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-Project Gutenberg's Memorias de un vagón de ferrocarril, by Eduardo Zamacois
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Memorias de un vagón de ferrocarril
-
-Author: Eduardo Zamacois
-
-Release Date: August 3, 2020 [EBook #62840]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
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-
- MEMORIAS DE UN VAGÓN
- DE FERROCARRIL
-
-
-
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- DE
-
- EDUARDO ZAMACOIS
-
-
- I.--LA ALEGRÍA DE ANDAR. (_Croquis de un viaje por tierras de
- Puerto Rico y Cuba, Estados Unidos, Centro América y América del
- Sur._)
-
- II.--EUROPA SE VA... (_Novela._)
-
- III.--EL OTRO. (_Idem._)
-
- IV.--DUELO A MUERTE. (_Idem._)
-
- V.--MEMORIAS DE UNA CORTESANA. (_Idem._)
-
- VI.--LA OPINIÓN AJENA. (_Idem._)
-
- VII.--PUNTO-NEGRO. (_Idem._)
-
- VIII.--EL SEDUCTOR. (_Idem._)
-
- IX.--SOBRE EL ABISMO. (_Idem._)
-
- X.--CONFESIONES DE «UN NIÑO DECENTE». (_Autobiografía._)
-
- XI.--TIK-NAY «EL PAYASO INIMITABLE». (_Novela._)
-
- XII.--MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL. (_Idem._)
-
- XIII.--EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO. (_Idem._)
-
- XIV.--PARA TÍ... (Libro I.) (_Novelas._)
-
-
- EN PRENSA
-
- PARA TI... (Libro II.) (_Novelas._)
-
- UNA VIDA EXTRAORDINARIA. (_Novela._)
-
-
-
-
- EDUARDO ZAMACOIS
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- XII
-
- MEMORIAS DE UN
- VAGÓN DE FERROCARRIL
-
- NOVELA
-
- (TERCERA EDICIÓN)
-
-
- RENACIMIENTO
- SAN MARCOS, 42
- MADRID
-
- ES PROPIEDAD
-
- SERÁ ILEGAL TODO EJEMPLAR QUE
- NO ESTÉ SELLADO POR EL AUTOR
-
-
- Imp. J. Pueyo, Luna, 29.
- Teléf, 14-30.--MADRID
-
-
-
-
- MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL
-
-
-
-
-I
-
-
-Nací, por fortuna mía, vagón de primera clase, y mi ejecutoria acredita
-la reciedumbre y nobleza de mi origen. En las buenas estaciones
-provincianas, y más aún en las fronterizas, donde abundan los tipos
-cosmopolitas acostumbrados a viajar, mi aspecto prócer y la pátina
-obscura que me dieron, primero mis barnizadoras y luego la cruda
-intemperie y el polvo de los caminos, dicen mi largo historial vagabundo
-y atraen la curiosidad de las gentes.
-
-Procedo de Francia, de los famosos talleres de Saint-Denis, pero fuí
-construído con materiales oriundos de diferentes países, y esta especie
-de “protoplasma internacional”--llamémoslo así--que me integra, unido a
-mi vivir errático, me vedan sentir fuertemente ese “amor a la patria”,
-en cuyo nombre la ciega humanidad se ha despedazado tantas veces.
-
-La Compañía que me trajo a España pagó--con arreglo al cambio de aquel
-día--veinte mil duros por mí. Los merezco. Casi en totalidad estoy hecho
-con piezas de caoba y encina que, tras de perder toda el agua de sus
-fibras leñosas durante varios años de estadía en los secaderos, fueron
-severamente endurecidas bajo la llama del soplete; únicamente ciertos
-pormenores y adornos de mi individuo son de roble, y me cubre una
-tablazón de “teak”, madera muy semejante al pino que viene del Norte
-europeo, y es inaccesible a los cambios atmosféricos. Mi peso
-neto--quiero decir--cuando estoy vacío, excede de treinta y seis
-toneladas. Tengo más de diez y ocho metros de longitud y tres metros y
-cincuenta centímetros de altura, y la amplitud de mi techumbre cóncava
-posee una majestad de bóveda. Durante muchos meses numerosos forjadores,
-carpinteros, ebanistas, tapiceros, fontaneros, lampistas, electricistas,
-estufistas y cristaleros habilísimos, trabajaron en mi fabricación, y
-sus manos diestras maravillosamente fueron infundiéndome una solidez
-excepcional y una rara armonía de proporciones. Con justicia mis
-camaradas de ruta, a poco de conocerme, empezaron a llamarme _El Cabal_.
-Soy ancho, cómodo, y, no obstante la gravedad de mi armazón, tiemblo
-ágilmente, con sacudidas ligerísimas, sobre mi rodaje de cuatro ejes. No
-todos los coches de mi rango podrían jactarse de otro tanto. Existe
-entre nosotros una aristocracia que, sin vacilaciones, acusaré de
-advenediza: figuran en ella los vagones más jóvenes que yo, fabricados
-con tablas secadas imperfectamente. Yo les llamo vagones “de bazar”. Su
-aspecto es bueno, pero carecen de resistencia: pronto sus miembros se
-resienten del trabajo; crujen, gimen, sus puertas no cierran bien, sus
-ventanillas cesan de ajustar, sus muelles fatigados se desmoralizan...
-Además, por haber sido construídos de prisa y sin amor, les faltan
-ciertos detalles complementarios indispensables a su ornamentación y a
-la perfecta comodidad de los viajeros; y la verdadera distinción está en
-“el detalle”...
-
-Las unidades de “primera clase” se dividen en dos categorías: yo
-pertenezco a la mejor, a la de más rancia y pura aristocracia, y las
-letras A A. que exornan mis portezuelas pregonan mi alcurnia. El
-“cuarto-tocador” ocupa uno de mis extremos, y en el centro--lugar el
-menos trepidante--llevo un “departamento-cama”. Mi interior, dividido en
-seis compartimientos, es bello y blando, acariciador, confortador, lleno
-de previsiones; femenino, en suma: los asientos, que fácilmente pueden
-ancharse y convertirse en lechos; los almohadones mullidos; la
-curvatura, propicia al descanso, de los respaldos; las abrazaderas,
-sobre las que el viajero podrá descansar un brazo; los ceniceros; la
-mesita que adorna la entreventana; las cortinas, que modifican la luz
-solar; los tubos de la calefacción; los timbres de alarma; los espejos
-biselados; los anuncios polícromos y las fotografías de lugares
-célebres, que exornan mi tránsito; el silencio y precisión con que las
-puertas se cierran y ajustan a sus marcos...; todo, en fin, descubre en
-mí un alma “de hogar”. En invierno, especialmente y de noche, cuando el
-frío escarcha los cristales y la máquina me envía a raudales generosos
-su calor, y todos mis inquilinos duermen, y las manos de los enamorados
-se buscan enceladas y febriles bajo las mantas, entonces mis
-compartimientos parecen alcobas sobre cuya tonalidad gris mis linternas,
-medio cerradas, semejantes a párpados indolentes, vertiesen una casi
-imperceptible llovizna de luz. ¡Bello y rotundo contraste!... Fuera de
-mí, el movimiento, la lucha, el peligro, la obscuridad, el fragor
-tronitronante de los puentes, el estrépito ensordecedor de los túneles,
-la lluvia, el granizo, la nieve, los vientos helados, la interminable
-conquista de la tierra; y, dentro, la paz, el reposo, el bienestar de
-las actitudes cómodas, el aire tibio, “la alegría de llegar”, con que
-cada alma viajera se echó a dormir. ¡Ah!... Cuando me autoinspecciono y
-me escucho vivir así, con esta doble vida tan plena, tan útil, pienso
-que yo, todo “mi yo”, acogedor y bueno, es un corazón.
-
-No sabría determinar exactamente en qué momento mi personalidad comenzó,
-pues mi conciencia surgió, como en los niños, por grados insensibles.
-Con arreglo a un modelo, de los mejores, empezaron a construirme, pero
-sin ensamblar mis miembros, porque la vía francesa es veinte centímetros
-más angosta que la española, y mis constructores necesitaban
-transportarme a la Península, que era donde yo debía servir. Este es el
-período que podemos denominar fetal. Ya completamente terminado, pero
-inconexo, desarticulado y amorfo, traspuse la frontera sobre dos
-“trucks”, y llegué a Irún. Allí organizaron mis piezas, las unieron, las
-empalmaron y trabaron solidísimamente unas a otras, me encolaron, me
-enclavijaron, me barnizaron, me vistieron; allí mi figura adquirió la
-silueta, el equilibrio de perfiles, que habían de constituir mi
-personalidad. Soy, de consiguiente, español, puesto que “nací” en
-España, pero de origen francés.
-
-Cuando, lentamente, con la suavidad de un lento despertar, fuí
-comprendiéndome separado de los cuerpos que me rodeaban y distinto a
-ellos; cuando la idea milagrosa del “Yo” me iluminó, semejante a una
-antorcha, y pude decir “soy... existo...” ya me hallaba montado sobre
-los recios mecanismos de ejes, ruedas, cojinetes y frenos, con que había
-de caminar después, y las entrañas capitales de mi forzudo corpachón,
-así como la techumbre y las ventanas, hallábanse acopladas y concluídas.
-Evidentemente--no puedo explicar de otro modo el veloz incremento de mi
-sentido íntimo--los dedos inteligentes de los herreros y carpinteros que
-construyeron mis piezas más robustas, minuto a minuto fueron dejando en
-mí latidos de pensamiento y de voluntad, y temblores de carne. Cada
-martillazo que me asestaban, era como un llamamiento que hacían a mi
-sensibilidad, embotada aún; las sierras me libraban de los trozos
-inútiles; las garlopas y las escofinas que pulían mi tablaje, me
-elegantizaban, y los tornillos de bronce con que aseguraban mis miembros
-eran como ideas que fuesen clavándose en mí.
-
-Durante el impreciso amanecer de mi inteligencia, aquellos obreros me
-eran aborrecibles. Les odiaba y al propio tiempo les temía, porque según
-iban formando mi conciencia lo que hacían conmigo me causaba mayores
-sufrimientos. Muy de mañana ocho o diez de ellos penetraban en mí,
-armados de diversos instrumentos torturadores: éstos esgrimían sierras,
-aquél un escoplo, estotro un berbiquí, un formón, una repasadera, unas
-tenazas, un taladro o un martillo. El serrín, que es mi sangre, lo
-ensuciaba todo. Para ir encajando bien entre sí las diversas partes de
-mi armazón, mis verdugos me mutilaban, me oprimían y atarazaban de
-innumerables modos. Los repeledores ahondaban los clavos de suerte que
-sus cabezas desaparecían en mí; las garlopas insaciables me arrancaban
-la piel, que caía en virutas; las barrenas me traspasaban como
-remordimientos. Herido, raspado, tundido a golpes, mi cuerpo vibraba, y
-a cada nuevo martillazo mis entrañas magulladas parecían romperse. Así,
-a fuerza de porrazos y de dolor--como la conciencia en los
-hombres--nació mi conciencia.
-
-Luego, aquellos bruscos jayanes de anchas espaldas y entrecejo hosco,
-fueron substituídos por obreros más minuciosos, silenciosos y pulidos, y
-menos crueles. Eran los ebanistas, los electricistas, los fumistas, los
-tapiceros, los cristaleros, los fontaneros, los broncistas y los
-pintores, de que antes hablé. Todos, a porfía, me raspaban, me limaban,
-me clavaban, me mordían... ¡no acababan de corregirme!... y cuando
-parecía que ya nada tenían que añadir, volvían a empezar: quién para
-“rectificar” una línea, me quitaba unas virutas, quién me ahincaba un
-tornillo... Todos, en una palabra, me hacían daño; pero yo comprendía
-que asimismo todos me hacían bien, y esta convicción me enfervorizaba.
-Más que el ansia de vivir, el noble deseo de ser bello iba encendiéndome
-como a esas mujeres que, a trueque de parecer bonitas, aceptan las
-peores torturas de la moda: el calzado estrecho, los pesados sombreros
-que dificultan en las sienes la circulación...
-
-De día en día reconocíame más completo, más firme, más adornado y
-hermoso, en fin; y también más consciente. Yo era como un cerebro que va
-llenándose de ideas. Cada uno de aquellos obreros me daba--sin él
-saberlo--una partícula de su alma; estos elementos inteligentes y
-vibrantes, llenos de radioactividad, se acoplaban unos a otros y así mi
-espíritu, en estado de nebulosa todavía, iba surgiendo de la síntesis de
-todos ellos.
-
-Al artístico prurito de ser bello, añadióse muy pronto otro de alcurnia
-moral superior: el de ser bueno, el de ser útil... Nació porque yo,
-desde el lugar en que me hallaba, veía pasar muchas veces al día los
-trenes que llegaban o salían de la estación; y al advertir que todas sus
-unidades, fuesen de primera, de segunda o de tercera clase, se parecían
-bastante a mí, deduje que en lo futuro mi misión sería, al igual de la
-suya, transportar gentes de un lado a otro.
-
-Cuando los cristaleros ocuparon el vano de mis ventanas con magníficos
-cristales de una pieza, vibré de júbilo:
-
---Ya tengo ojos--me dije--y el polvo no podrá entrar en mí.
-
-Cuando los estufistas tendieron a lo largo del corredor y bajo mis
-asientos los tubos de la calefacción, y los tapiceros me alfombraron y
-revistieron mi interior de mollares colchonetas, pensé:
-
---Los que viajen conmigo ya no sentirán frío.
-
-Cuando me proveyeron de “aparatos de alarma”, sentí el consuelo de no
-hallarme desamparado; y cuando el electricista me impuso el dinamo y los
-hilos magos repartidores de la luz, parecióme que dentro de mí acababa
-de entrar el sol. Tengo mucho de humano: los conductos de la
-calefacción, verbigracia, son mis arterias; las tuberías y desagües de
-mi “cuarto-tocador”, mis intestinos; los hilos de la electricidad, mis
-nervios; mi voz, el traqueteo de mis músculos.
-
-Un día cesaron de martillear en mí y de añadirme adornos. Mis
-fabricantes y “servidores”, puedo calificarles así, barrieron y
-sacudieron mi interior escrupulosamente, abrillantaron mis bronces,
-fregaron mis cristales hasta dejarlos tan impolutos que se confundían
-con el aire límpido, bruñeron el barniz de mis revestimientos y
-silenciaron, con grasas especiales, mis herrajes. ¡Divina juventud!
-Todo, dentro de mí, mostraba una alegría: el suave tinte gris-claro de
-los asientos; la blancura inmaculada de la sencilla labor de “crochet”
-que cubría los respaldos; las barras de acero de las redecillas
-destinadas a equipajes; los picaportes y las paredes relucientes, la
-densa alfombra roja y azul que tendía a lo largo de mi pasillo una
-lozanía de pradera...
-
-Yo también estaba alegre; vibraba; tenía miedo. ¿Por qué?... ¿A qué?...
-
---Has empezado a vivir--me decía secretamente una voz.
-
-Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella
-aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de
-Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios
-hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera
-vez...--¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!--mis ruedas voltearon
-poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de
-junio encendía el paisaje. Según avanzaba, todo en torno mío comenzó a
-cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y
-perspectivas nuevas surgieron ante mí.
-
-La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y
-regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me
-movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?...
-Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo,
-era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con
-todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja
-inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me
-transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de
-la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego
-si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y
-aparte!...
-
-Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi
-destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi
-vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante
-reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera;
-frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi
-escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas
-centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada
-sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y
-elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo
-bien constituído, de mi euritmia perfecta.
-
-Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de
-existir y “de sentirme”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y
-dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos
-viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en
-casetas de guardavías.
-
---Son coches inservibles--pensé.
-
-Y no tuve para ellos ni una compasión.
-
-Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me
-impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz.
-En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que
-bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos,
-techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre
-el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras--los
-Pirineos--y al otro lado el mar...
-
---Pronto--me dije--conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a
-mí...
-
-Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del
-horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del
-caballo de carreras que entra en un hipódromo.
-
-
-
-
-II
-
-
-Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de
-producir.
-
---¿Cómo?--exclamarán los hombres--¿Es posible que los objetos que
-estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga
-a la nuestra?
-
-Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de
-que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto.
-
-La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza
-absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos
-correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente--y
-esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas
-de hierro--la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un
-“cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta
-para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida--este substantivo
-debemos escribirlo siempre con mayúscula--morir es... mudarse de
-traje...
-
-Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del
-cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más peldaños
-que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein
-tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen
-partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla
-bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla:
-
-El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e
-incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va
-acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir:
-Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se
-inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte
-“morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse.
-
-Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que
-pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del
-cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se
-atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que
-las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el
-tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de
-la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto--que
-es el que yo explico aquí--se reduce a la eterna aspiración de la
-materia a convertirse en espíritu.
-
-Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de
-otros mundos:
-
-En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo
-él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una
-voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel
-portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la
-corteza terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros
-minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento,
-inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas,
-y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos
-rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció
-la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos
-después--el Tiempo prodiga su caudal--se inicia la aurora del reino
-vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se
-enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo
-indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y
-preciso. Lo que llamamos “inorgánico”--que no lo es “absolutamente”--se
-convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es
-evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su
-oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el
-reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más
-tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que
-se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de
-civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día,
-porque la Vida--como antes dije--es el anhelo insaciable que sufre la
-Materia de hacerse Espíritu.
-
-Aclararé mi teoría con un ejemplo:
-
-En el hombre--tuve ocasión de observarlo mil veces--la parte física
-declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos
-grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor
-espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen de
-abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la
-sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está
-derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún.
-
-Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los
-vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en
-actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un
-ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo
-trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra,
-porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y
-así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del
-Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más
-inteligente--para decirlo de una vez--que otro, al parecer igual,
-fabricado con elementos de un campo cualquiera.
-
-La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más
-torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no
-hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se
-hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal.
-Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones
-de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y
-ennoblecerla.
-
-Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus
-costumbres.
-
---Antes--dicen--la humanidad era más cruel.
-
-Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto:
-pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?... Poco a
-poco la materia--toda la materia--se ha vuelto más sensible: los
-animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño.
-A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el
-resultado de nuestro miedo a sufrir.
-
-Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos
-más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen
-timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en
-la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y
-recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde
-procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que
-una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un
-movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó
-hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la
-psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de
-pensamiento”--las designaré así--que los seres vivos dejan en los
-objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas
-a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis
-leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza
-magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell,
-tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el
-haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las
-placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero,
-transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los
-cubre?...
-
-En un día, lejano aún, pero que llegará, el hombre obtendrá la posesión
-de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos,
-y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en
-un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no
-se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los
-mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del
-movimiento y lo sujeta--¡oh paradoja!--en una cinta de celuloide, y
-Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese
-ante su pueblo con la profética frente orlada de luz.
-
-Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y
-las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen
-sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años--lo
-que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos--¿por
-qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los
-incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la
-expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un
-guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le
-transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma...
-
-Este es mi caso. A la sensibilidad inherente a las maderas de que estoy
-formado, debe añadirse la que recibí, por contagio, de los operarios que
-me construyeron. Yo retengo las imágenes, como las placas fotográficas,
-y recojo los sonidos al igual de los cilindros fonográficos, y asímismo
-soy accesible a las emociones del olfato, del tacto y del gusto. En mí,
-sin embargo, los órganos de la percepción no se hallan circunscriptos y
-delimitados, como en el hombre. En lugar de cinco sentidos, poseo un
-sentido que resume el funcionalismo de aquéllos: un sentido que,
-semejante a una epidermis, cubre todo mi cuerpo; un sentido que es mi
-alma, mi conciencia, mi Yo; y con el cual, a la vez, oigo, veo, huelo,
-palpo... y así “todo mi Yo” se halla íntegro y simultáneamente en cada
-una de mis partes. Mi psicología, aunque elemental, me satisface.
-Evidentemente la vida de relación en los animales es más activa, más
-intensa, pero esto mismo les agota y obliga a dormir; mientras yo, salvo
-momentos contadísimos, nunca tengo sueño, y así, viviendo menos que
-ellos, acaso viva más.
-
-Todo lo que sé--muy poco--lo aprendí oyendo conversar a mis viajeros, y
-leyendo en los periódicos y en los libros que ellos leían. Cada persona
-que entraba en mí--y fueron muchas en los cuarenta años que llevo de
-existencia--era para mí una “idea nueva”. Espiaba sus actitudes, atendía
-a todas sus palabras, procuraba, en fin, aprendérmela de memoria... Y
-este estudio perseverante fué acercándome a ellas, e inculcándome una
-vida muy semejante a la humana.
-
-Los hombres no sospechan nada de esto. Si en la paz de la noche, y
-hallándonos detenidos en cualquiera estación, alguno de mis miembros
-cruje, ellos nunca imaginan que en ese ruido pueda haber un dolor, un
-recuerdo o un comentario; ellos “oyen el silencio”, pero su sensibilidad
-no recoge lo que dice el silencio. A veces quieren comprender... pero no
-pasan de ahí. Muchas veces dos amantes, al hallarse solos, se han
-besado; y luego de besarse miraron a su alrededor, pareciéndoles que
-alguien podía haberles visto. ¡Lo cual era cierto, porque yo les había
-visto!... Pero esta emoción no pasó en ellos de la categoría de
-adivinación o presentimiento, y se borró en seguida.
-
-Los autores gustan de escribir sus “Memorias” al empezar a sentirse
-viejos; en esa edad, delicadamente melancólica, en que la Vida,
-separándose un poco de ellos, se hace recuerdo.
-
-Los présbitas no ven bien de cerca; a distancia, sí; y la presbicia no
-se presenta, en los hombres de vista normal, antes de los cuarenta años.
-Se la creería una compañera de la experiencia y del desengaño. Con lo
-cual la Naturaleza--ironista sutil--parece decirles:
-
---¡La Vida!... ¡No es que sea mala!... Pero, ya que no puedes seguirla,
-mírala desde lejos. Es mejor...
-
-Yo, no hice esto: mi vida está escrita a trozos, rápidamente,
-desordenadamente, según la viví. Como ella, estas páginas son una
-improvisación.
-
-
-
-
-III
-
-
-Ha transcurrido mucho tiempo desde mi primer viaje, y mentiría si dijese
-que he sido feliz. La vida me maltrató bastante, trabajé sobrado y la
-realidad estuvo siempre en déficit doloroso con el ensueño. Vivir es
-echar a perder una ilusión.
-
-Como nací aristócrata, detesto al populacho, en quien la inclinación a
-lo feo es instintiva. Aborrezco esos individuos, enriquecidos por una
-pirueta de la Fortuna, pero desprovistos de cultura social, que ensucian
-con el betún o el barro de sus botas y la grasa de sus meriendas la
-pulcritud de mis divanes, y tiran sus colillas encendidas, y escupen en
-mi alfombra. ¡Oh! La primera vez que recibí un salivazo, hubiese querido
-descarrilar, romperme en mil pedazos, morir...
-
-También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la
-fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el
-automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis
-itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro
-seiscientos setenta milímetros...
-
-Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso
-que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí
-lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario
-manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres
-“desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por
-eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor
-los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las
-voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y
-hasta las mismas razas tienen--como nosotros--en su Destino, una
-locomotora que las arrastra.
-
-En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo
-apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes,
-y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las
-unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor
-sumiso que todos profesamos a la máquina.
-
-Este cariño de sierva enamorada--cariño todo esclavitud--empecé a
-sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte
-del expreso Madrid-Hendaya; distinción que--más tarde lo supe--me captó
-el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban
-en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay
-envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades
-hacen los hombres...
-
-A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos,
-pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las
-amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un
-dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró
-hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un
-silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me
-hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía
-una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al
-andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante,
-lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme
-hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo:
-la acompañaban un furgón de equipajes y un _sleeping-car_. Su aspecto
-infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y
-sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del
-“ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y
-latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí
-palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu...
-
---¿Me hará daño?--pensé.
-
-Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era
-de dolor.
-
-Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de
-sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba
-rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo.
-La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí
-que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir...
-pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada--breve, seca, como una
-orden--retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado
-volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué
-retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así,
-repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto
-de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular
-presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos,
-y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo
-desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie
-de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me
-produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los
-hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer
-nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No
-obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más
-enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo,
-nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y
-reaccionaba. La máquina--después supe que la llamaban “La Recelosa” por
-el miedo con que entraba en las curvas--comenzó a apretar los frenos; en
-seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su
-obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me
-sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras
-extrañas sacudidas me estremecieron.
-
-El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un
-electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria
-llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción
-quemaba; no podían poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El
-“aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia
-súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores
-hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca;
-todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos;
-todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban
-bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos
-del cuarto-tocador.
-
---¡Bonito coche!--recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al
-marcharse.
-
-Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre
-quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su
-fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado,
-no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos
-tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el
-convoy, iluminado y vacío. Al cabo--¡cuánto se lo agradecí!--el
-_sleeping_ me habló:
-
---¿Qué dice el bisoño?...
-
---Tengo miedo--repuse.
-
-Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo.
-
---¿Qué ha contestado el novato?--interrogó.
-
-Repetí.
-
---Digo que tengo miedo.
-
---¡Más miedo tendrás--exclamó el _sleeping_--cuando echemos a andar: tú
-no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan
-puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!...
-
-Los viajeros iban llegando y repartiéndose a lo largo del convoy. Mi
-primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras
-ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas
-para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de
-baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor
-que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo.
-Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las
-siete, en punto, partimos. La máquina silbó.
-
---Ya nos vamos--observó el _sleeping_.
-
-¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y
-de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo,
-porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza
-el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi
-los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina
-de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular,
-los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o
-rojos, había una advertencia...
-
-Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron
-los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he
-atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y
-bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al
-Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea
-Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego
-pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada
-sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante” me
-compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la
-de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve
-vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral
-catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el
-tumultuoso trajín de los caminos de hierro.
-
-Hablaré primeramente de la máquina:
-
-Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de
-ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida
-moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos
-nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa
-que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las
-máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos
-inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo
-miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La
-Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La
-Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y
-los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y
-también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna
-otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a
-los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La
-Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander
-la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La
-Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”...
-
-No ofrecen los diccionarios palabras que expresen el aplomo ufano, la
-confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes
-locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil
-pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así
-pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una
-velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el
-alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las
-iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará
-pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche
-sus ojos enormes--uno blanco, otro púrpura--aclararán el misterio
-entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los
-llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus
-frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a
-marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas
-veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde
-pase, su séquito puede avanzar también. En los choques--más de uno he
-sufrido--ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole,
-bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la
-unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la
-gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende
-alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles,
-transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida
-columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia
-retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién
-discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la del Destino. La
-locomotora es el macho, es el sol...
-
-El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto
-admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más
-“de igual a igual”; que, al cabo, aunque los _sleepings_ creen merecer
-más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a
-nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los
-“tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y
-desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar--pues
-nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para
-papelonear y empinarse--, lo cierto es que todos somos hermanos, pues
-ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad
-nos obliga a constantes armonía y obediencia.
-
-Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi
-nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos
-encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material
-rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que
-el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de
-Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de
-descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los
-lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun
-de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o
-mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas,
-cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una
-pendiente o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el
-“expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los
-crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña
-Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le
-queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las
-humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las
-épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un
-vaivén particular que nunca me engañaba.
-
-Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada
-momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan;
-son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados
-exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de
-“tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha
-inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los
-maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los
-destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando
-el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre
-sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre
-trabajar sin gusto, no se quieren!...
-
-Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y
-somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales
-se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con
-términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos
-de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser
-el más viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”,
-y el _sleeping_, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba,
-“La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo
-nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”.
-
-En las estaciones del tránsito cuchicheábamos:
-
---La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de
-retraso.
-
---Quien está fatigadísima es La Primera Actriz.
-
---No habrá dormido.
-
---¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién
-casados?
-
-Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de
-España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es
-el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el
-coche-correo--el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas--;
-los dos furgones para equipajes, dos _sleeping-cars_, apellidados los
-“Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que
-no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el
-mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña
-Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho,
-particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos
-este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos
-viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y
-a su lado, fortalecido por ellos--todos eran más viejos que yo--afronté
-los primeros riesgos.
-
-¡Cuánta experiencia--que es sabiduría de “primera clase”--acumulé en el
-transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a
-desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de
-monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de
-ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían
-de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el
-aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la
-ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo
-ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana,
-me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además,
-en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi
-arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de
-furor...
-
-No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que
-es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren
-por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre
-parecen.
-
-
-
-
-IV
-
-
-¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da
-el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender
-mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas
-después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de
-humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero
-engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin
-recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la
-limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los
-militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón
-hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor
-propio, se había puesto en pie.
-
-Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de
-Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su
-miedo me turbó.
-
---¿Sucede algo?--le pregunté.
-
---Los túneles--balbuceó--; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con
-ellos...
-
-Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo que eran puentes...
-Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía
-toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos
-acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito
-tableteó ensordecedor. Inquirí:
-
---¿Por qué silba La Recelosa?...
-
-El Tímido repitió:
-
---Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que
-te entierran!...
-
-No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis
-ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció
-volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.
-
---¡Estamos sobre el Oyarzun!--gritó un _sleeping_.
-
-Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la
-otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una
-horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la
-máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres
-arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de
-magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre,
-la alegría del cielo que empieza a estrellarse...
-
---¡Ya sabes lo que es un túnel!--me dijo el _sleeping_ que iba a mi
-lado, y a quien mi inocencia divertía.
-
-El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel;
-había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de
-aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo
-apoderarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en
-mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía,
-las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En
-los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos
-cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio
-inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones,
-todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban.
-Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas
-oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu:
-me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y
-los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no
-atienden al paisaje.
-
-Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme.
-Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces
-llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo
-iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de
-hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un
-abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era
-exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una
-montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá
-abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una
-hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil:
-bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un
-gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía
-una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en
-la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...
-
-Ya en Castilla, a la sazón llena de luna--era próxima la media noche--la
-tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta
-ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren
-silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura
-las almas de equilibrio.
-
-Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol,
-me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido,
-casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no
-estaba cansado.
-
-El _sleeping_ se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de
-una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.
-
---¿Cómo marchas, chaval?--indagó.
-
---Bien.
-
---¿Te duele el cuerpo?
-
---No.
-
---Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde
-Miranda, tiene muy brusco el trato.
-
-Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había
-sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El
-Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que
-en Avila volveríamos a cambiar de máquina.
-
---De Avila a Madrid--agregó--nos llevará La Caliente, que, como La
-Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras
-de mayor arrastre de la Compañía.
-
-Enfrentábamos la estación de Ataquines, último pueblo de la provincia
-de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:
-
---En pasando de Burgos--exclamó--lo mismo me da una máquina que otra. Yo
-adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca--tierra sin
-dobleces--donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el
-peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te
-hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo
-solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás,
-y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el
-Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.
-
-El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de
-los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en
-España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido
-reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo
-pintaron de negro definitivamente.
-
-Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia,
-sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo
-tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el
-remolón en las cuestas arriba.
-
-Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y
-seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la
-Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado
-de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso
-peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.
-
---¡Calla ya!--le supliqué--; ¿qué mejoras con asustarme?
-
-No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir
-su miedo.
-
---Tú has de verlo--repetía--, tú has de verlo; un día ese maldito nos
-tragará a todos.
-
-Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me
-colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto,
-condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña
-ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.
-
---¿Qué haces?--murmuraron malhumorados los _sleeping_.
-
-Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a
-seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a
-silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo
-arranque de rebeldía, sin embargo.
-
---¿Qué haces, muchacho?--repitió el _sleeping_.
-
-Y El Tímido:
-
---Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...
-
-Un _sleeping_ tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa
-de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible
-imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca
-del primer túnel inicié--no me explico cómo--un ademán de retroceso que
-se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo
-un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo
-de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los
-furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña
-Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:
-
---¿Qué sucede? ¿Quién se para?...
-
-Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de
-Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se
-resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi
-cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”--decidí. Reanimado por esta
-noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las
-alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a
-Madrid.
-
-Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén
-descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:
-
---¿Cómo te sientes?...
-
---Bien--repuse.
-
-Todo el convoy se preocupaba de mí.
-
---¿Estás cansado?
-
---No.
-
---¿Nada te duele?
-
---Nada.
-
-¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un
-solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me
-admiraban.
-
---Propongo--dijo un _sleeping_--que a este buen mozo le llamemos El
-Cabal.
-
-Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.
-
-Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los
-vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su
-fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más dilecto de éste, su
-principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador
-inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre
-el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes,
-otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos
-guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo
-empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de
-sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el
-temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del
-Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las
-cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá
-luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese
-apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae;
-todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos,
-la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más
-patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la
-muerte.
-
-Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado:
-siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que
-protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin
-advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan
-armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda
-del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”.
-Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra
-con esa alegría aventurera--ansia instintiva de desplazamiento--que yo
-llamaría “el placer de irse”.
-
-Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas
-divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues
-fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero
-los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me
-basta.
-
-En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los
-niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban
-mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me
-impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de
-observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta--palidez de
-drama--de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde,
-mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto
-en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse,
-caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que
-compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas
-siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré
-mientras viva.
-
-Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y
-difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque
-limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone
-muchos años de labor. Los hombres--en su mayoría frívolos y
-fatuos--raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto
-me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero
-hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda
-América, como si “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió
-trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que,
-por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las
-ventanillas porque “ya conoce el camino”...
-
-Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años--antes lo dije--he
-recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente.
-En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el
-análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el
-contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas:
-la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores--los
-pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de
-súbito, detrás de un monte--viene después. ¿Cuándo los hombres
-reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?
-
-Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un
-itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a
-la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San
-Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la
-célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos
-del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral
-burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de
-sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de
-Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del
-Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días
-Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la
-silueta--que forma horizonte--de Madrid, nos saldrá al camino. Muchos
-millares de personas saben todo esto; lo dicen las _Guías_...
-
-Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual
-necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo
-podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada
-paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro...
-ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según
-sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en
-lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de
-sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras
-impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados
-de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos
-vivimos de todo.
-
-Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la
-humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los
-expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el
-furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el
-vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de
-ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al
-escrutinio y clasificación de los viajeros.
-
-Así formé mi alma.
-
-Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo
-primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a
-ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al
-igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se
-nos quita de delante, se nos ausenta del magín su recuerdo. Pero de
-otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde
-aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes
-agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la
-inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio
-millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya,
-se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado
-carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada,
-cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento
-cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un
-celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había
-engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me
-permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto
-copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se
-mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y
-en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que
-parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...
-
-La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio.
-¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se
-creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo
-que un alma desnuda.
-
-
-
-
-V
-
-
-Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto
-suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar
-siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de
-mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme
-y oir lo que se charla dentro de mí.
-
-La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer
-orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la
-farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de
-otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que
-observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de
-comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución--yo
-tengo toda la seriedad de un real mozo--, sino de la alogía que los
-hombres sembraron en mí.
-
-Voy a explicarme:
-
-Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba
-sobre las puertas de mis compartimientos unas láminas de metal que
-decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de
-viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta
-única palabra misteriosa: “Alquilado”.
-
-En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a
-estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar
-donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi
-tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel
-departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no
-escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En
-cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a
-viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un
-enfermo?...
-
-Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron
-resquebrajándose.
-
-Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de
-porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y
-llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de
-granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para
-no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas,
-sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un
-lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba
-vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un
-poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda
-satisfacción.
-
---Le gusta viajar solo y procura aislarse--meditaba yo--; ¡bien se
-advierte en él a un refinado!...
-
-¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un
-“Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel
-caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:
-
---¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...
-
-El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir.
-Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis
-cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío
-terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin
-embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:
-
---Estoy helado--gemía--; todavía no he conseguido que mis ruedas entren
-en calor...
-
-En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi
-ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las
-puertecillas cerradas.
-
---Podemos meternos aquí--propuso uno de ellos--; no hay nadie.
-
-Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía
-desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:
-
---Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de
-ir vacío.
-
-Yo pensé:
-
---¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su
-tabaco...
-
-Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra.
-Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando,
-reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:
-
---Buenas noches...
-
-Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus
-almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño.
-Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de
-reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a
-decir:
-
---Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.
-
-Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:
-
---¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.
-
-Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les
-hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:
-
---Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No
-fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa
-prohibición espanta al público.
-
-Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.
-
---¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!--exclamó el más viejo--. ¡Y ya
-ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un
-adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...
-
---En Italia--comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”--es
-“vietato fumare” hasta en los cementerios--a cuyos pobres huéspedes
-parece que ya ningún daño había de hacérseles--y en los trenes a los
-“fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que
-el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del
-tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras
-mujeres--y esto es decisivo--las gustan los fumadores...
-
-Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó,
-el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos
-luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su
-billete, preguntó burlón:
-
---¿Podemos seguir fumando?
-
-El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:
-
---Mientras a ustedes no les haga daño...
-
-Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No
-fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre
-comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y
-furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a
-reir.
-
-El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.
-
-A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya
-belleza--y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa--llamaba
-fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió,
-adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro,
-distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya;
-era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del
-_dining-car_ empezó a recorrer el tren informando al público de que “la
-primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó
-sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se
-dirigió al comedor.
-
-En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances
-galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con
-las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era
-un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar
-voluntades.
-
---Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan
-nuestras camas--decían--se conocieron en él.
-
-Según supe después--los vagones nos lo contamos todo--la protagonista
-del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas
-llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en
-un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al
-par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin
-duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él
-acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron
-cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que--según
-expliqué en otro lugar--veo y oigo por todos mis poros.
-
---En pasando Segovia--murmuró ella--puede usted venir...
-
-Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:
-
---Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien
-perfumada?
-
---Sí; acaba de volver del comedor.
-
---¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con
-hechuras de boxeador?...
-
-Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.
-
---¡Bravo!--exclamó jovial--; me juego una rueda a que esta noche le
-tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...
-
-Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver
-mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con
-aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le
-esperaba.
-
---Entre...--susurró desde dentro una voz.
-
-Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.
-
---Un hombre como él--pensé, jugando con la frase--es siempre un
-“reservado para señoras”...
-
-Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que
-el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje
-una mujer sola.
-
-En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento
-que los interventores procuran conservar vacío para, después de
-terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.
-
-¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis
-dependencias, la más sucia?...
-
-Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en
-tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si
-estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el
-rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que
-ni siquiera se acuerdan de lavarse.
-
-Del grupo primero hay uno--casi siempre hombre--que, no bien comienza a
-despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de
-utensilios de aseo, y se encierra--se atrinchera, mejor dicho--en el
-cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse
-escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa
-interior, y a pulirse las uñas.
-
-Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y
-provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al _Water-Closet_ y al
-cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el
-uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer
-viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire
-cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos
-instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y
-dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los
-que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una
-toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la
-necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos
-aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola”
-comienza a impacientarse. Una voz interroga:
-
---¿Pero todavía no ha salido nadie?
-
-Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:
-
---El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora
-que espero y soy “el quinto”...
-
---¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a
-luz!...
-
-Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor
-general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es
-“el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del
-vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco,
-del _Water-Closet_. De súbito, la puerta--¡oh!--del cuarto-tocador se
-abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como
-reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos
-le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va
-perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de
-desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara.
-Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a
-una ráfaga vernal, en la atmósfera densa--ambiente de alcoba--del
-pasillo.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han
-divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo
-sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo
-mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y
-dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos
-mujeres, habrá un escenario.
-
-Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y
-frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano.
-
-En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo
-Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada
-Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía
-por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y
-por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables.
-Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina
-del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a
-Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a
-desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy, antes de instalarse
-recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se
-quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente.
-Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía.
-Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual
-sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su
-espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos
-actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es
-una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él
-los objetos--paredes, muebles, árboles--entre quienes vivió unas horas y
-a los que fué simpático. Una costumbre--señores psicólogos--no es más
-que la simpatía que el hombre deja en las cosas...
-
-Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo
-Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos
-subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida
-modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina
-y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de
-artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y
-con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al
-oído, se apretaban las manos...
-
-Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio
-mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo:
-
---¿Tú les crees--dijo--marido y mujer?
-
-Sin vacilar, Ricardo repuso:
-
---Me parece que no.
-
-A pesar de esta afirmación categórica, ella vacilaba; en su cerebro
-pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares.
-Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como
-andar sin corsé...
-
-Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no
-apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que
-representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación--muy
-frecuente entre mujeres descalificadas--a creer que fuera de la
-legalidad el amor no existe, la animaron a decir:
-
---Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.
-
---Si lo es--interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar--lo estará
-con otro.
-
-Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo
-volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra
-claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no
-había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de
-dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se
-alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir.
-Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se
-despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo,
-colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a
-Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos
-que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía
-que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano.
-Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se
-demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella, cuyas
-pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad
-abrumadora:
-
---Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...
-
-Y ella:
-
---No me atrevo; calla... Serénate...
-
-Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en
-éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un
-departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.
-
---Ven--murmuró desde la puerta.
-
-Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que
-su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible,
-casi con el aliento:
-
---No tengas miedo... no hay nadie...
-
-Y ella:
-
---No me atrevo...
-
-Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en
-su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:
-
---Ven... ven...
-
-La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza,
-y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi
-dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado
-por el deseo, él aun pudo balbucir:
-
---Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta...
-
-Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y
-salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon.
-
-Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se
-incorporó:
-
---¡Gracias a Dios!--exclamó entre festivo y malhumorado--que el joven
-de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán
-de qué hablar y nos dejarán tranquilos.
-
-Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía:
-
---¿Ves?...
-
-Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes:
-
---¿Se han ido?...
-
---Sí--replicó el dramaturgo--; pero volverán. ¿Te convences ahora de que
-se quieren demasiado para ser matrimonio?...
-
-A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de
-pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo
-y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita
-quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se
-había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de
-verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa
-en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación.
-
---Se ha despedido de ella y de nosotros--dijo--para despistarnos: pero
-sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están
-casados!...
-
---Me figuro--contestó él--que la comedia no ha terminado aún: adivino
-una última escena.
-
-Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o
-más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que
-esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de
-mí y con la cara expectante del hombre que aguarda, que busca, al
-escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a
-Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén;
-los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y
-fraternal.
-
---¡Pedro!...
-
---¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?
-
---De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?
-
---Espero a mi mujer.
-
-Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de
-gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas.
-Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor
-con una mueca indefinible, glacial...
-
---Pero... ¿qué es esto?--exclamó Guisola--; ¡oh, casualidad!...
-
-La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la
-Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que
-era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.
-
---¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...--concluyó el
-escultor.
-
-Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis
-estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba,
-repetía:
-
---¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como
-hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a
-Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...
-
-Con cierto entono--aquel hombre fué toda su vida un poco
-teatral--procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió
-ceremonioso:
-
---El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...
-
-Ricardo se inclinó.
-
---La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre,
-hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.
-
-Y agregó, gravemente:
-
---Mi señora...
-
-Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un
-saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no
-diría nunca lo que había visto.
-
-Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único
-que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta
-Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido
-mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio,
-me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente
-entre un vagón que me impele--y que, a su vez, es empujado--y otro vagón
-que me arrastra--porque a él también lo arrastran--he perdido la fe, tan
-bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!...
-Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha
-concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones
-de una cadena, unidades del universal convoy?...
-
-Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios,
-como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos:
-porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar,
-soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de
-donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por
-todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y
-otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van
-y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra,
-una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.
-
-Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones:
-todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de
-las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las
-locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la
-febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para
-nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por
-encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento
-folletinesco, de la niebla--la divina musa de los ojos cerrados--que en
-la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la
-alquitarada angustia de una indecisión...
-
-Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las
-quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes,
-abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos
-falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna
-estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna
-maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de
-aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.
-
---Yo--suele decirme Doña Catástrofe--necesito saber que tenemos máquina;
-“sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal
-de no estar solas, se casan con cualquiera.
-
-Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por
-ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los
-Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino,
-nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos
-medioevales, “las llaves de Castilla”...
-
-Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo
-de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés
-pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor”
-que llegaron a España.
-
---¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!--decía--; las
-locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o
-chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión
-viajó conmigo un señor ministro... o senador--no recuerdo bien--a quien
-todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y
-poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una
-ventanilla, saludó a un señor--que luego supe le administraba varias
-haciendas--y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A
-la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con
-urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la
-marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”--indagaba don José. Su
-colocutor contestaba:--“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo,
-como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”--“¿Y la langosta?”--“No se ha
-presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media
-hora, preguntando el uno y el otro respondiendo, hasta que, agotado el
-diálogo, el rústico exclamó:--“Bueno, don José: deme licencia para
-marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y
-quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió
-delante.
-
-También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja
-ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por
-primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea
-propietario de un burro, pueda casarse...
-
-Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido--notable
-embustero--solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.
-
-En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y
-vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo;
-de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío
-a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí
-es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la
-estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro
-lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas
-son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si
-no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha--si bien
-muy de tarde en tarde--los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco,
-nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo
-Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del
-mundo.
-
-Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba
-aún con mayor ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la
-Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura.
-Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos
-rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La
-Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había
-patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del
-furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones
-detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento
-nos dictaba ideas lúgubres.
-
-En Avila, La Caliente--que apenas había hecho justicia a su nombre--se
-marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto
-que--no me explico el olvido--había quedado a la intemperie. Su aspecto
-me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un
-viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente
-frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez--pensé--estaré
-yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no
-pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...
-
-La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la
-presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña
-Catástrofe renegaba.
-
---Como ésa tarde mucho en venir--aludía a la máquina--voy a quedarme
-helado.
-
-Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de
-atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que
-nunca.
-
---Esta maldita--meditaba yo--va a hacernos pasar esta noche un mal rato.
-
-A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía,
-por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.
-
---La Tirones ha bebido y está borracha--decía El Presumido.
-
-¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser
-normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres
-blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve.
-Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El
-terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a
-la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que
-La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren.
-Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante
-largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...
-
-Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora
-comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin
-interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro
-inminente.
-
---¿Qué sucede?--nos interrogábamos unos a otros.
-
-La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el
-recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El
-camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar
-hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo,
-algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se
-preguntaban:
-
---¿Por qué grita la máquina así?
-
-El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:
-
---Un hombre acaba de arrojarse a la vía.
-
-Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.
-
-Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos
-y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con
-celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último
-furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa
-de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco.
-Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de
-sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los
-coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada
-vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones
-le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón
-cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del
-Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo
-aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la
-columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando
-entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre,
-sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El
-convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo
-torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la
-nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...
-
-Durante todo el viaje el recuerdo de la terrible escena me acongojó. El
-cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido
-de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la
-izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque
-muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había
-en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo
-hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo
-contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la
-sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella
-frente, habían apagado una luz.
-
-Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada,
-tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña
-Catástrofe trató de aliviarme:
-
---¡No te apures, Cabal!--exclamó--; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido?
-Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha
-sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando
-que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre.
-
-Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían
-consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que,
-veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió
-el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los
-empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos
-días.
-
-Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las
-gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo
-había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el
-mar, se perdían en la melancolía del mismo color.
-
-A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy
-Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o
-nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro
-horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de
-Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era
-blanco...
-
-Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para
-los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los
-árabes, el violeta; para los europeos, el negro.
-
-Yo pensé:
-
-“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...”
-
-La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar
-de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca
-del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la
-noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un
-campo nevado.
-
-Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los
-colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del
-espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los
-cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la
-más fecunda, es negra. En Africa--aseguran--como en el Brasil, la
-naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias
-genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta,
-la más llena de instintos, es la negra. Shakespeare no comprendió que
-Otello tuviese los ojos azules.
-
-Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente,
-su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad
-penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la
-frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas
-muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve.
-
-La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace
-pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a
-polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio,
-adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último
-gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno
-equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su
-colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus
-miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió
-a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde,
-cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes
-resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían
-aún...
-
-Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los
-linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de
-las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera
-preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del
-mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las
-cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla,
-inmóvil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los
-arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores:
-una especie de humareda yerta invade el espacio.
-
-La nieve también es el silencio.
-
-Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase
-que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras
-están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan
-despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes
-caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz
-asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de
-noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos,
-oblicuos, parecen lápidas.
-
-La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los
-vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la
-voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte.
-Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así.
-Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se
-cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las
-olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto,
-todo frío, todo blanco...
-
-A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe
-seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al
-convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con
-el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo,
-El Tímido, El Presumido, los Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos
-volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la
-atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles
-limpios, camareros de frac...
-
-A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos
-kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de
-estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta,
-Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín,
-Ormaiztegui...
-
-Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto:
-
---¿Os acordáis?
-
---Sí, sí--respondimos todos.
-
-Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No
-tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido
-sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería
-decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al
-muerto?...
-
-De pronto, casi a la vez, exclamamos:
-
---¡Aquí fué!...
-
-Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que
-despertó a los viajeros.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de
-estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los
-Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores
-y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San
-Antonio de la Florida.
-
-La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba
-un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría.
-En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se
-modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del
-furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la
-vanguardia.
-
---¡Bien colocado vas, Cabal!--me gritó el compañero que había pasado a
-ocupar mi puesto.
-
---¿Por qué?--repuse.
-
---Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la
-máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas
-tocarte.
-
---Más viejo eres que yo--repliqué--y motivos tendrás para hablar como lo
-haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La Caliente han de
-sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir
-soy yo.
-
-Mi colocutor exclamó sentencioso:
-
---¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los
-requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el
-mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste
-en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy
-poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una
-operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro
-del Destino es el único libro en donde todo “está bien”.
-
-No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura
-invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y
-cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a
-poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a
-tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de
-la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las
-rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen
-caretas...
-
-Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una
-señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con
-una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de
-pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su
-esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar
-periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque
-sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el
-aspecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó
-cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y
-decepcionados--ojos que habían visto mucho--, que iba y venía
-escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una
-vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me
-pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella.
-
-La señora decía a su marido:
-
---Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida...
-
-Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora,
-mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al
-caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté
-al compañero que me seguía:
-
---Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido
-de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo,
-metidos en la abertura del chaleco?...
-
---Ya sé quién dices--atajó El Misántropo--; viaja detrás de mí, en El
-Tímido. ¿Te interesa?
-
---Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado.
-
---¿Uno?--repitió--; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que
-un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer.
-
-Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y
-bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles
-antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es
-porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles
-hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba y ella la que,
-misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un
-tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?...
-¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...”
-
-Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus
-labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente
-desdeñoso. Yo meditaba:
-
---Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no
-se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera
-al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por
-caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso
-rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene
-razón de ser”...
-
-Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa:
-
---¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré...
-
-Contuvo un bostezo. El exclamó:
-
---¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar.
-
-La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa
-blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible.
-Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama...
-
---¿No habrá aquí nada malo?...
-
-El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa
-de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué
-bien se vive al lado de una compañera así!...”
-
---Creo que no--dijo--; el librero me aseguró que era una novela “para
-señoras”...
-
-Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan
-cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces
-oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede
-usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es
-para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes
-así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden
-por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en
-árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral
-nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que
-no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha
-el país!...
-
-La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una
-horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el
-asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse,
-lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra
-en la que no había pecado.
-
-El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el
-interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que
-entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de
-riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los
-billetes, el interventor exclamó:
-
---¿De modo que usted se apea en Medina?
-
---Desgraciadamente--replicó don Adelardo--: Carmen, mi señora, va a San
-Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el verano. Yo, me
-quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una
-Fábrica.
-
-A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo.
-Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse
-tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por
-la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba
-anhelante, la respiraba, parecía bebérsela.
-
---Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame--rogaba el marido.
-
---Lo haré así; ¡como siempre!...
-
---¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte!
-
---¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame.
-
-El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida:
-
---Mi alma...
-
---Adiós--repetía la esposa--; adiós...
-
---¡Mi vida!...
-
---Ten cuidado; corre... que el tren se marcha.
-
-Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón,
-él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le
-enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las
-manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las
-frases acongojadoras de las despedidas:
-
---Te quiero; no me olvides...
-
---¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós...
-
-Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y
-partimos.
-
-Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo
-hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió,
-exhaló un suspiro de liberación y levantó el cristal. ¡Cuánto se lo
-agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el
-bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero
-del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi
-maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más:
-era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo.
-
---¡Carmen!--murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un
-gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo.
-
-Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se
-lo impidió.
-
---Siéntate enfrente de mí--murmuró--y sé prudente; el inspector conoce a
-mi marido...
-
-La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros,
-esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...”
-
-Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y
-de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital
-donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el
-viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo,
-apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna
-vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego
-tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios.
-La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un
-valor de varios millones.
-
-¡Y, sin embargo--reflexionaba yo--, ella no le quiere!... El delito no
-era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los
-barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las
-leyes, el pájaro azul de la ilusión canta victorioso, y no siempre
-queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en
-la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido
-un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y
-desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia.
-¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su
-marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé,
-ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la
-lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único
-cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido--y ante el
-desengaño del matrimonio--suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como
-de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia--dentro o no de
-los Códigos--es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de
-la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”;
-mientras en Occidente cada hombre cuida--_in pártibus_--de las mujeres
-ajenas.
-
-Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente,
-tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad
-de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna.
-
-El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al
-llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de
-la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el
-expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente,
-aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un
-buen beso fuerte y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su
-marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a
-su compañera una sortija.
-
---En recuerdo--murmuró--de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo
-muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a
-estar juntos.
-
-Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de
-alegría infantil; acaso--¡oh, dolor!--hubo en ellos un poquito de
-codicia también...
-
-Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija,
-que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero
-de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor
-tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella
-sabía tasar una joya!... Después--me parece que sin prisa--, dentro del
-aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar:
-
-“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la
-sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una
-tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!...
-¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda
-lucir la sortija cuando esté a su lado...”
-
-No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que
-los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras
-eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su
-corazón. Continuó meditando:
-
-“Lo mejor será borrar esa inscripción comprometedora. Yo le diré a Juan
-que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se
-enfadará...”
-
-El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y
-hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco
-los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje
-habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea,
-“tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de
-claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca
-del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar
-muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al
-salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros.
-Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las
-actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros
-pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y
-lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero;
-el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó.
-La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se
-aburría; entonces, a no ser por la sortija...
-
-La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la
-obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija!
-
---¡La he olvidado en el lavabo!--bisbiseó.
-
-Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con
-zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi trepidar,
-y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una
-curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a
-no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto
-asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado.
-
---¡Oh!--rugió desesperada.
-
-Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar
-su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los
-nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía
-a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero:
-
---Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie
-viene por gusto...
-
-Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con
-aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo:
-
---¿Ha visto usted una sortija?
-
---No, señora.
-
---Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante...
-
-Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los
-ojos. Esta hizo un ademán inocente:
-
---Acaso esté--dijo--; verdaderamente, yo no he mirado.
-
-Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones,
-arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido;
-introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió
-papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose,
-aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con
-quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero,
-¿quiénes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba
-febril.
-
---¿Qué hacer--repetía--, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!...
-
-Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su
-busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada
-había visto, pero prometió informarse; preguntaría...
-
---Que la sortija aparezca--dijo--, depende, como usted comprende bien,
-de la honradez de quien la haya encontrado.
-
---Yo creo--afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos
-desconocidos que vió al salir del “tocador”--que la tiene un viajero de
-mi coche; o del coche que va delante del mío...
-
-Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que
-aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de
-buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba
-rota...
-
-Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que
-iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido
-con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo
-había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron,
-interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos
-mientras se oprimían las manos.
-
-Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste:
-
-“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge
-tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...”
-
-Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron
-dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:
-
---¿Qué tienes?...
-
-Carmen repuso:
-
---Los nervios; no es nada.
-
-Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la
-sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí
-decirle--pensó--que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se
-quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una
-bruta!...”
-
-Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y
-febriles. Su marido llegó a inquietarse.
-
-Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.
-
---Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre
-delante.
-
-Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde,
-repuso:
-
---Esa sortija no es mía.
-
-Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don
-Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:
-
---¿Es tuya?
-
---No.
-
-El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las
-piedras.
-
---¡Es bonita!--murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja--;
-bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...
-
-En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla.
-Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija,
-diciéndole:
-
---No es nuestra.
-
-El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a
-pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía
-delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O
-las sortijas extraviadas serán dos?”--pensó. Desconcertado y receloso,
-pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase
-a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.
-
---Te ha confundido con otra viajera--comentó don Adelardo.
-
---¡Sin duda!...
-
-Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía
-a su semblante. El esposo continuó:
-
---¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese
-quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada
-tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante.
-¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...
-
-Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su
-pensamiento:
-
---O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la
-inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.
-
-La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la
-sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos.
-Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se
-desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al
-vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.
-
---Mi señora--explicó--se ha enamorado de ella.
-
-El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad:
-él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de
-que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.
-
-Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer
-continuarán dichosos.
-
-De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi
-juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto
-perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.
-
---De cosas peores--insistía El Presumido--ha sido testigo cualquiera de
-nosotros.
-
-Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:
-
---Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de
-ella?...
-
-
-
-
-IX
-
-
-Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra
-frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A
-nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.
-
-Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del
-expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.
-
---Estad prevenidos--dijeron--porque hoy traemos mala gente.
-
---¿Quiénes son?--indagamos.
-
---Cuatro bandidos de los más célebres.
-
---¿Sabe vuestra policía que venían a España?
-
---Nos parece que no.
-
-Pedimos detalles.
-
---Todos visten bien y son jóvenes--respondieron nuestros cofrades
-traspirenaicos--; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta
-años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde
-París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano,
-le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y
-la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio
-de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros dos compañeros, Jacobo Dommiot y
-Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches
-distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el
-Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo
-sin duda una consigna, saltaron a la vía.
-
-El narrador concluyó:
-
---Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus
-compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.
-
-Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de
-nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los
-cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.
-
---“El bello Raúl”--nos respondieron--es el único que lleva bigote; tiene
-la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de
-una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su
-espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al
-andar.
-
---¿Y Cardini?...
-
---El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le
-corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra
-cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de
-corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot,
-especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro.
-Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están
-afeitados.
-
-El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su
-país; y nosotros, a la hora señalada, partimos con rumbo a San
-Sebastián. Cierta inquietud folletinesca--trepidación de aventura--nos
-sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos:
-
---¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido?
-
---No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo?
-
---Tampoco.
-
-Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida
-rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al
-cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos
-se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para
-trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco
-de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos
-más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas
-delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar.
-
-Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a
-Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al
-“bello Raúl”, cuya gallardía--si el remoquete que le señalaba era
-justo--debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su
-mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a
-sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas
-no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los
-segundos me atraían mejor. El policía--reflexionaba yo--tiene una
-importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón,
-pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al igual de las
-cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido
-muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio
-del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad
-del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El
-ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto”
-de la injusticia colectiva, el público--aun en contra de sus
-intereses--en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la
-novela, aplaude al ladrón...
-
-Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó:
-
---Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que
-nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los
-periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados
-Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos
-internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de
-imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como
-_gentlemen_; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más
-rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y
-saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque.
-Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el
-talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario
-de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los
-trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios
-actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde
-la ilustración y la buena alimentación han intensificado la vida, la
-carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se
-dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que
-nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos
-cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha
-peleado en los _rings_; Jacobo Dommiot debe de tener también algún
-oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce
-jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?...
-
-Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto
-había visto, tenía razón.
-
-Doña Catástrofe continuó:
-
---Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un
-bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo
-también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los
-pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar
-con maña o por la fuerza, España--como en todo--se quedó rezagada.
-Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que
-apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo
-rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el
-extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los
-perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por
-gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco.
-Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el
-fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan
-admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida
-del crimen: nuestro país produce pocos asesinos innatos; aquí
-únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”;
-y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin
-entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios,
-por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van
-cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen
-persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa,
-entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz...
-
-Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido,
-que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos
-de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:
-
---Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable,
-grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición
-insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala
-alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil.
-Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una
-mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un
-individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la
-techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le
-vería. “Debe de ser un ladrón”--se dijo el guardafreno. Pudo mandar
-parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de
-aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El
-bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo
-coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que
-se entregase. El interpelado no contestó; le miraba. Entonces el otro,
-temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a
-mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el
-fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando
-la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!...
-¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de
-la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más
-de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a
-la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón,
-recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de
-cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por
-encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero
-podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los
-temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno,
-sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a
-intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban
-sentados--no les era posible mantenerse de pie--y a breve distancia uno
-de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su
-enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el
-otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba,
-buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado
-apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel
-momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le
-desarmó. El ladrón se rindió a discreción, y en El Escorial fué
-entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre
-animoso--si tú quieres--, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que
-un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo
-nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y
-subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un
-analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese
-comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse
-doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que
-realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el
-fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se
-empieza!...
-
-Le interrumpí para decirle:
-
---Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.
-
---Me gusta--replicó Doña Catástrofe--que cada cual conozca y descuelle
-en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y
-que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa
-rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso
-de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy
-buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven,
-precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente
-vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados
-son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué
-gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido
-a los hombres en el corazón.
-
-Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no
-habló más.
-
-Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso,
-maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera
-subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno
-análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria
-sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde
-él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en
-otra cosa.
-
-En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden
-franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña,
-sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su
-cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su
-distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso,
-quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de
-viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano,
-nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le
-preguntó:
-
---¿Queda alguna cama?...
-
---Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le
-cobraré el “suplemento”.
-
---Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...
-
---Cuando usted guste.
-
-El religioso, muy amablemente--acaso con una leve ironía--, saludó a los
-viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del
-departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este
-comentario:
-
---Los hombres que hacen voto de pobreza y, como en elogio de la
-miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y,
-mucho menos, en _sleeping_!...
-
-Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco
-sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la
-cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que
-ellos--mejor educados, tal vez--no se atrevieron a decir. Las personas
-toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.
-
-El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez
-desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la
-extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente
-confortable, mullido, lujoso...
-
-Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña
-Catástrofe me había hecho.
-
---He aquí un hombre--pensé--que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...
-
-
-
-
-X
-
-
-Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de
-Córdoba a Sevilla, mi familia--al convoy yo lo llamo “mi familia”--había
-comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña
-Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que
-disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones
-terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de
-quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la
-fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre
-de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una
-somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es
-la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar
-los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo,
-correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla.
-Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada
-de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro
-desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el
-descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante. Vemos llegar la
-muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos
-hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al
-Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por
-Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta:
-
---Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco
-minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo
-presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis
-ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas
-cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia,
-me veáis convertido en astillas.
-
-La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a
-recogernos, y bajo su recuerdo depresivo--un recuerdo al que se mezclaba
-algo supersticioso--salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba
-desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la
-noche, lóbrega y húmeda, un gran frío--un frío que era miedo--me
-traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado
-que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.
-
---Oye, Misántropo--le dije.
-
-Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar
-no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como
-todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus
-lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo
-el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el
-horno para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de
-rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza
-ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos
-ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo
-corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego
-sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi
-temor a morir.
-
-El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las
-luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante,
-el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi
-atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados,
-en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían
-puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados,
-cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya
-tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un
-convoy trágico.
-
-A mis preguntas, El Misántropo contestó:
-
---Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a
-Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.
-
-Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis
-compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los
-choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una
-procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.
-
-Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna,
-y con las luces primeras del amanecer y el cantar batallador de los
-gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media
-mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi
-melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias
-horas.
-
-Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La
-Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de
-hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante
-concurrencia.
-
---¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!--me gritó un compañero.
-
---¿Tanto he dormido?--pregunté.
-
---Toda la tarde.
-
-Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso:
-
---Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no
-podamos dormir.
-
-En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento.
-
---¿Lo dices por los ladrones franceses?
-
---Sí.
-
---¿Les has visto?
-
---Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se
-hablan: demuestran no conocerse.
-
-Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración
-semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la
-salida del primer toro.
-
---¿Quiénes son?--dije.
-
---Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser
-Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera... Le corta
-los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.
-
---¡El mismo!--exclamé--; ¿y el otro?
-
---Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros.
-Creo que es Dommiot.
-
-El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:
-
---¡Mira... mira!...
-
-Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus
-ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la
-figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello
-Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina,
-se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.
-
---¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?--decía yo.
-
---Pienso que sí.
-
---¿Irán a asaltar el tren?...
-
-Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí
-hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:
-
---Recuerda--dijo--lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si
-fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de
-ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...
-
-Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el
-coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola.
-Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que
-los cito, al Presumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos
-Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo,
-pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de
-vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal
-vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis
-plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de
-los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y
-de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero
-andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle
-llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de
-gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.
-
-Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban
-un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud:
-ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se
-despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que
-acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un
-individuo vestido con una blusa blanca, repetía:
-
---¡Almohadas de viaje!...
-
-“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en
-que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido.
-Yo estaba inconsolable.
-
---¡Qué lástima!--suspiré.
-
-Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:
-
---¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que
-esos desalmados, si por acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un
-tiro?...
-
-No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido
-para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente
-irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más,
-participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo
-eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo
-le preguntaba a Doña Catástrofe:
-
---Oye: ¿qué hacen “esos”?...
-
---Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.
-
---¿Y Cardini?
-
---No hace nada.
-
---¿Duerme?
-
---No: ni lee ni duerme: mira.
-
---¿A quién?--insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores,
-el prólogo de un drama.
-
---A nadie--replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe--; Cardini no
-parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra
-el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho
-peor...
-
-Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo,
-era curioso, indagaba:
-
---Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio.
-
-El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la
-pregunta:
-
---Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace
-Mauricio?
-
---Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando.
-
---¿Viaja contigo mucha gente?
-
---Voy completo.
-
---¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?...
-
---¡Cállate, salvaje!...
-
-El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en
-memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña
-Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era
-así, y realmente se querían como hermanos.
-
-Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al
-Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo:
-
---¿Qué hace “el bello Raúl”?...
-
---Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos
-cerrados.
-
---¿Duerme, efectivamente?
-
---No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.
-
-De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible
-que--semejantes a eslabones--formaban nuestras preguntas y respuestas.
-Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir
-borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus
-figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella
-rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus
-armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del
-convoy.
-
-A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas
-interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con
-que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.
-
---¿Qué hace Dommiot?
-
---Leer.
-
---¿Y el italiano?
-
---Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.
-
---¿Y Mauricio?
-
---Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa.
-
---¿Y Raúl?...
-
---“El bello Raúl” duerme... o lo finge...
-
-Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y
-nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la
-mayoría de los trenes--mercancías o correos--que se cruzaban con
-nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de
-democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad...
-
---Llevamos gente sospechosa--les gritábamos al pasar.
-
-Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de
-quiénes les hablábamos, respondían:
-
---¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días?
-
---Sí.
-
---¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la
-vuelta!...
-
---Sí... sí...
-
---¡Buena noche!...
-
---¡Buen viaje!...
-
-Todos--ellos y nosotros--nos interpelábamos a la vez, las locomotoras
-silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran
-en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba
-con nosotros, volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa.
-
-Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto
-los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente,
-envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y
-en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el
-hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen.
-En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el
-aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido
-todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en
-el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los
-insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto
-amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les
-restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro
-de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas--creo
-haber dicho que cada viajero era una idea para mí--me daba la prestancia
-de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los
-pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras
-folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían
-propósitos belicosos, y eran aburridos como policías.
-
-Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me
-comunicó esta observación:
-
---Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de
-Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he visto
-sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se
-interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen
-pactado. Estoy intranquilo.
-
-Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El
-Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al
-pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj...
-Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro
-hombres procedían movidos por una consigna.
-
-Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña
-Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno,
-todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a
-acometer a los viajeros.
-
---Son pocos--interrumpí--, no creo que se atrevan...
-
---He ahí mi miedo--replicó el viejo vagón--, que no operen solos, sino
-en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para
-descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...
-
-Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir.
-Pregunté:
-
---¿Es muy peligroso descarrilar?
-
---Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve
-veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.
-
---Pero el maquinista y el fogonero--repliqué--no cesan de otear el
-camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían
-para parar.
-
---Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es
-obscura y el peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una
-curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos,
-ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La
-Tirones frena mal.
-
-De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron
-a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.
-
---¿Hay novedad en la vía?--le gritamos.
-
---¡No!...--repuso.
-
-Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la
-contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita;
-podíamos seguir.
-
-No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de
-desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña
-Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba
-con amor paternal, intentó serenarme.
-
---No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos
-delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos
-seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.
-
-Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su
-coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar
-junto al antiguo boxeador, murmuró:
-
---Vamos.
-
-Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado.
-Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña
-Catástrofe:
-
---¡Ahí van!... ahí les tienes...
-
-Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos del lance y se sentía a
-salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De
-ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que
-tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.
-
-Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron
-delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña
-Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas
-cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos,
-palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente,
-repartía órdenes:
-
---Ya sabéis que yo defiendo la puerta.
-
-Todos afirmaron.
-
---Tú--prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini--te quedas en el pasillo.
-
-El italiano asintió.
-
---Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.
-
-Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.
-
---Y si alguno se resiste--concluyó--le dais un buen golpe. Conviene
-trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy
-extremo.
-
-Dicho esto, todos penetraron en mí.
-
---¿Quién iba a creer, Cabal--musitó Doña Catástrofe--que la fiesta iba a
-ser en honor tuyo?...
-
-“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente
-que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron
-y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y
-montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del tránsito,
-penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas
-sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:
-
---Venga el dinero--decía--, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No
-intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos
-muchos.
-
-Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.
-
---¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los
-relojes... las sortijas...
-
-Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en
-actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil,
-les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los
-viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a
-discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el
-asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos:
-quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos;
-quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a
-túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot
-iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio,
-siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes,
-dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin
-volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.
-
---No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio--advirtió
-Dommiot--porque les asesinaríamos.
-
-Dicho esto apagó la luz--como invitando a los desvalijados a reanudar
-su sueño--y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre
-callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde
-la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en
-medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo
-las cadenas del pánico--no hay ligaduras que sujeten mejor--se dejaban
-robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el
-terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot,
-por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro
-minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de
-corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón.
-¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban
-constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:
-
---¿Sucede algo?
-
-Y los del italiano:
-
---Nada: todo marcha bien.
-
-Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de
-Cardini, interrogaban:
-
---¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...
-
-Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban:
-
---No...
-
-Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para
-escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades
-centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era
-más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme
-con el coche-correo, iba medio aislado, y mis viajeros, para huir a
-otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la
-misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.
-
-El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no
-podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente,
-mis compañeros me demandaban.
-
-Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces,
-una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero
-Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo,
-sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en
-el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se
-esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un
-pie sobre los cabellos.
-
-La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se
-mostraban inertes y dóciles.
-
---Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata...
-¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!--repetía Dommiot.
-
-Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de
-prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho
-un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo
-le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de
-sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni
-Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los
-restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles:
-“Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen ustedes
-neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie
-se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados,
-continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una
-fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que
-luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de
-estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.
-
---Pero, ¿no acabas con él?--murmuró Mauricio.
-
-En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le
-oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en
-los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra
-vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador
-recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron
-que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.
-
---Tira--ordenó uno de ellos al italiano.
-
-Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había
-agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y
-los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se
-precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:
-
---¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...
-
-El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la
-inglesa, replicó fríamente:
-
---Si no le mato, no acabamos en toda la noche.
-
-La detonación y el desapacible chirriar de los frenos, despertaron al
-resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros
-salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:
-
---¡Atrás!... ¡Atrás!...
-
-Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi
-plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos
-más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban
-voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían
-iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el
-guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños
-aspavientos.
-
-Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un
-grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía
-desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:
-
---¡Ladrones!... ¡Socorro!...
-
-Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban
-contra los fugitivos.
-
---¡Abajo--decía Raúl--, pronto!...
-
-Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de
-rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot,
-quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin
-lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo
-fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás
-retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche
-fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron
-casi inmediatamente.
-
-El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me
-invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y
-más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de
-sangre.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho
-tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama--¿quién
-hubiera podido sospecharlo?--marcó el término de mi juventud, modificó
-mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas
-nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma,
-como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.
-
-Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados
-correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían
-llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y
-allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo
-era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios
-señores--personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con
-que el personal de la estación les acogía--que después de examinar
-prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me
-afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de
-un aire de misterio.
-
-Lo que más me afligió fué verme separado--de un modo que luego comprendí
-era definitivo--de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente
-de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid,
-fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía,
-los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy
-estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el
-acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron
-al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos
-Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo
-“equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La
-Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi
-pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una
-especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté
-por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante
-más de nueve años.
-
---En Madrid quedaron--me dijeron.
-
---¿Qué tienen?
-
---Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos
-estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los
-muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor:
-a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la
-enfermería.
-
-Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí
-enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las
-estaciones, tardó más de veinticuatro horas en llevarme a Madrid.
-¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las
-grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me
-antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué
-horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de
-“vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando
-empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la
-epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio.
-
-Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí
-pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el
-forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos.
-Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones
-metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis
-horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña.
-
-No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar
-la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza
-de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción,
-mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un
-tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en
-España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las
-unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de
-las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a
-humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia.
-Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría
-discreta, lo que es bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los
-muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su
-estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque
-comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi
-procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las
-estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse
-en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina,
-en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en
-lastimarles.
-
-Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza.
-Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como
-para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de
-ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y
-hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en
-Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños
-bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se
-armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y
-largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus
-ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la
-altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de
-San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa.
-Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo
-comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos
-almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las
-estaciones, y las distintas maneras con que las manos, según fuesen
-francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más
-dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren
-despedirnos y nos llaman; todavía--cuando ya no hay remedio, cuando ya
-nos vamos--quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que
-vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo...
-
-Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio
-agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme.
-
-Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas
-las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos
-y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve;
-que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en
-los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos
-prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo
-silbido que seguirá la zurda, etc.
-
-Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina
-empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos
-rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror
-me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto
-agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva
-y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos
-en el Oria.
-
---¿Por qué la máquina grita así?--pregunté a un compañero.
-
---No te asustes--dijo--; el padre de nuestro maquinista vive cerca de
-aquí, y su hijo silba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y
-que se acuerda de él...
-
-También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la
-primera impresión de la muerte.
-
-Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían
-vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de
-pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos
-emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo
-de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la
-altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en
-acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de
-sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta
-situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar
-la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de
-ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi
-perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi
-quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el
-suelo...
-
---Lo ha matado--me dijo un compañero que había seguido, como yo, los
-incidentes del pequeño drama.
-
---¿Y ya no podrá moverse?--interrogué candoroso.
-
-Mi colega se burló de mí.
-
---¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que
-la máquina lo ha matado?...
-
-Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir
-era no moverse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.
-
-¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad
-moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!...
-Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la
-tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo
-“está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises:
-el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a
-estarlo.
-
-Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía,
-también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos
-mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer,
-sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de
-espejismo que de realidad.
-
-Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos
-Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña
-Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se
-cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban
-parte del “rápido” de Asturias.
-
---Esos dos--añadieron mis camaradas--han progresado: ruedan menos que
-antes y viajan de día.
-
-Luego preguntaron:
-
---¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar
-en un “correo”.
-
-Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me
-produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había
-embotado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...
-
---Mejor andaba con vosotros--repuse--pero tampoco diré que vivo mal. Es
-cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en
-cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son
-tan graves...
-
-¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de
-mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era,
-sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al
-nuevo ambiente.
-
-En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las
-locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi
-juicio, interminables.
-
-Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del
-mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría,
-tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de
-idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y
-frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto
-molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco;
-luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en
-costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste.
-Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos
-de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de
-carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza
-del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire--hay
-ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia
-inconcebible--; y, finalmente, del fogonero y de la acertada
-disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que
-transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los
-peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La
-Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los
-talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta
-cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De
-Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa--por otro nombre La Casa
-Real--que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy
-repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así
-apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus
-silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra
-locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca;
-correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a
-Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que
-en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.
-
-Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y
-atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus
-acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...
-
-Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los
-comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba
-delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de
-“primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas
-convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo halaba del “segunda” que
-me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos
-pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa
-de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el
-miedo--enemigo de las etiquetas--yo le dije algo que demostraba mi
-interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya
-fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno
-y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el
-de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos
-descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia
-ni relieve.
-
-Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así
-la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una
-constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”,
-apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi
-lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse
-en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de
-carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me
-reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan
-media hora y aún más, en cada estación.
-
-Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más
-dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es
-la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para
-los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los
-viejos. Y conmigo fué igual. El trayecto de Madrid a Venta de Baños,
-que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba
-disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo
-hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído.
-La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la
-grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y
-en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un
-torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido
-en el declive de una loma...
-
-A cada rato, me preguntaba:
-
---Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí
-siempre?...
-
-Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente
-gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni
-ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.
-
-Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los
-“expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme
-feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las
-cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el
-arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso
-en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del
-convoy con voz musical:--“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado
-que gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras
-portezuelas:--“¡Señores viajeros... al tren!...”
-
-También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas,
-efusivas, cargadas de mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa
-al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre
-estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía
-llevar guitarras y aun cantar una copla--si el maquinista daba tiempo--y
-que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.
-
-¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y
-generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar
-el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos”
-que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas
-esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo
-y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez
-viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres
-o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...--que es
-el amor que esperan--va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos
-ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del
-mundo... y “Ellas” lo saben.
-
-Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas
-sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el
-deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza,
-llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación
-donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del
-lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...
-
-Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos
-guardias civiles conducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos:
-era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que
-nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias,
-graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades
-lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a
-un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid.
-Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de
-cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él;
-en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de
-libertad que sugiere la carrera de un tren.
-
-Día por día la llaneza--no deliberada, sino espontánea--de mi carácter,
-me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas,
-en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar
-interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”,
-porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades
-nuevas para mí.
-
-De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido
-que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y
-entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en
-amarlo todo.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Como los trasatlánticos--según dicen--la vida ferroviaria, en sus
-distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de
-caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente
-fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo
-multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que
-antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece,
-simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más
-polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy
-poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un
-microscopio.
-
-Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me
-produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la
-noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los
-guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día,
-bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego
-reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros
-que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la
-siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras,
-aguardan el paso de los trenes y con su banderín--como el espada con su
-muleta--parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino.
-¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio
-y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros,
-cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a
-todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos
-en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al
-maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del
-desastre!...
-
-De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca
-de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa,
-que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de
-maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron
-propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a
-todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a
-mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca
-prometía. Hasta que una tarde en que--con razón--su banderín rojo mandó
-parar el expreso--vimos que también sonreía--, y desde entonces su
-placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre
-mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera,
-cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...
-
-De los tipos que yo llamo “de casa”--me refiero a los empleados que
-ambulan con nosotros--el principal, el más pintoresco, es el
-interventor.
-
-A los interventores les debo muchos ratos deliciosos de hilaridad. Un
-buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque
-éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera
-hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:
-
-Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!...
-Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se
-le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a
-cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez...
-alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y
-reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus
-negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo
-consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las
-personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los
-demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan
-despabilado...
-
-A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento
-está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones.
-Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es
-buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y
-tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de
-velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud
-grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz;
-es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de
-sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la
-almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo derecho, continúa
-llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de
-actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le
-ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo
-desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota
-le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en
-su asiento, ya se recoge... De pronto siente--¡oh, alegría!--que los
-párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al
-fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca.
-El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y
-por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se
-esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz,
-la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu
-dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...
-
-Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el
-viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta
-impaciencia:
-
---¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...
-
-Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches.
-El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni
-mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de
-dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado
-a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.
-
-Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás
-algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los
-pasajeros temibles son los pusilánimes--futuros enfermos, quizás, de
-delirio persecutorio--que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el
-miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún,
-no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con
-un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los
-interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.
-
-Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego--y antes de
-entrometernos en particularidades--deben dividirse en dos grandes
-grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no
-pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda”
-clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de
-“primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y
-flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de
-balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de
-“lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al
-extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo
-observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará
-un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet”
-azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del
-espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el
-revisor tropieza--por casualidad rarísima--con un billete “entero”,
-apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha
-de desdén y de asombro, como diciéndole:
-
---¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted
-lástima tirar su dinero?...
-
-He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las
-personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo
-incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad,
-escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los
-tipos--no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo
-substantivo--se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil
-clasificación.
-
-Entre las mujeres honestas--vayan solas o acompañadas--sólo admito dos
-tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso
-abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento
-cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar
-las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador
-si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.
-
-A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.
-
-Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo
-que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las
-llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La
-idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún
-están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve,
-tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las
-ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia
-las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros
-que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a
-repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí,
-la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su
-reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos
-para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber
-corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la
-idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se
-anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de
-encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que
-se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a
-quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.
-
---Caballero--pregunta--, ¿son de usted este libro y estos guantes?...
-
-“El madrugador” no se atreve a mentir.
-
---Sí, señor.
-
-Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado
-saluda, sonríe y se instala.
-
-A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo
-observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:
-
---¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?
-
-“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una
-ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.
-
---Es mía, caballero--responde ruborizándose.
-
-Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El
-madrugador” ha perdido su tiempo.
-
-La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa
-que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres.
-Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las
-luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si
-el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie,
-y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir,
-quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque
-le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a
-cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un
-asiento; luego--si le dejan--ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El
-sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...
-
-Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de
-las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de
-deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...
-
-El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y
-las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá
-el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola,
-procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con
-esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para
-encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien,
-pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la
-solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al
-par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el
-pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera
-entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la
-perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se
-manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y
-ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a
-tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él
-tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo
-caso el viajero “galante” se apresurará--en tanto se restaña el sudor--a
-cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él,
-generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y
-aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará
-en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies.
-Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la
-tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a
-obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no
-haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre
-bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada
-aventura asome, incorregible volverá a empezar.
-
-Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo
-mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más
-herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas
-les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a
-decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia,
-el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de
-actitud.
-
-Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan
-ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son
-minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo
-grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél
-se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de
-descalzarse... ¡Lo que más odio!...
-
-“Lo importante es ir a gusto”--discurre cada cual.
-
-En esta prolija galería de siluetas--cómicas casi siempre--que me
-frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos
-confundir con “el soñoliento”, ya presentado.
-
-En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en
-el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la
-noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha.
-La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada
-sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo:
-“Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente:
-“No... no... no...”
-
-De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y
-luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las
-ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el
-otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una
-novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas,
-repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos,
-de una _Guía_. A intervalos se observan recíprocamente, y, según
-transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza
-mutua. Casi a la vez, todos han pensado:
-
-“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro,
-podríamos acostarnos y dormir un poco”...
-
-Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando
-arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy,
-resbalan hasta el suelo.
-
-De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del
-compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza
-a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el
-nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su
-respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:
-
-“Pero... ¿se ha dormido?...”--me pregunto.
-
-Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y
-devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.
-
-El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en
-el roncar tres tiempos. En el primero--dice--“se sopla”; en el segundo,
-“se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.
-
-El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó
-soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una
-cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido:
-“¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose
-cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve
-a soplar.
-
-El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las
-manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que
-ronca” repite beatífico:
-
---“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”
-
-Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se
-convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les
-molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel
-roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos
-insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con
-irritación sorda:
-
---¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un
-modo insolente de dormir!...
-
-Otro responde:
-
---Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no
-puedo cerrar los ojos.
-
---Ni yo.
-
-El joven de la barba negra añade:
-
---Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es
-de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de
-educación!...
-
-Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:
-
---“¡Fu... aj... pan!...”
-
-Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco
-con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En
-el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las
-trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal
-pensamiento:
-
---¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase
-con él...
-
-Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería
-demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que
-ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un
-pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus
-brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio,
-afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...
-
-A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos
-miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y
-comunicativo. Bosteza, sonríe...
-
---Afortunadamente--exclama--ha pasado la noche. ¿Han descansado
-ustedes?...
-
-Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo,
-de sus oyentes, dicen lo contrario.
-
---¿Ah?--prosigue--. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.
-
-El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el
-joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos
-su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.
-
-Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca
-falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura--al revés
-de la otra--dice distinción, aristocracia, soberanía...
-
-Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría
-a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin
-adustez.
-
---Buenas noches--murmura.
-
-Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas,
-todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que
-acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros
-escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la
-cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre
-el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el
-bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla,
-limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de
-comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras
-cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul,
-muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa,
-blanquísimo, brilla a la luz.
-
-Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus
-pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a
-intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía
-responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no
-se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que
-se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha
-cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está
-encima.
-
-Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se
-generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre
-españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas,
-interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece
-serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche.
-Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del
-sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en
-una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán;
-quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la
-euritmia se pierde...
-
-Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el
-orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada
-parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz
-temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las
-alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su
-espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su
-indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de
-frac. Planchado no estaría mejor.
-
-A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira
-una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero
-que está a su lado le interroga amablemente.
-
---Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies
-sobre el asiento?
-
---De ninguna manera.
-
---¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.
-
---Muchas gracias.
-
-Le ofrece un periódico:
-
---Si desea usted leer...
-
---Tampoco; gracias.
-
---¿Usted no duerme cuando viaja?
-
---Nunca.
-
-Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de
-la barba, le pregunta:
-
---¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?
-
---Ninguno.
-
-No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La
-obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa,
-veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no
-duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio,
-al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más
-prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les
-aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a
-la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y
-los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre,
-permanecen abiertos.
-
-A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia
-mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan
-a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y
-su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por
-entre el chaleco y el pantalón...
-
-Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según
-le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no
-descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo.
-Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como
-un paseo en tranvía.
-
-Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a
-cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme:
-en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su
-sombrerera y su paraguas.
-
---Buenos días--dice.
-
-Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras,
-los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...
-
-¡Como si fuera a retratarse!...
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son
-“fundamentales” y les tropezamos en todos los viajes, como si la
-naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de
-ellos millares de reproducciones que después repartió por los
-incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico
-de estos perfiles, puede variar--y varía--hasta lo infinito: el viajero
-“galante”, el “madrugador”, “el señor que no duerme”... serán gruesos o
-delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo
-accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge
-inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni
-ceja, ni se entibia, ni se curva.
-
-Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos “de familia”,
-aparecen “los raros”, que por serlo escasean; las almas díscolas, las
-voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su
-alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda
-y férvida, les impone una cara “suya”, pues ya sabemos que el rostro es
-la tribuna adonde el alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi
-siempre, espejo del orador. “El raro”, de consiguiente, impresionará,
-verbigracia, por su manera de mirar--aunque ni el tamaño ni el color de
-sus ojos sean extraordinarios--; por su modo de peinarse, de vestir, de
-cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin,
-undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el
-interés que despierta, provienen de ahí.
-
-Yo he conocido a uno de esos “sobresaltados”, guerrilleros del amor y de
-la vida que permanecen al margen de las rutinas sociales y aun en las
-afueras del Código. Una mujer le perdió, y como muchas veces, en el
-espacio de tres años, viajó conmigo, y le sentí pensar y llorar, y tuve
-ocasiones de leer las cartas que ella y él se escribían, puedo decir que
-asistí a sus últimos momentos.
-
-Fluctuaba su edad entre los veintiocho y los treinta años, y tenía--más
-tarde lo supe--un nombre españolísimo; un nombre trisílabo, grave y
-heroico, que sonaba a Romancero: se llamaba Rodrigo. Era de estatura
-mediocre y cenceño, pero vigoroso, a juzgarle por lo mucho que decían de
-su fuerza sus manos fibrosas y velludas, y la muy suelta agilidad de sus
-movimientos. Su semblante, cobrizo y aguileño, parecía el de un árabe,
-mientras el bigote rubio, de guías levantadas, y los grandes ojos
-verdes, muy diáfanos, eran holandeses; y de esta antítesis de rasgos
-provenía la llamativa originalidad de su rostro. La tez obscura
-acendraba la claridad de la mirada y la blancura de los dientes, que con
-su luz y en igual medida intensificaban el cobre de su piel. Había,
-pues, en él, dentro de una perfecta armonía, una magnífica
-contradicción de razas.
-
-Residía don Rodrigo en la ciudad de Valladolid, y la noche--la
-madrugada, mejor dicho--en que le conocí, su figura, no bien apareció en
-el andén, sujetó mi atención. Había pocos viajeros. Le vi acercarse
-seguido del mozo que llevaba su equipaje, y subir a uno de los
-compartimientos de “primera clase” de Dos-Caras, que marchaba delante de
-mí: mas la intimidad del anciano vagón, tantas veces reparado, no debió
-de complacerle, por cuanto no tardó en apearse y venirse conmigo. Desde
-entonces don Rodrigo, siempre que esperaba el paso de mi “correo”, bien
-por ser yo el coche mejor del tren, o por obra de esa atracción que los
-objetos inanimados ejercemos sobre las personas que nos son gratas--y de
-la que ya he hablado--me prefería a mí.
-
-En aquel nuestro primer encuentro, antes que la discreta elegancia y
-porte galán de mi huésped, fué la extremada agitación de su espíritu lo
-que me cautivó. La casualidad quiso que en el departamento por él
-elegido no hubiese nadie, y en la soledad su ánimo se descubría mejor.
-Merced a esta compleja sensibilidad mía que--según en otro capítulo
-queda explicado--es abreviatura de los cinco sentidos corporales del
-hombre, yo, simultáneamente, veía a don Rodrigo y le oía, y como la piel
-percibe el calor, de igual manera sus ideas y deseos, según iban
-produciéndose, llegaban a mí. Yo--no creo ocioso repetirlo--, a las
-personas que están quietas y piensan fuertemente, las comprendo mejor
-que si hablasen, porque su inmovilidad y su silencio, que en cierto modo
-las transforman en cosas inanimadas--para decirlo con las palabras que
-emplearía un mortal--las acerca a mi modo de ser.
-
-Don Rodrigo iba en busca de su amante, a La Coruña. Se llamaba Raquel, y
-en la imaginación del enamorado la silueta de la mujer aparecía o se
-difuminaba, cual en virtud de una especie de sístole y diástole, de su
-memoria. La cabeza, especialmente, se precisaba nítidamente: tenía
-noguerados los cabellos, la boca recogida y los ojos negros y ustorios
-de las grandes sensuales. También se acusaba claramente una mano, la
-izquierda, en cuyos dedos soñaba una esmeralda y maldecía un rubí.
-Alternativamente aquella mano y aquel rostro continuaban ocultándose, o
-resurgían maravillosamente, como las imágenes en los “baños” de los
-fotógrafos.
-
-Don Rodrigo pensaba... sin cesar pensaba, pero su pensar era
-rudimentario, esquemático, y unas cuantas palabras, muy pocas, lo
-reasumían. Yo las veía cruzar por el espíritu fervoroso del meditabundo:
-pasaban encendidas, quemantes como llamas, y semejantes a los caballitos
-de un Tío-Vivo parecían dar vueltas: se iban, volvían, tornaban a
-marcharse para resucitar en seguida obstinadas, imperiosas,
-alucinantes... A veces eran inconexas, a ratos hilvanaban frases, sílaba
-tras sílaba; parecían anuncios luminosos. Decían: “Raquel...” “Voy a
-verte...” “Raquel, tus labios tienen el dulzor de la vida, y tus ojos el
-color de la muerte...” “Raquel...” “Tus cabellos...” “Tus manos...”
-“¿Recibiste mi telegrama?...” “¿Sí?...” “Estarás aguardándome, como
-siempre, en la estación...” “Raquel...” “Yo, para verte antes, iré bien
-asomado a la ventanilla...” “Te abrazaré...” “¡Oh, mi carne de
-seda!...”
-
-A intervalos, el amador, absorto, sonreía a ciertas ideas, y según su
-atención se detenía en una o en otra, la imagen correspondiente florecía
-como bañada en una luz milagrosa. Yo le acompañaba en aquel seguido y
-calenturiento imaginar, y contagiado de su impaciencia casi llegué a
-gozar y a sufrir con él. Dijo: “Estarás aguardándome...” y vi aparecer
-una mujer, de porte distinguido, envuelta en pieles. Dijo: “Tus
-labios...” y vi una boca encendida como un corazón. Dijo: “Tus
-nalgas...” y vi pasar una ola de carne rosada. Dijo: “Tus ojos...” y
-pensé que me hundía en un túnel...
-
-Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel
-amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era
-feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando
-que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación
-definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte.
-
-Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol.
-Instantáneamente se quedó triste. “Un día--suspiró--me bajarán a la
-tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el
-árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que
-existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire,
-de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será
-la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan
-vulgares que nunca reflexionen en esto...!”
-
-Volvió a sentarse y mientras prendía un cigarrillo, sus ojos verdegay
-me examinaron. Me halló confortable.
-
---Es buen coche--dijo.
-
-Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla:
-
---¡Vamos muy despacio!
-
-Y a continuación recordó a Raquel; y al imaginársela lo hizo empezando
-por lo que de ella más le arrebataba. “Sus ojos...” “Sus cabellos...”
-“Sus labios...” “Sus manos...” De los labios pasaba, indefectiblemente,
-a las manos; y de las manos, a las caderas; en el seno pensaba pocas
-veces, y advertí que siempre, al recomponer la imagen de la Amada,
-seguía el mismo orden.
-
-Cuando llegamos a la estación coruñesa, entre el centenar de personas
-que esperaban al “correo” vi una mujer de razonable estatura y bien
-sembrada, ojinegra; arrebujada en una capa de pieles. Una franca risa
-juvenil bañaba su rostro en luz.--“Raquel”--pensé. Antes de que el tren
-se detuviese, don Rodrigo saltó al andén y corrió a abrazarla, y yo vi
-cómo bajo la presión convulsiva de sus brazos, el talle doblegadizo de
-la Deseada ondulaba y cedía. Se besaron. Luego, apoyados el uno contra
-el otro, sin dejar de mirarse, se alejaron buscando la salida.
-
-De todo esto hablé con Dos-Caras, que les conocía y me proporcionó
-algunos informes: por razones que mi compañero no supo darme, vivían
-separados; él en Valladolid, y ella en La Coruña, pero se reunían con
-mucha frecuencia, tan pronto en una ciudad como en otra.
-
---Son antiguos “clientes” míos--continuó Dos-Caras--; quiero decir, que
-ambos han viajado mucho conmigo, pues si ella no va a buscarle es porque
-él viene.
-
-Me pareció adivinar en sus palabras un dejo despectivo que no me
-sorprendió, pues el viejo Dos-Caras aceptaba “a ruedas prietas” todas
-las ordenanzas de la moral corriente. Acaso también hablaban en él los
-celos y el despecho de ver que “sus clientes”--como él les llamaba--le
-dejaban por mí.
-
---Hace más de un año--dijo--que ambos se quieren. ¡Bah, ya se
-cansarán!... Ninguna de esas uniones libres duran; unas veces por culpa
-de ellas, otras por culpa de ellos. El matrimonio es lo único capaz de
-impedir que las mujeres y los hombres se separen. Por eso toda mujer que
-se marcha a vivir con un hombre, sin estar casada con él, es una tía.
-
-Esta afirmación mezquina y unilateral, me desazonó; expresaba una
-intransigencia irritante.
-
---¡Calla, bárbaro!--le grité--: bien se advierte que te fabricaron con
-maderas de Castilla, y que en ellas esta tierra nuestra, tan
-dura--tierra de inquisidores--, infiltró su crueldad.
-
-Dos-Caras mantuvo su opinión: solamente en las mujeres casadas puede
-haber amor; en “las otras”, en las amancebadas, no existe cariño; es
-interés, es vicio, lo que hay... Consiguió indignarme y me lancé a
-sustentar mi criterio con brioso ardimiento. En la lotería social, el
-matrimonio es “un premio” que, por concederlo la suerte y no la lógica,
-no acredita mérito ninguno en quien lo recibe. Hay aventureras que
-nacieron para tener un hogar, y señoras casadas con alma de perdidas.
-
---Mientras los hombres--proseguí--acaparen todos los empleos; mientras
-dispongan del dinero, llave de la vida; mientras impidan a sus
-compañeras ilustrarse, trabajar, desenvolverse; mientras “las
-conviden”...--¡palabra odiosa!--el amor, ejercítese a espaldas de la Ley
-o bajo su amparo, será para las pobres mujeres “un negocio”, una sucia
-operación de compraventa. Los hombres, egoístas, terriblemente egoístas,
-tienen agarradas a sus víctimas por el estómago. “Si sois
-nuestras--dicen--nosotros os vestiremos y os proporcionaremos alimentos;
-de lo contrario, moriréis de hambre.” Y “ellas” aceptan. El problema
-amoroso, de consiguiente, es, en su esencia, un pavoroso problema
-económico. La mujer que no ama, o que no se presta al amor, no come. ¡Y
-precisa comer! Las menos exigentes--con cariño o sin él--se entregan
-libremente; se venden al fiado; las más previsoras o las más
-afortunadas, piden mucho más: piden el matrimonio que, en caso
-necesario, las ayudará a exigir indemnizaciones; las que se casan
-“venden al contado”, porque la firma del marido representa dinero. Pero
-todas, solteras y casadas, se venden; esclavas del ambiente
-profundamente inmoral que las oprime y condena a convertir el lecho en
-oficina o mostrador, todas--¡y bien a pesar suyo!--llevan su porvenir en
-aquella parte del cuerpo sobre que se sientan...
-
-Con estas exaltadas aseveraciones Dos-Caras se incomodó en términos que,
-perdiendo su ecuanimidad, me dijo palabras muy desagradables; redargüíle
-yo con pareja insolencia, y hubiésemos ido muy adelante en nuestro
-disgusto a no intervenir el “segunda” que rodaba detrás de mí y que, con
-frases amables y dichetes de feliz humor, acertó a reconciliarnos. Yo
-fuí quien primero aflojó el ceño.
-
---De hoy en adelante--exclamé--no volveremos a discutir: ¿para qué, si
-no habíamos de entendernos?... ¡Allá cada cual en su casa y con su
-opinión! Yo, aunque noble, soy un poco disolvente: me gustan los amores
-libres y los ladrones.
-
---Y a mí--replicó Dos-Caras--que soy tradicionalista, me gusta el
-matrimonio y la Guardia Civil.
-
-Dos semanas después, una noche, Raquel y don Rodrigo reaparecieron. Iban
-a Valladolid. Ella hizo ademán de subir a Dos-Caras; él la detuvo; con
-un gesto me señalaba.
-
---Aquí iremos mejor--dijo--; es el vagón en que realicé mi último viaje.
-
-Ella consintió en seguida con simpática vivacidad, y yo me estremecí
-satisfechísimo de tenerles tan cerca. Dos-Caras gruñó algo que no
-alcancé a entender, pero parecióme que, irónicamente, me felicitaba.
-
-En el compartimiento que los amantes ocuparon, había dos personas. Ellos
-buscaron un ángulo, cerca del corredor, y, desde aquel mismo instante,
-la felicidad de hallarse juntos les aisló de todo. Mientras ella
-hablaba, él la miraba a los ojos, estremecimientos fugitivos agitaban
-sus labios, y con sus dedos velludos y largos impacientemente se
-retorcía el bigote. El platicar de Raquel era versátil, alegre,
-infantil; el de don Rodrigo, grave y vehemente; ella parecía amarle
-porque amaba a la vida; mientras él, más sombrío, efervorizaba su pasión
-con el miedo a la muerte. Evidentemente, el cariño del amante clavaba su
-arado más hondo. Ella reía fácilmente; él reía poco, y sus palabras
-recelosas eran como gemelos dirigidos hacia la interrogación del
-mañana; eran profundas, inquietaban; Raquel, escuchándole, me producía
-la impresión de una niña asomada a un pozo. ¡Oh, qué libro maravilloso
-podría componerse hilvanando las frases con que, inconscientemente, se
-emborrachaban los amantes!...
-
-Recuerdo que don Rodrigo decía:
-
---Como todos los segundos, uno a uno, llevan a la muerte, así todas las
-mujeres que he conocido me acercaron a ti, porque todas tenían algo
-tuyo, y yo, que te presentía, sin sospecharlo te amaba en todas ellas.
-Y, cuando viajaba, no era el deseo de curiosear ciudades nuevas--como yo
-creía--lo que me desplazaba, sino el ansia de encontrarme contigo. Ahora
-tú eres para mí España, Francia, Italia, Suiza...; tú eres América...
-¡Querría huirte, y me sería imposible! Tu recuerdo me rodea; te veo como
-un horizonte, y fatalmente todos los caminos me llevan a ti. ¿Quién
-escaparía a su horizonte? Raquel, mi Raquel... te adoro y te temo,
-porque siento que eres mi Destino.
-
-Ella reía; el orgullo de comprenderse tan apetecida, la hacía feliz, y
-era en aquellos instantes como una diosa embriagada con el incienso
-quemado ante su altar. A mí, que estaba más cerca de su alma que don
-Rodrigo, aquella superficialidad, aquella risa, me infundían miedo:
-Raquel era una de esas mujeres, de cabeza pequeña, que no saben cómo
-muchas veces un gran amor es una cita que da la muerte.
-
-De súbito el diálogo cambió de rumbo, y fué completamente alegre.
-Hablaron de sus planes y entonces supe que pensaban visitar el nunca
-bastante celebrado castillo de Simancas--hoy _Archivo General del
-Reino_--; fortaleza gloriosa semejante a un viejo guerrero cambiado en
-erudito.
-
-Tras un breve silencio, ella, sin motivo, preguntó:
-
---¿Qué hora es?...
-
-Don Rodrigo, informado de que sus compañeros de viaje dormían, contestó:
-
---Hora de darme un beso.
-
-Rió ella, rió él y, silenciosamente, juntaron sus bocas. Transcurridos
-unos minutos, Raquel, maquinalmente, volvió a decir:
-
---Oye... ¿qué hora será?...
-
-Y don Rodrigo:
-
---Hora de darme otro beso.
-
-Volvieron a reir, pero ella, que empezaba a tener sueño, insistió:
-
---¡No... en serio!... Deseo saber la hora!...
-
-El no respondió; mejor dicho: no habló con los labios, sino con sus
-largos ojos diáfanos y verdes, por los que había pasado una luz.
-Rápidamente salió al pasillo, se arrancó el reloj que llevaba en la
-muñeca y, por la ventanilla, que iba abierta, lo lanzó al vacío. No
-estaba incomodado; ¡al contrario!... ¡Nunca había sido más feliz que en
-aquel momento! Volvió a sentarse y sobre sus rodillas colocó a Raquel:
-
---Bésame--suspiró--; es la hora; la Eternidad no tiene para nosotros más
-hora que ésta; la de besarnos...
-
-Sus manos buscaron afanosas entre las ropas de la Deseada, y su corazón
-latió violentamente: palideció, enrojeció, tornó a palidecer. Raquel
-parecía de ágata: su carne era dura, suave, fría...
-
-Ocho o diez días después los dos amantes me esperaban en Valladolid. Don
-Rodrigo iba a despedir a Raquel, que regresaba a La Coruña. Al mes
-siguiente--y siempre conmigo--don Rodrigo fué a La Coruña, de donde
-volvió solo. Al otro mes sucedió lo propio: era un ambular
-ininterrumpido, un bello y angustioso no poder vivir distanciados: en la
-estación coruñesa era ella la que despedía, y en la vallisoletana era
-él: pero hubo ocasiones en que, incapaces de separarse, él la dió
-cortejo hasta La Coruña, y ella le acompañó a Valladolid.
-
-Entretanto yo no sabía en qué se ocupaba don Rodrigo, ni la verdadera
-situación social de Raquel, ni tampoco acertaba con los móviles que les
-impedían unirse queriéndose tanto.
-
-Este idilio, que a mí me apasionaba, hacía reir al viejo Dos-Caras.
-
---Estos dos simples--decía--con tanto ir y venir han hecho de nuestro
-“correo” un columpio; una especie de columpio a ras de tierra.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-La llamada por los geógrafos Meseta Central de nuestra Península,
-comprende las dos Castillas, las provincias del antiguo reino de León y
-las de Extremadura, y traza un plano inclinado limitado al Norte por la
-cordillera Cantábrica, la de los maravillosos paisajes; al Este y Oeste,
-por la cordillera Ibérica y los Montes de Galicia, respectivamente; y al
-Sur, por la cordillera Mariánica, entre cuyas nudosidades fragosas se
-abren los caminos de Andalucía. Así, circundado de montañas, el macizo
-ibérico, tanto por su historial rojo como por su forma, parece un
-anfiteatro.
-
-Frecuentemente he oído asegurar a personas doctas--ingenieros, sin
-duda--que viajaron conmigo, que en la época terciaria toda esta parte de
-nuestro país la cubrían lagos enormes que, al secarse, originaron
-terrenos sedimentarios dispuestos en estratos horizontales, algunos de
-notable espesor. De ahí, de la agonía de esos lagos que el subsuelo
-sediento se bebió, nació la llanura; esas planicies uniformes,
-encalmadas, con algo de agua dormida en su serenidad. Castilla es un mar
-hecho tierra; y acaso estimulados por la misma vastedad de sus
-horizontes, sus hombres descollaron entre los más peregrinadores y
-bravos del planeta, porque algo de marino había escondido en lo más
-arcano de sus almas. En la catorcena centuria aquellos campos aparecían
-cubiertos de selvas tupidísimas, en donde los magnates se ejercitaban en
-la caza del jabalí y del oso, y perseguían al ciervo. Hasta que, poco a
-poco, las guerras y el odio, genuinamente español, que el hombre rústico
-profesa al árbol, destruyó las frondas. Cuando éstas empezaron a
-escasear, las nubes huyeron y con ellas la lluvia, manantial de la vida,
-y el bosque mudóse en estepa; y mientras España se desangraba, fuera de
-sus fronteras, en guerras inútiles, sobre el solar patrio abandonado,
-desolado, cubierto de cardos silvestres y de pedruscos, parecía caer,
-semejante a una maldición, las cenizas humanas que los vientos recogían
-en el rescoldo de los autos de fe. Con cenizas no se abona el campo, y
-nuestros inquisidores no supieron abonarlo de otro modo; y así lo conocí
-yo, inhóspito y seco como aquellos mismos corazones que tanto batallaron
-sobre él.
-
-El suelo castellano es cariparejo; quiero decir que, salvo ligeras
-variantes, su aspecto es idéntico sea cual fuere la estación del año.
-Abrasada por el sol en verano, aterida en invierno bajo la escarcha,
-azotada por los vientos, cortantes como cuchillos, que irrumpen por los
-nevados gollizos de los montes norteños, la llanura conserva inalterable
-ese color amarillento propio de las tierras que bebieron mucha sangre, y
-al que parece aludir una de las tres franjas del pabellón nacional. Las
-montañas, que fácilmente se cubren de verdura o que con la nieve, y en
-el solo espacio de una noche, se visten de blanco; las montañas cuya
-sonoridad cambia de continuo y parecen saltar a un lado y a otro de la
-vía, tienen muchos adeptos; son la mentira. Yo, no; yo prefiero la
-llanura, con su monotonía de oración: la llanura se imita siempre a sí
-misma; no sorprende, no entiende de artificios teatrales, ni colabora en
-la cobardía de las emboscadas; en ella al enemigo se le ve desde lejos:
-es fiel, es noble.
