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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Memorias de un vagón de ferrocarril - -Author: Eduardo Zamacois - -Release Date: August 3, 2020 [EBook #62840] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - - - - MEMORIAS DE UN VAGÓN - DE FERROCARRIL - - - - - OBRAS COMPLETAS - - DE - - EDUARDO ZAMACOIS - - - I.--LA ALEGRÍA DE ANDAR. (_Croquis de un viaje por tierras de - Puerto Rico y Cuba, Estados Unidos, Centro América y América del - Sur._) - - II.--EUROPA SE VA... (_Novela._) - - III.--EL OTRO. (_Idem._) - - IV.--DUELO A MUERTE. (_Idem._) - - V.--MEMORIAS DE UNA CORTESANA. (_Idem._) - - VI.--LA OPINIÓN AJENA. (_Idem._) - - VII.--PUNTO-NEGRO. (_Idem._) - - VIII.--EL SEDUCTOR. (_Idem._) - - IX.--SOBRE EL ABISMO. (_Idem._) - - X.--CONFESIONES DE «UN NIÑO DECENTE». (_Autobiografía._) - - XI.--TIK-NAY «EL PAYASO INIMITABLE». (_Novela._) - - XII.--MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL. (_Idem._) - - XIII.--EL MISTERIO DE UN HOMBRE PEQUEÑITO. (_Idem._) - - XIV.--PARA TÍ... (Libro I.) (_Novelas._) - - - EN PRENSA - - PARA TI... (Libro II.) (_Novelas._) - - UNA VIDA EXTRAORDINARIA. (_Novela._) - - - - - EDUARDO ZAMACOIS - - OBRAS COMPLETAS - - XII - - MEMORIAS DE UN - VAGÓN DE FERROCARRIL - - NOVELA - - (TERCERA EDICIÓN) - - - RENACIMIENTO - SAN MARCOS, 42 - MADRID - - ES PROPIEDAD - - SERÁ ILEGAL TODO EJEMPLAR QUE - NO ESTÉ SELLADO POR EL AUTOR - - - Imp. J. Pueyo, Luna, 29. - Teléf, 14-30.--MADRID - - - - - MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL - - - - -I - - -Nací, por fortuna mía, vagón de primera clase, y mi ejecutoria acredita -la reciedumbre y nobleza de mi origen. En las buenas estaciones -provincianas, y más aún en las fronterizas, donde abundan los tipos -cosmopolitas acostumbrados a viajar, mi aspecto prócer y la pátina -obscura que me dieron, primero mis barnizadoras y luego la cruda -intemperie y el polvo de los caminos, dicen mi largo historial vagabundo -y atraen la curiosidad de las gentes. - -Procedo de Francia, de los famosos talleres de Saint-Denis, pero fuí -construído con materiales oriundos de diferentes países, y esta especie -de “protoplasma internacional”--llamémoslo así--que me integra, unido a -mi vivir errático, me vedan sentir fuertemente ese “amor a la patria”, -en cuyo nombre la ciega humanidad se ha despedazado tantas veces. - -La Compañía que me trajo a España pagó--con arreglo al cambio de aquel -día--veinte mil duros por mí. Los merezco. Casi en totalidad estoy hecho -con piezas de caoba y encina que, tras de perder toda el agua de sus -fibras leñosas durante varios años de estadía en los secaderos, fueron -severamente endurecidas bajo la llama del soplete; únicamente ciertos -pormenores y adornos de mi individuo son de roble, y me cubre una -tablazón de “teak”, madera muy semejante al pino que viene del Norte -europeo, y es inaccesible a los cambios atmosféricos. Mi peso -neto--quiero decir--cuando estoy vacío, excede de treinta y seis -toneladas. Tengo más de diez y ocho metros de longitud y tres metros y -cincuenta centímetros de altura, y la amplitud de mi techumbre cóncava -posee una majestad de bóveda. Durante muchos meses numerosos forjadores, -carpinteros, ebanistas, tapiceros, fontaneros, lampistas, electricistas, -estufistas y cristaleros habilísimos, trabajaron en mi fabricación, y -sus manos diestras maravillosamente fueron infundiéndome una solidez -excepcional y una rara armonía de proporciones. Con justicia mis -camaradas de ruta, a poco de conocerme, empezaron a llamarme _El Cabal_. -Soy ancho, cómodo, y, no obstante la gravedad de mi armazón, tiemblo -ágilmente, con sacudidas ligerísimas, sobre mi rodaje de cuatro ejes. No -todos los coches de mi rango podrían jactarse de otro tanto. Existe -entre nosotros una aristocracia que, sin vacilaciones, acusaré de -advenediza: figuran en ella los vagones más jóvenes que yo, fabricados -con tablas secadas imperfectamente. Yo les llamo vagones “de bazar”. Su -aspecto es bueno, pero carecen de resistencia: pronto sus miembros se -resienten del trabajo; crujen, gimen, sus puertas no cierran bien, sus -ventanillas cesan de ajustar, sus muelles fatigados se desmoralizan... -Además, por haber sido construídos de prisa y sin amor, les faltan -ciertos detalles complementarios indispensables a su ornamentación y a -la perfecta comodidad de los viajeros; y la verdadera distinción está en -“el detalle”... - -Las unidades de “primera clase” se dividen en dos categorías: yo -pertenezco a la mejor, a la de más rancia y pura aristocracia, y las -letras A A. que exornan mis portezuelas pregonan mi alcurnia. El -“cuarto-tocador” ocupa uno de mis extremos, y en el centro--lugar el -menos trepidante--llevo un “departamento-cama”. Mi interior, dividido en -seis compartimientos, es bello y blando, acariciador, confortador, lleno -de previsiones; femenino, en suma: los asientos, que fácilmente pueden -ancharse y convertirse en lechos; los almohadones mullidos; la -curvatura, propicia al descanso, de los respaldos; las abrazaderas, -sobre las que el viajero podrá descansar un brazo; los ceniceros; la -mesita que adorna la entreventana; las cortinas, que modifican la luz -solar; los tubos de la calefacción; los timbres de alarma; los espejos -biselados; los anuncios polícromos y las fotografías de lugares -célebres, que exornan mi tránsito; el silencio y precisión con que las -puertas se cierran y ajustan a sus marcos...; todo, en fin, descubre en -mí un alma “de hogar”. En invierno, especialmente y de noche, cuando el -frío escarcha los cristales y la máquina me envía a raudales generosos -su calor, y todos mis inquilinos duermen, y las manos de los enamorados -se buscan enceladas y febriles bajo las mantas, entonces mis -compartimientos parecen alcobas sobre cuya tonalidad gris mis linternas, -medio cerradas, semejantes a párpados indolentes, vertiesen una casi -imperceptible llovizna de luz. ¡Bello y rotundo contraste!... Fuera de -mí, el movimiento, la lucha, el peligro, la obscuridad, el fragor -tronitronante de los puentes, el estrépito ensordecedor de los túneles, -la lluvia, el granizo, la nieve, los vientos helados, la interminable -conquista de la tierra; y, dentro, la paz, el reposo, el bienestar de -las actitudes cómodas, el aire tibio, “la alegría de llegar”, con que -cada alma viajera se echó a dormir. ¡Ah!... Cuando me autoinspecciono y -me escucho vivir así, con esta doble vida tan plena, tan útil, pienso -que yo, todo “mi yo”, acogedor y bueno, es un corazón. - -No sabría determinar exactamente en qué momento mi personalidad comenzó, -pues mi conciencia surgió, como en los niños, por grados insensibles. -Con arreglo a un modelo, de los mejores, empezaron a construirme, pero -sin ensamblar mis miembros, porque la vía francesa es veinte centímetros -más angosta que la española, y mis constructores necesitaban -transportarme a la Península, que era donde yo debía servir. Este es el -período que podemos denominar fetal. Ya completamente terminado, pero -inconexo, desarticulado y amorfo, traspuse la frontera sobre dos -“trucks”, y llegué a Irún. Allí organizaron mis piezas, las unieron, las -empalmaron y trabaron solidísimamente unas a otras, me encolaron, me -enclavijaron, me barnizaron, me vistieron; allí mi figura adquirió la -silueta, el equilibrio de perfiles, que habían de constituir mi -personalidad. Soy, de consiguiente, español, puesto que “nací” en -España, pero de origen francés. - -Cuando, lentamente, con la suavidad de un lento despertar, fuí -comprendiéndome separado de los cuerpos que me rodeaban y distinto a -ellos; cuando la idea milagrosa del “Yo” me iluminó, semejante a una -antorcha, y pude decir “soy... existo...” ya me hallaba montado sobre -los recios mecanismos de ejes, ruedas, cojinetes y frenos, con que había -de caminar después, y las entrañas capitales de mi forzudo corpachón, -así como la techumbre y las ventanas, hallábanse acopladas y concluídas. -Evidentemente--no puedo explicar de otro modo el veloz incremento de mi -sentido íntimo--los dedos inteligentes de los herreros y carpinteros que -construyeron mis piezas más robustas, minuto a minuto fueron dejando en -mí latidos de pensamiento y de voluntad, y temblores de carne. Cada -martillazo que me asestaban, era como un llamamiento que hacían a mi -sensibilidad, embotada aún; las sierras me libraban de los trozos -inútiles; las garlopas y las escofinas que pulían mi tablaje, me -elegantizaban, y los tornillos de bronce con que aseguraban mis miembros -eran como ideas que fuesen clavándose en mí. - -Durante el impreciso amanecer de mi inteligencia, aquellos obreros me -eran aborrecibles. Les odiaba y al propio tiempo les temía, porque según -iban formando mi conciencia lo que hacían conmigo me causaba mayores -sufrimientos. Muy de mañana ocho o diez de ellos penetraban en mí, -armados de diversos instrumentos torturadores: éstos esgrimían sierras, -aquél un escoplo, estotro un berbiquí, un formón, una repasadera, unas -tenazas, un taladro o un martillo. El serrín, que es mi sangre, lo -ensuciaba todo. Para ir encajando bien entre sí las diversas partes de -mi armazón, mis verdugos me mutilaban, me oprimían y atarazaban de -innumerables modos. Los repeledores ahondaban los clavos de suerte que -sus cabezas desaparecían en mí; las garlopas insaciables me arrancaban -la piel, que caía en virutas; las barrenas me traspasaban como -remordimientos. Herido, raspado, tundido a golpes, mi cuerpo vibraba, y -a cada nuevo martillazo mis entrañas magulladas parecían romperse. Así, -a fuerza de porrazos y de dolor--como la conciencia en los -hombres--nació mi conciencia. - -Luego, aquellos bruscos jayanes de anchas espaldas y entrecejo hosco, -fueron substituídos por obreros más minuciosos, silenciosos y pulidos, y -menos crueles. Eran los ebanistas, los electricistas, los fumistas, los -tapiceros, los cristaleros, los fontaneros, los broncistas y los -pintores, de que antes hablé. Todos, a porfía, me raspaban, me limaban, -me clavaban, me mordían... ¡no acababan de corregirme!... y cuando -parecía que ya nada tenían que añadir, volvían a empezar: quién para -“rectificar” una línea, me quitaba unas virutas, quién me ahincaba un -tornillo... Todos, en una palabra, me hacían daño; pero yo comprendía -que asimismo todos me hacían bien, y esta convicción me enfervorizaba. -Más que el ansia de vivir, el noble deseo de ser bello iba encendiéndome -como a esas mujeres que, a trueque de parecer bonitas, aceptan las -peores torturas de la moda: el calzado estrecho, los pesados sombreros -que dificultan en las sienes la circulación... - -De día en día reconocíame más completo, más firme, más adornado y -hermoso, en fin; y también más consciente. Yo era como un cerebro que va -llenándose de ideas. Cada uno de aquellos obreros me daba--sin él -saberlo--una partícula de su alma; estos elementos inteligentes y -vibrantes, llenos de radioactividad, se acoplaban unos a otros y así mi -espíritu, en estado de nebulosa todavía, iba surgiendo de la síntesis de -todos ellos. - -Al artístico prurito de ser bello, añadióse muy pronto otro de alcurnia -moral superior: el de ser bueno, el de ser útil... Nació porque yo, -desde el lugar en que me hallaba, veía pasar muchas veces al día los -trenes que llegaban o salían de la estación; y al advertir que todas sus -unidades, fuesen de primera, de segunda o de tercera clase, se parecían -bastante a mí, deduje que en lo futuro mi misión sería, al igual de la -suya, transportar gentes de un lado a otro. - -Cuando los cristaleros ocuparon el vano de mis ventanas con magníficos -cristales de una pieza, vibré de júbilo: - ---Ya tengo ojos--me dije--y el polvo no podrá entrar en mí. - -Cuando los estufistas tendieron a lo largo del corredor y bajo mis -asientos los tubos de la calefacción, y los tapiceros me alfombraron y -revistieron mi interior de mollares colchonetas, pensé: - ---Los que viajen conmigo ya no sentirán frío. - -Cuando me proveyeron de “aparatos de alarma”, sentí el consuelo de no -hallarme desamparado; y cuando el electricista me impuso el dinamo y los -hilos magos repartidores de la luz, parecióme que dentro de mí acababa -de entrar el sol. Tengo mucho de humano: los conductos de la -calefacción, verbigracia, son mis arterias; las tuberías y desagües de -mi “cuarto-tocador”, mis intestinos; los hilos de la electricidad, mis -nervios; mi voz, el traqueteo de mis músculos. - -Un día cesaron de martillear en mí y de añadirme adornos. Mis -fabricantes y “servidores”, puedo calificarles así, barrieron y -sacudieron mi interior escrupulosamente, abrillantaron mis bronces, -fregaron mis cristales hasta dejarlos tan impolutos que se confundían -con el aire límpido, bruñeron el barniz de mis revestimientos y -silenciaron, con grasas especiales, mis herrajes. ¡Divina juventud! -Todo, dentro de mí, mostraba una alegría: el suave tinte gris-claro de -los asientos; la blancura inmaculada de la sencilla labor de “crochet” -que cubría los respaldos; las barras de acero de las redecillas -destinadas a equipajes; los picaportes y las paredes relucientes, la -densa alfombra roja y azul que tendía a lo largo de mi pasillo una -lozanía de pradera... - -Yo también estaba alegre; vibraba; tenía miedo. ¿Por qué?... ¿A qué?... - ---Has empezado a vivir--me decía secretamente una voz. - -Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella -aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de -Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios -hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera -vez...--¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!--mis ruedas voltearon -poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de -junio encendía el paisaje. Según avanzaba, todo en torno mío comenzó a -cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y -perspectivas nuevas surgieron ante mí. - -La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y -regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me -movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?... -Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo, -era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con -todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja -inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me -transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de -la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego -si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y -aparte!... - -Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi -destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi -vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante -reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera; -frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi -escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas -centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada -sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y -elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo -bien constituído, de mi euritmia perfecta. - -Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de -existir y “de sentirme”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y -dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos -viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en -casetas de guardavías. - ---Son coches inservibles--pensé. - -Y no tuve para ellos ni una compasión. - -Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me -impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz. -En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que -bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos, -techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre -el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras--los -Pirineos--y al otro lado el mar... - ---Pronto--me dije--conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a -mí... - -Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del -horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del -caballo de carreras que entra en un hipódromo. - - - - -II - - -Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de -producir. - ---¿Cómo?--exclamarán los hombres--¿Es posible que los objetos que -estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga -a la nuestra? - -Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de -que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto. - -La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza -absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos -correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente--y -esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas -de hierro--la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un -“cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta -para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida--este substantivo -debemos escribirlo siempre con mayúscula--morir es... mudarse de -traje... - -Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del -cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más peldaños -que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein -tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen -partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla -bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla: - -El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e -incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va -acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir: -Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se -inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte -“morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse. - -Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que -pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del -cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se -atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que -las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el -tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de -la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto--que -es el que yo explico aquí--se reduce a la eterna aspiración de la -materia a convertirse en espíritu. - -Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de -otros mundos: - -En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo -él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una -voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel -portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la -corteza terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros -minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento, -inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas, -y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos -rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció -la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos -después--el Tiempo prodiga su caudal--se inicia la aurora del reino -vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se -enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo -indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y -preciso. Lo que llamamos “inorgánico”--que no lo es “absolutamente”--se -convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es -evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su -oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el -reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más -tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que -se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de -civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día, -porque la Vida--como antes dije--es el anhelo insaciable que sufre la -Materia de hacerse Espíritu. - -Aclararé mi teoría con un ejemplo: - -En el hombre--tuve ocasión de observarlo mil veces--la parte física -declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos -grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor -espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen de -abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la -sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está -derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún. - -Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los -vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en -actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un -ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo -trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra, -porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y -así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del -Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más -inteligente--para decirlo de una vez--que otro, al parecer igual, -fabricado con elementos de un campo cualquiera. - -La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más -torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no -hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se -hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal. -Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones -de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y -ennoblecerla. - -Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus -costumbres. - ---Antes--dicen--la humanidad era más cruel. - -Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto: -pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?... Poco a -poco la materia--toda la materia--se ha vuelto más sensible: los -animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño. -A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el -resultado de nuestro miedo a sufrir. - -Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos -más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen -timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en -la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y -recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde -procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que -una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un -movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó -hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la -psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de -pensamiento”--las designaré así--que los seres vivos dejan en los -objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas -a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis -leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza -magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell, -tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el -haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las -placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero, -transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los -cubre?... - -En un día, lejano aún, pero que llegará, el hombre obtendrá la posesión -de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos, -y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en -un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no -se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los -mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del -movimiento y lo sujeta--¡oh paradoja!--en una cinta de celuloide, y -Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese -ante su pueblo con la profética frente orlada de luz. - -Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y -las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen -sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años--lo -que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos--¿por -qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los -incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la -expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un -guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le -transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma... - -Este es mi caso. A la sensibilidad inherente a las maderas de que estoy -formado, debe añadirse la que recibí, por contagio, de los operarios que -me construyeron. Yo retengo las imágenes, como las placas fotográficas, -y recojo los sonidos al igual de los cilindros fonográficos, y asímismo -soy accesible a las emociones del olfato, del tacto y del gusto. En mí, -sin embargo, los órganos de la percepción no se hallan circunscriptos y -delimitados, como en el hombre. En lugar de cinco sentidos, poseo un -sentido que resume el funcionalismo de aquéllos: un sentido que, -semejante a una epidermis, cubre todo mi cuerpo; un sentido que es mi -alma, mi conciencia, mi Yo; y con el cual, a la vez, oigo, veo, huelo, -palpo... y así “todo mi Yo” se halla íntegro y simultáneamente en cada -una de mis partes. Mi psicología, aunque elemental, me satisface. -Evidentemente la vida de relación en los animales es más activa, más -intensa, pero esto mismo les agota y obliga a dormir; mientras yo, salvo -momentos contadísimos, nunca tengo sueño, y así, viviendo menos que -ellos, acaso viva más. - -Todo lo que sé--muy poco--lo aprendí oyendo conversar a mis viajeros, y -leyendo en los periódicos y en los libros que ellos leían. Cada persona -que entraba en mí--y fueron muchas en los cuarenta años que llevo de -existencia--era para mí una “idea nueva”. Espiaba sus actitudes, atendía -a todas sus palabras, procuraba, en fin, aprendérmela de memoria... Y -este estudio perseverante fué acercándome a ellas, e inculcándome una -vida muy semejante a la humana. - -Los hombres no sospechan nada de esto. Si en la paz de la noche, y -hallándonos detenidos en cualquiera estación, alguno de mis miembros -cruje, ellos nunca imaginan que en ese ruido pueda haber un dolor, un -recuerdo o un comentario; ellos “oyen el silencio”, pero su sensibilidad -no recoge lo que dice el silencio. A veces quieren comprender... pero no -pasan de ahí. Muchas veces dos amantes, al hallarse solos, se han -besado; y luego de besarse miraron a su alrededor, pareciéndoles que -alguien podía haberles visto. ¡Lo cual era cierto, porque yo les había -visto!... Pero esta emoción no pasó en ellos de la categoría de -adivinación o presentimiento, y se borró en seguida. - -Los autores gustan de escribir sus “Memorias” al empezar a sentirse -viejos; en esa edad, delicadamente melancólica, en que la Vida, -separándose un poco de ellos, se hace recuerdo. - -Los présbitas no ven bien de cerca; a distancia, sí; y la presbicia no -se presenta, en los hombres de vista normal, antes de los cuarenta años. -Se la creería una compañera de la experiencia y del desengaño. Con lo -cual la Naturaleza--ironista sutil--parece decirles: - ---¡La Vida!... ¡No es que sea mala!... Pero, ya que no puedes seguirla, -mírala desde lejos. Es mejor... - -Yo, no hice esto: mi vida está escrita a trozos, rápidamente, -desordenadamente, según la viví. Como ella, estas páginas son una -improvisación. - - - - -III - - -Ha transcurrido mucho tiempo desde mi primer viaje, y mentiría si dijese -que he sido feliz. La vida me maltrató bastante, trabajé sobrado y la -realidad estuvo siempre en déficit doloroso con el ensueño. Vivir es -echar a perder una ilusión. - -Como nací aristócrata, detesto al populacho, en quien la inclinación a -lo feo es instintiva. Aborrezco esos individuos, enriquecidos por una -pirueta de la Fortuna, pero desprovistos de cultura social, que ensucian -con el betún o el barro de sus botas y la grasa de sus meriendas la -pulcritud de mis divanes, y tiran sus colillas encendidas, y escupen en -mi alfombra. ¡Oh! La primera vez que recibí un salivazo, hubiese querido -descarrilar, romperme en mil pedazos, morir... - -También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la -fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el -automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis -itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro -seiscientos setenta milímetros... - -Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso -que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí -lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario -manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres -“desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por -eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor -los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las -voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y -hasta las mismas razas tienen--como nosotros--en su Destino, una -locomotora que las arrastra. - -En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo -apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes, -y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las -unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor -sumiso que todos profesamos a la máquina. - -Este cariño de sierva enamorada--cariño todo esclavitud--empecé a -sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte -del expreso Madrid-Hendaya; distinción que--más tarde lo supe--me captó -el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban -en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay -envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades -hacen los hombres... - -A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos, -pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las -amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un -dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró -hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un -silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me -hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía -una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al -andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante, -lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme -hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo: -la acompañaban un furgón de equipajes y un _sleeping-car_. Su aspecto -infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y -sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del -“ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y -latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí -palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu... - ---¿Me hará daño?--pensé. - -Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era -de dolor. - -Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de -sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba -rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo. -La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí -que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir... -pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada--breve, seca, como una -orden--retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado -volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué -retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así, -repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto -de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular -presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos, -y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo -desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie -de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me -produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los -hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer -nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No -obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más -enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo, -nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y -reaccionaba. La máquina--después supe que la llamaban “La Recelosa” por -el miedo con que entraba en las curvas--comenzó a apretar los frenos; en -seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su -obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me -sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras -extrañas sacudidas me estremecieron. - -El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un -electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria -llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción -quemaba; no podían poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El -“aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia -súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores -hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca; -todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos; -todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban -bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos -del cuarto-tocador. - ---¡Bonito coche!--recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al -marcharse. - -Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre -quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su -fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado, -no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos -tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el -convoy, iluminado y vacío. Al cabo--¡cuánto se lo agradecí!--el -_sleeping_ me habló: - ---¿Qué dice el bisoño?... - ---Tengo miedo--repuse. - -Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo. - ---¿Qué ha contestado el novato?--interrogó. - -Repetí. - ---Digo que tengo miedo. - ---¡Más miedo tendrás--exclamó el _sleeping_--cuando echemos a andar: tú -no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan -puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!... - -Los viajeros iban llegando y repartiéndose a lo largo del convoy. Mi -primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras -ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas -para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de -baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor -que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo. -Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las -siete, en punto, partimos. La máquina silbó. - ---Ya nos vamos--observó el _sleeping_. - -¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y -de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo, -porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza -el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi -los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina -de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular, -los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o -rojos, había una advertencia... - -Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron -los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he -atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y -bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al -Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea -Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego -pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada -sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante” me -compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la -de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve -vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral -catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el -tumultuoso trajín de los caminos de hierro. - -Hablaré primeramente de la máquina: - -Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de -ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida -moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos -nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa -que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las -máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos -inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo -miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La -Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La -Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y -los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y -también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna -otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a -los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La -Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander -la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La -Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”... - -No ofrecen los diccionarios palabras que expresen el aplomo ufano, la -confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes -locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil -pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así -pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una -velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el -alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las -iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará -pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche -sus ojos enormes--uno blanco, otro púrpura--aclararán el misterio -entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los -llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus -frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a -marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas -veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde -pase, su séquito puede avanzar también. En los choques--más de uno he -sufrido--ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole, -bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la -unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la -gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende -alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles, -transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida -columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia -retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién -discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la del Destino. La -locomotora es el macho, es el sol... - -El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto -admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más -“de igual a igual”; que, al cabo, aunque los _sleepings_ creen merecer -más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a -nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los -“tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y -desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar--pues -nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para -papelonear y empinarse--, lo cierto es que todos somos hermanos, pues -ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad -nos obliga a constantes armonía y obediencia. - -Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi -nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos -encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material -rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que -el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de -Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de -descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los -lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun -de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o -mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas, -cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una -pendiente o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el -“expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los -crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña -Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le -queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las -humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las -épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un -vaivén particular que nunca me engañaba. - -Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada -momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan; -son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados -exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de -“tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha -inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los -maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los -destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando -el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre -sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre -trabajar sin gusto, no se quieren!... - -Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y -somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales -se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con -términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos -de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser -el más viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”, -y el _sleeping_, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba, -“La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo -nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”. - -En las estaciones del tránsito cuchicheábamos: - ---La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de -retraso. - ---Quien está fatigadísima es La Primera Actriz. - ---No habrá dormido. - ---¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién -casados? - -Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de -España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es -el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el -coche-correo--el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas--; -los dos furgones para equipajes, dos _sleeping-cars_, apellidados los -“Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que -no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el -mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña -Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho, -particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos -este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos -viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y -a su lado, fortalecido por ellos--todos eran más viejos que yo--afronté -los primeros riesgos. - -¡Cuánta experiencia--que es sabiduría de “primera clase”--acumulé en el -transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a -desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de -monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de -ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían -de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el -aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la -ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo -ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana, -me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además, -en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi -arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de -furor... - -No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que -es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren -por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre -parecen. - - - - -IV - - -¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da -el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender -mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas -después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de -humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero -engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin -recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la -limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los -militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón -hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor -propio, se había puesto en pie. - -Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de -Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su -miedo me turbó. - ---¿Sucede algo?--le pregunté. - ---Los túneles--balbuceó--; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con -ellos... - -Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo que eran puentes... -Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía -toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos -acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito -tableteó ensordecedor. Inquirí: - ---¿Por qué silba La Recelosa?... - -El Tímido repitió: - ---Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que -te entierran!... - -No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis -ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció -volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor. - ---¡Estamos sobre el Oyarzun!--gritó un _sleeping_. - -Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la -otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una -horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la -máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres -arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de -magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre, -la alegría del cielo que empieza a estrellarse... - ---¡Ya sabes lo que es un túnel!--me dijo el _sleeping_ que iba a mi -lado, y a quien mi inocencia divertía. - -El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel; -había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de -aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo -apoderarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en -mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía, -las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En -los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos -cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio -inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones, -todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban. -Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas -oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu: -me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y -los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no -atienden al paisaje. - -Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme. -Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces -llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo -iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de -hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un -abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era -exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una -montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá -abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una -hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil: -bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un -gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía -una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en -la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros... - -Ya en Castilla, a la sazón llena de luna--era próxima la media noche--la -tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta -ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren -silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura -las almas de equilibrio. - -Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol, -me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido, -casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no -estaba cansado. - -El _sleeping_ se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de -una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino. - ---¿Cómo marchas, chaval?--indagó. - ---Bien. - ---¿Te duele el cuerpo? - ---No. - ---Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde -Miranda, tiene muy brusco el trato. - -Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había -sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El -Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que -en Avila volveríamos a cambiar de máquina. - ---De Avila a Madrid--agregó--nos llevará La Caliente, que, como La -Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras -de mayor arrastre de la Compañía. - -Enfrentábamos la estación de Ataquines, último pueblo de la provincia -de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial: - ---En pasando de Burgos--exclamó--lo mismo me da una máquina que otra. Yo -adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca--tierra sin -dobleces--donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el -peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te -hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo -solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás, -y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el -Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera. - -El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de -los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en -España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido -reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo -pintaron de negro definitivamente. - -Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia, -sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo -tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el -remolón en las cuestas arriba. - -Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y -seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la -Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado -de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso -peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme. - ---¡Calla ya!--le supliqué--; ¿qué mejoras con asustarme? - -No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir -su miedo. - ---Tú has de verlo--repetía--, tú has de verlo; un día ese maldito nos -tragará a todos. - -Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me -colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto, -condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña -ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles. - ---¿Qué haces?--murmuraron malhumorados los _sleeping_. - -Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a -seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a -silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo -arranque de rebeldía, sin embargo. - ---¿Qué haces, muchacho?--repitió el _sleeping_. - -Y El Tímido: - ---Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!... - -Un _sleeping_ tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa -de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible -imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca -del primer túnel inicié--no me explico cómo--un ademán de retroceso que -se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo -un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo -de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los -furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña -Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó: - ---¿Qué sucede? ¿Quién se para?... - -Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de -Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se -resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi -cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”--decidí. Reanimado por esta -noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las -alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a -Madrid. - -Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén -descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron: - ---¿Cómo te sientes?... - ---Bien--repuse. - -Todo el convoy se preocupaba de mí. - ---¿Estás cansado? - ---No. - ---¿Nada te duele? - ---Nada. - -¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un -solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me -admiraban. - ---Propongo--dijo un _sleeping_--que a este buen mozo le llamemos El -Cabal. - -Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado. - -Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los -vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su -fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más dilecto de éste, su -principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador -inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre -el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes, -otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos -guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo -empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de -sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el -temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del -Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las -cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá -luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese -apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae; -todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos, -la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más -patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la -muerte. - -Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado: -siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que -protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin -advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan -armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda -del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”. -Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra -con esa alegría aventurera--ansia instintiva de desplazamiento--que yo -llamaría “el placer de irse”. - -Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas -divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues -fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero -los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me -basta. - -En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los -niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban -mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me -impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de -observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta--palidez de -drama--de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde, -mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto -en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse, -caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que -compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas -siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré -mientras viva. - -Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y -difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque -limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone -muchos años de labor. Los hombres--en su mayoría frívolos y -fatuos--raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto -me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero -hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda -América, como si “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió -trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que, -por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las -ventanillas porque “ya conoce el camino”... - -Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años--antes lo dije--he -recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente. -En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el -análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el -contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas: -la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores--los -pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de -súbito, detrás de un monte--viene después. ¿Cuándo los hombres -reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo? - -Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un -itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a -la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San -Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la -célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos -del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral -burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de -sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de -Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del -Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días -Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la -silueta--que forma horizonte--de Madrid, nos saldrá al camino. Muchos -millares de personas saben todo esto; lo dicen las _Guías_... - -Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual -necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo -podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada -paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro... -ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según -sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en -lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de -sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras -impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados -de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos -vivimos de todo. - -Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la -humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los -expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el -furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el -vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de -ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al -escrutinio y clasificación de los viajeros. - -Así formé mi alma. - -Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo -primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a -ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al -igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se -nos quita de delante, se nos ausenta del magín su recuerdo. Pero de -otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde -aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes -agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la -inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio -millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya, -se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado -carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada, -cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento -cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un -celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había -engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me -permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto -copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se -mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y -en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que -parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes... - -La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio. -¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se -creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo -que un alma desnuda. - - - - -V - - -Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto -suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar -siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de -mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme -y oir lo que se charla dentro de mí. - -La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer -orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la -farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de -otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que -observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de -comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución--yo -tengo toda la seriedad de un real mozo--, sino de la alogía que los -hombres sembraron en mí. - -Voy a explicarme: - -Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba -sobre las puertas de mis compartimientos unas láminas de metal que -decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de -viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta -única palabra misteriosa: “Alquilado”. - -En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a -estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar -donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi -tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel -departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no -escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En -cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a -viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un -enfermo?... - -Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron -resquebrajándose. - -Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de -porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y -llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de -granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para -no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas, -sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un -lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba -vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un -poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda -satisfacción. - ---Le gusta viajar solo y procura aislarse--meditaba yo--; ¡bien se -advierte en él a un refinado!... - -¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un -“Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel -caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado: - ---¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!... - -El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir. -Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis -cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío -terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin -embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba: - ---Estoy helado--gemía--; todavía no he conseguido que mis ruedas entren -en calor... - -En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi -ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las -puertecillas cerradas. - ---Podemos meternos aquí--propuso uno de ellos--; no hay nadie. - -Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía -desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó: - ---Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de -ir vacío. - -Yo pensé: - ---¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su -tabaco... - -Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra. -Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando, -reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron: - ---Buenas noches... - -Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus -almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño. -Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de -reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a -decir: - ---Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar. - -Me quedé turulato al oir responder a los interpelados: - ---¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores. - -Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les -hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó: - ---Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No -fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa -prohibición espanta al público. - -Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”. - ---¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!--exclamó el más viejo--. ¡Y ya -ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un -adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces... - ---En Italia--comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”--es -“vietato fumare” hasta en los cementerios--a cuyos pobres huéspedes -parece que ya ningún daño había de hacérseles--y en los trenes a los -“fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que -el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del -tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras -mujeres--y esto es decisivo--las gustan los fumadores... - -Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó, -el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos -luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su -billete, preguntó burlón: - ---¿Podemos seguir fumando? - -El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían: - ---Mientras a ustedes no les haga daño... - -Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No -fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre -comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y -furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a -reir. - -El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión. - -A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya -belleza--y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa--llamaba -fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió, -adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro, -distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya; -era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del -_dining-car_ empezó a recorrer el tren informando al público de que “la -primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó -sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se -dirigió al comedor. - -En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances -galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con -las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era -un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar -voluntades. - ---Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan -nuestras camas--decían--se conocieron en él. - -Según supe después--los vagones nos lo contamos todo--la protagonista -del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas -llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en -un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al -par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin -duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él -acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron -cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que--según -expliqué en otro lugar--veo y oigo por todos mis poros. - ---En pasando Segovia--murmuró ella--puede usted venir... - -Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía: - ---Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien -perfumada? - ---Sí; acaba de volver del comedor. - ---¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con -hechuras de boxeador?... - -Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe. - ---¡Bravo!--exclamó jovial--; me juego una rueda a que esta noche le -tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!... - -Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver -mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con -aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le -esperaba. - ---Entre...--susurró desde dentro una voz. - -Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna. - ---Un hombre como él--pensé, jugando con la frase--es siempre un -“reservado para señoras”... - -Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que -el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje -una mujer sola. - -En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento -que los interventores procuran conservar vacío para, después de -terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos. - -¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis -dependencias, la más sucia?... - -Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en -tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si -estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el -rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que -ni siquiera se acuerdan de lavarse. - -Del grupo primero hay uno--casi siempre hombre--que, no bien comienza a -despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de -utensilios de aseo, y se encierra--se atrinchera, mejor dicho--en el -cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse -escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa -interior, y a pulirse las uñas. - -Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y -provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al _Water-Closet_ y al -cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el -uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer -viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire -cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos -instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y -dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los -que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una -toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la -necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos -aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola” -comienza a impacientarse. Una voz interroga: - ---¿Pero todavía no ha salido nadie? - -Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan: - ---El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora -que espero y soy “el quinto”... - ---¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a -luz!... - -Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor -general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es -“el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del -vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco, -del _Water-Closet_. De súbito, la puerta--¡oh!--del cuarto-tocador se -abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como -reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos -le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va -perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de -desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara. -Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a -una ráfaga vernal, en la atmósfera densa--ambiente de alcoba--del -pasillo. - - - - -VI - - -Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han -divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo -sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo -mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y -dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos -mujeres, habrá un escenario. - -Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y -frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano. - -En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo -Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada -Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía -por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y -por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables. -Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina -del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a -Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a -desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy, antes de instalarse -recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se -quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente. -Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía. -Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual -sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su -espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos -actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es -una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él -los objetos--paredes, muebles, árboles--entre quienes vivió unas horas y -a los que fué simpático. Una costumbre--señores psicólogos--no es más -que la simpatía que el hombre deja en las cosas... - -Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo -Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos -subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida -modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina -y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de -artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y -con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al -oído, se apretaban las manos... - -Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio -mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo: - ---¿Tú les crees--dijo--marido y mujer? - -Sin vacilar, Ricardo repuso: - ---Me parece que no. - -A pesar de esta afirmación categórica, ella vacilaba; en su cerebro -pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares. -Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como -andar sin corsé... - -Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no -apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que -representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación--muy -frecuente entre mujeres descalificadas--a creer que fuera de la -legalidad el amor no existe, la animaron a decir: - ---Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada. - ---Si lo es--interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar--lo estará -con otro. - -Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo -volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra -claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no -había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de -dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se -alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir. -Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se -despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo, -colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a -Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos -que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía -que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano. -Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se -demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella, cuyas -pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad -abrumadora: - ---Sí, sí... ¡Un momento!... Sí... - -Y ella: - ---No me atrevo; calla... Serénate... - -Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en -éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un -departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente. - ---Ven--murmuró desde la puerta. - -Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que -su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible, -casi con el aliento: - ---No tengas miedo... no hay nadie... - -Y ella: - ---No me atrevo... - -Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en -su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia: - ---Ven... ven... - -La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza, -y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi -dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado -por el deseo, él aun pudo balbucir: - ---Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta... - -Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y -salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon. - -Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se -incorporó: - ---¡Gracias a Dios!--exclamó entre festivo y malhumorado--que el joven -de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán -de qué hablar y nos dejarán tranquilos. - -Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía: - ---¿Ves?... - -Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes: - ---¿Se han ido?... - ---Sí--replicó el dramaturgo--; pero volverán. ¿Te convences ahora de que -se quieren demasiado para ser matrimonio?... - -A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de -pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo -y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita -quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se -había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de -verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa -en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación. - ---Se ha despedido de ella y de nosotros--dijo--para despistarnos: pero -sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están -casados!... - ---Me figuro--contestó él--que la comedia no ha terminado aún: adivino -una última escena. - -Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o -más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que -esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de -mí y con la cara expectante del hombre que aguarda, que busca, al -escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a -Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén; -los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y -fraternal. - ---¡Pedro!... - ---¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes? - ---De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí? - ---Espero a mi mujer. - -Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de -gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas. -Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor -con una mueca indefinible, glacial... - ---Pero... ¿qué es esto?--exclamó Guisola--; ¡oh, casualidad!... - -La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la -Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que -era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima. - ---¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...--concluyó el -escultor. - -Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis -estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba, -repetía: - ---¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como -hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a -Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!... - -Con cierto entono--aquel hombre fué toda su vida un poco -teatral--procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió -ceremonioso: - ---El célebre dramaturgo Méndez-Castillo... - -Ricardo se inclinó. - ---La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre, -hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios. - -Y agregó, gravemente: - ---Mi señora... - -Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un -saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no -diría nunca lo que había visto. - -Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único -que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola. - - - - -VII - - -Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta -Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido -mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio, -me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente -entre un vagón que me impele--y que, a su vez, es empujado--y otro vagón -que me arrastra--porque a él también lo arrastran--he perdido la fe, tan -bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!... -Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha -concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones -de una cadena, unidades del universal convoy?... - -Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios, -como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos: -porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar, -soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de -donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por -todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y -otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van -y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra, -una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco. - -Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones: -todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de -las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las -locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la -febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para -nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por -encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento -folletinesco, de la niebla--la divina musa de los ojos cerrados--que en -la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la -alquitarada angustia de una indecisión... - -Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las -quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes, -abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos -falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna -estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna -maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de -aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino. - ---Yo--suele decirme Doña Catástrofe--necesito saber que tenemos máquina; -“sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal -de no estar solas, se casan con cualquiera. - -Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por -ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los -Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino, -nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos -medioevales, “las llaves de Castilla”... - -Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo -de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés -pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor” -que llegaron a España. - ---¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!--decía--; las -locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o -chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión -viajó conmigo un señor ministro... o senador--no recuerdo bien--a quien -todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y -poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una -ventanilla, saludó a un señor--que luego supe le administraba varias -haciendas--y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A -la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con -urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la -marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”--indagaba don José. Su -colocutor contestaba:--“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo, -como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”--“¿Y la langosta?”--“No se ha -presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media -hora, preguntando el uno y el otro respondiendo, hasta que, agotado el -diálogo, el rústico exclamó:--“Bueno, don José: deme licencia para -marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y -quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió -delante. - -También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja -ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por -primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea -propietario de un burro, pueda casarse... - -Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido--notable -embustero--solía edulcorarnos la monotonía de la ruta. - -En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y -vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo; -de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío -a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí -es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la -estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro -lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas -son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si -no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha--si bien -muy de tarde en tarde--los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco, -nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo -Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del -mundo. - -Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba -aún con mayor ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la -Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura. -Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos -rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La -Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había -patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del -furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones -detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento -nos dictaba ideas lúgubres. - -En Avila, La Caliente--que apenas había hecho justicia a su nombre--se -marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto -que--no me explico el olvido--había quedado a la intemperie. Su aspecto -me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un -viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente -frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez--pensé--estaré -yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no -pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos... - -La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la -presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña -Catástrofe renegaba. - ---Como ésa tarde mucho en venir--aludía a la máquina--voy a quedarme -helado. - -Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de -atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que -nunca. - ---Esta maldita--meditaba yo--va a hacernos pasar esta noche un mal rato. - -A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía, -por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente. - ---La Tirones ha bebido y está borracha--decía El Presumido. - -¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser -normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres -blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve. -Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El -terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a -la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que -La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren. -Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante -largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos... - -Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora -comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin -interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro -inminente. - ---¿Qué sucede?--nos interrogábamos unos a otros. - -La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el -recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El -camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar -hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo, -algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se -preguntaban: - ---¿Por qué grita la máquina así? - -El ténder se lo dijo al furgón de cabeza: - ---Un hombre acaba de arrojarse a la vía. - -Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy. - -Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos -y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con -celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último -furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa -de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco. -Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de -sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los -coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada -vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones -le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón -cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del -Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo -aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la -columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando -entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre, -sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El -convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo -torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la -nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco... - -Durante todo el viaje el recuerdo de la terrible escena me acongojó. El -cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido -de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la -izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque -muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había -en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo -hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo -contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la -sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella -frente, habían apagado una luz. - -Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada, -tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña -Catástrofe trató de aliviarme: - ---¡No te apures, Cabal!--exclamó--; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido? -Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha -sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando -que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre. - -Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían -consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que, -veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió -el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los -empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos -días. - -Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las -gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo -había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el -mar, se perdían en la melancolía del mismo color. - -A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy -Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o -nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro -horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de -Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era -blanco... - -Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para -los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los -árabes, el violeta; para los europeos, el negro. - -Yo pensé: - -“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...” - -La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar -de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca -del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la -noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un -campo nevado. - -Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los -colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del -espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los -cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la -más fecunda, es negra. En Africa--aseguran--como en el Brasil, la -naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias -genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta, -la más llena de instintos, es la negra. Shakespeare no comprendió que -Otello tuviese los ojos azules. - -Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente, -su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad -penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la -frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas -muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve. - -La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace -pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a -polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio, -adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último -gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno -equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su -colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus -miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió -a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde, -cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes -resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían -aún... - -Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los -linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de -las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera -preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del -mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las -cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla, -inmóvil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los -arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores: -una especie de humareda yerta invade el espacio. - -La nieve también es el silencio. - -Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase -que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras -están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan -despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes -caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz -asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de -noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos, -oblicuos, parecen lápidas. - -La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los -vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la -voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte. -Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así. -Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se -cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las -olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto, -todo frío, todo blanco... - -A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe -seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al -convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con -el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo, -El Tímido, El Presumido, los Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos -volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la -atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles -limpios, camareros de frac... - -A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos -kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de -estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta, -Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín, -Ormaiztegui... - -Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto: - ---¿Os acordáis? - ---Sí, sí--respondimos todos. - -Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No -tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido -sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería -decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al -muerto?... - -De pronto, casi a la vez, exclamamos: - ---¡Aquí fué!... - -Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que -despertó a los viajeros. - - - - -VIII - - -Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de -estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los -Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores -y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San -Antonio de la Florida. - -La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba -un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría. -En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se -modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del -furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la -vanguardia. - ---¡Bien colocado vas, Cabal!--me gritó el compañero que había pasado a -ocupar mi puesto. - ---¿Por qué?--repuse. - ---Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la -máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas -tocarte. - ---Más viejo eres que yo--repliqué--y motivos tendrás para hablar como lo -haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La Caliente han de -sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir -soy yo. - -Mi colocutor exclamó sentencioso: - ---¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los -requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el -mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste -en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy -poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una -operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro -del Destino es el único libro en donde todo “está bien”. - -No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura -invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y -cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a -poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a -tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de -la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las -rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen -caretas... - -Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una -señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con -una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de -pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su -esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar -periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque -sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el -aspecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó -cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y -decepcionados--ojos que habían visto mucho--, que iba y venía -escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una -vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me -pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella. - -La señora decía a su marido: - ---Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida... - -Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora, -mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al -caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté -al compañero que me seguía: - ---Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido -de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo, -metidos en la abertura del chaleco?... - ---Ya sé quién dices--atajó El Misántropo--; viaja detrás de mí, en El -Tímido. ¿Te interesa? - ---Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado. - ---¿Uno?--repitió--; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que -un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer. - -Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y -bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles -antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es -porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles -hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba y ella la que, -misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un -tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?... -¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...” - -Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus -labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente -desdeñoso. Yo meditaba: - ---Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no -se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera -al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por -caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso -rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene -razón de ser”... - -Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa: - ---¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré... - -Contuvo un bostezo. El exclamó: - ---¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar. - -La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa -blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible. -Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama... - ---¿No habrá aquí nada malo?... - -El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa -de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué -bien se vive al lado de una compañera así!...” - ---Creo que no--dijo--; el librero me aseguró que era una novela “para -señoras”... - -Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan -cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces -oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede -usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es -para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes -así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden -por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en -árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral -nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que -no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha -el país!... - -La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una -horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el -asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse, -lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra -en la que no había pecado. - -El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el -interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que -entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de -riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los -billetes, el interventor exclamó: - ---¿De modo que usted se apea en Medina? - ---Desgraciadamente--replicó don Adelardo--: Carmen, mi señora, va a San -Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el verano. Yo, me -quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una -Fábrica. - -A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo. -Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse -tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por -la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba -anhelante, la respiraba, parecía bebérsela. - ---Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame--rogaba el marido. - ---Lo haré así; ¡como siempre!... - ---¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte! - ---¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame. - -El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida: - ---Mi alma... - ---Adiós--repetía la esposa--; adiós... - ---¡Mi vida!... - ---Ten cuidado; corre... que el tren se marcha. - -Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón, -él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le -enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las -manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las -frases acongojadoras de las despedidas: - ---Te quiero; no me olvides... - ---¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós... - -Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y -partimos. - -Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo -hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió, -exhaló un suspiro de liberación y levantó el cristal. ¡Cuánto se lo -agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el -bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero -del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi -maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más: -era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo. - ---¡Carmen!--murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un -gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo. - -Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se -lo impidió. - ---Siéntate enfrente de mí--murmuró--y sé prudente; el inspector conoce a -mi marido... - -La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros, -esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...” - -Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y -de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital -donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el -viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo, -apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna -vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego -tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios. -La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un -valor de varios millones. - -¡Y, sin embargo--reflexionaba yo--, ella no le quiere!... El delito no -era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los -barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las -leyes, el pájaro azul de la ilusión canta victorioso, y no siempre -queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en -la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido -un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y -desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia. -¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su -marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé, -ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la -lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único -cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido--y ante el -desengaño del matrimonio--suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como -de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia--dentro o no de -los Códigos--es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de -la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”; -mientras en Occidente cada hombre cuida--_in pártibus_--de las mujeres -ajenas. - -Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente, -tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad -de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna. - -El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al -llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de -la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el -expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente, -aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un -buen beso fuerte y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su -marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a -su compañera una sortija. - ---En recuerdo--murmuró--de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo -muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a -estar juntos. - -Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de -alegría infantil; acaso--¡oh, dolor!--hubo en ellos un poquito de -codicia también... - -Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija, -que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero -de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor -tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella -sabía tasar una joya!... Después--me parece que sin prisa--, dentro del -aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar: - -“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la -sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una -tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!... -¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda -lucir la sortija cuando esté a su lado...” - -No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que -los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras -eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su -corazón. Continuó meditando: - -“Lo mejor será borrar esa inscripción comprometedora. Yo le diré a Juan -que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se -enfadará...” - -El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y -hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco -los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje -habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea, -“tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de -claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca -del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar -muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al -salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros. -Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las -actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros -pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y -lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero; -el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó. -La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se -aburría; entonces, a no ser por la sortija... - -La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la -obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija! - ---¡La he olvidado en el lavabo!--bisbiseó. - -Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con -zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi trepidar, -y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una -curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a -no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto -asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado. - ---¡Oh!--rugió desesperada. - -Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar -su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los -nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía -a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero: - ---Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie -viene por gusto... - -Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con -aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo: - ---¿Ha visto usted una sortija? - ---No, señora. - ---Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante... - -Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los -ojos. Esta hizo un ademán inocente: - ---Acaso esté--dijo--; verdaderamente, yo no he mirado. - -Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones, -arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido; -introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió -papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose, -aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con -quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero, -¿quiénes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba -febril. - ---¿Qué hacer--repetía--, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!... - -Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su -busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada -había visto, pero prometió informarse; preguntaría... - ---Que la sortija aparezca--dijo--, depende, como usted comprende bien, -de la honradez de quien la haya encontrado. - ---Yo creo--afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos -desconocidos que vió al salir del “tocador”--que la tiene un viajero de -mi coche; o del coche que va delante del mío... - -Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que -aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de -buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba -rota... - -Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que -iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido -con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo -había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron, -interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos -mientras se oprimían las manos. - -Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste: - -“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge -tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...” - -Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron -dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió: - ---¿Qué tienes?... - -Carmen repuso: - ---Los nervios; no es nada. - -Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la -sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí -decirle--pensó--que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se -quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una -bruta!...” - -Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y -febriles. Su marido llegó a inquietarse. - -Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante. - ---Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre -delante. - -Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde, -repuso: - ---Esa sortija no es mía. - -Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don -Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer: - ---¿Es tuya? - ---No. - -El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las -piedras. - ---¡Es bonita!--murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja--; -bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado... - -En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla. -Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija, -diciéndole: - ---No es nuestra. - -El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a -pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía -delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O -las sortijas extraviadas serán dos?”--pensó. Desconcertado y receloso, -pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase -a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó. - ---Te ha confundido con otra viajera--comentó don Adelardo. - ---¡Sin duda!... - -Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía -a su semblante. El esposo continuó: - ---¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese -quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada -tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante. -¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita... - -Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su -pensamiento: - ---O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la -inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”. - -La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la -sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos. -Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se -desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al -vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija. - ---Mi señora--explicó--se ha enamorado de ella. - -El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad: -él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de -que pertenecía a la viajera “de la falda azul”. - -Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer -continuarán dichosos. - -De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi -juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto -perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe. - ---De cosas peores--insistía El Presumido--ha sido testigo cualquiera de -nosotros. - -Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas: - ---Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de -ella?... - - - - -IX - - -Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra -frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A -nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio. - -Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del -expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante. - ---Estad prevenidos--dijeron--porque hoy traemos mala gente. - ---¿Quiénes son?--indagamos. - ---Cuatro bandidos de los más célebres. - ---¿Sabe vuestra policía que venían a España? - ---Nos parece que no. - -Pedimos detalles. - ---Todos visten bien y son jóvenes--respondieron nuestros cofrades -traspirenaicos--; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta -años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde -París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano, -le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y -la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio -de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros dos compañeros, Jacobo Dommiot y -Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches -distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el -Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo -sin duda una consigna, saltaron a la vía. - -El narrador concluyó: - ---Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus -compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire. - -Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de -nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los -cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas. - ---“El bello Raúl”--nos respondieron--es el único que lleva bigote; tiene -la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de -una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su -espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al -andar. - ---¿Y Cardini?... - ---El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le -corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra -cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de -corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot, -especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro. -Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están -afeitados. - -El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su -país; y nosotros, a la hora señalada, partimos con rumbo a San -Sebastián. Cierta inquietud folletinesca--trepidación de aventura--nos -sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos: - ---¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido? - ---No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo? - ---Tampoco. - -Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida -rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al -cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos -se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para -trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco -de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos -más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas -delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar. - -Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a -Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al -“bello Raúl”, cuya gallardía--si el remoquete que le señalaba era -justo--debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su -mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a -sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas -no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los -segundos me atraían mejor. El policía--reflexionaba yo--tiene una -importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón, -pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al igual de las -cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido -muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio -del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad -del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El -ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto” -de la injusticia colectiva, el público--aun en contra de sus -intereses--en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la -novela, aplaude al ladrón... - -Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó: - ---Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que -nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los -periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados -Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos -internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de -imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como -_gentlemen_; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más -rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y -saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque. -Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el -talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario -de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los -trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios -actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde -la ilustración y la buena alimentación han intensificado la vida, la -carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se -dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que -nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos -cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha -peleado en los _rings_; Jacobo Dommiot debe de tener también algún -oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce -jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?... - -Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto -había visto, tenía razón. - -Doña Catástrofe continuó: - ---Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un -bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo -también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los -pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar -con maña o por la fuerza, España--como en todo--se quedó rezagada. -Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que -apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo -rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el -extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los -perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por -gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco. -Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el -fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan -admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida -del crimen: nuestro país produce pocos asesinos innatos; aquí -únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”; -y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin -entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios, -por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van -cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen -persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa, -entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz... - -Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido, -que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos -de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación: - ---Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable, -grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición -insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala -alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil. -Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una -mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un -individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la -techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le -vería. “Debe de ser un ladrón”--se dijo el guardafreno. Pudo mandar -parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de -aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El -bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo -coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que -se entregase. El interpelado no contestó; le miraba. Entonces el otro, -temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a -mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el -fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando -la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!... -¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de -la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más -de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a -la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón, -recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de -cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por -encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero -podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los -temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno, -sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a -intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban -sentados--no les era posible mantenerse de pie--y a breve distancia uno -de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su -enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el -otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba, -buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado -apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel -momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le -desarmó. El ladrón se rindió a discreción, y en El Escorial fué -entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre -animoso--si tú quieres--, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que -un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo -nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y -subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un -analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese -comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse -doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que -realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el -fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se -empieza!... - -Le interrumpí para decirle: - ---Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan. - ---Me gusta--replicó Doña Catástrofe--que cada cual conozca y descuelle -en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y -que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa -rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso -de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy -buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven, -precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente -vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados -son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué -gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido -a los hombres en el corazón. - -Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no -habló más. - -Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso, -maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera -subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno -análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria -sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde -él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en -otra cosa. - -En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden -franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña, -sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su -cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su -distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso, -quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de -viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano, -nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le -preguntó: - ---¿Queda alguna cama?... - ---Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le -cobraré el “suplemento”. - ---Muy bien: ¿puedo pasar ahora?... - ---Cuando usted guste. - -El religioso, muy amablemente--acaso con una leve ironía--, saludó a los -viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del -departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este -comentario: - ---Los hombres que hacen voto de pobreza y, como en elogio de la -miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y, -mucho menos, en _sleeping_!... - -Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco -sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la -cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que -ellos--mejor educados, tal vez--no se atrevieron a decir. Las personas -toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad. - -El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez -desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la -extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente -confortable, mullido, lujoso... - -Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña -Catástrofe me había hecho. - ---He aquí un hombre--pensé--que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!... - - - - -X - - -Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de -Córdoba a Sevilla, mi familia--al convoy yo lo llamo “mi familia”--había -comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña -Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que -disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones -terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de -quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la -fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre -de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una -somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es -la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar -los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo, -correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla. -Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada -de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro -desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el -descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante. Vemos llegar la -muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos -hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al -Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por -Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta: - ---Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco -minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo -presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis -ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas -cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia, -me veáis convertido en astillas. - -La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a -recogernos, y bajo su recuerdo depresivo--un recuerdo al que se mezclaba -algo supersticioso--salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba -desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la -noche, lóbrega y húmeda, un gran frío--un frío que era miedo--me -traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado -que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño. - ---Oye, Misántropo--le dije. - -Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar -no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como -todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus -lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo -el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el -horno para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de -rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza -ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos -ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo -corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego -sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi -temor a morir. - -El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las -luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante, -el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi -atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados, -en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían -puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados, -cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya -tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un -convoy trágico. - -A mis preguntas, El Misántropo contestó: - ---Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a -Valladolid, donde hay un taller de reparaciones. - -Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis -compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los -choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una -procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital. - -Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna, -y con las luces primeras del amanecer y el cantar batallador de los -gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media -mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi -melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias -horas. - -Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La -Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de -hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante -concurrencia. - ---¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!--me gritó un compañero. - ---¿Tanto he dormido?--pregunté. - ---Toda la tarde. - -Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso: - ---Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no -podamos dormir. - -En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento. - ---¿Lo dices por los ladrones franceses? - ---Sí. - ---¿Les has visto? - ---Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se -hablan: demuestran no conocerse. - -Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración -semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la -salida del primer toro. - ---¿Quiénes son?--dije. - ---Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser -Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera... Le corta -los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo. - ---¡El mismo!--exclamé--; ¿y el otro? - ---Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros. -Creo que es Dommiot. - -El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe: - ---¡Mira... mira!... - -Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus -ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la -figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello -Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina, -se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse. - ---¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?--decía yo. - ---Pienso que sí. - ---¿Irán a asaltar el tren?... - -Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí -hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica: - ---Recuerda--dijo--lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si -fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de -ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé... - -Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el -coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola. -Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que -los cito, al Presumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos -Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo, -pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de -vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal -vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis -plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de -los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y -de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero -andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle -llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de -gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde. - -Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban -un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud: -ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se -despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que -acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un -individuo vestido con una blusa blanca, repetía: - ---¡Almohadas de viaje!... - -“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en -que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido. -Yo estaba inconsolable. - ---¡Qué lástima!--suspiré. - -Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó: - ---¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que -esos desalmados, si por acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un -tiro?... - -No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido -para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente -irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más, -participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo -eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo -le preguntaba a Doña Catástrofe: - ---Oye: ¿qué hacen “esos”?... - ---Jacobo Dommiot va leyendo un periódico. - ---¿Y Cardini? - ---No hace nada. - ---¿Duerme? - ---No: ni lee ni duerme: mira. - ---¿A quién?--insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores, -el prólogo de un drama. - ---A nadie--replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe--; Cardini no -parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra -el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho -peor... - -Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo, -era curioso, indagaba: - ---Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio. - -El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la -pregunta: - ---Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace -Mauricio? - ---Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando. - ---¿Viaja contigo mucha gente? - ---Voy completo. - ---¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?... - ---¡Cállate, salvaje!... - -El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en -memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña -Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era -así, y realmente se querían como hermanos. - -Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al -Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo: - ---¿Qué hace “el bello Raúl”?... - ---Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos -cerrados. - ---¿Duerme, efectivamente? - ---No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza. - -De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible -que--semejantes a eslabones--formaban nuestras preguntas y respuestas. -Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir -borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus -figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella -rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus -armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del -convoy. - -A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas -interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con -que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr. - ---¿Qué hace Dommiot? - ---Leer. - ---¿Y el italiano? - ---Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto. - ---¿Y Mauricio? - ---Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa. - ---¿Y Raúl?... - ---“El bello Raúl” duerme... o lo finge... - -Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y -nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la -mayoría de los trenes--mercancías o correos--que se cruzaban con -nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de -democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad... - ---Llevamos gente sospechosa--les gritábamos al pasar. - -Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de -quiénes les hablábamos, respondían: - ---¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días? - ---Sí. - ---¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la -vuelta!... - ---Sí... sí... - ---¡Buena noche!... - ---¡Buen viaje!... - -Todos--ellos y nosotros--nos interpelábamos a la vez, las locomotoras -silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran -en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba -con nosotros, volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa. - -Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto -los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente, -envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y -en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el -hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen. -En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el -aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido -todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en -el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los -insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto -amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les -restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro -de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas--creo -haber dicho que cada viajero era una idea para mí--me daba la prestancia -de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los -pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras -folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían -propósitos belicosos, y eran aburridos como policías. - -Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me -comunicó esta observación: - ---Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de -Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he visto -sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se -interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen -pactado. Estoy intranquilo. - -Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El -Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al -pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj... -Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro -hombres procedían movidos por una consigna. - -Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña -Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno, -todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a -acometer a los viajeros. - ---Son pocos--interrumpí--, no creo que se atrevan... - ---He ahí mi miedo--replicó el viejo vagón--, que no operen solos, sino -en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para -descarrilarnos. ¡Nada más fácil!... - -Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir. -Pregunté: - ---¿Es muy peligroso descarrilar? - ---Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve -veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas. - ---Pero el maquinista y el fogonero--repliqué--no cesan de otear el -camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían -para parar. - ---Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es -obscura y el peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una -curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos, -ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La -Tirones frena mal. - -De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron -a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto. - ---¿Hay novedad en la vía?--le gritamos. - ---¡No!...--repuso. - -Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la -contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita; -podíamos seguir. - -No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de -desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña -Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba -con amor paternal, intentó serenarme. - ---No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos -delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos -seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú. - -Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su -coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar -junto al antiguo boxeador, murmuró: - ---Vamos. - -Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado. -Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña -Catástrofe: - ---¡Ahí van!... ahí les tienes... - -Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos del lance y se sentía a -salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De -ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que -tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia. - -Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron -delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña -Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas -cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos, -palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente, -repartía órdenes: - ---Ya sabéis que yo defiendo la puerta. - -Todos afirmaron. - ---Tú--prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini--te quedas en el pasillo. - -El italiano asintió. - ---Y vosotros, procurad maniobrar aprisa. - -Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda. - ---Y si alguno se resiste--concluyó--le dais un buen golpe. Conviene -trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy -extremo. - -Dicho esto, todos penetraron en mí. - ---¿Quién iba a creer, Cabal--musitó Doña Catástrofe--que la fiesta iba a -ser en honor tuyo?... - -“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente -que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron -y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y -montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del tránsito, -penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas -sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante: - ---Venga el dinero--decía--, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No -intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos -muchos. - -Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio. - ---¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los -relojes... las sortijas... - -Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en -actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil, -les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los -viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a -discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el -asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos: -quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos; -quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a -túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot -iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio, -siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes, -dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin -volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo. - ---No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio--advirtió -Dommiot--porque les asesinaríamos. - -Dicho esto apagó la luz--como invitando a los desvalijados a reanudar -su sueño--y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre -callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde -la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en -medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo -las cadenas del pánico--no hay ligaduras que sujeten mejor--se dejaban -robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el -terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot, -por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro -minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de -corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón. -¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban -constantemente con los ojos. Los de Raúl decían: - ---¿Sucede algo? - -Y los del italiano: - ---Nada: todo marcha bien. - -Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de -Cardini, interrogaban: - ---¿Oyes algo? ¿Viene alguien?... - -Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban: - ---No... - -Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para -escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades -centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era -más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme -con el coche-correo, iba medio aislado, y mis viajeros, para huir a -otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la -misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala. - -El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no -podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente, -mis compañeros me demandaban. - -Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces, -una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero -Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo, -sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en -el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se -esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un -pie sobre los cabellos. - -La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se -mostraban inertes y dóciles. - ---Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata... -¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!--repetía Dommiot. - -Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de -prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho -un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo -le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de -sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni -Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los -restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles: -“Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen ustedes -neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie -se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados, -continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una -fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que -luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de -estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor. - ---Pero, ¿no acabas con él?--murmuró Mauricio. - -En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le -oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en -los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra -vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador -recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron -que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta. - ---Tira--ordenó uno de ellos al italiano. - -Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había -agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y -los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se -precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini: - ---¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?... - -El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la -inglesa, replicó fríamente: - ---Si no le mato, no acabamos en toda la noche. - -La detonación y el desapacible chirriar de los frenos, despertaron al -resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros -salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola: - ---¡Atrás!... ¡Atrás!... - -Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi -plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos -más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban -voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían -iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el -guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños -aspavientos. - -Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un -grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía -desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban: - ---¡Ladrones!... ¡Socorro!... - -Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban -contra los fugitivos. - ---¡Abajo--decía Raúl--, pronto!... - -Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de -rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot, -quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin -lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo -fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás -retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche -fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron -casi inmediatamente. - -El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me -invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y -más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de -sangre. - - - - -XI - - -Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho -tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama--¿quién -hubiera podido sospecharlo?--marcó el término de mi juventud, modificó -mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas -nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma, -como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano. - -Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados -correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían -llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y -allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo -era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios -señores--personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con -que el personal de la estación les acogía--que después de examinar -prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me -afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de -un aire de misterio. - -Lo que más me afligió fué verme separado--de un modo que luego comprendí -era definitivo--de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente -de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid, -fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía, -los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy -estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el -acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron -al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos -Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo -“equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La -Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi -pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una -especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté -por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante -más de nueve años. - ---En Madrid quedaron--me dijeron. - ---¿Qué tienen? - ---Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos -estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los -muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor: -a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la -enfermería. - -Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí -enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las -estaciones, tardó más de veinticuatro horas en llevarme a Madrid. -¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las -grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me -antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué -horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de -“vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando -empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la -epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio. - -Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí -pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el -forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos. -Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones -metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis -horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña. - -No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar -la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza -de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción, -mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un -tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en -España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las -unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de -las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a -humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia. -Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría -discreta, lo que es bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los -muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su -estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque -comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi -procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las -estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse -en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina, -en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en -lastimarles. - -Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza. -Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como -para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de -ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y -hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en -Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños -bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se -armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y -largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus -ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la -altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de -San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa. -Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo -comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos -almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las -estaciones, y las distintas maneras con que las manos, según fuesen -francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más -dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren -despedirnos y nos llaman; todavía--cuando ya no hay remedio, cuando ya -nos vamos--quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que -vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo... - -Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio -agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme. - -Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas -las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos -y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve; -que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en -los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos -prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo -silbido que seguirá la zurda, etc. - -Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina -empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos -rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror -me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto -agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva -y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos -en el Oria. - ---¿Por qué la máquina grita así?--pregunté a un compañero. - ---No te asustes--dijo--; el padre de nuestro maquinista vive cerca de -aquí, y su hijo silba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y -que se acuerda de él... - -También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la -primera impresión de la muerte. - -Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían -vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de -pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos -emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo -de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la -altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en -acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de -sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta -situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar -la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de -ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi -perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi -quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el -suelo... - ---Lo ha matado--me dijo un compañero que había seguido, como yo, los -incidentes del pequeño drama. - ---¿Y ya no podrá moverse?--interrogué candoroso. - -Mi colega se burló de mí. - ---¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que -la máquina lo ha matado?... - -Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir -era no moverse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte. - -¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad -moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!... -Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la -tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo -“está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises: -el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a -estarlo. - -Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía, -también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos -mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer, -sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de -espejismo que de realidad. - -Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos -Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña -Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se -cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban -parte del “rápido” de Asturias. - ---Esos dos--añadieron mis camaradas--han progresado: ruedan menos que -antes y viajan de día. - -Luego preguntaron: - ---¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar -en un “correo”. - -Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me -produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había -embotado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?... - ---Mejor andaba con vosotros--repuse--pero tampoco diré que vivo mal. Es -cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en -cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son -tan graves... - -¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de -mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era, -sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al -nuevo ambiente. - -En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las -locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi -juicio, interminables. - -Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del -mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría, -tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de -idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y -frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto -molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco; -luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en -costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste. -Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos -de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de -carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza -del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire--hay -ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia -inconcebible--; y, finalmente, del fogonero y de la acertada -disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que -transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los -peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La -Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los -talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta -cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De -Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa--por otro nombre La Casa -Real--que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy -repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así -apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus -silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra -locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca; -correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a -Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que -en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre. - -Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y -atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus -acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar... - -Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los -comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba -delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de -“primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas -convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo halaba del “segunda” que -me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos -pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa -de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el -miedo--enemigo de las etiquetas--yo le dije algo que demostraba mi -interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya -fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno -y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el -de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos -descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia -ni relieve. - -Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así -la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una -constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”, -apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi -lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse -en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de -carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me -reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan -media hora y aún más, en cada estación. - -Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más -dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es -la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para -los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los -viejos. Y conmigo fué igual. El trayecto de Madrid a Venta de Baños, -que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba -disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo -hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído. -La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la -grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y -en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un -torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido -en el declive de una loma... - -A cada rato, me preguntaba: - ---Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí -siempre?... - -Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente -gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni -ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión. - -Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los -“expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme -feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las -cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el -arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso -en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del -convoy con voz musical:--“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado -que gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras -portezuelas:--“¡Señores viajeros... al tren!...” - -También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas, -efusivas, cargadas de mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa -al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre -estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía -llevar guitarras y aun cantar una copla--si el maquinista daba tiempo--y -que esparcía a su alrededor un alboroto de feria. - -¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y -generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar -el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos” -que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas -esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo -y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez -viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres -o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...--que es -el amor que esperan--va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos -ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del -mundo... y “Ellas” lo saben. - -Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas -sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el -deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza, -llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación -donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del -lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños... - -Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos -guardias civiles conducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos: -era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que -nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias, -graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades -lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a -un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid. -Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de -cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él; -en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de -libertad que sugiere la carrera de un tren. - -Día por día la llaneza--no deliberada, sino espontánea--de mi carácter, -me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas, -en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar -interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”, -porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades -nuevas para mí. - -De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido -que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y -entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en -amarlo todo. - - - - -XII - - -Como los trasatlánticos--según dicen--la vida ferroviaria, en sus -distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de -caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente -fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo -multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que -antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece, -simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más -polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy -poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un -microscopio. - -Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me -produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la -noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los -guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día, -bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego -reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros -que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la -siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras, -aguardan el paso de los trenes y con su banderín--como el espada con su -muleta--parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino. -¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio -y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros, -cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a -todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos -en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al -maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del -desastre!... - -De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca -de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa, -que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de -maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron -propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a -todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a -mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca -prometía. Hasta que una tarde en que--con razón--su banderín rojo mandó -parar el expreso--vimos que también sonreía--, y desde entonces su -placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre -mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera, -cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada... - -De los tipos que yo llamo “de casa”--me refiero a los empleados que -ambulan con nosotros--el principal, el más pintoresco, es el -interventor. - -A los interventores les debo muchos ratos deliciosos de hilaridad. Un -buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque -éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera -hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena: - -Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!... -Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se -le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a -cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez... -alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y -reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus -negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo -consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las -personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los -demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan -despabilado... - -A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento -está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones. -Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es -buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y -tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de -velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud -grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz; -es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de -sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la -almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo derecho, continúa -llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de -actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le -ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo -desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota -le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en -su asiento, ya se recoge... De pronto siente--¡oh, alegría!--que los -párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al -fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca. -El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y -por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se -esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz, -la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu -dulcísimamente, se inmergerá en la sombra... - -Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el -viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta -impaciencia: - ---¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!... - -Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches. -El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni -mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de -dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado -a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería. - -Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás -algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los -pasajeros temibles son los pusilánimes--futuros enfermos, quizás, de -delirio persecutorio--que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el -miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún, -no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con -un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los -interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos. - -Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego--y antes de -entrometernos en particularidades--deben dividirse en dos grandes -grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no -pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda” -clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de -“primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y -flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de -balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de -“lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al -extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo -observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará -un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet” -azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del -espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el -revisor tropieza--por casualidad rarísima--con un billete “entero”, -apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha -de desdén y de asombro, como diciéndole: - ---¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted -lástima tirar su dinero?... - -He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las -personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo -incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad, -escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los -tipos--no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo -substantivo--se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil -clasificación. - -Entre las mujeres honestas--vayan solas o acompañadas--sólo admito dos -tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso -abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento -cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar -las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador -si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas. - -A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos. - -Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo -que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las -llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La -idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún -están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve, -tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las -ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia -las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros -que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a -repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí, -la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su -reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos -para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber -corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la -idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se -anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de -encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que -se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a -quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar. - ---Caballero--pregunta--, ¿son de usted este libro y estos guantes?... - -“El madrugador” no se atreve a mentir. - ---Sí, señor. - -Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado -saluda, sonríe y se instala. - -A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo -observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga: - ---¿A quién de ustedes pertenece esta maleta? - -“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una -ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza. - ---Es mía, caballero--responde ruborizándose. - -Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El -madrugador” ha perdido su tiempo. - -La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa -que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres. -Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las -luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si -el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie, -y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir, -quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque -le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a -cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un -asiento; luego--si le dejan--ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El -sueño tiene en él una especie de virtud expansiva... - -Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de -las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de -deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas... - -El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y -las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá -el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola, -procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con -esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para -encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien, -pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la -solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al -par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el -pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera -entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la -perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se -manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y -ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a -tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él -tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo -caso el viajero “galante” se apresurará--en tanto se restaña el sudor--a -cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él, -generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y -aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará -en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies. -Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la -tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a -obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no -haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre -bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada -aventura asome, incorregible volverá a empezar. - -Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo -mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más -herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas -les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a -decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia, -el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de -actitud. - -Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan -ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son -minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo -grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél -se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de -descalzarse... ¡Lo que más odio!... - -“Lo importante es ir a gusto”--discurre cada cual. - -En esta prolija galería de siluetas--cómicas casi siempre--que me -frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos -confundir con “el soñoliento”, ya presentado. - -En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en -el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la -noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha. -La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada -sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo: -“Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente: -“No... no... no...” - -De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y -luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las -ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el -otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una -novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas, -repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos, -de una _Guía_. A intervalos se observan recíprocamente, y, según -transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza -mutua. Casi a la vez, todos han pensado: - -“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro, -podríamos acostarnos y dormir un poco”... - -Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando -arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy, -resbalan hasta el suelo. - -De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del -compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza -a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el -nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su -respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal: - -“Pero... ¿se ha dormido?...”--me pregunto. - -Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y -devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía. - -El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en -el roncar tres tiempos. En el primero--dice--“se sopla”; en el segundo, -“se suspira”; en el tercero, “se pide pan”. - -El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó -soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una -cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido: -“¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose -cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve -a soplar. - -El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las -manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que -ronca” repite beatífico: - ---“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...” - -Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se -convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les -molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel -roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos -insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con -irritación sorda: - ---¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un -modo insolente de dormir!... - -Otro responde: - ---Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no -puedo cerrar los ojos. - ---Ni yo. - -El joven de la barba negra añade: - ---Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es -de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de -educación!... - -Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz: - ---“¡Fu... aj... pan!...” - -Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco -con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En -el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las -trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal -pensamiento: - ---¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase -con él... - -Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería -demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que -ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un -pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus -brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio, -afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!... - -A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos -miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y -comunicativo. Bosteza, sonríe... - ---Afortunadamente--exclama--ha pasado la noche. ¿Han descansado -ustedes?... - -Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo, -de sus oyentes, dicen lo contrario. - ---¿Ah?--prosigue--. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido. - -El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el -joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos -su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros. - -Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca -falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura--al revés -de la otra--dice distinción, aristocracia, soberanía... - -Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría -a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin -adustez. - ---Buenas noches--murmura. - -Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas, -todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que -acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros -escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la -cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre -el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el -bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla, -limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de -comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras -cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul, -muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa, -blanquísimo, brilla a la luz. - -Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus -pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a -intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía -responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no -se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que -se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha -cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está -encima. - -Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se -generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre -españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas, -interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece -serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche. -Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del -sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en -una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán; -quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la -euritmia se pierde... - -Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el -orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada -parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz -temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las -alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su -espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su -indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de -frac. Planchado no estaría mejor. - -A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira -una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero -que está a su lado le interroga amablemente. - ---Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies -sobre el asiento? - ---De ninguna manera. - ---¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien. - ---Muchas gracias. - -Le ofrece un periódico: - ---Si desea usted leer... - ---Tampoco; gracias. - ---¿Usted no duerme cuando viaja? - ---Nunca. - -Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de -la barba, le pregunta: - ---¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz? - ---Ninguno. - -No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La -obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa, -veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no -duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio, -al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más -prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les -aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a -la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y -los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre, -permanecen abiertos. - -A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia -mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan -a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y -su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por -entre el chaleco y el pantalón... - -Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según -le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no -descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo. -Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como -un paseo en tranvía. - -Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a -cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme: -en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su -sombrerera y su paraguas. - ---Buenos días--dice. - -Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras, -los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo... - -¡Como si fuera a retratarse!... - - - - -XIII - - -Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son -“fundamentales” y les tropezamos en todos los viajes, como si la -naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de -ellos millares de reproducciones que después repartió por los -incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico -de estos perfiles, puede variar--y varía--hasta lo infinito: el viajero -“galante”, el “madrugador”, “el señor que no duerme”... serán gruesos o -delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo -accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge -inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni -ceja, ni se entibia, ni se curva. - -Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos “de familia”, -aparecen “los raros”, que por serlo escasean; las almas díscolas, las -voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su -alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda -y férvida, les impone una cara “suya”, pues ya sabemos que el rostro es -la tribuna adonde el alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi -siempre, espejo del orador. “El raro”, de consiguiente, impresionará, -verbigracia, por su manera de mirar--aunque ni el tamaño ni el color de -sus ojos sean extraordinarios--; por su modo de peinarse, de vestir, de -cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin, -undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el -interés que despierta, provienen de ahí. - -Yo he conocido a uno de esos “sobresaltados”, guerrilleros del amor y de -la vida que permanecen al margen de las rutinas sociales y aun en las -afueras del Código. Una mujer le perdió, y como muchas veces, en el -espacio de tres años, viajó conmigo, y le sentí pensar y llorar, y tuve -ocasiones de leer las cartas que ella y él se escribían, puedo decir que -asistí a sus últimos momentos. - -Fluctuaba su edad entre los veintiocho y los treinta años, y tenía--más -tarde lo supe--un nombre españolísimo; un nombre trisílabo, grave y -heroico, que sonaba a Romancero: se llamaba Rodrigo. Era de estatura -mediocre y cenceño, pero vigoroso, a juzgarle por lo mucho que decían de -su fuerza sus manos fibrosas y velludas, y la muy suelta agilidad de sus -movimientos. Su semblante, cobrizo y aguileño, parecía el de un árabe, -mientras el bigote rubio, de guías levantadas, y los grandes ojos -verdes, muy diáfanos, eran holandeses; y de esta antítesis de rasgos -provenía la llamativa originalidad de su rostro. La tez obscura -acendraba la claridad de la mirada y la blancura de los dientes, que con -su luz y en igual medida intensificaban el cobre de su piel. Había, -pues, en él, dentro de una perfecta armonía, una magnífica -contradicción de razas. - -Residía don Rodrigo en la ciudad de Valladolid, y la noche--la -madrugada, mejor dicho--en que le conocí, su figura, no bien apareció en -el andén, sujetó mi atención. Había pocos viajeros. Le vi acercarse -seguido del mozo que llevaba su equipaje, y subir a uno de los -compartimientos de “primera clase” de Dos-Caras, que marchaba delante de -mí: mas la intimidad del anciano vagón, tantas veces reparado, no debió -de complacerle, por cuanto no tardó en apearse y venirse conmigo. Desde -entonces don Rodrigo, siempre que esperaba el paso de mi “correo”, bien -por ser yo el coche mejor del tren, o por obra de esa atracción que los -objetos inanimados ejercemos sobre las personas que nos son gratas--y de -la que ya he hablado--me prefería a mí. - -En aquel nuestro primer encuentro, antes que la discreta elegancia y -porte galán de mi huésped, fué la extremada agitación de su espíritu lo -que me cautivó. La casualidad quiso que en el departamento por él -elegido no hubiese nadie, y en la soledad su ánimo se descubría mejor. -Merced a esta compleja sensibilidad mía que--según en otro capítulo -queda explicado--es abreviatura de los cinco sentidos corporales del -hombre, yo, simultáneamente, veía a don Rodrigo y le oía, y como la piel -percibe el calor, de igual manera sus ideas y deseos, según iban -produciéndose, llegaban a mí. Yo--no creo ocioso repetirlo--, a las -personas que están quietas y piensan fuertemente, las comprendo mejor -que si hablasen, porque su inmovilidad y su silencio, que en cierto modo -las transforman en cosas inanimadas--para decirlo con las palabras que -emplearía un mortal--las acerca a mi modo de ser. - -Don Rodrigo iba en busca de su amante, a La Coruña. Se llamaba Raquel, y -en la imaginación del enamorado la silueta de la mujer aparecía o se -difuminaba, cual en virtud de una especie de sístole y diástole, de su -memoria. La cabeza, especialmente, se precisaba nítidamente: tenía -noguerados los cabellos, la boca recogida y los ojos negros y ustorios -de las grandes sensuales. También se acusaba claramente una mano, la -izquierda, en cuyos dedos soñaba una esmeralda y maldecía un rubí. -Alternativamente aquella mano y aquel rostro continuaban ocultándose, o -resurgían maravillosamente, como las imágenes en los “baños” de los -fotógrafos. - -Don Rodrigo pensaba... sin cesar pensaba, pero su pensar era -rudimentario, esquemático, y unas cuantas palabras, muy pocas, lo -reasumían. Yo las veía cruzar por el espíritu fervoroso del meditabundo: -pasaban encendidas, quemantes como llamas, y semejantes a los caballitos -de un Tío-Vivo parecían dar vueltas: se iban, volvían, tornaban a -marcharse para resucitar en seguida obstinadas, imperiosas, -alucinantes... A veces eran inconexas, a ratos hilvanaban frases, sílaba -tras sílaba; parecían anuncios luminosos. Decían: “Raquel...” “Voy a -verte...” “Raquel, tus labios tienen el dulzor de la vida, y tus ojos el -color de la muerte...” “Raquel...” “Tus cabellos...” “Tus manos...” -“¿Recibiste mi telegrama?...” “¿Sí?...” “Estarás aguardándome, como -siempre, en la estación...” “Raquel...” “Yo, para verte antes, iré bien -asomado a la ventanilla...” “Te abrazaré...” “¡Oh, mi carne de -seda!...” - -A intervalos, el amador, absorto, sonreía a ciertas ideas, y según su -atención se detenía en una o en otra, la imagen correspondiente florecía -como bañada en una luz milagrosa. Yo le acompañaba en aquel seguido y -calenturiento imaginar, y contagiado de su impaciencia casi llegué a -gozar y a sufrir con él. Dijo: “Estarás aguardándome...” y vi aparecer -una mujer, de porte distinguido, envuelta en pieles. Dijo: “Tus -labios...” y vi una boca encendida como un corazón. Dijo: “Tus -nalgas...” y vi pasar una ola de carne rosada. Dijo: “Tus ojos...” y -pensé que me hundía en un túnel... - -Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel -amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era -feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando -que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación -definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte. - -Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol. -Instantáneamente se quedó triste. “Un día--suspiró--me bajarán a la -tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el -árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que -existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire, -de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será -la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan -vulgares que nunca reflexionen en esto...!” - -Volvió a sentarse y mientras prendía un cigarrillo, sus ojos verdegay -me examinaron. Me halló confortable. - ---Es buen coche--dijo. - -Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla: - ---¡Vamos muy despacio! - -Y a continuación recordó a Raquel; y al imaginársela lo hizo empezando -por lo que de ella más le arrebataba. “Sus ojos...” “Sus cabellos...” -“Sus labios...” “Sus manos...” De los labios pasaba, indefectiblemente, -a las manos; y de las manos, a las caderas; en el seno pensaba pocas -veces, y advertí que siempre, al recomponer la imagen de la Amada, -seguía el mismo orden. - -Cuando llegamos a la estación coruñesa, entre el centenar de personas -que esperaban al “correo” vi una mujer de razonable estatura y bien -sembrada, ojinegra; arrebujada en una capa de pieles. Una franca risa -juvenil bañaba su rostro en luz.--“Raquel”--pensé. Antes de que el tren -se detuviese, don Rodrigo saltó al andén y corrió a abrazarla, y yo vi -cómo bajo la presión convulsiva de sus brazos, el talle doblegadizo de -la Deseada ondulaba y cedía. Se besaron. Luego, apoyados el uno contra -el otro, sin dejar de mirarse, se alejaron buscando la salida. - -De todo esto hablé con Dos-Caras, que les conocía y me proporcionó -algunos informes: por razones que mi compañero no supo darme, vivían -separados; él en Valladolid, y ella en La Coruña, pero se reunían con -mucha frecuencia, tan pronto en una ciudad como en otra. - ---Son antiguos “clientes” míos--continuó Dos-Caras--; quiero decir, que -ambos han viajado mucho conmigo, pues si ella no va a buscarle es porque -él viene. - -Me pareció adivinar en sus palabras un dejo despectivo que no me -sorprendió, pues el viejo Dos-Caras aceptaba “a ruedas prietas” todas -las ordenanzas de la moral corriente. Acaso también hablaban en él los -celos y el despecho de ver que “sus clientes”--como él les llamaba--le -dejaban por mí. - ---Hace más de un año--dijo--que ambos se quieren. ¡Bah, ya se -cansarán!... Ninguna de esas uniones libres duran; unas veces por culpa -de ellas, otras por culpa de ellos. El matrimonio es lo único capaz de -impedir que las mujeres y los hombres se separen. Por eso toda mujer que -se marcha a vivir con un hombre, sin estar casada con él, es una tía. - -Esta afirmación mezquina y unilateral, me desazonó; expresaba una -intransigencia irritante. - ---¡Calla, bárbaro!--le grité--: bien se advierte que te fabricaron con -maderas de Castilla, y que en ellas esta tierra nuestra, tan -dura--tierra de inquisidores--, infiltró su crueldad. - -Dos-Caras mantuvo su opinión: solamente en las mujeres casadas puede -haber amor; en “las otras”, en las amancebadas, no existe cariño; es -interés, es vicio, lo que hay... Consiguió indignarme y me lancé a -sustentar mi criterio con brioso ardimiento. En la lotería social, el -matrimonio es “un premio” que, por concederlo la suerte y no la lógica, -no acredita mérito ninguno en quien lo recibe. Hay aventureras que -nacieron para tener un hogar, y señoras casadas con alma de perdidas. - ---Mientras los hombres--proseguí--acaparen todos los empleos; mientras -dispongan del dinero, llave de la vida; mientras impidan a sus -compañeras ilustrarse, trabajar, desenvolverse; mientras “las -conviden”...--¡palabra odiosa!--el amor, ejercítese a espaldas de la Ley -o bajo su amparo, será para las pobres mujeres “un negocio”, una sucia -operación de compraventa. Los hombres, egoístas, terriblemente egoístas, -tienen agarradas a sus víctimas por el estómago. “Si sois -nuestras--dicen--nosotros os vestiremos y os proporcionaremos alimentos; -de lo contrario, moriréis de hambre.” Y “ellas” aceptan. El problema -amoroso, de consiguiente, es, en su esencia, un pavoroso problema -económico. La mujer que no ama, o que no se presta al amor, no come. ¡Y -precisa comer! Las menos exigentes--con cariño o sin él--se entregan -libremente; se venden al fiado; las más previsoras o las más -afortunadas, piden mucho más: piden el matrimonio que, en caso -necesario, las ayudará a exigir indemnizaciones; las que se casan -“venden al contado”, porque la firma del marido representa dinero. Pero -todas, solteras y casadas, se venden; esclavas del ambiente -profundamente inmoral que las oprime y condena a convertir el lecho en -oficina o mostrador, todas--¡y bien a pesar suyo!--llevan su porvenir en -aquella parte del cuerpo sobre que se sientan... - -Con estas exaltadas aseveraciones Dos-Caras se incomodó en términos que, -perdiendo su ecuanimidad, me dijo palabras muy desagradables; redargüíle -yo con pareja insolencia, y hubiésemos ido muy adelante en nuestro -disgusto a no intervenir el “segunda” que rodaba detrás de mí y que, con -frases amables y dichetes de feliz humor, acertó a reconciliarnos. Yo -fuí quien primero aflojó el ceño. - ---De hoy en adelante--exclamé--no volveremos a discutir: ¿para qué, si -no habíamos de entendernos?... ¡Allá cada cual en su casa y con su -opinión! Yo, aunque noble, soy un poco disolvente: me gustan los amores -libres y los ladrones. - ---Y a mí--replicó Dos-Caras--que soy tradicionalista, me gusta el -matrimonio y la Guardia Civil. - -Dos semanas después, una noche, Raquel y don Rodrigo reaparecieron. Iban -a Valladolid. Ella hizo ademán de subir a Dos-Caras; él la detuvo; con -un gesto me señalaba. - ---Aquí iremos mejor--dijo--; es el vagón en que realicé mi último viaje. - -Ella consintió en seguida con simpática vivacidad, y yo me estremecí -satisfechísimo de tenerles tan cerca. Dos-Caras gruñó algo que no -alcancé a entender, pero parecióme que, irónicamente, me felicitaba. - -En el compartimiento que los amantes ocuparon, había dos personas. Ellos -buscaron un ángulo, cerca del corredor, y, desde aquel mismo instante, -la felicidad de hallarse juntos les aisló de todo. Mientras ella -hablaba, él la miraba a los ojos, estremecimientos fugitivos agitaban -sus labios, y con sus dedos velludos y largos impacientemente se -retorcía el bigote. El platicar de Raquel era versátil, alegre, -infantil; el de don Rodrigo, grave y vehemente; ella parecía amarle -porque amaba a la vida; mientras él, más sombrío, efervorizaba su pasión -con el miedo a la muerte. Evidentemente, el cariño del amante clavaba su -arado más hondo. Ella reía fácilmente; él reía poco, y sus palabras -recelosas eran como gemelos dirigidos hacia la interrogación del -mañana; eran profundas, inquietaban; Raquel, escuchándole, me producía -la impresión de una niña asomada a un pozo. ¡Oh, qué libro maravilloso -podría componerse hilvanando las frases con que, inconscientemente, se -emborrachaban los amantes!... - -Recuerdo que don Rodrigo decía: - ---Como todos los segundos, uno a uno, llevan a la muerte, así todas las -mujeres que he conocido me acercaron a ti, porque todas tenían algo -tuyo, y yo, que te presentía, sin sospecharlo te amaba en todas ellas. -Y, cuando viajaba, no era el deseo de curiosear ciudades nuevas--como yo -creía--lo que me desplazaba, sino el ansia de encontrarme contigo. Ahora -tú eres para mí España, Francia, Italia, Suiza...; tú eres América... -¡Querría huirte, y me sería imposible! Tu recuerdo me rodea; te veo como -un horizonte, y fatalmente todos los caminos me llevan a ti. ¿Quién -escaparía a su horizonte? Raquel, mi Raquel... te adoro y te temo, -porque siento que eres mi Destino. - -Ella reía; el orgullo de comprenderse tan apetecida, la hacía feliz, y -era en aquellos instantes como una diosa embriagada con el incienso -quemado ante su altar. A mí, que estaba más cerca de su alma que don -Rodrigo, aquella superficialidad, aquella risa, me infundían miedo: -Raquel era una de esas mujeres, de cabeza pequeña, que no saben cómo -muchas veces un gran amor es una cita que da la muerte. - -De súbito el diálogo cambió de rumbo, y fué completamente alegre. -Hablaron de sus planes y entonces supe que pensaban visitar el nunca -bastante celebrado castillo de Simancas--hoy _Archivo General del -Reino_--; fortaleza gloriosa semejante a un viejo guerrero cambiado en -erudito. - -Tras un breve silencio, ella, sin motivo, preguntó: - ---¿Qué hora es?... - -Don Rodrigo, informado de que sus compañeros de viaje dormían, contestó: - ---Hora de darme un beso. - -Rió ella, rió él y, silenciosamente, juntaron sus bocas. Transcurridos -unos minutos, Raquel, maquinalmente, volvió a decir: - ---Oye... ¿qué hora será?... - -Y don Rodrigo: - ---Hora de darme otro beso. - -Volvieron a reir, pero ella, que empezaba a tener sueño, insistió: - ---¡No... en serio!... Deseo saber la hora!... - -El no respondió; mejor dicho: no habló con los labios, sino con sus -largos ojos diáfanos y verdes, por los que había pasado una luz. -Rápidamente salió al pasillo, se arrancó el reloj que llevaba en la -muñeca y, por la ventanilla, que iba abierta, lo lanzó al vacío. No -estaba incomodado; ¡al contrario!... ¡Nunca había sido más feliz que en -aquel momento! Volvió a sentarse y sobre sus rodillas colocó a Raquel: - ---Bésame--suspiró--; es la hora; la Eternidad no tiene para nosotros más -hora que ésta; la de besarnos... - -Sus manos buscaron afanosas entre las ropas de la Deseada, y su corazón -latió violentamente: palideció, enrojeció, tornó a palidecer. Raquel -parecía de ágata: su carne era dura, suave, fría... - -Ocho o diez días después los dos amantes me esperaban en Valladolid. Don -Rodrigo iba a despedir a Raquel, que regresaba a La Coruña. Al mes -siguiente--y siempre conmigo--don Rodrigo fué a La Coruña, de donde -volvió solo. Al otro mes sucedió lo propio: era un ambular -ininterrumpido, un bello y angustioso no poder vivir distanciados: en la -estación coruñesa era ella la que despedía, y en la vallisoletana era -él: pero hubo ocasiones en que, incapaces de separarse, él la dió -cortejo hasta La Coruña, y ella le acompañó a Valladolid. - -Entretanto yo no sabía en qué se ocupaba don Rodrigo, ni la verdadera -situación social de Raquel, ni tampoco acertaba con los móviles que les -impedían unirse queriéndose tanto. - -Este idilio, que a mí me apasionaba, hacía reir al viejo Dos-Caras. - ---Estos dos simples--decía--con tanto ir y venir han hecho de nuestro -“correo” un columpio; una especie de columpio a ras de tierra. - - - - -XIV - - -La llamada por los geógrafos Meseta Central de nuestra Península, -comprende las dos Castillas, las provincias del antiguo reino de León y -las de Extremadura, y traza un plano inclinado limitado al Norte por la -cordillera Cantábrica, la de los maravillosos paisajes; al Este y Oeste, -por la cordillera Ibérica y los Montes de Galicia, respectivamente; y al -Sur, por la cordillera Mariánica, entre cuyas nudosidades fragosas se -abren los caminos de Andalucía. Así, circundado de montañas, el macizo -ibérico, tanto por su historial rojo como por su forma, parece un -anfiteatro. - -Frecuentemente he oído asegurar a personas doctas--ingenieros, sin -duda--que viajaron conmigo, que en la época terciaria toda esta parte de -nuestro país la cubrían lagos enormes que, al secarse, originaron -terrenos sedimentarios dispuestos en estratos horizontales, algunos de -notable espesor. De ahí, de la agonía de esos lagos que el subsuelo -sediento se bebió, nació la llanura; esas planicies uniformes, -encalmadas, con algo de agua dormida en su serenidad. Castilla es un mar -hecho tierra; y acaso estimulados por la misma vastedad de sus -horizontes, sus hombres descollaron entre los más peregrinadores y -bravos del planeta, porque algo de marino había escondido en lo más -arcano de sus almas. En la catorcena centuria aquellos campos aparecían -cubiertos de selvas tupidísimas, en donde los magnates se ejercitaban en -la caza del jabalí y del oso, y perseguían al ciervo. Hasta que, poco a -poco, las guerras y el odio, genuinamente español, que el hombre rústico -profesa al árbol, destruyó las frondas. Cuando éstas empezaron a -escasear, las nubes huyeron y con ellas la lluvia, manantial de la vida, -y el bosque mudóse en estepa; y mientras España se desangraba, fuera de -sus fronteras, en guerras inútiles, sobre el solar patrio abandonado, -desolado, cubierto de cardos silvestres y de pedruscos, parecía caer, -semejante a una maldición, las cenizas humanas que los vientos recogían -en el rescoldo de los autos de fe. Con cenizas no se abona el campo, y -nuestros inquisidores no supieron abonarlo de otro modo; y así lo conocí -yo, inhóspito y seco como aquellos mismos corazones que tanto batallaron -sobre él. - -El suelo castellano es cariparejo; quiero decir que, salvo ligeras -variantes, su aspecto es idéntico sea cual fuere la estación del año. -Abrasada por el sol en verano, aterida en invierno bajo la escarcha, -azotada por los vientos, cortantes como cuchillos, que irrumpen por los -nevados gollizos de los montes norteños, la llanura conserva inalterable -ese color amarillento propio de las tierras que bebieron mucha sangre, y -al que parece aludir una de las tres franjas del pabellón nacional. Las -montañas, que fácilmente se cubren de verdura o que con la nieve, y en -el solo espacio de una noche, se visten de blanco; las montañas cuya -sonoridad cambia de continuo y parecen saltar a un lado y a otro de la -vía, tienen muchos adeptos; son la mentira. Yo, no; yo prefiero la -llanura, con su monotonía de oración: la llanura se imita siempre a sí -misma; no sorprende, no entiende de artificios teatrales, ni colabora en -la cobardía de las emboscadas; en ella al enemigo se le ve desde lejos: -es fiel, es noble. - -Alrededor de la Meseta Central las regiones ribereñas dibujan un anillo -verde; y así, vista desde arriba, Castilla monda y triste es como el -cráneo calvo de un dios ceñido de pámpanos. En el itinerario que ahora -sigo, la zona alegre no comienza resueltamente hasta las inmediaciones -de Palencia. Sin cesar, el camino intenta arrepentirse de cuanto hace, y -digo esto porque apenas desciende cuando, sin transición, vuelve a -subir, y corre de derecha a izquierda, como borracho. Las -“montañas-rusas” con que el vulgo se divierte en las ferias, son una -mala caricatura de lo que es un viaje a Galicia. ¿Quién contaría los -puentes y los túneles, que siembran de sorpresas la ruta? Acabamos de -salir de Castilla, y ya nos parece que la dejamos muy atrás: tal es la -capacidad subyugadora de la nueva región que cruzamos, y el interés -histórico de ciertos lugares. - -Dejamos atrás la Tierra de Campos, que bien pudiera llamarse “granero de -España”, sobre la cual se levantan, desde el siglo XII, las ruinas de -dos que fueron poderosas fortalezas. Pasan Paredes de Nava, donde nació -Alfonso de Berruguete; Cisneros, cuna del terrible Cardenal, y Sahagún, -la romana, en que reposan los muy removidos huesos de Alfonso VI. El -convoy llega a León, que más que con su catedral, modelo de -arquitectura gótica, se enorgullece de haber visto nacer al guardador de -Tarifa, don Alonso Pérez de Guzmán; luego a Veguellina, que se vistió de -fama con el “paso honroso” que en la primera mitad del siglo XV mantuvo -el muy bizarro Suero de Quiñones; y poco después, a Astorga, la -_Asturica Augusta_, de los romanos, aquella que Plinio calificó de -“ciudad magnífica”, y cuyas torres y murallas la infunden todavía un -perfil militar. - -Nos hallamos en las entrañas de los Montes de León, y vamos a penetrar -en la región galaica por el llamado “Paso de Manzanal”, abierto entre -las estaciones de Astorga y Ponferrada. Aturde y maravilla la facundia -que los genios del paisaje derrocharon allí. A nuestro alrededor, -incesantemente, la tierra, semejante a un mar flagelado por la -tempestad, baja, trepa, se deprime y abarranca hasta convertirse en -abismo, o se enarca y prodigiosamente gana las nubes; y hay en cada -perfil cimero tanta vehemencia, tanto ritmo, que las montañas, -especialmente en las noches de luna, parecen moverse. Esta sucesión -inagotable de valles, de cañadas, de torrenteras abruptas y de montes, -juegan con los vientos y, de hora en hora, mixtifican la temperatura: -vamos rodando bajo un manto de estrellas, y súbitamente el cielo se -entolda y cae un chaparrón; lo que no impide que, minutos después, -lívida, triste, espectral, reaparezca la luna. Cubren las escarpadas -vertientes bosques de robles, de castaños y de hayas; los manzanos -abundan también, y en los parajes hondos y abrigados florecen el -naranjo, el limonero, el granado, la higuera y el laurel. Ora el aire -es frío, ora tibio; aquí la tierra estará cubierta de maíz, y de trigo -o de vides un poco más allá; y, sin cesar, al paso del tren la serranía -tendrá una luz especial, y una capacidad ecoica inesperada. - -Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto, y ganamos la estación de -Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar. -Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta--lo apreciamos muy -bien--desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y -luego otro y otro... ¡hasta trece!... Según mis compañeros me aseguran, -para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete -kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. La Triste, -nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante: también nosotros -nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a -recalentarse, y, de tanto usarlos, nos duelen los frenos. - -De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos -desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel -siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a -morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo -que los mismos viajeros suelen experimentar, aun cuando las ventanillas -de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en -la misma dirección del tren, impide la salida, hacia atrás, del humo. - -Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre, -Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta -que hartos de correr bajo tierra llegamos a Quereño, primera estación -de Galicia. - -La imaginación del paisaje, lejos de agotarse, se acalora, y por -instantes compone perspectivas más rudas y bellas. Con facundia pasmosa -se renueva y sin treguas se supera a sí misma. Los colores, -especialmente, se han multiplicado; los verdes triunfan y flota en el -aire un amable olor a tomillo y a tierra húmeda. Abundan los caseríos, -las angosturas rocosas, los pequeños saltos de agua por los cuales, como -por arterias cortadas, parece desangrarse la sierra. - -El valle se estrecha y el río Sil y la carretera de La Coruña adelantan -paralelamente a nosotros, y como alternativamente surgen y se esconden -parecen jugar entre los árboles. Cruzamos los extensos viñedos de Rúa -Petín; pasamos por Montefurado, en cuyas proximidades existe aún el -túnel que construyeron los romanos para desviar el rumbo del Sil y poder -recoger el mucho oro mezclado a las arenas del cauce primitivo; y tras -un prolongado camino descendente que va en busca de la cuenca del Lemos, -llegamos a Monforte, afamado baluarte de los Condes de Lemos, que de -ellos tomó el nombre. La Triste se queda allí, y en adelante será La -Enanita, bulliciosa y pinturera, menos fuerte que su hermana, pero mucho -más ágil, la que pelee a la vanguardia del convoy. - -Descansamos unos minutos y ¡adelante, otra vez! Más túneles; atravesamos -uno que mide cerca de dos mil metros, y seguimos bajando, como atraídos -por el mar; pasan las estaciones de Oural y Sarria, y la de Puebla de -San Julián, donde la línea se rebela contra el imán humillador de la -costa, y vuelve a repechar. La Enanita silba, resopla y a veces la -desesperación que hay en su esfuerzo, nos hace reir. - ---Trabaja, tumbona--comentan los coches--, que no tienes motivos para -estar cansada. ¿Qué dirías si llevases, como nosotros, treinta horas de -viaje?... - -Un esfuerzo más nos planta en Lugo, donde reposamos: salvamos luego los -ríos Calde y Ladra, tributarios del Miño, y el Parga; llegamos a la -estación de Curtis, lugar muy conocido de los peregrinos que van a -Santiago de Compostela; y luego a la célebre Betanzos, en cuyas puertas -el espíritu del Islam dejó vestigios de su gracia. Después, y ya siempre -caminando cuesta abajo, veremos pasar los andenes de Guísamo, Abegondo, -Cambre, El Burgo, El Pasaje. Al fin aparece la estación terminal: La -Coruña. ¡Oh! ¡Y con qué alegría, con qué irresistible necesidad de -calma, hacemos alto bajo una marquesina, después de un viaje en el que -mil veces sentimos resbalar la muerte junto a nuestras ruedas!... - -A pesar de lo cual este recorrido me agrada: no solamente por su -hermosura, de la que se hacen lenguas muchas personas que anduvieron por -Suiza y conocen los rincones más agrestes del Tirol, sino por la clase -de público que viaja conmigo. Como los vascongados, los gallegos son -comedidos y limpios, y esta última cualidad, especialmente, les granjea -mi simpatía; porque, a despecho de haber tenido que sufrir a tantos -tipos ineducados, aún no pude acostumbrarme a que nadie me escupa, o -deje en mis alfombras el barro de sus botas. - -En medio de este ininterrumpido bordonear del centro a la periferia de -España, y viceversa, mi vida es un poco monótona, porque las -escenas--como las personas--se repiten. - -En la estación inicial o de salida, todos los coches, barridos, -sacudidos y con nuestros cristales recién fregados, nos mostramos -alegres y flamantes. La máquina, bien engrasada, bien frotada, con todos -sus mecanismos bruñidos y expeditos, también parece nueva. Súbitamente -se abren dos o más puertas y los viajeros irrumpen en el andén y nos -asaltan; con la descortesía de la impaciencia mujeres y hombres, a -empellones, ganan nuestros estribos, y corren luego de un lado a otro, -como enloquecidos, buscando un asiento. Entretanto los mozos de andén -nos cargan de maletas, de sombrereras, de portamantas, de cestas con -merienda, de bultos de todos colores y formas, que van metiendo -apresuradamente, y como a destajo, por las ventanillas. Cada una de -éstas parece una boca; cada estribo, una escalerilla de abordaje. Ya -estamos abarrotados todos de personas y de equipajes, y apenas arranca -el tren la multitud viajera se aquieta y empieza a dar muestras de ese -aire de aburrimiento que conservará durante el camino. Un raro ambiente -de monotonía, de fatiga, peregrina con nosotros. En las estaciones del -tránsito nunca ocurre nada insólito: unos pasajeros se apean, otros -suben... Las conversaciones de nuestros ocupantes son apacibles, y -lánguidas y descuidadas todas sus actitudes: éste lee, aquél mira hacia -el paisaje distraídamente, la mayoría dormita: a intervalos, un bostezo, -un comentario rápido... Los soñolientos han cambiado de posición cien -veces, y otras tantas el lector abrió y cerró su libro. Unicamente el -cansancio y el silencio triunfan. De pronto, media hora antes de -arribar a la estación terminal, como si hubiese recibido una corriente -eléctrica, aquella muchedumbre desarticulada y abúlica, unánimemente -reacciona. Con raro sincronismo, todos pensaron: “--Ya llegamos...” y -esta idea les sacudió, les removió; los cuerpos se yerguen, los ojos se -abren despabilados; quién se arregla el nudo de la corbata y con un -pañuelo se desempolva el calzado; quién corre al cuarto-tocador a -peinarse; quién se apresura a cerrar sus maletas. Las mujeres se asoman -a las ventanillas, y las parece que, desde hace unos instantes, el tren -corre más. Apenas hacemos alto, nuestros huéspedes nos dejan con la -misma impaciencia y la misma alegría con que horas antes nos -conquistaron; su aburrimiento se ha trocado en odio hacia nosotros, y -quieren perdernos de vista cuanto antes. Hay quien, para no perder -tiempo en bajar por el estribo, salta al andén desde la plataforma del -coche. Los mozos de estación, infatigables, nos saquean, y los bagajes -salen apretujándose por las ventanillas; los atadijos pequeños escapan -en racimo. Cuando el convoy queda vacío los vagones aparecen manchados -de mil modos y apestando a tabaco: los periódicos, arrugados, -pisoteados, las almohadas sucias, las botellas vacías, las cortinillas -caídas, nos dan el aspecto de un lugar donde acabara de librarse una -batalla. Momentos después, los empleados de nuestra limpieza--mujeres y -hombres--penetran en nosotros: porracean nuestros asientos para -mullirlos; examinan sus muelles, recogen las cortinas, nos sacuden, nos -barren... y, diez o doce horas más tarde... ¡volvemos a empezar!... - - - - -XV - - -Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a -Valladolid, y a dos recién casados de los cuales--y a su tiempo -debido--volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único -“departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres -señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con -un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por -el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de -cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban -maliciosamente esperar de ellos. - -De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud--no -habría cumplido los veinte años--interesaron mi atención; era -insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de -individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este -hombre--meditaba yo--que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido -aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta -presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el -cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así, -indudablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica -del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a -la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por -tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y -les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser -admirados. - ---La humanidad--pensaba yo--va bien cubierta: de mentiras se viste por -dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El -desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad. -Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una -caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena -caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro... - -Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos, -se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su -candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su -voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba -las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía -miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos, -después de un día de agitación calenturienta. - ---¡Qué bien estamos ahora!--exclamó él. - -Digna, confirmó: - ---¡Muy bien!... - -Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho -tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y -ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían -los párpados. - -El preguntó: - ---¿Lástima de noche, verdad? - -Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer, -delicadamente, fingió no advertir. - ---¿Por qué?--dijo--; ¿no estamos juntos? - -No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después: - ---¿Me quieres?--indagó. - -Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los -que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente: - ---¿No lo sabes?... - -Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo -triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a -llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó -desconcertado: - ---¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?... - -Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En -realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir -indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños -ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi -abrazados, dormían los dos. - -Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo -compañero, que se disponía a marchar. - ---¿Te han dicho la hecatombe?--gritó. - ---¿Cuál?--repuse inquieto. - ---La del “rápido” de Gijón. - ---No. - ---Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo, -momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un -desprendimiento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La -Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados. - -La noticia--divulgada al siguiente día por la Prensa--me causó un efecto -desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban -la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No -supe qué responder; empecé a temblar... - ---¿Te acuerdas--prosiguió el viejo vagón--del miedo que el pobre Doña -Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra? - ---Sí, que me acuerdo. - ---Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había -tal: era un presentimiento. - - - - -XVI - - -Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la -levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los -vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo -cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto -a los riesgos más grandes, fueron aliviándome. - -Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena -cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa -a todo el convoy. - -Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en -dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos -brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos -gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan -pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los -acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de -hombros. - ---Son mudos--pensé. - -Jamás había presenciado escena igual, y para convencerme de hallarme en -lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión. - ---Sí--respondió--; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y -aun creo que ha viajado conmigo. - -Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un -poco a mí. “Un mudo--reflexionaba yo--es el tránsito entre los que -sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos, -uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y -adornaba su rostro de mejillas nacarinas--como de efebo--con una barbita -recortada “en punta”. - -Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí, -saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego -anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis -huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no -percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas -egoístas: - ---¡Un mudo!--rezongaban todos--; ¡bah; que se fastidie!... - -Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un -asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la -francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas -zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por -señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de -buen pergeño. - ---¡Otro mudo!--pensé asombrado--: ¡también es casualidad! ¡Nunca había -visto mudos y, de repente, conozco tres!... - -Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban -casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos -interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en -un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si -no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y -musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues -cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba -a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con -que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se -importunan mutuamente en los viajes. - ---¿Dónde va usted? - ---A La Coruña. - ---Lo celebro mucho: yo, también. - ---Hay demasiado público; vamos a descansar mal. - ---Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren? - ---Muy poco: de madrugada, únicamente. - ---Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en -que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los -párpados... - -Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven -del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas -atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus -ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también... - -Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde -recogemos un viajero: un señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que -sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los -dos mudos, exclama campechano: - ---¡Salud, don Andrés!... - -El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y -responde: - ---¡Don Juan, usted por aquí!... - -Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes -están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La -sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar; -tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una -puerta... - ---¿Va usted bien colocado?--inquiere don Juan. - ---No--replica don Andrés--; he tenido la desgracia de ir a caer junto a -un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías... - -Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta: - ---¿Pero usted no es mudo?... - -Don Andrés también rie: - ---¡No!--exclama un tanto despectivamente--; poco a poco: ¡yo, qué he de -ser mudo!... - -A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama: - ---¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío! - -Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de -pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a -don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El -joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue -retador: - ---En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se -lo tolero!... - -El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que -indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros -intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones -conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone -templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las -explicaciones pacifistas. - ---Yo--dice don Andrés--sé hablar magistralmente con las manos, y a la -estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento. - ---Y yo--interrumpió el joven embigotado--, que también conozco -perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas, -pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto. - ---¡Y yo creí que usted era mudo!--exclamó don Andrés. - ---¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué -pueden conversar dos personas que no se conocen?... - -Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los -espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo -festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo. -Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo -ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún. - -En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca, -cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él -le hallé decaído, marchito, cual si una gran pena--los dolores pesan -más que los años--le oprimiese. - -Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las -atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste, -en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto -comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo -declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su -compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la -inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima, -Raquel preguntó: - ---¿Qué tienes?... - -El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir -mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de -superioridad compasiva, tal vez un poquito--¡oh, muy poco!--de ironía, -porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien. - -Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió: - ---¿Qué tienes?... Háblame... - -A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a -retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se -adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón. - ---¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?--murmuró--. ¿La -crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que -el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la -única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que -cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que -luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que hoy, que te adoro, -hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente -desgraciado. ¿Comprendes esto? - -Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de -segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy -tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el -bronce de su cara y le aceraba los ojos: - ---En _El anillo de los Nibelungos_--¿te acuerdas?... lo vimos -juntos--Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni -alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la -salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!... -El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que -tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no -ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los -gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que -no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran. - -Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado... - ---¿A qué seguir?--exclamó--; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú -llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y -como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?... - -Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía -sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma -mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y -deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En -cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas -fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas. - -El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a -ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella -mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil, -su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura, -como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba. - ---Algo esconde que no sabré nunca--meditaba--; es decir, hay en ella -algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen: -“Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa -mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer -te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si -yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!... -¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las -partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las -bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la -naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas -estuviesen juntas... - -Prosiguió su indagatoria: - ---No es posible que ella me quiera ciegamente, “por instinto”, como yo -entiendo que quiere el verdadero amor. El amor es una descentración del -espíritu, una enfermedad. Muchas veces el enfermo se dice: “Este amor no -me conviene; debo desecharlo”... Y, en el mismo instante, siente -recrudecerse más su cariño. Yo, desgraciadamente, soy de ésos. Pero -Raquel, no; Raquel es demasiado inteligente, demasiado equilibrada, -para entregarse así. El amor--ya lo dije antes--es ceguera, y en el -cerebro de esa criatura hay excesiva claridad. La he observado bien; lo -subconsciente significa en ella muy poco: su voluntad es razonada, su -fantasía también lo es; ¡hasta su memoria, en la cual cada recuerdo, -como los vocablos en los diccionarios, está en su sitio! Su razón, de -consiguiente, ocupa y esclarece toda su alma; y el instinto es fotófobo, -porque la luz lo mata... Entonces, ¿por qué esta mujer me quiere -tanto?... O, de otro modo: ¿por qué, si verdaderamente no me quiere, con -tanto empeño procura mostrárseme transida y cegada de amor?... -Arbitrariamente no es, porque los nardos del capricho jamás florecieron -en su jardín; luego su pasión ha de ser reflexiva, cimentada... - -Al llegar a este punto, el apretado soliloquio parecía deshilacharse; -don Rodrigo se extraviaba; comenzó su meditación partiendo del supuesto -que el amor no razona, y tras mucho discurrir sacaba en limpio que -Raquel le quería “porque razonaba”... Y apenas se sorprendió en -flagrante delito de alogia, cuando obligó a su pensamiento a cambiar de -rumbo. De pronto le pareció--¡cuántas veces le había parecido lo -mismo!--que empezaba a comprender. Raquel se esmeraba en ofrecerle un -gran amor, no para engañarle, sino por el solo dilecto deseo de realizar -una obra de belleza, ya que un perfecto amor es lo único absolutamente -artístico que existe. Ella amaba por estetismo, porque es bonito amar, -mas no por hallarse prendada positivamente de la persona que la servía -para hacer “obra de amor”, como el escultor puede gastar entera su vida -en pulir y hermosear una estatua sin hallarse enamorado de ella. El amor -es el Ideal, el dios colocado muy por encima del icono que lo -representa. Amar infinitamente es acercarse a los héroes, sobresalir, -porque sólo los elegidos, los “excepcionales”, son capaces de ser amados -y de amar hasta la perdición. Decir: “Yo amo y sé hacerme amar con -frenesí”, es más que decir: “Yo poseo toda la sabiduría o todo el oro de -los hombres”. Amar es predicar armonía, repartir alegría; “hacer arte”, -en fin... - ---Lo que muchos inferiores realizan por instinto--continuaba -discurriendo don Rodrigo--lo consigue Raquel con su superior -inteligencia. Lo que otros pintan o escriben, ella lo vive. Yo acerté a -cortejarla cuando su corazón sentía la necesidad de “producir belleza”, -y materializó en mí su aspiración; otro hombre hubiese pasado entonces, -y habría sido lo mismo; lo único que no hicieron los demás y yo sí, fué -pasar a tiempo. ¿De qué asombrarnos, cuando en la inteligencia residen -todas las capacidades del alma?... Un hombre valiente arrostra la muerte -tranquilo, sin esfuerzo y sólo por la natural anchura de su corazón; y -un cobarde inteligente verifica igual proeza por reflexión, para -imponerse a la admiración de las muchedumbres con el ejemplo de una -muerte heroica. El hombre no nació para volar, y vuela, sin embargo, -porque su inteligencia le dió alas; no nació para nadar bajo el agua, y -su inteligencia, no obstante, le permite hacerlo; y así y por razones -parecidas, una persona puede no amar, y con su esclarecida inteligencia -crear un amor... - -No dijo más, y en la penumbra del departamento su rostro aguileño se me -antojó demacrado, apagado, por una indefinible expresión de despedida. -Luego cruzó las manos, como si orase, apoyó una mejilla sobre la cabeza -de Raquel, y se quedó dormido. - -Una semana después don Rodrigo regresó a Valladolid, y extrañé que su -amada no fuese a despedirle. - ---Estará enferma--pensé. - -El me pareció más delgado y de peor color. Su nerviosidad se había -exasperado: mientras el tren corría, don Rodrigo sufría considerando -cómo aumentaba la distancia que le separaba de Raquel; cuando nos -deteníamos en alguna estación su tortura se interrumpía; pero apenas -emprendíamos la marcha nuevamente, su suplicio se reanudaba. - -Durante aquel verano hizo cinco viajes, lo menos, a La Coruña, y cuando -reaparecía en el andén de la estación gallega, siempre iba solo. Raquel -ya no le acompañaba. Una mañana llegó a La Coruña, y el mismo día -regresó a Valladolid. No llevaba equipaje, y entre sus cejas distinguí -un pliegue obscuro, de mal agüero. Aquel hombre se parecía exteriormente -al don Rodrigo que yo conocía, pero interiormente era otro. - -Mientras rodábamos comuniqué a Dos-Caras cuanto había visto y observado -en las relaciones de sus antiguos clientes. El veterano vagón tardó en -responder. - ---No sé--dijo--lo que pueda separarles; pero yo te aseguro que, de los -dos, uno acaba mal. - ---¿Por qué? - ---Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las -infidelidades no tienen importancia, acaso porque--allá en lo más -íntimo--creen que su posesión, que los hombres tanto celebran, vale -poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más -gente que los ferrocarriles. - -Tras unos momentos de silencio, añadió: - ---Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad -vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te -has manchado de sangre alguna vez? - ---Sí. - ---¿Por fuera o por dentro? - ---Por dentro y por fuera. - -Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi -“expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la -tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos. - ---Lo más grave, lo que decide de tu sino--replicó reposadamente -Dos-Caras--, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te -ensangrentaste las ruedas? - ---Probablemente menos de ocho años. - ---¡Temprano se acercó la muerte a ti!... - -Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones, -agregó, sibilino: - ---La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una _jettatura_ de drama. -Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera -equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!... - -Concluyó: - ---Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has -comunicado tu maleficio. - -Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado, -sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque--pensé--no -concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún -modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que -pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras, -fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don -profético, había hablado bien. - -Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso--los ocupantes del -convoy no llegarían a sesenta--y con un cielo transparente, -magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid -que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un -candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de -una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como -cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el -tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría -de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo, -y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que -nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a -despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada -en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a -anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros -de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas -y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los -ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante, -jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en -las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez. -Contribuía a malhumorarme la circunstancia de ser la unidad postrera -del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada. -Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado. - -Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba: - ---Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con -ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que -tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los -terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué -asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más -dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben -reservarse los sitios mejores del convoy. - -Me eché a reir. - ---Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los -terceras”--dije--habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría -de nuestros inquilinos viajan de balde. - ---Bien, sí--tartamudeó Dos-Caras--; pero eso no importa. - ---Pienso como tú. - ---No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No -reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones -debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de -la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras” -son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza. -“Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y -vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia--especialmente en los -tiempos actuales--no aprovecha para nada, o sirve de muy poco, y, sin -embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así... - -Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un -razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado -atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente -eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo; -el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí -y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de -un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné -sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal -modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi -conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable -y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido: -de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales -del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como -potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en -inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una -voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de -asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude -leer más, porque en su corazón no había más... - -Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus -bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de -aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita -de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de -frotarla pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la -frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe -llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las -mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo -las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio -parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y -si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me -libre... porque toda bala tiene algo de llave”... - -Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y -tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones -estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo... - ---Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo -sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a -matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de -ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado -y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese -menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la -tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta. -Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un -calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué -necesitaba la libertad?... - -De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía: - -“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te -adoro. Raquel”. - -Don Rodrigo suspiró; quedóse callado, sin pensar, como idiota. En -seguida reanudó su discurso: - ---¡Me adora, dice!... Es cierto. Yo sé que me quiere, y, a pesar de -quererme, la maldita quiere a otro. O, acaso sólo a mí quiere, lo que no -la impide entregarse a otro amor. ¡Ella no miente! Su corazón es mío; el -engañado es mi rival, porque ella no le quiere... Pero, si me quiere -tanto, ¿cómo puede seguir a quien no quiere? ¿Cuál es la lógica de este -absurdo?... - -Violentamente se abalanzó sobre el maletín, del que sacó ocho o diez -gruesos paquetes de cartas, atados con balduques. - ---¡Las había olvidado!--murmuró--; ¡oh, qué ligereza! Es necesario -destruirlas en seguida; no permito que nadie las lea: son suyas, son -sagradas... ¡porque son suyas!... - -Empezó a romperlas en sentido perpendicular a los renglones, para mejor -desfigurar lo escrito; en esta tarea, a la que se aplicó ahincadamente, -invirtió cerca de una hora; las cartas eran muchas; yo conté más de -seiscientas, de las cuales las más pequeñas ocupaban dos y tres pliegos. -También despedazó varios centenares de telefonemas. Y cuando todo estuvo -reducido a trizas, abrió una ventanilla, se llenó ambas manos con -aquellos pedacitos de papel, calientes como cenizas, en que una mano de -mujer, día por día, fué escribiendo la biografía de su corazón, y los -arrojó al espacio negro. Después lanzó otro puñado, y luego otro... y -otro... En seguida se asomó a la ventana, y vió que la mayoría de -aquellos trocitos de papel, atraídos por el vacío que la marcha del tren -dejaba en pos de sí, volaban como ágiles mariposas blancas, detrás del -convoy; parecían seguirle, acosarle, con la obstinación de los -recuerdos; parecían vivir, y su ansiedad humana acongojó al amante: en -el primer momento aquellos pedazos de papel eran muchos; rápidamente su -número disminuyó porque venían al suelo, como fatigados; algunos, que -habían conseguido detenerse en los salientes del furgón, arrebatados por -el viento se marcharon también con el dolor de las hojas secas. Todavía -revolaba uno, sin embargo; el último, el más tenaz: subía, bajaba, -volvía a subir... “--¿Por qué resiste tanto?--don Rodrigo pensaba--; -¿querrá decirme algo?... ¿Qué palabra de salvación habrá escrita en -él?...” Y continuó observándolo, hasta que cayó. Volvió a mirar. Ya no -quedaba ninguno, y la historia que hubo en ellos se desvaneció, tal que -un perfume, en la extensión ingrata del campo; lo que nació en el calor -de una alcoba, moría en el viento y en la nieve. Don Rodrigo, con deseos -de llorar, volvió la cabeza y subió el cristal. La primera puñalada de -aquel drama, había sido para él y la sentía en el corazón. - -Como demostrase intenciones de dormir, reanudé mi diálogo con Dos-Caras, -a quien referí cuanto acababa de observar. - ---¿Y crees tú--repuso--que matará a Raquel en la estación? - ---Estoy seguro, porque es un impulsivo terrible y no sabrá contenerse. - ---¡Con tal--gruñó--que, al disparar, lo haga de espaldas a nosotros!... -Me haría poca gracia que me agujereasen de un tiro... - -Había cesado de nevar y, al salir de Astorga, la niebla era tan espesa -que los coches apenas nos veíamos unos a otros. Imposible distinguir -las señales que nos hacían los discos; lloviznaba. Caminábamos a menos -de cuarenta kilómetros por hora, y frecuentemente La Triste nos -sobrecogía el ánimo con sus silbidos dolorosos. Minutos antes de cruzar -el río Porqueros se detuvo, empezó a pitar y al cabo siguió con -extraordinaria lentitud. La noche era absolutamente negra; -sabíamos--porque las ruedas nos lo decían--que repechábamos, y nada más. - -Dos-Caras me habló. - ---¿Cabal, tienes miedo? - -Respondí la verdad: - ---Sí, viejo: tengo miedo; ¿y tú?... - ---También; más que tú, porque tengo mayor experiencia. Es probable que -el loco de don Rodrigo nos haya traído la mala sombra. - ---¿Tú crees en brujerías? - ---Creo--replicó--en que nadie sabe lo que se esconde detrás de la -muerte, y en que si hay un espíritu interesado en salvar a Raquel podía -suceder que don Rodrigo no llegase a La Coruña... - -Sus palabras misteriosas me atemorizaron, y guardé silencio; pero como -saliésemos del túnel del Lazo sin novedad, sentí renacer mi buen ánimo. -La niebla, sin embargo, no cedía; llevábamos cuarenta minutos de -retraso, y La Triste mantenía su andar cauteloso, a pesar de que el -camino, en cuesta abajo, invitaba a correr. - ---¿Tienes miedo todavía?--pregunté a mi compañero. - ---Más miedo que nunca--repuso--; pues cuando la locomotora silba tanto -es porque el maquinista no ve y no está seguro del camino. - -A poco de salir de Ponferrada, nuestra marcha aumentó, lo que juzgué -buena señal. - ---Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde -debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo--comentó -Dos-Caras. - -En tal instante oímos varios silbidos, que parecían responder a los de -La Triste, y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable. - ---¡Un tren!--grité--¡Viene un tren!... - ---El de Villafranca--gimió Dos-Caras. - ---¿Vamos a chocar?... ¿Crees que vamos a chocar?... - -No oí la contestación de mi compañero; un estremecimiento instantáneo y -formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras -ruedas. La detención fué tan rápida, que, según me dijeron más tarde, la -pirámide de carbón del ténder se fué hacia adelante, aplastando al -maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes -no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?... El choque -de las locomotoras fué tan ingente, que quedaron empotradas la una en la -otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a -descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron -reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y -Dos-Caras, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas -montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se -desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales; -también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los -tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos -saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros -instantes de pánico, comprendí que estaba salvo y pude mirar dentro de -mí mismo, vi el cadáver de don Rodrigo tendido en medio del corredor, -con la frente rota... Había chocado conmigo, y yo le había matado. - ---He salvado a Raquel--pensé. - - - - -XVII - - -Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al -siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y -más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de -León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que -conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los -cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba -nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás, -en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo -sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante -postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el -plano descendente de mi vida empezaba. - -En los quince días que duró mi convalecencia, mis -curanderos--carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas, -electricistas, tapiceros, etc.--infligiéronme crueles padecimientos. Las -averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo -imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con -que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como -enchufarse, unas en otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé -magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después: -me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las -heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya, -se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante. -A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y -profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía -combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si -mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de -sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo -aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del -costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias -rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del -árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera -de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron -que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo -traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de -construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron -el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia. - -Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme, -a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a -corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de -la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las -redecillas para equipajes, revistieron el cuarto-tocador, cuyos -azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de -linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes, -volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi -cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al -sol. Mis camaradas me felicitaban. - ---Sea enhorabuena--decían--; estás mejor que antes, más joven... - ---¡Buen viaje, Cabal!--me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún -no habían dado “de alta”. - -Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi -historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado, -maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto -de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la -inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”. -Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba -sobre mí. “La sangre llama a la sangre”--había asegurado el viejo -compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte -años, podía volver... - -De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios -días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un -“primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se -partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó -gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u -ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se -comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo los sentía -anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos -muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito -mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y -ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los -“correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de -acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad; -en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse -verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como -sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches -tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y -frenan mejor, y representan un núcleo, una casta. - -Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer -la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde -Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de -Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los -parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo. - -Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías -tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido” -asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo -sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la -hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”, -provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la -vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos -posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos. -Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y -tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos; -estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y -venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras -resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella -enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra -inmovilidad parecía aún más trágica. - -Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados -y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que -hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía -doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el -lote figurábamos nosotros. Al reconocerme--y lo hizo con severa -escrupulosidad--uno de aquellos caballeros exclamó: - ---¡Este coche no parece malo! - -El señor a quien dirigía la observación repuso: - ---Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo. - -Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión -que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían -recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi -presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de -esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto -decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos -aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una -máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la capital por líneas -que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en -un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso -edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento. - -Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi -juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los -Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá, -dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A -mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces -era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella -parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído -sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el -movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo -parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones -gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos -que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún -la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que, -desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo -cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del -terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el -aire es más seco. - ---Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones -levantinas--pensé--será cordial para mí como una estación de invierno. - -Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía -de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana--y como para -borrar mi pasado--, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de -los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros -correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte, -sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San -Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras -flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y -alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer -a mis compañeros de ruta. - -A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a -contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a -quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a -mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El -Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras -con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y -los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba -campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un -peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron -en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le -testimoniaban respeto. - -Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres -y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente -respondí a sus averiguaciones--pues nunca me gustó caminar de prisa en -la amistad--; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la -línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña--callé que en un -“correo”--y que después del choque de Toral de los Vados trabajé dos -meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente -castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a -mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad; -debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás. -Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme -para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la -“novatada”; era algo de lo que--según muchas veces he oído contar--les -sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados. - ---¡Buen chasco vais a llevaros!--meditaba yo. - -Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me -interrogó: - ---¿De dónde eres tú? - ---¿Y tú?--repliqué en el mismo tono insolente. - ---De Zaragoza. - ---Yo nací en Saint-Denis. - ---¿San... qué?... - ---Saint-Denis--repetí. - ---Franchute, entonces... - ---No; franchute, no; francés. Y, desde que llegué a España, me llaman El -Cabal, nombre que te explicará mi condición; y es que soy completo; o, -lo que es igual: que, como nada me falta, nadie puede tener más que yo. - ---Así debe ser--repuso El Majo. - -Pero sentí que lo decía a regañadientes y que me guardaba rencor. - -Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros -asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y voces del -exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada -sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del -alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por -cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su -carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los -romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures--aunque -muy distintos entre sí--conservan la sangre de los iberos primitivos; -los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de -árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en -Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones -proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus -respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una -prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un -reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su -cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas -narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza -vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres -serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye -platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las -mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más -turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona--años después -lo comprobé por mí mismo--sólo se habla catalán; en los de Valencia, -valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches, -durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una -de las dos grandes estaciones ferroviarias de la Corte reasume el -“plano moral” de media Península. - -El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es -patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas, -Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus -bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y -algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas -norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía--la vieja -Vandalia--son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es -epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por -altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda -su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto -extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser -muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista -de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor -y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos -conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en -nuestro espíritu por obra de aquella costumbre--reflejo de nuestro -egoísmo--que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de -ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra -hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e, -inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea, -no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o -se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo -de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para ellos -una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor -vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará -acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la -filantropía. “A nuestro interlocutor--piensa--debo entretenerle, -consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al -aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una -pirueta, y así, del dolor secular--dolor de raza--de todos los -andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de -Andalucía. - -Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba -y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las -charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa--a veces -corrosiva--de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no -bien la conversación se enciende. - -La noche a que antes me refería--la de mi primer viaje a Sevilla--era -una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en -todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una -compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre -mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran -andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado -a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el -“galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le -llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba -conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante -hablaban a gritos: - ---¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?--decía él. - ---A una gorda, sería. - ---Se equivoca usted: a una flaca. - ---¡Jesús, qué mal gusto! - ---A Pilar Gil. - ---No me diga usted dónde la pellizcó. - ---Donde me pareció que tenía más carne. - ---De todos modos llegaría usted al hueso en seguida. - ---¿Que si llegué?... ¡Como que perdí la uña!... - -El picante discreteo continuó. “Pedro Domecq” quería atraer a la actriz -a su departamento; ella resistía y coqueteaba: - ---Véngase usted aquí, criatura... - ---¿Hay algún asiento desocupado? - ---¿Pero usted cree que yo iba a ofrecerla un asiento, como a una vieja? - ---¿Entonces, qué? - ---Mis rodillas, que parecen hechas de plumas, por lo blandas. - ---No me convienen. - ---¿Iba usted a tener mucho calor? - ---Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no -podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche... - ---No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar. - -Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a -despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la -confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos -rancios: - ---¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?... - ---Hombre... ¡qué sé yo!... - ---Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya -puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda? - ---Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la -que te llevas. - ---¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese, -para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?... - ---¿Dónde ibas a comprarla? - ---Yo preguntaría dónde la venden buena. - ---Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a -engañarte... - -En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la -farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el -sombrero. - ---¡No gastéis los aplausos--repetía el empresario--; no los gastéis, que -luego os harán falta!... - -Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer, -decían “adiós”. - -Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado -interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis -huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos -raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo -castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos -en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla: - ---¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!... - -La actriz se asomó: - ---¿Qué quiere usted?... - ---Hacerla una pregunta. - ---Diga. - ---¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?... - -Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De -ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una -alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de -hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a -gritar: - ---¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!... - -Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco: - ---¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?... - ---¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de -esta estación?... - -Algunos de mis inquilinos habían pasado al _dining-car_, pero la -mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo -cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud. - -Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir -mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las -planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco, -bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los -repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las -ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy -resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos, -teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla, -Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos -alto, resonaba la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba: - ---Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta -estación?... - -Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban -con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor -gracia parecía tener. - ---¿Qué tal máquina llevamos?