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| author | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-01-22 22:14:45 -0800 |
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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Libros de caballerías - Selección - -Compiler: Ramón María Tenreiro - -Release Date: June 24, 2021 [eBook #65685] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by The Internet - Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LIBROS DE CABALLERÍAS *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se - han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor - detección, se ha comparado el texto con el de la 2.ª edición, de - 1935, publicado por la misma editorial. - - * La ortografía del texto original no ha sido actualizada ni - normalizada. No obstante, se han puesto tildes a las mayúsculas que - las necesitaban. - - * Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no - interrumpir un párrafo. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - - LIBROS - DE CABALLERÍAS - - - - - BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE - DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL - - TOMO XX - - LIBROS - DE CABALLERÍAS - - SELECCIÓN HECHA POR - RAMÓN M.ª TENREIRO - - - _MADRID, MCMXXIV_ - INSTITUTO--ESCUELA - JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS - - - - -_Va impreso en letra cursiva, igual a la de esta advertencia, todo lo -que el editor ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los -pasajes de los libros de caballerías, y en los usuales caracteres de -imprenta los textos antiguos._ - -_Los títulos de los cuatro libros de_ AMADÍS, _así como los de los -capítulos en todo el volumen, son obra del editor_. - -_Las ilustraciones de_ AMADÍS _están tomadas de la magnífica edición de -Venecia del año 1533. También es antigua la portada de_ PALMERÍN. _El -resto de los grabados son obra del señor Marco._ - - - - -AMADÍS DE GAULA - - - - -AQUÍ COMIENZA - -EL PRIMER LIBRO - -DEL ESFORZADO ET VIRTUOSO CABALLERO AMADÍS, HIJO DEL REY PERIÓN DE -GAULA Y DE LA REINA ELISENA; EL CUAL FUÉ CORREGIDO Y EMENDADO POR -EL HONRADO E VIRTUOSO CABALLERO GARCI-ORDÓÑEZ DE MONTALBO, REGIDOR -DE LA NOBLE VILLA DE MEDINA DEL CAMPO, E CORREGIÓLE DE LOS ANTIGUOS -ORIGINALES, QUE ESTABAN CORRUPTOS E COMPUESTOS EN ANTIGUO ESTILO, -POR FALTA DE LOS DIFERENTES ESCRIPTORES; QUITANDO MUCHAS PALABRAS -SUPÉRFLUAS, E PONIENDO OTRAS DE MÁS POLIDO Y ELEGANTE ESTILO, TOCANTES -A LA CABALLERÍA E ACTOS DE ELLA, ANIMANDO LOS CORAZONES GENTILES DE -MANCEBOS BELICOSOS, QUE CON GRANDÍSIMO AFETO ABRAZAN EL ARTE DE LA -MILICIA CORPORAL, ANIMANDO LA INMORTAL MEMORIA DEL ARTE DE CABALLERÍA, -NO MENOS HONESTÍSIMO QUE GLORIOSO. - - - - -[Ilustración] - -LIBRO PRIMERO - -LA CORTE DE LISUARTE - -CAPÍTULO PRIMERO - -EL DONCEL DEL MAR - - -_De la Pequeña Bretaña a Escocia, su patria, iba por el mar en una -barca un caballero que había nombre Gandales. Llevaba consigo su mujer -y un hijo, llamado Gandalín, nacido poco antes._ Siendo ya mañana -clara, vieron _un_ arca que por el agua nadando iba, e llamando cuatro -marineros, les mandó _el caballero_ que presto echasen un batel e -aquello le trajesen: lo cual prestamente se hizo. _Vió entonces que -el arca era larga como una espada y estaba hecha de tablas muy bien -calafateadas para que en ella no pudiera entrar el agua. El_ caballero -tomó el arca e tiró la cobertura, e vió _dentro un hermoso_ doncel -_recién-nacido_, que en sus brazos tomó, e dijo: - ---Este de algún buen lugar es--; y esto decía él por los ricos paños -_en que venía envuelto_ y _por un_ anillo _que junto con una bola de -cera traía en un cordón al cuello_ e _por una_ espada, que muy hermosa -le pareció _y que venía puesta a su lado en el arca_. E guardando -aquellas cosas, rogó a su mujer que lo hiciese criar, la cual hizo -darle la teta de aquella ama que a Gandalín, su hijo, criaba, e tomóla -con gran gana de mamar, de que el caballero e la dueña mucho alegres -fueron. Pues así caminaron por la mar con buen tiempo enderezado, hasta -que aportados fueron a una villa de Escocia que Antalia había nombre, -y de allí partiendo, llegaron a un castillo suyo, de los buenos de -aquella tierra, donde hizo criar el doncel como si su fijo proprio -fuese; e así lo creían todos que lo fuese; que de los marineros no -se pudo saber su hacienda, porque en la barca, que era suya, a otras -partes navegaron. - -_Fué corriendo el tiempo y el_ doncel que Gandales criaba, el cual el -Doncel del Mar se llamaba, que así le pusieron nombre, criábase con -mucho cuidado de aquel caballero don Gandales e de su mujer, e hacíase -tan hermoso, que todos los que lo veían se maravillaban. - -Un día cabalgó Gandales armado, que en gran manera era buen caballero e -muy esforzado, e halló una doncella, que le dijo: - ---¡Ay, Gandales! Si supiesen muchos altos hombres lo que yo agora, -cortar-te-ían la cabeza. - ---¿Por qué? --dijo él. - ---Porque tú guardas la su muerte --dijo ella. - -Gandales, que lo no entendía, dijo: - ---Doncella, por Dios os ruego que me digáis qué es eso. - ---No te lo diré --dijo ella--; mas todavía así averná. - -E partiéndose dél, se fué su vía. Gandales quedó cuidando en lo que -dijera _y sin poderlo entender. Pero momentos después tuvo ocasión de -salvar la vida a la doncella y como recompensa de ello le pidió que le -explicara sus misteriosas palabras. Ella le dijo_: - ---Tú me harás pleito, como leal caballero, que otro por ti nunca lo -sabrá fasta que te lo yo mande. - -Él así lo otorgó. Díjole: - ---Dígote de aquel que hallaste en la mar, que será flor de los -caballeros de su tiempo; éste hará estremecer los fuertes, éste -comenzará todas las cosas e acabará a su honra, en que los otros -fallescieron: éste hará tales cosas, que ninguno cuidaría que pudiesen -ser comenzadas ni acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los -soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra -aquellos que se lo merecieren; e aun más te digo, que éste será el -caballero del mundo que más lealmente manterná amor e amará en tal -lugar cual conviene a la su alta proeza; e sabe que viene de reyes de -ambas partes. Agora te ve e cree firmemente que todo acaecerá como te -lo digo. - ---Ay, señora --dijo Gandales--; ruégovos por Dios que me digáis donde -vos fallaré para hablar con vos en su hacienda. - ---Esto no sabrás tú por mí ni por otro --dijo ella. - ---Pues decidme vuestro nombre por la fe que debéis a la cosa del mundo -que más amáis. - ---Tú me conjuras tanto, que te lo diré; sabe que mi nombre es Urganda -la Desconocida. Agora me cata bien e conósceme si pudieres. - -Y él, que la vió doncella de primero, que a su parecer no pasaba de -diez y ocho años, vióla tan vieja e tan lasa, que se maravilló cómo -en el palafrén se podía tener, e comenzóse a santiguar de aquella -maravilla. Cuando ella así lo vió, por sí tornó como de primero, e dijo: - ---¿Parécete que me hallarías aunque me buscases? Pues yo te digo que no -tomes por ello afán; que si todos los del mundo me demandasen, no me -hallarían si yo no quisiese. - ---Así Dios me salve, señora --dijo Gandales--, yo así lo creo; mas -ruégovos por Dios que vos membréis del doncel que es desamparado de -todos sino de mí. - ---No pienses en eso --dijo Urganda--; que ese desamparado será amparo y -reparo de muchos; e yo lo amo más que tú piensas. - -E así se partieron de en uno. Don Gandales, partido de Urganda, tornóse -para su castillo, cuidando en la facienda de su doncel; e llegando al -castillo, ante que se desarmase lo tomó en sus brazos e comenzólo de -besar, viniéndole las lágrimas a los ojos, diciendo en su corazón: - ---Mi fermoso hijo, ¿si querrá Dios que yo llegue al vuestro buen tiempo? - -En esta sazón había el doncel tres años, e su gran fermosura por -maravilla era mirada; e como vió a su amo llorar, púsole las manos ante -los ojos, como que gelos quería limpiar; de que Gandales fué alegre, -considerando que siendo en más edad, más se dolería de su tristeza; -e púsole en tierra, e fuése a desarmar, e dende adelante con mejor -voluntad curaba dél, tanto, que llegó a los cinco años; entonces le -fizo un arco a su medida e otro a su hijo Gandalín, e facíalo tirar -ante sí; e así lo fué criando hasta la edad de siete años. - - - - -CAPÍTULO SEGUNDO - -LA SIN PAR ORIANA - - -Pues a esta sazón el rey Languines, pasando por su reino con su mujer e -toda la casa, de una villa a otra, vínose al castillo de Gandales, que -por ahí era el camino, donde fué muy bien festejado; mas a su Doncel -del Mar e a su fijo Gandalín e a otros donceles mandólos meter en un -corral por que no lo viesen; e la Reina, que en lo más alto de la casa -posaba, mirando de una finiestra, vió los donceles que con sus arcos -tiraban, y al Doncel del Mar entre ellos tan apuesto e tan hermoso, que -mucho fué de lo ver maravillada; e viólo mejor vestido que todos, así -que parescía el señor; e de que no vió ninguno de la compañía de don -Gandales a quien preguntase, llamó sus dueñas e doncellas, e dijo: - ---Venid, e veréis la más fermosa criatura que nunca fué vista. - -_Y admiróse también mucho de oír que sus compañeros le llamaban Doncel -del Mar._ Así estando, entró el Rey e Gandales, e dijo la Reina: - ---Decid, don Gandales, ¿es vuestro hijo aquel hermoso doncel? - ---Sí, señora --dijo él. - ---Pues ¿por qué --dijo ella-- lo llamáis el Doncel del Mar? - ---Porque en la mar nació --dijo Gandales-- cuando yo de la Pequeña -Bretaña venía. - -El Rey, que el Doncel miraba e muy hermoso le pareció, dijo: - ---Faceldo aquí venir, Gandales, e yo lo quiero criar. - ---Señor --dijo él-- sí haré, mas aún no es en edad que se deba partir -de su madre. - -Entonces fué por él e trájolo e díjole: - ---Doncel del Mar, ¿queréis ir con el Rey, mi señor? - ---Yo iré donde me vos mandardes --dijo él-- e vaya mi hermano comigo. - ---Ni yo quedaré sin él --dijo Gandalín. - ---Creo, señor --dijo Gandales--, que los habréis de llevar ambos, que -se no quieren partir. - ---Mucho me place --dijo el Rey. - -Entonces lo tomó cabe sí y mandó llamar a su fijo Agrajes; e díjole: - ---Fijo, estos donceles ama tú mucho; que mucho amo yo a su padre. - -Cuando Gandales esto vió, _apenas pudo contener el llanto_. El Rey, que -los ojos llenos de agua le vió, dijo: - ---Nunca pensé que érades tan loco. - ---No lo só tanto como cuidáis --dijo él--; mas si os pluguiere, oídme -un poco ante la Reina. - -Entonces mandaron apartar a todos, e Gandales les dijo: - ---Señores, sabed la verdad deste Doncel que lleváis, que lo yo fallé en -la mar. --Y contóles por cuál guisa, e también dijera lo que de Urganda -supo, sino por el pleito que fizo--. Agora faced con él lo que debéis; -que así Dios me salve, según el aparato que él traía, yo creo que es de -muy gran linaje. - -Mucho plugo al Rey en lo saber, y preció al caballero que lo tan bien -guardara, e dijo a don Gandales. - ---Pues que Dios tanto cuidado tuvo en lo guardar, razón es que lo -tengamos nos en lo criar e hacer bien cuando tiempo será. - -La Reina dijo: - ---Yo quiero que sea mío, si os pluguiere, en tanto que es de edad de -servir mujeres; después será vuestro. - -El Rey se lo otorgó. Otro día de mañana se partieron de allí, llevando -los donceles consigo, e fueron su camino. Pero dígoos de la Reina que -facía criar al Doncel del Mar con tanto cuidado e honra como si su fijo -propio fuese; mas el trabajo que con él tomaba no era vano, porque su -ingenio era tal e condición tan noble, que muy mejor que otro ninguno, -e más presto, todas las cosas aprendía. Él amaba tanto caza e monte, -que si lo dejasen, nunca dello se apartara, tirando con su arco, -cebando los canes. La Reina era tan agradada de como él servía, que lo -no dejaba quitar delante su presencia. - -_Ocurrió entonces que yendo el nuevo rey de la Gran Bretaña, Lisuarte, -navegando con gran flota para tomar posesión de sus estados_, fué -aportado en el reino de Escocia, donde con mucha honra del rey -Languines recebido fué. Este Lisuarte traía consigo a Brisena, su -mujer, e una hija que en ella hobo, que Oriana había nombre, de fasta -diez años, la más hermosa criatura que nunca se vió; tanto, que ésta -fué la que Sin-par se llamó, porque en su tiempo ninguna hobo que igual -le fuese; e porque de la mar enojada andaba, acordó de la dejar allí, -rogando al rey Languines e a la Reina que gela guardasen. - -Ellos fueron muy alegres dello, e la Reina dijo: - ---Creed que yo la guardaré como su madre lo haría. - -Y entrando Lisuarte en sus naos con mucha priesa, en la Gran Bretaña -arribado fué, e fué el mejor rey que ende hobo ni que mejor mantuviese -la caballería en su derecho, fasta que el rey Artur reinó, que pasó a -todos los reyes de bondad que ante dél fueron. - -El Doncel del Mar, que en esta sazón era de doce años, y en su grandeza -e miembros parescía bien de quince, servía ante la Reina, e así della -como de todas las dueñas e doncellas era mucho amado; mas desque allí -fué Oriana, la hija del rey Lisuarte, dióle la Reina al Doncel del Mar -que la sirviese, diciendo: - ---Amiga, este es un doncel que os servirá. - -Ella dijo que le placía. El Doncel tuvo esta palabra en su corazón, de -tal guisa, que después nunca de la memoria la apartó; que sin falta, -así como esta historia lo dice, en días de su vida no fué enojado de -la servir, y en ella su corazón fué siempre otorgado, y este amor duró -cuanto ellos duraron; que, así como la él amaba, así amaba ella a él, -en tal guisa, que una hora nunca de amar se dejaron; mas el Doncel del -Mar, que no conocía ni sabía nada de cómo ella le amaba, teníase por -muy osado en haber en ella puesto su pensamiento, según la grandeza y -fermosura suya, sin cuidar de ser osado a le decir una sola palabra; y -ella, que lo amaba de corazón, guardábase de hablar con él más que con -otro, porque ninguna cosa sospechasen; mas los ojos habían gran placer -de mostrar al corazón la cosa del mundo que más amaba. - -Pasando el tiempo, como os digo, entendió el Doncel del Mar en sí que -ya podía tomar armas si hobiese quien le ficiese caballero, y esto -deseaba él, considerando que él sería tal e haría tales cosas por donde -muriese, o viviendo, su señora le preciaría; e con este deseo fué al -Rey, que en una huerta estaba, e hincando los hinojos, le dijo: - ---Señor, si a vos pluguiese, tiempo sería de ser yo caballero. - -El Rey dijo: - ---¿Cómo, Doncel del Mar? ¿Ya os esforzáis para mantener caballería? -Sabed que es ligero de haber e grave de mantener; e quien este nombre -de caballería ganar quisiere e mantenerlo en su honra, tantas e tan -graves son las cosas que ha de facer, que muchas veces se le enoja el -corazón, e por ende ternía por bien que por algún tiempo os sufráis. - -El Doncel del Mar le dijo: - ---Ni por todo eso no dejaré yo de ser caballero; que si en mi -pensamiento no toviese de complir eso que habéis dicho, no se -esforzaría mi corazón para lo ser; e pues a la vuestra merced soy -criado, complid en esto comigo lo que debéis. - -El Rey dijo: - ---Doncel del Mar, yo sé cuándo os será menester que lo seáis, e más a -vuestra honra, e prométoos que lo faré. - -E luego mandó que le aparejasen las cosas a la orden de caballería -necesarias; e hizo saber a Gandales todo cuanto con su criado le -contesciera, de que Gandales fué muy alegre, y envióle por una doncella -la espada y el anillo e la _bola de_ cera, como lo hallara en l’arca -donde a él falló; y estando un día la hermosa Oriana con otras dueñas -e doncellas en el palacio, holgando en tanto que la Reina dormía, era -allí con ellas el Doncel del Mar, que sólo mirar no osaba a su señora, -y decía entre sí: - ---¡Ay, Dios! ¿por qué vos plugo de poner tanta beldad en esta señora, -y en mí tan gran cuita e dolor por causa della? En fuerte punto mis -ojos la miraron, pues que perdiendo la su lumbre con la muerte, pagarán -aquella gran locura en que al corazón han puesto. - -E así estando casi sin ningún sentido, entró un doncel e díjole: - ---Doncel del Mar, allí fuera está una doncella extraña que os trae -donas e os quiere ver. - -Él quiso salir a ella, mas aquella que lo amaba, cuando lo oyó, -estremeciósele el corazón y dijo: - ---Doncel del Mar, quedad, y entre la doncella y veremos las donas. - -Él estuvo quedo, e la doncella entró; y ésta era la que enviaba -Gandales, e dijo: - ---Señor Doncel del Mar, vuestro amo Gandales vos saluda mucho, así como -aquel que os ama, y envíaos esta espada y este anillo y esta cera, e -ruégaos que trayáis esta espada en cuanto vos durare, por su amor. - -Él tomó las donas, e puso el anillo e la cera en su regazo, y Oriana -tomó la cera, que no creía que en ella otra cosa hobiese, e díjole: - ---Esto quiero yo destas donas. - -A él pluguiera más que tomara el anillo, que era uno de los hermosos -del mundo; e mirando la espada, entró el Rey e dijo: - ---Doncel del Mar, ¿qué os paresce de esa espada? - ---Señor, parésceme muy hermosa, mas no sé por qué está sin vaina. - ---Bien ha quince annos --dijo el Rey-- que no la hobo. - -E tomándole por la mano, se apartó con él e díjole: - ---Vos queréis ser caballero, e no sabéis si de derecho os conviene; e -quiero que sepáis vuestra hacienda, como yo la sé. - -E contóle cómo fuera en la mar hallado con aquella espada e anillo en -el arca metido, así como lo oístes. - -Dijo él: - ---No me pesa de cuanto me decís, sino por no conocer mi linaje, ni -ellos a mí; pero yo me tengo por hidalgo, que mi corazón a ello me -esfuerza; e agora, señor, me conviene más que ante caballería, y ser -tal que gane honra y prez, como aquel que no sabe parte de donde viene. - -_Por aquellos días el rey Perión de Gaula, cuñado de Languines, y uno -de los más famosos caballeros de aquel tiempo, presentóse en la Corte -de Escocia en demanda de guerreros que le ayudaran contra el rey Abíes -de Irlanda, que le había invadido el reino con gran fuerza de armas. -Agrajes, el hijo de Languines, que ya era armado caballero, rogó a -su padre que le dejara ir con Perión a defender a su tía la reina de -Gaula, y aquél se lo otorgó._ - -El Doncel del Mar, que ahí estaba, miraba mucho al rey Perión, por la -gran bondad de armas que dél oyera decir, e más deseaba ser caballero -de su mano que de otro ninguno que en el mundo fuese, e fuese donde su -señora Oriana era; e hincados los hinojos ante ella, dijo: - ---Señora Oriana, si a vos pluguiese que yo fuese caballero, sería en -ayuda desa hermana de la Reina, otorgándome vos la ida. - ---E si la yo no otorgase --dijo ella--, ¿no iríades allá? - ---No --dijo él--; porque este mi vencido corazón sin el favor de cuyo -es, no podría ser sostenido en ninguna afrenta, ni aun sin ella. - -Ella se rió con buen semblante e díjole: - ---Pues que así os he ganado, otórgoos que seáis mi caballero y ayudéis -a aquella hermana de la Reina. - -El Doncel le besó las manos e dijo: - ---Pues que el Rey, mi señor, no me ha querido hacer caballero, más a mi -voluntad lo podría agora ser deste rey Perión, a vuestro ruego. - ---Yo faré en ello lo que pudiere --dijo ella--; mas menester será de lo -decir a la infanta Mabilia, que su ruego mucho valdrá ante el Rey, su -tío. - -Entonces se fué a ella e díjole cómo el Doncel del Mar quería ser -caballero por mano del rey Perión, e que había menester para ello el -ruego suyo e dellas. Mabilia, _hija del rey y hermana de Agrajes_, que -muy animosa era e al Doncel amaba, dijo: - ---Pues fagámoslo por él, que lo merece; e véngase a la capilla de -mi madre armado de todas armas, e nós le haremos compañía con otras -doncellas; e queriendo el rey Perión cabalgar para se ir, que, según he -sabido, será antes del alba, yo le enviaré a rogar que me vea, e allí -hará el vuestro ruego, ca mucho es caballero de buenas maneras. - ---Bien decís --dijo Oriana. - -E llamando entrambas al Doncel, le dijeron cómo lo tenían acordado; él -se lo tuvo en merced y llamó a Gandalín e díjole: - ---Hermano, lleva mis armas todas a la capilla de la Reina, -encubiertamente; que pienso esta noche ser caballero; e porque en la -hora me conviene de aquí partir, quiero saber si querrás irte comigo. - ---Señor, yo os digo que a mi grado nunca de vos seré partido. - -Al Doncel le vinieron las lágrimas a los ojos y besóle en la faz e -díjole: - ---Amigo, agora haz lo que te dije. - -Gandalín puso las armas en la capilla en tanto que la Reina cenaba; e -los manteles alzados, fuése el Doncel a la capilla, e armóse de sus -armas todas, salvo la cabeza e las manos, e hizo su oración ante el -altar, rogando a Dios que, así en las armas como en aquellos mortales -deseos que por su señora tenía, le diese vitoria. - -Desque la Reina fué a dormir, Oriana e Mabilia con algunas doncellas -se fueron a él por le acompañar; e como Mabilia supo que el rey Perión -quería cabalgar, envióle a decir que la viese ante; él vino luego, e -díjole Mabilia: - ---Señor, haced lo que os rogare Oriana, fija del rey Lisuarte. - -El Rey dijo que de grado lo haría, que el merecimiento de su padre a -ello le obligaba. Oriana vino ante el Rey; e como la vió tan hermosa, -bien creía que en el mundo su igual no se podría fallar; e dijo: - ---Yo vos quiero pedir un don. - ---De grado --dijo el Rey-- lo faré. - ---Pues facedme ese mi doncel caballero--; e mostróselo, que de rodillas -ante el altar estaba. - -El Rey vió al Doncel tan fermoso, que mucho fué maravillado; y -llegándose a él, dijo: - ---¿Queréis recebir orden de caballería? - ---Quiero --dijo él. - ---En el nombre de Dios, y Él mande que tan bien empleada en vos sea e -tan crecida en honra como Él os creció en fermosura. - -E poniéndole la espuela diestra, le dijo: - ---Agora sois caballero, e la espada podéis tomar. - -El Rey la tomó e diógela, y el Doncel la ciñó muy apuestamente, y el -Rey dijo: - ---Cierto, este acto de os armar caballero, según vuestro gesto e -aparencia, con mayor honra lo quisiera haber hecho; mas yo espero en -Dios que vuestra fama será tal, que dará testimonio de lo que con más -honra se debía facer. - -E Mabilia e Oriana quedaron muy alegres y besaron las manos al Rey; e -encomendando el Doncel a Dios, se fué su camino. - -Seyendo armado caballero el Doncel del Mar, e queriéndose despedir de -Oriana, su señora, e de Mabilia e de las otras doncellas que con él en -la capilla velaron, Oriana, que le parecía partírsele el corazón, sin -se lo dar a entender, le sacó aparte y le dijo: - ---Doncel del Mar, yo os tengo por tan bueno, que no creo que seáis -hijo de Gandales; si al en ello sabéis, decídmelo. - -El Doncel le dijo de su hacienda aquello que del rey Languines supiera; -y ella, quedando muy alegre en lo saber, lo encomendó a Dios; y él -falló a la puerta del palacio a Gandalín, que le tenía la lanza y -escudo y el caballo; y cabalgando en él, se fué su vía sin que de -ninguno visto fuese, por ser aún de noche. - - - - -CAPÍTULO TERCERO - -LA BOLA DE CERA - - -_Todo aquel día anduvo el Doncel del Mar con Gandalín, su escudero, -por una floresta, en la cual, siendo ya tarde_, vió venir una doncella -en un palafrén, que traía una lanza, _y otra doncella la acompañaba_. -Viniéronse ambas contra él; e como llegaron, la doncella de la lanza le -dijo: - ---Señor, tomad esta lanza, e dígovos que ante de tercero día faréis con -ella tales golpes, porque libraréis la casa donde primero salistes. - -Él fué maravillado de lo que decía, e dijo: - ---Doncella, la casa ¿cómo puede morir ni vivir? - ---Así será como yo lo digo --dijo ella--, e la lanza os dó por algunas -mercedes que de vos espero. - -E dando de las espuelas al palafrén, se fué su vía. - -[Ilustración] - -La otra doncella quedó con él e dijo: - ---Señor caballero, _sabed como era Urganda la Desconocida quien la -lanza os ha dado_. E díjome que después que de vos se partiese, os lo -hiciese saber, y que mucho vos ama. - ---¡Ay, Dios! --dijo él--, cómo soy sin ventura en la no conocer, e si -la dejo de buscar, es porque ninguno la hallará sin su grado. - -_Yendo el Doncel su camino, llegó de allí a tres días a un castillo, a -sazón de que en su patio, un caballero solo, al cual le habían matado -ya el caballo, era traidoramente atacado por otros dos caballeros y -por más de diez peones, que lo herían por todas partes. A punto estaba -de sucumbir, cuando el Doncel del Mar acometió con gran brío a los que -le atacaban, y derribó y mató a los más de ellos. Visto lo cual, cobró -nuevos ánimos el primer caballero y entre uno y otro dejaron limpio -de traidores todo el castillo. El Doncel, que había reconocido al rey -Perión de Gaula en el caballero por él socorrido, no quería quitarse -el yelmo ante él, pues sólo cuando sus hazañas le hubieran ganado fama -digna de la de quien le había dado la orden de caballería, quería -dársele a conocer; pero tanto le rogó Perión, que acabó por descubrirse -y el rey, abrazándolo, dijo:_ - -_--Amigo, gracias doy a Dios por haber hecho en vos lo que hice._ - -_Y muy alegre, oyó de él que le ayudaría en la guerra que tenía -empeñada con el rey de Irlanda._ - -_Había ya en la Corte de Languines, con secreta alegría de Oriana, -noticia de las primeras hazañas del Doncel del Mar, cuando_ llegaron -tres naos, en que venía _un mensajero del rey Lisuarte_, con cient -caballeros e dueñas e doncellas para llevar a Oriana. El rey Languines -los acogió bien. El _mensajero_ le dijo el mandado del Rey su señor, -cómo enviaba por su hija, y demás desto, que le rogaba enviase con -Oriana a Mabilia, su fija, que así como ella misma sería tratada e -honrada a su voluntad. El Rey fué muy alegre dello, e ataviólas muy -bien, e tovo al caballero e a las dueñas e doncellas en su corte -algunos días, faciéndoles muchas fiestas y mercedes, e fizo aderezar -otras naves, e bastecerlas de las cosas necesarias; e hizo aparejar -caballeros e dueñas e doncellas, las que le pareció que convenían para -tal viaje. - -Oriana, que vió que este camino no se podía excusar, acordó de recoger -sus joyas, e andándolas recogiendo, vió la cera que tomara al Doncel -del Mar, y membrósele dél, e viniéronle las lágrimas a los ojos, e -apretó las manos con cuita de amor que la forzaba, y quebrantó la cera -e vió que dentro estaba _una carta escrita en pergamino_, y leyéndola, -halló que decía: “Este es Amadís Sin-tiempo, fijo de rey.” - -Ella, que la carta vió, estuvo pensando un poco, y entendió que el -Doncel del Mar había nombre Amadís, e vió que era hijo de rey. Tal -alegría nunca en corazón de persona entró como en el suyo, y llamando a -la doncella de Denamarca, _en quien confiaba más que en todas sus otras -servidoras_, le dijo: - ---Amiga, yo vos quiero decir un secreto, que le no diría sino a mi -corazón, e guardadle como poridad de tan alta doncella como yo soy, y -del mejor caballero del mundo. - ---Así lo haré --dijo ella--, y, señora, no dudéis de me decir lo que -faga. - ---Pues amiga --dijo Oriana--, vos os id al caballero novel que sabéis, -y dígovos que le llaman el Doncel del Mar, e fallarlo heis en la guerra -de Gaula; y luego que lo vierdes, dadle esta carta, e decilde que ahí -fallará su nombre, aquel que le escribieron en ella cuando fué echado -en la mar; e sepa que sé yo que es hijo de rey; e que pues él era tan -bueno cuando no lo sabía, agora pune de ser mejor; e decilde que mi -padre envió por mí e me llevan a él; que le envío yo decir que se parta -de la guerra de Gaula, e se vaya luego a la Gran Bretaña, e pune de -vivir con mi padre fasta que le yo mande lo que faga. - -La doncella, con ese mandado que oís, fué della despedida, y entrada en -el camino de Gaula. - -Oriana e Mabilia con dueñas e doncellas, encomendándolas el Rey e la -Reina a Dios, fueron metidas en las naos; los marineros soltaron las -áncoras y tendieron sus velas, e como el tiempo era aderezado, pasaron -presto en la Gran Bretaña, donde muy bien recebidas fueron. - - - - -CAPÍTULO CUARTO - -LA GUERRA DE GAULA - - -_El Doncel del Mar, con Agrajes y los otros caballeros que el rey de -Escocia enviaba en favor de su cuñado Perión, pasada la mar, entraron -en Gaula_ y se fueron a Baladín, un castillo donde el rey Perión -era, donde mantenía su guerra, habiendo mucha gente perdido; que con -su venida de ellos muy alegre fué, e hízoles dar buenas posadas; e -la reina Elisena, _hermana de la Reina de Escocia_, hizo decir a su -sobrino Agrajes que la viniese a ver. Él llamó al Doncel del Mar e -otros dos caballeros para ir allá. - -El rey Perión cató el Doncel, e conociólo que aquel era el que él -hiciera caballero y el que le acorriera en el castillo; e fué contra él -e dijo: - ---Amigo, vos seáis muy bien venido, e sabed que en vos he yo grande -esfuerzo, tanto, que no dudo ya mi guerra, pues vos he en mi compañía. - ---Señor --dijo--, en la vuestra ayuda me habréis vos cuanto mi persona -durare e la guerra haya fin. - -Así hablando, llegaron a la Reina, e Agrajes le fué a besar las manos, -y ella fué con él muy alegre, y el Rey le dijo: - ---Dueña, veis aquí el muy buen caballero de que yo os hablé, que me -sacó del mayor peligro en que nunca fué; éste os digo que améis más -que a otro caballero. - -Ella le vino a abrazar, y él hincó los hinojos ante ella e dijo: - ---Señora, yo soy criado de vuestra hermana, e por ella vengo a vos -servir, e como ella misma me podéis mandar. - -La Reina gelo agradesció con mucho amor, e catábalo, como era tan -hermoso; membrándose de _un_ hijo, que había perdido, _sin que pudiera -saber qué habría sido de él_, viniéronle las lágrimas a los ojos. Y el -Doncel del Mar le dijo: - ---Señora, no lloréis; que presto seréis tornada en vuestra alegría, con -la ayuda de Dios y del Rey e deste caballero vuestro sobrino, e yo, que -de grado vos serviré. - -Ella dijo: - ---Mi buen amigo: vos, que sois caballero de mi hermana, quiero que -poséis en mi casa, e allí vos darán las cosas que hobierdes menester. - -La mañana venida fueron el rey Perión e su mujer a ver qué hacía el -Doncel del Mar, e halláronlo que se levantaba e lavaba las manos, e -viéronle los ojos bermejos e las haces mojadas de lágrimas; así que -bien parescía que dormiera poco de noche, e sin falta así era, que -membrándose de su amiga, considerando la gran cuita que por ella le -venía, sin tener ninguna esperanza de remedio, otra cosa no esperaba -sino la muerte. - -La Reina llamó a Gandalín e díjole: - ---Amigo, ¿qué hobo vuestro señor, que me paresce en su semblante ser en -gran tristeza? ¿Es por algún descontentamiento que aquí haya habido? - ---Señora --dijo él--, aquí recibe él mucha honra y merced; mas él ha -así de costumbre que llora dormiendo, así como agora veis que en él -parece. - -Y en cuanto así estaban, vieron los de la villa muchos enemigos e bien -armados cabe sí, e daban voces: - ---¡Armas, armas! - -El Doncel del Mar fué muy alegre, y el Rey le dijo: - ---Buen amigo, nuestros enemigos son aquí. - -Y él dijo: - ---Armémonos e vayamos los ver. - -Y el Rey demandó sus armas y el Doncel las suyas, e desque armados -fueron e a caballo, fueron a la puerta de la villa. Como llegaron, dijo -el Doncel del Mar: - ---Señor, mandadnos abrir la puerta. - -Y el Rey, a quien no placía menos de se combatir, mandó que la -abriesen, e salieron todos los caballeros. _Los irlandeses_, que contra -sí los vieron venir, aparejáronse de recebirlos, así como aquellos que -mucho los desamaban. El Doncel del Mar se firió con _un capitán_ que -delante venía, y encontróle tan fuertemente, que a él e al caballo -derribó en tierra, e hobo la una pierna quebrada, e quebró la lanza -e puso luego mano a su espada, e dejóse correr a los otros como león -sañudo, faciendo maravillas en dar golpes a todas partes; así que no -quedaba cosa ante la su espada; que a la tierra derribar los facía, -a unos muertos e a otros feridos. El rey Perión llegó con toda la -gente muy esforzadamente, como aquel que con voluntad de ferirlos gana -tenía, e Daganel, _jefe de los irlandeses y amigo del rey Abíes_, los -rescibió con los suyos muy animosamente; así que fueron los unos e los -otros mezclados en uno. Allí veríades al Doncel del Mar haciendo cosas -extrañas, derribando e matando cuantos ante sí hallaba, que no había -hombre que lo osase atender, e metíase en los enemigos, haciendo dellos -corro, que parecía un león bravo. - -Agrajes cuando le vió estas cosas facer tomó consigo muy más esfuerzo -que de ante tenía, e dijo a grandes voces por esforzar su gente: - ---Caballeros, mirad al mejor caballero e más esforzado que nunca nasció. - -Cuando Daganel vió cómo destruía su gente, fué para el Doncel del Mar, -como buen caballero, e quísole ferir el caballo, porque entre los -suyos cayese, mas no pudo, e dióle el Doncel tal golpe por cima del -yelmo, que por fuerza quebraron los lazos e saltóle de la cabeza. El -rey Perión, que en socorro del Doncel del Mar llegaba, dió a Daganel -con su espada tal herida, que lo hendió fasta los dientes. E yendo así -heriendo en los enemigos el rey Perión e su compaña, no tardó mucho -que paresció el rey Abies de Irlanda con todos los suyos, y venía -diciendo: - ---Agora a ellos; no quede hombre que no matéis. - -El rey Abies no dejó caballero en la silla en cuanto le duró la lanza, -y desque la perdió echó mano a su espada e comenzó a herir con ella tan -bravamente, que a sus enemigos hacía tomar espanto. De manera que los -del rey Perión, no lo pudiendo ya sufrir, retraíanse contra la villa. - -Cuando el Doncel del Mar vió que la cosa se paraba mal, comenzó de -facer con mucha saña mejor que antes, porque los de su parte no huyesen -con desacuerdo, e metíase entre la una gente y la otra; y firiendo e -matando en los de Irlanda, daba lugar a los suyos que las espaldas del -todo no volviesen. Agrajes y el rey Perión, que lo vieron en tan gran -peligro e tanto hacer, quedaron siempre con él; así que todos tres eran -amparo de los suyos. - -El rey Abies mucho pesar hobo de Daganel _e los demás de su ejército_ -que supo que eran muertos; y llegó a él un caballero de los suyos e -díjole: - ---Señor, ¿vedes aquel caballero del caballo blanco? No hace sino -maravillas, y él ha muerto vuestros capitanes e otros muchos. - -Esto decía por el Doncel del Mar. El rey Abies se llegó más e dijo: - ---Caballero, por vuestra venida es muerto el hombre del mundo que yo -más amaba; pero yo haré que lo compréis caramente, si os queréis más -combatir. - ---Si vos queréis vengar como caballero ese que decís --_dijo el Doncel -del Mar_-- e mostrar la gran valentía de que sois loado, escoged en -vuestra gente los que más os contentaren, e yo en la mía, e seyendo -iguales, podríades ganar más honra que no con mucha sobra de gente e -soberbia demasiada venir a tomar lo ajeno sin causa ninguna. - ---Pues agora decid --dijo el rey Abies-- de cuántos queréis que sea la -batalla. - ---Pues que en mí lo dejáis --dijo el Doncel--moveros he otro partido, e -podrá ser que más os agrade. Vos tenéis saña de mí por lo que he fecho, -e yo de vos por lo que en esta tierra hacéis; pues en nuestra culpa -no hay razón por qué ninguno otro padezca, y sea la batalla entre mí -e vos, e luego si quisierdes, con tal que vuestra gente asegure, e la -nuestra también, de se no mover hasta el fin della. - ---Así sea --dijo el rey Abies; e fizo llamar diez caballeros, los -mejores de los suyos, e con otros diez que el Doncel del Mar dió, -aseguraron el campo, que por mal ni por bien que les aconteciese no se -moverían. - -_Concertada la batalla para el día siguiente_, el Doncel del Mar entró -por la villa con el rey Perión e Agrajes, y levaba la cabeza desarmada, -e todos decían: - ---¡Ay, buen caballero, Dios te ayude y dé honra que puedas acabar -lo que has comenzado! ¡Ay, qué hermosura de caballero! En éste es -caballería bien empleada, pues que sobre todos la mantiene en la su -grande alteza. - -Otro día de mañana la Reina se vino a ellos con todas sus damas, e -hallólos hablando con el Rey, e comenzóse la misa, e dicha, armóse el -Doncel del Mar, no de aquellas armas que en la lid el día ante trajera, -que no quedaron tales que pudiesen algo aprovechar, más de otras muy -más hermosas y fuertes. E despedido de la Reina e de las dueñas e -doncellas, cabalgó en un caballo holgado que a la puerta le tenían, y -el rey Perión le llevaba el yelmo e Agrajes el escudo. E saliendo por -la puerta de la villa, vieron al rey Abies sobre un caballo negro, -todo armado. Los de la villa e los de la hueste todos se ponían donde -mejor la batalla ver pudiesen, y el campo era ya señalado, el palenque -hecho con muchos cadahalsos en derredor dél. Y desque ambos tomaron -sus armas, salieron todos del campo, encomendando a Dios cada uno el -suyo, y se fueron acometer sin ninguna detenencia a gran correr de -los caballos, como aquellos que eran de gran fuerza e corazón. A las -primeras heridas fueron todas sus armas falsadas, y quebrando las -lanzas, juntáronse uno con otro, así los caballos como ellos, tan -bravamente, que cada uno cayó a su parte, e todos creyeron que eran -muertos, e los trozos de las lanzas tenían metidos por los escudos, que -los hierros llegaban a las carnes; mas como ambos fuesen muy ligeros e -vivos de corazón, levantáronse presto, e quitaron de sí los pedazos de -las lanzas, y echando mano a las espadas, se acometieron tan bravamente -que los que al derredor estaban habían espanto de los ver. La batalla -era entre ellos tan cruel e con tanta priesa, sin se dejar holgar, e -los golpes tan grandes, que no parescían sino de veinte caballeros. -Ellos cortaban los escudos, haciendo caer en el campo grandes rajas, e -abollaban los yelmos y desguarnecían los arneses, de manera que lo más -cortaban en sus carnes; e salía dellos tanta sangre, que sostenerse -era maravilla; mas tan grande era el ardimento que consigo traían, que -cuasi dello no se sentían. - -Así duraron en esta primera batalla fasta hora de tercia, que nunca se -pudo conocer en ellos flaqueza ni cobardía, sino que con mucho ánimo se -combatían. El rey Abies, como muy diestro fuese por el gran uso de las -armas, combatíase muy cuerdamente, guardándose de los golpes e hiriendo -donde más podía dañar. Las maravillas que el Doncel hacía en andar -ligero e acometedor y en dar muy duros golpes, le puso en desconcierto -todo su saber, e a mal de su grado, no le pudiendo ya sofrir, perdía -el campo. Tanto fué aquejado, que volviendo casi las espaldas, andaba -buscando alguna guarida con el temor de la espada, que tan crudamente -la sentía; pero como vió que no había sino muerte, volvió, tomando su -espada con ambas las manos, y dejóse ir al Doncel, cuidándolo ferir -por cima del yelmo, y él alzó el escudo donde rescibió el golpe, e -la espada entró tan dentro por él, que la no pudo sacar; e tirándose -afuera, dióle el Doncel del Mar en descubierto en la pierna izquierda -tal herida, que la mitad della fué cortada, y el Rey cayó tendido en el -campo. - -El Doncel fué sobre él, e tirándole el yelmo, díjole: - ---Muerto eres, rey Abies, si te no otorgas por vencido. - -Él dijo: - ---Verdaderamente muerto soy, mas no vencido, e bien creo que me mató -mi soberbia, e ruégote que me fagas segura mi compaña, sin que daño -reciban, y llevarme han a mi tierra, e yo perdono a ti e a los que mal -quiero, e mando entregar al rey Perión cuanto le tomé, e ruégote que me -hagas haber confisión, que muerto soy. - -_Muerto el rey y partidos los irlandeses con su cadáver, la Doncella -de Dinamarca, enviada por Oriana, y que había visto el final de la -pelea, entregó al Doncel del Mar el pergamino en que iba escrito su -nombre y le dió el recado de su señora de que lo antes que pudiera se -partiera para la Gran Bretaña._ E leyendo _el Doncel del Mar_ la carta, -conoció por ella que el su derecho nombre era Amadís. Acabada la habla, -fué tomado el Doncel del Mar por el rey Perión e Agrajes e los otros -grandes de su partida, e sacado del campo con aquella gloria que los -vencedores en tales autos levar suelen, y entrando por la villa, decían -todos: - ---Bien venga el caballero bueno, por quien habemos cobrado honra e -alegría. - -Así fueron hasta el palacio, e hallaron en la cámara del Doncel del Mar -a la Reina con todas sus dueñas e doncellas, haciendo muy gran alegría, -y en los brazos della fué él tomado de su caballo, y desarmado por la -mano de la Reina, e vinieron maestros, que le curaron de las feridas, e -aunque muchas eran, no había ninguna que mucho empacho le diese. - - - - -CAPÍTULO QUINTO - -LOS ANILLOS DEL REY PERIÓN - - -_Por razones que no son del caso, el hijo mayor de los reyes Perión y -Elisena, nacido en ausencia del padre, había sido hecho desaparecer, al -tiempo de ver la luz del mundo, por Darioleta, doncella y confidente de -la madre. Entre otras cosas había llevado el niño colgado al cuello un -anillo que Perión le había dado a Elisena, su mujer, idéntico a otro de -que jamás se desprendía el Rey. Pero la Reina nunca le había confesado -que, siendo en gran peligro su vida, había tenido que abandonar su -hijo, sino que Perión creía que éste había nacido muerto y que el -anillo, por falta de cuidado, era perdido._ - -_Otro hijo de aquel real matrimonio, Galaor, aún muy mancebo, había -también desaparecido y, sin que sus padres supieran de él, se criaba en -tierra extraña, en el ejercicio de toda suerte de armas._ - -_Días después de su victoria_, pasando el Doncel del Mar por una sala, -vió a Melicia, hija del Rey, niña, que estaba llorando, y preguntóla -qué había. La niña dijo: - ---Señor, perdí un anillo que el Rey me dió a guardar en tanto que él -duerme. - ---Pues yo os daré --dijo él-- otro tan bueno o mejor, que le deis. - -Entonces sacó de su dedo un anillo e dióselo. Ella dijo: - ---Este es el que yo perdí. - ---No es --dijo él. - ---Pues es el anillo del mundo que más le parece --dijo la niña. - ---Por esto está mejor --dijo el Doncel del Mar--, que en lugar del otro -le daréis. - -Y dejándola, se fué a su cámara, e acostóse en un lecho. - -El Rey despertó y demandó a su hija que le diese el anillo, y ella -le dió aquel que tenía; él lo metió en su dedo, creyendo que el suyo -fuese; mas vió yacer a un cabo de la cámara el otro que su hija perdió, -e tomándolo, juntólo con el otro, e vió que era el que él a la Reina -había dado, y dijo a la niña: - ---¿Cómo fué esto de este anillo? - -Ella, que mucho le temía, dijo: - ---Por Dios, señor, el vuestro perdí yo, e pasó por aquí el Doncel del -Mar, e como vió que yo lloraba, dióme ese que él traía, e yo pensé que -el vuestro era. - -El Rey entró en la cámara de la Reina, y cerrada la puerta, dijo: - ---Dueña, vos me negastes siempre el anillo que yo os diera, y el Doncel -del Mar halo dado agora a Melicia; ¿cómo pudo ser esto? Que veisle -aquí. Decidme de qué parte le hobo, e si me mentís, vuestra cabeza lo -pagará. - -La Reina díjole: - ---¡Ay, señor, agora vos diré la mi cuita, que hasta aquí os hobe negado! - -Entonces comenzó de llorar muy recio, firiendo con sus manos en el -rostro, e dijo cómo echara a su hijo en el río, que llevara consigo el -espada e aquel anillo. - ---Por cierto --dijo el Rey-- yo creo que este es nuestro hijo. - -La Reina tendió las manos, diciendo: - ---Así pluguiese al Señor del mundo. - ---Agora vamos allá vos e yo --dijo el Rey-- e preguntémosle de su -hacienda. - -Luego fueron entrambos solos a la cámara donde él estaba, e falláronlo -durmiendo muy asosegadamente. Mas el Rey tomó en su mano la espada, que -a la cabecera de la cama era puesta, e catándola, la conoció luego, -como aquel que con ella diera muchos golpes e buenos, e dijo contra la -Reina: - ---Por Dios, esta espada conozco yo bien, e agora creo más lo que me -dejistes. - ---Ay, señor --dijo la Reina--, no le dejemos más dormir, que mi corazón -se aqueja mucho. - -E fué para él, e tomándole por la mano, tiróle un poco contra sí, -diciendo: - ---Amigo señor, acorredme en esta priesa e congoja en que estoy. - -Él despertó e vióla muy reciamente llorar, e dijo: - ---Señora, ¿qué es eso que habéis? Si mi servicio puede algo remediar, -mandádmelo; que fasta la muerte se cumplirá. - ---Ay, amigo --dijo la Reina--; pues agora nos acorred con vuestra -palabra en decir cúyo hijo sois. - ---Así Dios me ayude --dijo él--, no lo sé; que yo fuí hallado en la mar -por gran aventura. - -La Reina cayó a sus pies toda turbada, y él hincó los hinojos ante ella -e dijo: - ---¡Ay, Dios! ¿Qué es esto? - -Ella dijo llorando: - ---Hijo, ves aquí tu padre e madre. - -Cuando él esto oyó, dijo: - ---¡Santa María! ¿Qué será esto que oyo? - -La Reina, teniéndolo entre sus brazos, tornó e dijo: - -[Ilustración] - ---Es, hijo, que quiso Dios, por su merced, que cobrásemos aquel yerro -que por gran miedo yo hice; e, mi hijo, yo, como mala madre, os eché en -la mar, e veis aquí el Rey, que os engendró. - -Entonces hincó los hinojos y les besó las manos con muchas lágrimas -de placer, dando gracias a Dios porque así le había sacado de tantos -peligros para en la fin le dar tanta honra e buena ventura con tal -padre e madre. - -La Reina le dijo: - ---Hijo, ¿sabéis vos si habéis otro nombre sino éste? - ---Señora, sí sé --dijo él-- que al partir de la batalla me dió aquella -doncella una carta que llevé envuelta en cera cuando en la mar fuí -echado; en que dice llamarme Amadís. - -Entonces sacándola de su seno, gela dió, e vieron cómo era la mesma que -Darioleta por su mano escribiera, e dijo: - ---Mi amado hijo, cuando esta carta se escribió era yo en toda cuita e -dolor, e agora soy en toda holganza e alegría, ¡bendito sea Dios!, e de -aquí adelante por este nombre os llamad. - ---Así lo haré --dijo él; e fué llamado Amadís, y en otras muchas partes -Amadís de Gaula. - -El rey Perión mandó llegar cortes, porque todos viesen a su hijo -Amadís; donde se hicieron muchas alegrías e juegos en honor y servicio -de aquel señor que Dios les diera, con el cual e con su padre esperaban -vivir en mucha honra y descanso; en fin de las cuales Amadís habló con -su padre, diciendo que él se quería ir a la Gran Bretaña, y que le -diese licencia. Mucho trabajó el Rey e la Reina por lo detener; mas por -ninguna vía pudieron; que la gran cuita que por su señora pasaba no le -dejaba ni daba lugar a que otra obediencia tuviese sino aquella que su -corazón sojuzgaba, e tomando consigo solamente a Gandalín e otras tales -armas como las que el rey Abies le despedazara en la batalla, así se -partió, e anduvo tanto fasta que llegó a la mar; y entrando en una -fusta, pasó en la Gran Bretaña. - - - - -CAPÍTULO SEXTO - -DON GALAOR - - -_Después de correr diversas aventuras por aquel reino y haber armado -caballero a su hermano don Galaor, sin sospechar quien era, llegó -Amadís cerca de Vindilisora, donde estaba la corte del rey Lisuarte, y -Oriana en ella. Subió a un otero, desde donde le pareció que la villa -mejor se podría ver_; se asentó al pie de un árbol, e comenzó a mirar -la villa, e vió las torres e los muros asaz altos, e dijo en su corazón: - ---¡Ay, Dios! ¡Dónde está allí la flor del mundo! ¡Ay, villa! ¡cómo eres -agora en gran alteza, por ser en ti aquella señora que entre todas las -del mundo no ha par en bondad ni fermosura! E aun digo que es más amada -que todas las que amadas son, y esto probaré yo al mejor caballero del -mundo, si me della fuese otorgado. - -Después que a su señora hobo loado, un tan gran cuidado le vino, que -las lágrimas fueron a sus ojos venidas, e falleciéndole el corazón, -cayó en un tan gran pensamiento, que todo estaba estordecido, de guisa -que de sí ni de otro sabía parte. - -_Por mandato de su señora, después de haber vencido y muerto en -desafío, en defensa de una dueña desamparada, a Dardán el Soberbio, -uno de los caballeros más fuertes de aquel reino, presentóse Amadís -en la Corte del rey Lisuarte._ Mucho se maravillaban todos de la gran -fermosura de Amadís, e cómo siendo tan mozo pudo vencer a Dardán, que -tan esforzado era, que en toda la Gran Bretaña le temían. - -_El Rey quería que tan buen caballero no saliera de su Corte; pero -Amadís, aunque otra cosa no deseara, no lo otorgó hasta que se lo pidió -también la Reina, y Oriana le hizo señas de que accediera a su deseo. -Dijo Amadís a la Reina y su hija:_ - ---No seré de otro sino vuestro, e si al Rey en algo sirviere, será como -vuestro e no como suyo. - ---Así vos recebimos yo e todas las otras --dijo la Reina. - -Luego lo envió decir al Rey, el cual fué muy alegre, y envió _un -caballero_ que gelo trajese e así lo fizo; e venido ante él, -abrazándolo con gran amor, le dijo: - ---Amigo, agora soy muy alegre en haber acabado esto que tanto deseaba, -e cierto yo tengo gana que de mí recibáis mercedes. - -Amadís gelo tuvo en merced señalada. Desta manera que oís quedó Amadís -en la casa del rey Lisuarte por mandado de su señora. - -_De allí a poco comenzaron a saberse las maravillosas hazañas que -venía realizando don Galaor por todas aquellas tierras, pobladas -de castillos y florestas. Amadís deseaba ardientemente conocer a -su hermano y, con licencia de Oriana, seguido de su fiel escudero -Gandalín, fué a recorrer el reino por ver si lograba dar con él y -traerlo consigo a la Corte del rey Lisuarte._ - -_No podemos detallar aquí, como lo hacen los antiguos autores de -esta historia, las continuas aventuras que corrió Amadís en aquellas -andanzas, en todas las cuales desplegó la más asombrosa bravura y el -más completo dominio de las armas; sólo sí diremos que en una de las en -que mayor riesgo corrió, ganó para su servicio un enano que nunca más -dejó de acompañarle en sus viajes y al que cobró grande afecto._ - -_Don Galaor, por su parte, seguía recorriendo también aquella comarca -sin querer presentarse ante su heroico hermano hasta que el número y -fama de sus hazañas lo hubieran hecho digno de ello._ - -_Cierto día, un caballero le robó su caballo, mediante vil engaño, -y cuando don Galaor iba en su seguimiento, ardiendo en deseos de -venganza, topó con una doncella que le prometió llevarle ante su -burlador si le ofrecía cumplirle un don que había de demandarle -más tarde, sin que por el momento le explicara en lo que había de -consistir. Mas esta doncella era amiga del caballero, y quería llevar -a don Galaor a su poder para que, tomándolo de improviso, además del -caballo le quitara las armas, dejándolo así totalmente burlado. Sin -embargo, no fueron las cosas tal como ella pensaba: don Galaor dió -muerte al falso caballero, y la doncella, en su desesperación, juró no -apartarse del matador hasta encontrar tal ocasión para pedirle el don -que le tenía prometido, que no pudiera menos de perder la vida en la -demanda o quedar por falso y traidor._ - -_Cierta vez, atravesaba un bosque Amadís_ y el Enano iba delante, e por -el camino que ellos iban venía un caballero e una doncella; e siendo -cerca del caballero, puso mano a su espada, e dejóse correr al Enano -por le tajar la cabeza. - -El Enano, con miedo, dejóse caer del rocín, diciendo: - ---Acorredme, señor, que me matan. - -Amadís, que lo vió, corrió muy ahína e dijo: - ---¿Qué es eso, señor caballero? ¿Por qué me queréis matar mi enano? No -pongáis mano en él, que amparar os lo he yo. - ---De vos lo amparar --dijo el caballero-- me pesa; mas todavía conviene -que la cabeza le taje. - ---Antes habréis la batalla --dijo Amadís; e tomando sus armas, -cubiertos de sus escudos, movieron contra sí al más correr de sus -caballos, y encontráronse en los escudos tan fuertemente, que los -falsaron, e las lorigas también, e juntáronse los caballos y ellos de -los cuerpos e de los yelmos, de tal guisa, que cayeron a sendas partes -grandes caídas; pero luego fueron en pie, e comenzaron la batalla de -las espadas tan cruel e tan fuerte, que no había persona que la viese -que dello no fuese espantado, e así lo era el uno del otro, que nunca -fasta allí hallaron quien en tan gran estrecho sus vidas pusiese. - -Así anduvieron, hiriéndose de muy grandes y esquivos golpes una gran -pieza del día; tanto que sus escudos eran rajados e cortados por muchas -partes; e asimismo lo eran los arneses, en que ya muy poca defensa en -ellos había, e las espadas tenían mucho lugar de llegar a menudo e -con daño de sus carnes, pues los yelmos no quedaban sin ser cortados -e abollados a todas partes. Pues estando en esta gran priesa que oís, -llegó acaso un caballero todo armado donde la doncella estaba, e como -la batalla vió, comenzóse a santiguar, diciendo que desque nasciera -nunca había visto tan fuerte lid de dos caballeros; e preguntó a la -doncella si sabía quién fuesen aquellos caballeros. - ---Sé --dijo ella--; que yo los fize juntar, e no me puedo ende partir -sino alegre; que mucho me placería de cualquiera dellos que muera, e -mucho más de entrambos. - ---Cierto, doncella --dijo el caballero--, no es ese buen deseo ni -placer; antes es de rogar a Dios por tan buenos dos hombres; mas -decidme por qué los desamáis tanto. - ---Eso vos diré --dijo la doncella--; aquel que tiene el escudo más sano -es el hombre del mundo que más desama Arcalaus, mi tío, e de quien más -desea la muerte, e ha nombre Amadís; y este otro con quien se combate -se llama Galaor, e matóme el hombre del mundo que yo más amaba; e -teníame otorgado un don, e yo andaba por gelo pedir donde la muerte le -viniese; e como conocí al otro caballero, que es el mejor del mundo, -demandéle la cabeza de aquel enano. Así que, este Galaor que muy fuerte -caballero es, por me la dar, y el otro por la defender, son llegados a -la muerte, de que yo gran gloria e placer recibo. - -El caballero, que esto oyó, dijo: - ---Mal haya mujer que tan gran traición pensó para facer morir los -mejores dos caballeros del mundo. - -E sacando su espada de la vaina, _la mató e_ fué cuanto el caballo -llevarle pudo, dando voces, diciendo: - ---Estad, señor Amadís; que ese es vuestro hermano don Galaor, el que -vos buscáis. - -Cuando Amadís lo oyó, dejó caer la espada y el escudo en el campo, e -fué contra él, diciendo: - ---¡Ay, hermano! Buena ventura haya quien nos fizo conocer. - -Galaor dijo: - ---¡Ay, cativo malaventurado! ¿Qué he fecho contra mi hermano e mi señor? - -E hincándosele de hinojos delante, le demandó llorando perdón. Amadís -lo alzó e abrazólo, e dijo: - ---Mi hermano, por bien empleado tengo el peligro que con vos pasé, -pues que fué testimonio que yo probase vuestra tan alta proeza e bondad. - -Entonces se desenlazaron los yelmos por folgar, que muy necesario les -era, y el caballero les dijo: - ---Señores, mal llagados sois; ruégoos que cabalguéis, e nos vamos a un -mi castillo, que es aquí cerca, e guareceréis de vuestras feridas. - - - - -CAPÍTULO SÉPTIMO - -EL MANTO Y LA CORONA - - -_El enano, mandado por Amadís, llevó noticia a la Corte de cómo -había sido encontrado don Galaor y de que era conforme en ser de los -caballeros que servían a Lisuarte._ El Rey fué muy alegre, teniendo -en voluntad de fazer cortes las más honradas e de más caballeros que -nunca en la Gran Bretaña se hicieran, y mandó apercebir a todos sus -altos hombres que fuesen con él el día de Santa María de septiembre a -las cortes, e la Reina asimismo a todas las dueñas e doncellas de gran -guisa. - -_Mas es de saber que había en la Gran Bretaña un temible mago llamado -Arcalaus el Encantador, cuyo nombre hemos oído en el capítulo -precedente, el cual, consagrado siempre a malas obras, habíase -propuesto desposeer del reino a Lisuarte, para lo cual, la de aquellas -Cortes parecióle ocasión excelente y comenzó a tender las redes en que -debían quedar presos el Rey y sus bravos caballeros._ - -Pues siendo todos en el palacio, con gran alegría hablando en las cosas -que en las Cortes se habían de ordenar, acaeció de entrar en el palacio -una doncella extraña asaz bien guarnida, e un gentil doncel que la -acompañaba; e decendiendo de un palafrén, preguntó cuál era el Rey; él -dijo: - ---Doncella, yo soy. - ---Señor --dijo ella--, bien semejáis rey en el cuerpo, mas no sé si lo -seréis en el corazón. - ---Doncella --dijo él--, esto vedes vos agora, e cuando en lo otro me -probardes saberlo heis. - ---Señor --dijo la doncella--, a mi voluntad respondéis, e miémbreseos -esta palabra que me dais ante tantos hombres buenos, porque yo quiero -probar el esfuerzo de vuestro corazón cuando me fuere menester, e a -Dios seáis encomendado. - ---A Dios vayáis, doncella --dijo el Rey. - -La doncella se fué su vía, e el Rey quedó fablando con sus caballeros. -Pues habiendo en muchas cosas hablado, queriéndose la Reina acoger a -su palacio, entraron por la puerta tres caballeros, los dos armados -de todas armas, y el uno desarmado, y era grande e bien fecho, e la -cabeza casi toda cana; pero fresco e fermoso, según su edad. Este traía -ante sí una arqueta pequeña, e preguntó por el Rey, e mostrárongelo; -e decendió de su palafrén, e fincando los hinojos ante él, con el -arqueta en sus manos, díjole: - ---Dios os salve, Señor, así como al príncipe del mundo que mejor -promesa ha fecho, si la tenedes. - -El Rey dijo: - ---Y ¿qué promesa es esta, o por qué me lo decís? - ---A mí dijeron --dijo el caballero-- que queríades mantener caballería -en la mayor alteza e honra que ser pudiese. E porque oí decir que -queríades tener cortes en Londres de muchos hombres buenos, tráigovos -aquí lo que para tal hombre como vos a tal fiesta conviene. - -Entonces, abriendo el arqueta, sacó de ella una corona de oro tan bien -obrada e con tantas piedras e aljófar, que fueron muy maravillados -todos en la ver. El Rey la cataba mucho, con sabor de la haber para sí, -y el caballero le dijo: - ---Creed, señor, que esta obra es tal, que ninguno de cuantos hoy saben -labrar de oro e poner piedras no la sabrían mirar. - ---Si me Dios ayude --dijo el Rey--, yo lo tengo así. - ---Pues comoquiera --dijo el caballero-- que su obra e hermosura sea -tan extraña, otra cosa en sí tiene que mucho más es de preciar; y esto -es que siempre el Rey que en su cabeza la pusiere será mantenido e -acrecentado en su honra, e si vos, señor, la quisierdes haber, dárvosla -he por cosa que será reparo de mi cabeza, que la tengo en aventura de -perder. - -La Reina, que delante estaba, dijo: - ---Cierto, señor, mucho vos conviene tal joya como esa, e dad por ella -todo lo que el caballero pidiere. - ---E vos, señora --dijo--, comprarme hedes un muy hermoso manto que aquí -traigo. - ---Sí --dijo ella--, muy de grado. - -Luego sacó de la arqueta un manto el más rico e mejor obrado que se -nunca vió, que demás de las piedras e aljófar de gran valor que en él -había, eran en él figuradas todas las aves e animalias del mundo, tan -sotilmente, que por maravilla lo