-
-Alrededor de la Meseta Central las regiones ribereñas dibujan un anillo
-verde; y así, vista desde arriba, Castilla monda y triste es como el
-cráneo calvo de un dios ceñido de pámpanos. En el itinerario que ahora
-sigo, la zona alegre no comienza resueltamente hasta las inmediaciones
-de Palencia. Sin cesar, el camino intenta arrepentirse de cuanto hace, y
-digo esto porque apenas desciende cuando, sin transición, vuelve a
-subir, y corre de derecha a izquierda, como borracho. Las
-“montañas-rusas” con que el vulgo se divierte en las ferias, son una
-mala caricatura de lo que es un viaje a Galicia. ¿Quién contaría los
-puentes y los túneles, que siembran de sorpresas la ruta? Acabamos de
-salir de Castilla, y ya nos parece que la dejamos muy atrás: tal es la
-capacidad subyugadora de la nueva región que cruzamos, y el interés
-histórico de ciertos lugares.
-
-Dejamos atrás la Tierra de Campos, que bien pudiera llamarse “granero de
-España”, sobre la cual se levantan, desde el siglo XII, las ruinas de
-dos que fueron poderosas fortalezas. Pasan Paredes de Nava, donde nació
-Alfonso de Berruguete; Cisneros, cuna del terrible Cardenal, y Sahagún,
-la romana, en que reposan los muy removidos huesos de Alfonso VI. El
-convoy llega a León, que más que con su catedral, modelo de
-arquitectura gótica, se enorgullece de haber visto nacer al guardador de
-Tarifa, don Alonso Pérez de Guzmán; luego a Veguellina, que se vistió de
-fama con el “paso honroso” que en la primera mitad del siglo XV mantuvo
-el muy bizarro Suero de Quiñones; y poco después, a Astorga, la
-_Asturica Augusta_, de los romanos, aquella que Plinio calificó de
-“ciudad magnífica”, y cuyas torres y murallas la infunden todavía un
-perfil militar.
-
-Nos hallamos en las entrañas de los Montes de León, y vamos a penetrar
-en la región galaica por el llamado “Paso de Manzanal”, abierto entre
-las estaciones de Astorga y Ponferrada. Aturde y maravilla la facundia
-que los genios del paisaje derrocharon allí. A nuestro alrededor,
-incesantemente, la tierra, semejante a un mar flagelado por la
-tempestad, baja, trepa, se deprime y abarranca hasta convertirse en
-abismo, o se enarca y prodigiosamente gana las nubes; y hay en cada
-perfil cimero tanta vehemencia, tanto ritmo, que las montañas,
-especialmente en las noches de luna, parecen moverse. Esta sucesión
-inagotable de valles, de cañadas, de torrenteras abruptas y de montes,
-juegan con los vientos y, de hora en hora, mixtifican la temperatura:
-vamos rodando bajo un manto de estrellas, y súbitamente el cielo se
-entolda y cae un chaparrón; lo que no impide que, minutos después,
-lívida, triste, espectral, reaparezca la luna. Cubren las escarpadas
-vertientes bosques de robles, de castaños y de hayas; los manzanos
-abundan también, y en los parajes hondos y abrigados florecen el
-naranjo, el limonero, el granado, la higuera y el laurel. Ora el aire
-es frío, ora tibio; aquí la tierra estará cubierta de maíz, y de trigo
-o de vides un poco más allá; y, sin cesar, al paso del tren la serranía
-tendrá una luz especial, y una capacidad ecoica inesperada.
-
-Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto, y ganamos la estación de
-Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar.
-Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta--lo apreciamos muy
-bien--desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y
-luego otro y otro... ¡hasta trece!... Según mis compañeros me aseguran,
-para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete
-kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. La Triste,
-nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante: también nosotros
-nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a
-recalentarse, y, de tanto usarlos, nos duelen los frenos.
-
-De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos
-desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel
-siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a
-morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo
-que los mismos viajeros suelen experimentar, aun cuando las ventanillas
-de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en
-la misma dirección del tren, impide la salida, hacia atrás, del humo.
-
-Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre,
-Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta
-que hartos de correr bajo tierra llegamos a Quereño, primera estación
-de Galicia.
-
-La imaginación del paisaje, lejos de agotarse, se acalora, y por
-instantes compone perspectivas más rudas y bellas. Con facundia pasmosa
-se renueva y sin treguas se supera a sí misma. Los colores,
-especialmente, se han multiplicado; los verdes triunfan y flota en el
-aire un amable olor a tomillo y a tierra húmeda. Abundan los caseríos,
-las angosturas rocosas, los pequeños saltos de agua por los cuales, como
-por arterias cortadas, parece desangrarse la sierra.
-
-El valle se estrecha y el río Sil y la carretera de La Coruña adelantan
-paralelamente a nosotros, y como alternativamente surgen y se esconden
-parecen jugar entre los árboles. Cruzamos los extensos viñedos de Rúa
-Petín; pasamos por Montefurado, en cuyas proximidades existe aún el
-túnel que construyeron los romanos para desviar el rumbo del Sil y poder
-recoger el mucho oro mezclado a las arenas del cauce primitivo; y tras
-un prolongado camino descendente que va en busca de la cuenca del Lemos,
-llegamos a Monforte, afamado baluarte de los Condes de Lemos, que de
-ellos tomó el nombre. La Triste se queda allí, y en adelante será La
-Enanita, bulliciosa y pinturera, menos fuerte que su hermana, pero mucho
-más ágil, la que pelee a la vanguardia del convoy.
-
-Descansamos unos minutos y ¡adelante, otra vez! Más túneles; atravesamos
-uno que mide cerca de dos mil metros, y seguimos bajando, como atraídos
-por el mar; pasan las estaciones de Oural y Sarria, y la de Puebla de
-San Julián, donde la línea se rebela contra el imán humillador de la
-costa, y vuelve a repechar. La Enanita silba, resopla y a veces la
-desesperación que hay en su esfuerzo, nos hace reir.
-
---Trabaja, tumbona--comentan los coches--, que no tienes motivos para
-estar cansada. ¿Qué dirías si llevases, como nosotros, treinta horas de
-viaje?...
-
-Un esfuerzo más nos planta en Lugo, donde reposamos: salvamos luego los
-ríos Calde y Ladra, tributarios del Miño, y el Parga; llegamos a la
-estación de Curtis, lugar muy conocido de los peregrinos que van a
-Santiago de Compostela; y luego a la célebre Betanzos, en cuyas puertas
-el espíritu del Islam dejó vestigios de su gracia. Después, y ya siempre
-caminando cuesta abajo, veremos pasar los andenes de Guísamo, Abegondo,
-Cambre, El Burgo, El Pasaje. Al fin aparece la estación terminal: La
-Coruña. ¡Oh! ¡Y con qué alegría, con qué irresistible necesidad de
-calma, hacemos alto bajo una marquesina, después de un viaje en el que
-mil veces sentimos resbalar la muerte junto a nuestras ruedas!...
-
-A pesar de lo cual este recorrido me agrada: no solamente por su
-hermosura, de la que se hacen lenguas muchas personas que anduvieron por
-Suiza y conocen los rincones más agrestes del Tirol, sino por la clase
-de público que viaja conmigo. Como los vascongados, los gallegos son
-comedidos y limpios, y esta última cualidad, especialmente, les granjea
-mi simpatía; porque, a despecho de haber tenido que sufrir a tantos
-tipos ineducados, aún no pude acostumbrarme a que nadie me escupa, o
-deje en mis alfombras el barro de sus botas.
-
-En medio de este ininterrumpido bordonear del centro a la periferia de
-España, y viceversa, mi vida es un poco monótona, porque las
-escenas--como las personas--se repiten.
-
-En la estación inicial o de salida, todos los coches, barridos,
-sacudidos y con nuestros cristales recién fregados, nos mostramos
-alegres y flamantes. La máquina, bien engrasada, bien frotada, con todos
-sus mecanismos bruñidos y expeditos, también parece nueva. Súbitamente
-se abren dos o más puertas y los viajeros irrumpen en el andén y nos
-asaltan; con la descortesía de la impaciencia mujeres y hombres, a
-empellones, ganan nuestros estribos, y corren luego de un lado a otro,
-como enloquecidos, buscando un asiento. Entretanto los mozos de andén
-nos cargan de maletas, de sombrereras, de portamantas, de cestas con
-merienda, de bultos de todos colores y formas, que van metiendo
-apresuradamente, y como a destajo, por las ventanillas. Cada una de
-éstas parece una boca; cada estribo, una escalerilla de abordaje. Ya
-estamos abarrotados todos de personas y de equipajes, y apenas arranca
-el tren la multitud viajera se aquieta y empieza a dar muestras de ese
-aire de aburrimiento que conservará durante el camino. Un raro ambiente
-de monotonía, de fatiga, peregrina con nosotros. En las estaciones del
-tránsito nunca ocurre nada insólito: unos pasajeros se apean, otros
-suben... Las conversaciones de nuestros ocupantes son apacibles, y
-lánguidas y descuidadas todas sus actitudes: éste lee, aquél mira hacia
-el paisaje distraídamente, la mayoría dormita: a intervalos, un bostezo,
-un comentario rápido... Los soñolientos han cambiado de posición cien
-veces, y otras tantas el lector abrió y cerró su libro. Unicamente el
-cansancio y el silencio triunfan. De pronto, media hora antes de
-arribar a la estación terminal, como si hubiese recibido una corriente
-eléctrica, aquella muchedumbre desarticulada y abúlica, unánimemente
-reacciona. Con raro sincronismo, todos pensaron: “--Ya llegamos...” y
-esta idea les sacudió, les removió; los cuerpos se yerguen, los ojos se
-abren despabilados; quién se arregla el nudo de la corbata y con un
-pañuelo se desempolva el calzado; quién corre al cuarto-tocador a
-peinarse; quién se apresura a cerrar sus maletas. Las mujeres se asoman
-a las ventanillas, y las parece que, desde hace unos instantes, el tren
-corre más. Apenas hacemos alto, nuestros huéspedes nos dejan con la
-misma impaciencia y la misma alegría con que horas antes nos
-conquistaron; su aburrimiento se ha trocado en odio hacia nosotros, y
-quieren perdernos de vista cuanto antes. Hay quien, para no perder
-tiempo en bajar por el estribo, salta al andén desde la plataforma del
-coche. Los mozos de estación, infatigables, nos saquean, y los bagajes
-salen apretujándose por las ventanillas; los atadijos pequeños escapan
-en racimo. Cuando el convoy queda vacío los vagones aparecen manchados
-de mil modos y apestando a tabaco: los periódicos, arrugados,
-pisoteados, las almohadas sucias, las botellas vacías, las cortinillas
-caídas, nos dan el aspecto de un lugar donde acabara de librarse una
-batalla. Momentos después, los empleados de nuestra limpieza--mujeres y
-hombres--penetran en nosotros: porracean nuestros asientos para
-mullirlos; examinan sus muelles, recogen las cortinas, nos sacuden, nos
-barren... y, diez o doce horas más tarde... ¡volvemos a empezar!...
-
-
-
-
-XV
-
-
-Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a
-Valladolid, y a dos recién casados de los cuales--y a su tiempo
-debido--volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único
-“departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres
-señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con
-un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por
-el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de
-cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban
-maliciosamente esperar de ellos.
-
-De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud--no
-habría cumplido los veinte años--interesaron mi atención; era
-insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de
-individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este
-hombre--meditaba yo--que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido
-aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta
-presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el
-cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así,
-indudablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica
-del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a
-la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por
-tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y
-les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser
-admirados.
-
---La humanidad--pensaba yo--va bien cubierta: de mentiras se viste por
-dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El
-desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad.
-Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una
-caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena
-caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro...
-
-Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos,
-se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su
-candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su
-voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba
-las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía
-miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos,
-después de un día de agitación calenturienta.
-
---¡Qué bien estamos ahora!--exclamó él.
-
-Digna, confirmó:
-
---¡Muy bien!...
-
-Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho
-tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y
-ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían
-los párpados.
-
-El preguntó:
-
---¿Lástima de noche, verdad?
-
-Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer,
-delicadamente, fingió no advertir.
-
---¿Por qué?--dijo--; ¿no estamos juntos?
-
-No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:
-
---¿Me quieres?--indagó.
-
-Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los
-que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:
-
---¿No lo sabes?...
-
-Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo
-triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a
-llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó
-desconcertado:
-
---¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...
-
-Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En
-realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir
-indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños
-ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi
-abrazados, dormían los dos.
-
-Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo
-compañero, que se disponía a marchar.
-
---¿Te han dicho la hecatombe?--gritó.
-
---¿Cuál?--repuse inquieto.
-
---La del “rápido” de Gijón.
-
---No.
-
---Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo,
-momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un
-desprendimiento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La
-Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.
-
-La noticia--divulgada al siguiente día por la Prensa--me causó un efecto
-desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban
-la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No
-supe qué responder; empecé a temblar...
-
---¿Te acuerdas--prosiguió el viejo vagón--del miedo que el pobre Doña
-Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?
-
---Sí, que me acuerdo.
-
---Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había
-tal: era un presentimiento.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la
-levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los
-vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo
-cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto
-a los riesgos más grandes, fueron aliviándome.
-
-Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena
-cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa
-a todo el convoy.
-
-Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en
-dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos
-brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos
-gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan
-pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los
-acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de
-hombros.
-
---Son mudos--pensé.
-
-Jamás había presenciado escena igual, y para convencerme de hallarme en
-lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión.
-
---Sí--respondió--; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y
-aun creo que ha viajado conmigo.
-
-Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un
-poco a mí. “Un mudo--reflexionaba yo--es el tránsito entre los que
-sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos,
-uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y
-adornaba su rostro de mejillas nacarinas--como de efebo--con una barbita
-recortada “en punta”.
-
-Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí,
-saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego
-anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis
-huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no
-percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas
-egoístas:
-
---¡Un mudo!--rezongaban todos--; ¡bah; que se fastidie!...
-
-Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un
-asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la
-francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas
-zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por
-señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de
-buen pergeño.
-
---¡Otro mudo!--pensé asombrado--: ¡también es casualidad! ¡Nunca había
-visto mudos y, de repente, conozco tres!...
-
-Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban
-casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos
-interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en
-un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si
-no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y
-musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues
-cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba
-a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con
-que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se
-importunan mutuamente en los viajes.
-
---¿Dónde va usted?
-
---A La Coruña.
-
---Lo celebro mucho: yo, también.
-
---Hay demasiado público; vamos a descansar mal.
-
---Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren?
-
---Muy poco: de madrugada, únicamente.
-
---Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en
-que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los
-párpados...
-
-Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven
-del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas
-atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus
-ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también...
-
-Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde
-recogemos un viajero: un señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que
-sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los
-dos mudos, exclama campechano:
-
---¡Salud, don Andrés!...
-
-El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y
-responde:
-
---¡Don Juan, usted por aquí!...
-
-Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes
-están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La
-sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar;
-tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una
-puerta...
-
---¿Va usted bien colocado?--inquiere don Juan.
-
---No--replica don Andrés--; he tenido la desgracia de ir a caer junto a
-un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías...
-
-Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta:
-
---¿Pero usted no es mudo?...
-
-Don Andrés también rie:
-
---¡No!--exclama un tanto despectivamente--; poco a poco: ¡yo, qué he de
-ser mudo!...
-
-A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama:
-
---¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío!
-
-Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de
-pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a
-don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El
-joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue
-retador:
-
---En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se
-lo tolero!...
-
-El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que
-indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros
-intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones
-conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone
-templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las
-explicaciones pacifistas.
-
---Yo--dice don Andrés--sé hablar magistralmente con las manos, y a la
-estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento.
-
---Y yo--interrumpió el joven embigotado--, que también conozco
-perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas,
-pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto.
-
---¡Y yo creí que usted era mudo!--exclamó don Andrés.
-
---¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué
-pueden conversar dos personas que no se conocen?...
-
-Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los
-espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo
-festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo.
-Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo
-ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún.
-
-En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca,
-cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él
-le hallé decaído, marchito, cual si una gran pena--los dolores pesan
-más que los años--le oprimiese.
-
-Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las
-atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste,
-en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto
-comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo
-declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su
-compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la
-inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima,
-Raquel preguntó:
-
---¿Qué tienes?...
-
-El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir
-mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de
-superioridad compasiva, tal vez un poquito--¡oh, muy poco!--de ironía,
-porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien.
-
-Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió:
-
---¿Qué tienes?... Háblame...
-
-A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a
-retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se
-adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón.
-
---¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?--murmuró--. ¿La
-crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que
-el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la
-única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que
-cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que
-luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que hoy, que te adoro,
-hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente
-desgraciado. ¿Comprendes esto?
-
-Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de
-segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy
-tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el
-bronce de su cara y le aceraba los ojos:
-
---En _El anillo de los Nibelungos_--¿te acuerdas?... lo vimos
-juntos--Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni
-alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la
-salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!...
-El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que
-tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no
-ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los
-gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que
-no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran.
-
-Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado...
-
---¿A qué seguir?--exclamó--; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú
-llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y
-como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?...
-
-Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía
-sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma
-mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y
-deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En
-cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas
-fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas.
-
-El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a
-ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella
-mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil,
-su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura,
-como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba.
-
---Algo esconde que no sabré nunca--meditaba--; es decir, hay en ella
-algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen:
-“Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa
-mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer
-te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si
-yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!...
-¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las
-partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las
-bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la
-naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas
-estuviesen juntas...
-
-Prosiguió su indagatoria:
-
---No es posible que ella me quiera ciegamente, “por instinto”, como yo
-entiendo que quiere el verdadero amor. El amor es una descentración del
-espíritu, una enfermedad. Muchas veces el enfermo se dice: “Este amor no
-me conviene; debo desecharlo”... Y, en el mismo instante, siente
-recrudecerse más su cariño. Yo, desgraciadamente, soy de ésos. Pero
-Raquel, no; Raquel es demasiado inteligente, demasiado equilibrada,
-para entregarse así. El amor--ya lo dije antes--es ceguera, y en el
-cerebro de esa criatura hay excesiva claridad. La he observado bien; lo
-subconsciente significa en ella muy poco: su voluntad es razonada, su
-fantasía también lo es; ¡hasta su memoria, en la cual cada recuerdo,
-como los vocablos en los diccionarios, está en su sitio! Su razón, de
-consiguiente, ocupa y esclarece toda su alma; y el instinto es fotófobo,
-porque la luz lo mata... Entonces, ¿por qué esta mujer me quiere
-tanto?... O, de otro modo: ¿por qué, si verdaderamente no me quiere, con
-tanto empeño procura mostrárseme transida y cegada de amor?...
-Arbitrariamente no es, porque los nardos del capricho jamás florecieron
-en su jardín; luego su pasión ha de ser reflexiva, cimentada...
-
-Al llegar a este punto, el apretado soliloquio parecía deshilacharse;
-don Rodrigo se extraviaba; comenzó su meditación partiendo del supuesto
-que el amor no razona, y tras mucho discurrir sacaba en limpio que
-Raquel le quería “porque razonaba”... Y apenas se sorprendió en
-flagrante delito de alogia, cuando obligó a su pensamiento a cambiar de
-rumbo. De pronto le pareció--¡cuántas veces le había parecido lo
-mismo!--que empezaba a comprender. Raquel se esmeraba en ofrecerle un
-gran amor, no para engañarle, sino por el solo dilecto deseo de realizar
-una obra de belleza, ya que un perfecto amor es lo único absolutamente
-artístico que existe. Ella amaba por estetismo, porque es bonito amar,
-mas no por hallarse prendada positivamente de la persona que la servía
-para hacer “obra de amor”, como el escultor puede gastar entera su vida
-en pulir y hermosear una estatua sin hallarse enamorado de ella. El amor
-es el Ideal, el dios colocado muy por encima del icono que lo
-representa. Amar infinitamente es acercarse a los héroes, sobresalir,
-porque sólo los elegidos, los “excepcionales”, son capaces de ser amados
-y de amar hasta la perdición. Decir: “Yo amo y sé hacerme amar con
-frenesí”, es más que decir: “Yo poseo toda la sabiduría o todo el oro de
-los hombres”. Amar es predicar armonía, repartir alegría; “hacer arte”,
-en fin...
-
---Lo que muchos inferiores realizan por instinto--continuaba
-discurriendo don Rodrigo--lo consigue Raquel con su superior
-inteligencia. Lo que otros pintan o escriben, ella lo vive. Yo acerté a
-cortejarla cuando su corazón sentía la necesidad de “producir belleza”,
-y materializó en mí su aspiración; otro hombre hubiese pasado entonces,
-y habría sido lo mismo; lo único que no hicieron los demás y yo sí, fué
-pasar a tiempo. ¿De qué asombrarnos, cuando en la inteligencia residen
-todas las capacidades del alma?... Un hombre valiente arrostra la muerte
-tranquilo, sin esfuerzo y sólo por la natural anchura de su corazón; y
-un cobarde inteligente verifica igual proeza por reflexión, para
-imponerse a la admiración de las muchedumbres con el ejemplo de una
-muerte heroica. El hombre no nació para volar, y vuela, sin embargo,
-porque su inteligencia le dió alas; no nació para nadar bajo el agua, y
-su inteligencia, no obstante, le permite hacerlo; y así y por razones
-parecidas, una persona puede no amar, y con su esclarecida inteligencia
-crear un amor...
-
-No dijo más, y en la penumbra del departamento su rostro aguileño se me
-antojó demacrado, apagado, por una indefinible expresión de despedida.
-Luego cruzó las manos, como si orase, apoyó una mejilla sobre la cabeza
-de Raquel, y se quedó dormido.
-
-Una semana después don Rodrigo regresó a Valladolid, y extrañé que su
-amada no fuese a despedirle.
-
---Estará enferma--pensé.
-
-El me pareció más delgado y de peor color. Su nerviosidad se había
-exasperado: mientras el tren corría, don Rodrigo sufría considerando
-cómo aumentaba la distancia que le separaba de Raquel; cuando nos
-deteníamos en alguna estación su tortura se interrumpía; pero apenas
-emprendíamos la marcha nuevamente, su suplicio se reanudaba.
-
-Durante aquel verano hizo cinco viajes, lo menos, a La Coruña, y cuando
-reaparecía en el andén de la estación gallega, siempre iba solo. Raquel
-ya no le acompañaba. Una mañana llegó a La Coruña, y el mismo día
-regresó a Valladolid. No llevaba equipaje, y entre sus cejas distinguí
-un pliegue obscuro, de mal agüero. Aquel hombre se parecía exteriormente
-al don Rodrigo que yo conocía, pero interiormente era otro.
-
-Mientras rodábamos comuniqué a Dos-Caras cuanto había visto y observado
-en las relaciones de sus antiguos clientes. El veterano vagón tardó en
-responder.
-
---No sé--dijo--lo que pueda separarles; pero yo te aseguro que, de los
-dos, uno acaba mal.
-
---¿Por qué?
-
---Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las
-infidelidades no tienen importancia, acaso porque--allá en lo más
-íntimo--creen que su posesión, que los hombres tanto celebran, vale
-poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más
-gente que los ferrocarriles.
-
-Tras unos momentos de silencio, añadió:
-
---Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad
-vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te
-has manchado de sangre alguna vez?
-
---Sí.
-
---¿Por fuera o por dentro?
-
---Por dentro y por fuera.
-
-Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi
-“expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la
-tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos.
-
---Lo más grave, lo que decide de tu sino--replicó reposadamente
-Dos-Caras--, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te
-ensangrentaste las ruedas?
-
---Probablemente menos de ocho años.
-
---¡Temprano se acercó la muerte a ti!...
-
-Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones,
-agregó, sibilino:
-
---La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una _jettatura_ de drama.
-Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera
-equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!...
-
-Concluyó:
-
---Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has
-comunicado tu maleficio.
-
-Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado,
-sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque--pensé--no
-concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún
-modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que
-pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras,
-fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don
-profético, había hablado bien.
-
-Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso--los ocupantes del
-convoy no llegarían a sesenta--y con un cielo transparente,
-magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid
-que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un
-candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de
-una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como
-cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el
-tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría
-de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo,
-y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que
-nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a
-despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada
-en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a
-anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros
-de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas
-y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los
-ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante,
-jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en
-las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez.
-Contribuía a malhumorarme la circunstancia de ser la unidad postrera
-del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada.
-Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado.
-
-Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba:
-
---Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con
-ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que
-tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los
-terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué
-asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más
-dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben
-reservarse los sitios mejores del convoy.
-
-Me eché a reir.
-
---Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los
-terceras”--dije--habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría
-de nuestros inquilinos viajan de balde.
-
---Bien, sí--tartamudeó Dos-Caras--; pero eso no importa.
-
---Pienso como tú.
-
---No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No
-reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones
-debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de
-la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras”
-son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza.
-“Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y
-vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia--especialmente en los
-tiempos actuales--no aprovecha para nada, o sirve de muy poco, y, sin
-embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así...
-
-Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un
-razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado
-atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente
-eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo;
-el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí
-y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de
-un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné
-sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal
-modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi
-conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable
-y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido:
-de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales
-del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como
-potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en
-inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una
-voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de
-asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude
-leer más, porque en su corazón no había más...
-
-Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus
-bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de
-aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita
-de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de
-frotarla pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la
-frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe
-llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las
-mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo
-las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio
-parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y
-si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me
-libre... porque toda bala tiene algo de llave”...
-
-Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y
-tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones
-estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo...
-
---Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo
-sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a
-matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de
-ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado
-y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese
-menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la
-tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta.
-Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un
-calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué
-necesitaba la libertad?...
-
-De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía:
-
-“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te
-adoro. Raquel”.
-
-Don Rodrigo suspiró; quedóse callado, sin pensar, como idiota. En
-seguida reanudó su discurso:
-
---¡Me adora, dice!... Es cierto. Yo sé que me quiere, y, a pesar de
-quererme, la maldita quiere a otro. O, acaso sólo a mí quiere, lo que no
-la impide entregarse a otro amor. ¡Ella no miente! Su corazón es mío; el
-engañado es mi rival, porque ella no le quiere... Pero, si me quiere
-tanto, ¿cómo puede seguir a quien no quiere? ¿Cuál es la lógica de este
-absurdo?...
-
-Violentamente se abalanzó sobre el maletín, del que sacó ocho o diez
-gruesos paquetes de cartas, atados con balduques.
-
---¡Las había olvidado!--murmuró--; ¡oh, qué ligereza! Es necesario
-destruirlas en seguida; no permito que nadie las lea: son suyas, son
-sagradas... ¡porque son suyas!...
-
-Empezó a romperlas en sentido perpendicular a los renglones, para mejor
-desfigurar lo escrito; en esta tarea, a la que se aplicó ahincadamente,
-invirtió cerca de una hora; las cartas eran muchas; yo conté más de
-seiscientas, de las cuales las más pequeñas ocupaban dos y tres pliegos.
-También despedazó varios centenares de telefonemas. Y cuando todo estuvo
-reducido a trizas, abrió una ventanilla, se llenó ambas manos con
-aquellos pedacitos de papel, calientes como cenizas, en que una mano de
-mujer, día por día, fué escribiendo la biografía de su corazón, y los
-arrojó al espacio negro. Después lanzó otro puñado, y luego otro... y
-otro... En seguida se asomó a la ventana, y vió que la mayoría de
-aquellos trocitos de papel, atraídos por el vacío que la marcha del tren
-dejaba en pos de sí, volaban como ágiles mariposas blancas, detrás del
-convoy; parecían seguirle, acosarle, con la obstinación de los
-recuerdos; parecían vivir, y su ansiedad humana acongojó al amante: en
-el primer momento aquellos pedazos de papel eran muchos; rápidamente su
-número disminuyó porque venían al suelo, como fatigados; algunos, que
-habían conseguido detenerse en los salientes del furgón, arrebatados por
-el viento se marcharon también con el dolor de las hojas secas. Todavía
-revolaba uno, sin embargo; el último, el más tenaz: subía, bajaba,
-volvía a subir... “--¿Por qué resiste tanto?--don Rodrigo pensaba--;
-¿querrá decirme algo?... ¿Qué palabra de salvación habrá escrita en
-él?...” Y continuó observándolo, hasta que cayó. Volvió a mirar. Ya no
-quedaba ninguno, y la historia que hubo en ellos se desvaneció, tal que
-un perfume, en la extensión ingrata del campo; lo que nació en el calor
-de una alcoba, moría en el viento y en la nieve. Don Rodrigo, con deseos
-de llorar, volvió la cabeza y subió el cristal. La primera puñalada de
-aquel drama, había sido para él y la sentía en el corazón.
-
-Como demostrase intenciones de dormir, reanudé mi diálogo con Dos-Caras,
-a quien referí cuanto acababa de observar.
-
---¿Y crees tú--repuso--que matará a Raquel en la estación?
-
---Estoy seguro, porque es un impulsivo terrible y no sabrá contenerse.
-
---¡Con tal--gruñó--que, al disparar, lo haga de espaldas a nosotros!...
-Me haría poca gracia que me agujereasen de un tiro...
-
-Había cesado de nevar y, al salir de Astorga, la niebla era tan espesa
-que los coches apenas nos veíamos unos a otros. Imposible distinguir
-las señales que nos hacían los discos; lloviznaba. Caminábamos a menos
-de cuarenta kilómetros por hora, y frecuentemente La Triste nos
-sobrecogía el ánimo con sus silbidos dolorosos. Minutos antes de cruzar
-el río Porqueros se detuvo, empezó a pitar y al cabo siguió con
-extraordinaria lentitud. La noche era absolutamente negra;
-sabíamos--porque las ruedas nos lo decían--que repechábamos, y nada más.
-
-Dos-Caras me habló.
-
---¿Cabal, tienes miedo?
-
-Respondí la verdad:
-
---Sí, viejo: tengo miedo; ¿y tú?...
-
---También; más que tú, porque tengo mayor experiencia. Es probable que
-el loco de don Rodrigo nos haya traído la mala sombra.
-
---¿Tú crees en brujerías?
-
---Creo--replicó--en que nadie sabe lo que se esconde detrás de la
-muerte, y en que si hay un espíritu interesado en salvar a Raquel podía
-suceder que don Rodrigo no llegase a La Coruña...
-
-Sus palabras misteriosas me atemorizaron, y guardé silencio; pero como
-saliésemos del túnel del Lazo sin novedad, sentí renacer mi buen ánimo.
-La niebla, sin embargo, no cedía; llevábamos cuarenta minutos de
-retraso, y La Triste mantenía su andar cauteloso, a pesar de que el
-camino, en cuesta abajo, invitaba a correr.
-
---¿Tienes miedo todavía?--pregunté a mi compañero.
-
---Más miedo que nunca--repuso--; pues cuando la locomotora silba tanto
-es porque el maquinista no ve y no está seguro del camino.
-
-A poco de salir de Ponferrada, nuestra marcha aumentó, lo que juzgué
-buena señal.
-
---Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde
-debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo--comentó
-Dos-Caras.
-
-En tal instante oímos varios silbidos, que parecían responder a los de
-La Triste, y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable.
-
---¡Un tren!--grité--¡Viene un tren!...
-
---El de Villafranca--gimió Dos-Caras.
-
---¿Vamos a chocar?... ¿Crees que vamos a chocar?...
-
-No oí la contestación de mi compañero; un estremecimiento instantáneo y
-formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras
-ruedas. La detención fué tan rápida, que, según me dijeron más tarde, la
-pirámide de carbón del ténder se fué hacia adelante, aplastando al
-maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes
-no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?... El choque
-de las locomotoras fué tan ingente, que quedaron empotradas la una en la
-otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a
-descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron
-reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y
-Dos-Caras, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas
-montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se
-desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales;
-también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los
-tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos
-saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros
-instantes de pánico, comprendí que estaba salvo y pude mirar dentro de
-mí mismo, vi el cadáver de don Rodrigo tendido en medio del corredor,
-con la frente rota... Había chocado conmigo, y yo le había matado.
-
---He salvado a Raquel--pensé.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al
-siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y
-más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de
-León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que
-conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los
-cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba
-nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás,
-en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo
-sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante
-postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el
-plano descendente de mi vida empezaba.
-
-En los quince días que duró mi convalecencia, mis
-curanderos--carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas,
-electricistas, tapiceros, etc.--infligiéronme crueles padecimientos. Las
-averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo
-imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con
-que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como
-enchufarse, unas en otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé
-magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después:
-me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las
-heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya,
-se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante.
-A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y
-profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía
-combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si
-mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de
-sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo
-aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del
-costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias
-rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del
-árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera
-de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron
-que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo
-traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de
-construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron
-el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia.
-
-Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme,
-a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a
-corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de
-la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las
-redecillas para equipajes, revistieron el cuarto-tocador, cuyos
-azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de
-linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes,
-volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi
-cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al
-sol. Mis camaradas me felicitaban.
-
---Sea enhorabuena--decían--; estás mejor que antes, más joven...
-
---¡Buen viaje, Cabal!--me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún
-no habían dado “de alta”.
-
-Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi
-historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado,
-maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto
-de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la
-inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”.
-Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba
-sobre mí. “La sangre llama a la sangre”--había asegurado el viejo
-compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte
-años, podía volver...
-
-De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios
-días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un
-“primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se
-partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó
-gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u
-ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se
-comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo los sentía
-anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos
-muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito
-mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y
-ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los
-“correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de
-acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad;
-en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse
-verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como
-sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches
-tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y
-frenan mejor, y representan un núcleo, una casta.
-
-Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer
-la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde
-Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de
-Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los
-parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo.
-
-Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías
-tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido”
-asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo
-sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la
-hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”,
-provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la
-vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos
-posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos.
-Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y
-tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos;
-estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y
-venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras
-resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella
-enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra
-inmovilidad parecía aún más trágica.
-
-Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados
-y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que
-hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía
-doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el
-lote figurábamos nosotros. Al reconocerme--y lo hizo con severa
-escrupulosidad--uno de aquellos caballeros exclamó:
-
---¡Este coche no parece malo!
-
-El señor a quien dirigía la observación repuso:
-
---Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo.
-
-Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión
-que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían
-recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi
-presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de
-esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto
-decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos
-aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una
-máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la capital por líneas
-que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en
-un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso
-edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento.
-
-Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi
-juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los
-Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá,
-dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A
-mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces
-era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella
-parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído
-sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el
-movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo
-parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones
-gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos
-que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún
-la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que,
-desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo
-cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del
-terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el
-aire es más seco.
-
---Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones
-levantinas--pensé--será cordial para mí como una estación de invierno.
-
-Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía
-de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana--y como para
-borrar mi pasado--, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de
-los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros
-correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte,
-sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San
-Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras
-flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y
-alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer
-a mis compañeros de ruta.
-
-A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a
-contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a
-quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a
-mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El
-Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras
-con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y
-los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba
-campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un
-peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron
-en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le
-testimoniaban respeto.
-
-Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres
-y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente
-respondí a sus averiguaciones--pues nunca me gustó caminar de prisa en
-la amistad--; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la
-línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña--callé que en un
-“correo”--y que después del choque de Toral de los Vados trabajé dos
-meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente
-castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a
-mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad;
-debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás.
-Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme
-para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la
-“novatada”; era algo de lo que--según muchas veces he oído contar--les
-sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados.
-
---¡Buen chasco vais a llevaros!--meditaba yo.
-
-Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me
-interrogó:
-
---¿De dónde eres tú?
-
---¿Y tú?--repliqué en el mismo tono insolente.
-
---De Zaragoza.
-
---Yo nací en Saint-Denis.
-
---¿San... qué?...
-
---Saint-Denis--repetí.
-
---Franchute, entonces...
-
---No; franchute, no; francés. Y, desde que llegué a España, me llaman El
-Cabal, nombre que te explicará mi condición; y es que soy completo; o,
-lo que es igual: que, como nada me falta, nadie puede tener más que yo.
-
---Así debe ser--repuso El Majo.
-
-Pero sentí que lo decía a regañadientes y que me guardaba rencor.
-
-Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros
-asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y voces del
-exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada
-sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del
-alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por
-cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su
-carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los
-romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures--aunque
-muy distintos entre sí--conservan la sangre de los iberos primitivos;
-los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de
-árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en
-Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones
-proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus
-respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una
-prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un
-reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su
-cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas
-narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza
-vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres
-serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye
-platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las
-mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más
-turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona--años después
-lo comprobé por mí mismo--sólo se habla catalán; en los de Valencia,
-valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches,
-durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una
-de las dos grandes estaciones ferroviarias de la Corte reasume el
-“plano moral” de media Península.
-
-El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es
-patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas,
-Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus
-bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y
-algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas
-norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía--la vieja
-Vandalia--son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es
-epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por
-altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda
-su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto
-extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser
-muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista
-de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor
-y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos
-conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en
-nuestro espíritu por obra de aquella costumbre--reflejo de nuestro
-egoísmo--que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de
-ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra
-hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e,
-inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea,
-no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o
-se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo
-de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para ellos
-una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor
-vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará
-acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la
-filantropía. “A nuestro interlocutor--piensa--debo entretenerle,
-consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al
-aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una
-pirueta, y así, del dolor secular--dolor de raza--de todos los
-andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de
-Andalucía.
-
-Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba
-y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las
-charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa--a veces
-corrosiva--de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no
-bien la conversación se enciende.
-
-La noche a que antes me refería--la de mi primer viaje a Sevilla--era
-una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en
-todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una
-compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre
-mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran
-andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado
-a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el
-“galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le
-llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba
-conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante
-hablaban a gritos:
-
---¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?--decía él.
-
---A una gorda, sería.
-
---Se equivoca usted: a una flaca.
-
---¡Jesús, qué mal gusto!
-
---A Pilar Gil.
-
---No me diga usted dónde la pellizcó.
-
---Donde me pareció que tenía más carne.
-
---De todos modos llegaría usted al hueso en seguida.
-
---¿Que si llegué?... ¡Como que perdí la uña!...
-
-El picante discreteo continuó. “Pedro Domecq” quería atraer a la actriz
-a su departamento; ella resistía y coqueteaba:
-
---Véngase usted aquí, criatura...
-
---¿Hay algún asiento desocupado?
-
---¿Pero usted cree que yo iba a ofrecerla un asiento, como a una vieja?
-
---¿Entonces, qué?
-
---Mis rodillas, que parecen hechas de plumas, por lo blandas.
-
---No me convienen.
-
---¿Iba usted a tener mucho calor?
-
---Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no
-podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche...
-
---No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar.
-
-Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a
-despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la
-confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos
-rancios:
-
---¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?...
-
---Hombre... ¡qué sé yo!...
-
---Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya
-puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda?
-
---Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la
-que te llevas.
-
---¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese,
-para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?...
-
---¿Dónde ibas a comprarla?
-
---Yo preguntaría dónde la venden buena.
-
---Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a
-engañarte...
-
-En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la
-farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el
-sombrero.
-
---¡No gastéis los aplausos--repetía el empresario--; no los gastéis, que
-luego os harán falta!...
-
-Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer,
-decían “adiós”.
-
-Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado
-interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis
-huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos
-raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo
-castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos
-en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla:
-
---¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...
-
-La actriz se asomó:
-
---¿Qué quiere usted?...
-
---Hacerla una pregunta.
-
---Diga.
-
---¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?...
-
-Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De
-ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una
-alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de
-hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a
-gritar:
-
---¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...
-
-Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco:
-
---¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?...
-
---¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de
-esta estación?...
-
-Algunos de mis inquilinos habían pasado al _dining-car_, pero la
-mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo
-cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud.
-
-Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir
-mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las
-planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco,
-bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los
-repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las
-ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy
-resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos,
-teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla,
-Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos
-alto, resonaba la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba:
-
---Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta
-estación?...
-
-Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban
-con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor
-gracia parecía tener.
-
---¿Qué tal máquina llevamos?--pregunté al Negro.
-
---Superiorísima--contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz
-legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole--; cuatro años hace que
-ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno
-administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería
-perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos
-recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una
-locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma...
-
-Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel
-expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un
-“jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi
-servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar
-rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y
-su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban
-apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir,
-dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se
-alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y
-empezaba a clarear.
-
-La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro
-Domecq”, repetía inútilmente:
-
---¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor
-impropio de esta estación?...
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció
-detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea
-andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su
-estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la
-psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un
-río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles.
-Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia...
-no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así
-cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron,
-no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más
-que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra
-península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que
-España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas,
-parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus
-planicies estériles, sus ríos sin agua--aquellos mismos que hace siglos
-prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como millonarios
-arruinados--, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de
-salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas
-ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo
-inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco
-gobernable.
-
-Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el
-espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente,
-penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más
-ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él
-renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en
-cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho,
-especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado
-El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses
-que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se
-hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de
-conocer, y mi memoria.
-
-En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y
-Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los
-alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa
-la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después
-las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas--tierras de
-sal--de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el
-pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una
-fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela,
-famosos por sus inmensos viñedos. La estación de Almuradiel ocupa la
-altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del
-Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la
-cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de
-Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos
-tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados
-perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una
-adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y
-después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano,
-descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para
-Granada y Almería. Pasan luego--y sólo he de citar las villas
-principales--Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las
-Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los
-viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de
-Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos
-dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las
-siete torres--diez veces centenarias--del castillo de Bujalance,
-construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos
-Córdoba, triste, augusta y hermética--según el público decir--como un
-altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió
-sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones
-con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece
-enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen
-un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la
-romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la Giralda, maravilla
-de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...
-
-Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me
-ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde
-pasábamos.
-
---Pertenecemos--decía mi compañero--a un país milagroso; y lo califico
-así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por
-destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de
-árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque
-persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y
-con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los
-eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos
-son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto,
-la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los
-hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes
-constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren
-los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los
-árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta
-nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo,
-a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer
-justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser
-aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a
-patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen
-tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la
-habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los
-rieles arena; pero ésta, al revolverse con el aceite de las langostas
-estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos
-obligó a inmovilidad.
-
-Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó:
-
---En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta
-no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y
-no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor.
-¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!...
-
---El cacique--interrumpí--descendiente caricaturesco del señor feudal,
-es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras
-muchas partes.
-
---Sí--replicó El Negro--, el caciquismo es dolencia muy española; mas no
-puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está
-hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la
-desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros
-gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas.
-Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a
-cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca
-de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no
-porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria
-España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o
-político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí,
-los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo
-para ellos y, desde luego, más teatral.
-
-Estas meditaciones resucitaron en mi memoria las que, a propósito de un
-tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo
-amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este
-país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio,
-los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su
-desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la
-autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el
-mundo--discurre--me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el
-“más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo,
-llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide
-por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada
-filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero
-inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos
-mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias,
-representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las
-levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los
-espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?...
-
-Platicando en este tono, en el que había más melancolía que
-apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no
-recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas
-personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas
-yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los
-dos--pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego--,
-prestaba escolta.
-
-Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo;
-pero... tan expresivo, tan burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás
-aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el
-“prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y--por lo
-mismo--al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque
-es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo
-muy serio.
-
-Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi
-personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras
-antes de dejarlas hablar.
-
-IDA: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos
-bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo
-conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y
-maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste
-una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre
-triste como un adiós.
-
-DON ALFONSO: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la
-vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.
-
-“EL OTRO SEÑOR”--nunca oí su nombre--: la misma edad de don Alfonso.
-“Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas
-prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una
-doble expresión muy frecuente, porque la bondad--entre los
-humanos--suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes
-grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...
-
-Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera
-mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque
-dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida
-nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un
-servidor del _dining-car_, que repite ante la puertecilla de cada
-departamento:
-
---Señores: la “primera mesa” va a empezar...
-
-DON ALFONSO.--(_Levantándose_.) Autorícenme ustedes a marcharme. (_A
-ella_.) ¿Te envío un té?
-
-IDA.--(_Dulcemente_.) No, gracias.
-
-DON ALFONSO.--(_Obsequioso_.) Un té, bien azucarado... y con unas
-pastitas...
-
-IDA.--Me haría daño; ¿no lo sabes? (_Mirándole amorosamente_.) Come bien
-tú; come por los dos...
-
-Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”--que también así
-podemos designarle--quedan solos en su departamento. En torno suyo,
-sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida,
-que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza
-y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha
-divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más
-retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita
-ser justificado.
-
-EL.--En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.
-
-IDA.--Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (_Dirige a mis dos
-lámparas una mirada despectiva, que me ofende._)
-
-EL.--¿La gusta a usted leer?
-
-IDA.--Según... (_Pausa breve._) Los libros amenos no abundan. Es tan
-difícil hallar un libro interesante como conocer un hombre entretenido.
-
-EL.--(_Con acento seguro._) ¿Verdad que son muy raros los hombres
-interesantes?
-
-IDA.--Dos por mil.
-
-EL.--Exagera usted.
-
-IDA.--¿Le parecen pocos?
-
-EL.--Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque
-saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más,
-porque lo ignoran todo.
-
-Los dos sonríen.
-
-IDA.--Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos
-casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!
-
-EL.--Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos
-toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.
-
-Ida suspira.
-
-EL.--Yo, también soy un gran desengañado. (_Corta pausa._) El mundo es
-monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que,
-como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el
-único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (_Otro
-silencio discreto._) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y
-maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba
-toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo
-añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar
-entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a
-contentarme con él.
-
-IDA.--¿Lo halló usted?
-
-EL.--Todavía no. (_Mirándola expresivamente a los ojos._) O, quizás,
-sí... ¡No lo sé!...
-
-IDA.--¿Busca usted aún?
-
-EL.--Siempre.
-
-IDA.--Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (_Con un
-temblor, casi imperceptible, en la voz._) Yo... ¡ya no busco!
-
-EL.--Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo
-fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de
-casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.
-
-IDA.--Tal vez... (_Mueve la cabeza._) Pero, ¿a qué afanarnos en crear
-ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que
-detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”...
-¡Como en la vida!
-
-EL.--(_Fervoroso._) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos
-derrota... ¡volvamos a luchar!
-
-Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran,
-entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me
-alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos,
-empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.
-
-IDA.--¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy
-artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?
-
-EL.--(_Interrumpiéndola vehemente._) ¡Sí, amor!
-
-IDA.--El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo
-quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?
-
-EL.--Indudablemente, y apelo al testimonio del libro inmortal cuya
-autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don
-Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (_Animándose._) ¡Ah, si
-la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...
-
-IDA.--¡Qué locura! Amar es esclavizarse.
-
-EL.--Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del
-aburrimiento?
-
-IDA.--¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que
-acarrea un amor?... (_Risueña._) Oiga usted a los hombres...
-
-EL.--(_Exaltándose._) ¡Miserables!... La mujer que no amamos,
-ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda
-ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga;
-la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre
-llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.
-
-Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el
-oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la
-botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es
-ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio.
-Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de
-rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan
-discreteando, pero en voz más confidencial.
-
-EL.--(_Con un nuevo ardor en el acento._) El mundo objetivo no existe
-realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo
-sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un
-poquito cruel. (_Un silencio que empleará en recoger ideas._) ¿Conoce
-usted la admirable película de Pietro Fosco, _El fuego_?...
-
-Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos,
-parecen aniñarse con la curiosidad.
-
-EL.--Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una
-mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las
-tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la
-hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la
-interesan. “--Iré a tu casa--le anuncia--para conocerte mejor.” A la
-noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el
-estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una
-vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la
-pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase
-más enamorada del pintor. “--Tienes mucho talento--repite--; un
-extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las
-circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “--A tu
-madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de
-separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma
-entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles,
-fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no
-apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “--¿Y mi
-novia?”--interroga suplicante. “--Sacrifícala también: es indispensable
-que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “--¿Cuánto
-tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “--Ocho horas,
-señora.” “--¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “--¿Qué
-haré--replica EL--si no puede alumbrar mejor?” “--Te engañas. Hay en tu
-lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí.
-¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo.
-Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado,
-cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...
-
-IDA.--(_Temblando._) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se
-me han quedado frías.
-
-EL.--Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de
-los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger
-pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz
-vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida
-una hoguera?...
-
-IDA.--No lo sé.
-
-EL.--Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su
-intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un
-instante si basta a enseñárnoslo todo. (_Misterioso y profético._) Y es
-llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.
-
-IDA.--No me atrevo...
-
-Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo.
-
-EL.--“Rompa usted su lámpara”. (_Sombrío._)
-
-IDA.--¿Y después?
-
-EL.--No pregunte usted eso: la Felicidad no tiene futuro, no tiene
-“después”. Cuando el incendio le haya permitido a usted ver “lo
-infinito”, ¿para qué querría usted seguir viviendo? (_Pausa._)
-
-IDA.--(_Con curiosidad pueril._) ¿Cómo termina el pintor su aventura?
-
-EL.--Malamente: porque acaba sus días idiota, en un manicomio, haciendo
-pajaritas de papel. (_Transición._) Pero, ¿qué importa, si antes de caer
-en la idiotez fué famoso, rico y amado?...
-
-El esposo de Ida, que vuelve del comedor, aparece inesperadamente:
-
---Buenas noches.
-
-Ida lanza un pequeño grito.
-
-DON ALFONSO.--¿Soy importuno?... ¿De qué hablaban ustedes?...
-
-IDA.--Como no te sentimos llegar... (_Recobrándose._) Nuestro amigo me
-contaba el argumento de una película.
-
-DON ALFONSO.--En el coche inmediato he saludado a la marquesa de Guzmán;
-lleva a una de sus nietecitas enfermas; yo la dije que tú pasarías un
-momento a visitarla; ¿quieres?...
-
-IDA.--(_Levantándose._) Sí, sí; hiciste muy bien.
-
-DON ALFONSO.--(_A su amigo._) Estaremos de vuelta antes de que usted se
-marche a cenar.
-
-EL SEÑOR DEL CLAVEL ENCARNADO.--Muy bien... (_Saluda._)
-
-El matrimonio sale; don Alfonso camina delante. Al franquear la
-puertecilla del compartimiento, Ida vuelve la cabeza y sonríe; y aquella
-mirada y aquella sonrisa, “el hombre del clavel encarnado” las recibe a
-la vez, tal que dos saetas, en el corazón.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Abril había empezado, y era increíble la cantidad de “turistas”
-españoles y extranjeros que las festividades de Semana Santa y
-Feria--célebres en el mundo--llevaban a Sevilla. A diario los trenes de
-todas las líneas andaluzas rebosaban gente, y a ello contribuía mucho la
-emisión circunstancial de billetes económicos de “ida y vuelta”, cuya
-gran baratura aun a los más poltrones estimulaba a peregrinar. Nuestros
-convoyes estaban rendidos del peso que transportaban a cada viaje; los
-coches, sea cual fuere su clase, así como las vagonetas y furgones,
-salían cargados de pasajeros, de equipajes, de mercancías y hasta de
-muebles. Hubo locomotoras que partieron de Madrid arrastrando más de
-trescientas cincuenta toneladas. En la estación central unos a otros nos
-informábamos del tráfico.
-
---¿Cómo iba esta mañana el “rápido”?...
-
---Lleno--respondía una voz.
-
---¿Y el “correo”?...
-
---Lleno también: salió con retraso, porque a última hora fué necesario
-añadirle dos “terceras”.
-
-Todos los trenes caminaban así, incluso los “mixtos” flemáticos, a
-quienes apodábamos “los alcanzados”, porque siempre se quedaban atrás.
-Este exceso de trabajo nos fatigaba, pero al mismo tiempo nos excitaba,
-pues en la acción va envuelta siempre una alegría, y el buen humor
-bullicioso--algo plebeyo--de nuestros huéspedes, se transmitía a
-nosotros. El carácter, netamente andaluz, de los festejos que se
-celebraban, estimulaba el andalucismo de los viajeros: los andaluces
-exageraban su acento y “se comían” más letras que nunca, y hasta los
-oriundos de otras regiones, arrastrados por el ejemplo, procuraban
-imitarles. Mi expreso, desde el ténder al furgón de cola--y sobre todo
-en las curvas, que le dan una ondulación pintoresca--parecía una calle
-de Sevilla o de Córdoba; yo mismo, no obstante mi origen vasco-francés,
-empecé a hablar un poquito andaluz...
-
-El “sábado de Gloria”, que disipa, con la algarabía de sus campanas, las
-sombras de la Semana de Pasión, el número de nuestros viajeros aumentó.
-Según la locución vulgar, en nuestro andén “no se podía dar un paso”. A
-ello contribuía el viajar con nosotros un gran torero y un ministro,
-tipos a quienes acaso por la largueza con que ganan su dinero, España,
-nación pobre, venera mucho. “Su Excelencia”--decían los periódicos de
-aquella mañana--se quedaría en Córdoba para asistir, en nombre del rey,
-a la colocación de una “primera piedra”, y luego estudiar “un
-problema”... ¡no supe cuál!... Yo le observaba: mi sencillez ha admirado
-siempre a esos prohombres que dedican su existencia a dirigir discursos
-a las piedras, como para probar su resistencia; a estudiar problemas y
-a esconder después, primorosamente, todo lo que saben.
-
-El torero, uno de los más gloriosos de su época, iba más allá que “Su
-Excelencia”, pues marchaba a Sevilla a curarse la herida que en la plaza
-de toros de Valencia un espectador le produjo con una botella que arrojó
-al redondel.
-
-Escoltaban al señor ministro varios periodistas y un numeroso núcleo de
-figuras parlamentarias. La mayoría de aquellos caballeros pasaban de los
-cincuenta años, platicaban mesuradamente, y vestían levita y sombrero de
-copa. Empecé a establecer relaciones entre la forma de esos sombreros,
-que únicamente usan las personas trascendentales, y la chimenea de
-nuestras locomotoras. ¿Estimularán la actividad cerebral, determinarán
-“un tiro” en las ideas?... “Su Excelencia” departía con todos, prodigaba
-saludos y su vientre y su rostro barbado, denotaban satisfacción. El
-público, al reconocerle, se detenía a mirarle, y él procuraba, en todo
-momento, tener una actitud tribunicia. Le rodeaba una atmósfera de
-éxito, y el personaje procuraba que a su renombre correspondiese su
-figura. Para el vulgo, la prestancia es talento.
-
-“El teatro--reflexionaba yo--debe de ser algo así...”
-
-El lidiador viajaba en mi departamento-cama, y le acompañaban su
-apoderado y los hombres de su cuadrilla, la mayoría sevillanos, más
-otras cincuenta o sesenta personas de condición social diversa, según
-sus maneras de hablar y de vestir hacían comprender. No llegaría el
-famosísimo “espada” Manuel González a los veinticuatro años, y tanto
-hablaban las muchedumbres de su arte, como de los dos millones de
-pesetas que llevaba ahorrados, y del rumbo de su vida. Apodábanle “El
-Meñique” por lo limitado de su estatura, y su abolengo gitano lo
-pregonaban la negrura azabachada de los ojos, el cobre de la piel, y la
-ágil flexibilidad y armónica disposición del cuerpo. Advertí que sus
-veneradores eran más numerosos que los de “Su Excelencia”, y que le
-miraban con mayor cariño y devoción menos interesada. Desde mis
-ventanillas, varios pasajeros le observaban también, y había en sus
-rostros una quietud de felicidad: aquel hombre moreno, enjuto y triste,
-les parecía el símbolo de la Andalucía que iban a visitar. La multitud
-se detenía a contemplarle, contenta de tenerle tan cerca, mientras
-recordaba aquellos domingos triunfales en que, vestido de oro y seda,
-jugó con la muerte. Yo juraría que hubo unos segundos en que el señor
-ministro, celoso de la popularidad del lidiador, insinuó el ademán de
-saludarle. El Meñique, entretanto, chupaba un mondadientes y
-discretamente entornaba los párpados, como si aquella exhibición le
-cohibiese...
-
-Faltaban dos o tres minutos para la salida del expreso, cuando un viento
-de fronda cruzó tempestuoso por el andén. Lo levantaba un nutridísimo
-grupo de viajeros--más de treinta--que no hallaban asiento y buscaban al
-jefe de Estación para exigirle que añadiese al convoy otra “primera”.
-Aquellos señores, pálidos de impaciencia y de cólera, componían una
-manifestación antipatriótica, muy curiosa. Todos, a porfía, denostaban a
-España.
-
---¡Qué país!--vociferaban--; ¡esto sólo sucede aquí!...
-
-El más enfurecido iba sin sombrero y repitiendo a gritos:
-
---¡Yo necesito llegar a Sevilla mañana!... ¡Si no llego, pierdo cuarenta
-mil duros!...
-
-Uno decía:
-
---¡Da vergüenza ser español!
-
-Y varios, a la vez:
-
---¡Sí, señor; da vergüenza!...
-
-Hablando así mirábanse unos a otros, satisfechos de lucir su
-cosmopolitismo y su elegancia. Los manifestantes, a quienes seguía un
-centenar de desocupados, hallaron al jefe de Estación y al interventor
-del expreso cerca de mí, y en altas voces manifestaron su pretensión.
-Expúsoles el jefe, con bien concertadas palabras, la imposibilidad de
-complacerles por no haber coches disponibles. Uno replicó estúpidamente:
-
---¡Pues, los inventa usted!
-
-Frase que, no obstante su ausencia de sentido, enardeció a todos
-aquellos señores notablemente. Los brazos se levantaban, arreció la
-gritería y las manos volvíanse amenazadoras. El caballero “de los
-cuarenta mil duros”, exclamó:
-
---¡Si yo no salgo para Sevilla esta noche, al director de esta Compañía
-le doy un tiro!
-
-Un señor pequeñito decía, mirando a una y otra parte con ojos de tigre:
-
---¡Esto nos sucede porque no tenemos coraje! ¡Aquí no hay sangre!... ¡En
-Alemania el pueblo ya hubiese quemado la estación!
-
-El jefe replicó mesurado:
-
---No, señores: ni en Alemania, ni en ningún país bien civilizado el
-público protesta, porque supone que cuando los empleados que están a su
-servicio no le complacen, es que no pueden.
-
-Todos rugían:
-
---¡Es un abuso!... ¡Si no ponen un coche para nosotros, no dejaremos
-salir el tren!...
-
---¡La máquina--gritó el jefe para que todos le oyesen--no puede
-arrastrar más coches de los que lleva! ¡Ya lo saben ustedes!... Los
-señores que quieran marchar hoy, que vayan de pie!... Les autorizo. ¡No
-puedo hacer más!...
-
-Los manifestantes replicaron:
-
---¡Pues, no sale el tren!... ¡No le dejaremos salir!...
-
-El jefe, que durante la discusión había ido perdiendo terreno,
-reaccionó:
-
---¡Atrás todo el mundo!--ordenó de súbito--; ¡retírense ustedes... o me
-veré obligado a llamar a la guardia civil!
-
-Los revoltosos, maquinalmente, retrocedieron algunos pasos; amainaban.
-El jefe repitió, avanzando:
-
---Esta parte del andén la necesito libre. ¡Atrás todo el mundo!
-
-La multitud, acobardada, volvió a retroceder, silenciosa, con una
-humildad de rebaño. Yo pensaba: “--¡Cómo le hubiese gustado al pobre
-Dos-Caras ver todo esto!...” Al mismo tiempo sonó una campana, La
-Regadera silbó y el convoy se puso en movimiento. Asomado a una
-ventanilla, El Meñique saludó a sus amigos quitándose el sombrero, de
-ala plana, y vi que el celebrado lidiador era calvo.
-
---¡Viva Manuel!--gritó una voz desde el andén.
-
-Muchas voces acaloradas repitieron:
-
---¡¡Viva!!...
-
-Mientras “Su Excelencia”, desde su coche, sonreía al público, como si
-aquellas adhesiones de simpatía fuesen para él.
-
-El Meñique asistió a la “primera mesa”, y la emoción que su presencia
-produjo en el _dining-car_ debió de ser extraordinaria, porque al
-regresar a mí le seguían quince o veinte personas que viajaban en otros
-coches. Esquivando aquella adhesión pegajosa el matador entró en su
-departamento, donde se sentó; quitóse luego el sombrero, y bajo la luz
-su calva socrática brilló con una melancolía de marfil antiguo: en
-aquella posición su nariz aguileña parecía más larga, y su rostro
-cenceño, prematuramente aviejado por la inquietud, ofrecía, ora sobre
-los pómulos y el mentón, ya en las depresiones de las secas mejillas,
-todas las tonalidades del cobre.
-
-Atento a cuanto el ilustre torero decía a sus amigos, pronto fuí
-conociendo los nombres de los que le custodiaban de más cerca. Sentado a
-su izquierda tenía a su apoderado, don Ricardo Fernán, persona, al
-parecer, de su mayor predilección; y a la derecha a un joven prócer, de
-charlar abundante y reir estentóreo, a quien unos y otros familiarmente
-llamaban “marquesito”. En el vano mismo de la puerta y ocupándola casi
-por completo con los hombros, permanecía Juanito Paisa; un notario joven
-de Sevilla, al que todos respetaban por su manifiesto ascendiente sobre
-Manuel. A Juanito le vestía el sastre de Manuel, y le calzaba el
-zapatero de Manuel, y su sombrerero era el de Manuel. Juanito Paisa era,
-por antonomasia, “el amigo de Manuel”, y se le conocía y consideraba por
-esto más que por su profesión, cual si el rasgo culminante de su
-biografía fuera haberse captado el afecto del matador. Por tanto, a
-Juanito Paisa no le molestaba que “el marquesito” estuviese arrellanado
-al lado de Manuel: si el aristócrata ocupaba aquel sitio era porque él,
-generosamente, se lo había cedido; él no quería “acaparar” a Manuel; un
-hombre como El Meñique se debía a la humanidad, y la felicidad conviene
-repartirla; pero estaba cierto de que, a la menor insinuación suya, “el
-marquesito” se habría levantado. Detrás de Juan Paisa, a lo largo de mi
-corredor, muchos curiosos se estrechaban con el deseo de ver al
-lidiador: los más pequeños, a pesar de mis temblequeos, se ponían de
-puntillas. Todas mis plazas iban ocupadas; hacía calor y la fuerte
-respiración de las ventanillas no bastaba a refrescar la atmósfera.
-
-El tema de las conversaciones era el arte de Manuel González y su miedo
-a los toros. También se habló del hombre: un viajero le había encontrado
-más delgado que antes; otro le hallaba lo mismo; un tercero celebraba
-los brillantes que el espada lucía en la pechera. Se glosó largamente la
-herida por que cojeaba Manuel; la tenía en el pie derecho, a la altura
-del tobillo.
-
---Se la hicieron con una botella en el preciso instante de entrar a
-matar. Dicen los periódicos que ya le habían dado el “segundo aviso” y
-que el público se impacientaba.
-
-Estas conversaciones que, por concerner a lugares y asuntos desconocidos
-para mí, yo traducía mal, me interesaban menos que el entusiasmo ingenuo
-de los platicadores, quienes por ocuparse de Manuel, hasta de sus
-propios asuntos se olvidaban. Esta unánime y férvida admiración me
-sorprendía; era nueva para mí; yo nunca había visto tantas almas vibrar
-a compás, y pensé que en una novela de costumbres taurinas, antes que al
-matador el papel capital debía adjudicársele a la muchedumbre, pues lo
-pintoresco, lo inverosímil dentro de los grados más agudos de la
-comicidad, lo bufo, en fin, está en la muchedumbre.
-
-A lo largo de mi tránsito yo oía cuchichear:
-
---¿Qué hace ahora El Meñique?...
-
-Esta curiosidad candorosa, que todos hallaban muy legítima, muy
-razonable, corría de unos viajeros a otros hasta la puerta donde “el
-amigo de Manuel”, cuya conocida privanza todos envidiaban, montaba una
-guardia sin sueño, y la respuesta venía en seguida:
-
---Está hablando de las corridas de Sevilla...
-
-Y esta información era para todos tranquilizadora y dulce como una
-ráfaga de buen aire.
-
-Luego circuló la noticia de que El Meñique había pagado siete mil
-pesetas por un caballo; después, que quería comprar un cortijo a orillas
-del Guadalquivir...; y durante larguísimo rato mis huéspedes no supieron
-hablar más que de caballos y de cortijos.
-
-Un caballero, de buena traza y frondosos bigotes, que viajaba con su
-esposa y dos hijas, ya mujeres, dejó su asiento con propósito de saludar
-al Meñique.
-
---¿Volverás pronto?--le preguntó su mujer.
-
---En seguida.
-
-Salió al corredor y, favoreciéndose con los codos, comenzó a abrirse
-paso; la tarea era ardua, porque la masa de viajeros allí estacionada
-apenas ofrecía suturas. Sin embargo, apoyándose en unos, empujando a
-otros suavemente, recurriendo con urbanas frases a la amabilidad
-general adelantando siempre de perfil, como si nadase contra corriente,
-el caballero “del frondoso bigote” consiguió acercarse a Juanito Paisa,
-cuya atención solicitó tocándole en un hombro. Paisa volvió la cara.
-
---Buenas noches; dispénseme usted: deseaba saludar a Manuel...
-
-“El amigo de Manuel” fijó en el recién aparecido una mirada escrutadora,
-una mirada de portero. Indagó:
-
---¿Usted le conoce?
-
---No, señor... y quisiera tener ese gusto. Si usted le trata y puede
-presentarme...
-
-Las mejillas de Juanito Paisa se arrebolaron de orgullo; destosió y
-sonrió jactancioso.
-
---¿Que si puedo presentarle?... ¡Ya lo creo! No podía usted haberse
-dirigido a nadie mejor que a mí. ¡Como que el mejor amigo suyo soy
-yo!... Pero tendrá usted la bondad de aguardarse un poquito, porque
-Manuel está hablando y le molesta que le interrumpan.
-
-Muy paciente, el señor “del frondoso bigote” repuso:
-
---Esperaré...
-
-Aquel aplazamiento le irritó unos segundos; en seguida se serenó: miró
-hacia atrás, comprendió el difícil camino que acababa de recorrer, y
-esta consideración le regocijó hondamente. Desde la posición conquistada
-podía ver al Meñique y hasta oír, de cuando en cuando, alguna palabra de
-las muchas que iba diciendo, y experimentó la satisfacción del hombre
-que se reconoce bien situado en la vida. Juanito Paisa le había vuelto
-la espalda. Transcurrieron doce o quince minutos, y el señor “del bigote
-frondoso” se creyó olvidado; los omoplatos de Paisa proyectaban sobre
-él una emoción de soledad; volvió a sentirse abandonado, casi
-desgraciado...; a punto estuvo de regresar a su compartimiento, pero
-pensó que su mujer y sus hijas le pedirían detalles de su conversación
-con El Meñique, y esto hízole variar de propósito. Sacando ánimos de su
-propia flaqueza, llamó la atención del “amigo de Manuel”.
-
---¿Podrá ser ahora?--murmuró lo más gentilmente que le fué posible--;
-porque... como mi familia me aguarda...
-
-Juanito Paisa comprendió la tribulación de aquel hombre; por iguales
-zozobras había pasado él antes de llegar a ser, a fuerza de constancia y
-de pequeños sacrificios, el mejor amigo del matador... ¡y fué clemente!
-
---¡Ahora mismo!--exclamó--. ¡No se apure usted!...
-
-Avanzó lo necesario, lo estrictamente necesario, para que el señor “del
-frondoso bigote” pudiese franquear la puerta, y agregó, dirigiéndose al
-torero:
-
---Manuel, dispensa: aquí hay un caballero empeñado en conocerte...
-
-Manuel González se levantó; sus labios obscuros insinuaron un movimiento
-que no llegó a cuajar en sonrisa, y extendió su mano al recién llegado;
-aquella mano que se mojaba en sangre de toro todos los domingos.
-
---Celebro verle a usted tan bueno, amigo--dijo.
-
---Muchas gracias, igualmente--repuso, visiblemente turbado, el señor
-“del frondoso bigote”.
-
-No dijo su nombre. ¿Para qué? Hubiera sido un rasgo de orgullo. Allí ni
-él ni los demás significaban nada; ante el matador glorioso no podía
-haber más que admiradores.
-
-El Meñique añadió cortés, brindándole su asiento con un ademán:
-
---Si quiere usted descansar un rato...
-
---Muchas gracias... muchísimas gracias: sólo vine por tener el honor de
-saludarle...
-
-Esta fineza la agradeció El Meñique con otro ademán. Después se creyó
-obligado a presentar a las dos personas con quienes se hallaba:
-
---Don Ricardo... “el marquesito”... un señor que quería conocerme...
-
-El visitante, por momentos más cohibido, se inclinó varias veces. Hecho
-lo cual, y sin más preámbulos, ofreció al espada un riquísimo habano.
-
---Para que se lo fume usted a mi salud--dijo--; en el estanco de la
-estación no había nada mejor.
-
-Manuel miró a su apoderado, sonrió y se guardó el obsequio en un
-bolsillo.
-
---Se agradece--murmuró.
-
-Muy satisfecho de sí mismo, “el señor del bigote” volvió a estrechar la
-mano del diestro; despidióse de Juanito Paisa, agradeciéndole mucho el
-favor que acababa de hacerle, y de nuevo rompió a través de los viajeros
-que obstaculizaban mi corredor. Tras él, con admiración, la gente
-cuchicheaba:
-
---Es un amigo del Meñique...
-
-Y las miradas envidiosas le seguían.
-
-En Alcázar de San Juan una veintena de personas esperaban la llegada del
-expreso para saludar a Manuel, y “el ídolo” tuvo que asomarse a una
-ventanilla. Todos le preguntaban lo mismo:
-
---¿Y el pie?... ¿Cómo está el pie?...
-
---Va mucho mejor.
-
---¿Un botellazo, verdad?...
-
-Con mucha flema, El Meñique repetía:
-
---Sí, un botellazo...
-
-Su longanimidad, su elegante resignación, inflamaban en sus adictos su
-cariño hacia él.
-
---Si yo llego a estar allí--decían--, te juro que el bárbaro que te tiró
-la botella se la come...
-
-El diestro no contestaba; parecía fatigado.
-
---Iremos a Sevilla, a aplaudirte--ofreció uno.
-
---Vamos todos y te sacaremos de la Plaza en hombros--exclamó otro.
-
-Tristemente, Manuel González repetía:
-
---Muchas gracias; si tengo suerte...
-
-Silbó La Regadera y empezamos a rodar. Entonces aquellos hombres
-corrieron a lo largo del andén; se empujaban, se atropellaban, mientras
-decían:
-
---¡La mano, Manuel!... ¡Dame la mano!...
-
-Ninguno quería renunciar a este honor, y Manuel González procuró
-complacer a todos. Luego, mientras Juanito Paisa se precipitaba a cerrar
-el cristal de la ventanilla, noté que El Meñique movía y se miraba los
-dedos, como si le doliesen. Juanito, que no le quitaba ojo, también lo
-advirtió.
-
---¿Te han hecho daño, verdad?... ¡Pero si mil veces te recomendé que no
-le dieses a nadie la mano!...
-
-Burlón y melancólico, Manuel suspiró:
-
---¿Y qué voy a dar, Juan?
-
---¡Das una rodilla!...--replicó el notario.
-
-Por el corredor circuló la noticia de que El Meñique acababa de
-lastimarse, y muchos viajeros, que ya se habían sentado, volvieron al
-pasillo. Con gran regocijo de su corazón, “el amigo de Manuel” sintióse
-obligado a repartir explicaciones.
-
---A mí, si doy la mano--decía--no me sucede nada; pero a Manolo la gente
-le quiere demasiado y, sin intención, por supuesto, le estropean. El año
-pasado, en Madrid, al apearnos del tren, un admirador le cogió una mano,
-y con la alegría de verle empezó a apretársela... más... ¡más!... sin
-poder contenerse, como en un frenesí epiléptico, hasta que se la magulló
-de manera que al siguiente día no pudo torear.
-
-Contempló al “ídolo” con humildes y enternecidos ojos.
-
---Por eso--terminó--apenas viene alguien a saludarle, me pongo a su
-lado: ¡yo no consiento que a un hombre tan bueno como él se le haga
-daño!...
-
-Las sombras que el expreso proyectaba a un lado y otro, sobre los
-repechos, me indicaban que los huéspedes de los demás coches dormían,
-pues todos los vagones iban a obscuras. Unicamente mis ventanillas
-persistían iluminadas, y mis viajeros, como desvelados por la vecindad
-del matador, no pensaban dormir.
-
-En Manzanares, donde El Meñique recibió de un grupo de adictos
-manzanareños vítores y parabienes conmovedores, subió a mí un individuo
-treintañal, pequeño y flaco, que, no bien columbró a Juanito Paisa,
-fuése a él con los brazos abiertos.
-
---¡Juanito... Juanito!...--repetía aquel señor conforme iba andando--.
-¡Juanito!...
-
-“El amigo de Manuel” pareció alegrarse de verle.
-
---¡Don Felipe!--exclamó.
-
-Hubo, sin embargo, en su gesto cierta tibieza; fué un saludo de amo a
-criado; Juanito consideraba a don Felipe “inferior”.
-
---¿Adónde va usted?--agregó.
-
---A Sevilla, hijo mío; a la Feria. ¡Como todos los años!... ¡A ver a
-“ese hombre”, a esa maravilla!...
-
-Referíase al Meñique. Paisa replicó orondo, con el orgullo de quien abre
-una caja de caudales:
-
---Ahí le tenemos.
-
---¡Ya lo sé!... Me habían dicho: “El Meñique viene en el segundo coche.”
-Y por eso me metí aquí. ¿Supongo que me presentará usted a él,
-verdad?...
-
---Ahora mismo.
-
---Usted ya sabe que lo merezco...
-
---¿Cómo si lo merece usted?--apoyó Juanito--: ¡más que nadie!...
-¡Adentro!...
-
-Penetraron en el compartimiento del torero.
-
---Manuel--dijo Paisa con un reposo que daba a sus palabras solemnidad--:
-voy a presentarte a un amigo “de los buenos”, a un partidario tuyo
-“verdad”. ¡Cuando yo te lo digo!...
-
-El Meñique se levantó y estrechó la mano de don Felipe, que, con
-elegancia y desparpajo, se había descubierto. Aquel hombre era calvo
-también, y quedéme pasmado de su fraternal semejanza con el matador:
-tenía sus ojos negros, su tez cobriza, sus mejillas tristes, su perfil
-de águila...
-
---Te advierto--prosiguió “el amigo de Manuel”--que no es calvo; don
-Felipe no es calvo, pero se afeita la cabeza para parecerse más a ti.
-
-El Meñique rió francamente.
-
---Hombre... ¡muchas gracias!
-
-Y le examinaba; y cuanto más minuciosamente le detallaba más crecía en
-él la ilusión de hallarse ante un espejo.
-
---Así es--ratificó don Felipe--; yo me afeito la cabeza dos veces por
-semana, para asemejarme a usted más. Y cuando alguien me pregunta: “¿Es
-usted hermano del Meñique?...” siento que me hincho de satisfacción.
-
-Ya sentados continuaron hablando, y don Felipe declaró tener guardados
-en álbumes y clasificados cronológicamente cerca de cuatro mil retratos
-de su lidiador favorito.
-
-Era más de media noche.
-
-Yo pensaba:
-
---¿Será posible que esta gente no tenga sueño?...
-
-Jamás había presenciado vigilia tan larga.
-
-En Valdepeñas, adonde arribamos con retraso, también esperaban al
-Meñique. Las escenas de Manzanares y de Alcázar de San Juan se
-reprodujeron fielmente; las preguntas eran siempre: “¿Cómo está la
-herida?...” “¿Fué un botellazo, verdad?...” A las que seguían varias
-palabras ofensivas para la madre de quien arrojó la botella. Después,
-parabienes, estrujones de manos, promesas de ir a Sevilla pronto,
-vítores... y el tren que se va.
-
-Al salir de Valdepeñas Manuel pidió le preparasen la cama, pues quería
-dormir, y delegó en su apoderado el trabajo de recibir a cuantas
-personas o comisiones estuviesen aguardándole a lo largo de la ruta.
-
---Porque yo--declaró--no puedo tirar de mi cuerpo.
-
-Aseguróle don Ricardo que nadie le molestaría, y con esta halagüeña
-perspectiva el matador despidióse de “sus íntimos”, y, cojeando,
-volvióse a su compartimiento. En el instante de cerrar la puerta,
-Juanito Paisa le llamó, metiendo los labios por la ranura, llena de luz,
-que aún quedaba entre el batiente y el marco. Juanito tenía celos de
-todos los amigos de Manuel, y no perdía ocasión de demostrarles que él
-era más obsequioso que ninguno y “el último” siempre con quien el
-diestro hablaba al ir a recogerse.
-
---¿Quieres algo, Manuel?--averiguó el notario.
-
---No, gracias.
-
---¿No se te ofrece nada?
-
---Nada.
-
-Los grandes toreros, por lo mucho que en aquella y en otras ocasiones
-comprobé, tienen corta la conversación. “El amigo de Manuel” miraba al
-espada con cariño filial, con sorpresa, con arrobo: aquel hombre era su
-admiración, su alegría, su orgullo; era casi el “porqué” de su vida... y
-observándole languidecía como un “dilettante” de la pintura ante un
-cuadro maestro. Con ternura de mujer, preguntó:
-
---¿Para salir del tren, qué traje vas a ponerte?
-
---Este mismo.
-
-Juanito Paisa apuntó un levísimo mohín de tristeza, y El Meñique abrió
-un poco la puerta; aquel guiño acababa de lastimarle en su presunción de
-mozo bien sembrado; en tal momento el amor propio le dolía más que el
-pie.
-
---¿Por qué dices eso?--exclamó.
-
---No sé... por nada...
-
---¡Habla, hombre! ¿No te gusta este traje?
-
-Se examinaba: era un “completo” de color “marrón”, muy ceñido, que
-chorreaba majeza, obra de uno de los más afamados sastres sevillanos. A
-su vez Juanito le miraba con éxtasis, casi pesaroso de haber hablado.
-
---El traje “marrón”--pudo decir al fin--es perfecto, como todos los
-tuyos...
-
---¿Entonces?
-
---Pero es que lo has llevado dos días seguidos. Por eso, para entrar en
-Sevilla, me gustaría verte con el gris. ¡Tú no sabes cómo te “cae”!...
-
-Manuel movía la cabeza; consideraba que, para complacer a su amigo,
-habría de molestarse en abrir la maleta. Juanito Paisa agregó:
-
---Con el traje gris estás... ¡vamos!... ¡Estás como con ninguno! ¿Iba yo
-a engañarte?
-
-Desasido y paciente, El Meñique repuso:
-
---Bueno, hombre; duerme tranquilo: me pondré el traje gris...
-
-Y cerró la puerta.
-
-Para que el torero reposase mejor, don Ricardo Fernán, “el marquesito” y
-“el amigo de Manuel” se retiraron al departamento contiguo, dispuestos a
-dormir. Mis otros inquilinos también descansaban, y todas mis luces,
-excepto las del pasillo, donde quedaban algunos fumadores insomnes,
-fueron apagadas. Así llegamos a Venta de Cárdenas, donde, sin miedo a lo
-intempestivo de la hora, varios admiradores del lidiador esperaban. Yo
-les oía preguntar:
-
---¿Dónde estará Manuel?... ¿Vosotros no sabéis en qué coche vendrá?...
-
-La circunstancia de hallarse los vagones en tinieblas les despistaba y
-empezaron a correr, desconcertados, delante del convoy. Les enfurecía el
-temor de no ver al “ídolo”. Algunos empezaron a gritar:
-
---¡Manuel, Manuel!...
-
-El apoderado del Meñique y sus compañeros se miraban regocijados y
-llevándose un índice a los labios, dándose mutuamente la consigna de
-permanecer callados. Los venteños insistían en su demanda y con los
-nudillos golpeaban en las ventanillas de los coches; pero el expreso
-volvió a caminar y quedaron chasqueados. Lo propio acaeció en las
-estaciones de Santa Elena y Vadollano, y en la de Baeza un individuo,
-cansado de llamar al Meñique, lanzó una gruesa piedra contra mí y me
-rompió un cristal. El bárbaro fué detenido.
-
---El peligro está en Córdoba--decía don Ricardo.
-
-Y “el amigo de Manuel” repetía, afligidísimo:
-
---¡Eso!... ¡En Córdoba, donde tenemos una parada de quince minutos! Allí
-no hay escape...
-
-Sus tristes previsiones hallaron confirmación plena. Al entrar, ya casi
-de día, en la estación cordobesa, columbré una multitud de más de
-cuatrocientas personas, ávidas de ver al torero herido. Aquel humano
-enjambre avanzó al encuentro de la máquina, e instantáneamente formó en
-línea de batalla ante el convoy. A un: “¡Viva El Meñique!”, lanzado al
-aire por un pecho robusto, respondió un “¡¡Viva!!...” colectivo,
-ensordecedor y prepotente.
-
-Los coches-camas persistían embozados en su obscuridad, pero en las
-“primeras” las luces lucían porque el trasiego de viajeros era
-considerable. Desde el furgón de cabeza al de cola, se oía repetir:
-
---¡Manuel!... ¿Dónde está Manuel?...
-
-Otras voces discutían:
-
---Deben de venir con él su apoderado y Juanito Paisa.
-
---¿De qué Juanito Paisa hablas tú? ¿Del notario? ¡Ese está en
-Sevilla!...
-
---Te aseguro que viene aquí: Juanito Paisa es “el amigo de Manuel” y le
-acompaña a todas partes. ¡Me juego lo que quieras!...
-
-Tanto arreció el vocerío de los manifestantes, que don Ricardo decidióse
-a mostrarse en una ventanilla. Paisa y “el marquesito”, contentísimos de
-exhibirse también, permanecían tras él, muy cerca.
-
---Buenos días, señores--dijo el apoderado sencillamente.
-
-Sus palabras, aunque articuladas en voz baja, tuvieron la virtud mágica
-de llegar a todas partes, porque en el acto, la multitud corrió a
-congregarse delante de mí.
-
---Yo les agradezco a ustedes mucho--prosiguió don Ricardo--este rasgo de
-adhesión. ¿Qué querían ustedes? ¿Ver al Meñique?... No es posible,
-porque viene acostado.
-
-A la vez, cruelmente, los oyentes replicaron:
-
---¡Que se levante!...
-
---Viene dormido; pasó muy mala noche...
-
---¡Despiértele usted!--gritaban a porfía unos y otros--; nosotros
-también pasamos mala noche. Por verle, la mayoría de los que estamos
-aquí no se ha acostado.
-
---Señores--insistió don Ricardo--; yo no me atrevo a despertar a
-Manuel; adviertan que se trata de un hombre herido...
-
---No importa--replicaron unánimes los espectadores--; una herida en un
-pie no es grave. ¡Dígale que se tire de la cama! ¡Queremos verle...
-queremos hablar con él!...
-
-Consideraban que ya habían transcurrido ocho o diez minutos, y que el
-momento de salir el expreso era inminente. Empezaron a irritarse. ¿Se
-les desdeñaba?... Súbitamente la muchedumbre iba a enojarse, porque en
-el alma colectiva ni la admiración ni el odio tienen entrañas ni cauces
-fijos. Por fortuna don Ricardo comprendió a tiempo.
-
---Pues que se empeñan--gritó--esperen un momento. ¡Voy a rogarle que se
-levante!
-
-Corrió, seguido de Paisa, a la cama de Manuel, que estaba despierto y de
-torcidísimo humor.
-
---¡Arriba, Manolo!--imploró don Ricardo--; ya me oíste pelear con ellos;
-no pude hacer más...
-
---Yo, no me levanto--masculló el torero.
-
---Harás muy mal; no necesitas vestirte; abrígate con la manta de viaje y
-asómate un momento; lo esencial es que te vean, que no crean que les
-desprecias... “Media Córdoba” está ahí...
-
-Los admiradores del diestro volvían a gritar:
-
---¡Manuel!... ¡Sal!... ¡Viva El Meñique!...
-
-Algunos empezaron a golpearme con sus bastones, para hacer ruido. Hubo
-una nutridísima salva de aplausos; después nuevas voces resonaron:
-
---¡Manuel!... ¡Queremos que se asome Manuel!
-
-Detrás de don Ricardo, Juanito Paisa rogaba, compungido, al matador:
-
---Compláceles, Manolo; de no hacerlo considera que vas a captarte muchas
-enemistades, y que, un día u otro, has de venir a torear a Córdoba...
-
-Con aire resignado, casi místico, El Meñique se incorporó en la litera.
-
---Os obedeceré con tal de que me dejéis tranquilo.
-
-Levantóse cojeando y, envuelto en un kimono rojo y verde, se asomó a la
-ventanilla.
-
---Salud, señores...
-
-Pequeño, flaco, cobrizo y calvo, y metido en aquel disfraz orientalesco,
-a la luz blanca del amanecer El Meñique debía de simular un icono.
-Muchos aplausos y vítores calurosos, acogieron su aparición.
-Inmediatamente prodújose un silencio absoluto. Los circunstantes,
-extasiados, contemplaban al “ídolo”; y él, a su vez, les miraba. Así
-transcurrieron ocho, nueve... diez segundos... ¡Curiosos fenómenos de la
-emoción!... Ya en presencia del maravilloso gladiador, nadie osaba
-despegar los labios, y los entendimientos estaban como paralizados.
-Hasta que en medio del hondo y general recogimiento, una voz dijo:
-
---¿Eso del botellazo qué ha sido?...
-
-No contestó Manuel, y su rostro pálido de fetiche tampoco expresó nada.
-La escena tenía una suprema fuerza cómica. La misma voz continuó:
-
---Aquí todos hemos leído los periódicos: ¿de modo que es cierto que en
-Valencia quedaste muy mal?...
-
-Mansamente, con ironía apacible y amarga, El Meñique repuso:
-
---¿Para preguntarme eso me habéis hecho levantar?...
-
-Como nadie respondiese a observación tan justa, el torero añadió:
-
---Señores, se agradece la intención...
-
-Y suavemente, sin cólera, levantó el cristal. En aquel momento partíamos
-y entonces, tibios, rezagados, sonaron algunos aplausos. El Meñique,
-dolorido en su carne y en su corazón, acaso con ganas de llorar, tiró el
-kimono al suelo y se volvió a la cama.
-
-Aunque convencido de que Manuel González no era verdadero responsable de
-nada, yo le había cobrado mala voluntad: por causa suya, sus adictos de
-Córdoba me molieron a bastonazos, y en Baeza un salvaje, de una pedrada,
-me había roto un cristal. Era aquél uno de los viajes peores de mi vida.
-Este mal humor mío lo compartían mis inquilinos, a quienes las ovaciones
-tributadas al Meñique impedían dormir.
-
---Será la última vez--musitaban--que vuelva a viajar en compañía de un
-torero “de cartel”. ¡Vaya una noche!...
-
-El caballero a quien he adjudicado el remoquete del señor “del bigote
-frondoso”, tampoco descansó bien; aunque no eran las voces ni el ruido,
-sino los remordimientos, los que le ahuyentaron el sueño. A este hombre
-excelente le torturaba el resquemor de que el tabaco con que obsequió al
-Meñique no hubiese resultado bueno, y a causa de ello el gran lidiador
-hubiese formado de su persona un concepto desfavorable. Aquel puro
-nefando, venenoso tal vez, era, ante los justicieros ojos de su
-conciencia, como un puñal clavado en el aparato respiratorio del
-matador. De esta inquietud hizo partícipes a su mujer y a sus hijas,
-quienes asímismo se atribularon. La esposa preguntó:
-
---¿Cuánto costó el puro?
-
---Tres pesetas; era de los más caros; pero se trata de una “marca” que
-yo no conozco...
-
---Debías haber comprado dos, para fumarte uno; y si el tuyo ardía bien,
-regalarle el otro.
-
---¡Tienes razón...--suspiraba el marido mordiéndose los labios--tienes
-razón!... ¿Cómo no se me ocurriría eso?...
-
-Toda su familia sufría de este dolor, aterrada de la facilidad con que
-el descrédito puede herir a las personas. En el cerebro del hombre “del
-bigote abundante”, se había incrustado la siguiente consideración:
-“Antes El Meñique no tenía por qué despreciarme, y ahora sí...”
-
---¿Y si volvieses a visitarle--propuso la señora--con pretexto de
-informarte de su salud, y así... charlando... le preguntases si el puro
-le gustó?...
-
---¡Es una excelente idea, papá!--apoyaron las hijas.
-
-Estas palabras, ungidas de discreción, prendieron en los ojos del
-ingenuo caballero una luz de esperanza.
-
---¡Tal vez tengáis razón!--exclamó a la vez receloso y contento--; las
-mujeres sois el Diablo: lo intentaré.
-
-Eran más de las ocho de la mañana y trasponíamos la estación de Los
-Rosales, cuando “el señor del bigote” dejó su compartimiento resuelto a
-echar dudas a un lado.
-
-En el pasillo encontró, precisamente, al Meñique, vestido de gris, y a
-Juanito Paisa, que chupaba un puro. “Para no detenerme mucho con
-ellos--pensó--fingiré dirigirme al cuarto-tocador...” Avivó el paso y
-procuró dar a su saludo una elegante ligereza.
-
---Buenos días, Manuel...
-
---Buen día--replicó el matador.
-
---¡Celebro hallarle solo! ¿Me permite usted una pregunta?
-
---Todas las que usted quiera hacerme.
-
---¿Cómo era el habano que le dí anoche?... El temor de que fuese malo no
-me ha dejado dormir.
-
-El Meñique interrogó a Juanito Paisa:
-
---El habano que estás fumando, ¿no es el que me regaló el señor?
-
---El mismo--repuso Juanito--; ¡y es muy bueno!... ¡Palabra!...
-
---Los tabacos que me ofrecen--agregó el torero con su hablar
-parsimonioso habitual--yo los acepto para obsequiar a mis amigos; pero,
-yo, no fumo...
-
-El señor “del frondoso bigote” balbuceó algunas frases vulgares de
-despedida y, por hacer algo, se metió en el cuarto-tocador. Estaba
-avergonzado.
-
-
-
-
-XX
-
-
-Los diarios de Sevilla informaron a sus lectores de que la víspera, y
-por efecto de una maniobra inhábil, el expreso de Madrid había salido
-con cerca de media hora de retraso; pero en el fárrago de hechos que
-rellenan la vida cotidiana el suceso escapó inadvertido, lo cual no me
-extrañó, pues los hombres creen que la vida consciente no se extiende
-más allá de ellos mismos. ¡Ah! Si supiesen leer ¡sólo un poco!... en el
-Misterio, hubieran reconocido que lo que creyeron choque fortuito de dos
-vagones, era un desafío.
-
-Efectivamente, el tiempo, lejos de suavizar las asperezas de mis
-relaciones con El Majo, las había hecho más vidriosas y difíciles.
-Acostumbrado a ejercer hegemonía despótica sobre el convoy, mi enemigo
-no aceptaba que yo le tratase de igual a igual, y sin otras
-consideraciones ni reverencias que las mismas, exactamente, que él me
-tributaba; yo, por mi parte, no le consentía la menor insinuación
-autoritaria: éramos de la misma fuerza y de temple parecido, y,
-fatalmente, teníamos que pelear. No perdía ocasión de hostilizarme: en
-las estaciones del tránsito paraba súbitamente, para que yo me
-lastimase contra él; en las cuestas arriba se dejaba ayudar por mí, y
-una noche, cruzando Despeñaperros, intentó lanzarme fuera de la vía en
-una curva. La cobardía de su traición me encendió la cólera, y
-arrastróme a decirle los peores insultos.
-
---Eres--le dije--un majadero y un villano, y hemos de matarnos.
-
---Iba a proponértelo--repuso muy engallado.
-
---Pues en la primera ocasión será, y poco he de poder si no te expulso
-del convoy.
-
-Estábamos, pues, desafiados, y pendientes del lance todos los coches.
-Hasta las máquinas supieron la noticia, y huelga añadir que unánimemente
-las simpatías se hallaban de mi parte. Era seguro que El Majo,
-profesional de la baratería, no me tenía miedo; pero tampoco me lo
-inspiraba él a mí, y si ya no habíamos liquidado cuentas fué por
-ausencia de ocasión. Presentóse ésta al cabo en la estación de Sevilla,
-una tarde, con motivo de un _sleeping_ que, por averías, debía ser
-retirado del “expreso”.
-
-Sucedía que cuando La Sabrosa andaba de maniobras, bien porque tuviese
-que beber agua o proveerse de carbón, o ayudar a empujar algún
-“mercancías”, siempre iba sola; esto era lo frecuente. A veces, sin
-embargo, llevábase consigo al primer furgón, y también al Negro; y así
-yo siempre me quedaba quieto y unido a “la cola” del convoy. En la tarde
-a que me refiero el mozo que acudió a fraccionarnos, bien por
-equivocación o porque así se lo hubiesen mandado--me inclino a creer lo
-primero--en vez de separarme del Negro, según solía, me apartó del Majo,
-y así nos proporcionó la oportunidad de pelear que tanto ansiábamos,
-pues nada se parece a la sed, ni hace mejores migas con el insomnio, que
-el deseo de venganza. Mientras nos desunían, mi rival me advirtió:
-
---Pues te corresponde la ofensiva, tómala con coraje.
-
---Luego me dirás--contesté orgulloso--si supe complacerte.
-
-Y seguí a la máquina. Nuestro duelo había de ser, forzosamente,
-rapidísimo: limitábase al choque, más o menos rudo, que tendríamos
-después, al reunirnos; de consiguiente todo nuestro odio, todo nuestro
-futuro crédito también, debían concentrarse en un golpe supremo y
-decisivo. Para impedir que el maquinista--como siempre hacía--regulase
-el movimiento aproximativo de las dos partes del “expreso”, precisaba
-interesar a La Sabrosa en el desafío y erigirla en una especie de “juez
-de campo”. Por medio del Negro, del furgón de cabeza y del ténder, hablé
-con ella, y no bien cruzamos algunas palabras cuando su voluntad estuvo
-de mi parte.
-
---Es indispensable--la dije--que cuando volvamos atrás y yo me halle a
-cincuenta o sesenta metros del Majo, fuerces tu velocidad, para lo cual
-arréglatelas de modo que tu “regulador” no funcione, pues de lo
-contrario el maquinista te obligará a ir despacio.
-
---Lo haré así--repuso La Sabrosa--; pero, la verdad: ¿tienes muchos
-deseos de topar con El Majo?
-
---Quiero--exclamé vehemente--partirle el cuerpo.
-
---Vamos a dar un escándalo...
-
---No importa, pues que en ese escándalo va envuelta una lección.
-Conviene escarmentar a los perdonavidas.
-
---Pues, prepárate, Cabal, y reúne bien tus ímpetus--replicó La
-Sabrosa--porque ya volvemos.
-
-Había bebido lo necesario y recogido seis mil kilos de carbón, y
-engrasada y reluciente retrocedía con su suave y poderoso rodar
-señorial. Desde otros carriles muchos vagones me observaban, y por la
-expectante atención que en ellos había les comprendí advertidos del
-lance. Aquellas miradas, en cada una de las cuales había un mordisco
-para mi amor propio, redoblaron mis ánimos: sentí que toda mi tablazón
-se contraía y endurecía, semejante a un músculo; que mis pernos y
-tornillos se apretaban, y que, a la vez, en sus marcos respectivos,
-todas mis puertas y ventanas se disponían al golpe.
-
---Apóyate en mí, Cabal--murmuró a espaldas mías El Negro.
-
-Al término de la vía mi rival me aguardaba, y en cada uno de sus topes,
-redondos como puños, había una criminal amenaza. Sólo nos separaban
-cincuenta metros cuando el maquinista quiso dar contramarcha; pero La
-Sabrosa no amainó su velocidad; inquieto el maquinista afianzó ambas
-manos al volante, y por segunda vez fué desobedecido. Los frenos también
-parecían rebelados; el choque iba a ser terrible; varios empleados
-corrieron hacia la locomotora, gritando:
-
---¡Atrás... atrás!...
-
-El maquinista, muy pálido, explicaba a voces:
-
---¡No puedo!... ¡No obedece!...
-
-Al encontrarme con El Majo, le dije:
-
---¡Aguanta, si puedes!...
-
-Y cerré contra él, sirviendo a mi destructora intención con todo mi
-peso. Lo hice descarrilar: primero fueron sus cuatro ruedas delanteras
-las que se salieron de la vía; luego su cuerpo comenzó a inclinarse y
-segundos después perdía el equilibrio y se desplomaba sobre un costado,
-al aire todos sus rodajes; como muerto. Su imperial, en casi toda su
-longitud, quedó abierta. Yo, con asombro y regocijo de mis camaradas,
-permanecí firme: ni una sola de mis piezas se estremeció; ni siquiera mi
-dínamo padeció. De aquella refriega, en la que, sin culpa, el fogonero y
-el maquinista quedaron heridos, yo salí únicamente con los cristales
-rotos.
-
-Tres días permanecí ocioso, en tanto me arreglaban la cristalería y un
-carpintero remachaba algunos clavos que, con la percusión, habían sacado
-la cabeza de la madera como para enterarse de lo acaecido; y luego me
-añadieron a otro “expreso” recién formado; un convoy lleno de ese
-proverbial buen humor andaluz tan rico en hipérboles y en símiles
-dichosos. Mis compañeros se titulaban “cómicos”, y algo de esto recuerdo
-haber dicho en otro capítulo de estas “Memorias”. La máquina que
-trabajaba entre Sevilla y Córdoba era La Empresa; el coche-cama, La
-Primera Actriz; entre las unidades de “primera” había un Galán, un
-Apuntador, una Característica, un Barba... En cuanto a mí, aunque sabían
-mi nombre y mi reciente lance me enmarcaba de prestigio, empezaron a
-llamarme El Representante, por lo urbano y bien dispuesto que todos me
-hallaron, y con tan buena gracia lo hacían que ni una vez quise
-protestar.
-
-Con estos excelentes camaradas rodé largo tiempo, y su optimismo y sus
-agudezas me proporcionaron muchos ratos amables. ¿Qué habrá sido de
-ellos? Todavía mi salud continúa recia, pero comprendo que el espíritu
-ha cambiado, y lo advierto en la desgana con que hablo, pues según las
-cosas--con los años--van perdiendo importancia a mis ojos, día tras día
-y en proporción igual me cuesta mayor trabajo discurrir con entusiasmo
-acerca de ellas. “Todo desmaya, todo envejece”...--pienso--; y la
-tristeza y el cansancio, entrañas de la vida, insensiblemente penetran
-en mí. He adquirido una capacidad nueva y útil para acercarme a lo que
-parece pequeño y conocer su profundidad, y merced a este don, el mundo
-lo imagino más caudal y variado que antes. A ello atribuyo la
-resurrección de ciertas imágenes que, durante tres o cuatro lustros, mi
-misma turbulencia juvenil mantuvo desechadas y como cubiertas de polvo
-en los últimos rincones de la memoria.
-
-Por ejemplo: siendo muy mozo, llegué un anochecer autumnal a un pueblo
-vasco. ¿Era Andoaín? ¿Era Urnieta?... ¿Hernani, quizás?... Poco importa:
-sólo sé que llovía bien, que hacía frío y que el aguacero tamborileaba
-sobre las techumbres y los cristales del convoy. Lejos, en el paisaje
-neblinoso, fulgían algunas luces. Olía a jaras. Detrás de la pequeña
-estación, de pronto, resonó un rasgueo de guitarras, y una voz varonil,
-entonada y caliente, empezó a cantar un zorcico. Aquel crepúsculo
-húmedo, aquel porfiado llover, aquella tonadilla triste... ¡qué bien
-rimaban!... La copla parecía diluirse en el paisaje lloroso, y el
-paisaje, a su vez, sollozaba en la canción. ¿Por qué ahora, después de
-tantos años, este delicado recuerdo vuelve a mí?...
-
-Por movedizo y vagabundo quizás, me interesaban los ríos, cuyas aguas
-sólo nos dicen adiós una vez; y más que los ríos, que realizan la
-paradoja de los que estando siempre en marcha nunca acaban de irse, los
-caminos.
-
-¡Oh! ¡Esos caminos que, de noche, bajo el livor astral, simulan cauces
-secos!... ¿Quién no sufrió su poesía arcana?... Ellos significan mucho
-más que un lazo de unión entre dos pueblos: parodia dichosa son del
-Tiempo, porque como él están a nuestro lado, y delante... y detrás; y
-como él no cambian, y, sin embargo, jamás hubo sobre ellos dos puntos
-exactamente iguales; y, como él, en fin, no se mueven y parece, no
-obstante, que se van. Asímismo constituyen, al igual del Tiempo, el
-vehículo de lo más malo y de lo más dulce: por ellos ambulan la Gloria y
-la Suerte; por ellos vienen las novias de los hombres, vestidas de
-blanco; por ellos, tras la diosa Aventura, se fueron los hijos, y los
-padres pasaron en un coche negro... Son también la experiencia, y por
-eso, sin hablar, guían; y mientras el campo uniforme calla, ellos, al
-peregrino que equivocó su rumbo, le dicen: “¡Sígueme!”...
-
-Si la tierra, con todas aquellas divisiones que la geografía política
-determina, representa “el rostro de la humanidad”, los caminos marcan
-los pliegues o surcos de ese rostro. Las emociones, siguiendo una vez y
-otra trayectorias idénticas, llegan a pintar arrugas en la cara del
-hombre, como las gentes rústicas, ambulando sin otro guía que su
-instinto, bocetaron los primeros caminos; y su intuición fué certera,
-pues generalmente el lápiz del ingeniero ratificó más tarde, sobre el
-papel, el rumbo que en el campo verde dejaron los pies descalzos del
-patán. En las fisonomías inteligentes y movibles abundan las arrugas,
-como en las naciones muy trabajadas por el progreso hay muchos senderos.
-Para las impresiones, los surcos de la piel son los caminos del
-semblante; para los vagabundos, los caminos son las arrugas de la
-tierra.
-
-Caminos de hierro, por los que, con una velocidad de ochenta y de
-noventa kilómetros por hora, corre la vida; caminos carreteros, limpios,
-señoriales, que devanáis vuestra cinta gris bajo el amparo de la Ley;
-caminos de herradura que, atravesando bosques, guardáis en vuestra línea
-ondulante un gesto incierto y trovador; caminos cubiertos, suspendidos
-atrevidamente entre el llano y el acantilado del monte; veredas serranas
-que, trepando unas veces, descendiendo otras, bordeáis el espanto de los
-abismos y conserváis--semejante a un perfume silvestre--la indecisión
-del primer viajero; rutas, en fin, sea cual fuere vuestra categoría y
-preeminencia, con que el horizonte responder parece a la insatisfecha
-impaciencia de los hombres: ¿quién no ha sentido vuestro imán; quién
-nació tan sordo de corazón que no oyese vibrar, en lo más recogido de su
-alma, vuestra voz sirena?... ¿Y cuál es vuestra poesía que lo
-magnificáis todo de manera que, hasta el mismo mar, cuando la luna
-tiende sobre él su calzada de plata, se ofrece más bello?...
-
-¡Ah!... Si yo pudiese hablarles a los humanos les exhortaría a no
-languidecer, ni un instante, en el estéril reposo de las vidas quietas,
-sino a marchar constantemente, así por los caminos del mundo, como tras
-las ideas y las pasiones, caminos del espíritu. Yo les diría: “Hombres,
-viejos o jóvenes: desead, moveos, renovaos sin sueño, adorad los
-caminos: tened siempre un rumbo para vuestros pies, llevad siempre
-encendida en el alma, a modo de brújula, una ambición. Por mucho que
-hayáis luchado, acordaos de que la Muerte, cuando llegue a vosotros, os
-debe hallar en pie”...
-
-Esto que digo de los caminos, explica mi cariño a los árboles, que
-reparten el bien y mueren en silencio, y tienen la dulzura de la
-filosofía panteísta.
-
-No hablaré de aquellos que cubren los parajes solitarios y, amparándose
-unos a otros, forman bosques espesos: los castaños, los robles, los
-nogales, los alcornoques, los pinos siempre verdes, las encinas--mis
-abuelas--torcidas como raíces, los olivos descendientes de los que
-florecían en el huerto donde Jesús se dejó atar las manos. Todos ellos
-viven apartados del tráfago humano y parecen felices: lozanean a su
-alrededor altos herbazales que, defendiendo la frescura del suelo, los
-benefician; por las mañanas, sus frondas sin polvo y mojadas de rocío
-tienen la fuerte alegría verde del mar. En verano, a la hora sin brisas
-de la siesta, el canturreo lascivo de las cigarras los adormece, y de
-noche, bajo la melancolía lunar, sus sombras, alargadas sobre la tierra,
-parecen almas. Así viven siglos: nadie los molesta; de tarde en tarde,
-un cazador furtivo, un grupo de contrabandistas, un tren que huye a lo
-lejos...
-
-Tampoco hablaré de aquellos árboles que embellecen los jardines
-públicos. Alineados, podados, monótonos, no tienen la altivez ni la
-melancolía arisca de los otros, sus hermanos del bosque: antes
-muéstranse débiles y tristes, cual conscientes de su esclavitud. Son, no
-obstante, verdaderos mimados de la fortuna, y servidores uniformados
-vigilan su reposo, y limpian sus troncos de vegetaciones parasitarias y
-de insectos nocivos; se los abona, se los riega, se los rodea de césped,
-y cuanto les circunda es alegre, porque la muchedumbre que acude a los
-paseos sólo va a solazarse. Quizás estribe en esto mi desdén hacia
-ellos; me parecen empleados del ayuntamiento; no me interesan...
-
-Entero mi amor lo consagro a los árboles olvidados de la suerte, a los
-árboles-parias, a los árboles trágicos, que el hombre o la casualidad
-sembraron al borde de los caminos. Nadie los defiende, nadie los cuida;
-y ellos, sin embargo, no vegetan egoístamente como los otros, sino que,
-bondadosos, extienden su ramaje sobre la aridez de la carretera por
-donde el dolor de la vida pobre, de la vida triste, pasa lentamente, y
-amparan al peregrino y defienden del sol a las bestias cargadas. Nunca
-pude ver sin emoción esas hileras de árboles que en la sequedad de la
-planicie castellana derivan hacia el horizonte marcando las ondulaciones
-de un camino. Parecen marchar tras de un entierro, y en su ramaje ralo
-que sombrea a intervalos la ruta polvorienta, hay un ascetismo. ¡Qué
-tristeza la suya, tan honda! Solos, abandonados, nadie acudirá a
-levantarlos si el huracán los derriba, ni los desembarazará de la
-cizaña, ni lavará el polvo calizo que mata su fronda, ni les dará un
-poco de agua cuando sus raíces, bajo el sol de agosto, mueran de sed.
-Nada los defiende. El carretero cortará de ellos la vara que necesita
-para apalear su ganado, y al pie de su tronco los pastores, en las
-noches de invierno, encenderán la hoguera con que han de calentarse.
-Eucaliptos, higueras, álamos erectos, chopos llenos de gracia, acacias
-plateadas... no merece perdón el ingrato que arranque a vuestro ropaje
-una sola hoja. Si sois bellos y buenos, si dais hermosura al paisaje y
-salud al hombre, ¿quién exigirá más de vosotros?...
-
-Esta asotilada inclinación mía hacia los desvalidos y los humildes, me
-ha ayudado a bucear más hondo en el alma humana, y colocado en
-disposición de discernir matices sentimentales que antaño no hubiese
-visto; mi sensibilidad actual alcanza un campo de acción mayor que
-nunca. En una palabra: me he refinado, me he pulido. Gracias a ello
-comprendí la dolorosa agudeza emocional del episodio que narraré a
-continuación y que sin titubeos coloco entre los más bellos de mi vida.
