provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en
-nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada
-antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo
-más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de
-ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar
-detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas
-eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra.
-En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo
-muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada
-sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos
-parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua.
-¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á
-lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el
-vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar
-todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?...</p>
-
-<p>En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los
-Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la
-personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó
-menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad,
-porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas
-las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel
-cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y
-potencias teúrgicas de las que nadie era capaz.<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span></p>
-
-<p>Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos
-apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de
-las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más
-agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de
-algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera.
-Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil
-contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye
-imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar.
-Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la
-puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios
-rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de
-difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de
-amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que
-acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos.</p>
-
-<p>Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida
-por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á
-rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad,
-que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones
-epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las
-mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el
-dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la
-calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que
-dejan los entierros.</p>
-
-<p>Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del
-hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era
-morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal,
-una tras otra le pertenecieron y continuaban<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> bajo su dominio. Del
-hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos
-castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre
-celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían
-contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era
-interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para
-heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía?</p>
-
-<p>Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni
-Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando
-éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de
-cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia,
-pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente
-se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y
-podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido
-conciliar el sueño.</p>
-
-<p>Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba
-los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío...</p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2>
-
-<p>No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino.
-Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle.
-Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y
-sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el
-polvo.</p>
-
-<p>&mdash;Voy con usted, don Gil&mdash;dijo&mdash;, porque supongo que querrá usted tomar
-algo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; tomaré un ajenjo.<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span></p>
-
-<p>El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba
-llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar
-la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre
-el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques,
-se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega
-albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un
-tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente
-en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el
-sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo.</p>
-
-<p>Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso.
-Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo
-enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la
-parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se
-hallaban en la misma línea perpendicular.</p>
-
-<p>Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas
-llevo andadas.</p>
-
-<p>&mdash;¿De paseo, verdad?</p>
-
-<p>&mdash;De paseo: ir á Torres de la Encina y volver.</p>
-
-<p>&mdash;Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel
-también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Va mucho por ahí, porque en el término de Torres de la Encina tiene un
-olivar.</p>
-
-<p>&mdash;A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estación, es al señor
-Frasquito Miguel.</p>
-
-<p>&mdash;Iría á Navahonda.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Llevaba el carro?... Pues entonces iba á Navahonda, por leña. Va
-todas las semanas.<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span></p>
-
-<p>Don Gil aderezó su ajenjo y pidió los periódicos del día. Trájoselos
-Teodoro y seguidamente marchóse á proseguir el barrido y buena limpieza
-del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de
-la galería, el hombre pequeñito, amarillento, encogido y trajeado de
-negro, parecía un niño enfermo. Absorto en la lectura de <i>El
-Adelantado</i>, diario conservador de Salamanca, don Gil no vió á un hombre
-que, habiéndole observado unos instantes desde la puerta del salón, se
-retiró sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspendía su lectura,
-empuñaba la botella del agua y vertía algo de su contenido sobre el
-terrón de azúcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la
-copa. El agua, filtrándose á través del azúcar, caía gota á gota, y
-abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente
-palidecía. La figura inmóvil de don Gil daba á la sencilla operación una
-expresión medrosa y rara, un enigma de maleficio.</p>
-
-<p>Terminada su faena, Teodoro reapareció y fué á sentarse al extremo
-opuesto de la galería. Encendió un cigarro. Sus ojos azules, dóciles,
-buenos, iban de un lado á otro, con la satisfacción de la labor
-realizada, y á ratos se detenían en don Gil. Desde allí sólo podía verle
-la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el
-periódico abierto.</p>
-
-<p>Teodoro pensaba:</p>
-
-<p>&mdash;Verdaderamente, el pobre es muy pequeñito...</p>
-
-<p>Luego, su ánimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba
-lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; había fregado los
-espejos y cepillado el paño de las mesas de billar; únicamente le
-quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monólogo
-interior lo interrumpía de vez en vez don Gil, quien, para continuar
-leyendo, daba á <i>El Adelantado</i> un nuevo doblez.</p>
-
-<p>Entonces Teodoro volvía á decirse:<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Pero qué chiquito es!...</p>
-
-<p>A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo,
-dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo.
-Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro.</p>
-
-<p>Teodoro también se levantó, servicial y reverente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya se marcha usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; me voy á casa. Hasta luego.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta luego ó hasta mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Teodoro.</p>
-
-<p>Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le
-cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el
-portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la
-hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una
-mano el ala del sombrero.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, don Gil...</p>
-
-<p>De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.</p>
-
-<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2>
-
-<p>Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta,
-llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba
-del ronzal una mula.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, don Ignacio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante!</p>
-
-<p>Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena
-para saludar.</p>
-
-<p>&mdash;Buen día nos dé Dios.</p>
-
-<p>Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario
-exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te trae por aquí?<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pues, una desgracia que me sucedió ayer.</p>
-
-<p>Los ojos del chalán pasearon por todas partes una mirada furtiva y
-segura. El local donde don Ignacio tenía su clínica era espacioso, el
-suelo de tierra, cubierto de boñigas y de estiércol, el techo bajo y
-envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo,
-adosada al testero más oscuro, veíase una larga pesebrera: colgadas de
-las sucias paredes y en ringlera había abundante número de herraduras, y
-sobre los entrepaños de un armario, martillos, pinzas, un trabón inglés,
-especie de pulsera con que se sujeta á los caballos para castrarlos, una
-carátula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchón de basura
-que cubría el pavimento y cedía muellemente bajo los pies, en la cálida
-y pestilente fermentación de tantos abonos corrompidos, bullía,
-semejante á una devoradora comezón, la inquietud sanguinaria de las
-garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacían su
-agosto; zumbaban las moscas y los tábanos. El ambiente conservaba el
-inconfundible olor áspero del casco quemado.</p>
-
-<p>Don Ignacio Martínez, pequeño, sólido, esparrancado sobre el estiércol,
-en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del
-chaleco, callaba esperando á que su interlocutor se explicase. Mascaba
-una tagarnina, que con un impaciente guiño de labios se trasladaba á
-cada momento de un lado á otro de la boca: tenía cargados de sueño los
-ojos, y el ancho rostro, que aun no había tenido tiempo de lavarse,
-macilento y de pocos amigos.</p>
-
-<p>El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo
-á quince ó veinte personas de calidad, tuteaba á todo el mundo. El señor
-Frasquito adelantóse algunos pasos y deslizando una mano bajo las
-crecidas haldas de su sombrero, comenzó á rascarse el cogote, como si
-aquella rascadura ayudase al nacimiento y composición de sus ideas.<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pues, ya está usted viendo cómo viene la mula.</p>
-
-<p>Mostraba el desdichado animal, que apenas podía moverse, el lado derecho
-cubierto desde el anca á la cruz, por una bermeja, cruel y ardentísima
-llaga. Tratábase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad
-las llamas mordieron en la carne, que royéndola toda dejaron al aire los
-costillares. Según Frasquito Miguel explicó, el accidente había ocurrido
-en el camino de Navahonda á Puertopomares. Iba él durmiendo en lo alto
-de su carro cargado de leña. El tiro lo componían tres mulas; de julo
-llevaba un pollino. De súbito despertó medio asfixiado por densísimos
-remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la
-causa del siniestro; el convoy ardía, crepitaba, hecho un volcán.
-Afortunadamente el señor Frasquito se recobró á tiempo, y con la
-inesperada agilidad que le dió el peligro saltó á tierra. El burro y las
-dos caballerías delanteras sacaron de su pánico fuerzas para romper los
-tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del
-vehículo, no pudo imitarlas. Fué una escena terrible: el animal,
-hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba
-esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron
-los quijotes, su pánico trocóse en desesperación y locura, y tales
-fueron sus brincos y corcovas, que volcó el carro. De entre las varas de
-éste logró sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirándole á
-dos manos de la brida, y luego de cortar á cuchillo cuantos arreos y
-guarniciones lo sujetaban; pero á pesar de su caritativa diligencia,
-cuando lo consiguió ya las llamas hambrientas habían mordido mucho en
-él.</p>
-
-<p>Pasados unos instantes de meditación, el veterinario exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;No comprendo cómo ocurrió el accidente que acabas de contarme. ¿Tú
-fumas?<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span></p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni sueles llevar cerillas?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca. ¿A qué fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que á
-cualquiera de los mozos que ayudaron á cargar el carro se le cayese una
-caja de fósforos entre los haces de leña, inflamáronse aquellos después
-con el sol y la carga empezó á arder.</p>
-
-<p>Calló, miró al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;Por cierto que ayer á poco de salir de casa me crucé en el Camino Bajo
-de la estación con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me
-dije: «Mala sombra.» ¡Palabra de honor que lo pensé así!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Déjate de pataratas!&mdash;interrumpió Martínez con brusca exaltación y
-mordiéndose la uña del anular&mdash;; si hubieras ido andando, según era
-deber tuyo, no hay fuego; pero como queréis ir por atún y á ver al
-duque... ¡esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien
-dicen que por un clavo se pierde una herradura.</p>
-
-<p>Repuso el señor Frasquito:</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted razón; pero es imposible preverlo todo, y, además, hay
-días en que la fatiga no le deja á uno ni tirar de los pies. En fin,
-ahora lo necesario es que la mula sane pronto.</p>
-
-<p>Replicó don Ignacio:</p>
-
-<p>&mdash;Sanará en seguida si cuidáis de que no la piquen las moscas. Tú mismo
-puedes curarla; todo se reduce á que la laves diariamente con ácido
-pícrico. ¿Has comprendido?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres la receta por escrito?</p>
-
-<p>&mdash;No, no hace falta: ¿ácido pícrico dijo usted?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es: ácido pícrico, al cincuenta por ciento. Ve á la botica de don
-Artemio y te servirán bien. Después del lavaje, y pasado un rato, cubres
-toda la<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> quemadura con glicerina; más adelante, si la llaga sigue
-cicatrizándose, bastará secarla con polvos de almidón ó de arroz.</p>
-
-<p>El animal, á quien el señor Frasquito tenía del cabestro, conservábase
-inmóvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una
-actitud de sufrimiento y pasividad. Martínez llegóse á él, frunciendo
-las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la
-herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban,
-con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realizó un
-esquince y alzó la cabeza; un extravío de cólera abrasó sus pupilas.</p>
-
-<p>&mdash;No me detengo á curarlo&mdash;dijo don Ignacio&mdash;, porque dispongo de poco
-tiempo. Hoy cumple años Fabiana y tenemos invitados á comer, y luego
-baile. Además, ya sabes: ácido pícrico al cincuenta por ciento, es lo
-mejor...</p>
-
-<p>Saludó Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvióse hacia
-la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro.
-Dócilmente la bestia le siguió. Entonces don Ignacio se acordó de decir:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y en tu casa?</p>
-
-<p>Detúvose el interpelado, escorzándose un poco para contestar, pero sin
-volver la cabeza:</p>
-
-<p>&mdash;Bien todos, muchas gracias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tu mujer?</p>
-
-<p>&mdash;Allí, la pobre, con los chicos; rabiando...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Toribio?</p>
-
-<p>&mdash;Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de
-hallarse ahora.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, hombre; dales recuerdos.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre,
-Pascualita!...</p>
-
-<p>Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la
-anquilosis de sus piernecillas flacas,<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> muy sobradas de horcajadura, su
-tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios
-entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía
-sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una
-tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de
-la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...</p>
-
-<p>Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar.</p>
-
-<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2>
-
-<p>Inmediatamente Martínez dirigióse al fondo de la clínica, empujó una
-puertecilla y salió á un patio rectangular, bastante grande, con solado
-de hormigón y dos testeros enverdecidos por la frondosidad invasora de
-una hiedra. Los otros lados, adonde abocaban las habitaciones del piso
-principal, estaban coronados por balcones muy saledizos, verdaderas
-galerías encristaladas apoyadas sobre pilares de ladrillo. Allí encontró
-á Fabiana, su mujer, y á su hija, ocupadas en sacudir las paredes y
-traer los sillones donde los concurrentes al baile de aquella noche
-habían de reposarse. Don Ignacio llegóse á ellas y las oprimió contra su
-pecho, besando á la niña y pellizcando sabrosamente á la madre en las
-posaderas. Después, informado de que las criadas habían sabido comprar
-todo lo necesario para la cena, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos invitados tenemos?</p>
-
-<p>&mdash;Ocho; y si llega don Niceto seremos nueve.</p>
-
-<p>&mdash;Pues dispón otros tres cubiertos porque esta mañana doña Virtudes me
-envió recado de que vendría con sus pimpollos.</p>
-
-<p>Martínez, más chiquito que su mujer, gordo, saludable,<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> lleno de
-impaciencias sanguíneas, era un esposo modelo que guardaba intactas, á
-pesar de la costumbre, las brasas del sagrado deseo nupcial. Doña
-Fabiana preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿No tenías que ver hoy el caballo de don Juan Manuel?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, más tarde.</p>
-
-<p>Charló largo rato, hallando en aquellos diálogos familiares una dulce,
-sencilla y confortadora alegría. Estimulado por la actividad de la madre
-y de la hija, cogió un martillo y, encaramándose sobre un taburete, fijó
-varios clavos. Acomodóse luego en una mecedora, apoyó el tarso de una
-pierna sobre la rodilla de la otra, se aflojó comodonamente el cinturón,
-dejó ir el cuerpo hacia atrás y encendió un cigarro. A sus ojos todo
-ofrecíase ordenado y remozado por el glacis sin rival de la limpieza: el
-hormigón, recién fregado, brillaba á la luz; sobre la celosa albura de
-las encaladas paredes, la verdosidad húmeda de la hiedra parecía mayor;
-desde sus jaulas, colgadas del techo de la galería, varios jilgueros y
-canarios trinaban en ensordecedora competencia; las mecedoras de
-rejilla, los veladores cubiertos por sutiles tapetes de malla y croché,
-y los policromos festones de papel con que el gusto sencillo de la dueña
-de la casa unió unas pilastras á otras, tenían en la penumbra del patio
-suaves ligereza y frescura.</p>
-
-<p>Rato hacía que Martínez se marchó y aun la decoradora faena se
-prolongaba con perseverante fervor: Antoñita entraba y salía de las
-habitaciones contiguas, acarreando plantas y cachivaches que las ágiles
-y muy discretas manos de su madre distribuían luego con acierto vistoso.</p>
-
-<p>Doña Fabiana Vázquez llegaba, con los treinta años, al lucido apogeo de
-su belleza: tenía de ébano los undosos cabellos, morenas la bien calzada
-frente y las carnosas mejillas, los labios creciditos y rojos,<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span>
-almendrados los dientes, los ojos negros y pajareros, y una evidente
-expresión de sanidad en toda su matronil persona. Lástima que no hubiese
-crecido un poco más, con lo que hubiera alcanzado á esa línea de donde
-arranca en las mujeres la gallardía; de lamentar también que sus brazos
-fuesen demasiado carnosos, y el seno con exceso turgente, y que la
-redonda cintura no se recogiera y anillase mejor sobre la bien soplada
-magnificencia de las caderas. Todo ello la obligaba á caminar con cierta
-lentitud y un anadeo que descubría, bajo la holgura de sus batas
-bermejas, la disposición maciza de las piernas. No obstante, la
-hermosura árabe de los ojos, la gracia traviesa de la boca y la
-seductora ingenuidad de sus actitudes y palabras, suplían con exceso los
-errores de la línea. Era buena, era simpática, emotiva, dulce; una de
-esas almas maternales á cuyo lado los desgraciados y los tímidos,
-especialmente, se encuentran bien.</p>
-
-<p>Antoñita, su hija, tenía once años, el perfil delicado y los cabellos
-encendidos como las mazorcas. La delgadez de sus piernas y de sus
-brazos, y la longitud ducal de sus manos, profetizaban que iba á ser
-alta. En sus pupilas azules había una indecisión que las agrandaba y
-embellecía. Ninguno de sus progenitores, cuellicortos y redondos,
-influyó en la grácil y espigada complexión de la chiquilla. Antoñita
-parecía destinada á servir de origen ó troquel á un tipo nuevo; las
-razas de los Martínez y de los Vázquez habían entroncado con tal
-brusquedad que se anularon mutuamente, fundiéndose y como diluyéndose
-apasionadamente en su retoño. Antoñita era Antoñita y perdería el tiempo
-quien rebuscase entre sus tataradeudos paternos ó cognáticos una figura
-que justificase la suya ante las leyes de la herencia. ¿Se afearía más
-tarde? Cuando la niñez se resolviese en juventud y pues el ambiente rudo
-de los pueblos no favorece á las bellezas delicadas, ¿resucitaría en
-ella<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> la gordura que en plena mocedad afligió á doña Fabiana? Nada
-parecía señalarlo así, y Antoñita marcaba en su hogar una pincelada
-inconfundible, noble y rara, semejante á esas plantas que alzan de
-pronto un penacho verde, en la aridez de un viejo murallón.</p>
-
-<p>A la tarde, pasadas las siete y media, comenzaron á llegar los invitados
-al banquete. Don Ignacio, que estaba en la puerta de la calle tomando el
-fresco, les acogía con sinceras demostraciones de regocijo, dábales
-conversación unos instantes y les despachaba hacia dentro, diciéndoles:</p>
-
-<p>&mdash;Si quieren ustedes ver á Fabiana, pueden pasar...</p>
-
-<p>Ellos cruzaban la cuadra, fétida, oscurecida por el crepúsculo y
-cubierta de estiércol; los pies se hundían en la hedionda majada donde
-pululaban millares de insectos sanguinarios: por miedo á las cucarachas
-las mujeres se arregazaban hasta media pierna. Después, empujando la
-puertecilla que se abría al fondo del local, salían al patio. Allí les
-aguardaban doña Fabiana y su hija, muy bien peinadas, ostentosamente
-enjoyadas y vestidas de blanco. Un murmullo agasajador de besos, de
-parabienes y de risas femeninas, llenaba el silencio; un silencio grato,
-limpio, que olía á macetas recién regadas.</p>
-
-<p>Los más puntuales en acudir á la fiesta fueron don Elías y doña
-Presentación, con sus hijas Raimunda y Anita; luego llegó don Artemio
-Morón con María Jacinta y su sobrina Flora; y tras ellos doña Evarista,
-la amante de don Juan Manuel Rubio, la cual, así por el honesto
-aislamiento de sus costumbres como por el considerable mérito político,
-dinero y personales simpatías, de su protector, era en todos lados bien
-recibida. La tertulia iba formándose en el patio, mientras llegaba la
-hora de cenar. Las mujeres, á quienes la conversación excita y aturde
-como el vino, se balanceaban en las mecedoras, abanicándose
-nerviosamente y charlando todas muy alto y á la vez. Don<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span> Elías y don
-Artemio, esquivando el ensordecedor rebullicio, comenzaron á pasearse
-con andar cadencioso y las manos cruzadas atrás. Discurrían
-ramplonamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se ha enterado usted del pedrisco que cayó anoche en Navahonda?</p>
-
-<p>&mdash;Esta tarde me lo dijeron.</p>
-
-<p>Don Elías miró al espacio, aljofarado de estrellas parpadeantes.</p>
-
-<p>&mdash;Como no llueva pronto, pero recio, una cantidad de agua que valga la
-pena, vamos á tener mucha miseria este año.</p>
-
-<p>El recuerdo de sus obligaciones profesionales le arrancó un suspiro.</p>
-
-<p>&mdash;Yo debía haber ido esta tarde á casa de la viuda de Guijosa; pero las
-niñas se empeñaron en que las trajese aquí...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo sigue doña Amelia?</p>
-
-<p>&mdash;Peor, siempre peor; cada día más gorda, hasta que la grasa la ahogue.
-Morirá del corazón.</p>
-
-<p>&mdash;Diga usted&mdash;interrumpió el farmacéutico&mdash;¿es cierto que no puede salir
-de la habitación donde está?</p>
-
-<p>&mdash;Ciertísimo. Hace años, á raíz del fallecimiento de Guijosa, la pobre
-mujer se metió en su casa, y como las pesadumbres lo mismo se convierten
-en tejido adiposo que nos enflaquecen y dejan en los santos huesos, á
-ella el dolor la dió por engordar, y cuando á instancias mías determinó
-hacer un poco de ejercicio, tenía las nalgas y el vientre tan enormes,
-que ni de perfil cabía por las puertas. Actualmente mide cincuenta
-centímetros de cuello. ¡Un monstruo! El caso de doña Amelia á un
-extranjero le parecería inverosímil, pero á nosotros no debe
-asombrarnos: ya sabe usted que nuestras mujeres cifran la mitad de su
-virtud en las tres negaciones siguientes: no lavarse, no apretarse el
-corsé y no poner los pies en la calle.</p>
-
-<p>La brusquedad de sus propias palabras enardeció á<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> Fernández Parreño. El
-diálogo adquirió un sesgo social. Don Elías comenzó á perorar
-cálidamente contra el quietismo de la intelectualidad hispana y á buscar
-el origen de todos los males nacionales en el abandono de las escuelas.
-Nación donde la enseñanza no es obligatoria, nación perdida. Don Artemio
-hacía signos de asentimiento. El médico prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí malgastamos la vida protestando, sin advertir que las costumbres
-no se destruyen con palabras bonitas. La semana anterior, por ejemplo,
-hubo en Salamanca una importante reunión «contra la blasfemia»: se
-pronunciaron discursos frondosos, se lucieron varios oradores, muchas
-señoras se darían el gustazo de estrenar sombrero, y al cabo todos
-salieron del mitin como fueron á él; es decir: convencidos de que no se
-debe blasfemar. Indudablemente esta es también la opinión de todos los
-carreteros de España, aunque jamás se les haya ocurrido protestar de su
-mala lengua. ¡Sí, ya lo saben! Ofender á los santos no está bien... Sin
-embargo, ¡no quiera usted oir lo que dirán por esos caminos apenas se
-les atasque el carro ó las mulas no tiren como deben!... Y es porque el
-hábito execrable de blasfemar y de emporcar nuestras conversaciones con
-palabras soeces, nace en la escuela. Las costumbres se corrigen
-implantando otras, no con bambollas retóricas; la destrucción es buena á
-condición de edificar inmediatamente, porque la Naturaleza tiene horror
-al vacío; y tales evoluciones sólo se obtienen con el favor del tiempo y
-dragando en los estratos más arcanos del alma nacional.</p>
-
-<p>Muy satisfecho de la callada atención del boticario, Fernández Parreño
-continuó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Guerra á la blasfemia, sí, señor! ¡Guerra también á toda clase de
-feas interjecciones, especialmente á nuestra puerca, innoble, fementida
-y abominable costumbre de citar á cada momento los órganos<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> genitales,
-para vergüenza de nuestras mujeres, escándalo de extranjeros y mengua y
-baldón de la española cortesía!... Luchemos contra ese fango que, antes
-de macular los labios ensució los pensamientos. Pero esto no se obtiene
-con discursos musicales, sino con buenos colegios de primera enseñanza.
-Un maestro deja en el espíritu colectivo más hondo surco que cien
-oradores. Eduquemos al pueblo. Educar es refinar el entendimiento,
-ponerle guiones á la voluntad, darle elegancias á la conciencia. El
-hombre «elegante por dentro», aunque carezca de ideas religiosas no
-blasfema, pues el torpe juramento repugna á su gusto delicado; ni
-incurre en otros delitos de grosería, porque la cultura así enfrena los
-ademanes del cuerpo, como las ideas y propósitos, ademanes del alma.
-Según desaparecieron el miriñaque y el calzón corto, así desaparecerá la
-blasfemia; pero, más adelante: cuando un juramento produzca en nuestros
-oídos el efecto de una disonancia.</p>
-
-<p>Don Artemio interrumpió al médico:</p>
-
-<p>&mdash;A propósito: ¿conoce usted al maestro de Cantagallos?</p>
-
-<p>&mdash;¿Don Joaquín Blanco?... ¡Mucho!</p>
-
-<p>&mdash;Ayer, precisamente, sus dos hijas mayores se fueron á Madrid con idea
-de ponerse á servir. Las pobrecillas, en su casa, pasaban días enteros
-sin comer.</p>
-
-<p>Don Elías lanzó una interjección que desentonaba bastante con sus
-conceptos relativos á la limpieza del lenguaje:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ve usted?&mdash;exclamó&mdash;; ¿cómo vamos á lamentarnos de que blasfemen los
-carreteros de un país cuyos maestros tienen hijas fregando platos?...</p>
-
-<p>La llegada de la señora viuda de Castro, con sus dos hijas, atajó la
-peroración de don Elías. Era doña Virtudes una mujer cincuentona, alta y
-cenceña de cuerpo, y muy chupada y cetrina de rostro. Vestía de negro en
-toda estación, más que por reverencia al<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> perdido esposo por melancolía
-y sequedad de carácter, y bajo el luto de su cofia la blancura triste de
-sus cabellos parecía mayor. Sobre la delgadez de los labios herméticos,
-la nariz larga, fina y severa, daba á sus menores palabras irrevocable
-autoridad. El mirar buído de sus ojos simiescos, pequeños y muy juntos,
-se resistía difícilmente. Delante de ella, ataviadas de blanco, como
-potros llevados de la brida, caminaban Micaela y Enriqueta.</p>
-
-<p>Adelantáronse doña Fabiana y Antoñita á recibirlas, y entre cordiales
-aspavientos de amistad fueron besándolas en las mejillas. Doña Virtudes
-las besó también, dió su flaca mano á la esposa y á las hijas de
-Fernández Parreño, á María Jacinta y á Flora, y ofreció á doña Evarista
-un saludo imperceptible.</p>
-
-<p>Don Artemio y don Elías reanudaron sus paseos; las mujeres, cumpliendo
-dictados de la edad, se fraccionaron en dos grupos: doña Fabiana, doña
-Presentación y la señora viuda de Castro, á un lado; en el otro, doña
-Evarista y la gente joven. Las muchachas reían y se sacudían las faldas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdad que hay muchas pulgas?&mdash;preguntaba María Jacinta.</p>
-
-<p>&mdash;Muchísimas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo tengo una metida entre los dedos del pie izquierdo. La maldita trae
-hambre atrasada, ¡porque está dándose un banquete!... Seguramente las
-hemos recogido al entrar, de entre el estiércol.</p>
-
-<p>Un ademán algo deshonesto de Micaela, abrasó en relámpagos de ira las
-pupilas negrísimas de doña Virtudes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Niña!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, mamá?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué gestos son esos, en una casa extraña?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, no es nada!... ¿Quiere usted callarse?... ¡Que me pican mucho las
-pulgas!...</p>
-
-<p>Doña Fabiana sonreía indulgente, segura de que<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> las muchachas no
-exageraban. Había, efectivamente, muchas pulgas; al pobre Ignacio le
-traían martirizado, especialmente de noche; pero, ¿cómo acabar con
-ellas?</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo no resisto más!&mdash;exclamó Raimunda levantándose.</p>
-
-<p>Corrieron todas en tropel hacia un aposento paredaño del comedor, cuya
-puerta cerraron. Se las oyó retozar y reir. El semblante cetrino de doña
-Virtudes expresaba acre contrariedad. Cuando las muchachas
-reaparecieron, doña Fabiana hizo girar las llaves de la luz eléctrica y
-el patio se iluminó. Algunas lamparillas oportunamente distribuídas
-entre la lozana fronda de la hiedra, dieron á la escena vistosidad
-teatral. En la galería, sobre la blancura de la pared, cobraron poderoso
-relieve los cromos clavados por don Ignacio; las pilastras arrojaron
-contra el muro largas sombras decorativas, y en la inquietud de las
-livianas mecedoras los cuerpos femeninos, vestidos de blanco, de rosa,
-de azul, adquirieron una ligereza nueva. Despabilados por el regocijo de
-las luces y la copiosa verbosidad y ornitológica algarabía de las
-mujeres, los pájaros rompieron á cantar.</p>
-
-<p>Don Elías y el boticario se acercaron á la dueña de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿A quien esperamos?&mdash;preguntó Morón.</p>
-
-<p>&mdash;A don Niceto.</p>
-
-<p>La señora de Martínez llamó á su hija.</p>
-
-<p>&mdash;Ve á buscar á papá; dile que estamos aguardándole.</p>
-
-<p>Creyóse obligada á explicar la ausencia, un tanto descortés, de su
-marido, y agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Ignacio, si le dan conversación, es capaz de charlar tres días
-seguidos. No sabe despedir á nadie.</p>
-
-<p>En aquel momento aparecieron Martínez y el juez municipal. Esta fué la
-señal para trasladarse al<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> comedor. Por consideración y respeto á las
-señoras, don Ignacio, que tenía la costumbre de ir siempre en mangas de
-camisa, fué á vestirse una americanilla de alpaca. Alrededor de la mesa
-el avisado consejo de doña Fabiana distribuyó á los invitados, según su
-edad, con lo que se formaron dos grupos á los cuales parecía separar el
-gran frutero, cargado de bruñidas manzanas y aterciopelados melocotones,
-que adornaba el centro del mantel. La esposa de Martínez, como motivo
-que era de la fiesta, y más aún por sus pocos años y juvenil ufanía de
-carácter, ocupó, entre las muchachas, la cabecera principal de la mesa:
-á su derecha estaban su hija, María Jacinta y Flora; á su izquierda,
-doña Evarista, Raimunda y Anita. A continuación de Flora y de Anita,
-respectivamente, se colocaron don Artemio y el médico; al lado de éste,
-don Niceto, y luego las señoras de mayor gravedad y empaque: doña
-Presentación y doña Virtudes. Entre ambas, llenando con su pequeña,
-alborotada y robusta persona, la cabecera opuesta, se sentó don Ignacio.</p>
-
-<p>Empezó la comida: las muchachas se obsequiaban con anchoas, pepinillos y
-rajitas de salchichón, y la fuga de una aceituna que rodó por el mantel,
-como huyendo del tenedor de María Jacinta, suscitó grandes risas. Los
-platos, de dorada cenefa, rielaban á la luz. El vino ponía en la
-transparencia de las copas su encendida alegría. Dos azafatas, con
-alpargatas blancas y limpios delantales, cuidaban diligentes del
-servicio.</p>
-
-<p>El regocijo consiguiente al buen comer y al ameno charlar, iba alterando
-la expresión de los rostros. En las mejillas, perversamente
-descoloridas, de María Jacinta, comenzaba á extenderse una leve
-evaporación rosa, y en sus ojos garzos chispeaba á intervalos un fulgor.
-A Flora, más gruesa que su prima, el calor de las libaciones la había
-abultado y acarminado<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> los labios, por cuanto su fuerte dentadura
-parecía más blanca. A Antoñita su madre la prohibió beber más. Anita y
-su hermana también estaban muy contentas, y entre la rubicundez
-ondulante de sus cabellos y la albura de las blusas estiradas sobre la
-juvenil plenitud de los senos, sus semblantes redondos, ligeramente
-oscurecidos por el sol, triunfaban con caliente y saludable lozanía.
-Eran las dos de buena estatura, sólidas y esbeltas á la vez, y sus
-caderas turgentes sobresalían y se desbordaban de las sillas como en una
-provocación carnal. La belleza treintañal de doña Evarista era menos
-petulante, menos ostentosa, como dulzurada por la suave fatiga de la
-experiencia, pero sus actitudes y ademanes tenían una corrección urbana
-por todo extremo educada y simpática. La señora de Martínez parlaba con
-todas y sus ojos negros, blandos y cálidos, sus magníficos ojos de
-terciopelo y azabache, iban amorosamente de unas en otras.</p>
-
-<p>Fernández Parreño, á quien la pulcritud de su bigote blanco, su miopía y
-el brillo prócer de sus gafas de oro, daban cierta elegancia, presidía
-la conversación secundado por el juez. Don Ignacio le replicaba y casi
-siempre para contradecirle. Doña Presentación, gorda, sencilla y de buen
-color, y doña Virtudes, cetrina y adusta, se limitaban á oir. Don
-Artemio también hablaba poco.</p>
-
-<p>Había en esta segunda mitad de la mesa una especie de sombra; cual si la
-lámpara, no obstante hallarse suspendida en el comedio de la estancia,
-alumbrase en aquella parte un poco menos. Era una oscuridad triste,
-emanada, tanto del silencio y mayor edad y compostura de las personas,
-como del severo color de sus vestidos.</p>
-
-<p>Fernández Parreño, cuyas disposiciones satíricas necesitaban una
-víctima, complacíase en hacer hito ó blanco de sus burlas al boticario,
-mientras don Ignacio<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> recogía una á una aquellas ironías y exornadas con
-nuevos aditamentos y donaires tornaba á echarlas sobre el mantel. De
-este modo la conversación, salvo ligeros comentarios de la gente joven,
-describía una especie de triángulo en el cual cuanto don Elías iba
-diciendo rebotaba en don Artemio y era inmediatamente glosado y soplado
-por Martínez.</p>
-
-<p>Acodado familiarmente en la mesa, distraído y buenazo, el farmacéutico
-oponía á las mordacidades y venenosos dichetes de su amigo una sonrisa
-imperturbable. Tenía cincuenta años, había enviudado siendo mozo aún y
-como, acaso por pereza, no quiso volver á casarse, la costumbre de vivir
-solo contribuyó á ratificar la significación tímida y ausente de sus
-actitudes. En don Artemio, por excepción la conciencia acompañaba al
-cuerpo; ó, lo que es igual: rarísimas veces movíase y hablaba conforme á
-lo que sus sentidos iban diciéndole, lo cual le daba un gesto cómico de
-constante indecisión. Las largas dimensiones de sus piernas y brazos,
-bien claramente revelaban la buena lozanía de sus años adolescentes,
-pero una caída, partiéndole la espina dorsal á la altura de los
-omoplatos, dejó en su espalda una caricaturesca joroba. Roto ya el
-equilibrio entre las extremidades y el busto, lo único recomendable de
-su persona era la cabeza, monda y circundada por una noble guedeja
-blanca; y en ella, los ojos grandes, la nariz fuerte y de varonil
-volumen, y el moreno rostro solemnizado por una barba oriental, cuadrada
-y abundante.</p>
-
-<p>Y no era este desconcierto de huesos el menor daño que afligía al
-boticario, aunque él así lo creyese, sino que con la joroba física
-salióle otra muy gravísima corcova en el alma, y fué la de la tacañería.
-Sus muchas relaciones y la respetabilidad de su oficio favorecieron
-grandemente el desapoderado incremento de esta inclinación. Como conocía
-á todos los modestos<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> propietarios de la comarca y estaba al tanto de
-sus apuros, solía facilitarles dinero mediante hipotecas terribles.
-Cumplido el plazo señalado para el reintegro ó devolución de la suma
-prestada, don Artemio procedía á raja tabla y gozosamente al embargo de
-los bienes hipotecados, y por este cobarde y criminal procedimiento
-cuadruplicó sus heredades. Pocos años le bastaron para enriquecerse. En
-Puertopomares la gente á la vez le quería y le odiaba, pues mientras
-unos decían horrores de él, otros aseguraban que, fuera de su ominosa
-fiebre de acaparar dinero, era un hombre discreto y de campechano y
-bonísimo trato. Los que le conocieron mozo, aseguraban que antaño no era
-así.</p>
-
-<p>&mdash;A no haberse jorobado&mdash;decían&mdash;hoy no sería usurero.</p>
-
-<p>Para Fernández Parreño, que solía abrazarle pensando en que los
-corcovados evitan la mala sombra, don Artemio Morón, con su gran cabeza
-sakespeana calva y barbuda, puesta sobre la ridiculez de su joroba, era
-un símbolo: el símbolo exacto de la Vida, donde el sainete y la
-tragedia, lo grave y lo ridículo, lo más noble y preexcelente y lo más
-ruin, marcharon siempre unidos.</p>
-
-<p>La cena iba transcurriendo apaciblemente. Las muchachas empezaban á
-dolerse de la exigua representación que el elemento masculino tenía
-allí; Raimunda lamentábase de la ausencia de Epifanio, su novio, y Anita
-preguntó á don Niceto por su hermano Luis. Micaela también echaba de
-menos á Romualdo. Doña Fabiana las tranquilizó; aludió á su marido con
-un gesto.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros&mdash;dijo&mdash;hubiésemos querido invitarles á comer; pero, como
-veis, la mesa es pequeña para tantas personas. Nadie, sin embargo, pase
-apuros, porque esos señores están invitados y á la hora del baile les
-tendremos aquí.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span></p>
-
-<p>Raimunda, la primogénita de los Fernández Parreño, cuchicheaba con doña
-Evarista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya no le pican á usted las pulgas?</p>
-
-<p>&mdash;Martirizada me traen, hija mía.</p>
-
-<p>&mdash;Yo tengo una terrible aquí debajo... ¿usted comprende?... La pícara
-pudo irse á otro sitio, pero sin duda tenía mucha hambre y eligió el
-plato mayor y mejor servido...</p>
-
-<p>La protegida de don Juan Manuel reía oyendo estas ligerezas, y la
-hilaridad humedecía voluptuosamente sus bellos ojos.</p>
-
-<p>Adelantando un poco el busto la señora de Martínez inquirió la causa de
-aquel regocijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice Raimunda?</p>
-
-<p>&mdash;Nos quejamos de las pulgas.</p>
-
-<p>Idéntico daño afligía á María Jacinta y á Flora, y esto acuciaba en
-todas el deseo de bailar. Informado de lo que sucedía, Fernández Parreño
-improvisó un elogio del mosquito.</p>
-
-<p>Según don Elías, el mosquito posée cualidades estéticas que le hacen
-infinitamente superior á la pulga: es artista porque habiendo sabido
-hermanar el hambre con la música, adorna sus picotazos cantando, y á
-semejanza de las mariposas ama la luz y frecuentemente en ella perece; y
-también porque su voracidad es menos cruel y su caza menos fatigosa. A
-un mosquito se le inutiliza delicadamente, sin más que quemarle las alas
-con un fósforo; mientras á las pulgas es necesario descender á buscarlas
-en los escondrijos del traje ó del lecho donde se ocultan. Además, la
-pulga es esencialmente sanguinaria; muchas veces pica sin apetito, sólo
-por el gusto de fastidiar al hombre y robarle la sangre. Si estamos de
-visita, nos devorará el cuello; si vamos de paseo, se nos meterá dentro
-de una bota. ¿Sabe nadie las ideas de desesperación y hasta de suicidio
-que pueden inspirarnos las agresiones de una pulga escondida debajo de
-nuestro sombrero?...<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span></p>
-
-<p>Como lograse terminar su disertación con notable fortuna, don Elías,
-excitado al calor de sus propias agudezas, comenzó á probar nuevamente
-la buena paciencia de don Artemio.</p>
-
-<p>Morón vivía á la entrada de la Glorieta del Parque, frontero á la Fonda
-del Toro Blanco, y, según Fernández Parreño, la distancia que separaba
-la botica del Casino servía á don Artemio para someter á cálculos, casi
-matemáticos, los grados de afecto que cada uno de sus amigos le
-dedicaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡No haya cuidado&mdash;aseguraba el médico&mdash;que este hombre por nadie se
-moleste! En cambio, halla natural que todos se incomoden y molesten por
-él. ¿Es cierto no?...</p>
-
-<p>El interpelado sonreía modesto, ocultando la satisfacción de verse
-comentado y objeto de la curiosidad general. Aquel discreteo, no
-obstante su rápida trivialidad, equivalía á un polvillo de éxito, á un
-rocío de gloria, que cayese sobre él.</p>
-
-<p>Las festeras palabras de don Elías eran recibidas con francos
-borbollones de hilaridad porque apostillaban hechos menudos y conocidos.
-A don Artemio Morón, verbigracia, le gustaba muchísimo charlar.
-Sincretista y desocupado, amaba la conversación por ella misma, por «su
-ruido», que no por estudiosa curiosidad espiritual ó inteligente prurito
-de discutir. Así, ni la alcurnia mental de su interlocutor ni el asunto
-del diálogo, le interesaban mayormente. ¿Se comentaban las últimas
-corridas de toros? Bueno. ¿Hablaban de política? Adelante. ¿Debía
-charlar de agricultura y quejarse del tiempo? Muy bien. Todos los
-asuntos parecíanle igualmente oportunos para no dejar á su lengua ni á
-sus oídos en la ociosidad.</p>
-
-<p>Con este cuidado don Artemio, que iba todas las noches al Casino,
-procuraba no salir nunca solo de allí. Si á la hora de él marcharse sus
-contertulios hallábanse enzarzados en alguna partida de ajedrez, de<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span>
-tresillo ó de dominó, atardaba su retirada para esperarles. Ellos,
-conociéndole, se hacían los remolones. Les aburría. El boticario,
-parsimonioso en sus actitudes, amén de caminar muy despacio, tenía la
-molestísima costumbre de pararse al hablar. Mientras oía andaba, pero no
-bien abría la boca se detenía, cual si los dinamismos de sus labios y de
-sus pies fueran rivales.</p>
-
-<p>&mdash;A propósito de eso que ha contado usted&mdash;decía&mdash;voy á referirle lo
-siguiente...</p>
-
-<p>Y se paraba. Replicaba su acompañante, que sabedor de sus tretas
-procuraba llevar las riendas del diálogo; pero había de tenerlas muy
-cogidas, pues Morón se las quitaba en seguida, y como hallaba especial
-contento en escucharse no era fácil arrebatárselas después.</p>
-
-<p>A esta lentitud y aburrida templanza de ademanes, añadía el hábito de ir
-subrayando sus palabras con líneas que la contera de su bastón trazaba
-sobre la acera ó en la fachada de las casas.</p>
-
-<p>&mdash;La liebre&mdash;explicaba&mdash;se había escondido aquí, bajo unas matas; yo
-venía por acá. Al ver al animal mis perros describieron un semicírculo
-en esta forma...</p>
-
-<p>Todo lo corpóreo, lo susceptible de expresión gráfica, le obsesionaba;
-don Artemio no sabía zurcir dos ideas si á medida que germinaban en su
-caletre no las pintaba.</p>
-
-<p>&mdash;El toro estaba allí; el picador se acercaba por este lado...
-¿Comprende usted?...</p>
-
-<p>Mientras la contera infatigable de su bastón peregrinaba sobre las losas
-del pavimento; ora trazando una recta, ya una curva graciosa, ó
-golpeándolas sonoramente, para mejor imbuir en el ánimo del oyente la
-convicción de que determinado objeto ó persona ocupaba un sitio fijo,
-preciso, rotundo. Comprender bien á don Artemio suponía, por tanto,
-escucharle<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> á pie quieto y sin apartar de su bastón los ojos.</p>
-
-<p>Todo esto daba tan fastidiosa monotonía á su trato, que sus amigos del
-Casino le huían. Algunos, sin embargo, solían acompañarle, ó por
-desocupación y deseo moceril de trasnochar, ó porque sus domicilios se
-hallasen en el mismo rumbo ó dirección de la botica.</p>
-
-<p>Las personas de quienes don Artemio recibía tan meritísimos testimonios
-de paciencia y afecto, eran el gerente de <i>La Honradez</i>, don Romualdo
-Pérez; Epifanio Rodríguez, estanquillero y corresponsal de periódicos;
-don Valentín Olmedilla, dueño de la fonda del Toro Blanco, y don Gil
-Tomás. A todos ellos teníales clasificados según el tiempo que le daban
-escolta, y establecía relaciones directas entre la amistad de sus
-acompañantes y la longitud del camino. A más camino, mayor amistad. Así,
-el peor de ellos era Epifanio, quien, so pretexto de madrugar, le dejaba
-en la Bajada de la Fuente, á cincuenta pasos mal contados del Casino.
-Romualdo, que nunca se acostaba sin echar un vistazo á las severísimas
-rejas de doña Virtudes, le acompañaba hasta el callejón del Misionero.
-De allí á la farmacia la distancia era breve. Unicamente su vecino don
-Valentín y don Gil Tomás, que necesitaba cruzar la Glorieta del Parque
-para entrarse en el Paseo de los Mirlos, iban con él hasta su casa.</p>
-
-<p>&mdash;El refinado egoísmo de don Artemio&mdash;decía don Elías&mdash;tiene
-clasificados á sus amigos en tres grupos: malos, medianos y excelentes.</p>
-
-<p>Para excitar la hilaridad del mujerío, parodiaba con su cuchillo, sobre
-el mantel, los geroglíficos que el boticario hacía en las aceras con su
-bastón.</p>
-
-<p>&mdash;Supongamos&mdash;continuó&mdash;que se trata de un termómetro inventado por
-Morón para medir la temperatura afectiva ó sentimental de sus conocidos.
-La ampolla ó depósito del aparato lo constituye el<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> Casino; la columna
-termométrica es la calle Larga, eje máximo ó espina dorsal del pueblo
-que va, como todos sabemos, desde el Casino á la Glorieta del Parque; y
-el mercurio que sube y baja por el tubo capilar, las personas de quiénes
-don Artemio se acompaña egoístamente y con el exclusivo objeto de no
-aburrirse. El cero, en esta rara escala del calor amistoso, lo señala,
-por ejemplo, la Bajada de la Fuente, donde le deja Epifanio. ¿No es
-eso?... Los veinte grados, podemos calcular que corresponden al callejón
-del Misionero, por donde Romualdo ha de pasar todas las noches; y,
-solamente, don Valentín, don Gil y algún otro, llegan á la Glorieta del
-Parque, que representa los cien grados, la ebullición, la muerte de
-todos los gérmenes ingratos, la exaltación ó frenesí de la amistad.
-Anoche, alrededor de las doce, le vi á usted acarreando por la columna
-mercurial á don Juan Manuel. ¿Consiguió usted que subiera mucho?...</p>
-
-<p>Fernández Parreño miraba á doña Evarista, que lucía risueñamente el
-prodigio blanco de su dentadura. Don Artemio siguió la broma.</p>
-
-<p>&mdash;No crea usted&mdash;repuso&mdash;que la temperatura afectuosa sube en don Juan
-Manuel fácilmente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pasó de la Bajada de la Fuente?</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso, sí! Podemos decir que conseguí hacerle «romper el hielo»; pero
-se quedó á la altura de Correos: no fué mucho; algo equivalente á diez ó
-doce grados...</p>
-
-<p>Según adelantaba la comida, la conversación iba generalizándose y
-cobrando mayores vivacidad y regocijo. Los vapores sinceros del vino
-desnudaban los caracteres que florecían en atrevimientos y expresiones
-nuevas. La señora de Fernández Parreño, admirada del fértil y ameno
-ingenio de su esposo, reía sus donaires con una complacencia parecida á
-un orto de amor; doña Virtudes, ocupada siempre en corregir con
-fulminantes miradas los dichetes de sus<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> hijas, no disponía de la
-ecuanimidad necesaria para rendirse al buen humor, y conservaba, dentro
-de la más impecable corrección, una actitud fiscal; María Jacinta y
-Flora, charlaban aparte; las hijas del médico, doña Evarista y la señora
-de Martínez, conversaban con gran alborozo y todas á un tiempo.</p>
-
-<p>Servían el café, cuando llegaron Epifanio y Romualdo, muy currutacos,
-oliendo á esencias y con las solapas florecidas. Los dos eran jóvenes,
-delgados y de gentil presencia; usaban bigote y llevaban sombreros
-redondos de paja. Epifanio lucía un «completo» gris y una corbata
-encarnada; Romualdo vestía un traje azul marino con rayitas blancas y
-zapatos de piel de Rusia. Su aparición fué aplaudida y señaló el momento
-de dejar la mesa. Todos se levantaron; el baile iba á empezar. Cuatro
-músicos, sentados en un ángulo del patio, junto á la enredadera,
-preludiaron una mazurka. El fragor con que las sillas eran arrastradas
-de un lugar á otro ahogaron aquellos primeros compases. Los
-circunstantes iban sentándose en semicírculo y según su gusto: unos, al
-aire libre, entre la humedad fragante de las macetas; otros, en la
-galería, donde era más áspera la claridad. Y de nuevo, exasperados,
-enloquecidos, por la greguería de la música y de tantas voces, los
-jilgueros y los canarios rompieron á cantar.</p>
-
-<p>Muy sensible al calor don Ignacio había resuelto ponerse en mangas de
-camisa. Pequeño, redondo, el rostro sudoroso, el pestorejo ancho y
-peludo, las piernas cortas, pero gruesas como las de Atlante, el señor
-Martínez dió dos recias palmadas. Sus manos cortas, cubiertas de negro
-vello hasta las uñas, sonaron como tablas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señores, á bailar!...</p>
-
-<p>¡Oh, y qué blandas, qué suaves, acariciadoras y alcahuetas, vibraron
-aquellas palabras!... Fué un soplo de paganía, un estremecimiento
-sabático. Epifanio<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> ofreció su brazo á Raimunda; Romualdo dió el suyo á
-Micaela. La joven se levantó, el rostro bañado en felicidad y alisándose
-con ambas manos los cabellos. Al dejar la silla, sus caderas tuvieron un
-vaivén voluptuoso. Doña Virtudes la llamó y en voz muy baja,
-sibilante...</p>
-
-<p>&mdash;Estás fuera de ti; haz el favor de comportarte decentemente...</p>
-
-<p>Micaela se encogió de hombros.</p>
-
-<p>&mdash;Por Dios, mamá...</p>
-
-<p>Fernández Parreño quiso danzar con doña Evarista, quien se excusó
-finamente cimentando en su edad su negativa, y el médico invitó á Flora.
-Don Ignacio, contento y ágil como un muchacho, bailaba á María Jacinta;
-y, á pesar de su corcova, don Artemio brindó galantemente su brazo á
-doña Fabiana.</p>
-
-<p>La corrección de don Elías y su juvenil esmero en acicalarse,
-impresionaron al veterinario. ¿No iba don Elías demasiado currutaco para
-sus años? ¡Y luego, aquella flor roja que adornaba su ojal!...</p>
-
-<p>&mdash;¡A rocin viejo, cabezadas nuevas!&mdash;gritó Martínez.</p>
-
-<p>Antoñita dormía acurrucada en un sillón. Doña Virtudes, doña
-Presentación, Anita y don Niceto, que no sabía bailar, se sentaron en
-grupo. Para oirse necesitaban hablar á gritos; al fin, ensordecidos por
-la música y el canto, cada vez más rabioso, de los pájaros, decidieron
-callar. Unas en pos de otras, las parejas danzantes voltijeaban
-infatigables, y bajo la generosidad lechosa de las luces, se
-multiplicaban sus perfiles. Según el trozo de patio que sirviese de
-fondo á las figuras, éstas perdían ó ganaban en nitidez: así, sobre las
-iluminadas paredes de la galería, los cuerpos de María Jacinta y de
-Micaela, vestidas de blanco, se emborronaban, mientras los negros
-cabellos de la señora de Martínez exaltaban la solemnidad de su ébano;
-y, por el contrario, ante la oscuridad<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> de la hiedra, los trajes claros
-y los semblantes se recortaban intensamente, en tanto las cabelleras se
-desvanecían. La exactitud de tales contrastes podía seguirse mejor
-atisbando las evoluciones de Epifanio y de Romualdo: el gerente de <i>La
-Honradez</i>, vestido de azul, era el bailarín de la luz y de los muros
-encalados; Epifanio, en cambio, por lo mismo que palidecía bajo las
-lamparillas eléctricas, dentro de su terno gris, medraba notablemente en
-la penumbra de la hiedra.</p>
-
-<p>A las once tocaba la fiesta á su apogeo. Habían llegado doña Quintina,
-una jamona, alegre y apretada de carnes, á quien don Artemio no podía
-mirar sin que se le encandilasen los ojos; y Luis Olmedilla, el
-prometido de Anita, á cuya sola presencia los labios hasta allí
-amustiados de la moza, recobraron su locuacidad y encendido color.</p>
-
-<p>En Luis Olmedilla, bien plantado, desocupado y alegre, todas las
-muchachas de Puertopomares, cuál más, cuál menos, había pensado alguna
-vez. Socapa de estudiar Derecho vivió en Madrid varios años, y allí
-aprendió á tocar la guitarra y otras majezas. Aunque pobre, sus
-costumbres holgazanas y su mediana ilustración le separaban del bajo
-pueblo, en cuyo trato y comercio, no obstante, se complacía. Era faldero
-y amigo de trifulcas. La influencia del juez, su hermano, tras salvarle
-de quintas, había agravado sus fueros de perdonavidas. Desde que ahorcó
-los libros, vivía en la fonda del Toro Blanco y á expensas de don
-Valentín, y sin mejor ocupación que retozarle las criadas y beberle los
-mejores caldos de la bodega. Con estos y otros no menos arlequinescos
-pormenores que de él se contaban, las mujeres, enemigas inconscientes de
-la moral, se perecían por gustarle, y ello estimulaba la pasión en que
-la menor de las hijas del médico se derretía.</p>
-
-<p>Al terminar el vals, don Artemio invitó á Olmedilla<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> á pulsar la
-guitarra; aceptó en seguida el mozo, que rabiaba por coquetear y
-lucirse, y apenas vibró la suave pesadumbre de las primeras coplas,
-cuando Martínez, que con las frecuentes libaciones sentíase enternecido
-y más enamorado de su mujer que de costumbre, determinó obsequiar á sus
-invitados con unas botellas de <i>champagne</i>.</p>
-
-<p>A media noche los ojos de doña Presentación y de doña Virtudes empezaron
-á cerrarse de sueño, pero las muchachas tenían los suyos por momentos
-más pajareros y luminosos. La danza pedía vino, y el vino, danza;
-multiplicábanse las conversaciones y las risas; los hombres hablaban á
-gritos y rivalizaban en decir donaires. Salieron á colación varios
-cuentos: don Elías refirió uno, otro don Artemio, y Luis Olmedilla
-empezó una historia de tan sutil y quebradiza moralidad, que María
-Jacinta, Flora y las señoritas de Fernández Parreño, comprendiéronse
-obligadas á taparse los oídos. Doña Evarista acudió en socorro de las
-escandalizadas doncellas.</p>
-
-<p>&mdash;Luis, las atrocidades están prohibidas; hay demasiada gente...</p>
-
-<p>&mdash;Pues, por eso, porque hay mucha gente, tienen mis ligerezas menos
-gravedad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Al contrario! Particularmente, cualquiera de nosotras oiría eso... y
-más. En público, no. La vergüenza femenina es un fenómeno de conjunto
-que sólo se produce con la aparición de una «tercera persona». Como en
-el Paraiso, exactamente...</p>
-
-<p>Don Elías propuso un juego de prendas, pero su opinión fué rechazada. La
-juventud prefería bailar. Las mejillas cubiertas de mador de las
-muchachas ofrecían una tersura brillante y nacarina. Las hijas de
-Fernández Parreño, hermosas y encendidas, estaban como lujuriantes
-amapolas. Los rostros de Flora y de las señoritas de Castro, también
-ardían, y aquel aborrachado color mejoraba su belleza.<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> En los breves
-instantes de silencio que dejaban las conversaciones, vibraba el
-nervioso abrir y cerrar de los abanicos. Hasta las ojeras profundas y
-los labios viciosos de María Jacinta tenían arreboles de salud.</p>
-
-<p>Los músicos requerían de nuevo sus instrumentos, y Anita, que llevaba
-agilidades de pájaro en los pies, pidió á voces un vals. La mayoría
-protestó: deseaban algo más lento, más sensual...</p>
-
-<p>Doña Fabiana llamó la atención de su marido.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que ha sonado el aldabón de la puerta de la calle.</p>
-
-<p>Martínez hizo un gesto de duda.</p>
-
-<p>&mdash;¿A estas horas? No es probable.</p>
-
-<p>Fernández Parreño ratificó lo dicho por la señora de Martínez: él
-también estaba cierto de que habían llamado. Don Ignacio se encogió de
-hombros.</p>
-
-<p>&mdash;Quien sea&mdash;dijo&mdash;puede entrar, porque la puerta quedó entornada.</p>
-
-<p>Acababan de ser dichas estas palabras, cuando la puertecilla que
-relacionaba el patio con la cuadra se abrió lentamente y, sobre su
-oscuridad, apareció don Gil.</p>
-
-<p>La llegada insólita del hombre pequeñito y astral, determinó en todas
-las mujeres idéntica emoción de frío. Miráronle con miedo, con rubor;
-con ese rubor que hay en las pupilas de las recién casadas. De emoción
-María Jacinta, la favorita de don Gil, quedóse lívida. Cesaron las
-risas. La entrada de un Sultán en su serrallo, no produciría otro
-efecto. Era el amo, el Deseo, que, de noche, se hacía hombre; el
-íncubo...</p>
-
-<p>En medio de aquel silencio repentino, silencio de sorpresa, don Gil
-Tomás, el hombrecito color de paja, el hombrecito que no había reído
-nunca, avanzó insinuando un saludo amable...<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span></p>
-
-<h2><a name="X" id="X"></a>X</h2>
-
-<p>Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la
-lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y
-lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta,
-pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con
-ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya se ha dormido?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pronto le llegó el sueño esta noche!...</p>
-
-<p>&mdash;Afortunadamente...</p>
-
-<p>Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir
-porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo
-su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que
-repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos,
-camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno,
-lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente
-el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno:</p>
-
-<p>&mdash;¡Las once... y nublado!</p>
-
-<p>&mdash;Las once ya&mdash;repitió Pilar.</p>
-
-<p>&mdash;Pues don Ignacio trabaja todavía.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda por ser mañana jueves, día de feria.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad.</p>
-
-<p>Hablaron de las faenas menudas de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién va á lavar esta semana?&mdash;preguntó Maximina.</p>
-
-<p>&mdash;Me corresponde lavar á mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay jabón?</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que no.<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span></p>
-
-<p>Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor;
-latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.</p>
-
-<p>&mdash;El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella&mdash;continuó Maximina.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más
-peleador; á sus hermanos no los deja vivir.</p>
-
-<p>Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de
-agua corriente, producida por el viento entre los árboles.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana tendremos mal tiempo&mdash;observó Pilar.</p>
-
-<p>&mdash;Creo lo mismo.</p>
-
-<p>Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas
-quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se
-buscaron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has visto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Examinaron la lámpara.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habrá sido un temblequeo de la luz?</p>
-
-<p>&mdash;No, sé.</p>
-
-<p>Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un
-segundo&mdash;sólo un segundo&mdash;imaginaron ver resbalar por la blancura de la
-pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados,
-suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante,
-fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las
-dos.</p>
-
-<p>Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como
-disponiéndose á huir.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo miedo&mdash;dijo&mdash;; eso es el amo, que se ha marchado.</p>
-
-<p>A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dices que es el amo?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy segura. Vé á ver.<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde quieres que vaya?</p>
-
-<p>&mdash;A su cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no me atrevo.</p>
-
-<p>Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor,
-se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos las dos.</p>
-
-<p>Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la
-rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí!</p>
-
-<p>Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por
-nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la
-miró con odio y desdén:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cobarde!... Iré yo sola.</p>
-
-<p>Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó
-suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla,
-de don Gil, reposaba sobre las almohadas.</p>
-
-<p>Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había
-seguido. Preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Está?...</p>
-
-<p>Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de
-puntillas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí... está...&mdash;balbuceó.</p>
-
-<p>Hizo un gesto y bajando mucho la voz:</p>
-
-<p>&mdash;Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú
-comprendes?...</p>
-
-<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2>
-
-<p>La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el
-pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora
-de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino,<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> la Fonda
-del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la
-Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos
-lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento
-masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de
-política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de
-la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y
-entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua
-inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas
-que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación.</p>
-
-<p>El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la
-población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor
-sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á
-las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado
-también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un
-matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas
-de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don
-Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos
-para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los
-puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don
-Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de
-un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de
-consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes
-cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones
-adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le
-hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano
-dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores
-de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á
-nadie le parecía<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y
-cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don
-Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.</p>
-
-<p>El café de la Amistad pertenecía al pueblo. Hallábase situado en el
-cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local
-amplísimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces
-tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas.
-Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un
-pintor, para darle apariencias celestes, revocó de azul y adornó con una
-lamentable bandada de golondrinas; el guión llevaba en el pico un ramo
-de vid. Había tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y
-ocupaban el resto del salón numerosos veladores con pies de madera y
-piedra de mármol. El mostrador hallábase inmediato á la puerta que
-conducía al interior del establecimiento, y ante un elevado estante,
-bien repleto de botellas polícromas y exornado en su remate por un reloj
-de cuco.</p>
-
-<p>En el café de la Amistad no había camareros; Rosario, la dueña, servía
-por su mano á su clientela, y ello significaba el mejor sostén ó razón
-del negocio. Era una rubia de veinticuatro años, desde el amanecer muy
-bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con
-las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y
-rollizas. Para mayor provocación, siendo niña habíase roto la pierna
-derecha á la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron
-bien, aquella extremidad quedó más corta, lo que la constreñía, al
-caminar, á mover las nalgas de un modo que suspendía la atención de los
-hombres. Más de un jugador de dominó, por mirárselas, se distrajo y
-neciamente perdió la partida.</p>
-
-<p>Entre los contertulios asiduos del café de la Coja,<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> estaba Frasquito
-Miguel. Iba solo y á prima noche y procuraba instalarse cerca de la
-puerta, con la obsesión de embriagarse y de no llamar la atención al
-salir. El señor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. «Me
-gustan&mdash;decía&mdash;las armas blancas...» De media en media hora pedía un
-vaso grande, que bebía á sorbos caudales y lentos, para que el deleite
-de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura
-cetrina, inmóvil, apoyada de codos en la mesa, perfilábase sobre la
-blancura de la pared. No hablaba, no sonreía, y si alguien le dirigía la
-palabra, replicaba con monosílabos. Entre tanto, sus mejillas iban
-congestionándose, desmayábase su labio inferior y sus ojos mortecinos
-miraban idiotizados á la concurrencia. Si le invitaban á jugar una
-partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No sentía la
-necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que
-llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior,
-reconcentrado, hermético. El señor Frasquito pensaba en la coja; por
-verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en
-alto, iba allí. Admirándola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan
-pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cenceña, huesuda y
-desapacible, y aunque hacía tiempo no ponía en ella las manos, harto
-recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. «¡Si se
-pareciese á «la Coja!...»&mdash;pensaba. Luego, ya tarde, llamaba á Rosario;
-sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe
-de su gasto, pagaba y muy erguido, rígidas las piernas, mesurado el
-paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se dirigía hacia la
-puerta.</p>
-
-<p>Toribio Paredes, el tonelero Eustasio García, Luis Olmedilla, que
-gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de
-sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el café de la Amistad<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span>
-sólo por complacer sus ojos en la hermosura de la dueña y,
-particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan
-á gusto de todos, salpresaba y ponía de manifiesto. Este brusco vaivén
-exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser
-coja, y, como por ensalmo, habrían disminuído sus ganancias; desde el
-punto de vista económico, aquel «buen pie», que otros industriales la
-envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien
-convencida la hermosa mujer, y aunque tenía un don Cuyo, de quien
-parecía muy enamorada, fuese por interés ó por pinturería y femenil
-vanidad, ó por ambas causas, complacíase en recorrer la sala, yendo de
-mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y
-estudiadas sonrisas.</p>
-
-<p>Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gañanes, que se la
-comían con los ojos, y este represado apetito descubríase en el ardor
-con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus
-pies, desnudos, se retorcían. Toribio, especialmente, perecíase por
-ella, y tanto creció su afición, que necesitó echarla del pecho. Su
-hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tenía, púsolo á merced
-de la adorada. Rosario le escuchó indulgente y con frases cordiales le
-desesperanzó y persuadió de la inutilidad de sus deseos: ella tenía á
-quién querer, y este amor grande, amor de muchos años, excluía de su
-corazón cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo,
-podía haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero
-acento de sus palabras convenció á Toribio: estaba bien; nunca más,
-aunque llegase á centenario, volvería á importunarla con sus ruegos. No
-obstante, bajo la vertical decisión de la voluntad, el deseo embravecido
-persistía inexorable. Por adueñarse de «la Coja», Toribio Paredes
-hubiese llegado al<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos
-durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra ó entregar
-la garganta al verdugo... ¿qué importa?... El, nada decía; antes le
-hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva
-al infierno de su corazón; pero cuando veía á Rosario, decolorábanse sus
-labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas
-por la emoción del deseo, parecían adherirse al cráneo como las de las
-fieras cuando van á reñir.</p>
-
-<p>Al Casino, por las mañanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar
-y nada más. A mediodía llegaban los devotos del <i>vermouth</i>: don Elías,
-don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes,
-especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios
-acrecía, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas
-y de las apuestas. De noche, la animación era aún mayor. Los
-contertulios se repartían: los más jóvenes, luchaban inclinados sobre
-las mesas de billar; otros, acudían á la sala de juego, ó fraccionados
-en grupos, se abandonaban á las sorpresas del dominó ó del tute.</p>
-
-<p>Entre los concurrentes más tenaces estaba don Elías, quien diariamente,
-á lo largo de su vida, le disputaba á don Artemio Morón el campeonato
-del ajedrez. Tres años hacía que, todas las noches, aquel empeñado
-torneo se reanudaba: ni claudicaba el médico, ni el boticario se rendía:
-si Fernández Parreño perdía, don Artemio le invitaba á desquitarse; si,
-por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elías se
-apresuraba á desafiarle nuevamente y agasajarle así con la perspectiva
-de una victoria.</p>
-
-<p>Esta tenacidad servía de argamasa ó basamento á una tertulia formada por
-el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Pérez, Epifanio Rodríguez y don
-Pepe Erato, uno de los vecinos más insignificantes y más buenos de la
-población. Don Juan Manuel, que adoraba<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> las ásperas emociones del
-«treinta y cuarenta» llegaba después, y siempre, hubiese ganado ó
-perdido, su hablar cultipicaño, abundante y sobrado de amables
-paradojas, imprimía á la conversación rumboso incremento.</p>
-
-<p>Don Ignacio Martínez, favorecido por don Dimas, el médico, don Isidro
-Peinado y otros, constituía reunión aparte: el veterinario era
-vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quería sentarse á la mesa
-donde otros prestigios&mdash;los de don Juan Manuel y Fernández Parreño,
-verbigracia&mdash;pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida
-esta separación y satisfecho de su independencia y hegemonía, Martínez
-ya no hallaba reparo en interpelar á sus amigos de otras tertulias con
-razones y dichetes, y obtener así para la suya algunas migajas de la
-alacridad que generalmente sobraba en la del diputado.</p>
-
-<p>Varias figuras, comunes á la mayoría de las ciudades pequeñas,
-descollaban allí.</p>
-
-<p>Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos
-los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquirió este hábito á poco de
-terminar su carrera, porque, según decía, con el mucho estudiar se le
-había fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la
-atención, de manera que no acertaba á comprender claramente lo que leía
-si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban
-metiéndosele en el alma por los oídos. Un sentido ayudaba al otro. El
-público había aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado
-por el interés de algún acontecimiento taurino, ó de cualquier incidente
-parlamentario ruidoso, proponía: «Veamos lo que dice el periódico». Sus
-oyentes le contestaban enseguida: «¿Qué prisa hay? Esperemos á que venga
-don Ignacio; él lo leerá». Tácitamente no reconocían otro lector: en sus
-labios las noticias tenían mejor aderezo; estaban habituados á sus
-ademanes, á su manera de<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span> frasear, á sus apostillas un poco anárquicas.
-De bonísimo grado Martínez ejercitaba aquel cargo honorífico. Fiado en
-la adhesión incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino
-desdoblaba la prensa, venida de Salamanca ó de Madrid, instalábase
-debajo de una luz y poníase á leer de modo que todos le oyesen. Era un
-lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como
-su carácter, llenaba el salón. Egoístamente, sin curarse de nadie, don
-Ignacio leía el artículo «de fondo», los telegramas, la crónica negra,
-la sección de teatros... Los circunstantes le atendían unas veces, otras
-no; generalmente sólo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en
-traerles la caja del dominó ó la del ajedrez; luego se abismaban en el
-juego y olvidados de Martínez disputaban y reían. Don Ignacio, sin
-embargo, continuaba leyendo: primero, leía para todos; después para
-Teodoro, que sentado á su lado y codicioso de saber lo que acaecía en el
-mundo, miraba al albeitar como á un oráculo; pero estas devociones
-siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban á
-ir incesantemente de un sitio á otro. Entonces don Ignacio,
-impertérrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para sí mismo,
-y la obstinada fe que en ello ponía era la del estudiante que, en
-víspera de examen, estuviera aprendiéndose una página de memoria.</p>
-
-<p>Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguían por
-otros rasgos ó costumbres especiales.</p>
-
-<p>Así don Artemio Morón era el individuo más madrugador de Puertopomares
-y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la
-vida secreta del vecindario. Fuese invierno ó verano, apenas empezaba á
-clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacábase en la puerta de
-la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span>
-pantalón, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas aún de
-rocío. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga,
-casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo
-de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien
-amanecía, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morón, que veía salir
-muy de mañana á don Juan Manuel del domicilio de doña Evarista, llevaba
-cuenta de las noches que el diputado distraía en casa de su amiga,
-avizoraba también á cuantos mozos volvían de pernoctar en el burdel de
-la Casilda, y si pasaba algún tipo desconocido, de su traza y del rumbo
-que llevase deducía quién fuese. En años anteriores, la virtud, muy
-propensa á quebrarse, de doña Amparito, la esposa de don Pepe Erato,
-proporcionó al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que
-descubriese la falta, sino el criminal regocijo que ponía en contarla.
-Por él, finalmente, se supo que á horas avanzadas de la noche Romualdo
-rondaba las rejas de doña Virtudes, y que en aquella donde Micaela
-asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de <i>La
-Honradez</i> se agarraba y cosía.</p>
-
-<p>Los matuteros, y más aún los amantes clandestinos, recelaban la
-centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de más hondo
-y sabroso dormir, todas las mujeres que sufrían la angustia de alguna
-pasión prohibida, removían al amante feliz y cansado. Con zarandeos y
-palabras de alerta, espantaban su modorra.</p>
-
-<p>&mdash;Levántate&mdash;decían&mdash;y vete, antes de que don Artemio abra la botica.</p>
-
-<p>Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecían asustados, como huyen
-los malos intentos ante la razón. En la vida de Puertopomares, don
-Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia.</p>
-
-<p>Don José Erato, en punto á vigilancia, era el reverso de don Artemio.
-Por no fiscalizar lo que á su<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span> alrededor sucedía, ni siquiera en la vida
-de su mujer se entrometió nunca, y así fueron de libérrimas las
-costumbres de doña Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no
-pudo seguir ninguna carrera porque «se dormía» leyendo. Todo lo
-contrario de Martínez. Los médicos, achacando aquella modorra á una
-lesión cerebral, le prohibieron el estudio. Vivía, pues, de sus rentas
-que, si bien modestas, bastaban á sus necesidades, y el dulce sueño que
-le causaban los libros, cerrándole también bondadosamente los párpados
-para ciertas vergüenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce
-ecuanimidad de su espíritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe,
-aislado realmente de todo por esa conflagración de silencio y de sombras
-que el mundo teje alrededor de los maridos engañados, no sospechó jamás
-los platos de adulterio que á espaldas suyas se guisaban; pero otros, le
-suponían al corriente de todo, añadiendo que era tal el imperio de doña
-Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de éste hacia ella, que
-por no perderla renunciaba á sus fueros de marido y su pasión resolvíase
-en cobarde humildad.</p>
-
-<p>Al fin estos errores juveniles pasaron. Hacía tiempo que los dos eran
-viejos: ella tenía cincuenta años, él rondaba ya los sesenta. Vivían en
-una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estación, y,
-diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les veían asomados, entre
-floridas macetas, á una ventana del piso bajo. Algunos saludaban:</p>
-
-<p>&mdash;Buenas tardes, doña Amparo y don José.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas tardes...</p>
-
-<p>El padecía del estómago y su semblante descolorido expresaba tristeza;
-doña Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y
-salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don
-Pepe, que seguramente conocía todo el ridículo de su historia, nunca se
-había quejado:<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un
-espíritu ecléctico, de limpia raigambre cristiana; un evangélico sin
-hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tiranía que sobre ciertos
-temperamentos ejerce el deseo, pasó su mansa existencia «haciéndose
-cargo». Por lo mismo doña Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad,
-comenzó á quererle. Menos aquél, todos los hombres á quienes neciamente
-se dió la habian olvidado. Entonces su ánimo tornóse hacia el pobre
-compañero sumiso, de manos frías y cabellos blancos, que siempre
-perdonó; y, por ensalmo, su desprecio hacia él evolucionó y fué
-simpatía, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco á poco floreció
-en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuyó á esta
-reconciliación sin palabras, obra de arte del tiempo, la pérdida de un
-hijo que, suicidándose á los veinte años por una mujer, debió de
-enseñarles á entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto
-abrevió el otoño sentimental de doña Amparito; dentro de su cuerpo,
-todavía garrido, su alma flaqueaba y se cubría de arrugas, y cuando
-hastiada, revolvió los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se
-maravilló de hallarse tan cerca de él y de quererle tanto. Fatalmente su
-cansado corazón y la moral se ponían de acuerdo.</p>
-
-<p>Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizás por ser tan tardío,
-tuvo don Juan Manuel una frase volteriana:</p>
-
-<p>&mdash;Ha vuelto á el&mdash;dijo&mdash;á esa edad en que la virtud deja de ser para
-nosotros un estorbo.</p>
-
-<p>Así era, en efecto. ¡Pobre don Pepe! Pero, después de la virtud que nace
-del amor, la nacida del desengaño y de la fatiga, ¿no es la más
-segura?...</p>
-
-<p>La Fonda del Toro Blanco tenía sobre el Casino la indiscutible ventaja
-de que en ella se podía comer. Según la estación, el público se
-congregaba en el comedor ó al aire libre, que para tales y aun mayores<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span>
-esparcimientos ofrecía la casa comodidades y anchura. Durante la
-estación estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio
-que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes
-llamaban «la playa». Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de
-mármol y circuído en lo alto por una galería que sustentaban columnas de
-hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le servía de dosel y las
-luces eléctricas distribuídas equilibradamente entre la fronda, daban á
-las hojas más próximas alegrías de corindón. En el nimbo plata de cada
-lamparilla, las arañas, silenciosas, tejían su traición. A un lado,
-negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba
-el ambiente con su aliento húmedo. Aquel pozo tenía una historia: á su
-abismo, Luis Olmedilla, una noche, había querido tirar á una criada.</p>
-
-<p>En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastísimo local con
-suelo de madera, paredes estucadas y cinco ó más ventanas á una huerta.
-La única singularidad digna de recordación que allí había, era el
-retrato de don Valentín con que el testero principal del salón se
-adornaba. Cuando algún forastero, curioso, inquería el origen de aquella
-obra de arte, don Valentín Olmedilla, como hombre que tiene clasificada
-la gloria entre las mayores pequeñeces humanas, modestamente bajaba los
-ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, había un remordimiento:
-él, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan
-desprendido, una vez fué cruel con un desdichado pintor vagabundo que le
-adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascendía á
-doscientas pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si no tiene usted dinero&mdash;había dicho don Valentín&mdash;va usted á
-pagarme haciéndome un retrato.</p>
-
-<p>Y como era compasivo, añadió:<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span></p>
-
-<p>&mdash;Los días que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aquí; no le
-costarán nada.</p>
-
-<p>Valido de esta autorización misericordiosa el pintor no se dió prisa en
-pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, sólo trabajaba por las
-tardes, durante una ó dos horas: la señora de Olmedilla, sus hijas,
-Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentín, agrupadas
-tras él, sonrientes, suspensas y calladas, maravillábanse al ver cómo la
-figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentín era
-pequeño, viejo y feo, pero en sus ojos había una expresión de bondad que
-pronto se mudaba en simpatía, ganadora de voluntades. Este gesto dócil y
-servicial lo recogió bien el pintor, dando con él mérito á su obra. Don
-Valentín aparecía retratado hasta algo más abajo de las rodillas y en
-actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente
-perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y
-un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanquísima,
-signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban, á la
-vez, la psicología y la figura del hostelero: más que una cabeza, el
-pintor había compuesto una biografía.</p>
-
-<p>Satisfechísimo de aquel retrato que había de sobrevivirle y le aseguraba
-una especie de pequeña inmortalidad, don Valentín dispuso colocarlo en
-el comedor, sobre el aparato del teléfono. Era un medio infalible de
-exhibición. Durante el día, á las horas de comer, y por las noches,
-cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre
-telefónico, las miradas todas convergían hacia él y, de consiguiente,
-tropezaban con el retrato del dueño de la casa; la cabeza perfilada y en
-alto, el semblante risueño, presentando con gracia, solicitud y
-desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las
-rodillas de don Valentín, era, por efecto de<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> una sencilla asociación de
-ideas, la voz del amo.</p>
-
-<p>La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestría en el
-dificilísimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar
-indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantenía floreciente
-la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, económica, limpia
-y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocían. En tiempo
-de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban á Puertopomares, se
-alojaban allí.</p>
-
-<p>El isocronismo de la existencia pueblerina imponía á las tertulias del
-Toro Blanco, como á las del Casino y á las otras más plebeyas, del Café
-de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de
-los días, las imaginaciones se apagaban y el fastidio servía de sedante
-á los nervios. La paz ambiente quitaba á las almas su fluidez y las
-saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las
-inteligencias se adormilaban y su propia inacción las entumecía. Como
-jamás sucedía nada original, digno verdaderamente de mención, los
-espíritus no podían rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la
-inquietud, y dedicábanse á comentar lo insignificante, lo cotidiano,
-adobándolo, vistiéndolo y aderezándolo de mil prolijas maneras. Así, la
-muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraía
-lisonjeramente la atención pública: ver al finado en su caja, informarse
-de cómo lo habían vestido y de las personas que acudieron á velar el
-cadáver, constituía, efectivamente, un pequeño espectáculo, un asunto de
-conversación con cuyos detalles los desocupados, luego, se relamerían de
-gusto.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel Rubio, á fuer de espíritu cultivado y forastero, era la
-única persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y
-donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad sabía mostrarse á
-tiempo y algunas noches invitaba á don Elías,<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> al boticario, al juez y á
-otras personas de su afecto y confianza, á cenar en casa de doña
-Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de
-complacer al diputado, rivalizaba con él en la tarea de obsequiar á sus
-huéspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes á su
-humor juvenil y divirtiéndose alimentaba su influencia política.</p>
-
-<p>Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenían otras
-distracciones: los plebeyos, el Café de la Coja; los señores, el Casino,
-la Fonda del Toro Blanco ó los ágapes familiares de don Juan Manuel; y á
-intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos
-leales de divertirse, una escapatoria de cuatro ó cinco días á Salamanca
-ó á Madrid. Luego, á la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez,
-á embaucar á los amigos refiriéndoles con exagerados aditamentos lo
-hecho ó dándoles también por sucedido lo que acaso ni siquiera
-intentaron hacer; á criticar, á mentir, á ver egoístamente secarse la
-bonitura de las vírgenes en el suplicio de una eterna espera.</p>
-
-<p>No todo reposaba, sin embargo, en la población. Bajo aquellas techumbres
-pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas
-herméticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo
-aislamiento se consumían cual lámparas votivas. Esta doncella borda,
-otra recose las ropas que va sacando de un cuévano, aquella estudia
-nerviosamente su lección de piano; y mientras, á intervalos, todas
-recuerdan que, un poco más tarde, será hora de reunirse para ir á ver el
-tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses
-vernales y de estío, y aun en los comienzos del otoño, el andén era el
-Casino de las mujeres.</p>
-
-<p>De cuantos trenes cruzaban por allí, el más interesante era el correo.
-El expreso huía de largo, y su<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> afán parecia implicar un desdén; los
-mixtos llegaban á horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y
-sin inexpresión. El correo, que conducía siempre muchos viajeros y
-pasaba á las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas
-Fernández Parreño, las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima
-Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir á
-recibirlo. Buscábanse unas veces en casa del médico, otras delante de la
-botica ó en la Glorieta del Parque, bajo los árboles, y vestidas de
-gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudían á la estación.
-Marchaban en pequeños grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus
-caderas retozonas movíanse á compás, y el murmurio de sus risas y de su
-frívolo charlar flotaba tras ellas semejante á un polvillo juvenil. El
-viejo camino que empapó sangre de romanos y de moros, el legendario
-camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y
-la inquietud de tantas haldas.</p>
-
-<p>Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minúsculo andén: las mozas
-conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros ó se paseaban. Un
-gran zumbido de colmena llenaba la estación. ¿Por qué tanta alegría?
-Había en este regocijo inclasificable una emoción de ensueño, un
-nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante
-horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como
-á un Rey Mago, jamás faltó á la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje
-de castaños lo anunciaba, y de súbito aparecía negro, fragoroso y
-humeante. Pasaba la máquina jadeando, chorreando agua hirviendo;
-rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, deteníase el convoy. Las
-ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos
-viajeros requebraban á las vírgenes lugareñas que les miraban sonriendo,
-á la vez, alegres y tristes, sin saber por qué. Una voz gritaba:<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Puertopomares... un minuto!...</p>
-
-<p>Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren seguía,
-disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el túnel.
-Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio,
-emprendían cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de
-los cabellos rubios, y María Jacinta la del rostro sin color, y Micaela
-y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el
-mismo pensamiento:</p>
-
-<p>«Mañana lo veremos también...»</p>
-
-<p>Y no pedían más.</p>
-
-<p>La felicidad constituye algo tan fortísimo, supereminente y precioso,
-que la partícula más nimia caída de su divino manto, puede hacer al
-hombre dichoso; en lo cual se parece á la belleza, cuyas migajas son de
-tan egregia condición, que la menor de todas bastaría á la inmortalidad
-de un artista. Y así, con «aquel minuto» que el correo hizo alto ante el
-andén, cuantas doncellas acudieron á recibirlo se juzgaban pagadas.
-Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, ¿no será
-espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la
-fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el día. Más
-aún: no había de llegar, y el regocijo con que los corazones se
-prepararon á recibirlo bastaría á hacerlos dichosos. Imagen de la humana
-felicidad es ese tren que todas las mozas lugareñas aguardan. ¿No son
-también las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusión ha
-de pasar?... Y si pasó, en efecto, y un instante se detuvo, ¿quién será
-tan ambicioso ó insensato que se crea defraudado?... Además: ¿no hubo y
-seguirá habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente
-porque murieron esperándole?...</p>
-
-<p>El correo se detendría más de un minuto, y perdería algo de su interés;
-la dicha se retardaría unos segundos<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> más en el corazón, y tal vez
-pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son
-bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es
-recuerdo... ¡y sólo el recuerdo, por ser tristeza, es poesía!...</p>
-
-<p>Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo
-sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresión de la eterna mudanza
-y de la universal melancolía, la adivinaban las vírgenes de
-Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estación,
-sentían de pronto ganas de llorar.</p>
-
-<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2>
-
-<p>La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles
-ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.</p>
-
-<p>Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos
-Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de
-descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias,
-hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían
-con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito
-ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado
-y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba
-las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si
-éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras
-admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que,
-efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de
-consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos,
-era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span> aquél les
-hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no
-cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante
-del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas
-chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos,
-repetía abstraída:</p>
-
-<p>«Hay que matarle...»</p>
-
-<p>A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso
-lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio.</p>
-
-<p>«Hay que matar á Frasquito»&mdash;pensaba.</p>
-
-<p>Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco
-ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado
-por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás,
-que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares.
-Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de
-don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el
-sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique,
-todo vibraba claramente.</p>
-
-<p>&mdash;Rita&mdash;murmuraba Toribio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Me oyes bien?</p>
-
-<p>&mdash;Te oigo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si supieses lo que me ha dicho!...</p>
-
-<p>Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que
-dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de
-escuchar, contraía sus labios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha sido?... dí...</p>
-
-<p>Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que
-el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón.</p>
-
-<p>Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este
-criterio, el bujero musitaba evasivas.<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span></p>
-
-<p>&mdash;Es largo de contar; ya lo sabrás mañana.</p>
-
-<p>Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen
-lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y
-los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al
-desenlace de su venganza.</p>
-
-<p>Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la
-Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que
-servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle,
-pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo
-que el <i>Rojo</i> clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo
-consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera
-podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se
-debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el
-sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del
-domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina
-le sonreía desde una ventana.</p>
-
-<p>En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con
-estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche
-antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan
-avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de
-sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó
-el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo
-al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero
-quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había
-soñado ó si, efectivamente, había visto...</p>
-
-<p>A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y
-negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose
-por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span>
-hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y
-apaciblemente dormido.</p>
-
-<p>&mdash;Anoche, precisamente&mdash;agregó la azafata&mdash;, el amo no salió; estuvo
-leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora?</p>
-
-<p>&mdash;Serían las diez.</p>
-
-<p>Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una
-vacilación y una malicia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?...</p>
-
-<p>Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para
-confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito.</p>
-
-<p>&mdash;Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la
-del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar.</p>
-
-<p>Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de
-don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y
-no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así
-convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde,
-como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole
-frente á frente de don Gil.</p>
-
-<p>Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de
-negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies
-descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de
-duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal
-bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle,
-de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La
-hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le
-negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación,
-abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al
-cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad,<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> el bien justificado ahinco
-de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor
-Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas
-mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose
-torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le
-servía de apoyo.</p>
-
-<p>El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases
-sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía.
-Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio
-llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés.</p>
-
-<p>Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era
-Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil
-hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente
-como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz
-pesadumbre.</p>
-
-<p>&mdash;El pobrecito&mdash;dijo&mdash;empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle
-tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el
-trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos
-le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de
-acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen
-como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo
-estarse quieto.</p>
-
-<p>Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio
-puede decirlo mejor que yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el yoduro?...</p>
-
-<p>&mdash;Igual.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que el yoduro realiza milagros...</p>
-
-<p>&mdash;No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo
-peor es que mi cuñado tiene<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán
-dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y
-medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los
-reumáticos.</p>
-
-<p>Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos,
-nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y
-miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para
-servicio y contento de los suyos.</p>
-
-<p>«No le odia»&mdash;pensaba Toribio.</p>
-
-<p>Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que
-le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor
-sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse
-obligado á razonar su hilaridad.</p>
-
-<p>&mdash;Me reía de los disparates que se sueñan...</p>
-
-<p>Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas
-palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante
-equivalía á una declaración de inocencia.</p>
-
-<p>&mdash;Figúrese usted, don Gil&mdash;prosiguió&mdash;que anoche, á poco de acostarme,
-las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi
-entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si
-estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y
-sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le
-respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja
-una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si
-matases al señor Frasquito nadie lo sabría.»</p>
-
-<p>Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y
-apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito
-iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de
-sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca
-habían reído, y el asco y<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> miedoso poder de toda su exigua persona; y
-tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de
-sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y
-superpusieron, y creyó soñar.</p>
-
-<p>Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y
-embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la
-menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo
-sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar
-tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la
-vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba
-inocente.</p>
-
-<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h2>
-
-<p>En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida
-que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible
-con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas
-era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina
-nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche,
-con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que
-corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas
-alcobas.</p>
-
-<p>Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una
-de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y
-aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación
-espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de
-las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no
-correspondido.<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span></p>
-
-<p>En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo
-y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde,
-los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los
-ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La
-madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y
-de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino;
-Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha
-concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de
-las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de
-su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le
-ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo
-advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales,
-á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo
-fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia
-que días después ejecutaba Ravaillac...</p>
-
-<p>Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los
-extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y
-á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á
-suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna
-con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La
-verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan
-en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy
-pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son
-las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los
-recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías
-más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos
-conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en
-realidad, la cascara del espíritu. Como el sol,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> que únicamente alumbra
-la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina
-la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre
-ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su
-memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de
-su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla
-de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al
-individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al
-árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento,
-no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente,
-obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón
-de su vida en su pasado?...</p>
-
-<p>Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más
-arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su
-preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en
-las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de
-inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo
-peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de
-alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de
-mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en
-él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto,
-diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de
-los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma.</p>
-
-<p>Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente
-tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada
-por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación
-cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y
-nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo
-mental,<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la
-colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas
-pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la
-respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo
-decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los
-párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de
-más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre
-la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su
-nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en
-responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera
-secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para
-extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una
-flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen
-de la Muerte, caricatura de la Nada...</p>
-
-<p>Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos
-momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de
-entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y
-grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del
-cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione,
-mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior,
-aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que
-en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente,
-pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la
-eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la
-necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la
-imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las
-células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los
-esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> ó despabilarlas de una
-vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los
-dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por
-aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados;
-la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de
-imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa
-teratología de los sueños.</p>
-
-<p>En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo
-al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse
-totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á
-la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo
-extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino
-merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite,
-pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco
-de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los
-sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y
-también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu
-queda libre y dueño de acudir al sabat.</p>
-
-<p>Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía
-vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte
-para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio
-físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se
-evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía
-trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su
-mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era
-alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en
-ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo
-podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer.
-Con el<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span> canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en
-realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía
-despierto, estaba dormido.</p>
-
-<p>El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez
-y á todas su salacidad entretenía con igual devoción.</p>
-
-<p>A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo
-extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan
-obesa.</p>
-
-<p>Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por
-desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle.</p>
-
-<p>En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia,
-antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés,
-aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de
-acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué
-algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios
-días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la
-terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad
-de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que
-nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una
-pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la
-recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba
-dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su
-madre falleció del disgusto.</p>
-
-<p>También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse;
-sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la
-pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en
-un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos
-años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador
-rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span> tomó por esposa.
-Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á
-quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil.
-Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un
-deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla
-completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían
-resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se
-acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve
-producía en ellos igual evocación.</p>
-
-<p>&mdash;Una nevada como ésta&mdash;decían&mdash;cayó la tarde en que Amelia, la mujer de
-Guijosa, se rompió la pierna.</p>
-
-<p>Y, sonriendo, contaban las historia.</p>
-
-<p>El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña
-Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á
-misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y
-su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de
-un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó.
-Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la
-línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una
-papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre
-la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos
-rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una
-cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo
-bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba
-dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota
-granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña
-Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos,
-y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza,<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> que, cuando
-quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció
-encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para
-libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique,
-si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías
-irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de
-adelgazar.</p>
-
-<p>Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la
-calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche
-soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de
-Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó
-avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas
-honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda.
-Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no
-merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas
-dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que,
-obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba,
-y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros
-requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia
-veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa
-que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el
-contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose
-habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no
-se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente
-estaba triste.</p>
-
-<p>Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña
-Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un
-niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el
-espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span> había
-motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero
-brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.</p>
-
-<p>Una honda tristeza&mdash;tristeza de almas&mdash;llenaba aquel hogar. Esta emoción
-fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto,
-rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no
-significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión,
-acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie
-rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron
-joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido
-igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si
-nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su
-hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma,
-ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia
-hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la
-pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían,
-ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia.
-Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el
-isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente
-desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no
-quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que,
-sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros
-tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción
-que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez
-lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció
-sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la
-risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y
-maldición del cielo á su alma volvía.</p>
-
-<p>Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> con sus habilísimas
-manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un
-cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso
-por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que
-así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le
-endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y
-tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía
-rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la
-previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni
-revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar
-sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra
-índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los
-hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad
-y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse,
-pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los
-días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la
-perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de
-su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio
-de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el
-santo y que tuviera el perro.</p>
-
-<p>Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos
-animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra
-conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y
-siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también
-estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación
-absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y
-expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de
-cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse.<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span></p>
-
-<p>Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de
-aquel hogar: la severidad, el orden más estricto, derramaban por las
-paredes una frialdad dura. A través del tiempo y de los acontecimientos,
-prósperos ó adversos, más trascendentales, los muebles y hasta los
-cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al
-comprarlos, fueron colocados. Había un lugar para cada objeto, y una
-hora, siempre la misma, para cada acción: la hora de tomar el desayuno,
-de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardín, de encender la luz,
-de tocar el piano. Nada rompía aquella disciplina entumecedora. El único
-hijo varón de doña Virtudes, que vivía en el extranjero dedicado al
-comercio, después de ocho años de ausencia, regresó unos días al lado de
-su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de júbilo. Doña
-Virtudes, muy contenta también, abrazó y besuqueó al mozo con toda la
-ternura de que su carácter entonado y vertical era susceptible.
-Transcurridos los primeros momentos, el forastero pensó en asearse y
-pidió un cepillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde lo dejaste, cuando te fuiste de aquí?&mdash;preguntó la anciana.</p>
-
-<p>Quedóse el interpelado atónito; luego frunció las cejas; reflexionaba y
-las viejas imágenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes,
-inmutables, como los muros de las cárceles, resucitaban sobresaltadas en
-su memoria. De pronto, vió claro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Como no esté en el hueco de la ventana del gabinete!...</p>
-
-<p>Su madre sonrió contenta de que aquellas primeras impresiones
-perseverasen en él, no obstante los viajes y el tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Vé&mdash;repuso&mdash;que allí lo encontrarás.</p>
-
-<p>Esta fanática regularidad de costumbres trascendió y fué célebre en
-Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de
-compasión como de<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span> risa. La casita del callejón del Misionero, con sus
-dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy
-saledizo, tenía el frontispicio melancólico y umbroso de un convento ó
-de una prisión, el aspecto amustiado del lugar donde está cumpliéndose
-una injusticia ó un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El
-pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar
-inflexible donde todo parecía cumplirse militarmente y á toque de
-corneta, «la Casa-Cuartel de doña Virtudes».</p>
-
-<p>Esta inhumana aspereza de costumbres determinó en Enriqueta y Micaela
-una intensa reconcentración de caracteres, una superabundancia de vida
-interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de
-vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente
-designaban el íntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos.</p>
-
-<p>Un interesantísimo drama psicológico separaba á las dos hermanas; una
-gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era también un duelo
-de vanidades.</p>
-
-<p>Enriqueta, la más joven, vencía á la primogénita en belleza, estatura y
-señoril presencia: tenía el mirar seguro y dominador, la boca
-impertinente, grave el carácter, los cabellos de ébano, las actitudes
-teatrales. Con su hermosura corría parejas su elación. Por egolatría,
-Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre éstos ninguno hubiera
-podido vanagloriarse de haberla hurtado el más leve favor. Sin embargo,
-su irreductible castidad no era convicción ética, sino orgullo.
-Reconocíase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el
-infierno de las concupiscencias masculinas con coqueterías y miradas; á
-su juicio, mostrándose sólo hacía bastante. Dar la mano, sonreir,
-interesarse en alguna conversación, constituían otros tintos sacrificios
-para su altivo ánimo.<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span> Se adoraba y nunca sintió amor por nadie. Su
-moral, todo su carácter, habían cristalizado en un gesto soberbio.</p>
-
-<p>Micaela, rubia y nacarina como una muñeca, era linda también, pero
-brillaba menos: la perjudicaban la tacañería de su estatura, la línea
-irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al
-lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela
-sufrió muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban á
-Enriqueta, concluían enamorándose de Micaela. Esta era la lucha íntima,
-el terrible torneo sin palabras que separaba á las hermanas. Los hombres
-que procuraban inútilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin
-advertirlo quizás, iban acercándose á la primogénita y buscando en ella
-un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era más
-humana, más mujer. Su emotividad acaso fuese una disposición de
-temperamento, tal vez un cálculo. Ella comprendía que á la pasión que
-ruje y lo exige todo, conviene, á prudentes intervalos, concederla algo
-para enardecerla y obligarla á seguir pidiendo, pues, flaco y muy para
-poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahincos no
-suplica y procura. La devoción que á primera vista no alcanzaba su
-belleza, la obtenían luego sus dádivas. La actitud soplada, el cuello
-erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecían decir:</p>
-
-<p>«Soy más hermosa que tú...»</p>
-
-<p>A cuya afirmación rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca
-encendida y festera de su hermana, respondían:</p>
-
-<p>«No me importa; todos tus adoradores lo serán míos, cuando yo quiera...»</p>
-
-<p>Y así era, en efecto, pues los hombres, generalmente más sensuales que
-artistas, más devotos de la carne pecadora que del mármol, prefieren á
-la venustidad<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> inabordable las dulzuras de la fragilidad.</p>
-
-<p>El espíritu galán de don Gil advirtió en seguida esta interesante
-contienda moral y luego de estudiar bien á las dos mozas, para mejor
-conocerlas, tomó de ellas posesión sabrosa.</p>
-
-<p>Al revés de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura
-dentro de su verdadera forma corporal, don Gil halló más emociones y
-mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para
-Micaela, que antes de conocer á Romualdo había tenido un amante, las
-salaces asiduidades del hombre pequeñito no podían ofrecer un interés
-excepcional: recibiólas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillación,
-y apenas recordaba de ellas cuando al otro día se miró al espejo. Para
-Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidación
-hondísima que removió y escandalizó su virginidad.</p>
-
-<p>Conocía de vista á don Gil y parecíale feo y ridículo; sin embargo,
-cuando soñó hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, ó, más
-exactamente, la caliente acometida del sátiro fue tan inesperada y tan
-dulce, que no pudo rechazarla. ¿De dónde venían aquel estremecimiento
-inefable, aquella suavísima congoja, que, cubriéndola de mador las
-sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazón?
-Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despertó, ¿por qué
-sentía vergüenza?... Poco á poco, intentó explicarse aquellas
-alucinaciones; pero así como nadie logró determinar la línea en que la
-vigilia y el sueño se funden, tampoco pudo ella saber la manera y
-momento en que la impura emoción se producía. Únicamente precisaba los
-hechos. Su espíritu dormía; de pronto, su conciencia experimentaba la
-noción de hallarse inmergida en una densa sombra; á su alrededor todo
-callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortísima tiniebla
-palidecía, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> los
-párpados estén cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un
-temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompañaba á este
-fenómeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo
-dulce, que más tenía de voluptuosidad que de angustia. Hasta que,
-súbitamente, aparecía don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror,
-contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de
-aquella cabeza amarilla.</p>
-
-<p>Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procuró
-desvanecer el sucio sortilegio. Sentíase vejada, asqueada, irritadísima
-consigo misma. ¿Cómo suprimir estos desvaríos que ella, recordando
-ciertas lecturas, achacaba á una turbación medular? También la
-encolerizaba su predilección por lo feo. ¿Por qué no ligaba sus ensueños
-á cualquiera de los buenos mozos que conocía y gustaban de ella; á Luis
-Olmedilla, por ejemplo, ó al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo,
-era gracioso, limpio y galán, y no al descolorido, caricaturesco y
-misterioso don Gil?...</p>
-
-<p>Su decisión fué tan firme, que varias noches consecutivas resistió al
-sueño. Se acostaba, encendía una luz y leyendo esperaba la salida del
-sol. Pero otro día, no bien cedió al cansancio, el hombre pequeñito
-reapareció y tornó á lograrla, tan prestamente como si paso á paso
-hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y
-rebelde, encantaba á don Gil.</p>
-
-<p>Sin embargo, María Jacinta, la unigénita de don Artemio Morón,
-interesábale infinitamente más, y no porque aquella delgada y frágil
-criatura, con sus ojos distraídos y dulces y sus mejillas eucarísticas,
-se acercase á la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque
-la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su
-imaginación, le allanaban la tarea. La conquista de María Jacinta no le
-costó trabajo;<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> la señorita Morón era una neurótica expuesta á
-frecuentes crisis de ninfomanía. Los primeros responsables de estos
-desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros
-individuos de buen humor que todas las noches, á última hora, concurrían
-á la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don
-Artemio, y como siempre pecó de distraído, sus amigos le deslizaban
-furtivamente en los bolsillos del gabán láminas y libros pornográficos,
-con la miserable intención de que luego María Jacinta los viese. Así
-sucedía, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa
-releía aquellas páginas infames, y se abrasaba en la contemplación de
-los grabados obscenos. De este modo conoció todos los momentos, todos
-los desvaríos, del dulce secreto. Una noche, hallándose dormida, sintió
-en su vientre la presión de un cuerpo, y sobre los riñones la caricia de
-unas manos, y entreabriendo los párpados creyó ver á don Gil. El
-hombrecito de color de miel no necesitó esforzarse para ir tan lejos;
-cuando llegó, la seducción de la doncella, gracias á la labor
-preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha.</p>
-
-<p>Con ser tan abundante el tragín seductor de sus noches, aun quedábanle
-tiempo y ganas á don Gil para nuevos devaneos, y así, de cuándo en
-cuándo, visitaba á Flora, la prima de María Jacinta, que también era muy
-guapa; á las hijas de don Valentín, Serafina y Mercedes; á las señoritas
-de Fernández Parreño, y aun se atrevió á turbar diferentes veces el
-reposo de doña Evarista, tan desengañada y separada del amor por lo
-mismo que siempre vivió de él.</p>
-
-<p>Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don
-Gil Tomás no era feliz. De día su carácter mostrábase reservón, callado,
-ecuánime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos
-se autoinspeccionaba, refería su tristeza al aislamiento de su vida y á
-su aburrido holgar. Su pena,<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> sin motivo, sin término, sin nombre,
-parecía derivarse de su inacción.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si yo pudiese trabajar en algo!&mdash;meditaba.</p>
-
-<p>En realidad, su melancolía era el reflejo ó la sombra que irradiaba
-sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era
-desgraciado de día porque también lo era de noche, y esta congoja
-noctámbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeñito estaba enamorado,
-á perder, de doña Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los
-párpados, su alma retorcíase, como sobre un potro, en el ardientísimo
-deseo que aquella mujer, gruesa, trigueña, con su húmeda y encendida
-boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugería.</p>
-
-<p>Pero á semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna,
-tangible y soleada, en el mundo de los sueños don Ignacio Martínez
-defendía á su consorte. Sorprende el paralelismo, la armonía casi
-perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados:
-trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razón,
-ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los
-recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del ánimo, entran en
-juego como si el individuo estuviese despierto.</p>
-
-<p>Generalmente el espíritu de don Gil ignoraba dónde pudiera hallarse el
-de doña Fabiana, aunque presumía, conocidas su apacibilidad y virtud,
-que no se alejaría mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre
-pequeñito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto hacía la de don Ignacio,
-empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse á Fabiana
-un momento le sostenía. Unas veces vigilaba desde el taller del
-veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estiércol; otras
-escondíase en el despacho ó se aventuraba rampante á la hila de los
-muros tapizados de hiedra, del jardín: dormían los pájaros en<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> sus
-jaulas; bajo la luna, las columnas de las galerías pintaban largas
-sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la
-fuente... Cierta noche consiguió llegar al dormitorio de doña Fabiana y
-verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la niña ocupaba
-una cuna.</p>
-
-<p>Con esa portentosa facilidad&mdash;rapidez de luz&mdash;de los espíritus, don Gil
-lo apreció todo: la amplitud del aposento, la distribución de los
-muebles y de las puertas. También comprendió que el alma tranquila y
-feliz&mdash;alma sin deseos&mdash;de doña Fabiana, estaba allí, acurcullada dentro
-de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeñito de lascivia y pavura.
-¡Oh! ¡Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un
-veneno, el recuerdo de su posesión!... Pero pronto finaron sus cábalas,
-porque el alma del veterinario volvía, y tuvo que escapar.</p>
-
-<p>Don Ignacio, efectivamente, parecía recelar algo; en sueños, su voluntad
-conservaba el impulso y la exaltación agresiva de cuando estaba
-despierto; tenía celos y no sabía de quien. Era un caso interesante de
-adivinación magnética. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de
-oirle barbotar palabras de cólera y amenaza, y rechinar los dientes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienes?&mdash;le decía&mdash;; oye... ¿Me oyes?... ¡Estás soñando!...</p>
-
-<p>El abría los ojos; destosía; se incorporaba.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;repetía&mdash;es verdad... estaba soñando...</p>
-
-<p>Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeñito, todas las rudas
-imágenes que trastornaban el alma de Martínez se habían borrado. Algo,
-sin embargo, semejante á un légamo de mal humor, dejaban en él estas
-pesadillas. Al día siguiente su carácter agriado padecía tempestades
-terribles de cólera, que él achacaba á un exceso de bilis. Todo le
-irritaba entonces, la emprendía á puntapiés con los muebles, no
-soportaba que nadie le contradijese y se mordía<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> todas las uñas. Era un
-prurito de reñir, de romper.</p>
-
-<p>Por las mañanas, Antoñita, que era muy avispada y graciosa, conocía si
-su padre estaba ó no de buen humor por la cola de «Bock», el fosterrier
-que dormía en la alcoba familiar.</p>
-
-<p>Salir «Bock» del aposento con el rabo entre piernas, era señal infalible
-de tempestad; le habían pegado; el amo estaba furioso, quería pelea. En
-cambio, si el animal llevaba el rabo en alto, podía asegurarse que don
-Ignacio se levantaba contento. Esta ingeniosa observación de la niña la
-comprobó su madre; la asociación y sincronismo de ambos hechos llegó á
-ser evidente y constante; la presión moral de Martínez se reflejaba,
-como sobre un barómetro, en la cola del perro.</p>
-
-<p>Don Gil y don Ignacio salían juntos algunas noches del Casino, unas
-veces con don Valentín, otras solos, y en el silencio de la calle Larga
-las pisadas seguras del veterinario sonaban marciales; los pies
-diminutos de don Gil, por el contrario, caminaban sin ruido. Martínez
-hablaba alto, tosía, gesticulaba levantando los brazos y con los puños
-apretados. El enano, impasible y amarillento, se limitaba á oir. En la
-Glorieta del Parque se despedían, y el hombre pequeñito seguía hacia su
-casa.</p>
-
-<p>Su figura, su palidez, el misterio de su cara que nunca había reído, el
-cenobítico retraimiento de sus costumbres, la emoción de asco y miedo
-que todas las mujeres, unidas á él por un concubinaje absurdo,
-experimentaban al verle en la calle, eran pormenores que lentamente iban
-afianzando sus prestigios de brujo. El pueblo recordaba siempre la
-muerte de Manuel Ayala y el sueño profético de Ursula Izquierdo, y la
-imaginación fértil de los comentaristas empeoraba los hechos. A pesar de
-no haber causado mal á nadie, al menos de un modo fehaciente y preciso,
-sus convecinos, supersticiosamente, se apartaban de él.<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> Era el brujo,
-el morabito jorguín portador de la mala sombra; el <i>jettatore</i> cuyos
-ojos impasibles, color de cobre, al mirar, repartían el mal hechizo.</p>
-
-<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h2>
-
-<p>En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como
-la suya, iban y venían sabrosamente, horras de la dura sujeción
-carcelaria del cuerpo. Con los espíritus de las personas dormidas,
-entremezclábanse los de las ya difuntas, y entre todos componían
-multitudes numerosísimas, que viajaban, se relacionaban y tenían
-quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados
-disfrutaban de esta segunda vida de noche y de día, sin preferir la luna
-al sol, como cree el vulgo; los dormidos sólo gozaban de ella de noche,
-cuando el sueño les restituía su libertad. Llegaban á lo invisible por
-montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, é
-inmediatamente trasladábanse de un lado á otro con la misma vertiginosa
-velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y así su
-ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que
-jamás se detuvo. La agilidad de los espíritus, sólo á la de los
-marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aquéllos. Las
-pesadillas más dilatadas, más complejas, duran instantes; una alma, para
-volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la décima
-parte de un minuto tiene suficiente.</p>
-
-<p>Reintegrado cada espíritu á su cuerpo en el momento del despertar, raras
-veces consigue acordarse de lo soñado; cree haber dormido profundamente
-y que en su reposo no hubo imágenes. Error. Dormir<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span> es soñar, y soñar
-equivale á vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas
-ideas-imágenes que estremecen al espíritu durante sus horas de libres,
-por su tenuidad, rapidez y selección carecen de la grosería material
-necesaria para conmover los centros nerviosos. Inútilmente llaman á
-éstos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporción ni
-equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del niño que quisiera mover
-una palanca ó hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la
-energía de un hombre.</p>
-
-<p>De esta suerte los movimientos de la vigilia y del sueño hállanse casi
-totalmente separados: la vigilia del alma es el reposo del cuerpo; en
-cambio, todas las mañanas, cuando la carne te levanta, el alma se echa á
-dormir.</p>
-
-<p>Una noche don Gil Tomás soñó que su espíritu y el de Manolo Peinado,
-sobrino de don Isidro, el alcalde, se saludaban. Manolo abrazó al hombre
-pequeñito con una emoción que lo mismo podía ser de zozobra que de
-alegría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted&mdash;le dijo&mdash;que mañana me muero?</p>
-
-<p>La noticia sorprendió á don Gil. Manuel Peinado era un mocetón
-treintañal, que parecía derramar optimismo y salud. El enano repuso:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de qué muere usted?</p>
-
-<p>&mdash;Del corazón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, tengo un aneurisma; moriré de repente. Hace tiempo lo veo formarse
-y la agitación de mis costumbres lo empeora. Yo monto á caballo y juego
-á la pelota casi todos los días, y ambos ejercicios me son fatales. He
-procurado advertir á mi cuerpo del peligro y obligarle á un régimen más
-sedentario, pero nada he conseguido; no me oye... ¡Lo lamento porque el
-mundo de los sentidos todavía me parece bonito!...</p>
-
-<p>El suspiro que Manuel Peinado añadió á esta exclamación<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> acrecentó la
-compasiva emoción de don Gil. Las dos almas paseaban sobre los tejados
-de Puertopomares, envueltas en la luz rubia de la Luna. Sorprendía la
-magnificencia tranquila del paisaje; la blancura de los bardales y la
-canción del río, rimaban apaciblemente; una especie de llovizna
-argentina plateaba la fronda de los castañares lejanos; á ratos, en la
-sombra, pasaba susurrante el aletazo aterciopelado de las lechuzas.</p>
-
-<p>Preguntó don Gil:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha hablado usted de esto con Fernández Parreño?</p>
-
-<p>&mdash;Diferentes veces; pero cuanto me sucede con mi cuerpo le ocurre
-exactamente á él con el suyo, y al despertar no se acuerda, ni palabra,
-de nuestras conversaciones.</p>
-
-<p>Agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Empero, más que morirme, deploro el mal rato que Elvira va á pasar.
-Porque, precisamente, «está escrito» que muera en su casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿La visita usted todas las noches?</p>
-
-<p>&mdash;Todas las noches, mientras su marido anda de viaje. Ahora Elvira se
-halla velando á una tía suya enferma; por eso me ve usted aquí. Pero
-mañana, á las doce de la noche iré á visitarla, y á la una en punto, en
-su cama, me quedaré muerto. ¡Imagínese usted el miedo, primero, y luego
-el dolor y la vergüenza que la infeliz va á sufrir!... ¡Y no sé cómo
-prevenirla, no hay medio de evitar el drama!...</p>
-
-<p>Mientras la sombra de Manolo Peinado se expresaba así, el hombre
-pequeñito, que sentía hacia doña Elvira una muy segura y fraternal
-amistad, discurría en el modo de impedir aquella última cita.</p>
-
-<p>Doña Elvira Ferrer vivía en el camino de La Olla y á dos kilómetros de
-Puertopomares. Rodeaba su casa un vasto y bien arbolado jardín. Era
-joven y bella y salió del colegio para casarse con un inglés<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> riquísimo.
-Ernesto Wollingen tenía acciones de distintos ferrocarriles, negociaba
-en minas y en frutas, y ganaba anualmente muchos miles de francos. Sin
-embargo, al lado de aquel hombre casi viejo, que desdeñaba la poesía del
-reposo, doña Elvira se aburría, y al cabo su fastidio cristalizó y se
-hizo adulterio. Cuando Wollingen se iba de viaje, Manuel Peinado ocupaba
-su puesto.</p>
-
-<p>Aquella noche, después de cenar, doña Elvira Ferrer se quedó dormida.
-Fue un sueño brusco, que la sorprendió y venció cuando se disponía á
-tomar el café. En tal instante llegaba don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién espera usted esta noche?&mdash;preguntó el enano.</p>
-
-<p>La joven pensó que sus mejillas se empurpuraban de vergüenza y quiso
-huir. Don Gil la detuvo:</p>
-
-<p>&mdash;No finja usted. Yo sé que tiene usted un amante y vengo á rogarla que
-no le reciba. Cuando venga, recurriendo á un ardid cualquiera, despídale
-usted.</p>
-
-<p>Doña Elvira, como por ensalmo, pareció llena de tranquilidad y
-confianza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me dice usted eso?</p>
-
-<p>&mdash;Por su bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me amenaza algún peligro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; uno muy grande.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vendrá mi marido?</p>
-
-<p>&mdash;No. Míster Wollingen se encuentra muy lejos de aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué debo temer entonces?...</p>
-
-<p>Los ojos metálicos del hombre pequeñito mudaron de expresión; una
-ternura húmeda suavizó su brillo.</p>
-
-<p>&mdash;Elvira&mdash;repuso don Gil poniendo en cada una de sus palabras una
-firmeza paternal&mdash;, yo, que la quiero á usted bien y deseo ahorrarla el
-mayor disgusto de su vida, la aconsejo no recibir á Manuel Peinado esta
-noche.</p>
-
-<p>&mdash;Pero... ¿por qué?<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span></p>
-
-<p>Don Gil comprendió que sus reticencias no servirían de nada; era preciso
-hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Porque Manuel Peinado está enfermo.</p>
-
-<p>Como un eco, ella repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Enfermo...</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué?</p>
-
-<p>&mdash;Del corazón. Manuel Peinado viene á morir aquí; se morirá esta misma
-noche, á la una en punto.</p>
-
-<p>Doña Elvira lanzó un agudísimo grito, tan estridente, que la despertó.
-Abrió los párpados y temblando miró á su alrededor. Don Gil había
-desaparecido.</p>
-
-<p>&mdash;He soñado...&mdash;pensó.</p>
-
-<p>Esta reflexión la ayudó á recobrarse. De un sorbo apuró el café, que
-estaba ya frío. Dos criadas entraban y salían del comedor, levantando la
-mesa. Terminada su faena se retiraron. Doña Elvira abrió un libro, que
-empezó á leer aquella tarde. Bajo la luz de la lámpara, su cabeza rubia
-tenía el brillo mate y noble de las viejas onzas.</p>
-
-<p>A las doce, como otras veces, un silbido lejano la previno de que su
-amante estaba allí. Salió á recibirle. Luego, ella y él, los brazos
-entrelazados, sosteniéndose mutuamente por la cintura, penetraron en la
-alcoba. Se acostaron. Mientras cambiaban besos voraces y callados, ella
-murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;¡He tenido mucho miedo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?...</p>
-
-<p>&mdash;Pues... lo que nunca me sucede: cuando terminé de cenar me quedé
-dormida y soñé con don Gil...</p>
-
-<p>El recuerdo del enano volvía á estremecerla, y se tapó los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué miedo! No quisiera acordarme... ¡Qué miedo!...</p>
-
-<p>Y seguidamente, cambiando de tono:</p>
-
-<p>&mdash;¿A ti no te duele el corazón?<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span></p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p>&mdash;¿No estás enfermo de nada?</p>
-
-<p>El afirmó petulante.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo una salud de toro. ¿No lo sabes?...</p>
-
-<p>Bromearon y rieron mucho. Ella, sin embargo, de cuándo en cuándo se
-quedaba triste y le miraba con aterradas pupilas. Las terribles palabras
-agoreras de don Gil, martirizaban su memoria: «Manuel Peinado morirá
-esta noche, á la una en punto...»</p>
-
-<p>Interrogó supersticiosa:</p>
-
-<p>&mdash;¿Te irás temprano?</p>
-
-<p>&mdash;No, como siempre. ¿A qué viene eso?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; pero... tengo miedo. Presiento algo malo. Es mejor que te
-marches.</p>
-
-<p>El la oprimió contra su pecho, y habiendo sido muy feliz, abandonóse al
-quebranto del deseo cumplido y cerró los párpados. Su respiración
-tornóse tranquila. Doña Elvira le llamó suplicante:</p>
-
-<p>&mdash;Tengo miedo; abre los ojos, Manuel... ¿Oyes?... Abre los ojos. Cuando
-los cierras me parece que me quedo sola.</p>
-
-<p>Peinado hizo un ademán de impaciencia:</p>
-
-<p>&mdash;Déjame, mujer; déjame dormir. Estoy cansado.</p>
-
-<p>Pero ella, por momentos más inquieta, le daba golpecitos en las mejillas
-para despabilarle, y con los dedos suavemente trataba de obligarle á
-levantar los párpados.</p>
-
-<p>&mdash;No te dejo dormir; necesito verte los ojos... Si no quieres hablar, no
-hables, pero necesito verte los ojos.</p>
-
-<p>No contestó él, ni por su semblante pasó gesto alguno. De pronto ella
-sintió que los brazos con que su amante la tenía sujeta, se aflojaban.