miraban. - -La Reina dijo: - ---Si Dios me vala, amigo, parece que este paño no fué por otra mano -fecho sino por la de aquel Señor que todo lo puede. - ---Cierto, señora --dijo el caballero--; bien podéis creer sin falla que -por mano e consejo del hombre fué este paño hecho; e aun más vos digo, -que conviene este manto más a mujer casada que a soltera; que tiene -tal virtud, que el día que lo cobijare no puede haber entre ella e su -marido ninguna congoja. - ---Cierto --dijo la Reina--, si ello es verdad, no puede ser comprado -por precio ninguno. - ---Desto no podéis ver la verdad si el manto no hobierdes --dijo el -caballero. - -E la Reina, que mucho al Rey amaba, hobo sabor de haber el manto, e -dijo: - ---Caballero, daros he yo por ese manto lo que quisierdes. - -Y el Rey dijo: - ---Demandad por el manto e por la corona lo que vos pluguiere. - ---Señor --dijo el caballero--, yo vo a gran cuita emplazado de aquel -cuyo preso soy, e no tengo espacio para me detener ni para saber cuánto -estas donas valen; mas yo seré con vos en las cortes de Londres, y -entre tanto quede a vos la corona e a la Reina el manto, por tal -pleito, que por ello me deis lo que vos yo demandare, o me lo tornéis, -e habréislo ya ensayado e probado. - -El Rey dijo: - ---Caballero, agora creed que vos habréis lo que demandardes, o el manto -e la corona. - -El caballero dijo: - ---Señores caballeros e dueñas, ¿oís vos bien esto que el Rey e la Reina -me prometen, que me darán mi corona e mi manto, o aquello que les yo -pidiere? - ---Todos lo oímos --dijeron ellos. - -Entonces se despidió el caballero e dijo: - ---Adiós quedéis, que yo voy a la más esquiva prisión que nunca hombre -tuvo. - -Así se fueron todos tres, quedando en poder del Rey el manto e la -corona. - - - - -CAPÍTULO OCTAVO - -LAS CORTES DE LONDRES - - -Con acuerdo de Amadís e Galaor, _que ya eran llegados, de_ Agrajes, e -de otros preciados caballeros de su corte, ordenó _el Rey_ que dentro -de cinco días todos los grandes de sus reinos en Londres, que a la -sazón como un águila encima de lo más de la Cristiandad estaba, a -cortes viniesen, como de antes lo había pensado e dicho, para dar orden -en las cosas de la caballería. - -Partió el rey Lisuarte de Vindilisora con toda la caballería, e la -Reina con sus dueñas e doncellas, a las cortes; la gente pareció en -tanto número, que por maravilla se debría contar. Había entre ellos -muchos caballeros mancebos ricamente armados e ataviados, e muchas -infinitas hijas de reyes, e otras doncellas de gran guisa, que dellos -muy amadas eran, por las cuales grandes justas e fiestas por el camino -hicieron. El Rey había mandado que le llevasen tiendas e aparejos, -porque no entrasen en poblado, e se aposentasen en las vegas cerca -de las riberas e fuentes, de que aquella tierra muy bastada era. Así -por todas las vías se les aparejaba la más alegre e más graciosa vida -que nunca fasta allí tuvieran; y llegaron a aquella gran ciudad de -Londres, donde tanta gente hallaron, que no parecía sino que todo -el mundo allí asonado era. El Rey e la Reina con toda su compaña -fueron a descabalgar en sus palacios, e allí en una parte dellos -mandó posar a Amadís e a Galaor e Agrajes e otros algunos de los más -preciados caballeros, e las otras gentes en muy buenas posadas, que -los aposentadores del Rey de antes les habían señalado. Así holgaron -aquella noche e otros dos días con muchas danzas e juegos, que en el -palacio e fuera en la ciudad se ficieron; en los cuales Amadís e Galaor -eran de todos tan mirados, e tanta era la gente que por los ver acudían -donde ellos andaban, que todas las calles eran ocupadas. - -A estas cortes que oís vino un gran señor, más en estado e señorío que -en dignidad de virtudes, llamado Barsinan, señor de Sansueña, no porque -vasallo del rey Lisuarte fuese, ni mucho su amigo ni conocido, mas por -lo que agora oiréis. Sabed que estando este Barsinan en su tierra, -llegó ahí Arcalaus el Encantador, e díjole: - ---Barsinan, señor, si tú quisieses, yo daría orden como fueses rey sin -que gran afán ni trabajo en ello hobiese. - ---Cierto --dijo Barsinan-- de grado tomaría yo cualquier trabajo que -ende venir me pudiese, con tal que rey pudiese ser. - ---Tú respondes como sesudo --dijo Arcalaus--e yo haré que lo seas, -si creerme quisieres y me ficieres pleito que me farás tu mayordomo -mayor, e no me lo quitarás todo el tiempo de mi vida. - ---Eso faré yo muy de grado --dijo Barsinan--; e decidme por cuál guisa -se puede hacer lo que me decís. - ---Yo os lo diré --dijo Arcalaus--. Id vos a la primera corte que el rey -Lisuarte ficiere, e llevad gran compaña de caballeros; que yo prenderé -al rey en tal forma que de ninguno de los suyos pueda ser socorrido; -e aquel día habré a su fija Oriana, que vos daré por mujer; y en cabo -de cinco días enviaré a la corte del rey su cabeza. Entonces punad vos -por tomar la corona del rey, que siendo él muerto, e su hija en vuestro -poder, que es la derecha heredera, no habrá persona que vos contrariar -pueda. - ---Cierto --dijo Barsinan--; si vos eso hacéis, yo vos haré el más rico -e poderoso hombre de cuantos comigo fueren. - ---Pues yo haré lo que digo --dijo Arcalaus. - -Por esta causa que oís vino a la corte este gran señor de Sansueña, -Barsinan, al cual el rey salió con mucha compaña a lo recebir, creyendo -que con sana e buena voluntad era su venida; e mandóle aposentar, e a -toda su compaña, e darle las cosas todas que menester hobiesen; mas -dígovos que viendo él tan gran caballería, e sabido el leal amor que al -rey Lisuarte habían, mucho fué arrepentido de tomar aquella empresa, -creyendo que a tal hombre ninguna adversidad le podía empecer. E -hablando con el Rey, le dijo: - ---Rey, yo oí decir que hacíades estas grandes cortes, e vengo ahí por -vos hacer honra; que yo no tengo tierra de vos, sino de Dios, que a mis -antecesores e a mí libremente dió. - ---Amigo --dijo el Rey--, yo os lo agradezco mucho. - -Otro día de mañana vistió el Rey sus paños reales, cuales para tal día -le convenían, e mandó que le trajesen la corona que el caballero le -dejara, y que dijesen a la Reina que se vistiese el manto. La Reina -abrió el arqueta, en que todo estaba, con la llave que ella siempre en -su poder tovo, e no halló ninguna cosa dello, de que muy maravillada -fué, e comenzóse de santiguar y enviólo decir al Rey; e cuando lo supo, -mucho le pesó, pero no lo mostró así ni lo dió a entender; e fuese para -la Reina, e sacándola aparte, díjole: - ---Dueña, ¿cómo guardastes tan mal cosa que tanto a tal tiempo nos -convenía? - ---Señor --dijo ella-- no sé qué diga en ello, sino que el arqueta -hallé cerrada; e yo he tenido la llave, sin que de persona la haya -fiado; pero dígovos tanto, que esta noche me pareció que vino a mí una -doncella, e díjome que le mostrase el arqueta, e yo en sueños gela -mostraba, y demandábame la llave, e dábagela, y ella abría el arqueta e -sacaba della el manto e la corona, e tomando a cerrar, ponía la llave -en el lugar que ante estaba, e cobríase el manto e ponía la corona en -la cabeza, pareciéndole tan bien, que muy gran sabor sentía yo en la -mirar; e decíame: “Aquel y aquella cuyo será, reinará ante de cinco -días en la tierra del poderoso que se agora trabaja de la defender e de -ir conquistar las ajenas tierras.” Y desapareció ante mí, llevando la -corona y el manto; pero dígovos que no puedo entender si esto me avino -en sueños o en verdad. - -[Ilustración] - -El Rey lo tovo por gran maravilla e dijo: - ---Agora vos dejad ende y no lo habléis con otro. - -Y saliendo ambos de la tienda, se fueron a la otra, acompañados de -tantos caballeros y dueñas e doncellas, que por maravilla lo toviera -cualquiera que lo viese, y sentóse el Rey en una muy rica silla, e la -Reina en otra algo más baja, que en un estrado de paños de oro estaban -puestas; e a la parte del Rey se pusieron los caballeros, y de la Reina -sus dueñas e doncellas, e los que más cerca del Rey estaban eran cuatro -caballeros que él más preciaba; el uno Amadís y el otro Galaor, e -Agrajes e Galvanes Sintierra. - - - - -CAPÍTULO NOVENO - -LOS ARDIDES DE ARCALAUS - - -Con tal compaña estando el rey Lisuarte, en tanto placer como oídes, -queriendo ya la fortuna comenzar su obra con que aquella gran fiesta en -turbación puesta fuese, entró por la puerta del palacio una doncella -asaz hermosa, cubierta de luto, e fincando los hinojos ante el Rey, le -dijo: - ---Señor, todos han placer, sino yo sola, que he cuita e tristeza, e la -no puedo perder sino por vos. - ---Amiga --dijo el Rey--, ¿qué cuita es esa que habéis? - -_Entonces la doncella refirió, llorando, que su padre sufría injusta -prisión de que sólo podían hacerle libre los dos mejores caballeros -del mundo. Tanto impresionaron sus palabras y lágrimas a la Reina y al -Rey, que le dieron a don Galaor y a Amadís para que fueran a libertar -al prisionero, ya que otros mejores caballeros en parte alguna se -podrían hallar._ - -_Armados éstos_ e despedidos del Rey e de sus amigos, entraron en -el camino con la doncella. Así andovieron por donde la doncella los -guiaba fasta ser medio día pasado, que entraron en la floresta que -Malaventurada se llamaba, porque nunca entró en ella caballero andante -que buena dicha ni ventura hobiese; e tanto que alguna cosa comieron de -lo que sus escuderos levaban, tornaron a su camino fasta la noche, que -facía luna clara. La doncella se aquejaba mucho, e no facía sino andar. - -Amadís le dijo: - ---Doncella, ¿no queréis que folguemos alguna pieza? - ---Quiero --dijo ella--; mas será adelante, donde hallaremos unas -tiendas con tal gente, que mucho placer vuestra vista les dará. - -_Siguieron caminando y llegaron, en efecto, a unas tiendas donde, a -pretexto de que descansaran, desarmaron a los caballeros, y ya sin -armas, estando separados Amadís y don Galaor, cada cual en tienda -diferente, cayó sobre ellos una gran partida de gentes de guerra, que -al cabo de descomunal combate lograron dominarlos y prenderlos. Los -llevaron amarrados, los días siguientes, hacia el lugar donde pensaban -darles muerte; pero Galaor, a fuerza de astucia y malicia, consiguió -librarse de sus cadenas y libertar a su hermano, tras lo cual y a más -andar, retornaron los dos por el camino de Londres._ - -Estando el rey Lisuarte e la reina Brisena, su mujer, en sus tiendas -con muchos caballeros e dueñas e doncellas, al cuarto día que de -allí partieran Amadís e don Galaor, su hermano, entró por la puerta -el caballero que el manto e la corona le dejara, como ya oístes; e -fincando los hinojos ante el Rey, le dijo: - ---Señor, ¿cómo no tenéis la fermosa corona que yo vos dejé, e vos, -señora, el rico manto? - -El Rey se calló, que ninguna respuesta le quiso dar, y el caballero -dijo: - ---Mucho me place que os no pagastes della, pues que me quitarán de -perder la cabeza o el don que por ello me habíades a dar; e pues así -es, mandádmelo dar, que no me puedo detener en ninguna guisa. - -Cuando esto oyó _el rey_, pesóle fuertemente e dijo: - ---Caballero, el manto ni la corona no os lo puedo dar, que lo he todo -perdido; mas me pesa por vos, que tanto os hacía menester, que por mí, -aunque mucho valía. - ---¡Ay, cativo! Muerto so --dijo el caballero. - -E comenzó a hacer un duelo tan grande, que maravilla era, diciendo: - ---¡Cativo de mí sin ventura! Muerto soy de la peor muerte; que nunca -murió caballero que la tan poco mereciese. - -E caíanle las lágrimas por las barbas, que eran blancas como la lana -blanca. El Rey hobo dél gran piedad e díjole: - ---Caballero, no temáis de vuestra cabeza; que toda cosa que yo haya vos -la habréis para la guarecer; que así os lo he prometido e así lo terné. - -El caballero se le dejó caer a sus pies para gelos besar, mas el Rey lo -alzó por la mano e dijo: - ---Ahora pedid lo que os placerá. - ---Señor --dijo él--, verdad es que me hobistes a dar mi manto e mi -corona, o lo que por ello vos pidiese; e Dios sabe, señor, que mi -pensamiento no era demandar lo que agora pediré; e si otra cosa para mi -remedio en el mundo hobiese, no os enojaría en ello; mas no puedo hi al -hacer. A vos pesará de me lo dar, e a mí de lo recebir. - ---Agora demandad --dijo el Rey--; que tan cara cosa no será que yo haya -que la vos no hayades. - -Entonces el caballero dijo: - ---Señor, yo no podría ser quito de muerte sino por mi corona e -mi manto, o por vuestra fija Oriana; e agora me dad dello lo que -quisierdes; que yo más querría lo que os di. - ---¡Ay, caballero! --dijo el Rey--, mucho me habéis pedido. - -E todos hobieron muy gran pesar, que más ser no podía; pero el Rey, -que era el más leal del mundo, dijo: - ---No vos pese; que más conviene la pérdida de mi hija que falta de mi -palabra, porque lo uno daña a pocos e lo otro al general. - -E mandó que luego le trajesen allí su fija. - -Cuando la Reina e las dueñas e doncellas esto oyeron comenzaron a fazer -el mayor duelo del mundo; mas el Rey las mandó acoger a sus cámaras, e -mandó a todos los suyos que no llorasen, so pena de perder su amor. En -esto llegó la muy fermosa Oriana ante el Rey como atónita, y cayéndole -a los pies, le dijo: - ---Padre, señor, ¿qué es esto que queréis facer? - ---Fágolo --dijo el Rey-- por no quebrar mi palabra. - -E dijo contra el caballero: - ---Veis aquí el don que pedistes; ¿queréis que vaya con ella otra -compaña? - ---Señor --dijo el caballero--, no traigo comigo sino dos caballeros -e dos escuderos, aquellos con que vine a vos a Vindilisora, e otra -compaña no puedo llevar; mas yo vos digo que no ha de qué temer fasta -que la yo ponga en la mano de aquel a quien la he de dar. - ---Vaya con ella una doncella --dijo el Rey-- si quisierdes, porque más -honra e honestidad sea, e no vaya entre vos sola. - -El caballero lo otorgó. - -Cuando Oriana esto oyó cayó amortecida; mas esto no hobo menester, que -el caballero la tomó entre sus brazos, e llorando, que parecía hacerlo -contra su voluntad, e dióla a un escudero que estaba en un rocín muy -grande e mucho andador; e poniéndola en la silla, se puso él en las -ancas, e dijo el caballero: - ---Tenedla, no caya, que va tollida; e Dios sabe que en toda esta corte -no ha caballero que más pese que a mí deste hecho. - -Y el Rey fizo venir la doncella de Denamarca e mandóla poner en un -palafrén, e dijo: - ---Id con vuestra gran señora, e no la dejéis por mal ni por bien que -vos avenga en cuanto con ella os dejaren. - ---¡Ay, cativa! --dijo ella--, nunca cuidé hacer tal ida. - -E luego movieron ante el Rey; y _uno de los_ caballeros _que_ muy -membrudo _era_, tomó a Oriana por la rienda; e sabed que este era -Arcalaus el Encantador; e al salir del corral sospiró Oriana muy -fuertemente, como si el corazón se le partiese, e dijo así como tollida: - ---¡Ay, buen amigo!, por esto somos vos e yo muertos. - -Mabilia, que a unas finiestras estaba haciendo muy grande duelo, vió -cerca del muro pasar a Ardian, el enano de Amadís, que iba en un gran -rocín e ligero, e llamólo con gran cuita que tenía, e dijo: - ---Ardian, amigo, si amas a tu señor, no huelgues día ni noche hasta que -lo falles e le cuentes esta mala ventura que aquí es fecha; e si lo no -faces, serle-ías traidor; que es cierto que él lo querría agora más -saber que haber esta cibdad por suya. - ---¡Por santa María! --dijo el enano--, él lo sabrá lo más ahína que ser -pudiere. - -E dando del azote al rocín, se fué por el camino que viera ir a su -señor a más andar. - - - - -CAPÍTULO DÉCIMO - -LA PRISIÓN DEL REY - - -Mas agora os contaremos lo que a esta sazón aconteció al Rey. _Lisuarte -había salido a la entrada de la floresta por donde eran idos los -caballeros que llevaban a Oriana, para impedir que ninguno de los suyos -pudiera ir a arrebatársela, que así con aquéllos lo había concertado, -cuando_ vió venir la doncella a quien él había el don prometido; e -venía en un palafrén que andaba ahína, e traía a su cuello una espada -muy bien guarnida, e una lanza con un fierro muy hermoso, e la asta -pintada; e llegando al Rey, le dijo: - ---Señor, Dios vos salve e dé alegría e corazón que me atengáis lo que -me prometistes en Vindilisora ante vuestros caballeros. - ---Doncella --dijo el Rey--, yo había más menester alegría de la que -tengo; mas, como quier que esto sea, bien me miembra lo que os dije, e -así lo compliré. - ---Señor --dijo ella--, con esa esperanza vengo yo a vos como al más -leal rey del mundo, e agora me vengad de un caballero que va por esta -floresta, que mató a mi padre al mayor aleve del mundo y encantóle de -tal guisa, que no puede morir si el más honrado hombre del reino de -Londres no le da un golpe con esta lanza e otro con esta espada. E yo -sé que si por vuestra mano no, que el más honrado sois, por otro no -puede ser muerto. - ---En el nombre de Dios --dijo el Rey-- yo quiero ir con vos. - -E mandó traer sus armas e armóse ahína, e cabalgó en su caballo, que -él mucho preciaba, e la doncella le dijo que ciñese la espada que ella -traía; y él, dejando la suya, que era la mejor del mundo, tomó la otra -y echó su escudo al cuello. E la doncella le llevó el yelmo e la lanza -pintada, e fuése con ella, defendiendo a todos que ninguno fuese tan -osado que tras él pensase de ir. - -E así andovieron un rato por la carrera; mas la doncella gela hizo -dejar, e guió por otra parte, cerca de unos árboles e allí vió estar -el Rey un caballero todo armado sobre un caballo negro, e al cuello un -escudo verde, el yelmo otro tal. La doncella dijo: - ---Señor, tomad vuestro yelmo; que vedes allí el caballero que vos dije. - -Él lo enlazó luego, e tomando la lanza, dijo: - ---Caballero soberbio e de mal talante, agora os guardad. - -E abajando la lanza, y el caballero la suya, se dejaron correr contra -sí cuanto los caballos los podían llevar, e firiéronse de las lanzas en -los escudos; así que luego fueron quebradas, e la del Rey quebró tan -ligero, que sólo no la sintió en la mano, e cuidó que fallesciera de su -golpe, e puso mano al espada, e el caballero a la suya, e firiéronse -por cima de los yelmos, e la espada del caballero entró bien la media -por el yelmo del Rey, mas la del Rey quebró luego por cabe la manzana, -e cayó el fierro en el suelo. Entonces conoció que era traición, y el -caballero le comenzó a dar golpes por todas partes a él e al caballo; -e cuando el Rey vió que el caballo le mataba fuése a abrazar con él, y -el otro asimismo con él, e tiraron por sí tan fuerte, que cayeron en -tierra, y el caballero cayó debajo, y el Rey tomó la espada que el otro -perdiera de la mano, e comenzóle a dar con ella los mayores golpes que -podía. La doncella, que esto vió, dió grandes voces, diciendo: - ---¡Ay, Arcalaus!; acorre, que mucho tardas, e dejas morir tu cohermano. - -Cuando el Rey así estaba por matar el caballero, oyó un grande -estruendo, e volvió la cabeza e vió diez caballeros que contra él -venían corriendo, e uno venía delante, diciendo a grandes voces: - ---Rey Lisuarte, muerto eres; que nunca un día reinarás ni tomarás -corona en la cabeza. - -Cuando esto oyó el Rey fué muy espantado, e temióse de ser muerto, e -dijo con gran esfuerzo, que siempre tuvo e tenía: - ---Bien puede ser que moriré, pues tanta ventaja me tenéis; mas todos -moriréis por mí, como traidores e falsos que sois. - -_Atacáronlo todos juntos, y aunque Lisuarte se defendió con bravura -e hirió a varios de ellos, acabaron por desarmarlo y echarle_ una -gruesa cadena a la garganta, en que había dos ramales, e ficiéronle -cabalgar en un palafrén; e tomándole sendos caballeros por los ramales, -comenzáronse de ir con él; e llegando entre los árboles, en un valle -hallaron a Arcalaus, que tenía a Oriana e a la doncella de Denamarca; y -el caballero que iba ante el Rey, dijo: - ---Cohermano, vedes aquí el rey Lisuarte. - ---Cierto --dijo él--; buena venida fué ésta, e yo haré que nunca dél -tema ni de los de su casa. - ---¡Ay, traidor! --dijo el Rey--; bien sé yo que harías tú toda traición. - -Así movieron todos de consuno por aquella carrera, que se partía en dos -lugares, e Arcalaus llamó a un su doncel e díjole: - ---Vete a Londres cuanto pudieres, e di a Barsinan que se trabaje de -ser rey, que yo le terné lo que le dije; que todo es ya a punto. - -El doncel se fué luego, e Arcalaus dijo a su compaña: - ---Id vos a Daganel con diez caballeros destos, e llevad a Lisuarte e -metedlo en la mi cárcel, e yo llevaré a Oriana con estos cuatro, e -mostrarle he donde tengo mis libros e mis cosas en Monte-Aldín. - -Este era de los más fuertes castillos del mundo; pues allí fueron -partidos los diez caballeros con el Rey, e los cinco con Oriana, en que -iba Arcalaus, dando a entender que su persona valía tanto como cinco -caballeros. - - - - -CAPÍTULO UNDÉCIMO - -LA LIBERTAD DE ORIANA - - -Veniendo Amadís e Galaor por el camino de Londres, siendo a dos leguas -de la ciudad, vieron venir a Ardian el enano cuanto más el rocín lo -podía llevar. _El cual_ llegó a ellos e contóles todas las nuevas cómo -llevaban a Oriana. - ---¡Ay, santa María, val! --dijo Amadís--; ¿e por dónde van los que la -llevan? - ---Cabe la villa es el más derecho camino --dijo el enano. - -Amadís firió al caballo de las espuelas, e comenzó de ir cuanto más -podía, así tollido, que solamente no podía hablar a su hermano, que iba -en pos dél. Así pasaron entrambos cabe la villa de Londres cuanto los -caballos los podían llevar, que sólo no cataban por nada, sino Amadís, -que preguntaba a los que veía por dónde llevaban a Oriana, y ellos gelo -mostraban. - -Pasando Gandalín por so las finiestras donde estaba la Reina e otras -muchas mujeres, la Reina lo llamó e díjole: - ---Di a _tu señor_ e a Galaor que el Rey se fué de aquí hoy en la mañana -con una doncella, e no tornó, ni sabemos dónde lo llevó. - -Gandalín fuése cuanto más pudo, _hasta reunirse con su señor_. E a poco -rato encontraron unos leñadores, e aquellos vieron toda la aventura -del Rey e de Oriana; mas no sopieron quién eran, ni a ellos se osaron -allegar; antes se escondieron en las matas más espesas, e el uno dellos -dijo: - ---Caballeros, ¿venís vos de Londres? - ---E ¿por qué lo preguntáis? --dijo Galaor. - ---Porque si ha de allá caballero menos o doncella --dijo él--; que nos -vimos aquí una aventura. - -Entonces les dijeron cuanto vieran de Oriana e del Rey, y ellos -conocieron luego que el Rey fuera preso a traición; e díjoles Amadís: - ---¿Sabéis quién eran, e quién prendió a ese rey? - ---No --dijo él--, mas oí a la doncella que lo aquí trajo llamar a -grandes voces a Arcalaus. - ---¡Ay, Señor Dios! --dijo Amadís--, plega a vos de me juntar con aquel -traidor. - -Los villanos les fueron mostrar por dónde llevaron los diez caballeros -al Rey, e los cinco a Oriana, e dijo el villano: - ---El uno de los cinco era el mejor caballero que nunca vi. - ---¡Ay! --dijo Amadís--, aquel es el traidor de Arcalaus. - -E dijo a Galaor: - ---Hermano, señor, id vos en pos del Rey, e Dios guíe a mí e a vos. - -E firiendo el caballo de las espuelas, se fué por aquella vía, e Galaor -por la que al Rey llevaban, a cuanto más andar podían. - -Partido Amadís de su hermano, cuitóse tanto de andar, que cuando el -sol se quería poner le cansó el caballo, tanto, que de paso no lo -podía sacar; e yendo con mucha congoja, vió a la mano diestra cabe una -carrera un caballero muerto, y estaba cabe él un escudero que tenía por -la rienda un gran caballo. Amadís se llegó a él e díjole: - ---Amigo, ¿quién mató ese caballero? - ---Matóle --dijo el escudero-- un traidor que acá va, e lleva las más -hermosas doncellas del mundo forzadas; matóle, no por otra razón sino -por le preguntar quién eran, e yo no puedo haber quien me ayude a lo -llevar de aquí. - -Amadís le dijo: - ---Yo te dejaré este mi escudero que te ayude, e dame ese caballo; e -prométote de darte dos caballos mejores por él. - -El escudero gelo otorgó. Amadís subió en el caballo, que era muy -hermoso, e partiendo de allí, comenzó de se ir por el camino cuanto -podía; e hallóse ya cerca del día en un valle donde vió una ermita, -e fué allá por saber si moraba hi alguno; e hallando un ermitaño, -le preguntó si pasaran por allí cinco caballeros que llevaban dos -doncellas. - ---Señor --dijo el hombre bueno--, no pasaron que los yo viese; mas -¿vistes vos un castillo que allá queda? - ---No --dijo Amadís--; e ¿por qué lo decís? - ---Porque --dijo él-- agora se va de aquí un doncel mi sobrino, que me -dijo que albergara hí Arcalaus el Encantador, e traía unas hermosas -doncellas forzadas. - ---Por Dios --dijo Amadís--, pues ese traidor busco yo. - ---Cierto --dijo el ermitaño--, él ha hecho mucho mal en esta tierra; -mas ¿no traéis otra ayuda? - ---No --dijo Amadís--, sino la de Dios. - ---Señor --dijo el ermitaño--, ¿no decís que son cinco, e Arcalaus, que -es el mejor caballero del mundo e más sin pavor? - ---Sea él cuanto quisiere --dijo Amadís--; que él es traidor e soberbio, -e así lo serán los que le aguardan, e por esto no les dudaré. Ruégovos -que me hayáis mientes en vuestras oraciones, e mostradme el camino que -al castillo guía. - -El hombre bueno gelo mostró, e Amadís anduvo tanto, que llegó a él, e -vió que había el muro alto e las torres espesas; e llegóse a él, mas no -oyó hablar a ninguno dentro, e plúgole, que bien cuidó que Arcalaus no -sería aún salido, e anduvo el castillo al rededor, e vió que no había -más de una puerta. - -Entonces se tiró afuera entre unas peñas, e apeándose del caballo, -tomóle por la rienda y estuvo quedo, teniendo siempre los ojos en la -puerta, como aquel que no había sabor de dormir. A esta sazón rompía -el alba, e cabalgando en su caballo tiróse más afuera por un valle; -que hobo recelo, si visto fuese, de poner sospecha que no saldrían los -del castillo, cuidando ser más gente, e subió en un otero cubierto de -grandes y espesas matas. No tardó mucho que vió salir a Arcalaus e -sus cuatro compañeros muy bien armados, y entre ellos la muy hermosa -Oriana, e dijo: - ---¡Ay, Dios!; agora e siempre me ayude e me guíe en su guarda. - -Oriana iba diciendo: - ---Amigo señor, ya nunca os veré, pues que ya se me llega la mi muerte. - -Amadís decendiendo del otero lo más ahína que él pudo, entró con ellos -en un gran campo e dijo: - ---¡Ay, Arcalaus traidor!; no te conviene llevar tan buena señora. - -Oriana, que la voz de su amigo conoció, estremecióse toda; mas Arcalaus -e los otros se dejaron a él correr, y él a ellos, e firió a Arcalaus, -que delante venía, tan duramente, que lo derribó en tierra por sobre -las ancas del caballo, e los otros le firieron, e dellos fallecieron -de sus encuentros; e Amadís pasó por ellos, e tomando muy presto su -caballo, firió al señor del castillo, que era uno dellos, de tal guisa -que el fierro y el fuste de lanza le salió de la otra parte, e cayó -luego muerto, e fué la lanza quebrada. Después metió mano a la espada, -e dejóse ir a los otros, e metióse entre ellos tan bravo e con tanta -saña, que por maravilla era los golpes que les daba; e así le crecía -la fuerza y el ardimiento en andar valiente e ligero, que le parecía, -si el campo todo fuese lleno de caballeros, que le no podían durar e -defender ante la su buena espada. - -Haciendo estas maravillas que oídes, dijo la doncella de Denamarca -contra Oriana: - ---Señora, acorrida sois, pues aquí es el caballero bienaventurado, e -mirad las maravillas que hace. - -Oriana dijo entonces: - ---¡Ay, amigo! Dios vos ayude e guarde; que no hay otro en el mundo que -nos acorra ni más valga. - -El escudero que la tenía el rocín, poniéndola en tierra, se fué huyendo -cuanto más pudo. Amadís, que entre ellos andaba, trayéndolos a su -voluntad, dió al uno un tal golpe en el brazo, que gelo derribó en -tierra; éste comenzó de huír, dando voces con la rabia de la muerte, -e fué para otro que ya el yelmo de la cabeza le derribara, e hendióle -hasta el pescuezo. Cuando el otro caballero vió tal destruición en sus -compañeros, comenzó de huír cuanto más podía. Amadís, que movía en pos -dél, oyó dar voces a su señora, e tornando presto, vió a Arcalaus, que -ya cabalgara, e que tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante -sí, e se iba con ella cuanto más podía. Amadís fué en pos dél sin -detenencia ninguna, e alcanzólo por aquel gran campo; e alzando la -espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era -tal, que cuidó que mataría a él e a su señora; e dióle por cima de las -espaldas, que no fué de toda su fuerza; pero derribóle un pedazo de la -loriga e una pieza del cuero de las espaldas. - -Entonces dejó Arcalaus caer en tierra a Oriana por se ir más ahína, -que se temía de muerte; y su caballo comenzó de correr de tal forma, -que en poca de hora se alongó gran pieza. Amadís, comoquiera que lo -mucho desamase e desease matar, no fué más adelante por no perder a su -señora, e tornóse donde ella estaba; e descendiendo de su caballo, se -le fué fincar de hinojos delante e le besó las manos, diciendo: - ---Agora haga Dios de mí lo que quisiere; que nunca, señora, os cuidé -ver. - -Ella estaba tan espantada, que le no podía hablar, e abrazóse con él, -que gran miedo había de los caballeros muertos que cabe ella estaban. -E así estando, como oís, sentado Amadís cabe su señora, que no tenía -esfuerzo para se levantar, llegó Gandalín, que toda la noche andoviera, -e había dejado el caballero muerto en una ermita, con que gran placer -hobieron, _y tomando los caballos de los caballeros vencidos se -pusieron todos camino de Londres_. - - - - -CAPÍTULO DUODÉCIMO - -LAS PROEZAS DE DON GALAOR - - -Partido don Galaor de Amadís, su hermano, como ya oístes, entró en -el camino por donde llevaban al Rey, e cuidóse de andar cuanto más -pudo, como aquel que había grande cuita de los alcanzar; e no tenía -mientes en cosa que viese sino en su rastro; e así anduvo hasta hora -de vísperas, que entró en un valle, e halló en él la huella de los -caballos donde habían parado. Entonces siguió aquel rastro cuanto el -caballo lo podía llevar, que le pareció que no podían ir lueñe; mas no -tardó mucho que vió ante sí un caballero todo bien armado en un buen -caballo, que a él salió e le dijo: - ---Estad, señor caballero, e decidme qué cuita os hace así correr. - ---Por Dios --dijo Galaor--, dejadme de vuestra pregunta, que me detengo -con vos, en que mucho mal puede venir. - ---¡Por santa María! --dijo el caballero--, no pasaréis de aquí hasta -que me lo digáis o vos combatáis comigo. - -E Galaor no hacía en esto sino irse; y el caballero del valle le dijo: - ---Cierto, caballero, vos fuídes habiendo hecho algún mal, e agora vos -guardad, que saberlo quiero. - -Entonces fué a él con su lanza bajada, y el caballo al más correr. -E Galaor que el caballo más diestro traía, guardóse del encuentro, -_echándose a un lado_, e no hacía sino ir adelante cuanto podía andar. -El caballero, que su caballo tan presto tener no pudo, cuando tornó vió -que Galaor se le había alongado gran pieza, e dijo: - ---Si me Dios ayude, no me vos iréis así. - -Y él, que sabía bien la tierra, tomó por un atajo e fuésele poner en un -paso. - -Galaor, que lo vió, mucho le pesó, y el caballero le dijo: - ---Cobarde, malo, sin corazón; agora escoged de tres cosas cual -quisierdes: o que os combatáis, o vos tornad, o me decid lo que os -pregunto. - ---De cualquier me pesa --dijo Galaor--, mas no hacéis como cortés, -que yo no me tornaré, e si me combatiere, no será a mi placer; mas si -queréis saber la priesa que llevo, seguidme y verlo heis, porque me -deternía mucho en vos lo contar, e a la cima no me creeríades; tanto es -de mala ventura. - ---En el nombre de Dios --dijo el caballero-- agora pasad, e dígovos -que no iréis este tercero día sin mí. - -Galaor pasó adelante, y el caballero en pos dél. _Por el camino toparon -con otro caballero, que resultó pariente del que venía siguiendo a don -Galaor, a quien dió aquél cuenta de lo que con don Galaor le venía -sucediendo, y acordaron irse los dos en su seguimiento._ A esta hora -era ya cerca de la noche. Galaor entró en una floresta, e con la noche -perdió el rastro, e no sabía a cuál parte ir. Estonces comenzó a pedir -merced a Dios que lo guiase e anduvo escuchando de un cabo y de otro -por unos valles, mas no oía nada. _Descansó con unos arrieros parte de -la noche y al alba_ fuése derecho a un otero alto, e desde allí comenzó -de mirar la tierra a todas partes. Estonces los dos cohermanos _que lo -seguían_ vieron a Galaor, e conociéronlo en el escudo, e fueron contra -él; mas ellos, en moviendo, viéronlo decender del otero cuanto su -caballo lo podía llevar, y el _uno_ dijo: - ---Ya nos vió e fuye; cierto, yo cuido que por alguna mala ventura anda -así fuyendo y encubriéndose; vayamos tras él. - -Mas don Galaor, que muy lejos de su cuidar estaba, viera ya pasar -los caballeros un paso que a la salida de la floresta había, e los -cinco pasaban adelante, e los otros cinco después, y en medio dellos -iban hombres desarmados, y él cuidó que aquellos eran los que al Rey -llevaban, e fué contra ellos tal como aquel que ya su muerte por -salvar la vida ajena tenía ofrecido; e seyendo cerca dellos, vió al Rey -metido en la cadena, e hobo dél tal pesar, que no dudando la muerte, se -dejó correr a los cinco que delante venían e dijo: - ---¡Ay, traidores! Por vuestro mal posistes mano en el mejor hombre del -mundo. - -E los cinco vinieron contra él; mas él hirió al primero por los -pechos en guisa que el fierro con un pedazo de la asta le salió a las -espaldas, e dió con él muerto en tierra; e los otros le firieron tan -fuerte, que el caballo ficieron con él hinojar, y el uno le metió la -lanza por entre el pecho y el escudo, e perdiéndola, la tomó Galaor, e -fué herir al otro con ella en la cuxa de la pierna, e falsóle el arnés -e la pierna, y entró la lanza por el caballo; así que el caballero fué -tollido e allí quebró la lanza, e poniendo mano a la espada vió venir -todos los otros contra sí, y él se metió entre ellos tan bravo, que no -ha hombre que de verlo no se espantase cómo podía sofrir tantos y tales -golpes como le daban; y estando en esta gran priesa y peligro, por ser -los caballeros muchos, quísole Dios acorrer con los dos cohermanos que -lo seguían, que cuando así lo vieron mucho fueron maravillados de tan -gran bondad de caballero, e dijo el que en pos dél iba: - ---Cierto, sin razón culpábamos aquél de cobarde, e vámosle socorrer en -tan gran priesa. - ---¿Quién haría al --dijo el otro-- sino acorrer al mejor caballero del -mundo? Y no creáis que tantos hombres acomete sino por algún gran hecho. - -[Ilustración] - -Entonces se dejaron ir a gran correr de los caballos, e fuéronlos ferir -muy bravamente, como aquellos que eran muy esforzados e sabidores -de aquel menester, e dígovos que el primero había nombre Ladasín el -Esgremidor y el otro don Guilán el Cuidador. A esta sazón había ya -menester Galaor mucho su ayuda; que el yelmo había tajado por muchos -lugares e abollado, y el arnés roto por todas partes, y el caballo -llagado, que cerca andaba de caer; mas por eso no dejaba él de hacer -maravillas e dar tan grandes golpes a los que alcanzaba, que a duro -lo osaban atender; e cuidaba que si su caballo no le falleciese, que -le no durarían, que a la fin no los matase; mas seyendo llegados los -dos cohermanos, como ya oístes, estonces se le paraba a él mejor el -pleito; que ellos se combatían tan bien e con tan gran esfuerzo, que -él se maravilló mucho; e fué tan grande la priesa que les dió, e los -cohermanos en su ayuda, que en poca de hora fueron todos muertos e -vencidos. - -Cuando esto vió el cohermano de Arcalaus dejóse ir al Rey por lo -matar; e como los que con él estaban fuyeran todos, él decendiera del -palafrén así con su cadena a la garganta, e tomara un escudo e la -espada del caballero que primero murió. El otro le quiso ferir por -cima de la cabeza. El Rey alzó el escudo, donde rescibió el golpe, e -fué tal, que la espada entró por el brocal bien un palmo, e alcanzó -con la punta della al Rey en la cabeza, e cortóle el cuero e la carne -fasta el hueso; mas el Rey le dió al caballo en el rostro con la espada -tal golpe, que la no pudo sacar, y el caballo enarmonóse e fué caer -sobre el caballero. Galaor, que ya estaba a pie, porque el su caballo -no se podía mudar, e iba por socorrer al Rey, fué para el caballero -por le tajar la cabeza, y el Rey dió voces que le no matase. Los dos -cohermanos que fueran tras un caballero que se les iba e lo habían -muerto, cuando volvieron e vieron al Rey mucho fueron espantados; que -de su prisión no sabían ninguna cosa, e decendieron ahína, e tirados -los yelmos, fueron fincar los hinojos ante él, y él los conoció, e -levantándolos por las manos, dijo: - ---Por Dios, amigos, en buena hora me acorristes. - -Don Galaor sacó al primo de Arcalaus de so el caballo, e quitando -la cadena al Rey, la puso a él; e tomaron de los caballos de los -caballeros muertos e comenzáronse de ir camino de Londres muy alegres, -_donde también había fracasado totalmente la intriga de Arcalaus, -costándole la vida a Barsinan_. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -LIBRO SEGUNDO - -BELTENEBRÓS - -CAPÍTULO PRIMERO - -LA ÍNSOLA FIRME - - -_De allí a algún tiempo, regresando Amadís con Agrajes, don Galaor y -don Florestán, hijo también del rey Perión de Gaula, de restablecer -en el trono del reino de Sobradisa a la hermosa niña Briolanja, -que traidoramente había sido desposeída de él por un pariente -suyo, hallaron en despoblado una doncella, acompañada de criadas y -escuderos_, la cual les preguntó adónde era su camino. Amadís le dijo: - ---Doncella, a casa del rey Lisuarte imos, e si allá vos place ir, -acompañar vos hemos. - ---Mucho vos lo agradezco --dijo ella--, mas yo voy a otra parte, e -porque vos vi andar así armados como los caballeros que las aventuras -demandan, acordé de os atender si querría ir alguno de vosotros a la -Ínsola Firme por ver las extrañas cosas e maravillas que hí son, que -yo allá voy, e soy fija del gobernador que agora la ínsola tiene. - ---¡Oh santa María! --dijo Amadís--; por Dios, muchas veces oí decir de -las maravillas de esa ínsola, et por dichoso me ternía de las ver, e -hasta agora no se me aparejó. - ---Buen señor, no os pese por lo haber tardado --dijo ella--, que otros -muchos tovieron ese deseo, e cuando lo pusieron en obras no salieron de -allí tan alegres como entraron. - ---Verdad decís --dijo él--, según lo que dende he oído; mas decidme: -¿Rodearíamos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos? - ---Rodearíades dos jornadas --dijo la doncella. - -Entonces movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la -Ínsola Firme. - -_El sabio Apolidón, hijo de un rey de Grecia, había vivido allí largos -años en la mayor felicidad, con su esposa Grimanesa. Al cabo, siendo -él elegido emperador, hubieron de dejar, con gran pena, la ínsola en -que tan dichosos habían sido, tan bellos edificios habían hecho y -tan grandes riquezas habían acumulado; mas Grimanesa_, habiendo gran -mancilla que una cosa tan señalada como lo era aquella ínsola, donde -tales y tan grandes cosas quedaban, poseída por aquel su grande amigo, -el mejor caballero en armas que en el mundo se hallaba, e por ella, que -por el semejante sobre todas las de su tiempo su gran hermosura loada -era; e junto con esto ser amados de sí mesmos en la mesma perfeción -que del amor alcanzar se puede, rogó a Apolidón que antes de su partida -dejase allí, por su gran saber, cómo en los venideros tiempos aquel -lugar señoreado no fuese sino por persona que así en fortaleza de armas -como en lealtad de amores y de sobrada fermosura a ellos entrambos -pareciese. - -Apolidón le dijo: - ---Mi señora, pues que así os place, yo lo haré de guisa que de aquí -ningún señor ni señora ser pueda sino aquellos que más señalados en lo -que habéis dicho sean. - -Entonces hizo un arco a la entrada de una huerta en que árboles de -todas naturas había, e otrosí había en ella cuatro cámaras ricas de -extraña labor, y era cercada de tal forma, que ninguno a ella podía -entrar sino por debajo del arco; encima dél puso una imagen de hombre -de cobre, y tenía una trompa en la boca como que quería tañer; e dentro -en el un palacio de aquellos puso dos figuras a semejanza suya y de -su amiga, tales que vivas parecían, las caras propriamente como las -suyas y su estatura, y cabe ellas una piedra jaspe muy clara; e fizo -poner un padrón de fierro de cinco codos en alto a un medio trecho de -ballesta en un campo grande que ende era, e dijo: “De aquí adelante -no pasará ningún hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que -primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá aquella -trompa con son tan espantoso a fumo e llamas de fuego, que los fará -ser tollidos, e así como muertos serán deste sitio lanzados; pero si -tal caballero o dueña o doncella aquí vinieren que sean dignos de -acabar esta aventura por la gran lealtad suya, como ya dije, entrarán -sin ningún entrévalo, e la imagen hará tan dulce són, que muy sabroso -sea de oír a los que lo oyeren; y éstos verán las nuestras imágines, -e sus nombres escriptos en el jaspe, que no sepan quién los escribe.” -E tomándola por la mano a su amiga, la fizo entrar debajo del arco, -e la imagen fizo el dulce són, e mostróle las imágines e sus nombres -dellos en el jaspe escriptos. E saliéndose fuera, hobo Grimanesa gana -de lo facer probar, e mandó entrar algunas dueñas e doncellas suyas, -mas la imagen fizo el espantoso són con gran fumo e llamas de fuego; -luego fueron tollidas sin sentido alguno e lanzadas fuera del arco, e -los caballeros por el semejante; de que Grimanesa, seyendo cierta sin -peligro ser, con mucho placer dellos se reía, gradeciendo mucho a su -amado amigo Apolidón aquello que tanto en satisfación de su voluntad -había hecho, e luego le dijo: - ---Mi señor, pues ¿qué será de aquella rica cámara en que tanto placer y -deleite hobimos? - ---Agora --dijo él-- vamos allá, e veréis lo que hi faré. - -Entonces se fueron donde la cámara era, e Apolidón mandó traer dos -padrones, uno de piedra e otro de cobre, y el de piedra hizo poner a -cinco pasos de la puerta de la cámara, y el de cobre otros cinco más -desviado; e dijo a su amiga: - ---Agora sabed que en esta cámara no puede hombre ni mujer entrar en -ninguna manera ni tiempo fasta que aquí venga tal caballero que de -bondad de armas me pase, ni mujer si a vos de hermosura no pasare; pero -si tales vinieren que a mí de armas e a vos de hermosura venzan, sin -estorbo alguno entrarán. - -E puso unas letras en el padrón de cobre que decían: “De aquí pasarán -los caballeros en que gran bondad de armas hobiere; cada uno según -su valor, así pasarán adelante.” E puso otras letras en el padrón de -piedra que decían: “De aquí no pasará sino el caballero que de bondad -de armas a Apolidón pasará.” Y encima de la puerta de la cámara puso -unas letras que decían: “Aquel que me pasare de bondad entrará en la -rica cámara y será señor desta ínsola; e así llegarán las dueñas e -doncellas; así que, ninguna entrará dentro si a vos de hermosura no -pasare.” E hizo con su sabidoría tal encantamento, que con doce pasos -al derredor ninguno a la cámara llegar podía, ni tenía otra entrada -sino por la vía de los padrones que habéis oído, e mandó que en aquella -ínsola hobiese un gobernador que la rigiese e cogiese las rentas -della, y fuesen guardadas para aquel caballero que ventura hobiese de -entrar en la cámara e fuese señor de la ínsola; e mandó que los que -falleciesen en lo del arco de los amadores que sin les hacer honra los -echasen fuera, e a los que lo acabasen los sirviesen; e dijo más, que -los caballeros que la cámara probasen e no podiesen entrar al padrón de -cobre, que dejasen allí las armas, e los que algo del padrón pasasen, -que no les tomasen sino las espadas, e los que al padrón de mármol -llegasen que no les tomasen sino los escudos; e si tales viniesen -que deste padrón pasasen e no podiesen entrar, que les tomasen las -espuelas; e a las doncellas e dueñas que no les tomasen cosa, salvo que -diciendo sus nombres los pusiesen en la puerta del castillo, señalando -a do cada una había llegado, e dijo: - ---Cuando esta isla hobiere señor se desfará el encantamento para los -caballeros, que libremente podrán pasar por los padrones y entrar en la -cámara; pero no lo será para las mujeres fasta que venga aquella que -por su gran hermosura la aventura acabará, e albergare dentro en la -rica cámara con el caballero que el señorío habrá ganado. - -Esto así hecho, Apolidón e Grimanesa, dejando a tal recaudo la Ínsola -Firme como oído habéis, en sus naos partieron dende e pasaron en -Grecia, donde fueron emperadores e hobieron hijos que en el imperio -después de sus días sucedieron. - - - - -CAPÍTULO SEGUNDO - -EL ARCO DE LOS LEALES AMADORES - - -_Volvamos ahora a Amadís y sus acompañantes que con la doncella y el -gobernador, que había salido a recibirlos_, se fueron al castillo por -donde toda la ínsola se mandaba, que no era sino aquella entrada, que -sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo al estaba de la mar -rodeado, aunque en la ínsola había siete leguas en largo e cinco en -ancho; e por aquello que era ínsola, e por lo poco que de tierra firme -tenía, llamáronla Ínsola Firme. - -Pues allí llegados, entrando por la puerta, vieron un gran palacio -las puertas abiertas e muchos escudos en él, puestos en tres maneras, -que bien ciento dellos estaban acostados a unos poyos, e sobre ellos -algunos estaban más altos, y en otro poyo sobre los diez estaban dos, -y el uno dellos estaba más alto que el otro más de la meitad. Amadís -preguntó que por qué los pusieron así, e dijéronle que así era la -bondad de cada uno cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida -quisieron entrar; e los que no llegaron al padrón de cobre estaban los -escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más altos, -y de aquellos dos el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas no pudo -llegar al otro; y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol, -que no pasó más adelante. - -Desque Amadís vió los escudos mucho dudó aquella aventura, pues que -tales caballeros no la acabaron. E salieron del palacio e fueron -al arco de los leales amadores, y llegando al sitio que la entrada -defendía, Agrajes, _que estaba muy enamorado de una gentil doncella -llamada Olinda_, se llegó al mármol, y decendiendo de su caballo e -encomendándose a Dios, dijo: - ---Amor, si vos he sido leal, membradvos de mí. - -E pasó el marco, y llegando so el arco, la imagen que encima estaba -comenzó un són tan dulce, que Agrajes y todos los que lo oían sentían -gran deleite; y llegó al palacio donde las imágines de Apolidón y de -Grimanesa estaban, que no les pareció sino propiamente vivas; e miró el -jaspe e vió allí dos nombres escriptos, y el suyo. - -Entrando Agrajes, como oís, so el arco de los leales amadores, Amadís -dió su caballo e sus armas a su escudero Gandalín, e fuése adelante -lo más presto que él pudo sin temor ninguno, como aquel que sentía -no haber errado a su señora, no solamente por obra, mas por el -pensamiento; e como fué so el arco, la imagen comenzó a facer un són -mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, e por la boca -de la trompa lanzaba flores muy fermosas, que gran olor daban, e caían -en el campo muy espesas; así que nunca a caballero que allí entrase -fué lo semejante hecho, e pasó donde eran las imágines de Apolidón e -Grimanesa, e con mucha afición las estovo mirando, paresciéndole muy -hermosas e tan frescas como si vivas fuesen. - -Don Galaor e Florestán, que de fuera los atendían, viendo que tardaban, -acordaron de ir a ver la cámara defendida, _y, llegados a ella, don -Florestán_, encomendándose a Dios, e poniendo su escudo delante, e la -espada en la mano, fué adelante, y entrando en lo defendido, sintióse -herir de todas partes con lanzas y espadas de tan grandes golpes e tan -espesos, que le semejaba que ningún hombre lo podría sofrir; mas como -él era fuerte e valiente de corazón, no quedaba de ir adelante firiendo -con su espada a una e a otra parte, e parescíale en la mano que fería -hombres armados, y que la espada no cortaba; así pasó el padrón de -cobre y llegó fasta el de mármol, e allí cayó, e no pudo ir más -adelante, tan desapoderado de toda su fuerza, que no tenía más sentido -que si muerto fuese; e luego fué lanzado fuera del sitio, como lo -facían a los otros. Don Galaor, que así lo vió, hobo dél mucho pesar, -_pero también él quiso probar la cámara defendida_; tomó sus armas, y -encomendándose a Dios, fuése contra la puerta de la cámara, e luego -le firieron de todas partes de muy duros e grandes golpes, e con gran -cuita llegó al padrón de mármol e abrazóse con él, y detóvose un poco; -mas cuanto un paso dió adelante fué tan cargado de golpes, que no lo -pudiendo sofrir, cayó en tierra, así como don Florestán, con tanto -desacuerdo, que no sabía si era muerto ni si vivo; e luego fué lanzado -fuera, así como los otros. - -Amadís e Agrajes, que gran pieza habían andado por la huerta, -tornáronse a las imágines, e vieron allí en el jaspe su nombre -escripto, que decía: “Este es Amadís de Gaula, el leal enamorado, fijo -del rey Perión de Gaula.” E así estando leyendo las letras con gran -placer, llegó al marco el enano dando voces, e dijo: - ---Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos. - -E como esto oyó, salió de allí presto, e Agrajes tras él, y preguntando -al enano qué era lo que decía, dijo: - ---Señor, probáronse vuestros hermanos en la cámara e no la acabaron, y -quedaron tales como muertos. - -Agrajes, como era de gran corazón, al mayor paso que pudo se fué con su -espada en la mano contra la cámara, firiendo a una e a otra parte; mas -no bastó su fuerza de sofrir los golpes que le dieron, e cayó entre el -padrón de cobre y el de mármol, e atordido como los otros, lo llevaron -fuera. - -Amadís comenzó a maldecir la venida que allí ficieran, e díjole a don -Galaor, que ya cuasi en su acuerdo estaba: - ---Hermano, no puedo excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que -los vuestros. - -Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas e fuése -adelante, rogando a Dios que le ayudase; e cuando llegó al lugar -defendido paró un poco e dijo: - ---¡Oh mi señora Oriana! De vos me viene a mí todo el esfuerzo e -ardimiento; membradvos, señora, de mí a esta sazón, en que tanto -vuestra sabrosa membranza me es menester. - -E luego pasó adelante, e sintióse ferir de todas partes duramente, y -llegó al padrón de mármol, e pasando dél, parecióle que todos los del -mundo eran a lo ferir, e oía gran ruido de voces como si el mundo se -fundiese, e decían: - ---Si este caballero tornáis, no hay agora en el mundo otro que aquí -entrar pueda. - -Pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las veces -de manos, e otras de rodillas; e la espada, con que muchos golpes -diera, había perdido de la mano, e andaba colgada de una correa, que no -la podía cobrar; así llegó a la puerta de la cámara e vió una mano que -le tomó por la suya e lo metió dentro, e oyó una voz que dijo: - ---Bien venga el caballero que pasando de bondad a aquel que este -encantamento fizo, que en su tiempo par no tovo, será de aquí señor. - -Aquella mano le pareció grande e dura, como de hombre viejo, y en el -brazo tenía vestida una manga de jamete verde, e como dentro en la -cámara fué, soltóle la mano, que no la vió más, y él quedó descansado -e cobrado en toda su fuerza, e quitándose el escudo del cuello y el -yelmo de la cabeza, metió la espada en la vaina, e gradeció a su señora -Oriana aquella honra que por su causa ganara. - -[Ilustración] - -A esta sazón todos los del castillo, que las voces oyeran de cómo le -otorgaban el señorío, y le vieron dentro, comenzaron a decir en alta -voz: - ---Señor, vemos complido, a Dios loor, lo que tanto deseado teníamos. - -Los hermanos, que más acordados eran e vieron cómo Amadís acabara -lo que todos habían faltado, fueron alegres por el gran amor que le -tenían; e como estaban se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador -con todos los suyos llegaron a Amadís e por señor le besaron las manos. -Cuando vieron las cosas extrañas que dentro de la cámara había de -labores e riquezas, fueron espantados de lo ver; mas no era nada con un -apartamiento que allí se facía donde Apolidón e su amiga albergaban; -que este era de tal forma, que no solamente ninguno podría alcanzar a -facerlo, mas ni entender cómo facerse podría; y era de tal forma, que -estando dentro, podían ver claramente lo que de fuera se ficiese, e -los de fuera por ninguna guisa no verían nada de los de dentro. Allí -estovieron todos una gran pieza con gran placer los caballeros, porque -en su linaje hobiese tal caballero que pasase de bondad a todos los -del mundo presentes e cien años a zaga; los de la Ínsola por haber -cobrado tal señor, con quien esperaban ser bienaventurados. Isanjo, el -gobernador, dijo a Amadís: - ---Señor, bien será que comáis e descanséis, e mañana serán aquí todos -los hombres buenos de la tierra e vos harán homenaje, recibiéndovos por -señor. - -Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron de -aquello que aderezado estaba; e folgando aquel día, luego el siguiente -vinieron allí asonados todos los más de la ínsola con grandes juegos -e alegrías; quedando ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por -su señor con aquellas seguridades que en aquel tiempo e tierra se -acostumbraban. - - - - -CAPÍTULO TERCERO - -LOS CELOS DE ORIANA - - -_Ardián el enano, que, como todos, ignoraba por completo los amores de -su señor con Oriana, habíale dicho a la princesa, al tiempo de partir -para Sobradisa, que Amadís iba a aquel reino con objeto de casarse con -la hermosa niña Briolanja, luego de reponerla en el trono. Oriana, -oídas estas palabras, a pesar de las advertencias de Mabilia y de la -Doncella de Denamarca, sus consejeras, no pudo menos de escribir la -siguiente carta_: - - -CARTA QUE LA SEÑORA ORIANA ENVÍA A SU AMANTE AMADÍS - -“Mi rabiosa queja, acompañada de sobrada razón, da lugar a que la flaca -mano declare lo que el triste corazón encobrir no puede contra vos el -falso y desleal caballero Amadís de Gaula; pues ya es conoscida la -deslealtad e poca firmeza que contra mí, la más desdichada y menguada -de ventura sobre todas las del mundo, habéis mostrado, mudando -vuestro querer de mí, que sobre todas las cosas vos amaba, poniéndole -en aquella que, según su edad, para la amar ni conoscer su discreción -basta; e pues otra venganza mi sojuzgado corazón tomar no puede, quiero -todo el sobrado y mal empleado amor que en vos tenía apartarlo. ¡Oh -qué mal empleé e sojuzgué mi corazón, que en pago de mis sospiros -e pasiones, burlada y desechada fuese! E pues este engaño es ya -manifiesto, no parezcáis ante mí ni en parte donde yo sea; porque sed -cierto que el muy encendido amor que vos había es tornado, por vuestro -merescimiento, en muy rabiosa e cruel saña; e con vuestra quebrantada -fe e sabios engaños id a engañar otra cativa mujer como yo, que así me -vencí de vuestras engañosas palabras, de las cuales ninguna salva ni -excusa serán recebidas; antes, sin vos ver, plañiré con mis lágrimas mi -desastrada ventura e con ellas daré fin a mi vida, acabando mi triste -planto.” - -Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy conocido, e puso en -el sobrescrito: “Yo soy la doncella ferida de punta de espada por el -corazón, e vos sois el que me feristes.” E fablando en gran secreto con -un doncel que Durín se llamaba, hermano de la doncella de Denamarca, le -mandó que no holgase fasta _que hallara_ a Amadís, e aquella carta le -diese. - -_El Doncel, siguiendo los pasos de Amadís, llegó a la Ínsola Firme -cuando el caballero tomaba posesión de ella de la gloriosa manera que -sabéis, y fué testigo de cómo todos sus moradores le rendían vasallaje. -Después procuró verse a solas con el nuevo señor de la isla y le -entregó lo que para él traía._ - -Amadís tomó la carta, e aunque su corazón grande alegría sintiese con -ella, temiendo que Durín nada de su secreto sabía, encubrió lo más -que pudo; y la tristeza no pudo facer, que habiendo leído las fuertes -e temerosas palabras que en ella venían, no bastó el esfuerzo ni el -juicio que claramente no mostrase ser llegado a la cruel muerte, con -tantas lágrimas, con tantos sospiros, que no parecía sino ser hecho -pedazos su corazón, quedando tan desmayado e fuera de sentido, como si -el ánima ya de las carnes partida fuera. Durín, que mucho sin sospecha -desto estaba, cuando aquello vió, llorando muy fuertemente maldecía a -sí e a su ventura e a la muerte porque antes que allí llegase no le -había sobrevenido. - -Amadís, no podiendo estar en pie, sentóse en la yerba que allí -estaba, e tomó la carta que se le había de las manos caído, e cuando -vió el sobrescripto, su cuita fué tan sin medida, que por una pieza -estuvo amorrecido, de que Durín fué muy espantado; mas seyendo ya él -recordado, dijo con gran dolor: - ---Señor Dios, ¿por qué vos plugo de me dar muerte sin merescimiento? - -E después dijo: - ---¡Ay lealtad, qué mal galardón dais a aquel que vos nunca faltó! -Fecistes a mi señora que me falleciese, sabiendo vos que antes mil -veces por la muerte pasaría que pasar su mandado. - -E tornando a tomar la carta, dijo: - ---Vos sois la causa de la mi dolorosa fin, e porque más cedo me -sobrevenga iréis comigo. - -E metióla en su seno e dijo a Durín: - ---¿Mandáronte otra cosa que me dijeses? - ---No --dijo él. - ---Pues llevarás mi mandado --dijo Amadís. - ---No, señor --dijo él--; que me defendieron que lo no llevase. - ---E Mabilia e tu hermana ¿no te dijeron algo que me dijeses? - ---No supieron --dijo Durín-- de mi venida; que mi señora me mandó que -dellas la encobriese. - ---¡Ay, santa María, valme! --dijo Amadís--; agora veo que la mi -desventura es sin remedio. - -Entonces dijo a Durín que llamase a Gandalín e Isanjo, el gobernador, e -como él vino díjole: - ---Quiero que como leal caballero me prometades que fasta mañana, -después que mis hermanos oyeren misa, no diréis ninguna cosa de cuanto -agora veréis. - -Él así lo prometió, e otra tal fianza tomó de aquellos dos escuderos; -luego mandó a Isanjo que le ficiese tener secretamente abierta la -puerta del castillo, e Gandalín que sacase sus armas e caballo fuera -sin que persona lo sintiese. - -_A escondidas de todos salió con Isanjo y sus hijos del castillo._ -Amadís iba sospirando e gimiendo con tanta angustia e dolor, que los -que lo veían eran puestos en dolor en así lo ver; e demandando las -armas, se armó, e volviéndose a Gandalín, le tomó entre sus brazos -llorando fuertemente; e así lo tuvo una pieza sin que hablar le -pudiese, e díjole: - ---Mi buen amigo Gandalín, yo e tú fuimos en uno e a una leche criados, -e nuestra vida siempre fué de consuno, e yo nunca fuí en afán ni en -peligro en que tú no hobieses parte; e tu padre me sacó de la mar tan -pequeña cosa como desa noche nacido; e criáronme como buen padre e -madre a fijo mucho amado; e tú, mi leal amigo, nunca pensastes sino -en me servir; e yo, esperando que Dios me daría alguna honra con que -algo de tu merescimiento satisfacer podiese, hame venido esta tan gran -desaventura, que por más cruel que la propia muerte la tengo, donde -conviene que nos partamos, e yo no tengo qué te dejar sino solamente -esta ínsola; e mando a Isanjo e a todos los otros, por el homenaje que -me tienen fecho, que tanto que de mi muerte sepan te tomen por señor; -e como quiera que este señorío tuyo sea, mando que lo gocen tu padre e -madre en sus días, e después a ti libre quede. - -Gandalín le dijo: - ---Señor, nunca vos cuita hobistes en que de vos yo fuese partido, ni -agora lo seré por ninguna cosa; e si vos morierdes, yo no quiero vivir; -que después de la vuestra muerte nunca Dios me dé honra ni señorío. - ---Cállate, por Dios --dijo Amadís--; no digas tal locura ni me fagas -pesar, pues lo nunca feciste, e cúmplase lo que yo quiero. - -_Despidióse entonces de todos, abrazándoles y diciéndoles:_ - ---A Dios vos encomiendo; que nunca pienso de jamás os ver. - -E defendiéndoles que en ninguna manera fuesen en pos dél, puso las -espuelas a su caballo sin se le acordar de tomar el yelmo ni escudo ni -lanza, e metióse muy presto por la espesa montaña, no a otra parte sino -adonde el caballo lo quería llevar, e así anduvo hasta más de la media -noche sin sentido ninguno, hasta que el caballo topó en un arroyuelo de -agua que de una fuente salía, e con la sed se fué por él arriba hasta -que llegó a beber en ella; e dando las ramas de los árboles a Amadís -en el rostro, recordó en su sentido, e miró a una e otra parte, mas no -vió sino espesas matas, e hobo gran placer, creyendo que muy apartado y -escondido estaba; e tanto que su caballo bebió apeóse dél, e atándole -a un árbol, se asentó en la yerba verde para facer su duelo; mas tanto -había llorado, que la cabeza tenía desvanecida; así que se adormeció. - - - - -CAPÍTULO CUARTO - -EL ERMITAÑO - - -_Vagó Amadís, sin tomar alimento ni descanso, por lo más escondido de -aquellas montañas, hasta que, de allí a dos días, al caer la tarde_, -entró en una gran vega que al pie de una montaña estaba, y en ella -había dos árboles altos, que estaban sobre una fuente, e fué allá por -dar agua a su caballo, que todo aquel día andoviera sin fallar agua; -e cuando a la fuente llegó vió un hombre de orden, la cabeza e barbas -blancas, e daba beber a un asno, y vestía un hábito muy pobre de lana -de cabras. Amadís le saludó, e preguntóle si era de misa; el hombre -bueno le dijo que bien había cuarenta años que lo era. - ---A Dios merced --dijo Amadís--; agora vos ruego que folguéis aquí esta -noche por el amor de Dios, e oírme heis de penitencia, que mucho lo he -menester. - ---En el nombre de Dios --dijo el buen hombre. - -Amadís se apeó e puso las armas en tierra, y desensilló el caballo y -dejólo pacer por la yerba, y él desarmóse e fincó los hinojos ante el -buen hombre, e comenzóle a besar los pies. El hombre bueno lo tomó por -la mano, e alzándolo, lo fizo sentar cabe sí, e vió cómo era el más -hermoso caballero que en su vida visto había, pero vióle descolorido, -e las faces e los pechos bañados en lágrimas que derramaba, e hobo dél -duelo e dijo: - ---Decid todos los pecados que se os acordaren. - -Amadís así lo fizo, diciéndole toda su facienda, que nada faltó. - -El hombre bueno le dijo: - ---Según vuestro entendimiento y el linaje tan alto donde venís, no os -debríades matar ni perder por ninguna cosa que vos aviniese, cuanto más -por fecho de mujeres; e vos consejo que no paréis en tal cosa mientes e -vos quitéis de tal locura, que lo fagáis por amor de Dios, a quien no -place de tales cosas. - ---Buen señor --dijo Amadís--, yo soy llegado a tal punto, que no puedo -vivir sino muy poco, e ruégoos por aquel Señor poderoso, cuya fe vos -mantenéis, que vos plega de me llevar con vos este poco de tiempo que -durare, e habré con vos consejo de mi alma; pues que ya las armas ni el -caballo no me facen menester, dejarlo he aquí, e iré con vos de pie, -faciendo aquella penitencia que me mandardes. - -Y el hombre bueno comenzó de llorar con gran pesar que dél había; así -que las lágrimas le caían por las barbas, que eran largas y blancas, e -díjole: - ---Mi fijo señor; yo moro en un lugar muy esquivo e trabajoso de vivir, -que es una ermita metida en la mar bien siete leguas, en una peña muy -alta, y es tan estrecha la peña, que ningún navío a ella se puede -llegar sino es en el tiempo del verano; e allí moro yo ha treinta años, -e quien allí morare conviénele que deje los vicios e placeres del -mundo, e mi mantenimiento es de limosnas que los de la tierra me dan. - ---Todo eso --dijo Amadís-- es a mi grado, e a mí place de pasar con vos -tal vida, esta poca que queda, e ruégovos por amor de Dios que me lo -otorguéis. - -El hombre bueno gelo otorgó, mucho contra su voluntad, e Amadís le dijo: - ---Agora me mandad, padre, lo que faga; que en todo vos seré obediente. - -El hombre bueno le dió la bendición, e luego dijo vísperas, e sacando -de una alforja pan y pescado, dijo a Amadís que comiese; mas él no lo -hacía, aunque pasaran ya tres días que no comiera; él dijo: - ---Vos habéis de estar a mi obediencia, e mándoos que comáis; si no, -vuestra alma sería en gran peligro si así moriésedes. - -Entonces comió, pero muy poco; que no podía de sí partir aquella grande -angustia en que estaba; e cuando fué hora de dormir el buen hombre se -echó sobre su manto e Amadís a sus pies, que en todo lo más de la noche -no hizo, con la gran cuita, sino revolverse e dar grandes sospiros; e -ya cansado y vencido del sueño, adormecióse. - -_A la otra mañana pusiéronse en camino, el ermitaño en su asno y Amadís -en su caballo, porque el religioso así se lo mandó._ El hombre bueno lo -iba mirando, como era tan hermoso y de tan buen talle, e la gran cuita -en que estaba, e dijo: - ---Yo vos quiero poner un nombre que será conforme a vuestra persona -e angustia en que sois puesto; que vos sois mancebo e muy fermoso; e -vuestra vida está en grande amargura y en tinieblas; quiero que hayáis -nombre Beltenebrós. - -Amadís plugo de aquel nombre, e tovo al buen hombre por entendido en -gele haber con tan gran razón puesto, e por este nombre fué él llamado -en cuanto con él vivió, y después gran tiempo; que no menos que por el -de Amadís fué loado, según las grandes cosas que hizo, como adelante se -dirá. - -Pues fablando en esto y en otras cosas, llegaron a la mar siendo noche -cerrada, e fallaron hí una barca en que habían de pasar al hombre bueno -a su ermita, y Beltenebrós dió su caballo a los marineros, y ellos le -dieron un pelote e un tabardo de gruesa lana parda, y entraron en la -barca e fuéronse contra la peña; y Beltenebrós preguntó al buen hombre -cómo llamaban aquella su morada, y él cómo había nombre. - ---La morada --dijo él-- es llamada la Peña Pobre, porque allí no puede -morar ninguno sino en gran pobreza, e mi nombre es Andalod, e fuí -clérigo asaz entendido, e pasé mi mancebía en muchas vanidades; _mas -después_ acordé de me retraer a este logar tan solo, donde ya pasan de -treinta años que nunca dél salí sino agora, que vine a un enterramiento -de una mi hermana. - -Mucho se pagaba Beltenebrós de la soledad y esquiveza de aquel lugar, y -en pensar de allí morir recebía algún descanso; así fueron navegando en -su barca fasta que a la peña llegaron. - -Así como oís fué encerrado Amadís, con nombre de Beltenebrós, en -aquella Peña Pobre, metida siete leguas en la mar, desamparando el -mundo e la honra e aquellas armas con que en tan grande alteza puesto -era, consumiendo sus días en lágrimas y en continuos lloros, no -habiendo memoria de _sus hazañas_. - -_¿Quién podría pintar ahora la desesperación de Oriana cuando supo -por su mensajero cómo había pasado Amadís bajo el Arco de los Leales -Amadores y conoció lo infundado de sus celos? ¿Quién sabría decir la -fuerza de su dolor al describirle Durín el extremado duelo que después -de leída la carta de su señora el caballero había hecho y cómo se había -marchado solo por las selvas con rumbo incierto, cercano a la muerte?