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-The Project Gutenberg eBook of Libros de caballerías, by Ramón Marí­a
-Tenreiro
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Libros de caballerías
- Selección
-
-Compiler: Ramón Marí­a Tenreiro
-
-Release Date: June 24, 2021 [eBook #65685]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by The Internet
- Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LIBROS DE CABALLERÍAS ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se
- han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor
- detección, se ha comparado el texto con el de la 2.ª edición, de
- 1935, publicado por la misma editorial.
-
- * La ortografía del texto original no ha sido actualizada ni
- normalizada. No obstante, se han puesto tildes a las mayúsculas que
- las necesitaban.
-
- * Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
- interrumpir un párrafo.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
- LIBROS
- DE CABALLERÍAS
-
-
-
-
- BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE
- DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL
-
- TOMO XX
-
- LIBROS
- DE CABALLERÍAS
-
- SELECCIÓN HECHA POR
- RAMÓN M.ª TENREIRO
-
-
- _MADRID, MCMXXIV_
- INSTITUTO--ESCUELA
- JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS
-
-
-
-
-_Va impreso en letra cursiva, igual a la de esta advertencia, todo lo
-que el editor ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los
-pasajes de los libros de caballerías, y en los usuales caracteres de
-imprenta los textos antiguos._
-
-_Los títulos de los cuatro libros de_ AMADÍS, _así como los de los
-capítulos en todo el volumen, son obra del editor_.
-
-_Las ilustraciones de_ AMADÍS _están tomadas de la magnífica edición de
-Venecia del año 1533. También es antigua la portada de_ PALMERÍN. _El
-resto de los grabados son obra del señor Marco._
-
-
-
-
-AMADÍS DE GAULA
-
-
-
-
-AQUÍ COMIENZA
-
-EL PRIMER LIBRO
-
-DEL ESFORZADO ET VIRTUOSO CABALLERO AMADÍS, HIJO DEL REY PERIÓN DE
-GAULA Y DE LA REINA ELISENA; EL CUAL FUÉ CORREGIDO Y EMENDADO POR
-EL HONRADO E VIRTUOSO CABALLERO GARCI-ORDÓÑEZ DE MONTALBO, REGIDOR
-DE LA NOBLE VILLA DE MEDINA DEL CAMPO, E CORREGIÓLE DE LOS ANTIGUOS
-ORIGINALES, QUE ESTABAN CORRUPTOS E COMPUESTOS EN ANTIGUO ESTILO,
-POR FALTA DE LOS DIFERENTES ESCRIPTORES; QUITANDO MUCHAS PALABRAS
-SUPÉRFLUAS, E PONIENDO OTRAS DE MÁS POLIDO Y ELEGANTE ESTILO, TOCANTES
-A LA CABALLERÍA E ACTOS DE ELLA, ANIMANDO LOS CORAZONES GENTILES DE
-MANCEBOS BELICOSOS, QUE CON GRANDÍSIMO AFETO ABRAZAN EL ARTE DE LA
-MILICIA CORPORAL, ANIMANDO LA INMORTAL MEMORIA DEL ARTE DE CABALLERÍA,
-NO MENOS HONESTÍSIMO QUE GLORIOSO.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-LIBRO PRIMERO
-
-LA CORTE DE LISUARTE
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-EL DONCEL DEL MAR
-
-
-_De la Pequeña Bretaña a Escocia, su patria, iba por el mar en una
-barca un caballero que había nombre Gandales. Llevaba consigo su mujer
-y un hijo, llamado Gandalín, nacido poco antes._ Siendo ya mañana
-clara, vieron _un_ arca que por el agua nadando iba, e llamando cuatro
-marineros, les mandó _el caballero_ que presto echasen un batel e
-aquello le trajesen: lo cual prestamente se hizo. _Vió entonces que
-el arca era larga como una espada y estaba hecha de tablas muy bien
-calafateadas para que en ella no pudiera entrar el agua. El_ caballero
-tomó el arca e tiró la cobertura, e vió _dentro un hermoso_ doncel
-_recién-nacido_, que en sus brazos tomó, e dijo:
-
---Este de algún buen lugar es--; y esto decía él por los ricos paños
-_en que venía envuelto_ y _por un_ anillo _que junto con una bola de
-cera traía en un cordón al cuello_ e _por una_ espada, que muy hermosa
-le pareció _y que venía puesta a su lado en el arca_. E guardando
-aquellas cosas, rogó a su mujer que lo hiciese criar, la cual hizo
-darle la teta de aquella ama que a Gandalín, su hijo, criaba, e tomóla
-con gran gana de mamar, de que el caballero e la dueña mucho alegres
-fueron. Pues así caminaron por la mar con buen tiempo enderezado, hasta
-que aportados fueron a una villa de Escocia que Antalia había nombre,
-y de allí partiendo, llegaron a un castillo suyo, de los buenos de
-aquella tierra, donde hizo criar el doncel como si su fijo proprio
-fuese; e así lo creían todos que lo fuese; que de los marineros no
-se pudo saber su hacienda, porque en la barca, que era suya, a otras
-partes navegaron.
-
-_Fué corriendo el tiempo y el_ doncel que Gandales criaba, el cual el
-Doncel del Mar se llamaba, que así le pusieron nombre, criábase con
-mucho cuidado de aquel caballero don Gandales e de su mujer, e hacíase
-tan hermoso, que todos los que lo veían se maravillaban.
-
-Un día cabalgó Gandales armado, que en gran manera era buen caballero e
-muy esforzado, e halló una doncella, que le dijo:
-
---¡Ay, Gandales! Si supiesen muchos altos hombres lo que yo agora,
-cortar-te-ían la cabeza.
-
---¿Por qué? --dijo él.
-
---Porque tú guardas la su muerte --dijo ella.
-
-Gandales, que lo no entendía, dijo:
-
---Doncella, por Dios os ruego que me digáis qué es eso.
-
---No te lo diré --dijo ella--; mas todavía así averná.
-
-E partiéndose dél, se fué su vía. Gandales quedó cuidando en lo que
-dijera _y sin poderlo entender. Pero momentos después tuvo ocasión de
-salvar la vida a la doncella y como recompensa de ello le pidió que le
-explicara sus misteriosas palabras. Ella le dijo_:
-
---Tú me harás pleito, como leal caballero, que otro por ti nunca lo
-sabrá fasta que te lo yo mande.
-
-Él así lo otorgó. Díjole:
-
---Dígote de aquel que hallaste en la mar, que será flor de los
-caballeros de su tiempo; éste hará estremecer los fuertes, éste
-comenzará todas las cosas e acabará a su honra, en que los otros
-fallescieron: éste hará tales cosas, que ninguno cuidaría que pudiesen
-ser comenzadas ni acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los
-soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra
-aquellos que se lo merecieren; e aun más te digo, que éste será el
-caballero del mundo que más lealmente manterná amor e amará en tal
-lugar cual conviene a la su alta proeza; e sabe que viene de reyes de
-ambas partes. Agora te ve e cree firmemente que todo acaecerá como te
-lo digo.
-
---Ay, señora --dijo Gandales--; ruégovos por Dios que me digáis donde
-vos fallaré para hablar con vos en su hacienda.
-
---Esto no sabrás tú por mí ni por otro --dijo ella.
-
---Pues decidme vuestro nombre por la fe que debéis a la cosa del mundo
-que más amáis.
-
---Tú me conjuras tanto, que te lo diré; sabe que mi nombre es Urganda
-la Desconocida. Agora me cata bien e conósceme si pudieres.
-
-Y él, que la vió doncella de primero, que a su parecer no pasaba de
-diez y ocho años, vióla tan vieja e tan lasa, que se maravilló cómo
-en el palafrén se podía tener, e comenzóse a santiguar de aquella
-maravilla. Cuando ella así lo vió, por sí tornó como de primero, e dijo:
-
---¿Parécete que me hallarías aunque me buscases? Pues yo te digo que no
-tomes por ello afán; que si todos los del mundo me demandasen, no me
-hallarían si yo no quisiese.
-
---Así Dios me salve, señora --dijo Gandales--, yo así lo creo; mas
-ruégovos por Dios que vos membréis del doncel que es desamparado de
-todos sino de mí.
-
---No pienses en eso --dijo Urganda--; que ese desamparado será amparo y
-reparo de muchos; e yo lo amo más que tú piensas.
-
-E así se partieron de en uno. Don Gandales, partido de Urganda, tornóse
-para su castillo, cuidando en la facienda de su doncel; e llegando al
-castillo, ante que se desarmase lo tomó en sus brazos e comenzólo de
-besar, viniéndole las lágrimas a los ojos, diciendo en su corazón:
-
---Mi fermoso hijo, ¿si querrá Dios que yo llegue al vuestro buen tiempo?
-
-En esta sazón había el doncel tres años, e su gran fermosura por
-maravilla era mirada; e como vió a su amo llorar, púsole las manos ante
-los ojos, como que gelos quería limpiar; de que Gandales fué alegre,
-considerando que siendo en más edad, más se dolería de su tristeza;
-e púsole en tierra, e fuése a desarmar, e dende adelante con mejor
-voluntad curaba dél, tanto, que llegó a los cinco años; entonces le
-fizo un arco a su medida e otro a su hijo Gandalín, e facíalo tirar
-ante sí; e así lo fué criando hasta la edad de siete años.
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEGUNDO
-
-LA SIN PAR ORIANA
-
-
-Pues a esta sazón el rey Languines, pasando por su reino con su mujer e
-toda la casa, de una villa a otra, vínose al castillo de Gandales, que
-por ahí era el camino, donde fué muy bien festejado; mas a su Doncel
-del Mar e a su fijo Gandalín e a otros donceles mandólos meter en un
-corral por que no lo viesen; e la Reina, que en lo más alto de la casa
-posaba, mirando de una finiestra, vió los donceles que con sus arcos
-tiraban, y al Doncel del Mar entre ellos tan apuesto e tan hermoso, que
-mucho fué de lo ver maravillada; e viólo mejor vestido que todos, así
-que parescía el señor; e de que no vió ninguno de la compañía de don
-Gandales a quien preguntase, llamó sus dueñas e doncellas, e dijo:
-
---Venid, e veréis la más fermosa criatura que nunca fué vista.
-
-_Y admiróse también mucho de oír que sus compañeros le llamaban Doncel
-del Mar._ Así estando, entró el Rey e Gandales, e dijo la Reina:
-
---Decid, don Gandales, ¿es vuestro hijo aquel hermoso doncel?
-
---Sí, señora --dijo él.
-
---Pues ¿por qué --dijo ella-- lo llamáis el Doncel del Mar?
-
---Porque en la mar nació --dijo Gandales-- cuando yo de la Pequeña
-Bretaña venía.
-
-El Rey, que el Doncel miraba e muy hermoso le pareció, dijo:
-
---Faceldo aquí venir, Gandales, e yo lo quiero criar.
-
---Señor --dijo él-- sí haré, mas aún no es en edad que se deba partir
-de su madre.
-
-Entonces fué por él e trájolo e díjole:
-
---Doncel del Mar, ¿queréis ir con el Rey, mi señor?
-
---Yo iré donde me vos mandardes --dijo él-- e vaya mi hermano comigo.
-
---Ni yo quedaré sin él --dijo Gandalín.
-
---Creo, señor --dijo Gandales--, que los habréis de llevar ambos, que
-se no quieren partir.
-
---Mucho me place --dijo el Rey.
-
-Entonces lo tomó cabe sí y mandó llamar a su fijo Agrajes; e díjole:
-
---Fijo, estos donceles ama tú mucho; que mucho amo yo a su padre.
-
-Cuando Gandales esto vió, _apenas pudo contener el llanto_. El Rey, que
-los ojos llenos de agua le vió, dijo:
-
---Nunca pensé que érades tan loco.
-
---No lo só tanto como cuidáis --dijo él--; mas si os pluguiere, oídme
-un poco ante la Reina.
-
-Entonces mandaron apartar a todos, e Gandales les dijo:
-
---Señores, sabed la verdad deste Doncel que lleváis, que lo yo fallé en
-la mar. --Y contóles por cuál guisa, e también dijera lo que de Urganda
-supo, sino por el pleito que fizo--. Agora faced con él lo que debéis;
-que así Dios me salve, según el aparato que él traía, yo creo que es de
-muy gran linaje.
-
-Mucho plugo al Rey en lo saber, y preció al caballero que lo tan bien
-guardara, e dijo a don Gandales.
-
---Pues que Dios tanto cuidado tuvo en lo guardar, razón es que lo
-tengamos nos en lo criar e hacer bien cuando tiempo será.
-
-La Reina dijo:
-
---Yo quiero que sea mío, si os pluguiere, en tanto que es de edad de
-servir mujeres; después será vuestro.
-
-El Rey se lo otorgó. Otro día de mañana se partieron de allí, llevando
-los donceles consigo, e fueron su camino. Pero dígoos de la Reina que
-facía criar al Doncel del Mar con tanto cuidado e honra como si su fijo
-propio fuese; mas el trabajo que con él tomaba no era vano, porque su
-ingenio era tal e condición tan noble, que muy mejor que otro ninguno,
-e más presto, todas las cosas aprendía. Él amaba tanto caza e monte,
-que si lo dejasen, nunca dello se apartara, tirando con su arco,
-cebando los canes. La Reina era tan agradada de como él servía, que lo
-no dejaba quitar delante su presencia.
-
-_Ocurrió entonces que yendo el nuevo rey de la Gran Bretaña, Lisuarte,
-navegando con gran flota para tomar posesión de sus estados_, fué
-aportado en el reino de Escocia, donde con mucha honra del rey
-Languines recebido fué. Este Lisuarte traía consigo a Brisena, su
-mujer, e una hija que en ella hobo, que Oriana había nombre, de fasta
-diez años, la más hermosa criatura que nunca se vió; tanto, que ésta
-fué la que Sin-par se llamó, porque en su tiempo ninguna hobo que igual
-le fuese; e porque de la mar enojada andaba, acordó de la dejar allí,
-rogando al rey Languines e a la Reina que gela guardasen.
-
-Ellos fueron muy alegres dello, e la Reina dijo:
-
---Creed que yo la guardaré como su madre lo haría.
-
-Y entrando Lisuarte en sus naos con mucha priesa, en la Gran Bretaña
-arribado fué, e fué el mejor rey que ende hobo ni que mejor mantuviese
-la caballería en su derecho, fasta que el rey Artur reinó, que pasó a
-todos los reyes de bondad que ante dél fueron.
-
-El Doncel del Mar, que en esta sazón era de doce años, y en su grandeza
-e miembros parescía bien de quince, servía ante la Reina, e así della
-como de todas las dueñas e doncellas era mucho amado; mas desque allí
-fué Oriana, la hija del rey Lisuarte, dióle la Reina al Doncel del Mar
-que la sirviese, diciendo:
-
---Amiga, este es un doncel que os servirá.
-
-Ella dijo que le placía. El Doncel tuvo esta palabra en su corazón, de
-tal guisa, que después nunca de la memoria la apartó; que sin falta,
-así como esta historia lo dice, en días de su vida no fué enojado de
-la servir, y en ella su corazón fué siempre otorgado, y este amor duró
-cuanto ellos duraron; que, así como la él amaba, así amaba ella a él,
-en tal guisa, que una hora nunca de amar se dejaron; mas el Doncel del
-Mar, que no conocía ni sabía nada de cómo ella le amaba, teníase por
-muy osado en haber en ella puesto su pensamiento, según la grandeza y
-fermosura suya, sin cuidar de ser osado a le decir una sola palabra; y
-ella, que lo amaba de corazón, guardábase de hablar con él más que con
-otro, porque ninguna cosa sospechasen; mas los ojos habían gran placer
-de mostrar al corazón la cosa del mundo que más amaba.
-
-Pasando el tiempo, como os digo, entendió el Doncel del Mar en sí que
-ya podía tomar armas si hobiese quien le ficiese caballero, y esto
-deseaba él, considerando que él sería tal e haría tales cosas por donde
-muriese, o viviendo, su señora le preciaría; e con este deseo fué al
-Rey, que en una huerta estaba, e hincando los hinojos, le dijo:
-
---Señor, si a vos pluguiese, tiempo sería de ser yo caballero.
-
-El Rey dijo:
-
---¿Cómo, Doncel del Mar? ¿Ya os esforzáis para mantener caballería?
-Sabed que es ligero de haber e grave de mantener; e quien este nombre
-de caballería ganar quisiere e mantenerlo en su honra, tantas e tan
-graves son las cosas que ha de facer, que muchas veces se le enoja el
-corazón, e por ende ternía por bien que por algún tiempo os sufráis.
-
-El Doncel del Mar le dijo:
-
---Ni por todo eso no dejaré yo de ser caballero; que si en mi
-pensamiento no toviese de complir eso que habéis dicho, no se
-esforzaría mi corazón para lo ser; e pues a la vuestra merced soy
-criado, complid en esto comigo lo que debéis.
-
-El Rey dijo:
-
---Doncel del Mar, yo sé cuándo os será menester que lo seáis, e más a
-vuestra honra, e prométoos que lo faré.
-
-E luego mandó que le aparejasen las cosas a la orden de caballería
-necesarias; e hizo saber a Gandales todo cuanto con su criado le
-contesciera, de que Gandales fué muy alegre, y envióle por una doncella
-la espada y el anillo e la _bola de_ cera, como lo hallara en l’arca
-donde a él falló; y estando un día la hermosa Oriana con otras dueñas
-e doncellas en el palacio, holgando en tanto que la Reina dormía, era
-allí con ellas el Doncel del Mar, que sólo mirar no osaba a su señora,
-y decía entre sí:
-
---¡Ay, Dios! ¿por qué vos plugo de poner tanta beldad en esta señora,
-y en mí tan gran cuita e dolor por causa della? En fuerte punto mis
-ojos la miraron, pues que perdiendo la su lumbre con la muerte, pagarán
-aquella gran locura en que al corazón han puesto.
-
-E así estando casi sin ningún sentido, entró un doncel e díjole:
-
---Doncel del Mar, allí fuera está una doncella extraña que os trae
-donas e os quiere ver.
-
-Él quiso salir a ella, mas aquella que lo amaba, cuando lo oyó,
-estremeciósele el corazón y dijo:
-
---Doncel del Mar, quedad, y entre la doncella y veremos las donas.
-
-Él estuvo quedo, e la doncella entró; y ésta era la que enviaba
-Gandales, e dijo:
-
---Señor Doncel del Mar, vuestro amo Gandales vos saluda mucho, así como
-aquel que os ama, y envíaos esta espada y este anillo y esta cera, e
-ruégaos que trayáis esta espada en cuanto vos durare, por su amor.
-
-Él tomó las donas, e puso el anillo e la cera en su regazo, y Oriana
-tomó la cera, que no creía que en ella otra cosa hobiese, e díjole:
-
---Esto quiero yo destas donas.
-
-A él pluguiera más que tomara el anillo, que era uno de los hermosos
-del mundo; e mirando la espada, entró el Rey e dijo:
-
---Doncel del Mar, ¿qué os paresce de esa espada?
-
---Señor, parésceme muy hermosa, mas no sé por qué está sin vaina.
-
---Bien ha quince annos --dijo el Rey-- que no la hobo.
-
-E tomándole por la mano, se apartó con él e díjole:
-
---Vos queréis ser caballero, e no sabéis si de derecho os conviene; e
-quiero que sepáis vuestra hacienda, como yo la sé.
-
-E contóle cómo fuera en la mar hallado con aquella espada e anillo en
-el arca metido, así como lo oístes.
-
-Dijo él:
-
---No me pesa de cuanto me decís, sino por no conocer mi linaje, ni
-ellos a mí; pero yo me tengo por hidalgo, que mi corazón a ello me
-esfuerza; e agora, señor, me conviene más que ante caballería, y ser
-tal que gane honra y prez, como aquel que no sabe parte de donde viene.
-
-_Por aquellos días el rey Perión de Gaula, cuñado de Languines, y uno
-de los más famosos caballeros de aquel tiempo, presentóse en la Corte
-de Escocia en demanda de guerreros que le ayudaran contra el rey Abíes
-de Irlanda, que le había invadido el reino con gran fuerza de armas.
-Agrajes, el hijo de Languines, que ya era armado caballero, rogó a
-su padre que le dejara ir con Perión a defender a su tía la reina de
-Gaula, y aquél se lo otorgó._
-
-El Doncel del Mar, que ahí estaba, miraba mucho al rey Perión, por la
-gran bondad de armas que dél oyera decir, e más deseaba ser caballero
-de su mano que de otro ninguno que en el mundo fuese, e fuese donde su
-señora Oriana era; e hincados los hinojos ante ella, dijo:
-
---Señora Oriana, si a vos pluguiese que yo fuese caballero, sería en
-ayuda desa hermana de la Reina, otorgándome vos la ida.
-
---E si la yo no otorgase --dijo ella--, ¿no iríades allá?
-
---No --dijo él--; porque este mi vencido corazón sin el favor de cuyo
-es, no podría ser sostenido en ninguna afrenta, ni aun sin ella.
-
-Ella se rió con buen semblante e díjole:
-
---Pues que así os he ganado, otórgoos que seáis mi caballero y ayudéis
-a aquella hermana de la Reina.
-
-El Doncel le besó las manos e dijo:
-
---Pues que el Rey, mi señor, no me ha querido hacer caballero, más a mi
-voluntad lo podría agora ser deste rey Perión, a vuestro ruego.
-
---Yo faré en ello lo que pudiere --dijo ella--; mas menester será de lo
-decir a la infanta Mabilia, que su ruego mucho valdrá ante el Rey, su
-tío.
-
-Entonces se fué a ella e díjole cómo el Doncel del Mar quería ser
-caballero por mano del rey Perión, e que había menester para ello el
-ruego suyo e dellas. Mabilia, _hija del rey y hermana de Agrajes_, que
-muy animosa era e al Doncel amaba, dijo:
-
---Pues fagámoslo por él, que lo merece; e véngase a la capilla de
-mi madre armado de todas armas, e nós le haremos compañía con otras
-doncellas; e queriendo el rey Perión cabalgar para se ir, que, según he
-sabido, será antes del alba, yo le enviaré a rogar que me vea, e allí
-hará el vuestro ruego, ca mucho es caballero de buenas maneras.
-
---Bien decís --dijo Oriana.
-
-E llamando entrambas al Doncel, le dijeron cómo lo tenían acordado; él
-se lo tuvo en merced y llamó a Gandalín e díjole:
-
---Hermano, lleva mis armas todas a la capilla de la Reina,
-encubiertamente; que pienso esta noche ser caballero; e porque en la
-hora me conviene de aquí partir, quiero saber si querrás irte comigo.
-
---Señor, yo os digo que a mi grado nunca de vos seré partido.
-
-Al Doncel le vinieron las lágrimas a los ojos y besóle en la faz e
-díjole:
-
---Amigo, agora haz lo que te dije.
-
-Gandalín puso las armas en la capilla en tanto que la Reina cenaba; e
-los manteles alzados, fuése el Doncel a la capilla, e armóse de sus
-armas todas, salvo la cabeza e las manos, e hizo su oración ante el
-altar, rogando a Dios que, así en las armas como en aquellos mortales
-deseos que por su señora tenía, le diese vitoria.
-
-Desque la Reina fué a dormir, Oriana e Mabilia con algunas doncellas
-se fueron a él por le acompañar; e como Mabilia supo que el rey Perión
-quería cabalgar, envióle a decir que la viese ante; él vino luego, e
-díjole Mabilia:
-
---Señor, haced lo que os rogare Oriana, fija del rey Lisuarte.
-
-El Rey dijo que de grado lo haría, que el merecimiento de su padre a
-ello le obligaba. Oriana vino ante el Rey; e como la vió tan hermosa,
-bien creía que en el mundo su igual no se podría fallar; e dijo:
-
---Yo vos quiero pedir un don.
-
---De grado --dijo el Rey-- lo faré.
-
---Pues facedme ese mi doncel caballero--; e mostróselo, que de rodillas
-ante el altar estaba.
-
-El Rey vió al Doncel tan fermoso, que mucho fué maravillado; y
-llegándose a él, dijo:
-
---¿Queréis recebir orden de caballería?
-
---Quiero --dijo él.
-
---En el nombre de Dios, y Él mande que tan bien empleada en vos sea e
-tan crecida en honra como Él os creció en fermosura.
-
-E poniéndole la espuela diestra, le dijo:
-
---Agora sois caballero, e la espada podéis tomar.
-
-El Rey la tomó e diógela, y el Doncel la ciñó muy apuestamente, y el
-Rey dijo:
-
---Cierto, este acto de os armar caballero, según vuestro gesto e
-aparencia, con mayor honra lo quisiera haber hecho; mas yo espero en
-Dios que vuestra fama será tal, que dará testimonio de lo que con más
-honra se debía facer.
-
-E Mabilia e Oriana quedaron muy alegres y besaron las manos al Rey; e
-encomendando el Doncel a Dios, se fué su camino.
-
-Seyendo armado caballero el Doncel del Mar, e queriéndose despedir de
-Oriana, su señora, e de Mabilia e de las otras doncellas que con él en
-la capilla velaron, Oriana, que le parecía partírsele el corazón, sin
-se lo dar a entender, le sacó aparte y le dijo:
-
---Doncel del Mar, yo os tengo por tan bueno, que no creo que seáis
-hijo de Gandales; si al en ello sabéis, decídmelo.
-
-El Doncel le dijo de su hacienda aquello que del rey Languines supiera;
-y ella, quedando muy alegre en lo saber, lo encomendó a Dios; y él
-falló a la puerta del palacio a Gandalín, que le tenía la lanza y
-escudo y el caballo; y cabalgando en él, se fué su vía sin que de
-ninguno visto fuese, por ser aún de noche.
-
-
-
-
-CAPÍTULO TERCERO
-
-LA BOLA DE CERA
-
-
-_Todo aquel día anduvo el Doncel del Mar con Gandalín, su escudero,
-por una floresta, en la cual, siendo ya tarde_, vió venir una doncella
-en un palafrén, que traía una lanza, _y otra doncella la acompañaba_.
-Viniéronse ambas contra él; e como llegaron, la doncella de la lanza le
-dijo:
-
---Señor, tomad esta lanza, e dígovos que ante de tercero día faréis con
-ella tales golpes, porque libraréis la casa donde primero salistes.
-
-Él fué maravillado de lo que decía, e dijo:
-
---Doncella, la casa ¿cómo puede morir ni vivir?
-
---Así será como yo lo digo --dijo ella--, e la lanza os dó por algunas
-mercedes que de vos espero.
-
-E dando de las espuelas al palafrén, se fué su vía.
-
-[Ilustración]
-
-La otra doncella quedó con él e dijo:
-
---Señor caballero, _sabed como era Urganda la Desconocida quien la
-lanza os ha dado_. E díjome que después que de vos se partiese, os lo
-hiciese saber, y que mucho vos ama.
-
---¡Ay, Dios! --dijo él--, cómo soy sin ventura en la no conocer, e si
-la dejo de buscar, es porque ninguno la hallará sin su grado.
-
-_Yendo el Doncel su camino, llegó de allí a tres días a un castillo, a
-sazón de que en su patio, un caballero solo, al cual le habían matado
-ya el caballo, era traidoramente atacado por otros dos caballeros y
-por más de diez peones, que lo herían por todas partes. A punto estaba
-de sucumbir, cuando el Doncel del Mar acometió con gran brío a los que
-le atacaban, y derribó y mató a los más de ellos. Visto lo cual, cobró
-nuevos ánimos el primer caballero y entre uno y otro dejaron limpio
-de traidores todo el castillo. El Doncel, que había reconocido al rey
-Perión de Gaula en el caballero por él socorrido, no quería quitarse
-el yelmo ante él, pues sólo cuando sus hazañas le hubieran ganado fama
-digna de la de quien le había dado la orden de caballería, quería
-dársele a conocer; pero tanto le rogó Perión, que acabó por descubrirse
-y el rey, abrazándolo, dijo:_
-
-_--Amigo, gracias doy a Dios por haber hecho en vos lo que hice._
-
-_Y muy alegre, oyó de él que le ayudaría en la guerra que tenía
-empeñada con el rey de Irlanda._
-
-_Había ya en la Corte de Languines, con secreta alegría de Oriana,
-noticia de las primeras hazañas del Doncel del Mar, cuando_ llegaron
-tres naos, en que venía _un mensajero del rey Lisuarte_, con cient
-caballeros e dueñas e doncellas para llevar a Oriana. El rey Languines
-los acogió bien. El _mensajero_ le dijo el mandado del Rey su señor,
-cómo enviaba por su hija, y demás desto, que le rogaba enviase con
-Oriana a Mabilia, su fija, que así como ella misma sería tratada e
-honrada a su voluntad. El Rey fué muy alegre dello, e ataviólas muy
-bien, e tovo al caballero e a las dueñas e doncellas en su corte
-algunos días, faciéndoles muchas fiestas y mercedes, e fizo aderezar
-otras naves, e bastecerlas de las cosas necesarias; e hizo aparejar
-caballeros e dueñas e doncellas, las que le pareció que convenían para
-tal viaje.
-
-Oriana, que vió que este camino no se podía excusar, acordó de recoger
-sus joyas, e andándolas recogiendo, vió la cera que tomara al Doncel
-del Mar, y membrósele dél, e viniéronle las lágrimas a los ojos, e
-apretó las manos con cuita de amor que la forzaba, y quebrantó la cera
-e vió que dentro estaba _una carta escrita en pergamino_, y leyéndola,
-halló que decía: “Este es Amadís Sin-tiempo, fijo de rey.”
-
-Ella, que la carta vió, estuvo pensando un poco, y entendió que el
-Doncel del Mar había nombre Amadís, e vió que era hijo de rey. Tal
-alegría nunca en corazón de persona entró como en el suyo, y llamando a
-la doncella de Denamarca, _en quien confiaba más que en todas sus otras
-servidoras_, le dijo:
-
---Amiga, yo vos quiero decir un secreto, que le no diría sino a mi
-corazón, e guardadle como poridad de tan alta doncella como yo soy, y
-del mejor caballero del mundo.
-
---Así lo haré --dijo ella--, y, señora, no dudéis de me decir lo que
-faga.
-
---Pues amiga --dijo Oriana--, vos os id al caballero novel que sabéis,
-y dígovos que le llaman el Doncel del Mar, e fallarlo heis en la guerra
-de Gaula; y luego que lo vierdes, dadle esta carta, e decilde que ahí
-fallará su nombre, aquel que le escribieron en ella cuando fué echado
-en la mar; e sepa que sé yo que es hijo de rey; e que pues él era tan
-bueno cuando no lo sabía, agora pune de ser mejor; e decilde que mi
-padre envió por mí e me llevan a él; que le envío yo decir que se parta
-de la guerra de Gaula, e se vaya luego a la Gran Bretaña, e pune de
-vivir con mi padre fasta que le yo mande lo que faga.
-
-La doncella, con ese mandado que oís, fué della despedida, y entrada en
-el camino de Gaula.
-
-Oriana e Mabilia con dueñas e doncellas, encomendándolas el Rey e la
-Reina a Dios, fueron metidas en las naos; los marineros soltaron las
-áncoras y tendieron sus velas, e como el tiempo era aderezado, pasaron
-presto en la Gran Bretaña, donde muy bien recebidas fueron.
-
-
-
-
-CAPÍTULO CUARTO
-
-LA GUERRA DE GAULA
-
-
-_El Doncel del Mar, con Agrajes y los otros caballeros que el rey de
-Escocia enviaba en favor de su cuñado Perión, pasada la mar, entraron
-en Gaula_ y se fueron a Baladín, un castillo donde el rey Perión
-era, donde mantenía su guerra, habiendo mucha gente perdido; que con
-su venida de ellos muy alegre fué, e hízoles dar buenas posadas; e
-la reina Elisena, _hermana de la Reina de Escocia_, hizo decir a su
-sobrino Agrajes que la viniese a ver. Él llamó al Doncel del Mar e
-otros dos caballeros para ir allá.
-
-El rey Perión cató el Doncel, e conociólo que aquel era el que él
-hiciera caballero y el que le acorriera en el castillo; e fué contra él
-e dijo:
-
---Amigo, vos seáis muy bien venido, e sabed que en vos he yo grande
-esfuerzo, tanto, que no dudo ya mi guerra, pues vos he en mi compañía.
-
---Señor --dijo--, en la vuestra ayuda me habréis vos cuanto mi persona
-durare e la guerra haya fin.
-
-Así hablando, llegaron a la Reina, e Agrajes le fué a besar las manos,
-y ella fué con él muy alegre, y el Rey le dijo:
-
---Dueña, veis aquí el muy buen caballero de que yo os hablé, que me
-sacó del mayor peligro en que nunca fué; éste os digo que améis más
-que a otro caballero.
-
-Ella le vino a abrazar, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:
-
---Señora, yo soy criado de vuestra hermana, e por ella vengo a vos
-servir, e como ella misma me podéis mandar.
-
-La Reina gelo agradesció con mucho amor, e catábalo, como era tan
-hermoso; membrándose de _un_ hijo, que había perdido, _sin que pudiera
-saber qué habría sido de él_, viniéronle las lágrimas a los ojos. Y el
-Doncel del Mar le dijo:
-
---Señora, no lloréis; que presto seréis tornada en vuestra alegría, con
-la ayuda de Dios y del Rey e deste caballero vuestro sobrino, e yo, que
-de grado vos serviré.
-
-Ella dijo:
-
---Mi buen amigo: vos, que sois caballero de mi hermana, quiero que
-poséis en mi casa, e allí vos darán las cosas que hobierdes menester.
-
-La mañana venida fueron el rey Perión e su mujer a ver qué hacía el
-Doncel del Mar, e halláronlo que se levantaba e lavaba las manos, e
-viéronle los ojos bermejos e las haces mojadas de lágrimas; así que
-bien parescía que dormiera poco de noche, e sin falta así era, que
-membrándose de su amiga, considerando la gran cuita que por ella le
-venía, sin tener ninguna esperanza de remedio, otra cosa no esperaba
-sino la muerte.
-
-La Reina llamó a Gandalín e díjole:
-
---Amigo, ¿qué hobo vuestro señor, que me paresce en su semblante ser en
-gran tristeza? ¿Es por algún descontentamiento que aquí haya habido?
-
---Señora --dijo él--, aquí recibe él mucha honra y merced; mas él ha
-así de costumbre que llora dormiendo, así como agora veis que en él
-parece.
-
-Y en cuanto así estaban, vieron los de la villa muchos enemigos e bien
-armados cabe sí, e daban voces:
-
---¡Armas, armas!
-
-El Doncel del Mar fué muy alegre, y el Rey le dijo:
-
---Buen amigo, nuestros enemigos son aquí.
-
-Y él dijo:
-
---Armémonos e vayamos los ver.
-
-Y el Rey demandó sus armas y el Doncel las suyas, e desque armados
-fueron e a caballo, fueron a la puerta de la villa. Como llegaron, dijo
-el Doncel del Mar:
-
---Señor, mandadnos abrir la puerta.
-
-Y el Rey, a quien no placía menos de se combatir, mandó que la
-abriesen, e salieron todos los caballeros. _Los irlandeses_, que contra
-sí los vieron venir, aparejáronse de recebirlos, así como aquellos que
-mucho los desamaban. El Doncel del Mar se firió con _un capitán_ que
-delante venía, y encontróle tan fuertemente, que a él e al caballo
-derribó en tierra, e hobo la una pierna quebrada, e quebró la lanza
-e puso luego mano a su espada, e dejóse correr a los otros como león
-sañudo, faciendo maravillas en dar golpes a todas partes; así que no
-quedaba cosa ante la su espada; que a la tierra derribar los facía,
-a unos muertos e a otros feridos. El rey Perión llegó con toda la
-gente muy esforzadamente, como aquel que con voluntad de ferirlos gana
-tenía, e Daganel, _jefe de los irlandeses y amigo del rey Abíes_, los
-rescibió con los suyos muy animosamente; así que fueron los unos e los
-otros mezclados en uno. Allí veríades al Doncel del Mar haciendo cosas
-extrañas, derribando e matando cuantos ante sí hallaba, que no había
-hombre que lo osase atender, e metíase en los enemigos, haciendo dellos
-corro, que parecía un león bravo.
-
-Agrajes cuando le vió estas cosas facer tomó consigo muy más esfuerzo
-que de ante tenía, e dijo a grandes voces por esforzar su gente:
-
---Caballeros, mirad al mejor caballero e más esforzado que nunca nasció.
-
-Cuando Daganel vió cómo destruía su gente, fué para el Doncel del Mar,
-como buen caballero, e quísole ferir el caballo, porque entre los
-suyos cayese, mas no pudo, e dióle el Doncel tal golpe por cima del
-yelmo, que por fuerza quebraron los lazos e saltóle de la cabeza. El
-rey Perión, que en socorro del Doncel del Mar llegaba, dió a Daganel
-con su espada tal herida, que lo hendió fasta los dientes. E yendo así
-heriendo en los enemigos el rey Perión e su compaña, no tardó mucho
-que paresció el rey Abies de Irlanda con todos los suyos, y venía
-diciendo:
-
---Agora a ellos; no quede hombre que no matéis.
-
-El rey Abies no dejó caballero en la silla en cuanto le duró la lanza,
-y desque la perdió echó mano a su espada e comenzó a herir con ella tan
-bravamente, que a sus enemigos hacía tomar espanto. De manera que los
-del rey Perión, no lo pudiendo ya sufrir, retraíanse contra la villa.
-
-Cuando el Doncel del Mar vió que la cosa se paraba mal, comenzó de
-facer con mucha saña mejor que antes, porque los de su parte no huyesen
-con desacuerdo, e metíase entre la una gente y la otra; y firiendo e
-matando en los de Irlanda, daba lugar a los suyos que las espaldas del
-todo no volviesen. Agrajes y el rey Perión, que lo vieron en tan gran
-peligro e tanto hacer, quedaron siempre con él; así que todos tres eran
-amparo de los suyos.
-
-El rey Abies mucho pesar hobo de Daganel _e los demás de su ejército_
-que supo que eran muertos; y llegó a él un caballero de los suyos e
-díjole:
-
---Señor, ¿vedes aquel caballero del caballo blanco? No hace sino
-maravillas, y él ha muerto vuestros capitanes e otros muchos.
-
-Esto decía por el Doncel del Mar. El rey Abies se llegó más e dijo:
-
---Caballero, por vuestra venida es muerto el hombre del mundo que yo
-más amaba; pero yo haré que lo compréis caramente, si os queréis más
-combatir.
-
---Si vos queréis vengar como caballero ese que decís --_dijo el Doncel
-del Mar_-- e mostrar la gran valentía de que sois loado, escoged en
-vuestra gente los que más os contentaren, e yo en la mía, e seyendo
-iguales, podríades ganar más honra que no con mucha sobra de gente e
-soberbia demasiada venir a tomar lo ajeno sin causa ninguna.
-
---Pues agora decid --dijo el rey Abies-- de cuántos queréis que sea la
-batalla.
-
---Pues que en mí lo dejáis --dijo el Doncel--moveros he otro partido, e
-podrá ser que más os agrade. Vos tenéis saña de mí por lo que he fecho,
-e yo de vos por lo que en esta tierra hacéis; pues en nuestra culpa
-no hay razón por qué ninguno otro padezca, y sea la batalla entre mí
-e vos, e luego si quisierdes, con tal que vuestra gente asegure, e la
-nuestra también, de se no mover hasta el fin della.
-
---Así sea --dijo el rey Abies; e fizo llamar diez caballeros, los
-mejores de los suyos, e con otros diez que el Doncel del Mar dió,
-aseguraron el campo, que por mal ni por bien que les aconteciese no se
-moverían.
-
-_Concertada la batalla para el día siguiente_, el Doncel del Mar entró
-por la villa con el rey Perión e Agrajes, y levaba la cabeza desarmada,
-e todos decían:
-
---¡Ay, buen caballero, Dios te ayude y dé honra que puedas acabar
-lo que has comenzado! ¡Ay, qué hermosura de caballero! En éste es
-caballería bien empleada, pues que sobre todos la mantiene en la su
-grande alteza.
-
-Otro día de mañana la Reina se vino a ellos con todas sus damas, e
-hallólos hablando con el Rey, e comenzóse la misa, e dicha, armóse el
-Doncel del Mar, no de aquellas armas que en la lid el día ante trajera,
-que no quedaron tales que pudiesen algo aprovechar, más de otras muy
-más hermosas y fuertes. E despedido de la Reina e de las dueñas e
-doncellas, cabalgó en un caballo holgado que a la puerta le tenían, y
-el rey Perión le llevaba el yelmo e Agrajes el escudo. E saliendo por
-la puerta de la villa, vieron al rey Abies sobre un caballo negro,
-todo armado. Los de la villa e los de la hueste todos se ponían donde
-mejor la batalla ver pudiesen, y el campo era ya señalado, el palenque
-hecho con muchos cadahalsos en derredor dél. Y desque ambos tomaron
-sus armas, salieron todos del campo, encomendando a Dios cada uno el
-suyo, y se fueron acometer sin ninguna detenencia a gran correr de
-los caballos, como aquellos que eran de gran fuerza e corazón. A las
-primeras heridas fueron todas sus armas falsadas, y quebrando las
-lanzas, juntáronse uno con otro, así los caballos como ellos, tan
-bravamente, que cada uno cayó a su parte, e todos creyeron que eran
-muertos, e los trozos de las lanzas tenían metidos por los escudos, que
-los hierros llegaban a las carnes; mas como ambos fuesen muy ligeros e
-vivos de corazón, levantáronse presto, e quitaron de sí los pedazos de
-las lanzas, y echando mano a las espadas, se acometieron tan bravamente
-que los que al derredor estaban habían espanto de los ver. La batalla
-era entre ellos tan cruel e con tanta priesa, sin se dejar holgar, e
-los golpes tan grandes, que no parescían sino de veinte caballeros.
-Ellos cortaban los escudos, haciendo caer en el campo grandes rajas, e
-abollaban los yelmos y desguarnecían los arneses, de manera que lo más
-cortaban en sus carnes; e salía dellos tanta sangre, que sostenerse
-era maravilla; mas tan grande era el ardimento que consigo traían, que
-cuasi dello no se sentían.
-
-Así duraron en esta primera batalla fasta hora de tercia, que nunca se
-pudo conocer en ellos flaqueza ni cobardía, sino que con mucho ánimo se
-combatían. El rey Abies, como muy diestro fuese por el gran uso de las
-armas, combatíase muy cuerdamente, guardándose de los golpes e hiriendo
-donde más podía dañar. Las maravillas que el Doncel hacía en andar
-ligero e acometedor y en dar muy duros golpes, le puso en desconcierto
-todo su saber, e a mal de su grado, no le pudiendo ya sofrir, perdía
-el campo. Tanto fué aquejado, que volviendo casi las espaldas, andaba
-buscando alguna guarida con el temor de la espada, que tan crudamente
-la sentía; pero como vió que no había sino muerte, volvió, tomando su
-espada con ambas las manos, y dejóse ir al Doncel, cuidándolo ferir
-por cima del yelmo, y él alzó el escudo donde rescibió el golpe, e
-la espada entró tan dentro por él, que la no pudo sacar; e tirándose
-afuera, dióle el Doncel del Mar en descubierto en la pierna izquierda
-tal herida, que la mitad della fué cortada, y el Rey cayó tendido en el
-campo.
-
-El Doncel fué sobre él, e tirándole el yelmo, díjole:
-
---Muerto eres, rey Abies, si te no otorgas por vencido.
-
-Él dijo:
-
---Verdaderamente muerto soy, mas no vencido, e bien creo que me mató
-mi soberbia, e ruégote que me fagas segura mi compaña, sin que daño
-reciban, y llevarme han a mi tierra, e yo perdono a ti e a los que mal
-quiero, e mando entregar al rey Perión cuanto le tomé, e ruégote que me
-hagas haber confisión, que muerto soy.
-
-_Muerto el rey y partidos los irlandeses con su cadáver, la Doncella
-de Dinamarca, enviada por Oriana, y que había visto el final de la
-pelea, entregó al Doncel del Mar el pergamino en que iba escrito su
-nombre y le dió el recado de su señora de que lo antes que pudiera se
-partiera para la Gran Bretaña._ E leyendo _el Doncel del Mar_ la carta,
-conoció por ella que el su derecho nombre era Amadís. Acabada la habla,
-fué tomado el Doncel del Mar por el rey Perión e Agrajes e los otros
-grandes de su partida, e sacado del campo con aquella gloria que los
-vencedores en tales autos levar suelen, y entrando por la villa, decían
-todos:
-
---Bien venga el caballero bueno, por quien habemos cobrado honra e
-alegría.
-
-Así fueron hasta el palacio, e hallaron en la cámara del Doncel del Mar
-a la Reina con todas sus dueñas e doncellas, haciendo muy gran alegría,
-y en los brazos della fué él tomado de su caballo, y desarmado por la
-mano de la Reina, e vinieron maestros, que le curaron de las feridas, e
-aunque muchas eran, no había ninguna que mucho empacho le diese.
-
-
-
-
-CAPÍTULO QUINTO
-
-LOS ANILLOS DEL REY PERIÓN
-
-
-_Por razones que no son del caso, el hijo mayor de los reyes Perión y
-Elisena, nacido en ausencia del padre, había sido hecho desaparecer, al
-tiempo de ver la luz del mundo, por Darioleta, doncella y confidente de
-la madre. Entre otras cosas había llevado el niño colgado al cuello un
-anillo que Perión le había dado a Elisena, su mujer, idéntico a otro de
-que jamás se desprendía el Rey. Pero la Reina nunca le había confesado
-que, siendo en gran peligro su vida, había tenido que abandonar su
-hijo, sino que Perión creía que éste había nacido muerto y que el
-anillo, por falta de cuidado, era perdido._
-
-_Otro hijo de aquel real matrimonio, Galaor, aún muy mancebo, había
-también desaparecido y, sin que sus padres supieran de él, se criaba en
-tierra extraña, en el ejercicio de toda suerte de armas._
-
-_Días después de su victoria_, pasando el Doncel del Mar por una sala,
-vió a Melicia, hija del Rey, niña, que estaba llorando, y preguntóla
-qué había. La niña dijo:
-
---Señor, perdí un anillo que el Rey me dió a guardar en tanto que él
-duerme.
-
---Pues yo os daré --dijo él-- otro tan bueno o mejor, que le deis.
-
-Entonces sacó de su dedo un anillo e dióselo. Ella dijo:
-
---Este es el que yo perdí.
-
---No es --dijo él.
-
---Pues es el anillo del mundo que más le parece --dijo la niña.
-
---Por esto está mejor --dijo el Doncel del Mar--, que en lugar del otro
-le daréis.
-
-Y dejándola, se fué a su cámara, e acostóse en un lecho.
-
-El Rey despertó y demandó a su hija que le diese el anillo, y ella
-le dió aquel que tenía; él lo metió en su dedo, creyendo que el suyo
-fuese; mas vió yacer a un cabo de la cámara el otro que su hija perdió,
-e tomándolo, juntólo con el otro, e vió que era el que él a la Reina
-había dado, y dijo a la niña:
-
---¿Cómo fué esto de este anillo?
-
-Ella, que mucho le temía, dijo:
-
---Por Dios, señor, el vuestro perdí yo, e pasó por aquí el Doncel del
-Mar, e como vió que yo lloraba, dióme ese que él traía, e yo pensé que
-el vuestro era.
-
-El Rey entró en la cámara de la Reina, y cerrada la puerta, dijo:
-
---Dueña, vos me negastes siempre el anillo que yo os diera, y el Doncel
-del Mar halo dado agora a Melicia; ¿cómo pudo ser esto? Que veisle
-aquí. Decidme de qué parte le hobo, e si me mentís, vuestra cabeza lo
-pagará.
-
-La Reina díjole:
-
---¡Ay, señor, agora vos diré la mi cuita, que hasta aquí os hobe negado!
-
-Entonces comenzó de llorar muy recio, firiendo con sus manos en el
-rostro, e dijo cómo echara a su hijo en el río, que llevara consigo el
-espada e aquel anillo.
-
---Por cierto --dijo el Rey-- yo creo que este es nuestro hijo.
-
-La Reina tendió las manos, diciendo:
-
---Así pluguiese al Señor del mundo.
-
---Agora vamos allá vos e yo --dijo el Rey-- e preguntémosle de su
-hacienda.
-
-Luego fueron entrambos solos a la cámara donde él estaba, e falláronlo
-durmiendo muy asosegadamente. Mas el Rey tomó en su mano la espada, que
-a la cabecera de la cama era puesta, e catándola, la conoció luego,
-como aquel que con ella diera muchos golpes e buenos, e dijo contra la
-Reina:
-
---Por Dios, esta espada conozco yo bien, e agora creo más lo que me
-dejistes.
-
---Ay, señor --dijo la Reina--, no le dejemos más dormir, que mi corazón
-se aqueja mucho.
-
-E fué para él, e tomándole por la mano, tiróle un poco contra sí,
-diciendo:
-
---Amigo señor, acorredme en esta priesa e congoja en que estoy.
-
-Él despertó e vióla muy reciamente llorar, e dijo:
-
---Señora, ¿qué es eso que habéis? Si mi servicio puede algo remediar,
-mandádmelo; que fasta la muerte se cumplirá.
-
---Ay, amigo --dijo la Reina--; pues agora nos acorred con vuestra
-palabra en decir cúyo hijo sois.
-
---Así Dios me ayude --dijo él--, no lo sé; que yo fuí hallado en la mar
-por gran aventura.
-
-La Reina cayó a sus pies toda turbada, y él hincó los hinojos ante ella
-e dijo:
-
---¡Ay, Dios! ¿Qué es esto?
-
-Ella dijo llorando:
-
---Hijo, ves aquí tu padre e madre.
-
-Cuando él esto oyó, dijo:
-
---¡Santa María! ¿Qué será esto que oyo?
-
-La Reina, teniéndolo entre sus brazos, tornó e dijo:
-
-[Ilustración]
-
---Es, hijo, que quiso Dios, por su merced, que cobrásemos aquel yerro
-que por gran miedo yo hice; e, mi hijo, yo, como mala madre, os eché en
-la mar, e veis aquí el Rey, que os engendró.
-
-Entonces hincó los hinojos y les besó las manos con muchas lágrimas
-de placer, dando gracias a Dios porque así le había sacado de tantos
-peligros para en la fin le dar tanta honra e buena ventura con tal
-padre e madre.
-
-La Reina le dijo:
-
---Hijo, ¿sabéis vos si habéis otro nombre sino éste?
-
---Señora, sí sé --dijo él-- que al partir de la batalla me dió aquella
-doncella una carta que llevé envuelta en cera cuando en la mar fuí
-echado; en que dice llamarme Amadís.
-
-Entonces sacándola de su seno, gela dió, e vieron cómo era la mesma que
-Darioleta por su mano escribiera, e dijo:
-
---Mi amado hijo, cuando esta carta se escribió era yo en toda cuita e
-dolor, e agora soy en toda holganza e alegría, ¡bendito sea Dios!, e de
-aquí adelante por este nombre os llamad.
-
---Así lo haré --dijo él; e fué llamado Amadís, y en otras muchas partes
-Amadís de Gaula.
-
-El rey Perión mandó llegar cortes, porque todos viesen a su hijo
-Amadís; donde se hicieron muchas alegrías e juegos en honor y servicio
-de aquel señor que Dios les diera, con el cual e con su padre esperaban
-vivir en mucha honra y descanso; en fin de las cuales Amadís habló con
-su padre, diciendo que él se quería ir a la Gran Bretaña, y que le
-diese licencia. Mucho trabajó el Rey e la Reina por lo detener; mas por
-ninguna vía pudieron; que la gran cuita que por su señora pasaba no le
-dejaba ni daba lugar a que otra obediencia tuviese sino aquella que su
-corazón sojuzgaba, e tomando consigo solamente a Gandalín e otras tales
-armas como las que el rey Abies le despedazara en la batalla, así se
-partió, e anduvo tanto fasta que llegó a la mar; y entrando en una
-fusta, pasó en la Gran Bretaña.
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEXTO
-
-DON GALAOR
-
-
-_Después de correr diversas aventuras por aquel reino y haber armado
-caballero a su hermano don Galaor, sin sospechar quien era, llegó
-Amadís cerca de Vindilisora, donde estaba la corte del rey Lisuarte, y
-Oriana en ella. Subió a un otero, desde donde le pareció que la villa
-mejor se podría ver_; se asentó al pie de un árbol, e comenzó a mirar
-la villa, e vió las torres e los muros asaz altos, e dijo en su corazón:
-
---¡Ay, Dios! ¡Dónde está allí la flor del mundo! ¡Ay, villa! ¡cómo eres
-agora en gran alteza, por ser en ti aquella señora que entre todas las
-del mundo no ha par en bondad ni fermosura! E aun digo que es más amada
-que todas las que amadas son, y esto probaré yo al mejor caballero del
-mundo, si me della fuese otorgado.
-
-Después que a su señora hobo loado, un tan gran cuidado le vino, que
-las lágrimas fueron a sus ojos venidas, e falleciéndole el corazón,
-cayó en un tan gran pensamiento, que todo estaba estordecido, de guisa
-que de sí ni de otro sabía parte.
-
-_Por mandato de su señora, después de haber vencido y muerto en
-desafío, en defensa de una dueña desamparada, a Dardán el Soberbio,
-uno de los caballeros más fuertes de aquel reino, presentóse Amadís
-en la Corte del rey Lisuarte._ Mucho se maravillaban todos de la gran
-fermosura de Amadís, e cómo siendo tan mozo pudo vencer a Dardán, que
-tan esforzado era, que en toda la Gran Bretaña le temían.
-
-_El Rey quería que tan buen caballero no saliera de su Corte; pero
-Amadís, aunque otra cosa no deseara, no lo otorgó hasta que se lo pidió
-también la Reina, y Oriana le hizo señas de que accediera a su deseo.
-Dijo Amadís a la Reina y su hija:_
-
---No seré de otro sino vuestro, e si al Rey en algo sirviere, será como
-vuestro e no como suyo.
-
---Así vos recebimos yo e todas las otras --dijo la Reina.
-
-Luego lo envió decir al Rey, el cual fué muy alegre, y envió _un
-caballero_ que gelo trajese e así lo fizo; e venido ante él,
-abrazándolo con gran amor, le dijo:
-
---Amigo, agora soy muy alegre en haber acabado esto que tanto deseaba,
-e cierto yo tengo gana que de mí recibáis mercedes.
-
-Amadís gelo tuvo en merced señalada. Desta manera que oís quedó Amadís
-en la casa del rey Lisuarte por mandado de su señora.
-
-_De allí a poco comenzaron a saberse las maravillosas hazañas que
-venía realizando don Galaor por todas aquellas tierras, pobladas
-de castillos y florestas. Amadís deseaba ardientemente conocer a
-su hermano y, con licencia de Oriana, seguido de su fiel escudero
-Gandalín, fué a recorrer el reino por ver si lograba dar con él y
-traerlo consigo a la Corte del rey Lisuarte._
-
-_No podemos detallar aquí, como lo hacen los antiguos autores de
-esta historia, las continuas aventuras que corrió Amadís en aquellas
-andanzas, en todas las cuales desplegó la más asombrosa bravura y el
-más completo dominio de las armas; sólo sí diremos que en una de las en
-que mayor riesgo corrió, ganó para su servicio un enano que nunca más
-dejó de acompañarle en sus viajes y al que cobró grande afecto._
-
-_Don Galaor, por su parte, seguía recorriendo también aquella comarca
-sin querer presentarse ante su heroico hermano hasta que el número y
-fama de sus hazañas lo hubieran hecho digno de ello._
-
-_Cierto día, un caballero le robó su caballo, mediante vil engaño,
-y cuando don Galaor iba en su seguimiento, ardiendo en deseos de
-venganza, topó con una doncella que le prometió llevarle ante su
-burlador si le ofrecía cumplirle un don que había de demandarle
-más tarde, sin que por el momento le explicara en lo que había de
-consistir. Mas esta doncella era amiga del caballero, y quería llevar
-a don Galaor a su poder para que, tomándolo de improviso, además del
-caballo le quitara las armas, dejándolo así totalmente burlado. Sin
-embargo, no fueron las cosas tal como ella pensaba: don Galaor dió
-muerte al falso caballero, y la doncella, en su desesperación, juró no
-apartarse del matador hasta encontrar tal ocasión para pedirle el don
-que le tenía prometido, que no pudiera menos de perder la vida en la
-demanda o quedar por falso y traidor._
-
-_Cierta vez, atravesaba un bosque Amadís_ y el Enano iba delante, e por
-el camino que ellos iban venía un caballero e una doncella; e siendo
-cerca del caballero, puso mano a su espada, e dejóse correr al Enano
-por le tajar la cabeza.
-
-El Enano, con miedo, dejóse caer del rocín, diciendo:
-
---Acorredme, señor, que me matan.
-
-Amadís, que lo vió, corrió muy ahína e dijo:
-
---¿Qué es eso, señor caballero? ¿Por qué me queréis matar mi enano? No
-pongáis mano en él, que amparar os lo he yo.
-
---De vos lo amparar --dijo el caballero-- me pesa; mas todavía conviene
-que la cabeza le taje.
-
---Antes habréis la batalla --dijo Amadís; e tomando sus armas,
-cubiertos de sus escudos, movieron contra sí al más correr de sus
-caballos, y encontráronse en los escudos tan fuertemente, que los
-falsaron, e las lorigas también, e juntáronse los caballos y ellos de
-los cuerpos e de los yelmos, de tal guisa, que cayeron a sendas partes
-grandes caídas; pero luego fueron en pie, e comenzaron la batalla de
-las espadas tan cruel e tan fuerte, que no había persona que la viese
-que dello no fuese espantado, e así lo era el uno del otro, que nunca
-fasta allí hallaron quien en tan gran estrecho sus vidas pusiese.
-
-Así anduvieron, hiriéndose de muy grandes y esquivos golpes una gran
-pieza del día; tanto que sus escudos eran rajados e cortados por muchas
-partes; e asimismo lo eran los arneses, en que ya muy poca defensa en
-ellos había, e las espadas tenían mucho lugar de llegar a menudo e
-con daño de sus carnes, pues los yelmos no quedaban sin ser cortados
-e abollados a todas partes. Pues estando en esta gran priesa que oís,
-llegó acaso un caballero todo armado donde la doncella estaba, e como
-la batalla vió, comenzóse a santiguar, diciendo que desque nasciera
-nunca había visto tan fuerte lid de dos caballeros; e preguntó a la
-doncella si sabía quién fuesen aquellos caballeros.
-
---Sé --dijo ella--; que yo los fize juntar, e no me puedo ende partir
-sino alegre; que mucho me placería de cualquiera dellos que muera, e
-mucho más de entrambos.
-
---Cierto, doncella --dijo el caballero--, no es ese buen deseo ni
-placer; antes es de rogar a Dios por tan buenos dos hombres; mas
-decidme por qué los desamáis tanto.
-
---Eso vos diré --dijo la doncella--; aquel que tiene el escudo más sano
-es el hombre del mundo que más desama Arcalaus, mi tío, e de quien más
-desea la muerte, e ha nombre Amadís; y este otro con quien se combate
-se llama Galaor, e matóme el hombre del mundo que yo más amaba; e
-teníame otorgado un don, e yo andaba por gelo pedir donde la muerte le
-viniese; e como conocí al otro caballero, que es el mejor del mundo,
-demandéle la cabeza de aquel enano. Así que, este Galaor que muy fuerte
-caballero es, por me la dar, y el otro por la defender, son llegados a
-la muerte, de que yo gran gloria e placer recibo.
-
-El caballero, que esto oyó, dijo:
-
---Mal haya mujer que tan gran traición pensó para facer morir los
-mejores dos caballeros del mundo.
-
-E sacando su espada de la vaina, _la mató e_ fué cuanto el caballo
-llevarle pudo, dando voces, diciendo:
-
---Estad, señor Amadís; que ese es vuestro hermano don Galaor, el que
-vos buscáis.
-
-Cuando Amadís lo oyó, dejó caer la espada y el escudo en el campo, e
-fué contra él, diciendo:
-
---¡Ay, hermano! Buena ventura haya quien nos fizo conocer.
-
-Galaor dijo:
-
---¡Ay, cativo malaventurado! ¿Qué he fecho contra mi hermano e mi señor?
-
-E hincándosele de hinojos delante, le demandó llorando perdón. Amadís
-lo alzó e abrazólo, e dijo:
-
---Mi hermano, por bien empleado tengo el peligro que con vos pasé,
-pues que fué testimonio que yo probase vuestra tan alta proeza e bondad.
-
-Entonces se desenlazaron los yelmos por folgar, que muy necesario les
-era, y el caballero les dijo:
-
---Señores, mal llagados sois; ruégoos que cabalguéis, e nos vamos a un
-mi castillo, que es aquí cerca, e guareceréis de vuestras feridas.
-
-
-
-
-CAPÍTULO SÉPTIMO
-
-EL MANTO Y LA CORONA
-
-
-_El enano, mandado por Amadís, llevó noticia a la Corte de cómo
-había sido encontrado don Galaor y de que era conforme en ser de los
-caballeros que servían a Lisuarte._ El Rey fué muy alegre, teniendo
-en voluntad de fazer cortes las más honradas e de más caballeros que
-nunca en la Gran Bretaña se hicieran, y mandó apercebir a todos sus
-altos hombres que fuesen con él el día de Santa María de septiembre a
-las cortes, e la Reina asimismo a todas las dueñas e doncellas de gran
-guisa.
-
-_Mas es de saber que había en la Gran Bretaña un temible mago llamado
-Arcalaus el Encantador, cuyo nombre hemos oído en el capítulo
-precedente, el cual, consagrado siempre a malas obras, habíase
-propuesto desposeer del reino a Lisuarte, para lo cual, la de aquellas
-Cortes parecióle ocasión excelente y comenzó a tender las redes en que
-debían quedar presos el Rey y sus bravos caballeros._
-
-Pues siendo todos en el palacio, con gran alegría hablando en las cosas
-que en las Cortes se habían de ordenar, acaeció de entrar en el palacio
-una doncella extraña asaz bien guarnida, e un gentil doncel que la
-acompañaba; e decendiendo de un palafrén, preguntó cuál era el Rey; él
-dijo:
-
---Doncella, yo soy.
-
---Señor --dijo ella--, bien semejáis rey en el cuerpo, mas no sé si lo
-seréis en el corazón.
-
---Doncella --dijo él--, esto vedes vos agora, e cuando en lo otro me
-probardes saberlo heis.
-
---Señor --dijo la doncella--, a mi voluntad respondéis, e miémbreseos
-esta palabra que me dais ante tantos hombres buenos, porque yo quiero
-probar el esfuerzo de vuestro corazón cuando me fuere menester, e a
-Dios seáis encomendado.
-
---A Dios vayáis, doncella --dijo el Rey.
-
-La doncella se fué su vía, e el Rey quedó fablando con sus caballeros.
-Pues habiendo en muchas cosas hablado, queriéndose la Reina acoger a
-su palacio, entraron por la puerta tres caballeros, los dos armados
-de todas armas, y el uno desarmado, y era grande e bien fecho, e la
-cabeza casi toda cana; pero fresco e fermoso, según su edad. Este traía
-ante sí una arqueta pequeña, e preguntó por el Rey, e mostrárongelo;
-e decendió de su palafrén, e fincando los hinojos ante él, con el
-arqueta en sus manos, díjole:
-
---Dios os salve, Señor, así como al príncipe del mundo que mejor
-promesa ha fecho, si la tenedes.
-
-El Rey dijo:
-
---Y ¿qué promesa es esta, o por qué me lo decís?
-
---A mí dijeron --dijo el caballero-- que queríades mantener caballería
-en la mayor alteza e honra que ser pudiese. E porque oí decir que
-queríades tener cortes en Londres de muchos hombres buenos, tráigovos
-aquí lo que para tal hombre como vos a tal fiesta conviene.
-
-Entonces, abriendo el arqueta, sacó de ella una corona de oro tan bien
-obrada e con tantas piedras e aljófar, que fueron muy maravillados
-todos en la ver. El Rey la cataba mucho, con sabor de la haber para sí,
-y el caballero le dijo:
-
---Creed, señor, que esta obra es tal, que ninguno de cuantos hoy saben
-labrar de oro e poner piedras no la sabrían mirar.
-
---Si me Dios ayude --dijo el Rey--, yo lo tengo así.
-
---Pues comoquiera --dijo el caballero-- que su obra e hermosura sea
-tan extraña, otra cosa en sí tiene que mucho más es de preciar; y esto
-es que siempre el Rey que en su cabeza la pusiere será mantenido e
-acrecentado en su honra, e si vos, señor, la quisierdes haber, dárvosla
-he por cosa que será reparo de mi cabeza, que la tengo en aventura de
-perder.
-
-La Reina, que delante estaba, dijo:
-
---Cierto, señor, mucho vos conviene tal joya como esa, e dad por ella
-todo lo que el caballero pidiere.
-
---E vos, señora --dijo--, comprarme hedes un muy hermoso manto que aquí
-traigo.
-
---Sí --dijo ella--, muy de grado.
-
-Luego sacó de la arqueta un manto el más rico e mejor obrado que se
-nunca vió, que demás de las piedras e aljófar de gran valor que en él
-había, eran en él figuradas todas las aves e animalias del mundo, tan
-sotilmente, que por maravilla lo miraban.
-
-La Reina dijo:
-
---Si Dios me vala, amigo, parece que este paño no fué por otra mano
-fecho sino por la de aquel Señor que todo lo puede.
-
---Cierto, señora --dijo el caballero--; bien podéis creer sin falla que
-por mano e consejo del hombre fué este paño hecho; e aun más vos digo,
-que conviene este manto más a mujer casada que a soltera; que tiene
-tal virtud, que el día que lo cobijare no puede haber entre ella e su
-marido ninguna congoja.
-
---Cierto --dijo la Reina--, si ello es verdad, no puede ser comprado
-por precio ninguno.
-
---Desto no podéis ver la verdad si el manto no hobierdes --dijo el
-caballero.
-
-E la Reina, que mucho al Rey amaba, hobo sabor de haber el manto, e
-dijo:
-
---Caballero, daros he yo por ese manto lo que quisierdes.
-
-Y el Rey dijo:
-
---Demandad por el manto e por la corona lo que vos pluguiere.
-
---Señor --dijo el caballero--, yo vo a gran cuita emplazado de aquel
-cuyo preso soy, e no tengo espacio para me detener ni para saber cuánto
-estas donas valen; mas yo seré con vos en las cortes de Londres, y
-entre tanto quede a vos la corona e a la Reina el manto, por tal
-pleito, que por ello me deis lo que vos yo demandare, o me lo tornéis,
-e habréislo ya ensayado e probado.
-
-El Rey dijo:
-
---Caballero, agora creed que vos habréis lo que demandardes, o el manto
-e la corona.
-
-El caballero dijo:
-
---Señores caballeros e dueñas, ¿oís vos bien esto que el Rey e la Reina
-me prometen, que me darán mi corona e mi manto, o aquello que les yo
-pidiere?
-
---Todos lo oímos --dijeron ellos.
-
-Entonces se despidió el caballero e dijo:
-
---Adiós quedéis, que yo voy a la más esquiva prisión que nunca hombre
-tuvo.
-
-Así se fueron todos tres, quedando en poder del Rey el manto e la
-corona.
-
-
-
-
-CAPÍTULO OCTAVO
-
-LAS CORTES DE LONDRES
-
-
-Con acuerdo de Amadís e Galaor, _que ya eran llegados, de_ Agrajes, e
-de otros preciados caballeros de su corte, ordenó _el Rey_ que dentro
-de cinco días todos los grandes de sus reinos en Londres, que a la
-sazón como un águila encima de lo más de la Cristiandad estaba, a
-cortes viniesen, como de antes lo había pensado e dicho, para dar orden
-en las cosas de la caballería.
-
-Partió el rey Lisuarte de Vindilisora con toda la caballería, e la
-Reina con sus dueñas e doncellas, a las cortes; la gente pareció en
-tanto número, que por maravilla se debría contar. Había entre ellos
-muchos caballeros mancebos ricamente armados e ataviados, e muchas
-infinitas hijas de reyes, e otras doncellas de gran guisa, que dellos
-muy amadas eran, por las cuales grandes justas e fiestas por el camino
-hicieron. El Rey había mandado que le llevasen tiendas e aparejos,
-porque no entrasen en poblado, e se aposentasen en las vegas cerca
-de las riberas e fuentes, de que aquella tierra muy bastada era. Así
-por todas las vías se les aparejaba la más alegre e más graciosa vida
-que nunca fasta allí tuvieran; y llegaron a aquella gran ciudad de
-Londres, donde tanta gente hallaron, que no parecía sino que todo
-el mundo allí asonado era. El Rey e la Reina con toda su compaña
-fueron a descabalgar en sus palacios, e allí en una parte dellos
-mandó posar a Amadís e a Galaor e Agrajes e otros algunos de los más
-preciados caballeros, e las otras gentes en muy buenas posadas, que
-los aposentadores del Rey de antes les habían señalado. Así holgaron
-aquella noche e otros dos días con muchas danzas e juegos, que en el
-palacio e fuera en la ciudad se ficieron; en los cuales Amadís e Galaor
-eran de todos tan mirados, e tanta era la gente que por los ver acudían
-donde ellos andaban, que todas las calles eran ocupadas.
-
-A estas cortes que oís vino un gran señor, más en estado e señorío que
-en dignidad de virtudes, llamado Barsinan, señor de Sansueña, no porque
-vasallo del rey Lisuarte fuese, ni mucho su amigo ni conocido, mas por
-lo que agora oiréis. Sabed que estando este Barsinan en su tierra,
-llegó ahí Arcalaus el Encantador, e díjole:
-
---Barsinan, señor, si tú quisieses, yo daría orden como fueses rey sin
-que gran afán ni trabajo en ello hobiese.
-
---Cierto --dijo Barsinan-- de grado tomaría yo cualquier trabajo que
-ende venir me pudiese, con tal que rey pudiese ser.
-
---Tú respondes como sesudo --dijo Arcalaus--e yo haré que lo seas,
-si creerme quisieres y me ficieres pleito que me farás tu mayordomo
-mayor, e no me lo quitarás todo el tiempo de mi vida.
-
---Eso faré yo muy de grado --dijo Barsinan--; e decidme por cuál guisa
-se puede hacer lo que me decís.
-
---Yo os lo diré --dijo Arcalaus--. Id vos a la primera corte que el rey
-Lisuarte ficiere, e llevad gran compaña de caballeros; que yo prenderé
-al rey en tal forma que de ninguno de los suyos pueda ser socorrido;
-e aquel día habré a su fija Oriana, que vos daré por mujer; y en cabo
-de cinco días enviaré a la corte del rey su cabeza. Entonces punad vos
-por tomar la corona del rey, que siendo él muerto, e su hija en vuestro
-poder, que es la derecha heredera, no habrá persona que vos contrariar
-pueda.
-
---Cierto --dijo Barsinan--; si vos eso hacéis, yo vos haré el más rico
-e poderoso hombre de cuantos comigo fueren.
-
---Pues yo haré lo que digo --dijo Arcalaus.
-
-Por esta causa que oís vino a la corte este gran señor de Sansueña,
-Barsinan, al cual el rey salió con mucha compaña a lo recebir, creyendo
-que con sana e buena voluntad era su venida; e mandóle aposentar, e a
-toda su compaña, e darle las cosas todas que menester hobiesen; mas
-dígovos que viendo él tan gran caballería, e sabido el leal amor que al
-rey Lisuarte habían, mucho fué arrepentido de tomar aquella empresa,
-creyendo que a tal hombre ninguna adversidad le podía empecer. E
-hablando con el Rey, le dijo:
-
---Rey, yo oí decir que hacíades estas grandes cortes, e vengo ahí por
-vos hacer honra; que yo no tengo tierra de vos, sino de Dios, que a mis
-antecesores e a mí libremente dió.
-
---Amigo --dijo el Rey--, yo os lo agradezco mucho.
-
-Otro día de mañana vistió el Rey sus paños reales, cuales para tal día
-le convenían, e mandó que le trajesen la corona que el caballero le
-dejara, y que dijesen a la Reina que se vistiese el manto. La Reina
-abrió el arqueta, en que todo estaba, con la llave que ella siempre en
-su poder tovo, e no halló ninguna cosa dello, de que muy maravillada
-fué, e comenzóse de santiguar y enviólo decir al Rey; e cuando lo supo,
-mucho le pesó, pero no lo mostró así ni lo dió a entender; e fuese para
-la Reina, e sacándola aparte, díjole:
-
---Dueña, ¿cómo guardastes tan mal cosa que tanto a tal tiempo nos
-convenía?
-
---Señor --dijo ella-- no sé qué diga en ello, sino que el arqueta
-hallé cerrada; e yo he tenido la llave, sin que de persona la haya
-fiado; pero dígovos tanto, que esta noche me pareció que vino a mí una
-doncella, e díjome que le mostrase el arqueta, e yo en sueños gela
-mostraba, y demandábame la llave, e dábagela, y ella abría el arqueta e
-sacaba della el manto e la corona, e tomando a cerrar, ponía la llave
-en el lugar que ante estaba, e cobríase el manto e ponía la corona en
-la cabeza, pareciéndole tan bien, que muy gran sabor sentía yo en la
-mirar; e decíame: “Aquel y aquella cuyo será, reinará ante de cinco
-días en la tierra del poderoso que se agora trabaja de la defender e de
-ir conquistar las ajenas tierras.” Y desapareció ante mí, llevando la
-corona y el manto; pero dígovos que no puedo entender si esto me avino
-en sueños o en verdad.
-
-[Ilustración]
-
-El Rey lo tovo por gran maravilla e dijo:
-
---Agora vos dejad ende y no lo habléis con otro.
-
-Y saliendo ambos de la tienda, se fueron a la otra, acompañados de
-tantos caballeros y dueñas e doncellas, que por maravilla lo toviera
-cualquiera que lo viese, y sentóse el Rey en una muy rica silla, e la
-Reina en otra algo más baja, que en un estrado de paños de oro estaban
-puestas; e a la parte del Rey se pusieron los caballeros, y de la Reina
-sus dueñas e doncellas, e los que más cerca del Rey estaban eran cuatro
-caballeros que él más preciaba; el uno Amadís y el otro Galaor, e
-Agrajes e Galvanes Sintierra.
-
-
-
-
-CAPÍTULO NOVENO
-
-LOS ARDIDES DE ARCALAUS
-
-
-Con tal compaña estando el rey Lisuarte, en tanto placer como oídes,
-queriendo ya la fortuna comenzar su obra con que aquella gran fiesta en
-turbación puesta fuese, entró por la puerta del palacio una doncella
-asaz hermosa, cubierta de luto, e fincando los hinojos ante el Rey, le
-dijo:
-
---Señor, todos han placer, sino yo sola, que he cuita e tristeza, e la
-no puedo perder sino por vos.
-
---Amiga --dijo el Rey--, ¿qué cuita es esa que habéis?
-
-_Entonces la doncella refirió, llorando, que su padre sufría injusta
-prisión de que sólo podían hacerle libre los dos mejores caballeros
-del mundo. Tanto impresionaron sus palabras y lágrimas a la Reina y al
-Rey, que le dieron a don Galaor y a Amadís para que fueran a libertar
-al prisionero, ya que otros mejores caballeros en parte alguna se
-podrían hallar._
-
-_Armados éstos_ e despedidos del Rey e de sus amigos, entraron en
-el camino con la doncella. Así andovieron por donde la doncella los
-guiaba fasta ser medio día pasado, que entraron en la floresta que
-Malaventurada se llamaba, porque nunca entró en ella caballero andante
-que buena dicha ni ventura hobiese; e tanto que alguna cosa comieron de
-lo que sus escuderos levaban, tornaron a su camino fasta la noche, que
-facía luna clara. La doncella se aquejaba mucho, e no facía sino andar.
-
-Amadís le dijo:
-
---Doncella, ¿no queréis que folguemos alguna pieza?
-
---Quiero --dijo ella--; mas será adelante, donde hallaremos unas
-tiendas con tal gente, que mucho placer vuestra vista les dará.
-
-_Siguieron caminando y llegaron, en efecto, a unas tiendas donde, a
-pretexto de que descansaran, desarmaron a los caballeros, y ya sin
-armas, estando separados Amadís y don Galaor, cada cual en tienda
-diferente, cayó sobre ellos una gran partida de gentes de guerra, que
-al cabo de descomunal combate lograron dominarlos y prenderlos. Los
-llevaron amarrados, los días siguientes, hacia el lugar donde pensaban
-darles muerte; pero Galaor, a fuerza de astucia y malicia, consiguió
-librarse de sus cadenas y libertar a su hermano, tras lo cual y a más
-andar, retornaron los dos por el camino de Londres._
-
-Estando el rey Lisuarte e la reina Brisena, su mujer, en sus tiendas
-con muchos caballeros e dueñas e doncellas, al cuarto día que de
-allí partieran Amadís e don Galaor, su hermano, entró por la puerta
-el caballero que el manto e la corona le dejara, como ya oístes; e
-fincando los hinojos ante el Rey, le dijo:
-
---Señor, ¿cómo no tenéis la fermosa corona que yo vos dejé, e vos,
-señora, el rico manto?
-
-El Rey se calló, que ninguna respuesta le quiso dar, y el caballero
-dijo:
-
---Mucho me place que os no pagastes della, pues que me quitarán de
-perder la cabeza o el don que por ello me habíades a dar; e pues así
-es, mandádmelo dar, que no me puedo detener en ninguna guisa.
-
-Cuando esto oyó _el rey_, pesóle fuertemente e dijo:
-
---Caballero, el manto ni la corona no os lo puedo dar, que lo he todo
-perdido; mas me pesa por vos, que tanto os hacía menester, que por mí,
-aunque mucho valía.
-
---¡Ay, cativo! Muerto so --dijo el caballero.
-
-E comenzó a hacer un duelo tan grande, que maravilla era, diciendo:
-
---¡Cativo de mí sin ventura! Muerto soy de la peor muerte; que nunca
-murió caballero que la tan poco mereciese.
-
-E caíanle las lágrimas por las barbas, que eran blancas como la lana
-blanca. El Rey hobo dél gran piedad e díjole:
-
---Caballero, no temáis de vuestra cabeza; que toda cosa que yo haya vos
-la habréis para la guarecer; que así os lo he prometido e así lo terné.
-
-El caballero se le dejó caer a sus pies para gelos besar, mas el Rey lo
-alzó por la mano e dijo:
-
---Ahora pedid lo que os placerá.
-
---Señor --dijo él--, verdad es que me hobistes a dar mi manto e mi
-corona, o lo que por ello vos pidiese; e Dios sabe, señor, que mi
-pensamiento no era demandar lo que agora pediré; e si otra cosa para mi
-remedio en el mundo hobiese, no os enojaría en ello; mas no puedo hi al
-hacer. A vos pesará de me lo dar, e a mí de lo recebir.
-
---Agora demandad --dijo el Rey--; que tan cara cosa no será que yo haya
-que la vos no hayades.
-
-Entonces el caballero dijo:
-
---Señor, yo no podría ser quito de muerte sino por mi corona e
-mi manto, o por vuestra fija Oriana; e agora me dad dello lo que
-quisierdes; que yo más querría lo que os di.
-
---¡Ay, caballero! --dijo el Rey--, mucho me habéis pedido.
-
-E todos hobieron muy gran pesar, que más ser no podía; pero el Rey,
-que era el más leal del mundo, dijo:
-
---No vos pese; que más conviene la pérdida de mi hija que falta de mi
-palabra, porque lo uno daña a pocos e lo otro al general.
-
-E mandó que luego le trajesen allí su fija.
-
-Cuando la Reina e las dueñas e doncellas esto oyeron comenzaron a fazer
-el mayor duelo del mundo; mas el Rey las mandó acoger a sus cámaras, e
-mandó a todos los suyos que no llorasen, so pena de perder su amor. En
-esto llegó la muy fermosa Oriana ante el Rey como atónita, y cayéndole
-a los pies, le dijo:
-
---Padre, señor, ¿qué es esto que queréis facer?
-
---Fágolo --dijo el Rey-- por no quebrar mi palabra.
-
-E dijo contra el caballero:
-
---Veis aquí el don que pedistes; ¿queréis que vaya con ella otra
-compaña?
-
---Señor --dijo el caballero--, no traigo comigo sino dos caballeros
-e dos escuderos, aquellos con que vine a vos a Vindilisora, e otra
-compaña no puedo llevar; mas yo vos digo que no ha de qué temer fasta
-que la yo ponga en la mano de aquel a quien la he de dar.
-
---Vaya con ella una doncella --dijo el Rey-- si quisierdes, porque más
-honra e honestidad sea, e no vaya entre vos sola.
-
-El caballero lo otorgó.
-
-Cuando Oriana esto oyó cayó amortecida; mas esto no hobo menester, que
-el caballero la tomó entre sus brazos, e llorando, que parecía hacerlo
-contra su voluntad, e dióla a un escudero que estaba en un rocín muy
-grande e mucho andador; e poniéndola en la silla, se puso él en las
-ancas, e dijo el caballero:
-
---Tenedla, no caya, que va tollida; e Dios sabe que en toda esta corte
-no ha caballero que más pese que a mí deste hecho.
-
-Y el Rey fizo venir la doncella de Denamarca e mandóla poner en un
-palafrén, e dijo:
-
---Id con vuestra gran señora, e no la dejéis por mal ni por bien que
-vos avenga en cuanto con ella os dejaren.
-
---¡Ay, cativa! --dijo ella--, nunca cuidé hacer tal ida.
-
-E luego movieron ante el Rey; y _uno de los_ caballeros _que_ muy
-membrudo _era_, tomó a Oriana por la rienda; e sabed que este era
-Arcalaus el Encantador; e al salir del corral sospiró Oriana muy
-fuertemente, como si el corazón se le partiese, e dijo así como tollida:
-
---¡Ay, buen amigo!, por esto somos vos e yo muertos.
-
-Mabilia, que a unas finiestras estaba haciendo muy grande duelo, vió
-cerca del muro pasar a Ardian, el enano de Amadís, que iba en un gran
-rocín e ligero, e llamólo con gran cuita que tenía, e dijo:
-
---Ardian, amigo, si amas a tu señor, no huelgues día ni noche hasta que
-lo falles e le cuentes esta mala ventura que aquí es fecha; e si lo no
-faces, serle-ías traidor; que es cierto que él lo querría agora más
-saber que haber esta cibdad por suya.
-
---¡Por santa María! --dijo el enano--, él lo sabrá lo más ahína que ser
-pudiere.
-
-E dando del azote al rocín, se fué por el camino que viera ir a su
-señor a más andar.
-
-
-
-
-CAPÍTULO DÉCIMO
-
-LA PRISIÓN DEL REY
-
-
-Mas agora os contaremos lo que a esta sazón aconteció al Rey. _Lisuarte
-había salido a la entrada de la floresta por donde eran idos los
-caballeros que llevaban a Oriana, para impedir que ninguno de los suyos
-pudiera ir a arrebatársela, que así con aquéllos lo había concertado,
-cuando_ vió venir la doncella a quien él había el don prometido; e
-venía en un palafrén que andaba ahína, e traía a su cuello una espada
-muy bien guarnida, e una lanza con un fierro muy hermoso, e la asta
-pintada; e llegando al Rey, le dijo:
-
---Señor, Dios vos salve e dé alegría e corazón que me atengáis lo que
-me prometistes en Vindilisora ante vuestros caballeros.
-
---Doncella --dijo el Rey--, yo había más menester alegría de la que
-tengo; mas, como quier que esto sea, bien me miembra lo que os dije, e
-así lo compliré.
-
---Señor --dijo ella--, con esa esperanza vengo yo a vos como al más
-leal rey del mundo, e agora me vengad de un caballero que va por esta
-floresta, que mató a mi padre al mayor aleve del mundo y encantóle de
-tal guisa, que no puede morir si el más honrado hombre del reino de
-Londres no le da un golpe con esta lanza e otro con esta espada. E yo
-sé que si por vuestra mano no, que el más honrado sois, por otro no
-puede ser muerto.
-
---En el nombre de Dios --dijo el Rey-- yo quiero ir con vos.