-
-Empezaban a sentirse los primeros fríos de un mes de octubre; día tras
-día el añil celeste se debilitaba, y por los campos corrían temblores
-amarillentos. Algunas hojas secas habían caído ya, y el serojo empezaba
-a llenar de dolor las zanjas. Era la estación en que los trenes regresan
-a la Corte cargados de veraneantes, y se marchan vacíos.
-
-Aquella noche, al salir de Madrid, sólo llevaba conmigo cinco pasajeros.
-Me interesó uno de ellos por su aspecto decaído. Aparentaba cincuenta
-años, pero acaso tuviese muchos menos: era alto, esquelético, encorvado,
-trémulo, y al andar se apoyaba en un bastón de muletilla que asía con
-una mano flaca, húmeda, impaciente, con esa fiebre--deseo de agarrarse a
-todo--que pone en los dedos la agonía. Aquel hombre, a quien nadie fué a
-despedir, alquiló cuatro almohadas y se instaló junto al corredor y de
-espaldas a la máquina. Tuvo un largo y angustioso ataque de tos, y
-empapó en sangre un pañuelo. Yo creí que se acostaría; pero mantúvose
-sentado, acaso porque en esta posición respiraba mejor. Poco a poco
-ordenó a su alrededor las almohadas: una, a la altura de los riñones;
-otra, detrás de la cabeza; las dos restantes, debajo de los brazos.
-Hecho esto pareció descansar, y suavemente, como aliviado, entornó los
-párpados; mas apenas sus ojos--que eran grandes y ardientes--se
-apagaron, cuando me pareció que su rostro pajizo cubríase de nueva
-lividez, y que su nariz aguileña se afilaba, y sus pómulos salientes se
-acentuaban más; y advertí también que entre el bigote lacio y las
-descuidadas barbas, la boca, de labios blancos, había quedado abierta.
-Así, enfundado en un viejo gabán, con el perfil vuelto hacia arriba y
-una boina que, ajustándole las sienes, realzaba la convexidad del
-frontal, mi huésped parecía un cadáver.
-
---No tardarás en bajar a la tierra--pensaba yo.
-
-De vez en vez, molestado por mis traqueteos, abría los ojos, tosía,
-escupía en su pañuelo y tornaba a adormecerse; aunque no era el sueño,
-sino la flaqueza y total ruina de su organismo, lo que le inmovilizaba.
-Pronto le olvidé.
-
-En el andén de Alcázar de San Juan vi una mujer de buena estatura, de
-cabellos castaños y vestida de luto, a quien en seguida reconocí. ¡Era
-Raquel!... Y la silueta ensangrentada del infeliz don Rodrigo pasó,
-semejante a un remordimiento, por mi memoria. En los cuatro años
-transcurridos desde entonces la silueta de mi antigua “cliente”--como
-hubiera dicho Dos-Caras--había mejorado. La encontré más esbelta y ágil
-que antaño, y también más triste; indudablemente el luto la
-espiritualizaba, la embellecía.
-
-“¿Vestirá así por “él”?...”--me dije.
-
-Y seguí meditando, mientras la observaba:
-
-“¡Si supieras que este vagón, que crees no conocer, es el mismo que
-tantas veces te llevó y te trajo de La Coruña a Valladolid! ¡Si supieses
-que yo, leyendo en el pensamiento de tu amante, que te adoraba, muchas
-veces te vi desnuda!... ¡Si el corazón pudiera explicarte que me debes
-la vida, porque fuí yo quien mató a tu hombre la noche, precisamente, en
-que él iba a matarte!...”
-
-Raquel se acercó a la “Biblioteca”, a comprar algo que leer, y la oí
-platicar con la vendedora. La joven había pedido obras de Leonardo
-Ruiz-Fortún, escritor entonces muy en boga. En los armarios, a la vista,
-no quedaba ninguna, por lo cual la vendedora púsose a registrar en un
-arcón: sus manos, conocedoras y diligentes, avezadas a manejar libros,
-iban de un volumen a otro.
-
---¡Bien sabía--exclamó, incorporándose--que quedaban varias! Tome usted:
-_Silencio_... Es una novela que las señoras piden mucho.
-
-Raquel suspiró: porque aquella obra tenía para ella un recuerdo:
-
---La he leído...
-
---Vea, otra: _El amigo íntimo_.
-
---También la he leído; conozco casi toda la producción de Ruiz-Fortún;
-es mi autor predilecto.
-
---Otra... la última: _Años de paz_.
-
---¿Ah?... ¿Es nueva?...
-
---Acaba de ponerse a la venta; la recibimos ayer.
-
-Con aire desasido Raquel abonó el importe del volumen, que empezó a
-hojear, y cuando, de pronto, acertó con ese “paisaje interior”, de
-irisada y taladrante observación, que todos los _dilettanti_ del libro
-buscan en la obra recién comprada, sus ojos--¡ah, prodigios del
-arte!--fulgieron de emoción.
-
-Inmediatamente se acercó al “expreso”, que ya se iba, y, sin vacilar,
-obediente a la sugestión arcana de las cosas, subió a mí y fué a
-colocarse--dando el rostro al camino--en el departamento donde viajaba
-el enfermo de que hablé antes. Era el mismo compartimiento en que don
-Rodrigo hizo su postrer viaje, y la decisión rectilínea--voz de
-fatalidad--con que penetró en él, pudiendo haber elegido otro, me
-calofrió. Yo hubiese querido decirla: “Raquel: el coche que ahora te
-lleva a Andalucía es antiguo conocido tuyo; es el que tú y tu Rodrigo
-llamabais “nuestro vagón”. Yo sé cómo besas, y doy fe de cuánto él te
-quiso; yo le he oído dudar de tu cariño y le he visto romper tus cartas.
-También le vi muerto: donde su cuerpo estuvo tendido, tú, ahora, sin
-saberlo, acabas de poner los pies; hubo sangre suya ahí, por donde tú
-has pasado”...
-
-Raquel, después de sentarse cerca de una ventanilla, miró a su
-alrededor; esto es, “me miró”. Seguidamente y acaso bajo mi influencia,
-pensó en el amante muerto, y por su frente resbaló una melancolía. En su
-espíritu leí este nombre: “Rodrigo”; y, a continuación, aparecieron los
-ojos claros y el bigote rubio del sin ventura. Suspiró y su conciencia
-se llenó de obscuridad. Yo la miraba con cariño: si la hubiese visto
-acompañada de otro hombre, la habría odiado; pero iba sola, y aquel
-afecto que, tras de tanto tiempo, dedicaba al amado, me la hacía
-simpática. Y volví a pensar: “¿Por quién llevará luto?...” De su mano
-izquierda, que exornaban antaño una esmeralda y un rubí, la esmeralda
-faltaba, como si su dueña hubiera querido dar a entender así que la
-esperanza había emigrado de su corazón.
-
-Raquel observó unos momentos el cielo límpido y estrellado. Después sacó
-de un “neceser” una plegadera de marfil y oro, y con una parsimonia, que
-era una caricia, comenzó a cortar las hojas del libro: lo hacía con
-esmero, con amor... En seguida emprendió la lectura, e interesada, tanto
-por el estilo apasionado como por el asunto, leyó, de un tirón, lo menos
-veinte páginas.
-
-Bruscamente el viajero que llamaré “de las cuatro almohadas” comenzó a
-toser; a cada nuevo esfuerzo se incorporaba, jadeante, lívido, como si
-fuese a dictar su última voluntad, mientras con una mano desesperada se
-arañaba el pecho.
-
---Es un tísico--monologueó Raquel--; un incurable...
-
-Y, aunque piadosa, apartó con disgusto los ojos del desconocido, que
-proyectaba un perfil macabro sobre mi fondo gris.
-
-Nuevamente reanudó su lectura.
-
-En aquel momento el autor trazaba, con rasgos magistrales, el hechizo
-perezoso de una siesta andaluza: Eran las tres de la tarde de un día de
-agosto: “Alicia”, la heroína, esperaba a su amante escondida entre las
-persianas del balcón; del cielo azul descendía una ola de fuego; en el
-sosiego provinciano de la calle un pianillo de manubrio desgranaba las
-notas de un vals sensual; en las ventanas y sobre los arriates de las
-azoteas, las macetas de claveles y de nardos ardían, como llamas, bajo
-el sol; y en aquella orientalesca borrachera de calor y de luz, el
-corazón de Alicia volaba hacia el campo, donde todo es saludable y
-violento...
-
-Por segunda vez Raquel miró a su compañero de viaje. El infeliz tosía y
-se ahogaba; gruesas gotas de sudor perlaron su frente; sus ojos se
-desorbitaron con la angustia. Después, ya calmado, volvió a reclinar la
-cabeza hacia atrás y sus mejillas, empurpuradas momentáneamente por la
-asfixia, recobraron su lividez. Raquel pensó, egoísta:
-
-“Este pobre hombre me da asco. Si no se duerme cambiaré de coche”...
-
-Tornó a su lectura, y rápido el superior espíritu de Ruiz-Fortún, su
-autor favorito, volvió a poseerla: como un brujo la dominaba, la
-aturdía. Había en el verbo del gran artista, adorado de las mujeres, una
-emoción quemante y como irisada, dotada de milagroso vigor. Todo era en
-él pasión, ímpetu, amor romántico y exaltado. Leonardo Ruiz-Fortún era
-un griego que resucitaba en el cansado occidente el espíritu optimista
-de la vieja Hélade. De sus libros, el pesimismo, que es cobardía, estaba
-proscripto, y todos sus personajes eran audaces y hermosos como
-héroes...
-
-Embelesada, Raquel cerró lentamente sus largos ojos negros... y, de
-súbito, la imagen lejana de don Rodrigo ocupó unos segundos su memoria.
-Humilló la cabeza; se quedó triste, con esa segura melancolía que emana
-del fastidio; hacía tiempo que esta disposición depresiva de alma la
-visitaba.
-
-“Me aburro--pensó--y aburrirse, cuando estamos solos, equivale a no
-hallarnos satisfechos de nosotros mismos; es “odiarnos” un poco...”
-Luego, una idea pintoresca turbó agradablemente su espíritu: “¿Cómo
-sería Ruiz-Fortún?...” ¡Ah! De haberle ella conocido, seguramente le
-hubiese amado.
-
-Llegábamos a Santa Cruz de Mudela, donde mudábamos de locomotora; eran
-más de la una de la madrugada. El hombre “de las cuatro almohadas”, a
-quien mis luces daban una apariencia espectral, sufrió un nuevo acceso
-de tos, y Raquel hizo sobre sí misma un esfuerzo para no oirle. Momentos
-después reanudó su soliloquio:
-
-“Sí; el autor de _Años de paz_ tenía razón: no todo en el mundo es
-podredumbre y felonía. El vulgacho es lodo, pero sobre la gentuza
-egoísta y sórdida campean voluntades diamantinas y espíritus horros de
-impureza, que saben hacer de la vida una plegaria excelsa; y Ruiz-Fortún
-pertenecía a esos elegidos...”
-
-La tos del paciente, que sonaba lúgubre como una voz salida de la
-tierra, quebrantó transitoriamente el hilo áureo de aquellas
-meditaciones. La joven tuvo un nuevo gesto de impaciencia y de asco.
-Luego su fantasía volvió a piruetear y pensó en escribir a Ruiz-Fortún
-explicándole la desolación de su espíritu y la admiración--veneración,
-más bien--que hacia él sentía; y como el novelista, a fuer de cumplido
-caballero, se apresuraría a contestarla, era seguro que llegarían a ser
-amigos... amantes, quizás... En este punto de su laborioso discurrir la
-figura del escritor, por primera vez, la preocupó, pues ella jamás
-habría podido enamorarse de un hombre feo. ¡No!... La naturaleza no
-gusta de dejar sus obras inconcluídas: los artistas divinos y deformes,
-como Leopardi, son, afortunadamente, muy raros. Y Raquel se tranquilizó
-al convencerse de que Leonardo Ruiz-Fortún tendría, como lord Byron, una
-hermosa cabeza juvenil, grave y triste...
-
-En Venta de Cárdenas subieron a mí y se instalaron en el departamento
-donde iba Raquel dos viajeros, que debían de ser madrileños por lo que
-de su acento y conversaciones pude colegir. Transcurrió la noche. A la
-mañana siguiente, al llegar a Córdoba, el señor “de las cuatro
-almohadas” se incorporó, saludó con una sonrisa glacial a sus compañeros
-de viaje, y salió al corredor. Caminaba inclinado, tembloroso, y, al
-andar, arrastraba un pie. Tras él, en el departamento, quedó flotando un
-olor a hospital. Cuando descendió al andén y le vi alejarse, de espaldas
-a mí, pensé: “Ya siempre te veré así, porque tú no vuelves...”
-
-Mi asombro fué enorme al oír que uno de los dos pasajeros que viajaron
-con él desde Venta de Cárdenas decía a su amigo:
-
---¿Conoce usted a ese que acaba de salir?
-
---No.
-
---Leonardo Ruiz-Fortún.
-
---¿El novelista?
-
---El mismo: creo que el pobrecito se quedará en Córdoba...
-
-Raquel, que, como yo, había seguido este diálogo, a durísimas penas
-reprimió un grito. ¿Era posible que aquel tuberculoso, aquella
-lamentable piltrafa de la vida, fuese el mismo escritor de inspiración
-férvida, de propósitos anchos, de estilo recio, con quien ella horas
-antes, precisamente, había soñado? ¿Cómo en un cuerpo exangüe, casi
-muerto, podía alojarse un espíritu así?... ¿O era que, tal vez, la misma
-implacable brasa del alma había roído la carne hasta consumirla?...
-
-“¡La naturaleza es ciega! ¿Para qué fantasear? ¿Para qué esforzarnos en
-ser dichosos?”--discurría Raquel.
-
-Tras una pausa, fríamente, por la ventanilla, tiró el libro al espacio.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-En unas revistas ilustradas olvidadas sobre mis asientos, he leído
-artículos laudatorios acerca de la última obra del escultor montañés
-Pedro Juan, el cual, cuando yo trabajaba en la línea de Hendaya, viajó
-diferentes veces conmigo hasta Miranda de Ebro, y de cuyo rostro
-aguileño y palidísimo, flaco, como consumido por las brasas de sus ojos
-extraordinarios, recuerdo muy bien. Los críticos celebraban con un
-ahinco que acreditaba la sinceridad de sus elogios, la expresión, la
-emoción palpitante, “la elasticidad de carne viva”--palabras suyas--que
-el artista genial trasmitía a la piedra...
-
-Sin duda todos aquellos ditirambos eran justos, y yo los aprovecho para
-fortificar lo que en diversos pasajes de este libro expuse a propósito
-de las vibraciones de inteligencia, de voluntad, de memoria y de
-sensibilidad física, que el hombre comunica a cuantos objetos le
-acompañan habitualmente. Si un escultor, por ejemplo, con sólo el
-esfuerzo de su inspiración y de sus manos, infunde a un pedazo de mármol
-el calor de su alma, ¿cómo negar esa constante y certera “transfusión de
-alma”--llamémosla así--con que a lo largo de los años las personas,
-soslayadamente, vivifican sus trajes, sus muebles y las habitaciones en
-que habitan? Sin maliciarlo el hombre divide su tesoro vital en dos
-partes, de las cuales se reserva la mayor, y la otra, que se le escapa
-por los ojos, y por la punta de los dedos y con el calor de su propio
-cuerpo, es la que reparte, la que difunde alrededor suyo y queda
-adherida a las cosas. He ahí el por qué los trajes recién salidos de las
-sastrerías son “fríos”, por bien confeccionados que estén; y por qué las
-novelas autobiográficas, por sencillo que sea su argumento, apasionan
-más y obtienen mayor número de lectores, que las imaginadas, fruto
-exclusivo del arte y de la inventiva de su autor. Esta vida adquirida,
-esta vida pegadiza gracias a la cual siento y hablo, donación
-subconsciente es de los hombres, y si ellos lo supiesen sus escritores
-comprenderían que la historia, por ejemplo, de “un billete de Banco”,
-que pasó por millares de manos y pudo servir así para pagarle las
-medicinas a un enfermo como para comprar a un asesino, bien merece los
-honores de ser llevada al papel. Diré más: estos libros de “Memorias”
-son, por su misma índole y composición, más difíciles de escribir que
-las novelas; agotan: porque en cada novela sólo hay un argumento y uno o
-dos protagonistas, mientras en una existencia tan agitada como la mía,
-en cada nuevo personaje que aparece surge un nuevo protagonista y con
-él, quizás, un nuevo enredo. Un libro de “Memorias” equivale a una
-sucesión de novelas.
-
-En mi biografía hay millares de meses tediosos, absolutamente idénticos,
-que no hubiese querida vivir; pero, afortunadamente, de cuando en cuando
-la Aventura, la divina bruja de los ojos verdes, me miraba, y su roce
-era tan eficaz, tan excelso, que aunque sólo durase horas bastaba a
-consolarme de mi fastidio de varios años. Acordándome de aquellas
-muchachitas que, cuando yo rodaba sobre la línea de Galicia, salían a
-verme a los andenes del tránsito, yo pensaba:
-
-“Me parezco a ellas en lo de esperar; ellas aguardaban todos los días la
-visita de lo Extraordinario, y yo también. Yo soy, dentro de mi esfera,
-como una pequeña estación en donde, tarde o temprano, el tren de lo
-Imprevisto se detendrá ‘un minuto’”...
-
-El hada Sorpresa, tacaña por temporadas hasta la sordidez, tiene a ratos
-prodigalidades excesivas. Su alma es histérica, ilógica, y, por lo mismo
-quizás, adorable. Ora no da nada, ora da muchísimo; ¿pero si repartiese
-sus dones más proporcionadamente, no nos parecerían menos sabrosos?...
-
-Los dos hechos que voy a narrar se desarrollaron, uno a continuación del
-otro, desde la noche de un veinticuatro de diciembre--es la segunda
-Nochebuena notable que recuerdo--y la mañana del día veintiséis: el
-primero es un episodio lírico, plácido; un _duetto_ al par sensual y
-romántico que, si terminó conforme sus mantenedores se obligaron delante
-de mí a desenlazarlo, reducido quedó a un bellísimo cuento; pero que si
-tuvo “segunda parte”, sirvió de primer capítulo a una novela cuyo
-desenlace ignoro. El otro episodio es un enredo trágico, una cabriola
-siniestra, una visión de pesadilla: aquél era “blanco”; éste negro;
-aquél tenía el color de los azahares nupciales, y éste el tono obscuro
-de la sangre coagulada. Aquella vez a la Aventura--artista
-portentosa--la bastaron treinta y seis horas para hacer un “Rembrandt”.
-
-Salí de Madrid, como todos los años me sucedía durante las festividades
-navideñas, con escaso pasaje. No llegarían mis ocupantes a ocho. En mi
-segundo departamento viajaban una mujer y un hombre: yo les había oído
-hablar en el andén; él se hallaba próximo a mí, alquilando una almohada,
-cuando ella le abordó para preguntarle:
-
---Caballero... ¿puede usted decirme si este es el tren de Almería?
-
-Tenía una voz dulce, armoniosa; una voz “húmeda”...--no acierto a
-calificarla mejor--; una voz idílica, hecha para hablar de amor y
-decirle al Deseo “que sí”...
-
-Clavó él en la desconocida una mirada buída, hambrienta, de gavilán; un
-mirar con el que la desnudó y la palpó y la registró, por igual, el
-cuerpo y el alma.
-
---Sí, señora; este es el tren...
-
-Y añadió afirmativo:
-
---Tomaré una almohada para usted.
-
---Bien, muchísimas gracias...
-
-Buscó apresuradamente su portamonedas para abonar el importe de aquel
-ofrecimiento, pero él ya había pagado.
-
---Es igual--dijo con una sonrisa y un ademán elegantes--; ¡es igual!...
-
-Uno tras otro subieron a mí, y él, personalmente, colocó primero las
-maletas de su compañera de viaje, y luego las suyas, en mis redecillas.
-Ella parecía agradablemente impresionada, al par que cohibida; la eficaz
-devoción con que era servida la colocaba, por agradecimiento, en un
-cierto estado de inferioridad ante aquel caballero lleno de iniciativas
-oportunas. Claramente yo leía en su alma. Pensaba: “Yo me iría a otro
-coche porque este señor se inmiscuye demasiado en mis asuntos, pero como
-le debo el alquiler de la almohada... ¡Y es simpático!... Lástima que me
-mire así, como si quisiese comerme...; aunque es posible que lo haga sin
-segunda intención. En fin, si así no fuese, siempre hallaré modo de
-pararle los pies...”
-
-Fluctuaba la edad de la viajera entre los treinta y los treinta y cinco
-años: era trigueña, ojinegra, antes abastada que escurrida de formas,
-vestía esmeradamente, parecía presumir--y a fe que podía hacerlo--de
-tener la pierna linda y el pie menudo y bien calzado, y era, en suma, lo
-que por estilo conciso y pintoresco el pueblo español denomina “una real
-moza”.
-
-El, flexible, alto y correctamente trajeado, aparentaba igual edad, y
-sus manos pulidas y su semblante aguileño, prematuramente fatigado,
-hablaban de un pretérito aristocrático. No parecía, sin embargo, enfermo
-de desgana, por cuanto en seguida prendió y mantuvo el fuego de la
-conversación con privilegiada elocuencia, orientando el diálogo hacia
-donde quería, y expresándose con franqueza y acierto desusados.
-
---¿Me dijo usted que iba a Almería?--preguntó.
-
---Sí, señor. ¿Usted también?
-
---No, señora: yo debía ir a Huelva...
-
-Ella hizo un gesto vago: no comprendía cómo un tren que fuese a Almería
-pasase por Huelva, o viceversa; creyó haber entendido mal. El sonreía en
-silencio, dando tiempo a que su colocutora se percatara de su hilaridad
-y se extrañase de ella. Así fué: la joven, curiosa, indagó:
-
---¿De qué ríe usted?...
-
---De una pequeña travesura que he cometido y usted inmediatamente me
-perdonará. Usted sabrá que la línea de Almería y Granada arranca en la
-estación de Baeza...
-
-Ella movió la cabeza afirmativamente, y con la ansiedad de la
-explicación que esperaba su rostro parecía más bello.
-
---El tren en que vamos--prosiguió el viajero--pasa por Baeza a las tres
-y cuarto de la madrugada, y el de Almería no sale hasta las nueve o las
-diez...
-
---¡Qué horror!...
-
---El tren que debió usted tomar no era éste, el “expreso” de las ocho y
-veinte, sino el “correo” que sale cuarenta minutos después, a las nueve,
-y llega a Baeza a las seis y media. Hubiera usted podido dormir
-cómodamente en él hasta esa hora, y así la espera hasta el momento de
-tomar el “correo” de Almería habría sido más corta.
-
-Ella, un tanto molesta, replicó:
-
---¡Naturalmente!... ¿Por qué no tuvo usted la bondad de explicarme todo
-eso cuando aún era tiempo?
-
---Por egoísmo.
-
---No le comprendo.
-
---Por egoísmo, sí, señora: por no privarme del placer de viajar con
-usted.
-
-Hallábanse sentados frente a frente, y podían mirarse bien a los ojos.
-
---¡Caballero--exclamó la joven embridando mal su despecho--en el fondo
-de esa galantería no hallo más que una impertinencia inexcusable!
-
-Se había puesto roja y, como antes la ansiedad, ahora la hermoseaba el
-despecho. El contestó con una naturalidad desconcertante, por lo
-sincera:
-
---No se enoje usted conmigo, porque sería inútil. Todo cuanto está
-sucediendo y ha de suceder esta noche, es inevitable. Medite usted en el
-alcance de ese concepto, según los casos, divino o maldito: “lo
-inevitable”. Señora: no por la fuerza de mis manos, que antes me
-cortaría que emplearlas en contra de usted, sino por dictados de la
-simpatía que ya existe entre ambos, y que es la más irrecusable de las
-órdenes, ni usted estará mañana en Almería, ni yo llegaré mañana a
-Huelva.
-
-Ella inquirió, atónita:
-
---¿Por qué?...
-
---Porque usted misma, dentro de un rato y en virtud de una maravillosa
-revolución que ya está verificándose en su alma, sentirá, como yo, la
-necesidad de abrir en nuestros respectivos viajes un paréntesis de
-veinticuatro horas. Sobre la realidad monótona de esos rincones
-provincianos adonde nos dirigimos, acaso más que por nuestra propia
-alegría para repartir alegría entre los seres que nos aman, está el
-ensueño, la casualidad novelesca de habernos encontrado.
-
-Ella, a la vez escandalizada y seducida, creyóse obligada a protestar en
-nombre de su honestidad; pero él, por momentos más apremiante y buen
-tracista, la redujo a silencio:
-
---¿No juzgaría usted desfavorablemente--decía--a quien, después de
-comprar un billete de teatro, no fuese a ver la función? Pues he ahí el
-caso de quien, teniendo un billete para el teatro de la Vida... ¡no
-entra en la vida!... Y usted, desde que cruzamos las primeras palabras,
-tiene un billete para ese teatro; se lo dió la madre Aventura... la
-mejor de las madres... ¡aprovéchelo usted!... Créame; cuando la
-Casualidad ríe junto a nosotros, debemos imitarla...
-
-Repelió ella estas teorías con vigor, pero yo, que leía en su
-conciencia, me maravillaba de la ninguna fe de sus opiniones, y de la
-rapidez con que su gaitero colocutor la había ganado la voluntad. Tan
-fué así que, una hora más tarde, el diálogo había cambiado el grave
-entrecejo de la polémica por la sonrisa pícara del coqueteo, y
-enfrentábamos Castillejo cuando ella y él, sentados ya el uno al lado
-del otro, se apretaban las manos con una vehemencia que aceleró el latir
-de sus pulsos. Verdaderamente el galán, sabiendo mostrarse con
-oportunidad alegre o melancólico, optimista o desengañado, era un
-emérito cazador de almas.
-
---Todo nos acerca--insistía--y, más que la soledad, el misterio, lleno
-de intimidad familiar, de la Nochebuena. Es la noche en que todos se
-abrazan, en que nadie, ni aun los más infelices están solos...; la noche
-que los hijos calaveras aprovechan para volver a su hogar y ser
-perdonados... Y por eso, por ser esta noche de perdón, usted escuchó mis
-ruegos misericordiosa. Acompañémonos, defendámonos mutuamente de la
-soledad... ¡abriguémonos contra el espantoso frío de no ser amados por
-quien quisiéramos serlo!...
-
-Hizo ademán de escuchar, y unos segundos permaneció así, el cuello
-erguido, las pupilas fulgentes; y agregó misterioso y festivo:
-
---¿Oye usted lo que dice el vagón?... En este momento nuestro coche
-corre con un traqueteo trisílabo, y en esos tres tiempos de su marcha
-yo percibo distintamente las tres sílabas del imperativo más dulce:
-“Quié-re-le...” “Quié-re-le”... El vagón aconseja a usted quererme; no
-se lo aconseja; se lo manda... “Quié-re-le...” No piense usted ni un
-instante en desobedecerle, porque podría irritarse y descarrilar.
-¡Oigale!...
-
-La tercería que el diestro embaucador me achacaba en su amoroso pleito
-me hizo gracia, y desde luego le deseé la victoria. Divertida y risueña,
-la joven escuchó también. Luego exclamó:
-
---¡Es cierto!... Ya le oigo... ¡Ah, es maravilloso!... pero me ordena
-todo lo contrario de lo que usted supone; usted ha traducido mal...
-Usted percibe tres sílabas y yo distingo cuatro... El vagón dice: “No le
-cre-as...” “No le cre-as...” “No le cre-as...”
-
-El se inclinó sobre las manos que la Deseada tenía cruzadas a la altura
-del pecho, y, lentamente, devotamente, con unción mística, las besó.
-Volvió a incorporarse, acercó su rostro al de ella y mirándola
-intensamente a los ojos:
-
---El vagón dirá--murmuró--lo que tu corazón quiera hacerle decir; porque
-todas las interrogaciones y todas las respuestas de la vida están en
-nuestro propio corazón. Fuera de nosotros no hay nada. Cuando tú crees
-que el mundo te ha dicho algo, es que tu alma se ha contestado a sí
-misma.
-
-La joven no respondió, y toda su belleza se cubrió de melancolía,
-circunstancia que juzgué bonísimo agüero para él, pues nada como la
-Melancolía mulle las camas que luego deshace el Amor. Hubo una corta
-tregua. ¿Qué hacía ella?... ¿Soñaba... escuchaba?... Al fin,
-lánguidamente, con aquella su voz suave de derrota, de entrega, que
-tanto me había impresionado, y como hablándose a sí misma, murmuró:
-
---Usted tenía razón: el vagón dice: “Quié-re-le...” “Quié-re-le...”
-
-Y cerró los párpados, que él, férvido, se apresuró a besar. Cerca de un
-minuto permaneció así, sumido en el éxtasis de aquella felicidad.
-Después, sin apartar los labios de donde tan a su gusto los tenía
-apoyados, preguntó:
-
---¿Oyes bien lo que el vagón te manda?
-
---Sí--replicó ella reclinando su cabeza enajenada sobre el pecho del
-hombre--; antes no le oía... pero ahora sí...
-
---¿Por momentos le comprendes mejor, verdad?...
-
---Mejor--repitió--, mejor... Creo que ya toda mi vida he de estar
-oyéndolo...
-
-Y, feliz de sentirse vencida, y como para agradecerle el bien que la
-hizo limpiando su alma de escrúpulos, le echó al cuello los brazos.
-
-El expreso acababa de detenerse, y ante los coches apagados y
-herméticos, una voz indolente pregonaba:
-
---¡Alcázar de San Juan!... ¡Cambio de tren para las líneas de Valencia,
-Alicante, Cartagena y Murcia!...
-
-Ibamos, como en la jerga ferroviaria se dice, “a la hora”; eran las once
-y diez.
-
-El enamorado habló, susurrante:
-
---Todo parece caminar al compás de nuestro deseo. Nos quedaremos en
-Valdepeñas, adonde llegaremos a las doce menos cinco. Inmediato a la
-estación hay un hotel. Aún podemos ir a la Misa del Gallo... y completar
-así nuestra Nochebuena... una Nochebuena que recordaremos toda nuestra
-vida.
-
-El convoy volvía a moverse, y el estremecimiento que tuve al arrancar
-restituyó a la Seducida la conciencia de sus deberes.
-
---¿Qué dice usted?... ¡Yo no puedo quedarme en Valdepeñas!
-
-Parecía despertar de un letargo profundo, y había espanto en sus ojos.
-El indagó, sereno:
-
---¿Por qué?... ¿No quieres?...
-
---Sí; querer, sí quiero... Pero es que en Almería está aguardándome
-mi...
-
-No concluyó la frase, porque él, rápido, con una mano la cerró la boca.
-
---¡Calla!--suplicó--; pues no quiero saber quién te aguarda. ¿Son tus
-padres?... ¿Tu marido?... No necesito saberlo... ni tú debes decírmelo.
-Pero considera que esas personas, a quienes con un telegrama puedes
-tranquilizar, te aguardarán siempre... ¡Abarca bien la significación de
-esa terrible palabra: “siempre”!... Mientras la aventura que yo te
-ofrezco no espera, porque sólo es un sueño...; un bello sueño que se
-desvanecerá con esta noche; mi amor es como esos encantamientos de los
-cuentos de hadas, que se rompen no bien el día despierta...
-
-Ella le miraba asombrada; no le comprendía.
-
---¿Y después?--interrogó.
-
---No entiendo: ¿qué significa ese “después”?...
-
---Más adelante, ¿cómo haríamos para vernos?... Usted me dijo que iba a
-Huelva: ¿reside usted allí?...
-
---No pienses en eso: que no te interese saber dónde yo vivo, como a mí
-no debe interesarme dónde habitas tú: Huelva, Almería, Madrid... ¿qué
-importa, si nuestra noche de hoy no ha de repetirse nunca y si jamás
-volveremos a saber el uno del otro?...
-
-Calló unos instantes, sinceramente entristecido, tal vez. Los hermosos
-ojos negros de la Deseada se habían humedecido.
-
---¡No volver a vernos!--suspiró.
-
---Nunca--afirmó él--; porque en eso... ¡sólo en eso!... estriba el
-secreto de amarnos siempre. ¿No reconoces que, entre todas las personas
-que llenan tu biografía, te sientes, como yo, un poco sola?... Lo cual
-significa que ninguna logró acercarse completamente a tu alma. ¿Qué
-adelantaría yo, de consiguiente, informándome de tus ocupaciones, y de
-con quién habitas, y de todo ese fárrago de monotonía, de tristeza, “de
-prosa”, en fin, qué pinta de gris tu vivir cotidiano? Si a mí sólo me
-cautiva tu espíritu, ¿a qué preocuparme de cuanto permanece fuera de
-él?... Haz tú lo mismo. Yo no quiero, óyelo bien, “no quiero” saber nada
-de ti, ni siquiera tu nombre, porque el nombre es una “materialización”
-del alma; algo que la vulgariza, que la ensucia un poco; y, además,
-porque llegando a mí y marchándote sin quitarte el antifaz del anónimo,
-no ofenderemos a las personas que, a su modo, te aman. Date a mí esta
-noche, que más adelante, en el ingrato filar del tiempo, no llamaremos
-Nochebuena, sino “Noche-Unica”; y mañana, en trenes distintos, huyamos
-el uno del otro.
-
-Seguía ella sin interpretar bien lo que el desconocido la proponía; pero
-su corazón, impulsivo y sentimental, ya le amaba.
-
---Te quiero--balbuceó--, te quiero, dueño...
-
-Su violenta confesión tuvo más de sollozo que de alegría. El replicó:
-
---Nos querremos siempre, y voy a explicarte la razón. Di: desde tu
-primera juventud, ¿no acariciaste la alegría de pertenecer a un hombre
-que te adoraba y en quien tú adorabas?
-
-La ingenua exclamó:
-
---¡Es cierto!
-
---¿Tenía un semblante determinado ese hombre?
-
---No.
-
---¿Cómo se llamaba?
-
-Ella repuso, sorprendida de cómo aquel breve diálogo esclarecía su
-comprensión, todavía remisa:
-
---No lo sé; nunca le puse nombre.
-
---¿Ves?... Luego, si jamás tuvo cara ni nombre, ¿por qué no sería yo?...
-Y eso, puntualmente, me sucede contigo. Si, dóciles a la universal
-rutina, nos dijésemos nuestros nombres, en el acto tendríamos un punto
-de semejanza con los millones de mujeres y de hombres tocayos nuestros;
-mientras que, manteniéndonos innominados, tú siempre serás para mí
-“Ella”... ¿comprendes?... la “Sin Nombre”... la “Unica”..., y yo, para
-ti, igual...
-
-Desfallecida, emborrachada por el pique novelesco de aquella aventura,
-la joven repetía:
-
---Lo que tú quieras... decide tú...
-
---Mañana, después de haber sido muy dichosa, ¿tendrás resolución para
-irte?...
-
-Y, como no obtuviese respuesta, añadió:
-
---Bien; así me gusta; no te pesará... porque más adelante, cuando tu
-experiencia madure, reconocerás que el más esforzado amor dura menos que
-nuestra breve vida, y es con relación a ella--¡oh, dolor!--como un traje
-“que nos hubiesen cortado pequeño”...
-
-Estábamos en Valdepeñas. Una voz anunciaba:
-
---¡Valdepeñas!... ¡Un minuto!...
-
-Instantáneamente los dos enamorados se levantaron, acelerándose en
-recoger sus equipajes.
-
---¿Oyes?--exclamó él triunfante--: la felicidad pasa, y para llevarnos
-consigo nos otorga un minuto. ¡Lo justo!...
-
-Bajaron al andén y les vi dirigirse, con andar célere, hacia la puerta
-de salida de la estación.
-
-A lo lejos, en la obscuridad fría y estrellada de la noche, las campanas
-volteaban felices anunciando que Jesús había abierto los ojos...
-
-
-
-
-XXII
-
-
-Al Barítono, que rodaba delante de mí, le referí por pasatiempo el
-original idilio que acababa de presenciar.
-
---¡Dichoso tú!--interrumpió desabridamente--, pues tuviste la suerte de
-tropezar con gente limpia. ¡Si supieras cómo voy!...
-
---¿Qué te sucede?...
-
---No me lo preguntes; estoy como para que me metan en lejía ocho días
-seguidos.
-
-Le rogué que no mortificase por más tiempo mi curiosidad, y que
-desembuchase sus cuitas procurando desfigurar la verdad lo menos
-posible; y dije esto, porque tenía entre nosotros fama merecidísima de
-fantaseador y embustero.
-
---Sucede--explicó--que viaja conmigo el tipo más extravagante y gracioso
-que puedes soñar. Va solo, y cuando se quitó el gabán advertí que iba
-vestido de “smoking”. “¿De dónde sale este hombre?”--pensé. Es pequeño y
-rubio, muy rubio, casi albino; usa monóculo; parece inglés, pero es
-español, acaso del riñón de Castilla la Vieja, porque, al hablar, ni de
-milagro se come una letra. Apenas dejamos Madrid, extrajo de un maletín
-una suculenta merienda, dos botellas de vino de Rioja, otras dos de
-Champagne y un frasco de Ginebra. Sirvióse a continuación una copa de
-“Rioja”, y con mucha elegancia y enfática ceremonia se puso en pie:
-“Señores--exclamó dirigiéndose a unos circunstantes imaginarios--: yo
-agradezco infinito esta comida que la cortesía de todos organizó en mi
-honor; y lo agradezco tanto más efusivamente, cuanto que el pasar solo
-esta Nochebuena hubiera sido muy doloroso para mí. Queridos amigos: yo
-brindo a vuestra salud, y hago votos por que el año próximo, en esta
-misma fecha, volvamos a estar juntos.” Llevóse la copa a los labios,
-bebió parsimoniosamente y en seguida comenzó a batir palmas,
-tributándose una calurosa ovación. “Está ofreciéndose un banquete a sí
-mismo”--pensaba yo. Con empaque correcto y frío de _gentleman_, “el
-hombre del monóculo” se sentó, desdobló su servilleta y empezó a comer.
-A intervalos demostraba sostener con los comensales más próximos a él
-diálogos breves, para lo cual se interrogaba y respondía
-urbanamente:--“¿Otra rodajita de salchichón, marqués?”--“Muchas
-gracias.”--“¿Una copita de vino, don Eugenio?”--“Se acepta, sí, señor;
-¡y con mucho gusto!...”--“Salud, don Eugenio.”--“¡Salud, señores!...”
-Cada vez que libaba, esto es, de tres en tres minutos, se ponía de pie.
-No por esto dejaba de charlar.--“Para obsequiarme--decía--no podían
-ustedes haber elegido lugar más a propósito. Este hotel es bueno, la
-cocina excelente, y desde ese mirador, si hubiese luna, veríamos un
-paisaje magnífico. Cuando llegué aquí, hace unos momentos, estaba
-triste; pero ya mi melancolía se desvaneció y dentro del corazón oigo
-sonar un cascabel. ¡Oh, qué bella es la vida para el hombre que, cual
-yo, consigue verse a todas horas rodeado de amigos decidores y
-fraternos!...”--“¡Bravo!... ¡Viva don Eugenio!...”--“Mil gracias,
-compañeros: y, pues las dos botellas de Rioja, rendidas bajo nuestras
-caricias, yacen exánimes, opino que bebamos Champagne.”--“¡¡Muy
-bien!!...”
-
---Con la maestría de un viejo camarero--prosiguió contando El
-Barítono--don Eugenio, que así debe de llamarse mi huésped, destapó una
-benemérita botella de Clicquot, sonó una detonación, un chorro de espuma
-mojó mis asientos y en mi techumbre recibí un taponazo. El hombre “del
-monóculo y del smoking” tornó a levantarse: su diestra, que ya
-empezaba a temblar, sostenía una copa llena de sol hasta los
-bordes.--“¡Señores--exclamó--: con este vino, rubio como las trenzas de
-María Antonieta; con este vino que lleva en su alegre frivolidad la
-imagen de lo que nuestra vida debía ser, brindemos por la gloria de
-Francia!...”--“¡Hurra!... ¡Bravo!...” Don Eugenio se inclinó:--“Gracias,
-hermanos: que la Borrachera sea con vosotros...” Tales disparates los
-decía muy serio, sin sonreir ni una vez y dentro de la más impecable
-corrección de ademanes, cual si estuviese, efectivamente, entre personas
-de su mayor respeto. Esta farsa la prolongó más de una hora: poco a poco
-se enrojecían sus mejillas, y sus ojos brillantes empezaron a divagar.
-La embriaguez le invadía y la lengua se le enredaba, como los
-pensamientos. Olvidado de las sombras que le acompañaban, habló consigo
-mismo. Le pesaban los párpados y tenía, para levantarlos, que hacer un
-gran esfuerzo.--“¿Quieren ustedes más vino?--monologueaba--; ¿no?...
-¿Por qué?... ¿Nadie responde?... ¿Eh?... ¿Nadie responde?...” Abrió los
-ojos.--“¡Ah!... ¿Todos se han ido?... ¡Cobardes; tenían miedo a
-emborracharse y se han ido!... Bueno; me es igual. Beberé yo solo:
-afortunadamente, para hacer de mi cabeza lo que quiero, no necesito a
-nadie... Venga champagne...” Destapó la segunda botella y un chorro de
-vino le empapó la pechera.--“Gracias--continuó--, este frío hace
-bien...” De un puntapié arrojó, hasta el tránsito, la maleta que hasta
-allí retuvo entre las rodillas y le había servido de mesa.--“¡Se acabó
-el banquete!--exclamó--; ya no estoy en un hotel, sino en mi casa; una
-casa que se mueve, que está borracha, como yo... ¿Qué hora será?...” Con
-mucho trabajo halló su reloj.--“Las once y cuarenta minutos. ¡Bravo!...
-A las doce iré a la Misa del Gallo...” Este propósito echó raíces en su
-espíritu, y lo repitió cien veces. Permanecía sentado, y mis traqueteos,
-que yo procuraba fuesen rudos, le zarandeaban sobre sí mismo con mucha
-gracia: tan pequeñito, tan rubio, con los carrillos encendidos, el
-monóculo, la corbata ladeada y vestido de smoking, parecía un muñeco. Al
-intentar servirse otra copa de champagne, se apercibió de que la botella
-estaba vacía.--“¿También tú has muerto?...”--exclamó. La inspeccionó al
-trasluz; la agitó en el aire, y su silencio le convenció de que no
-quedaba champagne. Entonces, con un gesto triste de desengaño, la tiró
-al suelo.--“Vete--gruñó--, no te necesito; perdiste tu alegría; estás
-más seca que un corazón. Pero no creas, ingrata, que estoy solo: mira,
-me acompaña éste...--empuñó el frasco de la Ginebra--; ¿qué te habías
-figurado?... ¿Que iba a serte fiel?... ¡Nunca!... Hay muchas bebidas,
-como hay muchos amores. ¡Cambiemos... renovémonos!... Nuestra vida no
-puede reducirse a adorar en una sola mujer, ni a beber una sola clase de
-vino; la vida es una suma...--reía--: una suma de amores y de
-botellas...” Quedó silencioso y como amodorrado, unos minutos; de súbito
-le vi recobrarse. Miró su reloj. La idea de ir a la Misa del Gallo le
-obsesionaba. Inmediatamente cogió el frasco de la Ginebra. “--Yo
-también--barbotó--sé rezar... aunque a mi modo. Jesús mío: por tu divina
-tontería de querer redimirnos...” Llevóse el frasco a la boca y trasegó
-un buen buche. “--Por los azotes que recibiste atado a la columna...”
-Otro buche. “--Por las tres caídas que sufriste en tu calle de
-Amargura...” Tercer buche. “--Por la corona de espinas que te
-pusieron...” Nuevo trago. “--Por la herida de tu costado...” Otro, y van
-cinco. De repente se desplomó sobre el asiento, el frasco cayó al suelo
-y la poca ginebra que quedaba en él me la bebí yo. El pobre hombre
-empezó a llevarse las manos a la cabeza; estaba lívido. “--Qué mal me
-encuentro--balbuceaba--, me duelen las sienes... tengo náuseas... parece
-que voy a morirme...” Mis zarandeos agravaban su padecer. Comprendí que
-el calor contribuía a marearle y que intentó incorporarse para abrir una
-ventanilla; pero el desdichado no podía moverse. Levantó la cabeza y sus
-ojos agónicos fueron de un lado a otro, buscando quizás el timbre de
-alarma. En mi vida fuí testigo de una borrachera más ejemplar. Yo no
-cesaba, ni un instante, de mirarle la boca... ¡ya supondrás por qué!...
-
-El pobre Barítono hizo un gesto de asco, que me removió las entrañas.
-
---¡Cállate!--interrumpí.
-
---Hasta que las arcadas que sufría produjeron su efecto natural.
-¡Maldita sea mi suerte!...
-
---Motivos tienes para renegar y darte a los diablos, compañero--le
-repliqué--; pero reconoce que un tipo que tiene el “humor inglés” de
-endosarse un smoking para ofrecerse a sí mismo un banquete en un vagón
-de ferrocarril, es extraordinario.
-
---Conformes; mas si lo que te he contado te sucede a ti, que eres tan
-limpio, revientas de rabia. ¡Si le vieses ahora!
-
---¿Qué hace?
-
---Duerme. Se ha caído del asiento y yace en el suelo, sobre un charco de
-vino. Parece una vasija rota...
-
-Así charlando acabamos el viaje, y cuando a las ocho y minutos de la
-mañana La Sabrosa nos dejó en la estación de Sevilla iba ya tan cansado
-que, apenas los mozos encargados de mi limpieza terminaron de barrerme y
-fregarme, cuando me quedé sumido en sueño profundísimo. Un empujoncillo
-del Barítono me despertó nueve o diez horas después; era de noche y me
-sorprendió ver en uno de mis departamentos “de cabeza” un viajero
-acostado; me sorprendió porque aún faltaban dos horas, lo menos, para la
-salida del “expreso”, y advertí que, según costumbre, todas mis puertas
-estaban cerradas. ¿Cómo entonces aquel individuo pudo meterse allí?...
-
-“Será algún empleado de la Compañía”--pensé. El recuerdo de lo que el
-Barítono me había referido la víspera, y la circunstancia de hallarnos
-en la fecha subsiguiente a la de Navidad, me movieron a sospechar que
-aquel intruso estuviese borracho.
-
-“Bien podía suceder--me dije--que fuese amigo del inspector, y éste le
-hubiese encerrado a dormir aquí.”
-
-Aquel hombre hallábase tendido en el asiento contrario al lado de la
-máquina--hago hincapié en este detalle por ser esencial--; era delgado y
-de corta estatura; llevaba pantalón negro y botas de charol, nuevecitas,
-y la cabeza perfectamente escondida entre la visera de una gorra de
-viaje, que debía de estarle muy grande, y el cuello levantado de un
-gabán de color gris. Lo que antes hirió mi atención fué que tuviese
-ambas manos sepultadas en los bolsillos del abrigo. Había en aquel
-hombrecito algo de muñeco. Después de observarle un rato, mi atención,
-como sucede siempre que creemos haber examinado bastante una idea u
-objeto, se distrajo y comenzó a mariposear sobre todos los pequeños
-incidentes que a mi alrededor se producían.
-
-Empezaban a llegar viajeros, y yo estaba cierto de que, como otros años,
-el pasaje sería reducidísimo. Enfrente de mí había un caballero de
-aspecto distinguido y atrayente, pero que tenía “cara de muerto”. Quiero
-decir, que su rostro, grave y amarillo, inducía a pensar en la muerte,
-al igual que otros semblantes, por una u otra razón, mueven a pensar en
-la vida. Este hecho es innegable. A cada rato oímos decir:--“Fulano ha
-muerto.” Y la noticia no nos sorprende; la hallamos natural, porque ya,
-de siempre, en nuestra imaginación, le habíamos visto difunto. En
-cambio, nos dicen:--“Mengano falleció anoche...” Y nos negamos a
-creerlo, porque en Mengano todo era fuerza, risa, expansión... En esto
-mi espíritu observador pocas veces falla. Yo, por ejemplo, veo pasar a
-un individuo con el sombrero puesto, y, sin saber por qué, me
-digo:--“Ese señor debe de ser calvo.” O bien:--“Ese señor debe de ser
-tartamudo...” Y, ¡casualidad extraña!, nunca me equivoco.
-
-Pues bien: el señor “de la cara de muerto”, que largo rato había
-permanecido en el andén como esperando a alguien, que al cabo no llegó,
-un minuto antes de partir el “expreso” trepó a mí, seguido de un mozo
-que resoplaba bajo dos pesadísimas maletas, y fué a instalarse en el
-compartimiento donde “el hombre de la gorra” continuaba dormido.
-
---Buenas noches--dijo al entrar.
-
-El mozo, con mucho esfuerzo, colocó el equipaje sobre una de mis
-redecillas, que gimió; y se fué. Casi al mismo tiempo, apareció el
-interventor.
-
---Si el caballero no está bien aquí--dijo--puede pasar a otro
-departamento: el coche va casi vacío.
-
-El interpelado repuso:
-
---Muchas gracias.
-
---Seguramente en otro lado cualquiera iría usted mejor.
-
-El viajero acaso iba a ceder; lo leí en su rostro; pero miró su
-impedimenta, consideró su peso, e instantáneamente se reafirmó en su
-intención de no moverse. Además, hacía frío; mucho frío...
-
---Gracias--dijo--, aquí no somos más que dos personas y podremos dormir
-bien.
-
-El interventor parecía indeciso, y renovó su oferta.
-
---Viajar solo siempre es agradable. Las maletas, si usted me autoriza,
-puedo transportarlas yo mismo...
-
-Su porfía empezaba a molestarme, tanto más cuanto que aquel hombre, de
-rostro traicionero y obscuro, siempre me había sido antipático. Mi
-huésped, irritado también, le replicó muy seco:
-
---Prefiero quedarme aquí.
-
-El interventor se marchó, para regresar a poco con una tablita, que
-decía “Alquilado”, y que colocó a la entrada del compartimiento.
-
---De este modo--explicó--podrán ustedes descansar, seguros de que nadie
-ha de molestarles...
-
-Para corresponder a tanta fineza, el viajero quiso darle un duro, pero
-el interventor se negó a aceptarlo; y después de picar el billete del
-señor “de la cara de muerto”, se marchó, sin pedirle el suyo al “hombre
-de la gorra”. ¿Por qué? Esto me inquietó, y como no hallase la
-explicación que buscaba, volví a pensar:
-
-“Serán amigos...”
-
-Transcurridos unos minutos, empecé a sentir que, a pesar mío, “el hombre
-de la gorra” me preocupaba. ¿Cómo dormía tanto? Mi correr tronitronante
-le sacudía extrañamente; sus brazos, sus piernas, parecían rotos. Pero
-lo que más encandilaba mi curiosidad era su rostro invisible, con el
-mento apoyado y cual ahincado sobre el pecho. Contribuía a aguijar mi
-sobresalto la frecuencia con que, a cada momento, el interventor, o un
-“ruta”--que prestaba servicio en otro coche--, o los dos, recorrían mi
-tránsito. ¿Qué buscaban allí?... Y en sus ojos mi sagacidad descubrió un
-terror, una angustia. También al viajero “de la cara de muerto” le chocó
-aquel ir y venir insólito.
-
---Me espían--pensó.
-
-Las estaciones de Guadajoz, de Lora del Río, de Palma y de Posadas,
-habían quedado atrás. El interventor, al fin, se marchó a hacer la
-requisa de billetes; el “ruta” también se fué. Yo empecé a tener miedo:
-adivinaba la vecindad de algo inexplicable, la secreta presencia de una
-amenaza. Me dije: “Este hombre, con cara de difunto, es un aojador.”
-
-Hasta que, de súbito, ocurrió lo que yo vagamente esperaba. En una
-curva, la inercia arrancó al pasajero del gabán gris del asiento y lo
-tiró al suelo: con el cachapazo, la gorra se le fué hacia atrás, y las
-manos se le salieron de los bolsillos. Las tenía amoratadas,
-convulsionadas, tumefactas, y el rostro horriblemente maquillado por la
-asfixia. Aquel hombre no estaba dormido ni borracho, sino muerto: le
-habían estrangulado.
-
-Al verle caer así, con ese ruido turbio y esa pesadez que sólo tienen
-los cadáveres, el viajero “de la cara de muerto” lanzó un grito y se
-puso de pie; su semblante, convertido bajo el imperio del terror en
-espantosa máscara, era indescriptible. ¡Ah, cuántos fotógrafos hubiesen
-querido retratarle!... Yo, que le espiaba, paso a paso seguí las
-mutaciones rapidísimas, más breves que segundos, que experimentó su
-espíritu. Su primer movimiento fué precipitarse sobre el timbre de
-alarma; pero, en el acto, casi sin transición, se arrepintió. Se vió
-detenido, envuelto en un proceso resonante, acusado, tal vez, de
-homicidio... Y tuvo miedo. El infeliz miraba al difunto como si él,
-realmente, le hubiese asesinado: su mandíbula temblaba, los ojos,
-horripilados, se le salían de las órbitas. ¿Qué hacer?... Una idea
-folletinesca le iluminó el cerebro. El “expreso” acababa de salir de la
-estación de Córdoba, y antes de volver a detenerse transcurriría cerca
-de una hora. Rápido el señor “de la cara de muerto” se asomó al pasillo
-para cerciorarse de que allí no había nadie; inmediatamente regresó a su
-departamento, abrió una ventanilla, cogió el cadáver y, a empellones, lo
-precipitó a la vía. Levantó en seguida el cristal, se sentó y aparentó
-leer en un libro.
-
-En aquel instante reaparecían el interventor y el “ruta”, y aún me
-estremece la lividez espectral que les desfiguró al encontrar solo al
-viajero “de la cara de muerto”. Les vi apoyarse al uno contra el otro,
-temblando, y sus labios se tiñeron de violeta. Sus piernas se doblaban.
-Querían hablar, y la voz les faltaba. “Estos son los que han matado ‘al
-hombre de la gorra’”--pensé.
-
-Por su parte, el viajero de la faz mortuoria, les miraba de hito en
-hito, casi tan asustado como ellos. Al cabo, el interventor, aunque
-ahogándose, pudo balbucear:
-
---Señor... ¿el caballero que iba aquí?...
-
-El interpelado repuso fríamente:
-
---No sé; salió hace un momento...
-
-Al oir estas palabras, que envolvían algo sobrenatural, los dos
-miserables, seguros de hallarse en presencia de un milagro, se retiraron
-sin contestar.
-
-Al otro día, los periódicos de la noche dijeron que un millonario
-argentino, recién desembarcado en Cádiz y que se dirigía a Madrid, fué
-robado y asesinado en el “expreso” de Sevilla durante el trayecto de
-Córdoba a Montoro, y que los criminales habían lanzado el cadáver a la
-vía.
-
-Nunca la pobre Justicia supo más.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Como los soldados en tiempo de guerra, los vagones estamos obligados a
-socorrernos mutuamente en el peligro y a “cubrir” las bajas que los
-choques, los descarrilamientos, los incendios o, sencillamente, la vejez
-y el mucho uso, causan en los convoyes.
-
-El choque, tristemente famoso, de Chinchilla, donde el correo de
-Valencia y un mixto procedente de Cartagena se encontraron, y en el que
-finaron su vida de trabajo once coches--la mayoría de pasajeros--,
-diseminó una inquietud por toda nuestra red ferroviaria. Los talleres de
-reparaciones restituyeron a la circulación algunos vagones; varios
-trenes, que llamaré “clásicos” por integrarlos siempre las mismas
-unidades, fueron descompuestos cumpliendo órdenes de la Dirección
-General, y sus coches pasaron de unos convoyes a otros. Esta marejada
-nos alcanzó a nosotros también, y de resultas el Barítono y yo tuvimos
-que despedirnos de La Empresa, del Primer Actor y demás veteranos
-camaradas de nuestra supuesta farándula, para entrar al servicio del
-“correo-expreso” de Valencia, que sale de Madrid a las nueve y treinta y
-cinco minutos de la noche.
-
-Este cambio de horizontes nos satisfizo mucho, no sólo por el bien
-fundado deseo de conocer esa huerta valenciana que luce, junto a la seca
-amarillez del macizo ibérico, como una esmeralda, sino también por la
-blandura del clima y la suavidad y brevedad del camino: cuatrocientos
-noventa kilómetros de tierra llana, a nadie asustan.
-
-Como sobre la línea andaluza, El Barítono continuaba rodando delante de
-mí, y aunque por la menor categoría del tren que ahora servíamos nos
-habían quitado el puente que nos ligaba antes, el hallarnos entre
-unidades desconocidas contribuyó a anudar mejor los lazos de nuestro
-viejo afecto. Lo que antes nos sorprendió fué el dialecto valenciano,
-que no tardamos en traducir, y pronto reconocimos que los oriundos de la
-región levantina es gente muy alegre y decidora, pero sin que esa
-turbulenta alacridad que les dió el sol excluya de ellos la templanza en
-las palabras, ni la cortesía. Esto y los incidentes del camino nos
-proporcionaban abundantes motivos de conversación, y así, mirando y
-glosando lo que observábamos, entretuvimos agradablemente muchas
-jornadas.
-
-Más allá de Getafe, donde la vulgaridad oficial se opuso a que el genio
-de Julio Antonio elevase a “Nuestro Señor Don Quijote” un monumento, el
-camino, hasta Alcázar de San Juan, nos era conocido. Luego la ruta se
-vistió para nosotros de novedad. Sucesivamente vimos pasar, a la luz de
-la luna y en filar pintoresco, Campo de Criptana, que parecía decirnos
-adiós con los brazos de sus molinos; los trigales de Socuéllamos y el
-magnífico encinar que inspiró al “hidalgo manchego” su discurso a
-propósito de “la edad de oro”; Villarrobledo, que de los robledales que
-la circundan tomó nombre; Minaya, que evoca gestas del Mío Cid; y pasado
-Albacete, célebre por sus fábricas de armas, Chinchilla, a la que su
-penal, instalado en un castillo cimero, prende un nimbo amargo; y luego
-Almansa, antiguo baluarte de la planicie castellana, con su castillo
-mondo, escueto y blancuzco, como una osamenta, cerca del cual Felipe V,
-con las manos tintas en sangre austríaca, aseguró sobre sus sienes la
-corona; y diez y ocho kilómetros después, el caserío de La Encina,
-rodeado de desolación.
-
-Hasta allí prolonga Castilla su adustez, su secura, su amarillez de
-viejo rostro hidalgo; pero, traspuesto el andén de Fuente la Higuera y
-los dos túneles que lo siguen, el paisaje varía y pronto la jocunda
-feracidad levantina empieza a metérsenos alma adentro. Huyen hacia atrás
-Mogente, la morisca; las ruinas gloriosas de Montesa y Játiba--la
-_Sætabis_ romana--pueblo romántico y artista, cuna de los Borgia y del
-Españoleto, en cuyo formidable castillo, que señorea el monte Bernisa,
-padecieron duro cautiverio los Infantes de la Cerda y el duque de
-Calabria. De minuto en minuto el paisaje se embellece y los prístinos
-resplandores del amanecer lo matizan prodigiosamente: bosques
-feracísimos de naranjos y de granados se acercan al camino y, en las
-curvas, parecen cerrarnos el paso. A veces, el viajero que extendiese un
-brazo por una ventanilla, podría tocarlos. Ya el pueblecito de
-Carcagente, al que sus palmeras infunden una engurria tropical, quedó
-atrás; cruzamos el Júcar, y a la derecha mano, desgranando su caserío
-por las sinuosidades de una quiebra, aparece Alcira, con una gracia y
-una policromía de acuarela.
-
-A cada momento, mi compañero El Barítono me decía:
-
---¡Mira!...
-
-Y yo, a mi vez, le replicaba:
-
---¡Mira!...
-
-Y ninguno de los dos nos fatigábamos de admirar.
-
-Embriaga la luz: a veces, los colores se favorecen y exaltan
-recíprocamente; otras, se estorban: la tierra, según su calidad, se
-muestra cubierta de hierbas, o es dorada, o roja, y sobre el suelo
-abermejado la fronda de los naranjos, de los limoneros, de las higueras
-y de los almendros, parece más obscura. A un lado y otro de la vía se
-columbran pueblecitos blancos, con la deslumbrante albura de las nieves
-arribeñas; y también esas casitas rústicas, de paredes celosamente
-enjalbegadas y techumbre en forma de capucho, que los valencianos llaman
-“barracas”, y dan al paisaje una dulzura criolla. El sol, pintor
-formidable, trabaja a brochazos ingentes: junto al ramalazo ocre, la
-mancha púrpura, o la verde, o la añil...; y alrededor de esta huerta que
-ofusca y ciega, en el confín grandioso, Valencia, la capital, que traza
-a ras de tierra una línea blanca; los perfiles azules de Sierra de
-Cullera y Sierra de las Agujas, y el lago de La Albufera, que parece
-desvanecerse en el zafiro del mar. El aire es fresco, sano, fuerte, y yo
-lo aspiro con delicia. Aquel inmenso horizonte es un pulmón.
-
-Corridos los primeros días--siempre expugnables a las emociones--, El
-Barítono y yo íbamos acoplándonos al medio, y conforme esta insensible
-adaptación se verificaba declarábamos el parecido de todos los hombres y
-lugares en cuanto han de más substantivo, y la esencia cierta del alma
-universal, tan monótona bajo el proteísmo de sus apariencias, volvía a
-penetrarnos. Sobre la línea valenciana se repetían las figuras y escenas
-que vi cuando ambulaba, años atrás, por los caminos de Andalucía, de
-Galicia, de Asturias o de Hendaya: con superficiales variantes, los
-cuadros, los individuos... ¡hasta las palabras!... eran iguales; lo que
-nos demostró que, desgraciadamente, mucho antes de que la vida acabe se
-extingue en nosotros el interés de vivir...
-
-No pretendo negar con esto la acción educativa y asotiladora--este es su
-mejor calificativo--de la experiencia: ella me enseñó a inclinarme para
-conceder a lo pequeño su mérito; ella agudizó mi sensibilidad y me puso
-en condiciones de apreciar ciertos episodios que antaño no supe ver.
-Para decirlo en una palabra: ella me “elegantizó”, ya que la elegancia,
-en su esencia, se reduce al don de saber observar. Y al Barítono, que
-rondaba los treinta años, sucedíale lo propio, pues la Humanidad es un
-libro tan sabio, tan hondo, que no empezamos a comprenderlo sino después
-de leerlo varias veces.
-
-Hasta entonces, verbigracia, no reparé en los estudiantes, tipo
-emigrador que reiteradas veces y siempre a fines de verano, había pasado
-junto a mí. Como la golondrina anuncia el estío, el estudiante pregona
-la vecindad del invierno. Vuelven con él a las capitales de provincia--y
-especialmente a la Corte--la alegría de las calles, el alboroto de los
-teatros que se abren, de las hospederías y de los cafés; simbolizan los
-estudiantes el ruido, la esperanza, la risa del Mañana triunfante.
-
-Comprendí el mérito de aquella silueta, por primera vez, en Carcagente,
-donde nos deteníamos seis minutos. Recuerdo que el estudiante aquel se
-llamaba Pedro: parecía haber cumplido los veinte años, y tenía el talle
-flexible, reideros los labios, habladores los salientes y negrísimos
-ojos, y la tez bronceada por los aires mogrebinos de la huerta. Varias
-personas le rodeaban, entre ellas su padre, que le observaba con
-enternecimiento tranquilo: era un señor bajito y apacible, que--según le
-oí decir--sólo estuvo en Madrid una vez, y que creía tener de la vida un
-concepto exacto. “Todas las cosas, hoy unidas--pensaba--, mañana se
-separarán.” Y se encogía de hombros: como él dejó a su padre, ahora su
-hijo le dejaba a él. ¡Nada más natural, puesto que el olvido corre por
-las venas disuelto en la sangre!... Pero la madre del mozo no conocía
-esa resignación, y a cada momento sus viejos ojos, que hacía días no
-cesaban de llorar, volvían a enternecerse. Pedro miraba al espacio azul,
-desde donde las golondrinas y los vencejos parecían despedirle con sus
-ásperos gritos de independencia, y sorprendíale que en su corazón,
-sutibundo de libertad, no hubiese dolor.
-
-La máquina silba; nos vamos... El estudiante abraza y besa a su padre,
-que reprime su dolor pensando: “Es preciso.” La madre, más impulsiva, le
-moja el rostro con sus lágrimas y, sin que nadie lo advierta, le desliza
-en un bolsillo un sobre con dinero. Todos los circunstantes hablan al
-mozo y le despiden a la vez, y una lluvia de consejos cae sobre su
-frente loca como agua lustral. Le recomiendan que escriba, que sea
-juicioso, que estudie mucho...
-
-Pedro se arranca de aquellos brazos con que “el pasado” le sujeta aún, y
-sube a mí. Asomado a una ventanilla agita un pañuelo despidiéndose, al
-mismo tiempo que de sus familiares, del paisaje, de la iglesia, con sus
-campanas de voz inolvidable, y de aquellos árboles a cuya sombra leyó
-tantos libros que le entristecieron hablándole de escenas bellas y
-remotas. Pedro se sienta, registra en sus bolsillos, y sus dedos
-tropiezan con un sobre. Sorprendido rompe la nema y aparecen
-doscientas... trescientas pesetas... “Es mi madre--comprende--quien me
-las ha dado.” Pero el destino de aquel dinero no debe de ser grave, pues
-si lo fuese, ella no se lo hubiese entregado a hurtadillas... y el
-estudiante comprende que las pobres madres, por inocentes lugareñas que
-sean, conocen mejor la vida y están más cerca de la juventud que
-cualquier hombre.
-
-Una explosión febril de júbilo le enajena: al fin va a ver Madrid, la
-gran cosmópolis, con su Universidad, su Ateneo preclaro, sus coliseos,
-sus bailes, sus casinos, sus centros todos de sabiduría y de
-perdición... Y ríe: fuera de aquel tren que le lleva, nada le preocupa.
-Levanta el rostro, mira hacia el campo, se pasa una mano por los
-cabellos...; ante su ambición desbridada todo el mundo le parece un
-camino.
-
-Otra silueta en la que tampoco había reparado bastante es la del
-mendigo; perfil muy español, por cierto...
-
-Hemos parado en una pequeña estación castellana; uno de esos apeaderos,
-casi anónimos, apostados a la entrada de un túnel. La tarde se desmaya:
-por el espacio azul navegan nubecillas manchadas de carmín y de ópalo;
-el sol dora la cúpula de la iglesia; un aguilucho, suspendido en la
-inmensidad luminosa, describe, sin batir las alas, círculos
-homocéntricos, y su blanca pechuga parece de plata.
-
-En el andén hay un ciego, viejo y alto, sarmentoso; la costumbre de
-humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro--heredero
-del turbante morisco--ciñe su frente; viste remendado traje de paño
-pardo, y cubre con zahones sus músculos cenceños; va descalzo, y sus
-manos, de dedos nudosos, parecen desesperadas.
-
---Una limosna, por amor de Dios, para quien ya no ve...--repite
-orientando hacia el convoy sus ojos muertos.
-
-En el silencio su voz humildosa tiene una cadencia conmovedora, y
-algunas monedas caen a sus pies. Ante su figura mística los turistas
-suelen acordarse de los brazos queridos que les esperan, y sus almas
-experimentan vagamente la superstición de que la buena voluntad del
-pordiosero puede evitarles algún mal tropiezo. Frecuentemente--¡oh,
-vergüenza!--una limosna no pasa de ser una cobardía. Ya nos marchamos,
-ya todas las ventanillas se cerraron. Entonces el mendigo, apoyándose en
-su báculo, retorna al pueblo, y al verle alejarse considero que si la
-línea del ferrocarril es una corriente de riqueza, aquel camino que él
-sigue parece un brazo; el brazo con que la aldea miserable pide limosna
-a los trenes.
-
-Un año y dos meses trabajé sobre la ruta de Valencia, en la que nada
-desagradable ni extraordinario me aconteció, y una mañana, hallándome en
-Madrid, supe que aquella noche El Barítono y yo saldríamos para
-Barcelona en un “mixto” y con la tablilla de “No admite viajeros”. El
-furgón que me trajo estas noticias--un viejo catalán que yo conocía
-hacía tiempo--me aseguró que se nos destinaba a la línea de Port-Bou,
-donde, a la salida del túnel internacional, la furia del viento había
-descarrilado dos “primeras”.
-
-Díme prisa en comunicarle al Barítono cuanto acababan de decirme, y su
-regocijo fué espejo del mío: él también era de origen francés, y, como
-yo, se holgaba de rever el país natal. Asímismo estimulaba nuestro
-júbilo el deseo que teníamos ambos de conocer Barcelona, y que ya
-considerábamos irrealizable porque los “expresos” que van a Cataluña son
-los de “mejor material”--como en la fraseología ferroviaria se dice--y
-nosotros íbamos siendo viejos.
-
-El día lo pasamos inquietos, temerosos de que alguna contraorden nos
-volviese a nuestro antiguo derrotero; mas no ocurrió así: a media tarde
-una máquina-piloto vino a sacarnos del convoy valenciano, que nos vió
-marchar con envidia, y ya cerrada la noche salimos para la Ciudad
-Condal.
-
-Este viaje lento, sembrado de paradas interminables y devanado bajo la
-serenidad tibia de una noche de septiembre, es el más hermoso de mi
-vida. Lo embellecía mi reposo interior, la satisfacción de no llevar a
-nadie dentro de mí: mis luces iban apagadas, mis puertas cerradas con
-llave; todas mis tuberías y mis asientos descansaban también: yo era
-como una conciencia sin remordimientos, como un corazón sin afanes. De
-idéntico bienestar disfrutaba El Barítono, y frecuentemente nos
-sonreíamos y estrechábamos el uno contra el otro, felicitándonos por
-nuestra ventura.
-
---Fíjate--decía mi compañero--en que, por primera vez, nuestros dueños
-nos llevan, nos pasean, sin exigirnos que transportemos a nadie. Somos,
-pues, verdaderos viajeros.
-
---¿Te duele algo?--le preguntaba yo.
-
---Nada: cuando voy muy cargado, sí, suele darme en el segundo
-compartimiento un dolor que me abate bastante; pero ahora me siento ágil
-y con ganas de correr, como un muchacho. ¡Si supieras qué elasticidad
-conservan mis muelles todavía!...
-
-Yo quería al Barítono. Después del Tímido, del Presumido, del
-Misántropo, de Doña Catástrofe y de los Hermanos Sommier, mis colegas
-fraternos del “expreso” de Hendaya, ningún compañero había sabido
-apoderarse tanto como éste de mi amistad; ni siquiera el viejo
-Dos-Caras, de quien, por quisquilloso y autócrata rancio, anduve siempre
-un poco distanciado. Por los años en que yo servía sobre la línea de
-Francia él trabajaba en la de Asturias, y asistió al hundimiento del
-túnel donde La Tirones y El Tímido hallaron la muerte. Después rodó
-mucho tiempo por el camino de Galicia con el “expreso”. Aunque nunca
-habíamos hablado, El Barítono me conocía de cruzarse conmigo a lo largo
-de la vía gallega, y, según me manifestó, siempre consideró que la
-Compañía, al incluirme en un “correo”, era injusta con un vagón de mi
-importancia. Estas palabras--¿a qué negarlo?--me halagaban, y en medida
-igual me predisponían a reconocer las cualidades eminentes de mi
-camarada. El Barítono se parecía a mí en el elástico vigor de sus
-movimientos, en la hermosa conformidad de sus perfiles, en su boato
-interior, en su elegancia... y si no llegué a considerarle idéntico a mí
-fué tal vez porque mi presunción y mi orgullo--mis dos grandes
-defectos--nunca me permitieron ver claro en los demás.
-
-Aquella noche, rodando a la cola de un “mixto” cuya lentitud y torpe
-manera de frenar nos hacía reir, volvimos a entretenernos mutuamente con
-el relato de lo que cada cual había visto, y los cuadros y personas que
-llenaron nuestra existencia ambulante acudieron en muchedumbre. Al cabo
-reconocimos que, si bien de la misma edad, mi historia era harto más
-accidentada que la suya, y esto reafirmó el ascendiente que desde
-siempre ejercí sobre él.
-
-En Barcelona descansamos tres días; allí volvieron a limpiarnos, y
-después de reconocer todos nuestros mecanismos nos engancharon a la
-cabeza del “expreso de lujo” que sale, a las ocho y cincuenta minutos de
-la mañana, para la frontera. ¿Qué diré de la alegría, plena de juventud,
-que experimentamos al sentirnos llevar?...
-
---¡Ya nos vamos, Cabal!--me gritó El Barítono.
-
---Sí, viejo--repuse--; ya nos vamos, y antes de cuatro horas estaremos
-en Francia.
-
-Como le pareciese que mis palabras no encerraban bastante calor,
-exclamó:
-
---¿No te alegras?
-
---Sí, que me alegro; ¡mucho!...
-
-En realidad, yo comprendía el cariño a la patria menos que él, y así mi
-regocijo no igualaba al suyo. El continuó poniéndole risueñas apostillas
-a su contento, y hasta me descubrió su esperanza--completamente
-irrealizable--de rodar algún día sobre los caminos franceses.
-
---Y si me encuentran viejo--suspiró--que me envíen a un taller de
-reparaciones y me conviertan en “tercera”.
-
---¿Serías capaz--interrumpí enojado--de degradarte hasta ese extremo?
-
---Yo, sí: yo, con tal de ver París, lo acepto todo.
-
-Después se quedó triste.
-
---Oye, Cabal: esto de regresar a Francia, después de tanto tiempo y
-cuando ya somos casi viejos, ¿no será un mal síntoma?
-
---¿Síntoma de qué?...
-
---Agüero o anuncio de muerte. Tengo bien observado que numerosas
-personas que vivieron expatriadas sintieron de súbito el anhelo de
-volver a su país, y apenas lo satisficieron cuando la muerte les
-sorprendió... ¡exactamente como si aquel deseo hubiera sido la voz con
-que la tierra, donde fueron a nacer, les llamase!... Nosotros vamos,
-venimos... devoramos millones de kilómetros... nos creemos libres...
-somos como los pájaros... hasta que un día la tierra, nuestra madre, nos
-llama... ¡y hay que obedecerla!... Cuando nosotros, hace mucho tiempo,
-salimos de Francia, fué por un puente, en medio de la luz y del aire...
-¿te acuerdas?... Y ahora regresamos a ella por un túnel, bajo la
-tierra... Cabal: ¿tú no crees que exista en esto un maleficio?...
-
-No supe qué argüirle, pues parecióme que tenía razón, y una suave
-melancolía descendió sobre los dos. ¡Morir!... ¿Qué desesperante
-tiniebla envuelve esa palabra? ¿Morir es descender, irse... o es
-regresar a la estación de salida?... Un largo momento permanecí
-silencioso y como traspasado de frío; pero luego el paisaje, con sus
-perspectivas de hermosa violencia, reanimó mi optimismo. Caminábamos
-bien: a su hora las estaciones de Gerona, la heroica; de Flassá y de
-Figueras, cuyo presidio puso un colofón a tantas vidas, quedaron atrás.
-En seguida el suelo, que ya comenzaba a inquietarse, se enardece, se
-encrespa furioso, y las primeras estribaciones pirenaicas asoman. La
-enorme cordillera detrás de la cual España y Francia se atrincheran,
-azulea más lejos, y sus cimas parecen galopar hacia el Norte.
-
---¡Los Pirineos!--grita El Barítono.
-
---Sí--repito emocionado--. ¡Los Pirineos!... ¡No son éstos los que yo
-conocía; sin embargo, con qué gusto los veo!...
-
-Y, desde el cabo de Creus hasta el de Higuer, mi pensamiento va y
-vuelve. Corremos entre la montaña y la costa, y el mar está tan cerca
-que, a veces, sus olas rompen espumeantes al pie de la vía. Un poco más
-y llegamos a Port-Bou, donde nos detenemos media hora; siete minutos
-después estamos en Cerbere. ¡Francia!... La bandera ha variado; pero yo,
-que no pienso como El Barítono, creo que, pues todos los trenes--vayan o
-vengan--han de salir de un túnel, es allí, bajo la tierra, donde la
-sociedad futura debía sepultar definitivamente el concepto retrógrado de
-“patria”. Ese túnel, para mí, es una lección.
-
-Veinte días nada más ambulé sobre la ruta de Port-Bou. Una tarde, al
-regresar a Barcelona, supe que había ocurrido un descarrilamiento cerca
-de Calatayud, y que el “expreso” de Madrid se reformaba.
-
-A la mañana siguiente, temprano, unos guardavías se acercaron al
-Barítono y a mí, y les oímos hablar:
-
---¿Son éstos los dos coches que llegaron ha poco de Valencia?--preguntó
-alguien.
-
---Sí--repuso otra voz--, y hay que desengancharlos.
-
-Cuando el convoy iba hacia la frontera, El Barítono marchaba delante de
-mí; a la vuelta sucedía lo contrario, y, por esta circunstancia, yo fuí
-el elegido.
-
---Nos separan, Cabal--gimió mi compañero.
-
---Sí, hermano--repuse conmovido--y no imaginas cuánto voy a echarte de
-menos...
-
-Aquellos hombres desenlazaron las cadenas que nos sujetaban, levantaron
-el puentecillo metálico que nos unía y se dispusieron a empujarme.
-
---En este momento--exclamó El Barítono--envejecemos un poco los dos:
-separarse es morir...
-
---O disponerse a vivir otra vez--interrumpí animoso--; ¡y más vale creer
-esto último!... ¡Que seas dichoso, que la ventura te acompañe siempre!
-
-El repuso, magnífico y sacerdotal:
-
---Que la felicidad marche contigo.
-
-Aquella noche, en el “expreso de lujo” de las ocho menos once minutos,
-salí para Madrid. Meses después supe que mi camarada había sido
-alcanzado y muerto por una locomotora, en Cerbere. ¡Tenías razón, pobre
-hermano! Tu deseo de volver a Francia era una cita que te daba la
-tierra.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Si yo tuviese tiempo y memoria--y paciencia también--para trasladar al
-papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones
-ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes,
-tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero,
-exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las
-impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio
-físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia.
-
-El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía
-recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada
-impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis
-ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el
-entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo
-clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de
-sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre
-el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas,
-cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La
-Triste--cualquiera de mis antiguas dueñas--atrafagada y jadeante, nos
-arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco
-también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la
-melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación
-neblinosa--aroma de humedad--que desdibuja las lejanías norteñas, el
-profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra
-locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber.
-
-Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos
-sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder
-de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la
-música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos
-enteros de mi vida.
-
-Dentro de mí oigo gritar:
-
-“--¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander,
-Asturias y Galicia!...”
-
-Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones
-dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a
-otro.
-
-O bien:
-
-“--¡Miranda de Ebro!... ¡Cambio de tren para los viajeros de Bilbao,
-Logroño, Castejón, Pamplona, Zaragoza y Barcelona!...”
-
-Y la maravillosa Sierra de Pancorbo se levanta delante de mí.
-
-La voz evocadora grita:
-
---“¡Buenos quesos de Burgos!...”
-
-Y pasa la histórica ciudad, con su caserío obscuro sobre el que la
-catedral levanta el encaje prodigioso de sus dos torres.
-
---“¡Puñales y navajas de Albacete!...”
-
-Es la Mancha, de color ocre, desarbolada y adusta, y también la ilusión
-verde de la región valenciana, que va acercándose.
-
---“¡Tortas de Alcázar!...”
-
-Son las noches frías, el aire que corta, la lluvia ingrata.
-
---“¡Agua!... ¡Agua fresca, agua!... ¿Quién quiere agua?...”
-
-Es Castilla, es la tierra que abrasa, son los vagones cuyas imperiales
-vahean bajo el fuego del sol, el emparrado mezquino que sombrea el
-brocal de un pozo casi seco...
-
-Así, pensando en todo esto, creo rejuvenecerme, y el espíritu cumple el
-milagro de vivir muchas veces lo que la materia torpe sólo conoció y
-gozó una vez.
-
-La línea de Madrid a Barcelona es más dura y ciento noventa y cinco
-kilómetros más larga que la de Valencia; pero, comparada con la de
-Galicia o la de Irún, es llana y accesible como un andén. Componen el
-“expreso” una máquina, natural de Grafenstaden, correspondiente a la
-“serie cuatro mil”, de más de trece metros de longitud, y a la que sus
-manejadores apodan La Quisquillosa, por ser--al igual de los caballos
-blandos de boca--muy sensible a cualquiera indicación, y así se detiene
-o corre con violencias súbitas, como si estuviese enfadada; y nueve
-unidades: dos sleeping, dos furgones, un coche-correo y cuatro
-“primeras”, de las cuales al que me sigue llaman El Viejo, lo que me
-contristó un poco cuando, charlando con él, averigüé que teníamos la
-misma edad. El _dining-car_ es, en nuestro convoy, algo pegadizo, pues
-el que enganchan en Madrid se queda en el pueblecito soriano Arcos de
-Jalón, y el que sale con nosotros de Barcelona no pasa de Mora la
-Nueva.
-
-La heterogeneidad moral que presentan, con respecto unas de otras, las
-diversas regiones españolas, y de la que ya he hablado, vuelve a
-sorprenderme aquí. El público que ahora viaja conmigo no se parece al
-valenciano, y menos al andaluz; acaso sean el andaluz y el catalán los
-dos temperamentos españoles más desemejantes. Este pueblo me gusta:
-viste bien, es serio, callado, laborioso, enérgico; sus mujeres son
-gruesas y altas, y se enjoyan con cuidado, y los hombres tienen la
-expresión voluntaria y hablan de negocios. Al salir de Madrid, sin
-embargo, la psicología del pasaje no es rotundamente pura; tiene una
-veta aragonesa que persistirá hasta Zaragoza. Traspuesto el Ebro, la
-raza de los fenicios hispanos aparecerá limpia, y el idioma castellano
-habrá muerto, como arrojado a la vía por inútil.
-
-En cuanto al camino, sin ser de los más bellos, es interesante, y se
-acerca a ciudades, ruinas y perspectivas, acreedoras a recordación.
-
-Por ejemplo: Torrejón de Ardoz, entre cuyas roídas murallas las familias
-ducales de los Olivares y de los Alba tienen su sepultura; Alcalá de
-Henares, cuna de Miguel de Cervantes y de Catalina de Aragón;
-Guadalajara, ganada a los moros por Alvar Fáñez, el amigo del Cid;
-Sigüenza, fundada por Roma; la alcazaba de Medinaceli, y otras
-fortalezas diseminadas por aquellos alrededores rocosos y que en otro
-tiempo defendieron el tránsito del Valle del Ebro a Castilla; la morisca
-Calatayud; Zaragoza, la ibérica y la heroica, cuyas dos catedrales--El
-Pilar y La Seo--vemos, al cruzar el puente, reflejarse en el río; Caspe,
-que una vez decidió del porvenir de España; Reus, Pobla, San Vicente...
-
-A través de un bosque de pinos marítimos la vía férrea se aproxima al
-Mediterráneo y el paisaje cobra belleza mayor. Pasa Villanueva y Geltrú,
-rodeada de viñedos lujuriantes, y más allá de Sitges el expreso, que
-corre bordeando la costa acantilada, enfila, sin interrupción, tantos
-túneles, que podría decirse que camina soterrado. Estos túneles ofrecen
-numerosas hendeduras, especie de saeteras abiertas sobre la alegría del
-mar latino, y su luz, que fulge por ráfagas ante nosotros, son como
-ideas optimistas que esclareciesen a intervalos la tiniebla de un
-espíritu triste. Enfrentamos luego las fragosas costas de Garraf, y
-entre tantas rocas nuestros rodajes restallan y crepitan con
-ensordecedor trajín. A la izquierda, en aquel lontano confín donde el
-cielo simula pedirle a la tierra un punto de apoyo, azulean los
-fastigios de Montserrat; y al fondo, manchando de blanco el horizonte
-desde la falda del monte Tibidabo al baluarte de Montjuich, la urbe
-barcelonesa, ceñida de fábricas cuyos millares de chimeneas parecen los
-tubos de un órgano que entonase, desde el amanecer, la misa del Trabajo;
-la única cierta...
-
-Pronto se cumplirá el cuarto aniversario de mi llegada a esta línea, y
-nada digno de ser publicado me ha sucedido aún. ¿Por qué? Jamás mi vida
-fué tan pacífica. ¿A qué debo atribuir esta calma? ¿Será porque voy
-haciéndome viejo? ¿Acaso porque la Aventura, cansada de protegerme, huye
-de mí?... ¡Oh, dolor! El silencio que acompaña a la ancianidad parece
-una emanación, un contagio, del Eterno Silencio; como si, al igual que
-los ríos meten su corriente en el mar, la Muerte proyectase su tristeza
-en la Vida...
-
-En las otras regiones que conozco las gentes viajan por placer, por
-turismo, para tomar baños en las playas de San Sebastián o de La Coruña,
-o para asistir, a mediados de abril, a las corridas de toros de Sevilla.
-En la línea catalana se viaja por necesidad, por negocio; mis huéspedes
-son gentes laboriosas y ordenadas, para quienes la vida es una actividad
-lógica y no un pasatiempo. No son bruscos, según el vulgacho de otras
-provincias cree, sino diligentes en la acción; no son avarientos, sino
-emprendedores y productores. Como dentro de la idiosincrasia total de
-nuestra Península, puede aseverarse que Andalucía representa la fantasía
-y la gracia, Cataluña simboliza la acción, el impulso codicioso y
-perseverante. Bilbao y Valencia la imitan, la siguen de muy cerca...
-pero Cataluña es, hasta el momento actual, “la voluntad” de la España
-futura. En esta tierra fuerte a los hombres se les estima por su
-energía, por su producción útil; aquí, en los trenes, un torero no llama
-la atención, y, lógicamente, un ministro interesa menos aún que un
-espada.
-
-En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un
-matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la
-esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos
-eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos,
-por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de
-conocerles, y me eché a discurrir:
-
-“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...”
-
-Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados
-de tener algo que contarse.
-
-La mujer decía:
-
---Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas...
-
---Es de suponer.
-
---Y que regará el jardín conforme la expliqué...
-
---Sí, sí, lo regará; no te atormentes.
-
-Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el
-vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre
-sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos
-instantes:
-
---Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación.
-
---Si recibió tu telegrama...
-
-Ella recelaba siempre; él creía.
-
---¿Por qué no había de recibirlo?...
-
-Después de un silencio, la mujer exclamó:
-
---¡Pobre hijo mío!...
-
-El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar:
-
---Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite
-así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al
-muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al
-campo...
-
-De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de
-Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que
-España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los
-periódicos publicaban telegramas.
-
---¡Pobre mujer y pobre hombre!--pensé.
-
-Les observaba con una atención en la que había más misericordia que
-curiosidad.
-
---Afortunadamente--seguí discurriendo--, los hombres, junto a la idea de
-“patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios
-que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente
-falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!...
-
-De pronto--¡oh, dragados increíbles de la memoria!--reconocí en mis
-huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de
-don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y
-vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen
-dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme
-entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato,
-gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que
-parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!...
-¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!...
-
---¿Es posible--exclamé--que él haya dedicado entera su vida a ella, y
-ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a
-sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?...
-
-Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún
-años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve...
-¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus
-cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como
-uniformados, sin otra alegría que su amor--que no era “el amor”, sino
-una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica--. Perdieron su humilde
-vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche
-aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo;
-y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora
-de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su
-hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque
-sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias
-que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir--aroma de las
-almas--se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!...
-
-Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó:
-
---¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya
-llegamos.
-
-Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los
-estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia.
-
---Cosas más graves--repuso--he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a
-todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves,
-de mi vida podría sacarse una novela.
-
-Me eché a reir con tan bonísmo arranque que amostacé a mi interlocutor.
-
---¿A cuento de qué viene esa algazara?--atajó.
-
---Me río--le repliqué sin cortar el chorro de hilaridad que me removía
-el cuerpo--de lo vulgar que eres. Acabas de hablar como un hombre. ¿No
-lo sabías?... Apenas dos de nuestros viajeros charlan media hora y
-simpatizan, uno de ellos exclama, siempre con una leve melancolía en la
-voz, como si el recordar fuese un dolor para él: “Mi historia es una
-novela.” A otros les parece que un volumen no es bastante, y dicen: “En
-mi historia hay argumento para tres o cuatro novelas...”
-
-Mi camarada, más humillado que avergonzado, repuso:
-
---¿Y qué?...
-
---¡Nada!... Que para aliviarte del peso de tu biografía busques a otro,
-porque yo no la aguanto.
-
---¿No crees que la vida de cualquier hombre, como la tuya... como la
-mía... es una novela?...
-
---Posiblemente.
-
---¡Luego tengo razón!...
-
---Mira, Viejo--exclamé--; no te amontones y medita lo que voy a decirte:
-como la mayoría, por no asegurar la totalidad, de los hombres son
-vulgares; como no saben vivir, sucede que esa novela que tú atisbas en
-ellos necesariamente ha de ser mala; y, por lo tanto, que si cada
-ciudadano... ¿me oyes?... cayese en la tentación de escribir su
-historia, nadie volvería a comprar un libro.
-
-Amohinado gruñó:
-
---Si nada te ha sucedido... te felicito.
-
---¡Al contrario!--interrumpí vivamente--; si no hablo es porque mucho me
-sucedió. Las almas, Viejo, son como los ríos: cuanto más profundos, más
-callados...
-
-Así terminó la escaramuza.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Mi biografía, toda mi biografía, como si el Destino la hubiese dividido
-a hachazos, ofrece los aspectos más incongruentes y separados: junto al
-fragmento ligero y azul, el capítulo rojo; al lado del episodio
-sentimental o picante, la palidez torva del drama.
-
-Durante aquel último cuadrienio yo había empezado a aburrirme un poco:
-hallaba mi vivir demasiado uniforme, y achacaba esta escasez de
-emociones a mis años, que iban siendo muchos. “¡La Aventura ya no me
-quiere!...”--discurría yo en mis soliloquios, constelados de melancolías
-y de recuerdos. Y daba por definitivamente acabado el libro de mi vida,
-cuando la terrible y divina musa “de los ojos de esmeralda”, la que con
-sus sorpresas envejeció mis miembros de hierro y caoba, tornó a mirarme.
-Y... ¡de qué modo, con qué fuerza trágica!...
-
-Es una página bermeja y ardiente, como un folletín.
-
-Estábamos en Madrid, y las manecillas del reloj luminoso--ojo de la
-Estación--que preside el vaivén de los trenes, iba a darnos la orden de
-partir. Eran las diez y ocho y quince. Todos los coches, apretados
-fraternalmente unos contra otros, esperábamos la señal: teníamos
-encendidas las luces; la calefacción, alta; los frenos, bien graduados;
-las ruedas, engrasadas y prontas al movimiento: La Quisquillosa
-resoplaba prepotente, y el latir de sus ijares estremecía el convoy. Un
-viento frigidísimo barría los andenes, casi desiertos, pues era día “de
-Difuntos” y en fecha tan señalada y que entraña, al decir del vulgo,
-cierto maleficio, nadie quiere viajar. Los huéspedes del expreso no
-llegarían, en total, a cuarenta. ¡Mejor!... Vayan estos viajes,
-relativamente descansados, en alivio y desquite de aquellos en que la
-aglomeración de forasteros y de equipajes nos obligan a transportar, a
-cada uno, siete y ocho toneladas de peso.
-
-A la hila del tren, una voz lenta pregonaba:
-
---¡Almohadas de viaje!...
-
-Y era su cadencia tan monótona, tan lánguida, que invitaba a dormir.
-
-De mis compartimientos tres estaban vacíos. En otro había un matrimonio
-cincuentón y de empaque burgués, al que la presencia de varios
-parientes, que fueron a despedirle, retenía asomado a una ventanilla.
-
-Especialmente en invierno estos saludos me molestan mucho, porque me
-enfrían. Además, son de una hipocresía repugnante, pues, en la
-generalidad de los casos, todos, así los que se quedan como los que se
-van, desean separarse. Ya se dijeron cuanto necesitaban decirse; ya
-varias veces se estrecharon las manos... ¡y el tren no sale!... ¿Qué
-hacer?...
-
---Pero... ¡márchense ustedes!--suplican los viajeros.
-
-Los otros responden:
-
---De ningún modo...
-
---Nos da pena verles ahí; están ustedes molestándose.
-
---No es molestia, es placer...
-
---¡Cuánta amabilidad!...
-
-Las “frases hechas”, los “lugares comunes” de la cortesía y de la
-emoción, van... vienen... El protocolo de las despedidas ordena que--en
-un momento determinado--las cabezas varoniles se descubran, y los
-pañuelos salgan del bolsillo para saludar, y los ojos se nublen de
-tristeza: y para que este cuadro surta el efecto conmovedor apetecido,
-indispensable será que el convoy arranque. También las siguientes
-recomendaciones parecen absolutamente necesarias:
-
---“Tengan ustedes buen viaje...”
-
---“¡No dejen ustedes de telegrafiar; no se lo perdonaríamos!”
-
---“Ya saben que pueden disponer de nosotros.”
-
---“¡Sí, sí!... ¡Muchas gracias!... ¡Hasta la vuelta!...”
-
-¡Ah!... Cuando considero el mezquino valer de los hombres, sus
-falsedades, sus perjurios, sus tracerías y el eterno carnaval de sus
-almas, siento tentaciones de descarrilar.
-
-A la hora exacta, el jefe de estación dió “la salida” al expreso; silbó
-la locomotora, y partimos. ¡Espantosa noche! La lluvia había formado
-grandes charcos entre los rieles, y apenas dejamos atrás la marquesina
-que guarece los andenes, un furioso huracán de nieve nos envolvió. Por
-dicha, nuestro “visitador en ruta” cerró pronto una portezuela del
-coche-cama inmediato, que había quedado abierta, y por la cual penetraba
-una avendavalada manga de aire que iba helándonos a todos. El vagón que
-corría delante de mí, y al que apellidábamos El Pez, por lo ligero, se
-quejaba de un eje; yo lo oía chirriar.
-
---Eso es--hícele observar--un poco de frío; apenas llevemos rodando un
-rato y entres en calor se te pasará.
-
-Habíamos traspuesto las estaciones mínimas de Vallecas y Vicálvaro, y
-las amenas praderas de San Fernando, y ya veíamos acercarse las luces
-tristes y diseminadas de Torrejón. Pasado Alcalá, La Quisquillosa
-aceleró su correr, y la calefacción aumentó. ¡Qué delicia!... Aquellas
-oleadas de vapor eran para nosotros lo que para el caminante aterido un
-vaso de alcohol. El eje de mi compañero cesó de dolerse.
-
---¿Mejoras?--averigüé.
-
---Sí--repuso--; ya estoy bien.
-
---Pues, tira, hermano; porque El Viejo es un maula, y de no ayudarme tú
-no podré con él.
-
-Hizo lo que yo le pedía, y se lo agradecí: era fuerte y bueno, y más
-joven que yo; con lo que declaro que me aventajaba en punto a lealtad y
-buena fe. Vivir es malearse...
-
-Los andenes de Meco y Azuqueca huyeron de nuestro lado como sombras; en
-Guadalajara hicimos, según costumbre, un alto de cinco minutos, y
-seguidamente salimos para Fontanar.
-
-El _dining-car_ había apagado sus luces temprano, pues el pasaje,
-malhumorado, cenó de prisa, que nada acorta tanto la duración de las
-sobremesas como la melancolía. Los escasos inquilinos de los
-vagones-camas también mostrábanse soñolientos. En los coches de mi
-clase, los largos tránsitos aparecían desiertos y fantasmales, sacudidos
-por la marcha crepitante del convoy. Pasaron las estaciones de
-Junquera, Humanes, Espinosa, Jadraque, Matillas... y en Sigüenza, la
-vetusta, recogí un viajero. Distinguí su silueta mucho antes de que
-llegásemos a la estación, pues en el andén solitario no había más
-persona que la suya. Era un hombre como de treinta años, bien vestido y
-de gentil presencia, y advertí una nerviosidad, una precipitación de
-fuga, en su modo de ganar mi estribo y abrir la portezuela. Aquel
-individuo, evidentemente, huía de alguien: sus pupilas fulgían como las
-del “bello Raúl”, como las de Dommiot, como las de Cardini, el
-italiano... Ya en el pasillo, bajó un cristal y sacó la cabeza,
-observando espaciosamente a un lado y otro, cual receloso de que alguien
-hubiera subido al convoy; y así, en esta actitud de vigilancia
-implacable, permaneció hasta que dejamos la estación y comenzó a ser
-procelosa la velocidad de nuestro correr.
-
-Entonces buscó uno de mis departamentos vacíos, y un gesto que hizo y el
-suspiro que se le escapó de la garganta me descubrieron su satisfacción
-de hallarse solo. Reducíase su bagaje a un maletín pequeño, que colocó
-en la red, y a un portamantas cuyas correas empezó a deshebillar. Sin
-razón, y acaso por obra sigilosa de un presentimiento--esto lo razoné
-más tarde--, redujeron mi curiosidad a esclavitud la lozana juventud de
-mi huésped, la vivacidad de sus grandes ojos novelescos, la abundancia
-de sus cabellos negros y naturalmente ondulados, la sólida complexión de
-su espalda y la elegante anatomía de sus manos y de sus pies.
-
---He aquí un hombre--medité--con quien el Amor no debe ser esquivo...
-
-Apareció el interventor y pude enterarme de que el nuevo viajero iba a
-Barcelona. Al quedarse solo, el desconocido extinguió las dos luces del
-compartimiento, cerró la puerta y corrió todas las cortinillas. Hecho
-esto se acomodó en un ángulo, arrebujóse en su manta y alargó ambas
-piernas sobre el asiento. Volvió a suspirar, como quien sufre una pena o
-un temor secretos, y apagó en mi cenicero el cigarrillo que estaba
-fumando. En la obscuridad su figura desapareció casi por completo:
-únicamente sus botas de charol, flamantes--bien lo recuerdo--recogían no
-sé qué vagarosa claridad que llegaba a ellas desde el pasillo, y yo las
-veía fosforear en la tiniebla como azabaches. ¿Quién era aquel tipo, qué
-interés podía haber en su vida? Le comparé con don Rodrigo y le juzgué,
-incontestablemente, más hermoso que el amante de Raquel, pero también
-menos distinguido, porque era menos “raro”. Minutos después le oí roncar
-sonoramente y, yo mismo, traspuesta la estación de Arcos, me quedé
-dormido. Muchas veces los viejos vagones, con nuestra inveterada
-costumbre de rodar en traílla, y la seguridad de que la locomotora cuida
-de nosotros y no nos dejará equivocar la ruta, caminamos
-inconscientemente, y es este automatismo lo que nos permite ratos
-sabrosos de duermevela.
-
-Una voz que gritaba:
-
---¡Alhama!... ¡Un minuto!...
-
-Interrumpió a medias mi reposo: pero La Quisquillosa recobró su marcha y
-mis poros, mal despabilados, volviéronse de nuevo impermeables a la
-sensación, y mi conciencia tornó a inmergirse en las negruras
-insondables del no pensar.
-
-Mucho tiempo transcurrió antes de que un pregón y una ruda presión de
-los frenos, me despertasen. Por añadidura mi vagón zaguero--El
-Viejo--acababa de darme, al detenerse, un fuerte encontrón; sin duda iba
-dormido. Reconocí la estación de Calatayud, callada y horriblemente
-triste bajo un abundantísimo aguacero. Ni un ruido. El jadear de la
-máquina desgarraba el silencio, y turbaba como el latir de un corazón.
-Al mismo tiempo, me pareció ver una sombra que trepaba al último
-“primera”, por el lado de la entrevía, lo cual me demostró que quien
-fuese cuidaba de no ser visto, y acaso intentaba viajar sin billete.
-
-Media hora más tarde llegaba a mí con pasos aduendados y por el tránsito
-que me ligaba al Viejo, una mujer alta, de líneas esbeltas, que
-disimulaba sus facciones bajo un alucinante manto negro. Un extraño
-soplo trágico la animaba, la precedía...; la vi adelantarse por el
-corredor y unos segundos pude admirar sus manos blancas, la energía
-aguileña de su rostro, y el nimbo leonino que ceñían a su frente sus
-cabellos dorados: unos cabellos encrespados y magníficos, calientes y
-luminosos como hilos de sol. Brillaban con resplandor propio; vivían; no
-recuerdo haber visto nunca otros más bellos...
-
-La desconocida detúvose ante mi primer departamento, cuya puerta
-descorrió suavemente; encendió una luz, miró rápida y, sin ruido, volvió
-a cerrar. En el departamento contiguo hizo lo mismo: abrió la puerta,
-asomó la cabeza, esquivóse de nuevo... Era evidente que buscaba algo. De
-repente asocié aquella pesquisa a la figura del viajero que subió a mí
-en Sigüenza.
-
---Le busca a él...--pensé.
-
-Y tuve miedo, pues adiviné que algo siniestro iba a consumarse.
-Sobresaltado llamé la atención de mi compañero.
-
---Escucha, Viejo, y ayúdame a salir de dudas: ¿has visto pasar una mujer
-alta, vestida de negro?
-
---Sí; subió al tren en Calatayud, por la parte de la entrevía...
-
---La misma.
-
---Como si viniese huyendo...
-
---¡Exacto--exclamé--, todo eso lo pensé yo!...
-
---En el último vagón permaneció un buen rato; pasó después al otro, y
-luego a mí, donde el interventor la pidió el billete.
-
---¿Llevaba billete?
-
---Hasta Barcelona. En mi pasillo aguardó a que el interventor se fuese,
-y entonces registró, uno a uno, mis departamentos. Tiene cara de loca.
-Después se marchó. ¿Sabes dónde está?
-
---Aquí.
-
---¿Contigo?
-
---Sí.
-
---¿Qué hace?
-
---Busca.
-
-La dama enlutada, efectivamente, proseguía su investigación, y en el
-tránsito solitario y bajo el claror pálido y trepidante de las lámparas,
-su silueta cobraba una virtud fantasmal. En su rostro lívido, sus ojos
-negros tenían la expresión del drama. El Destino, lo Inevitable, miraban
-con ellos.
-
-El Viejo, intrigado, me preguntó:
-
---¿Se fué ya?
-
---No.
-
---¿Qué hace ahora?...
-
---Busca... ¡calla!... déjame ver...
-
-La misteriosa desconocida empujaba en aquel instante la portezuela del
-departamento donde “el viajero de Sigüenza”--le designaré así--dormía.
-¡Oh, si yo hubiese podido despertarle!... Fueron unos segundos
-espantosos, uno de esos momentos en que nos parece oir a la Muerte
-caminar de puntillas, y dentro de nosotros toda nuestra alma acongojada
-adquiere el perfil de una interrogación.
-
-La intrusa, apenas encendió, tornó a apagar, y, favorecida por la
-claridad del corredor, avanzó. Su brazo derecho extendido, que ahora,
-bajo el manto, parecía una enorme ala maléfica, esgrimía un puñal cuya
-hoja limpia pintaba en la penumbra un sutil triángulo de luz. Agachóse
-para mejor ver, y ahogando el aliento. Adelantó la cara, en cuya lividez
-eucarística los labios temblaban... Luego, con recio ímpetu, apoyó su
-mano izquierda en la boca del durmiente, para a la vez que le impedía
-gritar y le tapaba los ojos, obligarle a echar la cabeza hacia atrás; y
-cuando le tuvo así, mudo y cegado y con la garganta bien de manifiesto,
-de un solo golpe cruel le degolló. Hundióse el cuchillo hasta la cruz,
-y, al salir, por la herida brotó un chorro caudal de sangre, purpúreo y
-ancho como una lengua.
-
-Segura de haberle matado, la homicida, con repentina presencia de ánimo,
-enredó al alfiler que brillaba en la corbata del finado un largo cabello
-negro que preparado traía con este objeto, tiró el arma a un rincón y
-escapó. Al llegar al término del pasillo penetró en el cuarto-tocador,
-se lavó las manos y volvió a salir. Nadie la había visto. Sin perder
-instante abrió mi portezuela correspondiente a la entrevía, bajó al
-estribo y saltó a tierra fácilmente, pues íbamos llegando a la estación
-de Casetas y el convoy corría a menos de un cuarto de marcha.
-
-Sentado, el occipucio apoyado contra una de mis cabeceras, la víctima,
-lívida y bermeja a la vez, no se había movido. A su alrededor y como
-nimbando su blancura mortal, todo aparecía tinto en sangre: el diván, el
-respaldo, la alfombra...
-
-La presencia de aquel cadáver cuyo rostro, de minuto en minuto, era más
-blanco, me causaba indecible terror; añádase a esto la sensación de la
-sangre que me empapaba y rápidamente iba enfriándose. Sentía miedo,
-pena... y también un poco de asco. En los primeros instantes sólo
-compadecí al hombre; luego díme a meditar en la matadora, y a tener
-piedad de su dolor. ¿Qué desesperada historia se había desenlazado
-allí?... Y aquel cabello negro, ¿con qué objeto fué enredado en la
-corbata de la víctima, y a quién perteneció?... Instintivamente mi
-conciencia hidalga poníase de parte de la mujer y votaba en favor suyo.
-
-“Cuando ella se decidió a segarle la garganta--pensé--es porque antes
-él, a mansalva, la habría acuchillado el corazón. Entre amantes, una
-puñalada es muchas veces la liquidación de una deuda.”
-
-Apenas el expreso salió de Casetas, referí al Pez y al Viejo lo
-ocurrido, y aquél tanto se asustó con la idea de que un muerto le
-seguía, que comenzó a cabecear y a querer zafarse de mí. Un buen
-tironazo que le administré, para castigarle, le devolvió el juicio. No
-se enfadó por ello.
-
---¿Está muy pálido el cadáver?--balbuceaba.
-
---Mucho; parece de cera; parece también que el rostro se le ha
-enflaquecido.
-
---¿Y frío?... ¿Notas tú que está frío?...
-
---Sí: el frío de su carne es, por instantes, mayor: rato hace que
-traspasó sus ropas y empezó a invadirme... Ahora me penetra y llega muy
-hondo dentro de mí. ¡Es horrible!...
-
-La noticia corrió velozmente de punta a punta del convoy, y los datos
-aportados por mis compañeros ratificaron cuanto, momentos antes, El
-Viejo me había dicho. La desconocida emprendió su trágico éxodo
-agarrándose a uno de los estribos del último vagón, en cuyo
-cuarto-lavabo estuvo encerrada más de una hora, de lo cual nuestro
-camarada coligió que aquella mujer, no obstante su bonísima traza,
-escondía un misterio. Después dejó su escondite, ojeó todos los
-departamentos y pasó al segundo coche, donde hizo lo mismo.
-
---Yo, cuando la vi adelantar por mi pasillo--exclamó El Viejo--tan alta,
-tan delgada y envuelta en aquel largo manto negro entre cuyos pliegues
-los ojos la relucían como linternas, pensé que la Muerte había entrado
-en mí.
-
---¡Y era cierto que entraba--comenté--, porque el amor y la codicia son
-las dos sonrisas de la Muerte: cuando la Muerte no quiere asustar a los
-hombres y sí sólo perderles, se hace Dinero o se hace Mujer!...
-
-En Zaragoza, donde debíamos permanecer veintiún minutos mientras
-cambiábamos de máquina, sólo recogimos tres pasajeros, que subieron a
-los coches-dormitorios, situados a la cabeza del tren. Eran las dos de
-la madrugada. La Quisquillosa, que no pasaba de allí, se había
-desligado de nosotros, y el convoy quedó inerte y como acéfalo. Todos
-los vagones, inmergidos en tinieblas, parecían dormir, amodorrados por
-el cansancio y el frío. El Viejo y El Pez también se habían sosegado.