_ - -_A punto de perecer estuvo también, con tales nuevas, la enamorada -princesa; no encontraban consuelo para ella sus amigas y confidentes. -Acordóse por fin que la Doncella de Denamarca partiera en busca de -Amadís, con una carta en que su señora le pedía perdón con muy -humildes palabras y le suplicaba que fuera a verla en secreto al -castillo de Miraflores, bella posesión de campo, a dos leguas de -Londres, que el rey Lisuarte había regalado a su hija Oriana y donde -ésta solía pasar algunas temporadas, con sus damas e doncellas._ - -_Los caballeros de la familia de Amadís también salieron a recorrer el -mundo en busca de su famoso pariente, pero iban pasando los meses y por -ninguna parte se encontraban huellas del desaparecido caballero. Era ya -como si hubiera muerto._ - - - - -CAPÍTULO QUINTO - -LA PEÑA POBRE - - -_La Doncella de Denamarca visitó varios países donde ninguna noticia -pudieron darle de Amadís. Regresaba a la Gran Bretaña, muy triste y -dolorida, pensando que si no aparecía Amadís era segura la muerte de su -señora, cuando fué sorprendida por una gran tormenta_ y andando por la -mar sin gobernalle, sin concierto alguno, perdido de todo punto el tino -de los mareantes, no teniendo fiucia alguna en sus vidas, en la fin una -mañana al punto del alba, al pie de la Peña Pobre, donde Beltenebrós -era, arribaron; la cual fué luego conocida de los de la nave, que -algunos dellos sabían ser allí Andalod, el santo ermitaño que en la -ermita suso su vida hacía; lo cual dijeron a la Doncella de Denamarca; -y ella, como salida de tal peligro, tornada así de muerte a vida, mandó -que suso a la peña la subiesen; porque oyendo misa de aquel hombre -bueno, pudiese a la Virgen María dar gracias de aquella merced que su -glorioso Fijo les había hecho. - -[Ilustración] - -A esta sazón Beltenebrós estaba _tan enfermo_ y era ya su salud tan -allegada al cabo, que no esperaba vivir quince días; e del mucho -llorar, junto con la su gran flaqueza, tenía el rostro muy descarnado -e negro, mucho más que si de gran dolencia agraviado fuera; así que, no -había persona que conocerlo podiese. - -_Durante la misa volvió el rostro para donde estaban los navegantes_ e -mirándolos, conoció luego a la Doncella e a Durín, e la alteración fué -tan grande, que no podiendo estar en los pies, cayó en el suelo como -si muerto fuese. Cuando el ermitaño esto vió pensó que ya estaba en el -postrimero punto de su vida, e dijo: - ---¡Oh Señor poderoso! ¿Por qué no has querido haber piedad deste que -tanto en tu servicio podiera facer? - -E las lágrimas le caían en mucha cantidad por las blancas barbas, e -dijo: - ---Buena doncella, faced a esos hombres que me ayuden a llevar este -hombre a su cámara, que entiendo que éste será el postrimero beneficio -que facer se le puede. - -Entonces Enil e Durín, con el ermitaño, lo llevaron a la casa donde -albergaba, e le posieron en una cámara asaz pobre, que por ninguno -dellos nunca fué conocido; pues la doncella oyó la misa, e queriéndose -ir a comer en tierra, que de la mar muy enojada andaba, acaso preguntó -al ermitaño qué hombre era aquel que de tan gran dolencia agraviado -era. El hombre bueno le dijo: - ---Es un caballero que aquí face penitencia. - ---Quiérole ver --dijo la doncella--, pues me decís que es caballero -e de las cosas que en la nave trayo le dejaré con que algo pueda ser -reparado. - ---Faceldo --dijo el buen hombre--; pero entiendo que su muerte, a que -tanto llegado es, vos quitará dese cuidado. - -La doncella entró sola en la cámara donde Beltenebrós estaba; el cual, -pensando qué ficiese, no se sabía determinar; que si se le ficiese -conocer, pasaba el mandamiento de su señora, e si no, si aquella que -era todo el reparo de su vida de allí se fuese, no le quedaba esperanza -ninguna. En la fin, creyendo que muy más duro para él sería enojar a -su señora que padecer la muerte, acordó de se le no facer conocer en -ninguna manera. - -Pues la doncella, llegada cerca de la cama, dijo: - ---Buen hombre, del ermitaño he sabido que sois caballero, e porque las -doncellas a todos los más caballeros somos muy más obligadas por los -grandes peligros que en nuestra defensa se ponen, acordé de os ver e -dejar aquí del bastimiento de la nao todo lo que para vuestra salud en -ella se fallare. - -Él no respondió ninguna cosa; antes estaba con grandes sollozos e -gemidos llorando. Así que la doncella pensó que el alma de las carnes -se le partía, de que hobo gran piedad; e porque en la cámara poca luz -había, abrió una lumbrera que cerrada estaba, e llegóse a la cama por -ver si era muerto, e comenzóle a mirar, y él a ella, todavía llorando -e sollozando, e así estuvo por una pieza que la doncella nunca lo -conoció, porque su pensamiento bien descuidado era de fallar en tal -parte aquel que buscaba; mas viéndole en el rostro un golpe que _ella -muy bien conocía_ fízola recordar en lo que ante ninguna sospecha -tenía, e claramente conoció ser aquel Amadís, e dijo: - ---¡Ay, santa María, val! ¿Qué es esto que veo? ¡Ay, señor, vos sois -aquel por quien mucho afán he tomado! - -E cayó de bruzas sobre el lecho, e fincando los hinojos, le besó las -manos muchas veces, e díjole: - ---Señor, aquí es menester piedad e perdón contra aquella que vos erró; -que si por su mala sospecha vos ha puesto injustamente en tal estrecho, -ella con mucha causa e razón padece la vida más amarga que la propia -muerte. - -Beltenebrós la tomó entre sus brazos e juntóla consigo, sin ninguna -cosa le poder fablar; ella dándole la carta, le dijo: - ---Esta vos envía vuestra señora, e por mí vos face saber que si -vos sois aquel Amadís que ser solía, a quien ella tanto ama, que -poniendo en olvido lo pasado, luego seáis con ella en el su castillo -de Miraflores, donde con mucho vicio serán emendados los dolores e -angustias que el sobrado amor que vos tiene han causado. - -Él tomó la carta, e después de leída, su alegría fué tan sobrada, que, -así como con la pasada tristeza, con ella desmayado fué, cayendo las -lágrimas por sus mejillas sin las sentir. - -_Embarcados en la nave de la Doncella se trasladaron a la Gran Bretaña, -sin que nadie de a bordo hubiera sospechado quién pudiera ser aquel -Beltenebrós. Después de reponer su salud durante algún tiempo en un -lugar retirado, el caballero adquirió armas y caballo, tomó un escudero -y fué a visitar a su señora en su castillo de Miraflores, dejando -sembrado su camino de las más gloriosas hazañas, que llevaban por todas -partes la fama del nuevo caballero Beltenebrós, tanto que todo el mundo -decía que, desaparecido Amadís, no había en el orbe quien pudiera -igualarse con él._ - -_Guardó rigurosamente el incógnito hasta que en una descomunal batalla -que tuvo Lisuarte con el rey Cildadán de Irlanda, al ver que flaqueaban -los ingleses, Beltenebrós, que venía realizando magníficos hechos de -armas, se metió por medio de todos gritando:_ - -_--¡Gaula, Gaula, que yo soy Amadís!_ - -_Y con su esfuerzo libertó al rey Lisuarte, que ya había caído en poder -de los enemigos._ - - - - -CAPÍTULO SEXTO - -EL CASTILLO DE ARCALAUS - - -_Con ello creció hasta el extremo la fama e influencia de Amadís en la -corte del rey Lisuarte, el cual nada hacía ya sino por mediación de su -heroico caballero. Mas entre tanto la envidia no estaba queda y algunas -caballeros de edad, que veían extinguido su influjo, supieron hacer de -modo que el rey llegara a creer que Amadís proyectaba traidoramente -apoderarse del reino para él y los suyos._ - -_Entonces Lisuarte mostró públicamente su desprecio a Amadís, el cual, -aunque muy dolorido de separarse de Oriana, oído el consejo que ésta le -dió diciéndole que su honor era antes que todo, retiróse a la Ínsola -Firme, con un cortejo como de rey, formado por todos los caballeros -de su familia y gran número de amigos, con lo que apenas le quedaron -caballeros de valía, en su corte, al rey Lisuarte._ - -_Poco después, suscitados por Arcalaus el Encantador, que no perdonaba -ocasión de mover guerra al rey de la Gran Bretaña, tomaron contra él -las armas seis poderosos reyes dirigidos por el rey Arábigo. Nunca se -había visto Lisuarte en peligro semejante y era más que probable que -no pudiera resistir a enemigos tan fuertes, privado del apoyo de los -caballeros de Amadís._ - -_A tal sazón, estaba éste en Gaula con Perión, su padre, y su hermano -don Florestán. Amadís había prometido a su dama que nunca haría armas -contra el rey Lisuarte y estaba muy triste por no poder tomar parte -en aquella guerra descomunal. Tratando de ello, llegaron a acordar el -padre y los dos hijos, que aunque eran muchas las ofensas que del rey -de la Gran Bretaña habían recibido, irían secretamente y disfrazados -a prestarle auxilio. Fueron así, en efecto, con armas que les envió -Urganda la Desconocida, cuyos escudos estaban adornados con sierpes de -oro. Y la armadura de Amadís había un yelmo dorado. Pasaron a la Gran -Bretaña, llegaron al campo de batalla; con el esfuerzo de sus brazos -decidieron ésta en favor de Lisuarte cuando el rey la tenía ya perdida, -y antes de que el socorrido monarca pudiera buscar a sus favorecedores, -supieron ocultarse en un bosque, protegidos por el manto de la noche._ - -Algunos días folgaron en aquella floresta el rey Perión e sus fijos, -_y yendo en busca de la nave que había de volverlos a Gaula_, fallaron -cabe una fuente una doncella, que a su palafrén a beber daba, vestida -ricamente, y encima una capa de escarlata, que con hebillas e ojales -de oro se abrochaba, y dos escuderos y dos doncellas con ella, que -le traían falcones e canes, con que cazaba; e como ella los vió, -conociólos luego en las armas de las sierpes, e fué, faciendo grande -alegría, contra ellos; e como llegó, saluólos con mucha homildad, -faciendo señas que era muda. Ellos la saluaron, y parecióles muy -fermosa, e hobieron mancilla que fuese muda. Ella se llegaba al del -yelmo dorado, e abrazábalo y queríale besar las manos; e cuando así -una pieza estovo, convidábalos por señas que fuesen aquella noche sus -huéspedes en un su castillo, mas ellos no le entendían. Ella fizo -seña a sus escuderos que gelo declarasen, e así lo ficieron. Ellos, -viendo aquella buena voluntad y que era ya muy tarde, fuéronse con -ella a salva fe, y no andovieron mucho, que llegaron a un fermoso -castillo, teniendo a la doncella por muy rica, pues que dél era señora; -y entrando en él, fallaron gentes que los recibieron homildosamente, y -otras dueñas y doncellas, que todas acataban a la muda como a señora; -luego les tomaron los caballos, e subieron a ellos a una rica cámara, -que sería veinte codos en alto de la tierra, e faciéndolos desarmar, -les trajeron ricos mantos que cobriesen; y desque hobieron hablado con -la muda y con las otras doncellas, trajéronles de cenar e fueron muy -bien servidos, y ellas se fueron a sus aposentamientos; mas no tardó -mucho que luego volvieron con muchas candelas e instrumentos acordados -para les dar placer, e cuando fué tiempo de dormir dejáronlos e -fuéronse. En aquella cámara había tres camas muy ricas, que la doncella -muda mandara hacer, e posiéronles sus armas cabe cada cama. Ellos se -acostaron e dormieron asosegadamente, como aquellos que trabajados -e fatigados andaban, e aunque sus espíritus reposaban, no lo hacían -sus vidas, según en el peligroso lazo en que metidos eran, que con -mucha causa se puede comparar a las cosas deste mundo; que sabed que -aquella cámara era fecha por una muy engañosa arte, que toda ella se -sostenía sobre un estello de fierro hecho como husillo de lagar, -cerrado en otro de madera que en medio de la cámara estaba, e podíase -abajar e alzar por debajo, trayendo una palanca de hierro al derredor; -que la cámara no llegaba a pared ninguna; así que, cuando a la mañana -despertaron, falláronse en hondón otros veinte codos que en alto -estaban cuando en ella entraron. - -Los tres caballeros, cuando fueron despiertos e no vieron señal ninguna -de claridad, y sentían cómo la gente del castillo sobre ellos andaba, -mucho se maravillaron, y levantáronse de los lechos, e buscando a -tiento la puerta y las finiestras, falláronlas; pero metiendo las manos -por ellas, topaban en el muro del castillo; así que luego conocieron -que eran traídos a engaño. Estando con gran pesar de se ver en tal -peligro, pareció suso a una finiestra de la cámara un caballero grande -y membrudo, y el rostro había medroso, y en la barba e cabeza más -cabellos blancos que negros, y vestía paños de duelo, e dijo a una voz -alta: - ---¿Quién yace allá dentro, que mal seáis albergados? Que, según el gran -pesar que me habéis fecho, así fallaréis la mesura y merced, que serán -muy crueles e amargas muertes, e aun con esto no seré vengado, según -lo que de vos recebí en la batalla del falso rey Lisuarte. Sabed que -yo soy Arcalaus el Encantador; si me nunca vistes, agora me conoced; -que nunca ninguno me hizo pesar que dél no me vengase, si no es de uno -solo, que aun yo cuido tener donde vos estáis. - -E la doncella que cabe él estaba dijo: - ---Buen tío, aquel mancebo que allí está es el que traía el yelmo dorado. - -Y tendió la mano contra Amadís. Cuando ellos esto vieron, que aquel era -Arcalaus, fueron en gran pavor de muerte, e por extraña cosa tovieron -ver fablar a la doncella muda que los allí trajera. - -Arcalaus les dijo: - ---Caballeros, yo vos haré ante mí tajar las cabezas, y enviarlas he al -rey Arábigo, en alguna emienda de lo que le deservistes. - -E tiróse de la finiestra, e mandóla cerrar, e quedó la cámara tan -escura, que no se veían unos a otros. - -Así como oís pasaron aquel día sin comer e sin beber, y desque Arcalaus -cenó e pasó ya parte de la noche, vínose a la finiestra donde ellos -estaban, con dos hachas encendidas, e _la sobrina_, e mandóla abrir, e -dijo: - ---Vos, caballeros que allá yacéis, cuido que comeríades, si toviésedes -qué. - ---De grado --dijo don Florestán--, si nos lo mandásedes dar. - -Él dijo: - ---Si en voluntad lo tengo, Dios me la quite; pero porque del todo -no quedéis desconsolados, en emienda de la comida os quiero decir -unas nuevas. Sabed cómo agora, después que fué noche, vinieron a la -puerta del castillo dos escuderos e un enano, que preguntaban por los -caballeros de las armas de las sierpes, e mandélos prender y echar en -una prisión que ende debajo tenéis. Destos sabré mañana quién sois, o -los haré cortar miembro a miembro. - -Sabed que esto que Arcalaus les dijo era así verdad; que los de la -galea, viendo que tardaban y tenían el tiempo enderezado para navegar, -acordaron que los buscasen Gandalín y el Enano e Orfeo, el repostero -del Rey, e a éstos tenían en la prisión, como es dicho. Mucho les pesó -al Rey e a sus hijos destas nuevas, porque muy peligrosas eran. Dinarda -dijo: - ---Tío, sostenedles la vida, porque con ella mayor pena sostengan. - ---Pues que así os parece, sobrina --dijo él--, yo lo faré. - -E díjoles entonces: - ---Caballeros, decidme en vuestra fe cuál vos aqueja más, la hambre o la -sed. - ---Pues que hemos de decir verdad --dijeron ellos--, aunque el comer era -más conveniente primero, la sed nos aqueja mucho. - -Entonces dijo Arcalaus a una doncella: - ---Sobrina, echadles una empanada de tocino, porque no digan que no -acorro a su menester. - -Y fuése de allí, e todos los otros. - -Aquella doncella vió a Amadís tan apuesto, e sabiendo las grandes -caballerías que en la batalla hiciera, era mucho movida a piedad dél e -de los otros; e luego puso en un cesto un barril de agua e otro de vino -e la empanada, e colgándolo por una cuerda, gelo dió, diciendo: - ---Tomad esto y tenedme poridad; que si yo puedo, no lo pasaréis mal. - -Amadís gelo gradeció mucho, y ella se fué. Con aquello cenaron, e -acostáronse en sus camas, e mandaron a sus escuderos, que allí con -ellos estaban, que toviesen las armas en tal parte donde las fallasen; -que si de hambre no morían, de otra manera ellos venderían bien sus -vidas. - -Gandalín e Orfeo y el Enano fueron metidos en la prisión que era deyuso -de aquel sobrado donde sus señores estaban, e hallaron hi una dueña e -dos caballeros; el uno, que era su marido e ya de días, y el otro su -fijo, asaz mancebo; e había un año que allí estaban, e fablando unos -con otros, dijo Gandalín cómo viniendo en busca de los tres caballeros -de las armas de las sierpes, los habían prendido. - ---¡Santa María! --dijo el caballero--; sabed que esos que decís fueron -en este castillo muy bien recebidos, y estando dormiendo entraron -aquí cuatro hombres, e trayendo a derredor esta palanca de hierro que -aquí veis, bajaron con ella este sobrado; así que, han recebido gran -traición. - -Gandalín, que muy avisado era, entendió luego que su señor e los otros -estaban allí, y el peligro grande de muerte en que estaban, e dijo: - ---Pues que así es, trabajemos nos de lo subir suso; si no, ellos ni -nosotros nunca saldremos de aquí; e creed que si ellos se salvan, que -nosotros seremos libres. - -Entonces el caballero e su fijo de una parte, e Gandalín e Orfeo de -la otra, comenezaron a rodear la palanca; así que, el sobrado comenzó -luego a subir, y el rey Perión, que no dormía sosegado, más con cuita -de sus fijos que de sí, sintiólo luego y despertólos, e díjoles: - ---¿Veis cómo el sobrado se alza, no sé por cuál razón? - -Amadís dijo: - ---Sea por cualquiera, que morir como caballeros o como ladrones gran -diferencia es. - -E luego saltaron de los lechos, e ficieron a sus escuderos que los -armasen, y esperaron qué sería aquello; mas el sobrado fué alzado, -a gran afán de los que lo sobían, tanto como era menester; y el rey -Perión e sus fijos, que a la puerta estaban, vieron por entre las -tablas la claridad, e conocieron que por allí habían entrado; e -trabaron della todos tres tan fuerte, que la derribaron e salieron -al muro, donde eran los veladores, con tan gran coraje e braveza, -que maravilla era, e comenzaron a matar e derribar del muro cuanto -fallaban, e decir: - ---¡Gaula, Gaula; que nuestro es el castillo! - -Arcalaus, que le oyó, fué muy espantado, e cuidando que traición era de -alguno de los suyos, que allí había traído sus enemigos, fuyó desnudo a -una torre e subió consigo el escalera, que andadiza era; e no se temía -de los presos, que aquellos a buen recaudo, a su parecer, estaban; -e asomándose a una finiestra, vió a los de las armas de las sierpes -andar por el castillo a gran priesa, e aunque los conoció, no osó salir -ni bajar a ellos; mas daba voces, diciendo a los suyos que les no -temiesen, que no eran más de tres hombres. Algunos de los suyos, que -abajo posaban, comenzáronse a armar; mas los tres caballeros, que ya el -muro habían de los veladores delibrado, bajaron luego a ellos, que los -oyeron, y en poca de hora los pararon tales, así muertos como heridos, -que ninguno pareció ante ellos. - -Los que estaban en la cárcel, que oyeron lo que se hacía, dieron voces -que los acorriesen. Amadís conoció la voz de su enano, que éste y -la dueña habían más temor; e fueron luego para los sacar, e así lo -ficieron, que a gran fuerza quebrantaron las armellas e abrieron la -puerta, por donde salieron, e buscando por las casas bajas que al -corral salían, hallaron los caballos suyos e de sus señores e otros de -Arcalaus, que dieron al caballero e a su hijo, e un palafrén de _la -sobrina_ para la dueña, e sacáronlos todos fuera del castillo, e cuando -fueron a caballo mandó el Rey poner fuego a las casas que dentro eran, -e comenzó a arder tan bravamente, que todo parecía una llama; el fuego -era grande, que daba en la torre. - -Entonces se fueron por el camino que allí vinieran a la galea, e -subiendo una sierra, vieron las grandes llamas del castillo e las voces -de la gente, de manera que hobieron placer; así andovieron fasta ser en -el monte alto. Entonces esclareció el día, e vieron ayuso en la ribera -la su galea, e fueron para allá, entraron dentro, _y alzando las velas -hicieron rumbo a Gaula_. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -LIBRO TERCERO - -EL CABALLERO DE LA VERDE ESPADA - -CAPÍTULO PRIMERO - -LA MUERTE DEL ENDRIAGO - - -_Durante los años siguientes, Amadís, que por su enojo con el rey -Lisuarte no podía volver a la corte de la Gran Bretaña y estaba -privado de ver a su amada Oriana, con el nombre del Caballero de la -Verde Espada --por una que a gran honra suya había ganado-- anduvo por -Alemania, Bohemia y Romania, corriendo siempre los más bravos peligros -y realizando descomunales hazañas, tanto que por todas aquellas tierras -no había caballero más famoso que el de la Verde Espada._ - -_Ganó entonces la amistad de un sabio médico, el maestro Elisabat, que -desde entonces lo acompañó siempre en sus viajes y más de una vez salvó -su vida y las de sus amigos con sus profundos conocimientos en el arte -de curar heridas._ - -[Ilustración] - -_Embarcóse para pasar a la corte del Emperador de Constantinopla, y -yendo por la mar navegando_ con muy buen viento, súbitamente tornando -al contrario, como muchas veces acaece, fué la mar tan embravecida, tan -fuera de compás, que ni la fuerza de la fusta, que grande era, ni la -sabiduría de los mareantes no pudieron tanto resistir, que muchas veces -en peligro de ser anegada no fuese; las lluvias eran tan espesas e los -vientos tan apoderados y el cielo tan escuro, que en gran desesperación -estaban de ser las vidas remediadas. Así andovieron ocho días, sin -saber ni atinar a cuál parte de la mar andoviesen, sin que la tormenta -un punto ni momento cesase; en cabo de los cuales, con la gran fuerza -de los vientos, una noche, antes que amaneciese, la fusta a la tierra -llegada fué tan reciamente, que por ninguna guisa la podían despegar; -esto dió gran consuelo a todos, como si de muerte a la vida tornados -fueran; mas _después_ reconociendo los marineros en la parte que -estaban, sabiendo ser allí la ínsola que del Diablo se llamaba, donde -una bestia fiera toda la había despoblado, en dobladas angustias y -dolores sus ánimos fueron, teniéndolo en muy mayor grado de peligro que -el que en la mar esperaban. - -_Los marineros, llenos de espanto, agotaban en vano sus fuerzas -luchando por apartar de allí a la nave, y el maestro Elisabat, en -tanto, describíale a Amadís cómo era la espantable criatura, hija de -horrendo pecado, que señoreaba la isla._ Tenía el cuerpo y el rostro -cubierto de pelo, y encima había conchas, sobrepuestas unas sobre -otras, tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, e las piernas -e pies eran muy gruesos y recios, y encima de los hombros había alas -tan grandes, que fasta los pies le cobrían, e no de péñolas, mas de un -cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte, que ninguna -arma las podía empecer, con las cuales se cobría como lo ficiese un -hombre con un escudo; y debajo dellas le salían brazos muy fuertes, -así como de león, todos cobiertos de conchas más menudas que las del -cuerpo, e las manos había de hechura de águila, con cinco dedos, e las -uñas tan fuertes e tan grandes, que en el mundo non podía ser cosa tan -fuerte que entre ellas entrase, que luego no fuese desfecha. Dientes -tenía dos en cada una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de -la boca un codo le salían, e los ojos grandes y redondos, muy bermejos, -como brasas; así que, de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos, e -todas las gentes huían dél. Saltaba e corría tan ligiero, que no había -venado que por pies se le podiese escapar; comía y bebía pocas veces, -e algunos tiempos ningunas, que no sentía en ello pena ninguna; toda -su holganza era matar hombres e las otras animalías vivas, e cuando -fallaba leones e osos, que algo se le defendían, tornaba muy sañudo, -y echaba por sus narices un humo tan espantable, que semejaba llamas -de fuego, e daba unas voces roncas, espantosas de oír; así que todas -las cosas vivas huían ant’él como ante la muerte; olía tan mal, que no -había cosa que no emponzoñase. Era tan espantoso cuando sacudía las -conchas unas con otras, e facía crujir los dientes e las alas, que no -parecía sino que la tierra facía estremecer. - ---Tal es esta animalía, Endriago llamado, como os digo --dijo el -maestro Elisabat--. Esto es lo que yo sé desta mala y endiablada bestia. - -El Caballero de la Verde Espada dijo: - ---Maestro, grandes cosas me habéis dicho, e mucho sofre Dios nuestro -Señor a aquellos que le desirven; pero, al fin, si se no enmiendan, -dales pena tan crecida como ha sido su maldad; e agora os ruego, -maestro, que digáis de mañana misa, porque yo quiero ver a esta ínsola, -e si Él me aderezare, tornarla a su santo servicio. - -Aquella noche pasaron con gran espanto, así de la mar, que muy brava -era, como del miedo que del Endriago tenían, pensando que saldría -a ellos de un castillo que allí cerca tenía, donde muchas veces -albergaba; y el alba del día venida, el maestro cantó misa, y el -Caballero de la Verde Espada la oyó con mucha homildad, rogando a Dios -le ayudase en aquel peligro que por su servicio se quería poner; e si -su voluntad era que su muerte allí fuese venida, Él por la su piedad -le hobiese merced al alma. E luego se armó e fizo sacar su caballo en -tierra, e Gandalín con él, e dijo a los de la nao: - ---Amigos, yo buscaré esta bestia por estas montañas, e si della escapo, -_tocará la bocina Gandalín y_ tornarme he a vosotros; e si no, haced lo -que mejor vierdes. - -Cuando esto oyeron ellos, fueron muy espantados, más que de ante eran; -porque aun allí dentro en la mar todos sus ánimos no bastaban para -sofrir el miedo del Endriago, e por más afrenta y peligro que la -braveza grande de la mar le tenían. - -Entonces se partió el Caballero de la Verde Espada dellos, quedando -todos llorando, y _él iba_ con aquel esfuerzo y semblante que su bravo -corazón le otorgaba, et Gandalín en pos dél, llorando fuertemente, -creyendo que los días de su señor con la fin de aquel día la habrían -ellos. El Caballero volvió a él, e díjole riendo: - ---Mi buen hermano, no tengas tan poca esperanza en la misericordia de -Dios ni en la vista de mi señora Oriana, que así te desesperes; que -no solamente tengo delante mí la su sabrosa membranza, más su propria -persona, e mis ojos la veen, y me está diciendo que la defienda yo -desta bestia mala. Pues ¿qué piensas tú, mi verdadero amigo, que debo -yo hacer? ¿No sabes que en la su vida e muerte está la mía? ¿Consejarme -has tú que la deje matar y que ante mis ojos muera? No plega a Dios que -tal pensases; e si tú no la vees, yo la veo, que delante mí está, pues -si su sola membranza me hizo pasar a mí gran honra las cosas que tú -sabes, ¿qué tanto más debe poder su propia presencia? - -E diciendo esto, crescióle tanto el esfuerzo, que muy tarde se le facía -en no fallar el Endriago; y entrando en un valle de brava montaña y -peñas de muchas concavidades, dijo: - ---Da voces, Gandalín, porque por ellas podrá ser que el Endriago a -nosotros acudirá; et ruégote mucho que si aquí moriere, procures de -llevar a mi señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi -corazón; e dile que gelo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo -ajeno llevaba comigo. - -Cuando Gandalín esto oyó, no solamente dió voces, mas mesando sus -cabellos, llorando, dió grandes gritos, deseando su muerte antes que -ver la de aquel su señor, que tanto amaba, et no tardó mucho que vieron -salir de entre las peñas el Endriago muy más bravo e fuerte que lo -nunca fué. Venía tan sañudo, echando por la boca humo mezclado con -llamas de fuego, e firiendo los dientes unos con otros, faciendo gran -espuma e faciendo crujir las conchas e las alas tan fuertemente, que -gran espanto era de lo ver. Así hobo el Caballero de la Verde Espada, -especialmente oyendo los silbos e las espantosas voces roncas que -daba; e como quiera que por palabra gelo señalaran, en comparación de -la vista era tanto como nada; e cuando el Endriago los vió comenzó a -dar grandes saltos e voces, como aquel que mucho tiempo pasara sin que -hombre ninguno viera, e luego se vino contra ellos. Cuando los caballos -del de la Verde Espada y de Gandalín lo vieron, comenzaron a fuir tan -espantados, que apenas los podían tener, dando muy grandes bufidos. E -cuando el de la Verde Espada vió que a caballo a él no se podía llegar, -descendió muy presto e dijo a Gandalín: - ---Hermano, tente afuera en ese caballo, porque ambos no nos perdamos, -et mira la ventura que Dios me querrá dar contra este diablo tan -espantable, e ruégale que por la su piedad me guíe cómo le quite yo -de aquí, y sea esta tierra tornada al su servicio; e si aquí tengo de -morir, que me haya merced del ánima, y en lo otro faz como te dije. - -Gandalín no le podo responder; tan reciamente lloraba, porque su muerte -veía tan cierta, si Dios milagrosamente no lo escapase. El Caballero -de la Verde Espada tomó su lanza e cubrióse de su escudo como hombre -que ya la muerte tenía tragada, perdido todo su pavor, e lo más que -podo se fué contra el Endriago así a pie como estaba. El diablo, como -lo vido, vino luego para él, y echó un fuego por la boca con un humo -tan negro, que apenas se podían ver el uno al otro, y el de la Verde -Espada se metió por el fumo adelante, y llegando cerca dél, le encontró -con la lanza por muy gran dicha en el un ojo, así que gelo quebró; y -el Endriago echó las uñas en la lanza e tomóla con la boca e hízola -pedazos, quedando el fierro con un poco del asta metido por la lengua -e por las agallas; que tan recio vino, que él mesmo se metió por ella; -e dió un salto por lo tomar, mas con el desatiento del ojo quebrado no -pudo, e porque el caballero se guardó con gran esfuerzo e viveza de -corazón, así como aquel que se vía en la misma muerte, et puso mano a -la su muy buena espada, e fué a él que estaba como desatentado, así -del ojo como de la mucha sangre que de la boca le salía, e con los -grandes resoplidos y resollidos que daba, todo lo más de ella se le -entraba por la garganta, de manera que cuasi el aliento le quitara, -e no podía cerrar la boca ni morder con ella; y llegó a él por el un -costado, e dióle tan gran golpe por cima del concás, que le no pareció -sino que diera en una peña dura, e ninguna cosa le cortó. - -Como el Endriago le vido tan cerca de sí, pensóle de tomar entre sus -uñas, e no le alcanzó sino en el escudo, e levógelo tan recio que le -fizo dar de manos en tierra; y en tanto que el diablo lo despedazó -todo con sus muy fuertes e duras uñas, hobo el Caballero de la Verde -Espada logar de levantarse, e como sin escudo se vió, e la espada no -cortaba ninguna cosa, bien entendió que su fecho no era nada, si Dios -no le enderezase a que el otro ojo le pudiese quebrar; que por otra -ninguna parte no aprovechaba nada trabajar de lo ferir, e con saña, -pospuesto todo temor, fuése para el Endriago, que muy fallecido e flaco -estaba de la mucha sangre que perdía del ojo quebrado; e como las cosas -pasadas de su propria servidumbre se caen y perecen, e ya enojado -nuestro Señor que el enemigo malo hobiese tenido tanto poder y fecho -tanto mal en aquellos que, aunque pecadores, en su santa fe católica -creían, quiso darle el esfuerzo e gracia especial, que sin ella ninguno -fuera poderoso de acometer ni osar esperar tan gran peligro, a este -caballero, para que sobre toda orden de natura diese fin a aquel que -a muchos lo había dado; y pensando acertarle en el otro ojo con la -espada, quísole Dios guiar a que gela metió por una de las ventanas de -las narices, que muy anchas las tenía, e con la gran fuerza que puso -e la que el Endriago traía, el espada caló tanto, que le llegó a los -sesos; mas el Endriago, como le vido tan cerca, abrazóse con él, e -con las sus muy fuertes e agudas uñas rompióle todas las armas de las -espaldas e la carne e los huesos fasta las entrañas; e como él estaba -ahogado de la mucha sangre que bebía, e con el golpe de la espada que a -los sesos le pasó, e sobre todo, la sentencia que de Dios sobre él era -dada, e no se podía revocar, no se podiendo ya tener, abrió los brazos -e cayó a la una parte como muerto sin ningún sentido. El caballero, -como así lo vió, tiró por la espada y metiógela por la boca cuanto más -pudo, tantas veces, que lo acabó de matar; pero quiero que sepáis que -antes que el alma le saliese, salió de su boca el diablo e fué por el -aire con muy gran tronido; así que los que estaban en _la nave_ lo -oyeron como si cabe ellos fuera, de lo cual hobieron gran espanto. - -Pues como el Endriago fué muerto, el Caballero se quitó afuera, e -yéndose para Gandalín, que ya contra él venía, no se pudo tener, e -cayó amortecido cabe un arroyo de agua que por allí pasaba. Gandalín, -como llegó y le vió tan espantables heridas, cuidó que era muerto, y -dejándose caer del caballo, comenzó a dar muy grandes voces, mesándose. -_Mas después_ cabalgó muy presto en su caballo, e subiéndose en un -otero, tocó la bocina lo más recio que pudo, en señal que el Endriago -era muerto. Ardian el enano oyólo, e dió muy grandes voces al maestro -Elisabat que acorriese a su señor, que el Endriago era muerto. Y él, -como estaba apercebido, cabalgó con todo el aparejo que menester era, -e fué lo más presto que podo por el derecho que el enano le señaló; e -no andovo mucho que vió a Gandalín encima del otero, el cual, como el -maestro vió, vino corriendo contra él e dijo: - ---¡Ay, señor!; por Dios e por merced acorred a mi señor, que mucho es -menester; que el Endriago es muerto. - -El maestro, cuando esto oyó, hobo gran placer con aquellas buenas -nuevas que Gandalín decía, no sabiendo el daño del Caballero, e aguijó -cuanto más podo, e Gandalín le guiaba, fasta que llegaron donde el -Caballero de la Verde Espada estaba, e halláronlo muy desacordado, sin -ningún sentido. - -El maestro Elisabat quitó luego su manto, e tendiólo en el suelo, e -tomáronlo él e Gandalín, e puniéndolo encima, le desarmaron lo más -quedo que podieron; e cuando el maestro le vió las llagas, aunque él -era uno de los mejores del mundo de aquel menester, e había visto -muchas e grandes heridas, mucho fué espantado y desafuciado de su -vida; mas como aquel que lo amaba y tenía por el mejor caballero del -mundo, pensó de poner todo su trabajo por le guarecer, e catándole las -heridas, vió que todo el daño estaba en la carne e en los huesos, y -que no le tocara en las entrañas. Tomó mayor esperanza de lo sanar, e -concertóle los huesos e las costillas, e cosióle la carne, e púsole -tales melecinas, e ligóle tan bien todo el cuerpo al derredor, que le -fizo restañar la sangre y el aliento que por allí salía, e luego le -vino al Caballero mayor acuerdo y esfuerzo, de guisa que podo hablar, e -abriendo los ojos, dijo: - ---¡Oh Señor Dios todopoderoso, que por tu gran piedad quesiste venir en -el mundo e tomaste carne humana en la Virgen María, pídote, Señor, como -uno de los más pecadores, que hayas merced de mi ánima, que el cuerpo -condenado es a la tierra! - -_Con grandes cuidados, lleváronlo a un castillo desmantelado que en la -isla había, donde, gracias a la ciencia del maestro Elisabat, recobró -la salud en no mucho tiempo._ - - - - -CAPÍTULO SEGUNDO - -LAS CORONAS DE LA INFANTA - - -_Aún estaba enfermo Amadís en la Isla del Diablo, cuando el maestro -Elisabat escribió al Emperador de Constantinopla, cuya era la Isla, -diciéndole cómo el Caballero de la Verde Espada había muerto el -Endriago y librado a la isla de su terrible morador. El Emperador y -toda su corte fueron asombrados de que semejante hazaña hubiera podido -ser acometida por caballero alguno y el Emperador mandó a un sobrino -suyo, llamado Gastiles, que con grande acompañamiento fuera a la Isla -del Diablo y trajera a la Corte a aquel heroico Caballero._ - -_Cumplió Gastiles lo que había mandado, y así, cuando el Caballero de -la Verde Espada pudo embarcarse, curado ya de sus heridas, hicieron -rumbo a Constantinopla, donde_ en poco espacio de tiempo fueron -aportados debajo de los palacios del Emperador. La gente salió a las -finiestras por ver el Caballero de la Verde Espada, que lo mucho -deseaban ver; y el Emperador les mandó llevar unas bestias en que -cabalgasen. - -A la hora estaba ya el Caballero de la Verde Espada mucho más mejorado -en su salud y hermosura, vestido de unos muy hermosos e ricos paños. - -Pues salidos de la mar, cabalgando en aquellos ricos e ataviados -palafrenes que les trajeran, se fueron al Emperador, que ya contra -ellos venía, muy acompañado de grandes hombres e muy ricamente -ataviados. E apartándose todos, llegó el Caballero de la Verde Espada e -quísose apear para le besar las manos; mas el Emperador cuando esto vió -no gelo consintió, antes se fué para él e lo tovo abrazado, mostrándole -muy gran amor, que así lo tenía con él, e dijo: - ---Por Dios, Caballero de la Verde Espada, mi buen amigo, como quiera -que Dios me haya fecho tan grande hombre y venga del linaje de aquellos -que este señorío tan grande tovieron, más merecéis vos la honra que -la yo merezco; que vos la ganastes por vuestro gran esfuerzo, pasando -tan grandes peligros cual nunca otro pasó, e yo tengo la que me vino -dormiendo e sin merecimiento mío. - -El Caballero del Enano le dijo: - ---Señor, a las cosas que tienen medida puede hombre satisfacer; pero no -a esta, que por su gran virtud en tanto loor me ha puesto; e por esto, -señor, quedará para que esta mi persona hasta la muerte le sirva en -aquellas cosas que me mandare. - -Y así fablando se tornó el Emperador con él a sus palacios, y el de -la Verde Espada iba mirando aquella gran ciudad, e las cosas extrañas -e maravillosas que en ella vía, e tantas gentes que lo salían a ver, -e daba en su corazón con grande homildad muchas gracias a Dios porque -en tal logar le guiara donde tanta honra del mayor hombre de los -cristianos recebía; e todo cuanto en las otras partes viera le parecía -nada en comparación de aquello; pero mucho más maravillado fué cuando -entró en el gran palacio, que allí le pareció ser junta toda la riqueza -del mundo. Había allí un aposentamiento donde el Emperador mandaba -aposentar los grandes señores que a él venían, que era el más hermoso -e deleitoso que en el mundo se podía hallar, así de ricas casas como -de fuentes de agua e árboles muy extraños. E allí mandó quedar al -Caballero de la Verde Espada e al maestro Elisabat, que lo curase, e a -Gastiles que le ficiese compañía; y dejándolo reposar, se fué con sus -hombres buenos donde él posaba. Toda la gente de la ciudad, que viera -al Caballero de la Verde Espada, fablaban mucho en su gran hermosura, -e mucho más en el grande esfuerzo suyo, que era mayor que de caballero -otro ninguno; e si él se había maravillado de ver tal ciudad como -aquella e tanto número de gente, mucho más lo eran ellos en lo ver a él -solo; así que de todos era loado e honrado más que lo nunca fué rey ni -grande ni caballero que allí de tierras extrañas viniesen. - -Otro día de mañana levantóse el Caballero de la Verde Espada, e -vistióse de sus paños lozanos e hermosos, según él vestir los solía, -y Gastiles con él, y el maestro Elisabat, e fueron todos de consuno -juntos a oír misa con el Emperador a su capilla, donde los atendía, -e luego se fueron a ver a la Emperatriz; pero antes que a ella -llegasen fallaron en comedio muchas dueñas e doncellas muy ricamente -ataviadas de ricos paños, que les facían logar por do pasasen e buen -recebimiento. La casa era tan rica e tan bien guarnida, que si la rica -cámara defendida de la Ínsola Firme no, otra tal nunca el Caballero de -la Verde Espada viera, e los ojos le cansaban de mirar tantas mujeres e -tan hermosas, e las cosas extrañas que vía, e llegando a la Emperatriz, -que en su estrado estaba, fincó los hinojos ante ella con mucha -humildad e dijo: - ---Señora, mucho gradezco a Dios en me traer donde viese a vos e a -vuestra grande alteza, y el valor que sobre las otras señoras tiene que -en el mundo son, e la vuestra casa acompañada e ornada de tantas dueñas -e doncellas de tan gran guisa. A Él le plega, por la su merced, de me -llegar a tiempo que algo destas grandes mercedes le pueda servir. - -La Emperatriz le tomó por las manos e díjole que no estoviese así de -hinojos, e fízole sentar cerca de sí, y estovo con él fablando una gran -pieza en aquellas cosas que tan alta señora con caballero extraño que -no conocía debía hablar; y él respondiendo con tanto tiento e tanta -gracia, que la Emperatriz, que muy cuerda era e lo miraba, decía entre -sí que no podía ser su esfuerzo tan grande que a su mesura e discreción -sobrepujar podiese. - -El Emperador estaba a esta sazón en su silla sentado, hablando e -riendo con las dueñas e doncellas. E díjoles en voz alta, que todas lo -oyeron: - ---Honradas dueñas e doncellas, vedes aquí el Caballero de la Verde -Espada, vuestro leal sirviente; honralde e amalde, que así lo hace él a -todas vosotras cuantas sois en el mundo; que poniéndose a muy grandes -peligros por vos hacer alcanzar derecho, muchas veces es llegado al -punto de la muerte, según que dél he oído a aquellos que sus grandes -cosas saben. - -El Emperador hizo levantar dos infantas, que eran hijas del rey de -Hungría, e díjoles: - ---Id por mi hija Leonorina, e no vengan con ella sino vos ambas. - -Ellas así lo ficieron, e a poco rato vinieron con ella, trayéndola -entre sí por los brazos, e como quiera que ella viniese muy bien -guarnida, todo parecía nada ante lo natural de su gran fermosura, que -no había hombre en el mundo que la viese que se no maravillase e no -alegrase en la mirar. Ella era niña, que no pasaba de nueve años, e -llegando donde su madre la Emperatriz estaba, besóle las manos con -homil reverencia, e sentóse en el estrado más bajo que ella estaba. El -Caballero de la Verde Espada la miraba muy de grado, maravillándose -mucho de su gran fermosura, que le parecía ser más fermosa de las que -él visto había por las partes donde andado había, e membróse aquella -hora de la muy fermosa Oriana, su señora, que más que a sí amaba, e -del tiempo en que la él comenzó a amar, que sería de aquella edad, e -de cómo el amor que entonces con ella posiera siempre había crescido, -e no menguado. Tanto fué encendido en esta membranza, que, como fuera -de sentido, le vinieron las lágrimas a los ojos; así que todos le -vieron llorar, que por su gran bondad todos en él paraban mientes; mas -él, tornando en sí, habiendo gran vergüenza, alimpió los ojos e fizo -buen semblante. Mas el Emperador, que más cerca estaba, que así lo vió -llorar, creyó que lo no haría sin algún gran misterio. Gastiles, que -cabe él estaba, dijo: - ---¿Qué será, que tal hombre como este en tal parte así llorase? - ---Yo no se lo preguntaría --dijo el Emperador--, mas creo que fuerza de -amor gelo hizo hacer. - ---Pues, señor, si lo saber queréis, no hay quien lo sepa sino el -maestro Elisabat, en quien mucho se fía, e fabla mucho con él -apartadamente. - -Entonces lo mandó llamar, e hízolo sentar ante sí, e le dijo: - ---Maestro, quiero que me digáis una verdad, si la sabéis. ¿Por qué -lloró agora el Caballero de la Verde Espada? Decídmelo, que de lo ver -estoy espantado; que si alguna necesidad tiene en que haya menester mi -ayuda, yo gela haré tan entera de que él será bien contento. - -Cuando esto oyó el maestro, dijo: - ---Señor, eso no lo sabría decir, porque es el hombre del mundo que -mejor encobre aquello que él quiere que sabido no sea; pero yo le veo -llorar e cuidar tan fieramente, que no parece en él haber sentido -alguno, e sospira con tan gran ansia como si el corazón en el cuerpo se -le quebrase. E ciertamente, señor, en cuanto yo cuido, es gran fuerza -de amor que le atormenta, teniendo soledad de aquella que ama; que si -otra dolencia fuese, ante a mí que a otro ninguno soy cierto que se -descobriría. - ---Ciertamente --dijo el Emperador--, así lo cuido yo como lo decís, -e si él ama a alguna mujer, a Dios ploguiese que acertase ser en mi -señorío, que tanto haber y estado le daría yo, que no hay rey ni -príncipe que no hobiese placer de me dar su hija para él. - -_Queriendo descubrir aquel secreto_, el Emperador llamó a la fermosa -Leonorina, su hija, e a las dos infantas que la aguardaban, e habló -con ellas una gran pieza muy afincadamente, mas por ninguno era oído -nada de lo que les decía. E Leonorina, habiendo él ya acabado su habla, -besóle las manos, e fuése con las infantas a su cámara, y él quedó -hablando con sus hombres buenos. - -_Poco después volvió a entrar_ en el palacio aquella fermosa Leonorina -con el su gesto resplandeciente, que todas las fermosuras desataba, e -las infantas con ella. Y ella traía en su cabeza una muy rica corona, e -otra muy más rica en las manos, e fuése derechamente al Caballero de -la Verde Espada, e díjole: - ---Señor Caballero de la Verde Espada, yo nunca fuí llegada a tiempo que -pida don sino a mi padre, e agora quiérolo pedir a vos; decidme qué -faréis. - -Y él fincó los hinojos ante ella e dijo: - ---Mi buena señora, ¿quién sería aquel de tan poco conocimiento, que -dejase de facer vuestro mandado, podiéndolo complir? E mucho loco sería -yo si vuestra voluntad no ficiese; e agora, mi señora, demandad lo que -más vos agradare, que hasta la muerte será cumplido. - ---Mucho me fecistes alegre --dijo ella-- e mucho os lo agradezco, e -quiérovos pedir tres dones. - -E tirándose la fermosa corona de la cabeza, dijo: - ---Este sea el uno: que deis esta corona a la más fermosa doncella -que vos sabéis, e saludándola de mi parte, le digáis que me envíe su -mandado por carta o mensajero, y que le envío yo esta corona, que son -las donas que en esta tierra tenemos, aunque no la conozco. - -E luego tomó la otra corona, en que había muchas perlas e piedras de -muy gran valor, especialmente tres, que alumbraban toda una cámara, por -escura que estoviese; e dándola al Caballero, dijo: - ---Esta daréis a la más fermosa dueña que vos sabéis, e decilde que -gela envío yo por haber su conocencia, y que le ruego yo mucho que se -me haga conocer por su mandado; este es el otro don, e antes que el -tercero os demande, quiero saber qué haréis de las coronas. - ---Lo que yo haré --dijo el Caballero-- será complir luego el primer don -e quitarme dél. - -Entonces tomó la primera corona, e poniéndola en la cabeza della, dijo: - ---Yo pongo esta corona en la cabeza de la más fermosa doncella que yo -agora sé; e si hobiere alguno que lo contrario dijere, yo se lo faré -conocer por armas. - -E todos hobieron mucho placer de lo que él fizo, e Leonorina no menos, -aunque con vergüenza estaba de se ver loar, e decían que con derecho se -había quitado del don. - -_El Caballero_ volvióse a Leonorina e dijo: - ---Mi señora, ¿queréisme demandar el otro don? - ---Sí --dijo ella--, e pídovos me digáis la razón por qué llorastes; -¿quién es aquella que ha tan gran señorío sobre vos e sobre vuestro -corazón? - -Al caballero se le mudó la color y buen semblante en que antes era; así -que todos conocieron que era turbado de aquella demanda, e dijo: - ---Señora, si a vos ploguiere, dejad esta demanda, e demandad otra que -sea más vuestro servicio. - -Y ella dijo: - ---Esto es lo que yo demando, e más no quiero. - -Él abajó la cabeza, y estovo una pieza dudando; así que muy grave -parecía a todos haberlo él de decir; e no tardó mucho que, alzando la -cabeza con semblante alegre, miró a Leonorina, que delante dél estaba, -e dijo: - ---Mi señora, pues por al no me puedo quitar de mi promesa, digo que -cuando aquí primero entrastes e os miré, acordóme de la edad y del -tiempo en que agora sois, e vínome al corazón una remembranza de otro -tal tiempo en que ya fuí, muy bueno e sabroso; tal, que habiéndole ya -pasado, me hizo llorar como vistes. - -Y ella dijo: - ---Pues agora me decid quién es aquella por quien se manda vuestro -corazón. - ---La vuestra gran mesura --dijo él--, que a ninguno falleció, es contra -mí; esto hace mi gran desdicha; e pues que más no puedo, conviene que -contra mi placer lo diga. Sabed, señora, que aquella que yo más amo -es la misma a quien vos enviáis la corona, que al mi cuidar es la más -fermosa dueña de cuantas yo vi, e aun creo que de cuantas en el mundo -hay; e por Dios, señora, no queráis de mí saber más, pues que soy quito -de mi promesa. - ---Quito sois --dijo el Emperador--; mas por tal guisa que no sabemos -más que ante. - ---Pues a mi parecer --dijo él-- que dije tanto cual nunca por mi boca -salió jamás, y esto causó el deseo que yo tengo de servir a esta -hermosa señora. - ---Así Dios me salve --dijo el Emperador--, mucho debéis ser guardado -e cerrado en vuestros amores, pues esto tenéis en algo en lo haber -descobierto; e pues que mi fija fué la causa dello, menester es que vos -demande perdón. - ---Este yerro --dijo él-- han hecho otros muchos, e nunca tanto sopieron -de mí; así que, aunque dellos fuese yo quejoso, lo suyo desta tan -fermosa señora tengo en merced; porque siendo ella tan alta e tan -señalada en el mundo, quiso con tanto cuidado saber las cosas de un -caballero andante como yo lo soy; mas a vos, señor, no perdonaré yo tan -ligero, que según la luenga y secreta habla con ella antes hobistes, -bien parece que no por su voluntad, mas por la vuestra, lo hizo. - -El Emperador se rió mucho e dijo: - ---En todo os fizo Dios acabado; sabed que así es como lo decís; por -ende yo quiero corregir lo suyo e lo mío. - -El de la Verde Espada fincó los hinojos por le besar las manos, mas él -no quiso, e dijo: - ---Señor, esta emienda recibo yo para la tomar cuando por ventura más -sin cuidado della estovierdes. - ---Eso no podrá ser --dijo el Emperador--; que vuestra memoria nunca de -mí fallecerá ni la emienda de la mía cuando la quisierdes. - -_Breves días permaneció en la Corte del Emperador de