--pregunté al Negro. - ---Superiorísima--contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz -legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole--; cuatro años hace que -ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno -administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería -perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos -recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una -locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma... - -Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel -expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un -“jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi -servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar -rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y -su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban -apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir, -dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se -alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y -empezaba a clarear. - -La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro -Domecq”, repetía inútilmente: - ---¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor -impropio de esta estación?... - - - - -XVIII - - -Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció -detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea -andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su -estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la -psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un -río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles. -Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia... -no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así -cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron, -no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más -que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra -península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que -España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas, -parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus -planicies estériles, sus ríos sin agua--aquellos mismos que hace siglos -prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como millonarios -arruinados--, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de -salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas -ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo -inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco -gobernable. - -Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el -espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente, -penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más -ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él -renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en -cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho, -especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado -El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses -que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se -hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de -conocer, y mi memoria. - -En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y -Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los -alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa -la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después -las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas--tierras de -sal--de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el -pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una -fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela, -famosos por sus inmensos viñedos. La estación de Almuradiel ocupa la -altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del -Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la -cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de -Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos -tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados -perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una -adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y -después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano, -descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para -Granada y Almería. Pasan luego--y sólo he de citar las villas -principales--Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las -Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los -viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de -Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos -dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las -siete torres--diez veces centenarias--del castillo de Bujalance, -construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos -Córdoba, triste, augusta y hermética--según el público decir--como un -altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió -sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones -con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece -enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen -un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la -romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la Giralda, maravilla -de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz... - -Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me -ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde -pasábamos. - ---Pertenecemos--decía mi compañero--a un país milagroso; y lo califico -así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por -destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de -árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque -persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y -con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los -eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos -son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto, -la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los -hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes -constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren -los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los -árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta -nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo, -a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer -justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser -aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a -patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen -tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la -habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los -rieles arena; pero ésta, al revolverse con el aceite de las langostas -estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos -obligó a inmovilidad. - -Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó: - ---En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta -no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y -no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor. -¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!... - ---El cacique--interrumpí--descendiente caricaturesco del señor feudal, -es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras -muchas partes. - ---Sí--replicó El Negro--, el caciquismo es dolencia muy española; mas no -puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está -hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la -desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros -gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas. -Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a -cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca -de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no -porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria -España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o -político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí, -los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo -para ellos y, desde luego, más teatral. - -Estas meditaciones resucitaron en mi memoria las que, a propósito de un -tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo -amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este -país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio, -los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su -desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la -autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el -mundo--discurre--me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el -“más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo, -llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide -por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada -filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero -inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos -mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias, -representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las -levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los -espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?... - -Platicando en este tono, en el que había más melancolía que -apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no -recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas -personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas -yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los -dos--pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego--, -prestaba escolta. - -Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo; -pero... tan expresivo, tan burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás -aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el -“prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y--por lo -mismo--al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque -es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo -muy serio. - -Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi -personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras -antes de dejarlas hablar. - -IDA: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos -bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo -conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y -maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste -una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre -triste como un adiós. - -DON ALFONSO: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la -vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro. - -“EL OTRO SEÑOR”--nunca oí su nombre--: la misma edad de don Alfonso. -“Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas -prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una -doble expresión muy frecuente, porque la bondad--entre los -humanos--suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes -grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico... - -Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera -mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque -dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida -nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un -servidor del _dining-car_, que repite ante la puertecilla de cada -departamento: - ---Señores: la “primera mesa” va a empezar... - -DON ALFONSO.--(_Levantándose_.) Autorícenme ustedes a marcharme. (_A -ella_.) ¿Te envío un té? - -IDA.--(_Dulcemente_.) No, gracias. - -DON ALFONSO.--(_Obsequioso_.) Un té, bien azucarado... y con unas -pastitas... - -IDA.--Me haría daño; ¿no lo sabes? (_Mirándole amorosamente_.) Come bien -tú; come por los dos... - -Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”--que también así -podemos designarle--quedan solos en su departamento. En torno suyo, -sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida, -que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza -y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha -divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más -retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita -ser justificado. - -EL.--En los trenes, de noche, no se puede hacer nada. - -IDA.--Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (_Dirige a mis dos -lámparas una mirada despectiva, que me ofende._) - -EL.--¿La gusta a usted leer? - -IDA.--Según... (_Pausa breve._) Los libros amenos no abundan. Es tan -difícil hallar un libro interesante como conocer un hombre entretenido. - -EL.--(_Con acento seguro._) ¿Verdad que son muy raros los hombres -interesantes? - -IDA.--Dos por mil. - -EL.--Exagera usted. - -IDA.--¿Le parecen pocos? - -EL.--Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque -saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más, -porque lo ignoran todo. - -Los dos sonríen. - -IDA.--Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos -casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años! - -EL.--Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos -toda la vida para arrepentirnos de nuestro error. - -Ida suspira. - -EL.--Yo, también soy un gran desengañado. (_Corta pausa._) El mundo es -monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que, -como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el -único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (_Otro -silencio discreto._) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y -maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba -toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo -añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar -entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a -contentarme con él. - -IDA.--¿Lo halló usted? - -EL.--Todavía no. (_Mirándola expresivamente a los ojos._) O, quizás, -sí... ¡No lo sé!... - -IDA.--¿Busca usted aún? - -EL.--Siempre. - -IDA.--Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (_Con un -temblor, casi imperceptible, en la voz._) Yo... ¡ya no busco! - -EL.--Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo -fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de -casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad. - -IDA.--Tal vez... (_Mueve la cabeza._) Pero, ¿a qué afanarnos en crear -ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que -detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”... -¡Como en la vida! - -EL.--(_Fervoroso._) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos -derrota... ¡volvamos a luchar! - -Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran, -entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me -alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos, -empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo. - -IDA.--¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy -artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...? - -EL.--(_Interrumpiéndola vehemente._) ¡Sí, amor! - -IDA.--El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo -quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez? - -EL.--Indudablemente, y apelo al testimonio del libro inmortal cuya -autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don -Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (_Animándose._) ¡Ah, si -la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!... - -IDA.--¡Qué locura! Amar es esclavizarse. - -EL.--Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del -aburrimiento? - -IDA.--¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que -acarrea un amor?... (_Risueña._) Oiga usted a los hombres... - -EL.--(_Exaltándose._) ¡Miserables!... La mujer que no amamos, -ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda -ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga; -la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre -llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago. - -Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el -oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la -botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es -ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio. -Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de -rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan -discreteando, pero en voz más confidencial. - -EL.--(_Con un nuevo ardor en el acento._) El mundo objetivo no existe -realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo -sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un -poquito cruel. (_Un silencio que empleará en recoger ideas._) ¿Conoce -usted la admirable película de Pietro Fosco, _El fuego_?... - -Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos, -parecen aniñarse con la curiosidad. - -EL.--Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una -mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las -tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la -hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la -interesan. “--Iré a tu casa--le anuncia--para conocerte mejor.” A la -noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el -estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una -vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la -pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase -más enamorada del pintor. “--Tienes mucho talento--repite--; un -extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las -circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “--A tu -madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de -separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma -entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles, -fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no -apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “--¿Y mi -novia?”--interroga suplicante. “--Sacrifícala también: es indispensable -que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “--¿Cuánto -tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “--Ocho horas, -señora.” “--¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “--¿Qué -haré--replica EL--si no puede alumbrar mejor?” “--Te engañas. Hay en tu -lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí. -¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo. -Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado, -cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera... - -IDA.--(_Temblando._) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se -me han quedado frías. - -EL.--Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de -los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger -pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz -vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida -una hoguera?... - -IDA.--No lo sé. - -EL.--Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su -intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un -instante si basta a enseñárnoslo todo. (_Misterioso y profético._) Y es -llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”. - -IDA.--No me atrevo... - -Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo. - -EL.--“Rompa usted su lámpara”. (_Sombrío._) - -IDA.--¿Y después? - -EL.--No pregunte usted eso: la Felicidad no tiene futuro, no tiene -“después”. Cuando el incendio le haya permitido a usted ver “lo -infinito”, ¿para qué querría usted seguir viviendo? (_Pausa._) - -IDA.--(_Con curiosidad pueril._) ¿Cómo termina el pintor su aventura? - -EL.--Malamente: porque acaba sus días idiota, en un manicomio, haciendo -pajaritas de papel. (_Transición._) Pero, ¿qué importa, si antes de caer -en la idiotez fué famoso, rico y amado?... - -El esposo de Ida, que vuelve del comedor, aparece inesperadamente: - ---Buenas noches. - -Ida lanza un pequeño grito. - -DON ALFONSO.--¿Soy importuno?... ¿De qué hablaban ustedes?... - -IDA.--Como no te sentimos llegar... (_Recobrándose._) Nuestro amigo me -contaba el argumento de una película. - -DON ALFONSO.--En el coche inmediato he saludado a la marquesa de Guzmán; -lleva a una de sus nietecitas enfermas; yo la dije que tú pasarías un -momento a visitarla; ¿quieres?... - -IDA.--(_Levantándose._) Sí, sí; hiciste muy bien. - -DON ALFONSO.--(_A su amigo._) Estaremos de vuelta antes de que usted se -marche a cenar. - -EL SEÑOR DEL CLAVEL ENCARNADO.--Muy bien... (_Saluda._) - -El matrimonio sale; don Alfonso camina delante. Al franquear la -puertecilla del compartimiento, Ida vuelve la cabeza y sonríe; y aquella -mirada y aquella sonrisa, “el hombre del clavel encarnado” las recibe a -la vez, tal que dos saetas, en el corazón. - - - - -XIX - - -Abril había empezado, y era increíble la cantidad de “turistas” -españoles y extranjeros que las festividades de Semana Santa y -Feria--célebres en el mundo--llevaban a Sevilla. A diario los trenes de -todas las líneas andaluzas rebosaban gente, y a ello contribuía mucho la -emisión circunstancial de billetes económicos de “ida y vuelta”, cuya -gran baratura aun a los más poltrones estimulaba a peregrinar. Nuestros -convoyes estaban rendidos del peso que transportaban a cada viaje; los -coches, sea cual fuere su clase, así como las vagonetas y furgones, -salían cargados de pasajeros, de equipajes, de mercancías y hasta de -muebles. Hubo locomotoras que partieron de Madrid arrastrando más de -trescientas cincuenta toneladas. En la estación central unos a otros nos -informábamos del tráfico. - ---¿Cómo iba esta mañana el “rápido”?... - ---Lleno--respondía una voz. - ---¿Y el “correo”?... - ---Lleno también: salió con retraso, porque a última hora fué necesario -añadirle dos “terceras”. - -Todos los trenes caminaban así, incluso los “mixtos” flemáticos, a -quienes apodábamos “los alcanzados”, porque siempre se quedaban atrás. -Este exceso de trabajo nos fatigaba, pero al mismo tiempo nos excitaba, -pues en la acción va envuelta siempre una alegría, y el buen humor -bullicioso--algo plebeyo--de nuestros huéspedes, se transmitía a -nosotros. El carácter, netamente andaluz, de los festejos que se -celebraban, estimulaba el andalucismo de los viajeros: los andaluces -exageraban su acento y “se comían” más letras que nunca, y hasta los -oriundos de otras regiones, arrastrados por el ejemplo, procuraban -imitarles. Mi expreso, desde el ténder al furgón de cola--y sobre todo -en las curvas, que le dan una ondulación pintoresca--parecía una calle -de Sevilla o de Córdoba; yo mismo, no obstante mi origen vasco-francés, -empecé a hablar un poquito andaluz... - -El “sábado de Gloria”, que disipa, con la algarabía de sus campanas, las -sombras de la Semana de Pasión, el número de nuestros viajeros aumentó. -Según la locución vulgar, en nuestro andén “no se podía dar un paso”. A -ello contribuía el viajar con nosotros un gran torero y un ministro, -tipos a quienes acaso por la largueza con que ganan su dinero, España, -nación pobre, venera mucho. “Su Excelencia”--decían los periódicos de -aquella mañana--se quedaría en Córdoba para asistir, en nombre del rey, -a la colocación de una “primera piedra”, y luego estudiar “un -problema”... ¡no supe cuál!... Yo le observaba: mi sencillez ha admirado -siempre a esos prohombres que dedican su existencia a dirigir discursos -a las piedras, como para probar su resistencia; a estudiar problemas y -a esconder después, primorosamente, todo lo que saben. - -El torero, uno de los más gloriosos de su época, iba más allá que “Su -Excelencia”, pues marchaba a Sevilla a curarse la herida que en la plaza -de toros de Valencia un espectador le produjo con una botella que arrojó -al redondel. - -Escoltaban al señor ministro varios periodistas y un numeroso núcleo de -figuras parlamentarias. La mayoría de aquellos caballeros pasaban de los -cincuenta años, platicaban mesuradamente, y vestían levita y sombrero de -copa. Empecé a establecer relaciones entre la forma de esos sombreros, -que únicamente usan las personas trascendentales, y la chimenea de -nuestras locomotoras. ¿Estimularán la actividad cerebral, determinarán -“un tiro” en las ideas?... “Su Excelencia” departía con todos, prodigaba -saludos y su vientre y su rostro barbado, denotaban satisfacción. El -público, al reconocerle, se detenía a mirarle, y él procuraba, en todo -momento, tener una actitud tribunicia. Le rodeaba una atmósfera de -éxito, y el personaje procuraba que a su renombre correspondiese su -figura. Para el vulgo, la prestancia es talento. - -“El teatro--reflexionaba yo--debe de ser algo así...” - -El lidiador viajaba en mi departamento-cama, y le acompañaban su -apoderado y los hombres de su cuadrilla, la mayoría sevillanos, más -otras cincuenta o sesenta personas de condición social diversa, según -sus maneras de hablar y de vestir hacían comprender. No llegaría el -famosísimo “espada” Manuel González a los veinticuatro años, y tanto -hablaban las muchedumbres de su arte, como de los dos millones de -pesetas que llevaba ahorrados, y del rumbo de su vida. Apodábanle “El -Meñique” por lo limitado de su estatura, y su abolengo gitano lo -pregonaban la negrura azabachada de los ojos, el cobre de la piel, y la -ágil flexibilidad y armónica disposición del cuerpo. Advertí que sus -veneradores eran más numerosos que los de “Su Excelencia”, y que le -miraban con mayor cariño y devoción menos interesada. Desde mis -ventanillas, varios pasajeros le observaban también, y había en sus -rostros una quietud de felicidad: aquel hombre moreno, enjuto y triste, -les parecía el símbolo de la Andalucía que iban a visitar. La multitud -se detenía a contemplarle, contenta de tenerle tan cerca, mientras -recordaba aquellos domingos triunfales en que, vestido de oro y seda, -jugó con la muerte. Yo juraría que hubo unos segundos en que el señor -ministro, celoso de la popularidad del lidiador, insinuó el ademán de -saludarle. El Meñique, entretanto, chupaba un mondadientes y -discretamente entornaba los párpados, como si aquella exhibición le -cohibiese... - -Faltaban dos o tres minutos para la salida del expreso, cuando un viento -de fronda cruzó tempestuoso por el andén. Lo levantaba un nutridísimo -grupo de viajeros--más de treinta--que no hallaban asiento y buscaban al -jefe de Estación para exigirle que añadiese al convoy otra “primera”. -Aquellos señores, pálidos de impaciencia y de cólera, componían una -manifestación antipatriótica, muy curiosa. Todos, a porfía, denostaban a -España. - ---¡Qué país!--vociferaban--; ¡esto sólo sucede aquí!... - -El más enfurecido iba sin sombrero y repitiendo a gritos: - ---¡Yo necesito llegar a Sevilla mañana!... ¡Si no llego, pierdo cuarenta -mil duros!... - -Uno decía: - ---¡Da vergüenza ser español! - -Y varios, a la vez: - ---¡Sí, señor; da vergüenza!... - -Hablando así mirábanse unos a otros, satisfechos de lucir su -cosmopolitismo y su elegancia. Los manifestantes, a quienes seguía un -centenar de desocupados, hallaron al jefe de Estación y al interventor -del expreso cerca de mí, y en altas voces manifestaron su pretensión. -Expúsoles el jefe, con bien concertadas palabras, la imposibilidad de -complacerles por no haber coches disponibles. Uno replicó estúpidamente: - ---¡Pues, los inventa usted! - -Frase que, no obstante su ausencia de sentido, enardeció a todos -aquellos señores notablemente. Los brazos se levantaban, arreció la -gritería y las manos volvíanse amenazadoras. El caballero “de los -cuarenta mil duros”, exclamó: - ---¡Si yo no salgo para Sevilla esta noche, al director de esta Compañía -le doy un tiro! - -Un señor pequeñito decía, mirando a una y otra parte con ojos de tigre: - ---¡Esto nos sucede porque no tenemos coraje! ¡Aquí no hay sangre!... ¡En -Alemania el pueblo ya hubiese quemado la estación! - -El jefe replicó mesurado: - ---No, señores: ni en Alemania, ni en ningún país bien civilizado el -público protesta, porque supone que cuando los empleados que están a su -servicio no le complacen, es que no pueden. - -Todos rugían: - ---¡Es un abuso!... ¡Si no ponen un coche para nosotros, no dejaremos -salir el tren!... - ---¡La máquina--gritó el jefe para que todos le oyesen--no puede -arrastrar más coches de los que lleva! ¡Ya lo saben ustedes!... Los -señores que quieran marchar hoy, que vayan de pie!... Les autorizo. ¡No -puedo hacer más!... - -Los manifestantes replicaron: - ---¡Pues, no sale el tren!... ¡No le dejaremos salir!... - -El jefe, que durante la discusión había ido perdiendo terreno, -reaccionó: - ---¡Atrás todo el mundo!--ordenó de súbito--; ¡retírense ustedes... o me -veré obligado a llamar a la guardia civil! - -Los revoltosos, maquinalmente, retrocedieron algunos pasos; amainaban. -El jefe repitió, avanzando: - ---Esta parte del andén la necesito libre. ¡Atrás todo el mundo! - -La multitud, acobardada, volvió a retroceder, silenciosa, con una -humildad de rebaño. Yo pensaba: “--¡Cómo le hubiese gustado al pobre -Dos-Caras ver todo esto!...” Al mismo tiempo sonó una campana, La -Regadera silbó y el convoy se puso en movimiento. Asomado a una -ventanilla, El Meñique saludó a sus amigos quitándose el sombrero, de -ala plana, y vi que el celebrado lidiador era calvo. - ---¡Viva Manuel!--gritó una voz desde el andén. - -Muchas voces acaloradas repitieron: - ---¡¡Viva!!... - -Mientras “Su Excelencia”, desde su coche, sonreía al público, como si -aquellas adhesiones de simpatía fuesen para él. - -El Meñique asistió a la “primera mesa”, y la emoción que su presencia -produjo en el _dining-car_ debió de ser extraordinaria, porque al -regresar a mí le seguían quince o veinte personas que viajaban en otros -coches. Esquivando aquella adhesión pegajosa el matador entró en su -departamento, donde se sentó; quitóse luego el sombrero, y bajo la luz -su calva socrática brilló con una melancolía de marfil antiguo: en -aquella posición su nariz aguileña parecía más larga, y su rostro -cenceño, prematuramente aviejado por la inquietud, ofrecía, ora sobre -los pómulos y el mentón, ya en las depresiones de las secas mejillas, -todas las tonalidades del cobre. - -Atento a cuanto el ilustre torero decía a sus amigos, pronto fuí -conociendo los nombres de los que le custodiaban de más cerca. Sentado a -su izquierda tenía a su apoderado, don Ricardo Fernán, persona, al -parecer, de su mayor predilección; y a la derecha a un joven prócer, de -charlar abundante y reir estentóreo, a quien unos y otros familiarmente -llamaban “marquesito”. En el vano mismo de la puerta y ocupándola casi -por completo con los hombros, permanecía Juanito Paisa; un notario joven -de Sevilla, al que todos respetaban por su manifiesto ascendiente sobre -Manuel. A Juanito le vestía el sastre de Manuel, y le calzaba el -zapatero de Manuel, y su sombrerero era el de Manuel. Juanito Paisa era, -por antonomasia, “el amigo de Manuel”, y se le conocía y consideraba por -esto más que por su profesión, cual si el rasgo culminante de su -biografía fuera haberse captado el afecto del matador. Por tanto, a -Juanito Paisa no le molestaba que “el marquesito” estuviese arrellanado -al lado de Manuel: si el aristócrata ocupaba aquel sitio era porque él, -generosamente, se lo había cedido; él no quería “acaparar” a Manuel; un -hombre como El Meñique se debía a la humanidad, y la felicidad conviene -repartirla; pero estaba cierto de que, a la menor insinuación suya, “el -marquesito” se habría levantado. Detrás de Juan Paisa, a lo largo de mi -corredor, muchos curiosos se estrechaban con el deseo de ver al -lidiador: los más pequeños, a pesar de mis temblequeos, se ponían de -puntillas. Todas mis plazas iban ocupadas; hacía calor y la fuerte -respiración de las ventanillas no bastaba a refrescar la atmósfera. - -El tema de las conversaciones era el arte de Manuel González y su miedo -a los toros. También se habló del hombre: un viajero le había encontrado -más delgado que antes; otro le hallaba lo mismo; un tercero celebraba -los brillantes que el espada lucía en la pechera. Se glosó largamente la -herida por que cojeaba Manuel; la tenía en el pie derecho, a la altura -del tobillo. - ---Se la hicieron con una botella en el preciso instante de entrar a -matar. Dicen los periódicos que ya le habían dado el “segundo aviso” y -que el público se impacientaba. - -Estas conversaciones que, por concerner a lugares y asuntos desconocidos -para mí, yo traducía mal, me interesaban menos que el entusiasmo ingenuo -de los platicadores, quienes por ocuparse de Manuel, hasta de sus -propios asuntos se olvidaban. Esta unánime y férvida admiración me -sorprendía; era nueva para mí; yo nunca había visto tantas almas vibrar -a compás, y pensé que en una novela de costumbres taurinas, antes que al -matador el papel capital debía adjudicársele a la muchedumbre, pues lo -pintoresco, lo inverosímil dentro de los grados más agudos de la -comicidad, lo bufo, en fin, está en la muchedumbre. - -A lo largo de mi tránsito yo oía cuchichear: - ---¿Qué hace ahora El Meñique?... - -Esta curiosidad candorosa, que todos hallaban muy legítima, muy -razonable, corría de unos viajeros a otros hasta la puerta donde “el -amigo de Manuel”, cuya conocida privanza todos envidiaban, montaba una -guardia sin sueño, y la respuesta venía en seguida: - ---Está hablando de las corridas de Sevilla... - -Y esta información era para todos tranquilizadora y dulce como una -ráfaga de buen aire. - -Luego circuló la noticia de que El Meñique había pagado siete mil -pesetas por un caballo; después, que quería comprar un cortijo a orillas -del Guadalquivir...; y durante larguísimo rato mis huéspedes no supieron -hablar más que de caballos y de cortijos. - -Un caballero, de buena traza y frondosos bigotes, que viajaba con su -esposa y dos hijas, ya mujeres, dejó su asiento con propósito de saludar -al Meñique. - ---¿Volverás pronto?--le preguntó su mujer. - ---En seguida. - -Salió al corredor y, favoreciéndose con los codos, comenzó a abrirse -paso; la tarea era ardua, porque la masa de viajeros allí estacionada -apenas ofrecía suturas. Sin embargo, apoyándose en unos, empujando a -otros suavemente, recurriendo con urbanas frases a la amabilidad -general adelantando siempre de perfil, como si nadase contra corriente, -el caballero “del frondoso bigote” consiguió acercarse a Juanito Paisa, -cuya atención solicitó tocándole en un hombro. Paisa volvió la cara. - ---Buenas noches; dispénseme usted: deseaba saludar a Manuel... - -“El amigo de Manuel” fijó en el recién aparecido una mirada escrutadora, -una mirada de portero. Indagó: - ---¿Usted le conoce? - ---No, señor... y quisiera tener ese gusto. Si usted le trata y puede -presentarme... - -Las mejillas de Juanito Paisa se arrebolaron de orgullo; destosió y -sonrió jactancioso. - ---¿Que si puedo presentarle?... ¡Ya lo creo! No podía usted haberse -dirigido a nadie mejor que a mí. ¡Como que el mejor amigo suyo soy -yo!... Pero tendrá usted la bondad de aguardarse un poquito, porque -Manuel está hablando y le molesta que le interrumpan. - -Muy paciente, el señor “del frondoso bigote” repuso: - ---Esperaré... - -Aquel aplazamiento le irritó unos segundos; en seguida se serenó: miró -hacia atrás, comprendió el difícil camino que acababa de recorrer, y -esta consideración le regocijó hondamente. Desde la posición conquistada -podía ver al Meñique y hasta oír, de cuando en cuando, alguna palabra de -las muchas que iba diciendo, y experimentó la satisfacción del hombre -que se reconoce bien situado en la vida. Juanito Paisa le había vuelto -la espalda. Transcurrieron doce o quince minutos, y el señor “del bigote -frondoso” se creyó olvidado; los omoplatos de Paisa proyectaban sobre -él una emoción de soledad; volvió a sentirse abandonado, casi -desgraciado...; a punto estuvo de regresar a su compartimiento, pero -pensó que su mujer y sus hijas le pedirían detalles de su conversación -con El Meñique, y esto hízole variar de propósito. Sacando ánimos de su -propia flaqueza, llamó la atención del “amigo de Manuel”. - ---¿Podrá ser ahora?--murmuró lo más gentilmente que le fué posible--; -porque... como mi familia me aguarda... - -Juanito Paisa comprendió la tribulación de aquel hombre; por iguales -zozobras había pasado él antes de llegar a ser, a fuerza de constancia y -de pequeños sacrificios, el mejor amigo del matador... ¡y fué clemente! - ---¡Ahora mismo!--exclamó--. ¡No se apure usted!... - -Avanzó lo necesario, lo estrictamente necesario, para que el señor “del -frondoso bigote” pudiese franquear la puerta, y agregó, dirigiéndose al -torero: - ---Manuel, dispensa: aquí hay un caballero empeñado en conocerte... - -Manuel González se levantó; sus labios obscuros insinuaron un movimiento -que no llegó a cuajar en sonrisa, y extendió su mano al recién llegado; -aquella mano que se mojaba en sangre de toro todos los domingos. - ---Celebro verle a usted tan bueno, amigo--dijo. - ---Muchas gracias, igualmente--repuso, visiblemente turbado, el señor -“del frondoso bigote”. - -No dijo su nombre. ¿Para qué? Hubiera sido un rasgo de orgullo. Allí ni -él ni los demás significaban nada; ante el matador glorioso no podía -haber más que admiradores. - -El Meñique añadió cortés, brindándole su asiento con un ademán: - ---Si quiere usted descansar un rato... - ---Muchas gracias... muchísimas gracias: sólo vine por tener el honor de -saludarle... - -Esta fineza la agradeció El Meñique con otro ademán. Después se creyó -obligado a presentar a las dos personas con quienes se hallaba: - ---Don Ricardo... “el marquesito”... un señor que quería conocerme... - -El visitante, por momentos más cohibido, se inclinó varias veces. Hecho -lo cual, y sin más preámbulos, ofreció al espada un riquísimo habano. - ---Para que se lo fume usted a mi salud--dijo--; en el estanco de la -estación no había nada mejor. - -Manuel miró a su apoderado, sonrió y se guardó el obsequio en un -bolsillo. - ---Se agradece--murmuró. - -Muy satisfecho de sí mismo, “el señor del bigote” volvió a estrechar la -mano del diestro; despidióse de Juanito Paisa, agradeciéndole mucho el -favor que acababa de hacerle, y de nuevo rompió a través de los viajeros -que obstaculizaban mi corredor. Tras él, con admiración, la gente -cuchicheaba: - ---Es un amigo del Meñique... - -Y las miradas envidiosas le seguían. - -En Alcázar de San Juan una veintena de personas esperaban la llegada del -expreso para saludar a Manuel, y “el ídolo” tuvo que asomarse a una -ventanilla. Todos le preguntaban lo mismo: - ---¿Y el pie?... ¿Cómo está el pie?... - ---Va mucho mejor. - ---¿Un botellazo, verdad?... - -Con mucha flema, El Meñique repetía: - ---Sí, un botellazo... - -Su longanimidad, su elegante resignación, inflamaban en sus adictos su -cariño hacia él. - ---Si yo llego a estar allí--decían--, te juro que el bárbaro que te tiró -la botella se la come... - -El diestro no contestaba; parecía fatigado. - ---Iremos a Sevilla, a aplaudirte--ofreció uno. - ---Vamos todos y te sacaremos de la Plaza en hombros--exclamó otro. - -Tristemente, Manuel González repetía: - ---Muchas gracias; si tengo suerte... - -Silbó La Regadera y empezamos a rodar. Entonces aquellos hombres -corrieron a lo largo del andén; se empujaban, se atropellaban, mientras -decían: - ---¡La mano, Manuel!... ¡Dame la mano!... - -Ninguno quería renunciar a este honor, y Manuel González procuró -complacer a todos. Luego, mientras Juanito Paisa se precipitaba a cerrar -el cristal de la ventanilla, noté que El Meñique movía y se miraba los -dedos, como si le doliesen. Juanito, que no le quitaba ojo, también lo -advirtió. - ---¿Te han hecho daño, verdad?... ¡Pero si mil veces te recomendé que no -le dieses a nadie la mano!... - -Burlón y melancólico, Manuel suspiró: - ---¿Y qué voy a dar, Juan? - ---¡Das una rodilla!...--replicó el notario. - -Por el corredor circuló la noticia de que El Meñique acababa de -lastimarse, y muchos viajeros, que ya se habían sentado, volvieron al -pasillo. Con gran regocijo de su corazón, “el amigo de Manuel” sintióse -obligado a repartir explicaciones. - ---A mí, si doy la mano--decía--no me sucede nada; pero a Manolo la gente -le quiere demasiado y, sin intención, por supuesto, le estropean. El año -pasado, en Madrid, al apearnos del tren, un admirador le cogió una mano, -y con la alegría de verle empezó a apretársela... más... ¡más!... sin -poder contenerse, como en un frenesí epiléptico, hasta que se la magulló -de manera que al siguiente día no pudo torear. - -Contempló al “ídolo” con humildes y enternecidos ojos. - ---Por eso--terminó--apenas viene alguien a saludarle, me pongo a su -lado: ¡yo no consiento que a un hombre tan bueno como él se le haga -daño!... - -Las sombras que el expreso proyectaba a un lado y otro, sobre los -repechos, me indicaban que los huéspedes de los demás coches dormían, -pues todos los vagones iban a obscuras. Unicamente mis ventanillas -persistían iluminadas, y mis viajeros, como desvelados por la vecindad -del matador, no pensaban dormir. - -En Manzanares, donde El Meñique recibió de un grupo de adictos -manzanareños vítores y parabienes conmovedores, subió a mí un individuo -treintañal, pequeño y flaco, que, no bien columbró a Juanito Paisa, -fuése a él con los brazos abiertos. - ---¡Juanito... Juanito!...--repetía aquel señor conforme iba andando--. -¡Juanito!... - -“El amigo de Manuel” pareció alegrarse de verle. - ---¡Don Felipe!--exclamó. - -Hubo, sin embargo, en su gesto cierta tibieza; fué un saludo de amo a -criado; Juanito consideraba a don Felipe “inferior”. - ---¿Adónde va usted?--agregó. - ---A Sevilla, hijo mío; a la Feria. ¡Como todos los años!... ¡A ver a -“ese hombre”, a esa maravilla!... - -Referíase al Meñique. Paisa replicó orondo, con el orgullo de quien abre -una caja de caudales: - ---Ahí le tenemos. - ---¡Ya lo sé!... Me habían dicho: “El Meñique viene en el segundo coche.” -Y por eso me metí aquí. ¿Supongo que me presentará usted a él, -verdad?... - ---Ahora mismo. - ---Usted ya sabe que lo merezco... - ---¿Cómo si lo merece usted?--apoyó Juanito--: ¡más que nadie!... -¡Adentro!... - -Penetraron en el compartimiento del torero. - ---Manuel--dijo Paisa con un reposo que daba a sus palabras solemnidad--: -voy a presentarte a un amigo “de los buenos”, a un partidario tuyo -“verdad”. ¡Cuando yo te lo digo!... - -El Meñique se levantó y estrechó la mano de don Felipe, que, con -elegancia y desparpajo, se había descubierto. Aquel hombre era calvo -también, y quedéme pasmado de su fraternal semejanza con el matador: -tenía sus ojos negros, su tez cobriza, sus mejillas tristes, su perfil -de águila... - ---Te advierto--prosiguió “el amigo de Manuel”--que no es calvo; don -Felipe no es calvo, pero se afeita la cabeza para parecerse más a ti. - -El Meñique rió francamente. - ---Hombre... ¡muchas gracias! - -Y le examinaba; y cuanto más minuciosamente le detallaba más crecía en -él la ilusión de hallarse ante un espejo. - ---Así es--ratificó don Felipe--; yo me afeito la cabeza dos veces por -semana, para asemejarme a usted más. Y cuando alguien me pregunta: “¿Es -usted hermano del Meñique?...” siento que me hincho de satisfacción. - -Ya sentados continuaron hablando, y don Felipe declaró tener guardados -en álbumes y clasificados cronológicamente cerca de cuatro mil retratos -de su lidiador favorito. - -Era más de media noche. - -Yo pensaba: - ---¿Será posible que esta gente no tenga sueño?... - -Jamás había presenciado vigilia tan larga. - -En Valdepeñas, adonde arribamos con retraso, también esperaban al -Meñique. Las escenas de Manzanares y de Alcázar de San Juan se -reprodujeron fielmente; las preguntas eran siempre: “¿Cómo está la -herida?...” “¿Fué un botellazo, verdad?...” A las que seguían varias -palabras ofensivas para la madre de quien arrojó la botella. Después, -parabienes, estrujones de manos, promesas de ir a Sevilla pronto, -vítores... y el tren que se va. - -Al salir de Valdepeñas Manuel pidió le preparasen la cama, pues quería -dormir, y delegó en su apoderado el trabajo de recibir a cuantas -personas o comisiones estuviesen aguardándole a lo largo de la ruta. - ---Porque yo--declaró--no puedo tirar de mi cuerpo. - -Aseguróle don Ricardo que nadie le molestaría, y con esta halagüeña -perspectiva el matador despidióse de “sus íntimos”, y, cojeando, -volvióse a su compartimiento. En el instante de cerrar la puerta, -Juanito Paisa le llamó, metiendo los labios por la ranura, llena de luz, -que aún quedaba entre el batiente y el marco. Juanito tenía celos de -todos los amigos de Manuel, y no perdía ocasión de demostrarles que él -era más obsequioso que ninguno y “el último” siempre con quien el -diestro hablaba al ir a recogerse. - ---¿Quieres algo, Manuel?--averiguó el notario. - ---No, gracias. - ---¿No se te ofrece nada? - ---Nada. - -Los grandes toreros, por lo mucho que en aquella y en otras ocasiones -comprobé, tienen corta la conversación. “El amigo de Manuel” miraba al -espada con cariño filial, con sorpresa, con arrobo: aquel hombre era su -admiración, su alegría, su orgullo; era casi el “porqué” de su vida... y -observándole languidecía como un “dilettante” de la pintura ante un -cuadro maestro. Con ternura de mujer, preguntó: - ---¿Para salir del tren, qué traje vas a ponerte? - ---Este mismo. - -Juanito Paisa apuntó un levísimo mohín de tristeza, y El Meñique abrió -un poco la puerta; aquel guiño acababa de lastimarle en su presunción de -mozo bien sembrado; en tal momento el amor propio le dolía más que el -pie. - ---¿Por qué dices eso?--exclamó. - ---No sé... por nada... - ---¡Habla, hombre! ¿No te gusta este traje? - -Se examinaba: era un “completo” de color “marrón”, muy ceñido, que -chorreaba majeza, obra de uno de los más afamados sastres sevillanos. A -su vez Juanito le miraba con éxtasis, casi pesaroso de haber hablado. - ---El traje “marrón”--pudo decir al fin--es perfecto, como todos los -tuyos... - ---¿Entonces? - ---Pero es que lo has llevado dos días seguidos. Por eso, para entrar en -Sevilla, me gustaría verte con el gris. ¡Tú no sabes cómo te “cae”!... - -Manuel movía la cabeza; consideraba que, para complacer a su amigo, -habría de molestarse en abrir la maleta. Juanito Paisa agregó: - ---Con el traje gris estás... ¡vamos!... ¡Estás como con ninguno! ¿Iba yo -a engañarte? - -Desasido y paciente, El Meñique repuso: - ---Bueno, hombre; duerme tranquilo: me pondré el traje gris... - -Y cerró la puerta. - -Para que el torero reposase mejor, don Ricardo Fernán, “el marquesito” y -“el amigo de Manuel” se retiraron al departamento contiguo, dispuestos a -dormir. Mis otros inquilinos también descansaban, y todas mis luces, -excepto las del pasillo, donde quedaban algunos fumadores insomnes, -fueron apagadas. Así llegamos a Venta de Cárdenas, donde, sin miedo a lo -intempestivo de la hora, varios admiradores del lidiador esperaban. Yo -les oía preguntar: - ---¿Dónde estará Manuel?... ¿Vosotros no sabéis en qué coche vendrá?... - -La circunstancia de hallarse los vagones en tinieblas les despistaba y -empezaron a correr, desconcertados, delante del convoy. Les enfurecía el -temor de no ver al “ídolo”. Algunos empezaron a gritar: - ---¡Manuel, Manuel!... - -El apoderado del Meñique y sus compañeros se miraban regocijados y -llevándose un índice a los labios, dándose mutuamente la consigna de -permanecer callados. Los venteños insistían en su demanda y con los -nudillos golpeaban en las ventanillas de los coches; pero el expreso -volvió a caminar y quedaron chasqueados. Lo propio acaeció en las -estaciones de Santa Elena y Vadollano, y en la de Baeza un individuo, -cansado de llamar al Meñique, lanzó una gruesa piedra contra mí y me -rompió un cristal. El bárbaro fué detenido. - ---El peligro está en Córdoba--decía don Ricardo. - -Y “el amigo de Manuel” repetía, afligidísimo: - ---¡Eso!... ¡En Córdoba, donde tenemos una parada de quince minutos! Allí -no hay escape... - -Sus tristes previsiones hallaron confirmación plena. Al entrar, ya casi -de día, en la estación cordobesa, columbré una multitud de más de -cuatrocientas personas, ávidas de ver al torero herido. Aquel humano -enjambre avanzó al encuentro de la máquina, e instantáneamente formó en -línea de batalla ante el convoy. A un: “¡Viva El Meñique!”, lanzado al -aire por un pecho robusto, respondió un “¡¡Viva!!...” colectivo, -ensordecedor y prepotente. - -Los coches-camas persistían embozados en su obscuridad, pero en las -“primeras” las luces lucían porque el trasiego de viajeros era -considerable. Desde el furgón de cabeza al de cola, se oía repetir: - ---¡Manuel!... ¿Dónde está Manuel?... - -Otras voces discutían: - ---Deben de venir con él su apoderado y Juanito Paisa. - ---¿De qué Juanito Paisa hablas tú? ¿Del notario? ¡Ese está en -Sevilla!... - ---Te aseguro que viene aquí: Juanito Paisa es “el amigo de Manuel” y le -acompaña a todas partes. ¡Me juego lo que quieras!... - -Tanto arreció el vocerío de los manifestantes, que don Ricardo decidióse -a mostrarse en una ventanilla. Paisa y “el marquesito”, contentísimos de -exhibirse también, permanecían tras él, muy cerca. - ---Buenos días, señores--dijo el apoderado sencillamente. - -Sus palabras, aunque articuladas en voz baja, tuvieron la virtud mágica -de llegar a todas partes, porque en el acto, la multitud corrió a -congregarse delante de mí. - ---Yo les agradezco a ustedes mucho--prosiguió don Ricardo--este rasgo de -adhesión. ¿Qué querían ustedes? ¿Ver al Meñique?... No es posible, -porque viene acostado. - -A la vez, cruelmente, los oyentes replicaron: - ---¡Que se levante!... - ---Viene dormido; pasó muy mala noche... - ---¡Despiértele usted!--gritaban a porfía unos y otros--; nosotros -también pasamos mala noche. Por verle, la mayoría de los que estamos -aquí no se ha acostado. - ---Señores--insistió don Ricardo--; yo no me atrevo a despertar a -Manuel; adviertan que se trata de un hombre herido... - ---No importa--replicaron unánimes los espectadores--; una herida en un -pie no es grave. ¡Dígale que se tire de la cama! ¡Queremos verle... -queremos hablar con él!... - -Consideraban que ya habían transcurrido ocho o diez minutos, y que el -momento de salir el expreso era inminente. Empezaron a irritarse. ¿Se -les desdeñaba?... Súbitamente la muchedumbre iba a enojarse, porque en -el alma colectiva ni la admiración ni el odio tienen entrañas ni cauces -fijos. Por fortuna don Ricardo comprendió a tiempo. - ---Pues que se empeñan--gritó--esperen un momento. ¡Voy a rogarle que se -levante! - -Corrió, seguido de Paisa, a la cama de Manuel, que estaba despierto y de -torcidísimo humor. - ---¡Arriba, Manolo!--imploró don Ricardo--; ya me oíste pelear con ellos; -no pude hacer más... - ---Yo, no me levanto--masculló el torero. - ---Harás muy mal; no necesitas vestirte; abrígate con la manta de viaje y -asómate un momento; lo esencial es que te vean, que no crean que les -desprecias... “Media Córdoba” está ahí... - -Los admiradores del diestro volvían a gritar: - ---¡Manuel!... ¡Sal!... ¡Viva El Meñique!... - -Algunos empezaron a golpearme con sus bastones, para hacer ruido. Hubo -una nutridísima salva de aplausos; después nuevas voces resonaron: - ---¡Manuel!... ¡Queremos que se asome Manuel! - -Detrás de don Ricardo, Juanito Paisa rogaba, compungido, al matador: - ---Compláceles, Manolo; de no hacerlo considera que vas a captarte muchas -enemistades, y que, un día u otro, has de venir a torear a Córdoba... - -Con aire resignado, casi místico, El Meñique se incorporó en la litera. - ---Os obedeceré con tal de que me dejéis tranquilo. - -Levantóse cojeando y, envuelto en un kimono rojo y verde, se asomó a la -ventanilla. - ---Salud, señores... - -Pequeño, flaco, cobrizo y calvo, y metido en aquel disfraz orientalesco, -a la luz blanca del amanecer El Meñique debía de simular un icono. -Muchos aplausos y vítores calurosos, acogieron su aparición. -Inmediatamente prodújose un silencio absoluto. Los circunstantes, -extasiados, contemplaban al “ídolo”; y él, a su vez, les miraba. Así -transcurrieron ocho, nueve... diez segundos... ¡Curiosos fenómenos de la -emoción!... Ya en presencia del maravilloso gladiador, nadie osaba -despegar los labios, y los entendimientos estaban como paralizados. -Hasta que en medio del hondo y general recogimiento, una voz dijo: - ---¿Eso del botellazo qué ha sido?... - -No contestó Manuel, y su rostro pálido de fetiche tampoco expresó nada. -La escena tenía una suprema fuerza cómica. La misma voz continuó: - ---Aquí todos hemos leído los periódicos: ¿de modo que es cierto que en -Valencia quedaste muy mal?... - -Mansamente, con ironía apacible y amarga, El Meñique repuso: - ---¿Para preguntarme eso me habéis hecho levantar?... - -Como nadie respondiese a observación tan justa, el torero añadió: - ---Señores, se agradece la intención... - -Y suavemente, sin cólera, levantó el cristal. En aquel momento partíamos -y entonces, tibios, rezagados, sonaron algunos aplausos. El Meñique, -dolorido en su carne y en su corazón, acaso con ganas de llorar, tiró el -kimono al suelo y se volvió a la cama. - -Aunque convencido de que Manuel González no era verdadero responsable de -nada, yo le había cobrado mala voluntad: por causa suya, sus adictos de -Córdoba me molieron a bastonazos, y en Baeza un salvaje, de una pedrada, -me había roto un cristal. Era aquél uno de los viajes peores de mi vida. -Este mal humor mío lo compartían mis inquilinos, a quienes las ovaciones -tributadas al Meñique impedían dormir. - ---Será la última vez--musitaban--que vuelva a viajar en compañía de un -torero “de cartel”. ¡Vaya una noche!... - -El caballero a quien he adjudicado el remoquete del señor “del bigote -frondoso”, tampoco descansó bien; aunque no eran las voces ni el ruido, -sino los remordimientos, los que le ahuyentaron el sueño. A este hombre -excelente le torturaba el resquemor de que el tabaco con que obsequió al -Meñique no hubiese resultado bueno, y a causa de ello el gran lidiador -hubiese formado de su persona un concepto desfavorable. Aquel puro -nefando, venenoso tal vez, era, ante los justicieros ojos de su -conciencia, como un puñal clavado en el aparato respiratorio del -matador. De esta inquietud hizo partícipes a su mujer y a sus hijas, -quienes asímismo se atribularon. La esposa preguntó: - ---¿Cuánto costó el puro? - ---Tres pesetas; era de los más caros; pero se trata de una “marca” que -yo no conozco... - ---Debías haber comprado dos, para fumarte uno; y si el tuyo ardía bien, -regalarle el otro. - ---¡Tienes razón...--suspiraba el marido mordiéndose los labios--tienes -razón!... ¿Cómo no se me ocurriría eso?... - -Toda su familia sufría de este dolor, aterrada de la facilidad con que -el descrédito puede herir a las personas. En el cerebro del hombre “del -bigote abundante”, se había incrustado la siguiente consideración: -“Antes El Meñique no tenía por qué despreciarme, y ahora sí...” - ---¿Y si volvieses a visitarle--propuso la señora--con pretexto de -informarte de su salud, y así... charlando... le preguntases si el puro -le gustó?... - ---¡Es una excelente idea, papá!--apoyaron las hijas. - -Estas palabras, ungidas de discreción, prendieron en los ojos del -ingenuo caballero una luz de esperanza. - ---¡Tal vez tengáis razón!--exclamó a la vez receloso y contento--; las -mujeres sois el Diablo: lo intentaré. - -Eran más de las ocho de la mañana y trasponíamos la estación de Los -Rosales, cuando “el señor del bigote” dejó su compartimiento resuelto a -echar dudas a un lado. - -En el pasillo encontró, precisamente, al Meñique, vestido de gris, y a -Juanito Paisa, que chupaba un puro. “Para no detenerme mucho con -ellos--pensó--fingiré dirigirme al cuarto-tocador...” Avivó el paso y -procuró dar a su saludo una elegante ligereza. - ---Buenos días, Manuel... - ---Buen día--replicó el matador. - ---¡Celebro hallarle solo! ¿Me permite usted una pregunta? - ---Todas las que usted quiera hacerme. - ---¿Cómo era el habano que le dí anoche?... El temor de que fuese malo no -me ha dejado dormir. - -El Meñique interrogó a Juanito Paisa: - ---El habano que estás fumando, ¿no es el que me regaló el señor? - ---El mismo--repuso Juanito--; ¡y es muy bueno!... ¡Palabra!... - ---Los tabacos que me ofrecen--agregó el torero con su hablar -parsimonioso habitual--yo los acepto para obsequiar a mis amigos; pero, -yo, no fumo... - -El señor “del frondoso bigote” balbuceó algunas frases vulgares de -despedida y, por hacer algo, se metió en el cuarto-tocador. Estaba -avergonzado. - - - - -XX - - -Los diarios de Sevilla informaron a sus lectores de que la víspera, y -por efecto de una maniobra inhábil, el expreso de Madrid había salido -con cerca de media hora de retraso; pero en el fárrago de hechos que -rellenan la vida cotidiana el suceso escapó inadvertido, lo cual no me -extrañó, pues los hombres creen que la vida consciente no se extiende -más allá de ellos mismos. ¡Ah! Si supiesen leer ¡sólo un poco!... en el -Misterio, hubieran reconocido que lo que creyeron choque fortuito de dos -vagones, era un desafío. - -Efectivamente, el tiempo, lejos de suavizar las asperezas de mis -relaciones con El Majo, las había hecho más vidriosas y difíciles. -Acostumbrado a ejercer hegemonía despótica sobre el convoy, mi enemigo -no aceptaba que yo le tratase de igual a igual, y sin otras -consideraciones ni reverencias que las mismas, exactamente, que él me -tributaba; yo, por mi parte, no le consentía la menor insinuación -autoritaria: éramos de la misma fuerza y de temple parecido, y, -fatalmente, teníamos que pelear. No perdía ocasión de hostilizarme: en -las estaciones del tránsito paraba súbitamente, para que yo me -lastimase contra él; en las cuestas arriba se dejaba ayudar por mí, y -una noche, cruzando Despeñaperros, intentó lanzarme fuera de la vía en -una curva. La cobardía de su traición me encendió la cólera, y -arrastróme a decirle los peores insultos. - ---Eres--le dije--un majadero y un villano, y hemos de matarnos. - ---Iba a proponértelo--repuso muy engallado. - ---Pues en la primera ocasión será, y poco he de poder si no te expulso -del convoy. - -Estábamos, pues, desafiados, y pendientes del lance todos los coches. -Hasta las máquinas supieron la noticia, y huelga añadir que unánimemente -las simpatías se hallaban de mi parte. Era seguro que El Majo, -profesional de la baratería, no me tenía miedo; pero tampoco me lo -inspiraba él a mí, y si ya no habíamos liquidado cuentas fué por -ausencia de ocasión. Presentóse ésta al cabo en la estación de Sevilla, -una tarde, con motivo de un _sleeping_ que, por averías, debía ser -retirado del “expreso”. - -Sucedía que cuando La Sabrosa andaba de maniobras, bien porque tuviese -que beber agua o proveerse de carbón, o ayudar a empujar algún -“mercancías”, siempre iba sola; esto era lo frecuente. A veces, sin -embargo, llevábase consigo al primer furgón, y también al Negro; y así -yo siempre me quedaba quieto y unido a “la cola” del convoy. En la tarde -a que me refiero el mozo que acudió a fraccionarnos, bien por -equivocación o porque así se lo hubiesen mandado--me inclino a creer lo -primero--en vez de separarme del Negro, según solía, me apartó del Majo, -y así nos proporcionó la oportunidad de pelear que tanto ansiábamos, -pues nada se parece a la sed, ni hace mejores migas con el insomnio, que -el deseo de venganza. Mientras nos desunían, mi rival me advirtió: - ---Pues te corresponde la ofensiva, tómala con coraje. - ---Luego me dirás--contesté orgulloso--si supe complacerte. - -Y seguí a la máquina. Nuestro duelo había de ser, forzosamente, -rapidísimo: limitábase al choque, más o menos rudo, que tendríamos -después, al reunirnos; de consiguiente todo nuestro odio, todo nuestro -futuro crédito también, debían concentrarse en un golpe supremo y -decisivo. Para impedir que el maquinista--como siempre hacía--regulase -el movimiento aproximativo de las dos partes del “expreso”, precisaba -interesar a La Sabrosa en el desafío y erigirla en una especie de “juez -de campo”. Por medio del Negro, del furgón de cabeza y del ténder, hablé -con ella, y no bien cruzamos algunas palabras cuando su voluntad estuvo -de mi parte. - ---Es indispensable--la dije--que cuando volvamos atrás y yo me halle a -cincuenta o sesenta metros del Majo, fuerces tu velocidad, para lo cual -arréglatelas de modo que tu “regulador” no funcione, pues de lo -contrario el maquinista te obligará a ir despacio. - ---Lo haré así--repuso La Sabrosa--; pero, la verdad: ¿tienes muchos -deseos de topar con El Majo? - ---Quiero--exclamé vehemente--partirle el cuerpo. - ---Vamos a dar un escándalo... - ---No importa, pues que en ese escándalo va envuelta una lección. -Conviene escarmentar a los perdonavidas. - ---Pues, prepárate, Cabal, y reúne bien tus ímpetus--replicó La -Sabrosa--porque ya volvemos. - -Había bebido lo necesario y recogido seis mil kilos de carbón, y -engrasada y reluciente retrocedía con su suave y poderoso rodar -señorial. Desde otros carriles muchos vagones me observaban, y por la -expectante atención que en ellos había les comprendí advertidos del -lance. Aquellas miradas, en cada una de las cuales había un mordisco -para mi amor propio, redoblaron mis ánimos: sentí que toda mi tablazón -se contraía y endurecía, semejante a un músculo; que mis pernos y -tornillos se apretaban, y que, a la vez, en sus marcos respectivos, -todas mis puertas y ventanas se disponían al golpe. - ---Apóyate en mí, Cabal--murmuró a espaldas mías El Negro. - -Al término de la vía mi rival me aguardaba, y en cada uno de sus topes, -redondos como puños, había una criminal amenaza. Sólo nos separaban -cincuenta metros cuando el maquinista quiso dar contramarcha; pero La -Sabrosa no amainó su velocidad; inquieto el maquinista afianzó ambas -manos al volante, y por segunda vez fué desobedecido. Los frenos también -parecían rebelados; el choque iba a ser terrible; varios empleados -corrieron hacia la locomotora, gritando: - ---¡Atrás... atrás!... - -El maquinista, muy pálido, explicaba a voces: - ---¡No puedo!... ¡No obedece!... - -Al encontrarme con El Majo, le dije: - ---¡Aguanta, si puedes!... - -Y cerré contra él, sirviendo a mi destructora intención con todo mi -peso. Lo hice descarrilar: primero fueron sus cuatro ruedas delanteras -las que se salieron de la vía; luego su cuerpo comenzó a inclinarse y -segundos después perdía el equilibrio y se desplomaba sobre un costado, -al aire todos sus rodajes; como muerto. Su imperial, en casi toda su -longitud, quedó abierta. Yo, con asombro y regocijo de mis camaradas, -permanecí firme: ni una sola de mis piezas se estremeció; ni siquiera mi -dínamo padeció. De aquella refriega, en la que, sin culpa, el fogonero y -el maquinista quedaron heridos, yo salí únicamente con los cristales -rotos. - -Tres días permanecí ocioso, en tanto me arreglaban la cristalería y un -carpintero remachaba algunos clavos que, con la percusión, habían sacado -la cabeza de la madera como para enterarse de lo acaecido; y luego me -añadieron a otro “expreso” recién formado; un convoy lleno de ese -proverbial buen humor andaluz tan rico en hipérboles y en símiles -dichosos. Mis compañeros se titulaban “cómicos”, y algo de esto recuerdo -haber dicho en otro capítulo de estas “Memorias”. La máquina que -trabajaba entre Sevilla y Córdoba era La Empresa; el coche-cama, La -Primera Actriz; entre las unidades de “primera” había un Galán, un -Apuntador, una Característica, un Barba... En cuanto a mí, aunque sabían -mi nombre y mi reciente lance me enmarcaba de prestigio, empezaron a -llamarme El Representante, por lo urbano y bien dispuesto que todos me -hallaron, y con tan buena gracia lo hacían que ni una vez quise -protestar. - -Con estos excelentes camaradas rodé largo tiempo, y su optimismo y sus -agudezas me proporcionaron muchos ratos amables. ¿Qué habrá sido de -ellos? Todavía mi salud continúa recia, pero comprendo que el espíritu -ha cambiado, y lo advierto en la desgana con que hablo, pues según las -cosas--con los años--van perdiendo importancia a mis ojos, día tras día -y en proporción igual me cuesta mayor trabajo discurrir con entusiasmo -acerca de ellas. “Todo desmaya, todo envejece”...--pienso--; y la -tristeza y el cansancio, entrañas de la vida, insensiblemente penetran -en mí. He adquirido una capacidad nueva y útil para acercarme a lo que -parece pequeño y conocer su profundidad, y merced a este don, el mundo -lo imagino más caudal y variado que antes. A ello atribuyo la -resurrección de ciertas imágenes que, durante tres o cuatro lustros, mi -misma turbulencia juvenil mantuvo desechadas y como cubiertas de polvo -en los últimos rincones de la memoria. - -Por ejemplo: siendo muy mozo, llegué un anochecer autumnal a un pueblo -vasco. ¿Era Andoaín? ¿Era Urnieta?... ¿Hernani, quizás?... Poco importa: -sólo sé que llovía bien, que hacía frío y que el aguacero tamborileaba -sobre las techumbres y los cristales del convoy. Lejos, en el paisaje -neblinoso, fulgían algunas luces. Olía a jaras. Detrás de la pequeña -estación, de pronto, resonó un rasgueo de guitarras, y una voz varonil, -entonada y caliente, empezó a cantar un zorcico. Aquel crepúsculo -húmedo, aquel porfiado llover, aquella tonadilla triste... ¡qué bien -rimaban!... La copla parecía diluirse en el paisaje lloroso, y el -paisaje, a su vez, sollozaba en la canción. ¿Por qué ahora, después de -tantos años, este delicado recuerdo vuelve a mí?... - -Por movedizo y vagabundo quizás, me interesaban los ríos, cuyas aguas -sólo nos dicen adiós una vez; y más que los ríos, que realizan la -paradoja de los que estando siempre en marcha nunca acaban de irse, los -caminos. - -¡Oh! ¡Esos caminos que, de noche, bajo el livor astral, simulan cauces -secos!... ¿Quién no sufrió su poesía arcana?... Ellos significan mucho -más que un lazo de unión entre dos pueblos: parodia dichosa son del -Tiempo, porque como él están a nuestro lado, y delante... y detrás; y -como él no cambian, y, sin embargo, jamás hubo sobre ellos dos puntos -exactamente iguales; y, como él, en fin, no se mueven y parece, no -obstante, que se van. Asímismo constituyen, al igual del Tiempo, el -vehículo de lo más malo y de lo más dulce: por ellos ambulan la Gloria y -la Suerte; por ellos vienen las novias de los hombres, vestidas de -blanco; por ellos, tras la diosa Aventura, se fueron los hijos, y los -padres pasaron en un coche negro... Son también la experiencia, y por -eso, sin hablar, guían; y mientras el campo uniforme calla, ellos, al -peregrino que equivocó su rumbo, le dicen: “¡Sígueme!”... - -Si la tierra, con todas aquellas divisiones que la geografía política -determina, representa “el rostro de la humanidad”, los caminos marcan -los pliegues o surcos de ese rostro. Las emociones, siguiendo una vez y -otra trayectorias idénticas, llegan a pintar arrugas en la cara del -hombre, como las gentes rústicas, ambulando sin otro guía que su -instinto, bocetaron los primeros caminos; y su intuición fué certera, -pues generalmente el lápiz del ingeniero ratificó más tarde, sobre el -papel, el rumbo que en el campo verde dejaron los pies descalzos del -patán. En las fisonomías inteligentes y movibles abundan las arrugas, -como en las naciones muy trabajadas por el progreso hay muchos senderos. -Para las impresiones, los surcos de la piel son los caminos del -semblante; para los vagabundos, los caminos son las arrugas de la -tierra. - -Caminos de hierro, por los que, con una velocidad de ochenta y de -noventa kilómetros por hora, corre la vida; caminos carreteros, limpios, -señoriales, que devanáis vuestra cinta gris bajo el amparo de la Ley; -caminos de herradura que, atravesando bosques, guardáis en vuestra línea -ondulante un gesto incierto y trovador; caminos cubiertos, suspendidos -atrevidamente entre el llano y el acantilado del monte; veredas serranas -que, trepando unas veces, descendiendo otras, bordeáis el espanto de los -abismos y conserváis--semejante a un perfume silvestre--la indecisión -del primer viajero; rutas, en fin, sea cual fuere vuestra categoría y -preeminencia, con que el horizonte responder parece a la insatisfecha -impaciencia de los hombres: ¿quién no ha sentido vuestro imán; quién -nació tan sordo de corazón que no oyese vibrar, en lo más recogido de su -alma, vuestra voz sirena?... ¿Y cuál es vuestra poesía que lo -magnificáis todo de manera que, hasta el mismo mar, cuando la luna -tiende sobre él su calzada de plata, se ofrece más bello?... - -¡Ah!... Si yo pudiese hablarles a los humanos les exhortaría a no -languidecer, ni un instante, en el estéril reposo de las vidas quietas, -sino a marchar constantemente, así por los caminos del mundo, como tras -las ideas y las pasiones, caminos del espíritu. Yo les diría: “Hombres, -viejos o jóvenes: desead, moveos, renovaos sin sueño, adorad los -caminos: tened siempre un rumbo para vuestros pies, llevad siempre -encendida en el alma, a modo de brújula, una ambición. Por mucho que -hayáis luchado, acordaos de que la Muerte, cuando llegue a vosotros, os -debe hallar en pie”... - -Esto que digo de los caminos, explica mi cariño a los árboles, que -reparten el bien y mueren en silencio, y tienen la dulzura de la -filosofía panteísta. - -No hablaré de aquellos que cubren los parajes solitarios y, amparándose -unos a otros, forman bosques espesos: los castaños, los robles, los -nogales, los alcornoques, los pinos siempre verdes, las encinas--mis -abuelas--torcidas como raíces, los olivos descendientes de los que -florecían en el huerto donde Jesús se dejó atar las manos. Todos ellos -viven apartados del tráfago humano y parecen felices: lozanean a su -alrededor altos herbazales que, defendiendo la frescura del suelo, los -benefician; por las mañanas, sus frondas sin polvo y mojadas de rocío -tienen la fuerte alegría verde del mar. En verano, a la hora sin brisas -de la siesta, el canturreo lascivo de las cigarras los adormece, y de -noche, bajo la melancolía lunar, sus sombras, alargadas sobre la tierra, -parecen almas. Así viven siglos: nadie los molesta; de tarde en tarde, -un cazador furtivo, un grupo de contrabandistas, un tren que huye a lo -lejos... - -Tampoco hablaré de aquellos árboles que embellecen los jardines -públicos. Alineados, podados, monótonos, no tienen la altivez ni la -melancolía arisca de los otros, sus hermanos del bosque: antes -muéstranse débiles y tristes, cual conscientes de su esclavitud. Son, no -obstante, verdaderos mimados de la fortuna, y servidores uniformados -vigilan su reposo, y limpian sus troncos de vegetaciones parasitarias y -de insectos nocivos; se los abona, se los riega, se los rodea de césped, -y cuanto les circunda es alegre, porque la muchedumbre que acude a los -paseos sólo va a solazarse. Quizás estribe en esto mi desdén hacia -ellos; me parecen empleados del ayuntamiento; no me interesan... - -Entero mi amor lo consagro a los árboles olvidados de la suerte, a los -árboles-parias, a los árboles trágicos, que el hombre o la casualidad -sembraron al borde de los caminos. Nadie los defiende, nadie los cuida; -y ellos, sin embargo, no vegetan egoístamente como los otros, sino que, -bondadosos, extienden su ramaje sobre la aridez de la carretera por -donde el dolor de la vida pobre, de la vida triste, pasa lentamente, y -amparan al peregrino y defienden del sol a las bestias cargadas. Nunca -pude ver sin emoción esas hileras de árboles que en la sequedad de la -planicie castellana derivan hacia el horizonte marcando las ondulaciones -de un camino. Parecen marchar tras de un entierro, y en su ramaje ralo -que sombrea a intervalos la ruta polvorienta, hay un ascetismo. ¡Qué -tristeza la suya, tan honda! Solos, abandonados, nadie acudirá a -levantarlos si el huracán los derriba, ni los desembarazará de la -cizaña, ni lavará el polvo calizo que mata su fronda, ni les dará un -poco de agua cuando sus raíces, bajo el sol de agosto, mueran de sed. -Nada los defiende. El carretero cortará de ellos la vara que necesita -para apalear su ganado, y al pie de su tronco los pastores, en las -noches de invierno, encenderán la hoguera con que han de calentarse. -Eucaliptos, higueras, álamos erectos, chopos llenos de gracia, acacias -plateadas... no merece perdón el ingrato que arranque a vuestro ropaje -una sola hoja. Si sois bellos y buenos, si dais hermosura al paisaje y -salud al hombre, ¿quién exigirá más de vosotros?... - -Esta asotilada inclinación mía hacia los desvalidos y los humildes, me -ha ayudado a bucear más hondo en el alma humana, y colocado en -disposición de discernir matices sentimentales que antaño no hubiese -visto; mi sensibilidad actual alcanza un campo de acción mayor que -nunca. En una palabra: me he refinado, me he pulido. Gracias a ello -comprendí la dolorosa agudeza emocional del episodio que narraré a -continuación y que sin titubeos coloco entre los más bellos de mi vida. - -Empezaban a sentirse los primeros fríos de un mes de octubre; día tras -día el añil celeste se debilitaba, y por los campos corrían temblores -amarillentos. Algunas hojas secas habían caído ya, y el serojo empezaba -a llenar de dolor las zanjas. Era la estación en que los trenes regresan -a la Corte cargados de veraneantes, y se marchan vacíos. - -Aquella noche, al salir de Madrid, sólo llevaba conmigo cinco pasajeros. -Me interesó uno de ellos por su aspecto decaído. Aparentaba cincuenta -años, pero acaso tuviese muchos menos: era alto, esquelético, encorvado, -trémulo, y al andar se apoyaba en un bastón de muletilla que asía con -una mano flaca, húmeda, impaciente, con esa fiebre--deseo de agarrarse a -todo--que pone en los dedos la agonía. Aquel hombre, a quien nadie fué a -despedir, alquiló cuatro almohadas y se instaló junto al corredor y de -espaldas a la máquina. Tuvo un largo y angustioso ataque de tos, y -empapó en sangre un pañuelo. Yo creí que se acostaría; pero mantúvose -sentado, acaso porque en esta posición respiraba mejor. Poco a poco -ordenó a su alrededor las almohadas: una, a la altura de los riñones; -otra, detrás de la cabeza; las dos restantes, debajo de los brazos. -Hecho esto pareció descansar, y suavemente, como aliviado, entornó los -párpados; mas apenas sus ojos--que eran grandes y ardientes--se -apagaron, cuando me pareció que su rostro pajizo cubríase de nueva -lividez, y que su nariz aguileña se afilaba, y sus pómulos salientes se -acentuaban más; y advertí también que entre el bigote lacio y las -descuidadas barbas, la boca, de labios blancos, había quedado abierta. -Así, enfundado en un viejo gabán, con el perfil vuelto hacia arriba y -una boina que, ajustándole las sienes, realzaba la convexidad del -frontal, mi huésped parecía un cadáver. - ---No tardarás en bajar a la tierra--pensaba yo. - -De vez en vez, molestado por mis traqueteos, abría los ojos, tosía, -escupía en su pañuelo y tornaba a adormecerse; aunque no era el sueño, -sino la flaqueza y total ruina de su organismo, lo que le inmovilizaba. -Pronto le olvidé. - -En el andén de Alcázar de San Juan vi una mujer de buena estatura, de -cabellos castaños y vestida de luto, a quien en seguida reconocí. ¡Era -Raquel!... Y la silueta ensangrentada del infeliz don Rodrigo pasó, -semejante a un remordimiento, por mi memoria. En los cuatro años -transcurridos desde entonces la silueta de mi antigua “cliente”--como -hubiera dicho Dos-Caras--había mejorado. La encontré más esbelta y ágil -que antaño, y también más triste; indudablemente el luto la -espiritualizaba, la embellecía. - -“¿Vestirá así por “él”?...”--me dije. - -Y seguí meditando, mientras la observaba: - -“¡Si supieras que este vagón, que crees no conocer, es el mismo que -tantas veces te llevó y te trajo de La Coruña a Valladolid! ¡Si supieses -que yo, leyendo en el pensamiento de tu amante, que te adoraba, muchas -veces te vi desnuda!... ¡Si el corazón pudiera explicarte que me debes -la vida, porque fuí yo quien mató a tu hombre la noche, precisamente, en -que él iba a matarte!...” - -Raquel se acercó a la “Biblioteca”, a comprar algo que leer, y la oí -platicar con la vendedora. La joven había pedido obras de Leonardo -Ruiz-Fortún, escritor entonces muy en boga. En los armarios, a la vista, -no quedaba ninguna, por lo cual la vendedora púsose a registrar en un -arcón: sus manos, conocedoras y diligentes, avezadas a manejar libros, -iban de un volumen a otro. - ---¡Bien sabía--exclamó, incorporándose--que quedaban varias! Tome usted: -_Silencio_... Es una novela que las señoras piden mucho. - -Raquel suspiró: porque aquella obra tenía para ella un recuerdo: - ---La he leído... - ---Vea, otra: _El amigo íntimo_. - ---También la he leído; conozco casi toda la producción de Ruiz-Fortún; -es mi autor predilecto. - ---Otra... la última: _Años de paz_. - ---¿Ah?... ¿Es nueva?... - ---Acaba de ponerse a la venta; la recibimos ayer. - -Con aire desasido Raquel abonó el importe del volumen, que empezó a -hojear, y cuando, de pronto, acertó con ese “paisaje interior”, de -irisada y taladrante observación, que todos los _dilettanti_ del libro -buscan en la obra recién comprada, sus ojos--¡ah, prodigios del -arte!--fulgieron de emoción. - -Inmediatamente se acercó al “expreso”, que ya se iba, y, sin vacilar, -obediente a la sugestión arcana de las cosas, subió a mí y fué a -colocarse--dando el rostro al camino--en el departamento donde viajaba -el enfermo de que hablé antes. Era el mismo compartimiento en que don -Rodrigo hizo su postrer viaje, y la decisión rectilínea--voz de -fatalidad--con que penetró en él, pudiendo haber elegido otro, me -calofrió. Yo hubiese querido decirla: “Raquel: el coche que ahora te -lleva a Andalucía es antiguo conocido tuyo; es el que tú y tu Rodrigo -llamabais “nuestro vagón”. Yo sé cómo besas, y doy fe de cuánto él te -quiso; yo le he oído dudar de tu cariño y le he visto romper tus cartas. -También le vi muerto: donde su cuerpo estuvo tendido, tú, ahora, sin -saberlo, acabas de poner los pies; hubo sangre suya ahí, por donde tú -has pasado”... - -Raquel, después de sentarse cerca de una ventanilla, miró a su -alrededor; esto es, “me miró”. Seguidamente y acaso bajo mi influencia, -pensó en el amante muerto, y por su frente resbaló una melancolía. En su -espíritu leí este nombre: “Rodrigo”; y, a continuación, aparecieron los -ojos claros y el bigote rubio del sin ventura. Suspiró y su conciencia -se llenó de obscuridad. Yo la miraba con cariño: si la hubiese visto -acompañada de otro hombre, la habría odiado; pero iba sola, y aquel -afecto que, tras de tanto tiempo, dedicaba al amado, me la hacía -simpática. Y volví a pensar: “¿Por quién llevará luto?...” De su mano -izquierda, que exornaban antaño una esmeralda y un rubí, la esmeralda -faltaba, como si su dueña hubiera querido dar a entender así que la -esperanza había emigrado de su corazón. - -Raquel observó unos momentos el cielo límpido y estrellado. Después sacó -de un “neceser” una plegadera de marfil y oro, y con una parsimonia, que -era una caricia, comenzó a cortar las hojas del libro: lo hacía con -esmero, con amor... En seguida emprendió la lectura, e interesada, tanto -por el estilo apasionado como por el asunto, leyó, de un tirón, lo menos -veinte páginas. - -Bruscamente el viajero que llamaré “de las cuatro almohadas” comenzó a -toser; a cada nuevo esfuerzo se incorporaba, jadeante, lívido, como si -fuese a dictar su última voluntad, mientras con una mano desesperada se -arañaba el pecho. - ---Es un tísico--monologueó Raquel--; un incurable... - -Y, aunque piadosa, apartó con disgusto los ojos del desconocido, que -proyectaba un perfil macabro sobre mi fondo gris. - -Nuevamente reanudó su lectura. - -En aquel momento el autor trazaba, con rasgos magistrales, el hechizo -perezoso de una siesta andaluza: Eran las tres de la tarde de un día de -agosto: “Alicia”, la heroína, esperaba a su amante escondida entre las -persianas del balcón; del cielo azul descendía una ola de fuego; en el -sosiego provinciano de la calle un pianillo de manubrio desgranaba las -notas de un vals sensual; en las ventanas y sobre los arriates de las -azoteas, las macetas de claveles y de nardos ardían, como llamas, bajo -el sol; y en aquella orientalesca borrachera de calor y de luz, el -corazón de Alicia volaba hacia el campo, donde todo es saludable y -violento... - -Por segunda vez Raquel miró a su compañero de viaje. El infeliz tosía y -se ahogaba; gruesas gotas de sudor perlaron su frente; sus ojos se -desorbitaron con la angustia. Después, ya calmado, volvió a reclinar la -cabeza hacia atrás y sus mejillas, empurpuradas momentáneamente por la -asfixia, recobraron su lividez. Raquel pensó, egoísta: - -“Este pobre hombre me da asco. Si no se duerme cambiaré de coche”... - -Tornó a su lectura, y rápido el superior espíritu de Ruiz-Fortún, su -autor favorito, volvió a poseerla: como un brujo la dominaba, la -aturdía. Había en el verbo del gran artista, adorado de las mujeres, una -emoción quemante y como irisada, dotada de milagroso vigor. Todo era en -él pasión, ímpetu, amor romántico y exaltado. Leonardo Ruiz-Fortún era -un griego que resucitaba en el cansado occidente el espíritu optimista -de la vieja Hélade. De sus libros, el pesimismo, que es cobardía, estaba -proscripto, y todos sus personajes eran audaces y hermosos como -héroes... - -Embelesada, Raquel cerró lentamente sus largos ojos negros... y, de -súbito, la imagen lejana de don Rodrigo ocupó unos segundos su memoria. -Humilló la cabeza; se quedó triste, con esa segura melancolía que emana -del fastidio; hacía tiempo que esta disposición depresiva de alma la -visitaba. - -“Me aburro--pensó--y aburrirse, cuando estamos solos, equivale a no -hallarnos satisfechos de nosotros mismos; es “odiarnos” un poco...” -Luego, una idea pintoresca turbó agradablemente su espíritu: “¿Cómo -sería Ruiz-Fortún?...” ¡Ah! De haberle ella conocido, seguramente le -hubiese amado. - -Llegábamos a Santa Cruz de Mudela, donde mudábamos de locomotora; eran -más de la una de la madrugada. El hombre “de las cuatro almohadas”, a -quien mis luces daban una apariencia espectral, sufrió un nuevo acceso -de tos, y Raquel hizo sobre sí misma un esfuerzo para no oirle. Momentos -después reanudó su soliloquio: - -“Sí; el autor de _Años de paz_ tenía razón: no todo en el mundo es -podredumbre y felonía. El vulgacho es lodo, pero sobre la gentuza -egoísta y sórdida campean voluntades diamantinas y espíritus horros de -impureza, que saben hacer de la vida una plegaria excelsa; y Ruiz-Fortún -pertenecía a esos elegidos...” - -La tos del paciente, que sonaba lúgubre como una voz salida de la -tierra, quebrantó transitoriamente el hilo áureo de aquellas -meditaciones. La joven tuvo un nuevo gesto de impaciencia y de asco. -Luego su fantasía volvió a piruetear y pensó en escribir a Ruiz-Fortún -explicándole la desolación de su espíritu y la admiración--veneración, -más bien--que hacia él sentía; y como el novelista, a fuer de cumplido -caballero, se apresuraría a contestarla, era seguro que llegarían a ser -amigos... amantes, quizás... En este punto de su laborioso discurrir la -figura del escritor, por primera vez, la preocupó, pues ella jamás -habría podido enamorarse de un hombre feo. ¡No!... La naturaleza no -gusta de dejar sus obras inconcluídas: los artistas divinos y deformes, -como Leopardi, son, afortunadamente, muy raros. Y Raquel se tranquilizó -al convencerse de que Leonardo Ruiz-Fortún tendría, como lord Byron, una -hermosa cabeza juvenil, grave y triste... - -En Venta de Cárdenas subieron a mí y se instalaron en el departamento -donde iba Raquel dos viajeros, que debían de ser madrileños por lo que -de su acento y conversaciones pude colegir. Transcurrió la noche. A la -mañana siguiente, al llegar a Córdoba, el señor “de las cuatro -almohadas” se incorporó, saludó con una sonrisa glacial a sus compañeros -de viaje, y salió al corredor. Caminaba inclinado, tembloroso, y, al -andar, arrastraba un pie. Tras él, en el departamento, quedó flotando un -olor a hospital. Cuando descendió al andén y le vi alejarse, de espaldas -a mí, pensé: “Ya siempre te veré así, porque tú no vuelves...” - -Mi asombro fué enorme al oír que uno de los dos pasajeros que viajaron -con él desde Venta de Cárdenas decía a su amigo: - ---¿Conoce usted a ese que acaba de salir? - ---No. - ---Leonardo Ruiz-Fortún. - ---¿El novelista? - ---El mismo: creo que el pobrecito se quedará en Córdoba... - -Raquel, que, como yo, había seguido este diálogo, a durísimas penas -reprimió un grito. ¿Era posible que aquel tuberculoso, aquella -lamentable piltrafa de la vida, fuese el mismo escritor de inspiración -férvida, de propósitos anchos, de estilo recio, con quien ella horas -antes, precisamente, había soñado? ¿Cómo en un cuerpo exangüe, casi -muerto, podía alojarse un espíritu así?... ¿O era que, tal vez, la misma -implacable brasa del alma había roído la carne hasta consumirla?... - -“¡La naturaleza es ciega! ¿Para qué fantasear? ¿Para qué esforzarnos en -ser dichosos?”--discurría Raquel. - -Tras una pausa, fríamente, por la ventanilla, tiró el libro al espacio. - - - - -XXI - - -En unas revistas ilustradas olvidadas sobre mis asientos, he leído -artículos laudatorios acerca de la última obra del escultor montañés -Pedro Juan, el cual, cuando yo trabajaba en la línea de Hendaya, viajó -diferentes veces conmigo hasta Miranda de Ebro, y de cuyo rostro -aguileño y palidísimo, flaco, como consumido por las brasas de sus ojos -extraordinarios, recuerdo muy bien. Los críticos celebraban con un -ahinco que acreditaba la sinceridad de sus elogios, la expresión, la -emoción palpitante, “la elasticidad de carne viva”--palabras suyas--que -el artista genial trasmitía a la piedra... - -Sin duda todos aquellos ditirambos eran justos, y yo los aprovecho para -fortificar lo que en diversos pasajes de este libro expuse a propósito -de las vibraciones de inteligencia, de voluntad, de memoria y de -sensibilidad física, que el hombre comunica a cuantos objetos le -acompañan habitualmente. Si un escultor, por ejemplo, con sólo el -esfuerzo de su inspiración y de sus manos, infunde a un pedazo de mármol -el calor de su alma, ¿cómo negar esa constante y certera “transfusión de -alma”--llamémosla así--con que a lo largo de los años las personas, -soslayadamente, vivifican sus trajes, sus muebles y las habitaciones en -que habitan? Sin maliciarlo el hombre divide su tesoro vital en dos -partes, de las cuales se reserva la mayor, y la otra, que se le escapa -por los ojos, y por la punta de los dedos y con el calor de su propio -cuerpo, es la que reparte, la que difunde alrededor suyo y queda -adherida a las cosas. He ahí el por qué los trajes recién salidos de las -sastrerías son “fríos”, por bien confeccionados que estén; y por qué las -novelas autobiográficas, por sencillo que sea su argumento, apasionan -más y obtienen mayor número de lectores, que las imaginadas, fruto -exclusivo del arte y de la inventiva de su autor. Esta vida adquirida, -esta vida pegadiza gracias a la cual siento y hablo, donación -subconsciente es de los hombres, y si ellos lo supiesen sus escritores -comprenderían que la historia, por ejemplo, de “un billete de Banco”, -que pasó por millares de manos y pudo servir así para pagarle las -medicinas a un enfermo como para comprar a un asesino, bien merece los -honores de ser llevada al papel. Diré más: estos libros de “Memorias” -son, por su misma índole y composición, más difíciles de escribir que -las novelas; agotan: porque en cada novela sólo hay un argumento y uno o -dos protagonistas, mientras en una existencia tan agitada como la mía, -en cada nuevo personaje que aparece surge un nuevo protagonista y con -él, quizás, un nuevo enredo. Un libro de “Memorias” equivale a una -sucesión de novelas. - -En mi biografía hay millares de meses tediosos, absolutamente idénticos, -que no hubiese querida vivir; pero, afortunadamente, de cuando en cuando -la Aventura, la divina bruja de los ojos verdes, me miraba, y su roce -era tan eficaz, tan excelso, que aunque sólo durase horas bastaba a -consolarme de mi fastidio de varios años. Acordándome de aquellas -muchachitas que, cuando yo rodaba sobre la línea de Galicia, salían a -verme a los andenes del tránsito, yo pensaba: - -“Me parezco a ellas en lo de esperar; ellas aguardaban todos los días la -visita de lo Extraordinario, y yo también. Yo soy, dentro de mi esfera, -como una pequeña estación en donde, tarde o temprano, el tren de lo -Imprevisto se detendrá ‘un minuto’”... - -El hada Sorpresa, tacaña por temporadas hasta la sordidez, tiene a ratos -prodigalidades excesivas. Su alma es histérica, ilógica, y, por lo mismo -quizás, adorable. Ora no da nada, ora da muchísimo; ¿pero si repartiese -sus dones más proporcionadamente, no nos parecerían menos sabrosos?... - -Los dos hechos que voy a narrar se desarrollaron, uno a continuación del -otro, desde la noche de un veinticuatro de diciembre--es la segunda -Nochebuena notable que recuerdo--y la mañana del día veintiséis: el -primero es un episodio lírico, plácido; un _duetto_ al par sensual y -romántico que, si terminó conforme sus mantenedores se obligaron delante -de mí a desenlazarlo, reducido quedó a un bellísimo cuento; pero que si -tuvo “segunda parte”, sirvió de primer capítulo a una novela cuyo -desenlace ignoro. El otro episodio es un enredo trágico, una cabriola -siniestra, una visión de pesadilla: aquél era “blanco”; éste negro; -aquél tenía el color de los azahares nupciales, y éste el tono obscuro -de la sangre coagulada. Aquella vez a la Aventura--artista -portentosa--la bastaron treinta y seis horas para hacer un “Rembrandt”. - -Salí de Madrid, como todos los años me sucedía durante las festividades -navideñas, con escaso pasaje. No llegarían mis ocupantes a ocho. En mi -segundo departamento viajaban una mujer y un hombre: yo les había oído -hablar en el andén; él se hallaba próximo a mí, alquilando una almohada, -cuando ella le abordó para preguntarle: - ---Caballero... ¿puede usted decirme si este es el tren de Almería? - -Tenía una voz dulce, armoniosa; una voz “húmeda”...--no acierto a -calificarla mejor--; una voz idílica, hecha para hablar de amor y -decirle al Deseo “que sí”... - -Clavó él en la desconocida una mirada buída, hambrienta, de gavilán; un -mirar con el que la desnudó y la palpó y la registró, por igual, el -cuerpo y el alma. - ---Sí, señora; este es el tren... - -Y añadió afirmativo: - ---Tomaré una almohada para usted. - ---Bien, muchísimas gracias... - -Buscó apresuradamente su portamonedas para abonar el importe de aquel -ofrecimiento, pero él ya había pagado. - ---Es igual--dijo con una sonrisa y un ademán elegantes--; ¡es igual!... - -Uno tras otro subieron a mí, y él, personalmente, colocó primero las -maletas de su compañera de viaje, y luego las suyas, en mis redecillas. -Ella parecía agradablemente impresionada, al par que cohibida; la eficaz -devoción con que era servida la colocaba, por agradecimiento, en un -cierto estado de inferioridad ante aquel caballero lleno de iniciativas -oportunas. Claramente yo leía en su alma. Pensaba: “Yo me iría a otro -coche porque este señor se inmiscuye demasiado en mis asuntos, pero como -le debo el alquiler de la almohada... ¡Y es simpático!... Lástima que me -mire así, como si quisiese comerme...; aunque es posible que lo haga sin -segunda intención. En fin, si así no fuese, siempre hallaré modo de -pararle los pies...” - -Fluctuaba la edad de la viajera entre los treinta y los treinta y cinco -años: era trigueña, ojinegra, antes abastada que escurrida de formas, -vestía esmeradamente, parecía presumir--y a fe que podía hacerlo--de -tener la pierna linda y el pie menudo y bien calzado, y era, en suma, lo -que por estilo conciso y pintoresco el pueblo español denomina “una real -moza”. - -El, flexible, alto y correctamente trajeado, aparentaba igual edad, y -sus manos pulidas y su semblante aguileño, prematuramente fatigado, -hablaban de un pretérito aristocrático. No parecía, sin embargo, enfermo -de desgana, por cuanto en seguida prendió y mantuvo el fuego de la -conversación con privilegiada elocuencia, orientando el diálogo hacia -donde quería, y expresándose con franqueza y acierto desusados. - ---¿Me dijo usted que iba a Almería?--preguntó. - ---Sí, señor. ¿Usted también? - ---No, señora: yo debía ir a Huelva... - -Ella hizo un gesto vago: no comprendía cómo un tren que fuese a Almería -pasase por Huelva, o viceversa; creyó haber entendido mal. El sonreía en -silencio, dando tiempo a que su colocutora se percatara de su hilaridad -y se extrañase de ella. Así fué: la joven, curiosa, indagó: - ---¿De qué ríe usted?... - ---De una pequeña travesura que he cometido y usted inmediatamente me -perdonará. Usted sabrá que la línea de Almería y Granada arranca en la -estación de Baeza... - -Ella movió la cabeza afirmativamente, y con la ansiedad de la -explicación que esperaba su rostro parecía más bello. - ---El tren en que vamos--prosiguió el viajero--pasa por Baeza a las tres -y cuarto de la madrugada, y el de Almería no sale hasta las nueve o las -diez... - ---¡Qué horror!... - ---El tren que debió usted tomar no era éste, el “expreso” de las ocho y -veinte, sino el “correo” que sale cuarenta minutos después, a las nueve, -y llega a Baeza a las seis y media. Hubiera usted podido dormir -cómodamente en él hasta esa hora, y así la espera hasta el momento de -tomar el “correo” de Almería habría sido más corta. - -Ella, un tanto molesta, replicó: - ---¡Naturalmente!... ¿Por qué no tuvo usted la bondad de explicarme todo -eso cuando aún era tiempo? - ---Por egoísmo. - ---No le comprendo. - ---Por egoísmo, sí, señora: por no privarme del placer de viajar con -usted. - -Hallábanse sentados frente a frente, y podían mirarse bien a los ojos. - ---¡Caballero--exclamó la joven embridando mal su despecho--en el fondo -de esa galantería no hallo más que una impertinencia inexcusable! - -Se había puesto roja y, como antes la ansiedad, ahora la hermoseaba el -despecho. El contestó con una naturalidad desconcertante, por lo -sincera: - ---No se enoje usted conmigo, porque sería inútil. Todo cuanto está -sucediendo y ha de suceder esta noche, es inevitable. Medite usted en el -alcance de ese concepto, según los casos, divino o maldito: “lo -inevitable”. Señora: no por la fuerza de mis manos, que antes me -cortaría que emplearlas en contra de usted, sino por dictados de la -simpatía que ya existe entre ambos, y que es la más irrecusable de las -órdenes, ni usted estará mañana en Almería, ni yo llegaré mañana a -Huelva. - -Ella inquirió, atónita: - ---¿Por qué?... - ---Porque usted misma, dentro de un rato y en virtud de una maravillosa -revolución que ya está verificándose en su alma, sentirá, como yo, la -necesidad de abrir en nuestros respectivos viajes un paréntesis de -veinticuatro horas. Sobre la realidad monótona de esos rincones -provincianos adonde nos dirigimos, acaso más que por nuestra propia -alegría para repartir alegría entre los seres que nos aman, está el -ensueño, la casualidad novelesca de habernos encontrado. - -Ella, a la vez escandalizada y seducida, creyóse obligada a protestar en -nombre de su honestidad; pero él, por momentos más apremiante y buen -tracista, la redujo a silencio: - ---¿No juzgaría usted desfavorablemente--decía--a quien, después de -comprar un billete de teatro, no fuese a ver la función? Pues he ahí el -caso de quien, teniendo un billete para el teatro de la Vida... ¡no -entra en la vida!... Y usted, desde que cruzamos las primeras palabras, -tiene un billete para ese teatro; se lo dió la madre Aventura... la -mejor de las madres... ¡aprovéchelo usted!... Créame; cuando la -Casualidad ríe junto a nosotros, debemos imitarla... - -Repelió ella estas teorías con vigor, pero yo, que leía en su -conciencia, me maravillaba de la ninguna fe de sus opiniones, y de la -rapidez con que su gaitero colocutor la había ganado la voluntad. Tan -fué así que, una hora más tarde, el diálogo había cambiado el grave -entrecejo de la polémica por la sonrisa pícara del coqueteo, y -enfrentábamos Castillejo cuando ella y él, sentados ya el uno al lado -del otro, se apretaban las manos con una vehemencia que aceleró el latir -de sus pulsos. Verdaderamente el galán, sabiendo mostrarse con -oportunidad alegre o melancólico, optimista o desengañado, era un -emérito cazador de almas. - ---Todo nos acerca--insistía--y, más que la soledad, el misterio, lleno -de intimidad familiar, de la Nochebuena. Es la noche en que todos se -abrazan, en que nadie, ni aun los más infelices están solos...; la noche -que los hijos calaveras aprovechan para volver a su hogar y ser -perdonados... Y por eso, por ser esta noche de perdón, usted escuchó mis -ruegos misericordiosa. Acompañémonos, defendámonos mutuamente de la -soledad... ¡abriguémonos contra el espantoso frío de no ser amados por -quien quisiéramos serlo!... - -Hizo ademán de escuchar, y unos segundos permaneció así, el cuello -erguido, las pupilas fulgentes; y agregó misterioso y festivo: - ---¿Oye usted lo que dice el vagón?... En este momento nuestro coche -corre con un traqueteo trisílabo, y en esos tres tiempos de su marcha -yo percibo distintamente las tres sílabas del imperativo más dulce: -“Quié-re-le...” “Quié-re-le”... El vagón aconseja a usted quererme; no -se lo aconseja; se lo manda... “Quié-re-le...” No piense usted ni un -instante en desobedecerle, porque podría irritarse y descarrilar. -¡Oigale!... - -La tercería que el diestro embaucador me achacaba en su amoroso pleito -me hizo gracia, y desde luego le deseé la victoria. Divertida y risueña, -la joven escuchó también. Luego exclamó: - ---¡Es cierto!... Ya le oigo... ¡Ah, es maravilloso!... pero me ordena -todo lo contrario de lo que usted supone; usted ha traducido mal... -Usted percibe tres sílabas y yo distingo cuatro... El vagón dice: “No le -cre-as...” “No le cre-as...” “No le cre-as...” - -El se inclinó sobre las manos que la Deseada tenía cruzadas a la altura -del pecho, y, lentamente, devotamente, con unción mística, las besó. -Volvió a incorporarse, acercó su rostro al de ella y mirándola -intensamente a los ojos: - ---El vagón dirá--murmuró--lo que tu corazón quiera hacerle decir; porque -todas las interrogaciones y todas las respuestas de la vida están en -nuestro propio corazón. Fuera de nosotros no hay nada. Cuando tú crees -que el mundo te ha dicho algo, es que tu alma se ha contestado a sí -misma. - -La joven no respondió, y toda su belleza se cubrió de melancolía, -circunstancia que juzgué bonísimo agüero para él, pues nada como la -Melancolía mulle las camas que luego deshace el Amor. Hubo una corta -tregua. ¿Qué hacía ella?... ¿Soñaba... escuchaba?... Al fin, -lánguidamente, con aquella su voz suave de derrota, de entrega, que -tanto me había impresionado, y como hablándose a sí misma, murmuró: - ---Usted tenía razón: el vagón dice: “Quié-re-le...” “Quié-re-le...” - -Y cerró los párpados, que él, férvido, se apresuró a besar. Cerca de un -minuto permaneció así, sumido en el éxtasis de aquella felicidad. -Después, sin apartar los labios de donde tan a su gusto los tenía -apoyados, preguntó: - ---¿Oyes bien lo que el vagón te manda? - ---Sí--replicó ella reclinando su cabeza enajenada sobre el pecho del -hombre--; antes no le oía... pero ahora sí... - ---¿Por momentos le comprendes mejor, verdad?... - ---Mejor--repitió--, mejor... Creo que ya toda mi vida he de estar -oyéndolo... - -Y, feliz de sentirse vencida, y como para agradecerle el bien que la -hizo limpiando su alma de escrúpulos, le echó al cuello los brazos. - -El expreso acababa de detenerse, y ante los coches apagados y -herméticos, una voz indolente pregonaba: - ---¡Alcázar de San Juan!... ¡Cambio de tren para las líneas de Valencia, -Alicante, Cartagena y Murcia!... - -Ibamos, como en la jerga ferroviaria se dice, “a la hora”; eran las once -y diez. - -El enamorado habló, susurrante: - ---Todo parece caminar al compás de nuestro deseo. Nos quedaremos en -Valdepeñas, adonde llegaremos a las doce menos cinco. Inmediato a la -estación hay un hotel. Aún podemos ir a la Misa del Gallo... y completar -así nuestra Nochebuena... una Nochebuena que recordaremos toda nuestra -vida. - -El convoy volvía a moverse, y el estremecimiento que tuve al arrancar -restituyó a la Seducida la conciencia de sus deberes. - ---¿Qué dice usted?... ¡Yo no puedo quedarme en Valdepeñas! - -Parecía despertar de un letargo profundo, y había espanto en sus ojos. -El indagó, sereno: - ---¿Por qué?... ¿No quieres?... - ---Sí; querer, sí quiero... Pero es que en Almería está aguardándome -mi... - -No concluyó la frase, porque él, rápido, con una mano la cerró la boca. - ---¡Calla!--suplicó--; pues no quiero saber quién te aguarda. ¿Son tus -padres?... ¿Tu marido?... No necesito saberlo... ni tú debes decírmelo. -Pero considera que esas personas, a quienes con un telegrama puedes -tranquilizar, te aguardarán siempre... ¡Abarca bien la significación de -esa terrible palabra: “siempre”!... Mientras la aventura que yo te -ofrezco no espera, porque sólo es un sueño...; un bello sueño que se -desvanecerá con esta noche; mi amor es como esos encantamientos de los -cuentos de hadas, que se rompen no bien el día despierta... - -Ella le miraba asombrada; no le comprendía. - ---¿Y después?--interrogó. - ---No entiendo: ¿qué significa ese “después”?... - ---Más adelante, ¿cómo haríamos para vernos?... Usted me dijo que iba a -Huelva: ¿reside usted allí?... - ---No pienses en eso: que no te interese saber dónde yo vivo, como a mí -no debe interesarme dónde habitas tú: Huelva, Almería, Madrid... ¿qué -importa, si nuestra noche de hoy no ha de repetirse nunca y si jamás -volveremos a saber el uno del otro?... - -Calló unos instantes, sinceramente entristecido, tal vez. Los hermosos -ojos negros de la Deseada se habían humedecido. - ---¡No volver a vernos!--suspiró. - ---Nunca--afirmó él--; porque en eso... ¡sólo en eso!... estriba el -secreto de amarnos siempre. ¿No reconoces que, entre todas las personas -que llenan tu biografía, te sientes, como yo, un poco sola?... Lo cual -significa que ninguna logró acercarse completamente a tu alma. ¿Qué -adelantaría yo, de consiguiente, informándome de tus ocupaciones, y de -con quién habitas, y de todo ese fárrago de monotonía, de tristeza, “de -prosa”, en fin, qué pinta de gris tu vivir cotidiano? Si a mí sólo me -cautiva tu espíritu, ¿a qué preocuparme de cuanto permanece fuera de -él?... Haz tú lo mismo. Yo no quiero, óyelo bien, “no quiero” saber nada -de ti, ni siquiera tu nombre, porque el nombre es una “materialización” -del alma; algo que la vulgariza, que la ensucia un poco; y, además, -porque llegando a mí y marchándote sin quitarte el antifaz del anónimo, -no ofenderemos a las personas que, a su modo, te aman. Date a mí esta -noche, que más adelante, en el ingrato filar del tiempo, no llamaremos -Nochebuena, sino “Noche-Unica”; y mañana, en trenes distintos, huyamos -el uno del otro. - -Seguía ella sin interpretar bien lo que el desconocido la proponía; pero -su corazón, impulsivo y sentimental, ya le amaba. - ---Te quiero--balbuceó--, te quiero, dueño... - -Su violenta confesión tuvo más de sollozo que de alegría. El replicó: - ---Nos querremos siempre, y voy a explicarte la razón. Di: desde tu -primera juventud, ¿no acariciaste la alegría de pertenecer a un hombre -que te adoraba y en quien tú adorabas? - -La ingenua exclamó: - ---¡Es cierto! - ---¿Tenía un semblante determinado ese hombre? - ---No. - ---¿Cómo se llamaba? - -Ella repuso, sorprendida de cómo aquel breve diálogo esclarecía su -comprensión, todavía remisa: - ---No lo sé; nunca le puse nombre. - ---¿Ves?... Luego, si jamás tuvo cara ni nombre, ¿por qué no sería yo?... -Y eso, puntualmente, me sucede contigo. Si, dóciles a la universal -rutina, nos dijésemos nuestros nombres, en el acto tendríamos un punto -de semejanza con los millones de mujeres y de hombres tocayos nuestros; -mientras que, manteniéndonos innominados, tú siempre serás para mí -“Ella”... ¿comprendes?... la “Sin Nombre”... la “Unica”..., y yo, para -ti, igual... - -Desfallecida, emborrachada por el pique novelesco de aquella aventura, -la joven repetía: - ---Lo que tú quieras... decide tú... - ---Mañana, después de haber sido muy dichosa, ¿tendrás resolución para -irte?... - -Y, como no obtuviese respuesta, añadió: - ---Bien; así me gusta; no te pesará... porque más adelante, cuando tu -experiencia madure, reconocerás que el más esforzado amor dura menos que -nuestra breve vida, y es con relación a ella--¡oh, dolor!--como un traje -“que nos hubiesen cortado pequeño”... - -Estábamos en Valdepeñas. Una voz anunciaba: - ---¡Valdepeñas!... ¡Un minuto!... - -Instantáneamente los dos enamorados se levantaron, acelerándose en -recoger sus equipajes. - ---¿Oyes?--exclamó él triunfante--: la felicidad pasa, y para llevarnos -consigo nos otorga un minuto. ¡Lo justo!... - -Bajaron al andén y les vi dirigirse, con andar célere, hacia la puerta -de salida de la estación. - -A lo lejos, en la obscuridad fría y estrellada de la noche, las campanas -volteaban felices anunciando que Jesús había abierto los ojos... - - - - -XXII - - -Al Barítono, que rodaba delante de mí, le referí por pasatiempo el -original idilio que acababa de presenciar. - ---¡Dichoso tú!--interrumpió desabridamente--, pues tuviste la suerte de -tropezar con gente limpia. ¡Si supieras cómo voy!... - ---¿Qué te sucede?... - ---No me lo preguntes; estoy como para que me metan en lejía ocho días -seguidos. - -Le rogué que no mortificase por más tiempo mi curiosidad, y que -desembuchase sus cuitas procurando desfigurar la verdad lo menos -posible; y dije esto, porque tenía entre nosotros fama merecidísima de -fantaseador y embustero. - ---Sucede--explicó--que viaja conmigo el tipo más extravagante y gracioso -que puedes soñar. Va solo, y cuando se quitó el gabán advertí que iba -vestido de “smoking”. “¿De dónde sale este hombre?”--pensé. Es pequeño y -rubio, muy rubio, casi albino; usa monóculo; parece inglés, pero es -español, acaso del riñón de Castilla la Vieja, porque, al hablar, ni de -milagro se come una letra. Apenas dejamos Madrid, extrajo de un maletín -una suculenta merienda, dos botellas de vino de Rioja, otras dos de -Champagne y un frasco de Ginebra. Sirvióse a continuación una copa de -“Rioja”, y con mucha elegancia y enfática ceremonia se puso en pie: -“Señores--exclamó dirigiéndose a unos circunstantes imaginarios--: yo -agradezco infinito esta comida que la cortesía de todos organizó en mi -honor; y lo agradezco tanto más efusivamente, cuanto que el pasar solo -esta Nochebuena hubiera sido muy doloroso para mí. Queridos amigos: yo -brindo a vuestra salud, y hago votos por que el año próximo, en esta -misma fecha, volvamos a estar juntos.” Llevóse la copa a los labios, -bebió parsimoniosamente y en seguida comenzó a batir palmas, -tributándose una calurosa ovación. “Está ofreciéndose un banquete a sí -mismo”--pensaba yo. Con empaque correcto y frío de _gentleman_, “el -hombre del monóculo” se sentó, desdobló su servilleta y empezó a comer. -A intervalos demostraba sostener con los comensales más próximos a él -diálogos breves, para lo cual se interrogaba y respondía -urbanamente:--“¿Otra rodajita de salchichón, marqués?”--“Muchas -gracias.”--“¿Una copita de vino, don Eugenio?”--“Se acepta, sí, señor; -¡y con mucho gusto!...”--“Salud, don Eugenio.”--“¡Salud, señores!...” -Cada vez que libaba, esto es, de tres en tres minutos, se ponía de pie. -No por esto dejaba de charlar.--“Para obsequiarme--decía--no podían -ustedes haber elegido lugar más a propósito. Este hotel es bueno, la -cocina excelente, y desde ese mirador, si hubiese luna, veríamos un -paisaje magnífico. Cuando llegué aquí, hace unos momentos, estaba -triste; pero ya mi melancolía se desvaneció y dentro del corazón oigo -sonar un cascabel. ¡Oh, qué bella es la vida para el hombre que, cual -yo, consigue verse a todas horas rodeado de amigos decidores y -fraternos!...”--“¡Bravo!... ¡Viva don Eugenio!...”--“Mil gracias, -compañeros: y, pues las dos botellas de Rioja, rendidas bajo nuestras -caricias, yacen exánimes, opino que bebamos Champagne.”--“¡¡Muy -bien!!...” - ---Con la maestría de un viejo camarero--prosiguió contando El -Barítono--don Eugenio, que así debe de llamarse mi huésped, destapó una -benemérita botella de Clicquot, sonó una detonación, un chorro de espuma -mojó mis asientos y en mi techumbre recibí un taponazo. El hombre “del -monóculo y del smoking” tornó a levantarse: su diestra, que ya -empezaba a temblar, sostenía una copa llena de sol hasta los -bordes.--“¡Señores--exclamó--: con este vino, rubio como las trenzas de -María Antonieta; con este vino que lleva en su alegre frivolidad la -imagen de lo que nuestra vida debía ser, brindemos por la gloria de -Francia!...”--“¡Hurra!... ¡Bravo!...” Don Eugenio se inclinó:--“Gracias, -hermanos: que la Borrachera sea con vosotros...” Tales disparates los -decía muy serio, sin sonreir ni una vez y dentro de la más impecable -corrección de ademanes, cual si estuviese, efectivamente, entre personas -de su mayor respeto. Esta farsa la prolongó más de una hora: poco a poco -se enrojecían sus mejillas, y sus ojos brillantes empezaron a divagar. -La embriaguez le invadía y la lengua se le enredaba, como los -pensamientos. Olvidado de las sombras que le acompañaban, habló consigo -mismo. Le pesaban los párpados y tenía, para levantarlos, que hacer un -gran esfuerzo.--“¿Quieren ustedes más vino?--monologueaba--; ¿no?... -¿Por qué?... ¿Nadie responde?... ¿Eh?... ¿Nadie responde?...” Abrió los -ojos.--“¡Ah!... ¿Todos se han ido?... ¡Cobardes; tenían miedo a -emborracharse y se han ido!... Bueno; me es igual. Beberé yo solo: -afortunadamente, para hacer de mi cabeza lo que quiero, no necesito a -nadie... Venga champagne...” Destapó la segunda botella y un chorro de -vino le empapó la pechera.--“Gracias--continuó--, este frío hace -bien...” De un puntapié arrojó, hasta el tránsito, la maleta que hasta -allí retuvo entre las rodillas y le había servido de mesa.--“¡Se acabó -el banquete!--exclamó--; ya no estoy en un hotel, sino en mi casa; una -casa que se mueve, que está borracha, como yo... ¿Qué hora será?...” Con -mucho trabajo halló su reloj.--“Las once y cuarenta minutos. ¡Bravo!... -A las doce iré a la Misa del Gallo...” Este propósito echó raíces en su -espíritu, y lo repitió cien veces. Permanecía sentado, y mis traqueteos, -que yo procuraba fuesen rudos, le zarandeaban sobre sí mismo con mucha -gracia: tan pequeñito, tan rubio, con los carrillos encendidos, el -monóculo, la corbata ladeada y vestido de smoking, parecía un muñeco. Al -intentar servirse otra copa de champagne, se apercibió de que la botella -estaba vacía.--“¿También tú has muerto?...”--exclamó. La inspeccionó al -trasluz; la agitó en el aire, y su silencio le convenció de que no -quedaba champagne. Entonces, con un gesto triste de desengaño, la tiró -al suelo.--“Vete--gruñó--, no te necesito; perdiste tu alegría; estás -más seca que un corazón. Pero no creas, ingrata, que estoy solo: mira, -me acompaña éste...--empuñó el frasco de la Ginebra--; ¿qué te habías -figurado?... ¿Que iba a serte fiel?... ¡Nunca!... Hay muchas bebidas, -como hay muchos amores. ¡Cambiemos... renovémonos!... Nuestra vida no -puede reducirse a adorar en una sola mujer, ni a beber una sola clase de -vino; la vida es una suma...--reía--: una suma de amores y de -botellas...” Quedó silencioso y como amodorrado, unos minutos; de súbito -le vi recobrarse. Miró su reloj. La idea de ir a la Misa del Gallo le -obsesionaba. Inmediatamente cogió el frasco de la Ginebra. “--Yo -también--barbotó--sé rezar... aunque a mi modo. Jesús mío: por tu divina -tontería de querer redimirnos...” Llevóse el frasco a la boca y trasegó -un buen buche. “--Por los azotes que recibiste atado a la columna...” -Otro buche. “--Por las tres caídas que sufriste en tu calle de -Amargura...” Tercer buche. “--Por la corona de espinas que te -pusieron...” Nuevo trago. “--Por la herida de tu costado...” Otro, y van -cinco. De repente se desplomó sobre el asiento, el frasco cayó al suelo -y la poca ginebra que quedaba en él me la bebí yo. El pobre hombre -empezó a llevarse las manos a la cabeza; estaba lívido. “--Qué mal me -encuentro--balbuceaba--, me duelen las sienes... tengo náuseas... parece -que voy a morirme...” Mis zarandeos agravaban su padecer. Comprendí que -el calor contribuía a marearle y que intentó incorporarse para abrir una -ventanilla; pero el desdichado no podía moverse. Levantó la cabeza y sus -ojos agónicos fueron de un lado a otro, buscando quizás el timbre de -alarma. En mi vida fuí testigo de una borrachera más ejemplar. Yo no -cesaba, ni un instante, de mirarle la boca... ¡ya supondrás por qué!... - -El pobre Barítono hizo un gesto de asco, que me removió las entrañas. - ---¡Cállate!--interrumpí. - ---Hasta que las arcadas que sufría produjeron su efecto natural. -¡Maldita sea mi suerte!... - ---Motivos tienes para renegar y darte a los diablos, compañero--le -repliqué--; pero reconoce que un tipo que tiene el “humor inglés” de -endosarse un smoking para ofrecerse a sí mismo un banquete en un vagón -de ferrocarril, es extraordinario. - ---Conformes; mas si lo que te he contado te sucede a ti, que eres tan -limpio, revientas de rabia. ¡Si le vieses ahora! - ---¿Qué hace? - ---Duerme. Se ha caído del asiento y yace en el suelo, sobre un charco de -vino. Parece una vasija rota... - -Así charlando acabamos el viaje, y cuando a las ocho y minutos de la -mañana La Sabrosa nos dejó en la estación de Sevilla iba ya tan cansado -que, apenas los mozos encargados de mi limpieza terminaron de barrerme y -fregarme, cuando me quedé sumido en sueño profundísimo. Un empujoncillo -del Barítono me despertó nueve o diez horas después; era de noche y me -sorprendió ver en uno de mis departamentos “de cabeza” un viajero -acostado; me sorprendió porque aún faltaban dos horas, lo menos, para la -salida del “expreso”, y advertí que, según costumbre, todas mis puertas -estaban cerradas. ¿Cómo entonces aquel individuo pudo meterse allí?... - -“Será algún empleado de la Compañía”--pensé. El recuerdo de lo que el -Barítono me había referido la víspera, y la circunstancia de hallarnos -en la fecha subsiguiente a la de Navidad, me movieron a sospechar que -aquel intruso estuviese borracho. - -“Bien podía suceder--me dije--que fuese amigo del inspector, y éste le -hubiese encerrado a dormir aquí.” - -Aquel hombre hallábase tendido en el asiento contrario al lado de la -máquina--hago hincapié en este detalle por ser esencial--; era delgado y -de corta estatura; llevaba pantalón negro y botas de charol, nuevecitas, -y la cabeza perfectamente escondida entre la visera de una gorra de -viaje, que debía de estarle muy grande, y el cuello levantado de un -gabán de color gris. Lo que antes hirió mi atención fué que tuviese -ambas manos sepultadas en los bolsillos del abrigo. Había en aquel -hombrecito algo de muñeco. Después de observarle un rato, mi atención, -como sucede siempre que creemos haber examinado bastante una idea u -objeto, se distrajo y comenzó a mariposear sobre todos los pequeños -incidentes que a mi alrededor se producían. - -Empezaban a llegar viajeros, y yo estaba cierto de que, como otros años, -el pasaje sería reducidísimo. Enfrente de mí había un caballero de -aspecto distinguido y atrayente, pero que tenía “cara de muerto”. Quiero -decir, que su rostro, grave y amarillo, inducía a pensar en la muerte, -al igual que otros semblantes, por una u otra razón, mueven a pensar en -la vida. Este hecho es innegable. A cada rato oímos decir:--“Fulano ha -muerto.” Y la noticia no nos sorprende; la hallamos natural, porque ya, -de siempre, en nuestra imaginación, le habíamos visto difunto. En -cambio, nos dicen:--“Mengano falleció anoche...” Y nos negamos a -creerlo, porque en Mengano todo era fuerza, risa, expansión... En esto -mi espíritu observador pocas veces falla. Yo, por ejemplo, veo pasar a -un individuo con el sombrero puesto, y, sin saber por qué, me -digo:--“Ese señor debe de ser calvo.” O bien:--“Ese señor debe de ser -tartamudo...” Y, ¡casualidad extraña!, nunca me equivoco. - -Pues bien: el señor “de la cara de muerto”, que largo rato había -permanecido en el andén como esperando a alguien, que al cabo no llegó, -un minuto antes de partir el “expreso” trepó a mí, seguido de un mozo -que resoplaba bajo dos pesadísimas maletas, y fué a instalarse en el -compartimiento donde “el hombre de la gorra” continuaba dormido. - ---Buenas noches--dijo al entrar. - -El mozo, con mucho esfuerzo, colocó el equipaje sobre una de mis -redecillas, que gimió; y se fué. Casi al mismo tiempo, apareció el -interventor. - ---Si el caballero no está bien aquí--dijo--puede pasar a otro -departamento: el coche va casi vacío. - -El interpelado repuso: - ---Muchas gracias. - ---Seguramente en otro lado cualquiera iría usted mejor. - -El viajero acaso iba a ceder; lo leí en su rostro; pero miró su -impedimenta, consideró su peso, e instantáneamente se reafirmó en su -intención de no moverse. Además, hacía frío; mucho frío... - ---Gracias--dijo--, aquí no somos más que dos personas y podremos dormir -bien. - -El interventor parecía indeciso, y renovó su oferta. - ---Viajar solo siempre es agradable. Las maletas, si usted me autoriza, -puedo transportarlas yo mismo... - -Su porfía empezaba a molestarme, tanto más cuanto que aquel hombre, de -rostro traicionero y obscuro, siempre me había sido antipático. Mi -huésped, irritado también, le replicó muy seco: - ---Prefiero quedarme aquí. - -El interventor se marchó, para regresar a poco con una tablita, que -decía “Alquilado”, y que colocó a la entrada del compartimiento. - ---De este modo--explicó--podrán ustedes descansar, seguros de que nadie -ha de molestarles... - -Para corresponder a tanta fineza, el viajero quiso darle un duro, pero -el interventor se negó a aceptarlo; y después de picar el billete del -señor “de la cara de muerto”, se marchó, sin pedirle el suyo al “hombre -de la gorra”. ¿Por qué? Esto me inquietó, y como no hallase la -explicación que buscaba, volví a pensar: - -“Serán amigos...” - -Transcurridos unos minutos, empecé a sentir que, a pesar mío, “el hombre -de la gorra” me preocupaba. ¿Cómo dormía tanto? Mi correr tronitronante -le sacudía extrañamente; sus brazos, sus piernas, parecían rotos. Pero -lo que más encandilaba mi curiosidad era su rostro invisible, con el -mento apoyado y cual ahincado sobre el pecho. Contribuía a aguijar mi -sobresalto la frecuencia con que, a cada momento, el interventor, o un -“ruta”--que prestaba servicio en otro coche--, o los dos, recorrían mi -tránsito. ¿Qué buscaban allí?... Y en sus ojos mi sagacidad descubrió un -terror, una angustia. También al viajero “de la cara de muerto” le chocó -aquel ir y venir insólito. - ---Me espían--pensó. - -Las estaciones de Guadajoz, de Lora del Río, de Palma y de Posadas, -habían quedado atrás. El interventor, al fin, se marchó a hacer la -requisa de billetes; el “ruta” también se fué. Yo empecé a tener miedo: -adivinaba la vecindad de algo inexplicable, la secreta presencia de una -amenaza. Me dije: “Este hombre, con cara de difunto, es un aojador.” - -Hasta que, de súbito, ocurrió lo que yo vagamente esperaba. En una -curva, la inercia arrancó al pasajero del gabán gris del asiento y lo -tiró al suelo: con el cachapazo, la gorra se le fué hacia atrás, y las -manos se le salieron de los bolsillos. Las tenía amoratadas, -convulsionadas, tumefactas, y el rostro horriblemente maquillado por la -asfixia. Aquel hombre no estaba dormido ni borracho, sino muerto: le -habían estrangulado. - -Al verle caer así, con ese ruido turbio y esa pesadez que sólo tienen -los cadáveres, el viajero “de la cara de muerto” lanzó un grito y se -puso de pie; su semblante, convertido bajo el imperio del terror en -espantosa máscara, era indescriptible. ¡Ah, cuántos fotógrafos hubiesen -querido retratarle!... Yo, que le espiaba, paso a paso seguí las -mutaciones rapidísimas, más breves que segundos, que experimentó su -espíritu. Su primer movimiento fué precipitarse sobre el timbre de -alarma; pero, en el acto, casi sin transición, se arrepintió. Se vió -detenido, envuelto en un proceso resonante, acusado, tal vez, de -homicidio... Y tuvo miedo. El infeliz miraba al difunto como si él, -realmente, le hubiese asesinado: su mandíbula temblaba, los ojos, -horripilados, se le salían de las órbitas. ¿Qué hacer?... Una idea -folletinesca le iluminó el cerebro. El “expreso” acababa de salir de la -estación de Córdoba, y antes de volver a detenerse transcurriría cerca -de una hora. Rápido el señor “de la cara de muerto” se asomó al pasillo -para cerciorarse de que allí no había nadie; inmediatamente regresó a su -departamento, abrió una ventanilla, cogió el cadáver y, a empellones, lo -precipitó a la vía. Levantó en seguida el cristal, se sentó y aparentó -leer en un libro. - -En aquel instante reaparecían el interventor y el “ruta”, y aún me -estremece la lividez espectral que les desfiguró al encontrar solo al -viajero “de la cara de muerto”. Les vi apoyarse al uno contra el otro, -temblando, y sus labios se tiñeron de violeta. Sus piernas se doblaban. -Querían hablar, y la voz les faltaba. “Estos son los que han matado ‘al -hombre de la gorra’”--pensé. - -Por su parte, el viajero de la faz mortuoria, les miraba de hito en -hito, casi tan asustado como ellos. Al cabo, el interventor, aunque -ahogándose, pudo balbucear: - ---Señor... ¿el caballero que iba aquí?... - -El interpelado repuso fríamente: - ---No sé; salió hace un momento... - -Al oir estas palabras, que envolvían algo sobrenatural, los dos -miserables, seguros de hallarse en presencia de un milagro, se retiraron -sin contestar. - -Al otro día, los periódicos de la noche dijeron que un millonario -argentino, recién desembarcado en Cádiz y que se dirigía a Madrid, fué -robado y asesinado en el “expreso” de Sevilla durante el trayecto de -Córdoba a Montoro, y que los criminales habían lanzado el cadáver a la -vía. - -Nunca la pobre Justicia supo más. - - - - -XXIII - - -Como los soldados en tiempo de guerra, los vagones estamos obligados a -socorrernos mutuamente en el peligro y a “cubrir” las bajas que los -choques, los descarrilamientos, los incendios o, sencillamente, la vejez -y el mucho uso, causan en los convoyes. - -El choque, tristemente famoso, de Chinchilla, donde el correo de -Valencia y un mixto procedente de Cartagena se encontraron, y en el que -finaron su vida de trabajo once coches--la mayoría de pasajeros--, -diseminó una inquietud por toda nuestra red ferroviaria. Los talleres de -reparaciones restituyeron a la circulación algunos vagones; varios -trenes, que llamaré “clásicos” por integrarlos siempre las mismas -unidades, fueron descompuestos cumpliendo órdenes de la Dirección -General, y sus coches pasaron de unos convoyes a otros. Esta marejada -nos alcanzó a nosotros también, y de resultas el Barítono y yo tuvimos -que despedirnos de La Empresa, del Primer Actor y demás veteranos -camaradas de nuestra supuesta farándula, para entrar al servicio del -“correo-expreso” de Valencia, que sale de Madrid a las nueve y treinta y -cinco minutos de la noche. - -Este cambio de horizontes nos satisfizo mucho, no sólo por el bien -fundado deseo de conocer esa huerta valenciana que luce, junto a la seca -amarillez del macizo ibérico, como una esmeralda, sino también por la -blandura del clima y la suavidad y brevedad del camino: cuatrocientos -noventa kilómetros de tierra llana, a nadie asustan. - -Como sobre la línea andaluza, El Barítono continuaba rodando delante de -mí, y aunque por la menor categoría del tren que ahora servíamos nos -habían quitado el puente que nos ligaba antes, el hallarnos entre -unidades desconocidas contribuyó a anudar mejor los lazos de nuestro -viejo afecto. Lo que antes nos sorprendió fué el dialecto valenciano, -que no tardamos en traducir, y pronto reconocimos que los oriundos de la -región levantina es gente muy alegre y decidora, pero sin que esa -turbulenta alacridad que les dió el sol excluya de ellos la templanza en -las palabras, ni la cortesía. Esto y los incidentes del camino nos -proporcionaban abundantes motivos de conversación, y así, mirando y -glosando lo que observábamos, entretuvimos agradablemente muchas -jornadas. - -Más allá de Getafe, donde la vulgaridad oficial se opuso a que el genio -de Julio Antonio elevase a “Nuestro Señor Don Quijote” un monumento, el -camino, hasta Alcázar de San Juan, nos era conocido. Luego la ruta se -vistió para nosotros de novedad. Sucesivamente vimos pasar, a la luz de -la luna y en filar pintoresco, Campo de Criptana, que parecía decirnos -adiós con los brazos de sus molinos; los trigales de Socuéllamos y el -magnífico encinar que inspiró al “hidalgo manchego” su discurso a -propósito de “la edad de oro”; Villarrobledo, que de los robledales que -la circundan tomó nombre; Minaya, que evoca gestas del Mío Cid; y pasado -Albacete, célebre por sus fábricas de armas, Chinchilla, a la que su -penal, instalado en un castillo cimero, prende un nimbo amargo; y luego -Almansa, antiguo baluarte de la planicie castellana, con su castillo -mondo, escueto y blancuzco, como una osamenta, cerca del cual Felipe V, -con las manos tintas en sangre austríaca, aseguró sobre sus sienes la -corona; y diez y ocho kilómetros después, el caserío de La Encina, -rodeado de desolación. - -Hasta allí prolonga Castilla su adustez, su secura, su amarillez de -viejo rostro hidalgo; pero, traspuesto el andén de Fuente la Higuera y -los dos túneles que lo siguen, el paisaje varía y pronto la jocunda -feracidad levantina empieza a metérsenos alma adentro. Huyen hacia atrás -Mogente, la morisca; las ruinas gloriosas de Montesa y Játiba--la -_Sætabis_ romana--pueblo romántico y artista, cuna de los Borgia y del -Españoleto, en cuyo formidable castillo, que señorea el monte Bernisa, -padecieron duro cautiverio los Infantes de la Cerda y el duque de -Calabria. De minuto en minuto el paisaje se embellece y los prístinos -resplandores del amanecer lo matizan prodigiosamente: bosques -feracísimos de naranjos y de granados se acercan al camino y, en las -curvas, parecen cerrarnos el paso. A veces, el viajero que extendiese un -brazo por una ventanilla, podría tocarlos. Ya el pueblecito de -Carcagente, al que sus palmeras infunden una engurria tropical, quedó -atrás; cruzamos el Júcar, y a la derecha mano, desgranando su caserío -por las sinuosidades de una quiebra, aparece Alcira, con una gracia y -una policromía de acuarela. - -A cada momento, mi compañero El Barítono me decía: - ---¡Mira!... - -Y yo, a mi vez, le replicaba: - ---¡Mira!... - -Y ninguno de los dos nos fatigábamos de admirar. - -Embriaga la luz: a veces, los colores se favorecen y exaltan -recíprocamente; otras, se estorban: la tierra, según su calidad, se -muestra cubierta de hierbas, o es dorada, o roja, y sobre el suelo -abermejado la fronda de los naranjos, de los limoneros, de las higueras -y de los almendros, parece más obscura. A un lado y otro de la vía se -columbran pueblecitos blancos, con la deslumbrante albura de las nieves -arribeñas; y también esas casitas rústicas, de paredes celosamente -enjalbegadas y techumbre en forma de capucho, que los valencianos llaman -“barracas”, y dan al paisaje una dulzura criolla. El sol, pintor -formidable, trabaja a brochazos ingentes: junto al ramalazo ocre, la -mancha púrpura, o la verde, o la añil...; y alrededor de esta huerta que -ofusca y ciega, en el confín grandioso, Valencia, la capital, que traza -a ras de tierra una línea blanca; los perfiles azules de Sierra de -Cullera y Sierra de las Agujas, y el lago de La Albufera, que parece -desvanecerse en el zafiro del mar. El aire es fresco, sano, fuerte, y yo -lo aspiro con delicia. Aquel inmenso horizonte es un pulmón. - -Corridos los primeros días--siempre expugnables a las emociones--, El -Barítono y yo íbamos acoplándonos al medio, y conforme esta insensible -adaptación se verificaba declarábamos el parecido de todos los hombres y -lugares en cuanto han de más substantivo, y la esencia cierta del alma -universal, tan monótona bajo el proteísmo de sus apariencias, volvía a -penetrarnos. Sobre la línea valenciana se repetían las figuras y escenas -que vi cuando ambulaba, años atrás, por los caminos de Andalucía, de -Galicia, de Asturias o de Hendaya: con superficiales variantes, los -cuadros, los individuos... ¡hasta las palabras!... eran iguales; lo que -nos demostró que, desgraciadamente, mucho antes de que la vida acabe se -extingue en nosotros el interés de vivir... - -No pretendo negar con esto la acción educativa y asotiladora--este es su -mejor calificativo--de la experiencia: ella me enseñó a inclinarme para -conceder a lo pequeño su mérito; ella agudizó mi sensibilidad y me puso -en condiciones de apreciar ciertos episodios que antaño no supe ver. -Para decirlo en una palabra: ella me “elegantizó”, ya que la elegancia, -en su esencia, se reduce al don de saber observar. Y al Barítono, que -rondaba los treinta años, sucedíale lo propio, pues la Humanidad es un -libro tan sabio, tan hondo, que no empezamos a comprenderlo sino después -de leerlo varias veces. - -Hasta entonces, verbigracia, no reparé en los estudiantes, tipo -emigrador que reiteradas veces y siempre a fines de verano, había pasado -junto a mí. Como la golondrina anuncia el estío, el estudiante pregona -la vecindad del invierno. Vuelven con él a las capitales de provincia--y -especialmente a la Corte--la alegría de las calles, el alboroto de los -teatros que se abren, de las hospederías y de los cafés; simbolizan los -estudiantes el ruido, la esperanza, la risa del Mañana triunfante. - -Comprendí el mérito de aquella silueta, por primera vez, en Carcagente, -donde nos deteníamos seis minutos. Recuerdo que el estudiante aquel se -llamaba Pedro: parecía haber cumplido los veinte años, y tenía el talle -flexible, reideros los labios, habladores los salientes y negrísimos -ojos, y la tez bronceada por los aires mogrebinos de la huerta. Varias -personas le rodeaban, entre ellas su padre, que le observaba con -enternecimiento tranquilo: era un señor bajito y apacible, que--según le -oí decir--sólo estuvo en Madrid una vez, y que creía tener de la vida un -concepto exacto. “Todas las cosas, hoy unidas--pensaba--, mañana se -separarán.” Y se encogía de hombros: como él dejó a su padre, ahora su -hijo le dejaba a él. ¡Nada más natural, puesto que el olvido corre por -las venas disuelto en la sangre!... Pero la madre del mozo no conocía -esa resignación, y a cada momento sus viejos ojos, que hacía días no -cesaban de llorar, volvían a enternecerse. Pedro miraba al espacio azul, -desde donde las golondrinas y los vencejos parecían despedirle con sus -ásperos gritos de independencia, y sorprendíale que en su corazón, -sutibundo de libertad, no hubiese dolor. - -La máquina silba; nos vamos... El estudiante abraza y besa a su padre, -que reprime su dolor pensando: “Es preciso.” La madre, más impulsiva, le -moja el rostro con sus lágrimas y, sin que nadie lo advierta, le desliza -en un bolsillo un sobre con dinero. Todos los circunstantes hablan al -mozo y le despiden a la vez, y una lluvia de consejos cae sobre su -frente loca como agua lustral. Le recomiendan que escriba, que sea -juicioso, que estudie mucho... - -Pedro se arranca de aquellos brazos con que “el pasado” le sujeta aún, y -sube a mí. Asomado a una ventanilla agita un pañuelo despidiéndose, al -mismo tiempo que de sus familiares, del paisaje, de la iglesia, con sus -campanas de voz inolvidable, y de aquellos árboles a cuya sombra leyó -tantos libros que le entristecieron hablándole de escenas bellas y -remotas. Pedro se sienta, registra en sus bolsillos, y sus dedos -tropiezan con un sobre. Sorprendido rompe la nema y aparecen -doscientas... trescientas pesetas... “Es mi madre--comprende--quien me -las ha dado.” Pero el destino de aquel dinero no debe de ser grave, pues -si lo fuese, ella no se lo hubiese entregado a hurtadillas... y el -estudiante comprende que las pobres madres, por inocentes lugareñas que -sean, conocen mejor la vida y están más cerca de la juventud que -cualquier hombre. - -Una explosión febril de júbilo le enajena: al fin va a ver Madrid, la -gran cosmópolis, con su Universidad, su Ateneo preclaro, sus coliseos, -sus bailes, sus casinos, sus centros todos de sabiduría y de -perdición... Y ríe: fuera de aquel tren que le lleva, nada le preocupa. -Levanta el rostro, mira hacia el campo, se pasa una mano por los -cabellos...; ante su ambición desbridada todo el mundo le parece un -camino. - -Otra silueta en la que tampoco había reparado bastante es la del -mendigo; perfil muy español, por cierto... - -Hemos parado en una pequeña estación castellana; uno de esos apeaderos, -casi anónimos, apostados a la entrada de un túnel. La tarde se desmaya: -por el espacio azul navegan nubecillas manchadas de carmín y de ópalo; -el sol dora la cúpula de la iglesia; un aguilucho, suspendido en la -inmensidad luminosa, describe, sin batir las alas, círculos -homocéntricos, y su blanca pechuga parece de plata. - -En el andén hay un ciego, viejo y alto, sarmentoso; la costumbre de -humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro--heredero -del turbante morisco--ciñe su frente; viste remendado traje de paño -pardo, y cubre con zahones sus músculos cenceños; va descalzo, y sus -manos, de dedos nudosos, parecen desesperadas. - ---Una limosna, por amor de Dios, para quien ya no ve...--repite -orientando hacia el convoy sus ojos muertos. - -En el silencio su voz humildosa tiene una cadencia conmovedora, y -algunas monedas caen a sus pies. Ante su figura mística los turistas -suelen acordarse de los brazos queridos que les esperan, y sus almas -experimentan vagamente la superstición de que la buena voluntad del -pordiosero puede evitarles algún mal tropiezo. Frecuentemente--¡oh, -vergüenza!--una limosna no pasa de ser una cobardía. Ya nos marchamos, -ya todas las ventanillas se cerraron. Entonces el mendigo, apoyándose en -su báculo, retorna al pueblo, y al verle alejarse considero que si la -línea del ferrocarril es una corriente de riqueza, aquel camino que él -sigue parece un brazo; el brazo con que la aldea miserable pide limosna -a los trenes. - -Un año y dos meses trabajé sobre la ruta de Valencia, en la que nada -desagradable ni extraordinario me aconteció, y una mañana, hallándome en -Madrid, supe que aquella noche El Barítono y yo saldríamos para -Barcelona en un “mixto” y con la tablilla de “No admite viajeros”. El -furgón que me trajo estas noticias--un viejo catalán que yo conocía -hacía tiempo--me aseguró que se nos destinaba a la línea de Port-Bou, -donde, a la salida del túnel internacional, la furia del viento había -descarrilado dos “primeras”. - -Díme prisa en comunicarle al Barítono cuanto acababan de decirme, y su -regocijo fué espejo del mío: él también era de origen francés, y, como -yo, se holgaba de rever el país natal. Asímismo estimulaba nuestro -júbilo el deseo que teníamos ambos de conocer Barcelona, y que ya -considerábamos irrealizable porque los “expresos” que van a Cataluña son -los de “mejor material”--como en la fraseología ferroviaria se dice--y -nosotros íbamos siendo viejos. - -El día lo pasamos inquietos, temerosos de que alguna contraorden nos -volviese a nuestro antiguo derrotero; mas no ocurrió así: a media tarde -una máquina-piloto vino a sacarnos del convoy valenciano, que nos vió -marchar con envidia, y ya cerrada la noche salimos para la Ciudad -Condal. - -Este viaje lento, sembrado de paradas interminables y devanado bajo la -serenidad tibia de una noche de septiembre, es el más hermoso de mi -vida. Lo embellecía mi reposo interior, la satisfacción de no llevar a -nadie dentro de mí: mis luces iban apagadas, mis puertas cerradas con -llave; todas mis tuberías y mis asientos descansaban también: yo era -como una conciencia sin remordimientos, como un corazón sin afanes. De -idéntico bienestar disfrutaba El Barítono, y frecuentemente nos -sonreíamos y estrechábamos el uno contra el otro, felicitándonos por -nuestra ventura. - ---Fíjate--decía mi compañero--en que, por primera vez, nuestros dueños -nos llevan, nos pasean, sin exigirnos que transportemos a nadie. Somos, -pues, verdaderos viajeros. - ---¿Te duele algo?--le preguntaba yo. - ---Nada: cuando voy muy cargado, sí, suele darme en el segundo -compartimiento un dolor que me abate bastante; pero ahora me siento ágil -y con ganas de correr, como un muchacho. ¡Si supieras qué elasticidad -conservan mis muelles todavía!... - -Yo quería al Barítono. Después del Tímido, del Presumido, del -Misántropo, de Doña Catástrofe y de los Hermanos Sommier, mis colegas -fraternos del “expreso” de Hendaya, ningún compañero había sabido -apoderarse tanto como éste de mi amistad; ni siquiera el viejo -Dos-Caras, de quien, por quisquilloso y autócrata rancio, anduve siempre -un poco distanciado. Por los años en que yo servía sobre la línea de -Francia él trabajaba en la de Asturias, y asistió al hundimiento del -túnel donde La Tirones y El Tímido hallaron la muerte. Después rodó -mucho tiempo por el camino de Galicia con el “expreso”. Aunque nunca -habíamos hablado, El Barítono me conocía de cruzarse conmigo a lo largo -de la vía gallega, y, según me manifestó, siempre consideró que la -Compañía, al incluirme en un “correo”, era injusta con un vagón de mi -importancia. Estas palabras--¿a qué negarlo?