-Solamente yo velaba, y, a poder, hubiera pedido socorro con resonantes
-voces. Aquel difunto, cuyo rostro adquiría aún, por momentos, una albura
-de sudario, me helaba: ni don Rodrigo, ni aquel argentino tan
-misteriosamente asesinado en la línea de Sevilla, tenían su expresión:
-yo no quería verle, y, sin embargo, ni un segundo mi curiosidad se
-apartaba de él. Como acabó sin agonía, la muerte no había desconcertado
-la paz de sus facciones: los labios quedáronle entreabiertos, y la
-visera de la gorra le tapaba los ojos; pero los dedos de sus manos
-yertas y blancas--más que blancas, traslúcidas--sobre el fondo purpúreo
-de su traje cubierto de sangre tenían una expresión fascinante: estaban
-torturados, contraídos, retorcidos espantosamente: raíces parecían...
-
-Un golpe inesperado me reveló que La Ronca--padecía este remoquete por
-lo mal que silbaba--se había unido a nosotros. Ibamos a partir, y me
-alegré, porque el movimiento debilita la voz de las ideas. En seguida...
-lo de siempre: una campana, un pito, una voz soñolienta, automática, que
-ordena: “Señores viajeros... ¡al tren!...”, la locomotora que lanza un
-alarido corto y bufa, y el convoy que recobra su andar...
-
-El crimen perpetrado entre Calatayud y Casetas se descubrió al hacerse
-la nueva requisa de billetes, ya pasado El Burgo. Inmediatamente el
-inspector manejó el timbre de alarma, y el expreso paró. Por segunda vez
-la noticia, semejante a una mariposa roja, voló de un extremo a otro
-del tren: despertados insólitamente todos los viajeros, algunos a medio
-vestir, precipitáronse fuera de sus departamentos y corrieron a mí. En
-mi corredor los curiosos se apiñaban, se oprimían y alargaban el cuello,
-con el ansia impaciente de ver. Los que hubieron la fortuna de obtener
-un puesto frente al teatro del atentado, enmudecían de espanto y no
-sabían disuadir los ojos del cadáver, cuyas facciones, ya endurecidas,
-parecían, bajo mis luces, de transparente mármol.
-
-Como nada podía hacerse, el revisor cerró el compartimiento y el convoy
-persiguió su camino a gran velocidad para recobrarnos del tiempo
-perdido. En Caspe nos detuvimos, y por teléfono el jefe de estación
-llamó al Juzgado, que inmediatamente acudió y procedió al “levantamiento
-del cadáver”. Secundado por el escribano, el juez tomó circunstanciada
-declaración al inspector, al “ruta” y a varios pasajeros. El
-interrogatorio fué baldío; nadie sabía nada. Lo único cierto era que el
-asesinado tomó el tren en Sigüenza con propósito, según su billete de
-viaje acreditaba, de ir a Barcelona.
-
-En la cartera de la víctima se halló una cédula extendida a nombre de
-Antonio del Rey, varias cartas, a las que, por abreviar tiempo, no se
-dió lectura, y cuarenta mil pesetas en billetes del Banco: detalle este
-último que evidenciaba no ser el robo el móvil del asesinato. El juez
-advirtió en seguida el largo cabello negro--cabello de mujer
-joven--prendido al alfiler de corbata del finado, lo que estimó un dato
-revelador precioso; también examinó cuidadosamente el cuchillo, que era
-nuevecito y de los mejores y más bellos que producen los famosos
-armeros toledanos. En el acto, la presunción de un crimen por celos
-iluminó el espíritu de los circunstantes.
-
---¡Y es una mujer morena--exclamaron a coro--quien le ha matado!...
-
-Alguien dijo que ninguna mano femenina era capaz de asestar una puñalada
-así. Pero el voto contrario y unánime del público movióle pronto a
-cambiar de opinión. Mujer tenía que ser la autora del crimen. ¿Cómo, si
-no, explicar la presencia de aquel cabello? Precisamente ese cabello era
-“el hilo” del sangriento ovillo, el rastro que la homicida olvidó tras
-sí. A este dato añadíase otro no menos significativo, a saber: la
-primorosa belleza del cuchillo: era un arma genuinamente femenina,
-elegante y de persona rica. A un hombre, para vengarse, no se le ocurre
-comprar un objeto tan lindo.
-
-Alrededor de la imagen de una mujer “morena y joven”, por todos
-aceptada, los comentarios se devanaron inagotables.
-
-“Ella” debió de subir al tren en Sigüenza, sin que “El” lo advirtiese;
-aunque, de estar noticiosa de su viaje--suposición muy admisible--pudo
-salirle al encuentro en la estación de Arcos, o en la de Alhama... y,
-hallándole dormido, le degolló. Después se quedaría en Calatayud...
-
-La razón del crimen volvía obsesionante a los espíritus. Evidentemente,
-aquella mujer había matado por celos. Antonio del Rey, al recibir la
-puñalada, no se defendió; acaso la muerte fué tan instantánea en él que
-se adelantó al dolor; finó sin sufrir: lo proclamaban así sus ojos
-cerrados y la serenidad y compostura de su actitud.
-
-Respecto del cabello enredado al alfiler de la corbata, alguien dijo--y
-sus palabras merecieron la aprobación general--que, una vez su venganza
-satisfecha, “Ella”, como Salomé, sentiría el deseo de besar los labios
-yertos del adorado--¿no anduvieron el Amor y el Crimen siempre
-juntos?--y, al inclinarse para hacerlo, sus cabellos se agarraron al
-alfiler y una hebra, que sería brújula entre las manos de la Justicia,
-quedó prendida en él. El señor juez se acordaba de Teseo, y estaba
-encantado...
-
-Asistiendo a estas divagaciones folletinescas, pero muy verosímiles, de
-la imaginación popular, yo me desesperaba. ¿Cómo decirles?... “La
-criminal es rubia; su cabeza parece una brasa: ese cabello negro de cuyo
-hallazgo tanto se ufanan ustedes, lejos de ser un rastro, es una
-traición, una trampa, un ardid, para despistar...” El único que lo sabía
-todo era yo, y no podía hablar. ¡Ah! ¿Cuándo los hombres que tantos
-inventos inútiles hicieron, descubrirán el modo de comunicarse con los
-objetos que comparten su vida?... ¿Habría robos si las cajas de caudales
-supieran pedir socorro? ¿Habría adulterios si hablasen las alcobas?
-¿Cómo los sabios acosadores tenaces de la Verdad, no pensaron en
-esto?... Porque entonces... ¡sí que la Mentira se iría del mundo!...
-
-Al dar el Juzgado por terminadas sus diligencias, unos camilleros se
-llevaron el cadáver del desdichado Antonio del Rey, y yo, con las
-portezuelas cerradas, fuí desenganchado del convoy y trasladado a una
-vía lateral, en espera de las futuras investigaciones que el señor juez
-instructor se proponía practicar en mí.
-
---¡Te han fastidiado, Cabal!--me dijo El Viejo--; los hombres, para
-consolarse de no prender al asesino, te prenden a ti... y tardarán en
-soltarte.
-
-El expreso arrancó de Caspe con dos horas de retraso. ¿Cómo decir el
-frío de silencio, el dolor de abandono, que me produjo verlo marchar?...
-
-El resto de la mañana estuve durmiendo, bajo la lluvia. Al siguiente día
-padecí un severo registro, y tres días después otro. El juez, asesorado
-por el escribano, el alguacil y dos personas más, reconstituyó--y
-declaro que con bastante exactitud--la escena del crimen: la posición en
-que se hallaba la víctima al recibir el golpe; la estatura probable de
-la agresora, a quien todos supusieron alta; y luego examinaron
-prolijamente los rincones del compartimiento, y mis estribos, con la
-esperanza de sorprender en ellos algún vestigio esclarecedor del
-misterio. Una aguja descubierta por el alguacil bastó para que todos
-aquellos señores se perdiesen en nuevas e inútiles divagaciones, pero no
-añadió luz ninguna al sumario.
-
-¡Cómo me aburría! ¿Por qué no me sacaban de allí?... Las jóvenes
-caspolinas que acostumbraban a pasear por el andén, no cesaban de ir a
-verme. Se detenían a corta distancia de mí, sosteniéndose unas a otras
-por el talle, y luego, a pasos lentos, daban una vuelta a mi alrededor.
-Mi imponente tamaño, mi lujo y mis cortinillas caídas, como en señal de
-duelo, sobre el enigma bermejo que había en mí, impresionaban
-teatralmente la fantasía popular.
-
---Aquí ha sido...--se decían mis mirones.
-
-No pasaban de ahí; y, al marcharse, caminaban despacio y volviendo la
-cabeza, para mirarme. En Burgos, adonde me llevaron después del asalto
-del expreso de Hendaya, me sucedía lo mismo.
-
-Pero esta notoriedad no me consolaba de mis días de inacción. Cada
-veinticuatro horas, febril y ruidoso, pasaba mi convoy, y mis
-compañeros, dichosos con su libertad, me dirigían burlas inocentes.
-
---¡Bien te diviertes, gandul!--decían.
-
-Una semana más tarde y con la etiqueta de “No admite viajeros”, fuí
-reincorporado al expreso y trasladado a Barcelona, donde substituyeron
-los forros ensangrentados de mi asiento y del respaldo por otros nuevos.
-¡Cómo lo agradecí! La alfombra no la reemplazaron, sino que la lavaron
-cuidadosamente. Una pequeña mácula de sangre, no obstante, quedó en
-ella; pero tan debilitada y poco visible, que los “inspectores del
-material” consideraron que pronto los mismos viajeros acabarían de
-limpiarla con la suela de sus zapatos. Estos recuerdos me estremecen
-aún. ¿No hay algo truculento en el destino de esa sangre, que fué
-juventud, esperanza, calor... ¡vida, en fin!... y que luego una multitud
-pisotea, indiferente, y se lleva en los pies?...
-
-Volví a la circulación, y desde mi primer viaje tuve ocasiones de
-convencerme de que el asesinato de Antonio del Rey seguía encadenando la
-atención de la Prensa y del público. El crimen guardaba su misterio. Las
-declaraciones de los familiares de la víctima poco ayudaron a esclarecer
-el enigma: se supo que Antonio del Rey tenía en Madrid una amante
-italiana, rubia y alta, artista de café-concierto, llamada Emma Sansori;
-y también que pensaba casarse con una joven morena, de notable belleza,
-unigénita de un banquero que residía en Barcelona. Al principio, la
-pública opinión señaló a la Sansori como autora del crimen; pero ella
-consiguió demostrar que la noche de autos la pasó en Madrid; además, el
-oro de su pelo la protegía; su cabellera gritaba su inocencia...
-Entonces la Justicia enderezó sus investigaciones por otros derroteros,
-y detuvo a una aventurera a quien Del Rey conoció el verano anterior en
-el Casino de San Sebastián, y a su hermana. Esta nueva pista tampoco dió
-resultados provechosos. La Policía avanzaba entre sombras, y se perdía.
-Desechada la suposición de que el asesino fuese un hombre, el fantasma
-de una mujer joven y de pelo negro renació triunfal. Aquel cabello
-detenido, al parecer casualmente, en la corbata de la víctima, se
-enredaba a los pies de la Justicia como un grillete y no la permitía
-andar.
-
-Transcurrieron nueve o diez meses, que en esto de filar aprisa el tren
-de la Vida nos da ejemplo a todos...
-
-Una tarde, minutos antes de dejar Barcelona, oí vocear los periódicos
-“con el crimen de ayer”. ¿Qué nuevo drama era aquél? Desde el último
-asesinato de que fuí testigo, la “crónica roja” ejercía una atracción
-morbosa sobre mí.
-
---Luego sabré de qué se trata--pensé.
-
-Ya he dicho que, de cuanto sucede en el mundo, yo me informo por lo que
-oigo conversar a los viajeros, o leyendo en los diarios olvidados sobre
-mis asientos.
-
-A poco de emprender el viaje, mi curiosidad empezó a ser satisfecha:
-varios pasajeros glosaban animadamente el sangriento suceso, cuyo relato
-campaba bajo titulares llamativas en la primera página de los
-periódicos. La muerta era una señorita, de la mejor sociedad
-barcelonesa, y que se hallaba en vísperas de contraer matrimonio. Se
-llamaba Mercedes Eloy. Según los reporteros, el día del crimen, por la
-mañana, Mercedes recibió una carta, que--al decir de una criada--la
-joven leyó con ademanes marcadísimos de inquietud, y se presume fuera un
-anónimo que la invitaba a una cita. Durante el almuerzo, la madre de
-Mercedes notó que ésta tenía los ojos enrojecidos, como de haber
-llorado. Al anochecer, la señorita Eloy, vestida sencillamente, salió de
-su casa diciendo que iba a la iglesia del Carmen y volvería en seguida.
-Su portera la vió subir a un coche. Horas después, en un rincón
-solitario y umbrío del Parque, aparecía su cadáver, con dos puñaladas,
-una de ellas en el corazón.
-
-Comentando el hecho, añadía un periódico:
-
-“Hay personas que atraen la tragedia como los pararrayos atraen la
-cólera de las nubes. Nuestros lectores no habrán olvidado que la
-señorita Mercedes Eloy fué novia de aquel don Antonio del Rey, asesinado
-misteriosamente en el expreso de Madrid.”
-
-Esta apostilla fué para mí una revelación. Vi claro.
-
---“Entonces--exclamé--es Emma Sansori quien la ha matado.”
-
-No me era posible dudar. La italiana habíase impuesto una tarea
-exterminadora, que cumplió hasta el final: primero, “El”; luego,
-“Ella”... ¡Oh, Italia!... País de arte y de pasión, tierra caliente
-donde la venganza tiene la fuerza de un culto bárbaro, ¡qué fielmente te
-retratas, a veces, en tus hijos!...
-
-Y llego al desenlace de este folletín, que parece escrito por la misma
-inexorable mano de la Fatalidad.
-
-Días después salía yo con mi convoy de Barcelona, y en el Apeadero de
-Gracia subió a mí una mujer de estatura elevada, rubia, vestida de
-rigurosísimo luto, a quien reconocí en el acto: era Emma Sansori. ¿Y
-cómo no reconocerla si había visto sus ojos, y los ojos en que una vez
-leímos el deseo de matar no se olvidan nunca?... Quizás por haber
-adelgazado parecióme más alta, y advertí que, en virtud de inexplicables
-mixtificaciones psicofísicas, el dolor en su rostro se había hecho
-belleza. Luego examiné sus manos lívidas, nerviosas y torturadas, como
-remordimientos; especialmente aquella mano derecha, dos veces criminal,
-en la que la Muerte parecía haber dejado una llave...
-
-La Sansori examinó uno a uno mis departamentos, que por azar rarísimo
-iban casi vacíos, y fué a instalarse en el mismo, precisamente,
-donde--pronto haría un año--apuñaleó a su amante. ¿Quién la guió allí?
-¿Por qué eligió aquel sitio y no otro? ¿Fué casualidad, o resultado de
-esas atracciones subconscientes que los objetos, testigos de un crimen,
-ejercen sobre el criminal?... Y, ante tales coincidencias alucinantes,
-¿quién negaría que, desde que nace, cada alma lleva en sí su destino?...
-
-Ya muy tarde, pasada la estación de Reus, Emma Sansori--como si
-magnéticamente mis pensamientos llegasen a ella--comenzó a darse cuenta
-de dónde estaba. Larguísimo rato había permanecido inmóvil, el mirar
-perdido en el espacio. De súbito la estremeció el choque de un recuerdo,
-y miró en torno suyo. Después se levantó, lanzó una ojeada rápida al
-desierto corredor, cerró la portezuela y tornó a sentarse. Dos veces
-cambió de lugar: primero se puso de espaldas a la máquina, luego de
-frente. Yo, que no cesaba de observarla, comprendía que su nerviosidad
-iba en “crescendo” alarmante. Los labios silenciosos de su alma
-repetían, sin cesar, un nombre: “Antonio”... “Antonio”...; y como en el
-espíritu de don Rodrigo vi tantas veces reflejarse la figura de Raquel,
-así en el de Emma apareció la cabeza--únicamente la cabeza--del
-asesinado, con una blancura de hostia en las mejillas, los párpados
-cerrados, y una tremenda puñalada roja, todavía sangrienta, en el
-cuello. Cuando esta tétrica imagen se borraba, la conciencia de la
-Sansori se obscurecía de modo tal que no quedaba en ella ni un mínimo
-resquicio de luz. De súbito las tres sílabas del nombre adorado y
-aborrecido, se encendían: “An-to-nio”...; y nuevamente, cual si
-resurgiese de la tiniebla de la tumba, el rostro exangüe del degollado
-volvía a dibujarse. Empezó a hablar con él: “¿Por qué no abres los ojos?
-¿No quieres verme?...” Pero los ojos continuaron herméticos. Por su
-cerebro cruzó, semejante a un pájaro negro, esta sospecha: “¿Sería este
-el vagón donde le maté?...” El instinto la llevó al sitio que Del Rey
-ocupó, y lo examinó cuidadosamente; miró luego la alfombra, en la que
-aún subsistía, aunque muy desvanecida, una huella de la sangre, y sus
-manos dibujaron un ademán de horror: sobre el manto que cubría su
-cabeza, sus dedos de cera se crisparon agonizantes. Con el ansia de ver
-mejor, se hincó de rodillas en el suelo. Entonces comprendió; había
-reconocido el lugar: fué allí mismo... Aquella mancha era de sangre; de
-la sangre que ella adoró y por la que hubiese dado la suya...
-
-Se levantó, ahogando un grito, y su figura enlutada pareció alargarse y
-tocar al techo. En sus ojos desorbitados la Locura acababa de encender
-sus luces amarillas. La Sansori quiso escapar al corredor y tropezó con
-la puerta, y la rudeza del golpe--que a mí también me hizo daño--la
-derribó sobre un asiento. Por segunda vez intentó salir, y volvió a
-chocar contra el recio cristal, y a caer. Pareciéndola que unos brazos
-invisibles la sujetaban por detrás, perdió valor. Juntó las manos, sus
-labios lívidos temblaron y se derrumbó de hinojos.
-
---Antonio... Antonio... Antonio...--musitó tres veces.
-
-De un salto se incorporó; consiguió, al fin, abrir la puerta, y salió al
-pasillo. Miró a un lado y otro: nadie. Parecía haber recobrado su
-serenidad, pero su alma estaba en tinieblas.
-
---Va a suicidarse--pensé.
-
-Y en el acto me convencí de haber acertado. Iba a suicidarse. Hay
-momentos en que las resoluciones adquieren tal intensidad, que son
-visibles sobre las frentes como un cartel pegado a un muro.
-
-Emma Sansori ganó mi plataforma delantera, abrió la portezuela contraria
-al lado de la entrevía, y con un fuerte salto se arrojó al espacio.
-Cruzábamos un puente. La enorme ráfaga de viento que levantaba la marcha
-del tren la arrancó el manto de los hombros y esparció su melena dorada.
-Instantáneamente su cuerpo, vestido de negro, se borró en la infinita
-opacidad nocturna; no así sus cabellos, que flamearon unos segundos,
-semejantes a una llama, en la ingente tiniebla, y fueron como un
-coágulo de sol que bajase al abismo.
-
-Nadie la vió.
-
-En aquellos momentos el expreso, enloquecido, como si huyese de sí
-mismo, corría a noventa kilómetros por hora.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron
-que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora
-otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo,
-aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario
-bienestar--salud de atleta--de mis tiempos prístinos. Mi pendencia con
-El Majo también me dañó, y de las heridas que los “apaches” franceses me
-infirieron, me resentía de cuándo en cuándo. Las nieblas vascas, las
-humedades gallegas, los calores y sequías de Castilla, los esfuerzos que
-los caminos en cuesta--sea ascendente o descendente--exige de nuestra
-armazón, el recio vibrar de las marchas aceleradas, el tráfago de
-pasajeros, la fatiga de nuestros tabiques sobrecargados de equipajes, y
-el mismo cansancio que llevan consigo las emociones, lentamente habían
-desconcertado mis órganos capitales. La elasticidad de mis rodajes, la
-actividad de mis tubos de calefacción, la alegría de mis lámparas--¿a
-qué negarlo?--no eran las mismas. Las puertas de mis compartimientos no
-se ceñían, como antes, a sus marcos; los cristales de mis ventanillas no
-ajustaban; mis asientos eran menos blandos; la palangana y el espejo de
-mi “water-closet” estaban rotos, y usado y manchado deplorablemente el
-linoléum de mi tránsito: en las fotografías policromas del corredor, en
-la obscura pátina de mi techumbre ahumada, en la melancolía de las
-cortinillas, en “no sé qué” de viejo, de desengañado, de triste, que
-había en todo mi cuerpo, yo comprendía que mi biografía iba acabándose.
-
-El arreglo que me hicieron en los talleres de Valladolid apaciguó mi mal
-sin extirparlo, pues para las injurias del tiempo no se inventó remedio:
-yo, cuando mis curanderos me devolvieron a la vida rodante, parecía un
-veterano de los campos de batalla, cubierto de cicatrices; o un “viejo
-verde”, bizmado, recompuesto, que llevase los cabellos pintados y
-postiza la dentadura... y era natural, de consiguiente, que mi
-contrahecha y fingida mocedad durase poco. Acabaron con ella el sol, la
-lluvia, la escarcha, el relente...
-
-Agréguese a esto el archivo de recuerdos--y quien dijo recuerdos, dijo
-melancolías--que ambulaban conmigo.
-
-Los polos del alma son la imaginación y la memoria: la imaginación es
-“la facultad callejera” que busca, que sueña, que descubre o inventa
-caminos; y la memoria, “la dueña de la casa”, que escrupulosamente anota
-y clasifica lo sucedido: la primera es artista y mudable; la segunda,
-burguesa y quietista, y mientras aquélla derrocha y se disipa y se
-adorna con cascabeles, su hermana va cargada de llaves y hace números.
-
-En mí, acaso precisamente porque anduve mucho, mi fantasía peregrinó
-poco, y mi memoria adquirió preponderancia excepcional. Mi retentiva es
-formidable, y dentro de mí los recuerdos mantiénense limpios, precisos,
-con sus mínimos colores y detalles. Nada he olvidado: en los cristales
-de mi memoria las añejas imágenes reaparecen nítidas, vivaces, rotundas;
-recordar equivale, para mí, a hojear un álbum de postales iluminadas.
-
-Esa rara capacidad que en todo momento me sitúa frente por frente de mi
-propia vida, me hace sufrir mucho. Pienso, a cada rato: “Yo he rodado
-sobre el cuerpo de un hombre; yo--aunque sin voluntad--maté a don
-Rodrigo; yo sentí cómo el bandido Cardini pisaba sobre los cabellos de
-una mujer desvanecida en el suelo de mi corredor; y vi tirar un cadáver
-a la vía, y degollar a Antonio del Rey, y presencié el salto mortal de
-Emma Sansori...” Y considerando que conmigo ambularon en distintas
-épocas Méndez-Castillo, Conchita “la Bruja”, aquella Carmen “de la falda
-azul y de la blusa blanca”, Raquel, “los recién casados de La Coruña”,
-los amantes “sin nombre”, de Valdepeñas, y otras muchas personas, me
-digo: “Yo, que tanto viajo, soy, a mi vez, como un camino: todo en el
-mundo es un camino, pues todo sirve para que todo se vaya...”
-
-Con esa aterradora lentitud con que opera lo Inevitable, el fracaso ha
-penetrado en mí: día tras día mis largueros de encina y caoba se
-pandean, y el revestimiento de “teak” que me sirvió hasta aquí de
-broquel se agrieta; mis movimientos son ruidosos, ingratos, y a
-intervalos, en los ángulos de mis maderas crujen cual viejos huesos
-faltos de sinovia, o chirrían con algarabías ornitológicas. Hay en mí
-como un ruido de muletas...
-
-De nada de esto hablo con mis colegas, a pesar de hallarles tan
-malparados como yo. Ya en diversas ocasiones oímos rezongar a los
-empleados que nos limpian: “Este material está inservible, pero como la
-Compañía sólo piensa en ganar dinero, no lo remuda.” El público, que
-antes me prefería entre todos los vagones de mi convoy, también empieza
-a murmurar. Muchas veces, por ejemplo, un matrimonio ha subido a mí, y
-después de examinar mis departamentos el marido ha dicho: “Este coche es
-demasiado viejo; vámonos al otro...” ¡Razón tienen para arrumbarme!
-Ultimamente agrietóse mi techumbre en la parte correspondiente al
-“cuarto-cama”, y se formó una gotera que, afortunadamente para el
-viajero, no caía a plomo, sino resbalaba por un tabique, sobre el que
-dejó una huella bochornosa; una mancha cuyos contornos amarillentos
-recordaban la de los continentes en las cartas geográficas. La mayoría
-de mis inquilinos, refunfuñaba: “¡Qué vergüenza! ¡Este coche está
-inhabitable!...” Algunos llamaban al vigilante de ruta, para demostrarle
-mi laceria. Yo pensaba, aterrado:
-
---Cuando me declaren definitivamente inservible, ¿qué será de mí? ¿Me
-destinarán a ser quemado?
-
-Pronto supe a qué atenerme. El Viejo, El Pez y yo, que ofrecíamos,
-aproximadamente, los mismos síntomas de ancianidad y derrota, fuimos
-desenganchados en Barcelona de nuestro expreso, y trasladados a
-Zaragoza, desde cuya Estación de Madrid--llamada también del Sepulcro
-por su proximidad al Campo de este nombre--nos llevaron a unos
-vastísimos talleres de reparaciones que yo desconocía. Varios días
-quedamos unidos y ociosos, hasta que un lunes, muy de mañana, nos
-separaron y yo fuí rodado hasta una especie de cocherón que la actividad
-de innumerables martillos llenaba de estrépito.
-
-“Este es nuestro “spoliarium”--me dije--; mi historia de gladiador de
-los caminos, aquí acaba.”
-
-Pero no era destrozarme sino infiltrarme una segunda juventud, lo que
-manos diestras y buenas--o más que buenas codiciosas de arrancarle a
-cada coche inválido su máximo de producción--pretendían hacer conmigo.
-
-A la vez una docena de obreros, éstos tapiceros y otros ebanistas, me
-atacaron, y las sierras, los taladros, las escofinas, las garlopas, los
-formones, las barrenas, las repasaderas... todos aquellos instrumentos
-supliciadores que conocí en mi infancia, y cuyos terribles dientes de
-acero no había olvidado, tornaron a morderme. Según la fiebre que ponían
-en su labor aquellos hombres parecían trabajar a destajo, y hubiese
-creído que sólo anhelaban destruirme a no haberles oído decir: “Este
-coche todavía está bien; quedará como nuevo.”
-
-Consolado y fortificado por estas palabras, me resigné a sufrir. “No son
-mis asesinos--pensé--sino mis cirujanos; sus golpes no me matan, me
-curan; lo que ellos supriman de mi cuerpo será lo inútil, lo podrido, lo
-irreparable, lo que absolutamente debe irse”... Y, con esta convicción,
-me entregué a la alegría de volver a vivir, y dí por alegres cuantos
-dolores me amenazaban.
-
-Mis curanderos arrancaron todo mi linoléum, bajo el cual aparecieron
-algunos trozos usadísimos de alfombra; asímismo se llevaron mis
-colchonetas, mis respaldos y mis redecillas para equipajes, y desarmaron
-mis asientos: las cortinillas, las abrazaderas, los espejos, los
-anuncios, las mesitas de las entreventanas, los ceniceros... ¡todo
-desapareció!... Del “compartimiento-dormitorio” no quedó nada.
-Rápidamente iban dejándome hueco, mondo, y mi armazón enjuta adquiría
-aspectos de esqueleto. Ahora, sobre este vacío, mi imperial parecía más
-alta; la luz que llenaba mis ventanillas era cruda, desapacible, y
-advertí que, como en las casas desalquiladas, dentro de mí el menor
-ruido era campanudo y resonante.
-
-Procedieron después mis operadores a reforzar los ocho ángulos máximos
-de mi cuerpo: cambiaron clavos, reafirmaron los tornillos, substituyeron
-las maderas que por su desgaste excesivo ya no ajustaban bien,
-enderezaron a martillo y a fuego las piezas que pandearon la humedad o
-el continuado esfuerzo, suprimieron todas las hendeduras de mis
-costados, taparon todas las quiebras o rajas de mi techumbre. A lo único
-que no tocaron fué a la tubería de la calefacción, ni a los hilos de la
-luz. Otro día me desmontaron, instaláronme sobre tres caballetes y se
-llevaron mis rodajes, lo que celebré, porque estaban desnivelados y sus
-muelles necesitadísimos de reparación. Yo sentía ganas de cantar, ganas
-de reir; yo era feliz como el muchacho a quien han prometido un traje y
-unos zapatos nuevos...
-
-Esta inmensa alegría--júbilo de resurrección, ufanía de renacimiento--da
-la medida fiel del tremendo dolor, hecho de humillación, de vergüenza y
-de rabia, que experimenté al cerciorarme de que la Compañía me reformaba
-no con el propósito elegante de mantenerme en mi categoría de vagón de
-“primera clase”, sino para convertirme en humilde “tercera”.
-
-Sin respeto a mi historia, querían degradarme, confundirme con el
-vulgacho, imponerme el desairado papel del noble “venido a menos”. De
-despecho y de cólera rompí a llorar, y transido de tristeza pasé la
-noche, hasta que las hadas misericordiosas de la reflexión y de la
-esperanza vinieron a consolarme. “¿A qué te preocupas de tus
-pergaminos?--decía aquélla--; lo importante es vivir, ser jocundo, ser
-sano...” Y, la segunda: “¿Qué sabes tú de los buenos ratos que te
-esperan aún?...”
-
-Terminada su obra de demolición, mis operarios comenzaron a restaurarme.
-Para facilitar la circulación del aire, la parte superior de los lienzos
-que antes aislaban mis departamentos quedó suprimida; el lugar de mis
-antiguas redecillas, con sus barras de acero tan firmes y tan sutiles a
-la vez, lo ocuparon sólidos entrepaños de madera; y mis divanes grises,
-aquellos cuya blandura conoció la hermosura y recogió el calor de tantas
-mujeres elegantes, fueron reemplazados por sólidos bancos. Todo cuanto
-en la época feliz de mi nacimiento hube de mollar, de voluptuoso, de
-femenino, iba a tenerlo ahora de varonil e inhospitalario. No cambió la
-disposición o fundamental arquitectura de mis departamentos, pero sí su
-apariencia. Sobre mis ventanillas, en vez de cortinas hubo persianas; a
-mis cabeceras, antes tan blandas, sucedieron otras de madera; mis
-abrazaderas, mis mesitas y mis ceniceros, desaparecieron, y en el
-rectángulo que antaño ocuparon mis espejos colocaron un “Reglamento de
-los ferrocarriles de España”, impreso en caracteres minúsculos y harto
-prolijo y difuso para un país donde el ochenta por ciento de sus
-habitantes no sabe leer. Esto, desde luego, me pareció muy gracioso, y,
-por lo inoportuno, “muy español”. Mis paredes quedaron revestidas por
-una tablazón vertical, muy fuerte, de pino, mis suelos entarimados, y
-todo--solado, techo, tabiques, asientos--pintado de un color amarillo
-obscuro que, luego de bien barnizado, adquirió notable prestigio. Lucía
-bien: mostraba una sencillez plebeya, sana y chillona. Luego revocaron
-de verde todo mi exterior, borraron aquellas A. A. que durante más de
-treinta y cuatro años proclamaron mi aristocracia, y por dos veces
-escribieron sobre mis flancos un igualitario y muy cristiano número
-“tres”.
-
---¿Cómo ha de ser?--meditaba yo--; ¡paciencia! Están vistiéndome de
-blusa...
-
-Otro día me trajeron unos rodajes flamantes, que me parecieron
-excelentísimos, y no bien me instalaron sobre ellos cuando experimenté
-el bienestar resultado de la simplicidad y del vigor de mi nueva
-categoría social. Yo era como un prócer arruinado, como un “gran señor”
-que, ganado por el ambiente democrático de su época, y para seguir
-viviendo, hubiese aceptado un empleo.
-
-De los talleres de Zaragoza, donde permanecí seis meses, salí sin que ni
-El Pez ni El Viejo me viesen, de lo que me congratulé, y cuando fuí
-enganchado al rápido que lleva “primeras” y “terceras” y sale de Madrid
-para Barcelona los martes, jueves y sábados, a las nueve y veinte
-minutos de la mañana, todos los vagones me miraban, y su modo de
-observarme me descubría una estimación unánime. Las “primeras” pensaban:
-
---¡Qué distinguido es!...
-
-Y los “terceras”:
-
---¡No parece de los nuestros!...
-
-Seguro de la nobleza de mi origen, entre los unos y los otros yo pasaba
-ufano. Ahora, como antes, yo era “El Cabal”...
-
-Después de medio año de reposo y de encierro, aquel primer viaje me
-causó extraordinaria alegría. Como antaño, de mozo, fué el paisaje lo
-que antes me cautivó. Por la mañana no me cansé de mirar los árboles,
-las casas, los repechos áridos sobre los cuales el sol proyectaba las
-sombras de los coches y de la máquina, con su largo penacho de humo.
-Toda la tarde corrimos por la llanura: siempre igual paisaje mezquino,
-las mismas aldehuelas de color arcilloso, las mismas carreteras
-polvorientas, y, como horizonte, una línea de montes fragosos; mientras
-nosotros, los esclavos de la vía férrea, adelantábamos por el mismo
-camino recto... recto... inexorable como una orden. Las viejas
-impresiones, tan amadas, se repetían exactas. Anochecido llegamos a una
-pequeña estación--¿qué importa el nombre?--, donde permanecimos “un
-minuto”. La gente nos mira, nos envidia; nos envidia porque nos vamos,
-y, como en todas partes, un grupo de muchachas endomingadas sonríe a los
-viajeros. Suenan una campanada y un silbido: partimos... Ahora el campo
-se ha cubierto de sombras: nada se ve, pero el estrépito de nuestra
-carrera, los ecos que responden a los ¡alertas! de la locomotora, dicen
-que el panorama ha cambiado y que rodamos entre montañas. A intervalos,
-cuando el fogonero abre el horno para echar carbón en él, la entraña
-ardiente de la máquina arroja, a derecha e izquierda de la vía, un lampo
-rojizo que parece un presagio. La dirección del viento ha cambiado; hace
-frío; luego empieza a llover, y el agua y el carbón mezclados nos
-ensucian deplorablemente. Todo es húmedo, todo es negro... De pronto, la
-emoción calofriante de un puente tendido sobre un tajo cuyo fondo no se
-ve; después, la tiniebla de un túnel: grita el vapor, vamos cuesta abajo
-y los frenos arrancan a nuestras ruedas alaridos horrísonos; asordece el
-fragor con que nuestros topes se golpean, y la montaña granítica tiembla
-y parece abrirse. Al fin salimos de su entraña, y, bajo la lluvia, la
-huída delirante continúa a través de otros montes y sobre otros
-puentes...; hasta que, al día siguiente, recogidos ya en el reposo de la
-estación terminal, el sol, con su calor, nos enjuga y nos limpia.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Todas estas impresiones, que yo de antiguo conocía, sólo me
-entretuvieron durante las veintiséis horas de mi viaje primero. Quienes
-me interesaron y divirtieron grandemente fueron mis nuevos huéspedes,
-tan distintos de aquel mundo de aristócratas, empleados distinguidos,
-militares de graduación, artistas, toreros en boga y comerciantes ricos,
-que me habían frecuentado. Mi público de ahora lo componían “los de
-abajo”: obreros, trabajadores del campo, soldados, criadas,
-emigrantes... ¡los que tocaron a más en el reparto del universal
-dolor!...
-
-Al principio me molestaban: les aborrecía porque iban descalzos, en su
-mayoría; porque olían a sudor; porque hablaban a gritos y se empujaban
-unos a otros, así para subir como para bajar, y salpicaban la
-conversación más trivial de interjecciones y blasfemias; les odiaba por
-ir siempre cargados de alforjas pestilentes y de gallinas; porque se
-estiraban los brazos y trataban a las mujeres sin respeto, y ahincaban
-clavos en mis paredes para colgar sus atadijos, y me emporcaban
-horriblemente con sus salivazos y los residuos de sus meriendas.
-
-Después, según fuí conociéndoles, comencé a estimarles: de sus toscas
-apariencias nada quiero explicar; peores no podían ser; su salvaje
-rudeza constituía entre ellos donaire y testimonio de masculinidad. Yo
-les oía discurrir: decir de alguien que era “muy bruto”, equivalía a
-considerarle muy noble, muy sin doblez, muy llano, muy bravo, “muy
-hombre”, en suma... Pero bajo esta caparazón troglodítica las
-almas--¡oh, milagros de la raza!--se conservaban limpias y, aunque
-violentas, las señoreaba una innata hidalguía: eran afectuosas,
-generosas, sencillas, y en tocándolas en los registros del valor o de la
-caridad, todas respondían. Así en poco tiempo conseguí perdonarle sus
-groserías a ese pueblo infeliz que, si peca de ineducado y analfabeto,
-es porque nadie se cuidó de educarle, y si anda--con escándalo de los
-extranjeros que nos visitan--sin camisa y descalzo, no es porque huya
-del trabajo, sino porque la rapacidad del caciquismo, de un lado, y de
-otro la incomprensión y dejadez de sus gobernantes, le tienen desnudo.
-
-El pueblo, por ventura de los que lo mandan, es inconsciente; quiero
-decir que no mide bien su infelicidad, ni ha noción precisa del dolor
-que le rodea, ni de las mil negaciones seculares que pesan sobre él;
-nunca meditó--¿cómo, si nadie le enseñó a pensar?--que la vida es algo
-más que un jornal y una mujer... Y, merced a eso, a que no discurre, es
-bullicioso y comunicativo, y fraterniza pronto.
-
-¡Lástima que los prohombres de la política siempre que salen de Madrid
-lo hagan en coche-cama! Pues a viajar en “tercera”, siquiera una vez,
-habrían podido acercarse al infinito dolor nacional y experimentado el
-sonrojo de sus torpezas y el ansia de remediar tanto daño, convencidos
-de que ser ministro en un país como el nuestro, o es una vergüenza o es
-un sacrificio. Hubieran sufrido, como yo, con la incultura y total
-abandono de esa plebe, y visto correr el río de lágrimas que dejan tras
-sí los emigrantes que se lleva el hambre y los millares de soldados que
-pide la guerra. ¡Ah, señores políticos! ¡Si ustedes supiesen cómo se
-llora en los andenes de los pueblos, cómo la desesperación retuerce los
-brazos y hace gritar, y cómo las madres, las esposas y las hijas
-maldicen al tren que se lleva a sus hombres... y corren luego tras él
-hasta caer, ensangrentadas, sobre los rieles!...
-
-Estos cuadros de sufrimiento me ayudaron a estudiar la psicología del
-pueblo hispano, que pide al milagro la salud que no halla en la tierra.
-Yo, en cierta ocasión, llegué a Barcelona cargado de emigrantes que iban
-a embarcarse, unos para Buenos Aires, otros para Cuba, y al día
-siguiente regresé a Madrid abarrotado de peregrinos que volvían de Roma.
-Lo he observado: en las almas el dolor aumenta las calorías de la fe, y
-cuanto mayor es el abatimiento económico de un país, con mejor éxito sus
-congregaciones religiosas organizan peregrinaciones y romerías. Lourdes
-y Roma son los dos grandes Sanatorios adonde los enfermos de la fe
-acuden a remediarse; aunque tengo entendido que las curas que allí se
-realizan no son definitivas, pues, transcurrido algún tiempo, los
-pacientes necesitan volver...
-
-A pesar de la amargura de estas consideraciones, no negaré que mi vida
-actual es más ruidosa y pintoresca que lo fué nunca. Antes yo ambulaba
-a través de España lleno de silencio; mis clientes eran discretos,
-reservados y elegantes, y la elegancia siempre conversó en voz baja:
-aquellas personas se parecían, sonreían sin ruido, gesticulaban
-sobriamente y casi siempre se hallaban de acuerdo en toda clase de
-cuestiones. En mis huéspedes de ahora el buen humor, como la cólera, son
-estridentes; sus emociones no conocen matices ni perspectivas; todas,
-las pequeñas como las grandes, son “primeros términos”; diríase que
-llevan el corazón a flor de piel. A porfía gritan, bracean, se
-atropellan, fraternizan o riñen: no conocen la brida.
-
-Yo me recreo mucho con ellos. Vamos a detenernos “un minuto” en una
-estación, que puede ser Torralba, o Ariza, o Puebla de Híjar... y desde
-que “entramos en agujas” veo cómo cuatro o cinco individuos
-sobrecargados de alforjas, de mantas, de botijos y cestas, y a quienes
-quince o veinte personas más van a despedir, corren, sin saber
-exactamente por qué, a lo largo del andén. Nerviosamente todos gritan,
-se apretujan y sus brazos se mueven como aspas: las mujeres son
-pequeñucas y cetrinas; los hombres, enjutos y de color terroso también,
-llevan chaquetas y calzones cortos de paño pardo, y a falta de sombrero
-se ciñen con un pañuelo la rapada cabeza. Apenas el convoy se detiene,
-aquella multitud, que no sabe leer, arremete instintivamente contra las
-unidades de lujo, por parecerles mejores. El interventor y los rutas les
-gritan:
-
---¡Ahí no, brutos!... ¡A “tercera”!... ¡Ustedes a “tercera”!...
-
-Ellos miran a una y otra parte, afligidísimos, desorientados; al fin,
-comprenden, y en avalancha se precipitan sobre mí. Yo voy “completo”;
-no queda en mí un solo asiento vacío, y, sin embargo, mis ocupantes, a
-pesar de comprender que con esto perjudican su comodidad, se aperciben a
-favorecer a los que llegan. En los vagones de categoría no existe esta
-hermosa solidaridad: los pasajeros son fríos, individualistas, y, lejos
-de ayudarse, procuran estorbarse oponiéndose mutuamente una resistencia
-pasiva. Las gentes “de tercera”, por el contrario, se sacrifican unas a
-otras, y con recias voces sinceras se llaman:
-
---¡Aquí, aquí es!...--gritan los de dentro.
-
-Y echando el cuerpo fuera de las ventanillas ayudan a izar las
-desvencijadas maletas, los cestos llenos de frutas, las botas hinchadas
-de vino, los colchones repletos de ropas y atados con cuerdas, los
-incontables bultos de diversos colores y perfiles que constituyen la
-impedimenta de sus nuevos compañeros de viaje. Estos, entretanto,
-apresuradamente, se despiden de sus familiares: los ojos, así de los que
-se van como los de quienes se quedan, se arrasan en lágrimas
-vehementísimas; los brazos se enlazan y las manos se crispan sobre los
-cuellos.
-
---¡Hija de mi alma!...
-
---¡Madre, otro beso!...
-
-Al principio estos adioses me enternecían, me parecían definitivos; más
-tardé, cuando supe que muchas veces el viajero que así se despedía debía
-quedarse en la estación inmediata, la ninguna razón de aquella
-desbordada pena me inspiraba risa.
-
-El tren rueda otra vez. Voy totalmente lleno de personas y de bultos, y
-mi ambiente, impregnado antes de olores agradables, apesta ahora a
-gallinas, a pescado, a melones, a queso... De los viajeros que no
-hallaron plaza, unos se han acomodado sobre sus trebejos, otros
-permanecen de pie, y todos, a la vez, fuman y hablan. Nadie quiere
-ignorar lo que concierne a su vecino, y recíprocamente se descubren y
-confiesan sus nombres, sus ocupaciones, la familia que tienen, el lugar
-adonde se dirigen y el porqué de su viaje...
-
-De pronto, uno exclama:
-
---¡Moño!... ¡No diga usted más!... ¡Ya sé con quién estoy hablando!...
-
-A su interlocutor, con esta adivinación súpita, se le alegra el rostro.
-
---¿Usted no es don Fulano?...
-
---Ese es mi nombre.
-
---¿El casado con la Mengana, la del almacén de comestibles de junto a la
-iglesia?
-
---El mismo.
-
---¡Acabáramos, hombre!... ¡Bien decía yo que nos habíamos visto en
-alguna parte!...
-
-Entretanto, y si la hora de comer es llegada, las meriendas salen de sus
-cestas, las botellas y las botas de vino corren de mano en mano, y la
-virtud expansiva del mosto acelera la labor de simpatía que inició la
-conversación. El pueblo español es dadivoso, no obstante su pobreza, y
-cada cual brinda, de corazón, a los circunstantes lo poco que tiene:
-éste ofrece un racimo de uvas, aquél una hogaza, estotro una tortilla o
-un plato de patatas al horno; quién reparte cigarrillos... Con el
-regocijo que acarrea el buen beber, las lenguas no sosiegan, cunde la
-hilaridad, se habla de unos compartimientos a otros, se oye el rasgueo
-de una guitarra, y pronto aquella multitud, unida por la vida de
-pobreza común a todos, parece una familia. Un grupo de mozos ha empezado
-a batir palmas; suena una copla...
-
-En este momento aparece el revisor, y, a la vez, fulminante, virulenta,
-surge una disputa. ¿Por qué?... No se sabe. En “primera” las trifulcas
-son raras; en “tercera” no, porque aquí todo es impulso. Una voz, sin
-gritar, con esa templanza que usan los hombres para retar a la Muerte,
-ha dicho:
-
---Yo, cuando el caso llega, le parto el pecho al Hijo de Dios.
-
-Y otra voz, igualmente mesurada, ha respondido:
-
---Vamos a verlo, si usted quiere, ahora mismo.
-
-Todos los viajeros se han puesto de pie, y el cantador, por oír, no ha
-terminado su copla. Las mujeres, acostumbradas a obedecer, dóciles, con
-una docilidad de muchos siglos, no se mueven de sus asientos y esperan,
-sin miedo, a que pase el drama. Por fortuna, el revisor interviene a
-tiempo: grita, amenaza con mandar detener el expreso y llamar a la
-Guardia Civil--yo volví a acordarme de Dos-Caras--y, al cabo, se impone:
-los beligerantes se encalman, sus rostros se suavizan y una frase
-graciosa, lanzada por cualquiera, pone término venturoso a la cuestión.
-El interventor, sin embargo, insiste; quiere consolidar su obra de
-pacificación:
-
---Antes de pegarse--dice con aire autoritario--cada cual debe hallarse
-convencido de sus derechos, y para eso es necesario conocer el
-“Reglamento de los ferrocarriles”. ¿Por qué no se toman ustedes el
-trabajo de leerlo? ¿No lo tienen ustedes ahí?...
-
-Su diestra extendida señala hacia un “Reglamento” colocado debajo de uno
-de los entrepaños para bagajes. Unánimes los circunstantes siguen con
-los ojos aquel ademán, y hay un silencio. Alguien, de pronto, exclama
-regocijado:
-
---¿Que leamos en ese cuadro?... ¡Vaya una gracia! Por mí, puede
-llevárselo la Compañía: ¡yo no sé leer!...
-
-Otro añade:
-
---¡Toma!... ¡Ni yo tampoco!...
-
-La concurrencia rompe a reir, y yo me apresuro a seguir su ejemplo por
-no llorar ante la alegría de tanta ignorancia.
-
-Otro de los pequeños episodios de que entonces fuí testigo, y que juzgo
-digno de recordar por la enseñanza que hay en él, es el viaje de un
-joven matrimonio belga que recogí en Barcelona. Se dirigían a Madrid.
-Fueron de los primeros en subir a mí, con el deseo evidente de poder
-instalarse bien, y ambos se acomodaron cerca de una ventanilla y dando
-el rostro al camino, pues la esposa--luego lo supe--se mareaba. Llevaban
-una maleta, una cajita de bombones y una botella con agua, y todo lo
-colocaron sobre el entrepaño de los equipajes y en el lugar
-correspondiente a sus asientos. Eran dos tipos de traza insignificante,
-pero sus vestidos obscuros, aunque modestísimos y harto usados, estaban
-perfectamente limpios. Ella era pequeña, delgadita y medio rubia, y el
-único atractivo de su cara pecosa estaba en la expresión complaciente de
-los ojos. La nariz, la boca, no valían nada, y sus manos secas, que
-habían trabajado mucho--las uñas lo decían--, tenían inclinación a
-cruzarse. El marido también era parvo, y había algo cómico en su
-fisonomía, de pómulos rosados y alargada por una barbita negra, cortada
-en punta, sobre el lazo flotante de una chalina. Sus botas toscas,
-recién embetunadas, relucían bajo el asiento. El cogió una de las manos
-tristes de su compañera, y preguntó:
-
---¿No tendrás hambre?
-
-Ella repuso, sonriendo:
-
---No; el azúcar alimenta...
-
-Y, al mirarse dulcemente, parecían besarse con los ojos.
-
-Sin interrupción, mis inquilinos habituales, las mujeres y los hombres
-de las grandes cestas malolientes y de las repletas alforjas, iban
-invadiéndome con gran alboroto, y apenas entraban cuando asaltaban las
-ventanillas para recoger los trebejos que sus acompañantes les alargaban
-desde el andén. Excitados por la ufanía del viaje todos hablaban alto,
-se interpelaban a gritos, reían y cruzaban entre sí las interjecciones
-más crudas. Bajo el esfuerzo impaciente de tantos pies, algunos
-desnudos, mi solado crujía. Las mujeres, en su mayoría despeinadas, eran
-gordas, o lo parecían con las numerosas faldas que llevaban encima;
-muchos hombres, aunque la mañana no era calurosa, iban en mangas de
-camisa y calzaban alpargatas. En una santiamén mis plazas quedaron
-ocupadas, y mis entrepaños cargados, hasta la altura de mi techumbre, de
-cajones y de bultos. En mi tránsito, varios atadijos de mantas, una
-silla, dos jaulas de perdiz y algunos enseres de cocina metidos en una
-artesa, formaban barricada. Mis viajeros, con la satisfacción de
-hallarse ya colocados, hicieron tribuna de mis ventanillas. Una voz
-gritaba:
-
---¡Vámonos, maquinista, que ya es hora!...
-
-Y otra:
-
---¡Arrea, hombre!... ¡Que en Caspe está aguardándome mi suegra!...
-
-Estas y otras sandeces eran premiadas con grandes risotadas. Ante aquel
-vulgacho impetuoso y desbridado, el matrimonio extranjero permanecía
-cohibido y con los pies recogidos debajo del asiento. Su hermetismo, la
-pulcritud de sus trajes y cierta distinción que en ellos había,
-molestaba secretamente el amor propio de los viajeros de aquel
-compartimiento. Se reconocían inferiores, lo cual les irritaba. A la
-esposa la encontraban fea, y al marido ridículo. Les parecía, además,
-que, tanto ella como él, “se daban importancia”. Empezaron a murmurar,
-pero lo bastante alto para que los aludidos les oyesen, como buscando
-con ellos pendencia.
-
---Son muy “finos” para venir aquí--dijo uno.
-
---Pues, si no les gustamos--replicó destempladamente una mujerona--, que
-se vayan a “primera”, que nadie les ha llamado...
-
-“La Millanes”, nuestra máquina--había sido bautizada con el apellido de
-su maquinista--, silbó y partimos. ¡Alegría general!... Alguien sacó una
-bota, llena hasta la espita de buen vino aragonés.
-
---¿Quién quiere?--voceó.
-
-Varias manos se adelantaron, como sedientas.
-
---Creo--dijo un viejo--que nadie ha de rehusar.
-
-La bota pasó de unos a otros, y con tal amor la acogieron todos que
-cuando volvió a su dueño había perdido la mitad del peso. Aquél, sin
-embargo, la presentó al matrimonio:
-
---¿No beben ustedes?...
-
-Lo hizo rudamente. El esposo, muy amable, contestó:
-
---Muchas gracias.
-
-Y ella repitió:
-
---Gracias...
-
-La mujer que habló antes, comentó, provocativa:
-
---Me alegro: la culpa no es de ellos, sino del tonto que quiere
-obsequiarles.
-
-Alguien dijo:
-
---Es que en su país no tienen la costumbre de beber así.
-
-La mujer replicó:
-
---¡Moño!, pues que se vayan a su tierra!...
-
-No obstante, el aspecto modoso y cortés de los extranjeros iba ganando
-la simpatía de todos. Transcurrió la mañana, durante la cual, por dos
-veces, la esposa había comido bombones y trasegado algunos sorbos de
-agua. No llevaban merienda, y esto me indujo a suponer que su situación
-era precaria, lo que me conmovió. Acaso no llevaban dinero ninguno...
-
-A mediodía el pasaje sintió hambre y cada cual echó mano de sus
-vituallas, y de las cestas y de las rollizas alforjas emergieron
-tortillas de patatas, huevos duros, latas de conserva, chorizos
-extremeños, lonjas de jamón serrano, racimos de uvas y grandes trozos de
-pan que las navajas cortaban en rebanadas. Volvieron a circular las
-botas en zarabanda regocijadora, y las botellas cantaron sobre los
-labios sutibundos.
-
-Un hombrachón, con faja y zahones y en mangas de camisa, que se hallaba
-sentado enfrente de los belgas, les ofreció pan, sardinas y unos
-pimientos riojanos que aseguró quemaban como el fuego. El matrimonio,
-en quien el buen parecer se sobreponía al apetito, rehusó, aunque sin
-convicción. La voz antipática de la mujerona que parecía haberles
-declarado la guerra, intervino:
-
---¡No porfiadles!... ¡Si no quieren!...
-
-“El hombre de los zahones” exclamó airado:
-
---¡Silleta, pero si no tienen qué comer! ¡Están chupando azúcar toda la
-mañana!... ¿Vamos a dejarles morir de hambre?...
-
-Y encarándose con el belga, repitió:
-
---¡Coman ustedes, moño, remoño... que aquí en España lo que se ofrece es
-de voluntad!...
-
-Entonces, con repentina alegría, los invitados aceptaron, y esto sirvió
-de señal para que un chaparrón de municiones de boca cayese sobre ellos.
-Con vehemencia conmovedora cada cual se aceleraba a darles de lo que
-comía: quién un pedazo de chorizo, quién un trozo de carne prensada
-entre dos rebanadas de pan, o un muslo de pollo, o unas manzanas
-asperiegas...
-
-Los belgas parecían contentísimos, y con el poco castellano que
-chapurreaban y gentiles inclinaciones de cabeza, procuraban corresponder
-a tan larga hidalguía. La mujer era la más emocionada, acaso porque fué
-la que mejor comió y bebió: la brillaban los ojos y tenía empurpuradas
-las mejillas y la risa fácil. “El hombre de los zahones” dijo al marido:
-
---¡Remoño... y no querían ustedes comer!... ¡Mire usted a su esposa:
-hasta guapa se ha puesto!...
-
-Los forasteros, con sólo mostrarse amables, se habían granjeado las
-voluntades, y cada cual se propuso extremar sus cuidados para con
-aquellas dos personas, que seguramente echarían muy de menos su país. La
-tarde pasó, y cuando la noche nos alcanzó, allá por Sigüenza, la
-generosa escena del almuerzo se repitió. Terminada la colación, “el
-hombre de los zahones” preguntó al belga:
-
---¿Quieren ustedes almohadas?...
-
---No, muchas gracias...
-
-El extranjero, comedido siempre, no quería molestar.
-
---¡Moño, tanta silleta con molestar! ¡Pero si no molestan ustedes!...
-¡Si tenemos gusto en servirles!...
-
-Así era, en efecto: un viajero les buscó dos almohadas; otro, una
-manta...
-
---¿Quieren ustedes más?--decían.
-
---No, no... ¡muchas gracias!...
-
-Como las almohadas eran largas, el matrimonio se acomodó sobre una de
-ellas; la otra les sirvió de respaldo, y con la manta se cubrieron hasta
-más arriba del pecho. Habían comido bien, y la felicidad de sus
-estómagos les sugería ideas risueñas; amorosamente se estrechaban las
-manos. El indagó:
-
---¿Te sientes bien?
-
---Sí. ¿Has visto qué buena gente es ésta?
-
---Muy buena.
-
---Al principio, esta mañana, les tenía miedo; pero ahora, no: son
-toscos, pero buenos. ¿Quieres que te diga una cosa? Empiezo a querer a
-España...
-
-Continuaron hablando, y a cada momento, ella a él, o él a ella, se
-preguntaban: “¿Estás bien?...” La mujer se había descalzado, y él la
-palpó los pies para cerciorarse de que no los tenía fríos. Después,
-dulcemente, quedáronse dormidos con las cabezas juntas.
-
-Los circunstantes, desde sus rincones respectivos, les miraban,
-diciéndose: “¡Cuánto se quieren!...” Y luego volvían la cara hacia sus
-mujeres, como asombrados de no haberlas querido así nunca.
-
-Yo pensaba:
-
-“No; ellos no se aman más que vosotros amáis a vuestras esposas: es que
-se aman con mayor ternura. En España los cariños son grandes, violentos;
-aquí las pasiones llegan al sacrificio, llegan al crimen... pero no
-saben acariciar, no saben mimar... y la ternura está en la caricia
-suave. En España--yo lo he visto--en las relaciones de padres a hijos,
-de marido a mujer, la ternura no existe, quizás porque siempre hubo en
-la tierra nuestra demasiado dolor...”
-
-Entretanto, sentía con júbilo que todas aquellas personas,
-pertenecientes a dos razas distintas, habían sabido mostrarse
-recíprocamente lo mejor que en ellas había; y así, a la lección de
-dulzura, de los belgas, los españoles--tan pobres y tan ricos--supieron
-responder con un ejemplo de generosidad.
-
-Cuatro años hace que sirvo como “tercera”, y estoy cierto de que la
-humanidad que ahora me frecuenta no es muy divertida. Su variedad, a
-primera vista tan abigarrada, es epidérmica; en el fondo, mis huéspedes
-de hoy se parecen extraordinariamente a los inquilinos de los
-_sleeping-car_: los mismos apetitos, las mismas figuras... de lo que
-deduzco que la aristocracia es una plebe bien vestida.
-
-Hay un tipo, sin embargo, privativo de los coches de “tercera”, y que
-por su relieve y la frecuencia con que se manifiesta, merece
-recordación. Me refiero al “gracioso”.
-
-“El viajero gracioso”, para “producirse” como hombre de humor ocurrente
-y cáustico, necesita tener público, porque la presencia de muchas
-personas acucia su ingenio. Tiene el ademán seguro, la réplica colorista
-y ágil, la voz entonada, y sabe muchos cuentos, casi todos picantes.
-Pasa ya de la segunda juventud y la costumbre de andar por el mundo le
-dió aplomo. Empieza por trabar palique con las personas que halla cerca
-de él, y si sus dichetes son bien acogidos no tarda en ponerse de pie y
-charlar con todos.
-
-Para triunfar pronto, “el viajero gracioso” sigue el camino más llano:
-el autobiográfico. Sus primeros epigramas contra sí mismo irán
-dirigidos, y su vida y figura servirán de blanco a su verbo dicaz.
-Generalmente el público ríe esta íntima exhibición de defectos, reales o
-fingidos. Enardecido “el viajero gracioso” poco a poco se convierte en
-histrión, y con recursos grotescos o a fuerza de desparpajo, suple la
-pobreza de su vena cómica. Si alguien le dirige un comentario agudo,
-sabrá contestar en seguida. Casi siempre las mujeres miran con simpatía
-el preopinante, mitad orador, mitad payaso: al cabo, representa la
-desenvoltura, la picardía; es algo imprevisto que sobresale, que brilla.
-Cuando el tren llega a una estación, “el gracioso” monopoliza una
-ventanilla y dice tonterías a los mirones del andén. Sus burletas tienen
-gracia unas veces, otras no; pero todas son reídas, porque en la
-psicología colectiva la hilaridad es una “cuesta abajo”.
-
-Más tarde, cansado de satirizarse a sí propio, “el gracioso” dirige sus
-dardos contra otro pasajero. Este cambio de escena regocija al público.
-El “agredido”, ante el ridículo que le amenaza, se defiende con frases
-incoherentes. La hilaridad general arrecia. “El viajero gracioso”
-triunfa definitivamente: se le aplaude, se le ofrece vino. Las mujeres
-le llaman, quieren tenerle cerca, porque a su lado se creen protegidas.
-
-Esta boga envidiable no es duradera. Ha cerrado la noche y, de pronto,
-“el viajero gracioso” calla: ha dicho cuanto sabía y está cansado,
-agotado. Inútilmente le buscarán la boca; ya pueden morderle la
-paciencia, que no hablará.
-
---Tengo sueño--declara--; basta de broma; ahora voy a dormir.
-
-Y, envuelto en su manta, se tiende cuan largo es; una cesta o unas
-alforjas le servirán de almohada. Como ha sabido hacerse simpático a la
-comunidad, nadie le estorba. Luego se le oye roncar. Entonces, desde un
-compartimiento vecino, una voz ingrata pregunta:
-
---¿Pero, al fin se durmió?
-
---Sí.
-
---¡Demos gracias a Dios!...
-
-Instantes después, todos le han olvidado.
-
-A propósito de este “tipo” referiré una breve escena triste; o, lo que
-es lo mismo, grotesca; porque de lo grotesco, si lo exprimimos bien,
-siempre caerá una lágrima.
-
-Rato hacía que estacionábamos delante de un pequeño andén, aguardando un
-cruce. Mis huéspedes se impacientaban. De súbito un viajero, medio en
-serio, medio en broma, dijo en voz muy alta algo que fué muy reído, y
-casi inmediatamente lanzó otro donaire que también arrancó carcajadas
-unánimes. Haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, aquel individuo consiguió
-obtener de su ingenio una tercera frase feliz, más dichosa, tal vez, que
-las anteriores. Asombrados, todos le miraron. ¿Quién podía hablar tan
-agudamente?... Mujeres y hombres habíanse levantado para conocer al
-viajero ocurrente, y la general simpatía estalló en una nutridísima
-ovación de risas y de aplausos.
-
-Presencié entonces algo desolador. Aquel hombre, trastornado de repente
-por los vapores del éxito, enrojeció y perdió el dominio de sí mismo.
-Sin saber lo que hacía, se puso en pie; sus ojos brillantes iban de un
-lado a otro; fué como si se le hubiese extraviado el juicio. Desatóse su
-lengua y rompió a hablar casi sin ilación. A tente bonete dijo un
-chiste, que nadie comprendió; luego otro, que asímismo pasó inadvertido;
-lanzó tres o cuatro más, que también fracasaron... Ante el silencio
-severo del público, empezó a desconcertarse; las ideas se le barajaban.
-¿Por qué antes hizo reir y ahora no?... Y se disponía a insistir, cuando
-una voz cruel le detuvo:
-
---¡Bueno, hombre, bastante!... ¡Cállate!... ¿No ves que no diviertes?...
-
-Y “el gracioso”, que ya no tenía gracia, se sentó aturdido, y no habló
-más. Quedó obscurecido. Sólo yo observé el rubor de sus mejillas, la
-humildad de sus ojos bajos. Unos minutos el menguado saboreó las mieles
-del éxito, y, al ir a gozar de ellas, sus laureles se deshojaron. Su
-pena era la del cantante que, de súbito, pierde la nota que le hizo
-célebre; el dolor de la mujer que fué muy deseada... y dejó de serlo.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Dos años después, un descarrilamiento acaecido entre las estaciones de
-Vallecas y Vicálvaro, sirvió de inesperado colofón a mi historia. ¡En
-verdad que no maliciaba tan cercano el fin!... Me sucedió lo que a esos
-ancianos, enteros todavía que, al salir de su casa, tropiezan o resbalan
-y se fracturan el cráneo contra el suelo. Así yo: arranqué de Madrid
-aquella mañana, contento, como siempre, y, de súbito--acaso porque mis
-frenos no me moderasen y embridasen lo necesario--mis ruedas se salieron
-de la vía y me abalancé por un terraplén, arrastrando en mi desgracia a
-los dos coches que me seguían. El cachapazo, del que resultó un viajero
-muerto, fué ingente. Al perder mi equilibrio caí sobre el costado
-derecho, a pesar de lo cual el impulso que me animaba me arrastró ocho o
-diez metros por el suelo: en seguida giré sobre mi imperial con un
-trágico revoltijo interior de pasajeros y de bagajes, y volví a tenderme
-para inmediatamente recobrarme y quedar, al fin, sobre mis ruedas.
-
-Pero... ¡en qué estado!... Con el techo roto por varias partes, los
-flancos doblados, desencajadas las puertas, las tuberías y el dínamo
-hechos pedazos, las piezas vitales torcidas... ¡y aún debo felicitarme
-de que mi arquitectura, en su conjunto, resistiese!...
-
-Varios días permanecí abandonado sobre aquel declive, en cuya tierra
-blanda mi rodaje iba hundiéndose poco a poco, y al lado de mis
-compañeros de infortunio, de los cuales uno, menos sólido que yo, quedó
-totalmente destruído. Al romperse, la agonía le dió un escorzo lúgubre,
-y, de noche especialmente, bajo el livor astral, su armazón magullada,
-desprovista de tablas, tenía un perfil de esqueleto. ¡Cuánto padecí!...
-Habíamos quedado a varios metros debajo de la vía, por la cual los
-trenes continuaban pasando, llenos de gentes y de luces, y yo veía la
-curiosidad, no siempre compasiva, con que sus viajeros se asomaban a
-vernos. Nuestra desgracia era para ellos un entretenimiento, casi un
-regocijo, y nos señalaban con el ademán. Estábamos a fines de octubre, y
-el frío, apenas declinaba el sol, era considerable. De los dos camaradas
-que descarrilaron conmigo, ninguno hablaba, y su silencio acrecentaba el
-espanto de mi situación. Hallábame con una de mis plataformas empotrada
-en el suelo, desmantelado, a obscuras, todos los cristales hechos
-añicos, y por mis ventanillas indefensas el viento y la terrible
-escarcha de las horas madrugueras me traspasaban.
-
-Al cabo, una máquina-piloto vino a recogerme, y, valiéndose de una
-fortísima maroma, haló de mí, en tanto desde lo alto de la vía muchos
-hombres lograban, con auxilio de cuerdas, mantenerme en posición
-vertical. Vacilando, sintiendo a cada momento que el equilibrio me
-abandonaba, tropezando con las piedras y enredándome en los hierbajos
-que obstaculizaban el repecho, conseguí verme izado hasta el camino
-férreo, y cuando mis ruedas tomaron nuevamente posesión de los rieles
-experimenté una alegría de resurrección, un júbilo de náufrago, porque
-la vía era para mí una playa...
-
-Lentamente, pues mis gravísimas heridas me vedaban todo movimiento
-acelerado, fuí reconducido a Madrid, y en un carril de descarga
-inmediato a los talleres de reparaciones, y expuesto a la intemperie, me
-dejaron. A mi alrededor había varios centenares de coches inútiles, unos
-de pasajeros, otros de carga, que daban a aquella parte de la estación
-una extraña fisonomía de ciudad. Eran luchadores vencidos, eslabones
-dispersos de antiguos trenes, comparsas dóciles de viejas locomotoras ya
-apagadas. En lo desvencijados y maltrechos se me parecían
-fraternalmente; y como algunos me conocían de vista o por haber
-trabajado conmigo, y sabían mi pasado aristocrático, pronto cundió entre
-ellos la noticia de mi aparición. Yo les oía cuchichear.
-
---Han traído al Cabal...--decían.
-
---Sí.
-
---¿Quién es?...
-
---Ese grande, el pintado de verde; descarriló hace poco y lo han
-remolcado medio muerto...
-
-Y la leyenda de mis lances sobre las líneas de Hendaya, de Galicia y de
-Sevilla, iba de unos a otros. Para evitarme el trabajo de hablar, me
-encerré en una actitud displicente. El relente de las largas noches de
-invierno y la lluvia que, a través de mis resquebrajaduras, caía
-libremente dentro de mí, recrudecían mis dolores. No hay carcoma que
-destruya como la humedad, ni lepra que roa como el abandono. A mí, la
-quietud me consumía: hora tras hora mis maderas se combaban, mis rodajes
-se enmohecían. Una noche, dos ratas--animal que yo no conocía--treparon
-a mí y me mordieron.
-
-El año acabó, y todo en torno mío continuó igual. Mis compañeros de
-destierro y de hospital--que de ambas tristezas participaba el rincón en
-que estábamos--no se quejaban; apenas si, muy de rato en rato, cambiaban
-algunas palabras; parecían muertos. Mi carácter rebelde se desesperaba
-en aquella paz. “¿Por qué no vienen a buscarnos?--me decía--; ¿no es
-preferible que, de una vez, nos reduzcan a leña, a dejarnos podrir
-aquí?...” La intemperie minaba mi salud metódicamente y, al cabo, no
-hubo parte de mi cuerpo que no me doliese: los días de buen sol me
-secaban, los lluviosos me empapaban, y con estas alternativas mis graves
-heridas seguían abriéndose.
-
-Una mañana recibimos la visita del director “del material”, a quien
-acompañaban dos individuos, y en su manera despectiva de mirarnos leí
-nuestra sentencia de muerte. No nos repararían porque no valíamos el
-dinero que costaría arreglarnos. Pertenecíamos a la sección de
-“incurables”, y éramos como esos enfermos a quienes ya no se medicina,
-porque es inútil. Caminando poco a poco por entre aquellas fúnebres
-andanas de coches moribundos, el señor director se acercó a mí y--lo que
-no hizo con ningún otro--se paró a examinarme. Sentí que sus ojos
-duchos, ojos de cirujano, me registraban bien.
-
---Este fué un buen “primera”--dijo.
-
-Uno de sus acompañantes repuso:
-
---Sí; pero después lo reformaron y lo hicieron “tercera”. Es muy viejo;
-ha trabajado mucho: mire usted por aquí cómo está...
-
-Empinándose señalaba, por una rotura de mi flanco, mi suelo despedazado.
-
---¡Bien lo veo!--replicó el director--; ¡lástima de coche! Los que ahora
-se construyen son muy inferiores...
-
-Y se marcharon. “¡Ahora, sí--suspiré--que mi historia ha acabado!” En
-medio, no obstante, de este dolor recibí una alegría: la satisfacción de
-que aquellos hombres, al mismo tiempo que me condenaban a morir,
-hubiesen proclamado mi mérito. Desfondado, despintado, ratonado,
-torcido, sucio... todavía era bello, todavía conservaba vestigios de mi
-antiguo poder, y aún podía decir: “A mí me llamaron El Cabal...”
-
-Pasó todo el invierno, aparecieron con abril las primeras alegrías
-vernales, y, al despertarme de un sueño que, según cálculos que luego
-hice, debió de durar varias semanas, vi que unas hierbas, nacidas debajo
-de mí, se enlazaban a mis ruedas, semejantes a esas ligaduras con que el
-reuma sujeta las piernas de los paralíticos. No sé qué amor, qué
-cariñoso deseo de retenerme adiviné en ellas, y su pequeño amor me
-conmovió: “Ya no te irás de nosotras”--parecían decirme.
-
-Pero a mi Destino aventurero no le plugo que yo finase allí, y después
-de darme a conocer la lucha, quiso darme la paz.
-
-A principios de junio, una mañana, se acercaron a mí ocho o diez
-hombres, empleados en la estación. El que parecía capataz preguntó a un
-viejo que iba a su lado:
-
---¿Es este coche el que le pidió usted al director, señor Juan?
-
-Me designaba con el gesto. El señor Juan repuso ufano:
-
---¡Sí; este mismo! Este...
-
---Buena casa va usted a tener--replicó el capataz, zumbón.
-
---No será mala; ya verás, en cuanto yo la arregle a mi gusto, qué bien
-queda.
-
-Entre todos rodaron los coches situados delante de mí, y luego me
-empujaron, haciéndome pasar de unas vías a otras, hasta llevarme delante
-del camino de hierro principal. Yo bendecía mi sino, que decretó hacer
-de mí, hasta el último instante, una cosa útil.
-
-“Van a convertirme en vivienda”--pensé--. Y recordé aquellos ancianos
-vagones, trocados en casucas de guardavías, que una mañana--la primera
-de mi vida--vi al salir de la estación de Irún.
-
-En pocos días fuí despojado de mis ruedas y de mis topes, y arrastrado
-al sitio a que me destinaban, y en el cual, y para mi mejor instalación,
-hallé dispuesto un entarimado, de dos palmos de alto, que había de
-servirme de apoyo o basamento.
-
-La prisa y cuidado con que los carpinteros emprendieron la tarea de mi
-transfiguración, me dijo que trabajaban cumpliendo órdenes de la
-Compañía, la cual, reformándome, halló manera de ahorrarse la
-construcción de una vivienda. Por tercera vez los martillos, los
-formones, las barrenas, las sierras amputadoras, me torturaron. Todos
-mis asientos fueron suprimidos, y de cada dos de mis compartimientos,
-quitando el tabique o lienzo que los separaba, hicieron uno. El lavabo
-fué convertido en despensa, y en el cuarto-cama instalaron una cocina de
-hierro, a cuya chimenea dieron salida por un agujero circular que me
-abrieron en la techumbre. En mi costado correspondiente al corredor, y
-que enfrentaba la vía, sólo dejaron tres ventanas, con sus batientes de
-cristales; las restantes desaparecieron, así como a mis antiguas
-puertecillas de corredera sucedieron otras mayores y con goznes. Una de
-mis plataformas quedó mudada en lavadero, y la otra continuó sirviendo
-para entrar en mí. Después me pintaron el techo de rojo, y las ventanas
-y la puerta de blanco, lo que dió extraordinaria animación a mis cuatro
-fachadas revocadas de verdegay. Me parecía a esas casitas, de
-fabricación alemana, con que juegan los niños.
-
-Una mañana, rayando el día, aparecieron detrás de un carro, cargado de
-muebles, mis nuevos inquilinos; “los últimos”, sin duda...
-
-Componían la familia: el señor Juan, empleado en la Compañía
-Madrid-Zaragoza-Alicante desde hacía más de medio siglo; su hijo
-Roberto, esposo de María Luisa, y dos nietos: Lolita, que ya empezaba a
-mocear, y Miguelín, de tres años.
-
-Toda aquella copiosa impedimenta, nueva para mí, me interesó muchísimo:
-sin perder detalle vi armar las camas, y el funcionamiento de los
-cajones de una cómoda, y cómo adornaban mi interior con fotografías y
-modestos espejos de marco dorado, y la distribución que daban en la
-cocina a los trebejos de guisar. El moblaje fué discretamente repartido:
-en la habitación--llamémosla así--destinada al matrimonio, se colocaron
-el lecho más ancho y la cómoda; en la otra dispusieron la mesa de comer
-y la cama de Lolita; y en la tercera, que conservaba sus dimensiones
-primitivas y era, de consiguiente, la menor, el catre donde habían de
-dormir el señor Juan y Miguelín. Antes de mediodía el pequeño ajuar
-estaba ordenado, y yo no me cansaba de observar toda aquella vida
-íntima, uniforme, recogida, que sólo de lejos conocía. Hasta entonces no
-empecé a saber cómo el tiempo se desliza lento en los hogares, ni cómo
-se lavaba la ropa, ni cómo se encendía la lumbre y se preparaba una
-comida.
-
-El hallarme, no suspendido en el aire, como antes, sino bien pegado a la
-tierra, me infundía una ignorada y confortadora impresión de quietud, de
-estabilidad: me sentía más a plomo y dueño de mí mismo, cual si mi
-personalidad hubiese crecido. ¡Qué diferencia entre mi abrigado
-bienestar actual y aquellas implacables noches de olvido y de frío que
-siguieron a mi descarrilamiento! El alma de mis habitantes iba
-invadiéndome rápidamente: a la semana de tenerles en mí, la humedad me
-dejó: yo olía a dormitorio y a cocina; olía a hogar... y estaba contento
-de oler así.
-
---Voy aburguesándome--pensaba.
-
-Acabó de rendirme a discreción la voluntad, el buen carácter de aquellas
-gentes. El señor Juan, que era guardabarrera, sólo se ocupaba de coger
-el banderín con que daba “paso” a los trenes; Roberto, carpintero de
-oficio, trabajaba todo el día en los talleres de la Estación; María
-Luisa, que estaba embarazada, era una mujercita dulce, hacendosa y un
-poco triste, que siempre andaba sacudiéndome; Lolita también me cuidaba
-mucho, y las inocentes travesuras de Miguelín, unas veces me
-enternecían y otras me hacían reir.
-
-La tarde de un sábado, Roberto trajo sobre una carretilla buen número de
-cañas y de listones, con los cuales, y aprovechando el asueto del día
-siguiente, construyó junto a mí un emparrado. Otro domingo me rodeó de
-una cerca alta, de cuatro o cinco palmos, entre la cual y yo mediaba un
-espacio como de tres metros, que las manos hadadas de Lolita poblaron en
-seguida de flores, y así tuve un jardín minúsculo y gracioso como un
-juguete. Hizo más la muchacha: exornó mis ventanas con trepadoras que
-sembraba en vasijas rotas o en latas que fueron de pimientos; y plantó
-junto a mí una hiedra que creció en poco tiempo e invadió la mayor parte
-de mi techumbre, dándome un pintoresco aspecto de gruta; y yo pude verme
-poco después en una postal, obra de un fotógrafo amigo de mis huéspedes,
-y quedé sorprendido--por no decir enamorado--de mi carácter rústico.
-
-Hallábame enclavado a medio kilómetro de la Estación, y muy cerca de la
-gran arteria ferroviaria por donde corren los trenes de Barcelona, de
-Andalucía y de Valencia, que tantos recuerdos tenían para mí: veía pasar
-las máquinas raudas, ululeantes, tempestuosas, y perdidas en su
-torbellino negro las siluetas de los fogoneros, teñidos dantescamente de
-rojo por el incendio del horno; veía huir cuajados de luces los
-“expresos” veloces, los “correos”, los “mercancías” interminables y
-obscuros; oía la voz sibilante de las locomotoras, las cornetas de los
-guardavías, el fragor de los convoyes... y no experimentaba nostalgia
-ninguna. Un día, en una “cuatro mil” que pasaba, reconocí a La
-Regadera; también descubrí a Dos-Caras, disfrazado de “tercera”, en el
-“mixto” de Alicante, y mi regocijo de verles fué absolutamente limpio.
-Me holgaba de que continuasen viviendo su vida, la que fué mía también;
-mas no sentía deseos de rodar a su lado. Vi asímismo al Rubio, al Negro,
-a la Primera Actriz, al Barba... y a otros varios camaradas que iban y
-venían con el terrible anhelo de siempre, y tuve cierta misericordia de
-su servidumbre inexorable. Medité: “Ellos se mueven, y yo no: ¿pero
-acaso la tierra me esclaviza más que a ellos el movimiento?...”
-
-Mucho tiempo aquellos viejos compañeros fueron y tornaron sin fijarse en
-mí; luego, como mi situación de vagón inmóvil les sorprendiese,
-comenzaron a examinarme, y al cabo me reconocieron. El que antes cayó en
-la cuenta de quién yo era, fué Dos-Caras. Una mañana, al pasar, me
-gritó:
-
---¿Eres tú, Cabal?
-
---Yo soy, viejo--le repliqué.
-
-Y no tuvo tiempo de decirme más porque su convoy iba de prisa. La
-noticia de hallarme convertido en habitación cundió rápidamente, llevada
-por los trenes, y todos mis amigos, unos burlones, otros compasivos, me
-preguntaban:
-
---Adiós, Cabal; ¿te aburres mucho?
-
-Yo siempre contestaba:
-
---No; no me aburro.
-
---¿Eres feliz?
-
---Sí, lo soy: nunca lo fuí más...
-
-¡Y era cierto!... Pues hogaño, merced, precisamente, a la soledad que me
-circundaba, podía descender más hondo en el misterio de la vida. Las
-personas que traté antes permanecían a mi lado unas horas, cuando más
-una noche; mientras estas de ahora envejecían conmigo: yo las veía
-dormir, comer; yo las oía hablar... y su experiencia era mía también,
-íntegra.
-
-Con esta quietud volvía a parecerme a mis antecesores, los árboles. La
-tierra me atraía, y, cosido a ella, conforme el tiempo filaba,
-insensiblemente, hallábame mejor. Empezaba a comprender la poesía de las
-fiestas domésticas, la razón de la Nochebuena, la enorme fuerza emotiva
-y pensante del silencio; porque mientras la materia reposa es cuando
-fulgen mejor las luminarias del espíritu. Considerando la vejez
-desvalida del señor Juan, y oyendo hablar a su hijo, supe cómo a lo
-largo de los siglos el capitalista perpetúa en el obrero, su hermano, el
-fratricidio de Caín, y vislumbré el mecanismo del tinglado social, esa
-rueda trágica en que el salario se transmuta en pan, y el pan en
-esfuerzo y dolor que luego serán salario otra vez. Vi a María Luisa dar
-a luz, y me expliqué el amor; y observando a Miguelín, divertido en
-alinear soldaditos de plomo, echar barquitos en el agua enjabonada de la
-artesa y arrastrar por el jardín ferrocarriles de hojalata, me dí cuenta
-de que en este mundo--de las paradojas y de los viceversas--el niño
-juega y se ríe con lo mismo que hace llorar al hombre.
-
-Va para tres años que soy hogar, y no echo de menos, ni en un ápice, mis
-mocedades trashumantes: el tercer vástago de María Luisa y de Roberto,
-se cría muy bien; Lolita ya tiene novio, y a esto atribuyo que cante
-tanto por las mañanas; Miguelín aprendió a escribir y se divierte en
-eternizar su nombre en mis paredes. Todo esto, que ya forma parte de mí
-mismo, me regocija y me acompaña. Voy pareciéndome al señor Juan. Tengo
-algo de abuelo, y soy feliz con estos seres que crecen a mi lado, con
-las flores que me rodean, con la hiedra que me cubre y parece traerme un
-abrazo de la tierra.
-
-Mis antiguos hermanos del camino, todos los días me dicen algo:
-
---¿Querrías venirte con nosotros, Cabal?
-
---¿Para qué--les respondo--, si en ningún punto del mundo en que os
-halléis vuestro horizonte será mayor que el mío?
-
-Efectivamente: No estoy hastiado, sino satisfecho, y no deseo, porque
-conocí el movimiento y gusté la quietud; todo lo que hay: y porque
-llegué a viejo... y ser viejo es hallarse en condiciones de recordar y
-de perdonar, y nada más dilecto que el recuerdo, ni más elegante que el
-perdón. La Vida es buena, pues siendo tan breve, proporciona tres
-grandes goces: en la niñez, el anhelo de vivir; en el “presente de
-indicativo”, de la juventud, la alegría de vivir; en la vejez, el placer
-generoso de ver vivir a los demás.
-
-Madrid, octubre 1922.
-
-
- FIN
-
- * * * * *
-
- EDICIÓN DEFINITIVA
-
- DE LAS OBRAS COMPLETAS DE EDUARDO ZAMACOIS
-
-
-Renacimiento ofrece a sus lectores de España y América la primera
-Colección Completa de las obras de este insigne novelista, uno de los
-predilectos del público.
-
-Se trata de una reimpresión cuidadísima, seria y definitiva, vigilada
-por el propio autor, que quiere ofrecerse en ella sin mixtificaciones de
-ninguna especie. Todo cuanto pudiéramos decir de la chabacanería con que
-fueron tratadas en distintas épocas las obras del ilustre autor de
-_Europa se va_... está resumido en la «Advertencia» que insertamos a
-continuación, suscrita por el mismo Zamacois y a la que remitimos a
-libreros y lectores:
-
-
-
-
-PALABRAS DEL AUTOR
-
-
-Muchos escritores son refractarios a corregir sus libros, una vez
-impresos.
-
-Yo opino lo contrario: los libros deben ser examinados y pulidos a cada
-nueva edición, pues si el Tiempo nos altera las líneas del semblante y
-nos blanquea el cabello y nos encorva, ¿cómo no cambiaría también
-nuestros gustos? Las horas que transforman el cuerpo, ¿cómo no
-revolucionarían el espíritu, por antonomasia tan vibrante, tornadizo,
-andariego y mudable?... La experiencia y la lectura son los dos grandes
-vientos removedores de nuestro jardín interior. Un hombre inteligente
-vive en discusión perpetua consigo mismo; y discutir es dudar,
-rectificar «puntos de vista», sustituir una creencia por otra,
-modificarse, contradecirse. El progreso constituye una enmienda
-constante, y así la vida debe ser nada más que un pretexto para
-arrepentirnos hoy de lo que hicimos ayer.
-
-Nadie extrañe, de consiguiente, las diferencias de pensamiento y de
-forma que separan los volúmenes que van apareciendo ahora, en el
-mediodía de mi vida, de aquellos que llamo de «mi primera época».
-
-Escritos de prisa y vendidos a precios irrisorios[A], reconozco, con
-harto quebranto y luto de mi corazón, haberlos echado al mundo vestidos
-de andrajos. Realmente no merecían tan mal trato, y así quiero con la
-edición presente remediar en algo el daño que les hice. Ni la fábula, ni
-la arquitectura o distribución de los capítulos fueron alteradas; no
-creí necesario meter el escalpelo hasta tan hondo. Sólo he intentado
-aliviar su estilo de solecismos, repeticiones y demás vergüenzas
-gramaticales que lo manchaban. También procuré tranquilizarlo,
-simplificarlo, aligerarlo de frondosidades retóricas...
-
-[A] Me refiero a _La enferma_, _Punto-Negro_, _Incesto_, _Loca de
-amor_, _Tik-Nay_, _El seductor_, _Duelo a muerte_, _Memorias de una
-cortesana_, _Sobre el abismo_, _De carne y hueso_, _Horas crueles_,
-_Impresiones de arte_.
-
-De consiguiente, _la única edición de mis libros que me atrevo a
-recomendar es ésta, de_ RENACIMIENTO. _Todas las anteriores, mal
-impresas, mal corregidas y ensuciadas vilmente con portadas obscenas,
-son execrables y únicamente merecen silencio._
-
-Por rescatar los millares de ejemplares que de ellas se han vendido en
-estos últimos diez y nueve años, _daría el autor su mano derecha_.
-
- EDUARDO ZAMACOIS.
-
-
-Madrid, enero 1916.
-
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un vagón de ferrocarril, by
-Eduardo Zamacois
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL ***
-
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
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-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
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- The Project Gutenberg eBook of Memorias
-de un vago de ferrocarril, por Eduardo Zamacois.
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-<pre>
-
-Project Gutenberg's Memorias de un vagón de ferrocarril, by Eduardo Zamacois
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Memorias de un vagón de ferrocarril
-
-Author: Eduardo Zamacois
-
-Release Date: August 3, 2020 [EBook #62840]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
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-
-
-
-
-
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-</pre>
-
-<hr class="full" />
-
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-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="cb">MEMORIAS DE UN VAGÓN<br />
-DE FERROCARRIL</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span></p>
-
-<p class="cb">OBRAS COMPLETAS<br /><br />
-
-<small>DE</small><br /><br />
-
-EDUARDO ZAMACOIS</p>
-
-<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary="">
-<tr valign="top"><td class="rt">I.</td><td>&mdash;<span class="smcap">La alegría de andar.</span> (<i>Croquis de un viaje por<br />
-tierras de Puerto Rico y Cuba, Estados Unidos, Centro<br />
-América y América del Sur.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">II.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Europa se va</span>... (<i>Novela.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">III.</td><td>&mdash;<span class="smcap">El otro.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">IV.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Duelo a muerte.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">V.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Memorias de una cortesana.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">VI.</td><td>&mdash;<span class="smcap">La opinión ajena.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">VII.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Punto-Negro.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">VIII.</td><td>&mdash;<span class="smcap">El seductor.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">IX.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Sobre el abismo.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">X.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Confesiones de «un niño decente».</span> (<i>Autobiografía.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">XI.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Tik-Nay «el payaso inimitable».</span> (<i>Novela.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">XII.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Memorias de un vagón de ferrocarril.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">XIII.</td><td>&mdash;<span class="smcap">El misterio de un hombre pequeñito.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="rt">XIV.</td><td>&mdash;<span class="smcap">Para tí</span>... (Libro I.) (<i>Novelas.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td>&nbsp;</td></tr>
-<tr valign="top"><td class="c" colspan="2">EN PRENSA</td></tr>
-<tr valign="top"><td>&nbsp;</td></tr>
-<tr valign="top"><td colspan="2"><span class="smcap">Para ti</span>... (Libro II.) (<i>Novelas.</i>)</td></tr>
-<tr valign="top"><td colspan="2"><span class="smcap">Una vida extraordinaria.</span> (<i>Novela.</i>)</td></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="c">EDUARDO ZAMACOIS<br />
-<br />
-OBRAS COMPLETAS<br />
-<br />
-XII<br /></p>
-
-<h1>MEMORIAS DE UN<br />
-VAGÓN DE FERROCARRIL</h1>
-
-<p class="c">NOVELA<br />
-<br />
-(TERCERA EDICIÓN)<br />
-<br />
-<br />
-RENACIMIENTO<br />
-SAN MARCOS, 42<br />
-<span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span>MADRID<br />
-<br />
-<small>ES PROPIEDAD<br />
-<br />
-SERÁ ILEGAL TODO EJEMPLAR QUE<br />
-NO ESTÉ SELLADO POR EL AUTOR<br />
-<br />
-<br />
-Imp. J. Pueyo, Luna, 29.<br /></small>
-Teléf, 14-30.&mdash;MADRID<br />
-<span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span></p>
-
-<h1>MEMORIAS DE UN VAGÓN<br /> DE FERROCARRIL</h1>
-
-<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary=""
-style="border:2px solid gray;margin:3% 15%;padding:.25em;">
-
-<tr class="c"><td>
-<a href="#I">I, </a>
-<a href="#II">II, </a>
-<a href="#III">III, </a>
-<a href="#IV">IV, </a>
-<a href="#V">V, </a>
-<a href="#VI">VI, </a>
-<a href="#VII">VII, </a>
-<a href="#VIII">VIII, </a>
-<a href="#IX">IX, </a>
-<a href="#X">X, </a>
-<a href="#XI">XI, </a>
-<a href="#XII">XII, </a>
-<a href="#XIII">XIII, </a>
-<a href="#XIV">XIV, </a>
-<a href="#XV">XV, </a>
-<a href="#XVI">XVI, </a>
-<a href="#XVII">XVII, </a>
-<a href="#XVIII">XVIII, </a>
-<a href="#XIX">XIX, </a>
-<a href="#XX">XX, </a>
-<a href="#XXI">XXI, </a>
-<a href="#XXII">XXII, </a>
-<a href="#XXIII">XXIII, </a>
-<a href="#XXIV">XXIV, </a>
-<a href="#XXV">XXV, </a>
-<a href="#XXVI">XXVI, </a>
-<a href="#XXVII">XXVII, </a>
-<a href="#XXVIII">XXVIII.</a>
-</td></tr>
-</table>
-
-<h2><a name="I" id="I"></a>I</h2>
-
-<p>Nací, por fortuna mía, vagón de primera clase, y mi ejecutoria acredita
-la reciedumbre y nobleza de mi origen. En las buenas estaciones
-provincianas, y más aún en las fronterizas, donde abundan los tipos
-cosmopolitas acostumbrados a viajar, mi aspecto prócer y la pátina
-obscura que me dieron, primero mis barnizadoras y luego la cruda
-intemperie y el polvo de los caminos, dicen mi largo historial vagabundo
-y atraen la curiosidad de las gentes.</p>
-
-<p>Procedo de Francia, de los famosos talleres de Saint-Denis, pero fuí
-construído con materiales oriundos de diferentes países, y esta especie
-de “protoplasma internacional”&mdash;llamémoslo así&mdash;que me integra, unido a
-mi vivir errático, me vedan sentir fuertemente ese “amor a la patria”,
-en cuyo nombre la ciega humanidad se ha despedazado tantas veces.</p>
-
-<p>La Compañía que me trajo a España pagó<span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span>&mdash;con arreglo al cambio de aquel
-día&mdash;veinte mil duros por mí. Los merezco. Casi en totalidad estoy hecho
-con piezas de caoba y encina que, tras de perder toda el agua de sus
-fibras leñosas durante varios años de estadía en los secaderos, fueron
-severamente endurecidas bajo la llama del soplete; únicamente ciertos
-pormenores y adornos de mi individuo son de roble, y me cubre una
-tablazón de “teak”, madera muy semejante al pino que viene del Norte
-europeo, y es inaccesible a los cambios atmosféricos. Mi peso
-neto&mdash;quiero decir&mdash;cuando estoy vacío, excede de treinta y seis
-toneladas. Tengo más de diez y ocho metros de longitud y tres metros y
-cincuenta centímetros de altura, y la amplitud de mi techumbre cóncava
-posee una majestad de bóveda. Durante muchos meses numerosos forjadores,
-carpinteros, ebanistas, tapiceros, fontaneros, lampistas, electricistas,
-estufistas y cristaleros habilísimos, trabajaron en mi fabricación, y
-sus manos diestras maravillosamente fueron infundiéndome una solidez
-excepcional y una rara armonía de proporciones. Con justicia mis
-camaradas de ruta, a poco de conocerme, empezaron a llamarme <i>El Cabal</i>.
-Soy ancho, cómodo, y, no obstante la gravedad de mi armazón, tiemblo
-ágilmente, con sacudidas ligerísimas, sobre mi rodaje de cuatro ejes. No
-todos los coches de mi rango podrían jactarse de otro tanto. Existe
-entre nosotros una aristocracia que, sin vacilaciones, acusaré de
-advenediza: figuran en ella los vagones más jóvenes que yo, fabricados
-con tablas secadas imperfectamente. Yo les llamo vagones “de bazar”. Su
-aspecto es bueno, pero carecen de resistencia: pronto sus miembros se
-resienten del<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span> trabajo; crujen, gimen, sus puertas no cierran bien, sus
-ventanillas cesan de ajustar, sus muelles fatigados se desmoralizan...
-Además, por haber sido construídos de prisa y sin amor, les faltan
-ciertos detalles complementarios indispensables a su ornamentación y a
-la perfecta comodidad de los viajeros; y la verdadera distinción está en
-“el detalle”...</p>
-
-<p>Las unidades de “primera clase” se dividen en dos categorías: yo
-pertenezco a la mejor, a la de más rancia y pura aristocracia, y las
-letras A A. que exornan mis portezuelas pregonan mi alcurnia. El
-“cuarto-tocador” ocupa uno de mis extremos, y en el centro&mdash;lugar el
-menos trepidante&mdash;llevo un “departamento-cama”. Mi interior, dividido en
-seis compartimientos, es bello y blando, acariciador, confortador, lleno
-de previsiones; femenino, en suma: los asientos, que fácilmente pueden
-ancharse y convertirse en lechos; los almohadones mullidos; la
-curvatura, propicia al descanso, de los respaldos; las abrazaderas,
-sobre las que el viajero podrá descansar un brazo; los ceniceros; la
-mesita que adorna la entreventana; las cortinas, que modifican la luz
-solar; los tubos de la calefacción; los timbres de alarma; los espejos
-biselados; los anuncios polícromos y las fotografías de lugares
-célebres, que exornan mi tránsito; el silencio y precisión con que las
-puertas se cierran y ajustan a sus marcos...; todo, en fin, descubre en
-mí un alma “de hogar”. En invierno, especialmente y de noche, cuando el
-frío escarcha los cristales y la máquina me envía a raudales generosos
-su calor, y todos mis inquilinos duermen, y las manos de los enamorados
-se buscan enceladas y febriles bajo las<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span> mantas, entonces mis
-compartimientos parecen alcobas sobre cuya tonalidad gris mis linternas,
-medio cerradas, semejantes a párpados indolentes, vertiesen una casi
-imperceptible llovizna de luz. ¡Bello y rotundo contraste!... Fuera de
-mí, el movimiento, la lucha, el peligro, la obscuridad, el fragor
-tronitronante de los puentes, el estrépito ensordecedor de los túneles,
-la lluvia, el granizo, la nieve, los vientos helados, la interminable
-conquista de la tierra; y, dentro, la paz, el reposo, el bienestar de
-las actitudes cómodas, el aire tibio, “la alegría de llegar”, con que
-cada alma viajera se echó a dormir. ¡Ah!... Cuando me autoinspecciono y
-me escucho vivir así, con esta doble vida tan plena, tan útil, pienso
-que yo, todo “mi yo”, acogedor y bueno, es un corazón.</p>
-
-<p>No sabría determinar exactamente en qué momento mi personalidad comenzó,
-pues mi conciencia surgió, como en los niños, por grados insensibles.
-Con arreglo a un modelo, de los mejores, empezaron a construirme, pero
-sin ensamblar mis miembros, porque la vía francesa es veinte centímetros
-más angosta que la española, y mis constructores necesitaban
-transportarme a la Península, que era donde yo debía servir. Este es el
-período que podemos denominar fetal. Ya completamente terminado, pero
-inconexo, desarticulado y amorfo, traspuse la frontera sobre dos
-“trucks”, y llegué a Irún. Allí organizaron mis piezas, las unieron, las
-empalmaron y trabaron solidísimamente unas a otras, me encolaron, me
-enclavijaron, me barnizaron, me vistieron; allí mi figura adquirió la
-silueta, el equilibrio de perfiles, que habían de constituir mi
-personalidad. Soy, de consiguien<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>te, español, puesto que “nací” en
-España, pero de origen francés.</p>
-
-<p>Cuando, lentamente, con la suavidad de un lento despertar, fuí
-comprendiéndome separado de los cuerpos que me rodeaban y distinto a
-ellos; cuando la idea milagrosa del “Yo” me iluminó, semejante a una
-antorcha, y pude decir “soy... existo...” ya me hallaba montado sobre
-los recios mecanismos de ejes, ruedas, cojinetes y frenos, con que había
-de caminar después, y las entrañas capitales de mi forzudo corpachón,
-así como la techumbre y las ventanas, hallábanse acopladas y concluídas.
-Evidentemente&mdash;no puedo explicar de otro modo el veloz incremento de mi
-sentido íntimo&mdash;los dedos inteligentes de los herreros y carpinteros que
-construyeron mis piezas más robustas, minuto a minuto fueron dejando en
-mí latidos de pensamiento y de voluntad, y temblores de carne. Cada
-martillazo que me asestaban, era como un llamamiento que hacían a mi
-sensibilidad, embotada aún; las sierras me libraban de los trozos
-inútiles; las garlopas y las escofinas que pulían mi tablaje, me
-elegantizaban, y los tornillos de bronce con que aseguraban mis miembros
-eran como ideas que fuesen clavándose en mí.</p>
-
-<p>Durante el impreciso amanecer de mi inteligencia, aquellos obreros me
-eran aborrecibles. Les odiaba y al propio tiempo les temía, porque según
-iban formando mi conciencia lo que hacían conmigo me causaba mayores
-sufrimientos. Muy de mañana ocho o diez de ellos penetraban en mí,
-armados de diversos instrumentos torturadores: éstos esgrimían sierras,
-aquél un escoplo, estotro un berbiquí, un formón, una repa<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span>sadera, unas
-tenazas, un taladro o un martillo. El serrín, que es mi sangre, lo
-ensuciaba todo. Para ir encajando bien entre sí las diversas partes de
-mi armazón, mis verdugos me mutilaban, me oprimían y atarazaban de
-innumerables modos. Los repeledores ahondaban los clavos de suerte que
-sus cabezas desaparecían en mí; las garlopas insaciables me arrancaban
-la piel, que caía en virutas; las barrenas me traspasaban como
-remordimientos. Herido, raspado, tundido a golpes, mi cuerpo vibraba, y
-a cada nuevo martillazo mis entrañas magulladas parecían romperse. Así,
-a fuerza de porrazos y de dolor&mdash;como la conciencia en los
-hombres&mdash;nació mi conciencia.</p>
-
-<p>Luego, aquellos bruscos jayanes de anchas espaldas y entrecejo hosco,
-fueron substituídos por obreros más minuciosos, silenciosos y pulidos, y
-menos crueles. Eran los ebanistas, los electricistas, los fumistas, los
-tapiceros, los cristaleros, los fontaneros, los broncistas y los
-pintores, de que antes hablé. Todos, a porfía, me raspaban, me limaban,
-me clavaban, me mordían... ¡no acababan de corregirme!... y cuando
-parecía que ya nada tenían que añadir, volvían a empezar: quién para
-“rectificar” una línea, me quitaba unas virutas, quién me ahincaba un
-tornillo... Todos, en una palabra, me hacían daño; pero yo comprendía
-que asimismo todos me hacían bien, y esta convicción me enfervorizaba.
-Más que el ansia de vivir, el noble deseo de ser bello iba encendiéndome
-como a esas mujeres que, a trueque de parecer bonitas, aceptan las
-peores torturas de la moda: el calzado estrecho, los pesados sombreros
-que dificultan en las sienes la circulación...<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span></p>
-
-<p>De día en día reconocíame más completo, más firme, más adornado y
-hermoso, en fin; y también más consciente. Yo era como un cerebro que va
-llenándose de ideas. Cada uno de aquellos obreros me daba&mdash;sin él
-saberlo&mdash;una partícula de su alma; estos elementos inteligentes y
-vibrantes, llenos de radioactividad, se acoplaban unos a otros y así mi
-espíritu, en estado de nebulosa todavía, iba surgiendo de la síntesis de
-todos ellos.</p>
-
-<p>Al artístico prurito de ser bello, añadióse muy pronto otro de alcurnia
-moral superior: el de ser bueno, el de ser útil... Nació porque yo,
-desde el lugar en que me hallaba, veía pasar muchas veces al día los
-trenes que llegaban o salían de la estación; y al advertir que todas sus
-unidades, fuesen de primera, de segunda o de tercera clase, se parecían
-bastante a mí, deduje que en lo futuro mi misión sería, al igual de la
-suya, transportar gentes de un lado a otro.</p>
-
-<p>Cuando los cristaleros ocuparon el vano de mis ventanas con magníficos
-cristales de una pieza, vibré de júbilo:</p>
-
-<p>&mdash;Ya tengo ojos&mdash;me dije&mdash;y el polvo no podrá entrar en mí.</p>
-
-<p>Cuando los estufistas tendieron a lo largo del corredor y bajo mis
-asientos los tubos de la calefacción, y los tapiceros me alfombraron y
-revistieron mi interior de mollares colchonetas, pensé:</p>
-
-<p>&mdash;Los que viajen conmigo ya no sentirán frío.</p>
-
-<p>Cuando me proveyeron de “aparatos de alarma”, sentí el consuelo de no
-hallarme desamparado; y cuando el electricista me impuso el dinamo y los
-hilos magos repartidores de la luz, parecióme que dentro de mí acababa
-de entrar el<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span> sol. Tengo mucho de humano: los conductos de la
-calefacción, verbigracia, son mis arterias; las tuberías y desagües de
-mi “cuarto-tocador”, mis intestinos; los hilos de la electricidad, mis
-nervios; mi voz, el traqueteo de mis músculos.</p>
-
-<p>Un día cesaron de martillear en mí y de añadirme adornos. Mis
-fabricantes y “servidores”, puedo calificarles así, barrieron y
-sacudieron mi interior escrupulosamente, abrillantaron mis bronces,
-fregaron mis cristales hasta dejarlos tan impolutos que se confundían
-con el aire límpido, bruñeron el barniz de mis revestimientos y
-silenciaron, con grasas especiales, mis herrajes. ¡Divina juventud!
-Todo, dentro de mí, mostraba una alegría: el suave tinte gris-claro de
-los asientos; la blancura inmaculada de la sencilla labor de “crochet”
-que cubría los respaldos; las barras de acero de las redecillas
-destinadas a equipajes; los picaportes y las paredes relucientes, la
-densa alfombra roja y azul que tendía a lo largo de mi pasillo una
-lozanía de pradera...</p>
-
-<p>Yo también estaba alegre; vibraba; tenía miedo. ¿Por qué?... ¿A qué?...</p>
-
-<p>&mdash;Has empezado a vivir&mdash;me decía secretamente una voz.</p>
-
-<p>Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella
-aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de
-Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios
-hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera
-vez...&mdash;¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!&mdash;mis ruedas voltearon
-poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de
-junio encendía el paisaje. Según avanzaba,<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span> todo en torno mío comenzó a
-cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y
-perspectivas nuevas surgieron ante mí.</p>
-
-<p>La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y
-regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me
-movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?...
-Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo,
-era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con
-todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja
-inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me
-transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de
-la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego
-si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y
-aparte!...</p>
-
-<p>Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi
-destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi
-vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante
-reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera;
-frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi
-escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas
-centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada
-sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y
-elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo
-bien constituído, de mi euritmia perfecta.</p>
-
-<p>Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de
-existir y “de sentirme<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span>”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y
-dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos
-viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en
-casetas de guardavías.</p>
-
-<p>&mdash;Son coches inservibles&mdash;pensé.</p>
-
-<p>Y no tuve para ellos ni una compasión.</p>
-
-<p>Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me
-impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz.
-En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que
-bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos,
-techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre
-el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras&mdash;los
-Pirineos&mdash;y al otro lado el mar...</p>
-
-<p>&mdash;Pronto&mdash;me dije&mdash;conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a
-mí...</p>
-
-<p>Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del
-horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del
-caballo de carreras que entra en un hipódromo.<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span></p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a>II</h2>
-
-<p>Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de
-producir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?&mdash;exclamarán los hombres&mdash;¿Es posible que los objetos que
-estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga
-a la nuestra?</p>
-
-<p>Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de
-que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto.</p>
-
-<p>La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza
-absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos
-correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente&mdash;y
-esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas
-de hierro&mdash;la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un
-“cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta
-para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida&mdash;este substantivo
-debemos escribirlo siempre con mayúscula&mdash;morir es... mudarse de
-traje...</p>
-
-<p>Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del
-cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más pelda<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span>ños
-que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein
-tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen
-partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla
-bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla:</p>
-
-<p>El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e
-incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va
-acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir:
-Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se
-inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte
-“morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse.</p>
-
-<p>Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que
-pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del
-cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se
-atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que
-las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el
-tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de
-la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto&mdash;que
-es el que yo explico aquí&mdash;se reduce a la eterna aspiración de la
-materia a convertirse en espíritu.</p>
-
-<p>Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de
-otros mundos:</p>
-
-<p>En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo
-él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una
-voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel
-portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la
-corteza<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros
-minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento,
-inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas,
-y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos
-rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció
-la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos
-después&mdash;el Tiempo prodiga su caudal&mdash;se inicia la aurora del reino
-vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se
-enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo
-indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y
-preciso. Lo que llamamos “inorgánico”&mdash;que no lo es “absolutamente”&mdash;se
-convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es
-evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su
-oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el
-reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más
-tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que
-se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de
-civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día,
-porque la Vida&mdash;como antes dije&mdash;es el anhelo insaciable que sufre la
-Materia de hacerse Espíritu.</p>
-
-<p>Aclararé mi teoría con un ejemplo:</p>
-
-<p>En el hombre&mdash;tuve ocasión de observarlo mil veces&mdash;la parte física
-declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos
-grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor
-espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span> de
-abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la
-sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está
-derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún.</p>
-
-<p>Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los
-vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en
-actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un
-ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo
-trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra,
-porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y
-así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del
-Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más
-inteligente&mdash;para decirlo de una vez&mdash;que otro, al parecer igual,
-fabricado con elementos de un campo cualquiera.</p>
-
-<p>La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más
-torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no
-hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se
-hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal.
-Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones
-de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y
-ennoblecerla.</p>
-
-<p>Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus
-costumbres.</p>
-
-<p>&mdash;Antes&mdash;dicen&mdash;la humanidad era más cruel.</p>
-
-<p>Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto:
-pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?...<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span> Poco a
-poco la materia&mdash;toda la materia&mdash;se ha vuelto más sensible: los
-animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño.