-
-E mandó traer sus armas e armóse ahína, e cabalgó en su caballo, que
-él mucho preciaba, e la doncella le dijo que ciñese la espada que ella
-traía; y él, dejando la suya, que era la mejor del mundo, tomó la otra
-y echó su escudo al cuello. E la doncella le llevó el yelmo e la lanza
-pintada, e fuése con ella, defendiendo a todos que ninguno fuese tan
-osado que tras él pensase de ir.
-
-E así andovieron un rato por la carrera; mas la doncella gela hizo
-dejar, e guió por otra parte, cerca de unos árboles e allí vió estar
-el Rey un caballero todo armado sobre un caballo negro, e al cuello un
-escudo verde, el yelmo otro tal. La doncella dijo:
-
---Señor, tomad vuestro yelmo; que vedes allí el caballero que vos dije.
-
-Él lo enlazó luego, e tomando la lanza, dijo:
-
---Caballero soberbio e de mal talante, agora os guardad.
-
-E abajando la lanza, y el caballero la suya, se dejaron correr contra
-sí cuanto los caballos los podían llevar, e firiéronse de las lanzas en
-los escudos; así que luego fueron quebradas, e la del Rey quebró tan
-ligero, que sólo no la sintió en la mano, e cuidó que fallesciera de su
-golpe, e puso mano al espada, e el caballero a la suya, e firiéronse
-por cima de los yelmos, e la espada del caballero entró bien la media
-por el yelmo del Rey, mas la del Rey quebró luego por cabe la manzana,
-e cayó el fierro en el suelo. Entonces conoció que era traición, y el
-caballero le comenzó a dar golpes por todas partes a él e al caballo;
-e cuando el Rey vió que el caballo le mataba fuése a abrazar con él, y
-el otro asimismo con él, e tiraron por sí tan fuerte, que cayeron en
-tierra, y el caballero cayó debajo, y el Rey tomó la espada que el otro
-perdiera de la mano, e comenzóle a dar con ella los mayores golpes que
-podía. La doncella, que esto vió, dió grandes voces, diciendo:
-
---¡Ay, Arcalaus!; acorre, que mucho tardas, e dejas morir tu cohermano.
-
-Cuando el Rey así estaba por matar el caballero, oyó un grande
-estruendo, e volvió la cabeza e vió diez caballeros que contra él
-venían corriendo, e uno venía delante, diciendo a grandes voces:
-
---Rey Lisuarte, muerto eres; que nunca un día reinarás ni tomarás
-corona en la cabeza.
-
-Cuando esto oyó el Rey fué muy espantado, e temióse de ser muerto, e
-dijo con gran esfuerzo, que siempre tuvo e tenía:
-
---Bien puede ser que moriré, pues tanta ventaja me tenéis; mas todos
-moriréis por mí, como traidores e falsos que sois.
-
-_Atacáronlo todos juntos, y aunque Lisuarte se defendió con bravura
-e hirió a varios de ellos, acabaron por desarmarlo y echarle_ una
-gruesa cadena a la garganta, en que había dos ramales, e ficiéronle
-cabalgar en un palafrén; e tomándole sendos caballeros por los ramales,
-comenzáronse de ir con él; e llegando entre los árboles, en un valle
-hallaron a Arcalaus, que tenía a Oriana e a la doncella de Denamarca; y
-el caballero que iba ante el Rey, dijo:
-
---Cohermano, vedes aquí el rey Lisuarte.
-
---Cierto --dijo él--; buena venida fué ésta, e yo haré que nunca dél
-tema ni de los de su casa.
-
---¡Ay, traidor! --dijo el Rey--; bien sé yo que harías tú toda traición.
-
-Así movieron todos de consuno por aquella carrera, que se partía en dos
-lugares, e Arcalaus llamó a un su doncel e díjole:
-
---Vete a Londres cuanto pudieres, e di a Barsinan que se trabaje de
-ser rey, que yo le terné lo que le dije; que todo es ya a punto.
-
-El doncel se fué luego, e Arcalaus dijo a su compaña:
-
---Id vos a Daganel con diez caballeros destos, e llevad a Lisuarte e
-metedlo en la mi cárcel, e yo llevaré a Oriana con estos cuatro, e
-mostrarle he donde tengo mis libros e mis cosas en Monte-Aldín.
-
-Este era de los más fuertes castillos del mundo; pues allí fueron
-partidos los diez caballeros con el Rey, e los cinco con Oriana, en que
-iba Arcalaus, dando a entender que su persona valía tanto como cinco
-caballeros.
-
-
-
-
-CAPÍTULO UNDÉCIMO
-
-LA LIBERTAD DE ORIANA
-
-
-Veniendo Amadís e Galaor por el camino de Londres, siendo a dos leguas
-de la ciudad, vieron venir a Ardian el enano cuanto más el rocín lo
-podía llevar. _El cual_ llegó a ellos e contóles todas las nuevas cómo
-llevaban a Oriana.
-
---¡Ay, santa María, val! --dijo Amadís--; ¿e por dónde van los que la
-llevan?
-
---Cabe la villa es el más derecho camino --dijo el enano.
-
-Amadís firió al caballo de las espuelas, e comenzó de ir cuanto más
-podía, así tollido, que solamente no podía hablar a su hermano, que iba
-en pos dél. Así pasaron entrambos cabe la villa de Londres cuanto los
-caballos los podían llevar, que sólo no cataban por nada, sino Amadís,
-que preguntaba a los que veía por dónde llevaban a Oriana, y ellos gelo
-mostraban.
-
-Pasando Gandalín por so las finiestras donde estaba la Reina e otras
-muchas mujeres, la Reina lo llamó e díjole:
-
---Di a _tu señor_ e a Galaor que el Rey se fué de aquí hoy en la mañana
-con una doncella, e no tornó, ni sabemos dónde lo llevó.
-
-Gandalín fuése cuanto más pudo, _hasta reunirse con su señor_. E a poco
-rato encontraron unos leñadores, e aquellos vieron toda la aventura
-del Rey e de Oriana; mas no sopieron quién eran, ni a ellos se osaron
-allegar; antes se escondieron en las matas más espesas, e el uno dellos
-dijo:
-
---Caballeros, ¿venís vos de Londres?
-
---E ¿por qué lo preguntáis? --dijo Galaor.
-
---Porque si ha de allá caballero menos o doncella --dijo él--; que nos
-vimos aquí una aventura.
-
-Entonces les dijeron cuanto vieran de Oriana e del Rey, y ellos
-conocieron luego que el Rey fuera preso a traición; e díjoles Amadís:
-
---¿Sabéis quién eran, e quién prendió a ese rey?
-
---No --dijo él--, mas oí a la doncella que lo aquí trajo llamar a
-grandes voces a Arcalaus.
-
---¡Ay, Señor Dios! --dijo Amadís--, plega a vos de me juntar con aquel
-traidor.
-
-Los villanos les fueron mostrar por dónde llevaron los diez caballeros
-al Rey, e los cinco a Oriana, e dijo el villano:
-
---El uno de los cinco era el mejor caballero que nunca vi.
-
---¡Ay! --dijo Amadís--, aquel es el traidor de Arcalaus.
-
-E dijo a Galaor:
-
---Hermano, señor, id vos en pos del Rey, e Dios guíe a mí e a vos.
-
-E firiendo el caballo de las espuelas, se fué por aquella vía, e Galaor
-por la que al Rey llevaban, a cuanto más andar podían.
-
-Partido Amadís de su hermano, cuitóse tanto de andar, que cuando el
-sol se quería poner le cansó el caballo, tanto, que de paso no lo
-podía sacar; e yendo con mucha congoja, vió a la mano diestra cabe una
-carrera un caballero muerto, y estaba cabe él un escudero que tenía por
-la rienda un gran caballo. Amadís se llegó a él e díjole:
-
---Amigo, ¿quién mató ese caballero?
-
---Matóle --dijo el escudero-- un traidor que acá va, e lleva las más
-hermosas doncellas del mundo forzadas; matóle, no por otra razón sino
-por le preguntar quién eran, e yo no puedo haber quien me ayude a lo
-llevar de aquí.
-
-Amadís le dijo:
-
---Yo te dejaré este mi escudero que te ayude, e dame ese caballo; e
-prométote de darte dos caballos mejores por él.
-
-El escudero gelo otorgó. Amadís subió en el caballo, que era muy
-hermoso, e partiendo de allí, comenzó de se ir por el camino cuanto
-podía; e hallóse ya cerca del día en un valle donde vió una ermita,
-e fué allá por saber si moraba hi alguno; e hallando un ermitaño,
-le preguntó si pasaran por allí cinco caballeros que llevaban dos
-doncellas.
-
---Señor --dijo el hombre bueno--, no pasaron que los yo viese; mas
-¿vistes vos un castillo que allá queda?
-
---No --dijo Amadís--; e ¿por qué lo decís?
-
---Porque --dijo él-- agora se va de aquí un doncel mi sobrino, que me
-dijo que albergara hí Arcalaus el Encantador, e traía unas hermosas
-doncellas forzadas.
-
---Por Dios --dijo Amadís--, pues ese traidor busco yo.
-
---Cierto --dijo el ermitaño--, él ha hecho mucho mal en esta tierra;
-mas ¿no traéis otra ayuda?
-
---No --dijo Amadís--, sino la de Dios.
-
---Señor --dijo el ermitaño--, ¿no decís que son cinco, e Arcalaus, que
-es el mejor caballero del mundo e más sin pavor?
-
---Sea él cuanto quisiere --dijo Amadís--; que él es traidor e soberbio,
-e así lo serán los que le aguardan, e por esto no les dudaré. Ruégovos
-que me hayáis mientes en vuestras oraciones, e mostradme el camino que
-al castillo guía.
-
-El hombre bueno gelo mostró, e Amadís anduvo tanto, que llegó a él, e
-vió que había el muro alto e las torres espesas; e llegóse a él, mas no
-oyó hablar a ninguno dentro, e plúgole, que bien cuidó que Arcalaus no
-sería aún salido, e anduvo el castillo al rededor, e vió que no había
-más de una puerta.
-
-Entonces se tiró afuera entre unas peñas, e apeándose del caballo,
-tomóle por la rienda y estuvo quedo, teniendo siempre los ojos en la
-puerta, como aquel que no había sabor de dormir. A esta sazón rompía
-el alba, e cabalgando en su caballo tiróse más afuera por un valle;
-que hobo recelo, si visto fuese, de poner sospecha que no saldrían los
-del castillo, cuidando ser más gente, e subió en un otero cubierto de
-grandes y espesas matas. No tardó mucho que vió salir a Arcalaus e
-sus cuatro compañeros muy bien armados, y entre ellos la muy hermosa
-Oriana, e dijo:
-
---¡Ay, Dios!; agora e siempre me ayude e me guíe en su guarda.
-
-Oriana iba diciendo:
-
---Amigo señor, ya nunca os veré, pues que ya se me llega la mi muerte.
-
-Amadís decendiendo del otero lo más ahína que él pudo, entró con ellos
-en un gran campo e dijo:
-
---¡Ay, Arcalaus traidor!; no te conviene llevar tan buena señora.
-
-Oriana, que la voz de su amigo conoció, estremecióse toda; mas Arcalaus
-e los otros se dejaron a él correr, y él a ellos, e firió a Arcalaus,
-que delante venía, tan duramente, que lo derribó en tierra por sobre
-las ancas del caballo, e los otros le firieron, e dellos fallecieron
-de sus encuentros; e Amadís pasó por ellos, e tomando muy presto su
-caballo, firió al señor del castillo, que era uno dellos, de tal guisa
-que el fierro y el fuste de lanza le salió de la otra parte, e cayó
-luego muerto, e fué la lanza quebrada. Después metió mano a la espada,
-e dejóse ir a los otros, e metióse entre ellos tan bravo e con tanta
-saña, que por maravilla era los golpes que les daba; e así le crecía
-la fuerza y el ardimiento en andar valiente e ligero, que le parecía,
-si el campo todo fuese lleno de caballeros, que le no podían durar e
-defender ante la su buena espada.
-
-Haciendo estas maravillas que oídes, dijo la doncella de Denamarca
-contra Oriana:
-
---Señora, acorrida sois, pues aquí es el caballero bienaventurado, e
-mirad las maravillas que hace.
-
-Oriana dijo entonces:
-
---¡Ay, amigo! Dios vos ayude e guarde; que no hay otro en el mundo que
-nos acorra ni más valga.
-
-El escudero que la tenía el rocín, poniéndola en tierra, se fué huyendo
-cuanto más pudo. Amadís, que entre ellos andaba, trayéndolos a su
-voluntad, dió al uno un tal golpe en el brazo, que gelo derribó en
-tierra; éste comenzó de huír, dando voces con la rabia de la muerte,
-e fué para otro que ya el yelmo de la cabeza le derribara, e hendióle
-hasta el pescuezo. Cuando el otro caballero vió tal destruición en sus
-compañeros, comenzó de huír cuanto más podía. Amadís, que movía en pos
-dél, oyó dar voces a su señora, e tornando presto, vió a Arcalaus, que
-ya cabalgara, e que tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante
-sí, e se iba con ella cuanto más podía. Amadís fué en pos dél sin
-detenencia ninguna, e alcanzólo por aquel gran campo; e alzando la
-espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era
-tal, que cuidó que mataría a él e a su señora; e dióle por cima de las
-espaldas, que no fué de toda su fuerza; pero derribóle un pedazo de la
-loriga e una pieza del cuero de las espaldas.
-
-Entonces dejó Arcalaus caer en tierra a Oriana por se ir más ahína,
-que se temía de muerte; y su caballo comenzó de correr de tal forma,
-que en poca de hora se alongó gran pieza. Amadís, comoquiera que lo
-mucho desamase e desease matar, no fué más adelante por no perder a su
-señora, e tornóse donde ella estaba; e descendiendo de su caballo, se
-le fué fincar de hinojos delante e le besó las manos, diciendo:
-
---Agora haga Dios de mí lo que quisiere; que nunca, señora, os cuidé
-ver.
-
-Ella estaba tan espantada, que le no podía hablar, e abrazóse con él,
-que gran miedo había de los caballeros muertos que cabe ella estaban.
-E así estando, como oís, sentado Amadís cabe su señora, que no tenía
-esfuerzo para se levantar, llegó Gandalín, que toda la noche andoviera,
-e había dejado el caballero muerto en una ermita, con que gran placer
-hobieron, _y tomando los caballos de los caballeros vencidos se
-pusieron todos camino de Londres_.
-
-
-
-
-CAPÍTULO DUODÉCIMO
-
-LAS PROEZAS DE DON GALAOR
-
-
-Partido don Galaor de Amadís, su hermano, como ya oístes, entró en
-el camino por donde llevaban al Rey, e cuidóse de andar cuanto más
-pudo, como aquel que había grande cuita de los alcanzar; e no tenía
-mientes en cosa que viese sino en su rastro; e así anduvo hasta hora
-de vísperas, que entró en un valle, e halló en él la huella de los
-caballos donde habían parado. Entonces siguió aquel rastro cuanto el
-caballo lo podía llevar, que le pareció que no podían ir lueñe; mas no
-tardó mucho que vió ante sí un caballero todo bien armado en un buen
-caballo, que a él salió e le dijo:
-
---Estad, señor caballero, e decidme qué cuita os hace así correr.
-
---Por Dios --dijo Galaor--, dejadme de vuestra pregunta, que me detengo
-con vos, en que mucho mal puede venir.
-
---¡Por santa María! --dijo el caballero--, no pasaréis de aquí hasta
-que me lo digáis o vos combatáis comigo.
-
-E Galaor no hacía en esto sino irse; y el caballero del valle le dijo:
-
---Cierto, caballero, vos fuídes habiendo hecho algún mal, e agora vos
-guardad, que saberlo quiero.
-
-Entonces fué a él con su lanza bajada, y el caballo al más correr.
-E Galaor que el caballo más diestro traía, guardóse del encuentro,
-_echándose a un lado_, e no hacía sino ir adelante cuanto podía andar.
-El caballero, que su caballo tan presto tener no pudo, cuando tornó vió
-que Galaor se le había alongado gran pieza, e dijo:
-
---Si me Dios ayude, no me vos iréis así.
-
-Y él, que sabía bien la tierra, tomó por un atajo e fuésele poner en un
-paso.
-
-Galaor, que lo vió, mucho le pesó, y el caballero le dijo:
-
---Cobarde, malo, sin corazón; agora escoged de tres cosas cual
-quisierdes: o que os combatáis, o vos tornad, o me decid lo que os
-pregunto.
-
---De cualquier me pesa --dijo Galaor--, mas no hacéis como cortés,
-que yo no me tornaré, e si me combatiere, no será a mi placer; mas si
-queréis saber la priesa que llevo, seguidme y verlo heis, porque me
-deternía mucho en vos lo contar, e a la cima no me creeríades; tanto es
-de mala ventura.
-
---En el nombre de Dios --dijo el caballero-- agora pasad, e dígovos
-que no iréis este tercero día sin mí.
-
-Galaor pasó adelante, y el caballero en pos dél. _Por el camino toparon
-con otro caballero, que resultó pariente del que venía siguiendo a don
-Galaor, a quien dió aquél cuenta de lo que con don Galaor le venía
-sucediendo, y acordaron irse los dos en su seguimiento._ A esta hora
-era ya cerca de la noche. Galaor entró en una floresta, e con la noche
-perdió el rastro, e no sabía a cuál parte ir. Estonces comenzó a pedir
-merced a Dios que lo guiase e anduvo escuchando de un cabo y de otro
-por unos valles, mas no oía nada. _Descansó con unos arrieros parte de
-la noche y al alba_ fuése derecho a un otero alto, e desde allí comenzó
-de mirar la tierra a todas partes. Estonces los dos cohermanos _que lo
-seguían_ vieron a Galaor, e conociéronlo en el escudo, e fueron contra
-él; mas ellos, en moviendo, viéronlo decender del otero cuanto su
-caballo lo podía llevar, y el _uno_ dijo:
-
---Ya nos vió e fuye; cierto, yo cuido que por alguna mala ventura anda
-así fuyendo y encubriéndose; vayamos tras él.
-
-Mas don Galaor, que muy lejos de su cuidar estaba, viera ya pasar
-los caballeros un paso que a la salida de la floresta había, e los
-cinco pasaban adelante, e los otros cinco después, y en medio dellos
-iban hombres desarmados, y él cuidó que aquellos eran los que al Rey
-llevaban, e fué contra ellos tal como aquel que ya su muerte por
-salvar la vida ajena tenía ofrecido; e seyendo cerca dellos, vió al Rey
-metido en la cadena, e hobo dél tal pesar, que no dudando la muerte, se
-dejó correr a los cinco que delante venían e dijo:
-
---¡Ay, traidores! Por vuestro mal posistes mano en el mejor hombre del
-mundo.
-
-E los cinco vinieron contra él; mas él hirió al primero por los
-pechos en guisa que el fierro con un pedazo de la asta le salió a las
-espaldas, e dió con él muerto en tierra; e los otros le firieron tan
-fuerte, que el caballo ficieron con él hinojar, y el uno le metió la
-lanza por entre el pecho y el escudo, e perdiéndola, la tomó Galaor, e
-fué herir al otro con ella en la cuxa de la pierna, e falsóle el arnés
-e la pierna, y entró la lanza por el caballo; así que el caballero fué
-tollido e allí quebró la lanza, e poniendo mano a la espada vió venir
-todos los otros contra sí, y él se metió entre ellos tan bravo, que no
-ha hombre que de verlo no se espantase cómo podía sofrir tantos y tales
-golpes como le daban; y estando en esta gran priesa y peligro, por ser
-los caballeros muchos, quísole Dios acorrer con los dos cohermanos que
-lo seguían, que cuando así lo vieron mucho fueron maravillados de tan
-gran bondad de caballero, e dijo el que en pos dél iba:
-
---Cierto, sin razón culpábamos aquél de cobarde, e vámosle socorrer en
-tan gran priesa.
-
---¿Quién haría al --dijo el otro-- sino acorrer al mejor caballero del
-mundo? Y no creáis que tantos hombres acomete sino por algún gran hecho.
-
-[Ilustración]
-
-Entonces se dejaron ir a gran correr de los caballos, e fuéronlos ferir
-muy bravamente, como aquellos que eran muy esforzados e sabidores
-de aquel menester, e dígovos que el primero había nombre Ladasín el
-Esgremidor y el otro don Guilán el Cuidador. A esta sazón había ya
-menester Galaor mucho su ayuda; que el yelmo había tajado por muchos
-lugares e abollado, y el arnés roto por todas partes, y el caballo
-llagado, que cerca andaba de caer; mas por eso no dejaba él de hacer
-maravillas e dar tan grandes golpes a los que alcanzaba, que a duro
-lo osaban atender; e cuidaba que si su caballo no le falleciese, que
-le no durarían, que a la fin no los matase; mas seyendo llegados los
-dos cohermanos, como ya oístes, estonces se le paraba a él mejor el
-pleito; que ellos se combatían tan bien e con tan gran esfuerzo, que
-él se maravilló mucho; e fué tan grande la priesa que les dió, e los
-cohermanos en su ayuda, que en poca de hora fueron todos muertos e
-vencidos.
-
-Cuando esto vió el cohermano de Arcalaus dejóse ir al Rey por lo
-matar; e como los que con él estaban fuyeran todos, él decendiera del
-palafrén así con su cadena a la garganta, e tomara un escudo e la
-espada del caballero que primero murió. El otro le quiso ferir por
-cima de la cabeza. El Rey alzó el escudo, donde rescibió el golpe, e
-fué tal, que la espada entró por el brocal bien un palmo, e alcanzó
-con la punta della al Rey en la cabeza, e cortóle el cuero e la carne
-fasta el hueso; mas el Rey le dió al caballo en el rostro con la espada
-tal golpe, que la no pudo sacar, y el caballo enarmonóse e fué caer
-sobre el caballero. Galaor, que ya estaba a pie, porque el su caballo
-no se podía mudar, e iba por socorrer al Rey, fué para el caballero
-por le tajar la cabeza, y el Rey dió voces que le no matase. Los dos
-cohermanos que fueran tras un caballero que se les iba e lo habían
-muerto, cuando volvieron e vieron al Rey mucho fueron espantados; que
-de su prisión no sabían ninguna cosa, e decendieron ahína, e tirados
-los yelmos, fueron fincar los hinojos ante él, y él los conoció, e
-levantándolos por las manos, dijo:
-
---Por Dios, amigos, en buena hora me acorristes.
-
-Don Galaor sacó al primo de Arcalaus de so el caballo, e quitando
-la cadena al Rey, la puso a él; e tomaron de los caballos de los
-caballeros muertos e comenzáronse de ir camino de Londres muy alegres,
-_donde también había fracasado totalmente la intriga de Arcalaus,
-costándole la vida a Barsinan_.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-LIBRO SEGUNDO
-
-BELTENEBRÓS
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-LA ÍNSOLA FIRME
-
-
-_De allí a algún tiempo, regresando Amadís con Agrajes, don Galaor y
-don Florestán, hijo también del rey Perión de Gaula, de restablecer
-en el trono del reino de Sobradisa a la hermosa niña Briolanja,
-que traidoramente había sido desposeída de él por un pariente
-suyo, hallaron en despoblado una doncella, acompañada de criadas y
-escuderos_, la cual les preguntó adónde era su camino. Amadís le dijo:
-
---Doncella, a casa del rey Lisuarte imos, e si allá vos place ir,
-acompañar vos hemos.
-
---Mucho vos lo agradezco --dijo ella--, mas yo voy a otra parte, e
-porque vos vi andar así armados como los caballeros que las aventuras
-demandan, acordé de os atender si querría ir alguno de vosotros a la
-Ínsola Firme por ver las extrañas cosas e maravillas que hí son, que
-yo allá voy, e soy fija del gobernador que agora la ínsola tiene.
-
---¡Oh santa María! --dijo Amadís--; por Dios, muchas veces oí decir de
-las maravillas de esa ínsola, et por dichoso me ternía de las ver, e
-hasta agora no se me aparejó.
-
---Buen señor, no os pese por lo haber tardado --dijo ella--, que otros
-muchos tovieron ese deseo, e cuando lo pusieron en obras no salieron de
-allí tan alegres como entraron.
-
---Verdad decís --dijo él--, según lo que dende he oído; mas decidme:
-¿Rodearíamos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos?
-
---Rodearíades dos jornadas --dijo la doncella.
-
-Entonces movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la
-Ínsola Firme.
-
-_El sabio Apolidón, hijo de un rey de Grecia, había vivido allí largos
-años en la mayor felicidad, con su esposa Grimanesa. Al cabo, siendo
-él elegido emperador, hubieron de dejar, con gran pena, la ínsola en
-que tan dichosos habían sido, tan bellos edificios habían hecho y
-tan grandes riquezas habían acumulado; mas Grimanesa_, habiendo gran
-mancilla que una cosa tan señalada como lo era aquella ínsola, donde
-tales y tan grandes cosas quedaban, poseída por aquel su grande amigo,
-el mejor caballero en armas que en el mundo se hallaba, e por ella, que
-por el semejante sobre todas las de su tiempo su gran hermosura loada
-era; e junto con esto ser amados de sí mesmos en la mesma perfeción
-que del amor alcanzar se puede, rogó a Apolidón que antes de su partida
-dejase allí, por su gran saber, cómo en los venideros tiempos aquel
-lugar señoreado no fuese sino por persona que así en fortaleza de armas
-como en lealtad de amores y de sobrada fermosura a ellos entrambos
-pareciese.
-
-Apolidón le dijo:
-
---Mi señora, pues que así os place, yo lo haré de guisa que de aquí
-ningún señor ni señora ser pueda sino aquellos que más señalados en lo
-que habéis dicho sean.
-
-Entonces hizo un arco a la entrada de una huerta en que árboles de
-todas naturas había, e otrosí había en ella cuatro cámaras ricas de
-extraña labor, y era cercada de tal forma, que ninguno a ella podía
-entrar sino por debajo del arco; encima dél puso una imagen de hombre
-de cobre, y tenía una trompa en la boca como que quería tañer; e dentro
-en el un palacio de aquellos puso dos figuras a semejanza suya y de
-su amiga, tales que vivas parecían, las caras propriamente como las
-suyas y su estatura, y cabe ellas una piedra jaspe muy clara; e fizo
-poner un padrón de fierro de cinco codos en alto a un medio trecho de
-ballesta en un campo grande que ende era, e dijo: “De aquí adelante
-no pasará ningún hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que
-primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá aquella
-trompa con son tan espantoso a fumo e llamas de fuego, que los fará
-ser tollidos, e así como muertos serán deste sitio lanzados; pero si
-tal caballero o dueña o doncella aquí vinieren que sean dignos de
-acabar esta aventura por la gran lealtad suya, como ya dije, entrarán
-sin ningún entrévalo, e la imagen hará tan dulce són, que muy sabroso
-sea de oír a los que lo oyeren; y éstos verán las nuestras imágines,
-e sus nombres escriptos en el jaspe, que no sepan quién los escribe.”
-E tomándola por la mano a su amiga, la fizo entrar debajo del arco,
-e la imagen fizo el dulce són, e mostróle las imágines e sus nombres
-dellos en el jaspe escriptos. E saliéndose fuera, hobo Grimanesa gana
-de lo facer probar, e mandó entrar algunas dueñas e doncellas suyas,
-mas la imagen fizo el espantoso són con gran fumo e llamas de fuego;
-luego fueron tollidas sin sentido alguno e lanzadas fuera del arco, e
-los caballeros por el semejante; de que Grimanesa, seyendo cierta sin
-peligro ser, con mucho placer dellos se reía, gradeciendo mucho a su
-amado amigo Apolidón aquello que tanto en satisfación de su voluntad
-había hecho, e luego le dijo:
-
---Mi señor, pues ¿qué será de aquella rica cámara en que tanto placer y
-deleite hobimos?
-
---Agora --dijo él-- vamos allá, e veréis lo que hi faré.
-
-Entonces se fueron donde la cámara era, e Apolidón mandó traer dos
-padrones, uno de piedra e otro de cobre, y el de piedra hizo poner a
-cinco pasos de la puerta de la cámara, y el de cobre otros cinco más
-desviado; e dijo a su amiga:
-
---Agora sabed que en esta cámara no puede hombre ni mujer entrar en
-ninguna manera ni tiempo fasta que aquí venga tal caballero que de
-bondad de armas me pase, ni mujer si a vos de hermosura no pasare; pero
-si tales vinieren que a mí de armas e a vos de hermosura venzan, sin
-estorbo alguno entrarán.
-
-E puso unas letras en el padrón de cobre que decían: “De aquí pasarán
-los caballeros en que gran bondad de armas hobiere; cada uno según
-su valor, así pasarán adelante.” E puso otras letras en el padrón de
-piedra que decían: “De aquí no pasará sino el caballero que de bondad
-de armas a Apolidón pasará.” Y encima de la puerta de la cámara puso
-unas letras que decían: “Aquel que me pasare de bondad entrará en la
-rica cámara y será señor desta ínsola; e así llegarán las dueñas e
-doncellas; así que, ninguna entrará dentro si a vos de hermosura no
-pasare.” E hizo con su sabidoría tal encantamento, que con doce pasos
-al derredor ninguno a la cámara llegar podía, ni tenía otra entrada
-sino por la vía de los padrones que habéis oído, e mandó que en aquella
-ínsola hobiese un gobernador que la rigiese e cogiese las rentas
-della, y fuesen guardadas para aquel caballero que ventura hobiese de
-entrar en la cámara e fuese señor de la ínsola; e mandó que los que
-falleciesen en lo del arco de los amadores que sin les hacer honra los
-echasen fuera, e a los que lo acabasen los sirviesen; e dijo más, que
-los caballeros que la cámara probasen e no podiesen entrar al padrón de
-cobre, que dejasen allí las armas, e los que algo del padrón pasasen,
-que no les tomasen sino las espadas, e los que al padrón de mármol
-llegasen que no les tomasen sino los escudos; e si tales viniesen
-que deste padrón pasasen e no podiesen entrar, que les tomasen las
-espuelas; e a las doncellas e dueñas que no les tomasen cosa, salvo que
-diciendo sus nombres los pusiesen en la puerta del castillo, señalando
-a do cada una había llegado, e dijo:
-
---Cuando esta isla hobiere señor se desfará el encantamento para los
-caballeros, que libremente podrán pasar por los padrones y entrar en la
-cámara; pero no lo será para las mujeres fasta que venga aquella que
-por su gran hermosura la aventura acabará, e albergare dentro en la
-rica cámara con el caballero que el señorío habrá ganado.
-
-Esto así hecho, Apolidón e Grimanesa, dejando a tal recaudo la Ínsola
-Firme como oído habéis, en sus naos partieron dende e pasaron en
-Grecia, donde fueron emperadores e hobieron hijos que en el imperio
-después de sus días sucedieron.
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEGUNDO
-
-EL ARCO DE LOS LEALES AMADORES
-
-
-_Volvamos ahora a Amadís y sus acompañantes que con la doncella y el
-gobernador, que había salido a recibirlos_, se fueron al castillo por
-donde toda la ínsola se mandaba, que no era sino aquella entrada, que
-sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo al estaba de la mar
-rodeado, aunque en la ínsola había siete leguas en largo e cinco en
-ancho; e por aquello que era ínsola, e por lo poco que de tierra firme
-tenía, llamáronla Ínsola Firme.
-
-Pues allí llegados, entrando por la puerta, vieron un gran palacio
-las puertas abiertas e muchos escudos en él, puestos en tres maneras,
-que bien ciento dellos estaban acostados a unos poyos, e sobre ellos
-algunos estaban más altos, y en otro poyo sobre los diez estaban dos,
-y el uno dellos estaba más alto que el otro más de la meitad. Amadís
-preguntó que por qué los pusieron así, e dijéronle que así era la
-bondad de cada uno cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida
-quisieron entrar; e los que no llegaron al padrón de cobre estaban los
-escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más altos,
-y de aquellos dos el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas no pudo
-llegar al otro; y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol,
-que no pasó más adelante.
-
-Desque Amadís vió los escudos mucho dudó aquella aventura, pues que
-tales caballeros no la acabaron. E salieron del palacio e fueron
-al arco de los leales amadores, y llegando al sitio que la entrada
-defendía, Agrajes, _que estaba muy enamorado de una gentil doncella
-llamada Olinda_, se llegó al mármol, y decendiendo de su caballo e
-encomendándose a Dios, dijo:
-
---Amor, si vos he sido leal, membradvos de mí.
-
-E pasó el marco, y llegando so el arco, la imagen que encima estaba
-comenzó un són tan dulce, que Agrajes y todos los que lo oían sentían
-gran deleite; y llegó al palacio donde las imágines de Apolidón y de
-Grimanesa estaban, que no les pareció sino propiamente vivas; e miró el
-jaspe e vió allí dos nombres escriptos, y el suyo.
-
-Entrando Agrajes, como oís, so el arco de los leales amadores, Amadís
-dió su caballo e sus armas a su escudero Gandalín, e fuése adelante
-lo más presto que él pudo sin temor ninguno, como aquel que sentía
-no haber errado a su señora, no solamente por obra, mas por el
-pensamiento; e como fué so el arco, la imagen comenzó a facer un són
-mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, e por la boca
-de la trompa lanzaba flores muy fermosas, que gran olor daban, e caían
-en el campo muy espesas; así que nunca a caballero que allí entrase
-fué lo semejante hecho, e pasó donde eran las imágines de Apolidón e
-Grimanesa, e con mucha afición las estovo mirando, paresciéndole muy
-hermosas e tan frescas como si vivas fuesen.
-
-Don Galaor e Florestán, que de fuera los atendían, viendo que tardaban,
-acordaron de ir a ver la cámara defendida, _y, llegados a ella, don
-Florestán_, encomendándose a Dios, e poniendo su escudo delante, e la
-espada en la mano, fué adelante, y entrando en lo defendido, sintióse
-herir de todas partes con lanzas y espadas de tan grandes golpes e tan
-espesos, que le semejaba que ningún hombre lo podría sofrir; mas como
-él era fuerte e valiente de corazón, no quedaba de ir adelante firiendo
-con su espada a una e a otra parte, e parescíale en la mano que fería
-hombres armados, y que la espada no cortaba; así pasó el padrón de
-cobre y llegó fasta el de mármol, e allí cayó, e no pudo ir más
-adelante, tan desapoderado de toda su fuerza, que no tenía más sentido
-que si muerto fuese; e luego fué lanzado fuera del sitio, como lo
-facían a los otros. Don Galaor, que así lo vió, hobo dél mucho pesar,
-_pero también él quiso probar la cámara defendida_; tomó sus armas, y
-encomendándose a Dios, fuése contra la puerta de la cámara, e luego
-le firieron de todas partes de muy duros e grandes golpes, e con gran
-cuita llegó al padrón de mármol e abrazóse con él, y detóvose un poco;
-mas cuanto un paso dió adelante fué tan cargado de golpes, que no lo
-pudiendo sofrir, cayó en tierra, así como don Florestán, con tanto
-desacuerdo, que no sabía si era muerto ni si vivo; e luego fué lanzado
-fuera, así como los otros.
-
-Amadís e Agrajes, que gran pieza habían andado por la huerta,
-tornáronse a las imágines, e vieron allí en el jaspe su nombre
-escripto, que decía: “Este es Amadís de Gaula, el leal enamorado, fijo
-del rey Perión de Gaula.” E así estando leyendo las letras con gran
-placer, llegó al marco el enano dando voces, e dijo:
-
---Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos.
-
-E como esto oyó, salió de allí presto, e Agrajes tras él, y preguntando
-al enano qué era lo que decía, dijo:
-
---Señor, probáronse vuestros hermanos en la cámara e no la acabaron, y
-quedaron tales como muertos.
-
-Agrajes, como era de gran corazón, al mayor paso que pudo se fué con su
-espada en la mano contra la cámara, firiendo a una e a otra parte; mas
-no bastó su fuerza de sofrir los golpes que le dieron, e cayó entre el
-padrón de cobre y el de mármol, e atordido como los otros, lo llevaron
-fuera.
-
-Amadís comenzó a maldecir la venida que allí ficieran, e díjole a don
-Galaor, que ya cuasi en su acuerdo estaba:
-
---Hermano, no puedo excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que
-los vuestros.
-
-Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas e fuése
-adelante, rogando a Dios que le ayudase; e cuando llegó al lugar
-defendido paró un poco e dijo:
-
---¡Oh mi señora Oriana! De vos me viene a mí todo el esfuerzo e
-ardimiento; membradvos, señora, de mí a esta sazón, en que tanto
-vuestra sabrosa membranza me es menester.
-
-E luego pasó adelante, e sintióse ferir de todas partes duramente, y
-llegó al padrón de mármol, e pasando dél, parecióle que todos los del
-mundo eran a lo ferir, e oía gran ruido de voces como si el mundo se
-fundiese, e decían:
-
---Si este caballero tornáis, no hay agora en el mundo otro que aquí
-entrar pueda.
-
-Pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las veces
-de manos, e otras de rodillas; e la espada, con que muchos golpes
-diera, había perdido de la mano, e andaba colgada de una correa, que no
-la podía cobrar; así llegó a la puerta de la cámara e vió una mano que
-le tomó por la suya e lo metió dentro, e oyó una voz que dijo:
-
---Bien venga el caballero que pasando de bondad a aquel que este
-encantamento fizo, que en su tiempo par no tovo, será de aquí señor.
-
-Aquella mano le pareció grande e dura, como de hombre viejo, y en el
-brazo tenía vestida una manga de jamete verde, e como dentro en la
-cámara fué, soltóle la mano, que no la vió más, y él quedó descansado
-e cobrado en toda su fuerza, e quitándose el escudo del cuello y el
-yelmo de la cabeza, metió la espada en la vaina, e gradeció a su señora
-Oriana aquella honra que por su causa ganara.
-
-[Ilustración]
-
-A esta sazón todos los del castillo, que las voces oyeran de cómo le
-otorgaban el señorío, y le vieron dentro, comenzaron a decir en alta
-voz:
-
---Señor, vemos complido, a Dios loor, lo que tanto deseado teníamos.
-
-Los hermanos, que más acordados eran e vieron cómo Amadís acabara
-lo que todos habían faltado, fueron alegres por el gran amor que le
-tenían; e como estaban se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador
-con todos los suyos llegaron a Amadís e por señor le besaron las manos.
-Cuando vieron las cosas extrañas que dentro de la cámara había de
-labores e riquezas, fueron espantados de lo ver; mas no era nada con un
-apartamiento que allí se facía donde Apolidón e su amiga albergaban;
-que este era de tal forma, que no solamente ninguno podría alcanzar a
-facerlo, mas ni entender cómo facerse podría; y era de tal forma, que
-estando dentro, podían ver claramente lo que de fuera se ficiese, e
-los de fuera por ninguna guisa no verían nada de los de dentro. Allí
-estovieron todos una gran pieza con gran placer los caballeros, porque
-en su linaje hobiese tal caballero que pasase de bondad a todos los
-del mundo presentes e cien años a zaga; los de la Ínsola por haber
-cobrado tal señor, con quien esperaban ser bienaventurados. Isanjo, el
-gobernador, dijo a Amadís:
-
---Señor, bien será que comáis e descanséis, e mañana serán aquí todos
-los hombres buenos de la tierra e vos harán homenaje, recibiéndovos por
-señor.
-
-Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron de
-aquello que aderezado estaba; e folgando aquel día, luego el siguiente
-vinieron allí asonados todos los más de la ínsola con grandes juegos
-e alegrías; quedando ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por
-su señor con aquellas seguridades que en aquel tiempo e tierra se
-acostumbraban.
-
-
-
-
-CAPÍTULO TERCERO
-
-LOS CELOS DE ORIANA
-
-
-_Ardián el enano, que, como todos, ignoraba por completo los amores de
-su señor con Oriana, habíale dicho a la princesa, al tiempo de partir
-para Sobradisa, que Amadís iba a aquel reino con objeto de casarse con
-la hermosa niña Briolanja, luego de reponerla en el trono. Oriana,
-oídas estas palabras, a pesar de las advertencias de Mabilia y de la
-Doncella de Denamarca, sus consejeras, no pudo menos de escribir la
-siguiente carta_:
-
-
-CARTA QUE LA SEÑORA ORIANA ENVÍA A SU AMANTE AMADÍS
-
-“Mi rabiosa queja, acompañada de sobrada razón, da lugar a que la flaca
-mano declare lo que el triste corazón encobrir no puede contra vos el
-falso y desleal caballero Amadís de Gaula; pues ya es conoscida la
-deslealtad e poca firmeza que contra mí, la más desdichada y menguada
-de ventura sobre todas las del mundo, habéis mostrado, mudando
-vuestro querer de mí, que sobre todas las cosas vos amaba, poniéndole
-en aquella que, según su edad, para la amar ni conoscer su discreción
-basta; e pues otra venganza mi sojuzgado corazón tomar no puede, quiero
-todo el sobrado y mal empleado amor que en vos tenía apartarlo. ¡Oh
-qué mal empleé e sojuzgué mi corazón, que en pago de mis sospiros
-e pasiones, burlada y desechada fuese! E pues este engaño es ya
-manifiesto, no parezcáis ante mí ni en parte donde yo sea; porque sed
-cierto que el muy encendido amor que vos había es tornado, por vuestro
-merescimiento, en muy rabiosa e cruel saña; e con vuestra quebrantada
-fe e sabios engaños id a engañar otra cativa mujer como yo, que así me
-vencí de vuestras engañosas palabras, de las cuales ninguna salva ni
-excusa serán recebidas; antes, sin vos ver, plañiré con mis lágrimas mi
-desastrada ventura e con ellas daré fin a mi vida, acabando mi triste
-planto.”
-
-Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy conocido, e puso en
-el sobrescrito: “Yo soy la doncella ferida de punta de espada por el
-corazón, e vos sois el que me feristes.” E fablando en gran secreto con
-un doncel que Durín se llamaba, hermano de la doncella de Denamarca, le
-mandó que no holgase fasta _que hallara_ a Amadís, e aquella carta le
-diese.
-
-_El Doncel, siguiendo los pasos de Amadís, llegó a la Ínsola Firme
-cuando el caballero tomaba posesión de ella de la gloriosa manera que
-sabéis, y fué testigo de cómo todos sus moradores le rendían vasallaje.
-Después procuró verse a solas con el nuevo señor de la isla y le
-entregó lo que para él traía._
-
-Amadís tomó la carta, e aunque su corazón grande alegría sintiese con
-ella, temiendo que Durín nada de su secreto sabía, encubrió lo más
-que pudo; y la tristeza no pudo facer, que habiendo leído las fuertes
-e temerosas palabras que en ella venían, no bastó el esfuerzo ni el
-juicio que claramente no mostrase ser llegado a la cruel muerte, con
-tantas lágrimas, con tantos sospiros, que no parecía sino ser hecho
-pedazos su corazón, quedando tan desmayado e fuera de sentido, como si
-el ánima ya de las carnes partida fuera. Durín, que mucho sin sospecha
-desto estaba, cuando aquello vió, llorando muy fuertemente maldecía a
-sí e a su ventura e a la muerte porque antes que allí llegase no le
-había sobrevenido.
-
-Amadís, no podiendo estar en pie, sentóse en la yerba que allí
-estaba, e tomó la carta que se le había de las manos caído, e cuando
-vió el sobrescripto, su cuita fué tan sin medida, que por una pieza
-estuvo amorrecido, de que Durín fué muy espantado; mas seyendo ya él
-recordado, dijo con gran dolor:
-
---Señor Dios, ¿por qué vos plugo de me dar muerte sin merescimiento?
-
-E después dijo:
-
---¡Ay lealtad, qué mal galardón dais a aquel que vos nunca faltó!
-Fecistes a mi señora que me falleciese, sabiendo vos que antes mil
-veces por la muerte pasaría que pasar su mandado.
-
-E tornando a tomar la carta, dijo:
-
---Vos sois la causa de la mi dolorosa fin, e porque más cedo me
-sobrevenga iréis comigo.
-
-E metióla en su seno e dijo a Durín:
-
---¿Mandáronte otra cosa que me dijeses?
-
---No --dijo él.
-
---Pues llevarás mi mandado --dijo Amadís.
-
---No, señor --dijo él--; que me defendieron que lo no llevase.
-
---E Mabilia e tu hermana ¿no te dijeron algo que me dijeses?
-
---No supieron --dijo Durín-- de mi venida; que mi señora me mandó que
-dellas la encobriese.
-
---¡Ay, santa María, valme! --dijo Amadís--; agora veo que la mi
-desventura es sin remedio.
-
-Entonces dijo a Durín que llamase a Gandalín e Isanjo, el gobernador, e
-como él vino díjole:
-
---Quiero que como leal caballero me prometades que fasta mañana,
-después que mis hermanos oyeren misa, no diréis ninguna cosa de cuanto
-agora veréis.
-
-Él así lo prometió, e otra tal fianza tomó de aquellos dos escuderos;
-luego mandó a Isanjo que le ficiese tener secretamente abierta la
-puerta del castillo, e Gandalín que sacase sus armas e caballo fuera
-sin que persona lo sintiese.
-
-_A escondidas de todos salió con Isanjo y sus hijos del castillo._
-Amadís iba sospirando e gimiendo con tanta angustia e dolor, que los
-que lo veían eran puestos en dolor en así lo ver; e demandando las
-armas, se armó, e volviéndose a Gandalín, le tomó entre sus brazos
-llorando fuertemente; e así lo tuvo una pieza sin que hablar le
-pudiese, e díjole:
-
---Mi buen amigo Gandalín, yo e tú fuimos en uno e a una leche criados,
-e nuestra vida siempre fué de consuno, e yo nunca fuí en afán ni en
-peligro en que tú no hobieses parte; e tu padre me sacó de la mar tan
-pequeña cosa como desa noche nacido; e criáronme como buen padre e
-madre a fijo mucho amado; e tú, mi leal amigo, nunca pensastes sino
-en me servir; e yo, esperando que Dios me daría alguna honra con que
-algo de tu merescimiento satisfacer podiese, hame venido esta tan gran
-desaventura, que por más cruel que la propia muerte la tengo, donde
-conviene que nos partamos, e yo no tengo qué te dejar sino solamente
-esta ínsola; e mando a Isanjo e a todos los otros, por el homenaje que
-me tienen fecho, que tanto que de mi muerte sepan te tomen por señor;
-e como quiera que este señorío tuyo sea, mando que lo gocen tu padre e
-madre en sus días, e después a ti libre quede.
-
-Gandalín le dijo:
-
---Señor, nunca vos cuita hobistes en que de vos yo fuese partido, ni
-agora lo seré por ninguna cosa; e si vos morierdes, yo no quiero vivir;
-que después de la vuestra muerte nunca Dios me dé honra ni señorío.
-
---Cállate, por Dios --dijo Amadís--; no digas tal locura ni me fagas
-pesar, pues lo nunca feciste, e cúmplase lo que yo quiero.
-
-_Despidióse entonces de todos, abrazándoles y diciéndoles:_
-
---A Dios vos encomiendo; que nunca pienso de jamás os ver.
-
-E defendiéndoles que en ninguna manera fuesen en pos dél, puso las
-espuelas a su caballo sin se le acordar de tomar el yelmo ni escudo ni
-lanza, e metióse muy presto por la espesa montaña, no a otra parte sino
-adonde el caballo lo quería llevar, e así anduvo hasta más de la media
-noche sin sentido ninguno, hasta que el caballo topó en un arroyuelo de
-agua que de una fuente salía, e con la sed se fué por él arriba hasta
-que llegó a beber en ella; e dando las ramas de los árboles a Amadís
-en el rostro, recordó en su sentido, e miró a una e otra parte, mas no
-vió sino espesas matas, e hobo gran placer, creyendo que muy apartado y
-escondido estaba; e tanto que su caballo bebió apeóse dél, e atándole
-a un árbol, se asentó en la yerba verde para facer su duelo; mas tanto
-había llorado, que la cabeza tenía desvanecida; así que se adormeció.
-
-
-
-
-CAPÍTULO CUARTO
-
-EL ERMITAÑO
-
-
-_Vagó Amadís, sin tomar alimento ni descanso, por lo más escondido de
-aquellas montañas, hasta que, de allí a dos días, al caer la tarde_,
-entró en una gran vega que al pie de una montaña estaba, y en ella
-había dos árboles altos, que estaban sobre una fuente, e fué allá por
-dar agua a su caballo, que todo aquel día andoviera sin fallar agua;
-e cuando a la fuente llegó vió un hombre de orden, la cabeza e barbas
-blancas, e daba beber a un asno, y vestía un hábito muy pobre de lana
-de cabras. Amadís le saludó, e preguntóle si era de misa; el hombre
-bueno le dijo que bien había cuarenta años que lo era.
-
---A Dios merced --dijo Amadís--; agora vos ruego que folguéis aquí esta
-noche por el amor de Dios, e oírme heis de penitencia, que mucho lo he
-menester.
-
---En el nombre de Dios --dijo el buen hombre.
-
-Amadís se apeó e puso las armas en tierra, y desensilló el caballo y
-dejólo pacer por la yerba, y él desarmóse e fincó los hinojos ante el
-buen hombre, e comenzóle a besar los pies. El hombre bueno lo tomó por
-la mano, e alzándolo, lo fizo sentar cabe sí, e vió cómo era el más
-hermoso caballero que en su vida visto había, pero vióle descolorido,
-e las faces e los pechos bañados en lágrimas que derramaba, e hobo dél
-duelo e dijo:
-
---Decid todos los pecados que se os acordaren.
-
-Amadís así lo fizo, diciéndole toda su facienda, que nada faltó.
-
-El hombre bueno le dijo:
-
---Según vuestro entendimiento y el linaje tan alto donde venís, no os
-debríades matar ni perder por ninguna cosa que vos aviniese, cuanto más
-por fecho de mujeres; e vos consejo que no paréis en tal cosa mientes e
-vos quitéis de tal locura, que lo fagáis por amor de Dios, a quien no
-place de tales cosas.
-
---Buen señor --dijo Amadís--, yo soy llegado a tal punto, que no puedo
-vivir sino muy poco, e ruégoos por aquel Señor poderoso, cuya fe vos
-mantenéis, que vos plega de me llevar con vos este poco de tiempo que
-durare, e habré con vos consejo de mi alma; pues que ya las armas ni el
-caballo no me facen menester, dejarlo he aquí, e iré con vos de pie,
-faciendo aquella penitencia que me mandardes.
-
-Y el hombre bueno comenzó de llorar con gran pesar que dél había; así
-que las lágrimas le caían por las barbas, que eran largas y blancas, e
-díjole:
-
---Mi fijo señor; yo moro en un lugar muy esquivo e trabajoso de vivir,
-que es una ermita metida en la mar bien siete leguas, en una peña muy
-alta, y es tan estrecha la peña, que ningún navío a ella se puede
-llegar sino es en el tiempo del verano; e allí moro yo ha treinta años,
-e quien allí morare conviénele que deje los vicios e placeres del
-mundo, e mi mantenimiento es de limosnas que los de la tierra me dan.
-
---Todo eso --dijo Amadís-- es a mi grado, e a mí place de pasar con vos
-tal vida, esta poca que queda, e ruégovos por amor de Dios que me lo
-otorguéis.
-
-El hombre bueno gelo otorgó, mucho contra su voluntad, e Amadís le dijo:
-
---Agora me mandad, padre, lo que faga; que en todo vos seré obediente.
-
-El hombre bueno le dió la bendición, e luego dijo vísperas, e sacando
-de una alforja pan y pescado, dijo a Amadís que comiese; mas él no lo
-hacía, aunque pasaran ya tres días que no comiera; él dijo:
-
---Vos habéis de estar a mi obediencia, e mándoos que comáis; si no,
-vuestra alma sería en gran peligro si así moriésedes.
-
-Entonces comió, pero muy poco; que no podía de sí partir aquella grande
-angustia en que estaba; e cuando fué hora de dormir el buen hombre se
-echó sobre su manto e Amadís a sus pies, que en todo lo más de la noche
-no hizo, con la gran cuita, sino revolverse e dar grandes sospiros; e
-ya cansado y vencido del sueño, adormecióse.
-
-_A la otra mañana pusiéronse en camino, el ermitaño en su asno y Amadís
-en su caballo, porque el religioso así se lo mandó._ El hombre bueno lo
-iba mirando, como era tan hermoso y de tan buen talle, e la gran cuita
-en que estaba, e dijo:
-
---Yo vos quiero poner un nombre que será conforme a vuestra persona
-e angustia en que sois puesto; que vos sois mancebo e muy fermoso; e
-vuestra vida está en grande amargura y en tinieblas; quiero que hayáis
-nombre Beltenebrós.
-
-Amadís plugo de aquel nombre, e tovo al buen hombre por entendido en
-gele haber con tan gran razón puesto, e por este nombre fué él llamado
-en cuanto con él vivió, y después gran tiempo; que no menos que por el
-de Amadís fué loado, según las grandes cosas que hizo, como adelante se
-dirá.
-
-Pues fablando en esto y en otras cosas, llegaron a la mar siendo noche
-cerrada, e fallaron hí una barca en que habían de pasar al hombre bueno
-a su ermita, y Beltenebrós dió su caballo a los marineros, y ellos le
-dieron un pelote e un tabardo de gruesa lana parda, y entraron en la
-barca e fuéronse contra la peña; y Beltenebrós preguntó al buen hombre
-cómo llamaban aquella su morada, y él cómo había nombre.
-
---La morada --dijo él-- es llamada la Peña Pobre, porque allí no puede
-morar ninguno sino en gran pobreza, e mi nombre es Andalod, e fuí
-clérigo asaz entendido, e pasé mi mancebía en muchas vanidades; _mas
-después_ acordé de me retraer a este logar tan solo, donde ya pasan de
-treinta años que nunca dél salí sino agora, que vine a un enterramiento
-de una mi hermana.
-
-Mucho se pagaba Beltenebrós de la soledad y esquiveza de aquel lugar, y
-en pensar de allí morir recebía algún descanso; así fueron navegando en
-su barca fasta que a la peña llegaron.
-
-Así como oís fué encerrado Amadís, con nombre de Beltenebrós, en
-aquella Peña Pobre, metida siete leguas en la mar, desamparando el
-mundo e la honra e aquellas armas con que en tan grande alteza puesto
-era, consumiendo sus días en lágrimas y en continuos lloros, no
-habiendo memoria de _sus hazañas_.
-
-_¿Quién podría pintar ahora la desesperación de Oriana cuando supo
-por su mensajero cómo había pasado Amadís bajo el Arco de los Leales
-Amadores y conoció lo infundado de sus celos? ¿Quién sabría decir la
-fuerza de su dolor al describirle Durín el extremado duelo que después
-de leída la carta de su señora el caballero había hecho y cómo se había
-marchado solo por las selvas con rumbo incierto, cercano a la muerte?_
-
-_A punto de perecer estuvo también, con tales nuevas, la enamorada
-princesa; no encontraban consuelo para ella sus amigas y confidentes.
-Acordóse por fin que la Doncella de Denamarca partiera en busca de
-Amadís, con una carta en que su señora le pedía perdón con muy
-humildes palabras y le suplicaba que fuera a verla en secreto al
-castillo de Miraflores, bella posesión de campo, a dos leguas de
-Londres, que el rey Lisuarte había regalado a su hija Oriana y donde
-ésta solía pasar algunas temporadas, con sus damas e doncellas._
-
-_Los caballeros de la familia de Amadís también salieron a recorrer el
-mundo en busca de su famoso pariente, pero iban pasando los meses y por
-ninguna parte se encontraban huellas del desaparecido caballero. Era ya
-como si hubiera muerto._
-
-
-
-
-CAPÍTULO QUINTO
-
-LA PEÑA POBRE
-
-
-_La Doncella de Denamarca visitó varios países donde ninguna noticia
-pudieron darle de Amadís. Regresaba a la Gran Bretaña, muy triste y
-dolorida, pensando que si no aparecía Amadís era segura la muerte de su
-señora, cuando fué sorprendida por una gran tormenta_ y andando por la
-mar sin gobernalle, sin concierto alguno, perdido de todo punto el tino
-de los mareantes, no teniendo fiucia alguna en sus vidas, en la fin una
-mañana al punto del alba, al pie de la Peña Pobre, donde Beltenebrós
-era, arribaron; la cual fué luego conocida de los de la nave, que
-algunos dellos sabían ser allí Andalod, el santo ermitaño que en la
-ermita suso su vida hacía; lo cual dijeron a la Doncella de Denamarca;
-y ella, como salida de tal peligro, tornada así de muerte a vida, mandó
-que suso a la peña la subiesen; porque oyendo misa de aquel hombre
-bueno, pudiese a la Virgen María dar gracias de aquella merced que su
-glorioso Fijo les había hecho.
-
-[Ilustración]
-
-A esta sazón Beltenebrós estaba _tan enfermo_ y era ya su salud tan
-allegada al cabo, que no esperaba vivir quince días; e del mucho
-llorar, junto con la su gran flaqueza, tenía el rostro muy descarnado
-e negro, mucho más que si de gran dolencia agraviado fuera; así que, no
-había persona que conocerlo podiese.
-
-_Durante la misa volvió el rostro para donde estaban los navegantes_ e
-mirándolos, conoció luego a la Doncella e a Durín, e la alteración fué
-tan grande, que no podiendo estar en los pies, cayó en el suelo como
-si muerto fuese. Cuando el ermitaño esto vió pensó que ya estaba en el
-postrimero punto de su vida, e dijo:
-
---¡Oh Señor poderoso! ¿Por qué no has querido haber piedad deste que
-tanto en tu servicio podiera facer?
-
-E las lágrimas le caían en mucha cantidad por las blancas barbas, e
-dijo:
-
---Buena doncella, faced a esos hombres que me ayuden a llevar este
-hombre a su cámara, que entiendo que éste será el postrimero beneficio
-que facer se le puede.
-
-Entonces Enil e Durín, con el ermitaño, lo llevaron a la casa donde
-albergaba, e le posieron en una cámara asaz pobre, que por ninguno
-dellos nunca fué conocido; pues la doncella oyó la misa, e queriéndose
-ir a comer en tierra, que de la mar muy enojada andaba, acaso preguntó
-al ermitaño qué hombre era aquel que de tan gran dolencia agraviado
-era. El hombre bueno le dijo:
-
---Es un caballero que aquí face penitencia.
-
---Quiérole ver --dijo la doncella--, pues me decís que es caballero
-e de las cosas que en la nave trayo le dejaré con que algo pueda ser
-reparado.
-
---Faceldo --dijo el buen hombre--; pero entiendo que su muerte, a que
-tanto llegado es, vos quitará dese cuidado.
-
-La doncella entró sola en la cámara donde Beltenebrós estaba; el cual,
-pensando qué ficiese, no se sabía determinar; que si se le ficiese
-conocer, pasaba el mandamiento de su señora, e si no, si aquella que
-era todo el reparo de su vida de allí se fuese, no le quedaba esperanza
-ninguna. En la fin, creyendo que muy más duro para él sería enojar a
-su señora que padecer la muerte, acordó de se le no facer conocer en
-ninguna manera.
-
-Pues la doncella, llegada cerca de la cama, dijo:
-
---Buen hombre, del ermitaño he sabido que sois caballero, e porque las
-doncellas a todos los más caballeros somos muy más obligadas por los
-grandes peligros que en nuestra defensa se ponen, acordé de os ver e
-dejar aquí del bastimiento de la nao todo lo que para vuestra salud en
-ella se fallare.
-
-Él no respondió ninguna cosa; antes estaba con grandes sollozos e
-gemidos llorando. Así que la doncella pensó que el alma de las carnes
-se le partía, de que hobo gran piedad; e porque en la cámara poca luz
-había, abrió una lumbrera que cerrada estaba, e llegóse a la cama por
-ver si era muerto, e comenzóle a mirar, y él a ella, todavía llorando
-e sollozando, e así estuvo por una pieza que la doncella nunca lo
-conoció, porque su pensamiento bien descuidado era de fallar en tal
-parte aquel que buscaba; mas viéndole en el rostro un golpe que _ella
-muy bien conocía_ fízola recordar en lo que ante ninguna sospecha
-tenía, e claramente conoció ser aquel Amadís, e dijo:
-
---¡Ay, santa María, val! ¿Qué es esto que veo? ¡Ay, señor, vos sois
-aquel por quien mucho afán he tomado!
-
-E cayó de bruzas sobre el lecho, e fincando los hinojos, le besó las
-manos muchas veces, e díjole:
-
---Señor, aquí es menester piedad e perdón contra aquella que vos erró;
-que si por su mala sospecha vos ha puesto injustamente en tal estrecho,
-ella con mucha causa e razón padece la vida más amarga que la propia
-muerte.
-
-Beltenebrós la tomó entre sus brazos e juntóla consigo, sin ninguna
-cosa le poder fablar; ella dándole la carta, le dijo:
-
---Esta vos envía vuestra señora, e por mí vos face saber que si
-vos sois aquel Amadís que ser solía, a quien ella tanto ama, que
-poniendo en olvido lo pasado, luego seáis con ella en el su castillo
-de Miraflores, donde con mucho vicio serán emendados los dolores e
-angustias que el sobrado amor que vos tiene han causado.
-
-Él tomó la carta, e después de leída, su alegría fué tan sobrada, que,
-así como con la pasada tristeza, con ella desmayado fué, cayendo las
-lágrimas por sus mejillas sin las sentir.
-
-_Embarcados en la nave de la Doncella se trasladaron a la Gran Bretaña,
-sin que nadie de a bordo hubiera sospechado quién pudiera ser aquel
-Beltenebrós. Después de reponer su salud durante algún tiempo en un
-lugar retirado, el caballero adquirió armas y caballo, tomó un escudero
-y fué a visitar a su señora en su castillo de Miraflores, dejando
-sembrado su camino de las más gloriosas hazañas, que llevaban por todas
-partes la fama del nuevo caballero Beltenebrós, tanto que todo el mundo
-decía que, desaparecido Amadís, no había en el orbe quien pudiera
-igualarse con él._
-
-_Guardó rigurosamente el incógnito hasta que en una descomunal batalla
-que tuvo Lisuarte con el rey Cildadán de Irlanda, al ver que flaqueaban
-los ingleses, Beltenebrós, que venía realizando magníficos hechos de
-armas, se metió por medio de todos gritando:_
-
-_--¡Gaula, Gaula, que yo soy Amadís!_
-
-_Y con su esfuerzo libertó al rey Lisuarte, que ya había caído en poder
-de los enemigos._
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEXTO
-
-EL CASTILLO DE ARCALAUS
-
-
-_Con ello creció hasta el extremo la fama e influencia de Amadís en la
-corte del rey Lisuarte, el cual nada hacía ya sino por mediación de su
-heroico caballero. Mas entre tanto la envidia no estaba queda y algunas
-caballeros de edad, que veían extinguido su influjo, supieron hacer de
-modo que el rey llegara a creer que Amadís proyectaba traidoramente
-apoderarse del reino para él y los suyos._
-
-_Entonces Lisuarte mostró públicamente su desprecio a Amadís, el cual,
-aunque muy dolorido de separarse de Oriana, oído el consejo que ésta le
-dió diciéndole que su honor era antes que todo, retiróse a la Ínsola
-Firme, con un cortejo como de rey, formado por todos los caballeros
-de su familia y gran número de amigos, con lo que apenas le quedaron
-caballeros de valía, en su corte, al rey Lisuarte._
-
-_Poco después, suscitados por Arcalaus el Encantador, que no perdonaba
-ocasión de mover guerra al rey de la Gran Bretaña, tomaron contra él
-las armas seis poderosos reyes dirigidos por el rey Arábigo. Nunca se
-había visto Lisuarte en peligro semejante y era más que probable que
-no pudiera resistir a enemigos tan fuertes, privado del apoyo de los
-caballeros de Amadís._
-
-_A tal sazón, estaba éste en Gaula con Perión, su padre, y su hermano
-don Florestán. Amadís había prometido a su dama que nunca haría armas
-contra el rey Lisuarte y estaba muy triste por no poder tomar parte
-en aquella guerra descomunal. Tratando de ello, llegaron a acordar el
-padre y los dos hijos, que aunque eran muchas las ofensas que del rey
-de la Gran Bretaña habían recibido, irían secretamente y disfrazados
-a prestarle auxilio. Fueron así, en efecto, con armas que les envió
-Urganda la Desconocida, cuyos escudos estaban adornados con sierpes de
-oro. Y la armadura de Amadís había un yelmo dorado. Pasaron a la Gran
-Bretaña, llegaron al campo de batalla; con el esfuerzo de sus brazos
-decidieron ésta en favor de Lisuarte cuando el rey la tenía ya perdida,
-y antes de que el socorrido monarca pudiera buscar a sus favorecedores,
-supieron ocultarse en un bosque, protegidos por el manto de la noche._
-
-Algunos días folgaron en aquella floresta el rey Perión e sus fijos,
-_y yendo en busca de la nave que había de volverlos a Gaula_, fallaron
-cabe una fuente una doncella, que a su palafrén a beber daba, vestida
-ricamente, y encima una capa de escarlata, que con hebillas e ojales
-de oro se abrochaba, y dos escuderos y dos doncellas con ella, que
-le traían falcones e canes, con que cazaba; e como ella los vió,
-conociólos luego en las armas de las sierpes, e fué, faciendo grande
-alegría, contra ellos; e como llegó, saluólos con mucha homildad,
-faciendo señas que era muda. Ellos la saluaron, y parecióles muy
-fermosa, e hobieron mancilla que fuese muda. Ella se llegaba al del
-yelmo dorado, e abrazábalo y queríale besar las manos; e cuando así
-una pieza estovo, convidábalos por señas que fuesen aquella noche sus
-huéspedes en un su castillo, mas ellos no le entendían. Ella fizo
-seña a sus escuderos que gelo declarasen, e así lo ficieron. Ellos,
-viendo aquella buena voluntad y que era ya muy tarde, fuéronse con
-ella a salva fe, y no andovieron mucho, que llegaron a un fermoso
-castillo, teniendo a la doncella por muy rica, pues que dél era señora;
-y entrando en él, fallaron gentes que los recibieron homildosamente, y
-otras dueñas y doncellas, que todas acataban a la muda como a señora;
-luego les tomaron los caballos, e subieron a ellos a una rica cámara,
-que sería veinte codos en alto de la tierra, e faciéndolos desarmar,
-les trajeron ricos mantos que cobriesen; y desque hobieron hablado con
-la muda y con las otras doncellas, trajéronles de cenar e fueron muy
-bien servidos, y ellas se fueron a sus aposentamientos; mas no tardó
-mucho que luego volvieron con muchas candelas e instrumentos acordados
-para les dar placer, e cuando fué tiempo de dormir dejáronlos e
-fuéronse. En aquella cámara había tres camas muy ricas, que la doncella
-muda mandara hacer, e posiéronles sus armas cabe cada cama. Ellos se
-acostaron e dormieron asosegadamente, como aquellos que trabajados
-e fatigados andaban, e aunque sus espíritus reposaban, no lo hacían
-sus vidas, según en el peligroso lazo en que metidos eran, que con
-mucha causa se puede comparar a las cosas deste mundo; que sabed que
-aquella cámara era fecha por una muy engañosa arte, que toda ella se
-sostenía sobre un estello de fierro hecho como husillo de lagar,
-cerrado en otro de madera que en medio de la cámara estaba, e podíase
-abajar e alzar por debajo, trayendo una palanca de hierro al derredor;
-que la cámara no llegaba a pared ninguna; así que, cuando a la mañana
-despertaron, falláronse en hondón otros veinte codos que en alto
-estaban cuando en ella entraron.
-
-Los tres caballeros, cuando fueron despiertos e no vieron señal ninguna
-de claridad, y sentían cómo la gente del castillo sobre ellos andaba,
-mucho se maravillaron, y levantáronse de los lechos, e buscando a
-tiento la puerta y las finiestras, falláronlas; pero metiendo las manos
-por ellas, topaban en el muro del castillo; así que luego conocieron
-que eran traídos a engaño. Estando con gran pesar de se ver en tal
-peligro, pareció suso a una finiestra de la cámara un caballero grande
-y membrudo, y el rostro había medroso, y en la barba e cabeza más
-cabellos blancos que negros, y vestía paños de duelo, e dijo a una voz
-alta:
-
---¿Quién yace allá dentro, que mal seáis albergados? Que, según el gran
-pesar que me habéis fecho, así fallaréis la mesura y merced, que serán
-muy crueles e amargas muertes, e aun con esto no seré vengado, según
-lo que de vos recebí en la batalla del falso rey Lisuarte. Sabed que
-yo soy Arcalaus el Encantador; si me nunca vistes, agora me conoced;
-que nunca ninguno me hizo pesar que dél no me vengase, si no es de uno
-solo, que aun yo cuido tener donde vos estáis.
-
-E la doncella que cabe él estaba dijo:
-
---Buen tío, aquel mancebo que allí está es el que traía el yelmo dorado.
-
-Y tendió la mano contra Amadís. Cuando ellos esto vieron, que aquel era
-Arcalaus, fueron en gran pavor de muerte, e por extraña cosa tovieron
-ver fablar a la doncella muda que los allí trajera.
-
-Arcalaus les dijo:
-
---Caballeros, yo vos haré ante mí tajar las cabezas, y enviarlas he al
-rey Arábigo, en alguna emienda de lo que le deservistes.
-
-E tiróse de la finiestra, e mandóla cerrar, e quedó la cámara tan
-escura, que no se veían unos a otros.
-
-Así como oís pasaron aquel día sin comer e sin beber, y desque Arcalaus
-cenó e pasó ya parte de la noche, vínose a la finiestra donde ellos
-estaban, con dos hachas encendidas, e _la sobrina_, e mandóla abrir, e
-dijo:
-
---Vos, caballeros que allá yacéis, cuido que comeríades, si toviésedes
-qué.
-
---De grado --dijo don Florestán--, si nos lo mandásedes dar.
-
-Él dijo:
-
---Si en voluntad lo tengo, Dios me la quite; pero porque del todo
-no quedéis desconsolados, en emienda de la comida os quiero decir
-unas nuevas. Sabed cómo agora, después que fué noche, vinieron a la
-puerta del castillo dos escuderos e un enano, que preguntaban por los
-caballeros de las armas de las sierpes, e mandélos prender y echar en
-una prisión que ende debajo tenéis. Destos sabré mañana quién sois, o
-los haré cortar miembro a miembro.
-
-Sabed que esto que Arcalaus les dijo era así verdad; que los de la
-galea, viendo que tardaban y tenían el tiempo enderezado para navegar,
-acordaron que los buscasen Gandalín y el Enano e Orfeo, el repostero
-del Rey, e a éstos tenían en la prisión, como es dicho. Mucho les pesó
-al Rey e a sus hijos destas nuevas, porque muy peligrosas eran. Dinarda
-dijo:
-
---Tío, sostenedles la vida, porque con ella mayor pena sostengan.
-
---Pues que así os parece, sobrina --dijo él--, yo lo faré.
-
-E díjoles entonces:
-
---Caballeros, decidme en vuestra fe cuál vos aqueja más, la hambre o la
-sed.
-
---Pues que hemos de decir verdad --dijeron ellos--, aunque el comer era
-más conveniente primero, la sed nos aqueja mucho.
-
-Entonces dijo Arcalaus a una doncella:
-
---Sobrina, echadles una empanada de tocino, porque no digan que no
-acorro a su menester.
-
-Y fuése de allí, e todos los otros.
-
-Aquella doncella vió a Amadís tan apuesto, e sabiendo las grandes
-caballerías que en la batalla hiciera, era mucho movida a piedad dél e
-de los otros; e luego puso en un cesto un barril de agua e otro de vino
-e la empanada, e colgándolo por una cuerda, gelo dió, diciendo:
-
---Tomad esto y tenedme poridad; que si yo puedo, no lo pasaréis mal.
-
-Amadís gelo gradeció mucho, y ella se fué. Con aquello cenaron, e
-acostáronse en sus camas, e mandaron a sus escuderos, que allí con
-ellos estaban, que toviesen las armas en tal parte donde las fallasen;
-que si de hambre no morían, de otra manera ellos venderían bien sus
-vidas.
-
-Gandalín e Orfeo y el Enano fueron metidos en la prisión que era deyuso
-de aquel sobrado donde sus señores estaban, e hallaron hi una dueña e
-dos caballeros; el uno, que era su marido e ya de días, y el otro su
-fijo, asaz mancebo; e había un año que allí estaban, e fablando unos
-con otros, dijo Gandalín cómo viniendo en busca de los tres caballeros
-de las armas de las sierpes, los habían prendido.
-
---¡Santa María! --dijo el caballero--; sabed que esos que decís fueron
-en este castillo muy bien recebidos, y estando dormiendo entraron
-aquí cuatro hombres, e trayendo a derredor esta palanca de hierro que
-aquí veis, bajaron con ella este sobrado; así que, han recebido gran
-traición.
-
-Gandalín, que muy avisado era, entendió luego que su señor e los otros
-estaban allí, y el peligro grande de muerte en que estaban, e dijo:
-
---Pues que así es, trabajemos nos de lo subir suso; si no, ellos ni
-nosotros nunca saldremos de aquí; e creed que si ellos se salvan, que
-nosotros seremos libres.
-
-Entonces el caballero e su fijo de una parte, e Gandalín e Orfeo de
-la otra, comenezaron a rodear la palanca; así que, el sobrado comenzó
-luego a subir, y el rey Perión, que no dormía sosegado, más con cuita
-de sus fijos que de sí, sintiólo luego y despertólos, e díjoles:
-
---¿Veis cómo el sobrado se alza, no sé por cuál razón?
-
-Amadís dijo:
-
---Sea por cualquiera, que morir como caballeros o como ladrones gran
-diferencia es.
-
-E luego saltaron de los lechos, e ficieron a sus escuderos que los
-armasen, y esperaron qué sería aquello; mas el sobrado fué alzado,
-a gran afán de los que lo sobían, tanto como era menester; y el rey
-Perión e sus fijos, que a la puerta estaban, vieron por entre las
-tablas la claridad, e conocieron que por allí habían entrado; e
-trabaron della todos tres tan fuerte, que la derribaron e salieron
-al muro, donde eran los veladores, con tan gran coraje e braveza,
-que maravilla era, e comenzaron a matar e derribar del muro cuanto
-fallaban, e decir:
-
---¡Gaula, Gaula; que nuestro es el castillo!
-
-Arcalaus, que le oyó, fué muy espantado, e cuidando que traición era de
-alguno de los suyos, que allí había traído sus enemigos, fuyó desnudo a
-una torre e subió consigo el escalera, que andadiza era; e no se temía
-de los presos, que aquellos a buen recaudo, a su parecer, estaban;
-e asomándose a una finiestra, vió a los de las armas de las sierpes
-andar por el castillo a gran priesa, e aunque los conoció, no osó salir
-ni bajar a ellos; mas daba voces, diciendo a los suyos que les no
-temiesen, que no eran más de tres hombres. Algunos de los suyos, que
-abajo posaban, comenzáronse a armar; mas los tres caballeros, que ya el
-muro habían de los veladores delibrado, bajaron luego a ellos, que los
-oyeron, y en poca de hora los pararon tales, así muertos como heridos,
-que ninguno pareció ante ellos.
-
-Los que estaban en la cárcel, que oyeron lo que se hacía, dieron voces
-que los acorriesen. Amadís conoció la voz de su enano, que éste y
-la dueña habían más temor; e fueron luego para los sacar, e así lo
-ficieron, que a gran fuerza quebrantaron las armellas e abrieron la
-puerta, por donde salieron, e buscando por las casas bajas que al
-corral salían, hallaron los caballos suyos e de sus señores e otros de
-Arcalaus, que dieron al caballero e a su hijo, e un palafrén de _la
-sobrina_ para la dueña, e sacáronlos todos fuera del castillo, e cuando
-fueron a caballo mandó el Rey poner fuego a las casas que dentro eran,
-e comenzó a arder tan bravamente, que todo parecía una llama; el fuego
-era grande, que daba en la torre.
-
-Entonces se fueron por el camino que allí vinieran a la galea, e
-subiendo una sierra, vieron las grandes llamas del castillo e las voces
-de la gente, de manera que hobieron placer; así andovieron fasta ser en
-el monte alto. Entonces esclareció el día, e vieron ayuso en la ribera
-la su galea, e fueron para allá, entraron dentro, _y alzando las velas
-hicieron rumbo a Gaula_.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-LIBRO TERCERO
-
-EL CABALLERO DE LA VERDE ESPADA
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-LA MUERTE DEL ENDRIAGO
-
-
-_Durante los años siguientes, Amadís, que por su enojo con el rey
-Lisuarte no podía volver a la corte de la Gran Bretaña y estaba
-privado de ver a su amada Oriana, con el nombre del Caballero de la
-Verde Espada --por una que a gran honra suya había ganado-- anduvo por
-Alemania, Bohemia y Romania, corriendo siempre los más bravos peligros
-y realizando descomunales hazañas, tanto que por todas aquellas tierras
-no había caballero más famoso que el de la Verde Espada._
-
-_Ganó entonces la amistad de un sabio médico, el maestro Elisabat, que
-desde entonces lo acompañó siempre en sus viajes y más de una vez salvó
-su vida y las de sus amigos con sus profundos conocimientos en el arte
-de curar heridas._
-
-[Ilustración]
-
-_Embarcóse para pasar a la corte del Emperador de Constantinopla, y
-yendo por la mar navegando_ con muy buen viento, súbitamente tornando
-al contrario, como muchas veces acaece, fué la mar tan embravecida, tan
-fuera de compás, que ni la fuerza de la fusta, que grande era, ni la
-sabiduría de los mareantes no pudieron tanto resistir, que muchas veces
-en peligro de ser anegada no fuese; las lluvias eran tan espesas e los
-vientos tan apoderados y el cielo tan escuro, que en gran desesperación
-estaban de ser las vidas remediadas. Así andovieron ocho días, sin
-saber ni atinar a cuál parte de la mar andoviesen, sin que la tormenta
-un punto ni momento cesase; en cabo de los cuales, con la gran fuerza
-de los vientos, una noche, antes que amaneciese, la fusta a la tierra
-llegada fué tan reciamente, que por ninguna guisa la podían despegar;
-esto dió gran consuelo a todos, como si de muerte a la vida tornados
-fueran; mas _después_ reconociendo los marineros en la parte que
-estaban, sabiendo ser allí la ínsola que del Diablo se llamaba, donde
-una bestia fiera toda la había despoblado, en dobladas angustias y
-dolores sus ánimos fueron, teniéndolo en muy mayor grado de peligro que
-el que en la mar esperaban.
-
-_Los marineros, llenos de espanto, agotaban en vano sus fuerzas
-luchando por apartar de allí a la nave, y el maestro Elisabat, en
-tanto, describíale a Amadís cómo era la espantable criatura, hija de
-horrendo pecado, que señoreaba la isla._ Tenía el cuerpo y el rostro
-cubierto de pelo, y encima había conchas, sobrepuestas unas sobre
-otras, tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, e las piernas
-e pies eran muy gruesos y recios, y encima de los hombros había alas
-tan grandes, que fasta los pies le cobrían, e no de péñolas, mas de un
-cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte, que ninguna
-arma las podía empecer, con las cuales se cobría como lo ficiese un
-hombre con un escudo; y debajo dellas le salían brazos muy fuertes,
-así como de león, todos cobiertos de conchas más menudas que las del
-cuerpo, e las manos había de hechura de águila, con cinco dedos, e las
-uñas tan fuertes e tan grandes, que en el mundo non podía ser cosa tan
-fuerte que entre ellas entrase, que luego no fuese desfecha. Dientes
-tenía dos en cada una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de
-la boca un codo le salían, e los ojos grandes y redondos, muy bermejos,
-como brasas; así que, de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos, e
-todas las gentes huían dél. Saltaba e corría tan ligiero, que no había
-venado que por pies se le podiese escapar; comía y bebía pocas veces,
-e algunos tiempos ningunas, que no sentía en ello pena ninguna; toda
-su holganza era matar hombres e las otras animalías vivas, e cuando
-fallaba leones e osos, que algo se le defendían, tornaba muy sañudo,
-y echaba por sus narices un humo tan espantable, que semejaba llamas
-de fuego, e daba unas voces roncas, espantosas de oír; así que todas
-las cosas vivas huían ant’él como ante la muerte; olía tan mal, que no
-había cosa que no emponzoñase. Era tan espantoso cuando sacudía las
-conchas unas con otras, e facía crujir los dientes e las alas, que no
-parecía sino que la tierra facía estremecer.
-
---Tal es esta animalía, Endriago llamado, como os digo --dijo el
-maestro Elisabat--. Esto es lo que yo sé desta mala y endiablada bestia.
-
-El Caballero de la Verde Espada dijo:
-
---Maestro, grandes cosas me habéis dicho, e mucho sofre Dios nuestro
-Señor a aquellos que le desirven; pero, al fin, si se no enmiendan,
-dales pena tan crecida como ha sido su maldad; e agora os ruego,
-maestro, que digáis de mañana misa, porque yo quiero ver a esta ínsola,
-e si Él me aderezare, tornarla a su santo servicio.
-
-Aquella noche pasaron con gran espanto, así de la mar, que muy brava
-era, como del miedo que del Endriago tenían, pensando que saldría
-a ellos de un castillo que allí cerca tenía, donde muchas veces
-albergaba; y el alba del día venida, el maestro cantó misa, y el
-Caballero de la Verde Espada la oyó con mucha homildad, rogando a Dios
-le ayudase en aquel peligro que por su servicio se quería poner; e si
-su voluntad era que su muerte allí fuese venida, Él por la su piedad
-le hobiese merced al alma. E luego se armó e fizo sacar su caballo en
-tierra, e Gandalín con él, e dijo a los de la nao:
-
---Amigos, yo buscaré esta bestia por estas montañas, e si della escapo,
-_tocará la bocina Gandalín y_ tornarme he a vosotros; e si no, haced lo
-que mejor vierdes.
-
-Cuando esto oyeron ellos, fueron muy espantados, más que de ante eran;
-porque aun allí dentro en la mar todos sus ánimos no bastaban para
-sofrir el miedo del Endriago, e por más afrenta y peligro que la
-braveza grande de la mar le tenían.
-
-Entonces se partió el Caballero de la Verde Espada dellos, quedando
-todos llorando, y _él iba_ con aquel esfuerzo y semblante que su bravo
-corazón le otorgaba, et Gandalín en pos dél, llorando fuertemente,
-creyendo que los días de su señor con la fin de aquel día la habrían
-ellos. El Caballero volvió a él, e díjole riendo:
-
---Mi buen hermano, no tengas tan poca esperanza en la misericordia de
-Dios ni en la vista de mi señora Oriana, que así te desesperes; que
-no solamente tengo delante mí la su sabrosa membranza, más su propria
-persona, e mis ojos la veen, y me está diciendo que la defienda yo
-desta bestia mala. Pues ¿qué piensas tú, mi verdadero amigo, que debo
-yo hacer? ¿No sabes que en la su vida e muerte está la mía? ¿Consejarme
-has tú que la deje matar y que ante mis ojos muera? No plega a Dios que
-tal pensases; e si tú no la vees, yo la veo, que delante mí está, pues
-si su sola membranza me hizo pasar a mí gran honra las cosas que tú
-sabes, ¿qué tanto más debe poder su propia presencia?
-
-E diciendo esto, crescióle tanto el esfuerzo, que muy tarde se le facía
-en no fallar el Endriago; y entrando en un valle de brava montaña y
-peñas de muchas concavidades, dijo:
-
---Da voces, Gandalín, porque por ellas podrá ser que el Endriago a
-nosotros acudirá; et ruégote mucho que si aquí moriere, procures de
-llevar a mi señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi
-corazón; e dile que gelo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo
-ajeno llevaba comigo.