--me halagaban, y en medida -igual me predisponían a reconocer las cualidades eminentes de mi -camarada. El Barítono se parecía a mí en el elástico vigor de sus -movimientos, en la hermosa conformidad de sus perfiles, en su boato -interior, en su elegancia... y si no llegué a considerarle idéntico a mí -fué tal vez porque mi presunción y mi orgullo--mis dos grandes -defectos--nunca me permitieron ver claro en los demás. - -Aquella noche, rodando a la cola de un “mixto” cuya lentitud y torpe -manera de frenar nos hacía reir, volvimos a entretenernos mutuamente con -el relato de lo que cada cual había visto, y los cuadros y personas que -llenaron nuestra existencia ambulante acudieron en muchedumbre. Al cabo -reconocimos que, si bien de la misma edad, mi historia era harto más -accidentada que la suya, y esto reafirmó el ascendiente que desde -siempre ejercí sobre él. - -En Barcelona descansamos tres días; allí volvieron a limpiarnos, y -después de reconocer todos nuestros mecanismos nos engancharon a la -cabeza del “expreso de lujo” que sale, a las ocho y cincuenta minutos de -la mañana, para la frontera. ¿Qué diré de la alegría, plena de juventud, -que experimentamos al sentirnos llevar?... - ---¡Ya nos vamos, Cabal!--me gritó El Barítono. - ---Sí, viejo--repuse--; ya nos vamos, y antes de cuatro horas estaremos -en Francia. - -Como le pareciese que mis palabras no encerraban bastante calor, -exclamó: - ---¿No te alegras? - ---Sí, que me alegro; ¡mucho!... - -En realidad, yo comprendía el cariño a la patria menos que él, y así mi -regocijo no igualaba al suyo. El continuó poniéndole risueñas apostillas -a su contento, y hasta me descubrió su esperanza--completamente -irrealizable--de rodar algún día sobre los caminos franceses. - ---Y si me encuentran viejo--suspiró--que me envíen a un taller de -reparaciones y me conviertan en “tercera”. - ---¿Serías capaz--interrumpí enojado--de degradarte hasta ese extremo? - ---Yo, sí: yo, con tal de ver París, lo acepto todo. - -Después se quedó triste. - ---Oye, Cabal: esto de regresar a Francia, después de tanto tiempo y -cuando ya somos casi viejos, ¿no será un mal síntoma? - ---¿Síntoma de qué?... - ---Agüero o anuncio de muerte. Tengo bien observado que numerosas -personas que vivieron expatriadas sintieron de súbito el anhelo de -volver a su país, y apenas lo satisficieron cuando la muerte les -sorprendió... ¡exactamente como si aquel deseo hubiera sido la voz con -que la tierra, donde fueron a nacer, les llamase!... Nosotros vamos, -venimos... devoramos millones de kilómetros... nos creemos libres... -somos como los pájaros... hasta que un día la tierra, nuestra madre, nos -llama... ¡y hay que obedecerla!... Cuando nosotros, hace mucho tiempo, -salimos de Francia, fué por un puente, en medio de la luz y del aire... -¿te acuerdas?... Y ahora regresamos a ella por un túnel, bajo la -tierra... Cabal: ¿tú no crees que exista en esto un maleficio?... - -No supe qué argüirle, pues parecióme que tenía razón, y una suave -melancolía descendió sobre los dos. ¡Morir!... ¿Qué desesperante -tiniebla envuelve esa palabra? ¿Morir es descender, irse... o es -regresar a la estación de salida?... Un largo momento permanecí -silencioso y como traspasado de frío; pero luego el paisaje, con sus -perspectivas de hermosa violencia, reanimó mi optimismo. Caminábamos -bien: a su hora las estaciones de Gerona, la heroica; de Flassá y de -Figueras, cuyo presidio puso un colofón a tantas vidas, quedaron atrás. -En seguida el suelo, que ya comenzaba a inquietarse, se enardece, se -encrespa furioso, y las primeras estribaciones pirenaicas asoman. La -enorme cordillera detrás de la cual España y Francia se atrincheran, -azulea más lejos, y sus cimas parecen galopar hacia el Norte. - ---¡Los Pirineos!--grita El Barítono. - ---Sí--repito emocionado--. ¡Los Pirineos!... ¡No son éstos los que yo -conocía; sin embargo, con qué gusto los veo!... - -Y, desde el cabo de Creus hasta el de Higuer, mi pensamiento va y -vuelve. Corremos entre la montaña y la costa, y el mar está tan cerca -que, a veces, sus olas rompen espumeantes al pie de la vía. Un poco más -y llegamos a Port-Bou, donde nos detenemos media hora; siete minutos -después estamos en Cerbere. ¡Francia!... La bandera ha variado; pero yo, -que no pienso como El Barítono, creo que, pues todos los trenes--vayan o -vengan--han de salir de un túnel, es allí, bajo la tierra, donde la -sociedad futura debía sepultar definitivamente el concepto retrógrado de -“patria”. Ese túnel, para mí, es una lección. - -Veinte días nada más ambulé sobre la ruta de Port-Bou. Una tarde, al -regresar a Barcelona, supe que había ocurrido un descarrilamiento cerca -de Calatayud, y que el “expreso” de Madrid se reformaba. - -A la mañana siguiente, temprano, unos guardavías se acercaron al -Barítono y a mí, y les oímos hablar: - ---¿Son éstos los dos coches que llegaron ha poco de Valencia?--preguntó -alguien. - ---Sí--repuso otra voz--, y hay que desengancharlos. - -Cuando el convoy iba hacia la frontera, El Barítono marchaba delante de -mí; a la vuelta sucedía lo contrario, y, por esta circunstancia, yo fuí -el elegido. - ---Nos separan, Cabal--gimió mi compañero. - ---Sí, hermano--repuse conmovido--y no imaginas cuánto voy a echarte de -menos... - -Aquellos hombres desenlazaron las cadenas que nos sujetaban, levantaron -el puentecillo metálico que nos unía y se dispusieron a empujarme. - ---En este momento--exclamó El Barítono--envejecemos un poco los dos: -separarse es morir... - ---O disponerse a vivir otra vez--interrumpí animoso--; ¡y más vale creer -esto último!... ¡Que seas dichoso, que la ventura te acompañe siempre! - -El repuso, magnífico y sacerdotal: - ---Que la felicidad marche contigo. - -Aquella noche, en el “expreso de lujo” de las ocho menos once minutos, -salí para Madrid. Meses después supe que mi camarada había sido -alcanzado y muerto por una locomotora, en Cerbere. ¡Tenías razón, pobre -hermano! Tu deseo de volver a Francia era una cita que te daba la -tierra. - - - - -XXIV - - -Si yo tuviese tiempo y memoria--y paciencia también--para trasladar al -papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones -ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes, -tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero, -exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las -impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio -físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia. - -El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía -recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada -impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis -ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el -entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo -clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de -sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre -el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas, -cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La -Triste--cualquiera de mis antiguas dueñas--atrafagada y jadeante, nos -arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco -también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la -melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación -neblinosa--aroma de humedad--que desdibuja las lejanías norteñas, el -profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra -locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber. - -Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos -sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder -de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la -música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos -enteros de mi vida. - -Dentro de mí oigo gritar: - -“--¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander, -Asturias y Galicia!...” - -Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones -dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a -otro. - -O bien: - -“--¡Miranda de Ebro!... ¡Cambio de tren para los viajeros de Bilbao, -Logroño, Castejón, Pamplona, Zaragoza y Barcelona!...” - -Y la maravillosa Sierra de Pancorbo se levanta delante de mí. - -La voz evocadora grita: - ---“¡Buenos quesos de Burgos!...” - -Y pasa la histórica ciudad, con su caserío obscuro sobre el que la -catedral levanta el encaje prodigioso de sus dos torres. - ---“¡Puñales y navajas de Albacete!...” - -Es la Mancha, de color ocre, desarbolada y adusta, y también la ilusión -verde de la región valenciana, que va acercándose. - ---“¡Tortas de Alcázar!...” - -Son las noches frías, el aire que corta, la lluvia ingrata. - ---“¡Agua!... ¡Agua fresca, agua!... ¿Quién quiere agua?...” - -Es Castilla, es la tierra que abrasa, son los vagones cuyas imperiales -vahean bajo el fuego del sol, el emparrado mezquino que sombrea el -brocal de un pozo casi seco... - -Así, pensando en todo esto, creo rejuvenecerme, y el espíritu cumple el -milagro de vivir muchas veces lo que la materia torpe sólo conoció y -gozó una vez. - -La línea de Madrid a Barcelona es más dura y ciento noventa y cinco -kilómetros más larga que la de Valencia; pero, comparada con la de -Galicia o la de Irún, es llana y accesible como un andén. Componen el -“expreso” una máquina, natural de Grafenstaden, correspondiente a la -“serie cuatro mil”, de más de trece metros de longitud, y a la que sus -manejadores apodan La Quisquillosa, por ser--al igual de los caballos -blandos de boca--muy sensible a cualquiera indicación, y así se detiene -o corre con violencias súbitas, como si estuviese enfadada; y nueve -unidades: dos sleeping, dos furgones, un coche-correo y cuatro -“primeras”, de las cuales al que me sigue llaman El Viejo, lo que me -contristó un poco cuando, charlando con él, averigüé que teníamos la -misma edad. El _dining-car_ es, en nuestro convoy, algo pegadizo, pues -el que enganchan en Madrid se queda en el pueblecito soriano Arcos de -Jalón, y el que sale con nosotros de Barcelona no pasa de Mora la -Nueva. - -La heterogeneidad moral que presentan, con respecto unas de otras, las -diversas regiones españolas, y de la que ya he hablado, vuelve a -sorprenderme aquí. El público que ahora viaja conmigo no se parece al -valenciano, y menos al andaluz; acaso sean el andaluz y el catalán los -dos temperamentos españoles más desemejantes. Este pueblo me gusta: -viste bien, es serio, callado, laborioso, enérgico; sus mujeres son -gruesas y altas, y se enjoyan con cuidado, y los hombres tienen la -expresión voluntaria y hablan de negocios. Al salir de Madrid, sin -embargo, la psicología del pasaje no es rotundamente pura; tiene una -veta aragonesa que persistirá hasta Zaragoza. Traspuesto el Ebro, la -raza de los fenicios hispanos aparecerá limpia, y el idioma castellano -habrá muerto, como arrojado a la vía por inútil. - -En cuanto al camino, sin ser de los más bellos, es interesante, y se -acerca a ciudades, ruinas y perspectivas, acreedoras a recordación. - -Por ejemplo: Torrejón de Ardoz, entre cuyas roídas murallas las familias -ducales de los Olivares y de los Alba tienen su sepultura; Alcalá de -Henares, cuna de Miguel de Cervantes y de Catalina de Aragón; -Guadalajara, ganada a los moros por Alvar Fáñez, el amigo del Cid; -Sigüenza, fundada por Roma; la alcazaba de Medinaceli, y otras -fortalezas diseminadas por aquellos alrededores rocosos y que en otro -tiempo defendieron el tránsito del Valle del Ebro a Castilla; la morisca -Calatayud; Zaragoza, la ibérica y la heroica, cuyas dos catedrales--El -Pilar y La Seo--vemos, al cruzar el puente, reflejarse en el río; Caspe, -que una vez decidió del porvenir de España; Reus, Pobla, San Vicente... - -A través de un bosque de pinos marítimos la vía férrea se aproxima al -Mediterráneo y el paisaje cobra belleza mayor. Pasa Villanueva y Geltrú, -rodeada de viñedos lujuriantes, y más allá de Sitges el expreso, que -corre bordeando la costa acantilada, enfila, sin interrupción, tantos -túneles, que podría decirse que camina soterrado. Estos túneles ofrecen -numerosas hendeduras, especie de saeteras abiertas sobre la alegría del -mar latino, y su luz, que fulge por ráfagas ante nosotros, son como -ideas optimistas que esclareciesen a intervalos la tiniebla de un -espíritu triste. Enfrentamos luego las fragosas costas de Garraf, y -entre tantas rocas nuestros rodajes restallan y crepitan con -ensordecedor trajín. A la izquierda, en aquel lontano confín donde el -cielo simula pedirle a la tierra un punto de apoyo, azulean los -fastigios de Montserrat; y al fondo, manchando de blanco el horizonte -desde la falda del monte Tibidabo al baluarte de Montjuich, la urbe -barcelonesa, ceñida de fábricas cuyos millares de chimeneas parecen los -tubos de un órgano que entonase, desde el amanecer, la misa del Trabajo; -la única cierta... - -Pronto se cumplirá el cuarto aniversario de mi llegada a esta línea, y -nada digno de ser publicado me ha sucedido aún. ¿Por qué? Jamás mi vida -fué tan pacífica. ¿A qué debo atribuir esta calma? ¿Será porque voy -haciéndome viejo? ¿Acaso porque la Aventura, cansada de protegerme, huye -de mí?... ¡Oh, dolor! El silencio que acompaña a la ancianidad parece -una emanación, un contagio, del Eterno Silencio; como si, al igual que -los ríos meten su corriente en el mar, la Muerte proyectase su tristeza -en la Vida... - -En las otras regiones que conozco las gentes viajan por placer, por -turismo, para tomar baños en las playas de San Sebastián o de La Coruña, -o para asistir, a mediados de abril, a las corridas de toros de Sevilla. -En la línea catalana se viaja por necesidad, por negocio; mis huéspedes -son gentes laboriosas y ordenadas, para quienes la vida es una actividad -lógica y no un pasatiempo. No son bruscos, según el vulgacho de otras -provincias cree, sino diligentes en la acción; no son avarientos, sino -emprendedores y productores. Como dentro de la idiosincrasia total de -nuestra Península, puede aseverarse que Andalucía representa la fantasía -y la gracia, Cataluña simboliza la acción, el impulso codicioso y -perseverante. Bilbao y Valencia la imitan, la siguen de muy cerca... -pero Cataluña es, hasta el momento actual, “la voluntad” de la España -futura. En esta tierra fuerte a los hombres se les estima por su -energía, por su producción útil; aquí, en los trenes, un torero no llama -la atención, y, lógicamente, un ministro interesa menos aún que un -espada. - -En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un -matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la -esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos -eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos, -por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de -conocerles, y me eché a discurrir: - -“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...” - -Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados -de tener algo que contarse. - -La mujer decía: - ---Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas... - ---Es de suponer. - ---Y que regará el jardín conforme la expliqué... - ---Sí, sí, lo regará; no te atormentes. - -Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el -vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre -sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos -instantes: - ---Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación. - ---Si recibió tu telegrama... - -Ella recelaba siempre; él creía. - ---¿Por qué no había de recibirlo?... - -Después de un silencio, la mujer exclamó: - ---¡Pobre hijo mío!... - -El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar: - ---Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite -así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al -muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al -campo... - -De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de -Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que -España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los -periódicos publicaban telegramas. - ---¡Pobre mujer y pobre hombre!--pensé. - -Les observaba con una atención en la que había más misericordia que -curiosidad. - ---Afortunadamente--seguí discurriendo--, los hombres, junto a la idea de -“patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios -que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente -falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!... - -De pronto--¡oh, dragados increíbles de la memoria!--reconocí en mis -huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de -don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y -vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen -dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme -entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato, -gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que -parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!... -¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!... - ---¿Es posible--exclamé--que él haya dedicado entera su vida a ella, y -ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a -sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?... - -Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún -años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve... -¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus -cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como -uniformados, sin otra alegría que su amor--que no era “el amor”, sino -una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica--. Perdieron su humilde -vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche -aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo; -y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora -de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su -hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque -sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias -que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir--aroma de las -almas--se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!... - -Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó: - ---¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya -llegamos. - -Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los -estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia. - ---Cosas más graves--repuso--he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a -todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves, -de mi vida podría sacarse una novela. - -Me eché a reir con tan bonísmo arranque que amostacé a mi interlocutor. - ---¿A cuento de qué viene esa algazara?--atajó. - ---Me río--le repliqué sin cortar el chorro de hilaridad que me removía -el cuerpo--de lo vulgar que eres. Acabas de hablar como un hombre. ¿No -lo sabías?... Apenas dos de nuestros viajeros charlan media hora y -simpatizan, uno de ellos exclama, siempre con una leve melancolía en la -voz, como si el recordar fuese un dolor para él: “Mi historia es una -novela.” A otros les parece que un volumen no es bastante, y dicen: “En -mi historia hay argumento para tres o cuatro novelas...” - -Mi camarada, más humillado que avergonzado, repuso: - ---¿Y qué?... - ---¡Nada!... Que para aliviarte del peso de tu biografía busques a otro, -porque yo no la aguanto. - ---¿No crees que la vida de cualquier hombre, como la tuya... como la -mía... es una novela?... - ---Posiblemente. - ---¡Luego tengo razón!... - ---Mira, Viejo--exclamé--; no te amontones y medita lo que voy a decirte: -como la mayoría, por no asegurar la totalidad, de los hombres son -vulgares; como no saben vivir, sucede que esa novela que tú atisbas en -ellos necesariamente ha de ser mala; y, por lo tanto, que si cada -ciudadano... ¿me oyes?... cayese en la tentación de escribir su -historia, nadie volvería a comprar un libro. - -Amohinado gruñó: - ---Si nada te ha sucedido... te felicito. - ---¡Al contrario!--interrumpí vivamente--; si no hablo es porque mucho me -sucedió. Las almas, Viejo, son como los ríos: cuanto más profundos, más -callados... - -Así terminó la escaramuza. - - - - -XXV - - -Mi biografía, toda mi biografía, como si el Destino la hubiese dividido -a hachazos, ofrece los aspectos más incongruentes y separados: junto al -fragmento ligero y azul, el capítulo rojo; al lado del episodio -sentimental o picante, la palidez torva del drama. - -Durante aquel último cuadrienio yo había empezado a aburrirme un poco: -hallaba mi vivir demasiado uniforme, y achacaba esta escasez de -emociones a mis años, que iban siendo muchos. “¡La Aventura ya no me -quiere!...”--discurría yo en mis soliloquios, constelados de melancolías -y de recuerdos. Y daba por definitivamente acabado el libro de mi vida, -cuando la terrible y divina musa “de los ojos de esmeralda”, la que con -sus sorpresas envejeció mis miembros de hierro y caoba, tornó a mirarme. -Y... ¡de qué modo, con qué fuerza trágica!... - -Es una página bermeja y ardiente, como un folletín. - -Estábamos en Madrid, y las manecillas del reloj luminoso--ojo de la -Estación--que preside el vaivén de los trenes, iba a darnos la orden de -partir. Eran las diez y ocho y quince. Todos los coches, apretados -fraternalmente unos contra otros, esperábamos la señal: teníamos -encendidas las luces; la calefacción, alta; los frenos, bien graduados; -las ruedas, engrasadas y prontas al movimiento: La Quisquillosa -resoplaba prepotente, y el latir de sus ijares estremecía el convoy. Un -viento frigidísimo barría los andenes, casi desiertos, pues era día “de -Difuntos” y en fecha tan señalada y que entraña, al decir del vulgo, -cierto maleficio, nadie quiere viajar. Los huéspedes del expreso no -llegarían, en total, a cuarenta. ¡Mejor!... Vayan estos viajes, -relativamente descansados, en alivio y desquite de aquellos en que la -aglomeración de forasteros y de equipajes nos obligan a transportar, a -cada uno, siete y ocho toneladas de peso. - -A la hila del tren, una voz lenta pregonaba: - ---¡Almohadas de viaje!... - -Y era su cadencia tan monótona, tan lánguida, que invitaba a dormir. - -De mis compartimientos tres estaban vacíos. En otro había un matrimonio -cincuentón y de empaque burgués, al que la presencia de varios -parientes, que fueron a despedirle, retenía asomado a una ventanilla. - -Especialmente en invierno estos saludos me molestan mucho, porque me -enfrían. Además, son de una hipocresía repugnante, pues, en la -generalidad de los casos, todos, así los que se quedan como los que se -van, desean separarse. Ya se dijeron cuanto necesitaban decirse; ya -varias veces se estrecharon las manos... ¡y el tren no sale!... ¿Qué -hacer?... - ---Pero... ¡márchense ustedes!--suplican los viajeros. - -Los otros responden: - ---De ningún modo... - ---Nos da pena verles ahí; están ustedes molestándose. - ---No es molestia, es placer... - ---¡Cuánta amabilidad!... - -Las “frases hechas”, los “lugares comunes” de la cortesía y de la -emoción, van... vienen... El protocolo de las despedidas ordena que--en -un momento determinado--las cabezas varoniles se descubran, y los -pañuelos salgan del bolsillo para saludar, y los ojos se nublen de -tristeza: y para que este cuadro surta el efecto conmovedor apetecido, -indispensable será que el convoy arranque. También las siguientes -recomendaciones parecen absolutamente necesarias: - ---“Tengan ustedes buen viaje...” - ---“¡No dejen ustedes de telegrafiar; no se lo perdonaríamos!” - ---“Ya saben que pueden disponer de nosotros.” - ---“¡Sí, sí!... ¡Muchas gracias!... ¡Hasta la vuelta!...” - -¡Ah!... Cuando considero el mezquino valer de los hombres, sus -falsedades, sus perjurios, sus tracerías y el eterno carnaval de sus -almas, siento tentaciones de descarrilar. - -A la hora exacta, el jefe de estación dió “la salida” al expreso; silbó -la locomotora, y partimos. ¡Espantosa noche! La lluvia había formado -grandes charcos entre los rieles, y apenas dejamos atrás la marquesina -que guarece los andenes, un furioso huracán de nieve nos envolvió. Por -dicha, nuestro “visitador en ruta” cerró pronto una portezuela del -coche-cama inmediato, que había quedado abierta, y por la cual penetraba -una avendavalada manga de aire que iba helándonos a todos. El vagón que -corría delante de mí, y al que apellidábamos El Pez, por lo ligero, se -quejaba de un eje; yo lo oía chirriar. - ---Eso es--hícele observar--un poco de frío; apenas llevemos rodando un -rato y entres en calor se te pasará. - -Habíamos traspuesto las estaciones mínimas de Vallecas y Vicálvaro, y -las amenas praderas de San Fernando, y ya veíamos acercarse las luces -tristes y diseminadas de Torrejón. Pasado Alcalá, La Quisquillosa -aceleró su correr, y la calefacción aumentó. ¡Qué delicia!... Aquellas -oleadas de vapor eran para nosotros lo que para el caminante aterido un -vaso de alcohol. El eje de mi compañero cesó de dolerse. - ---¿Mejoras?--averigüé. - ---Sí--repuso--; ya estoy bien. - ---Pues, tira, hermano; porque El Viejo es un maula, y de no ayudarme tú -no podré con él. - -Hizo lo que yo le pedía, y se lo agradecí: era fuerte y bueno, y más -joven que yo; con lo que declaro que me aventajaba en punto a lealtad y -buena fe. Vivir es malearse... - -Los andenes de Meco y Azuqueca huyeron de nuestro lado como sombras; en -Guadalajara hicimos, según costumbre, un alto de cinco minutos, y -seguidamente salimos para Fontanar. - -El _dining-car_ había apagado sus luces temprano, pues el pasaje, -malhumorado, cenó de prisa, que nada acorta tanto la duración de las -sobremesas como la melancolía. Los escasos inquilinos de los -vagones-camas también mostrábanse soñolientos. En los coches de mi -clase, los largos tránsitos aparecían desiertos y fantasmales, sacudidos -por la marcha crepitante del convoy. Pasaron las estaciones de -Junquera, Humanes, Espinosa, Jadraque, Matillas... y en Sigüenza, la -vetusta, recogí un viajero. Distinguí su silueta mucho antes de que -llegásemos a la estación, pues en el andén solitario no había más -persona que la suya. Era un hombre como de treinta años, bien vestido y -de gentil presencia, y advertí una nerviosidad, una precipitación de -fuga, en su modo de ganar mi estribo y abrir la portezuela. Aquel -individuo, evidentemente, huía de alguien: sus pupilas fulgían como las -del “bello Raúl”, como las de Dommiot, como las de Cardini, el -italiano... Ya en el pasillo, bajó un cristal y sacó la cabeza, -observando espaciosamente a un lado y otro, cual receloso de que alguien -hubiera subido al convoy; y así, en esta actitud de vigilancia -implacable, permaneció hasta que dejamos la estación y comenzó a ser -procelosa la velocidad de nuestro correr. - -Entonces buscó uno de mis departamentos vacíos, y un gesto que hizo y el -suspiro que se le escapó de la garganta me descubrieron su satisfacción -de hallarse solo. Reducíase su bagaje a un maletín pequeño, que colocó -en la red, y a un portamantas cuyas correas empezó a deshebillar. Sin -razón, y acaso por obra sigilosa de un presentimiento--esto lo razoné -más tarde--, redujeron mi curiosidad a esclavitud la lozana juventud de -mi huésped, la vivacidad de sus grandes ojos novelescos, la abundancia -de sus cabellos negros y naturalmente ondulados, la sólida complexión de -su espalda y la elegante anatomía de sus manos y de sus pies. - ---He aquí un hombre--medité--con quien el Amor no debe ser esquivo... - -Apareció el interventor y pude enterarme de que el nuevo viajero iba a -Barcelona. Al quedarse solo, el desconocido extinguió las dos luces del -compartimiento, cerró la puerta y corrió todas las cortinillas. Hecho -esto se acomodó en un ángulo, arrebujóse en su manta y alargó ambas -piernas sobre el asiento. Volvió a suspirar, como quien sufre una pena o -un temor secretos, y apagó en mi cenicero el cigarrillo que estaba -fumando. En la obscuridad su figura desapareció casi por completo: -únicamente sus botas de charol, flamantes--bien lo recuerdo--recogían no -sé qué vagarosa claridad que llegaba a ellas desde el pasillo, y yo las -veía fosforear en la tiniebla como azabaches. ¿Quién era aquel tipo, qué -interés podía haber en su vida? Le comparé con don Rodrigo y le juzgué, -incontestablemente, más hermoso que el amante de Raquel, pero también -menos distinguido, porque era menos “raro”. Minutos después le oí roncar -sonoramente y, yo mismo, traspuesta la estación de Arcos, me quedé -dormido. Muchas veces los viejos vagones, con nuestra inveterada -costumbre de rodar en traílla, y la seguridad de que la locomotora cuida -de nosotros y no nos dejará equivocar la ruta, caminamos -inconscientemente, y es este automatismo lo que nos permite ratos -sabrosos de duermevela. - -Una voz que gritaba: - ---¡Alhama!... ¡Un minuto!... - -Interrumpió a medias mi reposo: pero La Quisquillosa recobró su marcha y -mis poros, mal despabilados, volviéronse de nuevo impermeables a la -sensación, y mi conciencia tornó a inmergirse en las negruras -insondables del no pensar. - -Mucho tiempo transcurrió antes de que un pregón y una ruda presión de -los frenos, me despertasen. Por añadidura mi vagón zaguero--El -Viejo--acababa de darme, al detenerse, un fuerte encontrón; sin duda iba -dormido. Reconocí la estación de Calatayud, callada y horriblemente -triste bajo un abundantísimo aguacero. Ni un ruido. El jadear de la -máquina desgarraba el silencio, y turbaba como el latir de un corazón. -Al mismo tiempo, me pareció ver una sombra que trepaba al último -“primera”, por el lado de la entrevía, lo cual me demostró que quien -fuese cuidaba de no ser visto, y acaso intentaba viajar sin billete. - -Media hora más tarde llegaba a mí con pasos aduendados y por el tránsito -que me ligaba al Viejo, una mujer alta, de líneas esbeltas, que -disimulaba sus facciones bajo un alucinante manto negro. Un extraño -soplo trágico la animaba, la precedía...; la vi adelantarse por el -corredor y unos segundos pude admirar sus manos blancas, la energía -aguileña de su rostro, y el nimbo leonino que ceñían a su frente sus -cabellos dorados: unos cabellos encrespados y magníficos, calientes y -luminosos como hilos de sol. Brillaban con resplandor propio; vivían; no -recuerdo haber visto nunca otros más bellos... - -La desconocida detúvose ante mi primer departamento, cuya puerta -descorrió suavemente; encendió una luz, miró rápida y, sin ruido, volvió -a cerrar. En el departamento contiguo hizo lo mismo: abrió la puerta, -asomó la cabeza, esquivóse de nuevo... Era evidente que buscaba algo. De -repente asocié aquella pesquisa a la figura del viajero que subió a mí -en Sigüenza. - ---Le busca a él...--pensé. - -Y tuve miedo, pues adiviné que algo siniestro iba a consumarse. -Sobresaltado llamé la atención de mi compañero. - ---Escucha, Viejo, y ayúdame a salir de dudas: ¿has visto pasar una mujer -alta, vestida de negro? - ---Sí; subió al tren en Calatayud, por la parte de la entrevía... - ---La misma. - ---Como si viniese huyendo... - ---¡Exacto--exclamé--, todo eso lo pensé yo!... - ---En el último vagón permaneció un buen rato; pasó después al otro, y -luego a mí, donde el interventor la pidió el billete. - ---¿Llevaba billete? - ---Hasta Barcelona. En mi pasillo aguardó a que el interventor se fuese, -y entonces registró, uno a uno, mis departamentos. Tiene cara de loca. -Después se marchó. ¿Sabes dónde está? - ---Aquí. - ---¿Contigo? - ---Sí. - ---¿Qué hace? - ---Busca. - -La dama enlutada, efectivamente, proseguía su investigación, y en el -tránsito solitario y bajo el claror pálido y trepidante de las lámparas, -su silueta cobraba una virtud fantasmal. En su rostro lívido, sus ojos -negros tenían la expresión del drama. El Destino, lo Inevitable, miraban -con ellos. - -El Viejo, intrigado, me preguntó: - ---¿Se fué ya? - ---No. - ---¿Qué hace ahora?... - ---Busca... ¡calla!... déjame ver... - -La misteriosa desconocida empujaba en aquel instante la portezuela del -departamento donde “el viajero de Sigüenza”--le designaré así--dormía. -¡Oh, si yo hubiese podido despertarle!... Fueron unos segundos -espantosos, uno de esos momentos en que nos parece oir a la Muerte -caminar de puntillas, y dentro de nosotros toda nuestra alma acongojada -adquiere el perfil de una interrogación. - -La intrusa, apenas encendió, tornó a apagar, y, favorecida por la -claridad del corredor, avanzó. Su brazo derecho extendido, que ahora, -bajo el manto, parecía una enorme ala maléfica, esgrimía un puñal cuya -hoja limpia pintaba en la penumbra un sutil triángulo de luz. Agachóse -para mejor ver, y ahogando el aliento. Adelantó la cara, en cuya lividez -eucarística los labios temblaban... Luego, con recio ímpetu, apoyó su -mano izquierda en la boca del durmiente, para a la vez que le impedía -gritar y le tapaba los ojos, obligarle a echar la cabeza hacia atrás; y -cuando le tuvo así, mudo y cegado y con la garganta bien de manifiesto, -de un solo golpe cruel le degolló. Hundióse el cuchillo hasta la cruz, -y, al salir, por la herida brotó un chorro caudal de sangre, purpúreo y -ancho como una lengua. - -Segura de haberle matado, la homicida, con repentina presencia de ánimo, -enredó al alfiler que brillaba en la corbata del finado un largo cabello -negro que preparado traía con este objeto, tiró el arma a un rincón y -escapó. Al llegar al término del pasillo penetró en el cuarto-tocador, -se lavó las manos y volvió a salir. Nadie la había visto. Sin perder -instante abrió mi portezuela correspondiente a la entrevía, bajó al -estribo y saltó a tierra fácilmente, pues íbamos llegando a la estación -de Casetas y el convoy corría a menos de un cuarto de marcha. - -Sentado, el occipucio apoyado contra una de mis cabeceras, la víctima, -lívida y bermeja a la vez, no se había movido. A su alrededor y como -nimbando su blancura mortal, todo aparecía tinto en sangre: el diván, el -respaldo, la alfombra... - -La presencia de aquel cadáver cuyo rostro, de minuto en minuto, era más -blanco, me causaba indecible terror; añádase a esto la sensación de la -sangre que me empapaba y rápidamente iba enfriándose. Sentía miedo, -pena... y también un poco de asco. En los primeros instantes sólo -compadecí al hombre; luego díme a meditar en la matadora, y a tener -piedad de su dolor. ¿Qué desesperada historia se había desenlazado -allí?... Y aquel cabello negro, ¿con qué objeto fué enredado en la -corbata de la víctima, y a quién perteneció?... Instintivamente mi -conciencia hidalga poníase de parte de la mujer y votaba en favor suyo. - -“Cuando ella se decidió a segarle la garganta--pensé--es porque antes -él, a mansalva, la habría acuchillado el corazón. Entre amantes, una -puñalada es muchas veces la liquidación de una deuda.” - -Apenas el expreso salió de Casetas, referí al Pez y al Viejo lo -ocurrido, y aquél tanto se asustó con la idea de que un muerto le -seguía, que comenzó a cabecear y a querer zafarse de mí. Un buen -tironazo que le administré, para castigarle, le devolvió el juicio. No -se enfadó por ello. - ---¿Está muy pálido el cadáver?--balbuceaba. - ---Mucho; parece de cera; parece también que el rostro se le ha -enflaquecido. - ---¿Y frío?... ¿Notas tú que está frío?... - ---Sí: el frío de su carne es, por instantes, mayor: rato hace que -traspasó sus ropas y empezó a invadirme... Ahora me penetra y llega muy -hondo dentro de mí. ¡Es horrible!... - -La noticia corrió velozmente de punta a punta del convoy, y los datos -aportados por mis compañeros ratificaron cuanto, momentos antes, El -Viejo me había dicho. La desconocida emprendió su trágico éxodo -agarrándose a uno de los estribos del último vagón, en cuyo -cuarto-lavabo estuvo encerrada más de una hora, de lo cual nuestro -camarada coligió que aquella mujer, no obstante su bonísima traza, -escondía un misterio. Después dejó su escondite, ojeó todos los -departamentos y pasó al segundo coche, donde hizo lo mismo. - ---Yo, cuando la vi adelantar por mi pasillo--exclamó El Viejo--tan alta, -tan delgada y envuelta en aquel largo manto negro entre cuyos pliegues -los ojos la relucían como linternas, pensé que la Muerte había entrado -en mí. - ---¡Y era cierto que entraba--comenté--, porque el amor y la codicia son -las dos sonrisas de la Muerte: cuando la Muerte no quiere asustar a los -hombres y sí sólo perderles, se hace Dinero o se hace Mujer!... - -En Zaragoza, donde debíamos permanecer veintiún minutos mientras -cambiábamos de máquina, sólo recogimos tres pasajeros, que subieron a -los coches-dormitorios, situados a la cabeza del tren. Eran las dos de -la madrugada. La Quisquillosa, que no pasaba de allí, se había -desligado de nosotros, y el convoy quedó inerte y como acéfalo. Todos -los vagones, inmergidos en tinieblas, parecían dormir, amodorrados por -el cansancio y el frío. El Viejo y El Pez también se habían sosegado. -Solamente yo velaba, y, a poder, hubiera pedido socorro con resonantes -voces. Aquel difunto, cuyo rostro adquiría aún, por momentos, una albura -de sudario, me helaba: ni don Rodrigo, ni aquel argentino tan -misteriosamente asesinado en la línea de Sevilla, tenían su expresión: -yo no quería verle, y, sin embargo, ni un segundo mi curiosidad se -apartaba de él. Como acabó sin agonía, la muerte no había desconcertado -la paz de sus facciones: los labios quedáronle entreabiertos, y la -visera de la gorra le tapaba los ojos; pero los dedos de sus manos -yertas y blancas--más que blancas, traslúcidas--sobre el fondo purpúreo -de su traje cubierto de sangre tenían una expresión fascinante: estaban -torturados, contraídos, retorcidos espantosamente: raíces parecían... - -Un golpe inesperado me reveló que La Ronca--padecía este remoquete por -lo mal que silbaba--se había unido a nosotros. Ibamos a partir, y me -alegré, porque el movimiento debilita la voz de las ideas. En seguida... -lo de siempre: una campana, un pito, una voz soñolienta, automática, que -ordena: “Señores viajeros... ¡al tren!...”, la locomotora que lanza un -alarido corto y bufa, y el convoy que recobra su andar... - -El crimen perpetrado entre Calatayud y Casetas se descubrió al hacerse -la nueva requisa de billetes, ya pasado El Burgo. Inmediatamente el -inspector manejó el timbre de alarma, y el expreso paró. Por segunda vez -la noticia, semejante a una mariposa roja, voló de un extremo a otro -del tren: despertados insólitamente todos los viajeros, algunos a medio -vestir, precipitáronse fuera de sus departamentos y corrieron a mí. En -mi corredor los curiosos se apiñaban, se oprimían y alargaban el cuello, -con el ansia impaciente de ver. Los que hubieron la fortuna de obtener -un puesto frente al teatro del atentado, enmudecían de espanto y no -sabían disuadir los ojos del cadáver, cuyas facciones, ya endurecidas, -parecían, bajo mis luces, de transparente mármol. - -Como nada podía hacerse, el revisor cerró el compartimiento y el convoy -persiguió su camino a gran velocidad para recobrarnos del tiempo -perdido. En Caspe nos detuvimos, y por teléfono el jefe de estación -llamó al Juzgado, que inmediatamente acudió y procedió al “levantamiento -del cadáver”. Secundado por el escribano, el juez tomó circunstanciada -declaración al inspector, al “ruta” y a varios pasajeros. El -interrogatorio fué baldío; nadie sabía nada. Lo único cierto era que el -asesinado tomó el tren en Sigüenza con propósito, según su billete de -viaje acreditaba, de ir a Barcelona. - -En la cartera de la víctima se halló una cédula extendida a nombre de -Antonio del Rey, varias cartas, a las que, por abreviar tiempo, no se -dió lectura, y cuarenta mil pesetas en billetes del Banco: detalle este -último que evidenciaba no ser el robo el móvil del asesinato. El juez -advirtió en seguida el largo cabello negro--cabello de mujer -joven--prendido al alfiler de corbata del finado, lo que estimó un dato -revelador precioso; también examinó cuidadosamente el cuchillo, que era -nuevecito y de los mejores y más bellos que producen los famosos -armeros toledanos. En el acto, la presunción de un crimen por celos -iluminó el espíritu de los circunstantes. - ---¡Y es una mujer morena--exclamaron a coro--quien le ha matado!... - -Alguien dijo que ninguna mano femenina era capaz de asestar una puñalada -así. Pero el voto contrario y unánime del público movióle pronto a -cambiar de opinión. Mujer tenía que ser la autora del crimen. ¿Cómo, si -no, explicar la presencia de aquel cabello? Precisamente ese cabello era -“el hilo” del sangriento ovillo, el rastro que la homicida olvidó tras -sí. A este dato añadíase otro no menos significativo, a saber: la -primorosa belleza del cuchillo: era un arma genuinamente femenina, -elegante y de persona rica. A un hombre, para vengarse, no se le ocurre -comprar un objeto tan lindo. - -Alrededor de la imagen de una mujer “morena y joven”, por todos -aceptada, los comentarios se devanaron inagotables. - -“Ella” debió de subir al tren en Sigüenza, sin que “El” lo advirtiese; -aunque, de estar noticiosa de su viaje--suposición muy admisible--pudo -salirle al encuentro en la estación de Arcos, o en la de Alhama... y, -hallándole dormido, le degolló. Después se quedaría en Calatayud... - -La razón del crimen volvía obsesionante a los espíritus. Evidentemente, -aquella mujer había matado por celos. Antonio del Rey, al recibir la -puñalada, no se defendió; acaso la muerte fué tan instantánea en él que -se adelantó al dolor; finó sin sufrir: lo proclamaban así sus ojos -cerrados y la serenidad y compostura de su actitud. - -Respecto del cabello enredado al alfiler de la corbata, alguien dijo--y -sus palabras merecieron la aprobación general--que, una vez su venganza -satisfecha, “Ella”, como Salomé, sentiría el deseo de besar los labios -yertos del adorado--¿no anduvieron el Amor y el Crimen siempre -juntos?--y, al inclinarse para hacerlo, sus cabellos se agarraron al -alfiler y una hebra, que sería brújula entre las manos de la Justicia, -quedó prendida en él. El señor juez se acordaba de Teseo, y estaba -encantado... - -Asistiendo a estas divagaciones folletinescas, pero muy verosímiles, de -la imaginación popular, yo me desesperaba. ¿Cómo decirles?... “La -criminal es rubia; su cabeza parece una brasa: ese cabello negro de cuyo -hallazgo tanto se ufanan ustedes, lejos de ser un rastro, es una -traición, una trampa, un ardid, para despistar...” El único que lo sabía -todo era yo, y no podía hablar. ¡Ah! ¿Cuándo los hombres que tantos -inventos inútiles hicieron, descubrirán el modo de comunicarse con los -objetos que comparten su vida?... ¿Habría robos si las cajas de caudales -supieran pedir socorro? ¿Habría adulterios si hablasen las alcobas? -¿Cómo los sabios acosadores tenaces de la Verdad, no pensaron en -esto?... Porque entonces... ¡sí que la Mentira se iría del mundo!... - -Al dar el Juzgado por terminadas sus diligencias, unos camilleros se -llevaron el cadáver del desdichado Antonio del Rey, y yo, con las -portezuelas cerradas, fuí desenganchado del convoy y trasladado a una -vía lateral, en espera de las futuras investigaciones que el señor juez -instructor se proponía practicar en mí. - ---¡Te han fastidiado, Cabal!--me dijo El Viejo--; los hombres, para -consolarse de no prender al asesino, te prenden a ti... y tardarán en -soltarte. - -El expreso arrancó de Caspe con dos horas de retraso. ¿Cómo decir el -frío de silencio, el dolor de abandono, que me produjo verlo marchar?... - -El resto de la mañana estuve durmiendo, bajo la lluvia. Al siguiente día -padecí un severo registro, y tres días después otro. El juez, asesorado -por el escribano, el alguacil y dos personas más, reconstituyó--y -declaro que con bastante exactitud--la escena del crimen: la posición en -que se hallaba la víctima al recibir el golpe; la estatura probable de -la agresora, a quien todos supusieron alta; y luego examinaron -prolijamente los rincones del compartimiento, y mis estribos, con la -esperanza de sorprender en ellos algún vestigio esclarecedor del -misterio. Una aguja descubierta por el alguacil bastó para que todos -aquellos señores se perdiesen en nuevas e inútiles divagaciones, pero no -añadió luz ninguna al sumario. - -¡Cómo me aburría! ¿Por qué no me sacaban de allí?... Las jóvenes -caspolinas que acostumbraban a pasear por el andén, no cesaban de ir a -verme. Se detenían a corta distancia de mí, sosteniéndose unas a otras -por el talle, y luego, a pasos lentos, daban una vuelta a mi alrededor. -Mi imponente tamaño, mi lujo y mis cortinillas caídas, como en señal de -duelo, sobre el enigma bermejo que había en mí, impresionaban -teatralmente la fantasía popular. - ---Aquí ha sido...--se decían mis mirones. - -No pasaban de ahí; y, al marcharse, caminaban despacio y volviendo la -cabeza, para mirarme. En Burgos, adonde me llevaron después del asalto -del expreso de Hendaya, me sucedía lo mismo. - -Pero esta notoriedad no me consolaba de mis días de inacción. Cada -veinticuatro horas, febril y ruidoso, pasaba mi convoy, y mis -compañeros, dichosos con su libertad, me dirigían burlas inocentes. - ---¡Bien te diviertes, gandul!--decían. - -Una semana más tarde y con la etiqueta de “No admite viajeros”, fuí -reincorporado al expreso y trasladado a Barcelona, donde substituyeron -los forros ensangrentados de mi asiento y del respaldo por otros nuevos. -¡Cómo lo agradecí! La alfombra no la reemplazaron, sino que la lavaron -cuidadosamente. Una pequeña mácula de sangre, no obstante, quedó en -ella; pero tan debilitada y poco visible, que los “inspectores del -material” consideraron que pronto los mismos viajeros acabarían de -limpiarla con la suela de sus zapatos. Estos recuerdos me estremecen -aún. ¿No hay algo truculento en el destino de esa sangre, que fué -juventud, esperanza, calor... ¡vida, en fin!... y que luego una multitud -pisotea, indiferente, y se lleva en los pies?... - -Volví a la circulación, y desde mi primer viaje tuve ocasiones de -convencerme de que el asesinato de Antonio del Rey seguía encadenando la -atención de la Prensa y del público. El crimen guardaba su misterio. Las -declaraciones de los familiares de la víctima poco ayudaron a esclarecer -el enigma: se supo que Antonio del Rey tenía en Madrid una amante -italiana, rubia y alta, artista de café-concierto, llamada Emma Sansori; -y también que pensaba casarse con una joven morena, de notable belleza, -unigénita de un banquero que residía en Barcelona. Al principio, la -pública opinión señaló a la Sansori como autora del crimen; pero ella -consiguió demostrar que la noche de autos la pasó en Madrid; además, el -oro de su pelo la protegía; su cabellera gritaba su inocencia... -Entonces la Justicia enderezó sus investigaciones por otros derroteros, -y detuvo a una aventurera a quien Del Rey conoció el verano anterior en -el Casino de San Sebastián, y a su hermana. Esta nueva pista tampoco dió -resultados provechosos. La Policía avanzaba entre sombras, y se perdía. -Desechada la suposición de que el asesino fuese un hombre, el fantasma -de una mujer joven y de pelo negro renació triunfal. Aquel cabello -detenido, al parecer casualmente, en la corbata de la víctima, se -enredaba a los pies de la Justicia como un grillete y no la permitía -andar. - -Transcurrieron nueve o diez meses, que en esto de filar aprisa el tren -de la Vida nos da ejemplo a todos... - -Una tarde, minutos antes de dejar Barcelona, oí vocear los periódicos -“con el crimen de ayer”. ¿Qué nuevo drama era aquél? Desde el último -asesinato de que fuí testigo, la “crónica roja” ejercía una atracción -morbosa sobre mí. - ---Luego sabré de qué se trata--pensé. - -Ya he dicho que, de cuanto sucede en el mundo, yo me informo por lo que -oigo conversar a los viajeros, o leyendo en los diarios olvidados sobre -mis asientos. - -A poco de emprender el viaje, mi curiosidad empezó a ser satisfecha: -varios pasajeros glosaban animadamente el sangriento suceso, cuyo relato -campaba bajo titulares llamativas en la primera página de los -periódicos. La muerta era una señorita, de la mejor sociedad -barcelonesa, y que se hallaba en vísperas de contraer matrimonio. Se -llamaba Mercedes Eloy. Según los reporteros, el día del crimen, por la -mañana, Mercedes recibió una carta, que--al decir de una criada--la -joven leyó con ademanes marcadísimos de inquietud, y se presume fuera un -anónimo que la invitaba a una cita. Durante el almuerzo, la madre de -Mercedes notó que ésta tenía los ojos enrojecidos, como de haber -llorado. Al anochecer, la señorita Eloy, vestida sencillamente, salió de -su casa diciendo que iba a la iglesia del Carmen y volvería en seguida. -Su portera la vió subir a un coche. Horas después, en un rincón -solitario y umbrío del Parque, aparecía su cadáver, con dos puñaladas, -una de ellas en el corazón. - -Comentando el hecho, añadía un periódico: - -“Hay personas que atraen la tragedia como los pararrayos atraen la -cólera de las nubes. Nuestros lectores no habrán olvidado que la -señorita Mercedes Eloy fué novia de aquel don Antonio del Rey, asesinado -misteriosamente en el expreso de Madrid.” - -Esta apostilla fué para mí una revelación. Vi claro. - ---“Entonces--exclamé--es Emma Sansori quien la ha matado.” - -No me era posible dudar. La italiana habíase impuesto una tarea -exterminadora, que cumplió hasta el final: primero, “El”; luego, -“Ella”... ¡Oh, Italia!... País de arte y de pasión, tierra caliente -donde la venganza tiene la fuerza de un culto bárbaro, ¡qué fielmente te -retratas, a veces, en tus hijos!... - -Y llego al desenlace de este folletín, que parece escrito por la misma -inexorable mano de la Fatalidad. - -Días después salía yo con mi convoy de Barcelona, y en el Apeadero de -Gracia subió a mí una mujer de estatura elevada, rubia, vestida de -rigurosísimo luto, a quien reconocí en el acto: era Emma Sansori. ¿Y -cómo no reconocerla si había visto sus ojos, y los ojos en que una vez -leímos el deseo de matar no se olvidan nunca?... Quizás por haber -adelgazado parecióme más alta, y advertí que, en virtud de inexplicables -mixtificaciones psicofísicas, el dolor en su rostro se había hecho -belleza. Luego examiné sus manos lívidas, nerviosas y torturadas, como -remordimientos; especialmente aquella mano derecha, dos veces criminal, -en la que la Muerte parecía haber dejado una llave... - -La Sansori examinó uno a uno mis departamentos, que por azar rarísimo -iban casi vacíos, y fué a instalarse en el mismo, precisamente, -donde--pronto haría un año--apuñaleó a su amante. ¿Quién la guió allí? -¿Por qué eligió aquel sitio y no otro? ¿Fué casualidad, o resultado de -esas atracciones subconscientes que los objetos, testigos de un crimen, -ejercen sobre el criminal?... Y, ante tales coincidencias alucinantes, -¿quién negaría que, desde que nace, cada alma lleva en sí su destino?... - -Ya muy tarde, pasada la estación de Reus, Emma Sansori--como si -magnéticamente mis pensamientos llegasen a ella--comenzó a darse cuenta -de dónde estaba. Larguísimo rato había permanecido inmóvil, el mirar -perdido en el espacio. De súbito la estremeció el choque de un recuerdo, -y miró en torno suyo. Después se levantó, lanzó una ojeada rápida al -desierto corredor, cerró la portezuela y tornó a sentarse. Dos veces -cambió de lugar: primero se puso de espaldas a la máquina, luego de -frente. Yo, que no cesaba de observarla, comprendía que su nerviosidad -iba en “crescendo” alarmante. Los labios silenciosos de su alma -repetían, sin cesar, un nombre: “Antonio”... “Antonio”...; y como en el -espíritu de don Rodrigo vi tantas veces reflejarse la figura de Raquel, -así en el de Emma apareció la cabeza--únicamente la cabeza--del -asesinado, con una blancura de hostia en las mejillas, los párpados -cerrados, y una tremenda puñalada roja, todavía sangrienta, en el -cuello. Cuando esta tétrica imagen se borraba, la conciencia de la -Sansori se obscurecía de modo tal que no quedaba en ella ni un mínimo -resquicio de luz. De súbito las tres sílabas del nombre adorado y -aborrecido, se encendían: “An-to-nio”...; y nuevamente, cual si -resurgiese de la tiniebla de la tumba, el rostro exangüe del degollado -volvía a dibujarse. Empezó a hablar con él: “¿Por qué no abres los ojos? -¿No quieres verme?...” Pero los ojos continuaron herméticos. Por su -cerebro cruzó, semejante a un pájaro negro, esta sospecha: “¿Sería este -el vagón donde le maté?...” El instinto la llevó al sitio que Del Rey -ocupó, y lo examinó cuidadosamente; miró luego la alfombra, en la que -aún subsistía, aunque muy desvanecida, una huella de la sangre, y sus -manos dibujaron un ademán de horror: sobre el manto que cubría su -cabeza, sus dedos de cera se crisparon agonizantes. Con el ansia de ver -mejor, se hincó de rodillas en el suelo. Entonces comprendió; había -reconocido el lugar: fué allí mismo... Aquella mancha era de sangre; de -la sangre que ella adoró y por la que hubiese dado la suya... - -Se levantó, ahogando un grito, y su figura enlutada pareció alargarse y -tocar al techo. En sus ojos desorbitados la Locura acababa de encender -sus luces amarillas. La Sansori quiso escapar al corredor y tropezó con -la puerta, y la rudeza del golpe--que a mí también me hizo daño--la -derribó sobre un asiento. Por segunda vez intentó salir, y volvió a -chocar contra el recio cristal, y a caer. Pareciéndola que unos brazos -invisibles la sujetaban por detrás, perdió valor. Juntó las manos, sus -labios lívidos temblaron y se derrumbó de hinojos. - ---Antonio... Antonio... Antonio...--musitó tres veces. - -De un salto se incorporó; consiguió, al fin, abrir la puerta, y salió al -pasillo. Miró a un lado y otro: nadie. Parecía haber recobrado su -serenidad, pero su alma estaba en tinieblas. - ---Va a suicidarse--pensé. - -Y en el acto me convencí de haber acertado. Iba a suicidarse. Hay -momentos en que las resoluciones adquieren tal intensidad, que son -visibles sobre las frentes como un cartel pegado a un muro. - -Emma Sansori ganó mi plataforma delantera, abrió la portezuela contraria -al lado de la entrevía, y con un fuerte salto se arrojó al espacio. -Cruzábamos un puente. La enorme ráfaga de viento que levantaba la marcha -del tren la arrancó el manto de los hombros y esparció su melena dorada. -Instantáneamente su cuerpo, vestido de negro, se borró en la infinita -opacidad nocturna; no así sus cabellos, que flamearon unos segundos, -semejantes a una llama, en la ingente tiniebla, y fueron como un -coágulo de sol que bajase al abismo. - -Nadie la vió. - -En aquellos momentos el expreso, enloquecido, como si huyese de sí -mismo, corría a noventa kilómetros por hora. - - - - -XXVI - - -Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron -que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora -otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo, -aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario -bienestar--salud de atleta--de mis tiempos prístinos. Mi pendencia con -El Majo también me dañó, y de las heridas que los “apaches” franceses me -infirieron, me resentía de cuándo en cuándo. Las nieblas vascas, las -humedades gallegas, los calores y sequías de Castilla, los esfuerzos que -los caminos en cuesta--sea ascendente o descendente--exige de nuestra -armazón, el recio vibrar de las marchas aceleradas, el tráfago de -pasajeros, la fatiga de nuestros tabiques sobrecargados de equipajes, y -el mismo cansancio que llevan consigo las emociones, lentamente habían -desconcertado mis órganos capitales. La elasticidad de mis rodajes, la -actividad de mis tubos de calefacción, la alegría de mis lámparas--¿a -qué negarlo?--no eran las mismas. Las puertas de mis compartimientos no -se ceñían, como antes, a sus marcos; los cristales de mis ventanillas no -ajustaban; mis asientos eran menos blandos; la palangana y el espejo de -mi “water-closet” estaban rotos, y usado y manchado deplorablemente el -linoléum de mi tránsito: en las fotografías policromas del corredor, en -la obscura pátina de mi techumbre ahumada, en la melancolía de las -cortinillas, en “no sé qué” de viejo, de desengañado, de triste, que -había en todo mi cuerpo, yo comprendía que mi biografía iba acabándose. - -El arreglo que me hicieron en los talleres de Valladolid apaciguó mi mal -sin extirparlo, pues para las injurias del tiempo no se inventó remedio: -yo, cuando mis curanderos me devolvieron a la vida rodante, parecía un -veterano de los campos de batalla, cubierto de cicatrices; o un “viejo -verde”, bizmado, recompuesto, que llevase los cabellos pintados y -postiza la dentadura... y era natural, de consiguiente, que mi -contrahecha y fingida mocedad durase poco. Acabaron con ella el sol, la -lluvia, la escarcha, el relente... - -Agréguese a esto el archivo de recuerdos--y quien dijo recuerdos, dijo -melancolías--que ambulaban conmigo. - -Los polos del alma son la imaginación y la memoria: la imaginación es -“la facultad callejera” que busca, que sueña, que descubre o inventa -caminos; y la memoria, “la dueña de la casa”, que escrupulosamente anota -y clasifica lo sucedido: la primera es artista y mudable; la segunda, -burguesa y quietista, y mientras aquélla derrocha y se disipa y se -adorna con cascabeles, su hermana va cargada de llaves y hace números. - -En mí, acaso precisamente porque anduve mucho, mi fantasía peregrinó -poco, y mi memoria adquirió preponderancia excepcional. Mi retentiva es -formidable, y dentro de mí los recuerdos mantiénense limpios, precisos, -con sus mínimos colores y detalles. Nada he olvidado: en los cristales -de mi memoria las añejas imágenes reaparecen nítidas, vivaces, rotundas; -recordar equivale, para mí, a hojear un álbum de postales iluminadas. - -Esa rara capacidad que en todo momento me sitúa frente por frente de mi -propia vida, me hace sufrir mucho. Pienso, a cada rato: “Yo he rodado -sobre el cuerpo de un hombre; yo--aunque sin voluntad--maté a don -Rodrigo; yo sentí cómo el bandido Cardini pisaba sobre los cabellos de -una mujer desvanecida en el suelo de mi corredor; y vi tirar un cadáver -a la vía, y degollar a Antonio del Rey, y presencié el salto mortal de -Emma Sansori...” Y considerando que conmigo ambularon en distintas -épocas Méndez-Castillo, Conchita “la Bruja”, aquella Carmen “de la falda -azul y de la blusa blanca”, Raquel, “los recién casados de La Coruña”, -los amantes “sin nombre”, de Valdepeñas, y otras muchas personas, me -digo: “Yo, que tanto viajo, soy, a mi vez, como un camino: todo en el -mundo es un camino, pues todo sirve para que todo se vaya...” - -Con esa aterradora lentitud con que opera lo Inevitable, el fracaso ha -penetrado en mí: día tras día mis largueros de encina y caoba se -pandean, y el revestimiento de “teak” que me sirvió hasta aquí de -broquel se agrieta; mis movimientos son ruidosos, ingratos, y a -intervalos, en los ángulos de mis maderas crujen cual viejos huesos -faltos de sinovia, o chirrían con algarabías ornitológicas. Hay en mí -como un ruido de muletas... - -De nada de esto hablo con mis colegas, a pesar de hallarles tan -malparados como yo. Ya en diversas ocasiones oímos rezongar a los -empleados que nos limpian: “Este material está inservible, pero como la -Compañía sólo piensa en ganar dinero, no lo remuda.” El público, que -antes me prefería entre todos los vagones de mi convoy, también empieza -a murmurar. Muchas veces, por ejemplo, un matrimonio ha subido a mí, y -después de examinar mis departamentos el marido ha dicho: “Este coche es -demasiado viejo; vámonos al otro...” ¡Razón tienen para arrumbarme! -Ultimamente agrietóse mi techumbre en la parte correspondiente al -“cuarto-cama”, y se formó una gotera que, afortunadamente para el -viajero, no caía a plomo, sino resbalaba por un tabique, sobre el que -dejó una huella bochornosa; una mancha cuyos contornos amarillentos -recordaban la de los continentes en las cartas geográficas. La mayoría -de mis inquilinos, refunfuñaba: “¡Qué vergüenza! ¡Este coche está -inhabitable!...” Algunos llamaban al vigilante de ruta, para demostrarle -mi laceria. Yo pensaba, aterrado: - ---Cuando me declaren definitivamente inservible, ¿qué será de mí? ¿Me -destinarán a ser quemado? - -Pronto supe a qué atenerme. El Viejo, El Pez y yo, que ofrecíamos, -aproximadamente, los mismos síntomas de ancianidad y derrota, fuimos -desenganchados en Barcelona de nuestro expreso, y trasladados a -Zaragoza, desde cuya Estación de Madrid--llamada también del Sepulcro -por su proximidad al Campo de este nombre--nos llevaron a unos -vastísimos talleres de reparaciones que yo desconocía. Varios días -quedamos unidos y ociosos, hasta que un lunes, muy de mañana, nos -separaron y yo fuí rodado hasta una especie de cocherón que la actividad -de innumerables martillos llenaba de estrépito. - -“Este es nuestro “spoliarium”--me dije--; mi historia de gladiador de -los caminos, aquí acaba.” - -Pero no era destrozarme sino infiltrarme una segunda juventud, lo que -manos diestras y buenas--o más que buenas codiciosas de arrancarle a -cada coche inválido su máximo de producción--pretendían hacer conmigo. - -A la vez una docena de obreros, éstos tapiceros y otros ebanistas, me -atacaron, y las sierras, los taladros, las escofinas, las garlopas, los -formones, las barrenas, las repasaderas... todos aquellos instrumentos -supliciadores que conocí en mi infancia, y cuyos terribles dientes de -acero no había olvidado, tornaron a morderme. Según la fiebre que ponían -en su labor aquellos hombres parecían trabajar a destajo, y hubiese -creído que sólo anhelaban destruirme a no haberles oído decir: “Este -coche todavía está bien; quedará como nuevo.” - -Consolado y fortificado por estas palabras, me resigné a sufrir. “No son -mis asesinos--pensé--sino mis cirujanos; sus golpes no me matan, me -curan; lo que ellos supriman de mi cuerpo será lo inútil, lo podrido, lo -irreparable, lo que absolutamente debe irse”... Y, con esta convicción, -me entregué a la alegría de volver a vivir, y dí por alegres cuantos -dolores me amenazaban. - -Mis curanderos arrancaron todo mi linoléum, bajo el cual aparecieron -algunos trozos usadísimos de alfombra; asímismo se llevaron mis -colchonetas, mis respaldos y mis redecillas para equipajes, y desarmaron -mis asientos: las cortinillas, las abrazaderas, los espejos, los -anuncios, las mesitas de las entreventanas, los ceniceros... ¡todo -desapareció!... Del “compartimiento-dormitorio” no quedó nada. -Rápidamente iban dejándome hueco, mondo, y mi armazón enjuta adquiría -aspectos de esqueleto. Ahora, sobre este vacío, mi imperial parecía más -alta; la luz que llenaba mis ventanillas era cruda, desapacible, y -advertí que, como en las casas desalquiladas, dentro de mí el menor -ruido era campanudo y resonante. - -Procedieron después mis operadores a reforzar los ocho ángulos máximos -de mi cuerpo: cambiaron clavos, reafirmaron los tornillos, substituyeron -las maderas que por su desgaste excesivo ya no ajustaban bien, -enderezaron a martillo y a fuego las piezas que pandearon la humedad o -el continuado esfuerzo, suprimieron todas las hendeduras de mis -costados, taparon todas las quiebras o rajas de mi techumbre. A lo único -que no tocaron fué a la tubería de la calefacción, ni a los hilos de la -luz. Otro día me desmontaron, instaláronme sobre tres caballetes y se -llevaron mis rodajes, lo que celebré, porque estaban desnivelados y sus -muelles necesitadísimos de reparación. Yo sentía ganas de cantar, ganas -de reir; yo era feliz como el muchacho a quien han prometido un traje y -unos zapatos nuevos... - -Esta inmensa alegría--júbilo de resurrección, ufanía de renacimiento--da -la medida fiel del tremendo dolor, hecho de humillación, de vergüenza y -de rabia, que experimenté al cerciorarme de que la Compañía me reformaba -no con el propósito elegante de mantenerme en mi categoría de vagón de -“primera clase”, sino para convertirme en humilde “tercera”. - -Sin respeto a mi historia, querían degradarme, confundirme con el -vulgacho, imponerme el desairado papel del noble “venido a menos”. De -despecho y de cólera rompí a llorar, y transido de tristeza pasé la -noche, hasta que las hadas misericordiosas de la reflexión y de la -esperanza vinieron a consolarme. “¿A qué te preocupas de tus -pergaminos?--decía aquélla--; lo importante es vivir, ser jocundo, ser -sano...” Y, la segunda: “¿Qué sabes tú de los buenos ratos que te -esperan aún?...” - -Terminada su obra de demolición, mis operarios comenzaron a restaurarme. -Para facilitar la circulación del aire, la parte superior de los lienzos -que antes aislaban mis departamentos quedó suprimida; el lugar de mis -antiguas redecillas, con sus barras de acero tan firmes y tan sutiles a -la vez, lo ocuparon sólidos entrepaños de madera; y mis divanes grises, -aquellos cuya blandura conoció la hermosura y recogió el calor de tantas -mujeres elegantes, fueron reemplazados por sólidos bancos. Todo cuanto -en la época feliz de mi nacimiento hube de mollar, de voluptuoso, de -femenino, iba a tenerlo ahora de varonil e inhospitalario. No cambió la -disposición o fundamental arquitectura de mis departamentos, pero sí su -apariencia. Sobre mis ventanillas, en vez de cortinas hubo persianas; a -mis cabeceras, antes tan blandas, sucedieron otras de madera; mis -abrazaderas, mis mesitas y mis ceniceros, desaparecieron, y en el -rectángulo que antaño ocuparon mis espejos colocaron un “Reglamento de -los ferrocarriles de España”, impreso en caracteres minúsculos y harto -prolijo y difuso para un país donde el ochenta por ciento de sus -habitantes no sabe leer. Esto, desde luego, me pareció muy gracioso, y, -por lo inoportuno, “muy español”. Mis paredes quedaron revestidas por -una tablazón vertical, muy fuerte, de pino, mis suelos entarimados, y -todo--solado, techo, tabiques, asientos--pintado de un color amarillo -obscuro que, luego de bien barnizado, adquirió notable prestigio. Lucía -bien: mostraba una sencillez plebeya, sana y chillona. Luego revocaron -de verde todo mi exterior, borraron aquellas A. A. que durante más de -treinta y cuatro años proclamaron mi aristocracia, y por dos veces -escribieron sobre mis flancos un igualitario y muy cristiano número -“tres”. - ---¿Cómo ha de ser?--meditaba yo--; ¡paciencia! Están vistiéndome de -blusa... - -Otro día me trajeron unos rodajes flamantes, que me parecieron -excelentísimos, y no bien me instalaron sobre ellos cuando experimenté -el bienestar resultado de la simplicidad y del vigor de mi nueva -categoría social. Yo era como un prócer arruinado, como un “gran señor” -que, ganado por el ambiente democrático de su época, y para seguir -viviendo, hubiese aceptado un empleo. - -De los talleres de Zaragoza, donde permanecí seis meses, salí sin que ni -El Pez ni El Viejo me viesen, de lo que me congratulé, y cuando fuí -enganchado al rápido que lleva “primeras” y “terceras” y sale de Madrid -para Barcelona los martes, jueves y sábados, a las nueve y veinte -minutos de la mañana, todos los vagones me miraban, y su modo de -observarme me descubría una estimación unánime. Las “primeras” pensaban: - ---¡Qué distinguido es!... - -Y los “terceras”: - ---¡No parece de los nuestros!... - -Seguro de la nobleza de mi origen, entre los unos y los otros yo pasaba -ufano. Ahora, como antes, yo era “El Cabal”... - -Después de medio año de reposo y de encierro, aquel primer viaje me -causó extraordinaria alegría. Como antaño, de mozo, fué el paisaje lo -que antes me cautivó. Por la mañana no me cansé de mirar los árboles, -las casas, los repechos áridos sobre los cuales el sol proyectaba las -sombras de los coches y de la máquina, con su largo penacho de humo. -Toda la tarde corrimos por la llanura: siempre igual paisaje mezquino, -las mismas aldehuelas de color arcilloso, las mismas carreteras -polvorientas, y, como horizonte, una línea de montes fragosos; mientras -nosotros, los esclavos de la vía férrea, adelantábamos por el mismo -camino recto... recto... inexorable como una orden. Las viejas -impresiones, tan amadas, se repetían exactas. Anochecido llegamos a una -pequeña estación--¿qué importa el nombre?--, donde permanecimos “un -minuto”. La gente nos mira, nos envidia; nos envidia porque nos vamos, -y, como en todas partes, un grupo de muchachas endomingadas sonríe a los -viajeros. Suenan una campanada y un silbido: partimos... Ahora el campo -se ha cubierto de sombras: nada se ve, pero el estrépito de nuestra -carrera, los ecos que responden a los ¡alertas! de la locomotora, dicen -que el panorama ha cambiado y que rodamos entre montañas. A intervalos, -cuando el fogonero abre el horno para echar carbón en él, la entraña -ardiente de la máquina arroja, a derecha e izquierda de la vía, un lampo -rojizo que parece un presagio. La dirección del viento ha cambiado; hace -frío; luego empieza a llover, y el agua y el carbón mezclados nos -ensucian deplorablemente. Todo es húmedo, todo es negro... De pronto, la -emoción calofriante de un puente tendido sobre un tajo cuyo fondo no se -ve; después, la tiniebla de un túnel: grita el vapor, vamos cuesta abajo -y los frenos arrancan a nuestras ruedas alaridos horrísonos; asordece el -fragor con que nuestros topes se golpean, y la montaña granítica tiembla -y parece abrirse. Al fin salimos de su entraña, y, bajo la lluvia, la -huída delirante continúa a través de otros montes y sobre otros -puentes...; hasta que, al día siguiente, recogidos ya en el reposo de la -estación terminal, el sol, con su calor, nos enjuga y nos limpia. - - - - -XXVII - - -Todas estas impresiones, que yo de antiguo conocía, sólo me -entretuvieron durante las veintiséis horas de mi viaje primero. Quienes -me interesaron y divirtieron grandemente fueron mis nuevos huéspedes, -tan distintos de aquel mundo de aristócratas, empleados distinguidos, -militares de graduación, artistas, toreros en boga y comerciantes ricos, -que me habían frecuentado. Mi público de ahora lo componían “los de -abajo”: obreros, trabajadores del campo, soldados, criadas, -emigrantes... ¡los que tocaron a más en el reparto del universal -dolor!... - -Al principio me molestaban: les aborrecía porque iban descalzos, en su -mayoría; porque olían a sudor; porque hablaban a gritos y se empujaban -unos a otros, así para subir como para bajar, y salpicaban la -conversación más trivial de interjecciones y blasfemias; les odiaba por -ir siempre cargados de alforjas pestilentes y de gallinas; porque se -estiraban los brazos y trataban a las mujeres sin respeto, y ahincaban -clavos en mis paredes para colgar sus atadijos, y me emporcaban -horriblemente con sus salivazos y los residuos de sus meriendas. - -Después, según fuí conociéndoles, comencé a estimarles: de sus toscas -apariencias nada quiero explicar; peores no podían ser; su salvaje -rudeza constituía entre ellos donaire y testimonio de masculinidad. Yo -les oía discurrir: decir de alguien que era “muy bruto”, equivalía a -considerarle muy noble, muy sin doblez, muy llano, muy bravo, “muy -hombre”, en suma... Pero bajo esta caparazón troglodítica las -almas--¡oh, milagros de la raza!--se conservaban limpias y, aunque -violentas, las señoreaba una innata hidalguía: eran afectuosas, -generosas, sencillas, y en tocándolas en los registros del valor o de la -caridad, todas respondían. Así en poco tiempo conseguí perdonarle sus -groserías a ese pueblo infeliz que, si peca de ineducado y analfabeto, -es porque nadie se cuidó de educarle, y si anda--con escándalo de los -extranjeros que nos visitan--sin camisa y descalzo, no es porque huya -del trabajo, sino porque la rapacidad del caciquismo, de un lado, y de -otro la incomprensión y dejadez de sus gobernantes, le tienen desnudo. - -El pueblo, por ventura de los que lo mandan, es inconsciente; quiero -decir que no mide bien su infelicidad, ni ha noción precisa del dolor -que le rodea, ni de las mil negaciones seculares que pesan sobre él; -nunca meditó--¿cómo, si nadie le enseñó a pensar?--que la vida es algo -más que un jornal y una mujer... Y, merced a eso, a que no discurre, es -bullicioso y comunicativo, y fraterniza pronto. - -¡Lástima que los prohombres de la política siempre que salen de Madrid -lo hagan en coche-cama! Pues a viajar en “tercera”, siquiera una vez, -habrían podido acercarse al infinito dolor nacional y experimentado el -sonrojo de sus torpezas y el ansia de remediar tanto daño, convencidos -de que ser ministro en un país como el nuestro, o es una vergüenza o es -un sacrificio. Hubieran sufrido, como yo, con la incultura y total -abandono de esa plebe, y visto correr el río de lágrimas que dejan tras -sí los emigrantes que se lleva el hambre y los millares de soldados que -pide la guerra. ¡Ah, señores políticos! ¡Si ustedes supiesen cómo se -llora en los andenes de los pueblos, cómo la desesperación retuerce los -brazos y hace gritar, y cómo las madres, las esposas y las hijas -maldicen al tren que se lleva a sus hombres... y corren luego tras él -hasta caer, ensangrentadas, sobre los rieles!... - -Estos cuadros de sufrimiento me ayudaron a estudiar la psicología del -pueblo hispano, que pide al milagro la salud que no halla en la tierra. -Yo, en cierta ocasión, llegué a Barcelona cargado de emigrantes que iban -a embarcarse, unos para Buenos Aires, otros para Cuba, y al día -siguiente regresé a Madrid abarrotado de peregrinos que volvían de Roma. -Lo he observado: en las almas el dolor aumenta las calorías de la fe, y -cuanto mayor es el abatimiento económico de un país, con mejor éxito sus -congregaciones religiosas organizan peregrinaciones y romerías. Lourdes -y Roma son los dos grandes Sanatorios adonde los enfermos de la fe -acuden a remediarse; aunque tengo entendido que las curas que allí se -realizan no son definitivas, pues, transcurrido algún tiempo, los -pacientes necesitan volver... - -A pesar de la amargura de estas consideraciones, no negaré que mi vida -actual es más ruidosa y pintoresca que lo fué nunca. Antes yo ambulaba -a través de España lleno de silencio; mis clientes eran discretos, -reservados y elegantes, y la elegancia siempre conversó en voz baja: -aquellas personas se parecían, sonreían sin ruido, gesticulaban -sobriamente y casi siempre se hallaban de acuerdo en toda clase de -cuestiones. En mis huéspedes de ahora el buen humor, como la cólera, son -estridentes; sus emociones no conocen matices ni perspectivas; todas, -las pequeñas como las grandes, son “primeros términos”; diríase que -llevan el corazón a flor de piel. A porfía gritan, bracean, se -atropellan, fraternizan o riñen: no conocen la brida. - -Yo me recreo mucho con ellos. Vamos a detenernos “un minuto” en una -estación, que puede ser Torralba, o Ariza, o Puebla de Híjar... y desde -que “entramos en agujas” veo cómo cuatro o cinco individuos -sobrecargados de alforjas, de mantas, de botijos y cestas, y a quienes -quince o veinte personas más van a despedir, corren, sin saber -exactamente por qué, a lo largo del andén. Nerviosamente todos gritan, -se apretujan y sus brazos se mueven como aspas: las mujeres son -pequeñucas y cetrinas; los hombres, enjutos y de color terroso también, -llevan chaquetas y calzones cortos de paño pardo, y a falta de sombrero -se ciñen con un pañuelo la rapada cabeza. Apenas el convoy se detiene, -aquella multitud, que no sabe leer, arremete instintivamente contra las -unidades de lujo, por parecerles mejores. El interventor y los rutas les -gritan: - ---¡Ahí no, brutos!... ¡A “tercera”!... ¡Ustedes a “tercera”!... - -Ellos miran a una y otra parte, afligidísimos, desorientados; al fin, -comprenden, y en avalancha se precipitan sobre mí. Yo voy “completo”; -no queda en mí un solo asiento vacío, y, sin embargo, mis ocupantes, a -pesar de comprender que con esto perjudican su comodidad, se aperciben a -favorecer a los que llegan. En los vagones de categoría no existe esta -hermosa solidaridad: los pasajeros son fríos, individualistas, y, lejos -de ayudarse, procuran estorbarse oponiéndose mutuamente una resistencia -pasiva. Las gentes “de tercera”, por el contrario, se sacrifican unas a -otras, y con recias voces sinceras se llaman: - ---¡Aquí, aquí es!...--gritan los de dentro. - -Y echando el cuerpo fuera de las ventanillas ayudan a izar las -desvencijadas maletas, los cestos llenos de frutas, las botas hinchadas -de vino, los colchones repletos de ropas y atados con cuerdas, los -incontables bultos de diversos colores y perfiles que constituyen la -impedimenta de sus nuevos compañeros de viaje. Estos, entretanto, -apresuradamente, se despiden de sus familiares: los ojos, así de los que -se van como los de quienes se quedan, se arrasan en lágrimas -vehementísimas; los brazos se enlazan y las manos se crispan sobre los -cuellos. - ---¡Hija de mi alma!... - ---¡Madre, otro beso!... - -Al principio estos adioses me enternecían, me parecían definitivos; más -tardé, cuando supe que muchas veces el viajero que así se despedía debía -quedarse en la estación inmediata, la ninguna razón de aquella -desbordada pena me inspiraba risa. - -El tren rueda otra vez. Voy totalmente lleno de personas y de bultos, y -mi ambiente, impregnado antes de olores agradables, apesta ahora a -gallinas, a pescado, a melones, a queso... De los viajeros que no -hallaron plaza, unos se han acomodado sobre sus trebejos, otros -permanecen de pie, y todos, a la vez, fuman y hablan. Nadie quiere -ignorar lo que concierne a su vecino, y recíprocamente se descubren y -confiesan sus nombres, sus ocupaciones, la familia que tienen, el lugar -adonde se dirigen y el porqué de su viaje... - -De pronto, uno exclama: - ---¡Moño!... ¡No diga usted más!... ¡Ya sé con quién estoy hablando!... - -A su interlocutor, con esta adivinación súpita, se le alegra el rostro. - ---¿Usted no es don Fulano?... - ---Ese es mi nombre. - ---¿El casado con la Mengana, la del almacén de comestibles de junto a la -iglesia? - ---El mismo. - ---¡Acabáramos, hombre!... ¡Bien decía yo que nos habíamos visto en -alguna parte!... - -Entretanto, y si la hora de comer es llegada, las meriendas salen de sus -cestas, las botellas y las botas de vino corren de mano en mano, y la -virtud expansiva del mosto acelera la labor de simpatía que inició la -conversación. El pueblo español es dadivoso, no obstante su pobreza, y -cada cual brinda, de corazón, a los circunstantes lo poco que tiene: -éste ofrece un racimo de uvas, aquél una hogaza, estotro una tortilla o -un plato de patatas al horno; quién reparte cigarrillos... Con el -regocijo que acarrea el buen beber, las lenguas no sosiegan, cunde la -hilaridad, se habla de unos compartimientos a otros, se oye el rasgueo -de una guitarra, y pronto aquella multitud, unida por la vida de -pobreza común a todos, parece una familia. Un grupo de mozos ha empezado -a batir palmas; suena una copla... - -En este momento aparece el revisor, y, a la vez, fulminante, virulenta, -surge una disputa. ¿Por qué?... No se sabe. En “primera” las trifulcas -son raras; en “tercera” no, porque aquí todo es impulso. Una voz, sin -gritar, con esa templanza que usan los hombres para retar a la Muerte, -ha dicho: - ---Yo, cuando el caso llega, le parto el pecho al Hijo de Dios. - -Y otra voz, igualmente mesurada, ha respondido: - ---Vamos a verlo, si usted quiere, ahora mismo. - -Todos los viajeros se han puesto de pie, y el cantador, por oír, no ha -terminado su copla. Las mujeres, acostumbradas a obedecer, dóciles, con -una docilidad de muchos siglos, no se mueven de sus asientos y esperan, -sin miedo, a que pase el drama. Por fortuna, el revisor interviene a -tiempo: grita, amenaza con mandar detener el expreso y llamar a la -Guardia Civil--yo volví a acordarme de Dos-Caras--y, al cabo, se impone: -los beligerantes se encalman, sus rostros se suavizan y una frase -graciosa, lanzada por cualquiera, pone término venturoso a la cuestión. -El interventor, sin embargo, insiste; quiere consolidar su obra de -pacificación: - ---Antes de pegarse--dice con aire autoritario--cada cual debe hallarse -convencido de sus derechos, y para eso es necesario conocer el -“Reglamento de los ferrocarriles”. ¿Por qué no se toman ustedes el -trabajo de leerlo? ¿No lo tienen ustedes ahí?... - -Su diestra extendida señala hacia un “Reglamento” colocado debajo de uno -de los entrepaños para bagajes. Unánimes los circunstantes siguen con -los ojos aquel ademán, y hay un silencio. Alguien, de pronto, exclama -regocijado: - ---¿Que leamos en ese cuadro?... ¡Vaya una gracia! Por mí, puede -llevárselo la Compañía: ¡yo no sé leer!... - -Otro añade: - ---¡Toma!... ¡Ni yo tampoco!... - -La concurrencia rompe a reir, y yo me apresuro a seguir su ejemplo por -no llorar ante la alegría de tanta ignorancia. - -Otro de los pequeños episodios de que entonces fuí testigo, y que juzgo -digno de recordar por la enseñanza que hay en él, es el viaje de un -joven matrimonio belga que recogí en Barcelona. Se dirigían a Madrid. -Fueron de los primeros en subir a mí, con el deseo evidente de poder -instalarse bien, y ambos se acomodaron cerca de una ventanilla y dando -el rostro al camino, pues la esposa--luego lo supe--se mareaba. Llevaban -una maleta, una cajita de bombones y una botella con agua, y todo lo -colocaron sobre el entrepaño de los equipajes y en el lugar -correspondiente a sus asientos. Eran dos tipos de traza insignificante, -pero sus vestidos obscuros, aunque modestísimos y harto usados, estaban -perfectamente limpios. Ella era pequeña, delgadita y medio rubia, y el -único atractivo de su cara pecosa estaba en la expresión complaciente de -los ojos. La nariz, la boca, no valían nada, y sus manos secas, que -habían trabajado mucho--las uñas lo decían--, tenían inclinación a -cruzarse. El marido también era parvo, y había algo cómico en su -fisonomía, de pómulos rosados y alargada por una barbita negra, cortada -en punta, sobre el lazo flotante de una chalina. Sus botas toscas, -recién embetunadas, relucían bajo el asiento. El cogió una de las manos -tristes de su compañera, y preguntó: - ---¿No tendrás hambre? - -Ella repuso, sonriendo: - ---No; el azúcar alimenta... - -Y, al mirarse dulcemente, parecían besarse con los ojos. - -Sin interrupción, mis inquilinos habituales, las mujeres y los hombres -de las grandes cestas malolientes y de las repletas alforjas, iban -invadiéndome con gran alboroto, y apenas entraban cuando asaltaban las -ventanillas para recoger los trebejos que sus acompañantes les alargaban -desde el andén. Excitados por la ufanía del viaje todos hablaban alto, -se interpelaban a gritos, reían y cruzaban entre sí las interjecciones -más crudas. Bajo el esfuerzo impaciente de tantos pies, algunos -desnudos, mi solado crujía. Las mujeres, en su mayoría despeinadas, eran -gordas, o lo parecían con las numerosas faldas que llevaban encima; -muchos hombres, aunque la mañana no era calurosa, iban en mangas de -camisa y calzaban alpargatas. En una santiamén mis plazas quedaron -ocupadas, y mis entrepaños cargados, hasta la altura de mi techumbre, de -cajones y de bultos. En mi tránsito, varios atadijos de mantas, una -silla, dos jaulas de perdiz y algunos enseres de cocina metidos en una -artesa, formaban barricada. Mis viajeros, con la satisfacción de -hallarse ya colocados, hicieron tribuna de mis ventanillas. Una voz -gritaba: - ---¡Vámonos, maquinista, que ya es hora!... - -Y otra: - ---¡Arrea, hombre!... ¡Que en Caspe está aguardándome mi suegra!... - -Estas y otras sandeces eran premiadas con grandes risotadas. Ante aquel -vulgacho impetuoso y desbridado, el matrimonio extranjero permanecía -cohibido y con los pies recogidos debajo del asiento. Su hermetismo, la -pulcritud de sus trajes y cierta distinción que en ellos había, -molestaba secretamente el amor propio de los viajeros de aquel -compartimiento. Se reconocían inferiores, lo cual les irritaba. A la -esposa la encontraban fea, y al marido ridículo. Les parecía, además, -que, tanto ella como él, “se daban importancia”. Empezaron a murmurar, -pero lo bastante alto para que los aludidos les oyesen, como buscando -con ellos pendencia. - ---Son muy “finos” para venir aquí--dijo uno. - ---Pues, si no les gustamos--replicó destempladamente una mujerona--, que -se vayan a “primera”, que nadie les ha llamado... - -“La Millanes”, nuestra máquina--había sido bautizada con el apellido de -su maquinista--, silbó y partimos. ¡Alegría general!... Alguien sacó una -bota, llena hasta la espita de buen vino aragonés. - ---¿Quién quiere?--voceó. - -Varias manos se adelantaron, como sedientas. - ---Creo--dijo un viejo--que nadie ha de rehusar. - -La bota pasó de unos a otros, y con tal amor la acogieron todos que -cuando volvió a su dueño había perdido la mitad del peso. Aquél, sin -embargo, la presentó al matrimonio: - ---¿No beben ustedes?... - -Lo hizo rudamente. El esposo, muy amable, contestó: - ---Muchas gracias. - -Y ella repitió: - ---Gracias... - -La mujer que habló antes, comentó, provocativa: - ---Me alegro: la culpa no es de ellos, sino del tonto que quiere -obsequiarles. - -Alguien dijo: - ---Es que en su país no tienen la costumbre de beber así. - -La mujer replicó: - ---¡Moño!, pues que se vayan a su tierra!... - -No obstante, el aspecto modoso y cortés de los extranjeros iba ganando -la simpatía de todos. Transcurrió la mañana, durante la cual, por dos -veces, la esposa había comido bombones y trasegado algunos sorbos de -agua. No llevaban merienda, y esto me indujo a suponer que su situación -era precaria, lo que me conmovió. Acaso no llevaban dinero ninguno... - -A mediodía el pasaje sintió hambre y cada cual echó mano de sus -vituallas, y de las cestas y de las rollizas alforjas emergieron -tortillas de patatas, huevos duros, latas de conserva, chorizos -extremeños, lonjas de jamón serrano, racimos de uvas y grandes trozos de -pan que las navajas cortaban en rebanadas. Volvieron a circular las -botas en zarabanda regocijadora, y las botellas cantaron sobre los -labios sutibundos. - -Un hombrachón, con faja y zahones y en mangas de camisa, que se hallaba -sentado enfrente de los belgas, les ofreció pan, sardinas y unos -pimientos riojanos que aseguró quemaban como el fuego. El matrimonio, -en quien el buen parecer se sobreponía al apetito, rehusó, aunque sin -convicción. La voz antipática de la mujerona que parecía haberles -declarado la guerra, intervino: - ---¡No porfiadles!... ¡Si no quieren!... - -“El hombre de los zahones” exclamó airado: - ---¡Silleta, pero si no tienen qué comer! ¡Están chupando azúcar toda la -mañana!... ¿Vamos a dejarles morir de hambre?... - -Y encarándose con el belga, repitió: - ---¡Coman ustedes, moño, remoño... que aquí en España lo que se ofrece es -de voluntad!... - -Entonces, con repentina alegría, los invitados aceptaron, y esto sirvió -de señal para que un chaparrón de municiones de boca cayese sobre ellos. -Con vehemencia conmovedora cada cual se aceleraba a darles de lo que -comía: quién un pedazo de chorizo, quién un trozo de carne prensada -entre dos rebanadas de pan, o un muslo de pollo, o unas manzanas -asperiegas... - -Los belgas parecían contentísimos, y con el poco castellano que -chapurreaban y gentiles inclinaciones de cabeza, procuraban corresponder -a tan larga hidalguía. La mujer era la más emocionada, acaso porque fué -la que mejor comió y bebió: la brillaban los ojos y tenía empurpuradas -las mejillas y la risa fácil. “El hombre de los zahones” dijo al marido: - ---¡Remoño... y no querían ustedes comer!... ¡Mire usted a su esposa: -hasta guapa se ha puesto!... - -Los forasteros, con sólo mostrarse amables, se habían granjeado las -voluntades, y cada cual se propuso extremar sus cuidados para con -aquellas dos personas, que seguramente echarían muy de menos su país. La -tarde pasó, y cuando la noche nos alcanzó, allá por Sigüenza, la -generosa escena del almuerzo se repitió. Terminada la colación, “el -hombre de los zahones” preguntó al belga: - ---¿Quieren ustedes almohadas?... - ---No, muchas gracias... - -El extranjero, comedido siempre, no quería molestar. - ---¡Moño, tanta silleta con molestar! ¡Pero si no molestan ustedes!... -¡Si tenemos gusto en servirles!... - -Así era, en efecto: un viajero les buscó dos almohadas; otro, una -manta... - ---¿Quieren ustedes más?--decían. - ---No, no... ¡muchas gracias!... - -Como las almohadas eran largas, el matrimonio se acomodó sobre una de -ellas; la otra les sirvió de respaldo, y con la manta se cubrieron hasta -más arriba del pecho. Habían comido bien, y la felicidad de sus -estómagos les sugería ideas risueñas; amorosamente se estrechaban las -manos. El indagó: - ---¿Te sientes bien? - ---Sí. ¿Has visto qué buena gente es ésta? - ---Muy buena. - ---Al principio, esta mañana, les tenía miedo; pero ahora, no: son -toscos, pero buenos. ¿Quieres que te diga una cosa? Empiezo a querer a -España... - -Continuaron hablando, y a cada momento, ella a él, o él a ella, se -preguntaban: “¿Estás bien?...” La mujer se había descalzado, y él la -palpó los pies para cerciorarse de que no los tenía fríos. Después, -dulcemente, quedáronse dormidos con las cabezas juntas. - -Los circunstantes, desde sus rincones respectivos, les miraban, -diciéndose: “¡Cuánto se quieren!...” Y luego volvían la cara hacia sus -mujeres, como asombrados de no haberlas querido así nunca. - -Yo pensaba: - -“No; ellos no se aman más que vosotros amáis a vuestras esposas: es que -se aman con mayor ternura. En España los cariños son grandes, violentos; -aquí las pasiones llegan al sacrificio, llegan al crimen... pero no -saben acariciar, no saben mimar... y la ternura está en la caricia -suave. En España--yo lo he visto--en las relaciones de padres a hijos, -de marido a mujer, la ternura no existe, quizás porque siempre hubo en -la tierra nuestra demasiado dolor...” - -Entretanto, sentía con júbilo que todas aquellas personas, -pertenecientes a dos razas distintas, habían sabido mostrarse -recíprocamente lo mejor que en ellas había; y así, a la lección de -dulzura, de los belgas, los españoles--tan pobres y tan ricos--supieron -responder con un ejemplo de generosidad. - -Cuatro años hace que sirvo como “tercera”, y estoy cierto de que la -humanidad que ahora me frecuenta no es muy divertida. Su variedad, a -primera vista tan abigarrada, es epidérmica; en el fondo, mis huéspedes -de hoy se parecen extraordinariamente a los inquilinos de los -_sleeping-car_: los mismos apetitos, las mismas figuras... de lo que -deduzco que la aristocracia es una plebe bien vestida. - -Hay un tipo, sin embargo, privativo de los coches de “tercera”, y que -por su relieve y la frecuencia con que se manifiesta, merece -recordación. Me refiero al “gracioso”. - -“El viajero gracioso”, para “producirse” como hombre de humor ocurrente -y cáustico, necesita tener público, porque la presencia de muchas -personas acucia su ingenio. Tiene el ademán seguro, la réplica colorista -y ágil, la voz entonada, y sabe muchos cuentos, casi todos picantes. -Pasa ya de la segunda juventud y la costumbre de andar por el mundo le -dió aplomo. Empieza por trabar palique con las personas que halla cerca -de él, y si sus dichetes son bien acogidos no tarda en ponerse de pie y -charlar con todos. - -Para triunfar pronto, “el viajero gracioso” sigue el camino más llano: -el autobiográfico. Sus primeros epigramas contra sí mismo irán -dirigidos, y su vida y figura servirán de blanco a su verbo dicaz. -Generalmente el público ríe esta íntima exhibición de defectos, reales o -fingidos. Enardecido “el viajero gracioso” poco a poco se convierte en -histrión, y con recursos grotescos o a fuerza de desparpajo, suple la -pobreza de su vena cómica. Si alguien le dirige un comentario agudo, -sabrá contestar en seguida. Casi siempre las mujeres miran con simpatía -el preopinante, mitad orador, mitad payaso: al cabo, representa la -desenvoltura, la picardía; es algo imprevisto que sobresale, que brilla. -Cuando el tren llega a una estación, “el gracioso” monopoliza una -ventanilla y dice tonterías a los mirones del andén. Sus burletas tienen -gracia unas veces, otras no; pero todas son reídas, porque en la -psicología colectiva la hilaridad es una “cuesta abajo”. - -Más tarde, cansado de satirizarse a sí propio, “el gracioso” dirige sus -dardos contra otro pasajero. Este cambio de escena regocija al público. -El “agredido”, ante el ridículo que le amenaza, se defiende con frases -incoherentes. La hilaridad general arrecia. “El viajero gracioso” -triunfa definitivamente: se le aplaude, se le ofrece vino. Las mujeres -le llaman, quieren tenerle cerca, porque a su lado se creen protegidas. - -Esta boga envidiable no es duradera. Ha cerrado la noche y, de pronto, -“el viajero gracioso” calla: ha dicho cuanto sabía y está cansado, -agotado. Inútilmente le buscarán la boca; ya pueden morderle la -paciencia, que no hablará. - ---Tengo sueño--declara--; basta de broma; ahora voy a dormir. - -Y, envuelto en su manta, se tiende cuan largo es; una cesta o unas -alforjas le servirán de almohada. Como ha sabido hacerse simpático a la -comunidad, nadie le estorba. Luego se le oye roncar. Entonces, desde un -compartimiento vecino, una voz ingrata pregunta: - ---¿Pero, al fin se durmió? - ---Sí. - ---¡Demos gracias a Dios!... - -Instantes después, todos le han olvidado. - -A propósito de este “tipo” referiré una breve escena triste; o, lo que -es lo mismo, grotesca; porque de lo grotesco, si lo exprimimos bien, -siempre caerá una lágrima. - -Rato hacía que estacionábamos delante de un pequeño andén, aguardando un -cruce. Mis huéspedes se impacientaban. De súbito un viajero, medio en -serio, medio en broma, dijo en voz muy alta algo que fué muy reído, y -casi inmediatamente lanzó otro donaire que también arrancó carcajadas -unánimes. Haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, aquel individuo consiguió -obtener de su ingenio una tercera frase feliz, más dichosa, tal vez, que -las anteriores. Asombrados, todos le miraron. ¿Quién podía hablar tan -agudamente?... Mujeres y hombres habíanse levantado para conocer al -viajero ocurrente, y la general simpatía estalló en una nutridísima -ovación de risas y de aplausos. - -Presencié entonces algo desolador. Aquel hombre, trastornado de repente -por los vapores del éxito, enrojeció y perdió el dominio de sí mismo. -Sin saber lo que hacía, se puso en pie; sus ojos brillantes iban de un -lado a otro; fué como si se le hubiese extraviado el juicio. Desatóse su -lengua y rompió a hablar casi sin ilación. A tente bonete dijo un -chiste, que nadie comprendió; luego otro, que asímismo pasó inadvertido; -lanzó tres o cuatro más, que también fracasaron... Ante el silencio -severo del público, empezó a desconcertarse; las ideas se le barajaban. -¿Por qué antes hizo reir y ahora no?... Y se disponía a insistir, cuando -una voz cruel le detuvo: - ---¡Bueno, hombre, bastante!... ¡Cállate!... ¿No ves que no diviertes?... - -Y “el gracioso”, que ya no tenía gracia, se sentó aturdido, y no habló -más. Quedó obscurecido. Sólo yo observé el rubor de sus mejillas, la -humildad de sus ojos bajos. Unos minutos el menguado saboreó las mieles -del éxito, y, al ir a gozar de ellas, sus laureles se deshojaron. Su -pena era la del cantante que, de súbito, pierde la nota que le hizo -célebre; el dolor de la mujer que fué muy deseada... y dejó de serlo. - - - - -XXVIII - - -Dos años después, un descarrilamiento acaecido entre las estaciones de -Vallecas y Vicálvaro, sirvió de inesperado colofón a mi historia. ¡En -verdad que no maliciaba tan cercano el fin!... Me sucedió lo que a esos -ancianos, enteros todavía que, al salir de su casa, tropiezan o resbalan -y se fracturan el cráneo contra el suelo. Así yo: arranqué de Madrid -aquella mañana, contento, como siempre, y, de súbito--acaso porque mis -frenos no me moderasen y embridasen lo necesario--mis ruedas se salieron -de la vía y me abalancé por un terraplén, arrastrando en mi desgracia a -los dos coches que me seguían. El cachapazo, del que resultó un viajero -muerto, fué ingente. Al perder mi equilibrio caí sobre el costado -derecho, a pesar de lo cual el impulso que me animaba me arrastró ocho o -diez metros por el suelo: en seguida giré sobre mi imperial con un -trágico revoltijo interior de pasajeros y de bagajes, y volví a tenderme -para inmediatamente recobrarme y quedar, al fin, sobre mis ruedas. - -Pero... ¡en qué estado!... Con el techo roto por varias partes, los -flancos doblados, desencajadas las puertas, las tuberías y el dínamo -hechos pedazos, las piezas vitales torcidas... ¡y aún debo felicitarme -de que mi arquitectura, en su conjunto, resistiese!... - -Varios días permanecí abandonado sobre aquel declive, en cuya tierra -blanda mi rodaje iba hundiéndose poco a poco, y al lado de mis -compañeros de infortunio, de los cuales uno, menos sólido que yo, quedó -totalmente destruído. Al romperse, la agonía le dió un escorzo lúgubre, -y, de noche especialmente, bajo el livor astral, su armazón magullada, -desprovista de tablas, tenía un perfil de esqueleto. ¡Cuánto padecí!... -Habíamos quedado a varios metros debajo de la vía, por la cual los -trenes continuaban pasando, llenos de gentes y de luces, y yo veía la -curiosidad, no siempre compasiva, con que sus viajeros se asomaban a -vernos. Nuestra desgracia era para ellos un entretenimiento, casi un -regocijo, y nos señalaban con el ademán. Estábamos a fines de octubre, y -el frío, apenas declinaba el sol, era considerable. De los dos camaradas -que descarrilaron conmigo, ninguno hablaba, y su silencio acrecentaba el -espanto de mi situación. Hallábame con una de mis plataformas empotrada -en el suelo, desmantelado, a obscuras, todos los cristales hechos -añicos, y por mis ventanillas indefensas el viento y la terrible -escarcha de las horas madrugueras me traspasaban. - -Al cabo, una máquina-piloto vino a recogerme, y, valiéndose de una -fortísima maroma, haló de mí, en tanto desde lo alto de la vía muchos -hombres lograban, con auxilio de cuerdas, mantenerme en posición -vertical. Vacilando, sintiendo a cada momento que el equilibrio me -abandonaba, tropezando con las piedras y enredándome en los hierbajos -que obstaculizaban el repecho, conseguí verme izado hasta el camino -férreo, y cuando mis ruedas tomaron nuevamente posesión de los rieles -experimenté una alegría de resurrección, un júbilo de náufrago, porque -la vía era para mí una playa... - -Lentamente, pues mis gravísimas heridas me vedaban todo movimiento -acelerado, fuí reconducido a Madrid, y en un carril de descarga -inmediato a los talleres de reparaciones, y expuesto a la intemperie, me -dejaron. A mi alrededor había varios centenares de coches inútiles, unos -de pasajeros, otros de carga, que daban a aquella parte de la estación -una extraña fisonomía de ciudad. Eran luchadores vencidos, eslabones -dispersos de antiguos trenes, comparsas dóciles de viejas locomotoras ya -apagadas. En lo desvencijados y maltrechos se me parecían -fraternalmente; y como algunos me conocían de vista o por haber -trabajado conmigo, y sabían mi pasado aristocrático, pronto cundió entre -ellos la noticia de mi aparición. Yo les oía cuchichear. - ---Han traído al Cabal...--decían. - ---Sí. - ---¿Quién es?... - ---Ese grande, el pintado de verde; descarriló hace poco y lo han -remolcado medio muerto... - -Y la leyenda de mis lances sobre las líneas de Hendaya, de Galicia y de -Sevilla, iba de unos a otros. Para evitarme el trabajo de hablar, me -encerré en una actitud displicente. El relente de las largas noches de -invierno y la lluvia que, a través de mis resquebrajaduras, caía -libremente dentro de mí, recrudecían mis dolores. No hay carcoma que -destruya como la humedad, ni lepra que roa como el abandono. A mí, la -quietud me consumía: hora tras hora mis maderas se combaban, mis rodajes -se enmohecían. Una noche, dos ratas--animal que yo no conocía--treparon -a mí y me mordieron. - -El año acabó, y todo en torno mío continuó igual. Mis compañeros de -destierro y de hospital--que de ambas tristezas participaba el rincón en -que estábamos--no se quejaban; apenas si, muy de rato en rato, cambiaban -algunas palabras; parecían muertos. Mi carácter rebelde se desesperaba -en aquella paz. “¿Por qué no vienen a buscarnos?--me decía--; ¿no es -preferible que, de una vez, nos reduzcan a leña, a dejarnos podrir -aquí?...” La intemperie minaba mi salud metódicamente y, al cabo, no -hubo parte de mi cuerpo que no me doliese: los días de buen sol me -secaban, los lluviosos me empapaban, y con estas alternativas mis graves -heridas seguían abriéndose. - -Una mañana recibimos la visita del director “del material”, a quien -acompañaban dos individuos, y en su manera despectiva de mirarnos leí -nuestra sentencia de muerte. No nos repararían porque no valíamos el -dinero que costaría arreglarnos. Pertenecíamos a la sección de -“incurables”, y éramos como esos enfermos a quienes ya no se medicina, -porque es inútil. Caminando poco a poco por entre aquellas fúnebres -andanas de coches moribundos, el señor director se acercó a mí y--lo que -no hizo con ningún otro--se paró a examinarme. Sentí que sus ojos -duchos, ojos de cirujano, me registraban bien. - ---Este fué un buen “primera”--dijo. - -Uno de sus acompañantes repuso: - ---Sí; pero después lo reformaron y lo hicieron “tercera”. Es muy viejo; -ha trabajado mucho: mire usted por aquí cómo está... - -Empinándose señalaba, por una rotura de mi flanco, mi suelo despedazado. - ---¡Bien lo veo!--replicó el director--; ¡lástima de coche! Los que ahora -se construyen son muy inferiores... - -Y se marcharon. “¡Ahora, sí--suspiré--que mi historia ha acabado!” En -medio, no obstante, de este dolor recibí una alegría: la satisfacción de -que aquellos hombres, al mismo tiempo que me condenaban a morir, -hubiesen proclamado mi mérito. Desfondado, despintado, ratonado, -torcido, sucio... todavía era bello, todavía conservaba vestigios de mi -antiguo poder, y aún podía decir: “A mí me llamaron El Cabal...” - -Pasó todo el invierno, aparecieron con abril las primeras alegrías -vernales, y, al despertarme de un sueño que, según cálculos que luego -hice, debió de durar varias semanas, vi que unas hierbas, nacidas debajo -de mí, se enlazaban a mis ruedas, semejantes a esas ligaduras con que el -reuma sujeta las piernas de los paralíticos. No sé qué amor, qué -cariñoso deseo de retenerme adiviné en ellas, y su pequeño amor me -conmovió: “Ya no te irás de nosotras”--parecían decirme. - -Pero a mi Destino aventurero no le plugo que yo finase allí, y después -de darme a conocer la lucha, quiso darme la paz. - -A principios de junio, una mañana, se acercaron a mí ocho o diez -hombres, empleados en la estación. El que parecía capataz preguntó a un -viejo que iba a su lado: - ---¿Es este coche el que le pidió usted al director, señor Juan? - -Me designaba con el gesto. El señor Juan repuso ufano: - ---¡Sí; este mismo! Este... - ---Buena casa va usted a tener--replicó el capataz, zumbón. - ---No será mala; ya verás, en cuanto yo la arregle a mi gusto, qué bien -queda. - -Entre todos rodaron los coches situados delante de mí, y luego me -empujaron, haciéndome pasar de unas vías a otras, hasta llevarme delante -del camino de hierro principal. Yo bendecía mi sino, que decretó hacer -de mí, hasta el último instante, una cosa útil. - -“Van a convertirme en vivienda”--pensé--. Y recordé aquellos ancianos -vagones, trocados en casucas de guardavías, que una mañana--la primera -de mi vida--vi al salir de la estación de Irún. - -En pocos días fuí despojado de mis ruedas y de mis topes, y arrastrado -al sitio a que me destinaban, y en el cual, y para mi mejor instalación, -hallé dispuesto un entarimado, de dos palmos de alto, que había de -servirme de apoyo o basamento. - -La prisa y cuidado con que los carpinteros emprendieron la tarea de mi -transfiguración, me dijo que trabajaban cumpliendo órdenes de la -Compañía, la cual, reformándome, halló manera de ahorrarse la -construcción de una vivienda. Por tercera vez los martillos, los -formones, las barrenas, las sierras amputadoras, me torturaron. Todos -mis asientos fueron suprimidos, y de cada dos de mis compartimientos, -quitando el tabique o lienzo que los separaba, hicieron uno. El lavabo -fué convertido en despensa, y en el cuarto-cama instalaron una cocina de -hierro, a cuya chimenea dieron salida por un agujero circular que me -abrieron en la techumbre. En mi costado correspondiente al corredor, y -que enfrentaba la vía, sólo dejaron tres ventanas, con sus batientes de -cristales; las restantes desaparecieron, así como a mis antiguas -puertecillas de corredera sucedieron otras mayores y con goznes. Una de -mis plataformas quedó mudada en lavadero, y la otra continuó sirviendo -para entrar en mí. Después me pintaron el techo de rojo, y las ventanas -y la puerta de blanco, lo que dió extraordinaria animación a mis cuatro -fachadas revocadas de verdegay. Me parecía a esas casitas, de -fabricación alemana, con que juegan los niños. - -Una mañana, rayando el día, aparecieron detrás de un carro, cargado de -muebles, mis nuevos inquilinos; “los últimos”, sin duda... - -Componían la familia: el señor Juan, empleado en la Compañía -Madrid-Zaragoza-Alicante desde hacía más de medio siglo; su hijo -Roberto, esposo de María Luisa, y dos nietos: Lolita, que ya empezaba a -mocear, y Miguelín, de tres años. - -Toda aquella copiosa impedimenta, nueva para mí, me interesó muchísimo: -sin perder detalle vi armar las camas, y el funcionamiento de los -cajones de una cómoda, y cómo adornaban mi interior con fotografías y -modestos espejos de marco dorado, y la distribución que daban en la -cocina a los trebejos de guisar. El moblaje fué discretamente repartido: -en la habitación--llamémosla así--destinada al matrimonio, se colocaron -el lecho más ancho y la cómoda; en la otra dispusieron la mesa de comer -y la cama de Lolita; y en la tercera, que conservaba sus dimensiones -primitivas y era, de consiguiente, la menor, el catre donde habían de -dormir el señor Juan y Miguelín. Antes de mediodía el pequeño ajuar -estaba ordenado, y yo no me cansaba de observar toda aquella vida -íntima, uniforme, recogida, que sólo de lejos conocía. Hasta entonces no -empecé a saber cómo el tiempo se desliza lento en los hogares, ni cómo -se lavaba la ropa, ni cómo se encendía la lumbre y se preparaba una -comida. - -El hallarme, no suspendido en el aire, como antes, sino bien pegado a la -tierra, me infundía una ignorada y confortadora impresión de quietud, de -estabilidad: me sentía más a plomo y dueño de mí mismo, cual si mi -personalidad hubiese crecido. ¡Qué diferencia entre mi abrigado -bienestar actual y aquellas implacables noches de olvido y de frío que -siguieron a mi descarrilamiento! El alma de mis habitantes iba -invadiéndome rápidamente: a la semana de tenerles en mí, la humedad me -dejó: yo olía a dormitorio y a cocina; olía a hogar... y estaba contento -de oler así. - ---Voy aburguesándome--pensaba. - -Acabó de rendirme a discreción la voluntad, el buen carácter de aquellas -gentes. El señor Juan, que era guardabarrera, sólo se ocupaba de coger -el banderín con que daba “paso” a los trenes; Roberto, carpintero de -oficio, trabajaba todo el día en los talleres de la Estación; María -Luisa, que estaba embarazada, era una mujercita dulce, hacendosa y un -poco triste, que siempre andaba sacudiéndome; Lolita también me cuidaba -mucho, y las inocentes travesuras de Miguelín, unas veces me -enternecían y otras me hacían reir. - -La tarde de un sábado, Roberto trajo sobre una carretilla buen número de -cañas y de listones, con los cuales, y aprovechando el asueto del día -siguiente, construyó junto a mí un emparrado. Otro domingo me rodeó de -una cerca alta, de cuatro o cinco palmos, entre la cual y yo mediaba un -espacio como de tres metros, que las manos hadadas de Lolita poblaron en -seguida de flores, y así tuve un jardín minúsculo y gracioso como un -juguete. Hizo más la muchacha: exornó mis ventanas con trepadoras que -sembraba en vasijas rotas o en latas que fueron de pimientos; y plantó -junto a mí una hiedra que creció en poco tiempo e invadió la mayor parte -de mi techumbre, dándome un pintoresco aspecto de gruta; y yo pude verme -poco después en una postal, obra de un fotógrafo amigo de mis huéspedes, -y quedé sorprendido--por no decir enamorado--de mi carácter rústico. - -Hallábame enclavado a medio kilómetro de la Estación, y muy cerca de la -gran arteria ferroviaria por donde corren los trenes de Barcelona, de -Andalucía y de Valencia, que tantos recuerdos tenían para mí: veía pasar -las máquinas raudas, ululeantes, tempestuosas, y perdidas en su -torbellino negro las siluetas de los fogoneros, teñidos dantescamente de -rojo por el incendio del horno; veía huir cuajados de luces los -“expresos” veloces, los “correos”, los “mercancías” interminables y -obscuros; oía la voz sibilante de las locomotoras, las cornetas de los -guardavías, el fragor de los convoyes... y no experimentaba nostalgia -ninguna. Un día, en una “cuatro mil” que pasaba, reconocí a La -Regadera; también descubrí a Dos-Caras, disfrazado de “tercera”, en el -“mixto” de Alicante, y mi regocijo de verles fué absolutamente limpio. -Me holgaba de que continuasen viviendo su vida, la que fué mía también; -mas no sentía deseos de rodar a su lado. Vi asímismo al Rubio, al Negro, -a la Primera Actriz, al Barba... y a otros varios camaradas que iban y -venían con el terrible anhelo de siempre, y tuve cierta misericordia de -su servidumbre inexorable. Medité: “Ellos se mueven, y yo no: ¿pero -acaso la tierra me esclaviza más que a ellos el movimiento?...” - -Mucho tiempo aquellos viejos compañeros fueron y tornaron sin fijarse en -mí; luego, como mi situación de vagón inmóvil les sorprendiese, -comenzaron a examinarme, y al cabo me reconocieron. El que antes cayó en -la cuenta de quién yo era, fué Dos-Caras. Una mañana, al pasar, me -gritó: - ---¿Eres tú, Cabal? - ---Yo soy, viejo--le repliqué. - -Y no tuvo tiempo de decirme más porque su convoy iba de prisa. La -noticia de hallarme convertido en habitación cundió rápidamente, llevada -por los trenes, y todos mis amigos, unos burlones, otros compasivos, me -preguntaban: - ---Adiós, Cabal; ¿te aburres mucho? - -Yo siempre contestaba: - ---No; no me aburro. - ---¿Eres feliz? - ---Sí, lo soy: nunca lo fuí más... - -¡Y era cierto!... Pues hogaño, merced, precisamente, a la soledad que me -circundaba, podía descender más hondo en el misterio de la vida. Las -personas que traté antes permanecían a mi lado unas horas, cuando más -una noche; mientras estas de ahora envejecían conmigo: yo las veía -dormir, comer; yo las oía hablar... y su experiencia era mía también, -íntegra. - -Con esta quietud volvía a parecerme a mis antecesores, los árboles. La -tierra me atraía, y, cosido a ella, conforme el tiempo filaba, -insensiblemente, hallábame mejor. Empezaba a comprender la poesía de las -fiestas domésticas, la razón de la Nochebuena, la enorme fuerza emotiva -y pensante del silencio; porque mientras la materia reposa es cuando -fulgen mejor las luminarias del espíritu. Considerando la vejez -desvalida del señor Juan, y oyendo hablar a su hijo, supe cómo a lo -largo de los siglos el capitalista perpetúa en el obrero, su hermano, el -fratricidio de Caín, y vislumbré el mecanismo del tinglado social, esa -rueda trágica en que el salario se transmuta en pan, y el pan en -esfuerzo y dolor que luego serán salario otra vez. Vi a María Luisa dar -a luz, y me expliqué el amor; y observando a Miguelín, divertido en -alinear soldaditos de plomo, echar barquitos en el agua enjabonada de la -artesa y arrastrar por el jardín ferrocarriles de hojalata, me dí cuenta -de que en este mundo--de las paradojas y de los viceversas--el niño -juega y se ríe con lo mismo que hace llorar al hombre. - -Va para tres años que soy hogar, y no echo de menos, ni en un ápice, mis -mocedades trashumantes: el tercer vástago de María Luisa y de Roberto, -se cría muy bien; Lolita ya tiene novio, y a esto atribuyo que cante -tanto por las mañanas; Miguelín aprendió a escribir y se divierte en -eternizar su nombre en mis paredes. Todo esto, que ya forma parte de mí -mismo, me regocija y me acompaña. Voy pareciéndome al señor Juan. Tengo -algo de abuelo, y soy feliz con estos seres que crecen a mi lado, con -las flores que me rodean, con la hiedra que me cubre y parece traerme un -abrazo de la tierra. - -Mis antiguos hermanos del camino, todos los días me dicen algo: - ---¿Querrías venirte con nosotros, Cabal? - ---¿Para qué--les respondo--, si en ningún punto del mundo en que os -halléis vuestro horizonte será mayor que el mío? - -Efectivamente: No estoy hastiado, sino satisfecho, y no deseo, porque -conocí el movimiento y gusté la quietud; todo lo que hay: y porque -llegué a viejo... y ser viejo es hallarse en condiciones de recordar y -de perdonar, y nada más dilecto que el recuerdo, ni más elegante que el -perdón. La Vida es buena, pues siendo tan breve, proporciona tres -grandes goces: en la niñez, el anhelo de vivir; en el “presente de -indicativo”, de la juventud, la alegría de vivir; en la vejez, el placer -generoso de ver vivir a los demás. - -Madrid, octubre 1922. - - - FIN - - * * * * * - - EDICIÓN DEFINITIVA - - DE LAS OBRAS COMPLETAS DE EDUARDO ZAMACOIS - - -Renacimiento ofrece a sus lectores de España y América la primera -Colección Completa de las obras de este insigne novelista, uno de los -predilectos del público. - -Se trata de una reimpresión cuidadísima, seria y definitiva, vigilada -por el propio autor, que quiere ofrecerse en ella sin mixtificaciones de -ninguna especie. Todo cuanto pudiéramos decir de la chabacanería con que -fueron tratadas en distintas épocas las obras del ilustre autor de -_Europa se va_... está resumido en la «Advertencia» que insertamos a -continuación, suscrita por el mismo Zamacois y a la que remitimos a -libreros y lectores: - - - - -PALABRAS DEL AUTOR - - -Muchos escritores son refractarios a corregir sus libros, una vez -impresos. - -Yo opino lo contrario: los libros deben ser examinados y pulidos a cada -nueva edición, pues si el Tiempo nos altera las líneas del semblante y -nos blanquea el cabello y nos encorva, ¿cómo no cambiaría también -nuestros gustos? Las horas que transforman el cuerpo, ¿cómo no -revolucionarían el espíritu, por antonomasia tan vibrante, tornadizo, -andariego y mudable?... La experiencia y la lectura son los dos grandes -vientos removedores de nuestro jardín interior. Un hombre inteligente -vive en discusión perpetua consigo mismo; y discutir es dudar, -rectificar «puntos de vista», sustituir una creencia por otra, -modificarse, contradecirse. El progreso constituye una enmienda -constante, y así la vida debe ser nada más que un pretexto para -arrepentirnos hoy de lo que hicimos ayer. - -Nadie extrañe, de consiguiente, las diferencias de pensamiento y de -forma que separan los volúmenes que van apareciendo ahora, en el -mediodía de mi vida, de aquellos que llamo de «mi primera época». - -Escritos de prisa y vendidos a precios irrisorios[A], reconozco, con -harto quebranto y luto de mi corazón, haberlos echado al mundo vestidos -de andrajos. Realmente no merecían tan mal trato, y así quiero con la -edición presente remediar en algo el daño que les hice. Ni la fábula, ni -la arquitectura o distribución de los capítulos fueron alteradas; no -creí necesario meter el escalpelo hasta tan hondo. Sólo he intentado -aliviar su estilo de solecismos, repeticiones y demás vergüenzas -gramaticales que lo manchaban. También procuré tranquilizarlo, -simplificarlo, aligerarlo de frondosidades retóricas... - -[A] Me refiero a _La enferma_, _Punto-Negro_, _Incesto_, _Loca de -amor_, _Tik-Nay_, _El seductor_, _Duelo a muerte_, _Memorias de una -cortesana_, _Sobre el abismo_, _De carne y hueso_, _Horas crueles_, -_Impresiones de arte_. - -De consiguiente, _la única edición de mis libros que me atrevo a -recomendar es ésta, de_ RENACIMIENTO. _Todas las anteriores, mal -impresas, mal corregidas y ensuciadas vilmente con portadas obscenas, -son execrables y únicamente merecen silencio._ - -Por rescatar los millares de ejemplares que de ellas se han vendido en -estos últimos diez y nueve años, _daría el autor su mano derecha_. - - EDUARDO ZAMACOIS. - - -Madrid, enero 1916. - - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un vagón de ferrocarril, by -Eduardo Zamacois - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL *** - -***** This file should be named 62840-0.txt or 62840-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/2/8/4/62840/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Memorias de un vagón de ferrocarril - -Author: Eduardo Zamacois - -Release Date: August 3, 2020 [EBook #62840] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<div class="figcenter"> -<img src="images/cover.jpg" height="550" alt="" /> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span> </p> - -<p class="cb">MEMORIAS DE UN VAGÓN<br /> -DE FERROCARRIL</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span></p> - -<p class="cb">OBRAS COMPLETAS<br /><br /> - -<small>DE</small><br /><br /> - -EDUARDO ZAMACOIS</p> - -<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary=""> -<tr valign="top"><td class="rt">I.</td><td>—<span class="smcap">La alegría de andar.</span> (<i>Croquis de un viaje por<br /> -tierras de Puerto Rico y Cuba, Estados Unidos, Centro<br /> -América y América del Sur.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">II.</td><td>—<span class="smcap">Europa se va</span>... (<i>Novela.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">III.</td><td>—<span class="smcap">El otro.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">IV.</td><td>—<span class="smcap">Duelo a muerte.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">V.</td><td>—<span class="smcap">Memorias de una cortesana.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">VI.</td><td>—<span class="smcap">La opinión ajena.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">VII.</td><td>—<span class="smcap">Punto-Negro.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">VIII.</td><td>—<span class="smcap">El seductor.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">IX.</td><td>—<span class="smcap">Sobre el abismo.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">X.</td><td>—<span class="smcap">Confesiones de «un niño decente».</span> (<i>Autobiografía.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">XI.</td><td>—<span class="smcap">Tik-Nay «el payaso inimitable».</span> (<i>Novela.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">XII.</td><td>—<span class="smcap">Memorias de un vagón de ferrocarril.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">XIII.</td><td>—<span class="smcap">El misterio de un hombre pequeñito.</span> (<i>Idem.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td class="rt">XIV.</td><td>—<span class="smcap">Para tí</span>... (Libro I.) (<i>Novelas.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td> </td></tr> -<tr valign="top"><td class="c" colspan="2">EN PRENSA</td></tr> -<tr valign="top"><td> </td></tr> -<tr valign="top"><td colspan="2"><span class="smcap">Para ti</span>... (Libro II.) (<i>Novelas.</i>)</td></tr> -<tr valign="top"><td colspan="2"><span class="smcap">Una vida extraordinaria.</span> (<i>Novela.</i>)</td></tr> -</table> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span> </p> - -<p class="c">EDUARDO ZAMACOIS<br /> -<br /> -OBRAS COMPLETAS<br /> -<br /> -XII<br /></p> - -<h1>MEMORIAS DE UN<br /> -VAGÓN DE FERROCARRIL</h1> - -<p class="c">NOVELA<br /> -<br /> -(TERCERA EDICIÓN)<br /> -<br /> -<br /> -RENACIMIENTO<br /> -SAN MARCOS, 42<br /> -<span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span>MADRID<br /> -<br /> -<small>ES PROPIEDAD<br /> -<br /> -SERÁ ILEGAL TODO EJEMPLAR QUE<br /> -NO ESTÉ SELLADO POR EL AUTOR<br /> -<br /> -<br /> -Imp. J. Pueyo, Luna, 29.<br /></small> -Teléf, 14-30.—MADRID<br /> -<span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span></p> - -<h1>MEMORIAS DE UN VAGÓN<br /> DE FERROCARRIL</h1> - -<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary="" -style="border:2px solid gray;margin:3% 15%;padding:.25em;"> - -<tr class="c"><td> -<a href="#I">I, </a> -<a href="#II">II, </a> -<a href="#III">III, </a> -<a href="#IV">IV, </a> -<a href="#V">V, </a> -<a href="#VI">VI, </a> -<a href="#VII">VII, </a> -<a href="#VIII">VIII, </a> -<a href="#IX">IX, </a> -<a href="#X">X, </a> -<a href="#XI">XI, </a> -<a href="#XII">XII, </a> -<a href="#XIII">XIII, </a> -<a href="#XIV">XIV, </a> -<a href="#XV">XV, </a> -<a href="#XVI">XVI, </a> -<a href="#XVII">XVII, </a> -<a href="#XVIII">XVIII, </a> -<a href="#XIX">XIX, </a> -<a href="#XX">XX, </a> -<a href="#XXI">XXI, </a> -<a href="#XXII">XXII, </a> -<a href="#XXIII">XXIII, </a> -<a href="#XXIV">XXIV, </a> -<a href="#XXV">XXV, </a> -<a href="#XXVI">XXVI, </a> -<a href="#XXVII">XXVII, </a> -<a href="#XXVIII">XXVIII.</a> -</td></tr> -</table> - -<h2><a name="I" id="I"></a>I</h2> - -<p>Nací, por fortuna mía, vagón de primera clase, y mi ejecutoria acredita -la reciedumbre y nobleza de mi origen. En las buenas estaciones -provincianas, y más aún en las fronterizas, donde abundan los tipos -cosmopolitas acostumbrados a viajar, mi aspecto prócer y la pátina -obscura que me dieron, primero mis barnizadoras y luego la cruda -intemperie y el polvo de los caminos, dicen mi largo historial vagabundo -y atraen la curiosidad de las gentes.</p> - -<p>Procedo de Francia, de los famosos talleres de Saint-Denis, pero fuí -construído con materiales oriundos de diferentes países, y esta especie -de “protoplasma internacional”—llamémoslo así—que me integra, unido a -mi vivir errático, me vedan sentir fuertemente ese “amor a la patria”, -en cuyo nombre la ciega humanidad se ha despedazado tantas veces.</p> - -<p>La Compañía que me trajo a España pagó<span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span>—con arreglo al cambio de aquel -día—veinte mil duros por mí. Los merezco. Casi en totalidad estoy hecho -con piezas de caoba y encina que, tras de perder toda el agua de sus -fibras leñosas durante varios años de estadía en los secaderos, fueron -severamente endurecidas bajo la llama del soplete; únicamente ciertos -pormenores y adornos de mi individuo son de roble, y me cubre una -tablazón de “teak”, madera muy semejante al pino que viene del Norte -europeo, y es inaccesible a los cambios atmosféricos. Mi peso -neto—quiero decir—cuando estoy vacío, excede de treinta y seis -toneladas. Tengo más de diez y ocho metros de longitud y tres metros y -cincuenta centímetros de altura, y la amplitud de mi techumbre cóncava -posee una majestad de bóveda. Durante muchos meses numerosos forjadores, -carpinteros, ebanistas, tapiceros, fontaneros, lampistas, electricistas, -estufistas y cristaleros habilísimos, trabajaron en mi fabricación, y -sus manos diestras maravillosamente fueron infundiéndome una solidez -excepcional y una rara armonía de proporciones. Con justicia mis -camaradas de ruta, a poco de conocerme, empezaron a llamarme <i>El Cabal</i>. -Soy ancho, cómodo, y, no obstante la gravedad de mi armazón, tiemblo -ágilmente, con sacudidas ligerísimas, sobre mi rodaje de cuatro ejes. No -todos los coches de mi rango podrían jactarse de otro tanto. Existe -entre nosotros una aristocracia que, sin vacilaciones, acusaré de -advenediza: figuran en ella los vagones más jóvenes que yo, fabricados -con tablas secadas imperfectamente. Yo les llamo vagones “de bazar”. Su -aspecto es bueno, pero carecen de resistencia: pronto sus miembros se -resienten del<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span> trabajo; crujen, gimen, sus puertas no cierran bien, sus -ventanillas cesan de ajustar, sus muelles fatigados se desmoralizan... -Además, por haber sido construídos de prisa y sin amor, les faltan -ciertos detalles complementarios indispensables a su ornamentación y a -la perfecta comodidad de los viajeros; y la verdadera distinción está en -“el detalle”...</p> - -<p>Las unidades de “primera clase” se dividen en dos categorías: yo -pertenezco a la mejor, a la de más rancia y pura aristocracia, y las -letras A A. que exornan mis portezuelas pregonan mi alcurnia. El -“cuarto-tocador” ocupa uno de mis extremos, y en el centro—lugar el -menos trepidante—llevo un “departamento-cama”. Mi interior, dividido en -seis compartimientos, es bello y blando, acariciador, confortador, lleno -de previsiones; femenino, en suma: los asientos, que fácilmente pueden -ancharse y convertirse en lechos; los almohadones mullidos; la -curvatura, propicia al descanso, de los respaldos; las abrazaderas, -sobre las que el viajero podrá descansar un brazo; los ceniceros; la -mesita que adorna la entreventana; las cortinas, que modifican la luz -solar; los tubos de la calefacción; los timbres de alarma; los espejos -biselados; los anuncios polícromos y las fotografías de lugares -célebres, que exornan mi tránsito; el silencio y precisión con que las -puertas se cierran y ajustan a sus marcos...; todo, en fin, descubre en -mí un alma “de hogar”. En invierno, especialmente y de noche, cuando el -frío escarcha los cristales y la máquina me envía a raudales generosos -su calor, y todos mis inquilinos duermen, y las manos de los enamorados -se buscan enceladas y febriles bajo las<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span> mantas, entonces mis -compartimientos parecen alcobas sobre cuya tonalidad gris mis linternas, -medio cerradas, semejantes a párpados indolentes, vertiesen una casi -imperceptible llovizna de luz. ¡Bello y rotundo contraste!... Fuera de -mí, el movimiento, la lucha, el peligro, la obscuridad, el fragor -tronitronante de los puentes, el estrépito ensordecedor de los túneles, -la lluvia, el granizo, la nieve, los vientos helados, la interminable -conquista de la tierra; y, dentro, la paz, el reposo, el bienestar de -las actitudes cómodas, el aire tibio, “la alegría de llegar”, con que -cada alma viajera se echó a dormir. ¡Ah!... Cuando me autoinspecciono y -me escucho vivir así, con esta doble vida tan plena, tan útil, pienso -que yo, todo “mi yo”, acogedor y bueno, es un corazón.</p> - -<p>No sabría determinar exactamente en qué momento mi personalidad comenzó, -pues mi conciencia surgió, como en los niños, por grados insensibles. -Con arreglo a un modelo, de los mejores, empezaron a construirme, pero -sin ensamblar mis miembros, porque la vía francesa es veinte centímetros -más angosta que la española, y mis constructores necesitaban -transportarme a la Península, que era donde yo debía servir. Este es el -período que podemos denominar fetal. Ya completamente terminado, pero -inconexo, desarticulado y amorfo, traspuse la frontera sobre dos -“trucks”, y llegué a Irún. Allí organizaron mis piezas, las unieron, las -empalmaron y trabaron solidísimamente unas a otras, me encolaron, me -enclavijaron, me barnizaron, me vistieron; allí mi figura adquirió la -silueta, el equilibrio de perfiles, que habían de constituir mi -personalidad. Soy, de consiguien<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>te, español, puesto que “nací” en -España, pero de origen francés.</p> - -<p>Cuando, lentamente, con la suavidad de un lento despertar, fuí -comprendiéndome separado de los cuerpos que me rodeaban y distinto a -ellos; cuando la idea milagrosa del “Yo” me iluminó, semejante a una -antorcha, y pude decir “soy... existo...” ya me hallaba montado sobre -los recios mecanismos de ejes, ruedas, cojinetes y frenos, con que había -de caminar después, y las entrañas capitales de mi forzudo corpachón, -así como la techumbre y las ventanas, hallábanse acopladas y concluídas. -Evidentemente—no puedo explicar de otro modo el veloz incremento de mi -sentido íntimo—los dedos inteligentes de los herreros y carpinteros que -construyeron mis piezas más robustas, minuto a minuto fueron dejando en -mí latidos de pensamiento y de voluntad, y temblores de carne. Cada -martillazo que me asestaban, era como un llamamiento que hacían a mi -sensibilidad, embotada aún; las sierras me libraban de los trozos -inútiles; las garlopas y las escofinas que pulían mi tablaje, me -elegantizaban, y los tornillos de bronce con que aseguraban mis miembros -eran como ideas que fuesen clavándose en mí.</p> - -<p>Durante el impreciso amanecer de mi inteligencia, aquellos obreros me -eran aborrecibles. Les odiaba y al propio tiempo les temía, porque según -iban formando mi conciencia lo que hacían conmigo me causaba mayores -sufrimientos. Muy de mañana ocho o diez de ellos penetraban en mí, -armados de diversos instrumentos torturadores: éstos esgrimían sierras, -aquél un escoplo, estotro un berbiquí, un formón, una repa<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span>sadera, unas -tenazas, un taladro o un martillo. El serrín, que es mi sangre, lo -ensuciaba todo. Para ir encajando bien entre sí las diversas partes de -mi armazón, mis verdugos me mutilaban, me oprimían y atarazaban de -innumerables modos. Los repeledores ahondaban los clavos de suerte que -sus cabezas desaparecían en mí; las garlopas insaciables me arrancaban -la piel, que caía en virutas; las barrenas me traspasaban como -remordimientos. Herido, raspado, tundido a golpes, mi cuerpo vibraba, y -a cada nuevo martillazo mis entrañas magulladas parecían romperse. Así, -a fuerza de porrazos y de dolor—como la conciencia en los -hombres—nació mi conciencia.</p> - -<p>Luego, aquellos bruscos jayanes de anchas espaldas y entrecejo hosco, -fueron substituídos por obreros más minuciosos, silenciosos y pulidos, y -menos crueles. Eran los ebanistas, los electricistas, los fumistas, los -tapiceros, los cristaleros, los fontaneros, los broncistas y los -pintores, de que antes hablé. Todos, a porfía, me raspaban, me limaban, -me clavaban, me mordían... ¡no acababan de corregirme!... y cuando -parecía que ya nada tenían que añadir, volvían a empezar: quién para -“rectificar” una línea, me quitaba unas virutas, quién me ahincaba un -tornillo... Todos, en una palabra, me hacían daño; pero yo comprendía -que asimismo todos me hacían bien, y esta convicción me enfervorizaba. -Más que el ansia de vivir, el noble deseo de ser bello iba encendiéndome -como a esas mujeres que, a trueque de parecer bonitas, aceptan las -peores torturas de la moda: el calzado estrecho, los pesados sombreros -que dificultan en las sienes la circulación...<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span></p> - -<p>De día en día reconocíame más completo, más firme, más adornado y -hermoso, en fin; y también más consciente. Yo era como un cerebro que va -llenándose de ideas. Cada uno de aquellos obreros me daba—sin él -saberlo—una partícula de su alma; estos elementos inteligentes y -vibrantes, llenos de radioactividad, se acoplaban unos a otros y así mi -espíritu, en estado de nebulosa todavía, iba surgiendo de la síntesis de -todos ellos.</p> - -<p>Al artístico prurito de ser bello, añadióse muy pronto otro de alcurnia -moral superior: el de ser bueno, el de ser útil... Nació porque yo, -desde el lugar en que me hallaba, veía pasar muchas veces al día los -trenes que llegaban o salían de la estación; y al advertir que todas sus -unidades, fuesen de primera, de segunda o de tercera clase, se parecían -bastante a mí, deduje que en lo futuro mi misión sería, al igual de la -suya, transportar gentes de un lado a otro.</p> - -<p>Cuando los cristaleros ocuparon el vano de mis ventanas con magníficos -cristales de una pieza, vibré de júbilo:</p> - -<p>—Ya tengo ojos—me dije—y el polvo no podrá entrar en mí.</p> - -<p>Cuando los estufistas tendieron a lo largo del corredor y bajo mis -asientos los tubos de la calefacción, y los tapiceros me alfombraron y -revistieron mi interior de mollares colchonetas, pensé:</p> - -<p>—Los que viajen conmigo ya no sentirán frío.</p> - -<p>Cuando me proveyeron de “aparatos de alarma”, sentí el consuelo de no -hallarme desamparado; y cuando el electricista me impuso el dinamo y los -hilos magos repartidores de la luz, parecióme que dentro de mí acababa -de entrar el<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span> sol. Tengo mucho de humano: los conductos de la -calefacción, verbigracia, son mis arterias; las tuberías y desagües de -mi “cuarto-tocador”, mis intestinos; los hilos de la electricidad, mis -nervios; mi voz, el traqueteo de mis músculos.</p> - -<p>Un día cesaron de martillear en mí y de añadirme adornos. Mis -fabricantes y “servidores”, puedo calificarles así, barrieron y -sacudieron mi interior escrupulosamente, abrillantaron mis bronces, -fregaron mis cristales hasta dejarlos tan impolutos que se confundían -con el aire límpido, bruñeron el barniz de mis revestimientos y -silenciaron, con grasas especiales, mis herrajes. ¡Divina juventud! -Todo, dentro de mí, mostraba una alegría: el suave tinte gris-claro de -los asientos; la blancura inmaculada de la sencilla labor de “crochet” -que cubría los respaldos; las barras de acero de las redecillas -destinadas a equipajes; los picaportes y las paredes relucientes, la -densa alfombra roja y azul que tendía a lo largo de mi pasillo una -lozanía de pradera...</p> - -<p>Yo también estaba alegre; vibraba; tenía miedo. ¿Por qué?... ¿A qué?...</p> - -<p>—Has empezado a vivir—me decía secretamente una voz.</p> - -<p>Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella -aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de -Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios -hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera -vez...—¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!—mis ruedas voltearon -poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de -junio encendía el paisaje. Según avanzaba,<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span> todo en torno mío comenzó a -cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y -perspectivas nuevas surgieron ante mí.</p> - -<p>La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y -regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me -movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?... -Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo, -era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con -todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja -inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me -transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de -la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego -si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y -aparte!...</p> - -<p>Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi -destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi -vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante -reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera; -frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi -escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas -centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada -sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y -elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo -bien constituído, de mi euritmia perfecta.</p> - -<p>Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de -existir y “de sentirme<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span>”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y -dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos -viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en -casetas de guardavías.</p> - -<p>—Son coches inservibles—pensé.</p> - -<p>Y no tuve para ellos ni una compasión.</p> - -<p>Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me -impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz. -En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que -bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos, -techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre -el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras—los -Pirineos—y al otro lado el mar...</p> - -<p>—Pronto—me dije—conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a -mí...</p> - -<p>Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del -horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del -caballo de carreras que entra en un hipódromo.<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span></p> - -<h2><a name="II" id="II"></a>II</h2> - -<p>Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de -producir.</p> - -<p>—¿Cómo?—exclamarán los hombres—¿Es posible que los objetos que -estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga -a la nuestra?</p> - -<p>Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de -que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto.</p> - -<p>La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza -absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos -correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente—y -esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas -de hierro—la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un -“cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta -para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida—este substantivo -debemos escribirlo siempre con mayúscula—morir es... mudarse de -traje...