-A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el
-resultado de nuestro miedo a sufrir.</p>
-
-<p>Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos
-más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen
-timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en
-la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y
-recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde
-procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que
-una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un
-movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó
-hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la
-psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de
-pensamiento”&mdash;las designaré así&mdash;que los seres vivos dejan en los
-objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas
-a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis
-leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza
-magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell,
-tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el
-haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las
-placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero,
-transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los
-cubre?...</p>
-
-<p>En un día, lejano aún, pero que llegará, el<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span> hombre obtendrá la posesión
-de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos,
-y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en
-un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no
-se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los
-mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del
-movimiento y lo sujeta&mdash;¡oh paradoja!&mdash;en una cinta de celuloide, y
-Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese
-ante su pueblo con la profética frente orlada de luz.</p>
-
-<p>Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y
-las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen
-sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años&mdash;lo
-que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos&mdash;¿por
-qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los
-incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la
-expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un
-guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le
-transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma...</p>
-
-<p>Este es mi caso. A la sensibilidad inherente a las maderas de que estoy
-formado, debe añadirse la que recibí, por contagio, de los operarios que
-me construyeron. Yo retengo las imágenes, como las placas fotográficas,
-y recojo los sonidos al igual de los cilindros fonográficos, y asímismo
-soy accesible a las emociones del olfato, del tacto y del gusto. En mí,
-sin embargo, los órganos de la percepción no se hallan cir<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span>cunscriptos y
-delimitados, como en el hombre. En lugar de cinco sentidos, poseo un
-sentido que resume el funcionalismo de aquéllos: un sentido que,
-semejante a una epidermis, cubre todo mi cuerpo; un sentido que es mi
-alma, mi conciencia, mi Yo; y con el cual, a la vez, oigo, veo, huelo,
-palpo... y así “todo mi Yo” se halla íntegro y simultáneamente en cada
-una de mis partes. Mi psicología, aunque elemental, me satisface.
-Evidentemente la vida de relación en los animales es más activa, más
-intensa, pero esto mismo les agota y obliga a dormir; mientras yo, salvo
-momentos contadísimos, nunca tengo sueño, y así, viviendo menos que
-ellos, acaso viva más.</p>
-
-<p>Todo lo que sé&mdash;muy poco&mdash;lo aprendí oyendo conversar a mis viajeros, y
-leyendo en los periódicos y en los libros que ellos leían. Cada persona
-que entraba en mí&mdash;y fueron muchas en los cuarenta años que llevo de
-existencia&mdash;era para mí una “idea nueva”. Espiaba sus actitudes, atendía
-a todas sus palabras, procuraba, en fin, aprendérmela de memoria... Y
-este estudio perseverante fué acercándome a ellas, e inculcándome una
-vida muy semejante a la humana.</p>
-
-<p>Los hombres no sospechan nada de esto. Si en la paz de la noche, y
-hallándonos detenidos en cualquiera estación, alguno de mis miembros
-cruje, ellos nunca imaginan que en ese ruido pueda haber un dolor, un
-recuerdo o un comentario; ellos “oyen el silencio”, pero su sensibilidad
-no recoge lo que dice el silencio. A veces quieren comprender... pero no
-pasan de ahí. Muchas veces dos amantes, al hallarse solos, se han
-besado; y luego de besarse miraron a su<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span> alrededor, pareciéndoles que
-alguien podía haberles visto. ¡Lo cual era cierto, porque yo les había
-visto!... Pero esta emoción no pasó en ellos de la categoría de
-adivinación o presentimiento, y se borró en seguida.</p>
-
-<p>Los autores gustan de escribir sus “Memorias” al empezar a sentirse
-viejos; en esa edad, delicadamente melancólica, en que la Vida,
-separándose un poco de ellos, se hace recuerdo.</p>
-
-<p>Los présbitas no ven bien de cerca; a distancia, sí; y la presbicia no
-se presenta, en los hombres de vista normal, antes de los cuarenta años.
-Se la creería una compañera de la experiencia y del desengaño. Con lo
-cual la Naturaleza&mdash;ironista sutil&mdash;parece decirles:</p>
-
-<p>&mdash;¡La Vida!... ¡No es que sea mala!... Pero, ya que no puedes seguirla,
-mírala desde lejos. Es mejor...</p>
-
-<p>Yo, no hice esto: mi vida está escrita a trozos, rápidamente,
-desordenadamente, según la viví. Como ella, estas páginas son una
-improvisación.<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span></p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a>III</h2>
-
-<p>Ha transcurrido mucho tiempo desde mi primer viaje, y mentiría si dijese
-que he sido feliz. La vida me maltrató bastante, trabajé sobrado y la
-realidad estuvo siempre en déficit doloroso con el ensueño. Vivir es
-echar a perder una ilusión.</p>
-
-<p>Como nací aristócrata, detesto al populacho, en quien la inclinación a
-lo feo es instintiva. Aborrezco esos individuos, enriquecidos por una
-pirueta de la Fortuna, pero desprovistos de cultura social, que ensucian
-con el betún o el barro de sus botas y la grasa de sus meriendas la
-pulcritud de mis divanes, y tiran sus colillas encendidas, y escupen en
-mi alfombra. ¡Oh! La primera vez que recibí un salivazo, hubiese querido
-descarrilar, romperme en mil pedazos, morir...</p>
-
-<p>También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la
-fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el
-automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis
-itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro
-seiscientos setenta milímetros...<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span></p>
-
-<p>Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso
-que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí
-lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario
-manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres
-“desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por
-eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor
-los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las
-voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y
-hasta las mismas razas tienen&mdash;como nosotros&mdash;en su Destino, una
-locomotora que las arrastra.</p>
-
-<p>En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo
-apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes,
-y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las
-unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor
-sumiso que todos profesamos a la máquina.</p>
-
-<p>Este cariño de sierva enamorada&mdash;cariño todo esclavitud&mdash;empecé a
-sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte
-del expreso Madrid-Hendaya; distinción que&mdash;más tarde lo supe&mdash;me captó
-el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban
-en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay
-envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades
-hacen los hombres...</p>
-
-<p>A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos,
-pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span>
-amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un
-dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró
-hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un
-silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me
-hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía
-una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al
-andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante,
-lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme
-hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo:
-la acompañaban un furgón de equipajes y un <i>sleeping-car</i>. Su aspecto
-infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y
-sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del
-“ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y
-latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí
-palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu...</p>
-
-<p>&mdash;¿Me hará daño?&mdash;pensé.</p>
-
-<p>Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era
-de dolor.</p>
-
-<p>Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de
-sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba
-rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo.
-La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí
-que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir...
-pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada&mdash;breve, seca, como una
-orden<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span>&mdash;retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado
-volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué
-retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así,
-repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto
-de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular
-presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos,
-y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo
-desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie
-de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me
-produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los
-hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer
-nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No
-obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más
-enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo,
-nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y
-reaccionaba. La máquina&mdash;después supe que la llamaban “La Recelosa” por
-el miedo con que entraba en las curvas&mdash;comenzó a apretar los frenos; en
-seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su
-obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me
-sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras
-extrañas sacudidas me estremecieron.</p>
-
-<p>El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un
-electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria
-llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción
-quemaba; no podían<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span> poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El
-“aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia
-súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores
-hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca;
-todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos;
-todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban
-bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos
-del cuarto-tocador.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bonito coche!&mdash;recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al
-marcharse.</p>
-
-<p>Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre
-quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su
-fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado,
-no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos
-tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el
-convoy, iluminado y vacío. Al cabo&mdash;¡cuánto se lo agradecí!&mdash;el
-<i>sleeping</i> me habló:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice el bisoño?...</p>
-
-<p>&mdash;Tengo miedo&mdash;repuse.</p>
-
-<p>Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha contestado el novato?&mdash;interrogó.</p>
-
-<p>Repetí.</p>
-
-<p>&mdash;Digo que tengo miedo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Más miedo tendrás&mdash;exclamó el <i>sleeping</i>&mdash;cuando echemos a andar: tú
-no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan
-puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!...</p>
-
-<p>Los viajeros iban llegando y repartiéndose<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span> a lo largo del convoy. Mi
-primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras
-ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas
-para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de
-baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor
-que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo.
-Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las
-siete, en punto, partimos. La máquina silbó.</p>
-
-<p>&mdash;Ya nos vamos&mdash;observó el <i>sleeping</i>.</p>
-
-<p>¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y
-de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo,
-porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza
-el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi
-los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina
-de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular,
-los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o
-rojos, había una advertencia...</p>
-
-<p>Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron
-los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he
-atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y
-bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al
-Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea
-Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego
-pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada
-sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span>” me
-compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la
-de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve
-vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral
-catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el
-tumultuoso trajín de los caminos de hierro.</p>
-
-<p>Hablaré primeramente de la máquina:</p>
-
-<p>Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de
-ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida
-moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos
-nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa
-que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las
-máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos
-inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo
-miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La
-Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La
-Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y
-los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y
-también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna
-otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a
-los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La
-Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander
-la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La
-Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”...</p>
-
-<p>No ofrecen los diccionarios palabras que ex<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span>presen el aplomo ufano, la
-confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes
-locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil
-pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así
-pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una
-velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el
-alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las
-iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará
-pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche
-sus ojos enormes&mdash;uno blanco, otro púrpura&mdash;aclararán el misterio
-entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los
-llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus
-frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a
-marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas
-veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde
-pase, su séquito puede avanzar también. En los choques&mdash;más de uno he
-sufrido&mdash;ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole,
-bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la
-unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la
-gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende
-alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles,
-transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida
-columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia
-retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién
-discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span> del Destino. La
-locomotora es el macho, es el sol...</p>
-
-<p>El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto
-admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más
-“de igual a igual”; que, al cabo, aunque los <i>sleepings</i> creen merecer
-más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a
-nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los
-“tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y
-desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar&mdash;pues
-nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para
-papelonear y empinarse&mdash;, lo cierto es que todos somos hermanos, pues
-ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad
-nos obliga a constantes armonía y obediencia.</p>
-
-<p>Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi
-nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos
-encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material
-rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que
-el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de
-Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de
-descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los
-lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun
-de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o
-mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas,
-cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una
-pendiente<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span> o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el
-“expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los
-crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña
-Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le
-queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las
-humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las
-épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un
-vaivén particular que nunca me engañaba.</p>
-
-<p>Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada
-momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan;
-son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados
-exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de
-“tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha
-inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los
-maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los
-destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando
-el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre
-sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre
-trabajar sin gusto, no se quieren!...</p>
-
-<p>Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y
-somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales
-se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con
-términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos
-de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser
-el más<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”,
-y el <i>sleeping</i>, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba,
-“La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo
-nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”.</p>
-
-<p>En las estaciones del tránsito cuchicheábamos:</p>
-
-<p>&mdash;La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de
-retraso.</p>
-
-<p>&mdash;Quien está fatigadísima es La Primera Actriz.</p>
-
-<p>&mdash;No habrá dormido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién
-casados?</p>
-
-<p>Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de
-España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es
-el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el
-coche-correo&mdash;el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas&mdash;;
-los dos furgones para equipajes, dos <i>sleeping-cars</i>, apellidados los
-“Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que
-no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el
-mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña
-Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho,
-particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos
-este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos
-viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y
-a su lado, fortalecido por ellos&mdash;todos eran más viejos que yo&mdash;afronté
-los primeros riesgos.</p>
-
-<p>¡Cuánta experiencia&mdash;que es sabiduría de<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span> “primera clase”&mdash;acumulé en el
-transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a
-desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de
-monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de
-ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían
-de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el
-aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la
-ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo
-ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana,
-me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además,
-en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi
-arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de
-furor...</p>
-
-<p>No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que
-es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren
-por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre
-parecen.<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span></p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2>
-
-<p>¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da
-el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender
-mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas
-después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de
-humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero
-engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin
-recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la
-limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los
-militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón
-hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor
-propio, se había puesto en pie.</p>
-
-<p>Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de
-Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su
-miedo me turbó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sucede algo?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Los túneles&mdash;balbuceó&mdash;; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con
-ellos...</p>
-
-<p>Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span> que eran puentes...
-Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía
-toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos
-acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito
-tableteó ensordecedor. Inquirí:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué silba La Recelosa?...</p>
-
-<p>El Tímido repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que
-te entierran!...</p>
-
-<p>No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis
-ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció
-volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Estamos sobre el Oyarzun!&mdash;gritó un <i>sleeping</i>.</p>
-
-<p>Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la
-otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una
-horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la
-máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres
-arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de
-magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre,
-la alegría del cielo que empieza a estrellarse...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya sabes lo que es un túnel!&mdash;me dijo el <i>sleeping</i> que iba a mi
-lado, y a quien mi inocencia divertía.</p>
-
-<p>El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel;
-había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de
-aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo
-apode<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span>rarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en
-mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía,
-las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En
-los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos
-cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio
-inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones,
-todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban.
-Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas
-oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu:
-me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y
-los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no
-atienden al paisaje.</p>
-
-<p>Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme.
-Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces
-llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo
-iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de
-hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un
-abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era
-exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una
-montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá
-abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una
-hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil:
-bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un
-gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span>
-una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en
-la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...</p>
-
-<p>Ya en Castilla, a la sazón llena de luna&mdash;era próxima la media noche&mdash;la
-tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta
-ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren
-silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura
-las almas de equilibrio.</p>
-
-<p>Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol,
-me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido,
-casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no
-estaba cansado.</p>
-
-<p>El <i>sleeping</i> se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de
-una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo marchas, chaval?&mdash;indagó.</p>
-
-<p>&mdash;Bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te duele el cuerpo?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde
-Miranda, tiene muy brusco el trato.</p>
-
-<p>Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había
-sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El
-Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que
-en Avila volveríamos a cambiar de máquina.</p>
-
-<p>&mdash;De Avila a Madrid&mdash;agregó&mdash;nos llevará La Caliente, que, como La
-Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras
-de mayor arrastre de la Compañía.</p>
-
-<p>Enfrentábamos la estación de Ataquines, úl<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span>timo pueblo de la provincia
-de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:</p>
-
-<p>&mdash;En pasando de Burgos&mdash;exclamó&mdash;lo mismo me da una máquina que otra. Yo
-adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca&mdash;tierra sin
-dobleces&mdash;donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el
-peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te
-hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo
-solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás,
-y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el
-Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.</p>
-
-<p>El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de
-los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en
-España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido
-reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo
-pintaron de negro definitivamente.</p>
-
-<p>Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia,
-sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo
-tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el
-remolón en las cuestas arriba.</p>
-
-<p>Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y
-seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la
-Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado
-de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso
-peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calla ya!&mdash;le supliqué&mdash;; ¿qué mejoras con asustarme?<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span></p>
-
-<p>No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir
-su miedo.</p>
-
-<p>&mdash;Tú has de verlo&mdash;repetía&mdash;, tú has de verlo; un día ese maldito nos
-tragará a todos.</p>
-
-<p>Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me
-colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto,
-condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña
-ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces?&mdash;murmuraron malhumorados los <i>sleeping</i>.</p>
-
-<p>Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a
-seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a
-silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo
-arranque de rebeldía, sin embargo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces, muchacho?&mdash;repitió el <i>sleeping</i>.</p>
-
-<p>Y El Tímido:</p>
-
-<p>&mdash;Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...</p>
-
-<p>Un <i>sleeping</i> tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa
-de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible
-imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca
-del primer túnel inicié&mdash;no me explico cómo&mdash;un ademán de retroceso que
-se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo
-un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo
-de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los
-furgones, Los Hermanos Sommier,<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span> El Tímido, El Presumido, Doña
-Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sucede? ¿Quién se para?...</p>
-
-<p>Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de
-Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se
-resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi
-cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”&mdash;decidí. Reanimado por esta
-noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las
-alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a
-Madrid.</p>
-
-<p>Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén
-descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo te sientes?...</p>
-
-<p>&mdash;Bien&mdash;repuse.</p>
-
-<p>Todo el convoy se preocupaba de mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás cansado?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nada te duele?</p>
-
-<p>&mdash;Nada.</p>
-
-<p>¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un
-solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me
-admiraban.</p>
-
-<p>&mdash;Propongo&mdash;dijo un <i>sleeping</i>&mdash;que a este buen mozo le llamemos El
-Cabal.</p>
-
-<p>Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.</p>
-
-<p>Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los
-vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su
-fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span> dilecto de éste, su
-principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador
-inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre
-el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes,
-otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos
-guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo
-empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de
-sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el
-temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del
-Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las
-cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá
-luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese
-apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae;
-todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos,
-la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más
-patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la
-muerte.</p>
-
-<p>Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado:
-siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que
-protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin
-advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan
-armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda
-del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”.
-Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra
-con esa alegría aventurera&mdash;ansia instintiva de desplazamiento&mdash;que yo
-llamaría “el placer de irse<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span>”.</p>
-
-<p>Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas
-divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues
-fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero
-los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me
-basta.</p>
-
-<p>En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los
-niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban
-mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me
-impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de
-observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta&mdash;palidez de
-drama&mdash;de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde,
-mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto
-en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse,
-caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que
-compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas
-siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré
-mientras viva.</p>
-
-<p>Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y
-difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque
-limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone
-muchos años de labor. Los hombres&mdash;en su mayoría frívolos y
-fatuos&mdash;raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto
-me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero
-hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda
-América, como si<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span> “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió
-trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que,
-por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las
-ventanillas porque “ya conoce el camino”...</p>
-
-<p>Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años&mdash;antes lo dije&mdash;he
-recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente.
-En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el
-análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el
-contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas:
-la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores&mdash;los
-pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de
-súbito, detrás de un monte&mdash;viene después. ¿Cuándo los hombres
-reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?</p>
-
-<p>Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un
-itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a
-la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San
-Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la
-célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos
-del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral
-burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de
-sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de
-Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del
-Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días
-Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la
-silueta&mdash;que forma horizonte&mdash;de Madrid, nos saldrá al ca<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span>mino. Muchos
-millares de personas saben todo esto; lo dicen las <i>Guías</i>...</p>
-
-<p>Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual
-necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo
-podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada
-paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro...
-ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según
-sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en
-lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de
-sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras
-impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados
-de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos
-vivimos de todo.</p>
-
-<p>Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la
-humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los
-expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el
-furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el
-vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de
-ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al
-escrutinio y clasificación de los viajeros.</p>
-
-<p>Así formé mi alma.</p>
-
-<p>Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo
-primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a
-ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al
-igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se
-nos quita de delante, se nos ausenta del<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> magín su recuerdo. Pero de
-otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde
-aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes
-agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la
-inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio
-millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya,
-se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado
-carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada,
-cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento
-cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un
-celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había
-engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me
-permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto
-copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se
-mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y
-en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que
-parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...</p>
-
-<p>La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio.
-¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se
-creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo
-que un alma desnuda.<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span></p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a>V</h2>
-
-<p>Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto
-suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar
-siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de
-mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme
-y oir lo que se charla dentro de mí.</p>
-
-<p>La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer
-orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la
-farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de
-otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que
-observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de
-comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución&mdash;yo
-tengo toda la seriedad de un real mozo&mdash;, sino de la alogía que los
-hombres sembraron en mí.</p>
-
-<p>Voy a explicarme:</p>
-
-<p>Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba
-sobre las puertas de mis<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span> compartimientos unas láminas de metal que
-decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de
-viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta
-única palabra misteriosa: “Alquilado”.</p>
-
-<p>En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a
-estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar
-donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi
-tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel
-departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no
-escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En
-cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a
-viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un
-enfermo?...</p>
-
-<p>Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron
-resquebrajándose.</p>
-
-<p>Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de
-porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y
-llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de
-granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para
-no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas,
-sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un
-lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba
-vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un
-poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda
-satisfacción.</p>
-
-<p>&mdash;Le gusta viajar solo y procura <span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span>aislarse&mdash;meditaba yo&mdash;; ¡bien se
-advierte en él a un refinado!...</p>
-
-<p>¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un
-“Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel
-caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:</p>
-
-<p>&mdash;¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...</p>
-
-<p>El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir.
-Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis
-cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío
-terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin
-embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:</p>
-
-<p>&mdash;Estoy helado&mdash;gemía&mdash;; todavía no he conseguido que mis ruedas entren
-en calor...</p>
-
-<p>En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi
-ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las
-puertecillas cerradas.</p>
-
-<p>&mdash;Podemos meternos aquí&mdash;propuso uno de ellos&mdash;; no hay nadie.</p>
-
-<p>Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía
-desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:</p>
-
-<p>&mdash;Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de
-ir vacío.</p>
-
-<p>Yo pensé:</p>
-
-<p>&mdash;¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su
-tabaco...</p>
-
-<p>Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra.
-Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fu<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span>mando,
-reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches...</p>
-
-<p>Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus
-almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño.
-Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de
-reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a
-decir:</p>
-
-<p>&mdash;Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.</p>
-
-<p>Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:</p>
-
-<p>&mdash;¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.</p>
-
-<p>Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les
-hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:</p>
-
-<p>&mdash;Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No
-fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa
-prohibición espanta al público.</p>
-
-<p>Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.</p>
-
-<p>&mdash;¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!&mdash;exclamó el más viejo&mdash;. ¡Y ya
-ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un
-adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...</p>
-
-<p>&mdash;En Italia&mdash;comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”&mdash;es
-“vietato fumare” hasta en los cementerios&mdash;a cuyos pobres huéspedes
-parece que ya ningún daño había de hacérseles&mdash;y en los trenes a los
-“fumatori” se<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span> les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que
-el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del
-tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras
-mujeres&mdash;y esto es decisivo&mdash;las gustan los fumadores...</p>
-
-<p>Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó,
-el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos
-luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su
-billete, preguntó burlón:</p>
-
-<p>&mdash;¿Podemos seguir fumando?</p>
-
-<p>El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:</p>
-
-<p>&mdash;Mientras a ustedes no les haga daño...</p>
-
-<p>Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No
-fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre
-comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y
-furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a
-reir.</p>
-
-<p>El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.</p>
-
-<p>A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya
-belleza&mdash;y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa&mdash;llamaba
-fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió,
-adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro,
-distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya;
-era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del
-<i>dining-car</i> empezó a recorrer el tren informando al público de que “la
-primera mesa<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span> iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó
-sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se
-dirigió al comedor.</p>
-
-<p>En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances
-galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con
-las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era
-un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar
-voluntades.</p>
-
-<p>&mdash;Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan
-nuestras camas&mdash;decían&mdash;se conocieron en él.</p>
-
-<p>Según supe después&mdash;los vagones nos lo contamos todo&mdash;la protagonista
-del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas
-llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en
-un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al
-par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin
-duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él
-acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron
-cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que&mdash;según
-expliqué en otro lugar&mdash;veo y oigo por todos mis poros.</p>
-
-<p>&mdash;En pasando Segovia&mdash;murmuró ella&mdash;puede usted venir...</p>
-
-<p>Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:</p>
-
-<p>&mdash;Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien
-perfumada?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; acaba de volver del comedor.</p>
-
-<p>&mdash;¡La misma! ¿Reparaste en si la acompa<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span>ñaba un mocetón americano, con
-hechuras de boxeador?...</p>
-
-<p>Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bravo!&mdash;exclamó jovial&mdash;; me juego una rueda a que esta noche le
-tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...</p>
-
-<p>Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver
-mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con
-aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le
-esperaba.</p>
-
-<p>&mdash;Entre...&mdash;susurró desde dentro una voz.</p>
-
-<p>Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.</p>
-
-<p>&mdash;Un hombre como él&mdash;pensé, jugando con la frase&mdash;es siempre un
-“reservado para señoras”...</p>
-
-<p>Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que
-el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje
-una mujer sola.</p>
-
-<p>En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento
-que los interventores procuran conservar vacío para, después de
-terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.</p>
-
-<p>¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis
-dependencias, la más sucia?...</p>
-
-<p>Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en
-tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si
-estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el
-rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span> los que
-ni siquiera se acuerdan de lavarse.</p>
-
-<p>Del grupo primero hay uno&mdash;casi siempre hombre&mdash;que, no bien comienza a
-despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de
-utensilios de aseo, y se encierra&mdash;se atrinchera, mejor dicho&mdash;en el
-cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse
-escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa
-interior, y a pulirse las uñas.</p>
-
-<p>Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y
-provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al <i>Water-Closet</i> y al
-cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el
-uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer
-viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire
-cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos
-instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y
-dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los
-que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una
-toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la
-necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos
-aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola”
-comienza a impacientarse. Una voz interroga:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero todavía no ha salido nadie?</p>
-
-<p>Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:</p>
-
-<p>&mdash;El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora
-que espero y soy “el quinto”...<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a
-luz!...</p>
-
-<p>Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor
-general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es
-“el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del
-vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco,
-del <i>Water-Closet</i>. De súbito, la puerta&mdash;¡oh!&mdash;del cuarto-tocador se
-abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como
-reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos
-le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va
-perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de
-desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara.
-Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a
-una ráfaga vernal, en la atmósfera densa&mdash;ambiente de alcoba&mdash;del
-pasillo.<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2>
-
-<p>Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han
-divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo
-sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo
-mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y
-dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos
-mujeres, habrá un escenario.</p>
-
-<p>Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y
-frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano.</p>
-
-<p>En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo
-Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada
-Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía
-por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y
-por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables.
-Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina
-del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a
-Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a
-desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy,<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span> antes de instalarse
-recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se
-quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente.
-Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía.
-Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual
-sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su
-espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos
-actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es
-una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él
-los objetos&mdash;paredes, muebles, árboles&mdash;entre quienes vivió unas horas y
-a los que fué simpático. Una costumbre&mdash;señores psicólogos&mdash;no es más
-que la simpatía que el hombre deja en las cosas...</p>
-
-<p>Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo
-Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos
-subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida
-modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina
-y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de
-artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y
-con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al
-oído, se apretaban las manos...</p>
-
-<p>Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio
-mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú les crees&mdash;dijo&mdash;marido y mujer?</p>
-
-<p>Sin vacilar, Ricardo repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que no.</p>
-
-<p>A pesar de esta afirmación categórica, ella<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> vacilaba; en su cerebro
-pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares.
-Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como
-andar sin corsé...</p>
-
-<p>Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no
-apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que
-representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación&mdash;muy
-frecuente entre mujeres descalificadas&mdash;a creer que fuera de la
-legalidad el amor no existe, la animaron a decir:</p>
-
-<p>&mdash;Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.</p>
-
-<p>&mdash;Si lo es&mdash;interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar&mdash;lo estará
-con otro.</p>
-
-<p>Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo
-volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra
-claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no
-había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de
-dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se
-alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir.
-Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se
-despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo,
-colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a
-Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos
-que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía
-que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano.
-Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se
-demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella,<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> cuyas
-pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad
-abrumadora:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...</p>
-
-<p>Y ella:</p>
-
-<p>&mdash;No me atrevo; calla... Serénate...</p>
-
-<p>Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en
-éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un
-departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.</p>
-
-<p>&mdash;Ven&mdash;murmuró desde la puerta.</p>
-
-<p>Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que
-su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible,
-casi con el aliento:</p>
-
-<p>&mdash;No tengas miedo... no hay nadie...</p>
-
-<p>Y ella:</p>
-
-<p>&mdash;No me atrevo...</p>
-
-<p>Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en
-su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:</p>
-
-<p>&mdash;Ven... ven...</p>
-
-<p>La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza,
-y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi
-dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado
-por el deseo, él aun pudo balbucir:</p>
-
-<p>&mdash;Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta...</p>
-
-<p>Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y
-salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon.</p>
-
-<p>Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se
-incorporó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias a Dios!&mdash;exclamó entre festivo<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> y malhumorado&mdash;que el joven
-de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán
-de qué hablar y nos dejarán tranquilos.</p>
-
-<p>Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ves?...</p>
-
-<p>Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se han ido?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;replicó el dramaturgo&mdash;; pero volverán. ¿Te convences ahora de que
-se quieren demasiado para ser matrimonio?...</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de
-pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo
-y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita
-quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se
-había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de
-verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa
-en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación.</p>
-
-<p>&mdash;Se ha despedido de ella y de nosotros&mdash;dijo&mdash;para despistarnos: pero
-sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están
-casados!...</p>
-
-<p>&mdash;Me figuro&mdash;contestó él&mdash;que la comedia no ha terminado aún: adivino
-una última escena.</p>
-
-<p>Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o
-más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que
-esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de
-mí y con la cara expec<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span>tante del hombre que aguarda, que busca, al
-escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a
-Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén;
-los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y
-fraternal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pedro!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?</p>
-
-<p>&mdash;De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Espero a mi mujer.</p>
-
-<p>Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de
-gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas.
-Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor
-con una mueca indefinible, glacial...</p>
-
-<p>&mdash;Pero... ¿qué es esto?&mdash;exclamó Guisola&mdash;; ¡oh, casualidad!...</p>
-
-<p>La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la
-Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que
-era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...&mdash;concluyó el
-escultor.</p>
-
-<p>Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis
-estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba,
-repetía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como
-hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a
-Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...</p>
-
-<p>Con cierto entono&mdash;aquel hombre fué toda<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span> su vida un poco
-teatral&mdash;procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió
-ceremonioso:</p>
-
-<p>&mdash;El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...</p>
-
-<p>Ricardo se inclinó.</p>
-
-<p>&mdash;La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre,
-hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.</p>
-
-<p>Y agregó, gravemente:</p>
-
-<p>&mdash;Mi señora...</p>
-
-<p>Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un
-saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no
-diría nunca lo que había visto.</p>
-
-<p>Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único
-que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola.<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2>
-
-<p>Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta
-Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido
-mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio,
-me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente
-entre un vagón que me impele&mdash;y que, a su vez, es empujado&mdash;y otro vagón
-que me arrastra&mdash;porque a él también lo arrastran&mdash;he perdido la fe, tan
-bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!...
-Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha
-concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones
-de una cadena, unidades del universal convoy?...</p>
-
-<p>Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios,
-como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos:
-porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar,
-soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de
-donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por
-todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y
-otros,<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van
-y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra,
-una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.</p>
-
-<p>Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones:
-todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de
-las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las
-locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la
-febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para
-nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por
-encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento
-folletinesco, de la niebla&mdash;la divina musa de los ojos cerrados&mdash;que en
-la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la
-alquitarada angustia de una indecisión...</p>
-
-<p>Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las
-quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes,
-abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos
-falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna
-estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna
-maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de
-aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;suele decirme Doña Catástrofe&mdash;necesito saber que tenemos máquina;
-“sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal
-de no estar solas, se casan con cualquiera.<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span></p>
-
-<p>Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por
-ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los
-Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino,
-nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos
-medioevales, “las llaves de Castilla”...</p>
-
-<p>Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo
-de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés
-pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor”
-que llegaron a España.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!&mdash;decía&mdash;; las
-locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o
-chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión
-viajó conmigo un señor ministro... o senador&mdash;no recuerdo bien&mdash;a quien
-todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y
-poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una
-ventanilla, saludó a un señor&mdash;que luego supe le administraba varias
-haciendas&mdash;y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A
-la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con
-urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la
-marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”&mdash;indagaba don José. Su
-colocutor contestaba:&mdash;“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo,
-como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”&mdash;“¿Y la langosta?”&mdash;“No se ha
-presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media
-hora, preguntando el uno y el otro respondiendo,<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> hasta que, agotado el
-diálogo, el rústico exclamó:&mdash;“Bueno, don José: deme licencia para
-marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y
-quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió
-delante.</p>
-
-<p>También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja
-ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por
-primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea
-propietario de un burro, pueda casarse...</p>
-
-<p>Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido&mdash;notable
-embustero&mdash;solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.</p>
-
-<p>En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y
-vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo;
-de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío
-a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí
-es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la
-estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro
-lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas
-son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si
-no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha&mdash;si bien
-muy de tarde en tarde&mdash;los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco,
-nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo
-Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del
-mundo.</p>
-
-<p>Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba
-aún con mayor<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la
-Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura.
-Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos
-rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La
-Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había
-patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del
-furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones
-detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento
-nos dictaba ideas lúgubres.</p>
-
-<p>En Avila, La Caliente&mdash;que apenas había hecho justicia a su nombre&mdash;se
-marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto
-que&mdash;no me explico el olvido&mdash;había quedado a la intemperie. Su aspecto
-me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un
-viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente
-frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez&mdash;pensé&mdash;estaré
-yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no
-pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...</p>
-
-<p>La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la
-presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña
-Catástrofe renegaba.</p>
-
-<p>&mdash;Como ésa tarde mucho en venir&mdash;aludía a la máquina&mdash;voy a quedarme
-helado.</p>
-
-<p>Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de
-atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que
-nunca.<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Esta maldita&mdash;meditaba yo&mdash;va a hacernos pasar esta noche un mal rato.</p>
-
-<p>A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía,
-por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.</p>
-
-<p>&mdash;La Tirones ha bebido y está borracha&mdash;decía El Presumido.</p>
-
-<p>¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser
-normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres
-blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve.
-Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El
-terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a
-la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que
-La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren.
-Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante
-largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...</p>
-
-<p>Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora
-comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin
-interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro
-inminente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sucede?&mdash;nos interrogábamos unos a otros.</p>
-
-<p>La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el
-recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El
-camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar
-hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo,
-algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se
-preguntaban:<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué grita la máquina así?</p>
-
-<p>El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:</p>
-
-<p>&mdash;Un hombre acaba de arrojarse a la vía.</p>
-
-<p>Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.</p>
-
-<p>Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos
-y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con
-celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último
-furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa
-de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco.
-Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de
-sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los
-coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada
-vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones
-le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón
-cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del
-Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo
-aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la
-columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando
-entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre,
-sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El
-convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo
-torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la
-nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...</p>
-
-<p>Durante todo el viaje el recuerdo de la terri<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span>ble escena me acongojó. El
-cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido
-de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la
-izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque
-muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había
-en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo
-hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo
-contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la
-sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella
-frente, habían apagado una luz.</p>
-
-<p>Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada,
-tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña
-Catástrofe trató de aliviarme:</p>
-
-<p>&mdash;¡No te apures, Cabal!&mdash;exclamó&mdash;; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido?
-Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha
-sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando
-que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre.</p>
-
-<p>Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían
-consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que,
-veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió
-el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los
-empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos
-días.</p>
-
-<p>Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las
-gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span>
-había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el
-mar, se perdían en la melancolía del mismo color.</p>
-
-<p>A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy
-Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o
-nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro
-horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de
-Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era
-blanco...</p>
-
-<p>Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para
-los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los
-árabes, el violeta; para los europeos, el negro.</p>
-
-<p>Yo pensé:</p>
-
-<p>“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...”</p>
-
-<p>La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar
-de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca
-del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la
-noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un
-campo nevado.</p>
-
-<p>Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los
-colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del
-espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los
-cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la
-más fecunda, es negra. En Africa&mdash;aseguran&mdash;como en el Brasil, la
-naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias
-genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta,
-la más llena de instintos,<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> es la negra. Shakespeare no comprendió que
-Otello tuviese los ojos azules.</p>
-
-<p>Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente,
-su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad
-penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la
-frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas
-muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve.</p>
-
-<p>La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace
-pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a
-polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio,
-adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último
-gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno
-equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su
-colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus
-miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió
-a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde,
-cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes
-resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían
-aún...</p>
-
-<p>Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los
-linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de
-las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera
-preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del
-mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las
-cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla,
-inmó<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span>vil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los
-arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores:
-una especie de humareda yerta invade el espacio.</p>
-
-<p>La nieve también es el silencio.</p>
-
-<p>Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase
-que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras
-están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan
-despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes
-caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz
-asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de
-noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos,
-oblicuos, parecen lápidas.</p>
-
-<p>La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los
-vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la
-voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte.
-Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así.
-Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se
-cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las
-olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto,
-todo frío, todo blanco...</p>
-
-<p>A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe
-seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al
-convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con
-el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo,
-El Tímido, El Presumido, los<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span> Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos
-volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la
-atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles
-limpios, camareros de frac...</p>
-
-<p>A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos
-kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de
-estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta,
-Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín,
-Ormaiztegui...</p>
-
-<p>Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto:</p>
-
-<p>&mdash;¿Os acordáis?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí&mdash;respondimos todos.</p>
-
-<p>Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No
-tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido
-sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería
-decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al
-muerto?...</p>
-
-<p>De pronto, casi a la vez, exclamamos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí fué!...</p>
-
-<p>Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que
-despertó a los viajeros.<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2>
-
-<p>Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de
-estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los
-Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores
-y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San
-Antonio de la Florida.</p>
-
-<p>La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba
-un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría.
-En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se
-modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del
-furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la
-vanguardia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien colocado vas, Cabal!&mdash;me gritó el compañero que había pasado a
-ocupar mi puesto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;repuse.</p>
-
-<p>&mdash;Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la
-máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas
-tocarte.</p>
-
-<p>&mdash;Más viejo eres que yo&mdash;repliqué&mdash;y motivos tendrás para hablar como lo
-haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span> Caliente han de
-sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir
-soy yo.</p>
-
-<p>Mi colocutor exclamó sentencioso:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los
-requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el
-mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste
-en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy
-poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una
-operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro
-del Destino es el único libro en donde todo “está bien”.</p>
-
-<p>No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura
-invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y
-cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a
-poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a
-tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de
-la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las
-rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen
-caretas...</p>
-
-<p>Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una
-señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con
-una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de
-pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su
-esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar
-periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque
-sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el
-as<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span>pecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó
-cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y
-decepcionados&mdash;ojos que habían visto mucho&mdash;, que iba y venía
-escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una
-vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me
-pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella.</p>
-
-<p>La señora decía a su marido:</p>
-
-<p>&mdash;Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida...</p>
-
-<p>Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora,
-mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al
-caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté
-al compañero que me seguía:</p>
-
-<p>&mdash;Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido
-de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo,
-metidos en la abertura del chaleco?...</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé quién dices&mdash;atajó El Misántropo&mdash;; viaja detrás de mí, en El
-Tímido. ¿Te interesa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Uno?&mdash;repitió&mdash;; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que
-un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer.</p>
-
-<p>Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y
-bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles
-antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es
-porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles
-hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> y ella la que,
-misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un
-tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?...
-¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...”</p>
-
-<p>Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus
-labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente
-desdeñoso. Yo meditaba:</p>
-
-<p>&mdash;Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no
-se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera
-al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por
-caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso
-rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene
-razón de ser”...</p>
-
-<p>Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa:</p>
-
-<p>&mdash;¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré...</p>
-
-<p>Contuvo un bostezo. El exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar.</p>
-
-<p>La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa
-blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible.
-Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama...</p>
-
-<p>&mdash;¿No habrá aquí nada malo?...</p>
-
-<p>El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa
-de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué
-bien se vive al lado de una compañera así!...<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span>”</p>
-
-<p>&mdash;Creo que no&mdash;dijo&mdash;; el librero me aseguró que era una novela “para
-señoras”...</p>
-
-<p>Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan
-cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces
-oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede
-usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es
-para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes
-así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden
-por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en
-árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral
-nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que
-no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha
-el país!...</p>
-
-<p>La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una
-horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el
-asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse,
-lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra
-en la que no había pecado.</p>
-
-<p>El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el
-interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que
-entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de
-riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los
-billetes, el interventor exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que usted se apea en Medina?</p>
-
-<p>&mdash;Desgraciadamente&mdash;replicó don Adelardo&mdash;: Carmen, mi señora, va a San
-Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el ve<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span>rano. Yo, me
-quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una
-Fábrica.</p>
-
-<p>A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo.
-Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse
-tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por
-la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba
-anhelante, la respiraba, parecía bebérsela.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame&mdash;rogaba el marido.</p>
-
-<p>&mdash;Lo haré así; ¡como siempre!...</p>
-
-<p>&mdash;¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte!</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame.</p>
-
-<p>El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida:</p>
-
-<p>&mdash;Mi alma...</p>
-
-<p>&mdash;Adiós&mdash;repetía la esposa&mdash;; adiós...</p>
-
-<p>&mdash;¡Mi vida!...</p>
-
-<p>&mdash;Ten cuidado; corre... que el tren se marcha.</p>
-
-<p>Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón,
-él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le
-enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las
-manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las
-frases acongojadoras de las despedidas:</p>
-
-<p>&mdash;Te quiero; no me olvides...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós...</p>
-
-<p>Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y
-partimos.</p>
-
-<p>Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo
-hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió,
-exhaló un suspiro de liberación y<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> levantó el cristal. ¡Cuánto se lo
-agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el
-bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero
-del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi
-maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más:
-era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Carmen!&mdash;murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un
-gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo.</p>
-
-<p>Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se
-lo impidió.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntate enfrente de mí&mdash;murmuró&mdash;y sé prudente; el inspector conoce a
-mi marido...</p>
-
-<p>La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros,
-esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...”</p>
-
-<p>Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y
-de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital
-donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el
-viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo,
-apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna
-vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego
-tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios.
-La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un
-valor de varios millones.</p>
-
-<p>¡Y, sin embargo&mdash;reflexionaba yo&mdash;, ella no le quiere!... El delito no
-era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los
-barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las
-leyes, el pájaro azul<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span> de la ilusión canta victorioso, y no siempre
-queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en
-la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido
-un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y
-desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia.
-¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su
-marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé,
-ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la
-lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único
-cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido&mdash;y ante el
-desengaño del matrimonio&mdash;suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como
-de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia&mdash;dentro o no de
-los Códigos&mdash;es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de
-la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”;
-mientras en Occidente cada hombre cuida&mdash;<i>in pártibus</i>&mdash;de las mujeres
-ajenas.</p>
-
-<p>Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente,
-tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad
-de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna.</p>
-
-<p>El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al
-llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de
-la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el
-expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente,
-aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un
-buen beso fuer<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span>te y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su
-marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a
-su compañera una sortija.</p>
-
-<p>&mdash;En recuerdo&mdash;murmuró&mdash;de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo
-muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a
-estar juntos.</p>
-
-<p>Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de
-alegría infantil; acaso&mdash;¡oh, dolor!&mdash;hubo en ellos un poquito de
-codicia también...</p>
-
-<p>Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija,
-que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero
-de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor
-tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella
-sabía tasar una joya!... Después&mdash;me parece que sin prisa&mdash;, dentro del
-aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar:</p>
-
-<p>“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la
-sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una
-tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!...
-¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda
-lucir la sortija cuando esté a su lado...”</p>
-
-<p>No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que
-los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras
-eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su
-corazón. Continuó meditando:</p>
-
-<p>“Lo mejor será borrar esa inscripción compro<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span>metedora. Yo le diré a Juan
-que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se
-enfadará...”</p>
-
-<p>El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y
-hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco
-los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje
-habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea,
-“tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de
-claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca
-del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar
-muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al
-salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros.
-Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las
-actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros
-pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y
-lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero;
-el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó.
-La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se
-aburría; entonces, a no ser por la sortija...</p>
-
-<p>La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la
-obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija!</p>
-
-<p>&mdash;¡La he olvidado en el lavabo!&mdash;bisbiseó.</p>
-
-<p>Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con
-zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi tre<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span>pidar,
-y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una
-curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a
-no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto
-asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh!&mdash;rugió desesperada.</p>
-
-<p>Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar
-su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los
-nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía
-a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero:</p>
-
-<p>&mdash;Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie
-viene por gusto...</p>
-
-<p>Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con
-aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha visto usted una sortija?</p>
-
-<p>&mdash;No, señora.</p>
-
-<p>&mdash;Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante...</p>
-
-<p>Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los
-ojos. Esta hizo un ademán inocente:</p>
-
-<p>&mdash;Acaso esté&mdash;dijo&mdash;; verdaderamente, yo no he mirado.</p>
-
-<p>Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones,
-arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido;
-introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió
-papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose,
-aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con
-quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero,
-¿quié<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span>nes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba
-febril.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacer&mdash;repetía&mdash;, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!...</p>
-
-<p>Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su
-busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada
-había visto, pero prometió informarse; preguntaría...</p>
-
-<p>&mdash;Que la sortija aparezca&mdash;dijo&mdash;, depende, como usted comprende bien,
-de la honradez de quien la haya encontrado.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo&mdash;afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos
-desconocidos que vió al salir del “tocador”&mdash;que la tiene un viajero de
-mi coche; o del coche que va delante del mío...</p>
-
-<p>Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que
-aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de
-buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba
-rota...</p>
-
-<p>Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que
-iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido
-con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo
-había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron,
-interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos
-mientras se oprimían las manos.</p>
-
-<p>Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste:</p>
-
-<p>“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge
-tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span>”</p>
-
-<p>Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron
-dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienes?...</p>
-
-<p>Carmen repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Los nervios; no es nada.</p>
-
-<p>Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la
-sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí
-decirle&mdash;pensó&mdash;que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se
-quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una
-bruta!...”</p>
-
-<p>Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y
-febriles. Su marido llegó a inquietarse.</p>
-
-<p>Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.</p>
-
-<p>&mdash;Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre
-delante.</p>
-
-<p>Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde,
-repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Esa sortija no es mía.</p>
-
-<p>Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don
-Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es tuya?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las
-piedras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es bonita!&mdash;murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja&mdash;;
-bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...</p>
-
-<p>En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla.
-Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija,
-diciéndole:<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No es nuestra.</p>
-
-<p>El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a
-pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía
-delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O
-las sortijas extraviadas serán dos?”&mdash;pensó. Desconcertado y receloso,
-pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase
-a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.</p>
-
-<p>&mdash;Te ha confundido con otra viajera&mdash;comentó don Adelardo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sin duda!...</p>
-
-<p>Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía
-a su semblante. El esposo continuó:</p>
-
-<p>&mdash;¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese
-quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada
-tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante.
-¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...</p>
-
-<p>Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su
-pensamiento:</p>
-
-<p>&mdash;O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la
-inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.</p>
-
-<p>La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la
-sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos.
-Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se
-desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al
-vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Mi señora&mdash;explicó&mdash;se ha enamorado de ella.</p>
-
-<p>El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad:
-él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de
-que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.</p>
-
-<p>Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer
-continuarán dichosos.</p>
-
-<p>De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi
-juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto
-perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.</p>
-
-<p>&mdash;De cosas peores&mdash;insistía El Presumido&mdash;ha sido testigo cualquiera de
-nosotros.</p>
-
-<p>Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:</p>
-
-<p>&mdash;Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de
-ella?...<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span></p>
-
-<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2>
-
-<p>Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra
-frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A
-nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.</p>
-
-<p>Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del
-expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.</p>
-
-<p>&mdash;Estad prevenidos&mdash;dijeron&mdash;porque hoy traemos mala gente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son?&mdash;indagamos.</p>
-
-<p>&mdash;Cuatro bandidos de los más célebres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe vuestra policía que venían a España?</p>
-
-<p>&mdash;Nos parece que no.</p>
-
-<p>Pedimos detalles.</p>
-
-<p>&mdash;Todos visten bien y son jóvenes&mdash;respondieron nuestros cofrades
-traspirenaicos&mdash;; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta
-años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde
-París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano,
-le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y
-la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio
-de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span> dos compañeros, Jacobo Dommiot y
-Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches
-distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el
-Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo
-sin duda una consigna, saltaron a la vía.</p>
-
-<p>El narrador concluyó:</p>
-
-<p>&mdash;Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus
-compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.</p>
-
-<p>Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de
-nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los
-cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.</p>
-
-<p>&mdash;“El bello Raúl”&mdash;nos respondieron&mdash;es el único que lleva bigote; tiene
-la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de
-una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su
-espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al
-andar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Cardini?...</p>
-
-<p>&mdash;El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le
-corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra
-cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de
-corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot,
-especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro.
-Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están
-afeitados.</p>
-
-<p>El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su
-país; y nosotros, a la<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span> hora señalada, partimos con rumbo a San
-Sebastián. Cierta inquietud folletinesca&mdash;trepidación de aventura&mdash;nos
-sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos:</p>
-
-<p>&mdash;¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido?</p>
-
-<p>&mdash;No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo?</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco.</p>
-
-<p>Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida
-rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al
-cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos
-se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para
-trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco
-de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos
-más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas
-delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar.</p>
-
-<p>Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a
-Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al
-“bello Raúl”, cuya gallardía&mdash;si el remoquete que le señalaba era
-justo&mdash;debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su
-mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a
-sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas
-no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los
-segundos me atraían mejor. El policía&mdash;reflexionaba yo&mdash;tiene una
-importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón,
-pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span> igual de las
-cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido
-muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio
-del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad
-del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El
-ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto”
-de la injusticia colectiva, el público&mdash;aun en contra de sus
-intereses&mdash;en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la
-novela, aplaude al ladrón...</p>
-
-<p>Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó:</p>
-
-<p>&mdash;Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que
-nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los
-periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados
-Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos
-internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de
-imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como
-<i>gentlemen</i>; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más
-rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y
-saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque.
-Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el
-talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario
-de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los
-trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios
-actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde
-la ilustración y la buena alimentación<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span> han intensificado la vida, la
-carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se
-dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que
-nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos
-cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha
-peleado en los <i>rings</i>; Jacobo Dommiot debe de tener también algún
-oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce
-jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?...</p>
-
-<p>Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto
-había visto, tenía razón.</p>
-
-<p>Doña Catástrofe continuó:</p>
-
-<p>&mdash;Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un
-bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo
-también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los
-pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar
-con maña o por la fuerza, España&mdash;como en todo&mdash;se quedó rezagada.
-Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que
-apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo
-rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el
-extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los
-perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por
-gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco.
-Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el
-fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan
-admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida
-del crimen: nuestro país pro<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span>duce pocos asesinos innatos; aquí
-únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”;
-y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin
-entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios,
-por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van
-cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen
-persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa,
-entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz...</p>
-
-<p>Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido,
-que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos
-de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:</p>
-
-<p>&mdash;Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable,
-grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición
-insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala
-alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil.
-Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una
-mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un
-individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la
-techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le
-vería. “Debe de ser un ladrón”&mdash;se dijo el guardafreno. Pudo mandar
-parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de
-aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El
-bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo
-coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que
-se entregase. El interpe<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span>lado no contestó; le miraba. Entonces el otro,
-temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a
-mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el
-fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando
-la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!...
-¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de
-la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más
-de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a
-la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón,
-recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de
-cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por
-encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero
-podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los
-temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno,
-sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a
-intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban
-sentados&mdash;no les era posible mantenerse de pie&mdash;y a breve distancia uno
-de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su
-enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el
-otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba,
-buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado
-apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel
-momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le
-desarmó. El ladrón se rindió a dis<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span>creción, y en El Escorial fué
-entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre
-animoso&mdash;si tú quieres&mdash;, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que
-un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo
-nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y
-subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un
-analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese
-comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse
-doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que
-realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el
-fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se
-empieza!...</p>
-
-<p>Le interrumpí para decirle:</p>
-
-<p>&mdash;Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.</p>
-
-<p>&mdash;Me gusta&mdash;replicó Doña Catástrofe&mdash;que cada cual conozca y descuelle
-en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y
-que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa
-rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso
-de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy
-buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven,
-precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente
-vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados
-son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué
-gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido
-a los hombres en el corazón.<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span></p>
-
-<p>Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no
-habló más.</p>
-
-<p>Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso,
-maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera
-subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno
-análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria
-sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde
-él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en
-otra cosa.</p>
-
-<p>En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden
-franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña,
-sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su
-cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su
-distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso,
-quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de
-viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano,
-nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le
-preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Queda alguna cama?...</p>
-
-<p>&mdash;Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le
-cobraré el “suplemento”.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...</p>
-
-<p>&mdash;Cuando usted guste.</p>
-
-<p>El religioso, muy amablemente&mdash;acaso con una leve ironía&mdash;, saludó a los
-viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del
-departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este
-comentario:</p>
-
-<p>&mdash;Los hombres que hacen voto de pobreza y,<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span> como en elogio de la
-miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y,
-mucho menos, en <i>sleeping</i>!...</p>
-
-<p>Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco
-sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la
-cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que
-ellos&mdash;mejor educados, tal vez&mdash;no se atrevieron a decir. Las personas
-toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.</p>
-
-<p>El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez
-desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la
-extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente
-confortable, mullido, lujoso...</p>
-
-<p>Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña
-Catástrofe me había hecho.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí un hombre&mdash;pensé&mdash;que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span></p>
-
-<h2><a name="X" id="X"></a>X</h2>
-
-<p>Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de
-Córdoba a Sevilla, mi familia&mdash;al convoy yo lo llamo “mi familia”&mdash;había
-comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña
-Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que
-disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones
-terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de
-quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la
-fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre
-de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una
-somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es
-la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar
-los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo,
-correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla.
-Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada
-de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro
-desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el
-descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante.<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> Vemos llegar la
-muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos
-hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al
-Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por
-Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta:</p>
-
-<p>&mdash;Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco
-minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo
-presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis
-ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas
-cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia,
-me veáis convertido en astillas.</p>
-
-<p>La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a
-recogernos, y bajo su recuerdo depresivo&mdash;un recuerdo al que se mezclaba
-algo supersticioso&mdash;salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba
-desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la
-noche, lóbrega y húmeda, un gran frío&mdash;un frío que era miedo&mdash;me
-traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado
-que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.</p>
-
-<p>&mdash;Oye, Misántropo&mdash;le dije.</p>
-
-<p>Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar
-no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como
-todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus
-lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo
-el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el
-horno<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span> para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de
-rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza
-ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos
-ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo
-corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego
-sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi
-temor a morir.</p>
-
-<p>El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las
-luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante,
-el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi
-atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados,
-en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían
-puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados,
-cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya
-tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un
-convoy trágico.</p>
-
-<p>A mis preguntas, El Misántropo contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a
-Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.</p>
-
-<p>Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis
-compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los
-choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una
-procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.</p>
-
-<p>Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna,
-y con las luces pri<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span>meras del amanecer y el cantar batallador de los
-gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media
-mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi
-melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias
-horas.</p>
-
-<p>Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La
-Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de
-hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante
-concurrencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!&mdash;me gritó un compañero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tanto he dormido?&mdash;pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Toda la tarde.</p>
-
-<p>Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso:</p>
-
-<p>&mdash;Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no
-podamos dormir.</p>
-
-<p>En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo dices por los ladrones franceses?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Les has visto?</p>
-
-<p>&mdash;Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se
-hablan: demuestran no conocerse.</p>
-
-<p>Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración
-semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la
-salida del primer toro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son?&mdash;dije.</p>
-
-<p>&mdash;Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser
-Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera...<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> Le corta
-los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.</p>
-
-<p>&mdash;¡El mismo!&mdash;exclamé&mdash;; ¿y el otro?</p>
-
-<p>&mdash;Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros.
-Creo que es Dommiot.</p>
-
-<p>El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira... mira!...</p>
-
-<p>Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus
-ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la
-figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello
-Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina,
-se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?&mdash;decía yo.</p>
-
-<p>&mdash;Pienso que sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Irán a asaltar el tren?...</p>
-
-<p>Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí
-hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:</p>
-
-<p>&mdash;Recuerda&mdash;dijo&mdash;lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si
-fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de
-ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...</p>
-
-<p>Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el
-coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola.
-Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que
-los cito, al Pre<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span>sumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos
-Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo,
-pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de
-vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal
-vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis
-plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de
-los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y
-de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero
-andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle
-llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de
-gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.</p>
-
-<p>Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban
-un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud:
-ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se
-despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que
-acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un
-individuo vestido con una blusa blanca, repetía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Almohadas de viaje!...</p>
-
-<p>“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en
-que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido.
-Yo estaba inconsolable.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué lástima!&mdash;suspiré.</p>
-
-<p>Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que
-esos desalmados, si por<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span> acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un
-tiro?...</p>
-
-<p>No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido
-para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente
-irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más,
-participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo
-eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo
-le preguntaba a Doña Catástrofe:</p>
-
-<p>&mdash;Oye: ¿qué hacen “esos”?...</p>
-
-<p>&mdash;Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Cardini?</p>
-
-<p>&mdash;No hace nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Duerme?</p>
-
-<p>&mdash;No: ni lee ni duerme: mira.</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién?&mdash;insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores,
-el prólogo de un drama.</p>
-
-<p>&mdash;A nadie&mdash;replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe&mdash;; Cardini no
-parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra
-el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho
-peor...</p>
-
-<p>Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo,
-era curioso, indagaba:</p>
-
-<p>&mdash;Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio.</p>
-
-<p>El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la
-pregunta:</p>
-
-<p>&mdash;Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace
-Mauricio?</p>
-
-<p>&mdash;Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando.<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Viaja contigo mucha gente?</p>
-
-<p>&mdash;Voy completo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállate, salvaje!...</p>
-
-<p>El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en
-memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña
-Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era
-así, y realmente se querían como hermanos.</p>
-
-<p>Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al
-Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace “el bello Raúl”?...</p>
-
-<p>&mdash;Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos
-cerrados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Duerme, efectivamente?</p>
-
-<p>&mdash;No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.</p>
-
-<p>De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible
-que&mdash;semejantes a eslabones&mdash;formaban nuestras preguntas y respuestas.
-Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir
-borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus
-figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella
-rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus
-armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del
-convoy.</p>
-
-<p>A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas
-interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con
-que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace Dommiot?</p>
-
-<p>&mdash;Leer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el italiano?</p>
-
-<p>&mdash;Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Mauricio?</p>
-
-<p>&mdash;Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Raúl?...</p>
-
-<p>&mdash;“El bello Raúl” duerme... o lo finge...</p>
-
-<p>Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y
-nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la
-mayoría de los trenes&mdash;mercancías o correos&mdash;que se cruzaban con
-nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de
-democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad...</p>
-
-<p>&mdash;Llevamos gente sospechosa&mdash;les gritábamos al pasar.</p>
-
-<p>Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de
-quiénes les hablábamos, respondían:</p>
-
-<p>&mdash;¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la
-vuelta!...</p>
-
-<p>&mdash;Sí... sí...</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena noche!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Buen viaje!...</p>
-
-<p>Todos&mdash;ellos y nosotros&mdash;nos interpelábamos a la vez, las locomotoras
-silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran
-en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba
-con nosotros,<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span> volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa.</p>
-
-<p>Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto
-los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente,
-envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y
-en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el
-hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen.
-En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el
-aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido
-todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en
-el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los
-insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto
-amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les
-restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro
-de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas&mdash;creo
-haber dicho que cada viajero era una idea para mí&mdash;me daba la prestancia
-de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los
-pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras
-folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían
-propósitos belicosos, y eran aburridos como policías.</p>
-
-<p>Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me
-comunicó esta observación:</p>
-
-<p>&mdash;Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de
-Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span> visto
-sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se
-interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen
-pactado. Estoy intranquilo.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El
-Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al
-pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj...
-Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro
-hombres procedían movidos por una consigna.</p>
-
-<p>Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña
-Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno,
-todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a
-acometer a los viajeros.</p>
-
-<p>&mdash;Son pocos&mdash;interrumpí&mdash;, no creo que se atrevan...</p>
-
-<p>&mdash;He ahí mi miedo&mdash;replicó el viejo vagón&mdash;, que no operen solos, sino
-en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para
-descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...</p>
-
-<p>Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir.
-Pregunté:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es muy peligroso descarrilar?</p>
-
-<p>&mdash;Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve
-veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.</p>
-
-<p>&mdash;Pero el maquinista y el fogonero&mdash;repliqué&mdash;no cesan de otear el
-camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían
-para parar.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es
-obscura y el<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una
-curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos,
-ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La
-Tirones frena mal.</p>
-
-<p>De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron
-a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay novedad en la vía?&mdash;le gritamos.</p>
-
-<p>&mdash;¡No!...&mdash;repuso.</p>
-
-<p>Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la
-contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita;
-podíamos seguir.</p>
-
-<p>No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de
-desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña
-Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba
-con amor paternal, intentó serenarme.</p>
-
-<p>&mdash;No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos
-delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos
-seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.</p>
-
-<p>Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su
-coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar
-junto al antiguo boxeador, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos.</p>
-
-<p>Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado.
-Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña
-Catástrofe:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahí van!... ahí les tienes...</p>
-
-<p>Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> del lance y se sentía a
-salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De
-ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que
-tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.</p>
-
-<p>Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron
-delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña
-Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas
-cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos,
-palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente,
-repartía órdenes:</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabéis que yo defiendo la puerta.</p>
-
-<p>Todos afirmaron.</p>
-
-<p>&mdash;Tú&mdash;prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini&mdash;te quedas en el pasillo.</p>
-
-<p>El italiano asintió.</p>
-
-<p>&mdash;Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.</p>
-
-<p>Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.</p>
-
-<p>&mdash;Y si alguno se resiste&mdash;concluyó&mdash;le dais un buen golpe. Conviene
-trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy
-extremo.</p>
-
-<p>Dicho esto, todos penetraron en mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién iba a creer, Cabal&mdash;musitó Doña Catástrofe&mdash;que la fiesta iba a
-ser en honor tuyo?...</p>
-
-<p>“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente
-que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron
-y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y
-montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> tránsito,
-penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas
-sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:</p>
-
-<p>&mdash;Venga el dinero&mdash;decía&mdash;, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No
-intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos
-muchos.</p>
-
-<p>Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los
-relojes... las sortijas...</p>
-
-<p>Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en
-actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil,
-les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los
-viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a
-discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el
-asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos:
-quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos;
-quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a
-túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot
-iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio,
-siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes,
-dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin
-volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.</p>
-
-<p>&mdash;No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio&mdash;advirtió
-Dommiot&mdash;porque les asesinaríamos.</p>
-
-<p>Dicho esto apagó la luz&mdash;como invitando a<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span> los desvalijados a reanudar
-su sueño&mdash;y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre
-callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde
-la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en
-medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo
-las cadenas del pánico&mdash;no hay ligaduras que sujeten mejor&mdash;se dejaban
-robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el
-terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot,
-por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro
-minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de
-corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón.
-¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban
-constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sucede algo?</p>
-
-<p>Y los del italiano:</p>
-
-<p>&mdash;Nada: todo marcha bien.</p>
-
-<p>Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de
-Cardini, interrogaban:</p>
-
-<p>&mdash;¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...</p>
-
-<p>Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban:</p>
-
-<p>&mdash;No...</p>
-
-<p>Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para
-escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades
-centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era
-más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme
-con el coche-correo, iba medio ais<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span>lado, y mis viajeros, para huir a
-otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la
-misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.</p>
-
-<p>El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no
-podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente,
-mis compañeros me demandaban.</p>
-
-<p>Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces,
-una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero
-Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo,
-sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en
-el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se
-esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un
-pie sobre los cabellos.</p>
-
-<p>La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se
-mostraban inertes y dóciles.</p>
-
-<p>&mdash;Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata...
-¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!&mdash;repetía Dommiot.</p>
-
-<p>Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de
-prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho
-un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo
-le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de
-sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni
-Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los
-restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles:
-“Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen uste<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span>des
-neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie
-se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados,
-continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una
-fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que
-luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de
-estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿no acabas con él?&mdash;murmuró Mauricio.</p>
-
-<p>En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le
-oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en
-los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra
-vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador
-recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron
-que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Tira&mdash;ordenó uno de ellos al italiano.</p>
-
-<p>Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había
-agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y
-los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se
-precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...</p>
-
-<p>El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la
-inglesa, replicó fríamente:</p>
-
-<p>&mdash;Si no le mato, no acabamos en toda la noche.</p>
-
-<p>La detonación y el desapacible chirriar de los<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> frenos, despertaron al
-resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros
-salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:</p>
-
-<p>&mdash;¡Atrás!... ¡Atrás!...</p>
-
-<p>Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi
-plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos
-más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban
-voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían
-iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el
-guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños
-aspavientos.</p>
-
-<p>Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un
-grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía
-desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ladrones!... ¡Socorro!...</p>
-
-<p>Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban
-contra los fugitivos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Abajo&mdash;decía Raúl&mdash;, pronto!...</p>
-
-<p>Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de
-rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot,
-quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin
-lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo
-fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás
-retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche
-fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron
-casi inmediatamente.<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span></p>
-
-<p>El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me
-invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y
-más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de
-sangre.<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2>
-
-<p>Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho
-tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama&mdash;¿quién
-hubiera podido sospecharlo?&mdash;marcó el término de mi juventud, modificó
-mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas
-nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma,
-como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.</p>
-
-<p>Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados
-correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían
-llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y
-allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo
-era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios
-señores&mdash;personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con
-que el personal de la estación les acogía&mdash;que después de examinar
-prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me
-afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de
-un aire de misterio.<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span></p>
-
-<p>Lo que más me afligió fué verme separado&mdash;de un modo que luego comprendí
-era definitivo&mdash;de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente
-de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid,
-fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía,
-los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy
-estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el
-acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron
-al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos
-Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo
-“equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La
-Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi
-pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una
-especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté
-por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante
-más de nueve años.</p>
-
-<p>&mdash;En Madrid quedaron&mdash;me dijeron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienen?</p>
-
-<p>&mdash;Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos
-estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los
-muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor:
-a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la
-enfermería.</p>
-
-<p>Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí
-enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las
-estaciones, tardó más de veinticuatro horas en<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span> llevarme a Madrid.
-¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las
-grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me
-antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué
-horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de
-“vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando
-empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la
-epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio.</p>
-
-<p>Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí
-pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el
-forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos.
-Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones
-metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis
-horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña.</p>
-
-<p>No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar
-la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza
-de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción,
-mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un
-tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en
-España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las
-unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de
-las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a
-humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia.
-Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría
-discreta, lo que es<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los
-muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su
-estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque
-comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi
-procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las
-estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse
-en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina,
-en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en
-lastimarles.</p>
-
-<p>Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza.
-Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como
-para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de
-ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y
-hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en
-Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños
-bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se
-armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y
-largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus
-ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la
-altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de
-San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa.
-Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo
-comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos
-almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las
-estaciones, y las distintas maneras con que las<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span> manos, según fuesen
-francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más
-dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren
-despedirnos y nos llaman; todavía&mdash;cuando ya no hay remedio, cuando ya
-nos vamos&mdash;quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que
-vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo...</p>
-
-<p>Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio
-agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme.</p>
-
-<p>Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas
-las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos
-y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve;
-que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en
-los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos
-prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo
-silbido que seguirá la zurda, etc.</p>
-
-<p>Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina
-empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos
-rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror
-me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto
-agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva
-y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos
-en el Oria.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué la máquina grita así?&mdash;pregunté a un compañero.</p>
-
-<p>&mdash;No te asustes&mdash;dijo&mdash;; el padre de nuestro maquinista vive cerca de
-aquí, y su hijo sil<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span>ba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y
-que se acuerda de él...</p>
-
-<p>También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la
-primera impresión de la muerte.</p>
-
-<p>Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían
-vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de
-pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos
-emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo
-de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la
-altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en
-acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de
-sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta
-situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar
-la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de
-ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi
-perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi
-quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el
-suelo...</p>
-
-<p>&mdash;Lo ha matado&mdash;me dijo un compañero que había seguido, como yo, los
-incidentes del pequeño drama.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ya no podrá moverse?&mdash;interrogué candoroso.</p>
-
-<p>Mi colega se burló de mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que
-la máquina lo ha matado?...</p>
-
-<p>Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir
-era no mo<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span>verse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.</p>
-
-<p>¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad
-moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!...
-Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la
-tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo
-“está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises:
-el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a
-estarlo.</p>
-
-<p>Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía,
-también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos
-mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer,
-sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de
-espejismo que de realidad.</p>
-
-<p>Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos
-Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña
-Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se
-cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban
-parte del “rápido” de Asturias.</p>
-
-<p>&mdash;Esos dos&mdash;añadieron mis camaradas&mdash;han progresado: ruedan menos que
-antes y viajan de día.</p>
-
-<p>Luego preguntaron:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar
-en un “correo”.</p>
-
-<p>Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me
-produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había
-em<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span>botado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...</p>
-
-<p>&mdash;Mejor andaba con vosotros&mdash;repuse&mdash;pero tampoco diré que vivo mal. Es
-cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en
-cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son
-tan graves...</p>
-
-<p>¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de
-mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era,
-sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al
-nuevo ambiente.</p>
-
-<p>En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las
-locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi
-juicio, interminables.</p>
-
-<p>Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del
-mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría,
-tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de
-idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y
-frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto
-molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco;
-luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en
-costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste.
-Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos
-de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de
-carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza
-del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire&mdash;hay
-ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia
-inconcebi<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span>ble&mdash;; y, finalmente, del fogonero y de la acertada
-disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que
-transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los
-peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La
-Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los
-talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta
-cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De
-Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa&mdash;por otro nombre La Casa
-Real&mdash;que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy
-repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así
-apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus
-silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra
-locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca;
-correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a
-Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que
-en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.</p>
-
-<p>Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y
-atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus
-acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...</p>
-
-<p>Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los
-comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba
-delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de
-“primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas
-convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo ha<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span>laba del “segunda” que
-me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos
-pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa
-de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el
-miedo&mdash;enemigo de las etiquetas&mdash;yo le dije algo que demostraba mi
-interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya
-fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno
-y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el
-de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos
-descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia
-ni relieve.</p>
-
-<p>Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así
-la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una
-constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”,
-apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi
-lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse
-en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de
-carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me
-reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan
-media hora y aún más, en cada estación.</p>
-
-<p>Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más
-dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es
-la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para
-los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los
-viejos. Y conmigo fué igual. El<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span> trayecto de Madrid a Venta de Baños,
-que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba
-disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo
-hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído.
-La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la
-grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y
-en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un
-torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido
-en el declive de una loma...</p>
-
-<p>A cada rato, me preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí
-siempre?...</p>
-
-<p>Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente
-gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni
-ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.</p>
-
-<p>Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los
-“expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme
-feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las
-cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el
-arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso
-en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del convoy
-con voz musical:&mdash;“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado que
-gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras
-portezuelas:&mdash;“¡Señores viajeros... al tren!...”</p>
-
-<p>También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas,
-efusivas, cargadas de<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa
-al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre
-estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía
-llevar guitarras y aun cantar una copla&mdash;si el maquinista daba tiempo&mdash;y
-que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.</p>
-
-<p>¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y
-generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar
-el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos”
-que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas
-esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo
-y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez
-viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres
-o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...&mdash;que es
-el amor que esperan&mdash;va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos
-ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del
-mundo... y “Ellas” lo saben.</p>
-
-<p>Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas
-sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el
-deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza,
-llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación
-donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del
-lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...</p>
-
-<p>Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos
-guardias civiles con<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span>ducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos:
-era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que
-nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias,
-graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades
-lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a
-un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid.
-Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de
-cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él;
-en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de
-libertad que sugiere la carrera de un tren.</p>
-
-<p>Día por día la llaneza&mdash;no deliberada, sino espontánea&mdash;de mi carácter,
-me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas,
-en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar
-interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”,
-porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades
-nuevas para mí.</p>
-
-<p>De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido
-que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y
-entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en
-amarlo todo.<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2>
-
-<p>Como los trasatlánticos&mdash;según dicen&mdash;la vida ferroviaria, en sus
-distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de
-caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente
-fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo
-multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que
-antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece,
-simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más
-polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy
-poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un
-microscopio.</p>
-
-<p>Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me
-produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la
-noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los
-guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día,
-bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego
-reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros
-que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la
-siesta, en Castilla, y entre las nieves de<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span> las madrugadas cántabras,
-aguardan el paso de los trenes y con su banderín&mdash;como el espada con su
-muleta&mdash;parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino.
-¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio
-y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros,
-cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a
-todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos
-en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al
-maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del
-desastre!...</p>
-
-<p>De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca
-de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa,
-que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de
-maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron
-propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a
-todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a
-mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca
-prometía. Hasta que una tarde en que&mdash;con razón&mdash;su banderín rojo mandó
-parar el expreso&mdash;vimos que también sonreía&mdash;, y desde entonces su
-placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre
-mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera,
-cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...</p>
-
-<p>De los tipos que yo llamo “de casa”&mdash;me refiero a los empleados que
-ambulan con nosotros&mdash;el principal, el más pintoresco, es el
-interventor.</p>
-
-<p>A los interventores les debo muchos ratos de<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span>liciosos de hilaridad. Un
-buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque
-éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera
-hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:</p>
-
-<p>Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!...
-Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se
-le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a
-cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez...
-alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y
-reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus
-negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo
-consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las
-personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los
-demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan
-despabilado...</p>
-
-<p>A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento
-está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones.
-Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es
-buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y
-tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de
-velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud
-grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz;
-es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de
-sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la
-almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span> derecho, continúa
-llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de
-actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le
-ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo
-desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota
-le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en
-su asiento, ya se recoge... De pronto siente&mdash;¡oh, alegría!&mdash;que los
-párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al
-fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca.
-El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y
-por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se
-esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz,
-la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu
-dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...</p>
-
-<p>Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el
-viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta
-impaciencia:</p>
-
-<p>&mdash;¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...</p>
-
-<p>Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches.
-El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni
-mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de
-dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado
-a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.</p>
-
-<p>Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás
-algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse.<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span> Los
-pasajeros temibles son los pusilánimes&mdash;futuros enfermos, quizás, de
-delirio persecutorio&mdash;que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el
-miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún,
-no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con
-un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los
-interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.</p>
-
-<p>Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego&mdash;y antes de
-entrometernos en particularidades&mdash;deben dividirse en dos grandes
-grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no
-pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda”
-clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de
-“primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y
-flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de
-balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de
-“lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al
-extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo
-observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará
-un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet”
-azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del
-espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el
-revisor tropieza&mdash;por casualidad rarísima&mdash;con un billete “entero”,
-apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha
-de desdén y de asombro, como diciéndole:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué se deja usted robar por las Com<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span>pañías? ¿No le da a usted
-lástima tirar su dinero?...</p>
-
-<p>He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las
-personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo
-incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad,
-escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los
-tipos&mdash;no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo
-substantivo&mdash;se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil
-clasificación.</p>
-
-<p>Entre las mujeres honestas&mdash;vayan solas o acompañadas&mdash;sólo admito dos
-tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso
-abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento
-cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar
-las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador
-si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.</p>
-
-<p>A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.</p>
-
-<p>Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo
-que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las
-llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La
-idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún
-están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve,
-tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las
-ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia
-las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los via<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span>jeros
-que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a
-repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí,
-la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su
-reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos
-para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber
-corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la
-idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se
-anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de
-encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que
-se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a
-quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.</p>
-
-<p>&mdash;Caballero&mdash;pregunta&mdash;, ¿son de usted este libro y estos guantes?...</p>
-
-<p>“El madrugador” no se atreve a mentir.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado
-saluda, sonríe y se instala.</p>
-
-<p>A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo
-observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?</p>
-
-<p>“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una
-ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Es mía, caballero&mdash;responde ruborizándose.</p>
-
-<p>Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El
-madrugador” ha perdido su tiempo.</p>
-
-<p>La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span> otra. A él no le importa
-que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres.
-Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las
-luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si
-el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie,
-y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir,
-quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque
-le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a
-cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un
-asiento; luego&mdash;si le dejan&mdash;ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El
-sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...</p>
-
-<p>Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de
-las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de
-deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...</p>
-
-<p>El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y
-las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá
-el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola,
-procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con
-esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para
-encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien,
-pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la
-solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al
-par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el
-pleito perdido, al menos durante el curso de aquella<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span> primera
-entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la
-perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se
-manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y
-ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a
-tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él
-tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo
-caso el viajero “galante” se apresurará&mdash;en tanto se restaña el sudor&mdash;a
-cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él,
-generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y
-aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará
-en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies.
-Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la
-tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a
-obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no
-haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre
-bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada
-aventura asome, incorregible volverá a empezar.</p>
-
-<p>Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo
-mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más
-herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas
-les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a
-decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia,
-el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de
-actitud.<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span></p>
-
-<p>Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan
-ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son
-minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo
-grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél
-se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de
-descalzarse... ¡Lo que más odio!...</p>
-
-<p>“Lo importante es ir a gusto”&mdash;discurre cada cual.</p>
-
-<p>En esta prolija galería de siluetas&mdash;cómicas casi siempre&mdash;que me
-frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos
-confundir con “el soñoliento”, ya presentado.</p>
-
-<p>En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en
-el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la
-noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha.
-La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada
-sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo:
-“Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente:
-“No... no... no...”</p>
-
-<p>De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y
-luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las
-ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el
-otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una
-novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas,
-repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos,
-de una <i>Guía</i>. A intervalos se observan recíprocamente, y, según
-transcurre el tiempo, pa<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span>rece envolverles una atmósfera de confianza
-mutua. Casi a la vez, todos han pensado:</p>
-
-<p>“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro,
-podríamos acostarnos y dormir un poco”...</p>
-
-<p>Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando
-arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy,
-resbalan hasta el suelo.</p>
-
-<p>De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del
-compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza
-a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el
-nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su
-respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:</p>
-
-<p>“Pero... ¿se ha dormido?...”&mdash;me pregunto.</p>
-
-<p>Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y
-devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.</p>
-
-<p>El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en
-el roncar tres tiempos. En el primero&mdash;dice&mdash;“se sopla”; en el segundo,
-“se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.</p>
-
-<p>El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó
-soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una
-cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido:
-“¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose
-cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve
-a soplar.</p>
-
-<p>El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las
-manos gordezuelas<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span> cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que
-ronca” repite beatífico:</p>
-
-<p>&mdash;“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”</p>
-
-<p>Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se
-convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les
-molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel
-roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos
-insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con
-irritación sorda:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un
-modo insolente de dormir!...</p>
-
-<p>Otro responde:</p>
-
-<p>&mdash;Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no
-puedo cerrar los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo.</p>
-
-<p>El joven de la barba negra añade:</p>
-
-<p>&mdash;Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es
-de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de
-educación!...</p>
-
-<p>Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:</p>
-
-<p>&mdash;“¡Fu... aj... pan!...”</p>
-
-<p>Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco
-con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En
-el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las
-trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal
-pensamiento:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase
-con él...</p>
-
-<p>Los circunstantes sonríen aprobadores, pero<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span> no se atreven; sería
-demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que
-ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un
-pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus
-brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio,
-afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos
-miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y
-comunicativo. Bosteza, sonríe...</p>
-
-<p>&mdash;Afortunadamente&mdash;exclama&mdash;ha pasado la noche. ¿Han descansado
-ustedes?...</p>
-
-<p>Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo,
-de sus oyentes, dicen lo contrario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ah?&mdash;prosigue&mdash;. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.</p>
-
-<p>El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el
-joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos
-su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.</p>
-
-<p>Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca
-falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura&mdash;al revés
-de la otra&mdash;dice distinción, aristocracia, soberanía...</p>
-
-<p>Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría
-a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin
-adustez.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches&mdash;murmura.</p>
-
-<p>Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas,
-todo muy pulcro y<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span> nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que
-acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros
-escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la
-cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre
-el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el
-bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla,
-limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de
-comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras
-cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul,
-muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa,
-blanquísimo, brilla a la luz.</p>
-
-<p>Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus
-pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a
-intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía
-responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no
-se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que
-se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha
-cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está
-encima.</p>
-
-<p>Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se
-generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre
-españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas,
-interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece
-serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche.
-Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del
-sueño,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span> cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en
-una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán;
-quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la
-euritmia se pierde...</p>
-
-<p>Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el
-orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada
-parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz
-temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las
-alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su
-espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su
-indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de
-frac. Planchado no estaría mejor.</p>
-
-<p>A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira
-una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero
-que está a su lado le interroga amablemente.</p>
-
-<p>&mdash;Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies
-sobre el asiento?</p>
-
-<p>&mdash;De ninguna manera.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias.</p>
-
-<p>Le ofrece un periódico:</p>
-
-<p>&mdash;Si desea usted leer...</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco; gracias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no duerme cuando viaja?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p>Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de
-la barba, le pregunta:<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?</p>
-
-<p>&mdash;Ninguno.</p>
-
-<p>No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La
-obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa,
-veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no
-duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio,
-al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más
-prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les
-aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a
-la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y
-los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre,
-permanecen abiertos.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia
-mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan
-a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y
-su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por
-entre el chaleco y el pantalón...</p>
-
-<p>Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según
-le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no
-descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo.
-Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como
-un paseo en tranvía.</p>
-
-<p>Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a
-cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme:
-en un santiamén ha doblado su manta<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span> y recogido su maletín, su
-sombrerera y su paraguas.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días&mdash;dice.</p>
-
-<p>Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras,
-los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...</p>
-
-<p>¡Como si fuera a retratarse!...<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h2>
-
-<p>Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son
-“fundamentales” y les tropezamos en todos los viajes, como si la
-naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de
-ellos millares de reproducciones que después repartió por los
-incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico
-de estos perfiles, puede variar&mdash;y varía&mdash;hasta lo infinito: el viajero
-“galante”, el “madrugador”, “el señor que no duerme”... serán gruesos o
-delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo
-accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge
-inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni
-ceja, ni se entibia, ni se curva.</p>
-
-<p>Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos “de familia”,
-aparecen “los raros”, que por serlo escasean; las almas díscolas, las
-voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su
-alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda
-y férvida, les impone una cara “suya”, pues ya sabemos que el rostro es
-la tribuna adonde el<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span> alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi
-siempre, espejo del orador. “El raro”, de consiguiente, impresionará,
-verbigracia, por su manera de mirar&mdash;aunque ni el tamaño ni el color de
-sus ojos sean extraordinarios&mdash;; por su modo de peinarse, de vestir, de
-cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin,
-undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el
-interés que despierta, provienen de ahí.</p>
-
-<p>Yo he conocido a uno de esos “sobresaltados”, guerrilleros del amor y de
-la vida que permanecen al margen de las rutinas sociales y aun en las
-afueras del Código. Una mujer le perdió, y como muchas veces, en el
-espacio de tres años, viajó conmigo, y le sentí pensar y llorar, y tuve
-ocasiones de leer las cartas que ella y él se escribían, puedo decir que
-asistí a sus últimos momentos.</p>
-
-<p>Fluctuaba su edad entre los veintiocho y los treinta años, y tenía&mdash;más
-tarde lo supe&mdash;un nombre españolísimo; un nombre trisílabo, grave y
-heroico, que sonaba a Romancero: se llamaba Rodrigo. Era de estatura
-mediocre y cenceño, pero vigoroso, a juzgarle por lo mucho que decían de
-su fuerza sus manos fibrosas y velludas, y la muy suelta agilidad de sus
-movimientos. Su semblante, cobrizo y aguileño, parecía el de un árabe,
-mientras el bigote rubio, de guías levantadas, y los grandes ojos
-verdes, muy diáfanos, eran holandeses; y de esta antítesis de rasgos
-provenía la llamativa originalidad de su rostro. La tez obscura
-acendraba la claridad de la mirada y la blancura de los dientes, que con
-su luz y en igual medida intensificaban el cobre de su piel. Había,
-pues, en él, dentro de<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span> una perfecta armonía, una magnífica
-contradicción de razas.</p>
-
-<p>Residía don Rodrigo en la ciudad de Valladolid, y la noche&mdash;la
-madrugada, mejor dicho&mdash;en que le conocí, su figura, no bien apareció en
-el andén, sujetó mi atención. Había pocos viajeros. Le vi acercarse
-seguido del mozo que llevaba su equipaje, y subir a uno de los
-compartimientos de “primera clase” de Dos-Caras, que marchaba delante de
-mí: mas la intimidad del anciano vagón, tantas veces reparado, no debió
-de complacerle, por cuanto no tardó en apearse y venirse conmigo. Desde
-entonces don Rodrigo, siempre que esperaba el paso de mi “correo”, bien
-por ser yo el coche mejor del tren, o por obra de esa atracción que los
-objetos inanimados ejercemos sobre las personas que nos son gratas&mdash;y de
-la que ya he hablado&mdash;me prefería a mí.</p>
-
-<p>En aquel nuestro primer encuentro, antes que la discreta elegancia y
-porte galán de mi huésped, fué la extremada agitación de su espíritu lo
-que me cautivó. La casualidad quiso que en el departamento por él
-elegido no hubiese nadie, y en la soledad su ánimo se descubría mejor.
-Merced a esta compleja sensibilidad mía que&mdash;según en otro capítulo
-queda explicado&mdash;es abreviatura de los cinco sentidos corporales del
-hombre, yo, simultáneamente, veía a don Rodrigo y le oía, y como la piel
-percibe el calor, de igual manera sus ideas y deseos, según iban
-produciéndose, llegaban a mí. Yo&mdash;no creo ocioso repetirlo&mdash;, a las
-personas que están quietas y piensan fuertemente, las comprendo mejor
-que si hablasen, porque su inmovilidad y su silencio, que en cierto modo
-las transforman en<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> cosas inanimadas&mdash;para decirlo con las palabras que
-emplearía un mortal&mdash;las acerca a mi modo de ser.</p>
-
-<p>Don Rodrigo iba en busca de su amante, a La Coruña. Se llamaba Raquel, y
-en la imaginación del enamorado la silueta de la mujer aparecía o se
-difuminaba, cual en virtud de una especie de sístole y diástole, de su
-memoria. La cabeza, especialmente, se precisaba nítidamente: tenía
-noguerados los cabellos, la boca recogida y los ojos negros y ustorios
-de las grandes sensuales. También se acusaba claramente una mano, la
-izquierda, en cuyos dedos soñaba una esmeralda y maldecía un rubí.
-Alternativamente aquella mano y aquel rostro continuaban ocultándose, o
-resurgían maravillosamente, como las imágenes en los “baños” de los
-fotógrafos.</p>
-
-<p>Don Rodrigo pensaba... sin cesar pensaba, pero su pensar era
-rudimentario, esquemático, y unas cuantas palabras, muy pocas, lo
-reasumían. Yo las veía cruzar por el espíritu fervoroso del meditabundo:
-pasaban encendidas, quemantes como llamas, y semejantes a los caballitos
-de un Tío-Vivo parecían dar vueltas: se iban, volvían, tornaban a
-marcharse para resucitar en seguida obstinadas, imperiosas,
-alucinantes... A veces eran inconexas, a ratos hilvanaban frases, sílaba
-tras sílaba; parecían anuncios luminosos. Decían: “Raquel...” “Voy a
-verte...” “Raquel, tus labios tienen el dulzor de la vida, y tus ojos el
-color de la muerte...” “Raquel...” “Tus cabellos...” “Tus manos...”
-“¿Recibiste mi telegrama?...” “¿Sí?...” “Estarás aguardándome, como
-siempre, en la estación...” “Raquel...” “Yo, para verte antes, iré bien
-asomado<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span> a la ventanilla...” “Te abrazaré...” “¡Oh, mi carne de
-seda!...”</p>
-
-<p>A intervalos, el amador, absorto, sonreía a ciertas ideas, y según su
-atención se detenía en una o en otra, la imagen correspondiente florecía
-como bañada en una luz milagrosa. Yo le acompañaba en aquel seguido y
-calenturiento imaginar, y contagiado de su impaciencia casi llegué a
-gozar y a sufrir con él. Dijo: “Estarás aguardándome...” y vi aparecer
-una mujer, de porte distinguido, envuelta en pieles. Dijo: “Tus
-labios...” y vi una boca encendida como un corazón. Dijo: “Tus
-nalgas...” y vi pasar una ola de carne rosada. Dijo: “Tus ojos...” y
-pensé que me hundía en un túnel...</p>
-
-<p>Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel
-amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era
-feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando
-que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación
-definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte.</p>
-
-<p>Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol.
-Instantáneamente se quedó triste. “Un día&mdash;suspiró&mdash;me bajarán a la
-tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el
-árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que
-existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire,
-de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será
-la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan
-vulgares que nunca reflexionen en esto...!”</p>
-
-<p>Volvió a sentarse y mientras prendía un ci<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>garrillo, sus ojos verdegay
-me examinaron. Me halló confortable.</p>
-
-<p>&mdash;Es buen coche&mdash;dijo.</p>
-
-<p>Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos muy despacio!</p>
-
-<p>Y a continuación recordó a Raquel; y al imaginársela lo hizo empezando
-por lo que de ella más le arrebataba. “Sus ojos...” “Sus cabellos...”
-“Sus labios...” “Sus manos...” De los labios pasaba, indefectiblemente,
-a las manos; y de las manos, a las caderas; en el seno pensaba pocas
-veces, y advertí que siempre, al recomponer la imagen de la Amada,
-seguía el mismo orden.</p>
-
-<p>Cuando llegamos a la estación coruñesa, entre el centenar de personas
-que esperaban al “correo” vi una mujer de razonable estatura y bien
-sembrada, ojinegra; arrebujada en una capa de pieles. Una franca risa
-juvenil bañaba su rostro en luz.&mdash;“Raquel”&mdash;pensé. Antes de que el tren
-se detuviese, don Rodrigo saltó al andén y corrió a abrazarla, y yo vi
-cómo bajo la presión convulsiva de sus brazos, el talle doblegadizo de
-la Deseada ondulaba y cedía. Se besaron. Luego, apoyados el uno contra
-el otro, sin dejar de mirarse, se alejaron buscando la salida.</p>
-
-<p>De todo esto hablé con Dos-Caras, que les conocía y me proporcionó
-algunos informes: por razones que mi compañero no supo darme, vivían
-separados; él en Valladolid, y ella en La Coruña, pero se reunían con
-mucha frecuencia, tan pronto en una ciudad como en otra.</p>
-
-<p>&mdash;Son antiguos “clientes” míos&mdash;continuó Dos-Caras&mdash;; quiero decir, que
-ambos han viajado mucho conmigo, pues si ella no va a buscarle es porque
-él viene.<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span></p>
-
-<p>Me pareció adivinar en sus palabras un dejo despectivo que no me
-sorprendió, pues el viejo Dos-Caras aceptaba “a ruedas prietas” todas
-las ordenanzas de la moral corriente. Acaso también hablaban en él los
-celos y el despecho de ver que “sus clientes”&mdash;como él les llamaba&mdash;le
-dejaban por mí.</p>
-
-<p>&mdash;Hace más de un año&mdash;dijo&mdash;que ambos se quieren. ¡Bah, ya se
-cansarán!... Ninguna de esas uniones libres duran; unas veces por culpa
-de ellas, otras por culpa de ellos. El matrimonio es lo único capaz de
-impedir que las mujeres y los hombres se separen. Por eso toda mujer que
-se marcha a vivir con un hombre, sin estar casada con él, es una tía.</p>
-
-<p>Esta afirmación mezquina y unilateral, me desazonó; expresaba una
-intransigencia irritante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calla, bárbaro!&mdash;le grité&mdash;: bien se advierte que te fabricaron con
-maderas de Castilla, y que en ellas esta tierra nuestra, tan
-dura&mdash;tierra de inquisidores&mdash;, infiltró su crueldad.</p>
-
-<p>Dos-Caras mantuvo su opinión: solamente en las mujeres casadas puede
-haber amor; en “las otras”, en las amancebadas, no existe cariño; es
-interés, es vicio, lo que hay... Consiguió indignarme y me lancé a
-sustentar mi criterio con brioso ardimiento. En la lotería social, el
-matrimonio es “un premio” que, por concederlo la suerte y no la lógica,
-no acredita mérito ninguno en quien lo recibe. Hay aventureras que
-nacieron para tener un hogar, y señoras casadas con alma de perdidas.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras los hombres&mdash;proseguí&mdash;acaparen todos los empleos; mientras
-dispongan del dinero, llave de la vida; mientras impidan a sus<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span>
-compañeras ilustrarse, trabajar, desenvolverse; mientras “las
-conviden”...&mdash;¡palabra odiosa!&mdash;el amor, ejercítese a espaldas de la Ley
-o bajo su amparo, será para las pobres mujeres “un negocio”, una sucia
-operación de compraventa. Los hombres, egoístas, terriblemente egoístas,
-tienen agarradas a sus víctimas por el estómago. “Si sois
-nuestras&mdash;dicen&mdash;nosotros os vestiremos y os proporcionaremos alimentos;
-de lo contrario, moriréis de hambre.” Y “ellas” aceptan. El problema
-amoroso, de consiguiente, es, en su esencia, un pavoroso problema
-económico. La mujer que no ama, o que no se presta al amor, no come. ¡Y
-precisa comer! Las menos exigentes&mdash;con cariño o sin él&mdash;se entregan
-libremente; se venden al fiado; las más previsoras o las más
-afortunadas, piden mucho más: piden el matrimonio que, en caso
-necesario, las ayudará a exigir indemnizaciones; las que se casan
-“venden al contado”, porque la firma del marido representa dinero. Pero
-todas, solteras y casadas, se venden; esclavas del ambiente
-profundamente inmoral que las oprime y condena a convertir el lecho en
-oficina o mostrador, todas&mdash;¡y bien a pesar suyo!&mdash;llevan su porvenir en
-aquella parte del cuerpo sobre que se sientan...</p>
-
-<p>Con estas exaltadas aseveraciones Dos-Caras se incomodó en términos que,
-perdiendo su ecuanimidad, me dijo palabras muy desagradables; redargüíle
-yo con pareja insolencia, y hubiésemos ido muy adelante en nuestro
-disgusto a no intervenir el “segunda” que rodaba detrás de mí y que, con
-frases amables y dichetes de feliz humor, acertó a reconciliarnos. Yo
-fuí quien primero aflojó el ceño.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;De hoy en adelante&mdash;exclamé&mdash;no volveremos a discutir: ¿para qué, si
-no habíamos de entendernos?... ¡Allá cada cual en su casa y con su
-opinión! Yo, aunque noble, soy un poco disolvente: me gustan los amores
-libres y los ladrones.</p>
-
-<p>&mdash;Y a mí&mdash;replicó Dos-Caras&mdash;que soy tradicionalista, me gusta el
-matrimonio y la Guardia Civil.</p>
-
-<p>Dos semanas después, una noche, Raquel y don Rodrigo reaparecieron. Iban
-a Valladolid. Ella hizo ademán de subir a Dos-Caras; él la detuvo; con
-un gesto me señalaba.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí iremos mejor&mdash;dijo&mdash;; es el vagón en que realicé mi último viaje.</p>
-
-<p>Ella consintió en seguida con simpática vivacidad, y yo me estremecí
-satisfechísimo de tenerles tan cerca. Dos-Caras gruñó algo que no
-alcancé a entender, pero parecióme que, irónicamente, me felicitaba.</p>
-
-<p>En el compartimiento que los amantes ocuparon, había dos personas. Ellos
-buscaron un ángulo, cerca del corredor, y, desde aquel mismo instante,
-la felicidad de hallarse juntos les aisló de todo. Mientras ella
-hablaba, él la miraba a los ojos, estremecimientos fugitivos agitaban
-sus labios, y con sus dedos velludos y largos impacientemente se
-retorcía el bigote. El platicar de Raquel era versátil, alegre,
-infantil; el de don Rodrigo, grave y vehemente; ella parecía amarle
-porque amaba a la vida; mientras él, más sombrío, efervorizaba su pasión
-con el miedo a la muerte. Evidentemente, el cariño del amante clavaba su
-arado más hondo. Ella reía fácilmente; él reía poco, y sus palabras
-recelosas eran como gemelos dirigidos hacia la inte<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span>rrogación del
-mañana; eran profundas, inquietaban; Raquel, escuchándole, me producía
-la impresión de una niña asomada a un pozo. ¡Oh, qué libro maravilloso
-podría componerse hilvanando las frases con que, inconscientemente, se
-emborrachaban los amantes!...</p>
-
-<p>Recuerdo que don Rodrigo decía:</p>
-
-<p>&mdash;Como todos los segundos, uno a uno, llevan a la muerte, así todas las
-mujeres que he conocido me acercaron a ti, porque todas tenían algo
-tuyo, y yo, que te presentía, sin sospecharlo te amaba en todas ellas.
-Y, cuando viajaba, no era el deseo de curiosear ciudades nuevas&mdash;como yo
-creía&mdash;lo que me desplazaba, sino el ansia de encontrarme contigo. Ahora
-tú eres para mí España, Francia, Italia, Suiza...; tú eres América...
-¡Querría huirte, y me sería imposible! Tu recuerdo me rodea; te veo como
-un horizonte, y fatalmente todos los caminos me llevan a ti. ¿Quién
-escaparía a su horizonte? Raquel, mi Raquel... te adoro y te temo,
-porque siento que eres mi Destino.</p>
-
-<p>Ella reía; el orgullo de comprenderse tan apetecida, la hacía feliz, y
-era en aquellos instantes como una diosa embriagada con el incienso
-quemado ante su altar. A mí, que estaba más cerca de su alma que don
-Rodrigo, aquella superficialidad, aquella risa, me infundían miedo:
-Raquel era una de esas mujeres, de cabeza pequeña, que no saben cómo
-muchas veces un gran amor es una cita que da la muerte.</p>
-
-<p>De súbito el diálogo cambió de rumbo, y fué completamente alegre.
-Hablaron de sus planes y entonces supe que pensaban visitar el nunca
-bastante celebrado castillo de Simancas&mdash;hoy <i>Archivo General del
-Reino</i>&mdash;; fortaleza glorio<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span>sa semejante a un viejo guerrero cambiado en
-erudito.</p>
-
-<p>Tras un breve silencio, ella, sin motivo, preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora es?...</p>
-
-<p>Don Rodrigo, informado de que sus compañeros de viaje dormían, contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Hora de darme un beso.</p>
-
-<p>Rió ella, rió él y, silenciosamente, juntaron sus bocas. Transcurridos
-unos minutos, Raquel, maquinalmente, volvió a decir:</p>
-
-<p>&mdash;Oye... ¿qué hora será?...</p>
-
-<p>Y don Rodrigo:</p>
-
-<p>&mdash;Hora de darme otro beso.</p>
-
-<p>Volvieron a reir, pero ella, que empezaba a tener sueño, insistió:</p>
-
-<p>&mdash;¡No... en serio!... Deseo saber la hora!...</p>
-
-<p>El no respondió; mejor dicho: no habló con los labios, sino con sus
-largos ojos diáfanos y verdes, por los que había pasado una luz.
-Rápidamente salió al pasillo, se arrancó el reloj que llevaba en la
-muñeca y, por la ventanilla, que iba abierta, lo lanzó al vacío. No
-estaba incomodado; ¡al contrario!... ¡Nunca había sido más feliz que en
-aquel momento! Volvió a sentarse y sobre sus rodillas colocó a Raquel:</p>
-
-<p>&mdash;Bésame&mdash;suspiró&mdash;; es la hora; la Eternidad no tiene para nosotros más
-hora que ésta; la de besarnos...</p>
-
-<p>Sus manos buscaron afanosas entre las ropas de la Deseada, y su corazón
-latió violentamente: palideció, enrojeció, tornó a palidecer. Raquel
-parecía de ágata: su carne era dura, suave, fría...</p>
-
-<p>Ocho o diez días después los dos amantes me esperaban en Valladolid. Don
-Rodrigo iba a des<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span>pedir a Raquel, que regresaba a La Coruña. Al mes
-siguiente&mdash;y siempre conmigo&mdash;don Rodrigo fué a La Coruña, de donde
-volvió solo. Al otro mes sucedió lo propio: era un ambular
-ininterrumpido, un bello y angustioso no poder vivir distanciados: en la
-estación coruñesa era ella la que despedía, y en la vallisoletana era
-él: pero hubo ocasiones en que, incapaces de separarse, él la dió
-cortejo hasta La Coruña, y ella le acompañó a Valladolid.</p>
-
-<p>Entretanto yo no sabía en qué se ocupaba don Rodrigo, ni la verdadera
-situación social de Raquel, ni tampoco acertaba con los móviles que les
-impedían unirse queriéndose tanto.</p>
-
-<p>Este idilio, que a mí me apasionaba, hacía reir al viejo Dos-Caras.</p>
-
-<p>&mdash;Estos dos simples&mdash;decía&mdash;con tanto ir y venir han hecho de nuestro
-“correo” un columpio; una especie de columpio a ras de tierra.<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h2>
-
-<p>La llamada por los geógrafos Meseta Central de nuestra Península,
-comprende las dos Castillas, las provincias del antiguo reino de León y
-las de Extremadura, y traza un plano inclinado limitado al Norte por la
-cordillera Cantábrica, la de los maravillosos paisajes; al Este y Oeste,
-por la cordillera Ibérica y los Montes de Galicia, respectivamente; y al
-Sur, por la cordillera Mariánica, entre cuyas nudosidades fragosas se
-abren los caminos de Andalucía. Así, circundado de montañas, el macizo
-ibérico, tanto por su historial rojo como por su forma, parece un
-anfiteatro.</p>
-
-<p>Frecuentemente he oído asegurar a personas doctas&mdash;ingenieros, sin
-duda&mdash;que viajaron conmigo, que en la época terciaria toda esta parte de
-nuestro país la cubrían lagos enormes que, al secarse, originaron
-terrenos sedimentarios dispuestos en estratos horizontales, algunos de
-notable espesor. De ahí, de la agonía de esos lagos que el subsuelo
-sediento se bebió, nació la llanura; esas planicies uniformes,
-encalmadas, con algo de agua dormida en su serenidad. Castilla es un mar
-hecho tierra; y acaso estimulados por la misma vastedad de sus
-horizontes,<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> sus hombres descollaron entre los más peregrinadores y
-bravos del planeta, porque algo de marino había escondido en lo más
-arcano de sus almas. En la catorcena centuria aquellos campos aparecían
-cubiertos de selvas tupidísimas, en donde los magnates se ejercitaban en
-la caza del jabalí y del oso, y perseguían al ciervo. Hasta que, poco a
-poco, las guerras y el odio, genuinamente español, que el hombre rústico
-profesa al árbol, destruyó las frondas. Cuando éstas empezaron a
-escasear, las nubes huyeron y con ellas la lluvia, manantial de la vida,
-y el bosque mudóse en estepa; y mientras España se desangraba, fuera de
-sus fronteras, en guerras inútiles, sobre el solar patrio abandonado,
-desolado, cubierto de cardos silvestres y de pedruscos, parecía caer,
-semejante a una maldición, las cenizas humanas que los vientos recogían
-en el rescoldo de los autos de fe. Con cenizas no se abona el campo, y
-nuestros inquisidores no supieron abonarlo de otro modo; y así lo conocí
-yo, inhóspito y seco como aquellos mismos corazones que tanto batallaron
-sobre él.</p>
-
-<p>El suelo castellano es cariparejo; quiero decir que, salvo ligeras
-variantes, su aspecto es idéntico sea cual fuere la estación del año.
-Abrasada por el sol en verano, aterida en invierno bajo la escarcha,
-azotada por los vientos, cortantes como cuchillos, que irrumpen por los
-nevados gollizos de los montes norteños, la llanura conserva inalterable
-ese color amarillento propio de las tierras que bebieron mucha sangre, y
-al que parece aludir una de las tres franjas del pabellón nacional. Las
-montañas, que fácilmente se cubren de verdura o que con la nieve, y en
-el solo espacio de una noche, se visten<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span> de blanco; las montañas cuya
-sonoridad cambia de continuo y parecen saltar a un lado y a otro de la
-vía, tienen muchos adeptos; son la mentira. Yo, no; yo prefiero la
-llanura, con su monotonía de oración: la llanura se imita siempre a sí
-misma; no sorprende, no entiende de artificios teatrales, ni colabora en
-la cobardía de las emboscadas; en ella al enemigo se le ve desde lejos:
-es fiel, es noble.</p>
-
-<p>Alrededor de la Meseta Central las regiones ribereñas dibujan un anillo
-verde; y así, vista desde arriba, Castilla monda y triste es como el
-cráneo calvo de un dios ceñido de pámpanos. En el itinerario que ahora
-sigo, la zona alegre no comienza resueltamente hasta las inmediaciones
-de Palencia. Sin cesar, el camino intenta arrepentirse de cuanto hace, y
-digo esto porque apenas desciende cuando, sin transición, vuelve a
-subir, y corre de derecha a izquierda, como borracho. Las
-“montañas-rusas” con que el vulgo se divierte en las ferias, son una
-mala caricatura de lo que es un viaje a Galicia. ¿Quién contaría los
-puentes y los túneles, que siembran de sorpresas la ruta? Acabamos de
-salir de Castilla, y ya nos parece que la dejamos muy atrás: tal es la
-capacidad subyugadora de la nueva región que cruzamos, y el interés
-histórico de ciertos lugares.</p>
-
-<p>Dejamos atrás la Tierra de Campos, que bien pudiera llamarse “granero de
-España”, sobre la cual se levantan, desde el siglo XII, las ruinas de
-dos que fueron poderosas fortalezas. Pasan Paredes de Nava, donde nació
-Alfonso de Berruguete; Cisneros, cuna del terrible Cardenal, y Sahagún,
-la romana, en que reposan los muy removidos huesos de Alfonso VI. El
-convoy llega<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span> a León, que más que con su catedral, modelo de
-arquitectura gótica, se enorgullece de haber visto nacer al guardador de
-Tarifa, don Alonso Pérez de Guzmán; luego a Veguellina, que se vistió de
-fama con el “paso honroso” que en la primera mitad del siglo XV mantuvo
-el muy bizarro Suero de Quiñones; y poco después, a Astorga, la
-<i>Asturica Augusta</i>, de los romanos, aquella que Plinio calificó de
-“ciudad magnífica”, y cuyas torres y murallas la infunden todavía un
-perfil militar.</p>
-
-<p>Nos hallamos en las entrañas de los Montes de León, y vamos a penetrar
-en la región galaica por el llamado “Paso de Manzanal”, abierto entre
-las estaciones de Astorga y Ponferrada. Aturde y maravilla la facundia
-que los genios del paisaje derrocharon allí. A nuestro alrededor,
-incesantemente, la tierra, semejante a un mar flagelado por la
-tempestad, baja, trepa, se deprime y abarranca hasta convertirse en
-abismo, o se enarca y prodigiosamente gana las nubes; y hay en cada
-perfil cimero tanta vehemencia, tanto ritmo, que las montañas,
-especialmente en las noches de luna, parecen moverse. Esta sucesión
-inagotable de valles, de cañadas, de torrenteras abruptas y de montes,
-juegan con los vientos y, de hora en hora, mixtifican la temperatura:
-vamos rodando bajo un manto de estrellas, y súbitamente el cielo se
-entolda y cae un chaparrón; lo que no impide que, minutos después,
-lívida, triste, espectral, reaparezca la luna. Cubren las escarpadas
-vertientes bosques de robles, de castaños y de hayas; los manzanos
-abundan también, y en los parajes hondos y abrigados florecen el
-naranjo, el limonero, el granado, la higuera y el laurel. Ora el aire
-es<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> frío, ora tibio; aquí la tierra estará cubierta de maíz, y de trigo
-o de vides un poco más allá; y, sin cesar, al paso del tren la serranía
-tendrá una luz especial, y una capacidad ecoica inesperada.</p>
-
-<p>Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto, y ganamos la estación de
-Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar.
-Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta&mdash;lo apreciamos muy
-bien&mdash;desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y
-luego otro y otro... ¡hasta trece!... Según mis compañeros me aseguran,
-para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete
-kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. La Triste,
-nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante: también nosotros
-nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a
-recalentarse, y, de tanto usarlos, nos duelen los frenos.</p>
-
-<p>De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos
-desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel
-siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a
-morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo
-que los mismos viajeros suelen experimentar, aun cuando las ventanillas
-de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en
-la misma dirección del tren, impide la salida, hacia atrás, del humo.</p>
-
-<p>Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre,
-Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta
-que hartos de correr bajo tierra<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span> llegamos a Quereño, primera estación
-de Galicia.</p>
-
-<p>La imaginación del paisaje, lejos de agotarse, se acalora, y por
-instantes compone perspectivas más rudas y bellas. Con facundia pasmosa
-se renueva y sin treguas se supera a sí misma. Los colores,
-especialmente, se han multiplicado; los verdes triunfan y flota en el
-aire un amable olor a tomillo y a tierra húmeda. Abundan los caseríos,
-las angosturas rocosas, los pequeños saltos de agua por los cuales, como
-por arterias cortadas, parece desangrarse la sierra.</p>
-
-<p>El valle se estrecha y el río Sil y la carretera de La Coruña adelantan
-paralelamente a nosotros, y como alternativamente surgen y se esconden
-parecen jugar entre los árboles. Cruzamos los extensos viñedos de Rúa
-Petín; pasamos por Montefurado, en cuyas proximidades existe aún el
-túnel que construyeron los romanos para desviar el rumbo del Sil y poder
-recoger el mucho oro mezclado a las arenas del cauce primitivo; y tras
-un prolongado camino descendente que va en busca de la cuenca del Lemos,
-llegamos a Monforte, afamado baluarte de los Condes de Lemos, que de
-ellos tomó el nombre. La Triste se queda allí, y en adelante será La
-Enanita, bulliciosa y pinturera, menos fuerte que su hermana, pero mucho
-más ágil, la que pelee a la vanguardia del convoy.</p>
-
-<p>Descansamos unos minutos y ¡adelante, otra vez! Más túneles; atravesamos
-uno que mide cerca de dos mil metros, y seguimos bajando, como atraídos
-por el mar; pasan las estaciones de Oural y Sarria, y la de Puebla de
-San Julián, donde la línea se rebela contra el imán humillador de la
-costa, y vuelve a repechar. La Ena<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span>nita silba, resopla y a veces la
-desesperación que hay en su esfuerzo, nos hace reir.</p>
-
-<p>&mdash;Trabaja, tumbona&mdash;comentan los coches&mdash;, que no tienes motivos para
-estar cansada. ¿Qué dirías si llevases, como nosotros, treinta horas de
-viaje?...</p>
-
-<p>Un esfuerzo más nos planta en Lugo, donde reposamos: salvamos luego los
-ríos Calde y Ladra, tributarios del Miño, y el Parga; llegamos a la
-estación de Curtis, lugar muy conocido de los peregrinos que van a
-Santiago de Compostela; y luego a la célebre Betanzos, en cuyas puertas
-el espíritu del Islam dejó vestigios de su gracia. Después, y ya siempre
-caminando cuesta abajo, veremos pasar los andenes de Guísamo, Abegondo,
-Cambre, El Burgo, El Pasaje. Al fin aparece la estación terminal: La
-Coruña. ¡Oh! ¡Y con qué alegría, con qué irresistible necesidad de
-calma, hacemos alto bajo una marquesina, después de un viaje en el que
-mil veces sentimos resbalar la muerte junto a nuestras ruedas!...</p>
-
-<p>A pesar de lo cual este recorrido me agrada: no solamente por su
-hermosura, de la que se hacen lenguas muchas personas que anduvieron por
-Suiza y conocen los rincones más agrestes del Tirol, sino por la clase
-de público que viaja conmigo. Como los vascongados, los gallegos son
-comedidos y limpios, y esta última cualidad, especialmente, les granjea
-mi simpatía; porque, a despecho de haber tenido que sufrir a tantos
-tipos ineducados, aún no pude acostumbrarme a que nadie me escupa, o
-deje en mis alfombras el barro de sus botas.</p>
-
-<p>En medio de este ininterrumpido bordonear del centro a la periferia de
-España, y viceversa,<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span> mi vida es un poco monótona, porque las
-escenas&mdash;como las personas&mdash;se repiten.</p>
-
-<p>En la estación inicial o de salida, todos los coches, barridos,
-sacudidos y con nuestros cristales recién fregados, nos mostramos
-alegres y flamantes. La máquina, bien engrasada, bien frotada, con todos
-sus mecanismos bruñidos y expeditos, también parece nueva. Súbitamente
-se abren dos o más puertas y los viajeros irrumpen en el andén y nos
-asaltan; con la descortesía de la impaciencia mujeres y hombres, a
-empellones, ganan nuestros estribos, y corren luego de un lado a otro,
-como enloquecidos, buscando un asiento. Entretanto los mozos de andén
-nos cargan de maletas, de sombrereras, de portamantas, de cestas con
-merienda, de bultos de todos colores y formas, que van metiendo
-apresuradamente, y como a destajo, por las ventanillas. Cada una de
-éstas parece una boca; cada estribo, una escalerilla de abordaje. Ya
-estamos abarrotados todos de personas y de equipajes, y apenas arranca
-el tren la multitud viajera se aquieta y empieza a dar muestras de ese
-aire de aburrimiento que conservará durante el camino. Un raro ambiente
-de monotonía, de fatiga, peregrina con nosotros. En las estaciones del
-tránsito nunca ocurre nada insólito: unos pasajeros se apean, otros
-suben... Las conversaciones de nuestros ocupantes son apacibles, y
-lánguidas y descuidadas todas sus actitudes: éste lee, aquél mira hacia
-el paisaje distraídamente, la mayoría dormita: a intervalos, un bostezo,
-un comentario rápido... Los soñolientos han cambiado de posición cien
-veces, y otras tantas el lector abrió y cerró su libro. Unicamente el
-cansancio y el silencio triunfan. De pronto, media<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span> hora antes de
-arribar a la estación terminal, como si hubiese recibido una corriente
-eléctrica, aquella muchedumbre desarticulada y abúlica, unánimemente
-reacciona. Con raro sincronismo, todos pensaron: “&mdash;Ya llegamos...” y
-esta idea les sacudió, les removió; los cuerpos se yerguen, los ojos se
-abren despabilados; quién se arregla el nudo de la corbata y con un
-pañuelo se desempolva el calzado; quién corre al cuarto-tocador a
-peinarse; quién se apresura a cerrar sus maletas. Las mujeres se asoman
-a las ventanillas, y las parece que, desde hace unos instantes, el tren
-corre más. Apenas hacemos alto, nuestros huéspedes nos dejan con la
-misma impaciencia y la misma alegría con que horas antes nos
-conquistaron; su aburrimiento se ha trocado en odio hacia nosotros, y
-quieren perdernos de vista cuanto antes. Hay quien, para no perder
-tiempo en bajar por el estribo, salta al andén desde la plataforma del
-coche. Los mozos de estación, infatigables, nos saquean, y los bagajes
-salen apretujándose por las ventanillas; los atadijos pequeños escapan
-en racimo. Cuando el convoy queda vacío los vagones aparecen manchados
-de mil modos y apestando a tabaco: los periódicos, arrugados,
-pisoteados, las almohadas sucias, las botellas vacías, las cortinillas
-caídas, nos dan el aspecto de un lugar donde acabara de librarse una
-batalla. Momentos después, los empleados de nuestra limpieza&mdash;mujeres y
-hombres&mdash;penetran en nosotros: porracean nuestros asientos para
-mullirlos; examinan sus muelles, recogen las cortinas, nos sacuden, nos
-barren... y, diez o doce horas más tarde... ¡volvemos a empezar!...<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV</h2>
-
-<p>Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a
-Valladolid, y a dos recién casados de los cuales&mdash;y a su tiempo
-debido&mdash;volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único
-“departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres
-señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con
-un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por
-el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de
-cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban
-maliciosamente esperar de ellos.</p>
-
-<p>De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud&mdash;no
-habría cumplido los veinte años&mdash;interesaron mi atención; era
-insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de
-individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este
-hombre&mdash;meditaba yo&mdash;que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido
-aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta
-presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el
-cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así,
-indu<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span>dablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica
-del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a
-la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por
-tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y
-les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser
-admirados.</p>
-
-<p>&mdash;La humanidad&mdash;pensaba yo&mdash;va bien cubierta: de mentiras se viste por
-dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El
-desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad.
-Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una
-caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena
-caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro...</p>
-
-<p>Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos,
-se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su
-candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su
-voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba
-las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía
-miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos,
-después de un día de agitación calenturienta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bien estamos ahora!&mdash;exclamó él.</p>
-
-<p>Digna, confirmó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien!...</p>
-
-<p>Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho
-tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y
-ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían
-los párpados.<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span></p>
-
-<p>El preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Lástima de noche, verdad?</p>
-
-<p>Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer,
-delicadamente, fingió no advertir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;dijo&mdash;; ¿no estamos juntos?</p>
-
-<p>No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:</p>
-
-<p>&mdash;¿Me quieres?&mdash;indagó.</p>
-
-<p>Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los
-que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo sabes?...</p>
-
-<p>Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo
-triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a
-llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó
-desconcertado:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...</p>
-
-<p>Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En
-realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir
-indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños
-ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi
-abrazados, dormían los dos.</p>
-
-<p>Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo
-compañero, que se disponía a marchar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te han dicho la hecatombe?&mdash;gritó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál?&mdash;repuse inquieto.</p>
-
-<p>&mdash;La del “rápido” de Gijón.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo,
-momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un
-desprendi<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span>miento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La
-Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.</p>
-
-<p>La noticia&mdash;divulgada al siguiente día por la Prensa&mdash;me causó un efecto
-desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban
-la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No
-supe qué responder; empecé a temblar...</p>
-
-<p>&mdash;¿Te acuerdas&mdash;prosiguió el viejo vagón&mdash;del miedo que el pobre Doña
-Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, que me acuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había
-tal: era un presentimiento.<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h2>
-
-<p>Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la
-levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los
-vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo
-cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto
-a los riesgos más grandes, fueron aliviándome.</p>
-
-<p>Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena
-cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa
-a todo el convoy.</p>
-
-<p>Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en
-dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos
-brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos
-gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan
-pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los
-acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de
-hombros.</p>
-
-<p>&mdash;Son mudos&mdash;pensé.</p>
-
-<p>Jamás había presenciado escena igual, y para<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span> convencerme de hallarme en
-lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;respondió&mdash;; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y
-aun creo que ha viajado conmigo.</p>
-
-<p>Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un
-poco a mí. “Un mudo&mdash;reflexionaba yo&mdash;es el tránsito entre los que
-sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos,
-uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y
-adornaba su rostro de mejillas nacarinas&mdash;como de efebo&mdash;con una barbita
-recortada “en punta”.</p>
-
-<p>Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí,
-saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego
-anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis
-huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no
-percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas
-egoístas:</p>
-
-<p>&mdash;¡Un mudo!&mdash;rezongaban todos&mdash;; ¡bah; que se fastidie!...</p>
-
-<p>Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un
-asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la
-francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas
-zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por
-señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de
-buen pergeño.</p>
-
-<p>&mdash;¡Otro mudo!&mdash;pensé asombrado&mdash;: ¡también es casualidad! ¡Nunca había
-visto mudos y, de repente, conozco tres!...<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span></p>
-
-<p>Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban
-casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos
-interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en
-un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si
-no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y
-musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues
-cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba
-a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con
-que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se
-importunan mutuamente en los viajes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde va usted?</p>
-
-<p>&mdash;A La Coruña.</p>
-
-<p>&mdash;Lo celebro mucho: yo, también.</p>
-
-<p>&mdash;Hay demasiado público; vamos a descansar mal.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren?</p>
-
-<p>&mdash;Muy poco: de madrugada, únicamente.</p>
-
-<p>&mdash;Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en
-que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los
-párpados...</p>
-
-<p>Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven
-del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas
-atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus
-ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también...</p>
-
-<p>Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde
-recogemos un viajero: un<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span> señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que
-sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los
-dos mudos, exclama campechano:</p>
-
-<p>&mdash;¡Salud, don Andrés!...</p>
-
-<p>El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y
-responde:</p>
-
-<p>&mdash;¡Don Juan, usted por aquí!...</p>
-
-<p>Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes
-están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La
-sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar;
-tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una
-puerta...</p>
-
-<p>&mdash;¿Va usted bien colocado?&mdash;inquiere don Juan.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;replica don Andrés&mdash;; he tenido la desgracia de ir a caer junto a
-un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías...</p>
-
-<p>Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted no es mudo?...</p>
-
-<p>Don Andrés también rie:</p>
-
-<p>&mdash;¡No!&mdash;exclama un tanto despectivamente&mdash;; poco a poco: ¡yo, qué he de
-ser mudo!...</p>
-
-<p>A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama:</p>
-
-<p>&mdash;¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío!</p>
-
-<p>Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de
-pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a
-don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El
-joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue
-retador:<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se
-lo tolero!...</p>
-
-<p>El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que
-indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros
-intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones
-conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone
-templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las
-explicaciones pacifistas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;dice don Andrés&mdash;sé hablar magistralmente con las manos, y a la
-estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo&mdash;interrumpió el joven embigotado&mdash;, que también conozco
-perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas,
-pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y yo creí que usted era mudo!&mdash;exclamó don Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué
-pueden conversar dos personas que no se conocen?...</p>
-
-<p>Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los
-espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo
-festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo.
-Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo
-ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún.</p>
-
-<p>En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca,
-cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él
-le hallé decaído, marchito, cual si<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span> una gran pena&mdash;los dolores pesan
-más que los años&mdash;le oprimiese.</p>
-
-<p>Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las
-atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste,
-en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto
-comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo
-declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su
-compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la
-inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima,
-Raquel preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienes?...</p>
-
-<p>El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir
-mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de
-superioridad compasiva, tal vez un poquito&mdash;¡oh, muy poco!&mdash;de ironía,
-porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien.</p>
-
-<p>Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienes?... Háblame...</p>
-
-<p>A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a
-retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se
-adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?&mdash;murmuró&mdash;. ¿La
-crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que
-el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la
-única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que
-cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que
-luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span> hoy, que te adoro,
-hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente
-desgraciado. ¿Comprendes esto?</p>
-
-<p>Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de
-segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy
-tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el
-bronce de su cara y le aceraba los ojos:</p>
-
-<p>&mdash;En <i>El anillo de los Nibelungos</i>&mdash;¿te acuerdas?... lo vimos
-juntos&mdash;Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni
-alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la
-salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!...
-El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que
-tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no
-ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los
-gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que
-no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran.</p>
-
-<p>Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado...</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué seguir?&mdash;exclamó&mdash;; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú
-llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y
-como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?...</p>
-
-<p>Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía
-sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma
-mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y
-deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span>
-cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas
-fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas.</p>
-
-<p>El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a
-ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella
-mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil,
-su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura,
-como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba.</p>
-
-<p>&mdash;Algo esconde que no sabré nunca&mdash;meditaba&mdash;; es decir, hay en ella
-algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen:
-“Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa
-mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer
-te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si
-yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!...
-¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las
-partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las
-bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la
-naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas
-estuviesen juntas...</p>
-
-<p>Prosiguió su indagatoria:</p>
-
-<p>&mdash;No es posible que ella me quiera ciegamente, “por instinto”, como yo
-entiendo que quiere el verdadero amor. El amor es una descentración del
-espíritu, una enfermedad. Muchas veces el enfermo se dice: “Este amor no
-me conviene; debo desecharlo”... Y, en el mismo instante, siente
-recrudecerse más su cariño. Yo, desgraciadamente, soy de ésos. Pero
-Raquel, no; Raquel es<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span> demasiado inteligente, demasiado equilibrada,
-para entregarse así. El amor&mdash;ya lo dije antes&mdash;es ceguera, y en el
-cerebro de esa criatura hay excesiva claridad. La he observado bien; lo
-subconsciente significa en ella muy poco: su voluntad es razonada, su
-fantasía también lo es; ¡hasta su memoria, en la cual cada recuerdo,
-como los vocablos en los diccionarios, está en su sitio! Su razón, de
-consiguiente, ocupa y esclarece toda su alma; y el instinto es fotófobo,
-porque la luz lo mata... Entonces, ¿por qué esta mujer me quiere
-tanto?... O, de otro modo: ¿por qué, si verdaderamente no me quiere, con
-tanto empeño procura mostrárseme transida y cegada de amor?...
-Arbitrariamente no es, porque los nardos del capricho jamás florecieron
-en su jardín; luego su pasión ha de ser reflexiva, cimentada...</p>
-
-<p>Al llegar a este punto, el apretado soliloquio parecía deshilacharse;
-don Rodrigo se extraviaba; comenzó su meditación partiendo del supuesto
-que el amor no razona, y tras mucho discurrir sacaba en limpio que
-Raquel le quería “porque razonaba”... Y apenas se sorprendió en
-flagrante delito de alogia, cuando obligó a su pensamiento a cambiar de
-rumbo. De pronto le pareció&mdash;¡cuántas veces le había parecido lo
-mismo!&mdash;que empezaba a comprender. Raquel se esmeraba en ofrecerle un
-gran amor, no para engañarle, sino por el solo dilecto deseo de realizar
-una obra de belleza, ya que un perfecto amor es lo único absolutamente
-artístico que existe. Ella amaba por estetismo, porque es bonito amar,
-mas no por hallarse prendada positivamente de la persona que la servía
-para hacer “obra de amor”, como el escultor puede gastar entera su<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> vida
-en pulir y hermosear una estatua sin hallarse enamorado de ella. El amor
-es el Ideal, el dios colocado muy por encima del icono que lo
-representa. Amar infinitamente es acercarse a los héroes, sobresalir,
-porque sólo los elegidos, los “excepcionales”, son capaces de ser amados
-y de amar hasta la perdición. Decir: “Yo amo y sé hacerme amar con
-frenesí”, es más que decir: “Yo poseo toda la sabiduría o todo el oro de
-los hombres”. Amar es predicar armonía, repartir alegría; “hacer arte”,
-en fin...</p>
-
-<p>&mdash;Lo que muchos inferiores realizan por instinto&mdash;continuaba
-discurriendo don Rodrigo&mdash;lo consigue Raquel con su superior
-inteligencia. Lo que otros pintan o escriben, ella lo vive. Yo acerté a
-cortejarla cuando su corazón sentía la necesidad de “producir belleza”,
-y materializó en mí su aspiración; otro hombre hubiese pasado entonces,
-y habría sido lo mismo; lo único que no hicieron los demás y yo sí, fué
-pasar a tiempo. ¿De qué asombrarnos, cuando en la inteligencia residen
-todas las capacidades del alma?... Un hombre valiente arrostra la muerte
-tranquilo, sin esfuerzo y sólo por la natural anchura de su corazón; y
-un cobarde inteligente verifica igual proeza por reflexión, para
-imponerse a la admiración de las muchedumbres con el ejemplo de una
-muerte heroica. El hombre no nació para volar, y vuela, sin embargo,
-porque su inteligencia le dió alas; no nació para nadar bajo el agua, y
-su inteligencia, no obstante, le permite hacerlo; y así y por razones
-parecidas, una persona puede no amar, y con su esclarecida inteligencia
-crear un amor...</p>
-
-<p>No dijo más, y en la penumbra del departamento su rostro aguileño se me
-antojó dema<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span>crado, apagado, por una indefinible expresión de despedida.
-Luego cruzó las manos, como si orase, apoyó una mejilla sobre la cabeza
-de Raquel, y se quedó dormido.</p>
-
-<p>Una semana después don Rodrigo regresó a Valladolid, y extrañé que su
-amada no fuese a despedirle.</p>
-
-<p>&mdash;Estará enferma&mdash;pensé.</p>
-
-<p>El me pareció más delgado y de peor color. Su nerviosidad se había
-exasperado: mientras el tren corría, don Rodrigo sufría considerando
-cómo aumentaba la distancia que le separaba de Raquel; cuando nos
-deteníamos en alguna estación su tortura se interrumpía; pero apenas
-emprendíamos la marcha nuevamente, su suplicio se reanudaba.</p>
-
-<p>Durante aquel verano hizo cinco viajes, lo menos, a La Coruña, y cuando
-reaparecía en el andén de la estación gallega, siempre iba solo. Raquel
-ya no le acompañaba. Una mañana llegó a La Coruña, y el mismo día
-regresó a Valladolid. No llevaba equipaje, y entre sus cejas distinguí
-un pliegue obscuro, de mal agüero. Aquel hombre se parecía exteriormente
-al don Rodrigo que yo conocía, pero interiormente era otro.</p>
-
-<p>Mientras rodábamos comuniqué a Dos-Caras cuanto había visto y observado
-en las relaciones de sus antiguos clientes. El veterano vagón tardó en
-responder.</p>
-
-<p>&mdash;No sé&mdash;dijo&mdash;lo que pueda separarles; pero yo te aseguro que, de los
-dos, uno acaba mal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las
-infidelidades no tienen importancia, acaso porque&mdash;allá en lo más
-íntimo&mdash;creen que su posesión, que los hombres tan<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span>to celebran, vale
-poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más
-gente que los ferrocarriles.</p>
-
-<p>Tras unos momentos de silencio, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad
-vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te
-has manchado de sangre alguna vez?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por fuera o por dentro?</p>
-
-<p>&mdash;Por dentro y por fuera.</p>
-
-<p>Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi
-“expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la
-tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos.</p>
-
-<p>&mdash;Lo más grave, lo que decide de tu sino&mdash;replicó reposadamente
-Dos-Caras&mdash;, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te
-ensangrentaste las ruedas?</p>
-
-<p>&mdash;Probablemente menos de ocho años.</p>
-
-<p>&mdash;¡Temprano se acercó la muerte a ti!...</p>
-
-<p>Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones,
-agregó, sibilino:</p>
-
-<p>&mdash;La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una <i>jettatura</i> de drama.
-Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera
-equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!...</p>
-
-<p>Concluyó:</p>
-
-<p>&mdash;Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has
-comunicado tu maleficio.</p>
-
-<p>Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado,
-sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque&mdash;pen<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span>sé&mdash;no
-concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún
-modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que
-pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras,
-fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don
-profético, había hablado bien.</p>
-
-<p>Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso&mdash;los ocupantes del
-convoy no llegarían a sesenta&mdash;y con un cielo transparente,
-magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid
-que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un
-candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de
-una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como
-cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el
-tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría
-de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo,
-y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que
-nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a
-despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada
-en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a
-anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros
-de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas
-y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los
-ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante,
-jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en
-las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez.
-Contribuía a malhumorarme la<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span> circunstancia de ser la unidad postrera
-del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada.
-Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado.</p>
-
-<p>Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba:</p>
-
-<p>&mdash;Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con
-ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que
-tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los
-terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué
-asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más
-dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben
-reservarse los sitios mejores del convoy.</p>
-
-<p>Me eché a reir.</p>
-
-<p>&mdash;Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los
-terceras”&mdash;dije&mdash;habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría
-de nuestros inquilinos viajan de balde.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, sí&mdash;tartamudeó Dos-Caras&mdash;; pero eso no importa.</p>
-
-<p>&mdash;Pienso como tú.</p>
-
-<p>&mdash;No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No
-reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones
-debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de
-la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras”
-son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza.
-“Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y
-vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia&mdash;especialmente en los
-tiempos actuales&mdash;no aprove<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span>cha para nada, o sirve de muy poco, y, sin
-embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así...</p>
-
-<p>Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un
-razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado
-atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente
-eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo;
-el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí
-y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de
-un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné
-sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal
-modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi
-conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable
-y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido:
-de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales
-del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como
-potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en
-inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una
-voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de
-asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude
-leer más, porque en su corazón no había más...</p>
-
-<p>Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus
-bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de
-aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita
-de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de
-frotarla<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span> pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la
-frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe
-llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las
-mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo
-las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio
-parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y
-si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me
-libre... porque toda bala tiene algo de llave”...</p>
-
-<p>Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y
-tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones
-estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo...</p>
-
-<p>&mdash;Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo
-sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a
-matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de
-ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado
-y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese
-menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la
-tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta.
-Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un
-calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué
-necesitaba la libertad?...</p>
-
-<p>De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía:</p>
-
-<p>“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te
-adoro. Raquel”.</p>
-
-<p>Don Rodrigo suspiró; quedóse callado, sin<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span> pensar, como idiota. En
-seguida reanudó su discurso:</p>
-
-<p>&mdash;¡Me adora, dice!... Es cierto. Yo sé que me quiere, y, a pesar de
-quererme, la maldita quiere a otro. O, acaso sólo a mí quiere, lo que no
-la impide entregarse a otro amor. ¡Ella no miente! Su corazón es mío; el
-engañado es mi rival, porque ella no le quiere... Pero, si me quiere
-tanto, ¿cómo puede seguir a quien no quiere? ¿Cuál es la lógica de este
-absurdo?...</p>
-
-<p>Violentamente se abalanzó sobre el maletín, del que sacó ocho o diez
-gruesos paquetes de cartas, atados con balduques.</p>
-
-<p>&mdash;¡Las había olvidado!&mdash;murmuró&mdash;; ¡oh, qué ligereza! Es necesario
-destruirlas en seguida; no permito que nadie las lea: son suyas, son
-sagradas... ¡porque son suyas!...</p>
-
-<p>Empezó a romperlas en sentido perpendicular a los renglones, para mejor
-desfigurar lo escrito; en esta tarea, a la que se aplicó ahincadamente,
-invirtió cerca de una hora; las cartas eran muchas; yo conté más de
-seiscientas, de las cuales las más pequeñas ocupaban dos y tres pliegos.
-También despedazó varios centenares de telefonemas. Y cuando todo estuvo
-reducido a trizas, abrió una ventanilla, se llenó ambas manos con
-aquellos pedacitos de papel, calientes como cenizas, en que una mano de
-mujer, día por día, fué escribiendo la biografía de su corazón, y los
-arrojó al espacio negro. Después lanzó otro puñado, y luego otro... y
-otro... En seguida se asomó a la ventana, y vió que la mayoría de
-aquellos trocitos de papel, atraídos por el vacío que la marcha del tren
-dejaba en pos de sí, volaban como ágiles mariposas blancas, detrás del
-convoy; parecían se<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span>guirle, acosarle, con la obstinación de los
-recuerdos; parecían vivir, y su ansiedad humana acongojó al amante: en
-el primer momento aquellos pedazos de papel eran muchos; rápidamente su
-número disminuyó porque venían al suelo, como fatigados; algunos, que
-habían conseguido detenerse en los salientes del furgón, arrebatados por
-el viento se marcharon también con el dolor de las hojas secas. Todavía
-revolaba uno, sin embargo; el último, el más tenaz: subía, bajaba,
-volvía a subir... “&mdash;¿Por qué resiste tanto?&mdash;don Rodrigo pensaba&mdash;;
-¿querrá decirme algo?... ¿Qué palabra de salvación habrá escrita en
-él?...” Y continuó observándolo, hasta que cayó. Volvió a mirar. Ya no
-quedaba ninguno, y la historia que hubo en ellos se desvaneció, tal que
-un perfume, en la extensión ingrata del campo; lo que nació en el calor
-de una alcoba, moría en el viento y en la nieve. Don Rodrigo, con deseos
-de llorar, volvió la cabeza y subió el cristal. La primera puñalada de
-aquel drama, había sido para él y la sentía en el corazón.</p>
-
-<p>Como demostrase intenciones de dormir, reanudé mi diálogo con Dos-Caras,
-a quien referí cuanto acababa de observar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y crees tú&mdash;repuso&mdash;que matará a Raquel en la estación?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy seguro, porque es un impulsivo terrible y no sabrá contenerse.</p>
-
-<p>&mdash;¡Con tal&mdash;gruñó&mdash;que, al disparar, lo haga de espaldas a nosotros!...
-Me haría poca gracia que me agujereasen de un tiro...</p>
-
-<p>Había cesado de nevar y, al salir de Astorga, la niebla era tan espesa
-que los coches apenas nos veíamos unos a otros. Imposible distinguir<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span>
-las señales que nos hacían los discos; lloviznaba. Caminábamos a menos
-de cuarenta kilómetros por hora, y frecuentemente La Triste nos
-sobrecogía el ánimo con sus silbidos dolorosos. Minutos antes de cruzar
-el río Porqueros se detuvo, empezó a pitar y al cabo siguió con
-extraordinaria lentitud. La noche era absolutamente negra;
-sabíamos&mdash;porque las ruedas nos lo decían&mdash;que repechábamos, y nada más.</p>
-
-<p>Dos-Caras me habló.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cabal, tienes miedo?</p>
-
-<p>Respondí la verdad:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, viejo: tengo miedo; ¿y tú?...</p>
-
-<p>&mdash;También; más que tú, porque tengo mayor experiencia. Es probable que
-el loco de don Rodrigo nos haya traído la mala sombra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú crees en brujerías?</p>
-
-<p>&mdash;Creo&mdash;replicó&mdash;en que nadie sabe lo que se esconde detrás de la
-muerte, y en que si hay un espíritu interesado en salvar a Raquel podía
-suceder que don Rodrigo no llegase a La Coruña...</p>
-
-<p>Sus palabras misteriosas me atemorizaron, y guardé silencio; pero como
-saliésemos del túnel del Lazo sin novedad, sentí renacer mi buen ánimo.
-La niebla, sin embargo, no cedía; llevábamos cuarenta minutos de
-retraso, y La Triste mantenía su andar cauteloso, a pesar de que el
-camino, en cuesta abajo, invitaba a correr.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes miedo todavía?&mdash;pregunté a mi compañero.</p>
-
-<p>&mdash;Más miedo que nunca&mdash;repuso&mdash;; pues cuando la locomotora silba tanto
-es porque el maquinista no ve y no está seguro del camino.</p>
-
-<p>A poco de salir de Ponferrada, nuestra<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span> marcha aumentó, lo que juzgué
-buena señal.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde
-debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo&mdash;comentó
-Dos-Caras.</p>
-
-<p>En tal instante oímos varios silbidos, que parecían responder a los de
-La Triste, y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable.</p>
-
-<p>&mdash;¡Un tren!&mdash;grité&mdash;¡Viene un tren!...</p>
-
-<p>&mdash;El de Villafranca&mdash;gimió Dos-Caras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos a chocar?... ¿Crees que vamos a chocar?...</p>
-
-<p>No oí la contestación de mi compañero; un estremecimiento instantáneo y
-formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras
-ruedas. La detención fué tan rápida, que, según me dijeron más tarde, la
-pirámide de carbón del ténder se fué hacia adelante, aplastando al
-maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes
-no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?... El choque
-de las locomotoras fué tan ingente, que quedaron empotradas la una en la
-otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a
-descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron
-reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y
-Dos-Caras, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas
-montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se
-desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales;
-también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los
-tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos
-saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span>
-instantes de pánico, comprendí que estaba salvo y pude mirar dentro de
-mí mismo, vi el cadáver de don Rodrigo tendido en medio del corredor,
-con la frente rota... Había chocado conmigo, y yo le había matado.</p>
-
-<p>&mdash;He salvado a Raquel&mdash;pensé.<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h2>
-
-<p>Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al
-siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y
-más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de
-León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que
-conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los
-cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba
-nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás,
-en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo
-sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante
-postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el
-plano descendente de mi vida empezaba.</p>
-
-<p>En los quince días que duró mi convalecencia, mis
-curanderos&mdash;carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas,
-electricistas, tapiceros, etc.&mdash;infligiéronme crueles padecimientos. Las
-averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo
-imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con
-que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como
-enchufarse, unas en<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span> otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé
-magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después:
-me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las
-heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya,
-se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante.
-A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y
-profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía
-combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si
-mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de
-sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo
-aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del
-costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias
-rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del
-árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera
-de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron
-que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo
-traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de
-construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron
-el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia.</p>
-
-<p>Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme,
-a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a
-corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de
-la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las
-redecillas para equipajes, revistieron el<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span> cuarto-tocador, cuyos
-azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de
-linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes,
-volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi
-cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al
-sol. Mis camaradas me felicitaban.</p>
-
-<p>&mdash;Sea enhorabuena&mdash;decían&mdash;; estás mejor que antes, más joven...</p>
-
-<p>&mdash;¡Buen viaje, Cabal!&mdash;me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún
-no habían dado “de alta”.</p>
-
-<p>Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi
-historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado,
-maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto
-de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la
-inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”.
-Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba
-sobre mí. “La sangre llama a la sangre”&mdash;había asegurado el viejo
-compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte
-años, podía volver...</p>
-
-<p>De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios
-días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un
-“primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se
-partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó
-gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u
-ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se
-comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> los sentía
-anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos
-muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito
-mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y
-ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los
-“correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de
-acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad;
-en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse
-verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como
-sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches
-tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y
-frenan mejor, y representan un núcleo, una casta.</p>
-
-<p>Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer
-la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde
-Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de
-Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los
-parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo.</p>
-
-<p>Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías
-tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido”
-asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo
-sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la
-hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”,
-provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la
-vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos
-posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos.<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span>
-Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y
-tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos;
-estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y
-venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras
-resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella
-enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra
-inmovilidad parecía aún más trágica.</p>
-
-<p>Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados
-y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que
-hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía
-doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el
-lote figurábamos nosotros. Al reconocerme&mdash;y lo hizo con severa
-escrupulosidad&mdash;uno de aquellos caballeros exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Este coche no parece malo!</p>
-
-<p>El señor a quien dirigía la observación repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo.</p>
-
-<p>Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión
-que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían
-recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi
-presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de
-esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto
-decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos
-aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una
-máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la ca<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span>pital por líneas
-que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en
-un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso
-edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento.</p>
-
-<p>Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi
-juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los
-Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá,
-dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A
-mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces
-era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella
-parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído
-sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el
-movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo
-parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones
-gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos
-que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún
-la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que,
-desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo
-cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del
-terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el
-aire es más seco.</p>
-
-<p>&mdash;Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones
-levantinas&mdash;pensé&mdash;será cordial para mí como una estación de invierno.</p>
-
-<p>Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía
-de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana&mdash;y co<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span>mo para
-borrar mi pasado&mdash;, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de
-los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros
-correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte,
-sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San
-Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras
-flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y
-alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer
-a mis compañeros de ruta.</p>
-
-<p>A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a
-contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a
-quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a
-mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El
-Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras
-con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y
-los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba
-campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un
-peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron
-en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le
-testimoniaban respeto.</p>
-
-<p>Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres
-y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente
-respondí a sus averiguaciones&mdash;pues nunca me gustó caminar de prisa en
-la amistad&mdash;; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la
-línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña&mdash;callé que en un
-“correo”&mdash;y que después del choque de Toral de los<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span> Vados trabajé dos
-meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente
-castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a
-mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad;
-debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás.
-Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme
-para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la
-“novatada”; era algo de lo que&mdash;según muchas veces he oído contar&mdash;les
-sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buen chasco vais a llevaros!&mdash;meditaba yo.</p>
-
-<p>Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me
-interrogó:</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde eres tú?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú?&mdash;repliqué en el mismo tono insolente.</p>
-
-<p>&mdash;De Zaragoza.</p>
-
-<p>&mdash;Yo nací en Saint-Denis.</p>
-
-<p>&mdash;¿San... qué?...</p>
-
-<p>&mdash;Saint-Denis&mdash;repetí.</p>
-
-<p>&mdash;Franchute, entonces...</p>
-
-<p>&mdash;No; franchute, no; francés. Y, desde que llegué a España, me llaman El
-Cabal, nombre que te explicará mi condición; y es que soy completo; o,
-lo que es igual: que, como nada me falta, nadie puede tener más que yo.</p>
-
-<p>&mdash;Así debe ser&mdash;repuso El Majo.</p>
-
-<p>Pero sentí que lo decía a regañadientes y que me guardaba rencor.</p>
-
-<p>Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros
-asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y vo<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span>ces del
-exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada
-sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del
-alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por
-cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su
-carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los
-romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures&mdash;aunque
-muy distintos entre sí&mdash;conservan la sangre de los iberos primitivos;
-los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de
-árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en
-Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones
-proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus
-respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una
-prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un
-reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su
-cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas
-narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza
-vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres
-serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye
-platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las
-mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más
-turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona&mdash;años después
-lo comprobé por mí mismo&mdash;sólo se habla catalán; en los de Valencia,
-valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches,
-durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una
-de las dos grandes estaciones ferro<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span>viarias de la Corte reasume el
-“plano moral” de media Península.</p>
-
-<p>El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es
-patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas,
-Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus
-bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y
-algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas
-norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía&mdash;la vieja
-Vandalia&mdash;son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es
-epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por
-altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda
-su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto
-extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser
-muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista
-de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor
-y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos
-conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en
-nuestro espíritu por obra de aquella costumbre&mdash;reflejo de nuestro
-egoísmo&mdash;que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de
-ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra
-hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e,
-inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea,
-no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o
-se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo
-de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span> ellos
-una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor
-vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará
-acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la
-filantropía. “A nuestro interlocutor&mdash;piensa&mdash;debo entretenerle,
-consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al
-aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una
-pirueta, y así, del dolor secular&mdash;dolor de raza&mdash;de todos los
-andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de
-Andalucía.</p>
-
-<p>Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba
-y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las
-charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa&mdash;a veces
-corrosiva&mdash;de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no
-bien la conversación se enciende.</p>
-
-<p>La noche a que antes me refería&mdash;la de mi primer viaje a Sevilla&mdash;era
-una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en
-todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una
-compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre
-mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran
-andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado
-a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el
-“galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le
-llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba
-conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante
-hablaban a gritos:<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?&mdash;decía él.</p>
-
-<p>&mdash;A una gorda, sería.</p>
-
-<p>&mdash;Se equivoca usted: a una flaca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús, qué mal gusto!</p>
-
-<p>&mdash;A Pilar Gil.</p>
-
-<p>&mdash;No me diga usted dónde la pellizcó.</p>
-
-<p>&mdash;Donde me pareció que tenía más carne.</p>
-
-<p>&mdash;De todos modos llegaría usted al hueso en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que si llegué?... ¡Como que perdí la uña!...</p>
-
-<p>El picante discreteo continuó. “Pedro Domecq” quería atraer a la actriz
-a su departamento; ella resistía y coqueteaba:</p>
-
-<p>&mdash;Véngase usted aquí, criatura...</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay algún asiento desocupado?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted cree que yo iba a ofrecerla un asiento, como a una vieja?</p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces, qué?</p>
-
-<p>&mdash;Mis rodillas, que parecen hechas de plumas, por lo blandas.</p>
-
-<p>&mdash;No me convienen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Iba usted a tener mucho calor?</p>
-
-<p>&mdash;Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no
-podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche...</p>
-
-<p>&mdash;No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar.</p>
-
-<p>Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a
-despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la
-confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos
-rancios:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?...<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Hombre... ¡qué sé yo!...</p>
-
-<p>&mdash;Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya
-puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda?</p>
-
-<p>&mdash;Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la
-que te llevas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese,
-para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?...</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde ibas a comprarla?</p>
-
-<p>&mdash;Yo preguntaría dónde la venden buena.</p>
-
-<p>&mdash;Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a
-engañarte...</p>
-
-<p>En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la
-farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el
-sombrero.</p>
-
-<p>&mdash;¡No gastéis los aplausos&mdash;repetía el empresario&mdash;; no los gastéis, que
-luego os harán falta!...</p>
-
-<p>Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer,
-decían “adiós”.</p>
-
-<p>Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado
-interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis
-huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos
-raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo
-castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos
-en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...</p>
-
-<p>La actriz se asomó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?...</p>
-
-<p>&mdash;Hacerla una pregunta.<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Diga.</p>
-
-<p>&mdash;¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?...</p>
-
-<p>Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De
-ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una
-alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de
-hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a
-gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...</p>
-
-<p>Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?...</p>
-
-<p>&mdash;¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de
-esta estación?...</p>
-
-<p>Algunos de mis inquilinos habían pasado al <i>dining-car</i>, pero la
-mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo
-cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud.</p>
-
-<p>Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir
-mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las
-planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco,
-bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los
-repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las
-ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy
-resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos,
-teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla,
-Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos
-alto, resonaba<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span> la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba:</p>
-
-<p>&mdash;Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta
-estación?...</p>
-
-<p>Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban
-con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor
-gracia parecía tener.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal máquina llevamos?&mdash;pregunté al Negro.</p>
-
-<p>&mdash;Superiorísima&mdash;contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz
-legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole&mdash;; cuatro años hace que
-ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno
-administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería
-perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos
-recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una
-locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma...</p>
-
-<p>Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel
-expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un
-“jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi
-servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar
-rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y
-su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban
-apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir,
-dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se
-alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y
-empezaba a clarear.<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span></p>
-
-<p>La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro
-Domecq”, repetía inútilmente:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor
-impropio de esta estación?...<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h2>
-
-<p>Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció
-detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea
-andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su
-estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la
-psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un
-río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles.
-Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia...
-no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así
-cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron,
-no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más
-que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra
-península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que
-España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas,
-parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus
-planicies estériles, sus ríos sin agua&mdash;aquellos mismos que hace siglos
-prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como mi<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span>llonarios
-arruinados&mdash;, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de
-salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas
-ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo
-inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco
-gobernable.</p>
-
-<p>Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el
-espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente,
-penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más
-ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él
-renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en
-cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho,
-especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado
-El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses
-que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se
-hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de
-conocer, y mi memoria.</p>
-
-<p>En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y
-Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los
-alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa
-la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después
-las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas&mdash;tierras de
-sal&mdash;de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el
-pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una
-fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela,
-famosos por sus inmensos viñedos. La esta<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span>ción de Almuradiel ocupa la
-altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del
-Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la
-cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de
-Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos
-tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados
-perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una
-adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y
-después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano,
-descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para
-Granada y Almería. Pasan luego&mdash;y sólo he de citar las villas
-principales&mdash;Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las
-Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los
-viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de
-Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos
-dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las
-siete torres&mdash;diez veces centenarias&mdash;del castillo de Bujalance,
-construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos
-Córdoba, triste, augusta y hermética&mdash;según el público decir&mdash;como un
-altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió
-sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones
-con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece
-enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen
-un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la
-romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> Giralda, maravilla
-de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...</p>
-
-<p>Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me
-ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde
-pasábamos.</p>
-
-<p>&mdash;Pertenecemos&mdash;decía mi compañero&mdash;a un país milagroso; y lo califico
-así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por
-destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de
-árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque
-persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y
-con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los
-eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos
-son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto,
-la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los
-hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes
-constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren
-los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los
-árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta
-nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo,
-a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer
-justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser
-aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a
-patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen
-tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la
-habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los
-rieles arena; pero ésta, al<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span> revolverse con el aceite de las langostas
-estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos
-obligó a inmovilidad.</p>
-
-<p>Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó:</p>
-
-<p>&mdash;En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta
-no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y
-no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor.
-¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!...</p>
-
-<p>&mdash;El cacique&mdash;interrumpí&mdash;descendiente caricaturesco del señor feudal,
-es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras
-muchas partes.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;replicó El Negro&mdash;, el caciquismo es dolencia muy española; mas no
-puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está
-hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la
-desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros
-gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas.
-Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a
-cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca
-de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no
-porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria
-España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o
-político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí,
-los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo
-para ellos y, desde luego, más teatral.</p>
-
-<p>Estas meditaciones resucitaron en mi memoria<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span> las que, a propósito de un
-tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo
-amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este
-país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio,
-los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su
-desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la
-autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el
-mundo&mdash;discurre&mdash;me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el
-“más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo,
-llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide
-por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada
-filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero
-inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos
-mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias,
-representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las
-levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los
-espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?...</p>
-
-<p>Platicando en este tono, en el que había más melancolía que
-apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no
-recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas
-personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas
-yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los
-dos&mdash;pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego&mdash;,
-prestaba escolta.</p>
-
-<p>Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo;
-pero... tan expresivo, tan<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span> burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás
-aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el
-“prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y&mdash;por lo
-mismo&mdash;al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque
-es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo
-muy serio.</p>
-
-<p>Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi
-personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras
-antes de dejarlas hablar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida</span>: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos
-bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo
-conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y
-maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste
-una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre
-triste como un adiós.</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Alfonso</span>: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la
-vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.</p>
-
-<p>“<span class="smcap">El otro señor</span>”&mdash;nunca oí su nombre&mdash;: la misma edad de don Alfonso.
-“Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas
-prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una
-doble expresión muy frecuente, porque la bondad&mdash;entre los
-humanos&mdash;suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes
-grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...</p>
-
-<p>Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera
-mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span>
-dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida
-nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un
-servidor del <i>dining-car</i>, que repite ante la puertecilla de cada
-departamento:</p>
-
-<p>&mdash;Señores: la “primera mesa” va a empezar...</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>&mdash;(<i>Levantándose</i>.) Autorícenme ustedes a marcharme. (<i>A
-ella</i>.) ¿Te envío un té?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;(<i>Dulcemente</i>.) No, gracias.</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>&mdash;(<i>Obsequioso</i>.) Un té, bien azucarado... y con unas
-pastitas...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;Me haría daño; ¿no lo sabes? (<i>Mirándole amorosamente</i>.) Come bien
-tú; come por los dos...</p>
-
-<p>Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”&mdash;que también así
-podemos designarle&mdash;quedan solos en su departamento. En torno suyo,
-sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida,
-que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza
-y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha
-divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más
-retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita
-ser justificado.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (<i>Dirige a mis dos
-lámparas una mirada despectiva, que me ofende.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;¿La gusta a usted leer?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;Según... (<i>Pausa breve.</i>) Los libros amenos no abundan. Es tan
-difícil hallar un libro<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span> interesante como conocer un hombre entretenido.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;(<i>Con acento seguro.</i>) ¿Verdad que son muy raros los hombres
-interesantes?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;Dos por mil.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Exagera usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;¿Le parecen pocos?</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque
-saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más,
-porque lo ignoran todo.</p>
-
-<p>Los dos sonríen.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos
-casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos
-toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.</p>
-
-<p>Ida suspira.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Yo, también soy un gran desengañado. (<i>Corta pausa.</i>) El mundo es
-monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que,
-como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el
-único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (<i>Otro
-silencio discreto.</i>) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y
-maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba
-toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo
-añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar
-entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a
-contentarme con él.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;¿Lo halló usted?<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span></p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Todavía no. (<i>Mirándola expresivamente a los ojos.</i>) O, quizás,
-sí... ¡No lo sé!...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;¿Busca usted aún?</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Siempre.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (<i>Con un
-temblor, casi imperceptible, en la voz.</i>) Yo... ¡ya no busco!</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo
-fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de
-casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;Tal vez... (<i>Mueve la cabeza.</i>) Pero, ¿a qué afanarnos en crear
-ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que
-detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”...
-¡Como en la vida!</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;(<i>Fervoroso.</i>) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos
-derrota... ¡volvamos a luchar!</p>
-
-<p>Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran,
-entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me
-alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos,
-empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy
-artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;(<i>Interrumpiéndola vehemente.</i>) ¡Sí, amor!</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo
-quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Indudablemente, y apelo al testimonio<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span> del libro inmortal cuya
-autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don
-Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (<i>Animándose.</i>) ¡Ah, si
-la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;¡Qué locura! Amar es esclavizarse.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del
-aburrimiento?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que
-acarrea un amor?... (<i>Risueña.</i>) Oiga usted a los hombres...</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;(<i>Exaltándose.</i>) ¡Miserables!... La mujer que no amamos,
-ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda
-ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga;
-la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre
-llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.</p>
-
-<p>Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el
-oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la
-botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es
-ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio.
-Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de
-rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan
-discreteando, pero en voz más confidencial.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;(<i>Con un nuevo ardor en el acento.</i>) El mundo objetivo no existe
-realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo
-sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un
-poquito cruel. (<i>Un silencio que empleará en recoger ideas.</i>) ¿Cono<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span>ce
-usted la admirable película de Pietro Fosco, <i>El fuego</i>?...</p>
-
-<p>Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos,
-parecen aniñarse con la curiosidad.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una
-mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las
-tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la
-hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la
-interesan. “&mdash;Iré a tu casa&mdash;le anuncia&mdash;para conocerte mejor.” A la
-noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el
-estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una
-vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la
-pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase
-más enamorada del pintor. “&mdash;Tienes mucho talento&mdash;repite&mdash;; un
-extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las
-circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “&mdash;A tu
-madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de
-separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma
-entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles,
-fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no
-apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “&mdash;¿Y mi
-novia?”&mdash;interroga suplicante. “&mdash;Sacrifícala también: es indispensable
-que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “&mdash;¿Cuánto
-tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “&mdash;Ocho horas,
-señora.” “&mdash;¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “&mdash;¿Qué<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span>
-haré&mdash;replica <span class="smcap">El</span>&mdash;si no puede alumbrar mejor?” “&mdash;Te engañas. Hay en tu
-lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí.
-¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo.
-Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado,
-cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;(<i>Temblando.</i>) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se
-me han quedado frías.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de
-los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger
-pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz
-vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida
-una hoguera?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;No lo sé.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su
-intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un
-instante si basta a enseñárnoslo todo. (<i>Misterioso y profético.</i>) Y es
-llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;No me atrevo...</p>
-
-<p>Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo.</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;“Rompa usted su lámpara”. (<i>Sombrío.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;¿Y después?</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;No pregunte usted eso: la Felicidad no tiene futuro, no tiene
-“después”. Cuando el incendio le haya permitido a usted ver “lo
-infinito”, ¿para qué querría usted seguir viviendo? (<i>Pausa.</i>)<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span></p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;(<i>Con curiosidad pueril.</i>) ¿Cómo termina el pintor su aventura?</p>
-
-<p><span class="smcap">El.</span>&mdash;Malamente: porque acaba sus días idiota, en un manicomio, haciendo
-pajaritas de papel. (<i>Transición.</i>) Pero, ¿qué importa, si antes de caer
-en la idiotez fué famoso, rico y amado?...</p>
-
-<p>El esposo de Ida, que vuelve del comedor, aparece inesperadamente:</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches.</p>
-
-<p>Ida lanza un pequeño grito.</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>&mdash;¿Soy importuno?... ¿De qué hablaban ustedes?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;Como no te sentimos llegar... (<i>Recobrándose.</i>) Nuestro amigo me
-contaba el argumento de una película.</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>&mdash;En el coche inmediato he saludado a la marquesa de Guzmán;
-lleva a una de sus nietecitas enfermas; yo la dije que tú pasarías un
-momento a visitarla; ¿quieres?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ida.</span>&mdash;(<i>Levantándose.</i>) Sí, sí; hiciste muy bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>&mdash;(<i>A su amigo.</i>) Estaremos de vuelta antes de que usted se
-marche a cenar.</p>
-
-<p><span class="smcap">El señor del clavel encarnado.</span>&mdash;Muy bien... (<i>Saluda.</i>)</p>
-
-<p>El matrimonio sale; don Alfonso camina delante. Al franquear la
-puertecilla del compartimiento, Ida vuelve la cabeza y sonríe; y aquella
-mirada y aquella sonrisa, “el hombre del clavel encarnado” las recibe a
-la vez, tal que dos saetas, en el corazón.<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h2>
-
-<p>Abril había empezado, y era increíble la cantidad de “turistas”
-españoles y extranjeros que las festividades de Semana Santa y
-Feria&mdash;célebres en el mundo&mdash;llevaban a Sevilla. A diario los trenes de
-todas las líneas andaluzas rebosaban gente, y a ello contribuía mucho la
-emisión circunstancial de billetes económicos de “ida y vuelta”, cuya
-gran baratura aun a los más poltrones estimulaba a peregrinar. Nuestros
-convoyes estaban rendidos del peso que transportaban a cada viaje; los
-coches, sea cual fuere su clase, así como las vagonetas y furgones,
-salían cargados de pasajeros, de equipajes, de mercancías y hasta de
-muebles. Hubo locomotoras que partieron de Madrid arrastrando más de
-trescientas cincuenta toneladas. En la estación central unos a otros nos
-informábamos del tráfico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo iba esta mañana el “rápido”?...</p>
-
-<p>&mdash;Lleno&mdash;respondía una voz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el “correo”?...</p>
-
-<p>&mdash;Lleno también: salió con retraso, porque a última hora fué necesario
-añadirle dos “terceras”.</p>
-
-<p>Todos los trenes caminaban así, incluso los<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span> “mixtos” flemáticos, a
-quienes apodábamos “los alcanzados”, porque siempre se quedaban atrás.
-Este exceso de trabajo nos fatigaba, pero al mismo tiempo nos excitaba,
-pues en la acción va envuelta siempre una alegría, y el buen humor
-bullicioso&mdash;algo plebeyo&mdash;de nuestros huéspedes, se transmitía a
-nosotros. El carácter, netamente andaluz, de los festejos que se
-celebraban, estimulaba el andalucismo de los viajeros: los andaluces
-exageraban su acento y “se comían” más letras que nunca, y hasta los
-oriundos de otras regiones, arrastrados por el ejemplo, procuraban
-imitarles. Mi expreso, desde el ténder al furgón de cola&mdash;y sobre todo
-en las curvas, que le dan una ondulación pintoresca&mdash;parecía una calle
-de Sevilla o de Córdoba; yo mismo, no obstante mi origen vasco-francés,
-empecé a hablar un poquito andaluz...</p>
-
-<p>El “sábado de Gloria”, que disipa, con la algarabía de sus campanas, las
-sombras de la Semana de Pasión, el número de nuestros viajeros aumentó.
-Según la locución vulgar, en nuestro andén “no se podía dar un paso”. A
-ello contribuía el viajar con nosotros un gran torero y un ministro,
-tipos a quienes acaso por la largueza con que ganan su dinero, España,
-nación pobre, venera mucho. “Su Excelencia”&mdash;decían los periódicos de
-aquella mañana&mdash;se quedaría en Córdoba para asistir, en nombre del rey,
-a la colocación de una “primera piedra”, y luego estudiar “un
-problema”... ¡no supe cuál!... Yo le observaba: mi sencillez ha admirado
-siempre a esos prohombres que dedican su existencia a dirigir discursos
-a las piedras, como para probar su resistencia; a estudiar<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span> problemas y
-a esconder después, primorosamente, todo lo que saben.</p>
-
-<p>El torero, uno de los más gloriosos de su época, iba más allá que “Su
-Excelencia”, pues marchaba a Sevilla a curarse la herida que en la plaza
-de toros de Valencia un espectador le produjo con una botella que arrojó
-al redondel.</p>
-
-<p>Escoltaban al señor ministro varios periodistas y un numeroso núcleo de
-figuras parlamentarias. La mayoría de aquellos caballeros pasaban de los
-cincuenta años, platicaban mesuradamente, y vestían levita y sombrero de
-copa. Empecé a establecer relaciones entre la forma de esos sombreros,
-que únicamente usan las personas trascendentales, y la chimenea de
-nuestras locomotoras. ¿Estimularán la actividad cerebral, determinarán
-“un tiro” en las ideas?... “Su Excelencia” departía con todos, prodigaba
-saludos y su vientre y su rostro barbado, denotaban satisfacción. El
-público, al reconocerle, se detenía a mirarle, y él procuraba, en todo
-momento, tener una actitud tribunicia. Le rodeaba una atmósfera de
-éxito, y el personaje procuraba que a su renombre correspondiese su
-figura. Para el vulgo, la prestancia es talento.</p>
-
-<p>“El teatro&mdash;reflexionaba yo&mdash;debe de ser algo así...”</p>
-
-<p>El lidiador viajaba en mi departamento-cama, y le acompañaban su
-apoderado y los hombres de su cuadrilla, la mayoría sevillanos, más
-otras cincuenta o sesenta personas de condición social diversa, según
-sus maneras de hablar y de vestir hacían comprender. No llegaría el
-famosísimo “espada” Manuel González a los veinticuatro años, y tanto
-hablaban las muchedum<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span>bres de su arte, como de los dos millones de
-pesetas que llevaba ahorrados, y del rumbo de su vida. Apodábanle “El
-Meñique” por lo limitado de su estatura, y su abolengo gitano lo
-pregonaban la negrura azabachada de los ojos, el cobre de la piel, y la
-ágil flexibilidad y armónica disposición del cuerpo. Advertí que sus
-veneradores eran más numerosos que los de “Su Excelencia”, y que le
-miraban con mayor cariño y devoción menos interesada. Desde mis
-ventanillas, varios pasajeros le observaban también, y había en sus
-rostros una quietud de felicidad: aquel hombre moreno, enjuto y triste,
-les parecía el símbolo de la Andalucía que iban a visitar. La multitud
-se detenía a contemplarle, contenta de tenerle tan cerca, mientras
-recordaba aquellos domingos triunfales en que, vestido de oro y seda,
-jugó con la muerte. Yo juraría que hubo unos segundos en que el señor
-ministro, celoso de la popularidad del lidiador, insinuó el ademán de
-saludarle. El Meñique, entretanto, chupaba un mondadientes y
-discretamente entornaba los párpados, como si aquella exhibición le
-cohibiese...</p>
-
-<p>Faltaban dos o tres minutos para la salida del expreso, cuando un viento
-de fronda cruzó tempestuoso por el andén. Lo levantaba un nutridísimo
-grupo de viajeros&mdash;más de treinta&mdash;que no hallaban asiento y buscaban al
-jefe de Estación para exigirle que añadiese al convoy otra “primera”.
-Aquellos señores, pálidos de impaciencia y de cólera, componían una
-manifestación antipatriótica, muy curiosa. Todos, a porfía, denostaban a
-España.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué país!&mdash;vociferaban&mdash;; ¡esto sólo sucede aquí!...<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span></p>
-
-<p>El más enfurecido iba sin sombrero y repitiendo a gritos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo necesito llegar a Sevilla mañana!... ¡Si no llego, pierdo cuarenta
-mil duros!...</p>
-
-<p>Uno decía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Da vergüenza ser español!</p>
-
-<p>Y varios, a la vez:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, señor; da vergüenza!...</p>
-
-<p>Hablando así mirábanse unos a otros, satisfechos de lucir su
-cosmopolitismo y su elegancia. Los manifestantes, a quienes seguía un
-centenar de desocupados, hallaron al jefe de Estación y al interventor
-del expreso cerca de mí, y en altas voces manifestaron su pretensión.
-Expúsoles el jefe, con bien concertadas palabras, la imposibilidad de
-complacerles por no haber coches disponibles. Uno replicó estúpidamente:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues, los inventa usted!</p>
-
-<p>Frase que, no obstante su ausencia de sentido, enardeció a todos
-aquellos señores notablemente. Los brazos se levantaban, arreció la
-gritería y las manos volvíanse amenazadoras. El caballero “de los
-cuarenta mil duros”, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Si yo no salgo para Sevilla esta noche, al director de esta Compañía
-le doy un tiro!</p>
-
-<p>Un señor pequeñito decía, mirando a una y otra parte con ojos de tigre:</p>
-
-<p>&mdash;¡Esto nos sucede porque no tenemos coraje! ¡Aquí no hay sangre!... ¡En
-Alemania el pueblo ya hubiese quemado la estación!</p>
-
-<p>El jefe replicó mesurado:</p>
-
-<p>&mdash;No, señores: ni en Alemania, ni en ningún país bien civilizado el
-público protesta, porque supone que cuando los empleados que están a su
-servicio no le complacen, es que no pueden.<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230">{230}</a></span></p>
-
-<p>Todos rugían:</p>
-
-<p>&mdash;¡Es un abuso!... ¡Si no ponen un coche para nosotros, no dejaremos
-salir el tren!...</p>
-
-<p>&mdash;¡La máquina&mdash;gritó el jefe para que todos le oyesen&mdash;no puede
-arrastrar más coches de los que lleva! ¡Ya lo saben ustedes!... Los
-señores que quieran marchar hoy, que vayan de pie!... Les autorizo. ¡No
-puedo hacer más!...</p>
-
-<p>Los manifestantes replicaron:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues, no sale el tren!... ¡No le dejaremos salir!...</p>
-
-<p>El jefe, que durante la discusión había ido perdiendo terreno,
-reaccionó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Atrás todo el mundo!&mdash;ordenó de súbito&mdash;; ¡retírense ustedes... o me
-veré obligado a llamar a la guardia civil!</p>
-
-<p>Los revoltosos, maquinalmente, retrocedieron algunos pasos; amainaban.
-El jefe repitió, avanzando:</p>
-
-<p>&mdash;Esta parte del andén la necesito libre. ¡Atrás todo el mundo!</p>
-
-<p>La multitud, acobardada, volvió a retroceder, silenciosa, con una
-humildad de rebaño. Yo pensaba: “&mdash;¡Cómo le hubiese gustado al pobre
-Dos-Caras ver todo esto!...” Al mismo tiempo sonó una campana, La
-Regadera silbó y el convoy se puso en movimiento. Asomado a una
-ventanilla, El Meñique saludó a sus amigos quitándose el sombrero, de
-ala plana, y vi que el celebrado lidiador era calvo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva Manuel!&mdash;gritó una voz desde el andén.</p>
-
-<p>Muchas voces acaloradas repitieron:</p>
-
-<p>&mdash;¡¡Viva!!...</p>
-
-<p>Mientras “Su Excelencia”, desde su coche,<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231">{231}</a></span> sonreía al público, como si
-aquellas adhesiones de simpatía fuesen para él.</p>
-
-<p>El Meñique asistió a la “primera mesa”, y la emoción que su presencia
-produjo en el <i>dining-car</i> debió de ser extraordinaria, porque al
-regresar a mí le seguían quince o veinte personas que viajaban en otros
-coches. Esquivando aquella adhesión pegajosa el matador entró en su
-departamento, donde se sentó; quitóse luego el sombrero, y bajo la luz
-su calva socrática brilló con una melancolía de marfil antiguo: en
-aquella posición su nariz aguileña parecía más larga, y su rostro
-cenceño, prematuramente aviejado por la inquietud, ofrecía, ora sobre
-los pómulos y el mentón, ya en las depresiones de las secas mejillas,
-todas las tonalidades del cobre.</p>
-
-<p>Atento a cuanto el ilustre torero decía a sus amigos, pronto fuí
-conociendo los nombres de los que le custodiaban de más cerca. Sentado a
-su izquierda tenía a su apoderado, don Ricardo Fernán, persona, al
-parecer, de su mayor predilección; y a la derecha a un joven prócer, de
-charlar abundante y reir estentóreo, a quien unos y otros familiarmente
-llamaban “marquesito”. En el vano mismo de la puerta y ocupándola casi
-por completo con los hombros, permanecía Juanito Paisa; un notario joven
-de Sevilla, al que todos respetaban por su manifiesto ascendiente sobre
-Manuel. A Juanito le vestía el sastre de Manuel, y le calzaba el
-zapatero de Manuel, y su sombrerero era el de Manuel. Juanito Paisa era,
-por antonomasia, “el amigo de Manuel”, y se le conocía y consideraba por
-esto más que por su profesión, cual si el rasgo culminante de su
-biografía fuera ha<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232">{232}</a></span>berse captado el afecto del matador. Por tanto, a
-Juanito Paisa no le molestaba que “el marquesito” estuviese arrellanado
-al lado de Manuel: si el aristócrata ocupaba aquel sitio era porque él,
-generosamente, se lo había cedido; él no quería “acaparar” a Manuel; un
-hombre como El Meñique se debía a la humanidad, y la felicidad conviene
-repartirla; pero estaba cierto de que, a la menor insinuación suya, “el
-marquesito” se habría levantado. Detrás de Juan Paisa, a lo largo de mi
-corredor, muchos curiosos se estrechaban con el deseo de ver al
-lidiador: los más pequeños, a pesar de mis temblequeos, se ponían de
-puntillas. Todas mis plazas iban ocupadas; hacía calor y la fuerte
-respiración de las ventanillas no bastaba a refrescar la atmósfera.</p>
-
-<p>El tema de las conversaciones era el arte de Manuel González y su miedo
-a los toros. También se habló del hombre: un viajero le había encontrado
-más delgado que antes; otro le hallaba lo mismo; un tercero celebraba
-los brillantes que el espada lucía en la pechera. Se glosó largamente la
-herida por que cojeaba Manuel; la tenía en el pie derecho, a la altura
-del tobillo.</p>
-
-<p>&mdash;Se la hicieron con una botella en el preciso instante de entrar a
-matar. Dicen los periódicos que ya le habían dado el “segundo aviso” y
-que el público se impacientaba.</p>
-
-<p>Estas conversaciones que, por concerner a lugares y asuntos desconocidos
-para mí, yo traducía mal, me interesaban menos que el entusiasmo ingenuo
-de los platicadores, quienes por ocuparse de Manuel, hasta de sus
-propios asuntos se olvidaban. Esta unánime y férvida admiración me
-sorprendía; era nueva para mí; yo<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233">{233}</a></span> nunca había visto tantas almas vibrar
-a compás, y pensé que en una novela de costumbres taurinas, antes que al
-matador el papel capital debía adjudicársele a la muchedumbre, pues lo
-pintoresco, lo inverosímil dentro de los grados más agudos de la
-comicidad, lo bufo, en fin, está en la muchedumbre.</p>
-
-<p>A lo largo de mi tránsito yo oía cuchichear:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace ahora El Meñique?...</p>
-
-<p>Esta curiosidad candorosa, que todos hallaban muy legítima, muy
-razonable, corría de unos viajeros a otros hasta la puerta donde “el
-amigo de Manuel”, cuya conocida privanza todos envidiaban, montaba una
-guardia sin sueño, y la respuesta venía en seguida:</p>
-
-<p>&mdash;Está hablando de las corridas de Sevilla...</p>
-
-<p>Y esta información era para todos tranquilizadora y dulce como una
-ráfaga de buen aire.</p>
-
-<p>Luego circuló la noticia de que El Meñique había pagado siete mil
-pesetas por un caballo; después, que quería comprar un cortijo a orillas
-del Guadalquivir...; y durante larguísimo rato mis huéspedes no supieron
-hablar más que de caballos y de cortijos.</p>
-
-<p>Un caballero, de buena traza y frondosos bigotes, que viajaba con su
-esposa y dos hijas, ya mujeres, dejó su asiento con propósito de saludar
-al Meñique.</p>
-
-<p>&mdash;¿Volverás pronto?&mdash;le preguntó su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;En seguida.</p>
-
-<p>Salió al corredor y, favoreciéndose con los codos, comenzó a abrirse
-paso; la tarea era ardua, porque la masa de viajeros allí estacionada
-apenas ofrecía suturas. Sin embargo, apoyándose en unos, empujando a
-otros suavemente, recurriendo con urbanas frases a la amabilidad
-general<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234">{234}</a></span> adelantando siempre de perfil, como si nadase contra corriente,
-el caballero “del frondoso bigote” consiguió acercarse a Juanito Paisa,
-cuya atención solicitó tocándole en un hombro. Paisa volvió la cara.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches; dispénseme usted: deseaba saludar a Manuel...</p>
-
-<p>“El amigo de Manuel” fijó en el recién aparecido una mirada escrutadora,
-una mirada de portero. Indagó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted le conoce?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor... y quisiera tener ese gusto. Si usted le trata y puede
-presentarme...</p>
-
-<p>Las mejillas de Juanito Paisa se arrebolaron de orgullo; destosió y
-sonrió jactancioso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que si puedo presentarle?... ¡Ya lo creo! No podía usted haberse
-dirigido a nadie mejor que a mí. ¡Como que el mejor amigo suyo soy
-yo!... Pero tendrá usted la bondad de aguardarse un poquito, porque
-Manuel está hablando y le molesta que le interrumpan.</p>
-
-<p>Muy paciente, el señor “del frondoso bigote” repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Esperaré...</p>
-
-<p>Aquel aplazamiento le irritó unos segundos; en seguida se serenó: miró
-hacia atrás, comprendió el difícil camino que acababa de recorrer, y
-esta consideración le regocijó hondamente. Desde la posición conquistada
-podía ver al Meñique y hasta oír, de cuando en cuando, alguna palabra de
-las muchas que iba diciendo, y experimentó la satisfacción del hombre
-que se reconoce bien situado en la vida. Juanito Paisa le había vuelto
-la espalda. Transcurrieron doce o quince minutos, y el señor “del bigote
-frondoso” se creyó olvidado; los omoplatos de Paisa proyectaban<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235">{235}</a></span> sobre
-él una emoción de soledad; volvió a sentirse abandonado, casi
-desgraciado...; a punto estuvo de regresar a su compartimiento, pero
-pensó que su mujer y sus hijas le pedirían detalles de su conversación
-con El Meñique, y esto hízole variar de propósito. Sacando ánimos de su
-propia flaqueza, llamó la atención del “amigo de Manuel”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podrá ser ahora?&mdash;murmuró lo más gentilmente que le fué posible&mdash;;
-porque... como mi familia me aguarda...</p>
-
-<p>Juanito Paisa comprendió la tribulación de aquel hombre; por iguales
-zozobras había pasado él antes de llegar a ser, a fuerza de constancia y
-de pequeños sacrificios, el mejor amigo del matador... ¡y fué clemente!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahora mismo!&mdash;exclamó&mdash;. ¡No se apure usted!...</p>
-
-<p>Avanzó lo necesario, lo estrictamente necesario, para que el señor “del
-frondoso bigote” pudiese franquear la puerta, y agregó, dirigiéndose al
-torero:</p>
-
-<p>&mdash;Manuel, dispensa: aquí hay un caballero empeñado en conocerte...</p>
-
-<p>Manuel González se levantó; sus labios obscuros insinuaron un movimiento
-que no llegó a cuajar en sonrisa, y extendió su mano al recién llegado;
-aquella mano que se mojaba en sangre de toro todos los domingos.</p>
-
-<p>&mdash;Celebro verle a usted tan bueno, amigo&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias, igualmente&mdash;repuso, visiblemente turbado, el señor
-“del frondoso bigote”.</p>
-
-<p>No dijo su nombre. ¿Para qué? Hubiera sido un rasgo de orgullo. Allí ni
-él ni los demás sig<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236">{236}</a></span>nificaban nada; ante el matador glorioso no podía
-haber más que admiradores.</p>
-
-<p>El Meñique añadió cortés, brindándole su asiento con un ademán:</p>
-
-<p>&mdash;Si quiere usted descansar un rato...</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias... muchísimas gracias: sólo vine por tener el honor de
-saludarle...</p>
-
-<p>Esta fineza la agradeció El Meñique con otro ademán. Después se creyó
-obligado a presentar a las dos personas con quienes se hallaba:</p>
-
-<p>&mdash;Don Ricardo... “el marquesito”... un señor que quería conocerme...</p>
-
-<p>El visitante, por momentos más cohibido, se inclinó varias veces. Hecho
-lo cual, y sin más preámbulos, ofreció al espada un riquísimo habano.</p>
-
-<p>&mdash;Para que se lo fume usted a mi salud&mdash;dijo&mdash;; en el estanco de la
-estación no había nada mejor.</p>
-
-<p>Manuel miró a su apoderado, sonrió y se guardó el obsequio en un
-bolsillo.</p>
-
-<p>&mdash;Se agradece&mdash;murmuró.</p>
-
-<p>Muy satisfecho de sí mismo, “el señor del bigote” volvió a estrechar la
-mano del diestro; despidióse de Juanito Paisa, agradeciéndole mucho el
-favor que acababa de hacerle, y de nuevo rompió a través de los viajeros
-que obstaculizaban mi corredor. Tras él, con admiración, la gente
-cuchicheaba:</p>
-
-<p>&mdash;Es un amigo del Meñique...</p>
-
-<p>Y las miradas envidiosas le seguían.</p>
-
-<p>En Alcázar de San Juan una veintena de personas esperaban la llegada del
-expreso para saludar a Manuel, y “el ídolo” tuvo que asomarse a una
-ventanilla. Todos le preguntaban lo mismo:<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237">{237}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y el pie?... ¿Cómo está el pie?...</p>
-
-<p>&mdash;Va mucho mejor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Un botellazo, verdad?...</p>
-
-<p>Con mucha flema, El Meñique repetía:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, un botellazo...</p>
-
-<p>Su longanimidad, su elegante resignación, inflamaban en sus adictos su
-cariño hacia él.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo llego a estar allí&mdash;decían&mdash;, te juro que el bárbaro que te tiró
-la botella se la come...</p>
-
-<p>El diestro no contestaba; parecía fatigado.</p>
-
-<p>&mdash;Iremos a Sevilla, a aplaudirte&mdash;ofreció uno.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos todos y te sacaremos de la Plaza en hombros&mdash;exclamó otro.</p>
-
-<p>Tristemente, Manuel González repetía:</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias; si tengo suerte...</p>
-
-<p>Silbó La Regadera y empezamos a rodar. Entonces aquellos hombres
-corrieron a lo largo del andén; se empujaban, se atropellaban, mientras
-decían:</p>
-
-<p>&mdash;¡La mano, Manuel!... ¡Dame la mano!...</p>
-
-<p>Ninguno quería renunciar a este honor, y Manuel González procuró
-complacer a todos. Luego, mientras Juanito Paisa se precipitaba a cerrar
-el cristal de la ventanilla, noté que El Meñique movía y se miraba los
-dedos, como si le doliesen. Juanito, que no le quitaba ojo, también lo
-advirtió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te han hecho daño, verdad?... ¡Pero si mil veces te recomendé que no
-le dieses a nadie la mano!...</p>
-
-<p>Burlón y melancólico, Manuel suspiró:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué voy a dar, Juan?</p>
-
-<p>&mdash;¡Das una rodilla!...&mdash;replicó el notario.</p>
-
-<p>Por el corredor circuló la noticia de que El<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238">{238}</a></span> Meñique acababa de
-lastimarse, y muchos viajeros, que ya se habían sentado, volvieron al
-pasillo. Con gran regocijo de su corazón, “el amigo de Manuel” sintióse
-obligado a repartir explicaciones.</p>
-
-<p>&mdash;A mí, si doy la mano&mdash;decía&mdash;no me sucede nada; pero a Manolo la gente
-le quiere demasiado y, sin intención, por supuesto, le estropean. El año
-pasado, en Madrid, al apearnos del tren, un admirador le cogió una mano,
-y con la alegría de verle empezó a apretársela... más... ¡más!... sin
-poder contenerse, como en un frenesí epiléptico, hasta que se la magulló
-de manera que al siguiente día no pudo torear.</p>
-
-<p>Contempló al “ídolo” con humildes y enternecidos ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Por eso&mdash;terminó&mdash;apenas viene alguien a saludarle, me pongo a su
-lado: ¡yo no consiento que a un hombre tan bueno como él se le haga
-daño!...</p>
-
-<p>Las sombras que el expreso proyectaba a un lado y otro, sobre los
-repechos, me indicaban que los huéspedes de los demás coches dormían,
-pues todos los vagones iban a obscuras. Unicamente mis ventanillas
-persistían iluminadas, y mis viajeros, como desvelados por la vecindad
-del matador, no pensaban dormir.</p>
-
-<p>En Manzanares, donde El Meñique recibió de un grupo de adictos
-manzanareños vítores y parabienes conmovedores, subió a mí un individuo
-treintañal, pequeño y flaco, que, no bien columbró a Juanito Paisa,
-fuése a él con los brazos abiertos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Juanito... Juanito!...&mdash;repetía aquel señor conforme iba andando&mdash;.
-¡Juanito!...<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239">{239}</a></span></p>
-
-<p>“El amigo de Manuel” pareció alegrarse de verle.</p>
-
-<p>&mdash;¡Don Felipe!&mdash;exclamó.</p>
-
-<p>Hubo, sin embargo, en su gesto cierta tibieza; fué un saludo de amo a
-criado; Juanito consideraba a don Felipe “inferior”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde va usted?&mdash;agregó.</p>
-
-<p>&mdash;A Sevilla, hijo mío; a la Feria. ¡Como todos los años!... ¡A ver a
-“ese hombre”, a esa maravilla!...</p>
-
-<p>Referíase al Meñique. Paisa replicó orondo, con el orgullo de quien abre
-una caja de caudales:</p>
-
-<p>&mdash;Ahí le tenemos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo sé!... Me habían dicho: “El Meñique viene en el segundo coche.”
-Y por eso me metí aquí. ¿Supongo que me presentará usted a él,
-verdad?...</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Usted ya sabe que lo merezco...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo si lo merece usted?&mdash;apoyó Juanito&mdash;: ¡más que nadie!...
-¡Adentro!...</p>
-
-<p>Penetraron en el compartimiento del torero.</p>
-
-<p>&mdash;Manuel&mdash;dijo Paisa con un reposo que daba a sus palabras solemnidad&mdash;:
-voy a presentarte a un amigo “de los buenos”, a un partidario tuyo
-“verdad”. ¡Cuando yo te lo digo!...</p>
-
-<p>El Meñique se levantó y estrechó la mano de don Felipe, que, con
-elegancia y desparpajo, se había descubierto. Aquel hombre era calvo
-también, y quedéme pasmado de su fraternal semejanza con el matador:
-tenía sus ojos negros, su tez cobriza, sus mejillas tristes, su perfil
-de águila...</p>
-
-<p>&mdash;Te advierto&mdash;prosiguió “el amigo de Manuel”&mdash;que no es calvo; don
-Felipe no es calvo,<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240">{240}</a></span> pero se afeita la cabeza para parecerse más a ti.</p>
-
-<p>El Meñique rió francamente.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre... ¡muchas gracias!</p>
-
-<p>Y le examinaba; y cuanto más minuciosamente le detallaba más crecía en
-él la ilusión de hallarse ante un espejo.</p>
-
-<p>&mdash;Así es&mdash;ratificó don Felipe&mdash;; yo me afeito la cabeza dos veces por
-semana, para asemejarme a usted más. Y cuando alguien me pregunta: “¿Es
-usted hermano del Meñique?...” siento que me hincho de satisfacción.</p>
-
-<p>Ya sentados continuaron hablando, y don Felipe declaró tener guardados
-en álbumes y clasificados cronológicamente cerca de cuatro mil retratos
-de su lidiador favorito.</p>
-
-<p>Era más de media noche.</p>
-
-<p>Yo pensaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Será posible que esta gente no tenga sueño?...</p>
-
-<p>Jamás había presenciado vigilia tan larga.</p>
-
-<p>En Valdepeñas, adonde arribamos con retraso, también esperaban al
-Meñique. Las escenas de Manzanares y de Alcázar de San Juan se
-reprodujeron fielmente; las preguntas eran siempre: “¿Cómo está la
-herida?...” “¿Fué un botellazo, verdad?...” A las que seguían varias
-palabras ofensivas para la madre de quien arrojó la botella. Después,
-parabienes, estrujones de manos, promesas de ir a Sevilla pronto,
-vítores... y el tren que se va.</p>
-
-<p>Al salir de Valdepeñas Manuel pidió le preparasen la cama, pues quería
-dormir, y delegó en su apoderado el trabajo de recibir a cuantas
-personas o comisiones estuviesen aguardándole a lo largo de la ruta.<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241">{241}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Porque yo&mdash;declaró&mdash;no puedo tirar de mi cuerpo.</p>
-
-<p>Aseguróle don Ricardo que nadie le molestaría, y con esta halagüeña
-perspectiva el matador despidióse de “sus íntimos”, y, cojeando,
-volvióse a su compartimiento. En el instante de cerrar la puerta,
-Juanito Paisa le llamó, metiendo los labios por la ranura, llena de luz,
-que aún quedaba entre el batiente y el marco. Juanito tenía celos de
-todos los amigos de Manuel, y no perdía ocasión de demostrarles que él
-era más obsequioso que ninguno y “el último” siempre con quien el
-diestro hablaba al ir a recogerse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres algo, Manuel?&mdash;averiguó el notario.</p>
-
-<p>&mdash;No, gracias.</p>
-
-<p>&mdash;¿No se te ofrece nada?</p>
-
-<p>&mdash;Nada.</p>
-
-<p>Los grandes toreros, por lo mucho que en aquella y en otras ocasiones
-comprobé, tienen corta la conversación. “El amigo de Manuel” miraba al
-espada con cariño filial, con sorpresa, con arrobo: aquel hombre era su
-admiración, su alegría, su orgullo; era casi el “porqué” de su vida... y
-observándole languidecía como un “dilettante” de la pintura ante un
-cuadro maestro. Con ternura de mujer, preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Para salir del tren, qué traje vas a ponerte?</p>
-
-<p>&mdash;Este mismo.</p>
-
-<p>Juanito Paisa apuntó un levísimo mohín de tristeza, y El Meñique abrió
-un poco la puerta; aquel guiño acababa de lastimarle en su presunción de
-mozo bien sembrado; en tal momento el amor propio le dolía más que el
-pie.<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242">{242}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué dices eso?&mdash;exclamó.</p>
-
-<p>&mdash;No sé... por nada...</p>
-
-<p>&mdash;¡Habla, hombre! ¿No te gusta este traje?</p>
-
-<p>Se examinaba: era un “completo” de color “marrón”, muy ceñido, que
-chorreaba majeza, obra de uno de los más afamados sastres sevillanos. A
-su vez Juanito le miraba con éxtasis, casi pesaroso de haber hablado.</p>
-
-<p>&mdash;El traje “marrón”&mdash;pudo decir al fin&mdash;es perfecto, como todos los
-tuyos...</p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces?</p>
-
-<p>&mdash;Pero es que lo has llevado dos días seguidos. Por eso, para entrar en
-Sevilla, me gustaría verte con el gris. ¡Tú no sabes cómo te “cae”!...</p>
-
-<p>Manuel movía la cabeza; consideraba que, para complacer a su amigo,
-habría de molestarse en abrir la maleta. Juanito Paisa agregó:</p>
-
-<p>&mdash;Con el traje gris estás... ¡vamos!... ¡Estás como con ninguno! ¿Iba yo
-a engañarte?</p>
-
-<p>Desasido y paciente, El Meñique repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, hombre; duerme tranquilo: me pondré el traje gris...</p>
-
-<p>Y cerró la puerta.</p>
-
-<p>Para que el torero reposase mejor, don Ricardo Fernán, “el marquesito” y
-“el amigo de Manuel” se retiraron al departamento contiguo, dispuestos a
-dormir. Mis otros inquilinos también descansaban, y todas mis luces,
-excepto las del pasillo, donde quedaban algunos fumadores insomnes,
-fueron apagadas. Así llegamos a Venta de Cárdenas, donde, sin miedo a lo
-intempestivo de la hora, varios admiradores del lidiador esperaban. Yo
-les oía preguntar:</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde estará Manuel?... ¿Vosotros no sabéis en qué coche vendrá?...<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243">{243}</a></span></p>
-
-<p>La circunstancia de hallarse los vagones en tinieblas les despistaba y
-empezaron a correr, desconcertados, delante del convoy. Les enfurecía el
-temor de no ver al “ídolo”. Algunos empezaron a gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel, Manuel!...</p>
-
-<p>El apoderado del Meñique y sus compañeros se miraban regocijados y
-llevándose un índice a los labios, dándose mutuamente la consigna de
-permanecer callados. Los venteños insistían en su demanda y con los
-nudillos golpeaban en las ventanillas de los coches; pero el expreso
-volvió a caminar y quedaron chasqueados. Lo propio acaeció en las
-estaciones de Santa Elena y Vadollano, y en la de Baeza un individuo,
-cansado de llamar al Meñique, lanzó una gruesa piedra contra mí y me
-rompió un cristal. El bárbaro fué detenido.</p>
-
-<p>&mdash;El peligro está en Córdoba&mdash;decía don Ricardo.</p>
-
-<p>Y “el amigo de Manuel” repetía, afligidísimo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso!... ¡En Córdoba, donde tenemos una parada de quince minutos! Allí
-no hay escape...</p>
-
-<p>Sus tristes previsiones hallaron confirmación plena. Al entrar, ya casi
-de día, en la estación cordobesa, columbré una multitud de más de
-cuatrocientas personas, ávidas de ver al torero herido. Aquel humano
-enjambre avanzó al encuentro de la máquina, e instantáneamente formó en
-línea de batalla ante el convoy. A un: “¡Viva El Meñique!”, lanzado al
-aire por un pecho robusto, respondió un “¡¡Viva!!...” colectivo,
-ensordecedor y prepotente.</p>
-
-<p>Los coches-camas persistían embozados en<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244">{244}</a></span> su obscuridad, pero en las
-“primeras” las luces lucían porque el trasiego de viajeros era
-considerable. Desde el furgón de cabeza al de cola, se oía repetir:</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel!... ¿Dónde está Manuel?...</p>
-
-<p>Otras voces discutían:</p>
-
-<p>&mdash;Deben de venir con él su apoderado y Juanito Paisa.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué Juanito Paisa hablas tú? ¿Del notario? ¡Ese está en
-Sevilla!...</p>
-
-<p>&mdash;Te aseguro que viene aquí: Juanito Paisa es “el amigo de Manuel” y le
-acompaña a todas partes. ¡Me juego lo que quieras!...</p>
-
-<p>Tanto arreció el vocerío de los manifestantes, que don Ricardo decidióse
-a mostrarse en una ventanilla. Paisa y “el marquesito”, contentísimos de
-exhibirse también, permanecían tras él, muy cerca.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, señores&mdash;dijo el apoderado sencillamente.</p>
-
-<p>Sus palabras, aunque articuladas en voz baja, tuvieron la virtud mágica
-de llegar a todas partes, porque en el acto, la multitud corrió a
-congregarse delante de mí.</p>
-
-<p>&mdash;Yo les agradezco a ustedes mucho&mdash;prosiguió don Ricardo&mdash;este rasgo de
-adhesión. ¿Qué querían ustedes? ¿Ver al Meñique?... No es posible,
-porque viene acostado.</p>
-
-<p>A la vez, cruelmente, los oyentes replicaron:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que se levante!...</p>
-
-<p>&mdash;Viene dormido; pasó muy mala noche...</p>
-
-<p>&mdash;¡Despiértele usted!&mdash;gritaban a porfía unos y otros&mdash;; nosotros
-también pasamos mala noche. Por verle, la mayoría de los que estamos
-aquí no se ha acostado.</p>
-
-<p>&mdash;Señores&mdash;insistió don Ricardo&mdash;; yo no<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245">{245}</a></span> me atrevo a despertar a
-Manuel; adviertan que se trata de un hombre herido...</p>
-
-<p>&mdash;No importa&mdash;replicaron unánimes los espectadores&mdash;; una herida en un
-pie no es grave. ¡Dígale que se tire de la cama! ¡Queremos verle...
-queremos hablar con él!...</p>
-
-<p>Consideraban que ya habían transcurrido ocho o diez minutos, y que el
-momento de salir el expreso era inminente. Empezaron a irritarse. ¿Se
-les desdeñaba?... Súbitamente la muchedumbre iba a enojarse, porque en
-el alma colectiva ni la admiración ni el odio tienen entrañas ni cauces
-fijos. Por fortuna don Ricardo comprendió a tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues que se empeñan&mdash;gritó&mdash;esperen un momento. ¡Voy a rogarle que se
-levante!</p>
-
-<p>Corrió, seguido de Paisa, a la cama de Manuel, que estaba despierto y de
-torcidísimo humor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Arriba, Manolo!&mdash;imploró don Ricardo&mdash;; ya me oíste pelear con ellos;
-no pude hacer más...</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no me levanto&mdash;masculló el torero.</p>
-
-<p>&mdash;Harás muy mal; no necesitas vestirte; abrígate con la manta de viaje y
-asómate un momento; lo esencial es que te vean, que no crean que les
-desprecias... “Media Córdoba” está ahí...</p>
-
-<p>Los admiradores del diestro volvían a gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel!... ¡Sal!... ¡Viva El Meñique!...</p>
-
-<p>Algunos empezaron a golpearme con sus bastones, para hacer ruido. Hubo
-una nutridísima salva de aplausos; después nuevas voces resonaron:</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel!... ¡Queremos que se asome Manuel!<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246">{246}</a></span></p>
-
-<p>Detrás de don Ricardo, Juanito Paisa rogaba, compungido, al matador:</p>
-
-<p>&mdash;Compláceles, Manolo; de no hacerlo considera que vas a captarte muchas
-enemistades, y que, un día u otro, has de venir a torear a Córdoba...</p>
-
-<p>Con aire resignado, casi místico, El Meñique se incorporó en la litera.</p>
-
-<p>&mdash;Os obedeceré con tal de que me dejéis tranquilo.</p>
-
-<p>Levantóse cojeando y, envuelto en un kimono rojo y verde, se asomó a la
-ventanilla.</p>
-
-<p>&mdash;Salud, señores...</p>
-
-<p>Pequeño, flaco, cobrizo y calvo, y metido en aquel disfraz orientalesco,
-a la luz blanca del amanecer El Meñique debía de simular un icono.
-Muchos aplausos y vítores calurosos, acogieron su aparición.
-Inmediatamente prodújose un silencio absoluto. Los circunstantes,
-extasiados, contemplaban al “ídolo”; y él, a su vez, les miraba. Así
-transcurrieron ocho, nueve... diez segundos... ¡Curiosos fenómenos de la
-emoción!... Ya en presencia del maravilloso gladiador, nadie osaba
-despegar los labios, y los entendimientos estaban como paralizados.
-Hasta que en medio del hondo y general recogimiento, una voz dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Eso del botellazo qué ha sido?...</p>
-
-<p>No contestó Manuel, y su rostro pálido de fetiche tampoco expresó nada.
-La escena tenía una suprema fuerza cómica. La misma voz continuó:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí todos hemos leído los periódicos: ¿de modo que es cierto que en
-Valencia quedaste muy mal?...</p>
-
-<p>Mansamente, con ironía apacible y amarga, El Meñique repuso:<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247">{247}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Para preguntarme eso me habéis hecho levantar?...</p>
-
-<p>Como nadie respondiese a observación tan justa, el torero añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Señores, se agradece la intención...</p>
-
-<p>Y suavemente, sin cólera, levantó el cristal. En aquel momento partíamos
-y entonces, tibios, rezagados, sonaron algunos aplausos. El Meñique,
-dolorido en su carne y en su corazón, acaso con ganas de llorar, tiró el
-kimono al suelo y se volvió a la cama.</p>
-
-<p>Aunque convencido de que Manuel González no era verdadero responsable de
-nada, yo le había cobrado mala voluntad: por causa suya, sus adictos de
-Córdoba me molieron a bastonazos, y en Baeza un salvaje, de una pedrada,
-me había roto un cristal. Era aquél uno de los viajes peores de mi vida.
-Este mal humor mío lo compartían mis inquilinos, a quienes las ovaciones
-tributadas al Meñique impedían dormir.</p>
-
-<p>&mdash;Será la última vez&mdash;musitaban&mdash;que vuelva a viajar en compañía de un
-torero “de cartel”. ¡Vaya una noche!...</p>
-
-<p>El caballero a quien he adjudicado el remoquete del señor “del bigote
-frondoso”, tampoco descansó bien; aunque no eran las voces ni el ruido,
-sino los remordimientos, los que le ahuyentaron el sueño. A este hombre
-excelente le torturaba el resquemor de que el tabaco con que obsequió al
-Meñique no hubiese resultado bueno, y a causa de ello el gran lidiador
-hubiese formado de su persona un concepto desfavorable. Aquel puro
-nefando, venenoso tal vez, era, ante los justicieros ojos de su
-conciencia, como un puñal clavado en el aparato respiratorio del
-matador. De esta inquietud hizo partí<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248">{248}</a></span>cipes a su mujer y a sus hijas,
-quienes asímismo se atribularon. La esposa preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto costó el puro?</p>
-
-<p>&mdash;Tres pesetas; era de los más caros; pero se trata de una “marca” que
-yo no conozco...</p>
-
-<p>&mdash;Debías haber comprado dos, para fumarte uno; y si el tuyo ardía bien,
-regalarle el otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tienes razón...&mdash;suspiraba el marido mordiéndose los labios&mdash;tienes
-razón!... ¿Cómo no se me ocurriría eso?...</p>
-
-<p>Toda su familia sufría de este dolor, aterrada de la facilidad con que
-el descrédito puede herir a las personas. En el cerebro del hombre “del
-bigote abundante”, se había incrustado la siguiente consideración:
-“Antes El Meñique no tenía por qué despreciarme, y ahora sí...”</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si volvieses a visitarle&mdash;propuso la señora&mdash;con pretexto de
-informarte de su salud, y así... charlando... le preguntases si el puro
-le gustó?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Es una excelente idea, papá!&mdash;apoyaron las hijas.</p>
-
-<p>Estas palabras, ungidas de discreción, prendieron en los ojos del
-ingenuo caballero una luz de esperanza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tal vez tengáis razón!&mdash;exclamó a la vez receloso y contento&mdash;; las
-mujeres sois el Diablo: lo intentaré.</p>
-
-<p>Eran más de las ocho de la mañana y trasponíamos la estación de Los
-Rosales, cuando “el señor del bigote” dejó su compartimiento resuelto a
-echar dudas a un lado.</p>
-
-<p>En el pasillo encontró, precisamente, al Meñique, vestido de gris, y a
-Juanito Paisa, que chupaba un puro. “Para no detenerme mucho con
-ellos&mdash;pensó&mdash;fingiré dirigirme al cuarto<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249">{249}</a></span>-tocador...” Avivó el paso y
-procuró dar a su saludo una elegante ligereza.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, Manuel...</p>
-
-<p>&mdash;Buen día&mdash;replicó el matador.</p>
-
-<p>&mdash;¡Celebro hallarle solo! ¿Me permite usted una pregunta?</p>
-
-<p>&mdash;Todas las que usted quiera hacerme.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo era el habano que le dí anoche?... El temor de que fuese malo no
-me ha dejado dormir.</p>
-
-<p>El Meñique interrogó a Juanito Paisa:</p>
-
-<p>&mdash;El habano que estás fumando, ¿no es el que me regaló el señor?</p>
-
-<p>&mdash;El mismo&mdash;repuso Juanito&mdash;; ¡y es muy bueno!... ¡Palabra!...</p>
-
-<p>&mdash;Los tabacos que me ofrecen&mdash;agregó el torero con su hablar
-parsimonioso habitual&mdash;yo los acepto para obsequiar a mis amigos; pero,
-yo, no fumo...</p>
-
-<p>El señor “del frondoso bigote” balbuceó algunas frases vulgares de
-despedida y, por hacer algo, se metió en el cuarto-tocador. Estaba
-avergonzado.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250">{250}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX</h2>
-
-<p>Los diarios de Sevilla informaron a sus lectores de que la víspera, y
-por efecto de una maniobra inhábil, el expreso de Madrid había salido
-con cerca de media hora de retraso; pero en el fárrago de hechos que
-rellenan la vida cotidiana el suceso escapó inadvertido, lo cual no me
-extrañó, pues los hombres creen que la vida consciente no se extiende
-más allá de ellos mismos. ¡Ah! Si supiesen leer ¡sólo un poco!... en el
-Misterio, hubieran reconocido que lo que creyeron choque fortuito de dos
-vagones, era un desafío.</p>
-
-<p>Efectivamente, el tiempo, lejos de suavizar las asperezas de mis
-relaciones con El Majo, las había hecho más vidriosas y difíciles.
-Acostumbrado a ejercer hegemonía despótica sobre el convoy, mi enemigo
-no aceptaba que yo le tratase de igual a igual, y sin otras
-consideraciones ni reverencias que las mismas, exactamente, que él me
-tributaba; yo, por mi parte, no le consentía la menor insinuación
-autoritaria: éramos de la misma fuerza y de temple parecido, y,
-fatalmente, teníamos que pelear. No perdía ocasión de hostilizarme: en
-las estaciones del<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251">{251}</a></span> tránsito paraba súbitamente, para que yo me
-lastimase contra él; en las cuestas arriba se dejaba ayudar por mí, y
-una noche, cruzando Despeñaperros, intentó lanzarme fuera de la vía en
-una curva. La cobardía de su traición me encendió la cólera, y
-arrastróme a decirle los peores insultos.</p>
-
-<p>&mdash;Eres&mdash;le dije&mdash;un majadero y un villano, y hemos de matarnos.</p>
-
-<p>&mdash;Iba a proponértelo&mdash;repuso muy engallado.</p>
-
-<p>&mdash;Pues en la primera ocasión será, y poco he de poder si no te expulso
-del convoy.</p>
-
-<p>Estábamos, pues, desafiados, y pendientes del lance todos los coches.
-Hasta las máquinas supieron la noticia, y huelga añadir que unánimemente
-las simpatías se hallaban de mi parte. Era seguro que El Majo,
-profesional de la baratería, no me tenía miedo; pero tampoco me lo
-inspiraba él a mí, y si ya no habíamos liquidado cuentas fué por
-ausencia de ocasión. Presentóse ésta al cabo en la estación de Sevilla,
-una tarde, con motivo de un <i>sleeping</i> que, por averías, debía ser
-retirado del “expreso”.</p>
-
-<p>Sucedía que cuando La Sabrosa andaba de maniobras, bien porque tuviese
-que beber agua o proveerse de carbón, o ayudar a empujar algún
-“mercancías”, siempre iba sola; esto era lo frecuente. A veces, sin
-embargo, llevábase consigo al primer furgón, y también al Negro; y así
-yo siempre me quedaba quieto y unido a “la cola” del convoy. En la tarde
-a que me refiero el mozo que acudió a fraccionarnos, bien por
-equivocación o porque así se lo hubiesen mandado&mdash;me inclino a creer lo
-primero&mdash;en vez de separarme del Negro, según solía, me apartó del Majo,
-y así nos proporcionó la opor<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252">{252}</a></span>tunidad de pelear que tanto ansiábamos,
-pues nada se parece a la sed, ni hace mejores migas con el insomnio, que
-el deseo de venganza. Mientras nos desunían, mi rival me advirtió:</p>
-
-<p>&mdash;Pues te corresponde la ofensiva, tómala con coraje.</p>
-
-<p>&mdash;Luego me dirás&mdash;contesté orgulloso&mdash;si supe complacerte.</p>
-
-<p>Y seguí a la máquina. Nuestro duelo había de ser, forzosamente,
-rapidísimo: limitábase al choque, más o menos rudo, que tendríamos
-después, al reunirnos; de consiguiente todo nuestro odio, todo nuestro
-futuro crédito también, debían concentrarse en un golpe supremo y
-decisivo. Para impedir que el maquinista&mdash;como siempre hacía&mdash;regulase
-el movimiento aproximativo de las dos partes del “expreso”, precisaba
-interesar a La Sabrosa en el desafío y erigirla en una especie de “juez
-de campo”. Por medio del Negro, del furgón de cabeza y del ténder, hablé
-con ella, y no bien cruzamos algunas palabras cuando su voluntad estuvo
-de mi parte.</p>
-
-<p>&mdash;Es indispensable&mdash;la dije&mdash;que cuando volvamos atrás y yo me halle a
-cincuenta o sesenta metros del Majo, fuerces tu velocidad, para lo cual
-arréglatelas de modo que tu “regulador” no funcione, pues de lo
-contrario el maquinista te obligará a ir despacio.</p>
-
-<p>&mdash;Lo haré así&mdash;repuso La Sabrosa&mdash;; pero, la verdad: ¿tienes muchos
-deseos de topar con El Majo?</p>
-
-<p>&mdash;Quiero&mdash;exclamé vehemente&mdash;partirle el cuerpo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a dar un escándalo...</p>
-
-<p>&mdash;No importa, pues que en ese escándalo va<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253">{253}</a></span> envuelta una lección.
-Conviene escarmentar a los perdonavidas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, prepárate, Cabal, y reúne bien tus ímpetus&mdash;replicó La
-Sabrosa&mdash;porque ya volvemos.</p>
-
-<p>Había bebido lo necesario y recogido seis mil kilos de carbón, y
-engrasada y reluciente retrocedía con su suave y poderoso rodar
-señorial. Desde otros carriles muchos vagones me observaban, y por la
-expectante atención que en ellos había les comprendí advertidos del
-lance. Aquellas miradas, en cada una de las cuales había un mordisco
-para mi amor propio, redoblaron mis ánimos: sentí que toda mi tablazón
-se contraía y endurecía, semejante a un músculo; que mis pernos y
-tornillos se apretaban, y que, a la vez, en sus marcos respectivos,
-todas mis puertas y ventanas se disponían al golpe.</p>
-
-<p>&mdash;Apóyate en mí, Cabal&mdash;murmuró a espaldas mías El Negro.</p>
-
-<p>Al término de la vía mi rival me aguardaba, y en cada uno de sus topes,
-redondos como puños, había una criminal amenaza. Sólo nos separaban
-cincuenta metros cuando el maquinista quiso dar contramarcha; pero La
-Sabrosa no amainó su velocidad; inquieto el maquinista afianzó ambas
-manos al volante, y por segunda vez fué desobedecido. Los frenos también
-parecían rebelados; el choque iba a ser terrible; varios empleados
-corrieron hacia la locomotora, gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Atrás... atrás!...</p>
-
-<p>El maquinista, muy pálido, explicaba a voces:</p>
-
-<p>&mdash;¡No puedo!... ¡No obedece!...</p>
-
-<p>Al encontrarme con El Majo, le dije:</p>
-
-<p>&mdash;¡Aguanta, si puedes!...<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254">{254}</a></span></p>
-
-<p>Y cerré contra él, sirviendo a mi destructora intención con todo mi
-peso. Lo hice descarrilar: primero fueron sus cuatro ruedas delanteras
-las que se salieron de la vía; luego su cuerpo comenzó a inclinarse y
-segundos después perdía el equilibrio y se desplomaba sobre un costado,
-al aire todos sus rodajes; como muerto. Su imperial, en casi toda su
-longitud, quedó abierta. Yo, con asombro y regocijo de mis camaradas,
-permanecí firme: ni una sola de mis piezas se estremeció; ni siquiera mi
-dínamo padeció. De aquella refriega, en la que, sin culpa, el fogonero y
-el maquinista quedaron heridos, yo salí únicamente con los cristales
-rotos.</p>
-
-<p>Tres días permanecí ocioso, en tanto me arreglaban la cristalería y un
-carpintero remachaba algunos clavos que, con la percusión, habían sacado
-la cabeza de la madera como para enterarse de lo acaecido; y luego me
-añadieron a otro “expreso” recién formado; un convoy lleno de ese
-proverbial buen humor andaluz tan rico en hipérboles y en símiles
-dichosos. Mis compañeros se titulaban “cómicos”, y algo de esto recuerdo
-haber dicho en otro capítulo de estas “Memorias”. La máquina que
-trabajaba entre Sevilla y Córdoba era La Empresa; el coche-cama, La
-Primera Actriz; entre las unidades de “primera” había un Galán, un
-Apuntador, una Característica, un Barba... En cuanto a mí, aunque sabían
-mi nombre y mi reciente lance me enmarcaba de prestigio, empezaron a
-llamarme El Representante, por lo urbano y bien dispuesto que todos me
-hallaron, y con tan buena gracia lo hacían que ni una vez quise
-protestar.</p>
-
-<p>Con estos excelentes camaradas rodé largo tiempo, y su optimismo y sus
-agudezas me pro<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255">{255}</a></span>porcionaron muchos ratos amables. ¿Qué habrá sido de
-ellos? Todavía mi salud continúa recia, pero comprendo que el espíritu
-ha cambiado, y lo advierto en la desgana con que hablo, pues según las
-cosas&mdash;con los años&mdash;van perdiendo importancia a mis ojos, día tras día
-y en proporción igual me cuesta mayor trabajo discurrir con entusiasmo
-acerca de ellas. “Todo desmaya, todo envejece”...&mdash;pienso&mdash;; y la
-tristeza y el cansancio, entrañas de la vida, insensiblemente penetran
-en mí. He adquirido una capacidad nueva y útil para acercarme a lo que
-parece pequeño y conocer su profundidad, y merced a este don, el mundo
-lo imagino más caudal y variado que antes. A ello atribuyo la
-resurrección de ciertas imágenes que, durante tres o cuatro lustros, mi
-misma turbulencia juvenil mantuvo desechadas y como cubiertas de polvo
-en los últimos rincones de la memoria.</p>
-
-<p>Por ejemplo: siendo muy mozo, llegué un anochecer autumnal a un pueblo
-vasco. ¿Era Andoaín? ¿Era Urnieta?... ¿Hernani, quizás?... Poco importa:
-sólo sé que llovía bien, que hacía frío y que el aguacero tamborileaba
-sobre las techumbres y los cristales del convoy. Lejos, en el paisaje
-neblinoso, fulgían algunas luces. Olía a jaras. Detrás de la pequeña
-estación, de pronto, resonó un rasgueo de guitarras, y una voz varonil,
-entonada y caliente, empezó a cantar un zorcico. Aquel crepúsculo
-húmedo, aquel porfiado llover, aquella tonadilla triste... ¡qué bien
-rimaban!... La copla parecía diluirse en el paisaje lloroso, y el
-paisaje, a su vez, sollozaba en la canción. ¿Por qué ahora, después de
-tantos años, este delicado recuerdo vuelve a mí?...</p>
-
-<p>Por movedizo y vagabundo quizás, me intere<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256">{256}</a></span>saban los ríos, cuyas aguas
-sólo nos dicen adiós una vez; y más que los ríos, que realizan la
-paradoja de los que estando siempre en marcha nunca acaban de irse, los
-caminos.</p>
-
-<p>¡Oh! ¡Esos caminos que, de noche, bajo el livor astral, simulan cauces
-secos!... ¿Quién no sufrió su poesía arcana?... Ellos significan mucho
-más que un lazo de unión entre dos pueblos: parodia dichosa son del
-Tiempo, porque como él están a nuestro lado, y delante... y detrás; y
-como él no cambian, y, sin embargo, jamás hubo sobre ellos dos puntos
-exactamente iguales; y, como él, en fin, no se mueven y parece, no
-obstante, que se van. Asímismo constituyen, al igual del Tiempo, el
-vehículo de lo más malo y de lo más dulce: por ellos ambulan la Gloria y
-la Suerte; por ellos vienen las novias de los hombres, vestidas de
-blanco; por ellos, tras la diosa Aventura, se fueron los hijos, y los
-padres pasaron en un coche negro... Son también la experiencia, y por
-eso, sin hablar, guían; y mientras el campo uniforme calla, ellos, al
-peregrino que equivocó su rumbo, le dicen: “¡Sígueme!”...</p>
-
-<p>Si la tierra, con todas aquellas divisiones que la geografía política
-determina, representa “el rostro de la humanidad”, los caminos marcan
-los pliegues o surcos de ese rostro. Las emociones, siguiendo una vez y
-otra trayectorias idénticas, llegan a pintar arrugas en la cara del
-hombre, como las gentes rústicas, ambulando sin otro guía que su
-instinto, bocetaron los primeros caminos; y su intuición fué certera,
-pues generalmente el lápiz del ingeniero ratificó más tarde, sobre el
-papel, el rumbo que en el campo verde dejaron los pies descalzos del
-patán. En las fisonomías inteligentes y movibles abundan<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257">{257}</a></span> las arrugas,
-como en las naciones muy trabajadas por el progreso hay muchos senderos.