Constantinopla, -siempre obsequiado con miríficas fiestas, al cabo de las cuales, a -pesar de los grandes esfuerzos del Emperador para que el Caballero de -la Verde Espada quedara a su servicio, tomó el camino de su anhelada -patria._ - - - - -CAPÍTULO TERCERO - -LAS CUITAS DE ORIANA - - -_Entre tanto había muerto el Emperador de Roma y había llegado a ocupar -el trono su hermano el Patín que, desde que había visitado la corte de -Lisuarte, vivía enamorado de la sin par Oriana. No bien vió ceñidas sus -sienes con la corona imperial, cuando envió al Rey de la Gran Bretaña -una muy lucida embajada para pedirle la mano de su hija._ - -_Lisuarte, a quien mucho convenía aquel enlace, no quería, sin embargo, -forzar abiertamente la voluntad de Oriana y por todos los medios -trataba de inclinarla a que aceptara tan ventajoso matrimonio. Mas -la princesa, que con todas sus fuerzas se oponía a él, no cesaba de -pedir a don Galaor y a los otros caballeros principales de la Corte -que convencieran a su padre para que no la hiciera casar contra su -voluntad. Solicitó también en secreto la protección de los caballeros -de la Ínsola Firme, los cuales, por boca de don Florestán, le hicieron -saber que, siendo su deber amparar doncellas desamparadas, emplearían -toda la fuerza de su brazo en evitar que ni su padre ni nadie la -atropellara._ - -_Pero el Rey no se rendía a reflexiones ni ruegos, y cada vez más -aferrado a su idea, acabó por declarar que Oriana sería entregada por -la fuerza a los embajadores del Patín, si no se avenía a ir con ellos -voluntariamente._ - -_Navegando con rumbo a sus estados, supo Amadís, inflamado en ira, las -nuevas del casamiento que querían imponerle a Oriana, y aceleró cuanto -le fué posible el regreso._ - -_¡Cómo pintar la alegría de sus caballeros cuando al cabo de siete años -de ausencia volvieron a verlo entre ellos en los palacios de la Ínsola -Firme! Sentóse a comer con sus queridos compañeros, y_ habiendo todos -con gran placer comido, e levantados los manteles, Amadís les rogó -que ninguno de su logar se moviese, que les quería fablar, y ellos lo -ficieron así. Viendo, pues, Amadís sosegados a aquellos caballeros que -a las mesas estaban, atendiendo lo que él diría, fablóles en esta guisa: - ---Después que me no vistes, mis buenos señores, muchas tierras extrañas -he andado e grandes aventuras han pasado por mí, que largas serían de -contar; pero las que más me ocuparon, e las que mayores peligros me -atrajeron fué socorrer dueñas e doncellas en muchos tuertos e agravios -que les hacían; porque así como éstas nascieron para obedecer con -flacos ánimos, e las más fuertes armas suyas sean lágrimas e sospiros, -así los de fuertes corazones extremadamente entre las otras cosas las -suyas deben tomar, amparándolas, defendiéndolas de aquellos que con -poca virtud las maltratan e deshonran, como los griegos e los romanos -en los tiempos antiguos lo ficieron, pasando las mares, destruyendo las -tierras, venciendo batallas, matando reyes e de sus reinos los echando, -solamente por satisfacer las fuerzas e injurias a ellas fechas, por -donde tanta fama e gloria dellos en sus historias ha quedado y quedará -en cuanto el mundo durare. Pues veniendo al caso, yo he sabido después -que a esta tierra vine el gran tuerto que el rey Lisuarte a su hija -Oriana facer quiere, que siendo ella la legítima sucesora de sus -reinos, él, contra todo derecho, desechándola dellos, al Emperador de -Roma por mujer la envía, y según me dicen, mucho contra la voluntad -de todos sus naturales, e más della, que con grandes llantos, grandes -querellas, a Dios e al mundo reclamando, de tan gran fuerza se -querella. Pues si es verdad que este rey Lisuarte, sin temor de Dios -ni de las gentes, tal crueza hace, dígovos que en fuerte punto acá -nacimos si por nosotros remediada no fuese, pues que dejándola pasar, -se pasaban e ponían en olvido los peligros e trabajos que por ganar -honra e prez fasta aquí tomado habemos. Agora diga cada uno, si vos -ploguiere, su parescer; que el mío ya vos he manifestado. - -_Agrajes, en nombre de todos, respondió que, si estaban dispuestos -a dar la vida en defensa de Oriana cuando no podían contar con la -asistencia de Amadís, mucho más lo estarían ahora cuando tienen la -alegría de tenerlo por jefe._ - -_En vista de ello_, como la flota aparejada estoviese de todo lo -necesario al viaje, e la gente apercebida, a la prima noche, mandando -Amadís que todos los caminos se tomasen, porque nuevas algunas dellos -no fuesen sabidas, entraron todos en la flota, e sin hacer ruido ni -bullicio comenzaron a navegar contra aquella parte que los romanos -habían de acudir, según el camino que les pertenecía llevar para que en -la delantera los hallasen. - - - - -CAPÍTULO CUARTO - -LA BATALLA NAVAL - - -_De nada sirvieron a Oriana sus desesperadas súplicas y amarguísimo -llanto, ni tampoco los buenos consejos de los caballeros que trataban -de disuadir al Rey de que casara a su hija por la fuerza. Llegado -el plazo que entre los embajadores y el Rey se había convenido, -trasladaron a bordo de la flota de los romanos el magnífico ajuar que -daban a Oriana sus padres e hicieron embarcar a las doncellas y dueñas -que debían acompañarla. Desmayóse Oriana al despedirse de la Reina, y -así desmayada, entrególa Lisuarte a Salustanquidio y Brondajel de Roca, -que eran los embajadores del Emperador, y fué llevada a bordo en medio -de universal duelo, cuitas y clamores._ - -[Ilustración] - -_Los romanos_, teniendo ya en su poder a Oriana, e a todas sus -doncellas metidas en las naves, acordaron de la poner en una cámara que -para ella muy ricamente estaba ataviada e puesta allí, e con ella a -Mabilia, que sabían ser ésta la doncella del mundo que ella más amaba. -Cerraron la puerta con fuertes candados, e dejaron en la nave otras -muchas dueñas e doncellas de las de Oriana. - -Pues así todo enderezado, dieron las velas al viento, e movieron su -vía con gran placer por haber acabado aquello que el Emperador su señor -tanto deseaba, e ficieron poner una muy gran seña del Emperador encima -del mastel de la nao donde Oriana iba, e todas las otras naves al -derredor della, guardándola. E yendo así muy lozanos e alegres, miraron -a su diestra e vieron la flota de Amadís, que mucho se les llegaba en -la delantera, entrando entre ellos e la tierra donde salir querían, -_y dividiéndose en tres fuerzas para coger en medio las naves de los -que llevaban a Oriana_. Dígovos de los romanos, que cuando la flota de -lueñe vieron pensaron que alguna gente de paz sería, que por la mar de -un cabo a otro pasaban; mas viendo que en tres partes se partían, e que -las dos les tomaban la delantera a la parte de la tierra e la otra los -seguía, mucho fueron espantados, e luego fué entre ellos hecho gran -ruido, diciendo a altas voces: - ---Armas, armas, que extraña gente viene. - -E luego se armaron muy presto, e pusieron los ballesteros, que muy -buenos traían, donde habían de estar, e la otra gente, e Brondajel de -Roca con muchos e buenos caballeros de la corte del Emperador estaba -en la nave donde Oriana era e donde posieron la seña que ya oístes del -Emperador. - -A esta sazón se juntaron los unos e otros; grande era allí el ferir -de saetas, e piedras, e lanzas de la una e de la otra parte, que no -parescía sino que llovía; tan espesas andaban; e Amadís no entendía -con los suyos en al sino en juntar su fusta con la de los contrarios, -mas no podían; que ellos, aunque muchos más eran, no se osaban -llegar, viendo cuán denodadamente eran acometidos; e defendíanse con -grandes garfios de hierro e otras armas muchas de diversas guisas. -Entonces Tantiles de Sobradisa, mayordomo de la reina Briolanja, que -en el castillo estaba, como vió que la voluntad de Amadís no podía -haber efecto, mandó traer una áncora muy gruesa e pesada, trabada a -una fuerte cadena, e desde el castillo lanzáronla en la nave de los -enemigos, e así él como otros muchos que le ayudaban tiraron tan -fuerte por ella, que por gran fuerza hicieron juntar las naves una con -otra, así que no se podían partir en ninguna manera si la cadena no -quebrase. Cuando Amadís esto vió pasó por toda la gente con gran afán, -que estaban muy apretados; e por la vía que él entraba iban tras él -_sus famosos compañeros Angriote e don Bruneo_, e como llegó en los -delanteros, puso el un pie en el borde de su nave, e saltó en la otra, -que nunca los contrarios quitar ni estorbar lo podieron; e como el -salto era grande, y él iba con gran furia, cayó de rodillas, e allí le -dieron muchos golpes; pero él se levantó, mal su grado de que le herían -tan malamente, e puso mano a la su buena espada ardiente, e vió cómo -Angriote e don Bruneo habían con él entrado, y herían a los enemigos de -muy fuertes e duros golpes, diciendo a grandes voces: - ---Gaula, Gaula, que aquí es Amadís --que así gelo rogara él que lo -dijesen, si la nave podiesen tomar. - -Mabilia, que en la cámara encerrada estaba con Oriana, que oyó el ruido -e las voces, e después aquel apellido, tomó a Oriana por los brazos, -que más muerta que viva estaba, e díjole: - ---Esforzad, señora, que socorrida sois de aquel bienaventurado -caballero, vuestro vasallo e leal amigo. - -Y ella se levantó en pie, preguntando qué sería aquello; que del llorar -estaba desvanecida, que no oía ninguna cosa, e la vista de los ojos -casi perdida. - -_Amadís, entre tanto, vencía a Brondajel de Roca y le exigía que le -dijera_ dónde estaba Oriana, y él le mostró la cámara de los candados, -diciendo que allí la fallaría. Amadís se fué apriesa contra allá, e -llamó a Angriote e a don Bruneo, e con la gran fuerza que de consuno -posieron, derribaron la puerta y entraron dentro, e vieron a Oriana e -a Mabilia, e Amadís fué fincar los hinojos ante ella por le besar las -manos, más ella lo abrazó, e tomóle por la manga de la loriga, que toda -era tinta de sangre de los enemigos. - ---¡Ay, Amadís --dijo ella--, lumbre de todas las cuitadas! Agora -parecerá vuestra gran bondad en haber socorrido a mí e a estas -infantas, que en tanta amargura e tribulación puestas éramos, e por -todas las tierras del mundo será sabido y ensalzado vuestro loor. - -_Amadís_ quísose partir dellas por ver lo que se facía; mas Oriana le -tomó por la mano e dijo: - ---Por Dios, señor, no me desamparéis. - ---Señora --dijo él--, no temáis; que dentro en esta fusta está Gandales -con treinta caballeros que os aguardarán, e yo iré a acorrer a los -nuestros, que muy gran batalla han. - -Entonces salió Amadís de la cámara, e pasó a una muy fermosa galea, en -que estaba Gandalín con hasta cuarenta caballeros de la Ínsola Firme, -e mandóla guiar contra aquella parte que oía el apellido de Agrajes, -que se combatía con los de la gran nave de Salustanquidio; e cuando él -llegó vió que la habían entrado, e la priesa y el ruido era muy grande, -que Agrajes e los de su compaña los andaban firiendo e matando muy -cruelmente. - -Mas desque a Amadís vieron, los romanos saltaban en los bateles, e -otros en el agua, e dellos morían, e otros se pasaban a las otras naves -que aún no eran perdidas. - -_Pero no tardaron en serlo, pues poco después no hubo fusta de los -romanos en que no estuvieran alzados los pendones de los caballeros de -la Ínsola Firme y hechos prisioneros sus tripulantes._ - -Amadís, que dello mucho placer hobo, envió decir _a los suyos_ que -juntasen sus galeas con la que él había tomado, donde estaba Oriana, y -que allí habría consejo de lo que ficiesen. Entrados dentro, desarmaron -las cabezas e las manos, e laváronse de la sangre e sudor, e eran allí -juntos todos los más honrados caballeros de aquella compaña, los cuales -a un cabo de la nao se apartaron por fablar qué consejo tomarían, e -Oriana llamó a Amadís a un cabo del estrado, e muy paso le dijo: - ---Mi verdadero amigo, yo vos ruego e mando por aquel verdadero amor que -me tenéis, que agora más que nunca se guarde el secreto de nuestros -amores, e no fabléis comigo apartadamente, sino ante todos, e lo que -vos ploguiere decirme secreto fabladlo con Mabilia, e punad cómo de -aquí nos llevéis a la Ínsola Firme, porque estando en logar seguro, -Dios proveerá en mis cosas, como Él sabe que tengo la justicia. - ---Señora --dijo Amadís--, yo no vivo sino en esperanza de vos servir, e -si ésta me faltase, faltarme-ía la vida, e como lo mandáis se fará; y -en esta ida de la Ínsola bien será que con Mabilia lo enviéis a decir a -estos caballeros, porque parezca que más de vuestra gana e voluntad que -de la mía procede. - ---Así lo faré --dijo ella--, e bien me parece; agora vos id --dijo-- a -aquellos caballeros. - -Amadís así lo fizo, e fablaron en lo que adelante se debe facer. Mas -como eran muchos, los acuerdos eran diversos; que a los unos parecía -que debían llevar a Oriana a la Ínsola Firme, otros a Gaula e otros a -Escocia, a la tierra de Agrajes, así que no se acordaban. - -En esto llegó la infanta Mabilia, e cuatro doncellas con ella. Todos la -recibieron muy bien e la posieron entre sí, y ella les dijo: - ---Señores, Oriana vos ruega, por vuestras bondades e por el amor que -en este socorro le habéis mostrado, que la llevéis a la Ínsola Firme, -que allí quiere estar fasta que sea en el amor de su padre e madre; e -ruégaos, señores, que a tan buen comienzo deis el cabo, mirando su gran -fortuna e fuerza que se le face, e fagáis por ella lo que por las otras -doncellas facer soléis, que no son de tan alta guisa. - ---Mi buena señora --dijo don Cuadragante, _uno de los más ilustres -caballeros de la Ínsola_-- el bueno e muy esforzado de Amadís e todos -los caballeros que en su socorro hemos sido estamos de voluntad de -le servir fasta la muerte, así con nuestras personas como con las de -nuestros parientes e amigos, que mucho pueden e muchos serán, e todos -seremos juntos en su defensa contra su padre e contra el Emperador de -Roma, si a la razón e justicia no se allegaren con ella. - -Todos aquellos caballeros tovieron por bien aquello que don Cuadragante -respondió, e con mucho esfuerzo otorgaron que desta demanda nunca -serían partidos fasta que Oriana en su libertad e señoríos restituída -fuese, siendo cierta y segura de los haber, si ella más que su padre e -madre la vida poseyese. La infanta Mabilia se despidió dellos y se fué -a Oriana, e por ella sabida la respuesta y recaudo que de su mensaje -le traía, fué muy consolada, creyendo que la permisión del Justo Juez -lo guiaría de forma que la fin fuese la que ella deseaba. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -LIBRO CUARTO - -LA GUERRA POR ORIANA - -CAPÍTULO PRIMERO - -LOS TRES EJÉRCITOS - - -_Según lo había dispuesto Oriana, hicieron rumbo a la Ínsola Firme, -donde al cabo de varios días, sin contratiempo alguno, llegaron. -Desembarcaron a Oriana y sus damas con las muestras de respeto debidas -a su alcurnia y desgracia, e instaláronlas en una magnífica torre -rodeada de una hermosa huerta amurallada, donde nadie podía entrar sin -licencia de la princesa._ - -_Reunidos después en consejo los caballeros, acordaron enviar una -embajada al rey Lisuarte para hacerle saber cómo su hija Oriana se -encontraba, sana y salva, en la Ínsola Firme, cuyos caballeros estaban -dispuestos a entregarla a su padre, siempre que éste les prometiera -que la trataría con justicia, no casándola sino con quien fuera su -voluntad._ - -_Fué con la embajada don Cuadragante y otro de los principales -caballeros de la Ínsola; pero al mismo tiempo, por si no había lugar -a avenencia con el rey Lisuarte, envió Amadís emisarios a todos los -reyes y grandes señores amigos suyos y que habían sido favorecidos por -él, para que sin tardar le enviaran fuerzas armadas, por si la Ínsola -llegaba a ser atacada._ - -[Ilustración] - -_Mientras tanto los embajadores de Amadís llegaban a la capital de la -Gran Bretaña, en cuya corte reinaba honda tristeza desde la partida de -Oriana, y, como era de temer, no lograron restablecer la armonía con -Lisuarte, sino que éste les anunció la guerra más despiadada._ - -_Partidos los de Amadís, el Rey envió embajadores al Emperador de Roma -haciéndole saber lo ocurrido, y cómo se disponía a castigar con todo -rigor tamaña afrenta. El Emperador, lleno de furia, respondió que con -todo su poderío asistiría a la guerra, pues más era suya que no de -Lisuarte la ofensa._ - -_De todo iba teniendo noticia Arcalaus el Encantador, que no había -perecido cuando Perión y sus hijos le habían incendiado el castillo, -y no bien lo supo, fué a verse con el rey Arábigo, a quien ya otra -vez había armado contra Lisuarte sin otro resultado para él que -una gran derrota, y lo convenció de que preparara sus huestes para -tenerlas ocultas en una sierra próxima a la Ínsola Firme, y después -de la lucha de las fuerzas de Lisuarte y Amadís unas con otras, caer -sobre vencedores y vencidos, para, de un solo golpe, apoderarse de la -Ínsola Firme y del reino de la Gran Bretaña. De lo mismo trató con el -señor de Sansueña, con el Rey de la Profunda Ínsola y otros enemigos -de Lisuarte, y todos fueron conformes en juntar sus armas con las de -Arcalaus y el rey Arábigo._ - -_Llegada la guerra, disponía Amadís de la siguiente gente:_ - -El buen rey Perión trajo, de los suyos e de sus amigos, tres mil -caballeros; el rey Tafinor de Bohemia, _además de mandar a Grasandor, -el príncipe heredero_, envió con el conde Galtines mill e quinientos -caballeros; Tantiles, mayordomo de la reina Briolanja, trajo mill e -docientos caballeros; Branfil, hermano de don Bruneo, trajo seiscientos -caballeros; Landín, sobrino de don Cuadragante, trajo de Irlanda -seiscientos caballeros; el rey Ladasán de España envió a su hijo don -Brián de Monjaste dos mill caballeros; don Gandales trajo, del rey -Languines de Escocia, padre de Agrajes, mill e quinientos caballeros; -la gente del emperador de Constantinopla, que trajo Gastiles, su -sobrino, fueron ocho mill caballeros. Por cierto podéis creer que en -memoria de hombres no era que gente tan escogida y tanta como aquella -fuese en ninguna sazón junta en ayuda de ningún príncipe, como esta lo -fué. - -_Entre tanto_ el rey Lisuarte estaba en el real cerca de Vindilisora; -el Emperador de Roma era llegado al puerto con gran flota, e toda la -gente salía de la mar, e asentaban su real cerca del rey Lisuarte; y -asimesmo era venido Gasquilán, rey de Suesa, y el rey Cildadán era ya -allá pasado. El Emperador quisiera que luego fuera la partida; mas el -Rey, que mejor que él sabía lo que necesario era e con quién había la -cuestión, detúvola fasta el tiempo convenible; que bien vía que en -aquella batalla estaba todo su hecho. Así estovieron en aquel real bien -ocho días, allegando la gente que de cada día venía al Rey, e fallaron -que eran por todos estos que se siguen: el Emperador trajo diez mil -de caballo, el rey Lisuarte seis mil e quinientos, Gasquilán, rey de -Suesa, ochocientos; el rey Cildadán, docientos. - -Pues todo aderezado, mandó el Emperador a los reyes que el real -moviesen, e la gente fuese detenida en aquella gran vega por donde -habían de caminar; e así se hizo, que puestos todos en sus batallas, -el Emperador fizo de su gente tres faces e rogó al rey Lisuarte que -toviese por bien que él llevase la delantera, e así se fizo; aunque -él más quisiera llevarla a su cargo, porque no tenía en mucho aquella -gente, e había miedo que del desconcierto dellos les podría venir algún -gran revés; pero otorgólo por le dar aquella honra. - -El rey Lisuarte fizo de sus gentes dos haces; fecho esto, movieron por -el campo tras el fardaje, que iba a asentar real con los aposentadores. -¿Quién os podría decir los caballos y armas tan ricas e tan lucidas e -de tantas maneras como allí iban? Por cierto muy gran trabajo sería en -lo contar. - -Dice la historia que el rey Perión, como fuese un caballero muy cuerdo -y de gran esfuerzo, tenía siempre personas en tales partes de quien -supiese lo que sus enemigos hacían, de los cuales luego fué avisado -cómo la gente venía ya contra ellos, y en qué ordenanza. Pues sabido -esto, luego otro día de mañana se levantó e mandó llamar todos los -capitanes e caballeros de gran linaje, e díjogelo, e como su parecer -era que el real se levantase, e la gente junta en aquellos prados, -se ficiese repartimiento de las haces, porque todos sopiesen a qué -capitán e seña habían de acudir; e que hecho esto, moviesen contra sus -enemigos con gran esfuerzo e mucha esperanza de los vencer con la justa -demanda que llevaban. Todos lo tovieron por bien, e con mucha afición -le rogaron que así por su dignidad real e gran esfuerzo e discreción -tomase a su cargo de los regir e gobernar en aquella jornada, e que -todos le serían obedientes. - -Pues mandándolo poner en obra, concertadas las haces, movieron todos en -sus ordenanzas por aquel campo, tocando muchas trompetas e otros muchos -instrumentos de guerra; Oriana e las reinas, e las infantas e dueñas e -doncellas estábanlos mirando, e rogaban a Dios de corazón les ayudase, -e si su voluntad fuese los pusiese en paz. - -Arcalaus el Encantador, así como supo que las gentes eran venidas -al rey Lisuarte e Amadís, envió con mucha priesa a un caballero su -pariente, e mandóle que no holgase día ni noche hasta lo hacer saber -a todos los reyes e caballeros _que tenían concertado con él atacar a -Lisuarte y Amadís_, e les diese mucha priesa en su venida; y él quedó -en sus castillos, llamando a sus amigos e llegando la más gente que -podía. _El rey Arábigo y los otros_ luego sin más tardar fueron todos -juntos e serían por todos hasta doce mil caballeros; e concertaron -toda su flota, que fué asaz grande y de buena gente. E con mucho -placer e tiempo enderezado fueron por su mar adelante, e a los ocho -días aportaron en la Gran Bretaña a la parte donde Arcalaus tenía -un castillo muy fuerte, puerto de mar. Arcalaus tenía ya consigo -seiscientos caballeros muy buenos. - -Cuando aquella flota allí aportó no vos podría decir el gran placer que -los unos con los otros hobieron; e sabido por las espías de Arcalaus -cómo ya las gentes del rey Lisuarte y de Amadís iban unas contra otras -y el camino que llevaban, luego a ellos movieron con toda su compaña -por una traviesa con las mayores guardas que poner pudieron, con -acuerdo de se poner en tal parte donde estoviesen seguros, e saliesen -cuando fuese sazón a dar en sus enemigos. - - - - -CAPÍTULO SEGUNDO - -EL PRIMER DÍA DE LUCHA - - -_Avanzaron los ejércitos del Emperador y del rey Lisuarte hacia la -Ínsola Firme, hasta que supieron por sus espías que venían contra ellos -las fuerzas del rey Perión, y ambas huestes se detuvieron una frente -a otra_, que no había en medio más espacio de media legua de un campo -grande e llano. - -Así estando estas huestes como oís, llegó Gandalín, escudero de Amadís, -e tomóle por aquel campo, donde ninguno oír les pudiese, e díjole: - ---Señor, _os suplico que antes de comenzar la batalla me hagáis merced -de darme la orden de caballería_. - -_Por nada del mundo querría Amadís separarse de su escudero, así que_ -cuando esto le oyó fué tan turbado, que por una pieza no pudo hablar, e -díjole: - ---¡Oh mi verdadero amigo y hermano, que tan grave es a mí complir lo -que pides! Por cierto no en menos grado lo siento que si mi corazón -de mis carnes se apartase; e si con algún camino de razón apartar -lo podiese, con todas mis fuerzas lo haría; mas tu petición veo ser -tan justa, que en ninguna guisa se puede negar; e siguiendo más la -obligación en que te soy que la voluntad de mi querer, yo me determino -que así como lo pides se faga. - -Gandalín hincó los hinojos por le besar las manos; mas Amadís lo alzó e -lo tovo abrazado, veniéndole las lágrimas a los ojos con el mucho amor -que le tenía, que ya tenía en sí figurada la gran soledad e tristeza en -que se vería no le teniendo consigo, e díjole: - ---Bien será que veles armado en la capilla de la tienda del Rey -mi padre, e otro día cabalga en tu caballo así armado, e cuando -quisiéremos romper contra nuestros enemigos, el Rey te hará caballero; -que ya sabes que en todo el mundo no se podría fallar mejor hombre, ni -de quien más honra recibas en este auto. - -Gandalín le dijo: - ---Señor, todo cuanto decís es verdad, e a duro hallaría hombre otro -tal caballero como el Rey; pero yo no seré caballero sino de vuestra -mano. - ---Pues que así quieres --dijo Amadís-- así sea, e faz lo que te digo. - -A cabo de tres días que los reales se asentaron, el emperador Patín -se aquejaba mucho porque la batalla se diese; Amadís e Agrajes e don -Cuadragante e todos los otros caballeros asimesmo aquejaban mucho al -rey Perión que la batalla se diese e que Dios fuese juez de la verdad. -Pues el Rey no lo quería menos que todos, mas habíalo detenido hasta -que las cosas estoviesen en disposición cual convenía, e luego mandaron -apregonar que todos al alba del día oyesen misa e se armasen, e cada -gente acudiese a su capitán, porque la batalla se daría luego, e -asimesmo se fizo por los contrarios, que luego lo supieron. - -Pues venida el alba, las trompetas sonaron, e tan claros se oían los -unos a los otros como si juntos estoviesen. La gente se comenzó a armar -e a ensillar sus caballos e por las tiendas a oír misas e cabalgar -todos e se ir para sus señas. - -Pues a esta hora llegó Gandalín armado de armas blancas, como convenía -a caballero novel, e se fué donde su señor Amadís estaba. Cuando -Amadís le vió así venir salió de la batalla a él, e tomóle consigo, e -fuése donde el rey Perión, su padre, estaba, e por el camino _le fué -aconsejando como debía conducirse en aquel primer combate en que iba -a tomar parte_. Así llegaron donde el rey Perión estaba, e Amadís le -dijo: - ---Señor, Gandalín quiere ser caballero, e mucho me pluguiera que lo -fuera de vuestra mano; pero pues a él place de lo ser de la mía, vengo -a os suplicar que de vuestra mano haya la espada, porque cuando le -fuere menester haya memoria desta grande honra que recibe y de quién -gela da. - -Entonces Amadís tomó una espada que le traía Durín, hermano de la -doncella de Denamarca, a quien había mandado que le aguardase, e -dióla al Rey, y él hizo caballero a Gandalín, besándole e poniéndole -la espuela diestra, y el Rey le ciñió la espada, e así se cumplió su -caballería por la mano de los dos mejores caballeros que nunca armas -trajeron. - -Yendo las batallas, no andovieron mucho que vieron a sus enemigos -contra ellos venir, e cuando fueron cerca los unos de los otros, -Amadís conoció que la seña del emperador de Roma traía la delantera, e -hobo muy gran placer porque con aquellos fuesen los primeros golpes, -que como quiera que al rey Lisuarte desamase, siempre tenía en la -memoria haber sido en su corte, y de las grandes honras que dél había -rescebido; e sobre todo, lo que más temía e dubdaba, ser padre de su -señora, a quien él tanto temor tenía de dar enojo; y en su corazón -llevaba puesto, si hacerlo pudiese sin mucho peligro suyo, de se -apartar de donde el rey Lisuarte andoviese. - -_Rompieron después las batallas unas contra otras, al son de las -trompetas y añafiles_ y cuando se juntaron, el ruido e las voces fué -tan grande que se no oían unos a otros, e allí veríades caballos sin -señores, e los caballeros, dellos muertos y dellos feridos, e pasaban -sobre ellos los que podían. Amadís tomó consigo a Gandalín, e con gran -saña, viendo que los romanos tan bien se defendían, entró lo más recio -que pudo por el un costado de la haz, e aquellos que le seguían, e -dió tan grandes golpes del espada, que no había hombre que lo viese -que mucho no fuese espantado; e mucho más lo fueron aquellos que le -esperaban, que tan gran miedo les puso, que ninguno le osaba atender, -antes se metían entre los otros, como hace el ganado cuando de los -lobos son acometidos. Don Cuadragante e los otros caballeros que por la -otra parte se combatían apretaron tanto los contrarios, que si no fuera -porque llegó la segunda haz en su socorro, todos fueran destrozados e -vencidos; mas como éste llegó, todos fueron reparados e cobraron gran -esfuerzo, e por su llegada cayeron a tierra de los caballos más de mill -de los unos e de los otros. - -El Emperador llegó en su gran caballo e como era grande de cuerpo, y -venía delante de los suyos, paresció tan bien a todos los que lo veían, -que era maravilla, y metió mano a la espada e comenzó a decir a grandes -voces: - ---Roma, Roma; a ellos, mis caballeros; no vos escape ninguno. - -E luego se metió por la priesa, dando muy grandes e fuertes golpes a -todos los que delante sí hallaba, a guisa de buen caballero. - -_Mas con todo, eran tales_ las cosas extrañas que _Amadís_ facía e -los caballeros que dejaba por el suelo por do quiera que iba, _que el -romano_ fué tan espantado, que no podía creer que fuese sino algún -diablo que allí era venido para los destruír, y a grandes voces decía: - ---A éste, a éste herid y matad; que éste es el que nos destruye sin -ninguna piedad. - -_Merced a las hazañas de Amadís y sus compañeros, los romanos, aunque -eran tantos, acabaron por llevar la peor parte, e iban de vencida -cuando, al ponerse el sol, fueron separados los contendientes._ - -Aquella noche pasaron con grandes guardas e curaron de los feridos, e -los otros descansaron del gran trabajo que habían pasado. Venida la -mañana, _como había sido concertada tregua de un día_, fueron muchos -a buscar a sus parientes, e otros a sus señores. E allí viérades los -llantos tan grandes de ambas las partes, que de oírlo pone gran dolor, -cuanto más de lo ver. Todos los vivos llevaron al real del Emperador, -e los muertos fueron soterrados, de manera que el campo quedó -desembargado. Así pasaron aquel día enderezando sus armas e curando de -sus caballos. - - - - -CAPÍTULO TERCERO - -EL FIN DE LA BATALLA - - -_No menos brava que la del primer día fué la lucha que se armó, acabada -la tregua. Los guerreros de ambos bandos se acometieron con tanta furia -que_ todos fueron mezclados unos con otros, de manera que no podían -haber concierto ni aguardar ninguno a su capitán. Mas andaban tan -envueltos e tan juntos, que se no podían herir ni aun con las espadas; -e trabábanse a brazos, y derribábanse de los caballos, e más eran los -que murieron de los pies dellos que de las feridas que se daban. El -estruendo y el roido era tan grande, así de las voces como del reteñir -de las armas, que todos aquellos valles de la montaña facían reteñir, -que no parescían sino que todo el mundo era allí asonado; e por cierto -así lo podéis creer, que no el mundo, mas todo lo más de la cristiandad -e la flor della estaba allí, donde tanto daño en ella se recibió aquel -día que por muchos y largos tiempos no se pudo reparar. - -Pues estando la cosa en tan gran revuelta y peligro, sobrevino de la -parte del rey Lisuarte el Emperador con más de tres mil caballeros, _y -cargó sobre el rey Perión, que muy a punto estuvo de perderse_. Así -estando en esta priesa como oídes, llegó aquel muy esforzado caballero -Amadís, que traía en su mano la su buena espada tinta de sangre hasta -el puño, y como vió tanta gente sobre su padre, y sobre los suyos vió -estar al Emperador delante combatiéndose, como cosa que ya por vencida -tenía, puso las espuelas a su caballo, y metióse tan recio y tan -denodado por la gente, que fué maravilla de lo ver. - -Amadís, como llevaba los ojos puestos en el Emperador, e más en el -corazón de lo matar si podiese, metióse con muy gran rabia por le -ferir; e como quiera que de todas partes grandes golpes le diesen -por gelo defender, nunca tanto pudieron facer los contrarios, que le -estorbasen de se juntar con él; e como a él llegó, alzó la espada -e hirióle de toda su fuerza, e dióle tan gran golpe por encima del -yelmo, que le desapoderó de toda su fuerza, y le hizo caer el espada -de la mano; e como Amadís vió que iba a caer del caballo, dióle muy -prestamente otro golpe por cima del hombro, que le cortó todas las -armas e la carne fasta el hueso, de manera que todo aquel cuarto con el -brazo le quedó colgado, e cayó del caballo tal, que dende a poco fué -muerto. - -_Flaquearon entonces los romanos, hasta el punto de que sólo las -fuerzas del rey Lisuarte sostenían en realidad la lucha con sus -enemigos._ Estando la batalla en tal estado como oís, Amadís vió cómo -la parte del rey Lisuarte iba perdida sin ningún remedio, y que si la -cosa pasase más adelante, que no sería en su mano de lo poder salvar, -ni aquellos grandes amigos suyos que con él estaban; y sobre todo, le -vino a la memoria ser éste padre de su señora Oriana, aquella que sobre -todas las cosas del mundo amaba e temía, e las grandes honras que él e -su linaje los tiempos pasados habían dél recebido, las cuales se debían -anteponer a los enojos, y que toda cosa que en tal caso se ficiese -sería gran gloria para él, contándose más a sobrada virtud que a poco -esfuerzo. E vió que muchos de los romanos llevaban a su señor faciendo -gran duelo y que la gente se esparcía. Y porque venía la noche, acordó -de probar si podría servir a su señora en cosa tan señalada; y fuése -cuanto pudo por entre ambas las batallas, a gran afán, porque la gente -era mucha e la priesa grande; que los de su parte, como conoscían la -ventaja, apretaban a sus enemigos con gran esfuerzo, y en los otros -ya cuasi no había defensa, sino por el rey Lisuarte y el rey Cildadán -e los otros señalados caballeros; y llegó al rey Perión, su padre, e -díjole: - ---Señor, la noche viene; que a poca de hora no nos podríamos conocer -unos a otros, e si más durase la contienda sería gran peligro, según -la muchedumbre de la gente, que así podríamos matar a los amigos como -a los enemigos y ellos a nosotros; paréceme que sería bien apartar la -gente; que, según el daño que nuestros enemigos han recebido, bien creo -que mañana no nos osarán atender. - -El Rey, que gran pesar en su corazón tenía en ver morir tanta gente sin -culpa ninguna, díjole: - ---Hijo, fágase como te parece, así por eso que dices como porque más -gente no muera; que aquel Señor que todas las cosas sabe, bien ve que -esto más se deja por su servicio que por otra ninguna causa; que en -nuestra mano está toda su destruición, según son vencidos. - -Entonces el rey Perión e don Cuadragante por una parte, e Amadís e -Galtines por la otra, comenzaron a apartar la gente, e hiciéronlo con -poca premia, que ya la noche los partía. El rey Lisuarte, que estaba -en esperanza ninguna de poder cobrar lo perdido y determinado de morir -antes que ser vencido, cuando vió que aquellos caballeros apartaban -la gente mucho fué maravillado, e bien creyó que no sin algún gran -misterio aquello se facía, y estovo quedo hasta ver qué dello podría -redundar. E como el rey Cildadán vió lo que los contrarios hacían, dijo -al Rey: - ---Paréceme que aquella gente no os seguirá, e honra nos facen; y pues -que así es, recojamos la nuestra, e vamos a descansar, que tiempo es. - -Así se partió esta batalla como oídes; e las gentes apartadas e -tornadas a sus reales, pusieron treguas por dos días, porque los -muertos eran muchos, e acordóse que seguramente cada una de las partes -pudiese llevar los suyos. El trabajo que pasaron en los soterrar e los -llantos que por ellos ficieron, será excusado decirlo. - -_El rey Lisuarte, después de rendidos los debidos honores al cadáver -del Emperador, estaba sumido en las más hondas vacilaciones, que bien -advertía que con las fuerzas que le restaban no podría sostener una -tercera batalla sin ser vencido en ella._ - -_Con todo, porque no sufriera su honra, juntó a sus aliados y les -manifestó que estaba dispuesto a morir en la pelea, pero nunca a -solicitar paces. Todos le aseguraron que querían correr su misma suerte -y se prepararon para continuar la guerra cuando fueran las treguas -pasadas._ - - - - -CAPÍTULO CUARTO - -LAS GESTIONES DE PAZ - - -_Entre tanto, un anciano ermitaño que moraba en aquella comarca, -llamado Nasciano, y que gozaba de gran fama y prestigio entre todos -los contendientes por su santidad y virtudes, tenía gran pesar en su -corazón de que así se destrozara la flor de la caballería de tantos -reinos, y como sabía el secreto de los amores de Oriana y Amadís, que -muchas veces se había confesado con él la Princesa, se encaminó a la -Ínsola Firme para rogar a Oriana que le permitiera revelar al rey -Lisuarte lo que mediaba entre ella y Amadís, confiando en que sólo con -aquello quedaría ya la guerra acabada._ - -_Habló con Oriana al tiempo que los caballeros luchaban con mayor -furia, y la Princesa, acongojadísima, no sólo le permitió que -comunicara a su padre aquel secreto, sino que le suplicó que hiciera -cuanto le fuera posible para que cesara tan espantosa guerra, en la -que, venciera quien venciera, Amadís a Lisuarte o Lisuarte a Amadís, -siempre había de salir destrozado el corazón de la Princesa._ - -_Durante las treguas, consiguió el santo ermitaño llegar a la tienda de -Lisuarte. Habló a solas con el Rey, refirióle los amores de Oriana, y -en nombre de Dios le suplicó, postrándose a sus pies, que diera fin a -la tremenda lucha con unas alegres bodas._ - -_El Rey estuvo largo rato meditando, y aparte de la seguridad de ser -vencido en la guerra, dada la escasez de las fuerzas que le quedaban, -pensó que, muerto el Emperador, con nadie podría casar a Oriana mejor -que con Amadís, cuyo altísimo valer nadie tanto como él conocía, y así -le respondió al ermitaño que, siempre que su honra quedara a salvo, -estaba muy dispuesto a concertar paces y a que se celebrara aquel -enlace._ - -_Muy contento, trasladóse entonces el santo hombre al campo de Amadís, -habló en secreto con éste y encontró que también él estaba deseoso de -terminar la guerra por no verse en el caso de derrotar al padre de -su señora. Oído esto, refirióle el ermitaño cómo, por mandado de la -Princesa, había revelado al rey Lisuarte los amores de ésta con Amadís -y cómo el Rey se manifestaba conforme con el matrimonio._ - -Amadís, cuando esto oyó, el corazón y las carnes le temblaban con la -gran alegría que hobo, e dijo al ermitaño: - ---.Mi buen señor, si el rey Lisuarte dese propósito está y por su hijo -me quiere, yo lo tomaré por señor e padre para le servir en todo lo que -su honra sea. - -_El ermitaño y Amadís comunicaron al rey Perión todo cuanto ocurría, -quien, no menos inclinado a la paz, de acuerdo con sus principales -aliados nombró dos representantes suyos, que, con los del rey Lisuarte, -discutieran y acordaran las condiciones del término de la guerra, y -antes de otra cosa, una y otra parte dispusieron levantar los reales y -que se retirara una jornada atrás cada uno de los ejércitos, yendo a la -Ínsola Firme los de Amadís, y a la villa de Luvaina los de Lisuarte. -De este modo_, la mañana venida, las trompas fueron sonadas por los -reales, e alzadas las tiendas; y con mucho placer de los unos y de los -otros movieron los reales, cada uno donde debía ir. - -Ya vos habemos contado cómo el rey Arábigo e Barsinan, señor de -Sansueña, e Arcalaus el Encantador e sus compañas estaban metidos en -lo más bravo y más fuerte de la montaña, aguardando el aviso de las -escuchas que continuamente muy secreto sobre los reales tenían; las -cuales vieron muy bien las batallas pasadas, _y dieron cuenta de ellas -al rey Arábigo, cuyo_ pensamiento fué de esperar a lo postrimero; -que bien cuidaba que al cabo la una parte había de ser vencida, e -mucho placer tomaba consigo porque de la primera no se mostraba el -vencimiento, que durando la porfía, más se acrecentaba el daño; -que a la fin quedarían tales, que con poco trabajo y menos peligro -despacharía a los que quedasen, e quedaría señor de toda la tierra sin -haber en ella quien gelo contradijese. - -Pues así estando, con mucho placer e alegría, vinieron las escuchas, -e dijéronle cómo las gentes habían alzado los reales, e armados se -volvían por los caminos que habían allí venido, que no podían pensar -qué cosa fuese. Oído esto por el rey Arábigo, luego pensó que sobre -alguna avenencia se podrían partir. Acordó de antes acometer al rey -Lisuarte que a Amadís; pero dijo que no sería bien acometerlos fasta -la noche, porque los tomarían más descuidados e a su salvo, e mandó -_espías que acechasen sus pasos_. - -El rey Lisuarte, que iba por su camino, fué avisado de algunos de la -comarca cómo habían visto gente de caballo ir encobiertos por encima de -los cerros de aquella sierra. El Rey pensó que no se podría partir de -aquella gente, si a su parte acostasen, sin gran batalla, la cual por -entonces temía, por ver su gente tan maltrecha de las batallas pasadas, -y no facía sino andar su camino con harta priesa, porque la afruenta, -si viniese, le tomase cerca de aquella su villa _de Luvaina_, que facía -cuenta que, aunque bien cercada no estoviese, que mejor en ella que -en el campo se podría reparar; así que, en poca de hora se alejó gran -pieza de la montaña. - -_Avisadas por sus espías las fuerzas del rey Arábigo iban tras él -esperando la ocasión conveniente para el ataque._ - -_Ocurrió entonces que el santo ermitaño tuvo que enviar con un recado -para Lisuarte a dos donceles de Amadís, los cuales, llegados al real, -encontraron que ya eran las fuerzas partidas para Luvaina. Siguieron -sus huellas, y de allí a poco vieron cómo bajaban de la montaña y -seguían al rey Lisuarte los temibles ejércitos del rey Arábigo._ - -_Volvieron riendas y, galopando toda la noche, llegaron al alba a la -tienda de Amadís, a quien despertaron haciéndole saber lo que ocurría. -Este acordó con su padre ir con todas sus fuerzas en socorro del Rey de -la Gran Bretaña; pero por ganar tiempo, Amadís partió delante llevando_ -consigo a don Cuadragante, e a don Florestán, su hermano, e Angriote de -Estravaus e Gandalín y cuatro mil caballeros, e al maestro Elisabat, -que así en esta jornada como en las batallas pasadas hizo cosas -maravillosas de su oficio, dando la vida a muchos de los que haber no -la podieran sino por Dios y por él. Con esta compaña tomó el camino, y -el Rey su padre e todos los otros en sus batallas ordenadas tras él. - - - - -CAPÍTULO QUINTO - -LA DERROTA DE ARCALAUS - - -_Siempre seguidos por las huestes del rey Arábigo, Lisuarte y los suyos -anduvieron todo el día y toda la noche y al rayar el alba estaban ante -los muros de Luvaina. El rey de la Gran Bretaña quería meterse en la -ciudad, sin dar batalla, para reparar allí algún tanto sus armas, que -todos las traían hechas pedazos, y dar descanso a hombres y a caballos, -que ya no podían consigo de fatiga._ - -_Mas los de Arcalaus los acometieron fieramente, antes de que pudieran -ganar las puertas de la villa, y trabóse una muy dura batalla en la que -las fuerzas de Lisuarte, peleando a la desesperada, se batieron con -mucho mayor brío del que de su cansancio se podría esperar. Con todo, -tales eran los ímpetus del contrario, que el propio rey de la Gran -Bretaña, a quien le mataron el caballo y cayó en medio de los enemigos, -habría sido muerto o hecho prisionero si no hubieran acudido temeraria -y heroicamente a cubrir su cuerpo los mejores de sus caballeros. De -este modo, al cabo de muchas horas de pelea y con grandes pérdidas, -logró Lisuarte hacer entrar el resto de su gente por la puerta de -Luvaina, siendo el propio Rey uno de los últimos que consintió en -acogerse a tal defensa._ - -_Los muros de la villa eran bajos y débiles y no podían oponer -larga resistencia. Sin embargo, el Rey, una vez dentro, después de -haber hecho que comieran sus fatigadas tropas de lo que los de la -villa pudieron darles, las repartió por las murallas, guarneciendo -especialmente los puntos más flacos, a lo que también acudió cuanta -gente útil en la villa habitaba. Pero como ya era pasada la mayor parte -del día, los del rey Arábigo acordaron cercar por aquella noche los -muros de Luvaina, aplazando para la mañana siguiente el asaltarlos._ - -_Por mucho que se apresuró Amadís con los que le acompañaban, no pudo -evitar, con gran desesperación suya, que la noche les sorprendiera -lejos aún de Luvaina. Moderaron el paso y los fuegos del real del rey -Arábigo, que descubrieron desde lejos, sirviéronles para no errar -camino, tanto que descubrieron ante sí la villa como a una legua de -distancia, cuando comenzaba a romper el alba._ Pues el día venido, el -rey Arábigo y todos aquellos caballeros se aparejaron para el combate -con muy gran esfuerzo e placer; e como armados fueron, llegaron todos -al muro e a los portillos de la cerca; mas el rey Lisuarte con los -suyos se los defendía muy bravamente; mas al cabo, como la gente era -mucha y esforzada con la próspera fortuna, e los del Rey pocos, y -los más dellos heridos y desmayados, non podieron tanto resistir ni -defender que los contrarios no los entrasen por fuerza con muy grande -alarido; así que el ruido era muy grande por las calles, por las cuales -el Rey e los suyos se defendían reciamente, y desde las ventanas les -ayudaban las mujeres e mozos, e otros que no eran para más afruenta de -aquella. La revuelta de las cuchilladas e lanzadas y pedradas era tan -grande y el sonido de las voces, que no había persona que lo viese que -mucho no fuese espantada. - -_Los de Lisuarte se defendían con la mayor bravura_, mas todo no valía -nada: que tanta gente cargaba por todas partes sobre ellos y les -tomaban las espaldas, que si Dios por su misericordia no socorriera -con la venida de Amadís, no tardaran media hora de ser todos muertos -y presos, según las feridas tenían e las armas todas fechas pedazos; -mas a esta hora llegó Amadís e sus compañeros con aquella gente que ya -oístes; que después que el día vino aguijó cuanto pudo, porque ante -que se apercibiesen los podiesen tomar. E como llegó a la villa e vió -la gente dentro, e otros algunos que andaban de fuera, dió luego e -tornó al derredor, e firieron e mataron cuantos pudieron alcanzar, y -él por una puerta e don Cuadragante por la otra entraron con la gente, -diciendo a grandes voces: - ---Gaula, Gaula; Irlanda, Irlanda. - -E como fallaban las gentes desmandadas e sin recelo, mataron muchos, e -otros se les encerraron en las casas. - -Los delanteros que peleaban oyeron las voces y el gran roido que con -los suyos andaban, e los apellidos; luego pensaron que el rey Lisuarte -era socorrido, e desmayaron mucho, que no sabían qué facer, si pelear -con los que tenían delante o ir socorrer los otros. El rey Lisuarte, -como aquello oyó, e vió que sus contrarios aflojaban, cobró razón -e comenzó a esforzar los suyos, e dieron en ellos tan bravamente, -que los llevaron hasta dar en los que venían huyendo de Amadís e de -los suyos, así que no tovieron otro medio sino poner espaldas con -espaldas y defenderse. El rey Arábigo e Arcalaus, como vieron la cosa -perdida, metiéronse en una casa; que no tovieron esfuerzo para morir -en la calle, mas luego fueron tomados y presos. Amadís daba tan duros -golpes, que ya no hallaba quien lo esperase, _y cuando vió que ya -estaban deshechos los enemigos, pues tampoco don Cuadragante se había -descuidado en su negocio_, dijo a Gandalín: - ---Ve, di a don Cuadragante que yo me salgo de la villa, y que pues esto -es despachado, que será bien que nos vamos sin ver al rey Lisuarte. - -E luego fué por la calle hasta que llegó a la puerta de la villa por -donde había entrado, e fizo cabalgar la gente que con él iba, e él -cabalgó en su caballo. El rey Lisuarte, como tan presto vió el socorro -de su vida e sus enemigos muertos e destrozados, estaba de tal manera -que no sabía qué decir, e llamó a don Guilán, que cabe sí tenía, e -díjole: - ---Don Guilán, ¿qué será esto, o quién son éstos que tanto bien han -hecho? - ---Señor --dijo él--, ¿quién puede ser sino quien suele? No es otro sino -Amadís de Gaula, que bien oístes cómo nombraban su apellido, e bien -será, Señor, que le deis las gracias que merece. - -Entonces el Rey dijo: - ---Pues id vos adelante, e si él fuere, deteneldo, que por vos bien lo -hará, e yo luego seré con vos. - -Estonces fué por la calle, e cuando don Guilán llegó a la puerta de la -villa, luego supo que era Amadís, e ya había cabalgado e se iba con su -gente, que no quiso esperar a don Cuadragante porque lo no detoviese, e -don Guilán le dió voces que tornase, que estaba allí el Rey. - -Amadís, como lo oyó, hobo gran empacho, que conoció muy bien aquel -que lo llamaba, a quien él preciaba mucho e lo amaba; e vió al Rey -cabe él estar, e volvió, e cuando fué más cerca miró al Rey, e tenía -todas las armas despedazadas y llenas de sangre de sus feridas, e hobo -gran piedad de así lo ver; que aunque su discordia tan crecida fuese, -siempre tenía en la memoria ser éste el más cuerdo, más honrado e más -esforzado Rey que en el mundo hobiese: e como fué más cerca descabalgó -del caballo, e fué para él, e fincó los hinojos e quísole besar las -manos, mas él no las quiso dar, antes lo abrazó con muy buen talante e -lo alzó suso, _lo_ tomó por la mano e díjole: - ---Señor, bien será, si a vos ploguiere, que demos orden de descansar e -folgar, que bien nos hace menester. Amadís le dijo: - -[Ilustración] - ---Señor, sea la vuestra merced de nos dar licencia porque nos podamos -con tiempo tornar yo y estos caballeros al rey Perión, mi señor, que -con toda la otra gente viene. - ---Por cierto esa licencia no vos daré yo; que aunque en virtud ni -esfuerzo ninguno os pueda vencer, en esto quiero que seáis de mí -vencido, y que aquí esperemos al Rey vuestro padre; que no es razón que -tan brevemente nos partamos sobre cosa tan señalada como agora pasó. - ---Así se haga como lo mandáis --dijo Amadís. - -Entonces mandaron a la gente que descabalgasen e pusiesen los caballos -por aquel campo, e buscasen algo de comer. - -_Poco después_ vieron venir las batallas de la gente que el rey Perión -traía, que venían a más andar. El rey Lisuarte demandó un caballo e -dijo al rey Cildadán que tomase otro y que irían a rescebir al rey -Perión. - -Amadís le dijo: - ---Señor, por mejor habría, si por bien lo tovierdes, que descanséis y -curen de vuestras feridas, que el Rey mi señor no dejará de venir su -camino hasta vos ver. - -El Rey le dijo que en todo caso quería ir. Entonces cabalgó en un -caballo, y el rey Cildadán e Amadís en los suyos, e fueron contra -donde el rey Perión venía. Amadís mandó a Durín que pasase adelante -dellos e hiciese saber a su padre la ida del rey Lisuarte. Así fueron, -como oídes, e muchos de aquellos caballeros con ellos, e Durín andovo -más y llegó al Rey e díjole el mandado de Amadís; y él tomó consigo a -_varios caballeros_ e llegó al rey Lisuarte, e como se vieron, salieron -entrambos adelante el uno al otro, e abrazáronse con buen talante, -e cuando el rey Perión le vió así llagado e mal parado, e las armas -despedazadas, díjole: - ---Paréceme, buen señor, que no partistes del real tan mal trecho como -agora vos veo, aunque allá vuestras armas no estovieron en las fundas, -ni vuestra persona a la sombra de las tiendas. - ---Mi señor --dijo el rey Lisuarte--, así tove por bien que me viésedes, -porque sepáis qué tal estaba a la hora que Amadís y estos caballeros me -socorrieron. - -Entonces le contó todo lo más de la gran afruenta en que había estado. -El rey Perión hobo muy gran placer en saber lo que sus fijos habían -fecho con la buena ventura e honra tan grande que dello se les seguía, -e dijo: - ---Muchas gracias doy a Dios porque así se paró el pleito, e porque vos, -mi señor, seáis servido e ayudado de mis fijos y de mi linaje; que, -ciertamente, como quiera que las cosas hayan pasado entre nosotros, -siempre fué y es mi deseo que os acaten e obedezcan como a señor e a -padre. - - - - -CAPÍTULO SEXTO - -LAS BODAS - - -_En cuanto Lisuarte sanó de las heridas en aquella ocasión recibidas, -reuniéronse en la Ínsola Firme las familias de todos aquellos reyes, -con gran cortejo de damas y caballeros, para celebrar no sólo las bodas -de Oriana y Amadís, sino las de don Galaor con la hermosa reina de -Sobradisa, Briolanja; las del nuevo emperador de Roma con Leonoreta, -hija segunda del rey Lisuarte; las de Agrajes, Melicia, Mabilia, y -en general de gran número de caballeros y doncellas de los que habían -vivido en torno a Oriana y Amadís, entre los cuales había repartido -éste, poco antes de aquel día, los grandes estados ganados en la última -guerra, sin reservar otra cosa para sí que el señorío de la Ínsola -Firme, que, como bien sabemos, de antes poseía. También Urganda la -Desconocida habíase presentado inopinadamente, en una sierpe de fuego, -para ser testigo de las bodas de su caballero favorito._ - -Venido el día señalado, todos los novios se juntaron en la posada de -Amadís, y se vistieron de tan ricos y preciados paños como su gran -estado en tal auto demandaba, e asimesmo lo ficieron las novias; e -los reyes e grandes señores los tomaron consigo, e cabalgando en -sus palafrenes, muy ricamente guarnidos, se fueron a la huerta, -donde fallaron las reinas e novias asimesmo en sus palafrenes; pues -así salieron todos juntos a la iglesia, donde por el santo hombre -Nasciano la misa aparejada estaba. Pasado el auto de los matrimonios e -casamientos con las solemnidades que la santa Iglesia manda, Amadís se -llegó al rey Lisuarte e díjole: - ---Señor, quiero demandaros un don que os no será grave de lo dar. - ---Yo lo otorgo --dijo el Rey. - ---Pues, señor, mandad a Oriana que antes que sea hora de comer pruebe -el Arco encantado de los Leales Amadores, e la Cámara Defendida, que -hasta aquí, con su gran tristeza, nunca con ella acabar se pudo, por -mucho que ha sido por nosotros suplicada y rogada; que yo fío tanto -en su lealtad y en su gran beldad, que allí donde ha más de cien años -que nunca mujer, por extremada que de las otras fuese, pudo entrar, -entrará ella sin ningún detenimiento; porque yo vi a Grimanesa en tanta -perfición como si viva fuese, donde está hecha por gran arte con su -marido Apolidón; e su gran fermosura no iguala con la de Oriana; e en -aquella cámara tan defendida a todas se hará fiesta de nuestras bodas. - -Y el Rey le dijo: - ---Buen hijo señor: liviano es a mí complir lo que pedís, mas he recelo -que con ello pongamos alguna turbación en esta fiesta, porque muchas -veces contece, e todas las más, la grande afición de la voluntad -engañar los ojos, que juzgan lo contrario de lo que es; e así podría -acaescer a vos con mi hija Oriana. - ---No tengáis cuidado deso --dijo Amadís--, que mi corazón me dice que -así como lo digo se complirá. - ---Pues así os place, así sea --dijo el Rey. - -Entonces se fué a su hija, que entre las reinas e las otras novias -estaba, e díjole: - ---Mi hija, vuestro marido me demandó un don, e no se puede complir sino -por vos; quiero que mi palabra hagáis verdadera. - -Ella fincó los hinojos delante dél y besóle las manos, e dijo: - ---Señor, a Dios plega que por alguna manera venga causa con que os -pueda servir, e mandad lo que os ploguiere, que así se fará si por mí -complir se puede. - -El Rey la levantó e la besó en el rostro, e dijo: - ---Hija, pues conviene que antes de comer sea por vos probado el Arco de -los Leales Amadores e la Cámara Defendida; que esto es lo que vuestro -marido me pide. - -Cuando esto fué oído de toda aquella gente, a muchas plogo de ver -que la prueba se ficiese e a otras puso gran turbación. Pues así -como estaban, salieron de la iglesia, e cabalgando, llegaron al -marco donde allí adelante a ninguno ni a ninguna era dada licencia -de entrar, si dinos para ello no fuesen. Pues allí llegados, Melicia -e Olinda, _la mujer de Agrajes_, dijeron a sus esposos que también -querían ellas probar aquella aventura, de lo cual gran alegría en los -corazones dellos vino, por ver la gran lealtad en que se atrevían. -Allí descabalgaron todos e acordaron que entrasen delante Melicia e -Olinda; e así se fizo, que la una tras la otra pasaron el marco, e -sin ningún entrévalo fueron so el arco y entraron en la casa donde -Apolidón e Grimanesa estaban; e la trompa, que la imagen encima del -arco tenía, tañió muy dulcemente; así que todos fueron muy consolados -de tal són, que nunca otro tal vieran, sino aquellos que ya lo habían -visto e probado. Oriana llegó al marco e volvió el rostro contra -Amadís e paróse muy colorada; e tornó luego a entrar, y en llegando -a la mitad del sitio, la imagen comenzó el dulce són; e como llegó -so el arco, lanzó por la boca de la trompa tantas flores e rosas en -tanta abundancia, que todo el campo fué cubierto dellas; y el són fué -tan dulce e tan diferenciado del que por las otras se fizo, que todos -sintieron en sí tan gran deleite, que en tanto que durara tovieron por -bueno de no partirse de allí; mas como pasó el arco, cesó luego el són. -Oriana falló a Olinda e a Melicia, que estaban mirando aquellas figuras -e sus nombres, que en el jaspe hallaron escritos; e como la vieron, -fueron con mucho placer contra ella, e tomáronla entre sí por las -manos e volviéronse a las imágines; e Oriana miraba con gran afición -a Grimanesa, e bien veía claramente que ninguna de aquéllas, ni de -las que fuera estaban, no era tan fermosa como ella; e mucho dudó en -la prueba de la Cámara, que para haber de entrar en ella la había de -sobrar en fermosura; e por su voluntad dejárase de la probar, que de lo -del Arco nunca en sí puso duda; que bien sabía el secreto enteramente -de su corazón, cómo nunca fuera otorgado de amar sino a su amigo Amadís. - -Así estovieron una pieza, y estovieran más, sino por ser el día tal -que las esperaba; e acordaron de salirse así todas tres juntas como -estaban, tan contentas e tan lozanas, que a los que las atendían -e miraban les paresció que habían gran pieza acrecentado en sus -hermosuras, e bien cuidaron que cualquiera de ellas era bastante para -acabar la aventura de la Cámara. Sus tres maridos, Amadís e Agrajes e -don Bruneo, que aquella aventura habían acabado, como ya el segundo -libro desta historia vos lo ha contado, fueron contra ellas, lo -cual ninguno de los que allí estaban podieran hacer; e como a ellas -llegaron, la trompa comenzó el son e a echar las flores, que les daban -sobre las cabezas, e abrazáronlas e besáronlas, e así todos seis se -salieron. Esto hecho, acordaron de ir a la prueba de la Cámara, mas -algunas había que gran recelo llevaban de lo no poder acabar. Pues -llegando al sitio que en la sala del castillo estaba, _primero se -acercó_ Olinda la mesurada, trayéndola Agrajes por la mano, que le -daba gran esfuerzo, aunque no con mucha esperanza que en sí toviese, -que el gran amor ni afición