</p> - -<p>Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del -cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más pelda<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span>ños -que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein -tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen -partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla -bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla:</p> - -<p>El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e -incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va -acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir: -Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se -inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte -“morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse.</p> - -<p>Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que -pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del -cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se -atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que -las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el -tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de -la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto—que -es el que yo explico aquí—se reduce a la eterna aspiración de la -materia a convertirse en espíritu.</p> - -<p>Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de -otros mundos:</p> - -<p>En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo -él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una -voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel -portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la -corteza<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros -minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento, -inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas, -y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos -rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció -la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos -después—el Tiempo prodiga su caudal—se inicia la aurora del reino -vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se -enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo -indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y -preciso. Lo que llamamos “inorgánico”—que no lo es “absolutamente”—se -convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es -evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su -oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el -reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más -tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que -se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de -civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día, -porque la Vida—como antes dije—es el anhelo insaciable que sufre la -Materia de hacerse Espíritu.</p> - -<p>Aclararé mi teoría con un ejemplo:</p> - -<p>En el hombre—tuve ocasión de observarlo mil veces—la parte física -declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos -grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor -espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span> de -abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la -sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está -derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún.</p> - -<p>Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los -vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en -actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un -ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo -trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra, -porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y -así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del -Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más -inteligente—para decirlo de una vez—que otro, al parecer igual, -fabricado con elementos de un campo cualquiera.</p> - -<p>La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más -torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no -hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se -hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal. -Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones -de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y -ennoblecerla.</p> - -<p>Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus -costumbres.</p> - -<p>—Antes—dicen—la humanidad era más cruel.</p> - -<p>Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto: -pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?...<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span> Poco a -poco la materia—toda la materia—se ha vuelto más sensible: los -animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño. -A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el -resultado de nuestro miedo a sufrir.</p> - -<p>Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos -más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen -timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en -la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y -recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde -procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que -una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un -movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó -hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la -psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de -pensamiento”—las designaré así—que los seres vivos dejan en los -objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas -a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis -leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza -magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell, -tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el -haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las -placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero, -transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los -cubre?...</p> - -<p>En un día, lejano aún, pero que llegará, el<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span> hombre obtendrá la posesión -de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos, -y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en -un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no -se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los -mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del -movimiento y lo sujeta—¡oh paradoja!—en una cinta de celuloide, y -Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese -ante su pueblo con la profética frente orlada de luz.</p> - -<p>Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y -las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen -sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años—lo -que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos—¿por -qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los -incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la -expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un -guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le -transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma...</p> - -<p>Este es mi caso. A la sensibilidad inherente a las maderas de que estoy -formado, debe añadirse la que recibí, por contagio, de los operarios que -me construyeron. Yo retengo las imágenes, como las placas fotográficas, -y recojo los sonidos al igual de los cilindros fonográficos, y asímismo -soy accesible a las emociones del olfato, del tacto y del gusto. En mí, -sin embargo, los órganos de la percepción no se hallan cir<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span>cunscriptos y -delimitados, como en el hombre. En lugar de cinco sentidos, poseo un -sentido que resume el funcionalismo de aquéllos: un sentido que, -semejante a una epidermis, cubre todo mi cuerpo; un sentido que es mi -alma, mi conciencia, mi Yo; y con el cual, a la vez, oigo, veo, huelo, -palpo... y así “todo mi Yo” se halla íntegro y simultáneamente en cada -una de mis partes. Mi psicología, aunque elemental, me satisface. -Evidentemente la vida de relación en los animales es más activa, más -intensa, pero esto mismo les agota y obliga a dormir; mientras yo, salvo -momentos contadísimos, nunca tengo sueño, y así, viviendo menos que -ellos, acaso viva más.</p> - -<p>Todo lo que sé—muy poco—lo aprendí oyendo conversar a mis viajeros, y -leyendo en los periódicos y en los libros que ellos leían. Cada persona -que entraba en mí—y fueron muchas en los cuarenta años que llevo de -existencia—era para mí una “idea nueva”. Espiaba sus actitudes, atendía -a todas sus palabras, procuraba, en fin, aprendérmela de memoria... Y -este estudio perseverante fué acercándome a ellas, e inculcándome una -vida muy semejante a la humana.</p> - -<p>Los hombres no sospechan nada de esto. Si en la paz de la noche, y -hallándonos detenidos en cualquiera estación, alguno de mis miembros -cruje, ellos nunca imaginan que en ese ruido pueda haber un dolor, un -recuerdo o un comentario; ellos “oyen el silencio”, pero su sensibilidad -no recoge lo que dice el silencio. A veces quieren comprender... pero no -pasan de ahí. Muchas veces dos amantes, al hallarse solos, se han -besado; y luego de besarse miraron a su<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span> alrededor, pareciéndoles que -alguien podía haberles visto. ¡Lo cual era cierto, porque yo les había -visto!... Pero esta emoción no pasó en ellos de la categoría de -adivinación o presentimiento, y se borró en seguida.</p> - -<p>Los autores gustan de escribir sus “Memorias” al empezar a sentirse -viejos; en esa edad, delicadamente melancólica, en que la Vida, -separándose un poco de ellos, se hace recuerdo.</p> - -<p>Los présbitas no ven bien de cerca; a distancia, sí; y la presbicia no -se presenta, en los hombres de vista normal, antes de los cuarenta años. -Se la creería una compañera de la experiencia y del desengaño. Con lo -cual la Naturaleza—ironista sutil—parece decirles:</p> - -<p>—¡La Vida!... ¡No es que sea mala!... Pero, ya que no puedes seguirla, -mírala desde lejos. Es mejor...</p> - -<p>Yo, no hice esto: mi vida está escrita a trozos, rápidamente, -desordenadamente, según la viví. Como ella, estas páginas son una -improvisación.<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span></p> - -<h2><a name="III" id="III"></a>III</h2> - -<p>Ha transcurrido mucho tiempo desde mi primer viaje, y mentiría si dijese -que he sido feliz. La vida me maltrató bastante, trabajé sobrado y la -realidad estuvo siempre en déficit doloroso con el ensueño. Vivir es -echar a perder una ilusión.</p> - -<p>Como nací aristócrata, detesto al populacho, en quien la inclinación a -lo feo es instintiva. Aborrezco esos individuos, enriquecidos por una -pirueta de la Fortuna, pero desprovistos de cultura social, que ensucian -con el betún o el barro de sus botas y la grasa de sus meriendas la -pulcritud de mis divanes, y tiran sus colillas encendidas, y escupen en -mi alfombra. ¡Oh! La primera vez que recibí un salivazo, hubiese querido -descarrilar, romperme en mil pedazos, morir...</p> - -<p>También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la -fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el -automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis -itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro -seiscientos setenta milímetros...<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span></p> - -<p>Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso -que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí -lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario -manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres -“desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por -eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor -los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las -voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y -hasta las mismas razas tienen—como nosotros—en su Destino, una -locomotora que las arrastra.</p> - -<p>En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo -apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes, -y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las -unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor -sumiso que todos profesamos a la máquina.</p> - -<p>Este cariño de sierva enamorada—cariño todo esclavitud—empecé a -sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte -del expreso Madrid-Hendaya; distinción que—más tarde lo supe—me captó -el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban -en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay -envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades -hacen los hombres...</p> - -<p>A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos, -pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span> -amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un -dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró -hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un -silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me -hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía -una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al -andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante, -lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme -hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo: -la acompañaban un furgón de equipajes y un <i>sleeping-car</i>. Su aspecto -infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y -sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del -“ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y -latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí -palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu...</p> - -<p>—¿Me hará daño?—pensé.</p> - -<p>Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era -de dolor.</p> - -<p>Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de -sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba -rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo. -La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí -que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir... -pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada—breve, seca, como una -orden<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span>—retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado -volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué -retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así, -repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto -de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular -presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos, -y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo -desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie -de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me -produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los -hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer -nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No -obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más -enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo, -nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y -reaccionaba. La máquina—después supe que la llamaban “La Recelosa” por -el miedo con que entraba en las curvas—comenzó a apretar los frenos; en -seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su -obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me -sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras -extrañas sacudidas me estremecieron.</p> - -<p>El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un -electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria -llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción -quemaba; no podían<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span> poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El -“aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia -súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores -hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca; -todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos; -todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban -bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos -del cuarto-tocador.</p> - -<p>—¡Bonito coche!—recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al -marcharse.</p> - -<p>Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre -quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su -fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado, -no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos -tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el -convoy, iluminado y vacío. Al cabo—¡cuánto se lo agradecí!—el -<i>sleeping</i> me habló:</p> - -<p>—¿Qué dice el bisoño?...</p> - -<p>—Tengo miedo—repuse.</p> - -<p>Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo.</p> - -<p>—¿Qué ha contestado el novato?—interrogó.</p> - -<p>Repetí.</p> - -<p>—Digo que tengo miedo.</p> - -<p>—¡Más miedo tendrás—exclamó el <i>sleeping</i>—cuando echemos a andar: tú -no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan -puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!...</p> - -<p>Los viajeros iban llegando y repartiéndose<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span> a lo largo del convoy. Mi -primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras -ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas -para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de -baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor -que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo. -Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las -siete, en punto, partimos. La máquina silbó.</p> - -<p>—Ya nos vamos—observó el <i>sleeping</i>.</p> - -<p>¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y -de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo, -porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza -el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi -los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina -de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular, -los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o -rojos, había una advertencia...</p> - -<p>Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron -los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he -atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y -bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al -Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea -Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego -pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada -sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span>” me -compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la -de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve -vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral -catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el -tumultuoso trajín de los caminos de hierro.</p> - -<p>Hablaré primeramente de la máquina:</p> - -<p>Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de -ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida -moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos -nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa -que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las -máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos -inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo -miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La -Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La -Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y -los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y -también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna -otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a -los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La -Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander -la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La -Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”...</p> - -<p>No ofrecen los diccionarios palabras que ex<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span>presen el aplomo ufano, la -confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes -locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil -pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así -pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una -velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el -alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las -iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará -pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche -sus ojos enormes—uno blanco, otro púrpura—aclararán el misterio -entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los -llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus -frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a -marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas -veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde -pase, su séquito puede avanzar también. En los choques—más de uno he -sufrido—ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole, -bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la -unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la -gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende -alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles, -transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida -columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia -retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién -discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span> del Destino. La -locomotora es el macho, es el sol...</p> - -<p>El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto -admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más -“de igual a igual”; que, al cabo, aunque los <i>sleepings</i> creen merecer -más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a -nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los -“tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y -desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar—pues -nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para -papelonear y empinarse—, lo cierto es que todos somos hermanos, pues -ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad -nos obliga a constantes armonía y obediencia.</p> - -<p>Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi -nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos -encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material -rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que -el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de -Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de -descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los -lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun -de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o -mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas, -cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una -pendiente<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span> o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el -“expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los -crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña -Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le -queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las -humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las -épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un -vaivén particular que nunca me engañaba.</p> - -<p>Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada -momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan; -son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados -exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de -“tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha -inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los -maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los -destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando -el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre -sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre -trabajar sin gusto, no se quieren!...</p> - -<p>Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y -somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales -se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con -términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos -de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser -el más<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”, -y el <i>sleeping</i>, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba, -“La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo -nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”.</p> - -<p>En las estaciones del tránsito cuchicheábamos:</p> - -<p>—La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de -retraso.</p> - -<p>—Quien está fatigadísima es La Primera Actriz.</p> - -<p>—No habrá dormido.</p> - -<p>—¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién -casados?</p> - -<p>Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de -España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es -el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el -coche-correo—el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas—; -los dos furgones para equipajes, dos <i>sleeping-cars</i>, apellidados los -“Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que -no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el -mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña -Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho, -particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos -este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos -viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y -a su lado, fortalecido por ellos—todos eran más viejos que yo—afronté -los primeros riesgos.</p> - -<p>¡Cuánta experiencia—que es sabiduría de<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span> “primera clase”—acumulé en el -transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a -desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de -monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de -ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían -de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el -aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la -ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo -ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana, -me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además, -en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi -arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de -furor...</p> - -<p>No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que -es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren -por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre -parecen.<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span></p> - -<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2> - -<p>¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da -el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender -mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas -después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de -humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero -engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin -recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la -limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los -militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón -hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor -propio, se había puesto en pie.</p> - -<p>Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de -Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su -miedo me turbó.</p> - -<p>—¿Sucede algo?—le pregunté.</p> - -<p>—Los túneles—balbuceó—; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con -ellos...</p> - -<p>Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span> que eran puentes... -Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía -toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos -acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito -tableteó ensordecedor. Inquirí:</p> - -<p>—¿Por qué silba La Recelosa?...</p> - -<p>El Tímido repitió:</p> - -<p>—Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que -te entierran!...</p> - -<p>No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis -ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció -volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.</p> - -<p>—¡Estamos sobre el Oyarzun!—gritó un <i>sleeping</i>.</p> - -<p>Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la -otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una -horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la -máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres -arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de -magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre, -la alegría del cielo que empieza a estrellarse...</p> - -<p>—¡Ya sabes lo que es un túnel!—me dijo el <i>sleeping</i> que iba a mi -lado, y a quien mi inocencia divertía.</p> - -<p>El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel; -había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de -aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo -apode<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span>rarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en -mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía, -las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En -los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos -cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio -inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones, -todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban. -Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas -oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu: -me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y -los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no -atienden al paisaje.</p> - -<p>Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme. -Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces -llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo -iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de -hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un -abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era -exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una -montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá -abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una -hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil: -bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un -gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> -una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en -la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...</p> - -<p>Ya en Castilla, a la sazón llena de luna—era próxima la media noche—la -tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta -ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren -silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura -las almas de equilibrio.</p> - -<p>Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol, -me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido, -casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no -estaba cansado.</p> - -<p>El <i>sleeping</i> se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de -una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.</p> - -<p>—¿Cómo marchas, chaval?—indagó.</p> - -<p>—Bien.</p> - -<p>—¿Te duele el cuerpo?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde -Miranda, tiene muy brusco el trato.</p> - -<p>Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había -sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El -Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que -en Avila volveríamos a cambiar de máquina.</p> - -<p>—De Avila a Madrid—agregó—nos llevará La Caliente, que, como La -Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras -de mayor arrastre de la Compañía.</p> - -<p>Enfrentábamos la estación de Ataquines, úl<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span>timo pueblo de la provincia -de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:</p> - -<p>—En pasando de Burgos—exclamó—lo mismo me da una máquina que otra. Yo -adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca—tierra sin -dobleces—donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el -peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te -hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo -solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás, -y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el -Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.</p> - -<p>El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de -los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en -España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido -reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo -pintaron de negro definitivamente.</p> - -<p>Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia, -sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo -tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el -remolón en las cuestas arriba.</p> - -<p>Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y -seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la -Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado -de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso -peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.</p> - -<p>—¡Calla ya!—le supliqué—; ¿qué mejoras con asustarme?<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span></p> - -<p>No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir -su miedo.</p> - -<p>—Tú has de verlo—repetía—, tú has de verlo; un día ese maldito nos -tragará a todos.</p> - -<p>Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me -colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto, -condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña -ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.</p> - -<p>—¿Qué haces?—murmuraron malhumorados los <i>sleeping</i>.</p> - -<p>Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a -seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a -silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo -arranque de rebeldía, sin embargo.</p> - -<p>—¿Qué haces, muchacho?—repitió el <i>sleeping</i>.</p> - -<p>Y El Tímido:</p> - -<p>—Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...</p> - -<p>Un <i>sleeping</i> tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa -de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible -imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca -del primer túnel inicié—no me explico cómo—un ademán de retroceso que -se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo -un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo -de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los -furgones, Los Hermanos Sommier,<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span> El Tímido, El Presumido, Doña -Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:</p> - -<p>—¿Qué sucede? ¿Quién se para?...</p> - -<p>Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de -Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se -resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi -cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”—decidí. Reanimado por esta -noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las -alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a -Madrid.</p> - -<p>Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén -descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:</p> - -<p>—¿Cómo te sientes?...</p> - -<p>—Bien—repuse.</p> - -<p>Todo el convoy se preocupaba de mí.</p> - -<p>—¿Estás cansado?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Nada te duele?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p>¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un -solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me -admiraban.</p> - -<p>—Propongo—dijo un <i>sleeping</i>—que a este buen mozo le llamemos El -Cabal.</p> - -<p>Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.</p> - -<p>Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los -vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su -fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span> dilecto de éste, su -principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador -inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre -el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes, -otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos -guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo -empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de -sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el -temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del -Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las -cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá -luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese -apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae; -todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos, -la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más -patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la -muerte.</p> - -<p>Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado: -siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que -protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin -advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan -armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda -del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”. -Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra -con esa alegría aventurera—ansia instintiva de desplazamiento—que yo -llamaría “el placer de irse<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span>”.</p> - -<p>Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas -divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues -fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero -los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me -basta.</p> - -<p>En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los -niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban -mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me -impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de -observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta—palidez de -drama—de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde, -mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto -en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse, -caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que -compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas -siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré -mientras viva.</p> - -<p>Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y -difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque -limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone -muchos años de labor. Los hombres—en su mayoría frívolos y -fatuos—raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto -me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero -hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda -América, como si<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span> “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió -trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que, -por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las -ventanillas porque “ya conoce el camino”...</p> - -<p>Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años—antes lo dije—he -recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente. -En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el -análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el -contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas: -la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores—los -pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de -súbito, detrás de un monte—viene después. ¿Cuándo los hombres -reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?</p> - -<p>Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un -itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a -la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San -Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la -célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos -del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral -burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de -sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de -Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del -Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días -Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la -silueta—que forma horizonte—de Madrid, nos saldrá al ca<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span>mino. Muchos -millares de personas saben todo esto; lo dicen las <i>Guías</i>...</p> - -<p>Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual -necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo -podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada -paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro... -ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según -sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en -lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de -sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras -impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados -de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos -vivimos de todo.</p> - -<p>Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la -humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los -expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el -furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el -vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de -ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al -escrutinio y clasificación de los viajeros.</p> - -<p>Así formé mi alma.</p> - -<p>Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo -primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a -ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al -igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se -nos quita de delante, se nos ausenta del<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> magín su recuerdo. Pero de -otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde -aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes -agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la -inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio -millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya, -se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado -carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada, -cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento -cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un -celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había -engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me -permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto -copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se -mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y -en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que -parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...</p> - -<p>La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio. -¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se -creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo -que un alma desnuda.<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span></p> - -<h2><a name="V" id="V"></a>V</h2> - -<p>Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto -suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar -siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de -mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme -y oir lo que se charla dentro de mí.</p> - -<p>La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer -orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la -farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de -otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que -observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de -comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución—yo -tengo toda la seriedad de un real mozo—, sino de la alogía que los -hombres sembraron en mí.</p> - -<p>Voy a explicarme:</p> - -<p>Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba -sobre las puertas de mis<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span> compartimientos unas láminas de metal que -decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de -viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta -única palabra misteriosa: “Alquilado”.</p> - -<p>En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a -estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar -donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi -tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel -departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no -escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En -cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a -viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un -enfermo?...</p> - -<p>Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron -resquebrajándose.</p> - -<p>Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de -porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y -llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de -granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para -no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas, -sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un -lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba -vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un -poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda -satisfacción.</p> - -<p>—Le gusta viajar solo y procura <span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span>aislarse—meditaba yo—; ¡bien se -advierte en él a un refinado!...</p> - -<p>¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un -“Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel -caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:</p> - -<p>—¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...</p> - -<p>El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir. -Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis -cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío -terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin -embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:</p> - -<p>—Estoy helado—gemía—; todavía no he conseguido que mis ruedas entren -en calor...</p> - -<p>En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi -ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las -puertecillas cerradas.</p> - -<p>—Podemos meternos aquí—propuso uno de ellos—; no hay nadie.</p> - -<p>Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía -desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:</p> - -<p>—Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de -ir vacío.</p> - -<p>Yo pensé:</p> - -<p>—¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su -tabaco...</p> - -<p>Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra. -Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fu<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span>mando, -reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:</p> - -<p>—Buenas noches...</p> - -<p>Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus -almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño. -Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de -reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a -decir:</p> - -<p>—Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.</p> - -<p>Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:</p> - -<p>—¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.</p> - -<p>Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les -hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:</p> - -<p>—Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No -fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa -prohibición espanta al público.</p> - -<p>Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.</p> - -<p>—¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!—exclamó el más viejo—. ¡Y ya -ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un -adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...</p> - -<p>—En Italia—comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”—es -“vietato fumare” hasta en los cementerios—a cuyos pobres huéspedes -parece que ya ningún daño había de hacérseles—y en los trenes a los -“fumatori” se<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span> les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que -el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del -tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras -mujeres—y esto es decisivo—las gustan los fumadores...</p> - -<p>Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó, -el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos -luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su -billete, preguntó burlón:</p> - -<p>—¿Podemos seguir fumando?</p> - -<p>El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:</p> - -<p>—Mientras a ustedes no les haga daño...</p> - -<p>Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No -fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre -comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y -furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a -reir.</p> - -<p>El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.</p> - -<p>A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya -belleza—y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa—llamaba -fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió, -adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro, -distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya; -era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del -<i>dining-car</i> empezó a recorrer el tren informando al público de que “la -primera mesa<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span> iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó -sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se -dirigió al comedor.</p> - -<p>En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances -galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con -las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era -un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar -voluntades.</p> - -<p>—Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan -nuestras camas—decían—se conocieron en él.</p> - -<p>Según supe después—los vagones nos lo contamos todo—la protagonista -del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas -llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en -un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al -par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin -duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él -acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron -cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que—según -expliqué en otro lugar—veo y oigo por todos mis poros.</p> - -<p>—En pasando Segovia—murmuró ella—puede usted venir...</p> - -<p>Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:</p> - -<p>—Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien -perfumada?</p> - -<p>—Sí; acaba de volver del comedor.</p> - -<p>—¡La misma! ¿Reparaste en si la acompa<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span>ñaba un mocetón americano, con -hechuras de boxeador?...</p> - -<p>Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.</p> - -<p>—¡Bravo!—exclamó jovial—; me juego una rueda a que esta noche le -tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...</p> - -<p>Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver -mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con -aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le -esperaba.</p> - -<p>—Entre...—susurró desde dentro una voz.</p> - -<p>Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.</p> - -<p>—Un hombre como él—pensé, jugando con la frase—es siempre un -“reservado para señoras”...</p> - -<p>Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que -el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje -una mujer sola.</p> - -<p>En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento -que los interventores procuran conservar vacío para, después de -terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.</p> - -<p>¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis -dependencias, la más sucia?...</p> - -<p>Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en -tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si -estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el -rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span> los que -ni siquiera se acuerdan de lavarse.</p> - -<p>Del grupo primero hay uno—casi siempre hombre—que, no bien comienza a -despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de -utensilios de aseo, y se encierra—se atrinchera, mejor dicho—en el -cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse -escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa -interior, y a pulirse las uñas.</p> - -<p>Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y -provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al <i>Water-Closet</i> y al -cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el -uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer -viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire -cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos -instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y -dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los -que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una -toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la -necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos -aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola” -comienza a impacientarse. Una voz interroga:</p> - -<p>—¿Pero todavía no ha salido nadie?</p> - -<p>Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:</p> - -<p>—El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora -que espero y soy “el quinto”...<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span></p> - -<p>—¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a -luz!...</p> - -<p>Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor -general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es -“el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del -vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco, -del <i>Water-Closet</i>. De súbito, la puerta—¡oh!—del cuarto-tocador se -abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como -reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos -le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va -perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de -desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara. -Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a -una ráfaga vernal, en la atmósfera densa—ambiente de alcoba—del -pasillo.<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span></p> - -<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2> - -<p>Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han -divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo -sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo -mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y -dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos -mujeres, habrá un escenario.</p> - -<p>Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y -frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano.</p> - -<p>En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo -Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada -Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía -por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y -por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables. -Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina -del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a -Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a -desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy,<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span> antes de instalarse -recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se -quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente. -Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía. -Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual -sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su -espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos -actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es -una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él -los objetos—paredes, muebles, árboles—entre quienes vivió unas horas y -a los que fué simpático. Una costumbre—señores psicólogos—no es más -que la simpatía que el hombre deja en las cosas...</p> - -<p>Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo -Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos -subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida -modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina -y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de -artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y -con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al -oído, se apretaban las manos...</p> - -<p>Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio -mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo:</p> - -<p>—¿Tú les crees—dijo—marido y mujer?</p> - -<p>Sin vacilar, Ricardo repuso:</p> - -<p>—Me parece que no.</p> - -<p>A pesar de esta afirmación categórica, ella<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> vacilaba; en su cerebro -pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares. -Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como -andar sin corsé...</p> - -<p>Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no -apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que -representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación—muy -frecuente entre mujeres descalificadas—a creer que fuera de la -legalidad el amor no existe, la animaron a decir:</p> - -<p>—Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.</p> - -<p>—Si lo es—interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar—lo estará -con otro.</p> - -<p>Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo -volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra -claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no -había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de -dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se -alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir. -Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se -despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo, -colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a -Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos -que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía -que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano. -Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se -demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella,<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> cuyas -pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad -abrumadora:</p> - -<p>—Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...</p> - -<p>Y ella:</p> - -<p>—No me atrevo; calla... Serénate...</p> - -<p>Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en -éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un -departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.</p> - -<p>—Ven—murmuró desde la puerta.</p> - -<p>Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que -su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible, -casi con el aliento:</p> - -<p>—No tengas miedo... no hay nadie...</p> - -<p>Y ella:</p> - -<p>—No me atrevo...</p> - -<p>Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en -su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:</p> - -<p>—Ven... ven...</p> - -<p>La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza, -y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi -dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado -por el deseo, él aun pudo balbucir:</p> - -<p>—Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta...</p> - -<p>Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y -salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon.</p> - -<p>Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se -incorporó:</p> - -<p>—¡Gracias a Dios!—exclamó entre festivo<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> y malhumorado—que el joven -de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán -de qué hablar y nos dejarán tranquilos.</p> - -<p>Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía:</p> - -<p>—¿Ves?...</p> - -<p>Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes:</p> - -<p>—¿Se han ido?...</p> - -<p>—Sí—replicó el dramaturgo—; pero volverán. ¿Te convences ahora de que -se quieren demasiado para ser matrimonio?...</p> - -<p>A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de -pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo -y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita -quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se -había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de -verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa -en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación.</p> - -<p>—Se ha despedido de ella y de nosotros—dijo—para despistarnos: pero -sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están -casados!...</p> - -<p>—Me figuro—contestó él—que la comedia no ha terminado aún: adivino -una última escena.</p> - -<p>Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o -más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que -esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de -mí y con la cara expec<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span>tante del hombre que aguarda, que busca, al -escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a -Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén; -los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y -fraternal.</p> - -<p>—¡Pedro!...</p> - -<p>—¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?</p> - -<p>—De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?</p> - -<p>—Espero a mi mujer.</p> - -<p>Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de -gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas. -Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor -con una mueca indefinible, glacial...</p> - -<p>—Pero... ¿qué es esto?—exclamó Guisola—; ¡oh, casualidad!...</p> - -<p>La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la -Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que -era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.</p> - -<p>—¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...—concluyó el -escultor.</p> - -<p>Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis -estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba, -repetía:</p> - -<p>—¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como -hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a -Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...</p> - -<p>Con cierto entono—aquel hombre fué toda<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span> su vida un poco -teatral—procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió -ceremonioso:</p> - -<p>—El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...</p> - -<p>Ricardo se inclinó.</p> - -<p>—La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre, -hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.</p> - -<p>Y agregó, gravemente:</p> - -<p>—Mi señora...</p> - -<p>Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un -saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no -diría nunca lo que había visto.</p> - -<p>Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único -que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola.<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span></p> - -<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2> - -<p>Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta -Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido -mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio, -me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente -entre un vagón que me impele—y que, a su vez, es empujado—y otro vagón -que me arrastra—porque a él también lo arrastran—he perdido la fe, tan -bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!... -Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha -concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones -de una cadena, unidades del universal convoy?...</p> - -<p>Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios, -como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos: -porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar, -soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de -donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por -todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y -otros,<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van -y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra, -una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.</p> - -<p>Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones: -todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de -las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las -locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la -febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para -nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por -encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento -folletinesco, de la niebla—la divina musa de los ojos cerrados—que en -la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la -alquitarada angustia de una indecisión...</p> - -<p>Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las -quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes, -abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos -falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna -estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna -maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de -aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.</p> - -<p>—Yo—suele decirme Doña Catástrofe—necesito saber que tenemos máquina; -“sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal -de no estar solas, se casan con cualquiera.<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span></p> - -<p>Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por -ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los -Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino, -nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos -medioevales, “las llaves de Castilla”...</p> - -<p>Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo -de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés -pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor” -que llegaron a España.</p> - -<p>—¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!—decía—; las -locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o -chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión -viajó conmigo un señor ministro... o senador—no recuerdo bien—a quien -todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y -poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una -ventanilla, saludó a un señor—que luego supe le administraba varias -haciendas—y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A -la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con -urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la -marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”—indagaba don José. Su -colocutor contestaba:—“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo, -como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”—“¿Y la langosta?”—“No se ha -presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media -hora, preguntando el uno y el otro respondiendo,<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> hasta que, agotado el -diálogo, el rústico exclamó:—“Bueno, don José: deme licencia para -marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y -quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió -delante.</p> - -<p>También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja -ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por -primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea -propietario de un burro, pueda casarse...</p> - -<p>Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido—notable -embustero—solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.</p> - -<p>En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y -vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo; -de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío -a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí -es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la -estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro -lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas -son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si -no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha—si bien -muy de tarde en tarde—los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco, -nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo -Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del -mundo.</p> - -<p>Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba -aún con mayor<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la -Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura. -Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos -rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La -Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había -patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del -furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones -detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento -nos dictaba ideas lúgubres.</p> - -<p>En Avila, La Caliente—que apenas había hecho justicia a su nombre—se -marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto -que—no me explico el olvido—había quedado a la intemperie. Su aspecto -me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un -viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente -frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez—pensé—estaré -yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no -pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...</p> - -<p>La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la -presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña -Catástrofe renegaba.</p> - -<p>—Como ésa tarde mucho en venir—aludía a la máquina—voy a quedarme -helado.</p> - -<p>Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de -atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que -nunca.<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span></p> - -<p>—Esta maldita—meditaba yo—va a hacernos pasar esta noche un mal rato.</p> - -<p>A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía, -por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.</p> - -<p>—La Tirones ha bebido y está borracha—decía El Presumido.</p> - -<p>¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser -normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres -blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve. -Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El -terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a -la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que -La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren. -Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante -largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...</p> - -<p>Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora -comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin -interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro -inminente.</p> - -<p>—¿Qué sucede?—nos interrogábamos unos a otros.</p> - -<p>La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el -recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El -camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar -hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo, -algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se -preguntaban:<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span></p> - -<p>—¿Por qué grita la máquina así?</p> - -<p>El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:</p> - -<p>—Un hombre acaba de arrojarse a la vía.</p> - -<p>Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.</p> - -<p>Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos -y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con -celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último -furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa -de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco. -Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de -sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los -coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada -vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones -le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón -cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del -Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo -aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la -columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando -entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre, -sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El -convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo -torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la -nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...</p> - -<p>Durante todo el viaje el recuerdo de la terri<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span>ble escena me acongojó. El -cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido -de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la -izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque -muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había -en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo -hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo -contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la -sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella -frente, habían apagado una luz.</p> - -<p>Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada, -tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña -Catástrofe trató de aliviarme:</p> - -<p>—¡No te apures, Cabal!—exclamó—; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido? -Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha -sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando -que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre.</p> - -<p>Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían -consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que, -veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió -el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los -empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos -días.</p> - -<p>Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las -gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span> -había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el -mar, se perdían en la melancolía del mismo color.</p> - -<p>A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy -Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o -nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro -horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de -Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era -blanco...</p> - -<p>Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para -los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los -árabes, el violeta; para los europeos, el negro.</p> - -<p>Yo pensé:</p> - -<p>“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...”</p> - -<p>La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar -de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca -del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la -noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un -campo nevado.</p> - -<p>Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los -colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del -espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los -cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la -más fecunda, es negra. En Africa—aseguran—como en el Brasil, la -naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias -genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta, -la más llena de instintos,<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> es la negra. Shakespeare no comprendió que -Otello tuviese los ojos azules.</p> - -<p>Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente, -su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad -penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la -frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas -muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve.</p> - -<p>La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace -pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a -polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio, -adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último -gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno -equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su -colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus -miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió -a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde, -cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes -resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían -aún...</p> - -<p>Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los -linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de -las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera -preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del -mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las -cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla, -inmó<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span>vil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los -arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores: -una especie de humareda yerta invade el espacio.</p> - -<p>La nieve también es el silencio.</p> - -<p>Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase -que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras -están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan -despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes -caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz -asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de -noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos, -oblicuos, parecen lápidas.</p> - -<p>La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los -vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la -voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte. -Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así. -Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se -cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las -olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto, -todo frío, todo blanco...</p> - -<p>A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe -seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al -convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con -el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo, -El Tímido, El Presumido, los<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span> Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos -volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la -atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles -limpios, camareros de frac...</p> - -<p>A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos -kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de -estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta, -Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín, -Ormaiztegui...</p> - -<p>Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto:</p> - -<p>—¿Os acordáis?</p> - -<p>—Sí, sí—respondimos todos.</p> - -<p>Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No -tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido -sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería -decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al -muerto?...</p> - -<p>De pronto, casi a la vez, exclamamos:</p> - -<p>—¡Aquí fué!...</p> - -<p>Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que -despertó a los viajeros.<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span></p> - -<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2> - -<p>Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de -estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los -Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores -y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San -Antonio de la Florida.</p> - -<p>La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba -un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría. -En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se -modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del -furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la -vanguardia.</p> - -<p>—¡Bien colocado vas, Cabal!—me gritó el compañero que había pasado a -ocupar mi puesto.</p> - -<p>—¿Por qué?—repuse.</p> - -<p>—Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la -máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas -tocarte.</p> - -<p>—Más viejo eres que yo—repliqué—y motivos tendrás para hablar como lo -haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span> Caliente han de -sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir -soy yo.</p> - -<p>Mi colocutor exclamó sentencioso:</p> - -<p>—¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los -requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el -mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste -en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy -poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una -operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro -del Destino es el único libro en donde todo “está bien”.</p> - -<p>No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura -invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y -cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a -poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a -tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de -la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las -rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen -caretas...</p> - -<p>Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una -señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con -una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de -pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su -esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar -periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque -sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el -as<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span>pecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó -cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y -decepcionados—ojos que habían visto mucho—, que iba y venía -escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una -vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me -pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella.</p> - -<p>La señora decía a su marido:</p> - -<p>—Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida...</p> - -<p>Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora, -mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al -caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté -al compañero que me seguía:</p> - -<p>—Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido -de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo, -metidos en la abertura del chaleco?...</p> - -<p>—Ya sé quién dices—atajó El Misántropo—; viaja detrás de mí, en El -Tímido. ¿Te interesa?</p> - -<p>—Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado.</p> - -<p>—¿Uno?—repitió—; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que -un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer.</p> - -<p>Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y -bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles -antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es -porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles -hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> y ella la que, -misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un -tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?... -¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...”</p> - -<p>Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus -labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente -desdeñoso. Yo meditaba:</p> - -<p>—Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no -se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera -al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por -caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso -rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene -razón de ser”...</p> - -<p>Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa:</p> - -<p>—¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré...</p> - -<p>Contuvo un bostezo. El exclamó:</p> - -<p>—¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar.</p> - -<p>La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa -blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible. -Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama...</p> - -<p>—¿No habrá aquí nada malo?...</p> - -<p>El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa -de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué -bien se vive al lado de una compañera así!...<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span>”</p> - -<p>—Creo que no—dijo—; el librero me aseguró que era una novela “para -señoras”...</p> - -<p>Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan -cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces -oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede -usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es -para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes -así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden -por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en -árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral -nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que -no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha -el país!...</p> - -<p>La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una -horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el -asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse, -lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra -en la que no había pecado.</p> - -<p>El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el -interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que -entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de -riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los -billetes, el interventor exclamó:</p> - -<p>—¿De modo que usted se apea en Medina?</p> - -<p>—Desgraciadamente—replicó don Adelardo—: Carmen, mi señora, va a San -Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el ve<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span>rano. Yo, me -quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una -Fábrica.</p> - -<p>A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo. -Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse -tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por -la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba -anhelante, la respiraba, parecía bebérsela.</p> - -<p>—Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame—rogaba el marido.</p> - -<p>—Lo haré así; ¡como siempre!...</p> - -<p>—¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte!</p> - -<p>—¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame.</p> - -<p>El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida:</p> - -<p>—Mi alma...</p> - -<p>—Adiós—repetía la esposa—; adiós...</p> - -<p>—¡Mi vida!...</p> - -<p>—Ten cuidado; corre... que el tren se marcha.</p> - -<p>Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón, -él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le -enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las -manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las -frases acongojadoras de las despedidas:</p> - -<p>—Te quiero; no me olvides...</p> - -<p>—¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós...</p> - -<p>Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y -partimos.</p> - -<p>Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo -hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió, -exhaló un suspiro de liberación y<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> levantó el cristal. ¡Cuánto se lo -agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el -bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero -del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi -maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más: -era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo.</p> - -<p>—¡Carmen!—murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un -gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo.</p> - -<p>Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se -lo impidió.</p> - -<p>—Siéntate enfrente de mí—murmuró—y sé prudente; el inspector conoce a -mi marido...</p> - -<p>La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros, -esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...”</p> - -<p>Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y -de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital -donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el -viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo, -apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna -vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego -tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios. -La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un -valor de varios millones.</p> - -<p>¡Y, sin embargo—reflexionaba yo—, ella no le quiere!... El delito no -era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los -barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las -leyes, el pájaro azul<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span> de la ilusión canta victorioso, y no siempre -queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en -la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido -un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y -desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia. -¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su -marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé, -ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la -lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único -cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido—y ante el -desengaño del matrimonio—suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como -de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia—dentro o no de -los Códigos—es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de -la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”; -mientras en Occidente cada hombre cuida—<i>in pártibus</i>—de las mujeres -ajenas.</p> - -<p>Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente, -tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad -de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna.</p> - -<p>El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al -llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de -la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el -expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente, -aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un -buen beso fuer<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span>te y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su -marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a -su compañera una sortija.</p> - -<p>—En recuerdo—murmuró—de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo -muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a -estar juntos.</p> - -<p>Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de -alegría infantil; acaso—¡oh, dolor!—hubo en ellos un poquito de -codicia también...</p> - -<p>Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija, -que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero -de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor -tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella -sabía tasar una joya!... Después—me parece que sin prisa—, dentro del -aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar:</p> - -<p>“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la -sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una -tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!... -¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda -lucir la sortija cuando esté a su lado...”</p> - -<p>No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que -los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras -eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su -corazón. Continuó meditando:</p> - -<p>“Lo mejor será borrar esa inscripción compro<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span>metedora. Yo le diré a Juan -que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se -enfadará...”</p> - -<p>El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y -hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco -los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje -habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea, -“tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de -claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca -del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar -muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al -salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros. -Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las -actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros -pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y -lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero; -el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó. -La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se -aburría; entonces, a no ser por la sortija...</p> - -<p>La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la -obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija!</p> - -<p>—¡La he olvidado en el lavabo!—bisbiseó.</p> - -<p>Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con -zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi tre<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span>pidar, -y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una -curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a -no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto -asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado.</p> - -<p>—¡Oh!—rugió desesperada.</p> - -<p>Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar -su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los -nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía -a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero:</p> - -<p>—Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie -viene por gusto...</p> - -<p>Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con -aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo:</p> - -<p>—¿Ha visto usted una sortija?</p> - -<p>—No, señora.</p> - -<p>—Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante...</p> - -<p>Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los -ojos. Esta hizo un ademán inocente:</p> - -<p>—Acaso esté—dijo—; verdaderamente, yo no he mirado.</p> - -<p>Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones, -arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido; -introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió -papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose, -aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con -quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero, -¿quié<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span>nes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba -febril.</p> - -<p>—¿Qué hacer—repetía—, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!...</p> - -<p>Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su -busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada -había visto, pero prometió informarse; preguntaría...</p> - -<p>—Que la sortija aparezca—dijo—, depende, como usted comprende bien, -de la honradez de quien la haya encontrado.</p> - -<p>—Yo creo—afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos -desconocidos que vió al salir del “tocador”—que la tiene un viajero de -mi coche; o del coche que va delante del mío...</p> - -<p>Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que -aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de -buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba -rota...</p> - -<p>Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que -iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido -con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo -había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron, -interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos -mientras se oprimían las manos.</p> - -<p>Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste:</p> - -<p>“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge -tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span>”</p> - -<p>Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron -dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:</p> - -<p>—¿Qué tienes?...</p> - -<p>Carmen repuso:</p> - -<p>—Los nervios; no es nada.</p> - -<p>Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la -sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí -decirle—pensó—que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se -quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una -bruta!...”</p> - -<p>Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y -febriles. Su marido llegó a inquietarse.</p> - -<p>Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.</p> - -<p>—Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre -delante.</p> - -<p>Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde, -repuso:</p> - -<p>—Esa sortija no es mía.</p> - -<p>Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don -Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:</p> - -<p>—¿Es tuya?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las -piedras.</p> - -<p>—¡Es bonita!—murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja—; -bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...</p> - -<p>En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla. -Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija, -diciéndole:<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span></p> - -<p>—No es nuestra.</p> - -<p>El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a -pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía -delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O -las sortijas extraviadas serán dos?”—pensó. Desconcertado y receloso, -pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase -a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.</p> - -<p>—Te ha confundido con otra viajera—comentó don Adelardo.</p> - -<p>—¡Sin duda!...</p> - -<p>Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía -a su semblante. El esposo continuó:</p> - -<p>—¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese -quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada -tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante. -¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...</p> - -<p>Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su -pensamiento:</p> - -<p>—O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la -inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.</p> - -<p>La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la -sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos. -Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se -desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al -vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span></p> - -<p>—Mi señora—explicó—se ha enamorado de ella.</p> - -<p>El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad: -él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de -que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.</p> - -<p>Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer -continuarán dichosos.</p> - -<p>De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi -juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto -perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.</p> - -<p>—De cosas peores—insistía El Presumido—ha sido testigo cualquiera de -nosotros.</p> - -<p>Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:</p> - -<p>—Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de -ella?...<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span></p> - -<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2> - -<p>Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra -frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A -nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.</p> - -<p>Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del -expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.</p> - -<p>—Estad prevenidos—dijeron—porque hoy traemos mala gente.</p> - -<p>—¿Quiénes son?—indagamos.</p> - -<p>—Cuatro bandidos de los más célebres.</p> - -<p>—¿Sabe vuestra policía que venían a España?</p> - -<p>—Nos parece que no.</p> - -<p>Pedimos detalles.</p> - -<p>—Todos visten bien y son jóvenes—respondieron nuestros cofrades -traspirenaicos—; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta -años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde -París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano, -le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y -la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio -de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span> dos compañeros, Jacobo Dommiot y -Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches -distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el -Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo -sin duda una consigna, saltaron a la vía.</p> - -<p>El narrador concluyó:</p> - -<p>—Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus -compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.</p> - -<p>Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de -nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los -cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.</p> - -<p>—“El bello Raúl”—nos respondieron—es el único que lleva bigote; tiene -la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de -una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su -espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al -andar.</p> - -<p>—¿Y Cardini?...</p> - -<p>—El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le -corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra -cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de -corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot, -especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro. -Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están -afeitados.</p> - -<p>El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su -país; y nosotros, a la<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span> hora señalada, partimos con rumbo a San -Sebastián. Cierta inquietud folletinesca—trepidación de aventura—nos -sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos:</p> - -<p>—¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido?</p> - -<p>—No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo?</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida -rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al -cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos -se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para -trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco -de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos -más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas -delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar.</p> - -<p>Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a -Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al -“bello Raúl”, cuya gallardía—si el remoquete que le señalaba era -justo—debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su -mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a -sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas -no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los -segundos me atraían mejor. El policía—reflexionaba yo—tiene una -importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón, -pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span> igual de las -cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido -muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio -del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad -del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El -ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto” -de la injusticia colectiva, el público—aun en contra de sus -intereses—en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la -novela, aplaude al ladrón...</p> - -<p>Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó:</p> - -<p>—Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que -nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los -periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados -Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos -internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de -imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como -<i>gentlemen</i>; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más -rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y -saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque. -Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el -talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario -de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los -trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios -actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde -la ilustración y la buena alimentación<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span> han intensificado la vida, la -carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se -dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que -nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos -cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha -peleado en los <i>rings</i>; Jacobo Dommiot debe de tener también algún -oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce -jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?...</p> - -<p>Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto -había visto, tenía razón.</p> - -<p>Doña Catástrofe continuó:</p> - -<p>—Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un -bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo -también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los -pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar -con maña o por la fuerza, España—como en todo—se quedó rezagada. -Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que -apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo -rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el -extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los -perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por -gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco. -Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el -fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan -admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida -del crimen: nuestro país pro<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span>duce pocos asesinos innatos; aquí -únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”; -y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin -entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios, -por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van -cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen -persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa, -entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz...</p> - -<p>Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido, -que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos -de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:</p> - -<p>—Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable, -grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición -insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala -alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil. -Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una -mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un -individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la -techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le -vería. “Debe de ser un ladrón”—se dijo el guardafreno. Pudo mandar -parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de -aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El -bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo -coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que -se entregase. El interpe<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span>lado no contestó; le miraba. Entonces el otro, -temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a -mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el -fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando -la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!... -¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de -la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más -de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a -la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón, -recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de -cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por -encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero -podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los -temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno, -sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a -intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban -sentados—no les era posible mantenerse de pie—y a breve distancia uno -de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su -enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el -otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba, -buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado -apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel -momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le -desarmó. El ladrón se rindió a dis<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span>creción, y en El Escorial fué -entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre -animoso—si tú quieres—, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que -un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo -nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y -subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un -analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese -comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse -doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que -realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el -fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se -empieza!...</p> - -<p>Le interrumpí para decirle:</p> - -<p>—Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.</p> - -<p>—Me gusta—replicó Doña Catástrofe—que cada cual conozca y descuelle -en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y -que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa -rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso -de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy -buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven, -precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente -vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados -son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué -gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido -a los hombres en el corazón.<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span></p> - -<p>Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no -habló más.</p> - -<p>Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso, -maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera -subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno -análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria -sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde -él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en -otra cosa.</p> - -<p>En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden -franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña, -sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su -cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su -distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso, -quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de -viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano, -nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le -preguntó:</p> - -<p>—¿Queda alguna cama?...</p> - -<p>—Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le -cobraré el “suplemento”.</p> - -<p>—Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...</p> - -<p>—Cuando usted guste.</p> - -<p>El religioso, muy amablemente—acaso con una leve ironía—, saludó a los -viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del -departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este -comentario:</p> - -<p>—Los hombres que hacen voto de pobreza y,<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span> como en elogio de la -miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y, -mucho menos, en <i>sleeping</i>!...</p> - -<p>Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco -sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la -cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que -ellos—mejor educados, tal vez—no se atrevieron a decir. Las personas -toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.</p> - -<p>El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez -desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la -extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente -confortable, mullido, lujoso...</p> - -<p>Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña -Catástrofe me había hecho.</p> - -<p>—He aquí un hombre—pensé—que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span></p> - -<h2><a name="X" id="X"></a>X</h2> - -<p>Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de -Córdoba a Sevilla, mi familia—al convoy yo lo llamo “mi familia”—había -comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña -Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que -disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones -terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de -quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la -fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre -de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una -somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es -la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar -los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo, -correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla. -Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada -de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro -desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el -descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante.<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> Vemos llegar la -muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos -hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al -Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por -Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta:</p> - -<p>—Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco -minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo -presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis -ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas -cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia, -me veáis convertido en astillas.</p> - -<p>La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a -recogernos, y bajo su recuerdo depresivo—un recuerdo al que se mezclaba -algo supersticioso—salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba -desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la -noche, lóbrega y húmeda, un gran frío—un frío que era miedo—me -traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado -que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.</p> - -<p>—Oye, Misántropo—le dije.</p> - -<p>Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar -no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como -todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus -lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo -el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el -horno<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span> para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de -rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza -ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos -ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo -corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego -sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi -temor a morir.</p> - -<p>El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las -luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante, -el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi -atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados, -en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían -puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados, -cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya -tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un -convoy trágico.</p> - -<p>A mis preguntas, El Misántropo contestó:</p> - -<p>—Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a -Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.</p> - -<p>Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis -compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los -choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una -procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.</p> - -<p>Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna, -y con las luces pri<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span>meras del amanecer y el cantar batallador de los -gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media -mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi -melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias -horas.</p> - -<p>Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La -Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de -hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante -concurrencia.</p> - -<p>—¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!—me gritó un compañero.</p> - -<p>—¿Tanto he dormido?—pregunté.</p> - -<p>—Toda la tarde.</p> - -<p>Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso:</p> - -<p>—Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no -podamos dormir.</p> - -<p>En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento.</p> - -<p>—¿Lo dices por los ladrones franceses?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Les has visto?</p> - -<p>—Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se -hablan: demuestran no conocerse.</p> - -<p>Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración -semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la -salida del primer toro.</p> - -<p>—¿Quiénes son?—dije.</p> - -<p>—Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser -Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera...<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> Le corta -los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.</p> - -<p>—¡El mismo!—exclamé—; ¿y el otro?</p> - -<p>—Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros. -Creo que es Dommiot.</p> - -<p>El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:</p> - -<p>—¡Mira... mira!...</p> - -<p>Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus -ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la -figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello -Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina, -se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.</p> - -<p>—¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?—decía yo.</p> - -<p>—Pienso que sí.</p> - -<p>—¿Irán a asaltar el tren?...</p> - -<p>Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí -hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:</p> - -<p>—Recuerda—dijo—lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si -fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de -ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...</p> - -<p>Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el -coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola. -Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que -los cito, al Pre<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span>sumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos -Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo, -pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de -vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal -vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis -plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de -los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y -de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero -andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle -llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de -gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.</p> - -<p>Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban -un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud: -ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se -despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que -acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un -individuo vestido con una blusa blanca, repetía:</p> - -<p>—¡Almohadas de viaje!...</p> - -<p>“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en -que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido. -Yo estaba inconsolable.</p> - -<p>—¡Qué lástima!—suspiré.</p> - -<p>Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:</p> - -<p>—¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que -esos desalmados, si por<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span> acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un -tiro?...</p> - -<p>No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido -para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente -irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más, -participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo -eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo -le preguntaba a Doña Catástrofe:</p> - -<p>—Oye: ¿qué hacen “esos”?...</p> - -<p>—Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.</p> - -<p>—¿Y Cardini?</p> - -<p>—No hace nada.</p> - -<p>—¿Duerme?</p> - -<p>—No: ni lee ni duerme: mira.</p> - -<p>—¿A quién?—insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores, -el prólogo de un drama.</p> - -<p>—A nadie—replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe—; Cardini no -parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra -el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho -peor...</p> - -<p>Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo, -era curioso, indagaba:</p> - -<p>—Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio.</p> - -<p>El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la -pregunta:</p> - -<p>—Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace -Mauricio?</p> - -<p>—Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando.<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span></p> - -<p>—¿Viaja contigo mucha gente?</p> - -<p>—Voy completo.</p> - -<p>—¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?...</p> - -<p>—¡Cállate, salvaje!...</p> - -<p>El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en -memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña -Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era -así, y realmente se querían como hermanos.</p> - -<p>Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al -Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo:</p> - -<p>—¿Qué hace “el bello Raúl”?...</p> - -<p>—Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos -cerrados.</p> - -<p>—¿Duerme, efectivamente?</p> - -<p>—No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.</p> - -<p>De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible -que—semejantes a eslabones—formaban nuestras preguntas y respuestas. -Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir -borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus -figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella -rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus -armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del -convoy.</p> - -<p>A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas -interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con -que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span></p> - -<p>—¿Qué hace Dommiot?</p> - -<p>—Leer.</p> - -<p>—¿Y el italiano?</p> - -<p>—Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.</p> - -<p>—¿Y Mauricio?</p> - -<p>—Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa.</p> - -<p>—¿Y Raúl?...</p> - -<p>—“El bello Raúl” duerme... o lo finge...</p> - -<p>Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y -nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la -mayoría de los trenes—mercancías o correos—que se cruzaban con -nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de -democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad...</p> - -<p>—Llevamos gente sospechosa—les gritábamos al pasar.</p> - -<p>Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de -quiénes les hablábamos, respondían:</p> - -<p>—¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la -vuelta!...</p> - -<p>—Sí... sí...</p> - -<p>—¡Buena noche!...</p> - -<p>—¡Buen viaje!...</p> - -<p>Todos—ellos y nosotros—nos interpelábamos a la vez, las locomotoras -silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran -en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba -con nosotros,<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span> volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa.</p> - -<p>Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto -los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente, -envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y -en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el -hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen. -En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el -aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido -todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en -el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los -insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto -amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les -restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro -de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas—creo -haber dicho que cada viajero era una idea para mí—me daba la prestancia -de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los -pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras -folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían -propósitos belicosos, y eran aburridos como policías.</p> - -<p>Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me -comunicó esta observación:</p> - -<p>—Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de -Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span> visto -sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se -interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen -pactado. Estoy intranquilo.</p> - -<p>Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El -Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al -pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj... -Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro -hombres procedían movidos por una consigna.</p> - -<p>Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña -Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno, -todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a -acometer a los viajeros.</p> - -<p>—Son pocos—interrumpí—, no creo que se atrevan...</p> - -<p>—He ahí mi miedo—replicó el viejo vagón—, que no operen solos, sino -en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para -descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...</p> - -<p>Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir. -Pregunté:</p> - -<p>—¿Es muy peligroso descarrilar?</p> - -<p>—Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve -veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.</p> - -<p>—Pero el maquinista y el fogonero—repliqué—no cesan de otear el -camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían -para parar.</p> - -<p>—Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es -obscura y el<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una -curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos, -ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La -Tirones frena mal.</p> - -<p>De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron -a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.</p> - -<p>—¿Hay novedad en la vía?—le gritamos.</p> - -<p>—¡No!...—repuso.</p> - -<p>Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la -contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita; -podíamos seguir.</p> - -<p>No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de -desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña -Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba -con amor paternal, intentó serenarme.</p> - -<p>—No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos -delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos -seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.</p> - -<p>Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su -coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar -junto al antiguo boxeador, murmuró:</p> - -<p>—Vamos.</p> - -<p>Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado. -Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña -Catástrofe:</p> - -<p>—¡Ahí van!... ahí les tienes...</p> - -<p>Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> del lance y se sentía a -salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De -ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que -tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.</p> - -<p>Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron -delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña -Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas -cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos, -palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente, -repartía órdenes:</p> - -<p>—Ya sabéis que yo defiendo la puerta.</p> - -<p>Todos afirmaron.</p> - -<p>—Tú—prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini—te quedas en el pasillo.</p> - -<p>El italiano asintió.</p> - -<p>—Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.</p> - -<p>Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.</p> - -<p>—Y si alguno se resiste—concluyó—le dais un buen golpe. Conviene -trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy -extremo.</p> - -<p>Dicho esto, todos penetraron en mí.</p> - -<p>—¿Quién iba a creer, Cabal—musitó Doña Catástrofe—que la fiesta iba a -ser en honor tuyo?...</p> - -<p>“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente -que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron -y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y -montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> tránsito, -penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas -sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:</p> - -<p>—Venga el dinero—decía—, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No -intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos -muchos.</p> - -<p>Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.</p> - -<p>—¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los -relojes... las sortijas...</p> - -<p>Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en -actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil, -les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los -viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a -discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el -asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos: -quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos; -quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a -túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot -iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio, -siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes, -dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin -volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.</p> - -<p>—No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio—advirtió -Dommiot—porque les asesinaríamos.</p> - -<p>Dicho esto apagó la luz—como invitando a<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span> los desvalijados a reanudar -su sueño—y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre -callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde -la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en -medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo -las cadenas del pánico—no hay ligaduras que sujeten mejor—se dejaban -robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el -terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot, -por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro -minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de -corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón. -¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban -constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:</p> - -<p>—¿Sucede algo?</p> - -<p>Y los del italiano:</p> - -<p>—Nada: todo marcha bien.</p> - -<p>Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de -Cardini, interrogaban:</p> - -<p>—¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...</p> - -<p>Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban:</p> - -<p>—No...</p> - -<p>Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para -escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades -centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era -más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme -con el coche-correo, iba medio ais<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span>lado, y mis viajeros, para huir a -otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la -misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.</p> - -<p>El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no -podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente, -mis compañeros me demandaban.