-Para las impresiones, los surcos de la piel son los caminos del
-semblante; para los vagabundos, los caminos son las arrugas de la
-tierra.</p>
-
-<p>Caminos de hierro, por los que, con una velocidad de ochenta y de
-noventa kilómetros por hora, corre la vida; caminos carreteros, limpios,
-señoriales, que devanáis vuestra cinta gris bajo el amparo de la Ley;
-caminos de herradura que, atravesando bosques, guardáis en vuestra línea
-ondulante un gesto incierto y trovador; caminos cubiertos, suspendidos
-atrevidamente entre el llano y el acantilado del monte; veredas serranas
-que, trepando unas veces, descendiendo otras, bordeáis el espanto de los
-abismos y conserváis&mdash;semejante a un perfume silvestre&mdash;la indecisión
-del primer viajero; rutas, en fin, sea cual fuere vuestra categoría y
-preeminencia, con que el horizonte responder parece a la insatisfecha
-impaciencia de los hombres: ¿quién no ha sentido vuestro imán; quién
-nació tan sordo de corazón que no oyese vibrar, en lo más recogido de su
-alma, vuestra voz sirena?... ¿Y cuál es vuestra poesía que lo
-magnificáis todo de manera que, hasta el mismo mar, cuando la luna
-tiende sobre él su calzada de plata, se ofrece más bello?...</p>
-
-<p>¡Ah!... Si yo pudiese hablarles a los humanos les exhortaría a no
-languidecer, ni un instante, en el estéril reposo de las vidas quietas,
-sino a marchar constantemente, así por los caminos del mundo, como tras
-las ideas y las pasiones, caminos del espíritu. Yo les diría: “Hombres,
-viejos o jóvenes: desead, moveos, renovaos sin sueño, adorad los
-caminos: tened siempre un rumbo<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258">{258}</a></span> para vuestros pies, llevad siempre
-encendida en el alma, a modo de brújula, una ambición. Por mucho que
-hayáis luchado, acordaos de que la Muerte, cuando llegue a vosotros, os
-debe hallar en pie”...</p>
-
-<p>Esto que digo de los caminos, explica mi cariño a los árboles, que
-reparten el bien y mueren en silencio, y tienen la dulzura de la
-filosofía panteísta.</p>
-
-<p>No hablaré de aquellos que cubren los parajes solitarios y, amparándose
-unos a otros, forman bosques espesos: los castaños, los robles, los
-nogales, los alcornoques, los pinos siempre verdes, las encinas&mdash;mis
-abuelas&mdash;torcidas como raíces, los olivos descendientes de los que
-florecían en el huerto donde Jesús se dejó atar las manos. Todos ellos
-viven apartados del tráfago humano y parecen felices: lozanean a su
-alrededor altos herbazales que, defendiendo la frescura del suelo, los
-benefician; por las mañanas, sus frondas sin polvo y mojadas de rocío
-tienen la fuerte alegría verde del mar. En verano, a la hora sin brisas
-de la siesta, el canturreo lascivo de las cigarras los adormece, y de
-noche, bajo la melancolía lunar, sus sombras, alargadas sobre la tierra,
-parecen almas. Así viven siglos: nadie los molesta; de tarde en tarde,
-un cazador furtivo, un grupo de contrabandistas, un tren que huye a lo
-lejos...</p>
-
-<p>Tampoco hablaré de aquellos árboles que embellecen los jardines
-públicos. Alineados, podados, monótonos, no tienen la altivez ni la
-melancolía arisca de los otros, sus hermanos del bosque: antes
-muéstranse débiles y tristes, cual conscientes de su esclavitud. Son, no
-obstante, verdaderos mimados de la fortuna, y servidores<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259">{259}</a></span> uniformados
-vigilan su reposo, y limpian sus troncos de vegetaciones parasitarias y
-de insectos nocivos; se los abona, se los riega, se los rodea de césped,
-y cuanto les circunda es alegre, porque la muchedumbre que acude a los
-paseos sólo va a solazarse. Quizás estribe en esto mi desdén hacia
-ellos; me parecen empleados del ayuntamiento; no me interesan...</p>
-
-<p>Entero mi amor lo consagro a los árboles olvidados de la suerte, a los
-árboles-parias, a los árboles trágicos, que el hombre o la casualidad
-sembraron al borde de los caminos. Nadie los defiende, nadie los cuida;
-y ellos, sin embargo, no vegetan egoístamente como los otros, sino que,
-bondadosos, extienden su ramaje sobre la aridez de la carretera por
-donde el dolor de la vida pobre, de la vida triste, pasa lentamente, y
-amparan al peregrino y defienden del sol a las bestias cargadas. Nunca
-pude ver sin emoción esas hileras de árboles que en la sequedad de la
-planicie castellana derivan hacia el horizonte marcando las ondulaciones
-de un camino. Parecen marchar tras de un entierro, y en su ramaje ralo
-que sombrea a intervalos la ruta polvorienta, hay un ascetismo. ¡Qué
-tristeza la suya, tan honda! Solos, abandonados, nadie acudirá a
-levantarlos si el huracán los derriba, ni los desembarazará de la
-cizaña, ni lavará el polvo calizo que mata su fronda, ni les dará un
-poco de agua cuando sus raíces, bajo el sol de agosto, mueran de sed.
-Nada los defiende. El carretero cortará de ellos la vara que necesita
-para apalear su ganado, y al pie de su tronco los pastores, en las
-noches de invierno, encenderán la hoguera con que han de calentarse.
-Eucaliptos, higueras, álamos erectos, chopos llenos de gracia, acacias
-pla<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260">{260}</a></span>teadas... no merece perdón el ingrato que arranque a vuestro ropaje
-una sola hoja. Si sois bellos y buenos, si dais hermosura al paisaje y
-salud al hombre, ¿quién exigirá más de vosotros?...</p>
-
-<p>Esta asotilada inclinación mía hacia los desvalidos y los humildes, me
-ha ayudado a bucear más hondo en el alma humana, y colocado en
-disposición de discernir matices sentimentales que antaño no hubiese
-visto; mi sensibilidad actual alcanza un campo de acción mayor que
-nunca. En una palabra: me he refinado, me he pulido. Gracias a ello
-comprendí la dolorosa agudeza emocional del episodio que narraré a
-continuación y que sin titubeos coloco entre los más bellos de mi vida.</p>
-
-<p>Empezaban a sentirse los primeros fríos de un mes de octubre; día tras
-día el añil celeste se debilitaba, y por los campos corrían temblores
-amarillentos. Algunas hojas secas habían caído ya, y el serojo empezaba
-a llenar de dolor las zanjas. Era la estación en que los trenes regresan
-a la Corte cargados de veraneantes, y se marchan vacíos.</p>
-
-<p>Aquella noche, al salir de Madrid, sólo llevaba conmigo cinco pasajeros.
-Me interesó uno de ellos por su aspecto decaído. Aparentaba cincuenta
-años, pero acaso tuviese muchos menos: era alto, esquelético, encorvado,
-trémulo, y al andar se apoyaba en un bastón de muletilla que asía con
-una mano flaca, húmeda, impaciente, con esa fiebre&mdash;deseo de agarrarse a
-todo&mdash;que pone en los dedos la agonía. Aquel hombre, a quien nadie fué a
-despedir, alquiló cuatro almohadas y se instaló junto al corredor y de
-espaldas a la máquina. Tuvo un largo y angustio<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261">{261}</a></span>so ataque de tos, y
-empapó en sangre un pañuelo. Yo creí que se acostaría; pero mantúvose
-sentado, acaso porque en esta posición respiraba mejor. Poco a poco
-ordenó a su alrededor las almohadas: una, a la altura de los riñones;
-otra, detrás de la cabeza; las dos restantes, debajo de los brazos.
-Hecho esto pareció descansar, y suavemente, como aliviado, entornó los
-párpados; mas apenas sus ojos&mdash;que eran grandes y ardientes&mdash;se
-apagaron, cuando me pareció que su rostro pajizo cubríase de nueva
-lividez, y que su nariz aguileña se afilaba, y sus pómulos salientes se
-acentuaban más; y advertí también que entre el bigote lacio y las
-descuidadas barbas, la boca, de labios blancos, había quedado abierta.
-Así, enfundado en un viejo gabán, con el perfil vuelto hacia arriba y
-una boina que, ajustándole las sienes, realzaba la convexidad del
-frontal, mi huésped parecía un cadáver.</p>
-
-<p>&mdash;No tardarás en bajar a la tierra&mdash;pensaba yo.</p>
-
-<p>De vez en vez, molestado por mis traqueteos, abría los ojos, tosía,
-escupía en su pañuelo y tornaba a adormecerse; aunque no era el sueño,
-sino la flaqueza y total ruina de su organismo, lo que le inmovilizaba.
-Pronto le olvidé.</p>
-
-<p>En el andén de Alcázar de San Juan vi una mujer de buena estatura, de
-cabellos castaños y vestida de luto, a quien en seguida reconocí. ¡Era
-Raquel!... Y la silueta ensangrentada del infeliz don Rodrigo pasó,
-semejante a un remordimiento, por mi memoria. En los cuatro años
-transcurridos desde entonces la silueta de mi antigua “cliente”&mdash;como
-hubiera dicho Dos-Caras&mdash;había mejorado. La encontré más esbelta y ágil
-que antaño, y también más triste; indu<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262">{262}</a></span>dablemente el luto la
-espiritualizaba, la embellecía.</p>
-
-<p>“¿Vestirá así por “él”?...”&mdash;me dije.</p>
-
-<p>Y seguí meditando, mientras la observaba:</p>
-
-<p>“¡Si supieras que este vagón, que crees no conocer, es el mismo que
-tantas veces te llevó y te trajo de La Coruña a Valladolid! ¡Si supieses
-que yo, leyendo en el pensamiento de tu amante, que te adoraba, muchas
-veces te vi desnuda!... ¡Si el corazón pudiera explicarte que me debes
-la vida, porque fuí yo quien mató a tu hombre la noche, precisamente, en
-que él iba a matarte!...”</p>
-
-<p>Raquel se acercó a la “Biblioteca”, a comprar algo que leer, y la oí
-platicar con la vendedora. La joven había pedido obras de Leonardo
-Ruiz-Fortún, escritor entonces muy en boga. En los armarios, a la vista,
-no quedaba ninguna, por lo cual la vendedora púsose a registrar en un
-arcón: sus manos, conocedoras y diligentes, avezadas a manejar libros,
-iban de un volumen a otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien sabía&mdash;exclamó, incorporándose&mdash;que quedaban varias! Tome usted:
-<i>Silencio</i>... Es una novela que las señoras piden mucho.</p>
-
-<p>Raquel suspiró: porque aquella obra tenía para ella un recuerdo:</p>
-
-<p>&mdash;La he leído...</p>
-
-<p>&mdash;Vea, otra: <i>El amigo íntimo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;También la he leído; conozco casi toda la producción de Ruiz-Fortún;
-es mi autor predilecto.</p>
-
-<p>&mdash;Otra... la última: <i>Años de paz</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ah?... ¿Es nueva?...</p>
-
-<p>&mdash;Acaba de ponerse a la venta; la recibimos ayer.<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263">{263}</a></span></p>
-
-<p>Con aire desasido Raquel abonó el importe del volumen, que empezó a
-hojear, y cuando, de pronto, acertó con ese “paisaje interior”, de
-irisada y taladrante observación, que todos los <i>dilettanti</i> del libro
-buscan en la obra recién comprada, sus ojos&mdash;¡ah, prodigios del
-arte!&mdash;fulgieron de emoción.</p>
-
-<p>Inmediatamente se acercó al “expreso”, que ya se iba, y, sin vacilar,
-obediente a la sugestión arcana de las cosas, subió a mí y fué a
-colocarse&mdash;dando el rostro al camino&mdash;en el departamento donde viajaba
-el enfermo de que hablé antes. Era el mismo compartimiento en que don
-Rodrigo hizo su postrer viaje, y la decisión rectilínea&mdash;voz de
-fatalidad&mdash;con que penetró en él, pudiendo haber elegido otro, me
-calofrió. Yo hubiese querido decirla: “Raquel: el coche que ahora te
-lleva a Andalucía es antiguo conocido tuyo; es el que tú y tu Rodrigo
-llamabais “nuestro vagón”. Yo sé cómo besas, y doy fe de cuánto él te
-quiso; yo le he oído dudar de tu cariño y le he visto romper tus cartas.
-También le vi muerto: donde su cuerpo estuvo tendido, tú, ahora, sin
-saberlo, acabas de poner los pies; hubo sangre suya ahí, por donde tú
-has pasado”...</p>
-
-<p>Raquel, después de sentarse cerca de una ventanilla, miró a su
-alrededor; esto es, “me miró”. Seguidamente y acaso bajo mi influencia,
-pensó en el amante muerto, y por su frente resbaló una melancolía. En su
-espíritu leí este nombre: “Rodrigo”; y, a continuación, aparecieron los
-ojos claros y el bigote rubio del sin ventura. Suspiró y su conciencia
-se llenó de obscuridad. Yo la miraba con cariño: si la hubiese visto
-acompañada de otro hombre, la habría odiado; pero iba sola, y aquel
-afecto que, tras de tanto<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264">{264}</a></span> tiempo, dedicaba al amado, me la hacía
-simpática. Y volví a pensar: “¿Por quién llevará luto?...” De su mano
-izquierda, que exornaban antaño una esmeralda y un rubí, la esmeralda
-faltaba, como si su dueña hubiera querido dar a entender así que la
-esperanza había emigrado de su corazón.</p>
-
-<p>Raquel observó unos momentos el cielo límpido y estrellado. Después sacó
-de un “neceser” una plegadera de marfil y oro, y con una parsimonia, que
-era una caricia, comenzó a cortar las hojas del libro: lo hacía con
-esmero, con amor... En seguida emprendió la lectura, e interesada, tanto
-por el estilo apasionado como por el asunto, leyó, de un tirón, lo menos
-veinte páginas.</p>
-
-<p>Bruscamente el viajero que llamaré “de las cuatro almohadas” comenzó a
-toser; a cada nuevo esfuerzo se incorporaba, jadeante, lívido, como si
-fuese a dictar su última voluntad, mientras con una mano desesperada se
-arañaba el pecho.</p>
-
-<p>&mdash;Es un tísico&mdash;monologueó Raquel&mdash;; un incurable...</p>
-
-<p>Y, aunque piadosa, apartó con disgusto los ojos del desconocido, que
-proyectaba un perfil macabro sobre mi fondo gris.</p>
-
-<p>Nuevamente reanudó su lectura.</p>
-
-<p>En aquel momento el autor trazaba, con rasgos magistrales, el hechizo
-perezoso de una siesta andaluza: Eran las tres de la tarde de un día de
-agosto: “Alicia”, la heroína, esperaba a su amante escondida entre las
-persianas del balcón; del cielo azul descendía una ola de fuego; en el
-sosiego provinciano de la calle un pianillo de manubrio desgranaba las
-notas de un vals sensual;<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265">{265}</a></span> en las ventanas y sobre los arriates de las
-azoteas, las macetas de claveles y de nardos ardían, como llamas, bajo
-el sol; y en aquella orientalesca borrachera de calor y de luz, el
-corazón de Alicia volaba hacia el campo, donde todo es saludable y
-violento...</p>
-
-<p>Por segunda vez Raquel miró a su compañero de viaje. El infeliz tosía y
-se ahogaba; gruesas gotas de sudor perlaron su frente; sus ojos se
-desorbitaron con la angustia. Después, ya calmado, volvió a reclinar la
-cabeza hacia atrás y sus mejillas, empurpuradas momentáneamente por la
-asfixia, recobraron su lividez. Raquel pensó, egoísta:</p>
-
-<p>“Este pobre hombre me da asco. Si no se duerme cambiaré de coche”...</p>
-
-<p>Tornó a su lectura, y rápido el superior espíritu de Ruiz-Fortún, su
-autor favorito, volvió a poseerla: como un brujo la dominaba, la
-aturdía. Había en el verbo del gran artista, adorado de las mujeres, una
-emoción quemante y como irisada, dotada de milagroso vigor. Todo era en
-él pasión, ímpetu, amor romántico y exaltado. Leonardo Ruiz-Fortún era
-un griego que resucitaba en el cansado occidente el espíritu optimista
-de la vieja Hélade. De sus libros, el pesimismo, que es cobardía, estaba
-proscripto, y todos sus personajes eran audaces y hermosos como
-héroes...</p>
-
-<p>Embelesada, Raquel cerró lentamente sus largos ojos negros... y, de
-súbito, la imagen lejana de don Rodrigo ocupó unos segundos su memoria.
-Humilló la cabeza; se quedó triste, con esa segura melancolía que emana
-del fastidio; hacía tiempo que esta disposición depresiva de alma la
-visitaba.<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266">{266}</a></span></p>
-
-<p>“Me aburro&mdash;pensó&mdash;y aburrirse, cuando estamos solos, equivale a no
-hallarnos satisfechos de nosotros mismos; es “odiarnos” un poco...”
-Luego, una idea pintoresca turbó agradablemente su espíritu: “¿Cómo
-sería Ruiz-Fortún?...” ¡Ah! De haberle ella conocido, seguramente le
-hubiese amado.</p>
-
-<p>Llegábamos a Santa Cruz de Mudela, donde mudábamos de locomotora; eran
-más de la una de la madrugada. El hombre “de las cuatro almohadas”, a
-quien mis luces daban una apariencia espectral, sufrió un nuevo acceso
-de tos, y Raquel hizo sobre sí misma un esfuerzo para no oirle. Momentos
-después reanudó su soliloquio:</p>
-
-<p>“Sí; el autor de <i>Años de paz</i> tenía razón: no todo en el mundo es
-podredumbre y felonía. El vulgacho es lodo, pero sobre la gentuza
-egoísta y sórdida campean voluntades diamantinas y espíritus horros de
-impureza, que saben hacer de la vida una plegaria excelsa; y Ruiz-Fortún
-pertenecía a esos elegidos...”</p>
-
-<p>La tos del paciente, que sonaba lúgubre como una voz salida de la
-tierra, quebrantó transitoriamente el hilo áureo de aquellas
-meditaciones. La joven tuvo un nuevo gesto de impaciencia y de asco.
-Luego su fantasía volvió a piruetear y pensó en escribir a Ruiz-Fortún
-explicándole la desolación de su espíritu y la admiración&mdash;veneración,
-más bien&mdash;que hacia él sentía; y como el novelista, a fuer de cumplido
-caballero, se apresuraría a contestarla, era seguro que llegarían a ser
-amigos... amantes, quizás... En este punto de su laborioso discurrir la
-figura del escritor, por primera vez, la preocupó, pues ella jamás
-habría podido enamorarse de un hombre<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267">{267}</a></span> feo. ¡No!... La naturaleza no
-gusta de dejar sus obras inconcluídas: los artistas divinos y deformes,
-como Leopardi, son, afortunadamente, muy raros. Y Raquel se tranquilizó
-al convencerse de que Leonardo Ruiz-Fortún tendría, como lord Byron, una
-hermosa cabeza juvenil, grave y triste...</p>
-
-<p>En Venta de Cárdenas subieron a mí y se instalaron en el departamento
-donde iba Raquel dos viajeros, que debían de ser madrileños por lo que
-de su acento y conversaciones pude colegir. Transcurrió la noche. A la
-mañana siguiente, al llegar a Córdoba, el señor “de las cuatro
-almohadas” se incorporó, saludó con una sonrisa glacial a sus compañeros
-de viaje, y salió al corredor. Caminaba inclinado, tembloroso, y, al
-andar, arrastraba un pie. Tras él, en el departamento, quedó flotando un
-olor a hospital. Cuando descendió al andén y le vi alejarse, de espaldas
-a mí, pensé: “Ya siempre te veré así, porque tú no vuelves...”</p>
-
-<p>Mi asombro fué enorme al oír que uno de los dos pasajeros que viajaron
-con él desde Venta de Cárdenas decía a su amigo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Conoce usted a ese que acaba de salir?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Leonardo Ruiz-Fortún.</p>
-
-<p>&mdash;¿El novelista?</p>
-
-<p>&mdash;El mismo: creo que el pobrecito se quedará en Córdoba...</p>
-
-<p>Raquel, que, como yo, había seguido este diálogo, a durísimas penas
-reprimió un grito. ¿Era posible que aquel tuberculoso, aquella
-lamentable piltrafa de la vida, fuese el mismo escritor de inspiración
-férvida, de propósitos anchos, de estilo recio, con quien ella horas
-antes, precisa<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268">{268}</a></span>mente, había soñado? ¿Cómo en un cuerpo exangüe, casi
-muerto, podía alojarse un espíritu así?... ¿O era que, tal vez, la misma
-implacable brasa del alma había roído la carne hasta consumirla?...</p>
-
-<p>“¡La naturaleza es ciega! ¿Para qué fantasear? ¿Para qué esforzarnos en
-ser dichosos?”&mdash;discurría Raquel.</p>
-
-<p>Tras una pausa, fríamente, por la ventanilla, tiró el libro al espacio.<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269">{269}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h2>
-
-<p>En unas revistas ilustradas olvidadas sobre mis asientos, he leído
-artículos laudatorios acerca de la última obra del escultor montañés
-Pedro Juan, el cual, cuando yo trabajaba en la línea de Hendaya, viajó
-diferentes veces conmigo hasta Miranda de Ebro, y de cuyo rostro
-aguileño y palidísimo, flaco, como consumido por las brasas de sus ojos
-extraordinarios, recuerdo muy bien. Los críticos celebraban con un
-ahinco que acreditaba la sinceridad de sus elogios, la expresión, la
-emoción palpitante, “la elasticidad de carne viva”&mdash;palabras suyas&mdash;que
-el artista genial trasmitía a la piedra...</p>
-
-<p>Sin duda todos aquellos ditirambos eran justos, y yo los aprovecho para
-fortificar lo que en diversos pasajes de este libro expuse a propósito
-de las vibraciones de inteligencia, de voluntad, de memoria y de
-sensibilidad física, que el hombre comunica a cuantos objetos le
-acompañan habitualmente. Si un escultor, por ejemplo, con sólo el
-esfuerzo de su inspiración y de sus manos, infunde a un pedazo de mármol
-el calor de su alma, ¿cómo negar esa constante y certera “transfusión de
-alma”&mdash;llamémosla así&mdash;con que a lo largo de los años las personas,
-soslaya<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270">{270}</a></span>damente, vivifican sus trajes, sus muebles y las habitaciones en
-que habitan? Sin maliciarlo el hombre divide su tesoro vital en dos
-partes, de las cuales se reserva la mayor, y la otra, que se le escapa
-por los ojos, y por la punta de los dedos y con el calor de su propio
-cuerpo, es la que reparte, la que difunde alrededor suyo y queda
-adherida a las cosas. He ahí el por qué los trajes recién salidos de las
-sastrerías son “fríos”, por bien confeccionados que estén; y por qué las
-novelas autobiográficas, por sencillo que sea su argumento, apasionan
-más y obtienen mayor número de lectores, que las imaginadas, fruto
-exclusivo del arte y de la inventiva de su autor. Esta vida adquirida,
-esta vida pegadiza gracias a la cual siento y hablo, donación
-subconsciente es de los hombres, y si ellos lo supiesen sus escritores
-comprenderían que la historia, por ejemplo, de “un billete de Banco”,
-que pasó por millares de manos y pudo servir así para pagarle las
-medicinas a un enfermo como para comprar a un asesino, bien merece los
-honores de ser llevada al papel. Diré más: estos libros de “Memorias”
-son, por su misma índole y composición, más difíciles de escribir que
-las novelas; agotan: porque en cada novela sólo hay un argumento y uno o
-dos protagonistas, mientras en una existencia tan agitada como la mía,
-en cada nuevo personaje que aparece surge un nuevo protagonista y con
-él, quizás, un nuevo enredo. Un libro de “Memorias” equivale a una
-sucesión de novelas.</p>
-
-<p>En mi biografía hay millares de meses tediosos, absolutamente idénticos,
-que no hubiese querida vivir; pero, afortunadamente, de cuando en cuando
-la Aventura, la divina bruja de los<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271">{271}</a></span> ojos verdes, me miraba, y su roce
-era tan eficaz, tan excelso, que aunque sólo durase horas bastaba a
-consolarme de mi fastidio de varios años. Acordándome de aquellas
-muchachitas que, cuando yo rodaba sobre la línea de Galicia, salían a
-verme a los andenes del tránsito, yo pensaba:</p>
-
-<p>“Me parezco a ellas en lo de esperar; ellas aguardaban todos los días la
-visita de lo Extraordinario, y yo también. Yo soy, dentro de mi esfera,
-como una pequeña estación en donde, tarde o temprano, el tren de lo
-Imprevisto se detendrá ‘un minuto’<span class="lftspc">”</span>...</p>
-
-<p>El hada Sorpresa, tacaña por temporadas hasta la sordidez, tiene a ratos
-prodigalidades excesivas. Su alma es histérica, ilógica, y, por lo mismo
-quizás, adorable. Ora no da nada, ora da muchísimo; ¿pero si repartiese
-sus dones más proporcionadamente, no nos parecerían menos sabrosos?...</p>
-
-<p>Los dos hechos que voy a narrar se desarrollaron, uno a continuación del
-otro, desde la noche de un veinticuatro de diciembre&mdash;es la segunda
-Nochebuena notable que recuerdo&mdash;y la mañana del día veintiséis: el
-primero es un episodio lírico, plácido; un <i>duetto</i> al par sensual y
-romántico que, si terminó conforme sus mantenedores se obligaron delante
-de mí a desenlazarlo, reducido quedó a un bellísimo cuento; pero que si
-tuvo “segunda parte”, sirvió de primer capítulo a una novela cuyo
-desenlace ignoro. El otro episodio es un enredo trágico, una cabriola
-siniestra, una visión de pesadilla: aquél era “blanco”; éste negro;
-aquél tenía el color de los azahares nupciales, y éste el tono obscuro
-de la sangre coagulada. Aquella vez a la Aven<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272">{272}</a></span>tura&mdash;artista
-portentosa&mdash;la bastaron treinta y seis horas para hacer un “Rembrandt”.</p>
-
-<p>Salí de Madrid, como todos los años me sucedía durante las festividades
-navideñas, con escaso pasaje. No llegarían mis ocupantes a ocho. En mi
-segundo departamento viajaban una mujer y un hombre: yo les había oído
-hablar en el andén; él se hallaba próximo a mí, alquilando una almohada,
-cuando ella le abordó para preguntarle:</p>
-
-<p>&mdash;Caballero... ¿puede usted decirme si este es el tren de Almería?</p>
-
-<p>Tenía una voz dulce, armoniosa; una voz “húmeda”...&mdash;no acierto a
-calificarla mejor&mdash;; una voz idílica, hecha para hablar de amor y
-decirle al Deseo “que sí”...</p>
-
-<p>Clavó él en la desconocida una mirada buída, hambrienta, de gavilán; un
-mirar con el que la desnudó y la palpó y la registró, por igual, el
-cuerpo y el alma.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora; este es el tren...</p>
-
-<p>Y añadió afirmativo:</p>
-
-<p>&mdash;Tomaré una almohada para usted.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, muchísimas gracias...</p>
-
-<p>Buscó apresuradamente su portamonedas para abonar el importe de aquel
-ofrecimiento, pero él ya había pagado.</p>
-
-<p>&mdash;Es igual&mdash;dijo con una sonrisa y un ademán elegantes&mdash;; ¡es igual!...</p>
-
-<p>Uno tras otro subieron a mí, y él, personalmente, colocó primero las
-maletas de su compañera de viaje, y luego las suyas, en mis redecillas.
-Ella parecía agradablemente impresionada, al par que cohibida; la eficaz
-devoción con que era servida la colocaba, por agradecimiento, en un
-cierto estado de inferioridad ante aquel ca<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273">{273}</a></span>ballero lleno de iniciativas
-oportunas. Claramente yo leía en su alma. Pensaba: “Yo me iría a otro
-coche porque este señor se inmiscuye demasiado en mis asuntos, pero como
-le debo el alquiler de la almohada... ¡Y es simpático!... Lástima que me
-mire así, como si quisiese comerme...; aunque es posible que lo haga sin
-segunda intención. En fin, si así no fuese, siempre hallaré modo de
-pararle los pies...”</p>
-
-<p>Fluctuaba la edad de la viajera entre los treinta y los treinta y cinco
-años: era trigueña, ojinegra, antes abastada que escurrida de formas,
-vestía esmeradamente, parecía presumir&mdash;y a fe que podía hacerlo&mdash;de
-tener la pierna linda y el pie menudo y bien calzado, y era, en suma, lo
-que por estilo conciso y pintoresco el pueblo español denomina “una real
-moza”.</p>
-
-<p>El, flexible, alto y correctamente trajeado, aparentaba igual edad, y
-sus manos pulidas y su semblante aguileño, prematuramente fatigado,
-hablaban de un pretérito aristocrático. No parecía, sin embargo, enfermo
-de desgana, por cuanto en seguida prendió y mantuvo el fuego de la
-conversación con privilegiada elocuencia, orientando el diálogo hacia
-donde quería, y expresándose con franqueza y acierto desusados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me dijo usted que iba a Almería?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. ¿Usted también?</p>
-
-<p>&mdash;No, señora: yo debía ir a Huelva...</p>
-
-<p>Ella hizo un gesto vago: no comprendía cómo un tren que fuese a Almería
-pasase por Huelva, o viceversa; creyó haber entendido mal. El sonreía en
-silencio, dando tiempo a que su colocutora se percatara de su hilaridad
-y se extrañase de ella. Así fué: la joven, curiosa, indagó:<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274">{274}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿De qué ríe usted?...</p>
-
-<p>&mdash;De una pequeña travesura que he cometido y usted inmediatamente me
-perdonará. Usted sabrá que la línea de Almería y Granada arranca en la
-estación de Baeza...</p>
-
-<p>Ella movió la cabeza afirmativamente, y con la ansiedad de la
-explicación que esperaba su rostro parecía más bello.</p>
-
-<p>&mdash;El tren en que vamos&mdash;prosiguió el viajero&mdash;pasa por Baeza a las tres
-y cuarto de la madrugada, y el de Almería no sale hasta las nueve o las
-diez...</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué horror!...</p>
-
-<p>&mdash;El tren que debió usted tomar no era éste, el “expreso” de las ocho y
-veinte, sino el “correo” que sale cuarenta minutos después, a las nueve,
-y llega a Baeza a las seis y media. Hubiera usted podido dormir
-cómodamente en él hasta esa hora, y así la espera hasta el momento de
-tomar el “correo” de Almería habría sido más corta.</p>
-
-<p>Ella, un tanto molesta, replicó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Naturalmente!... ¿Por qué no tuvo usted la bondad de explicarme todo
-eso cuando aún era tiempo?</p>
-
-<p>&mdash;Por egoísmo.</p>
-
-<p>&mdash;No le comprendo.</p>
-
-<p>&mdash;Por egoísmo, sí, señora: por no privarme del placer de viajar con
-usted.</p>
-
-<p>Hallábanse sentados frente a frente, y podían mirarse bien a los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Caballero&mdash;exclamó la joven embridando mal su despecho&mdash;en el fondo
-de esa galantería no hallo más que una impertinencia inexcusable!</p>
-
-<p>Se había puesto roja y, como antes la ansie<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275">{275}</a></span>dad, ahora la hermoseaba el
-despecho. El contestó con una naturalidad desconcertante, por lo
-sincera:</p>
-
-<p>&mdash;No se enoje usted conmigo, porque sería inútil. Todo cuanto está
-sucediendo y ha de suceder esta noche, es inevitable. Medite usted en el
-alcance de ese concepto, según los casos, divino o maldito: “lo
-inevitable”. Señora: no por la fuerza de mis manos, que antes me
-cortaría que emplearlas en contra de usted, sino por dictados de la
-simpatía que ya existe entre ambos, y que es la más irrecusable de las
-órdenes, ni usted estará mañana en Almería, ni yo llegaré mañana a
-Huelva.</p>
-
-<p>Ella inquirió, atónita:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?...</p>
-
-<p>&mdash;Porque usted misma, dentro de un rato y en virtud de una maravillosa
-revolución que ya está verificándose en su alma, sentirá, como yo, la
-necesidad de abrir en nuestros respectivos viajes un paréntesis de
-veinticuatro horas. Sobre la realidad monótona de esos rincones
-provincianos adonde nos dirigimos, acaso más que por nuestra propia
-alegría para repartir alegría entre los seres que nos aman, está el
-ensueño, la casualidad novelesca de habernos encontrado.</p>
-
-<p>Ella, a la vez escandalizada y seducida, creyóse obligada a protestar en
-nombre de su honestidad; pero él, por momentos más apremiante y buen
-tracista, la redujo a silencio:</p>
-
-<p>&mdash;¿No juzgaría usted desfavorablemente&mdash;decía&mdash;a quien, después de
-comprar un billete de teatro, no fuese a ver la función? Pues he ahí el
-caso de quien, teniendo un billete para el teatro de la Vida... ¡no
-entra en la vida!... Y usted, desde que cruzamos las primeras pala<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276">{276}</a></span>bras,
-tiene un billete para ese teatro; se lo dió la madre Aventura... la
-mejor de las madres... ¡aprovéchelo usted!... Créame; cuando la
-Casualidad ríe junto a nosotros, debemos imitarla...</p>
-
-<p>Repelió ella estas teorías con vigor, pero yo, que leía en su
-conciencia, me maravillaba de la ninguna fe de sus opiniones, y de la
-rapidez con que su gaitero colocutor la había ganado la voluntad. Tan
-fué así que, una hora más tarde, el diálogo había cambiado el grave
-entrecejo de la polémica por la sonrisa pícara del coqueteo, y
-enfrentábamos Castillejo cuando ella y él, sentados ya el uno al lado
-del otro, se apretaban las manos con una vehemencia que aceleró el latir
-de sus pulsos. Verdaderamente el galán, sabiendo mostrarse con
-oportunidad alegre o melancólico, optimista o desengañado, era un
-emérito cazador de almas.</p>
-
-<p>&mdash;Todo nos acerca&mdash;insistía&mdash;y, más que la soledad, el misterio, lleno
-de intimidad familiar, de la Nochebuena. Es la noche en que todos se
-abrazan, en que nadie, ni aun los más infelices están solos...; la noche
-que los hijos calaveras aprovechan para volver a su hogar y ser
-perdonados... Y por eso, por ser esta noche de perdón, usted escuchó mis
-ruegos misericordiosa. Acompañémonos, defendámonos mutuamente de la
-soledad... ¡abriguémonos contra el espantoso frío de no ser amados por
-quien quisiéramos serlo!...</p>
-
-<p>Hizo ademán de escuchar, y unos segundos permaneció así, el cuello
-erguido, las pupilas fulgentes; y agregó misterioso y festivo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Oye usted lo que dice el vagón?... En este momento nuestro coche
-corre con un traqueteo trisílabo, y en esos tres tiempos de su marcha<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277">{277}</a></span>
-yo percibo distintamente las tres sílabas del imperativo más dulce:
-“Quié-re-le...” “Quié-re-le”... El vagón aconseja a usted quererme; no
-se lo aconseja; se lo manda... “Quié-re-le...” No piense usted ni un
-instante en desobedecerle, porque podría irritarse y descarrilar.
-¡Oigale!...</p>
-
-<p>La tercería que el diestro embaucador me achacaba en su amoroso pleito
-me hizo gracia, y desde luego le deseé la victoria. Divertida y risueña,
-la joven escuchó también. Luego exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Es cierto!... Ya le oigo... ¡Ah, es maravilloso!... pero me ordena
-todo lo contrario de lo que usted supone; usted ha traducido mal...
-Usted percibe tres sílabas y yo distingo cuatro... El vagón dice: “No le
-cre-as...” “No le cre-as...” “No le cre-as...”</p>
-
-<p>El se inclinó sobre las manos que la Deseada tenía cruzadas a la altura
-del pecho, y, lentamente, devotamente, con unción mística, las besó.
-Volvió a incorporarse, acercó su rostro al de ella y mirándola
-intensamente a los ojos:</p>
-
-<p>&mdash;El vagón dirá&mdash;murmuró&mdash;lo que tu corazón quiera hacerle decir; porque
-todas las interrogaciones y todas las respuestas de la vida están en
-nuestro propio corazón. Fuera de nosotros no hay nada. Cuando tú crees
-que el mundo te ha dicho algo, es que tu alma se ha contestado a sí
-misma.</p>
-
-<p>La joven no respondió, y toda su belleza se cubrió de melancolía,
-circunstancia que juzgué bonísimo agüero para él, pues nada como la
-Melancolía mulle las camas que luego deshace el Amor. Hubo una corta
-tregua. ¿Qué hacía ella?... ¿Soñaba... escuchaba?... Al fin,
-lánguidamente, con aquella su voz suave de derrota, de<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278">{278}</a></span> entrega, que
-tanto me había impresionado, y como hablándose a sí misma, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Usted tenía razón: el vagón dice: “Quié-re-le...” “Quié-re-le...”</p>
-
-<p>Y cerró los párpados, que él, férvido, se apresuró a besar. Cerca de un
-minuto permaneció así, sumido en el éxtasis de aquella felicidad.
-Después, sin apartar los labios de donde tan a su gusto los tenía
-apoyados, preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Oyes bien lo que el vagón te manda?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;replicó ella reclinando su cabeza enajenada sobre el pecho del
-hombre&mdash;; antes no le oía... pero ahora sí...</p>
-
-<p>&mdash;¿Por momentos le comprendes mejor, verdad?...</p>
-
-<p>&mdash;Mejor&mdash;repitió&mdash;, mejor... Creo que ya toda mi vida he de estar
-oyéndolo...</p>
-
-<p>Y, feliz de sentirse vencida, y como para agradecerle el bien que la
-hizo limpiando su alma de escrúpulos, le echó al cuello los brazos.</p>
-
-<p>El expreso acababa de detenerse, y ante los coches apagados y
-herméticos, una voz indolente pregonaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Alcázar de San Juan!... ¡Cambio de tren para las líneas de Valencia,
-Alicante, Cartagena y Murcia!...</p>
-
-<p>Ibamos, como en la jerga ferroviaria se dice, “a la hora”; eran las once
-y diez.</p>
-
-<p>El enamorado habló, susurrante:</p>
-
-<p>&mdash;Todo parece caminar al compás de nuestro deseo. Nos quedaremos en
-Valdepeñas, adonde llegaremos a las doce menos cinco. Inmediato a la
-estación hay un hotel. Aún podemos ir a la Misa del Gallo... y completar
-así nuestra Nochebuena... una Nochebuena que recordaremos toda nuestra
-vida.<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279">{279}</a></span></p>
-
-<p>El convoy volvía a moverse, y el estremecimiento que tuve al arrancar
-restituyó a la Seducida la conciencia de sus deberes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice usted?... ¡Yo no puedo quedarme en Valdepeñas!</p>
-
-<p>Parecía despertar de un letargo profundo, y había espanto en sus ojos.
-El indagó, sereno:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?... ¿No quieres?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; querer, sí quiero... Pero es que en Almería está aguardándome
-mi...</p>
-
-<p>No concluyó la frase, porque él, rápido, con una mano la cerró la boca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calla!&mdash;suplicó&mdash;; pues no quiero saber quién te aguarda. ¿Son tus
-padres?... ¿Tu marido?... No necesito saberlo... ni tú debes decírmelo.
-Pero considera que esas personas, a quienes con un telegrama puedes
-tranquilizar, te aguardarán siempre... ¡Abarca bien la significación de
-esa terrible palabra: “siempre”!... Mientras la aventura que yo te
-ofrezco no espera, porque sólo es un sueño...; un bello sueño que se
-desvanecerá con esta noche; mi amor es como esos encantamientos de los
-cuentos de hadas, que se rompen no bien el día despierta...</p>
-
-<p>Ella le miraba asombrada; no le comprendía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y después?&mdash;interrogó.</p>
-
-<p>&mdash;No entiendo: ¿qué significa ese “después”?...</p>
-
-<p>&mdash;Más adelante, ¿cómo haríamos para vernos?... Usted me dijo que iba a
-Huelva: ¿reside usted allí?...</p>
-
-<p>&mdash;No pienses en eso: que no te interese saber dónde yo vivo, como a mí
-no debe interesarme dónde habitas tú: Huelva, Almería, Madrid... ¿qué
-importa, si nuestra noche de hoy no ha de repetirse nunca y si jamás
-volveremos a saber el uno del otro?...<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280">{280}</a></span></p>
-
-<p>Calló unos instantes, sinceramente entristecido, tal vez. Los hermosos
-ojos negros de la Deseada se habían humedecido.</p>
-
-<p>&mdash;¡No volver a vernos!&mdash;suspiró.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca&mdash;afirmó él&mdash;; porque en eso... ¡sólo en eso!... estriba el
-secreto de amarnos siempre. ¿No reconoces que, entre todas las personas
-que llenan tu biografía, te sientes, como yo, un poco sola?... Lo cual
-significa que ninguna logró acercarse completamente a tu alma. ¿Qué
-adelantaría yo, de consiguiente, informándome de tus ocupaciones, y de
-con quién habitas, y de todo ese fárrago de monotonía, de tristeza, “de
-prosa”, en fin, qué pinta de gris tu vivir cotidiano? Si a mí sólo me
-cautiva tu espíritu, ¿a qué preocuparme de cuanto permanece fuera de
-él?... Haz tú lo mismo. Yo no quiero, óyelo bien, “no quiero” saber nada
-de ti, ni siquiera tu nombre, porque el nombre es una “materialización”
-del alma; algo que la vulgariza, que la ensucia un poco; y, además,
-porque llegando a mí y marchándote sin quitarte el antifaz del anónimo,
-no ofenderemos a las personas que, a su modo, te aman. Date a mí esta
-noche, que más adelante, en el ingrato filar del tiempo, no llamaremos
-Nochebuena, sino “Noche-Unica”; y mañana, en trenes distintos, huyamos
-el uno del otro.</p>
-
-<p>Seguía ella sin interpretar bien lo que el desconocido la proponía; pero
-su corazón, impulsivo y sentimental, ya le amaba.</p>
-
-<p>&mdash;Te quiero&mdash;balbuceó&mdash;, te quiero, dueño...</p>
-
-<p>Su violenta confesión tuvo más de sollozo que de alegría. El replicó:</p>
-
-<p>&mdash;Nos querremos siempre, y voy a explicarte la razón. Di: desde tu
-primera juventud, ¿no<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281">{281}</a></span> acariciaste la alegría de pertenecer a un hombre
-que te adoraba y en quien tú adorabas?</p>
-
-<p>La ingenua exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Es cierto!</p>
-
-<p>&mdash;¿Tenía un semblante determinado ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llamaba?</p>
-
-<p>Ella repuso, sorprendida de cómo aquel breve diálogo esclarecía su
-comprensión, todavía remisa:</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé; nunca le puse nombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ves?... Luego, si jamás tuvo cara ni nombre, ¿por qué no sería yo?...
-Y eso, puntualmente, me sucede contigo. Si, dóciles a la universal
-rutina, nos dijésemos nuestros nombres, en el acto tendríamos un punto
-de semejanza con los millones de mujeres y de hombres tocayos nuestros;
-mientras que, manteniéndonos innominados, tú siempre serás para mí
-“Ella”... ¿comprendes?... la “Sin Nombre”... la “Unica”..., y yo, para
-ti, igual...</p>
-
-<p>Desfallecida, emborrachada por el pique novelesco de aquella aventura,
-la joven repetía:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tú quieras... decide tú...</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, después de haber sido muy dichosa, ¿tendrás resolución para
-irte?...</p>
-
-<p>Y, como no obtuviese respuesta, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Bien; así me gusta; no te pesará... porque más adelante, cuando tu
-experiencia madure, reconocerás que el más esforzado amor dura menos que
-nuestra breve vida, y es con relación a ella&mdash;¡oh, dolor!&mdash;como un traje
-“que nos hubiesen cortado pequeño”...</p>
-
-<p>Estábamos en Valdepeñas. Una voz anunciaba:<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282">{282}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Valdepeñas!... ¡Un minuto!...</p>
-
-<p>Instantáneamente los dos enamorados se levantaron, acelerándose en
-recoger sus equipajes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Oyes?&mdash;exclamó él triunfante&mdash;: la felicidad pasa, y para llevarnos
-consigo nos otorga un minuto. ¡Lo justo!...</p>
-
-<p>Bajaron al andén y les vi dirigirse, con andar célere, hacia la puerta
-de salida de la estación.</p>
-
-<p>A lo lejos, en la obscuridad fría y estrellada de la noche, las campanas
-volteaban felices anunciando que Jesús había abierto los ojos...<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283">{283}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h2>
-
-<p>Al Barítono, que rodaba delante de mí, le referí por pasatiempo el
-original idilio que acababa de presenciar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dichoso tú!&mdash;interrumpió desabridamente&mdash;, pues tuviste la suerte de
-tropezar con gente limpia. ¡Si supieras cómo voy!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te sucede?...</p>
-
-<p>&mdash;No me lo preguntes; estoy como para que me metan en lejía ocho días
-seguidos.</p>
-
-<p>Le rogué que no mortificase por más tiempo mi curiosidad, y que
-desembuchase sus cuitas procurando desfigurar la verdad lo menos
-posible; y dije esto, porque tenía entre nosotros fama merecidísima de
-fantaseador y embustero.</p>
-
-<p>&mdash;Sucede&mdash;explicó&mdash;que viaja conmigo el tipo más extravagante y gracioso
-que puedes soñar. Va solo, y cuando se quitó el gabán advertí que iba
-vestido de “smoking”. “¿De dónde sale este hombre?”&mdash;pensé. Es pequeño y
-rubio, muy rubio, casi albino; usa monóculo; parece inglés, pero es
-español, acaso del riñón de Castilla la Vieja, porque, al hablar, ni de
-milagro se come una letra. Apenas dejamos Madrid, extrajo de un maletín
-una suculenta merienda, dos botellas de vino de Rioja, otras dos de
-Champagne y un<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284">{284}</a></span> frasco de Ginebra. Sirvióse a continuación una copa de
-“Rioja”, y con mucha elegancia y enfática ceremonia se puso en pie:
-“Señores&mdash;exclamó dirigiéndose a unos circunstantes imaginarios&mdash;: yo
-agradezco infinito esta comida que la cortesía de todos organizó en mi
-honor; y lo agradezco tanto más efusivamente, cuanto que el pasar solo
-esta Nochebuena hubiera sido muy doloroso para mí. Queridos amigos: yo
-brindo a vuestra salud, y hago votos por que el año próximo, en esta
-misma fecha, volvamos a estar juntos.” Llevóse la copa a los labios,
-bebió parsimoniosamente y en seguida comenzó a batir palmas,
-tributándose una calurosa ovación. “Está ofreciéndose un banquete a sí
-mismo”&mdash;pensaba yo. Con empaque correcto y frío de <i>gentleman</i>, “el
-hombre del monóculo” se sentó, desdobló su servilleta y empezó a comer.
-A intervalos demostraba sostener con los comensales más próximos a él
-diálogos breves, para lo cual se interrogaba y respondía
-urbanamente:&mdash;“¿Otra rodajita de salchichón, marqués?”&mdash;“Muchas
-gracias.”&mdash;“¿Una copita de vino, don Eugenio?”&mdash;“Se acepta, sí, señor;
-¡y con mucho gusto!...”&mdash;“Salud, don Eugenio.”&mdash;“¡Salud, señores!...”
-Cada vez que libaba, esto es, de tres en tres minutos, se ponía de pie.
-No por esto dejaba de charlar.&mdash;“Para obsequiarme&mdash;decía&mdash;no podían
-ustedes haber elegido lugar más a propósito. Este hotel es bueno, la
-cocina excelente, y desde ese mirador, si hubiese luna, veríamos un
-paisaje magnífico. Cuando llegué aquí, hace unos momentos, estaba
-triste; pero ya mi melancolía se desvaneció y dentro del corazón oigo
-sonar un cascabel. ¡Oh, qué bella es la vida para el hombre que, cual
-yo, consigue<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285">{285}</a></span> verse a todas horas rodeado de amigos decidores y
-fraternos!...”&mdash;“¡Bravo!... ¡Viva don Eugenio!...”&mdash;“Mil gracias,
-compañeros: y, pues las dos botellas de Rioja, rendidas bajo nuestras
-caricias, yacen exánimes, opino que bebamos Champagne.”&mdash;“¡¡Muy
-bien!!...”</p>
-
-<p>&mdash;Con la maestría de un viejo camarero&mdash;prosiguió contando El
-Barítono&mdash;don Eugenio, que así debe de llamarse mi huésped, destapó una
-benemérita botella de Clicquot, sonó una detonación, un chorro de espuma
-mojó mis asientos y en mi techumbre recibí un taponazo. El hombre “del
-monóculo y del smoking” tornó a levantarse: su diestra, que ya empezaba
-a temblar, sostenía una copa llena de sol hasta los
-bordes.&mdash;“¡Señores&mdash;exclamó&mdash;: con este vino, rubio como las trenzas de
-María Antonieta; con este vino que lleva en su alegre frivolidad la
-imagen de lo que nuestra vida debía ser, brindemos por la gloria de
-Francia!...”&mdash;“¡Hurra!... ¡Bravo!...” Don Eugenio se inclinó:&mdash;“Gracias,
-hermanos: que la Borrachera sea con vosotros...” Tales disparates los
-decía muy serio, sin sonreir ni una vez y dentro de la más impecable
-corrección de ademanes, cual si estuviese, efectivamente, entre personas
-de su mayor respeto. Esta farsa la prolongó más de una hora: poco a poco
-se enrojecían sus mejillas, y sus ojos brillantes empezaron a divagar.
-La embriaguez le invadía y la lengua se le enredaba, como los
-pensamientos. Olvidado de las sombras que le acompañaban, habló consigo
-mismo. Le pesaban los párpados y tenía, para levantarlos, que hacer un
-gran esfuerzo.&mdash;“¿Quieren ustedes más vino?&mdash;monologueaba&mdash;; ¿no?...
-¿Por qué?... ¿Nadie responde?... ¿Eh?... ¿Na<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286">{286}</a></span>die responde?...” Abrió los
-ojos.&mdash;“¡Ah!... ¿Todos se han ido?... ¡Cobardes; tenían miedo a
-emborracharse y se han ido!... Bueno; me es igual. Beberé yo solo:
-afortunadamente, para hacer de mi cabeza lo que quiero, no necesito a
-nadie... Venga champagne...” Destapó la segunda botella y un chorro de
-vino le empapó la pechera.&mdash;“Gracias&mdash;continuó&mdash;, este frío hace
-bien...” De un puntapié arrojó, hasta el tránsito, la maleta que hasta
-allí retuvo entre las rodillas y le había servido de mesa.&mdash;“¡Se acabó
-el banquete!&mdash;exclamó&mdash;; ya no estoy en un hotel, sino en mi casa; una
-casa que se mueve, que está borracha, como yo... ¿Qué hora será?...” Con
-mucho trabajo halló su reloj.&mdash;“Las once y cuarenta minutos. ¡Bravo!...
-A las doce iré a la Misa del Gallo...” Este propósito echó raíces en su
-espíritu, y lo repitió cien veces. Permanecía sentado, y mis traqueteos,
-que yo procuraba fuesen rudos, le zarandeaban sobre sí mismo con mucha
-gracia: tan pequeñito, tan rubio, con los carrillos encendidos, el
-monóculo, la corbata ladeada y vestido de smoking, parecía un muñeco. Al
-intentar servirse otra copa de champagne, se apercibió de que la botella
-estaba vacía.&mdash;“¿También tú has muerto?...”&mdash;exclamó. La inspeccionó al
-trasluz; la agitó en el aire, y su silencio le convenció de que no
-quedaba champagne. Entonces, con un gesto triste de desengaño, la tiró
-al suelo.&mdash;“Vete&mdash;gruñó&mdash;, no te necesito; perdiste tu alegría; estás
-más seca que un corazón. Pero no creas, ingrata, que estoy solo: mira,
-me acompaña éste...&mdash;empuñó el frasco de la Ginebra&mdash;; ¿qué te habías
-figurado?... ¿Que iba a serte fiel?... ¡Nunca!... Hay muchas bebidas,
-como hay muchos amores.<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287">{287}</a></span> ¡Cambiemos... renovémonos!... Nuestra vida no
-puede reducirse a adorar en una sola mujer, ni a beber una sola clase de
-vino; la vida es una suma...&mdash;reía&mdash;: una suma de amores y de
-botellas...” Quedó silencioso y como amodorrado, unos minutos; de súbito
-le vi recobrarse. Miró su reloj. La idea de ir a la Misa del Gallo le
-obsesionaba. Inmediatamente cogió el frasco de la Ginebra. “&mdash;Yo
-también&mdash;barbotó&mdash;sé rezar... aunque a mi modo. Jesús mío: por tu divina
-tontería de querer redimirnos...” Llevóse el frasco a la boca y trasegó
-un buen buche. “&mdash;Por los azotes que recibiste atado a la columna...”
-Otro buche. “&mdash;Por las tres caídas que sufriste en tu calle de
-Amargura...” Tercer buche. “&mdash;Por la corona de espinas que te
-pusieron...” Nuevo trago. “&mdash;Por la herida de tu costado...” Otro, y van
-cinco. De repente se desplomó sobre el asiento, el frasco cayó al suelo
-y la poca ginebra que quedaba en él me la bebí yo. El pobre hombre
-empezó a llevarse las manos a la cabeza; estaba lívido. “&mdash;Qué mal me
-encuentro&mdash;balbuceaba&mdash;, me duelen las sienes... tengo náuseas... parece
-que voy a morirme...” Mis zarandeos agravaban su padecer. Comprendí que
-el calor contribuía a marearle y que intentó incorporarse para abrir una
-ventanilla; pero el desdichado no podía moverse. Levantó la cabeza y sus
-ojos agónicos fueron de un lado a otro, buscando quizás el timbre de
-alarma. En mi vida fuí testigo de una borrachera más ejemplar. Yo no
-cesaba, ni un instante, de mirarle la boca... ¡ya supondrás por qué!...</p>
-
-<p>El pobre Barítono hizo un gesto de asco, que me removió las entrañas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállate!&mdash;interrumpí.<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288">{288}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Hasta que las arcadas que sufría produjeron su efecto natural.
-¡Maldita sea mi suerte!...</p>
-
-<p>&mdash;Motivos tienes para renegar y darte a los diablos, compañero&mdash;le
-repliqué&mdash;; pero reconoce que un tipo que tiene el “humor inglés” de
-endosarse un smoking para ofrecerse a sí mismo un banquete en un vagón
-de ferrocarril, es extraordinario.</p>
-
-<p>&mdash;Conformes; mas si lo que te he contado te sucede a ti, que eres tan
-limpio, revientas de rabia. ¡Si le vieses ahora!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace?</p>
-
-<p>&mdash;Duerme. Se ha caído del asiento y yace en el suelo, sobre un charco de
-vino. Parece una vasija rota...</p>
-
-<p>Así charlando acabamos el viaje, y cuando a las ocho y minutos de la
-mañana La Sabrosa nos dejó en la estación de Sevilla iba ya tan cansado
-que, apenas los mozos encargados de mi limpieza terminaron de barrerme y
-fregarme, cuando me quedé sumido en sueño profundísimo. Un empujoncillo
-del Barítono me despertó nueve o diez horas después; era de noche y me
-sorprendió ver en uno de mis departamentos “de cabeza” un viajero
-acostado; me sorprendió porque aún faltaban dos horas, lo menos, para la
-salida del “expreso”, y advertí que, según costumbre, todas mis puertas
-estaban cerradas. ¿Cómo entonces aquel individuo pudo meterse allí?...</p>
-
-<p>“Será algún empleado de la Compañía”&mdash;pensé. El recuerdo de lo que el
-Barítono me había referido la víspera, y la circunstancia de hallarnos
-en la fecha subsiguiente a la de Navidad, me movieron a sospechar que
-aquel intruso estuviese borracho.<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289">{289}</a></span></p>
-
-<p>“Bien podía suceder&mdash;me dije&mdash;que fuese amigo del inspector, y éste le
-hubiese encerrado a dormir aquí.”</p>
-
-<p>Aquel hombre hallábase tendido en el asiento contrario al lado de la
-máquina&mdash;hago hincapié en este detalle por ser esencial&mdash;; era delgado y
-de corta estatura; llevaba pantalón negro y botas de charol, nuevecitas,
-y la cabeza perfectamente escondida entre la visera de una gorra de
-viaje, que debía de estarle muy grande, y el cuello levantado de un
-gabán de color gris. Lo que antes hirió mi atención fué que tuviese
-ambas manos sepultadas en los bolsillos del abrigo. Había en aquel
-hombrecito algo de muñeco. Después de observarle un rato, mi atención,
-como sucede siempre que creemos haber examinado bastante una idea u
-objeto, se distrajo y comenzó a mariposear sobre todos los pequeños
-incidentes que a mi alrededor se producían.</p>
-
-<p>Empezaban a llegar viajeros, y yo estaba cierto de que, como otros años,
-el pasaje sería reducidísimo. Enfrente de mí había un caballero de
-aspecto distinguido y atrayente, pero que tenía “cara de muerto”. Quiero
-decir, que su rostro, grave y amarillo, inducía a pensar en la muerte,
-al igual que otros semblantes, por una u otra razón, mueven a pensar en
-la vida. Este hecho es innegable. A cada rato oímos decir:&mdash;“Fulano ha
-muerto.” Y la noticia no nos sorprende; la hallamos natural, porque ya,
-de siempre, en nuestra imaginación, le habíamos visto difunto. En
-cambio, nos dicen:&mdash;“Mengano falleció anoche...” Y nos negamos a
-creerlo, porque en Mengano todo era fuerza, risa, expansión... En esto
-mi espíritu observador pocas veces falla. Yo, por ejemplo, veo pasar a
-un <span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290">{290}</a></span>individuo con el sombrero puesto, y, sin saber por qué, me
-digo:&mdash;“Ese señor debe de ser calvo.” O bien:&mdash;“Ese señor debe de ser
-tartamudo...” Y, ¡casualidad extraña!, nunca me equivoco.</p>
-
-<p>Pues bien: el señor “de la cara de muerto”, que largo rato había
-permanecido en el andén como esperando a alguien, que al cabo no llegó,
-un minuto antes de partir el “expreso” trepó a mí, seguido de un mozo
-que resoplaba bajo dos pesadísimas maletas, y fué a instalarse en el
-compartimiento donde “el hombre de la gorra” continuaba dormido.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches&mdash;dijo al entrar.</p>
-
-<p>El mozo, con mucho esfuerzo, colocó el equipaje sobre una de mis
-redecillas, que gimió; y se fué. Casi al mismo tiempo, apareció el
-interventor.</p>
-
-<p>&mdash;Si el caballero no está bien aquí&mdash;dijo&mdash;puede pasar a otro
-departamento: el coche va casi vacío.</p>
-
-<p>El interpelado repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente en otro lado cualquiera iría usted mejor.</p>
-
-<p>El viajero acaso iba a ceder; lo leí en su rostro; pero miró su
-impedimenta, consideró su peso, e instantáneamente se reafirmó en su
-intención de no moverse. Además, hacía frío; mucho frío...</p>
-
-<p>&mdash;Gracias&mdash;dijo&mdash;, aquí no somos más que dos personas y podremos dormir
-bien.</p>
-
-<p>El interventor parecía indeciso, y renovó su oferta.</p>
-
-<p>&mdash;Viajar solo siempre es agradable. Las maletas, si usted me autoriza,
-puedo transportarlas yo mismo...<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291">{291}</a></span></p>
-
-<p>Su porfía empezaba a molestarme, tanto más cuanto que aquel hombre, de
-rostro traicionero y obscuro, siempre me había sido antipático. Mi
-huésped, irritado también, le replicó muy seco:</p>
-
-<p>&mdash;Prefiero quedarme aquí.</p>
-
-<p>El interventor se marchó, para regresar a poco con una tablita, que
-decía “Alquilado”, y que colocó a la entrada del compartimiento.</p>
-
-<p>&mdash;De este modo&mdash;explicó&mdash;podrán ustedes descansar, seguros de que nadie
-ha de molestarles...</p>
-
-<p>Para corresponder a tanta fineza, el viajero quiso darle un duro, pero
-el interventor se negó a aceptarlo; y después de picar el billete del
-señor “de la cara de muerto”, se marchó, sin pedirle el suyo al “hombre
-de la gorra”. ¿Por qué? Esto me inquietó, y como no hallase la
-explicación que buscaba, volví a pensar:</p>
-
-<p>“Serán amigos...”</p>
-
-<p>Transcurridos unos minutos, empecé a sentir que, a pesar mío, “el hombre
-de la gorra” me preocupaba. ¿Cómo dormía tanto? Mi correr tronitronante
-le sacudía extrañamente; sus brazos, sus piernas, parecían rotos. Pero
-lo que más encandilaba mi curiosidad era su rostro invisible, con el
-mento apoyado y cual ahincado sobre el pecho. Contribuía a aguijar mi
-sobresalto la frecuencia con que, a cada momento, el interventor, o un
-“ruta”&mdash;que prestaba servicio en otro coche&mdash;, o los dos, recorrían mi
-tránsito. ¿Qué buscaban allí?... Y en sus ojos mi sagacidad descubrió un
-terror, una angustia. También al viajero “de la cara de muerto” le chocó
-aquel ir y venir insólito.</p>
-
-<p>&mdash;Me espían&mdash;pensó.</p>
-
-<p>Las estaciones de Guadajoz, de Lora del Río,<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292">{292}</a></span> de Palma y de Posadas,
-habían quedado atrás. El interventor, al fin, se marchó a hacer la
-requisa de billetes; el “ruta” también se fué. Yo empecé a tener miedo:
-adivinaba la vecindad de algo inexplicable, la secreta presencia de una
-amenaza. Me dije: “Este hombre, con cara de difunto, es un aojador.”</p>
-
-<p>Hasta que, de súbito, ocurrió lo que yo vagamente esperaba. En una
-curva, la inercia arrancó al pasajero del gabán gris del asiento y lo
-tiró al suelo: con el cachapazo, la gorra se le fué hacia atrás, y las
-manos se le salieron de los bolsillos. Las tenía amoratadas,
-convulsionadas, tumefactas, y el rostro horriblemente maquillado por la
-asfixia. Aquel hombre no estaba dormido ni borracho, sino muerto: le
-habían estrangulado.</p>
-
-<p>Al verle caer así, con ese ruido turbio y esa pesadez que sólo tienen
-los cadáveres, el viajero “de la cara de muerto” lanzó un grito y se
-puso de pie; su semblante, convertido bajo el imperio del terror en
-espantosa máscara, era indescriptible. ¡Ah, cuántos fotógrafos hubiesen
-querido retratarle!... Yo, que le espiaba, paso a paso seguí las
-mutaciones rapidísimas, más breves que segundos, que experimentó su
-espíritu. Su primer movimiento fué precipitarse sobre el timbre de
-alarma; pero, en el acto, casi sin transición, se arrepintió. Se vió
-detenido, envuelto en un proceso resonante, acusado, tal vez, de
-homicidio... Y tuvo miedo. El infeliz miraba al difunto como si él,
-realmente, le hubiese asesinado: su mandíbula temblaba, los ojos,
-horripilados, se le salían de las órbitas. ¿Qué hacer?... Una idea
-folletinesca le iluminó el cerebro. El “expreso” acababa de salir de la
-estación de<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293">{293}</a></span> Córdoba, y antes de volver a detenerse transcurriría cerca
-de una hora. Rápido el señor “de la cara de muerto” se asomó al pasillo
-para cerciorarse de que allí no había nadie; inmediatamente regresó a su
-departamento, abrió una ventanilla, cogió el cadáver y, a empellones, lo
-precipitó a la vía. Levantó en seguida el cristal, se sentó y aparentó
-leer en un libro.</p>
-
-<p>En aquel instante reaparecían el interventor y el “ruta”, y aún me
-estremece la lividez espectral que les desfiguró al encontrar solo al
-viajero “de la cara de muerto”. Les vi apoyarse al uno contra el otro,
-temblando, y sus labios se tiñeron de violeta. Sus piernas se doblaban.
-Querían hablar, y la voz les faltaba. “Estos son los que han matado ‘al
-hombre de la gorra’<span class="lftspc">”</span>&mdash;pensé.</p>
-
-<p>Por su parte, el viajero de la faz mortuoria, les miraba de hito en
-hito, casi tan asustado como ellos. Al cabo, el interventor, aunque
-ahogándose, pudo balbucear:</p>
-
-<p>&mdash;Señor... ¿el caballero que iba aquí?...</p>
-
-<p>El interpelado repuso fríamente:</p>
-
-<p>&mdash;No sé; salió hace un momento...</p>
-
-<p>Al oir estas palabras, que envolvían algo sobrenatural, los dos
-miserables, seguros de hallarse en presencia de un milagro, se retiraron
-sin contestar.</p>
-
-<p>Al otro día, los periódicos de la noche dijeron que un millonario
-argentino, recién desembarcado en Cádiz y que se dirigía a Madrid, fué
-robado y asesinado en el “expreso” de Sevilla durante el trayecto de
-Córdoba a Montoro, y que los criminales habían lanzado el cadáver a la
-vía.</p>
-
-<p>Nunca la pobre Justicia supo más.<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294">{294}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h2>
-
-<p>Como los soldados en tiempo de guerra, los vagones estamos obligados a
-socorrernos mutuamente en el peligro y a “cubrir” las bajas que los
-choques, los descarrilamientos, los incendios o, sencillamente, la vejez
-y el mucho uso, causan en los convoyes.</p>
-
-<p>El choque, tristemente famoso, de Chinchilla, donde el correo de
-Valencia y un mixto procedente de Cartagena se encontraron, y en el que
-finaron su vida de trabajo once coches&mdash;la mayoría de pasajeros&mdash;,
-diseminó una inquietud por toda nuestra red ferroviaria. Los talleres de
-reparaciones restituyeron a la circulación algunos vagones; varios
-trenes, que llamaré “clásicos” por integrarlos siempre las mismas
-unidades, fueron descompuestos cumpliendo órdenes de la Dirección
-General, y sus coches pasaron de unos convoyes a otros. Esta marejada
-nos alcanzó a nosotros también, y de resultas el Barítono y yo tuvimos
-que despedirnos de La Empresa, del Primer Actor y demás veteranos
-camaradas de nuestra supuesta farándula, para entrar al servicio del
-“correo-expreso” de Valencia, que sale de Madrid a las nueve y treinta y
-cinco minutos de la noche.<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295">{295}</a></span></p>
-
-<p>Este cambio de horizontes nos satisfizo mucho, no sólo por el bien
-fundado deseo de conocer esa huerta valenciana que luce, junto a la seca
-amarillez del macizo ibérico, como una esmeralda, sino también por la
-blandura del clima y la suavidad y brevedad del camino: cuatrocientos
-noventa kilómetros de tierra llana, a nadie asustan.</p>
-
-<p>Como sobre la línea andaluza, El Barítono continuaba rodando delante de
-mí, y aunque por la menor categoría del tren que ahora servíamos nos
-habían quitado el puente que nos ligaba antes, el hallarnos entre
-unidades desconocidas contribuyó a anudar mejor los lazos de nuestro
-viejo afecto. Lo que antes nos sorprendió fué el dialecto valenciano,
-que no tardamos en traducir, y pronto reconocimos que los oriundos de la
-región levantina es gente muy alegre y decidora, pero sin que esa
-turbulenta alacridad que les dió el sol excluya de ellos la templanza en
-las palabras, ni la cortesía. Esto y los incidentes del camino nos
-proporcionaban abundantes motivos de conversación, y así, mirando y
-glosando lo que observábamos, entretuvimos agradablemente muchas
-jornadas.</p>
-
-<p>Más allá de Getafe, donde la vulgaridad oficial se opuso a que el genio
-de Julio Antonio elevase a “Nuestro Señor Don Quijote” un monumento, el
-camino, hasta Alcázar de San Juan, nos era conocido. Luego la ruta se
-vistió para nosotros de novedad. Sucesivamente vimos pasar, a la luz de
-la luna y en filar pintoresco, Campo de Criptana, que parecía decirnos
-adiós con los brazos de sus molinos; los trigales de Socuéllamos y el
-magnífico encinar que inspiró al “hidalgo manchego” su discurso a<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296">{296}</a></span>
-propósito de “la edad de oro”; Villarrobledo, que de los robledales que
-la circundan tomó nombre; Minaya, que evoca gestas del Mío Cid; y pasado
-Albacete, célebre por sus fábricas de armas, Chinchilla, a la que su
-penal, instalado en un castillo cimero, prende un nimbo amargo; y luego
-Almansa, antiguo baluarte de la planicie castellana, con su castillo
-mondo, escueto y blancuzco, como una osamenta, cerca del cual Felipe V,
-con las manos tintas en sangre austríaca, aseguró sobre sus sienes la
-corona; y diez y ocho kilómetros después, el caserío de La Encina,
-rodeado de desolación.</p>
-
-<p>Hasta allí prolonga Castilla su adustez, su secura, su amarillez de
-viejo rostro hidalgo; pero, traspuesto el andén de Fuente la Higuera y
-los dos túneles que lo siguen, el paisaje varía y pronto la jocunda
-feracidad levantina empieza a metérsenos alma adentro. Huyen hacia atrás
-Mogente, la morisca; las ruinas gloriosas de Montesa y Játiba&mdash;la
-<i>Sætabis</i> romana&mdash;pueblo romántico y artista, cuna de los Borgia y del
-Españoleto, en cuyo formidable castillo, que señorea el monte Bernisa,
-padecieron duro cautiverio los Infantes de la Cerda y el duque de
-Calabria. De minuto en minuto el paisaje se embellece y los prístinos
-resplandores del amanecer lo matizan prodigiosamente: bosques
-feracísimos de naranjos y de granados se acercan al camino y, en las
-curvas, parecen cerrarnos el paso. A veces, el viajero que extendiese un
-brazo por una ventanilla, podría tocarlos. Ya el pueblecito de
-Carcagente, al que sus palmeras infunden una engurria tropical, quedó
-atrás; cruzamos el Júcar, y a la derecha mano, desgranando su caserío
-por las sinuosidades de<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297">{297}</a></span> una quiebra, aparece Alcira, con una gracia y
-una policromía de acuarela.</p>
-
-<p>A cada momento, mi compañero El Barítono me decía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira!...</p>
-
-<p>Y yo, a mi vez, le replicaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira!...</p>
-
-<p>Y ninguno de los dos nos fatigábamos de admirar.</p>
-
-<p>Embriaga la luz: a veces, los colores se favorecen y exaltan
-recíprocamente; otras, se estorban: la tierra, según su calidad, se
-muestra cubierta de hierbas, o es dorada, o roja, y sobre el suelo
-abermejado la fronda de los naranjos, de los limoneros, de las higueras
-y de los almendros, parece más obscura. A un lado y otro de la vía se
-columbran pueblecitos blancos, con la deslumbrante albura de las nieves
-arribeñas; y también esas casitas rústicas, de paredes celosamente
-enjalbegadas y techumbre en forma de capucho, que los valencianos llaman
-“barracas”, y dan al paisaje una dulzura criolla. El sol, pintor
-formidable, trabaja a brochazos ingentes: junto al ramalazo ocre, la
-mancha púrpura, o la verde, o la añil...; y alrededor de esta huerta que
-ofusca y ciega, en el confín grandioso, Valencia, la capital, que traza
-a ras de tierra una línea blanca; los perfiles azules de Sierra de
-Cullera y Sierra de las Agujas, y el lago de La Albufera, que parece
-desvanecerse en el zafiro del mar. El aire es fresco, sano, fuerte, y yo
-lo aspiro con delicia. Aquel inmenso horizonte es un pulmón.</p>
-
-<p>Corridos los primeros días&mdash;siempre expugnables a las emociones&mdash;, El
-Barítono y yo íbamos acoplándonos al medio, y conforme esta in<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298">{298}</a></span>sensible
-adaptación se verificaba declarábamos el parecido de todos los hombres y
-lugares en cuanto han de más substantivo, y la esencia cierta del alma
-universal, tan monótona bajo el proteísmo de sus apariencias, volvía a
-penetrarnos. Sobre la línea valenciana se repetían las figuras y escenas
-que vi cuando ambulaba, años atrás, por los caminos de Andalucía, de
-Galicia, de Asturias o de Hendaya: con superficiales variantes, los
-cuadros, los individuos... ¡hasta las palabras!... eran iguales; lo que
-nos demostró que, desgraciadamente, mucho antes de que la vida acabe se
-extingue en nosotros el interés de vivir...</p>
-
-<p>No pretendo negar con esto la acción educativa y asotiladora&mdash;este es su
-mejor calificativo&mdash;de la experiencia: ella me enseñó a inclinarme para
-conceder a lo pequeño su mérito; ella agudizó mi sensibilidad y me puso
-en condiciones de apreciar ciertos episodios que antaño no supe ver.
-Para decirlo en una palabra: ella me “elegantizó”, ya que la elegancia,
-en su esencia, se reduce al don de saber observar. Y al Barítono, que
-rondaba los treinta años, sucedíale lo propio, pues la Humanidad es un
-libro tan sabio, tan hondo, que no empezamos a comprenderlo sino después
-de leerlo varias veces.</p>
-
-<p>Hasta entonces, verbigracia, no reparé en los estudiantes, tipo
-emigrador que reiteradas veces y siempre a fines de verano, había pasado
-junto a mí. Como la golondrina anuncia el estío, el estudiante pregona
-la vecindad del invierno. Vuelven con él a las capitales de provincia&mdash;y
-especialmente a la Corte&mdash;la alegría de las calles, el alboroto de los
-teatros que se abren, de las hospederías y de los cafés; simbo<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299">{299}</a></span>lizan los
-estudiantes el ruido, la esperanza, la risa del Mañana triunfante.</p>
-
-<p>Comprendí el mérito de aquella silueta, por primera vez, en Carcagente,
-donde nos deteníamos seis minutos. Recuerdo que el estudiante aquel se
-llamaba Pedro: parecía haber cumplido los veinte años, y tenía el talle
-flexible, reideros los labios, habladores los salientes y negrísimos
-ojos, y la tez bronceada por los aires mogrebinos de la huerta. Varias
-personas le rodeaban, entre ellas su padre, que le observaba con
-enternecimiento tranquilo: era un señor bajito y apacible, que&mdash;según le
-oí decir&mdash;sólo estuvo en Madrid una vez, y que creía tener de la vida un
-concepto exacto. “Todas las cosas, hoy unidas&mdash;pensaba&mdash;, mañana se
-separarán.” Y se encogía de hombros: como él dejó a su padre, ahora su
-hijo le dejaba a él. ¡Nada más natural, puesto que el olvido corre por
-las venas disuelto en la sangre!... Pero la madre del mozo no conocía
-esa resignación, y a cada momento sus viejos ojos, que hacía días no
-cesaban de llorar, volvían a enternecerse. Pedro miraba al espacio azul,
-desde donde las golondrinas y los vencejos parecían despedirle con sus
-ásperos gritos de independencia, y sorprendíale que en su corazón,
-sutibundo de libertad, no hubiese dolor.</p>
-
-<p>La máquina silba; nos vamos... El estudiante abraza y besa a su padre,
-que reprime su dolor pensando: “Es preciso.” La madre, más impulsiva, le
-moja el rostro con sus lágrimas y, sin que nadie lo advierta, le desliza
-en un bolsillo un sobre con dinero. Todos los circunstantes hablan al
-mozo y le despiden a la vez, y una lluvia de consejos cae sobre su
-frente loca como agua lustral. Le recomiendan que<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300">{300}</a></span> escriba, que sea
-juicioso, que estudie mucho...</p>
-
-<p>Pedro se arranca de aquellos brazos con que “el pasado” le sujeta aún, y
-sube a mí. Asomado a una ventanilla agita un pañuelo despidiéndose, al
-mismo tiempo que de sus familiares, del paisaje, de la iglesia, con sus
-campanas de voz inolvidable, y de aquellos árboles a cuya sombra leyó
-tantos libros que le entristecieron hablándole de escenas bellas y
-remotas. Pedro se sienta, registra en sus bolsillos, y sus dedos
-tropiezan con un sobre. Sorprendido rompe la nema y aparecen
-doscientas... trescientas pesetas... “Es mi madre&mdash;comprende&mdash;quien me
-las ha dado.” Pero el destino de aquel dinero no debe de ser grave, pues
-si lo fuese, ella no se lo hubiese entregado a hurtadillas... y el
-estudiante comprende que las pobres madres, por inocentes lugareñas que
-sean, conocen mejor la vida y están más cerca de la juventud que
-cualquier hombre.</p>
-
-<p>Una explosión febril de júbilo le enajena: al fin va a ver Madrid, la
-gran cosmópolis, con su Universidad, su Ateneo preclaro, sus coliseos,
-sus bailes, sus casinos, sus centros todos de sabiduría y de
-perdición... Y ríe: fuera de aquel tren que le lleva, nada le preocupa.
-Levanta el rostro, mira hacia el campo, se pasa una mano por los
-cabellos...; ante su ambición desbridada todo el mundo le parece un
-camino.</p>
-
-<p>Otra silueta en la que tampoco había reparado bastante es la del
-mendigo; perfil muy español, por cierto...</p>
-
-<p>Hemos parado en una pequeña estación castellana; uno de esos apeaderos,
-casi anónimos, apostados a la entrada de un túnel. La tarde se desmaya:
-por el espacio azul navegan nubecillas<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301">{301}</a></span> manchadas de carmín y de ópalo;
-el sol dora la cúpula de la iglesia; un aguilucho, suspendido en la
-inmensidad luminosa, describe, sin batir las alas, círculos
-homocéntricos, y su blanca pechuga parece de plata.</p>
-
-<p>En el andén hay un ciego, viejo y alto, sarmentoso; la costumbre de
-humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro&mdash;heredero
-del turbante morisco&mdash;ciñe su frente; viste remendado traje de paño
-pardo, y cubre con zahones sus músculos cenceños; va descalzo, y sus
-manos, de dedos nudosos, parecen desesperadas.</p>
-
-<p>&mdash;Una limosna, por amor de Dios, para quien ya no ve...&mdash;repite
-orientando hacia el convoy sus ojos muertos.</p>
-
-<p>En el silencio su voz humildosa tiene una cadencia conmovedora, y
-algunas monedas caen a sus pies. Ante su figura mística los turistas
-suelen acordarse de los brazos queridos que les esperan, y sus almas
-experimentan vagamente la superstición de que la buena voluntad del
-pordiosero puede evitarles algún mal tropiezo. Frecuentemente&mdash;¡oh,
-vergüenza!&mdash;una limosna no pasa de ser una cobardía. Ya nos marchamos,
-ya todas las ventanillas se cerraron. Entonces el mendigo, apoyándose en
-su báculo, retorna al pueblo, y al verle alejarse considero que si la
-línea del ferrocarril es una corriente de riqueza, aquel camino que él
-sigue parece un brazo; el brazo con que la aldea miserable pide limosna
-a los trenes.</p>
-
-<p>Un año y dos meses trabajé sobre la ruta de Valencia, en la que nada
-desagradable ni extraordinario me aconteció, y una mañana, hallándome en
-Madrid, supe que aquella noche El Ba<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302">{302}</a></span>rítono y yo saldríamos para
-Barcelona en un “mixto” y con la tablilla de “No admite viajeros”. El
-furgón que me trajo estas noticias&mdash;un viejo catalán que yo conocía
-hacía tiempo&mdash;me aseguró que se nos destinaba a la línea de Port-Bou,
-donde, a la salida del túnel internacional, la furia del viento había
-descarrilado dos “primeras”.</p>
-
-<p>Díme prisa en comunicarle al Barítono cuanto acababan de decirme, y su
-regocijo fué espejo del mío: él también era de origen francés, y, como
-yo, se holgaba de rever el país natal. Asímismo estimulaba nuestro
-júbilo el deseo que teníamos ambos de conocer Barcelona, y que ya
-considerábamos irrealizable porque los “expresos” que van a Cataluña son
-los de “mejor material”&mdash;como en la fraseología ferroviaria se dice&mdash;y
-nosotros íbamos siendo viejos.</p>
-
-<p>El día lo pasamos inquietos, temerosos de que alguna contraorden nos
-volviese a nuestro antiguo derrotero; mas no ocurrió así: a media tarde
-una máquina-piloto vino a sacarnos del convoy valenciano, que nos vió
-marchar con envidia, y ya cerrada la noche salimos para la Ciudad
-Condal.</p>
-
-<p>Este viaje lento, sembrado de paradas interminables y devanado bajo la
-serenidad tibia de una noche de septiembre, es el más hermoso de mi
-vida. Lo embellecía mi reposo interior, la satisfacción de no llevar a
-nadie dentro de mí: mis luces iban apagadas, mis puertas cerradas con
-llave; todas mis tuberías y mis asientos descansaban también: yo era
-como una conciencia sin remordimientos, como un corazón sin afanes. De
-idéntico bienestar disfrutaba El Barítono, y frecuentemente nos
-sonreíamos y estrechá<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303">{303}</a></span>bamos el uno contra el otro, felicitándonos por
-nuestra ventura.</p>
-
-<p>&mdash;Fíjate&mdash;decía mi compañero&mdash;en que, por primera vez, nuestros dueños
-nos llevan, nos pasean, sin exigirnos que transportemos a nadie. Somos,
-pues, verdaderos viajeros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te duele algo?&mdash;le preguntaba yo.</p>
-
-<p>&mdash;Nada: cuando voy muy cargado, sí, suele darme en el segundo
-compartimiento un dolor que me abate bastante; pero ahora me siento ágil
-y con ganas de correr, como un muchacho. ¡Si supieras qué elasticidad
-conservan mis muelles todavía!...</p>
-
-<p>Yo quería al Barítono. Después del Tímido, del Presumido, del
-Misántropo, de Doña Catástrofe y de los Hermanos Sommier, mis colegas
-fraternos del “expreso” de Hendaya, ningún compañero había sabido
-apoderarse tanto como éste de mi amistad; ni siquiera el viejo
-Dos-Caras, de quien, por quisquilloso y autócrata rancio, anduve siempre
-un poco distanciado. Por los años en que yo servía sobre la línea de
-Francia él trabajaba en la de Asturias, y asistió al hundimiento del
-túnel donde La Tirones y El Tímido hallaron la muerte. Después rodó
-mucho tiempo por el camino de Galicia con el “expreso”. Aunque nunca
-habíamos hablado, El Barítono me conocía de cruzarse conmigo a lo largo
-de la vía gallega, y, según me manifestó, siempre consideró que la
-Compañía, al incluirme en un “correo”, era injusta con un vagón de mi
-importancia. Estas palabras&mdash;¿a qué negarlo?&mdash;me halagaban, y en medida
-igual me predisponían a reconocer las cualidades eminentes de mi
-camarada. El Barítono se parecía a mí en el elástico vigor de sus
-movimientos, en la hermosa<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304">{304}</a></span> conformidad de sus perfiles, en su boato
-interior, en su elegancia... y si no llegué a considerarle idéntico a mí
-fué tal vez porque mi presunción y mi orgullo&mdash;mis dos grandes
-defectos&mdash;nunca me permitieron ver claro en los demás.</p>
-
-<p>Aquella noche, rodando a la cola de un “mixto” cuya lentitud y torpe
-manera de frenar nos hacía reir, volvimos a entretenernos mutuamente con
-el relato de lo que cada cual había visto, y los cuadros y personas que
-llenaron nuestra existencia ambulante acudieron en muchedumbre. Al cabo
-reconocimos que, si bien de la misma edad, mi historia era harto más
-accidentada que la suya, y esto reafirmó el ascendiente que desde
-siempre ejercí sobre él.</p>
-
-<p>En Barcelona descansamos tres días; allí volvieron a limpiarnos, y
-después de reconocer todos nuestros mecanismos nos engancharon a la
-cabeza del “expreso de lujo” que sale, a las ocho y cincuenta minutos de
-la mañana, para la frontera. ¿Qué diré de la alegría, plena de juventud,
-que experimentamos al sentirnos llevar?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya nos vamos, Cabal!&mdash;me gritó El Barítono.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, viejo&mdash;repuse&mdash;; ya nos vamos, y antes de cuatro horas estaremos
-en Francia.</p>
-
-<p>Como le pareciese que mis palabras no encerraban bastante calor,
-exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¿No te alegras?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, que me alegro; ¡mucho!...</p>
-
-<p>En realidad, yo comprendía el cariño a la patria menos que él, y así mi
-regocijo no igualaba al suyo. El continuó poniéndole risueñas apostillas
-a su contento, y hasta me descubrió su esperanza&mdash;completamente
-irrealizable&mdash;de<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305">{305}</a></span> rodar algún día sobre los caminos franceses.</p>
-
-<p>&mdash;Y si me encuentran viejo&mdash;suspiró&mdash;que me envíen a un taller de
-reparaciones y me conviertan en “tercera”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Serías capaz&mdash;interrumpí enojado&mdash;de degradarte hasta ese extremo?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, sí: yo, con tal de ver París, lo acepto todo.</p>
-
-<p>Después se quedó triste.</p>
-
-<p>&mdash;Oye, Cabal: esto de regresar a Francia, después de tanto tiempo y
-cuando ya somos casi viejos, ¿no será un mal síntoma?</p>
-
-<p>&mdash;¿Síntoma de qué?...</p>
-
-<p>&mdash;Agüero o anuncio de muerte. Tengo bien observado que numerosas
-personas que vivieron expatriadas sintieron de súbito el anhelo de
-volver a su país, y apenas lo satisficieron cuando la muerte les
-sorprendió... ¡exactamente como si aquel deseo hubiera sido la voz con
-que la tierra, donde fueron a nacer, les llamase!... Nosotros vamos,
-venimos... devoramos millones de kilómetros... nos creemos libres...
-somos como los pájaros... hasta que un día la tierra, nuestra madre, nos
-llama... ¡y hay que obedecerla!... Cuando nosotros, hace mucho tiempo,
-salimos de Francia, fué por un puente, en medio de la luz y del aire...
-¿te acuerdas?... Y ahora regresamos a ella por un túnel, bajo la
-tierra... Cabal: ¿tú no crees que exista en esto un maleficio?...</p>
-
-<p>No supe qué argüirle, pues parecióme que tenía razón, y una suave
-melancolía descendió sobre los dos. ¡Morir!... ¿Qué desesperante
-tiniebla envuelve esa palabra? ¿Morir es descender, irse... o es
-regresar a la estación de salida?... Un largo momento permanecí
-silencioso y como<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306">{306}</a></span> traspasado de frío; pero luego el paisaje, con sus
-perspectivas de hermosa violencia, reanimó mi optimismo. Caminábamos
-bien: a su hora las estaciones de Gerona, la heroica; de Flassá y de
-Figueras, cuyo presidio puso un colofón a tantas vidas, quedaron atrás.
-En seguida el suelo, que ya comenzaba a inquietarse, se enardece, se
-encrespa furioso, y las primeras estribaciones pirenaicas asoman. La
-enorme cordillera detrás de la cual España y Francia se atrincheran,
-azulea más lejos, y sus cimas parecen galopar hacia el Norte.</p>
-
-<p>&mdash;¡Los Pirineos!&mdash;grita El Barítono.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;repito emocionado&mdash;. ¡Los Pirineos!... ¡No son éstos los que yo
-conocía; sin embargo, con qué gusto los veo!...</p>
-
-<p>Y, desde el cabo de Creus hasta el de Higuer, mi pensamiento va y
-vuelve. Corremos entre la montaña y la costa, y el mar está tan cerca
-que, a veces, sus olas rompen espumeantes al pie de la vía. Un poco más
-y llegamos a Port-Bou, donde nos detenemos media hora; siete minutos
-después estamos en Cerbere. ¡Francia!... La bandera ha variado; pero yo,
-que no pienso como El Barítono, creo que, pues todos los trenes&mdash;vayan o
-vengan&mdash;han de salir de un túnel, es allí, bajo la tierra, donde la
-sociedad futura debía sepultar definitivamente el concepto retrógrado de
-“patria”. Ese túnel, para mí, es una lección.</p>
-
-<p>Veinte días nada más ambulé sobre la ruta de Port-Bou. Una tarde, al
-regresar a Barcelona, supe que había ocurrido un descarrilamiento cerca
-de Calatayud, y que el “expreso” de Madrid se reformaba.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, temprano, unos guar<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307">{307}</a></span>davías se acercaron al
-Barítono y a mí, y les oímos hablar:</p>
-
-<p>&mdash;¿Son éstos los dos coches que llegaron ha poco de Valencia?&mdash;preguntó
-alguien.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;repuso otra voz&mdash;, y hay que desengancharlos.</p>
-
-<p>Cuando el convoy iba hacia la frontera, El Barítono marchaba delante de
-mí; a la vuelta sucedía lo contrario, y, por esta circunstancia, yo fuí
-el elegido.</p>
-
-<p>&mdash;Nos separan, Cabal&mdash;gimió mi compañero.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hermano&mdash;repuse conmovido&mdash;y no imaginas cuánto voy a echarte de
-menos...</p>
-
-<p>Aquellos hombres desenlazaron las cadenas que nos sujetaban, levantaron
-el puentecillo metálico que nos unía y se dispusieron a empujarme.</p>
-
-<p>&mdash;En este momento&mdash;exclamó El Barítono&mdash;envejecemos un poco los dos:
-separarse es morir...</p>
-
-<p>&mdash;O disponerse a vivir otra vez&mdash;interrumpí animoso&mdash;; ¡y más vale creer
-esto último!... ¡Que seas dichoso, que la ventura te acompañe siempre!</p>
-
-<p>El repuso, magnífico y sacerdotal:</p>
-
-<p>&mdash;Que la felicidad marche contigo.</p>
-
-<p>Aquella noche, en el “expreso de lujo” de las ocho menos once minutos,
-salí para Madrid. Meses después supe que mi camarada había sido
-alcanzado y muerto por una locomotora, en Cerbere. ¡Tenías razón, pobre
-hermano! Tu deseo de volver a Francia era una cita que te daba la
-tierra.<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308">{308}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h2>
-
-<p>Si yo tuviese tiempo y memoria&mdash;y paciencia también&mdash;para trasladar al
-papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones
-ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes,
-tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero,
-exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las
-impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio
-físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia.</p>
-
-<p>El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía
-recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada
-impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis
-ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el
-entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo
-clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de
-sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre
-el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas,
-cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La
-Triste&mdash;cualquiera de mis anti<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309">{309}</a></span>guas dueñas&mdash;atrafagada y jadeante, nos
-arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco
-también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la
-melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación
-neblinosa&mdash;aroma de humedad&mdash;que desdibuja las lejanías norteñas, el
-profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra
-locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber.</p>
-
-<p>Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos
-sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder
-de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la
-música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos
-enteros de mi vida.</p>
-
-<p>Dentro de mí oigo gritar:</p>
-
-<p>“&mdash;¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander,
-Asturias y Galicia!...”</p>
-
-<p>Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones
-dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a
-otro.</p>
-
-<p>O bien:</p>
-
-<p>“&mdash;¡Miranda de Ebro!... ¡Cambio de tren para los viajeros de Bilbao,
-Logroño, Castejón, Pamplona, Zaragoza y Barcelona!...”</p>
-
-<p>Y la maravillosa Sierra de Pancorbo se levanta delante de mí.</p>
-
-<p>La voz evocadora grita:</p>
-
-<p>&mdash;“¡Buenos quesos de Burgos!...”</p>
-
-<p>Y pasa la histórica ciudad, con su caserío obscuro sobre el que la
-catedral levanta el encaje prodigioso de sus dos torres.</p>
-
-<p>&mdash;“¡Puñales y navajas de Albacete!...<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310">{310}</a></span>”</p>
-
-<p>Es la Mancha, de color ocre, desarbolada y adusta, y también la ilusión
-verde de la región valenciana, que va acercándose.</p>
-
-<p>&mdash;“¡Tortas de Alcázar!...”</p>
-
-<p>Son las noches frías, el aire que corta, la lluvia ingrata.</p>
-
-<p>&mdash;“¡Agua!... ¡Agua fresca, agua!... ¿Quién quiere agua?...”</p>
-
-<p>Es Castilla, es la tierra que abrasa, son los vagones cuyas imperiales
-vahean bajo el fuego del sol, el emparrado mezquino que sombrea el
-brocal de un pozo casi seco...</p>
-
-<p>Así, pensando en todo esto, creo rejuvenecerme, y el espíritu cumple el
-milagro de vivir muchas veces lo que la materia torpe sólo conoció y
-gozó una vez.</p>
-
-<p>La línea de Madrid a Barcelona es más dura y ciento noventa y cinco
-kilómetros más larga que la de Valencia; pero, comparada con la de
-Galicia o la de Irún, es llana y accesible como un andén. Componen el
-“expreso” una máquina, natural de Grafenstaden, correspondiente a la
-“serie cuatro mil”, de más de trece metros de longitud, y a la que sus
-manejadores apodan La Quisquillosa, por ser&mdash;al igual de los caballos
-blandos de boca&mdash;muy sensible a cualquiera indicación, y así se detiene
-o corre con violencias súbitas, como si estuviese enfadada; y nueve
-unidades: dos sleeping, dos furgones, un coche-correo y cuatro
-“primeras”, de las cuales al que me sigue llaman El Viejo, lo que me
-contristó un poco cuando, charlando con él, averigüé que teníamos la
-misma edad. El <i>dining-car</i> es, en nuestro convoy, algo pegadizo, pues
-el que enganchan en Madrid se queda en el pueblecito soriano Arcos de
-Jalón, y el que sale con nos<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311">{311}</a></span>otros de Barcelona no pasa de Mora la
-Nueva.</p>
-
-<p>La heterogeneidad moral que presentan, con respecto unas de otras, las
-diversas regiones españolas, y de la que ya he hablado, vuelve a
-sorprenderme aquí. El público que ahora viaja conmigo no se parece al
-valenciano, y menos al andaluz; acaso sean el andaluz y el catalán los
-dos temperamentos españoles más desemejantes. Este pueblo me gusta:
-viste bien, es serio, callado, laborioso, enérgico; sus mujeres son
-gruesas y altas, y se enjoyan con cuidado, y los hombres tienen la
-expresión voluntaria y hablan de negocios. Al salir de Madrid, sin
-embargo, la psicología del pasaje no es rotundamente pura; tiene una
-veta aragonesa que persistirá hasta Zaragoza. Traspuesto el Ebro, la
-raza de los fenicios hispanos aparecerá limpia, y el idioma castellano
-habrá muerto, como arrojado a la vía por inútil.</p>
-
-<p>En cuanto al camino, sin ser de los más bellos, es interesante, y se
-acerca a ciudades, ruinas y perspectivas, acreedoras a recordación.</p>
-
-<p>Por ejemplo: Torrejón de Ardoz, entre cuyas roídas murallas las familias
-ducales de los Olivares y de los Alba tienen su sepultura; Alcalá de
-Henares, cuna de Miguel de Cervantes y de Catalina de Aragón;
-Guadalajara, ganada a los moros por Alvar Fáñez, el amigo del Cid;
-Sigüenza, fundada por Roma; la alcazaba de Medinaceli, y otras
-fortalezas diseminadas por aquellos alrededores rocosos y que en otro
-tiempo defendieron el tránsito del Valle del Ebro a Castilla; la morisca
-Calatayud; Zaragoza, la ibérica y la heroica, cuyas dos catedrales&mdash;El
-Pilar y La Seo&mdash;vemos, al cruzar el puente, reflejarse en el río; Caspe,
-que una vez decidió del<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312">{312}</a></span> porvenir de España; Reus, Pobla, San Vicente...</p>
-
-<p>A través de un bosque de pinos marítimos la vía férrea se aproxima al
-Mediterráneo y el paisaje cobra belleza mayor. Pasa Villanueva y Geltrú,
-rodeada de viñedos lujuriantes, y más allá de Sitges el expreso, que
-corre bordeando la costa acantilada, enfila, sin interrupción, tantos
-túneles, que podría decirse que camina soterrado. Estos túneles ofrecen
-numerosas hendeduras, especie de saeteras abiertas sobre la alegría del
-mar latino, y su luz, que fulge por ráfagas ante nosotros, son como
-ideas optimistas que esclareciesen a intervalos la tiniebla de un
-espíritu triste. Enfrentamos luego las fragosas costas de Garraf, y
-entre tantas rocas nuestros rodajes restallan y crepitan con
-ensordecedor trajín. A la izquierda, en aquel lontano confín donde el
-cielo simula pedirle a la tierra un punto de apoyo, azulean los
-fastigios de Montserrat; y al fondo, manchando de blanco el horizonte
-desde la falda del monte Tibidabo al baluarte de Montjuich, la urbe
-barcelonesa, ceñida de fábricas cuyos millares de chimeneas parecen los
-tubos de un órgano que entonase, desde el amanecer, la misa del Trabajo;
-la única cierta...</p>
-
-<p>Pronto se cumplirá el cuarto aniversario de mi llegada a esta línea, y
-nada digno de ser publicado me ha sucedido aún. ¿Por qué? Jamás mi vida
-fué tan pacífica. ¿A qué debo atribuir esta calma? ¿Será porque voy
-haciéndome viejo? ¿Acaso porque la Aventura, cansada de protegerme, huye
-de mí?... ¡Oh, dolor! El silencio que acompaña a la ancianidad parece
-una emanación, un contagio, del Eterno Silencio; como si, al igual que
-los ríos meten su corriente en el<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313">{313}</a></span> mar, la Muerte proyectase su tristeza
-en la Vida...</p>
-
-<p>En las otras regiones que conozco las gentes viajan por placer, por
-turismo, para tomar baños en las playas de San Sebastián o de La Coruña,
-o para asistir, a mediados de abril, a las corridas de toros de Sevilla.
-En la línea catalana se viaja por necesidad, por negocio; mis huéspedes
-son gentes laboriosas y ordenadas, para quienes la vida es una actividad
-lógica y no un pasatiempo. No son bruscos, según el vulgacho de otras
-provincias cree, sino diligentes en la acción; no son avarientos, sino
-emprendedores y productores. Como dentro de la idiosincrasia total de
-nuestra Península, puede aseverarse que Andalucía representa la fantasía
-y la gracia, Cataluña simboliza la acción, el impulso codicioso y
-perseverante. Bilbao y Valencia la imitan, la siguen de muy cerca...
-pero Cataluña es, hasta el momento actual, “la voluntad” de la España
-futura. En esta tierra fuerte a los hombres se les estima por su
-energía, por su producción útil; aquí, en los trenes, un torero no llama
-la atención, y, lógicamente, un ministro interesa menos aún que un
-espada.</p>
-
-<p>En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un
-matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la
-esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos
-eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos,
-por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de
-conocerles, y me eché a discurrir:</p>
-
-<p>“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314">{314}</a></span>”</p>
-
-<p>Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados
-de tener algo que contarse.</p>
-
-<p>La mujer decía:</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas...</p>
-
-<p>&mdash;Es de suponer.</p>
-
-<p>&mdash;Y que regará el jardín conforme la expliqué...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, lo regará; no te atormentes.</p>
-
-<p>Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el
-vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre
-sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos
-instantes:</p>
-
-<p>&mdash;Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación.</p>
-
-<p>&mdash;Si recibió tu telegrama...</p>
-
-<p>Ella recelaba siempre; él creía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no había de recibirlo?...</p>
-
-<p>Después de un silencio, la mujer exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre hijo mío!...</p>
-
-<p>El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar:</p>
-
-<p>&mdash;Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite
-así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al
-muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al
-campo...</p>
-
-<p>De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de
-Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que
-España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los
-periódicos publicaban telegramas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre mujer y pobre hombre!&mdash;pensé.<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315">{315}</a></span></p>
-
-<p>Les observaba con una atención en la que había más misericordia que
-curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;Afortunadamente&mdash;seguí discurriendo&mdash;, los hombres, junto a la idea de
-“patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios
-que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente
-falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!...</p>
-
-<p>De pronto&mdash;¡oh, dragados increíbles de la memoria!&mdash;reconocí en mis
-huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de
-don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y
-vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen
-dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme
-entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato,
-gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que
-parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!...
-¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Es posible&mdash;exclamé&mdash;que él haya dedicado entera su vida a ella, y
-ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a
-sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?...</p>
-
-<p>Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún
-años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve...
-¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus
-cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como
-uniformados, sin otra alegría que su amor&mdash;que no era “el amor”, sino
-una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica&mdash;. Perdieron su hu<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316">{316}</a></span>milde
-vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche
-aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo;
-y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora
-de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su
-hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque
-sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias
-que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir&mdash;aroma de las
-almas&mdash;se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!...</p>
-
-<p>Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya
-llegamos.</p>
-
-<p>Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los
-estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia.</p>
-
-<p>&mdash;Cosas más graves&mdash;repuso&mdash;he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a
-todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves,
-de mi vida podría sacarse una novela.</p>
-
-<p>Me eché a reir con tan bonísmo arranque que amostacé a mi interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;¿A cuento de qué viene esa algazara?&mdash;atajó.</p>
-
-<p>&mdash;Me río&mdash;le repliqué sin cortar el chorro de hilaridad que me removía
-el cuerpo&mdash;de lo vulgar que eres. Acabas de hablar como un hombre. ¿No
-lo sabías?... Apenas dos de nuestros viajeros charlan media hora y
-simpatizan, uno de ellos exclama, siempre con una leve melancolía en la
-voz, como si el recordar fuese un dolor para él: “Mi historia es una
-novela.” A otros les parece que un volumen no es bastante, y dicen:<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317">{317}</a></span> “En
-mi historia hay argumento para tres o cuatro novelas...”</p>
-
-<p>Mi camarada, más humillado que avergonzado, repuso:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Nada!... Que para aliviarte del peso de tu biografía busques a otro,
-porque yo no la aguanto.</p>
-
-<p>&mdash;¿No crees que la vida de cualquier hombre, como la tuya... como la
-mía... es una novela?...</p>
-
-<p>&mdash;Posiblemente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Luego tengo razón!...</p>
-
-<p>&mdash;Mira, Viejo&mdash;exclamé&mdash;; no te amontones y medita lo que voy a decirte:
-como la mayoría, por no asegurar la totalidad, de los hombres son
-vulgares; como no saben vivir, sucede que esa novela que tú atisbas en
-ellos necesariamente ha de ser mala; y, por lo tanto, que si cada
-ciudadano... ¿me oyes?... cayese en la tentación de escribir su
-historia, nadie volvería a comprar un libro.</p>
-
-<p>Amohinado gruñó:</p>
-
-<p>&mdash;Si nada te ha sucedido... te felicito.</p>
-
-<p>&mdash;¡Al contrario!&mdash;interrumpí vivamente&mdash;; si no hablo es porque mucho me
-sucedió. Las almas, Viejo, son como los ríos: cuanto más profundos, más
-callados...</p>
-
-<p>Así terminó la escaramuza.<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318">{318}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h2>
-
-<p>Mi biografía, toda mi biografía, como si el Destino la hubiese dividido
-a hachazos, ofrece los aspectos más incongruentes y separados: junto al
-fragmento ligero y azul, el capítulo rojo; al lado del episodio
-sentimental o picante, la palidez torva del drama.</p>
-
-<p>Durante aquel último cuadrienio yo había empezado a aburrirme un poco:
-hallaba mi vivir demasiado uniforme, y achacaba esta escasez de
-emociones a mis años, que iban siendo muchos. “¡La Aventura ya no me
-quiere!...”&mdash;discurría yo en mis soliloquios, constelados de melancolías
-y de recuerdos. Y daba por definitivamente acabado el libro de mi vida,
-cuando la terrible y divina musa “de los ojos de esmeralda”, la que con
-sus sorpresas envejeció mis miembros de hierro y caoba, tornó a mirarme.