-Doña Elvira exclamó, conteniendo un grito:</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel!...</p>
-
-<p>Peinado no respondió; tenía los labios entreabiertos y por su cara
-acababa de extenderse una rara palidez. La joven repitió:<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span></p>
-
-<p>&mdash;Manuel...</p>
-
-<p>Se incorporó y le palpó la frente; bajo su mano aquella carne, por
-instantes, parecía enfriarse. La cabeza de Manuel Peinado, perdiendo el
-equilibrio, resbaló inerte por la almohada. Doña Elvira, fuera de sí, le
-auscultó el pecho; el corazón no latía; le buscó los pulsos y no los
-halló. Rápidamente, los brazos, el cuello, la cara de aquel hombre, iban
-helándose. La joven cruzó las manos, como si rezase. Dentro de ella una
-voz murmuraba:</p>
-
-<p>«Ha muerto... Está muerto...»</p>
-
-<p>Sin hablar, con una extraña energía, brincó al suelo, se envolvió en una
-bata y salió al gabinete, donde una luz había quedado ardiendo. Sobre la
-chimenea, dentro de un fanal, brillaba un viejo reloj de bronce, estilo
-Imperio, y en el silencio aquel reloj, parado desde tiempo inmemorial,
-vibró una vez. Las manecillas, sin embargo, señalaban otra hora.
-Devorada por el enigma, doña Elvira, en vez de huir, se precipitó hacia
-él, para convencerse de si andaba. Pero nada oyó; el reloj, como
-siempre, permanecía callado, inmóvil, semejante á un muerto. Nadie
-penetraría su misterio; nadie sabría por qué cantó su campana.</p>
-
-<p>Escapó doña Elvira de la habitación; más que su miedo al cadáver la
-impulsaba el deseo de poner su reputación al abrigo de murmuraciones.
-Era necesario desvanecer el rastro de su delito, evitar el escándalo,
-salvarse. Llegó al aposento donde sus azafatas dormían, y yendo
-desatentada de un lecho á otro, las despertó:</p>
-
-<p>&mdash;Margarita... Lorenza... Margarita... pronto...</p>
-
-<p>En un santiamén estuvieron en pie y medio vestidas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sucede?...</p>
-
-<p>&mdash;Venid conmigo, venid...</p>
-
-<p>Asustadas y restregándose los ojos, siguieron á su ama.<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sucede?</p>
-
-<p>&mdash;Silencio; hablad bajo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Se ha puesto enfermo don Manuel?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; quizás esté difunto; no sé. Tenéis que ayudarme á sacarle de
-aquí.</p>
-
-<p>Lorenza y Margarita, con ese valor peculiar de las mujeres en los
-grandes peligros, replicaron:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que usted disponga, eso haremos.</p>
-
-<p>Entre las tres vistieron al muerto, y, casi arrastras, le llevaron al
-jardín. Después, bajo el pavor de la noche sin luna, todas, en grupo,
-caminaron jadeantes largo rato por la carretera. Era una visión bíblica;
-la visión del Santo Entierro. A lo lejos los perros aullaban.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, á menos de un kilómetro de Puertopomares, unos
-arrieros encontraron el cadáver de Manuel Peinado al pie de un árbol. Y
-meses después la opinión pública comenzó á decir que no fué en medio del
-campo, sino en la alcoba y en la cama misma de doña Elvira, donde
-falleció, y que su muerte la había vaticinado don Gil Tomás.</p>
-
-<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV</h2>
-
-<p>Hacía mucho tiempo, cerca de un año, que los Paredes, obligados por su
-codicia y los consejos infames de don Gil, decidieron asesinar á
-Frasquito Miguel. Pero, ¿á qué sutilísimo ardid recurrir para que su
-homicidio no dejase acusadores vestigios? Matar al pobre paralítico,
-indefenso y confiado, no ofrecía dificultad ni riesgo; lo peligroso
-empezaba más tarde. El vecindario preguntaría por él. ¿Cómo justificar
-su desaparición? ¿Dónde inhumar el cadáver?...</p>
-
-<p>Casi á diario, en voz muy baja, mientras comían,<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span> Toribio y su hermana
-hablaban de esto: era un propósito que volvía á ellos cotidianamente con
-la oscuridad de los crepúsculos, y que sus espíritus, tan aireados y
-sueltos de intenciones como herméticos de mollera, no sabían llevar á
-termino.</p>
-
-<p>Empeoraba la criminal disposición de sus ánimos la enfermedad del señor
-Frasquito, de día en día más inútil. Apenas salía del lecho, y cuando lo
-dejaba era aprovechando los momentos en que Rita y Toribio se hallaban
-ausentes: entonces, arrastrando los torpes pies, apoyándose en los
-muebles, dedicábase á buscar la botella del aguardiente, y aunque sus
-familiares la escondían, su instinto zahorí de borracho siempre daba con
-ella, unas veces en la cocina, otras en el arcón de la ropa, ó en la
-cuadra, bajo el pienso de las pesebreras. La empuñaba y alborozadamente
-se la ponía en los labios: bebía con sed febril, bebía con rabia; aquel
-alcohol era el olvido, la paz, un alto en el dolor de sus huesos
-torturados. Luego, si podía, regresaba á su cuarto; pero, generalmente,
-le hallaban en el suelo, caído en la doble inmovilidad de la embriaguez
-y de la anquilosis. Sin esto era necesario tomarle en brazos á cada
-momento, ora para vestirle, ya para incorporarle en la cama y darle de
-comer; y como los colchones estaban siempre empapados en orines, el
-aposento adquirió una pestilencia nauseabunda. Aquel hedor, aquella
-miseria, aquella lenta pudrición, exasperaban á los Paredes; cuidaban
-del enfermo, pero bajo su aparente misericordia, sólo había asco y
-rencor. ¡Si se muriese! ¡Si una mañana, al entrar en su cuarto, le
-hallasen frío!... Este deseo infundía á todos sus ademanes una cruel
-aspereza, y cuando vestían al señor Frasquito ó le sentaban en una silla
-mientras le aderezaban y mullían el lecho, hacíanlo violentamente, á
-tirones y á golpes, con la torva esperanza de que estos malos tratos
-algo habían de contribuir á acortarle la vida. Frasquito Miguel,<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span>
-comprendiendo la inhumana crueldad de aquella familia pegadiza y de
-aluvión, dolíase amargamente de su mala fortuna, y á veces su pena era
-tan grande que se afeminaba y resolvía en llanto copiosísimo. A
-intervalos, según el hipar de su congoja se lo permitía, les
-improperaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Asesinos... ladrones!... ¡Si tenéis peores entrañas que las
-fieras!... ¡Leche de tigres debió de daros á mamar vuestra madre!...</p>
-
-<p>Ellos, por no oirle y perder la paciencia y con ésta el miedo á la
-justicia, salíanse de la habitación. La ira extendía por sus rostros el
-livor trágico, y sus ojos brillaban aceradamente. Temblaban, sin color,
-los labios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eh?&mdash;rezongaban&mdash;¿qué te parece? ¡Vamos! ¡Que es muy duro dejarse
-insultar así!...</p>
-
-<p>Una noche Toribio Paredes volvió á su casa de negrisimo humor; había
-perdido al tute, en el café de la Coja, ocho pesetas. Sin saludar á
-nadie, los ojos bajos, la estrecha frente cubierta de sombras de
-amenaza, tiró el sombrero á un rincón, y acercando con el pie un
-taburete á la mesa, se dispuso á cenar. Los niños, sentados enfrente de
-él, medrosos y hambrientos, le observaban. Rita había traído una cazuela
-abastada de un bien oliente guiso de carne, patatas y arroz. Toribio se
-sirvió una generosa ración, porque en él la cólera no excluía el
-apetito, y empezó á comer. No se acordó de los muchachos. Estos,
-sintiéndose olvidados, no sabían qué hacer. Francisco, el más pequeño,
-empezó á golpear temerariamente con su cuchara en su plato. Deogracias,
-María Luisa y Pepe, observaban una actitud neutral. De pronto
-Deogracias, el mayor, adoptó una resolución: levantóse y empuñó el
-cucharón, pero al retirarlo de la cazuela, como lo sacase muy colmado,
-volcó un poco de salsa sobre el pan. Furioso su tío le dió una bofetada
-que le tiró de la silla. Empezó á dolerse el muchacho con<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span> lastimeros
-ayes, boca arriba, según cayó, y las manos puestas en los riñones, ni
-más ni menos que si se los hubiera roto; y María Luisa, que era muy
-traviesa y aborrecía á Deogracias por primogénito, empezó á reir; con
-cuya discordancia Toribio Paredes se exasperó de modo que comenzó á
-repartir puñetazos y coces entre los chiquillos; los cuatro, revueltos
-como guiñapos, rodaron por el suelo.</p>
-
-<p>El señor Frasquito, sentado á duras penas en su camastro, denostó
-agriamente á Rita que se le acercaba á darle de comer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no oyes lo que el animal de tu hermano está haciendo con los
-niños? ¿Por qué les pega?</p>
-
-<p>La mujerona se alzó de hombros. En aquel momento no se acordaba de
-Deogracias, el preferido, sino de los otros, los hijos de Frasquito, á
-quienes aborrecía casi tanto como á su padre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira&mdash;repuso&mdash;qué bien!... ¡Si acabase con todos!...</p>
-
-<p>El enfermo no contestó; no podía apartar su atención de lo que sucedía
-en el comedor; la cólera, la espantosa cólera inútil de los paralíticos,
-le trastornaba el rostro en ráfagas alternativamente lívidas y rojas.
-Empezó á gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Toribio!... ¡Ladrón, más que ladrón!... ¡Déjales!... ¡Deja á los
-muchachos ó te doy un tiro!...</p>
-
-<p>Rita procuró acallarle presentándole el plato de la comida.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, toma y cállate ya...</p>
-
-<p>Frasquito Miguel siguió vociferando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Toribio!... ¡Canalla!... ¡Asesino! ¡Maldito sea tu corazón! ¡Malditas
-tu sangre y la leche que te dieron á beber, y la luz que te entra por
-los ojos!... ¿Quieres no pegarle más á los niños?... ¡Así te quedes
-ciego... así el pan que comes, en la boca se te vuelva gusanos!...</p>
-
-<p>Los insultos, gárrulos, sucios y coloristas, manaban<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> de sus labios
-trémulos á borbollones, como el agua de una atarjea. En el aposento
-contiguo, los ruegos, gritos y sollozos de la chiquillería vapuleada,
-retumbaban desoladores.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tío, por Dios, por amor de Dios, no me pegue usted más!... ¡No me
-pegue usted más!...</p>
-
-<p>Y el estrépito de las sillas removidas, de los golpes y de los cuerpos
-que huían, se entrechocaban y caían al suelo, daba una impresión de
-lucha. ¿Hasta cuándo iba á durar el tormento? El señor Frasquito, á
-pesar de sus dolores, intentó levantarse. Bramaba de coraje. Quería
-buscar su revólver.</p>
-
-<p>&mdash;A ese miserable&mdash;repetía&mdash;le mato; ahora mismo le mato; no espero más:
-¡Le mato!...</p>
-
-<p>Su barragana, asiéndole por un brazo, le detuvo:</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿á dónde vas tú, semicadáver? ¿A dónde vas tú?... Toma, come y
-calla...</p>
-
-<p>Le presentaba el plato. Pero el señor Frasquito, con un gesto soberbio,
-arrebatándoselo de las manos, lo estrelló contra el suelo. Las
-salpicaduras del caldo denso y oscuro del guisote, pintaron un ancho
-borrón sobre la pared encalada. Entonces fué Rita, la mujerona de los
-ojos pequeños y bermejos y de la boca saliente como hocico de lobo, la
-que, tremante de furor, empezó á gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Canalla, marrano, grandísimo cochino!... Después que no se puede
-aguantar la peste que echas!... ¡Cabrón!... ¿Así agradeces el pan que te
-damos, sin merecerlo, y cuanto estamos haciendo por ti?... ¡Si debíamos
-quemarte los ojos!...</p>
-
-<p>El señor Frasquito pugnaba por levantarse, luchando con Rita que le
-tenía asido por los hombros. Aquellos esfuerzos y el daño que mutuamente
-se causaban enardecieron á los dos. Ella descargó sobre el enfermo
-varias bofetadas, á las que Frasquito contestó magullándola la nariz de
-un seguro y rectilíneo puñetazo.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Creías que no podía defenderme?&mdash;barbotaba el pañero&mdash;; pues vas á
-echar los sesos por los oídos.</p>
-
-<p>Y como la tuviese bien sujeta con una mano, con la otra la dió varios
-certeros golpes en el vientre y en los senos. Inclinada según estaba
-sobre el lecho, Rita comenzó á sangrar. Su valor flaqueaba.</p>
-
-<p>En tan crítica sazón Toribio apareció; llegaba furioso. Así, al ver la
-escena, no se detuvo á inquerir sus motivos, ni siquiera á librar
-pacíficamente á su hermana, sino que, abalanzándose sobre Frasquito,
-comenzó á apuñearle con todas sus fuerzas, que eran muy grandes. Una
-idea absorbente, inexorable, la idea de matar, que tanto tiempo había
-acariciado su obtuso cerebro, en aquel decisivo momento frutecía y á la
-par le nublaba la conciencia y los ojos. A cada nuevo golpe de sus
-brazos, cuyo vigor cuadruplicaba el frenesí bárbaro de la cólera,
-Toribio Paredes murmuraba, los labios espumeantes:</p>
-
-<p>&mdash;Toma... toma... toma...</p>
-
-<p>El señor Frasquito, derribado pecho arriba, no se defendía; su rostro se
-amorataba y la almohada donde yacía su molida y ensangrentada cabeza,
-iba tiñéndose de púrpura. A los golpes salvajes de su cuñado, el infeliz
-respondía con ayes desgarradores. Rita permanecía suspensa, lívida, los
-brazos recogidos, las nudosas manos crispadas sobre su cabeza minúscula,
-de cabellos bermejos y alisados. Su voluntad desfalleció. Acababa de ver
-pasar la tragedia; comprendía que iba á cometerse un crimen, que nadie
-podría evitarlo, que la última hora del señor Frasquito había sonado.
-Entonces sintió miedo, frío; miedo á que las gentes que transitaban por
-la calle oyesen los lamentos del supliciado, y por ellos viniesen en
-averiguación y conocimiento de lo que sucedía; y entonces, en un
-repentino alarde de refinadísima hipocresía, empezó á gritar con
-compasivo y maternal acento:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, Frasquito Miguel, no te quejes así, que<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> eso no es nada! ¡No
-te apures, hijo mío, no te apures, pobrecito, ten paciencia, que el
-dolor te pasará pronto... ¡Déjate dar la untura!... ¡Déjate dar la
-untura, hombre!... ¡Aguanta un poco!...</p>
-
-<p>Cegado por la cólera, Toribio Paredes, de súbito, ya no se satisfizo con
-golpear: quiso asesinar, destruir, cerrar aquellos ojos que le miraban á
-la vez empavorecidos y rencorosos, ahogar el treno de aquella boca que
-empezaba á torcer el dolor. Entonces se palpó los bolsillos, buscando un
-arma, y como no la hallase miró á su alrededor con una doble expresión
-de rabia y de loca angustia: necesitaba un puñal, un martillo, una
-hacha, una piedra... algo que le preparase á la muerte un fácil camino.
-Rita entendió á su hermano, pero no pudo auxiliarle; su cerebro estaba
-vacío y el terror se agarraba á sus pies como un grillete. Este diálogo
-brevísimo, diálogo sin palabras, duró el relámpago de una mirada.
-Toribio iba á coger al señor Frasquito por el cuello, que bríos sobrados
-tenía para arrancarle así, con las manos, su miserable vida; pero según
-se disponía á ello, recordó que la extrangulación deja señales precisas
-en la víctima, y el temor á la justicia le detuvo. Por su alma
-truculenta las ideas galopaban sin brida, y de refilón, en meditaciones
-breves como fracciones de segundo, la razón iba midiéndolas todas. Al
-fin, de un salto, trepó á la cama, y, cual si pisase uvas en un lagar,
-comenzó á patear sobre el derrengado cuerpo de su enemigo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Socorro!... ¡Que me matan!... ¡No puedo más!... ¡Me matan!...
-¡Socorro!...&mdash;imploraba el infeliz.</p>
-
-<p>A sus voces, Rita, que había cerrado la puerta del dormitorio temerosa
-de que los niños se asomasen á ella, respondía con otras mayores, de
-gran zalamería y piedad:</p>
-
-<p>&mdash;¡Frasquito, no te pongas así!... ¡Ten paciencia..., ten paciencia!...
-¡Ya verás cómo, con lo que estamos<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> haciéndote, pasado un ratito no te
-duele nada!...</p>
-
-<p>Sus palabras disimulaban una ironía horrible. Toribio, enloquecido,
-convulso, semejante á los brujos que danzaban en la epilepsia de los
-aquelarres medioevales ahincaba sus pies en las entrañas del caído. Un
-quinqué de petróleo, puesto sobre una cómoda, alumbraba la inaudita
-escena, y su luz arrojaba contra las paredes las extrañas contorsiones
-del asesino: las sombras de aquellas piernas inquietas y de aquellos
-brazos que alternativamente se abrían y cerraban para mantener el
-equilibrio del cuerpo, corrían por el suelo ó escalaban los muros como
-arañas. El lecho, que era endeble y de hierro, gemía bajo tan fiero
-trajín, y las doradas perinolas de sus pilares tintineaban marcando un
-ritmo. Era un cuadro de pesadilla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que me matan!... No puedo más... me matan... ¡Socorro!...</p>
-
-<p>Gemía desmayadamente el señor Frasquito. Y á la vez, consolando su pena,
-Rita gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso no es nada, pobrecito! Ten valor... ¡Ya verás cómo luego te
-quedas dormido!...</p>
-
-<p>La voz de la víctima, rápidamente, iba debilitándose, alejándose. Luego,
-por obra de los golpes que había recibido en el vientre, su boca se
-llenó de sangre. Desesperado movió la cabeza á un lado y otro,
-batallando contra la asfixia que la hemorragia le causaba, y sus
-palabras dejaron de ser inteligibles. Entre sus dientes su lengua se
-retorcía. De pronto, aquel barboteo cesó también y las manos se
-crisparon agoreras sobre las mantas. El señor Frasquito acababa de
-perder el conocimiento.</p>
-
-<p>En el silencio que se produjo los dos hermanos miráronse aterrados. La
-mujerona susurró:</p>
-
-<p>&mdash;Ya está.</p>
-
-<p>Pensaba que Frasquito Miguel había muerto. Toribio saltó de la cama al
-suelo, y el ruido que produjeron sus pies al caer, le asustó. Llevóse un
-índice<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span> á los labios, significando á Rita que callase, y unos momentos
-permanecieron así, los ojos muy abiertos, atentos á los menores ruidos.
-En la calle vibraron los pasos de un transeunte; iban acercándose.
-Cuando sonaron al otro lado del muro, delante de la ventana, los Paredes
-experimentaron un nuevo acceso de terror; recelaban que aquel viandante,
-por las rendijas de los batientes, pudiese verles. Pero los pasos se
-alejaron isócronos, amortiguándose en la distancia. Luego, nada; el
-silencio otra vez; y en el silencio el lejano murmurio de las aguas del
-río. Rita hizo un gesto negativo.</p>
-
-<p>&mdash;No es nadie...</p>
-
-<p>Toribio acercó su cabeza lívida al rostro ensangrentado, horriblemente
-amoratado y torcido, del señor Frasquito, y así permaneció hasta
-convencerse de que respiraba. Su hermana interrogó ansiosa:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha muerto?</p>
-
-<p>Toribio repuso incorporándose:</p>
-
-<p>&mdash;No; respira...</p>
-
-<p>Esta idea les serenó, produciéndoles un brusco é inefable
-contentamiento; fué una calma parecida á la que los marinos obtienen
-vertiendo aceite sobre las olas aborrascadas. Todavía no eran
-criminales, todavía la ley podía indultarles. Pero esta noción
-consoladora duró un instante.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que rematarle&mdash;dijo Toribio.</p>
-
-<p>Ella afirmó con la cabeza; él agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Porque si no le rematamos, nos acusará y somos perdidos.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Empezamos á comernos el melón, y debemos concluirlo...</p>
-
-<p>La idea imperiosa, apremiante, de borrar su mala acción, la idea que
-enloquece á los criminales y les obliga á las crueldades peores, se
-aferraba á sus frentes estrechas.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span></p>
-
-<p>Quedáronse unos minutos inmóviles delante del lecho, las miradas fijas
-en la víctima, prontos á lanzarse sobre ella para detener en su garganta
-el menor quejido. El quinqué, sin pantalla, ardía serenamente. Ahora,
-con el reposo de los cuerpos, las sombras habían desaparecido, y en la
-habitación de paredes encaladas todo era blanco.</p>
-
-<p>&mdash;Si le matamos antes de que despierte&mdash;balbuceó Rita&mdash;de aquí al
-amanecer podemos abrir un hoyo en el patio y enterrarle...</p>
-
-<p>Sus ojos pequeños y rojizos, que el cansancio de la emoción había
-hundido en el fondo de sus cuencas, se volvieron hacia Frasquito. Hubo
-en ella como una piedad.</p>
-
-<p>&mdash;Quién sabe&mdash;dijo&mdash;si no tendremos que rematarle; acaso se muera él
-solo...</p>
-
-<p>Paredes tuvo un corajoso ademán de impaciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si ahogarle ahora, como se ahoga un pollo, es lo de menos. Lo
-grave es la segunda parte. ¿Dónde escondemos el cadáver? En el patio no
-puede ser, ¿no comprendes?</p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón...</p>
-
-<p>&mdash;Sacarle de aquí tampoco es difícil: le metemos en un saco, le ponemos
-á lomos de la mula... ¡y andando! Luego, á dos ó tres leguas, en lo más
-cerrado de la sierra, se le deja. Pero es que su desaparición picará la
-curiosidad de los vecinos, que nos preguntarían por él y llegarían á
-sospechar de nosotros. ¡Si fuese antes, que salía solo á vender!... Pero
-se trata de un hombre paralítico, que no iba por su pie á ninguna parte.</p>
-
-<p>Demudado el semblante, los ojos idiotizados por el terror y fijos en el
-herido, la mujerona repetía:</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad... es verdad...</p>
-
-<p>Era el negro laberinto, el terrible callejón sin escape, donde los
-muertos encierran, acosan y pierden á los vivos. Transcurridos unos
-instantes, los labios<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span> blancos de Toribio temblaron y su cara
-resplandeció en una histérica contracción de júbilo. Retrocedió varios
-pasos, cruzando las manos sobre el pecho, alebrándose como el cazador
-que acecha ó que busca una pista en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé&mdash;musitó&mdash;, ya sé...</p>
-
-<p>Sacudió á su hermana por una muñeca y señalando al señor Frasquito con
-el ademán:</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos... ven... antes de que vuelva en sí. Ya sé lo que debemos
-hacer con él; me lo dijo don Gil anoche...</p>
-
-<p>Uno tras otro, andando de puntillas, salieron del aposento, cuya puerta
-suavemente cerraron y aseguraron con llave. Luego, para cerciorarse de
-que Frasquito Miguel no les había oído marchar, Toribio atisbó por el
-hueco de la cerradura el interior de la habitación, silenciosa y bañada
-en luz blanca.</p>
-
-<p>&mdash;Acuesta á los niños&mdash;murmuró.</p>
-
-<p>Con el sueño del hambre y el rudo molimiento de la azotaina recibida,
-los cuatro chiquillos dormían profundamente: Deogracias, sobre un banco;
-los otros en el suelo, á la hila de los muros. En un santiamén y con
-mayor suavidad que nunca, para no despertarles, la mujerona fué
-trasladándoles á sus camas, donde les dejó vestidos, y hasta besó á
-Paquito, el más chiquitín, que al sentirse removido entreabrió los
-párpados. Inmediatamente, con un andar rápido de furia, volvió al lado
-de su hermano. Este comenzó á hablarla al oído y con nerviosa
-vehemencia; su boca, alargada por la emoción, parecía un hocico.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo vamos á coger un trozo de madera, de aquellos que
-empleamos como vigas para techar la cuadra, y lo tallamos en forma de
-maza... ¿Comprendes?...</p>
-
-<p>Rita Paredes, la nariz aguileña, los fieros ojos parpadeantes y
-bruñidos, los pómulos lívidos más salientes que nunca, aprobó:<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí... ¿y qué?</p>
-
-<p>&mdash;Lo soñé anoche&mdash;prosiguió Toribio&mdash;, me lo dijo don Gil, y cuando él
-hablaba, yo le oía y veía según ahora mismo te oigo y te veo á ti.</p>
-
-<p>La mujerona, hipnotizada, frunciendo los párpados como quien en la
-oscuridad de una noche sin luna vislumbra un camino, repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí...</p>
-
-<p>Continuó el bujero:</p>
-
-<p>&mdash;Luego le quitamos á la mula una herradura y la clavamos en la parte
-más gruesa de la maza, que así preparada nos servirá de rompecabezas.
-Con ella, de un solo golpe, le parto yo la frente á Frasquito, y la
-gente, cuando vea la herida, pensará que se trata de una coz.</p>
-
-<p>Su rostro anguloso resplandecía con la fiebre de una espantosa
-inspiración. A descompuestas zancadas dirigióse hacia el patio.</p>
-
-<p>&mdash;Ven... ¡pronto!...</p>
-
-<p>A pesar de no haberle comprendido bien, su hermana le siguió. A oscuras,
-para no atraer la atención chismera de los vecinos, salieron al patio,
-sobre el cual el cielo estrellado vertía un casi imperceptible claror.
-Los muros blanqueaban en la sombra borrosamente. A la izquierda, la
-puerta del almacén aparecía cerrada; á la derecha, bajo la techumbre de
-la cuadra, los animales, medio dormidos, piafaban y sacudían sus
-cabezales. Al fondo, un mogote de retamas, tablas y trozos de viejos
-horcones, destinados al fuego, levantaban una mancha informe en la
-limpieza de la pared. Allí los dos hermanos inclinados hacia adelante,
-como sobre un rastrojo, empezaron á buscar. Rita era la más impaciente;
-casi sin interrupción, no bien sus ávidas manos tropezaban un zoquete,
-interrogaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sirve este?</p>
-
-<p>Toribio, tasándolo con una mirada, repetía lacónico.<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span></p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y este?</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco.</p>
-
-<p>Ella volvía á preguntar:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y este?</p>
-
-<p>Tenía la obsesión de que el señor Frasquito iba á levantarse, y á cada
-momento alzaba la cabeza creyendo oir su voz que pedía socorro en la
-calle.</p>
-
-<p>Toribio fué quien halló el trozo de leña, largo como de un metro, recto
-y macizo, que necesitaban, y con él regresaron ambos á la cocina. Tenían
-trastornada la color de los rostros; el frío de la cruda emoción que les
-dominaba, unido al de la noche, les hacía temblar. El bujero miró al
-reloj de pesas que latía en un ángulo de la estancia: iban á ser las
-once.</p>
-
-<p>&mdash;A las doce&mdash;dijo&mdash;la primera parte de la faena debe estar concluída.</p>
-
-<p>Descolgó una hachuela corta y bien afilada, con la que certeramente
-empezó á modelar el tarugo, dejándole en uno de sus extremos todo su
-volumen, y reduciendo y adelgazando el opuesto de modo de poder
-empuñarlo fácilmente. Pronto el zoquete, que era de encina, quedó
-transformado en maza; un enorme as de bastos parecía. Satisfecho,
-Toribio lo agarró por su parte flaca y levantándolo en alto hízolo girar
-sobre su cabeza. Las virutas que arrancó de él, Rita había tenido la
-asotilada precaución de arrojarlas al fuego, y así, cuando la faena
-concluyó, el suelo estaba limpio. Toribio preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quedó bien cerrada la puerta de la calle?</p>
-
-<p>Rita fué á asesorarse. Efectivamente los dos cerrojos que la defendían
-estaban echados, y para que nadie, desde fuera, pudiese espiarles, la
-mujerona tapó con una miga de pan el hueco de la cerradura.</p>
-
-<p>Entonces <i>los Rojos</i> volvieron al patio. El propósito de desherrar la
-mula ofrecía dificultades y hasta peligros, tanto por la arisca
-condición del animal<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span> como porque necesitaban maniobrar á oscuras y
-callando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no desherramos al burro?&mdash;insinuó la mujer.</p>
-
-<p>Y él, imperativo:</p>
-
-<p>&mdash;No; tú, cállate; yo sé lo que digo: la mula es mejor.</p>
-
-<p>Penetraron bajo el cobertizo de la cuadra. Toribio marchaba delante;
-llevaba en la mano unas tenazas de las que usan los veterinarios en su
-oficio; se acercó á la mula y comenzó á acariciarla el cuello y las
-ancas. Procuró dar á su voz, destemplada por la vesánica tensión de sus
-nervios, una inflexión dulce:</p>
-
-<p>&mdash;Pascuala, Pascualita... ¿qué tiene Pascualita?...</p>
-
-<p>El bruto, cuya alborotadiza condición había empeorado desde que estuvo
-en riesgo de quemarse, amusgaba las orejas y miraba á su amo con ojos
-brillantes de recelo. Toribio le echó por la cabeza un acial que sujetó
-á una argolla. Rita se había quedado un poco atrás.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no veo nada&mdash;dijo&mdash;; preciso será traer luz.</p>
-
-<p>El consintió. Marchóse la mujerona y tardó bastante en traer bajo el
-delantal un farolillo de aceite que puso en el suelo y tras unos
-serones, para amortiguar su claridad. Sobre el estiércol, un temeroso
-enjambre de arañas, garrapatas, escarabajos, cucarachas y hormigas, huía
-de la luz. La mula comenzó á titubear los secos cuadriles con inquietud.</p>
-
-<p>&mdash;Tú la levantas una de las patas&mdash;ordenó Toribio&mdash;y la sujetas bien; no
-tengas miedo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no la desherramos una mano? Es más fácil.</p>
-
-<p>&mdash;Es más fácil, pero luego sería peor; yo me entiendo. ¡Anda!</p>
-
-<p>Ella, que no medía toda la sutilidad infernal del plan que su hermano
-iba devanando, repuso:</p>
-
-<p>&mdash;También podríamos clavar en la maza una herradura<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> nueva, pues que
-todas, nuevas y viejas, son del mismo tamaño, y ahorraríamos tiempo y
-faena. ¿No te parece?...</p>
-
-<p>El vaciló, vencido momentáneamente por la lógica de aquella sencilla
-observación. Añadió, Rita:</p>
-
-<p>&mdash;Así concluiríamos antes.</p>
-
-<p>Pero al momento Paredes se rehizo y su reacción tuvo la violencia de una
-fe inquebrantable.</p>
-
-<p>&mdash;¡No... no! ¡De ninguna manera! ¡Lo haremos todo según me lo ha dicho
-don Gil!...</p>
-
-<p>La intervención bruja del hombre pequeñito en el curso de aquel drama,
-decidió á Rita. Sin decir palabra cogió un trozo de cuerda que,
-dispuesto en forma de nudo corredizo, enlazó á la pata derecha de la
-mula. Asustada ésta empezó á moverse, piafando y dando furiosos tirones
-del acial. Fue preciso dejarla. Toribio, de nuevo, empezó á
-tranquilizarla con la voz:</p>
-
-<p>&mdash;Pascualita... Pascuala... rica; no tengas miedo...</p>
-
-<p>Cuando la comprendieron más sosegada, Rita volvió á trabarla de la pata,
-que levantó y sujetó debajo de su brazo derecho, de modo que la rótula ó
-babilla quedaba detrás y á la altura de su hombro. Sobre su muslo, y
-vuelto hacia arriba, descansaba el casco. La mujerona, de espaldas á la
-bestia, resistía vigorosamente sus impacientes sacudidas; con el
-esfuerzo sus manos hombrunas estaban rojas y crispadas.</p>
-
-<p>Hábilmente Toribio Paredes procedió á quitar la herradura. Con las
-tenazas agarraba bien la cabeza del clavo, tiraba hacia abajo y lo
-extraía con un chirrido breve.</p>
-
-<p>&mdash;Fíjate&mdash;dijo á su hermana&mdash;en que falta un clavo aquí, á la izquierda.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno...</p>
-
-<p>&mdash;Acuérdate de cual es, luego, para dejar el hueco.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, bien...</p>
-
-<p>Mataron la luz y regresaron á la cocina. Arrodillado<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> en el suelo,
-Toribio procedió á clavar la herradura en la parte más gruesa del
-zoquete y de modo que la lumbre quedase hacia abajo, para que la huella,
-del mazazo revistiera todas las apariencias de una coz. Asimismo tuvo la
-precaución de no poner el clavo que echó de menos al desherrar la mula.
-Juzgando su obra bien concluída, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Estamos listos.</p>
-
-<p>Miró el reloj; las doce y media eran pasadas. Casi de un brinco púsose
-en pie:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos...</p>
-
-<p>Su figura crecida y angulosa, y su brazo derecha armado y desnudo hasta
-el codo, rimaban siniestramente. Avanzó algunos pasos y se detuvo:</p>
-
-<p>&mdash;Lleva una toalla para taparle la boca, si gritase...</p>
-
-<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h2>
-
-<p>Rato hacía que Frasquito Miguel, recobrado de su desmayo, pugnaba por
-levantarse. Su conciencia había encendido todas las luces y sostenía un
-pavoroso monólogo. Recordaba los incidentes que concitaron contra él los
-desatados furores de sus familiares, la homicida vehemencia de Toribio
-al apuñearle y patearle, y la terrible hipocresía de su hermana.
-Aquellas frases, cariñosas, aquellas exclamaciones de misericordia y
-emoción gritadas por la mujerona para que los vecinos que hubiesen oído
-los lamentos del supliciado los atribuyesen, no á un castigo, sino á una
-cura dolorosa, empavorecían al señor Frasquito. Acababa de comprender á
-los Paredes capaces de todo, hasta del crimen, y así, no obstante la
-coyuntura de postración y flaqueza en que le habían dejado, á todo
-trance quería huir. Sentíase inerme, débil como un niño, y á merced de
-dos fieras.<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span></p>
-
-<p>&mdash;Les estorbo&mdash;pensó&mdash;; quieren acabar conmigo, para robarme...</p>
-
-<p>El silencio de la habitación, la blancura de los muros, el frío de la
-almohada que mojaron la sangre de sus heridas y el sudor de sus ansias,
-hasta la misma luz apacible del quinqué sin pantalla, acrecentaban su
-terror. Levantando la cabeza procuró espiar los ruidos de la casa. Oyó
-en el patio murmullo de conversaciones y de golpes; en la cuadra, los
-animales parecían inquietos. Después hubo un silencio; luego reconoció
-los pasos de Rita y de su hermano que iban y venían. Tuvo el señor
-Frasquito la visión neta, horrible, de que estaban abriendo una zanja
-para enterrarle.</p>
-
-<p>&mdash;Temen que mañana les acuse, y piensan hacerme desaparecer...</p>
-
-<p>Esta idea acució sus deseos de fuga: por la ventana enrejada no era
-posible escapar; de consiguiente, había de salir á la calle por la
-puerta, aprovechando un descuido de los que, indudablemente, le
-vigilaban. Merced á un titánico esfuerzo consiguió incorporarse; la cama
-producíale espanto; que le matasen, bueno, pero hallándose él de pie;
-acostado, no.</p>
-
-<p>En aquel momento, por dos veces, chirrió la cerradura y abrióse la
-puerta. Los hermanos Paredes entraron. Toribio iba delante y con los
-brazos cruzados atrás, como si ocultase algo. Rita llevaba al hombro una
-toalla. Aquel trapo blanco asocióse instantáneamente en el espíritu del
-señor Frasquito á una idea de crimen, á una visión de sangre derramada,
-de sangre suya, que sería necesario limpiar. El desdichado quiso
-defenderse. No pudo. Sin decirle palabra, Rita brincó sobre él y,
-cubriéndole la boca con la toalla, plegada en forma de zurriago, le
-sujetó fuertemente. Luego, tirando de ambos extremos de la mordaza, como
-de una brida, sacó á la víctima arrastras del lecho. Cayó Frasquito
-Miguel pecho arriba, los brazos<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span> inertes, las flacas piernas extendidas
-y lacias.</p>
-
-<p>Toribio entonces, parado delante de él, inclinado el cuerpo en la
-actitud reverente de los segadores, por dos veces bajó y subió la maza
-que esgrimía á dos manos sobre la cabeza del caído: aseguraba el golpe.
-Rita, arrodillada junto á Frasquito para impedirle todo movimiento,
-volvía la cara esquivando las probables y nauseabundas salpicaduras del
-sacrificio. Toribio, de pronto, se decidió á herir; un estremecimiento
-asesino sacudió su cuerpo; al unísono sus músculos enjutos vibraron; la
-contracción de los maseteros apretó convulsivamente sus mandíbulas y
-desnudó los dientes; puso las piernas en flexión, sus lomos tremaron,
-sus manos crispáronse frenéticas sobre la empuñadura de la maza que
-descendió irresistible, semejante á un martillo de fragua. La muerte del
-señor Frasquito fue instantánea; el porrazo le deshizo el ojo y el
-pómulo izquierdo, y revuelta con la sangre la materia encefálica comenzó
-á salir. Sobre el arco superciliar horriblemente hundido, los hombros de
-la herradura grabaron un medio círculo que primero fue rojo y luego
-negro.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos con él&mdash;masculló Toribio&mdash;, vamos pronto, antes de que se manche
-más el suelo...</p>
-
-<p>&mdash;Pero hay que vestirle&mdash;observó Rita.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué? No hace falta. Mejor está así.</p>
-
-<p>Le cogió por los sobacos y ella de los pies, y salieron de la
-habitación; pesaba muy poco; su rota cabeza pendía hacia atrás; llevaba
-los brazos extendidos y las manos inertes rozaban el suelo; el muerto
-cuerpo unas veces se encogía y otras se estiraba, según los que le
-llevaban se acercasen entre sí más ó menos. De este modo el fúnebre
-convoy llegó á la cuadra. El cadáver, sin otra ropa que una camiseta y
-el calzoncillo, y con los pies desnudos, fue depositado sobre el
-estiércol. Inmediatamente los Paredes regresaron á la cocina: ella, á
-encender nuevamente<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> el farolillo; él, á quitar la herradura de la maza
-y reponerla en su sitio. Aquel agitadísimo trajín les tenía
-desemblantados y con las sienes empapadas en frío sudor. Toribio miró al
-reloj y sorprendióle que aun faltasen minutos para la una; los instantes
-que siguieron al asesinato del señor Frasquito habían tenido en su
-espíritu inacabable duración; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.</p>
-
-<p>Los dos criminales volvieron á la cuadra, dejaron la luz donde antes y
-procedieron á reherrar la mula. Esta vez trabajaban con más desembarazo
-y diligencia, porque la decisión que les impelía era mayor. Rita
-sujetaba al animal, y Toribio manejaba el martillo con raro tino; los
-martillazos sonaban poco; los redoblones, enderezados previamente,
-entraban sin dificultad en sus claveras. De pronto, la lividez <i>del
-Rojo</i> aumentó; su hermana creyó que iba á perder los sentidos; el
-miserable palidecía de miedo; recordaba que la herradura tenía todos sus
-redoblones, menos uno, y no sabía cuál.</p>
-
-<p>&mdash;El primero de la izquierda&mdash;repuso Rita.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás segura?&mdash;balbuceó él&mdash;Fíjate bien: hay que dejar la clavera
-libre; de lo contrario, podría descubrirle el engaño. Fíjate. Nos va en
-ello la vida...</p>
-
-<p>Pero la mujerona no titubeaba:</p>
-
-<p>&mdash;Sé lo que digo; el clavo que faltaba era el primero del hombro
-izquierdo; corresponde á la izquierda tuya... ¿no comprendes?...</p>
-
-<p>El rememoraba la escena del desherraje, y cómo puso en la maza la
-herradura. Al fin, las imágenes emborronadas se diafanizaron; vió limpio
-y alentó satisfecho; aquel último detalle le aseguraba la inmunidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tenías razón!&mdash;exclamó.</p>
-
-<p>En un santiamén la operación quedó concluída.</p>
-
-<p>Después cogieron el cuerpo de Frasquito y lo acostaron boca arriba,
-junto á las patas traseras de la<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> mula. La obsesión de Toribio Paredes
-era poder justificar, ante el público, las magulladuras que sus manos y
-sus pies iracundos causaron en la víctima; para esto era indispensable
-que la mula patease bien sobre el cadáver. Con su cuchillo Toribio
-empezó á hostigar á la bestia en los hijares. Rita presenciaba el odioso
-drama sin quitar los ojos del muerto, cuya cabeza, amoratada, comenzaba
-á hincharse horriblemente. Paredes continuaba acosando al animal, que
-volvía la cabeza para mirar á Frasquito Miguel, á quien demasiado
-conocía. Extrañaba, sin embargo, su actitud y su inmovilidad, y
-acrecentándose esta extrañeza pronto se exacerbó y fué pavura. Quiso
-huir y, tropezando con la pesebrera, ladeó el cuerpo; retrocedió luego y
-pisó el cadáver; sus cascos hundiéronse muchas veces en el pecho y en el
-vientre del muerto. Por la boca lívida, desquijarada, del señor
-Frasquito, manaba un hilo de sangre negra.</p>
-
-<p>Toribio murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Todo ha salido bien; ahora, vámonos á dormir.</p>
-
-<p>De súbito, hizo un gesto alegre; el gesto del pintor que ha visto una
-pincelada maestra, y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Espera aquí...</p>
-
-<p>Marchóse para traer la botella del aguardiente, cuyo contenido derramó
-en el suelo; la botella, casi vacía, la dejó cerca del cadáver. Este
-ardid induciría á las gentes á creer que el señor Frasquito, cuando la
-mula le mató, estaba borracho. Después, siempre medio á oscuras y con
-gran sigilo, abrieron un hoyo en el patio para esconder la maza;
-disimularon la tierra removida bajo un montón de palos, ladrillos y
-trozos de cascote; después borraron escrupulosamente las manchas de
-sangre diseminadas por el dormitorio y en la cocina, y según fregaban
-iban restañando la humedad de lo limpiado. Últimamente pisaban sobre
-aquellas señales de pulcritud que dejó<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> la aljofifa, ensuciándolas de
-modo que no se conociesen. En seguida se lavaron las manos, deteniéndose
-en quitarse los bordes rojos de las uñas. Terminada, en fin, la
-operación, mal concluída casi siempre, de desvanecer esos incontables
-rastros que el criminal va olvidando tras sí, los Paredes se retiraron á
-sus alcobas respectivas. Los niños dormían sosegadamente. En el
-recogimiento de la casa, el drama parecía no haber dejado huella.</p>
-
-<p>Antes de separarse, Toribio cogió á su hermana por un brazo,
-atenaceándoselo como si aquel dolor contribuyese á grabar sus palabras
-en el remiso discernimiento de la mujerona.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana&mdash;dijo&mdash;, apenas te levantes, sales al patio, ¿entiendes?...
-sales al patio, entras en la cuadra é inmediatamente empiezas á gritar y
-á pedir socorro de manera que todos los vecinos te oigan.</p>
-
-<p>Ella hizo con la cabeza un signo negativo. El inquirió:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>Tenía su insistencia una vehemencia de amenaza. Rita continuaba negando.
-Ahora, después de cometido el crimen, la horrorizaba la idea de ver á la
-luz del sol la cabeza violácea y tumefacta, del señor Frasquito.
-Seguramente no podría resistir tan espantosa emoción.</p>
-
-<p>&mdash;Es mejor&mdash;se atrevió á decir&mdash;que te levantes tú primero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Tengo miedo...</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué miedo ni qué porra!&mdash;masculló el pañero&mdash;¡Te mato como á él si no
-haces lo que mando! Siempre, en todas las casas, las mujeres son las que
-más madrugan. Por eso mañana, como de costumbre, te levantas la primera.
-Luego, á tus voces, saldré yo.</p>
-
-<p>No replicó la mujerona, y se separaron. Ya acostados, las horas
-transcurrían sin que ni ella ni él pudiesen<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> dormir. La hiperestesia de
-sus nervios daba mayor sonoridad á todos los ruidos. El murmullo del río
-parecía más fuerte. Empezaron á cantar los gallos. En el silencio, cada
-vez que oían removerse á la mula, pensaban en el cadáver tirado sobre el
-estiércol, magullado bárbaramente bajo las patas del arisco animal.
-Rita, lívida de terror, se tapaba la cabeza con las mantas.</p>
-
-<p>Pero amaneció y con la llegada de la luz solar, de la luz franca,
-rotunda y enemigas de fantasmas, de la luz que nunca tuvo miedo, los dos
-hermanos recobraron su serenidad.</p>
-
-<p>Ya dueña de sí la mujerona, á la hora de costumbre, brincó del lecho,
-fue al patio y apenas entró en la cuadra prorrumpió en estridentes y
-atronadores alaridos. Sus estentóreos gritos desgarraban el azul.</p>
-
-<p>&mdash;¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito Miguel!... ¡Frasquito de mi alma!...
-¡Virgen Santísima... mi Frasquito ha muerto!... ¡Socorro, socorro!...
-¡¡Socorro!!...</p>
-
-<p>Desmelenada, los brazos en alto, al aire los senos, trastornados los
-ojos, escapó hacia la calle, solitaria y bañada ufanamente en el claror
-blanco de la mañana. Allí sus voces y aspavientos redoblaron.</p>
-
-<p>&mdash;¡A mi Frasquito le han matado! ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...
-¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Han matado á mi Frasquito Miguel!...</p>
-
-<p>Casi á la vez varias puertas se abrieron; tras los cristales de las
-ventanas aparecían semblantes curiosos y atónitos, ojos deslumbrados,
-cargados aún de sueño. Mujeres y hombres, á medio vestir, todos
-compadecidos y solícitos, salieron á la calle en tropel y rodearon á
-Rita.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa, qué sucede?&mdash;preguntaban.</p>
-
-<p>Ella no respondía y desparramaba sus miradas á un lado y á otro, como si
-la desesperación la enloqueciese. Ninguna actriz, ni aun la más ilustre,
-hubiese podido representar mejor su papel. ¿De dónde<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> aquella mala
-hembra, inculta y torpe, podía sacar tan perfectos recursos? ¿Qué
-increíble inspiración de comedianta se los dictaba? El sol doraba sus
-cabellos enmarañados. Sobre su pecho árido, bajo la chambra
-entreabierta, los senos flácidos colgaban tristes y parecían resbalar
-como lágrimas. Su elevada estatura sobresalía en medio del grupo de
-curiosos. Fuera de sí, comenzó á mesarse los cabellos, á torturarse los
-brazos, y llegó á morderse los labios tan sinceramente que la sangre
-brotó.</p>
-
-<p>En aquel momento, desnudo de medio cuerpo arriba, descalzo y ajustándose
-los calzones, apareció Toribio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sucede&mdash;decía&mdash;, qué sucede?...</p>
-
-<p>Su cabeza roja y minúscula estaba nimbada de espanto. También el
-miserable era un soberbio actor. La mujerona le abrazó llorando.</p>
-
-<p>&mdash;Frasquito ha muerto... ha muerto...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?... ¿Que ha muerto Frasquito?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... le ha matado la mula...</p>
-
-<p>Toribio ensanchaba los ojos; no comprendía; su frente demudada tenía la
-blancura del papel.</p>
-
-<p>&mdash;¿La mula le ha matado?... ¡No es posible!...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, le ha matado. En la cuadra está... yo le he visto..., le he
-visto... ¡le he visto!...</p>
-
-<p>Gradualmente bajaba la voz y se inclinaba hacia el suelo, enarcando las
-cejas horrorizadas, cual si aun tuviese el cadáver delante. Toribio
-corrió hacia la casa, todos le imitaron y en nervioso tropel llegaron al
-patio. Rita, á quien las mujeres sostenían porque estuvo á punto de
-sufrir una congoja, tambaleándose les siguió también. Sus hijos,
-despertados por el tumulto, acudieron á ella; los mayores, adivinando
-una desgracia, se agarraron á sus faldas, llorando.</p>
-
-<p>&mdash;Mamá... ¿qué ha sucedido?... ¿Por qué lloras, mamá?</p>
-
-<p>Rita les miraba sin responder; hipaba y tenía en la<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span> lividez de sus
-mejillas dos manchitas rojas. Sus ojos carecían absolutamente de
-expresión; diríase que el miedo y el dolor habían limpiado su espíritu
-de ideas, de recuerdos y hasta de palabras. Una vecina se apresuró, con
-franqueza brutal, á informar á los niños de su infortunio.</p>
-
-<p>&mdash;Es que vuestro padre ha muerto; ya lo sabéis. Ahora, marcharos, por
-ahí...</p>
-
-<p>Los muchachos, á coro, rompieron á llorar.</p>
-
-<p>En el patio los vecinos se detuvieron; eran muchos y á cada momento, en
-grupos, llegaban más; apenas podían rebullirse. Los que primero
-acudieron permanecían inmóviles ante el cobertizo de la cuadra,
-contenidos por un sentimiento de terror, y con sus espaldas resistían el
-avance de los que estaban detrás y para ver se ponían de puntillas.
-Únicamente Toribio Paredes tuvo valor para arrojarse sobre el cadáver de
-su cuñado y sacarle de entre las patas del animal. La mula, asustada por
-la presencia de tanta gente, volvía la cabeza donde sus ojos negrísimos
-fulgían de espanto. El cuerpo del señor Frasquito quedó tendido pecho
-arriba, la cabeza hacia el muro y mostrando así las plantas, endurecidas
-por el trabajo, de sus pies.</p>
-
-<p>Abriéndose camino por entre la concurrencia, Rita se acercaba; la sangre
-que manaba de su labio mordido, la había manchado el corpiño; su menton
-rojo formaba con la amarillez hipocrática de los pómulos y de la frente,
-una disonancia de pesadilla. Al ver el cadáver empezó á gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Frasquito de mi alma, Frasquito de mi alma!...</p>
-
-<p>Demostró perder el conocimiento. Cayó hacia atrás, rígida, y su cabeza
-pequeña rebotó contra el suelo. Varias personas caritativas la empuñaron
-por los brazos y arrastras la llevaron hacia el interior de la casa. Las
-mujeres gritaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Dadla á oler un pañuelo empapado en vinagre!</p>
-
-<p>Y otras:<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Mejor es ponerla una llave sobre el corazón!...</p>
-
-<p>&mdash;También es bueno tirarla del dedo mayor, de la mano izquierda...</p>
-
-<p>Los chiquillos contemplaban á su padre, fluctuando entre la pena, el
-cariño filial y el miedo supersticioso que les inspiraba aquel cuerpo
-rígido. Solamente Deogracias se atrevió á arrodillarse delante de él.</p>
-
-<p>Los circunstantes no cesaban de hablar; charlaban todos á la vez
-esforzándose en explicarse mutuamente aquella desgracia. Sin atreverse á
-tocar al difunto, muchos le reconocían la cabeza, donde debió de
-recibir, según todas las apariencias acreditaban, el golpe que le quitó
-la vida. La sucinta indumentaria del cadáver y la posición en que fue
-encontrado, decían que el señor Frasquito hubo de levantarse de noche
-para ir á la cuadra, y al pasar junto á la muía, ésta le dió una coz.</p>
-
-<p>Una vecina manifestó que la víspera, á última hora de la tarde, había
-oído quejarse desesperadamente al señor Frasquito, y á Rita prodigarle
-frases de maternal consuelo. Y agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Yo pasaba por la calle y me detuve á escuchar. Desde luego supuse que
-al pobrecillo estarían curándole.</p>
-
-<p>Toribio Paredes ratificó las palabras de aquella mujer. Su cuñado, que
-estaba enfermo de gota, se había agravado y fué necesario friccionarle
-el vientre y las rodillas con alcohol; aquel masaje le produjo dolores
-desacostumbrados y le arrancó ayes terribles.</p>
-
-<p>Con notable naturalidad añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Esta madrugada, entre sueños, me pareció oir ruido en la cocina; pensé
-que era mi hermana y ni siquiera abrí los ojos; pero debía de ser él,
-que iba á la cuadra.</p>
-
-<p>Nadie dudaba; las explicaciones aportadas por unos y otros, parecían á
-todos muy concertadas y en su<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> punto. Pero, ¿qué pudo ir á buscar á la
-caballeriza, á tales horas, el señor Frasquito?</p>
-
-<p>&mdash;Yo creía&mdash;insinuó un vecino&mdash;que el pobre, reumático como estaba, no
-podía moverse.</p>
-
-<p>Toribio replicó:</p>
-
-<p>&mdash;No; mi cuñado caminaba mal; andaba con trabajo, agarrándose á las
-paredes, como los niños pequeños, pero andaba...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué supone usted que fuese á hacer en la cuadra?...</p>
-
-<p>El pañero se encogía de hombros; sus ojos divagaban; todas sus actitudes
-eran las del individuo que naufraga en un mar de conjeturas y
-vacilaciones. Largo rato, desoyendo la garrulería de tantos diálogos,
-permaneció absorto. Hubo momentos en los cuales pareció que, no obstante
-su entereza, iba á llorar. Pasados unos minutos, Toribio juzgó llegada
-la ocasión de fijarse en la botella del aguardiente, que, por una
-casualidad favorable, la mula había roto. Cogió uno de los añicos, el
-más grande, y con aire inquisitivo se lo acercó á la nariz.</p>
-
-<p>&mdash;Esto&mdash;dijo&mdash;huele á aguardiente.</p>
-
-<p>Los que le oyeron, repitieron preguntando:</p>
-
-<p>&mdash;¿Huele á aguardiente?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí...</p>
-
-<p>Su cara se iluminó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya sé, ya me explico lo sucedido!...</p>
-
-<p>Como todos sabían, el señor Frasquito se emborrachaba; bebía sin freno,
-hasta caer. Diferentes veces se había levantado á media noche para
-beberse el vino ó el aguardiente ó el coñac, que hubiere en la despensa.
-Tanto Rita como su hermano, por consejo del médico procuraban que el
-enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las
-noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces
-debajo de la cómoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los
-pesebres. Este último lugar,<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> como más distante, era indudablemente el
-más seguro. Pero Frasquito Miguel, á quien su pasión inspiraba
-adivinaciones extraordinarias, poco á poco, en fuerza de registrar todos
-los rincones de la casa, descubrió también aquellos escondrijos. Toribio
-relacionaba unos hechos á otros. Evidentemente su cuñado, que con el
-masaje de aquella tarde había sufrido mucho, llegada la noche
-experimentó, más intensamente que nunca, el deseo de beber, para
-adormecerse y descansar. Con este propósito registraría la casa, y no
-hallando lo que quería fué á buscarlo á la cuadra. Frasquito Miguel,
-aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones á
-oscuras, por miedo á ser visto. El desdichado se acercaría al pesebre y
-cogió la botella; quizás allí mismo, en pie, poniéndosela sobre los
-labios, agotó su contenido, lo que turbándole la cabeza empeoró la
-inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezaría entre el
-estiércol, para no caer se agarraría á la mula, y ésta, que era muy
-espantadiza, le dió una coz que Frasquito, por su desgracia, recibió en
-la frente...</p>
-
-<p>Toribio se interrumpió; en aquel momento la Pascuala movía la cabeza
-para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discreción iba
-desenredando su mentira, palideció: tuvo miedo, un miedo supersticioso;
-se acordó de aquella burra que habla en la Biblia, y creyó que la
-bestia, testigo único de su crimen, iba á desmentirle.</p>
-
-<p>Los circunstantes, que habían seguido atentamente las explicaciones del
-bujero, las hallaron muy lógicas. Ni un instante la sospecha de un
-asesinato removió sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocían las causas
-del drama, la muerte del señor Frasquito les parecía menos triste.
-Alguien dijo, con mal encubierta ironía.</p>
-
-<p>&mdash;En fin, si cuando el pobre recibió la coz estaba<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> ya borracho...
-¡tanto mejor!... porque sufriría menos...</p>
-
-<p>Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes
-se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad.</p>
-
-<p>A poco llegó el Juzgado, compuesto del señor juez, el señor secretario y
-tres alguaciles.</p>
-
-<p>Don Niceto Olmedilla, después de tomar á los presentes declaraciones
-minuciosas, ordenó el levantamiento del cadáver. Casi á la vez
-aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernández Parreño, don Dimas Narro y
-el veterinario. Don Elías supo lo ocurrido en la botica; á don Ignacio
-fueron á decírselo á su casa. Entonces don Niceto, para esquivar
-trámites y ganar tiempo, refirióles cómo había sucedido la desgracia, y
-les invitó á reconocer el cadáver y añadir sus dictámenes á las
-diligencias sumariales que habían de incoarse. Ellos asintieron. Los
-alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras á empellones,
-despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual
-depositaron al muerto. Toribio, á cada momento, escupía y se llevaba las
-manos á los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le quería mucho&mdash;balbuceaba&mdash;yo le quería mucho. Me había
-acostumbrado á él. ¡Era muy bueno!...</p>
-
-<p>Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le
-compadecían, admiraban su buen corazón y sentían hacia él una simpatía
-nueva. Refiriéndose á su cuñado, el bujero preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Debo desnudarle?</p>
-
-<p>Don Niceto repuso:</p>
-
-<p>&mdash;No lo creo necesario; pero eso los señores peritos han de decirlo.</p>
-
-<p>Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro,
-Martínez, Fernández Parreño, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban
-vibrantes de interés y de emoción. En don Ignacio la idea de alternar<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span>
-mano á mano con dos médicos en una cuestión profesional, producíale
-cierta escondida vanidad. El cuerpo del señor Frasquito fué colocado en
-actitud supina, y como no cabía en la mesa, sus piernas, ya rígidas,
-quedaron en el aire.</p>
-
-<p>Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa,
-descompuesta por la hinchazón que siguió al golpe. La sangre se había
-coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia
-cerebral. Sobre el pómulo izquierdo aparecía clara, terminante, la
-huella curva de la herradura. Los bordes del hierro habían grabado un
-perfil inconfundible. Todos callaban consternados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué golpe!&mdash;exclamó don Dimas.</p>
-
-<p>No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio añadió:</p>
-
-<p>&mdash;La coz que, como ve usted, está ligeramente inclinada hacia afuera,
-debe habérsela dado el animal con la pata derecha.</p>
-
-<p>La cabeza pálida y mal afeitada de don Niceto asintió. En el medio
-círculo de la herradura, las señales más hondas que dejaron los clavos
-atestiguaban la formidable violencia de la percusión. Fernández Parreño
-empezó á contarlos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí falta uno!</p>
-
-<p>Repuso Martínez:</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fué dada con la
-pata derecha, según yo creo, ó con la izquierda. Veámoslo.</p>
-
-<p>Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegría. ¡Qué certeramente
-supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa,
-irrebatible, que había de ponerle á salvo de sospechas, estaba allí.