</p> - -<p>Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces, -una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero -Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo, -sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en -el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se -esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un -pie sobre los cabellos.</p> - -<p>La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se -mostraban inertes y dóciles.</p> - -<p>—Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata... -¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!—repetía Dommiot.</p> - -<p>Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de -prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho -un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo -le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de -sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni -Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los -restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles: -“Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen uste<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span>des -neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie -se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados, -continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una -fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que -luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de -estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.</p> - -<p>—Pero, ¿no acabas con él?—murmuró Mauricio.</p> - -<p>En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le -oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en -los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra -vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador -recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron -que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.</p> - -<p>—Tira—ordenó uno de ellos al italiano.</p> - -<p>Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había -agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y -los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se -precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:</p> - -<p>—¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...</p> - -<p>El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la -inglesa, replicó fríamente:</p> - -<p>—Si no le mato, no acabamos en toda la noche.</p> - -<p>La detonación y el desapacible chirriar de los<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> frenos, despertaron al -resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros -salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:</p> - -<p>—¡Atrás!... ¡Atrás!...</p> - -<p>Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi -plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos -más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban -voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían -iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el -guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños -aspavientos.</p> - -<p>Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un -grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía -desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:</p> - -<p>—¡Ladrones!... ¡Socorro!...</p> - -<p>Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban -contra los fugitivos.</p> - -<p>—¡Abajo—decía Raúl—, pronto!...</p> - -<p>Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de -rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot, -quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin -lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo -fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás -retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche -fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron -casi inmediatamente.<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span></p> - -<p>El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me -invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y -más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de -sangre.<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span></p> - -<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2> - -<p>Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho -tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama—¿quién -hubiera podido sospecharlo?—marcó el término de mi juventud, modificó -mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas -nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma, -como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.</p> - -<p>Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados -correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían -llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y -allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo -era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios -señores—personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con -que el personal de la estación les acogía—que después de examinar -prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me -afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de -un aire de misterio.<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span></p> - -<p>Lo que más me afligió fué verme separado—de un modo que luego comprendí -era definitivo—de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente -de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid, -fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía, -los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy -estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el -acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron -al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos -Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo -“equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La -Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi -pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una -especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté -por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante -más de nueve años.</p> - -<p>—En Madrid quedaron—me dijeron.</p> - -<p>—¿Qué tienen?</p> - -<p>—Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos -estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los -muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor: -a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la -enfermería.</p> - -<p>Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí -enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las -estaciones, tardó más de veinticuatro horas en<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span> llevarme a Madrid. -¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las -grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me -antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué -horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de -“vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando -empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la -epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio.</p> - -<p>Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí -pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el -forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos. -Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones -metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis -horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña.</p> - -<p>No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar -la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza -de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción, -mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un -tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en -España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las -unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de -las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a -humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia. -Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría -discreta, lo que es<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los -muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su -estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque -comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi -procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las -estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse -en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina, -en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en -lastimarles.</p> - -<p>Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza. -Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como -para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de -ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y -hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en -Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños -bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se -armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y -largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus -ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la -altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de -San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa. -Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo -comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos -almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las -estaciones, y las distintas maneras con que las<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span> manos, según fuesen -francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más -dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren -despedirnos y nos llaman; todavía—cuando ya no hay remedio, cuando ya -nos vamos—quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que -vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo...</p> - -<p>Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio -agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme.</p> - -<p>Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas -las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos -y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve; -que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en -los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos -prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo -silbido que seguirá la zurda, etc.</p> - -<p>Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina -empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos -rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror -me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto -agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva -y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos -en el Oria.</p> - -<p>—¿Por qué la máquina grita así?—pregunté a un compañero.</p> - -<p>—No te asustes—dijo—; el padre de nuestro maquinista vive cerca de -aquí, y su hijo sil<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span>ba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y -que se acuerda de él...</p> - -<p>También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la -primera impresión de la muerte.</p> - -<p>Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían -vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de -pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos -emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo -de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la -altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en -acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de -sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta -situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar -la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de -ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi -perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi -quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el -suelo...</p> - -<p>—Lo ha matado—me dijo un compañero que había seguido, como yo, los -incidentes del pequeño drama.</p> - -<p>—¿Y ya no podrá moverse?—interrogué candoroso.</p> - -<p>Mi colega se burló de mí.</p> - -<p>—¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que -la máquina lo ha matado?...</p> - -<p>Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir -era no mo<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span>verse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.</p> - -<p>¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad -moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!... -Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la -tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo -“está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises: -el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a -estarlo.</p> - -<p>Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía, -también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos -mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer, -sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de -espejismo que de realidad.</p> - -<p>Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos -Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña -Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se -cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban -parte del “rápido” de Asturias.</p> - -<p>—Esos dos—añadieron mis camaradas—han progresado: ruedan menos que -antes y viajan de día.</p> - -<p>Luego preguntaron:</p> - -<p>—¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar -en un “correo”.</p> - -<p>Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me -produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había -em<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span>botado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...</p> - -<p>—Mejor andaba con vosotros—repuse—pero tampoco diré que vivo mal. Es -cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en -cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son -tan graves...</p> - -<p>¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de -mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era, -sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al -nuevo ambiente.</p> - -<p>En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las -locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi -juicio, interminables.</p> - -<p>Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del -mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría, -tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de -idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y -frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto -molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco; -luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en -costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste. -Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos -de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de -carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza -del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire—hay -ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia -inconcebi<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span>ble—; y, finalmente, del fogonero y de la acertada -disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que -transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los -peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La -Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los -talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta -cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De -Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa—por otro nombre La Casa -Real—que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy -repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así -apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus -silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra -locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca; -correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a -Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que -en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.</p> - -<p>Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y -atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus -acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...</p> - -<p>Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los -comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba -delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de -“primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas -convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo ha<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span>laba del “segunda” que -me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos -pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa -de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el -miedo—enemigo de las etiquetas—yo le dije algo que demostraba mi -interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya -fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno -y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el -de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos -descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia -ni relieve.</p> - -<p>Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así -la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una -constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”, -apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi -lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse -en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de -carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me -reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan -media hora y aún más, en cada estación.</p> - -<p>Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más -dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es -la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para -los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los -viejos. Y conmigo fué igual. El<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span> trayecto de Madrid a Venta de Baños, -que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba -disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo -hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído. -La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la -grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y -en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un -torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido -en el declive de una loma...</p> - -<p>A cada rato, me preguntaba:</p> - -<p>—Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí -siempre?...</p> - -<p>Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente -gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni -ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.</p> - -<p>Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los -“expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme -feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las -cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el -arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso -en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del convoy -con voz musical:—“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado que -gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras -portezuelas:—“¡Señores viajeros... al tren!...”</p> - -<p>También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas, -efusivas, cargadas de<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa -al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre -estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía -llevar guitarras y aun cantar una copla—si el maquinista daba tiempo—y -que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.</p> - -<p>¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y -generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar -el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos” -que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas -esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo -y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez -viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres -o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...—que es -el amor que esperan—va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos -ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del -mundo... y “Ellas” lo saben.</p> - -<p>Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas -sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el -deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza, -llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación -donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del -lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...</p> - -<p>Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos -guardias civiles con<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span>ducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos: -era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que -nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias, -graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades -lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a -un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid. -Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de -cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él; -en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de -libertad que sugiere la carrera de un tren.</p> - -<p>Día por día la llaneza—no deliberada, sino espontánea—de mi carácter, -me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas, -en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar -interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”, -porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades -nuevas para mí.</p> - -<p>De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido -que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y -entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en -amarlo todo.<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span></p> - -<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2> - -<p>Como los trasatlánticos—según dicen—la vida ferroviaria, en sus -distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de -caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente -fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo -multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que -antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece, -simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más -polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy -poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un -microscopio.</p> - -<p>Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me -produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la -noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los -guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día, -bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego -reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros -que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la -siesta, en Castilla, y entre las nieves de<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span> las madrugadas cántabras, -aguardan el paso de los trenes y con su banderín—como el espada con su -muleta—parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino. -¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio -y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros, -cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a -todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos -en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al -maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del -desastre!...</p> - -<p>De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca -de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa, -que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de -maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron -propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a -todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a -mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca -prometía. Hasta que una tarde en que—con razón—su banderín rojo mandó -parar el expreso—vimos que también sonreía—, y desde entonces su -placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre -mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera, -cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...</p> - -<p>De los tipos que yo llamo “de casa”—me refiero a los empleados que -ambulan con nosotros—el principal, el más pintoresco, es el -interventor.</p> - -<p>A los interventores les debo muchos ratos de<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span>liciosos de hilaridad. Un -buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque -éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera -hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:</p> - -<p>Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!... -Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se -le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a -cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez... -alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y -reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus -negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo -consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las -personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los -demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan -despabilado...</p> - -<p>A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento -está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones. -Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es -buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y -tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de -velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud -grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz; -es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de -sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la -almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span> derecho, continúa -llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de -actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le -ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo -desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota -le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en -su asiento, ya se recoge... De pronto siente—¡oh, alegría!—que los -párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al -fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca. -El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y -por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se -esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz, -la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu -dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...</p> - -<p>Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el -viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta -impaciencia:</p> - -<p>—¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...</p> - -<p>Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches. -El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni -mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de -dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado -a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.</p> - -<p>Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás -algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse.<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span> Los -pasajeros temibles son los pusilánimes—futuros enfermos, quizás, de -delirio persecutorio—que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el -miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún, -no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con -un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los -interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.</p> - -<p>Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego—y antes de -entrometernos en particularidades—deben dividirse en dos grandes -grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no -pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda” -clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de -“primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y -flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de -balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de -“lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al -extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo -observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará -un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet” -azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del -espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el -revisor tropieza—por casualidad rarísima—con un billete “entero”, -apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha -de desdén y de asombro, como diciéndole:</p> - -<p>—¿Por qué se deja usted robar por las Com<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span>pañías? ¿No le da a usted -lástima tirar su dinero?...</p> - -<p>He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las -personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo -incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad, -escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los -tipos—no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo -substantivo—se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil -clasificación.</p> - -<p>Entre las mujeres honestas—vayan solas o acompañadas—sólo admito dos -tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso -abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento -cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar -las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador -si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.</p> - -<p>A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.</p> - -<p>Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo -que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las -llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La -idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún -están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve, -tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las -ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia -las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los via<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span>jeros -que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a -repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí, -la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su -reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos -para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber -corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la -idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se -anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de -encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que -se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a -quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.</p> - -<p>—Caballero—pregunta—, ¿son de usted este libro y estos guantes?...</p> - -<p>“El madrugador” no se atreve a mentir.</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado -saluda, sonríe y se instala.</p> - -<p>A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo -observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:</p> - -<p>—¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?</p> - -<p>“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una -ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.</p> - -<p>—Es mía, caballero—responde ruborizándose.</p> - -<p>Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El -madrugador” ha perdido su tiempo.</p> - -<p>La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span> otra. A él no le importa -que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres. -Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las -luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si -el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie, -y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir, -quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque -le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a -cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un -asiento; luego—si le dejan—ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El -sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...</p> - -<p>Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de -las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de -deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...</p> - -<p>El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y -las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá -el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola, -procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con -esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para -encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien, -pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la -solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al -par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el -pleito perdido, al menos durante el curso de aquella<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span> primera -entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la -perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se -manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y -ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a -tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él -tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo -caso el viajero “galante” se apresurará—en tanto se restaña el sudor—a -cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él, -generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y -aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará -en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies. -Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la -tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a -obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no -haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre -bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada -aventura asome, incorregible volverá a empezar.</p> - -<p>Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo -mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más -herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas -les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a -decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia, -el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de -actitud.<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span></p> - -<p>Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan -ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son -minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo -grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél -se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de -descalzarse... ¡Lo que más odio!...</p> - -<p>“Lo importante es ir a gusto”—discurre cada cual.</p> - -<p>En esta prolija galería de siluetas—cómicas casi siempre—que me -frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos -confundir con “el soñoliento”, ya presentado.</p> - -<p>En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en -el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la -noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha. -La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada -sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo: -“Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente: -“No... no... no...”</p> - -<p>De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y -luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las -ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el -otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una -novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas, -repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos, -de una <i>Guía</i>. A intervalos se observan recíprocamente, y, según -transcurre el tiempo, pa<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span>rece envolverles una atmósfera de confianza -mutua. Casi a la vez, todos han pensado:</p> - -<p>“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro, -podríamos acostarnos y dormir un poco”...</p> - -<p>Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando -arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy, -resbalan hasta el suelo.</p> - -<p>De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del -compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza -a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el -nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su -respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:</p> - -<p>“Pero... ¿se ha dormido?...”—me pregunto.</p> - -<p>Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y -devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.</p> - -<p>El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en -el roncar tres tiempos. En el primero—dice—“se sopla”; en el segundo, -“se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.</p> - -<p>El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó -soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una -cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido: -“¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose -cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve -a soplar.</p> - -<p>El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las -manos gordezuelas<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span> cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que -ronca” repite beatífico:</p> - -<p>—“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”</p> - -<p>Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se -convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les -molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel -roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos -insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con -irritación sorda:</p> - -<p>—¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un -modo insolente de dormir!...</p> - -<p>Otro responde:</p> - -<p>—Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no -puedo cerrar los ojos.</p> - -<p>—Ni yo.</p> - -<p>El joven de la barba negra añade:</p> - -<p>—Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es -de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de -educación!...</p> - -<p>Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:</p> - -<p>—“¡Fu... aj... pan!...”</p> - -<p>Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco -con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En -el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las -trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal -pensamiento:</p> - -<p>—¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase -con él...</p> - -<p>Los circunstantes sonríen aprobadores, pero<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span> no se atreven; sería -demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que -ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un -pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus -brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio, -afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...</p> - -<p>A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos -miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y -comunicativo. Bosteza, sonríe...</p> - -<p>—Afortunadamente—exclama—ha pasado la noche. ¿Han descansado -ustedes?...</p> - -<p>Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo, -de sus oyentes, dicen lo contrario.</p> - -<p>—¿Ah?—prosigue—. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.</p> - -<p>El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el -joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos -su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.</p> - -<p>Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca -falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura—al revés -de la otra—dice distinción, aristocracia, soberanía...</p> - -<p>Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría -a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin -adustez.</p> - -<p>—Buenas noches—murmura.</p> - -<p>Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas, -todo muy pulcro y<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span> nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que -acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros -escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la -cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre -el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el -bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla, -limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de -comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras -cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul, -muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa, -blanquísimo, brilla a la luz.</p> - -<p>Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus -pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a -intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía -responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no -se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que -se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha -cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está -encima.</p> - -<p>Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se -generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre -españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas, -interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece -serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche. -Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del -sueño,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span> cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en -una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán; -quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la -euritmia se pierde...</p> - -<p>Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el -orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada -parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz -temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las -alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su -espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su -indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de -frac. Planchado no estaría mejor.</p> - -<p>A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira -una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero -que está a su lado le interroga amablemente.</p> - -<p>—Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies -sobre el asiento?</p> - -<p>—De ninguna manera.</p> - -<p>—¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.</p> - -<p>—Muchas gracias.</p> - -<p>Le ofrece un periódico:</p> - -<p>—Si desea usted leer...</p> - -<p>—Tampoco; gracias.</p> - -<p>—¿Usted no duerme cuando viaja?</p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p>Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de -la barba, le pregunta:<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span></p> - -<p>—¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?</p> - -<p>—Ninguno.</p> - -<p>No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La -obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa, -veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no -duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio, -al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más -prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les -aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a -la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y -los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre, -permanecen abiertos.</p> - -<p>A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia -mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan -a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y -su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por -entre el chaleco y el pantalón...</p> - -<p>Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según -le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no -descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo. -Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como -un paseo en tranvía.</p> - -<p>Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a -cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme: -en un santiamén ha doblado su manta<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span> y recogido su maletín, su -sombrerera y su paraguas.</p> - -<p>—Buenos días—dice.</p> - -<p>Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras, -los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...</p> - -<p>¡Como si fuera a retratarse!...<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span></p> - -<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h2> - -<p>Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son -“fundamentales” y les tropezamos en todos los viajes, como si la -naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de -ellos millares de reproducciones que después repartió por los -incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico -de estos perfiles, puede variar—y varía—hasta lo infinito: el viajero -“galante”, el “madrugador”, “el señor que no duerme”... serán gruesos o -delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo -accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge -inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni -ceja, ni se entibia, ni se curva.</p> - -<p>Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos “de familia”, -aparecen “los raros”, que por serlo escasean; las almas díscolas, las -voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su -alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda -y férvida, les impone una cara “suya”, pues ya sabemos que el rostro es -la tribuna adonde el<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span> alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi -siempre, espejo del orador. “El raro”, de consiguiente, impresionará, -verbigracia, por su manera de mirar—aunque ni el tamaño ni el color de -sus ojos sean extraordinarios—; por su modo de peinarse, de vestir, de -cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin, -undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el -interés que despierta, provienen de ahí.</p> - -<p>Yo he conocido a uno de esos “sobresaltados”, guerrilleros del amor y de -la vida que permanecen al margen de las rutinas sociales y aun en las -afueras del Código. Una mujer le perdió, y como muchas veces, en el -espacio de tres años, viajó conmigo, y le sentí pensar y llorar, y tuve -ocasiones de leer las cartas que ella y él se escribían, puedo decir que -asistí a sus últimos momentos.</p> - -<p>Fluctuaba su edad entre los veintiocho y los treinta años, y tenía—más -tarde lo supe—un nombre españolísimo; un nombre trisílabo, grave y -heroico, que sonaba a Romancero: se llamaba Rodrigo. Era de estatura -mediocre y cenceño, pero vigoroso, a juzgarle por lo mucho que decían de -su fuerza sus manos fibrosas y velludas, y la muy suelta agilidad de sus -movimientos. Su semblante, cobrizo y aguileño, parecía el de un árabe, -mientras el bigote rubio, de guías levantadas, y los grandes ojos -verdes, muy diáfanos, eran holandeses; y de esta antítesis de rasgos -provenía la llamativa originalidad de su rostro. La tez obscura -acendraba la claridad de la mirada y la blancura de los dientes, que con -su luz y en igual medida intensificaban el cobre de su piel. Había, -pues, en él, dentro de<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span> una perfecta armonía, una magnífica -contradicción de razas.</p> - -<p>Residía don Rodrigo en la ciudad de Valladolid, y la noche—la -madrugada, mejor dicho—en que le conocí, su figura, no bien apareció en -el andén, sujetó mi atención. Había pocos viajeros. Le vi acercarse -seguido del mozo que llevaba su equipaje, y subir a uno de los -compartimientos de “primera clase” de Dos-Caras, que marchaba delante de -mí: mas la intimidad del anciano vagón, tantas veces reparado, no debió -de complacerle, por cuanto no tardó en apearse y venirse conmigo. Desde -entonces don Rodrigo, siempre que esperaba el paso de mi “correo”, bien -por ser yo el coche mejor del tren, o por obra de esa atracción que los -objetos inanimados ejercemos sobre las personas que nos son gratas—y de -la que ya he hablado—me prefería a mí.</p> - -<p>En aquel nuestro primer encuentro, antes que la discreta elegancia y -porte galán de mi huésped, fué la extremada agitación de su espíritu lo -que me cautivó. La casualidad quiso que en el departamento por él -elegido no hubiese nadie, y en la soledad su ánimo se descubría mejor. -Merced a esta compleja sensibilidad mía que—según en otro capítulo -queda explicado—es abreviatura de los cinco sentidos corporales del -hombre, yo, simultáneamente, veía a don Rodrigo y le oía, y como la piel -percibe el calor, de igual manera sus ideas y deseos, según iban -produciéndose, llegaban a mí. Yo—no creo ocioso repetirlo—, a las -personas que están quietas y piensan fuertemente, las comprendo mejor -que si hablasen, porque su inmovilidad y su silencio, que en cierto modo -las transforman en<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> cosas inanimadas—para decirlo con las palabras que -emplearía un mortal—las acerca a mi modo de ser.</p> - -<p>Don Rodrigo iba en busca de su amante, a La Coruña. Se llamaba Raquel, y -en la imaginación del enamorado la silueta de la mujer aparecía o se -difuminaba, cual en virtud de una especie de sístole y diástole, de su -memoria. La cabeza, especialmente, se precisaba nítidamente: tenía -noguerados los cabellos, la boca recogida y los ojos negros y ustorios -de las grandes sensuales. También se acusaba claramente una mano, la -izquierda, en cuyos dedos soñaba una esmeralda y maldecía un rubí. -Alternativamente aquella mano y aquel rostro continuaban ocultándose, o -resurgían maravillosamente, como las imágenes en los “baños” de los -fotógrafos.</p> - -<p>Don Rodrigo pensaba... sin cesar pensaba, pero su pensar era -rudimentario, esquemático, y unas cuantas palabras, muy pocas, lo -reasumían. Yo las veía cruzar por el espíritu fervoroso del meditabundo: -pasaban encendidas, quemantes como llamas, y semejantes a los caballitos -de un Tío-Vivo parecían dar vueltas: se iban, volvían, tornaban a -marcharse para resucitar en seguida obstinadas, imperiosas, -alucinantes... A veces eran inconexas, a ratos hilvanaban frases, sílaba -tras sílaba; parecían anuncios luminosos. Decían: “Raquel...” “Voy a -verte...” “Raquel, tus labios tienen el dulzor de la vida, y tus ojos el -color de la muerte...” “Raquel...” “Tus cabellos...” “Tus manos...” -“¿Recibiste mi telegrama?...” “¿Sí?...” “Estarás aguardándome, como -siempre, en la estación...” “Raquel...” “Yo, para verte antes, iré bien -asomado<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span> a la ventanilla...” “Te abrazaré...” “¡Oh, mi carne de -seda!...”</p> - -<p>A intervalos, el amador, absorto, sonreía a ciertas ideas, y según su -atención se detenía en una o en otra, la imagen correspondiente florecía -como bañada en una luz milagrosa. Yo le acompañaba en aquel seguido y -calenturiento imaginar, y contagiado de su impaciencia casi llegué a -gozar y a sufrir con él. Dijo: “Estarás aguardándome...” y vi aparecer -una mujer, de porte distinguido, envuelta en pieles. Dijo: “Tus -labios...” y vi una boca encendida como un corazón. Dijo: “Tus -nalgas...” y vi pasar una ola de carne rosada. Dijo: “Tus ojos...” y -pensé que me hundía en un túnel...</p> - -<p>Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel -amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era -feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando -que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación -definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte.</p> - -<p>Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol. -Instantáneamente se quedó triste. “Un día—suspiró—me bajarán a la -tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el -árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que -existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire, -de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será -la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan -vulgares que nunca reflexionen en esto...!”</p> - -<p>Volvió a sentarse y mientras prendía un ci<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>garrillo, sus ojos verdegay -me examinaron. Me halló confortable.</p> - -<p>—Es buen coche—dijo.</p> - -<p>Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla:</p> - -<p>—¡Vamos muy despacio!</p> - -<p>Y a continuación recordó a Raquel; y al imaginársela lo hizo empezando -por lo que de ella más le arrebataba. “Sus ojos...” “Sus cabellos...” -“Sus labios...” “Sus manos...” De los labios pasaba, indefectiblemente, -a las manos; y de las manos, a las caderas; en el seno pensaba pocas -veces, y advertí que siempre, al recomponer la imagen de la Amada, -seguía el mismo orden.</p> - -<p>Cuando llegamos a la estación coruñesa, entre el centenar de personas -que esperaban al “correo” vi una mujer de razonable estatura y bien -sembrada, ojinegra; arrebujada en una capa de pieles. Una franca risa -juvenil bañaba su rostro en luz.—“Raquel”—pensé. Antes de que el tren -se detuviese, don Rodrigo saltó al andén y corrió a abrazarla, y yo vi -cómo bajo la presión convulsiva de sus brazos, el talle doblegadizo de -la Deseada ondulaba y cedía. Se besaron. Luego, apoyados el uno contra -el otro, sin dejar de mirarse, se alejaron buscando la salida.</p> - -<p>De todo esto hablé con Dos-Caras, que les conocía y me proporcionó -algunos informes: por razones que mi compañero no supo darme, vivían -separados; él en Valladolid, y ella en La Coruña, pero se reunían con -mucha frecuencia, tan pronto en una ciudad como en otra.</p> - -<p>—Son antiguos “clientes” míos—continuó Dos-Caras—; quiero decir, que -ambos han viajado mucho conmigo, pues si ella no va a buscarle es porque -él viene.<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span></p> - -<p>Me pareció adivinar en sus palabras un dejo despectivo que no me -sorprendió, pues el viejo Dos-Caras aceptaba “a ruedas prietas” todas -las ordenanzas de la moral corriente. Acaso también hablaban en él los -celos y el despecho de ver que “sus clientes”—como él les llamaba—le -dejaban por mí.</p> - -<p>—Hace más de un año—dijo—que ambos se quieren. ¡Bah, ya se -cansarán!... Ninguna de esas uniones libres duran; unas veces por culpa -de ellas, otras por culpa de ellos. El matrimonio es lo único capaz de -impedir que las mujeres y los hombres se separen. Por eso toda mujer que -se marcha a vivir con un hombre, sin estar casada con él, es una tía.</p> - -<p>Esta afirmación mezquina y unilateral, me desazonó; expresaba una -intransigencia irritante.</p> - -<p>—¡Calla, bárbaro!—le grité—: bien se advierte que te fabricaron con -maderas de Castilla, y que en ellas esta tierra nuestra, tan -dura—tierra de inquisidores—, infiltró su crueldad.</p> - -<p>Dos-Caras mantuvo su opinión: solamente en las mujeres casadas puede -haber amor; en “las otras”, en las amancebadas, no existe cariño; es -interés, es vicio, lo que hay... Consiguió indignarme y me lancé a -sustentar mi criterio con brioso ardimiento. En la lotería social, el -matrimonio es “un premio” que, por concederlo la suerte y no la lógica, -no acredita mérito ninguno en quien lo recibe. Hay aventureras que -nacieron para tener un hogar, y señoras casadas con alma de perdidas.</p> - -<p>—Mientras los hombres—proseguí—acaparen todos los empleos; mientras -dispongan del dinero, llave de la vida; mientras impidan a sus<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span> -compañeras ilustrarse, trabajar, desenvolverse; mientras “las -conviden”...—¡palabra odiosa!—el amor, ejercítese a espaldas de la Ley -o bajo su amparo, será para las pobres mujeres “un negocio”, una sucia -operación de compraventa. Los hombres, egoístas, terriblemente egoístas, -tienen agarradas a sus víctimas por el estómago. “Si sois -nuestras—dicen—nosotros os vestiremos y os proporcionaremos alimentos; -de lo contrario, moriréis de hambre.” Y “ellas” aceptan. El problema -amoroso, de consiguiente, es, en su esencia, un pavoroso problema -económico. La mujer que no ama, o que no se presta al amor, no come. ¡Y -precisa comer! Las menos exigentes—con cariño o sin él—se entregan -libremente; se venden al fiado; las más previsoras o las más -afortunadas, piden mucho más: piden el matrimonio que, en caso -necesario, las ayudará a exigir indemnizaciones; las que se casan -“venden al contado”, porque la firma del marido representa dinero. Pero -todas, solteras y casadas, se venden; esclavas del ambiente -profundamente inmoral que las oprime y condena a convertir el lecho en -oficina o mostrador, todas—¡y bien a pesar suyo!—llevan su porvenir en -aquella parte del cuerpo sobre que se sientan...</p> - -<p>Con estas exaltadas aseveraciones Dos-Caras se incomodó en términos que, -perdiendo su ecuanimidad, me dijo palabras muy desagradables; redargüíle -yo con pareja insolencia, y hubiésemos ido muy adelante en nuestro -disgusto a no intervenir el “segunda” que rodaba detrás de mí y que, con -frases amables y dichetes de feliz humor, acertó a reconciliarnos. Yo -fuí quien primero aflojó el ceño.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span></p> - -<p>—De hoy en adelante—exclamé—no volveremos a discutir: ¿para qué, si -no habíamos de entendernos?... ¡Allá cada cual en su casa y con su -opinión! Yo, aunque noble, soy un poco disolvente: me gustan los amores -libres y los ladrones.</p> - -<p>—Y a mí—replicó Dos-Caras—que soy tradicionalista, me gusta el -matrimonio y la Guardia Civil.</p> - -<p>Dos semanas después, una noche, Raquel y don Rodrigo reaparecieron. Iban -a Valladolid. Ella hizo ademán de subir a Dos-Caras; él la detuvo; con -un gesto me señalaba.</p> - -<p>—Aquí iremos mejor—dijo—; es el vagón en que realicé mi último viaje.</p> - -<p>Ella consintió en seguida con simpática vivacidad, y yo me estremecí -satisfechísimo de tenerles tan cerca. Dos-Caras gruñó algo que no -alcancé a entender, pero parecióme que, irónicamente, me felicitaba.</p> - -<p>En el compartimiento que los amantes ocuparon, había dos personas. Ellos -buscaron un ángulo, cerca del corredor, y, desde aquel mismo instante, -la felicidad de hallarse juntos les aisló de todo. Mientras ella -hablaba, él la miraba a los ojos, estremecimientos fugitivos agitaban -sus labios, y con sus dedos velludos y largos impacientemente se -retorcía el bigote. El platicar de Raquel era versátil, alegre, -infantil; el de don Rodrigo, grave y vehemente; ella parecía amarle -porque amaba a la vida; mientras él, más sombrío, efervorizaba su pasión -con el miedo a la muerte. Evidentemente, el cariño del amante clavaba su -arado más hondo. Ella reía fácilmente; él reía poco, y sus palabras -recelosas eran como gemelos dirigidos hacia la inte<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span>rrogación del -mañana; eran profundas, inquietaban; Raquel, escuchándole, me producía -la impresión de una niña asomada a un pozo. ¡Oh, qué libro maravilloso -podría componerse hilvanando las frases con que, inconscientemente, se -emborrachaban los amantes!...</p> - -<p>Recuerdo que don Rodrigo decía:</p> - -<p>—Como todos los segundos, uno a uno, llevan a la muerte, así todas las -mujeres que he conocido me acercaron a ti, porque todas tenían algo -tuyo, y yo, que te presentía, sin sospecharlo te amaba en todas ellas. -Y, cuando viajaba, no era el deseo de curiosear ciudades nuevas—como yo -creía—lo que me desplazaba, sino el ansia de encontrarme contigo. Ahora -tú eres para mí España, Francia, Italia, Suiza...; tú eres América... -¡Querría huirte, y me sería imposible! Tu recuerdo me rodea; te veo como -un horizonte, y fatalmente todos los caminos me llevan a ti. ¿Quién -escaparía a su horizonte? Raquel, mi Raquel... te adoro y te temo, -porque siento que eres mi Destino.</p> - -<p>Ella reía; el orgullo de comprenderse tan apetecida, la hacía feliz, y -era en aquellos instantes como una diosa embriagada con el incienso -quemado ante su altar. A mí, que estaba más cerca de su alma que don -Rodrigo, aquella superficialidad, aquella risa, me infundían miedo: -Raquel era una de esas mujeres, de cabeza pequeña, que no saben cómo -muchas veces un gran amor es una cita que da la muerte.</p> - -<p>De súbito el diálogo cambió de rumbo, y fué completamente alegre. -Hablaron de sus planes y entonces supe que pensaban visitar el nunca -bastante celebrado castillo de Simancas—hoy <i>Archivo General del -Reino</i>—; fortaleza glorio<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span>sa semejante a un viejo guerrero cambiado en -erudito.</p> - -<p>Tras un breve silencio, ella, sin motivo, preguntó:</p> - -<p>—¿Qué hora es?...</p> - -<p>Don Rodrigo, informado de que sus compañeros de viaje dormían, contestó:</p> - -<p>—Hora de darme un beso.</p> - -<p>Rió ella, rió él y, silenciosamente, juntaron sus bocas. Transcurridos -unos minutos, Raquel, maquinalmente, volvió a decir:</p> - -<p>—Oye... ¿qué hora será?...</p> - -<p>Y don Rodrigo:</p> - -<p>—Hora de darme otro beso.</p> - -<p>Volvieron a reir, pero ella, que empezaba a tener sueño, insistió:</p> - -<p>—¡No... en serio!... Deseo saber la hora!...</p> - -<p>El no respondió; mejor dicho: no habló con los labios, sino con sus -largos ojos diáfanos y verdes, por los que había pasado una luz. -Rápidamente salió al pasillo, se arrancó el reloj que llevaba en la -muñeca y, por la ventanilla, que iba abierta, lo lanzó al vacío. No -estaba incomodado; ¡al contrario!... ¡Nunca había sido más feliz que en -aquel momento! Volvió a sentarse y sobre sus rodillas colocó a Raquel:</p> - -<p>—Bésame—suspiró—; es la hora; la Eternidad no tiene para nosotros más -hora que ésta; la de besarnos...</p> - -<p>Sus manos buscaron afanosas entre las ropas de la Deseada, y su corazón -latió violentamente: palideció, enrojeció, tornó a palidecer. Raquel -parecía de ágata: su carne era dura, suave, fría...</p> - -<p>Ocho o diez días después los dos amantes me esperaban en Valladolid. Don -Rodrigo iba a des<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span>pedir a Raquel, que regresaba a La Coruña. Al mes -siguiente—y siempre conmigo—don Rodrigo fué a La Coruña, de donde -volvió solo. Al otro mes sucedió lo propio: era un ambular -ininterrumpido, un bello y angustioso no poder vivir distanciados: en la -estación coruñesa era ella la que despedía, y en la vallisoletana era -él: pero hubo ocasiones en que, incapaces de separarse, él la dió -cortejo hasta La Coruña, y ella le acompañó a Valladolid.</p> - -<p>Entretanto yo no sabía en qué se ocupaba don Rodrigo, ni la verdadera -situación social de Raquel, ni tampoco acertaba con los móviles que les -impedían unirse queriéndose tanto.</p> - -<p>Este idilio, que a mí me apasionaba, hacía reir al viejo Dos-Caras.</p> - -<p>—Estos dos simples—decía—con tanto ir y venir han hecho de nuestro -“correo” un columpio; una especie de columpio a ras de tierra.<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span></p> - -<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h2> - -<p>La llamada por los geógrafos Meseta Central de nuestra Península, -comprende las dos Castillas, las provincias del antiguo reino de León y -las de Extremadura, y traza un plano inclinado limitado al Norte por la -cordillera Cantábrica, la de los maravillosos paisajes; al Este y Oeste, -por la cordillera Ibérica y los Montes de Galicia, respectivamente; y al -Sur, por la cordillera Mariánica, entre cuyas nudosidades fragosas se -abren los caminos de Andalucía. Así, circundado de montañas, el macizo -ibérico, tanto por su historial rojo como por su forma, parece un -anfiteatro.</p> - -<p>Frecuentemente he oído asegurar a personas doctas—ingenieros, sin -duda—que viajaron conmigo, que en la época terciaria toda esta parte de -nuestro país la cubrían lagos enormes que, al secarse, originaron -terrenos sedimentarios dispuestos en estratos horizontales, algunos de -notable espesor. De ahí, de la agonía de esos lagos que el subsuelo -sediento se bebió, nació la llanura; esas planicies uniformes, -encalmadas, con algo de agua dormida en su serenidad. Castilla es un mar -hecho tierra; y acaso estimulados por la misma vastedad de sus -horizontes,<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> sus hombres descollaron entre los más peregrinadores y -bravos del planeta, porque algo de marino había escondido en lo más -arcano de sus almas. En la catorcena centuria aquellos campos aparecían -cubiertos de selvas tupidísimas, en donde los magnates se ejercitaban en -la caza del jabalí y del oso, y perseguían al ciervo. Hasta que, poco a -poco, las guerras y el odio, genuinamente español, que el hombre rústico -profesa al árbol, destruyó las frondas. Cuando éstas empezaron a -escasear, las nubes huyeron y con ellas la lluvia, manantial de la vida, -y el bosque mudóse en estepa; y mientras España se desangraba, fuera de -sus fronteras, en guerras inútiles, sobre el solar patrio abandonado, -desolado, cubierto de cardos silvestres y de pedruscos, parecía caer, -semejante a una maldición, las cenizas humanas que los vientos recogían -en el rescoldo de los autos de fe. Con cenizas no se abona el campo, y -nuestros inquisidores no supieron abonarlo de otro modo; y así lo conocí -yo, inhóspito y seco como aquellos mismos corazones que tanto batallaron -sobre él.</p> - -<p>El suelo castellano es cariparejo; quiero decir que, salvo ligeras -variantes, su aspecto es idéntico sea cual fuere la estación del año. -Abrasada por el sol en verano, aterida en invierno bajo la escarcha, -azotada por los vientos, cortantes como cuchillos, que irrumpen por los -nevados gollizos de los montes norteños, la llanura conserva inalterable -ese color amarillento propio de las tierras que bebieron mucha sangre, y -al que parece aludir una de las tres franjas del pabellón nacional. Las -montañas, que fácilmente se cubren de verdura o que con la nieve, y en -el solo espacio de una noche, se visten<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span> de blanco; las montañas cuya -sonoridad cambia de continuo y parecen saltar a un lado y a otro de la -vía, tienen muchos adeptos; son la mentira. Yo, no; yo prefiero la -llanura, con su monotonía de oración: la llanura se imita siempre a sí -misma; no sorprende, no entiende de artificios teatrales, ni colabora en -la cobardía de las emboscadas; en ella al enemigo se le ve desde lejos: -es fiel, es noble.</p> - -<p>Alrededor de la Meseta Central las regiones ribereñas dibujan un anillo -verde; y así, vista desde arriba, Castilla monda y triste es como el -cráneo calvo de un dios ceñido de pámpanos. En el itinerario que ahora -sigo, la zona alegre no comienza resueltamente hasta las inmediaciones -de Palencia. Sin cesar, el camino intenta arrepentirse de cuanto hace, y -digo esto porque apenas desciende cuando, sin transición, vuelve a -subir, y corre de derecha a izquierda, como borracho. Las -“montañas-rusas” con que el vulgo se divierte en las ferias, son una -mala caricatura de lo que es un viaje a Galicia. ¿Quién contaría los -puentes y los túneles, que siembran de sorpresas la ruta? Acabamos de -salir de Castilla, y ya nos parece que la dejamos muy atrás: tal es la -capacidad subyugadora de la nueva región que cruzamos, y el interés -histórico de ciertos lugares.</p> - -<p>Dejamos atrás la Tierra de Campos, que bien pudiera llamarse “granero de -España”, sobre la cual se levantan, desde el siglo XII, las ruinas de -dos que fueron poderosas fortalezas. Pasan Paredes de Nava, donde nació -Alfonso de Berruguete; Cisneros, cuna del terrible Cardenal, y Sahagún, -la romana, en que reposan los muy removidos huesos de Alfonso VI. El -convoy llega<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span> a León, que más que con su catedral, modelo de -arquitectura gótica, se enorgullece de haber visto nacer al guardador de -Tarifa, don Alonso Pérez de Guzmán; luego a Veguellina, que se vistió de -fama con el “paso honroso” que en la primera mitad del siglo XV mantuvo -el muy bizarro Suero de Quiñones; y poco después, a Astorga, la -<i>Asturica Augusta</i>, de los romanos, aquella que Plinio calificó de -“ciudad magnífica”, y cuyas torres y murallas la infunden todavía un -perfil militar.</p> - -<p>Nos hallamos en las entrañas de los Montes de León, y vamos a penetrar -en la región galaica por el llamado “Paso de Manzanal”, abierto entre -las estaciones de Astorga y Ponferrada. Aturde y maravilla la facundia -que los genios del paisaje derrocharon allí. A nuestro alrededor, -incesantemente, la tierra, semejante a un mar flagelado por la -tempestad, baja, trepa, se deprime y abarranca hasta convertirse en -abismo, o se enarca y prodigiosamente gana las nubes; y hay en cada -perfil cimero tanta vehemencia, tanto ritmo, que las montañas, -especialmente en las noches de luna, parecen moverse. Esta sucesión -inagotable de valles, de cañadas, de torrenteras abruptas y de montes, -juegan con los vientos y, de hora en hora, mixtifican la temperatura: -vamos rodando bajo un manto de estrellas, y súbitamente el cielo se -entolda y cae un chaparrón; lo que no impide que, minutos después, -lívida, triste, espectral, reaparezca la luna. Cubren las escarpadas -vertientes bosques de robles, de castaños y de hayas; los manzanos -abundan también, y en los parajes hondos y abrigados florecen el -naranjo, el limonero, el granado, la higuera y el laurel. Ora el aire -es<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> frío, ora tibio; aquí la tierra estará cubierta de maíz, y de trigo -o de vides un poco más allá; y, sin cesar, al paso del tren la serranía -tendrá una luz especial, y una capacidad ecoica inesperada.</p> - -<p>Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto, y ganamos la estación de -Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar. -Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta—lo apreciamos muy -bien—desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y -luego otro y otro... ¡hasta trece!... Según mis compañeros me aseguran, -para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete -kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. La Triste, -nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante: también nosotros -nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a -recalentarse, y, de tanto usarlos, nos duelen los frenos.</p> - -<p>De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos -desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel -siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a -morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo -que los mismos viajeros suelen experimentar, aun cuando las ventanillas -de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en -la misma dirección del tren, impide la salida, hacia atrás, del humo.</p> - -<p>Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre, -Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta -que hartos de correr bajo tierra<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span> llegamos a Quereño, primera estación -de Galicia.</p> - -<p>La imaginación del paisaje, lejos de agotarse, se acalora, y por -instantes compone perspectivas más rudas y bellas. Con facundia pasmosa -se renueva y sin treguas se supera a sí misma. Los colores, -especialmente, se han multiplicado; los verdes triunfan y flota en el -aire un amable olor a tomillo y a tierra húmeda. Abundan los caseríos, -las angosturas rocosas, los pequeños saltos de agua por los cuales, como -por arterias cortadas, parece desangrarse la sierra.</p> - -<p>El valle se estrecha y el río Sil y la carretera de La Coruña adelantan -paralelamente a nosotros, y como alternativamente surgen y se esconden -parecen jugar entre los árboles. Cruzamos los extensos viñedos de Rúa -Petín; pasamos por Montefurado, en cuyas proximidades existe aún el -túnel que construyeron los romanos para desviar el rumbo del Sil y poder -recoger el mucho oro mezclado a las arenas del cauce primitivo; y tras -un prolongado camino descendente que va en busca de la cuenca del Lemos, -llegamos a Monforte, afamado baluarte de los Condes de Lemos, que de -ellos tomó el nombre. La Triste se queda allí, y en adelante será La -Enanita, bulliciosa y pinturera, menos fuerte que su hermana, pero mucho -más ágil, la que pelee a la vanguardia del convoy.</p> - -<p>Descansamos unos minutos y ¡adelante, otra vez! Más túneles; atravesamos -uno que mide cerca de dos mil metros, y seguimos bajando, como atraídos -por el mar; pasan las estaciones de Oural y Sarria, y la de Puebla de -San Julián, donde la línea se rebela contra el imán humillador de la -costa, y vuelve a repechar. La Ena<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span>nita silba, resopla y a veces la -desesperación que hay en su esfuerzo, nos hace reir.</p> - -<p>—Trabaja, tumbona—comentan los coches—, que no tienes motivos para -estar cansada. ¿Qué dirías si llevases, como nosotros, treinta horas de -viaje?...</p> - -<p>Un esfuerzo más nos planta en Lugo, donde reposamos: salvamos luego los -ríos Calde y Ladra, tributarios del Miño, y el Parga; llegamos a la -estación de Curtis, lugar muy conocido de los peregrinos que van a -Santiago de Compostela; y luego a la célebre Betanzos, en cuyas puertas -el espíritu del Islam dejó vestigios de su gracia. Después, y ya siempre -caminando cuesta abajo, veremos pasar los andenes de Guísamo, Abegondo, -Cambre, El Burgo, El Pasaje. Al fin aparece la estación terminal: La -Coruña. ¡Oh! ¡Y con qué alegría, con qué irresistible necesidad de -calma, hacemos alto bajo una marquesina, después de un viaje en el que -mil veces sentimos resbalar la muerte junto a nuestras ruedas!...</p> - -<p>A pesar de lo cual este recorrido me agrada: no solamente por su -hermosura, de la que se hacen lenguas muchas personas que anduvieron por -Suiza y conocen los rincones más agrestes del Tirol, sino por la clase -de público que viaja conmigo. Como los vascongados, los gallegos son -comedidos y limpios, y esta última cualidad, especialmente, les granjea -mi simpatía; porque, a despecho de haber tenido que sufrir a tantos -tipos ineducados, aún no pude acostumbrarme a que nadie me escupa, o -deje en mis alfombras el barro de sus botas.</p> - -<p>En medio de este ininterrumpido bordonear del centro a la periferia de -España, y viceversa,<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span> mi vida es un poco monótona, porque las -escenas—como las personas—se repiten.</p> - -<p>En la estación inicial o de salida, todos los coches, barridos, -sacudidos y con nuestros cristales recién fregados, nos mostramos -alegres y flamantes. La máquina, bien engrasada, bien frotada, con todos -sus mecanismos bruñidos y expeditos, también parece nueva. Súbitamente -se abren dos o más puertas y los viajeros irrumpen en el andén y nos -asaltan; con la descortesía de la impaciencia mujeres y hombres, a -empellones, ganan nuestros estribos, y corren luego de un lado a otro, -como enloquecidos, buscando un asiento. Entretanto los mozos de andén -nos cargan de maletas, de sombrereras, de portamantas, de cestas con -merienda, de bultos de todos colores y formas, que van metiendo -apresuradamente, y como a destajo, por las ventanillas. Cada una de -éstas parece una boca; cada estribo, una escalerilla de abordaje. Ya -estamos abarrotados todos de personas y de equipajes, y apenas arranca -el tren la multitud viajera se aquieta y empieza a dar muestras de ese -aire de aburrimiento que conservará durante el camino. Un raro ambiente -de monotonía, de fatiga, peregrina con nosotros. En las estaciones del -tránsito nunca ocurre nada insólito: unos pasajeros se apean, otros -suben... Las conversaciones de nuestros ocupantes son apacibles, y -lánguidas y descuidadas todas sus actitudes: éste lee, aquél mira hacia -el paisaje distraídamente, la mayoría dormita: a intervalos, un bostezo, -un comentario rápido... Los soñolientos han cambiado de posición cien -veces, y otras tantas el lector abrió y cerró su libro. Unicamente el -cansancio y el silencio triunfan. De pronto, media<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span> hora antes de -arribar a la estación terminal, como si hubiese recibido una corriente -eléctrica, aquella muchedumbre desarticulada y abúlica, unánimemente -reacciona. Con raro sincronismo, todos pensaron: “—Ya llegamos...” y -esta idea les sacudió, les removió; los cuerpos se yerguen, los ojos se -abren despabilados; quién se arregla el nudo de la corbata y con un -pañuelo se desempolva el calzado; quién corre al cuarto-tocador a -peinarse; quién se apresura a cerrar sus maletas. Las mujeres se asoman -a las ventanillas, y las parece que, desde hace unos instantes, el tren -corre más. Apenas hacemos alto, nuestros huéspedes nos dejan con la -misma impaciencia y la misma alegría con que horas antes nos -conquistaron; su aburrimiento se ha trocado en odio hacia nosotros, y -quieren perdernos de vista cuanto antes. Hay quien, para no perder -tiempo en bajar por el estribo, salta al andén desde la plataforma del -coche. Los mozos de estación, infatigables, nos saquean, y los bagajes -salen apretujándose por las ventanillas; los atadijos pequeños escapan -en racimo. Cuando el convoy queda vacío los vagones aparecen manchados -de mil modos y apestando a tabaco: los periódicos, arrugados, -pisoteados, las almohadas sucias, las botellas vacías, las cortinillas -caídas, nos dan el aspecto de un lugar donde acabara de librarse una -batalla. Momentos después, los empleados de nuestra limpieza—mujeres y -hombres—penetran en nosotros: porracean nuestros asientos para -mullirlos; examinan sus muelles, recogen las cortinas, nos sacuden, nos -barren... y, diez o doce horas más tarde... ¡volvemos a empezar!...<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span></p> - -<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV</h2> - -<p>Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a -Valladolid, y a dos recién casados de los cuales—y a su tiempo -debido—volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único -“departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres -señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con -un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por -el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de -cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban -maliciosamente esperar de ellos.</p> - -<p>De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud—no -habría cumplido los veinte años—interesaron mi atención; era -insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de -individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este -hombre—meditaba yo—que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido -aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta -presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el -cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así, -indu<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span>dablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica -del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a -la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por -tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y -les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser -admirados.</p> - -<p>—La humanidad—pensaba yo—va bien cubierta: de mentiras se viste por -dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El -desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad. -Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una -caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena -caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro...</p> - -<p>Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos, -se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su -candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su -voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba -las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía -miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos, -después de un día de agitación calenturienta.</p> - -<p>—¡Qué bien estamos ahora!—exclamó él.</p> - -<p>Digna, confirmó:</p> - -<p>—¡Muy bien!...</p> - -<p>Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho -tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y -ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían -los párpados.<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span></p> - -<p>El preguntó:</p> - -<p>—¿Lástima de noche, verdad?</p> - -<p>Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer, -delicadamente, fingió no advertir.</p> - -<p>—¿Por qué?—dijo—; ¿no estamos juntos?</p> - -<p>No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:</p> - -<p>—¿Me quieres?—indagó.</p> - -<p>Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los -que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:</p> - -<p>—¿No lo sabes?...</p> - -<p>Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo -triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a -llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó -desconcertado:</p> - -<p>—¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...</p> - -<p>Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En -realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir -indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños -ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi -abrazados, dormían los dos.</p> - -<p>Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo -compañero, que se disponía a marchar.</p> - -<p>—¿Te han dicho la hecatombe?—gritó.</p> - -<p>—¿Cuál?—repuse inquieto.</p> - -<p>—La del “rápido” de Gijón.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo, -momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un -desprendi<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span>miento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La -Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.</p> - -<p>La noticia—divulgada al siguiente día por la Prensa—me causó un efecto -desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban -la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No -supe qué responder; empecé a temblar...</p> - -<p>—¿Te acuerdas—prosiguió el viejo vagón—del miedo que el pobre Doña -Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?</p> - -<p>—Sí, que me acuerdo.</p> - -<p>—Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había -tal: era un presentimiento.<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span></p> - -<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h2> - -<p>Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la -levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los -vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo -cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto -a los riesgos más grandes, fueron aliviándome.</p> - -<p>Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena -cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa -a todo el convoy.</p> - -<p>Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en -dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos -brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos -gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan -pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los -acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de -hombros.</p> - -<p>—Son mudos—pensé.</p> - -<p>Jamás había presenciado escena igual, y para<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span> convencerme de hallarme en -lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión.</p> - -<p>—Sí—respondió—; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y -aun creo que ha viajado conmigo.</p> - -<p>Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un -poco a mí. “Un mudo—reflexionaba yo—es el tránsito entre los que -sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos, -uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y -adornaba su rostro de mejillas nacarinas—como de efebo—con una barbita -recortada “en punta”.</p> - -<p>Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí, -saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego -anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis -huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no -percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas -egoístas:</p> - -<p>—¡Un mudo!—rezongaban todos—; ¡bah; que se fastidie!...</p> - -<p>Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un -asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la -francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas -zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por -señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de -buen pergeño.</p> - -<p>—¡Otro mudo!—pensé asombrado—: ¡también es casualidad! ¡Nunca había -visto mudos y, de repente, conozco tres!...<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span></p> - -<p>Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban -casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos -interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en -un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si -no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y -musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues -cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba -a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con -que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se -importunan mutuamente en los viajes.</p> - -<p>—¿Dónde va usted?</p> - -<p>—A La Coruña.</p> - -<p>—Lo celebro mucho: yo, también.</p> - -<p>—Hay demasiado público; vamos a descansar mal.</p> - -<p>—Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren?</p> - -<p>—Muy poco: de madrugada, únicamente.</p> - -<p>—Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en -que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los -párpados...</p> - -<p>Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven -del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas -atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus -ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también...</p> - -<p>Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde -recogemos un viajero: un<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span> señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que -sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los -dos mudos, exclama campechano:</p> - -<p>—¡Salud, don Andrés!...</p> - -<p>El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y -responde:</p> - -<p>—¡Don Juan, usted por aquí!...</p> - -<p>Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes -están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La -sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar; -tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una -puerta...</p> - -<p>—¿Va usted bien colocado?—inquiere don Juan.</p> - -<p>—No—replica don Andrés—; he tenido la desgracia de ir a caer junto a -un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías...</p> - -<p>Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta:</p> - -<p>—¿Pero usted no es mudo?...</p> - -<p>Don Andrés también rie:</p> - -<p>—¡No!—exclama un tanto despectivamente—; poco a poco: ¡yo, qué he de -ser mudo!...</p> - -<p>A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama:</p> - -<p>—¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío!</p> - -<p>Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de -pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a -don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El -joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue -retador:<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span></p> - -<p>—En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se -lo tolero!...</p> - -<p>El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que -indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros -intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones -conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone -templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las -explicaciones pacifistas.</p> - -<p>—Yo—dice don Andrés—sé hablar magistralmente con las manos, y a la -estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento.</p> - -<p>—Y yo—interrumpió el joven embigotado—, que también conozco -perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas, -pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto.</p> - -<p>—¡Y yo creí que usted era mudo!—exclamó don Andrés.</p> - -<p>—¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué -pueden conversar dos personas que no se conocen?...</p> - -<p>Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los -espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo -festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo. -Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo -ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún.</p> - -<p>En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca, -cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él -le hallé decaído, marchito, cual si<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span> una gran pena—los dolores pesan -más que los años—le oprimiese.</p> - -<p>Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las -atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste, -en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto -comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo -declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su -compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la -inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima, -Raquel preguntó:</p> - -<p>—¿Qué tienes?...</p> - -<p>El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir -mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de -superioridad compasiva, tal vez un poquito—¡oh, muy poco!—de ironía, -porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien.</p> - -<p>Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió:</p> - -<p>—¿Qué tienes?... Háblame...</p> - -<p>A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a -retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se -adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón.</p> - -<p>—¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?—murmuró—. ¿La -crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que -el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la -única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que -cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que -luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span> hoy, que te adoro, -hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente -desgraciado. ¿Comprendes esto?</p> - -<p>Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de -segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy -tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el -bronce de su cara y le aceraba los ojos:</p> - -<p>—En <i>El anillo de los Nibelungos</i>—¿te acuerdas?... lo vimos -juntos—Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni -alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la -salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!... -El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que -tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no -ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los -gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que -no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran.</p> - -<p>Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado...</p> - -<p>—¿A qué seguir?—exclamó—; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú -llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y -como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?...</p> - -<p>Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía -sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma -mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y -deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span> -cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas -fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas.</p> - -<p>El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a -ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella -mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil, -su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura, -como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba.</p> - -<p>—Algo esconde que no sabré nunca—meditaba—; es decir, hay en ella -algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen: -“Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa -mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer -te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si -yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!... -¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las -partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las -bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la -naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas -estuviesen juntas...</p> - -<p>Prosiguió su indagatoria:</p> - -<p>—No es posible que ella me quiera ciegamente, “por instinto”, como yo -entiendo que quiere el verdadero amor. El amor es una descentración del -espíritu, una enfermedad. Muchas veces el enfermo se dice: “Este amor no -me conviene; debo desecharlo”... Y, en el mismo instante, siente -recrudecerse más su cariño. Yo, desgraciadamente, soy de ésos. Pero -Raquel, no; Raquel es<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span> demasiado inteligente, demasiado equilibrada, -para entregarse así. El amor—ya lo dije antes—es ceguera, y en el -cerebro de esa criatura hay excesiva claridad. La he observado bien; lo -subconsciente significa en ella muy poco: su voluntad es razonada, su -fantasía también lo es; ¡hasta su memoria, en la cual cada recuerdo, -como los vocablos en los diccionarios, está en su sitio! Su razón, de -consiguiente, ocupa y esclarece toda su alma; y el instinto es fotófobo, -porque la luz lo mata... Entonces, ¿por qué esta mujer me quiere -tanto?... O, de otro modo: ¿por qué, si verdaderamente no me quiere, con -tanto empeño procura mostrárseme transida y cegada de amor?... -Arbitrariamente no es, porque los nardos del capricho jamás florecieron -en su jardín; luego su pasión ha de ser reflexiva, cimentada...</p> - -<p>Al llegar a este punto, el apretado soliloquio parecía deshilacharse; -don Rodrigo se extraviaba; comenzó su meditación partiendo del supuesto -que el amor no razona, y tras mucho discurrir sacaba en limpio que -Raquel le quería “porque razonaba”... Y apenas se sorprendió en -flagrante delito de alogia, cuando obligó a su pensamiento a cambiar de -rumbo. De pronto le pareció—¡cuántas veces le había parecido lo -mismo!—que empezaba a comprender. Raquel se esmeraba en ofrecerle un -gran amor, no para engañarle, sino por el solo dilecto deseo de realizar -una obra de belleza, ya que un perfecto amor es lo único absolutamente -artístico que existe. Ella amaba por estetismo, porque es bonito amar, -mas no por hallarse prendada positivamente de la persona que la servía -para hacer “obra de amor”, como el escultor puede gastar entera su<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> vida -en pulir y hermosear una estatua sin hallarse enamorado de ella. El amor -es el Ideal, el dios colocado muy por encima del icono que lo -representa. Amar infinitamente es acercarse a los héroes, sobresalir, -porque sólo los elegidos, los “excepcionales”, son capaces de ser amados -y de amar hasta la perdición. Decir: “Yo amo y sé hacerme amar con -frenesí”, es más que decir: “Yo poseo toda la sabiduría o todo el oro de -los hombres”. Amar es predicar armonía, repartir alegría; “hacer arte”, -en fin...</p> - -<p>—Lo que muchos inferiores realizan por instinto—continuaba -discurriendo don Rodrigo—lo consigue Raquel con su superior -inteligencia. Lo que otros pintan o escriben, ella lo vive. Yo acerté a -cortejarla cuando su corazón sentía la necesidad de “producir belleza”, -y materializó en mí su aspiración; otro hombre hubiese pasado entonces, -y habría sido lo mismo; lo único que no hicieron los demás y yo sí, fué -pasar a tiempo. ¿De qué asombrarnos, cuando en la inteligencia residen -todas las capacidades del alma?... Un hombre valiente arrostra la muerte -tranquilo, sin esfuerzo y sólo por la natural anchura de su corazón; y -un cobarde inteligente verifica igual proeza por reflexión, para -imponerse a la admiración de las muchedumbres con el ejemplo de una -muerte heroica. El hombre no nació para volar, y vuela, sin embargo, -porque su inteligencia le dió alas; no nació para nadar bajo el agua, y -su inteligencia, no obstante, le permite hacerlo; y así y por razones -parecidas, una persona puede no amar, y con su esclarecida inteligencia -crear un amor...</p> - -<p>No dijo más, y en la penumbra del departamento su rostro aguileño se me -antojó dema<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span>crado, apagado, por una indefinible expresión de despedida. -Luego cruzó las manos, como si orase, apoyó una mejilla sobre la cabeza -de Raquel, y se quedó dormido.</p> - -<p>Una semana después don Rodrigo regresó a Valladolid, y extrañé que su -amada no fuese a despedirle.</p> - -<p>—Estará enferma—pensé.</p> - -<p>El me pareció más delgado y de peor color. Su nerviosidad se había -exasperado: mientras el tren corría, don Rodrigo sufría considerando -cómo aumentaba la distancia que le separaba de Raquel; cuando nos -deteníamos en alguna estación su tortura se interrumpía; pero apenas -emprendíamos la marcha nuevamente, su suplicio se reanudaba.</p> - -<p>Durante aquel verano hizo cinco viajes, lo menos, a La Coruña, y cuando -reaparecía en el andén de la estación gallega, siempre iba solo. Raquel -ya no le acompañaba. Una mañana llegó a La Coruña, y el mismo día -regresó a Valladolid. No llevaba equipaje, y entre sus cejas distinguí -un pliegue obscuro, de mal agüero. Aquel hombre se parecía exteriormente -al don Rodrigo que yo conocía, pero interiormente era otro.</p> - -<p>Mientras rodábamos comuniqué a Dos-Caras cuanto había visto y observado -en las relaciones de sus antiguos clientes. El veterano vagón tardó en -responder.</p> - -<p>—No sé—dijo—lo que pueda separarles; pero yo te aseguro que, de los -dos, uno acaba mal.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las -infidelidades no tienen importancia, acaso porque—allá en lo más -íntimo—creen que su posesión, que los hombres tan<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span>to celebran, vale -poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más -gente que los ferrocarriles.</p> - -<p>Tras unos momentos de silencio, añadió:</p> - -<p>—Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad -vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te -has manchado de sangre alguna vez?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Por fuera o por dentro?</p> - -<p>—Por dentro y por fuera.</p> - -<p>Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi -“expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la -tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos.</p> - -<p>—Lo más grave, lo que decide de tu sino—replicó reposadamente -Dos-Caras—, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te -ensangrentaste las ruedas?</p> - -<p>—Probablemente menos de ocho años.</p> - -<p>—¡Temprano se acercó la muerte a ti!...</p> - -<p>Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones, -agregó, sibilino:</p> - -<p>—La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una <i>jettatura</i> de drama. -Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera -equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!...</p> - -<p>Concluyó:</p> - -<p>—Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has -comunicado tu maleficio.</p> - -<p>Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado, -sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque—pen<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span>sé—no -concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún -modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que -pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras, -fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don -profético, había hablado bien.</p> - -<p>Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso—los ocupantes del -convoy no llegarían a sesenta—y con un cielo transparente, -magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid -que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un -candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de -una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como -cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el -tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría -de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo, -y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que -nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a -despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada -en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a -anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros -de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas -y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los -ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante, -jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en -las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez. -Contribuía a malhumorarme la<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span> circunstancia de ser la unidad postrera -del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada. -Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado.</p> - -<p>Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba:</p> - -<p>—Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con -ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que -tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los -terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué -asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más -dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben -reservarse los sitios mejores del convoy.</p> - -<p>Me eché a reir.</p> - -<p>—Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los -terceras”—dije—habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría -de nuestros inquilinos viajan de balde.</p> - -<p>—Bien, sí—tartamudeó Dos-Caras—; pero eso no importa.</p> - -<p>—Pienso como tú.</p> - -<p>—No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No -reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones -debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de -la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras” -son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza. -“Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y -vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia—especialmente en los -tiempos actuales—no aprove<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span>cha para nada, o sirve de muy poco, y, sin -embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así...</p> - -<p>Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un -razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado -atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente -eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo; -el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí -y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de -un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné -sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal -modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi -conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable -y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido: -de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales -del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como -potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en -inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una -voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de -asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude -leer más, porque en su corazón no había más...</p> - -<p>Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus -bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de -aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita -de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de -frotarla<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span> pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la -frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe -llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las -mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo -las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio -parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y -si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me -libre... porque toda bala tiene algo de llave”...</p> - -<p>Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y -tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones -estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo...</p> - -<p>—Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo -sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a -matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de -ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado -y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese -menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la -tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta. -Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un -calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué -necesitaba la libertad?...</p> - -<p>De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía:</p> - -<p>“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te -adoro. Raquel”.</p> - -<p>Don Rodrigo suspiró; quedóse callado, sin<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span> pensar, como idiota. En -seguida reanudó su discurso:</p> - -<p>—¡Me adora, dice!... Es cierto. Yo sé que me quiere, y, a pesar de -quererme, la maldita quiere a otro. O, acaso sólo a mí quiere, lo que no -la impide entregarse a otro amor. ¡Ella no miente! Su corazón es mío; el -engañado es mi rival, porque ella no le quiere... Pero, si me quiere -tanto, ¿cómo puede seguir a quien no quiere? ¿Cuál es la lógica de este -absurdo?...</p> - -<p>Violentamente se abalanzó sobre el maletín, del que sacó ocho o diez -gruesos paquetes de cartas, atados con balduques.</p> - -<p>—¡Las había olvidado!—murmuró—; ¡oh, qué ligereza! Es necesario -destruirlas en seguida; no permito que nadie las lea: son suyas, son -sagradas... ¡porque son suyas!...</p> - -<p>Empezó a romperlas en sentido perpendicular a los renglones, para mejor -desfigurar lo escrito; en esta tarea, a la que se aplicó ahincadamente, -invirtió cerca de una hora; las cartas eran muchas; yo conté más de -seiscientas, de las cuales las más pequeñas ocupaban dos y tres pliegos. -También despedazó varios centenares de telefonemas. Y cuando todo estuvo -reducido a trizas, abrió una ventanilla, se llenó ambas manos con -aquellos pedacitos de papel, calientes como cenizas, en que una mano de -mujer, día por día, fué escribiendo la biografía de su corazón, y los -arrojó al espacio negro. Después lanzó otro puñado, y luego otro... y -otro... En seguida se asomó a la ventana, y vió que la mayoría de -aquellos trocitos de papel, atraídos por el vacío que la marcha del tren -dejaba en pos de sí, volaban como ágiles mariposas blancas, detrás del -convoy; parecían se<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span>guirle, acosarle, con la obstinación de los -recuerdos; parecían vivir, y su ansiedad humana acongojó al amante: en -el primer momento aquellos pedazos de papel eran muchos; rápidamente su -número disminuyó porque venían al suelo, como fatigados; algunos, que -habían conseguido detenerse en los salientes del furgón, arrebatados por -el viento se marcharon también con el dolor de las hojas secas. Todavía -revolaba uno, sin embargo; el último, el más tenaz: subía, bajaba, -volvía a subir... “—¿Por qué resiste tanto?—don Rodrigo pensaba—; -¿querrá decirme algo?... ¿Qué palabra de salvación habrá escrita en -él?...” Y continuó observándolo, hasta que cayó. Volvió a mirar. Ya no -quedaba ninguno, y la historia que hubo en ellos se desvaneció, tal que -un perfume, en la extensión ingrata del campo; lo que nació en el calor -de una alcoba, moría en el viento y en la nieve. Don Rodrigo, con deseos -de llorar, volvió la cabeza y subió el cristal. La primera puñalada de -aquel drama, había sido para él y la sentía en el corazón.</p> - -<p>Como demostrase intenciones de dormir, reanudé mi diálogo con Dos-Caras, -a quien referí cuanto acababa de observar.</p> - -<p>—¿Y crees tú—repuso—que matará a Raquel en la estación?</p> - -<p>—Estoy seguro, porque es un impulsivo terrible y no sabrá contenerse.</p> - -<p>—¡Con tal—gruñó—que, al disparar, lo haga de espaldas a nosotros!... -Me haría poca gracia que me agujereasen de un tiro...</p> - -<p>Había cesado de nevar y, al salir de Astorga, la niebla era tan espesa -que los coches apenas nos veíamos unos a otros. Imposible distinguir<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span> -las señales que nos hacían los discos; lloviznaba. Caminábamos a menos -de cuarenta kilómetros por hora, y frecuentemente La Triste nos -sobrecogía el ánimo con sus silbidos dolorosos. Minutos antes de cruzar -el río Porqueros se detuvo, empezó a pitar y al cabo siguió con -extraordinaria lentitud. La noche era absolutamente negra; -sabíamos—porque las ruedas nos lo decían—que repechábamos, y nada más.</p> - -<p>Dos-Caras me habló.</p> - -<p>—¿Cabal, tienes miedo?</p> - -<p>Respondí la verdad:</p> - -<p>—Sí, viejo: tengo miedo; ¿y tú?...</p> - -<p>—También; más que tú, porque tengo mayor experiencia. Es probable que -el loco de don Rodrigo nos haya traído la mala sombra.</p> - -<p>—¿Tú crees en brujerías?</p> - -<p>—Creo—replicó—en que nadie sabe lo que se esconde detrás de la -muerte, y en que si hay un espíritu interesado en salvar a Raquel podía -suceder que don Rodrigo no llegase a La Coruña...</p> - -<p>Sus palabras misteriosas me atemorizaron, y guardé silencio; pero como -saliésemos del túnel del Lazo sin novedad, sentí renacer mi buen ánimo. -La niebla, sin embargo, no cedía; llevábamos cuarenta minutos de -retraso, y La Triste mantenía su andar cauteloso, a pesar de que el -camino, en cuesta abajo, invitaba a correr.</p> - -<p>—¿Tienes miedo todavía?—pregunté a mi compañero.</p> - -<p>—Más miedo que nunca—repuso—; pues cuando la locomotora silba tanto -es porque el maquinista no ve y no está seguro del camino.</p> - -<p>A poco de salir de Ponferrada, nuestra<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span> marcha aumentó, lo que juzgué -buena señal.</p> - -<p>—Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde -debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo—comentó -Dos-Caras.</p> - -<p>En tal instante oímos varios silbidos, que parecían responder a los de -La Triste, y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable.</p> - -<p>—¡Un tren!—grité—¡Viene un tren!...</p> - -<p>—El de Villafranca—gimió Dos-Caras.</p> - -<p>—¿Vamos a chocar?... ¿Crees que vamos a chocar?...</p> - -<p>No oí la contestación de mi compañero; un estremecimiento instantáneo y -formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras -ruedas. La detención fué tan rápida, que, según me dijeron más tarde, la -pirámide de carbón del ténder se fué hacia adelante, aplastando al -maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes -no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?... El choque -de las locomotoras fué tan ingente, que quedaron empotradas la una en la -otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a -descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron -reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y -Dos-Caras, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas -montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se -desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales; -también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los -tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos -saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span> -instantes de pánico, comprendí que estaba salvo y pude mirar dentro de -mí mismo, vi el cadáver de don Rodrigo tendido en medio del corredor, -con la frente rota... Había chocado conmigo, y yo le había matado.</p> - -<p>—He salvado a Raquel—pensé.<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span></p> - -<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h2> - -<p>Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al -siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y -más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de -León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que -conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los -cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba -nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás, -en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo -sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante -postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el -plano descendente de mi vida empezaba.</p> - -<p>En los quince días que duró mi convalecencia, mis -curanderos—carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas, -electricistas, tapiceros, etc.—infligiéronme crueles padecimientos. Las -averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo -imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con -que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como -enchufarse, unas en<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span> otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé -magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después: -me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las -heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya, -se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante. -A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y -profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía -combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si -mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de -sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo -aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del -costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias -rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del -árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera -de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron -que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo -traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de -construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron -el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia.</p> - -<p>Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme, -a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a -corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de -la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las -redecillas para equipajes, revistieron el<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span> cuarto-tocador, cuyos -azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de -linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes, -volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi -cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al -sol. Mis camaradas me felicitaban.</p> - -<p>—Sea enhorabuena—decían—; estás mejor que antes, más joven...</p> - -<p>—¡Buen viaje, Cabal!—me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún -no habían dado “de alta”.</p> - -<p>Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi -historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado, -maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto -de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la -inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”. -Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba -sobre mí. “La sangre llama a la sangre”—había asegurado el viejo -compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte -años, podía volver...</p> - -<p>De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios -días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un -“primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se -partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó -gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u -ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se -comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> los sentía -anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos -muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito -mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y -ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los -“correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de -acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad; -en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse -verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como -sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches -tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y -frenan mejor, y representan un núcleo, una casta.</p> - -<p>Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer -la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde -Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de -Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los -parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo.</p> - -<p>Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías -tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido” -asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo -sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la -hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”, -provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la -vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos -posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos.<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span> -Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y -tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos; -estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y -venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras -resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella -enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra -inmovilidad parecía aún más trágica.</p> - -<p>Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados -y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que -hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía -doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el -lote figurábamos nosotros. Al reconocerme—y lo hizo con severa -escrupulosidad—uno de aquellos caballeros exclamó:</p> - -<p>—¡Este coche no parece malo!</p> - -<p>El señor a quien dirigía la observación repuso:</p> - -<p>—Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo.</p> - -<p>Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión -que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían -recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi -presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de -esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto -decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos -aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una -máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la ca<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span>pital por líneas -que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en -un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso -edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento.</p> - -<p>Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi -juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los -Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá, -dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A -mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces -era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella -parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído -sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el -movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo -parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones -gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos -que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún -la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que, -desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo -cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del -terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el -aire es más seco.</p> - -<p>—Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones -levantinas—pensé—será cordial para mí como una estación de invierno.</p> - -<p>Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía -de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana—y co<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span>mo para -borrar mi pasado—, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de -los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros -correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte, -sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San -Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras -flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y -alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer -a mis compañeros de ruta.</p> - -<p>A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a -contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a -quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a -mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El -Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras -con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y -los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba -campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un -peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron -en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le -testimoniaban respeto.</p> - -<p>Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres -y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente -respondí a sus averiguaciones—pues nunca me gustó caminar de prisa en -la amistad—; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la -línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña—callé que en un -“correo”—y que después del choque de Toral de los<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span> Vados trabajé dos -meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente -castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a -mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad; -debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás. -Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme -para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la -“novatada”; era algo de lo que—según muchas veces he oído contar—les -sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados.</p> - -<p>—¡Buen chasco vais a llevaros!—meditaba yo.</p> - -<p>Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me -interrogó:</p> - -<p>—¿De dónde eres tú?</p> - -<p>—¿Y tú?—repliqué en el mismo tono insolente.</p> - -<p>—De Zaragoza.</p> - -<p>—Yo nací en Saint-Denis.</p> - -<p>—¿San... qué?...</p> - -<p>—Saint-Denis—repetí.</p> - -<p>—Franchute, entonces...</p> - -<p>—No; franchute, no; francés. Y, desde que llegué a España, me llaman El -Cabal, nombre que te explicará mi condición; y es que soy completo; o, -lo que es igual: que, como nada me falta, nadie puede tener más que yo.</p> - -<p>—Así debe ser—repuso El Majo.</p> - -<p>Pero sentí que lo decía a regañadientes y que me guardaba rencor.</p> - -<p>Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros -asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y vo<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span>ces del -exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada -sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del -alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por -cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su -carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los -romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures—aunque -muy distintos entre sí—conservan la sangre de los iberos primitivos; -los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de -árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en -Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones -proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus -respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una -prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un -reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su -cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas -narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza -vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres -serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye -platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las -mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más -turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona—años después -lo comprobé por mí mismo—sólo se habla catalán; en los de Valencia, -valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches, -durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una -de las dos grandes estaciones ferro<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span>viarias de la Corte reasume el -“plano moral” de media Península.</p> - -<p>El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es -patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas, -Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus -bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y -algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas -norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía—la vieja -Vandalia—son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es -epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por -altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda -su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto -extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser -muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista -de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor -y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos -conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en -nuestro espíritu por obra de aquella costumbre—reflejo de nuestro -egoísmo—que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de -ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra -hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e, -inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea, -no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o -se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo -de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span> ellos -una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor -vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará -acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la -filantropía. “A nuestro interlocutor—piensa—debo entretenerle, -consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al -aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una -pirueta, y así, del dolor secular—dolor de raza—de todos los -andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de -Andalucía.</p> - -<p>Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba -y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las -charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa—a veces -corrosiva—de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no -bien la conversación se enciende.</p> - -<p>La noche a que antes me refería—la de mi primer viaje a Sevilla—era -una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en -todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una -compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre -mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran -andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado -a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el -“galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le -llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba -conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante -hablaban a gritos:<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span></p> - -<p>—¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?—decía él.</p> - -<p>—A una gorda, sería.</p> - -<p>—Se equivoca usted: a una flaca.</p> - -<p>—¡Jesús, qué mal gusto!</p> - -<p>—A Pilar Gil.</p> - -<p>—No me diga usted dónde la pellizcó.</p> - -<p>—Donde me pareció que tenía más carne.</p> - -<p>—De todos modos llegaría usted al hueso en seguida.</p> - -<p>—¿Que si llegué?... ¡Como que perdí la uña!...</p> - -<p>El picante discreteo continuó. “Pedro Domecq” quería atraer a la actriz -a su departamento; ella resistía y coqueteaba:</p> - -<p>—Véngase usted aquí, criatura...</p> - -<p>—¿Hay algún asiento desocupado?</p> - -<p>—¿Pero usted cree que yo iba a ofrecerla un asiento, como a una vieja?</p> - -<p>—¿Entonces, qué?</p> - -<p>—Mis rodillas, que parecen hechas de plumas, por lo blandas.</p> - -<p>—No me convienen.</p> - -<p>—¿Iba usted a tener mucho calor?</p> - -<p>—Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no -podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche...</p> - -<p>—No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar.</p> - -<p>Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a -despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la -confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos -rancios:</p> - -<p>—¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?...<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span></p> - -<p>—Hombre... ¡qué sé yo!...</p> - -<p>—Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya -puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda?</p> - -<p>—Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la -que te llevas.</p> - -<p>—¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese, -para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?...</p> - -<p>—¿Dónde ibas a comprarla?</p> - -<p>—Yo preguntaría dónde la venden buena.</p> - -<p>—Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a -engañarte...</p> - -<p>En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la -farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el -sombrero.</p> - -<p>—¡No gastéis los aplausos—repetía el empresario—; no los gastéis, que -luego os harán falta!...</p> - -<p>Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer, -decían “adiós”.</p> - -<p>Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado -interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis -huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos -raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo -castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos -en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla:</p> - -<p>—¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...</p> - -<p>La actriz se asomó:</p> - -<p>—¿Qué quiere usted?...</p> - -<p>—Hacerla una pregunta.<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span></p> - -<p>—Diga.</p> - -<p>—¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?...</p> - -<p>Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De -ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una -alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de -hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a -gritar:</p> - -<p>—¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...</p> - -<p>Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco:</p> - -<p>—¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?...</p> - -<p>—¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de -esta estación?...</p> - -<p>Algunos de mis inquilinos habían pasado al <i>dining-car</i>, pero la -mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo -cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud.</p> - -<p>Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir -mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las -planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco, -bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los -repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las -ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy -resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos, -teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla, -Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos -alto, resonaba<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span> la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba:</p> - -<p>—Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta -estación?...</p> - -<p>Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban -con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor -gracia parecía tener.</p> - -<p>—¿Qué tal máquina llevamos?—pregunté al Negro.</p> - -<p>—Superiorísima—contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz -legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole—; cuatro años hace que -ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno -administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería -perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos -recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una -locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma...</p> - -<p>Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel -expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un -“jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi -servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar -rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y -su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban -apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir, -dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se -alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y -empezaba a clarear.<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span></p> - -<p>La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro -Domecq”, repetía inútilmente:</p> - -<p>—¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor -impropio de esta estación?...