dél a ella no le quitaba el conocimiento -de ver que no igualaba a la fermosura de Grimanesa; pero bien pensó -que llegaría con las más delanteras; y llegando al sitio, dejóla de -la mano, y ella entró e fuése derechamente al padrón de cobre, e de -allí pasó al de mármol, que nada sintió; mas, como quiso pasar, la -resistencia fué tan dura, que por mucho que porfió no pudo más de una -pasada pasar más adelante, e luego fué echada fuera, tan desacordada, -que no tenía sentido. - -Melicia entró con gentil continencia e lozano corazón, que así era ella -muy lozana e muy fermosa, e pasó por los padrones ambos, tanto, que -cuidaron todos que entraría en la cámara; e Oriana, que así lo pensó, -fué toda demudada de pesar; mas llegando un paso más que Olinda, luego -fué tollida e sacada sin ninguna piedad, como la otra, tan desacordada -como si muerta fuese, que así como más adelante entraban, mucho más -la pena les era dada a cada una en su grado, e así se hacía a los -caballeros antes que Amadís lo acabase. Las rabias que don Bruneo por -ello hacía a muchos movían a piedad; mas a los que sabían el poco -peligro que de allí redundaba, reíanse mucho de lo ver. Esto así fecho, -llevó Amadís a Oriana, en quien toda la fermosura del mundo ayuntada -era, y llegó al sitio con pasos muy sosegados y rostro muy honesto, -e santiguóse e encomendóse a Dios, y entró adelante, e sin que nada -sintiese pasó los padrones, e cuando a una pasada de la cámara llegó -sintió muchas manos que la pujaban e tornaban atrás, tanto, que tres -veces la volvieron hasta cerca del padrón de mármol; mas ella no hacía -sino con las sus muy fermosas manos desviarlos a un cabo e a otro, e -parecíale que tomaba brazos e manos; e así con mucha porfía e gran -corazón, e sobre todo su gran fermosura, que muy más extremada era que -la de Grimanesa, como dicho es, llegó a la puerta de la cámara muy -cansada, e trabó de uno de los umbrales; entonces salió aquel brazo -e mano que a Amadís tomó, e tomó a ella por la una mano, e oyó más de -veinte voces que muy dulcemente cantando dijeron: - ---Bien venga la noble señora, que por su gran beldad ha vencido la -fermosura de Grimanesa, e hará compaña al caballero que, por ser más -valiente y esforzado en armas que aquel Apolidón, que en su tiempo -par no tuvo, ganó el señorío desta ínsola, y de su generación será -señoreada grandes tiempos con otros grandes señoríos que desde ella -ganarán. - -Entonces el brazo e la mano tiró, y entró Oriana en la cámara, donde -se halló tan alegre como si del mundo fuera señora, e no tanto por su -fermosura como porque, seyendo su amigo Amadís señor de aquella ínsola, -sin empacho alguno le podía facer compaña en aquella fermosa cámara, -quitando la esperanza desde allí adelante de se venir a probar ninguna, -por fermosa que fuese. Isanjo, el caballero gobernador de aquella -ínsola, dijo entonces: - ---Señores, los encantamentos desta ínsola a este punto son todos -deshechos, sin ninguno quedar; que así fué establecido por aquel que -aquí los dejó; que no quiso que más durasen de cuanto se hallase señor -e señora que estas aventuras acabasen, como estos señores lo han fecho; -e sin embargo alguno, pueden allí entrar todas las mujeres, así como lo -facen los hombres después que por Amadís acabada fué. - -Entonces entraron los reyes e reinas, e todos los otros caballeros, e -dueñas e doncellas cuantas allí estaban, e vieron la más rica e más -sabrosa morada que nunca fué vista, e todas abrazaron a Oriana, como si -por luengo tiempo no la hobieran visto; era tanto el placer e alegría -de todos, que no tenían memoria de comer, ni de otra alguna cosa, sino -de mirar aquella cámara tan extraña. Amadís mandó que luego fuesen en -aquella gran cámara traídas las mesas, e así se fizo; e finalmente, -los novios e novias, e los reyes e los que allí cupieron, folgaron e -comieron en la cámara, donde de muchos e diversos manjares, e frutas de -muchas maneras, e vinos, fueron muy bien servidos. - -Pasadas estas grandes fiestas de las bodas que en la Ínsola Firme -se ficieron, el Emperador demandó licencia a Amadís, porque, si le -ploguiese, quería con su mujer tornarse a su tierra; todos los otros -reyes e señores aderezaron para se ir también, y quedó en la Ínsola -Firme Amadís con su señora Oriana al mayor vicio e placer que nunca -caballero estovo, de lo cual no quisiera él ser apartado porque del -mundo le ficiesen señor. - - A DIOS SEAN DADAS GRACIAS. ACÁBANSE AQUÍ - LOS CUATRO LIBROS DEL ESFORZADO - E MUY VIRTUOSO CABALLERO - AMADÍS DE GAULA. - - - - -PALMERÍN DE INGLATERRA - - - - -[Ilustración: ¶ Libro del muy eſforçado Cauallero Palmerín de -inglaterra hijo del rey dõ Duardos: y de ſus grandes proezas: y de -Floriano del desierto ſu hermano: con algunas del príncipe Florendos -hijo de Primaleon. Impreſſo Año.M.D.xlvij.] - - - - -[Ilustración] - -CAPÍTULO PRIMERO - -LA FLORESTA ENCANTADA - - -Saliendo un día don Duardos, _príncipe de Inglaterra_, a monte a la -floresta _del Desierto_, llevando consigo a Flérida, _su joven esposa, -hija del emperador de Grecia Palmerín_, mandó asentar sus tiendas en -un verde prado, junto de una ribera que por allí corría, que con sus -corrientes y claras aguas consolaba los corazones tristes. - -No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la parte do -la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de los monteros, -e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco grande, que, -acosado de los perros, trasponía por un recuesto; mas él, fiándose en -la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en pequeño trecho le -alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los que seguían a don -Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad del día les duró; -mas como les fué faltando, la escuridad les hizo desatinar de manera -que perdieron el rastro. - -Don Duardos, enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier -peligro que de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco, -hasta tanto que el caballo de cansado no se podía menear; entonces -se apeó dél, y quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para -que tomase algún esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando -dormir algún poco; mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida -estaría por su tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras -imaginaciones hasta la mañana. - -_Al otro día_, caminó hacia aquella parte que a su parecer su gente -quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba, más -se alongaba della, y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se -quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos -árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos -pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado, -y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar las -guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese serena, -y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con el cantar -de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por el río -abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las riendas -al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna le tenía -ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una torre -que en medio del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien -obrada y fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y -mucho más para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así -de la una parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan -ancha, que se podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos, -recordando de su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y -fortaleza dél, llamó a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban. - -No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo ver -desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel -castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo -dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese, -perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde -fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona -de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía que le -pareció necesaria, le dijo: - ---Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de -vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para -no encubrirse a nenguno. - -La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el río -caía, diciendo: - ---Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a vuestro -servicio; reposá aquí esta noche, que por la mañana sabréis lo que -deseáis. - -No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como -lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una -cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien -obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello -para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía; -aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le -hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa, -viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la -cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo, -que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo -podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra: - ---Di a mi sobrino que venga, que con menos trabajo de lo que pensamos -puede tomar venganza de la muerte de su padre, pues en nuestro poder -está éste, que es nieto y yerno de aquel que le mató. - -En esto bajó de lo más alto de la torre un gigante mancebo, acompañado -de algunos hombres armados, y entró dentro en la cámara así acompañado, -diciendo: - ---¡Don Duardos, don Duardos! --en alta voz--: con menos reposo que eso -habías de estar en esta casa. - -Don Duardos recordó a sus voces; queriendo tomar su espada, no la -halló. Entonces _el gigante_ le mandó prender, sin él poderse resestir, -que sólo con el corazón, sin otras armas, le tomaron; de ahí le -llevaron a una torre en lo más alto de la fortaleza, adonde, cargado de -hierro, le dejaron con intención de nunca soltalle. Cuando don Duardos -se vió solo y así tratado, con ira que de sí mesmo tenía, comenzó a -decir palabras de tanto dolor y lástima, que nenguno lo pudiera oír que -no la hubiera dél. - -_¿Qué motivo había para que tan preclaro caballero fuera tratado de -este modo? Dice la historia que en el tiempo en que Palmerín de Oliva, -antes de ser emperador de Grecia y padre de Flérida, había estado en -la corte del rey de Inglaterra, abuelo de don Duardos, como caballero -andante, había libertado en brava pelea a la reina y su hija, que eran -llevadas prisioneras por el temido gigante Franaque, el cual, por mano -de Palmerín, había quedado muerto en el campo de batalla._ - -Este Franaque tenía una hermana, muy gran sabidora en las artes de -encantamento, llamada Eutropa, que en su tiempo pasó a todas las -personas que de aquel arte sabían. Y sabiendo la triste nueva de -aqueste su hermano, tomando en sus brazos un pequeño hijo que le -quedaba, que tenía por nombre Dramusiando, con grandes llantos lloraba -la muerte de su padre, prometiendo que, con sus artes y con las fuerzas -de aquel niño, tomaría tal venganza del que lo mató y de todos los -que de su linaje pudiese haber, que quedase dello perpetua memoria. -Pasados los días del ímpetu de su pasión, quísose proveer como sabía en -aquello que vió que era menester para su guarda; y haciendo de nuevo -aquel castillo en que don Duardos fué preso, se metió en él con toda su -familia, fortificándole todo lo que más pudo; y no se confiando desto, -encantó de tal suerte toda aquella floresta al derredor, que ninguna -persona podía entrar dentro si no fuese por su voluntad. En este -castillo crió su sobrino hasta edad de ser caballero, _el cual_, como -tuviese edad y entendimiento, y tuviese el ánimo muy grande, supiendo -la muerte de su padre, el esfuerzo de su ánima le provocaba a ir por el -mundo a vengar su muerte; mas Eutropa se lo impidió siempre, diciendo -que viviese contento, que ella le prometía de le traer a su poder en -quién pudiese tomar muy cruel venganza. - - - - -CAPÍTULO SEGUNDO - -LOS MELLIZOS DE FLÉRIDA - - -Estando Flérida en la Floresta del Desierto, que quedara con _sus_ -damas junto con la ribera folgando y cogiendo de las flores de que -el campo está cubierto, que esto era en el mes de mayo tiempo en el -cual ellas tienen su gracia, esperó a don Duardos hasta las horas -que le pareció que debía venir, y viendo que tardaba, comenzó de -entristecerse, anunciándole el corazón el desastre. Allegada la noche, -parecióle más escura a Flérida de lo que de su natural lo podía ser; -ninguna consolación la podía alegrar; los monteros acudían y su don -Duardos no venía; Flérida no durmió en toda la noche, porque siempre en -estos casos el cuidado vence el sueño. - -Ya que la mañana esclarescía, el duque _de Galez_ mandó a toda aquella -gente que, repartidos, corriesen toda la floresta y mirasen si lo -hallarían, y tornasen allí con el recaudo, porque Flérida tenía -ordenado no hacer de allí mudanza hasta saber lo que dél era hecho. -Pridos, hijo del duque, primo de don Duardos y muy grande amigo suyo, -se metió por lo más espeso de la montaña, contra aquella parte do la -mar batía, lo anduvo revolviendo todo, e ya desconfiando de le hallar, -creyendo que de las alimañas bravas de que aquella montaña era poblada -lo matarían por ir desarmado, tornóse tan triste que, desacordado de -sí, con los ojos llenos de agua, las riendas sueltas sobre el cuello -del caballo, haciendo muy grandes lástimas por aquellas muy grandes -concavidades que la mar tenía hechas, y retumbando dentro el tono con -que las decía, parecía que le ayudaban a sentir su pasión con aquellas -mismas palabras que él mismo se quejaba. - -No tardó mucho que por la ribera de aquella playa vió venir una -doncella encima de su palafrén muy negro, vestida de la mesma color. -Llegándose a Pridos, le tomó por la rienda, diciendo: - ---Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer a -lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en su -libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid -a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo -vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir -se le tornará en mayor alegría. - -Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote al -palafrén, ella y él desaparecieron. - -_Pridos tornó_ con esta nueva donde Flérida estaba, _la que_, puesto -que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó más triste de -lo que antes estaba. - -[Ilustración] - -Y como pocas veces una pasión venga sola, con este acidente le dieron -dolores de parto, y porque también ya el tiempo era llegado, sin mucho -trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que en aquella primera -hora parecía que daban testimonio de lo que después hicieron. _Las_ -damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos paños, se los presentaron -delante, creyendo que con la vista dellos mitigaría la pena; Flérida -los tomó en sus brazos con amor de madre; con palabras de mucha lástima -decía: - ---¡Oh hijos sin padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro -nacimiento fuera! Mas en lugar de las fiestas que él para entonces -aparejaba, yo moriré con este dolor y vosotros quedaréis sin él y sin -mí y sin edad para sentir tan gran pérdida. - -Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al -que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al -segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera -se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba -cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la -leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que -ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar -a aquel lugar donde todo se juntaba. - -Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte un -salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza de -las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía dos -leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo -aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento -de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le -inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes, -porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito al -campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida, -escondiéronse entre las matas. El duque de Galez, que muy viejo era y -estaba desarmado, no pudo defender que el salvaje no tomase a los niños -debajo del brazo, y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más -daño. Flérida quedó tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa -ninguna; perdida la calor natural, parecía más muerta que viva; mas -tomando algún tanto en sí por las palabras que le decían, comenzó otro -planto de nuevo, deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se -halla reposo de todos los males. - - - - -CAPÍTULO TERCERO - -DESIERTO Y PALMERÍN - - -Aqueste salvaje, después de haber tomado aquellos infantes, anduvo -tanto hasta llegar adonde tenía la cueva, y hallando a la entrada della -a su mujer, que le estaba esperando con un niño en los brazos, el cual -era hijo de entrambos, que sería de edad de hasta un año; allí le dió -la caza que traía, diciendo que en todo el día no había podido hallar -otra, y que de aquella cenarían los leones; mas como las mujeres de -su natural son inclinadas a piedad, túvola tamaña de aquellas vidas -inocentes, que no quiso consentir lo que su marido traía ordenado; -antes, tomando de otra carne, les dió de comer y a los chiquitos de -mamar, con tan grande amor como a su hijo propio; y con esto los crió -a la leche de sus pechos hasta que la edad los enseñó a sustentar de -otro mantenimiento. - -_Entre tanto, el rey de Inglaterra, Fadrique, padre de don Duardos, en -el gran dolor de lo ocurrido a su hijo y nietos, envía un embajador -a Constantinopla para hacerlo saber al anciano emperador de Grecia. -Llega éste a la ciudad al tiempo en que se celebran grandes fiestas -con motivo del nacimiento de Polinarda, nieta del emperador, hija -de Primaleón el hermano de Flérida. Al momento son suspendidos los -festejos, y el emperador Palmerín, muy alterado con tales nuevas, -retírase a sus habitaciones. Mas el príncipe Primaleón, que grandes -obligaciones debe a su cuñado don Duardos, dejando a su amada -esposa Gridonia y a su recién nacida hija, toma sus armas y se pone -secretamente en camino para lograr la libertad del prisionero. Lo mismo -van haciendo los más famosos caballeros de la corte del emperador; y -cuando la noticia de la pérdida de don Duardos se extiende por las de -Francia, España, Alemania y otras tierras, no hay caballero que quiera -ser el último en salir en su demanda._ - -Aquí deja la historia de hablar dello, y torna a los infantes, que -la mujer del salvaje criaba con tanto amor como a sus propios hijos; -así como iban creciendo se hacían tan hermosos y bien dispuestos, que -parecían de mayor edad de lo que entonces eran: su ejercicio era cazar, -siendo en ello tan diestros, que casi tenían despoblada la mayor -parte de aquélla floresta de las alimañas que en ella había; y el que -mayor montero y más gusto de cazar llevaba era Floriano del Desierto, -en cuya compañía los leones siempre andaban; traía un arco con muchas -flechas, y salió tan singular flechero, que el salvaje no le igualaba -con mucha parte; en esta vida continuaron hasta edad de diez años, en -el fin de los cuales, un domingo por la mañana, Floriano se salió solo -con sus leones por la trabilla, como algunas veces lo acostumbraba, -por ver si mataría alguna caza, y andando todo el día a una parte y a -otra sin hallar ninguna, al tiempo que el sol se quería poner, vió en -una mata estar un venado muy grande, y adonde le tiró, y le dió con -tanta fuerza que lo atravesó de la otra parte; mas el ciervo, que se -sintió herido, se levantó con tan gran priesa, que los leones, a quien -Floriano soltó la trabilla, no le pudieron alcanzar, antes corriendo -ellos tras el venado y él tras ellos se desviaran tanto de la cierva, -que Floriano perdió el tino della y a los leones de vista, andando -toda la noche dando voces por ver si acudirían; y caminó tanto hacia -donde le pareció que la cierva estaba, que fué a parar al propio lugar -adonde naciera, que era allí cerca, y asentóse al pie de una fuente que -allí estaba; no tardó mucho que por el mesmo camino hacia la fuente -vió un caballero encima de un caballo bayo, las riendas caídas sobre -el cuello del caballo, y él tan triste de su cuidado que parecía que -nenguna cosa sentía; tanto que llegó a la fuente, con el detenimiento -que el caballo hizo en beber, tornó en sí, y viendo a Floriano, fué en -él el sobresalto tan grande como si viera a don Duardos; porque éste -se parecía mucho a él; preguntándole cúyo hijo era, Floriano le dió la -cuenta de lo que sabía; el caballero le rogó que se fuese con él para -Londres, y que le llevaría al rey, que le criaría y le haría mercedes. - -Este caballero era el esforzado Pridos, que, cansado de correr todo el -mundo en busca de don Duardos sin hallar ningunas nuevas, se tornaba -para Londres, y tomando a Floriano consigo, le llevó a la corte, adonde -del rey fué recebido como persona a quien mucho amaba, y le ofreció -aquel doncel vestido de pieles de alimañas, con quien el rey fué tan -alegre como si supiera ser aquél su nieto. Y tomándole por la mano, se -fué adonde la reina y Flérida estaban, mostrando nuevo contentamiento, -y puestos los ojos en Flérida, le dijo: - ---Señora, vedes aquí el fruto que Pridos sacó de su tardanza; este -doncel, tan parecido a mi hijo y a vuestro don Duardos, que me hace -creer que puede tener algún deudo con él. - -Flérida, a quien la naturaleza ayudase a conocelle, tomóle en los -brazos con entero amor de madre, y pidiéndoselo al rey que se lo diese -para su servicio, quiso que tuviese por nombre Desierto, sin saber que -aquél era con el que naciera. Desta manera el infante Desierto se crió -sirviendo a su mesma madre, sin ella ni él saber el mucho parentesco -que entre ellos había. - -Aquel día que el infante del Desierto salió a cazar, el salvaje -esperó hasta la noche, y viendo que no venía él, ni los leones -tampoco, comenzó de entristecerse, y gastando las horas del sueño en -pensamientos que se le hacían perder, estuvo hasta otro día, que los -leones llegaron ensangrentados de la sangre del venado que mataron; mas -él que los vió sin su guardador, los mató, sin se le acordar la pérdida -que en hacello recibía. Mas Palmerín se tornó tan triste que ninguna -cosa le podía contentar, pasando el tiempo en irse a pasar su soledad -riberas de la playa donde la mar batía. Tanto continuó esto, que una -vez vió venir a la costa una galera, y llegando hacia aquella parte do -Palmerín estaba, el capitán mandó poner la proa en tierra, hallando -aquellos donceles, porque también Selvián, _el hijo del salvaje_, -estaba en la compañía de Palmerín; espantado del parecer de entramos y -de la manera de su traje, después de estar algún rato platicando, puso -en su voluntad de llevarlos consigo por fuerza, si de otra manera no -quisiesen; mas Palmerín no hubo menester muchas palabras, porque su -naturaleza le inclinaba a no se contentar de aquella vida. - -Entonces, entrando en la galera, el capitán hizo su camino como de -antes llevaba; en esto continuaron tantos días, volviendo la costa -de España y travesando la de Levante, tanto que un día en la tarde -allegaron al gran puerto de Constantinopla, que en aquel tiempo era -poblada de voluntades tan tristes como en otro tiempo lo era de -invenciones alegres y días contentos. - -El esforzado Polendos, rey de Tesalia, que era el capitán de la galera -que venía de correr y atravesar todos los mares, así Océano como -Mediterráneo, sin hallar ninguna nueva de Primaleón ni de don Duardos, -dió cuenta _al emperador_ de las tierras que anduvo y de lo poco que en -aquella demanda hiciera, de lo cual el emperador quedó muy descontento. -Polendos le presentó el hermoso infante, con quien fué algún tanto -consolado, pareciéndole que tan fermosa cosa había de traer consigo -algo que diese contentamiento a quien le había menester, y llamando -a un duque, lo mandó llevar a Gridonia, para que sirviese a su hija -Polinarda, que ya en aquel tiempo comenzaba a ser tan hermosa que se -creía que su madre y agüela no lo fueron tanto como ella en el tiempo -que florecían. - -La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una -persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a -servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado -deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca -pensó salir. - -No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la -cual había venido en un palafrén blanco; traía vestida una ropa a la -francesa, de invención nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos -echados a las espaldas, tomados con un muy rico prendedós, y allegando -al estrado, sacó una carta del seno, y haciendo el acatamiento que a -tan gran príncipe era necesario, se la metió en la mano. El emperador -la mandó leer alto, en la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy -famoso Palmerín, emperador de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de -las Tres Hadas, te hago saber que el doncel que hoy te fué traído, de -entrambas partes deciende de los más poderosos reyes cristianos que hay -en el mundo; por tanto, tratalde como a gran príncipe, porque, en el -tiempo que tu corona e imperial estado estuviere en el más bajo asiento -de la fortuna, le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por -él serán restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que -ahora están sin ella.” - -El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta; haciendo -venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él algunas cosas -quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que allende de -ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la emperatriz -y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna nueva de -Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este cuidado. - - - - -CAPÍTULO CUARTO - -PRIMALEÓN - - -El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión, -supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que le -prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas vivía -con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas de lo -que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos gigantes -Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan sonada que -sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con grandes -promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que cada uno -de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase primero -con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el temido -Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura Cueva; -y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su honra, -que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que si no -fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda le era -necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él viniesen. - -Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón, -cansado de las muchas aventuras que por él pasaron y muy triste porque -ninguna della fué tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en -un caballo morcillo, vestido de armas de verde y leonado, trayendo -ocupados los ojos en la suavidad que aquellos árboles y corrientes de -aguas hacían a quien a vista della caminaba; y así allegó a la puente -al tiempo que don Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una -gruesa lanza; estaba en un hermoso caballo alazán del gigante, armado -de armas negras sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones -que ardían; en el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por -tal arte, que ella misma enseñaba su nombre a quien no la conocía. -Primaleón, que así le vió, le dijo: - ---Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa fortaleza -que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras manos? - ---La costumbre de la entrada os diré --_dijo don Duardos_--, y es -que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros -peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis. - -_Dicho esto_, apartándose lo necesario se encontraron con tanta fuerza, -que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos lanzas -muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera y cuarta -carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de la fortaleza -uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos con tanta -fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en entramos hobiese -tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver -así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para -don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros -y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había -así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y -oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y -apartándose afuera, le dijo: - ---Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se -puede igualar con vos. - -Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué abrazar, -mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se recogiese, -que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más que decille -que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la entrada de -la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de que todo -venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro pesada y en -la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal, diciendo: - ---Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos. - ---Mayor detenimiento --dijo Primaleón-- sería querer responderte lo que -esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son dichas. - -Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón, en -que dió, fué hecho piezas, de que quedó muy poco contento por no tener -con qué se cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro, -tomó al gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que, -no le valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro -quedó tan lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con -otros tan a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura -que ninguno que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía -perder. Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don -Duardos, le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz -tristeza por ver el estado en que su amistad le había traído, de que -Dramusiando en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la -batalla, el temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando -la maza con dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta -fuerza, que allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara, -dándole luego el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro -dedos de la mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella, -mas él le dió de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi -sin acuerdo, e quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió -sobre sí aquel espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo: - ---A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender. - -Primaleón, que vió tal contrario delante de sí, viendo que no tenía -con qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de -Pandaro, y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí -otra batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada, -porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del -mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza -estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por -donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto -caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se -le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué -se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte -del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de -sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este -tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas -que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó -sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía -menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al -tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo: - ---Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os -rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra -y que os ponen la vida en tanto peligro. - -_Negóse a ello Primaleón, y entonces el gigante_ arremetió a él con -la espada alta, dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas -partes; Primaleón comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para -ofendello otro reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos -tal, que hacía olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran -tales, que adonde alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo -podían resistir; y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle -morir, que, quitándose afuera, le dijo: - ---Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer tus -heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la batalla; -vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo de tu locura, -porque la vida no se ha de dejar a quien della no se contenta. - -Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así -herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con -una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo -consigo mesmo: - ---Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar -que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor -de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán mal -agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi señora -Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí tenía guardado! -Mas agora ¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan -grandes cosas como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria? - -Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo las -heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo: - ---Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí -peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates. - -Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente -de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su -parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto -que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes -de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del -gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con -que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas -para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le -prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su -señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante, y -así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para que -fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona le hizo -curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre que más -deseó conservar la vida de los buenos caballeros que hubo en el mundo, -por el poco temor que los tenía. - - - - -CAPÍTULO QUINTO - -EL TORNEO - - -Tanto tiempo el infante Palmerín se crió en casa del emperador de -Grecia su agüelo, que ya era en edad para ser caballero, y tan amado y -estimado de todos por sus buenas costumbres, como después fué temido -de sus enemigos por su persona; y como él desease muchas veces verse -en aquel aucto para que se criara, temía de pedillo al emperador, por -no se ver apartado del servicio de la hermosa Polinarda su señora, con -quien viviera desde el primer día que Polendos le trajera. Y porque -ella sentía en él este deseo, pagábaselo con otro igual al suyo, el -cual sabía muy bien encubrir, porque la hermosura de Palmerín traía -consigo el merecimiento desta afición. Pues el emperador, que en muy -continua tristeza vivía por la pérdida de sus hijos y apartamiento de -sus caballeros, que ya tenía por muertos, viniéndole a la memoria las -palabras de la carta de la sabia del Lago de las Tres Hadas, que la -doncella le trajo el día que Palmerín llegó, quísole hacer caballero, -creyendo que con él cobraría el descanso perdido en que al presente no -vivía, si ellas fuesen verdaderas. Y por deshacer la tristeza de los -suyos, que de tanto tiempo estaba ya arraigada, porque esta pérdida era -tan general que a todos cabía parte, ordenó de juntamente con él de -darla a todos los donceles que en su corte andaban, que eran muchos, -y algunos dellos eran príncipes e infantes, y concertóse que el día -desta cerimonia tornasen contra los otros caballeros que en la corte al -presente se hallasen, porque esto hacía el emperador para esperiencia -de las cosas que de Palmerín esperaban. Y mandóles aparejar para el -día de Pascua de flores, y luego ordenaron cadahalsos sumptuosos en el -campo adonde habían de ser los torneos. Los noveles velaron sus armas -en la capilla, víspera de Pascua, y venido el día, el emperador y la -emperatriz y Gridonia oyeron misa, la cual se dijo con gran solemnidad, -y acabada, hizo por su mano caballero al infante Palmerín de Inglaterra -primero que a otro ninguno. El rey Frisol de Hungría, que allí se -halló, le calzó la espuela, y la hermosa infanta Polinarda le ciñó -la espada, porque el emperador lo quiso así para más obligalle a sus -hechos; y él lo tuvo en tanto, que acordarse desto en muchos peligros -le dió nuevo esfuerzo. Tras él armó _caballeros a todos los otros -príncipes e infantes que en su corte se habían criado_. - -Esto acabado, él y la emperatriz, con Gridonia y el rey Frisol, -comieron en la sala imperial con tanto aparato de fiesta como en el -tiempo pasado, servidos con todo el estado real, habiendo tantos -estrumentos y música como si en aquella corte no faltara nada del -placer que poseían en el tiempo en que ellos más se acostumbraban. -Acabado de comer, el emperador se fué al cadahalso donde había de ver -los torneos, acompañado de algunos señores a quien las edades antiguas -detenían en Costantinopla; porque a los otros, a quien aún les ayudaba, -despendían el tiempo en la demanda destos asignados príncipes de quien -entonces ninguna nueva se sabía. La emperatriz y Gridonia, con sus -dueñas y doncellas, se pusieron en otro que para ellas estaba señalado, -y a esta hora, de la parte de los caballeros estranjeros estaba tanta -gente en el campo, que a la fama destas fiestas habían venido, que -el emperador temió que los noveles no lo pudiesen sofrir, que a este -tiempo salían de la ciudad armados de armas blancas, tan airosos y -bien puestos que comenzaron de dar testimonio de lo mucho que después -hicieron, trayendo por capitán al esforzado Palmerín. Puestos en orden, -al son de muchas trompetas arremetieron unos a otros con tamaño ímpetu, -como la codicia de la honra quería a quien la desea alcanzar; Palmerín, -que era el delantero, antes que ronpiese, puestos los ojos en la -fermosa Polinarda, dijo consigo mismo: - ---Señora, para mayor afrenta quiero vuestra ayuda; por eso no os la -pido en ésta, que sé que ante vos no me puede acontecer cosa que la -vitoria sea de otro, pues que vos ya la tenéis de mí. - -No eran estas palabras bien acabadas, cuando él y Lebusante de Grecia -se encontraron con tanta fuerza que Lebusante fué al suelo por las -ancas del caballo, quedando Palmerín tan entero como si no le tocara, -de que el emperador fué tan contento como espantado, porque este -Lebusante era entonces el mejor caballero de toda Grecia. _Los demás -caballeros noveles también se portaron con mucha gallardía._ - -El estruendo destos primeros encuentros fué tan grande que parecía que -un monte se acabase de caer, quedando por el campo muchos caballos sin -señores, quedando ellos en el suelo y algunos maltratados. Después de -quebradas las lanzas echaron mano a las espadas, dándose tan grandes -golpes que parecía que un gran ejército fuese allí junto. Lebusante -de Grecia, descontento del desastre del primer encuentro, ayudado de -los suyos tornó a cabalgar, y entrando por lo más áspero del torneo -fería a una parte y a otra de tan duros golpes que por fuerza le hacían -lugar, mirando por quién le derribara para enmendar la vergüenza en -que le pusiera; yendo con este deseo, _puso en el mayor aprieto a los -noveles, aunque éstos se defendían tan bien que_ el emperador tuvo -en tanto el alto comienzo destos noveles que todas las cosas pasadas -le parecían pequeñas; mas de la parte de los estranjeros recreció -tanta gente, que los noveles no se podían amparar, y por fuerza los -arrancaron del campo, y en aquel tiempo no se halló el esforzado -Palmerín de Ingalaterra, que aquel día había hecho tanto que ya no -hallaba en quien emplear sus fuerzas; y siendo animado del aprieto en -que los otros estaban, acudió aquella parte con el infante Platir, -_hijo de Primaleón y Gridonia, y con otros caballeros_, y rompieron -por medio de los contrarios con tanta fuerza, que los golpes que -dellos recibieron no fué parte para enpedir su llegada. Platir, que -vió al príncipe Florendos su hermano trabado con Trofolante, llegó a -él, dándole muchos y grandes golpes, tanto que le hizo desatinar, y a -este tiempo Lebusante de Grecia salió tan maltratado de las manos del -príncipe Beroldo _de España_, que sin nengún acuerdo se tornaron a -retraer, por no poder resestir a los golpes de Palmerín y de aquellos -esforzados noveles sus compañeros; con tanto placer del emperador y -de la hermosa Polinarda, que, no lo pudiendo encubrir, estaba loando -a sus damas su hermoso doncel. Ya que los contrarios iban de vencida -fuera del campo donde la batalla se hacía, entraron de su parte por un -costado del torneo dos caballeros armados de armas verdes, al parecer -airosos y bien puestos, con sus lanzas bajas, y antes que las quebrasen -derribaron a algunos de la otra parte, y sacando sus espadas, en poco -tiempo hicieron tanto, que por fuerza los suyos tornaron a cobrar todo -lo que del campo habían perdido. Mas Palmerín vió aquellos caballeros -y el estrago que hacían en los suyos, temiendo que la vitoria de aquel -día fuese al revés, porque los noveles estaban casi destrozados del -trabajo que habían pasado, y los otros cobraron esfuerzo con la nueva -ayuda; por donde, como se le acordase que todo pendía dél, _salió al -encuentro_ de un caballero de los otros, el más esforzado, que por -ser mejor conocido traía el escudo en campo blanco un salvaje con dos -leones por una traílla, el cual, pasando por fuerzas de armas todo el -ímpetu de los noveles, y conociéndole por las grandes cosas que aquel -día le viera hacer, se vino a él, el cual lo recibió con el mismo -deseo, y comenzaron una brava batalla, tal que bien pareció que allí se -juntaba toda la valentía del mundo; en la cual anduvieron tanto, hasta -que las armas quedaron tan deshechas y los caballos tan cansados que -no se podían menear, y apeándose de los caballos se pusieron a pie, -que fué causa de doblarse más la furia de su batalla, trabándose a -brazos algunas veces, confiándose cada uno en sus fuerzas; y con todo -lo que probaban nunca pudieron conocerse ventaja. _Entre tanto Platir -y Florendos lograban echar de nuevo a los caballeros forasteros fuera -del campo._ El emperador, que la batalla de Palmerín y del caballero -del Salvaje veía, estaba tan ocupado en el espanto que le ponía que -no miraba por otra cosa, tiniéndola por la mayor que nunca viera, y -temiendo, según lo que vía, que entramos pudiesen allí morir, quiso -escusar cosa tan mal empleada en tales dos caballeros, mandóles decir -de su parte que pues el torneo era acabado, dejasen la batalla en que -estaban; mas como cada uno deseasen saber lo que había de sí al otro -no se pudo acabar con ellos, ni la infanta Polinarda se halló tan -libre que dejase de sentir y recelar la afrenta en que su Palmerín -estaba. En esta porfía duraron tanto, que la noche sobrevino, tan -escura que les fué necesario apartarse, sin nenguno quedar con más que -con muchas heridas y el deseo de la vitoria. El emperador mandó tocar -las trompetas y recoger cada uno a su capitanía; los dos caballeros -de las armas verdes se tornaron hacia la parte de donde vinieron. El -emperador quiso que hubiese sarao, para pagar a los noveles el trabajo -de aquel día danzando cada uno con su señora, y algunos hubo entrellos -que por gozar de aquel contentamiento estuvieron engañando el dolor de -sus heridas con aquella paga de su gusto. Palmerín, que no sabía con -quién danzar por no atreverse a su señora, danzó con una camarera de -la infanta Polinarda y mucho su privada; el príncipe Florendos con la -infanta su hermana, que aquel día salió tan hermosa que podía tener -su madre envidia y su agüela en el tiempo que florecieron; Platir con -Floriana, nieta del rey Frisol; y así los otros cada uno con quien más -tenía en su voluntad. Acabado el sarao, el emperador se recojó al -aposento de la emperatriz, acompañado de Palmerín y sus nietos, todos -envueltos en el placer de su vitoria, y él algún tanto triste por no -saber quién fuese el caballero del Salvaje, a quien entonces hiciera -muy grandes mercedes si lo pudiera haber para su servicio, porque sólo -para sustentar la honra se han de desear los bienes de fortuna. - - - - -CAPÍTULO SEXTO - -EL CABALLERO DE LA FORTUNA - - -_Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo ni dónde, los más -famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos -y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en -las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a -estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales -circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho -le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era -decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte -imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de -despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto -de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián su -fiel escudero, llevando por nombre el de El Caballero de la Fortuna._ - -_Después de correr diversas aventuras en las que conquistó glorioso -renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de probar -aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros._ - -_Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el gran peligro -que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo caballero, hizo -de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando a Londres, se le -presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con la súplica de que la -vengara de no sé qué ofensas que fingía haber recibido del Caballero -del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que nada deseaba tanto en el -mundo como volver a medir sus armas con su enemigo de Constantinopla, -y lucharon ante el rey y la corte de Inglaterra con tanto brío y -fortaleza que en todo el día ninguno de ellos pudo conseguir victoria -sobre el otro y cuando se puso el sol ambos estaban llenos de terribles -heridas y con las armas destrozadas --aunque en peor situación el del -Salvaje-- pero tan enteros de ánimo que ni el propio rey los logró -separar para que no acabaran de darse muerte uno a otro._ - -El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese -adonde estaba Flérida, diciendo: - ---Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser -libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno -destos que tan cerca están de perder las vidas; pídoos que luego los -vais apartar, que por mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos -mueren, yo he por muerta la esperanza que tuve hasta aquí de algún bien. - -Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni -ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso -hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la -mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un -hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su -cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa -como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran -alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño, -que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida -llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le -dijo: - ---Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña tan -mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea dejar -esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que vuestra -vida y de esotro caballero está. - -El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su señora -Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las rodillas -en tierra, le dijo: - ---Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y -agora la dejo si en ello recebís servicio, y la honra della sea dese -caballero, pues tan bien la merece. - ---Esa no quiero yo --dijo el del Salvaje-- sino cuando por mí la -ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues -hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario, -que soy suyo y se lo debo de obligación. - -Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber que -no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida. - -_Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió la -aventura del Valle de la Perdición --que ya por los escuderos de los -caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían -quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros--, y -si no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo -había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los -gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste, -sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche -cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se -escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía -extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte, -envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo -del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa y -las gentes del castillo trataban de reanimar a Dramusiando._ - - - - -CAPÍTULO SÉPTIMO - -LOS ENEMIGOS HERMANOS - - -_El caballero de la Fortuna, que no había querido aceptar la -hospitalidad que para que se curara de sus heridas le había ofrecido -el rey, cuando sintió que sus fuerzas eran recobradas, se armó de las -nuevas armas que Selvián le había encargado y se puso en busca de la -fortaleza de Dramusiando. Anduvo así_ muchos días sin hallar aventura -que de contar sea, en fin de los cuales le tomó una noche en un valle -donde vió estar una tienda armada, con lumbre de hachas dentro; y -llegándose más cerca por ver lo que sería, no halló otra cosa si no -fué un caballero muerto metido en unas andas, y otro que con palabras -de mucho dolor mostraba sentir su muerte, y conociendo que aquel era -Rosirán de la Brunda, sobrino del rey de Inglaterra, parecióle que el -de las andas no sería persona de poco precio; apeándose del caballo -entró así armado en la tienda, y comenzóle de consolar. Mas don -Rosirán, que en viéndole conoció al de la Fortuna, se levantó en pie -diciendo: - ---Ya, señor caballero, seréis contento, pues es muerto el caballero a -quien vos por mayor enemigo teníades; este es el caballero del Salvaje, -de quien ya deseastes vitoria y no la podistes haber. - -El de la Fortuna le vinieron las lágrimas a los ojos, que esto tienen -los corazones piadosos, aun del mal de sus enemigos tener compasión, -diciendo: - ---Por cierto, nunca yo de nenguno más la deseé; _pero_ si en la vida -fué la enemistad tan grande como vos sabéis, en la muerte quiero que -veáis lo que en su venganza haré; por eso querría que dixésedes en qué -parte le aconteció esta desventura, porque quiero también pasar por -ella o vengar a él. - ---Señor, yo llego aquí --dijo don Rosirán-- habrá media hora, y no sé -más que lo hallé en este estado y un hombre que de aquí se fué me dijo -que estas feridas recibió en la fortaleza del gigante Dramusiando, -donde se cree que todos o los más excelentes caballeros del mundo son -perdidos; y puesto que hiciera en armas cosas tan estremadas cuales de -otro nunca se vieron, al fin quedó tal como veis, sin poder dar fin -aquella tan peligrosa aventura. - -El caballero de la Fortuna, que el dolor de tal acaecimiento sentía -dentro en el alma, viendo que él no había acabado aquella aventura, -túvola en más que hasta allí; tomando las armas en las manos para ver -los golpes, las halló tan despedazadas, que no tan solamente tuvo en -mucho la grandeza dellos, mas tuvo en mucho más ver a hombre en el -mundo que con tamañas heridas se sostuviese algún espacio; llegándose -más a él por ver si del todo era muerto, quitóle un paño de seda con -que el rostro estaba cubierto; afirmando los ojos, le dió un sobresalto -el corazón como si del todo le conociera, y porque la naturaleza en -estos casos lo descubre todo, ella le trujo a la memoria la pérdida de -su hermano, viéndole algunas señales en que sospechó ser aquél, y llamó -a Selvián para que le viese, y tanto le estuvo mirando, que entramos -conformaron en aquella sospecha; mas el de la Fortuna, que aún no -estaba satisfecho, dijo contra don Rosirán: - ---Pídoos por merced, señor caballero, que me digáis su nombre si lo -sabéis, y cúyo hijo es, pues vos ni él perdéis en ello nada, y aun me -quitáis de una duda en que estoy. - ---Aventúrase ya tan poco en esto --dijo él--que no quiero negar lo que -sé; su propio nombre es Desierto; padre ni yo ni otro le conoce, puesto -que a mí como al mayor amigo que siempre tuvo confesó algunas veces que -un salvaje le criara y a éste conocía por padre, llamándose siempre en -su poder el mismo nombre de Desierto. - -El caballero de la Fortuna, a quien estas palabras tocaron en el alma, -viendo ser su hermano, cayó sobre las andas tan sin acuerdo como si su -corazón no fuera para mayores afrentas; en esta hora entraron en la -tienda cuatro hombres, y puniendo las andas en dos palafrenes que para -eso trujeron, se partieron con aquel cuerpo muerto. - -El de la Fortuna se quisiera ir tras él, mas no se lo consintieron, -diciendo que creyese que si algún remedio de la vida tuviese, que sin -él se le darían; entonces lo dejó llevar, por le parecer escusado -seguillo; preguntó a don Rosirán qué quería hacer de sí, porque su -determinación era acabar donde el otro caballero recibió sus heridas, o -ver si las podía vengar. - ---Yo --dijo don Rosirán-- tórnome a Londres con estas sus armas, y -amostrallas al rey de cuya mano fué hecho caballero, que las mande -guardar y tenellas en tanta veneración en la muerte como sus obras -merecían en la vida. - ---¿Sabríadesme decir --dijo el de la Fortuna--a qué parte está esta -fortaleza donde todos acaban? - ---No lo sé, ni creo que nenguno lo sabe --dijo él. - -Luego se despidieron el uno del otro, siguiendo cada uno su viaje. - - - - -CAPÍTULO OCTAVO - -LA LIBERTAD DE LOS CABALLEROS - - -Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo -mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose al -pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche quedaba -por pasar, mas no lo pudo hacer con el dolor que las heridas del -caballero del Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la -tristeza en que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía -desear hacer obras con que todas esotras cosas se olvidasen, deseando -ya verse en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a -hacer fin juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció, -Selvián le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella -tierra, preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos -lo sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto -que cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el -sitio defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en -disposición de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando -aquel reino por espacio de más de cuarenta días (_en uno de los cuales -Daliarte, el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus -manos un escudo invulnerable_); al fin dellos, estando ya el gigante -Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro -del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba; -pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor -cosa del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la -clareza y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda, -comenzó hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan -sin acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no -tenía memoria; acordó deste pensamiento a las voces que Selvián le -daba hallándose junto de una torre y don Duardos en medio de la puente -apercebido de justa. - -[Ilustración] - -En esto vió que don Duardos le dió voces que justase, y abajando las -lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de todas sus fuerzas; -la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el escudo del de la -Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las armas también, y -él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque no tenían más lanzas -para poder justar, y batalla de las espadas don Duardos no la podía -hacer según la ordenanza del castillo, fué luego abierta la puerta -de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se recogió mal tratado -del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba esperimentar la suya, -entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra cosa, tanto que le vió -dentro le cerró la puerta cubierto de su escudo, con su maza en la mano -hecha de nuevo se vino a él; el de la Fortuna le recibió cubriéndose -con su fuerte escudo, adonde los golpes hacían tan poco daño como si -dieran en una roca, hiriendo también al gigante tan mortalmente, que en -pequeño espacio le trató tan mal cuanto él nunca se viera de las manos -de otro si no fué del caballero del Salvaje; y porque sintió cuán poco -daño hacían sus golpes en el escudo de su contrario, se esforzó tanto -para sostenerse en la batalla, que aquel día fué en que mostró el -fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de la Fortuna andaba -tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo en el brazo, le -tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y Primaleón y don -Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban en ella por -milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de hacello. - -En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía -tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos -golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que -del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la -cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque -Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese -menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención -del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que -le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El -caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano como -si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban rotas por -algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros de aquella -casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no lo pudiera -sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto en tamaño -recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron a juntar -Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y braveza, mas -la batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán -no fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas -de sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en -él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y -desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza. - -Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la -Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la -escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos -sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba -ver; _otro cautivo_, viéndole dudar, dijo: - ---Caballero, quien esto pide es don Duardos. - -El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él, -y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces, -quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el -mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su -natural. - ---Ya yo creo --dijo don Duardos-- que quien Dios hizo en el parecer tan -diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras -cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al -cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que -uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera -tan merecedor della. - -El caballero de la Fortuna le quisiera responder, mas vió que -Dramusiando estaba ya abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar -el yelmo, poniéndose a una parte del patio cubierto de su escudo a -esperalle. Dramusiando, como algún tanto viniese señoreado de la ira -por la muerte de Daligán, quiso luego gastar el tiempo en su batalla -antes que palabras, y juntándose entramos comenzaron a ferirse de -tales golpes, que en pequeño tiempo se hicieron mucho daño; los de -Dramusiando entraban por el escudo del de la Fortuna tan gravemente -como si fuera alguno de los otros, de que al de la Fortuna nació algún -recelo y temor, si bien conoció que quien se le envió le debió de hacer -ansí, para que si la vitoria de tamaña impresa hobiese de alcanzar, -no fuese todo atribuída a la fortaleza del escudo, y guardándose de -Dramusiando con mayor tiento de lo que hasta allí hiciera, hacíale dar -sus golpes en vano, que de otra manera cualquier dellos que le acertara -en lleno le pusiera en gran peligro; mas no se podía guardar tanto que -no le diese algunos, de que le hacía andar bien maltratado, el escudo -todo deshecho; las armas andaban eso mesmo; puesto que las del gigante -no le llevasen ventaja, la sangre que les salía era mucha, así que en -ellos no había más que la braveza con que peleaban, y esta era tal, que -allende de destruír a ellos, hacía dolor a quien con amor los estaba -mirando; mas sus corazones incansables, y que en aquel tiempo podían -sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes renovando la batalla -se trabaron de manera que quien de fuera los miraba no juzgaba que -nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra parte, que los más de -aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña pena que antes tomaran -por partido ser siempre presos que libres si su libertad había de ser -con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él se quitaron a fuera -por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo que aquel sería el -destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo que Eutropa siempre -anunciara, pensó en si le cometería algún partido con que dejase la -batalla; después, acordándose que tal cometimiento para su honra era -dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir con tal menoscabo -a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el mismo recelo estaba -metido, comenzó a decir entre si: --Si mi muerte ha de ser por causa -de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra parte es ella bien -empleada--; mas volviendo a su señora, decía: --Señora, si algún tiempo -esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos para que sepáis que con -vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria--. Estándole encomendando el -peligro de su batalla vió que Dramusiando venía contra él tomada la -espada con entramas manos, porque ya nenguno tenía escudo con que se -amparar, y apartándose del golpe le hizo dar en vano, como todos los -otros, dando los suyos de manera que le hacía muchas heridas: mas por -eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera que -se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi no se -podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la ver; -mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande la -flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y -el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego -bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos -quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al -de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más -venganza, que de lo hecho se contentase. - ---Pues que mi intención era otra --respondió el de la Fortuna--, dejaré -de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que -será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos -podéis contar. - -El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en brazos; -viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos, tenían -esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la salud de tal -caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con mucha priesa; -Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre antiguo a -manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él; cada una -traía en la mano una bujeta dorada, en que venían algunos ingüentos -necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas, -tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con -igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y -mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que -se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos -peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el -vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle, -y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar. - - - - -CAPÍTULO NOVENO - -LAS FIESTAS DE LONDRES - - -_Días después fué enviado a la corte de Inglaterra, con noticia de lo -que en el castillo de Dramusiando había ocurrido, uno de los caballeros -que habían estado allí prisioneros y es imposible describir la alegría -que en todos produjeron tan dichosas nuevas. Cuando las heridas de los -caballeros lo consintieron, pusiéronse en camino para la Corte los -antiguos cautivos de Dramusiando, llevando a éste con el mayor honor -entre ellos, por la afección y gratitud que en todos había despertado -la gran humanidad que con ellos en toda ocasión había usado, aunque -fueran sus prisioneros._ - -Con placer caminaron hasta que estuvieron a vista de la cibdad; la -gente que de la cibdad salía era en tanta cantidad, que todo el camino -venía lleno, de manera que los de a caballo no podían andar; unos -se llegaban a don Duardos por velle por el gran amor que le tenían; -algunos después de velle a él iban a ver al gigante Dramusiando y al -caballero de la Fortuna, teniendo por cosa espantosa por un caballero -ser vencido un hombre como aquél; así allegaron a vista de la gran -ciudad de Londres, adonde viendo don Duardos por entre los otros -edificios el aposento de Flérida, no pudo estar tan libre que sus -ojos no sintiesen la soledad de tanto tiempo; mas acordándose cuán -cerca estaba de vella, le hizo olvidar con la gloria presente toda -la tristeza pasada, y esforzóse lo mejor que pudo para que ninguno -le sintiese aquella flaqueza; llegando junto de la ciudad, el rey -los vino a recebir con una solene fiesta; el rey recibió a cada uno -según la valía de su persona; don Duardos llegó de los postreros con -Dramusiando, y después de besar la mano al rey con las rodillas por el -suelo, le dijo: - ---Señor, si ante vuestra alteza yo puedo valer alguna cosa, sea hacerme -tanta merced que a este gigante trate, no como hijo de su padre, sino -como el mejor hombre del mundo, pues él lo es. - -El rey levantó a don Duardos, tomándole por entre los brazos le apretó -consigo, derramando muchas lágrimas le dijo: - ---Hijo don Duardos, ¿quién es el que tanto deseara veros y que en este -tiempo os negara ninguna cosa? - -Entonces volvió hacia Dramusiando, que le quería besar las manos, y -abrazándole, dijo: - ---Por cierto, Dramusiando, mal pensaba yo que quien tanto mal me hizo -quisiese tanto; mas vuestras noblezas pudieron tanto conmigo, que -allende de me hacer perder el enojo, volví la voluntad tanto de vuestra -parte, que agora no sé ya quién puede ser vuestro enemigo que también -no lo fuese mío. - -En esto vió que el caballero de la Fortuna se venía para él, y -tomándole en los brazos comenzó a decir: - ---¿Quién me dijo a mí siempre que si algún bien me había de venir había -de ser por vuestras manos? - ---Por las de Dios puede vuestra alteza decir, que así lo quiso ---respondió él--, que las mías no son para tanto. - -Acabado este razonamiento, se fueron para la iglesia principal de la -cibdad, adonde oyeron misa con tanta solenidad como era razón; acabada -la misa, aquellos príncipes y caballeros casi por fuerza hicieron -cabalgar al rey, y ellos le fueron acompañando hasta el palacio, donde -hallaron a la reina y a Flérida que los salieron a recebir; entramas -juntas tomaron a don Duardos, aun no creyendo que le tenían allí. El -rey tomó a la reina por la manga de una ropa que traía, diciendo: - ---Señora, vuestro hijo ya está en vuestra casa, y cada día le podéis -ver; agora habla a estos príncipes y caballeros, a quien tanto debemos -por el peligro que por nosotros se pusieron con deseo de la libertad de -don Duardos. - -Entonces, mostrándole a Primaleón, la reina le recibió como a tan gran -persona convenía, y luego a todos los otros príncipes y caballeros -mancebos. - -_De allí a poco, en un brillante torneo que se celebró en honor -del emperador de Alemania, que había venido a visitar al rey de -Inglaterra, lucharon de un lado los caballeros ingleses y del otro -los de Constantinopla que habían venido a libertar a don Duardos, -menos el de la Fortuna, que no tomaba parte por expreso deseo del -soberano. Los caballeros griegos, a pesar de sus muchas proezas, -iban de vencida cuando_ en esto entraron por medio del torneo tres -caballeros de parte del emperador _de Constantinopla_, armados de armas -amarillas y leonado; el uno traía en campo negro en el escudo el dios -Saturno, cercado de estrellas; el otro traía en campo negro la casa -de la tristeza; el tercero traía el suyo cubierto con un cuero negro, -de manera que no se parecía la devisa; éstos, viendo que la sobra de -los muchos hacía perder la bondad de los pocos, abajando las lanzas -arremetieron, con las cuales, antes que las quebrasen, derribaron -algunos caballeros; sacando sus espadas, en pequeño espacio, por -su esfuerzo, cobraron los del emperador lo que habían perdido, con -tanta ventaja que los contrarios, no pudiendo sostenerse, comenzaron -a retraerse. _Así quedó la victoria por los caballeros del emperador -griego._ - -_Aquella noche, después de un banquete_, hobo sarao real en el aposento -de Flérida, adonde la emperatriz y la reina aquella noche cenaron; al -cual vinieron los más caballeros que en el torneo se hallaron; ya que -se quería recoger cada uno a su aposento, entraron por la sala los -tres caballeros esforzados que en el torneo fueron en ayuda de los -del emperador, vestidos de las mesmas armas que en él tuvieron, tan -bien dispuestos y de tan bien parecer, que no hubo allí nenguno que -no tuviese codicia de sus obras y parecer, y con este contentamiento, -cada uno les daba lugar para que allegasen adonde estaba el rey; siendo -ya al pie del estrado donde él e los otros príncipes estaban, hízose -una escuridad en la sala, de tal manera que nenguna persona se vía a -otra; en las damas fué el miedo tan grande que cada una se abrazaba con -el que más cerca de sí hallaba; esto no duró mucho, que la escuridad -se deshizo y allí delante de todos quedó un león y un tigre envueltos -en batalla, hiriéndose tan sin piedad como aquellos que no la sabían -tener de sí mesmos; en esto entró por medio de la sala una doncella -con un bastón dorado en las manos, y tocándolos a entramos cayeron en -el suelo tan muertos como si nunca tuvieran vida; mas esto no fué tan -presto hecho, cuando ellos se tornaron a levantar en figura de toros -grandes y fieros, que la mayor parte de la gente estuvo para huír de -ellos, sino algunos caballeros famosos, que allende deste miedo hacer -poca impresión en ellos, consolaban a las damas de vellas los colores -perdidos, riéndose del temor que recebían. Los toros se apartaron el -uno del otro algún poco, y arremetiendo el uno al otro, se encontraron -con tanta fuerza, que la sala parecía asolarse, e de la fortaleza con -que se encontraron vinieron entramos al suelo, echando por la boca y -narices un humo tan negro, que se tornó a escurecer la sala como la -primera vez; deshecha la escuridad, que no duró mucho, quedaron los -tres caballeros armados de sus armas con los rostros descubiertos, y -el que de antes traía el escudo cubierto hallóse con él desatapado, y -en él la devisa que solía, que era en campo blanco un salvaje con dos -leones por una traílla: llegándose al rey, que ya le quería abrazar por -habelle conocido, le besó las manos, diciendo: - ---Señor, haga vuestra alteza honra a este caballero que aquí está, que -es el gran sabio Daliarte, vuestro servidor, a quien vuestro cuidado -siempre dolió mucho para lo sentir y deseo para os servir en todo. - -El rey, que ya le conoció por su fama, tomándole en los brazos con -mucho amor, decía: - ---Por cierto, Daliarte, aunque yo no os debiese más que entregarme -vivo a Desierto, cosa que yo no esperaba, es cosa que no se puede pagar. - ---Señor --dijo Daliarte--, la razón que yo tengo para serviros es -tamaña, que ella me puso siempre en esta obligación, por donde vuestra -alteza me es en menos cargo que lo que piensa; y porque el mayor -servicio que yo en alguna hora os podía hacer está aún encubierto, -siéntese vuestra alteza y óigame, porque querría que mis palabras -acrecentasen estas fiestas con más razón de las que ellas se hacen. - -El rey, puesto que no sospechaba lo que podía ser, por ser cosa que el -tiempo traía olvidado, creyendo que sería alguna cosa de placer, se -tornó a sentar y llamó junto consigo a Desierto, que estaba de rodillas -hablando con Flérida y con don Duardos; después de todos sosegados, el -gran sabio Daliarte, puniendo los ojos a todas partes, los afirmó en -Flérida, diciendo: - ---Por cierto, señora, claro está que la vista de don Duardos os -quita de la memoria el acuerdo de las otras cosas, y mucho más la de -vuestros hijos, e para vos acordar desto no debía ser así, porque a -quien sus obras más placer dieron fué a vos, e la fortuna, que en su -nacimiento los puso en trabajo y estado que su alta sangre estuvo para -ser sacrificada a dos leones por mano del salvaje que los hurtó, esa -les tornó a poner en tamaña alteza de fama en las armas, que no tan -solamente pasaron a los de su tiempo, mas en el otro pasado no hubo -quien tanta gloria dejase como la suya será, ni por venir por muy -largos años yo no alcanzo quien con mucha parte los iguale; pues quien -tales hijos perdió no debía vivir tan sin cuidado de tamaña pérdida -que los otros placeres la hiciesen ausente deste acuerdo; por tanto -acuérdeseos de las palabras que Pridos os dijo el día de su nacimiento, -y del perdimiento de don Duardos, que le dijera una doncella; ya veis -cuán verdaderas salieron; vuestros hijos están juntos con vos, y son -tales, que han sabido pagar el pesar que ya os dieron. Vedes allí a -Palmerín de Inglaterra, que tantas lágrimas os tiene costado y a quien -vos posistes el nombre por su nacimiento conforme al de vuestro padre, -y después el emperador su agüelo, sin lo saber, le tornó a confirmar -casi por espiración divina; pues Floriano del Desierto no es otro sino -este caballero del Salvaje que vos como madre criastes y como a hijo -ajeno tenéis olvidado. - -Flérida puso los ojos en don Duardos tan reciamente turbada, que no -sabía de sí, porque también el placer como el pesar hace aquestas -mudanzas en quien las recibe de cosa que no espera; y don Duardos puso -también los suyos en ella, y así Palmerín en Desierto; mas conociéndose -se fueron abrazar, y el rey, que su edad no era para tan grande -sobresalto, se acostó en la silla, llamando a Daliarte le dijo: - ---¡Oh Daliarte!, no quisiera este placer tan súpito, porque mi -flaqueza no es para sufrir sobresalto tamaño y tan poco esperado; -ruégoos que me digáis cómo sabéis vos esto, que puesto que siempre lo -sospeché, no lo creo por el placer que de ahí recibo. - -Daliarte le dijo: - ---Señor, yo os mostraré la verdad tan clara como es necesario para -creer lo que digo. - -Entonces sacando un pequeño libro del seno, leyó poco por él, porque -aquello bastó para hacer venir ante sí al salvaje que los criara y -a su mujer, y entrando por la sala como personas que nunca en otra -parte como aquella se vieron, Palmerín, que le conoció por haber menos -días que le viera, se fué a abrazar con él, y Floriano con su mujer, -y Selvián su hijo, asimesmo con la rodilla en el suelo, cortesía poco -acostumbrada entrellos; mas Selvián no por la naturaleza, mas por la -crianza lo aprendiera; mas ella, con lágrimas en los ojos, no sabía -cuál primero recibiese. Después que Palmerín tuvo metido en acuerdo al -salvaje, llególe al rey, que juntándole consigo le preguntó por estenso -la crianza de aquellos infantes, e informado públicamente de lo que -pasara, apretando consigo a Palmerín, puestos los ojos en el cielo, -decía: - ---Señor, esto era el postrero bien que deseaba ver; ruégote que agora -me lleves antes que la fortuna no me enseñe algún revés dél. - -Entonces, tomándolos a entramos por la mano, los entregó a Flérida, a -la cual con las rodillas en el suelo besaron las manos muchas veces; -ella los tuvo abrazados algún tanto, saliéndole algunas lágrimas de -placer acordándose de la batalla en que ya los viera dentro en Londres, -e cuán presto estuvieron de morir en ella. Don Duardos los abrazó, -no pudiendo encubrir tan grande alegría; porque cuando es grande o -de cosa que mucho se desea, puédese más disimular, y luego por su -mandado hicieron su cortesía al emperador _de Alemania y los demás -caballeros principales_ como a personas que de nuevo conocían, puesto -que Palmerín, cuando llegó a Primaleón a le hacer su acatamiento, -acordándose ser padre de su señora, fué con mucha más obidiencia que -a los otros, cosa que a todos pareció que lo hacía por ser hijo del -emperador, cuyo criado era; en palacio fué el placer tan grande, que -bien se parecía que era general; la reina estaba con sus nietos tan -contenta que no quería que nadie los gozase sino ella. El salvaje y su -mujer, con Selvián, tan alegres de le ver tan gentil mancebo y fuera de -su traje como de cosa no esperada. - -_Y en la corte y fuera de ella fué indecible la alegría de ver acabado -con tanto bien y dicha lo que había tenido principios tan fieros._ - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ÍNDICE - - - AMADÍS DE GAULA - - PÁGS. - - LIBRO PRIMERO: _La Corte de Lisuarte_ 9 - - CAP. I.--El Doncel del Mar 9 - - CAP. II.--La sin par Oriana 13 - - CAP. III.--La bola de cera 25 - - CAP. IV.--La guerra de Gaula 30 - - CAP. V.--Los anillos del rey Perión 39 - - CAP. VI.--Don Galaor 45 - - CAP. VII.--El manto y la corona 51 - - CAP. VIII.--Las Cortes de Londres 56 - - CAP. IX.--Los ardides de Arcalaus 61 - - CAP. X.--La prisión del Rey 67 - - CAP. XI.--La libertad de Oriana 71 - - CAP. XII.--Las proezas de don Galaor 78 - - LIBRO SEGUNDO: _Beltenebrós_ 85 - - CAP. I.--La Ínsola Firme 85 - - CAP. II.--El Arco de Los leales Amadores 91 - - CAP. III.--Los celos de Oriana 98 - - CAP. IV.--El ermitaño 104 - - CAP. V.--La Peña Pobre 109 - - CAP. VI.--El castillo de Arcalaus 114 - - LIBRO TERCERO: _El Caballero de la Verde Espada_ 125 - - CAP. I.--La muerte del Endriago 125 - - CAP. II.--Las coronas de la Infanta 137 - - CAP. III.--Las cuitas de Oriana 148 - - CAP. IV.--La batalla naval 151 - - LIBRO CUARTO: _La guerra por Oriana_ 160 - - CAP. I.--Los tres ejércitos 160 - - CAP. II.--El primer día de lucha 166 - - CAP. III.--El fin de la batalla 172 - - CAP. IV.--Las gestiones de paz 176 - - CAP. V.--La derrota de Arcalaus 181 - - CAP. VI.--Las bodas 188 - - - PALMERÍN DE INGLATERRA - - CAP. I.--La floresta encantada 201 - - CAP. II.--Los mellizos de Flérida 206 - - CAP. III.--Desierto y Palmerín 212 - - CAP. IV.--Primaleón 219 - - CAP. V.--El torneo 226 - - CAP. VI.--El Caballero de la Fortuna 233 - - CAP. VII.--Los enemigos hermanos 237 - - CAP. VIII.--La libertad de los Caballeros 240 - - CAP. IX.--Las fiestas de Londres 250 - -[Ilustración] - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LIBROS DE CABALLERÍAS *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for an eBook, except by following -the terms of the trademark license, including paying royalties for use -of the Project Gutenberg trademark. 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General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/65685-0.zip b/old/65685-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 85a8280..0000000 --- a/old/65685-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/65685-h.zip b/old/65685-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 323a9ce..0000000 --- a/old/65685-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/65685-h/65685-h.htm b/old/65685-h/65685-h.htm deleted file mode 100644 index 7251695..0000000 --- a/old/65685-h/65685-h.htm +++ /dev/null @@ -1,7506 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you -are not located in the United States, you will have to check the laws of the -country where you are located before using this eBook. -</div> - -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: Libros de caballerías</p> -<p style='display:block; margin-top:0; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:0;'>Selección</p> - -<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Compiler: Ramón María Tenreiro</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: June 24, 2021 [eBook #65685]</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div> - -<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</div> - -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LIBROS DE CABALLERÍAS ***</div> - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor - detección, se ha comparado el texto con el de la 2.ª edición, de - 1935, publicado por la misma editorial.</li> - - <li>La ortografía del texto original no ha sido actualizada ni - normalizada. No obstante, se han puesto tildes a las mayúsculas que - las necesitaban.</li> - - <li>Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no - interrumpir un párrafo.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thick" - style="width: 28em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <h1 class="g2 ws1">LIBROS<br />DE CABALLERÍAS</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <p class="fs90 ws1">BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE</p> - <p class="fs75 ws1">DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL</p> - <p class="fs75 g0 ws1 mt05">TOMO XX</p> - - <p class="fs175 lh150 g2 ws1 mt15">LIBROS<br />DE CABALLERÍAS</p> - - <p class="fs90 g1 ws1 mt2">SELECCIÓN HECHA POR<br />RAMÓN M.ª TENREIRO</p> - - <p class="fs90 lh150 g1 mt4"><i>MADRID, MCMXXIV</i></p> - <p class="fs110 lh150 g3 ws1">INSTITUTO—ESCUELA</p> - <p class="fs75 lh150 g1 ws1">JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="section pt6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span><i>Va impreso en - letra cursiva, igual a la de esta advertencia, todo lo que el editor - ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los pasajes de los - libros de caballerías, y en los usuales caracteres de imprenta los - textos antiguos.</i></p> - - <p><i>Los títulos de los cuatro libros de</i> <span - class="smcap">Amadís</span>, <i>así como los de los capítulos en todo - el volumen, son obra del editor</i>.</p> - - <p><i>Las ilustraciones de</i> <span class="smcap">Amadís</span> - <i>están tomadas de la magnífica edición de Venecia del - año 1533. También es antigua la portada de</i> <span - class="smcap">Palmerín</span>. <i>El resto de los grabados son obra - del señor Marco.</i></p> -</div> - - -<div class="chapter pt6" id="Ch_I"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p> - <h2 class="nobreak g1 ws1">AMADÍS DE GAULA</h2> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="section pt3"> -<p><span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span></p> -<p class="centra ws1">AQUÍ COMIENZA</p> - -<p class="centra ws1 mt1">EL PRIMER LIBRO</p> - -<p class="ti0 ws1 mt1">DEL ESFORZADO ET VIRTUOSO CABALLERO AMADÍS, HIJO -DEL REY PERIÓN DE GAULA Y DE LA REINA ELISENA; EL CUAL FUÉ CORREGIDO Y -EMENDADO POR EL HONRADO E VIRTUOSO CABALLERO GARCI-ORDÓÑEZ DE MONTALBO, -REGIDOR DE LA NOBLE VILLA DE MEDINA DEL CAMPO, E CORREGIÓLE DE LOS -ANTIGUOS ORIGINALES, QUE ESTABAN CORRUPTOS E COMPUESTOS EN ANTIGUO -ESTILO, POR FALTA DE LOS DIFERENTES ESCRIPTORES; QUITANDO MUCHAS -PALABRAS SUPÉRFLUAS, E PONIENDO OTRAS DE MÁS POLIDO Y ELEGANTE ESTILO, -TOCANTES A LA CABALLERÍA E ACTOS DE ELLA, ANIMANDO LOS CORAZONES -GENTILES DE MANCEBOS BELICOSOS, QUE CON GRANDÍSIMO AFETO ABRAZAN EL -ARTE DE LA MILICIA CORPORAL, ANIMANDO LA INMORTAL MEMORIA DEL ARTE DE -CABALLERÍA, NO MENOS HONESTÍSIMO QUE GLORIOSO.</p> - -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter" id="Cap_I_1_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/i_009.jpg" - style="width: 30em; height: auto;" - alt="Ilustración ornamental" /> - </div> - <p class="fs150 centra ws1 mt2">LIBRO PRIMERO</p> - <p class="fs120 centra ws1 mt05">LA CORTE DE LISUARTE</p> - <hr class="tir" /> - <h3 title="Lib. I, Cap. I: El doncel del mar">CAPÍTULO PRIMERO</h3> - <p class="subh3c">EL DONCEL DEL MAR</p> -</div> - -<p><i>De la Pequeña Bretaña a Escocia, su patria, iba por el mar en una -barca un caballero que había nombre Gandales. Llevaba consigo su mujer -y un hijo, llamado Gandalín, nacido poco antes.</i> Siendo ya mañana -clara, vieron <i>un</i> arca que por el agua nadando iba, e llamando -cuatro marineros, les mandó <i>el caballero</i> que presto echasen -un batel e aquello le trajesen: lo cual prestamente se hizo. <i>Vió -entonces que el arca era larga como una espada y estaba hecha de tablas -muy bien calafateadas para que en ella no pudiera entrar el agua. -El</i> caballero tomó el arca e tiró la cobertura, e vió <i>dentro un -hermoso</i> doncel <i>recién-nacido</i>, que en sus brazos tomó, e -dijo:</p> - -<p>—Este de algún buen lugar es—; y esto decía<span class="pagenum" -id="Page_10">p. 10</span> él por los ricos paños <i>en que venía -envuelto</i> y <i>por un</i> anillo <i>que junto con una bola de cera -traía en un cordón al cuello</i> e <i>por una</i> espada, que muy -hermosa le pareció <i>y que venía puesta a su lado en el arca</i>. -E guardando aquellas cosas, rogó a su mujer que lo hiciese criar, -la cual hizo darle la teta de aquella ama que a Gandalín, su hijo, -criaba, e tomóla con gran gana de mamar, de que el caballero e la -dueña mucho alegres fueron. Pues así caminaron por la mar con buen -tiempo enderezado, hasta que aportados fueron a una villa de Escocia -que Antalia había nombre, y de allí partiendo, llegaron a un castillo -suyo, de los buenos de aquella tierra, donde hizo criar el doncel como -si su fijo proprio fuese; e así lo creían todos que lo fuese; que de -los marineros no se pudo saber su hacienda, porque en la barca, que era -suya, a otras partes navegaron.</p> - -<p><i>Fué corriendo el tiempo y el</i> doncel que Gandales criaba, el -cual el Doncel del Mar se llamaba, que así le pusieron nombre, criábase -con mucho cuidado de aquel caballero don Gandales e de su mujer, e -hacíase tan hermoso, que todos los que lo veían se maravillaban.</p> - -<p>Un día cabalgó Gandales armado, que en gran manera era buen -caballero e muy esforzado, e halló una doncella, que le dijo:</p> - -<p>—¡Ay, Gandales! Si supiesen muchos altos hombres lo que yo agora, -cortar-te-ían la cabeza.</p> - -<p>—¿Por qué? —dijo él.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span>—Porque tú guardas la -su muerte —dijo ella.</p> - -<p>Gandales, que lo no entendía, dijo:</p> - -<p>—Doncella, por Dios os ruego que me digáis qué es eso.</p> - -<p>—No te lo diré —dijo ella—; mas todavía así averná.</p> - -<p>E partiéndose dél, se fué su vía. Gandales quedó cuidando en lo que -dijera <i>y sin poderlo entender. Pero momentos después tuvo ocasión de -salvar la vida a la doncella y como recompensa de ello le pidió que le -explicara sus misteriosas palabras. Ella le dijo</i>:</p> - -<p>—Tú me harás pleito, como leal caballero, que otro por ti nunca lo -sabrá fasta que te lo yo mande.</p> - -<p>Él así lo otorgó. Díjole:</p> - -<p>—Dígote de aquel que hallaste en la mar, que será flor de los -caballeros de su tiempo; éste hará estremecer los fuertes, éste -comenzará todas las cosas e acabará a su honra, en que los otros -fallescieron: éste hará tales cosas, que ninguno cuidaría que pudiesen -ser comenzadas ni acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los -soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra -aquellos que se lo merecieren; e aun más te digo, que éste será el -caballero del mundo que más lealmente manterná amor e amará en tal -lugar cual conviene a la su alta proeza; e sabe que viene de reyes de -ambas partes. Agora te ve e cree firmemente que todo acaecerá como te -lo digo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>—Ay, señora —dijo -Gandales—; ruégovos por Dios que me digáis donde vos fallaré para -hablar con vos en su hacienda.</p> - -<p>—Esto no sabrás tú por mí ni por otro —dijo ella.</p> - -<p>—Pues decidme vuestro nombre por la fe que debéis a la cosa del -mundo que más amáis.</p> - -<p>—Tú me conjuras tanto, que te lo diré; sabe que mi nombre es Urganda -la Desconocida. Agora me cata bien e conósceme si pudieres.</p> - -<p>Y él, que la vió doncella de primero, que a su parecer no pasaba de -diez y ocho años, vióla tan vieja e tan lasa, que se maravilló cómo -en el palafrén se podía tener, e comenzóse a santiguar de aquella -maravilla. Cuando ella así lo vió, por sí tornó como de primero, e -dijo:</p> - -<p>—¿Parécete que me hallarías aunque me buscases? Pues yo te digo que -no tomes por ello afán; que si todos los del mundo me demandasen, no me -hallarían si yo no quisiese.</p> - -<p>—Así Dios me salve, señora —dijo Gandales—, yo así lo creo; mas -ruégovos por Dios que vos membréis del doncel que es desamparado de -todos sino de mí.</p> - -<p>—No pienses en eso —dijo Urganda—; que ese desamparado será amparo y -reparo de muchos; e yo lo amo más que tú piensas.</p> - -<p>E así se partieron de en uno. Don Gandales, partido de -Urganda, tornóse para su castillo, cuidando<span class="pagenum" -id="Page_13">p. 13</span> en la facienda de su doncel; e llegando al -castillo, ante que se desarmase lo tomó en sus brazos e comenzólo de -besar, viniéndole las lágrimas a los ojos, diciendo en su corazón:</p> - -<p>—Mi fermoso hijo, ¿si querrá Dios que yo llegue al vuestro buen -tiempo?</p> - -<p>En esta sazón había el doncel tres años, e su gran fermosura por -maravilla era mirada; e como vió a su amo llorar, púsole las manos ante -los ojos, como que gelos quería limpiar; de que Gandales fué alegre, -considerando que siendo en más edad, más se dolería de su tristeza; -e púsole en tierra, e fuése a desarmar, e dende adelante con mejor -voluntad curaba dél, tanto, que llegó a los cinco años; entonces le -fizo un arco a su medida e otro a su hijo Gandalín, e facíalo tirar -ante sí; e así lo fué criando hasta la edad de siete años.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_2"> - <h3 title="Lib. I, Cap. II: La sin par Oriana">CAPÍTULO SEGUNDO</h3> - <p class="subh3c">LA SIN PAR ORIANA</p> -</div> - -<p>Pues a esta sazón el rey Languines, pasando por su reino con su -mujer e toda la casa, de una villa a otra, vínose al castillo de -Gandales, que por ahí era el camino, donde fué muy bien festejado; mas -a su Doncel del Mar e a su fijo Gandalín e a otros donceles mandólos -meter en un corral por que no<span class="pagenum" id="Page_14">p. -14</span> lo viesen; e la Reina, que en lo más alto de la casa posaba, -mirando de una finiestra, vió los donceles que con sus arcos tiraban, -y al Doncel del Mar entre ellos tan apuesto e tan hermoso, que mucho -fué de lo ver maravillada; e viólo mejor vestido que todos, así que -parescía el señor; e de que no vió ninguno de la compañía de don -Gandales a quien preguntase, llamó sus dueñas e doncellas, e dijo:</p> - -<p>—Venid, e veréis la más fermosa criatura que nunca fué vista.</p> - -<p><i>Y admiróse también mucho de oír que sus compañeros le llamaban -Doncel del Mar.</i> Así estando, entró el Rey e Gandales, e dijo la -Reina:</p> - -<p>—Decid, don Gandales, ¿es vuestro hijo aquel hermoso doncel?</p> - -<p>—Sí, señora —dijo él.</p> - -<p>—Pues ¿por qué —dijo ella— lo llamáis el Doncel del Mar?</p> - -<p>—Porque en la mar nació —dijo Gandales— cuando yo de la Pequeña -Bretaña venía.</p> - -<p>El Rey, que el Doncel miraba e muy hermoso le pareció, dijo:</p> - -<p>—Faceldo aquí venir, Gandales, e yo lo quiero criar.</p> - -<p>—Señor —dijo él— sí haré, mas aún no es en edad que se deba partir -de su madre.</p> - -<p>Entonces fué por él e trájolo e díjole:</p> - -<p>—Doncel del Mar, ¿queréis ir con el Rey, mi señor?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span>—Yo iré donde me vos -mandardes —dijo él— e vaya mi hermano comigo.</p> - -<p>—Ni yo quedaré sin él —dijo Gandalín.</p> - -<p>—Creo, señor —dijo Gandales—, que los habréis de llevar ambos, que -se no quieren partir.</p> - -<p>—Mucho me place —dijo el Rey.</p> - -<p>Entonces lo tomó cabe sí y mandó llamar a su fijo Agrajes; e -díjole:</p> - -<p>—Fijo, estos donceles ama tú mucho; que mucho amo yo a su padre.</p> - -<p>Cuando Gandales esto vió, <i>apenas pudo contener el llanto</i>. El -Rey, que los ojos llenos de agua le vió, dijo:</p> - -<p>—Nunca pensé que érades tan loco.</p> - -<p>—No lo só tanto como cuidáis —dijo él—; mas si os pluguiere, oídme -un poco ante la Reina.</p> - -<p>Entonces mandaron apartar a todos, e Gandales les dijo:</p> - -<p>—Señores, sabed la verdad deste Doncel que lleváis, que lo yo fallé -en la mar. —Y contóles por cuál guisa, e también dijera lo que de -Urganda supo, sino por el pleito que fizo—. Agora faced con él lo que -debéis; que así Dios me salve, según el aparato que él traía, yo creo -que es de muy gran linaje.</p> - -<p>Mucho plugo al Rey en lo saber, y preció al caballero que lo tan -bien guardara, e dijo a don Gandales.</p> - -<p>—Pues que Dios tanto cuidado tuvo en lo guardar,<span -class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> razón es que lo tengamos nos -en lo criar e hacer bien cuando tiempo será.</p> - -<p>La Reina dijo:</p> - -<p>—Yo quiero que sea mío, si os pluguiere, en tanto que es de edad de -servir mujeres; después será vuestro.</p> - -<p>El Rey se lo otorgó. Otro día de mañana se partieron de allí, -llevando los donceles consigo, e fueron su camino. Pero dígoos de la -Reina que facía criar al Doncel del Mar con tanto cuidado e honra como -si su fijo propio fuese; mas el trabajo que con él tomaba no era vano, -porque su ingenio era tal e condición tan noble, que muy mejor que otro -ninguno, e más presto, todas las cosas aprendía. Él amaba tanto caza e -monte, que si lo dejasen, nunca dello se apartara, tirando con su arco, -cebando los canes. La Reina era tan agradada de como él servía, que lo -no dejaba quitar delante su presencia.</p> - -<p><i>Ocurrió entonces que yendo el nuevo rey de la Gran Bretaña, -Lisuarte, navegando con gran flota para tomar posesión de sus -estados</i>, fué aportado en el reino de Escocia, donde con mucha honra -del rey Languines recebido fué. Este Lisuarte traía consigo a Brisena, -su mujer, e una hija que en ella hobo, que Oriana había nombre, de -fasta diez años, la más hermosa criatura que nunca se vió; tanto, que -ésta fué la que Sin-par se llamó, porque en su tiempo ninguna hobo que -igual le fuese; e porque de la mar enojada andaba, acordó de la dejar -allí, rogando<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> al rey -Languines e a la Reina que gela guardasen.</p> - -<p>Ellos fueron muy alegres dello, e la Reina dijo:</p> - -<p>—Creed que yo la guardaré como su madre lo haría.</p> - -<p>Y entrando Lisuarte en sus naos con mucha priesa, en la Gran Bretaña -arribado fué, e fué el mejor rey que ende hobo ni que mejor mantuviese -la caballería en su derecho, fasta que el rey Artur reinó, que pasó a -todos los reyes de bondad que ante dél fueron.</p> - -<p>El Doncel del Mar, que en esta sazón era de doce años, y en su -grandeza e miembros parescía bien de quince, servía ante la Reina, e -así della como de todas las dueñas e doncellas era mucho amado; mas -desque allí fué Oriana, la hija del rey Lisuarte, dióle la Reina al -Doncel del Mar que la sirviese, diciendo:</p> - -<p>—Amiga, este es un doncel que os servirá.</p> - -<p>Ella dijo que le placía. El Doncel tuvo esta palabra en su corazón, -de tal guisa, que después nunca de la memoria la apartó; que sin falta, -así como esta historia lo dice, en días de su vida no fué enojado de -la servir, y en ella su corazón fué siempre otorgado, y este amor duró -cuanto ellos duraron; que, así como la él amaba, así amaba ella a él, -en tal guisa, que una hora nunca de amar se dejaron; mas el Doncel del -Mar, que no conocía ni sabía nada de cómo ella le amaba, teníase por -muy osado<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> en haber -en ella puesto su pensamiento, según la grandeza y fermosura suya, -sin cuidar de ser osado a le decir una sola palabra; y ella, que lo -amaba de corazón, guardábase de hablar con él más que con otro, porque -ninguna cosa sospechasen; mas los ojos habían gran placer de mostrar al -corazón la cosa del mundo que más amaba.</p> - -<p>Pasando el tiempo, como os digo, entendió el Doncel del Mar en sí -que ya podía tomar armas si hobiese quien le ficiese caballero, y esto -deseaba él, considerando que él sería tal e haría tales cosas por donde -muriese, o viviendo, su señora le preciaría; e con este deseo fué al -Rey, que en una huerta estaba, e hincando los hinojos, le dijo:</p> - -<p>—Señor, si a vos pluguiese, tiempo sería de ser yo caballero.</p> - -<p>El Rey dijo:</p> - -<p>—¿Cómo, Doncel del Mar? ¿Ya os esforzáis para mantener caballería? -Sabed que es ligero de haber e grave de mantener; e quien este nombre -de caballería ganar quisiere e mantenerlo en su honra, tantas e tan -graves son las cosas que ha de facer, que muchas veces se le enoja el -corazón, e por ende ternía por bien que por algún tiempo os sufráis.</p> - -<p>El Doncel del Mar le dijo:</p> - -<p>—Ni por todo eso no dejaré yo de ser caballero; que si en mi -pensamiento no toviese de complir eso que habéis dicho, no se -esforzaría mi corazón para<span class="pagenum" id="Page_19">p. -19</span> lo ser; e pues a la vuestra merced soy criado, complid en -esto comigo lo que debéis.</p> - -<p>El Rey dijo:</p> - -<p>—Doncel del Mar, yo sé cuándo os será menester que lo seáis, e más a -vuestra honra, e prométoos que lo faré.</p> - -<p>E luego mandó que le aparejasen las cosas a la orden de caballería -necesarias; e hizo saber a Gandales todo cuanto con su criado le -contesciera, de que Gandales fué muy alegre, y envióle por una doncella -la espada y el anillo e la <i>bola de</i> cera, como lo hallara en -l’arca donde a él falló; y estando un día la hermosa Oriana con otras -dueñas e doncellas en el palacio, holgando en tanto que la Reina -dormía, era allí con ellas el Doncel del Mar, que sólo mirar no osaba a -su señora, y decía entre sí:</p> - -<p>—¡Ay, Dios! ¿por qué vos plugo de poner tanta beldad en esta señora, -y en mí tan gran cuita e dolor por causa della? En fuerte punto mis -ojos la miraron, pues que perdiendo la su lumbre con la muerte, pagarán -aquella gran locura en que al corazón han puesto.</p> - -<p>E así estando casi sin ningún sentido, entró un doncel e díjole:</p> - -<p>—Doncel del Mar, allí fuera está una doncella extraña que os trae -donas e os quiere ver.</p> - -<p>Él quiso salir a ella, mas aquella que lo amaba, cuando lo oyó, -estremeciósele el corazón y dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span>—Doncel del Mar, -quedad, y entre la doncella y veremos las donas.</p> - -<p>Él estuvo quedo, e la doncella entró; y ésta era la que enviaba -Gandales, e dijo:</p> - -<p>—Señor Doncel del Mar, vuestro amo Gandales vos saluda mucho, así -como aquel que os ama, y envíaos esta espada y este anillo y esta cera, -e ruégaos que trayáis esta espada en cuanto vos durare, por su amor.</p> - -<p>Él tomó las donas, e puso el anillo e la cera en su regazo, y Oriana -tomó la cera, que no creía que en ella otra cosa hobiese, e díjole:</p> - -<p>—Esto quiero yo destas donas.</p> - -<p>A él pluguiera más que tomara el anillo, que era uno de los hermosos -del mundo; e mirando la espada, entró el Rey e dijo:</p> - -<p>—Doncel del Mar, ¿qué os paresce de esa espada?</p> - -<p>—Señor, parésceme muy hermosa, mas no sé por qué está sin vaina.</p> - -<p>—Bien ha quince annos —dijo el Rey— que no la hobo.</p> - -<p>E tomándole por la mano, se apartó con él e díjole:</p> - -<p>—Vos queréis ser caballero, e no sabéis si de derecho os conviene; e -quiero que sepáis vuestra hacienda, como yo la sé.</p> - -<p>E contóle cómo fuera en la mar hallado con aquella espada e anillo -en el arca metido, así como lo oístes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>Dijo él:</p> - -<p>—No me pesa de cuanto me decís, sino por no conocer mi linaje, -ni ellos a mí; pero yo me tengo por hidalgo, que mi corazón a ello -me esfuerza; e agora, señor, me conviene más que ante caballería, y -ser tal que gane honra y prez, como aquel que no sabe parte de donde -viene.</p> - -<p><i>Por aquellos días el rey Perión de Gaula, cuñado de Languines, -y uno de los más famosos caballeros de aquel tiempo, presentóse en la -Corte de Escocia en demanda de guerreros que le ayudaran contra el rey -Abíes de Irlanda, que le había invadido el reino con gran fuerza de -armas. Agrajes, el hijo de Languines, que ya era armado caballero, rogó -a su padre que le dejara ir con Perión a defender a su tía la reina de -Gaula, y aquél se lo otorgó.</i></p> - -<p>El Doncel del Mar, que ahí estaba, miraba mucho al rey Perión, -por la gran bondad de armas que dél oyera decir, e más deseaba ser -caballero de su mano que de otro ninguno que en el mundo fuese, e fuese -donde su señora Oriana era; e hincados los hinojos ante ella, dijo:</p> - -<p>—Señora Oriana, si a vos pluguiese que yo fuese caballero, sería en -ayuda desa hermana de la Reina, otorgándome vos la ida.</p> - -<p>—E si la yo no otorgase —dijo ella—, ¿no iríades allá?</p> - -<p>—No —dijo él—; porque este mi vencido corazón<span class="pagenum" -id="Page_22">p. 22</span> sin el favor de cuyo es, no podría ser -sostenido en ninguna afrenta, ni aun sin ella.</p> - -<p>Ella se rió con buen semblante e díjole:</p> - -<p>—Pues que así os he ganado, otórgoos que seáis mi caballero y -ayudéis a aquella hermana de la Reina.</p> - -<p>El Doncel le besó las manos e dijo:</p> - -<p>—Pues que el Rey, mi señor, no me ha querido hacer caballero, más a -mi voluntad lo podría agora ser deste rey Perión, a vuestro ruego.</p> - -<p>—Yo faré en ello lo que pudiere —dijo ella—; mas menester será de lo -decir a la infanta Mabilia, que su ruego mucho valdrá ante el Rey, su -tío.</p> - -<p>Entonces se fué a ella e díjole cómo el Doncel del Mar quería ser -caballero por mano del rey Perión, e que había menester para ello el -ruego suyo e dellas. Mabilia, <i>hija del rey y hermana de Agrajes</i>, -que muy animosa era e al Doncel amaba, dijo:</p> - -<p>—Pues fagámoslo por él, que lo merece; e véngase a la capilla de -mi madre armado de todas armas, e nós le haremos compañía con otras -doncellas; e queriendo el rey Perión cabalgar para se ir, que, según he -sabido, será antes del alba, yo le enviaré a rogar que me vea, e allí -hará el vuestro ruego, ca mucho es caballero de buenas maneras.</p> - -<p>—Bien decís —dijo Oriana.</p> - -<p>E llamando entrambas al Doncel, le dijeron cómo lo tenían acordado; -él se lo tuvo en merced y llamó a Gandalín e díjole:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>—Hermano, lleva mis -armas todas a la capilla de la Reina, encubiertamente; que pienso esta -noche ser caballero; e porque en la hora me conviene de aquí partir, -quiero saber si querrás irte comigo.</p> - -<p>—Señor, yo os digo que a mi grado nunca de vos seré partido.</p> - -<p>Al Doncel le vinieron las lágrimas a los ojos y besóle en la faz e -díjole:</p> - -<p>—Amigo, agora haz lo que te dije.</p> - -<p>Gandalín puso las armas en la capilla en tanto que la Reina cenaba; -e los manteles alzados, fuése el Doncel a la capilla, e armóse de sus -armas todas, salvo la cabeza e las manos, e hizo su oración ante el -altar, rogando a Dios que, así en las armas como en aquellos mortales -deseos que por su señora tenía, le diese vitoria.</p> - -<p>Desque la Reina fué a dormir, Oriana e Mabilia con algunas doncellas -se fueron a él por le acompañar; e como Mabilia supo que el rey Perión -quería cabalgar, envióle a decir que la viese ante; él vino luego, e -díjole Mabilia:</p> - -<p>—Señor, haced lo que os rogare Oriana, fija del rey Lisuarte.</p> - -<p>El Rey dijo que de grado lo haría, que el merecimiento de su padre a -ello le obligaba. Oriana vino ante el Rey; e como la vió tan hermosa, -bien creía que en el mundo su igual no se podría fallar; e dijo:</p> - -<p>—Yo vos quiero pedir un don.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>—De grado —dijo el -Rey— lo faré.</p> - -<p>—Pues facedme ese mi doncel caballero—; e mostróselo, que de -rodillas ante el altar estaba.</p> - -<p>El Rey vió al Doncel tan fermoso, que mucho fué maravillado; y -llegándose a él, dijo:</p> - -<p>—¿Queréis recebir orden de caballería?</p> - -<p>—Quiero —dijo él.</p> - -<p>—En el nombre de Dios, y Él mande que tan bien empleada en vos sea e -tan crecida en honra como Él os creció en fermosura.</p> - -<p>E poniéndole la espuela diestra, le dijo:</p> - -<p>—Agora sois caballero, e la espada podéis tomar.</p> - -<p>El Rey la tomó e diógela, y el Doncel la ciñó muy apuestamente, y el -Rey dijo:</p> - -<p>—Cierto, este acto de os armar caballero, según vuestro gesto e -aparencia, con mayor honra lo quisiera haber hecho; mas yo espero en -Dios que vuestra fama será tal, que dará testimonio de lo que con más -honra se debía facer.</p> - -<p>E Mabilia e Oriana quedaron muy alegres y besaron las manos al Rey; -e encomendando el Doncel a Dios, se fué su camino.</p> - -<p>Seyendo armado caballero el Doncel del Mar, e queriéndose despedir -de Oriana, su señora, e de Mabilia e de las otras doncellas que con él -en la capilla velaron, Oriana, que le parecía partírsele el corazón, -sin se lo dar a entender, le sacó aparte y le dijo:</p> - -<p>—Doncel del Mar, yo os tengo por tan bueno,<span class="pagenum" -id="Page_25">p. 25</span> que no creo que seáis hijo de Gandales; si al -en ello sabéis, decídmelo.</p> - -<p>El Doncel le dijo de su hacienda aquello que del rey Languines -supiera; y ella, quedando muy alegre en lo saber, lo encomendó a Dios; -y él falló a la puerta del palacio a Gandalín, que le tenía la lanza -y escudo y el caballo; y cabalgando en él, se fué su vía sin que de -ninguno visto fuese, por ser aún de noche.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_3"> - <h3 title="Lib. I, Cap. III: La bola de cera">CAPÍTULO TERCERO</h3> - <p class="subh3c">LA BOLA DE CERA</p> -</div> - -<p><i>Todo aquel día anduvo el Doncel del Mar con Gandalín, su -escudero, por una floresta, en la cual, siendo ya tarde</i>, vió venir -una doncella en un palafrén, que traía una lanza, <i>y otra doncella -la acompañaba</i>. Viniéronse ambas contra él; e como llegaron, la -doncella de la lanza le dijo:</p> - -<p>—Señor, tomad esta lanza, e dígovos que ante de tercero día -faréis con ella tales golpes, porque libraréis la casa donde primero -salistes.</p> - -<p>Él fué maravillado de lo que decía, e dijo:</p> - -<p>—Doncella, la casa ¿cómo puede morir ni vivir?</p> - -<p>—Así será como yo lo digo —dijo ella—, e la lanza os dó por algunas -mercedes que de vos espero.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>E dando de las -espuelas al palafrén, se fué su vía.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_026.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">La otra doncella quedó con él e dijo:</p> - -<p>—Señor caballero, <i>sabed como era Urganda la Desconocida quien la -lanza os ha dado</i>. E díjome que después que de vos se partiese, os -lo hiciese saber, y que mucho vos ama.</p> - -<p>—¡Ay, Dios! —dijo él—, cómo soy sin ventura en la no conocer, e si -la dejo de buscar, es porque ninguno la hallará sin su grado.</p> - -<p><i>Yendo el Doncel su camino, llegó de allí a tres<span -class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> días a un castillo, a sazón -de que en su patio, un caballero solo, al cual le habían matado ya -el caballo, era traidoramente atacado por otros dos caballeros y por -más de diez peones, que lo herían por todas partes. A punto estaba de -sucumbir, cuando el Doncel del Mar acometió con gran brío a los que le -atacaban, y derribó y mató a los más de ellos. Visto lo cual, cobró -nuevos ánimos el primer caballero y entre uno y otro dejaron limpio -de traidores todo el castillo. El Doncel, que había reconocido al rey -Perión de Gaula en el caballero por él socorrido, no quería quitarse -el yelmo ante él, pues sólo cuando sus hazañas le hubieran ganado fama -digna de la de quien le había dado la orden de caballería, quería -dársele a conocer; pero tanto le rogó Perión, que acabó por descubrirse -y el rey, abrazándolo, dijo:</i></p> - -<p><i>—Amigo, gracias doy a Dios por haber hecho en vos lo que -hice.</i></p> - -<p><i>Y muy alegre, oyó de él que le ayudaría en la guerra que tenía -empeñada con el rey de Irlanda.</i></p> - -<p><i>Había ya en la Corte de Languines, con secreta alegría de Oriana, -noticia de las primeras hazañas del Doncel del Mar, cuando</i> llegaron -tres naos, en que venía <i>un mensajero del rey Lisuarte</i>, con -cient caballeros e dueñas e doncellas para llevar a Oriana. El rey -Languines los acogió bien. El <i>mensajero</i> le dijo el mandado del -Rey su señor, cómo enviaba por su hija, y demás desto, que le rogaba -enviase<span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span> con Oriana -a Mabilia, su fija, que así como ella misma sería tratada e honrada -a su voluntad. El Rey fué muy alegre dello, e ataviólas muy bien, e -tovo al caballero e a las dueñas e doncellas en su corte algunos días, -faciéndoles muchas fiestas y mercedes, e fizo aderezar otras naves, -e bastecerlas de las cosas necesarias; e hizo aparejar caballeros e -dueñas e doncellas, las que le pareció que convenían para tal viaje.</p> - -<p>Oriana, que vió que este camino no se podía excusar, acordó de -recoger sus joyas, e andándolas recogiendo, vió la cera que tomara al -Doncel del Mar, y membrósele dél, e viniéronle las lágrimas a los ojos, -e apretó las manos con cuita de amor que la forzaba, y quebrantó la -cera e vió que dentro estaba <i>una carta escrita en pergamino</i>, -y leyéndola, halló que decía: “Este es Amadís Sin-tiempo, fijo de -rey.”</p> - -<p>Ella, que la carta vió, estuvo pensando un poco, y entendió que el -Doncel del Mar había nombre Amadís, e vió que era hijo de rey. Tal -alegría nunca en corazón de persona entró como en el suyo, y llamando -a la doncella de Denamarca, <i>en quien confiaba más que en todas sus -otras servidoras</i>, le dijo:</p> - -<p>—Amiga, yo vos quiero decir un secreto, que le no diría sino a mi -corazón, e guardadle como poridad de tan alta doncella como yo soy, y -del mejor caballero del mundo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span>—Así lo haré —dijo -ella—, y, señora, no dudéis de me decir lo que faga.</p> - -<p>—Pues amiga —dijo Oriana—, vos os id al caballero novel que sabéis, -y dígovos que le llaman el Doncel del Mar, e fallarlo heis en la guerra -de Gaula; y luego que lo vierdes, dadle esta carta, e decilde que ahí -fallará su nombre, aquel que le escribieron en ella cuando fué echado -en la mar; e sepa que sé yo que es hijo de rey; e que pues él era tan -bueno cuando no lo sabía, agora pune de ser mejor; e decilde que mi -padre envió por mí e me llevan a él; que le envío yo decir que se parta -de la guerra de Gaula, e se vaya luego a la Gran Bretaña, e pune de -vivir con mi padre fasta que le yo mande lo que faga.</p> - -<p>La doncella, con ese mandado que oís, fué della despedida, y entrada -en el camino de Gaula.</p> - -<p>Oriana e Mabilia con dueñas e doncellas, encomendándolas el Rey e la -Reina a Dios, fueron metidas en las naos; los marineros soltaron las -áncoras y tendieron sus velas, e como el tiempo era aderezado, pasaron -presto en la Gran Bretaña, donde muy bien recebidas fueron.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span></p> - <h3 title="Lib. I, Cap. IV: La guerra de Gaula">CAPÍTULO CUARTO</h3> - <p class="subh3c">LA GUERRA DE GAULA</p> -</div> - -<p><i>El Doncel del Mar, con Agrajes y los otros caballeros que el -rey de Escocia enviaba en favor de su cuñado Perión, pasada la mar, -entraron en Gaula</i> y se fueron a Baladín, un castillo donde el rey -Perión era, donde mantenía su guerra, habiendo mucha gente perdido; que -con su venida de ellos muy alegre fué, e hízoles dar buenas posadas; e -la reina Elisena, <i>hermana de la Reina de Escocia</i>, hizo decir a -su sobrino Agrajes que la viniese a ver. Él llamó al Doncel del Mar e -otros dos caballeros para ir allá.</p> - -<p>El rey Perión cató el Doncel, e conociólo que aquel era el que él -hiciera caballero y el que le acorriera en el castillo; e fué contra él -e dijo:</p> - -<p>—Amigo, vos seáis muy bien venido, e sabed que en vos he yo -grande esfuerzo, tanto, que no dudo ya mi guerra, pues vos he en mi -compañía.</p> - -<p>—Señor —dijo—, en la vuestra ayuda me habréis vos cuanto mi persona -durare e la guerra haya fin.</p> - -<p>Así hablando, llegaron a la Reina, e Agrajes le fué a besar las -manos, y ella fué con él muy alegre, y el Rey le dijo:</p> - -<p>—Dueña, veis aquí el muy buen caballero de que yo os hablé, que me -sacó del mayor peligro en que<span class="pagenum" id="Page_31">p. -31</span> nunca fué; éste os digo que améis más que a otro -caballero.</p> - -<p>Ella le vino a abrazar, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:</p> - -<p>—Señora, yo soy criado de vuestra hermana, e por ella vengo a vos -servir, e como ella misma me podéis mandar.</p> - -<p>La Reina gelo agradesció con mucho amor, e catábalo, como era tan -hermoso; membrándose de <i>un</i> hijo, que había perdido, <i>sin que -pudiera saber qué habría sido de él</i>, viniéronle las lágrimas a los -ojos. Y el Doncel del Mar le dijo:</p> - -<p>—Señora, no lloréis; que presto seréis tornada en vuestra alegría, -con la ayuda de Dios y del Rey e deste caballero vuestro sobrino, e yo, -que de grado vos serviré.</p> - -<p>Ella dijo:</p> - -<p>—Mi buen amigo: vos, que sois caballero de mi hermana, quiero -que poséis en mi casa, e allí vos darán las cosas que hobierdes -menester.</p> - -<p>La mañana venida fueron el rey Perión e su mujer a ver qué hacía -el Doncel del Mar, e halláronlo que se levantaba e lavaba las manos, -e viéronle los ojos bermejos e las haces mojadas de lágrimas; así que -bien parescía que dormiera poco de noche, e sin falta así era, que -membrándose de su amiga, considerando la gran cuita que por ella le -venía, sin tener ninguna esperanza de remedio, otra cosa no esperaba -sino la muerte.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>La Reina llamó a -Gandalín e díjole:</p> - -<p>—Amigo, ¿qué hobo vuestro señor, que me paresce en su semblante -ser en gran tristeza? ¿Es por algún descontentamiento que aquí haya -habido?</p> - -<p>—Señora —dijo él—, aquí recibe él mucha honra y merced; mas él ha -así de costumbre que llora dormiendo, así como agora veis que en él -parece.</p> - -<p>Y en cuanto así estaban, vieron los de la villa muchos enemigos e -bien armados cabe sí, e daban voces:</p> - -<p>—¡Armas, armas!</p> - -<p>El Doncel del Mar fué muy alegre, y el Rey le dijo:</p> - -<p>—Buen amigo, nuestros enemigos son aquí.</p> - -<p>Y él dijo:</p> - -<p>—Armémonos e vayamos los ver.</p> - -<p>Y el Rey demandó sus armas y el Doncel las suyas, e desque armados -fueron e a caballo, fueron a la puerta de la villa. Como llegaron, dijo -el Doncel del Mar:</p> - -<p>—Señor, mandadnos abrir la puerta.