-
-Cuando Gandalín esto oyó, no solamente dió voces, mas mesando sus
-cabellos, llorando, dió grandes gritos, deseando su muerte antes que
-ver la de aquel su señor, que tanto amaba, et no tardó mucho que vieron
-salir de entre las peñas el Endriago muy más bravo e fuerte que lo
-nunca fué. Venía tan sañudo, echando por la boca humo mezclado con
-llamas de fuego, e firiendo los dientes unos con otros, faciendo gran
-espuma e faciendo crujir las conchas e las alas tan fuertemente, que
-gran espanto era de lo ver. Así hobo el Caballero de la Verde Espada,
-especialmente oyendo los silbos e las espantosas voces roncas que
-daba; e como quiera que por palabra gelo señalaran, en comparación de
-la vista era tanto como nada; e cuando el Endriago los vió comenzó a
-dar grandes saltos e voces, como aquel que mucho tiempo pasara sin que
-hombre ninguno viera, e luego se vino contra ellos. Cuando los caballos
-del de la Verde Espada y de Gandalín lo vieron, comenzaron a fuir tan
-espantados, que apenas los podían tener, dando muy grandes bufidos. E
-cuando el de la Verde Espada vió que a caballo a él no se podía llegar,
-descendió muy presto e dijo a Gandalín:
-
---Hermano, tente afuera en ese caballo, porque ambos no nos perdamos,
-et mira la ventura que Dios me querrá dar contra este diablo tan
-espantable, e ruégale que por la su piedad me guíe cómo le quite yo
-de aquí, y sea esta tierra tornada al su servicio; e si aquí tengo de
-morir, que me haya merced del ánima, y en lo otro faz como te dije.
-
-Gandalín no le podo responder; tan reciamente lloraba, porque su muerte
-veía tan cierta, si Dios milagrosamente no lo escapase. El Caballero
-de la Verde Espada tomó su lanza e cubrióse de su escudo como hombre
-que ya la muerte tenía tragada, perdido todo su pavor, e lo más que
-podo se fué contra el Endriago así a pie como estaba. El diablo, como
-lo vido, vino luego para él, y echó un fuego por la boca con un humo
-tan negro, que apenas se podían ver el uno al otro, y el de la Verde
-Espada se metió por el fumo adelante, y llegando cerca dél, le encontró
-con la lanza por muy gran dicha en el un ojo, así que gelo quebró; y
-el Endriago echó las uñas en la lanza e tomóla con la boca e hízola
-pedazos, quedando el fierro con un poco del asta metido por la lengua
-e por las agallas; que tan recio vino, que él mesmo se metió por ella;
-e dió un salto por lo tomar, mas con el desatiento del ojo quebrado no
-pudo, e porque el caballero se guardó con gran esfuerzo e viveza de
-corazón, así como aquel que se vía en la misma muerte, et puso mano a
-la su muy buena espada, e fué a él que estaba como desatentado, así
-del ojo como de la mucha sangre que de la boca le salía, e con los
-grandes resoplidos y resollidos que daba, todo lo más de ella se le
-entraba por la garganta, de manera que cuasi el aliento le quitara,
-e no podía cerrar la boca ni morder con ella; y llegó a él por el un
-costado, e dióle tan gran golpe por cima del concás, que le no pareció
-sino que diera en una peña dura, e ninguna cosa le cortó.
-
-Como el Endriago le vido tan cerca de sí, pensóle de tomar entre sus
-uñas, e no le alcanzó sino en el escudo, e levógelo tan recio que le
-fizo dar de manos en tierra; y en tanto que el diablo lo despedazó
-todo con sus muy fuertes e duras uñas, hobo el Caballero de la Verde
-Espada logar de levantarse, e como sin escudo se vió, e la espada no
-cortaba ninguna cosa, bien entendió que su fecho no era nada, si Dios
-no le enderezase a que el otro ojo le pudiese quebrar; que por otra
-ninguna parte no aprovechaba nada trabajar de lo ferir, e con saña,
-pospuesto todo temor, fuése para el Endriago, que muy fallecido e flaco
-estaba de la mucha sangre que perdía del ojo quebrado; e como las cosas
-pasadas de su propria servidumbre se caen y perecen, e ya enojado
-nuestro Señor que el enemigo malo hobiese tenido tanto poder y fecho
-tanto mal en aquellos que, aunque pecadores, en su santa fe católica
-creían, quiso darle el esfuerzo e gracia especial, que sin ella ninguno
-fuera poderoso de acometer ni osar esperar tan gran peligro, a este
-caballero, para que sobre toda orden de natura diese fin a aquel que
-a muchos lo había dado; y pensando acertarle en el otro ojo con la
-espada, quísole Dios guiar a que gela metió por una de las ventanas de
-las narices, que muy anchas las tenía, e con la gran fuerza que puso
-e la que el Endriago traía, el espada caló tanto, que le llegó a los
-sesos; mas el Endriago, como le vido tan cerca, abrazóse con él, e
-con las sus muy fuertes e agudas uñas rompióle todas las armas de las
-espaldas e la carne e los huesos fasta las entrañas; e como él estaba
-ahogado de la mucha sangre que bebía, e con el golpe de la espada que a
-los sesos le pasó, e sobre todo, la sentencia que de Dios sobre él era
-dada, e no se podía revocar, no se podiendo ya tener, abrió los brazos
-e cayó a la una parte como muerto sin ningún sentido. El caballero,
-como así lo vió, tiró por la espada y metiógela por la boca cuanto más
-pudo, tantas veces, que lo acabó de matar; pero quiero que sepáis que
-antes que el alma le saliese, salió de su boca el diablo e fué por el
-aire con muy gran tronido; así que los que estaban en _la nave_ lo
-oyeron como si cabe ellos fuera, de lo cual hobieron gran espanto.
-
-Pues como el Endriago fué muerto, el Caballero se quitó afuera, e
-yéndose para Gandalín, que ya contra él venía, no se pudo tener, e
-cayó amortecido cabe un arroyo de agua que por allí pasaba. Gandalín,
-como llegó y le vió tan espantables heridas, cuidó que era muerto, y
-dejándose caer del caballo, comenzó a dar muy grandes voces, mesándose.
-_Mas después_ cabalgó muy presto en su caballo, e subiéndose en un
-otero, tocó la bocina lo más recio que pudo, en señal que el Endriago
-era muerto. Ardian el enano oyólo, e dió muy grandes voces al maestro
-Elisabat que acorriese a su señor, que el Endriago era muerto. Y él,
-como estaba apercebido, cabalgó con todo el aparejo que menester era,
-e fué lo más presto que podo por el derecho que el enano le señaló; e
-no andovo mucho que vió a Gandalín encima del otero, el cual, como el
-maestro vió, vino corriendo contra él e dijo:
-
---¡Ay, señor!; por Dios e por merced acorred a mi señor, que mucho es
-menester; que el Endriago es muerto.
-
-El maestro, cuando esto oyó, hobo gran placer con aquellas buenas
-nuevas que Gandalín decía, no sabiendo el daño del Caballero, e aguijó
-cuanto más podo, e Gandalín le guiaba, fasta que llegaron donde el
-Caballero de la Verde Espada estaba, e halláronlo muy desacordado, sin
-ningún sentido.
-
-El maestro Elisabat quitó luego su manto, e tendiólo en el suelo, e
-tomáronlo él e Gandalín, e puniéndolo encima, le desarmaron lo más
-quedo que podieron; e cuando el maestro le vió las llagas, aunque él
-era uno de los mejores del mundo de aquel menester, e había visto
-muchas e grandes heridas, mucho fué espantado y desafuciado de su
-vida; mas como aquel que lo amaba y tenía por el mejor caballero del
-mundo, pensó de poner todo su trabajo por le guarecer, e catándole las
-heridas, vió que todo el daño estaba en la carne e en los huesos, y
-que no le tocara en las entrañas. Tomó mayor esperanza de lo sanar, e
-concertóle los huesos e las costillas, e cosióle la carne, e púsole
-tales melecinas, e ligóle tan bien todo el cuerpo al derredor, que le
-fizo restañar la sangre y el aliento que por allí salía, e luego le
-vino al Caballero mayor acuerdo y esfuerzo, de guisa que podo hablar, e
-abriendo los ojos, dijo:
-
---¡Oh Señor Dios todopoderoso, que por tu gran piedad quesiste venir en
-el mundo e tomaste carne humana en la Virgen María, pídote, Señor, como
-uno de los más pecadores, que hayas merced de mi ánima, que el cuerpo
-condenado es a la tierra!
-
-_Con grandes cuidados, lleváronlo a un castillo desmantelado que en la
-isla había, donde, gracias a la ciencia del maestro Elisabat, recobró
-la salud en no mucho tiempo._
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEGUNDO
-
-LAS CORONAS DE LA INFANTA
-
-
-_Aún estaba enfermo Amadís en la Isla del Diablo, cuando el maestro
-Elisabat escribió al Emperador de Constantinopla, cuya era la Isla,
-diciéndole cómo el Caballero de la Verde Espada había muerto el
-Endriago y librado a la isla de su terrible morador. El Emperador y
-toda su corte fueron asombrados de que semejante hazaña hubiera podido
-ser acometida por caballero alguno y el Emperador mandó a un sobrino
-suyo, llamado Gastiles, que con grande acompañamiento fuera a la Isla
-del Diablo y trajera a la Corte a aquel heroico Caballero._
-
-_Cumplió Gastiles lo que había mandado, y así, cuando el Caballero de
-la Verde Espada pudo embarcarse, curado ya de sus heridas, hicieron
-rumbo a Constantinopla, donde_ en poco espacio de tiempo fueron
-aportados debajo de los palacios del Emperador. La gente salió a las
-finiestras por ver el Caballero de la Verde Espada, que lo mucho
-deseaban ver; y el Emperador les mandó llevar unas bestias en que
-cabalgasen.
-
-A la hora estaba ya el Caballero de la Verde Espada mucho más mejorado
-en su salud y hermosura, vestido de unos muy hermosos e ricos paños.
-
-Pues salidos de la mar, cabalgando en aquellos ricos e ataviados
-palafrenes que les trajeran, se fueron al Emperador, que ya contra
-ellos venía, muy acompañado de grandes hombres e muy ricamente
-ataviados. E apartándose todos, llegó el Caballero de la Verde Espada e
-quísose apear para le besar las manos; mas el Emperador cuando esto vió
-no gelo consintió, antes se fué para él e lo tovo abrazado, mostrándole
-muy gran amor, que así lo tenía con él, e dijo:
-
---Por Dios, Caballero de la Verde Espada, mi buen amigo, como quiera
-que Dios me haya fecho tan grande hombre y venga del linaje de aquellos
-que este señorío tan grande tovieron, más merecéis vos la honra que
-la yo merezco; que vos la ganastes por vuestro gran esfuerzo, pasando
-tan grandes peligros cual nunca otro pasó, e yo tengo la que me vino
-dormiendo e sin merecimiento mío.
-
-El Caballero del Enano le dijo:
-
---Señor, a las cosas que tienen medida puede hombre satisfacer; pero no
-a esta, que por su gran virtud en tanto loor me ha puesto; e por esto,
-señor, quedará para que esta mi persona hasta la muerte le sirva en
-aquellas cosas que me mandare.
-
-Y así fablando se tornó el Emperador con él a sus palacios, y el de
-la Verde Espada iba mirando aquella gran ciudad, e las cosas extrañas
-e maravillosas que en ella vía, e tantas gentes que lo salían a ver,
-e daba en su corazón con grande homildad muchas gracias a Dios porque
-en tal logar le guiara donde tanta honra del mayor hombre de los
-cristianos recebía; e todo cuanto en las otras partes viera le parecía
-nada en comparación de aquello; pero mucho más maravillado fué cuando
-entró en el gran palacio, que allí le pareció ser junta toda la riqueza
-del mundo. Había allí un aposentamiento donde el Emperador mandaba
-aposentar los grandes señores que a él venían, que era el más hermoso
-e deleitoso que en el mundo se podía hallar, así de ricas casas como
-de fuentes de agua e árboles muy extraños. E allí mandó quedar al
-Caballero de la Verde Espada e al maestro Elisabat, que lo curase, e a
-Gastiles que le ficiese compañía; y dejándolo reposar, se fué con sus
-hombres buenos donde él posaba. Toda la gente de la ciudad, que viera
-al Caballero de la Verde Espada, fablaban mucho en su gran hermosura,
-e mucho más en el grande esfuerzo suyo, que era mayor que de caballero
-otro ninguno; e si él se había maravillado de ver tal ciudad como
-aquella e tanto número de gente, mucho más lo eran ellos en lo ver a él
-solo; así que de todos era loado e honrado más que lo nunca fué rey ni
-grande ni caballero que allí de tierras extrañas viniesen.
-
-Otro día de mañana levantóse el Caballero de la Verde Espada, e
-vistióse de sus paños lozanos e hermosos, según él vestir los solía,
-y Gastiles con él, y el maestro Elisabat, e fueron todos de consuno
-juntos a oír misa con el Emperador a su capilla, donde los atendía,
-e luego se fueron a ver a la Emperatriz; pero antes que a ella
-llegasen fallaron en comedio muchas dueñas e doncellas muy ricamente
-ataviadas de ricos paños, que les facían logar por do pasasen e buen
-recebimiento. La casa era tan rica e tan bien guarnida, que si la rica
-cámara defendida de la Ínsola Firme no, otra tal nunca el Caballero de
-la Verde Espada viera, e los ojos le cansaban de mirar tantas mujeres e
-tan hermosas, e las cosas extrañas que vía, e llegando a la Emperatriz,
-que en su estrado estaba, fincó los hinojos ante ella con mucha
-humildad e dijo:
-
---Señora, mucho gradezco a Dios en me traer donde viese a vos e a
-vuestra grande alteza, y el valor que sobre las otras señoras tiene que
-en el mundo son, e la vuestra casa acompañada e ornada de tantas dueñas
-e doncellas de tan gran guisa. A Él le plega, por la su merced, de me
-llegar a tiempo que algo destas grandes mercedes le pueda servir.
-
-La Emperatriz le tomó por las manos e díjole que no estoviese así de
-hinojos, e fízole sentar cerca de sí, y estovo con él fablando una gran
-pieza en aquellas cosas que tan alta señora con caballero extraño que
-no conocía debía hablar; y él respondiendo con tanto tiento e tanta
-gracia, que la Emperatriz, que muy cuerda era e lo miraba, decía entre
-sí que no podía ser su esfuerzo tan grande que a su mesura e discreción
-sobrepujar podiese.
-
-El Emperador estaba a esta sazón en su silla sentado, hablando e
-riendo con las dueñas e doncellas. E díjoles en voz alta, que todas lo
-oyeron:
-
---Honradas dueñas e doncellas, vedes aquí el Caballero de la Verde
-Espada, vuestro leal sirviente; honralde e amalde, que así lo hace él a
-todas vosotras cuantas sois en el mundo; que poniéndose a muy grandes
-peligros por vos hacer alcanzar derecho, muchas veces es llegado al
-punto de la muerte, según que dél he oído a aquellos que sus grandes
-cosas saben.
-
-El Emperador hizo levantar dos infantas, que eran hijas del rey de
-Hungría, e díjoles:
-
---Id por mi hija Leonorina, e no vengan con ella sino vos ambas.
-
-Ellas así lo ficieron, e a poco rato vinieron con ella, trayéndola
-entre sí por los brazos, e como quiera que ella viniese muy bien
-guarnida, todo parecía nada ante lo natural de su gran fermosura, que
-no había hombre en el mundo que la viese que se no maravillase e no
-alegrase en la mirar. Ella era niña, que no pasaba de nueve años, e
-llegando donde su madre la Emperatriz estaba, besóle las manos con
-homil reverencia, e sentóse en el estrado más bajo que ella estaba. El
-Caballero de la Verde Espada la miraba muy de grado, maravillándose
-mucho de su gran fermosura, que le parecía ser más fermosa de las que
-él visto había por las partes donde andado había, e membróse aquella
-hora de la muy fermosa Oriana, su señora, que más que a sí amaba, e
-del tiempo en que la él comenzó a amar, que sería de aquella edad, e
-de cómo el amor que entonces con ella posiera siempre había crescido,
-e no menguado. Tanto fué encendido en esta membranza, que, como fuera
-de sentido, le vinieron las lágrimas a los ojos; así que todos le
-vieron llorar, que por su gran bondad todos en él paraban mientes; mas
-él, tornando en sí, habiendo gran vergüenza, alimpió los ojos e fizo
-buen semblante. Mas el Emperador, que más cerca estaba, que así lo vió
-llorar, creyó que lo no haría sin algún gran misterio. Gastiles, que
-cabe él estaba, dijo:
-
---¿Qué será, que tal hombre como este en tal parte así llorase?
-
---Yo no se lo preguntaría --dijo el Emperador--, mas creo que fuerza de
-amor gelo hizo hacer.
-
---Pues, señor, si lo saber queréis, no hay quien lo sepa sino el
-maestro Elisabat, en quien mucho se fía, e fabla mucho con él
-apartadamente.
-
-Entonces lo mandó llamar, e hízolo sentar ante sí, e le dijo:
-
---Maestro, quiero que me digáis una verdad, si la sabéis. ¿Por qué
-lloró agora el Caballero de la Verde Espada? Decídmelo, que de lo ver
-estoy espantado; que si alguna necesidad tiene en que haya menester mi
-ayuda, yo gela haré tan entera de que él será bien contento.
-
-Cuando esto oyó el maestro, dijo:
-
---Señor, eso no lo sabría decir, porque es el hombre del mundo que
-mejor encobre aquello que él quiere que sabido no sea; pero yo le veo
-llorar e cuidar tan fieramente, que no parece en él haber sentido
-alguno, e sospira con tan gran ansia como si el corazón en el cuerpo se
-le quebrase. E ciertamente, señor, en cuanto yo cuido, es gran fuerza
-de amor que le atormenta, teniendo soledad de aquella que ama; que si
-otra dolencia fuese, ante a mí que a otro ninguno soy cierto que se
-descobriría.
-
---Ciertamente --dijo el Emperador--, así lo cuido yo como lo decís,
-e si él ama a alguna mujer, a Dios ploguiese que acertase ser en mi
-señorío, que tanto haber y estado le daría yo, que no hay rey ni
-príncipe que no hobiese placer de me dar su hija para él.
-
-_Queriendo descubrir aquel secreto_, el Emperador llamó a la fermosa
-Leonorina, su hija, e a las dos infantas que la aguardaban, e habló
-con ellas una gran pieza muy afincadamente, mas por ninguno era oído
-nada de lo que les decía. E Leonorina, habiendo él ya acabado su habla,
-besóle las manos, e fuése con las infantas a su cámara, y él quedó
-hablando con sus hombres buenos.
-
-_Poco después volvió a entrar_ en el palacio aquella fermosa Leonorina
-con el su gesto resplandeciente, que todas las fermosuras desataba, e
-las infantas con ella. Y ella traía en su cabeza una muy rica corona, e
-otra muy más rica en las manos, e fuése derechamente al Caballero de
-la Verde Espada, e díjole:
-
---Señor Caballero de la Verde Espada, yo nunca fuí llegada a tiempo que
-pida don sino a mi padre, e agora quiérolo pedir a vos; decidme qué
-faréis.
-
-Y él fincó los hinojos ante ella e dijo:
-
---Mi buena señora, ¿quién sería aquel de tan poco conocimiento, que
-dejase de facer vuestro mandado, podiéndolo complir? E mucho loco sería
-yo si vuestra voluntad no ficiese; e agora, mi señora, demandad lo que
-más vos agradare, que hasta la muerte será cumplido.
-
---Mucho me fecistes alegre --dijo ella-- e mucho os lo agradezco, e
-quiérovos pedir tres dones.
-
-E tirándose la fermosa corona de la cabeza, dijo:
-
---Este sea el uno: que deis esta corona a la más fermosa doncella
-que vos sabéis, e saludándola de mi parte, le digáis que me envíe su
-mandado por carta o mensajero, y que le envío yo esta corona, que son
-las donas que en esta tierra tenemos, aunque no la conozco.
-
-E luego tomó la otra corona, en que había muchas perlas e piedras de
-muy gran valor, especialmente tres, que alumbraban toda una cámara, por
-escura que estoviese; e dándola al Caballero, dijo:
-
---Esta daréis a la más fermosa dueña que vos sabéis, e decilde que
-gela envío yo por haber su conocencia, y que le ruego yo mucho que se
-me haga conocer por su mandado; este es el otro don, e antes que el
-tercero os demande, quiero saber qué haréis de las coronas.
-
---Lo que yo haré --dijo el Caballero-- será complir luego el primer don
-e quitarme dél.
-
-Entonces tomó la primera corona, e poniéndola en la cabeza della, dijo:
-
---Yo pongo esta corona en la cabeza de la más fermosa doncella que yo
-agora sé; e si hobiere alguno que lo contrario dijere, yo se lo faré
-conocer por armas.
-
-E todos hobieron mucho placer de lo que él fizo, e Leonorina no menos,
-aunque con vergüenza estaba de se ver loar, e decían que con derecho se
-había quitado del don.
-
-_El Caballero_ volvióse a Leonorina e dijo:
-
---Mi señora, ¿queréisme demandar el otro don?
-
---Sí --dijo ella--, e pídovos me digáis la razón por qué llorastes;
-¿quién es aquella que ha tan gran señorío sobre vos e sobre vuestro
-corazón?
-
-Al caballero se le mudó la color y buen semblante en que antes era; así
-que todos conocieron que era turbado de aquella demanda, e dijo:
-
---Señora, si a vos ploguiere, dejad esta demanda, e demandad otra que
-sea más vuestro servicio.
-
-Y ella dijo:
-
---Esto es lo que yo demando, e más no quiero.
-
-Él abajó la cabeza, y estovo una pieza dudando; así que muy grave
-parecía a todos haberlo él de decir; e no tardó mucho que, alzando la
-cabeza con semblante alegre, miró a Leonorina, que delante dél estaba,
-e dijo:
-
---Mi señora, pues por al no me puedo quitar de mi promesa, digo que
-cuando aquí primero entrastes e os miré, acordóme de la edad y del
-tiempo en que agora sois, e vínome al corazón una remembranza de otro
-tal tiempo en que ya fuí, muy bueno e sabroso; tal, que habiéndole ya
-pasado, me hizo llorar como vistes.
-
-Y ella dijo:
-
---Pues agora me decid quién es aquella por quien se manda vuestro
-corazón.
-
---La vuestra gran mesura --dijo él--, que a ninguno falleció, es contra
-mí; esto hace mi gran desdicha; e pues que más no puedo, conviene que
-contra mi placer lo diga. Sabed, señora, que aquella que yo más amo
-es la misma a quien vos enviáis la corona, que al mi cuidar es la más
-fermosa dueña de cuantas yo vi, e aun creo que de cuantas en el mundo
-hay; e por Dios, señora, no queráis de mí saber más, pues que soy quito
-de mi promesa.
-
---Quito sois --dijo el Emperador--; mas por tal guisa que no sabemos
-más que ante.
-
---Pues a mi parecer --dijo él-- que dije tanto cual nunca por mi boca
-salió jamás, y esto causó el deseo que yo tengo de servir a esta
-hermosa señora.
-
---Así Dios me salve --dijo el Emperador--, mucho debéis ser guardado
-e cerrado en vuestros amores, pues esto tenéis en algo en lo haber
-descobierto; e pues que mi fija fué la causa dello, menester es que vos
-demande perdón.
-
---Este yerro --dijo él-- han hecho otros muchos, e nunca tanto sopieron
-de mí; así que, aunque dellos fuese yo quejoso, lo suyo desta tan
-fermosa señora tengo en merced; porque siendo ella tan alta e tan
-señalada en el mundo, quiso con tanto cuidado saber las cosas de un
-caballero andante como yo lo soy; mas a vos, señor, no perdonaré yo tan
-ligero, que según la luenga y secreta habla con ella antes hobistes,
-bien parece que no por su voluntad, mas por la vuestra, lo hizo.
-
-El Emperador se rió mucho e dijo:
-
---En todo os fizo Dios acabado; sabed que así es como lo decís; por
-ende yo quiero corregir lo suyo e lo mío.
-
-El de la Verde Espada fincó los hinojos por le besar las manos, mas él
-no quiso, e dijo:
-
---Señor, esta emienda recibo yo para la tomar cuando por ventura más
-sin cuidado della estovierdes.
-
---Eso no podrá ser --dijo el Emperador--; que vuestra memoria nunca de
-mí fallecerá ni la emienda de la mía cuando la quisierdes.
-
-_Breves días permaneció en la Corte del Emperador de Constantinopla,
-siempre obsequiado con miríficas fiestas, al cabo de las cuales, a
-pesar de los grandes esfuerzos del Emperador para que el Caballero de
-la Verde Espada quedara a su servicio, tomó el camino de su anhelada
-patria._
-
-
-
-
-CAPÍTULO TERCERO
-
-LAS CUITAS DE ORIANA
-
-
-_Entre tanto había muerto el Emperador de Roma y había llegado a ocupar
-el trono su hermano el Patín que, desde que había visitado la corte de
-Lisuarte, vivía enamorado de la sin par Oriana. No bien vió ceñidas sus
-sienes con la corona imperial, cuando envió al Rey de la Gran Bretaña
-una muy lucida embajada para pedirle la mano de su hija._
-
-_Lisuarte, a quien mucho convenía aquel enlace, no quería, sin embargo,
-forzar abiertamente la voluntad de Oriana y por todos los medios
-trataba de inclinarla a que aceptara tan ventajoso matrimonio. Mas
-la princesa, que con todas sus fuerzas se oponía a él, no cesaba de
-pedir a don Galaor y a los otros caballeros principales de la Corte
-que convencieran a su padre para que no la hiciera casar contra su
-voluntad. Solicitó también en secreto la protección de los caballeros
-de la Ínsola Firme, los cuales, por boca de don Florestán, le hicieron
-saber que, siendo su deber amparar doncellas desamparadas, emplearían
-toda la fuerza de su brazo en evitar que ni su padre ni nadie la
-atropellara._
-
-_Pero el Rey no se rendía a reflexiones ni ruegos, y cada vez más
-aferrado a su idea, acabó por declarar que Oriana sería entregada por
-la fuerza a los embajadores del Patín, si no se avenía a ir con ellos
-voluntariamente._
-
-_Navegando con rumbo a sus estados, supo Amadís, inflamado en ira, las
-nuevas del casamiento que querían imponerle a Oriana, y aceleró cuanto
-le fué posible el regreso._
-
-_¡Cómo pintar la alegría de sus caballeros cuando al cabo de siete años
-de ausencia volvieron a verlo entre ellos en los palacios de la Ínsola
-Firme! Sentóse a comer con sus queridos compañeros, y_ habiendo todos
-con gran placer comido, e levantados los manteles, Amadís les rogó
-que ninguno de su logar se moviese, que les quería fablar, y ellos lo
-ficieron así. Viendo, pues, Amadís sosegados a aquellos caballeros que
-a las mesas estaban, atendiendo lo que él diría, fablóles en esta guisa:
-
---Después que me no vistes, mis buenos señores, muchas tierras extrañas
-he andado e grandes aventuras han pasado por mí, que largas serían de
-contar; pero las que más me ocuparon, e las que mayores peligros me
-atrajeron fué socorrer dueñas e doncellas en muchos tuertos e agravios
-que les hacían; porque así como éstas nascieron para obedecer con
-flacos ánimos, e las más fuertes armas suyas sean lágrimas e sospiros,
-así los de fuertes corazones extremadamente entre las otras cosas las
-suyas deben tomar, amparándolas, defendiéndolas de aquellos que con
-poca virtud las maltratan e deshonran, como los griegos e los romanos
-en los tiempos antiguos lo ficieron, pasando las mares, destruyendo las
-tierras, venciendo batallas, matando reyes e de sus reinos los echando,
-solamente por satisfacer las fuerzas e injurias a ellas fechas, por
-donde tanta fama e gloria dellos en sus historias ha quedado y quedará
-en cuanto el mundo durare. Pues veniendo al caso, yo he sabido después
-que a esta tierra vine el gran tuerto que el rey Lisuarte a su hija
-Oriana facer quiere, que siendo ella la legítima sucesora de sus
-reinos, él, contra todo derecho, desechándola dellos, al Emperador de
-Roma por mujer la envía, y según me dicen, mucho contra la voluntad
-de todos sus naturales, e más della, que con grandes llantos, grandes
-querellas, a Dios e al mundo reclamando, de tan gran fuerza se
-querella. Pues si es verdad que este rey Lisuarte, sin temor de Dios
-ni de las gentes, tal crueza hace, dígovos que en fuerte punto acá
-nacimos si por nosotros remediada no fuese, pues que dejándola pasar,
-se pasaban e ponían en olvido los peligros e trabajos que por ganar
-honra e prez fasta aquí tomado habemos. Agora diga cada uno, si vos
-ploguiere, su parescer; que el mío ya vos he manifestado.
-
-_Agrajes, en nombre de todos, respondió que, si estaban dispuestos
-a dar la vida en defensa de Oriana cuando no podían contar con la
-asistencia de Amadís, mucho más lo estarían ahora cuando tienen la
-alegría de tenerlo por jefe._
-
-_En vista de ello_, como la flota aparejada estoviese de todo lo
-necesario al viaje, e la gente apercebida, a la prima noche, mandando
-Amadís que todos los caminos se tomasen, porque nuevas algunas dellos
-no fuesen sabidas, entraron todos en la flota, e sin hacer ruido ni
-bullicio comenzaron a navegar contra aquella parte que los romanos
-habían de acudir, según el camino que les pertenecía llevar para que en
-la delantera los hallasen.
-
-
-
-
-CAPÍTULO CUARTO
-
-LA BATALLA NAVAL
-
-
-_De nada sirvieron a Oriana sus desesperadas súplicas y amarguísimo
-llanto, ni tampoco los buenos consejos de los caballeros que trataban
-de disuadir al Rey de que casara a su hija por la fuerza. Llegado
-el plazo que entre los embajadores y el Rey se había convenido,
-trasladaron a bordo de la flota de los romanos el magnífico ajuar que
-daban a Oriana sus padres e hicieron embarcar a las doncellas y dueñas
-que debían acompañarla. Desmayóse Oriana al despedirse de la Reina, y
-así desmayada, entrególa Lisuarte a Salustanquidio y Brondajel de Roca,
-que eran los embajadores del Emperador, y fué llevada a bordo en medio
-de universal duelo, cuitas y clamores._
-
-[Ilustración]
-
-_Los romanos_, teniendo ya en su poder a Oriana, e a todas sus
-doncellas metidas en las naves, acordaron de la poner en una cámara que
-para ella muy ricamente estaba ataviada e puesta allí, e con ella a
-Mabilia, que sabían ser ésta la doncella del mundo que ella más amaba.
-Cerraron la puerta con fuertes candados, e dejaron en la nave otras
-muchas dueñas e doncellas de las de Oriana.
-
-Pues así todo enderezado, dieron las velas al viento, e movieron su
-vía con gran placer por haber acabado aquello que el Emperador su señor
-tanto deseaba, e ficieron poner una muy gran seña del Emperador encima
-del mastel de la nao donde Oriana iba, e todas las otras naves al
-derredor della, guardándola. E yendo así muy lozanos e alegres, miraron
-a su diestra e vieron la flota de Amadís, que mucho se les llegaba en
-la delantera, entrando entre ellos e la tierra donde salir querían,
-_y dividiéndose en tres fuerzas para coger en medio las naves de los
-que llevaban a Oriana_. Dígovos de los romanos, que cuando la flota de
-lueñe vieron pensaron que alguna gente de paz sería, que por la mar de
-un cabo a otro pasaban; mas viendo que en tres partes se partían, e que
-las dos les tomaban la delantera a la parte de la tierra e la otra los
-seguía, mucho fueron espantados, e luego fué entre ellos hecho gran
-ruido, diciendo a altas voces:
-
---Armas, armas, que extraña gente viene.
-
-E luego se armaron muy presto, e pusieron los ballesteros, que muy
-buenos traían, donde habían de estar, e la otra gente, e Brondajel de
-Roca con muchos e buenos caballeros de la corte del Emperador estaba
-en la nave donde Oriana era e donde posieron la seña que ya oístes del
-Emperador.
-
-A esta sazón se juntaron los unos e otros; grande era allí el ferir
-de saetas, e piedras, e lanzas de la una e de la otra parte, que no
-parescía sino que llovía; tan espesas andaban; e Amadís no entendía
-con los suyos en al sino en juntar su fusta con la de los contrarios,
-mas no podían; que ellos, aunque muchos más eran, no se osaban
-llegar, viendo cuán denodadamente eran acometidos; e defendíanse con
-grandes garfios de hierro e otras armas muchas de diversas guisas.
-Entonces Tantiles de Sobradisa, mayordomo de la reina Briolanja, que
-en el castillo estaba, como vió que la voluntad de Amadís no podía
-haber efecto, mandó traer una áncora muy gruesa e pesada, trabada a
-una fuerte cadena, e desde el castillo lanzáronla en la nave de los
-enemigos, e así él como otros muchos que le ayudaban tiraron tan
-fuerte por ella, que por gran fuerza hicieron juntar las naves una con
-otra, así que no se podían partir en ninguna manera si la cadena no
-quebrase. Cuando Amadís esto vió pasó por toda la gente con gran afán,
-que estaban muy apretados; e por la vía que él entraba iban tras él
-_sus famosos compañeros Angriote e don Bruneo_, e como llegó en los
-delanteros, puso el un pie en el borde de su nave, e saltó en la otra,
-que nunca los contrarios quitar ni estorbar lo podieron; e como el
-salto era grande, y él iba con gran furia, cayó de rodillas, e allí le
-dieron muchos golpes; pero él se levantó, mal su grado de que le herían
-tan malamente, e puso mano a la su buena espada ardiente, e vió cómo
-Angriote e don Bruneo habían con él entrado, y herían a los enemigos de
-muy fuertes e duros golpes, diciendo a grandes voces:
-
---Gaula, Gaula, que aquí es Amadís --que así gelo rogara él que lo
-dijesen, si la nave podiesen tomar.
-
-Mabilia, que en la cámara encerrada estaba con Oriana, que oyó el ruido
-e las voces, e después aquel apellido, tomó a Oriana por los brazos,
-que más muerta que viva estaba, e díjole:
-
---Esforzad, señora, que socorrida sois de aquel bienaventurado
-caballero, vuestro vasallo e leal amigo.
-
-Y ella se levantó en pie, preguntando qué sería aquello; que del llorar
-estaba desvanecida, que no oía ninguna cosa, e la vista de los ojos
-casi perdida.
-
-_Amadís, entre tanto, vencía a Brondajel de Roca y le exigía que le
-dijera_ dónde estaba Oriana, y él le mostró la cámara de los candados,
-diciendo que allí la fallaría. Amadís se fué apriesa contra allá, e
-llamó a Angriote e a don Bruneo, e con la gran fuerza que de consuno
-posieron, derribaron la puerta y entraron dentro, e vieron a Oriana e
-a Mabilia, e Amadís fué fincar los hinojos ante ella por le besar las
-manos, más ella lo abrazó, e tomóle por la manga de la loriga, que toda
-era tinta de sangre de los enemigos.
-
---¡Ay, Amadís --dijo ella--, lumbre de todas las cuitadas! Agora
-parecerá vuestra gran bondad en haber socorrido a mí e a estas
-infantas, que en tanta amargura e tribulación puestas éramos, e por
-todas las tierras del mundo será sabido y ensalzado vuestro loor.
-
-_Amadís_ quísose partir dellas por ver lo que se facía; mas Oriana le
-tomó por la mano e dijo:
-
---Por Dios, señor, no me desamparéis.
-
---Señora --dijo él--, no temáis; que dentro en esta fusta está Gandales
-con treinta caballeros que os aguardarán, e yo iré a acorrer a los
-nuestros, que muy gran batalla han.
-
-Entonces salió Amadís de la cámara, e pasó a una muy fermosa galea, en
-que estaba Gandalín con hasta cuarenta caballeros de la Ínsola Firme,
-e mandóla guiar contra aquella parte que oía el apellido de Agrajes,
-que se combatía con los de la gran nave de Salustanquidio; e cuando él
-llegó vió que la habían entrado, e la priesa y el ruido era muy grande,
-que Agrajes e los de su compaña los andaban firiendo e matando muy
-cruelmente.
-
-Mas desque a Amadís vieron, los romanos saltaban en los bateles, e
-otros en el agua, e dellos morían, e otros se pasaban a las otras naves
-que aún no eran perdidas.
-
-_Pero no tardaron en serlo, pues poco después no hubo fusta de los
-romanos en que no estuvieran alzados los pendones de los caballeros de
-la Ínsola Firme y hechos prisioneros sus tripulantes._
-
-Amadís, que dello mucho placer hobo, envió decir _a los suyos_ que
-juntasen sus galeas con la que él había tomado, donde estaba Oriana, y
-que allí habría consejo de lo que ficiesen. Entrados dentro, desarmaron
-las cabezas e las manos, e laváronse de la sangre e sudor, e eran allí
-juntos todos los más honrados caballeros de aquella compaña, los cuales
-a un cabo de la nao se apartaron por fablar qué consejo tomarían, e
-Oriana llamó a Amadís a un cabo del estrado, e muy paso le dijo:
-
---Mi verdadero amigo, yo vos ruego e mando por aquel verdadero amor que
-me tenéis, que agora más que nunca se guarde el secreto de nuestros
-amores, e no fabléis comigo apartadamente, sino ante todos, e lo que
-vos ploguiere decirme secreto fabladlo con Mabilia, e punad cómo de
-aquí nos llevéis a la Ínsola Firme, porque estando en logar seguro,
-Dios proveerá en mis cosas, como Él sabe que tengo la justicia.
-
---Señora --dijo Amadís--, yo no vivo sino en esperanza de vos servir, e
-si ésta me faltase, faltarme-ía la vida, e como lo mandáis se fará; y
-en esta ida de la Ínsola bien será que con Mabilia lo enviéis a decir a
-estos caballeros, porque parezca que más de vuestra gana e voluntad que
-de la mía procede.
-
---Así lo faré --dijo ella--, e bien me parece; agora vos id --dijo-- a
-aquellos caballeros.
-
-Amadís así lo fizo, e fablaron en lo que adelante se debe facer. Mas
-como eran muchos, los acuerdos eran diversos; que a los unos parecía
-que debían llevar a Oriana a la Ínsola Firme, otros a Gaula e otros a
-Escocia, a la tierra de Agrajes, así que no se acordaban.
-
-En esto llegó la infanta Mabilia, e cuatro doncellas con ella. Todos la
-recibieron muy bien e la posieron entre sí, y ella les dijo:
-
---Señores, Oriana vos ruega, por vuestras bondades e por el amor que
-en este socorro le habéis mostrado, que la llevéis a la Ínsola Firme,
-que allí quiere estar fasta que sea en el amor de su padre e madre; e
-ruégaos, señores, que a tan buen comienzo deis el cabo, mirando su gran
-fortuna e fuerza que se le face, e fagáis por ella lo que por las otras
-doncellas facer soléis, que no son de tan alta guisa.
-
---Mi buena señora --dijo don Cuadragante, _uno de los más ilustres
-caballeros de la Ínsola_-- el bueno e muy esforzado de Amadís e todos
-los caballeros que en su socorro hemos sido estamos de voluntad de
-le servir fasta la muerte, así con nuestras personas como con las de
-nuestros parientes e amigos, que mucho pueden e muchos serán, e todos
-seremos juntos en su defensa contra su padre e contra el Emperador de
-Roma, si a la razón e justicia no se allegaren con ella.
-
-Todos aquellos caballeros tovieron por bien aquello que don Cuadragante
-respondió, e con mucho esfuerzo otorgaron que desta demanda nunca
-serían partidos fasta que Oriana en su libertad e señoríos restituída
-fuese, siendo cierta y segura de los haber, si ella más que su padre e
-madre la vida poseyese. La infanta Mabilia se despidió dellos y se fué
-a Oriana, e por ella sabida la respuesta y recaudo que de su mensaje
-le traía, fué muy consolada, creyendo que la permisión del Justo Juez
-lo guiaría de forma que la fin fuese la que ella deseaba.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-LIBRO CUARTO
-
-LA GUERRA POR ORIANA
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-LOS TRES EJÉRCITOS
-
-
-_Según lo había dispuesto Oriana, hicieron rumbo a la Ínsola Firme,
-donde al cabo de varios días, sin contratiempo alguno, llegaron.
-Desembarcaron a Oriana y sus damas con las muestras de respeto debidas
-a su alcurnia y desgracia, e instaláronlas en una magnífica torre
-rodeada de una hermosa huerta amurallada, donde nadie podía entrar sin
-licencia de la princesa._
-
-_Reunidos después en consejo los caballeros, acordaron enviar una
-embajada al rey Lisuarte para hacerle saber cómo su hija Oriana se
-encontraba, sana y salva, en la Ínsola Firme, cuyos caballeros estaban
-dispuestos a entregarla a su padre, siempre que éste les prometiera
-que la trataría con justicia, no casándola sino con quien fuera su
-voluntad._
-
-_Fué con la embajada don Cuadragante y otro de los principales
-caballeros de la Ínsola; pero al mismo tiempo, por si no había lugar
-a avenencia con el rey Lisuarte, envió Amadís emisarios a todos los
-reyes y grandes señores amigos suyos y que habían sido favorecidos por
-él, para que sin tardar le enviaran fuerzas armadas, por si la Ínsola
-llegaba a ser atacada._
-
-[Ilustración]
-
-_Mientras tanto los embajadores de Amadís llegaban a la capital de la
-Gran Bretaña, en cuya corte reinaba honda tristeza desde la partida de
-Oriana, y, como era de temer, no lograron restablecer la armonía con
-Lisuarte, sino que éste les anunció la guerra más despiadada._
-
-_Partidos los de Amadís, el Rey envió embajadores al Emperador de Roma
-haciéndole saber lo ocurrido, y cómo se disponía a castigar con todo
-rigor tamaña afrenta. El Emperador, lleno de furia, respondió que con
-todo su poderío asistiría a la guerra, pues más era suya que no de
-Lisuarte la ofensa._
-
-_De todo iba teniendo noticia Arcalaus el Encantador, que no había
-perecido cuando Perión y sus hijos le habían incendiado el castillo,
-y no bien lo supo, fué a verse con el rey Arábigo, a quien ya otra
-vez había armado contra Lisuarte sin otro resultado para él que
-una gran derrota, y lo convenció de que preparara sus huestes para
-tenerlas ocultas en una sierra próxima a la Ínsola Firme, y después
-de la lucha de las fuerzas de Lisuarte y Amadís unas con otras, caer
-sobre vencedores y vencidos, para, de un solo golpe, apoderarse de la
-Ínsola Firme y del reino de la Gran Bretaña. De lo mismo trató con el
-señor de Sansueña, con el Rey de la Profunda Ínsola y otros enemigos
-de Lisuarte, y todos fueron conformes en juntar sus armas con las de
-Arcalaus y el rey Arábigo._
-
-_Llegada la guerra, disponía Amadís de la siguiente gente:_
-
-El buen rey Perión trajo, de los suyos e de sus amigos, tres mil
-caballeros; el rey Tafinor de Bohemia, _además de mandar a Grasandor,
-el príncipe heredero_, envió con el conde Galtines mill e quinientos
-caballeros; Tantiles, mayordomo de la reina Briolanja, trajo mill e
-docientos caballeros; Branfil, hermano de don Bruneo, trajo seiscientos
-caballeros; Landín, sobrino de don Cuadragante, trajo de Irlanda
-seiscientos caballeros; el rey Ladasán de España envió a su hijo don
-Brián de Monjaste dos mill caballeros; don Gandales trajo, del rey
-Languines de Escocia, padre de Agrajes, mill e quinientos caballeros;
-la gente del emperador de Constantinopla, que trajo Gastiles, su
-sobrino, fueron ocho mill caballeros. Por cierto podéis creer que en
-memoria de hombres no era que gente tan escogida y tanta como aquella
-fuese en ninguna sazón junta en ayuda de ningún príncipe, como esta lo
-fué.
-
-_Entre tanto_ el rey Lisuarte estaba en el real cerca de Vindilisora;
-el Emperador de Roma era llegado al puerto con gran flota, e toda la
-gente salía de la mar, e asentaban su real cerca del rey Lisuarte; y
-asimesmo era venido Gasquilán, rey de Suesa, y el rey Cildadán era ya
-allá pasado. El Emperador quisiera que luego fuera la partida; mas el
-Rey, que mejor que él sabía lo que necesario era e con quién había la
-cuestión, detúvola fasta el tiempo convenible; que bien vía que en
-aquella batalla estaba todo su hecho. Así estovieron en aquel real bien
-ocho días, allegando la gente que de cada día venía al Rey, e fallaron
-que eran por todos estos que se siguen: el Emperador trajo diez mil
-de caballo, el rey Lisuarte seis mil e quinientos, Gasquilán, rey de
-Suesa, ochocientos; el rey Cildadán, docientos.
-
-Pues todo aderezado, mandó el Emperador a los reyes que el real
-moviesen, e la gente fuese detenida en aquella gran vega por donde
-habían de caminar; e así se hizo, que puestos todos en sus batallas,
-el Emperador fizo de su gente tres faces e rogó al rey Lisuarte que
-toviese por bien que él llevase la delantera, e así se fizo; aunque
-él más quisiera llevarla a su cargo, porque no tenía en mucho aquella
-gente, e había miedo que del desconcierto dellos les podría venir algún
-gran revés; pero otorgólo por le dar aquella honra.
-
-El rey Lisuarte fizo de sus gentes dos haces; fecho esto, movieron por
-el campo tras el fardaje, que iba a asentar real con los aposentadores.
-¿Quién os podría decir los caballos y armas tan ricas e tan lucidas e
-de tantas maneras como allí iban? Por cierto muy gran trabajo sería en
-lo contar.
-
-Dice la historia que el rey Perión, como fuese un caballero muy cuerdo
-y de gran esfuerzo, tenía siempre personas en tales partes de quien
-supiese lo que sus enemigos hacían, de los cuales luego fué avisado
-cómo la gente venía ya contra ellos, y en qué ordenanza. Pues sabido
-esto, luego otro día de mañana se levantó e mandó llamar todos los
-capitanes e caballeros de gran linaje, e díjogelo, e como su parecer
-era que el real se levantase, e la gente junta en aquellos prados,
-se ficiese repartimiento de las haces, porque todos sopiesen a qué
-capitán e seña habían de acudir; e que hecho esto, moviesen contra sus
-enemigos con gran esfuerzo e mucha esperanza de los vencer con la justa
-demanda que llevaban. Todos lo tovieron por bien, e con mucha afición
-le rogaron que así por su dignidad real e gran esfuerzo e discreción
-tomase a su cargo de los regir e gobernar en aquella jornada, e que
-todos le serían obedientes.
-
-Pues mandándolo poner en obra, concertadas las haces, movieron todos en
-sus ordenanzas por aquel campo, tocando muchas trompetas e otros muchos
-instrumentos de guerra; Oriana e las reinas, e las infantas e dueñas e
-doncellas estábanlos mirando, e rogaban a Dios de corazón les ayudase,
-e si su voluntad fuese los pusiese en paz.
-
-Arcalaus el Encantador, así como supo que las gentes eran venidas
-al rey Lisuarte e Amadís, envió con mucha priesa a un caballero su
-pariente, e mandóle que no holgase día ni noche hasta lo hacer saber
-a todos los reyes e caballeros _que tenían concertado con él atacar a
-Lisuarte y Amadís_, e les diese mucha priesa en su venida; y él quedó
-en sus castillos, llamando a sus amigos e llegando la más gente que
-podía. _El rey Arábigo y los otros_ luego sin más tardar fueron todos
-juntos e serían por todos hasta doce mil caballeros; e concertaron
-toda su flota, que fué asaz grande y de buena gente. E con mucho
-placer e tiempo enderezado fueron por su mar adelante, e a los ocho
-días aportaron en la Gran Bretaña a la parte donde Arcalaus tenía
-un castillo muy fuerte, puerto de mar. Arcalaus tenía ya consigo
-seiscientos caballeros muy buenos.
-
-Cuando aquella flota allí aportó no vos podría decir el gran placer que
-los unos con los otros hobieron; e sabido por las espías de Arcalaus
-cómo ya las gentes del rey Lisuarte y de Amadís iban unas contra otras
-y el camino que llevaban, luego a ellos movieron con toda su compaña
-por una traviesa con las mayores guardas que poner pudieron, con
-acuerdo de se poner en tal parte donde estoviesen seguros, e saliesen
-cuando fuese sazón a dar en sus enemigos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEGUNDO
-
-EL PRIMER DÍA DE LUCHA
-
-
-_Avanzaron los ejércitos del Emperador y del rey Lisuarte hacia la
-Ínsola Firme, hasta que supieron por sus espías que venían contra ellos
-las fuerzas del rey Perión, y ambas huestes se detuvieron una frente
-a otra_, que no había en medio más espacio de media legua de un campo
-grande e llano.
-
-Así estando estas huestes como oís, llegó Gandalín, escudero de Amadís,
-e tomóle por aquel campo, donde ninguno oír les pudiese, e díjole:
-
---Señor, _os suplico que antes de comenzar la batalla me hagáis merced
-de darme la orden de caballería_.
-
-_Por nada del mundo querría Amadís separarse de su escudero, así que_
-cuando esto le oyó fué tan turbado, que por una pieza no pudo hablar, e
-díjole:
-
---¡Oh mi verdadero amigo y hermano, que tan grave es a mí complir lo
-que pides! Por cierto no en menos grado lo siento que si mi corazón
-de mis carnes se apartase; e si con algún camino de razón apartar
-lo podiese, con todas mis fuerzas lo haría; mas tu petición veo ser
-tan justa, que en ninguna guisa se puede negar; e siguiendo más la
-obligación en que te soy que la voluntad de mi querer, yo me determino
-que así como lo pides se faga.
-
-Gandalín hincó los hinojos por le besar las manos; mas Amadís lo alzó e
-lo tovo abrazado, veniéndole las lágrimas a los ojos con el mucho amor
-que le tenía, que ya tenía en sí figurada la gran soledad e tristeza en
-que se vería no le teniendo consigo, e díjole:
-
---Bien será que veles armado en la capilla de la tienda del Rey
-mi padre, e otro día cabalga en tu caballo así armado, e cuando
-quisiéremos romper contra nuestros enemigos, el Rey te hará caballero;
-que ya sabes que en todo el mundo no se podría fallar mejor hombre, ni
-de quien más honra recibas en este auto.
-
-Gandalín le dijo:
-
---Señor, todo cuanto decís es verdad, e a duro hallaría hombre otro
-tal caballero como el Rey; pero yo no seré caballero sino de vuestra
-mano.
-
---Pues que así quieres --dijo Amadís-- así sea, e faz lo que te digo.
-
-A cabo de tres días que los reales se asentaron, el emperador Patín
-se aquejaba mucho porque la batalla se diese; Amadís e Agrajes e don
-Cuadragante e todos los otros caballeros asimesmo aquejaban mucho al
-rey Perión que la batalla se diese e que Dios fuese juez de la verdad.
-Pues el Rey no lo quería menos que todos, mas habíalo detenido hasta
-que las cosas estoviesen en disposición cual convenía, e luego mandaron
-apregonar que todos al alba del día oyesen misa e se armasen, e cada
-gente acudiese a su capitán, porque la batalla se daría luego, e
-asimesmo se fizo por los contrarios, que luego lo supieron.
-
-Pues venida el alba, las trompetas sonaron, e tan claros se oían los
-unos a los otros como si juntos estoviesen. La gente se comenzó a armar
-e a ensillar sus caballos e por las tiendas a oír misas e cabalgar
-todos e se ir para sus señas.
-
-Pues a esta hora llegó Gandalín armado de armas blancas, como convenía
-a caballero novel, e se fué donde su señor Amadís estaba. Cuando
-Amadís le vió así venir salió de la batalla a él, e tomóle consigo, e
-fuése donde el rey Perión, su padre, estaba, e por el camino _le fué
-aconsejando como debía conducirse en aquel primer combate en que iba
-a tomar parte_. Así llegaron donde el rey Perión estaba, e Amadís le
-dijo:
-
---Señor, Gandalín quiere ser caballero, e mucho me pluguiera que lo
-fuera de vuestra mano; pero pues a él place de lo ser de la mía, vengo
-a os suplicar que de vuestra mano haya la espada, porque cuando le
-fuere menester haya memoria desta grande honra que recibe y de quién
-gela da.
-
-Entonces Amadís tomó una espada que le traía Durín, hermano de la
-doncella de Denamarca, a quien había mandado que le aguardase, e
-dióla al Rey, y él hizo caballero a Gandalín, besándole e poniéndole
-la espuela diestra, y el Rey le ciñió la espada, e así se cumplió su
-caballería por la mano de los dos mejores caballeros que nunca armas
-trajeron.
-
-Yendo las batallas, no andovieron mucho que vieron a sus enemigos
-contra ellos venir, e cuando fueron cerca los unos de los otros,
-Amadís conoció que la seña del emperador de Roma traía la delantera, e
-hobo muy gran placer porque con aquellos fuesen los primeros golpes,
-que como quiera que al rey Lisuarte desamase, siempre tenía en la
-memoria haber sido en su corte, y de las grandes honras que dél había
-rescebido; e sobre todo, lo que más temía e dubdaba, ser padre de su
-señora, a quien él tanto temor tenía de dar enojo; y en su corazón
-llevaba puesto, si hacerlo pudiese sin mucho peligro suyo, de se
-apartar de donde el rey Lisuarte andoviese.
-
-_Rompieron después las batallas unas contra otras, al son de las
-trompetas y añafiles_ y cuando se juntaron, el ruido e las voces fué
-tan grande que se no oían unos a otros, e allí veríades caballos sin
-señores, e los caballeros, dellos muertos y dellos feridos, e pasaban
-sobre ellos los que podían. Amadís tomó consigo a Gandalín, e con gran
-saña, viendo que los romanos tan bien se defendían, entró lo más recio
-que pudo por el un costado de la haz, e aquellos que le seguían, e
-dió tan grandes golpes del espada, que no había hombre que lo viese
-que mucho no fuese espantado; e mucho más lo fueron aquellos que le
-esperaban, que tan gran miedo les puso, que ninguno le osaba atender,
-antes se metían entre los otros, como hace el ganado cuando de los
-lobos son acometidos. Don Cuadragante e los otros caballeros que por la
-otra parte se combatían apretaron tanto los contrarios, que si no fuera
-porque llegó la segunda haz en su socorro, todos fueran destrozados e
-vencidos; mas como éste llegó, todos fueron reparados e cobraron gran
-esfuerzo, e por su llegada cayeron a tierra de los caballos más de mill
-de los unos e de los otros.
-
-El Emperador llegó en su gran caballo e como era grande de cuerpo, y
-venía delante de los suyos, paresció tan bien a todos los que lo veían,
-que era maravilla, y metió mano a la espada e comenzó a decir a grandes
-voces:
-
---Roma, Roma; a ellos, mis caballeros; no vos escape ninguno.
-
-E luego se metió por la priesa, dando muy grandes e fuertes golpes a
-todos los que delante sí hallaba, a guisa de buen caballero.
-
-_Mas con todo, eran tales_ las cosas extrañas que _Amadís_ facía e
-los caballeros que dejaba por el suelo por do quiera que iba, _que el
-romano_ fué tan espantado, que no podía creer que fuese sino algún
-diablo que allí era venido para los destruír, y a grandes voces decía:
-
---A éste, a éste herid y matad; que éste es el que nos destruye sin
-ninguna piedad.
-
-_Merced a las hazañas de Amadís y sus compañeros, los romanos, aunque
-eran tantos, acabaron por llevar la peor parte, e iban de vencida
-cuando, al ponerse el sol, fueron separados los contendientes._
-
-Aquella noche pasaron con grandes guardas e curaron de los feridos, e
-los otros descansaron del gran trabajo que habían pasado. Venida la
-mañana, _como había sido concertada tregua de un día_, fueron muchos
-a buscar a sus parientes, e otros a sus señores. E allí viérades los
-llantos tan grandes de ambas las partes, que de oírlo pone gran dolor,
-cuanto más de lo ver. Todos los vivos llevaron al real del Emperador,
-e los muertos fueron soterrados, de manera que el campo quedó
-desembargado. Así pasaron aquel día enderezando sus armas e curando de
-sus caballos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO TERCERO
-
-EL FIN DE LA BATALLA
-
-
-_No menos brava que la del primer día fué la lucha que se armó, acabada
-la tregua. Los guerreros de ambos bandos se acometieron con tanta furia
-que_ todos fueron mezclados unos con otros, de manera que no podían
-haber concierto ni aguardar ninguno a su capitán. Mas andaban tan
-envueltos e tan juntos, que se no podían herir ni aun con las espadas;
-e trabábanse a brazos, y derribábanse de los caballos, e más eran los
-que murieron de los pies dellos que de las feridas que se daban. El
-estruendo y el roido era tan grande, así de las voces como del reteñir
-de las armas, que todos aquellos valles de la montaña facían reteñir,
-que no parescían sino que todo el mundo era allí asonado; e por cierto
-así lo podéis creer, que no el mundo, mas todo lo más de la cristiandad
-e la flor della estaba allí, donde tanto daño en ella se recibió aquel
-día que por muchos y largos tiempos no se pudo reparar.
-
-Pues estando la cosa en tan gran revuelta y peligro, sobrevino de la
-parte del rey Lisuarte el Emperador con más de tres mil caballeros, _y
-cargó sobre el rey Perión, que muy a punto estuvo de perderse_. Así
-estando en esta priesa como oídes, llegó aquel muy esforzado caballero
-Amadís, que traía en su mano la su buena espada tinta de sangre hasta
-el puño, y como vió tanta gente sobre su padre, y sobre los suyos vió
-estar al Emperador delante combatiéndose, como cosa que ya por vencida
-tenía, puso las espuelas a su caballo, y metióse tan recio y tan
-denodado por la gente, que fué maravilla de lo ver.
-
-Amadís, como llevaba los ojos puestos en el Emperador, e más en el
-corazón de lo matar si podiese, metióse con muy gran rabia por le
-ferir; e como quiera que de todas partes grandes golpes le diesen
-por gelo defender, nunca tanto pudieron facer los contrarios, que le
-estorbasen de se juntar con él; e como a él llegó, alzó la espada
-e hirióle de toda su fuerza, e dióle tan gran golpe por encima del
-yelmo, que le desapoderó de toda su fuerza, y le hizo caer el espada
-de la mano; e como Amadís vió que iba a caer del caballo, dióle muy
-prestamente otro golpe por cima del hombro, que le cortó todas las
-armas e la carne fasta el hueso, de manera que todo aquel cuarto con el
-brazo le quedó colgado, e cayó del caballo tal, que dende a poco fué
-muerto.
-
-_Flaquearon entonces los romanos, hasta el punto de que sólo las
-fuerzas del rey Lisuarte sostenían en realidad la lucha con sus
-enemigos._ Estando la batalla en tal estado como oís, Amadís vió cómo
-la parte del rey Lisuarte iba perdida sin ningún remedio, y que si la
-cosa pasase más adelante, que no sería en su mano de lo poder salvar,
-ni aquellos grandes amigos suyos que con él estaban; y sobre todo, le
-vino a la memoria ser éste padre de su señora Oriana, aquella que sobre
-todas las cosas del mundo amaba e temía, e las grandes honras que él e
-su linaje los tiempos pasados habían dél recebido, las cuales se debían
-anteponer a los enojos, y que toda cosa que en tal caso se ficiese
-sería gran gloria para él, contándose más a sobrada virtud que a poco
-esfuerzo. E vió que muchos de los romanos llevaban a su señor faciendo
-gran duelo y que la gente se esparcía. Y porque venía la noche, acordó
-de probar si podría servir a su señora en cosa tan señalada; y fuése
-cuanto pudo por entre ambas las batallas, a gran afán, porque la gente
-era mucha e la priesa grande; que los de su parte, como conoscían la
-ventaja, apretaban a sus enemigos con gran esfuerzo, y en los otros
-ya cuasi no había defensa, sino por el rey Lisuarte y el rey Cildadán
-e los otros señalados caballeros; y llegó al rey Perión, su padre, e
-díjole:
-
---Señor, la noche viene; que a poca de hora no nos podríamos conocer
-unos a otros, e si más durase la contienda sería gran peligro, según
-la muchedumbre de la gente, que así podríamos matar a los amigos como
-a los enemigos y ellos a nosotros; paréceme que sería bien apartar la
-gente; que, según el daño que nuestros enemigos han recebido, bien creo
-que mañana no nos osarán atender.
-
-El Rey, que gran pesar en su corazón tenía en ver morir tanta gente sin
-culpa ninguna, díjole:
-
---Hijo, fágase como te parece, así por eso que dices como porque más
-gente no muera; que aquel Señor que todas las cosas sabe, bien ve que
-esto más se deja por su servicio que por otra ninguna causa; que en
-nuestra mano está toda su destruición, según son vencidos.
-
-Entonces el rey Perión e don Cuadragante por una parte, e Amadís e
-Galtines por la otra, comenzaron a apartar la gente, e hiciéronlo con
-poca premia, que ya la noche los partía. El rey Lisuarte, que estaba
-en esperanza ninguna de poder cobrar lo perdido y determinado de morir
-antes que ser vencido, cuando vió que aquellos caballeros apartaban
-la gente mucho fué maravillado, e bien creyó que no sin algún gran
-misterio aquello se facía, y estovo quedo hasta ver qué dello podría
-redundar. E como el rey Cildadán vió lo que los contrarios hacían, dijo
-al Rey:
-
---Paréceme que aquella gente no os seguirá, e honra nos facen; y pues
-que así es, recojamos la nuestra, e vamos a descansar, que tiempo es.
-
-Así se partió esta batalla como oídes; e las gentes apartadas e
-tornadas a sus reales, pusieron treguas por dos días, porque los
-muertos eran muchos, e acordóse que seguramente cada una de las partes
-pudiese llevar los suyos. El trabajo que pasaron en los soterrar e los
-llantos que por ellos ficieron, será excusado decirlo.
-
-_El rey Lisuarte, después de rendidos los debidos honores al cadáver
-del Emperador, estaba sumido en las más hondas vacilaciones, que bien
-advertía que con las fuerzas que le restaban no podría sostener una
-tercera batalla sin ser vencido en ella._
-
-_Con todo, porque no sufriera su honra, juntó a sus aliados y les
-manifestó que estaba dispuesto a morir en la pelea, pero nunca a
-solicitar paces. Todos le aseguraron que querían correr su misma suerte
-y se prepararon para continuar la guerra cuando fueran las treguas
-pasadas._
-
-
-
-
-CAPÍTULO CUARTO
-
-LAS GESTIONES DE PAZ
-
-
-_Entre tanto, un anciano ermitaño que moraba en aquella comarca,
-llamado Nasciano, y que gozaba de gran fama y prestigio entre todos
-los contendientes por su santidad y virtudes, tenía gran pesar en su
-corazón de que así se destrozara la flor de la caballería de tantos
-reinos, y como sabía el secreto de los amores de Oriana y Amadís, que
-muchas veces se había confesado con él la Princesa, se encaminó a la
-Ínsola Firme para rogar a Oriana que le permitiera revelar al rey
-Lisuarte lo que mediaba entre ella y Amadís, confiando en que sólo con
-aquello quedaría ya la guerra acabada._
-
-_Habló con Oriana al tiempo que los caballeros luchaban con mayor
-furia, y la Princesa, acongojadísima, no sólo le permitió que
-comunicara a su padre aquel secreto, sino que le suplicó que hiciera
-cuanto le fuera posible para que cesara tan espantosa guerra, en la
-que, venciera quien venciera, Amadís a Lisuarte o Lisuarte a Amadís,
-siempre había de salir destrozado el corazón de la Princesa._
-
-_Durante las treguas, consiguió el santo ermitaño llegar a la tienda de
-Lisuarte. Habló a solas con el Rey, refirióle los amores de Oriana, y
-en nombre de Dios le suplicó, postrándose a sus pies, que diera fin a
-la tremenda lucha con unas alegres bodas._
-
-_El Rey estuvo largo rato meditando, y aparte de la seguridad de ser
-vencido en la guerra, dada la escasez de las fuerzas que le quedaban,
-pensó que, muerto el Emperador, con nadie podría casar a Oriana mejor
-que con Amadís, cuyo altísimo valer nadie tanto como él conocía, y así
-le respondió al ermitaño que, siempre que su honra quedara a salvo,
-estaba muy dispuesto a concertar paces y a que se celebrara aquel
-enlace._
-
-_Muy contento, trasladóse entonces el santo hombre al campo de Amadís,
-habló en secreto con éste y encontró que también él estaba deseoso de
-terminar la guerra por no verse en el caso de derrotar al padre de
-su señora. Oído esto, refirióle el ermitaño cómo, por mandado de la
-Princesa, había revelado al rey Lisuarte los amores de ésta con Amadís
-y cómo el Rey se manifestaba conforme con el matrimonio._
-
-Amadís, cuando esto oyó, el corazón y las carnes le temblaban con la
-gran alegría que hobo, e dijo al ermitaño:
-
---.Mi buen señor, si el rey Lisuarte dese propósito está y por su hijo
-me quiere, yo lo tomaré por señor e padre para le servir en todo lo que
-su honra sea.
-
-_El ermitaño y Amadís comunicaron al rey Perión todo cuanto ocurría,
-quien, no menos inclinado a la paz, de acuerdo con sus principales
-aliados nombró dos representantes suyos, que, con los del rey Lisuarte,
-discutieran y acordaran las condiciones del término de la guerra, y
-antes de otra cosa, una y otra parte dispusieron levantar los reales y
-que se retirara una jornada atrás cada uno de los ejércitos, yendo a la
-Ínsola Firme los de Amadís, y a la villa de Luvaina los de Lisuarte.
-De este modo_, la mañana venida, las trompas fueron sonadas por los
-reales, e alzadas las tiendas; y con mucho placer de los unos y de los
-otros movieron los reales, cada uno donde debía ir.
-
-Ya vos habemos contado cómo el rey Arábigo e Barsinan, señor de
-Sansueña, e Arcalaus el Encantador e sus compañas estaban metidos en
-lo más bravo y más fuerte de la montaña, aguardando el aviso de las
-escuchas que continuamente muy secreto sobre los reales tenían; las
-cuales vieron muy bien las batallas pasadas, _y dieron cuenta de ellas
-al rey Arábigo, cuyo_ pensamiento fué de esperar a lo postrimero;
-que bien cuidaba que al cabo la una parte había de ser vencida, e
-mucho placer tomaba consigo porque de la primera no se mostraba el
-vencimiento, que durando la porfía, más se acrecentaba el daño;
-que a la fin quedarían tales, que con poco trabajo y menos peligro
-despacharía a los que quedasen, e quedaría señor de toda la tierra sin
-haber en ella quien gelo contradijese.
-
-Pues así estando, con mucho placer e alegría, vinieron las escuchas,
-e dijéronle cómo las gentes habían alzado los reales, e armados se
-volvían por los caminos que habían allí venido, que no podían pensar
-qué cosa fuese. Oído esto por el rey Arábigo, luego pensó que sobre
-alguna avenencia se podrían partir. Acordó de antes acometer al rey
-Lisuarte que a Amadís; pero dijo que no sería bien acometerlos fasta
-la noche, porque los tomarían más descuidados e a su salvo, e mandó
-_espías que acechasen sus pasos_.
-
-El rey Lisuarte, que iba por su camino, fué avisado de algunos de la
-comarca cómo habían visto gente de caballo ir encobiertos por encima de
-los cerros de aquella sierra. El Rey pensó que no se podría partir de
-aquella gente, si a su parte acostasen, sin gran batalla, la cual por
-entonces temía, por ver su gente tan maltrecha de las batallas pasadas,
-y no facía sino andar su camino con harta priesa, porque la afruenta,
-si viniese, le tomase cerca de aquella su villa _de Luvaina_, que facía
-cuenta que, aunque bien cercada no estoviese, que mejor en ella que
-en el campo se podría reparar; así que, en poca de hora se alejó gran
-pieza de la montaña.
-
-_Avisadas por sus espías las fuerzas del rey Arábigo iban tras él
-esperando la ocasión conveniente para el ataque._
-
-_Ocurrió entonces que el santo ermitaño tuvo que enviar con un recado
-para Lisuarte a dos donceles de Amadís, los cuales, llegados al real,
-encontraron que ya eran las fuerzas partidas para Luvaina. Siguieron
-sus huellas, y de allí a poco vieron cómo bajaban de la montaña y
-seguían al rey Lisuarte los temibles ejércitos del rey Arábigo._
-
-_Volvieron riendas y, galopando toda la noche, llegaron al alba a la
-tienda de Amadís, a quien despertaron haciéndole saber lo que ocurría.
-Este acordó con su padre ir con todas sus fuerzas en socorro del Rey de
-la Gran Bretaña; pero por ganar tiempo, Amadís partió delante llevando_
-consigo a don Cuadragante, e a don Florestán, su hermano, e Angriote de
-Estravaus e Gandalín y cuatro mil caballeros, e al maestro Elisabat,
-que así en esta jornada como en las batallas pasadas hizo cosas
-maravillosas de su oficio, dando la vida a muchos de los que haber no
-la podieran sino por Dios y por él. Con esta compaña tomó el camino, y
-el Rey su padre e todos los otros en sus batallas ordenadas tras él.
-
-
-
-
-CAPÍTULO QUINTO
-
-LA DERROTA DE ARCALAUS
-
-
-_Siempre seguidos por las huestes del rey Arábigo, Lisuarte y los suyos
-anduvieron todo el día y toda la noche y al rayar el alba estaban ante
-los muros de Luvaina. El rey de la Gran Bretaña quería meterse en la
-ciudad, sin dar batalla, para reparar allí algún tanto sus armas, que
-todos las traían hechas pedazos, y dar descanso a hombres y a caballos,
-que ya no podían consigo de fatiga._
-
-_Mas los de Arcalaus los acometieron fieramente, antes de que pudieran
-ganar las puertas de la villa, y trabóse una muy dura batalla en la que
-las fuerzas de Lisuarte, peleando a la desesperada, se batieron con
-mucho mayor brío del que de su cansancio se podría esperar. Con todo,
-tales eran los ímpetus del contrario, que el propio rey de la Gran
-Bretaña, a quien le mataron el caballo y cayó en medio de los enemigos,
-habría sido muerto o hecho prisionero si no hubieran acudido temeraria
-y heroicamente a cubrir su cuerpo los mejores de sus caballeros. De
-este modo, al cabo de muchas horas de pelea y con grandes pérdidas,
-logró Lisuarte hacer entrar el resto de su gente por la puerta de
-Luvaina, siendo el propio Rey uno de los últimos que consintió en
-acogerse a tal defensa._
-
-_Los muros de la villa eran bajos y débiles y no podían oponer
-larga resistencia. Sin embargo, el Rey, una vez dentro, después de
-haber hecho que comieran sus fatigadas tropas de lo que los de la
-villa pudieron darles, las repartió por las murallas, guarneciendo
-especialmente los puntos más flacos, a lo que también acudió cuanta
-gente útil en la villa habitaba. Pero como ya era pasada la mayor parte
-del día, los del rey Arábigo acordaron cercar por aquella noche los
-muros de Luvaina, aplazando para la mañana siguiente el asaltarlos._
-
-_Por mucho que se apresuró Amadís con los que le acompañaban, no pudo
-evitar, con gran desesperación suya, que la noche les sorprendiera
-lejos aún de Luvaina. Moderaron el paso y los fuegos del real del rey
-Arábigo, que descubrieron desde lejos, sirviéronles para no errar
-camino, tanto que descubrieron ante sí la villa como a una legua de
-distancia, cuando comenzaba a romper el alba._ Pues el día venido, el
-rey Arábigo y todos aquellos caballeros se aparejaron para el combate
-con muy gran esfuerzo e placer; e como armados fueron, llegaron todos
-al muro e a los portillos de la cerca; mas el rey Lisuarte con los
-suyos se los defendía muy bravamente; mas al cabo, como la gente era
-mucha y esforzada con la próspera fortuna, e los del Rey pocos, y
-los más dellos heridos y desmayados, non podieron tanto resistir ni
-defender que los contrarios no los entrasen por fuerza con muy grande
-alarido; así que el ruido era muy grande por las calles, por las cuales
-el Rey e los suyos se defendían reciamente, y desde las ventanas les
-ayudaban las mujeres e mozos, e otros que no eran para más afruenta de
-aquella. La revuelta de las cuchilladas e lanzadas y pedradas era tan
-grande y el sonido de las voces, que no había persona que lo viese que
-mucho no fuese espantada.
-
-_Los de Lisuarte se defendían con la mayor bravura_, mas todo no valía
-nada: que tanta gente cargaba por todas partes sobre ellos y les
-tomaban las espaldas, que si Dios por su misericordia no socorriera
-con la venida de Amadís, no tardaran media hora de ser todos muertos
-y presos, según las feridas tenían e las armas todas fechas pedazos;
-mas a esta hora llegó Amadís e sus compañeros con aquella gente que ya
-oístes; que después que el día vino aguijó cuanto pudo, porque ante
-que se apercibiesen los podiesen tomar. E como llegó a la villa e vió
-la gente dentro, e otros algunos que andaban de fuera, dió luego e
-tornó al derredor, e firieron e mataron cuantos pudieron alcanzar, y
-él por una puerta e don Cuadragante por la otra entraron con la gente,
-diciendo a grandes voces:
-
---Gaula, Gaula; Irlanda, Irlanda.
-
-E como fallaban las gentes desmandadas e sin recelo, mataron muchos, e
-otros se les encerraron en las casas.
-
-Los delanteros que peleaban oyeron las voces y el gran roido que con
-los suyos andaban, e los apellidos; luego pensaron que el rey Lisuarte
-era socorrido, e desmayaron mucho, que no sabían qué facer, si pelear
-con los que tenían delante o ir socorrer los otros. El rey Lisuarte,
-como aquello oyó, e vió que sus contrarios aflojaban, cobró razón
-e comenzó a esforzar los suyos, e dieron en ellos tan bravamente,
-que los llevaron hasta dar en los que venían huyendo de Amadís e de
-los suyos, así que no tovieron otro medio sino poner espaldas con
-espaldas y defenderse. El rey Arábigo e Arcalaus, como vieron la cosa
-perdida, metiéronse en una casa; que no tovieron esfuerzo para morir
-en la calle, mas luego fueron tomados y presos. Amadís daba tan duros
-golpes, que ya no hallaba quien lo esperase, _y cuando vió que ya
-estaban deshechos los enemigos, pues tampoco don Cuadragante se había
-descuidado en su negocio_, dijo a Gandalín:
-
---Ve, di a don Cuadragante que yo me salgo de la villa, y que pues esto
-es despachado, que será bien que nos vamos sin ver al rey Lisuarte.
-
-E luego fué por la calle hasta que llegó a la puerta de la villa por
-donde había entrado, e fizo cabalgar la gente que con él iba, e él
-cabalgó en su caballo. El rey Lisuarte, como tan presto vió el socorro
-de su vida e sus enemigos muertos e destrozados, estaba de tal manera
-que no sabía qué decir, e llamó a don Guilán, que cabe sí tenía, e
-díjole:
-
---Don Guilán, ¿qué será esto, o quién son éstos que tanto bien han
-hecho?
-
---Señor --dijo él--, ¿quién puede ser sino quien suele? No es otro sino
-Amadís de Gaula, que bien oístes cómo nombraban su apellido, e bien
-será, Señor, que le deis las gracias que merece.
-
-Entonces el Rey dijo:
-
---Pues id vos adelante, e si él fuere, deteneldo, que por vos bien lo
-hará, e yo luego seré con vos.
-
-Estonces fué por la calle, e cuando don Guilán llegó a la puerta de la
-villa, luego supo que era Amadís, e ya había cabalgado e se iba con su
-gente, que no quiso esperar a don Cuadragante porque lo no detoviese, e
-don Guilán le dió voces que tornase, que estaba allí el Rey.
-
-Amadís, como lo oyó, hobo gran empacho, que conoció muy bien aquel
-que lo llamaba, a quien él preciaba mucho e lo amaba; e vió al Rey
-cabe él estar, e volvió, e cuando fué más cerca miró al Rey, e tenía
-todas las armas despedazadas y llenas de sangre de sus feridas, e hobo
-gran piedad de así lo ver; que aunque su discordia tan crecida fuese,
-siempre tenía en la memoria ser éste el más cuerdo, más honrado e más
-esforzado Rey que en el mundo hobiese: e como fué más cerca descabalgó
-del caballo, e fué para él, e fincó los hinojos e quísole besar las
-manos, mas él no las quiso dar, antes lo abrazó con muy buen talante e
-lo alzó suso, _lo_ tomó por la mano e díjole:
-
---Señor, bien será, si a vos ploguiere, que demos orden de descansar e
-folgar, que bien nos hace menester. Amadís le dijo:
-
-[Ilustración]
-
---Señor, sea la vuestra merced de nos dar licencia porque nos podamos
-con tiempo tornar yo y estos caballeros al rey Perión, mi señor, que
-con toda la otra gente viene.
-
---Por cierto esa licencia no vos daré yo; que aunque en virtud ni
-esfuerzo ninguno os pueda vencer, en esto quiero que seáis de mí
-vencido, y que aquí esperemos al Rey vuestro padre; que no es razón que
-tan brevemente nos partamos sobre cosa tan señalada como agora pasó.
-
---Así se haga como lo mandáis --dijo Amadís.
-
-Entonces mandaron a la gente que descabalgasen e pusiesen los caballos
-por aquel campo, e buscasen algo de comer.
-
-_Poco después_ vieron venir las batallas de la gente que el rey Perión
-traía, que venían a más andar. El rey Lisuarte demandó un caballo e
-dijo al rey Cildadán que tomase otro y que irían a rescebir al rey
-Perión.
-
-Amadís le dijo:
-
---Señor, por mejor habría, si por bien lo tovierdes, que descanséis y
-curen de vuestras feridas, que el Rey mi señor no dejará de venir su
-camino hasta vos ver.
-
-El Rey le dijo que en todo caso quería ir. Entonces cabalgó en un
-caballo, y el rey Cildadán e Amadís en los suyos, e fueron contra
-donde el rey Perión venía. Amadís mandó a Durín que pasase adelante
-dellos e hiciese saber a su padre la ida del rey Lisuarte. Así fueron,
-como oídes, e muchos de aquellos caballeros con ellos, e Durín andovo
-más y llegó al Rey e díjole el mandado de Amadís; y él tomó consigo a
-_varios caballeros_ e llegó al rey Lisuarte, e como se vieron, salieron
-entrambos adelante el uno al otro, e abrazáronse con buen talante,
-e cuando el rey Perión le vió así llagado e mal parado, e las armas
-despedazadas, díjole:
-
---Paréceme, buen señor, que no partistes del real tan mal trecho como
-agora vos veo, aunque allá vuestras armas no estovieron en las fundas,
-ni vuestra persona a la sombra de las tiendas.
-
---Mi señor --dijo el rey Lisuarte--, así tove por bien que me viésedes,
-porque sepáis qué tal estaba a la hora que Amadís y estos caballeros me
-socorrieron.
-
-Entonces le contó todo lo más de la gran afruenta en que había estado.
-El rey Perión hobo muy gran placer en saber lo que sus fijos habían
-fecho con la buena ventura e honra tan grande que dello se les seguía,
-e dijo:
-
---Muchas gracias doy a Dios porque así se paró el pleito, e porque vos,
-mi señor, seáis servido e ayudado de mis fijos y de mi linaje; que,
-ciertamente, como quiera que las cosas hayan pasado entre nosotros,
-siempre fué y es mi deseo que os acaten e obedezcan como a señor e a
-padre.
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEXTO
-
-LAS BODAS
-
-
-_En cuanto Lisuarte sanó de las heridas en aquella ocasión recibidas,
-reuniéronse en la Ínsola Firme las familias de todos aquellos reyes,
-con gran cortejo de damas y caballeros, para celebrar no sólo las bodas
-de Oriana y Amadís, sino las de don Galaor con la hermosa reina de
-Sobradisa, Briolanja; las del nuevo emperador de Roma con Leonoreta,
-hija segunda del rey Lisuarte; las de Agrajes, Melicia, Mabilia, y
-en general de gran número de caballeros y doncellas de los que habían
-vivido en torno a Oriana y Amadís, entre los cuales había repartido
-éste, poco antes de aquel día, los grandes estados ganados en la última
-guerra, sin reservar otra cosa para sí que el señorío de la Ínsola
-Firme, que, como bien sabemos, de antes poseía. También Urganda la
-Desconocida habíase presentado inopinadamente, en una sierpe de fuego,
-para ser testigo de las bodas de su caballero favorito._
-
-Venido el día señalado, todos los novios se juntaron en la posada de
-Amadís, y se vistieron de tan ricos y preciados paños como su gran
-estado en tal auto demandaba, e asimesmo lo ficieron las novias; e
-los reyes e grandes señores los tomaron consigo, e cabalgando en
-sus palafrenes, muy ricamente guarnidos, se fueron a la huerta,
-donde fallaron las reinas e novias asimesmo en sus palafrenes; pues
-así salieron todos juntos a la iglesia, donde por el santo hombre
-Nasciano la misa aparejada estaba. Pasado el auto de los matrimonios e
-casamientos con las solemnidades que la santa Iglesia manda, Amadís se
-llegó al rey Lisuarte e díjole:
-
---Señor, quiero demandaros un don que os no será grave de lo dar.
-
---Yo lo otorgo --dijo el Rey.
-
---Pues, señor, mandad a Oriana que antes que sea hora de comer pruebe
-el Arco encantado de los Leales Amadores, e la Cámara Defendida, que
-hasta aquí, con su gran tristeza, nunca con ella acabar se pudo, por
-mucho que ha sido por nosotros suplicada y rogada; que yo fío tanto
-en su lealtad y en su gran beldad, que allí donde ha más de cien años
-que nunca mujer, por extremada que de las otras fuese, pudo entrar,
-entrará ella sin ningún detenimiento; porque yo vi a Grimanesa en tanta
-perfición como si viva fuese, donde está hecha por gran arte con su
-marido Apolidón; e su gran fermosura no iguala con la de Oriana; e en
-aquella cámara tan defendida a todas se hará fiesta de nuestras bodas.
-
-Y el Rey le dijo:
-
---Buen hijo señor: liviano es a mí complir lo que pedís, mas he recelo
-que con ello pongamos alguna turbación en esta fiesta, porque muchas
-veces contece, e todas las más, la grande afición de la voluntad
-engañar los ojos, que juzgan lo contrario de lo que es; e así podría
-acaescer a vos con mi hija Oriana.
-
---No tengáis cuidado deso --dijo Amadís--, que mi corazón me dice que
-así como lo digo se complirá.
-
---Pues así os place, así sea --dijo el Rey.
-
-Entonces se fué a su hija, que entre las reinas e las otras novias
-estaba, e díjole:
-
---Mi hija, vuestro marido me demandó un don, e no se puede complir sino
-por vos; quiero que mi palabra hagáis verdadera.
-
-Ella fincó los hinojos delante dél y besóle las manos, e dijo:
-
---Señor, a Dios plega que por alguna manera venga causa con que os
-pueda servir, e mandad lo que os ploguiere, que así se fará si por mí
-complir se puede.
-
-El Rey la levantó e la besó en el rostro, e dijo:
-
---Hija, pues conviene que antes de comer sea por vos probado el Arco de
-los Leales Amadores e la Cámara Defendida; que esto es lo que vuestro
-marido me pide.
-
-Cuando esto fué oído de toda aquella gente, a muchas plogo de ver
-que la prueba se ficiese e a otras puso gran turbación. Pues así
-como estaban, salieron de la iglesia, e cabalgando, llegaron al
-marco donde allí adelante a ninguno ni a ninguna era dada licencia
-de entrar, si dinos para ello no fuesen. Pues allí llegados, Melicia
-e Olinda, _la mujer de Agrajes_, dijeron a sus esposos que también
-querían ellas probar aquella aventura, de lo cual gran alegría en los
-corazones dellos vino, por ver la gran lealtad en que se atrevían.
-Allí descabalgaron todos e acordaron que entrasen delante Melicia e
-Olinda; e así se fizo, que la una tras la otra pasaron el marco, e
-sin ningún entrévalo fueron so el arco y entraron en la casa donde
-Apolidón e Grimanesa estaban; e la trompa, que la imagen encima del
-arco tenía, tañió muy dulcemente; así que todos fueron muy consolados
-de tal són, que nunca otro tal vieran, sino aquellos que ya lo habían
-visto e probado. Oriana llegó al marco e volvió el rostro contra
-Amadís e paróse muy colorada; e tornó luego a entrar, y en llegando
-a la mitad del sitio, la imagen comenzó el dulce són; e como llegó
-so el arco, lanzó por la boca de la trompa tantas flores e rosas en
-tanta abundancia, que todo el campo fué cubierto dellas; y el són fué
-tan dulce e tan diferenciado del que por las otras se fizo, que todos
-sintieron en sí tan gran deleite, que en tanto que durara tovieron por
-bueno de no partirse de allí; mas como pasó el arco, cesó luego el són.