<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span></p> - -<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h2> - -<p>Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció -detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea -andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su -estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la -psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un -río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles. -Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia... -no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así -cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron, -no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más -que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra -península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que -España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas, -parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus -planicies estériles, sus ríos sin agua—aquellos mismos que hace siglos -prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como mi<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span>llonarios -arruinados—, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de -salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas -ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo -inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco -gobernable.</p> - -<p>Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el -espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente, -penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más -ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él -renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en -cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho, -especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado -El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses -que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se -hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de -conocer, y mi memoria.</p> - -<p>En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y -Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los -alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa -la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después -las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas—tierras de -sal—de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el -pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una -fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela, -famosos por sus inmensos viñedos. La esta<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span>ción de Almuradiel ocupa la -altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del -Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la -cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de -Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos -tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados -perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una -adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y -después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano, -descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para -Granada y Almería. Pasan luego—y sólo he de citar las villas -principales—Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las -Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los -viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de -Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos -dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las -siete torres—diez veces centenarias—del castillo de Bujalance, -construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos -Córdoba, triste, augusta y hermética—según el público decir—como un -altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió -sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones -con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece -enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen -un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la -romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> Giralda, maravilla -de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...</p> - -<p>Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me -ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde -pasábamos.</p> - -<p>—Pertenecemos—decía mi compañero—a un país milagroso; y lo califico -así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por -destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de -árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque -persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y -con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los -eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos -son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto, -la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los -hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes -constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren -los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los -árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta -nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo, -a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer -justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser -aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a -patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen -tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la -habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los -rieles arena; pero ésta, al<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span> revolverse con el aceite de las langostas -estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos -obligó a inmovilidad.</p> - -<p>Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó:</p> - -<p>—En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta -no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y -no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor. -¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!...</p> - -<p>—El cacique—interrumpí—descendiente caricaturesco del señor feudal, -es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras -muchas partes.</p> - -<p>—Sí—replicó El Negro—, el caciquismo es dolencia muy española; mas no -puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está -hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la -desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros -gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas. -Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a -cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca -de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no -porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria -España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o -político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí, -los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo -para ellos y, desde luego, más teatral.</p> - -<p>Estas meditaciones resucitaron en mi memoria<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span> las que, a propósito de un -tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo -amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este -país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio, -los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su -desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la -autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el -mundo—discurre—me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el -“más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo, -llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide -por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada -filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero -inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos -mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias, -representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las -levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los -espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?...</p> - -<p>Platicando en este tono, en el que había más melancolía que -apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no -recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas -personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas -yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los -dos—pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego—, -prestaba escolta.</p> - -<p>Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo; -pero... tan expresivo, tan<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span> burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás -aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el -“prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y—por lo -mismo—al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque -es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo -muy serio.</p> - -<p>Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi -personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras -antes de dejarlas hablar.</p> - -<p><span class="smcap">Ida</span>: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos -bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo -conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y -maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste -una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre -triste como un adiós.</p> - -<p><span class="smcap">Don Alfonso</span>: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la -vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.</p> - -<p>“<span class="smcap">El otro señor</span>”—nunca oí su nombre—: la misma edad de don Alfonso. -“Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas -prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una -doble expresión muy frecuente, porque la bondad—entre los -humanos—suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes -grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...</p> - -<p>Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera -mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span> -dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida -nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un -servidor del <i>dining-car</i>, que repite ante la puertecilla de cada -departamento:</p> - -<p>—Señores: la “primera mesa” va a empezar...</p> - -<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>—(<i>Levantándose</i>.) Autorícenme ustedes a marcharme. (<i>A -ella</i>.) ¿Te envío un té?</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—(<i>Dulcemente</i>.) No, gracias.</p> - -<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>—(<i>Obsequioso</i>.) Un té, bien azucarado... y con unas -pastitas...</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—Me haría daño; ¿no lo sabes? (<i>Mirándole amorosamente</i>.) Come bien -tú; come por los dos...</p> - -<p>Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”—que también así -podemos designarle—quedan solos en su departamento. En torno suyo, -sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida, -que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza -y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha -divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más -retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita -ser justificado.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (<i>Dirige a mis dos -lámparas una mirada despectiva, que me ofende.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—¿La gusta a usted leer?</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—Según... (<i>Pausa breve.</i>) Los libros amenos no abundan. Es tan -difícil hallar un libro<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span> interesante como conocer un hombre entretenido.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—(<i>Con acento seguro.</i>) ¿Verdad que son muy raros los hombres -interesantes?</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—Dos por mil.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Exagera usted.</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—¿Le parecen pocos?</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque -saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más, -porque lo ignoran todo.</p> - -<p>Los dos sonríen.</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos -casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos -toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.</p> - -<p>Ida suspira.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Yo, también soy un gran desengañado. (<i>Corta pausa.</i>) El mundo es -monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que, -como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el -único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (<i>Otro -silencio discreto.</i>) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y -maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba -toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo -añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar -entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a -contentarme con él.</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—¿Lo halló usted?<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span></p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Todavía no. (<i>Mirándola expresivamente a los ojos.</i>) O, quizás, -sí... ¡No lo sé!...</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—¿Busca usted aún?</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Siempre.</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (<i>Con un -temblor, casi imperceptible, en la voz.</i>) Yo... ¡ya no busco!</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo -fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de -casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—Tal vez... (<i>Mueve la cabeza.</i>) Pero, ¿a qué afanarnos en crear -ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que -detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”... -¡Como en la vida!</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—(<i>Fervoroso.</i>) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos -derrota... ¡volvamos a luchar!</p> - -<p>Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran, -entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me -alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos, -empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy -artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—(<i>Interrumpiéndola vehemente.</i>) ¡Sí, amor!</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo -quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Indudablemente, y apelo al testimonio<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span> del libro inmortal cuya -autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don -Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (<i>Animándose.</i>) ¡Ah, si -la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—¡Qué locura! Amar es esclavizarse.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del -aburrimiento?</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que -acarrea un amor?... (<i>Risueña.</i>) Oiga usted a los hombres...</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—(<i>Exaltándose.</i>) ¡Miserables!... La mujer que no amamos, -ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda -ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga; -la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre -llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.</p> - -<p>Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el -oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la -botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es -ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio. -Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de -rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan -discreteando, pero en voz más confidencial.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—(<i>Con un nuevo ardor en el acento.</i>) El mundo objetivo no existe -realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo -sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un -poquito cruel. (<i>Un silencio que empleará en recoger ideas.</i>) ¿Cono<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span>ce -usted la admirable película de Pietro Fosco, <i>El fuego</i>?...</p> - -<p>Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos, -parecen aniñarse con la curiosidad.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una -mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las -tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la -hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la -interesan. “—Iré a tu casa—le anuncia—para conocerte mejor.” A la -noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el -estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una -vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la -pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase -más enamorada del pintor. “—Tienes mucho talento—repite—; un -extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las -circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “—A tu -madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de -separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma -entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles, -fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no -apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “—¿Y mi -novia?”—interroga suplicante. “—Sacrifícala también: es indispensable -que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “—¿Cuánto -tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “—Ocho horas, -señora.” “—¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “—¿Qué<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span> -haré—replica <span class="smcap">El</span>—si no puede alumbrar mejor?” “—Te engañas. Hay en tu -lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí. -¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo. -Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado, -cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—(<i>Temblando.</i>) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se -me han quedado frías.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de -los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger -pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz -vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida -una hoguera?...</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—No lo sé.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su -intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un -instante si basta a enseñárnoslo todo. (<i>Misterioso y profético.</i>) Y es -llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—No me atrevo...</p> - -<p>Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo.</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—“Rompa usted su lámpara”. (<i>Sombrío.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—¿Y después?</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—No pregunte usted eso: la Felicidad no tiene futuro, no tiene -“después”. Cuando el incendio le haya permitido a usted ver “lo -infinito”, ¿para qué querría usted seguir viviendo? (<i>Pausa.</i>)<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span></p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—(<i>Con curiosidad pueril.</i>) ¿Cómo termina el pintor su aventura?</p> - -<p><span class="smcap">El.</span>—Malamente: porque acaba sus días idiota, en un manicomio, haciendo -pajaritas de papel. (<i>Transición.</i>) Pero, ¿qué importa, si antes de caer -en la idiotez fué famoso, rico y amado?...</p> - -<p>El esposo de Ida, que vuelve del comedor, aparece inesperadamente:</p> - -<p>—Buenas noches.</p> - -<p>Ida lanza un pequeño grito.</p> - -<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>—¿Soy importuno?... ¿De qué hablaban ustedes?...</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—Como no te sentimos llegar... (<i>Recobrándose.</i>) Nuestro amigo me -contaba el argumento de una película.</p> - -<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>—En el coche inmediato he saludado a la marquesa de Guzmán; -lleva a una de sus nietecitas enfermas; yo la dije que tú pasarías un -momento a visitarla; ¿quieres?...</p> - -<p><span class="smcap">Ida.</span>—(<i>Levantándose.</i>) Sí, sí; hiciste muy bien.</p> - -<p><span class="smcap">Don Alfonso.</span>—(<i>A su amigo.</i>) Estaremos de vuelta antes de que usted se -marche a cenar.</p> - -<p><span class="smcap">El señor del clavel encarnado.</span>—Muy bien... (<i>Saluda.</i>)</p> - -<p>El matrimonio sale; don Alfonso camina delante. Al franquear la -puertecilla del compartimiento, Ida vuelve la cabeza y sonríe; y aquella -mirada y aquella sonrisa, “el hombre del clavel encarnado” las recibe a -la vez, tal que dos saetas, en el corazón.<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span></p> - -<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h2> - -<p>Abril había empezado, y era increíble la cantidad de “turistas” -españoles y extranjeros que las festividades de Semana Santa y -Feria—célebres en el mundo—llevaban a Sevilla. A diario los trenes de -todas las líneas andaluzas rebosaban gente, y a ello contribuía mucho la -emisión circunstancial de billetes económicos de “ida y vuelta”, cuya -gran baratura aun a los más poltrones estimulaba a peregrinar. Nuestros -convoyes estaban rendidos del peso que transportaban a cada viaje; los -coches, sea cual fuere su clase, así como las vagonetas y furgones, -salían cargados de pasajeros, de equipajes, de mercancías y hasta de -muebles. Hubo locomotoras que partieron de Madrid arrastrando más de -trescientas cincuenta toneladas. En la estación central unos a otros nos -informábamos del tráfico.</p> - -<p>—¿Cómo iba esta mañana el “rápido”?...</p> - -<p>—Lleno—respondía una voz.</p> - -<p>—¿Y el “correo”?...</p> - -<p>—Lleno también: salió con retraso, porque a última hora fué necesario -añadirle dos “terceras”.</p> - -<p>Todos los trenes caminaban así, incluso los<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span> “mixtos” flemáticos, a -quienes apodábamos “los alcanzados”, porque siempre se quedaban atrás. -Este exceso de trabajo nos fatigaba, pero al mismo tiempo nos excitaba, -pues en la acción va envuelta siempre una alegría, y el buen humor -bullicioso—algo plebeyo—de nuestros huéspedes, se transmitía a -nosotros. El carácter, netamente andaluz, de los festejos que se -celebraban, estimulaba el andalucismo de los viajeros: los andaluces -exageraban su acento y “se comían” más letras que nunca, y hasta los -oriundos de otras regiones, arrastrados por el ejemplo, procuraban -imitarles. Mi expreso, desde el ténder al furgón de cola—y sobre todo -en las curvas, que le dan una ondulación pintoresca—parecía una calle -de Sevilla o de Córdoba; yo mismo, no obstante mi origen vasco-francés, -empecé a hablar un poquito andaluz...</p> - -<p>El “sábado de Gloria”, que disipa, con la algarabía de sus campanas, las -sombras de la Semana de Pasión, el número de nuestros viajeros aumentó. -Según la locución vulgar, en nuestro andén “no se podía dar un paso”. A -ello contribuía el viajar con nosotros un gran torero y un ministro, -tipos a quienes acaso por la largueza con que ganan su dinero, España, -nación pobre, venera mucho. “Su Excelencia”—decían los periódicos de -aquella mañana—se quedaría en Córdoba para asistir, en nombre del rey, -a la colocación de una “primera piedra”, y luego estudiar “un -problema”... ¡no supe cuál!... Yo le observaba: mi sencillez ha admirado -siempre a esos prohombres que dedican su existencia a dirigir discursos -a las piedras, como para probar su resistencia; a estudiar<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span> problemas y -a esconder después, primorosamente, todo lo que saben.</p> - -<p>El torero, uno de los más gloriosos de su época, iba más allá que “Su -Excelencia”, pues marchaba a Sevilla a curarse la herida que en la plaza -de toros de Valencia un espectador le produjo con una botella que arrojó -al redondel.</p> - -<p>Escoltaban al señor ministro varios periodistas y un numeroso núcleo de -figuras parlamentarias. La mayoría de aquellos caballeros pasaban de los -cincuenta años, platicaban mesuradamente, y vestían levita y sombrero de -copa. Empecé a establecer relaciones entre la forma de esos sombreros, -que únicamente usan las personas trascendentales, y la chimenea de -nuestras locomotoras. ¿Estimularán la actividad cerebral, determinarán -“un tiro” en las ideas?... “Su Excelencia” departía con todos, prodigaba -saludos y su vientre y su rostro barbado, denotaban satisfacción. El -público, al reconocerle, se detenía a mirarle, y él procuraba, en todo -momento, tener una actitud tribunicia. Le rodeaba una atmósfera de -éxito, y el personaje procuraba que a su renombre correspondiese su -figura. Para el vulgo, la prestancia es talento.</p> - -<p>“El teatro—reflexionaba yo—debe de ser algo así...”</p> - -<p>El lidiador viajaba en mi departamento-cama, y le acompañaban su -apoderado y los hombres de su cuadrilla, la mayoría sevillanos, más -otras cincuenta o sesenta personas de condición social diversa, según -sus maneras de hablar y de vestir hacían comprender. No llegaría el -famosísimo “espada” Manuel González a los veinticuatro años, y tanto -hablaban las muchedum<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span>bres de su arte, como de los dos millones de -pesetas que llevaba ahorrados, y del rumbo de su vida. Apodábanle “El -Meñique” por lo limitado de su estatura, y su abolengo gitano lo -pregonaban la negrura azabachada de los ojos, el cobre de la piel, y la -ágil flexibilidad y armónica disposición del cuerpo. Advertí que sus -veneradores eran más numerosos que los de “Su Excelencia”, y que le -miraban con mayor cariño y devoción menos interesada. Desde mis -ventanillas, varios pasajeros le observaban también, y había en sus -rostros una quietud de felicidad: aquel hombre moreno, enjuto y triste, -les parecía el símbolo de la Andalucía que iban a visitar. La multitud -se detenía a contemplarle, contenta de tenerle tan cerca, mientras -recordaba aquellos domingos triunfales en que, vestido de oro y seda, -jugó con la muerte. Yo juraría que hubo unos segundos en que el señor -ministro, celoso de la popularidad del lidiador, insinuó el ademán de -saludarle. El Meñique, entretanto, chupaba un mondadientes y -discretamente entornaba los párpados, como si aquella exhibición le -cohibiese...</p> - -<p>Faltaban dos o tres minutos para la salida del expreso, cuando un viento -de fronda cruzó tempestuoso por el andén. Lo levantaba un nutridísimo -grupo de viajeros—más de treinta—que no hallaban asiento y buscaban al -jefe de Estación para exigirle que añadiese al convoy otra “primera”. -Aquellos señores, pálidos de impaciencia y de cólera, componían una -manifestación antipatriótica, muy curiosa. Todos, a porfía, denostaban a -España.</p> - -<p>—¡Qué país!—vociferaban—; ¡esto sólo sucede aquí!...<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span></p> - -<p>El más enfurecido iba sin sombrero y repitiendo a gritos:</p> - -<p>—¡Yo necesito llegar a Sevilla mañana!... ¡Si no llego, pierdo cuarenta -mil duros!...</p> - -<p>Uno decía:</p> - -<p>—¡Da vergüenza ser español!</p> - -<p>Y varios, a la vez:</p> - -<p>—¡Sí, señor; da vergüenza!...</p> - -<p>Hablando así mirábanse unos a otros, satisfechos de lucir su -cosmopolitismo y su elegancia. Los manifestantes, a quienes seguía un -centenar de desocupados, hallaron al jefe de Estación y al interventor -del expreso cerca de mí, y en altas voces manifestaron su pretensión. -Expúsoles el jefe, con bien concertadas palabras, la imposibilidad de -complacerles por no haber coches disponibles. Uno replicó estúpidamente:</p> - -<p>—¡Pues, los inventa usted!</p> - -<p>Frase que, no obstante su ausencia de sentido, enardeció a todos -aquellos señores notablemente. Los brazos se levantaban, arreció la -gritería y las manos volvíanse amenazadoras. El caballero “de los -cuarenta mil duros”, exclamó:</p> - -<p>—¡Si yo no salgo para Sevilla esta noche, al director de esta Compañía -le doy un tiro!</p> - -<p>Un señor pequeñito decía, mirando a una y otra parte con ojos de tigre:</p> - -<p>—¡Esto nos sucede porque no tenemos coraje! ¡Aquí no hay sangre!... ¡En -Alemania el pueblo ya hubiese quemado la estación!</p> - -<p>El jefe replicó mesurado:</p> - -<p>—No, señores: ni en Alemania, ni en ningún país bien civilizado el -público protesta, porque supone que cuando los empleados que están a su -servicio no le complacen, es que no pueden.<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230">{230}</a></span></p> - -<p>Todos rugían:</p> - -<p>—¡Es un abuso!... ¡Si no ponen un coche para nosotros, no dejaremos -salir el tren!...</p> - -<p>—¡La máquina—gritó el jefe para que todos le oyesen—no puede -arrastrar más coches de los que lleva! ¡Ya lo saben ustedes!... Los -señores que quieran marchar hoy, que vayan de pie!... Les autorizo. ¡No -puedo hacer más!...</p> - -<p>Los manifestantes replicaron:</p> - -<p>—¡Pues, no sale el tren!... ¡No le dejaremos salir!...</p> - -<p>El jefe, que durante la discusión había ido perdiendo terreno, -reaccionó:</p> - -<p>—¡Atrás todo el mundo!—ordenó de súbito—; ¡retírense ustedes... o me -veré obligado a llamar a la guardia civil!</p> - -<p>Los revoltosos, maquinalmente, retrocedieron algunos pasos; amainaban. -El jefe repitió, avanzando:</p> - -<p>—Esta parte del andén la necesito libre. ¡Atrás todo el mundo!</p> - -<p>La multitud, acobardada, volvió a retroceder, silenciosa, con una -humildad de rebaño. Yo pensaba: “—¡Cómo le hubiese gustado al pobre -Dos-Caras ver todo esto!...” Al mismo tiempo sonó una campana, La -Regadera silbó y el convoy se puso en movimiento. Asomado a una -ventanilla, El Meñique saludó a sus amigos quitándose el sombrero, de -ala plana, y vi que el celebrado lidiador era calvo.</p> - -<p>—¡Viva Manuel!—gritó una voz desde el andén.</p> - -<p>Muchas voces acaloradas repitieron:</p> - -<p>—¡¡Viva!!...</p> - -<p>Mientras “Su Excelencia”, desde su coche,<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231">{231}</a></span> sonreía al público, como si -aquellas adhesiones de simpatía fuesen para él.</p> - -<p>El Meñique asistió a la “primera mesa”, y la emoción que su presencia -produjo en el <i>dining-car</i> debió de ser extraordinaria, porque al -regresar a mí le seguían quince o veinte personas que viajaban en otros -coches. Esquivando aquella adhesión pegajosa el matador entró en su -departamento, donde se sentó; quitóse luego el sombrero, y bajo la luz -su calva socrática brilló con una melancolía de marfil antiguo: en -aquella posición su nariz aguileña parecía más larga, y su rostro -cenceño, prematuramente aviejado por la inquietud, ofrecía, ora sobre -los pómulos y el mentón, ya en las depresiones de las secas mejillas, -todas las tonalidades del cobre.</p> - -<p>Atento a cuanto el ilustre torero decía a sus amigos, pronto fuí -conociendo los nombres de los que le custodiaban de más cerca. Sentado a -su izquierda tenía a su apoderado, don Ricardo Fernán, persona, al -parecer, de su mayor predilección; y a la derecha a un joven prócer, de -charlar abundante y reir estentóreo, a quien unos y otros familiarmente -llamaban “marquesito”. En el vano mismo de la puerta y ocupándola casi -por completo con los hombros, permanecía Juanito Paisa; un notario joven -de Sevilla, al que todos respetaban por su manifiesto ascendiente sobre -Manuel. A Juanito le vestía el sastre de Manuel, y le calzaba el -zapatero de Manuel, y su sombrerero era el de Manuel. Juanito Paisa era, -por antonomasia, “el amigo de Manuel”, y se le conocía y consideraba por -esto más que por su profesión, cual si el rasgo culminante de su -biografía fuera ha<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232">{232}</a></span>berse captado el afecto del matador. Por tanto, a -Juanito Paisa no le molestaba que “el marquesito” estuviese arrellanado -al lado de Manuel: si el aristócrata ocupaba aquel sitio era porque él, -generosamente, se lo había cedido; él no quería “acaparar” a Manuel; un -hombre como El Meñique se debía a la humanidad, y la felicidad conviene -repartirla; pero estaba cierto de que, a la menor insinuación suya, “el -marquesito” se habría levantado. Detrás de Juan Paisa, a lo largo de mi -corredor, muchos curiosos se estrechaban con el deseo de ver al -lidiador: los más pequeños, a pesar de mis temblequeos, se ponían de -puntillas. Todas mis plazas iban ocupadas; hacía calor y la fuerte -respiración de las ventanillas no bastaba a refrescar la atmósfera.</p> - -<p>El tema de las conversaciones era el arte de Manuel González y su miedo -a los toros. También se habló del hombre: un viajero le había encontrado -más delgado que antes; otro le hallaba lo mismo; un tercero celebraba -los brillantes que el espada lucía en la pechera. Se glosó largamente la -herida por que cojeaba Manuel; la tenía en el pie derecho, a la altura -del tobillo.</p> - -<p>—Se la hicieron con una botella en el preciso instante de entrar a -matar. Dicen los periódicos que ya le habían dado el “segundo aviso” y -que el público se impacientaba.</p> - -<p>Estas conversaciones que, por concerner a lugares y asuntos desconocidos -para mí, yo traducía mal, me interesaban menos que el entusiasmo ingenuo -de los platicadores, quienes por ocuparse de Manuel, hasta de sus -propios asuntos se olvidaban. Esta unánime y férvida admiración me -sorprendía; era nueva para mí; yo<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233">{233}</a></span> nunca había visto tantas almas vibrar -a compás, y pensé que en una novela de costumbres taurinas, antes que al -matador el papel capital debía adjudicársele a la muchedumbre, pues lo -pintoresco, lo inverosímil dentro de los grados más agudos de la -comicidad, lo bufo, en fin, está en la muchedumbre.</p> - -<p>A lo largo de mi tránsito yo oía cuchichear:</p> - -<p>—¿Qué hace ahora El Meñique?...</p> - -<p>Esta curiosidad candorosa, que todos hallaban muy legítima, muy -razonable, corría de unos viajeros a otros hasta la puerta donde “el -amigo de Manuel”, cuya conocida privanza todos envidiaban, montaba una -guardia sin sueño, y la respuesta venía en seguida:</p> - -<p>—Está hablando de las corridas de Sevilla...</p> - -<p>Y esta información era para todos tranquilizadora y dulce como una -ráfaga de buen aire.</p> - -<p>Luego circuló la noticia de que El Meñique había pagado siete mil -pesetas por un caballo; después, que quería comprar un cortijo a orillas -del Guadalquivir...; y durante larguísimo rato mis huéspedes no supieron -hablar más que de caballos y de cortijos.</p> - -<p>Un caballero, de buena traza y frondosos bigotes, que viajaba con su -esposa y dos hijas, ya mujeres, dejó su asiento con propósito de saludar -al Meñique.</p> - -<p>—¿Volverás pronto?—le preguntó su mujer.</p> - -<p>—En seguida.</p> - -<p>Salió al corredor y, favoreciéndose con los codos, comenzó a abrirse -paso; la tarea era ardua, porque la masa de viajeros allí estacionada -apenas ofrecía suturas. Sin embargo, apoyándose en unos, empujando a -otros suavemente, recurriendo con urbanas frases a la amabilidad -general<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234">{234}</a></span> adelantando siempre de perfil, como si nadase contra corriente, -el caballero “del frondoso bigote” consiguió acercarse a Juanito Paisa, -cuya atención solicitó tocándole en un hombro. Paisa volvió la cara.</p> - -<p>—Buenas noches; dispénseme usted: deseaba saludar a Manuel...</p> - -<p>“El amigo de Manuel” fijó en el recién aparecido una mirada escrutadora, -una mirada de portero. Indagó:</p> - -<p>—¿Usted le conoce?</p> - -<p>—No, señor... y quisiera tener ese gusto. Si usted le trata y puede -presentarme...</p> - -<p>Las mejillas de Juanito Paisa se arrebolaron de orgullo; destosió y -sonrió jactancioso.</p> - -<p>—¿Que si puedo presentarle?... ¡Ya lo creo! No podía usted haberse -dirigido a nadie mejor que a mí. ¡Como que el mejor amigo suyo soy -yo!... Pero tendrá usted la bondad de aguardarse un poquito, porque -Manuel está hablando y le molesta que le interrumpan.</p> - -<p>Muy paciente, el señor “del frondoso bigote” repuso:</p> - -<p>—Esperaré...</p> - -<p>Aquel aplazamiento le irritó unos segundos; en seguida se serenó: miró -hacia atrás, comprendió el difícil camino que acababa de recorrer, y -esta consideración le regocijó hondamente. Desde la posición conquistada -podía ver al Meñique y hasta oír, de cuando en cuando, alguna palabra de -las muchas que iba diciendo, y experimentó la satisfacción del hombre -que se reconoce bien situado en la vida. Juanito Paisa le había vuelto -la espalda. Transcurrieron doce o quince minutos, y el señor “del bigote -frondoso” se creyó olvidado; los omoplatos de Paisa proyectaban<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235">{235}</a></span> sobre -él una emoción de soledad; volvió a sentirse abandonado, casi -desgraciado...; a punto estuvo de regresar a su compartimiento, pero -pensó que su mujer y sus hijas le pedirían detalles de su conversación -con El Meñique, y esto hízole variar de propósito. Sacando ánimos de su -propia flaqueza, llamó la atención del “amigo de Manuel”.</p> - -<p>—¿Podrá ser ahora?—murmuró lo más gentilmente que le fué posible—; -porque... como mi familia me aguarda...</p> - -<p>Juanito Paisa comprendió la tribulación de aquel hombre; por iguales -zozobras había pasado él antes de llegar a ser, a fuerza de constancia y -de pequeños sacrificios, el mejor amigo del matador... ¡y fué clemente!</p> - -<p>—¡Ahora mismo!—exclamó—. ¡No se apure usted!...</p> - -<p>Avanzó lo necesario, lo estrictamente necesario, para que el señor “del -frondoso bigote” pudiese franquear la puerta, y agregó, dirigiéndose al -torero:</p> - -<p>—Manuel, dispensa: aquí hay un caballero empeñado en conocerte...</p> - -<p>Manuel González se levantó; sus labios obscuros insinuaron un movimiento -que no llegó a cuajar en sonrisa, y extendió su mano al recién llegado; -aquella mano que se mojaba en sangre de toro todos los domingos.</p> - -<p>—Celebro verle a usted tan bueno, amigo—dijo.</p> - -<p>—Muchas gracias, igualmente—repuso, visiblemente turbado, el señor -“del frondoso bigote”.</p> - -<p>No dijo su nombre. ¿Para qué? Hubiera sido un rasgo de orgullo. Allí ni -él ni los demás sig<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236">{236}</a></span>nificaban nada; ante el matador glorioso no podía -haber más que admiradores.</p> - -<p>El Meñique añadió cortés, brindándole su asiento con un ademán:</p> - -<p>—Si quiere usted descansar un rato...</p> - -<p>—Muchas gracias... muchísimas gracias: sólo vine por tener el honor de -saludarle...</p> - -<p>Esta fineza la agradeció El Meñique con otro ademán. Después se creyó -obligado a presentar a las dos personas con quienes se hallaba:</p> - -<p>—Don Ricardo... “el marquesito”... un señor que quería conocerme...</p> - -<p>El visitante, por momentos más cohibido, se inclinó varias veces. Hecho -lo cual, y sin más preámbulos, ofreció al espada un riquísimo habano.</p> - -<p>—Para que se lo fume usted a mi salud—dijo—; en el estanco de la -estación no había nada mejor.</p> - -<p>Manuel miró a su apoderado, sonrió y se guardó el obsequio en un -bolsillo.</p> - -<p>—Se agradece—murmuró.</p> - -<p>Muy satisfecho de sí mismo, “el señor del bigote” volvió a estrechar la -mano del diestro; despidióse de Juanito Paisa, agradeciéndole mucho el -favor que acababa de hacerle, y de nuevo rompió a través de los viajeros -que obstaculizaban mi corredor. Tras él, con admiración, la gente -cuchicheaba:</p> - -<p>—Es un amigo del Meñique...</p> - -<p>Y las miradas envidiosas le seguían.</p> - -<p>En Alcázar de San Juan una veintena de personas esperaban la llegada del -expreso para saludar a Manuel, y “el ídolo” tuvo que asomarse a una -ventanilla. Todos le preguntaban lo mismo:<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237">{237}</a></span></p> - -<p>—¿Y el pie?... ¿Cómo está el pie?...</p> - -<p>—Va mucho mejor.</p> - -<p>—¿Un botellazo, verdad?...</p> - -<p>Con mucha flema, El Meñique repetía:</p> - -<p>—Sí, un botellazo...</p> - -<p>Su longanimidad, su elegante resignación, inflamaban en sus adictos su -cariño hacia él.</p> - -<p>—Si yo llego a estar allí—decían—, te juro que el bárbaro que te tiró -la botella se la come...</p> - -<p>El diestro no contestaba; parecía fatigado.</p> - -<p>—Iremos a Sevilla, a aplaudirte—ofreció uno.</p> - -<p>—Vamos todos y te sacaremos de la Plaza en hombros—exclamó otro.</p> - -<p>Tristemente, Manuel González repetía:</p> - -<p>—Muchas gracias; si tengo suerte...</p> - -<p>Silbó La Regadera y empezamos a rodar. Entonces aquellos hombres -corrieron a lo largo del andén; se empujaban, se atropellaban, mientras -decían:</p> - -<p>—¡La mano, Manuel!... ¡Dame la mano!...</p> - -<p>Ninguno quería renunciar a este honor, y Manuel González procuró -complacer a todos. Luego, mientras Juanito Paisa se precipitaba a cerrar -el cristal de la ventanilla, noté que El Meñique movía y se miraba los -dedos, como si le doliesen. Juanito, que no le quitaba ojo, también lo -advirtió.</p> - -<p>—¿Te han hecho daño, verdad?... ¡Pero si mil veces te recomendé que no -le dieses a nadie la mano!...</p> - -<p>Burlón y melancólico, Manuel suspiró:</p> - -<p>—¿Y qué voy a dar, Juan?</p> - -<p>—¡Das una rodilla!...—replicó el notario.</p> - -<p>Por el corredor circuló la noticia de que El<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238">{238}</a></span> Meñique acababa de -lastimarse, y muchos viajeros, que ya se habían sentado, volvieron al -pasillo. Con gran regocijo de su corazón, “el amigo de Manuel” sintióse -obligado a repartir explicaciones.</p> - -<p>—A mí, si doy la mano—decía—no me sucede nada; pero a Manolo la gente -le quiere demasiado y, sin intención, por supuesto, le estropean. El año -pasado, en Madrid, al apearnos del tren, un admirador le cogió una mano, -y con la alegría de verle empezó a apretársela... más... ¡más!... sin -poder contenerse, como en un frenesí epiléptico, hasta que se la magulló -de manera que al siguiente día no pudo torear.</p> - -<p>Contempló al “ídolo” con humildes y enternecidos ojos.</p> - -<p>—Por eso—terminó—apenas viene alguien a saludarle, me pongo a su -lado: ¡yo no consiento que a un hombre tan bueno como él se le haga -daño!...</p> - -<p>Las sombras que el expreso proyectaba a un lado y otro, sobre los -repechos, me indicaban que los huéspedes de los demás coches dormían, -pues todos los vagones iban a obscuras. Unicamente mis ventanillas -persistían iluminadas, y mis viajeros, como desvelados por la vecindad -del matador, no pensaban dormir.</p> - -<p>En Manzanares, donde El Meñique recibió de un grupo de adictos -manzanareños vítores y parabienes conmovedores, subió a mí un individuo -treintañal, pequeño y flaco, que, no bien columbró a Juanito Paisa, -fuése a él con los brazos abiertos.</p> - -<p>—¡Juanito... Juanito!...—repetía aquel señor conforme iba andando—. -¡Juanito!...<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239">{239}</a></span></p> - -<p>“El amigo de Manuel” pareció alegrarse de verle.</p> - -<p>—¡Don Felipe!—exclamó.</p> - -<p>Hubo, sin embargo, en su gesto cierta tibieza; fué un saludo de amo a -criado; Juanito consideraba a don Felipe “inferior”.</p> - -<p>—¿Adónde va usted?—agregó.</p> - -<p>—A Sevilla, hijo mío; a la Feria. ¡Como todos los años!... ¡A ver a -“ese hombre”, a esa maravilla!...</p> - -<p>Referíase al Meñique. Paisa replicó orondo, con el orgullo de quien abre -una caja de caudales:</p> - -<p>—Ahí le tenemos.</p> - -<p>—¡Ya lo sé!... Me habían dicho: “El Meñique viene en el segundo coche.” -Y por eso me metí aquí. ¿Supongo que me presentará usted a él, -verdad?...</p> - -<p>—Ahora mismo.</p> - -<p>—Usted ya sabe que lo merezco...</p> - -<p>—¿Cómo si lo merece usted?—apoyó Juanito—: ¡más que nadie!... -¡Adentro!...</p> - -<p>Penetraron en el compartimiento del torero.</p> - -<p>—Manuel—dijo Paisa con un reposo que daba a sus palabras solemnidad—: -voy a presentarte a un amigo “de los buenos”, a un partidario tuyo -“verdad”. ¡Cuando yo te lo digo!...</p> - -<p>El Meñique se levantó y estrechó la mano de don Felipe, que, con -elegancia y desparpajo, se había descubierto. Aquel hombre era calvo -también, y quedéme pasmado de su fraternal semejanza con el matador: -tenía sus ojos negros, su tez cobriza, sus mejillas tristes, su perfil -de águila...</p> - -<p>—Te advierto—prosiguió “el amigo de Manuel”—que no es calvo; don -Felipe no es calvo,<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240">{240}</a></span> pero se afeita la cabeza para parecerse más a ti.</p> - -<p>El Meñique rió francamente.</p> - -<p>—Hombre... ¡muchas gracias!</p> - -<p>Y le examinaba; y cuanto más minuciosamente le detallaba más crecía en -él la ilusión de hallarse ante un espejo.</p> - -<p>—Así es—ratificó don Felipe—; yo me afeito la cabeza dos veces por -semana, para asemejarme a usted más. Y cuando alguien me pregunta: “¿Es -usted hermano del Meñique?...” siento que me hincho de satisfacción.</p> - -<p>Ya sentados continuaron hablando, y don Felipe declaró tener guardados -en álbumes y clasificados cronológicamente cerca de cuatro mil retratos -de su lidiador favorito.</p> - -<p>Era más de media noche.</p> - -<p>Yo pensaba:</p> - -<p>—¿Será posible que esta gente no tenga sueño?...</p> - -<p>Jamás había presenciado vigilia tan larga.</p> - -<p>En Valdepeñas, adonde arribamos con retraso, también esperaban al -Meñique. Las escenas de Manzanares y de Alcázar de San Juan se -reprodujeron fielmente; las preguntas eran siempre: “¿Cómo está la -herida?...” “¿Fué un botellazo, verdad?...” A las que seguían varias -palabras ofensivas para la madre de quien arrojó la botella. Después, -parabienes, estrujones de manos, promesas de ir a Sevilla pronto, -vítores... y el tren que se va.</p> - -<p>Al salir de Valdepeñas Manuel pidió le preparasen la cama, pues quería -dormir, y delegó en su apoderado el trabajo de recibir a cuantas -personas o comisiones estuviesen aguardándole a lo largo de la ruta.<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241">{241}</a></span></p> - -<p>—Porque yo—declaró—no puedo tirar de mi cuerpo.</p> - -<p>Aseguróle don Ricardo que nadie le molestaría, y con esta halagüeña -perspectiva el matador despidióse de “sus íntimos”, y, cojeando, -volvióse a su compartimiento. En el instante de cerrar la puerta, -Juanito Paisa le llamó, metiendo los labios por la ranura, llena de luz, -que aún quedaba entre el batiente y el marco. Juanito tenía celos de -todos los amigos de Manuel, y no perdía ocasión de demostrarles que él -era más obsequioso que ninguno y “el último” siempre con quien el -diestro hablaba al ir a recogerse.</p> - -<p>—¿Quieres algo, Manuel?—averiguó el notario.</p> - -<p>—No, gracias.</p> - -<p>—¿No se te ofrece nada?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p>Los grandes toreros, por lo mucho que en aquella y en otras ocasiones -comprobé, tienen corta la conversación. “El amigo de Manuel” miraba al -espada con cariño filial, con sorpresa, con arrobo: aquel hombre era su -admiración, su alegría, su orgullo; era casi el “porqué” de su vida... y -observándole languidecía como un “dilettante” de la pintura ante un -cuadro maestro. Con ternura de mujer, preguntó:</p> - -<p>—¿Para salir del tren, qué traje vas a ponerte?</p> - -<p>—Este mismo.</p> - -<p>Juanito Paisa apuntó un levísimo mohín de tristeza, y El Meñique abrió -un poco la puerta; aquel guiño acababa de lastimarle en su presunción de -mozo bien sembrado; en tal momento el amor propio le dolía más que el -pie.<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242">{242}</a></span></p> - -<p>—¿Por qué dices eso?—exclamó.</p> - -<p>—No sé... por nada...</p> - -<p>—¡Habla, hombre! ¿No te gusta este traje?</p> - -<p>Se examinaba: era un “completo” de color “marrón”, muy ceñido, que -chorreaba majeza, obra de uno de los más afamados sastres sevillanos. A -su vez Juanito le miraba con éxtasis, casi pesaroso de haber hablado.</p> - -<p>—El traje “marrón”—pudo decir al fin—es perfecto, como todos los -tuyos...</p> - -<p>—¿Entonces?</p> - -<p>—Pero es que lo has llevado dos días seguidos. Por eso, para entrar en -Sevilla, me gustaría verte con el gris. ¡Tú no sabes cómo te “cae”!...</p> - -<p>Manuel movía la cabeza; consideraba que, para complacer a su amigo, -habría de molestarse en abrir la maleta. Juanito Paisa agregó:</p> - -<p>—Con el traje gris estás... ¡vamos!... ¡Estás como con ninguno! ¿Iba yo -a engañarte?</p> - -<p>Desasido y paciente, El Meñique repuso:</p> - -<p>—Bueno, hombre; duerme tranquilo: me pondré el traje gris...</p> - -<p>Y cerró la puerta.</p> - -<p>Para que el torero reposase mejor, don Ricardo Fernán, “el marquesito” y -“el amigo de Manuel” se retiraron al departamento contiguo, dispuestos a -dormir. Mis otros inquilinos también descansaban, y todas mis luces, -excepto las del pasillo, donde quedaban algunos fumadores insomnes, -fueron apagadas. Así llegamos a Venta de Cárdenas, donde, sin miedo a lo -intempestivo de la hora, varios admiradores del lidiador esperaban. Yo -les oía preguntar:</p> - -<p>—¿Dónde estará Manuel?... ¿Vosotros no sabéis en qué coche vendrá?...<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243">{243}</a></span></p> - -<p>La circunstancia de hallarse los vagones en tinieblas les despistaba y -empezaron a correr, desconcertados, delante del convoy. Les enfurecía el -temor de no ver al “ídolo”. Algunos empezaron a gritar:</p> - -<p>—¡Manuel, Manuel!...</p> - -<p>El apoderado del Meñique y sus compañeros se miraban regocijados y -llevándose un índice a los labios, dándose mutuamente la consigna de -permanecer callados. Los venteños insistían en su demanda y con los -nudillos golpeaban en las ventanillas de los coches; pero el expreso -volvió a caminar y quedaron chasqueados. Lo propio acaeció en las -estaciones de Santa Elena y Vadollano, y en la de Baeza un individuo, -cansado de llamar al Meñique, lanzó una gruesa piedra contra mí y me -rompió un cristal. El bárbaro fué detenido.</p> - -<p>—El peligro está en Córdoba—decía don Ricardo.</p> - -<p>Y “el amigo de Manuel” repetía, afligidísimo:</p> - -<p>—¡Eso!... ¡En Córdoba, donde tenemos una parada de quince minutos! Allí -no hay escape...</p> - -<p>Sus tristes previsiones hallaron confirmación plena. Al entrar, ya casi -de día, en la estación cordobesa, columbré una multitud de más de -cuatrocientas personas, ávidas de ver al torero herido. Aquel humano -enjambre avanzó al encuentro de la máquina, e instantáneamente formó en -línea de batalla ante el convoy. A un: “¡Viva El Meñique!”, lanzado al -aire por un pecho robusto, respondió un “¡¡Viva!!...” colectivo, -ensordecedor y prepotente.</p> - -<p>Los coches-camas persistían embozados en<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244">{244}</a></span> su obscuridad, pero en las -“primeras” las luces lucían porque el trasiego de viajeros era -considerable. Desde el furgón de cabeza al de cola, se oía repetir:</p> - -<p>—¡Manuel!... ¿Dónde está Manuel?...</p> - -<p>Otras voces discutían:</p> - -<p>—Deben de venir con él su apoderado y Juanito Paisa.</p> - -<p>—¿De qué Juanito Paisa hablas tú? ¿Del notario? ¡Ese está en -Sevilla!...</p> - -<p>—Te aseguro que viene aquí: Juanito Paisa es “el amigo de Manuel” y le -acompaña a todas partes. ¡Me juego lo que quieras!...</p> - -<p>Tanto arreció el vocerío de los manifestantes, que don Ricardo decidióse -a mostrarse en una ventanilla. Paisa y “el marquesito”, contentísimos de -exhibirse también, permanecían tras él, muy cerca.</p> - -<p>—Buenos días, señores—dijo el apoderado sencillamente.</p> - -<p>Sus palabras, aunque articuladas en voz baja, tuvieron la virtud mágica -de llegar a todas partes, porque en el acto, la multitud corrió a -congregarse delante de mí.</p> - -<p>—Yo les agradezco a ustedes mucho—prosiguió don Ricardo—este rasgo de -adhesión. ¿Qué querían ustedes? ¿Ver al Meñique?... No es posible, -porque viene acostado.</p> - -<p>A la vez, cruelmente, los oyentes replicaron:</p> - -<p>—¡Que se levante!...</p> - -<p>—Viene dormido; pasó muy mala noche...</p> - -<p>—¡Despiértele usted!—gritaban a porfía unos y otros—; nosotros -también pasamos mala noche. Por verle, la mayoría de los que estamos -aquí no se ha acostado.</p> - -<p>—Señores—insistió don Ricardo—; yo no<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245">{245}</a></span> me atrevo a despertar a -Manuel; adviertan que se trata de un hombre herido...</p> - -<p>—No importa—replicaron unánimes los espectadores—; una herida en un -pie no es grave. ¡Dígale que se tire de la cama! ¡Queremos verle... -queremos hablar con él!...</p> - -<p>Consideraban que ya habían transcurrido ocho o diez minutos, y que el -momento de salir el expreso era inminente. Empezaron a irritarse. ¿Se -les desdeñaba?... Súbitamente la muchedumbre iba a enojarse, porque en -el alma colectiva ni la admiración ni el odio tienen entrañas ni cauces -fijos. Por fortuna don Ricardo comprendió a tiempo.</p> - -<p>—Pues que se empeñan—gritó—esperen un momento. ¡Voy a rogarle que se -levante!</p> - -<p>Corrió, seguido de Paisa, a la cama de Manuel, que estaba despierto y de -torcidísimo humor.</p> - -<p>—¡Arriba, Manolo!—imploró don Ricardo—; ya me oíste pelear con ellos; -no pude hacer más...</p> - -<p>—Yo, no me levanto—masculló el torero.</p> - -<p>—Harás muy mal; no necesitas vestirte; abrígate con la manta de viaje y -asómate un momento; lo esencial es que te vean, que no crean que les -desprecias... “Media Córdoba” está ahí...</p> - -<p>Los admiradores del diestro volvían a gritar:</p> - -<p>—¡Manuel!... ¡Sal!... ¡Viva El Meñique!...</p> - -<p>Algunos empezaron a golpearme con sus bastones, para hacer ruido. Hubo -una nutridísima salva de aplausos; después nuevas voces resonaron:</p> - -<p>—¡Manuel!... ¡Queremos que se asome Manuel!<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246">{246}</a></span></p> - -<p>Detrás de don Ricardo, Juanito Paisa rogaba, compungido, al matador:</p> - -<p>—Compláceles, Manolo; de no hacerlo considera que vas a captarte muchas -enemistades, y que, un día u otro, has de venir a torear a Córdoba...</p> - -<p>Con aire resignado, casi místico, El Meñique se incorporó en la litera.</p> - -<p>—Os obedeceré con tal de que me dejéis tranquilo.</p> - -<p>Levantóse cojeando y, envuelto en un kimono rojo y verde, se asomó a la -ventanilla.</p> - -<p>—Salud, señores...</p> - -<p>Pequeño, flaco, cobrizo y calvo, y metido en aquel disfraz orientalesco, -a la luz blanca del amanecer El Meñique debía de simular un icono. -Muchos aplausos y vítores calurosos, acogieron su aparición. -Inmediatamente prodújose un silencio absoluto. Los circunstantes, -extasiados, contemplaban al “ídolo”; y él, a su vez, les miraba. Así -transcurrieron ocho, nueve... diez segundos... ¡Curiosos fenómenos de la -emoción!... Ya en presencia del maravilloso gladiador, nadie osaba -despegar los labios, y los entendimientos estaban como paralizados. -Hasta que en medio del hondo y general recogimiento, una voz dijo:</p> - -<p>—¿Eso del botellazo qué ha sido?...</p> - -<p>No contestó Manuel, y su rostro pálido de fetiche tampoco expresó nada. -La escena tenía una suprema fuerza cómica. La misma voz continuó:</p> - -<p>—Aquí todos hemos leído los periódicos: ¿de modo que es cierto que en -Valencia quedaste muy mal?...</p> - -<p>Mansamente, con ironía apacible y amarga, El Meñique repuso:<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247">{247}</a></span></p> - -<p>—¿Para preguntarme eso me habéis hecho levantar?...</p> - -<p>Como nadie respondiese a observación tan justa, el torero añadió:</p> - -<p>—Señores, se agradece la intención...</p> - -<p>Y suavemente, sin cólera, levantó el cristal. En aquel momento partíamos -y entonces, tibios, rezagados, sonaron algunos aplausos. El Meñique, -dolorido en su carne y en su corazón, acaso con ganas de llorar, tiró el -kimono al suelo y se volvió a la cama.</p> - -<p>Aunque convencido de que Manuel González no era verdadero responsable de -nada, yo le había cobrado mala voluntad: por causa suya, sus adictos de -Córdoba me molieron a bastonazos, y en Baeza un salvaje, de una pedrada, -me había roto un cristal. Era aquél uno de los viajes peores de mi vida. -Este mal humor mío lo compartían mis inquilinos, a quienes las ovaciones -tributadas al Meñique impedían dormir.</p> - -<p>—Será la última vez—musitaban—que vuelva a viajar en compañía de un -torero “de cartel”. ¡Vaya una noche!...</p> - -<p>El caballero a quien he adjudicado el remoquete del señor “del bigote -frondoso”, tampoco descansó bien; aunque no eran las voces ni el ruido, -sino los remordimientos, los que le ahuyentaron el sueño. A este hombre -excelente le torturaba el resquemor de que el tabaco con que obsequió al -Meñique no hubiese resultado bueno, y a causa de ello el gran lidiador -hubiese formado de su persona un concepto desfavorable. Aquel puro -nefando, venenoso tal vez, era, ante los justicieros ojos de su -conciencia, como un puñal clavado en el aparato respiratorio del -matador. De esta inquietud hizo partí<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248">{248}</a></span>cipes a su mujer y a sus hijas, -quienes asímismo se atribularon. La esposa preguntó:</p> - -<p>—¿Cuánto costó el puro?</p> - -<p>—Tres pesetas; era de los más caros; pero se trata de una “marca” que -yo no conozco...</p> - -<p>—Debías haber comprado dos, para fumarte uno; y si el tuyo ardía bien, -regalarle el otro.</p> - -<p>—¡Tienes razón...—suspiraba el marido mordiéndose los labios—tienes -razón!... ¿Cómo no se me ocurriría eso?...</p> - -<p>Toda su familia sufría de este dolor, aterrada de la facilidad con que -el descrédito puede herir a las personas. En el cerebro del hombre “del -bigote abundante”, se había incrustado la siguiente consideración: -“Antes El Meñique no tenía por qué despreciarme, y ahora sí...”</p> - -<p>—¿Y si volvieses a visitarle—propuso la señora—con pretexto de -informarte de su salud, y así... charlando... le preguntases si el puro -le gustó?...</p> - -<p>—¡Es una excelente idea, papá!—apoyaron las hijas.</p> - -<p>Estas palabras, ungidas de discreción, prendieron en los ojos del -ingenuo caballero una luz de esperanza.</p> - -<p>—¡Tal vez tengáis razón!—exclamó a la vez receloso y contento—; las -mujeres sois el Diablo: lo intentaré.</p> - -<p>Eran más de las ocho de la mañana y trasponíamos la estación de Los -Rosales, cuando “el señor del bigote” dejó su compartimiento resuelto a -echar dudas a un lado.</p> - -<p>En el pasillo encontró, precisamente, al Meñique, vestido de gris, y a -Juanito Paisa, que chupaba un puro. “Para no detenerme mucho con -ellos—pensó—fingiré dirigirme al cuarto<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249">{249}</a></span>-tocador...” Avivó el paso y -procuró dar a su saludo una elegante ligereza.</p> - -<p>—Buenos días, Manuel...</p> - -<p>—Buen día—replicó el matador.</p> - -<p>—¡Celebro hallarle solo! ¿Me permite usted una pregunta?</p> - -<p>—Todas las que usted quiera hacerme.</p> - -<p>—¿Cómo era el habano que le dí anoche?... El temor de que fuese malo no -me ha dejado dormir.</p> - -<p>El Meñique interrogó a Juanito Paisa:</p> - -<p>—El habano que estás fumando, ¿no es el que me regaló el señor?</p> - -<p>—El mismo—repuso Juanito—; ¡y es muy bueno!... ¡Palabra!...</p> - -<p>—Los tabacos que me ofrecen—agregó el torero con su hablar -parsimonioso habitual—yo los acepto para obsequiar a mis amigos; pero, -yo, no fumo...</p> - -<p>El señor “del frondoso bigote” balbuceó algunas frases vulgares de -despedida y, por hacer algo, se metió en el cuarto-tocador. Estaba -avergonzado.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250">{250}</a></span></p> - -<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX</h2> - -<p>Los diarios de Sevilla informaron a sus lectores de que la víspera, y -por efecto de una maniobra inhábil, el expreso de Madrid había salido -con cerca de media hora de retraso; pero en el fárrago de hechos que -rellenan la vida cotidiana el suceso escapó inadvertido, lo cual no me -extrañó, pues los hombres creen que la vida consciente no se extiende -más allá de ellos mismos. ¡Ah! Si supiesen leer ¡sólo un poco!... en el -Misterio, hubieran reconocido que lo que creyeron choque fortuito de dos -vagones, era un desafío.</p> - -<p>Efectivamente, el tiempo, lejos de suavizar las asperezas de mis -relaciones con El Majo, las había hecho más vidriosas y difíciles. -Acostumbrado a ejercer hegemonía despótica sobre el convoy, mi enemigo -no aceptaba que yo le tratase de igual a igual, y sin otras -consideraciones ni reverencias que las mismas, exactamente, que él me -tributaba; yo, por mi parte, no le consentía la menor insinuación -autoritaria: éramos de la misma fuerza y de temple parecido, y, -fatalmente, teníamos que pelear. No perdía ocasión de hostilizarme: en -las estaciones del<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251">{251}</a></span> tránsito paraba súbitamente, para que yo me -lastimase contra él; en las cuestas arriba se dejaba ayudar por mí, y -una noche, cruzando Despeñaperros, intentó lanzarme fuera de la vía en -una curva. La cobardía de su traición me encendió la cólera, y -arrastróme a decirle los peores insultos.</p> - -<p>—Eres—le dije—un majadero y un villano, y hemos de matarnos.</p> - -<p>—Iba a proponértelo—repuso muy engallado.</p> - -<p>—Pues en la primera ocasión será, y poco he de poder si no te expulso -del convoy.</p> - -<p>Estábamos, pues, desafiados, y pendientes del lance todos los coches. -Hasta las máquinas supieron la noticia, y huelga añadir que unánimemente -las simpatías se hallaban de mi parte. Era seguro que El Majo, -profesional de la baratería, no me tenía miedo; pero tampoco me lo -inspiraba él a mí, y si ya no habíamos liquidado cuentas fué por -ausencia de ocasión. Presentóse ésta al cabo en la estación de Sevilla, -una tarde, con motivo de un <i>sleeping</i> que, por averías, debía ser -retirado del “expreso”.</p> - -<p>Sucedía que cuando La Sabrosa andaba de maniobras, bien porque tuviese -que beber agua o proveerse de carbón, o ayudar a empujar algún -“mercancías”, siempre iba sola; esto era lo frecuente. A veces, sin -embargo, llevábase consigo al primer furgón, y también al Negro; y así -yo siempre me quedaba quieto y unido a “la cola” del convoy. En la tarde -a que me refiero el mozo que acudió a fraccionarnos, bien por -equivocación o porque así se lo hubiesen mandado—me inclino a creer lo -primero—en vez de separarme del Negro, según solía, me apartó del Majo, -y así nos proporcionó la opor<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252">{252}</a></span>tunidad de pelear que tanto ansiábamos, -pues nada se parece a la sed, ni hace mejores migas con el insomnio, que -el deseo de venganza. Mientras nos desunían, mi rival me advirtió:</p> - -<p>—Pues te corresponde la ofensiva, tómala con coraje.</p> - -<p>—Luego me dirás—contesté orgulloso—si supe complacerte.</p> - -<p>Y seguí a la máquina. Nuestro duelo había de ser, forzosamente, -rapidísimo: limitábase al choque, más o menos rudo, que tendríamos -después, al reunirnos; de consiguiente todo nuestro odio, todo nuestro -futuro crédito también, debían concentrarse en un golpe supremo y -decisivo. Para impedir que el maquinista—como siempre hacía—regulase -el movimiento aproximativo de las dos partes del “expreso”, precisaba -interesar a La Sabrosa en el desafío y erigirla en una especie de “juez -de campo”. Por medio del Negro, del furgón de cabeza y del ténder, hablé -con ella, y no bien cruzamos algunas palabras cuando su voluntad estuvo -de mi parte.</p> - -<p>—Es indispensable—la dije—que cuando volvamos atrás y yo me halle a -cincuenta o sesenta metros del Majo, fuerces tu velocidad, para lo cual -arréglatelas de modo que tu “regulador” no funcione, pues de lo -contrario el maquinista te obligará a ir despacio.</p> - -<p>—Lo haré así—repuso La Sabrosa—; pero, la verdad: ¿tienes muchos -deseos de topar con El Majo?</p> - -<p>—Quiero—exclamé vehemente—partirle el cuerpo.</p> - -<p>—Vamos a dar un escándalo...</p> - -<p>—No importa, pues que en ese escándalo va<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253">{253}</a></span> envuelta una lección. -Conviene escarmentar a los perdonavidas.</p> - -<p>—Pues, prepárate, Cabal, y reúne bien tus ímpetus—replicó La -Sabrosa—porque ya volvemos.</p> - -<p>Había bebido lo necesario y recogido seis mil kilos de carbón, y -engrasada y reluciente retrocedía con su suave y poderoso rodar -señorial. Desde otros carriles muchos vagones me observaban, y por la -expectante atención que en ellos había les comprendí advertidos del -lance. Aquellas miradas, en cada una de las cuales había un mordisco -para mi amor propio, redoblaron mis ánimos: sentí que toda mi tablazón -se contraía y endurecía, semejante a un músculo; que mis pernos y -tornillos se apretaban, y que, a la vez, en sus marcos respectivos, -todas mis puertas y ventanas se disponían al golpe.</p> - -<p>—Apóyate en mí, Cabal—murmuró a espaldas mías El Negro.</p> - -<p>Al término de la vía mi rival me aguardaba, y en cada uno de sus topes, -redondos como puños, había una criminal amenaza. Sólo nos separaban -cincuenta metros cuando el maquinista quiso dar contramarcha; pero La -Sabrosa no amainó su velocidad; inquieto el maquinista afianzó ambas -manos al volante, y por segunda vez fué desobedecido. Los frenos también -parecían rebelados; el choque iba a ser terrible; varios empleados -corrieron hacia la locomotora, gritando:</p> - -<p>—¡Atrás... atrás!...</p> - -<p>El maquinista, muy pálido, explicaba a voces:</p> - -<p>—¡No puedo!... ¡No obedece!...</p> - -<p>Al encontrarme con El Majo, le dije:</p> - -<p>—¡Aguanta, si puedes!...<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254">{254}</a></span></p> - -<p>Y cerré contra él, sirviendo a mi destructora intención con todo mi -peso. Lo hice descarrilar: primero fueron sus cuatro ruedas delanteras -las que se salieron de la vía; luego su cuerpo comenzó a inclinarse y -segundos después perdía el equilibrio y se desplomaba sobre un costado, -al aire todos sus rodajes; como muerto. Su imperial, en casi toda su -longitud, quedó abierta. Yo, con asombro y regocijo de mis camaradas, -permanecí firme: ni una sola de mis piezas se estremeció; ni siquiera mi -dínamo padeció. De aquella refriega, en la que, sin culpa, el fogonero y -el maquinista quedaron heridos, yo salí únicamente con los cristales -rotos.</p> - -<p>Tres días permanecí ocioso, en tanto me arreglaban la cristalería y un -carpintero remachaba algunos clavos que, con la percusión, habían sacado -la cabeza de la madera como para enterarse de lo acaecido; y luego me -añadieron a otro “expreso” recién formado; un convoy lleno de ese -proverbial buen humor andaluz tan rico en hipérboles y en símiles -dichosos. Mis compañeros se titulaban “cómicos”, y algo de esto recuerdo -haber dicho en otro capítulo de estas “Memorias”. La máquina que -trabajaba entre Sevilla y Córdoba era La Empresa; el coche-cama, La -Primera Actriz; entre las unidades de “primera” había un Galán, un -Apuntador, una Característica, un Barba... En cuanto a mí, aunque sabían -mi nombre y mi reciente lance me enmarcaba de prestigio, empezaron a -llamarme El Representante, por lo urbano y bien dispuesto que todos me -hallaron, y con tan buena gracia lo hacían que ni una vez quise -protestar.</p> - -<p>Con estos excelentes camaradas rodé largo tiempo, y su optimismo y sus -agudezas me pro<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255">{255}</a></span>porcionaron muchos ratos amables. ¿Qué habrá sido de -ellos? Todavía mi salud continúa recia, pero comprendo que el espíritu -ha cambiado, y lo advierto en la desgana con que hablo, pues según las -cosas—con los años—van perdiendo importancia a mis ojos, día tras día -y en proporción igual me cuesta mayor trabajo discurrir con entusiasmo -acerca de ellas. “Todo desmaya, todo envejece”...—pienso—; y la -tristeza y el cansancio, entrañas de la vida, insensiblemente penetran -en mí. He adquirido una capacidad nueva y útil para acercarme a lo que -parece pequeño y conocer su profundidad, y merced a este don, el mundo -lo imagino más caudal y variado que antes. A ello atribuyo la -resurrección de ciertas imágenes que, durante tres o cuatro lustros, mi -misma turbulencia juvenil mantuvo desechadas y como cubiertas de polvo -en los últimos rincones de la memoria.</p> - -<p>Por ejemplo: siendo muy mozo, llegué un anochecer autumnal a un pueblo -vasco. ¿Era Andoaín? ¿Era Urnieta?... ¿Hernani, quizás?... Poco importa: -sólo sé que llovía bien, que hacía frío y que el aguacero tamborileaba -sobre las techumbres y los cristales del convoy. Lejos, en el paisaje -neblinoso, fulgían algunas luces. Olía a jaras. Detrás de la pequeña -estación, de pronto, resonó un rasgueo de guitarras, y una voz varonil, -entonada y caliente, empezó a cantar un zorcico. Aquel crepúsculo -húmedo, aquel porfiado llover, aquella tonadilla triste... ¡qué bien -rimaban!... La copla parecía diluirse en el paisaje lloroso, y el -paisaje, a su vez, sollozaba en la canción. ¿Por qué ahora, después de -tantos años, este delicado recuerdo vuelve a mí?...</p> - -<p>Por movedizo y vagabundo quizás, me intere<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256">{256}</a></span>saban los ríos, cuyas aguas -sólo nos dicen adiós una vez; y más que los ríos, que realizan la -paradoja de los que estando siempre en marcha nunca acaban de irse, los -caminos.</p> - -<p>¡Oh! ¡Esos caminos que, de noche, bajo el livor astral, simulan cauces -secos!... ¿Quién no sufrió su poesía arcana?... Ellos significan mucho -más que un lazo de unión entre dos pueblos: parodia dichosa son del -Tiempo, porque como él están a nuestro lado, y delante... y detrás; y -como él no cambian, y, sin embargo, jamás hubo sobre ellos dos puntos -exactamente iguales; y, como él, en fin, no se mueven y parece, no -obstante, que se van. Asímismo constituyen, al igual del Tiempo, el -vehículo de lo más malo y de lo más dulce: por ellos ambulan la Gloria y -la Suerte; por ellos vienen las novias de los hombres, vestidas de -blanco; por ellos, tras la diosa Aventura, se fueron los hijos, y los -padres pasaron en un coche negro... Son también la experiencia, y por -eso, sin hablar, guían; y mientras el campo uniforme calla, ellos, al -peregrino que equivocó su rumbo, le dicen: “¡Sígueme!”...</p> - -<p>Si la tierra, con todas aquellas divisiones que la geografía política -determina, representa “el rostro de la humanidad”, los caminos marcan -los pliegues o surcos de ese rostro. Las emociones, siguiendo una vez y -otra trayectorias idénticas, llegan a pintar arrugas en la cara del -hombre, como las gentes rústicas, ambulando sin otro guía que su -instinto, bocetaron los primeros caminos; y su intuición fué certera, -pues generalmente el lápiz del ingeniero ratificó más tarde, sobre el -papel, el rumbo que en el campo verde dejaron los pies descalzos del -patán. En las fisonomías inteligentes y movibles abundan<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257">{257}</a></span> las arrugas, -como en las naciones muy trabajadas por el progreso hay muchos senderos. -Para las impresiones, los surcos de la piel son los caminos del -semblante; para los vagabundos, los caminos son las arrugas de la -tierra.</p> - -<p>Caminos de hierro, por los que, con una velocidad de ochenta y de -noventa kilómetros por hora, corre la vida; caminos carreteros, limpios, -señoriales, que devanáis vuestra cinta gris bajo el amparo de la Ley; -caminos de herradura que, atravesando bosques, guardáis en vuestra línea -ondulante un gesto incierto y trovador; caminos cubiertos, suspendidos -atrevidamente entre el llano y el acantilado del monte; veredas serranas -que, trepando unas veces, descendiendo otras, bordeáis el espanto de los -abismos y conserváis—semejante a un perfume silvestre—la indecisión -del primer viajero; rutas, en fin, sea cual fuere vuestra categoría y -preeminencia, con que el horizonte responder parece a la insatisfecha -impaciencia de los hombres: ¿quién no ha sentido vuestro imán; quién -nació tan sordo de corazón que no oyese vibrar, en lo más recogido de su -alma, vuestra voz sirena?... ¿Y cuál es vuestra poesía que lo -magnificáis todo de manera que, hasta el mismo mar, cuando la luna -tiende sobre él su calzada de plata, se ofrece más bello?...</p> - -<p>¡Ah!... Si yo pudiese hablarles a los humanos les exhortaría a no -languidecer, ni un instante, en el estéril reposo de las vidas quietas, -sino a marchar constantemente, así por los caminos del mundo, como tras -las ideas y las pasiones, caminos del espíritu. Yo les diría: “Hombres, -viejos o jóvenes: desead, moveos, renovaos sin sueño, adorad los -caminos: tened siempre un rumbo<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258">{258}</a></span> para vuestros pies, llevad siempre -encendida en el alma, a modo de brújula, una ambición. Por mucho que -hayáis luchado, acordaos de que la Muerte, cuando llegue a vosotros, os -debe hallar en pie”...</p> - -<p>Esto que digo de los caminos, explica mi cariño a los árboles, que -reparten el bien y mueren en silencio, y tienen la dulzura de la -filosofía panteísta.</p> - -<p>No hablaré de aquellos que cubren los parajes solitarios y, amparándose -unos a otros, forman bosques espesos: los castaños, los robles, los -nogales, los alcornoques, los pinos siempre verdes, las encinas—mis -abuelas—torcidas como raíces, los olivos descendientes de los que -florecían en el huerto donde Jesús se dejó atar las manos. Todos ellos -viven apartados del tráfago humano y parecen felices: lozanean a su -alrededor altos herbazales que, defendiendo la frescura del suelo, los -benefician; por las mañanas, sus frondas sin polvo y mojadas de rocío -tienen la fuerte alegría verde del mar. En verano, a la hora sin brisas -de la siesta, el canturreo lascivo de las cigarras los adormece, y de -noche, bajo la melancolía lunar, sus sombras, alargadas sobre la tierra, -parecen almas. Así viven siglos: nadie los molesta; de tarde en tarde, -un cazador furtivo, un grupo de contrabandistas, un tren que huye a lo -lejos...</p> - -<p>Tampoco hablaré de aquellos árboles que embellecen los jardines -públicos. Alineados, podados, monótonos, no tienen la altivez ni la -melancolía arisca de los otros, sus hermanos del bosque: antes -muéstranse débiles y tristes, cual conscientes de su esclavitud. Son, no -obstante, verdaderos mimados de la fortuna, y servidores<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259">{259}</a></span> uniformados -vigilan su reposo, y limpian sus troncos de vegetaciones parasitarias y -de insectos nocivos; se los abona, se los riega, se los rodea de césped, -y cuanto les circunda es alegre, porque la muchedumbre que acude a los -paseos sólo va a solazarse. Quizás estribe en esto mi desdén hacia -ellos; me parecen empleados del ayuntamiento; no me interesan...</p> - -<p>Entero mi amor lo consagro a los árboles olvidados de la suerte, a los -árboles-parias, a los árboles trágicos, que el hombre o la casualidad -sembraron al borde de los caminos. Nadie los defiende, nadie los cuida; -y ellos, sin embargo, no vegetan egoístamente como los otros, sino que, -bondadosos, extienden su ramaje sobre la aridez de la carretera por -donde el dolor de la vida pobre, de la vida triste, pasa lentamente, y -amparan al peregrino y defienden del sol a las bestias cargadas. Nunca -pude ver sin emoción esas hileras de árboles que en la sequedad de la -planicie castellana derivan hacia el horizonte marcando las ondulaciones -de un camino. Parecen marchar tras de un entierro, y en su ramaje ralo -que sombrea a intervalos la ruta polvorienta, hay un ascetismo. ¡Qué -tristeza la suya, tan honda! Solos, abandonados, nadie acudirá a -levantarlos si el huracán los derriba, ni los desembarazará de la -cizaña, ni lavará el polvo calizo que mata su fronda, ni les dará un -poco de agua cuando sus raíces, bajo el sol de agosto, mueran de sed. -Nada los defiende. El carretero cortará de ellos la vara que necesita -para apalear su ganado, y al pie de su tronco los pastores, en las -noches de invierno, encenderán la hoguera con que han de calentarse. -Eucaliptos, higueras, álamos erectos, chopos llenos de gracia, acacias -pla<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260">{260}</a></span>teadas... no merece perdón el ingrato que arranque a vuestro ropaje -una sola hoja. Si sois bellos y buenos, si dais hermosura al paisaje y -salud al hombre, ¿quién exigirá más de vosotros?...</p> - -<p>Esta asotilada inclinación mía hacia los desvalidos y los humildes, me -ha ayudado a bucear más hondo en el alma humana, y colocado en -disposición de discernir matices sentimentales que antaño no hubiese -visto; mi sensibilidad actual alcanza un campo de acción mayor que -nunca. En una palabra: me he refinado, me he pulido. Gracias a ello -comprendí la dolorosa agudeza emocional del episodio que narraré a -continuación y que sin titubeos coloco entre los más bellos de mi vida.</p> - -<p>Empezaban a sentirse los primeros fríos de un mes de octubre; día tras -día el añil celeste se debilitaba, y por los campos corrían temblores -amarillentos. Algunas hojas secas habían caído ya, y el serojo empezaba -a llenar de dolor las zanjas. Era la estación en que los trenes regresan -a la Corte cargados de veraneantes, y se marchan vacíos.</p> - -<p>Aquella noche, al salir de Madrid, sólo llevaba conmigo cinco pasajeros. -Me interesó uno de ellos por su aspecto decaído. Aparentaba cincuenta -años, pero acaso tuviese muchos menos: era alto, esquelético, encorvado, -trémulo, y al andar se apoyaba en un bastón de muletilla que asía con -una mano flaca, húmeda, impaciente, con esa fiebre—deseo de agarrarse a -todo—que pone en los dedos la agonía. Aquel hombre, a quien nadie fué a -despedir, alquiló cuatro almohadas y se instaló junto al corredor y de -espaldas a la máquina. Tuvo un largo y angustio<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261">{261}</a></span>so ataque de tos, y -empapó en sangre un pañuelo. Yo creí que se acostaría; pero mantúvose -sentado, acaso porque en esta posición respiraba mejor. Poco a poco -ordenó a su alrededor las almohadas: una, a la altura de los riñones; -otra, detrás de la cabeza; las dos restantes, debajo de los brazos. -Hecho esto pareció descansar, y suavemente, como aliviado, entornó los -párpados; mas apenas sus ojos—que eran grandes y ardientes—se -apagaron, cuando me pareció que su rostro pajizo cubríase de nueva -lividez, y que su nariz aguileña se afilaba, y sus pómulos salientes se -acentuaban más; y advertí también que entre el bigote lacio y las -descuidadas barbas, la boca, de labios blancos, había quedado abierta. -Así, enfundado en un viejo gabán, con el perfil vuelto hacia arriba y -una boina que, ajustándole las sienes, realzaba la convexidad del -frontal, mi huésped parecía un cadáver.</p> - -<p>—No tardarás en bajar a la tierra—pensaba yo.</p> - -<p>De vez en vez, molestado por mis traqueteos, abría los ojos, tosía, -escupía en su pañuelo y tornaba a adormecerse; aunque no era el sueño, -sino la flaqueza y total ruina de su organismo, lo que le inmovilizaba. -Pronto le olvidé.</p> - -<p>En el andén de Alcázar de San Juan vi una mujer de buena estatura, de -cabellos castaños y vestida de luto, a quien en seguida reconocí. ¡Era -Raquel!... Y la silueta ensangrentada del infeliz don Rodrigo pasó, -semejante a un remordimiento, por mi memoria. En los cuatro años -transcurridos desde entonces la silueta de mi antigua “cliente”—como -hubiera dicho Dos-Caras—había mejorado. La encontré más esbelta y ágil -que antaño, y también más triste; indu<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262">{262}</a></span>dablemente el luto la -espiritualizaba, la embellecía.</p> - -<p>“¿Vestirá así por “él”?...”—me dije.</p> - -<p>Y seguí meditando, mientras la observaba:</p> - -<p>“¡Si supieras que este vagón, que crees no conocer, es el mismo que -tantas veces te llevó y te trajo de La Coruña a Valladolid! ¡Si supieses -que yo, leyendo en el pensamiento de tu amante, que te adoraba, muchas -veces te vi desnuda!... ¡Si el corazón pudiera explicarte que me debes -la vida, porque fuí yo quien mató a tu hombre la noche, precisamente, en -que él iba a matarte!...”</p> - -<p>Raquel se acercó a la “Biblioteca”, a comprar algo que leer, y la oí -platicar con la vendedora. La joven había pedido obras de Leonardo -Ruiz-Fortún, escritor entonces muy en boga. En los armarios, a la vista, -no quedaba ninguna, por lo cual la vendedora púsose a registrar en un -arcón: sus manos, conocedoras y diligentes, avezadas a manejar libros, -iban de un volumen a otro.</p> - -<p>—¡Bien sabía—exclamó, incorporándose—que quedaban varias! Tome usted: -<i>Silencio</i>... Es una novela que las señoras piden mucho.</p> - -<p>Raquel suspiró: porque aquella obra tenía para ella un recuerdo:</p> - -<p>—La he leído...</p> - -<p>—Vea, otra: <i>El amigo íntimo</i>.</p> - -<p>—También la he leído; conozco casi toda la producción de Ruiz-Fortún; -es mi autor predilecto.</p> - -<p>—Otra... la última: <i>Años de paz</i>.</p> - -<p>—¿Ah?... ¿Es nueva?...</p> - -<p>—Acaba de ponerse a la venta; la recibimos ayer.<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263">{263}</a></span></p> - -<p>Con aire desasido Raquel abonó el importe del volumen, que empezó a -hojear, y cuando, de pronto, acertó con ese “paisaje interior”, de -irisada y taladrante observación, que todos los <i>dilettanti</i> del libro -buscan en la obra recién comprada, sus ojos—¡ah, prodigios del -arte!—fulgieron de emoción.</p> - -<p>Inmediatamente se acercó al “expreso”, que ya se iba, y, sin vacilar, -obediente a la sugestión arcana de las cosas, subió a mí y fué a -colocarse—dando el rostro al camino—en el departamento donde viajaba -el enfermo de que hablé antes. Era el mismo compartimiento en que don -Rodrigo hizo su postrer viaje, y la decisión rectilínea—voz de -fatalidad—con que penetró en él, pudiendo haber elegido otro, me -calofrió. Yo hubiese querido decirla: “Raquel: el coche que ahora te -lleva a Andalucía es antiguo conocido tuyo; es el que tú y tu Rodrigo -llamabais “nuestro vagón”. Yo sé cómo besas, y doy fe de cuánto él te -quiso; yo le he oído dudar de tu cariño y le he visto romper tus cartas. -También le vi muerto: donde su cuerpo estuvo tendido, tú, ahora, sin -saberlo, acabas de poner los pies; hubo sangre suya ahí, por donde tú -has pasado”...</p> - -<p>Raquel, después de sentarse cerca de una ventanilla, miró a su -alrededor; esto es, “me miró”. Seguidamente y acaso bajo mi influencia, -pensó en el amante muerto, y por su frente resbaló una melancolía. En su -espíritu leí este nombre: “Rodrigo”; y, a continuación, aparecieron los -ojos claros y el bigote rubio del sin ventura. Suspiró y su conciencia -se llenó de obscuridad. Yo la miraba con cariño: si la hubiese visto -acompañada de otro hombre, la habría odiado; pero iba sola, y aquel -afecto que, tras de tanto<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264">{264}</a></span> tiempo, dedicaba al amado, me la hacía -simpática. Y volví a pensar: “¿Por quién llevará luto?...” De su mano -izquierda, que exornaban antaño una esmeralda y un rubí, la esmeralda -faltaba, como si su dueña hubiera querido dar a entender así que la -esperanza había emigrado de su corazón.</p> - -<p>Raquel observó unos momentos el cielo límpido y estrellado. Después sacó -de un “neceser” una plegadera de marfil y oro, y con una parsimonia, que -era una caricia, comenzó a cortar las hojas del libro: lo hacía con -esmero, con amor... En seguida emprendió la lectura, e interesada, tanto -por el estilo apasionado como por el asunto, leyó, de un tirón, lo menos -veinte páginas.</p> - -<p>Bruscamente el viajero que llamaré “de las cuatro almohadas” comenzó a -toser; a cada nuevo esfuerzo se incorporaba, jadeante, lívido, como si -fuese a dictar su última voluntad, mientras con una mano desesperada se -arañaba el pecho.</p> - -<p>—Es un tísico—monologueó Raquel—; un incurable...</p> - -<p>Y, aunque piadosa, apartó con disgusto los ojos del desconocido, que -proyectaba un perfil macabro sobre mi fondo gris.</p> - -<p>Nuevamente reanudó su lectura.</p> - -<p>En aquel momento el autor trazaba, con rasgos magistrales, el hechizo -perezoso de una siesta andaluza: Eran las tres de la tarde de un día de -agosto: “Alicia”, la heroína, esperaba a su amante escondida entre las -persianas del balcón; del cielo azul descendía una ola de fuego; en el -sosiego provinciano de la calle un pianillo de manubrio desgranaba las -notas de un vals sensual;<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265">{265}</a></span> en las ventanas y sobre los arriates de las -azoteas, las macetas de claveles y de nardos ardían, como llamas, bajo -el sol; y en aquella orientalesca borrachera de calor y de luz, el -corazón de Alicia volaba hacia el campo, donde todo es saludable y -violento...</p> - -<p>Por segunda vez Raquel miró a su compañero de viaje. El infeliz tosía y -se ahogaba; gruesas gotas de sudor perlaron su frente; sus ojos se -desorbitaron con la angustia. Después, ya calmado, volvió a reclinar la -cabeza hacia atrás y sus mejillas, empurpuradas momentáneamente por la -asfixia, recobraron su lividez. Raquel pensó, egoísta:</p> - -<p>“Este pobre hombre me da asco. Si no se duerme cambiaré de coche”...</p> - -<p>Tornó a su lectura, y rápido el superior espíritu de Ruiz-Fortún, su -autor favorito, volvió a poseerla: como un brujo la dominaba, la -aturdía. Había en el verbo del gran artista, adorado de las mujeres, una -emoción quemante y como irisada, dotada de milagroso vigor. Todo era en -él pasión, ímpetu, amor romántico y exaltado. Leonardo Ruiz-Fortún era -un griego que resucitaba en el cansado occidente el espíritu optimista -de la vieja Hélade. De sus libros, el pesimismo, que es cobardía, estaba -proscripto, y todos sus personajes eran audaces y hermosos como -héroes...</p> - -<p>Embelesada, Raquel cerró lentamente sus largos ojos negros... y, de -súbito, la imagen lejana de don Rodrigo ocupó unos segundos su memoria. -Humilló la cabeza; se quedó triste, con esa segura melancolía que emana -del fastidio; hacía tiempo que esta disposición depresiva de alma la -visitaba.<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266">{266}</a></span></p> - -<p>“Me aburro—pensó—y aburrirse, cuando estamos solos, equivale a no -hallarnos satisfechos de nosotros mismos; es “odiarnos” un poco...” -Luego, una idea pintoresca turbó agradablemente su espíritu: “¿Cómo -sería Ruiz-Fortún?...” ¡Ah! De haberle ella conocido, seguramente le -hubiese amado.</p> - -<p>Llegábamos a Santa Cruz de Mudela, donde mudábamos de locomotora; eran -más de la una de la madrugada. El hombre “de las cuatro almohadas”, a -quien mis luces daban una apariencia espectral, sufrió un nuevo acceso -de tos, y Raquel hizo sobre sí misma un esfuerzo para no oirle. Momentos -después reanudó su soliloquio:</p> - -<p>“Sí; el autor de <i>Años de paz</i> tenía razón: no todo en el mundo es -podredumbre y felonía. El vulgacho es lodo, pero sobre la gentuza -egoísta y sórdida campean voluntades diamantinas y espíritus horros de -impureza, que saben hacer de la vida una plegaria excelsa; y Ruiz-Fortún -pertenecía a esos elegidos...”</p> - -<p>La tos del paciente, que sonaba lúgubre como una voz salida de la -tierra, quebrantó transitoriamente el hilo áureo de aquellas -meditaciones. La joven tuvo un nuevo gesto de impaciencia y de asco. -Luego su fantasía volvió a piruetear y pensó en escribir a Ruiz-Fortún -explicándole la desolación de su espíritu y la admiración—veneración, -más bien—que hacia él sentía; y como el novelista, a fuer de cumplido -caballero, se apresuraría a contestarla, era seguro que llegarían a ser -amigos... amantes, quizás... En este punto de su laborioso discurrir la -figura del escritor, por primera vez, la preocupó, pues ella jamás -habría podido enamorarse de un hombre<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267">{267}</a></span> feo. ¡No!... La naturaleza no -gusta de dejar sus obras inconcluídas: los artistas divinos y deformes, -como Leopardi, son, afortunadamente, muy raros. Y Raquel se tranquilizó -al convencerse de que Leonardo Ruiz-Fortún tendría, como lord Byron, una -hermosa cabeza juvenil, grave y triste...</p> - -<p>En Venta de Cárdenas subieron a mí y se instalaron en el departamento -donde iba Raquel dos viajeros, que debían de ser madrileños por lo que -de su acento y conversaciones pude colegir. Transcurrió la noche. A la -mañana siguiente, al llegar a Córdoba, el señor “de las cuatro -almohadas” se incorporó, saludó con una sonrisa glacial a sus compañeros -de viaje, y salió al corredor. Caminaba inclinado, tembloroso, y, al -andar, arrastraba un pie. Tras él, en el departamento, quedó flotando un -olor a hospital. Cuando descendió al andén y le vi alejarse, de espaldas -a mí, pensé: “Ya siempre te veré así, porque tú no vuelves...”</p> - -<p>Mi asombro fué enorme al oír que uno de los dos pasajeros que viajaron -con él desde Venta de Cárdenas decía a su amigo:</p> - -<p>—¿Conoce usted a ese que acaba de salir?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Leonardo Ruiz-Fortún.</p> - -<p>—¿El novelista?</p> - -<p>—El mismo: creo que el pobrecito se quedará en Córdoba...</p> - -<p>Raquel, que, como yo, había seguido este diálogo, a durísimas penas -reprimió un grito. ¿Era posible que aquel tuberculoso, aquella -lamentable piltrafa de la vida, fuese el mismo escritor de inspiración -férvida, de propósitos anchos, de estilo recio, con quien ella horas -antes, precisa<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268">{268}</a></span>mente, había soñado? ¿Cómo en un cuerpo exangüe, casi -muerto, podía alojarse un espíritu así?... ¿O era que, tal vez, la misma -implacable brasa del alma había roído la carne hasta consumirla?...</p> - -<p>“¡La naturaleza es ciega! ¿Para qué fantasear? ¿Para qué esforzarnos en -ser dichosos?”—discurría Raquel.</p> - -<p>Tras una pausa, fríamente, por la ventanilla, tiró el libro al espacio.<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269">{269}</a></span></p> - -<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h2> - -<p>En unas revistas ilustradas olvidadas sobre mis asientos, he leído -artículos laudatorios acerca de la última obra del escultor montañés -Pedro Juan, el cual, cuando yo trabajaba en la línea de Hendaya, viajó -diferentes veces conmigo hasta Miranda de Ebro, y de cuyo rostro -aguileño y palidísimo, flaco, como consumido por las brasas de sus ojos -extraordinarios, recuerdo muy bien. Los críticos celebraban con un -ahinco que acreditaba la sinceridad de sus elogios, la expresión, la -emoción palpitante, “la elasticidad de carne viva”—palabras suyas—que -el artista genial trasmitía a la piedra...</p> - -<p>Sin duda todos aquellos ditirambos eran justos, y yo los aprovecho para -fortificar lo que en diversos pasajes de este libro expuse a propósito -de las vibraciones de inteligencia, de voluntad, de memoria y de -sensibilidad física, que el hombre comunica a cuantos objetos le -acompañan habitualmente. Si un escultor, por ejemplo, con sólo el -esfuerzo de su inspiración y de sus manos, infunde a un pedazo de mármol -el calor de su alma, ¿cómo negar esa constante y certera “transfusión de -alma”—llamémosla así—con que a lo largo de los años las personas, -soslaya<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270">{270}</a></span>damente, vivifican sus trajes, sus muebles y las habitaciones en -que habitan? Sin maliciarlo el hombre divide su tesoro vital en dos -partes, de las cuales se reserva la mayor, y la otra, que se le escapa -por los ojos, y por la punta de los dedos y con el calor de su propio -cuerpo, es la que reparte, la que difunde alrededor suyo y queda -adherida a las cosas. He ahí el por qué los trajes recién salidos de las -sastrerías son “fríos”, por bien confeccionados que estén; y por qué las -novelas autobiográficas, por sencillo que sea su argumento, apasionan -más y obtienen mayor número de lectores, que las imaginadas, fruto -exclusivo del arte y de la inventiva de su autor. Esta vida adquirida, -esta vida pegadiza gracias a la cual siento y hablo, donación -subconsciente es de los hombres, y si ellos lo supiesen sus escritores -comprenderían que la historia, por ejemplo, de “un billete de Banco”, -que pasó por millares de manos y pudo servir así para pagarle las -medicinas a un enfermo como para comprar a un asesino, bien merece los -honores de ser llevada al papel. Diré más: estos libros de “Memorias” -son, por su misma índole y composición, más difíciles de escribir que -las novelas; agotan: porque en cada novela sólo hay un argumento y uno o -dos protagonistas, mientras en una existencia tan agitada como la mía, -en cada nuevo personaje que aparece surge un nuevo protagonista y con -él, quizás, un nuevo enredo. Un libro de “Memorias” equivale a una -sucesión de novelas.</p> - -<p>En mi biografía hay millares de meses tediosos, absolutamente idénticos, -que no hubiese querida vivir; pero, afortunadamente, de cuando en cuando -la Aventura, la divina bruja de los<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271">{271}</a></span> ojos verdes, me miraba, y su roce -era tan eficaz, tan excelso, que aunque sólo durase horas bastaba a -consolarme de mi fastidio de varios años. Acordándome de aquellas -muchachitas que, cuando yo rodaba sobre la línea de Galicia, salían a -verme a los andenes del tránsito, yo pensaba:</p> - -<p>“Me parezco a ellas en lo de esperar; ellas aguardaban todos los días la -visita de lo Extraordinario, y yo también. Yo soy, dentro de mi esfera, -como una pequeña estación en donde, tarde o temprano, el tren de lo -Imprevisto se detendrá ‘un minuto’<span class="lftspc">”</span>...</p> - -<p>El hada Sorpresa, tacaña por temporadas hasta la sordidez, tiene a ratos -prodigalidades excesivas. Su alma es histérica, ilógica, y, por lo mismo -quizás, adorable. Ora no da nada, ora da muchísimo; ¿pero si repartiese -sus dones más proporcionadamente, no nos parecerían menos sabrosos?...</p> - -<p>Los dos hechos que voy a narrar se desarrollaron, uno a continuación del -otro, desde la noche de un veinticuatro de diciembre—es la segunda -Nochebuena notable que recuerdo—y la mañana del día veintiséis: el -primero es un episodio lírico, plácido; un <i>duetto</i> al par sensual y -romántico que, si terminó conforme sus mantenedores se obligaron delante -de mí a desenlazarlo, reducido quedó a un bellísimo cuento; pero que si -tuvo “segunda parte”, sirvió de primer capítulo a una novela cuyo -desenlace ignoro. El otro episodio es un enredo trágico, una cabriola -siniestra, una visión de pesadilla: aquél era “blanco”; éste negro; -aquél tenía el color de los azahares nupciales, y éste el tono obscuro -de la sangre coagulada. Aquella vez a la Aven<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272">{272}</a></span>tura—artista -portentosa—la bastaron treinta y seis horas para hacer un “Rembrandt”.</p> - -<p>Salí de Madrid, como todos los años me sucedía durante las festividades -navideñas, con escaso pasaje. No llegarían mis ocupantes a ocho. En mi -segundo departamento viajaban una mujer y un hombre: yo les había oído -hablar en el andén; él se hallaba próximo a mí, alquilando una almohada, -cuando ella le abordó para preguntarle:</p> - -<p>—Caballero... ¿puede usted decirme si este es el tren de Almería?</p> - -<p>Tenía una voz dulce, armoniosa; una voz “húmeda”...—no acierto a -calificarla mejor—; una voz idílica, hecha para hablar de amor y -decirle al Deseo “que sí”...</p> - -<p>Clavó él en la desconocida una mirada buída, hambrienta, de gavilán; un -mirar con el que la desnudó y la palpó y la registró, por igual, el -cuerpo y el alma.</p> - -<p>—Sí, señora; este es el tren...</p> - -<p>Y añadió afirmativo:</p> - -<p>—Tomaré una almohada para usted.</p> - -<p>—Bien, muchísimas gracias...</p> - -<p>Buscó apresuradamente su portamonedas para abonar el importe de aquel -ofrecimiento, pero él ya había pagado.</p> - -<p>—Es igual—dijo con una sonrisa y un ademán elegantes—; ¡es igual!...</p> - -<p>Uno tras otro subieron a mí, y él, personalmente, colocó primero las -maletas de su compañera de viaje, y luego las suyas, en mis redecillas. -Ella parecía agradablemente impresionada, al par que cohibida; la eficaz -devoción con que era servida la colocaba, por agradecimiento, en un -cierto estado de inferioridad ante aquel ca<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273">{273}</a></span>ballero lleno de iniciativas -oportunas. Claramente yo leía en su alma. Pensaba: “Yo me iría a otro -coche porque este señor se inmiscuye demasiado en mis asuntos, pero como -le debo el alquiler de la almohada... ¡Y es simpático!... Lástima que me -mire así, como si quisiese comerme...; aunque es posible que lo haga sin -segunda intención. En fin, si así no fuese, siempre hallaré modo de -pararle los pies...”</p> - -<p>Fluctuaba la edad de la viajera entre los treinta y los treinta y cinco -años: era trigueña, ojinegra, antes abastada que escurrida de formas, -vestía esmeradamente, parecía presumir—y a fe que podía hacerlo—de -tener la pierna linda y el pie menudo y bien calzado, y era, en suma, lo -que por estilo conciso y pintoresco el pueblo español denomina “una real -moza”.</p> - -<p>El, flexible, alto y correctamente trajeado, aparentaba igual edad, y -sus manos pulidas y su semblante aguileño, prematuramente fatigado, -hablaban de un pretérito aristocrático. No parecía, sin embargo, enfermo -de desgana, por cuanto en seguida prendió y mantuvo el fuego de la -conversación con privilegiada elocuencia, orientando el diálogo hacia -donde quería, y expresándose con franqueza y acierto desusados.</p> - -<p>—¿Me dijo usted que iba a Almería?—preguntó.</p> - -<p>—Sí, señor. ¿Usted también?</p> - -<p>—No, señora: yo debía ir a Huelva...</p> - -<p>Ella hizo un gesto vago: no comprendía cómo un tren que fuese a Almería -pasase por Huelva, o viceversa; creyó haber entendido mal. El sonreía en -silencio, dando tiempo a que su colocutora se percatara de su hilaridad -y se extrañase de ella. Así fué: la joven, curiosa, indagó:<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274">{274}</a></span></p> - -<p>—¿De qué ríe usted?...</p> - -<p>—De una pequeña travesura que he cometido y usted inmediatamente me -perdonará. Usted sabrá que la línea de Almería y Granada arranca en la -estación de Baeza...</p> - -<p>Ella movió la cabeza afirmativamente, y con la ansiedad de la -explicación que esperaba su rostro parecía más bello.</p> - -<p>—El tren en que vamos—prosiguió el viajero—pasa por Baeza a las tres -y cuarto de la madrugada, y el de Almería no sale hasta las nueve o las -diez...</p> - -<p>—¡Qué horror!...</p> - -<p>—El tren que debió usted tomar no era éste, el “expreso” de las ocho y -veinte, sino el “correo” que sale cuarenta minutos después, a las nueve, -y llega a Baeza a las seis y media. Hubiera usted podido dormir -cómodamente en él hasta esa hora, y así la espera hasta el momento de -tomar el “correo” de Almería habría sido más corta.</p> - -<p>Ella, un tanto molesta, replicó:</p> - -<p>—¡Naturalmente!... ¿Por qué no tuvo usted la bondad de explicarme todo -eso cuando aún era tiempo?</p> - -<p>—Por egoísmo.</p> - -<p>—No le comprendo.</p> - -<p>—Por egoísmo, sí, señora: por no privarme del placer de viajar con -usted.</p> - -<p>Hallábanse sentados frente a frente, y podían mirarse bien a los ojos.</p> - -<p>—¡Caballero—exclamó la joven embridando mal su despecho—en el fondo -de esa galantería no hallo más que una impertinencia inexcusable!</p> - -<p>Se había puesto roja y, como antes la ansie<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275">{275}</a></span>dad, ahora la hermoseaba el -despecho. El contestó con una naturalidad desconcertante, por lo -sincera:</p> - -<p>—No se enoje usted conmigo, porque sería inútil. Todo cuanto está -sucediendo y ha de suceder esta noche, es inevitable. Medite usted en el -alcance de ese concepto, según los casos, divino o maldito: “lo -inevitable”. Señora: no por la fuerza de mis manos, que antes me -cortaría que emplearlas en contra de usted, sino por dictados de la -simpatía que ya existe entre ambos, y que es la más irrecusable de las -órdenes, ni usted estará mañana en Almería, ni yo llegaré mañana a -Huelva.</p> - -<p>Ella inquirió, atónita:</p> - -<p>—¿Por qué?...</p> - -<p>—Porque usted misma, dentro de un rato y en virtud de una maravillosa -revolución que ya está verificándose en su alma, sentirá, como yo, la -necesidad de abrir en nuestros respectivos viajes un paréntesis de -veinticuatro horas. Sobre la realidad monótona de esos rincones -provincianos adonde nos dirigimos, acaso más que por nuestra propia -alegría para repartir alegría entre los seres que nos aman, está el -ensueño, la casualidad novelesca de habernos encontrado.</p> - -<p>Ella, a la vez escandalizada y seducida, creyóse obligada a protestar en -nombre de su honestidad; pero él, por momentos más apremiante y buen -tracista, la redujo a silencio:</p> - -<p>—¿No juzgaría usted desfavorablemente—decía—a quien, después de -comprar un billete de teatro, no fuese a ver la función? Pues he ahí el -caso de quien, teniendo un billete para el teatro de la Vida... ¡no -entra en la vida!... Y usted, desde que cruzamos las primeras pala<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276">{276}</a></span>bras, -tiene un billete para ese teatro; se lo dió la madre Aventura... la -mejor de las madres... ¡aprovéchelo usted!... Créame; cuando la -Casualidad ríe junto a nosotros, debemos imitarla...</p> - -<p>Repelió ella estas teorías con vigor, pero yo, que leía en su -conciencia, me maravillaba de la ninguna fe de sus opiniones, y de la -rapidez con que su gaitero colocutor la había ganado la voluntad. Tan -fué así que, una hora más tarde, el diálogo había cambiado el grave -entrecejo de la polémica por la sonrisa pícara del coqueteo, y -enfrentábamos Castillejo cuando ella y él, sentados ya el uno al lado -del otro, se apretaban las manos con una vehemencia que aceleró el latir -de sus pulsos. Verdaderamente el galán, sabiendo mostrarse con -oportunidad alegre o melancólico, optimista o desengañado, era un -emérito cazador de almas.</p> - -<p>—Todo nos acerca—insistía—y, más que la soledad, el misterio, lleno -de intimidad familiar, de la Nochebuena. Es la noche en que todos se -abrazan, en que nadie, ni aun los más infelices están solos...; la noche -que los hijos calaveras aprovechan para volver a su hogar y ser -perdonados... Y por eso, por ser esta noche de perdón, usted escuchó mis -ruegos misericordiosa. Acompañémonos, defendámonos mutuamente de la -soledad... ¡abriguémonos contra el espantoso frío de no ser amados por -quien quisiéramos serlo!...</p> - -<p>Hizo ademán de escuchar, y unos segundos permaneció así, el cuello -erguido, las pupilas fulgentes; y agregó misterioso y festivo:</p> - -<p>—¿Oye usted lo que dice el vagón?... En este momento nuestro coche -corre con un traqueteo trisílabo, y en esos tres tiempos de su marcha<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277">{277}</a></span> -yo percibo distintamente las tres sílabas del imperativo más dulce: -“Quié-re-le...” “Quié-re-le”... El vagón aconseja a usted quererme; no -se lo aconseja; se lo manda... “Quié-re-le...” No piense usted ni un -instante en desobedecerle, porque podría irritarse y descarrilar. -¡Oigale!...</p> - -<p>La tercería que el diestro embaucador me achacaba en su amoroso pleito -me hizo gracia, y desde luego le deseé la victoria. Divertida y risueña, -la joven escuchó también. Luego exclamó:</p> - -<p>—¡Es cierto!... Ya le oigo... ¡Ah, es maravilloso!... pero me ordena -todo lo contrario de lo que usted supone; usted ha traducido mal... -Usted percibe tres sílabas y yo distingo cuatro... El vagón dice: “No le -cre-as...” “No le cre-as...” “No le cre-as...”</p> - -<p>El se inclinó sobre las manos que la Deseada tenía cruzadas a la altura -del pecho, y, lentamente, devotamente, con unción mística, las besó. -Volvió a incorporarse, acercó su rostro al de ella y mirándola -intensamente a los ojos:</p> - -<p>—El vagón dirá—murmuró—lo que tu corazón quiera hacerle decir; porque -todas las interrogaciones y todas las respuestas de la vida están en -nuestro propio corazón. Fuera de nosotros no hay nada. Cuando tú crees -que el mundo te ha dicho algo, es que tu alma se ha contestado a sí -misma.</p> - -<p>La joven no respondió, y toda su belleza se cubrió de melancolía, -circunstancia que juzgué bonísimo agüero para él, pues nada como la -Melancolía mulle las camas que luego deshace el Amor. Hubo una corta -tregua. ¿Qué hacía ella?... ¿Soñaba... escuchaba?... Al fin, -lánguidamente, con aquella su voz suave de derrota, de<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278">{278}</a></span> entrega, que -tanto me había impresionado, y como hablándose a sí misma, murmuró:</p> - -<p>—Usted tenía razón: el vagón dice: “Quié-re-le...” “Quié-re-le...”</p> - -<p>Y cerró los párpados, que él, férvido, se apresuró a besar. Cerca de un -minuto permaneció así, sumido en el éxtasis de aquella felicidad. -Después, sin apartar los labios de donde tan a su gusto los tenía -apoyados, preguntó:</p> - -<p>—¿Oyes bien lo que el vagón te manda?</p> - -<p>—Sí—replicó ella reclinando su cabeza enajenada sobre el pecho del -hombre—; antes no le oía... pero ahora sí...</p> - -<p>—¿Por momentos le comprendes mejor, verdad?...</p> - -<p>—Mejor—repitió—, mejor... Creo que ya toda mi vida he de estar -oyéndolo...</p> - -<p>Y, feliz de sentirse vencida, y como para agradecerle el bien que la -hizo limpiando su alma de escrúpulos, le echó al cuello los brazos.</p> - -<p>El expreso acababa de detenerse, y ante los coches apagados y -herméticos, una voz indolente pregonaba:</p> - -<p>—¡Alcázar de San Juan!... ¡Cambio de tren para las líneas de Valencia, -Alicante, Cartagena y Murcia!...</p> - -<p>Ibamos, como en la jerga ferroviaria se dice, “a la hora”; eran las once -y diez.</p> - -<p>El enamorado habló, susurrante:</p> - -<p>—Todo parece caminar al compás de nuestro deseo. Nos quedaremos en -Valdepeñas, adonde llegaremos a las doce menos cinco. Inmediato a la -estación hay un hotel. Aún podemos ir a la Misa del Gallo... y completar -así nuestra Nochebuena... una Nochebuena que recordaremos toda nuestra -vida.<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279">{279}</a></span></p> - -<p>El convoy volvía a moverse, y el estremecimiento que tuve al arrancar -restituyó a la Seducida la conciencia de sus deberes.</p> - -<p>—¿Qué dice usted?... ¡Yo no puedo quedarme en Valdepeñas!</p> - -<p>Parecía despertar de un letargo profundo, y había espanto en sus ojos. -El indagó, sereno:</p> - -<p>—¿Por qué?... ¿No quieres?...</p> - -<p>—Sí; querer, sí quiero... Pero es que en Almería está aguardándome -mi...</p> - -<p>No concluyó la frase, porque él, rápido, con una mano la cerró la boca.</p> - -<p>—¡Calla!—suplicó—; pues no quiero saber quién te aguarda. ¿Son tus -padres?... ¿Tu marido?... No necesito saberlo... ni tú debes decírmelo. -Pero considera que esas personas, a quienes con un telegrama puedes -tranquilizar, te aguardarán siempre... ¡Abarca bien la significación de -esa terrible palabra: “siempre”!... Mientras la aventura que yo te -ofrezco no espera, porque sólo es un sueño...; un bello sueño que se -desvanecerá con esta noche; mi amor es como esos encantamientos de los -cuentos de hadas, que se rompen no bien el día despierta...</p> - -<p>Ella le miraba asombrada; no le comprendía.</p> - -<p>—¿Y después?—interrogó.</p> - -<p>—No entiendo: ¿qué significa ese “después”?...</p> - -<p>—Más adelante, ¿cómo haríamos para vernos?... Usted me dijo que iba a -Huelva: ¿reside usted allí?...</p> - -<p>—No pienses en eso: que no te interese saber dónde yo vivo, como a mí -no debe interesarme dónde habitas tú: Huelva, Almería, Madrid... ¿qué -importa, si nuestra noche de hoy no ha de repetirse nunca y si jamás -volveremos a saber el uno del otro?...<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280">{280}</a></span></p> - -<p>Calló unos instantes, sinceramente entristecido, tal vez. Los hermosos -ojos negros de la Deseada se habían humedecido.</p> - -<p>—¡No volver a vernos!—suspiró.</p> - -<p>—Nunca—afirmó él—; porque en eso... ¡sólo en eso!... estriba el -secreto de amarnos siempre. ¿No reconoces que, entre todas las personas -que llenan tu biografía, te sientes, como yo, un poco sola?... Lo cual -significa que ninguna logró acercarse completamente a tu alma. ¿Qué -adelantaría yo, de consiguiente, informándome de tus ocupaciones, y de -con quién habitas, y de todo ese fárrago de monotonía, de tristeza, “de -prosa”, en fin, qué pinta de gris tu vivir cotidiano? Si a mí sólo me -cautiva tu espíritu, ¿a qué preocuparme de cuanto permanece fuera de -él?... Haz tú lo mismo. Yo no quiero, óyelo bien, “no quiero” saber nada -de ti, ni siquiera tu nombre, porque el nombre es una “materialización” -del alma; algo que la vulgariza, que la ensucia un poco; y, además, -porque llegando a mí y marchándote sin quitarte el antifaz del anónimo, -no ofenderemos a las personas que, a su modo, te aman. Date a mí esta -noche, que más adelante, en el ingrato filar del tiempo, no llamaremos -Nochebuena, sino “Noche-Unica”; y mañana, en trenes distintos, huyamos -el uno del otro.</p> - -<p>Seguía ella sin interpretar bien lo que el desconocido la proponía; pero -su corazón, impulsivo y sentimental, ya le amaba.</p> - -<p>—Te quiero—balbuceó—, te quiero, dueño...</p> - -<p>Su violenta confesión tuvo más de sollozo que de alegría. El replicó:</p> - -<p>—Nos querremos siempre, y voy a explicarte la razón. Di: desde tu -primera juventud, ¿no<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281">{281}</a></span> acariciaste la alegría de pertenecer a un hombre -que te adoraba y en quien tú adorabas?</p> - -<p>La ingenua exclamó:</p> - -<p>—¡Es cierto!</p> - -<p>—¿Tenía un semblante determinado ese hombre?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Cómo se llamaba?</p> - -<p>Ella repuso, sorprendida de cómo aquel breve diálogo esclarecía su -comprensión, todavía remisa:</p> - -<p>—No lo sé; nunca le puse nombre.</p> - -<p>—¿Ves?... Luego, si jamás tuvo cara ni nombre, ¿por qué no sería yo?... -Y eso, puntualmente, me sucede contigo. Si, dóciles a la universal -rutina, nos dijésemos nuestros nombres, en el acto tendríamos un punto -de semejanza con los millones de mujeres y de hombres tocayos nuestros; -mientras que, manteniéndonos innominados, tú siempre serás para mí -“Ella”... ¿comprendes?... la “Sin Nombre”... la “Unica”..., y yo, para -ti, igual...</p> - -<p>Desfallecida, emborrachada por el pique novelesco de aquella aventura, -la joven repetía:</p> - -<p>—Lo que tú quieras... decide tú...</p> - -<p>—Mañana, después de haber sido muy dichosa, ¿tendrás resolución para -irte?...</p> - -<p>Y, como no obtuviese respuesta, añadió:</p> - -<p>—Bien; así me gusta; no te pesará... porque más adelante, cuando tu -experiencia madure, reconocerás que el más esforzado amor dura menos que -nuestra breve vida, y es con relación a ella—¡oh, dolor!—como un traje -“que nos hubiesen cortado pequeño”...</p> - -<p>Estábamos en Valdepeñas. Una voz anunciaba:<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282">{282}</a></span></p> - -<p>—¡Valdepeñas!... ¡Un minuto!...</p> - -<p>Instantáneamente los dos enamorados se levantaron, acelerándose en -recoger sus equipajes.</p> - -<p>—¿Oyes?—exclamó él triunfante—: la felicidad pasa, y para llevarnos -consigo nos otorga un minuto. ¡Lo justo!...</p> - -<p>Bajaron al andén y les vi dirigirse, con andar célere, hacia la puerta -de salida de la estación.</p> - -<p>A lo lejos, en la obscuridad fría y estrellada de la noche, las campanas -volteaban felices anunciando que Jesús había abierto los ojos...<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283">{283}</a></span></p> - -<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h2> - -<p>Al Barítono, que rodaba delante de mí, le referí por pasatiempo el -original idilio que acababa de presenciar.</p> - -<p>—¡Dichoso tú!—interrumpió desabridamente—, pues tuviste la suerte de -tropezar con gente limpia. ¡Si supieras cómo voy!...</p> - -<p>—¿Qué te sucede?...</p> - -<p>—No me lo preguntes; estoy como para que me metan en lejía ocho días -seguidos.</p> - -<p>Le rogué que no mortificase por más tiempo mi curiosidad, y que -desembuchase sus cuitas procurando desfigurar la verdad lo menos -posible; y dije esto, porque tenía entre nosotros fama merecidísima de -fantaseador y embustero.</p> - -<p>—Sucede—explicó—que viaja conmigo el tipo más extravagante y gracioso -que puedes soñar. Va solo, y cuando se quitó el gabán advertí que iba -vestido de “smoking”. “¿De dónde sale este hombre?”—pensé. Es pequeño y -rubio, muy rubio, casi albino; usa monóculo; parece inglés, pero es -español, acaso del riñón de Castilla la Vieja, porque, al hablar, ni de -milagro se come una letra. Apenas dejamos Madrid, extrajo de un maletín -una suculenta merienda, dos botellas de vino de Rioja, otras dos de -Champagne y un<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284">{284}</a></span> frasco de Ginebra. Sirvióse a continuación una copa de -“Rioja”, y con mucha elegancia y enfática ceremonia se puso en pie: -“Señores—exclamó dirigiéndose a unos circunstantes imaginarios—: yo -agradezco infinito esta comida que la cortesía de todos organizó en mi -honor; y lo agradezco tanto más efusivamente, cuanto que el pasar solo -esta Nochebuena hubiera sido muy doloroso para mí. Queridos amigos: yo -brindo a vuestra salud, y hago votos por que el año próximo, en esta -misma fecha, volvamos a estar juntos.” Llevóse la copa a los labios, -bebió parsimoniosamente y en seguida comenzó a batir palmas, -tributándose una calurosa ovación. “Está ofreciéndose un banquete a sí -mismo”—pensaba yo. Con empaque correcto y frío de <i>gentleman</i>, “el -hombre del monóculo” se sentó, desdobló su servilleta y empezó a comer. -A intervalos demostraba sostener con los comensales más próximos a él -diálogos breves, para lo cual se interrogaba y respondía -urbanamente:—“¿Otra rodajita de salchichón, marqués?”—“Muchas -gracias.”—“¿Una copita de vino, don Eugenio?”—“Se acepta, sí, señor; -¡y con mucho gusto!...”—“Salud, don Eugenio.”—“¡Salud, señores!...” -Cada vez que libaba, esto es, de tres en tres minutos, se ponía de pie. -No por esto dejaba de charlar.—“Para obsequiarme—decía—no podían -ustedes haber elegido lugar más a propósito. Este hotel es bueno, la -cocina excelente, y desde ese mirador, si hubiese luna, veríamos un -paisaje magnífico. Cuando llegué aquí, hace unos momentos, estaba -triste; pero ya mi melancolía se desvaneció y dentro del corazón oigo -sonar un cascabel. ¡Oh, qué bella es la vida para el hombre que, cual -yo, consigue<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285">{285}</a></span> verse a todas horas rodeado de amigos decidores y -fraternos!...”—“¡Bravo!... ¡Viva don Eugenio!...”—“Mil gracias, -compañeros: y, pues las dos botellas de Rioja, rendidas bajo nuestras -caricias, yacen exánimes, opino que bebamos Champagne.”—“¡¡Muy -bien!!...”</p> - -<p>—Con la maestría de un viejo camarero—prosiguió contando El -Barítono—don Eugenio, que así debe de llamarse mi huésped, destapó una -benemérita botella de Clicquot, sonó una detonación, un chorro de espuma -mojó mis asientos y en mi techumbre recibí un taponazo. El hombre “del -monóculo y del smoking” tornó a levantarse: su diestra, que ya empezaba -a temblar, sostenía una copa llena de sol hasta los -bordes.—“¡Señores—exclamó—: con este vino, rubio como las trenzas de -María Antonieta; con este vino que lleva en su alegre frivolidad la -imagen de lo que nuestra vida debía ser, brindemos por la gloria de -Francia!...”—“¡Hurra!... ¡Bravo!...” Don Eugenio se inclinó:—“Gracias, -hermanos: que la Borrachera sea con vosotros...” Tales disparates los -decía muy serio, sin sonreir ni una vez y dentro de la más impecable -corrección de ademanes, cual si estuviese, efectivamente, entre personas -de su mayor respeto. Esta farsa la prolongó más de una hora: poco a poco -se enrojecían sus mejillas, y sus ojos brillantes empezaron a divagar. -La embriaguez le invadía y la lengua se le enredaba, como los -pensamientos. Olvidado de las sombras que le acompañaban, habló consigo -mismo. Le pesaban los párpados y tenía, para levantarlos, que hacer un -gran esfuerzo.—“¿Quieren ustedes más vino?—monologueaba—; ¿no?... -¿Por qué?... ¿Nadie responde?... ¿Eh?... ¿Na<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286">{286}</a></span>die responde?...” Abrió los -ojos.—“¡Ah!... ¿Todos se han ido?... ¡Cobardes; tenían miedo a -emborracharse y se han ido!... Bueno; me es igual. Beberé yo solo: -afortunadamente, para hacer de mi cabeza lo que quiero, no necesito a -nadie... Venga champagne...” Destapó la segunda botella y un chorro de -vino le empapó la pechera.—“Gracias—continuó—, este frío hace -bien...” De un puntapié arrojó, hasta el tránsito, la maleta que hasta -allí retuvo entre las rodillas y le había servido de mesa.—“¡Se acabó -el banquete!—exclamó—; ya no estoy en un hotel, sino en mi casa; una -casa que se mueve, que está borracha, como yo... ¿Qué hora será?...” Con -mucho trabajo halló su reloj.—“Las once y cuarenta minutos. ¡Bravo!... -A las doce iré a la Misa del Gallo...” Este propósito echó raíces en su -espíritu, y lo repitió cien veces. Permanecía sentado, y mis traqueteos, -que yo procuraba fuesen rudos, le zarandeaban sobre sí mismo con mucha -gracia: tan pequeñito, tan rubio, con los carrillos encendidos, el -monóculo, la corbata ladeada y vestido de smoking, parecía un muñeco. Al -intentar servirse otra copa de champagne, se apercibió de que la botella -estaba vacía.—“¿También tú has muerto?...”—exclamó. La inspeccionó al -trasluz; la agitó en el aire, y su silencio le convenció de que no -quedaba champagne. Entonces, con un gesto triste de desengaño, la tiró -al suelo.—“Vete—gruñó—, no te necesito; perdiste tu alegría; estás -más seca que un corazón. Pero no creas, ingrata, que estoy solo: mira, -me acompaña éste...—empuñó el frasco de la Ginebra—; ¿qué te habías -figurado?... ¿Que iba a serte fiel?... ¡Nunca!... Hay muchas bebidas, -como hay muchos amores.<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287">{287}</a></span> ¡Cambiemos... renovémonos!... Nuestra vida no -puede reducirse a adorar en una sola mujer, ni a beber una sola clase de -vino; la vida es una suma...—reía—: una suma de amores y de -botellas...” Quedó silencioso y como amodorrado, unos minutos; de súbito -le vi recobrarse. Miró su reloj. La idea de ir a la Misa del Gallo le -obsesionaba. Inmediatamente cogió el frasco de la Ginebra. “—Yo -también—barbotó—sé rezar... aunque a mi modo. Jesús mío: por tu divina -tontería de querer redimirnos...” Llevóse el frasco a la boca y trasegó -un buen buche. “—Por los azotes que recibiste atado a la columna...” -Otro buche. “—Por las tres caídas que sufriste en tu calle de -Amargura...” Tercer buche. “—Por la corona de espinas que te -pusieron...” Nuevo trago. “—Por la herida de tu costado...” Otro, y van -cinco. De repente se desplomó sobre el asiento, el frasco cayó al suelo -y la poca ginebra que quedaba en él me la bebí yo. El pobre hombre -empezó a llevarse las manos a la cabeza; estaba lívido. “—Qué mal me -encuentro—balbuceaba—, me duelen las sienes... tengo náuseas... parece -que voy a morirme...” Mis zarandeos agravaban su padecer. Comprendí que -el calor contribuía a marearle y que intentó incorporarse para abrir una -ventanilla; pero el desdichado no podía moverse. Levantó la cabeza y sus -ojos agónicos fueron de un lado a otro, buscando quizás el timbre de -alarma. En mi vida fuí testigo de una borrachera más ejemplar. Yo no -cesaba, ni un instante, de mirarle la boca... ¡ya supondrás por qué!...</p> - -<p>El pobre Barítono hizo un gesto de asco, que me removió las entrañas.</p> - -<p>—¡Cállate!—interrumpí.<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288">{288}</a></span></p> - -<p>—Hasta que las arcadas que sufría produjeron su efecto natural. -¡Maldita sea mi suerte!...</p> - -<p>—Motivos tienes para renegar y darte a los diablos, compañero—le -repliqué—; pero reconoce que un tipo que tiene el “humor inglés” de -endosarse un smoking para ofrecerse a sí mismo un banquete en un vagón -de ferrocarril, es extraordinario.</p> - -<p>—Conformes; mas si lo que te he contado te sucede a ti, que eres tan -limpio, revientas de rabia. ¡Si le vieses ahora!</p> - -<p>—¿Qué hace?</p> - -<p>—Duerme. Se ha caído del asiento y yace en el suelo, sobre un charco de -vino. Parece una vasija rota...</p> - -<p>Así charlando acabamos el viaje, y cuando a las ocho y minutos de la -mañana La Sabrosa nos dejó en la estación de Sevilla iba ya tan cansado -que, apenas los mozos encargados de mi limpieza terminaron de barrerme y -fregarme, cuando me quedé sumido en sueño profundísimo. Un empujoncillo -del Barítono me despertó nueve o diez horas después; era de noche y me -sorprendió ver en uno de mis departamentos “de cabeza” un viajero -acostado; me sorprendió porque aún faltaban dos horas, lo menos, para la -salida del “expreso”, y advertí que, según costumbre, todas mis puertas -estaban cerradas. ¿Cómo entonces aquel individuo pudo meterse allí?...</p> - -<p>“Será algún empleado de la Compañía”—pensé. El recuerdo de lo que el -Barítono me había referido la víspera, y la circunstancia de hallarnos -en la fecha subsiguiente a la de Navidad, me movieron a sospechar que -aquel intruso estuviese borracho.<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289">{289}</a></span></p> - -<p>“Bien podía suceder—me dije—que fuese amigo del inspector, y éste le -hubiese encerrado a dormir aquí.”</p> - -<p>Aquel hombre hallábase tendido en el asiento contrario al lado de la -máquina—hago hincapié en este detalle por ser esencial—; era delgado y -de corta estatura; llevaba pantalón negro y botas de charol, nuevecitas, -y la cabeza perfectamente escondida entre la visera de una gorra de -viaje, que debía de estarle muy grande, y el cuello levantado de un -gabán de color gris. Lo que antes hirió mi atención fué que tuviese -ambas manos sepultadas en los bolsillos del abrigo. Había en aquel -hombrecito algo de muñeco. Después de observarle un rato, mi atención, -como sucede siempre que creemos haber examinado bastante una idea u -objeto, se distrajo y comenzó a mariposear sobre todos los pequeños -incidentes que a mi alrededor se producían.</p> - -<p>Empezaban a llegar viajeros, y yo estaba cierto de que, como otros años, -el pasaje sería reducidísimo. Enfrente de mí había un caballero de -aspecto distinguido y atrayente, pero que tenía “cara de muerto”. Quiero -decir, que su rostro, grave y amarillo, inducía a pensar en la muerte, -al igual que otros semblantes, por una u otra razón, mueven a pensar en -la vida. Este hecho es innegable. A cada rato oímos decir:—“Fulano ha -muerto.” Y la noticia no nos sorprende; la hallamos natural, porque ya, -de siempre, en nuestra imaginación, le habíamos visto difunto. En -cambio, nos dicen:—“Mengano falleció anoche...” Y nos negamos a -creerlo, porque en Mengano todo era fuerza, risa, expansión... En esto -mi espíritu observador pocas veces falla. Yo, por ejemplo, veo pasar a -un <span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290">{290}</a></span>individuo con el sombrero puesto, y, sin saber por qué, me -digo:—“Ese señor debe de ser calvo.” O bien:—“Ese señor debe de ser -tartamudo...” Y, ¡casualidad extraña!, nunca me equivoco.</p> - -<p>Pues bien: el señor “de la cara de muerto”, que largo rato había -permanecido en el andén como esperando a alguien, que al cabo no llegó, -un minuto antes de partir el “expreso” trepó a mí, seguido de un mozo -que resoplaba bajo dos pesadísimas maletas, y fué a instalarse en el -compartimiento donde “el hombre de la gorra” continuaba dormido.</p> - -<p>—Buenas noches—dijo al entrar.</p> - -<p>El mozo, con mucho esfuerzo, colocó el equipaje sobre una de mis -redecillas, que gimió; y se fué. Casi al mismo tiempo, apareció el -interventor.</p> - -<p>—Si el caballero no está bien aquí—dijo—puede pasar a otro -departamento: el coche va casi vacío.</p> - -<p>El interpelado repuso:</p> - -<p>—Muchas gracias.</p> - -<p>—Seguramente en otro lado cualquiera iría usted mejor.</p> - -<p>El viajero acaso iba a ceder; lo leí en su rostro; pero miró su -impedimenta, consideró su peso, e instantáneamente se reafirmó en su -intención de no moverse. Además, hacía frío; mucho frío...</p> - -<p>—Gracias—dijo—, aquí no somos más que dos personas y podremos dormir -bien.</p> - -<p>El interventor parecía indeciso, y renovó su oferta.</p> - -<p>—Viajar solo siempre es agradable. Las maletas, si usted me autoriza, -puedo transportarlas yo mismo...<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291">{291}</a></span></p> - -<p>Su porfía empezaba a molestarme, tanto más cuanto que aquel hombre, de -rostro traicionero y obscuro, siempre me había sido antipático. Mi -huésped, irritado también, le replicó muy seco:</p> - -<p>—Prefiero quedarme aquí.</p> - -<p>El interventor se marchó, para regresar a poco con una tablita, que -decía “Alquilado”, y que colocó a la entrada del compartimiento.</p> - -<p>—De este modo—explicó—podrán ustedes descansar, seguros de que nadie -ha de molestarles...</p> - -<p>Para corresponder a tanta fineza, el viajero quiso darle un duro, pero -el interventor se negó a aceptarlo; y después de picar el billete del -señor “de la cara de muerto”, se marchó, sin pedirle el suyo al “hombre -de la gorra”. ¿Por qué? Esto me inquietó, y como no hallase la -explicación que buscaba, volví a pensar:</p> - -<p>“Serán amigos...”</p> - -<p>Transcurridos unos minutos, empecé a sentir que, a pesar mío, “el hombre -de la gorra” me preocupaba. ¿Cómo dormía tanto? Mi correr tronitronante -le sacudía extrañamente; sus brazos, sus piernas, parecían rotos. Pero -lo que más encandilaba mi curiosidad era su rostro invisible, con el -mento apoyado y cual ahincado sobre el pecho. Contribuía a aguijar mi -sobresalto la frecuencia con que, a cada momento, el interventor, o un -“ruta”—que prestaba servicio en otro coche—, o los dos, recorrían mi -tránsito. ¿Qué buscaban allí?... Y en sus ojos mi sagacidad descubrió un -terror, una angustia. También al viajero “de la cara de muerto” le chocó -aquel ir y venir insólito.</p> - -<p>—Me espían—pensó.</p> - -<p>Las estaciones de Guadajoz, de Lora del Río,<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292">{292}</a></span> de Palma y de Posadas, -habían quedado atrás. El interventor, al fin, se marchó a hacer la -requisa de billetes; el “ruta” también se fué. Yo empecé a tener miedo: -adivinaba la vecindad de algo inexplicable, la secreta presencia de una -amenaza. Me dije: “Este hombre, con cara de difunto, es un aojador.”</p> - -<p>Hasta que, de súbito, ocurrió lo que yo vagamente esperaba. En una -curva, la inercia arrancó al pasajero del gabán gris del asiento y lo -tiró al suelo: con el cachapazo, la gorra se le fué hacia atrás, y las -manos se le salieron de los bolsillos. Las tenía amoratadas, -convulsionadas, tumefactas, y el rostro horriblemente maquillado por la -asfixia. Aquel hombre no estaba dormido ni borracho, sino muerto: le -habían estrangulado.</p> - -<p>Al verle caer así, con ese ruido turbio y esa pesadez que sólo tienen -los cadáveres, el viajero “de la cara de muerto” lanzó un grito y se -puso de pie; su semblante, convertido bajo el imperio del terror en -espantosa máscara, era indescriptible. ¡Ah, cuántos fotógrafos hubiesen -querido retratarle!... Yo, que le espiaba, paso a paso seguí las -mutaciones rapidísimas, más breves que segundos, que experimentó su -espíritu. Su primer movimiento fué precipitarse sobre el timbre de -alarma; pero, en el acto, casi sin transición, se arrepintió. Se vió -detenido, envuelto en un proceso resonante, acusado, tal vez, de -homicidio... Y tuvo miedo. El infeliz miraba al difunto como si él, -realmente, le hubiese asesinado: su mandíbula temblaba, los ojos, -horripilados, se le salían de las órbitas. ¿Qué hacer?... Una idea -folletinesca le iluminó el cerebro. El “expreso” acababa de salir de la -estación de<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293">{293}</a></span> Córdoba, y antes de volver a detenerse transcurriría cerca -de una hora. Rápido el señor “de la cara de muerto” se asomó al pasillo -para cerciorarse de que allí no había nadie; inmediatamente regresó a su -departamento, abrió una ventanilla, cogió el cadáver y, a empellones, lo -precipitó a la vía. Levantó en seguida el cristal, se sentó y aparentó -leer en un libro.</p> - -<p>En aquel instante reaparecían el interventor y el “ruta”, y aún me -estremece la lividez espectral que les desfiguró al encontrar solo al -viajero “de la cara de muerto”. Les vi apoyarse al uno contra el otro, -temblando, y sus labios se tiñeron de violeta. Sus piernas se doblaban. -Querían hablar, y la voz les faltaba. “Estos son los que han matado ‘al -hombre de la gorra’<span class="lftspc">”</span>—pensé.</p> - -<p>Por su parte, el viajero de la faz mortuoria, les miraba de hito en -hito, casi tan asustado como ellos. Al cabo, el interventor, aunque -ahogándose, pudo balbucear:</p> - -<p>—Señor... ¿el caballero que iba aquí?...</p> - -<p>El interpelado repuso fríamente:</p> - -<p>—No sé; salió hace un momento...</p> - -<p>Al oir estas palabras, que envolvían algo sobrenatural, los dos -miserables, seguros de hallarse en presencia de un milagro, se retiraron -sin contestar.</p> - -<p>Al otro día, los periódicos de la noche dijeron que un millonario -argentino, recién desembarcado en Cádiz y que se dirigía a Madrid, fué -robado y asesinado en el “expreso” de Sevilla durante el trayecto de -Córdoba a Montoro, y que los criminales habían lanzado el cadáver a la -vía.</p> - -<p>Nunca la pobre Justicia supo más.<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294">{294}</a></span></p> - -<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h2> - -<p>Como los soldados en tiempo de guerra, los vagones estamos obligados a -socorrernos mutuamente en el peligro y a “cubrir” las bajas que los -choques, los descarrilamientos, los incendios o, sencillamente, la vejez -y el mucho uso, causan en los convoyes.</p> - -<p>El choque, tristemente famoso, de Chinchilla, donde el correo de -Valencia y un mixto procedente de Cartagena se encontraron, y en el que -finaron su vida de trabajo once coches—la mayoría de pasajeros—, -diseminó una inquietud por toda nuestra red ferroviaria. Los talleres de -reparaciones restituyeron a la circulación algunos vagones; varios -trenes, que llamaré “clásicos” por integrarlos siempre las mismas -unidades, fueron descompuestos cumpliendo órdenes de la Dirección -General, y sus coches pasaron de unos convoyes a otros. Esta marejada -nos alcanzó a nosotros también, y de resultas el Barítono y yo tuvimos -que despedirnos de La Empresa, del Primer Actor y demás veteranos -camaradas de nuestra supuesta farándula, para entrar al servicio del -“correo-expreso” de Valencia, que sale de Madrid a las nueve y treinta y -cinco minutos de la noche.<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295">{295}</a></span></p> - -<p>Este cambio de horizontes nos satisfizo mucho, no sólo por el bien -fundado deseo de conocer esa huerta valenciana que luce, junto a la seca -amarillez del macizo ibérico, como una esmeralda, sino también por la -blandura del clima y la suavidad y brevedad del camino: cuatrocientos -noventa kilómetros de tierra llana, a nadie asustan.</p> - -<p>Como sobre la línea andaluza, El Barítono continuaba rodando delante de -mí, y aunque por la menor categoría del tren que ahora servíamos nos -habían quitado el puente que nos ligaba antes, el hallarnos entre -unidades desconocidas contribuyó a anudar mejor los lazos de nuestro -viejo afecto. Lo que antes nos sorprendió fué el dialecto valenciano, -que no tardamos en traducir, y pronto reconocimos que los oriundos de la -región levantina es gente muy alegre y decidora, pero sin que esa -turbulenta alacridad que les dió el sol excluya de ellos la templanza en -las palabras, ni la cortesía. Esto y los incidentes del camino nos -proporcionaban abundantes motivos de conversación, y así, mirando y -glosando lo que observábamos, entretuvimos agradablemente muchas -jornadas.</p> - -<p>Más allá de Getafe, donde la vulgaridad oficial se opuso a que el genio -de Julio Antonio elevase a “Nuestro Señor Don Quijote” un monumento, el -camino, hasta Alcázar de San Juan, nos era conocido. Luego la ruta se -vistió para nosotros de novedad. Sucesivamente vimos pasar, a la luz de -la luna y en filar pintoresco, Campo de Criptana, que parecía decirnos -adiós con los brazos de sus molinos; los trigales de Socuéllamos y el -magnífico encinar que inspiró al “hidalgo manchego” su discurso a<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296">{296}</a></span> -propósito de “la edad de oro”; Villarrobledo, que de los robledales que -la circundan tomó nombre; Minaya, que evoca gestas del Mío Cid; y pasado -Albacete, célebre por sus fábricas de armas, Chinchilla, a la que su -penal, instalado en un castillo cimero, prende un nimbo amargo; y luego -Almansa, antiguo baluarte de la planicie castellana, con su castillo -mondo, escueto y blancuzco, como una osamenta, cerca del cual Felipe V, -con las manos tintas en sangre austríaca, aseguró sobre sus sienes la -corona; y diez y ocho kilómetros después, el caserío de La Encina, -rodeado de desolación.</p> - -<p>Hasta allí prolonga Castilla su adustez, su secura, su amarillez de -viejo rostro hidalgo; pero, traspuesto el andén de Fuente la Higuera y -los dos túneles que lo siguen, el paisaje varía y pronto la jocunda -feracidad levantina empieza a metérsenos alma adentro. Huyen hacia atrás -Mogente, la morisca; las ruinas gloriosas de Montesa y Játiba—la -<i>Sætabis</i> romana—pueblo romántico y artista, cuna de los Borgia y del -Españoleto, en cuyo formidable castillo, que señorea el monte Bernisa, -padecieron duro cautiverio los Infantes de la Cerda y el duque de -Calabria. De minuto en minuto el paisaje se embellece y los prístinos -resplandores del amanecer lo matizan prodigiosamente: bosques -feracísimos de naranjos y de granados se acercan al camino y, en las -curvas, parecen cerrarnos el paso. A veces, el viajero que extendiese un -brazo por una ventanilla, podría tocarlos. Ya el pueblecito de -Carcagente, al que sus palmeras infunden una engurria tropical, quedó -atrás; cruzamos el Júcar, y a la derecha mano, desgranando su caserío -por las sinuosidades de<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297">{297}</a></span> una quiebra, aparece Alcira, con una gracia y -una policromía de acuarela.</p> - -<p>A cada momento, mi compañero El Barítono me decía:</p> - -<p>—¡Mira!...</p> - -<p>Y yo, a mi vez, le replicaba:</p> - -<p>—¡Mira!...</p> - -<p>Y ninguno de los dos nos fatigábamos de admirar.</p> - -<p>Embriaga la luz: a veces, los colores se favorecen y exaltan -recíprocamente; otras, se estorban: la tierra, según su calidad, se -muestra cubierta de hierbas, o es dorada, o roja, y sobre el suelo -abermejado la fronda de los naranjos, de los limoneros, de las higueras -y de los almendros, parece más obscura. A un lado y otro de la vía se -columbran pueblecitos blancos, con la deslumbrante albura de las nieves -arribeñas; y también esas casitas rústicas, de paredes celosamente -enjalbegadas y techumbre en forma de capucho, que los valencianos llaman -“barracas”, y dan al paisaje una dulzura criolla. El sol, pintor -formidable, trabaja a brochazos ingentes: junto al ramalazo ocre, la -mancha púrpura, o la verde, o la añil...; y alrededor de esta huerta que -ofusca y ciega, en el confín grandioso, Valencia, la capital, que traza -a ras de tierra una línea blanca; los perfiles azules de Sierra de -Cullera y Sierra de las Agujas, y el lago de La Albufera, que parece -desvanecerse en el zafiro del mar. El aire es fresco, sano, fuerte, y yo -lo aspiro con delicia. Aquel inmenso horizonte es un pulmón.