-Acercóse á la mula con muchas precauciones. Pascuala empezó á
-encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche parecía
-haber dejado un terror.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué mala bestia!&mdash;repetía Martínez&mdash;; cuando<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> se quemó hubieran hecho
-ustedes muy bien en darla un tiro.</p>
-
-<p>Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobación decisiva,
-Toribio levantó primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero,
-bruñido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los
-clavos: estaban todos.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que yo dije&mdash;exclamó Martínez satisfecho&mdash;la coz ha sido dada con
-la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciorémonos de una vez.</p>
-
-<p>El bujero obedeció. Efectivamente, allí faltaba un clavo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ven ustedes?&mdash;insistió Martínez triunfante&mdash;fué con la pata derecha.</p>
-
-<p>Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo él estaba
-manchado de sangre. Volvieron al lado del cadáver. En los sitios más
-profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron
-partículas de estiércol.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué atrocidad!&mdash;repetían los médicos&mdash;; ¡qué fuerza la de ese
-animal!...</p>
-
-<p>Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre.
-Todo el cuerpo que, durante horas, pateó la mula, hallábase
-horriblemente mutilado: el vientre aparecía inflado por unas partes y
-por otras deshecho; las costillas, rotas, habían desgarrado la carne y
-blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos
-los allí presentes un movimiento de asco.</p>
-
-<p>Don Niceto se volvió hacia Toribio y, á la vez compadecido y grave, le
-estrechó la mano. Después aludió al cadáver.</p>
-
-<p>&mdash;Echenle ustedes una sábana por encima, y el entierro cuanto antes sea,
-mejor.</p>
-
-<p>Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vió á Rita, á quién varias
-mujeres fortalecían con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla
-declaración. La<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto,
-ratificó cuanto su hermano había dicho, y apenas terminó de hablar cerró
-los ojos y dejó ir la cabeza hacia atrás, inerte y fría como si de nuevo
-hubiese perdido los sentidos.</p>
-
-<p>Durante la tarde los Paredes observaron idéntica actitud de dolor. No
-almorzaron y la debilidad les enflaquecía el rostro. Ella parecía
-idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmóviles
-y no respondía á las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de
-éstas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del
-señor Frasquito desde un punto de vista práctico. Se trataba de un
-organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. ¿Qué
-hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante años y años?
-Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle,
-constituía un bien para todos; Dios sabe siempre darle á sus hijos lo
-que más les conviene...</p>
-
-<p>A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona respondía con
-exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los
-hombros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Estaba tan hecha á él!&mdash;decía&mdash;; ¡era tan trabajador, tan bueno!...</p>
-
-<p>Toribio, sentado en un rincón, los codos en las rodillas y la pequeña
-cabeza oculta entre las manos, demostraba también su tribulación con
-frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo á
-amistosas invitaciones, fué á la taberna, donde volvió á explicar la
-fiera muerte de su cuñado y las circunstancias que, á su juicio,
-debieron de rodearla.</p>
-
-<p>Al día siguiente, muy temprano, dieron tierra á los restos del señor
-Frasquito. Componía el acompañamiento una veintena de personas. El ataud
-iba llevado á hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena
-voluntad. Cuando éstos se cansaban otros<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> les sustituían, pues para tan
-cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrándose con
-ello. <i>El Rojo</i> era quien más resistía, y á todos sorprendía su
-fortaleza, nacida evidentemente de su cariño al difunto. Bajaba el
-luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estación, y Toribio, ya
-fatigado, acababa de ceder su puesto á un amigo, cuando vió á don Gil
-Tomás que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre
-pequeñito, en aquellas circunstancias, emocionó y acobardó á Paredes.
-Creeríase que el brujo madrugaba para asistir á su obra. En el júbilo
-rosa y azul de la mañana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de
-la carretera, su cuerpo minúsculo, vestido de negro, echaba un
-borroncillo impertinente. Toribio sintió que toda su sangre, hecha
-hielo, le subía á la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No
-obstante rehízose pronto y saludó, concediendo á la mayor categoría
-social de Tomás el respeto debido.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, Toribio.</p>
-
-<p>Ante el féretro el hombre pequeñito se había descubierto. Su rostro, de
-color de miel, no delataba emoción ninguna. Evidentemente no sabía quién
-iba allí. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal
-lívido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibujó un jabeque
-rojo.</p>
-
-<p>«¡Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrás!...»&mdash;pensaba
-Paredes.</p>
-
-<p>Y á continuación:</p>
-
-<p>«Y, si no se acuerda, ¿cómo está aquí él, que se levanta siempre
-tarde?...»</p>
-
-<p>Don Gil le interpeló:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién ha muerto?</p>
-
-<p>Con voz casi imperceptible, el bujero repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Mi cuñado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Su cuñado?... ¿El señor Frasquito?<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh!... ¡Qué sorpresa!... ¿Cuándo?...</p>
-
-<p>&mdash;Anteanoche. Ayer, por la mañana, le encontramos muerto en la cuadra.
-La mula que tenemos le había matado de una coz.</p>
-
-<p>Se interrumpió bruscamente; parecíale estar diciendo palabras ociosas.
-¿No era don Gil su cómplice?</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿es cierto que no sabía usted nada?&mdash;agregó.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, se lo aseguro; no había oído decir nada... ¡Qué desgracia!...</p>
-
-<p>Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasión se
-trocó en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente,
-tan retozona y llena de preguntas, que parecía una alegría. ¿Cómo brotó
-en su alma aquella suave alacridad?...</p>
-
-<p>&mdash;Cuénteme, amigo Toribio&mdash;exclamó&mdash;, cuénteme cómo esa espantosa
-desgracia ha sucedido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? Muy sencillo; verá usted...</p>
-
-<p>Estirando las piernecillas cuanto podía, para no rezagarse, el hombre
-pequeñito siguió al muerto.</p>
-
-<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h2>
-
-<p>Teodoro entreabrió la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está bien así, don Juan Manuel?</p>
-
-<p>El diputado aprobó con un gesto. Había pedido la botella del ron y
-llevaba trasegado de su contenido cerca de la mitad. Sus amigos decían
-que don Juan Manuel iba aficionándose á la bebida con exceso. Ello
-perjudicaba á su talento y le quitaba elocuencia en las Cortes. Había
-engruesado notablemente, y sus mejillas se acaloraban con facilidad.
-Nunca, sin embargo,<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> su carácter revelóse más expansivo, más fecundo en
-dicacidades y agudezas; y en sus ojos zarcos, saltones, acuosos,
-acostumbrados á entornarse voluptuosamente, titilaba una luz optimista.</p>
-
-<p>Aquella tarde de Abril el calor apretaba y la atmósfera del Casino,
-llena de humo y de sol, llegó á ser irrespirable. Don Juan Manuel,
-sofocado en el espacio, breve para su vientre, que separaba el diván de
-la mesa, ordenó á Teodoro abrir la ventana más próxima, y una corriente
-de aire cruzó el salón como una ráfaga de salud.</p>
-
-<p>Componían la tertulia del diputado, Fernández Parreño, don Niceto y don
-Luis Olmedilla, don José Erato y don Artemio. Acababan de terminar su
-partida de tresillo y los lances del juego, por lo mismo que les
-interesaron y sacudieron mucho, les habían fatigado. Al recogerse en sí
-todos halláronse amustiados y sin ideas; cesó con el trajín de los
-naipes el regocijo de la reunión; el tedio de la ociosidad, el tormento
-sigiloso, mil veces renovado, de no saber á dónde ir, renacía. Antes de
-marcharse á cenar aun necesitaban esperar, cuando menos, una hora. ¿Qué
-hacer hasta entonces?... Y á esta pregunta, en cada alma, respondía el
-silencio.</p>
-
-<p>Todos habían cambiado de actitud y miraban hacia los balcones, invadidos
-de cruda claridad. El Casino, á la sazón, estaba callado. Unicamente
-resonaban las voces de Romualdo y de otros dos individuos que jugaban al
-billar.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel Rubio sacó su petaca y ofreció tabaco á la reunión;
-todos aceptaron, menos don Niceto.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, don Juan; ya sabe usted que no fumo ni bebo alcoholes más que
-de noche.</p>
-
-<p>La observación era rigurosamente cierta; el juez no bebía ni fumaba
-mientras el sol alumbrase el horizonte. ¿Por qué alterar aquella
-costumbre de tantos años? El diputado no insistió.<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span></p>
-
-<p>Dijo don Artemio:</p>
-
-<p>&mdash;¿Saben ustedes que el veterinario se ha comprado una corbata?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, sí&mdash;repuso don Elías.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, también&mdash;agregó Luis&mdash;; una corbata encarnada...</p>
-
-<p>&mdash;La misma; ¿le han visto ustedes?</p>
-
-<p>&mdash;No le he visto&mdash;replicó Olmedilla&mdash;, pero me la dijeron hoy, á medio
-día, en el Café de la Coja.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo supe anoche&mdash;añadió el médico&mdash;, me lo contaron en la fonda.</p>
-
-<p>&mdash;Se la habrá comprado su mujer, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No lo creo; su mujer tiene mejor gusto.</p>
-
-<p>De unos labios á otros, en el curso de aquellos dos días la corbata de
-don Ignacio Martínez había estremecido la opinión.</p>
-
-<p>El sustantivo «fonda», dicho por Fernández Parreño, trajo á la distraída
-memoria del señor Erato, un recuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Diga usted, don Luis, ¿es cierto que esta mañana, un comisionista
-alemán, dió un escándalo en el Toro Blanco?...</p>
-
-<p>La pregunta interesó mucho á los circunstantes, que ignoraban el hecho.</p>
-
-<p>Luis Olmedilla, siempre presumido y valentón, repuso irguiéndose en su
-asiento y entornando los ojos con aire jaque:</p>
-
-<p>&mdash;Hombre... tanto como un escándalo, no señor; porque si mi hermano
-Valentín es como es, un manso y lo aguanta, yo, no lo aguanto. Lo que
-hubo fueron palabras gruesas, pero no conmigo, que yo, en aquel momento,
-no estaba allí. El hecho es muy sencillo. Ese comisionista alemán vino
-esta mañana de Salamanca, en el primer tren, y apenas llegó á la fonda,
-pidió un baño. La criada que sirve en el piso principal y se expresa muy
-bien porque está acostumbrada á tratar con buena gente, le manifestó que
-en<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> casa no había baño, pero que podía buscarle un barreño si, por
-casualidad, necesitaba lavarse los pies. ¡Me parece que la mujer no dijo
-ningún disparate!...</p>
-
-<p>Todos asintieron. Parsimoniosamente, escuchándose un poco, Luis
-Olmedilla continuó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues, para qué quiso oir más el alemán!... Empezó á decir que él no
-necesitaba lavarse los pies, porque los llevaba siempre muy limpios; que
-los necesitados de limpieza somos nosotros, los españoles; que si pedía
-un baño era por gusto, porque en su país la gente, según parece, se baña
-todos los días. ¡Ganas de presumir, claro es!... Como hablaba á voces y
-manoteando, la muchacha se asustó y fué á llamar á su ama, porque
-Valentín estaba en la peluquería, afeitándose. Mi cuñada procuró
-apaciguar al alemán diciéndole que ni en Puertopomares, ni en otros
-pueblos de más categoría, las fondas tienen cuarto de baño, por la
-sencilla razón de que nadie se baña, y mucho manos ahora, en primavera,
-lo que no impide que gocemos de buena salud. Eso fué todo. Pero como el
-extranjero gritaba y decía en su lengua palabras incomprensibles, los
-criados pensaron que les estaba insultando, y á no llegar mi hermano
-nadie sabe lo que hubiese sucedido.</p>
-
-<p>Exceptuando don Juan Manuel, que se reservó su opinión, todos los
-circunstantes, incluso Fernández Parreño, declaráronse en contra del
-alemán. El médico afirmó que los baños, fuera de los meses de Junio,
-Julio y Agosto, constituyen un reverendo disparate. ¿A quién, que no
-esté loco, se le ocurre bañarse, por ejemplo, en Abril?...</p>
-
-<p>Luis Olmedilla dijo que su hermano, sin embargo, para complacer á los
-extranjeros, pensaba instalar una ducha. ¡Lástima de dinero!</p>
-
-<p>&mdash;Dile á Valentín&mdash;exclamó el boticario&mdash;que si las pesetas le hacen
-cosquillas las emplee en ensancharnos<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span> el saloncito de tresillo, y se lo
-agradeceremos todos.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel preguntó á don Niceto el resultado de la querella que
-don Arístides, propietario del tejar <i>La Honradez</i>, tenía entablada
-contra Juanito, <i>el Manchego</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy se ha celebrado el juicio&mdash;repuso el juez&mdash;, pero no hubo
-sentencia porque las circunstancias en que el demandante apoya su
-denuncia no están bien probadas. Ya le conocemos; por pleitear
-pleitearía con un árbol. Dice don Arístides que á una yegua inglesa, muy
-buena, que tiene, la acaballó un potro de Juanito <i>el Manchego</i>
-hallándose la yegua sudada; que <i>el Manchego</i> la echó el potro para
-dañarla, pues, según parece, él y don Arístides se llevan mal, y la
-yegua hubo de asustarse y con la impresión se la cortó el sudor y desde
-entonces está enferma. Por daños y perjuicios pide seis mil pesetas.
-Claro es que Juanito se defiende diciendo que si la yegua se escapó y
-vino á buscar al potro, ó si éste rompió el acial y se fué en busca de
-la yegua, él no tiene culpa, pues son accidentes inevitables y
-fortuitos. También asegura que la yegua no está enferma de pasmo, sino
-de alguna mala hierba que ha comido. Martínez, como perito, habrá de
-decirlo.</p>
-
-<p>Este diálogo trajo al espíritu de Fernández Parreño el recuerdo de las
-dos potrancas que aquel año deseaba llevar á la cubrición. Don Juan
-Manuel poseía en su finca «La Evarista», así llamada para rendir público
-testimonio de adhesión y fineza hacia Evarista Garrido, su amante y
-heredera, una excelente monta con magníficos caballos padres y burros
-garañones andaluces de lozana estampa y extremado poder, que anualmente,
-desde que comenzaba la cubrición á primeros de Marzo, hasta fines de
-Junio, allá por San Juan, producíanle muy generosos rendimientos.<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo quiere usted que lleve las potras á cubrir?&mdash;preguntó don
-Elías.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando usted guste. ¿Están en sazón?</p>
-
-<p>&mdash;Desde hace tres días. Pero, ya sabe usted que, por ser mis yeguas
-primerizas, tengo derecho á elegir semental...</p>
-
-<p>Mientras se servía otra copa de ron, don Juan Manuel tuvo un gesto de
-desprendimiento y elegancia.</p>
-
-<p>&mdash;Le asiste á usted, amigo don Elías, efectivamente, ese derecho de
-elección; pero aunque así no fuese, por ser usted quien es y por nuestra
-buena amistad, en mis tierras de ese y de cuantos fueros y pragmáticas
-necesite puede usar.</p>
-
-<p>Agradeció Fernández Parreño tan generoso ofrecimiento, y prometió enviar
-al día siguiente las dos potrancas á la parada. Convenía aprovechar la
-bonanza del tiempo, pues la experiencia habíale demostrado que los días
-nublados no son propicios á la cubrición.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted irá?&mdash;preguntó el diputado.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente.</p>
-
-<p>&mdash;Si quiere usted, puedo llevarle en mi tartanita; iríamos juntos y le
-enseñaría el último garañón que he comprado. ¡Merece verse!...</p>
-
-<p>Esta conversación, tanto por la misma salsa picante de su asunto, como
-por el interés que estos episodios de la existencia rústica inspiran á
-cuantas personas viven del campo ó muy cerca de él, apasionó á los
-circunstantes. Para los vecinos de las aldeas, la noticia de un
-pedrisco, la época de la jifería, el júbilo verde de los bancales
-enlucidos con los primeros brotes de la cosecha próxima, la preñez de
-las ovejas ó el alumbramiento de una vaca, revistieron siempre
-importancia excepcional.</p>
-
-<p>Don Elías explicó las condiciones de sus yeguas, su complexión, su edad
-y el empleo que daría á las crías. En relación con todo esto, quería
-para la potranca negra á «Temerario», garañón alazán; y, para<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> la
-potranca rodada, á «Pensativo», soberbio ejemplar de ruchos cordobeses.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel sonreía petulante.</p>
-
-<p>&mdash;Este doctor sabe escojer. Si entendiese de medicina como de animales,
-podíamos cerrar el cementerio.</p>
-
-<p>El ejemplo de Fernández Parreño suscitó en los oyentes ideas de codicia.
-Don Artemio Morón tenía una pollina joven, ociosa desde hacía dos años.
-Don Niceto habló de su yegua.</p>
-
-<p>&mdash;Pues anímense ustedes&mdash;exclamó el diputado&mdash;y vénganse mañana temprano
-con nosotros. Pasaremos un buen rato. Además, ahora la cubrición está en
-su apogeo, y á ustedes les conviene que la monta se realice antes de que
-los machos empiecen á cansarse.</p>
-
-<p>Por burla, Luis Olmedilla dijo que aquella invitación se la dictaba á
-don Juan Manuel el interés. Cobraba el diputado las cubriciones á
-setenta y aun á ochenta reales, y como á su acaballadero acudían todas
-las yeguas y pollinas de los alrededores, las ganancias de la faena
-reproductora alcanzaban á mucho. Así, la parada de La Evarista
-constituía una especie de mancebía, de la que don Juan Manuel Rubio era
-amo y alcahuete. El dudoso gusto de la broma no hizo mella en aquél, que
-la arrostró bravamente, salpresándola con atrevidos donaires y uniendo
-sus risas á las de todos.</p>
-
-<p>A la hora de cenar la reunión se disolvió, marchándose cada cual á su
-casa, pero prometiendo volver á entrevistarse luego en el Casino, para
-determinar bien el sitio y momento en que á la siguiente mañana habían
-de reunirse.</p>
-
-<p>De esto trataban á última hora, cuando don Gil Tomás, que después de
-pasar la velada en un ángulo del salón y leyendo periódicos, se
-restituía á su domicilio, se acercó á la tertulia.<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span></p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, señores...</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, don Gil.</p>
-
-<p>Hicieron ademán de brindarle una silla.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias. Voy ya de retirada.</p>
-
-<p>Bajo la claridad de las lámparas y entre la blancura del mármol de las
-mesas, parecía un pelele con su cabeza de amarillez azafranosa y su
-cuerpo de hombros caídos y estrechos. Fernández Parreño le explicó de
-qué se trataba y don Gil mostróse propicio á conocer lo que, por falta
-de ocasión, nunca había visto, mas no consintió en que nadie se
-molestase yéndole á buscar. El, con mucho gusto, concurriría
-puntualmente adonde le dijesen. Discutieron el sitio mejor para citarse:
-unos proponían el Casino, otros la farmacia. Al cabo quedó concertado
-que don Juan Manuel iría, en su coche, á recoger al médico, que don
-Niceto y su hermano saldrían por su camino y á la hora que les
-pareciese, y que don Artemio aguardaría á don Gil en la botica, pero
-maniobrando todos activamente de manera de reunirse en La Evarista entre
-ocho y nueve de la mañana. En esta conformidad se separaron.</p>
-
-<p>El acaballadero de La Evarista hallábase á poco más de tres kilómetros
-de la población, inmediato al camino de Puertopomares á Torres de la
-Encina, y en el hondón formado por dos alcores sembrados de olivos. Era
-un vasto corralón circuído por densas acitaras de mampostería, altas
-como de dos metros, donde se apoyaba un cobertizo bajo del cual los
-gañanes ponían las carretas y otros aperos de labranza al resguardo de
-la lluvia. Junto á una piedra redonda, de las empleadas en las aceñas, y
-que con industria fué convertida en pesebre, relinchaba furioso el
-caballo «catador», destinado únicamente á examinar si las hembras que
-iban llegando estaban ó no en sazón de ser cubiertas. El pobre animal,
-los ojos alocados, los belfos espumeantes, erizada la crín,<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> trepidante
-de un furor genésico exacerbado á cada nueva cata y siempre
-insatisfecho, atabaleaba el suelo y corajudo se mordía los ijares.</p>
-
-<p>Los caballos y pollinos sementales estaban aparte, en lugar bien cerrado
-y separados unos de otros, porque el aislamiento, según el experimentado
-saber de don Juan Manuel, aviva en los machos el deseo reproductor. Así,
-cada garañón ocupaba un departamento, una especie de celda, de la que
-salía para cumplir la función sexual y á la que era restituído
-inmediatamente después. En aquel pequeño local cubierto de estiércol y
-flanqueado por los cuartos donde los sementales esperaban, atronaba la
-polifonía de los graves rebuznos, la estridencia bélica de los
-relinchos, el golpear de los aciales sacudidos, la temible impaciencia
-con que los brutos rijosos pateaban el suelo. A veces, un semental, de
-un par de coces, abría la puerta de su encierro, haciendo saltar la
-cerradura.</p>
-
-<p>Don Gil Tomás y el boticario, que salieron de Puertopomares á paso de
-tropa, alcanzaron en el camino á don Niceto Olmedilla y á su hermano.
-Don Artemio llevaba á su pollina del ronzal; el juez, más comodón, había
-recorrido el trayecto montado en su yegua. Continuaron andando los
-cuatro, y á poco se reunieron con Fernández Parreño y don Juan Manuel
-que les esperaban á la entrada de La Evarista porque el coche no podía
-seguir adelante. Ya juntos, prosiguieron la ruta á pie, entre la alegría
-de los olivos y de los campos donde empezaban á lozanear los primeros
-brotes de la cosecha próxima. Un zagalillo, que llevaba del ramal á las
-dos potrancas del médico, les precedía. El cielo era azul, tibio el
-aire; las glebas, que paralelamente levantó el arado, rojeaban bajo el
-sol. Un júbilo afrodisíaco, excitador, un saludable aroma de sarpullos
-tempranos y de savias y resinas nupciales, saturaba el paisaje.<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span></p>
-
-<p>Interesó la atención de don Gil el que, tanto la burra del boticario
-como la yegua de don Niceto, ya cerca de la parada empezasen á dar
-muestras de contento y, sin que nadie las estimulase á ello, se pusieran
-al trote.</p>
-
-<p>&mdash;Es que adivinan á dónde vamos&mdash;decía don Artemio riendo&mdash;; vea usted,
-en cambio, las dos potrancas de don Elías: como son doncellas no
-malician nada.</p>
-
-<p>En las inmediaciones del acaballadero había bastante rebullicio. Mujeres
-y zagales acudían allí, como á una fiesta dionisiaca, llevando del
-ronzal á las hembras en quienes la rigurosa ley de la reproducción había
-de cumplirse. Los animales, alborozados, brincaban delante de sus
-dueños. Novias parecían. Era un cuadro pagano donde, á la picardía de
-las escenas, aunábase la avaricia campesina, el codicioso deseo de que
-las hembras quedasen fecundadas.</p>
-
-<p>Ya en el acaballadero, los hombres franqueaban la puerta del corralón;
-las mozas, vacilando entre su femenil recato y su vicioso prurito de
-ver, no entraban, pero se encaramaban á los muros y sentadas sobre el
-cobertizo, destacaban sus rostros traviesos, llenos de risas, del gran
-fondo alegre del cielo y del campo. Don Gil, curioso y lascivo, lo
-observaba todo.</p>
-
-<p>A recibir á don Juan Manuel acudió Luciano, el encargado de la parada.
-Venía en mangas de camisa y llevaba chaleco y calzones de pana. Era
-viejo, recio y alto. Una boina negra cubría su cráneo rapado y de líneas
-seguras. Sus ojos pequeños y sin luz, y sus labios, renegridos por el
-tabaco, daban al rostro afeitado una expresión bestial. Saludó:</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, don Juan Manuel y la compaña...</p>
-
-<p>Luciano informó á su amo de cómo aquellas últimas mañanas habían sido de
-trabajo incesante. Designó con un gesto á las yeguas que esperaban en el
-corral. Llevaba despachadas otras ocho, y aunque<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> tenía cuidado de no
-debilitar á los sementales dándoles á comer hierba fresca, no comprendía
-cómo éstos podían resistir tanto trabajo.</p>
-
-<p>Preguntó don Juan Manuel si «Temerario» y «Pensativo» se hallaban bien
-dispuestos, y como las respuestas de Luciano fuesen afirmativas, don
-Elías no disimuló su contento.</p>
-
-<p>&mdash;Si todo sale bien&mdash;dijo&mdash;le haré á usted un buen regalo.</p>
-
-<p>Luciano, sonriendo, prometió esmerarse, tanto por respeto y cariño á don
-Juan Manuel, como por corresponder á las dadivosas intenciones del
-médico.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabrá usted&mdash;repuso&mdash;que tiene derecho á que cada una de sus yeguas
-sea cubierta catorce veces, distribuidas en la siguiente forma. Después
-de los cinco ayuntamientos primeros, las dejaremos descansar nueve días;
-luego, con intervalos de veinticuatro horas, recibirán otros cuatro;
-nueve días después, tres más, y, finalmente, transcurrida una semana,
-otros dos...</p>
-
-<p>Al saber que don Elías quería para su yegua negra al alazán «Temerario»,
-y para la rodada á «Pensativo», Luciano movió la cabeza y su semblante
-se nubló. A despecho de su rusticidad, parecía un bonzo, uno de aquellos
-sacerdotes antiguos, crueles y sensuales, cuyas preces poseían el don
-terrible de hacer correr ó de secar las fuentes del deseo.</p>
-
-<p>&mdash;Veremos&mdash;exclamó&mdash;; no crean ustedes que los animales me obedecen
-siempre. Los animales, con perdón sea dicho, tienen sus preferencias,
-como las personas. Los caballos gustan de unas yeguas más que de otras,
-y á las yeguas las sucede lo propio. Lo mismo ocurre con los burros: el
-asno que haya tenido comercio con una yegua, es muy difícil que luego
-acepte á una pollina.</p>
-
-<p>Mientras Luciano disertaba, don Gil, Luis Olmedilla y don Artemio, que á
-pesar de sus años y de su<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> jorobada figura se perecía por las faldas,
-observaban descocadamente á las mozas. Ellas, avergonzadas de la
-curiosidad que las había llevado allí, enrojecían, y, para disimular su
-turbación, volvíanse de espaldas y miraban al campo.</p>
-
-<p>La faena de la cubrición fué rápida. Desatado el potro «catador»,
-abalanzóse sobre las yeguas que le ofrecían; pero apenas sujetaba á una
-entre sus patas, Luciano, tirándole violentamente del ronzal, lo
-derribaba al suelo. De este modo el animal se ayuntó con todas, pero con
-una rapidez que, por no satisfacerlas, las dejaba en la mejor
-disposición y apetito. Inmediatamente las hembras fueron llevadas al
-departamento donde los garañones, que habían olfateado el banquete
-sexual, relinchaban glotones, y allí las ataron las patas, para que no
-coceasen. Los sementales, al salir de su departamento, apenas veían la
-yegua que les estaba destinada, apasionadamente arremetían con ella. El
-médico, el boticario, don Gil, don Niceto Olmedilla, su hermano y don
-Juan Manuel, presenciaban la escena conturbados por la mirada dulce,
-sumisa, perfectamente femenina, de las hembras. Una vaga inquietad
-genésica les removía. Unicamente Luciano, los calzones sujetos por una
-faja negra, la boina echada sobre el cogote, al aire los antebrazos
-velludos, presidía los ayuntamientos ordenándolos con castidad perfecta.</p>
-
-<p>Cuando don Juan Manuel y sus amigos salieron de la parada, el hombre
-pequeñito iba densamente pálido. Varias mozas, que en sueños le tuvieron
-entre los brazos, sintieron deslizarse por su carne supersticiosa un
-calofrío de miedo.</p>
-
-<p>Ya iban llegando á la población, cuando don Gil se despidió de sus
-acompañantes invocando un quehacer perentorio, y por un atajo caminó
-hacia su casa. Su presencia por aquellos andurriales llamó la atención.
-Algunos hombres le saludaron respetuosamente,<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> con ese acatamiento que
-en los pueblos, más que en las ciudades, inspiran los ricos; los ojos de
-las mujeres le seguían largo rato, inquietos y atentos, como si vieran
-alejarse un peligro; únicamente los muchachos, hallándole pequeño, casi
-de su tamaño, le miraban de igual á igual.</p>
-
-<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h2>
-
-<p>Poseía don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpatía,
-los recursos, no menos envidiables de parecer útil y de inspirar
-confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su
-barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la
-mirada y en la voz, pormenores eran que infundían respeto y hasta temor
-en las gentes sencillas.</p>
-
-<p>Muchos rústicos comarcanos, tanto por motivos de economía como porque la
-ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crédito, le preferían al
-médico ó al albeitar, y muy de mañana iban á consultarle so pretexto de
-comprar cinco céntimos de vaselina ó una botella de agua purgante. El
-farmacéutico poseía un memorión formidable y conocía palmo á palmo todas
-las villas de en seis leguas á la redonda. Esto le daba gran prestigio.
-Además tuteaba á sus clientes en señal de dominio, ciencia y señorío, y
-tenía el llamado «ojo clínico», es decir: la intuición del médico, el
-presentimiento de las enfermedades, orientación ó guía suprema del arte
-de curar.</p>
-
-<p>Morón recibía á su parroquia en la puerta de la botica. Allí empezaba la
-consulta. Metido en una especie de bata ó cubrepolvo de crudillo que le
-alcanzaba á los pies, las manos en las faltriqueras del pantalón<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> y un
-gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio correspondía al
-saludo humilde de sus visitantes con una interrogación:</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú eres de Navahonda, verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>Había una breve pausa. Morón inquiría, hilvanaba recuerdos...</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres de Navahonda ó de Torres de la Encina?</p>
-
-<p>&mdash;Verá usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda.</p>
-
-<p>Don Artemio dejaba escapar un gruñido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya me parecía!... Bueno; al boticario debe decírsele siempre la
-verdad. ¿Qué te trae por aquí?...</p>
-
-<p>El páparo vacilaba, no sabía reducir su idea á palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Verá usted...</p>
-
-<p>Se rascaba las corvas, la cabeza, hacía con las cejas extraños visajes.
-Morón iba en su auxilio.</p>
-
-<p>&mdash;Tú tienes calenturas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor...</p>
-
-<p>&mdash;Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te
-echan fuego.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor...</p>
-
-<p>&mdash;Te duelen las articulaciones, ¡todas las articulaciones!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor, y después...</p>
-
-<p>&mdash;No digas más: sé lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas
-fiebres. Entra.</p>
-
-<p>Generalmente la conversación terminaba allí mismo, delante del
-mostrador, con una caja de sellos de quinina ó una poción de agua
-purgante, que don Artemio vendía añadiendo por la consulta, al valor de
-la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad,
-Morón llevaba á sus enfermos á la rebotica, donde, tendiéndoles en un
-sofá, les reconocía. Estos manejos y diversos específicos compuestos por
-él mismo para curar los males de estómago y<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> de garganta, engordar ó
-enflaquecer á voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor
-de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas,
-zarzaparrillas y ungüentos de las más diversas y pintorescas
-aplicaciones, remozaban de año en año su popularidad y producíanle
-notables rendimientos.</p>
-
-<p>En verano, al anochecer, sus amigos reuníanse á charlar delante de la
-botica. Los diálogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido
-color. Algunas veces, después de cenar, Luis Olmedilla llevaba á la
-reunión la alegría de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba
-hasta tarde. El sitio era muy á propósito para gozar del fresco, porque
-allí la calle Larga se ensanchaba y los árboles de la vecina Glorieta
-del Parque diluían en la atmósfera una humedad de jardín. Don Valentín
-llegó á sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro
-Blanco.</p>
-
-<p>Una noche, alguien habló de brujas, y este asunto, al que el silencio
-aldeano fué siempre propicio, recordó á la reunión la muerte súbita
-acaecida días atrás en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el
-primer momento, por instinto, la imaginación popular había venteado en
-el hecho aquél, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio.
-Fué á la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres
-hijas, ya mozas, acababan de sentarse á la mesa. Todos los operarios del
-taller se habían marchado, y á excepción del comedor, el resto de la
-casa hallábase á obscuras. Un incidente trivial preparó al drama el
-camino. En la mesa no había servilletas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo iré á buscarlas&mdash;dijo Juanita, la hija menor.</p>
-
-<p>Se levantó y salió al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal
-presentimiento, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabes que las servilletas están en el arcón, á la derecha. ¡No
-vayas á tropezar! ¡Enciende una luz!<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span></p>
-
-<p>La muchacha repuso:</p>
-
-<p>&mdash;No hace falta.</p>
-
-<p>A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud
-expectante; parecían temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita
-que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba á seguirla y, sin saber
-por qué, no lo hizo. Un chirrido de goznes indicó que Juana había
-llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido
-resonaron un grito, un horrible grito, y la percusión de un cuerpo
-contra el suelo.</p>
-
-<p>La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mi hija!...</p>
-
-<p>Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellándose, removidos por
-sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos
-buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz.
-Juanita yacía sobre el pavimento, y la opinión aseguraba que la
-chiquilla había muerto de miedo.</p>
-
-<p>&mdash;Los doctores Narro y Fernández Parreño&mdash;dijo Erato&mdash;hicieron la
-autopsia del cadáver, y han certificado que la hija de Wenceslao tenía
-una angina de pecho.</p>
-
-<p>Los circunstantes callaban. Todos, cual más cual menos, presentían un
-misterio. La causa «inmediata» de aquella muerte sería la angina de que
-hablaban los médicos. Pero, ¿por qué el mal hirió á la víctima
-precisamente cuando ésta se hallaba sola? ¿Por qué no lo hizo un minuto
-antes ó un minuto después? ¿Detrás de la causa más próxima y visible no
-habría otra?</p>
-
-<p>De esta opinión participaba el boticario.</p>
-
-<p>&mdash;¡Déjenme ustedes de anginas!&mdash;exclamó&mdash;; en la vida ocurren sucesos
-inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los
-muertos. La hija de Wenceslao murió de un susto; créanme ustedes;<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span> murió
-de miedo, porque al abrir la puerta de la habitación vió algo...</p>
-
-<p>Y, bajando la voz, como para contar una picardía:</p>
-
-<p>&mdash;Hay fenómenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro.</p>
-
-<p>Miró á su alrededor, y con la mano hizo á los presentes señal de
-acercarse.</p>
-
-<p>&mdash;Ya conocéis á Epifanio Rodríguez. Es un muchacho sencillo y buenazo á
-carta cabal, pero, como diría Martínez, un tanto arrimado á la cola.
-Sacándole del estanco, no sirve para nada. Hace dos ó tres mañanas vino
-á contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no
-es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle
-del Sacramento.</p>
-
-<p>Un indiscreto atajó al narrador.</p>
-
-<p>&mdash;¿La hija de López?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué López?</p>
-
-<p>&mdash;Teobaldo López, el notario.</p>
-
-<p>&mdash;Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que
-quizás no pensaba casarse con ella, quería... lo que todos, y la
-muchacha, que es un poco loquilla, accedió. Entonces concertaron que él
-fuese á verla una tarde, á las seis, hora en que Teobaldo está en el
-Casino. Como supondrán ustedes, Epifanio no faltó á la cita.</p>
-
-<p>Hubo sonrisas y maliciosos comentarios:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo que la chiquilla es preciosa!</p>
-
-<p>&mdash;¡Tiene un cuerpo!</p>
-
-<p>&mdash;¿El cuerpo?... ¿Y los ojos?... ¿Dónde me deja usted los ojos?</p>
-
-<p>Prosiguió don Artemio:</p>
-
-<p>&mdash;Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle
-el paladar á un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle
-del Sacramento se cruzó con don Gil, á quien saludó, y en el acto, sin
-razón, tuvo miedo... ¿Comprenden ustedes?...<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span> Miedo de no poder
-conseguir su deseo. Así fué. La preocupación heló su carne y le
-inutilizó, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca,
-como en aquella ocasión, estuvieron más seguros. Y no fué ésto lo peor;
-sino que la desairadísima escena se repitió varias veces, porque
-Epifanio no podía echar de su ánimo la imagen de don Gil. Cuando el
-pobre muchacho acudió á pedirme socorro contra su repentina debilidad,
-parecía loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quería
-asesinar á don Gil; ¡daba lástima! Es un caso de sugestión muy raro, por
-su persistencia. Yo le recomendé que procurase distraerse,
-tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero él decía: «No
-puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil
-veces, y no puedo; ¡no puedo!...» Y seguramente no ha pasado de ahí,
-porque ahora, según cuentan, quiere casarse.</p>
-
-<p>Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente
-hallaban una concatenación secreta, una relación manida y oscura, entre
-el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El
-boticario tuvo para aquel estado de opinión, una afirmación categórica:</p>
-
-<p>&mdash;Señores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos
-telepatía ó sugestión, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de
-ojo. Sólo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es
-el mismo.</p>
-
-<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h2>
-
-<p>Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los
-Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aquél íntimo y seguro
-bienestar experimentaba<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> ese regocijo, esos deseos de cantar y de
-moverse, que inspira la realización cercana de una esperanza. Los
-vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante
-años, del hotelito de don Gil Tomás, eran abiertas muchas mañanas, y que
-el hombre pequeñito salía á los balcones á gozar del sol. Su cabezota de
-color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba
-risas.</p>
-
-<p>Don Gil, sorprendido de su propia alegría, se preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué estoy contento?...</p>
-
-<p>Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su
-mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su ánimo entre
-el sueño y la vigilia, las impresiones de ésta resonaban en aquél de
-idéntica manera á como sus ensoñaciones se proyectaban sobre su vida
-real, y así, el júbilo confortador de que se reconocía acompañado era la
-satisfacción subconsciente de la cruelísima venganza que, hallándose
-dormido, tomó en la persona del señor Frasquito. El regocijo, de
-consiguiente, que le poseía y le sacaba á los balcones de su casa en las
-mañanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor á
-sangre.</p>
-
-<p>Esta satisfacción, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera,
-exacerbó la ginecomanía de don Gil. Jamás su actividad nocturna fué
-mayor; como lámpara milagrosa su impulso lascivo se encendía no bien
-cerraba los párpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas
-savias vernales eran fuego en sus venas.</p>
-
-<p>A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasión por
-doña Fabiana. La suave complacencia que, hallándose despierto, le
-producían el sortilegio acariciador de su voz, el reposo cálido y negro
-de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su
-matronil, hermosura y cierta tristeza<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> otoñal que infundía á sus
-movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueño y
-convertíanse en furibundo frenesí. Pero, ¿cómo alcanzarla si el marido,
-desconfiado y hostil, estaba allí siempre?...</p>
-
-<p>Sólo una vez el hombre pequeñito casi llegó al sabrosísimo término de su
-afán.</p>
-
-<p>Generalmente Martínez no soñaba; fatigado su espíritu, de la diaria
-labor, no se alejaba del cuerpo y permanecía acurrucado bajo las mantas
-del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acertó á presentarse en
-la alcoba del veterinario en ocasión que el alma de éste hallábase en el
-acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don
-Juan Manuel le había hablado la víspera. Tan dichoso azar suspendió al
-enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro
-las felicidades extremas suelen acobardar á los hombres; y fueron
-aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria
-necesitó después...</p>
-
-<p>El íncubo examinó la disposición y moblaje del aposento: en el lecho de
-bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo,
-las cabezas de doña Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella,
-apacible, pálida, como nimbada de luz lunar; la de Martínez, cetrina,
-ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada
-y fuerte. Antoñita dormía en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de
-la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y
-asiento de anea, la cómoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres
-antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareñas. El ambiente era
-tibio. Por las rendijas de la ventana filtrábase, semejante á una
-humareda, un ligerísimo claror estelar. El lejano murmurio del río
-parecía agrandarse en los ángulos de la callada y cerrada habitación.</p>
-
-<p>Vibrante de deseo, avanzó don Gil; su alma rijosa<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> temblaba, se
-retorcía, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de
-Paracelso, y su influencia magnética turbó á doña Fabiana. La excelente
-señora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad,
-empezó á soñar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fácil,
-rápido, sabrosamente ilógico, como el de las películas cinematográficas.
-Doña Fabiana gozaba de esa levedad física, de esa suave y vagarosa
-multiplicación de imágenes con que la morfina y el opio, los divinos
-emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Según en las comedias
-de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible.</p>
-
-<p>Hallábase doña Fabiana asomada á un balcón de su casa, cuando por la
-parte más alta de la calle apareció don Gil: veía su cara de color de
-fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar,
-su figurilla vestida de negro y la línea blanca de los calcetines entre
-los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantalón. Por lo parvo, por
-lo ruin, parecía un humillo que saliese del suelo. La calle mostrábase
-desierta, muda, vacía, con esa total soledad que las pesadillas dan á
-sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y
-por añadidura comprendíase que tras ellas no había nadie. Las casas, más
-que realidades tangibles, parecían imágenes sin expresión, imágenes
-muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y
-tierra. La naturaleza, de súbito, se había inmovilizado; los objetos
-perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hízose trapo y
-silencio. Doña Fabiana reconocía la calle Larga, la Fonda del Toro
-Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros árboles del Paseo de los
-Mirlos, y, sin embargo, comprendía que todo, á pesar de no haber
-cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este
-contrasentido, llenaba su ánimo de estupor.<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span></p>
-
-<p>&mdash;En Puertopomares no hay nadie&mdash;pensó&mdash;; no queda nadie, más que don
-Gil Tomás.</p>
-
-<p>El hombre pequeñito era lo único vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse
-con él, y su congoja crecía según don Gil iba acercándose. Dentro de la
-atribulada conciencia de doña Fabiana, una voz musitó.</p>
-
-<p>&mdash;Estás tan sola porque tu marido se ha marchado. Si él estuviese aquí,
-las calles te parecería que rebosaban gente. Las personas que nos aman
-son las únicas que, verdaderamente, nos hacen compañía.</p>
-
-<p>Don Gil habíase detenido debajo del balcón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Subo?...&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>Y cambiando seguidamente su interrogación en afirmación inflexible y
-tranquila, repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Subo.</p>
-
-<p>En la amarillez asiática de su rostro, sus ojos, también amarillos,
-adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgían como
-topacios.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo la esposa de Martínez advirtió que, sin graduaciones ni
-matices, su miedo transmutábase en suavísimo quebranto sexual. Adivinóse
-codiciada, sintió el calor del deseo que iba á pasar sobre su carne como
-una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta
-entonces, conoció la lujuria; y contribuía á la exaltación de este
-pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color
-y la enana ridiculez del hominicaco la producían.</p>
-
-<p>Don Gil cruzaba la calle. Doña Fabiana, inclinándose un poco sobre la
-barandilla del balcón, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;No puede usted subir.</p>
-
-<p>Don Gil Tomás levantó la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;La niña está durmiendo y si le ve á usted se asustará.</p>
-
-<p>&mdash;La niña&mdash;repuso el íncubo&mdash;no oirá nada.<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span></p>
-
-<p>Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitación, pero
-no lo hizo. Tenía miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y á la
-vez un inmenso afán de ser poseída. Por su sangre, los diablos
-incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corrían como
-centauros. De pronto, el hombre pequeñito estuvo á su lado. La tuteaba.</p>
-
-<p>&mdash;Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. ¿No lo sabías?</p>
-
-<p>Ella replicó:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, lo sabía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no te dabas á mí?</p>
-
-<p>Y doña Fabiana, suspirando:</p>
-
-<p>&mdash;Porque me daba usted mucho miedo.</p>
-
-<p>Su pavor, efectivamente, en aquellos instantes, no tenía límites: un
-pavor que era asco; un asco que era, á su vez, violento deseo de entrega
-y capitulación. Luego, sin haber seguido camino ninguno, hallóse en su
-cama, los brazos arriba y atrás, bajo la nuca, el bello cuerpo á merced
-del íncubo, por momentos más exaltado y apremiante. Con los ojos del
-espíritu veía á su derecha á Antoñita dormida, y á su izquierda á don
-Ignacio, dormido también. Mirándole, pensó:</p>
-
-<p>&mdash;Se ha ido; su alma se ha ido; si estuviese aquí me salvaría...</p>
-
-<p>Y según en la complejidad incalculable de la vida mental los
-pensamientos más antagónicos coexisten ó turnan en el gobierno del
-ánimo, así la atribulada señora quería que su marido oportunamente
-acudiese á salvarla del adulterio, como deseaba que la hórrida violación
-se consumase. Después sintió sobre la encendida fresa de sus labios
-entreabiertos por la congoja de su corazón, los labios de don Gil. Sus
-mejillas recibieron el roce de su aliento inflamado. En sus senos, duros
-y erectos, no obstante las fatigas de la maternidad, en sus senos de
-pagana turgencia, los dedos del íncubo se crisparon. Experimentó
-entonces<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span> una repugnancia mayor; aquellas manecitas frías, alimonadas,
-suaves, blandas, de una blandura cartilaginosa, produjéronle la aversión
-que inspira el contacto de un reptil. Y, sin embargo, su voluptuosa
-enervación iba en aumento: la sintió en su vientre, sobre sus flancos;
-una especie de ardientísimo vapor la envolvía; todo su cuerpo temblaba
-cual si una corriente eléctrica lo sacudiese...</p>
-
-<p>De súbito las imágenes se emborronaron, desaparecieron; fue como un
-choque. Doña Fabiana lanzó un grito, entreabrió los párpados y hallóse
-al lado de don Ignacio. Asustada, se estrechó contra él. El veterinario
-despertó.</p>
-
-<p>&mdash;Estás soñando&mdash;dijo&mdash;; ¿verdad?... Estabas soñando...</p>
-
-<p>Ella temblaba aún bajo el recuerdo vitando de su pesadilla.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde vienes?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo, de dónde vengo?... ¡Despierta, mujer!... ¿Acaso me he movido de
-aquí?...</p>
-
-<p>Y, recogiendo sus ideas:</p>
-
-<p>&mdash;Yo, en este momento, también soñaba. Me hallaba en La Evarista
-examinando unos machos de que don Juan Manuel me habló anoche. ¿Sabes
-quién me acompañaba?... El boticario. Nos habíamos enredado en una
-discusión. Don Artemio sostenía que uno de aquellos animales tenía
-muermo; yo decía que no. En éstas tuve el presentimiento de que iba á
-sucederte una desgracia; me pareció que gritabas... y eché á correr. Fué
-cuando desperté.</p>
-
-<p>Doña Fabiana, temblando, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Abrázame...</p>
-
-<p>Cuando se sintió bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de
-Martínez, le refirió su pesadilla, aunque guardándose de decir las
-dulces ansias porque ella misma, á pesar de su recato y de la poco
-amable figura de don Gil, había pasado. Describió la<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span> escena con todo el
-acre relieve de que su fantasía, caldeada aún por la violencia de las
-imágenes, era capaz. Explicó cómo el hombre pequeñito la interpeló desde
-la calle, cómo llegó á deslizarse en su lecho, cómo la besó, cómo sus
-manos de enano la palparon...</p>
-
-<p>Sin advertirlo, ponía en la rememoración de estos detalles una
-minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueño, don Ignacio
-sintió su tempestuoso corazón hincharse de celos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres no contar más desatinos?&mdash;exclamó&mdash;, porque mañana, si me
-tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no
-respondo de darle una pateadura.</p>
-
-<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX</h2>
-
-<p>Frustrada aquella ocasión de victoria, el alma del hombre pequeñito
-comenzó á recocerse en nuevas y violentísimas llamas de deseo. Así,
-aquel año, la primavera encendió en las mozas de Puertopomares&mdash;ellas
-atribuían el fenómeno á la primavera&mdash;inquietudes extraordinarias. La
-obesa doña Amelia gozó de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y
-palpitaciones de corazón: las hijas de Fernández Parreño y las de doña
-Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegría
-rosada de sus mejillas. Daño análogo marchitaba á las niñas de don
-Valentín. En la mayoría de las mujeres, aun de las casadas, los hombres
-advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y reían menos que
-antes, y cuando por las tardes iban á la estación, á ver el tren,
-caminaban más despacio.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre en esta época&mdash;pensaban los padres&mdash;la clorósis y la anemia
-hacen estragos en las muchachas.<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span></p>
-
-<p>Don Elías, poco inclinado á remover la parte moral de sus enfermos,
-atribuía sus enervamientos á atonía circulatoria ó á pereza estomacal, y
-recetaba hierro á todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las
-kolas y los glicero-fosfatos de su botica.</p>
-
-<p>En sus conversaciones más íntimas, las doncellas solían confiarse
-aquellos ensueños de los cuales todas conservaban impresión ingrata.
-Ellas sabían que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque á
-intervalos, á través de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban á
-vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que
-empiezan á secarse; pero ordinariamente el íncubo adoptaba, al
-presentarse, las máscaras más horripilantes y absurdas: tan pronto era
-una vieja leprosa, como un sapo, como una araña de patas aterciopeladas,
-ó una serpiente de verdosos anillos, ó un animal con cabeza de macho
-cabrío y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el
-suelo semejante á la cola de un vestido de baile.</p>
-
-<p>De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeñito no tenía culpa;
-antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma á su gusto,
-seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese
-naturalísimo prurito de agradar común á todas las personas, sin
-excepción de sexo, edad ni social categoría. No estando en sus
-facultades hacerlo, mostrábase según la ciega y cruel naturaleza le
-hizo: pajizo, ridículo, insignificante, esquelético y frío, como un niño
-enfermo de consunción. Lo que después sucedía era que las muchachas á
-quienes acosaba, por obra de la imperfección con que trabajan los
-centros cerebrales durante el sueño, no conseguían distinguir claramente
-la figura del íncubo, y la entremezclaban con las imágenes que, por una
-ú otra razón, más las hubiesen impresionado en el curso del día.</p>
-
-<p>Por las tardes, en el aislamiento conventual de la<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> rebotica, mientras
-hacían labores, cortaban una blusa ó se probaban un vestido, María
-Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de
-su mayor intimidad, Anita Fernández Parreño y Micaela, la primogénita de
-doña Virtudes, se decían sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas
-bajas ante la ventana y entre la alegría de los cuévanos rebosantes de
-ropa y de los bastidores donde el trajín de las agujas iba pintando
-flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vírgenes
-levantaba un murmullo de oración. Las cabezas pelinegras ó rubias,
-adornadas con lacitos de colores, se agrupaban ó separaban según crecía
-ó menguaba el deshonesto interés de las confesiones. Las nucas blancas,
-las nucas por cuya piel, en el eléctrico tremar de los nervios, corren
-los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecían tentadoras bajo la
-luz. Anita había dicho á su padre que dormía muy mal, pero sin
-declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Me ha recetado un purgante!...</p>
-
-<p>Micaela, que era muy devota, solía persignarse escuchando los secretos
-de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su
-misticismo una amenaza del infierno.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos embrujadas&mdash;repetía&mdash;: yo creo que debemos confesárselo todo
-al cura y pedirle que nos exorcise.</p>
-
-<p>Estas palabras causaron impresión.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;dijo Flora&mdash;desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;agregó Anita&mdash;no volveré á quitarme los escapularios, y de aquí en
-adelante dormiré con los brazos en cruz.</p>
-
-<p>Micaela insistía:</p>
-
-<p>&mdash;Hay que decírselo al cura; creedme: debemos decírselo toda al cura...<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span></p>
-
-<p>Sus palabras devotas producían momentáneamente una emoción grave. Luego
-esta seriedad se desvanecía, se aclaraban las frentes y los labios
-rompían á reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban:</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿quién tendrá la desvergüenza de confesar esos desatinos?...</p>
-
-<p>Micaela empezó á describir su última pesadilla.</p>
-
-<p>&mdash;Soñé que en mi cama había muchos caracoles... ¡Muchos!... Yo los
-sentía voltijear á mi alrededor y algunos me rozaban con sus
-cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producían un asco
-horrible...</p>
-
-<p>Flora interrumpió el relato con una observación:</p>
-
-<p>&mdash;Esos caracoles ¿estaban encima ó debajo de las mantas?...</p>
-
-<p>&mdash;Debajo; ¿no digo que me hacían cosquillas en la piel?... Y, sin
-embargo, los veía. Repentinamente todos se convirtieron en un solo
-caracol; un caracol enorme, del tamaño de un gato; yo no quería mirarlo
-porque sabía que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empezó á
-colocarse sobre mí. Para defenderme, me puse de lado, pero él dió la
-vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y según avanzaba
-iba creciendo. Lo sentía en mi vientre, y llegó á cubrirme desde las
-rodillas á la garganta. Al principio era frío, luego quemaba... Yo no
-podía gritar... Reconocía hallarme soñando y quería despertar, y al
-mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueño... Aquello era
-bueno y era horrible á la vez...</p>
-
-<p>Concluyó:</p>
-
-<p>&mdash;La explicación de mi pesadilla está en que la víspera mi hermana y yo
-fuimos á la huerta de don Arístides á coger caracoles.</p>
-
-<p>Como el hombre pequeñito se ofrecía, generalmente, á sus concubinas, era
-en forma de araña. María Jacinta casi siempre le veía así. Flora y
-Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas
-veces, sin perder la idea de su personalidad,<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> sin olvidarse de su
-nombre, soñaban que eran moscas. ¡Qué alegría, qué turbulencia, qué
-dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban á los árboles, se
-bañaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caían en una red de
-araña. Los terribles hilos de traición pintados de violeta, de
-anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban á sus miembros.
-Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araña,
-oculta hasta entonces, las acometía sanguinaria. Era don Gil. La red
-felona se hacía lecho. Ellas, sin comprender nada, volvían á ser
-mujeres. En parte estas alucinaciones provenían del crecido número de
-arañas que había en el camino de la Estación. Entre los huecos de las
-piedras ó al abrigo de las raices de los viejos árboles, abundaban las
-tarántulas. Las muchachas que, por las tardes, iban á ver pasar el
-correo, solían detenerse á mirarlas. La ferocidad de la araña, su
-nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta,
-llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban á las
-mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenían á examinarlas; el
-horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo
-de lo viscoso, de lo sucio, las retenía allí. Pensaban en el suplicio de
-los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas
-redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo
-sentían como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo á la
-picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno,
-que destila al morder la tarántula; sino á su aspecto, á las patas que
-circundan su caparazón, á toda su horrible fealdad brincando, de
-súbito... Estos instantes de observación morbosa eran cortos; las
-arañas, sintiéndose expiadas, con un movimiento rapidísimo desaparecían
-en sus escondites; el cubil de la pequeña fiera quedaba vacío, negro,
-amenazador, y las mujeres se<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> iban llevándose en la memoria la figura
-del animal. Por la noche aquellas arañas, lujuriosas y sádicas, tenían
-la cara de don Gil.</p>
-
-<p>Este recuerdo añadió nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de
-María Jacinta. La hija de don Artemio cruzó las manos con devoción y
-susto.</p>
-
-<p>&mdash;Creo&mdash;dijo&mdash;que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espíritu de
-las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas
-veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergüenza,
-debemos confesárselo todo al cura.</p>
-
-<p>Calló y quedóse triste, apagada, muda, como un líquido que, estando
-hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tenía miedo. A través de los
-siglos los misterios eleusíacos del alma femenina, las inquietudes,
-mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad
-de su hogar á las tentaciones del Diablo, se repetían. La mujer, que
-adora el pecado, se abraza, sin embargo, á la Iglesia. En vano quiere
-ser casta; inútilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas,
-y fortalece su ascetismo con el miedo á las hogueras infernales. La
-naturaleza prolífica, enemiga de la esterilidad, avasalla los más
-fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de María, la serpiente inmortal
-silba de deseo.</p>
-
-<p>Flora, María Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qué cura recibiría
-más benévolamente sus confesiones.</p>
-
-<p>&mdash;Don Leopoldo&mdash;dijo la hija de Fernández Parreño&mdash;es demasiado joven.</p>
-
-<p>&mdash;Y don Emilio&mdash;agregó Flora&mdash;tiene muy mal genio.</p>
-
-<p>Todas recordaban los odios bíblicos, las improperaciones virulentas con
-que algunos domingos tronaba, desde el púlpito, la exaltada inspiración
-de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan íntimo y
-desusado, nadie mejor que don Antolín, el<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> cura más viejo de
-Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las
-sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdón
-abiertas siempre á las confesiones del pecado, sabían escuchar
-resignadamente. Una observación picaresca de Anita hizo prorrumpir en
-carcajadas á sus amigas. Por enfriado y hecho á oir desatinos que don
-Antolín estuviese, ¿podría resistir, cuatro veces seguidas, la historia
-de la araña?...</p>
-
-<p>Solamente María Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su
-repetición y frecuencia, á ser dolorosas, no reía. En la soledad de su
-dormitorio la pobre niña se extenuaba; alrededor de su lecho la
-clorosis, la ninfomanía, la neurastenia, la tisis, la locura, parecían
-repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araña la
-bebía la sangre: el contacto aterciopelado y húmedo de su cuerpo lo
-sentía entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban
-sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la
-privó de conocimiento. La araña negra, de un negro musgoso, tenía la
-cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y
-terrible, de las tarántulas que acechaban entre las piedras del camino
-de la Estación. Desde entonces, María Jacinta se abandonaba á ella
-cerrando los ojos. No quería irritar á la fiera, cuyo aliento subía,
-como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hízose
-calambre y tortura. El vampiro, inmóvil sobre su víctima, clavaba en
-ella un extraño aguijón.</p>
-
-<p>Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligió hasta echarse
-á llorar. Sus amigas también se habían quedado tristes. Aquellos amores
-solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de
-humillación ó de redolor moral, parecido á un remordimiento. Cuando se
-quejaban ante el médico de sus mejillas sin color, de sus sueños
-agitados,<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> de la facilidad ridícula que tenían para convertir en risa el
-llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus
-palpitaciones cardíacas y de otros síntomas de histeria, don Elías las
-miraba entre burlón y compasivo. Ellas se indignaban. ¡Si hubieran
-podido hablarle de la araña!... A sus preguntas Fernández Parreño
-contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecería
-cuando se casasen. ¡Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en
-panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y
-de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio,
-que unas veces será rango social, y otras medicina y otras ilusión...