-Oriana falló a Olinda e a Melicia, que estaban mirando aquellas figuras
-e sus nombres, que en el jaspe hallaron escritos; e como la vieron,
-fueron con mucho placer contra ella, e tomáronla entre sí por las
-manos e volviéronse a las imágines; e Oriana miraba con gran afición
-a Grimanesa, e bien veía claramente que ninguna de aquéllas, ni de
-las que fuera estaban, no era tan fermosa como ella; e mucho dudó en
-la prueba de la Cámara, que para haber de entrar en ella la había de
-sobrar en fermosura; e por su voluntad dejárase de la probar, que de lo
-del Arco nunca en sí puso duda; que bien sabía el secreto enteramente
-de su corazón, cómo nunca fuera otorgado de amar sino a su amigo Amadís.
-
-Así estovieron una pieza, y estovieran más, sino por ser el día tal
-que las esperaba; e acordaron de salirse así todas tres juntas como
-estaban, tan contentas e tan lozanas, que a los que las atendían
-e miraban les paresció que habían gran pieza acrecentado en sus
-hermosuras, e bien cuidaron que cualquiera de ellas era bastante para
-acabar la aventura de la Cámara. Sus tres maridos, Amadís e Agrajes e
-don Bruneo, que aquella aventura habían acabado, como ya el segundo
-libro desta historia vos lo ha contado, fueron contra ellas, lo
-cual ninguno de los que allí estaban podieran hacer; e como a ellas
-llegaron, la trompa comenzó el son e a echar las flores, que les daban
-sobre las cabezas, e abrazáronlas e besáronlas, e así todos seis se
-salieron. Esto hecho, acordaron de ir a la prueba de la Cámara, mas
-algunas había que gran recelo llevaban de lo no poder acabar. Pues
-llegando al sitio que en la sala del castillo estaba, _primero se
-acercó_ Olinda la mesurada, trayéndola Agrajes por la mano, que le
-daba gran esfuerzo, aunque no con mucha esperanza que en sí toviese,
-que el gran amor ni afición dél a ella no le quitaba el conocimiento
-de ver que no igualaba a la fermosura de Grimanesa; pero bien pensó
-que llegaría con las más delanteras; y llegando al sitio, dejóla de
-la mano, y ella entró e fuése derechamente al padrón de cobre, e de
-allí pasó al de mármol, que nada sintió; mas, como quiso pasar, la
-resistencia fué tan dura, que por mucho que porfió no pudo más de una
-pasada pasar más adelante, e luego fué echada fuera, tan desacordada,
-que no tenía sentido.
-
-Melicia entró con gentil continencia e lozano corazón, que así era ella
-muy lozana e muy fermosa, e pasó por los padrones ambos, tanto, que
-cuidaron todos que entraría en la cámara; e Oriana, que así lo pensó,
-fué toda demudada de pesar; mas llegando un paso más que Olinda, luego
-fué tollida e sacada sin ninguna piedad, como la otra, tan desacordada
-como si muerta fuese, que así como más adelante entraban, mucho más
-la pena les era dada a cada una en su grado, e así se hacía a los
-caballeros antes que Amadís lo acabase. Las rabias que don Bruneo por
-ello hacía a muchos movían a piedad; mas a los que sabían el poco
-peligro que de allí redundaba, reíanse mucho de lo ver. Esto así fecho,
-llevó Amadís a Oriana, en quien toda la fermosura del mundo ayuntada
-era, y llegó al sitio con pasos muy sosegados y rostro muy honesto,
-e santiguóse e encomendóse a Dios, y entró adelante, e sin que nada
-sintiese pasó los padrones, e cuando a una pasada de la cámara llegó
-sintió muchas manos que la pujaban e tornaban atrás, tanto, que tres
-veces la volvieron hasta cerca del padrón de mármol; mas ella no hacía
-sino con las sus muy fermosas manos desviarlos a un cabo e a otro, e
-parecíale que tomaba brazos e manos; e así con mucha porfía e gran
-corazón, e sobre todo su gran fermosura, que muy más extremada era que
-la de Grimanesa, como dicho es, llegó a la puerta de la cámara muy
-cansada, e trabó de uno de los umbrales; entonces salió aquel brazo
-e mano que a Amadís tomó, e tomó a ella por la una mano, e oyó más de
-veinte voces que muy dulcemente cantando dijeron:
-
---Bien venga la noble señora, que por su gran beldad ha vencido la
-fermosura de Grimanesa, e hará compaña al caballero que, por ser más
-valiente y esforzado en armas que aquel Apolidón, que en su tiempo
-par no tuvo, ganó el señorío desta ínsola, y de su generación será
-señoreada grandes tiempos con otros grandes señoríos que desde ella
-ganarán.
-
-Entonces el brazo e la mano tiró, y entró Oriana en la cámara, donde
-se halló tan alegre como si del mundo fuera señora, e no tanto por su
-fermosura como porque, seyendo su amigo Amadís señor de aquella ínsola,
-sin empacho alguno le podía facer compaña en aquella fermosa cámara,
-quitando la esperanza desde allí adelante de se venir a probar ninguna,
-por fermosa que fuese. Isanjo, el caballero gobernador de aquella
-ínsola, dijo entonces:
-
---Señores, los encantamentos desta ínsola a este punto son todos
-deshechos, sin ninguno quedar; que así fué establecido por aquel que
-aquí los dejó; que no quiso que más durasen de cuanto se hallase señor
-e señora que estas aventuras acabasen, como estos señores lo han fecho;
-e sin embargo alguno, pueden allí entrar todas las mujeres, así como lo
-facen los hombres después que por Amadís acabada fué.
-
-Entonces entraron los reyes e reinas, e todos los otros caballeros, e
-dueñas e doncellas cuantas allí estaban, e vieron la más rica e más
-sabrosa morada que nunca fué vista, e todas abrazaron a Oriana, como si
-por luengo tiempo no la hobieran visto; era tanto el placer e alegría
-de todos, que no tenían memoria de comer, ni de otra alguna cosa, sino
-de mirar aquella cámara tan extraña. Amadís mandó que luego fuesen en
-aquella gran cámara traídas las mesas, e así se fizo; e finalmente,
-los novios e novias, e los reyes e los que allí cupieron, folgaron e
-comieron en la cámara, donde de muchos e diversos manjares, e frutas de
-muchas maneras, e vinos, fueron muy bien servidos.
-
-Pasadas estas grandes fiestas de las bodas que en la Ínsola Firme
-se ficieron, el Emperador demandó licencia a Amadís, porque, si le
-ploguiese, quería con su mujer tornarse a su tierra; todos los otros
-reyes e señores aderezaron para se ir también, y quedó en la Ínsola
-Firme Amadís con su señora Oriana al mayor vicio e placer que nunca
-caballero estovo, de lo cual no quisiera él ser apartado porque del
-mundo le ficiesen señor.
-
- A DIOS SEAN DADAS GRACIAS. ACÁBANSE AQUÍ
- LOS CUATRO LIBROS DEL ESFORZADO
- E MUY VIRTUOSO CABALLERO
- AMADÍS DE GAULA.
-
-
-
-
-PALMERÍN DE INGLATERRA
-
-
-
-
-[Ilustración: ¶ Libro del muy eſforçado Cauallero Palmerín de
-inglaterra hijo del rey dõ Duardos: y de ſus grandes proezas: y de
-Floriano del desierto ſu hermano: con algunas del príncipe Florendos
-hijo de Primaleon. Impreſſo Año.M.D.xlvij.]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-LA FLORESTA ENCANTADA
-
-
-Saliendo un día don Duardos, _príncipe de Inglaterra_, a monte a la
-floresta _del Desierto_, llevando consigo a Flérida, _su joven esposa,
-hija del emperador de Grecia Palmerín_, mandó asentar sus tiendas en
-un verde prado, junto de una ribera que por allí corría, que con sus
-corrientes y claras aguas consolaba los corazones tristes.
-
-No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la parte do
-la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de los monteros,
-e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco grande, que,
-acosado de los perros, trasponía por un recuesto; mas él, fiándose en
-la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en pequeño trecho le
-alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los que seguían a don
-Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad del día les duró;
-mas como les fué faltando, la escuridad les hizo desatinar de manera
-que perdieron el rastro.
-
-Don Duardos, enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier
-peligro que de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco,
-hasta tanto que el caballo de cansado no se podía menear; entonces
-se apeó dél, y quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para
-que tomase algún esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando
-dormir algún poco; mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida
-estaría por su tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras
-imaginaciones hasta la mañana.
-
-_Al otro día_, caminó hacia aquella parte que a su parecer su gente
-quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba, más
-se alongaba della, y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se
-quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos
-árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos
-pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado,
-y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar las
-guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese serena,
-y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con el cantar
-de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por el río
-abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las riendas
-al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna le tenía
-ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una torre
-que en medio del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien
-obrada y fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y
-mucho más para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así
-de la una parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan
-ancha, que se podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos,
-recordando de su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y
-fortaleza dél, llamó a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban.
-
-No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo ver
-desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel
-castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo
-dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese,
-perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde
-fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona
-de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía que le
-pareció necesaria, le dijo:
-
---Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de
-vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para
-no encubrirse a nenguno.
-
-La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el río
-caía, diciendo:
-
---Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a vuestro
-servicio; reposá aquí esta noche, que por la mañana sabréis lo que
-deseáis.
-
-No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como
-lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una
-cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien
-obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello
-para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía;
-aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le
-hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa,
-viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la
-cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo,
-que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo
-podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra:
-
---Di a mi sobrino que venga, que con menos trabajo de lo que pensamos
-puede tomar venganza de la muerte de su padre, pues en nuestro poder
-está éste, que es nieto y yerno de aquel que le mató.
-
-En esto bajó de lo más alto de la torre un gigante mancebo, acompañado
-de algunos hombres armados, y entró dentro en la cámara así acompañado,
-diciendo:
-
---¡Don Duardos, don Duardos! --en alta voz--: con menos reposo que eso
-habías de estar en esta casa.
-
-Don Duardos recordó a sus voces; queriendo tomar su espada, no la
-halló. Entonces _el gigante_ le mandó prender, sin él poderse resestir,
-que sólo con el corazón, sin otras armas, le tomaron; de ahí le
-llevaron a una torre en lo más alto de la fortaleza, adonde, cargado de
-hierro, le dejaron con intención de nunca soltalle. Cuando don Duardos
-se vió solo y así tratado, con ira que de sí mesmo tenía, comenzó a
-decir palabras de tanto dolor y lástima, que nenguno lo pudiera oír que
-no la hubiera dél.
-
-_¿Qué motivo había para que tan preclaro caballero fuera tratado de
-este modo? Dice la historia que en el tiempo en que Palmerín de Oliva,
-antes de ser emperador de Grecia y padre de Flérida, había estado en
-la corte del rey de Inglaterra, abuelo de don Duardos, como caballero
-andante, había libertado en brava pelea a la reina y su hija, que eran
-llevadas prisioneras por el temido gigante Franaque, el cual, por mano
-de Palmerín, había quedado muerto en el campo de batalla._
-
-Este Franaque tenía una hermana, muy gran sabidora en las artes de
-encantamento, llamada Eutropa, que en su tiempo pasó a todas las
-personas que de aquel arte sabían. Y sabiendo la triste nueva de
-aqueste su hermano, tomando en sus brazos un pequeño hijo que le
-quedaba, que tenía por nombre Dramusiando, con grandes llantos lloraba
-la muerte de su padre, prometiendo que, con sus artes y con las fuerzas
-de aquel niño, tomaría tal venganza del que lo mató y de todos los
-que de su linaje pudiese haber, que quedase dello perpetua memoria.
-Pasados los días del ímpetu de su pasión, quísose proveer como sabía en
-aquello que vió que era menester para su guarda; y haciendo de nuevo
-aquel castillo en que don Duardos fué preso, se metió en él con toda su
-familia, fortificándole todo lo que más pudo; y no se confiando desto,
-encantó de tal suerte toda aquella floresta al derredor, que ninguna
-persona podía entrar dentro si no fuese por su voluntad. En este
-castillo crió su sobrino hasta edad de ser caballero, _el cual_, como
-tuviese edad y entendimiento, y tuviese el ánimo muy grande, supiendo
-la muerte de su padre, el esfuerzo de su ánima le provocaba a ir por el
-mundo a vengar su muerte; mas Eutropa se lo impidió siempre, diciendo
-que viviese contento, que ella le prometía de le traer a su poder en
-quién pudiese tomar muy cruel venganza.
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEGUNDO
-
-LOS MELLIZOS DE FLÉRIDA
-
-
-Estando Flérida en la Floresta del Desierto, que quedara con _sus_
-damas junto con la ribera folgando y cogiendo de las flores de que
-el campo está cubierto, que esto era en el mes de mayo tiempo en el
-cual ellas tienen su gracia, esperó a don Duardos hasta las horas
-que le pareció que debía venir, y viendo que tardaba, comenzó de
-entristecerse, anunciándole el corazón el desastre. Allegada la noche,
-parecióle más escura a Flérida de lo que de su natural lo podía ser;
-ninguna consolación la podía alegrar; los monteros acudían y su don
-Duardos no venía; Flérida no durmió en toda la noche, porque siempre en
-estos casos el cuidado vence el sueño.
-
-Ya que la mañana esclarescía, el duque _de Galez_ mandó a toda aquella
-gente que, repartidos, corriesen toda la floresta y mirasen si lo
-hallarían, y tornasen allí con el recaudo, porque Flérida tenía
-ordenado no hacer de allí mudanza hasta saber lo que dél era hecho.
-Pridos, hijo del duque, primo de don Duardos y muy grande amigo suyo,
-se metió por lo más espeso de la montaña, contra aquella parte do la
-mar batía, lo anduvo revolviendo todo, e ya desconfiando de le hallar,
-creyendo que de las alimañas bravas de que aquella montaña era poblada
-lo matarían por ir desarmado, tornóse tan triste que, desacordado de
-sí, con los ojos llenos de agua, las riendas sueltas sobre el cuello
-del caballo, haciendo muy grandes lástimas por aquellas muy grandes
-concavidades que la mar tenía hechas, y retumbando dentro el tono con
-que las decía, parecía que le ayudaban a sentir su pasión con aquellas
-mismas palabras que él mismo se quejaba.
-
-No tardó mucho que por la ribera de aquella playa vió venir una
-doncella encima de su palafrén muy negro, vestida de la mesma color.
-Llegándose a Pridos, le tomó por la rienda, diciendo:
-
---Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer a
-lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en su
-libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid
-a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo
-vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir
-se le tornará en mayor alegría.
-
-Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote al
-palafrén, ella y él desaparecieron.
-
-_Pridos tornó_ con esta nueva donde Flérida estaba, _la que_, puesto
-que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó más triste de
-lo que antes estaba.
-
-[Ilustración]
-
-Y como pocas veces una pasión venga sola, con este acidente le dieron
-dolores de parto, y porque también ya el tiempo era llegado, sin mucho
-trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que en aquella primera
-hora parecía que daban testimonio de lo que después hicieron. _Las_
-damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos paños, se los presentaron
-delante, creyendo que con la vista dellos mitigaría la pena; Flérida
-los tomó en sus brazos con amor de madre; con palabras de mucha lástima
-decía:
-
---¡Oh hijos sin padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro
-nacimiento fuera! Mas en lugar de las fiestas que él para entonces
-aparejaba, yo moriré con este dolor y vosotros quedaréis sin él y sin
-mí y sin edad para sentir tan gran pérdida.
-
-Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al
-que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al
-segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera
-se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba
-cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la
-leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que
-ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar
-a aquel lugar donde todo se juntaba.
-
-Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte un
-salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza de
-las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía dos
-leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo
-aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento
-de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le
-inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes,
-porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito al
-campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida,
-escondiéronse entre las matas. El duque de Galez, que muy viejo era y
-estaba desarmado, no pudo defender que el salvaje no tomase a los niños
-debajo del brazo, y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más
-daño. Flérida quedó tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa
-ninguna; perdida la calor natural, parecía más muerta que viva; mas
-tomando algún tanto en sí por las palabras que le decían, comenzó otro
-planto de nuevo, deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se
-halla reposo de todos los males.
-
-
-
-
-CAPÍTULO TERCERO
-
-DESIERTO Y PALMERÍN
-
-
-Aqueste salvaje, después de haber tomado aquellos infantes, anduvo
-tanto hasta llegar adonde tenía la cueva, y hallando a la entrada della
-a su mujer, que le estaba esperando con un niño en los brazos, el cual
-era hijo de entrambos, que sería de edad de hasta un año; allí le dió
-la caza que traía, diciendo que en todo el día no había podido hallar
-otra, y que de aquella cenarían los leones; mas como las mujeres de
-su natural son inclinadas a piedad, túvola tamaña de aquellas vidas
-inocentes, que no quiso consentir lo que su marido traía ordenado;
-antes, tomando de otra carne, les dió de comer y a los chiquitos de
-mamar, con tan grande amor como a su hijo propio; y con esto los crió
-a la leche de sus pechos hasta que la edad los enseñó a sustentar de
-otro mantenimiento.
-
-_Entre tanto, el rey de Inglaterra, Fadrique, padre de don Duardos, en
-el gran dolor de lo ocurrido a su hijo y nietos, envía un embajador
-a Constantinopla para hacerlo saber al anciano emperador de Grecia.
-Llega éste a la ciudad al tiempo en que se celebran grandes fiestas
-con motivo del nacimiento de Polinarda, nieta del emperador, hija
-de Primaleón el hermano de Flérida. Al momento son suspendidos los
-festejos, y el emperador Palmerín, muy alterado con tales nuevas,
-retírase a sus habitaciones. Mas el príncipe Primaleón, que grandes
-obligaciones debe a su cuñado don Duardos, dejando a su amada
-esposa Gridonia y a su recién nacida hija, toma sus armas y se pone
-secretamente en camino para lograr la libertad del prisionero. Lo mismo
-van haciendo los más famosos caballeros de la corte del emperador; y
-cuando la noticia de la pérdida de don Duardos se extiende por las de
-Francia, España, Alemania y otras tierras, no hay caballero que quiera
-ser el último en salir en su demanda._
-
-Aquí deja la historia de hablar dello, y torna a los infantes, que
-la mujer del salvaje criaba con tanto amor como a sus propios hijos;
-así como iban creciendo se hacían tan hermosos y bien dispuestos, que
-parecían de mayor edad de lo que entonces eran: su ejercicio era cazar,
-siendo en ello tan diestros, que casi tenían despoblada la mayor
-parte de aquélla floresta de las alimañas que en ella había; y el que
-mayor montero y más gusto de cazar llevaba era Floriano del Desierto,
-en cuya compañía los leones siempre andaban; traía un arco con muchas
-flechas, y salió tan singular flechero, que el salvaje no le igualaba
-con mucha parte; en esta vida continuaron hasta edad de diez años, en
-el fin de los cuales, un domingo por la mañana, Floriano se salió solo
-con sus leones por la trabilla, como algunas veces lo acostumbraba,
-por ver si mataría alguna caza, y andando todo el día a una parte y a
-otra sin hallar ninguna, al tiempo que el sol se quería poner, vió en
-una mata estar un venado muy grande, y adonde le tiró, y le dió con
-tanta fuerza que lo atravesó de la otra parte; mas el ciervo, que se
-sintió herido, se levantó con tan gran priesa, que los leones, a quien
-Floriano soltó la trabilla, no le pudieron alcanzar, antes corriendo
-ellos tras el venado y él tras ellos se desviaran tanto de la cierva,
-que Floriano perdió el tino della y a los leones de vista, andando
-toda la noche dando voces por ver si acudirían; y caminó tanto hacia
-donde le pareció que la cierva estaba, que fué a parar al propio lugar
-adonde naciera, que era allí cerca, y asentóse al pie de una fuente que
-allí estaba; no tardó mucho que por el mesmo camino hacia la fuente
-vió un caballero encima de un caballo bayo, las riendas caídas sobre
-el cuello del caballo, y él tan triste de su cuidado que parecía que
-nenguna cosa sentía; tanto que llegó a la fuente, con el detenimiento
-que el caballo hizo en beber, tornó en sí, y viendo a Floriano, fué en
-él el sobresalto tan grande como si viera a don Duardos; porque éste
-se parecía mucho a él; preguntándole cúyo hijo era, Floriano le dió la
-cuenta de lo que sabía; el caballero le rogó que se fuese con él para
-Londres, y que le llevaría al rey, que le criaría y le haría mercedes.
-
-Este caballero era el esforzado Pridos, que, cansado de correr todo el
-mundo en busca de don Duardos sin hallar ningunas nuevas, se tornaba
-para Londres, y tomando a Floriano consigo, le llevó a la corte, adonde
-del rey fué recebido como persona a quien mucho amaba, y le ofreció
-aquel doncel vestido de pieles de alimañas, con quien el rey fué tan
-alegre como si supiera ser aquél su nieto. Y tomándole por la mano, se
-fué adonde la reina y Flérida estaban, mostrando nuevo contentamiento,
-y puestos los ojos en Flérida, le dijo:
-
---Señora, vedes aquí el fruto que Pridos sacó de su tardanza; este
-doncel, tan parecido a mi hijo y a vuestro don Duardos, que me hace
-creer que puede tener algún deudo con él.
-
-Flérida, a quien la naturaleza ayudase a conocelle, tomóle en los
-brazos con entero amor de madre, y pidiéndoselo al rey que se lo diese
-para su servicio, quiso que tuviese por nombre Desierto, sin saber que
-aquél era con el que naciera. Desta manera el infante Desierto se crió
-sirviendo a su mesma madre, sin ella ni él saber el mucho parentesco
-que entre ellos había.
-
-Aquel día que el infante del Desierto salió a cazar, el salvaje
-esperó hasta la noche, y viendo que no venía él, ni los leones
-tampoco, comenzó de entristecerse, y gastando las horas del sueño en
-pensamientos que se le hacían perder, estuvo hasta otro día, que los
-leones llegaron ensangrentados de la sangre del venado que mataron; mas
-él que los vió sin su guardador, los mató, sin se le acordar la pérdida
-que en hacello recibía. Mas Palmerín se tornó tan triste que ninguna
-cosa le podía contentar, pasando el tiempo en irse a pasar su soledad
-riberas de la playa donde la mar batía. Tanto continuó esto, que una
-vez vió venir a la costa una galera, y llegando hacia aquella parte do
-Palmerín estaba, el capitán mandó poner la proa en tierra, hallando
-aquellos donceles, porque también Selvián, _el hijo del salvaje_,
-estaba en la compañía de Palmerín; espantado del parecer de entramos y
-de la manera de su traje, después de estar algún rato platicando, puso
-en su voluntad de llevarlos consigo por fuerza, si de otra manera no
-quisiesen; mas Palmerín no hubo menester muchas palabras, porque su
-naturaleza le inclinaba a no se contentar de aquella vida.
-
-Entonces, entrando en la galera, el capitán hizo su camino como de
-antes llevaba; en esto continuaron tantos días, volviendo la costa
-de España y travesando la de Levante, tanto que un día en la tarde
-allegaron al gran puerto de Constantinopla, que en aquel tiempo era
-poblada de voluntades tan tristes como en otro tiempo lo era de
-invenciones alegres y días contentos.
-
-El esforzado Polendos, rey de Tesalia, que era el capitán de la galera
-que venía de correr y atravesar todos los mares, así Océano como
-Mediterráneo, sin hallar ninguna nueva de Primaleón ni de don Duardos,
-dió cuenta _al emperador_ de las tierras que anduvo y de lo poco que en
-aquella demanda hiciera, de lo cual el emperador quedó muy descontento.
-Polendos le presentó el hermoso infante, con quien fué algún tanto
-consolado, pareciéndole que tan fermosa cosa había de traer consigo
-algo que diese contentamiento a quien le había menester, y llamando
-a un duque, lo mandó llevar a Gridonia, para que sirviese a su hija
-Polinarda, que ya en aquel tiempo comenzaba a ser tan hermosa que se
-creía que su madre y agüela no lo fueron tanto como ella en el tiempo
-que florecían.
-
-La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una
-persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a
-servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado
-deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca
-pensó salir.
-
-No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la
-cual había venido en un palafrén blanco; traía vestida una ropa a la
-francesa, de invención nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos
-echados a las espaldas, tomados con un muy rico prendedós, y allegando
-al estrado, sacó una carta del seno, y haciendo el acatamiento que a
-tan gran príncipe era necesario, se la metió en la mano. El emperador
-la mandó leer alto, en la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy
-famoso Palmerín, emperador de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de
-las Tres Hadas, te hago saber que el doncel que hoy te fué traído, de
-entrambas partes deciende de los más poderosos reyes cristianos que hay
-en el mundo; por tanto, tratalde como a gran príncipe, porque, en el
-tiempo que tu corona e imperial estado estuviere en el más bajo asiento
-de la fortuna, le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por
-él serán restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que
-ahora están sin ella.”
-
-El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta; haciendo
-venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él algunas cosas
-quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que allende de
-ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la emperatriz
-y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna nueva de
-Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este cuidado.
-
-
-
-
-CAPÍTULO CUARTO
-
-PRIMALEÓN
-
-
-El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión,
-supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que le
-prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas vivía
-con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas de lo
-que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos gigantes
-Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan sonada que
-sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con grandes
-promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que cada uno
-de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase primero
-con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el temido
-Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura Cueva;
-y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su honra,
-que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que si no
-fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda le era
-necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él viniesen.
-
-Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón,
-cansado de las muchas aventuras que por él pasaron y muy triste porque
-ninguna della fué tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en
-un caballo morcillo, vestido de armas de verde y leonado, trayendo
-ocupados los ojos en la suavidad que aquellos árboles y corrientes de
-aguas hacían a quien a vista della caminaba; y así allegó a la puente
-al tiempo que don Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una
-gruesa lanza; estaba en un hermoso caballo alazán del gigante, armado
-de armas negras sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones
-que ardían; en el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por
-tal arte, que ella misma enseñaba su nombre a quien no la conocía.
-Primaleón, que así le vió, le dijo:
-
---Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa fortaleza
-que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras manos?
-
---La costumbre de la entrada os diré --_dijo don Duardos_--, y es
-que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros
-peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis.
-
-_Dicho esto_, apartándose lo necesario se encontraron con tanta fuerza,
-que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos lanzas
-muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera y cuarta
-carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de la fortaleza
-uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos con tanta
-fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en entramos hobiese
-tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver
-así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para
-don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros
-y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había
-así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y
-oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y
-apartándose afuera, le dijo:
-
---Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se
-puede igualar con vos.
-
-Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué abrazar,
-mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se recogiese,
-que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más que decille
-que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la entrada de
-la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de que todo
-venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro pesada y en
-la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal, diciendo:
-
---Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos.
-
---Mayor detenimiento --dijo Primaleón-- sería querer responderte lo que
-esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son dichas.
-
-Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón, en
-que dió, fué hecho piezas, de que quedó muy poco contento por no tener
-con qué se cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro,
-tomó al gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que,
-no le valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro
-quedó tan lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con
-otros tan a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura
-que ninguno que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía
-perder. Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don
-Duardos, le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz
-tristeza por ver el estado en que su amistad le había traído, de que
-Dramusiando en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la
-batalla, el temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando
-la maza con dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta
-fuerza, que allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara,
-dándole luego el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro
-dedos de la mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella,
-mas él le dió de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi
-sin acuerdo, e quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió
-sobre sí aquel espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo:
-
---A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender.
-
-Primaleón, que vió tal contrario delante de sí, viendo que no tenía
-con qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de
-Pandaro, y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí
-otra batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada,
-porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del
-mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza
-estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por
-donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto
-caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se
-le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué
-se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte
-del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de
-sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este
-tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas
-que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó
-sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía
-menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al
-tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo:
-
---Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os
-rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra
-y que os ponen la vida en tanto peligro.
-
-_Negóse a ello Primaleón, y entonces el gigante_ arremetió a él con
-la espada alta, dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas
-partes; Primaleón comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para
-ofendello otro reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos
-tal, que hacía olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran
-tales, que adonde alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo
-podían resistir; y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle
-morir, que, quitándose afuera, le dijo:
-
---Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer tus
-heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la batalla;
-vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo de tu locura,
-porque la vida no se ha de dejar a quien della no se contenta.
-
-Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así
-herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con
-una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo
-consigo mesmo:
-
---Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar
-que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor
-de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán mal
-agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi señora
-Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí tenía guardado!
-Mas agora ¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan
-grandes cosas como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria?
-
-Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo las
-heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo:
-
---Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí
-peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates.
-
-Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente
-de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su
-parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto
-que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes
-de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del
-gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con
-que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas
-para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le
-prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su
-señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante, y
-así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para que
-fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona le hizo
-curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre que más
-deseó conservar la vida de los buenos caballeros que hubo en el mundo,
-por el poco temor que los tenía.
-
-
-
-
-CAPÍTULO QUINTO
-
-EL TORNEO
-
-
-Tanto tiempo el infante Palmerín se crió en casa del emperador de
-Grecia su agüelo, que ya era en edad para ser caballero, y tan amado y
-estimado de todos por sus buenas costumbres, como después fué temido
-de sus enemigos por su persona; y como él desease muchas veces verse
-en aquel aucto para que se criara, temía de pedillo al emperador, por
-no se ver apartado del servicio de la hermosa Polinarda su señora, con
-quien viviera desde el primer día que Polendos le trajera. Y porque
-ella sentía en él este deseo, pagábaselo con otro igual al suyo, el
-cual sabía muy bien encubrir, porque la hermosura de Palmerín traía
-consigo el merecimiento desta afición. Pues el emperador, que en muy
-continua tristeza vivía por la pérdida de sus hijos y apartamiento de
-sus caballeros, que ya tenía por muertos, viniéndole a la memoria las
-palabras de la carta de la sabia del Lago de las Tres Hadas, que la
-doncella le trajo el día que Palmerín llegó, quísole hacer caballero,
-creyendo que con él cobraría el descanso perdido en que al presente no
-vivía, si ellas fuesen verdaderas. Y por deshacer la tristeza de los
-suyos, que de tanto tiempo estaba ya arraigada, porque esta pérdida era
-tan general que a todos cabía parte, ordenó de juntamente con él de
-darla a todos los donceles que en su corte andaban, que eran muchos,
-y algunos dellos eran príncipes e infantes, y concertóse que el día
-desta cerimonia tornasen contra los otros caballeros que en la corte al
-presente se hallasen, porque esto hacía el emperador para esperiencia
-de las cosas que de Palmerín esperaban. Y mandóles aparejar para el
-día de Pascua de flores, y luego ordenaron cadahalsos sumptuosos en el
-campo adonde habían de ser los torneos. Los noveles velaron sus armas
-en la capilla, víspera de Pascua, y venido el día, el emperador y la
-emperatriz y Gridonia oyeron misa, la cual se dijo con gran solemnidad,
-y acabada, hizo por su mano caballero al infante Palmerín de Inglaterra
-primero que a otro ninguno. El rey Frisol de Hungría, que allí se
-halló, le calzó la espuela, y la hermosa infanta Polinarda le ciñó
-la espada, porque el emperador lo quiso así para más obligalle a sus
-hechos; y él lo tuvo en tanto, que acordarse desto en muchos peligros
-le dió nuevo esfuerzo. Tras él armó _caballeros a todos los otros
-príncipes e infantes que en su corte se habían criado_.
-
-Esto acabado, él y la emperatriz, con Gridonia y el rey Frisol,
-comieron en la sala imperial con tanto aparato de fiesta como en el
-tiempo pasado, servidos con todo el estado real, habiendo tantos
-estrumentos y música como si en aquella corte no faltara nada del
-placer que poseían en el tiempo en que ellos más se acostumbraban.
-Acabado de comer, el emperador se fué al cadahalso donde había de ver
-los torneos, acompañado de algunos señores a quien las edades antiguas
-detenían en Costantinopla; porque a los otros, a quien aún les ayudaba,
-despendían el tiempo en la demanda destos asignados príncipes de quien
-entonces ninguna nueva se sabía. La emperatriz y Gridonia, con sus
-dueñas y doncellas, se pusieron en otro que para ellas estaba señalado,
-y a esta hora, de la parte de los caballeros estranjeros estaba tanta
-gente en el campo, que a la fama destas fiestas habían venido, que
-el emperador temió que los noveles no lo pudiesen sofrir, que a este
-tiempo salían de la ciudad armados de armas blancas, tan airosos y
-bien puestos que comenzaron de dar testimonio de lo mucho que después
-hicieron, trayendo por capitán al esforzado Palmerín. Puestos en orden,
-al son de muchas trompetas arremetieron unos a otros con tamaño ímpetu,
-como la codicia de la honra quería a quien la desea alcanzar; Palmerín,
-que era el delantero, antes que ronpiese, puestos los ojos en la
-fermosa Polinarda, dijo consigo mismo:
-
---Señora, para mayor afrenta quiero vuestra ayuda; por eso no os la
-pido en ésta, que sé que ante vos no me puede acontecer cosa que la
-vitoria sea de otro, pues que vos ya la tenéis de mí.
-
-No eran estas palabras bien acabadas, cuando él y Lebusante de Grecia
-se encontraron con tanta fuerza que Lebusante fué al suelo por las
-ancas del caballo, quedando Palmerín tan entero como si no le tocara,
-de que el emperador fué tan contento como espantado, porque este
-Lebusante era entonces el mejor caballero de toda Grecia. _Los demás
-caballeros noveles también se portaron con mucha gallardía._
-
-El estruendo destos primeros encuentros fué tan grande que parecía que
-un monte se acabase de caer, quedando por el campo muchos caballos sin
-señores, quedando ellos en el suelo y algunos maltratados. Después de
-quebradas las lanzas echaron mano a las espadas, dándose tan grandes
-golpes que parecía que un gran ejército fuese allí junto. Lebusante
-de Grecia, descontento del desastre del primer encuentro, ayudado de
-los suyos tornó a cabalgar, y entrando por lo más áspero del torneo
-fería a una parte y a otra de tan duros golpes que por fuerza le hacían
-lugar, mirando por quién le derribara para enmendar la vergüenza en
-que le pusiera; yendo con este deseo, _puso en el mayor aprieto a los
-noveles, aunque éstos se defendían tan bien que_ el emperador tuvo
-en tanto el alto comienzo destos noveles que todas las cosas pasadas
-le parecían pequeñas; mas de la parte de los estranjeros recreció
-tanta gente, que los noveles no se podían amparar, y por fuerza los
-arrancaron del campo, y en aquel tiempo no se halló el esforzado
-Palmerín de Ingalaterra, que aquel día había hecho tanto que ya no
-hallaba en quien emplear sus fuerzas; y siendo animado del aprieto en
-que los otros estaban, acudió aquella parte con el infante Platir,
-_hijo de Primaleón y Gridonia, y con otros caballeros_, y rompieron
-por medio de los contrarios con tanta fuerza, que los golpes que
-dellos recibieron no fué parte para enpedir su llegada. Platir, que
-vió al príncipe Florendos su hermano trabado con Trofolante, llegó a
-él, dándole muchos y grandes golpes, tanto que le hizo desatinar, y a
-este tiempo Lebusante de Grecia salió tan maltratado de las manos del
-príncipe Beroldo _de España_, que sin nengún acuerdo se tornaron a
-retraer, por no poder resestir a los golpes de Palmerín y de aquellos
-esforzados noveles sus compañeros; con tanto placer del emperador y
-de la hermosa Polinarda, que, no lo pudiendo encubrir, estaba loando
-a sus damas su hermoso doncel. Ya que los contrarios iban de vencida
-fuera del campo donde la batalla se hacía, entraron de su parte por un
-costado del torneo dos caballeros armados de armas verdes, al parecer
-airosos y bien puestos, con sus lanzas bajas, y antes que las quebrasen
-derribaron a algunos de la otra parte, y sacando sus espadas, en poco
-tiempo hicieron tanto, que por fuerza los suyos tornaron a cobrar todo
-lo que del campo habían perdido. Mas Palmerín vió aquellos caballeros
-y el estrago que hacían en los suyos, temiendo que la vitoria de aquel
-día fuese al revés, porque los noveles estaban casi destrozados del
-trabajo que habían pasado, y los otros cobraron esfuerzo con la nueva
-ayuda; por donde, como se le acordase que todo pendía dél, _salió al
-encuentro_ de un caballero de los otros, el más esforzado, que por
-ser mejor conocido traía el escudo en campo blanco un salvaje con dos
-leones por una traílla, el cual, pasando por fuerzas de armas todo el
-ímpetu de los noveles, y conociéndole por las grandes cosas que aquel
-día le viera hacer, se vino a él, el cual lo recibió con el mismo
-deseo, y comenzaron una brava batalla, tal que bien pareció que allí se
-juntaba toda la valentía del mundo; en la cual anduvieron tanto, hasta
-que las armas quedaron tan deshechas y los caballos tan cansados que
-no se podían menear, y apeándose de los caballos se pusieron a pie,
-que fué causa de doblarse más la furia de su batalla, trabándose a
-brazos algunas veces, confiándose cada uno en sus fuerzas; y con todo
-lo que probaban nunca pudieron conocerse ventaja. _Entre tanto Platir
-y Florendos lograban echar de nuevo a los caballeros forasteros fuera
-del campo._ El emperador, que la batalla de Palmerín y del caballero
-del Salvaje veía, estaba tan ocupado en el espanto que le ponía que
-no miraba por otra cosa, tiniéndola por la mayor que nunca viera, y
-temiendo, según lo que vía, que entramos pudiesen allí morir, quiso
-escusar cosa tan mal empleada en tales dos caballeros, mandóles decir
-de su parte que pues el torneo era acabado, dejasen la batalla en que
-estaban; mas como cada uno deseasen saber lo que había de sí al otro
-no se pudo acabar con ellos, ni la infanta Polinarda se halló tan
-libre que dejase de sentir y recelar la afrenta en que su Palmerín
-estaba. En esta porfía duraron tanto, que la noche sobrevino, tan
-escura que les fué necesario apartarse, sin nenguno quedar con más que
-con muchas heridas y el deseo de la vitoria. El emperador mandó tocar
-las trompetas y recoger cada uno a su capitanía; los dos caballeros
-de las armas verdes se tornaron hacia la parte de donde vinieron. El
-emperador quiso que hubiese sarao, para pagar a los noveles el trabajo
-de aquel día danzando cada uno con su señora, y algunos hubo entrellos
-que por gozar de aquel contentamiento estuvieron engañando el dolor de
-sus heridas con aquella paga de su gusto. Palmerín, que no sabía con
-quién danzar por no atreverse a su señora, danzó con una camarera de
-la infanta Polinarda y mucho su privada; el príncipe Florendos con la
-infanta su hermana, que aquel día salió tan hermosa que podía tener
-su madre envidia y su agüela en el tiempo que florecieron; Platir con
-Floriana, nieta del rey Frisol; y así los otros cada uno con quien más
-tenía en su voluntad. Acabado el sarao, el emperador se recojó al
-aposento de la emperatriz, acompañado de Palmerín y sus nietos, todos
-envueltos en el placer de su vitoria, y él algún tanto triste por no
-saber quién fuese el caballero del Salvaje, a quien entonces hiciera
-muy grandes mercedes si lo pudiera haber para su servicio, porque sólo
-para sustentar la honra se han de desear los bienes de fortuna.
-
-
-
-
-CAPÍTULO SEXTO
-
-EL CABALLERO DE LA FORTUNA
-
-
-_Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo ni dónde, los más
-famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos
-y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en
-las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a
-estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales
-circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho
-le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era
-decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte
-imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de
-despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto
-de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián su
-fiel escudero, llevando por nombre el de El Caballero de la Fortuna._
-
-_Después de correr diversas aventuras en las que conquistó glorioso
-renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de probar
-aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros._
-
-_Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el gran peligro
-que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo caballero, hizo
-de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando a Londres, se le
-presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con la súplica de que la
-vengara de no sé qué ofensas que fingía haber recibido del Caballero
-del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que nada deseaba tanto en el
-mundo como volver a medir sus armas con su enemigo de Constantinopla,
-y lucharon ante el rey y la corte de Inglaterra con tanto brío y
-fortaleza que en todo el día ninguno de ellos pudo conseguir victoria
-sobre el otro y cuando se puso el sol ambos estaban llenos de terribles
-heridas y con las armas destrozadas --aunque en peor situación el del
-Salvaje-- pero tan enteros de ánimo que ni el propio rey los logró
-separar para que no acabaran de darse muerte uno a otro._
-
-El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese
-adonde estaba Flérida, diciendo:
-
---Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser
-libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno
-destos que tan cerca están de perder las vidas; pídoos que luego los
-vais apartar, que por mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos
-mueren, yo he por muerta la esperanza que tuve hasta aquí de algún bien.
-
-Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni
-ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso
-hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la
-mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un
-hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su
-cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa
-como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran
-alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño,
-que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida
-llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le
-dijo:
-
---Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña tan
-mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea dejar
-esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que vuestra
-vida y de esotro caballero está.
-
-El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su señora
-Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las rodillas
-en tierra, le dijo:
-
---Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y
-agora la dejo si en ello recebís servicio, y la honra della sea dese
-caballero, pues tan bien la merece.
-
---Esa no quiero yo --dijo el del Salvaje-- sino cuando por mí la
-ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues
-hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario,
-que soy suyo y se lo debo de obligación.
-
-Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber que
-no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida.
-
-_Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió la
-aventura del Valle de la Perdición --que ya por los escuderos de los
-caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían
-quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros--, y
-si no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo
-había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los
-gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste,
-sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche
-cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se
-escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía
-extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte,
-envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo
-del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa y
-las gentes del castillo trataban de reanimar a Dramusiando._
-
-
-
-
-CAPÍTULO SÉPTIMO
-
-LOS ENEMIGOS HERMANOS
-
-
-_El caballero de la Fortuna, que no había querido aceptar la
-hospitalidad que para que se curara de sus heridas le había ofrecido
-el rey, cuando sintió que sus fuerzas eran recobradas, se armó de las
-nuevas armas que Selvián le había encargado y se puso en busca de la
-fortaleza de Dramusiando. Anduvo así_ muchos días sin hallar aventura
-que de contar sea, en fin de los cuales le tomó una noche en un valle
-donde vió estar una tienda armada, con lumbre de hachas dentro; y
-llegándose más cerca por ver lo que sería, no halló otra cosa si no
-fué un caballero muerto metido en unas andas, y otro que con palabras
-de mucho dolor mostraba sentir su muerte, y conociendo que aquel era
-Rosirán de la Brunda, sobrino del rey de Inglaterra, parecióle que el
-de las andas no sería persona de poco precio; apeándose del caballo
-entró así armado en la tienda, y comenzóle de consolar. Mas don
-Rosirán, que en viéndole conoció al de la Fortuna, se levantó en pie
-diciendo:
-
---Ya, señor caballero, seréis contento, pues es muerto el caballero a
-quien vos por mayor enemigo teníades; este es el caballero del Salvaje,
-de quien ya deseastes vitoria y no la podistes haber.
-
-El de la Fortuna le vinieron las lágrimas a los ojos, que esto tienen
-los corazones piadosos, aun del mal de sus enemigos tener compasión,
-diciendo:
-
---Por cierto, nunca yo de nenguno más la deseé; _pero_ si en la vida
-fué la enemistad tan grande como vos sabéis, en la muerte quiero que
-veáis lo que en su venganza haré; por eso querría que dixésedes en qué
-parte le aconteció esta desventura, porque quiero también pasar por
-ella o vengar a él.
-
---Señor, yo llego aquí --dijo don Rosirán-- habrá media hora, y no sé
-más que lo hallé en este estado y un hombre que de aquí se fué me dijo
-que estas feridas recibió en la fortaleza del gigante Dramusiando,
-donde se cree que todos o los más excelentes caballeros del mundo son
-perdidos; y puesto que hiciera en armas cosas tan estremadas cuales de
-otro nunca se vieron, al fin quedó tal como veis, sin poder dar fin
-aquella tan peligrosa aventura.
-
-El caballero de la Fortuna, que el dolor de tal acaecimiento sentía
-dentro en el alma, viendo que él no había acabado aquella aventura,
-túvola en más que hasta allí; tomando las armas en las manos para ver
-los golpes, las halló tan despedazadas, que no tan solamente tuvo en
-mucho la grandeza dellos, mas tuvo en mucho más ver a hombre en el
-mundo que con tamañas heridas se sostuviese algún espacio; llegándose
-más a él por ver si del todo era muerto, quitóle un paño de seda con
-que el rostro estaba cubierto; afirmando los ojos, le dió un sobresalto
-el corazón como si del todo le conociera, y porque la naturaleza en
-estos casos lo descubre todo, ella le trujo a la memoria la pérdida de
-su hermano, viéndole algunas señales en que sospechó ser aquél, y llamó
-a Selvián para que le viese, y tanto le estuvo mirando, que entramos
-conformaron en aquella sospecha; mas el de la Fortuna, que aún no
-estaba satisfecho, dijo contra don Rosirán:
-
---Pídoos por merced, señor caballero, que me digáis su nombre si lo
-sabéis, y cúyo hijo es, pues vos ni él perdéis en ello nada, y aun me
-quitáis de una duda en que estoy.
-
---Aventúrase ya tan poco en esto --dijo él--que no quiero negar lo que
-sé; su propio nombre es Desierto; padre ni yo ni otro le conoce, puesto
-que a mí como al mayor amigo que siempre tuvo confesó algunas veces que
-un salvaje le criara y a éste conocía por padre, llamándose siempre en
-su poder el mismo nombre de Desierto.
-
-El caballero de la Fortuna, a quien estas palabras tocaron en el alma,
-viendo ser su hermano, cayó sobre las andas tan sin acuerdo como si su
-corazón no fuera para mayores afrentas; en esta hora entraron en la
-tienda cuatro hombres, y puniendo las andas en dos palafrenes que para
-eso trujeron, se partieron con aquel cuerpo muerto.
-
-El de la Fortuna se quisiera ir tras él, mas no se lo consintieron,
-diciendo que creyese que si algún remedio de la vida tuviese, que sin
-él se le darían; entonces lo dejó llevar, por le parecer escusado
-seguillo; preguntó a don Rosirán qué quería hacer de sí, porque su
-determinación era acabar donde el otro caballero recibió sus heridas, o
-ver si las podía vengar.
-
---Yo --dijo don Rosirán-- tórnome a Londres con estas sus armas, y
-amostrallas al rey de cuya mano fué hecho caballero, que las mande
-guardar y tenellas en tanta veneración en la muerte como sus obras
-merecían en la vida.
-
---¿Sabríadesme decir --dijo el de la Fortuna--a qué parte está esta
-fortaleza donde todos acaban?
-
---No lo sé, ni creo que nenguno lo sabe --dijo él.
-
-Luego se despidieron el uno del otro, siguiendo cada uno su viaje.
-
-
-
-
-CAPÍTULO OCTAVO
-
-LA LIBERTAD DE LOS CABALLEROS
-
-
-Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo
-mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose al
-pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche quedaba
-por pasar, mas no lo pudo hacer con el dolor que las heridas del
-caballero del Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la
-tristeza en que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía
-desear hacer obras con que todas esotras cosas se olvidasen, deseando
-ya verse en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a
-hacer fin juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció,
-Selvián le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella
-tierra, preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos
-lo sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto
-que cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el
-sitio defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en
-disposición de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando
-aquel reino por espacio de más de cuarenta días (_en uno de los cuales
-Daliarte, el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus
-manos un escudo invulnerable_); al fin dellos, estando ya el gigante
-Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro
-del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba;
-pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor
-cosa del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la
-clareza y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda,
-comenzó hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan
-sin acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no
-tenía memoria; acordó deste pensamiento a las voces que Selvián le
-daba hallándose junto de una torre y don Duardos en medio de la puente
-apercebido de justa.
-
-[Ilustración]
-
-En esto vió que don Duardos le dió voces que justase, y abajando las
-lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de todas sus fuerzas;
-la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el escudo del de la
-Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las armas también, y
-él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque no tenían más lanzas
-para poder justar, y batalla de las espadas don Duardos no la podía
-hacer según la ordenanza del castillo, fué luego abierta la puerta
-de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se recogió mal tratado
-del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba esperimentar la suya,
-entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra cosa, tanto que le vió
-dentro le cerró la puerta cubierto de su escudo, con su maza en la mano
-hecha de nuevo se vino a él; el de la Fortuna le recibió cubriéndose
-con su fuerte escudo, adonde los golpes hacían tan poco daño como si
-dieran en una roca, hiriendo también al gigante tan mortalmente, que en
-pequeño espacio le trató tan mal cuanto él nunca se viera de las manos
-de otro si no fué del caballero del Salvaje; y porque sintió cuán poco
-daño hacían sus golpes en el escudo de su contrario, se esforzó tanto
-para sostenerse en la batalla, que aquel día fué en que mostró el
-fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de la Fortuna andaba
-tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo en el brazo, le
-tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y Primaleón y don
-Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban en ella por
-milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de hacello.
-
-En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía
-tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos
-golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que
-del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la
-cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque
-Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese
-menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención
-del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que
-le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El
-caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano como
-si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban rotas por
-algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros de aquella
-casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no lo pudiera
-sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto en tamaño
-recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron a juntar
-Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y braveza, mas
-la batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán
-no fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas
-de sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en
-él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y
-desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza.
-
-Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la
-Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la
-escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos
-sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba
-ver; _otro cautivo_, viéndole dudar, dijo:
-
---Caballero, quien esto pide es don Duardos.
-
-El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él,
-y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces,
-quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el
-mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su
-natural.
-
---Ya yo creo --dijo don Duardos-- que quien Dios hizo en el parecer tan
-diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras
-cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al
-cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que
-uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera
-tan merecedor della.
-
-El caballero de la Fortuna le quisiera responder, mas vió que
-Dramusiando estaba ya abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar
-el yelmo, poniéndose a una parte del patio cubierto de su escudo a
-esperalle. Dramusiando, como algún tanto viniese señoreado de la ira
-por la muerte de Daligán, quiso luego gastar el tiempo en su batalla
-antes que palabras, y juntándose entramos comenzaron a ferirse de
-tales golpes, que en pequeño tiempo se hicieron mucho daño; los de
-Dramusiando entraban por el escudo del de la Fortuna tan gravemente
-como si fuera alguno de los otros, de que al de la Fortuna nació algún
-recelo y temor, si bien conoció que quien se le envió le debió de hacer
-ansí, para que si la vitoria de tamaña impresa hobiese de alcanzar,
-no fuese todo atribuída a la fortaleza del escudo, y guardándose de
-Dramusiando con mayor tiento de lo que hasta allí hiciera, hacíale dar
-sus golpes en vano, que de otra manera cualquier dellos que le acertara
-en lleno le pusiera en gran peligro; mas no se podía guardar tanto que
-no le diese algunos, de que le hacía andar bien maltratado, el escudo
-todo deshecho; las armas andaban eso mesmo; puesto que las del gigante
-no le llevasen ventaja, la sangre que les salía era mucha, así que en
-ellos no había más que la braveza con que peleaban, y esta era tal, que
-allende de destruír a ellos, hacía dolor a quien con amor los estaba
-mirando; mas sus corazones incansables, y que en aquel tiempo podían
-sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes renovando la batalla
-se trabaron de manera que quien de fuera los miraba no juzgaba que
-nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra parte, que los más de
-aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña pena que antes tomaran
-por partido ser siempre presos que libres si su libertad había de ser
-con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él se quitaron a fuera
-por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo que aquel sería el
-destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo que Eutropa siempre
-anunciara, pensó en si le cometería algún partido con que dejase la
-batalla; después, acordándose que tal cometimiento para su honra era
-dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir con tal menoscabo
-a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el mismo recelo estaba
-metido, comenzó a decir entre si: --Si mi muerte ha de ser por causa
-de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra parte es ella bien
-empleada--; mas volviendo a su señora, decía: --Señora, si algún tiempo
-esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos para que sepáis que con
-vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria--. Estándole encomendando el
-peligro de su batalla vió que Dramusiando venía contra él tomada la
-espada con entramas manos, porque ya nenguno tenía escudo con que se
-amparar, y apartándose del golpe le hizo dar en vano, como todos los
-otros, dando los suyos de manera que le hacía muchas heridas: mas por
-eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera que
-se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi no se
-podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la ver;
-mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande la
-flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y
-el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego
-bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos
-quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al
-de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más
-venganza, que de lo hecho se contentase.
-
---Pues que mi intención era otra --respondió el de la Fortuna--, dejaré
-de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que
-será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos
-podéis contar.
-
-El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en brazos;
-viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos, tenían
-esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la salud de tal
-caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con mucha priesa;
-Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre antiguo a
-manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él; cada una
-traía en la mano una bujeta dorada, en que venían algunos ingüentos
-necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas,
-tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con
-igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y
-mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que
-se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos
-peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el
-vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle,
-y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar.
-
-
-
-
-CAPÍTULO NOVENO
-
-LAS FIESTAS DE LONDRES
-
-
-_Días después fué enviado a la corte de Inglaterra, con noticia de lo
-que en el castillo de Dramusiando había ocurrido, uno de los caballeros
-que habían estado allí prisioneros y es imposible describir la alegría
-que en todos produjeron tan dichosas nuevas. Cuando las heridas de los
-caballeros lo consintieron, pusiéronse en camino para la Corte los
-antiguos cautivos de Dramusiando, llevando a éste con el mayor honor
-entre ellos, por la afección y gratitud que en todos había despertado
-la gran humanidad que con ellos en toda ocasión había usado, aunque
-fueran sus prisioneros._
-
-Con placer caminaron hasta que estuvieron a vista de la cibdad; la
-gente que de la cibdad salía era en tanta cantidad, que todo el camino
-venía lleno, de manera que los de a caballo no podían andar; unos
-se llegaban a don Duardos por velle por el gran amor que le tenían;
-algunos después de velle a él iban a ver al gigante Dramusiando y al
-caballero de la Fortuna, teniendo por cosa espantosa por un caballero
-ser vencido un hombre como aquél; así allegaron a vista de la gran
-ciudad de Londres, adonde viendo don Duardos por entre los otros
-edificios el aposento de Flérida, no pudo estar tan libre que sus
-ojos no sintiesen la soledad de tanto tiempo; mas acordándose cuán
-cerca estaba de vella, le hizo olvidar con la gloria presente toda
-la tristeza pasada, y esforzóse lo mejor que pudo para que ninguno
-le sintiese aquella flaqueza; llegando junto de la ciudad, el rey
-los vino a recebir con una solene fiesta; el rey recibió a cada uno
-según la valía de su persona; don Duardos llegó de los postreros con
-Dramusiando, y después de besar la mano al rey con las rodillas por el
-suelo, le dijo:
-
---Señor, si ante vuestra alteza yo puedo valer alguna cosa, sea hacerme
-tanta merced que a este gigante trate, no como hijo de su padre, sino
-como el mejor hombre del mundo, pues él lo es.
-
-El rey levantó a don Duardos, tomándole por entre los brazos le apretó
-consigo, derramando muchas lágrimas le dijo:
-
---Hijo don Duardos, ¿quién es el que tanto deseara veros y que en este
-tiempo os negara ninguna cosa?
-
-Entonces volvió hacia Dramusiando, que le quería besar las manos, y
-abrazándole, dijo:
-
---Por cierto, Dramusiando, mal pensaba yo que quien tanto mal me hizo
-quisiese tanto; mas vuestras noblezas pudieron tanto conmigo, que
-allende de me hacer perder el enojo, volví la voluntad tanto de vuestra
-parte, que agora no sé ya quién puede ser vuestro enemigo que también
-no lo fuese mío.
-
-En esto vió que el caballero de la Fortuna se venía para él, y
-tomándole en los brazos comenzó a decir:
-
---¿Quién me dijo a mí siempre que si algún bien me había de venir había
-de ser por vuestras manos?
-
---Por las de Dios puede vuestra alteza decir, que así lo quiso
---respondió él--, que las mías no son para tanto.
-
-Acabado este razonamiento, se fueron para la iglesia principal de la
-cibdad, adonde oyeron misa con tanta solenidad como era razón; acabada
-la misa, aquellos príncipes y caballeros casi por fuerza hicieron
-cabalgar al rey, y ellos le fueron acompañando hasta el palacio, donde
-hallaron a la reina y a Flérida que los salieron a recebir; entramas
-juntas tomaron a don Duardos, aun no creyendo que le tenían allí. El
-rey tomó a la reina por la manga de una ropa que traía, diciendo:
-
---Señora, vuestro hijo ya está en vuestra casa, y cada día le podéis
-ver; agora habla a estos príncipes y caballeros, a quien tanto debemos
-por el peligro que por nosotros se pusieron con deseo de la libertad de
-don Duardos.
-
-Entonces, mostrándole a Primaleón, la reina le recibió como a tan gran
-persona convenía, y luego a todos los otros príncipes y caballeros
-mancebos.
-
-_De allí a poco, en un brillante torneo que se celebró en honor
-del emperador de Alemania, que había venido a visitar al rey de
-Inglaterra, lucharon de un lado los caballeros ingleses y del otro
-los de Constantinopla que habían venido a libertar a don Duardos,
-menos el de la Fortuna, que no tomaba parte por expreso deseo del
-soberano. Los caballeros griegos, a pesar de sus muchas proezas,
-iban de vencida cuando_ en esto entraron por medio del torneo tres
-caballeros de parte del emperador _de Constantinopla_, armados de armas
-amarillas y leonado; el uno traía en campo negro en el escudo el dios
-Saturno, cercado de estrellas; el otro traía en campo negro la casa
-de la tristeza; el tercero traía el suyo cubierto con un cuero negro,
-de manera que no se parecía la devisa; éstos, viendo que la sobra de
-los muchos hacía perder la bondad de los pocos, abajando las lanzas
-arremetieron, con las cuales, antes que las quebrasen, derribaron
-algunos caballeros; sacando sus espadas, en pequeño espacio, por
-su esfuerzo, cobraron los del emperador lo que habían perdido, con
-tanta ventaja que los contrarios, no pudiendo sostenerse, comenzaron
-a retraerse. _Así quedó la victoria por los caballeros del emperador
-griego._
-
-_Aquella noche, después de un banquete_, hobo sarao real en el aposento
-de Flérida, adonde la emperatriz y la reina aquella noche cenaron; al
-cual vinieron los más caballeros que en el torneo se hallaron; ya que
-se quería recoger cada uno a su aposento, entraron por la sala los
-tres caballeros esforzados que en el torneo fueron en ayuda de los
-del emperador, vestidos de las mesmas armas que en él tuvieron, tan
-bien dispuestos y de tan bien parecer, que no hubo allí nenguno que
-no tuviese codicia de sus obras y parecer, y con este contentamiento,
-cada uno les daba lugar para que allegasen adonde estaba el rey; siendo
-ya al pie del estrado donde él e los otros príncipes estaban, hízose
-una escuridad en la sala, de tal manera que nenguna persona se vía a
-otra; en las damas fué el miedo tan grande que cada una se abrazaba con
-el que más cerca de sí hallaba; esto no duró mucho, que la escuridad
-se deshizo y allí delante de todos quedó un león y un tigre envueltos
-en batalla, hiriéndose tan sin piedad como aquellos que no la sabían
-tener de sí mesmos; en esto entró por medio de la sala una doncella
-con un bastón dorado en las manos, y tocándolos a entramos cayeron en
-el suelo tan muertos como si nunca tuvieran vida; mas esto no fué tan
-presto hecho, cuando ellos se tornaron a levantar en figura de toros
-grandes y fieros, que la mayor parte de la gente estuvo para huír de
-ellos, sino algunos caballeros famosos, que allende deste miedo hacer
-poca impresión en ellos, consolaban a las damas de vellas los colores
-perdidos, riéndose del temor que recebían. Los toros se apartaron el
-uno del otro algún poco, y arremetiendo el uno al otro, se encontraron
-con tanta fuerza, que la sala parecía asolarse, e de la fortaleza con
-que se encontraron vinieron entramos al suelo, echando por la boca y
-narices un humo tan negro, que se tornó a escurecer la sala como la
-primera vez; deshecha la escuridad, que no duró mucho, quedaron los
-tres caballeros armados de sus armas con los rostros descubiertos, y
-el que de antes traía el escudo cubierto hallóse con él desatapado, y
-en él la devisa que solía, que era en campo blanco un salvaje con dos
-leones por una traílla: llegándose al rey, que ya le quería abrazar por
-habelle conocido, le besó las manos, diciendo:
-
---Señor, haga vuestra alteza honra a este caballero que aquí está, que
-es el gran sabio Daliarte, vuestro servidor, a quien vuestro cuidado
-siempre dolió mucho para lo sentir y deseo para os servir en todo.
-
-El rey, que ya le conoció por su fama, tomándole en los brazos con
-mucho amor, decía:
-
---Por cierto, Daliarte, aunque yo no os debiese más que entregarme
-vivo a Desierto, cosa que yo no esperaba, es cosa que no se puede pagar.
-
---Señor --dijo Daliarte--, la razón que yo tengo para serviros es
-tamaña, que ella me puso siempre en esta obligación, por donde vuestra
-alteza me es en menos cargo que lo que piensa; y porque el mayor
-servicio que yo en alguna hora os podía hacer está aún encubierto,
-siéntese vuestra alteza y óigame, porque querría que mis palabras
-acrecentasen estas fiestas con más razón de las que ellas se hacen.
-
-El rey, puesto que no sospechaba lo que podía ser, por ser cosa que el
-tiempo traía olvidado, creyendo que sería alguna cosa de placer, se
-tornó a sentar y llamó junto consigo a Desierto, que estaba de rodillas
-hablando con Flérida y con don Duardos; después de todos sosegados, el
-gran sabio Daliarte, puniendo los ojos a todas partes, los afirmó en
-Flérida, diciendo:
-
---Por cierto, señora, claro está que la vista de don Duardos os
-quita de la memoria el acuerdo de las otras cosas, y mucho más la de
-vuestros hijos, e para vos acordar desto no debía ser así, porque a
-quien sus obras más placer dieron fué a vos, e la fortuna, que en su
-nacimiento los puso en trabajo y estado que su alta sangre estuvo para
-ser sacrificada a dos leones por mano del salvaje que los hurtó, esa
-les tornó a poner en tamaña alteza de fama en las armas, que no tan
-solamente pasaron a los de su tiempo, mas en el otro pasado no hubo
-quien tanta gloria dejase como la suya será, ni por venir por muy
-largos años yo no alcanzo quien con mucha parte los iguale; pues quien
-tales hijos perdió no debía vivir tan sin cuidado de tamaña pérdida
-que los otros placeres la hiciesen ausente deste acuerdo; por tanto
-acuérdeseos de las palabras que Pridos os dijo el día de su nacimiento,
-y del perdimiento de don Duardos, que le dijera una doncella; ya veis
-cuán verdaderas salieron; vuestros hijos están juntos con vos, y son
-tales, que han sabido pagar el pesar que ya os dieron. Vedes allí a
-Palmerín de Inglaterra, que tantas lágrimas os tiene costado y a quien
-vos posistes el nombre por su nacimiento conforme al de vuestro padre,
-y después el emperador su agüelo, sin lo saber, le tornó a confirmar
-casi por espiración divina; pues Floriano del Desierto no es otro sino
-este caballero del Salvaje que vos como madre criastes y como a hijo
-ajeno tenéis olvidado.
-
-Flérida puso los ojos en don Duardos tan reciamente turbada, que no
-sabía de sí, porque también el placer como el pesar hace aquestas
-mudanzas en quien las recibe de cosa que no espera; y don Duardos puso
-también los suyos en ella, y así Palmerín en Desierto; mas conociéndose
-se fueron abrazar, y el rey, que su edad no era para tan grande
-sobresalto, se acostó en la silla, llamando a Daliarte le dijo:
-
---¡Oh Daliarte!, no quisiera este placer tan súpito, porque mi
-flaqueza no es para sufrir sobresalto tamaño y tan poco esperado;
-ruégoos que me digáis cómo sabéis vos esto, que puesto que siempre lo
-sospeché, no lo creo por el placer que de ahí recibo.
-
-Daliarte le dijo:
-
---Señor, yo os mostraré la verdad tan clara como es necesario para
-creer lo que digo.
-
-Entonces sacando un pequeño libro del seno, leyó poco por él, porque
-aquello bastó para hacer venir ante sí al salvaje que los criara y
-a su mujer, y entrando por la sala como personas que nunca en otra
-parte como aquella se vieron, Palmerín, que le conoció por haber menos
-días que le viera, se fué a abrazar con él, y Floriano con su mujer,
-y Selvián su hijo, asimesmo con la rodilla en el suelo, cortesía poco
-acostumbrada entrellos; mas Selvián no por la naturaleza, mas por la
-crianza lo aprendiera; mas ella, con lágrimas en los ojos, no sabía
-cuál primero recibiese. Después que Palmerín tuvo metido en acuerdo al
-salvaje, llególe al rey, que juntándole consigo le preguntó por estenso
-la crianza de aquellos infantes, e informado públicamente de lo que
-pasara, apretando consigo a Palmerín, puestos los ojos en el cielo,
-decía:
-
---Señor, esto era el postrero bien que deseaba ver; ruégote que agora
-me lleves antes que la fortuna no me enseñe algún revés dél.
-
-Entonces, tomándolos a entramos por la mano, los entregó a Flérida, a
-la cual con las rodillas en el suelo besaron las manos muchas veces;
-ella los tuvo abrazados algún tanto, saliéndole algunas lágrimas de
-placer acordándose de la batalla en que ya los viera dentro en Londres,
-e cuán presto estuvieron de morir en ella. Don Duardos los abrazó,
-no pudiendo encubrir tan grande alegría; porque cuando es grande o
-de cosa que mucho se desea, puédese más disimular, y luego por su
-mandado hicieron su cortesía al emperador _de Alemania y los demás
-caballeros principales_ como a personas que de nuevo conocían, puesto
-que Palmerín, cuando llegó a Primaleón a le hacer su acatamiento,
-acordándose ser padre de su señora, fué con mucha más obidiencia que
-a los otros, cosa que a todos pareció que lo hacía por ser hijo del
-emperador, cuyo criado era; en palacio fué el placer tan grande, que
-bien se parecía que era general; la reina estaba con sus nietos tan
-contenta que no quería que nadie los gozase sino ella. El salvaje y su
-mujer, con Selvián, tan alegres de le ver tan gentil mancebo y fuera de
-su traje como de cosa no esperada.
-
-_Y en la corte y fuera de ella fué indecible la alegría de ver acabado
-con tanto bien y dicha lo que había tenido principios tan fieros._
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ÍNDICE
-
-
- AMADÍS DE GAULA
-
- PÁGS.
-
- LIBRO PRIMERO: _La Corte de Lisuarte_ 9
-
- CAP. I.--El Doncel del Mar 9
-
- CAP. II.--La sin par Oriana 13
-
- CAP. III.--La bola de cera 25
-
- CAP. IV.--La guerra de Gaula 30
-
- CAP. V.--Los anillos del rey Perión 39
-
- CAP. VI.--Don Galaor 45
-
- CAP. VII.--El manto y la corona 51
-
- CAP. VIII.--Las Cortes de Londres 56
-
- CAP. IX.--Los ardides de Arcalaus 61
-
- CAP. X.--La prisión del Rey 67
-
- CAP. XI.--La libertad de Oriana 71
-
- CAP. XII.--Las proezas de don Galaor 78
-
- LIBRO SEGUNDO: _Beltenebrós_ 85
-
- CAP. I.--La Ínsola Firme 85
-
- CAP. II.--El Arco de Los leales Amadores 91
-
- CAP. III.--Los celos de Oriana 98
-
- CAP. IV.--El ermitaño 104
-
- CAP. V.--La Peña Pobre 109
-
- CAP. VI.--El castillo de Arcalaus 114
-
- LIBRO TERCERO: _El Caballero de la Verde Espada_ 125
-
- CAP. I.--La muerte del Endriago 125
-
- CAP. II.--Las coronas de la Infanta 137
-
- CAP. III.--Las cuitas de Oriana 148
-
- CAP. IV.--La batalla naval 151
-
- LIBRO CUARTO: _La guerra por Oriana_ 160
-
- CAP. I.--Los tres ejércitos 160
-
- CAP. II.--El primer día de lucha 166
-
- CAP. III.--El fin de la batalla 172
-
- CAP. IV.--Las gestiones de paz 176
-
- CAP. V.--La derrota de Arcalaus 181
-
- CAP. VI.--Las bodas 188
-
-
- PALMERÍN DE INGLATERRA
-
- CAP. I.--La floresta encantada 201
-
- CAP. II.--Los mellizos de Flérida 206
-
- CAP. III.--Desierto y Palmerín 212
-
- CAP. IV.--Primaleón 219
-
- CAP. V.--El torneo 226
-
- CAP. VI.--El Caballero de la Fortuna 233
-
- CAP. VII.--Los enemigos hermanos 237
-
- CAP. VIII.--La libertad de los Caballeros 240
-
- CAP. IX.--Las fiestas de Londres 250
-
-[Ilustración]
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LIBROS DE CABALLERÍAS ***
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-/* Transcriber's notes */
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- </head>
-
-<body class="formato">
-
-<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of Libros de caballerías, by Ramón Marí­a Tenreiro</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: Libros de caballerías</p>
-<p style='display:block; margin-top:0; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:0;'>Selección</p>
-
-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Compiler: Ramón Marí­a Tenreiro</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: June 24, 2021 [eBook #65685]</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div>
-
-<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</div>
-
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LIBROS DE CABALLERÍAS ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor
- detección, se ha comparado el texto con el de la 2.ª edición, de
- 1935, publicado por la misma editorial.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original no ha sido actualizada ni
- normalizada. No obstante, se han puesto tildes a las mayúsculas que
- las necesitaban.</li>
-
- <li>Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
- interrumpir un párrafo.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thick"
- style="width: 28em; height: auto;"
- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <h1 class="g2 ws1">LIBROS<br />DE CABALLERÍAS</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs90 ws1">BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE</p>
- <p class="fs75 ws1">DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL</p>
- <p class="fs75 g0 ws1 mt05">TOMO XX</p>
-
- <p class="fs175 lh150 g2 ws1 mt15">LIBROS<br />DE CABALLERÍAS</p>
-
- <p class="fs90 g1 ws1 mt2">SELECCIÓN HECHA POR<br />RAMÓN M.ª TENREIRO</p>
-
- <p class="fs90 lh150 g1 mt4"><i>MADRID, MCMXXIV</i></p>
- <p class="fs110 lh150 g3 ws1">INSTITUTO—ESCUELA</p>
- <p class="fs75 lh150 g1 ws1">JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="section pt6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span><i>Va impreso en
- letra cursiva, igual a la de esta advertencia, todo lo que el editor
- ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los pasajes de los
- libros de caballerías, y en los usuales caracteres de imprenta los
- textos antiguos.</i></p>
-
- <p><i>Los títulos de los cuatro libros de</i> <span
- class="smcap">Amadís</span>, <i>así como los de los capítulos en todo
- el volumen, son obra del editor</i>.</p>
-
- <p><i>Las ilustraciones de</i> <span class="smcap">Amadís</span>
- <i>están tomadas de la magnífica edición de Venecia del
- año 1533. También es antigua la portada de</i> <span
- class="smcap">Palmerín</span>. <i>El resto de los grabados son obra
- del señor Marco.</i></p>
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6" id="Ch_I">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p>
- <h2 class="nobreak g1 ws1">AMADÍS DE GAULA</h2>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="section pt3">
-<p><span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span></p>
-<p class="centra ws1">AQUÍ COMIENZA</p>
-
-<p class="centra ws1 mt1">EL PRIMER LIBRO</p>
-
-<p class="ti0 ws1 mt1">DEL ESFORZADO ET VIRTUOSO CABALLERO AMADÍS, HIJO
-DEL REY PERIÓN DE GAULA Y DE LA REINA ELISENA; EL CUAL FUÉ CORREGIDO Y
-EMENDADO POR EL HONRADO E VIRTUOSO CABALLERO GARCI-ORDÓÑEZ DE MONTALBO,
-REGIDOR DE LA NOBLE VILLA DE MEDINA DEL CAMPO, E CORREGIÓLE DE LOS
-ANTIGUOS ORIGINALES, QUE ESTABAN CORRUPTOS E COMPUESTOS EN ANTIGUO
-ESTILO, POR FALTA DE LOS DIFERENTES ESCRIPTORES; QUITANDO MUCHAS
-PALABRAS SUPÉRFLUAS, E PONIENDO OTRAS DE MÁS POLIDO Y ELEGANTE ESTILO,
-TOCANTES A LA CABALLERÍA E ACTOS DE ELLA, ANIMANDO LOS CORAZONES
-GENTILES DE MANCEBOS BELICOSOS, QUE CON GRANDÍSIMO AFETO ABRAZAN EL
-ARTE DE LA MILICIA CORPORAL, ANIMANDO LA INMORTAL MEMORIA DEL ARTE DE
-CABALLERÍA, NO MENOS HONESTÍSIMO QUE GLORIOSO.</p>
-
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Cap_I_1_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/i_009.jpg"
- style="width: 30em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <p class="fs150 centra ws1 mt2">LIBRO PRIMERO</p>
- <p class="fs120 centra ws1 mt05">LA CORTE DE LISUARTE</p>
- <hr class="tir" />
- <h3 title="Lib. I, Cap. I: El doncel del mar">CAPÍTULO PRIMERO</h3>
- <p class="subh3c">EL DONCEL DEL MAR</p>
-</div>
-
-<p><i>De la Pequeña Bretaña a Escocia, su patria, iba por el mar en una
-barca un caballero que había nombre Gandales. Llevaba consigo su mujer
-y un hijo, llamado Gandalín, nacido poco antes.</i> Siendo ya mañana
-clara, vieron <i>un</i> arca que por el agua nadando iba, e llamando
-cuatro marineros, les mandó <i>el caballero</i> que presto echasen
-un batel e aquello le trajesen: lo cual prestamente se hizo. <i>Vió
-entonces que el arca era larga como una espada y estaba hecha de tablas
-muy bien calafateadas para que en ella no pudiera entrar el agua.
-El</i> caballero tomó el arca e tiró la cobertura, e vió <i>dentro un
-hermoso</i> doncel <i>recién-nacido</i>, que en sus brazos tomó, e
-dijo:</p>
-
-<p>—Este de algún buen lugar es—; y esto decía<span class="pagenum"
-id="Page_10">p. 10</span> él por los ricos paños <i>en que venía
-envuelto</i> y <i>por un</i> anillo <i>que junto con una bola de cera
-traía en un cordón al cuello</i> e <i>por una</i> espada, que muy
-hermosa le pareció <i>y que venía puesta a su lado en el arca</i>.
-E guardando aquellas cosas, rogó a su mujer que lo hiciese criar,
-la cual hizo darle la teta de aquella ama que a Gandalín, su hijo,
-criaba, e tomóla con gran gana de mamar, de que el caballero e la
-dueña mucho alegres fueron. Pues así caminaron por la mar con buen
-tiempo enderezado, hasta que aportados fueron a una villa de Escocia
-que Antalia había nombre, y de allí partiendo, llegaron a un castillo
-suyo, de los buenos de aquella tierra, donde hizo criar el doncel como
-si su fijo proprio fuese; e así lo creían todos que lo fuese; que de
-los marineros no se pudo saber su hacienda, porque en la barca, que era
-suya, a otras partes navegaron.</p>
-
-<p><i>Fué corriendo el tiempo y el</i> doncel que Gandales criaba, el
-cual el Doncel del Mar se llamaba, que así le pusieron nombre, criábase
-con mucho cuidado de aquel caballero don Gandales e de su mujer, e
-hacíase tan hermoso, que todos los que lo veían se maravillaban.</p>
-
-<p>Un día cabalgó Gandales armado, que en gran manera era buen
-caballero e muy esforzado, e halló una doncella, que le dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, Gandales! Si supiesen muchos altos hombres lo que yo agora,
-cortar-te-ían la cabeza.</p>
-
-<p>—¿Por qué? —dijo él.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span>—Porque tú guardas la
-su muerte —dijo ella.</p>
-
-<p>Gandales, que lo no entendía, dijo:</p>
-
-<p>—Doncella, por Dios os ruego que me digáis qué es eso.</p>
-
-<p>—No te lo diré —dijo ella—; mas todavía así averná.</p>
-
-<p>E partiéndose dél, se fué su vía. Gandales quedó cuidando en lo que
-dijera <i>y sin poderlo entender. Pero momentos después tuvo ocasión de
-salvar la vida a la doncella y como recompensa de ello le pidió que le
-explicara sus misteriosas palabras. Ella le dijo</i>:</p>
-
-<p>—Tú me harás pleito, como leal caballero, que otro por ti nunca lo
-sabrá fasta que te lo yo mande.</p>
-
-<p>Él así lo otorgó. Díjole:</p>
-
-<p>—Dígote de aquel que hallaste en la mar, que será flor de los
-caballeros de su tiempo; éste hará estremecer los fuertes, éste
-comenzará todas las cosas e acabará a su honra, en que los otros
-fallescieron: éste hará tales cosas, que ninguno cuidaría que pudiesen
-ser comenzadas ni acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los
-soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra
-aquellos que se lo merecieren; e aun más te digo, que éste será el
-caballero del mundo que más lealmente manterná amor e amará en tal
-lugar cual conviene a la su alta proeza; e sabe que viene de reyes de
-ambas partes. Agora te ve e cree firmemente que todo acaecerá como te
-lo digo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>—Ay, señora —dijo
-Gandales—; ruégovos por Dios que me digáis donde vos fallaré para
-hablar con vos en su hacienda.</p>
-
-<p>—Esto no sabrás tú por mí ni por otro —dijo ella.</p>
-
-<p>—Pues decidme vuestro nombre por la fe que debéis a la cosa del
-mundo que más amáis.</p>
-
-<p>—Tú me conjuras tanto, que te lo diré; sabe que mi nombre es Urganda
-la Desconocida. Agora me cata bien e conósceme si pudieres.</p>
-
-<p>Y él, que la vió doncella de primero, que a su parecer no pasaba de
-diez y ocho años, vióla tan vieja e tan lasa, que se maravilló cómo
-en el palafrén se podía tener, e comenzóse a santiguar de aquella
-maravilla. Cuando ella así lo vió, por sí tornó como de primero, e
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Parécete que me hallarías aunque me buscases? Pues yo te digo que
-no tomes por ello afán; que si todos los del mundo me demandasen, no me
-hallarían si yo no quisiese.</p>
-
-<p>—Así Dios me salve, señora —dijo Gandales—, yo así lo creo; mas
-ruégovos por Dios que vos membréis del doncel que es desamparado de
-todos sino de mí.</p>
-
-<p>—No pienses en eso —dijo Urganda—; que ese desamparado será amparo y
-reparo de muchos; e yo lo amo más que tú piensas.</p>
-
-<p>E así se partieron de en uno. Don Gandales, partido de
-Urganda, tornóse para su castillo, cuidando<span class="pagenum"
-id="Page_13">p. 13</span> en la facienda de su doncel; e llegando al
-castillo, ante que se desarmase lo tomó en sus brazos e comenzólo de
-besar, viniéndole las lágrimas a los ojos, diciendo en su corazón:</p>
-
-<p>—Mi fermoso hijo, ¿si querrá Dios que yo llegue al vuestro buen
-tiempo?</p>
-
-<p>En esta sazón había el doncel tres años, e su gran fermosura por
-maravilla era mirada; e como vió a su amo llorar, púsole las manos ante
-los ojos, como que gelos quería limpiar; de que Gandales fué alegre,
-considerando que siendo en más edad, más se dolería de su tristeza;
-e púsole en tierra, e fuése a desarmar, e dende adelante con mejor
-voluntad curaba dél, tanto, que llegó a los cinco años; entonces le
-fizo un arco a su medida e otro a su hijo Gandalín, e facíalo tirar
-ante sí; e así lo fué criando hasta la edad de siete años.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_2">
- <h3 title="Lib. I, Cap. II: La sin par Oriana">CAPÍTULO SEGUNDO</h3>
- <p class="subh3c">LA SIN PAR ORIANA</p>
-</div>
-
-<p>Pues a esta sazón el rey Languines, pasando por su reino con su
-mujer e toda la casa, de una villa a otra, vínose al castillo de
-Gandales, que por ahí era el camino, donde fué muy bien festejado; mas
-a su Doncel del Mar e a su fijo Gandalín e a otros donceles mandólos
-meter en un corral por que no<span class="pagenum" id="Page_14">p.
-14</span> lo viesen; e la Reina, que en lo más alto de la casa posaba,
-mirando de una finiestra, vió los donceles que con sus arcos tiraban,
-y al Doncel del Mar entre ellos tan apuesto e tan hermoso, que mucho
-fué de lo ver maravillada; e viólo mejor vestido que todos, así que
-parescía el señor; e de que no vió ninguno de la compañía de don
-Gandales a quien preguntase, llamó sus dueñas e doncellas, e dijo:</p>
-
-<p>—Venid, e veréis la más fermosa criatura que nunca fué vista.</p>
-
-<p><i>Y admiróse también mucho de oír que sus compañeros le llamaban
-Doncel del Mar.</i> Así estando, entró el Rey e Gandales, e dijo la
-Reina:</p>
-
-<p>—Decid, don Gandales, ¿es vuestro hijo aquel hermoso doncel?</p>
-
-<p>—Sí, señora —dijo él.</p>
-
-<p>—Pues ¿por qué —dijo ella— lo llamáis el Doncel del Mar?</p>
-
-<p>—Porque en la mar nació —dijo Gandales— cuando yo de la Pequeña
-Bretaña venía.</p>
-
-<p>El Rey, que el Doncel miraba e muy hermoso le pareció, dijo:</p>
-
-<p>—Faceldo aquí venir, Gandales, e yo lo quiero criar.</p>
-
-<p>—Señor —dijo él— sí haré, mas aún no es en edad que se deba partir
-de su madre.</p>
-
-<p>Entonces fué por él e trájolo e díjole:</p>
-
-<p>—Doncel del Mar, ¿queréis ir con el Rey, mi señor?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span>—Yo iré donde me vos
-mandardes —dijo él— e vaya mi hermano comigo.</p>
-
-<p>—Ni yo quedaré sin él —dijo Gandalín.</p>
-
-<p>—Creo, señor —dijo Gandales—, que los habréis de llevar ambos, que
-se no quieren partir.</p>
-
-<p>—Mucho me place —dijo el Rey.</p>
-
-<p>Entonces lo tomó cabe sí y mandó llamar a su fijo Agrajes; e
-díjole:</p>
-
-<p>—Fijo, estos donceles ama tú mucho; que mucho amo yo a su padre.</p>
-
-<p>Cuando Gandales esto vió, <i>apenas pudo contener el llanto</i>. El
-Rey, que los ojos llenos de agua le vió, dijo:</p>
-
-<p>—Nunca pensé que érades tan loco.</p>
-
-<p>—No lo só tanto como cuidáis —dijo él—; mas si os pluguiere, oídme
-un poco ante la Reina.</p>
-
-<p>Entonces mandaron apartar a todos, e Gandales les dijo:</p>
-
-<p>—Señores, sabed la verdad deste Doncel que lleváis, que lo yo fallé
-en la mar. —Y contóles por cuál guisa, e también dijera lo que de
-Urganda supo, sino por el pleito que fizo—. Agora faced con él lo que
-debéis; que así Dios me salve, según el aparato que él traía, yo creo
-que es de muy gran linaje.</p>
-
-<p>Mucho plugo al Rey en lo saber, y preció al caballero que lo tan
-bien guardara, e dijo a don Gandales.</p>
-
-<p>—Pues que Dios tanto cuidado tuvo en lo guardar,<span
-class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> razón es que lo tengamos nos
-en lo criar e hacer bien cuando tiempo será.</p>
-
-<p>La Reina dijo:</p>
-
-<p>—Yo quiero que sea mío, si os pluguiere, en tanto que es de edad de
-servir mujeres; después será vuestro.</p>
-
-<p>El Rey se lo otorgó. Otro día de mañana se partieron de allí,
-llevando los donceles consigo, e fueron su camino. Pero dígoos de la
-Reina que facía criar al Doncel del Mar con tanto cuidado e honra como
-si su fijo propio fuese; mas el trabajo que con él tomaba no era vano,
-porque su ingenio era tal e condición tan noble, que muy mejor que otro
-ninguno, e más presto, todas las cosas aprendía. Él amaba tanto caza e
-monte, que si lo dejasen, nunca dello se apartara, tirando con su arco,
-cebando los canes. La Reina era tan agradada de como él servía, que lo
-no dejaba quitar delante su presencia.</p>
-
-<p><i>Ocurrió entonces que yendo el nuevo rey de la Gran Bretaña,
-Lisuarte, navegando con gran flota para tomar posesión de sus
-estados</i>, fué aportado en el reino de Escocia, donde con mucha honra
-del rey Languines recebido fué. Este Lisuarte traía consigo a Brisena,
-su mujer, e una hija que en ella hobo, que Oriana había nombre, de
-fasta diez años, la más hermosa criatura que nunca se vió; tanto, que
-ésta fué la que Sin-par se llamó, porque en su tiempo ninguna hobo que
-igual le fuese; e porque de la mar enojada andaba, acordó de la dejar
-allí, rogando<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> al rey
-Languines e a la Reina que gela guardasen.</p>
-
-<p>Ellos fueron muy alegres dello, e la Reina dijo:</p>
-
-<p>—Creed que yo la guardaré como su madre lo haría.</p>
-
-<p>Y entrando Lisuarte en sus naos con mucha priesa, en la Gran Bretaña
-arribado fué, e fué el mejor rey que ende hobo ni que mejor mantuviese
-la caballería en su derecho, fasta que el rey Artur reinó, que pasó a
-todos los reyes de bondad que ante dél fueron.</p>
-
-<p>El Doncel del Mar, que en esta sazón era de doce años, y en su
-grandeza e miembros parescía bien de quince, servía ante la Reina, e
-así della como de todas las dueñas e doncellas era mucho amado; mas
-desque allí fué Oriana, la hija del rey Lisuarte, dióle la Reina al
-Doncel del Mar que la sirviese, diciendo:</p>
-
-<p>—Amiga, este es un doncel que os servirá.</p>
-
-<p>Ella dijo que le placía. El Doncel tuvo esta palabra en su corazón,
-de tal guisa, que después nunca de la memoria la apartó; que sin falta,
-así como esta historia lo dice, en días de su vida no fué enojado de
-la servir, y en ella su corazón fué siempre otorgado, y este amor duró
-cuanto ellos duraron; que, así como la él amaba, así amaba ella a él,
-en tal guisa, que una hora nunca de amar se dejaron; mas el Doncel del
-Mar, que no conocía ni sabía nada de cómo ella le amaba, teníase por
-muy osado<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> en haber
-en ella puesto su pensamiento, según la grandeza y fermosura suya,
-sin cuidar de ser osado a le decir una sola palabra; y ella, que lo
-amaba de corazón, guardábase de hablar con él más que con otro, porque
-ninguna cosa sospechasen; mas los ojos habían gran placer de mostrar al
-corazón la cosa del mundo que más amaba.</p>
-
-<p>Pasando el tiempo, como os digo, entendió el Doncel del Mar en sí
-que ya podía tomar armas si hobiese quien le ficiese caballero, y esto
-deseaba él, considerando que él sería tal e haría tales cosas por donde
-muriese, o viviendo, su señora le preciaría; e con este deseo fué al
-Rey, que en una huerta estaba, e hincando los hinojos, le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, si a vos pluguiese, tiempo sería de ser yo caballero.</p>
-
-<p>El Rey dijo:</p>
-
-<p>—¿Cómo, Doncel del Mar? ¿Ya os esforzáis para mantener caballería?