</p> - -<p>Corridos los primeros días—siempre expugnables a las emociones—, El -Barítono y yo íbamos acoplándonos al medio, y conforme esta in<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298">{298}</a></span>sensible -adaptación se verificaba declarábamos el parecido de todos los hombres y -lugares en cuanto han de más substantivo, y la esencia cierta del alma -universal, tan monótona bajo el proteísmo de sus apariencias, volvía a -penetrarnos. Sobre la línea valenciana se repetían las figuras y escenas -que vi cuando ambulaba, años atrás, por los caminos de Andalucía, de -Galicia, de Asturias o de Hendaya: con superficiales variantes, los -cuadros, los individuos... ¡hasta las palabras!... eran iguales; lo que -nos demostró que, desgraciadamente, mucho antes de que la vida acabe se -extingue en nosotros el interés de vivir...</p> - -<p>No pretendo negar con esto la acción educativa y asotiladora—este es su -mejor calificativo—de la experiencia: ella me enseñó a inclinarme para -conceder a lo pequeño su mérito; ella agudizó mi sensibilidad y me puso -en condiciones de apreciar ciertos episodios que antaño no supe ver. -Para decirlo en una palabra: ella me “elegantizó”, ya que la elegancia, -en su esencia, se reduce al don de saber observar. Y al Barítono, que -rondaba los treinta años, sucedíale lo propio, pues la Humanidad es un -libro tan sabio, tan hondo, que no empezamos a comprenderlo sino después -de leerlo varias veces.</p> - -<p>Hasta entonces, verbigracia, no reparé en los estudiantes, tipo -emigrador que reiteradas veces y siempre a fines de verano, había pasado -junto a mí. Como la golondrina anuncia el estío, el estudiante pregona -la vecindad del invierno. Vuelven con él a las capitales de provincia—y -especialmente a la Corte—la alegría de las calles, el alboroto de los -teatros que se abren, de las hospederías y de los cafés; simbo<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299">{299}</a></span>lizan los -estudiantes el ruido, la esperanza, la risa del Mañana triunfante.</p> - -<p>Comprendí el mérito de aquella silueta, por primera vez, en Carcagente, -donde nos deteníamos seis minutos. Recuerdo que el estudiante aquel se -llamaba Pedro: parecía haber cumplido los veinte años, y tenía el talle -flexible, reideros los labios, habladores los salientes y negrísimos -ojos, y la tez bronceada por los aires mogrebinos de la huerta. Varias -personas le rodeaban, entre ellas su padre, que le observaba con -enternecimiento tranquilo: era un señor bajito y apacible, que—según le -oí decir—sólo estuvo en Madrid una vez, y que creía tener de la vida un -concepto exacto. “Todas las cosas, hoy unidas—pensaba—, mañana se -separarán.” Y se encogía de hombros: como él dejó a su padre, ahora su -hijo le dejaba a él. ¡Nada más natural, puesto que el olvido corre por -las venas disuelto en la sangre!... Pero la madre del mozo no conocía -esa resignación, y a cada momento sus viejos ojos, que hacía días no -cesaban de llorar, volvían a enternecerse. Pedro miraba al espacio azul, -desde donde las golondrinas y los vencejos parecían despedirle con sus -ásperos gritos de independencia, y sorprendíale que en su corazón, -sutibundo de libertad, no hubiese dolor.</p> - -<p>La máquina silba; nos vamos... El estudiante abraza y besa a su padre, -que reprime su dolor pensando: “Es preciso.” La madre, más impulsiva, le -moja el rostro con sus lágrimas y, sin que nadie lo advierta, le desliza -en un bolsillo un sobre con dinero. Todos los circunstantes hablan al -mozo y le despiden a la vez, y una lluvia de consejos cae sobre su -frente loca como agua lustral. Le recomiendan que<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300">{300}</a></span> escriba, que sea -juicioso, que estudie mucho...</p> - -<p>Pedro se arranca de aquellos brazos con que “el pasado” le sujeta aún, y -sube a mí. Asomado a una ventanilla agita un pañuelo despidiéndose, al -mismo tiempo que de sus familiares, del paisaje, de la iglesia, con sus -campanas de voz inolvidable, y de aquellos árboles a cuya sombra leyó -tantos libros que le entristecieron hablándole de escenas bellas y -remotas. Pedro se sienta, registra en sus bolsillos, y sus dedos -tropiezan con un sobre. Sorprendido rompe la nema y aparecen -doscientas... trescientas pesetas... “Es mi madre—comprende—quien me -las ha dado.” Pero el destino de aquel dinero no debe de ser grave, pues -si lo fuese, ella no se lo hubiese entregado a hurtadillas... y el -estudiante comprende que las pobres madres, por inocentes lugareñas que -sean, conocen mejor la vida y están más cerca de la juventud que -cualquier hombre.</p> - -<p>Una explosión febril de júbilo le enajena: al fin va a ver Madrid, la -gran cosmópolis, con su Universidad, su Ateneo preclaro, sus coliseos, -sus bailes, sus casinos, sus centros todos de sabiduría y de -perdición... Y ríe: fuera de aquel tren que le lleva, nada le preocupa. -Levanta el rostro, mira hacia el campo, se pasa una mano por los -cabellos...; ante su ambición desbridada todo el mundo le parece un -camino.</p> - -<p>Otra silueta en la que tampoco había reparado bastante es la del -mendigo; perfil muy español, por cierto...</p> - -<p>Hemos parado en una pequeña estación castellana; uno de esos apeaderos, -casi anónimos, apostados a la entrada de un túnel. La tarde se desmaya: -por el espacio azul navegan nubecillas<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301">{301}</a></span> manchadas de carmín y de ópalo; -el sol dora la cúpula de la iglesia; un aguilucho, suspendido en la -inmensidad luminosa, describe, sin batir las alas, círculos -homocéntricos, y su blanca pechuga parece de plata.</p> - -<p>En el andén hay un ciego, viejo y alto, sarmentoso; la costumbre de -humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro—heredero -del turbante morisco—ciñe su frente; viste remendado traje de paño -pardo, y cubre con zahones sus músculos cenceños; va descalzo, y sus -manos, de dedos nudosos, parecen desesperadas.</p> - -<p>—Una limosna, por amor de Dios, para quien ya no ve...—repite -orientando hacia el convoy sus ojos muertos.</p> - -<p>En el silencio su voz humildosa tiene una cadencia conmovedora, y -algunas monedas caen a sus pies. Ante su figura mística los turistas -suelen acordarse de los brazos queridos que les esperan, y sus almas -experimentan vagamente la superstición de que la buena voluntad del -pordiosero puede evitarles algún mal tropiezo. Frecuentemente—¡oh, -vergüenza!—una limosna no pasa de ser una cobardía. Ya nos marchamos, -ya todas las ventanillas se cerraron. Entonces el mendigo, apoyándose en -su báculo, retorna al pueblo, y al verle alejarse considero que si la -línea del ferrocarril es una corriente de riqueza, aquel camino que él -sigue parece un brazo; el brazo con que la aldea miserable pide limosna -a los trenes.</p> - -<p>Un año y dos meses trabajé sobre la ruta de Valencia, en la que nada -desagradable ni extraordinario me aconteció, y una mañana, hallándome en -Madrid, supe que aquella noche El Ba<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302">{302}</a></span>rítono y yo saldríamos para -Barcelona en un “mixto” y con la tablilla de “No admite viajeros”. El -furgón que me trajo estas noticias—un viejo catalán que yo conocía -hacía tiempo—me aseguró que se nos destinaba a la línea de Port-Bou, -donde, a la salida del túnel internacional, la furia del viento había -descarrilado dos “primeras”.</p> - -<p>Díme prisa en comunicarle al Barítono cuanto acababan de decirme, y su -regocijo fué espejo del mío: él también era de origen francés, y, como -yo, se holgaba de rever el país natal. Asímismo estimulaba nuestro -júbilo el deseo que teníamos ambos de conocer Barcelona, y que ya -considerábamos irrealizable porque los “expresos” que van a Cataluña son -los de “mejor material”—como en la fraseología ferroviaria se dice—y -nosotros íbamos siendo viejos.</p> - -<p>El día lo pasamos inquietos, temerosos de que alguna contraorden nos -volviese a nuestro antiguo derrotero; mas no ocurrió así: a media tarde -una máquina-piloto vino a sacarnos del convoy valenciano, que nos vió -marchar con envidia, y ya cerrada la noche salimos para la Ciudad -Condal.</p> - -<p>Este viaje lento, sembrado de paradas interminables y devanado bajo la -serenidad tibia de una noche de septiembre, es el más hermoso de mi -vida. Lo embellecía mi reposo interior, la satisfacción de no llevar a -nadie dentro de mí: mis luces iban apagadas, mis puertas cerradas con -llave; todas mis tuberías y mis asientos descansaban también: yo era -como una conciencia sin remordimientos, como un corazón sin afanes. De -idéntico bienestar disfrutaba El Barítono, y frecuentemente nos -sonreíamos y estrechá<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303">{303}</a></span>bamos el uno contra el otro, felicitándonos por -nuestra ventura.</p> - -<p>—Fíjate—decía mi compañero—en que, por primera vez, nuestros dueños -nos llevan, nos pasean, sin exigirnos que transportemos a nadie. Somos, -pues, verdaderos viajeros.</p> - -<p>—¿Te duele algo?—le preguntaba yo.</p> - -<p>—Nada: cuando voy muy cargado, sí, suele darme en el segundo -compartimiento un dolor que me abate bastante; pero ahora me siento ágil -y con ganas de correr, como un muchacho. ¡Si supieras qué elasticidad -conservan mis muelles todavía!...</p> - -<p>Yo quería al Barítono. Después del Tímido, del Presumido, del -Misántropo, de Doña Catástrofe y de los Hermanos Sommier, mis colegas -fraternos del “expreso” de Hendaya, ningún compañero había sabido -apoderarse tanto como éste de mi amistad; ni siquiera el viejo -Dos-Caras, de quien, por quisquilloso y autócrata rancio, anduve siempre -un poco distanciado. Por los años en que yo servía sobre la línea de -Francia él trabajaba en la de Asturias, y asistió al hundimiento del -túnel donde La Tirones y El Tímido hallaron la muerte. Después rodó -mucho tiempo por el camino de Galicia con el “expreso”. Aunque nunca -habíamos hablado, El Barítono me conocía de cruzarse conmigo a lo largo -de la vía gallega, y, según me manifestó, siempre consideró que la -Compañía, al incluirme en un “correo”, era injusta con un vagón de mi -importancia. Estas palabras—¿a qué negarlo?—me halagaban, y en medida -igual me predisponían a reconocer las cualidades eminentes de mi -camarada. El Barítono se parecía a mí en el elástico vigor de sus -movimientos, en la hermosa<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304">{304}</a></span> conformidad de sus perfiles, en su boato -interior, en su elegancia... y si no llegué a considerarle idéntico a mí -fué tal vez porque mi presunción y mi orgullo—mis dos grandes -defectos—nunca me permitieron ver claro en los demás.</p> - -<p>Aquella noche, rodando a la cola de un “mixto” cuya lentitud y torpe -manera de frenar nos hacía reir, volvimos a entretenernos mutuamente con -el relato de lo que cada cual había visto, y los cuadros y personas que -llenaron nuestra existencia ambulante acudieron en muchedumbre. Al cabo -reconocimos que, si bien de la misma edad, mi historia era harto más -accidentada que la suya, y esto reafirmó el ascendiente que desde -siempre ejercí sobre él.</p> - -<p>En Barcelona descansamos tres días; allí volvieron a limpiarnos, y -después de reconocer todos nuestros mecanismos nos engancharon a la -cabeza del “expreso de lujo” que sale, a las ocho y cincuenta minutos de -la mañana, para la frontera. ¿Qué diré de la alegría, plena de juventud, -que experimentamos al sentirnos llevar?...</p> - -<p>—¡Ya nos vamos, Cabal!—me gritó El Barítono.</p> - -<p>—Sí, viejo—repuse—; ya nos vamos, y antes de cuatro horas estaremos -en Francia.</p> - -<p>Como le pareciese que mis palabras no encerraban bastante calor, -exclamó:</p> - -<p>—¿No te alegras?</p> - -<p>—Sí, que me alegro; ¡mucho!...</p> - -<p>En realidad, yo comprendía el cariño a la patria menos que él, y así mi -regocijo no igualaba al suyo. El continuó poniéndole risueñas apostillas -a su contento, y hasta me descubrió su esperanza—completamente -irrealizable—de<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305">{305}</a></span> rodar algún día sobre los caminos franceses.</p> - -<p>—Y si me encuentran viejo—suspiró—que me envíen a un taller de -reparaciones y me conviertan en “tercera”.</p> - -<p>—¿Serías capaz—interrumpí enojado—de degradarte hasta ese extremo?</p> - -<p>—Yo, sí: yo, con tal de ver París, lo acepto todo.</p> - -<p>Después se quedó triste.</p> - -<p>—Oye, Cabal: esto de regresar a Francia, después de tanto tiempo y -cuando ya somos casi viejos, ¿no será un mal síntoma?</p> - -<p>—¿Síntoma de qué?...</p> - -<p>—Agüero o anuncio de muerte. Tengo bien observado que numerosas -personas que vivieron expatriadas sintieron de súbito el anhelo de -volver a su país, y apenas lo satisficieron cuando la muerte les -sorprendió... ¡exactamente como si aquel deseo hubiera sido la voz con -que la tierra, donde fueron a nacer, les llamase!... Nosotros vamos, -venimos... devoramos millones de kilómetros... nos creemos libres... -somos como los pájaros... hasta que un día la tierra, nuestra madre, nos -llama... ¡y hay que obedecerla!... Cuando nosotros, hace mucho tiempo, -salimos de Francia, fué por un puente, en medio de la luz y del aire... -¿te acuerdas?... Y ahora regresamos a ella por un túnel, bajo la -tierra... Cabal: ¿tú no crees que exista en esto un maleficio?...</p> - -<p>No supe qué argüirle, pues parecióme que tenía razón, y una suave -melancolía descendió sobre los dos. ¡Morir!... ¿Qué desesperante -tiniebla envuelve esa palabra? ¿Morir es descender, irse... o es -regresar a la estación de salida?... Un largo momento permanecí -silencioso y como<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306">{306}</a></span> traspasado de frío; pero luego el paisaje, con sus -perspectivas de hermosa violencia, reanimó mi optimismo. Caminábamos -bien: a su hora las estaciones de Gerona, la heroica; de Flassá y de -Figueras, cuyo presidio puso un colofón a tantas vidas, quedaron atrás. -En seguida el suelo, que ya comenzaba a inquietarse, se enardece, se -encrespa furioso, y las primeras estribaciones pirenaicas asoman. La -enorme cordillera detrás de la cual España y Francia se atrincheran, -azulea más lejos, y sus cimas parecen galopar hacia el Norte.</p> - -<p>—¡Los Pirineos!—grita El Barítono.</p> - -<p>—Sí—repito emocionado—. ¡Los Pirineos!... ¡No son éstos los que yo -conocía; sin embargo, con qué gusto los veo!...</p> - -<p>Y, desde el cabo de Creus hasta el de Higuer, mi pensamiento va y -vuelve. Corremos entre la montaña y la costa, y el mar está tan cerca -que, a veces, sus olas rompen espumeantes al pie de la vía. Un poco más -y llegamos a Port-Bou, donde nos detenemos media hora; siete minutos -después estamos en Cerbere. ¡Francia!... La bandera ha variado; pero yo, -que no pienso como El Barítono, creo que, pues todos los trenes—vayan o -vengan—han de salir de un túnel, es allí, bajo la tierra, donde la -sociedad futura debía sepultar definitivamente el concepto retrógrado de -“patria”. Ese túnel, para mí, es una lección.</p> - -<p>Veinte días nada más ambulé sobre la ruta de Port-Bou. Una tarde, al -regresar a Barcelona, supe que había ocurrido un descarrilamiento cerca -de Calatayud, y que el “expreso” de Madrid se reformaba.</p> - -<p>A la mañana siguiente, temprano, unos guar<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307">{307}</a></span>davías se acercaron al -Barítono y a mí, y les oímos hablar:</p> - -<p>—¿Son éstos los dos coches que llegaron ha poco de Valencia?—preguntó -alguien.</p> - -<p>—Sí—repuso otra voz—, y hay que desengancharlos.</p> - -<p>Cuando el convoy iba hacia la frontera, El Barítono marchaba delante de -mí; a la vuelta sucedía lo contrario, y, por esta circunstancia, yo fuí -el elegido.</p> - -<p>—Nos separan, Cabal—gimió mi compañero.</p> - -<p>—Sí, hermano—repuse conmovido—y no imaginas cuánto voy a echarte de -menos...</p> - -<p>Aquellos hombres desenlazaron las cadenas que nos sujetaban, levantaron -el puentecillo metálico que nos unía y se dispusieron a empujarme.</p> - -<p>—En este momento—exclamó El Barítono—envejecemos un poco los dos: -separarse es morir...</p> - -<p>—O disponerse a vivir otra vez—interrumpí animoso—; ¡y más vale creer -esto último!... ¡Que seas dichoso, que la ventura te acompañe siempre!</p> - -<p>El repuso, magnífico y sacerdotal:</p> - -<p>—Que la felicidad marche contigo.</p> - -<p>Aquella noche, en el “expreso de lujo” de las ocho menos once minutos, -salí para Madrid. Meses después supe que mi camarada había sido -alcanzado y muerto por una locomotora, en Cerbere. ¡Tenías razón, pobre -hermano! Tu deseo de volver a Francia era una cita que te daba la -tierra.<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308">{308}</a></span></p> - -<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h2> - -<p>Si yo tuviese tiempo y memoria—y paciencia también—para trasladar al -papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones -ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes, -tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero, -exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las -impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio -físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia.</p> - -<p>El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía -recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada -impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis -ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el -entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo -clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de -sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre -el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas, -cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La -Triste—cualquiera de mis anti<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309">{309}</a></span>guas dueñas—atrafagada y jadeante, nos -arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco -también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la -melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación -neblinosa—aroma de humedad—que desdibuja las lejanías norteñas, el -profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra -locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber.</p> - -<p>Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos -sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder -de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la -música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos -enteros de mi vida.</p> - -<p>Dentro de mí oigo gritar:</p> - -<p>“—¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander, -Asturias y Galicia!...”</p> - -<p>Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones -dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a -otro.</p> - -<p>O bien:</p> - -<p>“—¡Miranda de Ebro!... ¡Cambio de tren para los viajeros de Bilbao, -Logroño, Castejón, Pamplona, Zaragoza y Barcelona!...”</p> - -<p>Y la maravillosa Sierra de Pancorbo se levanta delante de mí.</p> - -<p>La voz evocadora grita:</p> - -<p>—“¡Buenos quesos de Burgos!...”</p> - -<p>Y pasa la histórica ciudad, con su caserío obscuro sobre el que la -catedral levanta el encaje prodigioso de sus dos torres.</p> - -<p>—“¡Puñales y navajas de Albacete!...<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310">{310}</a></span>”</p> - -<p>Es la Mancha, de color ocre, desarbolada y adusta, y también la ilusión -verde de la región valenciana, que va acercándose.</p> - -<p>—“¡Tortas de Alcázar!...”</p> - -<p>Son las noches frías, el aire que corta, la lluvia ingrata.</p> - -<p>—“¡Agua!... ¡Agua fresca, agua!... ¿Quién quiere agua?...”</p> - -<p>Es Castilla, es la tierra que abrasa, son los vagones cuyas imperiales -vahean bajo el fuego del sol, el emparrado mezquino que sombrea el -brocal de un pozo casi seco...</p> - -<p>Así, pensando en todo esto, creo rejuvenecerme, y el espíritu cumple el -milagro de vivir muchas veces lo que la materia torpe sólo conoció y -gozó una vez.</p> - -<p>La línea de Madrid a Barcelona es más dura y ciento noventa y cinco -kilómetros más larga que la de Valencia; pero, comparada con la de -Galicia o la de Irún, es llana y accesible como un andén. Componen el -“expreso” una máquina, natural de Grafenstaden, correspondiente a la -“serie cuatro mil”, de más de trece metros de longitud, y a la que sus -manejadores apodan La Quisquillosa, por ser—al igual de los caballos -blandos de boca—muy sensible a cualquiera indicación, y así se detiene -o corre con violencias súbitas, como si estuviese enfadada; y nueve -unidades: dos sleeping, dos furgones, un coche-correo y cuatro -“primeras”, de las cuales al que me sigue llaman El Viejo, lo que me -contristó un poco cuando, charlando con él, averigüé que teníamos la -misma edad. El <i>dining-car</i> es, en nuestro convoy, algo pegadizo, pues -el que enganchan en Madrid se queda en el pueblecito soriano Arcos de -Jalón, y el que sale con nos<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311">{311}</a></span>otros de Barcelona no pasa de Mora la -Nueva.</p> - -<p>La heterogeneidad moral que presentan, con respecto unas de otras, las -diversas regiones españolas, y de la que ya he hablado, vuelve a -sorprenderme aquí. El público que ahora viaja conmigo no se parece al -valenciano, y menos al andaluz; acaso sean el andaluz y el catalán los -dos temperamentos españoles más desemejantes. Este pueblo me gusta: -viste bien, es serio, callado, laborioso, enérgico; sus mujeres son -gruesas y altas, y se enjoyan con cuidado, y los hombres tienen la -expresión voluntaria y hablan de negocios. Al salir de Madrid, sin -embargo, la psicología del pasaje no es rotundamente pura; tiene una -veta aragonesa que persistirá hasta Zaragoza. Traspuesto el Ebro, la -raza de los fenicios hispanos aparecerá limpia, y el idioma castellano -habrá muerto, como arrojado a la vía por inútil.</p> - -<p>En cuanto al camino, sin ser de los más bellos, es interesante, y se -acerca a ciudades, ruinas y perspectivas, acreedoras a recordación.</p> - -<p>Por ejemplo: Torrejón de Ardoz, entre cuyas roídas murallas las familias -ducales de los Olivares y de los Alba tienen su sepultura; Alcalá de -Henares, cuna de Miguel de Cervantes y de Catalina de Aragón; -Guadalajara, ganada a los moros por Alvar Fáñez, el amigo del Cid; -Sigüenza, fundada por Roma; la alcazaba de Medinaceli, y otras -fortalezas diseminadas por aquellos alrededores rocosos y que en otro -tiempo defendieron el tránsito del Valle del Ebro a Castilla; la morisca -Calatayud; Zaragoza, la ibérica y la heroica, cuyas dos catedrales—El -Pilar y La Seo—vemos, al cruzar el puente, reflejarse en el río; Caspe, -que una vez decidió del<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312">{312}</a></span> porvenir de España; Reus, Pobla, San Vicente...</p> - -<p>A través de un bosque de pinos marítimos la vía férrea se aproxima al -Mediterráneo y el paisaje cobra belleza mayor. Pasa Villanueva y Geltrú, -rodeada de viñedos lujuriantes, y más allá de Sitges el expreso, que -corre bordeando la costa acantilada, enfila, sin interrupción, tantos -túneles, que podría decirse que camina soterrado. Estos túneles ofrecen -numerosas hendeduras, especie de saeteras abiertas sobre la alegría del -mar latino, y su luz, que fulge por ráfagas ante nosotros, son como -ideas optimistas que esclareciesen a intervalos la tiniebla de un -espíritu triste. Enfrentamos luego las fragosas costas de Garraf, y -entre tantas rocas nuestros rodajes restallan y crepitan con -ensordecedor trajín. A la izquierda, en aquel lontano confín donde el -cielo simula pedirle a la tierra un punto de apoyo, azulean los -fastigios de Montserrat; y al fondo, manchando de blanco el horizonte -desde la falda del monte Tibidabo al baluarte de Montjuich, la urbe -barcelonesa, ceñida de fábricas cuyos millares de chimeneas parecen los -tubos de un órgano que entonase, desde el amanecer, la misa del Trabajo; -la única cierta...</p> - -<p>Pronto se cumplirá el cuarto aniversario de mi llegada a esta línea, y -nada digno de ser publicado me ha sucedido aún. ¿Por qué? Jamás mi vida -fué tan pacífica. ¿A qué debo atribuir esta calma? ¿Será porque voy -haciéndome viejo? ¿Acaso porque la Aventura, cansada de protegerme, huye -de mí?... ¡Oh, dolor! El silencio que acompaña a la ancianidad parece -una emanación, un contagio, del Eterno Silencio; como si, al igual que -los ríos meten su corriente en el<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313">{313}</a></span> mar, la Muerte proyectase su tristeza -en la Vida...</p> - -<p>En las otras regiones que conozco las gentes viajan por placer, por -turismo, para tomar baños en las playas de San Sebastián o de La Coruña, -o para asistir, a mediados de abril, a las corridas de toros de Sevilla. -En la línea catalana se viaja por necesidad, por negocio; mis huéspedes -son gentes laboriosas y ordenadas, para quienes la vida es una actividad -lógica y no un pasatiempo. No son bruscos, según el vulgacho de otras -provincias cree, sino diligentes en la acción; no son avarientos, sino -emprendedores y productores. Como dentro de la idiosincrasia total de -nuestra Península, puede aseverarse que Andalucía representa la fantasía -y la gracia, Cataluña simboliza la acción, el impulso codicioso y -perseverante. Bilbao y Valencia la imitan, la siguen de muy cerca... -pero Cataluña es, hasta el momento actual, “la voluntad” de la España -futura. En esta tierra fuerte a los hombres se les estima por su -energía, por su producción útil; aquí, en los trenes, un torero no llama -la atención, y, lógicamente, un ministro interesa menos aún que un -espada.</p> - -<p>En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un -matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la -esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos -eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos, -por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de -conocerles, y me eché a discurrir:</p> - -<p>“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314">{314}</a></span>”</p> - -<p>Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados -de tener algo que contarse.</p> - -<p>La mujer decía:</p> - -<p>—Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas...</p> - -<p>—Es de suponer.</p> - -<p>—Y que regará el jardín conforme la expliqué...</p> - -<p>—Sí, sí, lo regará; no te atormentes.</p> - -<p>Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el -vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre -sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos -instantes:</p> - -<p>—Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación.</p> - -<p>—Si recibió tu telegrama...</p> - -<p>Ella recelaba siempre; él creía.</p> - -<p>—¿Por qué no había de recibirlo?...</p> - -<p>Después de un silencio, la mujer exclamó:</p> - -<p>—¡Pobre hijo mío!...</p> - -<p>El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar:</p> - -<p>—Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite -así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al -muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al -campo...</p> - -<p>De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de -Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que -España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los -periódicos publicaban telegramas.</p> - -<p>—¡Pobre mujer y pobre hombre!—pensé.<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315">{315}</a></span></p> - -<p>Les observaba con una atención en la que había más misericordia que -curiosidad.</p> - -<p>—Afortunadamente—seguí discurriendo—, los hombres, junto a la idea de -“patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios -que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente -falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!...</p> - -<p>De pronto—¡oh, dragados increíbles de la memoria!—reconocí en mis -huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de -don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y -vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen -dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme -entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato, -gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que -parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!... -¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!...</p> - -<p>—¿Es posible—exclamé—que él haya dedicado entera su vida a ella, y -ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a -sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?...</p> - -<p>Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún -años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve... -¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus -cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como -uniformados, sin otra alegría que su amor—que no era “el amor”, sino -una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica—. Perdieron su hu<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316">{316}</a></span>milde -vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche -aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo; -y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora -de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su -hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque -sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias -que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir—aroma de las -almas—se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!...</p> - -<p>Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó:</p> - -<p>—¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya -llegamos.</p> - -<p>Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los -estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia.</p> - -<p>—Cosas más graves—repuso—he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a -todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves, -de mi vida podría sacarse una novela.</p> - -<p>Me eché a reir con tan bonísmo arranque que amostacé a mi interlocutor.</p> - -<p>—¿A cuento de qué viene esa algazara?—atajó.</p> - -<p>—Me río—le repliqué sin cortar el chorro de hilaridad que me removía -el cuerpo—de lo vulgar que eres. Acabas de hablar como un hombre. ¿No -lo sabías?... Apenas dos de nuestros viajeros charlan media hora y -simpatizan, uno de ellos exclama, siempre con una leve melancolía en la -voz, como si el recordar fuese un dolor para él: “Mi historia es una -novela.” A otros les parece que un volumen no es bastante, y dicen:<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317">{317}</a></span> “En -mi historia hay argumento para tres o cuatro novelas...”</p> - -<p>Mi camarada, más humillado que avergonzado, repuso:</p> - -<p>—¿Y qué?...</p> - -<p>—¡Nada!... Que para aliviarte del peso de tu biografía busques a otro, -porque yo no la aguanto.</p> - -<p>—¿No crees que la vida de cualquier hombre, como la tuya... como la -mía... es una novela?...</p> - -<p>—Posiblemente.</p> - -<p>—¡Luego tengo razón!...</p> - -<p>—Mira, Viejo—exclamé—; no te amontones y medita lo que voy a decirte: -como la mayoría, por no asegurar la totalidad, de los hombres son -vulgares; como no saben vivir, sucede que esa novela que tú atisbas en -ellos necesariamente ha de ser mala; y, por lo tanto, que si cada -ciudadano... ¿me oyes?... cayese en la tentación de escribir su -historia, nadie volvería a comprar un libro.</p> - -<p>Amohinado gruñó:</p> - -<p>—Si nada te ha sucedido... te felicito.</p> - -<p>—¡Al contrario!—interrumpí vivamente—; si no hablo es porque mucho me -sucedió. Las almas, Viejo, son como los ríos: cuanto más profundos, más -callados...</p> - -<p>Así terminó la escaramuza.<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318">{318}</a></span></p> - -<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h2> - -<p>Mi biografía, toda mi biografía, como si el Destino la hubiese dividido -a hachazos, ofrece los aspectos más incongruentes y separados: junto al -fragmento ligero y azul, el capítulo rojo; al lado del episodio -sentimental o picante, la palidez torva del drama.</p> - -<p>Durante aquel último cuadrienio yo había empezado a aburrirme un poco: -hallaba mi vivir demasiado uniforme, y achacaba esta escasez de -emociones a mis años, que iban siendo muchos. “¡La Aventura ya no me -quiere!...”—discurría yo en mis soliloquios, constelados de melancolías -y de recuerdos. Y daba por definitivamente acabado el libro de mi vida, -cuando la terrible y divina musa “de los ojos de esmeralda”, la que con -sus sorpresas envejeció mis miembros de hierro y caoba, tornó a mirarme. -Y... ¡de qué modo, con qué fuerza trágica!...</p> - -<p>Es una página bermeja y ardiente, como un folletín.</p> - -<p>Estábamos en Madrid, y las manecillas del reloj luminoso—ojo de la -Estación—que preside el vaivén de los trenes, iba a darnos la orden de -partir. Eran las diez y ocho y quince. Todos los coches, apretados -fraternalmente unos contra<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319">{319}</a></span> otros, esperábamos la señal: teníamos -encendidas las luces; la calefacción, alta; los frenos, bien graduados; -las ruedas, engrasadas y prontas al movimiento: La Quisquillosa -resoplaba prepotente, y el latir de sus ijares estremecía el convoy. Un -viento frigidísimo barría los andenes, casi desiertos, pues era día “de -Difuntos” y en fecha tan señalada y que entraña, al decir del vulgo, -cierto maleficio, nadie quiere viajar. Los huéspedes del expreso no -llegarían, en total, a cuarenta. ¡Mejor!... Vayan estos viajes, -relativamente descansados, en alivio y desquite de aquellos en que la -aglomeración de forasteros y de equipajes nos obligan a transportar, a -cada uno, siete y ocho toneladas de peso.</p> - -<p>A la hila del tren, una voz lenta pregonaba:</p> - -<p>—¡Almohadas de viaje!...</p> - -<p>Y era su cadencia tan monótona, tan lánguida, que invitaba a dormir.</p> - -<p>De mis compartimientos tres estaban vacíos. En otro había un matrimonio -cincuentón y de empaque burgués, al que la presencia de varios -parientes, que fueron a despedirle, retenía asomado a una ventanilla.</p> - -<p>Especialmente en invierno estos saludos me molestan mucho, porque me -enfrían. Además, son de una hipocresía repugnante, pues, en la -generalidad de los casos, todos, así los que se quedan como los que se -van, desean separarse. Ya se dijeron cuanto necesitaban decirse; ya -varias veces se estrecharon las manos... ¡y el tren no sale!... ¿Qué -hacer?...</p> - -<p>—Pero... ¡márchense ustedes!—suplican los viajeros.</p> - -<p>Los otros responden:</p> - -<p>—De ningún modo...<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320">{320}</a></span></p> - -<p>—Nos da pena verles ahí; están ustedes molestándose.</p> - -<p>—No es molestia, es placer...</p> - -<p>—¡Cuánta amabilidad!...</p> - -<p>Las “frases hechas”, los “lugares comunes” de la cortesía y de la -emoción, van... vienen... El protocolo de las despedidas ordena que—en -un momento determinado—las cabezas varoniles se descubran, y los -pañuelos salgan del bolsillo para saludar, y los ojos se nublen de -tristeza: y para que este cuadro surta el efecto conmovedor apetecido, -indispensable será que el convoy arranque. También las siguientes -recomendaciones parecen absolutamente necesarias:</p> - -<p>—“Tengan ustedes buen viaje...”</p> - -<p>—“¡No dejen ustedes de telegrafiar; no se lo perdonaríamos!”</p> - -<p>—“Ya saben que pueden disponer de nosotros.”</p> - -<p>—“¡Sí, sí!... ¡Muchas gracias!... ¡Hasta la vuelta!...”</p> - -<p>¡Ah!... Cuando considero el mezquino valer de los hombres, sus -falsedades, sus perjurios, sus tracerías y el eterno carnaval de sus -almas, siento tentaciones de descarrilar.</p> - -<p>A la hora exacta, el jefe de estación dió “la salida” al expreso; silbó -la locomotora, y partimos. ¡Espantosa noche! La lluvia había formado -grandes charcos entre los rieles, y apenas dejamos atrás la marquesina -que guarece los andenes, un furioso huracán de nieve nos envolvió. Por -dicha, nuestro “visitador en ruta” cerró pronto una portezuela del -coche-cama inmediato, que había quedado abierta, y por la cual penetraba -una avendavalada manga de aire que iba helándonos a todos. El vagón que -co<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321">{321}</a></span>rría delante de mí, y al que apellidábamos El Pez, por lo ligero, se -quejaba de un eje; yo lo oía chirriar.</p> - -<p>—Eso es—hícele observar—un poco de frío; apenas llevemos rodando un -rato y entres en calor se te pasará.</p> - -<p>Habíamos traspuesto las estaciones mínimas de Vallecas y Vicálvaro, y -las amenas praderas de San Fernando, y ya veíamos acercarse las luces -tristes y diseminadas de Torrejón. Pasado Alcalá, La Quisquillosa -aceleró su correr, y la calefacción aumentó. ¡Qué delicia!... Aquellas -oleadas de vapor eran para nosotros lo que para el caminante aterido un -vaso de alcohol. El eje de mi compañero cesó de dolerse.</p> - -<p>—¿Mejoras?—averigüé.</p> - -<p>—Sí—repuso—; ya estoy bien.</p> - -<p>—Pues, tira, hermano; porque El Viejo es un maula, y de no ayudarme tú -no podré con él.</p> - -<p>Hizo lo que yo le pedía, y se lo agradecí: era fuerte y bueno, y más -joven que yo; con lo que declaro que me aventajaba en punto a lealtad y -buena fe. Vivir es malearse...</p> - -<p>Los andenes de Meco y Azuqueca huyeron de nuestro lado como sombras; en -Guadalajara hicimos, según costumbre, un alto de cinco minutos, y -seguidamente salimos para Fontanar.</p> - -<p>El <i>dining-car</i> había apagado sus luces temprano, pues el pasaje, -malhumorado, cenó de prisa, que nada acorta tanto la duración de las -sobremesas como la melancolía. Los escasos inquilinos de los -vagones-camas también mostrábanse soñolientos. En los coches de mi -clase, los largos tránsitos aparecían desiertos y fantasmales, sacudidos -por la marcha crepitante del convoy. Pasaron las estaciones de -Junquera,<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322">{322}</a></span> Humanes, Espinosa, Jadraque, Matillas... y en Sigüenza, la -vetusta, recogí un viajero. Distinguí su silueta mucho antes de que -llegásemos a la estación, pues en el andén solitario no había más -persona que la suya. Era un hombre como de treinta años, bien vestido y -de gentil presencia, y advertí una nerviosidad, una precipitación de -fuga, en su modo de ganar mi estribo y abrir la portezuela. Aquel -individuo, evidentemente, huía de alguien: sus pupilas fulgían como las -del “bello Raúl”, como las de Dommiot, como las de Cardini, el -italiano... Ya en el pasillo, bajó un cristal y sacó la cabeza, -observando espaciosamente a un lado y otro, cual receloso de que alguien -hubiera subido al convoy; y así, en esta actitud de vigilancia -implacable, permaneció hasta que dejamos la estación y comenzó a ser -procelosa la velocidad de nuestro correr.</p> - -<p>Entonces buscó uno de mis departamentos vacíos, y un gesto que hizo y el -suspiro que se le escapó de la garganta me descubrieron su satisfacción -de hallarse solo. Reducíase su bagaje a un maletín pequeño, que colocó -en la red, y a un portamantas cuyas correas empezó a deshebillar. Sin -razón, y acaso por obra sigilosa de un presentimiento—esto lo razoné -más tarde—, redujeron mi curiosidad a esclavitud la lozana juventud de -mi huésped, la vivacidad de sus grandes ojos novelescos, la abundancia -de sus cabellos negros y naturalmente ondulados, la sólida complexión de -su espalda y la elegante anatomía de sus manos y de sus pies.</p> - -<p>—He aquí un hombre—medité—con quien el Amor no debe ser esquivo...</p> - -<p>Apareció el interventor y pude enterarme de que el nuevo viajero iba a -Barcelona. Al quedarse<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323">{323}</a></span> solo, el desconocido extinguió las dos luces del -compartimiento, cerró la puerta y corrió todas las cortinillas. Hecho -esto se acomodó en un ángulo, arrebujóse en su manta y alargó ambas -piernas sobre el asiento. Volvió a suspirar, como quien sufre una pena o -un temor secretos, y apagó en mi cenicero el cigarrillo que estaba -fumando. En la obscuridad su figura desapareció casi por completo: -únicamente sus botas de charol, flamantes—bien lo recuerdo—recogían no -sé qué vagarosa claridad que llegaba a ellas desde el pasillo, y yo las -veía fosforear en la tiniebla como azabaches. ¿Quién era aquel tipo, qué -interés podía haber en su vida? Le comparé con don Rodrigo y le juzgué, -incontestablemente, más hermoso que el amante de Raquel, pero también -menos distinguido, porque era menos “raro”. Minutos después le oí roncar -sonoramente y, yo mismo, traspuesta la estación de Arcos, me quedé -dormido. Muchas veces los viejos vagones, con nuestra inveterada -costumbre de rodar en traílla, y la seguridad de que la locomotora cuida -de nosotros y no nos dejará equivocar la ruta, caminamos -inconscientemente, y es este automatismo lo que nos permite ratos -sabrosos de duermevela.</p> - -<p>Una voz que gritaba:</p> - -<p>—¡Alhama!... ¡Un minuto!...</p> - -<p>Interrumpió a medias mi reposo: pero La Quisquillosa recobró su marcha y -mis poros, mal despabilados, volviéronse de nuevo impermeables a la -sensación, y mi conciencia tornó a inmergirse en las negruras -insondables del no pensar.</p> - -<p>Mucho tiempo transcurrió antes de que un pregón y una ruda presión de -los frenos, me<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324">{324}</a></span> despertasen. Por añadidura mi vagón zaguero—El -Viejo—acababa de darme, al detenerse, un fuerte encontrón; sin duda iba -dormido. Reconocí la estación de Calatayud, callada y horriblemente -triste bajo un abundantísimo aguacero. Ni un ruido. El jadear de la -máquina desgarraba el silencio, y turbaba como el latir de un corazón. -Al mismo tiempo, me pareció ver una sombra que trepaba al último -“primera”, por el lado de la entrevía, lo cual me demostró que quien -fuese cuidaba de no ser visto, y acaso intentaba viajar sin billete.</p> - -<p>Media hora más tarde llegaba a mí con pasos aduendados y por el tránsito -que me ligaba al Viejo, una mujer alta, de líneas esbeltas, que -disimulaba sus facciones bajo un alucinante manto negro. Un extraño -soplo trágico la animaba, la precedía...; la vi adelantarse por el -corredor y unos segundos pude admirar sus manos blancas, la energía -aguileña de su rostro, y el nimbo leonino que ceñían a su frente sus -cabellos dorados: unos cabellos encrespados y magníficos, calientes y -luminosos como hilos de sol. Brillaban con resplandor propio; vivían; no -recuerdo haber visto nunca otros más bellos...</p> - -<p>La desconocida detúvose ante mi primer departamento, cuya puerta -descorrió suavemente; encendió una luz, miró rápida y, sin ruido, volvió -a cerrar. En el departamento contiguo hizo lo mismo: abrió la puerta, -asomó la cabeza, esquivóse de nuevo... Era evidente que buscaba algo. De -repente asocié aquella pesquisa a la figura del viajero que subió a mí -en Sigüenza.</p> - -<p>—Le busca a él...—pensé.</p> - -<p>Y tuve miedo, pues adiviné que algo siniestro<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325">{325}</a></span> iba a consumarse. -Sobresaltado llamé la atención de mi compañero.</p> - -<p>—Escucha, Viejo, y ayúdame a salir de dudas: ¿has visto pasar una mujer -alta, vestida de negro?</p> - -<p>—Sí; subió al tren en Calatayud, por la parte de la entrevía...</p> - -<p>—La misma.</p> - -<p>—Como si viniese huyendo...</p> - -<p>—¡Exacto—exclamé—, todo eso lo pensé yo!...</p> - -<p>—En el último vagón permaneció un buen rato; pasó después al otro, y -luego a mí, donde el interventor la pidió el billete.</p> - -<p>—¿Llevaba billete?</p> - -<p>—Hasta Barcelona. En mi pasillo aguardó a que el interventor se fuese, -y entonces registró, uno a uno, mis departamentos. Tiene cara de loca. -Después se marchó. ¿Sabes dónde está?</p> - -<p>—Aquí.</p> - -<p>—¿Contigo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué hace?</p> - -<p>—Busca.</p> - -<p>La dama enlutada, efectivamente, proseguía su investigación, y en el -tránsito solitario y bajo el claror pálido y trepidante de las lámparas, -su silueta cobraba una virtud fantasmal. En su rostro lívido, sus ojos -negros tenían la expresión del drama. El Destino, lo Inevitable, miraban -con ellos.</p> - -<p>El Viejo, intrigado, me preguntó:</p> - -<p>—¿Se fué ya?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Qué hace ahora?...</p> - -<p>—Busca... ¡calla!... déjame ver...<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326">{326}</a></span></p> - -<p>La misteriosa desconocida empujaba en aquel instante la portezuela del -departamento donde “el viajero de Sigüenza”—le designaré así—dormía. -¡Oh, si yo hubiese podido despertarle!... Fueron unos segundos -espantosos, uno de esos momentos en que nos parece oir a la Muerte -caminar de puntillas, y dentro de nosotros toda nuestra alma acongojada -adquiere el perfil de una interrogación.</p> - -<p>La intrusa, apenas encendió, tornó a apagar, y, favorecida por la -claridad del corredor, avanzó. Su brazo derecho extendido, que ahora, -bajo el manto, parecía una enorme ala maléfica, esgrimía un puñal cuya -hoja limpia pintaba en la penumbra un sutil triángulo de luz. Agachóse -para mejor ver, y ahogando el aliento. Adelantó la cara, en cuya lividez -eucarística los labios temblaban... Luego, con recio ímpetu, apoyó su -mano izquierda en la boca del durmiente, para a la vez que le impedía -gritar y le tapaba los ojos, obligarle a echar la cabeza hacia atrás; y -cuando le tuvo así, mudo y cegado y con la garganta bien de manifiesto, -de un solo golpe cruel le degolló. Hundióse el cuchillo hasta la cruz, -y, al salir, por la herida brotó un chorro caudal de sangre, purpúreo y -ancho como una lengua.</p> - -<p>Segura de haberle matado, la homicida, con repentina presencia de ánimo, -enredó al alfiler que brillaba en la corbata del finado un largo cabello -negro que preparado traía con este objeto, tiró el arma a un rincón y -escapó. Al llegar al término del pasillo penetró en el cuarto-tocador, -se lavó las manos y volvió a salir. Nadie la había visto. Sin perder -instante abrió mi portezuela correspondiente a la en<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327">{327}</a></span>trevía, bajó al -estribo y saltó a tierra fácilmente, pues íbamos llegando a la estación -de Casetas y el convoy corría a menos de un cuarto de marcha.</p> - -<p>Sentado, el occipucio apoyado contra una de mis cabeceras, la víctima, -lívida y bermeja a la vez, no se había movido. A su alrededor y como -nimbando su blancura mortal, todo aparecía tinto en sangre: el diván, el -respaldo, la alfombra...</p> - -<p>La presencia de aquel cadáver cuyo rostro, de minuto en minuto, era más -blanco, me causaba indecible terror; añádase a esto la sensación de la -sangre que me empapaba y rápidamente iba enfriándose. Sentía miedo, -pena... y también un poco de asco. En los primeros instantes sólo -compadecí al hombre; luego díme a meditar en la matadora, y a tener -piedad de su dolor. ¿Qué desesperada historia se había desenlazado -allí?... Y aquel cabello negro, ¿con qué objeto fué enredado en la -corbata de la víctima, y a quién perteneció?... Instintivamente mi -conciencia hidalga poníase de parte de la mujer y votaba en favor suyo.</p> - -<p>“Cuando ella se decidió a segarle la garganta—pensé—es porque antes -él, a mansalva, la habría acuchillado el corazón. Entre amantes, una -puñalada es muchas veces la liquidación de una deuda.”</p> - -<p>Apenas el expreso salió de Casetas, referí al Pez y al Viejo lo -ocurrido, y aquél tanto se asustó con la idea de que un muerto le -seguía, que comenzó a cabecear y a querer zafarse de mí. Un buen -tironazo que le administré, para castigarle, le devolvió el juicio. No -se enfadó por ello.<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328">{328}</a></span></p> - -<p>—¿Está muy pálido el cadáver?—balbuceaba.</p> - -<p>—Mucho; parece de cera; parece también que el rostro se le ha -enflaquecido.</p> - -<p>—¿Y frío?... ¿Notas tú que está frío?...</p> - -<p>—Sí: el frío de su carne es, por instantes, mayor: rato hace que -traspasó sus ropas y empezó a invadirme... Ahora me penetra y llega muy -hondo dentro de mí. ¡Es horrible!...</p> - -<p>La noticia corrió velozmente de punta a punta del convoy, y los datos -aportados por mis compañeros ratificaron cuanto, momentos antes, El -Viejo me había dicho. La desconocida emprendió su trágico éxodo -agarrándose a uno de los estribos del último vagón, en cuyo -cuarto-lavabo estuvo encerrada más de una hora, de lo cual nuestro -camarada coligió que aquella mujer, no obstante su bonísima traza, -escondía un misterio. Después dejó su escondite, ojeó todos los -departamentos y pasó al segundo coche, donde hizo lo mismo.</p> - -<p>—Yo, cuando la vi adelantar por mi pasillo—exclamó El Viejo—tan alta, -tan delgada y envuelta en aquel largo manto negro entre cuyos pliegues -los ojos la relucían como linternas, pensé que la Muerte había entrado -en mí.</p> - -<p>—¡Y era cierto que entraba—comenté—, porque el amor y la codicia son -las dos sonrisas de la Muerte: cuando la Muerte no quiere asustar a los -hombres y sí sólo perderles, se hace Dinero o se hace Mujer!...</p> - -<p>En Zaragoza, donde debíamos permanecer veintiún minutos mientras -cambiábamos de máquina, sólo recogimos tres pasajeros, que subieron a -los coches-dormitorios, situados a la cabeza del tren. Eran las dos de -la madrugada. La Quisquillosa, que no pasaba de allí, se había -des<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329">{329}</a></span>ligado de nosotros, y el convoy quedó inerte y como acéfalo. Todos -los vagones, inmergidos en tinieblas, parecían dormir, amodorrados por -el cansancio y el frío. El Viejo y El Pez también se habían sosegado. -Solamente yo velaba, y, a poder, hubiera pedido socorro con resonantes -voces. Aquel difunto, cuyo rostro adquiría aún, por momentos, una albura -de sudario, me helaba: ni don Rodrigo, ni aquel argentino tan -misteriosamente asesinado en la línea de Sevilla, tenían su expresión: -yo no quería verle, y, sin embargo, ni un segundo mi curiosidad se -apartaba de él. Como acabó sin agonía, la muerte no había desconcertado -la paz de sus facciones: los labios quedáronle entreabiertos, y la -visera de la gorra le tapaba los ojos; pero los dedos de sus manos -yertas y blancas—más que blancas, traslúcidas—sobre el fondo purpúreo -de su traje cubierto de sangre tenían una expresión fascinante: estaban -torturados, contraídos, retorcidos espantosamente: raíces parecían...</p> - -<p>Un golpe inesperado me reveló que La Ronca—padecía este remoquete por -lo mal que silbaba—se había unido a nosotros. Ibamos a partir, y me -alegré, porque el movimiento debilita la voz de las ideas. En seguida... -lo de siempre: una campana, un pito, una voz soñolienta, automática, que -ordena: “Señores viajeros... ¡al tren!...”, la locomotora que lanza un -alarido corto y bufa, y el convoy que recobra su andar...</p> - -<p>El crimen perpetrado entre Calatayud y Casetas se descubrió al hacerse -la nueva requisa de billetes, ya pasado El Burgo. Inmediatamente el -inspector manejó el timbre de alarma, y el expreso paró. Por segunda vez -la noticia, seme<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330">{330}</a></span>jante a una mariposa roja, voló de un extremo a otro -del tren: despertados insólitamente todos los viajeros, algunos a medio -vestir, precipitáronse fuera de sus departamentos y corrieron a mí. En -mi corredor los curiosos se apiñaban, se oprimían y alargaban el cuello, -con el ansia impaciente de ver. Los que hubieron la fortuna de obtener -un puesto frente al teatro del atentado, enmudecían de espanto y no -sabían disuadir los ojos del cadáver, cuyas facciones, ya endurecidas, -parecían, bajo mis luces, de transparente mármol.</p> - -<p>Como nada podía hacerse, el revisor cerró el compartimiento y el convoy -persiguió su camino a gran velocidad para recobrarnos del tiempo -perdido. En Caspe nos detuvimos, y por teléfono el jefe de estación -llamó al Juzgado, que inmediatamente acudió y procedió al “levantamiento -del cadáver”. Secundado por el escribano, el juez tomó circunstanciada -declaración al inspector, al “ruta” y a varios pasajeros. El -interrogatorio fué baldío; nadie sabía nada. Lo único cierto era que el -asesinado tomó el tren en Sigüenza con propósito, según su billete de -viaje acreditaba, de ir a Barcelona.</p> - -<p>En la cartera de la víctima se halló una cédula extendida a nombre de -Antonio del Rey, varias cartas, a las que, por abreviar tiempo, no se -dió lectura, y cuarenta mil pesetas en billetes del Banco: detalle este -último que evidenciaba no ser el robo el móvil del asesinato. El juez -advirtió en seguida el largo cabello negro—cabello de mujer -joven—prendido al alfiler de corbata del finado, lo que estimó un dato -revelador precioso; también examinó cuidadosamente el cuchillo, que era -nuevecito y de los mejores y más bellos<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331">{331}</a></span> que producen los famosos -armeros toledanos. En el acto, la presunción de un crimen por celos -iluminó el espíritu de los circunstantes.</p> - -<p>—¡Y es una mujer morena—exclamaron a coro—quien le ha matado!...</p> - -<p>Alguien dijo que ninguna mano femenina era capaz de asestar una puñalada -así. Pero el voto contrario y unánime del público movióle pronto a -cambiar de opinión. Mujer tenía que ser la autora del crimen. ¿Cómo, si -no, explicar la presencia de aquel cabello? Precisamente ese cabello era -“el hilo” del sangriento ovillo, el rastro que la homicida olvidó tras -sí. A este dato añadíase otro no menos significativo, a saber: la -primorosa belleza del cuchillo: era un arma genuinamente femenina, -elegante y de persona rica. A un hombre, para vengarse, no se le ocurre -comprar un objeto tan lindo.</p> - -<p>Alrededor de la imagen de una mujer “morena y joven”, por todos -aceptada, los comentarios se devanaron inagotables.</p> - -<p>“Ella” debió de subir al tren en Sigüenza, sin que “El” lo advirtiese; -aunque, de estar noticiosa de su viaje—suposición muy admisible—pudo -salirle al encuentro en la estación de Arcos, o en la de Alhama... y, -hallándole dormido, le degolló. Después se quedaría en Calatayud...</p> - -<p>La razón del crimen volvía obsesionante a los espíritus. Evidentemente, -aquella mujer había matado por celos. Antonio del Rey, al recibir la -puñalada, no se defendió; acaso la muerte fué tan instantánea en él que -se adelantó al dolor; finó sin sufrir: lo proclamaban así sus ojos -cerrados y la serenidad y compostura de su actitud.</p> - -<p>Respecto del cabello enredado al alfiler de<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332">{332}</a></span> la corbata, alguien dijo—y -sus palabras merecieron la aprobación general—que, una vez su venganza -satisfecha, “Ella”, como Salomé, sentiría el deseo de besar los labios -yertos del adorado—¿no anduvieron el Amor y el Crimen siempre -juntos?—y, al inclinarse para hacerlo, sus cabellos se agarraron al -alfiler y una hebra, que sería brújula entre las manos de la Justicia, -quedó prendida en él. El señor juez se acordaba de Teseo, y estaba -encantado...</p> - -<p>Asistiendo a estas divagaciones folletinescas, pero muy verosímiles, de -la imaginación popular, yo me desesperaba. ¿Cómo decirles?... “La -criminal es rubia; su cabeza parece una brasa: ese cabello negro de cuyo -hallazgo tanto se ufanan ustedes, lejos de ser un rastro, es una -traición, una trampa, un ardid, para despistar...” El único que lo sabía -todo era yo, y no podía hablar. ¡Ah! ¿Cuándo los hombres que tantos -inventos inútiles hicieron, descubrirán el modo de comunicarse con los -objetos que comparten su vida?... ¿Habría robos si las cajas de caudales -supieran pedir socorro? ¿Habría adulterios si hablasen las alcobas? -¿Cómo los sabios acosadores tenaces de la Verdad, no pensaron en -esto?... Porque entonces... ¡sí que la Mentira se iría del mundo!...</p> - -<p>Al dar el Juzgado por terminadas sus diligencias, unos camilleros se -llevaron el cadáver del desdichado Antonio del Rey, y yo, con las -portezuelas cerradas, fuí desenganchado del convoy y trasladado a una -vía lateral, en espera de las futuras investigaciones que el señor juez -instructor se proponía practicar en mí.</p> - -<p>—¡Te han fastidiado, Cabal!—me dijo El Viejo—; los hombres, para -consolarse de no<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333">{333}</a></span> prender al asesino, te prenden a ti... y tardarán en -soltarte.</p> - -<p>El expreso arrancó de Caspe con dos horas de retraso. ¿Cómo decir el -frío de silencio, el dolor de abandono, que me produjo verlo marchar?...</p> - -<p>El resto de la mañana estuve durmiendo, bajo la lluvia. Al siguiente día -padecí un severo registro, y tres días después otro. El juez, asesorado -por el escribano, el alguacil y dos personas más, reconstituyó—y -declaro que con bastante exactitud—la escena del crimen: la posición en -que se hallaba la víctima al recibir el golpe; la estatura probable de -la agresora, a quien todos supusieron alta; y luego examinaron -prolijamente los rincones del compartimiento, y mis estribos, con la -esperanza de sorprender en ellos algún vestigio esclarecedor del -misterio. Una aguja descubierta por el alguacil bastó para que todos -aquellos señores se perdiesen en nuevas e inútiles divagaciones, pero no -añadió luz ninguna al sumario.</p> - -<p>¡Cómo me aburría! ¿Por qué no me sacaban de allí?... Las jóvenes -caspolinas que acostumbraban a pasear por el andén, no cesaban de ir a -verme. Se detenían a corta distancia de mí, sosteniéndose unas a otras -por el talle, y luego, a pasos lentos, daban una vuelta a mi alrededor. -Mi imponente tamaño, mi lujo y mis cortinillas caídas, como en señal de -duelo, sobre el enigma bermejo que había en mí, impresionaban -teatralmente la fantasía popular.</p> - -<p>—Aquí ha sido...—se decían mis mirones.</p> - -<p>No pasaban de ahí; y, al marcharse, caminaban despacio y volviendo la -cabeza, para mirarme. En Burgos, adonde me llevaron después del<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334">{334}</a></span> asalto -del expreso de Hendaya, me sucedía lo mismo.</p> - -<p>Pero esta notoriedad no me consolaba de mis días de inacción. Cada -veinticuatro horas, febril y ruidoso, pasaba mi convoy, y mis -compañeros, dichosos con su libertad, me dirigían burlas inocentes.</p> - -<p>—¡Bien te diviertes, gandul!—decían.</p> - -<p>Una semana más tarde y con la etiqueta de “No admite viajeros”, fuí -reincorporado al expreso y trasladado a Barcelona, donde substituyeron -los forros ensangrentados de mi asiento y del respaldo por otros nuevos. -¡Cómo lo agradecí! La alfombra no la reemplazaron, sino que la lavaron -cuidadosamente. Una pequeña mácula de sangre, no obstante, quedó en -ella; pero tan debilitada y poco visible, que los “inspectores del -material” consideraron que pronto los mismos viajeros acabarían de -limpiarla con la suela de sus zapatos. Estos recuerdos me estremecen -aún. ¿No hay algo truculento en el destino de esa sangre, que fué -juventud, esperanza, calor... ¡vida, en fin!... y que luego una multitud -pisotea, indiferente, y se lleva en los pies?...</p> - -<p>Volví a la circulación, y desde mi primer viaje tuve ocasiones de -convencerme de que el asesinato de Antonio del Rey seguía encadenando la -atención de la Prensa y del público. El crimen guardaba su misterio. Las -declaraciones de los familiares de la víctima poco ayudaron a esclarecer -el enigma: se supo que Antonio del Rey tenía en Madrid una amante -italiana, rubia y alta, artista de café-concierto, llamada Emma Sansori; -y también que pensaba casarse con una joven morena, de notable belleza, -unigénita de un banquero que residía en Barcelona. Al prin<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335">{335}</a></span>cipio, la -pública opinión señaló a la Sansori como autora del crimen; pero ella -consiguió demostrar que la noche de autos la pasó en Madrid; además, el -oro de su pelo la protegía; su cabellera gritaba su inocencia... -Entonces la Justicia enderezó sus investigaciones por otros derroteros, -y detuvo a una aventurera a quien Del Rey conoció el verano anterior en -el Casino de San Sebastián, y a su hermana. Esta nueva pista tampoco dió -resultados provechosos. La Policía avanzaba entre sombras, y se perdía. -Desechada la suposición de que el asesino fuese un hombre, el fantasma -de una mujer joven y de pelo negro renació triunfal. Aquel cabello -detenido, al parecer casualmente, en la corbata de la víctima, se -enredaba a los pies de la Justicia como un grillete y no la permitía -andar.</p> - -<p>Transcurrieron nueve o diez meses, que en esto de filar aprisa el tren -de la Vida nos da ejemplo a todos...</p> - -<p>Una tarde, minutos antes de dejar Barcelona, oí vocear los periódicos -“con el crimen de ayer”. ¿Qué nuevo drama era aquél? Desde el último -asesinato de que fuí testigo, la “crónica roja” ejercía una atracción -morbosa sobre mí.</p> - -<p>—Luego sabré de qué se trata—pensé.</p> - -<p>Ya he dicho que, de cuanto sucede en el mundo, yo me informo por lo que -oigo conversar a los viajeros, o leyendo en los diarios olvidados sobre -mis asientos.</p> - -<p>A poco de emprender el viaje, mi curiosidad empezó a ser satisfecha: -varios pasajeros glosaban animadamente el sangriento suceso, cuyo relato -campaba bajo titulares llamativas en la primera página de los -periódicos. La muerta era una señorita, de la mejor sociedad -barce<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336">{336}</a></span>lonesa, y que se hallaba en vísperas de contraer matrimonio. Se -llamaba Mercedes Eloy. Según los reporteros, el día del crimen, por la -mañana, Mercedes recibió una carta, que—al decir de una criada—la -joven leyó con ademanes marcadísimos de inquietud, y se presume fuera un -anónimo que la invitaba a una cita. Durante el almuerzo, la madre de -Mercedes notó que ésta tenía los ojos enrojecidos, como de haber -llorado. Al anochecer, la señorita Eloy, vestida sencillamente, salió de -su casa diciendo que iba a la iglesia del Carmen y volvería en seguida. -Su portera la vió subir a un coche. Horas después, en un rincón -solitario y umbrío del Parque, aparecía su cadáver, con dos puñaladas, -una de ellas en el corazón.</p> - -<p>Comentando el hecho, añadía un periódico:</p> - -<p>“Hay personas que atraen la tragedia como los pararrayos atraen la -cólera de las nubes. Nuestros lectores no habrán olvidado que la -señorita Mercedes Eloy fué novia de aquel don Antonio del Rey, asesinado -misteriosamente en el expreso de Madrid.”</p> - -<p>Esta apostilla fué para mí una revelación. Vi claro.</p> - -<p>—“Entonces—exclamé—es Emma Sansori quien la ha matado.”</p> - -<p>No me era posible dudar. La italiana habíase impuesto una tarea -exterminadora, que cumplió hasta el final: primero, “El”; luego, -“Ella”... ¡Oh, Italia!... País de arte y de pasión, tierra caliente -donde la venganza tiene la fuerza de un culto bárbaro, ¡qué fielmente te -retratas, a veces, en tus hijos!...</p> - -<p>Y llego al desenlace de este folletín, que pare<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337">{337}</a></span>ce escrito por la misma -inexorable mano de la Fatalidad.</p> - -<p>Días después salía yo con mi convoy de Barcelona, y en el Apeadero de -Gracia subió a mí una mujer de estatura elevada, rubia, vestida de -rigurosísimo luto, a quien reconocí en el acto: era Emma Sansori. ¿Y -cómo no reconocerla si había visto sus ojos, y los ojos en que una vez -leímos el deseo de matar no se olvidan nunca?... Quizás por haber -adelgazado parecióme más alta, y advertí que, en virtud de inexplicables -mixtificaciones psicofísicas, el dolor en su rostro se había hecho -belleza. Luego examiné sus manos lívidas, nerviosas y torturadas, como -remordimientos; especialmente aquella mano derecha, dos veces criminal, -en la que la Muerte parecía haber dejado una llave...</p> - -<p>La Sansori examinó uno a uno mis departamentos, que por azar rarísimo -iban casi vacíos, y fué a instalarse en el mismo, precisamente, -donde—pronto haría un año—apuñaleó a su amante. ¿Quién la guió allí? -¿Por qué eligió aquel sitio y no otro? ¿Fué casualidad, o resultado de -esas atracciones subconscientes que los objetos, testigos de un crimen, -ejercen sobre el criminal?... Y, ante tales coincidencias alucinantes, -¿quién negaría que, desde que nace, cada alma lleva en sí su destino?...</p> - -<p>Ya muy tarde, pasada la estación de Reus, Emma Sansori—como si -magnéticamente mis pensamientos llegasen a ella—comenzó a darse cuenta -de dónde estaba. Larguísimo rato había permanecido inmóvil, el mirar -perdido en el espacio. De súbito la estremeció el choque de un recuerdo, -y miró en torno suyo. Después se levantó, lanzó una ojeada rápida al -desierto co<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338">{338}</a></span>rredor, cerró la portezuela y tornó a sentarse. Dos veces -cambió de lugar: primero se puso de espaldas a la máquina, luego de -frente. Yo, que no cesaba de observarla, comprendía que su nerviosidad -iba en “crescendo” alarmante. Los labios silenciosos de su alma -repetían, sin cesar, un nombre: “Antonio”... “Antonio”...; y como en el -espíritu de don Rodrigo vi tantas veces reflejarse la figura de Raquel, -así en el de Emma apareció la cabeza—únicamente la cabeza—del -asesinado, con una blancura de hostia en las mejillas, los párpados -cerrados, y una tremenda puñalada roja, todavía sangrienta, en el -cuello. Cuando esta tétrica imagen se borraba, la conciencia de la -Sansori se obscurecía de modo tal que no quedaba en ella ni un mínimo -resquicio de luz. De súbito las tres sílabas del nombre adorado y -aborrecido, se encendían: “An-to-nio”...; y nuevamente, cual si -resurgiese de la tiniebla de la tumba, el rostro exangüe del degollado -volvía a dibujarse. Empezó a hablar con él: “¿Por qué no abres los ojos? -¿No quieres verme?...” Pero los ojos continuaron herméticos. Por su -cerebro cruzó, semejante a un pájaro negro, esta sospecha: “¿Sería este -el vagón donde le maté?...” El instinto la llevó al sitio que Del Rey -ocupó, y lo examinó cuidadosamente; miró luego la alfombra, en la que -aún subsistía, aunque muy desvanecida, una huella de la sangre, y sus -manos dibujaron un ademán de horror: sobre el manto que cubría su -cabeza, sus dedos de cera se crisparon agonizantes. Con el ansia de ver -mejor, se hincó de rodillas en el suelo. Entonces comprendió; había -reconocido el lugar: fué allí mismo... Aquella mancha era de sangre; de -la sangre<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339">{339}</a></span> que ella adoró y por la que hubiese dado la suya...</p> - -<p>Se levantó, ahogando un grito, y su figura enlutada pareció alargarse y -tocar al techo. En sus ojos desorbitados la Locura acababa de encender -sus luces amarillas. La Sansori quiso escapar al corredor y tropezó con -la puerta, y la rudeza del golpe—que a mí también me hizo daño—la -derribó sobre un asiento. Por segunda vez intentó salir, y volvió a -chocar contra el recio cristal, y a caer. Pareciéndola que unos brazos -invisibles la sujetaban por detrás, perdió valor. Juntó las manos, sus -labios lívidos temblaron y se derrumbó de hinojos.</p> - -<p>—Antonio... Antonio... Antonio...—musitó tres veces.</p> - -<p>De un salto se incorporó; consiguió, al fin, abrir la puerta, y salió al -pasillo. Miró a un lado y otro: nadie. Parecía haber recobrado su -serenidad, pero su alma estaba en tinieblas.</p> - -<p>—Va a suicidarse—pensé.</p> - -<p>Y en el acto me convencí de haber acertado. Iba a suicidarse. Hay -momentos en que las resoluciones adquieren tal intensidad, que son -visibles sobre las frentes como un cartel pegado a un muro.</p> - -<p>Emma Sansori ganó mi plataforma delantera, abrió la portezuela contraria -al lado de la entrevía, y con un fuerte salto se arrojó al espacio. -Cruzábamos un puente. La enorme ráfaga de viento que levantaba la marcha -del tren la arrancó el manto de los hombros y esparció su melena dorada. -Instantáneamente su cuerpo, vestido de negro, se borró en la infinita -opacidad nocturna; no así sus cabellos, que flamearon unos segundos, -semejantes a una llama, en<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340">{340}</a></span> la ingente tiniebla, y fueron como un -coágulo de sol que bajase al abismo.</p> - -<p>Nadie la vió.</p> - -<p>En aquellos momentos el expreso, enloquecido, como si huyese de sí -mismo, corría a noventa kilómetros por hora.<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341">{341}</a></span></p> - -<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h2> - -<p>Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron -que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora -otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo, -aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario -bienestar—salud de atleta—de mis tiempos prístinos. Mi pendencia con -El Majo también me dañó, y de las heridas que los “apaches” franceses me -infirieron, me resentía de cuándo en cuándo. Las nieblas vascas, las -humedades gallegas, los calores y sequías de Castilla, los esfuerzos que -los caminos en cuesta—sea ascendente o descendente—exige de nuestra -armazón, el recio vibrar de las marchas aceleradas, el tráfago de -pasajeros, la fatiga de nuestros tabiques sobrecargados de equipajes, y -el mismo cansancio que llevan consigo las emociones, lentamente habían -desconcertado mis órganos capitales. La elasticidad de mis rodajes, la -actividad de mis tubos de calefacción, la alegría de mis lámparas—¿a -qué negarlo?—no eran las mismas. Las puertas de mis compartimientos no -se ceñían, como antes, a sus marcos; los cristales de mis ventanillas no -ajus<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342">{342}</a></span>taban; mis asientos eran menos blandos; la palangana y el espejo de -mi “water-closet” estaban rotos, y usado y manchado deplorablemente el -linoléum de mi tránsito: en las fotografías policromas del corredor, en -la obscura pátina de mi techumbre ahumada, en la melancolía de las -cortinillas, en “no sé qué” de viejo, de desengañado, de triste, que -había en todo mi cuerpo, yo comprendía que mi biografía iba acabándose.</p> - -<p>El arreglo que me hicieron en los talleres de Valladolid apaciguó mi mal -sin extirparlo, pues para las injurias del tiempo no se inventó remedio: -yo, cuando mis curanderos me devolvieron a la vida rodante, parecía un -veterano de los campos de batalla, cubierto de cicatrices; o un “viejo -verde”, bizmado, recompuesto, que llevase los cabellos pintados y -postiza la dentadura... y era natural, de consiguiente, que mi -contrahecha y fingida mocedad durase poco. Acabaron con ella el sol, la -lluvia, la escarcha, el relente...</p> - -<p>Agréguese a esto el archivo de recuerdos—y quien dijo recuerdos, dijo -melancolías—que ambulaban conmigo.</p> - -<p>Los polos del alma son la imaginación y la memoria: la imaginación es -“la facultad callejera” que busca, que sueña, que descubre o inventa -caminos; y la memoria, “la dueña de la casa”, que escrupulosamente anota -y clasifica lo sucedido: la primera es artista y mudable; la segunda, -burguesa y quietista, y mientras aquélla derrocha y se disipa y se -adorna con cascabeles, su hermana va cargada de llaves y hace números.</p> - -<p>En mí, acaso precisamente porque anduve<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343">{343}</a></span> mucho, mi fantasía peregrinó -poco, y mi memoria adquirió preponderancia excepcional. Mi retentiva es -formidable, y dentro de mí los recuerdos mantiénense limpios, precisos, -con sus mínimos colores y detalles. Nada he olvidado: en los cristales -de mi memoria las añejas imágenes reaparecen nítidas, vivaces, rotundas; -recordar equivale, para mí, a hojear un álbum de postales iluminadas.</p> - -<p>Esa rara capacidad que en todo momento me sitúa frente por frente de mi -propia vida, me hace sufrir mucho. Pienso, a cada rato: “Yo he rodado -sobre el cuerpo de un hombre; yo—aunque sin voluntad—maté a don -Rodrigo; yo sentí cómo el bandido Cardini pisaba sobre los cabellos de -una mujer desvanecida en el suelo de mi corredor; y vi tirar un cadáver -a la vía, y degollar a Antonio del Rey, y presencié el salto mortal de -Emma Sansori...” Y considerando que conmigo ambularon en distintas -épocas Méndez-Castillo, Conchita “la Bruja”, aquella Carmen “de la falda -azul y de la blusa blanca”, Raquel, “los recién casados de La Coruña”, -los amantes “sin nombre”, de Valdepeñas, y otras muchas personas, me -digo: “Yo, que tanto viajo, soy, a mi vez, como un camino: todo en el -mundo es un camino, pues todo sirve para que todo se vaya...”</p> - -<p>Con esa aterradora lentitud con que opera lo Inevitable, el fracaso ha -penetrado en mí: día tras día mis largueros de encina y caoba se -pandean, y el revestimiento de “teak” que me sirvió hasta aquí de -broquel se agrieta; mis movimientos son ruidosos, ingratos, y a -intervalos, en los ángulos de mis maderas crujen cual viejos huesos -faltos de sinovia, o chirrían con<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344">{344}</a></span> algarabías ornitológicas. Hay en mí -como un ruido de muletas...</p> - -<p>De nada de esto hablo con mis colegas, a pesar de hallarles tan -malparados como yo. Ya en diversas ocasiones oímos rezongar a los -empleados que nos limpian: “Este material está inservible, pero como la -Compañía sólo piensa en ganar dinero, no lo remuda.” El público, que -antes me prefería entre todos los vagones de mi convoy, también empieza -a murmurar. Muchas veces, por ejemplo, un matrimonio ha subido a mí, y -después de examinar mis departamentos el marido ha dicho: “Este coche es -demasiado viejo; vámonos al otro...” ¡Razón tienen para arrumbarme! -Ultimamente agrietóse mi techumbre en la parte correspondiente al -“cuarto-cama”, y se formó una gotera que, afortunadamente para el -viajero, no caía a plomo, sino resbalaba por un tabique, sobre el que -dejó una huella bochornosa; una mancha cuyos contornos amarillentos -recordaban la de los continentes en las cartas geográficas. La mayoría -de mis inquilinos, refunfuñaba: “¡Qué vergüenza! ¡Este coche está -inhabitable!...” Algunos llamaban al vigilante de ruta, para demostrarle -mi laceria. Yo pensaba, aterrado:</p> - -<p>—Cuando me declaren definitivamente inservible, ¿qué será de mí? ¿Me -destinarán a ser quemado?</p> - -<p>Pronto supe a qué atenerme. El Viejo, El Pez y yo, que ofrecíamos, -aproximadamente, los mismos síntomas de ancianidad y derrota, fuimos -desenganchados en Barcelona de nuestro expreso, y trasladados a -Zaragoza, desde cuya Estación de Madrid—llamada también del Sepulcro -por su proximidad al Campo de este<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345">{345}</a></span> nombre—nos llevaron a unos -vastísimos talleres de reparaciones que yo desconocía. Varios días -quedamos unidos y ociosos, hasta que un lunes, muy de mañana, nos -separaron y yo fuí rodado hasta una especie de cocherón que la actividad -de innumerables martillos llenaba de estrépito.</p> - -<p>“Este es nuestro “spoliarium”—me dije—; mi historia de gladiador de -los caminos, aquí acaba.”</p> - -<p>Pero no era destrozarme sino infiltrarme una segunda juventud, lo que -manos diestras y buenas—o más que buenas codiciosas de arrancarle a -cada coche inválido su máximo de producción—pretendían hacer conmigo.</p> - -<p>A la vez una docena de obreros, éstos tapiceros y otros ebanistas, me -atacaron, y las sierras, los taladros, las escofinas, las garlopas, los -formones, las barrenas, las repasaderas... todos aquellos instrumentos -supliciadores que conocí en mi infancia, y cuyos terribles dientes de -acero no había olvidado, tornaron a morderme. Según la fiebre que ponían -en su labor aquellos hombres parecían trabajar a destajo, y hubiese -creído que sólo anhelaban destruirme a no haberles oído decir: “Este -coche todavía está bien; quedará como nuevo.”</p> - -<p>Consolado y fortificado por estas palabras, me resigné a sufrir. “No son -mis asesinos—pensé—sino mis cirujanos; sus golpes no me matan, me -curan; lo que ellos supriman de mi cuerpo será lo inútil, lo podrido, lo -irreparable, lo que absolutamente debe irse”... Y, con esta convicción, -me entregué a la alegría de volver a vivir, y dí por alegres cuantos -dolores me amenazaban.<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346">{346}</a></span></p> - -<p>Mis curanderos arrancaron todo mi linoléum, bajo el cual aparecieron -algunos trozos usadísimos de alfombra; asímismo se llevaron mis -colchonetas, mis respaldos y mis redecillas para equipajes, y desarmaron -mis asientos: las cortinillas, las abrazaderas, los espejos, los -anuncios, las mesitas de las entreventanas, los ceniceros... ¡todo -desapareció!... Del “compartimiento-dormitorio” no quedó nada. -Rápidamente iban dejándome hueco, mondo, y mi armazón enjuta adquiría -aspectos de esqueleto. Ahora, sobre este vacío, mi imperial parecía más -alta; la luz que llenaba mis ventanillas era cruda, desapacible, y -advertí que, como en las casas desalquiladas, dentro de mí el menor -ruido era campanudo y resonante.</p> - -<p>Procedieron después mis operadores a reforzar los ocho ángulos máximos -de mi cuerpo: cambiaron clavos, reafirmaron los tornillos, substituyeron -las maderas que por su desgaste excesivo ya no ajustaban bien, -enderezaron a martillo y a fuego las piezas que pandearon la humedad o -el continuado esfuerzo, suprimieron todas las hendeduras de mis -costados, taparon todas las quiebras o rajas de mi techumbre. A lo único -que no tocaron fué a la tubería de la calefacción, ni a los hilos de la -luz. Otro día me desmontaron, instaláronme sobre tres caballetes y se -llevaron mis rodajes, lo que celebré, porque estaban desnivelados y sus -muelles necesitadísimos de reparación. Yo sentía ganas de cantar, ganas -de reir; yo era feliz como el muchacho a quien han prometido un traje y -unos zapatos nuevos...</p> - -<p>Esta inmensa alegría—júbilo de resurrección, ufanía de renacimiento—da -la medida fiel<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347">{347}</a></span> del tremendo dolor, hecho de humillación, de vergüenza y -de rabia, que experimenté al cerciorarme de que la Compañía me reformaba -no con el propósito elegante de mantenerme en mi categoría de vagón de -“primera clase”, sino para convertirme en humilde “tercera”.</p> - -<p>Sin respeto a mi historia, querían degradarme, confundirme con el -vulgacho, imponerme el desairado papel del noble “venido a menos”. De -despecho y de cólera rompí a llorar, y transido de tristeza pasé la -noche, hasta que las hadas misericordiosas de la reflexión y de la -esperanza vinieron a consolarme. “¿A qué te preocupas de tus -pergaminos?—decía aquélla—; lo importante es vivir, ser jocundo, ser -sano...” Y, la segunda: “¿Qué sabes tú de los buenos ratos que te -esperan aún?...”</p> - -<p>Terminada su obra de demolición, mis operarios comenzaron a restaurarme. -Para facilitar la circulación del aire, la parte superior de los lienzos -que antes aislaban mis departamentos quedó suprimida; el lugar de mis -antiguas redecillas, con sus barras de acero tan firmes y tan sutiles a -la vez, lo ocuparon sólidos entrepaños de madera; y mis divanes grises, -aquellos cuya blandura conoció la hermosura y recogió el calor de tantas -mujeres elegantes, fueron reemplazados por sólidos bancos. Todo cuanto -en la época feliz de mi nacimiento hube de mollar, de voluptuoso, de -femenino, iba a tenerlo ahora de varonil e inhospitalario. No cambió la -disposición o fundamental arquitectura de mis departamentos, pero sí su -apariencia. Sobre mis ventanillas, en vez de cortinas hubo persianas; a -mis cabeceras, antes tan blandas, sucedieron otras de madera; mis -abrazaderas, mis mesitas<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348">{348}</a></span> y mis ceniceros, desaparecieron, y en el -rectángulo que antaño ocuparon mis espejos colocaron un “Reglamento de -los ferrocarriles de España”, impreso en caracteres minúsculos y harto -prolijo y difuso para un país donde el ochenta por ciento de sus -habitantes no sabe leer. Esto, desde luego, me pareció muy gracioso, y, -por lo inoportuno, “muy español”. Mis paredes quedaron revestidas por -una tablazón vertical, muy fuerte, de pino, mis suelos entarimados, y -todo—solado, techo, tabiques, asientos—pintado de un color amarillo -obscuro que, luego de bien barnizado, adquirió notable prestigio. Lucía -bien: mostraba una sencillez plebeya, sana y chillona. Luego revocaron -de verde todo mi exterior, borraron aquellas A. A. que durante más de -treinta y cuatro años proclamaron mi aristocracia, y por dos veces -escribieron sobre mis flancos un igualitario y muy cristiano número -“tres”.</p> - -<p>—¿Cómo ha de ser?—meditaba yo—; ¡paciencia! Están vistiéndome de -blusa...</p> - -<p>Otro día me trajeron unos rodajes flamantes, que me parecieron -excelentísimos, y no bien me instalaron sobre ellos cuando experimenté -el bienestar resultado de la simplicidad y del vigor de mi nueva -categoría social. Yo era como un prócer arruinado, como un “gran señor” -que, ganado por el ambiente democrático de su época, y para seguir -viviendo, hubiese aceptado un empleo.</p> - -<p>De los talleres de Zaragoza, donde permanecí seis meses, salí sin que ni -El Pez ni El Viejo me viesen, de lo que me congratulé, y cuando fuí -enganchado al rápido que lleva “primeras” y “terceras” y sale de Madrid -para Barcelona los martes, jueves y sábados, a las nueve y veinte<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349">{349}</a></span> -minutos de la mañana, todos los vagones me miraban, y su modo de -observarme me descubría una estimación unánime. Las “primeras” pensaban:</p> - -<p>—¡Qué distinguido es!...</p> - -<p>Y los “terceras”:</p> - -<p>—¡No parece de los nuestros!...</p> - -<p>Seguro de la nobleza de mi origen, entre los unos y los otros yo pasaba -ufano. Ahora, como antes, yo era “El Cabal”...</p> - -<p>Después de medio año de reposo y de encierro, aquel primer viaje me -causó extraordinaria alegría. Como antaño, de mozo, fué el paisaje lo -que antes me cautivó. Por la mañana no me cansé de mirar los árboles, -las casas, los repechos áridos sobre los cuales el sol proyectaba las -sombras de los coches y de la máquina, con su largo penacho de humo. -Toda la tarde corrimos por la llanura: siempre igual paisaje mezquino, -las mismas aldehuelas de color arcilloso, las mismas carreteras -polvorientas, y, como horizonte, una línea de montes fragosos; mientras -nosotros, los esclavos de la vía férrea, adelantábamos por el mismo -camino recto... recto... inexorable como una orden. Las viejas -impresiones, tan amadas, se repetían exactas. Anochecido llegamos a una -pequeña estación—¿qué importa el nombre?—, donde permanecimos “un -minuto”. La gente nos mira, nos envidia; nos envidia porque nos vamos, -y, como en todas partes, un grupo de muchachas endomingadas sonríe a los -viajeros. Suenan una campanada y un silbido: partimos... Ahora el campo -se ha cubierto de sombras: nada se ve, pero el estrépito de nuestra -carrera, los ecos que responden a los ¡alertas! de la locomotora, dicen<span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350">{350}</a></span> -que el panorama ha cambiado y que rodamos entre montañas. A intervalos, -cuando el fogonero abre el horno para echar carbón en él, la entraña -ardiente de la máquina arroja, a derecha e izquierda de la vía, un lampo -rojizo que parece un presagio. La dirección del viento ha cambiado; hace -frío; luego empieza a llover, y el agua y el carbón mezclados nos -ensucian deplorablemente. Todo es húmedo, todo es negro... De pronto, la -emoción calofriante de un puente tendido sobre un tajo cuyo fondo no se -ve; después, la tiniebla de un túnel: grita el vapor, vamos cuesta abajo -y los frenos arrancan a nuestras ruedas alaridos horrísonos; asordece el -fragor con que nuestros topes se golpean, y la montaña granítica tiembla -y parece abrirse. Al fin salimos de su entraña, y, bajo la lluvia, la -huída delirante continúa a través de otros montes y sobre otros -puentes...; hasta que, al día siguiente, recogidos ya en el reposo de la -estación terminal, el sol, con su calor, nos enjuga y nos limpia.<span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351">{351}</a></span></p> - -<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII</h2> - -<p>Todas estas impresiones, que yo de antiguo conocía, sólo me -entretuvieron durante las veintiséis horas de mi viaje primero. Quienes -me interesaron y divirtieron grandemente fueron mis nuevos huéspedes, -tan distintos de aquel mundo de aristócratas, empleados distinguidos, -militares de graduación, artistas, toreros en boga y comerciantes ricos, -que me habían frecuentado. Mi público de ahora lo componían “los de -abajo”: obreros, trabajadores del campo, soldados, criadas, -emigrantes... ¡los que tocaron a más en el reparto del universal -dolor!...</p> - -<p>Al principio me molestaban: les aborrecía porque iban descalzos, en su -mayoría; porque olían a sudor; porque hablaban a gritos y se empujaban -unos a otros, así para subir como para bajar, y salpicaban la -conversación más trivial de interjecciones y blasfemias; les odiaba por -ir siempre cargados de alforjas pestilentes y de gallinas; porque se -estiraban los brazos y trataban a las mujeres sin respeto, y ahincaban -clavos en mis paredes para colgar sus atadijos, y me emporcaban -horriblemente con sus salivazos y los residuos de sus meriendas.</p> - -<p>Después, según fuí conociéndoles, comencé a<span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352">{352}</a></span> estimarles: de sus toscas -apariencias nada quiero explicar; peores no podían ser; su salvaje -rudeza constituía entre ellos donaire y testimonio de masculinidad. Yo -les oía discurrir: decir de alguien que era “muy bruto”, equivalía a -considerarle muy noble, muy sin doblez, muy llano, muy bravo, “muy -hombre”, en suma... Pero bajo esta caparazón troglodítica las -almas—¡oh, milagros de la raza!—se conservaban limpias y, aunque -violentas, las señoreaba una innata hidalguía: eran afectuosas, -generosas, sencillas, y en tocándolas en los registros del valor o de la -caridad, todas respondían. Así en poco tiempo conseguí perdonarle sus -groserías a ese pueblo infeliz que, si peca de ineducado y analfabeto, -es porque nadie se cuidó de educarle, y si anda—con escándalo de los -extranjeros que nos visitan—sin camisa y descalzo, no es porque huya -del trabajo, sino porque la rapacidad del caciquismo, de un lado, y de -otro la incomprensión y dejadez de sus gobernantes, le tienen desnudo.</p> - -<p>El pueblo, por ventura de los que lo mandan, es inconsciente; quiero -decir que no mide bien su infelicidad, ni ha noción precisa del dolor -que le rodea, ni de las mil negaciones seculares que pesan sobre él; -nunca meditó—¿cómo, si nadie le enseñó a pensar?—que la vida es algo -más que un jornal y una mujer... Y, merced a eso, a que no discurre, es -bullicioso y comunicativo, y fraterniza pronto.</p> - -<p>¡Lástima que los prohombres de la política siempre que salen de Madrid -lo hagan en coche-cama! Pues a viajar en “tercera”, siquiera una vez, -habrían podido acercarse al infinito dolor nacional y experimentado el -sonrojo de<span class="pagenum"><a name="page_353" id="page_353">{353}</a></span> sus torpezas y el ansia de remediar tanto daño, convencidos -de que ser ministro en un país como el nuestro, o es una vergüenza o es -un sacrificio. Hubieran sufrido, como yo, con la incultura y total -abandono de esa plebe, y visto correr el río de lágrimas que dejan tras -sí los emigrantes que se lleva el hambre y los millares de soldados que -pide la guerra. ¡Ah, señores políticos! ¡Si ustedes supiesen cómo se -llora en los andenes de los pueblos, cómo la desesperación retuerce los -brazos y hace gritar, y cómo las madres, las esposas y las hijas -maldicen al tren que se lleva a sus hombres... y corren luego tras él -hasta caer, ensangrentadas, sobre los rieles!...</p> - -<p>Estos cuadros de sufrimiento me ayudaron a estudiar la psicología del -pueblo hispano, que pide al milagro la salud que no halla en la tierra. -Yo, en cierta ocasión, llegué a Barcelona cargado de emigrantes que iban -a embarcarse, unos para Buenos Aires, otros para Cuba, y al día -siguiente regresé a Madrid abarrotado de peregrinos que volvían de Roma. -Lo he observado: en las almas el dolor aumenta las calorías de la fe, y -cuanto mayor es el abatimiento económico de un país, con mejor éxito sus -congregaciones religiosas organizan peregrinaciones y romerías. Lourdes -y Roma son los dos grandes Sanatorios adonde los enfermos de la fe -acuden a remediarse; aunque tengo entendido que las curas que allí se -realizan no son definitivas, pues, transcurrido algún tiempo, los -pacientes necesitan volver...</p> - -<p>A pesar de la amargura de estas consideraciones, no negaré que mi vida -actual es más ruidosa y pintoresca que lo fué nunca. Antes<span class="pagenum"><a name="page_354" id="page_354">{354}</a></span> yo ambulaba -a través de España lleno de silencio; mis clientes eran discretos, -reservados y elegantes, y la elegancia siempre conversó en voz baja: -aquellas personas se parecían, sonreían sin ruido, gesticulaban -sobriamente y casi siempre se hallaban de acuerdo en toda clase de -cuestiones. En mis huéspedes de ahora el buen humor, como la cólera, son -estridentes; sus emociones no conocen matices ni perspectivas; todas, -las pequeñas como las grandes, son “primeros términos”; diríase que -llevan el corazón a flor de piel. A porfía gritan, bracean, se -atropellan, fraternizan o riñen: no conocen la brida.</p> - -<p>Yo me recreo mucho con ellos. Vamos a detenernos “un minuto” en una -estación, que puede ser Torralba, o Ariza, o Puebla de Híjar... y desde -que “entramos en agujas” veo cómo cuatro o cinco individuos -sobrecargados de alforjas, de mantas, de botijos y cestas, y a quienes -quince o veinte personas más van a despedir, corren, sin saber -exactamente por qué, a lo largo del andén. Nerviosamente todos gritan, -se apretujan y sus brazos se mueven como aspas: las mujeres son -pequeñucas y cetrinas; los hombres, enjutos y de color terroso también, -llevan chaquetas y calzones cortos de paño pardo, y a falta de sombrero -se ciñen con un pañuelo la rapada cabeza. Apenas el convoy se detiene, -aquella multitud, que no sabe leer, arremete instintivamente contra las -unidades de lujo, por parecerles mejores. El interventor y los rutas les -gritan:</p> - -<p>—¡Ahí no, brutos!... ¡A “tercera”!... ¡Ustedes a “tercera”!...</p> - -<p>Ellos miran a una y otra parte, afligidísimos, desorientados; al fin, -comprenden, y en avalan<span class="pagenum"><a name="page_355" id="page_355">{355}</a></span>cha se precipitan sobre mí. Yo voy “completo”; -no queda en mí un solo asiento vacío, y, sin embargo, mis ocupantes, a -pesar de comprender que con esto perjudican su comodidad, se aperciben a -favorecer a los que llegan. En los vagones de categoría no existe esta -hermosa solidaridad: los pasajeros son fríos, individualistas, y, lejos -de ayudarse, procuran estorbarse oponiéndose mutuamente una resistencia -pasiva. Las gentes “de tercera”, por el contrario, se sacrifican unas a -otras, y con recias voces sinceras se llaman:</p> - -<p>—¡Aquí, aquí es!...—gritan los de dentro.</p> - -<p>Y echando el cuerpo fuera de las ventanillas ayudan a izar las -desvencijadas maletas, los cestos llenos de frutas, las botas hinchadas -de vino, los colchones repletos de ropas y atados con cuerdas, los -incontables bultos de diversos colores y perfiles que constituyen la -impedimenta de sus nuevos compañeros de viaje. Estos, entretanto, -apresuradamente, se despiden de sus familiares: los ojos, así de los que -se van como los de quienes se quedan, se arrasan en lágrimas -vehementísimas; los brazos se enlazan y las manos se crispan sobre los -cuellos.</p> - -<p>—¡Hija de mi alma!...</p> - -<p>—¡Madre, otro beso!...</p> - -<p>Al principio estos adioses me enternecían, me parecían definitivos; más -tardé, cuando supe que muchas veces el viajero que así se despedía debía -quedarse en la estación inmediata, la ninguna razón de aquella -desbordada pena me inspiraba risa.</p> - -<p>El tren rueda otra vez. Voy totalmente lleno de personas y de bultos, y -mi ambiente, impregnado antes de olores agradables, apesta<span class="pagenum"><a name="page_356" id="page_356">{356}</a></span> ahora a -gallinas, a pescado, a melones, a queso... De los viajeros que no -hallaron plaza, unos se han acomodado sobre sus trebejos, otros -permanecen de pie, y todos, a la vez, fuman y hablan. Nadie quiere -ignorar lo que concierne a su vecino, y recíprocamente se descubren y -confiesan sus nombres, sus ocupaciones, la familia que tienen, el lugar -adonde se dirigen y el porqué de su viaje...</p> - -<p>De pronto, uno exclama:</p> - -<p>—¡Moño!... ¡No diga usted más!... ¡Ya sé con quién estoy hablando!...</p> - -<p>A su interlocutor, con esta adivinación súpita, se le alegra el rostro.</p> - -<p>—¿Usted no es don Fulano?...</p> - -<p>—Ese es mi nombre.</p> - -<p>—¿El casado con la Mengana, la del almacén de comestibles de junto a la -iglesia?</p> - -<p>—El mismo.</p> - -<p>—¡Acabáramos, hombre!... ¡Bien decía yo que nos habíamos visto en -alguna parte!...</p> - -<p>Entretanto, y si la hora de comer es llegada, las meriendas salen de sus -cestas, las botellas y las botas de vino corren de mano en mano, y la -virtud expansiva del mosto acelera la labor de simpatía que inició la -conversación. El pueblo español es dadivoso, no obstante su pobreza, y -cada cual brinda, de corazón, a los circunstantes lo poco que tiene: -éste ofrece un racimo de uvas, aquél una hogaza, estotro una tortilla o -un plato de patatas al horno; quién reparte cigarrillos... Con el -regocijo que acarrea el buen beber, las lenguas no sosiegan, cunde la -hilaridad, se habla de unos compartimientos a otros, se oye el rasgueo -de una guitarra, y pronto aquella multitud, unida por la vida de<span class="pagenum"><a name="page_357" id="page_357">{357}</a></span> -pobreza común a todos, parece una familia. Un grupo de mozos ha empezado -a batir palmas; suena una copla...</p> - -<p>En este momento aparece el revisor, y, a la vez, fulminante, virulenta, -surge una disputa. ¿Por qué?... No se sabe. En “primera” las trifulcas -son raras; en “tercera” no, porque aquí todo es impulso. Una voz, sin -gritar, con esa templanza que usan los hombres para retar a la Muerte, -ha dicho:</p> - -<p>—Yo, cuando el caso llega, le parto el pecho al Hijo de Dios.</p> - -<p>Y otra voz, igualmente mesurada, ha respondido:</p> - -<p>—Vamos a verlo, si usted quiere, ahora mismo.</p> - -<p>Todos los viajeros se han puesto de pie, y el cantador, por oír, no ha -terminado su copla. Las mujeres, acostumbradas a obedecer, dóciles, con -una docilidad de muchos siglos, no se mueven de sus asientos y esperan, -sin miedo, a que pase el drama. Por fortuna, el revisor interviene a -tiempo: grita, amenaza con mandar detener el expreso y llamar a la -Guardia Civil—yo volví a acordarme de Dos-Caras—y, al cabo, se impone: -los beligerantes se encalman, sus rostros se suavizan y una frase -graciosa, lanzada por cualquiera, pone término venturoso a la cuestión. -El interventor, sin embargo, insiste; quiere consolidar su obra de -pacificación:</p> - -<p>—Antes de pegarse—dice con aire autoritario—cada cual debe hallarse -convencido de sus derechos, y para eso es necesario conocer el -“Reglamento de los ferrocarriles”. ¿Por qué no se toman ustedes el -trabajo de leerlo? ¿No lo tienen ustedes ahí?...<span class="pagenum"><a name="page_358" id="page_358">{358}</a></span></p> - -<p>Su diestra extendida señala hacia un “Reglamento” colocado debajo de uno -de los entrepaños para bagajes. Unánimes los circunstantes siguen con -los ojos aquel ademán, y hay un silencio. Alguien, de pronto, exclama -regocijado:</p> - -<p>—¿Que leamos en ese cuadro?... ¡Vaya una gracia! Por mí, puede -llevárselo la Compañía: ¡yo no sé leer!...</p> - -<p>Otro añade:</p> - -<p>—¡Toma!... ¡Ni yo tampoco!...</p> - -<p>La concurrencia rompe a reir, y yo me apresuro a seguir su ejemplo por -no llorar ante la alegría de tanta ignorancia.</p> - -<p>Otro de los pequeños episodios de que entonces fuí testigo, y que juzgo -digno de recordar por la enseñanza que hay en él, es el viaje de un -joven matrimonio belga que recogí en Barcelona. Se dirigían a Madrid. -Fueron de los primeros en subir a mí, con el deseo evidente de poder -instalarse bien, y ambos se acomodaron cerca de una ventanilla y dando -el rostro al camino, pues la esposa—luego lo supe—se mareaba. Llevaban -una maleta, una cajita de bombones y una botella con agua, y todo lo -colocaron sobre el entrepaño de los equipajes y en el lugar -correspondiente a sus asientos. Eran dos tipos de traza insignificante, -pero sus vestidos obscuros, aunque modestísimos y harto usados, estaban -perfectamente limpios. Ella era pequeña, delgadita y medio rubia, y el -único atractivo de su cara pecosa estaba en la expresión complaciente de -los ojos. La nariz, la boca, no valían nada, y sus manos secas, que -habían trabajado mucho—las uñas lo decían—, tenían inclinación a -cruzarse. El marido también era parvo, y había algo cómico en su -fisonomía, de pómulos ro<span class="pagenum"><a name="page_359" id="page_359">{359}</a></span>sados y alargada por una barbita negra, cortada -en punta, sobre el lazo flotante de una chalina. Sus botas toscas, -recién embetunadas, relucían bajo el asiento. El cogió una de las manos -tristes de su compañera, y preguntó:</p> - -<p>—¿No tendrás hambre?</p> - -<p>Ella repuso, sonriendo:</p> - -<p>—No; el azúcar alimenta...</p> - -<p>Y, al mirarse dulcemente, parecían besarse con los ojos.</p> - -<p>Sin interrupción, mis inquilinos habituales, las mujeres y los hombres -de las grandes cestas malolientes y de las repletas alforjas, iban -invadiéndome con gran alboroto, y apenas entraban cuando asaltaban las -ventanillas para recoger los trebejos que sus acompañantes les alargaban -desde el andén. Excitados por la ufanía del viaje todos hablaban alto, -se interpelaban a gritos, reían y cruzaban entre sí las interjecciones -más crudas. Bajo el esfuerzo impaciente de tantos pies, algunos -desnudos, mi solado crujía. Las mujeres, en su mayoría despeinadas, eran -gordas, o lo parecían con las numerosas faldas que llevaban encima; -muchos hombres, aunque la mañana no era calurosa, iban en mangas de -camisa y calzaban alpargatas. En una santiamén mis plazas quedaron -ocupadas, y mis entrepaños cargados, hasta la altura de mi techumbre, de -cajones y de bultos. En mi tránsito, varios atadijos de mantas, una -silla, dos jaulas de perdiz y algunos enseres de cocina metidos en una -artesa, formaban barricada. Mis viajeros, con la satisfacción de -hallarse ya colocados, hicieron tribuna de mis ventanillas. Una voz -gritaba:</p> - -<p>—¡Vámonos, maquinista, que ya es hora!...<span class="pagenum"><a name="page_360" id="page_360">{360}</a></span></p> - -<p>Y otra:</p> - -<p>—¡Arrea, hombre!... ¡Que en Caspe está aguardándome mi suegra!...</p> - -<p>Estas y otras sandeces eran premiadas con grandes risotadas. Ante aquel -vulgacho impetuoso y desbridado, el matrimonio extranjero permanecía -cohibido y con los pies recogidos debajo del asiento. Su hermetismo, la -pulcritud de sus trajes y cierta distinción que en ellos había, -molestaba secretamente el amor propio de los viajeros de aquel -compartimiento. Se reconocían inferiores, lo cual les irritaba. A la -esposa la encontraban fea, y al marido ridículo. Les parecía, además, -que, tanto ella como él, “se daban importancia”. Empezaron a murmurar, -pero lo bastante alto para que los aludidos les oyesen, como buscando -con ellos pendencia.</p> - -<p>—Son muy “finos” para venir aquí—dijo uno.</p> - -<p>—Pues, si no les gustamos—replicó destempladamente una mujerona—, que -se vayan a “primera”, que nadie les ha llamado...</p> - -<p>“La Millanes”, nuestra máquina—había sido bautizada con el apellido de -su maquinista—, silbó y partimos. ¡Alegría general!... Alguien sacó una -bota, llena hasta la espita de buen vino aragonés.</p> - -<p>—¿Quién quiere?—voceó.</p> - -<p>Varias manos se adelantaron, como sedientas.</p> - -<p>—Creo—dijo un viejo—que nadie ha de rehusar.</p> - -<p>La bota pasó de unos a otros, y con tal amor la acogieron todos que -cuando volvió a su dueño había perdido la mitad del peso. Aquél, sin -embargo, la presentó al matrimonio:</p> - -<p>—¿No beben ustedes?...<span class="pagenum"><a name="page_361" id="page_361">{361}</a></span></p> - -<p>Lo hizo rudamente. El esposo, muy amable, contestó:</p> - -<p>—Muchas gracias.</p> - -<p>Y ella repitió:</p> - -<p>—Gracias...</p> - -<p>La mujer que habló antes, comentó, provocativa:</p> - -<p>—Me alegro: la culpa no es de ellos, sino del tonto que quiere -obsequiarles.</p> - -<p>Alguien dijo:</p> - -<p>—Es que en su país no tienen la costumbre de beber así.</p> - -<p>La mujer replicó:</p> - -<p>—¡Moño!, pues que se vayan a su tierra!...</p> - -<p>No obstante, el aspecto modoso y cortés de los extranjeros iba ganando -la simpatía de todos. Transcurrió la mañana, durante la cual, por dos -veces, la esposa había comido bombones y trasegado algunos sorbos de -agua. No llevaban merienda, y esto me indujo a suponer que su situación -era precaria, lo que me conmovió. Acaso no llevaban dinero ninguno...</p> - -<p>A mediodía el pasaje sintió hambre y cada cual echó mano de sus -vituallas, y de las cestas y de las rollizas alforjas emergieron -tortillas de patatas, huevos duros, latas de conserva, chorizos -extremeños, lonjas de jamón serrano, racimos de uvas y grandes trozos de -pan que las navajas cortaban en rebanadas. Volvieron a circular las -botas en zarabanda regocijadora, y las botellas cantaron sobre los -labios sutibundos.</p> - -<p>Un hombrachón, con faja y zahones y en mangas de camisa, que se hallaba -sentado enfrente de los belgas, les ofreció pan, sardinas y unos -pimientos riojanos que aseguró quemaban<span class="pagenum"><a name="page_362" id="page_362">{362}</a></span> como el fuego. El matrimonio, -en quien el buen parecer se sobreponía al apetito, rehusó, aunque sin -convicción. La voz antipática de la mujerona que parecía haberles -declarado la guerra, intervino:</p> - -<p>—¡No porfiadles!... ¡Si no quieren!...</p> - -<p>“El hombre de los zahones” exclamó airado:</p> - -<p>—¡Silleta, pero si no tienen qué comer! ¡Están chupando azúcar toda la -mañana!... ¿Vamos a dejarles morir de hambre?...</p> - -<p>Y encarándose con el belga, repitió:</p> - -<p>—¡Coman ustedes, moño, remoño... que aquí en España lo que se ofrece es -de voluntad!...</p> - -<p>Entonces, con repentina alegría, los invitados aceptaron, y esto sirvió -de señal para que un chaparrón de municiones de boca cayese sobre ellos. -Con vehemencia conmovedora cada cual se aceleraba a darles de lo que -comía: quién un pedazo de chorizo, quién un trozo de carne prensada -entre dos rebanadas de pan, o un muslo de pollo, o unas manzanas -asperiegas...</p> - -<p>Los belgas parecían contentísimos, y con el poco castellano que -chapurreaban y gentiles inclinaciones de cabeza, procuraban corresponder -a tan larga hidalguía. La mujer era la más emocionada, acaso porque fué -la que mejor comió y bebió: la brillaban los ojos y tenía empurpuradas -las mejillas y la risa fácil. “El hombre de los zahones” dijo al marido:</p> - -<p>—¡Remoño... y no querían ustedes comer!... ¡Mire usted a su esposa: -hasta guapa se ha puesto!...</p> - -<p>Los forasteros, con sólo mostrarse amables, se habían granjeado las -voluntades, y cada cual<span class="pagenum"><a name="page_363" id="page_363">{363}</a></span> se propuso extremar sus cuidados para con -aquellas dos personas, que seguramente echarían muy de menos su país. La -tarde pasó, y cuando la noche nos alcanzó, allá por Sigüenza, la -generosa escena del almuerzo se repitió. Terminada la colación, “el -hombre de los zahones” preguntó al belga:</p> - -<p>—¿Quieren ustedes almohadas?...</p> - -<p>—No, muchas gracias...</p> - -<p>El extranjero, comedido siempre, no quería molestar.</p> - -<p>—¡Moño, tanta silleta con molestar! ¡Pero si no molestan ustedes!... -¡Si tenemos gusto en servirles!...</p> - -<p>Así era, en efecto: un viajero les buscó dos almohadas; otro, una -manta...</p> - -<p>—¿Quieren ustedes más?—decían.</p> - -<p>—No, no... ¡muchas gracias!...</p> - -<p>Como las almohadas eran largas, el matrimonio se acomodó sobre una de -ellas; la otra les sirvió de respaldo, y con la manta se cubrieron hasta -más arriba del pecho. Habían comido bien, y la felicidad de sus -estómagos les sugería ideas risueñas; amorosamente se estrechaban las -manos. El indagó:</p> - -<p>—¿Te sientes bien?</p> - -<p>—Sí. ¿Has visto qué buena gente es ésta?</p> - -<p>—Muy buena.</p> - -<p>—Al principio, esta mañana, les tenía miedo; pero ahora, no: son -toscos, pero buenos. ¿Quieres que te diga una cosa? Empiezo a querer a -España...</p> - -<p>Continuaron hablando, y a cada momento, ella a él, o él a ella, se -preguntaban: “¿Estás bien?...” La mujer se había descalzado, y él la -palpó los pies para cerciorarse de que no los<span class="pagenum"><a name="page_364" id="page_364">{364}</a></span> tenía fríos. Después, -dulcemente, quedáronse dormidos con las cabezas juntas.</p> - -<p>Los circunstantes, desde sus rincones respectivos, les miraban, -diciéndose: “¡Cuánto se quieren!...” Y luego volvían la cara hacia sus -mujeres, como asombrados de no haberlas querido así nunca.</p> - -<p>Yo pensaba:</p> - -<p>“No; ellos no se aman más que vosotros amáis a vuestras esposas: es que -se aman con mayor ternura. En España los cariños son grandes, violentos; -aquí las pasiones llegan al sacrificio, llegan al crimen... pero no -saben acariciar, no saben mimar... y la ternura está en la caricia -suave. En España—yo lo he visto—en las relaciones de padres a hijos, -de marido a mujer, la ternura no existe, quizás porque siempre hubo en -la tierra nuestra demasiado dolor...”</p> - -<p>Entretanto, sentía con júbilo que todas aquellas personas, -pertenecientes a dos razas distintas, habían sabido mostrarse -recíprocamente lo mejor que en ellas había; y así, a la lección de -dulzura, de los belgas, los españoles—tan pobres y tan ricos—supieron -responder con un ejemplo de generosidad.</p> - -<p>Cuatro años hace que sirvo como “tercera”, y estoy cierto de que la -humanidad que ahora me frecuenta no es muy divertida. Su variedad, a -primera vista tan abigarrada, es epidérmica; en el fondo, mis huéspedes -de hoy se parecen extraordinariamente a los inquilinos de los -<i>sleeping-car</i>: los mismos apetitos, las mismas figuras... de lo que -deduzco que la aristocracia es una plebe bien vestida.</p> - -<p>Hay un tipo, sin embargo, privativo de los<span class="pagenum"><a name="page_365" id="page_365">{365}</a></span> coches de “tercera”, y que -por su relieve y la frecuencia con que se manifiesta, merece -recordación. Me refiero al “gracioso”.</p> - -<p>“El viajero gracioso”, para “producirse” como hombre de humor ocurrente -y cáustico, necesita tener público, porque la presencia de muchas -personas acucia su ingenio. Tiene el ademán seguro, la réplica colorista -y ágil, la voz entonada, y sabe muchos cuentos, casi todos picantes. -Pasa ya de la segunda juventud y la costumbre de andar por el mundo le -dió aplomo. Empieza por trabar palique con las personas que halla cerca -de él, y si sus dichetes son bien acogidos no tarda en ponerse de pie y -charlar con todos.</p> - -<p>Para triunfar pronto, “el viajero gracioso” sigue el camino más llano: -el autobiográfico. Sus primeros epigramas contra sí mismo irán -dirigidos, y su vida y figura servirán de blanco a su verbo dicaz. -Generalmente el público ríe esta íntima exhibición de defectos, reales o -fingidos. Enardecido “el viajero gracioso” poco a poco se convierte en -histrión, y con recursos grotescos o a fuerza de desparpajo, suple la -pobreza de su vena cómica. Si alguien le dirige un comentario agudo, -sabrá contestar en seguida. Casi siempre las mujeres miran con simpatía -el preopinante, mitad orador, mitad payaso: al cabo, representa la -desenvoltura, la picardía; es algo imprevisto que sobresale, que brilla. -Cuando el tren llega a una estación, “el gracioso” monopoliza una -ventanilla y dice tonterías a los mirones del andén. Sus burletas tienen -gracia unas veces, otras no; pero todas son reídas, porque en la -psicología colectiva la hilaridad es una “cuesta abajo<span class="pagenum"><a name="page_366" id="page_366">{366}</a></span>”.</p> - -<p>Más tarde, cansado de satirizarse a sí propio, “el gracioso” dirige sus -dardos contra otro pasajero. Este cambio de escena regocija al público. -El “agredido”, ante el ridículo que le amenaza, se defiende con frases -incoherentes. La hilaridad general arrecia. “El viajero gracioso” -triunfa definitivamente: se le aplaude, se le ofrece vino. Las mujeres -le llaman, quieren tenerle cerca, porque a su lado se creen protegidas.</p> - -<p>Esta boga envidiable no es duradera. Ha cerrado la noche y, de pronto, -“el viajero gracioso” calla: ha dicho cuanto sabía y está cansado, -agotado. Inútilmente le buscarán la boca; ya pueden morderle la -paciencia, que no hablará.</p> - -<p>—Tengo sueño—declara—; basta de broma; ahora voy a dormir.</p> - -<p>Y, envuelto en su manta, se tiende cuan largo es; una cesta o unas -alforjas le servirán de almohada. Como ha sabido hacerse simpático a la -comunidad, nadie le estorba. Luego se le oye roncar. Entonces, desde un -compartimiento vecino, una voz ingrata pregunta:</p> - -<p>—¿Pero, al fin se durmió?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¡Demos gracias a Dios!...</p> - -<p>Instantes después, todos le han olvidado.</p> - -<p>A propósito de este “tipo” referiré una breve escena triste; o, lo que -es lo mismo, grotesca; porque de lo grotesco, si lo exprimimos bien, -siempre caerá una lágrima.</p> - -<p>Rato hacía que estacionábamos delante de un pequeño andén, aguardando un -cruce. Mis huéspedes se impacientaban. De súbito un viajero, medio en -serio, medio en broma, dijo en voz muy alta algo que fué muy reído, y -casi inme<span class="pagenum"><a name="page_367" id="page_367">{367}</a></span>diatamente lanzó otro donaire que también arrancó carcajadas -unánimes. Haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, aquel individuo consiguió -obtener de su ingenio una tercera frase feliz, más dichosa, tal vez, que -las anteriores. Asombrados, todos le miraron. ¿Quién podía hablar tan -agudamente?... Mujeres y hombres habíanse levantado para conocer al -viajero ocurrente, y la general simpatía estalló en una nutridísima -ovación de risas y de aplausos.</p> - -<p>Presencié entonces algo desolador. Aquel hombre, trastornado de repente -por los vapores del éxito, enrojeció y perdió el dominio de sí mismo. -Sin saber lo que hacía, se puso en pie; sus ojos brillantes iban de un -lado a otro; fué como si se le hubiese extraviado el juicio. Desatóse su -lengua y rompió a hablar casi sin ilación. A tente bonete dijo un -chiste, que nadie comprendió; luego otro, que asímismo pasó inadvertido; -lanzó tres o cuatro más, que también fracasaron... Ante el silencio -severo del público, empezó a desconcertarse; las ideas se le barajaban. -¿Por qué antes hizo reir y ahora no?... Y se disponía a insistir, cuando -una voz cruel le detuvo:</p> - -<p>—¡Bueno, hombre, bastante!... ¡Cállate!... ¿No ves que no diviertes?...</p> - -<p>Y “el gracioso”, que ya no tenía gracia, se sentó aturdido, y no habló -más. Quedó obscurecido. Sólo yo observé el rubor de sus mejillas, la -humildad de sus ojos bajos. Unos minutos el menguado saboreó las mieles -del éxito, y, al ir a gozar de ellas, sus laureles se deshojaron. Su -pena era la del cantante que, de súbito, pierde la nota que le hizo -célebre; el dolor de la mujer que fué muy deseada... y dejó de serlo.<span class="pagenum"><a name="page_368" id="page_368">{368}</a></span></p> - -<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII</h2> - -<p>Dos años después, un descarrilamiento acaecido entre las estaciones de -Vallecas y Vicálvaro, sirvió de inesperado colofón a mi historia. ¡En -verdad que no maliciaba tan cercano el fin!... Me sucedió lo que a esos -ancianos, enteros todavía que, al salir de su casa, tropiezan o resbalan -y se fracturan el cráneo contra el suelo. Así yo: arranqué de Madrid -aquella mañana, contento, como siempre, y, de súbito—acaso porque mis -frenos no me moderasen y embridasen lo necesario—mis ruedas se salieron -de la vía y me abalancé por un terraplén, arrastrando en mi desgracia a -los dos coches que me seguían. El cachapazo, del que resultó un viajero -muerto, fué ingente. Al perder mi equilibrio caí sobre el costado -derecho, a pesar de lo cual el impulso que me animaba me arrastró ocho o -diez metros por el suelo: en seguida giré sobre mi imperial con un -trágico revoltijo interior de pasajeros y de bagajes, y volví a tenderme -para inmediatamente recobrarme y quedar, al fin, sobre mis ruedas.</p> - -<p>Pero... ¡en qué estado!... Con el techo roto por varias partes, los -flancos doblados, desencajadas las puertas, las tuberías y el dínamo -he<span class="pagenum"><a name="page_369" id="page_369">{369}</a></span>chos pedazos, las piezas vitales torcidas... ¡y aún debo felicitarme -de que mi arquitectura, en su conjunto, resistiese!...</p> - -<p>Varios días permanecí abandonado sobre aquel declive, en cuya tierra -blanda mi rodaje iba hundiéndose poco a poco, y al lado de mis -compañeros de infortunio, de los cuales uno, menos sólido que yo, quedó -totalmente destruído. Al romperse, la agonía le dió un escorzo lúgubre, -y, de noche especialmente, bajo el livor astral, su armazón magullada, -desprovista de tablas, tenía un perfil de esqueleto. ¡Cuánto padecí!... -Habíamos quedado a varios metros debajo de la vía, por la cual los -trenes continuaban pasando, llenos de gentes y de luces, y yo veía la -curiosidad, no siempre compasiva, con que sus viajeros se asomaban a -vernos. Nuestra desgracia era para ellos un entretenimiento, casi un -regocijo, y nos señalaban con el ademán. Estábamos a fines de octubre, y -el frío, apenas declinaba el sol, era considerable. De los dos camaradas -que descarrilaron conmigo, ninguno hablaba, y su silencio acrecentaba el -espanto de mi situación. Hallábame con una de mis plataformas empotrada -en el suelo, desmantelado, a obscuras, todos los cristales hechos -añicos, y por mis ventanillas indefensas el viento y la terrible -escarcha de las horas madrugueras me traspasaban.</p> - -<p>Al cabo, una máquina-piloto vino a recogerme, y, valiéndose de una -fortísima maroma, haló de mí, en tanto desde lo alto de la vía muchos -hombres lograban, con auxilio de cuerdas, mantenerme en posición -vertical. Vacilando, sintiendo a cada momento que el equilibrio me -abandonaba, tropezando con las piedras y enre<span class="pagenum"><a name="page_370" id="page_370">{370}</a></span>dándome en los hierbajos -que obstaculizaban el repecho, conseguí verme izado hasta el camino -férreo, y cuando mis ruedas tomaron nuevamente posesión de los rieles -experimenté una alegría de resurrección, un júbilo de náufrago, porque -la vía era para mí una playa...</p> - -<p>Lentamente, pues mis gravísimas heridas me vedaban todo movimiento -acelerado, fuí reconducido a Madrid, y en un carril de descarga -inmediato a los talleres de reparaciones, y expuesto a la intemperie, me -dejaron. A mi alrededor había varios centenares de coches inútiles, unos -de pasajeros, otros de carga, que daban a aquella parte de la estación -una extraña fisonomía de ciudad. Eran luchadores vencidos, eslabones -dispersos de antiguos trenes, comparsas dóciles de viejas locomotoras ya -apagadas. En lo desvencijados y maltrechos se me parecían -fraternalmente; y como algunos me conocían de vista o por haber -trabajado conmigo, y sabían mi pasado aristocrático, pronto cundió entre -ellos la noticia de mi aparición. Yo les oía cuchichear.</p> - -<p>—Han traído al Cabal...—decían.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Quién es?...</p> - -<p>—Ese grande, el pintado de verde; descarriló hace poco y lo han -remolcado medio muerto...</p> - -<p>Y la leyenda de mis lances sobre las líneas de Hendaya, de Galicia y de -Sevilla, iba de unos a otros. Para evitarme el trabajo de hablar, me -encerré en una actitud displicente. El relente de las largas noches de -invierno y la lluvia que, a través de mis resquebrajaduras, caía -libremente dentro de mí, recrudecían mis dolores. No hay carcoma que -destruya como la humedad,<span class="pagenum"><a name="page_371" id="page_371">{371}</a></span> ni lepra que roa como el abandono. A mí, la -quietud me consumía: hora tras hora mis maderas se combaban, mis rodajes -se enmohecían. Una noche, dos ratas—animal que yo no conocía—treparon -a mí y me mordieron.</p> - -<p>El año acabó, y todo en torno mío continuó igual. Mis compañeros de -destierro y de hospital—que de ambas tristezas participaba el rincón en -que estábamos—no se quejaban; apenas si, muy de rato en rato, cambiaban -algunas palabras; parecían muertos. Mi carácter rebelde se desesperaba -en aquella paz. “¿Por qué no vienen a buscarnos?—me decía—; ¿no es -preferible que, de una vez, nos reduzcan a leña, a dejarnos podrir -aquí?...” La intemperie minaba mi salud metódicamente y, al cabo, no -hubo parte de mi cuerpo que no me doliese: los días de buen sol me -secaban, los lluviosos me empapaban, y con estas alternativas mis graves -heridas seguían abriéndose.</p> - -<p>Una mañana recibimos la visita del director “del material”, a quien -acompañaban dos individuos, y en su manera despectiva de mirarnos leí -nuestra sentencia de muerte. No nos repararían porque no valíamos el -dinero que costaría arreglarnos. Pertenecíamos a la sección de -“incurables”, y éramos como esos enfermos a quienes ya no se medicina, -porque es inútil. Caminando poco a poco por entre aquellas fúnebres -andanas de coches moribundos, el señor director se acercó a mí y—lo que -no hizo con ningún otro—se paró a examinarme. Sentí que sus ojos -duchos, ojos de cirujano, me registraban bien.</p> - -<p>—Este fué un buen “primera”—dijo.</p> - -<p>Uno de sus acompañantes repuso:<span class="pagenum"><a name="page_372" id="page_372">{372}</a></span></p> - -<p>—Sí; pero después lo reformaron y lo hicieron “tercera”. Es muy viejo; -ha trabajado mucho: mire usted por aquí cómo está...</p> - -<p>Empinándose señalaba, por una rotura de mi flanco, mi suelo despedazado.</p> - -<p>—¡Bien lo veo!—replicó el director—; ¡lástima de coche! Los que ahora -se construyen son muy inferiores...</p> - -<p>Y se marcharon. “¡Ahora, sí—suspiré—que mi historia ha acabado!” En -medio, no obstante, de este dolor recibí una alegría: la satisfacción de -que aquellos hombres, al mismo tiempo que me condenaban a morir, -hubiesen proclamado mi mérito. Desfondado, despintado, ratonado, -torcido, sucio... todavía era bello, todavía conservaba vestigios de mi -antiguo poder, y aún podía decir: “A mí me llamaron El Cabal...”</p> - -<p>Pasó todo el invierno, aparecieron con abril las primeras alegrías -vernales, y, al despertarme de un sueño que, según cálculos que luego -hice, debió de durar varias semanas, vi que unas hierbas, nacidas debajo -de mí, se enlazaban a mis ruedas, semejantes a esas ligaduras con que el -reuma sujeta las piernas de los paralíticos. No sé qué amor, qué -cariñoso deseo de retenerme adiviné en ellas, y su pequeño amor me -conmovió: “Ya no te irás de nosotras”—parecían decirme.</p> - -<p>Pero a mi Destino aventurero no le plugo que yo finase allí, y después -de darme a conocer la lucha, quiso darme la paz.</p> - -<p>A principios de junio, una mañana, se acercaron a mí ocho o diez -hombres, empleados en la estación. El que parecía capataz preguntó a un -viejo que iba a su lado:<span class="pagenum"><a name="page_373" id="page_373">{373}</a></span></p> - -<p>—¿Es este coche el que le pidió usted al director, señor Juan?</p> - -<p>Me designaba con el gesto. El señor Juan repuso ufano:</p> - -<p>—¡Sí; este mismo! Este...</p> - -<p>—Buena casa va usted a tener—replicó el capataz, zumbón.</p> - -<p>—No será mala; ya verás, en cuanto yo la arregle a mi gusto, qué bien -queda.</p> - -<p>Entre todos rodaron los coches situados delante de mí, y luego me -empujaron, haciéndome pasar de unas vías a otras, hasta llevarme delante -del camino de hierro principal. Yo bendecía mi sino, que decretó hacer -de mí, hasta el último instante, una cosa útil.</p> - -<p>“Van a convertirme en vivienda”—pensé—. Y recordé aquellos ancianos -vagones, trocados en casucas de guardavías, que una mañana—la primera -de mi vida—vi al salir de la estación de Irún.</p> - -<p>En pocos días fuí despojado de mis ruedas y de mis topes, y arrastrado -al sitio a que me destinaban, y en el cual, y para mi mejor instalación, -hallé dispuesto un entarimado, de dos palmos de alto, que había de -servirme de apoyo o basamento.</p> - -<p>La prisa y cuidado con que los carpinteros emprendieron la tarea de mi -transfiguración, me dijo que trabajaban cumpliendo órdenes de la -Compañía, la cual, reformándome, halló manera de ahorrarse la -construcción de una vivienda. Por tercera vez los martillos, los -formones, las barrenas, las sierras amputadoras, me torturaron. Todos -mis asientos fueron suprimidos, y de cada dos de mis compartimientos, -quitando el tabique o lienzo que los separaba, hi<span class="pagenum"><a name="page_374" id="page_374">{374}</a></span>cieron uno. El lavabo -fué convertido en despensa, y en el cuarto-cama instalaron una cocina de -hierro, a cuya chimenea dieron salida por un agujero circular que me -abrieron en la techumbre. En mi costado correspondiente al corredor, y -que enfrentaba la vía, sólo dejaron tres ventanas, con sus batientes de -cristales; las restantes desaparecieron, así como a mis antiguas -puertecillas de corredera sucedieron otras mayores y con goznes. Una de -mis plataformas quedó mudada en lavadero, y la otra continuó sirviendo -para entrar en mí. Después me pintaron el techo de rojo, y las ventanas -y la puerta de blanco, lo que dió extraordinaria animación a mis cuatro -fachadas revocadas de verdegay. Me parecía a esas casitas, de -fabricación alemana, con que juegan los niños.</p> - -<p>Una mañana, rayando el día, aparecieron detrás de un carro, cargado de -muebles, mis nuevos inquilinos; “los últimos”, sin duda...</p> - -<p>Componían la familia: el señor Juan, empleado en la Compañía -Madrid-Zaragoza-Alicante desde hacía más de medio siglo; su hijo -Roberto, esposo de María Luisa, y dos nietos: Lolita, que ya empezaba a -mocear, y Miguelín, de tres años.</p> - -<p>Toda aquella copiosa impedimenta, nueva para mí, me interesó muchísimo: -sin perder detalle vi armar las camas, y el funcionamiento de los -cajones de una cómoda, y cómo adornaban mi interior con fotografías y -modestos espejos de marco dorado, y la distribución que daban en la -cocina a los trebejos de guisar. El moblaje fué discretamente repartido: -en la habitación—llamémosla así—destinada al matrimonio, se colocaron -el lecho más ancho y la có<span class="pagenum"><a name="page_375" id="page_375">{375}</a></span>moda; en la otra dispusieron la mesa de comer -y la cama de Lolita; y en la tercera, que conservaba sus dimensiones -primitivas y era, de consiguiente, la menor, el catre donde habían de -dormir el señor Juan y Miguelín. Antes de mediodía el pequeño ajuar -estaba ordenado, y yo no me cansaba de observar toda aquella vida -íntima, uniforme, recogida, que sólo de lejos conocía. Hasta entonces no -empecé a saber cómo el tiempo se desliza lento en los hogares, ni cómo -se lavaba la ropa, ni cómo se encendía la lumbre y se preparaba una -comida.</p> - -<p>El hallarme, no suspendido en el aire, como antes, sino bien pegado a la -tierra, me infundía una ignorada y confortadora impresión de quietud, de -estabilidad: me sentía más a plomo y dueño de mí mismo, cual si mi -personalidad hubiese crecido. ¡Qué diferencia entre mi abrigado -bienestar actual y aquellas implacables noches de olvido y de frío que -siguieron a mi descarrilamiento! El alma de mis habitantes iba -invadiéndome rápidamente: a la semana de tenerles en mí, la humedad me -dejó: yo olía a dormitorio y a cocina; olía a hogar... y estaba contento -de oler así.</p> - -<p>—Voy aburguesándome—pensaba.</p> - -<p>Acabó de rendirme a discreción la voluntad, el buen carácter de aquellas -gentes. El señor Juan, que era guardabarrera, sólo se ocupaba de coger -el banderín con que daba “paso” a los trenes; Roberto, carpintero de -oficio, trabajaba todo el día en los talleres de la Estación; María -Luisa, que estaba embarazada, era una mujercita dulce, hacendosa y un -poco triste, que siempre andaba sacudiéndome; Lolita también me cuidaba -mucho, y las inocentes travesuras de<span class="pagenum"><a name="page_376" id="page_376">{376}</a></span> Miguelín, unas veces me -enternecían y otras me hacían reir.</p> - -<p>La tarde de un sábado, Roberto trajo sobre una carretilla buen número de -cañas y de listones, con los cuales, y aprovechando el asueto del día -siguiente, construyó junto a mí un emparrado. Otro domingo me rodeó de -una cerca alta, de cuatro o cinco palmos, entre la cual y yo mediaba un -espacio como de tres metros, que las manos hadadas de Lolita poblaron en -seguida de flores, y así tuve un jardín minúsculo y gracioso como un -juguete. Hizo más la muchacha: exornó mis ventanas con trepadoras que -sembraba en vasijas rotas o en latas que fueron de pimientos; y plantó -junto a mí una hiedra que creció en poco tiempo e invadió la mayor parte -de mi techumbre, dándome un pintoresco aspecto de gruta; y yo pude verme -poco después en una postal, obra de un fotógrafo amigo de mis huéspedes, -y quedé sorprendido—por no decir enamorado—de mi carácter rústico.</p> - -<p>Hallábame enclavado a medio kilómetro de la Estación, y muy cerca de la -gran arteria ferroviaria por donde corren los trenes de Barcelona, de -Andalucía y de Valencia, que tantos recuerdos tenían para mí: veía pasar -las máquinas raudas, ululeantes, tempestuosas, y perdidas en su -torbellino negro las siluetas de los fogoneros, teñidos dantescamente de -rojo por el incendio del horno; veía huir cuajados de luces los -“expresos” veloces, los “correos”, los “mercancías” interminables y -obscuros; oía la voz sibilante de las locomotoras, las cornetas de los -guardavías, el fragor de los convoyes... y no experimentaba nostalgia -ninguna. Un día,<span class="pagenum"><a name="page_377" id="page_377">{377}</a></span> en una “cuatro mil” que pasaba, reconocí a La -Regadera; también descubrí a Dos-Caras, disfrazado de “tercera”, en el -“mixto” de Alicante, y mi regocijo de verles fué absolutamente limpio. -Me holgaba de que continuasen viviendo su vida, la que fué mía también; -mas no sentía deseos de rodar a su lado. Vi asímismo al Rubio, al Negro, -a la Primera Actriz, al Barba... y a otros varios camaradas que iban y -venían con el terrible anhelo de siempre, y tuve cierta misericordia de -su servidumbre inexorable. Medité: “Ellos se mueven, y yo no: ¿pero -acaso la tierra me esclaviza más que a ellos el movimiento?...”</p> - -<p>Mucho tiempo aquellos viejos compañeros fueron y tornaron sin fijarse en -mí; luego, como mi situación de vagón inmóvil les sorprendiese, -comenzaron a examinarme, y al cabo me reconocieron. El que antes cayó en -la cuenta de quién yo era, fué Dos-Caras. Una mañana, al pasar, me -gritó:</p> - -<p>—¿Eres tú, Cabal?</p> - -<p>—Yo soy, viejo—le repliqué.</p> - -<p>Y no tuvo tiempo de decirme más porque su convoy iba de prisa. La -noticia de hallarme convertido en habitación cundió rápidamente, llevada -por los trenes, y todos mis amigos, unos burlones, otros compasivos, me -preguntaban:</p> - -<p>—Adiós, Cabal; ¿te aburres mucho?</p> - -<p>Yo siempre contestaba:</p> - -<p>—No; no me aburro.</p> - -<p>—¿Eres feliz?</p> - -<p>—Sí, lo soy: nunca lo fuí más...</p> - -<p>¡Y era cierto!... Pues hogaño, merced, precisamente, a la soledad que me -circundaba, podía descender más hondo en el misterio de la vida.<span class="pagenum"><a name="page_378" id="page_378">{378}</a></span> Las -personas que traté antes permanecían a mi lado unas horas, cuando más -una noche; mientras estas de ahora envejecían conmigo: yo las veía -dormir, comer; yo las oía hablar... y su experiencia era mía también, -íntegra.</p> - -<p>Con esta quietud volvía a parecerme a mis antecesores, los árboles. La -tierra me atraía, y, cosido a ella, conforme el tiempo filaba, -insensiblemente, hallábame mejor. Empezaba a comprender la poesía de las -fiestas domésticas, la razón de la Nochebuena, la enorme fuerza emotiva -y pensante del silencio; porque mientras la materia reposa es cuando -fulgen mejor las luminarias del espíritu. Considerando la vejez -desvalida del señor Juan, y oyendo hablar a su hijo, supe cómo a lo -largo de los siglos el capitalista perpetúa en el obrero, su hermano, el -fratricidio de Caín, y vislumbré el mecanismo del tinglado social, esa -rueda trágica en que el salario se transmuta en pan, y el pan en -esfuerzo y dolor que luego serán salario otra vez. Vi a María Luisa dar -a luz, y me expliqué el amor; y observando a Miguelín, divertido en -alinear soldaditos de plomo, echar barquitos en el agua enjabonada de la -artesa y arrastrar por el jardín ferrocarriles de hojalata, me dí cuenta -de que en este mundo—de las paradojas y de los viceversas—el niño -juega y se ríe con lo mismo que hace llorar al hombre.</p> - -<p>Va para tres años que soy hogar, y no echo de menos, ni en un ápice, mis -mocedades trashumantes: el tercer vástago de María Luisa y de Roberto, -se cría muy bien; Lolita ya tiene novio, y a esto atribuyo que cante -tanto por las mañanas; Miguelín aprendió a escribir y se divierte en -eternizar su nombre en mis paredes.<span class="pagenum"><a name="page_379" id="page_379">{379}</a></span> Todo esto, que ya forma parte de mí -mismo, me regocija y me acompaña. Voy pareciéndome al señor Juan. Tengo -algo de abuelo, y soy feliz con estos seres que crecen a mi lado, con -las flores que me rodean, con la hiedra que me cubre y parece traerme un -abrazo de la tierra.</p> - -<p>Mis antiguos hermanos del camino, todos los días me dicen algo:</p> - -<p>—¿Querrías venirte con nosotros, Cabal?</p> - -<p>—¿Para qué—les respondo—, si en ningún punto del mundo en que os -halléis vuestro horizonte será mayor que el mío?</p> - -<p>Efectivamente: No estoy hastiado, sino satisfecho, y no deseo, porque -conocí el movimiento y gusté la quietud; todo lo que hay: y porque -llegué a viejo... y ser viejo es hallarse en condiciones de recordar y -de perdonar, y nada más dilecto que el recuerdo, ni más elegante que el -perdón. La Vida es buena, pues siendo tan breve, proporciona tres -grandes goces: en la niñez, el anhelo de vivir; en el “presente de -indicativo”, de la juventud, la alegría de vivir; en la vejez, el placer -generoso de ver vivir a los demás.</p> - -<p> -Madrid, octubre 1922.<br /> -</p> - -<p>FIN<span class="pagenum"><a name="page_381" id="page_381">{381}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_380" id="page_380">{380}</a></span></p> - -<hr /> - -<p class="c">EDICIÓN DEFINITIVA</p> - -<p class="c">DE LAS OBRAS COMPLETAS<br /> DE EDUARDO ZAMACOIS</p> - -<p><span class="smcap">Renacimiento</span> ofrece a sus lectores de España y América la primera -Colección Completa de las obras de este insigne novelista, uno de los -predilectos del público.</p> - -<p>Se trata de una reimpresión cuidadísima, seria y definitiva, vigilada -por el propio autor, que quiere ofrecerse en ella sin mixtificaciones de -ninguna especie. Todo cuanto pudiéramos decir de la chabacanería con que -fueron tratadas en distintas épocas las obras del ilustre autor de -<i>Europa se va</i>... está resumido en la «Advertencia» que insertamos a -continuación, suscrita por el mismo Zamacois y a la que remitimos a -libreros y lectores:<span class="pagenum"><a name="page_382" id="page_382">{382}</a></span></p> - -<h2><a name="PALABRAS_DEL_AUTOR" id="PALABRAS_DEL_AUTOR"></a>PALABRAS DEL AUTOR</h2> - -<p>Muchos escritores son refractarios a corregir sus libros, una vez -impresos.</p> - -<p>Yo opino lo contrario: los libros deben ser examinados y pulidos a cada -nueva edición, pues si el Tiempo nos altera las líneas del semblante y -nos blanquea el cabello y nos encorva, ¿cómo no cambiaría también -nuestros gustos? Las horas que transforman el cuerpo, ¿cómo no -revolucionarían el espíritu, por antonomasia tan vibrante, tornadizo, -andariego y mudable?... La experiencia y la lectura son los dos grandes -vientos removedores de nuestro jardín interior. Un hombre inteligente -vive en discusión perpetua consigo mismo; y discutir es dudar, -rectificar «puntos de vista», sustituir una creencia por otra, -modificarse, contradecirse. El progreso constituye una enmienda -constante, y así la vida debe ser nada más que un pretexto para -arrepentirnos hoy de lo que hicimos ayer.</p> - -<p>Nadie extrañe, de consiguiente, las diferencias de pensamiento y de -forma que separan los volúmenes que van apareciendo ahora, en el -mediodía de mi vida, de aquellos que llamo de «mi primera época».</p> - -<p>Escritos de prisa y vendidos a precios irrisorios<a name="FNanchor_A_1" id="FNanchor_A_1"></a><a href="#Footnote_A_1" class="fnanchor">[A]</a>, <span class="pagenum"><a name="page_383" id="page_383">{383}</a></span>reconozco, con -harto quebranto y luto de mi corazón, haberlos echado al mundo vestidos -de andrajos. Realmente no merecían tan mal trato, y así quiero con la -edición presente remediar en algo el daño que les hice. Ni la fábula, ni -la arquitectura o distribución de los capítulos fueron alteradas; no -creí necesario meter el escalpelo hasta tan hondo. Sólo he intentado -aliviar su estilo de solecismos, repeticiones y demás vergüenzas -gramaticales que lo manchaban. También procuré tranquilizarlo, -simplificarlo, aligerarlo de frondosidades retóricas...</p> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_A_1" id="Footnote_A_1"></a><a href="#FNanchor_A_1"><span class="label">[A]</span></a> Me refiero a <i>La enferma</i>, <i>Punto-Negro</i>, <i>Incesto</i>, <i>Loca -de amor</i>, <i>Tik-Nay</i>, <i>El seductor</i>, <i>Duelo a muerte</i>, <i>Memorias de una -cortesana</i>, <i>Sobre el abismo</i>, <i>De carne y hueso</i>, <i>Horas crueles</i>, -<i>Impresiones de arte</i>.</p></div> - -<p>De consiguiente, <i>la única edición de mis libros que me atrevo a -recomendar es ésta, de</i> <span class="smcap">Renacimiento</span>. <i>Todas las anteriores, mal -impresas, mal corregidas y ensuciadas vilmente con portadas obscenas, -son execrables y únicamente merecen silencio.</i></p> - -<p>Por rescatar los millares de ejemplares que de ellas se han vendido en -estos últimos diez y nueve años, <i>daría el autor su mano derecha</i>.</p> - -<p class="r"> -<span class="smcap">Eduardo Zamacois.</span><br /> -</p> - -<p>Madrid, enero 1916.</p> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un vagón de ferrocarril, by -Eduardo Zamacois - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL *** - -***** This file should be named 62840-h.htm or 62840-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/2/8/4/62840/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER -WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO -WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages. -If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the -law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be -interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by -the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any -provision of this agreement shall not void the remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance -with this agreement, and any volunteers associated with the production, -promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, -harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, -that arise directly or indirectly from any of the following which you do -or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm -work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any -Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. - - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of computers -including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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