-Sin duda don Elías acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para
-conjurar el sortilegio vitando de la araña negra. ¡Pero si en
-Puertopomares nadie se casaba! ¡Si entre tanto mozo soltero eran
-contados los que manifestaban vocación de marido!... De todo esto se
-aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habrían de satisfacerse
-con él de grado ó por fuerza. Don Gil era el señor, el sultán. El
-misoginismo cobarde de la mayoría aseguraba su imperio y dictadura.</p>
-
-<p>Dos hechos removieron aquel verano la atención dormida del vecindario, y
-arrojaron una alegría en las soporíferas tertulias del Casino, del Café
-de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fué la probada
-intimidad de las relaciones de Romualdo Pérez con la hija mayor de doña
-Virtudes; el otro, la trágica muerte del señor Eustasio, el tonelero.</p>
-
-<p>Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominación del hombre
-pequeñito, decidió conceder á su novio la sabrosas preeminencias de
-amante: vería ella entonces cuál de ambos maridos era más fuerte.</p>
-
-<p>El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fué don Artemio
-Morón, que continuaba siendo el vecino más madrugador de Puertopomares.
-Los<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la
-noticia como un caramelo. El boticario les explicó su descubrimiento. De
-tiempo atrás espiaba á Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez,
-era muy fino. Varias noches consecutivas él y Romualdo salieron juntos,
-y en llegando al callejón del Misionero, se separaban: Pérez íbase á
-charlar con su novia, y don Artemio seguía hacia su farmacia. Aquel
-noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban á
-media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas á percibir en la
-oscuridad la silueta del galán agarrado y como pegado á una de las rejas
-de la «Casa-Cuartel» de doña Virtudes.</p>
-
-<p>El azar puso á Morón sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y
-sólo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber.</p>
-
-<p>Una madrugada, el sereno del callejón del Misionero, á la hora de
-retirarse, fué á la farmacia á comprar un sinapismo para su mujer, que
-tenía dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio
-le preguntó por Romualdo. El sereno le había visto aquella noche, como
-otras muchas, en la reja de su novia.</p>
-
-<p>&mdash;Por cierto&mdash;dijo deslizando en su observación un poco de malicia&mdash;que
-no sé el camino que luego habrá seguido para ir á su casa.</p>
-
-<p>Morón aseguró que por la calle Larga no había pasado. Precisamente
-aquella mañana abrió su farmacia más temprano que nunca, y no se había
-movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la
-severísima «Casa-Cuartel» de la viuda de Castro, le sacudió y fué á
-recogerse alegremente en su corazón. Inmediatamente determinó comprobar
-su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y
-retirar á la descarriada Micaela su estimación, sino para regodearse con
-la salpimienta<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> y buena gracia de la aventura, y referirla á sus amigos.</p>
-
-<p>Noche tras noche don Artemio espió á Romualdo, y su animoso afán traía
-tal regocijo á su espíritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores
-de sueño. Con la topografía del sitio ocupado por la casa de doña
-Virtudes, había compuesto don Artemio una especie de inexorable
-silogismo; y era: que si el callejón del Misionero constituía un
-tránsito ó pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento,
-quien entrase en él, de no salir por una esquina había de hacerlo por la
-otra, como algún zaguán misericordioso no le acogiera y ocultase.</p>
-
-<p>La labor del viejo Morón fué ruda. Según costumbre, procuraba salir del
-Casino con Romualdo, despedíase de éste frente al callejón del
-Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huéspedes de la Fonda del
-Toro Blanco le veían llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla
-después con llaves y cerrojos.</p>
-
-<p>&mdash;Deben de ser las doce&mdash;pensaban.</p>
-
-<p>Y aquel fragor de hierros parecía arrojar un nuevo silencio sobre la
-vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio
-reaparecía, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra
-deslizábase por la acera más oscura; su perfil fugitivo desvanecíase á
-intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y
-los frontis salientes. En la esquina del callejón del Misionero se
-detenía, y asomando un ojo nada más, miraba hacia el fondo pendiente y
-oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido á la
-reja de sus amores, producíale indecible consuelo. El cuchicheo de los
-novios llegaba á él como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, bañado
-en luna, dormía; y en su quietud, la canción del río, el silbido lejano
-de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> una hora. La
-casa de doña Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta
-circunstancia Morón sabía que Romualdo no podía sorprenderle, pues si
-enderezaba sus pisos hacia donde él acechaba, tiempo sobrado tenía de
-alejarse lo suficiente para no ser visto.</p>
-
-<p>Pegado á la esquina que le servía de observatorio, el farmacéutico
-únicamente sacaba fuera de ella, y á intervalos, la mitad del rostro.
-Así, aterido bajo los rigores del relente, perdió varias noches. Al
-cabo, logró su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada
-en las oscuridades profundas del callejón, advirtió que Romualdo no
-estaba. ¿Era posible? Para desvanecer dudas, dirigióse hacia la calle
-del Sacramento. Allí, sentado en el quicio de una puerta, encontró al
-sereno, quien demostró pasmarse mucho de ver á don Artemio en alpargatas
-y á tales horas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha pasado por aquí Romualdo?&mdash;preguntó Morón.</p>
-
-<p>&mdash;No, señor; no es hora todavía; se retira siempre más tarde.</p>
-
-<p>El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una
-boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si
-Romualdo había desaparecido del callejón del Misionero sin salir de él
-ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba
-en casa de doña Virtudes.</p>
-
-<p>Don Artemio concluyó declarando el júbilo que le producía el
-esclarecimiento de aquel enredo.</p>
-
-<p>&mdash;Es indispensable&mdash;prosiguió&mdash;que esta misma noche los naipes queden
-boca arriba. ¡Nada de tapujos! Me revientan los hipócritas. Quien la
-hace, que la pague. ¿Cuándo dejas tú el servicio?</p>
-
-<p>Repuso el sereno que á las cinco; pero que las últimas horas de la
-madrugada solía pasarlas durmiendo en un zaguán.<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pues hoy no se duerme&mdash;ordenó el boticario, cuyo acento fluctuaba
-entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesión
-y su autoridad en el Ayuntamiento&mdash;; hoy no se duerme. ¿Entiendes bien?
-Necesitamos cazar á ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le
-esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestión es
-cogerle. Cuando pase, le das los «buenos días» y nada más; con eso tiene
-bastante. Yo, en la otra esquina, haré lo mismo.</p>
-
-<p>No le fué difícil á Morón captarse la alianza del sereno, que para las
-acciones villanas más que para las nobles, las gentes se conciertan en
-seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa
-guardia. Mientras duró el acecho, ninguno tuvo frío, ni sueño. Desde su
-observatorio, don Artemio veía brillar en el término más hondo del
-callejón el farol del sereno; como éste vislumbraba, en la esquina de la
-calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos
-cantaron. Palidecían las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un
-claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la
-torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, parecía
-enredarse, sonaron las tres... las tres y media...</p>
-
-<p>A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejón vibró, casi
-imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de
-doña Virtudes apareció Romualdo. El galán iba á seguir su camino de
-siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento
-volvió sobre sus pasos. Su andar tenía una ligereza de fuga. Don
-Artemio, en lugar de ocultarse, decidió esperarle, cachazudamente
-recostado detrás de la esquina. Al doblar ésta y encontrarse con el
-boticario, Romualdo tembló. Imposible retroceder; había caído en la
-trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y
-salutación.<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span></p>
-
-<p>&mdash;Bien se madruga, don Artemio.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad; pero hoy á usted tampoco se le han pegado al cuerpo las
-sábanas.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta mañana, don Artemio.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta mañana, Romualdo.</p>
-
-<p>El boticario volvió á su farmacia reventando de risa. «Sabe que yo lo sé
-todo y va hecho un tigre»&mdash;pensaba.</p>
-
-<p>Romualdo dejó transcurrir varios días sin ir al Casino, ni á la Fonda
-del Toro Blanco. Corrió la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando
-reapareció, Morón, Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Isidro
-Peinado, don Niceto... cuantos á costa de su aventura más habían reído,
-le preguntaron con evidente cariño y ceremonia por su salud, y no
-volvieron á mirarle en toda la noche.</p>
-
-<p>El interés de este lance palideció á la semana siguiente con el trágico
-fin del señor Eustasio García, el tonelero de la calle Arcos de la
-Cárcel. A su muerte, por un azar que no pasó inadvertido á los
-glosadores del suceso, iba ligado fatídicamente el nombre de don Gil.</p>
-
-<p>El señor Eustasio era uno de los tipos más notables, simpáticos,
-alegres, laboriosos y aficionados á repartir limosnas, del pueblo. No
-creía en los mendigos de oficio, pues más trabajo cuesta extender la
-mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el
-pan sin humillaciones. De aquí, su inagotable caridad.</p>
-
-<p>&mdash;El que pordiosea&mdash;decía&mdash;es porque no puede hacer otra cosa...</p>
-
-<p>Cuando alguien iba á su casa preguntando por él, la cara de la mujer que
-tenía establecido en el zaguán un despacho de bebidas, resplandecía con
-una sonrisita de satisfacción.</p>
-
-<p>&mdash;¿El señor Eustasio?... Sí, aquí es: al otro lado del patio.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span></p>
-
-<p>Y aquella sonrisa, era como un recuerdo cariñoso ofrendado al inquilino
-más antiguo y mejor de la finca.</p>
-
-<p>El señor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y
-contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufanía
-resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el día,
-á la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras
-plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tenía cinco hijos, el
-mayor de diez años. Aquella chiquillería constituía la obsesión
-torturadora, y también el esperanzado regocijo, del tonelero.
-Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener á tantos; pero
-luego, cuando hasta los más pequeñines estuviesen criados, ¡qué paz
-interior, qué regocijo, qué noble orgullo patriarcal sentiría viendo
-asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no
-cesaba nunca; aquel rudo batanear parecía la voz de la casa, una voz
-saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concluído, el señor
-Eustasio, de un puntapié, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio.
-El barril giraba, alejándose con balanceos graciosos. ¡Qué bonitos eran
-aquellos toneles, qué elegantes, qué sólidos!... Sus movimientos tenían
-un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... ¡Verdaderamente en
-pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!...</p>
-
-<p>Pensando así el señor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un
-artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrás y encendía una
-pipa.</p>
-
-<p>¿Por qué aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrión,
-sentía una afición tartarinesca á las armas de fuego? ¿Era esto una
-previsión discreta? ¿Era un atavismo, ó una vanidad parecida á la de los
-niños cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo
-cierto es que, como otros hombres tienen un bastón, una sortija ó un
-perro, el<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> señor Eustasio tenía un revólver. Para justificar este
-capricho bélico el tonelero solía decir:</p>
-
-<p>&mdash;Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, más aún que en las ciudades
-grandes, ningún hombre honrado debe salir á la calle con las manos
-vacías.</p>
-
-<p>Aquel revólver era la ventana romántica por donde su dueño, pacífico,
-metódico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba á las regiones
-de lo novelesco y hazañoso. El individuo que tiene un revólver puede, en
-caso necesario, llegar á ser un héroe. Así, cuando se encargaba un
-pantalón, lo primero que el señor Eustasio pedía al sastre era un
-bolsillo atrás, sobre las caderas.</p>
-
-<p>&mdash;Porque yo&mdash;decía&mdash;siempre voy armado.</p>
-
-<p>Aquel chisme pesado é inútil le molestaba bastante, mas no por ello
-dejaba de llevarlo consigo á todas partes. Algunas veces salía de su
-casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces,
-apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se te ha olvidado algo?</p>
-
-<p>Y él respondía, un poco misterioso:</p>
-
-<p>&mdash;Sí; el revólver...</p>
-
-<p>Aquel viejo revólver, grande, negro, colgado de un clavo á la cabecera
-del lecho marital, infundía á los niños un temor religioso.</p>
-
-<p>&mdash;¡El revólver de papá!...&mdash;decían.</p>
-
-<p>Lo miraban, sí, pero á distancia y respetuosamente; ninguno se atrevía á
-tocarlo; el trueno de pólvora de sus entrañas, les empavorecía; allí
-dormía la muerte; desde que nacieron estaban viéndolo y, sin embargo, no
-habían llegado á familiarizarse con él. La esposa también lo respetaba.
-Era una especie de dios penate, á la vez bondadoso y terrible, que
-defendía el hogar y velaba por la salud de todos.</p>
-
-<p>Transcurrieron los años: cinco, ocho, diez...; y<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> llegó la catástrofe
-con la fuerza inexorable de lo preestablecido.</p>
-
-<p>Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos
-iban y volvían diligentes por la panza pulida del barril que estaba
-construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompía
-ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbaló y
-cayó al suelo, disparósele el revólver y el infeliz recibió de abajo
-arriba, en el pecho, un balazo mortal. ¡Revólver maldito! ¿Por qué lo
-compraría el señor Eustasio? ¿Por qué, para morir así, lo llevó con
-dolor de sus riñones tantos años consigo?...</p>
-
-<p>La muerte del barrilero preocupó mucho á la opinión. El señor Eustasio
-no tenía enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y
-luego, ¡aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!...
-Varios centenares de personas acudieron á su entierro y para socorrer á
-la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabezó con veinte duros una
-suscripción cuya suma total ascendió pronto á un millar de pesetas.</p>
-
-<p>El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revólver del
-señor Eustasio, certificó que tenía el seguro roto. Durante algunas
-semanas este suceso sirvió de asunto á todas las conversaciones. Era
-deplorable, también era cómico, el fin de aquel hombre pacífico empeñado
-en no separarse, ni aun en su casa, de un revólver que, la única vez que
-disparó, fué contra su amo.</p>
-
-<p>Alguien dijo que, días antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo
-un disgusto con don Gil Tomás, á propósito de dos barriles que éste le
-había encargado. La cuestión, según sus comentaristas, fué bastante
-seria; el señor Eustasio, á pesar de su bonísimo carácter, creyendo
-atropellados sus intereses llegó á amenazar al hombre pequeñito, y á no
-impedírselo las<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span> criadas de éste, le hubiese golpeado. Por referirse al
-solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia ó conseja interesó
-grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de
-la superstición, dió la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el
-Café de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prósperos
-de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y marañosos
-pasadizos inmediatos á la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron
-largamente el lance. Los más viejos recordaban el sueño fatal de Ursula
-Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala.</p>
-
-<p>Estas evocaciones contribuyeron á reforzar las sombras de brujería con
-que, desde antiguo, la certera imaginación popular rodeaba la enmelada y
-tacaña figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fríos y
-su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle,
-tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le
-circundaba una sensación de silencio; aquel silencio le seguía y le
-anunciaba; era un halo de enigma extendido á su alrededor. ¿De qué
-fuerzas teúrgicas, de qué recursos hechiceros y terribles dispondría
-aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocían bien sus
-perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche,
-vivía una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban á sus
-maridos de las posesiones disparatadas á que el enano las sometía, y
-éstos la comentaban después entre sí. Los hombres llegaron á mirarle
-como á un rival. Un odio criminal germinó contra él. Era el brujo aliado
-del Diablo; el hierofante árbitro de todos los recursos de la
-lecanomancia y de la brizomancia; el íncubo sádico para quien ningún
-cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en
-las mejillas de las vírgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus
-senos y las enseñaba las láminas lascivas<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> del Libro del Pecado; el
-iniciador astuto por quien las niñas permitían á los muchachos que,
-jugando, las cogían del talle, á deslizar sus manos más abajo...</p>
-
-<p>Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el señor
-Eustasio, su alma impresionable también cayó del lado de la
-superstición.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahora me explico su muerte!&mdash;exclamó.</p>
-
-<p>Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho ó diez
-personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Había que matar
-á don Gil; ó, cuando menos, obligarle á salir del pueblo.</p>
-
-<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h2>
-
-<p>Más de un año necesitaron los Paredes para decidirse á buscar el tesoro
-que, según creencia suya, el señor Frasquito dejó escondido bajo las
-raíces del chopo. En sus frentes criminales, en sus cráneos pequeños,
-puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo;
-el brillo petulante del dinero podía delatarles; ellos habían oído decir
-muchas veces que ningún asesinato queda impune, pues siempre, tarde ó
-temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crímenes, cual
-si los muertos, valiéndose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro
-mundo á contarles la verdad á los vivos y á pedirles justicia.</p>
-
-<p>Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un ápice de
-su existencia ordinaria. Según costumbre y acaso con mayor tesón que
-antes, Rita cuidaba del hogar y de los niños, y Toribio todas las
-madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien
-de paños, mantas y percales, y salía á recorrer los pueblos comarcanos.<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span>
-Su itinerario variaba según la estación: unas veces iba á Nava de
-Pomares, otras á Torres de la Encina, ó á La Olla; otras á Candelario,
-donde el dinero corría abundante desde Noviembre á Febrero, meses
-destinados á la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura
-crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza
-minúscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quería. A pesar
-de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pómulos
-salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandíbula descarnada era
-cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondían
-una amenaza. Daba la sensación de un hombre que huye. En el campo, al
-cruzarse con él las mozas apretaban el paso; tenían miedo á su mirada
-tenaz, á su boca recogida y sedienta. Algo extraño, una especie de
-invisible sombra, parecía marchar á su lado por los caminos.</p>
-
-<p>Nunca fué simpático Toribio Paredes. Años atrás los suburbanos de la
-Puerta del Acoso, habíanle tildado secretamente de mantener relaciones
-con Rita. Nadie se sorprendió. Eran los tiempos en que la mujerona, de
-noche, ponía un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos,
-abyectos, tiranizados por la más repugnante animalidad, los dos hermanos
-se buscaron. Su pasión maldita tuvo refinamientos abominables; se
-emborrachaban y su satiriasis urdía escenas brutales. La murmuración
-decía que una tarde, en el bosque, Rita se abalanzó sobre una zagala,
-sujetándola por detrás mientras Toribio la violaba.</p>
-
-<p>La aparición de Frasquito Miguel desvaneció aquellas nubes incestuosas;
-Toribio recobró su puesto de hermano; el farol del chopo no volvió á
-encenderse; nacieron Pepe, María Luisa y Francisco, y en las ventanas de
-la antigua mancebía hubo ropas infantiles tendidas á secar. Ante la
-puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo.<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span></p>
-
-<p>Muerto Frasquito, la gente reverdeció la historia incestuosa de los
-Paredes. Nada, sin embargo, parecía acusarles. Eran laboriosos y
-callados, y mostrábanse tristes, más tristes que nunca, como si el
-dramático fin del señor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin
-consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y, á su pesar, sus
-deducciones eran favorables á los hermanos. Toribio tenía su alcoba;
-Rita dormía en otra habitación con los niños. La mujerona ya no se
-perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el corsé como antes. El
-pañero, después de cenar iba un rato al Café de la Coja, pero se
-retiraba temprano; no bebía ni jugaba; también había renunciado á su
-enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron,
-casi de súbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejentó.
-Muchas noches, al volver á su casa, mientras abría la puerta de la
-calle, los vecinos le oían suspirar...</p>
-
-<p>Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancolía, los dos
-hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo
-como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y
-las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasión
-de cobrar su crimen, pero el miedo á delatarse les entumecía la voluntad
-y paralizaba indefinidamente su acción. Dentro de sus conciencias
-tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable:</p>
-
-<p>«Todavía es pronto...»</p>
-
-<p>Y esta observación, que no subía á sus labios, producía en sus carnes la
-sensación del hielo.</p>
-
-<p>Tanto ella como él tenían determinado, no bien desenterrasen el tesoro,
-trasladarse á otra calle mejor, donde establecerían un comercio.
-Mientras, su temor á infundir sospechas les vedó alterar en nada la
-disposición de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y
-en la mesa el sitio del señor<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span> Frasquito continuaba vacío, como
-esperándole. Esta quietud triste parecía una ofrenda dedicada al muerto.</p>
-
-<p>A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que
-había sobre la cómoda, en la misma alcoba donde le mataron. La
-fotografía, hecha en Salamanca muchos años atrás, empezaba á palidecer.
-Siempre que Paredes entraba en la habitación, los ojos del retrato,
-misteriosamente, le salían al encuentro. A Rita también la preocupaba
-aquella imagen cubierta de tristeza por la acción decolorante de la
-humedad y de la luz. Un día la mujerona agarró impetuosamente la
-cartulina, regresó con ella al comedor, y allí, á la vista de su
-hermano, la partió en cuatro pedazos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Así habremos desterrado la mala sombra!&mdash;exclamó.</p>
-
-<p>Y tiró los añicos sobre la mesa. Su propósito, no obstante, falló. En
-uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se había librado
-intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogió el pedazo y lo rompió en
-dos; pero, al quebrarse el cartón, fué de manera que también esta vez la
-cabeza se salvó. ¿Por qué es tan difícil romper un retrato? ¿Por qué
-tienen todas las fotografías, especialmente las de los muertos, algo
-metafísico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la
-imagen: borráronse la nariz y la boca; luego la frente; sólo los ojos,
-resignados, tristes, acusadores, resistían aún, salvándose como de
-milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeños que éstos
-fuesen, cabían los dos. Toribio llegó á morderlos. Al cabo,
-desaparecieron también.</p>
-
-<p>El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuyó á
-acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables
-sentíanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenían miedo á
-moverse. A todas horas parecíales que una pupila ardiente,<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> asomada á
-las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevían á hablar, cual si
-detrás de cada puerta acechase el oído de un policía.</p>
-
-<p>En diferentes ocasiones Toribio manifestó á sus vecinos deseos de vaciar
-y solar el patio. Según él, hallábase en malísimas condiciones, porque
-la tierra se reblandecía con las lluvias y esta humedad dificultaba la
-buena conservación de las mercaderías en el almacén. Todas las personas
-á quienes explicaba su propósito, lo aprobaban. Una mañana se detuvieron
-ante la casa de <i>los Rojos</i>, dos chirriones cargados de ladrillos, que
-fueron transportados al fondo del corral. Allí, hacinados contra el
-muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de
-la buena estación los más expuestos á la intemperie comenzaron á
-cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y
-resuelta voluntad para el trabajo del pañero, se asombraban de que no
-diese pronto empleo á aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo
-que la operación era grave, pues necesitaban arrancar las raíces del
-chopo, porque luego, con la humedad, podían hincharse y romper el piso;
-además, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel, á quien quiso
-mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carácter
-más que los años. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro
-leguas sin fatiga, ahora, cuando volvía de vender, ni alientos para
-cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropía de su actitud,
-procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzón y ladino,
-buscaba que las gentes fuesen habituándose á la idea de que el patio,
-tarde ó temprano, había de solarse, para que así no se sorprendiesen de
-verlo una mañana desmenuzado y removido.</p>
-
-<p>Al fin, sosegados un poco todos los escrúpulos y resquemores de su
-prudencia, los dos hermanos decidiéronse<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> á exhumar aquellas tres orzas,
-repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos,
-habían pensado.</p>
-
-<p>Resueltos á tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus
-fueros y halláronse repentinamente en posesión de abundantes energías.
-Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades
-interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la acción.</p>
-
-<p>La noche que eligieron para la faena, no había luna. Temerosos de que
-alguien, desde algún postigo ó buharda distantes, pudiera observarles,
-pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendrían
-suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegaría la sutileza tactil
-de sus manos y de sus pies descalzos; que á esto redúcense muchas veces
-los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del
-filón.</p>
-
-<p>A Rita, como á Toribio, el hombre pequeñito les había dicho:</p>
-
-<p>«La orza más grande se halla al término del patio, no lejos del pozo.
-Allí es, de consiguiente, donde debéis empezar á cavar.»</p>
-
-<p>La operación, digna de cíclopes, fué desde el primer momento dura y
-angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo á la
-maliciosa atención del vecindario, sembraban en el espíritu de ambos
-hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la
-templanza del ambiente la mujerona y el pañero tenían los rostros
-cubiertos de sudor; sus cabellos de rútilo se adherían á sus frentes
-encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corría hecho
-agua. Toribio, que empezó á trabajar en mangas de camisa, no tardó en
-desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral
-su torso blanco, de musculatura ágil, enjuta y tremante, se removía con
-flexibilidades tigrescas.<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span></p>
-
-<p>En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanzó cerca de tres
-metros de largo por uno de profundidad. No habían perdido el tiempo.
-Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas raíces, torcidas
-y nudosas, arracimándose aquí y allá, como disciplinas, daban á la
-tierra increíble y desesperante cohesión. Peleaba el hombre con ella sin
-desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada,
-las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadón. Levantaba la
-herramienta en el aire y luego la hundía, con todo el fervoroso empuje
-de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba
-cuando tornaba á izarla sobre su cabeza. El azadón, agudo, bruñido,
-dotado de una expresión hambrienta, semejante á un colmillo de acero,
-mordía la tierra, destrizándola. En el silencio, sus percusiones
-resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecían venir de
-abajo como un temblor sísmico.</p>
-
-<p>La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favorecía unas veces
-apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras
-esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo,
-desalentado de espíritu, tiró el azadón y dejóse caer sobre un borde de
-la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudió á secarle con sus faldas
-el cuerpo y el rostro, y luego le echó una chaqueta por los hombros. El
-buhonero no podía más; la sospecha de que las orzas, soñadas tantas
-veces, no existían, acababa de quitarle los últimos alientos; como
-herida del rayo, su voluntad quedó ovillada, pulverizada, muerta.</p>
-
-<p>&mdash;Creo&mdash;suspiró&mdash;que estamos perdiendo el tiempo.</p>
-
-<p>Rita, en cuclillas á su lado, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Pero si «él» lo ha dicho.</p>
-
-<p>Se refería á don Gil.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;repuso Paredes;&mdash;«él» lo dijo; pero, ya ves...</p>
-
-<p>Rita, suavemente, le reprochó su cobardía. Si se tratase de un sueño, de
-un sueño sólo, ella desconfiaría. Pero la pesadilla del tesoro escondido
-por Frasquito habíase repetido muchas, muchísimas veces, y siempre con
-idéntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaños
-diferentes; ambos las habían visto, y describían su forma y color del
-mismo modo. ¿No bastaba esto? Además, don Gil, que con tan resuelta
-decisión les hablaba de aquella fortuna, ¿qué empeño tendría en
-engañarles?... ¡No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de
-aquella tierra no había nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar
-una á una todas las raíces, y en esta faena emplearía una noche, dos,
-tres, cuantas fuesen precisas. ¿No serían ellos capaces de cavar tan
-hondo como cavó Frasquito Miguel?</p>
-
-<p>Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazón de
-Toribio Paredes; la quimera volvió á pasar ante sus ojos deslumbrante.
-Levantóse resuelto, tiró al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empuñó
-el azadón. La mujerona asió la pala. A veces la punta de aquél mordía
-con estridencia acre la dureza de una raíz, otras se clavaba hasta la
-cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala,
-empujada por el pie de Rita, recogía con agrio chirrido la tierra
-arenosa. Así, callados y como á porfía, continuaron los dos.</p>
-
-<p>De pronto recibieron una emoción alegre, vivaz y penetrante, que,
-suspendiéndoles el aliento y paralizándoles el corazón, á durar algo más
-hubiérase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy
-superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza.
-Milagrosamente el diente del azadón, al pasar impetuoso junto á ella, no
-la rompió. Su cuerpo esférico, lucio, hinchado probablemente de oro,
-asomaba orondo en la pared del<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> tajo, y era grande y verde, según
-Toribio y Rita la vieron en sueños.</p>
-
-<p>&mdash;Mírala&mdash;balbuceó la mujerona conteniendo un grito.</p>
-
-<p>Y su hermano, temblando, repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Mírala...</p>
-
-<p>Ciertamente, para esconder su tesoro el señor Frasquito no se había
-molestado mucho, pues lo dejó á medio metro bajo el nivel del suelo,
-sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia
-del sitio donde están. La orza yacía entre un puñado de raíces, lacias,
-retorcidas, semejantes á las patas de un pulpo; y aquellas raíces eran
-como los dedos de una mano fantástica que bruscamente saliese de la
-tierra á ofrecer á los dos asesinos la fortuna.</p>
-
-<p>Toribio dejó el azadón y, arañando en la tierra y rompiendo las raíces
-que habían tejido alrededor de su presa una especie de red, cobró la
-vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrarió y nubó el rostro de densa
-palidez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está vacía?&mdash;balbuceó Rita.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que sí...</p>
-
-<p>La contemplaba con expresión idiota. Después la sacudió en el aire,
-acercándosela al oído, para escuchar; dentro de ella percibió un rumor
-vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista,
-dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en
-billetes de Banco. Tras una breve deliberación acordaron cerciorarse de
-lo que la orza contenía, y remitir la busca de las otras dos á la noche
-siguiente. Así lo hicieron, y volviendo la tierra á la zanja y
-apretándola luego con los pies para disimular un poco lo hecho,
-regresaron á la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos
-volvían á cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tenía
-frío, ni siquiera percatábase del dolor<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> de sus brazos entumecidos por
-el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre.</p>
-
-<p>Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqué, los Paredes
-rompieron la orza, cuya boca había sido cuidadosamente lacrada. La
-vasija contenía doce mil reales justos en billetes de veinticinco,
-cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenció impávida el
-asesinato de Frasquito, ahora, con el júbilo de su codicia, sentía sus
-piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmóvil, encueros de
-cintura arriba, con su cráneo bermejo y puntiagudo y sus manos trémulas
-de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de
-palpar aquellos billetes: unas veces los cogían á puñados, por la
-satisfacción de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y
-desarrugaban delicadamente entre sus dedos, ó acercándolos al quinqué
-los examinaban al traslúz, cerciorándose de que todos eran legítimos.
-Luego procedieron á dividirse las ganancias; á cada uno de ellos
-correspondían mil quinientas pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;Es tonto andar en particiones&mdash;dijo Toribio&mdash;pues que hemos de seguir
-viviendo juntos.</p>
-
-<p>&mdash;No importa&mdash;objetó Rita;&mdash;con el dinero no se juega, por aquello de
-que «cuenta y razón conservan amistad». Además, que, si como tenemos
-pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual
-sabrá exactamente cuánto aportó al negocio.</p>
-
-<p>Transigió Toribio, y ya el reparto iba á quedar hecho, cuando la dudosa
-validez de un billete de cincuenta pesetas suscitó entre ambos hermanos
-una disputa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es falso!&mdash;exclamó Rita;&mdash;¿no conoces la moneda, ó quieres engañarme?
-Sobre todo, si te gusta, quédate con el y dame otro.</p>
-
-<p>El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las
-aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisión á su ánimo.<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span></p>
-
-<p>&mdash;No seas imbécil&mdash;dijo&mdash;si todos son iguales. ¿No ves que todos son
-iguales?</p>
-
-<p>&mdash;Pues no quiero ese. Cámbiamelo.</p>
-
-<p>Ninguno cedía, y llegaron á mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar
-amigablemente la cuestión, Toribio propuso recurrir á la suerte. Aunque
-de mal talante la mujerona accedió, y él lanzó al aire una moneda,
-exclamando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cruz!...</p>
-
-<p>La moneda tintineó alborozadamente contra la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Cara&mdash;murmuró Rita riendo;&mdash;me alegro; has perdido.</p>
-
-<p>Su hermano, rezongando una interjección, recogió el billete sospechoso,
-y seguros ambos de que los niños no habían despertado, se fueron á
-dormir.</p>
-
-<p>A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas,
-cuyo fruto fué el hallazgo de dos vasijas más, una con cuatrocientos y
-otra con ciento veinte duros, que, sumados á los seiscientos de la
-primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas.
-Conseguido esto ya no buscaron más. Estaban satisfechos. El hombre
-pequeñito no había mentido.</p>
-
-<p>Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor á ser
-descubiertos, aquella misma mañana los Paredes emprendieron la faena de
-solar el patio. Dos días tardaron en concluirla, y al colocar sobre
-aquella tierra el último ladrillo, experimentaron un inefable bienestar.
-Por las noches, disponían tranquilamente los horizontes de su porvenir.
-Nadie debía extrañarse de que dejasen «la casa del chopo», foco para
-ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En
-cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo
-amplio y céntrico. Rita había visto un cuarto, bueno para almacén, en la
-Glorieta del Parque,<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span> contiguo á la Fonda del Toro Blanco. Toribio,
-calculador y reflexivo, rechazó aquella proposición: él conocía un local
-mucho mejor en la calle Larga, la más frecuentada de Puertopomares y,
-por lo mismo, la más comercial. Tenía tres huecos ó puertas, de las
-cuales dos, revestidas de cristales, servirían de escaparates. Era
-espacioso, con habitaciones cómodas, sótanos ventilados y secos, muy
-idóneos para guardar mercancías, y un patio, solado de cemento, que, en
-caso de necesidad, podía ser fácilmente techado.</p>
-
-<p>La mujerona, que tenía gran fe en las iniciativas de su hermano, se dejó
-convencer, y de allí á pocos días Toribio Paredes se entrevistó con el
-propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos,
-tomó en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales.</p>
-
-<p>Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvió á encontrarle por los
-caminos. La vida regalona de aquellos últimos meses había
-aristocratizado sus gustos y enfriado su devoción al trabajo. Las gentes
-hallaban la explicación de esta bonanza en la muerte del señor
-Frasquito.</p>
-
-<p>&mdash;El pobre hombre&mdash;decían&mdash;, con sus borracheras, traía arruinada á su
-familia; Dios hizo bien en llevársele...</p>
-
-<p>Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle
-Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abrió sus puertas al público.
-Hubo música, para mayor lujo y animación de la fiesta, y <i>los Rojos</i>
-obsequiaron á sus amigos con dulces secos, licores y cerveza.</p>
-
-<p>Sobre el frontis del establecimiento un gran rótulo declaraba, en
-caracteres negros: «Paredes, Hermanos». Y explicando estas palabras, que
-parecían la consagración de dos existencias dedicadas al trabajo, y en
-letras más pequeñas: «Mercería. Juguetería. Mantas». Las estridencias
-broncíneas de la murga<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span> duraron hasta media noche, y dieron ocasión para
-que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del
-flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del
-Casino, al pasar por allí, deteníanse á ver el alegre rebullicio. La
-chiquillería, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los
-escaparates. Las mujeres, desde la acera, á través de los cristales,
-observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposición de la
-tienda. En una de las vidrieras había un maniquí de mujer. Sus ojos
-negrísimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre,
-sugestionaban la atención de los hombres. Era guapa y miraba al suelo
-como avergonzada. Tenía los blanquísimos brazos al aire, y las
-pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de
-seda. Los páparos sonreían glotones ante aquella figura que estaba en
-pantalones y lucía un corsé rojo muy largo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si respirase!&mdash;pensaban.</p>
-
-<p>Al fondo del local, y de un extremo á otro, estaban las anaquelerías,
-que alcanzaban al techo, y donde todo aparecía cuidadosamente ordenado.
-Los artículos más diversos fraternizaban allí. Pendientes de perchas
-había boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas,
-tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las
-piezas de jerga, vicuña y cheviot, yacían superpuestas en los entrepaños
-laterales. Del techo colgaban racimos de muñecas, cromos de colores
-arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros,
-sierras, haces de martillos y muchos enseres más de ferretería. La
-quincalla y la mercería ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de
-cartón ó cosidos á pequeños envoltorios de papel azul, las muestras de
-botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y
-cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos,
-brillaban con petulante júbilo<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span> bajo la luz. Tras el mostrador, los
-hermanos Paredes sonreían obsequiosos á sus parroquianos, y con su
-amabilidad parecían rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir
-á comprar allí. Los invitados mostrábanse contentos. Ya nadie recordaba
-los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su
-hermana; su rápido advenimiento á la fortuna, prueba inconcusa de su
-afición al trabajo, sorprendiendo al pueblo había sido para ellos una
-especie de agua lustral.</p>
-
-<p>Transcurrió otro año y los negocios de la razón comercial «Paredes,
-Hermanos», se desenvolvían prósperamente. Deogracias, el primogénito de
-la mujerona, ayudaba á su madre y á su tío en el servicio de la tienda.
-Pepe, el segundón, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y
-juiciosa, empezaba á recordar la de su padre, el difunto señor
-Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tenía
-tiempo para atender así al gobierno y limpieza de la casa, como al
-negocio. Toribio, menos codicioso, se permitía cotidianamente algunas
-horas de suave holganza. Después de cenar íbase á jugar al dominó á la
-Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia; ó al Café de
-la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos
-anadeos, siempre tenían la virtud de encandilarle los ojos. Estaba más
-grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle á retreparse
-un poco, daba engreimiento á su persona. Del pasado los hermanos Paredes
-no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les había llevado á tan
-envidiable situación. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus
-conciencias, parecíales lontano y natural. Tampoco comentaban la
-intervención que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la
-incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeñito. Ambos
-reconocíanse amados y protegidos misteriosamente por él, y<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> nunca sus
-espíritus tardos, incapaces de una introinspección inteligente,
-detuviéronse á existimar la razón de aquel enigma. ¿Ni para qué, si á su
-juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el
-curso del tiempo, perdieron toda su importancia?...</p>
-
-<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h2>
-
-<p>Una noche, de vuelta del café, Toribio entró en el dormitorio de su
-hermana.</p>
-
-<p>&mdash;¿A que no sabes&mdash;dijo&mdash;con quién he estado hablando hace un
-momento?... ¡No puedes figurártelo!...</p>
-
-<p>Hizo ella un signo negativo. Paredes, el rostro un poco demudado,
-agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Voy á decírtelo porque, aunque estuvieses pensando en ello dos meses
-seguidos, no lo adivinarías: con Vicente López.</p>
-
-<p>La mujerona se incorporó en el lecho, removida hasta los tuétanos por
-una emoción que así era de agudísimo pasmo, como de alegría. El terrible
-amor de su juventud, la pasión furibunda en que su carne se requemó como
-sobre brasas, resucitaba ante ella.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vicente!... ¿Te preguntó por mí?</p>
-
-<p>&mdash;Apenas me vió.</p>
-
-<p>Parecía contrariado; sin duda recelaba que el súbito advenimiento del
-<i>Charro</i> fuese á trastornar el lozano curso de sus negocios. Agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Se hospeda en casa de don Valentín. Yo pasaba por delante de la fonda,
-cuando veo en la puerta un hombre alto, grueso, afeitado, un poco
-canoso... y me digo: «¡Si parece Vicente López!...» Y en esto, él que se
-viene á mí, exclamando: «¿Toribio, no me conoces?...» Con que nos
-abrazamos y charlamos un<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> rato. Llegó hoy, á mediodía, de Salamanca.
-Mañana vendrá á verte.</p>
-
-<p>Rita callaba. Paredes se retiró á su habitación, se desnudó y mató la
-luz. Transcurridos unos minutos y como buscando una contestación al hilo
-de sus malas cavilaciones, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Supongo que ahora, con los cuarenta años que tienes sobre el lomo, no
-volverás á enamorarte de él, ¿verdad?</p>
-
-<p>La mujerona no contestó. Añadió el buhonero:</p>
-
-<p>&mdash;¡Tendría gracia!... Además, si ese hombre viene á buscarte, no será
-por tu cara, sino por tu dinero, pues quien te dejó de moza, hallándote
-vieja no va á cargar contigo. ¿Oyes?... Andate con cuidado. Yo conozco á
-Vicente. Es un sinvergüenza. Te lo advierto á tiempo para que luego no
-vayamos á tener disgustos.</p>
-
-<p>La idea de que la imprevista reaparición del <i>Charro</i>, con sus antiguos
-fueros de amante y de padre, pudiese nublar la serenidad de su vida,
-levantaba olas de odio en su impulsivo corazón.</p>
-
-<p>&mdash;Y aunque esta casa sea tuya y mía&mdash;continuó&mdash;, yo soy el hombre, y no
-consiento que ningún otro hombre usurpe, ni siquiera menoscabe, mis
-derechos.</p>
-
-<p>Sus instintos homicidas despertaban. Aludió á Frasquito:</p>
-
-<p>&mdash;Tú ya sabes cómo soy: que no venga Vicente con monsergas ni bravatas
-porque le hago lo que al otro.</p>
-
-<p>A estas palabras de amenaza la mujerona tampoco respondió. De dichosa,
-sentíase fuera de sí. Ni un instante se acordó de sus hijos. Su alegría
-era indiferencia, olvido de los ingratos quehaceres cotidianos, deseo de
-revivir los años líricos de la mocedad.</p>
-
-<p>«Voy á verle»&mdash;pensaba.</p>
-
-<p>Y luego:</p>
-
-<p>«¿Cómo me encontrará?... Y él... ¿habrá cambiado mucho?...»<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span></p>
-
-<p>Amanecía cuando Rita se levantó. No había dormido y, sin embargo, no
-estaba cansada. Más ágil que nunca, en un santiamén barrió la tienda y
-dispuso el desayuno. Desde sus camas, los niños se asombraron de oirla
-cantar.</p>
-
-<p>La entrevista que los dos antiguos amantes celebraron por la tarde, en
-la tienda, empezó desabridamente. Cohibidos ante la actitud atisbadora
-de Toribio y por los ocho ó nueve años que vivieron ajenos el uno al
-otro, no acertaban á zurcir bien la conversación. Los hermanos Paredes
-permanecían detrás del mostrador. Vicente se había sentado en un
-taburete. El y Rita se miraban con desconfianza, con pena; sobre todo,
-con pena, cual si en aquel momento, lleno de evocaciones, echasen de
-menos el tiempo que estuvieron separados. A grandes rasgos, deseaban
-explicarse las cumbres ó hechos más eminentes de sus historias
-respectivas.</p>
-
-<p>&mdash;Frasquito Miguel, murió&mdash;dijo Rita.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo supiste?</p>
-
-<p>&mdash;Por un vecino de Puertopomares, que fué á Salamanca. Conque, apenas me
-dieron la noticia, pensé: «Pues voy á verles á Rita y á su hermano, por
-si se acuerdan de mí».</p>
-
-<p>Agradeció Toribio la fineza de aquellas palabras con un leve movimiento
-de cabeza. Vicente López continuó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Te dejó muchos hijos Frasquito?</p>
-
-<p>&mdash;Tres.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tres!... ¡Vaya por Dios! Ya son bastantes.</p>
-
-<p>&mdash;Dos varones y una hembra.</p>
-
-<p>Vicente repitió, apagando la voz, como si dialogase consigo mismo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya son bastantes!...</p>
-
-<p>Transcurridos unos segundos, agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Nuestro Deogracias estará hecho un hombrecito.<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span></p>
-
-<p>La mujerona suspiró:</p>
-
-<p>&mdash;Tú lo has dicho: un hombre.</p>
-
-<p>Asomóse á la puerta de la trastienda y con voz mordicante, destemplada
-por la emoción, llamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Deogracias!... ¡Deogracias!...</p>
-
-<p>Acudió el muchacho. Era ágil, simpático y tenía el perfil aguileño y la
-color broncinea de su padre.</p>
-
-<p>&mdash;Ese señor&mdash;dijo Rita&mdash;, quiere darte un beso. Ve...</p>
-
-<p>El chiquillo brincó el mostrador y con amable desenfado se acercó á
-Vicente. Éste le colocó entre sus rodillas y rodeándole el talle con un
-brazo le cubrió de sonoros besos las mejillas y la frente. Según le
-tenía así, recostado contra su pecho, preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe quién soy yo?...</p>
-
-<p>La madre hizo un gesto negativo, cuyo elocuente misterio el niño, por la
-posición en que se hallaba, no pudo ver. Vicente López parecía
-sinceramente emocionado:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobrecito!&mdash;exclamó&mdash;tal vez, por ahora, sea mejor así.</p>
-
-<p><i>El Charro</i> explicó á sus amigos la marcha de sus negocios. Como
-siempre, continuaba dedicándose á la compra y reventa de animales, pero
-este tráfico, cada vez estaba peor; las ferias, de año en año, iban
-desanimándose; escaseaba el dinero y la emigración acarreaba, camino de
-América, lo mejor de cada pueblo. Suspiró. Realmente, no podía quejarse
-de la fortuna; trabajaba bastante y había tenido la discreción de no
-casarse. Sin embargo, él necesitaba y merecía más; hasta entonces había
-vivido al día, pero el hombre, en cuanto pasa la cuarentena, debe
-preocuparse de su porvenir.</p>
-
-<p>&mdash;Más de una vez&mdash;agregó&mdash;he determinado marcharme á la Argentina; pero,
-lo que sucede; ya sabéis: la patria siempre tira de uno, y, por
-indiferentes que seamos, á última hora nos falta la decisión de irnos.<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span></p>
-
-<p>Rita no le quitaba ojo; hallábale buen mozo todavía y quedamente, en su
-alma, los viejos recuerdos iban cubriéndose de nuevos verdores. ¡Le
-había querido tanto! Al eco de la voz adorada sentía renacer lances y
-mirajes insensatos de pasión. Sus manos, especialmente, sus manos de
-chalán, fuertes y velludas, que tantas veces cayeron sobre ella
-iracundas, la producían singular emoción. En los ojos grises de la
-mujerona, el pasado, convertido bruscamente en deseo carnal, encendió
-una luz; su alma vehemente, su alma criminal, parecía alebrarse y
-ondular de lujuria, como una pantera.</p>
-
-<p>A cada momento la puerta del comercio se abría y entraba un comprador;
-Rita ó su hermano le atendían y apenas se iba, López reanudaba su
-plática. Toribio comenzaba á aburrirse de aquella visita cuya finalidad
-le inquietaba. A la sobretarde, no pudiendo contener su impaciencia,
-alegó un pretexto para irse á la calle. Dió la mano á Vicente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo piensas volver á Salamanca?</p>
-
-<p>&mdash;A punto fijo, no lo sé; ello depende de la resolución, más ó menos
-pronta, de los asuntos que aquí me han traído; de todos modos, nunca
-será antes de cuatro ó cinco días.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ya nos veremos; y si vas esta noche al Café de la Coja, de
-nueve en adelante, allí estoy.</p>
-
-<p>No bien Toribio Paredes salió, <i>el Charro</i>, casi de un salto, se acercó
-al mostrador, y cogiendo á Rita por los hombros la atrajo hacia sí y en
-los labios y en los ojos la dió muchos y ardorosos besos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Te quiero!&mdash;balbuceaba&mdash;¡Si ni un sólo día dejé de acordarme de ti, y
-ahora, que vuelvo á verte, pienso quererte más que nunca!...</p>
-
-<p>Agradecida, dócil, trémula de emoción, la mujerona no respondió, pero
-sus párpados se enrojecieron y mojaron en llanto. Prosiguió Vicente, con
-miedo y prisa:<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span></p>
-
-<p>&mdash;Necesito hablarte despacio. Quiero que volvamos á vivir juntos; á mi
-hijo yo debo criarle.</p>
-
-<p>Sobrecogida por estas declaraciones, Rita se había echado hacia atrás y
-miraba á su antiguo dueño con ojos relucientes de asombro y de alegría.
-¿No deliraba? ¿Era Vicente, por quien tanto había llorado, el que
-hablaba así?...</p>
-
-<p>Tras una pausa, aquél añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Si quieres nos casamos, ¿oyes?... Lo pasado, pasado... ¡y nos
-casamos!... A Toribio no se lo he dicho, pero yo pienso irme á América
-contigo y con nuestro Deogracias.</p>
-
-<p>Hizo una transición.</p>
-
-<p>&mdash;¿De quién es esta tienda?</p>
-
-<p>&mdash;Mía y de mi hermano.</p>
-
-<p>&mdash;¿La pusísteis á medias?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, á medias; porque yo, para que lo sepas, tenía un dinero...</p>
-
-<p>El amor dispone del don precioso de infantilizar á los adultos,
-especialmente á las mujeres. Una jamona, en cuanto se enamora, se vuelve
-niña. Bajo la mirada zahorí de Vicente, Rita Paredes balbuceaba, se
-embrollaba, dominada por un repentino deseo de decir la verdad.
-Afortunadamente <i>el Charro</i> la interrumpió:</p>
-
-<p>&mdash;No necesito saber cómo ganaste ese dinero ó quién te lo dió; supongo
-que sería el señor Frasquito. Ya te dije que lo pasado queda atrás y no
-debe tocarse. ¿A cuánto asciende ese dinero?</p>
-
-<p>&mdash;A dos mil ochocientas pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nada más?</p>
-
-<p>&mdash;Nada más. ¿Por qué?...</p>
-
-<p>Su voz fue suplicante; imploraba perdón. Súbitamente, ante el hombre
-amado, había sentido el remordimiento de ser tan pobre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y en esa cantidad&mdash;prosiguió él&mdash;incluyes los géneros que hay en la
-tienda?<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, todo...</p>
-
-<p>Por sus cejas, violentamente contraídas hacia arriba, pasó una terrible
-ansiedad. Vicente hizo una mueca de disgusto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es poco dinero!... ¡Muy poco dinero!...</p>
-
-<p>Luego, con repentina decisión:</p>
-
-<p>&mdash;¡No importa! Con eso y lo mío, tenemos bastante. Iremos á América. Yo
-no me separo más del chiquillo.</p>
-
-<p>Entre dientes, con humildad de esclava, la mujerona interrogó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y mis otros tres hijos?</p>
-
-<p>La respuesta del chalán fue categórica, terminante, como un hachazo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Esos no vienen con nosotros! ¡De ninguna manera! ¡Esos se quedan
-aquí, con su tío!... Comprende que entre nosotros no debe existir nada
-que nos recuerde lo que yo he sido y lo que tú hayas podido ser.</p>
-
-<p>Aun hablaron más, pero como no les pareciese bastante, para comunicarse
-con mayor espacio y reposo, acordaron reunirse al día siguiente, á la
-hora del anochecer, dentro del túnel, por la parte más inmediata al río.</p>
-
-<p>Aquella noche, en sueños, la mujerona habló con don Gil. Dormía
-tranquilamente cuando comenzó á sentir una inquietud semejante á la
-producida por el inmediato arribo de una visita; al mismo tiempo
-vislumbraba dentro de sí una especie de resplandor tenue. Sin lograrlo,
-varias veces quiso abrir sus párpados soñolientos; al conseguirlo, en
-pie delante de su cama vió al hombre pequeñito. No le distinguía aún y
-sabía, sin embargo, que estaba allí. Parecióle más descolorido y
-minúsculo que otras veces. Un diálogo breve se entabló: imperioso y
-dictatorial por parte de él; suave, humilde, lleno de condescendencias y
-vasallaje, por parte de ella.<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span></p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que Vicente López ha venido á verte.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Le mandé yo venir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! No me dijo nada.</p>
-
-<p>&mdash;Es que no lo sabe: él cree haber venido por su gusto, pero fue porque
-yo lo dispuse así.</p>
-
-<p>Rita asintió. ¿Cómo discutir las palabras de su bienhechor? El rostro
-del hominicaco aparecía ante ella pálido, indeciso, emborronado, al
-igual de esas viejas fotografías roídas por la luz. Un claror alechigado
-le envolvía. No pestañeaba. Sus labios, como los labios de las caretas,
-no se movían al hablar. Prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Vicente López, á quien tanto has amado, quiere llevaros, á ti y á su
-hijo, á América.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso que le obedezcas. ¿Le obedecerás?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;No te ocupes de la tienda: con el dinero que él tiene y los billetes
-que tú guardas detrás del ropero, lleváis lo necesario para el viaje.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, don Gil; lo que usted disponga.</p>
-
-<p>La mujerona experimentó un terror frío, tan agudo, que heló á sus
-huesos. Por obra de un inexplicable fenómeno telepático, Rita iba
-adelantándose al pensamiento de su interlocutor de modo que éste aun no
-articulaba una frase cuando ella, misteriosamente, ya la había oído.
-Rita sintió que sobre las cabezas inocentes de Pepe, María Luisa y
-Francisco, el hombre pequeñito echaba una sentencia terrible, y las
-palabras del enano tenían para ella la fuerza apremiante y sin evasivas,
-de la fatalidad.</p>
-
-<p>&mdash;Para seguir á Vicente&mdash;habló don Gil&mdash;abandonarás á los tres hijos de
-Frasquito Miguel. ¿Lo harás?...</p>
-
-<p>Dentro de la madre algo sobrehumano se atrevió á protestar, aunque
-tímidamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no les veré ya nunca?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span></p>
-
-<p>La torturada gimió, doblegándose; su rebeldía expiró bajo la orden
-inflexible.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, don Gil.</p>
-
-<p>Volvió á temblar; el acento sibilino del brujo se debilitaba, parecía
-venir de lo arcano; su turbia imagen no se había movido de allí, y su
-voz, sin embargo, llegaba de muy lejos, del horizonte, del fondo de la
-tierra. Los labios inmóviles dispusieron:</p>
-
-<p>&mdash;A tus hijos no les dejarás. Es mejor que les mates.</p>
-
-<p>Sollozó la mujerona, y no contestó.</p>
-
-<p>&mdash;Yo odiaba á Frasquito Miguel&mdash;prosiguió don Gil Tomás&mdash;y mi odio no se
-satisface con su muerte: quiero secar también esos tres retoños de aquel
-árbol maldito. Además, es mejor matar que abandonar, porque los
-abandonados sufren, mientras los muertos no sólo no sufren si no que
-descansan. Rita, ¿obedecerás?...</p>
-
-<p>Ella gimoteaba y se removía convulsivamente. Un instante creyó soñar,
-pensó que se había acostado del lado izquierdo y que con ambas manos se
-oprimía el corazón. Pero esta sospecha menos duró que un relámpago. No
-soñaba, no: el hombre pequeñito, inexorable, inquisidor, continuaba
-allí.</p>
-
-<p>&mdash;Si no me obedeces&mdash;agregó Tomás&mdash;te perderé, te pondré en manos de la
-justicia, les diré á los jueces que fuiste tú quien asesinó á Frasquito
-Miguel.</p>
-
-<p>Después de un silencio, la voz remota, más terrible cuanto más remota,
-preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cumplirás mi mandato?</p>
-
-<p>Rita se ahogaba; algo pesado, duro, frío, como una piedra, oprimía su
-garganta. Cuando pudo hablar:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, don Gil&mdash;murmuró.</p>
-
-<p>&mdash;¿Matarás á tus hijos, Rita?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;Pronto, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y les matarás sin que Vicente lo sepa?<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, don Gil...</p>
-
-<p>La imagen del hombre pequeñito desapareció. La mujerona continuó
-durmiendo; fué como si el cristal de alguna linterna mágica y espantosa
-se hubiese apagado.</p>
-
-<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h2>
-
-<p>Al siguiente día y á la hora señalada, Rita y <i>el Charro</i> acudieron al
-túnel. Describía éste un semicírculo que oradaba de Norte á Sur el cerro
-donde Puertopomares fué edificado. Correspondía la entrada meridional á
-la estación del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de
-castañares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejábase ondulando al
-compás de las montañas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y
-la boca norteña, abierta á veinticinco ó treinta metros del puente
-tendido sobre el Malamula, á la parte más abrupta, encrespada y fragosa.
-Allí el viento encajonado entre altísimas laderas de granito y basalto,
-recogía fielmente todos los murmullos del río y de los árboles, los
-exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la
-oquedad renegrida del túnel. Sus ráfagas violentísimas, cargadas de
-estridencias lapidarias, producían bajo la bóveda ecoica fragores
-idénticos á los de un tren en marcha.</p>
-
-<p>Fué allí donde la mujerona y su amante se vieron, y más de una vez,
-engañados por los ululeos del aire, se apartaron de la vía y se
-estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbón y rezumantes de agua,
-creyendo que el correo de Salamanca trasponía el puente.</p>
-
-<p>Comenzó Vicente López la conversación exponiendo los planes que, de
-tiempo atrás, tenía bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta
-á seguirle<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> no debían desaprovechar momento, pues todo el dinero que
-gastasen en el transcurso de aquellos días ociosos lo necesitarían luego
-para el viaje: él regresaría inmediatamente á Salamanca, para retirar
-los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos
-pendientes. Rita, con su hijo, iría á buscarle á La Coruña, donde
-embarcarían los tres para Buenos Aires.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando yo salga de Salamanca&mdash;agregó&mdash;te escribiré dos letras,
-diciéndotelo. Estáte prevenida porque en todo esto podemos emplear, á lo
-sumo, un par de semanas.</p>
-
-<p>Llamó la atención de Vicente la mansa prontitud con que su amante
-aceptaba sus órdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y
-sorprendíale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan á
-su talante y favor. Repentinamente la duda le mordió. Su espíritu de
-trujamán, educado en las lides y tretas del engaño, receló de aquella
-obediencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que aparentas transigir&mdash;exclamó&mdash;para alejarme de tu lado sin
-riñas y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habías de reirte de
-mí: por primera providencia, te quitaba el niño; después... ¡ya
-veríamos!...</p>
-
-<p>La había cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la
-tortura de su carne la dureza y decisión de su voluntad. Rita Paredes
-entornó los ojos; hervía su sangre; aquellas manos crueles tenían para
-ella la voz de fuego del recuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;No pienso engañarte&mdash;repuso&mdash;; es que te quiero, Vicente; es que no
-puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me dirías «ven», y te
-seguiría aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas...</p>
-
-<p>Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con
-que asistió al martirio del señor Frasquito y la perversidad de aquellas
-exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> los lamentos
-de la víctima; todo el execrable horror de su alma egoísta y codiciosa,
-mudábanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne
-lasciva, pareció quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un
-incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lívido
-nimbado por el halo rútilo de sus cabellos, parecía una llama. El
-escenario daba al bárbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la
-enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las
-locomotoras; los rieles bruñidos bajo el vaivén de los trenes,
-alejándose á ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento;
-el latir de las gotas de agua desprendidas de la bóveda de la cripta, y
-que resonaban en el silencio como pisadas duendes...</p>
-
-<p>A las siete menos minutos resonó prepotente, al lado opuesto del río, el
-silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la máquina
-avisaba que iba á hundirse en el monte. El convoy cruzó el puente y se
-lanzó jadeante por la boca del túnel. Retembló el suelo. Abermejáronse
-los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la
-ráfaga&mdash;hierro y fuego&mdash;del tren, y ante la linterna roja de la
-locomotora las tinieblas huían y los muros negros, grietosos, empapados
-en agua, se tiñeron de sangre. Un instante, desde la altura del ténder y
-en el huracán de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los
-maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre caídos en la suciedad de
-hollín de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren siguió
-adelante. Un momento después, amparados bajo la oscuridad de la noche,
-Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de
-carbón, consumado el pecado original salían del túnel como de un
-paraíso.</p>
-
-<p>Regresó la mujerona á su casa muy tarde; para no llamar la atención de
-las personas que la conociesen,<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> al separarse de Vicente había ido al
-río á lavarse las ropas, y en esta faena empleó cerca de una hora.
-Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando terminó. Su hermano,
-maliciando lo ocurrido, recibióla con cara y voces de vinagre. El y los
-niños ya habían cenado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Piensas volver á las andadas?&mdash;gritó&mdash;¡Pues no estoy dispuesto á
-consentirlo! Aquí se hace lo que yo mando.</p>
-
-<p>Rita le miró con frío desdén.</p>
-
-<p>&mdash;Esta casa&mdash;repuso&mdash;es de los dos, y en ella mandamos los dos por
-igual: ni tú más que yo, ni yo más que tú. Con que... ¡haya paz y
-callemos todos! Guárdate las uñas si no quieres que yo saque las mías...</p>
-
-<p>Dicho esto con dejo reposado y bravucón, sentóse á cenar; y apenas quedó
-sola, su cólera se deshizo, como licuada, en una recóndita, inefable y
-sedante emoción amorosa. Comía maquinalmente. Las imágenes de los
-ardientes momentos recién vividos, producíanse con tal vigor de verdad
-en su espíritu, que creía pasar de nuevo por ellos. Vicente López se
-hallaba á su lado, reconocía diáfanamente el timbre de su voz, y con los
-ojos del alma veía sus gestos. Según las diversas mutaciones de aquel
-diálogo interior, la mujer sonreía ó su rostro se revestía de gravedad.
-A veces, afirmaba; á veces, parecía dudar; á intervalos, también, sentía
-sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del
-<i>Charro</i>. ¡Oh! ¡Cómo había querido á aquel hombre, y cómo le quería
-aún!... Era el sultán, el dueño. Ella, fuerte y rebelde como un macho, é
-incapaz de conceder á nadie jefatura sobre su albedrío, reconocía el
-imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la
-despreciase, aunque transcurriesen los años sin saber de él, para su
-enamorado corazón Vicente López siempre sería «el amo». Terminada su
-colación, la mujerona<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span> se acostó, y, de un tirón, como cuando niña,
-durmió toda la noche.</p>
-
-<p>Este gratísimo contento duró varios días. Sentada detrás del mostrador,
-dejaba transcurrir las horas mirando distraídamente hacia la calle. Su
-espíritu no estaba allí. A ratos asociaba un nombre á las figuras que
-pasaban de largo ante las vidrieras del comercio, ó se detenían á
-examinar los escaparates.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí va don Ignacio&mdash;pensaba.</p>
-
-<p>O bien:</p>
-
-<p>&mdash;Es don Elías, que vuelve del Casino...</p>
-
-<p>Pero estas ideas según se producían se eclipsaban, y la mujerona tornaba
-á inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un baño. A su lado
-Toribio y Deogracias se afanaban en servir á los compradores que
-llegaban, registrando debajo del mostrador, subiéndose por una escalera
-á los entrepaños superiores de la anaquelería ó descolgando, con auxilio
-de una percha, los objetos suspendidos del techo.</p>
-
-<p>En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente
-volvía una vez y otra á la misma obsesión criminal:</p>
-
-<p>«A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el
-padre debo hacer con ellos»...</p>
-
-<p>En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente;
-no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta
-lo exigía. A las empresas, para que reditúen los debidos beneficios, es
-necesario llevarlas á su término y rematarlas bien y sin miedo. ¿Habría
-conseguido algo el arquitecto que, después de construir una casa,
-empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar
-sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesinó al señor
-Frasquito para robarle y vivir cómodamente del producto de lo robado,
-¿no perdería el valor ó recompensa de su trabajo si aquel<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span> dinero iban
-comiéndoselo poco á poco los hijos del muerto?...</p>
-
-<p>Perseguida por esta decisión, cada vez más resuelta, Rita procuraba ver
-á los niños lo menos posible. Cuando alguno se agarraba á sus faldas, la
-mujerona palidecía y miraba á otro lado; la dulzura de aquellos ojos
-inocentes, tan candorosos, que parecían asustados, era horrible. Rita
-Paredes recordaba las órdenes verticales de don Gil; el hombre pequeñito
-razonaba bien: urgía deshacerse de aquellas criaturas que, más adelante,
-la importunarían. Don Gil aconsejaba: «Los abandonados sufren, los
-muertos no». ¡Era cierto! ¿Cómo no reconoció ella antes la certidumbre
-de tales palabras?... A este pensamiento servía de abono y arrimo la
-amenaza del brujo: «Si no me obedeces&mdash;había dicho don Gil&mdash;te llevaré á
-los Tribunales y los jueces sabrán que tú fuiste quien asesinó á
-Frasquito Miguel». Hallábase, de consiguiente, colocada en el entronque
-ó bifurcación de dos caminos: uno, el camino de América, de la vida
-libre, al lado de su hijo mayor y del único hombre que había amado; el
-otro era la ruta que guiaba á la perdición, al presidio, quizás á la
-muerte. ¿Cómo dudar entre ambos?...</p>
-
-<p>La mujerona repetía:</p>
-
-<p>&mdash;Esos chiquillos son una maldición para mí; ó ellos ó yo; no hay otro
-remedio...</p>
-
-<p>Discurriendo así sentía que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy
-caudalosas, de su amor maternal iban secándose, y que todo el odio que
-profesó al señor Frasquito resurgía ahora con fatales verdores hacia sus
-hijos.</p>
-
-<p>Cumpliendo disposiciones de don Gil Tomás, Rita nada de esto dijo á su
-cómplice; el hombre pequeñito lo decretó así, tanto porque de los
-asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo á que López,
-esquivando las derivaciones ó responsabilidades criminales<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> que tal
-empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella.</p>
-
-<p>Según don Gil manifestó á Rita, la inesperada reaparición de Vicente en
-Puertopomares obedecía á insinuaciones suyas. Esta labor, realizada
-únicamente durante las horas de descanso, fué lenta. En Salamanca los
-asuntos de López marchaban de mal en peor; de año en año los negocios
-iban escaseando y las transacciones eran más difíciles. ¿Cómo vivir en
-un país esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son á vender y
-nadie compra?... Entonces surgió en <i>el Charro</i> la idea de buscar fuera
-de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia á toda
-suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas
-instigaciones del hombre pequeñito. Don Gil, implacable, necesitaba
-destruir el hogar de los hermanos Paredes y con él la raza del señor
-Frasquito, pues el odio es tan recia pasión que sólo se aplaca
-satisfaciéndose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar
-pronto y á buen desenlace este plan, don Gil solicitó y á corto esfuerzo
-obtuvo la alianza del <i>Charro</i>.</p>
-
-<p>Varias semanas hacía que éste, allá en la posada salmantina donde tenía
-su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heteróclitas, que
-huían de su memoria apenas despertaba y parecían episodios ó fragmentos
-de algún gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances,
-el chalán comprendía que una grave adivinación ó presentimiento
-germinaba en los subsuelos de su espíritu. Como esas enfermedades que,
-antes de perfilarse claramente, se anuncian con erráticos y variables
-dolores, de igual manera aquel hondo misterio aparecía y desaparecía
-tras un torbellino de imágenes inconcluídas y vagabundas. Empero, por
-estos ocultos caminos, la revelación, laboriosamente, iba preparándose.</p>
-
-<p>Una noche Vicente López soñó con su antigua<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span> amante Rita Paredes: la
-halló más fea, más seca, pero el dolor de sus ojos&mdash;dolor de olvido&mdash;le
-impresionó favorablemente. Hablaron: ella lloró mucho, le explicó sus
-penas, sus errores, y él concluyó acusándose de haberla abandonado. Al
-despertar, Vicente, dominado aún por el recuerdo de su pesadilla, estaba
-triste. Las noches sucesivas también soñó con Rita, y tan gayamente
-renacían los episodios de este viejo amor, que sintió, como un
-remordimiento, el haberlo perdido. ¿Por qué aquella figura, largo tiempo
-olvidada, resucitaba así? ¿Qué extraño poder la sacó de la sombra?...</p>
-
-<p>Con zozobra, <i>el Charro</i> pensó:</p>
-
-<p>«¿Habrá muerto Rita?...»</p>
-
-<p>Otra noche soñó que quien había fallecido era Frasquito Miguel, y que
-Rita Paredes le heredó y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz
-musitadora de las pesadillas aseguraba á Vicente que su antigua manceba
-no era feliz y se acordaba siempre de él. Estas figuraciones se
-repitieron y con los ojos del alma, el Charro vió la tienda de los
-hermanos Paredes, y á Rita detrás del mostrador, en la actitud grave y
-triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de
-las aventuras ha pasado. López comprendió que Rita, asomada al mostrador
-de su tienda, como á una ventana, le esperaba todavía. Entonces sus
-propósitos de expatriarse cobraron repentinos bríos, y á ellos se
-asociaba el deseo de conocer á su hijo. Una idea de lucro, una esperanza
-de negocio, ligábase solapadamente á esta resurrección sentimental; los
-apuros económicos con que <i>el Charro</i> tropezaba en su oficio, el genio
-bondadoso de los sueños los solucionaba, con arte mágico, por las
-noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen á él no
-debía importunarle, podía ser suyo.</p>
-
-<p>Tanto creció esta obsesión y en tales gasas de lógica y de entrañable
-afecto se envolvía, que la conciencia<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span> de Vicente barajó y llegó á
-mezclar las imágenes de sus vigilias con las de sus sueños, explicando
-las unas por las otras, viviendo como si soñase y tomando sus
-fantasmagorías por realidades, hasta que determinó trasladarse á
-Puertopomares y hablar con Rita.</p>
-
-<p>Cuando <i>el Charro</i> enfrontó el comercio de los hermanos Paredes y
-examinó su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de
-juguetes y de ropas, no se sorprendió.</p>
-
-<p>«Todo esto&mdash;pensó&mdash;lo he visto ya»...</p>
-
-<p>Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tenía delante,
-lo conocía por haberlo soñado muchas veces. De noche, sin duda, su alma
-recorrió el mismo itinerario: llegó á la Fonda del Toro Blanco, paseó la
-calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese á una cita, ante el
-bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las
-anaquelerías, repletas de géneros, ni el maniquí que arrancaba al tonto
-Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes á
-estalactitas, pendían del techo envigado, ni la silueta de su antigua
-barragana, lívida y rígida, detrás del mostrador. Su conversación con
-ella y todo lo que luego acaeció, pareciéronle también hechos naturales;
-y así, cuando después de firmemente unidos y concertados regresó á
-Salamanca, ni un momento dudó de que Rita Paredes dejara de seguirle.</p>
-
-<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h2>
-
-<p>Una tarde, de las últimas de Octubre, llegó á Puertopomares la carta
-donde Vicente López daba orden á su amante de ponerse en camino.</p>
-
-<p>«Me voy á Coruña esta noche&mdash;decía&mdash;y en el vapor<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span> <i>Carolina</i>, que zarpa
-de allí el sábado próximo, retendré tres pasajes. No malgastemos tiempo.
-Recoge tu dinero y para no llamar la atención, sin equipaje, como si
-fueses á dar un paseo, te vas con el niño á la estación y subes al
-correo que llega ahí á las siete y cuarenta».</p>
-
-<p>Firmaba <i>el Charro</i> sólo con la inicial de su nombre; y debajo añadía
-previsoramente:</p>
-
-<p>«Rompe este papel.»</p>
-
-<p>La mujerona leyó y releyó la misiva, escrita en caracteres irregulares y
-grandes, y dócil al consejo de su amante la rasgó en cuatro pedazos;
-pero al mismo tiempo cambió de parecer, y entreabriéndose el corpiño
-guardóse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la mañana cuando
-esto ocurría. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vió al
-cartero. Los niños estaban en el colegio. Un alegre sol de otoño llenaba
-la tienda, bruñía el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las
-mejillas del maniquí, rielaba sobre los objetos de metal&mdash;tijeras,
-cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos&mdash;puestos en
-ordenadas ringleras sobre los entrepaños de las anaquelerías. Siempre
-que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantán
-jocundo, nuncio de ganancias, parecía convertirse en luz. Luego, dentro
-del cajón donde los Paredes iban echando el importe de la venta del día,
-las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su canción parecía una
-risa.</p>
-
-<p>A mediodía Toribio necesitó ir á la Estación, á retirar unas mercancías.
-Esta oportunidad la aprovechó Rita para entrar en su dormitorio y coger
-los billetes de Banco que escondidos tenía detrás del ropero. En seguida
-volvió á la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro
-que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consistía
-en deshacerse de los tres hijos del señor<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span> Frasquito arrojándoles al
-paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba;
-la impunidad de su primer crimen la impelía á cometer el segundo, y
-hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso símbolo, en que,
-sobre los mismos rieles donde los vástagos del señor Frasquito quedasen
-destrozados, huyese ella después, como por una ruta de sangre, en busca
-de «su hombre» y con el hijo único de «su hombre»...</p>
-
-<p>El tempestuoso curso de estas cavilaciones llevó los ojos de Rita hacia
-el almanaque colocado junto á la puertecilla de la trastienda. Era
-martes, día de agorerías y maleficios.</p>
-
-<p>&mdash;Martes&mdash;repitió mentalmente <i>la Roja</i>&mdash;; de aquí al sábado, hay tiempo
-para todo.</p>
-
-<p>Un impulso ciego, una obsesión infernal, la dominaban. A la puesta del
-sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejándose de dolor de cabeza,
-invitó á los niños á dar un paseo; aceptaron todos con alardes
-extremados de alborozo, y ella, cariñosa, les peinó y vistió
-pulcramente; en los undosos cabellos claros de María Luisa prendió un
-lindo lazo de seda azul, y accedió á que Paquito, el más pequeño de los
-tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos
-detalles de amor maternal que luego podían defenderla eficazmente, si,
-contra lo que don Gil había asegurado, necesitaba andar en dimes y
-diretes con la justicia. Deogracias quiso acompañar á sus hermanos;
-tenía celos de ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Voy contigo, mamá?</p>
-
-<p>&mdash;No; tú te quedas al cuidado de la casa; á tu tío puede ocurrírsele
-salir y la tienda no debe quedarse sola.</p>
-
-<p>En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantón alfombrado,
-llevando de la mano á María Luisa y precedida de Pepe y de Francisco,
-atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la
-interpelaron:<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Va usted á poner escuela, señora Rita?</p>
-
-<p>La mujerona reía con naturalidad.</p>
-
-<p>&mdash;Salgo porque me conviene andar; desde esta mañana tengo una jaqueca
-horrible; quizás me alivie con el ejercicio y el aire.</p>
-
-<p>Y añadía, designando á los niños:</p>
-
-<p>&mdash;Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasión para darles un buen
-paseo. Ahora vamos á la Estación y, luego, si hay tiempo, llegaremos al
-río.</p>
-
-<p>&mdash;¿Irá usted por el túnel?</p>
-
-<p>&mdash;Eso pensaba.</p>
-
-<p>&mdash;Tenga usted cuidado con los trenes.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé; á ciertas horas no hay peligro.</p>
-
-<p>Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que había conocido á
-Rita cuando ésta encendía en el chopo de su casa el farol de los sucios
-deseos, sonrió bonachón á la mujerona y obsequió á los chiquillos con
-caramelos, azúcar cande y pastillas de goma. De bonísima gana hubiese
-tuteado á Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz
-travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitóse á exclamar:</p>
-
-<p>&mdash;Mucho cambian los tiempos, Rita.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho, don Artemio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién iba á decírnoslo entonces, ¿verdad?... Usted, convertida en
-madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. ¡Cómo ha de
-ser!...</p>
-
-<p>La mujerona siguió adelante, enfrentó la hostería de don Valentín, y por
-la Glorieta del Parque tomó el camino Alto de la Estación. El sol,
-próximo á esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la
-iglesia parecía de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como
-diamantes; una ligera bruma ascendía del valle, lleno de rumores
-vesperales; bajo la umbría de los árboles y entre los repechos
-pedregosos y oscuros, la tierra húmeda del camino tenía una amarillez de
-hoja seca.</p>
-
-<p>Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques,<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> corrían los niños.
-La mujerona iba pensando:</p>
-
-<p>«Son mi maldición; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas
-cadenas quedarán rotas... y seré libre...»</p>
-
-<p>Personas que volvían de la Estación, la saludaban.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas tardes, señora Rita.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas tardes...</p>
-
-<p>Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermín, el tartanero de la Fonda
-del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanzó: iban en él las
-hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora.</p>
-
-<p>&mdash;¿De paseo, eh, señora Rita?</p>
-
-<p>&mdash;De paseo, sí... para que los niños respiren un poco de aire.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien, hasta luego!...</p>
-
-<p>&mdash;Hasta después, adiós...</p>
-
-<p>Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente
-friolero de la tarde. Se encaminaban, según costumbre, á la Estación, á
-ver pasar el tren. Sus siluetas gráciles, envueltas en telas claras,
-vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la
-miserable, la incestuosa, mientras las veía alejarse, pensaba:</p>
-
-<p>«Todas éstas, si hiciese falta, declararían en mi favor.»</p>
-
-<p>A poco, en vez de llegar á la Estación, Rita Paredes se internó entre
-los árboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron á la vía del
-ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una
-torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estación;
-al otro aparecía el túnel; delante alzábase el cerro coronado por el
-caserío, bañado en sol, de Puertopomares; detrás, el bosque cerrado,
-enigmático, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron á
-nadie; á su alrededor crecían el silencio, el desamparo, la frialdad,
-todas las incontables melancolías de la tarde muriente; á lo lejos,
-dispersos<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span> entre la niebla, resonaban gritos de gañanes, ladridos de
-mastines, vibrar de esquilas. Faltarían minutos para las siete. Acababan
-de encenderse las luces del andén.</p>
-
-<p>La mujerona llamó á sus hijos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis que atravesemos el túnel y vayamos al río?...</p>
-
-<p>La proposición de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que veían al
-pie de la montaña, intimidó á los niños. Su primer gesto fue de defensa.
-Pero en seguida cambiaron de opinión y comenzaron á palmotear. El riesgo
-atrae á la infancia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, sí; vamos á verlo, vamos á verlo!&mdash;exclamaron á coro.</p>
-
-<p>El túnel era una especie de «coco» para los muchachos de Puertopomares;
-cuando salían al campo todos recibían de sus madres idéntica
-recomendación: «No entréis en el túnel, no os acerquéis al túnel...»
-Como si en aquel agujero, por donde únicamente las máquinas se atrevían
-á pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusión vanidosa de
-describirlo al día siguiente, en el colegio, enardeció á los chiquillos.
-Al amparo de su madre nada malo les sucedería; desde el momento en que
-ésta, tan regañona y dispuesta siempre á contrariar sus gustos, les
-había dicho: «Vamos por el túnel», es que podían ir. Además, no temían á
-los trenes; temían á la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos
-sabían que el silencio no mata y que al otro lado de la montaña volvía á
-haber luz.</p>
-
-<p>Discurriendo así penetraron bajo la bóveda del antro, fuerte, imponente,
-como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco
-iban de vanguardia; María Luisa caminaba agarrada á las faldas de su
-madre, primero con una manecita, después con las dos. Lo misterioso del
-lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido
-de<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span> sus pasos bajo la resonante oquedad de la bóveda, impresionaron y
-deprimieron el optimismo de los niños, que hablaban alto y se esforzaban
-en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenían á mirar
-hacia atrás, y el semicírculo, bañado en claridad, de la entrada del
-túnel, les confortaba. Poco á poco, según decrecía la luz, la verbosidad
-de todos iba menguando; en sus labios el pánico helaba las palabras, y
-cuando callaban el trajín de sus piececitos sobre la arena les parecía
-más grande y temeroso. Ya, apenas se veían unos á otros. Paquito, el más
-chico, experimentó una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban.</p>
-
-<p>&mdash;Mamá... mamá...&mdash;balbuceó.</p>
-
-<p>Su madre repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Adelante, no tengáis miedo, que voy yo aquí.</p>
-
-<p>Paquito demostró resignarse. Después fué Pepe, el mayor, quien sintiendo
-en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidió auxilio:</p>
-
-<p>&mdash;Mamá, tengo miedo...</p>
-
-<p>Replicó ella con aspereza:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos! Tener miedo... ¡Un hombre! ¿No te da vergüenza? Seguid, seguid
-adelante, que falta poco.</p>
-
-<p>En aquellos momentos la expresión de Rita Paredes, fatal y vengativa
-como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impedía
-ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcían sus labios, abrasaban en
-cólera sus ojos fríos. La miserable pensaba en el tren que, de un
-instante á otro, debía llegar; según sus cálculos estaba ya muy próximo
-y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos
-sanguinarios comenzaban á desatarse. Había entrado en el túnel resuelta
-á salir libre de él, y nada torcería su propósito. Si el tren se
-retrasaba, ella era capaz de coger á los tres niños y, entre sus brazos
-y contra su corazón, retenerles á la fuerza, hasta que la muerte
-pasase.<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span></p>
-
-<p>Continuaron todos andando. Algunos metros más allá la galería se
-curvaba, y de súbito la oscuridad fué completa. María Luisa rompió á
-llorar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tengo miedo, mamá!... ¡Mamaíta!... ¡Madrecita de mi alma!... ¡Tengo
-mucho miedo!...</p>
-
-<p>Había en la voz implorante de la niña como un presentimiento de lo que
-iba á ocurrir. Rita sintió que Pepe y Francisco, á quienes apenas veía,
-se agarraban empavorecidos á sus rodillas. Entonces la mujerona
-consideró que aquel paraje fuese quizás el mejor para realizar su
-intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogió
-entre sus brazos á los tres niños. Ante ella, á menos de un metro, los
-rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de frío, de miedo,
-bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podían hablar. Al cabo,
-Pepe preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué esperamos aquí, mamá?</p>
-
-<p>&mdash;A que pase el tren.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no seguimos? ¿No es mejor seguir?...</p>
-
-<p>&mdash;No; porque más adelante el camino se estrecha mucho.</p>
-
-<p>Transcurridos unos instantes habló Paquito:</p>
-
-<p>&mdash;Mamá... mamá...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Tardará mucho el tren?</p>
-
-<p>&mdash;No; tardará poco...</p>
-
-<p>Rita, sin querer, apretaba los dientes.</p>
-
-<p>María Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor
-del pecho materno, había interrumpido su llanto. Los tres hermanos,
-consolados repentinamente, parecían tranquilos. Francisco volvió á
-interrogar:</p>
-
-<p>&mdash;Mamá... ¿tardará mucho el tren?...</p>
-
-<p>&mdash;No, vendrá pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno...</p>
-
-<p>Aturdida por la oscuridad, María Luisa había perdido la noción del
-tiempo.<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span></p>
-
-<p>&mdash;Cuando salgamos de aquí&mdash;dijo&mdash;ya será de noche.</p>
-
-<p>Volvieron á callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla húmeda del
-antro. De pronto, lejos, resonó un silbido agudísimo, y el fragor
-creciente de algo pesado y tremendo pobló la bóveda de medrosos rumores.
-Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la
-cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren trasponía el puente con
-jadeos espantosos. Volvió á silbar; iba á meterse en el túnel. Los niños
-temblaban, se encogían, mudos de pavor. Unicamente José pudo gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mamá!... ¡Madrecita!...</p>
-
-<p>Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de sí, los
-labios espumeantes, le mordió en la cara con tal furia, que el muchacho,
-de miedo y de dolor, perdió los sentidos. En el fondo fuliginoso
-apareció la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el
-convoy, negro también, no se distinguía aún. Hubo un tableteo horrísono,
-una agitación de caos, una especie de epilepsia telúrica: temblaba el
-suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareció
-resquebrajarse y saltar en añicos la montaña.</p>
-
-<p>La infanticida entonces, epiléptica y terrible, comenzó á gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...</p>
-
-<p>Y empuñando á sus hijos, á los tres, simultáneamente, revueltos unos con
-otros, les precipitó sobre la vía.</p>
-
-<p>Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las
-ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsión de que algún
-viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...</p>
-
-<p>Luego, sin mantón, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita
-Paredes escapaba del túnel, por<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span> el lado del río. Momentos después, su
-figura seca, alta, desgarbada, recorría la calle Larga. Los vecinos la
-miraban atónitos. Rita tenía la expresión idiota; sus brazos
-gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; parecía loca...</p>
-
-<p>Varios transeúntes la detuvieron:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué la sucede á usted? ¿Por qué va usted así?...</p>
-
-<p>Ella había vuelto á encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de
-estupidez y de dolor, con que una mañana estuvo contemplando el cadáver
-del señor Frasquito.</p>
-
-<p>&mdash;Los he perdido&mdash;sollozaba&mdash;los he perdido...</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién ha perdido usted, Rita?...</p>
-
-<p>&mdash;A mis hijos...</p>
-
-<p>Y seguía adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetían
-automáticamente:</p>
-
-<p>&mdash;He perdido á mis hijos... he perdido á mis hijos...</p>
-
-<p>A su alrededor el número de curiosos aumentaba. Todos, ávidos de saber y
-compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llenó
-la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetró
-en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros
-interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salían del Casino, se
-acercaron á la mujerona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice usted, Rita? ¿Se ha vuelto usted loca? ¿Ha perdido usted á
-sus hijos?... ¡No es posible!...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; á los tres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?... ¿Ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... ahora...</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde?</p>
-
-<p>&mdash;Abajo... allí...</p>
-
-<p>Con un gesto, señalaba hacia la tierra.</p>
-
-<p>&mdash;Los he perdido abajo, en el túnel; abajo... los ha matado el tren.<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span></p>
-
-<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h2>
-
-<p>En los tres días consecutivos á la catástrofe del túnel, el bazar
-«Paredes, Hermanos», permaneció cerrado. Toribio, que ignoraba la
-horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se
-felicitase de haberse aligerado así, tan de cuajo, de los gastos anejos
-á la crianza y educación de tres niños pequeños. Molestaban, sin
-embargo, á su egoísmo, las visitas al Juzgado, adonde fué varias veces á
-declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora
-manifestación de duelo y simpatía todos los parvulillos de
-Puertopomares; la expectación de que era objeto y la avidez con que la
-pública curiosidad le pedía nuevos detalles del truculento lance; y,
-finalmente, el dinero que le obligaba á perder la inexorable obstinación
-de Rita en no abrir la tienda.</p>
-
-<p>Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpía en maldiciones
-terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puñetazos
-furibundos.</p>
-
-<p>&mdash;Esa mujer&mdash;aludía á su hermana&mdash;tiene menos discernimiento que un
-asno; ¿cómo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el túnel
-con los niños justamente minutos antes de pasar el tren?... ¿No merece,
-por imbécil, que la tundan á palos?...</p>
-
-<p>Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la
-opinión general compadecía á la madre. El inaudito dolor que pesaba
-sobre ella, determinó en su favor una cristiana y unánime corriente de
-cariño. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describían
-emocionadas el amor y el esmero con que llevaba á sus hijos de paseo.
-Repetían sus palabras:<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span></p>
-
-<p>«Los pobrecitos&mdash;había dicho Rita&mdash;no salen nunca y necesitan tomar un
-poco de aire».</p>
-
-<p>La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta
-de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con
-zapatitos flamantes de charol blanco, y que María Luisa llevaba en los
-cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor
-de cabeza. Don Artemio Morón, con la vanidad del hombre que vivió unos
-segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir á
-cuantas personas llegaban á la botica:</p>
-
-<p>&mdash;Por aquí pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme á la
-puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llené los
-bolsillos de golosinas; iban contentísimos.</p>
-
-<p><i>La Roja</i>, entre tanto, permanecía recluída en su casa; ni siquiera
-salía de su habitación. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos
-pequeños y azules, de un azul gris, tenían una fijeza imbécil. El rostro
-anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que
-se siente morir.</p>
-
-<p>Al día siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse á Salamanca,
-para desde allí ir á reunirse con Vicente en La Coruña: pero no bien el
-asesinato se consumó, experimentó una dispersión total de ideas, un
-desastre y absoluto aniquilamiento de propósitos. Como por arte de
-brujería, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareció.
-Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar á sus hijos bajo las ruedas del
-tren, agotó las energías feroces de su voluntad; acaso las almas de los
-niños sacrificados y la de su padre, el señor Frasquito, sugestionaban á
-la criminal y la producían aquel invencible desfallecimiento; quizás
-también el espíritu del hombre pequeñito, satisfecha su venganza, había
-renunciado á seguir protegiendo á su cómplice.<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span></p>
-
-<p>Ello fué que, de repente, la mujerona hallóse desposeída del propio
-dominio y como desterrada de sí misma. Oía menos, veía menos y sus manos
-perdieron la noción justa de los objetos y de las distancias. Una
-temerosa quietud, un hondísimo silencio de tumba, parecía desprenderse
-de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quería moverse y cual si
-entre el espíritu y el cuerpo toda comunicación se hubiese interrumpido,
-los músculos manteníanse ociosos. Sabía que Vicente López la esperaba, y
-no podía correr á buscarle: una fuerza suprema, un obstáculo invencible,
-atravesado delante de ella como un muro, la detenía. En tan rigurosa
-soledad, el tiempo adquiría proporciones absurdas: una hora equivalía á
-un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razón, Rita pensaba
-que, desde que salió del túnel, habían transcurrido muchos años. A
-intervalos, la miserable experimentaba una sensación de vacío; la
-emoción de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas.
-Entonces pensaba:</p>
-
-<p>«¿Por qué don Gil no vendrá á verme?...»</p>
-
-<p>La idea, por momentos más firme, de que el hombre pequeñito había
-desertado, acrecentaba sus zozobras, y llegó á sentir el miedo, un miedo
-que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un
-camino.</p>
-
-<p>El jueves de aquella misma semana recibió una carta del <i>Charro</i>,
-fechada en La Coruña, y al día siguiente, otra, concisa, imperativa,
-apremiante como un telegrama. Decía:</p>
-
-<p>«Ya no podemos embarcar en el <i>Carolina</i>, que sale de aquí mañana. ¿Qué
-sucede? ¿Por qué no vienes? ¿Te has arrepentido? ¿Es que ya no me
-quieres?...»</p>
-
-<p>Estas misivas sorprendieron un poco á Rita. Con asombro y pena se
-cercioró de que el nombre de Vicente López no suscitaba en ella ninguna
-emoción simpática. No recomponía bien la significación de<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span> aquel hombre
-en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. ¡Vicente
-López... el padre de Deogracias!... ¿Y qué?... Además, ¡aquel pasado se
-hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, así la imagen del
-<i>Charro</i> cruzó por su alma sin detenerse. ¡Vicente!... ¿Para qué
-molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprendía que siempre,
-mientras viviese, estaría triste? Y no porque se arrepintiese de lo
-hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la parecía igual.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vicente!&mdash;murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su
-desorganizada memoria&mdash;; ¡Vicente!... ¡Es raro!... ¿Por qué estoy así?
-¡No me acuerdo bien de él!</p>
-
-<p>Otra razón, de índole muy distinta, agravaba su marasmo: era la
-seguridad de que su vitando crimen no quedaría impune, de que se hallaba
-perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento á otro, iba
-á saberlo todo. Invadíala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo
-miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesándose,
-echaría fuera de sí aquella inquietud.</p>
-
-<p>Pensaba:</p>
-
-<p>«¡Hablar!... ¡Eso quizás fuese lo mejor!...»</p>
-
-<p>En estas incertidumbres perdió dos semanas. Vicente López había dejado
-de escribir. El comercio «Paredes, Hermanos» volvió á abrirse, y
-Toribio, detrás del mostrador, recobró su vida.</p>
-
-<p>Un día, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron
-pasar á Rita, en dirección á Correos, con una carta en la mano. Iba
-descalza y á medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus
-cabellos bermejos y revueltos la cubrían los ojos; unos ojos estáticos,
-inexpresivos, de sonámbula. Algunos la llamaron:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señora Rita!... ¡Señora Rita!...</p>
-
-<p>Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto,<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span> como si la calle
-estuviese vacía. Cuando llegó á la Casa-Correos, sin vacilar, echó la
-carta al buzón. En aquel instante, una vecina que corría tras ella la
-tocó en el hombro:</p>
-
-<p>&mdash;Señora Rita...</p>
-
-<p>La mujerona volvió la cabeza, pareció examinar á quien le hablaba y no
-contestó. Tenía la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco
-asustada, repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Señora Rita...</p>
-
-<p>Otros transeuntes se habían acercado. Los ojos de la mujerona empezaban
-á parpadear y adquirían expresión. Al cabo, tras algunas degluciones
-penosas, pudo responder:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?...</p>
-
-<p>Su voz sonaba raramente. La preguntaron:</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted dormida?</p>
-
-<p>&mdash;¿Dormida?&mdash;repitió.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; está usted dormida. ¿Por qué ha salido usted á la calle en ese
-traje?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?... ¿En la calle?... ¿Qué calle?...</p>
-
-<p>El número de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabrió la colcha con
-que se envolvía. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban
-intermitentes y rápidos, como ráfagas nerviosas, por su rostro.</p>
-
-<p>&mdash;Rita&mdash;la decían&mdash;, Rita...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?... ¿Quién me llama?...</p>
-
-<p>De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresión; renació la
-conciencia. Vióse medio desnuda y en la calle, y su terror fué inmenso,
-como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del
-aquelarre. Empezó á tiritar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo me hallo aquí?... ¿Cómo he venido hasta aquí?...</p>
-
-<p>Estaba repugnante, sabática, con su pelambrera rojiza, mezquina y
-salpicada de cabellos blancos; sus<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> ojuelos de lobo, amustiados por el
-miedo entre la miseria de los párpados sin pestañas; la piel seca,
-rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pómulos; el semblante
-espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte
-caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no
-teniendo á mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina.
-Temblaba de frío en medio del grupo, compasivo y fisgón; Rita Paredes,
-enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, parecía un
-espantapájaros. Todos murmuraban:</p>
-
-<p>&mdash;Ha perdido la razón. Está loca. ¡Pobre mujer!...</p>
-
-<p>La noticia corría de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal,
-que cuando llegaba á la Puerta del Acoso ya se sabía también en la
-Glorieta del Parque. El boticario y don Valentín, en cuanto tuvieron de
-ella conocimiento, salieron á buscar detalles. Un muchacho había ido á
-despertar á Toribio. Rita, entretanto, permanecía de pie, apoyada contra
-la pared de la Casa-Correos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué estoy aquí?&mdash;balbuceaba&mdash;¿Qué vine á hacer aquí?...</p>
-
-<p>Fruncía las cejas y, á ratos, con sus dedos esqueléticos, de uñas
-agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué vine á hacer aquí?...</p>
-
-<p>Sin embargo, no quería marcharse; esperaba algo.</p>
-
-<p>La mujer que primero la vió, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Usted, hace un momento, salió de su casa para echar una carta al
-buzón.</p>
-
-<p>Rita, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;¿Una carta?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora. La llevaba usted en la mano y la depositó usted ahí.</p>
-
-<p>Señaló con un gesto al buzón; Rita siguió aquel movimiento; después se
-miró los dedos. Su interlocutora explicó á los circunstantes:<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre mujer! Está buscando la carta. No sabe lo que hizo de ella...</p>
-
-<p>En seguida, dirigiéndose á Rita:</p>
-
-<p>&mdash;La carta la puso usted ahí. ¿Comprende? Ahí...</p>
-
-<p>La mujerona volvió á mirar al buzón, que era la máscara, en mármol, de
-un león con la boca abierta. Aquella imagen mordía en su memoria y la
-despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarándose, y este amanecer
-interior hacía filar por su rostro una sucesión interminable de
-penumbras, muecas y rapidísimos temblores. Sentíase perdida, arrastrada,
-hacia un abismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién escribió usted?&mdash;la preguntaron.</p>
-
-<p>&mdash;No sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Ha olvidado usted el nombre de la persona á quien ha escrito?</p>
-
-<p>Rita movía la cabeza afirmativamente. La expresión de sus ojuelos era
-mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el
-torturador trajín, de la evocación. La imagen de Vicente López cruzó su
-memoria. Vaciló unos segundos y luego:</p>
-
-<p>&mdash;No... no es á él&mdash;balbuceó&mdash;á quien he escrito...</p>
-
-<p>Después:</p>
-
-<p>&mdash;Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo...</p>
-
-<p>Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted para quién era la carta?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se acuerda usted de la persona?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; he escrito al juez.</p>
-
-<p>Estas palabras sibilinas, que parecían envolver un enigma, produjeron en
-el auditorio acre emoción.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha escrito usted al juez?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿A don Niceto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y para qué ha escrito usted al juez, Rita?...<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span></p>
-
-<p>&mdash;Para... para decirle... para decirle...</p>
-
-<p>No concluyó. Acababa de recobrar la razón y al comprenderse perdida,
-lanzó un grito, un horrísono grito, y cayó de bruces contra el suelo. Su
-cabeza lívida, al rebotar contra las piedras, se magulló y cubrió de
-sangre.</p>
-
-<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h2>
-
-<p>Semejante á un temblor de tierra, aquella noche rodó por las tertulias
-del Casino, del Toro Blanco y del Café de la Coja, la noticia de que don
-Niceto, acompañado de su secretario y de dos números de la Guardia
-civil, había procedido á la detención de los hermanos Paredes y que
-éstos hallábanse presos é incomunicados en los sótanos de la cárcel.</p>
-
-<p>Suceso tan inverosímil puso en nerviosa conmoción al vecindario. Muchos
-curiosos fueron á la tienda de los supuestos detenidos, en busca de
-informes, pero la encontraron cerrada, y esta clausura acrecentó la
-general espectación. Todos acudieron entonces á la fonda, y don Valentín
-se halló acosado y vencido á preguntas. Don Juan Manuel Rubio, don
-Elías, don Artemio, don Ignacio y otras personas, le cercaron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sabe usted?... ¿Y Niceto?... ¿Dónde está Niceto?...</p>
-
-<p>Desgraciadamente ni don Valentín ni sus hijas podían contestar á nada,
-porque nada sabían. Desde la víspera, don Valentín no veía á su hermano.
-Asimismo, cual si les hubiera tragado la tierra, el secretario del
-Ayuntamiento y los dos guardias que dieron escolta al juez habían
-desaparecido. Según en los períodos febriles la sangre se precipita con
-mayor ímpetu por las arterias, de igual modo, en las crisis colectivas
-las muchedumbres adquieren un dinamismo<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> violento y morboso. Por las
-callejas de Puertopomares, impelidos por la calentura de la curiosidad,
-agitados, insomnes, alegres, los vecinos corrían á caza de detalles.</p>
-
-<p>Como don Niceto no había ido á cenar á su casa ni estaba en el Juzgado,
-ni era fácil, de consiguiente, dar con él, Rubio, Fernández Parreño, don
-Artemio y el veterinario, resueltos á salir de dudas, se personaron en
-la cárcel.</p>
-
-<p>Esta, que fué construída aprovechando los restos de un torreón
-centenario, era una casuca alta, estrecha y de paredes circulares. Las
-gloriosas saeteras fueron rasgadas y convertidas en ventanas guarnecidas
-de espesos hierros. La puerta, que acaso en otros tiempos lo fué de
-algún patio de armas, mostrábase en un plano inferior al de la calle y
-como aplastada bajo la pesantez de un arco granítico.</p>
-
-<p>Respondiendo á los clamorosos aldabonazos que en ella dieron el médico y
-sus acompañantes, un ventanuco, defendido también por densos hierros, se
-abrió misterioso. Desde el interior oscuro una voz preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién va?...</p>
-
-<p>En ella don Elías adivinó á Luis, el carcelero.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy, Luis, abre.</p>
-
-<p>El interpelado, á su vez, reconoció al médico; su acento tornóse más
-humilde; era el acento del hombre que desea servir; pero en aquella
-misma melosidad presintió Fernández Parreño una negativa.</p>
-
-<p>&mdash;Dispense usted, don Elías; no puedo complacerle. He recibido orden de
-no abrir á nadie.</p>
-
-<p>Fernández Parreño, usando de esa llaneza con que en los pueblos, donde
-todos se conocen, se tratan los asuntos más reservados, replicó:</p>
-
-<p>&mdash;Abre, hombre; esa orden, por severa que sea, no reza conmigo, ni
-alcanza á las personas que me acompañan.</p>
-
-<p>Luis se excusó:<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span></p>
-
-<p>&mdash;Imposible, don Elías: la orden que me han dado es terminante.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel quiso utilizar su influencia de diputado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Déjate de bobadas, Luis! Si don Niceto te reprendiese por haberle
-desobedecido, le dices que me lo cuente á mí. ¡Abre!...</p>
-
-<p>Su acento era decisivo, conminatorio. Pero la voz dócil no cedía:</p>
-
-<p>&mdash;Lo siento, don Juan Manuel; perdóneme usted. Tengo orden absoluta de
-no recibir á nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, al menos&mdash;interrumpió don Artemio&mdash;podrás responder á una
-pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;Según...</p>
-
-<p>&mdash;Necesitamos saber si es cierto que los hermanos Paredes están aquí.</p>
-
-<p>Luis no contestó. Vacilaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿También te han prohibido decir lo que ya se murmura en todo el
-pueblo?&mdash;agregó el boticario exaltándose.</p>
-
-<p>La voz, replicó:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor; pero no pretendan ustedes saber más: los hermanos Paredes
-están aquí desde esta tarde.</p>
-
-<p>Tras estas palabras, dichas con una dulcedumbre que no excluía cierta
-sequedad, se cerró el ventanillo, y del viejo portalón carcelario
-pareció desprenderse, semejante á un aroma, un hondo silencio.</p>
-
-<p>Derrotados los indiscretos visitantes regresaron al Casino. Eran las
-once. Para distraerse organizaron una partida de tresillo. Después llegó
-Romualdo Pérez que se sentó aparte. El gerente de <i>La Honradez</i> se había
-casado hacía dos meses con Micaela, y estaba en vísperas de ser padre.
-Don Elías le preguntó por su mujer, á quien el embarazo mortificaba.</p>
-
-<p>&mdash;La pobre sigue mal&mdash;repuso Romualdo&mdash;; los vómitos no la dejan. Creo
-que debía usted ir á darla un vistazo.<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span></p>
-
-<p>El boticario invitó á Romualdo á jugar al dominó. Pérez aceptó. Durante
-largo tiempo alimentó una sorda cólera contra don Artemio, por ser éste
-quien descubrió y divulgó el secreto de sus relaciones con Micaela; pero
-luego el matrimonio había esclarecido aquellas nubes, y el viejo rencor
-quedó olvidado.</p>
-
-<p>A hora muy avanzada de la noche, Teodoro, el camarero, acercóse
-corriendo á don Juan Manuel y á don Elías para decirles que don Niceto
-subía las escaleras del Casino. El juez entró en el salón. Su figurilla
-esmirriada y mal vestida, su rostro ojeroso y sin afeitar, su pescuezo
-flaco asomando por un cuello poco limpio y demasiado ancho, expresaban
-fatiga. Al verle, todos se levantaron, y saliéndole al encuentro le
-agasajaron con palabras afectuosas y cordiales golpecitos en la espalda.
-Don Juan Manuel le echó un brazo por el hombro, y le ofreció un lugar á
-su lado, en el diván. Don Niceto, poseído de su importancia y satisfecho
-de aquellas demostraciones de simpatía, entornaba los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;El día de hoy&mdash;declaró&mdash;no lo olvidaré nunca: ha sido la jornada más
-terrible, más llena de emociones, de mi carrera.</p>
-
-<p>Ante las preguntas vehementísimas de sus amigos, adoptó una actitud
-reservada: no podía hablar, no debía hablar; el asunto que iba á
-ventilarse revestía caracteres de gravedad y trascendencia
-excepcionales.</p>
-
-<p>&mdash;Se trata&mdash;añadió&mdash;de un antiguo error judicial. Yo, lo confieso, fuí
-entonces el primer engañado. Nos aguardan sorpresas inauditas, sorpresas
-terribles, sorpresas de folletín. ¡Ya lo verán ustedes!... De no
-reducirse todo á la declaración sin sentido de una loca, en el proceso
-que va á incoarse danzarán varias personas: usted el primero, don
-Ignacio; y usted también, don Elías...</p>
-
-<p>Con estas palabras, casi amenazadoras, exacerbóse de manera tal la
-curiosidad de unos y otros, y tan<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span> desaforada avalancha de preguntas
-cayó sobre la exigua y alimonada cabeza de Olmedilla, que éste accedió á
-descorrer un poquito el velo del misterio.</p>
-
-<p>Aquel medio día, hallándose almorzando, recibió don Niceto una carta
-suscrita por Rita Paredes, donde ésta manifestaba que, espontáneamente y
-para aligerar su alma de remordimientos, declarábase responsable única
-de la muerte de sus tres hijos, y coautores, ella y su hermano, de la de
-Frasquito Miguel; añadiendo que el móvil de este crimen fué el robo, y
-que la maza con que asesinaron al señor Frasquito había sido enterrada
-en el patio de la llamada «casa del chopo».</p>
-
-<p>&mdash;Se conoce&mdash;prosiguió el juez&mdash;que Rita escribió su carta en un rapto
-de fiebre ó de sonambulismo, y luego, sin darse cuenta, fue á echarla á
-Correos, donde esta mañana temprano, según he oído decir, varios vecinos
-la encontraron alelada y casi encueros. Tan pronto recibí esa carta que,
-por sus terribles acusaciones, más que obra de un vivo parece dictada
-por el espíritu vengativo de un muerto, me personé, acompañado de mi
-secretario y de dos números de la Guardia civil, en casa de los Paredes,
-y á quemarropa, para estimar mejor el efecto de mis palabras, les
-notifiqué su detención. La impresión que en uno y otro hermano causó la
-noticia, corroboró plenamente la sospecha que la misiva reveladora,
-apenas la leí, me produjo. Evidentemente me hallaba sobre la pista de un
-crimen. Al recibir mi orden, Rita, que en aquel momento salía de la
-trastienda, no mudó de color; parecía aguardarme y bajó los párpados
-resignadamente. Toribio, en cambio, se quedó lívido, con una lividez
-tal, que desvaneció en la blancura del rostro la línea de los labios.
-Esto, tratándose de un trujamán tan valentón y experimentado como él,
-significa mucho. ¡Si le hubiesen ustedes visto!... Se le afiló la nariz,
-se le hundieron los ojos; hízose penosa<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> su respiración; no podía echar
-el habla del cuerpo. Adelantándome á la posibilidad de que, transcurrido
-el primer momento de pánico, sus nervios tuviesen una reacción furiosa,
-mandé que le atasen las manos. No opuso resistencia, y su mansedumbre
-constituye, á mi juicio, un nuevo indicio de culpabilidad. Mientras le
-amarraban, murmuró:</p>
-
-<p>«¿Por qué me prenden? Yo no he hecho daño á nadie».</p>
-
-<p>Le atajé:</p>
-
-<p>«Si es usted ó no responsable de algo malo, lo sabremos más tarde. Yo,
-por el momento, cumplo un deber deteniéndole á usted.»</p>
-
-<p>Rita se limitó á decir:</p>
-
-<p>«¿Y mi hijo?... ¿Qué será de él?...»</p>
-
-<p>Como comprenderán ustedes, su pregunta es muy elocuente, pues descubre
-la seguridad que Rita Paredes tiene de no ver á su hijo nunca más. Esa
-interrogación envuelve un adiós, una despedida.</p>
-
-<p>Yo la contesté:</p>
-
-<p>«No la inquiete la suerte del niño. Yo me encargo de él. Deogracias
-permanecerá en mi casa todo el tiempo preciso.»</p>
-
-<p>Enternecida me alargó una mano, que, como es natural, rehusé. Entonces
-murmuró:</p>
-
-<p>«Gracias, don Niceto; muchas gracias. Ya no tengo miedo.»</p>
-
-<p>Olmedilla apuró su café, que se había quedado frío. Después, engreído,
-apersonado, enigmático, se puso de pie; era el protagonista, el dueño,
-casi omnímodo, del drama policíaco que iba á desarrollarse. Con la
-importancia que tan extraordinaria situación le confería, su alfeñicada
-figurilla parecía más noble y más alta.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel intentó dirigirle una nueva pregunta, pero antes de que
-la primera palabra subiese á sus labios, don Niceto le atajó con un
-ademán.<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span> Había recobrado su aspecto impenetrable, severo, casi hostil,
-de hombre en quien la sociedad resignó la administración de los
-castigos.</p>
-
-<p>&mdash;No pretendan ustedes saber más&mdash;dijo&mdash;; sería inútil. Todas las
-habitaciones del domicilio de los Paredes han quedado cerradas y
-selladas. Mañana tomaré minuciosa declaración á los detenidos y
-seguidamente comenzaré á instruir las diligencias preliminares. Luego...
-¡ya veremos qué resulta!...</p>
-
-<p>Dicho esto saludó y se fué, orondo, inquieto y ufano á la vez, como un
-autor en vísperas de un gran estreno.</p>
-
-<p>Don Elías, don Juan Manuel, don Artemio y don Ignacio, prolongaron su
-tertulia hasta muy tarde. En resumen, hallábanse tan descaminados y á
-oscuras como antes. La inverosímil confesión de la mujerona no echaba
-sobre el misterio luz ninguna. ¿Cómo Rita, que, mal ó bien, á través de
-sus años de miseria siempre cuidó de sus hijos, hubiera querido,
-precisamente cuando sus negocios marchaban mejor, desembarazarse de
-ellos? Lo que no hizo de moza perdida, ¿iba á hacerlo en los umbrales de
-una vejez laboriosa y honesta? Y, sobre todo, ¿dónde estaba la causa
-razonada, el motivo lógico, de tan abominable crimen?... En cuanto á que
-el señor Frasquito muriese de un mazazo en la cabeza, ¿quién admitiría
-semejante patraña? ¿No se comprobó entonces que el pañero falleció de la
-coz que le dió una mula? Don Elías, don Ignacio Martínez y los dos
-médicos titulares que reconocieron el cadáver, ¿no vieron en éste
-dibujada claramente la herradura del animal?...</p>
-
-<p>Discutidos estos extremos, convinieron todos en que la carta de Rita
-Paredes era, sencillamente, la obra de una perturbada, y de consiguiente
-que don Niceto, poniendo bajo hierros á los hermanos Paredes sin más
-razones ni otros indicios que los apuntados, había procedido con notoria
-y punible ligereza.<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span></p>
-
-<p>Rozados en su vanidad profesional, Fernández Parreño y don Ignacio
-Martínez afirmaban que el dictamen por ellos suscrito respecto al
-accidente que privó de vida al señor Frasquito, era rigurosamente
-cierto. De lo que examinaron y juzgaron por sus propios ojos, no podían
-dudar. Don Ignacio recordaba la forma, dimensiones y aspecto de la
-herida, como si acabase de verla. A don Elías sucedíale lo mismo. Para
-mayor demostración, ambos estaban seguros de que en la señal que sobre
-la frente de la víctima dejó la herradura, faltaba la huella de un
-clavo.</p>
-
-<p>&mdash;Aquel, precisamente&mdash;añadió Martínez&mdash;que faltaba en la pata derecha
-del animal.</p>
-
-<p>Las razones aportadas por el veterinario y el médico, resplandecían
-incontrovertibles; don Juan Manuel y don Artemio lo reconocieron y
-demostraban su asentimiento con leales movimientos de cabeza y de
-párpados.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si la historia del asesinato de Frasquito Miguel es
-mentira&mdash;exclamó don Elías&mdash;, ¿por qué no sería mentira también el
-asesinato de los niños en el túnel?... Yo pienso, señores, que nuestro
-amigo don Niceto se ha puesto en ridículo. El prurito de figurar, el
-deseo de que los diarios de Salamanca hablen de él, le llevan demasiado
-lejos. Rita Paredes es una loca; una pobre loca cuya manía consiste en
-creerse criminal, como otras se dicen reinas ó actrices ó millonarias.
-Y, si no... ¡al tiempo!...</p>
-
-<p>&mdash;Estamos de acuerdo&mdash;interrumpió Martínez&mdash;; don Niceto quiere lucirse
-y se precipita: «aun no ensillamos y ya cabalgamos». De ahí nace su
-ofuscación.</p>
-
-<p>Este criterio mantenido por los prohombres del Casino fué, durante la
-mañana del día siguiente, el de todo el vecindario, y tantos detalles
-aportaban unos y otros en favor de los Paredes, que hasta el mismo don
-Valentín, que asistía á las discusiones de<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> sus clientes, llegó á temer
-que Niceto, mareado por repentinas ansias de notoriedad, hubiese
-cometido una gravísima equivocación.</p>
-
-<p>Así la sorpresa de todos fué mayor cuando, á la sobretarde, corrió la
-noticia de que Rita Paredes había ratificado y ampliado ante el juez las
-declaraciones de su carta, añadiendo pormenores que no daban lugar á
-vacilación ninguna; y, finalmente, que el Juzgado se presentó en la
-«casa del chopo», habitada á la sazón por unos trajinantes riojanos, y
-que en el patio, y en el lugar mismo señalado por Rita, había aparecido
-una maza, como de tres palmos de longitud, cuya parte más voluminosa
-conservaba la señal evidente de un herradura.</p>
-
-<p>El vecindario tornó á estremecerse; el alma sencilla y violenta de las
-muchedumbres, se enardecía, vibraba de emoción, temblaba de cólera. Cada
-sexo dirigía su odio contra uno de los asesinos: los hombres aborrecían
-á Toribio; las mujeres á Rita. Ahora todos se explicaban el rápido
-encumbramiento de los dos hermanos: su bazar de la calle Larga, era
-fruto de un crimen; las telas, los juguetes, que allí vendían,
-destilaban sangre. Evidentemente Toribio era un miserable, digno de la
-horca; pero Rita le aventajaba en perfidia. ¡Matar así, en su propio
-lecho y á mansalva, al hombre con quien había vivido tantos años, y
-asesinar luego á los hijos de sus entrañas tirándoles, en racimo, bajo
-las ruedas de un tren!... ¿Es posible que haya madres capaces de dar
-lecciones de ferocidad á las hienas?...</p>
-
-<p>Poseída de belicosa excitación, la gente preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Toribio? ¿Qué dice Toribio?... ¿Ha confesado algo?...</p>
-
-<p>Estas interrogaciones iban y venían desde el Casino á la Fonda del Toro
-Blanco, y desde allí al Café de la Coja. En la botica, en el taller de
-don Ignacio, en la<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300"></a>{300}</span> Estación, nadie hablaba de otro asunto. Delante de
-los comercios de la calle Larga, no bien se reunían tres personas, la
-obsesionadora y terrible actualidad renacía. Según las últimas
-referencias, el buhonero no había declarado nada; á las palabras de don
-Niceto opuso un inquebrantable silencio; pero, según decían, terminado
-el interrogatorio hubieron de esposarle porque, en un acceso de furiosa
-locura, intentó degollarse con un cristal.</p>
-
-<p>Estas noticias, más que sabidas, adivinadas, venteadas por el instinto
-de la multitud, exasperaban la atención general. A prima noche, los
-comentarios que revolaban de corrillo en tertulia desde los paradores y
-tabernas de la Glorieta del Parque á las casucas de la Puerta del Acoso,
-arreciaron al extremo de revestir formas hostiles. Una veintena de
-mujeres y hombres se habían congregado delante de Correos y miraban
-hacia el bazar de los Paredes. Aquel grupo exaltado rumiaba una
-venganza.</p>
-
-<p>De pronto, una voz turbia y gangosa, la voz del tonto Ramitas, gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos á quemar la casa!...</p>
-
-<p>Instantáneamente todos se aprestaron á cumplir aquella iniciativa. De un
-zaguán sacaron un jergón, que varias mujeres rociaron de petróleo.
-Segundos después aquel montón de paja ardía, y sus llamas, disciplinadas
-por el viento, iluminaron trágicamente la calle oscura. Lampazos
-infernales de oro y púrpura corrieron por las fachadas de los edificios.
-La multitud gesticulaba, rugía, satisfecha de su obra. El escándalo se
-convertía en motín. Las puertas de la tienda empezaron á arder. Entonces
-varios empleados de Correos acudieron resueltos á conjurar el daño.
-Entre ellos y los incendiarios hubo una corta y sañuda rebatiña,
-insultos, golpes; al cabo, la oportuna intervención de dos guardias, que
-llegaban sable en mano, dispersó á los revoltosos. El fuego quedó
-extinguido.<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301"></a>{301}</span> Luego los alborotadores, siguiendo rumbos diferentes,
-tornaron á reunirse delante de la cárcel, contra cuyas ventanas
-arrojaron muchas piedras. Las mujeres prorrumpían en gritos
-ensordecedores de amenaza. La indignación popular no cedía, y en tan
-críticos momentos los muros de la prisión fueron para los dos acusados,
-más que castigo, garantía y defensa. Finalmente, el cansancio de todos,
-antes que las frases sincretistas de don Isidro, el alcalde, devolvió al
-vecindario su sosiego. Hasta los menos razonables se apaciguaron.
-Renació el silencio. Aquella noche, en la muda tiniebla de la calle
-Larga, el frontis del comercio «Paredes, Hermanos», horriblemente
-chamuscado por el incendio, tenía una expresión de cosa abandonada,
-trágica y maldita.</p>
-
-<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII</h2>
-
-<p>El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para
-esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó
-seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de
-emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en
-sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la
-multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los
-diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares»,
-insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los
-límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista
-cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos
-Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste
-envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302"></a>{302}</span> había
-adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más
-descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas
-semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor
-profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado
-mucho.</p>
-
-<p>El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba
-derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su
-palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas
-que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y
-el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana,
-Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se
-descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le
-destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua
-con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y
-severo, le decía:</p>
-
-<p>&mdash;Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el día de la
-sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le será más benigna.</p>
-
-<p>Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y
-nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin,
-engañado ó abúlico, habló, y sus declaraciones añadieron á la escena del
-asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedióse á
-la exhumación del cadáver del señor Frasquito, pero el examen pericial
-no dió resultado, por hallarse aquel en completo estado de
-descomposición. Don Elías, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras
-muchas personas, fueron llamadas á declarar, y sobre las mesas del
-Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonándose. Agobiado por
-tan ruda labor, don Niceto ni tenía ganas de comer ni dormía á derechas.