-Sabed que es ligero de haber e grave de mantener; e quien este nombre
-de caballería ganar quisiere e mantenerlo en su honra, tantas e tan
-graves son las cosas que ha de facer, que muchas veces se le enoja el
-corazón, e por ende ternía por bien que por algún tiempo os sufráis.</p>
-
-<p>El Doncel del Mar le dijo:</p>
-
-<p>—Ni por todo eso no dejaré yo de ser caballero; que si en mi
-pensamiento no toviese de complir eso que habéis dicho, no se
-esforzaría mi corazón para<span class="pagenum" id="Page_19">p.
-19</span> lo ser; e pues a la vuestra merced soy criado, complid en
-esto comigo lo que debéis.</p>
-
-<p>El Rey dijo:</p>
-
-<p>—Doncel del Mar, yo sé cuándo os será menester que lo seáis, e más a
-vuestra honra, e prométoos que lo faré.</p>
-
-<p>E luego mandó que le aparejasen las cosas a la orden de caballería
-necesarias; e hizo saber a Gandales todo cuanto con su criado le
-contesciera, de que Gandales fué muy alegre, y envióle por una doncella
-la espada y el anillo e la <i>bola de</i> cera, como lo hallara en
-l’arca donde a él falló; y estando un día la hermosa Oriana con otras
-dueñas e doncellas en el palacio, holgando en tanto que la Reina
-dormía, era allí con ellas el Doncel del Mar, que sólo mirar no osaba a
-su señora, y decía entre sí:</p>
-
-<p>—¡Ay, Dios! ¿por qué vos plugo de poner tanta beldad en esta señora,
-y en mí tan gran cuita e dolor por causa della? En fuerte punto mis
-ojos la miraron, pues que perdiendo la su lumbre con la muerte, pagarán
-aquella gran locura en que al corazón han puesto.</p>
-
-<p>E así estando casi sin ningún sentido, entró un doncel e díjole:</p>
-
-<p>—Doncel del Mar, allí fuera está una doncella extraña que os trae
-donas e os quiere ver.</p>
-
-<p>Él quiso salir a ella, mas aquella que lo amaba, cuando lo oyó,
-estremeciósele el corazón y dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span>—Doncel del Mar,
-quedad, y entre la doncella y veremos las donas.</p>
-
-<p>Él estuvo quedo, e la doncella entró; y ésta era la que enviaba
-Gandales, e dijo:</p>
-
-<p>—Señor Doncel del Mar, vuestro amo Gandales vos saluda mucho, así
-como aquel que os ama, y envíaos esta espada y este anillo y esta cera,
-e ruégaos que trayáis esta espada en cuanto vos durare, por su amor.</p>
-
-<p>Él tomó las donas, e puso el anillo e la cera en su regazo, y Oriana
-tomó la cera, que no creía que en ella otra cosa hobiese, e díjole:</p>
-
-<p>—Esto quiero yo destas donas.</p>
-
-<p>A él pluguiera más que tomara el anillo, que era uno de los hermosos
-del mundo; e mirando la espada, entró el Rey e dijo:</p>
-
-<p>—Doncel del Mar, ¿qué os paresce de esa espada?</p>
-
-<p>—Señor, parésceme muy hermosa, mas no sé por qué está sin vaina.</p>
-
-<p>—Bien ha quince annos —dijo el Rey— que no la hobo.</p>
-
-<p>E tomándole por la mano, se apartó con él e díjole:</p>
-
-<p>—Vos queréis ser caballero, e no sabéis si de derecho os conviene; e
-quiero que sepáis vuestra hacienda, como yo la sé.</p>
-
-<p>E contóle cómo fuera en la mar hallado con aquella espada e anillo
-en el arca metido, así como lo oístes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>Dijo él:</p>
-
-<p>—No me pesa de cuanto me decís, sino por no conocer mi linaje,
-ni ellos a mí; pero yo me tengo por hidalgo, que mi corazón a ello
-me esfuerza; e agora, señor, me conviene más que ante caballería, y
-ser tal que gane honra y prez, como aquel que no sabe parte de donde
-viene.</p>
-
-<p><i>Por aquellos días el rey Perión de Gaula, cuñado de Languines,
-y uno de los más famosos caballeros de aquel tiempo, presentóse en la
-Corte de Escocia en demanda de guerreros que le ayudaran contra el rey
-Abíes de Irlanda, que le había invadido el reino con gran fuerza de
-armas. Agrajes, el hijo de Languines, que ya era armado caballero, rogó
-a su padre que le dejara ir con Perión a defender a su tía la reina de
-Gaula, y aquél se lo otorgó.</i></p>
-
-<p>El Doncel del Mar, que ahí estaba, miraba mucho al rey Perión,
-por la gran bondad de armas que dél oyera decir, e más deseaba ser
-caballero de su mano que de otro ninguno que en el mundo fuese, e fuese
-donde su señora Oriana era; e hincados los hinojos ante ella, dijo:</p>
-
-<p>—Señora Oriana, si a vos pluguiese que yo fuese caballero, sería en
-ayuda desa hermana de la Reina, otorgándome vos la ida.</p>
-
-<p>—E si la yo no otorgase —dijo ella—, ¿no iríades allá?</p>
-
-<p>—No —dijo él—; porque este mi vencido corazón<span class="pagenum"
-id="Page_22">p. 22</span> sin el favor de cuyo es, no podría ser
-sostenido en ninguna afrenta, ni aun sin ella.</p>
-
-<p>Ella se rió con buen semblante e díjole:</p>
-
-<p>—Pues que así os he ganado, otórgoos que seáis mi caballero y
-ayudéis a aquella hermana de la Reina.</p>
-
-<p>El Doncel le besó las manos e dijo:</p>
-
-<p>—Pues que el Rey, mi señor, no me ha querido hacer caballero, más a
-mi voluntad lo podría agora ser deste rey Perión, a vuestro ruego.</p>
-
-<p>—Yo faré en ello lo que pudiere —dijo ella—; mas menester será de lo
-decir a la infanta Mabilia, que su ruego mucho valdrá ante el Rey, su
-tío.</p>
-
-<p>Entonces se fué a ella e díjole cómo el Doncel del Mar quería ser
-caballero por mano del rey Perión, e que había menester para ello el
-ruego suyo e dellas. Mabilia, <i>hija del rey y hermana de Agrajes</i>,
-que muy animosa era e al Doncel amaba, dijo:</p>
-
-<p>—Pues fagámoslo por él, que lo merece; e véngase a la capilla de
-mi madre armado de todas armas, e nós le haremos compañía con otras
-doncellas; e queriendo el rey Perión cabalgar para se ir, que, según he
-sabido, será antes del alba, yo le enviaré a rogar que me vea, e allí
-hará el vuestro ruego, ca mucho es caballero de buenas maneras.</p>
-
-<p>—Bien decís —dijo Oriana.</p>
-
-<p>E llamando entrambas al Doncel, le dijeron cómo lo tenían acordado;
-él se lo tuvo en merced y llamó a Gandalín e díjole:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>—Hermano, lleva mis
-armas todas a la capilla de la Reina, encubiertamente; que pienso esta
-noche ser caballero; e porque en la hora me conviene de aquí partir,
-quiero saber si querrás irte comigo.</p>
-
-<p>—Señor, yo os digo que a mi grado nunca de vos seré partido.</p>
-
-<p>Al Doncel le vinieron las lágrimas a los ojos y besóle en la faz e
-díjole:</p>
-
-<p>—Amigo, agora haz lo que te dije.</p>
-
-<p>Gandalín puso las armas en la capilla en tanto que la Reina cenaba;
-e los manteles alzados, fuése el Doncel a la capilla, e armóse de sus
-armas todas, salvo la cabeza e las manos, e hizo su oración ante el
-altar, rogando a Dios que, así en las armas como en aquellos mortales
-deseos que por su señora tenía, le diese vitoria.</p>
-
-<p>Desque la Reina fué a dormir, Oriana e Mabilia con algunas doncellas
-se fueron a él por le acompañar; e como Mabilia supo que el rey Perión
-quería cabalgar, envióle a decir que la viese ante; él vino luego, e
-díjole Mabilia:</p>
-
-<p>—Señor, haced lo que os rogare Oriana, fija del rey Lisuarte.</p>
-
-<p>El Rey dijo que de grado lo haría, que el merecimiento de su padre a
-ello le obligaba. Oriana vino ante el Rey; e como la vió tan hermosa,
-bien creía que en el mundo su igual no se podría fallar; e dijo:</p>
-
-<p>—Yo vos quiero pedir un don.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>—De grado —dijo el
-Rey— lo faré.</p>
-
-<p>—Pues facedme ese mi doncel caballero—; e mostróselo, que de
-rodillas ante el altar estaba.</p>
-
-<p>El Rey vió al Doncel tan fermoso, que mucho fué maravillado; y
-llegándose a él, dijo:</p>
-
-<p>—¿Queréis recebir orden de caballería?</p>
-
-<p>—Quiero —dijo él.</p>
-
-<p>—En el nombre de Dios, y Él mande que tan bien empleada en vos sea e
-tan crecida en honra como Él os creció en fermosura.</p>
-
-<p>E poniéndole la espuela diestra, le dijo:</p>
-
-<p>—Agora sois caballero, e la espada podéis tomar.</p>
-
-<p>El Rey la tomó e diógela, y el Doncel la ciñó muy apuestamente, y el
-Rey dijo:</p>
-
-<p>—Cierto, este acto de os armar caballero, según vuestro gesto e
-aparencia, con mayor honra lo quisiera haber hecho; mas yo espero en
-Dios que vuestra fama será tal, que dará testimonio de lo que con más
-honra se debía facer.</p>
-
-<p>E Mabilia e Oriana quedaron muy alegres y besaron las manos al Rey;
-e encomendando el Doncel a Dios, se fué su camino.</p>
-
-<p>Seyendo armado caballero el Doncel del Mar, e queriéndose despedir
-de Oriana, su señora, e de Mabilia e de las otras doncellas que con él
-en la capilla velaron, Oriana, que le parecía partírsele el corazón,
-sin se lo dar a entender, le sacó aparte y le dijo:</p>
-
-<p>—Doncel del Mar, yo os tengo por tan bueno,<span class="pagenum"
-id="Page_25">p. 25</span> que no creo que seáis hijo de Gandales; si al
-en ello sabéis, decídmelo.</p>
-
-<p>El Doncel le dijo de su hacienda aquello que del rey Languines
-supiera; y ella, quedando muy alegre en lo saber, lo encomendó a Dios;
-y él falló a la puerta del palacio a Gandalín, que le tenía la lanza
-y escudo y el caballo; y cabalgando en él, se fué su vía sin que de
-ninguno visto fuese, por ser aún de noche.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_3">
- <h3 title="Lib. I, Cap. III: La bola de cera">CAPÍTULO TERCERO</h3>
- <p class="subh3c">LA BOLA DE CERA</p>
-</div>
-
-<p><i>Todo aquel día anduvo el Doncel del Mar con Gandalín, su
-escudero, por una floresta, en la cual, siendo ya tarde</i>, vió venir
-una doncella en un palafrén, que traía una lanza, <i>y otra doncella
-la acompañaba</i>. Viniéronse ambas contra él; e como llegaron, la
-doncella de la lanza le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, tomad esta lanza, e dígovos que ante de tercero día
-faréis con ella tales golpes, porque libraréis la casa donde primero
-salistes.</p>
-
-<p>Él fué maravillado de lo que decía, e dijo:</p>
-
-<p>—Doncella, la casa ¿cómo puede morir ni vivir?</p>
-
-<p>—Así será como yo lo digo —dijo ella—, e la lanza os dó por algunas
-mercedes que de vos espero.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>E dando de las
-espuelas al palafrén, se fué su vía.</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_026.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">La otra doncella quedó con él e dijo:</p>
-
-<p>—Señor caballero, <i>sabed como era Urganda la Desconocida quien la
-lanza os ha dado</i>. E díjome que después que de vos se partiese, os
-lo hiciese saber, y que mucho vos ama.</p>
-
-<p>—¡Ay, Dios! —dijo él—, cómo soy sin ventura en la no conocer, e si
-la dejo de buscar, es porque ninguno la hallará sin su grado.</p>
-
-<p><i>Yendo el Doncel su camino, llegó de allí a tres<span
-class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> días a un castillo, a sazón
-de que en su patio, un caballero solo, al cual le habían matado ya
-el caballo, era traidoramente atacado por otros dos caballeros y por
-más de diez peones, que lo herían por todas partes. A punto estaba de
-sucumbir, cuando el Doncel del Mar acometió con gran brío a los que le
-atacaban, y derribó y mató a los más de ellos. Visto lo cual, cobró
-nuevos ánimos el primer caballero y entre uno y otro dejaron limpio
-de traidores todo el castillo. El Doncel, que había reconocido al rey
-Perión de Gaula en el caballero por él socorrido, no quería quitarse
-el yelmo ante él, pues sólo cuando sus hazañas le hubieran ganado fama
-digna de la de quien le había dado la orden de caballería, quería
-dársele a conocer; pero tanto le rogó Perión, que acabó por descubrirse
-y el rey, abrazándolo, dijo:</i></p>
-
-<p><i>—Amigo, gracias doy a Dios por haber hecho en vos lo que
-hice.</i></p>
-
-<p><i>Y muy alegre, oyó de él que le ayudaría en la guerra que tenía
-empeñada con el rey de Irlanda.</i></p>
-
-<p><i>Había ya en la Corte de Languines, con secreta alegría de Oriana,
-noticia de las primeras hazañas del Doncel del Mar, cuando</i> llegaron
-tres naos, en que venía <i>un mensajero del rey Lisuarte</i>, con
-cient caballeros e dueñas e doncellas para llevar a Oriana. El rey
-Languines los acogió bien. El <i>mensajero</i> le dijo el mandado del
-Rey su señor, cómo enviaba por su hija, y demás desto, que le rogaba
-enviase<span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span> con Oriana
-a Mabilia, su fija, que así como ella misma sería tratada e honrada
-a su voluntad. El Rey fué muy alegre dello, e ataviólas muy bien, e
-tovo al caballero e a las dueñas e doncellas en su corte algunos días,
-faciéndoles muchas fiestas y mercedes, e fizo aderezar otras naves,
-e bastecerlas de las cosas necesarias; e hizo aparejar caballeros e
-dueñas e doncellas, las que le pareció que convenían para tal viaje.</p>
-
-<p>Oriana, que vió que este camino no se podía excusar, acordó de
-recoger sus joyas, e andándolas recogiendo, vió la cera que tomara al
-Doncel del Mar, y membrósele dél, e viniéronle las lágrimas a los ojos,
-e apretó las manos con cuita de amor que la forzaba, y quebrantó la
-cera e vió que dentro estaba <i>una carta escrita en pergamino</i>,
-y leyéndola, halló que decía: “Este es Amadís Sin-tiempo, fijo de
-rey.”</p>
-
-<p>Ella, que la carta vió, estuvo pensando un poco, y entendió que el
-Doncel del Mar había nombre Amadís, e vió que era hijo de rey. Tal
-alegría nunca en corazón de persona entró como en el suyo, y llamando
-a la doncella de Denamarca, <i>en quien confiaba más que en todas sus
-otras servidoras</i>, le dijo:</p>
-
-<p>—Amiga, yo vos quiero decir un secreto, que le no diría sino a mi
-corazón, e guardadle como poridad de tan alta doncella como yo soy, y
-del mejor caballero del mundo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span>—Así lo haré —dijo
-ella—, y, señora, no dudéis de me decir lo que faga.</p>
-
-<p>—Pues amiga —dijo Oriana—, vos os id al caballero novel que sabéis,
-y dígovos que le llaman el Doncel del Mar, e fallarlo heis en la guerra
-de Gaula; y luego que lo vierdes, dadle esta carta, e decilde que ahí
-fallará su nombre, aquel que le escribieron en ella cuando fué echado
-en la mar; e sepa que sé yo que es hijo de rey; e que pues él era tan
-bueno cuando no lo sabía, agora pune de ser mejor; e decilde que mi
-padre envió por mí e me llevan a él; que le envío yo decir que se parta
-de la guerra de Gaula, e se vaya luego a la Gran Bretaña, e pune de
-vivir con mi padre fasta que le yo mande lo que faga.</p>
-
-<p>La doncella, con ese mandado que oís, fué della despedida, y entrada
-en el camino de Gaula.</p>
-
-<p>Oriana e Mabilia con dueñas e doncellas, encomendándolas el Rey e la
-Reina a Dios, fueron metidas en las naos; los marineros soltaron las
-áncoras y tendieron sus velas, e como el tiempo era aderezado, pasaron
-presto en la Gran Bretaña, donde muy bien recebidas fueron.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span></p>
- <h3 title="Lib. I, Cap. IV: La guerra de Gaula">CAPÍTULO CUARTO</h3>
- <p class="subh3c">LA GUERRA DE GAULA</p>
-</div>
-
-<p><i>El Doncel del Mar, con Agrajes y los otros caballeros que el
-rey de Escocia enviaba en favor de su cuñado Perión, pasada la mar,
-entraron en Gaula</i> y se fueron a Baladín, un castillo donde el rey
-Perión era, donde mantenía su guerra, habiendo mucha gente perdido; que
-con su venida de ellos muy alegre fué, e hízoles dar buenas posadas; e
-la reina Elisena, <i>hermana de la Reina de Escocia</i>, hizo decir a
-su sobrino Agrajes que la viniese a ver. Él llamó al Doncel del Mar e
-otros dos caballeros para ir allá.</p>
-
-<p>El rey Perión cató el Doncel, e conociólo que aquel era el que él
-hiciera caballero y el que le acorriera en el castillo; e fué contra él
-e dijo:</p>
-
-<p>—Amigo, vos seáis muy bien venido, e sabed que en vos he yo
-grande esfuerzo, tanto, que no dudo ya mi guerra, pues vos he en mi
-compañía.</p>
-
-<p>—Señor —dijo—, en la vuestra ayuda me habréis vos cuanto mi persona
-durare e la guerra haya fin.</p>
-
-<p>Así hablando, llegaron a la Reina, e Agrajes le fué a besar las
-manos, y ella fué con él muy alegre, y el Rey le dijo:</p>
-
-<p>—Dueña, veis aquí el muy buen caballero de que yo os hablé, que me
-sacó del mayor peligro en que<span class="pagenum" id="Page_31">p.
-31</span> nunca fué; éste os digo que améis más que a otro
-caballero.</p>
-
-<p>Ella le vino a abrazar, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:</p>
-
-<p>—Señora, yo soy criado de vuestra hermana, e por ella vengo a vos
-servir, e como ella misma me podéis mandar.</p>
-
-<p>La Reina gelo agradesció con mucho amor, e catábalo, como era tan
-hermoso; membrándose de <i>un</i> hijo, que había perdido, <i>sin que
-pudiera saber qué habría sido de él</i>, viniéronle las lágrimas a los
-ojos. Y el Doncel del Mar le dijo:</p>
-
-<p>—Señora, no lloréis; que presto seréis tornada en vuestra alegría,
-con la ayuda de Dios y del Rey e deste caballero vuestro sobrino, e yo,
-que de grado vos serviré.</p>
-
-<p>Ella dijo:</p>
-
-<p>—Mi buen amigo: vos, que sois caballero de mi hermana, quiero
-que poséis en mi casa, e allí vos darán las cosas que hobierdes
-menester.</p>
-
-<p>La mañana venida fueron el rey Perión e su mujer a ver qué hacía
-el Doncel del Mar, e halláronlo que se levantaba e lavaba las manos,
-e viéronle los ojos bermejos e las haces mojadas de lágrimas; así que
-bien parescía que dormiera poco de noche, e sin falta así era, que
-membrándose de su amiga, considerando la gran cuita que por ella le
-venía, sin tener ninguna esperanza de remedio, otra cosa no esperaba
-sino la muerte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>La Reina llamó a
-Gandalín e díjole:</p>
-
-<p>—Amigo, ¿qué hobo vuestro señor, que me paresce en su semblante
-ser en gran tristeza? ¿Es por algún descontentamiento que aquí haya
-habido?</p>
-
-<p>—Señora —dijo él—, aquí recibe él mucha honra y merced; mas él ha
-así de costumbre que llora dormiendo, así como agora veis que en él
-parece.</p>
-
-<p>Y en cuanto así estaban, vieron los de la villa muchos enemigos e
-bien armados cabe sí, e daban voces:</p>
-
-<p>—¡Armas, armas!</p>
-
-<p>El Doncel del Mar fué muy alegre, y el Rey le dijo:</p>
-
-<p>—Buen amigo, nuestros enemigos son aquí.</p>
-
-<p>Y él dijo:</p>
-
-<p>—Armémonos e vayamos los ver.</p>
-
-<p>Y el Rey demandó sus armas y el Doncel las suyas, e desque armados
-fueron e a caballo, fueron a la puerta de la villa. Como llegaron, dijo
-el Doncel del Mar:</p>
-
-<p>—Señor, mandadnos abrir la puerta.</p>
-
-<p>Y el Rey, a quien no placía menos de se combatir, mandó que la
-abriesen, e salieron todos los caballeros. <i>Los irlandeses</i>,
-que contra sí los vieron venir, aparejáronse de recebirlos, así como
-aquellos que mucho los desamaban. El Doncel del Mar se firió con <i>un
-capitán</i> que delante venía, y encontróle tan fuertemente, que a
-él e al caballo derribó en tierra, e hobo la una pierna quebrada, e
-quebró la<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> lanza e puso
-luego mano a su espada, e dejóse correr a los otros como león sañudo,
-faciendo maravillas en dar golpes a todas partes; así que no quedaba
-cosa ante la su espada; que a la tierra derribar los facía, a unos
-muertos e a otros feridos. El rey Perión llegó con toda la gente muy
-esforzadamente, como aquel que con voluntad de ferirlos gana tenía,
-e Daganel, <i>jefe de los irlandeses y amigo del rey Abíes</i>, los
-rescibió con los suyos muy animosamente; así que fueron los unos e los
-otros mezclados en uno. Allí veríades al Doncel del Mar haciendo cosas
-extrañas, derribando e matando cuantos ante sí hallaba, que no había
-hombre que lo osase atender, e metíase en los enemigos, haciendo dellos
-corro, que parecía un león bravo.</p>
-
-<p>Agrajes cuando le vió estas cosas facer tomó consigo muy más
-esfuerzo que de ante tenía, e dijo a grandes voces por esforzar su
-gente:</p>
-
-<p>—Caballeros, mirad al mejor caballero e más esforzado que nunca
-nasció.</p>
-
-<p>Cuando Daganel vió cómo destruía su gente, fué para el Doncel del
-Mar, como buen caballero, e quísole ferir el caballo, porque entre los
-suyos cayese, mas no pudo, e dióle el Doncel tal golpe por cima del
-yelmo, que por fuerza quebraron los lazos e saltóle de la cabeza. El
-rey Perión, que en socorro del Doncel del Mar llegaba, dió a Daganel
-con su espada tal herida, que lo hendió fasta los dientes. E yendo
-así heriendo en los enemigos el rey Perión e<span class="pagenum"
-id="Page_34">p. 34</span> su compaña, no tardó mucho que paresció el
-rey Abies de Irlanda con todos los suyos, y venía diciendo:</p>
-
-<p>—Agora a ellos; no quede hombre que no matéis.</p>
-
-<p>El rey Abies no dejó caballero en la silla en cuanto le duró la
-lanza, y desque la perdió echó mano a su espada e comenzó a herir con
-ella tan bravamente, que a sus enemigos hacía tomar espanto. De manera
-que los del rey Perión, no lo pudiendo ya sufrir, retraíanse contra la
-villa.</p>
-
-<p>Cuando el Doncel del Mar vió que la cosa se paraba mal, comenzó de
-facer con mucha saña mejor que antes, porque los de su parte no huyesen
-con desacuerdo, e metíase entre la una gente y la otra; y firiendo e
-matando en los de Irlanda, daba lugar a los suyos que las espaldas del
-todo no volviesen. Agrajes y el rey Perión, que lo vieron en tan gran
-peligro e tanto hacer, quedaron siempre con él; así que todos tres eran
-amparo de los suyos.</p>
-
-<p>El rey Abies mucho pesar hobo de Daganel <i>e los demás de su
-ejército</i> que supo que eran muertos; y llegó a él un caballero de
-los suyos e díjole:</p>
-
-<p>—Señor, ¿vedes aquel caballero del caballo blanco? No hace sino
-maravillas, y él ha muerto vuestros capitanes e otros muchos.</p>
-
-<p>Esto decía por el Doncel del Mar. El rey Abies se llegó más e
-dijo:</p>
-
-<p>—Caballero, por vuestra venida es muerto el hombre<span
-class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> del mundo que yo más amaba;
-pero yo haré que lo compréis caramente, si os queréis más combatir.</p>
-
-<p>—Si vos queréis vengar como caballero ese que decís —<i>dijo el
-Doncel del Mar</i>— e mostrar la gran valentía de que sois loado,
-escoged en vuestra gente los que más os contentaren, e yo en la mía, e
-seyendo iguales, podríades ganar más honra que no con mucha sobra de
-gente e soberbia demasiada venir a tomar lo ajeno sin causa ninguna.</p>
-
-<p>—Pues agora decid —dijo el rey Abies— de cuántos queréis que sea la
-batalla.</p>
-
-<p>—Pues que en mí lo dejáis —dijo el Doncel— moveros he otro partido,
-e podrá ser que más os agrade. Vos tenéis saña de mí por lo que he
-fecho, e yo de vos por lo que en esta tierra hacéis; pues en nuestra
-culpa no hay razón por qué ninguno otro padezca, y sea la batalla entre
-mí e vos, e luego si quisierdes, con tal que vuestra gente asegure, e
-la nuestra también, de se no mover hasta el fin della.</p>
-
-<p>—Así sea —dijo el rey Abies; e fizo llamar diez caballeros, los
-mejores de los suyos, e con otros diez que el Doncel del Mar dió,
-aseguraron el campo, que por mal ni por bien que les aconteciese no se
-moverían.</p>
-
-<p><i>Concertada la batalla para el día siguiente</i>, el Doncel del
-Mar entró por la villa con el rey Perión e Agrajes, y levaba la cabeza
-desarmada, e todos decían:</p>
-
-<p>—¡Ay, buen caballero, Dios te ayude y dé honra<span class="pagenum"
-id="Page_36">p. 36</span> que puedas acabar lo que has comenzado! ¡Ay,
-qué hermosura de caballero! En éste es caballería bien empleada, pues
-que sobre todos la mantiene en la su grande alteza.</p>
-
-<p>Otro día de mañana la Reina se vino a ellos con todas sus damas, e
-hallólos hablando con el Rey, e comenzóse la misa, e dicha, armóse el
-Doncel del Mar, no de aquellas armas que en la lid el día ante trajera,
-que no quedaron tales que pudiesen algo aprovechar, más de otras muy
-más hermosas y fuertes. E despedido de la Reina e de las dueñas e
-doncellas, cabalgó en un caballo holgado que a la puerta le tenían, y
-el rey Perión le llevaba el yelmo e Agrajes el escudo. E saliendo por
-la puerta de la villa, vieron al rey Abies sobre un caballo negro,
-todo armado. Los de la villa e los de la hueste todos se ponían donde
-mejor la batalla ver pudiesen, y el campo era ya señalado, el palenque
-hecho con muchos cadahalsos en derredor dél. Y desque ambos tomaron
-sus armas, salieron todos del campo, encomendando a Dios cada uno el
-suyo, y se fueron acometer sin ninguna detenencia a gran correr de
-los caballos, como aquellos que eran de gran fuerza e corazón. A las
-primeras heridas fueron todas sus armas falsadas, y quebrando las
-lanzas, juntáronse uno con otro, así los caballos como ellos, tan
-bravamente, que cada uno cayó a su parte, e todos creyeron que eran
-muertos, e los trozos de las lanzas tenían metidos por los escudos, que
-los hierros llegaban<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>
-a las carnes; mas como ambos fuesen muy ligeros e vivos de corazón,
-levantáronse presto, e quitaron de sí los pedazos de las lanzas, y
-echando mano a las espadas, se acometieron tan bravamente que los que
-al derredor estaban habían espanto de los ver. La batalla era entre
-ellos tan cruel e con tanta priesa, sin se dejar holgar, e los golpes
-tan grandes, que no parescían sino de veinte caballeros. Ellos cortaban
-los escudos, haciendo caer en el campo grandes rajas, e abollaban los
-yelmos y desguarnecían los arneses, de manera que lo más cortaban en
-sus carnes; e salía dellos tanta sangre, que sostenerse era maravilla;
-mas tan grande era el ardimento que consigo traían, que cuasi dello no
-se sentían.</p>
-
-<p>Así duraron en esta primera batalla fasta hora de tercia, que nunca
-se pudo conocer en ellos flaqueza ni cobardía, sino que con mucho ánimo
-se combatían. El rey Abies, como muy diestro fuese por el gran uso
-de las armas, combatíase muy cuerdamente, guardándose de los golpes
-e hiriendo donde más podía dañar. Las maravillas que el Doncel hacía
-en andar ligero e acometedor y en dar muy duros golpes, le puso en
-desconcierto todo su saber, e a mal de su grado, no le pudiendo ya
-sofrir, perdía el campo. Tanto fué aquejado, que volviendo casi las
-espaldas, andaba buscando alguna guarida con el temor de la espada,
-que tan crudamente la sentía; pero como vió que no había sino muerte,
-volvió, tomando<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> su
-espada con ambas las manos, y dejóse ir al Doncel, cuidándolo ferir
-por cima del yelmo, y él alzó el escudo donde rescibió el golpe, e
-la espada entró tan dentro por él, que la no pudo sacar; e tirándose
-afuera, dióle el Doncel del Mar en descubierto en la pierna izquierda
-tal herida, que la mitad della fué cortada, y el Rey cayó tendido en el
-campo.</p>
-
-<p>El Doncel fué sobre él, e tirándole el yelmo, díjole:</p>
-
-<p>—Muerto eres, rey Abies, si te no otorgas por vencido.</p>
-
-<p>Él dijo:</p>
-
-<p>—Verdaderamente muerto soy, mas no vencido, e bien creo que me mató
-mi soberbia, e ruégote que me fagas segura mi compaña, sin que daño
-reciban, y llevarme han a mi tierra, e yo perdono a ti e a los que mal
-quiero, e mando entregar al rey Perión cuanto le tomé, e ruégote que me
-hagas haber confisión, que muerto soy.</p>
-
-<p><i>Muerto el rey y partidos los irlandeses con su cadáver, la
-Doncella de Dinamarca, enviada por Oriana, y que había visto el final
-de la pelea, entregó al Doncel del Mar el pergamino en que iba escrito
-su nombre y le dió el recado de su señora de que lo antes que pudiera
-se partiera para la Gran Bretaña.</i> E leyendo <i>el Doncel del
-Mar</i> la carta, conoció por ella que el su derecho nombre era Amadís.
-Acabada la habla, fué tomado el Doncel del Mar por el rey Perión e
-Agrajes e los otros grandes de su partida,<span class="pagenum"
-id="Page_39">p. 39</span> e sacado del campo con aquella gloria que los
-vencedores en tales autos levar suelen, y entrando por la villa, decían
-todos:</p>
-
-<p>—Bien venga el caballero bueno, por quien habemos cobrado honra e
-alegría.</p>
-
-<p>Así fueron hasta el palacio, e hallaron en la cámara del Doncel del
-Mar a la Reina con todas sus dueñas e doncellas, haciendo muy gran
-alegría, y en los brazos della fué él tomado de su caballo, y desarmado
-por la mano de la Reina, e vinieron maestros, que le curaron de las
-feridas, e aunque muchas eran, no había ninguna que mucho empacho le
-diese.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_5">
- <h3 title="Lib. I, Cap. V: Los anillos del rey Perión">CAPÍTULO QUINTO</h3>
- <p class="subh3c">LOS ANILLOS DEL REY PERIÓN</p>
-</div>
-
-<p><i>Por razones que no son del caso, el hijo mayor de los reyes
-Perión y Elisena, nacido en ausencia del padre, había sido hecho
-desaparecer, al tiempo de ver la luz del mundo, por Darioleta, doncella
-y confidente de la madre. Entre otras cosas había llevado el niño
-colgado al cuello un anillo que Perión le había dado a Elisena, su
-mujer, idéntico a otro de que jamás se desprendía el Rey. Pero la Reina
-nunca le había confesado que, siendo en gran peligro su vida, había
-tenido que abandonar su hijo, sino que Perión<span class="pagenum"
-id="Page_40">p. 40</span> creía que éste había nacido muerto y que el
-anillo, por falta de cuidado, era perdido.</i></p>
-
-<p><i>Otro hijo de aquel real matrimonio, Galaor, aún muy mancebo,
-había también desaparecido y, sin que sus padres supieran de él,
-se criaba en tierra extraña, en el ejercicio de toda suerte de
-armas.</i></p>
-
-<p><i>Días después de su victoria</i>, pasando el Doncel del Mar por
-una sala, vió a Melicia, hija del Rey, niña, que estaba llorando, y
-preguntóla qué había. La niña dijo:</p>
-
-<p>—Señor, perdí un anillo que el Rey me dió a guardar en tanto que él
-duerme.</p>
-
-<p>—Pues yo os daré —dijo él— otro tan bueno o mejor, que le deis.</p>
-
-<p>Entonces sacó de su dedo un anillo e dióselo. Ella dijo:</p>
-
-<p>—Este es el que yo perdí.</p>
-
-<p>—No es —dijo él.</p>
-
-<p>—Pues es el anillo del mundo que más le parece —dijo la niña.</p>
-
-<p>—Por esto está mejor —dijo el Doncel del Mar—, que en lugar del otro
-le daréis.</p>
-
-<p>Y dejándola, se fué a su cámara, e acostóse en un lecho.</p>
-
-<p>El Rey despertó y demandó a su hija que le diese el anillo, y ella
-le dió aquel que tenía; él lo metió en su dedo, creyendo que el suyo
-fuese; mas vió yacer a un cabo de la cámara el otro que su hija perdió,
-e<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> tomándolo, juntólo
-con el otro, e vió que era el que él a la Reina había dado, y dijo a la
-niña:</p>
-
-<p>—¿Cómo fué esto de este anillo?</p>
-
-<p>Ella, que mucho le temía, dijo:</p>
-
-<p>—Por Dios, señor, el vuestro perdí yo, e pasó por aquí el Doncel del
-Mar, e como vió que yo lloraba, dióme ese que él traía, e yo pensé que
-el vuestro era.</p>
-
-<p>El Rey entró en la cámara de la Reina, y cerrada la puerta, dijo:</p>
-
-<p>—Dueña, vos me negastes siempre el anillo que yo os diera, y el
-Doncel del Mar halo dado agora a Melicia; ¿cómo pudo ser esto? Que
-veisle aquí. Decidme de qué parte le hobo, e si me mentís, vuestra
-cabeza lo pagará.</p>
-
-<p>La Reina díjole:</p>
-
-<p>—¡Ay, señor, agora vos diré la mi cuita, que hasta aquí os hobe
-negado!</p>
-
-<p>Entonces comenzó de llorar muy recio, firiendo con sus manos en el
-rostro, e dijo cómo echara a su hijo en el río, que llevara consigo el
-espada e aquel anillo.</p>
-
-<p>—Por cierto —dijo el Rey— yo creo que este es nuestro hijo.</p>
-
-<p>La Reina tendió las manos, diciendo:</p>
-
-<p>—Así pluguiese al Señor del mundo.</p>
-
-<p>—Agora vamos allá vos e yo —dijo el Rey— e preguntémosle de su
-hacienda.</p>
-
-<p>Luego fueron entrambos solos a la cámara donde<span class="pagenum"
-id="Page_42">p. 42</span> él estaba, e falláronlo durmiendo muy
-asosegadamente. Mas el Rey tomó en su mano la espada, que a la cabecera
-de la cama era puesta, e catándola, la conoció luego, como aquel que
-con ella diera muchos golpes e buenos, e dijo contra la Reina:</p>
-
-<p>—Por Dios, esta espada conozco yo bien, e agora creo más lo que me
-dejistes.</p>
-
-<p>—Ay, señor —dijo la Reina—, no le dejemos más dormir, que mi corazón
-se aqueja mucho.</p>
-
-<p>E fué para él, e tomándole por la mano, tiróle un poco contra sí,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Amigo señor, acorredme en esta priesa e congoja en que estoy.</p>
-
-<p>Él despertó e vióla muy reciamente llorar, e dijo:</p>
-
-<p>—Señora, ¿qué es eso que habéis? Si mi servicio puede algo remediar,
-mandádmelo; que fasta la muerte se cumplirá.</p>
-
-<p>—Ay, amigo —dijo la Reina—; pues agora nos acorred con vuestra
-palabra en decir cúyo hijo sois.</p>
-
-<p>—Así Dios me ayude —dijo él—, no lo sé; que yo fuí hallado en la mar
-por gran aventura.</p>
-
-<p>La Reina cayó a sus pies toda turbada, y él hincó los hinojos ante
-ella e dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, Dios! ¿Qué es esto?</p>
-
-<p>Ella dijo llorando:</p>
-
-<p>—Hijo, ves aquí tu padre e madre.</p>
-
-<p>Cuando él esto oyó, dijo:</p>
-
-<p>—¡Santa María! ¿Qué será esto que oyo?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>La Reina, teniéndolo
-entre sus brazos, tornó e dijo:</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_043.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">—Es, hijo, que quiso Dios, por su merced, que
-cobrásemos aquel yerro que por gran miedo yo hice; e, mi hijo, yo, como
-mala madre, os eché en la mar, e veis aquí el Rey, que os engendró.</p>
-
-<p>Entonces hincó los hinojos y les besó las manos con muchas lágrimas
-de placer, dando gracias a Dios porque así le había sacado de tantos
-peligros para en la fin le dar tanta honra e buena ventura con tal
-padre e madre.</p>
-
-<p>La Reina le dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>—Hijo, ¿sabéis vos si
-habéis otro nombre sino éste?</p>
-
-<p>—Señora, sí sé —dijo él— que al partir de la batalla me dió aquella
-doncella una carta que llevé envuelta en cera cuando en la mar fuí
-echado; en que dice llamarme Amadís.</p>
-
-<p>Entonces sacándola de su seno, gela dió, e vieron cómo era la mesma
-que Darioleta por su mano escribiera, e dijo:</p>
-
-<p>—Mi amado hijo, cuando esta carta se escribió era yo en toda cuita e
-dolor, e agora soy en toda holganza e alegría, ¡bendito sea Dios!, e de
-aquí adelante por este nombre os llamad.</p>
-
-<p>—Así lo haré —dijo él; e fué llamado Amadís, y en otras muchas
-partes Amadís de Gaula.</p>
-
-<p>El rey Perión mandó llegar cortes, porque todos viesen a su hijo
-Amadís; donde se hicieron muchas alegrías e juegos en honor y servicio
-de aquel señor que Dios les diera, con el cual e con su padre esperaban
-vivir en mucha honra y descanso; en fin de las cuales Amadís habló con
-su padre, diciendo que él se quería ir a la Gran Bretaña, y que le
-diese licencia. Mucho trabajó el Rey e la Reina por lo detener; mas por
-ninguna vía pudieron; que la gran cuita que por su señora pasaba no le
-dejaba ni daba lugar a que otra obediencia tuviese sino aquella que su
-corazón sojuzgaba, e tomando consigo solamente a Gandalín e otras tales
-armas como las que el rey Abies le despedazara en la batalla, así se
-partió, e<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> anduvo tanto
-fasta que llegó a la mar; y entrando en una fusta, pasó en la Gran
-Bretaña.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_6">
- <h3 title="Lib. I, Cap. VI: Don Galaor">CAPÍTULO SEXTO</h3>
- <p class="subh3c">DON GALAOR</p>
-</div>
-
-<p><i>Después de correr diversas aventuras por aquel reino y haber
-armado caballero a su hermano don Galaor, sin sospechar quien era,
-llegó Amadís cerca de Vindilisora, donde estaba la corte del rey
-Lisuarte, y Oriana en ella. Subió a un otero, desde donde le pareció
-que la villa mejor se podría ver</i>; se asentó al pie de un árbol, e
-comenzó a mirar la villa, e vió las torres e los muros asaz altos, e
-dijo en su corazón:</p>
-
-<p>—¡Ay, Dios! ¡Dónde está allí la flor del mundo! ¡Ay, villa! ¡cómo
-eres agora en gran alteza, por ser en ti aquella señora que entre
-todas las del mundo no ha par en bondad ni fermosura! E aun digo que
-es más amada que todas las que amadas son, y esto probaré yo al mejor
-caballero del mundo, si me della fuese otorgado.</p>
-
-<p>Después que a su señora hobo loado, un tan gran cuidado le vino, que
-las lágrimas fueron a sus ojos venidas, e falleciéndole el corazón,
-cayó en un tan gran pensamiento, que todo estaba estordecido, de guisa
-que de sí ni de otro sabía parte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span><i>Por mandato de
-su señora, después de haber vencido y muerto en desafío, en defensa
-de una dueña desamparada, a Dardán el Soberbio, uno de los caballeros
-más fuertes de aquel reino, presentóse Amadís en la Corte del rey
-Lisuarte.</i> Mucho se maravillaban todos de la gran fermosura de
-Amadís, e cómo siendo tan mozo pudo vencer a Dardán, que tan esforzado
-era, que en toda la Gran Bretaña le temían.</p>
-
-<p><i>El Rey quería que tan buen caballero no saliera de su Corte; pero
-Amadís, aunque otra cosa no deseara, no lo otorgó hasta que se lo pidió
-también la Reina, y Oriana le hizo señas de que accediera a su deseo.
-Dijo Amadís a la Reina y su hija:</i></p>
-
-<p>—No seré de otro sino vuestro, e si al Rey en algo sirviere, será
-como vuestro e no como suyo.</p>
-
-<p>—Así vos recebimos yo e todas las otras —dijo la Reina.</p>
-
-<p>Luego lo envió decir al Rey, el cual fué muy alegre, y envió <i>un
-caballero</i> que gelo trajese e así lo fizo; e venido ante él,
-abrazándolo con gran amor, le dijo:</p>
-
-<p>—Amigo, agora soy muy alegre en haber acabado esto que tanto
-deseaba, e cierto yo tengo gana que de mí recibáis mercedes.</p>
-
-<p>Amadís gelo tuvo en merced señalada. Desta manera que oís quedó
-Amadís en la casa del rey Lisuarte por mandado de su señora.</p>
-
-<p><i>De allí a poco comenzaron a saberse las maravillosas hazañas que
-venía realizando don Galaor por<span class="pagenum" id="Page_47">p.
-47</span> todas aquellas tierras, pobladas de castillos y florestas.
-Amadís deseaba ardientemente conocer a su hermano y, con licencia de
-Oriana, seguido de su fiel escudero Gandalín, fué a recorrer el reino
-por ver si lograba dar con él y traerlo consigo a la Corte del rey
-Lisuarte.</i></p>
-
-<p><i>No podemos detallar aquí, como lo hacen los antiguos autores de
-esta historia, las continuas aventuras que corrió Amadís en aquellas
-andanzas, en todas las cuales desplegó la más asombrosa bravura y el
-más completo dominio de las armas; sólo sí diremos que en una de las en
-que mayor riesgo corrió, ganó para su servicio un enano que nunca más
-dejó de acompañarle en sus viajes y al que cobró grande afecto.</i></p>
-
-<p><i>Don Galaor, por su parte, seguía recorriendo también aquella
-comarca sin querer presentarse ante su heroico hermano hasta que el
-número y fama de sus hazañas lo hubieran hecho digno de ello.</i></p>
-
-<p><i>Cierto día, un caballero le robó su caballo, mediante vil
-engaño, y cuando don Galaor iba en su seguimiento, ardiendo en deseos
-de venganza, topó con una doncella que le prometió llevarle ante
-su burlador si le ofrecía cumplirle un don que había de demandarle
-más tarde, sin que por el momento le explicara en lo que había de
-consistir. Mas esta doncella era amiga del caballero, y quería llevar
-a don Galaor a su poder para que, tomándolo de improviso, además
-del caballo le quitara las armas, dejándolo<span class="pagenum"
-id="Page_48">p. 48</span> así totalmente burlado. Sin embargo, no
-fueron las cosas tal como ella pensaba: don Galaor dió muerte al falso
-caballero, y la doncella, en su desesperación, juró no apartarse del
-matador hasta encontrar tal ocasión para pedirle el don que le tenía
-prometido, que no pudiera menos de perder la vida en la demanda o
-quedar por falso y traidor.</i></p>
-
-<p><i>Cierta vez, atravesaba un bosque Amadís</i> y el Enano iba
-delante, e por el camino que ellos iban venía un caballero e una
-doncella; e siendo cerca del caballero, puso mano a su espada, e dejóse
-correr al Enano por le tajar la cabeza.</p>
-
-<p>El Enano, con miedo, dejóse caer del rocín, diciendo:</p>
-
-<p>—Acorredme, señor, que me matan.</p>
-
-<p>Amadís, que lo vió, corrió muy ahína e dijo:</p>
-
-<p>—¿Qué es eso, señor caballero? ¿Por qué me queréis matar mi enano?
-No pongáis mano en él, que amparar os lo he yo.</p>
-
-<p>—De vos lo amparar —dijo el caballero— me pesa; mas todavía conviene
-que la cabeza le taje.</p>
-
-<p>—Antes habréis la batalla —dijo Amadís; e tomando sus armas,
-cubiertos de sus escudos, movieron contra sí al más correr de sus
-caballos, y encontráronse en los escudos tan fuertemente, que los
-falsaron, e las lorigas también, e juntáronse los caballos y ellos de
-los cuerpos e de los yelmos, de tal guisa, que cayeron a sendas partes
-grandes caídas; pero luego fueron en pie, e comenzaron la batalla<span
-class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> de las espadas tan cruel
-e tan fuerte, que no había persona que la viese que dello no fuese
-espantado, e así lo era el uno del otro, que nunca fasta allí hallaron
-quien en tan gran estrecho sus vidas pusiese.</p>
-
-<p>Así anduvieron, hiriéndose de muy grandes y esquivos golpes una gran
-pieza del día; tanto que sus escudos eran rajados e cortados por muchas
-partes; e asimismo lo eran los arneses, en que ya muy poca defensa en
-ellos había, e las espadas tenían mucho lugar de llegar a menudo e
-con daño de sus carnes, pues los yelmos no quedaban sin ser cortados
-e abollados a todas partes. Pues estando en esta gran priesa que oís,
-llegó acaso un caballero todo armado donde la doncella estaba, e como
-la batalla vió, comenzóse a santiguar, diciendo que desque nasciera
-nunca había visto tan fuerte lid de dos caballeros; e preguntó a la
-doncella si sabía quién fuesen aquellos caballeros.</p>
-
-<p>—Sé —dijo ella—; que yo los fize juntar, e no me puedo ende partir
-sino alegre; que mucho me placería de cualquiera dellos que muera, e
-mucho más de entrambos.</p>
-
-<p>—Cierto, doncella —dijo el caballero—, no es ese buen deseo ni
-placer; antes es de rogar a Dios por tan buenos dos hombres; mas
-decidme por qué los desamáis tanto.</p>
-
-<p>—Eso vos diré —dijo la doncella—; aquel que tiene el escudo más sano
-es el hombre del mundo que más desama Arcalaus, mi tío, e de quien
-más<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> desea la muerte, e
-ha nombre Amadís; y este otro con quien se combate se llama Galaor, e
-matóme el hombre del mundo que yo más amaba; e teníame otorgado un don,
-e yo andaba por gelo pedir donde la muerte le viniese; e como conocí al
-otro caballero, que es el mejor del mundo, demandéle la cabeza de aquel
-enano. Así que, este Galaor que muy fuerte caballero es, por me la dar,
-y el otro por la defender, son llegados a la muerte, de que yo gran
-gloria e placer recibo.</p>
-
-<p>El caballero, que esto oyó, dijo:</p>
-
-<p>—Mal haya mujer que tan gran traición pensó para facer morir los
-mejores dos caballeros del mundo.</p>
-
-<p>E sacando su espada de la vaina, <i>la mató e</i> fué cuanto el
-caballo llevarle pudo, dando voces, diciendo:</p>
-
-<p>—Estad, señor Amadís; que ese es vuestro hermano don Galaor, el que
-vos buscáis.</p>
-
-<p>Cuando Amadís lo oyó, dejó caer la espada y el escudo en el campo, e
-fué contra él, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Ay, hermano! Buena ventura haya quien nos fizo conocer.</p>
-
-<p>Galaor dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, cativo malaventurado! ¿Qué he fecho contra mi hermano e mi
-señor?</p>
-
-<p>E hincándosele de hinojos delante, le demandó llorando perdón.
-Amadís lo alzó e abrazólo, e dijo:</p>
-
-<p>—Mi hermano, por bien empleado tengo el peligro<span
-class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> que con vos pasé, pues que
-fué testimonio que yo probase vuestra tan alta proeza e bondad.</p>
-
-<p>Entonces se desenlazaron los yelmos por folgar, que muy necesario
-les era, y el caballero les dijo:</p>
-
-<p>—Señores, mal llagados sois; ruégoos que cabalguéis, e nos vamos
-a un mi castillo, que es aquí cerca, e guareceréis de vuestras
-feridas.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_7">
- <h3 title="Lib. I, Cap. VII: El manto y la corona">CAPÍTULO SÉPTIMO</h3>
- <p class="subh3c">EL MANTO Y LA CORONA</p>
-</div>
-
-<p><i>El enano, mandado por Amadís, llevó noticia a la Corte de cómo
-había sido encontrado don Galaor y de que era conforme en ser de los
-caballeros que servían a Lisuarte.</i> El Rey fué muy alegre, teniendo
-en voluntad de fazer cortes las más honradas e de más caballeros que
-nunca en la Gran Bretaña se hicieran, y mandó apercebir a todos sus
-altos hombres que fuesen con él el día de Santa María de septiembre a
-las cortes, e la Reina asimismo a todas las dueñas e doncellas de gran
-guisa.</p>
-
-<p><i>Mas es de saber que había en la Gran Bretaña un temible mago
-llamado Arcalaus el Encantador, cuyo nombre hemos oído en el capítulo
-precedente, el cual, consagrado siempre a malas obras, habíase
-propuesto desposeer del reino a Lisuarte, para lo cual, la de aquellas
-Cortes parecióle ocasión excelente y comenzó<span class="pagenum"
-id="Page_52">p. 52</span> a tender las redes en que debían quedar
-presos el Rey y sus bravos caballeros.</i></p>
-
-<p>Pues siendo todos en el palacio, con gran alegría hablando en las
-cosas que en las Cortes se habían de ordenar, acaeció de entrar en el
-palacio una doncella extraña asaz bien guarnida, e un gentil doncel que
-la acompañaba; e decendiendo de un palafrén, preguntó cuál era el Rey;
-él dijo:</p>
-
-<p>—Doncella, yo soy.</p>
-
-<p>—Señor —dijo ella—, bien semejáis rey en el cuerpo, mas no sé si lo
-seréis en el corazón.</p>
-
-<p>—Doncella —dijo él—, esto vedes vos agora, e cuando en lo otro me
-probardes saberlo heis.</p>
-
-<p>—Señor —dijo la doncella—, a mi voluntad respondéis, e miémbreseos
-esta palabra que me dais ante tantos hombres buenos, porque yo quiero
-probar el esfuerzo de vuestro corazón cuando me fuere menester, e a
-Dios seáis encomendado.</p>
-
-<p>—A Dios vayáis, doncella —dijo el Rey.</p>
-
-<p>La doncella se fué su vía, e el Rey quedó fablando con sus
-caballeros. Pues habiendo en muchas cosas hablado, queriéndose la
-Reina acoger a su palacio, entraron por la puerta tres caballeros,
-los dos armados de todas armas, y el uno desarmado, y era grande e
-bien fecho, e la cabeza casi toda cana; pero fresco e fermoso, según
-su edad. Este traía ante sí una arqueta pequeña, e preguntó por el
-Rey, e mostrárongelo; e decendió de su palafrén, e fincando<span
-class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span> los hinojos ante él, con el
-arqueta en sus manos, díjole:</p>
-
-<p>—Dios os salve, Señor, así como al príncipe del mundo que mejor
-promesa ha fecho, si la tenedes.</p>
-
-<p>El Rey dijo:</p>
-
-<p>—Y ¿qué promesa es esta, o por qué me lo decís?</p>
-
-<p>—A mí dijeron —dijo el caballero— que queríades mantener caballería
-en la mayor alteza e honra que ser pudiese. E porque oí decir que
-queríades tener cortes en Londres de muchos hombres buenos, tráigovos
-aquí lo que para tal hombre como vos a tal fiesta conviene.</p>
-
-<p>Entonces, abriendo el arqueta, sacó de ella una corona de oro tan
-bien obrada e con tantas piedras e aljófar, que fueron muy maravillados
-todos en la ver. El Rey la cataba mucho, con sabor de la haber para sí,
-y el caballero le dijo:</p>
-
-<p>—Creed, señor, que esta obra es tal, que ninguno de cuantos hoy
-saben labrar de oro e poner piedras no la sabrían mirar.</p>
-
-<p>—Si me Dios ayude —dijo el Rey—, yo lo tengo así.</p>
-
-<p>—Pues comoquiera —dijo el caballero— que su obra e hermosura sea
-tan extraña, otra cosa en sí tiene que mucho más es de preciar; y esto
-es que siempre el Rey que en su cabeza la pusiere será mantenido e
-acrecentado en su honra, e si vos, señor, la quisierdes haber, dárvosla
-he por cosa que será<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span>
-reparo de mi cabeza, que la tengo en aventura de perder.</p>
-
-<p>La Reina, que delante estaba, dijo:</p>
-
-<p>—Cierto, señor, mucho vos conviene tal joya como esa, e dad por ella
-todo lo que el caballero pidiere.</p>
-
-<p>—E vos, señora —dijo—, comprarme hedes un muy hermoso manto que aquí
-traigo.</p>
-
-<p>—Sí —dijo ella—, muy de grado.</p>
-
-<p>Luego sacó de la arqueta un manto el más rico e mejor obrado que se
-nunca vió, que demás de las piedras e aljófar de gran valor que en él
-había, eran en él figuradas todas las aves e animalias del mundo, tan
-sotilmente, que por maravilla lo miraban.</p>
-
-<p>La Reina dijo:</p>
-
-<p>—Si Dios me vala, amigo, parece que este paño no fué por otra mano
-fecho sino por la de aquel Señor que todo lo puede.</p>
-
-<p>—Cierto, señora —dijo el caballero—; bien podéis creer sin falla que
-por mano e consejo del hombre fué este paño hecho; e aun más vos digo,
-que conviene este manto más a mujer casada que a soltera; que tiene
-tal virtud, que el día que lo cobijare no puede haber entre ella e su
-marido ninguna congoja.</p>
-
-<p>—Cierto —dijo la Reina—, si ello es verdad, no puede ser comprado
-por precio ninguno.</p>
-
-<p>—Desto no podéis ver la verdad si el manto no hobierdes —dijo el
-caballero.</p>
-
-<p>E la Reina, que mucho al Rey amaba, hobo sabor de haber el manto, e
-dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>—Caballero, daros he
-yo por ese manto lo que quisierdes.</p>
-
-<p>Y el Rey dijo:</p>
-
-<p>—Demandad por el manto e por la corona lo que vos pluguiere.</p>
-
-<p>—Señor —dijo el caballero—, yo vo a gran cuita emplazado de aquel
-cuyo preso soy, e no tengo espacio para me detener ni para saber cuánto
-estas donas valen; mas yo seré con vos en las cortes de Londres, y
-entre tanto quede a vos la corona e a la Reina el manto, por tal
-pleito, que por ello me deis lo que vos yo demandare, o me lo tornéis,
-e habréislo ya ensayado e probado.</p>
-
-<p>El Rey dijo:</p>
-
-<p>—Caballero, agora creed que vos habréis lo que demandardes, o el
-manto e la corona.</p>
-
-<p>El caballero dijo:</p>
-
-<p>—Señores caballeros e dueñas, ¿oís vos bien esto que el Rey e la
-Reina me prometen, que me darán mi corona e mi manto, o aquello que les
-yo pidiere?</p>
-
-<p>—Todos lo oímos —dijeron ellos.</p>
-
-<p>Entonces se despidió el caballero e dijo:</p>
-
-<p>—Adiós quedéis, que yo voy a la más esquiva prisión que nunca hombre
-tuvo.</p>
-
-<p>Así se fueron todos tres, quedando en poder del Rey el manto e la
-corona.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span></p>
- <h3 title="Lib. I, Cap. VIII: Las Cortes de Londres">CAPÍTULO OCTAVO</h3>
- <p class="subh3c">LAS CORTES DE LONDRES</p>
-</div>
-
-<p>Con acuerdo de Amadís e Galaor, <i>que ya eran llegados, de</i>
-Agrajes, e de otros preciados caballeros de su corte, ordenó <i>el
-Rey</i> que dentro de cinco días todos los grandes de sus reinos
-en Londres, que a la sazón como un águila encima de lo más de la
-Cristiandad estaba, a cortes viniesen, como de antes lo había pensado e
-dicho, para dar orden en las cosas de la caballería.</p>
-
-<p>Partió el rey Lisuarte de Vindilisora con toda la caballería, e la
-Reina con sus dueñas e doncellas, a las cortes; la gente pareció en
-tanto número, que por maravilla se debría contar. Había entre ellos
-muchos caballeros mancebos ricamente armados e ataviados, e muchas
-infinitas hijas de reyes, e otras doncellas de gran guisa, que dellos
-muy amadas eran, por las cuales grandes justas e fiestas por el camino
-hicieron. El Rey había mandado que le llevasen tiendas e aparejos,
-porque no entrasen en poblado, e se aposentasen en las vegas cerca
-de las riberas e fuentes, de que aquella tierra muy bastada era. Así
-por todas las vías se les aparejaba la más alegre e más graciosa vida
-que nunca fasta allí tuvieran; y llegaron a aquella gran ciudad de
-Londres,<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> donde tanta
-gente hallaron, que no parecía sino que todo el mundo allí asonado
-era. El Rey e la Reina con toda su compaña fueron a descabalgar en sus
-palacios, e allí en una parte dellos mandó posar a Amadís e a Galaor e
-Agrajes e otros algunos de los más preciados caballeros, e las otras
-gentes en muy buenas posadas, que los aposentadores del Rey de antes
-les habían señalado. Así holgaron aquella noche e otros dos días con
-muchas danzas e juegos, que en el palacio e fuera en la ciudad se
-ficieron; en los cuales Amadís e Galaor eran de todos tan mirados, e
-tanta era la gente que por los ver acudían donde ellos andaban, que
-todas las calles eran ocupadas.</p>
-
-<p>A estas cortes que oís vino un gran señor, más en estado e señorío
-que en dignidad de virtudes, llamado Barsinan, señor de Sansueña, no
-porque vasallo del rey Lisuarte fuese, ni mucho su amigo ni conocido,
-mas por lo que agora oiréis. Sabed que estando este Barsinan en su
-tierra, llegó ahí Arcalaus el Encantador, e díjole:</p>
-
-<p>—Barsinan, señor, si tú quisieses, yo daría orden como fueses rey
-sin que gran afán ni trabajo en ello hobiese.</p>
-
-<p>—Cierto —dijo Barsinan— de grado tomaría yo cualquier trabajo que
-ende venir me pudiese, con tal que rey pudiese ser.</p>
-
-<p>—Tú respondes como sesudo —dijo Arcalaus— e yo haré que lo seas, si
-creerme quisieres y me ficieres<span class="pagenum" id="Page_58">p.
-58</span> pleito que me farás tu mayordomo mayor, e no me lo quitarás
-todo el tiempo de mi vida.</p>
-
-<p>—Eso faré yo muy de grado —dijo Barsinan—; e decidme por cuál guisa
-se puede hacer lo que me decís.</p>
-
-<p>—Yo os lo diré —dijo Arcalaus—. Id vos a la primera corte que el rey
-Lisuarte ficiere, e llevad gran compaña de caballeros; que yo prenderé
-al rey en tal forma que de ninguno de los suyos pueda ser socorrido;
-e aquel día habré a su fija Oriana, que vos daré por mujer; y en cabo
-de cinco días enviaré a la corte del rey su cabeza. Entonces punad vos
-por tomar la corona del rey, que siendo él muerto, e su hija en vuestro
-poder, que es la derecha heredera, no habrá persona que vos contrariar
-pueda.</p>
-
-<p>—Cierto —dijo Barsinan—; si vos eso hacéis, yo vos haré el más rico
-e poderoso hombre de cuantos comigo fueren.</p>
-
-<p>—Pues yo haré lo que digo —dijo Arcalaus.</p>
-
-<p>Por esta causa que oís vino a la corte este gran señor de Sansueña,
-Barsinan, al cual el rey salió con mucha compaña a lo recebir, creyendo
-que con sana e buena voluntad era su venida; e mandóle aposentar, e a
-toda su compaña, e darle las cosas todas que menester hobiesen; mas
-dígovos que viendo él tan gran caballería, e sabido el leal amor que al
-rey Lisuarte habían, mucho fué arrepentido de tomar aquella empresa,
-creyendo que a tal hombre<span class="pagenum" id="Page_59">p.
-59</span> ninguna adversidad le podía empecer. E hablando con el Rey,
-le dijo:</p>
-
-<p>—Rey, yo oí decir que hacíades estas grandes cortes, e vengo ahí por
-vos hacer honra; que yo no tengo tierra de vos, sino de Dios, que a mis
-antecesores e a mí libremente dió.</p>
-
-<p>—Amigo —dijo el Rey—, yo os lo agradezco mucho.</p>
-
-<p>Otro día de mañana vistió el Rey sus paños reales, cuales para tal
-día le convenían, e mandó que le trajesen la corona que el caballero
-le dejara, y que dijesen a la Reina que se vistiese el manto. La Reina
-abrió el arqueta, en que todo estaba, con la llave que ella siempre en
-su poder tovo, e no halló ninguna cosa dello, de que muy maravillada
-fué, e comenzóse de santiguar y enviólo decir al Rey; e cuando lo supo,
-mucho le pesó, pero no lo mostró así ni lo dió a entender; e fuese para
-la Reina, e sacándola aparte, díjole:</p>
-
-<p>—Dueña, ¿cómo guardastes tan mal cosa que tanto a tal tiempo nos
-convenía?</p>
-
-<p>—Señor —dijo ella— no sé qué diga en ello, sino que el arqueta
-hallé cerrada; e yo he tenido la llave, sin que de persona la haya
-fiado; pero dígovos tanto, que esta noche me pareció que vino a mí
-una doncella, e díjome que le mostrase el arqueta, e yo en sueños
-gela mostraba, y demandábame la llave, e dábagela, y ella abría el
-arqueta e sacaba della el manto e la corona, e tomando a cerrar,<span
-class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> ponía la llave en el lugar
-que ante estaba, e cobríase el manto e ponía la corona en la cabeza,
-pareciéndole tan bien, que muy gran sabor sentía yo en la mirar; e
-decíame: “Aquel y aquella cuyo será, reinará ante de cinco días en
-la tierra del poderoso que se agora trabaja de la defender e de ir
-conquistar las ajenas tierras.” Y desapareció ante mí, llevando la
-corona y el manto; pero dígovos que no puedo entender si esto me avino
-en sueños o en verdad.</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_060.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">El Rey lo tovo por gran maravilla e dijo:</p>
-
-<p>—Agora vos dejad ende y no lo habléis con otro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>Y saliendo ambos
-de la tienda, se fueron a la otra, acompañados de tantos caballeros
-y dueñas e doncellas, que por maravilla lo toviera cualquiera que lo
-viese, y sentóse el Rey en una muy rica silla, e la Reina en otra algo
-más baja, que en un estrado de paños de oro estaban puestas; e a la
-parte del Rey se pusieron los caballeros, y de la Reina sus dueñas e
-doncellas, e los que más cerca del Rey estaban eran cuatro caballeros
-que él más preciaba; el uno Amadís y el otro Galaor, e Agrajes e
-Galvanes Sintierra.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_9">
- <h3 title="Lib. I, Cap. IX: Los ardides de Arcalaus">CAPÍTULO NOVENO</h3>
- <p class="subh3c">LOS ARDIDES DE ARCALAUS</p>
-</div>
-
-<p>Con tal compaña estando el rey Lisuarte, en tanto placer como oídes,
-queriendo ya la fortuna comenzar su obra con que aquella gran fiesta en
-turbación puesta fuese, entró por la puerta del palacio una doncella
-asaz hermosa, cubierta de luto, e fincando los hinojos ante el Rey, le
-dijo:</p>
-
-<p>—Señor, todos han placer, sino yo sola, que he cuita e tristeza, e
-la no puedo perder sino por vos.</p>
-
-<p>—Amiga —dijo el Rey—, ¿qué cuita es esa que habéis?</p>
-
-<p><i>Entonces la doncella refirió, llorando, que su padre sufría
-injusta prisión de que sólo podían hacerle<span class="pagenum"
-id="Page_62">p. 62</span> libre los dos mejores caballeros del mundo.
-Tanto impresionaron sus palabras y lágrimas a la Reina y al Rey,
-que le dieron a don Galaor y a Amadís para que fueran a libertar al
-prisionero, ya que otros mejores caballeros en parte alguna se podrían
-hallar.</i></p>
-
-<p><i>Armados éstos</i> e despedidos del Rey e de sus amigos, entraron
-en el camino con la doncella. Así andovieron por donde la doncella los
-guiaba fasta ser medio día pasado, que entraron en la floresta que
-Malaventurada se llamaba, porque nunca entró en ella caballero andante
-que buena dicha ni ventura hobiese; e tanto que alguna cosa comieron
-de lo que sus escuderos levaban, tornaron a su camino fasta la noche,
-que facía luna clara. La doncella se aquejaba mucho, e no facía sino
-andar.</p>
-
-<p>Amadís le dijo:</p>
-
-<p>—Doncella, ¿no queréis que folguemos alguna pieza?</p>
-
-<p>—Quiero —dijo ella—; mas será adelante, donde hallaremos unas
-tiendas con tal gente, que mucho placer vuestra vista les dará.</p>
-
-<p><i>Siguieron caminando y llegaron, en efecto, a unas tiendas donde,
-a pretexto de que descansaran, desarmaron a los caballeros, y ya sin
-armas, estando separados Amadís y don Galaor, cada cual en tienda
-diferente, cayó sobre ellos una gran partida de gentes de guerra, que
-al cabo de descomunal combate lograron dominarlos y prenderlos. Los
-llevaron<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> amarrados,
-los días siguientes, hacia el lugar donde pensaban darles muerte;
-pero Galaor, a fuerza de astucia y malicia, consiguió librarse de sus
-cadenas y libertar a su hermano, tras lo cual y a más andar, retornaron
-los dos por el camino de Londres.</i></p>
-
-<p>Estando el rey Lisuarte e la reina Brisena, su mujer, en sus tiendas
-con muchos caballeros e dueñas e doncellas, al cuarto día que de
-allí partieran Amadís e don Galaor, su hermano, entró por la puerta
-el caballero que el manto e la corona le dejara, como ya oístes; e
-fincando los hinojos ante el Rey, le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, ¿cómo no tenéis la fermosa corona que yo vos dejé, e vos,
-señora, el rico manto?</p>
-
-<p>El Rey se calló, que ninguna respuesta le quiso dar, y el caballero
-dijo:</p>
-
-<p>—Mucho me place que os no pagastes della, pues que me quitarán de
-perder la cabeza o el don que por ello me habíades a dar; e pues así
-es, mandádmelo dar, que no me puedo detener en ninguna guisa.</p>
-
-<p>Cuando esto oyó <i>el rey</i>, pesóle fuertemente e dijo:</p>
-
-<p>—Caballero, el manto ni la corona no os lo puedo dar, que lo he todo
-perdido; mas me pesa por vos, que tanto os hacía menester, que por mí,
-aunque mucho valía.</p>
-
-<p>—¡Ay, cativo! Muerto so —dijo el caballero.</p>
-
-<p>E comenzó a hacer un duelo tan grande, que maravilla era,
-diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span>—¡Cativo de mí sin
-ventura! Muerto soy de la peor muerte; que nunca murió caballero que la
-tan poco mereciese.</p>
-
-<p>E caíanle las lágrimas por las barbas, que eran blancas como la lana
-blanca. El Rey hobo dél gran piedad e díjole:</p>
-
-<p>—Caballero, no temáis de vuestra cabeza; que toda cosa que yo haya
-vos la habréis para la guarecer; que así os lo he prometido e así lo
-terné.</p>
-
-<p>El caballero se le dejó caer a sus pies para gelos besar, mas el Rey
-lo alzó por la mano e dijo:</p>
-
-<p>—Ahora pedid lo que os placerá.</p>
-
-<p>—Señor —dijo él—, verdad es que me hobistes a dar mi manto e mi
-corona, o lo que por ello vos pidiese; e Dios sabe, señor, que mi
-pensamiento no era demandar lo que agora pediré; e si otra cosa para mi
-remedio en el mundo hobiese, no os enojaría en ello; mas no puedo hi al
-hacer. A vos pesará de me lo dar, e a mí de lo recebir.</p>
-
-<p>—Agora demandad —dijo el Rey—; que tan cara cosa no será que yo haya
-que la vos no hayades.</p>
-
-<p>Entonces el caballero dijo:</p>
-
-<p>—Señor, yo no podría ser quito de muerte sino por mi corona e
-mi manto, o por vuestra fija Oriana; e agora me dad dello lo que
-quisierdes; que yo más querría lo que os di.</p>
-
-<p>—¡Ay, caballero! —dijo el Rey—, mucho me habéis pedido.</p>
-
-<p>E todos hobieron muy gran pesar, que más ser<span class="pagenum"
-id="Page_65">p. 65</span> no podía; pero el Rey, que era el más leal
-del mundo, dijo:</p>
-
-<p>—No vos pese; que más conviene la pérdida de mi hija que falta de mi
-palabra, porque lo uno daña a pocos e lo otro al general.</p>
-
-<p>E mandó que luego le trajesen allí su fija.</p>
-
-<p>Cuando la Reina e las dueñas e doncellas esto oyeron comenzaron
-a fazer el mayor duelo del mundo; mas el Rey las mandó acoger a sus
-cámaras, e mandó a todos los suyos que no llorasen, so pena de perder
-su amor. En esto llegó la muy fermosa Oriana ante el Rey como atónita,
-y cayéndole a los pies, le dijo:</p>
-
-<p>—Padre, señor, ¿qué es esto que queréis facer?</p>
-
-<p>—Fágolo —dijo el Rey— por no quebrar mi palabra.</p>
-
-<p>E dijo contra el caballero:</p>
-
-<p>—Veis aquí el don que pedistes; ¿queréis que vaya con ella otra
-compaña?</p>
-
-<p>—Señor —dijo el caballero—, no traigo comigo sino dos caballeros
-e dos escuderos, aquellos con que vine a vos a Vindilisora, e otra
-compaña no puedo llevar; mas yo vos digo que no ha de qué temer fasta
-que la yo ponga en la mano de aquel a quien la he de dar.</p>
-
-<p>—Vaya con ella una doncella —dijo el Rey— si quisierdes, porque más
-honra e honestidad sea, e no vaya entre vos sola.</p>
-
-<p>El caballero lo otorgó.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span>Cuando Oriana esto
-oyó cayó amortecida; mas esto no hobo menester, que el caballero la
-tomó entre sus brazos, e llorando, que parecía hacerlo contra su
-voluntad, e dióla a un escudero que estaba en un rocín muy grande e
-mucho andador; e poniéndola en la silla, se puso él en las ancas, e
-dijo el caballero:</p>
-
-<p>—Tenedla, no caya, que va tollida; e Dios sabe que en toda esta
-corte no ha caballero que más pese que a mí deste hecho.</p>
-
-<p>Y el Rey fizo venir la doncella de Denamarca e mandóla poner en un
-palafrén, e dijo:</p>
-
-<p>—Id con vuestra gran señora, e no la dejéis por mal ni por bien que
-vos avenga en cuanto con ella os dejaren.</p>
-
-<p>—¡Ay, cativa! —dijo ella—, nunca cuidé hacer tal ida.</p>
-
-<p>E luego movieron ante el Rey; y <i>uno de los</i> caballeros
-<i>que</i> muy membrudo <i>era</i>, tomó a Oriana por la rienda; e
-sabed que este era Arcalaus el Encantador; e al salir del corral
-sospiró Oriana muy fuertemente, como si el corazón se le partiese, e
-dijo así como tollida:</p>
-
-<p>—¡Ay, buen amigo!, por esto somos vos e yo muertos.</p>
-
-<p>Mabilia, que a unas finiestras estaba haciendo muy grande duelo, vió
-cerca del muro pasar a Ardian, el enano de Amadís, que iba en un gran
-rocín e ligero, e llamólo con gran cuita que tenía, e dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>—Ardian, amigo,
-si amas a tu señor, no huelgues día ni noche hasta que lo falles e
-le cuentes esta mala ventura que aquí es fecha; e si lo no faces,
-serle-ías traidor; que es cierto que él lo querría agora más saber que
-haber esta cibdad por suya.</p>
-
-<p>—¡Por santa María! —dijo el enano—, él lo sabrá lo más ahína que ser
-pudiere.</p>
-
-<p>E dando del azote al rocín, se fué por el camino que viera ir a su
-señor a más andar.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_10">
- <h3 title="Lib. I, Cap. X: La prisión del Rey">CAPÍTULO DÉCIMO</h3>
- <p class="subh3c">LA PRISIÓN DEL REY</p>
-</div>
-
-<p>Mas agora os contaremos lo que a esta sazón aconteció al Rey.
-<i>Lisuarte había salido a la entrada de la floresta por donde eran
-idos los caballeros que llevaban a Oriana, para impedir que ninguno de
-los suyos pudiera ir a arrebatársela, que así con aquéllos lo había
-concertado, cuando</i> vió venir la doncella a quien él había el don
-prometido; e venía en un palafrén que andaba ahína, e traía a su cuello
-una espada muy bien guarnida, e una lanza con un fierro muy hermoso, e
-la asta pintada; e llegando al Rey, le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, Dios vos salve e dé alegría e corazón que me atengáis lo que
-me prometistes en Vindilisora ante vuestros caballeros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span>—Doncella —dijo el
-Rey—, yo había más menester alegría de la que tengo; mas, como quier
-que esto sea, bien me miembra lo que os dije, e así lo compliré.</p>
-
-<p>—Señor —dijo ella—, con esa esperanza vengo yo a vos como al más
-leal rey del mundo, e agora me vengad de un caballero que va por esta
-floresta, que mató a mi padre al mayor aleve del mundo y encantóle de
-tal guisa, que no puede morir si el más honrado hombre del reino de
-Londres no le da un golpe con esta lanza e otro con esta espada. E yo
-sé que si por vuestra mano no, que el más honrado sois, por otro no
-puede ser muerto.</p>
-
-<p>—En el nombre de Dios —dijo el Rey— yo quiero ir con vos.</p>
-
-<p>E mandó traer sus armas e armóse ahína, e cabalgó en su caballo, que
-él mucho preciaba, e la doncella le dijo que ciñese la espada que ella
-traía; y él, dejando la suya, que era la mejor del mundo, tomó la otra
-y echó su escudo al cuello. E la doncella le llevó el yelmo e la lanza
-pintada, e fuése con ella, defendiendo a todos que ninguno fuese tan
-osado que tras él pensase de ir.</p>
-
-<p>E así andovieron un rato por la carrera; mas la doncella gela hizo
-dejar, e guió por otra parte, cerca de unos árboles e allí vió estar
-el Rey un caballero todo armado sobre un caballo negro, e al cuello un
-escudo verde, el yelmo otro tal. La doncella dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>—Señor, tomad vuestro
-yelmo; que vedes allí el caballero que vos dije.</p>
-
-<p>Él lo enlazó luego, e tomando la lanza, dijo:</p>
-
-<p>—Caballero soberbio e de mal talante, agora os guardad.</p>
-
-<p>E abajando la lanza, y el caballero la suya, se dejaron correr
-contra sí cuanto los caballos los podían llevar, e firiéronse de las
-lanzas en los escudos; así que luego fueron quebradas, e la del Rey
-quebró tan ligero, que sólo no la sintió en la mano, e cuidó que
-fallesciera de su golpe, e puso mano al espada, e el caballero a la
-suya, e firiéronse por cima de los yelmos, e la espada del caballero
-entró bien la media por el yelmo del Rey, mas la del Rey quebró luego
-por cabe la manzana, e cayó el fierro en el suelo. Entonces conoció que
-era traición, y el caballero le comenzó a dar golpes por todas partes a
-él e al caballo; e cuando el Rey vió que el caballo le mataba fuése a
-abrazar con él, y el otro asimismo con él, e tiraron por sí tan fuerte,
-que cayeron en tierra, y el caballero cayó debajo, y el Rey tomó la
-espada que el otro perdiera de la mano, e comenzóle a dar con ella los
-mayores golpes que podía. La doncella, que esto vió, dió grandes voces,
-diciendo:</p>
-
-<p>—¡Ay, Arcalaus!; acorre, que mucho tardas, e dejas morir tu
-cohermano.</p>
-
-<p>Cuando el Rey así estaba por matar el caballero, oyó un
-grande estruendo, e volvió la cabeza e vió<span class="pagenum"
-id="Page_70">p. 70</span> diez caballeros que contra él venían
-corriendo, e uno venía delante, diciendo a grandes voces:</p>
-
-<p>—Rey Lisuarte, muerto eres; que nunca un día reinarás ni tomarás
-corona en la cabeza.</p>
-
-<p>Cuando esto oyó el Rey fué muy espantado, e temióse de ser muerto, e
-dijo con gran esfuerzo, que siempre tuvo e tenía:</p>
-
-<p>—Bien puede ser que moriré, pues tanta ventaja me tenéis; mas todos
-moriréis por mí, como traidores e falsos que sois.</p>
-
-<p><i>Atacáronlo todos juntos, y aunque Lisuarte se defendió con
-bravura e hirió a varios de ellos, acabaron por desarmarlo y
-echarle</i> una gruesa cadena a la garganta, en que había dos ramales,
-e ficiéronle cabalgar en un palafrén; e tomándole sendos caballeros por
-los ramales, comenzáronse de ir con él; e llegando entre los árboles,
-en un valle hallaron a Arcalaus, que tenía a Oriana e a la doncella de
-Denamarca; y el caballero que iba ante el Rey, dijo:</p>
-
-<p>—Cohermano, vedes aquí el rey Lisuarte.</p>
-
-<p>—Cierto —dijo él—; buena venida fué ésta, e yo haré que nunca dél
-tema ni de los de su casa.</p>
-
-<p>—¡Ay, traidor! —dijo el Rey—; bien sé yo que harías tú toda
-traición.</p>
-
-<p>Así movieron todos de consuno por aquella carrera, que se partía en
-dos lugares, e Arcalaus llamó a un su doncel e díjole:</p>
-
-<p>—Vete a Londres cuanto pudieres, e di a Barsinan<span
-class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> que se trabaje de ser rey,
-que yo le terné lo que le dije; que todo es ya a punto.</p>
-
-<p>El doncel se fué luego, e Arcalaus dijo a su compaña:</p>
-
-<p>—Id vos a Daganel con diez caballeros destos, e llevad a Lisuarte
-e metedlo en la mi cárcel, e yo llevaré a Oriana con estos cuatro, e
-mostrarle he donde tengo mis libros e mis cosas en Monte-Aldín.</p>
-
-<p>Este era de los más fuertes castillos del mundo; pues allí fueron
-partidos los diez caballeros con el Rey, e los cinco con Oriana, en que
-iba Arcalaus, dando a entender que su persona valía tanto como cinco
-caballeros.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_11">
- <h3 title="Lib. I, Cap. XI: La libertad de Oriana">CAPÍTULO UNDÉCIMO</h3>
- <p class="subh3c">LA LIBERTAD DE ORIANA</p>
-</div>
-
-<p>Veniendo Amadís e Galaor por el camino de Londres, siendo a dos
-leguas de la ciudad, vieron venir a Ardian el enano cuanto más el rocín
-lo podía llevar. <i>El cual</i> llegó a ellos e contóles todas las
-nuevas cómo llevaban a Oriana.</p>
-
-<p>—¡Ay, santa María, val! —dijo Amadís—; ¿e por dónde van los que la
-llevan?</p>
-
-<p>—Cabe la villa es el más derecho camino —dijo el enano.</p>
-
-<p>Amadís firió al caballo de las espuelas, e comenzó<span
-class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> de ir cuanto más podía, así
-tollido, que solamente no podía hablar a su hermano, que iba en pos
-dél. Así pasaron entrambos cabe la villa de Londres cuanto los caballos
-los podían llevar, que sólo no cataban por nada, sino Amadís, que
-preguntaba a los que veía por dónde llevaban a Oriana, y ellos gelo
-mostraban.</p>
-
-<p>Pasando Gandalín por so las finiestras donde estaba la Reina e otras
-muchas mujeres, la Reina lo llamó e díjole:</p>
-
-<p>—Di a <i>tu señor</i> e a Galaor que el Rey se fué de aquí hoy en la
-mañana con una doncella, e no tornó, ni sabemos dónde lo llevó.</p>
-
-<p>Gandalín fuése cuanto más pudo, <i>hasta reunirse con su señor</i>.