-Y... ¡de qué modo, con qué fuerza trágica!...</p>
-
-<p>Es una página bermeja y ardiente, como un folletín.</p>
-
-<p>Estábamos en Madrid, y las manecillas del reloj luminoso&mdash;ojo de la
-Estación&mdash;que preside el vaivén de los trenes, iba a darnos la orden de
-partir. Eran las diez y ocho y quince. Todos los coches, apretados
-fraternalmente unos contra<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319">{319}</a></span> otros, esperábamos la señal: teníamos
-encendidas las luces; la calefacción, alta; los frenos, bien graduados;
-las ruedas, engrasadas y prontas al movimiento: La Quisquillosa
-resoplaba prepotente, y el latir de sus ijares estremecía el convoy. Un
-viento frigidísimo barría los andenes, casi desiertos, pues era día “de
-Difuntos” y en fecha tan señalada y que entraña, al decir del vulgo,
-cierto maleficio, nadie quiere viajar. Los huéspedes del expreso no
-llegarían, en total, a cuarenta. ¡Mejor!... Vayan estos viajes,
-relativamente descansados, en alivio y desquite de aquellos en que la
-aglomeración de forasteros y de equipajes nos obligan a transportar, a
-cada uno, siete y ocho toneladas de peso.</p>
-
-<p>A la hila del tren, una voz lenta pregonaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Almohadas de viaje!...</p>
-
-<p>Y era su cadencia tan monótona, tan lánguida, que invitaba a dormir.</p>
-
-<p>De mis compartimientos tres estaban vacíos. En otro había un matrimonio
-cincuentón y de empaque burgués, al que la presencia de varios
-parientes, que fueron a despedirle, retenía asomado a una ventanilla.</p>
-
-<p>Especialmente en invierno estos saludos me molestan mucho, porque me
-enfrían. Además, son de una hipocresía repugnante, pues, en la
-generalidad de los casos, todos, así los que se quedan como los que se
-van, desean separarse. Ya se dijeron cuanto necesitaban decirse; ya
-varias veces se estrecharon las manos... ¡y el tren no sale!... ¿Qué
-hacer?...</p>
-
-<p>&mdash;Pero... ¡márchense ustedes!&mdash;suplican los viajeros.</p>
-
-<p>Los otros responden:</p>
-
-<p>&mdash;De ningún modo...<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320">{320}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Nos da pena verles ahí; están ustedes molestándose.</p>
-
-<p>&mdash;No es molestia, es placer...</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuánta amabilidad!...</p>
-
-<p>Las “frases hechas”, los “lugares comunes” de la cortesía y de la
-emoción, van... vienen... El protocolo de las despedidas ordena que&mdash;en
-un momento determinado&mdash;las cabezas varoniles se descubran, y los
-pañuelos salgan del bolsillo para saludar, y los ojos se nublen de
-tristeza: y para que este cuadro surta el efecto conmovedor apetecido,
-indispensable será que el convoy arranque. También las siguientes
-recomendaciones parecen absolutamente necesarias:</p>
-
-<p>&mdash;“Tengan ustedes buen viaje...”</p>
-
-<p>&mdash;“¡No dejen ustedes de telegrafiar; no se lo perdonaríamos!”</p>
-
-<p>&mdash;“Ya saben que pueden disponer de nosotros.”</p>
-
-<p>&mdash;“¡Sí, sí!... ¡Muchas gracias!... ¡Hasta la vuelta!...”</p>
-
-<p>¡Ah!... Cuando considero el mezquino valer de los hombres, sus
-falsedades, sus perjurios, sus tracerías y el eterno carnaval de sus
-almas, siento tentaciones de descarrilar.</p>
-
-<p>A la hora exacta, el jefe de estación dió “la salida” al expreso; silbó
-la locomotora, y partimos. ¡Espantosa noche! La lluvia había formado
-grandes charcos entre los rieles, y apenas dejamos atrás la marquesina
-que guarece los andenes, un furioso huracán de nieve nos envolvió. Por
-dicha, nuestro “visitador en ruta” cerró pronto una portezuela del
-coche-cama inmediato, que había quedado abierta, y por la cual penetraba
-una avendavalada manga de aire que iba helándonos a todos. El vagón que
-co<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321">{321}</a></span>rría delante de mí, y al que apellidábamos El Pez, por lo ligero, se
-quejaba de un eje; yo lo oía chirriar.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es&mdash;hícele observar&mdash;un poco de frío; apenas llevemos rodando un
-rato y entres en calor se te pasará.</p>
-
-<p>Habíamos traspuesto las estaciones mínimas de Vallecas y Vicálvaro, y
-las amenas praderas de San Fernando, y ya veíamos acercarse las luces
-tristes y diseminadas de Torrejón. Pasado Alcalá, La Quisquillosa
-aceleró su correr, y la calefacción aumentó. ¡Qué delicia!... Aquellas
-oleadas de vapor eran para nosotros lo que para el caminante aterido un
-vaso de alcohol. El eje de mi compañero cesó de dolerse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Mejoras?&mdash;averigüé.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;repuso&mdash;; ya estoy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, tira, hermano; porque El Viejo es un maula, y de no ayudarme tú
-no podré con él.</p>
-
-<p>Hizo lo que yo le pedía, y se lo agradecí: era fuerte y bueno, y más
-joven que yo; con lo que declaro que me aventajaba en punto a lealtad y
-buena fe. Vivir es malearse...</p>
-
-<p>Los andenes de Meco y Azuqueca huyeron de nuestro lado como sombras; en
-Guadalajara hicimos, según costumbre, un alto de cinco minutos, y
-seguidamente salimos para Fontanar.</p>
-
-<p>El <i>dining-car</i> había apagado sus luces temprano, pues el pasaje,
-malhumorado, cenó de prisa, que nada acorta tanto la duración de las
-sobremesas como la melancolía. Los escasos inquilinos de los
-vagones-camas también mostrábanse soñolientos. En los coches de mi
-clase, los largos tránsitos aparecían desiertos y fantasmales, sacudidos
-por la marcha crepitante del convoy. Pasaron las estaciones de
-Junquera,<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322">{322}</a></span> Humanes, Espinosa, Jadraque, Matillas... y en Sigüenza, la
-vetusta, recogí un viajero. Distinguí su silueta mucho antes de que
-llegásemos a la estación, pues en el andén solitario no había más
-persona que la suya. Era un hombre como de treinta años, bien vestido y
-de gentil presencia, y advertí una nerviosidad, una precipitación de
-fuga, en su modo de ganar mi estribo y abrir la portezuela. Aquel
-individuo, evidentemente, huía de alguien: sus pupilas fulgían como las
-del “bello Raúl”, como las de Dommiot, como las de Cardini, el
-italiano... Ya en el pasillo, bajó un cristal y sacó la cabeza,
-observando espaciosamente a un lado y otro, cual receloso de que alguien
-hubiera subido al convoy; y así, en esta actitud de vigilancia
-implacable, permaneció hasta que dejamos la estación y comenzó a ser
-procelosa la velocidad de nuestro correr.</p>
-
-<p>Entonces buscó uno de mis departamentos vacíos, y un gesto que hizo y el
-suspiro que se le escapó de la garganta me descubrieron su satisfacción
-de hallarse solo. Reducíase su bagaje a un maletín pequeño, que colocó
-en la red, y a un portamantas cuyas correas empezó a deshebillar. Sin
-razón, y acaso por obra sigilosa de un presentimiento&mdash;esto lo razoné
-más tarde&mdash;, redujeron mi curiosidad a esclavitud la lozana juventud de
-mi huésped, la vivacidad de sus grandes ojos novelescos, la abundancia
-de sus cabellos negros y naturalmente ondulados, la sólida complexión de
-su espalda y la elegante anatomía de sus manos y de sus pies.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí un hombre&mdash;medité&mdash;con quien el Amor no debe ser esquivo...</p>
-
-<p>Apareció el interventor y pude enterarme de que el nuevo viajero iba a
-Barcelona. Al quedarse<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323">{323}</a></span> solo, el desconocido extinguió las dos luces del
-compartimiento, cerró la puerta y corrió todas las cortinillas. Hecho
-esto se acomodó en un ángulo, arrebujóse en su manta y alargó ambas
-piernas sobre el asiento. Volvió a suspirar, como quien sufre una pena o
-un temor secretos, y apagó en mi cenicero el cigarrillo que estaba
-fumando. En la obscuridad su figura desapareció casi por completo:
-únicamente sus botas de charol, flamantes&mdash;bien lo recuerdo&mdash;recogían no
-sé qué vagarosa claridad que llegaba a ellas desde el pasillo, y yo las
-veía fosforear en la tiniebla como azabaches. ¿Quién era aquel tipo, qué
-interés podía haber en su vida? Le comparé con don Rodrigo y le juzgué,
-incontestablemente, más hermoso que el amante de Raquel, pero también
-menos distinguido, porque era menos “raro”. Minutos después le oí roncar
-sonoramente y, yo mismo, traspuesta la estación de Arcos, me quedé
-dormido. Muchas veces los viejos vagones, con nuestra inveterada
-costumbre de rodar en traílla, y la seguridad de que la locomotora cuida
-de nosotros y no nos dejará equivocar la ruta, caminamos
-inconscientemente, y es este automatismo lo que nos permite ratos
-sabrosos de duermevela.</p>
-
-<p>Una voz que gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Alhama!... ¡Un minuto!...</p>
-
-<p>Interrumpió a medias mi reposo: pero La Quisquillosa recobró su marcha y
-mis poros, mal despabilados, volviéronse de nuevo impermeables a la
-sensación, y mi conciencia tornó a inmergirse en las negruras
-insondables del no pensar.</p>
-
-<p>Mucho tiempo transcurrió antes de que un pregón y una ruda presión de
-los frenos, me<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324">{324}</a></span> despertasen. Por añadidura mi vagón zaguero&mdash;El
-Viejo&mdash;acababa de darme, al detenerse, un fuerte encontrón; sin duda iba
-dormido. Reconocí la estación de Calatayud, callada y horriblemente
-triste bajo un abundantísimo aguacero. Ni un ruido. El jadear de la
-máquina desgarraba el silencio, y turbaba como el latir de un corazón.
-Al mismo tiempo, me pareció ver una sombra que trepaba al último
-“primera”, por el lado de la entrevía, lo cual me demostró que quien
-fuese cuidaba de no ser visto, y acaso intentaba viajar sin billete.</p>
-
-<p>Media hora más tarde llegaba a mí con pasos aduendados y por el tránsito
-que me ligaba al Viejo, una mujer alta, de líneas esbeltas, que
-disimulaba sus facciones bajo un alucinante manto negro. Un extraño
-soplo trágico la animaba, la precedía...; la vi adelantarse por el
-corredor y unos segundos pude admirar sus manos blancas, la energía
-aguileña de su rostro, y el nimbo leonino que ceñían a su frente sus
-cabellos dorados: unos cabellos encrespados y magníficos, calientes y
-luminosos como hilos de sol. Brillaban con resplandor propio; vivían; no
-recuerdo haber visto nunca otros más bellos...</p>
-
-<p>La desconocida detúvose ante mi primer departamento, cuya puerta
-descorrió suavemente; encendió una luz, miró rápida y, sin ruido, volvió
-a cerrar. En el departamento contiguo hizo lo mismo: abrió la puerta,
-asomó la cabeza, esquivóse de nuevo... Era evidente que buscaba algo. De
-repente asocié aquella pesquisa a la figura del viajero que subió a mí
-en Sigüenza.</p>
-
-<p>&mdash;Le busca a él...&mdash;pensé.</p>
-
-<p>Y tuve miedo, pues adiviné que algo siniestro<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325">{325}</a></span> iba a consumarse.
-Sobresaltado llamé la atención de mi compañero.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha, Viejo, y ayúdame a salir de dudas: ¿has visto pasar una mujer
-alta, vestida de negro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; subió al tren en Calatayud, por la parte de la entrevía...</p>
-
-<p>&mdash;La misma.</p>
-
-<p>&mdash;Como si viniese huyendo...</p>
-
-<p>&mdash;¡Exacto&mdash;exclamé&mdash;, todo eso lo pensé yo!...</p>
-
-<p>&mdash;En el último vagón permaneció un buen rato; pasó después al otro, y
-luego a mí, donde el interventor la pidió el billete.</p>
-
-<p>&mdash;¿Llevaba billete?</p>
-
-<p>&mdash;Hasta Barcelona. En mi pasillo aguardó a que el interventor se fuese,
-y entonces registró, uno a uno, mis departamentos. Tiene cara de loca.
-Después se marchó. ¿Sabes dónde está?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Contigo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace?</p>
-
-<p>&mdash;Busca.</p>
-
-<p>La dama enlutada, efectivamente, proseguía su investigación, y en el
-tránsito solitario y bajo el claror pálido y trepidante de las lámparas,
-su silueta cobraba una virtud fantasmal. En su rostro lívido, sus ojos
-negros tenían la expresión del drama. El Destino, lo Inevitable, miraban
-con ellos.</p>
-
-<p>El Viejo, intrigado, me preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se fué ya?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace ahora?...</p>
-
-<p>&mdash;Busca... ¡calla!... déjame ver...<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326">{326}</a></span></p>
-
-<p>La misteriosa desconocida empujaba en aquel instante la portezuela del
-departamento donde “el viajero de Sigüenza”&mdash;le designaré así&mdash;dormía.
-¡Oh, si yo hubiese podido despertarle!... Fueron unos segundos
-espantosos, uno de esos momentos en que nos parece oir a la Muerte
-caminar de puntillas, y dentro de nosotros toda nuestra alma acongojada
-adquiere el perfil de una interrogación.</p>
-
-<p>La intrusa, apenas encendió, tornó a apagar, y, favorecida por la
-claridad del corredor, avanzó. Su brazo derecho extendido, que ahora,
-bajo el manto, parecía una enorme ala maléfica, esgrimía un puñal cuya
-hoja limpia pintaba en la penumbra un sutil triángulo de luz. Agachóse
-para mejor ver, y ahogando el aliento. Adelantó la cara, en cuya lividez
-eucarística los labios temblaban... Luego, con recio ímpetu, apoyó su
-mano izquierda en la boca del durmiente, para a la vez que le impedía
-gritar y le tapaba los ojos, obligarle a echar la cabeza hacia atrás; y
-cuando le tuvo así, mudo y cegado y con la garganta bien de manifiesto,
-de un solo golpe cruel le degolló. Hundióse el cuchillo hasta la cruz,
-y, al salir, por la herida brotó un chorro caudal de sangre, purpúreo y
-ancho como una lengua.</p>
-
-<p>Segura de haberle matado, la homicida, con repentina presencia de ánimo,
-enredó al alfiler que brillaba en la corbata del finado un largo cabello
-negro que preparado traía con este objeto, tiró el arma a un rincón y
-escapó. Al llegar al término del pasillo penetró en el cuarto-tocador,
-se lavó las manos y volvió a salir. Nadie la había visto. Sin perder
-instante abrió mi portezuela correspondiente a la en<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327">{327}</a></span>trevía, bajó al
-estribo y saltó a tierra fácilmente, pues íbamos llegando a la estación
-de Casetas y el convoy corría a menos de un cuarto de marcha.</p>
-
-<p>Sentado, el occipucio apoyado contra una de mis cabeceras, la víctima,
-lívida y bermeja a la vez, no se había movido. A su alrededor y como
-nimbando su blancura mortal, todo aparecía tinto en sangre: el diván, el
-respaldo, la alfombra...</p>
-
-<p>La presencia de aquel cadáver cuyo rostro, de minuto en minuto, era más
-blanco, me causaba indecible terror; añádase a esto la sensación de la
-sangre que me empapaba y rápidamente iba enfriándose. Sentía miedo,
-pena... y también un poco de asco. En los primeros instantes sólo
-compadecí al hombre; luego díme a meditar en la matadora, y a tener
-piedad de su dolor. ¿Qué desesperada historia se había desenlazado
-allí?... Y aquel cabello negro, ¿con qué objeto fué enredado en la
-corbata de la víctima, y a quién perteneció?... Instintivamente mi
-conciencia hidalga poníase de parte de la mujer y votaba en favor suyo.</p>
-
-<p>“Cuando ella se decidió a segarle la garganta&mdash;pensé&mdash;es porque antes
-él, a mansalva, la habría acuchillado el corazón. Entre amantes, una
-puñalada es muchas veces la liquidación de una deuda.”</p>
-
-<p>Apenas el expreso salió de Casetas, referí al Pez y al Viejo lo
-ocurrido, y aquél tanto se asustó con la idea de que un muerto le
-seguía, que comenzó a cabecear y a querer zafarse de mí. Un buen
-tironazo que le administré, para castigarle, le devolvió el juicio. No
-se enfadó por ello.<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328">{328}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Está muy pálido el cadáver?&mdash;balbuceaba.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho; parece de cera; parece también que el rostro se le ha
-enflaquecido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y frío?... ¿Notas tú que está frío?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí: el frío de su carne es, por instantes, mayor: rato hace que
-traspasó sus ropas y empezó a invadirme... Ahora me penetra y llega muy
-hondo dentro de mí. ¡Es horrible!...</p>
-
-<p>La noticia corrió velozmente de punta a punta del convoy, y los datos
-aportados por mis compañeros ratificaron cuanto, momentos antes, El
-Viejo me había dicho. La desconocida emprendió su trágico éxodo
-agarrándose a uno de los estribos del último vagón, en cuyo
-cuarto-lavabo estuvo encerrada más de una hora, de lo cual nuestro
-camarada coligió que aquella mujer, no obstante su bonísima traza,
-escondía un misterio. Después dejó su escondite, ojeó todos los
-departamentos y pasó al segundo coche, donde hizo lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, cuando la vi adelantar por mi pasillo&mdash;exclamó El Viejo&mdash;tan alta,
-tan delgada y envuelta en aquel largo manto negro entre cuyos pliegues
-los ojos la relucían como linternas, pensé que la Muerte había entrado
-en mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y era cierto que entraba&mdash;comenté&mdash;, porque el amor y la codicia son
-las dos sonrisas de la Muerte: cuando la Muerte no quiere asustar a los
-hombres y sí sólo perderles, se hace Dinero o se hace Mujer!...</p>
-
-<p>En Zaragoza, donde debíamos permanecer veintiún minutos mientras
-cambiábamos de máquina, sólo recogimos tres pasajeros, que subieron a
-los coches-dormitorios, situados a la cabeza del tren. Eran las dos de
-la madrugada. La Quisquillosa, que no pasaba de allí, se había
-des<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329">{329}</a></span>ligado de nosotros, y el convoy quedó inerte y como acéfalo. Todos
-los vagones, inmergidos en tinieblas, parecían dormir, amodorrados por
-el cansancio y el frío. El Viejo y El Pez también se habían sosegado.
-Solamente yo velaba, y, a poder, hubiera pedido socorro con resonantes
-voces. Aquel difunto, cuyo rostro adquiría aún, por momentos, una albura
-de sudario, me helaba: ni don Rodrigo, ni aquel argentino tan
-misteriosamente asesinado en la línea de Sevilla, tenían su expresión:
-yo no quería verle, y, sin embargo, ni un segundo mi curiosidad se
-apartaba de él. Como acabó sin agonía, la muerte no había desconcertado
-la paz de sus facciones: los labios quedáronle entreabiertos, y la
-visera de la gorra le tapaba los ojos; pero los dedos de sus manos
-yertas y blancas&mdash;más que blancas, traslúcidas&mdash;sobre el fondo purpúreo
-de su traje cubierto de sangre tenían una expresión fascinante: estaban
-torturados, contraídos, retorcidos espantosamente: raíces parecían...</p>
-
-<p>Un golpe inesperado me reveló que La Ronca&mdash;padecía este remoquete por
-lo mal que silbaba&mdash;se había unido a nosotros. Ibamos a partir, y me
-alegré, porque el movimiento debilita la voz de las ideas. En seguida...
-lo de siempre: una campana, un pito, una voz soñolienta, automática, que
-ordena: “Señores viajeros... ¡al tren!...”, la locomotora que lanza un
-alarido corto y bufa, y el convoy que recobra su andar...</p>
-
-<p>El crimen perpetrado entre Calatayud y Casetas se descubrió al hacerse
-la nueva requisa de billetes, ya pasado El Burgo. Inmediatamente el
-inspector manejó el timbre de alarma, y el expreso paró. Por segunda vez
-la noticia, seme<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330">{330}</a></span>jante a una mariposa roja, voló de un extremo a otro
-del tren: despertados insólitamente todos los viajeros, algunos a medio
-vestir, precipitáronse fuera de sus departamentos y corrieron a mí. En
-mi corredor los curiosos se apiñaban, se oprimían y alargaban el cuello,
-con el ansia impaciente de ver. Los que hubieron la fortuna de obtener
-un puesto frente al teatro del atentado, enmudecían de espanto y no
-sabían disuadir los ojos del cadáver, cuyas facciones, ya endurecidas,
-parecían, bajo mis luces, de transparente mármol.</p>
-
-<p>Como nada podía hacerse, el revisor cerró el compartimiento y el convoy
-persiguió su camino a gran velocidad para recobrarnos del tiempo
-perdido. En Caspe nos detuvimos, y por teléfono el jefe de estación
-llamó al Juzgado, que inmediatamente acudió y procedió al “levantamiento
-del cadáver”. Secundado por el escribano, el juez tomó circunstanciada
-declaración al inspector, al “ruta” y a varios pasajeros. El
-interrogatorio fué baldío; nadie sabía nada. Lo único cierto era que el
-asesinado tomó el tren en Sigüenza con propósito, según su billete de
-viaje acreditaba, de ir a Barcelona.</p>
-
-<p>En la cartera de la víctima se halló una cédula extendida a nombre de
-Antonio del Rey, varias cartas, a las que, por abreviar tiempo, no se
-dió lectura, y cuarenta mil pesetas en billetes del Banco: detalle este
-último que evidenciaba no ser el robo el móvil del asesinato. El juez
-advirtió en seguida el largo cabello negro&mdash;cabello de mujer
-joven&mdash;prendido al alfiler de corbata del finado, lo que estimó un dato
-revelador precioso; también examinó cuidadosamente el cuchillo, que era
-nuevecito y de los mejores y más bellos<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331">{331}</a></span> que producen los famosos
-armeros toledanos. En el acto, la presunción de un crimen por celos
-iluminó el espíritu de los circunstantes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y es una mujer morena&mdash;exclamaron a coro&mdash;quien le ha matado!...</p>
-
-<p>Alguien dijo que ninguna mano femenina era capaz de asestar una puñalada
-así. Pero el voto contrario y unánime del público movióle pronto a
-cambiar de opinión. Mujer tenía que ser la autora del crimen. ¿Cómo, si
-no, explicar la presencia de aquel cabello? Precisamente ese cabello era
-“el hilo” del sangriento ovillo, el rastro que la homicida olvidó tras
-sí. A este dato añadíase otro no menos significativo, a saber: la
-primorosa belleza del cuchillo: era un arma genuinamente femenina,
-elegante y de persona rica. A un hombre, para vengarse, no se le ocurre
-comprar un objeto tan lindo.</p>
-
-<p>Alrededor de la imagen de una mujer “morena y joven”, por todos
-aceptada, los comentarios se devanaron inagotables.</p>
-
-<p>“Ella” debió de subir al tren en Sigüenza, sin que “El” lo advirtiese;
-aunque, de estar noticiosa de su viaje&mdash;suposición muy admisible&mdash;pudo
-salirle al encuentro en la estación de Arcos, o en la de Alhama... y,
-hallándole dormido, le degolló. Después se quedaría en Calatayud...</p>
-
-<p>La razón del crimen volvía obsesionante a los espíritus. Evidentemente,
-aquella mujer había matado por celos. Antonio del Rey, al recibir la
-puñalada, no se defendió; acaso la muerte fué tan instantánea en él que
-se adelantó al dolor; finó sin sufrir: lo proclamaban así sus ojos
-cerrados y la serenidad y compostura de su actitud.</p>
-
-<p>Respecto del cabello enredado al alfiler de<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332">{332}</a></span> la corbata, alguien dijo&mdash;y
-sus palabras merecieron la aprobación general&mdash;que, una vez su venganza
-satisfecha, “Ella”, como Salomé, sentiría el deseo de besar los labios
-yertos del adorado&mdash;¿no anduvieron el Amor y el Crimen siempre
-juntos?&mdash;y, al inclinarse para hacerlo, sus cabellos se agarraron al
-alfiler y una hebra, que sería brújula entre las manos de la Justicia,
-quedó prendida en él. El señor juez se acordaba de Teseo, y estaba
-encantado...</p>
-
-<p>Asistiendo a estas divagaciones folletinescas, pero muy verosímiles, de
-la imaginación popular, yo me desesperaba. ¿Cómo decirles?... “La
-criminal es rubia; su cabeza parece una brasa: ese cabello negro de cuyo
-hallazgo tanto se ufanan ustedes, lejos de ser un rastro, es una
-traición, una trampa, un ardid, para despistar...” El único que lo sabía
-todo era yo, y no podía hablar. ¡Ah! ¿Cuándo los hombres que tantos
-inventos inútiles hicieron, descubrirán el modo de comunicarse con los
-objetos que comparten su vida?... ¿Habría robos si las cajas de caudales
-supieran pedir socorro? ¿Habría adulterios si hablasen las alcobas?
-¿Cómo los sabios acosadores tenaces de la Verdad, no pensaron en
-esto?... Porque entonces... ¡sí que la Mentira se iría del mundo!...</p>
-
-<p>Al dar el Juzgado por terminadas sus diligencias, unos camilleros se
-llevaron el cadáver del desdichado Antonio del Rey, y yo, con las
-portezuelas cerradas, fuí desenganchado del convoy y trasladado a una
-vía lateral, en espera de las futuras investigaciones que el señor juez
-instructor se proponía practicar en mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Te han fastidiado, Cabal!&mdash;me dijo El Viejo&mdash;; los hombres, para
-consolarse de no<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333">{333}</a></span> prender al asesino, te prenden a ti... y tardarán en
-soltarte.</p>
-
-<p>El expreso arrancó de Caspe con dos horas de retraso. ¿Cómo decir el
-frío de silencio, el dolor de abandono, que me produjo verlo marchar?...</p>
-
-<p>El resto de la mañana estuve durmiendo, bajo la lluvia. Al siguiente día
-padecí un severo registro, y tres días después otro. El juez, asesorado
-por el escribano, el alguacil y dos personas más, reconstituyó&mdash;y
-declaro que con bastante exactitud&mdash;la escena del crimen: la posición en
-que se hallaba la víctima al recibir el golpe; la estatura probable de
-la agresora, a quien todos supusieron alta; y luego examinaron
-prolijamente los rincones del compartimiento, y mis estribos, con la
-esperanza de sorprender en ellos algún vestigio esclarecedor del
-misterio. Una aguja descubierta por el alguacil bastó para que todos
-aquellos señores se perdiesen en nuevas e inútiles divagaciones, pero no
-añadió luz ninguna al sumario.</p>
-
-<p>¡Cómo me aburría! ¿Por qué no me sacaban de allí?... Las jóvenes
-caspolinas que acostumbraban a pasear por el andén, no cesaban de ir a
-verme. Se detenían a corta distancia de mí, sosteniéndose unas a otras
-por el talle, y luego, a pasos lentos, daban una vuelta a mi alrededor.
-Mi imponente tamaño, mi lujo y mis cortinillas caídas, como en señal de
-duelo, sobre el enigma bermejo que había en mí, impresionaban
-teatralmente la fantasía popular.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí ha sido...&mdash;se decían mis mirones.</p>
-
-<p>No pasaban de ahí; y, al marcharse, caminaban despacio y volviendo la
-cabeza, para mirarme. En Burgos, adonde me llevaron después del<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334">{334}</a></span> asalto
-del expreso de Hendaya, me sucedía lo mismo.</p>
-
-<p>Pero esta notoriedad no me consolaba de mis días de inacción. Cada
-veinticuatro horas, febril y ruidoso, pasaba mi convoy, y mis
-compañeros, dichosos con su libertad, me dirigían burlas inocentes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien te diviertes, gandul!&mdash;decían.</p>
-
-<p>Una semana más tarde y con la etiqueta de “No admite viajeros”, fuí
-reincorporado al expreso y trasladado a Barcelona, donde substituyeron
-los forros ensangrentados de mi asiento y del respaldo por otros nuevos.
-¡Cómo lo agradecí! La alfombra no la reemplazaron, sino que la lavaron
-cuidadosamente. Una pequeña mácula de sangre, no obstante, quedó en
-ella; pero tan debilitada y poco visible, que los “inspectores del
-material” consideraron que pronto los mismos viajeros acabarían de
-limpiarla con la suela de sus zapatos. Estos recuerdos me estremecen
-aún. ¿No hay algo truculento en el destino de esa sangre, que fué
-juventud, esperanza, calor... ¡vida, en fin!... y que luego una multitud
-pisotea, indiferente, y se lleva en los pies?...</p>
-
-<p>Volví a la circulación, y desde mi primer viaje tuve ocasiones de
-convencerme de que el asesinato de Antonio del Rey seguía encadenando la
-atención de la Prensa y del público. El crimen guardaba su misterio. Las
-declaraciones de los familiares de la víctima poco ayudaron a esclarecer
-el enigma: se supo que Antonio del Rey tenía en Madrid una amante
-italiana, rubia y alta, artista de café-concierto, llamada Emma Sansori;
-y también que pensaba casarse con una joven morena, de notable belleza,
-unigénita de un banquero que residía en Barcelona. Al prin<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335">{335}</a></span>cipio, la
-pública opinión señaló a la Sansori como autora del crimen; pero ella
-consiguió demostrar que la noche de autos la pasó en Madrid; además, el
-oro de su pelo la protegía; su cabellera gritaba su inocencia...
-Entonces la Justicia enderezó sus investigaciones por otros derroteros,
-y detuvo a una aventurera a quien Del Rey conoció el verano anterior en
-el Casino de San Sebastián, y a su hermana. Esta nueva pista tampoco dió
-resultados provechosos. La Policía avanzaba entre sombras, y se perdía.
-Desechada la suposición de que el asesino fuese un hombre, el fantasma
-de una mujer joven y de pelo negro renació triunfal. Aquel cabello
-detenido, al parecer casualmente, en la corbata de la víctima, se
-enredaba a los pies de la Justicia como un grillete y no la permitía
-andar.</p>
-
-<p>Transcurrieron nueve o diez meses, que en esto de filar aprisa el tren
-de la Vida nos da ejemplo a todos...</p>
-
-<p>Una tarde, minutos antes de dejar Barcelona, oí vocear los periódicos
-“con el crimen de ayer”. ¿Qué nuevo drama era aquél? Desde el último
-asesinato de que fuí testigo, la “crónica roja” ejercía una atracción
-morbosa sobre mí.</p>
-
-<p>&mdash;Luego sabré de qué se trata&mdash;pensé.</p>
-
-<p>Ya he dicho que, de cuanto sucede en el mundo, yo me informo por lo que
-oigo conversar a los viajeros, o leyendo en los diarios olvidados sobre
-mis asientos.</p>
-
-<p>A poco de emprender el viaje, mi curiosidad empezó a ser satisfecha:
-varios pasajeros glosaban animadamente el sangriento suceso, cuyo relato
-campaba bajo titulares llamativas en la primera página de los
-periódicos. La muerta era una señorita, de la mejor sociedad
-barce<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336">{336}</a></span>lonesa, y que se hallaba en vísperas de contraer matrimonio. Se
-llamaba Mercedes Eloy. Según los reporteros, el día del crimen, por la
-mañana, Mercedes recibió una carta, que&mdash;al decir de una criada&mdash;la
-joven leyó con ademanes marcadísimos de inquietud, y se presume fuera un
-anónimo que la invitaba a una cita. Durante el almuerzo, la madre de
-Mercedes notó que ésta tenía los ojos enrojecidos, como de haber
-llorado. Al anochecer, la señorita Eloy, vestida sencillamente, salió de
-su casa diciendo que iba a la iglesia del Carmen y volvería en seguida.
-Su portera la vió subir a un coche. Horas después, en un rincón
-solitario y umbrío del Parque, aparecía su cadáver, con dos puñaladas,
-una de ellas en el corazón.</p>
-
-<p>Comentando el hecho, añadía un periódico:</p>
-
-<p>“Hay personas que atraen la tragedia como los pararrayos atraen la
-cólera de las nubes. Nuestros lectores no habrán olvidado que la
-señorita Mercedes Eloy fué novia de aquel don Antonio del Rey, asesinado
-misteriosamente en el expreso de Madrid.”</p>
-
-<p>Esta apostilla fué para mí una revelación. Vi claro.</p>
-
-<p>&mdash;“Entonces&mdash;exclamé&mdash;es Emma Sansori quien la ha matado.”</p>
-
-<p>No me era posible dudar. La italiana habíase impuesto una tarea
-exterminadora, que cumplió hasta el final: primero, “El”; luego,
-“Ella”... ¡Oh, Italia!... País de arte y de pasión, tierra caliente
-donde la venganza tiene la fuerza de un culto bárbaro, ¡qué fielmente te
-retratas, a veces, en tus hijos!...</p>
-
-<p>Y llego al desenlace de este folletín, que pare<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337">{337}</a></span>ce escrito por la misma
-inexorable mano de la Fatalidad.</p>
-
-<p>Días después salía yo con mi convoy de Barcelona, y en el Apeadero de
-Gracia subió a mí una mujer de estatura elevada, rubia, vestida de
-rigurosísimo luto, a quien reconocí en el acto: era Emma Sansori. ¿Y
-cómo no reconocerla si había visto sus ojos, y los ojos en que una vez
-leímos el deseo de matar no se olvidan nunca?... Quizás por haber
-adelgazado parecióme más alta, y advertí que, en virtud de inexplicables
-mixtificaciones psicofísicas, el dolor en su rostro se había hecho
-belleza. Luego examiné sus manos lívidas, nerviosas y torturadas, como
-remordimientos; especialmente aquella mano derecha, dos veces criminal,
-en la que la Muerte parecía haber dejado una llave...</p>
-
-<p>La Sansori examinó uno a uno mis departamentos, que por azar rarísimo
-iban casi vacíos, y fué a instalarse en el mismo, precisamente,
-donde&mdash;pronto haría un año&mdash;apuñaleó a su amante. ¿Quién la guió allí?
-¿Por qué eligió aquel sitio y no otro? ¿Fué casualidad, o resultado de
-esas atracciones subconscientes que los objetos, testigos de un crimen,
-ejercen sobre el criminal?... Y, ante tales coincidencias alucinantes,
-¿quién negaría que, desde que nace, cada alma lleva en sí su destino?...</p>
-
-<p>Ya muy tarde, pasada la estación de Reus, Emma Sansori&mdash;como si
-magnéticamente mis pensamientos llegasen a ella&mdash;comenzó a darse cuenta
-de dónde estaba. Larguísimo rato había permanecido inmóvil, el mirar
-perdido en el espacio. De súbito la estremeció el choque de un recuerdo,
-y miró en torno suyo. Después se levantó, lanzó una ojeada rápida al
-desierto co<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338">{338}</a></span>rredor, cerró la portezuela y tornó a sentarse. Dos veces
-cambió de lugar: primero se puso de espaldas a la máquina, luego de
-frente. Yo, que no cesaba de observarla, comprendía que su nerviosidad
-iba en “crescendo” alarmante. Los labios silenciosos de su alma
-repetían, sin cesar, un nombre: “Antonio”... “Antonio”...; y como en el
-espíritu de don Rodrigo vi tantas veces reflejarse la figura de Raquel,
-así en el de Emma apareció la cabeza&mdash;únicamente la cabeza&mdash;del
-asesinado, con una blancura de hostia en las mejillas, los párpados
-cerrados, y una tremenda puñalada roja, todavía sangrienta, en el
-cuello. Cuando esta tétrica imagen se borraba, la conciencia de la
-Sansori se obscurecía de modo tal que no quedaba en ella ni un mínimo
-resquicio de luz. De súbito las tres sílabas del nombre adorado y
-aborrecido, se encendían: “An-to-nio”...; y nuevamente, cual si
-resurgiese de la tiniebla de la tumba, el rostro exangüe del degollado
-volvía a dibujarse. Empezó a hablar con él: “¿Por qué no abres los ojos?
-¿No quieres verme?...” Pero los ojos continuaron herméticos. Por su
-cerebro cruzó, semejante a un pájaro negro, esta sospecha: “¿Sería este
-el vagón donde le maté?...” El instinto la llevó al sitio que Del Rey
-ocupó, y lo examinó cuidadosamente; miró luego la alfombra, en la que
-aún subsistía, aunque muy desvanecida, una huella de la sangre, y sus
-manos dibujaron un ademán de horror: sobre el manto que cubría su
-cabeza, sus dedos de cera se crisparon agonizantes. Con el ansia de ver
-mejor, se hincó de rodillas en el suelo. Entonces comprendió; había
-reconocido el lugar: fué allí mismo... Aquella mancha era de sangre; de
-la sangre<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339">{339}</a></span> que ella adoró y por la que hubiese dado la suya...</p>
-
-<p>Se levantó, ahogando un grito, y su figura enlutada pareció alargarse y
-tocar al techo. En sus ojos desorbitados la Locura acababa de encender
-sus luces amarillas. La Sansori quiso escapar al corredor y tropezó con
-la puerta, y la rudeza del golpe&mdash;que a mí también me hizo daño&mdash;la
-derribó sobre un asiento. Por segunda vez intentó salir, y volvió a
-chocar contra el recio cristal, y a caer. Pareciéndola que unos brazos
-invisibles la sujetaban por detrás, perdió valor. Juntó las manos, sus
-labios lívidos temblaron y se derrumbó de hinojos.</p>
-
-<p>&mdash;Antonio... Antonio... Antonio...&mdash;musitó tres veces.</p>
-
-<p>De un salto se incorporó; consiguió, al fin, abrir la puerta, y salió al
-pasillo. Miró a un lado y otro: nadie. Parecía haber recobrado su
-serenidad, pero su alma estaba en tinieblas.</p>
-
-<p>&mdash;Va a suicidarse&mdash;pensé.</p>
-
-<p>Y en el acto me convencí de haber acertado. Iba a suicidarse. Hay
-momentos en que las resoluciones adquieren tal intensidad, que son
-visibles sobre las frentes como un cartel pegado a un muro.</p>
-
-<p>Emma Sansori ganó mi plataforma delantera, abrió la portezuela contraria
-al lado de la entrevía, y con un fuerte salto se arrojó al espacio.
-Cruzábamos un puente. La enorme ráfaga de viento que levantaba la marcha
-del tren la arrancó el manto de los hombros y esparció su melena dorada.
-Instantáneamente su cuerpo, vestido de negro, se borró en la infinita
-opacidad nocturna; no así sus cabellos, que flamearon unos segundos,
-semejantes a una llama, en<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340">{340}</a></span> la ingente tiniebla, y fueron como un
-coágulo de sol que bajase al abismo.</p>
-
-<p>Nadie la vió.</p>
-
-<p>En aquellos momentos el expreso, enloquecido, como si huyese de sí
-mismo, corría a noventa kilómetros por hora.<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341">{341}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h2>
-
-<p>Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron
-que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora
-otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo,
-aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario
-bienestar&mdash;salud de atleta&mdash;de mis tiempos prístinos. Mi pendencia con
-El Majo también me dañó, y de las heridas que los “apaches” franceses me
-infirieron, me resentía de cuándo en cuándo. Las nieblas vascas, las
-humedades gallegas, los calores y sequías de Castilla, los esfuerzos que
-los caminos en cuesta&mdash;sea ascendente o descendente&mdash;exige de nuestra
-armazón, el recio vibrar de las marchas aceleradas, el tráfago de
-pasajeros, la fatiga de nuestros tabiques sobrecargados de equipajes, y
-el mismo cansancio que llevan consigo las emociones, lentamente habían
-desconcertado mis órganos capitales. La elasticidad de mis rodajes, la
-actividad de mis tubos de calefacción, la alegría de mis lámparas&mdash;¿a
-qué negarlo?&mdash;no eran las mismas. Las puertas de mis compartimientos no
-se ceñían, como antes, a sus marcos; los cristales de mis ventanillas no
-ajus<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342">{342}</a></span>taban; mis asientos eran menos blandos; la palangana y el espejo de
-mi “water-closet” estaban rotos, y usado y manchado deplorablemente el
-linoléum de mi tránsito: en las fotografías policromas del corredor, en
-la obscura pátina de mi techumbre ahumada, en la melancolía de las
-cortinillas, en “no sé qué” de viejo, de desengañado, de triste, que
-había en todo mi cuerpo, yo comprendía que mi biografía iba acabándose.</p>
-
-<p>El arreglo que me hicieron en los talleres de Valladolid apaciguó mi mal
-sin extirparlo, pues para las injurias del tiempo no se inventó remedio:
-yo, cuando mis curanderos me devolvieron a la vida rodante, parecía un
-veterano de los campos de batalla, cubierto de cicatrices; o un “viejo
-verde”, bizmado, recompuesto, que llevase los cabellos pintados y
-postiza la dentadura... y era natural, de consiguiente, que mi
-contrahecha y fingida mocedad durase poco. Acabaron con ella el sol, la
-lluvia, la escarcha, el relente...</p>
-
-<p>Agréguese a esto el archivo de recuerdos&mdash;y quien dijo recuerdos, dijo
-melancolías&mdash;que ambulaban conmigo.</p>
-
-<p>Los polos del alma son la imaginación y la memoria: la imaginación es
-“la facultad callejera” que busca, que sueña, que descubre o inventa
-caminos; y la memoria, “la dueña de la casa”, que escrupulosamente anota
-y clasifica lo sucedido: la primera es artista y mudable; la segunda,
-burguesa y quietista, y mientras aquélla derrocha y se disipa y se
-adorna con cascabeles, su hermana va cargada de llaves y hace números.</p>
-
-<p>En mí, acaso precisamente porque anduve<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343">{343}</a></span> mucho, mi fantasía peregrinó
-poco, y mi memoria adquirió preponderancia excepcional. Mi retentiva es
-formidable, y dentro de mí los recuerdos mantiénense limpios, precisos,
-con sus mínimos colores y detalles. Nada he olvidado: en los cristales
-de mi memoria las añejas imágenes reaparecen nítidas, vivaces, rotundas;
-recordar equivale, para mí, a hojear un álbum de postales iluminadas.</p>
-
-<p>Esa rara capacidad que en todo momento me sitúa frente por frente de mi
-propia vida, me hace sufrir mucho. Pienso, a cada rato: “Yo he rodado
-sobre el cuerpo de un hombre; yo&mdash;aunque sin voluntad&mdash;maté a don
-Rodrigo; yo sentí cómo el bandido Cardini pisaba sobre los cabellos de
-una mujer desvanecida en el suelo de mi corredor; y vi tirar un cadáver
-a la vía, y degollar a Antonio del Rey, y presencié el salto mortal de
-Emma Sansori...” Y considerando que conmigo ambularon en distintas
-épocas Méndez-Castillo, Conchita “la Bruja”, aquella Carmen “de la falda
-azul y de la blusa blanca”, Raquel, “los recién casados de La Coruña”,
-los amantes “sin nombre”, de Valdepeñas, y otras muchas personas, me
-digo: “Yo, que tanto viajo, soy, a mi vez, como un camino: todo en el
-mundo es un camino, pues todo sirve para que todo se vaya...”</p>
-
-<p>Con esa aterradora lentitud con que opera lo Inevitable, el fracaso ha
-penetrado en mí: día tras día mis largueros de encina y caoba se
-pandean, y el revestimiento de “teak” que me sirvió hasta aquí de
-broquel se agrieta; mis movimientos son ruidosos, ingratos, y a
-intervalos, en los ángulos de mis maderas crujen cual viejos huesos
-faltos de sinovia, o chirrían con<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344">{344}</a></span> algarabías ornitológicas. Hay en mí
-como un ruido de muletas...</p>
-
-<p>De nada de esto hablo con mis colegas, a pesar de hallarles tan
-malparados como yo. Ya en diversas ocasiones oímos rezongar a los
-empleados que nos limpian: “Este material está inservible, pero como la
-Compañía sólo piensa en ganar dinero, no lo remuda.” El público, que
-antes me prefería entre todos los vagones de mi convoy, también empieza
-a murmurar. Muchas veces, por ejemplo, un matrimonio ha subido a mí, y
-después de examinar mis departamentos el marido ha dicho: “Este coche es
-demasiado viejo; vámonos al otro...” ¡Razón tienen para arrumbarme!
-Ultimamente agrietóse mi techumbre en la parte correspondiente al
-“cuarto-cama”, y se formó una gotera que, afortunadamente para el
-viajero, no caía a plomo, sino resbalaba por un tabique, sobre el que
-dejó una huella bochornosa; una mancha cuyos contornos amarillentos
-recordaban la de los continentes en las cartas geográficas. La mayoría
-de mis inquilinos, refunfuñaba: “¡Qué vergüenza! ¡Este coche está
-inhabitable!...” Algunos llamaban al vigilante de ruta, para demostrarle
-mi laceria. Yo pensaba, aterrado:</p>
-
-<p>&mdash;Cuando me declaren definitivamente inservible, ¿qué será de mí? ¿Me
-destinarán a ser quemado?</p>
-
-<p>Pronto supe a qué atenerme. El Viejo, El Pez y yo, que ofrecíamos,
-aproximadamente, los mismos síntomas de ancianidad y derrota, fuimos
-desenganchados en Barcelona de nuestro expreso, y trasladados a
-Zaragoza, desde cuya Estación de Madrid&mdash;llamada también del Sepulcro
-por su proximidad al Campo de este<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345">{345}</a></span> nombre&mdash;nos llevaron a unos
-vastísimos talleres de reparaciones que yo desconocía. Varios días
-quedamos unidos y ociosos, hasta que un lunes, muy de mañana, nos
-separaron y yo fuí rodado hasta una especie de cocherón que la actividad
-de innumerables martillos llenaba de estrépito.</p>
-
-<p>“Este es nuestro “spoliarium”&mdash;me dije&mdash;; mi historia de gladiador de
-los caminos, aquí acaba.”</p>
-
-<p>Pero no era destrozarme sino infiltrarme una segunda juventud, lo que
-manos diestras y buenas&mdash;o más que buenas codiciosas de arrancarle a
-cada coche inválido su máximo de producción&mdash;pretendían hacer conmigo.</p>
-
-<p>A la vez una docena de obreros, éstos tapiceros y otros ebanistas, me
-atacaron, y las sierras, los taladros, las escofinas, las garlopas, los
-formones, las barrenas, las repasaderas... todos aquellos instrumentos
-supliciadores que conocí en mi infancia, y cuyos terribles dientes de
-acero no había olvidado, tornaron a morderme. Según la fiebre que ponían
-en su labor aquellos hombres parecían trabajar a destajo, y hubiese
-creído que sólo anhelaban destruirme a no haberles oído decir: “Este
-coche todavía está bien; quedará como nuevo.”</p>
-
-<p>Consolado y fortificado por estas palabras, me resigné a sufrir. “No son
-mis asesinos&mdash;pensé&mdash;sino mis cirujanos; sus golpes no me matan, me
-curan; lo que ellos supriman de mi cuerpo será lo inútil, lo podrido, lo
-irreparable, lo que absolutamente debe irse”... Y, con esta convicción,
-me entregué a la alegría de volver a vivir, y dí por alegres cuantos
-dolores me amenazaban.<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346">{346}</a></span></p>
-
-<p>Mis curanderos arrancaron todo mi linoléum, bajo el cual aparecieron
-algunos trozos usadísimos de alfombra; asímismo se llevaron mis
-colchonetas, mis respaldos y mis redecillas para equipajes, y desarmaron
-mis asientos: las cortinillas, las abrazaderas, los espejos, los
-anuncios, las mesitas de las entreventanas, los ceniceros... ¡todo
-desapareció!... Del “compartimiento-dormitorio” no quedó nada.
-Rápidamente iban dejándome hueco, mondo, y mi armazón enjuta adquiría
-aspectos de esqueleto. Ahora, sobre este vacío, mi imperial parecía más
-alta; la luz que llenaba mis ventanillas era cruda, desapacible, y
-advertí que, como en las casas desalquiladas, dentro de mí el menor
-ruido era campanudo y resonante.</p>
-
-<p>Procedieron después mis operadores a reforzar los ocho ángulos máximos
-de mi cuerpo: cambiaron clavos, reafirmaron los tornillos, substituyeron
-las maderas que por su desgaste excesivo ya no ajustaban bien,
-enderezaron a martillo y a fuego las piezas que pandearon la humedad o
-el continuado esfuerzo, suprimieron todas las hendeduras de mis
-costados, taparon todas las quiebras o rajas de mi techumbre. A lo único
-que no tocaron fué a la tubería de la calefacción, ni a los hilos de la
-luz. Otro día me desmontaron, instaláronme sobre tres caballetes y se
-llevaron mis rodajes, lo que celebré, porque estaban desnivelados y sus
-muelles necesitadísimos de reparación. Yo sentía ganas de cantar, ganas
-de reir; yo era feliz como el muchacho a quien han prometido un traje y
-unos zapatos nuevos...</p>
-
-<p>Esta inmensa alegría&mdash;júbilo de resurrección, ufanía de renacimiento&mdash;da
-la medida fiel<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347">{347}</a></span> del tremendo dolor, hecho de humillación, de vergüenza y
-de rabia, que experimenté al cerciorarme de que la Compañía me reformaba
-no con el propósito elegante de mantenerme en mi categoría de vagón de
-“primera clase”, sino para convertirme en humilde “tercera”.</p>
-
-<p>Sin respeto a mi historia, querían degradarme, confundirme con el
-vulgacho, imponerme el desairado papel del noble “venido a menos”. De
-despecho y de cólera rompí a llorar, y transido de tristeza pasé la
-noche, hasta que las hadas misericordiosas de la reflexión y de la
-esperanza vinieron a consolarme. “¿A qué te preocupas de tus
-pergaminos?&mdash;decía aquélla&mdash;; lo importante es vivir, ser jocundo, ser
-sano...” Y, la segunda: “¿Qué sabes tú de los buenos ratos que te
-esperan aún?...”</p>
-
-<p>Terminada su obra de demolición, mis operarios comenzaron a restaurarme.
-Para facilitar la circulación del aire, la parte superior de los lienzos
-que antes aislaban mis departamentos quedó suprimida; el lugar de mis
-antiguas redecillas, con sus barras de acero tan firmes y tan sutiles a
-la vez, lo ocuparon sólidos entrepaños de madera; y mis divanes grises,
-aquellos cuya blandura conoció la hermosura y recogió el calor de tantas
-mujeres elegantes, fueron reemplazados por sólidos bancos. Todo cuanto
-en la época feliz de mi nacimiento hube de mollar, de voluptuoso, de
-femenino, iba a tenerlo ahora de varonil e inhospitalario. No cambió la
-disposición o fundamental arquitectura de mis departamentos, pero sí su
-apariencia. Sobre mis ventanillas, en vez de cortinas hubo persianas; a
-mis cabeceras, antes tan blandas, sucedieron otras de madera; mis
-abrazaderas, mis mesitas<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348">{348}</a></span> y mis ceniceros, desaparecieron, y en el
-rectángulo que antaño ocuparon mis espejos colocaron un “Reglamento de
-los ferrocarriles de España”, impreso en caracteres minúsculos y harto
-prolijo y difuso para un país donde el ochenta por ciento de sus
-habitantes no sabe leer. Esto, desde luego, me pareció muy gracioso, y,
-por lo inoportuno, “muy español”. Mis paredes quedaron revestidas por
-una tablazón vertical, muy fuerte, de pino, mis suelos entarimados, y
-todo&mdash;solado, techo, tabiques, asientos&mdash;pintado de un color amarillo
-obscuro que, luego de bien barnizado, adquirió notable prestigio. Lucía
-bien: mostraba una sencillez plebeya, sana y chillona. Luego revocaron
-de verde todo mi exterior, borraron aquellas A. A. que durante más de
-treinta y cuatro años proclamaron mi aristocracia, y por dos veces
-escribieron sobre mis flancos un igualitario y muy cristiano número
-“tres”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo ha de ser?&mdash;meditaba yo&mdash;; ¡paciencia! Están vistiéndome de
-blusa...</p>
-
-<p>Otro día me trajeron unos rodajes flamantes, que me parecieron
-excelentísimos, y no bien me instalaron sobre ellos cuando experimenté
-el bienestar resultado de la simplicidad y del vigor de mi nueva
-categoría social. Yo era como un prócer arruinado, como un “gran señor”
-que, ganado por el ambiente democrático de su época, y para seguir
-viviendo, hubiese aceptado un empleo.</p>
-
-<p>De los talleres de Zaragoza, donde permanecí seis meses, salí sin que ni
-El Pez ni El Viejo me viesen, de lo que me congratulé, y cuando fuí
-enganchado al rápido que lleva “primeras” y “terceras” y sale de Madrid
-para Barcelona los martes, jueves y sábados, a las nueve y veinte<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349">{349}</a></span>
-minutos de la mañana, todos los vagones me miraban, y su modo de
-observarme me descubría una estimación unánime. Las “primeras” pensaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué distinguido es!...</p>
-
-<p>Y los “terceras”:</p>
-
-<p>&mdash;¡No parece de los nuestros!...</p>
-
-<p>Seguro de la nobleza de mi origen, entre los unos y los otros yo pasaba
-ufano. Ahora, como antes, yo era “El Cabal”...</p>
-
-<p>Después de medio año de reposo y de encierro, aquel primer viaje me
-causó extraordinaria alegría. Como antaño, de mozo, fué el paisaje lo
-que antes me cautivó. Por la mañana no me cansé de mirar los árboles,
-las casas, los repechos áridos sobre los cuales el sol proyectaba las
-sombras de los coches y de la máquina, con su largo penacho de humo.
-Toda la tarde corrimos por la llanura: siempre igual paisaje mezquino,
-las mismas aldehuelas de color arcilloso, las mismas carreteras
-polvorientas, y, como horizonte, una línea de montes fragosos; mientras
-nosotros, los esclavos de la vía férrea, adelantábamos por el mismo
-camino recto... recto... inexorable como una orden. Las viejas
-impresiones, tan amadas, se repetían exactas. Anochecido llegamos a una
-pequeña estación&mdash;¿qué importa el nombre?&mdash;, donde permanecimos “un
-minuto”. La gente nos mira, nos envidia; nos envidia porque nos vamos,
-y, como en todas partes, un grupo de muchachas endomingadas sonríe a los
-viajeros. Suenan una campanada y un silbido: partimos... Ahora el campo
-se ha cubierto de sombras: nada se ve, pero el estrépito de nuestra
-carrera, los ecos que responden a los ¡alertas! de la locomotora, dicen<span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350">{350}</a></span>
-que el panorama ha cambiado y que rodamos entre montañas. A intervalos,
-cuando el fogonero abre el horno para echar carbón en él, la entraña
-ardiente de la máquina arroja, a derecha e izquierda de la vía, un lampo
-rojizo que parece un presagio. La dirección del viento ha cambiado; hace
-frío; luego empieza a llover, y el agua y el carbón mezclados nos
-ensucian deplorablemente. Todo es húmedo, todo es negro... De pronto, la
-emoción calofriante de un puente tendido sobre un tajo cuyo fondo no se
-ve; después, la tiniebla de un túnel: grita el vapor, vamos cuesta abajo
-y los frenos arrancan a nuestras ruedas alaridos horrísonos; asordece el
-fragor con que nuestros topes se golpean, y la montaña granítica tiembla
-y parece abrirse. Al fin salimos de su entraña, y, bajo la lluvia, la
-huída delirante continúa a través de otros montes y sobre otros
-puentes...; hasta que, al día siguiente, recogidos ya en el reposo de la
-estación terminal, el sol, con su calor, nos enjuga y nos limpia.<span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351">{351}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII</h2>
-
-<p>Todas estas impresiones, que yo de antiguo conocía, sólo me
-entretuvieron durante las veintiséis horas de mi viaje primero. Quienes
-me interesaron y divirtieron grandemente fueron mis nuevos huéspedes,
-tan distintos de aquel mundo de aristócratas, empleados distinguidos,
-militares de graduación, artistas, toreros en boga y comerciantes ricos,
-que me habían frecuentado. Mi público de ahora lo componían “los de
-abajo”: obreros, trabajadores del campo, soldados, criadas,
-emigrantes... ¡los que tocaron a más en el reparto del universal
-dolor!...</p>
-
-<p>Al principio me molestaban: les aborrecía porque iban descalzos, en su
-mayoría; porque olían a sudor; porque hablaban a gritos y se empujaban
-unos a otros, así para subir como para bajar, y salpicaban la
-conversación más trivial de interjecciones y blasfemias; les odiaba por
-ir siempre cargados de alforjas pestilentes y de gallinas; porque se
-estiraban los brazos y trataban a las mujeres sin respeto, y ahincaban
-clavos en mis paredes para colgar sus atadijos, y me emporcaban
-horriblemente con sus salivazos y los residuos de sus meriendas.</p>
-
-<p>Después, según fuí conociéndoles, comencé a<span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352">{352}</a></span> estimarles: de sus toscas
-apariencias nada quiero explicar; peores no podían ser; su salvaje
-rudeza constituía entre ellos donaire y testimonio de masculinidad. Yo
-les oía discurrir: decir de alguien que era “muy bruto”, equivalía a
-considerarle muy noble, muy sin doblez, muy llano, muy bravo, “muy
-hombre”, en suma... Pero bajo esta caparazón troglodítica las
-almas&mdash;¡oh, milagros de la raza!&mdash;se conservaban limpias y, aunque
-violentas, las señoreaba una innata hidalguía: eran afectuosas,
-generosas, sencillas, y en tocándolas en los registros del valor o de la
-caridad, todas respondían. Así en poco tiempo conseguí perdonarle sus
-groserías a ese pueblo infeliz que, si peca de ineducado y analfabeto,
-es porque nadie se cuidó de educarle, y si anda&mdash;con escándalo de los
-extranjeros que nos visitan&mdash;sin camisa y descalzo, no es porque huya
-del trabajo, sino porque la rapacidad del caciquismo, de un lado, y de
-otro la incomprensión y dejadez de sus gobernantes, le tienen desnudo.</p>
-
-<p>El pueblo, por ventura de los que lo mandan, es inconsciente; quiero
-decir que no mide bien su infelicidad, ni ha noción precisa del dolor
-que le rodea, ni de las mil negaciones seculares que pesan sobre él;
-nunca meditó&mdash;¿cómo, si nadie le enseñó a pensar?&mdash;que la vida es algo
-más que un jornal y una mujer... Y, merced a eso, a que no discurre, es
-bullicioso y comunicativo, y fraterniza pronto.</p>
-
-<p>¡Lástima que los prohombres de la política siempre que salen de Madrid
-lo hagan en coche-cama! Pues a viajar en “tercera”, siquiera una vez,
-habrían podido acercarse al infinito dolor nacional y experimentado el
-sonrojo de<span class="pagenum"><a name="page_353" id="page_353">{353}</a></span> sus torpezas y el ansia de remediar tanto daño, convencidos
-de que ser ministro en un país como el nuestro, o es una vergüenza o es
-un sacrificio. Hubieran sufrido, como yo, con la incultura y total
-abandono de esa plebe, y visto correr el río de lágrimas que dejan tras
-sí los emigrantes que se lleva el hambre y los millares de soldados que
-pide la guerra. ¡Ah, señores políticos! ¡Si ustedes supiesen cómo se
-llora en los andenes de los pueblos, cómo la desesperación retuerce los
-brazos y hace gritar, y cómo las madres, las esposas y las hijas
-maldicen al tren que se lleva a sus hombres... y corren luego tras él
-hasta caer, ensangrentadas, sobre los rieles!...</p>
-
-<p>Estos cuadros de sufrimiento me ayudaron a estudiar la psicología del
-pueblo hispano, que pide al milagro la salud que no halla en la tierra.
-Yo, en cierta ocasión, llegué a Barcelona cargado de emigrantes que iban
-a embarcarse, unos para Buenos Aires, otros para Cuba, y al día
-siguiente regresé a Madrid abarrotado de peregrinos que volvían de Roma.
-Lo he observado: en las almas el dolor aumenta las calorías de la fe, y
-cuanto mayor es el abatimiento económico de un país, con mejor éxito sus
-congregaciones religiosas organizan peregrinaciones y romerías. Lourdes
-y Roma son los dos grandes Sanatorios adonde los enfermos de la fe
-acuden a remediarse; aunque tengo entendido que las curas que allí se
-realizan no son definitivas, pues, transcurrido algún tiempo, los
-pacientes necesitan volver...</p>
-
-<p>A pesar de la amargura de estas consideraciones, no negaré que mi vida
-actual es más ruidosa y pintoresca que lo fué nunca. Antes<span class="pagenum"><a name="page_354" id="page_354">{354}</a></span> yo ambulaba
-a través de España lleno de silencio; mis clientes eran discretos,
-reservados y elegantes, y la elegancia siempre conversó en voz baja:
-aquellas personas se parecían, sonreían sin ruido, gesticulaban
-sobriamente y casi siempre se hallaban de acuerdo en toda clase de
-cuestiones. En mis huéspedes de ahora el buen humor, como la cólera, son
-estridentes; sus emociones no conocen matices ni perspectivas; todas,
-las pequeñas como las grandes, son “primeros términos”; diríase que
-llevan el corazón a flor de piel. A porfía gritan, bracean, se
-atropellan, fraternizan o riñen: no conocen la brida.</p>
-
-<p>Yo me recreo mucho con ellos. Vamos a detenernos “un minuto” en una
-estación, que puede ser Torralba, o Ariza, o Puebla de Híjar... y desde
-que “entramos en agujas” veo cómo cuatro o cinco individuos
-sobrecargados de alforjas, de mantas, de botijos y cestas, y a quienes
-quince o veinte personas más van a despedir, corren, sin saber
-exactamente por qué, a lo largo del andén. Nerviosamente todos gritan,
-se apretujan y sus brazos se mueven como aspas: las mujeres son
-pequeñucas y cetrinas; los hombres, enjutos y de color terroso también,
-llevan chaquetas y calzones cortos de paño pardo, y a falta de sombrero
-se ciñen con un pañuelo la rapada cabeza. Apenas el convoy se detiene,
-aquella multitud, que no sabe leer, arremete instintivamente contra las
-unidades de lujo, por parecerles mejores. El interventor y los rutas les
-gritan:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahí no, brutos!... ¡A “tercera”!... ¡Ustedes a “tercera”!...</p>
-
-<p>Ellos miran a una y otra parte, afligidísimos, desorientados; al fin,
-comprenden, y en avalan<span class="pagenum"><a name="page_355" id="page_355">{355}</a></span>cha se precipitan sobre mí. Yo voy “completo”;
-no queda en mí un solo asiento vacío, y, sin embargo, mis ocupantes, a
-pesar de comprender que con esto perjudican su comodidad, se aperciben a
-favorecer a los que llegan. En los vagones de categoría no existe esta
-hermosa solidaridad: los pasajeros son fríos, individualistas, y, lejos
-de ayudarse, procuran estorbarse oponiéndose mutuamente una resistencia
-pasiva. Las gentes “de tercera”, por el contrario, se sacrifican unas a
-otras, y con recias voces sinceras se llaman:</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí, aquí es!...&mdash;gritan los de dentro.</p>
-
-<p>Y echando el cuerpo fuera de las ventanillas ayudan a izar las
-desvencijadas maletas, los cestos llenos de frutas, las botas hinchadas
-de vino, los colchones repletos de ropas y atados con cuerdas, los
-incontables bultos de diversos colores y perfiles que constituyen la
-impedimenta de sus nuevos compañeros de viaje. Estos, entretanto,
-apresuradamente, se despiden de sus familiares: los ojos, así de los que
-se van como los de quienes se quedan, se arrasan en lágrimas
-vehementísimas; los brazos se enlazan y las manos se crispan sobre los
-cuellos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hija de mi alma!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Madre, otro beso!...</p>
-
-<p>Al principio estos adioses me enternecían, me parecían definitivos; más
-tardé, cuando supe que muchas veces el viajero que así se despedía debía
-quedarse en la estación inmediata, la ninguna razón de aquella
-desbordada pena me inspiraba risa.</p>
-
-<p>El tren rueda otra vez. Voy totalmente lleno de personas y de bultos, y
-mi ambiente, impregnado antes de olores agradables, apesta<span class="pagenum"><a name="page_356" id="page_356">{356}</a></span> ahora a
-gallinas, a pescado, a melones, a queso... De los viajeros que no
-hallaron plaza, unos se han acomodado sobre sus trebejos, otros
-permanecen de pie, y todos, a la vez, fuman y hablan. Nadie quiere
-ignorar lo que concierne a su vecino, y recíprocamente se descubren y
-confiesan sus nombres, sus ocupaciones, la familia que tienen, el lugar
-adonde se dirigen y el porqué de su viaje...</p>
-
-<p>De pronto, uno exclama:</p>
-
-<p>&mdash;¡Moño!... ¡No diga usted más!... ¡Ya sé con quién estoy hablando!...</p>
-
-<p>A su interlocutor, con esta adivinación súpita, se le alegra el rostro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no es don Fulano?...</p>
-
-<p>&mdash;Ese es mi nombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿El casado con la Mengana, la del almacén de comestibles de junto a la
-iglesia?</p>
-
-<p>&mdash;El mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Acabáramos, hombre!... ¡Bien decía yo que nos habíamos visto en
-alguna parte!...</p>
-
-<p>Entretanto, y si la hora de comer es llegada, las meriendas salen de sus
-cestas, las botellas y las botas de vino corren de mano en mano, y la
-virtud expansiva del mosto acelera la labor de simpatía que inició la
-conversación. El pueblo español es dadivoso, no obstante su pobreza, y
-cada cual brinda, de corazón, a los circunstantes lo poco que tiene:
-éste ofrece un racimo de uvas, aquél una hogaza, estotro una tortilla o
-un plato de patatas al horno; quién reparte cigarrillos... Con el
-regocijo que acarrea el buen beber, las lenguas no sosiegan, cunde la
-hilaridad, se habla de unos compartimientos a otros, se oye el rasgueo
-de una guitarra, y pronto aquella multitud, unida por la vida de<span class="pagenum"><a name="page_357" id="page_357">{357}</a></span>
-pobreza común a todos, parece una familia. Un grupo de mozos ha empezado
-a batir palmas; suena una copla...</p>
-
-<p>En este momento aparece el revisor, y, a la vez, fulminante, virulenta,
-surge una disputa. ¿Por qué?... No se sabe. En “primera” las trifulcas
-son raras; en “tercera” no, porque aquí todo es impulso. Una voz, sin
-gritar, con esa templanza que usan los hombres para retar a la Muerte,
-ha dicho:</p>
-
-<p>&mdash;Yo, cuando el caso llega, le parto el pecho al Hijo de Dios.</p>
-
-<p>Y otra voz, igualmente mesurada, ha respondido:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a verlo, si usted quiere, ahora mismo.</p>
-
-<p>Todos los viajeros se han puesto de pie, y el cantador, por oír, no ha
-terminado su copla. Las mujeres, acostumbradas a obedecer, dóciles, con
-una docilidad de muchos siglos, no se mueven de sus asientos y esperan,
-sin miedo, a que pase el drama. Por fortuna, el revisor interviene a
-tiempo: grita, amenaza con mandar detener el expreso y llamar a la
-Guardia Civil&mdash;yo volví a acordarme de Dos-Caras&mdash;y, al cabo, se impone:
-los beligerantes se encalman, sus rostros se suavizan y una frase
-graciosa, lanzada por cualquiera, pone término venturoso a la cuestión.
-El interventor, sin embargo, insiste; quiere consolidar su obra de
-pacificación:</p>
-
-<p>&mdash;Antes de pegarse&mdash;dice con aire autoritario&mdash;cada cual debe hallarse
-convencido de sus derechos, y para eso es necesario conocer el
-“Reglamento de los ferrocarriles”. ¿Por qué no se toman ustedes el
-trabajo de leerlo? ¿No lo tienen ustedes ahí?...<span class="pagenum"><a name="page_358" id="page_358">{358}</a></span></p>
-
-<p>Su diestra extendida señala hacia un “Reglamento” colocado debajo de uno
-de los entrepaños para bagajes. Unánimes los circunstantes siguen con
-los ojos aquel ademán, y hay un silencio. Alguien, de pronto, exclama
-regocijado:</p>
-
-<p>&mdash;¿Que leamos en ese cuadro?... ¡Vaya una gracia! Por mí, puede
-llevárselo la Compañía: ¡yo no sé leer!...</p>
-
-<p>Otro añade:</p>
-
-<p>&mdash;¡Toma!... ¡Ni yo tampoco!...</p>
-
-<p>La concurrencia rompe a reir, y yo me apresuro a seguir su ejemplo por
-no llorar ante la alegría de tanta ignorancia.</p>
-
-<p>Otro de los pequeños episodios de que entonces fuí testigo, y que juzgo
-digno de recordar por la enseñanza que hay en él, es el viaje de un
-joven matrimonio belga que recogí en Barcelona. Se dirigían a Madrid.
-Fueron de los primeros en subir a mí, con el deseo evidente de poder
-instalarse bien, y ambos se acomodaron cerca de una ventanilla y dando
-el rostro al camino, pues la esposa&mdash;luego lo supe&mdash;se mareaba. Llevaban
-una maleta, una cajita de bombones y una botella con agua, y todo lo
-colocaron sobre el entrepaño de los equipajes y en el lugar
-correspondiente a sus asientos. Eran dos tipos de traza insignificante,
-pero sus vestidos obscuros, aunque modestísimos y harto usados, estaban
-perfectamente limpios. Ella era pequeña, delgadita y medio rubia, y el
-único atractivo de su cara pecosa estaba en la expresión complaciente de
-los ojos. La nariz, la boca, no valían nada, y sus manos secas, que
-habían trabajado mucho&mdash;las uñas lo decían&mdash;, tenían inclinación a
-cruzarse. El marido también era parvo, y había algo cómico en su
-fisonomía, de pómulos ro<span class="pagenum"><a name="page_359" id="page_359">{359}</a></span>sados y alargada por una barbita negra, cortada
-en punta, sobre el lazo flotante de una chalina. Sus botas toscas,
-recién embetunadas, relucían bajo el asiento. El cogió una de las manos
-tristes de su compañera, y preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿No tendrás hambre?</p>
-
-<p>Ella repuso, sonriendo:</p>
-
-<p>&mdash;No; el azúcar alimenta...</p>
-
-<p>Y, al mirarse dulcemente, parecían besarse con los ojos.</p>
-
-<p>Sin interrupción, mis inquilinos habituales, las mujeres y los hombres
-de las grandes cestas malolientes y de las repletas alforjas, iban
-invadiéndome con gran alboroto, y apenas entraban cuando asaltaban las
-ventanillas para recoger los trebejos que sus acompañantes les alargaban
-desde el andén. Excitados por la ufanía del viaje todos hablaban alto,
-se interpelaban a gritos, reían y cruzaban entre sí las interjecciones
-más crudas. Bajo el esfuerzo impaciente de tantos pies, algunos
-desnudos, mi solado crujía. Las mujeres, en su mayoría despeinadas, eran
-gordas, o lo parecían con las numerosas faldas que llevaban encima;
-muchos hombres, aunque la mañana no era calurosa, iban en mangas de
-camisa y calzaban alpargatas. En una santiamén mis plazas quedaron
-ocupadas, y mis entrepaños cargados, hasta la altura de mi techumbre, de
-cajones y de bultos. En mi tránsito, varios atadijos de mantas, una
-silla, dos jaulas de perdiz y algunos enseres de cocina metidos en una
-artesa, formaban barricada. Mis viajeros, con la satisfacción de
-hallarse ya colocados, hicieron tribuna de mis ventanillas. Una voz
-gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vámonos, maquinista, que ya es hora!...<span class="pagenum"><a name="page_360" id="page_360">{360}</a></span></p>
-
-<p>Y otra:</p>
-
-<p>&mdash;¡Arrea, hombre!... ¡Que en Caspe está aguardándome mi suegra!...</p>
-
-<p>Estas y otras sandeces eran premiadas con grandes risotadas. Ante aquel
-vulgacho impetuoso y desbridado, el matrimonio extranjero permanecía
-cohibido y con los pies recogidos debajo del asiento. Su hermetismo, la
-pulcritud de sus trajes y cierta distinción que en ellos había,
-molestaba secretamente el amor propio de los viajeros de aquel
-compartimiento. Se reconocían inferiores, lo cual les irritaba. A la
-esposa la encontraban fea, y al marido ridículo. Les parecía, además,
-que, tanto ella como él, “se daban importancia”. Empezaron a murmurar,
-pero lo bastante alto para que los aludidos les oyesen, como buscando
-con ellos pendencia.</p>
-
-<p>&mdash;Son muy “finos” para venir aquí&mdash;dijo uno.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, si no les gustamos&mdash;replicó destempladamente una mujerona&mdash;, que
-se vayan a “primera”, que nadie les ha llamado...</p>
-
-<p>“La Millanes”, nuestra máquina&mdash;había sido bautizada con el apellido de
-su maquinista&mdash;, silbó y partimos. ¡Alegría general!... Alguien sacó una
-bota, llena hasta la espita de buen vino aragonés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién quiere?&mdash;voceó.</p>
-
-<p>Varias manos se adelantaron, como sedientas.</p>
-
-<p>&mdash;Creo&mdash;dijo un viejo&mdash;que nadie ha de rehusar.</p>
-
-<p>La bota pasó de unos a otros, y con tal amor la acogieron todos que
-cuando volvió a su dueño había perdido la mitad del peso. Aquél, sin
-embargo, la presentó al matrimonio:</p>
-
-<p>&mdash;¿No beben ustedes?...<span class="pagenum"><a name="page_361" id="page_361">{361}</a></span></p>
-
-<p>Lo hizo rudamente. El esposo, muy amable, contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias.</p>
-
-<p>Y ella repitió:</p>
-
-<p>&mdash;Gracias...</p>
-
-<p>La mujer que habló antes, comentó, provocativa:</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro: la culpa no es de ellos, sino del tonto que quiere
-obsequiarles.</p>
-
-<p>Alguien dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Es que en su país no tienen la costumbre de beber así.</p>
-
-<p>La mujer replicó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Moño!, pues que se vayan a su tierra!...</p>
-
-<p>No obstante, el aspecto modoso y cortés de los extranjeros iba ganando
-la simpatía de todos. Transcurrió la mañana, durante la cual, por dos
-veces, la esposa había comido bombones y trasegado algunos sorbos de
-agua. No llevaban merienda, y esto me indujo a suponer que su situación
-era precaria, lo que me conmovió. Acaso no llevaban dinero ninguno...</p>
-
-<p>A mediodía el pasaje sintió hambre y cada cual echó mano de sus
-vituallas, y de las cestas y de las rollizas alforjas emergieron
-tortillas de patatas, huevos duros, latas de conserva, chorizos
-extremeños, lonjas de jamón serrano, racimos de uvas y grandes trozos de
-pan que las navajas cortaban en rebanadas. Volvieron a circular las
-botas en zarabanda regocijadora, y las botellas cantaron sobre los
-labios sutibundos.</p>
-
-<p>Un hombrachón, con faja y zahones y en mangas de camisa, que se hallaba
-sentado enfrente de los belgas, les ofreció pan, sardinas y unos
-pimientos riojanos que aseguró quemaban<span class="pagenum"><a name="page_362" id="page_362">{362}</a></span> como el fuego. El matrimonio,
-en quien el buen parecer se sobreponía al apetito, rehusó, aunque sin
-convicción. La voz antipática de la mujerona que parecía haberles
-declarado la guerra, intervino:</p>
-
-<p>&mdash;¡No porfiadles!... ¡Si no quieren!...</p>
-
-<p>“El hombre de los zahones” exclamó airado:</p>
-
-<p>&mdash;¡Silleta, pero si no tienen qué comer! ¡Están chupando azúcar toda la
-mañana!... ¿Vamos a dejarles morir de hambre?...</p>
-
-<p>Y encarándose con el belga, repitió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Coman ustedes, moño, remoño... que aquí en España lo que se ofrece es
-de voluntad!...</p>
-
-<p>Entonces, con repentina alegría, los invitados aceptaron, y esto sirvió
-de señal para que un chaparrón de municiones de boca cayese sobre ellos.
-Con vehemencia conmovedora cada cual se aceleraba a darles de lo que
-comía: quién un pedazo de chorizo, quién un trozo de carne prensada
-entre dos rebanadas de pan, o un muslo de pollo, o unas manzanas
-asperiegas...</p>
-
-<p>Los belgas parecían contentísimos, y con el poco castellano que
-chapurreaban y gentiles inclinaciones de cabeza, procuraban corresponder
-a tan larga hidalguía. La mujer era la más emocionada, acaso porque fué
-la que mejor comió y bebió: la brillaban los ojos y tenía empurpuradas
-las mejillas y la risa fácil. “El hombre de los zahones” dijo al marido:</p>
-
-<p>&mdash;¡Remoño... y no querían ustedes comer!... ¡Mire usted a su esposa:
-hasta guapa se ha puesto!...</p>
-
-<p>Los forasteros, con sólo mostrarse amables, se habían granjeado las
-voluntades, y cada cual<span class="pagenum"><a name="page_363" id="page_363">{363}</a></span> se propuso extremar sus cuidados para con
-aquellas dos personas, que seguramente echarían muy de menos su país. La
-tarde pasó, y cuando la noche nos alcanzó, allá por Sigüenza, la
-generosa escena del almuerzo se repitió. Terminada la colación, “el
-hombre de los zahones” preguntó al belga:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieren ustedes almohadas?...</p>
-
-<p>&mdash;No, muchas gracias...</p>
-
-<p>El extranjero, comedido siempre, no quería molestar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Moño, tanta silleta con molestar! ¡Pero si no molestan ustedes!...
-¡Si tenemos gusto en servirles!...</p>
-
-<p>Así era, en efecto: un viajero les buscó dos almohadas; otro, una
-manta...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieren ustedes más?&mdash;decían.</p>
-
-<p>&mdash;No, no... ¡muchas gracias!...</p>
-
-<p>Como las almohadas eran largas, el matrimonio se acomodó sobre una de
-ellas; la otra les sirvió de respaldo, y con la manta se cubrieron hasta
-más arriba del pecho. Habían comido bien, y la felicidad de sus
-estómagos les sugería ideas risueñas; amorosamente se estrechaban las
-manos. El indagó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Te sientes bien?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Has visto qué buena gente es ésta?</p>
-
-<p>&mdash;Muy buena.</p>
-
-<p>&mdash;Al principio, esta mañana, les tenía miedo; pero ahora, no: son
-toscos, pero buenos. ¿Quieres que te diga una cosa? Empiezo a querer a
-España...</p>
-
-<p>Continuaron hablando, y a cada momento, ella a él, o él a ella, se
-preguntaban: “¿Estás bien?...” La mujer se había descalzado, y él la
-palpó los pies para cerciorarse de que no los<span class="pagenum"><a name="page_364" id="page_364">{364}</a></span> tenía fríos. Después,
-dulcemente, quedáronse dormidos con las cabezas juntas.</p>
-
-<p>Los circunstantes, desde sus rincones respectivos, les miraban,
-diciéndose: “¡Cuánto se quieren!...” Y luego volvían la cara hacia sus
-mujeres, como asombrados de no haberlas querido así nunca.</p>
-
-<p>Yo pensaba:</p>
-
-<p>“No; ellos no se aman más que vosotros amáis a vuestras esposas: es que
-se aman con mayor ternura. En España los cariños son grandes, violentos;
-aquí las pasiones llegan al sacrificio, llegan al crimen... pero no
-saben acariciar, no saben mimar... y la ternura está en la caricia
-suave. En España&mdash;yo lo he visto&mdash;en las relaciones de padres a hijos,
-de marido a mujer, la ternura no existe, quizás porque siempre hubo en
-la tierra nuestra demasiado dolor...”</p>
-
-<p>Entretanto, sentía con júbilo que todas aquellas personas,
-pertenecientes a dos razas distintas, habían sabido mostrarse
-recíprocamente lo mejor que en ellas había; y así, a la lección de
-dulzura, de los belgas, los españoles&mdash;tan pobres y tan ricos&mdash;supieron
-responder con un ejemplo de generosidad.</p>
-
-<p>Cuatro años hace que sirvo como “tercera”, y estoy cierto de que la
-humanidad que ahora me frecuenta no es muy divertida. Su variedad, a
-primera vista tan abigarrada, es epidérmica; en el fondo, mis huéspedes
-de hoy se parecen extraordinariamente a los inquilinos de los
-<i>sleeping-car</i>: los mismos apetitos, las mismas figuras... de lo que
-deduzco que la aristocracia es una plebe bien vestida.</p>
-
-<p>Hay un tipo, sin embargo, privativo de los<span class="pagenum"><a name="page_365" id="page_365">{365}</a></span> coches de “tercera”, y que
-por su relieve y la frecuencia con que se manifiesta, merece
-recordación. Me refiero al “gracioso”.</p>
-
-<p>“El viajero gracioso”, para “producirse” como hombre de humor ocurrente
-y cáustico, necesita tener público, porque la presencia de muchas
-personas acucia su ingenio. Tiene el ademán seguro, la réplica colorista
-y ágil, la voz entonada, y sabe muchos cuentos, casi todos picantes.
-Pasa ya de la segunda juventud y la costumbre de andar por el mundo le
-dió aplomo. Empieza por trabar palique con las personas que halla cerca
-de él, y si sus dichetes son bien acogidos no tarda en ponerse de pie y
-charlar con todos.</p>
-
-<p>Para triunfar pronto, “el viajero gracioso” sigue el camino más llano:
-el autobiográfico. Sus primeros epigramas contra sí mismo irán
-dirigidos, y su vida y figura servirán de blanco a su verbo dicaz.
-Generalmente el público ríe esta íntima exhibición de defectos, reales o
-fingidos. Enardecido “el viajero gracioso” poco a poco se convierte en
-histrión, y con recursos grotescos o a fuerza de desparpajo, suple la
-pobreza de su vena cómica. Si alguien le dirige un comentario agudo,
-sabrá contestar en seguida. Casi siempre las mujeres miran con simpatía
-el preopinante, mitad orador, mitad payaso: al cabo, representa la
-desenvoltura, la picardía; es algo imprevisto que sobresale, que brilla.
-Cuando el tren llega a una estación, “el gracioso” monopoliza una
-ventanilla y dice tonterías a los mirones del andén. Sus burletas tienen
-gracia unas veces, otras no; pero todas son reídas, porque en la
-psicología colectiva la hilaridad es una “cuesta abajo<span class="pagenum"><a name="page_366" id="page_366">{366}</a></span>”.</p>
-
-<p>Más tarde, cansado de satirizarse a sí propio, “el gracioso” dirige sus
-dardos contra otro pasajero. Este cambio de escena regocija al público.
-El “agredido”, ante el ridículo que le amenaza, se defiende con frases
-incoherentes. La hilaridad general arrecia. “El viajero gracioso”
-triunfa definitivamente: se le aplaude, se le ofrece vino. Las mujeres
-le llaman, quieren tenerle cerca, porque a su lado se creen protegidas.</p>
-
-<p>Esta boga envidiable no es duradera. Ha cerrado la noche y, de pronto,
-“el viajero gracioso” calla: ha dicho cuanto sabía y está cansado,
-agotado. Inútilmente le buscarán la boca; ya pueden morderle la
-paciencia, que no hablará.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo sueño&mdash;declara&mdash;; basta de broma; ahora voy a dormir.</p>
-
-<p>Y, envuelto en su manta, se tiende cuan largo es; una cesta o unas
-alforjas le servirán de almohada. Como ha sabido hacerse simpático a la
-comunidad, nadie le estorba. Luego se le oye roncar. Entonces, desde un
-compartimiento vecino, una voz ingrata pregunta:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, al fin se durmió?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demos gracias a Dios!...</p>
-
-<p>Instantes después, todos le han olvidado.</p>
-
-<p>A propósito de este “tipo” referiré una breve escena triste; o, lo que
-es lo mismo, grotesca; porque de lo grotesco, si lo exprimimos bien,
-siempre caerá una lágrima.</p>
-
-<p>Rato hacía que estacionábamos delante de un pequeño andén, aguardando un
-cruce. Mis huéspedes se impacientaban. De súbito un viajero, medio en
-serio, medio en broma, dijo en voz muy alta algo que fué muy reído, y
-casi inme<span class="pagenum"><a name="page_367" id="page_367">{367}</a></span>diatamente lanzó otro donaire que también arrancó carcajadas
-unánimes. Haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, aquel individuo consiguió
-obtener de su ingenio una tercera frase feliz, más dichosa, tal vez, que
-las anteriores. Asombrados, todos le miraron. ¿Quién podía hablar tan
-agudamente?... Mujeres y hombres habíanse levantado para conocer al
-viajero ocurrente, y la general simpatía estalló en una nutridísima
-ovación de risas y de aplausos.</p>
-
-<p>Presencié entonces algo desolador. Aquel hombre, trastornado de repente
-por los vapores del éxito, enrojeció y perdió el dominio de sí mismo.
-Sin saber lo que hacía, se puso en pie; sus ojos brillantes iban de un
-lado a otro; fué como si se le hubiese extraviado el juicio. Desatóse su
-lengua y rompió a hablar casi sin ilación. A tente bonete dijo un
-chiste, que nadie comprendió; luego otro, que asímismo pasó inadvertido;
-lanzó tres o cuatro más, que también fracasaron... Ante el silencio
-severo del público, empezó a desconcertarse; las ideas se le barajaban.
-¿Por qué antes hizo reir y ahora no?... Y se disponía a insistir, cuando
-una voz cruel le detuvo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno, hombre, bastante!... ¡Cállate!... ¿No ves que no diviertes?...</p>
-
-<p>Y “el gracioso”, que ya no tenía gracia, se sentó aturdido, y no habló
-más. Quedó obscurecido. Sólo yo observé el rubor de sus mejillas, la
-humildad de sus ojos bajos. Unos minutos el menguado saboreó las mieles
-del éxito, y, al ir a gozar de ellas, sus laureles se deshojaron. Su
-pena era la del cantante que, de súbito, pierde la nota que le hizo
-célebre; el dolor de la mujer que fué muy deseada... y dejó de serlo.<span class="pagenum"><a name="page_368" id="page_368">{368}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII</h2>
-
-<p>Dos años después, un descarrilamiento acaecido entre las estaciones de
-Vallecas y Vicálvaro, sirvió de inesperado colofón a mi historia. ¡En
-verdad que no maliciaba tan cercano el fin!... Me sucedió lo que a esos
-ancianos, enteros todavía que, al salir de su casa, tropiezan o resbalan
-y se fracturan el cráneo contra el suelo. Así yo: arranqué de Madrid
-aquella mañana, contento, como siempre, y, de súbito&mdash;acaso porque mis
-frenos no me moderasen y embridasen lo necesario&mdash;mis ruedas se salieron
-de la vía y me abalancé por un terraplén, arrastrando en mi desgracia a
-los dos coches que me seguían. El cachapazo, del que resultó un viajero
-muerto, fué ingente. Al perder mi equilibrio caí sobre el costado
-derecho, a pesar de lo cual el impulso que me animaba me arrastró ocho o
-diez metros por el suelo: en seguida giré sobre mi imperial con un
-trágico revoltijo interior de pasajeros y de bagajes, y volví a tenderme
-para inmediatamente recobrarme y quedar, al fin, sobre mis ruedas.</p>
-
-<p>Pero... ¡en qué estado!... Con el techo roto por varias partes, los
-flancos doblados, desencajadas las puertas, las tuberías y el dínamo
-he<span class="pagenum"><a name="page_369" id="page_369">{369}</a></span>chos pedazos, las piezas vitales torcidas... ¡y aún debo felicitarme
-de que mi arquitectura, en su conjunto, resistiese!...</p>
-
-<p>Varios días permanecí abandonado sobre aquel declive, en cuya tierra
-blanda mi rodaje iba hundiéndose poco a poco, y al lado de mis
-compañeros de infortunio, de los cuales uno, menos sólido que yo, quedó
-totalmente destruído. Al romperse, la agonía le dió un escorzo lúgubre,
-y, de noche especialmente, bajo el livor astral, su armazón magullada,
-desprovista de tablas, tenía un perfil de esqueleto. ¡Cuánto padecí!...
-Habíamos quedado a varios metros debajo de la vía, por la cual los
-trenes continuaban pasando, llenos de gentes y de luces, y yo veía la
-curiosidad, no siempre compasiva, con que sus viajeros se asomaban a
-vernos. Nuestra desgracia era para ellos un entretenimiento, casi un
-regocijo, y nos señalaban con el ademán. Estábamos a fines de octubre, y
-el frío, apenas declinaba el sol, era considerable. De los dos camaradas
-que descarrilaron conmigo, ninguno hablaba, y su silencio acrecentaba el
-espanto de mi situación. Hallábame con una de mis plataformas empotrada
-en el suelo, desmantelado, a obscuras, todos los cristales hechos
-añicos, y por mis ventanillas indefensas el viento y la terrible
-escarcha de las horas madrugueras me traspasaban.</p>
-
-<p>Al cabo, una máquina-piloto vino a recogerme, y, valiéndose de una
-fortísima maroma, haló de mí, en tanto desde lo alto de la vía muchos
-hombres lograban, con auxilio de cuerdas, mantenerme en posición
-vertical. Vacilando, sintiendo a cada momento que el equilibrio me
-abandonaba, tropezando con las piedras y enre<span class="pagenum"><a name="page_370" id="page_370">{370}</a></span>dándome en los hierbajos
-que obstaculizaban el repecho, conseguí verme izado hasta el camino
-férreo, y cuando mis ruedas tomaron nuevamente posesión de los rieles
-experimenté una alegría de resurrección, un júbilo de náufrago, porque
-la vía era para mí una playa...</p>
-
-<p>Lentamente, pues mis gravísimas heridas me vedaban todo movimiento
-acelerado, fuí reconducido a Madrid, y en un carril de descarga
-inmediato a los talleres de reparaciones, y expuesto a la intemperie, me
-dejaron. A mi alrededor había varios centenares de coches inútiles, unos
-de pasajeros, otros de carga, que daban a aquella parte de la estación
-una extraña fisonomía de ciudad. Eran luchadores vencidos, eslabones
-dispersos de antiguos trenes, comparsas dóciles de viejas locomotoras ya
-apagadas. En lo desvencijados y maltrechos se me parecían
-fraternalmente; y como algunos me conocían de vista o por haber
-trabajado conmigo, y sabían mi pasado aristocrático, pronto cundió entre
-ellos la noticia de mi aparición. Yo les oía cuchichear.</p>
-
-<p>&mdash;Han traído al Cabal...&mdash;decían.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?...</p>
-
-<p>&mdash;Ese grande, el pintado de verde; descarriló hace poco y lo han
-remolcado medio muerto...</p>
-
-<p>Y la leyenda de mis lances sobre las líneas de Hendaya, de Galicia y de
-Sevilla, iba de unos a otros. Para evitarme el trabajo de hablar, me
-encerré en una actitud displicente. El relente de las largas noches de
-invierno y la lluvia que, a través de mis resquebrajaduras, caía
-libremente dentro de mí, recrudecían mis dolores. No hay carcoma que
-destruya como la humedad,<span class="pagenum"><a name="page_371" id="page_371">{371}</a></span> ni lepra que roa como el abandono. A mí, la
-quietud me consumía: hora tras hora mis maderas se combaban, mis rodajes
-se enmohecían. Una noche, dos ratas&mdash;animal que yo no conocía&mdash;treparon
-a mí y me mordieron.</p>
-
-<p>El año acabó, y todo en torno mío continuó igual. Mis compañeros de
-destierro y de hospital&mdash;que de ambas tristezas participaba el rincón en
-que estábamos&mdash;no se quejaban; apenas si, muy de rato en rato, cambiaban
-algunas palabras; parecían muertos. Mi carácter rebelde se desesperaba
-en aquella paz. “¿Por qué no vienen a buscarnos?&mdash;me decía&mdash;; ¿no es
-preferible que, de una vez, nos reduzcan a leña, a dejarnos podrir
-aquí?...” La intemperie minaba mi salud metódicamente y, al cabo, no
-hubo parte de mi cuerpo que no me doliese: los días de buen sol me
-secaban, los lluviosos me empapaban, y con estas alternativas mis graves
-heridas seguían abriéndose.</p>
-
-<p>Una mañana recibimos la visita del director “del material”, a quien
-acompañaban dos individuos, y en su manera despectiva de mirarnos leí
-nuestra sentencia de muerte. No nos repararían porque no valíamos el
-dinero que costaría arreglarnos. Pertenecíamos a la sección de
-“incurables”, y éramos como esos enfermos a quienes ya no se medicina,
-porque es inútil. Caminando poco a poco por entre aquellas fúnebres
-andanas de coches moribundos, el señor director se acercó a mí y&mdash;lo que
-no hizo con ningún otro&mdash;se paró a examinarme. Sentí que sus ojos
-duchos, ojos de cirujano, me registraban bien.</p>
-
-<p>&mdash;Este fué un buen “primera”&mdash;dijo.</p>
-
-<p>Uno de sus acompañantes repuso:<span class="pagenum"><a name="page_372" id="page_372">{372}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero después lo reformaron y lo hicieron “tercera”. Es muy viejo;
-ha trabajado mucho: mire usted por aquí cómo está...</p>
-
-<p>Empinándose señalaba, por una rotura de mi flanco, mi suelo despedazado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien lo veo!&mdash;replicó el director&mdash;; ¡lástima de coche! Los que ahora
-se construyen son muy inferiores...</p>
-
-<p>Y se marcharon. “¡Ahora, sí&mdash;suspiré&mdash;que mi historia ha acabado!” En
-medio, no obstante, de este dolor recibí una alegría: la satisfacción de
-que aquellos hombres, al mismo tiempo que me condenaban a morir,
-hubiesen proclamado mi mérito. Desfondado, despintado, ratonado,
-torcido, sucio... todavía era bello, todavía conservaba vestigios de mi
-antiguo poder, y aún podía decir: “A mí me llamaron El Cabal...”</p>
-
-<p>Pasó todo el invierno, aparecieron con abril las primeras alegrías
-vernales, y, al despertarme de un sueño que, según cálculos que luego
-hice, debió de durar varias semanas, vi que unas hierbas, nacidas debajo
-de mí, se enlazaban a mis ruedas, semejantes a esas ligaduras con que el
-reuma sujeta las piernas de los paralíticos. No sé qué amor, qué
-cariñoso deseo de retenerme adiviné en ellas, y su pequeño amor me
-conmovió: “Ya no te irás de nosotras”&mdash;parecían decirme.</p>
-
-<p>Pero a mi Destino aventurero no le plugo que yo finase allí, y después
-de darme a conocer la lucha, quiso darme la paz.</p>
-
-<p>A principios de junio, una mañana, se acercaron a mí ocho o diez
-hombres, empleados en la estación. El que parecía capataz preguntó a un
-viejo que iba a su lado:<span class="pagenum"><a name="page_373" id="page_373">{373}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Es este coche el que le pidió usted al director, señor Juan?</p>
-
-<p>Me designaba con el gesto. El señor Juan repuso ufano:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí; este mismo! Este...</p>
-
-<p>&mdash;Buena casa va usted a tener&mdash;replicó el capataz, zumbón.</p>
-
-<p>&mdash;No será mala; ya verás, en cuanto yo la arregle a mi gusto, qué bien
-queda.</p>
-
-<p>Entre todos rodaron los coches situados delante de mí, y luego me
-empujaron, haciéndome pasar de unas vías a otras, hasta llevarme delante
-del camino de hierro principal. Yo bendecía mi sino, que decretó hacer
-de mí, hasta el último instante, una cosa útil.</p>
-
-<p>“Van a convertirme en vivienda”&mdash;pensé&mdash;. Y recordé aquellos ancianos
-vagones, trocados en casucas de guardavías, que una mañana&mdash;la primera
-de mi vida&mdash;vi al salir de la estación de Irún.</p>
-
-<p>En pocos días fuí despojado de mis ruedas y de mis topes, y arrastrado
-al sitio a que me destinaban, y en el cual, y para mi mejor instalación,
-hallé dispuesto un entarimado, de dos palmos de alto, que había de
-servirme de apoyo o basamento.</p>
-
-<p>La prisa y cuidado con que los carpinteros emprendieron la tarea de mi
-transfiguración, me dijo que trabajaban cumpliendo órdenes de la
-Compañía, la cual, reformándome, halló manera de ahorrarse la
-construcción de una vivienda. Por tercera vez los martillos, los
-formones, las barrenas, las sierras amputadoras, me torturaron. Todos
-mis asientos fueron suprimidos, y de cada dos de mis compartimientos,
-quitando el tabique o lienzo que los separaba, hi<span class="pagenum"><a name="page_374" id="page_374">{374}</a></span>cieron uno. El lavabo
-fué convertido en despensa, y en el cuarto-cama instalaron una cocina de
-hierro, a cuya chimenea dieron salida por un agujero circular que me
-abrieron en la techumbre. En mi costado correspondiente al corredor, y
-que enfrentaba la vía, sólo dejaron tres ventanas, con sus batientes de
-cristales; las restantes desaparecieron, así como a mis antiguas
-puertecillas de corredera sucedieron otras mayores y con goznes. Una de
-mis plataformas quedó mudada en lavadero, y la otra continuó sirviendo
-para entrar en mí. Después me pintaron el techo de rojo, y las ventanas
-y la puerta de blanco, lo que dió extraordinaria animación a mis cuatro
-fachadas revocadas de verdegay. Me parecía a esas casitas, de
-fabricación alemana, con que juegan los niños.</p>
-
-<p>Una mañana, rayando el día, aparecieron detrás de un carro, cargado de
-muebles, mis nuevos inquilinos; “los últimos”, sin duda...</p>
-
-<p>Componían la familia: el señor Juan, empleado en la Compañía
-Madrid-Zaragoza-Alicante desde hacía más de medio siglo; su hijo
-Roberto, esposo de María Luisa, y dos nietos: Lolita, que ya empezaba a
-mocear, y Miguelín, de tres años.</p>
-
-<p>Toda aquella copiosa impedimenta, nueva para mí, me interesó muchísimo:
-sin perder detalle vi armar las camas, y el funcionamiento de los
-cajones de una cómoda, y cómo adornaban mi interior con fotografías y
-modestos espejos de marco dorado, y la distribución que daban en la
-cocina a los trebejos de guisar. El moblaje fué discretamente repartido:
-en la habitación&mdash;llamémosla así&mdash;destinada al matrimonio, se colocaron
-el lecho más ancho y la có<span class="pagenum"><a name="page_375" id="page_375">{375}</a></span>moda; en la otra dispusieron la mesa de comer
-y la cama de Lolita; y en la tercera, que conservaba sus dimensiones
-primitivas y era, de consiguiente, la menor, el catre donde habían de
-dormir el señor Juan y Miguelín. Antes de mediodía el pequeño ajuar
-estaba ordenado, y yo no me cansaba de observar toda aquella vida
-íntima, uniforme, recogida, que sólo de lejos conocía. Hasta entonces no
-empecé a saber cómo el tiempo se desliza lento en los hogares, ni cómo
-se lavaba la ropa, ni cómo se encendía la lumbre y se preparaba una
-comida.</p>
-
-<p>El hallarme, no suspendido en el aire, como antes, sino bien pegado a la
-tierra, me infundía una ignorada y confortadora impresión de quietud, de
-estabilidad: me sentía más a plomo y dueño de mí mismo, cual si mi
-personalidad hubiese crecido. ¡Qué diferencia entre mi abrigado
-bienestar actual y aquellas implacables noches de olvido y de frío que
-siguieron a mi descarrilamiento! El alma de mis habitantes iba
-invadiéndome rápidamente: a la semana de tenerles en mí, la humedad me
-dejó: yo olía a dormitorio y a cocina; olía a hogar... y estaba contento
-de oler así.</p>
-
-<p>&mdash;Voy aburguesándome&mdash;pensaba.</p>
-
-<p>Acabó de rendirme a discreción la voluntad, el buen carácter de aquellas
-gentes. El señor Juan, que era guardabarrera, sólo se ocupaba de coger
-el banderín con que daba “paso” a los trenes; Roberto, carpintero de
-oficio, trabajaba todo el día en los talleres de la Estación; María
-Luisa, que estaba embarazada, era una mujercita dulce, hacendosa y un
-poco triste, que siempre andaba sacudiéndome; Lolita también me cuidaba
-mucho, y las inocentes travesuras de<span class="pagenum"><a name="page_376" id="page_376">{376}</a></span> Miguelín, unas veces me
-enternecían y otras me hacían reir.</p>
-
-<p>La tarde de un sábado, Roberto trajo sobre una carretilla buen número de
-cañas y de listones, con los cuales, y aprovechando el asueto del día
-siguiente, construyó junto a mí un emparrado. Otro domingo me rodeó de
-una cerca alta, de cuatro o cinco palmos, entre la cual y yo mediaba un
-espacio como de tres metros, que las manos hadadas de Lolita poblaron en
-seguida de flores, y así tuve un jardín minúsculo y gracioso como un
-juguete. Hizo más la muchacha: exornó mis ventanas con trepadoras que
-sembraba en vasijas rotas o en latas que fueron de pimientos; y plantó
-junto a mí una hiedra que creció en poco tiempo e invadió la mayor parte
-de mi techumbre, dándome un pintoresco aspecto de gruta; y yo pude verme
-poco después en una postal, obra de un fotógrafo amigo de mis huéspedes,
-y quedé sorprendido&mdash;por no decir enamorado&mdash;de mi carácter rústico.</p>
-
-<p>Hallábame enclavado a medio kilómetro de la Estación, y muy cerca de la
-gran arteria ferroviaria por donde corren los trenes de Barcelona, de
-Andalucía y de Valencia, que tantos recuerdos tenían para mí: veía pasar
-las máquinas raudas, ululeantes, tempestuosas, y perdidas en su
-torbellino negro las siluetas de los fogoneros, teñidos dantescamente de
-rojo por el incendio del horno; veía huir cuajados de luces los
-“expresos” veloces, los “correos”, los “mercancías” interminables y
-obscuros; oía la voz sibilante de las locomotoras, las cornetas de los
-guardavías, el fragor de los convoyes... y no experimentaba nostalgia
-ninguna. Un día,<span class="pagenum"><a name="page_377" id="page_377">{377}</a></span> en una “cuatro mil” que pasaba, reconocí a La
-Regadera; también descubrí a Dos-Caras, disfrazado de “tercera”, en el
-“mixto” de Alicante, y mi regocijo de verles fué absolutamente limpio.
-Me holgaba de que continuasen viviendo su vida, la que fué mía también;
-mas no sentía deseos de rodar a su lado. Vi asímismo al Rubio, al Negro,
-a la Primera Actriz, al Barba... y a otros varios camaradas que iban y
-venían con el terrible anhelo de siempre, y tuve cierta misericordia de
-su servidumbre inexorable. Medité: “Ellos se mueven, y yo no: ¿pero
-acaso la tierra me esclaviza más que a ellos el movimiento?...”</p>
-
-<p>Mucho tiempo aquellos viejos compañeros fueron y tornaron sin fijarse en
-mí; luego, como mi situación de vagón inmóvil les sorprendiese,
-comenzaron a examinarme, y al cabo me reconocieron. El que antes cayó en
-la cuenta de quién yo era, fué Dos-Caras. Una mañana, al pasar, me
-gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres tú, Cabal?</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy, viejo&mdash;le repliqué.</p>
-
-<p>Y no tuvo tiempo de decirme más porque su convoy iba de prisa. La
-noticia de hallarme convertido en habitación cundió rápidamente, llevada
-por los trenes, y todos mis amigos, unos burlones, otros compasivos, me
-preguntaban:</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Cabal; ¿te aburres mucho?</p>
-
-<p>Yo siempre contestaba:</p>
-
-<p>&mdash;No; no me aburro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres feliz?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, lo soy: nunca lo fuí más...</p>
-
-<p>¡Y era cierto!... Pues hogaño, merced, precisamente, a la soledad que me
-circundaba, podía descender más hondo en el misterio de la vida.<span class="pagenum"><a name="page_378" id="page_378">{378}</a></span> Las
-personas que traté antes permanecían a mi lado unas horas, cuando más
-una noche; mientras estas de ahora envejecían conmigo: yo las veía
-dormir, comer; yo las oía hablar... y su experiencia era mía también,
-íntegra.</p>
-
-<p>Con esta quietud volvía a parecerme a mis antecesores, los árboles. La
-tierra me atraía, y, cosido a ella, conforme el tiempo filaba,
-insensiblemente, hallábame mejor. Empezaba a comprender la poesía de las
-fiestas domésticas, la razón de la Nochebuena, la enorme fuerza emotiva
-y pensante del silencio; porque mientras la materia reposa es cuando
-fulgen mejor las luminarias del espíritu. Considerando la vejez
-desvalida del señor Juan, y oyendo hablar a su hijo, supe cómo a lo
-largo de los siglos el capitalista perpetúa en el obrero, su hermano, el
-fratricidio de Caín, y vislumbré el mecanismo del tinglado social, esa
-rueda trágica en que el salario se transmuta en pan, y el pan en
-esfuerzo y dolor que luego serán salario otra vez. Vi a María Luisa dar
-a luz, y me expliqué el amor; y observando a Miguelín, divertido en
-alinear soldaditos de plomo, echar barquitos en el agua enjabonada de la
-artesa y arrastrar por el jardín ferrocarriles de hojalata, me dí cuenta
-de que en este mundo&mdash;de las paradojas y de los viceversas&mdash;el niño
-juega y se ríe con lo mismo que hace llorar al hombre.</p>
-
-<p>Va para tres años que soy hogar, y no echo de menos, ni en un ápice, mis
-mocedades trashumantes: el tercer vástago de María Luisa y de Roberto,
-se cría muy bien; Lolita ya tiene novio, y a esto atribuyo que cante
-tanto por las mañanas; Miguelín aprendió a escribir y se divierte en
-eternizar su nombre en mis paredes.<span class="pagenum"><a name="page_379" id="page_379">{379}</a></span> Todo esto, que ya forma parte de mí
-mismo, me regocija y me acompaña. Voy pareciéndome al señor Juan. Tengo
-algo de abuelo, y soy feliz con estos seres que crecen a mi lado, con
-las flores que me rodean, con la hiedra que me cubre y parece traerme un
-abrazo de la tierra.</p>
-
-<p>Mis antiguos hermanos del camino, todos los días me dicen algo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Querrías venirte con nosotros, Cabal?</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué&mdash;les respondo&mdash;, si en ningún punto del mundo en que os
-halléis vuestro horizonte será mayor que el mío?</p>
-
-<p>Efectivamente: No estoy hastiado, sino satisfecho, y no deseo, porque
-conocí el movimiento y gusté la quietud; todo lo que hay: y porque
-llegué a viejo... y ser viejo es hallarse en condiciones de recordar y
-de perdonar, y nada más dilecto que el recuerdo, ni más elegante que el
-perdón. La Vida es buena, pues siendo tan breve, proporciona tres
-grandes goces: en la niñez, el anhelo de vivir; en el “presente de
-indicativo”, de la juventud, la alegría de vivir; en la vejez, el placer
-generoso de ver vivir a los demás.</p>
-
-<p>
-Madrid, octubre 1922.<br />
-</p>
-
-<p>FIN<span class="pagenum"><a name="page_381" id="page_381">{381}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_380" id="page_380">{380}</a></span></p>
-
-<hr />
-
-<p class="c">EDICIÓN DEFINITIVA</p>
-
-<p class="c">DE LAS OBRAS COMPLETAS<br /> DE EDUARDO ZAMACOIS</p>
-
-<p><span class="smcap">Renacimiento</span> ofrece a sus lectores de España y América la primera
-Colección Completa de las obras de este insigne novelista, uno de los
-predilectos del público.</p>
-
-<p>Se trata de una reimpresión cuidadísima, seria y definitiva, vigilada
-por el propio autor, que quiere ofrecerse en ella sin mixtificaciones de
-ninguna especie. Todo cuanto pudiéramos decir de la chabacanería con que
-fueron tratadas en distintas épocas las obras del ilustre autor de
-<i>Europa se va</i>... está resumido en la «Advertencia» que insertamos a
-continuación, suscrita por el mismo Zamacois y a la que remitimos a
-libreros y lectores:<span class="pagenum"><a name="page_382" id="page_382">{382}</a></span></p>
-
-<h2><a name="PALABRAS_DEL_AUTOR" id="PALABRAS_DEL_AUTOR"></a>PALABRAS DEL AUTOR</h2>
-
-<p>Muchos escritores son refractarios a corregir sus libros, una vez
-impresos.</p>
-
-<p>Yo opino lo contrario: los libros deben ser examinados y pulidos a cada
-nueva edición, pues si el Tiempo nos altera las líneas del semblante y
-nos blanquea el cabello y nos encorva, ¿cómo no cambiaría también
-nuestros gustos? Las horas que transforman el cuerpo, ¿cómo no
-revolucionarían el espíritu, por antonomasia tan vibrante, tornadizo,
-andariego y mudable?... La experiencia y la lectura son los dos grandes
-vientos removedores de nuestro jardín interior. Un hombre inteligente
-vive en discusión perpetua consigo mismo; y discutir es dudar,
-rectificar «puntos de vista», sustituir una creencia por otra,
-modificarse, contradecirse. El progreso constituye una enmienda
-constante, y así la vida debe ser nada más que un pretexto para
-arrepentirnos hoy de lo que hicimos ayer.</p>
-
-<p>Nadie extrañe, de consiguiente, las diferencias de pensamiento y de
-forma que separan los volúmenes que van apareciendo ahora, en el
-mediodía de mi vida, de aquellos que llamo de «mi primera época».</p>
-
-<p>Escritos de prisa y vendidos a precios irrisorios<a name="FNanchor_A_1" id="FNanchor_A_1"></a><a href="#Footnote_A_1" class="fnanchor">[A]</a>, <span class="pagenum"><a name="page_383" id="page_383">{383}</a></span>reconozco, con
-harto quebranto y luto de mi corazón, haberlos echado al mundo vestidos
-de andrajos. Realmente no merecían tan mal trato, y así quiero con la
-edición presente remediar en algo el daño que les hice. Ni la fábula, ni
-la arquitectura o distribución de los capítulos fueron alteradas; no
-creí necesario meter el escalpelo hasta tan hondo. Sólo he intentado
-aliviar su estilo de solecismos, repeticiones y demás vergüenzas
-gramaticales que lo manchaban. También procuré tranquilizarlo,
-simplificarlo, aligerarlo de frondosidades retóricas...</p>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_A_1" id="Footnote_A_1"></a><a href="#FNanchor_A_1"><span class="label">[A]</span></a> Me refiero a <i>La enferma</i>, <i>Punto-Negro</i>, <i>Incesto</i>, <i>Loca
-de amor</i>, <i>Tik-Nay</i>, <i>El seductor</i>, <i>Duelo a muerte</i>, <i>Memorias de una
-cortesana</i>, <i>Sobre el abismo</i>, <i>De carne y hueso</i>, <i>Horas crueles</i>,
-<i>Impresiones de arte</i>.</p></div>
-
-<p>De consiguiente, <i>la única edición de mis libros que me atrevo a
-recomendar es ésta, de</i> <span class="smcap">Renacimiento</span>. <i>Todas las anteriores, mal
-impresas, mal corregidas y ensuciadas vilmente con portadas obscenas,
-son execrables y únicamente merecen silencio.</i></p>
-
-<p>Por rescatar los millares de ejemplares que de ellas se han vendido en
-estos últimos diez y nueve años, <i>daría el autor su mano derecha</i>.</p>
-
-<p class="r">
-<span class="smcap">Eduardo Zamacois.</span><br />
-</p>
-
-<p>Madrid, enero 1916.</p>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un vagón de ferrocarril, by
-Eduardo Zamacois
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL ***
-
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-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
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-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
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-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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-</pre>
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