</p> - -<p>Y el Rey, a quien no placía menos de se combatir, mandó que la -abriesen, e salieron todos los caballeros. <i>Los irlandeses</i>, -que contra sí los vieron venir, aparejáronse de recebirlos, así como -aquellos que mucho los desamaban. El Doncel del Mar se firió con <i>un -capitán</i> que delante venía, y encontróle tan fuertemente, que a -él e al caballo derribó en tierra, e hobo la una pierna quebrada, e -quebró la<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> lanza e puso -luego mano a su espada, e dejóse correr a los otros como león sañudo, -faciendo maravillas en dar golpes a todas partes; así que no quedaba -cosa ante la su espada; que a la tierra derribar los facía, a unos -muertos e a otros feridos. El rey Perión llegó con toda la gente muy -esforzadamente, como aquel que con voluntad de ferirlos gana tenía, -e Daganel, <i>jefe de los irlandeses y amigo del rey Abíes</i>, los -rescibió con los suyos muy animosamente; así que fueron los unos e los -otros mezclados en uno. Allí veríades al Doncel del Mar haciendo cosas -extrañas, derribando e matando cuantos ante sí hallaba, que no había -hombre que lo osase atender, e metíase en los enemigos, haciendo dellos -corro, que parecía un león bravo.</p> - -<p>Agrajes cuando le vió estas cosas facer tomó consigo muy más -esfuerzo que de ante tenía, e dijo a grandes voces por esforzar su -gente:</p> - -<p>—Caballeros, mirad al mejor caballero e más esforzado que nunca -nasció.</p> - -<p>Cuando Daganel vió cómo destruía su gente, fué para el Doncel del -Mar, como buen caballero, e quísole ferir el caballo, porque entre los -suyos cayese, mas no pudo, e dióle el Doncel tal golpe por cima del -yelmo, que por fuerza quebraron los lazos e saltóle de la cabeza. El -rey Perión, que en socorro del Doncel del Mar llegaba, dió a Daganel -con su espada tal herida, que lo hendió fasta los dientes. E yendo -así heriendo en los enemigos el rey Perión e<span class="pagenum" -id="Page_34">p. 34</span> su compaña, no tardó mucho que paresció el -rey Abies de Irlanda con todos los suyos, y venía diciendo:</p> - -<p>—Agora a ellos; no quede hombre que no matéis.</p> - -<p>El rey Abies no dejó caballero en la silla en cuanto le duró la -lanza, y desque la perdió echó mano a su espada e comenzó a herir con -ella tan bravamente, que a sus enemigos hacía tomar espanto. De manera -que los del rey Perión, no lo pudiendo ya sufrir, retraíanse contra la -villa.</p> - -<p>Cuando el Doncel del Mar vió que la cosa se paraba mal, comenzó de -facer con mucha saña mejor que antes, porque los de su parte no huyesen -con desacuerdo, e metíase entre la una gente y la otra; y firiendo e -matando en los de Irlanda, daba lugar a los suyos que las espaldas del -todo no volviesen. Agrajes y el rey Perión, que lo vieron en tan gran -peligro e tanto hacer, quedaron siempre con él; así que todos tres eran -amparo de los suyos.</p> - -<p>El rey Abies mucho pesar hobo de Daganel <i>e los demás de su -ejército</i> que supo que eran muertos; y llegó a él un caballero de -los suyos e díjole:</p> - -<p>—Señor, ¿vedes aquel caballero del caballo blanco? No hace sino -maravillas, y él ha muerto vuestros capitanes e otros muchos.</p> - -<p>Esto decía por el Doncel del Mar. El rey Abies se llegó más e -dijo:</p> - -<p>—Caballero, por vuestra venida es muerto el hombre<span -class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> del mundo que yo más amaba; -pero yo haré que lo compréis caramente, si os queréis más combatir.</p> - -<p>—Si vos queréis vengar como caballero ese que decís —<i>dijo el -Doncel del Mar</i>— e mostrar la gran valentía de que sois loado, -escoged en vuestra gente los que más os contentaren, e yo en la mía, e -seyendo iguales, podríades ganar más honra que no con mucha sobra de -gente e soberbia demasiada venir a tomar lo ajeno sin causa ninguna.</p> - -<p>—Pues agora decid —dijo el rey Abies— de cuántos queréis que sea la -batalla.</p> - -<p>—Pues que en mí lo dejáis —dijo el Doncel— moveros he otro partido, -e podrá ser que más os agrade. Vos tenéis saña de mí por lo que he -fecho, e yo de vos por lo que en esta tierra hacéis; pues en nuestra -culpa no hay razón por qué ninguno otro padezca, y sea la batalla entre -mí e vos, e luego si quisierdes, con tal que vuestra gente asegure, e -la nuestra también, de se no mover hasta el fin della.</p> - -<p>—Así sea —dijo el rey Abies; e fizo llamar diez caballeros, los -mejores de los suyos, e con otros diez que el Doncel del Mar dió, -aseguraron el campo, que por mal ni por bien que les aconteciese no se -moverían.</p> - -<p><i>Concertada la batalla para el día siguiente</i>, el Doncel del -Mar entró por la villa con el rey Perión e Agrajes, y levaba la cabeza -desarmada, e todos decían:</p> - -<p>—¡Ay, buen caballero, Dios te ayude y dé honra<span class="pagenum" -id="Page_36">p. 36</span> que puedas acabar lo que has comenzado! ¡Ay, -qué hermosura de caballero! En éste es caballería bien empleada, pues -que sobre todos la mantiene en la su grande alteza.</p> - -<p>Otro día de mañana la Reina se vino a ellos con todas sus damas, e -hallólos hablando con el Rey, e comenzóse la misa, e dicha, armóse el -Doncel del Mar, no de aquellas armas que en la lid el día ante trajera, -que no quedaron tales que pudiesen algo aprovechar, más de otras muy -más hermosas y fuertes. E despedido de la Reina e de las dueñas e -doncellas, cabalgó en un caballo holgado que a la puerta le tenían, y -el rey Perión le llevaba el yelmo e Agrajes el escudo. E saliendo por -la puerta de la villa, vieron al rey Abies sobre un caballo negro, -todo armado. Los de la villa e los de la hueste todos se ponían donde -mejor la batalla ver pudiesen, y el campo era ya señalado, el palenque -hecho con muchos cadahalsos en derredor dél. Y desque ambos tomaron -sus armas, salieron todos del campo, encomendando a Dios cada uno el -suyo, y se fueron acometer sin ninguna detenencia a gran correr de -los caballos, como aquellos que eran de gran fuerza e corazón. A las -primeras heridas fueron todas sus armas falsadas, y quebrando las -lanzas, juntáronse uno con otro, así los caballos como ellos, tan -bravamente, que cada uno cayó a su parte, e todos creyeron que eran -muertos, e los trozos de las lanzas tenían metidos por los escudos, que -los hierros llegaban<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> -a las carnes; mas como ambos fuesen muy ligeros e vivos de corazón, -levantáronse presto, e quitaron de sí los pedazos de las lanzas, y -echando mano a las espadas, se acometieron tan bravamente que los que -al derredor estaban habían espanto de los ver. La batalla era entre -ellos tan cruel e con tanta priesa, sin se dejar holgar, e los golpes -tan grandes, que no parescían sino de veinte caballeros. Ellos cortaban -los escudos, haciendo caer en el campo grandes rajas, e abollaban los -yelmos y desguarnecían los arneses, de manera que lo más cortaban en -sus carnes; e salía dellos tanta sangre, que sostenerse era maravilla; -mas tan grande era el ardimento que consigo traían, que cuasi dello no -se sentían.</p> - -<p>Así duraron en esta primera batalla fasta hora de tercia, que nunca -se pudo conocer en ellos flaqueza ni cobardía, sino que con mucho ánimo -se combatían. El rey Abies, como muy diestro fuese por el gran uso -de las armas, combatíase muy cuerdamente, guardándose de los golpes -e hiriendo donde más podía dañar. Las maravillas que el Doncel hacía -en andar ligero e acometedor y en dar muy duros golpes, le puso en -desconcierto todo su saber, e a mal de su grado, no le pudiendo ya -sofrir, perdía el campo. Tanto fué aquejado, que volviendo casi las -espaldas, andaba buscando alguna guarida con el temor de la espada, -que tan crudamente la sentía; pero como vió que no había sino muerte, -volvió, tomando<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> su -espada con ambas las manos, y dejóse ir al Doncel, cuidándolo ferir -por cima del yelmo, y él alzó el escudo donde rescibió el golpe, e -la espada entró tan dentro por él, que la no pudo sacar; e tirándose -afuera, dióle el Doncel del Mar en descubierto en la pierna izquierda -tal herida, que la mitad della fué cortada, y el Rey cayó tendido en el -campo.</p> - -<p>El Doncel fué sobre él, e tirándole el yelmo, díjole:</p> - -<p>—Muerto eres, rey Abies, si te no otorgas por vencido.</p> - -<p>Él dijo:</p> - -<p>—Verdaderamente muerto soy, mas no vencido, e bien creo que me mató -mi soberbia, e ruégote que me fagas segura mi compaña, sin que daño -reciban, y llevarme han a mi tierra, e yo perdono a ti e a los que mal -quiero, e mando entregar al rey Perión cuanto le tomé, e ruégote que me -hagas haber confisión, que muerto soy.</p> - -<p><i>Muerto el rey y partidos los irlandeses con su cadáver, la -Doncella de Dinamarca, enviada por Oriana, y que había visto el final -de la pelea, entregó al Doncel del Mar el pergamino en que iba escrito -su nombre y le dió el recado de su señora de que lo antes que pudiera -se partiera para la Gran Bretaña.</i> E leyendo <i>el Doncel del -Mar</i> la carta, conoció por ella que el su derecho nombre era Amadís. -Acabada la habla, fué tomado el Doncel del Mar por el rey Perión e -Agrajes e los otros grandes de su partida,<span class="pagenum" -id="Page_39">p. 39</span> e sacado del campo con aquella gloria que los -vencedores en tales autos levar suelen, y entrando por la villa, decían -todos:</p> - -<p>—Bien venga el caballero bueno, por quien habemos cobrado honra e -alegría.</p> - -<p>Así fueron hasta el palacio, e hallaron en la cámara del Doncel del -Mar a la Reina con todas sus dueñas e doncellas, haciendo muy gran -alegría, y en los brazos della fué él tomado de su caballo, y desarmado -por la mano de la Reina, e vinieron maestros, que le curaron de las -feridas, e aunque muchas eran, no había ninguna que mucho empacho le -diese.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_5"> - <h3 title="Lib. I, Cap. V: Los anillos del rey Perión">CAPÍTULO QUINTO</h3> - <p class="subh3c">LOS ANILLOS DEL REY PERIÓN</p> -</div> - -<p><i>Por razones que no son del caso, el hijo mayor de los reyes -Perión y Elisena, nacido en ausencia del padre, había sido hecho -desaparecer, al tiempo de ver la luz del mundo, por Darioleta, doncella -y confidente de la madre. Entre otras cosas había llevado el niño -colgado al cuello un anillo que Perión le había dado a Elisena, su -mujer, idéntico a otro de que jamás se desprendía el Rey. Pero la Reina -nunca le había confesado que, siendo en gran peligro su vida, había -tenido que abandonar su hijo, sino que Perión<span class="pagenum" -id="Page_40">p. 40</span> creía que éste había nacido muerto y que el -anillo, por falta de cuidado, era perdido.</i></p> - -<p><i>Otro hijo de aquel real matrimonio, Galaor, aún muy mancebo, -había también desaparecido y, sin que sus padres supieran de él, -se criaba en tierra extraña, en el ejercicio de toda suerte de -armas.</i></p> - -<p><i>Días después de su victoria</i>, pasando el Doncel del Mar por -una sala, vió a Melicia, hija del Rey, niña, que estaba llorando, y -preguntóla qué había. La niña dijo:</p> - -<p>—Señor, perdí un anillo que el Rey me dió a guardar en tanto que él -duerme.</p> - -<p>—Pues yo os daré —dijo él— otro tan bueno o mejor, que le deis.</p> - -<p>Entonces sacó de su dedo un anillo e dióselo. Ella dijo:</p> - -<p>—Este es el que yo perdí.</p> - -<p>—No es —dijo él.</p> - -<p>—Pues es el anillo del mundo que más le parece —dijo la niña.</p> - -<p>—Por esto está mejor —dijo el Doncel del Mar—, que en lugar del otro -le daréis.</p> - -<p>Y dejándola, se fué a su cámara, e acostóse en un lecho.</p> - -<p>El Rey despertó y demandó a su hija que le diese el anillo, y ella -le dió aquel que tenía; él lo metió en su dedo, creyendo que el suyo -fuese; mas vió yacer a un cabo de la cámara el otro que su hija perdió, -e<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> tomándolo, juntólo -con el otro, e vió que era el que él a la Reina había dado, y dijo a la -niña:</p> - -<p>—¿Cómo fué esto de este anillo?</p> - -<p>Ella, que mucho le temía, dijo:</p> - -<p>—Por Dios, señor, el vuestro perdí yo, e pasó por aquí el Doncel del -Mar, e como vió que yo lloraba, dióme ese que él traía, e yo pensé que -el vuestro era.</p> - -<p>El Rey entró en la cámara de la Reina, y cerrada la puerta, dijo:</p> - -<p>—Dueña, vos me negastes siempre el anillo que yo os diera, y el -Doncel del Mar halo dado agora a Melicia; ¿cómo pudo ser esto? Que -veisle aquí. Decidme de qué parte le hobo, e si me mentís, vuestra -cabeza lo pagará.</p> - -<p>La Reina díjole:</p> - -<p>—¡Ay, señor, agora vos diré la mi cuita, que hasta aquí os hobe -negado!</p> - -<p>Entonces comenzó de llorar muy recio, firiendo con sus manos en el -rostro, e dijo cómo echara a su hijo en el río, que llevara consigo el -espada e aquel anillo.</p> - -<p>—Por cierto —dijo el Rey— yo creo que este es nuestro hijo.</p> - -<p>La Reina tendió las manos, diciendo:</p> - -<p>—Así pluguiese al Señor del mundo.</p> - -<p>—Agora vamos allá vos e yo —dijo el Rey— e preguntémosle de su -hacienda.</p> - -<p>Luego fueron entrambos solos a la cámara donde<span class="pagenum" -id="Page_42">p. 42</span> él estaba, e falláronlo durmiendo muy -asosegadamente. Mas el Rey tomó en su mano la espada, que a la cabecera -de la cama era puesta, e catándola, la conoció luego, como aquel que -con ella diera muchos golpes e buenos, e dijo contra la Reina:</p> - -<p>—Por Dios, esta espada conozco yo bien, e agora creo más lo que me -dejistes.</p> - -<p>—Ay, señor —dijo la Reina—, no le dejemos más dormir, que mi corazón -se aqueja mucho.</p> - -<p>E fué para él, e tomándole por la mano, tiróle un poco contra sí, -diciendo:</p> - -<p>—Amigo señor, acorredme en esta priesa e congoja en que estoy.</p> - -<p>Él despertó e vióla muy reciamente llorar, e dijo:</p> - -<p>—Señora, ¿qué es eso que habéis? Si mi servicio puede algo remediar, -mandádmelo; que fasta la muerte se cumplirá.</p> - -<p>—Ay, amigo —dijo la Reina—; pues agora nos acorred con vuestra -palabra en decir cúyo hijo sois.</p> - -<p>—Así Dios me ayude —dijo él—, no lo sé; que yo fuí hallado en la mar -por gran aventura.</p> - -<p>La Reina cayó a sus pies toda turbada, y él hincó los hinojos ante -ella e dijo:</p> - -<p>—¡Ay, Dios! ¿Qué es esto?</p> - -<p>Ella dijo llorando:</p> - -<p>—Hijo, ves aquí tu padre e madre.</p> - -<p>Cuando él esto oyó, dijo:</p> - -<p>—¡Santa María! ¿Qué será esto que oyo?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>La Reina, teniéndolo -entre sus brazos, tornó e dijo:</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_043.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">—Es, hijo, que quiso Dios, por su merced, que -cobrásemos aquel yerro que por gran miedo yo hice; e, mi hijo, yo, como -mala madre, os eché en la mar, e veis aquí el Rey, que os engendró.</p> - -<p>Entonces hincó los hinojos y les besó las manos con muchas lágrimas -de placer, dando gracias a Dios porque así le había sacado de tantos -peligros para en la fin le dar tanta honra e buena ventura con tal -padre e madre.</p> - -<p>La Reina le dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>—Hijo, ¿sabéis vos si -habéis otro nombre sino éste?</p> - -<p>—Señora, sí sé —dijo él— que al partir de la batalla me dió aquella -doncella una carta que llevé envuelta en cera cuando en la mar fuí -echado; en que dice llamarme Amadís.</p> - -<p>Entonces sacándola de su seno, gela dió, e vieron cómo era la mesma -que Darioleta por su mano escribiera, e dijo:</p> - -<p>—Mi amado hijo, cuando esta carta se escribió era yo en toda cuita e -dolor, e agora soy en toda holganza e alegría, ¡bendito sea Dios!, e de -aquí adelante por este nombre os llamad.</p> - -<p>—Así lo haré —dijo él; e fué llamado Amadís, y en otras muchas -partes Amadís de Gaula.</p> - -<p>El rey Perión mandó llegar cortes, porque todos viesen a su hijo -Amadís; donde se hicieron muchas alegrías e juegos en honor y servicio -de aquel señor que Dios les diera, con el cual e con su padre esperaban -vivir en mucha honra y descanso; en fin de las cuales Amadís habló con -su padre, diciendo que él se quería ir a la Gran Bretaña, y que le -diese licencia. Mucho trabajó el Rey e la Reina por lo detener; mas por -ninguna vía pudieron; que la gran cuita que por su señora pasaba no le -dejaba ni daba lugar a que otra obediencia tuviese sino aquella que su -corazón sojuzgaba, e tomando consigo solamente a Gandalín e otras tales -armas como las que el rey Abies le despedazara en la batalla, así se -partió, e<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> anduvo tanto -fasta que llegó a la mar; y entrando en una fusta, pasó en la Gran -Bretaña.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_6"> - <h3 title="Lib. I, Cap. VI: Don Galaor">CAPÍTULO SEXTO</h3> - <p class="subh3c">DON GALAOR</p> -</div> - -<p><i>Después de correr diversas aventuras por aquel reino y haber -armado caballero a su hermano don Galaor, sin sospechar quien era, -llegó Amadís cerca de Vindilisora, donde estaba la corte del rey -Lisuarte, y Oriana en ella. Subió a un otero, desde donde le pareció -que la villa mejor se podría ver</i>; se asentó al pie de un árbol, e -comenzó a mirar la villa, e vió las torres e los muros asaz altos, e -dijo en su corazón:</p> - -<p>—¡Ay, Dios! ¡Dónde está allí la flor del mundo! ¡Ay, villa! ¡cómo -eres agora en gran alteza, por ser en ti aquella señora que entre -todas las del mundo no ha par en bondad ni fermosura! E aun digo que -es más amada que todas las que amadas son, y esto probaré yo al mejor -caballero del mundo, si me della fuese otorgado.</p> - -<p>Después que a su señora hobo loado, un tan gran cuidado le vino, que -las lágrimas fueron a sus ojos venidas, e falleciéndole el corazón, -cayó en un tan gran pensamiento, que todo estaba estordecido, de guisa -que de sí ni de otro sabía parte.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span><i>Por mandato de -su señora, después de haber vencido y muerto en desafío, en defensa -de una dueña desamparada, a Dardán el Soberbio, uno de los caballeros -más fuertes de aquel reino, presentóse Amadís en la Corte del rey -Lisuarte.</i> Mucho se maravillaban todos de la gran fermosura de -Amadís, e cómo siendo tan mozo pudo vencer a Dardán, que tan esforzado -era, que en toda la Gran Bretaña le temían.</p> - -<p><i>El Rey quería que tan buen caballero no saliera de su Corte; pero -Amadís, aunque otra cosa no deseara, no lo otorgó hasta que se lo pidió -también la Reina, y Oriana le hizo señas de que accediera a su deseo. -Dijo Amadís a la Reina y su hija:</i></p> - -<p>—No seré de otro sino vuestro, e si al Rey en algo sirviere, será -como vuestro e no como suyo.</p> - -<p>—Así vos recebimos yo e todas las otras —dijo la Reina.</p> - -<p>Luego lo envió decir al Rey, el cual fué muy alegre, y envió <i>un -caballero</i> que gelo trajese e así lo fizo; e venido ante él, -abrazándolo con gran amor, le dijo:</p> - -<p>—Amigo, agora soy muy alegre en haber acabado esto que tanto -deseaba, e cierto yo tengo gana que de mí recibáis mercedes.</p> - -<p>Amadís gelo tuvo en merced señalada. Desta manera que oís quedó -Amadís en la casa del rey Lisuarte por mandado de su señora.</p> - -<p><i>De allí a poco comenzaron a saberse las maravillosas hazañas que -venía realizando don Galaor por<span class="pagenum" id="Page_47">p. -47</span> todas aquellas tierras, pobladas de castillos y florestas. -Amadís deseaba ardientemente conocer a su hermano y, con licencia de -Oriana, seguido de su fiel escudero Gandalín, fué a recorrer el reino -por ver si lograba dar con él y traerlo consigo a la Corte del rey -Lisuarte.</i></p> - -<p><i>No podemos detallar aquí, como lo hacen los antiguos autores de -esta historia, las continuas aventuras que corrió Amadís en aquellas -andanzas, en todas las cuales desplegó la más asombrosa bravura y el -más completo dominio de las armas; sólo sí diremos que en una de las en -que mayor riesgo corrió, ganó para su servicio un enano que nunca más -dejó de acompañarle en sus viajes y al que cobró grande afecto.</i></p> - -<p><i>Don Galaor, por su parte, seguía recorriendo también aquella -comarca sin querer presentarse ante su heroico hermano hasta que el -número y fama de sus hazañas lo hubieran hecho digno de ello.</i></p> - -<p><i>Cierto día, un caballero le robó su caballo, mediante vil -engaño, y cuando don Galaor iba en su seguimiento, ardiendo en deseos -de venganza, topó con una doncella que le prometió llevarle ante -su burlador si le ofrecía cumplirle un don que había de demandarle -más tarde, sin que por el momento le explicara en lo que había de -consistir. Mas esta doncella era amiga del caballero, y quería llevar -a don Galaor a su poder para que, tomándolo de improviso, además -del caballo le quitara las armas, dejándolo<span class="pagenum" -id="Page_48">p. 48</span> así totalmente burlado. Sin embargo, no -fueron las cosas tal como ella pensaba: don Galaor dió muerte al falso -caballero, y la doncella, en su desesperación, juró no apartarse del -matador hasta encontrar tal ocasión para pedirle el don que le tenía -prometido, que no pudiera menos de perder la vida en la demanda o -quedar por falso y traidor.</i></p> - -<p><i>Cierta vez, atravesaba un bosque Amadís</i> y el Enano iba -delante, e por el camino que ellos iban venía un caballero e una -doncella; e siendo cerca del caballero, puso mano a su espada, e dejóse -correr al Enano por le tajar la cabeza.</p> - -<p>El Enano, con miedo, dejóse caer del rocín, diciendo:</p> - -<p>—Acorredme, señor, que me matan.</p> - -<p>Amadís, que lo vió, corrió muy ahína e dijo:</p> - -<p>—¿Qué es eso, señor caballero? ¿Por qué me queréis matar mi enano? -No pongáis mano en él, que amparar os lo he yo.</p> - -<p>—De vos lo amparar —dijo el caballero— me pesa; mas todavía conviene -que la cabeza le taje.</p> - -<p>—Antes habréis la batalla —dijo Amadís; e tomando sus armas, -cubiertos de sus escudos, movieron contra sí al más correr de sus -caballos, y encontráronse en los escudos tan fuertemente, que los -falsaron, e las lorigas también, e juntáronse los caballos y ellos de -los cuerpos e de los yelmos, de tal guisa, que cayeron a sendas partes -grandes caídas; pero luego fueron en pie, e comenzaron la batalla<span -class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> de las espadas tan cruel -e tan fuerte, que no había persona que la viese que dello no fuese -espantado, e así lo era el uno del otro, que nunca fasta allí hallaron -quien en tan gran estrecho sus vidas pusiese.</p> - -<p>Así anduvieron, hiriéndose de muy grandes y esquivos golpes una gran -pieza del día; tanto que sus escudos eran rajados e cortados por muchas -partes; e asimismo lo eran los arneses, en que ya muy poca defensa en -ellos había, e las espadas tenían mucho lugar de llegar a menudo e -con daño de sus carnes, pues los yelmos no quedaban sin ser cortados -e abollados a todas partes. Pues estando en esta gran priesa que oís, -llegó acaso un caballero todo armado donde la doncella estaba, e como -la batalla vió, comenzóse a santiguar, diciendo que desque nasciera -nunca había visto tan fuerte lid de dos caballeros; e preguntó a la -doncella si sabía quién fuesen aquellos caballeros.</p> - -<p>—Sé —dijo ella—; que yo los fize juntar, e no me puedo ende partir -sino alegre; que mucho me placería de cualquiera dellos que muera, e -mucho más de entrambos.</p> - -<p>—Cierto, doncella —dijo el caballero—, no es ese buen deseo ni -placer; antes es de rogar a Dios por tan buenos dos hombres; mas -decidme por qué los desamáis tanto.</p> - -<p>—Eso vos diré —dijo la doncella—; aquel que tiene el escudo más sano -es el hombre del mundo que más desama Arcalaus, mi tío, e de quien -más<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> desea la muerte, e -ha nombre Amadís; y este otro con quien se combate se llama Galaor, e -matóme el hombre del mundo que yo más amaba; e teníame otorgado un don, -e yo andaba por gelo pedir donde la muerte le viniese; e como conocí al -otro caballero, que es el mejor del mundo, demandéle la cabeza de aquel -enano. Así que, este Galaor que muy fuerte caballero es, por me la dar, -y el otro por la defender, son llegados a la muerte, de que yo gran -gloria e placer recibo.</p> - -<p>El caballero, que esto oyó, dijo:</p> - -<p>—Mal haya mujer que tan gran traición pensó para facer morir los -mejores dos caballeros del mundo.</p> - -<p>E sacando su espada de la vaina, <i>la mató e</i> fué cuanto el -caballo llevarle pudo, dando voces, diciendo:</p> - -<p>—Estad, señor Amadís; que ese es vuestro hermano don Galaor, el que -vos buscáis.</p> - -<p>Cuando Amadís lo oyó, dejó caer la espada y el escudo en el campo, e -fué contra él, diciendo:</p> - -<p>—¡Ay, hermano! Buena ventura haya quien nos fizo conocer.</p> - -<p>Galaor dijo:</p> - -<p>—¡Ay, cativo malaventurado! ¿Qué he fecho contra mi hermano e mi -señor?</p> - -<p>E hincándosele de hinojos delante, le demandó llorando perdón. -Amadís lo alzó e abrazólo, e dijo:</p> - -<p>—Mi hermano, por bien empleado tengo el peligro<span -class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> que con vos pasé, pues que -fué testimonio que yo probase vuestra tan alta proeza e bondad.</p> - -<p>Entonces se desenlazaron los yelmos por folgar, que muy necesario -les era, y el caballero les dijo:</p> - -<p>—Señores, mal llagados sois; ruégoos que cabalguéis, e nos vamos -a un mi castillo, que es aquí cerca, e guareceréis de vuestras -feridas.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_7"> - <h3 title="Lib. I, Cap. VII: El manto y la corona">CAPÍTULO SÉPTIMO</h3> - <p class="subh3c">EL MANTO Y LA CORONA</p> -</div> - -<p><i>El enano, mandado por Amadís, llevó noticia a la Corte de cómo -había sido encontrado don Galaor y de que era conforme en ser de los -caballeros que servían a Lisuarte.</i> El Rey fué muy alegre, teniendo -en voluntad de fazer cortes las más honradas e de más caballeros que -nunca en la Gran Bretaña se hicieran, y mandó apercebir a todos sus -altos hombres que fuesen con él el día de Santa María de septiembre a -las cortes, e la Reina asimismo a todas las dueñas e doncellas de gran -guisa.</p> - -<p><i>Mas es de saber que había en la Gran Bretaña un temible mago -llamado Arcalaus el Encantador, cuyo nombre hemos oído en el capítulo -precedente, el cual, consagrado siempre a malas obras, habíase -propuesto desposeer del reino a Lisuarte, para lo cual, la de aquellas -Cortes parecióle ocasión excelente y comenzó<span class="pagenum" -id="Page_52">p. 52</span> a tender las redes en que debían quedar -presos el Rey y sus bravos caballeros.</i></p> - -<p>Pues siendo todos en el palacio, con gran alegría hablando en las -cosas que en las Cortes se habían de ordenar, acaeció de entrar en el -palacio una doncella extraña asaz bien guarnida, e un gentil doncel que -la acompañaba; e decendiendo de un palafrén, preguntó cuál era el Rey; -él dijo:</p> - -<p>—Doncella, yo soy.</p> - -<p>—Señor —dijo ella—, bien semejáis rey en el cuerpo, mas no sé si lo -seréis en el corazón.</p> - -<p>—Doncella —dijo él—, esto vedes vos agora, e cuando en lo otro me -probardes saberlo heis.</p> - -<p>—Señor —dijo la doncella—, a mi voluntad respondéis, e miémbreseos -esta palabra que me dais ante tantos hombres buenos, porque yo quiero -probar el esfuerzo de vuestro corazón cuando me fuere menester, e a -Dios seáis encomendado.</p> - -<p>—A Dios vayáis, doncella —dijo el Rey.</p> - -<p>La doncella se fué su vía, e el Rey quedó fablando con sus -caballeros. Pues habiendo en muchas cosas hablado, queriéndose la -Reina acoger a su palacio, entraron por la puerta tres caballeros, -los dos armados de todas armas, y el uno desarmado, y era grande e -bien fecho, e la cabeza casi toda cana; pero fresco e fermoso, según -su edad. Este traía ante sí una arqueta pequeña, e preguntó por el -Rey, e mostrárongelo; e decendió de su palafrén, e fincando<span -class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span> los hinojos ante él, con el -arqueta en sus manos, díjole:</p> - -<p>—Dios os salve, Señor, así como al príncipe del mundo que mejor -promesa ha fecho, si la tenedes.</p> - -<p>El Rey dijo:</p> - -<p>—Y ¿qué promesa es esta, o por qué me lo decís?</p> - -<p>—A mí dijeron —dijo el caballero— que queríades mantener caballería -en la mayor alteza e honra que ser pudiese. E porque oí decir que -queríades tener cortes en Londres de muchos hombres buenos, tráigovos -aquí lo que para tal hombre como vos a tal fiesta conviene.</p> - -<p>Entonces, abriendo el arqueta, sacó de ella una corona de oro tan -bien obrada e con tantas piedras e aljófar, que fueron muy maravillados -todos en la ver. El Rey la cataba mucho, con sabor de la haber para sí, -y el caballero le dijo:</p> - -<p>—Creed, señor, que esta obra es tal, que ninguno de cuantos hoy -saben labrar de oro e poner piedras no la sabrían mirar.</p> - -<p>—Si me Dios ayude —dijo el Rey—, yo lo tengo así.</p> - -<p>—Pues comoquiera —dijo el caballero— que su obra e hermosura sea -tan extraña, otra cosa en sí tiene que mucho más es de preciar; y esto -es que siempre el Rey que en su cabeza la pusiere será mantenido e -acrecentado en su honra, e si vos, señor, la quisierdes haber, dárvosla -he por cosa que será<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> -reparo de mi cabeza, que la tengo en aventura de perder.</p> - -<p>La Reina, que delante estaba, dijo:</p> - -<p>—Cierto, señor, mucho vos conviene tal joya como esa, e dad por ella -todo lo que el caballero pidiere.</p> - -<p>—E vos, señora —dijo—, comprarme hedes un muy hermoso manto que aquí -traigo.</p> - -<p>—Sí —dijo ella—, muy de grado.</p> - -<p>Luego sacó de la arqueta un manto el más rico e mejor obrado que se -nunca vió, que demás de las piedras e aljófar de gran valor que en él -había, eran en él figuradas todas las aves e animalias del mundo, tan -sotilmente, que por maravilla lo miraban.</p> - -<p>La Reina dijo:</p> - -<p>—Si Dios me vala, amigo, parece que este paño no fué por otra mano -fecho sino por la de aquel Señor que todo lo puede.</p> - -<p>—Cierto, señora —dijo el caballero—; bien podéis creer sin falla que -por mano e consejo del hombre fué este paño hecho; e aun más vos digo, -que conviene este manto más a mujer casada que a soltera; que tiene -tal virtud, que el día que lo cobijare no puede haber entre ella e su -marido ninguna congoja.</p> - -<p>—Cierto —dijo la Reina—, si ello es verdad, no puede ser comprado -por precio ninguno.</p> - -<p>—Desto no podéis ver la verdad si el manto no hobierdes —dijo el -caballero.</p> - -<p>E la Reina, que mucho al Rey amaba, hobo sabor de haber el manto, e -dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>—Caballero, daros he -yo por ese manto lo que quisierdes.</p> - -<p>Y el Rey dijo:</p> - -<p>—Demandad por el manto e por la corona lo que vos pluguiere.</p> - -<p>—Señor —dijo el caballero—, yo vo a gran cuita emplazado de aquel -cuyo preso soy, e no tengo espacio para me detener ni para saber cuánto -estas donas valen; mas yo seré con vos en las cortes de Londres, y -entre tanto quede a vos la corona e a la Reina el manto, por tal -pleito, que por ello me deis lo que vos yo demandare, o me lo tornéis, -e habréislo ya ensayado e probado.</p> - -<p>El Rey dijo:</p> - -<p>—Caballero, agora creed que vos habréis lo que demandardes, o el -manto e la corona.</p> - -<p>El caballero dijo:</p> - -<p>—Señores caballeros e dueñas, ¿oís vos bien esto que el Rey e la -Reina me prometen, que me darán mi corona e mi manto, o aquello que les -yo pidiere?</p> - -<p>—Todos lo oímos —dijeron ellos.</p> - -<p>Entonces se despidió el caballero e dijo:</p> - -<p>—Adiós quedéis, que yo voy a la más esquiva prisión que nunca hombre -tuvo.</p> - -<p>Así se fueron todos tres, quedando en poder del Rey el manto e la -corona.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span></p> - <h3 title="Lib. I, Cap. VIII: Las Cortes de Londres">CAPÍTULO OCTAVO</h3> - <p class="subh3c">LAS CORTES DE LONDRES</p> -</div> - -<p>Con acuerdo de Amadís e Galaor, <i>que ya eran llegados, de</i> -Agrajes, e de otros preciados caballeros de su corte, ordenó <i>el -Rey</i> que dentro de cinco días todos los grandes de sus reinos -en Londres, que a la sazón como un águila encima de lo más de la -Cristiandad estaba, a cortes viniesen, como de antes lo había pensado e -dicho, para dar orden en las cosas de la caballería.</p> - -<p>Partió el rey Lisuarte de Vindilisora con toda la caballería, e la -Reina con sus dueñas e doncellas, a las cortes; la gente pareció en -tanto número, que por maravilla se debría contar. Había entre ellos -muchos caballeros mancebos ricamente armados e ataviados, e muchas -infinitas hijas de reyes, e otras doncellas de gran guisa, que dellos -muy amadas eran, por las cuales grandes justas e fiestas por el camino -hicieron. El Rey había mandado que le llevasen tiendas e aparejos, -porque no entrasen en poblado, e se aposentasen en las vegas cerca -de las riberas e fuentes, de que aquella tierra muy bastada era. Así -por todas las vías se les aparejaba la más alegre e más graciosa vida -que nunca fasta allí tuvieran; y llegaron a aquella gran ciudad de -Londres,<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> donde tanta -gente hallaron, que no parecía sino que todo el mundo allí asonado -era. El Rey e la Reina con toda su compaña fueron a descabalgar en sus -palacios, e allí en una parte dellos mandó posar a Amadís e a Galaor e -Agrajes e otros algunos de los más preciados caballeros, e las otras -gentes en muy buenas posadas, que los aposentadores del Rey de antes -les habían señalado. Así holgaron aquella noche e otros dos días con -muchas danzas e juegos, que en el palacio e fuera en la ciudad se -ficieron; en los cuales Amadís e Galaor eran de todos tan mirados, e -tanta era la gente que por los ver acudían donde ellos andaban, que -todas las calles eran ocupadas.</p> - -<p>A estas cortes que oís vino un gran señor, más en estado e señorío -que en dignidad de virtudes, llamado Barsinan, señor de Sansueña, no -porque vasallo del rey Lisuarte fuese, ni mucho su amigo ni conocido, -mas por lo que agora oiréis. Sabed que estando este Barsinan en su -tierra, llegó ahí Arcalaus el Encantador, e díjole:</p> - -<p>—Barsinan, señor, si tú quisieses, yo daría orden como fueses rey -sin que gran afán ni trabajo en ello hobiese.</p> - -<p>—Cierto —dijo Barsinan— de grado tomaría yo cualquier trabajo que -ende venir me pudiese, con tal que rey pudiese ser.</p> - -<p>—Tú respondes como sesudo —dijo Arcalaus— e yo haré que lo seas, si -creerme quisieres y me ficieres<span class="pagenum" id="Page_58">p. -58</span> pleito que me farás tu mayordomo mayor, e no me lo quitarás -todo el tiempo de mi vida.</p> - -<p>—Eso faré yo muy de grado —dijo Barsinan—; e decidme por cuál guisa -se puede hacer lo que me decís.</p> - -<p>—Yo os lo diré —dijo Arcalaus—. Id vos a la primera corte que el rey -Lisuarte ficiere, e llevad gran compaña de caballeros; que yo prenderé -al rey en tal forma que de ninguno de los suyos pueda ser socorrido; -e aquel día habré a su fija Oriana, que vos daré por mujer; y en cabo -de cinco días enviaré a la corte del rey su cabeza. Entonces punad vos -por tomar la corona del rey, que siendo él muerto, e su hija en vuestro -poder, que es la derecha heredera, no habrá persona que vos contrariar -pueda.</p> - -<p>—Cierto —dijo Barsinan—; si vos eso hacéis, yo vos haré el más rico -e poderoso hombre de cuantos comigo fueren.</p> - -<p>—Pues yo haré lo que digo —dijo Arcalaus.</p> - -<p>Por esta causa que oís vino a la corte este gran señor de Sansueña, -Barsinan, al cual el rey salió con mucha compaña a lo recebir, creyendo -que con sana e buena voluntad era su venida; e mandóle aposentar, e a -toda su compaña, e darle las cosas todas que menester hobiesen; mas -dígovos que viendo él tan gran caballería, e sabido el leal amor que al -rey Lisuarte habían, mucho fué arrepentido de tomar aquella empresa, -creyendo que a tal hombre<span class="pagenum" id="Page_59">p. -59</span> ninguna adversidad le podía empecer. E hablando con el Rey, -le dijo:</p> - -<p>—Rey, yo oí decir que hacíades estas grandes cortes, e vengo ahí por -vos hacer honra; que yo no tengo tierra de vos, sino de Dios, que a mis -antecesores e a mí libremente dió.</p> - -<p>—Amigo —dijo el Rey—, yo os lo agradezco mucho.</p> - -<p>Otro día de mañana vistió el Rey sus paños reales, cuales para tal -día le convenían, e mandó que le trajesen la corona que el caballero -le dejara, y que dijesen a la Reina que se vistiese el manto. La Reina -abrió el arqueta, en que todo estaba, con la llave que ella siempre en -su poder tovo, e no halló ninguna cosa dello, de que muy maravillada -fué, e comenzóse de santiguar y enviólo decir al Rey; e cuando lo supo, -mucho le pesó, pero no lo mostró así ni lo dió a entender; e fuese para -la Reina, e sacándola aparte, díjole:</p> - -<p>—Dueña, ¿cómo guardastes tan mal cosa que tanto a tal tiempo nos -convenía?</p> - -<p>—Señor —dijo ella— no sé qué diga en ello, sino que el arqueta -hallé cerrada; e yo he tenido la llave, sin que de persona la haya -fiado; pero dígovos tanto, que esta noche me pareció que vino a mí -una doncella, e díjome que le mostrase el arqueta, e yo en sueños -gela mostraba, y demandábame la llave, e dábagela, y ella abría el -arqueta e sacaba della el manto e la corona, e tomando a cerrar,<span -class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> ponía la llave en el lugar -que ante estaba, e cobríase el manto e ponía la corona en la cabeza, -pareciéndole tan bien, que muy gran sabor sentía yo en la mirar; e -decíame: “Aquel y aquella cuyo será, reinará ante de cinco días en -la tierra del poderoso que se agora trabaja de la defender e de ir -conquistar las ajenas tierras.” Y desapareció ante mí, llevando la -corona y el manto; pero dígovos que no puedo entender si esto me avino -en sueños o en verdad.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_060.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">El Rey lo tovo por gran maravilla e dijo:</p> - -<p>—Agora vos dejad ende y no lo habléis con otro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>Y saliendo ambos -de la tienda, se fueron a la otra, acompañados de tantos caballeros -y dueñas e doncellas, que por maravilla lo toviera cualquiera que lo -viese, y sentóse el Rey en una muy rica silla, e la Reina en otra algo -más baja, que en un estrado de paños de oro estaban puestas; e a la -parte del Rey se pusieron los caballeros, y de la Reina sus dueñas e -doncellas, e los que más cerca del Rey estaban eran cuatro caballeros -que él más preciaba; el uno Amadís y el otro Galaor, e Agrajes e -Galvanes Sintierra.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_9"> - <h3 title="Lib. I, Cap. IX: Los ardides de Arcalaus">CAPÍTULO NOVENO</h3> - <p class="subh3c">LOS ARDIDES DE ARCALAUS</p> -</div> - -<p>Con tal compaña estando el rey Lisuarte, en tanto placer como oídes, -queriendo ya la fortuna comenzar su obra con que aquella gran fiesta en -turbación puesta fuese, entró por la puerta del palacio una doncella -asaz hermosa, cubierta de luto, e fincando los hinojos ante el Rey, le -dijo:</p> - -<p>—Señor, todos han placer, sino yo sola, que he cuita e tristeza, e -la no puedo perder sino por vos.</p> - -<p>—Amiga —dijo el Rey—, ¿qué cuita es esa que habéis?</p> - -<p><i>Entonces la doncella refirió, llorando, que su padre sufría -injusta prisión de que sólo podían hacerle<span class="pagenum" -id="Page_62">p. 62</span> libre los dos mejores caballeros del mundo. -Tanto impresionaron sus palabras y lágrimas a la Reina y al Rey, -que le dieron a don Galaor y a Amadís para que fueran a libertar al -prisionero, ya que otros mejores caballeros en parte alguna se podrían -hallar.</i></p> - -<p><i>Armados éstos</i> e despedidos del Rey e de sus amigos, entraron -en el camino con la doncella. Así andovieron por donde la doncella los -guiaba fasta ser medio día pasado, que entraron en la floresta que -Malaventurada se llamaba, porque nunca entró en ella caballero andante -que buena dicha ni ventura hobiese; e tanto que alguna cosa comieron -de lo que sus escuderos levaban, tornaron a su camino fasta la noche, -que facía luna clara. La doncella se aquejaba mucho, e no facía sino -andar.</p> - -<p>Amadís le dijo:</p> - -<p>—Doncella, ¿no queréis que folguemos alguna pieza?</p> - -<p>—Quiero —dijo ella—; mas será adelante, donde hallaremos unas -tiendas con tal gente, que mucho placer vuestra vista les dará.</p> - -<p><i>Siguieron caminando y llegaron, en efecto, a unas tiendas donde, -a pretexto de que descansaran, desarmaron a los caballeros, y ya sin -armas, estando separados Amadís y don Galaor, cada cual en tienda -diferente, cayó sobre ellos una gran partida de gentes de guerra, que -al cabo de descomunal combate lograron dominarlos y prenderlos. Los -llevaron<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> amarrados, -los días siguientes, hacia el lugar donde pensaban darles muerte; -pero Galaor, a fuerza de astucia y malicia, consiguió librarse de sus -cadenas y libertar a su hermano, tras lo cual y a más andar, retornaron -los dos por el camino de Londres.</i></p> - -<p>Estando el rey Lisuarte e la reina Brisena, su mujer, en sus tiendas -con muchos caballeros e dueñas e doncellas, al cuarto día que de -allí partieran Amadís e don Galaor, su hermano, entró por la puerta -el caballero que el manto e la corona le dejara, como ya oístes; e -fincando los hinojos ante el Rey, le dijo:</p> - -<p>—Señor, ¿cómo no tenéis la fermosa corona que yo vos dejé, e vos, -señora, el rico manto?</p> - -<p>El Rey se calló, que ninguna respuesta le quiso dar, y el caballero -dijo:</p> - -<p>—Mucho me place que os no pagastes della, pues que me quitarán de -perder la cabeza o el don que por ello me habíades a dar; e pues así -es, mandádmelo dar, que no me puedo detener en ninguna guisa.</p> - -<p>Cuando esto oyó <i>el rey</i>, pesóle fuertemente e dijo:</p> - -<p>—Caballero, el manto ni la corona no os lo puedo dar, que lo he todo -perdido; mas me pesa por vos, que tanto os hacía menester, que por mí, -aunque mucho valía.</p> - -<p>—¡Ay, cativo! Muerto so —dijo el caballero.</p> - -<p>E comenzó a hacer un duelo tan grande, que maravilla era, -diciendo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span>—¡Cativo de mí sin -ventura! Muerto soy de la peor muerte; que nunca murió caballero que la -tan poco mereciese.</p> - -<p>E caíanle las lágrimas por las barbas, que eran blancas como la lana -blanca. El Rey hobo dél gran piedad e díjole:</p> - -<p>—Caballero, no temáis de vuestra cabeza; que toda cosa que yo haya -vos la habréis para la guarecer; que así os lo he prometido e así lo -terné.</p> - -<p>El caballero se le dejó caer a sus pies para gelos besar, mas el Rey -lo alzó por la mano e dijo:</p> - -<p>—Ahora pedid lo que os placerá.</p> - -<p>—Señor —dijo él—, verdad es que me hobistes a dar mi manto e mi -corona, o lo que por ello vos pidiese; e Dios sabe, señor, que mi -pensamiento no era demandar lo que agora pediré; e si otra cosa para mi -remedio en el mundo hobiese, no os enojaría en ello; mas no puedo hi al -hacer. A vos pesará de me lo dar, e a mí de lo recebir.</p> - -<p>—Agora demandad —dijo el Rey—; que tan cara cosa no será que yo haya -que la vos no hayades.</p> - -<p>Entonces el caballero dijo:</p> - -<p>—Señor, yo no podría ser quito de muerte sino por mi corona e -mi manto, o por vuestra fija Oriana; e agora me dad dello lo que -quisierdes; que yo más querría lo que os di.</p> - -<p>—¡Ay, caballero! —dijo el Rey—, mucho me habéis pedido.</p> - -<p>E todos hobieron muy gran pesar, que más ser<span class="pagenum" -id="Page_65">p. 65</span> no podía; pero el Rey, que era el más leal -del mundo, dijo:</p> - -<p>—No vos pese; que más conviene la pérdida de mi hija que falta de mi -palabra, porque lo uno daña a pocos e lo otro al general.</p> - -<p>E mandó que luego le trajesen allí su fija.</p> - -<p>Cuando la Reina e las dueñas e doncellas esto oyeron comenzaron -a fazer el mayor duelo del mundo; mas el Rey las mandó acoger a sus -cámaras, e mandó a todos los suyos que no llorasen, so pena de perder -su amor. En esto llegó la muy fermosa Oriana ante el Rey como atónita, -y cayéndole a los pies, le dijo:</p> - -<p>—Padre, señor, ¿qué es esto que queréis facer?</p> - -<p>—Fágolo —dijo el Rey— por no quebrar mi palabra.</p> - -<p>E dijo contra el caballero:</p> - -<p>—Veis aquí el don que pedistes; ¿queréis que vaya con ella otra -compaña?</p> - -<p>—Señor —dijo el caballero—, no traigo comigo sino dos caballeros -e dos escuderos, aquellos con que vine a vos a Vindilisora, e otra -compaña no puedo llevar; mas yo vos digo que no ha de qué temer fasta -que la yo ponga en la mano de aquel a quien la he de dar.</p> - -<p>—Vaya con ella una doncella —dijo el Rey— si quisierdes, porque más -honra e honestidad sea, e no vaya entre vos sola.</p> - -<p>El caballero lo otorgó.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span>Cuando Oriana esto -oyó cayó amortecida; mas esto no hobo menester, que el caballero la -tomó entre sus brazos, e llorando, que parecía hacerlo contra su -voluntad, e dióla a un escudero que estaba en un rocín muy grande e -mucho andador; e poniéndola en la silla, se puso él en las ancas, e -dijo el caballero:</p> - -<p>—Tenedla, no caya, que va tollida; e Dios sabe que en toda esta -corte no ha caballero que más pese que a mí deste hecho.</p> - -<p>Y el Rey fizo venir la doncella de Denamarca e mandóla poner en un -palafrén, e dijo:</p> - -<p>—Id con vuestra gran señora, e no la dejéis por mal ni por bien que -vos avenga en cuanto con ella os dejaren.</p> - -<p>—¡Ay, cativa! —dijo ella—, nunca cuidé hacer tal ida.</p> - -<p>E luego movieron ante el Rey; y <i>uno de los</i> caballeros -<i>que</i> muy membrudo <i>era</i>, tomó a Oriana por la rienda; e -sabed que este era Arcalaus el Encantador; e al salir del corral -sospiró Oriana muy fuertemente, como si el corazón se le partiese, e -dijo así como tollida:</p> - -<p>—¡Ay, buen amigo!, por esto somos vos e yo muertos.</p> - -<p>Mabilia, que a unas finiestras estaba haciendo muy grande duelo, vió -cerca del muro pasar a Ardian, el enano de Amadís, que iba en un gran -rocín e ligero, e llamólo con gran cuita que tenía, e dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>—Ardian, amigo, -si amas a tu señor, no huelgues día ni noche hasta que lo falles e -le cuentes esta mala ventura que aquí es fecha; e si lo no faces, -serle-ías traidor; que es cierto que él lo querría agora más saber que -haber esta cibdad por suya.</p> - -<p>—¡Por santa María! —dijo el enano—, él lo sabrá lo más ahína que ser -pudiere.</p> - -<p>E dando del azote al rocín, se fué por el camino que viera ir a su -señor a más andar.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_10"> - <h3 title="Lib. I, Cap. X: La prisión del Rey">CAPÍTULO DÉCIMO</h3> - <p class="subh3c">LA PRISIÓN DEL REY</p> -</div> - -<p>Mas agora os contaremos lo que a esta sazón aconteció al Rey. -<i>Lisuarte había salido a la entrada de la floresta por donde eran -idos los caballeros que llevaban a Oriana, para impedir que ninguno de -los suyos pudiera ir a arrebatársela, que así con aquéllos lo había -concertado, cuando</i> vió venir la doncella a quien él había el don -prometido; e venía en un palafrén que andaba ahína, e traía a su cuello -una espada muy bien guarnida, e una lanza con un fierro muy hermoso, e -la asta pintada; e llegando al Rey, le dijo:</p> - -<p>—Señor, Dios vos salve e dé alegría e corazón que me atengáis lo que -me prometistes en Vindilisora ante vuestros caballeros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span>—Doncella —dijo el -Rey—, yo había más menester alegría de la que tengo; mas, como quier -que esto sea, bien me miembra lo que os dije, e así lo compliré.</p> - -<p>—Señor —dijo ella—, con esa esperanza vengo yo a vos como al más -leal rey del mundo, e agora me vengad de un caballero que va por esta -floresta, que mató a mi padre al mayor aleve del mundo y encantóle de -tal guisa, que no puede morir si el más honrado hombre del reino de -Londres no le da un golpe con esta lanza e otro con esta espada. E yo -sé que si por vuestra mano no, que el más honrado sois, por otro no -puede ser muerto.</p> - -<p>—En el nombre de Dios —dijo el Rey— yo quiero ir con vos.</p> - -<p>E mandó traer sus armas e armóse ahína, e cabalgó en su caballo, que -él mucho preciaba, e la doncella le dijo que ciñese la espada que ella -traía; y él, dejando la suya, que era la mejor del mundo, tomó la otra -y echó su escudo al cuello. E la doncella le llevó el yelmo e la lanza -pintada, e fuése con ella, defendiendo a todos que ninguno fuese tan -osado que tras él pensase de ir.</p> - -<p>E así andovieron un rato por la carrera; mas la doncella gela hizo -dejar, e guió por otra parte, cerca de unos árboles e allí vió estar -el Rey un caballero todo armado sobre un caballo negro, e al cuello un -escudo verde, el yelmo otro tal. La doncella dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>—Señor, tomad vuestro -yelmo; que vedes allí el caballero que vos dije.</p> - -<p>Él lo enlazó luego, e tomando la lanza, dijo:</p> - -<p>—Caballero soberbio e de mal talante, agora os guardad.</p> - -<p>E abajando la lanza, y el caballero la suya, se dejaron correr -contra sí cuanto los caballos los podían llevar, e firiéronse de las -lanzas en los escudos; así que luego fueron quebradas, e la del Rey -quebró tan ligero, que sólo no la sintió en la mano, e cuidó que -fallesciera de su golpe, e puso mano al espada, e el caballero a la -suya, e firiéronse por cima de los yelmos, e la espada del caballero -entró bien la media por el yelmo del Rey, mas la del Rey quebró luego -por cabe la manzana, e cayó el fierro en el suelo. Entonces conoció que -era traición, y el caballero le comenzó a dar golpes por todas partes a -él e al caballo; e cuando el Rey vió que el caballo le mataba fuése a -abrazar con él, y el otro asimismo con él, e tiraron por sí tan fuerte, -que cayeron en tierra, y el caballero cayó debajo, y el Rey tomó la -espada que el otro perdiera de la mano, e comenzóle a dar con ella los -mayores golpes que podía. La doncella, que esto vió, dió grandes voces, -diciendo:</p> - -<p>—¡Ay, Arcalaus!; acorre, que mucho tardas, e dejas morir tu -cohermano.</p> - -<p>Cuando el Rey así estaba por matar el caballero, oyó un -grande estruendo, e volvió la cabeza e vió<span class="pagenum" -id="Page_70">p. 70</span> diez caballeros que contra él venían -corriendo, e uno venía delante, diciendo a grandes voces:</p> - -<p>—Rey Lisuarte, muerto eres; que nunca un día reinarás ni tomarás -corona en la cabeza.</p> - -<p>Cuando esto oyó el Rey fué muy espantado, e temióse de ser muerto, e -dijo con gran esfuerzo, que siempre tuvo e tenía:</p> - -<p>—Bien puede ser que moriré, pues tanta ventaja me tenéis; mas todos -moriréis por mí, como traidores e falsos que sois.</p> - -<p><i>Atacáronlo todos juntos, y aunque Lisuarte se defendió con -bravura e hirió a varios de ellos, acabaron por desarmarlo y -echarle</i> una gruesa cadena a la garganta, en que había dos ramales, -e ficiéronle cabalgar en un palafrén; e tomándole sendos caballeros por -los ramales, comenzáronse de ir con él; e llegando entre los árboles, -en un valle hallaron a Arcalaus, que tenía a Oriana e a la doncella de -Denamarca; y el caballero que iba ante el Rey, dijo:</p> - -<p>—Cohermano, vedes aquí el rey Lisuarte.</p> - -<p>—Cierto —dijo él—; buena venida fué ésta, e yo haré que nunca dél -tema ni de los de su casa.</p> - -<p>—¡Ay, traidor! —dijo el Rey—; bien sé yo que harías tú toda -traición.</p> - -<p>Así movieron todos de consuno por aquella carrera, que se partía en -dos lugares, e Arcalaus llamó a un su doncel e díjole:</p> - -<p>—Vete a Londres cuanto pudieres, e di a Barsinan<span -class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> que se trabaje de ser rey, -que yo le terné lo que le dije; que todo es ya a punto.</p> - -<p>El doncel se fué luego, e Arcalaus dijo a su compaña:</p> - -<p>—Id vos a Daganel con diez caballeros destos, e llevad a Lisuarte -e metedlo en la mi cárcel, e yo llevaré a Oriana con estos cuatro, e -mostrarle he donde tengo mis libros e mis cosas en Monte-Aldín.</p> - -<p>Este era de los más fuertes castillos del mundo; pues allí fueron -partidos los diez caballeros con el Rey, e los cinco con Oriana, en que -iba Arcalaus, dando a entender que su persona valía tanto como cinco -caballeros.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_11"> - <h3 title="Lib. I, Cap. XI: La libertad de Oriana">CAPÍTULO UNDÉCIMO</h3> - <p class="subh3c">LA LIBERTAD DE ORIANA</p> -</div> - -<p>Veniendo Amadís e Galaor por el camino de Londres, siendo a dos -leguas de la ciudad, vieron venir a Ardian el enano cuanto más el rocín -lo podía llevar. <i>El cual</i> llegó a ellos e contóles todas las -nuevas cómo llevaban a Oriana.</p> - -<p>—¡Ay, santa María, val! —dijo Amadís—; ¿e por dónde van los que la -llevan?</p> - -<p>—Cabe la villa es el más derecho camino —dijo el enano.</p> - -<p>Amadís firió al caballo de las espuelas, e comenzó<span -class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> de ir cuanto más podía, así -tollido, que solamente no podía hablar a su hermano, que iba en pos -dél. Así pasaron entrambos cabe la villa de Londres cuanto los caballos -los podían llevar, que sólo no cataban por nada, sino Amadís, que -preguntaba a los que veía por dónde llevaban a Oriana, y ellos gelo -mostraban.</p> - -<p>Pasando Gandalín por so las finiestras donde estaba la Reina e otras -muchas mujeres, la Reina lo llamó e díjole:</p> - -<p>—Di a <i>tu señor</i> e a Galaor que el Rey se fué de aquí hoy en la -mañana con una doncella, e no tornó, ni sabemos dónde lo llevó.</p> - -<p>Gandalín fuése cuanto más pudo, <i>hasta reunirse con su señor</i>. -E a poco rato encontraron unos leñadores, e aquellos vieron toda la -aventura del Rey e de Oriana; mas no sopieron quién eran, ni a ellos se -osaron allegar; antes se escondieron en las matas más espesas, e el uno -dellos dijo:</p> - -<p>—Caballeros, ¿venís vos de Londres?</p> - -<p>—E ¿por qué lo preguntáis? —dijo Galaor.</p> - -<p>—Porque si ha de allá caballero menos o doncella —dijo él—; que nos -vimos aquí una aventura.</p> - -<p>Entonces les dijeron cuanto vieran de Oriana e del Rey, y ellos -conocieron luego que el Rey fuera preso a traición; e díjoles -Amadís:</p> - -<p>—¿Sabéis quién eran, e quién prendió a ese rey?</p> - -<p>—No —dijo él—, mas oí a la doncella que lo aquí trajo llamar a -grandes voces a Arcalaus.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>—¡Ay, Señor Dios! -—dijo Amadís—, plega a vos de me juntar con aquel traidor.</p> - -<p>Los villanos les fueron mostrar por dónde llevaron los diez -caballeros al Rey, e los cinco a Oriana, e dijo el villano:</p> - -<p>—El uno de los cinco era el mejor caballero que nunca vi.</p> - -<p>—¡Ay! —dijo Amadís—, aquel es el traidor de Arcalaus.</p> - -<p>E dijo a Galaor:</p> - -<p>—Hermano, señor, id vos en pos del Rey, e Dios guíe a mí e a vos.</p> - -<p>E firiendo el caballo de las espuelas, se fué por aquella vía, e -Galaor por la que al Rey llevaban, a cuanto más andar podían.</p> - -<p>Partido Amadís de su hermano, cuitóse tanto de andar, que cuando -el sol se quería poner le cansó el caballo, tanto, que de paso no lo -podía sacar; e yendo con mucha congoja, vió a la mano diestra cabe una -carrera un caballero muerto, y estaba cabe él un escudero que tenía por -la rienda un gran caballo. Amadís se llegó a él e díjole:</p> - -<p>—Amigo, ¿quién mató ese caballero?</p> - -<p>—Matóle —dijo el escudero— un traidor que acá va, e lleva las más -hermosas doncellas del mundo forzadas; matóle, no por otra razón sino -por le preguntar quién eran, e yo no puedo haber quien me ayude a lo -llevar de aquí.</p> - -<p>Amadís le dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>—Yo te dejaré este -mi escudero que te ayude, e dame ese caballo; e prométote de darte dos -caballos mejores por él.</p> - -<p>El escudero gelo otorgó. Amadís subió en el caballo, que era muy -hermoso, e partiendo de allí, comenzó de se ir por el camino cuanto -podía; e hallóse ya cerca del día en un valle donde vió una ermita, -e fué allá por saber si moraba hi alguno; e hallando un ermitaño, -le preguntó si pasaran por allí cinco caballeros que llevaban dos -doncellas.</p> - -<p>—Señor —dijo el hombre bueno—, no pasaron que los yo viese; mas -¿vistes vos un castillo que allá queda?</p> - -<p>—No —dijo Amadís—; e ¿por qué lo decís?</p> - -<p>—Porque —dijo él— agora se va de aquí un doncel mi sobrino, que me -dijo que albergara hí Arcalaus el Encantador, e traía unas hermosas -doncellas forzadas.</p> - -<p>—Por Dios —dijo Amadís—, pues ese traidor busco yo.</p> - -<p>—Cierto —dijo el ermitaño—, él ha hecho mucho mal en esta tierra; -mas ¿no traéis otra ayuda?</p> - -<p>—No —dijo Amadís—, sino la de Dios.</p> - -<p>—Señor —dijo el ermitaño—, ¿no decís que son cinco, e Arcalaus, que -es el mejor caballero del mundo e más sin pavor?</p> - -<p>—Sea él cuanto quisiere —dijo Amadís—; que él es traidor e soberbio, -e así lo serán los que le aguardan, e por esto no les dudaré. Ruégovos -que me hayáis<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> mientes -en vuestras oraciones, e mostradme el camino que al castillo guía.</p> - -<p>El hombre bueno gelo mostró, e Amadís anduvo tanto, que llegó a él, -e vió que había el muro alto e las torres espesas; e llegóse a él, mas -no oyó hablar a ninguno dentro, e plúgole, que bien cuidó que Arcalaus -no sería aún salido, e anduvo el castillo al rededor, e vió que no -había más de una puerta.</p> - -<p>Entonces se tiró afuera entre unas peñas, e apeándose del caballo, -tomóle por la rienda y estuvo quedo, teniendo siempre los ojos en la -puerta, como aquel que no había sabor de dormir. A esta sazón rompía -el alba, e cabalgando en su caballo tiróse más afuera por un valle; -que hobo recelo, si visto fuese, de poner sospecha que no saldrían los -del castillo, cuidando ser más gente, e subió en un otero cubierto de -grandes y espesas matas. No tardó mucho que vió salir a Arcalaus e -sus cuatro compañeros muy bien armados, y entre ellos la muy hermosa -Oriana, e dijo:</p> - -<p>—¡Ay, Dios!; agora e siempre me ayude e me guíe en su guarda.</p> - -<p>Oriana iba diciendo:</p> - -<p>—Amigo señor, ya nunca os veré, pues que ya se me llega la mi -muerte.