-E a poco rato encontraron unos leñadores, e aquellos vieron toda la
-aventura del Rey e de Oriana; mas no sopieron quién eran, ni a ellos se
-osaron allegar; antes se escondieron en las matas más espesas, e el uno
-dellos dijo:</p>
-
-<p>—Caballeros, ¿venís vos de Londres?</p>
-
-<p>—E ¿por qué lo preguntáis? —dijo Galaor.</p>
-
-<p>—Porque si ha de allá caballero menos o doncella —dijo él—; que nos
-vimos aquí una aventura.</p>
-
-<p>Entonces les dijeron cuanto vieran de Oriana e del Rey, y ellos
-conocieron luego que el Rey fuera preso a traición; e díjoles
-Amadís:</p>
-
-<p>—¿Sabéis quién eran, e quién prendió a ese rey?</p>
-
-<p>—No —dijo él—, mas oí a la doncella que lo aquí trajo llamar a
-grandes voces a Arcalaus.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>—¡Ay, Señor Dios!
-—dijo Amadís—, plega a vos de me juntar con aquel traidor.</p>
-
-<p>Los villanos les fueron mostrar por dónde llevaron los diez
-caballeros al Rey, e los cinco a Oriana, e dijo el villano:</p>
-
-<p>—El uno de los cinco era el mejor caballero que nunca vi.</p>
-
-<p>—¡Ay! —dijo Amadís—, aquel es el traidor de Arcalaus.</p>
-
-<p>E dijo a Galaor:</p>
-
-<p>—Hermano, señor, id vos en pos del Rey, e Dios guíe a mí e a vos.</p>
-
-<p>E firiendo el caballo de las espuelas, se fué por aquella vía, e
-Galaor por la que al Rey llevaban, a cuanto más andar podían.</p>
-
-<p>Partido Amadís de su hermano, cuitóse tanto de andar, que cuando
-el sol se quería poner le cansó el caballo, tanto, que de paso no lo
-podía sacar; e yendo con mucha congoja, vió a la mano diestra cabe una
-carrera un caballero muerto, y estaba cabe él un escudero que tenía por
-la rienda un gran caballo. Amadís se llegó a él e díjole:</p>
-
-<p>—Amigo, ¿quién mató ese caballero?</p>
-
-<p>—Matóle —dijo el escudero— un traidor que acá va, e lleva las más
-hermosas doncellas del mundo forzadas; matóle, no por otra razón sino
-por le preguntar quién eran, e yo no puedo haber quien me ayude a lo
-llevar de aquí.</p>
-
-<p>Amadís le dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>—Yo te dejaré este
-mi escudero que te ayude, e dame ese caballo; e prométote de darte dos
-caballos mejores por él.</p>
-
-<p>El escudero gelo otorgó. Amadís subió en el caballo, que era muy
-hermoso, e partiendo de allí, comenzó de se ir por el camino cuanto
-podía; e hallóse ya cerca del día en un valle donde vió una ermita,
-e fué allá por saber si moraba hi alguno; e hallando un ermitaño,
-le preguntó si pasaran por allí cinco caballeros que llevaban dos
-doncellas.</p>
-
-<p>—Señor —dijo el hombre bueno—, no pasaron que los yo viese; mas
-¿vistes vos un castillo que allá queda?</p>
-
-<p>—No —dijo Amadís—; e ¿por qué lo decís?</p>
-
-<p>—Porque —dijo él— agora se va de aquí un doncel mi sobrino, que me
-dijo que albergara hí Arcalaus el Encantador, e traía unas hermosas
-doncellas forzadas.</p>
-
-<p>—Por Dios —dijo Amadís—, pues ese traidor busco yo.</p>
-
-<p>—Cierto —dijo el ermitaño—, él ha hecho mucho mal en esta tierra;
-mas ¿no traéis otra ayuda?</p>
-
-<p>—No —dijo Amadís—, sino la de Dios.</p>
-
-<p>—Señor —dijo el ermitaño—, ¿no decís que son cinco, e Arcalaus, que
-es el mejor caballero del mundo e más sin pavor?</p>
-
-<p>—Sea él cuanto quisiere —dijo Amadís—; que él es traidor e soberbio,
-e así lo serán los que le aguardan, e por esto no les dudaré. Ruégovos
-que me hayáis<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> mientes
-en vuestras oraciones, e mostradme el camino que al castillo guía.</p>
-
-<p>El hombre bueno gelo mostró, e Amadís anduvo tanto, que llegó a él,
-e vió que había el muro alto e las torres espesas; e llegóse a él, mas
-no oyó hablar a ninguno dentro, e plúgole, que bien cuidó que Arcalaus
-no sería aún salido, e anduvo el castillo al rededor, e vió que no
-había más de una puerta.</p>
-
-<p>Entonces se tiró afuera entre unas peñas, e apeándose del caballo,
-tomóle por la rienda y estuvo quedo, teniendo siempre los ojos en la
-puerta, como aquel que no había sabor de dormir. A esta sazón rompía
-el alba, e cabalgando en su caballo tiróse más afuera por un valle;
-que hobo recelo, si visto fuese, de poner sospecha que no saldrían los
-del castillo, cuidando ser más gente, e subió en un otero cubierto de
-grandes y espesas matas. No tardó mucho que vió salir a Arcalaus e
-sus cuatro compañeros muy bien armados, y entre ellos la muy hermosa
-Oriana, e dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, Dios!; agora e siempre me ayude e me guíe en su guarda.</p>
-
-<p>Oriana iba diciendo:</p>
-
-<p>—Amigo señor, ya nunca os veré, pues que ya se me llega la mi
-muerte.</p>
-
-<p>Amadís decendiendo del otero lo más ahína que él pudo, entró con
-ellos en un gran campo e dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, Arcalaus traidor!; no te conviene llevar tan buena señora.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>Oriana, que la voz
-de su amigo conoció, estremecióse toda; mas Arcalaus e los otros se
-dejaron a él correr, y él a ellos, e firió a Arcalaus, que delante
-venía, tan duramente, que lo derribó en tierra por sobre las ancas
-del caballo, e los otros le firieron, e dellos fallecieron de sus
-encuentros; e Amadís pasó por ellos, e tomando muy presto su caballo,
-firió al señor del castillo, que era uno dellos, de tal guisa que el
-fierro y el fuste de lanza le salió de la otra parte, e cayó luego
-muerto, e fué la lanza quebrada. Después metió mano a la espada, e
-dejóse ir a los otros, e metióse entre ellos tan bravo e con tanta
-saña, que por maravilla era los golpes que les daba; e así le crecía
-la fuerza y el ardimiento en andar valiente e ligero, que le parecía,
-si el campo todo fuese lleno de caballeros, que le no podían durar e
-defender ante la su buena espada.</p>
-
-<p>Haciendo estas maravillas que oídes, dijo la doncella de Denamarca
-contra Oriana:</p>
-
-<p>—Señora, acorrida sois, pues aquí es el caballero bienaventurado, e
-mirad las maravillas que hace.</p>
-
-<p>Oriana dijo entonces:</p>
-
-<p>—¡Ay, amigo! Dios vos ayude e guarde; que no hay otro en el mundo
-que nos acorra ni más valga.</p>
-
-<p>El escudero que la tenía el rocín, poniéndola en tierra, se fué
-huyendo cuanto más pudo. Amadís, que entre ellos andaba, trayéndolos
-a su voluntad, dió al uno un tal golpe en el brazo, que gelo derribó
-en tierra; éste comenzó de huír, dando voces<span class="pagenum"
-id="Page_77">p. 77</span> con la rabia de la muerte, e fué para
-otro que ya el yelmo de la cabeza le derribara, e hendióle hasta
-el pescuezo. Cuando el otro caballero vió tal destruición en sus
-compañeros, comenzó de huír cuanto más podía. Amadís, que movía en pos
-dél, oyó dar voces a su señora, e tornando presto, vió a Arcalaus, que
-ya cabalgara, e que tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante
-sí, e se iba con ella cuanto más podía. Amadís fué en pos dél sin
-detenencia ninguna, e alcanzólo por aquel gran campo; e alzando la
-espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era
-tal, que cuidó que mataría a él e a su señora; e dióle por cima de las
-espaldas, que no fué de toda su fuerza; pero derribóle un pedazo de la
-loriga e una pieza del cuero de las espaldas.</p>
-
-<p>Entonces dejó Arcalaus caer en tierra a Oriana por se ir más ahína,
-que se temía de muerte; y su caballo comenzó de correr de tal forma,
-que en poca de hora se alongó gran pieza. Amadís, comoquiera que lo
-mucho desamase e desease matar, no fué más adelante por no perder a su
-señora, e tornóse donde ella estaba; e descendiendo de su caballo, se
-le fué fincar de hinojos delante e le besó las manos, diciendo:</p>
-
-<p>—Agora haga Dios de mí lo que quisiere; que nunca, señora, os cuidé
-ver.</p>
-
-<p>Ella estaba tan espantada, que le no podía hablar, e abrazóse con
-él, que gran miedo había de los caballeros<span class="pagenum"
-id="Page_78">p. 78</span> muertos que cabe ella estaban. E así estando,
-como oís, sentado Amadís cabe su señora, que no tenía esfuerzo para se
-levantar, llegó Gandalín, que toda la noche andoviera, e había dejado
-el caballero muerto en una ermita, con que gran placer hobieron, <i>y
-tomando los caballos de los caballeros vencidos se pusieron todos
-camino de Londres</i>.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_12">
- <h3 title="Lib. I, Cap. XII: Las proezas de don Galaor">CAPÍTULO DUODÉCIMO</h3>
- <p class="subh3c">LAS PROEZAS DE DON GALAOR</p>
-</div>
-
-<p>Partido don Galaor de Amadís, su hermano, como ya oístes, entró en
-el camino por donde llevaban al Rey, e cuidóse de andar cuanto más
-pudo, como aquel que había grande cuita de los alcanzar; e no tenía
-mientes en cosa que viese sino en su rastro; e así anduvo hasta hora
-de vísperas, que entró en un valle, e halló en él la huella de los
-caballos donde habían parado. Entonces siguió aquel rastro cuanto el
-caballo lo podía llevar, que le pareció que no podían ir lueñe; mas no
-tardó mucho que vió ante sí un caballero todo bien armado en un buen
-caballo, que a él salió e le dijo:</p>
-
-<p>—Estad, señor caballero, e decidme qué cuita os hace así correr.</p>
-
-<p>—Por Dios —dijo Galaor—, dejadme de vuestra pregunta, que me detengo
-con vos, en que mucho mal puede venir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span>—¡Por santa María!
-—dijo el caballero—, no pasaréis de aquí hasta que me lo digáis o vos
-combatáis comigo.</p>
-
-<p>E Galaor no hacía en esto sino irse; y el caballero del valle le
-dijo:</p>
-
-<p>—Cierto, caballero, vos fuídes habiendo hecho algún mal, e agora vos
-guardad, que saberlo quiero.</p>
-
-<p>Entonces fué a él con su lanza bajada, y el caballo al más correr.
-E Galaor que el caballo más diestro traía, guardóse del encuentro,
-<i>echándose a un lado</i>, e no hacía sino ir adelante cuanto podía
-andar. El caballero, que su caballo tan presto tener no pudo, cuando
-tornó vió que Galaor se le había alongado gran pieza, e dijo:</p>
-
-<p>—Si me Dios ayude, no me vos iréis así.</p>
-
-<p>Y él, que sabía bien la tierra, tomó por un atajo e fuésele poner en
-un paso.</p>
-
-<p>Galaor, que lo vió, mucho le pesó, y el caballero le dijo:</p>
-
-<p>—Cobarde, malo, sin corazón; agora escoged de tres cosas cual
-quisierdes: o que os combatáis, o vos tornad, o me decid lo que os
-pregunto.</p>
-
-<p>—De cualquier me pesa —dijo Galaor—, mas no hacéis como cortés,
-que yo no me tornaré, e si me combatiere, no será a mi placer; mas si
-queréis saber la priesa que llevo, seguidme y verlo heis, porque me
-deternía mucho en vos lo contar, e a la cima no me creeríades; tanto es
-de mala ventura.</p>
-
-<p>—En el nombre de Dios —dijo el caballero—<span class="pagenum"
-id="Page_80">p. 80</span> agora pasad, e dígovos que no iréis este
-tercero día sin mí.</p>
-
-<p>Galaor pasó adelante, y el caballero en pos dél. <i>Por el
-camino toparon con otro caballero, que resultó pariente del que
-venía siguiendo a don Galaor, a quien dió aquél cuenta de lo que
-con don Galaor le venía sucediendo, y acordaron irse los dos en su
-seguimiento.</i> A esta hora era ya cerca de la noche. Galaor entró
-en una floresta, e con la noche perdió el rastro, e no sabía a cuál
-parte ir. Estonces comenzó a pedir merced a Dios que lo guiase e anduvo
-escuchando de un cabo y de otro por unos valles, mas no oía nada.
-<i>Descansó con unos arrieros parte de la noche y al alba</i> fuése
-derecho a un otero alto, e desde allí comenzó de mirar la tierra a
-todas partes. Estonces los dos cohermanos <i>que lo seguían</i> vieron
-a Galaor, e conociéronlo en el escudo, e fueron contra él; mas ellos,
-en moviendo, viéronlo decender del otero cuanto su caballo lo podía
-llevar, y el <i>uno</i> dijo:</p>
-
-<p>—Ya nos vió e fuye; cierto, yo cuido que por alguna mala ventura
-anda así fuyendo y encubriéndose; vayamos tras él.</p>
-
-<p>Mas don Galaor, que muy lejos de su cuidar estaba, viera ya pasar
-los caballeros un paso que a la salida de la floresta había, e los
-cinco pasaban adelante, e los otros cinco después, y en medio dellos
-iban hombres desarmados, y él cuidó que aquellos eran los que al
-Rey llevaban, e fué contra ellos tal como<span class="pagenum"
-id="Page_81">p. 81</span> aquel que ya su muerte por salvar la vida
-ajena tenía ofrecido; e seyendo cerca dellos, vió al Rey metido en la
-cadena, e hobo dél tal pesar, que no dudando la muerte, se dejó correr
-a los cinco que delante venían e dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, traidores! Por vuestro mal posistes mano en el mejor hombre
-del mundo.</p>
-
-<p>E los cinco vinieron contra él; mas él hirió al primero por los
-pechos en guisa que el fierro con un pedazo de la asta le salió a las
-espaldas, e dió con él muerto en tierra; e los otros le firieron tan
-fuerte, que el caballo ficieron con él hinojar, y el uno le metió la
-lanza por entre el pecho y el escudo, e perdiéndola, la tomó Galaor, e
-fué herir al otro con ella en la cuxa de la pierna, e falsóle el arnés
-e la pierna, y entró la lanza por el caballo; así que el caballero fué
-tollido e allí quebró la lanza, e poniendo mano a la espada vió venir
-todos los otros contra sí, y él se metió entre ellos tan bravo, que no
-ha hombre que de verlo no se espantase cómo podía sofrir tantos y tales
-golpes como le daban; y estando en esta gran priesa y peligro, por ser
-los caballeros muchos, quísole Dios acorrer con los dos cohermanos que
-lo seguían, que cuando así lo vieron mucho fueron maravillados de tan
-gran bondad de caballero, e dijo el que en pos dél iba:</p>
-
-<p>—Cierto, sin razón culpábamos aquél de cobarde, e vámosle socorrer
-en tan gran priesa.</p>
-
-<p>—¿Quién haría al —dijo el otro— sino acorrer al<span
-class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> mejor caballero del mundo? Y
-no creáis que tantos hombres acomete sino por algún gran hecho.</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_082.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">Entonces se dejaron ir a gran correr de los caballos, e
-fuéronlos ferir muy bravamente, como aquellos que eran muy esforzados
-e sabidores de aquel menester, e dígovos que el primero había nombre
-Ladasín el Esgremidor y el otro don Guilán el Cuidador. A esta sazón
-había ya menester Galaor mucho su ayuda; que el yelmo había tajado
-por muchos lugares e abollado, y el arnés roto por todas partes, y el
-caballo llagado, que cerca andaba de caer; mas por eso no dejaba él de
-hacer maravillas e dar tan grandes golpes a los que alcanzaba, que a
-duro lo<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> osaban atender;
-e cuidaba que si su caballo no le falleciese, que le no durarían, que
-a la fin no los matase; mas seyendo llegados los dos cohermanos, como
-ya oístes, estonces se le paraba a él mejor el pleito; que ellos se
-combatían tan bien e con tan gran esfuerzo, que él se maravilló mucho;
-e fué tan grande la priesa que les dió, e los cohermanos en su ayuda,
-que en poca de hora fueron todos muertos e vencidos.</p>
-
-<p>Cuando esto vió el cohermano de Arcalaus dejóse ir al Rey por lo
-matar; e como los que con él estaban fuyeran todos, él decendiera del
-palafrén así con su cadena a la garganta, e tomara un escudo e la
-espada del caballero que primero murió. El otro le quiso ferir por
-cima de la cabeza. El Rey alzó el escudo, donde rescibió el golpe, e
-fué tal, que la espada entró por el brocal bien un palmo, e alcanzó
-con la punta della al Rey en la cabeza, e cortóle el cuero e la carne
-fasta el hueso; mas el Rey le dió al caballo en el rostro con la espada
-tal golpe, que la no pudo sacar, y el caballo enarmonóse e fué caer
-sobre el caballero. Galaor, que ya estaba a pie, porque el su caballo
-no se podía mudar, e iba por socorrer al Rey, fué para el caballero
-por le tajar la cabeza, y el Rey dió voces que le no matase. Los dos
-cohermanos que fueran tras un caballero que se les iba e lo habían
-muerto, cuando volvieron e vieron al Rey mucho fueron espantados;
-que de su prisión no sabían ninguna cosa, e decendieron ahína,<span
-class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> e tirados los yelmos, fueron
-fincar los hinojos ante él, y él los conoció, e levantándolos por las
-manos, dijo:</p>
-
-<p>—Por Dios, amigos, en buena hora me acorristes.</p>
-
-<p>Don Galaor sacó al primo de Arcalaus de so el caballo, e quitando
-la cadena al Rey, la puso a él; e tomaron de los caballos de los
-caballeros muertos e comenzáronse de ir camino de Londres muy alegres,
-<i>donde también había fracasado totalmente la intriga de Arcalaus,
-costándole la vida a Barsinan</i>.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/i_084.jpg"
- style="width: 6em; height: auto;"
- alt="Viñeta de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Cap_I_2_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/i_085.jpg"
- style="width: 30em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <p class="fs150 centra ws1 mt2">LIBRO SEGUNDO</p>
- <p class="fs120 centra ws1 mt05">BELTENEBRÓS</p>
- <hr class="tir" />
- <h3 title="Lib. II, Cap. I: La Ínsola Firme">CAPÍTULO PRIMERO</h3>
- <p class="subh3c">LA ÍNSOLA FIRME</p>
-</div>
-
-<p><i>De allí a algún tiempo, regresando Amadís con Agrajes, don Galaor
-y don Florestán, hijo también del rey Perión de Gaula, de restablecer
-en el trono del reino de Sobradisa a la hermosa niña Briolanja,
-que traidoramente había sido desposeída de él por un pariente
-suyo, hallaron en despoblado una doncella, acompañada de criadas y
-escuderos</i>, la cual les preguntó adónde era su camino. Amadís le
-dijo:</p>
-
-<p>—Doncella, a casa del rey Lisuarte imos, e si allá vos place ir,
-acompañar vos hemos.</p>
-
-<p>—Mucho vos lo agradezco —dijo ella—, mas yo voy a otra parte, e
-porque vos vi andar así armados como los caballeros que las aventuras
-demandan, acordé de os atender si querría ir alguno de vosotros
-a la Ínsola Firme por ver las extrañas cosas e maravillas<span
-class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span> que hí son, que yo allá voy,
-e soy fija del gobernador que agora la ínsola tiene.</p>
-
-<p>—¡Oh santa María! —dijo Amadís—; por Dios, muchas veces oí decir de
-las maravillas de esa ínsola, et por dichoso me ternía de las ver, e
-hasta agora no se me aparejó.</p>
-
-<p>—Buen señor, no os pese por lo haber tardado —dijo ella—, que otros
-muchos tovieron ese deseo, e cuando lo pusieron en obras no salieron de
-allí tan alegres como entraron.</p>
-
-<p>—Verdad decís —dijo él—, según lo que dende he oído; mas decidme:
-¿Rodearíamos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos?</p>
-
-<p>—Rodearíades dos jornadas —dijo la doncella.</p>
-
-<p>Entonces movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la
-Ínsola Firme.</p>
-
-<p><i>El sabio Apolidón, hijo de un rey de Grecia, había vivido allí
-largos años en la mayor felicidad, con su esposa Grimanesa. Al cabo,
-siendo él elegido emperador, hubieron de dejar, con gran pena, la
-ínsola en que tan dichosos habían sido, tan bellos edificios habían
-hecho y tan grandes riquezas habían acumulado; mas Grimanesa</i>,
-habiendo gran mancilla que una cosa tan señalada como lo era aquella
-ínsola, donde tales y tan grandes cosas quedaban, poseída por aquel su
-grande amigo, el mejor caballero en armas que en el mundo se hallaba,
-e por ella, que por el semejante sobre todas las de su tiempo su
-gran hermosura loada era; e junto con esto ser<span class="pagenum"
-id="Page_87">p. 87</span> amados de sí mesmos en la mesma perfeción que
-del amor alcanzar se puede, rogó a Apolidón que antes de su partida
-dejase allí, por su gran saber, cómo en los venideros tiempos aquel
-lugar señoreado no fuese sino por persona que así en fortaleza de armas
-como en lealtad de amores y de sobrada fermosura a ellos entrambos
-pareciese.</p>
-
-<p>Apolidón le dijo:</p>
-
-<p>—Mi señora, pues que así os place, yo lo haré de guisa que de aquí
-ningún señor ni señora ser pueda sino aquellos que más señalados en lo
-que habéis dicho sean.</p>
-
-<p>Entonces hizo un arco a la entrada de una huerta en que árboles de
-todas naturas había, e otrosí había en ella cuatro cámaras ricas de
-extraña labor, y era cercada de tal forma, que ninguno a ella podía
-entrar sino por debajo del arco; encima dél puso una imagen de hombre
-de cobre, y tenía una trompa en la boca como que quería tañer; e dentro
-en el un palacio de aquellos puso dos figuras a semejanza suya y de
-su amiga, tales que vivas parecían, las caras propriamente como las
-suyas y su estatura, y cabe ellas una piedra jaspe muy clara; e fizo
-poner un padrón de fierro de cinco codos en alto a un medio trecho de
-ballesta en un campo grande que ende era, e dijo: “De aquí adelante
-no pasará ningún hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que
-primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá<span
-class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> aquella trompa con son tan
-espantoso a fumo e llamas de fuego, que los fará ser tollidos, e así
-como muertos serán deste sitio lanzados; pero si tal caballero o dueña
-o doncella aquí vinieren que sean dignos de acabar esta aventura por
-la gran lealtad suya, como ya dije, entrarán sin ningún entrévalo, e
-la imagen hará tan dulce són, que muy sabroso sea de oír a los que lo
-oyeren; y éstos verán las nuestras imágines, e sus nombres escriptos
-en el jaspe, que no sepan quién los escribe.” E tomándola por la
-mano a su amiga, la fizo entrar debajo del arco, e la imagen fizo el
-dulce són, e mostróle las imágines e sus nombres dellos en el jaspe
-escriptos. E saliéndose fuera, hobo Grimanesa gana de lo facer probar,
-e mandó entrar algunas dueñas e doncellas suyas, mas la imagen fizo el
-espantoso són con gran fumo e llamas de fuego; luego fueron tollidas
-sin sentido alguno e lanzadas fuera del arco, e los caballeros por el
-semejante; de que Grimanesa, seyendo cierta sin peligro ser, con mucho
-placer dellos se reía, gradeciendo mucho a su amado amigo Apolidón
-aquello que tanto en satisfación de su voluntad había hecho, e luego le
-dijo:</p>
-
-<p>—Mi señor, pues ¿qué será de aquella rica cámara en que tanto placer
-y deleite hobimos?</p>
-
-<p>—Agora —dijo él— vamos allá, e veréis lo que hi faré.</p>
-
-<p>Entonces se fueron donde la cámara era, e Apolidón<span
-class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> mandó traer dos padrones, uno
-de piedra e otro de cobre, y el de piedra hizo poner a cinco pasos de
-la puerta de la cámara, y el de cobre otros cinco más desviado; e dijo
-a su amiga:</p>
-
-<p>—Agora sabed que en esta cámara no puede hombre ni mujer entrar en
-ninguna manera ni tiempo fasta que aquí venga tal caballero que de
-bondad de armas me pase, ni mujer si a vos de hermosura no pasare; pero
-si tales vinieren que a mí de armas e a vos de hermosura venzan, sin
-estorbo alguno entrarán.</p>
-
-<p>E puso unas letras en el padrón de cobre que decían: “De aquí
-pasarán los caballeros en que gran bondad de armas hobiere; cada uno
-según su valor, así pasarán adelante.” E puso otras letras en el padrón
-de piedra que decían: “De aquí no pasará sino el caballero que de
-bondad de armas a Apolidón pasará.” Y encima de la puerta de la cámara
-puso unas letras que decían: “Aquel que me pasare de bondad entrará en
-la rica cámara y será señor desta ínsola; e así llegarán las dueñas e
-doncellas; así que, ninguna entrará dentro si a vos de hermosura no
-pasare.” E hizo con su sabidoría tal encantamento, que con doce pasos
-al derredor ninguno a la cámara llegar podía, ni tenía otra entrada
-sino por la vía de los padrones que habéis oído, e mandó que en aquella
-ínsola hobiese un gobernador que la rigiese e cogiese las rentas
-della, y fuesen guardadas para aquel caballero<span class="pagenum"
-id="Page_90">p. 90</span> que ventura hobiese de entrar en la cámara
-e fuese señor de la ínsola; e mandó que los que falleciesen en lo del
-arco de los amadores que sin les hacer honra los echasen fuera, e a los
-que lo acabasen los sirviesen; e dijo más, que los caballeros que la
-cámara probasen e no podiesen entrar al padrón de cobre, que dejasen
-allí las armas, e los que algo del padrón pasasen, que no les tomasen
-sino las espadas, e los que al padrón de mármol llegasen que no les
-tomasen sino los escudos; e si tales viniesen que deste padrón pasasen
-e no podiesen entrar, que les tomasen las espuelas; e a las doncellas
-e dueñas que no les tomasen cosa, salvo que diciendo sus nombres los
-pusiesen en la puerta del castillo, señalando a do cada una había
-llegado, e dijo:</p>
-
-<p>—Cuando esta isla hobiere señor se desfará el encantamento para los
-caballeros, que libremente podrán pasar por los padrones y entrar en la
-cámara; pero no lo será para las mujeres fasta que venga aquella que
-por su gran hermosura la aventura acabará, e albergare dentro en la
-rica cámara con el caballero que el señorío habrá ganado.</p>
-
-<p>Esto así hecho, Apolidón e Grimanesa, dejando a tal recaudo la
-Ínsola Firme como oído habéis, en sus naos partieron dende e pasaron
-en Grecia, donde fueron emperadores e hobieron hijos que en el imperio
-después de sus días sucedieron.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span></p>
- <h3 title="Lib. II, Cap. II: El Arco de Los leales Amadores">CAPÍTULO SEGUNDO</h3>
- <p class="subh3c">EL ARCO DE LOS LEALES AMADORES</p>
-</div>
-
-<p><i>Volvamos ahora a Amadís y sus acompañantes que con la doncella y
-el gobernador, que había salido a recibirlos</i>, se fueron al castillo
-por donde toda la ínsola se mandaba, que no era sino aquella entrada,
-que sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo al estaba de la
-mar rodeado, aunque en la ínsola había siete leguas en largo e cinco en
-ancho; e por aquello que era ínsola, e por lo poco que de tierra firme
-tenía, llamáronla Ínsola Firme.</p>
-
-<p>Pues allí llegados, entrando por la puerta, vieron un gran palacio
-las puertas abiertas e muchos escudos en él, puestos en tres maneras,
-que bien ciento dellos estaban acostados a unos poyos, e sobre ellos
-algunos estaban más altos, y en otro poyo sobre los diez estaban dos,
-y el uno dellos estaba más alto que el otro más de la meitad. Amadís
-preguntó que por qué los pusieron así, e dijéronle que así era la
-bondad de cada uno cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida
-quisieron entrar; e los que no llegaron al padrón de cobre estaban
-los escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más
-altos, y de aquellos dos el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas
-no pudo<span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span> llegar al otro;
-y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol, que no pasó más
-adelante.</p>
-
-<p>Desque Amadís vió los escudos mucho dudó aquella aventura, pues
-que tales caballeros no la acabaron. E salieron del palacio e fueron
-al arco de los leales amadores, y llegando al sitio que la entrada
-defendía, Agrajes, <i>que estaba muy enamorado de una gentil doncella
-llamada Olinda</i>, se llegó al mármol, y decendiendo de su caballo e
-encomendándose a Dios, dijo:</p>
-
-<p>—Amor, si vos he sido leal, membradvos de mí.</p>
-
-<p>E pasó el marco, y llegando so el arco, la imagen que encima estaba
-comenzó un són tan dulce, que Agrajes y todos los que lo oían sentían
-gran deleite; y llegó al palacio donde las imágines de Apolidón y de
-Grimanesa estaban, que no les pareció sino propiamente vivas; e miró el
-jaspe e vió allí dos nombres escriptos, y el suyo.</p>
-
-<p>Entrando Agrajes, como oís, so el arco de los leales amadores,
-Amadís dió su caballo e sus armas a su escudero Gandalín, e fuése
-adelante lo más presto que él pudo sin temor ninguno, como aquel que
-sentía no haber errado a su señora, no solamente por obra, mas por
-el pensamiento; e como fué so el arco, la imagen comenzó a facer un
-són mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, e por la
-boca de la trompa lanzaba flores muy fermosas, que gran olor daban,
-e caían en el campo muy espesas; así que nunca a caballero<span
-class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> que allí entrase fué
-lo semejante hecho, e pasó donde eran las imágines de Apolidón e
-Grimanesa, e con mucha afición las estovo mirando, paresciéndole muy
-hermosas e tan frescas como si vivas fuesen.</p>
-
-<p>Don Galaor e Florestán, que de fuera los atendían, viendo que
-tardaban, acordaron de ir a ver la cámara defendida, <i>y, llegados
-a ella, don Florestán</i>, encomendándose a Dios, e poniendo su
-escudo delante, e la espada en la mano, fué adelante, y entrando en
-lo defendido, sintióse herir de todas partes con lanzas y espadas de
-tan grandes golpes e tan espesos, que le semejaba que ningún hombre
-lo podría sofrir; mas como él era fuerte e valiente de corazón, no
-quedaba de ir adelante firiendo con su espada a una e a otra parte, e
-parescíale en la mano que fería hombres armados, y que la espada no
-cortaba; así pasó el padrón de cobre y llegó fasta el de mármol, e allí
-cayó, e no pudo ir más adelante, tan desapoderado de toda su fuerza,
-que no tenía más sentido que si muerto fuese; e luego fué lanzado
-fuera del sitio, como lo facían a los otros. Don Galaor, que así lo
-vió, hobo dél mucho pesar, <i>pero también él quiso probar la cámara
-defendida</i>; tomó sus armas, y encomendándose a Dios, fuése contra
-la puerta de la cámara, e luego le firieron de todas partes de muy
-duros e grandes golpes, e con gran cuita llegó al padrón de mármol e
-abrazóse con él, y detóvose un poco; mas cuanto<span class="pagenum"
-id="Page_94">p. 94</span> un paso dió adelante fué tan cargado de
-golpes, que no lo pudiendo sofrir, cayó en tierra, así como don
-Florestán, con tanto desacuerdo, que no sabía si era muerto ni si vivo;
-e luego fué lanzado fuera, así como los otros.</p>
-
-<p>Amadís e Agrajes, que gran pieza habían andado por la huerta,
-tornáronse a las imágines, e vieron allí en el jaspe su nombre
-escripto, que decía: “Este es Amadís de Gaula, el leal enamorado, fijo
-del rey Perión de Gaula.” E así estando leyendo las letras con gran
-placer, llegó al marco el enano dando voces, e dijo:</p>
-
-<p>—Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos.</p>
-
-<p>E como esto oyó, salió de allí presto, e Agrajes tras él, y
-preguntando al enano qué era lo que decía, dijo:</p>
-
-<p>—Señor, probáronse vuestros hermanos en la cámara e no la acabaron,
-y quedaron tales como muertos.</p>
-
-<p>Agrajes, como era de gran corazón, al mayor paso que pudo se fué con
-su espada en la mano contra la cámara, firiendo a una e a otra parte;
-mas no bastó su fuerza de sofrir los golpes que le dieron, e cayó
-entre el padrón de cobre y el de mármol, e atordido como los otros, lo
-llevaron fuera.</p>
-
-<p>Amadís comenzó a maldecir la venida que allí ficieran, e díjole a
-don Galaor, que ya cuasi en su acuerdo estaba:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>—Hermano, no puedo
-excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que los vuestros.</p>
-
-<p>Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas e fuése
-adelante, rogando a Dios que le ayudase; e cuando llegó al lugar
-defendido paró un poco e dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh mi señora Oriana! De vos me viene a mí todo el esfuerzo e
-ardimiento; membradvos, señora, de mí a esta sazón, en que tanto
-vuestra sabrosa membranza me es menester.</p>
-
-<p>E luego pasó adelante, e sintióse ferir de todas partes duramente, y
-llegó al padrón de mármol, e pasando dél, parecióle que todos los del
-mundo eran a lo ferir, e oía gran ruido de voces como si el mundo se
-fundiese, e decían:</p>
-
-<p>—Si este caballero tornáis, no hay agora en el mundo otro que aquí
-entrar pueda.</p>
-
-<p>Pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las
-veces de manos, e otras de rodillas; e la espada, con que muchos golpes
-diera, había perdido de la mano, e andaba colgada de una correa, que no
-la podía cobrar; así llegó a la puerta de la cámara e vió una mano que
-le tomó por la suya e lo metió dentro, e oyó una voz que dijo:</p>
-
-<p>—Bien venga el caballero que pasando de bondad a aquel que este
-encantamento fizo, que en su tiempo par no tovo, será de aquí señor.</p>
-
-<p>Aquella mano le pareció grande e dura, como de<span class="pagenum"
-id="Page_96">p. 96</span> hombre viejo, y en el brazo tenía vestida una
-manga de jamete verde, e como dentro en la cámara fué, soltóle la mano,
-que no la vió más, y él quedó descansado e cobrado en toda su fuerza,
-e quitándose el escudo del cuello y el yelmo de la cabeza, metió la
-espada en la vaina, e gradeció a su señora Oriana aquella honra que por
-su causa ganara.</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_096.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">A esta sazón todos los del castillo, que las voces
-oyeran de cómo le otorgaban el señorío, y le vieron dentro, comenzaron
-a decir en alta voz:</p>
-
-<p>—Señor, vemos complido, a Dios loor, lo que tanto deseado
-teníamos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>Los hermanos, que
-más acordados eran e vieron cómo Amadís acabara lo que todos habían
-faltado, fueron alegres por el gran amor que le tenían; e como estaban
-se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador con todos los suyos
-llegaron a Amadís e por señor le besaron las manos. Cuando vieron las
-cosas extrañas que dentro de la cámara había de labores e riquezas,
-fueron espantados de lo ver; mas no era nada con un apartamiento que
-allí se facía donde Apolidón e su amiga albergaban; que este era de
-tal forma, que no solamente ninguno podría alcanzar a facerlo, mas ni
-entender cómo facerse podría; y era de tal forma, que estando dentro,
-podían ver claramente lo que de fuera se ficiese, e los de fuera por
-ninguna guisa no verían nada de los de dentro. Allí estovieron todos
-una gran pieza con gran placer los caballeros, porque en su linaje
-hobiese tal caballero que pasase de bondad a todos los del mundo
-presentes e cien años a zaga; los de la Ínsola por haber cobrado tal
-señor, con quien esperaban ser bienaventurados. Isanjo, el gobernador,
-dijo a Amadís:</p>
-
-<p>—Señor, bien será que comáis e descanséis, e mañana serán aquí todos
-los hombres buenos de la tierra e vos harán homenaje, recibiéndovos por
-señor.</p>
-
-<p>Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron de
-aquello que aderezado estaba; e folgando aquel día, luego el siguiente
-vinieron<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> allí asonados
-todos los más de la ínsola con grandes juegos e alegrías; quedando
-ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por su señor con aquellas
-seguridades que en aquel tiempo e tierra se acostumbraban.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_3">
- <h3 title="Lib. II, Cap. III: Los celos de Oriana">CAPÍTULO TERCERO</h3>
- <p class="subh3c">LOS CELOS DE ORIANA</p>
-</div>
-
-<p><i>Ardián el enano, que, como todos, ignoraba por completo los
-amores de su señor con Oriana, habíale dicho a la princesa, al tiempo
-de partir para Sobradisa, que Amadís iba a aquel reino con objeto de
-casarse con la hermosa niña Briolanja, luego de reponerla en el trono.
-Oriana, oídas estas palabras, a pesar de las advertencias de Mabilia y
-de la Doncella de Denamarca, sus consejeras, no pudo menos de escribir
-la siguiente carta</i>:</p>
-
-<p class="centra fs90 ws1 mt15">CARTA QUE LA SEÑORA ORIANA ENVÍA A SU
-AMANTE AMADÍS</p>
-
-<p class="mt1">“Mi rabiosa queja, acompañada de sobrada razón, da lugar
-a que la flaca mano declare lo que el triste corazón encobrir no puede
-contra vos el falso y desleal caballero Amadís de Gaula; pues ya es
-conoscida la deslealtad e poca firmeza que contra mí, la más desdichada
-y menguada de ventura<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>
-sobre todas las del mundo, habéis mostrado, mudando vuestro querer de
-mí, que sobre todas las cosas vos amaba, poniéndole en aquella que,
-según su edad, para la amar ni conoscer su discreción basta; e pues
-otra venganza mi sojuzgado corazón tomar no puede, quiero todo el
-sobrado y mal empleado amor que en vos tenía apartarlo. ¡Oh qué mal
-empleé e sojuzgué mi corazón, que en pago de mis sospiros e pasiones,
-burlada y desechada fuese! E pues este engaño es ya manifiesto, no
-parezcáis ante mí ni en parte donde yo sea; porque sed cierto que el
-muy encendido amor que vos había es tornado, por vuestro merescimiento,
-en muy rabiosa e cruel saña; e con vuestra quebrantada fe e sabios
-engaños id a engañar otra cativa mujer como yo, que así me vencí de
-vuestras engañosas palabras, de las cuales ninguna salva ni excusa
-serán recebidas; antes, sin vos ver, plañiré con mis lágrimas mi
-desastrada ventura e con ellas daré fin a mi vida, acabando mi triste
-planto.”</p>
-
-<p class="mt15">Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy
-conocido, e puso en el sobrescrito: “Yo soy la doncella ferida de punta
-de espada por el corazón, e vos sois el que me feristes.” E fablando
-en gran secreto con un doncel que Durín se llamaba, hermano de la
-doncella de Denamarca, le mandó que no holgase fasta <i>que hallara</i>
-a Amadís, e aquella carta le diese.</p>
-
-<p><i>El Doncel, siguiendo los pasos de Amadís, llegó<span
-class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> a la Ínsola Firme cuando el
-caballero tomaba posesión de ella de la gloriosa manera que sabéis, y
-fué testigo de cómo todos sus moradores le rendían vasallaje. Después
-procuró verse a solas con el nuevo señor de la isla y le entregó lo que
-para él traía.</i></p>
-
-<p>Amadís tomó la carta, e aunque su corazón grande alegría sintiese
-con ella, temiendo que Durín nada de su secreto sabía, encubrió lo más
-que pudo; y la tristeza no pudo facer, que habiendo leído las fuertes
-e temerosas palabras que en ella venían, no bastó el esfuerzo ni el
-juicio que claramente no mostrase ser llegado a la cruel muerte, con
-tantas lágrimas, con tantos sospiros, que no parecía sino ser hecho
-pedazos su corazón, quedando tan desmayado e fuera de sentido, como si
-el ánima ya de las carnes partida fuera. Durín, que mucho sin sospecha
-desto estaba, cuando aquello vió, llorando muy fuertemente maldecía a
-sí e a su ventura e a la muerte porque antes que allí llegase no le
-había sobrevenido.</p>
-
-<p>Amadís, no podiendo estar en pie, sentóse en la yerba que allí
-estaba, e tomó la carta que se le había de las manos caído, e cuando
-vió el sobrescripto, su cuita fué tan sin medida, que por una pieza
-estuvo amorrecido, de que Durín fué muy espantado; mas seyendo ya él
-recordado, dijo con gran dolor:</p>
-
-<p>—Señor Dios, ¿por qué vos plugo de me dar muerte sin
-merescimiento?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span>E después dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay lealtad, qué mal galardón dais a aquel que vos nunca faltó!
-Fecistes a mi señora que me falleciese, sabiendo vos que antes mil
-veces por la muerte pasaría que pasar su mandado.</p>
-
-<p>E tornando a tomar la carta, dijo:</p>
-
-<p>—Vos sois la causa de la mi dolorosa fin, e porque más cedo me
-sobrevenga iréis comigo.</p>
-
-<p>E metióla en su seno e dijo a Durín:</p>
-
-<p>—¿Mandáronte otra cosa que me dijeses?</p>
-
-<p>—No —dijo él.</p>
-
-<p>—Pues llevarás mi mandado —dijo Amadís.</p>
-
-<p>—No, señor —dijo él—; que me defendieron que lo no llevase.</p>
-
-<p>—E Mabilia e tu hermana ¿no te dijeron algo que me dijeses?</p>
-
-<p>—No supieron —dijo Durín— de mi venida; que mi señora me mandó que
-dellas la encobriese.</p>
-
-<p>—¡Ay, santa María, valme! —dijo Amadís—; agora veo que la mi
-desventura es sin remedio.</p>
-
-<p>Entonces dijo a Durín que llamase a Gandalín e Isanjo, el
-gobernador, e como él vino díjole:</p>
-
-<p>—Quiero que como leal caballero me prometades que fasta mañana,
-después que mis hermanos oyeren misa, no diréis ninguna cosa de cuanto
-agora veréis.</p>
-
-<p>Él así lo prometió, e otra tal fianza tomó de aquellos dos
-escuderos; luego mandó a Isanjo que le ficiese tener secretamente
-abierta la puerta del castillo,<span class="pagenum" id="Page_102">p.
-102</span> e Gandalín que sacase sus armas e caballo fuera sin que
-persona lo sintiese.</p>
-
-<p><i>A escondidas de todos salió con Isanjo y sus hijos del
-castillo.</i> Amadís iba sospirando e gimiendo con tanta angustia e
-dolor, que los que lo veían eran puestos en dolor en así lo ver; e
-demandando las armas, se armó, e volviéndose a Gandalín, le tomó entre
-sus brazos llorando fuertemente; e así lo tuvo una pieza sin que hablar
-le pudiese, e díjole:</p>
-
-<p>—Mi buen amigo Gandalín, yo e tú fuimos en uno e a una leche
-criados, e nuestra vida siempre fué de consuno, e yo nunca fuí en afán
-ni en peligro en que tú no hobieses parte; e tu padre me sacó de la mar
-tan pequeña cosa como desa noche nacido; e criáronme como buen padre
-e madre a fijo mucho amado; e tú, mi leal amigo, nunca pensastes sino
-en me servir; e yo, esperando que Dios me daría alguna honra con que
-algo de tu merescimiento satisfacer podiese, hame venido esta tan gran
-desaventura, que por más cruel que la propia muerte la tengo, donde
-conviene que nos partamos, e yo no tengo qué te dejar sino solamente
-esta ínsola; e mando a Isanjo e a todos los otros, por el homenaje que
-me tienen fecho, que tanto que de mi muerte sepan te tomen por señor;
-e como quiera que este señorío tuyo sea, mando que lo gocen tu padre e
-madre en sus días, e después a ti libre quede.</p>
-
-<p>Gandalín le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, nunca vos cuita hobistes en que de vos<span class="pagenum"
-id="Page_103">p. 103</span> yo fuese partido, ni agora lo seré por
-ninguna cosa; e si vos morierdes, yo no quiero vivir; que después de la
-vuestra muerte nunca Dios me dé honra ni señorío.</p>
-
-<p>—Cállate, por Dios —dijo Amadís—; no digas tal locura ni me fagas
-pesar, pues lo nunca feciste, e cúmplase lo que yo quiero.</p>
-
-<p><i>Despidióse entonces de todos, abrazándoles y diciéndoles:</i></p>
-
-<p>—A Dios vos encomiendo; que nunca pienso de jamás os ver.</p>
-
-<p>E defendiéndoles que en ninguna manera fuesen en pos dél, puso las
-espuelas a su caballo sin se le acordar de tomar el yelmo ni escudo ni
-lanza, e metióse muy presto por la espesa montaña, no a otra parte sino
-adonde el caballo lo quería llevar, e así anduvo hasta más de la media
-noche sin sentido ninguno, hasta que el caballo topó en un arroyuelo
-de agua que de una fuente salía, e con la sed se fué por él arriba
-hasta que llegó a beber en ella; e dando las ramas de los árboles a
-Amadís en el rostro, recordó en su sentido, e miró a una e otra parte,
-mas no vió sino espesas matas, e hobo gran placer, creyendo que muy
-apartado y escondido estaba; e tanto que su caballo bebió apeóse dél, e
-atándole a un árbol, se asentó en la yerba verde para facer su duelo;
-mas tanto había llorado, que la cabeza tenía desvanecida; así que se
-adormeció.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span></p>
- <h3 title="Lib. II, Cap. IV: El ermitaño">CAPÍTULO CUARTO</h3>
- <p class="subh3c">EL ERMITAÑO</p>
-</div>
-
-<p><i>Vagó Amadís, sin tomar alimento ni descanso, por lo más escondido
-de aquellas montañas, hasta que, de allí a dos días, al caer la
-tarde</i>, entró en una gran vega que al pie de una montaña estaba, y
-en ella había dos árboles altos, que estaban sobre una fuente, e fué
-allá por dar agua a su caballo, que todo aquel día andoviera sin fallar
-agua; e cuando a la fuente llegó vió un hombre de orden, la cabeza e
-barbas blancas, e daba beber a un asno, y vestía un hábito muy pobre
-de lana de cabras. Amadís le saludó, e preguntóle si era de misa; el
-hombre bueno le dijo que bien había cuarenta años que lo era.</p>
-
-<p>—A Dios merced —dijo Amadís—; agora vos ruego que folguéis aquí esta
-noche por el amor de Dios, e oírme heis de penitencia, que mucho lo he
-menester.</p>
-
-<p>—En el nombre de Dios —dijo el buen hombre.</p>
-
-<p>Amadís se apeó e puso las armas en tierra, y desensilló el caballo
-y dejólo pacer por la yerba, y él desarmóse e fincó los hinojos ante
-el buen hombre, e comenzóle a besar los pies. El hombre bueno lo tomó
-por la mano, e alzándolo, lo fizo sentar cabe sí, e vió cómo era el más
-hermoso caballero<span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>
-que en su vida visto había, pero vióle descolorido, e las faces e los
-pechos bañados en lágrimas que derramaba, e hobo dél duelo e dijo:</p>
-
-<p>—Decid todos los pecados que se os acordaren.</p>
-
-<p>Amadís así lo fizo, diciéndole toda su facienda, que nada faltó.</p>
-
-<p>El hombre bueno le dijo:</p>
-
-<p>—Según vuestro entendimiento y el linaje tan alto donde venís, no os
-debríades matar ni perder por ninguna cosa que vos aviniese, cuanto más
-por fecho de mujeres; e vos consejo que no paréis en tal cosa mientes e
-vos quitéis de tal locura, que lo fagáis por amor de Dios, a quien no
-place de tales cosas.</p>
-
-<p>—Buen señor —dijo Amadís—, yo soy llegado a tal punto, que no puedo
-vivir sino muy poco, e ruégoos por aquel Señor poderoso, cuya fe vos
-mantenéis, que vos plega de me llevar con vos este poco de tiempo que
-durare, e habré con vos consejo de mi alma; pues que ya las armas ni el
-caballo no me facen menester, dejarlo he aquí, e iré con vos de pie,
-faciendo aquella penitencia que me mandardes.</p>
-
-<p>Y el hombre bueno comenzó de llorar con gran pesar que dél había;
-así que las lágrimas le caían por las barbas, que eran largas y
-blancas, e díjole:</p>
-
-<p>—Mi fijo señor; yo moro en un lugar muy esquivo e trabajoso de
-vivir, que es una ermita metida en la mar bien siete leguas, en una
-peña muy<span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span> alta, y es
-tan estrecha la peña, que ningún navío a ella se puede llegar sino
-es en el tiempo del verano; e allí moro yo ha treinta años, e quien
-allí morare conviénele que deje los vicios e placeres del mundo, e mi
-mantenimiento es de limosnas que los de la tierra me dan.</p>
-
-<p>—Todo eso —dijo Amadís— es a mi grado, e a mí place de pasar con vos
-tal vida, esta poca que queda, e ruégovos por amor de Dios que me lo
-otorguéis.</p>
-
-<p>El hombre bueno gelo otorgó, mucho contra su voluntad, e Amadís le
-dijo:</p>
-
-<p>—Agora me mandad, padre, lo que faga; que en todo vos seré
-obediente.</p>
-
-<p>El hombre bueno le dió la bendición, e luego dijo vísperas, e
-sacando de una alforja pan y pescado, dijo a Amadís que comiese; mas él
-no lo hacía, aunque pasaran ya tres días que no comiera; él dijo:</p>
-
-<p>—Vos habéis de estar a mi obediencia, e mándoos que comáis; si no,
-vuestra alma sería en gran peligro si así moriésedes.</p>
-
-<p>Entonces comió, pero muy poco; que no podía de sí partir aquella
-grande angustia en que estaba; e cuando fué hora de dormir el buen
-hombre se echó sobre su manto e Amadís a sus pies, que en todo lo más
-de la noche no hizo, con la gran cuita, sino revolverse e dar grandes
-sospiros; e ya cansado y vencido del sueño, adormecióse.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span><i>A la otra mañana
-pusiéronse en camino, el ermitaño en su asno y Amadís en su caballo,
-porque el religioso así se lo mandó.</i> El hombre bueno lo iba
-mirando, como era tan hermoso y de tan buen talle, e la gran cuita en
-que estaba, e dijo:</p>
-
-<p>—Yo vos quiero poner un nombre que será conforme a vuestra persona
-e angustia en que sois puesto; que vos sois mancebo e muy fermoso; e
-vuestra vida está en grande amargura y en tinieblas; quiero que hayáis
-nombre Beltenebrós.</p>
-
-<p>Amadís plugo de aquel nombre, e tovo al buen hombre por entendido en
-gele haber con tan gran razón puesto, e por este nombre fué él llamado
-en cuanto con él vivió, y después gran tiempo; que no menos que por el
-de Amadís fué loado, según las grandes cosas que hizo, como adelante se
-dirá.</p>
-
-<p>Pues fablando en esto y en otras cosas, llegaron a la mar siendo
-noche cerrada, e fallaron hí una barca en que habían de pasar al hombre
-bueno a su ermita, y Beltenebrós dió su caballo a los marineros, y
-ellos le dieron un pelote e un tabardo de gruesa lana parda, y entraron
-en la barca e fuéronse contra la peña; y Beltenebrós preguntó al buen
-hombre cómo llamaban aquella su morada, y él cómo había nombre.</p>
-
-<p>—La morada —dijo él— es llamada la Peña Pobre, porque allí no
-puede morar ninguno sino en gran pobreza, e mi nombre es Andalod,
-e fuí clérigo asaz entendido, e pasé mi mancebía en muchas<span
-class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> vanidades; <i>mas
-después</i> acordé de me retraer a este logar tan solo, donde ya
-pasan de treinta años que nunca dél salí sino agora, que vine a un
-enterramiento de una mi hermana.</p>
-
-<p>Mucho se pagaba Beltenebrós de la soledad y esquiveza de aquel
-lugar, y en pensar de allí morir recebía algún descanso; así fueron
-navegando en su barca fasta que a la peña llegaron.</p>
-
-<p>Así como oís fué encerrado Amadís, con nombre de Beltenebrós, en
-aquella Peña Pobre, metida siete leguas en la mar, desamparando el
-mundo e la honra e aquellas armas con que en tan grande alteza puesto
-era, consumiendo sus días en lágrimas y en continuos lloros, no
-habiendo memoria de <i>sus hazañas</i>.</p>
-
-<p><i>¿Quién podría pintar ahora la desesperación de Oriana cuando supo
-por su mensajero cómo había pasado Amadís bajo el Arco de los Leales
-Amadores y conoció lo infundado de sus celos? ¿Quién sabría decir la
-fuerza de su dolor al describirle Durín el extremado duelo que después
-de leída la carta de su señora el caballero había hecho y cómo se
-había marchado solo por las selvas con rumbo incierto, cercano a la
-muerte?</i></p>
-
-<p><i>A punto de perecer estuvo también, con tales nuevas, la
-enamorada princesa; no encontraban consuelo para ella sus amigas y
-confidentes. Acordóse por fin que la Doncella de Denamarca partiera en
-busca de Amadís, con una carta en que su señora<span class="pagenum"
-id="Page_109">p. 109</span> le pedía perdón con muy humildes palabras
-y le suplicaba que fuera a verla en secreto al castillo de Miraflores,
-bella posesión de campo, a dos leguas de Londres, que el rey Lisuarte
-había regalado a su hija Oriana y donde ésta solía pasar algunas
-temporadas, con sus damas e doncellas.</i></p>
-
-<p><i>Los caballeros de la familia de Amadís también salieron a
-recorrer el mundo en busca de su famoso pariente, pero iban pasando
-los meses y por ninguna parte se encontraban huellas del desaparecido
-caballero. Era ya como si hubiera muerto.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_5">
- <h3 title="Lib. II, Cap. V: La Peña Pobre">CAPÍTULO QUINTO</h3>
- <p class="subh3c">LA PEÑA POBRE</p>
-</div>
-
-<p><i>La Doncella de Denamarca visitó varios países donde ninguna
-noticia pudieron darle de Amadís. Regresaba a la Gran Bretaña, muy
-triste y dolorida, pensando que si no aparecía Amadís era segura la
-muerte de su señora, cuando fué sorprendida por una gran tormenta</i>
-y andando por la mar sin gobernalle, sin concierto alguno, perdido de
-todo punto el tino de los mareantes, no teniendo fiucia alguna en sus
-vidas, en la fin una mañana al punto del alba, al pie de la Peña Pobre,
-donde Beltenebrós era, arribaron; la cual fué luego conocida de los
-de la nave, que algunos dellos sabían ser allí<span class="pagenum"
-id="Page_110">p. 110</span> Andalod, el santo ermitaño que en la ermita
-suso su vida hacía; lo cual dijeron a la Doncella de Denamarca; y ella,
-como salida de tal peligro, tornada así de muerte a vida, mandó que
-suso a la peña la subiesen; porque oyendo misa de aquel hombre bueno,
-pudiese a la Virgen María dar gracias de aquella merced que su glorioso
-Fijo les había hecho.</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_110.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">A esta sazón Beltenebrós estaba <i>tan enfermo</i> y
-era ya su salud tan allegada al cabo, que no esperaba vivir quince
-días; e del mucho llorar, junto con la su gran flaqueza, tenía el
-rostro muy descarnado<span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span>
-e negro, mucho más que si de gran dolencia agraviado fuera; así que, no
-había persona que conocerlo podiese.</p>
-
-<p><i>Durante la misa volvió el rostro para donde estaban los
-navegantes</i> e mirándolos, conoció luego a la Doncella e a Durín, e
-la alteración fué tan grande, que no podiendo estar en los pies, cayó
-en el suelo como si muerto fuese. Cuando el ermitaño esto vió pensó que
-ya estaba en el postrimero punto de su vida, e dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh Señor poderoso! ¿Por qué no has querido haber piedad deste que
-tanto en tu servicio podiera facer?</p>
-
-<p>E las lágrimas le caían en mucha cantidad por las blancas barbas, e
-dijo:</p>
-
-<p>—Buena doncella, faced a esos hombres que me ayuden a llevar este
-hombre a su cámara, que entiendo que éste será el postrimero beneficio
-que facer se le puede.</p>
-
-<p>Entonces Enil e Durín, con el ermitaño, lo llevaron a la casa donde
-albergaba, e le posieron en una cámara asaz pobre, que por ninguno
-dellos nunca fué conocido; pues la doncella oyó la misa, e queriéndose
-ir a comer en tierra, que de la mar muy enojada andaba, acaso preguntó
-al ermitaño qué hombre era aquel que de tan gran dolencia agraviado
-era. El hombre bueno le dijo:</p>
-
-<p>—Es un caballero que aquí face penitencia.</p>
-
-<p>—Quiérole ver —dijo la doncella—, pues me decís<span
-class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> que es caballero e de
-las cosas que en la nave trayo le dejaré con que algo pueda ser
-reparado.</p>
-
-<p>—Faceldo —dijo el buen hombre—; pero entiendo que su muerte, a que
-tanto llegado es, vos quitará dese cuidado.</p>
-
-<p>La doncella entró sola en la cámara donde Beltenebrós estaba; el
-cual, pensando qué ficiese, no se sabía determinar; que si se le
-ficiese conocer, pasaba el mandamiento de su señora, e si no, si
-aquella que era todo el reparo de su vida de allí se fuese, no le
-quedaba esperanza ninguna. En la fin, creyendo que muy más duro para
-él sería enojar a su señora que padecer la muerte, acordó de se le no
-facer conocer en ninguna manera.</p>
-
-<p>Pues la doncella, llegada cerca de la cama, dijo:</p>
-
-<p>—Buen hombre, del ermitaño he sabido que sois caballero, e porque
-las doncellas a todos los más caballeros somos muy más obligadas por
-los grandes peligros que en nuestra defensa se ponen, acordé de os ver
-e dejar aquí del bastimiento de la nao todo lo que para vuestra salud
-en ella se fallare.</p>
-
-<p>Él no respondió ninguna cosa; antes estaba con grandes sollozos
-e gemidos llorando. Así que la doncella pensó que el alma de las
-carnes se le partía, de que hobo gran piedad; e porque en la cámara
-poca luz había, abrió una lumbrera que cerrada estaba, e llegóse a la
-cama por ver si era muerto, e comenzóle a mirar, y él a ella, todavía
-llorando e sollozando, e así estuvo por una pieza<span class="pagenum"
-id="Page_113">p. 113</span> que la doncella nunca lo conoció, porque
-su pensamiento bien descuidado era de fallar en tal parte aquel que
-buscaba; mas viéndole en el rostro un golpe que <i>ella muy bien
-conocía</i> fízola recordar en lo que ante ninguna sospecha tenía, e
-claramente conoció ser aquel Amadís, e dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, santa María, val! ¿Qué es esto que veo? ¡Ay, señor, vos sois
-aquel por quien mucho afán he tomado!</p>
-
-<p>E cayó de bruzas sobre el lecho, e fincando los hinojos, le besó las
-manos muchas veces, e díjole:</p>
-
-<p>—Señor, aquí es menester piedad e perdón contra aquella que vos
-erró; que si por su mala sospecha vos ha puesto injustamente en tal
-estrecho, ella con mucha causa e razón padece la vida más amarga que la
-propia muerte.</p>
-
-<p>Beltenebrós la tomó entre sus brazos e juntóla consigo, sin ninguna
-cosa le poder fablar; ella dándole la carta, le dijo:</p>
-
-<p>—Esta vos envía vuestra señora, e por mí vos face saber que si
-vos sois aquel Amadís que ser solía, a quien ella tanto ama, que
-poniendo en olvido lo pasado, luego seáis con ella en el su castillo
-de Miraflores, donde con mucho vicio serán emendados los dolores e
-angustias que el sobrado amor que vos tiene han causado.</p>
-
-<p>Él tomó la carta, e después de leída, su alegría fué tan sobrada,
-que, así como con la pasada tristeza,<span class="pagenum"
-id="Page_114">p. 114</span> con ella desmayado fué, cayendo las
-lágrimas por sus mejillas sin las sentir.</p>
-
-<p><i>Embarcados en la nave de la Doncella se trasladaron a la Gran
-Bretaña, sin que nadie de a bordo hubiera sospechado quién pudiera ser
-aquel Beltenebrós. Después de reponer su salud durante algún tiempo
-en un lugar retirado, el caballero adquirió armas y caballo, tomó un
-escudero y fué a visitar a su señora en su castillo de Miraflores,
-dejando sembrado su camino de las más gloriosas hazañas, que llevaban
-por todas partes la fama del nuevo caballero Beltenebrós, tanto que
-todo el mundo decía que, desaparecido Amadís, no había en el orbe quien
-pudiera igualarse con él.</i></p>
-
-<p><i>Guardó rigurosamente el incógnito hasta que en una descomunal
-batalla que tuvo Lisuarte con el rey Cildadán de Irlanda, al ver que
-flaqueaban los ingleses, Beltenebrós, que venía realizando magníficos
-hechos de armas, se metió por medio de todos gritando:</i></p>
-
-<p><i>—¡Gaula, Gaula, que yo soy Amadís!</i></p>
-
-<p><i>Y con su esfuerzo libertó al rey Lisuarte, que ya había caído en
-poder de los enemigos.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_6">
- <h3 title="Lib. II, Cap. VI: El castillo de Arcalaus">CAPÍTULO SEXTO</h3>
- <p class="subh3c">EL CASTILLO DE ARCALAUS</p>
-</div>
-
-<p><i>Con ello creció hasta el extremo la fama e influencia de
-Amadís en la corte del rey Lisuarte, el cual<span class="pagenum"
-id="Page_115">p. 115</span> nada hacía ya sino por mediación de su
-heroico caballero. Mas entre tanto la envidia no estaba queda y algunas
-caballeros de edad, que veían extinguido su influjo, supieron hacer de
-modo que el rey llegara a creer que Amadís proyectaba traidoramente
-apoderarse del reino para él y los suyos.</i></p>
-
-<p><i>Entonces Lisuarte mostró públicamente su desprecio a Amadís,
-el cual, aunque muy dolorido de separarse de Oriana, oído el consejo
-que ésta le dió diciéndole que su honor era antes que todo, retiróse
-a la Ínsola Firme, con un cortejo como de rey, formado por todos los
-caballeros de su familia y gran número de amigos, con lo que apenas le
-quedaron caballeros de valía, en su corte, al rey Lisuarte.</i></p>
-
-<p><i>Poco después, suscitados por Arcalaus el Encantador, que no
-perdonaba ocasión de mover guerra al rey de la Gran Bretaña, tomaron
-contra él las armas seis poderosos reyes dirigidos por el rey Arábigo.
-Nunca se había visto Lisuarte en peligro semejante y era más que
-probable que no pudiera resistir a enemigos tan fuertes, privado del
-apoyo de los caballeros de Amadís.</i></p>
-
-<p><i>A tal sazón, estaba éste en Gaula con Perión, su padre, y su
-hermano don Florestán. Amadís había prometido a su dama que nunca
-haría armas contra el rey Lisuarte y estaba muy triste por no poder
-tomar parte en aquella guerra descomunal. Tratando de ello, llegaron a
-acordar el padre y los dos hijos, que aunque eran muchas las ofensas
-que del rey<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> de la
-Gran Bretaña habían recibido, irían secretamente y disfrazados a
-prestarle auxilio. Fueron así, en efecto, con armas que les envió
-Urganda la Desconocida, cuyos escudos estaban adornados con sierpes
-de oro. Y la armadura de Amadís había un yelmo dorado. Pasaron a la
-Gran Bretaña, llegaron al campo de batalla; con el esfuerzo de sus
-brazos decidieron ésta en favor de Lisuarte cuando el rey la tenía
-ya perdida, y antes de que el socorrido monarca pudiera buscar a sus
-favorecedores, supieron ocultarse en un bosque, protegidos por el manto
-de la noche.</i></p>
-
-<p>Algunos días folgaron en aquella floresta el rey Perión e sus fijos,
-<i>y yendo en busca de la nave que había de volverlos a Gaula</i>,
-fallaron cabe una fuente una doncella, que a su palafrén a beber daba,
-vestida ricamente, y encima una capa de escarlata, que con hebillas e
-ojales de oro se abrochaba, y dos escuderos y dos doncellas con ella,
-que le traían falcones e canes, con que cazaba; e como ella los vió,
-conociólos luego en las armas de las sierpes, e fué, faciendo grande
-alegría, contra ellos; e como llegó, saluólos con mucha homildad,
-faciendo señas que era muda. Ellos la saluaron, y parecióles muy
-fermosa, e hobieron mancilla que fuese muda. Ella se llegaba al del
-yelmo dorado, e abrazábalo y queríale besar las manos; e cuando así
-una pieza estovo, convidábalos por señas que fuesen aquella noche
-sus huéspedes en un su castillo, mas ellos no le entendían.<span
-class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> Ella fizo seña a sus
-escuderos que gelo declarasen, e así lo ficieron. Ellos, viendo aquella
-buena voluntad y que era ya muy tarde, fuéronse con ella a salva fe,
-y no andovieron mucho, que llegaron a un fermoso castillo, teniendo
-a la doncella por muy rica, pues que dél era señora; y entrando en
-él, fallaron gentes que los recibieron homildosamente, y otras dueñas
-y doncellas, que todas acataban a la muda como a señora; luego les
-tomaron los caballos, e subieron a ellos a una rica cámara, que sería
-veinte codos en alto de la tierra, e faciéndolos desarmar, les trajeron
-ricos mantos que cobriesen; y desque hobieron hablado con la muda
-y con las otras doncellas, trajéronles de cenar e fueron muy bien
-servidos, y ellas se fueron a sus aposentamientos; mas no tardó mucho
-que luego volvieron con muchas candelas e instrumentos acordados para
-les dar placer, e cuando fué tiempo de dormir dejáronlos e fuéronse.
-En aquella cámara había tres camas muy ricas, que la doncella muda
-mandara hacer, e posiéronles sus armas cabe cada cama. Ellos se
-acostaron e dormieron asosegadamente, como aquellos que trabajados e
-fatigados andaban, e aunque sus espíritus reposaban, no lo hacían sus
-vidas, según en el peligroso lazo en que metidos eran, que con mucha
-causa se puede comparar a las cosas deste mundo; que sabed que aquella
-cámara era fecha por una muy engañosa arte, que toda ella se sostenía
-sobre un estello de fierro hecho como husillo<span class="pagenum"
-id="Page_118">p. 118</span> de lagar, cerrado en otro de madera que
-en medio de la cámara estaba, e podíase abajar e alzar por debajo,
-trayendo una palanca de hierro al derredor; que la cámara no llegaba
-a pared ninguna; así que, cuando a la mañana despertaron, falláronse
-en hondón otros veinte codos que en alto estaban cuando en ella
-entraron.</p>
-
-<p>Los tres caballeros, cuando fueron despiertos e no vieron señal
-ninguna de claridad, y sentían cómo la gente del castillo sobre ellos
-andaba, mucho se maravillaron, y levantáronse de los lechos, e buscando
-a tiento la puerta y las finiestras, falláronlas; pero metiendo las
-manos por ellas, topaban en el muro del castillo; así que luego
-conocieron que eran traídos a engaño. Estando con gran pesar de se ver
-en tal peligro, pareció suso a una finiestra de la cámara un caballero
-grande y membrudo, y el rostro había medroso, y en la barba e cabeza
-más cabellos blancos que negros, y vestía paños de duelo, e dijo a una
-voz alta:</p>
-
-<p>—¿Quién yace allá dentro, que mal seáis albergados? Que, según el
-gran pesar que me habéis fecho, así fallaréis la mesura y merced,
-que serán muy crueles e amargas muertes, e aun con esto no seré
-vengado, según lo que de vos recebí en la batalla del falso rey
-Lisuarte. Sabed que yo soy Arcalaus el Encantador; si me nunca vistes,
-agora me conoced; que nunca ninguno me hizo pesar que dél no<span
-class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span> me vengase, si no es de uno
-solo, que aun yo cuido tener donde vos estáis.</p>
-
-<p>E la doncella que cabe él estaba dijo:</p>
-
-<p>—Buen tío, aquel mancebo que allí está es el que traía el yelmo
-dorado.</p>
-
-<p>Y tendió la mano contra Amadís. Cuando ellos esto vieron, que aquel
-era Arcalaus, fueron en gran pavor de muerte, e por extraña cosa
-tovieron ver fablar a la doncella muda que los allí trajera.</p>
-
-<p>Arcalaus les dijo:</p>
-
-<p>—Caballeros, yo vos haré ante mí tajar las cabezas, y enviarlas he
-al rey Arábigo, en alguna emienda de lo que le deservistes.</p>
-
-<p>E tiróse de la finiestra, e mandóla cerrar, e quedó la cámara tan
-escura, que no se veían unos a otros.</p>
-
-<p>Así como oís pasaron aquel día sin comer e sin beber, y desque
-Arcalaus cenó e pasó ya parte de la noche, vínose a la finiestra donde
-ellos estaban, con dos hachas encendidas, e <i>la sobrina</i>, e
-mandóla abrir, e dijo:</p>
-
-<p>—Vos, caballeros que allá yacéis, cuido que comeríades, si
-toviésedes qué.</p>
-
-<p>—De grado —dijo don Florestán—, si nos lo mandásedes dar.</p>
-
-<p>Él dijo:</p>
-
-<p>—Si en voluntad lo tengo, Dios me la quite; pero porque del todo
-no quedéis desconsolados, en emienda de la comida os quiero decir
-unas nuevas. Sabed<span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>
-cómo agora, después que fué noche, vinieron a la puerta del castillo
-dos escuderos e un enano, que preguntaban por los caballeros de las
-armas de las sierpes, e mandélos prender y echar en una prisión que
-ende debajo tenéis. Destos sabré mañana quién sois, o los haré cortar
-miembro a miembro.</p>
-
-<p>Sabed que esto que Arcalaus les dijo era así verdad; que los de la
-galea, viendo que tardaban y tenían el tiempo enderezado para navegar,
-acordaron que los buscasen Gandalín y el Enano e Orfeo, el repostero
-del Rey, e a éstos tenían en la prisión, como es dicho. Mucho les pesó
-al Rey e a sus hijos destas nuevas, porque muy peligrosas eran. Dinarda
-dijo:</p>
-
-<p>—Tío, sostenedles la vida, porque con ella mayor pena sostengan.</p>
-
-<p>—Pues que así os parece, sobrina —dijo él—, yo lo faré.</p>
-
-<p>E díjoles entonces:</p>
-
-<p>—Caballeros, decidme en vuestra fe cuál vos aqueja más, la hambre o
-la sed.</p>
-
-<p>—Pues que hemos de decir verdad —dijeron ellos—, aunque el comer era
-más conveniente primero, la sed nos aqueja mucho.</p>
-
-<p>Entonces dijo Arcalaus a una doncella:</p>
-
-<p>—Sobrina, echadles una empanada de tocino, porque no digan que no
-acorro a su menester.</p>
-
-<p>Y fuése de allí, e todos los otros.</p>
-
-<p>Aquella doncella vió a Amadís tan apuesto, e sabiendo<span
-class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> las grandes caballerías que
-en la batalla hiciera, era mucho movida a piedad dél e de los otros; e
-luego puso en un cesto un barril de agua e otro de vino e la empanada,
-e colgándolo por una cuerda, gelo dió, diciendo:</p>
-
-<p>—Tomad esto y tenedme poridad; que si yo puedo, no lo pasaréis
-mal.</p>
-
-<p>Amadís gelo gradeció mucho, y ella se fué. Con aquello cenaron, e
-acostáronse en sus camas, e mandaron a sus escuderos, que allí con
-ellos estaban, que toviesen las armas en tal parte donde las fallasen;
-que si de hambre no morían, de otra manera ellos venderían bien sus
-vidas.</p>
-
-<p>Gandalín e Orfeo y el Enano fueron metidos en la prisión que era
-deyuso de aquel sobrado donde sus señores estaban, e hallaron hi una
-dueña e dos caballeros; el uno, que era su marido e ya de días, y el
-otro su fijo, asaz mancebo; e había un año que allí estaban, e fablando
-unos con otros, dijo Gandalín cómo viniendo en busca de los tres
-caballeros de las armas de las sierpes, los habían prendido.</p>
-
-<p>—¡Santa María! —dijo el caballero—; sabed que esos que decís fueron
-en este castillo muy bien recebidos, y estando dormiendo entraron
-aquí cuatro hombres, e trayendo a derredor esta palanca de hierro que
-aquí veis, bajaron con ella este sobrado; así que, han recebido gran
-traición.</p>
-
-<p>Gandalín, que muy avisado era, entendió luego<span class="pagenum"
-id="Page_122">p. 122</span> que su señor e los otros estaban allí, y el
-peligro grande de muerte en que estaban, e dijo:</p>
-
-<p>—Pues que así es, trabajemos nos de lo subir suso; si no, ellos ni
-nosotros nunca saldremos de aquí; e creed que si ellos se salvan, que
-nosotros seremos libres.</p>
-
-<p>Entonces el caballero e su fijo de una parte, e Gandalín e Orfeo de
-la otra, comenezaron a rodear la palanca; así que, el sobrado comenzó
-luego a subir, y el rey Perión, que no dormía sosegado, más con cuita
-de sus fijos que de sí, sintiólo luego y despertólos, e díjoles:</p>
-
-<p>—¿Veis cómo el sobrado se alza, no sé por cuál razón?</p>
-
-<p>Amadís dijo:</p>
-
-<p>—Sea por cualquiera, que morir como caballeros o como ladrones gran
-diferencia es.</p>
-
-<p>E luego saltaron de los lechos, e ficieron a sus escuderos que los
-armasen, y esperaron qué sería aquello; mas el sobrado fué alzado,
-a gran afán de los que lo sobían, tanto como era menester; y el rey
-Perión e sus fijos, que a la puerta estaban, vieron por entre las
-tablas la claridad, e conocieron que por allí habían entrado; e
-trabaron della todos tres tan fuerte, que la derribaron e salieron
-al muro, donde eran los veladores, con tan gran coraje e braveza,
-que maravilla era, e comenzaron a matar e derribar del muro cuanto
-fallaban, e decir:</p>
-
-<p>—¡Gaula, Gaula; que nuestro es el castillo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>Arcalaus, que
-le oyó, fué muy espantado, e cuidando que traición era de alguno de
-los suyos, que allí había traído sus enemigos, fuyó desnudo a una
-torre e subió consigo el escalera, que andadiza era; e no se temía
-de los presos, que aquellos a buen recaudo, a su parecer, estaban;
-e asomándose a una finiestra, vió a los de las armas de las sierpes
-andar por el castillo a gran priesa, e aunque los conoció, no osó salir
-ni bajar a ellos; mas daba voces, diciendo a los suyos que les no
-temiesen, que no eran más de tres hombres. Algunos de los suyos, que
-abajo posaban, comenzáronse a armar; mas los tres caballeros, que ya el
-muro habían de los veladores delibrado, bajaron luego a ellos, que los
-oyeron, y en poca de hora los pararon tales, así muertos como heridos,
-que ninguno pareció ante ellos.</p>
-
-<p>Los que estaban en la cárcel, que oyeron lo que se hacía, dieron
-voces que los acorriesen. Amadís conoció la voz de su enano, que éste
-y la dueña habían más temor; e fueron luego para los sacar, e así lo
-ficieron, que a gran fuerza quebrantaron las armellas e abrieron la
-puerta, por donde salieron, e buscando por las casas bajas que al
-corral salían, hallaron los caballos suyos e de sus señores e otros de
-Arcalaus, que dieron al caballero e a su hijo, e un palafrén de <i>la
-sobrina</i> para la dueña, e sacáronlos todos fuera del castillo, e
-cuando fueron a caballo mandó el Rey poner fuego a las casas<span
-class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> que dentro eran, e comenzó
-a arder tan bravamente, que todo parecía una llama; el fuego era
-grande, que daba en la torre.</p>
-
-<p>Entonces se fueron por el camino que allí vinieran a la galea, e
-subiendo una sierra, vieron las grandes llamas del castillo e las voces
-de la gente, de manera que hobieron placer; así andovieron fasta ser en
-el monte alto. Entonces esclareció el día, e vieron ayuso en la ribera
-la su galea, e fueron para allá, entraron dentro, <i>y alzando las
-velas hicieron rumbo a Gaula</i>.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/i_124.jpg"
- style="width: 6em; height: auto;"
- alt="Viñeta de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Cap_I_3_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/i_125.jpg"
- style="width: 30em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <p class="fs150 centra ws1 mt2">LIBRO TERCERO</p>
- <p class="fs120 centra ws1 mt05">EL CABALLERO DE LA VERDE ESPADA</p>
- <hr class="tir" />
- <h3 title="Lib. III, Cap. I: La muerte del Endriago">CAPÍTULO PRIMERO</h3>
- <p class="subh3c">LA MUERTE DEL ENDRIAGO</p>
-</div>
-
-<p><i>Durante los años siguientes, Amadís, que por su enojo con el
-rey Lisuarte no podía volver a la corte de la Gran Bretaña y estaba
-privado de ver a su amada Oriana, con el nombre del Caballero de la
-Verde Espada —por una que a gran honra suya había ganado— anduvo por
-Alemania, Bohemia y Romania, corriendo siempre los más bravos peligros
-y realizando descomunales hazañas, tanto que por todas aquellas tierras
-no había caballero más famoso que el de la Verde Espada.</i></p>
-
-<p><i>Ganó entonces la amistad de un sabio médico, el maestro Elisabat,
-que desde entonces lo acompañó siempre en sus viajes y más de una vez
-salvó su vida y las de sus amigos con sus profundos conocimientos en el
-arte de curar heridas.</i></p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_126.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15"><span class="pagenum" id="Page_126">p.