-Empero su actividad no declinaba. Resuelto á sujetar bien todos los
-cabos<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303"></a>{303}</span> de la maraña, envió un exhorto á la Audiencia de La Coruña
-pidiendo la detención de Vicente López, y éste fué preso. Ello aportó al
-escándalo un inesperado interés, y la figura de aquel hombre, autor
-moral quizás del asesinato de los hijos de Rita, echó sobre la desalmada
-madre mayores tinieblas.</p>
-
-<p>La vista de la causa debía celebrarse meses después en Salamanca, y
-allí, de consiguiente, era indispensable trasladar á los Paredes. Su
-conducción, desde la cárcel de Puertopomares á la Estación del
-ferrocarril, ofrecía serias dificultades, porque el vecindario
-seguramente intentaría agredirles. Comprendiéndolo así don Niceto y no
-disponiendo de las fuerzas necesarias para domeñar un conflicto de orden
-público, pidió á sus compañeros los jueces de Campanario, Cantagallos,
-Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que
-tuvieran, y de este modo, entre individuos de «la benemérita» y
-municipales, formó un pelotón de quince hombres.</p>
-
-<p>Los presos debían ser sacados de la cárcel al filo de la media noche y
-con todo sigilo; mas no faltó quien lo supiese, y la noticia, volando
-eléctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmoción al
-vecindario. A la hora señalada, por todas partes un extraño y amenazador
-murmullo de pasos, rompió el silencio. Misteriosamente las ventanas se
-iluminaban; una especie de temblor estremecía las casas: era que sus
-habitantes, informados de lo que iba á suceder, dejaban el lecho para
-vestirse y salir. Las puertas se abrían con chirriar impaciente de
-cerraduras, y en el rectángulo negro de los zaguanes aparecían hombres
-provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para
-que más de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta,
-pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la cárcel, cuya puerta
-custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje
-amarillo de su armamento<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304"></a>{304}</span> y los cañones de sus mausers, lucían marciales
-en la oscuridad.</p>
-
-<p>Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de
-los diálogos se convertía en rugido. Algunas piedras, disparadas al
-azar, chocaron contra el frontis de la cárcel. Estos preludios de
-batalla enardecieron los ánimos. Voces varoniles, voces de gesta,
-gritaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Hay que arrastrarles! ¡No tenemos vergüenza si les dejamos salir
-vivos de aquí!...</p>
-
-<p>Y las pedradas volvían á sonar, ahora una, luego otra, como granizos
-escapados de una tempestad en formación.</p>
-
-<p>Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mandó
-recado á su hermano Valentín de que le enviase el coche. Era una vieja
-tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros,
-que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar
-el vehículo la irritación de la multitud aumentó. Los manifestantes
-silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que
-iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas
-eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar,
-familiarizadas con la sucia historia de «la casa del chopo». Sus
-pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos
-hechos á pelear con la tierra, agitándose furibundos, imponían miedo.
-Todas, á coro, voceaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que no se escapen! ¡Desenganchar los caballos!...</p>
-
-<p>Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no harían fuego
-contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron.</p>
-
-<p>En aquel instante la puerta de la cárcel se abrió y surgió don Niceto
-seguido de varios guardias civiles. A la luz débil de los faroles, la
-figura minúscula y asustada del juez parecía una mancha amarilla.
-Luego,<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305"></a>{305}</span> entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La
-muchedumbre, á quien la presencia del juez durante segundos impuso
-respeto, reconoció á los criminales. La furia volvió á los corazones. En
-los espíritus las ideas de justicia y venganza se confundían. Las
-mujeres se desgañitaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mueran los asesinos!... ¡Mueran los asesinos!...</p>
-
-<p>Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vaciló y fué
-retirado á la enfermería.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mueran los asesinos!&mdash;repetía la turba ganando terreno.</p>
-
-<p>Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto
-Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los
-caballos partieron al paso. Alrededor del vehículo, firmes, estoicos,
-con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A
-intervalos, desde el pescante, Fermín, el mayoral, arengaba á los
-amotinados:</p>
-
-<p>&mdash;¡Animales, no tiréis!... ¿No veis que vamos aquí nosotros y no tenemos
-culpa de nada?...</p>
-
-<p>En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos añicos, y
-heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita
-lloraba; su hermano, callado, lívido, sin mover ni siquiera los
-párpados, parecía una estatua. En medio de aquel espantoso griterío
-recorrió el convoy toda la calle Larga. Fermín, que tenía magullado el
-cuerpo á pedradas, optó por ovillarse en el suelo del pescante; los
-guardias, perdida la paciencia, se defendían á culatazos; varios
-paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don
-Valentín, don Elías, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el
-alcalde y otras personas de significación, salieron valerosamente á la
-calle, exhortando á las turbas á retirarse, pero viéndose amenazados
-desistieron de su empeño. Por segundos la furia popular crecía. Algunas
-mujeres llegaron á querer detener el coche agarrándose á<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306"></a>{306}</span> las ruedas. Un
-vecino de la calle del Sacramento trató de asestarle á Toribio una
-cuchillada en la espalda.</p>
-
-<p>Cuando los fugitivos llegaron á la Glorieta del Parque Fermín fustigó
-vigorosamente á los caballos, que partieron al galope, mientras los
-guardias, desplegados en ala, resistían el choque de los acosadores. En
-la refriega, sostenida cuerpo á cuerpo, uno de los guardias recibió un
-navajazo en el vientre. Sus compañeros entonces, á quemarropa, hicieron
-fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las
-turbas huyeron.</p>
-
-<p>De este modo, dejando tras sí un reguero de sangre, salieron los
-hermanos Paredes de Puertomares.</p>
-
-<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII</h2>
-
-<p>Consumada su venganza, don Gil, que vivía completamente ajeno á las
-peripecias de su vida nocturna, experimentó un bienestar inesperado.
-Nunca, desde la muerte del señor Frasquito, había sentido mayor plétora
-de salud. Dormía nueve horas, tenía ganas de pasear, de ir al Casino y
-hasta sus labios hubieron una vez un conato ó intento de sonrisa. Era
-una satisfacción íntima, analéptica, remozadora, que el hombre pequeñito
-no sabía á qué ocultos motivos referir.</p>
-
-<p>«Estoy contento&mdash;solía decirse&mdash;; estoy muy contento, y, sin embargo,
-nada bueno me ha sucedido»...</p>
-
-<p>Durante años, semejante á un escultor, su alma misteriosa había
-preparado y burilado su venganza. El deseo de castigar el asesinato de
-su padre, dió perseverancias sobrehumanas á su voluntad: él indujo á
-Frasquito Miguel á echarse en los brazos de Rita; él dispuso su muerte y
-la de sus hijos. Del odiado<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307"></a>{307}</span> gorgotero no quedaría nada, ni aun la
-amante, que, según cábalas y previsiones de don Gil, en plazo no lejano
-rendiría su cabeza al verdugo. Realizado su plan, el brujo cruzóse de
-brazos, cansado y orondo.</p>
-
-<p>Estas vacaciones proporcionaron á su alma un mayor enardecimiento
-amoroso, y, sobre todo, efervorizaron temerariamente aquel deseo que le
-empujaba hacia doña Fabiana. Como hombre que de todos los placeres
-terrenales sólo apetece uno, don Gil, en sueños, meditaba:</p>
-
-<p>«No me importaría morir si esa mujer fuese mía... siquiera una vez...»</p>
-
-<p>Mas, ¿cómo separarla de su marido? ¿Cómo preparar á su virtud una
-emboscada cierta?... Esto suponía que la señora de Martínez estuviese
-dormida y despierto don Ignacio, pues alejados entonces por el abismo
-que separa la vigilia del sueño, el veterinario no podría socorrer á su
-esposa. Desgraciadamente para don Gil, doña Fabiana se acostaba siempre
-después de su marido.</p>
-
-<p>Una noche, alrededor de las diez, Fermín dormitaba en el zaguán de la
-Fonda del Toro Blanco, sentado en una silla, cuando la voz y la
-presencia de don Gil le despertaron. El hominicaco, evitando asustarle,
-le llamaba suavemente:</p>
-
-<p>&mdash;Fermín..., Fermín...</p>
-
-<p>Era un bisbiseo leve y blando. Abrió el tartanero los ojos, y
-reconociendo á su interlocutor, se levantó solícito.</p>
-
-<p>&mdash;Mande usted, don Gil...</p>
-
-<p>&mdash;Vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con tu coche
-delante del portal de don Ignacio.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;Procura ser exacto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que el señor Martínez va de viaje?</p>
-
-<p>&mdash;Lo ignoro. Sólo te encargo que acudas donde digo á la primera
-campanada de las doce.<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308"></a>{308}</span></p>
-
-<p>&mdash;Pierda usted cuidado; y, por lo que después pueda suceder, voy á
-echarles á los caballos un pienso.</p>
-
-<p>En tanto hablaba, el tartanero miraba con cierto asombro á su
-interlocutor: parecíale más diminuto, más amarillo, que otras veces;
-como si fuese la imagen de don Gil y no su persona, en carne mortal, la
-que tenía delante.</p>
-
-<p>Fuese el enano y Fermín, malhumorado y soñoliento, empezó á renegar de
-su raída fortuna. Pedro, el cocinero de la fonda, quiso saber el motivo
-de aquel enojo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Una friolera!&mdash;replicó Fermín&mdash;A los pobres todo nos sale del revés.
-Hoy pensaba acostarme en seguida, porque esta mañana me levanté cuando
-aun había estrellas, y acaban de decirme que vaya á media noche con la
-tartana á casa de don Ignacio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; me pareció imprudente preguntarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo te lo han dicho?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ahora mismo?... ¿Quién trajo el recado?</p>
-
-<p>&mdash;Don Gil.</p>
-
-<p>Pedro se asombró y, sin transición, su pasmo convirtióse en desdén y
-risa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chico!... ¡Tú andas mal de la cabeza! Eso que cuentas lo has soñado.
-¡Si hace quince ó veinte minutos que yo estoy ahí, en la puerta, y no he
-visto á nadie!...</p>
-
-<p>&mdash;¿A don Gil Tomás, tampoco?</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco; no, señor...</p>
-
-<p>Fermín se alzó de hombros:</p>
-
-<p>&mdash;¡Déjame de historias! El dormido ó el borracho serás tú. ¿O es que yo
-no conozco á las personas ni entiendo lo que veo?... Don Gil Tomás ha
-estado aquí, hablando conmigo...</p>
-
-<p>Incrédulo y alegre, Pedro prorrumpió en carcajadas:<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309"></a>{309}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Tú has bebido, Fermín!... ¡Tú estás peneque, Fermín!...</p>
-
-<p>El tartanero, furioso, le volvió la espalda y se marchó rezongando
-injurias.</p>
-
-<h2><a name="XXIX" id="XXIX"></a>XXIX</h2>
-
-<p>Hacía rato que el sereno de la calle Larga cantó las once y media.
-Puertopomares reposaba en el crespón fresco, lleno de enigma, de una
-noche sin luna. Las pisadas de los trasnochadores resonaban en el
-silencio limpiamente; sus sombras se alargaban oscilantes bajo la luz de
-los faroles.</p>
-
-<p>Doña Fabiana que, contra su costumbre, se había acostado temprano, creyó
-despertar y abrió los ojos. En pie, delante de ella, vió á don Gil. A la
-hermosa mujer no la extrañó que el hombre pequeñito hubiese penetrado
-hasta allí y á tales horas. Sin sobresalto, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ocurre algo, don Gil?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora; su esposo se halla en mi casa y desea verla á usted.</p>
-
-<p>Presa de repentino pánico, doña Fabiana miró hacia atrás, buscando en la
-cama á don Ignacio, y no le halló.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo; está enfermo mi marido?...</p>
-
-<p>Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo, á la vez que se llevaba un
-índice á los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos,
-fríos, sin expresión, como los de los peces, señalaban hacia la niña.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chist!... hable usted bajo&mdash;musitó&mdash;; Antoñita podría despertar.</p>
-
-<p>Doña Fabiana repuso, sollozante:<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310"></a>{310}</span></p>
-
-<p>&mdash;Confiéseme usted la verdad, don Gil: ¿está enfermo Ignacio?...</p>
-
-<p>Con la curiosidad de saber adelantó un poco el cuerpo, y los encajes de
-su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento
-tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron.</p>
-
-<p>&mdash;Don Ignacio&mdash;dijo&mdash;está un poco enfermo. Vaya usted á verle cuanto
-antes. Fermín la llevará á usted en su coche; le avisé hace un rato y
-está ahí...</p>
-
-<p>Quiso retirarse. Ella se incorporó, bebiéndose las lágrimas:</p>
-
-<p>&mdash;Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos.</p>
-
-<p>El hombre pequeñito hizo un ademán negativo, de silencio y misterio.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;dijo&mdash;no; yo saldré antes.</p>
-
-<p>Y, mirando á la niña:</p>
-
-<p>&mdash;No haga usted ruido...</p>
-
-<p>Desapareció fantasmal. Inmediatamente doña Fabiana saltó del lecho,
-halló á tientas sus zapatillas, arropóse en una bata, se echó por los
-hombros un mantón y, á oscuras, buscó la salida del dormitorio. Iba
-ahogándose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazón; pero el
-temor de despertar á Antoñita, la impedía llorar. Rápidamente cruzó el
-patio y empujó la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el
-estiércol cálido.</p>
-
-<p>En aquel instante don Ignacio, obedeciendo á un presentimiento
-indefinible, salía de su despacho. Durante varias horas estuvo
-examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operación que
-á la mañana siguiente debía realizar. Había trabajado férvidamente, sin
-que ni su voluntad ni su atención desmayasen un punto; apenas el interés
-de lo que estudiaba le permitió fumar. Y empero, de pronto, sin motivo,
-experimentaba un desasosiego íntimo, un deseo invencible de salir fuera
-de la habitación donde<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311"></a>{311}</span> se hallaba. De un salto se levantó y abrió la
-puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atravesó la longitud
-del taller pintando en la suciedad del suelo un rectángulo blanco.
-Martínez miró á todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vió á
-Fabiana, un calofrío nervioso sacudió su carne. ¿A dónde iba su mujer?
-Avanzó hacia ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué buscas aquí?...</p>
-
-<p>Doña Fabiana demostró no reparar en él; sus grandes ojos negros estaban
-inmóviles; parecían mirar á lo lejos. Comprendió, sin embargo, lo que la
-preguntaban, y repuso acorde:</p>
-
-<p>&mdash;Voy á la calle; que no se despierte la niña...</p>
-
-<p>Entendió don Ignacio que su mujer se hallaba sonámbula, y la habló
-dulcemente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vas á la calle?</p>
-
-<p>&mdash;Voy á casa de don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;¿A casa de don Gil? ¿Para qué?...</p>
-
-<p>&mdash;Porque mi marido está allí; está enfermo; don Gil ha venido á
-decírmelo. ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...</p>
-
-<p>Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y
-resonase dentro de ella misma. Su actitud rígida, hierática, era la del
-éxtasis. Intentó avanzar. Delicadamente Martínez la detuvo por un brazo.</p>
-
-<p>&mdash;Tu Ignacio está bueno y sano.</p>
-
-<p>&mdash;¡No! ¿Cómo? No es verdad. Está enfermo. Me lo ha dicho don Gil.</p>
-
-<p>&mdash;Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; estás en tu casa,
-hablando con él. Mírame, mírame á la cara...</p>
-
-<p>La cogió por la barbilla, procurando que detuviese en él los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mírame!...</p>
-
-<p>Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martínez hasta
-cuando acariciaban eran impacientes, comenzó á desvanecer el
-sonambulismo de doña<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312"></a>{312}</span> Fabiana. Su alucinación flaqueaba, perdía color,
-se desleía en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azúcar.
-Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir:</p>
-
-<p>&mdash;Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho...</p>
-
-<p>Don Ignacio agarró á su mujer por los hombros, y sacudiéndola de delante
-á atrás:</p>
-
-<p>&mdash;Despierta, Fabiana, despierta. Estás soñando. ¡Oye!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Estoy soñando, verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí. ¡Oyeme!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdad?... Estoy soñando...</p>
-
-<p>Su voz adquiría una inflexión alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de
-súbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces
-impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivió; la emoción
-arreboló ligeramente el mármol de las mejillas. Miró en torno suyo con
-espanto: reconoció el local, reconoció á don Ignacio...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo estoy aquí?...</p>
-
-<p>&mdash;Venías soñando&mdash;repuso Martínez.</p>
-
-<p>Ella respiró mejor y abrazó á su marido. Sentía tranquilizarse la
-angustia y fatiga de su corazón.</p>
-
-<p>&mdash;He tenido una pesadilla horrible&mdash;murmuró&mdash;; don Gil vino á decirme
-que te habías puesto enfermo en su casa...</p>
-
-<p>Empezó á temblar. A su nerviosidad se añadía el frío que recogió al
-cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castañeteaba los
-dientes; se cruzó de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos
-yertas buscaban la tibieza suave de las axilas.</p>
-
-<p>Don Ignacio, diligente y con una emoción donde á la inclinación sexual
-del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arropó á su mujer en la
-manta que él tenía en su despacho para abrigarse las piernas, y
-llevándola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su
-cuerpo, la ayudó á repasar el patio.<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313"></a>{313}</span></p>
-
-<p>Apenas en su dormitorio, doña Fabiana se zambulló en el lecho. No se
-atrevía á moverse; el contacta frígido de las sábanas la causaba horror.</p>
-
-<p>&mdash;Acuéstate&mdash;dijo á don Ignacio&mdash;; ya es muy tarde.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy concluyendo de tomar unas notas&mdash;repuso él.</p>
-
-<p>&mdash;Déjalas para mañana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva
-don Gil.</p>
-
-<p>Don Ignacio, resistía, esclavo de su deber.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo
-en seguida; antes de quince minutos...</p>
-
-<p>Para consolarla la palpó por encima de las mantas, y sobre los labios y
-en las mejillas la dió muchos besos.</p>
-
-<p>Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Han llamado&mdash;exclamó doña Fabiana palideciendo.</p>
-
-<p>Don Ignacio advirtió su miedo y replicó zumbón:</p>
-
-<p>&mdash;¿Si será don Gil?...</p>
-
-<p>Absorta, ella repitió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Si será don Gil!...</p>
-
-<p>Y hubo en su acento tal misterio que, bien á su pesar, Martínez sintió
-descender un estremecimiento de terror por su espalda.</p>
-
-<p>&mdash;Veamos&mdash;dijo recobrándose&mdash;quién puede llamar á estas horas.</p>
-
-<p>Sacó del cajón de la mesilla de noche su revólver y salió al patio. Dos
-veces, sin motivo, miró hacia atrás. Una inquietud supersticiosa le
-envolvía. Parecíale que á su lado, silenciosamente, como sobre unos pies
-de terciopelo, caminaba una sombra.</p>
-
-<p>Al abrir la puerta el veterinario se encontró con Fermín. También
-reconoció el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos
-cuadriles de los caballos. El tartanero se destocó, respetuoso.<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314"></a>{314}</span></p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, don Ignacio.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, Fermín. ¿Qué hay?...</p>
-
-<p>&mdash;Nada, don Ignacio; dispense usted si llamándole le he molestado...</p>
-
-<p>&mdash;No, hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, yo me dije: «No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar».
-¡Pues, desde las doce estoy aquí!...</p>
-
-<p>&mdash;No... no te había oído&mdash;repuso Martínez con aire maquinal.</p>
-
-<p>&mdash;Pues... ¡no tenga usted prisa! Acabe usted lo que esté haciendo con
-todo sosiego; yo aquí le aguardo.</p>
-
-<p>Don Ignacio no comprendía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, tú qué buscas?... ¿Tú qué necesitas ó qué quieres?...</p>
-
-<p>Estas preguntas, formuladas con cierta destemplanza colérica, llenaron
-de estupefacción el semblante carrilludo y cetrino de Fermín.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo no quiero ni busco nada, don Ignacio!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces, qué?... ¿A qué has venido?</p>
-
-<p>&mdash;Yo he venido cumpliendo el recado que me dieron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Un recado? ¿Te han dado á ti un recado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿De parte de quién? ¡Que me maten si entiendo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué gracia! ¡De parte de usted!...</p>
-
-<p>&mdash;¡De parte mía!...</p>
-
-<p>Don Ignacio sintió en todo su cuerpo un frío intenso, sutil, que llegaba
-á sus huesos y él atribuyó á la corriente de aire establecida entre la
-calle y el patio. Para guardarse de ella salió á la acera, cerrando tras
-sí la puerta. En las palabras del tartanero Martínez empezaba á
-vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja.</p>
-
-<p>&mdash;Dí, Fermín: ¿cuándo te llevaron ese recado?</p>
-
-<p>&mdash;Poco después de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado
-así, en semejante posición,<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315"></a>{315}</span> el respaldo de la silla apoyado contra la
-pared. Por más señas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareció
-don Gil Tomás y me dijo: «Fermín: vengo á decirte que luego, á las doce
-en punto, estés con el coche en casa de don Ignacio».</p>
-
-<p>Al oir el nombre del enano, Martínez se desemblantó y turbó hasta la
-lividez. Fermín lo advirtió.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No, no es verdad&mdash;repitió Martínez&mdash;; yo no he visto á don Gil.</p>
-
-<p>De pronto, rehaciéndose, porque su animosa voluntad se doblegaba
-trabajosamente al miedo:</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿tú has hablado con don Gil?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú estás seguro de haber hablado con él?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor... ¡ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo
-que morir. Es más: yo le pregunté, un tanto extrañado del aviso: «¿Es
-que el señor Martínez va de viaje?...» A lo que respondió: «No sé; pero
-procura acudir puntualmente adonde te he dicho»...</p>
-
-<p>Fermín se dió una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras
-de Pedro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo habré soñado?&mdash;exclamó.</p>
-
-<p>Refirió la escena detalladamente y cómo después que don Gil Tomás se
-hubo marchado, al lamentarse él de tener que enganchar los caballos,
-Pedro, el cocinero, empezó á embromarle, asegurándole que aquello eran
-invenciones suyas, puesto que el hombre pequeñito no había estado allí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Si lo habré soñado?&mdash;repetía Fermín&mdash;; diga usted, don Ignacio, ¿seré
-yo sonámbulo? Porque es muy extraño que, hallándome dormido y Pedro
-despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese á don Gil y mi
-compañero no le viese. ¿Habrá escondido en alguna brujería?...</p>
-
-<p>El veterinario no contestó. Fermín se signó cristianamente<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316"></a>{316}</span> y prosiguió
-hablando, porque esto le aliviaba de su emoción. Don Ignacio pensaba:</p>
-
-<p>«El hecho de que este mastuerzo haya soñado con don Gil, y de que la
-intensidad de la alucinación haya determinado en él una crisis de
-sonambulismo, no me extraña. Pero, ¿y Fabiana? ¿Cómo Fabiana ha soñado
-también con él?...»</p>
-
-<p>A este pensamiento sucedió otro:</p>
-
-<p>«Evidentemente hay una relación entre ambos sueños: el de Fermín casi
-explica el de Fabiana; diríase que se trata de un rapto. ¿Estará don Gil
-enamorado de mi mujer?...»</p>
-
-<p>Preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no te dijo don Gil á dónde habías de ir después?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor; y si me lo dijo... ¡no lo recuerdo!</p>
-
-<p>Continuó devanándose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don
-Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardándole, le
-interrumpió:</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, Fermín: no caviles más en eso porque vas á perder el juicio.
-Todo ha sido un sueño. ¡Ea, hasta mañana!...</p>
-
-<p>Fermín saludó:</p>
-
-<p>&mdash;Será como usted dice, don Ignacio: lo habré soñado. Buenas noches... y
-dispensar...</p>
-
-<p>Subió al pescante, requirió las riendas y la tartana, oscilando sobre el
-pavimento desigual, se alejó lentamente. Una estela de silencio quedaba
-tras ella.</p>
-
-<p>Don Ignacio entró en su casa y cerró la puerta. Tenía frío. Miró á su
-alrededor. La lámpara del despacho recortaba en el suelo un largo
-rectángulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas
-en ordenadas ringleras, brillaban como cráneos. Martínez volvió á
-preguntarse:</p>
-
-<p>«¿Cómo ha venido el coche? ¿Por qué Fabiana quería marcharse?... ¿Qué
-misterio se esconde en todo esto?...»<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317"></a>{317}</span></p>
-
-<p>Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se
-erizaron. No veía á nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse
-solo. Tembló. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de
-músculos y arrebatado de corazón, sintió el miedo.</p>
-
-<h2><a name="XXX" id="XXX"></a>XXX</h2>
-
-<p>Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en
-la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La
-temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía
-una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles
-pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo
-parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos
-aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo,
-indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse
-manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo
-se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era
-menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus
-laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche
-blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á
-falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de
-tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba
-metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del
-ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de
-plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más
-arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin,
-del mundo inorgánico,<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318"></a>{318}</span> toda la policromía adusta, llena de severa
-aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y
-de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del
-feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde
-predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy
-oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un
-azul pálido, frío, triste, como un convaleciente...</p>
-
-<p>En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de
-Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba
-resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin
-frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la
-escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas
-rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las
-voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse
-desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la
-sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las
-alfombras.</p>
-
-<p>Los rigores atmosféricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de
-sus paredes, seguía igual. El tiempo, el terrible anarquizante que á las
-almas, como á los edificios, lleva siempre principios de disgregación,
-olvido y renovamiento, cambiando allí de táctica, sirvió de argamasa, y
-con ungüento de rutina, más coercitivo que el cemento romano, aseguró la
-marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de
-veinte años, casó con Dominga, la sobrina de don Valentín; pero como sus
-economías no le bastaban á establecerse, seguía desempeñando sus
-funciones de camarero con aquella discreción que estereotipó en su
-semblante triste y flaco&mdash;semblante de dispéptico&mdash;una sonrisa
-servicial. Entre los parroquianos más antiguos notábanse algunas
-deserciones.<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319"></a>{319}</span> Ejemplos: Romualdo Pérez, cuyo humor parecía haberse
-anubarrado con las cargas matrimoniales, y sólo iba al Casino los
-domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus
-libertinas mañas y formalmente enamorado de Anita Fernández Parreño,
-apenas salía á la calle de noche. También su hermano don Niceto, el
-juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parálisis,
-observaban vida muy apartada.</p>
-
-<p>En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Isidro
-Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martínez y don
-Artemio, continuaba inmutable. A ella habíanse agregado otros elementos:
-tales don Dimas Narro, médico joven y de mérito, que en breve tiempo
-supo ganarse una clientela; y don Belisario López, el dueño de la
-imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas ó forasteras, no aportaron
-al espíritu arcaico de la reunión ninguna ráfaga pinturera ó
-extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos
-cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idénticas
-palabras triviales. Por obra de la desocupación y del fastidio, lo más
-baladí se glosaba hasta la saciedad y era durante días motivo de
-conversación.</p>
-
-<p>La vejez que las ruinas del viejo castillo infundió á los edificios,
-trascendió á los caracteres. En aquel ambiente inmóvil todo era ruin y
-oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crímenes de Rita,
-el misoginismo de los hombres y las orgías de don Gil, la idiotez de
-Ramitas y la chismorrería, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El
-alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de
-Castilla, sin ecos ni colores.</p>
-
-<p>Unicamente los jueves, días de mercado, traían al Casino cierto
-regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la mañana,
-bajo los árboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba allí
-perfectamente.<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320"></a>{320}</span></p>
-
-<p>El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la
-raqueta del banquero sonaba más.</p>
-
-<p>A don Juan Manuel y á don Elías les gustaba jugar, especialmente al
-primero, de quien se decía que en el Casino de Madrid llegó á perder
-cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno
-siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no
-entristecían. Don Artemio también solía arriesgar algún dinerillo al
-vaivén cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y
-producíale cosquilleos recónditos; su circulación se aceleraba; pero
-como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus pérdidas, nunca
-excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martínez. El
-albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perdía, doblaba
-las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carácter se
-desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio,
-anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con
-gruñidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebullía
-como si le pinchasen alfileres. Fuésele la suerte propicia ó adversa, el
-señor Martínez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelión.</p>
-
-<p>Aquella noche, después de jugar un rato, la mayoría del público regresó
-al salón del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un
-espejo, del «cuarto verde», se abría y aparecían más socios.
-Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corría
-solícito, de un lado á otro.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel Rubio examinó su cartera: había perdido cien pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;De las cuales&mdash;contestó don Elías&mdash;han llegado á mis manos la mitad,
-justamente. He ganado diez duros.</p>
-
-<p>Don Artemio Morón no había cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo
-que se divirtió tenía bastante.<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321"></a>{321}</span> Don Isidro y don Dimas también
-perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces&mdash;exclamó don Elías liberalmente&mdash;invito á ustedes. El dinero
-del juego es alegre. Llamen á Teodoro y pidan lo que gusten.</p>
-
-<p>El diálogo recayó sobre las operaciones realizadas aquel día en el
-mercado. La arroba de carne de cerdo se había vendido á setenta reales,
-y á veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y
-marranos de doce. Don Juan Manuel hacía signos de asentimiento; él tenía
-en «La Evarista» varios cerdos que seguramente pesaban bastante más; lo
-lamentable era la epidemia de erisipela, ó mal rojo, que aquel año
-afligía á los puercos.</p>
-
-<p>&mdash;A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso.
-No sé qué le sucede; ¿no le encuentran ustedes distraído?...</p>
-
-<p>&mdash;Pues, en su negocio&mdash;repuso don Isidro&mdash;, no debe de irle mal. Tiene
-todo el trabajo que quiere.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que bebe&mdash;insinuó malévolamente don Artemio, bajando la voz.</p>
-
-<p>Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel
-instante salía Martínez. Don Ignacio, el paso firme, se acercó á la
-tertulia y cogiendo una silla dejóse caer en ella con ímpetu. Su
-semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, más enardecidos que
-nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Había perdido
-cuarenta y dos pesetas. A última hora necesitaba un cuatro de bastos
-para desquitarse, y el banquero tiró una sota...</p>
-
-<p>&mdash;¡De bonísima gana&mdash;exclamó&mdash;le hubiese dado un puñetazo en la
-cabeza!... ¡Así!...</p>
-
-<p>Y su brazo corto y musculoso se encogía, se estiraba, describiendo la
-trayectoria del golpe.</p>
-
-<p>Las crisis de mal humor del veterinario producían en don Juan Manuel
-reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era cólera, minutos
-después en el diputado<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322"></a>{322}</span> se hacía risa. Aquellos dos caracteres,
-igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida
-de la furia del otro; si éste se deprimía aquél se exaltaba, y de su
-constante oposición derivábase una atmósfera espiritual muy grata.</p>
-
-<p>El señor Martínez aquella noche estaba de malísimo temple porque el
-forjador de su taller se le había marchado á Salamanca, y no tenía con
-quién reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y
-de pocas palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo mismo&mdash;agregó&mdash;, cuando esta mañana, de repente, me dijo que se
-iba, no sé cómo no le di con el martillo.</p>
-
-<p>Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del
-señor Martínez y comprendían su contrariedad, y el perjuicio que aquel
-accidente le irrogaba. Únicamente don Juan Manuel se echó á reir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que está
-jugando y el banquero le tira una sota... ¡Puñetazo al banquero! Que se
-le va un empleado y no tiene con quién sustituirle... ¡Puñetazo al
-empleado! ¿Pero usted cree que las voluntades se arreglan á golpes, como
-las herraduras? «A caballo corredor, cabestro corto», amigo Martínez.</p>
-
-<p>&mdash;En muchos casos, sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Pero en otros muchos casos, no, señor; y en todos es preferible pecar
-de tímido que de bárbaro. «Burrilla mansa, á su madre y á la ajena
-mama»... ¡Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que á usted
-le gustan!...</p>
-
-<p>Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un
-filósofo epicúreo, de la moza temprana y del vino añejo, sustentaba
-afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendían y regocijaban
-amenamente á la reunión. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio
-dialéctico cultivando la paradoja,<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323"></a>{323}</span> era bueno y alegre porque sabía
-perdonar, y perdonaba fácilmente porque todo le parecía bien. Había una
-lógica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y
-su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el
-optimismo fragante de su corazón perfumaba su discurso, y
-recíprocamente, su lógica daba á sus costumbres aplomo simpático. Alto,
-grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fáciles
-á la dicacidad y á la risa, todo armonizaba en él; el dichete agudo, lo
-subrayaba la línea oronda del abdomen.</p>
-
-<p>En las discusiones que emprendía contra todos, don Juan Manuel, solterón
-y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el
-olvido, la indulgencia frívola, el perdón hacia cuanto siempre se creyó
-imperdonable.</p>
-
-<p>&mdash;Creemos&mdash;decía&mdash;que en moral hemos llegado á la perfección, que son
-inamovibles los fundamentos que dimos á las nociones de «deber» y
-«bondad», y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueología,
-la medicina, la biología, la mecánica y la estadística, continúan
-progresando. ¿No existe entre ambas afirmaciones contradicción?... Yo
-creo que sí; pues si la moral constituye el cogollo ó sumidad del humano
-saber, y, por lo mismo, la síntesis, resultado ó abreviatura de todas
-las ciencias, mientras éstas no lleguen á los límites, lejanos todavía,
-de lo cognoscible, la última palabra de la ética no podrá ser escrita.
-Nosotros no sabemos aún, definitivamente, dónde está la virtud. La
-humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de día en
-día, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne
-mañana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que
-paulatinamente va formándose en los talleres, en las fábricas, en los
-laboratorios, según las necesidades materiales y el nivel cultural de
-cada época. La aparición de un fósil desconocido, el descubrimiento<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324"></a>{324}</span> de
-una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La ética, señores, es el aroma
-de muchas rosas enormes que aun están abriéndose...</p>
-
-<p>Don Juan Manuel Rubio, que allá, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del
-Parlamento, raras veces se atrevía á hablar, entre un grupo de amigos
-era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrería,
-tanto argumento desorbitado y capcioso.</p>
-
-<p>&mdash;De modo&mdash;replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba
-objetivar las ideas&mdash;que si un marido descubre la infidelidad de su
-compañera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo
-que debe hacer...</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente; y mientras el consejo llega ó nó puede perdonarla y
-seguir á su lado, ó separarse de ella. Todo menos creerse autorizado á
-asesinar cobardemente á una pobre mujer que, después de amarle... y
-acaso sin dejar de amarle... amó á otro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted lo haría, usted perdonaría?</p>
-
-<p>&mdash;Sin vacilar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!... Usted habla así porque es soltero.</p>
-
-<p>&mdash;Y si me hubiese casado pensaría lo mismo. Además, ¿no lo estoy?...
-Evarista, con quien tengo relaciones hace doce ó trece años, como
-ustedes saben, es para mí una esposa. Yo, al menos, me fastidio á su
-lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfacción consiste en saber
-que Evarista me quiere «porque sí», y no me engaña porque me respeta lo
-suficiente para no engañarme, no porque carezca en su casa de completa
-libertad. Esta alegre confianza mía los celosos la ignoran. Un celoso
-debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legítimo amor, sino
-miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y
-vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que
-creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de él. En
-cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas
-de par en<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325"></a>{325}</span> par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no
-quiere irse...</p>
-
-<p>Don Juan Manuel disertó amenamente acerca del amor y del modo, un poco
-libertino, que él tenía de sentirlo.</p>
-
-<p>&mdash;Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con
-sinceridad, pero sí aparentar ó fingir magistralmente que las amamos;
-pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer ó tan esquisitamente
-frívolas, que se contentan y satisfacen con la ficción. Cabalmente
-porque nunca las quise mucho, fué por lo que ellas, casi todas, me
-quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis
-teorías y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la
-renovación frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin
-embargo, quiero á Evarista y probablemente no me separaré de ella. Es
-cierto. Pero conviene consignar aquí que á todas las pasiones de mi
-vida, aun á las mayores, fué ligada siempre una abundante dosis de
-pereza. Yo no suelo serles fiel á las mujeres por cariño; mi constancia
-no es constancia legítima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por
-abandono sigo á su lado, como frecuentemente hallándonos encamados,
-tenemos sed, y no nos levantamos á beber por no molestarnos en cambiar
-de actitud. ¡Anomalía extraña! La costumbre, que mata al amor, es, no
-obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor.</p>
-
-<p>Fernández Parreño aprovechó la pausa que en este momento de su discurso
-hizo el diputado, para sentar la opinión de que don Juan Manuel, ó por
-pereza, como él creía, ó por nobleza, gratitud y perseverancia de
-corazón, si llegara á casarse sería un marido modelo.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel sonrió y movió la cabeza, en señal de duda.</p>
-
-<p>&mdash;No sé, mi querido amigo&mdash;repuso&mdash;; no sé qué<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326"></a>{326}</span> decirle, pues tengo
-poquísima confianza en mí. Sucede con los amores lo que con las citas.
-Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. «No es
-correcto hacerla esperar al aire libre»&mdash;pensamos&mdash;. Lo mismo ocurre en
-los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos
-retrasemos, siempre acudiremos á tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda
-en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse.
-El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale
-á una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan
-cómodas, nunca sería exacto...</p>
-
-<p>Se interrumpió, tuvo una sonrisita desdeñosa, aplastó lentamente la
-blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de café:</p>
-
-<p>&mdash;Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sentí
-celos. ¡Pobres cerebros pequeños, cerebros oscuros!... A veces les
-compadezco, á ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro más que nadie
-de ese mal, porque mi ambicioso corazón tiene celos simultáneamente de
-millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas,
-que llenan los teatros de Madrid y no son mias.</p>
-
-<p>Hizo un mohín irónico.</p>
-
-<p>&mdash;Claro es que de tan descosida afición amorosa un hombre discreto se
-alivia fácilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos
-dirigido la siguiente pregunta: «¿A quién pertenecen esas mujeres tan
-bellas que vemos en la calle? ¿A qué venturoso galán rindieron la
-intimidad perfumada de sus noches?...» Pero no debemos desesperarnos,
-pues igual interrogación se propondrán los dueños de tales hermosuras
-con respecto de nuestras esposas. Es la triste condición humana; basta
-que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se
-detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber
-triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327"></a>{327}</span> le guían y ayudan en su
-camino: la vista y el tacto. Pero diríase que aquella tiene vergüenza de
-que su aliado, mucho más tardo y grosero, la empareje; y así, apenas
-nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente
-ingratos y peregrinos, miran á otra. Ello me anima á dar á ustedes el
-siguiente consejo: cuando alguien desee mucho á una mujer casada y
-cegado por su deseo se torture y piense que únicamente á su lado sería
-feliz, acuérdese de que, junto á ella, su esposo, más de una noche, se
-aburrirá horrorosamente. Esta reflexión ha de producirle gran alivio...</p>
-
-<p>Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel
-intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel calló la
-conversación siguió rumbos más fáciles.</p>
-
-<p>Don Isidro dijo que por la tarde él y su cuñado salieron á dar un paseo,
-y que estuvieron divirtiéndose en tirar piedras contra un poste del
-telégrafo.</p>
-
-<p>&mdash;En ese mismo poste&mdash;agregó&mdash;, siendo yo niño, grabé con un cortaplumas
-las iniciales de mi nombre; hoy las busqué y allí están todavía.</p>
-
-<p>Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza
-del vivir pueblerino, arrancó un suspiro á don Artemio. También suspiró
-don Elías. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo más
-pequeño durará más que ellos.</p>
-
-<p>Hablaron de dos turistas ingleses, padre é hijo, que llegaron al pueblo
-la víspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje á Salamanca al
-día siguiente.</p>
-
-<p>&mdash;Entre ayer y hoy&mdash;exclamó don Artemio&mdash;han recorrido, no sólo la
-población, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para
-aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque
-bebiendo cerveza á la puerta del parador del Sol, y retrataron á unos
-trajinantes gitanos que estaban allí con sus caballerías. Después, por
-el Paseo de los<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328"></a>{328}</span> Mirlos, bajaron al río y visitaron la fábrica de
-tejidos de Pepe González.</p>
-
-<p>Don Isidro, que aborrecía á González por rivalidades de oficio, tuvo una
-mueca desdeñosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién les llevó á casa de González?&mdash;interrumpió.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre sería el mentecato de su sobrino Juan, el marido de <i>la
-Manca</i>...</p>
-
-<p>Don Isidro miró á los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del
-hombre acostumbrado á acertar.</p>
-
-<p>&mdash;Lo comprendí&mdash;agregó&mdash;en cuanto dijo usted que esos forasteros habían
-estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de <i>la Manca</i>,
-no sale de allí. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es también de
-Felipe Ortiz, el dueño del parador. ¡Esposa de la mano izquierda, se
-entiende! ¡No tiene otra!...</p>
-
-<p>Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar á
-González, su enemigo, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues, valiente telar han ido á enseñarles! Apuesto la cabeza á que no
-hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado á la
-hilandería de mi suegro!...</p>
-
-<p>&mdash;También la visitaron&mdash;repuso el boticario&mdash;; y retrataron á todo el
-personal. Después repasaron el río y triscando como cabras subieron
-hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio
-pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografías; decían que
-la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mérito. En
-seguida pidieron autorización para visitar el cuartel; estuvieron en la
-torre y bajaron á los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos
-años, lo menos treinta, estaba cerrado. También celebraron con
-entusiasmo los frescos de la bóveda de la enfermería. Pero lo que más
-les ha gustado, según don Valentín, es el balcón de la calle Amor de
-Dios.<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329"></a>{329}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿El de casa de doña Francisca?&mdash;preguntó Martínez.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es. ¿Lo sabía usted?</p>
-
-<p>&mdash;Me lo dijeron anoche.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?... ¿Dónde?</p>
-
-<p>&mdash;En la peluquería de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera
-Salamanca; aquí en seguida se sabe todo.</p>
-
-<p>Comentaron abundantemente cuanto los forasteros habían hecho y dicho. No
-llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la
-excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de
-mirar, de hablar, de moverse, descubrían el rango de sus personas. Los
-dos se parecían extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de
-movimientos y rubios; caminaban á zancadas largas y usaban monóculo. Lo
-que más pasmaba á la reunión era la actividad infatigable de aquellos
-trotatierras.</p>
-
-<p>&mdash;De ayer á hoy&mdash;observó don Artemio&mdash;han cambiado de calzado lo menos
-cinco veces.</p>
-
-<p>Agotado el tema, don Dimas interpeló á su colega don Elías.</p>
-
-<p>&mdash;¡Me debe usted una merienda!...</p>
-
-<p>Entre risas, explicó lo ocurrido. Acababa de sentarse á tomar un
-piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto.</p>
-
-<p>&mdash;Tiré la servilleta y corrí al balcón á informarme de lo que sucedía;
-era la jaca de nuestro amigo Fernández Parreño, que no quería andar. El
-animal reculaba y se metía en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba
-consiguió dominarlo. Pero cuando yo volví á la mesa me encontré con que
-el gato se había llevado mi merienda.</p>
-
-<p>&mdash;Al taller fueron á decirme&mdash;exclamó don Ignacio&mdash;que en la calle Larga
-se espantó esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don
-Elías.</p>
-
-<p>Y agregó doctoral, dirigiéndose al médico:<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330"></a>{330}</span></p>
-
-<p>&mdash;Le advierto á usted que esa jaca está medio loca y antes de un año
-será preciso matarla. Si halla usted ocasión de venderla, hágalo. Es un
-buen consejo.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel preguntó al veterinario lo que convendría hacer con los
-bueyes que tenía enfermos. El señor Martínez hizo un ademán impaciente.</p>
-
-<p>&mdash;Esos animales&mdash;replicó con hostil vivacidad&mdash;están tuberculosos. Ya se
-lo he dicho á usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamación de
-la articulación fémororrotuliana es producida por un exceso de
-trabajo... ¡Pues, no señor! Usted, para curarlos, habrá empleado
-vesicantes... ó les habrá aplicado inyecciones de adrenalina, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Justamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no ha conseguido usted nada?</p>
-
-<p>&mdash;Hasta ahora, nada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es claro! Porque esa inflamación de la sinovial no proviene de ningún
-esfuerzo, ni es de origen artrítico, sino de origen tuberculoso. Esos
-bueyes, vuelvo á repetir, no le sirven á usted y debe usted matarlos
-cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana mismo pasarán á mejor vida&mdash;repuso tranquilamente don Juan
-Manuel.</p>
-
-<p>Con esta promesa, que era una satisfacción y tributo rendidos á la
-practica, saber y buena amistad, del señor Martínez, éste se dió por
-contento, y suavizó su humor.</p>
-
-<p>Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compró en
-Candelario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene furor uterino?&mdash;interrogó don Ignacio.&mdash;Entonces, es lo mejor
-que puede usted hacer; porque, estirpándola los ovarios, rendirá mucha
-más leche. Transcurridos dos ó tres años, quedará inútil, ya lo sabe
-usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar
-por ella lo que haya podido costarle ó más...<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331"></a>{331}</span></p>
-
-<p>&mdash;Necesito castrar un potro&mdash;dijo don Elías.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando usted guste.</p>
-
-<p>&mdash;Esta semana. Todavía es añal.</p>
-
-<p>&mdash;Mejor. Así la operación ofrece menos peligros. Después, el tratamiento
-es sencillo. Se reduce á lavar bien la herida con agua sublimada ó
-fenicada, y á tener al animal, durante los ocho primeros días, atado
-corto al pesebre, para que no se eche.</p>
-
-<p>De pronto el señor Martínez se revolvió contra el boticario; su belicosa
-voluntad acababa de sentir una crisis de cólera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el
-favor de no meterse á recetar. Usted no es quién, para recetar. Yo hablo
-muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligación, ha de limitarse á
-servir las recetas que le lleven.</p>
-
-<p>La acometida fué tan á quemarropa, que don Artemio, á pesar de su flema,
-se ruborizó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. ¿A qué viene eso?...</p>
-
-<p>&mdash;Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: «quien del alacrán
-está picado, la sombra le espanta».</p>
-
-<p>&mdash;Repito que no le entiendo á usted. ¿A qué responde ese exabrupto?</p>
-
-<p>&mdash;Viene á cuento&mdash;replicó el señor Martínez clavando sus ojos
-tempestuosos en los del boticario&mdash;de que muchas personas, unas del
-pueblo, otras del campo, van á la farmacia de usted y, para ahorrarse el
-dinero del médico ó del veterinario, le consultan las dolencias que
-ellos, ó sus animales, padecen. Y usted... ¡claro!... les atiende; y si
-había de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y
-cuartillo, sin advertir que, aquí, en Puertopomares, hay ocho médicos y
-dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted
-hay que hablarle así, porque «el buey ruin en cuerno crece»...<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332"></a>{332}</span></p>
-
-<p>Aunque acobardado por la marcial actitud de Martínez, el boticario se
-creyó obligado á oponer un alarde rotundo y viril á la acusación de que
-era objeto. La presencia de dos médicos en la tertulia acrecentaba la
-gravedad y ridiculez de su situación. Apretó bien los puños bajo la
-mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de él una bizarría. Hasta
-don Juan Manuel, se había quedado grave.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y eso lo dice usted en serio?&mdash;interrogó don Artemio, templándose
-para la pelea.</p>
-
-<p>&mdash;En serio, sí, señor. Yo soy así. Yo hablo siempre en serio y digo las
-verdades en la cara.</p>
-
-<p>&mdash;Pues... ¡miente usted!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Que yo miento?... ¿Ha dicho usted que yo miento?...</p>
-
-<p>Levantóse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo
-y esgrimiéndola á manera de maza, la descargó sobre la cabeza del
-boticario. Resonó un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo
-y turgente, de don Artemio, tiñóse de sangre. El agredido vaciló, pero
-recobrándose quiso arremeter á su rival, cuando éste, poniéndole los
-puños unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcertó y
-zarandeó hasta dar con él de lomos en el suelo. Alzáronse todos,
-acudiendo á represar con manos y razones la desbridada furia de don
-Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de sí, pretendía subirse encima
-del caído y patearle y exprimirle como á uva en lagar.&mdash;«¡Al capón que
-se hace gallo, azotallo!»&mdash;gritaba el albeitar, que, ni aun en tan
-dramático momento, perdía su culto á los refranes.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que habían acudido
-al ruido de la trifulca, rodearon á Martínez, llevándole, casi á
-rastras, al hueco de un balcón. Fernández Parreño y don Dimas favorecían
-á Morón, ayudándole á enmendar el desorden de su traje y á limpiárselo
-con una servilleta. Había en<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333"></a>{333}</span> su solicitud una especie de solidaridad,
-una protesta tácita contra la baratería del agresor. Muy pálido, la voz
-agitada aún por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Farsante!... ¡Calumniador!... ¡Decir que yo receto!...</p>
-
-<p>En medio de su tribulación el pobre hombre, con su elevada estatura, su
-joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automáticamente
-se palpaba la frente con un pañuelo, y al ver que éste se cubría de
-púrpura, volvía á restañarse la herida. Entre su enorme cráneo rojo y
-sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenían una lividez
-cadavérica y sus amedrentados ojos parecían mayores. Todo su corpachón,
-débil y cobarde, temblaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Decir que yo receto!... ¡Embustero!... ¡Y acometerme hallándome
-desprevenido!... ¡Claro es que esto no queda así!... ¡Yo sabré lo que
-debo hacer!...</p>
-
-<p>Dolíase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque, á través de
-la distancia y de las personas que le defendían, las venenosas pupilas
-de Martínez le buscaban furibundas y se clavaban en él como saetas.</p>
-
-<p>Trémulo de cólera, con algo de jabalí acosado, en la expresión de los
-enrojecidos ojos, don Ignacio repetía:</p>
-
-<p>&mdash;Ese viejo usurero vive porque están ustedes aquí. Pero yo, un día, le
-mato; le abro la cabeza de un garrotazo...</p>
-
-<p>También se revolvió lesivo contra una observación de don Juan Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, señor!&mdash;gritó&mdash;yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que
-dice en voz alta lo que piensan muchos. ¡Ni más ni menos! Los ocho
-médicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos
-roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...; ¡ó no me da la
-gana de callarme!... ¡Bastante<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334"></a>{334}</span> prudente he sido!... Este escándalo debí
-darlo hace tiempo...</p>
-
-<p>Como la furia del señor Martínez no amainaba, don Dimas y don Isidro
-decidieron llevarse á don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba
-una ocasión discreta para poner pies en polvorosa, agradeció
-sinceramente aquella intervención, y lanzando á su contrario una mirada
-de desafío, insinuó hacia la puerta del salón una retirada elegante.
-Salió con andar lento y ajustándose bien el sombrero sobre sus melenas
-despeinadas. En medio de su espalda, señalando la cresta más saliente de
-su joroba, griseaba una mancha de polvo.</p>
-
-<p>Don Ignacio le gritó implacable:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya nos veremos!...</p>
-
-<p>Al mismo tiempo que golpeándose, por dos veces, el antebrazo izquierdo
-con la mano derecha, ponía á su advertencia un comentario obsceno.</p>
-
-<p>Cuando don Artemio se marchó, el señor Martínez, y cuantos con él
-estaban, volvieron á sentarse. Los ánimos se apaciguaban. La opinión,
-que hasta allí habíase mostrado indecisa, reaccionó en favor del
-veterinario. La mayoría admiraba la crudeza de sus palabras y la
-excelente puntería y diligencia de sus puños. Reconocían que el
-silletazo que derribó á don Artemio fué magistral. Verdaderamente, don
-Ignacio estuvo muy bien, y Fernández Parreño le testimonió su adhesión
-dándole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos
-todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y
-cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesía.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel lanzó una carcajada.</p>
-
-<p>&mdash;Realmente, hasta que no le he visto á usted boxear, amigo Martínez, no
-comprendía yo que se le pudiesen dar á un hombre tantas bofetadas en tan
-poco tiempo...<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335"></a>{335}</span></p>
-
-<h2><a name="XXXI" id="XXXI"></a>XXXI</h2>
-
-<p>&mdash;Advierto desde hace tiempo&mdash;había dicho don Valentín&mdash;que don Ignacio
-no se muerde más que las uñas de los dedos pulgares...</p>
-
-<p>La observación era rigurosamente cierta. Varios meses hacía que el señor
-Martínez, apenas se hallaba solo, empezaba á comerse vorazmente las uñas
-de sus pulgares, y este rasgo de autopofagia acusaba en él una
-impaciente y colérica preocupación. Su inquietud provenía de la noche en
-que doña Fabiana se levantó sonámbula para ir á casa del hombre amarillo
-y pequeñito. Consideradas separadamente, ni la pesadilla de su mujer, ni
-la de Fermín, el tartanero, revestian verdadera importancia, pues son
-frecuentes los ensueños que sugestionan á las personas dormidas al
-extremo de obligarlas á la acción. Lo inexplicable eran el sincronismo y
-la absoluta concordancia de ambos fenómenos. Don Gil había dicho al
-tartanero:</p>
-
-<p>«A las doce en punto estarás con tu coche delante de la puerta de don
-Ignacio.»</p>
-
-<p>Y á doña Fabiana:</p>
-
-<p>«Su marido está enfermo. Vaya usted á verle. Fermín la llevará á
-usted...»</p>
-
-<p>El veterinario se recomía los sesos escudriñando los vínculos que
-pudiera haber entre estas alucinaciones, y aunque materialista acérrimo
-y refractario, de consiguiente, á admitir que las almas campasen solas,
-bien echaba de ver que el fondo de aquel asunto escapaba á toda cábala
-científica. Allí había un secreto, un enigma, demasiado complejo para
-achacarlo á la casualidad. De esto don Ignacio no hablaba con nadie; el
-recelo de parecer asustadizo y de que las<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336"></a>{336}</span> gentes empezasen á decir que
-don Gil Tomás gustaba de doña Fabiana, le contenían. Su reserva y las
-supersticiosas tribulaciones de su mujer, agravaban su preocupación.
-Como él, doña Fabiana advertía á su alrededor, especialmente de noche,
-un peligro; la presencia de algo invisible y fuerte que la espiaba. En
-otra ocasión, Martínez hubiese achacado aquel sobresalto á un principio
-de neurastenia; pero, contra esta suposición tranquilizadora, alzábase
-el recuerdo de aquella cita inexplicable, tendida, como un lazo, á la
-virtud de su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú no crees&mdash;preguntaba Martínez á doña Fabiana&mdash;que don Gil esté
-enamorado de ti?</p>
-
-<p>&mdash;No lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Una noche, sin embargo, soñaste con él; quería abrazarte; tú me lo
-dijiste.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueños son
-tonterías.</p>
-
-<p>Don Ignacio desconfiaba; temía que su mujer, conociendo las violencias
-de su carácter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no
-ocultarle nada, y tal acento de convicción y nobleza tenían sus
-palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doña Fabiana era sincera;
-el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte.</p>
-
-<p>Además, la señora de Martínez no había vuelto á soñar con don Gil, y si
-alguna vez le vió en sueños, fué tan ligeramente, que su imagen no dejó
-rastro malo ni bueno en su memoria. Acerca de esto don Ignacio no sabía
-interrogarla y se informaba torpemente. Algo honesto, muy caballeresco,
-muy pulcro, le impedía formular preguntas infames. Doña Fabiana, sin
-embargo, le respondía explícitamente. Demasiado comprendía las
-curiosidades de su marido cuáles eran y por dónde iban orientadas.</p>
-
-<p>&mdash;Puedes creer&mdash;le decía&mdash;que después de esa noche de que ya hemos
-hablado, no he visto á don Gil.<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337"></a>{337}</span></p>
-
-<p>Con cuya misericordiosa afirmación Martínez sentía apaciguarse la
-agresiva tirantez de sus nervios y aliviado su corazón de una sofocante
-pesadumbre.</p>
-
-<p>Terminadas las vacaciones carnavalescas, comenzó á celebrarse en
-Salamanca la vista del proceso instruído contra los hermanos Paredes. La
-noticia produjo en Puertopomares indecible emoción y devolvió á <i>los
-Rojos</i> todo su repugnante interés criminal. Los detalles de la causa, un
-poco olvidados en el somnífero transcurso de aquel año, readquirieron
-llamativos verdores. La gente, al pasar por delante de la llamada
-siempre «casa del chopo», miraba recelosa hacia la puerta; aquella
-puertecilla sórdida, oscura, colocada en un nivel inferior al de la
-calle, por donde el cadáver del señor Frasquito salió una mañana
-llevándose á la tierra el secreto de su agonía. Nada faltaba en el negro
-horror de tan inaudita tragedia policíaca: las relaciones incestuosas de
-Rita con su hermano; la horrible sagacidad que ambos pusieron en el
-planteamiento y realización de su crimen; el hallazgo de las tres orzas,
-llenas de dinero, detalle que enardecía la imaginación popular inclinada
-á creer, por motivos de raza, en tesoros ocultos. Luego el desarrollo de
-tan ominosa película ofrecía un intervalo de sosiego, de paz hipócrita:
-el comercio establecido por los Paredes en la calle Larga; la existencia
-honrada, fértil y sin penumbras, vivida serenamente ante los ojos de
-todo el vecindario: el hombre que no bebe, ni juega y se acuesta
-temprano; la mujer, casera, dedicada absolutamente á la crianza de sus
-hijos, como si quisiera ir borrando con la santidad de aquel amor las
-torpezas escandalosas de su juventud. Hasta que, de súbito, sin razón
-ostensible, el espectro del crimen reaparece para arrojar á tres niños
-bajo las ruedas de un tren. ¿Por qué aquel triple infanticidio? ¿Qué
-espíritu infernal necesitaba, para encalmarse y ser propicio, la
-ofrenda<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338"></a>{338}</span> de aquella sangre inocente? ¿Asesinando á sus hijos cumpliría
-Rita Paredes algún voto?...</p>
-
-<p>Durante las primeras sesiones, los procesados se mantuvieron inflexibles
-en las posiciones que cada cual había elegido. Rita ratificaba
-puntualmente sus declaraciones y acusaba sin piedad á su hermano. En
-cambio, Toribio lo negaba todo; pero como en sus careos con la mujerona
-se aturrullaba y contradecía, su situación era, por momentos, más falsa.
-Vicente López se disculpaba diciendo que, efectivamente, él quiso
-llevarse á Buenos Aires á su hijo Deogracias y á Rita, pero que no
-comprendía por qué ésta asesinó á sus otros hijos, ni cómo pudo llegar á
-tan desaforado extremo de sevicia.</p>
-
-<p>Fernández Parreño y su colega don Dimas Narro, don Ignacio, don Isidro
-Peinado, alcalde de Puertopomares cuando ocurrió la muerte del señor
-Frasquito, y otros muchos vecinos, fueron reclamados como testigos por
-la Audiencia de Salamanca. Sus declaraciones no aportaron luz ninguna al
-proceso, pero sirvieron para exacerbar la pública inquietud. Los
-comentarios se multiplicaban hasta lo infinito; á Epifanio Rodríguez, el
-estanquillero, le arrebataban los periódicos de las manos.</p>
-
-<p>En el Casino, en la Fonda del Toro Blanco, alrededor de las mesas del
-Café de la Coja, bajo el emparrado tendido, á modo de visera, ante el
-Parador del Sol, en los bancos de la Glorieta del Parque, donde se
-reuniesen cuatro ó cinco personas, siempre había una dispuesta á leer en
-alta voz las largas informaciones que cotidianamente la Prensa
-salmantina consagraba al crimen de los Paredes. Las tertulias tenían un
-interés nuevo; los circunstantes revisaban todos los incidentes de la
-vista, glosaban las declaraciones de Rita, elogiaban las argucias,
-emboscadas y ágiles taimerías del fiscal. En el Casino, donde, según
-costumbre, Martínez era el encargado<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339"></a>{339}</span> de leer los periódicos, reinaba
-expectación indescriptible. Cuando el veterinario se colocaba las gafas
-sobre la nariz y cogía la Prensa, apagábanse todos los murmullos del
-salón, las conversaciones cesaban, los jugadores de billar dejaban sus
-tacos. Rodeando la mesa que ocupaban don Ignacio, don Juan Manuel,
-Fernández Parreño y otros amigos, los oyentes se oprimían. Cada cual
-cogía una silla y se aproximaba procurando no hacer ruido. Sobre el
-fondo claro de los muros, bajo la luz alechigada de las lamparillas
-eléctricas, únicamente Teodoro, rígido y vestido de negro, las manos
-atrás y la servilleta al hombro, permanecía de pie. Su cabeza pálida,
-cubierta de cabellos erectos y rubios, cortados según la moda francesa,
-parecía de oro.</p>
-
-<p>Los diarios de aquella noche publicaban los incidentes de la cuarta
-sesión. Don Ignacio Martínez, que acababa de beber una copita de coñac,
-se limpió los labios con la mano, paseó por su auditorio una mirada
-satisfecha, y empezó á leer:</p>
-
-<p>«A las dos en punto comienza la sesión. La tribuna pública rebosa gente;
-los curiosos se oprimen, se lastiman y con el ahinco de ver se ponen de
-puntillas y estiran el cuello. La temperatura es sofocante; el señor
-presidente manda abrir una ventana y la orden es recibida con murmullos
-aprobativos. Suena una campanilla y el silencio se restablece. Por una
-puerta y entre guardias aparecen los procesados: primero, Rita Paredes;
-luego su hermano, Toribio Paredes; detrás, Vicente López. Los tres
-ocupan el banquillo de los acusados. Rita pide la quiten las esposas, á
-lo que el señor presidente del Tribunal accede. Lo mismo hacen con
-Vicente y Toribio. Este no dice nada; hállase muy abatido y no levanta
-los ojos de la alfombra. Vicente López, en cambio, mira al público con
-descaro y sonríe á los periodistas.</p>
-
-<p>»Empieza el interrogatorio. A una invitación del<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340"></a>{340}</span> señor presidente, Rita
-Paredes se levanta. Parece más alta, más flaca, más angulosa, que nunca.
-Sus brazos descarnados forman, con la línea de los hombros, un ángulo
-recto.</p>
-
-<p>»Fiscal.&mdash;Veamos, Rita: el Tribunal está muy satisfecho de usted porque,
-desde los primeros momentos, usted se ha manifestado decidida á ayudarle
-en sus pesquisas. Pero, aun no hemos llegado al fin. Entre las
-declaraciones de usted y las de su hermano, hay divergencias que la
-Justicia necesita precisar y aclarar. Debemos, pues, insistir sobre
-ciertos puntos ya discutidos. Usted ha dicho que á Frasquito Miguel le
-mataron entre usted y su hermano Toribio. ¿Es esto verdad?</p>
-
-<p>»Rita.&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>»&mdash;¿En la comisión del asesinato no les ayudó nadie? ¿No tenían ustedes
-algún cómplice?</p>
-
-<p>»&mdash;No, señor, ninguno.</p>
-
-<p>»&mdash;Su hermano Toribio dice que la noche de autos, cuando él regresó del
-Café de la Coja, ya de madrugada, vió á un hombre que salía corriendo de
-casa de ustedes, y que en aquel individuo creyó reconocer á Vicente
-López, <i>el Charro</i>, antiguo amante de usted.</p>
-
-<p>»&mdash;Es mentira.</p>
-
-<p>»&mdash;Fíjese usted bien. Acerca de este punto, el Tribunal necesita
-hallarse perfectamente informado. Mida usted bien sus palabras. Echaría
-usted sobre su conciencia una responsabilidad gravísima, si, por
-favorecer á la persona que ama, acusase usted á un inocente.</p>
-
-<p>»&mdash;He dicho la verdad.</p>
-
-<p>»&mdash;Usted, con sus palabras, no ha sabido infundirnos esa convicción.
-Nadie comprende que Toribio Paredes, quien, según declaración de
-diversos testigos, parecía profesar á su cuñado morganático sincero
-afecto, de pronto se concertase con usted para asesinarle.<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341"></a>{341}</span> En cambio,
-hallo muy verosímil que usted y Vicente López, el padre de su primer
-hijo y, según indicios, el hombre á quien usted ha querido más,
-decidiesen matar á Frasquito Miguel para robarle y con su dinero huir á
-Buenos Aires. El tiempo que dejaron ustedes transcurrir entre la
-perpetración del delito y el día de la fuga, no significa nada, ni pesa
-nada en el criterio del Tribunal; es, sencillamente, un ardid empleado
-por ustedes para eludir sospechas.</p>
-
-<p>»(Hay un silencio. Toribio Paredes permanece inerte, la barbilla sobre
-el pecho, los ojos apagados. Parece sordo. Vicente López se rebulle en
-su asiento y hace con la cabeza enérgicos ademanes negativos. Uno de los
-guardias que le custodian le toca en la espalda y por señas le ordena
-que observe más circunspección y mesura. <i>El Charro</i> suspira y se encoje
-de hombros).</p>
-
-<p>»Fiscal.&mdash;¿Qué responde usted, Rita, á lo que acabo de decir?</p>
-
-<p>»Rita.&mdash;Ya lo sabe usted. Mi hermano miente. La noche del crimen Toribio
-no salió á la calle, y de consiguiente nadie pudo penetrar en casa á
-hurtadillas suyas. Además, en aquella época Vicente López no vivía en
-Puertopomares.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Dónde estaba?</p>
-
-<p>»&mdash;No lo sé; no nos escribíamos. Habíamos reñido y hacía años que yo no
-tenía noticias de él.</p>
-
-<p>»(El abogado de Toribio Paredes pide autorización para dirigir á la
-acusada una pregunta. El Tribunal consiente).</p>
-
-<p>»El señor García Pérez.&mdash;¿Cómo explica entonces la acusada que, apenas
-asesinado el señor Frasquito Miguel, resucitase en Vicente López el
-cariño hacia ella? Yo invito á la Sala á fijarse en la extraña
-concatenación de estos hechos. Hay entre ambos una derivación
-perfectamente lógica. A mi juicio, si Vicente<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342"></a>{342}</span> López no es el ejecutor
-del crimen, fué, cuando menos, el agente moral, el inspirador; su
-repentino amor á la acusada sólo se explica por el deseo de apoderarse
-del dinero de la víctima. Es cuanto tenía que decir.</p>
-
-<p>»El señor Bastín, defensor de Vicente López, exclama:</p>
-
-<p>»&mdash;Esa observación carece de sentido.</p>
-
-<p>»El señor García Pérez, que no ha oído:</p>
-
-<p>»&mdash;¿Cómo?</p>
-
-<p>»&mdash;El señor Bastín.&mdash;Se quiere, porque sí, y los amores que parecían
-muertos resucitan también «porque sí». Esto sucede todos los días. Decir
-lo contrario es hablar como lo haría un chiquillo sin experiencia.</p>
-
-<p>»(Risas. Los dos letrados entablan un tiroteo de frases bastante vivo.
-El señor presidente se cree obligado á intervenir):</p>
-
-<p>»&mdash;¡Orden, señores!...</p>
-
-<p>»(El señor García Pérez se sienta, un poco sofocado, y al hacerlo deja
-caer unos papeles que revuelan como mariposas y se esparcen sobre la
-alfombra. El señor García Pérez hace un guiño de contrariedad. Más
-risas).</p>
-
-<p>»Fiscal.&mdash;¿No obstante lo afirmado por el señor García Pérez, la acusada
-mantiene sus declaraciones?</p>
-
-<p>»Rita.&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Su hermano Toribio es el único autor material y moral del asesinato
-cometido en la persona de Frasquito Miguel?</p>
-
-<p>»&mdash;¿Cómo, moral? ¿Qué quiere decir eso?...</p>
-
-<p>»&mdash;Pregunto que si fuera de Toribio no hubo nadie, Vicente López, por
-ejemplo, ú otra persona cualquiera, que les aconsejase, tanto á usted
-como á su hermano, desembarazarse del señor Frasquito.</p>
-
-<p>»(Hay una pausa. Rita parece vacilar. El señor fiscal insiste):<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343"></a>{343}</span></p>
-
-<p>»&mdash;Díganos la verdad: ¿Nadie indujo á ustedes al asesinato del señor
-Frasquito?</p>
-
-<p>»&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Cómo? ¿Alguien ha aconsejado á ustedes matar á Frasquito Miguel?</p>
-
-<p>»&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>»&mdash;De ello, sin embargo, nada había usted dicho hasta ahora...</p>
-
-<p>»&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Por qué?...</p>
-
-<p>»&mdash;No me había acordado.</p>
-
-<p>»(Las palabras de Rita Paredes despiertan extraordinaria emoción. La
-mujerona, larguirucha y fantasmal, parece sonámbula. Toribio Paredes
-levanta precipitadamente la cabeza y mira á su hermana. Su rostro
-refleja una ansiedad y una alegría).</p>
-
-<p>»Fiscal.&mdash;Supongo que no intentará usted descarrilar la acción de la
-justicia inventando patrañas cuya falsedad no tardaríamos en comprobar.</p>
-
-<p>»&mdash;No, señor; juro decir verdad.</p>
-
-<p>»&mdash;Entonces, hable usted sin miedo. ¿Quién aconsejó á usted y á su
-hermano asesinar á Frasquito Miguel?...</p>
-
-<p>«(Prodúcese en la Sala un silencio absoluto; silencio de camposanto.
-Centenares de ojos, bruñidos por la curiosidad, se clavan en Rita. Esta
-duda, mira al Tribunal, á los letrados y al público, con expresión
-idiota. Por dos veces se lleva las manos á la frente y, automáticamente,
-se alisa los cabellos).</p>
-
-<p>»&mdash;Lo que voy á decir esconde un misterio; un misterio que no comprendo
-y, de consiguiente, que no sabré explicar...</p>
-
-<p>»&mdash;Hable usted como mejor sepa, Rita; aquí estamos todos dispuestos á
-ayudarla.</p>
-
-<p>»(La voz del señor fiscal se ha almibarado notablemente: es la seductora
-dulzura paternal conque la experiencia le ha demostrado que debe
-hablarse á los<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344"></a>{344}</span> acusados para empujarles á la sinceridad y á la
-confesión. Toribio Paredes no cesa de mirar á su hermana. En la cara de
-Vicente López hay asombro).</p>
-
-<p>»Rita.&mdash;La persona que, tanto á mi hermano como á mí, nos ha dicho que
-debíamos matar á Frasquito Miguel para robarle, es don Gil Tomás.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Quién es don Gil Tomás?</p>
-
-<p>»&mdash;Un señor que nosotros conocemos.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Dónde vive?</p>
-
-<p>»&mdash;En Puertopomares, á la entrada del Paseo de los Mirlos.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Sigue viviendo allí?</p>
-
-<p>»&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Y qué interés cree usted que podía tener ese don Gil Tomás en el
-asesinato del señor Frasquito?</p>
-
-<p>»&mdash;Lo ignoro.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Habló usted muchas veces con él?</p>
-
-<p>»&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Y su hermano?</p>
-
-<p>»&mdash;También.</p>
-
-<p>»(Toribio Paredes hace, con gran energía, ademanes afirmativos. Una ola
-de sangre arrebola su rostro; tiene las mejillas encendidas y la
-estrecha frente cubierta de sudor. Vicente López guarda la actitud
-reconcentrada y absorta del hombre que busca un recuerdo muy olvidado,
-muy hundido, en el subsuelo de su conciencia).</p>
-
-<p>»Fiscal.&mdash;¿Dónde veía usted á ese don Gil Tomás?</p>
-
-<p>»&mdash;En mi casa. Es decir: yo no le veía en ninguna parte. Yo le veía y
-hablaba con él, pero era en sueños».</p>
-
-<p>Al llegar á este punto don Ignacio Martínez, que, no bien leyó el nombre
-de don Gil, había comenzado á dar muestras de agitación, tiró el
-periódico sobre la mesa y empezó á morderse el pulgar derecho. En su
-rostro, crispado por una terrible emoción, los ojos pequeños y redondos
-ardían y quemaban como brasas.<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345"></a>{345}</span> Los circunstantes se miraban atónitos.
-Con ser enorme la sorpresa que les produjo la acusación lanzada por Rita
-Paredes contra don Gil, no era tan fuerte como la que acababa de
-sugerirles la insólita actitud del señor Martínez.</p>
-
-<p>Don Juan Manuel le interpeló:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le sucede á usted? ¿Está usted enfermo?...</p>
-
-<p>Fernández Parreño miraba al veterinario fijamente, recelando ver en su
-semblante síntomas de congestión. Varias personas se habían puesto de
-pie, y la cabeza rubia de Teodoro adquirió repentinamente la blancura
-del miedo. Hubo un silencio lleno de interés, de emoción, de solicitud.
-Don Ignacio, callado, continuaba mordisqueándose las uñas con tan sañudo
-ahinco, que era milagroso que la sangre no hubiese corrido ya. ¿Por qué
-aquel furor caníbal? Algunos recordaron la fiel observación de don
-Valentín: «Hace mucho tiempo que don Ignacio no se muerde otras uñas que
-la de sus pulgares...»</p>
-
-<p>Don Elías tocó ligeramente en un brazo al señor Martínez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha sido eso?... ¿Un mareo, verdad? ¿Quiere usted beber un sorbo
-de agua?</p>
-
-<p>Don Ignacio pareció recobrarse:</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;dijo&mdash;, no es nada; muchas gracias.</p>
-
-<p>Don Elías se volvió hacia la reunión:</p>
-
-<p>&mdash;Ha sido un desvanecimiento producido por la lectura. Leer en alta voz
-aturde; he tenido ocasión de comprobarlo personalmente más de una vez.</p>
-
-<p>&mdash;No es eso&mdash;contestaba Martínez&mdash;; no es eso...</p>
-
-<p>¿Cómo explicar en pocas palabras el efecto que la revelación de Rita
-Paredes le había producido? ¿Cómo decir que, asociando las sugestiones á
-que la mujerona se refería con las alucinaciones de doña Fabiana y de
-Fermín, acababa de tener la convicción vertical, irreductible, de que el
-hombre pequeñito era un espíritu sabático?...<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346"></a>{346}</span></p>
-
-<p>Para excusar explicaciones, el señor Martínez se levantó:</p>
-
-<p>&mdash;Señores, ustedes van á permitirme que me retire...</p>
-
-<p>Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Dimas y don Isidro, quisieron
-acompañarle.</p>
-
-<p>&mdash;Iremos con usted hasta su casa&mdash;decían.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; muchas gracias; no es preciso. Créanme ustedes: estoy bien,
-completamente bien. Hasta mañana...</p>
-
-<p>Y se fué dejando á todos asombrados. Hubo algunos comentarios. Después
-don Elías se puso sus gafas y cogió el periódico.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, si ustedes quieren, leeré yo. ¿Dónde estábamos?... ¡Ah, sí!
-Aquí: Rita había dicho que veía y conversaba con don Gil Tomás en
-sueños.</p>
-
-<p>«Fiscal.&mdash;¿Cómo se explica usted eso?...»</p>
-
-<p>Prosiguió leyendo. Su voz caía, como lluvia benéfica, sobre la
-curiosidad de la tertulia; una curiosidad quemante, parecida á una
-sed...</p>
-
-<h2><a name="XXXII" id="XXXII"></a>XXXII</h2>
-
-<p>El proceso instruído contra los hermanos Paredes tomó, de pronto, un
-sesgo inesperado. Como las preguntas del fiscal y de los defensores, las
-contestaciones de los reos tenían una orientación telepática, un picante
-aliño abracadabro. En Puertopomares la curiosidad pública, aguijoneada
-diariamente por los periódicos, tocaba á las cumbres de una excitación
-morbosa. La multitud estaba dispuesta á amotinarse contra don Gil Tomás,
-y hacía una semana que el hombre pequeñito, tildado de asesino y de
-duende por la opinión, no se atrevía á salir á la calle.<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347"></a>{347}</span></p>
-
-<p>De este criterio parecía participar también la Prensa salmantina. Un
-médico de mucha notoriedad y prestigio en la ciudad del Tormes, publicó
-una crónica explicando las relaciones entre el sueño y la vigilia, y
-cómo la voz teúrgica de las pesadillas puede dejarse oir en la realidad.
-Aquel artículo produjo impresión y animó á su autor á escribir otros. Un
-publicista spenceriano le contestó, rebatiéndole. Surgió una polémica.
-La conciencia colectiva, sacudida por tan punzantes novedades, se
-enardecía y flameaba como una bandera.</p>
-
-<p>Apenas Rita Paredes se acordó de acusar á don Gil Tomás de la muerte del
-señor Frasquito y de sus hijos, el aspecto de los interrogatorios
-cambió. Toribio, á su vez, se declaró autor del asesinato del buhonero y
-confirmó puntualmente las palabras de su hermana.</p>
-
-<p>«Yo no hubiese pensado nunca en matar á Frasquito Miguel&mdash;dijo&mdash;si don
-Gil Tomás, en sueños, no me lo hubiese aconsejado y ordenado; añadiendo
-que, si yo le complacía, él sabría arreglárselas de manera que el crimen
-no se descubriese.»</p>
-
-<p>El Tribunal parecía impresionado. Había en las declaraciones de los
-hermanos Paredes una armonía absoluta, una categórica uniformidad de
-detalles. A porfía Rita y Toribio citaban frases, conversaciones,
-pormenores, que evidenciaban la sugestión criminal del hombre pequeñito.
-Los dos demostraban haber obrado bajo el imperio de un vigor oculto,
-inexplicable y fatal. Fue don Gil quien les aseguró que el señor
-Frasquito tenía su dinero escondido en tres orzas pintadas de verde; y
-quien explicó á Toribio el ardid de clavar una herradura en la maza con
-que había de matar, para que ante los ojos de la opinión el mazazo se
-convirtiese en coz; y quien, finalmente, obligó á Rita á desembarazarse
-de sus hijos, amenazándola con delatarla á la Justicia si no lo hacía.
-Los jueces<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348"></a>{348}</span> estaban pasmados. Una luz nueva, un resplandor astral y
-extravagante, caía sobre el proceso y lo aclaraba. Lo que permanecía
-inexplicable era el motivo que pudo impelir á don Gil á exterminar de
-tan excéntrico y cruelísimo modo á Frasquito Miguel y á sus
-descendientes. El proceso salíase de sus moldes habituales y perdía su
-carácter contemporáneo para convertirse en una de aquellas causas por
-brujería, que apasionaron á la Edad Media.</p>
-
-<p>Tan serio interés y alboroto acentuóse más aún cuando las declaraciones
-de Vicente López confirmaron, en cierto modo, la verosimilitud de cuanto
-últimamente los hermanos Paredes habían dicho. A su vez <i>el Charro</i>
-recordaba haber soñado diferentes veces con un hombre amarillo y
-pequeño, á quien no conocía, que porfiadamente le hablaba de que Rita
-tenía buenos ahorros y le aconsejaba volver á reunirse con ella. Ahora
-que sabía, aunque sólo de referencias, las trazas de don Gil, no dudaba
-de que fuese éste el individuo de sus pesadillas. Con claro desparpajo
-explicaba aquel reverdecimiento de su amor hacia Rita. Muchos años vivió
-sin acordarse ni de la mujerona ni de su hijo; otras mujeres y otros
-afanes ocupaban su corazón. Tampoco sufría remordimientos por haberla
-abandonado; el tiempo se había llevado su imagen muy atrás. Una vez, sin
-embargo, soñó con ella, y cuando despertó estaba triste. Varias noches
-consecutivas aquel ensueño se repitió. ¿Por qué? Vicente López llegó á
-preguntarse: «¿Habrá muerto?...» Durante todo el día una pesadumbre
-indefinible le acompañó, semejante á una sombra. ¿Es que las veleidades
-y alegrías de la juventud, vuelven en la vejez convertidas en lágrimas?
-Lo que en los años verdes fué risa, ¿será después, bajo la nieve de los
-cabellos, sollozo y dolor?... A estas preguntas respondió un hombrecito
-estrafalario. Aquel individuo exhortaba á Vicente López á reunirse<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349"></a>{349}</span> con
-Rita. «Esa mujer te quiere como nadie te quiso&mdash;le decía&mdash;; con ella y
-tu hijo aun puedes ser dichoso». Sus palabras iban derritiendo poco á
-poco los hielos ingratos que sobre su corazón fué echando el tiempo. Y
-<i>el Charro</i> pensó: «¿Por qué no soplar y avivar el rescoldo? ¿Por qué no
-sentarse otra vez al calor de la vieja hoguera?...» A esta resurrección
-sentimental servía de poderoso abono el mal curso de sus negocios.
-Vicente López estaba arruinado, desprestigiado, y el dinero de su
-antigua amante constituía para él una salvación. Por eso se informó del
-paradero de Rita y con ansias, que igual podían ser de amor que de
-lucro, fué á buscarla; pero ni sabía que el señor Frasquito hubiese
-muerto asesinado, ni tuvo participación alguna en el execrable
-infanticidio del túnel.</p>
-
-<p>La novelesca unanimidad de todas estas deposiciones pesó en el ánimo de
-los jueces y les determinó á reclamar la presencia de don Gil.</p>
-
-<p>Apenas el mandato judicial llegó á Puertopomares, don Niceto Olmedilla
-se apresuró á cumplirlo. Sin perder instante, acompañado de su
-secretario y de dos alguaciles, personóse en el domicilio del enano. Al
-verle, el hombre pequeñito se inmutó, y la sorpresa acreció el livor de
-sus mejillas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Viene usted á detenerme, amigo don Niceto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. Es la orden que la Audiencia de Salamanca acaba de
-transmitirme. Usted sabrá, por los periódicos, que los Paredes le acusan
-del asesinato de Frasquito Miguel.</p>
-
-<p>&mdash;Efectivamente; pero su afirmación es gratuita, descabellada... ¡carece
-de todo sentido común!...</p>
-
-<p>En la expresión de sus ojos glaucos había una fuerte, indiscutible y
-sugestiva sinceridad. Don Niceto Olmedilla sintió el leal imperio de
-aquella protesta, y sus manos tuvieron un gesto de conciliación y
-disculpa.</p>
-
-<p>&mdash;Lo comprendo&mdash;repuso&mdash;pero la humana justicia<span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350"></a>{350}</span> procede así, y en casos
-como éste, el deseo de descubrir la verdad la obliga á toda clase de
-tanteos y pesquisas.</p>
-
-<p>La escena se desarrollaba en el comedor. Caía la tarde. Delante de la
-ventana abierta sobre el jardín, en la blanda palidez azulina del
-espacio, negreaba misterioso el ramaje cónico de un ciprés. Don Gil iba
-y volvía por la estancia, el andar lento, las manos metidas en los
-bolsillos del pantalón: más que inquieto, manifestábase humillado y
-enfurecido por aquel contratiempo que, á barrisco, irrumpía en su vida y
-la desordenaba. Con un esfuerzo de voluntad, demostró serenarse. Miró al
-reloj, pendiente del muro, entre viejos platos de Talavera y de Manises.
-Eran las seis.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo hemos de marcharnos?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;El tren de las seis y cuarenta es el mejor. Nos conviene salir de aquí
-antes de que la noticia de hallarse usted requerido por la Audiencia se
-divulgue. Ya recordará usted lo que sucedió cuando nos llevamos á los
-hermanos Paredes á Salamanca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es cierto!...</p>
-
-<p>En un rapto de cólera, don Gil levantó los brazos sobre su cabeza; entre
-los puños de su camisa, sus muñecas débiles y sus manecitas blancas,
-impotentes, minúsculas, parecían las de un niño.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué contrariedad, qué trastorno! Este incidente me obligará, tarde ó
-temprano, á marcharme de aquí. ¡Ya lo verán ustedes!...</p>
-
-<p>Asomóse á un balcón y llamó á sus criadas, que platicaban en la calle
-con unos vecinos á quienes había alarmado la llegada del juez.
-Obedientes á la voz del amo las dos muchachas acudieron, y don Gil
-díjolas brevemente lo que debían hacer durante su ausencia. Pidió luego
-le colocasen en un maletín sus enseres de tocador, y sin otras
-dilaciones, marchando entre don Niceto y su secretario, y, seguido por
-los<span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351"></a>{351}</span> alguaciles, salió á la calle. Noticiosas de su detención muchas
-personas le miraban con recelo y asombro. En la Glorieta del Parque,
-delante del Parador del Sol y á la entrada de la calle Larga, la gente
-se detenía para verle pasar.</p>
-
-<p>Con este nuevo aliño de brujería y ocultismo, tan del gusto popular, el
-interés de la causa aumentó. Los nuevos interrogatorios á que el fiscal
-sometió á los acusados, y los tenaces y enardecidos careos de éstos con
-el hombre pequeñito, tenían una orientación cabalística, un aroma de
-otra vida, que exasperaban la curiosidad.</p>
-
-<h2><a name="XXXIII" id="XXXIII"></a>XXXIII</h2>
-
-<p>La presencia de don Gil en la Sala donde se celebraba la vista, produjo,
-así en el público como en las personas del Tribunal, emoción fortísima.
-Jueces, letrados, periodistas, ujieres, todos admiraban la minúscula
-figura de aquel hombrecito sobre quien, á porfía, los tres procesados
-declinaban las peores responsabilidades. También advirtieron la
-expresión cerrada, preocupadora, de su rostro amarillo.</p>
-
-<p>Don Gil Tomás afrontó aquel momento con bizarría. Traspuso sereno la
-barandilla que limitaba el espacio destinado al público, y subió los dos
-peldaños que facilitaban el acceso al estrado. La inverosímil pequeñez
-de su cuerpecillo, vestido de negro, la brevedad infantil de sus manos y
-de sus pies, y más aún la quietud de su cabeza, lívida y grave, dábanle
-las apariencias de un muñeco. Hubo un largo murmullo. Don Gil miró á su
-alrededor. Todo era rojo: la alfombra, el papel que revestía los altos
-muros, el dosel que daba á la mesa del Tribunal severo paramento, el
-ovalado respaldo de los sillones donde, semejantes<span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352"></a>{352}</span> á hojas otoñales,
-amarilleaban de vejez y fastidio las caras de los jueces. Suelo,
-paredes, muebles, naufragaban en la misma ola púrpura; un miraje
-alucinante, sanguinario, enloquecedor, sobre el cual las cabezas de los
-magistrados flotaban exangües y como truncas...</p>
-
-<p>Después de responder á las generales de la ley, don Gil esperó cruzado
-de brazos. Iban á carearle con Rita. Su aspecto, su respiración, la
-mirada límpida de sus ojos, decían su inocencia. Apareció la mujerona.
-Desde el primer instante el fiscal encauzó el interrogatorio
-diestramente y sin divagaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Como usted sabe&mdash;empezó diciendo el representante de la ley&mdash;, aquí se
-han lanzado contra usted acusaciones gravísimas. Dos de los tres
-individuos complicados en el asesinato de Frasquito Miguel, dicen ser
-usted quien, con razones y consejos, excitando en ellos unas veces la
-codicia y otras su odio al difunto, les determinó y condujo al crimen.
-¿Es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor. Todas esas aseveraciones son absurdas, y tomarlas en
-consideración me parece ridículo.</p>
-
-<p>La réplica ardorosa y cortante, de don Gil, tuvo la virtud de endurecer
-un poco las cejas del señor fiscal.</p>
-
-<p>&mdash;No debe el testigo&mdash;dijo&mdash;discutir los medios de que el Tribunal se
-sirve para esclarecer la verdad de los hechos. Nadie ha solicitado su
-opinión acerca de esto. Limítese, por consiguiente, á contestar.</p>
-
-<p>Don Gil se inclinó, demostrando acatamiento y reverencia. Continuó el
-fiscal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conocía el testigo al difunto Frasquito Miguel?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Desde hace mucho tiempo?</p>
-
-<p>&mdash;Desde hace ocho ó nueve años. No sabría precisar ahora cuántos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Fueron ustedes muy amigos?<span class="pagenum"><a name="page_353" id="page_353"></a>{353}</span></p>
-
-<p>&mdash;No, señor. Nos saludábamos en la calle y nada más. Puedo decir que
-sólo le conocía de vista, como conozco á todos los vecinos del pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No alimentaba usted contra él ningún motivo de resentimiento?</p>
-
-<p>&mdash;Absolutamente ninguno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Los padres de usted conocieron al interfecto?</p>
-
-<p>&mdash;Lo ignoro. Supongo que no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde estaba usted la noche de autos?...</p>
-
-<p>&mdash;En mi casa, probablemente, porque casi nunca salgo á la calle después
-de cenar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué impresión le produjo la muerte del señor Frasquito?</p>
-
-<p>&mdash;Una impresión de piedad. Le creía un hombre inofensivo y bueno.
-Recuerdo que al siguiente día tropecé con su entierro y me uní á su
-comitiva.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?...</p>
-
-<p>Esta pregunta, que en otra ocasión cualquiera habría parecido ociosa,
-interesó á la Sala. También sorprendió á don Gil, que se alzó de
-hombros.</p>
-
-<p>&mdash;Porque sí&mdash;repuso. Su voz era tranquila.</p>
-
-<p>El fiscal continuó:</p>
-
-<p>&mdash;No comprendo entonces la participación activísima que Rita Paredes y
-su hermano le atribuyen á usted en el asesinato del señor Frasquito.
-Ambos afirman que tan coautor como ellos es usted de esa muerte.</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco yo lo comprendo, señor fiscal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Frecuentaba usted el trato de Rita?</p>
-
-<p>&mdash;No. Con quien he hablado algunas veces es con su hermano. A ella la
-conocía de vista, sabía su historia y nada más.</p>
-
-<p>El fiscal invitó á Rita Paredes á levantarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es cierto&mdash;preguntó&mdash;como diferentes veces ha manifestado usted, que
-el testigo la indujo á matar á Frasquito Miguel?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.<span class="pagenum"><a name="page_354" id="page_354"></a>{354}</span></p>
-
-<p>&mdash;Hable usted.</p>
-
-<p>Con leal vehemencia, la mujerona dirigió sus miradas y sus ademanes
-hacia el hombre pequeñito. Un gran cimiento de lógica, un fondo de
-verdad, de sinceridad, daba maravillosa trabazón á sus palabras, al
-parecer incoherentes. Don Gil la convenció de que debía asesinar al
-señor Frasquito, la dijo dónde éste guardaba sus ahorros y la aseguró
-que de aquel crímen la Justicia nunca sabría nada. Agregó.</p>
-
-<p>&mdash;No había noche en que don Gil ó su alma... ¡ó lo que fuese!... no
-compareciese en la alcoba donde mi hermano y yo dormíamos, y unas veces
-á él, otras á mí, siempre nos decía lo mismo: «Que Frasquito Miguel no
-servía para nada, y que si le matábamos podíamos tener dinero y ser
-dichosos...»</p>
-
-<p>Las palabras de la mujerona indignaron al hombre pequeñito, que empezó á
-gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Esa criatura está loca! ¡Sus palabras carecen de sindéresis!... Pero,
-¿no lo comprende así la Sala?</p>
-
-<p>Rita le increpó con una cólera que el respeto de las frases no bastaba á
-encubrir:</p>
-
-<p>&mdash;No, señor, no estoy loca. Cuento lo sucedido. Yo desconozco los
-motivos que usted tendría para odiar á Frasquito Miguel y desearle la
-muerte; pero lo cierto es que eran muy raras las noches que usted dejaba
-transcurrir si recomendarnos que le matásemos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Falta usted á la verdad! Usted y yo no hemos hablado nunca: ni
-despiertos, ni dormidos, ni de ninguna forma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no, señor don Gil?</p>
-
-<p>&mdash;No, señora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de la hecatombe del túnel, no tiene usted la culpa?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?... ¿Yo?...</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no me ordenó que, antes de irme con Vicente López, matase á mis
-hijos, pues de no hacerlo<span class="pagenum"><a name="page_355" id="page_355"></a>{355}</span> diría usted á la Justicia que entre mi
-hermano y yo asesinamos á Frasquito Miguel?</p>
-
-<p>A estas acusaciones replicaba don Gil Tomás con negativas rotundas y
-llevándose escandalizado entrambas manos á la cabeza. Cuanto Rita decía,
-punto por punto lo negaba el enano. Ni una sola vez consiguieron ponerse
-de acuerdo, y el careo, por tanto, á pesar de la excelente discreción y
-pericia del fiscal, no trajo luz ninguna al sumario.</p>
-
-<p>Otro tanto sucedió en el careo verificado al día siguiente entre el
-hombre pequeñito y Toribio Paredes, lo que restó algún interés á la
-vista. Toribio exponía lo sucedido y explicaba la complicidad de don Gil
-en términos idénticos á los empleados por su hermana. Asimismo don Gil
-se obstinaba en una negativa intransigente, total y sin resquicios. El
-público empezaba á aburrirse.</p>
-
-<p>En cambio, la declaración de Vicente López trajo una variante muy amena.
-Al ver á don Gil, <i>el Charro</i> tuvo un ademán de asombro; después aquella
-sorpresa fué convirtiéndose en miedo y supersticioso terror. Temblaba su
-voz ligeramente. Sus pesadillas acababan de objetivarse y de hacerse
-carne; carne real, viva...</p>
-
-<p>&mdash;Con este hombre&mdash;dijo&mdash;yo he hablado en sueños muchas veces.</p>
-
-<p>Las palabras de Vicente López causaron enorme emoción: eran sencillas,
-reveladoras, implacables. El fiscal preguntó á Vicente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Reconoce usted bien al testigo?</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente, señor fiscal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por la voz, le hubiese usted reconocido también?</p>
-
-<p>&mdash;No lo creo: ya sabe usted que en las pesadillas la voz de las personas
-que hablan con nosotros vibra en nuestro interior y no en nuestros
-oídos; quiero decir, que no suena realmente.<span class="pagenum"><a name="page_356" id="page_356"></a>{356}</span></p>
-
-<p>Las declaraciones de Vicente López y de los hermanos Paredes,
-ajustándose y completándose admirablemente unas á otras, constituían un
-terrible bloque acusador para don Gil. Indudablemente en los oscuros
-entresijos de aquel asunto había un secreto telepático. Si Toribio y
-Rita hubiesen acusado á don Gil desde el primer momento, hubiera podido
-creerse en un complot tramado por ambos para suavizar la gravedad de los
-cargos dirigidos contra ellos. Pero aquel rumbo que las indagaciones
-judiciales tomaron por los trigales del misterio, surgía de pronto,
-cuando los procesados llevaban más de veinte días de rigurosa
-incomunicación.</p>
-
-<p>Las primeras frases en que Rita Paredes se acordó de presentar á don Gil
-como coautor del asesinato de Frasquito Miguel y de sus tres hijos,
-parecieron bañar en una nueva luz la conciencia de los otros dos
-acusados. Espontáneamente y con el franco ímpetu que inspira la verdad,
-Toribio y Vicente renunciaron á las posiciones en que precavidamente se
-habían encastillado: Toribio aceptó la parte de culpa que le
-correspondía en el crimen, y <i>el Charro</i> vió surgir del olvidado
-horizonte de sus recuerdos la imágen de un hombrecillo que, usando
-palabras insinuantes de amorosa emoción y melancolía, le aconsejaba
-buscar á Rita. La armonía de estas declaraciones era rotunda. Entre las
-de Toribio y su hermana, especialmente, ni una vaguedad, ni una
-contradicción, ni siquiera una leve discrepancia. En sus espíritus, la
-impresión de aquellos sueños criminales subsistía intacta. Ambos, por
-igual, habían experimentado las influencias telepáticas de don Gil, los
-dos evocaban con exactitud abrumadora, casi documental, el modo cómo
-aquellas alucinaciones nocturnas se producían, las palabras del
-sugestionador, su rostro, su traje, sus actitudes, el silencio con que
-se presentaba y se iba. Al par de Toribio,<span class="pagenum"><a name="page_357" id="page_357"></a>{357}</span> Rita citaba momentos,
-miradas, fechas y otros detalles terminantes.</p>
-
-<p>Era imposible que los hermanos Paredes se hubiesen aunado para mantener
-semejante patraña; esto requería una memoria, un vigor de entendimiento
-y una sagacidad para la mentira, de que tanto ella como él, eran
-absolutamente incapaces. Por consiguiente, no se trataba de nada
-inventado: sus confesiones envolvían un misterio real, acaso un arcano
-problema científico. A saber: ¿Pueden los espíritus separarse de sus
-cuerpos durante el sueño? Y en caso afirmativo: ¿Pueden las almas
-conversar unas con otras y sugestionarse al extremo de realizar
-despiertas lo que determinaron hacer hallándose dormidas?... Para mayor
-asombro, las últimas declaraciones de Vicente López ratificaban las de
-los Paredes, y eran como una firma más estampada al pie de aquella
-especie de alegato en favor de la existencia de un mundo invisible.</p>
-
-<p>Pero estas arriesgadas presunciones fracasaban ante los ademanes y las
-miradas, de vertical inocencia, de don Gil. El hombre pequeñito no sabía
-nada, no comprendía nada, de cuanto le decían. Todas aquellas
-imputaciones parecíanle calumnias odiosas, tretas abominables inventadas
-por la astucia de los criminales y que la incultura colectiva acogía con
-regocijo insano. Él apenas había tratado al señor Frasquito; él apenas
-salía á la calle de noche; su vida era transparente; vida sin viajes,
-sin recobecos, sin negocios, deslizada pacíficamente bajo las miradas de
-sus vecinos. ¿Quién podía reprocharle ninguna mala acción? ¿A quién
-había engañado? ¿Con quién había reñido? Para honrarle ¿no estaba allí
-su historia límpida, clara, impoluta, semejante á un cristal bañado en
-sol?...</p>
-
-<p>Don Gil no mentía, y como las agitaciones de su vida nocturna huían de
-su espíritu con la vigilia, este<span class="pagenum"><a name="page_358" id="page_358"></a>{358}</span> olvido daba á sus protestas un acento
-irresistible de verdad. Si fuertes y leales eran las acusaciones que
-contra él dirigían los procesados, no eran menos enérgicos los gestos y
-las frases con que el hombrecillo se defendía; y esta indomable
-sinceridad hacíase temblor colérico en sus manos y fuego vengativo en
-sus ojos. Escuchando desapasionadamente á unos y otros, la Sala llegó á
-convencerse de que nadie mentía. Eran francos los hermanos Paredes, lo
-era Vicente López, lo era también don Gil. Mas, ¿cómo vincular la vida
-real á la fantástica? ¿Cómo conceder capacidad criminal y, de
-consiguiente, valimiento jurídico, á un sueño? Los Paredes y Vicente
-López aseguraban haber soñado muchas veces con don Gil, pero éste lo
-negaba. La certidumbre de tales pesadillas era indudable, y no obstante
-don Gil podía ser ajeno á ellas. Los fisiólogos no han conseguido medir
-aún el alcance de los sueños. Pudo la voluntad de don Gil presentarse
-una vez y muchas á los acusados y ejercer presión en ellos; pudieron
-éstos asimismo, soñar con don Gil, en cuyo caso la imagen del hombre
-pequeñito cesaba de tener sustantividad objetiva para ser un producto ó
-visión de la fantasía de los durmientes. Y en esta enmarañada selva de
-suposiciones gratuitas y resbaladizas apariencias, ¿dónde hallar la
-verdad?...</p>
-
-<p>Al cabo, con muy sano acuerdo, los señores jueces decidieron atenerse á
-los hechos comprobados y renunciar á toda laya de pesquisiciones
-metafísicas; y pues la presencia de don Gil tuvo la virtud de arrancar á
-Toribio Paredes la confesión de su crimen, no quisieron obtener más de
-él y restituyeron al hombre pequeñito su libertad.</p>
-
-<p>No obstante, estos interrogatorios y careos dejaron una estela fatal
-para el enano. Sus discusiones con Vicente López y los Paredes ante la
-Mesa del Tribunal, y los formidables cargos lanzados contra él,
-ratificaron en el vecindario de Puertopomares la antigua<span class="pagenum"><a name="page_359" id="page_359"></a>{359}</span> creencia de
-que don Gil Tomás, si no capacidades de hechicero, precisamente, tenía,
-cuando menos, ciertos dones extraños, poderes telepaticos, virtudes
-hipnóticas, que le permitian ejercer, á distancia, influencia sobre las
-personas. La opinión elogiaba la hábil cautela con que la Audiencia
-salmantina desdeñó el aura de brujería en que los tres acusados trataron
-de envolver al hombrecillo, pero reservábase el derecho de seguir
-creyéndole un empecatado y temible jorguín.</p>
-
-<p>Como el tonto Ramitas que, de año en año, arrastraba por las calles su
-gruñido idiota, don Gil llegó á ser un tipo representativo. Ramitas
-personificaba la ignorancia ambiente; don Gil, la incultura, gofería y
-atraso de todos. En su cuerpecillo los fanatismos religiosos peores, las
-supersticiones, la fe en la virtud de las cosas ocultas, cristalizaron.</p>
-
-<p>También parecía tener el rostro de la Muerte.</p>
-
-<p>A nuestro alrededor, día y noche, en todos nuestros actos, en todas las
-conversaciones, en el agua demasiado fría que bebimos á destiempo, en el
-rayo de sol que calentó demasiado nuestra nuca, en el negocio que
-emprendemos, acecha la muerte. Su imperio aciago nos rodea. Es horrible
-considerar que la casa donde moriremos seguramente ya está edificada,
-que hay una escalera cuyos peldaños bajaremos en hombros, que la madera
-de nuestro ataúd existe ya. «¿Cuál es esa casa?&mdash;pensamos&mdash;¿Qué árbol,
-entre los millares de árboles que vi cruzando un bosque en tren, dará la
-madera de mi ataúd? ¿Qué sastre hará mi último vestido? ¿Cuáles serán el
-último teatro, la última ciudad, el último paisaje, que miren mis ojos?
-Y, de cuantas manos estrecharon la mía, ¿cuál cerrará mis párpados?»...
-Estas ideas el pueblo las asociaba al hominicaco del Paseo de los
-Mirlos. Don Gil Tomás, con su actitud, que destilaba silencio, y sus
-labios sin risas, debía de poseer la clave de tan terribles preguntas.<span class="pagenum"><a name="page_360" id="page_360"></a>{360}</span></p>
-
-<p>Prodújose contra él una reacción bárbara. Los vecinos más pacíficos
-pedían su destierro. En una taberna de la Puerta del Acoso, varios
-gitanos habían jurado matarle. Los hombres, que conocían por sus mujeres
-las grandes venturas nocturnas del enano, tenían celos de él. Los
-labriegos le hacían responsable de los pedriscos, de las escarchas y de
-los animales perdidos. Un rehalero aseguraba que una noche de tormenta,
-á la hora cabalística de las doce, vió á don Gil rondando la majada, y
-habiéndole arrojado con certera puntería una piedra, instantáneamente
-cesó de verle, de donde dedujo que no era su cuerpo mortal, sino su
-espíritu, el que por allí andaba.</p>
-
-<p>La historia tenebrosa del hombrecito color de limón, florecía de nuevo
-en las tertulias del Toro Blanco y del Casino, y en los corrillos de la
-Glorieta. Don Ignacio Martínez, que nunca había hablado de la noche en
-que su mujer, sonámbula, quiso ir á buscarle á casa de don Gil,
-apremiado por la curiosidad de sus amigos, que tenían noticias de aquel
-suceso por Fermín, lo describió circunstanciadamente, y su narración
-produjo emociones rayanas en el terror cerval.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora comprenderán ustedes&mdash;decía el veterinario&mdash;por qué al leer que
-los hermanos Paredes acusaban á ese hombre de la muerte del señor
-Frasquito, tiré el periódico. Tuve miedo, lo confieso, un miedo que era
-frío y me llegaba á los tuétanos; miedo á lo sobrenatural, á los
-muertos... ¡no sé!...</p>
-
-<p>A granel iban acumulándose contra don Gil Tomás recuerdos y detalles. La
-memoria benedictina de unos, la imaginación hiperbólica de otros y la
-ignorancia y malevolencia de todos, realizaban este infame milagro. Se
-recordaron el accidente que privó de la vida á Eustasio, el tonelero; la
-pesadilla profética de Ursula Izquierdo; el fin de Manuel Ayala, muerto
-en riña al día siguiente de tener una disputa<span class="pagenum"><a name="page_361" id="page_361"></a>{361}</span> con don Gil; el
-fallecimiento repentino de Juanita, la hija del carpintero Wenceslao; y
-los últimos momentos de Manolo Peinado, expirando en el silencio de una
-cita. Hasta las buenas acciones de don Gil, consistentes en señalar á
-las personas de su agrado qué asuntos debían emprender ó de cuáles les
-convenía guardarse, se revolvían en contra suya.</p>
-
-<p>Acobardado por la hostilidad del ambiente, el hombre pequeñito se
-refugió en su casa, de la que salía apenas. Una tarde dos mujeres, que
-volvían de lavar, le encontraron tendido sin conocimiento entre unos
-matorrales, cerca del Malamula, y compadecidas de él le condujeron á su
-domicilio. Mientras le llevaban, reían y decían maliciosos donaires.
-¡Pesaba tan poco!...</p>
-
-<p>Meses tardó don Gil en reponerse de sus heridas. Durante este tiempo
-nadie se interesó por su salud. Luego se supo que fueron Luis Olmedilla,
-recién casado con Anita Fernández Parreño, y Romualdo Pérez, los autores
-de tan gentil paliza.</p>
-
-<h2><a name="XXXIV" id="XXXIV"></a>XXXIV</h2>
-
-<p>Llegada la noche, que era fría, y no bien terminaron de cenar, don
-Ignacio y su mujer se acostaron. Serían las nueve.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién ha preguntado por mí esta tarde?&mdash;decía Martínez&mdash;; ¿Vino el
-jardinero? ¿Envió don Valentín las veinte pesetas que me debe?...</p>
-
-<p>Doña Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados.
-Tenía sueño. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa
-albura de las almohadas, aparecían las cabezas del matrimonio:<span class="pagenum"><a name="page_362" id="page_362"></a>{362}</span> ella,
-saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el
-ébano regio de sus cabellos; él, moreno, atlético, bigotudo, con algunos
-hilos de plata en el pelo áspero, cortado al rape sobre la frente
-estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tálamo y dentro de
-una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa
-azul, dormía Antoñita.</p>
-
-<p>Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apaciguándose. También
-él tenía sueño y tiró á un rincón el chicote que estaba fumando. Doña
-Fabiana bostezó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dormimos?&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta mañana, entonces.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta mañana...</p>
-
-<p>Cambiaron un beso. Ella dió media vuelta, buscando una actitud cómoda, y
-sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazón
-apetecible. Don Ignacio echó fuera del embozo un brazo faunesco, velloso
-y cobrizo, y apagó la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad
-rubia de la luna tendía en la oscuridad del dormitorio hilos
-fantasmales. Aún doña Fabiana, la lengua entorpecida por el sueño,
-interrogó:</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora he de llamarte?</p>
-
-<p>&mdash;A las siete, en punto.</p>
-
-<p>Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron á roncar. Transcurrió
-mucho tiempo. Los gallos habían cantado ya varias veces. Eran más de las
-cuatro. De súbito, en la quietud del caserón, la voz atiplada de la niña
-vibró imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mamá... mamá!...</p>
-
-<p>En el lecho de sus padres, sus oídos, hiperestesiados por el miedo,
-percibían balbuceos de angustia y rebullos extraños de lucha. Volvió á
-llamar:<span class="pagenum"><a name="page_363" id="page_363"></a>{363}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Mamá!... ¡Mamá!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?... Voy...</p>
-
-<p>Respondía doña Fabiana entre dientes. Antonia repitió incorporándose y
-con la garganta llena de lágrimas:</p>
-
-<p>&mdash;¡¡Mamá!!...</p>
-
-<p>La señora de Martínez despertó; respiraba difícilmente y tenía la frente
-y el cuello bañados en copiosísimo sudor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es?&mdash;exclamó extendiendo una mano hasta palpar á su hija&mdash;; ¿qué
-es?... ¿Sucede algo?</p>
-
-<p>Y la niña:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué gritabas, mamá? Me has asustado; ahora siento mucho miedo.</p>
-
-<p>&mdash;¿He gritado, dices?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; diste un grito horrible. ¿Soñabas?</p>
-
-<p>Tardó en responder.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, creo que sí...</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué soñabas?</p>
-
-<p>&mdash;No sé, no me acuerdo. Ea, duerme.</p>
-
-<p>Destosió, se frotó los ojos, procurando entrar en posesión de sí misma.
-Antoñita decía bien: había soñado. Tenía los brazos cruzados fuertemente
-sobre el pecho, lo que produce pesadillas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;repitió&mdash;estaba soñando... ¡Gracias á Dios, todo es mentira!...</p>
-
-<p>Don Ignacio también comenzó á removerse; forcejeaba y por entre sus
-dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su
-vez, doña Fabiana tuvo miedo de aquella voz que parecía venir de otra
-vida. Encendió luz.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ignacio!...</p>
-
-<p>Volvióse hacia él, tocándole en la cara nerviosamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ignacio!... ¿No oyes?... ¡Ignacio!... ¡Ignacio!...</p>
-
-<p>Antoñita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos<span class="pagenum"><a name="page_364" id="page_364"></a>{364}</span> y suplicantes,
-las cejas llenas de aflicción, repetía:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene papá?... ¿Qué le sucede?...</p>
-
-<p>El veterinario tardó en recobrarse. Al cabo abrió los párpados, y había
-en su rostro la angustia del náufrago que vuelve á flor de agua tras de
-una larga inmersión. Estaba fatigadísimo y alentaba con trabajo; la
-violencia de las palpitaciones de su corazón le sofocaban. Sus manos,
-apretadas una contra otra, parecían oprimir algo...</p>
-
-<p>Doña Fabiana repetía:</p>
-
-<p>&mdash;Ignacio, tienes una pesadilla... ¿Oyes?... Tienen una pesadilla...
-¡Despierta!...</p>
-
-<p>Suspiró el señor Martínez y demostró haber hallado su conciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí...&mdash;dijo&mdash;qué horror!... Es verdad... ¡Estaba soñando!...</p>
-
-<p>La voz de la niña vibraba implorante y llorosa:</p>
-
-<p>&mdash;No sueñes, papá; me das miedo.</p>
-
-<p>&mdash;No, hija mía...</p>
-
-<p>&mdash;Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y después de morirte
-hablas.</p>
-
-<p>&mdash;Tranquilízate: es que me había acostado del lado izquierdo. ¡Ya todo
-pasó!... Ea, duerme. Hasta mañana.</p>
-
-<p>Antoñita se acostó, hundió en las blanduras de la almohada su cabecita
-rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, tornó á dormirse.
-Doña Fabiana apagó la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy
-quedamente, llamó don Ignacio.</p>
-
-<p>&mdash;Fabiana...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes sueño?</p>
-
-<p>&mdash;No. Habla bajo, no despierte la niña.</p>
-
-<p>&mdash;Oye...</p>
-
-<p>Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvióse de cara á su
-marido. Agradecíale aquel ratito<span class="pagenum"><a name="page_365" id="page_365"></a>{365}</span> de conversación, pues tenía miedo. Le
-abrazó bajo la suave tibieza de las mantas. El prosiguió, hablando casi
-con el aliento:</p>
-
-<p>&mdash;Acabo de pasar un rato malísimo. ¿Sabes lo que soñaba?... Pues que don
-Gil Tomás, enamorado de ti y creyéndome ausente, había entrado en este
-cuarto á seducirte.</p>
-
-<p>Precipitadamente doña Fabiana hubo de meterse un trozo de sábana en la
-boca para sofocar un grito.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ignacio!&mdash;balbuceó la mujer, empavorecida&mdash;Ignacio... ¿Qué es
-esto?... Yo he soñado lo mismo.</p>
-
-<p>El señor Martínez empezó á temblar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es posible?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sintió que algo
-viscoso, frío, como una mano muerta, recorría su espalda. Efectivamente,
-había en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento
-de otra vida. Prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros nos hallábamos acostados aquí, tú á mi derecha, según estamos
-ahora, cuando ese hombre llegó. Le encontré un poco raro: el semblante
-más flaco, más amarillo; el resto del cuerpo no se distinguía bien...
-parecía borroso... ¿Le soñaste tú así?...</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo&mdash;repuso doña Fabiana, persignándose&mdash;; lo mismo...</p>
-
-<p>&mdash;Entró deslizándose por entre ambos batientes de la puerta...</p>
-
-<p>&mdash;Eso es.</p>
-
-<p>&mdash;Y avanzó por detrás de la butaca...</p>
-
-<p>&mdash;Exacto.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta detenerse á los pies del lecho de la niña...</p>
-
-<p>&mdash;Exacto, justo&mdash;repetía doña Fabiana que sentía helarse su carne de
-pavura.</p>
-
-<p>Continuó don Ignacio:<span class="pagenum"><a name="page_366" id="page_366"></a>{366}</span></p>
-
-<p>&mdash;No dijo palabra don Gil, ni yo me incomodé en preguntarle á qué venía,
-pues en su frente, como en un libro, leí su intención. De un brinco le
-salí al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me
-abalancé sobre él.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad. Yo le había hecho señas de que se fuera, para que tú no le
-vieses, pero no me entendió.</p>
-
-<p>&mdash;Luchando á brazo partido caimos los dos al suelo; mas él quedó debajo,
-y yo, teniéndole bien sujeto con mis rodillas, empecé á estrangularle.
-¡Ah, qué placer, cuando le cogí por el cuello, sintieron mis manos!...
-El perneaba, quería morderme, luego me pareció que vidriaba los ojos...</p>
-
-<p>Doña Fabiana interrumpió á su marido.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí... ¡qué espanto! Todo eso lo he visto yo... ¡lo juro!... lo he
-visto... ¡lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces
-fué cuando di un grito y la niña me despertó.</p>
-
-<p>&mdash;Indudablemente&mdash;repuso don Ignacio&mdash;porque yo oí ese grito y tu figura
-empezó á desdibujarse hasta desaparecer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dejaste de verme?</p>
-
-<p>&mdash;Completamente; y entonces oí tu voz y desperté.</p>
-
-<p>La señora de Martínez, devotamente, tornó á persignarse.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo juraría que, hace unos
-instantes, el alma de don Gil Tomás ha entrado aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Creo lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estará ese hombre enamorado de mí? Hay en todo esto como una
-brujería.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quién sabe!... Tal vez...</p>
-
-<p>No hablaron más y durmieron sosegadamente hasta el otro día.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente corrió por el pueblo la noticia de que el hombre
-pequeñito había muerto. Sus<span class="pagenum"><a name="page_367" id="page_367"></a>{367}</span> criadas, cuando fueron á llevarle el
-desayuno, le hallaron tendido en su cama, frío y blanco. Los médicos á
-quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encargó reconocer el cadáver, no
-hallando en éste nada anormal, certificaron que don Gil había fallecido
-de un derrame seroso. El parte facultativo añadía que la muerte debió de
-ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco...</p>
-
-<p>Madrid, Junio 1914.</p>
-
-<p class="c">FIN</p>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of El misterio de un hombre pequeñito, by
-Eduardo Zamacois
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO ***
-
-***** This file should be named 53743-h.htm or 53743-h.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/5/3/7/4/53743/
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions
-will be renamed.
-
-Creating the works from public domain print editions means that no
-one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
-(and you!) can copy and distribute it in the United States without
-permission and without paying copyright royalties. Special rules,
-set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
-copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
-protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
-Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
-charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
-do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
-rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
-such as creation of derivative works, reports, performances and
-research. They may be modified and printed and given away--you may do
-practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
-subject to the trademark license, especially commercial
-redistribution.
-
-
-
-*** START: FULL LICENSE ***
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
-Gutenberg-tm License (available with this file or online at
-http://gutenberg.org/license).
-
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
-electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
-all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
-If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
-Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
-terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
-entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
-individual work is in the public domain in the United States and you are
-located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
-copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
-are removed. Of course, we hope that you will support the Project
-Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
-freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
-this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
-the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
-keeping this work in the same format with its attached full Project
-Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
-a constant state of change. If you are outside the United States, check
-the laws of your country in addition to the terms of this agreement
-before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
-creating derivative works based on this work or any other Project
-Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
-the copyright status of any work in any country outside the United
-States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate
-access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
-whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
-phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
-Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
-copied or distributed:
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
-from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
-posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
-and distributed to anyone in the United States without paying any fees
-or charges. If you are redistributing or providing access to a work
-with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
-work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
-through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
-Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
-1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
-terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
-to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
-permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
-word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
-distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
-"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
-posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
-you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
-copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
-request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
-form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
-License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
-that
-
-- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
- owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
- has agreed to donate royalties under this paragraph to the
- Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
- must be paid within 60 days following each date on which you
- prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
- returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
- sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
- address specified in Section 4, "Information about donations to
- the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
-
-- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or
- destroy all copies of the works possessed in a physical medium
- and discontinue all use of and all access to other copies of
- Project Gutenberg-tm works.
-
-- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
- money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days
- of receipt of the work.
-
-- You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
-electronic work or group of works on different terms than are set
-forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
-both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
-Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
-Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
-collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
-works, and the medium on which they may be stored, may contain
-"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
-corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
-property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
-computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
-your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium with
-your written explanation. The person or entity that provided you with
-the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
-refund. If you received the work electronically, the person or entity
-providing it to you may choose to give you a second opportunity to
-receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
-is also defective, you may demand a refund in writing without further
-opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
-WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
-WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
-If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
-law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
-interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
-the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
-provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
-with this agreement, and any volunteers associated with the production,
-promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
-harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
-that arise directly or indirectly from any of the following which you do
-or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
-work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
-Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
-
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of computers
-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To
-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
-particular state visit http://pglaf.org
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-
-
-</pre>
-
-</body>
-</html>
diff --git a/old/53743-h/images/colofon.png b/old/53743-h/images/colofon.png
deleted file mode 100644
index 8fe12ee..0000000
--- a/old/53743-h/images/colofon.png
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/53743-h/images/cover.jpg b/old/53743-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index 878626b..0000000
--- a/old/53743-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/53743-h/images/deco.png b/old/53743-h/images/deco.png
deleted file mode 100644
index bf49b1b..0000000
--- a/old/53743-h/images/deco.png
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/53743-h/images/lins.png b/old/53743-h/images/lins.png
deleted file mode 100644
index 1825300..0000000
--- a/old/53743-h/images/lins.png
+++ /dev/null
Binary files differ