-126</span><i>Embarcóse para pasar a la corte del Emperador de
-Constantinopla, y yendo por la mar navegando</i> con muy buen viento,
-súbitamente tornando al contrario, como muchas veces acaece, fué la
-mar tan embravecida, tan fuera de compás, que ni la fuerza de la
-fusta, que grande era, ni la sabiduría de los mareantes no pudieron
-tanto resistir, que muchas veces en peligro de ser anegada no fuese;
-las<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> lluvias eran tan
-espesas e los vientos tan apoderados y el cielo tan escuro, que en
-gran desesperación estaban de ser las vidas remediadas. Así andovieron
-ocho días, sin saber ni atinar a cuál parte de la mar andoviesen, sin
-que la tormenta un punto ni momento cesase; en cabo de los cuales, con
-la gran fuerza de los vientos, una noche, antes que amaneciese, la
-fusta a la tierra llegada fué tan reciamente, que por ninguna guisa la
-podían despegar; esto dió gran consuelo a todos, como si de muerte a
-la vida tornados fueran; mas <i>después</i> reconociendo los marineros
-en la parte que estaban, sabiendo ser allí la ínsola que del Diablo se
-llamaba, donde una bestia fiera toda la había despoblado, en dobladas
-angustias y dolores sus ánimos fueron, teniéndolo en muy mayor grado de
-peligro que el que en la mar esperaban.</p>
-
-<p><i>Los marineros, llenos de espanto, agotaban en vano sus fuerzas
-luchando por apartar de allí a la nave, y el maestro Elisabat, en
-tanto, describíale a Amadís cómo era la espantable criatura, hija de
-horrendo pecado, que señoreaba la isla.</i> Tenía el cuerpo y el rostro
-cubierto de pelo, y encima había conchas, sobrepuestas unas sobre
-otras, tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, e las piernas
-e pies eran muy gruesos y recios, y encima de los hombros había alas
-tan grandes, que fasta los pies le cobrían, e no de péñolas, mas de
-un cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte, que<span
-class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> ninguna arma las podía
-empecer, con las cuales se cobría como lo ficiese un hombre con un
-escudo; y debajo dellas le salían brazos muy fuertes, así como de león,
-todos cobiertos de conchas más menudas que las del cuerpo, e las manos
-había de hechura de águila, con cinco dedos, e las uñas tan fuertes e
-tan grandes, que en el mundo non podía ser cosa tan fuerte que entre
-ellas entrase, que luego no fuese desfecha. Dientes tenía dos en cada
-una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de la boca un codo
-le salían, e los ojos grandes y redondos, muy bermejos, como brasas;
-así que, de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos, e todas las gentes
-huían dél. Saltaba e corría tan ligiero, que no había venado que por
-pies se le podiese escapar; comía y bebía pocas veces, e algunos
-tiempos ningunas, que no sentía en ello pena ninguna; toda su holganza
-era matar hombres e las otras animalías vivas, e cuando fallaba leones
-e osos, que algo se le defendían, tornaba muy sañudo, y echaba por sus
-narices un humo tan espantable, que semejaba llamas de fuego, e daba
-unas voces roncas, espantosas de oír; así que todas las cosas vivas
-huían ant’él como ante la muerte; olía tan mal, que no había cosa que
-no emponzoñase. Era tan espantoso cuando sacudía las conchas unas con
-otras, e facía crujir los dientes e las alas, que no parecía sino que
-la tierra facía estremecer.</p>
-
-<p>—Tal es esta animalía, Endriago llamado, como<span class="pagenum"
-id="Page_129">p. 129</span> os digo —dijo el maestro Elisabat—. Esto es
-lo que yo sé desta mala y endiablada bestia.</p>
-
-<p>El Caballero de la Verde Espada dijo:</p>
-
-<p>—Maestro, grandes cosas me habéis dicho, e mucho sofre Dios nuestro
-Señor a aquellos que le desirven; pero, al fin, si se no enmiendan,
-dales pena tan crecida como ha sido su maldad; e agora os ruego,
-maestro, que digáis de mañana misa, porque yo quiero ver a esta ínsola,
-e si Él me aderezare, tornarla a su santo servicio.</p>
-
-<p>Aquella noche pasaron con gran espanto, así de la mar, que muy
-brava era, como del miedo que del Endriago tenían, pensando que
-saldría a ellos de un castillo que allí cerca tenía, donde muchas
-veces albergaba; y el alba del día venida, el maestro cantó misa, y el
-Caballero de la Verde Espada la oyó con mucha homildad, rogando a Dios
-le ayudase en aquel peligro que por su servicio se quería poner; e si
-su voluntad era que su muerte allí fuese venida, Él por la su piedad
-le hobiese merced al alma. E luego se armó e fizo sacar su caballo en
-tierra, e Gandalín con él, e dijo a los de la nao:</p>
-
-<p>—Amigos, yo buscaré esta bestia por estas montañas, e si della
-escapo, <i>tocará la bocina Gandalín y</i> tornarme he a vosotros; e si
-no, haced lo que mejor vierdes.</p>
-
-<p>Cuando esto oyeron ellos, fueron muy espantados, más que de ante
-eran; porque aun allí dentro en la mar todos sus ánimos no bastaban
-para sofrir<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> el miedo
-del Endriago, e por más afrenta y peligro que la braveza grande de la
-mar le tenían.</p>
-
-<p>Entonces se partió el Caballero de la Verde Espada dellos, quedando
-todos llorando, y <i>él iba</i> con aquel esfuerzo y semblante que
-su bravo corazón le otorgaba, et Gandalín en pos dél, llorando
-fuertemente, creyendo que los días de su señor con la fin de aquel día
-la habrían ellos. El Caballero volvió a él, e díjole riendo:</p>
-
-<p>—Mi buen hermano, no tengas tan poca esperanza en la misericordia
-de Dios ni en la vista de mi señora Oriana, que así te desesperes; que
-no solamente tengo delante mí la su sabrosa membranza, más su propria
-persona, e mis ojos la veen, y me está diciendo que la defienda yo
-desta bestia mala. Pues ¿qué piensas tú, mi verdadero amigo, que debo
-yo hacer? ¿No sabes que en la su vida e muerte está la mía? ¿Consejarme
-has tú que la deje matar y que ante mis ojos muera? No plega a Dios que
-tal pensases; e si tú no la vees, yo la veo, que delante mí está, pues
-si su sola membranza me hizo pasar a mí gran honra las cosas que tú
-sabes, ¿qué tanto más debe poder su propia presencia?</p>
-
-<p>E diciendo esto, crescióle tanto el esfuerzo, que muy tarde se le
-facía en no fallar el Endriago; y entrando en un valle de brava montaña
-y peñas de muchas concavidades, dijo:</p>
-
-<p>—Da voces, Gandalín, porque por ellas podrá ser<span
-class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> que el Endriago a nosotros
-acudirá; et ruégote mucho que si aquí moriere, procures de llevar a mi
-señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi corazón;
-e dile que gelo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo ajeno
-llevaba comigo.</p>
-
-<p>Cuando Gandalín esto oyó, no solamente dió voces, mas mesando sus
-cabellos, llorando, dió grandes gritos, deseando su muerte antes que
-ver la de aquel su señor, que tanto amaba, et no tardó mucho que vieron
-salir de entre las peñas el Endriago muy más bravo e fuerte que lo
-nunca fué. Venía tan sañudo, echando por la boca humo mezclado con
-llamas de fuego, e firiendo los dientes unos con otros, faciendo gran
-espuma e faciendo crujir las conchas e las alas tan fuertemente, que
-gran espanto era de lo ver. Así hobo el Caballero de la Verde Espada,
-especialmente oyendo los silbos e las espantosas voces roncas que
-daba; e como quiera que por palabra gelo señalaran, en comparación de
-la vista era tanto como nada; e cuando el Endriago los vió comenzó a
-dar grandes saltos e voces, como aquel que mucho tiempo pasara sin que
-hombre ninguno viera, e luego se vino contra ellos. Cuando los caballos
-del de la Verde Espada y de Gandalín lo vieron, comenzaron a fuir tan
-espantados, que apenas los podían tener, dando muy grandes bufidos. E
-cuando el de la Verde Espada vió que a caballo a él no se podía llegar,
-descendió muy presto e dijo a Gandalín:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span>—Hermano, tente
-afuera en ese caballo, porque ambos no nos perdamos, et mira la ventura
-que Dios me querrá dar contra este diablo tan espantable, e ruégale que
-por la su piedad me guíe cómo le quite yo de aquí, y sea esta tierra
-tornada al su servicio; e si aquí tengo de morir, que me haya merced
-del ánima, y en lo otro faz como te dije.</p>
-
-<p>Gandalín no le podo responder; tan reciamente lloraba, porque su
-muerte veía tan cierta, si Dios milagrosamente no lo escapase. El
-Caballero de la Verde Espada tomó su lanza e cubrióse de su escudo
-como hombre que ya la muerte tenía tragada, perdido todo su pavor, e
-lo más que podo se fué contra el Endriago así a pie como estaba. El
-diablo, como lo vido, vino luego para él, y echó un fuego por la boca
-con un humo tan negro, que apenas se podían ver el uno al otro, y el
-de la Verde Espada se metió por el fumo adelante, y llegando cerca
-dél, le encontró con la lanza por muy gran dicha en el un ojo, así que
-gelo quebró; y el Endriago echó las uñas en la lanza e tomóla con la
-boca e hízola pedazos, quedando el fierro con un poco del asta metido
-por la lengua e por las agallas; que tan recio vino, que él mesmo se
-metió por ella; e dió un salto por lo tomar, mas con el desatiento
-del ojo quebrado no pudo, e porque el caballero se guardó con gran
-esfuerzo e viveza de corazón, así como aquel que se vía en la misma
-muerte, et puso mano a la su muy buena espada,<span class="pagenum"
-id="Page_133">p. 133</span> e fué a él que estaba como desatentado,
-así del ojo como de la mucha sangre que de la boca le salía, e con los
-grandes resoplidos y resollidos que daba, todo lo más de ella se le
-entraba por la garganta, de manera que cuasi el aliento le quitara,
-e no podía cerrar la boca ni morder con ella; y llegó a él por el un
-costado, e dióle tan gran golpe por cima del concás, que le no pareció
-sino que diera en una peña dura, e ninguna cosa le cortó.</p>
-
-<p>Como el Endriago le vido tan cerca de sí, pensóle de tomar entre
-sus uñas, e no le alcanzó sino en el escudo, e levógelo tan recio que
-le fizo dar de manos en tierra; y en tanto que el diablo lo despedazó
-todo con sus muy fuertes e duras uñas, hobo el Caballero de la Verde
-Espada logar de levantarse, e como sin escudo se vió, e la espada no
-cortaba ninguna cosa, bien entendió que su fecho no era nada, si Dios
-no le enderezase a que el otro ojo le pudiese quebrar; que por otra
-ninguna parte no aprovechaba nada trabajar de lo ferir, e con saña,
-pospuesto todo temor, fuése para el Endriago, que muy fallecido e flaco
-estaba de la mucha sangre que perdía del ojo quebrado; e como las cosas
-pasadas de su propria servidumbre se caen y perecen, e ya enojado
-nuestro Señor que el enemigo malo hobiese tenido tanto poder y fecho
-tanto mal en aquellos que, aunque pecadores, en su santa fe católica
-creían, quiso darle el esfuerzo e gracia especial, que sin ella ninguno
-fuera poderoso<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> de
-acometer ni osar esperar tan gran peligro, a este caballero, para que
-sobre toda orden de natura diese fin a aquel que a muchos lo había
-dado; y pensando acertarle en el otro ojo con la espada, quísole Dios
-guiar a que gela metió por una de las ventanas de las narices, que muy
-anchas las tenía, e con la gran fuerza que puso e la que el Endriago
-traía, el espada caló tanto, que le llegó a los sesos; mas el Endriago,
-como le vido tan cerca, abrazóse con él, e con las sus muy fuertes e
-agudas uñas rompióle todas las armas de las espaldas e la carne e los
-huesos fasta las entrañas; e como él estaba ahogado de la mucha sangre
-que bebía, e con el golpe de la espada que a los sesos le pasó, e
-sobre todo, la sentencia que de Dios sobre él era dada, e no se podía
-revocar, no se podiendo ya tener, abrió los brazos e cayó a la una
-parte como muerto sin ningún sentido. El caballero, como así lo vió,
-tiró por la espada y metiógela por la boca cuanto más pudo, tantas
-veces, que lo acabó de matar; pero quiero que sepáis que antes que el
-alma le saliese, salió de su boca el diablo e fué por el aire con muy
-gran tronido; así que los que estaban en <i>la nave</i> lo oyeron como
-si cabe ellos fuera, de lo cual hobieron gran espanto.</p>
-
-<p>Pues como el Endriago fué muerto, el Caballero se quitó afuera,
-e yéndose para Gandalín, que ya contra él venía, no se pudo tener,
-e cayó amortecido cabe un arroyo de agua que por allí pasaba.<span
-class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> Gandalín, como llegó y le
-vió tan espantables heridas, cuidó que era muerto, y dejándose caer del
-caballo, comenzó a dar muy grandes voces, mesándose. <i>Mas después</i>
-cabalgó muy presto en su caballo, e subiéndose en un otero, tocó la
-bocina lo más recio que pudo, en señal que el Endriago era muerto.
-Ardian el enano oyólo, e dió muy grandes voces al maestro Elisabat que
-acorriese a su señor, que el Endriago era muerto. Y él, como estaba
-apercebido, cabalgó con todo el aparejo que menester era, e fué lo más
-presto que podo por el derecho que el enano le señaló; e no andovo
-mucho que vió a Gandalín encima del otero, el cual, como el maestro
-vió, vino corriendo contra él e dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, señor!; por Dios e por merced acorred a mi señor, que mucho es
-menester; que el Endriago es muerto.</p>
-
-<p>El maestro, cuando esto oyó, hobo gran placer con aquellas buenas
-nuevas que Gandalín decía, no sabiendo el daño del Caballero, e aguijó
-cuanto más podo, e Gandalín le guiaba, fasta que llegaron donde el
-Caballero de la Verde Espada estaba, e halláronlo muy desacordado, sin
-ningún sentido.</p>
-
-<p>El maestro Elisabat quitó luego su manto, e tendiólo en el suelo,
-e tomáronlo él e Gandalín, e puniéndolo encima, le desarmaron lo más
-quedo que podieron; e cuando el maestro le vió las llagas, aunque
-él era uno de los mejores del mundo de aquel<span class="pagenum"
-id="Page_136">p. 136</span> menester, e había visto muchas e grandes
-heridas, mucho fué espantado y desafuciado de su vida; mas como aquel
-que lo amaba y tenía por el mejor caballero del mundo, pensó de poner
-todo su trabajo por le guarecer, e catándole las heridas, vió que todo
-el daño estaba en la carne e en los huesos, y que no le tocara en las
-entrañas. Tomó mayor esperanza de lo sanar, e concertóle los huesos e
-las costillas, e cosióle la carne, e púsole tales melecinas, e ligóle
-tan bien todo el cuerpo al derredor, que le fizo restañar la sangre
-y el aliento que por allí salía, e luego le vino al Caballero mayor
-acuerdo y esfuerzo, de guisa que podo hablar, e abriendo los ojos,
-dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh Señor Dios todopoderoso, que por tu gran piedad quesiste venir
-en el mundo e tomaste carne humana en la Virgen María, pídote, Señor,
-como uno de los más pecadores, que hayas merced de mi ánima, que el
-cuerpo condenado es a la tierra!</p>
-
-<p><i>Con grandes cuidados, lleváronlo a un castillo desmantelado que
-en la isla había, donde, gracias a la ciencia del maestro Elisabat,
-recobró la salud en no mucho tiempo.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_3_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span></p>
- <h3 title="Lib. III, Cap. II: Las coronas de la Infanta">CAPÍTULO SEGUNDO</h3>
- <p class="subh3c">LAS CORONAS DE LA INFANTA</p>
-</div>
-
-<p><i>Aún estaba enfermo Amadís en la Isla del Diablo, cuando el
-maestro Elisabat escribió al Emperador de Constantinopla, cuya era la
-Isla, diciéndole cómo el Caballero de la Verde Espada había muerto el
-Endriago y librado a la isla de su terrible morador. El Emperador y
-toda su corte fueron asombrados de que semejante hazaña hubiera podido
-ser acometida por caballero alguno y el Emperador mandó a un sobrino
-suyo, llamado Gastiles, que con grande acompañamiento fuera a la Isla
-del Diablo y trajera a la Corte a aquel heroico Caballero.</i></p>
-
-<p><i>Cumplió Gastiles lo que había mandado, y así, cuando el Caballero
-de la Verde Espada pudo embarcarse, curado ya de sus heridas, hicieron
-rumbo a Constantinopla, donde</i> en poco espacio de tiempo fueron
-aportados debajo de los palacios del Emperador. La gente salió a las
-finiestras por ver el Caballero de la Verde Espada, que lo mucho
-deseaban ver; y el Emperador les mandó llevar unas bestias en que
-cabalgasen.</p>
-
-<p>A la hora estaba ya el Caballero de la Verde Espada mucho más
-mejorado en su salud y hermosura, vestido de unos muy hermosos e ricos
-paños.</p>
-
-<p>Pues salidos de la mar, cabalgando en aquellos<span class="pagenum"
-id="Page_138">p. 138</span> ricos e ataviados palafrenes que les
-trajeran, se fueron al Emperador, que ya contra ellos venía, muy
-acompañado de grandes hombres e muy ricamente ataviados. E apartándose
-todos, llegó el Caballero de la Verde Espada e quísose apear para le
-besar las manos; mas el Emperador cuando esto vió no gelo consintió,
-antes se fué para él e lo tovo abrazado, mostrándole muy gran amor, que
-así lo tenía con él, e dijo:</p>
-
-<p>—Por Dios, Caballero de la Verde Espada, mi buen amigo, como quiera
-que Dios me haya fecho tan grande hombre y venga del linaje de aquellos
-que este señorío tan grande tovieron, más merecéis vos la honra que
-la yo merezco; que vos la ganastes por vuestro gran esfuerzo, pasando
-tan grandes peligros cual nunca otro pasó, e yo tengo la que me vino
-dormiendo e sin merecimiento mío.</p>
-
-<p>El Caballero del Enano le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, a las cosas que tienen medida puede hombre satisfacer; pero
-no a esta, que por su gran virtud en tanto loor me ha puesto; e por
-esto, señor, quedará para que esta mi persona hasta la muerte le sirva
-en aquellas cosas que me mandare.</p>
-
-<p>Y así fablando se tornó el Emperador con él a sus palacios, y el de
-la Verde Espada iba mirando aquella gran ciudad, e las cosas extrañas
-e maravillosas que en ella vía, e tantas gentes que lo salían a ver, e
-daba en su corazón con grande homildad muchas gracias a Dios porque en
-tal logar le guiara<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>
-donde tanta honra del mayor hombre de los cristianos recebía; e todo
-cuanto en las otras partes viera le parecía nada en comparación de
-aquello; pero mucho más maravillado fué cuando entró en el gran
-palacio, que allí le pareció ser junta toda la riqueza del mundo.
-Había allí un aposentamiento donde el Emperador mandaba aposentar los
-grandes señores que a él venían, que era el más hermoso e deleitoso
-que en el mundo se podía hallar, así de ricas casas como de fuentes de
-agua e árboles muy extraños. E allí mandó quedar al Caballero de la
-Verde Espada e al maestro Elisabat, que lo curase, e a Gastiles que le
-ficiese compañía; y dejándolo reposar, se fué con sus hombres buenos
-donde él posaba. Toda la gente de la ciudad, que viera al Caballero de
-la Verde Espada, fablaban mucho en su gran hermosura, e mucho más en el
-grande esfuerzo suyo, que era mayor que de caballero otro ninguno; e si
-él se había maravillado de ver tal ciudad como aquella e tanto número
-de gente, mucho más lo eran ellos en lo ver a él solo; así que de todos
-era loado e honrado más que lo nunca fué rey ni grande ni caballero que
-allí de tierras extrañas viniesen.</p>
-
-<p>Otro día de mañana levantóse el Caballero de la Verde Espada, e
-vistióse de sus paños lozanos e hermosos, según él vestir los solía,
-y Gastiles con él, y el maestro Elisabat, e fueron todos de consuno
-juntos a oír misa con el Emperador a su capilla,<span class="pagenum"
-id="Page_140">p. 140</span> donde los atendía, e luego se fueron a ver
-a la Emperatriz; pero antes que a ella llegasen fallaron en comedio
-muchas dueñas e doncellas muy ricamente ataviadas de ricos paños, que
-les facían logar por do pasasen e buen recebimiento. La casa era tan
-rica e tan bien guarnida, que si la rica cámara defendida de la Ínsola
-Firme no, otra tal nunca el Caballero de la Verde Espada viera, e los
-ojos le cansaban de mirar tantas mujeres e tan hermosas, e las cosas
-extrañas que vía, e llegando a la Emperatriz, que en su estrado estaba,
-fincó los hinojos ante ella con mucha humildad e dijo:</p>
-
-<p>—Señora, mucho gradezco a Dios en me traer donde viese a vos e a
-vuestra grande alteza, y el valor que sobre las otras señoras tiene que
-en el mundo son, e la vuestra casa acompañada e ornada de tantas dueñas
-e doncellas de tan gran guisa. A Él le plega, por la su merced, de me
-llegar a tiempo que algo destas grandes mercedes le pueda servir.</p>
-
-<p>La Emperatriz le tomó por las manos e díjole que no estoviese así
-de hinojos, e fízole sentar cerca de sí, y estovo con él fablando una
-gran pieza en aquellas cosas que tan alta señora con caballero extraño
-que no conocía debía hablar; y él respondiendo con tanto tiento e tanta
-gracia, que la Emperatriz, que muy cuerda era e lo miraba, decía entre
-sí que no podía ser su esfuerzo tan grande que a su mesura e discreción
-sobrepujar podiese.</p>
-
-<p>El Emperador estaba a esta sazón en su silla<span class="pagenum"
-id="Page_141">p. 141</span> sentado, hablando e riendo con las dueñas e
-doncellas. E díjoles en voz alta, que todas lo oyeron:</p>
-
-<p>—Honradas dueñas e doncellas, vedes aquí el Caballero de la Verde
-Espada, vuestro leal sirviente; honralde e amalde, que así lo hace él a
-todas vosotras cuantas sois en el mundo; que poniéndose a muy grandes
-peligros por vos hacer alcanzar derecho, muchas veces es llegado al
-punto de la muerte, según que dél he oído a aquellos que sus grandes
-cosas saben.</p>
-
-<p>El Emperador hizo levantar dos infantas, que eran hijas del rey de
-Hungría, e díjoles:</p>
-
-<p>—Id por mi hija Leonorina, e no vengan con ella sino vos ambas.</p>
-
-<p>Ellas así lo ficieron, e a poco rato vinieron con ella, trayéndola
-entre sí por los brazos, e como quiera que ella viniese muy bien
-guarnida, todo parecía nada ante lo natural de su gran fermosura, que
-no había hombre en el mundo que la viese que se no maravillase e no
-alegrase en la mirar. Ella era niña, que no pasaba de nueve años, e
-llegando donde su madre la Emperatriz estaba, besóle las manos con
-homil reverencia, e sentóse en el estrado más bajo que ella estaba. El
-Caballero de la Verde Espada la miraba muy de grado, maravillándose
-mucho de su gran fermosura, que le parecía ser más fermosa de las que
-él visto había por las partes donde andado había, e membróse aquella
-hora de la muy fermosa Oriana, su señora, que más que a sí<span
-class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> amaba, e del tiempo en que
-la él comenzó a amar, que sería de aquella edad, e de cómo el amor
-que entonces con ella posiera siempre había crescido, e no menguado.
-Tanto fué encendido en esta membranza, que, como fuera de sentido, le
-vinieron las lágrimas a los ojos; así que todos le vieron llorar, que
-por su gran bondad todos en él paraban mientes; mas él, tornando en sí,
-habiendo gran vergüenza, alimpió los ojos e fizo buen semblante. Mas el
-Emperador, que más cerca estaba, que así lo vió llorar, creyó que lo no
-haría sin algún gran misterio. Gastiles, que cabe él estaba, dijo:</p>
-
-<p>—¿Qué será, que tal hombre como este en tal parte así llorase?</p>
-
-<p>—Yo no se lo preguntaría —dijo el Emperador—, mas creo que fuerza de
-amor gelo hizo hacer.</p>
-
-<p>—Pues, señor, si lo saber queréis, no hay quien lo sepa sino
-el maestro Elisabat, en quien mucho se fía, e fabla mucho con él
-apartadamente.</p>
-
-<p>Entonces lo mandó llamar, e hízolo sentar ante sí, e le dijo:</p>
-
-<p>—Maestro, quiero que me digáis una verdad, si la sabéis. ¿Por qué
-lloró agora el Caballero de la Verde Espada? Decídmelo, que de lo ver
-estoy espantado; que si alguna necesidad tiene en que haya menester mi
-ayuda, yo gela haré tan entera de que él será bien contento.</p>
-
-<p>Cuando esto oyó el maestro, dijo:</p>
-
-<p>—Señor, eso no lo sabría decir, porque es el<span class="pagenum"
-id="Page_143">p. 143</span> hombre del mundo que mejor encobre aquello
-que él quiere que sabido no sea; pero yo le veo llorar e cuidar tan
-fieramente, que no parece en él haber sentido alguno, e sospira con
-tan gran ansia como si el corazón en el cuerpo se le quebrase. E
-ciertamente, señor, en cuanto yo cuido, es gran fuerza de amor que le
-atormenta, teniendo soledad de aquella que ama; que si otra dolencia
-fuese, ante a mí que a otro ninguno soy cierto que se descobriría.</p>
-
-<p>—Ciertamente —dijo el Emperador—, así lo cuido yo como lo decís,
-e si él ama a alguna mujer, a Dios ploguiese que acertase ser en mi
-señorío, que tanto haber y estado le daría yo, que no hay rey ni
-príncipe que no hobiese placer de me dar su hija para él.</p>
-
-<p><i>Queriendo descubrir aquel secreto</i>, el Emperador llamó a la
-fermosa Leonorina, su hija, e a las dos infantas que la aguardaban, e
-habló con ellas una gran pieza muy afincadamente, mas por ninguno era
-oído nada de lo que les decía. E Leonorina, habiendo él ya acabado su
-habla, besóle las manos, e fuése con las infantas a su cámara, y él
-quedó hablando con sus hombres buenos.</p>
-
-<p><i>Poco después volvió a entrar</i> en el palacio aquella fermosa
-Leonorina con el su gesto resplandeciente, que todas las fermosuras
-desataba, e las infantas con ella. Y ella traía en su cabeza una
-muy rica corona, e otra muy más rica en las manos, e fuése<span
-class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> derechamente al Caballero
-de la Verde Espada, e díjole:</p>
-
-<p>—Señor Caballero de la Verde Espada, yo nunca fuí llegada a tiempo
-que pida don sino a mi padre, e agora quiérolo pedir a vos; decidme qué
-faréis.</p>
-
-<p>Y él fincó los hinojos ante ella e dijo:</p>
-
-<p>—Mi buena señora, ¿quién sería aquel de tan poco conocimiento, que
-dejase de facer vuestro mandado, podiéndolo complir? E mucho loco sería
-yo si vuestra voluntad no ficiese; e agora, mi señora, demandad lo que
-más vos agradare, que hasta la muerte será cumplido.</p>
-
-<p>—Mucho me fecistes alegre —dijo ella— e mucho os lo agradezco, e
-quiérovos pedir tres dones.</p>
-
-<p>E tirándose la fermosa corona de la cabeza, dijo:</p>
-
-<p>—Este sea el uno: que deis esta corona a la más fermosa doncella
-que vos sabéis, e saludándola de mi parte, le digáis que me envíe su
-mandado por carta o mensajero, y que le envío yo esta corona, que son
-las donas que en esta tierra tenemos, aunque no la conozco.</p>
-
-<p>E luego tomó la otra corona, en que había muchas perlas e piedras de
-muy gran valor, especialmente tres, que alumbraban toda una cámara, por
-escura que estoviese; e dándola al Caballero, dijo:</p>
-
-<p>—Esta daréis a la más fermosa dueña que vos sabéis, e decilde que
-gela envío yo por haber su conocencia, y que le ruego yo mucho que se
-me haga conocer por su mandado; este es el otro don, e antes<span
-class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> que el tercero os demande,
-quiero saber qué haréis de las coronas.</p>
-
-<p>—Lo que yo haré —dijo el Caballero— será complir luego el primer don
-e quitarme dél.</p>
-
-<p>Entonces tomó la primera corona, e poniéndola en la cabeza della,
-dijo:</p>
-
-<p>—Yo pongo esta corona en la cabeza de la más fermosa doncella que yo
-agora sé; e si hobiere alguno que lo contrario dijere, yo se lo faré
-conocer por armas.</p>
-
-<p>E todos hobieron mucho placer de lo que él fizo, e Leonorina no
-menos, aunque con vergüenza estaba de se ver loar, e decían que con
-derecho se había quitado del don.</p>
-
-<p><i>El Caballero</i> volvióse a Leonorina e dijo:</p>
-
-<p>—Mi señora, ¿queréisme demandar el otro don?</p>
-
-<p>—Sí —dijo ella—, e pídovos me digáis la razón por qué llorastes;
-¿quién es aquella que ha tan gran señorío sobre vos e sobre vuestro
-corazón?</p>
-
-<p>Al caballero se le mudó la color y buen semblante en que antes era;
-así que todos conocieron que era turbado de aquella demanda, e dijo:</p>
-
-<p>—Señora, si a vos ploguiere, dejad esta demanda, e demandad otra que
-sea más vuestro servicio.</p>
-
-<p>Y ella dijo:</p>
-
-<p>—Esto es lo que yo demando, e más no quiero.</p>
-
-<p>Él abajó la cabeza, y estovo una pieza dudando; así que muy grave
-parecía a todos haberlo él de decir; e no tardó mucho que, alzando la
-cabeza<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> con semblante
-alegre, miró a Leonorina, que delante dél estaba, e dijo:</p>
-
-<p>—Mi señora, pues por al no me puedo quitar de mi promesa, digo que
-cuando aquí primero entrastes e os miré, acordóme de la edad y del
-tiempo en que agora sois, e vínome al corazón una remembranza de otro
-tal tiempo en que ya fuí, muy bueno e sabroso; tal, que habiéndole ya
-pasado, me hizo llorar como vistes.</p>
-
-<p>Y ella dijo:</p>
-
-<p>—Pues agora me decid quién es aquella por quien se manda vuestro
-corazón.</p>
-
-<p>—La vuestra gran mesura —dijo él—, que a ninguno falleció, es contra
-mí; esto hace mi gran desdicha; e pues que más no puedo, conviene que
-contra mi placer lo diga. Sabed, señora, que aquella que yo más amo
-es la misma a quien vos enviáis la corona, que al mi cuidar es la más
-fermosa dueña de cuantas yo vi, e aun creo que de cuantas en el mundo
-hay; e por Dios, señora, no queráis de mí saber más, pues que soy quito
-de mi promesa.</p>
-
-<p>—Quito sois —dijo el Emperador—; mas por tal guisa que no sabemos
-más que ante.</p>
-
-<p>—Pues a mi parecer —dijo él— que dije tanto cual nunca por mi boca
-salió jamás, y esto causó el deseo que yo tengo de servir a esta
-hermosa señora.</p>
-
-<p>—Así Dios me salve —dijo el Emperador—, mucho debéis ser guardado
-e cerrado en vuestros amores,<span class="pagenum" id="Page_147">p.
-147</span> pues esto tenéis en algo en lo haber descobierto; e pues que
-mi fija fué la causa dello, menester es que vos demande perdón.</p>
-
-<p>—Este yerro —dijo él— han hecho otros muchos, e nunca tanto sopieron
-de mí; así que, aunque dellos fuese yo quejoso, lo suyo desta tan
-fermosa señora tengo en merced; porque siendo ella tan alta e tan
-señalada en el mundo, quiso con tanto cuidado saber las cosas de un
-caballero andante como yo lo soy; mas a vos, señor, no perdonaré yo tan
-ligero, que según la luenga y secreta habla con ella antes hobistes,
-bien parece que no por su voluntad, mas por la vuestra, lo hizo.</p>
-
-<p>El Emperador se rió mucho e dijo:</p>
-
-<p>—En todo os fizo Dios acabado; sabed que así es como lo decís; por
-ende yo quiero corregir lo suyo e lo mío.</p>
-
-<p>El de la Verde Espada fincó los hinojos por le besar las manos, mas
-él no quiso, e dijo:</p>
-
-<p>—Señor, esta emienda recibo yo para la tomar cuando por ventura más
-sin cuidado della estovierdes.</p>
-
-<p>—Eso no podrá ser —dijo el Emperador—; que vuestra memoria nunca de
-mí fallecerá ni la emienda de la mía cuando la quisierdes.</p>
-
-<p><i>Breves días permaneció en la Corte del Emperador de
-Constantinopla, siempre obsequiado con miríficas fiestas, al cabo de
-las cuales, a pesar de los grandes esfuerzos del Emperador para que
-el<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> Caballero de la
-Verde Espada quedara a su servicio, tomó el camino de su anhelada
-patria.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_3_3">
- <h3 title="Lib. III, Cap. III: Las cuitas de Oriana">CAPÍTULO TERCERO</h3>
- <p class="subh3c">LAS CUITAS DE ORIANA</p>
-</div>
-
-<p><i>Entre tanto había muerto el Emperador de Roma y había llegado
-a ocupar el trono su hermano el Patín que, desde que había visitado
-la corte de Lisuarte, vivía enamorado de la sin par Oriana. No bien
-vió ceñidas sus sienes con la corona imperial, cuando envió al Rey de
-la Gran Bretaña una muy lucida embajada para pedirle la mano de su
-hija.</i></p>
-
-<p><i>Lisuarte, a quien mucho convenía aquel enlace, no quería, sin
-embargo, forzar abiertamente la voluntad de Oriana y por todos los
-medios trataba de inclinarla a que aceptara tan ventajoso matrimonio.
-Mas la princesa, que con todas sus fuerzas se oponía a él, no cesaba
-de pedir a don Galaor y a los otros caballeros principales de la Corte
-que convencieran a su padre para que no la hiciera casar contra su
-voluntad. Solicitó también en secreto la protección de los caballeros
-de la Ínsola Firme, los cuales, por boca de don Florestán, le hicieron
-saber que, siendo su deber amparar doncellas desamparadas, emplearían
-toda la fuerza de su brazo en evitar que ni su padre ni nadie la
-atropellara.</i></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span><i>Pero el
-Rey no se rendía a reflexiones ni ruegos, y cada vez más aferrado
-a su idea, acabó por declarar que Oriana sería entregada por la
-fuerza a los embajadores del Patín, si no se avenía a ir con ellos
-voluntariamente.</i></p>
-
-<p><i>Navegando con rumbo a sus estados, supo Amadís, inflamado en ira,
-las nuevas del casamiento que querían imponerle a Oriana, y aceleró
-cuanto le fué posible el regreso.</i></p>
-
-<p><i>¡Cómo pintar la alegría de sus caballeros cuando al cabo de
-siete años de ausencia volvieron a verlo entre ellos en los palacios
-de la Ínsola Firme! Sentóse a comer con sus queridos compañeros, y</i>
-habiendo todos con gran placer comido, e levantados los manteles,
-Amadís les rogó que ninguno de su logar se moviese, que les quería
-fablar, y ellos lo ficieron así. Viendo, pues, Amadís sosegados a
-aquellos caballeros que a las mesas estaban, atendiendo lo que él
-diría, fablóles en esta guisa:</p>
-
-<p>—Después que me no vistes, mis buenos señores, muchas tierras
-extrañas he andado e grandes aventuras han pasado por mí, que largas
-serían de contar; pero las que más me ocuparon, e las que mayores
-peligros me atrajeron fué socorrer dueñas e doncellas en muchos
-tuertos e agravios que les hacían; porque así como éstas nascieron
-para obedecer con flacos ánimos, e las más fuertes armas suyas sean
-lágrimas e sospiros, así los de fuertes corazones extremadamente entre
-las otras cosas las<span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span>
-suyas deben tomar, amparándolas, defendiéndolas de aquellos que con
-poca virtud las maltratan e deshonran, como los griegos e los romanos
-en los tiempos antiguos lo ficieron, pasando las mares, destruyendo las
-tierras, venciendo batallas, matando reyes e de sus reinos los echando,
-solamente por satisfacer las fuerzas e injurias a ellas fechas, por
-donde tanta fama e gloria dellos en sus historias ha quedado y quedará
-en cuanto el mundo durare. Pues veniendo al caso, yo he sabido después
-que a esta tierra vine el gran tuerto que el rey Lisuarte a su hija
-Oriana facer quiere, que siendo ella la legítima sucesora de sus
-reinos, él, contra todo derecho, desechándola dellos, al Emperador de
-Roma por mujer la envía, y según me dicen, mucho contra la voluntad
-de todos sus naturales, e más della, que con grandes llantos, grandes
-querellas, a Dios e al mundo reclamando, de tan gran fuerza se
-querella. Pues si es verdad que este rey Lisuarte, sin temor de Dios
-ni de las gentes, tal crueza hace, dígovos que en fuerte punto acá
-nacimos si por nosotros remediada no fuese, pues que dejándola pasar,
-se pasaban e ponían en olvido los peligros e trabajos que por ganar
-honra e prez fasta aquí tomado habemos. Agora diga cada uno, si vos
-ploguiere, su parescer; que el mío ya vos he manifestado.</p>
-
-<p><i>Agrajes, en nombre de todos, respondió que, si estaban dispuestos
-a dar la vida en defensa de Oriana cuando no podían contar con la
-asistencia de<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> Amadís,
-mucho más lo estarían ahora cuando tienen la alegría de tenerlo por
-jefe.</i></p>
-
-<p><i>En vista de ello</i>, como la flota aparejada estoviese de
-todo lo necesario al viaje, e la gente apercebida, a la prima noche,
-mandando Amadís que todos los caminos se tomasen, porque nuevas algunas
-dellos no fuesen sabidas, entraron todos en la flota, e sin hacer ruido
-ni bullicio comenzaron a navegar contra aquella parte que los romanos
-habían de acudir, según el camino que les pertenecía llevar para que en
-la delantera los hallasen.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_3_4">
- <h3 title="Lib. III, Cap. IV: La batalla naval">CAPÍTULO CUARTO</h3>
- <p class="subh3c">LA BATALLA NAVAL</p>
-</div>
-
-<p><i>De nada sirvieron a Oriana sus desesperadas súplicas y
-amarguísimo llanto, ni tampoco los buenos consejos de los caballeros
-que trataban de disuadir al Rey de que casara a su hija por la fuerza.
-Llegado el plazo que entre los embajadores y el Rey se había convenido,
-trasladaron a bordo de la flota de los romanos el magnífico ajuar que
-daban a Oriana sus padres e hicieron embarcar a las doncellas y dueñas
-que debían acompañarla. Desmayóse Oriana al despedirse de la Reina,
-y así desmayada, entrególa Lisuarte a Salustanquidio y Brondajel de
-Roca, que eran los embajadores del Emperador, y fué llevada<span
-class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> a bordo en medio de
-universal duelo, cuitas y clamores.</i></p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_152.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15"><i>Los romanos</i>, teniendo ya en su poder a Oriana,
-e a todas sus doncellas metidas en las naves, acordaron de la poner en
-una cámara que para ella muy ricamente estaba ataviada e puesta allí, e
-con ella a Mabilia, que sabían ser ésta la doncella del mundo que ella
-más amaba. Cerraron la puerta con fuertes candados, e dejaron en la
-nave otras muchas dueñas e doncellas de las de Oriana.</p>
-
-<p>Pues así todo enderezado, dieron las velas al<span class="pagenum"
-id="Page_153">p. 153</span> viento, e movieron su vía con gran placer
-por haber acabado aquello que el Emperador su señor tanto deseaba, e
-ficieron poner una muy gran seña del Emperador encima del mastel de
-la nao donde Oriana iba, e todas las otras naves al derredor della,
-guardándola. E yendo así muy lozanos e alegres, miraron a su diestra e
-vieron la flota de Amadís, que mucho se les llegaba en la delantera,
-entrando entre ellos e la tierra donde salir querían, <i>y dividiéndose
-en tres fuerzas para coger en medio las naves de los que llevaban a
-Oriana</i>. Dígovos de los romanos, que cuando la flota de lueñe vieron
-pensaron que alguna gente de paz sería, que por la mar de un cabo a
-otro pasaban; mas viendo que en tres partes se partían, e que las dos
-les tomaban la delantera a la parte de la tierra e la otra los seguía,
-mucho fueron espantados, e luego fué entre ellos hecho gran ruido,
-diciendo a altas voces:</p>
-
-<p>—Armas, armas, que extraña gente viene.</p>
-
-<p>E luego se armaron muy presto, e pusieron los ballesteros, que muy
-buenos traían, donde habían de estar, e la otra gente, e Brondajel de
-Roca con muchos e buenos caballeros de la corte del Emperador estaba
-en la nave donde Oriana era e donde posieron la seña que ya oístes del
-Emperador.</p>
-
-<p>A esta sazón se juntaron los unos e otros; grande era allí el
-ferir de saetas, e piedras, e lanzas de la una e de la otra parte,
-que no parescía sino que llovía; tan espesas andaban; e Amadís no
-entendía<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> con los
-suyos en al sino en juntar su fusta con la de los contrarios, mas no
-podían; que ellos, aunque muchos más eran, no se osaban llegar, viendo
-cuán denodadamente eran acometidos; e defendíanse con grandes garfios
-de hierro e otras armas muchas de diversas guisas. Entonces Tantiles de
-Sobradisa, mayordomo de la reina Briolanja, que en el castillo estaba,
-como vió que la voluntad de Amadís no podía haber efecto, mandó traer
-una áncora muy gruesa e pesada, trabada a una fuerte cadena, e desde
-el castillo lanzáronla en la nave de los enemigos, e así él como otros
-muchos que le ayudaban tiraron tan fuerte por ella, que por gran fuerza
-hicieron juntar las naves una con otra, así que no se podían partir en
-ninguna manera si la cadena no quebrase. Cuando Amadís esto vió pasó
-por toda la gente con gran afán, que estaban muy apretados; e por la
-vía que él entraba iban tras él <i>sus famosos compañeros Angriote e
-don Bruneo</i>, e como llegó en los delanteros, puso el un pie en el
-borde de su nave, e saltó en la otra, que nunca los contrarios quitar
-ni estorbar lo podieron; e como el salto era grande, y él iba con gran
-furia, cayó de rodillas, e allí le dieron muchos golpes; pero él se
-levantó, mal su grado de que le herían tan malamente, e puso mano a
-la su buena espada ardiente, e vió cómo Angriote e don Bruneo habían
-con él entrado, y herían a los enemigos de muy fuertes e duros golpes,
-diciendo a grandes voces:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span>—Gaula, Gaula,
-que aquí es Amadís —que así gelo rogara él que lo dijesen, si la nave
-podiesen tomar.</p>
-
-<p>Mabilia, que en la cámara encerrada estaba con Oriana, que oyó el
-ruido e las voces, e después aquel apellido, tomó a Oriana por los
-brazos, que más muerta que viva estaba, e díjole:</p>
-
-<p>—Esforzad, señora, que socorrida sois de aquel bienaventurado
-caballero, vuestro vasallo e leal amigo.</p>
-
-<p>Y ella se levantó en pie, preguntando qué sería aquello; que del
-llorar estaba desvanecida, que no oía ninguna cosa, e la vista de los
-ojos casi perdida.</p>
-
-<p><i>Amadís, entre tanto, vencía a Brondajel de Roca y le exigía que
-le dijera</i> dónde estaba Oriana, y él le mostró la cámara de los
-candados, diciendo que allí la fallaría. Amadís se fué apriesa contra
-allá, e llamó a Angriote e a don Bruneo, e con la gran fuerza que de
-consuno posieron, derribaron la puerta y entraron dentro, e vieron
-a Oriana e a Mabilia, e Amadís fué fincar los hinojos ante ella por
-le besar las manos, más ella lo abrazó, e tomóle por la manga de la
-loriga, que toda era tinta de sangre de los enemigos.</p>
-
-<p>—¡Ay, Amadís —dijo ella—, lumbre de todas las cuitadas! Agora
-parecerá vuestra gran bondad en haber socorrido a mí e a estas
-infantas, que en tanta amargura e tribulación puestas éramos, e por
-todas las tierras del mundo será sabido y ensalzado vuestro loor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span><i>Amadís</i>
-quísose partir dellas por ver lo que se facía; mas Oriana le tomó por
-la mano e dijo:</p>
-
-<p>—Por Dios, señor, no me desamparéis.</p>
-
-<p>—Señora —dijo él—, no temáis; que dentro en esta fusta está Gandales
-con treinta caballeros que os aguardarán, e yo iré a acorrer a los
-nuestros, que muy gran batalla han.</p>
-
-<p>Entonces salió Amadís de la cámara, e pasó a una muy fermosa galea,
-en que estaba Gandalín con hasta cuarenta caballeros de la Ínsola
-Firme, e mandóla guiar contra aquella parte que oía el apellido de
-Agrajes, que se combatía con los de la gran nave de Salustanquidio; e
-cuando él llegó vió que la habían entrado, e la priesa y el ruido era
-muy grande, que Agrajes e los de su compaña los andaban firiendo e
-matando muy cruelmente.</p>
-
-<p>Mas desque a Amadís vieron, los romanos saltaban en los bateles, e
-otros en el agua, e dellos morían, e otros se pasaban a las otras naves
-que aún no eran perdidas.</p>
-
-<p><i>Pero no tardaron en serlo, pues poco después no hubo fusta de los
-romanos en que no estuvieran alzados los pendones de los caballeros de
-la Ínsola Firme y hechos prisioneros sus tripulantes.</i></p>
-
-<p>Amadís, que dello mucho placer hobo, envió decir <i>a los suyos</i>
-que juntasen sus galeas con la que él había tomado, donde estaba
-Oriana, y que allí habría consejo de lo que ficiesen. Entrados
-dentro, desarmaron las cabezas e las manos, e laváronse de<span
-class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> la sangre e sudor, e eran
-allí juntos todos los más honrados caballeros de aquella compaña,
-los cuales a un cabo de la nao se apartaron por fablar qué consejo
-tomarían, e Oriana llamó a Amadís a un cabo del estrado, e muy paso le
-dijo:</p>
-
-<p>—Mi verdadero amigo, yo vos ruego e mando por aquel verdadero amor
-que me tenéis, que agora más que nunca se guarde el secreto de nuestros
-amores, e no fabléis comigo apartadamente, sino ante todos, e lo que
-vos ploguiere decirme secreto fabladlo con Mabilia, e punad cómo de
-aquí nos llevéis a la Ínsola Firme, porque estando en logar seguro,
-Dios proveerá en mis cosas, como Él sabe que tengo la justicia.</p>
-
-<p>—Señora —dijo Amadís—, yo no vivo sino en esperanza de vos servir, e
-si ésta me faltase, faltarme-ía la vida, e como lo mandáis se fará; y
-en esta ida de la Ínsola bien será que con Mabilia lo enviéis a decir a
-estos caballeros, porque parezca que más de vuestra gana e voluntad que
-de la mía procede.</p>
-
-<p>—Así lo faré —dijo ella—, e bien me parece; agora vos id —dijo— a
-aquellos caballeros.</p>
-
-<p>Amadís así lo fizo, e fablaron en lo que adelante se debe facer. Mas
-como eran muchos, los acuerdos eran diversos; que a los unos parecía
-que debían llevar a Oriana a la Ínsola Firme, otros a Gaula e otros a
-Escocia, a la tierra de Agrajes, así que no se acordaban.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>En esto llegó la
-infanta Mabilia, e cuatro doncellas con ella. Todos la recibieron muy
-bien e la posieron entre sí, y ella les dijo:</p>
-
-<p>—Señores, Oriana vos ruega, por vuestras bondades e por el amor que
-en este socorro le habéis mostrado, que la llevéis a la Ínsola Firme,
-que allí quiere estar fasta que sea en el amor de su padre e madre; e
-ruégaos, señores, que a tan buen comienzo deis el cabo, mirando su gran
-fortuna e fuerza que se le face, e fagáis por ella lo que por las otras
-doncellas facer soléis, que no son de tan alta guisa.</p>
-
-<p>—Mi buena señora —dijo don Cuadragante, <i>uno de los más ilustres
-caballeros de la Ínsola</i>— el bueno e muy esforzado de Amadís e todos
-los caballeros que en su socorro hemos sido estamos de voluntad de
-le servir fasta la muerte, así con nuestras personas como con las de
-nuestros parientes e amigos, que mucho pueden e muchos serán, e todos
-seremos juntos en su defensa contra su padre e contra el Emperador de
-Roma, si a la razón e justicia no se allegaren con ella.</p>
-
-<p>Todos aquellos caballeros tovieron por bien aquello que don
-Cuadragante respondió, e con mucho esfuerzo otorgaron que desta demanda
-nunca serían partidos fasta que Oriana en su libertad e señoríos
-restituída fuese, siendo cierta y segura de los haber, si ella más
-que su padre e madre la vida poseyese. La infanta Mabilia se despidió
-dellos y se fué a<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>
-Oriana, e por ella sabida la respuesta y recaudo que de su mensaje le
-traía, fué muy consolada, creyendo que la permisión del Justo Juez lo
-guiaría de forma que la fin fuese la que ella deseaba.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/i_159.jpg"
- style="width: 6em; height: auto;"
- alt="Viñeta de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Cap_I_4_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/i_160.jpg"
- style="width: 30em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <p class="fs150 centra ws1 mt2">LIBRO CUARTO</p>
- <p class="fs120 centra ws1 mt05">LA GUERRA POR ORIANA</p>
- <hr class="tir" />
- <h3 title="Lib. IV, Cap. I: Los tres ejércitos">CAPÍTULO PRIMERO</h3>
- <p class="subh3c">LOS TRES EJÉRCITOS</p>
-</div>
-
-<p><i>Según lo había dispuesto Oriana, hicieron rumbo a la Ínsola
-Firme, donde al cabo de varios días, sin contratiempo alguno, llegaron.
-Desembarcaron a Oriana y sus damas con las muestras de respeto debidas
-a su alcurnia y desgracia, e instaláronlas en una magnífica torre
-rodeada de una hermosa huerta amurallada, donde nadie podía entrar sin
-licencia de la princesa.</i></p>
-
-<p><i>Reunidos después en consejo los caballeros, acordaron enviar una
-embajada al rey Lisuarte para hacerle saber cómo su hija Oriana se
-encontraba, sana y salva, en la Ínsola Firme, cuyos caballeros estaban
-dispuestos a entregarla a su padre, siempre que éste les prometiera
-que la trataría con justicia, no casándola sino con quien fuera su
-voluntad.</i></p>
-
-<p><i>Fué con la embajada don Cuadragante y otro de los principales
-caballeros de la Ínsola; pero al mismo<span class="pagenum"
-id="Page_161">p. 161</span> tiempo, por si no había lugar a avenencia
-con el rey Lisuarte, envió Amadís emisarios a todos los reyes y grandes
-señores amigos suyos y que habían sido favorecidos por él, para que
-sin tardar le enviaran fuerzas armadas, por si la Ínsola llegaba a ser
-atacada.</i></p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_161.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15"><i>Mientras tanto los embajadores de Amadís llegaban
-a la capital de la Gran Bretaña, en cuya corte reinaba honda tristeza
-desde la partida de Oriana, y, como era de temer, no lograron
-restablecer la armonía con Lisuarte, sino que éste les anunció la
-guerra más despiadada.</i></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span><i>Partidos los
-de Amadís, el Rey envió embajadores al Emperador de Roma haciéndole
-saber lo ocurrido, y cómo se disponía a castigar con todo rigor tamaña
-afrenta. El Emperador, lleno de furia, respondió que con todo su
-poderío asistiría a la guerra, pues más era suya que no de Lisuarte la
-ofensa.</i></p>
-
-<p><i>De todo iba teniendo noticia Arcalaus el Encantador, que no
-había perecido cuando Perión y sus hijos le habían incendiado el
-castillo, y no bien lo supo, fué a verse con el rey Arábigo, a quien
-ya otra vez había armado contra Lisuarte sin otro resultado para él
-que una gran derrota, y lo convenció de que preparara sus huestes para
-tenerlas ocultas en una sierra próxima a la Ínsola Firme, y después
-de la lucha de las fuerzas de Lisuarte y Amadís unas con otras, caer
-sobre vencedores y vencidos, para, de un solo golpe, apoderarse de la
-Ínsola Firme y del reino de la Gran Bretaña. De lo mismo trató con el
-señor de Sansueña, con el Rey de la Profunda Ínsola y otros enemigos
-de Lisuarte, y todos fueron conformes en juntar sus armas con las de
-Arcalaus y el rey Arábigo.</i></p>
-
-<p><i>Llegada la guerra, disponía Amadís de la siguiente gente:</i></p>
-
-<p>El buen rey Perión trajo, de los suyos e de sus amigos, tres
-mil caballeros; el rey Tafinor de Bohemia, <i>además de mandar a
-Grasandor, el príncipe heredero</i>, envió con el conde Galtines mill e
-quinientos caballeros; Tantiles, mayordomo de la reina Briolanja,<span
-class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> trajo mill e docientos
-caballeros; Branfil, hermano de don Bruneo, trajo seiscientos
-caballeros; Landín, sobrino de don Cuadragante, trajo de Irlanda
-seiscientos caballeros; el rey Ladasán de España envió a su hijo don
-Brián de Monjaste dos mill caballeros; don Gandales trajo, del rey
-Languines de Escocia, padre de Agrajes, mill e quinientos caballeros;
-la gente del emperador de Constantinopla, que trajo Gastiles, su
-sobrino, fueron ocho mill caballeros. Por cierto podéis creer que en
-memoria de hombres no era que gente tan escogida y tanta como aquella
-fuese en ninguna sazón junta en ayuda de ningún príncipe, como esta lo
-fué.</p>
-
-<p><i>Entre tanto</i> el rey Lisuarte estaba en el real cerca de
-Vindilisora; el Emperador de Roma era llegado al puerto con gran
-flota, e toda la gente salía de la mar, e asentaban su real cerca del
-rey Lisuarte; y asimesmo era venido Gasquilán, rey de Suesa, y el rey
-Cildadán era ya allá pasado. El Emperador quisiera que luego fuera la
-partida; mas el Rey, que mejor que él sabía lo que necesario era e con
-quién había la cuestión, detúvola fasta el tiempo convenible; que bien
-vía que en aquella batalla estaba todo su hecho. Así estovieron en
-aquel real bien ocho días, allegando la gente que de cada día venía al
-Rey, e fallaron que eran por todos estos que se siguen: el Emperador
-trajo diez mil de caballo, el rey Lisuarte seis mil e quinientos,
-Gasquilán,<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> rey de
-Suesa, ochocientos; el rey Cildadán, docientos.</p>
-
-<p>Pues todo aderezado, mandó el Emperador a los reyes que el real
-moviesen, e la gente fuese detenida en aquella gran vega por donde
-habían de caminar; e así se hizo, que puestos todos en sus batallas,
-el Emperador fizo de su gente tres faces e rogó al rey Lisuarte que
-toviese por bien que él llevase la delantera, e así se fizo; aunque
-él más quisiera llevarla a su cargo, porque no tenía en mucho aquella
-gente, e había miedo que del desconcierto dellos les podría venir algún
-gran revés; pero otorgólo por le dar aquella honra.</p>
-
-<p>El rey Lisuarte fizo de sus gentes dos haces; fecho esto, movieron
-por el campo tras el fardaje, que iba a asentar real con los
-aposentadores. ¿Quién os podría decir los caballos y armas tan ricas
-e tan lucidas e de tantas maneras como allí iban? Por cierto muy gran
-trabajo sería en lo contar.</p>
-
-<p>Dice la historia que el rey Perión, como fuese un caballero muy
-cuerdo y de gran esfuerzo, tenía siempre personas en tales partes de
-quien supiese lo que sus enemigos hacían, de los cuales luego fué
-avisado cómo la gente venía ya contra ellos, y en qué ordenanza.
-Pues sabido esto, luego otro día de mañana se levantó e mandó llamar
-todos los capitanes e caballeros de gran linaje, e díjogelo, e como
-su parecer era que el real se levantase, e la gente junta en aquellos
-prados, se ficiese repartimiento<span class="pagenum" id="Page_165">p.
-165</span> de las haces, porque todos sopiesen a qué capitán e seña
-habían de acudir; e que hecho esto, moviesen contra sus enemigos con
-gran esfuerzo e mucha esperanza de los vencer con la justa demanda que
-llevaban. Todos lo tovieron por bien, e con mucha afición le rogaron
-que así por su dignidad real e gran esfuerzo e discreción tomase a su
-cargo de los regir e gobernar en aquella jornada, e que todos le serían
-obedientes.</p>
-
-<p>Pues mandándolo poner en obra, concertadas las haces, movieron todos
-en sus ordenanzas por aquel campo, tocando muchas trompetas e otros
-muchos instrumentos de guerra; Oriana e las reinas, e las infantas e
-dueñas e doncellas estábanlos mirando, e rogaban a Dios de corazón les
-ayudase, e si su voluntad fuese los pusiese en paz.</p>
-
-<p>Arcalaus el Encantador, así como supo que las gentes eran venidas
-al rey Lisuarte e Amadís, envió con mucha priesa a un caballero
-su pariente, e mandóle que no holgase día ni noche hasta lo hacer
-saber a todos los reyes e caballeros <i>que tenían concertado con
-él atacar a Lisuarte y Amadís</i>, e les diese mucha priesa en su
-venida; y él quedó en sus castillos, llamando a sus amigos e llegando
-la más gente que podía. <i>El rey Arábigo y los otros</i> luego sin
-más tardar fueron todos juntos e serían por todos hasta doce mil
-caballeros; e concertaron toda su flota, que fué asaz grande y de
-buena gente. E con mucho placer e tiempo enderezado fueron por<span
-class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> su mar adelante, e a los
-ocho días aportaron en la Gran Bretaña a la parte donde Arcalaus tenía
-un castillo muy fuerte, puerto de mar. Arcalaus tenía ya consigo
-seiscientos caballeros muy buenos.</p>
-
-<p>Cuando aquella flota allí aportó no vos podría decir el gran
-placer que los unos con los otros hobieron; e sabido por las espías
-de Arcalaus cómo ya las gentes del rey Lisuarte y de Amadís iban unas
-contra otras y el camino que llevaban, luego a ellos movieron con toda
-su compaña por una traviesa con las mayores guardas que poner pudieron,
-con acuerdo de se poner en tal parte donde estoviesen seguros, e
-saliesen cuando fuese sazón a dar en sus enemigos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_2">
- <h3 title="Lib. IV, Cap. II: El primer día de lucha">CAPÍTULO SEGUNDO</h3>
- <p class="subh3c">EL PRIMER DÍA DE LUCHA</p>
-</div>
-
-<p><i>Avanzaron los ejércitos del Emperador y del rey Lisuarte hacia la
-Ínsola Firme, hasta que supieron por sus espías que venían contra ellos
-las fuerzas del rey Perión, y ambas huestes se detuvieron una frente a
-otra</i>, que no había en medio más espacio de media legua de un campo
-grande e llano.</p>
-
-<p>Así estando estas huestes como oís, llegó Gandalín, escudero de
-Amadís, e tomóle por aquel campo, donde ninguno oír les pudiese, e
-díjole:</p>
-
-<p>—Señor, <i>os suplico que antes de comenzar la batalla<span
-class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> me hagáis merced de darme
-la orden de caballería</i>.</p>
-
-<p><i>Por nada del mundo querría Amadís separarse de su escudero, así
-que</i> cuando esto le oyó fué tan turbado, que por una pieza no pudo
-hablar, e díjole:</p>
-
-<p>—¡Oh mi verdadero amigo y hermano, que tan grave es a mí complir lo
-que pides! Por cierto no en menos grado lo siento que si mi corazón
-de mis carnes se apartase; e si con algún camino de razón apartar
-lo podiese, con todas mis fuerzas lo haría; mas tu petición veo ser
-tan justa, que en ninguna guisa se puede negar; e siguiendo más la
-obligación en que te soy que la voluntad de mi querer, yo me determino
-que así como lo pides se faga.</p>
-
-<p>Gandalín hincó los hinojos por le besar las manos; mas Amadís lo
-alzó e lo tovo abrazado, veniéndole las lágrimas a los ojos con el
-mucho amor que le tenía, que ya tenía en sí figurada la gran soledad e
-tristeza en que se vería no le teniendo consigo, e díjole:</p>
-
-<p>—Bien será que veles armado en la capilla de la tienda del Rey
-mi padre, e otro día cabalga en tu caballo así armado, e cuando
-quisiéremos romper contra nuestros enemigos, el Rey te hará caballero;
-que ya sabes que en todo el mundo no se podría fallar mejor hombre, ni
-de quien más honra recibas en este auto.</p>
-
-<p>Gandalín le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, todo cuanto decís es verdad, e a duro<span class="pagenum"
-id="Page_168">p. 168</span> hallaría hombre otro tal caballero como el
-Rey; pero yo no seré caballero sino de vuestra mano.</p>
-
-<p>—Pues que así quieres —dijo Amadís— así sea, e faz lo que te
-digo.</p>
-
-<p>A cabo de tres días que los reales se asentaron, el emperador Patín
-se aquejaba mucho porque la batalla se diese; Amadís e Agrajes e don
-Cuadragante e todos los otros caballeros asimesmo aquejaban mucho al
-rey Perión que la batalla se diese e que Dios fuese juez de la verdad.
-Pues el Rey no lo quería menos que todos, mas habíalo detenido hasta
-que las cosas estoviesen en disposición cual convenía, e luego mandaron
-apregonar que todos al alba del día oyesen misa e se armasen, e cada
-gente acudiese a su capitán, porque la batalla se daría luego, e
-asimesmo se fizo por los contrarios, que luego lo supieron.</p>
-
-<p>Pues venida el alba, las trompetas sonaron, e tan claros se oían los
-unos a los otros como si juntos estoviesen. La gente se comenzó a armar
-e a ensillar sus caballos e por las tiendas a oír misas e cabalgar
-todos e se ir para sus señas.</p>
-
-<p>Pues a esta hora llegó Gandalín armado de armas blancas, como
-convenía a caballero novel, e se fué donde su señor Amadís estaba.
-Cuando Amadís le vió así venir salió de la batalla a él, e tomóle
-consigo, e fuése donde el rey Perión, su padre, estaba, e por el camino
-<i>le fué aconsejando como debía conducirse en aquel primer combate
-en que iba a tomar<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span>
-parte</i>. Así llegaron donde el rey Perión estaba, e Amadís le
-dijo:</p>
-
-<p>—Señor, Gandalín quiere ser caballero, e mucho me pluguiera que lo
-fuera de vuestra mano; pero pues a él place de lo ser de la mía, vengo
-a os suplicar que de vuestra mano haya la espada, porque cuando le
-fuere menester haya memoria desta grande honra que recibe y de quién
-gela da.</p>
-
-<p>Entonces Amadís tomó una espada que le traía Durín, hermano de
-la doncella de Denamarca, a quien había mandado que le aguardase, e
-dióla al Rey, y él hizo caballero a Gandalín, besándole e poniéndole
-la espuela diestra, y el Rey le ciñió la espada, e así se cumplió su
-caballería por la mano de los dos mejores caballeros que nunca armas
-trajeron.</p>
-
-<p>Yendo las batallas, no andovieron mucho que vieron a sus enemigos
-contra ellos venir, e cuando fueron cerca los unos de los otros,
-Amadís conoció que la seña del emperador de Roma traía la delantera, e
-hobo muy gran placer porque con aquellos fuesen los primeros golpes,
-que como quiera que al rey Lisuarte desamase, siempre tenía en la
-memoria haber sido en su corte, y de las grandes honras que dél había
-rescebido; e sobre todo, lo que más temía e dubdaba, ser padre de su
-señora, a quien él tanto temor tenía de dar enojo; y en su corazón
-llevaba puesto, si hacerlo pudiese sin mucho peligro suyo, de se
-apartar de donde el rey Lisuarte andoviese.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span><i>Rompieron
-después las batallas unas contra otras, al son de las trompetas y
-añafiles</i> y cuando se juntaron, el ruido e las voces fué tan grande
-que se no oían unos a otros, e allí veríades caballos sin señores,
-e los caballeros, dellos muertos y dellos feridos, e pasaban sobre
-ellos los que podían. Amadís tomó consigo a Gandalín, e con gran saña,
-viendo que los romanos tan bien se defendían, entró lo más recio que
-pudo por el un costado de la haz, e aquellos que le seguían, e dió tan
-grandes golpes del espada, que no había hombre que lo viese que mucho
-no fuese espantado; e mucho más lo fueron aquellos que le esperaban,
-que tan gran miedo les puso, que ninguno le osaba atender, antes se
-metían entre los otros, como hace el ganado cuando de los lobos son
-acometidos. Don Cuadragante e los otros caballeros que por la otra
-parte se combatían apretaron tanto los contrarios, que si no fuera
-porque llegó la segunda haz en su socorro, todos fueran destrozados e
-vencidos; mas como éste llegó, todos fueron reparados e cobraron gran
-esfuerzo, e por su llegada cayeron a tierra de los caballos más de mill
-de los unos e de los otros.</p>
-
-<p>El Emperador llegó en su gran caballo e como era grande de cuerpo, y
-venía delante de los suyos, paresció tan bien a todos los que lo veían,
-que era maravilla, y metió mano a la espada e comenzó a decir a grandes
-voces:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—Roma, Roma; a
-ellos, mis caballeros; no vos escape ninguno.</p>
-
-<p>E luego se metió por la priesa, dando muy grandes e fuertes golpes a
-todos los que delante sí hallaba, a guisa de buen caballero.</p>
-
-<p><i>Mas con todo, eran tales</i> las cosas extrañas que <i>Amadís</i>
-facía e los caballeros que dejaba por el suelo por do quiera que iba,
-<i>que el romano</i> fué tan espantado, que no podía creer que fuese
-sino algún diablo que allí era venido para los destruír, y a grandes
-voces decía:</p>
-
-<p>—A éste, a éste herid y matad; que éste es el que nos destruye sin
-ninguna piedad.</p>
-
-<p><i>Merced a las hazañas de Amadís y sus compañeros, los
-romanos, aunque eran tantos, acabaron por llevar la peor parte, e
-iban de vencida cuando, al ponerse el sol, fueron separados los
-contendientes.</i></p>
-
-<p>Aquella noche pasaron con grandes guardas e curaron de los feridos,
-e los otros descansaron del gran trabajo que habían pasado. Venida la
-mañana, <i>como había sido concertada tregua de un día</i>, fueron
-muchos a buscar a sus parientes, e otros a sus señores. E allí viérades
-los llantos tan grandes de ambas las partes, que de oírlo pone gran
-dolor, cuanto más de lo ver. Todos los vivos llevaron al real del
-Emperador, e los muertos fueron soterrados, de manera que el campo
-quedó desembargado. Así pasaron aquel día enderezando sus armas e
-curando de sus caballos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span></p>
- <h3 title="Lib. IV, Cap. III: El fin de la batalla">CAPÍTULO TERCERO</h3>
- <p class="subh3c">EL FIN DE LA BATALLA</p>
-</div>
-
-<p><i>No menos brava que la del primer día fué la lucha que se armó,
-acabada la tregua. Los guerreros de ambos bandos se acometieron con
-tanta furia que</i> todos fueron mezclados unos con otros, de manera
-que no podían haber concierto ni aguardar ninguno a su capitán. Mas
-andaban tan envueltos e tan juntos, que se no podían herir ni aun con
-las espadas; e trabábanse a brazos, y derribábanse de los caballos, e
-más eran los que murieron de los pies dellos que de las feridas que
-se daban. El estruendo y el roido era tan grande, así de las voces
-como del reteñir de las armas, que todos aquellos valles de la montaña
-facían reteñir, que no parescían sino que todo el mundo era allí
-asonado; e por cierto así lo podéis creer, que no el mundo, mas todo lo
-más de la cristiandad e la flor della estaba allí, donde tanto daño en
-ella se recibió aquel día que por muchos y largos tiempos no se pudo
-reparar.</p>
-
-<p>Pues estando la cosa en tan gran revuelta y peligro, sobrevino de
-la parte del rey Lisuarte el Emperador con más de tres mil caballeros,
-<i>y cargó sobre el rey Perión, que muy a punto estuvo de perderse</i>.
-Así estando en esta priesa como oídes, llegó aquel muy esforzado
-caballero Amadís, que traía en su mano la su buena espada tinta de
-sangre hasta el<span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span> puño,
-y como vió tanta gente sobre su padre, y sobre los suyos vió estar al
-Emperador delante combatiéndose, como cosa que ya por vencida tenía,
-puso las espuelas a su caballo, y metióse tan recio y tan denodado por
-la gente, que fué maravilla de lo ver.</p>
-
-<p>Amadís, como llevaba los ojos puestos en el Emperador, e más en
-el corazón de lo matar si podiese, metióse con muy gran rabia por le
-ferir; e como quiera que de todas partes grandes golpes le diesen
-por gelo defender, nunca tanto pudieron facer los contrarios, que le
-estorbasen de se juntar con él; e como a él llegó, alzó la espada
-e hirióle de toda su fuerza, e dióle tan gran golpe por encima del
-yelmo, que le desapoderó de toda su fuerza, y le hizo caer el espada
-de la mano; e como Amadís vió que iba a caer del caballo, dióle muy
-prestamente otro golpe por cima del hombro, que le cortó todas las
-armas e la carne fasta el hueso, de manera que todo aquel cuarto con el
-brazo le quedó colgado, e cayó del caballo tal, que dende a poco fué
-muerto.</p>
-
-<p><i>Flaquearon entonces los romanos, hasta el punto de que sólo
-las fuerzas del rey Lisuarte sostenían en realidad la lucha con sus
-enemigos.</i> Estando la batalla en tal estado como oís, Amadís vió
-cómo la parte del rey Lisuarte iba perdida sin ningún remedio, y
-que si la cosa pasase más adelante, que no sería en su mano de lo
-poder salvar, ni aquellos grandes amigos suyos que con él estaban; y
-sobre<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> todo, le vino a
-la memoria ser éste padre de su señora Oriana, aquella que sobre todas
-las cosas del mundo amaba e temía, e las grandes honras que él e su
-linaje los tiempos pasados habían dél recebido, las cuales se debían
-anteponer a los enojos, y que toda cosa que en tal caso se ficiese
-sería gran gloria para él, contándose más a sobrada virtud que a poco
-esfuerzo. E vió que muchos de los romanos llevaban a su señor faciendo
-gran duelo y que la gente se esparcía. Y porque venía la noche, acordó
-de probar si podría servir a su señora en cosa tan señalada; y fuése
-cuanto pudo por entre ambas las batallas, a gran afán, porque la gente
-era mucha e la priesa grande; que los de su parte, como conoscían la
-ventaja, apretaban a sus enemigos con gran esfuerzo, y en los otros
-ya cuasi no había defensa, sino por el rey Lisuarte y el rey Cildadán
-e los otros señalados caballeros; y llegó al rey Perión, su padre, e
-díjole:</p>
-
-<p>—Señor, la noche viene; que a poca de hora no nos podríamos conocer
-unos a otros, e si más durase la contienda sería gran peligro, según
-la muchedumbre de la gente, que así podríamos matar a los amigos como
-a los enemigos y ellos a nosotros; paréceme que sería bien apartar la
-gente; que, según el daño que nuestros enemigos han recebido, bien creo
-que mañana no nos osarán atender.</p>
-
-<p>El Rey, que gran pesar en su corazón tenía en ver morir tanta gente
-sin culpa ninguna, díjole:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>—Hijo, fágase como
-te parece, así por eso que dices como porque más gente no muera; que
-aquel Señor que todas las cosas sabe, bien ve que esto más se deja por
-su servicio que por otra ninguna causa; que en nuestra mano está toda
-su destruición, según son vencidos.</p>
-
-<p>Entonces el rey Perión e don Cuadragante por una parte, e Amadís e
-Galtines por la otra, comenzaron a apartar la gente, e hiciéronlo con
-poca premia, que ya la noche los partía. El rey Lisuarte, que estaba
-en esperanza ninguna de poder cobrar lo perdido y determinado de morir
-antes que ser vencido, cuando vió que aquellos caballeros apartaban
-la gente mucho fué maravillado, e bien creyó que no sin algún gran
-misterio aquello se facía, y estovo quedo hasta ver qué dello podría
-redundar. E como el rey Cildadán vió lo que los contrarios hacían, dijo
-al Rey:</p>
-
-<p>—Paréceme que aquella gente no os seguirá, e honra nos facen; y
-pues que así es, recojamos la nuestra, e vamos a descansar, que tiempo
-es.</p>
-
-<p>Así se partió esta batalla como oídes; e las gentes apartadas e
-tornadas a sus reales, pusieron treguas por dos días, porque los
-muertos eran muchos, e acordóse que seguramente cada una de las partes
-pudiese llevar los suyos. El trabajo que pasaron en los soterrar e los
-llantos que por ellos ficieron, será excusado decirlo.</p>
-
-<p><i>El rey Lisuarte, después de rendidos los debidos<span
-class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span> honores al cadáver del
-Emperador, estaba sumido en las más hondas vacilaciones, que bien
-advertía que con las fuerzas que le restaban no podría sostener una
-tercera batalla sin ser vencido en ella.</i></p>
-
-<p><i>Con todo, porque no sufriera su honra, juntó a sus aliados y
-les manifestó que estaba dispuesto a morir en la pelea, pero nunca a
-solicitar paces. Todos le aseguraron que querían correr su misma suerte
-y se prepararon para continuar la guerra cuando fueran las treguas
-pasadas.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_4">
- <h3 title="Lib. IV, Cap. IV: Las gestiones de paz">CAPÍTULO CUARTO</h3>
- <p class="subh3c">LAS GESTIONES DE PAZ</p>
-</div>
-
-<p><i>Entre tanto, un anciano ermitaño que moraba en aquella comarca,
-llamado Nasciano, y que gozaba de gran fama y prestigio entre todos
-los contendientes por su santidad y virtudes, tenía gran pesar en su
-corazón de que así se destrozara la flor de la caballería de tantos
-reinos, y como sabía el secreto de los amores de Oriana y Amadís, que
-muchas veces se había confesado con él la Princesa, se encaminó a la
-Ínsola Firme para rogar a Oriana que le permitiera revelar al rey
-Lisuarte lo que mediaba entre ella y Amadís, confiando en que sólo con
-aquello quedaría ya la guerra acabada.</i></p>
-
-<p><i>Habló con Oriana al tiempo que los caballeros luchaban con
-mayor furia, y la Princesa, acongojadísima,<span class="pagenum"
-id="Page_177">p. 177</span> no sólo le permitió que comunicara a su
-padre aquel secreto, sino que le suplicó que hiciera cuanto le fuera
-posible para que cesara tan espantosa guerra, en la que, venciera quien
-venciera, Amadís a Lisuarte o Lisuarte a Amadís, siempre había de salir
-destrozado el corazón de la Princesa.</i></p>
-
-<p><i>Durante las treguas, consiguió el santo ermitaño llegar a la
-tienda de Lisuarte. Habló a solas con el Rey, refirióle los amores de
-Oriana, y en nombre de Dios le suplicó, postrándose a sus pies, que
-diera fin a la tremenda lucha con unas alegres bodas.</i></p>
-
-<p><i>El Rey estuvo largo rato meditando, y aparte de la seguridad
-de ser vencido en la guerra, dada la escasez de las fuerzas que le
-quedaban, pensó que, muerto el Emperador, con nadie podría casar a
-Oriana mejor que con Amadís, cuyo altísimo valer nadie tanto como él
-conocía, y así le respondió al ermitaño que, siempre que su honra
-quedara a salvo, estaba muy dispuesto a concertar paces y a que se
-celebrara aquel enlace.</i></p>
-
-<p><i>Muy contento, trasladóse entonces el santo hombre al campo de
-Amadís, habló en secreto con éste y encontró que también él estaba
-deseoso de terminar la guerra por no verse en el caso de derrotar al
-padre de su señora. Oído esto, refirióle el ermitaño cómo, por mandado
-de la Princesa, había revelado al rey Lisuarte los amores de ésta con
-Amadís y cómo el Rey se manifestaba conforme con el matrimonio.</i></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span>Amadís, cuando esto
-oyó, el corazón y las carnes le temblaban con la gran alegría que hobo,
-e dijo al ermitaño:</p>
-
-<p>—.Mi buen señor, si el rey Lisuarte dese propósito está y por su
-hijo me quiere, yo lo tomaré por señor e padre para le servir en todo
-lo que su honra sea.</p>
-
-<p><i>El ermitaño y Amadís comunicaron al rey Perión todo cuanto
-ocurría, quien, no menos inclinado a la paz, de acuerdo con sus
-principales aliados nombró dos representantes suyos, que, con los del
-rey Lisuarte, discutieran y acordaran las condiciones del término de la
-guerra, y antes de otra cosa, una y otra parte dispusieron levantar los
-reales y que se retirara una jornada atrás cada uno de los ejércitos,
-yendo a la Ínsola Firme los de Amadís, y a la villa de Luvaina los
-de Lisuarte. De este modo</i>, la mañana venida, las trompas fueron
-sonadas por los reales, e alzadas las tiendas; y con mucho placer de
-los unos y de los otros movieron los reales, cada uno donde debía
-ir.</p>
-
-<p>Ya vos habemos contado cómo el rey Arábigo e Barsinan, señor de
-Sansueña, e Arcalaus el Encantador e sus compañas estaban metidos en
-lo más bravo y más fuerte de la montaña, aguardando el aviso de las
-escuchas que continuamente muy secreto sobre los reales tenían; las
-cuales vieron muy bien las batallas pasadas, <i>y dieron cuenta de
-ellas al rey Arábigo, cuyo</i> pensamiento fué de esperar a lo<span
-class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> postrimero; que bien
-cuidaba que al cabo la una parte había de ser vencida, e mucho placer
-tomaba consigo porque de la primera no se mostraba el vencimiento, que
-durando la porfía, más se acrecentaba el daño; que a la fin quedarían
-tales, que con poco trabajo y menos peligro despacharía a los que
-quedasen, e quedaría señor de toda la tierra sin haber en ella quien
-gelo contradijese.</p>
-
-<p>Pues así estando, con mucho placer e alegría, vinieron las escuchas,
-e dijéronle cómo las gentes habían alzado los reales, e armados se
-volvían por los caminos que habían allí venido, que no podían pensar
-qué cosa fuese. Oído esto por el rey Arábigo, luego pensó que sobre
-alguna avenencia se podrían partir. Acordó de antes acometer al rey
-Lisuarte que a Amadís; pero dijo que no sería bien acometerlos fasta
-la noche, porque los tomarían más descuidados e a su salvo, e mandó
-<i>espías que acechasen sus pasos</i>.</p>
-
-<p>El rey Lisuarte, que iba por su camino, fué avisado de algunos de la
-comarca cómo habían visto gente de caballo ir encobiertos por encima de
-los cerros de aquella sierra. El Rey pensó que no se podría partir de
-aquella gente, si a su parte acostasen, sin gran batalla, la cual por
-entonces temía, por ver su gente tan maltrecha de las batallas pasadas,
-y no facía sino andar su camino con harta priesa, porque la afruenta,
-si viniese, le tomase cerca de aquella su villa <i>de Luvaina</i>, que
-facía cuenta que,<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span>
-aunque bien cercada no estoviese, que mejor en ella que en el campo
-se podría reparar; así que, en poca de hora se alejó gran pieza de la
-montaña.</p>
-
-<p><i>Avisadas por sus espías las fuerzas del rey Arábigo iban tras él
-esperando la ocasión conveniente para el ataque.</i></p>
-
-<p><i>Ocurrió entonces que el santo ermitaño tuvo que enviar con un
-recado para Lisuarte a dos donceles de Amadís, los cuales, llegados
-al real, encontraron que ya eran las fuerzas partidas para Luvaina.
-Siguieron sus huellas, y de allí a poco vieron cómo bajaban de la
-montaña y seguían al rey Lisuarte los temibles ejércitos del rey
-Arábigo.</i></p>
-
-<p><i>Volvieron riendas y, galopando toda la noche, llegaron al alba
-a la tienda de Amadís, a quien despertaron haciéndole saber lo que
-ocurría. Este acordó con su padre ir con todas sus fuerzas en socorro
-del Rey de la Gran Bretaña; pero por ganar tiempo, Amadís partió
-delante llevando</i> consigo a don Cuadragante, e a don Florestán, su
-hermano, e Angriote de Estravaus e Gandalín y cuatro mil caballeros,
-e al maestro Elisabat, que así en esta jornada como en las batallas
-pasadas hizo cosas maravillosas de su oficio, dando la vida a muchos de
-los que haber no la podieran sino por Dios y por él. Con esta compaña
-tomó el camino, y el Rey su padre e todos los otros en sus batallas
-ordenadas tras él.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span></p>
- <h3 title="Lib. IV, Cap. V: La derrota de Arcalaus">CAPÍTULO QUINTO</h3>
- <p class="subh3c">LA DERROTA DE ARCALAUS</p>
-</div>
-
-<p><i>Siempre seguidos por las huestes del rey Arábigo, Lisuarte y los
-suyos anduvieron todo el día y toda la noche y al rayar el alba estaban
-ante los muros de Luvaina. El rey de la Gran Bretaña quería meterse en
-la ciudad, sin dar batalla, para reparar allí algún tanto sus armas,
-que todos las traían hechas pedazos, y dar descanso a hombres y a
-caballos, que ya no podían consigo de fatiga.</i></p>
-
-<p><i>Mas los de Arcalaus los acometieron fieramente, antes de que
-pudieran ganar las puertas de la villa, y trabóse una muy dura
-batalla en la que las fuerzas de Lisuarte, peleando a la desesperada,
-se batieron con mucho mayor brío del que de su cansancio se podría
-esperar. Con todo, tales eran los ímpetus del contrario, que el propio
-rey de la Gran Bretaña, a quien le mataron el caballo y cayó en medio
-de los enemigos, habría sido muerto o hecho prisionero si no hubieran
-acudido temeraria y heroicamente a cubrir su cuerpo los mejores de
-sus caballeros. De este modo, al cabo de muchas horas de pelea y con
-grandes pérdidas, logró Lisuarte hacer entrar el resto de su gente
-por la puerta de Luvaina, siendo el propio Rey uno de los últimos que
-consintió en acogerse a tal defensa.</i></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span><i>Los muros de la
-villa eran bajos y débiles y no podían oponer larga resistencia. Sin
-embargo, el Rey, una vez dentro, después de haber hecho que comieran
-sus fatigadas tropas de lo que los de la villa pudieron darles, las
-repartió por las murallas, guarneciendo especialmente los puntos más
-flacos, a lo que también acudió cuanta gente útil en la villa habitaba.
-Pero como ya era pasada la mayor parte del día, los del rey Arábigo
-acordaron cercar por aquella noche los muros de Luvaina, aplazando para
-la mañana siguiente el asaltarlos.</i></p>
-
-<p><i>Por mucho que se apresuró Amadís con los que le acompañaban, no
-pudo evitar, con gran desesperación suya, que la noche les sorprendiera
-lejos aún de Luvaina. Moderaron el paso y los fuegos del real del rey
-Arábigo, que descubrieron desde lejos, sirviéronles para no errar
-camino, tanto que descubrieron ante sí la villa como a una legua de
-distancia, cuando comenzaba a romper el alba.</i> Pues el día venido,
-el rey Arábigo y todos aquellos caballeros se aparejaron para el
-combate con muy gran esfuerzo e placer; e como armados fueron, llegaron
-todos al muro e a los portillos de la cerca; mas el rey Lisuarte con
-los suyos se los defendía muy bravamente; mas al cabo, como la gente
-era mucha y esforzada con la próspera fortuna, e los del Rey pocos,
-y los más dellos heridos y desmayados, non podieron tanto resistir
-ni defender que los contrarios no los entrasen por fuerza con muy
-grande<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> alarido; así
-que el ruido era muy grande por las calles, por las cuales el Rey e
-los suyos se defendían reciamente, y desde las ventanas les ayudaban
-las mujeres e mozos, e otros que no eran para más afruenta de aquella.
-La revuelta de las cuchilladas e lanzadas y pedradas era tan grande y
-el sonido de las voces, que no había persona que lo viese que mucho no
-fuese espantada.</p>
-
-<p><i>Los de Lisuarte se defendían con la mayor bravura</i>, mas todo
-no valía nada: que tanta gente cargaba por todas partes sobre ellos y
-les tomaban las espaldas, que si Dios por su misericordia no socorriera
-con la venida de Amadís, no tardaran media hora de ser todos muertos
-y presos, según las feridas tenían e las armas todas fechas pedazos;
-mas a esta hora llegó Amadís e sus compañeros con aquella gente que ya
-oístes; que después que el día vino aguijó cuanto pudo, porque ante
-que se apercibiesen los podiesen tomar. E como llegó a la villa e vió
-la gente dentro, e otros algunos que andaban de fuera, dió luego e
-tornó al derredor, e firieron e mataron cuantos pudieron alcanzar, y
-él por una puerta e don Cuadragante por la otra entraron con la gente,
-diciendo a grandes voces:</p>
-
-<p>—Gaula, Gaula; Irlanda, Irlanda.</p>
-
-<p>E como fallaban las gentes desmandadas e sin recelo, mataron muchos,
-e otros se les encerraron en las casas.</p>
-
-<p>Los delanteros que peleaban oyeron las voces y el<span
-class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> gran roido que con los
-suyos andaban, e los apellidos; luego pensaron que el rey Lisuarte
-era socorrido, e desmayaron mucho, que no sabían qué facer, si pelear
-con los que tenían delante o ir socorrer los otros. El rey Lisuarte,
-como aquello oyó, e vió que sus contrarios aflojaban, cobró razón
-e comenzó a esforzar los suyos, e dieron en ellos tan bravamente,
-que los llevaron hasta dar en los que venían huyendo de Amadís e de
-los suyos, así que no tovieron otro medio sino poner espaldas con
-espaldas y defenderse. El rey Arábigo e Arcalaus, como vieron la cosa
-perdida, metiéronse en una casa; que no tovieron esfuerzo para morir
-en la calle, mas luego fueron tomados y presos. Amadís daba tan duros
-golpes, que ya no hallaba quien lo esperase, <i>y cuando vió que ya
-estaban deshechos los enemigos, pues tampoco don Cuadragante se había
-descuidado en su negocio</i>, dijo a Gandalín:</p>
-
-<p>—Ve, di a don Cuadragante que yo me salgo de la villa, y que
-pues esto es despachado, que será bien que nos vamos sin ver al rey
-Lisuarte.</p>
-
-<p>E luego fué por la calle hasta que llegó a la puerta de la villa
-por donde había entrado, e fizo cabalgar la gente que con él iba, e él
-cabalgó en su caballo. El rey Lisuarte, como tan presto vió el socorro
-de su vida e sus enemigos muertos e destrozados, estaba de tal manera
-que no sabía qué decir, e llamó a don Guilán, que cabe sí tenía, e
-díjole:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>—Don Guilán, ¿qué
-será esto, o quién son éstos que tanto bien han hecho?</p>
-
-<p>—Señor —dijo él—, ¿quién puede ser sino quien suele? No es otro sino
-Amadís de Gaula, que bien oístes cómo nombraban su apellido, e bien
-será, Señor, que le deis las gracias que merece.</p>
-
-<p>Entonces el Rey dijo:</p>
-
-<p>—Pues id vos adelante, e si él fuere, deteneldo, que por vos bien lo
-hará, e yo luego seré con vos.</p>
-
-<p>Estonces fué por la calle, e cuando don Guilán llegó a la puerta
-de la villa, luego supo que era Amadís, e ya había cabalgado e se iba
-con su gente, que no quiso esperar a don Cuadragante porque lo no
-detoviese, e don Guilán le dió voces que tornase, que estaba allí el
-Rey.</p>
-
-<p>Amadís, como lo oyó, hobo gran empacho, que conoció muy bien aquel
-que lo llamaba, a quien él preciaba mucho e lo amaba; e vió al Rey
-cabe él estar, e volvió, e cuando fué más cerca miró al Rey, e tenía
-todas las armas despedazadas y llenas de sangre de sus feridas, e hobo
-gran piedad de así lo ver; que aunque su discordia tan crecida fuese,
-siempre tenía en la memoria ser éste el más cuerdo, más honrado e más
-esforzado Rey que en el mundo hobiese: e como fué más cerca descabalgó
-del caballo, e fué para él, e fincó los hinojos e quísole besar las
-manos, mas él no las quiso dar, antes lo abrazó con muy buen talante e
-lo alzó suso, <i>lo</i> tomó por la mano e díjole:</p>
-
-<p>—Señor, bien será, si a vos ploguiere, que demos<span
-class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span> orden de descansar e
-folgar, que bien nos hace menester. Amadís le dijo:</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <img src="images/i_186.jpg"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">—Señor, sea la vuestra merced de nos dar licencia
-porque nos podamos con tiempo tornar yo y estos caballeros al rey
-Perión, mi señor, que con toda la otra gente viene.</p>
-
-<p>—Por cierto esa licencia no vos daré yo; que aunque en virtud ni
-esfuerzo ninguno os pueda vencer, en esto quiero que seáis de mí
-vencido, y que aquí esperemos al Rey vuestro padre; que no es razón
-que tan brevemente nos partamos sobre cosa tan señalada como agora
-pasó.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>—Así se haga como
-lo mandáis —dijo Amadís.</p>
-
-<p>Entonces mandaron a la gente que descabalgasen e pusiesen los
-caballos por aquel campo, e buscasen algo de comer.</p>
-
-<p><i>Poco después</i> vieron venir las batallas de la gente que el
-rey Perión traía, que venían a más andar. El rey Lisuarte demandó un
-caballo e dijo al rey Cildadán que tomase otro y que irían a rescebir
-al rey Perión.</p>
-
-<p>Amadís le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, por mejor habría, si por bien lo tovierdes, que descanséis
-y curen de vuestras feridas, que el Rey mi señor no dejará de venir su
-camino hasta vos ver.</p>
-
-<p>El Rey le dijo que en todo caso quería ir. Entonces cabalgó en un
-caballo, y el rey Cildadán e Amadís en los suyos, e fueron contra
-donde el rey Perión venía. Amadís mandó a Durín que pasase adelante
-dellos e hiciese saber a su padre la ida del rey Lisuarte. Así fueron,
-como oídes, e muchos de aquellos caballeros con ellos, e Durín andovo
-más y llegó al Rey e díjole el mandado de Amadís; y él tomó consigo a
-<i>varios caballeros</i> e llegó al rey Lisuarte, e como se vieron,
-salieron entrambos adelante el uno al otro, e abrazáronse con buen
-talante, e cuando el rey Perión le vió así llagado e mal parado, e las
-armas despedazadas, díjole:</p>
-
-<p>—Paréceme, buen señor, que no partistes del real tan mal trecho
-como agora vos veo, aunque allá vuestras<span class="pagenum"
-id="Page_188">p. 188</span> armas no estovieron en las fundas, ni
-vuestra persona a la sombra de las tiendas.</p>
-
-<p>—Mi señor —dijo el rey Lisuarte—, así tove por bien que me viésedes,
-porque sepáis qué tal estaba a la hora que Amadís y estos caballeros me
-socorrieron.</p>
-
-<p>Entonces le contó todo lo más de la gran afruenta en que había
-estado. El rey Perión hobo muy gran placer en saber lo que sus fijos
-habían fecho con la buena ventura e honra tan grande que dello se les
-seguía, e dijo:</p>
-
-<p>—Muchas gracias doy a Dios porque así se paró el pleito, e porque
-vos, mi señor, seáis servido e ayudado de mis fijos y de mi linaje;
-que, ciertamente, como quiera que las cosas hayan pasado entre
-nosotros, siempre fué y es mi deseo que os acaten e obedezcan como a
-señor e a padre.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_6">
- <h3 title="Lib. IV, Cap. VI: Las bodas">CAPÍTULO SEXTO</h3>
- <p class="subh3c">LAS BODAS</p>
-</div>
-
-<p><i>En cuanto Lisuarte sanó de las heridas en aquella ocasión
-recibidas, reuniéronse en la Ínsola Firme las familias de todos
-aquellos reyes, con gran cortejo de damas y caballeros, para celebrar
-no sólo las bodas de Oriana y Amadís, sino las de don Galaor con la
-hermosa reina de Sobradisa, Briolanja; las del nuevo emperador de
-Roma con Leonoreta, hija segunda del rey Lisuarte; las de Agrajes,
-Melicia,<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> Mabilia, y
-en general de gran número de caballeros y doncellas de los que habían
-vivido en torno a Oriana y Amadís, entre los cuales había repartido
-éste, poco antes de aquel día, los grandes estados ganados en la última
-guerra, sin reservar otra cosa para sí que el señorío de la Ínsola
-Firme, que, como bien sabemos, de antes poseía. También Urganda la
-Desconocida habíase presentado inopinadamente, en una sierpe de fuego,
-para ser testigo de las bodas de su caballero favorito.</i></p>
-
-<p>Venido el día señalado, todos los novios se juntaron en la posada
-de Amadís, y se vistieron de tan ricos y preciados paños como su gran
-estado en tal auto demandaba, e asimesmo lo ficieron las novias; e
-los reyes e grandes señores los tomaron consigo, e cabalgando en
-sus palafrenes, muy ricamente guarnidos, se fueron a la huerta,
-donde fallaron las reinas e novias asimesmo en sus palafrenes; pues
-así salieron todos juntos a la iglesia, donde por el santo hombre
-Nasciano la misa aparejada estaba. Pasado el auto de los matrimonios e
-casamientos con las solemnidades que la santa Iglesia manda, Amadís se
-llegó al rey Lisuarte e díjole:</p>
-
-<p>—Señor, quiero demandaros un don que os no será grave de lo dar.</p>
-
-<p>—Yo lo otorgo —dijo el Rey.</p>
-
-<p>—Pues, señor, mandad a Oriana que antes que sea hora de comer pruebe
-el Arco encantado de los Leales Amadores, e la Cámara Defendida, que
-hasta<span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span> aquí, con su
-gran tristeza, nunca con ella acabar se pudo, por mucho que ha sido por
-nosotros suplicada y rogada; que yo fío tanto en su lealtad y en su
-gran beldad, que allí donde ha más de cien años que nunca mujer, por
-extremada que de las otras fuese, pudo entrar, entrará ella sin ningún
-detenimiento; porque yo vi a Grimanesa en tanta perfición como si viva
-fuese, donde está hecha por gran arte con su marido Apolidón; e su gran
-fermosura no iguala con la de Oriana; e en aquella cámara tan defendida
-a todas se hará fiesta de nuestras bodas.</p>
-
-<p>Y el Rey le dijo:</p>
-
-<p>—Buen hijo señor: liviano es a mí complir lo que pedís, mas he
-recelo que con ello pongamos alguna turbación en esta fiesta, porque
-muchas veces contece, e todas las más, la grande afición de la voluntad
-engañar los ojos, que juzgan lo contrario de lo que es; e así podría
-acaescer a vos con mi hija Oriana.</p>
-
-<p>—No tengáis cuidado deso —dijo Amadís—, que mi corazón me dice que
-así como lo digo se complirá.</p>
-
-<p>—Pues así os place, así sea —dijo el Rey.</p>
-
-<p>Entonces se fué a su hija, que entre las reinas e las otras novias
-estaba, e díjole:</p>
-
-<p>—Mi hija, vuestro marido me demandó un don, e no se puede complir
-sino por vos; quiero que mi palabra hagáis verdadera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>Ella fincó los
-hinojos delante dél y besóle las manos, e dijo:</p>
-
-<p>—Señor, a Dios plega que por alguna manera venga causa con que os
-pueda servir, e mandad lo que os ploguiere, que así se fará si por mí
-complir se puede.</p>
-
-<p>El Rey la levantó e la besó en el rostro, e dijo:</p>
-
-<p>—Hija, pues conviene que antes de comer sea por vos probado el
-Arco de los Leales Amadores e la Cámara Defendida; que esto es lo que
-vuestro marido me pide.</p>
-
-<p>Cuando esto fué oído de toda aquella gente, a muchas plogo de
-ver que la prueba se ficiese e a otras puso gran turbación. Pues
-así como estaban, salieron de la iglesia, e cabalgando, llegaron al
-marco donde allí adelante a ninguno ni a ninguna era dada licencia de
-entrar, si dinos para ello no fuesen. Pues allí llegados, Melicia e
-Olinda, <i>la mujer de Agrajes</i>, dijeron a sus esposos que también
-querían ellas probar aquella aventura, de lo cual gran alegría en los
-corazones dellos vino, por ver la gran lealtad en que se atrevían. Allí
-descabalgaron todos e acordaron que entrasen delante Melicia e Olinda;
-e así se fizo, que la una tras la otra pasaron el marco, e sin ningún
-entrévalo fueron so el arco y entraron en la casa donde Apolidón e
-Grimanesa estaban; e la trompa, que la imagen encima del arco tenía,
-tañió muy dulcemente; así que todos fueron muy consolados de tal són,
-que nunca otro tal vieran,<span class="pagenum" id="Page_192">p.
-192</span> sino aquellos que ya lo habían visto e probado. Oriana llegó
-al marco e volvió el rostro contra Amadís e paróse muy colorada; e
-tornó luego a entrar, y en llegando a la mitad del sitio, la imagen
-comenzó el dulce són; e como llegó so el arco, lanzó por la boca de la
-trompa tantas flores e rosas en tanta abundancia, que todo el campo
-fué cubierto dellas; y el són fué tan dulce e tan diferenciado del que
-por las otras se fizo, que todos sintieron en sí tan gran deleite,
-que en tanto que durara tovieron por bueno de no partirse de allí;
-mas como pasó el arco, cesó luego el són. Oriana falló a Olinda e a
-Melicia, que estaban mirando aquellas figuras e sus nombres, que en
-el jaspe hallaron escritos; e como la vieron, fueron con mucho placer
-contra ella, e tomáronla entre sí por las manos e volviéronse a las
-imágines; e Oriana miraba con gran afición a Grimanesa, e bien veía
-claramente que ninguna de aquéllas, ni de las que fuera estaban, no
-era tan fermosa como ella; e mucho dudó en la prueba de la Cámara, que
-para haber de entrar en ella la había de sobrar en fermosura; e por su
-voluntad dejárase de la probar, que de lo del Arco nunca en sí puso
-duda; que bien sabía el secreto enteramente de su corazón, cómo nunca
-fuera otorgado de amar sino a su amigo Amadís.</p>
-
-<p>Así estovieron una pieza, y estovieran más, sino por ser el día
-tal que las esperaba; e acordaron de salirse así todas tres juntas
-como estaban, tan contentas<span class="pagenum" id="Page_193">p.
-193</span> e tan lozanas, que a los que las atendían e miraban les
-paresció que habían gran pieza acrecentado en sus hermosuras, e bien
-cuidaron que cualquiera de ellas era bastante para acabar la aventura
-de la Cámara. Sus tres maridos, Amadís e Agrajes e don Bruneo, que
-aquella aventura habían acabado, como ya el segundo libro desta
-historia vos lo ha contado, fueron contra ellas, lo cual ninguno de los
-que allí estaban podieran hacer; e como a ellas llegaron, la trompa
-comenzó el son e a echar las flores, que les daban sobre las cabezas,
-e abrazáronlas e besáronlas, e así todos seis se salieron. Esto hecho,
-acordaron de ir a la prueba de la Cámara, mas algunas había que gran
-recelo llevaban de lo no poder acabar. Pues llegando al sitio que
-en la sala del castillo estaba, <i>primero se acercó</i> Olinda la
-mesurada, trayéndola Agrajes por la mano, que le daba gran esfuerzo,
-aunque no con mucha esperanza que en sí toviese, que el gran amor ni
-afición dél a ella no le quitaba el conocimiento de ver que no igualaba
-a la fermosura de Grimanesa; pero bien pensó que llegaría con las más
-delanteras; y llegando al sitio, dejóla de la mano, y ella entró e
-fuése derechamente al padrón de cobre, e de allí pasó al de mármol, que
-nada sintió; mas, como quiso pasar, la resistencia fué tan dura, que
-por mucho que porfió no pudo más de una pasada pasar más adelante, e
-luego fué echada fuera, tan desacordada, que no tenía sentido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>Melicia entró con
-gentil continencia e lozano corazón, que así era ella muy lozana e muy
-fermosa, e pasó por los padrones ambos, tanto, que cuidaron todos que
-entraría en la cámara; e Oriana, que así lo pensó, fué toda demudada
-de pesar; mas llegando un paso más que Olinda, luego fué tollida e
-sacada sin ninguna piedad, como la otra, tan desacordada como si
-muerta fuese, que así como más adelante entraban, mucho más la pena
-les era dada a cada una en su grado, e así se hacía a los caballeros
-antes que Amadís lo acabase. Las rabias que don Bruneo por ello hacía
-a muchos movían a piedad; mas a los que sabían el poco peligro que de
-allí redundaba, reíanse mucho de lo ver. Esto así fecho, llevó Amadís
-a Oriana, en quien toda la fermosura del mundo ayuntada era, y llegó
-al sitio con pasos muy sosegados y rostro muy honesto, e santiguóse e
-encomendóse a Dios, y entró adelante, e sin que nada sintiese pasó los
-padrones, e cuando a una pasada de la cámara llegó sintió muchas manos
-que la pujaban e tornaban atrás, tanto, que tres veces la volvieron
-hasta cerca del padrón de mármol; mas ella no hacía sino con las sus
-muy fermosas manos desviarlos a un cabo e a otro, e parecíale que
-tomaba brazos e manos; e así con mucha porfía e gran corazón, e sobre
-todo su gran fermosura, que muy más extremada era que la de Grimanesa,
-como dicho es, llegó a la puerta de la cámara muy cansada, e trabó
-de uno de los umbrales; entonces salió aquel<span class="pagenum"
-id="Page_195">p. 195</span> brazo e mano que a Amadís tomó, e tomó a
-ella por la una mano, e oyó más de veinte voces que muy dulcemente
-cantando dijeron:</p>
-
-<p>—Bien venga la noble señora, que por su gran beldad ha vencido la
-fermosura de Grimanesa, e hará compaña al caballero que, por ser más
-valiente y esforzado en armas que aquel Apolidón, que en su tiempo
-par no tuvo, ganó el señorío desta ínsola, y de su generación será
-señoreada grandes tiempos con otros grandes señoríos que desde ella
-ganarán.</p>
-
-<p>Entonces el brazo e la mano tiró, y entró Oriana en la cámara, donde
-se halló tan alegre como si del mundo fuera señora, e no tanto por su
-fermosura como porque, seyendo su amigo Amadís señor de aquella ínsola,
-sin empacho alguno le podía facer compaña en aquella fermosa cámara,
-quitando la esperanza desde allí adelante de se venir a probar ninguna,
-por fermosa que fuese. Isanjo, el caballero gobernador de aquella
-ínsola, dijo entonces:</p>
-
-<p>—Señores, los encantamentos desta ínsola a este punto son todos
-deshechos, sin ninguno quedar; que así fué establecido por aquel que
-aquí los dejó; que no quiso que más durasen de cuanto se hallase señor
-e señora que estas aventuras acabasen, como estos señores lo han fecho;
-e sin embargo alguno, pueden allí entrar todas las mujeres, así como lo
-facen los hombres después que por Amadís acabada fué.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>Entonces entraron
-los reyes e reinas, e todos los otros caballeros, e dueñas e doncellas
-cuantas allí estaban, e vieron la más rica e más sabrosa morada que
-nunca fué vista, e todas abrazaron a Oriana, como si por luengo tiempo
-no la hobieran visto; era tanto el placer e alegría de todos, que no
-tenían memoria de comer, ni de otra alguna cosa, sino de mirar aquella
-cámara tan extraña. Amadís mandó que luego fuesen en aquella gran
-cámara traídas las mesas, e así se fizo; e finalmente, los novios e
-novias, e los reyes e los que allí cupieron, folgaron e comieron en
-la cámara, donde de muchos e diversos manjares, e frutas de muchas
-maneras, e vinos, fueron muy bien servidos.</p>
-
-<p>Pasadas estas grandes fiestas de las bodas que en la Ínsola Firme
-se ficieron, el Emperador demandó licencia a Amadís, porque, si le
-ploguiese, quería con su mujer tornarse a su tierra; todos los otros
-reyes e señores aderezaron para se ir también, y quedó en la Ínsola
-Firme Amadís con su señora Oriana al mayor vicio e placer que nunca
-caballero estovo, de lo cual no quisiera él ser apartado porque del
-mundo le ficiesen señor.</p>
-
-<p class="centra smcap mt15">A Dios sean dadas gracias. Acábanse aquí<br />
-los cuatro libros del esforzado<br />
-e muy virtuoso caballero<br />
-Amadís de Gaula.</p>
-
-
-<div class="chapter pt6" id="Ch_II">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span></p>
- <h2 class="nobreak ws1">PALMERÍN DE INGLATERRA</h2>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/i_199.jpg"
- class="thick"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
- </div>
- <p class="captjust"><big>¶ Libro del muy eſforçado</big> Cauallero
- Palmerín de inglaterra hijo del rey dõ Duardos: y de ſus grandes
- proezas: y de Floriano del desierto ſu hermano: con algunas del
- príncipe Florendos hijo de Primaleon. &nbsp; &nbsp; Impreſſo
- Año.M.D.xlvij.</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="Cap_II_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/i_201.jpg"
- style="width: 30em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h3 title="Cap. I: La floresta encantada">CAPÍTULO PRIMERO</h3>
- <p class="subh3c">LA FLORESTA ENCANTADA</p>
-</div>
-
-<p>Saliendo un día don Duardos, <i>príncipe de Inglaterra</i>, a
-monte a la floresta <i>del Desierto</i>, llevando consigo a Flérida,
-<i>su joven esposa, hija del emperador de Grecia Palmerín</i>, mandó
-asentar sus tiendas en un verde prado, junto de una ribera que por allí
-corría, que con sus corrientes y claras aguas consolaba los corazones
-tristes.</p>
-
-<p>No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la
-parte do la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de
-los monteros, e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco
-grande, que, acosado de los perros, trasponía por un recuesto; mas
-él, fiándose en la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en
-pequeño trecho le alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los
-que seguían a don Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad
-del día les duró; mas como les fué faltando, la escuridad les hizo
-desatinar de manera que perdieron el rastro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span>Don Duardos,
-enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier peligro que
-de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco, hasta tanto
-que el caballo de cansado no se podía menear; entonces se apeó dél, y
-quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para que tomase algún
-esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando dormir algún poco;
-mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida estaría por su
-tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras imaginaciones
-hasta la mañana.</p>
-
-<p><i>Al otro día</i>, caminó hacia aquella parte que a su parecer su
-gente quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba,
-más se alongaba della, y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se
-quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos
-árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos
-pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado,
-y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar
-las guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese
-serena, y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con
-el cantar de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por
-el río abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las
-riendas al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna
-le tenía ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una
-torre<span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> que en medio
-del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien obrada y
-fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y mucho más
-para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así de la una
-parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan ancha, que se
-podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos, recordando de
-su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y fortaleza dél, llamó
-a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban.</p>
-
-<p>No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo
-ver desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel
-castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo
-dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese,
-perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde
-fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona
-de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía que le
-pareció necesaria, le dijo:</p>
-
-<p>—Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de
-vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para
-no encubrirse a nenguno.</p>
-
-<p>La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el
-río caía, diciendo:</p>
-
-<p>—Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a
-vuestro servicio; reposá aquí<span class="pagenum" id="Page_204">p.
-204</span> esta noche, que por la mañana sabréis lo que deseáis.</p>
-
-<p>No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como
-lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una
-cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien
-obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello
-para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía;
-aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le
-hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa,
-viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la
-cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo,
-que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo
-podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra:</p>
-
-<p>—Di a mi sobrino que venga, que con menos trabajo de lo que pensamos
-puede tomar venganza de la muerte de su padre, pues en nuestro poder
-está éste, que es nieto y yerno de aquel que le mató.</p>
-
-<p>En esto bajó de lo más alto de la torre un gigante mancebo,
-acompañado de algunos hombres armados, y entró dentro en la cámara así
-acompañado, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Don Duardos, don Duardos! —en alta voz—: con menos reposo que eso
-habías de estar en esta casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span>Don Duardos recordó
-a sus voces; queriendo tomar su espada, no la halló. Entonces <i>el
-gigante</i> le mandó prender, sin él poderse resestir, que sólo con el
-corazón, sin otras armas, le tomaron; de ahí le llevaron a una torre
-en lo más alto de la fortaleza, adonde, cargado de hierro, le dejaron
-con intención de nunca soltalle. Cuando don Duardos se vió solo y así
-tratado, con ira que de sí mesmo tenía, comenzó a decir palabras de
-tanto dolor y lástima, que nenguno lo pudiera oír que no la hubiera
-dél.</p>
-
-<p><i>¿Qué motivo había para que tan preclaro caballero fuera tratado
-de este modo? Dice la historia que en el tiempo en que Palmerín de
-Oliva, antes de ser emperador de Grecia y padre de Flérida, había
-estado en la corte del rey de Inglaterra, abuelo de don Duardos, como
-caballero andante, había libertado en brava pelea a la reina y su
-hija, que eran llevadas prisioneras por el temido gigante Franaque,
-el cual, por mano de Palmerín, había quedado muerto en el campo de
-batalla.</i></p>
-
-<p>Este Franaque tenía una hermana, muy gran sabidora en las artes
-de encantamento, llamada Eutropa, que en su tiempo pasó a todas
-las personas que de aquel arte sabían. Y sabiendo la triste nueva
-de aqueste su hermano, tomando en sus brazos un pequeño hijo que
-le quedaba, que tenía por nombre Dramusiando, con grandes llantos
-lloraba la muerte de su padre, prometiendo que, con sus artes y con
-las fuerzas de aquel niño, tomaría tal venganza<span class="pagenum"
-id="Page_206">p. 206</span> del que lo mató y de todos los que de su
-linaje pudiese haber, que quedase dello perpetua memoria. Pasados los
-días del ímpetu de su pasión, quísose proveer como sabía en aquello que
-vió que era menester para su guarda; y haciendo de nuevo aquel castillo
-en que don Duardos fué preso, se metió en él con toda su familia,
-fortificándole todo lo que más pudo; y no se confiando desto, encantó
-de tal suerte toda aquella floresta al derredor, que ninguna persona
-podía entrar dentro si no fuese por su voluntad. En este castillo crió
-su sobrino hasta edad de ser caballero, <i>el cual</i>, como tuviese
-edad y entendimiento, y tuviese el ánimo muy grande, supiendo la muerte
-de su padre, el esfuerzo de su ánima le provocaba a ir por el mundo
-a vengar su muerte; mas Eutropa se lo impidió siempre, diciendo que
-viviese contento, que ella le prometía de le traer a su poder en quién
-pudiese tomar muy cruel venganza.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_II_2">
- <h3 title="Cap. II: Los mellizos de Flérida">CAPÍTULO SEGUNDO</h3>
- <p class="subh3c">LOS MELLIZOS DE FLÉRIDA</p>
-</div>
-
-<p>Estando Flérida en la Floresta del Desierto, que quedara con
-<i>sus</i> damas junto con la ribera folgando y cogiendo de las flores
-de que el campo está cubierto, que esto era en el mes de mayo tiempo
-en<span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span> el cual ellas
-tienen su gracia, esperó a don Duardos hasta las horas que le pareció
-que debía venir, y viendo que tardaba, comenzó de entristecerse,
-anunciándole el corazón el desastre. Allegada la noche, parecióle
-más escura a Flérida de lo que de su natural lo podía ser; ninguna
-consolación la podía alegrar; los monteros acudían y su don Duardos
-no venía; Flérida no durmió en toda la noche, porque siempre en estos
-casos el cuidado vence el sueño.</p>
-
-<p>Ya que la mañana esclarescía, el duque <i>de Galez</i> mandó a toda
-aquella gente que, repartidos, corriesen toda la floresta y mirasen
-si lo hallarían, y tornasen allí con el recaudo, porque Flérida tenía
-ordenado no hacer de allí mudanza hasta saber lo que dél era hecho.
-Pridos, hijo del duque, primo de don Duardos y muy grande amigo suyo,
-se metió por lo más espeso de la montaña, contra aquella parte do la
-mar batía, lo anduvo revolviendo todo, e ya desconfiando de le hallar,
-creyendo que de las alimañas bravas de que aquella montaña era poblada
-lo matarían por ir desarmado, tornóse tan triste que, desacordado de
-sí, con los ojos llenos de agua, las riendas sueltas sobre el cuello
-del caballo, haciendo muy grandes lástimas por aquellas muy grandes
-concavidades que la mar tenía hechas, y retumbando dentro el tono con
-que las decía, parecía que le ayudaban a sentir su pasión con aquellas
-mismas palabras que él mismo se quejaba.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>No tardó mucho que
-por la ribera de aquella playa vió venir una doncella encima de su
-palafrén muy negro, vestida de la mesma color. Llegándose a Pridos, le
-tomó por la rienda, diciendo:</p>
-
-<p>—Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer
-a lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en
-su libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid
-a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo
-vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir
-se le tornará en mayor alegría.</p>
-
-<p>Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote
-al palafrén, ella y él desaparecieron.</p>
-
-<p><i>Pridos tornó</i> con esta nueva donde Flérida estaba, <i>la
-que</i>, puesto que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó
-más triste de lo que antes estaba.</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span></p>
- <img src="images/i_209.jpg"
- class="thin"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">Y como pocas veces una pasión venga sola, con este
-acidente le dieron dolores de parto, y porque también ya el tiempo era
-llegado, sin mucho trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que
-en aquella primera hora parecía que daban testimonio de lo que después
-hicieron. <i>Las</i> damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos
-paños, se los presentaron delante, creyendo que con la vista dellos
-mitigaría la pena; Flérida los tomó en sus brazos con amor de madre;
-con palabras de mucha lástima decía:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>—¡Oh hijos sin
-padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro nacimiento fuera! Mas en
-lugar de las fiestas que él para entonces aparejaba, yo moriré con este
-dolor y vosotros quedaréis sin él y sin mí y sin edad para sentir tan
-gran pérdida.</p>
-
-<p>Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al
-que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al
-segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera
-se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba
-cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la
-leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que
-ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar
-a aquel lugar donde todo se juntaba.</p>
-
-<p>Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte
-un salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza
-de las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía
-dos leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo
-aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento
-de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le
-inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes,
-porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito al
-campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida,
-escondiéronse entre las matas. El duque de Galez,<span class="pagenum"
-id="Page_212">p. 212</span> que muy viejo era y estaba desarmado, no
-pudo defender que el salvaje no tomase a los niños debajo del brazo,
-y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más daño. Flérida quedó
-tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa ninguna; perdida la
-calor natural, parecía más muerta que viva; mas tomando algún tanto
-en sí por las palabras que le decían, comenzó otro planto de nuevo,
-deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se halla reposo de
-todos los males.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_II_3">
- <h3 title="Cap. III: Desierto y Palmerín">CAPÍTULO TERCERO</h3>
- <p class="subh3c">DESIERTO Y PALMERÍN</p>
-</div>
-
-<p>Aqueste salvaje, después de haber tomado aquellos infantes, anduvo
-tanto hasta llegar adonde tenía la cueva, y hallando a la entrada
-della a su mujer, que le estaba esperando con un niño en los brazos,
-el cual era hijo de entrambos, que sería de edad de hasta un año;
-allí le dió la caza que traía, diciendo que en todo el día no había
-podido hallar otra, y que de aquella cenarían los leones; mas como
-las mujeres de su natural son inclinadas a piedad, túvola tamaña de
-aquellas vidas inocentes, que no quiso consentir lo que su marido
-traía ordenado; antes, tomando de otra carne, les dió de comer y a los
-chiquitos de mamar, con tan grande amor como<span class="pagenum"
-id="Page_213">p. 213</span> a su hijo propio; y con esto los crió a la
-leche de sus pechos hasta que la edad los enseñó a sustentar de otro
-mantenimiento.</p>
-
-<p><i>Entre tanto, el rey de Inglaterra, Fadrique, padre de don
-Duardos, en el gran dolor de lo ocurrido a su hijo y nietos, envía un
-embajador a Constantinopla para hacerlo saber al anciano emperador de
-Grecia. Llega éste a la ciudad al tiempo en que se celebran grandes
-fiestas con motivo del nacimiento de Polinarda, nieta del emperador,
-hija de Primaleón el hermano de Flérida. Al momento son suspendidos
-los festejos, y el emperador Palmerín, muy alterado con tales nuevas,
-retírase a sus habitaciones. Mas el príncipe Primaleón, que grandes
-obligaciones debe a su cuñado don Duardos, dejando a su amada
-esposa Gridonia y a su recién nacida hija, toma sus armas y se pone
-secretamente en camino para lograr la libertad del prisionero. Lo mismo
-van haciendo los más famosos caballeros de la corte del emperador; y
-cuando la noticia de la pérdida de don Duardos se extiende por las de
-Francia, España, Alemania y otras tierras, no hay caballero que quiera
-ser el último en salir en su demanda.</i></p>
-
-<p>Aquí deja la historia de hablar dello, y torna a los infantes, que
-la mujer del salvaje criaba con tanto amor como a sus propios hijos;
-así como iban creciendo se hacían tan hermosos y bien dispuestos, que
-parecían de mayor edad de lo que entonces eran: su ejercicio era cazar,
-siendo en ello tan<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span>
-diestros, que casi tenían despoblada la mayor parte de aquélla floresta
-de las alimañas que en ella había; y el que mayor montero y más gusto
-de cazar llevaba era Floriano del Desierto, en cuya compañía los
-leones siempre andaban; traía un arco con muchas flechas, y salió tan
-singular flechero, que el salvaje no le igualaba con mucha parte; en
-esta vida continuaron hasta edad de diez años, en el fin de los cuales,
-un domingo por la mañana, Floriano se salió solo con sus leones por
-la trabilla, como algunas veces lo acostumbraba, por ver si mataría
-alguna caza, y andando todo el día a una parte y a otra sin hallar
-ninguna, al tiempo que el sol se quería poner, vió en una mata estar
-un venado muy grande, y adonde le tiró, y le dió con tanta fuerza que
-lo atravesó de la otra parte; mas el ciervo, que se sintió herido, se
-levantó con tan gran priesa, que los leones, a quien Floriano soltó la
-trabilla, no le pudieron alcanzar, antes corriendo ellos tras el venado
-y él tras ellos se desviaran tanto de la cierva, que Floriano perdió el
-tino della y a los leones de vista, andando toda la noche dando voces
-por ver si acudirían; y caminó tanto hacia donde le pareció que la
-cierva estaba, que fué a parar al propio lugar adonde naciera, que era
-allí cerca, y asentóse al pie de una fuente que allí estaba; no tardó
-mucho que por el mesmo camino hacia la fuente vió un caballero encima
-de un caballo bayo, las riendas caídas sobre el cuello del caballo,
-y él tan triste<span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> de
-su cuidado que parecía que nenguna cosa sentía; tanto que llegó a la
-fuente, con el detenimiento que el caballo hizo en beber, tornó en sí,
-y viendo a Floriano, fué en él el sobresalto tan grande como si viera
-a don Duardos; porque éste se parecía mucho a él; preguntándole cúyo
-hijo era, Floriano le dió la cuenta de lo que sabía; el caballero le
-rogó que se fuese con él para Londres, y que le llevaría al rey, que le
-criaría y le haría mercedes.</p>
-
-<p>Este caballero era el esforzado Pridos, que, cansado de correr todo
-el mundo en busca de don Duardos sin hallar ningunas nuevas, se tornaba
-para Londres, y tomando a Floriano consigo, le llevó a la corte, adonde
-del rey fué recebido como persona a quien mucho amaba, y le ofreció
-aquel doncel vestido de pieles de alimañas, con quien el rey fué tan
-alegre como si supiera ser aquél su nieto. Y tomándole por la mano, se
-fué adonde la reina y Flérida estaban, mostrando nuevo contentamiento,
-y puestos los ojos en Flérida, le dijo:</p>
-
-<p>—Señora, vedes aquí el fruto que Pridos sacó de su tardanza; este
-doncel, tan parecido a mi hijo y a vuestro don Duardos, que me hace
-creer que puede tener algún deudo con él.</p>
-
-<p>Flérida, a quien la naturaleza ayudase a conocelle, tomóle en los
-brazos con entero amor de madre, y pidiéndoselo al rey que se lo diese
-para su servicio, quiso que tuviese por nombre Desierto, sin saber
-que aquél era con el que naciera. Desta manera<span class="pagenum"
-id="Page_216">p. 216</span> el infante Desierto se crió sirviendo a su
-mesma madre, sin ella ni él saber el mucho parentesco que entre ellos
-había.</p>
-
-<p>Aquel día que el infante del Desierto salió a cazar, el salvaje
-esperó hasta la noche, y viendo que no venía él, ni los leones
-tampoco, comenzó de entristecerse, y gastando las horas del sueño en
-pensamientos que se le hacían perder, estuvo hasta otro día, que los
-leones llegaron ensangrentados de la sangre del venado que mataron; mas
-él que los vió sin su guardador, los mató, sin se le acordar la pérdida
-que en hacello recibía. Mas Palmerín se tornó tan triste que ninguna
-cosa le podía contentar, pasando el tiempo en irse a pasar su soledad
-riberas de la playa donde la mar batía. Tanto continuó esto, que una
-vez vió venir a la costa una galera, y llegando hacia aquella parte do
-Palmerín estaba, el capitán mandó poner la proa en tierra, hallando
-aquellos donceles, porque también Selvián, <i>el hijo del salvaje</i>,
-estaba en la compañía de Palmerín; espantado del parecer de entramos y
-de la manera de su traje, después de estar algún rato platicando, puso
-en su voluntad de llevarlos consigo por fuerza, si de otra manera no
-quisiesen; mas Palmerín no hubo menester muchas palabras, porque su
-naturaleza le inclinaba a no se contentar de aquella vida.</p>
-
-<p>Entonces, entrando en la galera, el capitán hizo su camino como de
-antes llevaba; en esto continuaron tantos días, volviendo la costa de
-España y<span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> travesando
-la de Levante, tanto que un día en la tarde allegaron al gran puerto
-de Constantinopla, que en aquel tiempo era poblada de voluntades tan
-tristes como en otro tiempo lo era de invenciones alegres y días
-contentos.</p>
-
-<p>El esforzado Polendos, rey de Tesalia, que era el capitán de la
-galera que venía de correr y atravesar todos los mares, así Océano
-como Mediterráneo, sin hallar ninguna nueva de Primaleón ni de don
-Duardos, dió cuenta <i>al emperador</i> de las tierras que anduvo y de
-lo poco que en aquella demanda hiciera, de lo cual el emperador quedó
-muy descontento. Polendos le presentó el hermoso infante, con quien
-fué algún tanto consolado, pareciéndole que tan fermosa cosa había de
-traer consigo algo que diese contentamiento a quien le había menester,
-y llamando a un duque, lo mandó llevar a Gridonia, para que sirviese a
-su hija Polinarda, que ya en aquel tiempo comenzaba a ser tan hermosa
-que se creía que su madre y agüela no lo fueron tanto como ella en el
-tiempo que florecían.</p>
-
-<p>La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una
-persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a
-servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado
-deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca
-pensó salir.</p>
-
-<p>No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la
-cual había venido en un palafrén<span class="pagenum" id="Page_218">p.
-218</span> blanco; traía vestida una ropa a la francesa, de invención
-nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos echados a las espaldas,
-tomados con un muy rico prendedós, y allegando al estrado, sacó una
-carta del seno, y haciendo el acatamiento que a tan gran príncipe era
-necesario, se la metió en la mano. El emperador la mandó leer alto, en
-la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy famoso Palmerín, emperador
-de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de las Tres Hadas, te hago
-saber que el doncel que hoy te fué traído, de entrambas partes deciende
-de los más poderosos reyes cristianos que hay en el mundo; por tanto,
-tratalde como a gran príncipe, porque, en el tiempo que tu corona
-e imperial estado estuviere en el más bajo asiento de la fortuna,
-le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por él serán
-restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que ahora
-están sin ella.”</p>
-
-<p>El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta;
-haciendo venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él
-algunas cosas quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que
-allende de ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la
-emperatriz y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna
-nueva de Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este
-cuidado.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_II_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span></p>
- <h3 title="Cap. IV: Primaleón">CAPÍTULO CUARTO</h3>
- <p class="subh3c">PRIMALEÓN</p>
-</div>
-
-<p>El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión,
-supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que
-le prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas
-vivía con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas
-de lo que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos
-gigantes Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan
-sonada que sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con
-grandes promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que
-cada uno de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase
-primero con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el
-temido Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura
-Cueva; y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su
-honra, que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que
-si no fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda
-le era necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él
-viniesen.</p>
-
-<p>Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón,
-cansado de las muchas aventuras<span class="pagenum" id="Page_220">p.
-220</span> que por él pasaron y muy triste porque ninguna della fué
-tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en un caballo morcillo,
-vestido de armas de verde y leonado, trayendo ocupados los ojos en la
-suavidad que aquellos árboles y corrientes de aguas hacían a quien
-a vista della caminaba; y así allegó a la puente al tiempo que don
-Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una gruesa lanza; estaba
-en un hermoso caballo alazán del gigante, armado de armas negras
-sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones que ardían; en
-el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por tal arte, que ella
-misma enseñaba su nombre a quien no la conocía. Primaleón, que así le
-vió, le dijo:</p>
-
-<p>—Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa
-fortaleza que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras
-manos?</p>
-
-<p>—La costumbre de la entrada os diré —<i>dijo don Duardos</i>—, y es
-que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros
-peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis.</p>
-
-<p><i>Dicho esto</i>, apartándose lo necesario se encontraron con tanta
-fuerza, que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos
-lanzas muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera
-y cuarta carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de
-la fortaleza uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos
-con tanta fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en
-entramos<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> hobiese
-tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver
-así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para
-don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros
-y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había
-así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y
-oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y
-apartándose afuera, le dijo:</p>
-
-<p>—Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se
-puede igualar con vos.</p>
-
-<p>Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué
-abrazar, mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se
-recogiese, que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más
-que decille que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la
-entrada de la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de
-que todo venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro
-pesada y en la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos.</p>
-
-<p>—Mayor detenimiento —dijo Primaleón— sería querer responderte lo
-que esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son
-dichas.</p>
-
-<p>Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón,
-en que dió, fué hecho piezas,<span class="pagenum" id="Page_222">p.
-222</span> de que quedó muy poco contento por no tener con qué se
-cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro, tomó al
-gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que, no le
-valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro quedó tan
-lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con otros tan
-a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura que ninguno
-que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía perder.
-Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don Duardos,
-le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz tristeza
-por ver el estado en que su amistad le había traído, de que Dramusiando
-en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la batalla, el
-temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando la maza con
-dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta fuerza, que
-allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara, dándole luego
-el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro dedos de la
-mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella, mas él le dió
-de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi sin acuerdo, e
-quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió sobre sí aquel
-espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo:</p>
-
-<p>—A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender.</p>
-
-<p>Primaleón, que vió tal contrario delante de sí,<span
-class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> viendo que no tenía con
-qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de Pandaro,
-y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí otra
-batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada,
-porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del
-mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza
-estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por
-donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto
-caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se
-le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué
-se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte
-del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de
-sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este
-tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas
-que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó
-sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía
-menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al
-tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo:</p>
-
-<p>—Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os
-rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra
-y que os ponen la vida en tanto peligro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span><i>Negóse a ello
-Primaleón, y entonces el gigante</i> arremetió a él con la espada alta,
-dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas partes; Primaleón
-comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para ofendello otro
-reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos tal, que hacía
-olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran tales, que adonde
-alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo podían resistir;
-y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle morir, que,
-quitándose afuera, le dijo:</p>
-
-<p>—Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer
-tus heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la
-batalla; vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo
-de tu locura, porque la vida no se ha de dejar a quien della no se
-contenta.</p>
-
-<p>Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así
-herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con
-una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo
-consigo mesmo:</p>
-
-<p>—Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar
-que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor
-de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán
-mal agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi
-señora Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí<span
-class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> tenía guardado! Mas agora
-¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan grandes cosas
-como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria?</p>
-
-<p>Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo
-las heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo:</p>
-
-<p>—Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí
-peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates.</p>
-
-<p>Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente
-de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su
-parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto
-que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes
-de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del
-gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con
-que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas
-para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le
-prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su
-señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante,
-y así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para
-que fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona
-le hizo curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre
-que más deseó conservar la vida de los buenos<span class="pagenum"
-id="Page_226">p. 226</span> caballeros que hubo en el mundo, por el
-poco temor que los tenía.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_II_5">
- <h3 title="Cap. V: El torneo">CAPÍTULO QUINTO</h3>
- <p class="subh3c">EL TORNEO</p>
-</div>
-
-<p>Tanto tiempo el infante Palmerín se crió en casa del emperador de
-Grecia su agüelo, que ya era en edad para ser caballero, y tan amado y
-estimado de todos por sus buenas costumbres, como después fué temido
-de sus enemigos por su persona; y como él desease muchas veces verse
-en aquel aucto para que se criara, temía de pedillo al emperador, por
-no se ver apartado del servicio de la hermosa Polinarda su señora, con
-quien viviera desde el primer día que Polendos le trajera. Y porque
-ella sentía en él este deseo, pagábaselo con otro igual al suyo, el
-cual sabía muy bien encubrir, porque la hermosura de Palmerín traía
-consigo el merecimiento desta afición. Pues el emperador, que en muy
-continua tristeza vivía por la pérdida de sus hijos y apartamiento de
-sus caballeros, que ya tenía por muertos, viniéndole a la memoria las
-palabras de la carta de la sabia del Lago de las Tres Hadas, que la
-doncella le trajo el día que Palmerín llegó, quísole hacer caballero,
-creyendo que con él cobraría el descanso perdido en que al presente
-no vivía,<span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> si ellas
-fuesen verdaderas. Y por deshacer la tristeza de los suyos, que de
-tanto tiempo estaba ya arraigada, porque esta pérdida era tan general
-que a todos cabía parte, ordenó de juntamente con él de darla a todos
-los donceles que en su corte andaban, que eran muchos, y algunos dellos
-eran príncipes e infantes, y concertóse que el día desta cerimonia
-tornasen contra los otros caballeros que en la corte al presente se
-hallasen, porque esto hacía el emperador para esperiencia de las cosas
-que de Palmerín esperaban. Y mandóles aparejar para el día de Pascua
-de flores, y luego ordenaron cadahalsos sumptuosos en el campo adonde
-habían de ser los torneos. Los noveles velaron sus armas en la capilla,
-víspera de Pascua, y venido el día, el emperador y la emperatriz y
-Gridonia oyeron misa, la cual se dijo con gran solemnidad, y acabada,
-hizo por su mano caballero al infante Palmerín de Inglaterra primero
-que a otro ninguno. El rey Frisol de Hungría, que allí se halló, le
-calzó la espuela, y la hermosa infanta Polinarda le ciñó la espada,
-porque el emperador lo quiso así para más obligalle a sus hechos; y él
-lo tuvo en tanto, que acordarse desto en muchos peligros le dió nuevo
-esfuerzo. Tras él armó <i>caballeros a todos los otros príncipes e
-infantes que en su corte se habían criado</i>.</p>
-
-<p>Esto acabado, él y la emperatriz, con Gridonia y el rey Frisol,
-comieron en la sala imperial con tanto aparato de fiesta como en
-el tiempo pasado, servidos<span class="pagenum" id="Page_228">p.
-228</span> con todo el estado real, habiendo tantos estrumentos y
-música como si en aquella corte no faltara nada del placer que poseían
-en el tiempo en que ellos más se acostumbraban. Acabado de comer,
-el emperador se fué al cadahalso donde había de ver los torneos,
-acompañado de algunos señores a quien las edades antiguas detenían en
-Costantinopla; porque a los otros, a quien aún les ayudaba, despendían
-el tiempo en la demanda destos asignados príncipes de quien entonces
-ninguna nueva se sabía. La emperatriz y Gridonia, con sus dueñas y
-doncellas, se pusieron en otro que para ellas estaba señalado, y a esta
-hora, de la parte de los caballeros estranjeros estaba tanta gente en
-el campo, que a la fama destas fiestas habían venido, que el emperador
-temió que los noveles no lo pudiesen sofrir, que a este tiempo salían
-de la ciudad armados de armas blancas, tan airosos y bien puestos
-que comenzaron de dar testimonio de lo mucho que después hicieron,
-trayendo por capitán al esforzado Palmerín. Puestos en orden, al son
-de muchas trompetas arremetieron unos a otros con tamaño ímpetu, como
-la codicia de la honra quería a quien la desea alcanzar; Palmerín, que
-era el delantero, antes que ronpiese, puestos los ojos en la fermosa
-Polinarda, dijo consigo mismo:</p>
-
-<p>—Señora, para mayor afrenta quiero vuestra ayuda; por eso no os la
-pido en ésta, que sé que ante<span class="pagenum" id="Page_229">p.
-229</span> vos no me puede acontecer cosa que la vitoria sea de otro,
-pues que vos ya la tenéis de mí.</p>
-
-<p>No eran estas palabras bien acabadas, cuando él y Lebusante de
-Grecia se encontraron con tanta fuerza que Lebusante fué al suelo
-por las ancas del caballo, quedando Palmerín tan entero como si no
-le tocara, de que el emperador fué tan contento como espantado,
-porque este Lebusante era entonces el mejor caballero de toda Grecia.
-<i>Los demás caballeros noveles también se portaron con mucha
-gallardía.</i></p>
-
-<p>El estruendo destos primeros encuentros fué tan grande que parecía
-que un monte se acabase de caer, quedando por el campo muchos caballos
-sin señores, quedando ellos en el suelo y algunos maltratados. Después
-de quebradas las lanzas echaron mano a las espadas, dándose tan grandes
-golpes que parecía que un gran ejército fuese allí junto. Lebusante
-de Grecia, descontento del desastre del primer encuentro, ayudado de
-los suyos tornó a cabalgar, y entrando por lo más áspero del torneo
-fería a una parte y a otra de tan duros golpes que por fuerza le hacían
-lugar, mirando por quién le derribara para enmendar la vergüenza en
-que le pusiera; yendo con este deseo, <i>puso en el mayor aprieto a
-los noveles, aunque éstos se defendían tan bien que</i> el emperador
-tuvo en tanto el alto comienzo destos noveles que todas las cosas
-pasadas le parecían pequeñas; mas de la parte de los estranjeros<span
-class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> recreció tanta gente,
-que los noveles no se podían amparar, y por fuerza los arrancaron
-del campo, y en aquel tiempo no se halló el esforzado Palmerín de
-Ingalaterra, que aquel día había hecho tanto que ya no hallaba en
-quien emplear sus fuerzas; y siendo animado del aprieto en que los
-otros estaban, acudió aquella parte con el infante Platir, <i>hijo
-de Primaleón y Gridonia, y con otros caballeros</i>, y rompieron por
-medio de los contrarios con tanta fuerza, que los golpes que dellos
-recibieron no fué parte para enpedir su llegada. Platir, que vió al
-príncipe Florendos su hermano trabado con Trofolante, llegó a él,
-dándole muchos y grandes golpes, tanto que le hizo desatinar, y a
-este tiempo Lebusante de Grecia salió tan maltratado de las manos del
-príncipe Beroldo <i>de España</i>, que sin nengún acuerdo se tornaron a
-retraer, por no poder resestir a los golpes de Palmerín y de aquellos
-esforzados noveles sus compañeros; con tanto placer del emperador y
-de la hermosa Polinarda, que, no lo pudiendo encubrir, estaba loando
-a sus damas su hermoso doncel. Ya que los contrarios iban de vencida
-fuera del campo donde la batalla se hacía, entraron de su parte por
-un costado del torneo dos caballeros armados de armas verdes, al
-parecer airosos y bien puestos, con sus lanzas bajas, y antes que las
-quebrasen derribaron a algunos de la otra parte, y sacando sus espadas,
-en poco tiempo hicieron tanto, que por fuerza los suyos tornaron a
-cobrar todo<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> lo que
-del campo habían perdido. Mas Palmerín vió aquellos caballeros y el
-estrago que hacían en los suyos, temiendo que la vitoria de aquel
-día fuese al revés, porque los noveles estaban casi destrozados del
-trabajo que habían pasado, y los otros cobraron esfuerzo con la nueva
-ayuda; por donde, como se le acordase que todo pendía dél, <i>salió al
-encuentro</i> de un caballero de los otros, el más esforzado, que por
-ser mejor conocido traía el escudo en campo blanco un salvaje con dos
-leones por una traílla, el cual, pasando por fuerzas de armas todo el
-ímpetu de los noveles, y conociéndole por las grandes cosas que aquel
-día le viera hacer, se vino a él, el cual lo recibió con el mismo
-deseo, y comenzaron una brava batalla, tal que bien pareció que allí se
-juntaba toda la valentía del mundo; en la cual anduvieron tanto, hasta
-que las armas quedaron tan deshechas y los caballos tan cansados que no
-se podían menear, y apeándose de los caballos se pusieron a pie, que
-fué causa de doblarse más la furia de su batalla, trabándose a brazos
-algunas veces, confiándose cada uno en sus fuerzas; y con todo lo que
-probaban nunca pudieron conocerse ventaja. <i>Entre tanto Platir y
-Florendos lograban echar de nuevo a los caballeros forasteros fuera del
-campo.</i> El emperador, que la batalla de Palmerín y del caballero
-del Salvaje veía, estaba tan ocupado en el espanto que le ponía que no
-miraba por otra cosa, tiniéndola por la mayor que<span class="pagenum"
-id="Page_232">p. 232</span> nunca viera, y temiendo, según lo que
-vía, que entramos pudiesen allí morir, quiso escusar cosa tan mal
-empleada en tales dos caballeros, mandóles decir de su parte que pues
-el torneo era acabado, dejasen la batalla en que estaban; mas como
-cada uno deseasen saber lo que había de sí al otro no se pudo acabar
-con ellos, ni la infanta Polinarda se halló tan libre que dejase de
-sentir y recelar la afrenta en que su Palmerín estaba. En esta porfía
-duraron tanto, que la noche sobrevino, tan escura que les fué necesario
-apartarse, sin nenguno quedar con más que con muchas heridas y el deseo
-de la vitoria. El emperador mandó tocar las trompetas y recoger cada
-uno a su capitanía; los dos caballeros de las armas verdes se tornaron
-hacia la parte de donde vinieron. El emperador quiso que hubiese
-sarao, para pagar a los noveles el trabajo de aquel día danzando cada
-uno con su señora, y algunos hubo entrellos que por gozar de aquel
-contentamiento estuvieron engañando el dolor de sus heridas con aquella
-paga de su gusto. Palmerín, que no sabía con quién danzar por no
-atreverse a su señora, danzó con una camarera de la infanta Polinarda
-y mucho su privada; el príncipe Florendos con la infanta su hermana,
-que aquel día salió tan hermosa que podía tener su madre envidia y su
-agüela en el tiempo que florecieron; Platir con Floriana, nieta del rey
-Frisol; y así los otros cada uno con quien más tenía en su voluntad.
-Acabado el<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> sarao,
-el emperador se recojó al aposento de la emperatriz, acompañado de
-Palmerín y sus nietos, todos envueltos en el placer de su vitoria, y él
-algún tanto triste por no saber quién fuese el caballero del Salvaje,
-a quien entonces hiciera muy grandes mercedes si lo pudiera haber para
-su servicio, porque sólo para sustentar la honra se han de desear los
-bienes de fortuna.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_II_6">
- <h3 title="Cap. VI: El Caballero de la Fortuna">CAPÍTULO SEXTO</h3>
- <p class="subh3c">EL CABALLERO DE LA FORTUNA</p>
-</div>
-
-<p><i>Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo ni dónde, los más
-famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos
-y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en
-las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a
-estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales
-circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho
-le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era
-decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte
-imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de
-despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto
-de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián<span
-class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> su fiel escudero, llevando
-por nombre el de El Caballero de la Fortuna.</i></p>
-
-<p><i>Después de correr diversas aventuras en las que conquistó
-glorioso renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de
-probar aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros.</i></p>
-
-<p><i>Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el
-gran peligro que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo
-caballero, hizo de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando
-a Londres, se le presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con
-la súplica de que la vengara de no sé qué ofensas que fingía haber
-recibido del Caballero del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que
-nada deseaba tanto en el mundo como volver a medir sus armas con
-su enemigo de Constantinopla, y lucharon ante el rey y la corte de
-Inglaterra con tanto brío y fortaleza que en todo el día ninguno de
-ellos pudo conseguir victoria sobre el otro y cuando se puso el sol
-ambos estaban llenos de terribles heridas y con las armas destrozadas
-—aunque en peor situación el del Salvaje— pero tan enteros de ánimo que
-ni el propio rey los logró separar para que no acabaran de darse muerte
-uno a otro.</i></p>
-
-<p>El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese
-adonde estaba Flérida, diciendo:</p>
-
-<p>—Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser
-libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno
-destos que<span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span> tan cerca
-están de perder las vidas; pídoos que luego los vais apartar, que por
-mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos mueren, yo he por muerta la
-esperanza que tuve hasta aquí de algún bien.</p>
-
-<p>Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni
-ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso
-hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la
-mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un
-hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su
-cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa
-como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran
-alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño,
-que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida
-llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le
-dijo:</p>
-
-<p>—Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña
-tan mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea
-dejar esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que
-vuestra vida y de esotro caballero está.</p>
-
-<p>El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su
-señora Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las
-rodillas en tierra, le dijo:</p>
-
-<p>—Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y
-agora la dejo si en ello recebís servicio,<span class="pagenum"
-id="Page_236">p. 236</span> y la honra della sea dese caballero, pues
-tan bien la merece.</p>
-
-<p>—Esa no quiero yo —dijo el del Salvaje— sino cuando por mí la
-ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues
-hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario,
-que soy suyo y se lo debo de obligación.</p>
-
-<p>Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber
-que no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida.</p>
-
-<p><i>Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió
-la aventura del Valle de la Perdición —que ya por los escuderos de los
-caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían
-quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros—, y si
-no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo
-había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los
-gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste,
-sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche
-cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se
-escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía
-extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte,
-envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo
-del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa
-y<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> las gentes del
-castillo trataban de reanimar a Dramusiando.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_II_7">
- <h3 title="Cap. VII: Los enemigos hermanos">CAPÍTULO SÉPTIMO</h3>
- <p class="subh3c">LOS ENEMIGOS HERMANOS</p>
-</div>
-
-<p><i>El caballero de la Fortuna, que no había querido aceptar la
-hospitalidad que para que se curara de sus heridas le había ofrecido
-el rey, cuando sintió que sus fuerzas eran recobradas, se armó de las
-nuevas armas que Selvián le había encargado y se puso en busca de
-la fortaleza de Dramusiando. Anduvo así</i> muchos días sin hallar
-aventura que de contar sea, en fin de los cuales le tomó una noche
-en un valle donde vió estar una tienda armada, con lumbre de hachas
-dentro; y llegándose más cerca por ver lo que sería, no halló otra
-cosa si no fué un caballero muerto metido en unas andas, y otro que
-con palabras de mucho dolor mostraba sentir su muerte, y conociendo
-que aquel era Rosirán de la Brunda, sobrino del rey de Inglaterra,
-parecióle que el de las andas no sería persona de poco precio;
-apeándose del caballo entró así armado en la tienda, y comenzóle de
-consolar. Mas don Rosirán, que en viéndole conoció al de la Fortuna, se
-levantó en pie diciendo:</p>
-
-<p>—Ya, señor caballero, seréis contento, pues es<span class="pagenum"
-id="Page_238">p. 238</span> muerto el caballero a quien vos por mayor
-enemigo teníades; este es el caballero del Salvaje, de quien ya
-deseastes vitoria y no la podistes haber.</p>
-
-<p>El de la Fortuna le vinieron las lágrimas a los ojos, que esto
-tienen los corazones piadosos, aun del mal de sus enemigos tener
-compasión, diciendo:</p>
-
-<p>—Por cierto, nunca yo de nenguno más la deseé; <i>pero</i> si en la
-vida fué la enemistad tan grande como vos sabéis, en la muerte quiero
-que veáis lo que en su venganza haré; por eso querría que dixésedes en
-qué parte le aconteció esta desventura, porque quiero también pasar por
-ella o vengar a él.</p>
-
-<p>—Señor, yo llego aquí —dijo don Rosirán— habrá media hora, y no sé
-más que lo hallé en este estado y un hombre que de aquí se fué me dijo
-que estas feridas recibió en la fortaleza del gigante Dramusiando,
-donde se cree que todos o los más excelentes caballeros del mundo son
-perdidos; y puesto que hiciera en armas cosas tan estremadas cuales de
-otro nunca se vieron, al fin quedó tal como veis, sin poder dar fin
-aquella tan peligrosa aventura.</p>
-
-<p>El caballero de la Fortuna, que el dolor de tal acaecimiento sentía
-dentro en el alma, viendo que él no había acabado aquella aventura,
-túvola en más que hasta allí; tomando las armas en las manos para ver
-los golpes, las halló tan despedazadas, que no tan solamente tuvo en
-mucho la grandeza dellos, mas tuvo en mucho más ver a hombre en el
-mundo que con tamañas heridas se sostuviese algún<span class="pagenum"
-id="Page_239">p. 239</span> espacio; llegándose más a él por ver si
-del todo era muerto, quitóle un paño de seda con que el rostro estaba
-cubierto; afirmando los ojos, le dió un sobresalto el corazón como
-si del todo le conociera, y porque la naturaleza en estos casos lo
-descubre todo, ella le trujo a la memoria la pérdida de su hermano,
-viéndole algunas señales en que sospechó ser aquél, y llamó a Selvián
-para que le viese, y tanto le estuvo mirando, que entramos conformaron
-en aquella sospecha; mas el de la Fortuna, que aún no estaba
-satisfecho, dijo contra don Rosirán:</p>
-
-<p>—Pídoos por merced, señor caballero, que me digáis su nombre si lo
-sabéis, y cúyo hijo es, pues vos ni él perdéis en ello nada, y aun me
-quitáis de una duda en que estoy.</p>
-
-<p>—Aventúrase ya tan poco en esto —dijo él— que no quiero negar lo que
-sé; su propio nombre es Desierto; padre ni yo ni otro le conoce, puesto
-que a mí como al mayor amigo que siempre tuvo confesó algunas veces que
-un salvaje le criara y a éste conocía por padre, llamándose siempre en
-su poder el mismo nombre de Desierto.</p>
-
-<p>El caballero de la Fortuna, a quien estas palabras tocaron en el
-alma, viendo ser su hermano, cayó sobre las andas tan sin acuerdo como
-si su corazón no fuera para mayores afrentas; en esta hora entraron en
-la tienda cuatro hombres, y puniendo las andas en dos palafrenes que
-para eso trujeron, se partieron con aquel cuerpo muerto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span>El de la Fortuna se
-quisiera ir tras él, mas no se lo consintieron, diciendo que creyese
-que si algún remedio de la vida tuviese, que sin él se le darían;
-entonces lo dejó llevar, por le parecer escusado seguillo; preguntó
-a don Rosirán qué quería hacer de sí, porque su determinación era
-acabar donde el otro caballero recibió sus heridas, o ver si las podía
-vengar.</p>
-
-<p>—Yo —dijo don Rosirán— tórnome a Londres con estas sus armas, y
-amostrallas al rey de cuya mano fué hecho caballero, que las mande
-guardar y tenellas en tanta veneración en la muerte como sus obras
-merecían en la vida.</p>
-
-<p>—¿Sabríadesme decir —dijo el de la Fortuna— a qué parte está esta
-fortaleza donde todos acaban?</p>
-
-<p>—No lo sé, ni creo que nenguno lo sabe —dijo él.</p>
-
-<p>Luego se despidieron el uno del otro, siguiendo cada uno su
-viaje.</p>
-
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_II_8">
- <h3 title="Cap. VIII: La libertad de los Caballeros">CAPÍTULO OCTAVO</h3>
- <p class="subh3c">LA LIBERTAD DE LOS CABALLEROS</p>
-</div>
-
-<p>Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo
-mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose
-al pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche
-quedaba por pasar, mas no lo pudo hacer con el<span class="pagenum"
-id="Page_241">p. 241</span> dolor que las heridas del caballero del
-Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la tristeza en
-que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía desear hacer
-obras con que todas esotras cosas se olvidasen, deseando ya verse
-en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a hacer fin
-juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció, Selvián
-le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella tierra,
-preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos lo
-sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto que
-cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el sitio
-defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en disposición
-de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando aquel reino
-por espacio de más de cuarenta días (<i>en uno de los cuales Daliarte,
-el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus manos
-un escudo invulnerable</i>); al fin dellos, estando ya el gigante
-Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro
-del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba;
-pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor cosa
-del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la clareza
-y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda, comenzó
-hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan sin
-acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no<span
-class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> tenía memoria; acordó deste
-pensamiento a las voces que Selvián le daba hallándose junto de una
-torre y don Duardos en medio de la puente apercebido de justa.</p>
-
-<div class="figcenter mt15">
- <p><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span></p>
- <img src="images/i_243.jpg"
- class="thin"
- style="width: 26em; height: auto;"
- alt="Ilustración" />
-</div>
-
-<p class="mt15">En esto vió que don Duardos le dió voces que justase,
-y abajando las lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de
-todas sus fuerzas; la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el
-escudo del de la Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las
-armas también, y él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque
-no tenían más lanzas para poder justar, y batalla de las espadas don
-Duardos no la podía hacer según la ordenanza del castillo, fué luego
-abierta la puerta de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se
-recogió mal tratado del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba
-esperimentar la suya, entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra
-cosa, tanto que le vió dentro le cerró la puerta cubierto de su
-escudo, con su maza en la mano hecha de nuevo se vino a él; el de la
-Fortuna le recibió cubriéndose con su fuerte escudo, adonde los golpes
-hacían tan poco daño como si dieran en una roca, hiriendo también
-al gigante tan mortalmente, que en pequeño espacio le trató tan mal
-cuanto él nunca se viera de las manos de otro si no fué del caballero
-del Salvaje; y porque sintió cuán poco daño hacían sus golpes en el
-escudo de su contrario, se esforzó tanto para sostenerse en la batalla,
-que aquel día fué en que <span class="pagenum" id="Page_245">p.
-245</span>mostró el fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de
-la Fortuna andaba tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo
-en el brazo, le tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y
-Primaleón y don Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban
-en ella por milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de
-hacello.</p>
-
-<p>En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía
-tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos
-golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que
-del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la
-cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque
-Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese
-menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención
-del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que
-le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El
-caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano
-como si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban
-rotas por algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros
-de aquella casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no
-lo pudiera sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto
-en tamaño recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron
-a juntar Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y
-braveza,<span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> mas la
-batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán no
-fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas de
-sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en
-él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y
-desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza.</p>
-
-<p>Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la
-Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la
-escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos
-sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba
-ver; <i>otro cautivo</i>, viéndole dudar, dijo:</p>
-
-<p>—Caballero, quien esto pide es don Duardos.</p>
-
-<p>El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él,
-y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces,
-quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el
-mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su
-natural.</p>
-
-<p>—Ya yo creo —dijo don Duardos— que quien Dios hizo en el parecer tan
-diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras
-cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al
-cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que
-uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera
-tan merecedor della.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span>El caballero de
-la Fortuna le quisiera responder, mas vió que Dramusiando estaba ya
-abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar el yelmo, poniéndose a una
-parte del patio cubierto de su escudo a esperalle. Dramusiando, como
-algún tanto viniese señoreado de la ira por la muerte de Daligán, quiso
-luego gastar el tiempo en su batalla antes que palabras, y juntándose
-entramos comenzaron a ferirse de tales golpes, que en pequeño tiempo
-se hicieron mucho daño; los de Dramusiando entraban por el escudo del
-de la Fortuna tan gravemente como si fuera alguno de los otros, de que
-al de la Fortuna nació algún recelo y temor, si bien conoció que quien
-se le envió le debió de hacer ansí, para que si la vitoria de tamaña
-impresa hobiese de alcanzar, no fuese todo atribuída a la fortaleza
-del escudo, y guardándose de Dramusiando con mayor tiento de lo que
-hasta allí hiciera, hacíale dar sus golpes en vano, que de otra manera
-cualquier dellos que le acertara en lleno le pusiera en gran peligro;
-mas no se podía guardar tanto que no le diese algunos, de que le hacía
-andar bien maltratado, el escudo todo deshecho; las armas andaban eso
-mesmo; puesto que las del gigante no le llevasen ventaja, la sangre
-que les salía era mucha, así que en ellos no había más que la braveza
-con que peleaban, y esta era tal, que allende de destruír a ellos,
-hacía dolor a quien con amor los estaba mirando; mas sus corazones
-incansables, y que en<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span>
-aquel tiempo podían sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes
-renovando la batalla se trabaron de manera que quien de fuera los
-miraba no juzgaba que nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra
-parte, que los más de aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña
-pena que antes tomaran por partido ser siempre presos que libres si su
-libertad había de ser con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él
-se quitaron a fuera por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo
-que aquel sería el destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo
-que Eutropa siempre anunciara, pensó en si le cometería algún partido
-con que dejase la batalla; después, acordándose que tal cometimiento
-para su honra era dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir
-con tal menoscabo a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el
-mismo recelo estaba metido, comenzó a decir entre si: —Si mi muerte
-ha de ser por causa de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra
-parte es ella bien empleada—; mas volviendo a su señora, decía:
-—Señora, si algún tiempo esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos
-para que sepáis que con vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria—.
-Estándole encomendando el peligro de su batalla vió que Dramusiando
-venía contra él tomada la espada con entramas manos, porque ya nenguno
-tenía escudo con que se amparar, y apartándose del golpe le hizo dar
-en vano, como todos los otros, dando los suyos<span class="pagenum"
-id="Page_249">p. 249</span> de manera que le hacía muchas heridas: mas
-por eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera
-que se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi
-no se podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la
-ver; mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande
-la flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y
-el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego
-bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos
-quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al
-de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más
-venganza, que de lo hecho se contentase.</p>
-
-<p>—Pues que mi intención era otra —respondió el de la Fortuna—, dejaré
-de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que
-será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos
-podéis contar.</p>
-
-<p>El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en
-brazos; viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos,
-tenían esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la
-salud de tal caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con
-mucha priesa; Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre
-antiguo a manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él;
-cada una traía en la mano una bujeta dorada,<span class="pagenum"
-id="Page_250">p. 250</span> en que venían algunos ingüentos
-necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas,
-tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con
-igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y
-mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que
-se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos
-peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el
-vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle,
-y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Cap_II_9">
- <h3 title="Cap. IX: Las fiestas de Londres">CAPÍTULO NOVENO</h3>
- <p class="subh3c">LAS FIESTAS DE LONDRES</p>
-</div>
-
-<p><i>Días después fué enviado a la corte de Inglaterra, con noticia
-de lo que en el castillo de Dramusiando había ocurrido, uno de los
-caballeros que habían estado allí prisioneros y es imposible describir
-la alegría que en todos produjeron tan dichosas nuevas. Cuando las
-heridas de los caballeros lo consintieron, pusiéronse en camino para
-la Corte los antiguos cautivos de Dramusiando, llevando a éste con el
-mayor honor entre ellos, por la afección y gratitud que en todos había
-despertado la gran humanidad<span class="pagenum" id="Page_251">p.
-251</span> que con ellos en toda ocasión había usado, aunque fueran sus
-prisioneros.</i></p>
-
-<p>Con placer caminaron hasta que estuvieron a vista de la cibdad; la
-gente que de la cibdad salía era en tanta cantidad, que todo el camino
-venía lleno, de manera que los de a caballo no podían andar; unos
-se llegaban a don Duardos por velle por el gran amor que le tenían;
-algunos después de velle a él iban a ver al gigante Dramusiando y al
-caballero de la Fortuna, teniendo por cosa espantosa por un caballero
-ser vencido un hombre como aquél; así allegaron a vista de la gran
-ciudad de Londres, adonde viendo don Duardos por entre los otros
-edificios el aposento de Flérida, no pudo estar tan libre que sus
-ojos no sintiesen la soledad de tanto tiempo; mas acordándose cuán
-cerca estaba de vella, le hizo olvidar con la gloria presente toda
-la tristeza pasada, y esforzóse lo mejor que pudo para que ninguno
-le sintiese aquella flaqueza; llegando junto de la ciudad, el rey
-los vino a recebir con una solene fiesta; el rey recibió a cada uno
-según la valía de su persona; don Duardos llegó de los postreros con
-Dramusiando, y después de besar la mano al rey con las rodillas por el
-suelo, le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, si ante vuestra alteza yo puedo valer alguna cosa, sea
-hacerme tanta merced que a este gigante trate, no como hijo de su
-padre, sino como el mejor hombre del mundo, pues él lo es.</p>
-
-<p>El rey levantó a don Duardos, tomándole por<span class="pagenum"
-id="Page_252">p. 252</span> entre los brazos le apretó consigo,
-derramando muchas lágrimas le dijo:</p>
-
-<p>—Hijo don Duardos, ¿quién es el que tanto deseara veros y que en
-este tiempo os negara ninguna cosa?</p>
-
-<p>Entonces volvió hacia Dramusiando, que le quería besar las manos, y
-abrazándole, dijo:</p>
-
-<p>—Por cierto, Dramusiando, mal pensaba yo que quien tanto mal me
-hizo quisiese tanto; mas vuestras noblezas pudieron tanto conmigo, que
-allende de me hacer perder el enojo, volví la voluntad tanto de vuestra
-parte, que agora no sé ya quién puede ser vuestro enemigo que también
-no lo fuese mío.</p>
-
-<p>En esto vió que el caballero de la Fortuna se venía para él, y
-tomándole en los brazos comenzó a decir:</p>
-
-<p>—¿Quién me dijo a mí siempre que si algún bien me había de venir
-había de ser por vuestras manos?</p>
-
-<p>—Por las de Dios puede vuestra alteza decir, que así lo quiso
-—respondió él—, que las mías no son para tanto.</p>
-
-<p>Acabado este razonamiento, se fueron para la iglesia principal de la
-cibdad, adonde oyeron misa con tanta solenidad como era razón; acabada
-la misa, aquellos príncipes y caballeros casi por fuerza hicieron
-cabalgar al rey, y ellos le fueron acompañando hasta el palacio, donde
-hallaron a la reina y a Flérida que los salieron a recebir; entramas
-juntas tomaron a don Duardos, aun no creyendo que<span class="pagenum"
-id="Page_253">p. 253</span> le tenían allí. El rey tomó a la reina por
-la manga de una ropa que traía, diciendo:</p>
-
-<p>—Señora, vuestro hijo ya está en vuestra casa, y cada día le podéis
-ver; agora habla a estos príncipes y caballeros, a quien tanto debemos
-por el peligro que por nosotros se pusieron con deseo de la libertad de
-don Duardos.</p>
-
-<p>Entonces, mostrándole a Primaleón, la reina le recibió como a tan
-gran persona convenía, y luego a todos los otros príncipes y caballeros
-mancebos.</p>
-
-<p><i>De allí a poco, en un brillante torneo que se celebró en honor
-del emperador de Alemania, que había venido a visitar al rey de
-Inglaterra, lucharon de un lado los caballeros ingleses y del otro los
-de Constantinopla que habían venido a libertar a don Duardos, menos
-el de la Fortuna, que no tomaba parte por expreso deseo del soberano.
-Los caballeros griegos, a pesar de sus muchas proezas, iban de vencida
-cuando</i> en esto entraron por medio del torneo tres caballeros
-de parte del emperador <i>de Constantinopla</i>, armados de armas
-amarillas y leonado; el uno traía en campo negro en el escudo el dios
-Saturno, cercado de estrellas; el otro traía en campo negro la casa
-de la tristeza; el tercero traía el suyo cubierto con un cuero negro,
-de manera que no se parecía la devisa; éstos, viendo que la sobra de
-los muchos hacía perder la bondad de los pocos, abajando las lanzas
-arremetieron, con las cuales, antes que las quebrasen, derribaron
-algunos caballeros; sacando<span class="pagenum" id="Page_254">p.
-254</span> sus espadas, en pequeño espacio, por su esfuerzo, cobraron
-los del emperador lo que habían perdido, con tanta ventaja que los
-contrarios, no pudiendo sostenerse, comenzaron a retraerse. <i>Así
-quedó la victoria por los caballeros del emperador griego.</i></p>
-
-<p><i>Aquella noche, después de un banquete</i>, hobo sarao real en
-el aposento de Flérida, adonde la emperatriz y la reina aquella noche
-cenaron; al cual vinieron los más caballeros que en el torneo se
-hallaron; ya que se quería recoger cada uno a su aposento, entraron por
-la sala los tres caballeros esforzados que en el torneo fueron en ayuda
-de los del emperador, vestidos de las mesmas armas que en él tuvieron,
-tan bien dispuestos y de tan bien parecer, que no hubo allí nenguno que
-no tuviese codicia de sus obras y parecer, y con este contentamiento,
-cada uno les daba lugar para que allegasen adonde estaba el rey; siendo
-ya al pie del estrado donde él e los otros príncipes estaban, hízose
-una escuridad en la sala, de tal manera que nenguna persona se vía a
-otra; en las damas fué el miedo tan grande que cada una se abrazaba con
-el que más cerca de sí hallaba; esto no duró mucho, que la escuridad
-se deshizo y allí delante de todos quedó un león y un tigre envueltos
-en batalla, hiriéndose tan sin piedad como aquellos que no la sabían
-tener de sí mesmos; en esto entró por medio de la sala una doncella con
-un bastón dorado en las manos, y tocándolos a entramos cayeron en el
-suelo tan muertos como si nunca<span class="pagenum" id="Page_255">p.
-255</span> tuvieran vida; mas esto no fué tan presto hecho, cuando
-ellos se tornaron a levantar en figura de toros grandes y fieros, que
-la mayor parte de la gente estuvo para huír de ellos, sino algunos
-caballeros famosos, que allende deste miedo hacer poca impresión en
-ellos, consolaban a las damas de vellas los colores perdidos, riéndose
-del temor que recebían. Los toros se apartaron el uno del otro algún
-poco, y arremetiendo el uno al otro, se encontraron con tanta fuerza,
-que la sala parecía asolarse, e de la fortaleza con que se encontraron
-vinieron entramos al suelo, echando por la boca y narices un humo tan
-negro, que se tornó a escurecer la sala como la primera vez; deshecha
-la escuridad, que no duró mucho, quedaron los tres caballeros armados
-de sus armas con los rostros descubiertos, y el que de antes traía el
-escudo cubierto hallóse con él desatapado, y en él la devisa que solía,
-que era en campo blanco un salvaje con dos leones por una traílla:
-llegándose al rey, que ya le quería abrazar por habelle conocido, le
-besó las manos, diciendo:</p>
-
-<p>—Señor, haga vuestra alteza honra a este caballero que aquí está,
-que es el gran sabio Daliarte, vuestro servidor, a quien vuestro
-cuidado siempre dolió mucho para lo sentir y deseo para os servir en
-todo.</p>
-
-<p>El rey, que ya le conoció por su fama, tomándole en los brazos con
-mucho amor, decía:</p>
-
-<p>—Por cierto, Daliarte, aunque yo no os debiese<span class="pagenum"
-id="Page_256">p. 256</span> más que entregarme vivo a Desierto, cosa
-que yo no esperaba, es cosa que no se puede pagar.</p>
-
-<p>—Señor —dijo Daliarte—, la razón que yo tengo para serviros es
-tamaña, que ella me puso siempre en esta obligación, por donde vuestra
-alteza me es en menos cargo que lo que piensa; y porque el mayor
-servicio que yo en alguna hora os podía hacer está aún encubierto,
-siéntese vuestra alteza y óigame, porque querría que mis palabras
-acrecentasen estas fiestas con más razón de las que ellas se hacen.</p>
-
-<p>El rey, puesto que no sospechaba lo que podía ser, por ser cosa que
-el tiempo traía olvidado, creyendo que sería alguna cosa de placer, se
-tornó a sentar y llamó junto consigo a Desierto, que estaba de rodillas
-hablando con Flérida y con don Duardos; después de todos sosegados, el
-gran sabio Daliarte, puniendo los ojos a todas partes, los afirmó en
-Flérida, diciendo:</p>
-
-<p>—Por cierto, señora, claro está que la vista de don Duardos os
-quita de la memoria el acuerdo de las otras cosas, y mucho más la de
-vuestros hijos, e para vos acordar desto no debía ser así, porque a
-quien sus obras más placer dieron fué a vos, e la fortuna, que en su
-nacimiento los puso en trabajo y estado que su alta sangre estuvo
-para ser sacrificada a dos leones por mano del salvaje que los hurtó,
-esa les tornó a poner en tamaña alteza de fama en las armas, que no
-tan solamente pasaron a los de su tiempo, mas en el otro pasado no
-hubo<span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> quien tanta
-gloria dejase como la suya será, ni por venir por muy largos años yo
-no alcanzo quien con mucha parte los iguale; pues quien tales hijos
-perdió no debía vivir tan sin cuidado de tamaña pérdida que los otros
-placeres la hiciesen ausente deste acuerdo; por tanto acuérdeseos
-de las palabras que Pridos os dijo el día de su nacimiento, y del
-perdimiento de don Duardos, que le dijera una doncella; ya veis cuán
-verdaderas salieron; vuestros hijos están juntos con vos, y son tales,
-que han sabido pagar el pesar que ya os dieron. Vedes allí a Palmerín
-de Inglaterra, que tantas lágrimas os tiene costado y a quien vos
-posistes el nombre por su nacimiento conforme al de vuestro padre, y
-después el emperador su agüelo, sin lo saber, le tornó a confirmar casi
-por espiración divina; pues Floriano del Desierto no es otro sino este
-caballero del Salvaje que vos como madre criastes y como a hijo ajeno
-tenéis olvidado.</p>
-
-<p>Flérida puso los ojos en don Duardos tan reciamente turbada, que
-no sabía de sí, porque también el placer como el pesar hace aquestas
-mudanzas en quien las recibe de cosa que no espera; y don Duardos puso
-también los suyos en ella, y así Palmerín en Desierto; mas conociéndose
-se fueron abrazar, y el rey, que su edad no era para tan grande
-sobresalto, se acostó en la silla, llamando a Daliarte le dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh Daliarte!, no quisiera este placer tan súpito,<span
-class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> porque mi flaqueza no es
-para sufrir sobresalto tamaño y tan poco esperado; ruégoos que me
-digáis cómo sabéis vos esto, que puesto que siempre lo sospeché, no lo
-creo por el placer que de ahí recibo.</p>
-
-<p>Daliarte le dijo:</p>
-
-<p>—Señor, yo os mostraré la verdad tan clara como es necesario para
-creer lo que digo.</p>
-
-<p>Entonces sacando un pequeño libro del seno, leyó poco por él, porque
-aquello bastó para hacer venir ante sí al salvaje que los criara y
-a su mujer, y entrando por la sala como personas que nunca en otra
-parte como aquella se vieron, Palmerín, que le conoció por haber menos
-días que le viera, se fué a abrazar con él, y Floriano con su mujer,
-y Selvián su hijo, asimesmo con la rodilla en el suelo, cortesía poco
-acostumbrada entrellos; mas Selvián no por la naturaleza, mas por la
-crianza lo aprendiera; mas ella, con lágrimas en los ojos, no sabía
-cuál primero recibiese. Después que Palmerín tuvo metido en acuerdo al
-salvaje, llególe al rey, que juntándole consigo le preguntó por estenso
-la crianza de aquellos infantes, e informado públicamente de lo que
-pasara, apretando consigo a Palmerín, puestos los ojos en el cielo,
-decía:</p>
-
-<p>—Señor, esto era el postrero bien que deseaba ver; ruégote que agora
-me lleves antes que la fortuna no me enseñe algún revés dél.</p>
-
-<p>Entonces, tomándolos a entramos por la mano,<span class="pagenum"
-id="Page_259">p. 259</span> los entregó a Flérida, a la cual con
-las rodillas en el suelo besaron las manos muchas veces; ella los
-tuvo abrazados algún tanto, saliéndole algunas lágrimas de placer
-acordándose de la batalla en que ya los viera dentro en Londres, e
-cuán presto estuvieron de morir en ella. Don Duardos los abrazó, no
-pudiendo encubrir tan grande alegría; porque cuando es grande o de
-cosa que mucho se desea, puédese más disimular, y luego por su mandado
-hicieron su cortesía al emperador <i>de Alemania y los demás caballeros
-principales</i> como a personas que de nuevo conocían, puesto que
-Palmerín, cuando llegó a Primaleón a le hacer su acatamiento,
-acordándose ser padre de su señora, fué con mucha más obidiencia que
-a los otros, cosa que a todos pareció que lo hacía por ser hijo del
-emperador, cuyo criado era; en palacio fué el placer tan grande, que
-bien se parecía que era general; la reina estaba con sus nietos tan
-contenta que no quería que nadie los gozase sino ella. El salvaje y su
-mujer, con Selvián, tan alegres de le ver tan gentil mancebo y fuera de
-su traje como de cosa no esperada.</p>
-
-<p><i>Y en la corte y fuera de ella fué indecible la alegría de ver
-acabado con tanto bien y dicha lo que había tenido principios tan
-fieros.</i></p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/i_259.jpg"
- style="width: 7em; height: auto;"
- alt="Viñeta de adorno" />
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/i_261.jpg"
- style="width: 30em; height: auto;"
- alt="Ilustración ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak g2">ÍNDICE</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<table class="toc" summary="Índice de contenidos">
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdcb ws1 pt1"><a href="#Ch_I">AMADÍS DE GAULA</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td>&nbsp;</td>
- <td class="tdrb asc bb">PÁGS.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Cap_I_1_1"><span class="smcap">Libro primero</span></a>: <i>La Corte de Lisuarte</i></td>
- <td class="tdrb pt05"><a href="#Page_9">9</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—El Doncel del Mar</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_9">9</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_2"><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—La sin par Oriana</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_13">13</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—La bola de cera</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_25">25</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—La guerra de Gaula</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_30">30</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_5"><span class="smcap">Cap. V</span></a>.—Los anillos del rey Perión</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_39">39</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_6"><span class="smcap">Cap. VI</span></a>.—Don Galaor</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_45">45</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_7"><span class="smcap">Cap. VII</span></a>.—El manto y la corona</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_51">51</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_8"><span class="smcap">Cap. VIII</span></a>.—Las Cortes de Londres</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_56">56</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_9"><span class="smcap">Cap. IX</span></a>.—Los ardides de Arcalaus</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_61">61</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_10"><span class="smcap">Cap. X</span></a>.—La prisión del Rey</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_67">67</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_11"><span class="smcap">Cap. XI</span></a>.—La libertad de Oriana</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_71">71</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_12"><span class="smcap">Cap. XII</span></a>.—Las proezas de don Galaor</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_78">78</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Cap_I_2_1"><span class="smcap">Libro segundo</span></a>: <i>Beltenebrós</i></td>
- <td class="tdrb pt05"><a href="#Page_85">85</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—La Ínsola Firme</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_85">85</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_2"><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—El Arco de Los leales Amadores</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_91">91</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—Los celos de Oriana</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_98">98</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—El ermitaño</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_104">104</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_5"><span class="smcap">Cap. V</span></a>.—La Peña Pobre</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_109">109</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_6"><span class="smcap">Cap. VI</span></a>.—El castillo de Arcalaus</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_114">114</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Cap_I_3_1"><span class="smcap">Libro tercero</span></a>: <i>El Caballero de la Verde Espada</i></td>
- <td class="tdrb pt05"><a href="#Page_125">125</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_3_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—La muerte del Endriago</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_125">125</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_3_2"><span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—Las coronas de la Infanta</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_137">137</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_3_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—Las cuitas de Oriana</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_148">148</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_3_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—La batalla naval</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_151">151</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt05"><a href="#Cap_I_4_1"><span class="smcap">Libro cuarto</span></a>: <i>La guerra por Oriana</i></td>
- <td class="tdrb pt05"><a href="#Page_160">160</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—Los tres ejércitos</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_160">160</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_2"><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—El primer día de lucha</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_166">166</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—El fin de la batalla</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_172">172</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—Las gestiones de paz</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_176">176</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_5"><span class="smcap">Cap. V</span></a>.—La derrota de Arcalaus</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_181">181</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_6"><span class="smcap">Cap. VI</span></a>.—Las bodas</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_188">188</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdcb ws1 pt2"><a href="#Ch_II">PALMERÍN DE INGLATERRA</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh pt1"><a href="#Cap_II_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—La floresta encantada</td>
- <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_201">201</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_2"><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—Los mellizos de Flérida</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_206">206</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—Desierto y Palmerín</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_212">212</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—Primaleón</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_219">219</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_5"><span class="smcap">Cap. V</span></a>.—El torneo</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_226">226</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_6"><span class="smcap">Cap. VI</span></a>.—El Caballero de la Fortuna</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_233">233</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_7"><span class="smcap">Cap. VII</span></a>.—Los enemigos hermanos</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_237">237</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_8"><span class="smcap">Cap. VIII</span></a>.—La libertad de los Caballeros</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_240">240</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_9"><span class="smcap">Cap. IX</span></a>.—Las fiestas de Londres</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Page_250">250</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/i_262.jpg"
- style="width: 6em; height: auto;"
- alt="Viñeta de adorno" />
-</div>
-
-
-<hr class="full" />
-
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LIBROS DE CABALLERÍAS ***</div>
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-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
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-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
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-</div>
-
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-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
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-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
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-</div>
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-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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-
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-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-</div>
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This website includes information about Project Gutenberg&#8482;,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-</div>
-
-</div>
-
-</body>
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