</p> - -<p>Amadís decendiendo del otero lo más ahína que él pudo, entró con -ellos en un gran campo e dijo:</p> - -<p>—¡Ay, Arcalaus traidor!; no te conviene llevar tan buena señora.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>Oriana, que la voz -de su amigo conoció, estremecióse toda; mas Arcalaus e los otros se -dejaron a él correr, y él a ellos, e firió a Arcalaus, que delante -venía, tan duramente, que lo derribó en tierra por sobre las ancas -del caballo, e los otros le firieron, e dellos fallecieron de sus -encuentros; e Amadís pasó por ellos, e tomando muy presto su caballo, -firió al señor del castillo, que era uno dellos, de tal guisa que el -fierro y el fuste de lanza le salió de la otra parte, e cayó luego -muerto, e fué la lanza quebrada. Después metió mano a la espada, e -dejóse ir a los otros, e metióse entre ellos tan bravo e con tanta -saña, que por maravilla era los golpes que les daba; e así le crecía -la fuerza y el ardimiento en andar valiente e ligero, que le parecía, -si el campo todo fuese lleno de caballeros, que le no podían durar e -defender ante la su buena espada.</p> - -<p>Haciendo estas maravillas que oídes, dijo la doncella de Denamarca -contra Oriana:</p> - -<p>—Señora, acorrida sois, pues aquí es el caballero bienaventurado, e -mirad las maravillas que hace.</p> - -<p>Oriana dijo entonces:</p> - -<p>—¡Ay, amigo! Dios vos ayude e guarde; que no hay otro en el mundo -que nos acorra ni más valga.</p> - -<p>El escudero que la tenía el rocín, poniéndola en tierra, se fué -huyendo cuanto más pudo. Amadís, que entre ellos andaba, trayéndolos -a su voluntad, dió al uno un tal golpe en el brazo, que gelo derribó -en tierra; éste comenzó de huír, dando voces<span class="pagenum" -id="Page_77">p. 77</span> con la rabia de la muerte, e fué para -otro que ya el yelmo de la cabeza le derribara, e hendióle hasta -el pescuezo. Cuando el otro caballero vió tal destruición en sus -compañeros, comenzó de huír cuanto más podía. Amadís, que movía en pos -dél, oyó dar voces a su señora, e tornando presto, vió a Arcalaus, que -ya cabalgara, e que tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante -sí, e se iba con ella cuanto más podía. Amadís fué en pos dél sin -detenencia ninguna, e alcanzólo por aquel gran campo; e alzando la -espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era -tal, que cuidó que mataría a él e a su señora; e dióle por cima de las -espaldas, que no fué de toda su fuerza; pero derribóle un pedazo de la -loriga e una pieza del cuero de las espaldas.</p> - -<p>Entonces dejó Arcalaus caer en tierra a Oriana por se ir más ahína, -que se temía de muerte; y su caballo comenzó de correr de tal forma, -que en poca de hora se alongó gran pieza. Amadís, comoquiera que lo -mucho desamase e desease matar, no fué más adelante por no perder a su -señora, e tornóse donde ella estaba; e descendiendo de su caballo, se -le fué fincar de hinojos delante e le besó las manos, diciendo:</p> - -<p>—Agora haga Dios de mí lo que quisiere; que nunca, señora, os cuidé -ver.</p> - -<p>Ella estaba tan espantada, que le no podía hablar, e abrazóse con -él, que gran miedo había de los caballeros<span class="pagenum" -id="Page_78">p. 78</span> muertos que cabe ella estaban. E así estando, -como oís, sentado Amadís cabe su señora, que no tenía esfuerzo para se -levantar, llegó Gandalín, que toda la noche andoviera, e había dejado -el caballero muerto en una ermita, con que gran placer hobieron, <i>y -tomando los caballos de los caballeros vencidos se pusieron todos -camino de Londres</i>.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_1_12"> - <h3 title="Lib. I, Cap. XII: Las proezas de don Galaor">CAPÍTULO DUODÉCIMO</h3> - <p class="subh3c">LAS PROEZAS DE DON GALAOR</p> -</div> - -<p>Partido don Galaor de Amadís, su hermano, como ya oístes, entró en -el camino por donde llevaban al Rey, e cuidóse de andar cuanto más -pudo, como aquel que había grande cuita de los alcanzar; e no tenía -mientes en cosa que viese sino en su rastro; e así anduvo hasta hora -de vísperas, que entró en un valle, e halló en él la huella de los -caballos donde habían parado. Entonces siguió aquel rastro cuanto el -caballo lo podía llevar, que le pareció que no podían ir lueñe; mas no -tardó mucho que vió ante sí un caballero todo bien armado en un buen -caballo, que a él salió e le dijo:</p> - -<p>—Estad, señor caballero, e decidme qué cuita os hace así correr.</p> - -<p>—Por Dios —dijo Galaor—, dejadme de vuestra pregunta, que me detengo -con vos, en que mucho mal puede venir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span>—¡Por santa María! -—dijo el caballero—, no pasaréis de aquí hasta que me lo digáis o vos -combatáis comigo.</p> - -<p>E Galaor no hacía en esto sino irse; y el caballero del valle le -dijo:</p> - -<p>—Cierto, caballero, vos fuídes habiendo hecho algún mal, e agora vos -guardad, que saberlo quiero.</p> - -<p>Entonces fué a él con su lanza bajada, y el caballo al más correr. -E Galaor que el caballo más diestro traía, guardóse del encuentro, -<i>echándose a un lado</i>, e no hacía sino ir adelante cuanto podía -andar. El caballero, que su caballo tan presto tener no pudo, cuando -tornó vió que Galaor se le había alongado gran pieza, e dijo:</p> - -<p>—Si me Dios ayude, no me vos iréis así.</p> - -<p>Y él, que sabía bien la tierra, tomó por un atajo e fuésele poner en -un paso.</p> - -<p>Galaor, que lo vió, mucho le pesó, y el caballero le dijo:</p> - -<p>—Cobarde, malo, sin corazón; agora escoged de tres cosas cual -quisierdes: o que os combatáis, o vos tornad, o me decid lo que os -pregunto.</p> - -<p>—De cualquier me pesa —dijo Galaor—, mas no hacéis como cortés, -que yo no me tornaré, e si me combatiere, no será a mi placer; mas si -queréis saber la priesa que llevo, seguidme y verlo heis, porque me -deternía mucho en vos lo contar, e a la cima no me creeríades; tanto es -de mala ventura.</p> - -<p>—En el nombre de Dios —dijo el caballero—<span class="pagenum" -id="Page_80">p. 80</span> agora pasad, e dígovos que no iréis este -tercero día sin mí.</p> - -<p>Galaor pasó adelante, y el caballero en pos dél. <i>Por el -camino toparon con otro caballero, que resultó pariente del que -venía siguiendo a don Galaor, a quien dió aquél cuenta de lo que -con don Galaor le venía sucediendo, y acordaron irse los dos en su -seguimiento.</i> A esta hora era ya cerca de la noche. Galaor entró -en una floresta, e con la noche perdió el rastro, e no sabía a cuál -parte ir. Estonces comenzó a pedir merced a Dios que lo guiase e anduvo -escuchando de un cabo y de otro por unos valles, mas no oía nada. -<i>Descansó con unos arrieros parte de la noche y al alba</i> fuése -derecho a un otero alto, e desde allí comenzó de mirar la tierra a -todas partes. Estonces los dos cohermanos <i>que lo seguían</i> vieron -a Galaor, e conociéronlo en el escudo, e fueron contra él; mas ellos, -en moviendo, viéronlo decender del otero cuanto su caballo lo podía -llevar, y el <i>uno</i> dijo:</p> - -<p>—Ya nos vió e fuye; cierto, yo cuido que por alguna mala ventura -anda así fuyendo y encubriéndose; vayamos tras él.</p> - -<p>Mas don Galaor, que muy lejos de su cuidar estaba, viera ya pasar -los caballeros un paso que a la salida de la floresta había, e los -cinco pasaban adelante, e los otros cinco después, y en medio dellos -iban hombres desarmados, y él cuidó que aquellos eran los que al -Rey llevaban, e fué contra ellos tal como<span class="pagenum" -id="Page_81">p. 81</span> aquel que ya su muerte por salvar la vida -ajena tenía ofrecido; e seyendo cerca dellos, vió al Rey metido en la -cadena, e hobo dél tal pesar, que no dudando la muerte, se dejó correr -a los cinco que delante venían e dijo:</p> - -<p>—¡Ay, traidores! Por vuestro mal posistes mano en el mejor hombre -del mundo.</p> - -<p>E los cinco vinieron contra él; mas él hirió al primero por los -pechos en guisa que el fierro con un pedazo de la asta le salió a las -espaldas, e dió con él muerto en tierra; e los otros le firieron tan -fuerte, que el caballo ficieron con él hinojar, y el uno le metió la -lanza por entre el pecho y el escudo, e perdiéndola, la tomó Galaor, e -fué herir al otro con ella en la cuxa de la pierna, e falsóle el arnés -e la pierna, y entró la lanza por el caballo; así que el caballero fué -tollido e allí quebró la lanza, e poniendo mano a la espada vió venir -todos los otros contra sí, y él se metió entre ellos tan bravo, que no -ha hombre que de verlo no se espantase cómo podía sofrir tantos y tales -golpes como le daban; y estando en esta gran priesa y peligro, por ser -los caballeros muchos, quísole Dios acorrer con los dos cohermanos que -lo seguían, que cuando así lo vieron mucho fueron maravillados de tan -gran bondad de caballero, e dijo el que en pos dél iba:</p> - -<p>—Cierto, sin razón culpábamos aquél de cobarde, e vámosle socorrer -en tan gran priesa.</p> - -<p>—¿Quién haría al —dijo el otro— sino acorrer al<span -class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> mejor caballero del mundo? Y -no creáis que tantos hombres acomete sino por algún gran hecho.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_082.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">Entonces se dejaron ir a gran correr de los caballos, e -fuéronlos ferir muy bravamente, como aquellos que eran muy esforzados -e sabidores de aquel menester, e dígovos que el primero había nombre -Ladasín el Esgremidor y el otro don Guilán el Cuidador. A esta sazón -había ya menester Galaor mucho su ayuda; que el yelmo había tajado -por muchos lugares e abollado, y el arnés roto por todas partes, y el -caballo llagado, que cerca andaba de caer; mas por eso no dejaba él de -hacer maravillas e dar tan grandes golpes a los que alcanzaba, que a -duro lo<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> osaban atender; -e cuidaba que si su caballo no le falleciese, que le no durarían, que -a la fin no los matase; mas seyendo llegados los dos cohermanos, como -ya oístes, estonces se le paraba a él mejor el pleito; que ellos se -combatían tan bien e con tan gran esfuerzo, que él se maravilló mucho; -e fué tan grande la priesa que les dió, e los cohermanos en su ayuda, -que en poca de hora fueron todos muertos e vencidos.</p> - -<p>Cuando esto vió el cohermano de Arcalaus dejóse ir al Rey por lo -matar; e como los que con él estaban fuyeran todos, él decendiera del -palafrén así con su cadena a la garganta, e tomara un escudo e la -espada del caballero que primero murió. El otro le quiso ferir por -cima de la cabeza. El Rey alzó el escudo, donde rescibió el golpe, e -fué tal, que la espada entró por el brocal bien un palmo, e alcanzó -con la punta della al Rey en la cabeza, e cortóle el cuero e la carne -fasta el hueso; mas el Rey le dió al caballo en el rostro con la espada -tal golpe, que la no pudo sacar, y el caballo enarmonóse e fué caer -sobre el caballero. Galaor, que ya estaba a pie, porque el su caballo -no se podía mudar, e iba por socorrer al Rey, fué para el caballero -por le tajar la cabeza, y el Rey dió voces que le no matase. Los dos -cohermanos que fueran tras un caballero que se les iba e lo habían -muerto, cuando volvieron e vieron al Rey mucho fueron espantados; -que de su prisión no sabían ninguna cosa, e decendieron ahína,<span -class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> e tirados los yelmos, fueron -fincar los hinojos ante él, y él los conoció, e levantándolos por las -manos, dijo:</p> - -<p>—Por Dios, amigos, en buena hora me acorristes.</p> - -<p>Don Galaor sacó al primo de Arcalaus de so el caballo, e quitando -la cadena al Rey, la puso a él; e tomaron de los caballos de los -caballeros muertos e comenzáronse de ir camino de Londres muy alegres, -<i>donde también había fracasado totalmente la intriga de Arcalaus, -costándole la vida a Barsinan</i>.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/i_084.jpg" - style="width: 6em; height: auto;" - alt="Viñeta de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter" id="Cap_I_2_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/i_085.jpg" - style="width: 30em; height: auto;" - alt="Ilustración ornamental" /> - </div> - <p class="fs150 centra ws1 mt2">LIBRO SEGUNDO</p> - <p class="fs120 centra ws1 mt05">BELTENEBRÓS</p> - <hr class="tir" /> - <h3 title="Lib. II, Cap. I: La Ínsola Firme">CAPÍTULO PRIMERO</h3> - <p class="subh3c">LA ÍNSOLA FIRME</p> -</div> - -<p><i>De allí a algún tiempo, regresando Amadís con Agrajes, don Galaor -y don Florestán, hijo también del rey Perión de Gaula, de restablecer -en el trono del reino de Sobradisa a la hermosa niña Briolanja, -que traidoramente había sido desposeída de él por un pariente -suyo, hallaron en despoblado una doncella, acompañada de criadas y -escuderos</i>, la cual les preguntó adónde era su camino. Amadís le -dijo:</p> - -<p>—Doncella, a casa del rey Lisuarte imos, e si allá vos place ir, -acompañar vos hemos.</p> - -<p>—Mucho vos lo agradezco —dijo ella—, mas yo voy a otra parte, e -porque vos vi andar así armados como los caballeros que las aventuras -demandan, acordé de os atender si querría ir alguno de vosotros -a la Ínsola Firme por ver las extrañas cosas e maravillas<span -class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span> que hí son, que yo allá voy, -e soy fija del gobernador que agora la ínsola tiene.</p> - -<p>—¡Oh santa María! —dijo Amadís—; por Dios, muchas veces oí decir de -las maravillas de esa ínsola, et por dichoso me ternía de las ver, e -hasta agora no se me aparejó.</p> - -<p>—Buen señor, no os pese por lo haber tardado —dijo ella—, que otros -muchos tovieron ese deseo, e cuando lo pusieron en obras no salieron de -allí tan alegres como entraron.</p> - -<p>—Verdad decís —dijo él—, según lo que dende he oído; mas decidme: -¿Rodearíamos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos?</p> - -<p>—Rodearíades dos jornadas —dijo la doncella.</p> - -<p>Entonces movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la -Ínsola Firme.</p> - -<p><i>El sabio Apolidón, hijo de un rey de Grecia, había vivido allí -largos años en la mayor felicidad, con su esposa Grimanesa. Al cabo, -siendo él elegido emperador, hubieron de dejar, con gran pena, la -ínsola en que tan dichosos habían sido, tan bellos edificios habían -hecho y tan grandes riquezas habían acumulado; mas Grimanesa</i>, -habiendo gran mancilla que una cosa tan señalada como lo era aquella -ínsola, donde tales y tan grandes cosas quedaban, poseída por aquel su -grande amigo, el mejor caballero en armas que en el mundo se hallaba, -e por ella, que por el semejante sobre todas las de su tiempo su -gran hermosura loada era; e junto con esto ser<span class="pagenum" -id="Page_87">p. 87</span> amados de sí mesmos en la mesma perfeción que -del amor alcanzar se puede, rogó a Apolidón que antes de su partida -dejase allí, por su gran saber, cómo en los venideros tiempos aquel -lugar señoreado no fuese sino por persona que así en fortaleza de armas -como en lealtad de amores y de sobrada fermosura a ellos entrambos -pareciese.</p> - -<p>Apolidón le dijo:</p> - -<p>—Mi señora, pues que así os place, yo lo haré de guisa que de aquí -ningún señor ni señora ser pueda sino aquellos que más señalados en lo -que habéis dicho sean.</p> - -<p>Entonces hizo un arco a la entrada de una huerta en que árboles de -todas naturas había, e otrosí había en ella cuatro cámaras ricas de -extraña labor, y era cercada de tal forma, que ninguno a ella podía -entrar sino por debajo del arco; encima dél puso una imagen de hombre -de cobre, y tenía una trompa en la boca como que quería tañer; e dentro -en el un palacio de aquellos puso dos figuras a semejanza suya y de -su amiga, tales que vivas parecían, las caras propriamente como las -suyas y su estatura, y cabe ellas una piedra jaspe muy clara; e fizo -poner un padrón de fierro de cinco codos en alto a un medio trecho de -ballesta en un campo grande que ende era, e dijo: “De aquí adelante -no pasará ningún hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que -primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá<span -class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> aquella trompa con son tan -espantoso a fumo e llamas de fuego, que los fará ser tollidos, e así -como muertos serán deste sitio lanzados; pero si tal caballero o dueña -o doncella aquí vinieren que sean dignos de acabar esta aventura por -la gran lealtad suya, como ya dije, entrarán sin ningún entrévalo, e -la imagen hará tan dulce són, que muy sabroso sea de oír a los que lo -oyeren; y éstos verán las nuestras imágines, e sus nombres escriptos -en el jaspe, que no sepan quién los escribe.” E tomándola por la -mano a su amiga, la fizo entrar debajo del arco, e la imagen fizo el -dulce són, e mostróle las imágines e sus nombres dellos en el jaspe -escriptos. E saliéndose fuera, hobo Grimanesa gana de lo facer probar, -e mandó entrar algunas dueñas e doncellas suyas, mas la imagen fizo el -espantoso són con gran fumo e llamas de fuego; luego fueron tollidas -sin sentido alguno e lanzadas fuera del arco, e los caballeros por el -semejante; de que Grimanesa, seyendo cierta sin peligro ser, con mucho -placer dellos se reía, gradeciendo mucho a su amado amigo Apolidón -aquello que tanto en satisfación de su voluntad había hecho, e luego le -dijo:</p> - -<p>—Mi señor, pues ¿qué será de aquella rica cámara en que tanto placer -y deleite hobimos?</p> - -<p>—Agora —dijo él— vamos allá, e veréis lo que hi faré.</p> - -<p>Entonces se fueron donde la cámara era, e Apolidón<span -class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> mandó traer dos padrones, uno -de piedra e otro de cobre, y el de piedra hizo poner a cinco pasos de -la puerta de la cámara, y el de cobre otros cinco más desviado; e dijo -a su amiga:</p> - -<p>—Agora sabed que en esta cámara no puede hombre ni mujer entrar en -ninguna manera ni tiempo fasta que aquí venga tal caballero que de -bondad de armas me pase, ni mujer si a vos de hermosura no pasare; pero -si tales vinieren que a mí de armas e a vos de hermosura venzan, sin -estorbo alguno entrarán.</p> - -<p>E puso unas letras en el padrón de cobre que decían: “De aquí -pasarán los caballeros en que gran bondad de armas hobiere; cada uno -según su valor, así pasarán adelante.” E puso otras letras en el padrón -de piedra que decían: “De aquí no pasará sino el caballero que de -bondad de armas a Apolidón pasará.” Y encima de la puerta de la cámara -puso unas letras que decían: “Aquel que me pasare de bondad entrará en -la rica cámara y será señor desta ínsola; e así llegarán las dueñas e -doncellas; así que, ninguna entrará dentro si a vos de hermosura no -pasare.” E hizo con su sabidoría tal encantamento, que con doce pasos -al derredor ninguno a la cámara llegar podía, ni tenía otra entrada -sino por la vía de los padrones que habéis oído, e mandó que en aquella -ínsola hobiese un gobernador que la rigiese e cogiese las rentas -della, y fuesen guardadas para aquel caballero<span class="pagenum" -id="Page_90">p. 90</span> que ventura hobiese de entrar en la cámara -e fuese señor de la ínsola; e mandó que los que falleciesen en lo del -arco de los amadores que sin les hacer honra los echasen fuera, e a los -que lo acabasen los sirviesen; e dijo más, que los caballeros que la -cámara probasen e no podiesen entrar al padrón de cobre, que dejasen -allí las armas, e los que algo del padrón pasasen, que no les tomasen -sino las espadas, e los que al padrón de mármol llegasen que no les -tomasen sino los escudos; e si tales viniesen que deste padrón pasasen -e no podiesen entrar, que les tomasen las espuelas; e a las doncellas -e dueñas que no les tomasen cosa, salvo que diciendo sus nombres los -pusiesen en la puerta del castillo, señalando a do cada una había -llegado, e dijo:</p> - -<p>—Cuando esta isla hobiere señor se desfará el encantamento para los -caballeros, que libremente podrán pasar por los padrones y entrar en la -cámara; pero no lo será para las mujeres fasta que venga aquella que -por su gran hermosura la aventura acabará, e albergare dentro en la -rica cámara con el caballero que el señorío habrá ganado.</p> - -<p>Esto así hecho, Apolidón e Grimanesa, dejando a tal recaudo la -Ínsola Firme como oído habéis, en sus naos partieron dende e pasaron -en Grecia, donde fueron emperadores e hobieron hijos que en el imperio -después de sus días sucedieron.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span></p> - <h3 title="Lib. II, Cap. II: El Arco de Los leales Amadores">CAPÍTULO SEGUNDO</h3> - <p class="subh3c">EL ARCO DE LOS LEALES AMADORES</p> -</div> - -<p><i>Volvamos ahora a Amadís y sus acompañantes que con la doncella y -el gobernador, que había salido a recibirlos</i>, se fueron al castillo -por donde toda la ínsola se mandaba, que no era sino aquella entrada, -que sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo al estaba de la -mar rodeado, aunque en la ínsola había siete leguas en largo e cinco en -ancho; e por aquello que era ínsola, e por lo poco que de tierra firme -tenía, llamáronla Ínsola Firme.</p> - -<p>Pues allí llegados, entrando por la puerta, vieron un gran palacio -las puertas abiertas e muchos escudos en él, puestos en tres maneras, -que bien ciento dellos estaban acostados a unos poyos, e sobre ellos -algunos estaban más altos, y en otro poyo sobre los diez estaban dos, -y el uno dellos estaba más alto que el otro más de la meitad. Amadís -preguntó que por qué los pusieron así, e dijéronle que así era la -bondad de cada uno cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida -quisieron entrar; e los que no llegaron al padrón de cobre estaban -los escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más -altos, y de aquellos dos el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas -no pudo<span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span> llegar al otro; -y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol, que no pasó más -adelante.</p> - -<p>Desque Amadís vió los escudos mucho dudó aquella aventura, pues -que tales caballeros no la acabaron. E salieron del palacio e fueron -al arco de los leales amadores, y llegando al sitio que la entrada -defendía, Agrajes, <i>que estaba muy enamorado de una gentil doncella -llamada Olinda</i>, se llegó al mármol, y decendiendo de su caballo e -encomendándose a Dios, dijo:</p> - -<p>—Amor, si vos he sido leal, membradvos de mí.</p> - -<p>E pasó el marco, y llegando so el arco, la imagen que encima estaba -comenzó un són tan dulce, que Agrajes y todos los que lo oían sentían -gran deleite; y llegó al palacio donde las imágines de Apolidón y de -Grimanesa estaban, que no les pareció sino propiamente vivas; e miró el -jaspe e vió allí dos nombres escriptos, y el suyo.</p> - -<p>Entrando Agrajes, como oís, so el arco de los leales amadores, -Amadís dió su caballo e sus armas a su escudero Gandalín, e fuése -adelante lo más presto que él pudo sin temor ninguno, como aquel que -sentía no haber errado a su señora, no solamente por obra, mas por -el pensamiento; e como fué so el arco, la imagen comenzó a facer un -són mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, e por la -boca de la trompa lanzaba flores muy fermosas, que gran olor daban, -e caían en el campo muy espesas; así que nunca a caballero<span -class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> que allí entrase fué -lo semejante hecho, e pasó donde eran las imágines de Apolidón e -Grimanesa, e con mucha afición las estovo mirando, paresciéndole muy -hermosas e tan frescas como si vivas fuesen.</p> - -<p>Don Galaor e Florestán, que de fuera los atendían, viendo que -tardaban, acordaron de ir a ver la cámara defendida, <i>y, llegados -a ella, don Florestán</i>, encomendándose a Dios, e poniendo su -escudo delante, e la espada en la mano, fué adelante, y entrando en -lo defendido, sintióse herir de todas partes con lanzas y espadas de -tan grandes golpes e tan espesos, que le semejaba que ningún hombre -lo podría sofrir; mas como él era fuerte e valiente de corazón, no -quedaba de ir adelante firiendo con su espada a una e a otra parte, e -parescíale en la mano que fería hombres armados, y que la espada no -cortaba; así pasó el padrón de cobre y llegó fasta el de mármol, e allí -cayó, e no pudo ir más adelante, tan desapoderado de toda su fuerza, -que no tenía más sentido que si muerto fuese; e luego fué lanzado -fuera del sitio, como lo facían a los otros. Don Galaor, que así lo -vió, hobo dél mucho pesar, <i>pero también él quiso probar la cámara -defendida</i>; tomó sus armas, y encomendándose a Dios, fuése contra -la puerta de la cámara, e luego le firieron de todas partes de muy -duros e grandes golpes, e con gran cuita llegó al padrón de mármol e -abrazóse con él, y detóvose un poco; mas cuanto<span class="pagenum" -id="Page_94">p. 94</span> un paso dió adelante fué tan cargado de -golpes, que no lo pudiendo sofrir, cayó en tierra, así como don -Florestán, con tanto desacuerdo, que no sabía si era muerto ni si vivo; -e luego fué lanzado fuera, así como los otros.</p> - -<p>Amadís e Agrajes, que gran pieza habían andado por la huerta, -tornáronse a las imágines, e vieron allí en el jaspe su nombre -escripto, que decía: “Este es Amadís de Gaula, el leal enamorado, fijo -del rey Perión de Gaula.” E así estando leyendo las letras con gran -placer, llegó al marco el enano dando voces, e dijo:</p> - -<p>—Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos.</p> - -<p>E como esto oyó, salió de allí presto, e Agrajes tras él, y -preguntando al enano qué era lo que decía, dijo:</p> - -<p>—Señor, probáronse vuestros hermanos en la cámara e no la acabaron, -y quedaron tales como muertos.</p> - -<p>Agrajes, como era de gran corazón, al mayor paso que pudo se fué con -su espada en la mano contra la cámara, firiendo a una e a otra parte; -mas no bastó su fuerza de sofrir los golpes que le dieron, e cayó -entre el padrón de cobre y el de mármol, e atordido como los otros, lo -llevaron fuera.</p> - -<p>Amadís comenzó a maldecir la venida que allí ficieran, e díjole a -don Galaor, que ya cuasi en su acuerdo estaba:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>—Hermano, no puedo -excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que los vuestros.</p> - -<p>Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas e fuése -adelante, rogando a Dios que le ayudase; e cuando llegó al lugar -defendido paró un poco e dijo:</p> - -<p>—¡Oh mi señora Oriana! De vos me viene a mí todo el esfuerzo e -ardimiento; membradvos, señora, de mí a esta sazón, en que tanto -vuestra sabrosa membranza me es menester.</p> - -<p>E luego pasó adelante, e sintióse ferir de todas partes duramente, y -llegó al padrón de mármol, e pasando dél, parecióle que todos los del -mundo eran a lo ferir, e oía gran ruido de voces como si el mundo se -fundiese, e decían:</p> - -<p>—Si este caballero tornáis, no hay agora en el mundo otro que aquí -entrar pueda.</p> - -<p>Pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las -veces de manos, e otras de rodillas; e la espada, con que muchos golpes -diera, había perdido de la mano, e andaba colgada de una correa, que no -la podía cobrar; así llegó a la puerta de la cámara e vió una mano que -le tomó por la suya e lo metió dentro, e oyó una voz que dijo:</p> - -<p>—Bien venga el caballero que pasando de bondad a aquel que este -encantamento fizo, que en su tiempo par no tovo, será de aquí señor.</p> - -<p>Aquella mano le pareció grande e dura, como de<span class="pagenum" -id="Page_96">p. 96</span> hombre viejo, y en el brazo tenía vestida una -manga de jamete verde, e como dentro en la cámara fué, soltóle la mano, -que no la vió más, y él quedó descansado e cobrado en toda su fuerza, -e quitándose el escudo del cuello y el yelmo de la cabeza, metió la -espada en la vaina, e gradeció a su señora Oriana aquella honra que por -su causa ganara.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_096.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">A esta sazón todos los del castillo, que las voces -oyeran de cómo le otorgaban el señorío, y le vieron dentro, comenzaron -a decir en alta voz:</p> - -<p>—Señor, vemos complido, a Dios loor, lo que tanto deseado -teníamos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>Los hermanos, que -más acordados eran e vieron cómo Amadís acabara lo que todos habían -faltado, fueron alegres por el gran amor que le tenían; e como estaban -se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador con todos los suyos -llegaron a Amadís e por señor le besaron las manos. Cuando vieron las -cosas extrañas que dentro de la cámara había de labores e riquezas, -fueron espantados de lo ver; mas no era nada con un apartamiento que -allí se facía donde Apolidón e su amiga albergaban; que este era de -tal forma, que no solamente ninguno podría alcanzar a facerlo, mas ni -entender cómo facerse podría; y era de tal forma, que estando dentro, -podían ver claramente lo que de fuera se ficiese, e los de fuera por -ninguna guisa no verían nada de los de dentro. Allí estovieron todos -una gran pieza con gran placer los caballeros, porque en su linaje -hobiese tal caballero que pasase de bondad a todos los del mundo -presentes e cien años a zaga; los de la Ínsola por haber cobrado tal -señor, con quien esperaban ser bienaventurados. Isanjo, el gobernador, -dijo a Amadís:</p> - -<p>—Señor, bien será que comáis e descanséis, e mañana serán aquí todos -los hombres buenos de la tierra e vos harán homenaje, recibiéndovos por -señor.</p> - -<p>Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron de -aquello que aderezado estaba; e folgando aquel día, luego el siguiente -vinieron<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> allí asonados -todos los más de la ínsola con grandes juegos e alegrías; quedando -ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por su señor con aquellas -seguridades que en aquel tiempo e tierra se acostumbraban.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_3"> - <h3 title="Lib. II, Cap. III: Los celos de Oriana">CAPÍTULO TERCERO</h3> - <p class="subh3c">LOS CELOS DE ORIANA</p> -</div> - -<p><i>Ardián el enano, que, como todos, ignoraba por completo los -amores de su señor con Oriana, habíale dicho a la princesa, al tiempo -de partir para Sobradisa, que Amadís iba a aquel reino con objeto de -casarse con la hermosa niña Briolanja, luego de reponerla en el trono. -Oriana, oídas estas palabras, a pesar de las advertencias de Mabilia y -de la Doncella de Denamarca, sus consejeras, no pudo menos de escribir -la siguiente carta</i>:</p> - -<p class="centra fs90 ws1 mt15">CARTA QUE LA SEÑORA ORIANA ENVÍA A SU -AMANTE AMADÍS</p> - -<p class="mt1">“Mi rabiosa queja, acompañada de sobrada razón, da lugar -a que la flaca mano declare lo que el triste corazón encobrir no puede -contra vos el falso y desleal caballero Amadís de Gaula; pues ya es -conoscida la deslealtad e poca firmeza que contra mí, la más desdichada -y menguada de ventura<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> -sobre todas las del mundo, habéis mostrado, mudando vuestro querer de -mí, que sobre todas las cosas vos amaba, poniéndole en aquella que, -según su edad, para la amar ni conoscer su discreción basta; e pues -otra venganza mi sojuzgado corazón tomar no puede, quiero todo el -sobrado y mal empleado amor que en vos tenía apartarlo. ¡Oh qué mal -empleé e sojuzgué mi corazón, que en pago de mis sospiros e pasiones, -burlada y desechada fuese! E pues este engaño es ya manifiesto, no -parezcáis ante mí ni en parte donde yo sea; porque sed cierto que el -muy encendido amor que vos había es tornado, por vuestro merescimiento, -en muy rabiosa e cruel saña; e con vuestra quebrantada fe e sabios -engaños id a engañar otra cativa mujer como yo, que así me vencí de -vuestras engañosas palabras, de las cuales ninguna salva ni excusa -serán recebidas; antes, sin vos ver, plañiré con mis lágrimas mi -desastrada ventura e con ellas daré fin a mi vida, acabando mi triste -planto.”</p> - -<p class="mt15">Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy -conocido, e puso en el sobrescrito: “Yo soy la doncella ferida de punta -de espada por el corazón, e vos sois el que me feristes.” E fablando -en gran secreto con un doncel que Durín se llamaba, hermano de la -doncella de Denamarca, le mandó que no holgase fasta <i>que hallara</i> -a Amadís, e aquella carta le diese.</p> - -<p><i>El Doncel, siguiendo los pasos de Amadís, llegó<span -class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> a la Ínsola Firme cuando el -caballero tomaba posesión de ella de la gloriosa manera que sabéis, y -fué testigo de cómo todos sus moradores le rendían vasallaje. Después -procuró verse a solas con el nuevo señor de la isla y le entregó lo que -para él traía.</i></p> - -<p>Amadís tomó la carta, e aunque su corazón grande alegría sintiese -con ella, temiendo que Durín nada de su secreto sabía, encubrió lo más -que pudo; y la tristeza no pudo facer, que habiendo leído las fuertes -e temerosas palabras que en ella venían, no bastó el esfuerzo ni el -juicio que claramente no mostrase ser llegado a la cruel muerte, con -tantas lágrimas, con tantos sospiros, que no parecía sino ser hecho -pedazos su corazón, quedando tan desmayado e fuera de sentido, como si -el ánima ya de las carnes partida fuera. Durín, que mucho sin sospecha -desto estaba, cuando aquello vió, llorando muy fuertemente maldecía a -sí e a su ventura e a la muerte porque antes que allí llegase no le -había sobrevenido.</p> - -<p>Amadís, no podiendo estar en pie, sentóse en la yerba que allí -estaba, e tomó la carta que se le había de las manos caído, e cuando -vió el sobrescripto, su cuita fué tan sin medida, que por una pieza -estuvo amorrecido, de que Durín fué muy espantado; mas seyendo ya él -recordado, dijo con gran dolor:</p> - -<p>—Señor Dios, ¿por qué vos plugo de me dar muerte sin -merescimiento?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span>E después dijo:</p> - -<p>—¡Ay lealtad, qué mal galardón dais a aquel que vos nunca faltó! -Fecistes a mi señora que me falleciese, sabiendo vos que antes mil -veces por la muerte pasaría que pasar su mandado.</p> - -<p>E tornando a tomar la carta, dijo:</p> - -<p>—Vos sois la causa de la mi dolorosa fin, e porque más cedo me -sobrevenga iréis comigo.</p> - -<p>E metióla en su seno e dijo a Durín:</p> - -<p>—¿Mandáronte otra cosa que me dijeses?</p> - -<p>—No —dijo él.</p> - -<p>—Pues llevarás mi mandado —dijo Amadís.</p> - -<p>—No, señor —dijo él—; que me defendieron que lo no llevase.</p> - -<p>—E Mabilia e tu hermana ¿no te dijeron algo que me dijeses?</p> - -<p>—No supieron —dijo Durín— de mi venida; que mi señora me mandó que -dellas la encobriese.</p> - -<p>—¡Ay, santa María, valme! —dijo Amadís—; agora veo que la mi -desventura es sin remedio.</p> - -<p>Entonces dijo a Durín que llamase a Gandalín e Isanjo, el -gobernador, e como él vino díjole:</p> - -<p>—Quiero que como leal caballero me prometades que fasta mañana, -después que mis hermanos oyeren misa, no diréis ninguna cosa de cuanto -agora veréis.</p> - -<p>Él así lo prometió, e otra tal fianza tomó de aquellos dos -escuderos; luego mandó a Isanjo que le ficiese tener secretamente -abierta la puerta del castillo,<span class="pagenum" id="Page_102">p. -102</span> e Gandalín que sacase sus armas e caballo fuera sin que -persona lo sintiese.</p> - -<p><i>A escondidas de todos salió con Isanjo y sus hijos del -castillo.</i> Amadís iba sospirando e gimiendo con tanta angustia e -dolor, que los que lo veían eran puestos en dolor en así lo ver; e -demandando las armas, se armó, e volviéndose a Gandalín, le tomó entre -sus brazos llorando fuertemente; e así lo tuvo una pieza sin que hablar -le pudiese, e díjole:</p> - -<p>—Mi buen amigo Gandalín, yo e tú fuimos en uno e a una leche -criados, e nuestra vida siempre fué de consuno, e yo nunca fuí en afán -ni en peligro en que tú no hobieses parte; e tu padre me sacó de la mar -tan pequeña cosa como desa noche nacido; e criáronme como buen padre -e madre a fijo mucho amado; e tú, mi leal amigo, nunca pensastes sino -en me servir; e yo, esperando que Dios me daría alguna honra con que -algo de tu merescimiento satisfacer podiese, hame venido esta tan gran -desaventura, que por más cruel que la propia muerte la tengo, donde -conviene que nos partamos, e yo no tengo qué te dejar sino solamente -esta ínsola; e mando a Isanjo e a todos los otros, por el homenaje que -me tienen fecho, que tanto que de mi muerte sepan te tomen por señor; -e como quiera que este señorío tuyo sea, mando que lo gocen tu padre e -madre en sus días, e después a ti libre quede.</p> - -<p>Gandalín le dijo:</p> - -<p>—Señor, nunca vos cuita hobistes en que de vos<span class="pagenum" -id="Page_103">p. 103</span> yo fuese partido, ni agora lo seré por -ninguna cosa; e si vos morierdes, yo no quiero vivir; que después de la -vuestra muerte nunca Dios me dé honra ni señorío.</p> - -<p>—Cállate, por Dios —dijo Amadís—; no digas tal locura ni me fagas -pesar, pues lo nunca feciste, e cúmplase lo que yo quiero.</p> - -<p><i>Despidióse entonces de todos, abrazándoles y diciéndoles:</i></p> - -<p>—A Dios vos encomiendo; que nunca pienso de jamás os ver.</p> - -<p>E defendiéndoles que en ninguna manera fuesen en pos dél, puso las -espuelas a su caballo sin se le acordar de tomar el yelmo ni escudo ni -lanza, e metióse muy presto por la espesa montaña, no a otra parte sino -adonde el caballo lo quería llevar, e así anduvo hasta más de la media -noche sin sentido ninguno, hasta que el caballo topó en un arroyuelo -de agua que de una fuente salía, e con la sed se fué por él arriba -hasta que llegó a beber en ella; e dando las ramas de los árboles a -Amadís en el rostro, recordó en su sentido, e miró a una e otra parte, -mas no vió sino espesas matas, e hobo gran placer, creyendo que muy -apartado y escondido estaba; e tanto que su caballo bebió apeóse dél, e -atándole a un árbol, se asentó en la yerba verde para facer su duelo; -mas tanto había llorado, que la cabeza tenía desvanecida; así que se -adormeció.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span></p> - <h3 title="Lib. II, Cap. IV: El ermitaño">CAPÍTULO CUARTO</h3> - <p class="subh3c">EL ERMITAÑO</p> -</div> - -<p><i>Vagó Amadís, sin tomar alimento ni descanso, por lo más escondido -de aquellas montañas, hasta que, de allí a dos días, al caer la -tarde</i>, entró en una gran vega que al pie de una montaña estaba, y -en ella había dos árboles altos, que estaban sobre una fuente, e fué -allá por dar agua a su caballo, que todo aquel día andoviera sin fallar -agua; e cuando a la fuente llegó vió un hombre de orden, la cabeza e -barbas blancas, e daba beber a un asno, y vestía un hábito muy pobre -de lana de cabras. Amadís le saludó, e preguntóle si era de misa; el -hombre bueno le dijo que bien había cuarenta años que lo era.</p> - -<p>—A Dios merced —dijo Amadís—; agora vos ruego que folguéis aquí esta -noche por el amor de Dios, e oírme heis de penitencia, que mucho lo he -menester.</p> - -<p>—En el nombre de Dios —dijo el buen hombre.</p> - -<p>Amadís se apeó e puso las armas en tierra, y desensilló el caballo -y dejólo pacer por la yerba, y él desarmóse e fincó los hinojos ante -el buen hombre, e comenzóle a besar los pies. El hombre bueno lo tomó -por la mano, e alzándolo, lo fizo sentar cabe sí, e vió cómo era el más -hermoso caballero<span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> -que en su vida visto había, pero vióle descolorido, e las faces e los -pechos bañados en lágrimas que derramaba, e hobo dél duelo e dijo:</p> - -<p>—Decid todos los pecados que se os acordaren.</p> - -<p>Amadís así lo fizo, diciéndole toda su facienda, que nada faltó.</p> - -<p>El hombre bueno le dijo:</p> - -<p>—Según vuestro entendimiento y el linaje tan alto donde venís, no os -debríades matar ni perder por ninguna cosa que vos aviniese, cuanto más -por fecho de mujeres; e vos consejo que no paréis en tal cosa mientes e -vos quitéis de tal locura, que lo fagáis por amor de Dios, a quien no -place de tales cosas.</p> - -<p>—Buen señor —dijo Amadís—, yo soy llegado a tal punto, que no puedo -vivir sino muy poco, e ruégoos por aquel Señor poderoso, cuya fe vos -mantenéis, que vos plega de me llevar con vos este poco de tiempo que -durare, e habré con vos consejo de mi alma; pues que ya las armas ni el -caballo no me facen menester, dejarlo he aquí, e iré con vos de pie, -faciendo aquella penitencia que me mandardes.</p> - -<p>Y el hombre bueno comenzó de llorar con gran pesar que dél había; -así que las lágrimas le caían por las barbas, que eran largas y -blancas, e díjole:</p> - -<p>—Mi fijo señor; yo moro en un lugar muy esquivo e trabajoso de -vivir, que es una ermita metida en la mar bien siete leguas, en una -peña muy<span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span> alta, y es -tan estrecha la peña, que ningún navío a ella se puede llegar sino -es en el tiempo del verano; e allí moro yo ha treinta años, e quien -allí morare conviénele que deje los vicios e placeres del mundo, e mi -mantenimiento es de limosnas que los de la tierra me dan.</p> - -<p>—Todo eso —dijo Amadís— es a mi grado, e a mí place de pasar con vos -tal vida, esta poca que queda, e ruégovos por amor de Dios que me lo -otorguéis.</p> - -<p>El hombre bueno gelo otorgó, mucho contra su voluntad, e Amadís le -dijo:</p> - -<p>—Agora me mandad, padre, lo que faga; que en todo vos seré -obediente.</p> - -<p>El hombre bueno le dió la bendición, e luego dijo vísperas, e -sacando de una alforja pan y pescado, dijo a Amadís que comiese; mas él -no lo hacía, aunque pasaran ya tres días que no comiera; él dijo:</p> - -<p>—Vos habéis de estar a mi obediencia, e mándoos que comáis; si no, -vuestra alma sería en gran peligro si así moriésedes.</p> - -<p>Entonces comió, pero muy poco; que no podía de sí partir aquella -grande angustia en que estaba; e cuando fué hora de dormir el buen -hombre se echó sobre su manto e Amadís a sus pies, que en todo lo más -de la noche no hizo, con la gran cuita, sino revolverse e dar grandes -sospiros; e ya cansado y vencido del sueño, adormecióse.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span><i>A la otra mañana -pusiéronse en camino, el ermitaño en su asno y Amadís en su caballo, -porque el religioso así se lo mandó.</i> El hombre bueno lo iba -mirando, como era tan hermoso y de tan buen talle, e la gran cuita en -que estaba, e dijo:</p> - -<p>—Yo vos quiero poner un nombre que será conforme a vuestra persona -e angustia en que sois puesto; que vos sois mancebo e muy fermoso; e -vuestra vida está en grande amargura y en tinieblas; quiero que hayáis -nombre Beltenebrós.</p> - -<p>Amadís plugo de aquel nombre, e tovo al buen hombre por entendido en -gele haber con tan gran razón puesto, e por este nombre fué él llamado -en cuanto con él vivió, y después gran tiempo; que no menos que por el -de Amadís fué loado, según las grandes cosas que hizo, como adelante se -dirá.</p> - -<p>Pues fablando en esto y en otras cosas, llegaron a la mar siendo -noche cerrada, e fallaron hí una barca en que habían de pasar al hombre -bueno a su ermita, y Beltenebrós dió su caballo a los marineros, y -ellos le dieron un pelote e un tabardo de gruesa lana parda, y entraron -en la barca e fuéronse contra la peña; y Beltenebrós preguntó al buen -hombre cómo llamaban aquella su morada, y él cómo había nombre.</p> - -<p>—La morada —dijo él— es llamada la Peña Pobre, porque allí no -puede morar ninguno sino en gran pobreza, e mi nombre es Andalod, -e fuí clérigo asaz entendido, e pasé mi mancebía en muchas<span -class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> vanidades; <i>mas -después</i> acordé de me retraer a este logar tan solo, donde ya -pasan de treinta años que nunca dél salí sino agora, que vine a un -enterramiento de una mi hermana.</p> - -<p>Mucho se pagaba Beltenebrós de la soledad y esquiveza de aquel -lugar, y en pensar de allí morir recebía algún descanso; así fueron -navegando en su barca fasta que a la peña llegaron.</p> - -<p>Así como oís fué encerrado Amadís, con nombre de Beltenebrós, en -aquella Peña Pobre, metida siete leguas en la mar, desamparando el -mundo e la honra e aquellas armas con que en tan grande alteza puesto -era, consumiendo sus días en lágrimas y en continuos lloros, no -habiendo memoria de <i>sus hazañas</i>.</p> - -<p><i>¿Quién podría pintar ahora la desesperación de Oriana cuando supo -por su mensajero cómo había pasado Amadís bajo el Arco de los Leales -Amadores y conoció lo infundado de sus celos? ¿Quién sabría decir la -fuerza de su dolor al describirle Durín el extremado duelo que después -de leída la carta de su señora el caballero había hecho y cómo se -había marchado solo por las selvas con rumbo incierto, cercano a la -muerte?</i></p> - -<p><i>A punto de perecer estuvo también, con tales nuevas, la -enamorada princesa; no encontraban consuelo para ella sus amigas y -confidentes. Acordóse por fin que la Doncella de Denamarca partiera en -busca de Amadís, con una carta en que su señora<span class="pagenum" -id="Page_109">p. 109</span> le pedía perdón con muy humildes palabras -y le suplicaba que fuera a verla en secreto al castillo de Miraflores, -bella posesión de campo, a dos leguas de Londres, que el rey Lisuarte -había regalado a su hija Oriana y donde ésta solía pasar algunas -temporadas, con sus damas e doncellas.</i></p> - -<p><i>Los caballeros de la familia de Amadís también salieron a -recorrer el mundo en busca de su famoso pariente, pero iban pasando -los meses y por ninguna parte se encontraban huellas del desaparecido -caballero. Era ya como si hubiera muerto.</i></p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_5"> - <h3 title="Lib. II, Cap. V: La Peña Pobre">CAPÍTULO QUINTO</h3> - <p class="subh3c">LA PEÑA POBRE</p> -</div> - -<p><i>La Doncella de Denamarca visitó varios países donde ninguna -noticia pudieron darle de Amadís. Regresaba a la Gran Bretaña, muy -triste y dolorida, pensando que si no aparecía Amadís era segura la -muerte de su señora, cuando fué sorprendida por una gran tormenta</i> -y andando por la mar sin gobernalle, sin concierto alguno, perdido de -todo punto el tino de los mareantes, no teniendo fiucia alguna en sus -vidas, en la fin una mañana al punto del alba, al pie de la Peña Pobre, -donde Beltenebrós era, arribaron; la cual fué luego conocida de los -de la nave, que algunos dellos sabían ser allí<span class="pagenum" -id="Page_110">p. 110</span> Andalod, el santo ermitaño que en la ermita -suso su vida hacía; lo cual dijeron a la Doncella de Denamarca; y ella, -como salida de tal peligro, tornada así de muerte a vida, mandó que -suso a la peña la subiesen; porque oyendo misa de aquel hombre bueno, -pudiese a la Virgen María dar gracias de aquella merced que su glorioso -Fijo les había hecho.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_110.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">A esta sazón Beltenebrós estaba <i>tan enfermo</i> y -era ya su salud tan allegada al cabo, que no esperaba vivir quince -días; e del mucho llorar, junto con la su gran flaqueza, tenía el -rostro muy descarnado<span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> -e negro, mucho más que si de gran dolencia agraviado fuera; así que, no -había persona que conocerlo podiese.</p> - -<p><i>Durante la misa volvió el rostro para donde estaban los -navegantes</i> e mirándolos, conoció luego a la Doncella e a Durín, e -la alteración fué tan grande, que no podiendo estar en los pies, cayó -en el suelo como si muerto fuese. Cuando el ermitaño esto vió pensó que -ya estaba en el postrimero punto de su vida, e dijo:</p> - -<p>—¡Oh Señor poderoso! ¿Por qué no has querido haber piedad deste que -tanto en tu servicio podiera facer?</p> - -<p>E las lágrimas le caían en mucha cantidad por las blancas barbas, e -dijo:</p> - -<p>—Buena doncella, faced a esos hombres que me ayuden a llevar este -hombre a su cámara, que entiendo que éste será el postrimero beneficio -que facer se le puede.</p> - -<p>Entonces Enil e Durín, con el ermitaño, lo llevaron a la casa donde -albergaba, e le posieron en una cámara asaz pobre, que por ninguno -dellos nunca fué conocido; pues la doncella oyó la misa, e queriéndose -ir a comer en tierra, que de la mar muy enojada andaba, acaso preguntó -al ermitaño qué hombre era aquel que de tan gran dolencia agraviado -era. El hombre bueno le dijo:</p> - -<p>—Es un caballero que aquí face penitencia.</p> - -<p>—Quiérole ver —dijo la doncella—, pues me decís<span -class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> que es caballero e de -las cosas que en la nave trayo le dejaré con que algo pueda ser -reparado.</p> - -<p>—Faceldo —dijo el buen hombre—; pero entiendo que su muerte, a que -tanto llegado es, vos quitará dese cuidado.</p> - -<p>La doncella entró sola en la cámara donde Beltenebrós estaba; el -cual, pensando qué ficiese, no se sabía determinar; que si se le -ficiese conocer, pasaba el mandamiento de su señora, e si no, si -aquella que era todo el reparo de su vida de allí se fuese, no le -quedaba esperanza ninguna. En la fin, creyendo que muy más duro para -él sería enojar a su señora que padecer la muerte, acordó de se le no -facer conocer en ninguna manera.</p> - -<p>Pues la doncella, llegada cerca de la cama, dijo:</p> - -<p>—Buen hombre, del ermitaño he sabido que sois caballero, e porque -las doncellas a todos los más caballeros somos muy más obligadas por -los grandes peligros que en nuestra defensa se ponen, acordé de os ver -e dejar aquí del bastimiento de la nao todo lo que para vuestra salud -en ella se fallare.</p> - -<p>Él no respondió ninguna cosa; antes estaba con grandes sollozos -e gemidos llorando. Así que la doncella pensó que el alma de las -carnes se le partía, de que hobo gran piedad; e porque en la cámara -poca luz había, abrió una lumbrera que cerrada estaba, e llegóse a la -cama por ver si era muerto, e comenzóle a mirar, y él a ella, todavía -llorando e sollozando, e así estuvo por una pieza<span class="pagenum" -id="Page_113">p. 113</span> que la doncella nunca lo conoció, porque -su pensamiento bien descuidado era de fallar en tal parte aquel que -buscaba; mas viéndole en el rostro un golpe que <i>ella muy bien -conocía</i> fízola recordar en lo que ante ninguna sospecha tenía, e -claramente conoció ser aquel Amadís, e dijo:</p> - -<p>—¡Ay, santa María, val! ¿Qué es esto que veo? ¡Ay, señor, vos sois -aquel por quien mucho afán he tomado!</p> - -<p>E cayó de bruzas sobre el lecho, e fincando los hinojos, le besó las -manos muchas veces, e díjole:</p> - -<p>—Señor, aquí es menester piedad e perdón contra aquella que vos -erró; que si por su mala sospecha vos ha puesto injustamente en tal -estrecho, ella con mucha causa e razón padece la vida más amarga que la -propia muerte.</p> - -<p>Beltenebrós la tomó entre sus brazos e juntóla consigo, sin ninguna -cosa le poder fablar; ella dándole la carta, le dijo:</p> - -<p>—Esta vos envía vuestra señora, e por mí vos face saber que si -vos sois aquel Amadís que ser solía, a quien ella tanto ama, que -poniendo en olvido lo pasado, luego seáis con ella en el su castillo -de Miraflores, donde con mucho vicio serán emendados los dolores e -angustias que el sobrado amor que vos tiene han causado.</p> - -<p>Él tomó la carta, e después de leída, su alegría fué tan sobrada, -que, así como con la pasada tristeza,<span class="pagenum" -id="Page_114">p. 114</span> con ella desmayado fué, cayendo las -lágrimas por sus mejillas sin las sentir.</p> - -<p><i>Embarcados en la nave de la Doncella se trasladaron a la Gran -Bretaña, sin que nadie de a bordo hubiera sospechado quién pudiera ser -aquel Beltenebrós. Después de reponer su salud durante algún tiempo -en un lugar retirado, el caballero adquirió armas y caballo, tomó un -escudero y fué a visitar a su señora en su castillo de Miraflores, -dejando sembrado su camino de las más gloriosas hazañas, que llevaban -por todas partes la fama del nuevo caballero Beltenebrós, tanto que -todo el mundo decía que, desaparecido Amadís, no había en el orbe quien -pudiera igualarse con él.</i></p> - -<p><i>Guardó rigurosamente el incógnito hasta que en una descomunal -batalla que tuvo Lisuarte con el rey Cildadán de Irlanda, al ver que -flaqueaban los ingleses, Beltenebrós, que venía realizando magníficos -hechos de armas, se metió por medio de todos gritando:</i></p> - -<p><i>—¡Gaula, Gaula, que yo soy Amadís!</i></p> - -<p><i>Y con su esfuerzo libertó al rey Lisuarte, que ya había caído en -poder de los enemigos.</i></p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_2_6"> - <h3 title="Lib. II, Cap. VI: El castillo de Arcalaus">CAPÍTULO SEXTO</h3> - <p class="subh3c">EL CASTILLO DE ARCALAUS</p> -</div> - -<p><i>Con ello creció hasta el extremo la fama e influencia de -Amadís en la corte del rey Lisuarte, el cual<span class="pagenum" -id="Page_115">p. 115</span> nada hacía ya sino por mediación de su -heroico caballero. Mas entre tanto la envidia no estaba queda y algunas -caballeros de edad, que veían extinguido su influjo, supieron hacer de -modo que el rey llegara a creer que Amadís proyectaba traidoramente -apoderarse del reino para él y los suyos.</i></p> - -<p><i>Entonces Lisuarte mostró públicamente su desprecio a Amadís, -el cual, aunque muy dolorido de separarse de Oriana, oído el consejo -que ésta le dió diciéndole que su honor era antes que todo, retiróse -a la Ínsola Firme, con un cortejo como de rey, formado por todos los -caballeros de su familia y gran número de amigos, con lo que apenas le -quedaron caballeros de valía, en su corte, al rey Lisuarte.</i></p> - -<p><i>Poco después, suscitados por Arcalaus el Encantador, que no -perdonaba ocasión de mover guerra al rey de la Gran Bretaña, tomaron -contra él las armas seis poderosos reyes dirigidos por el rey Arábigo. -Nunca se había visto Lisuarte en peligro semejante y era más que -probable que no pudiera resistir a enemigos tan fuertes, privado del -apoyo de los caballeros de Amadís.</i></p> - -<p><i>A tal sazón, estaba éste en Gaula con Perión, su padre, y su -hermano don Florestán. Amadís había prometido a su dama que nunca -haría armas contra el rey Lisuarte y estaba muy triste por no poder -tomar parte en aquella guerra descomunal. Tratando de ello, llegaron a -acordar el padre y los dos hijos, que aunque eran muchas las ofensas -que del rey<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> de la -Gran Bretaña habían recibido, irían secretamente y disfrazados a -prestarle auxilio. Fueron así, en efecto, con armas que les envió -Urganda la Desconocida, cuyos escudos estaban adornados con sierpes -de oro. Y la armadura de Amadís había un yelmo dorado. Pasaron a la -Gran Bretaña, llegaron al campo de batalla; con el esfuerzo de sus -brazos decidieron ésta en favor de Lisuarte cuando el rey la tenía -ya perdida, y antes de que el socorrido monarca pudiera buscar a sus -favorecedores, supieron ocultarse en un bosque, protegidos por el manto -de la noche.</i></p> - -<p>Algunos días folgaron en aquella floresta el rey Perión e sus fijos, -<i>y yendo en busca de la nave que había de volverlos a Gaula</i>, -fallaron cabe una fuente una doncella, que a su palafrén a beber daba, -vestida ricamente, y encima una capa de escarlata, que con hebillas e -ojales de oro se abrochaba, y dos escuderos y dos doncellas con ella, -que le traían falcones e canes, con que cazaba; e como ella los vió, -conociólos luego en las armas de las sierpes, e fué, faciendo grande -alegría, contra ellos; e como llegó, saluólos con mucha homildad, -faciendo señas que era muda. Ellos la saluaron, y parecióles muy -fermosa, e hobieron mancilla que fuese muda. Ella se llegaba al del -yelmo dorado, e abrazábalo y queríale besar las manos; e cuando así -una pieza estovo, convidábalos por señas que fuesen aquella noche -sus huéspedes en un su castillo, mas ellos no le entendían.<span -class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> Ella fizo seña a sus -escuderos que gelo declarasen, e así lo ficieron. Ellos, viendo aquella -buena voluntad y que era ya muy tarde, fuéronse con ella a salva fe, -y no andovieron mucho, que llegaron a un fermoso castillo, teniendo -a la doncella por muy rica, pues que dél era señora; y entrando en -él, fallaron gentes que los recibieron homildosamente, y otras dueñas -y doncellas, que todas acataban a la muda como a señora; luego les -tomaron los caballos, e subieron a ellos a una rica cámara, que sería -veinte codos en alto de la tierra, e faciéndolos desarmar, les trajeron -ricos mantos que cobriesen; y desque hobieron hablado con la muda -y con las otras doncellas, trajéronles de cenar e fueron muy bien -servidos, y ellas se fueron a sus aposentamientos; mas no tardó mucho -que luego volvieron con muchas candelas e instrumentos acordados para -les dar placer, e cuando fué tiempo de dormir dejáronlos e fuéronse. -En aquella cámara había tres camas muy ricas, que la doncella muda -mandara hacer, e posiéronles sus armas cabe cada cama. Ellos se -acostaron e dormieron asosegadamente, como aquellos que trabajados e -fatigados andaban, e aunque sus espíritus reposaban, no lo hacían sus -vidas, según en el peligroso lazo en que metidos eran, que con mucha -causa se puede comparar a las cosas deste mundo; que sabed que aquella -cámara era fecha por una muy engañosa arte, que toda ella se sostenía -sobre un estello de fierro hecho como husillo<span class="pagenum" -id="Page_118">p. 118</span> de lagar, cerrado en otro de madera que -en medio de la cámara estaba, e podíase abajar e alzar por debajo, -trayendo una palanca de hierro al derredor; que la cámara no llegaba -a pared ninguna; así que, cuando a la mañana despertaron, falláronse -en hondón otros veinte codos que en alto estaban cuando en ella -entraron.</p> - -<p>Los tres caballeros, cuando fueron despiertos e no vieron señal -ninguna de claridad, y sentían cómo la gente del castillo sobre ellos -andaba, mucho se maravillaron, y levantáronse de los lechos, e buscando -a tiento la puerta y las finiestras, falláronlas; pero metiendo las -manos por ellas, topaban en el muro del castillo; así que luego -conocieron que eran traídos a engaño. Estando con gran pesar de se ver -en tal peligro, pareció suso a una finiestra de la cámara un caballero -grande y membrudo, y el rostro había medroso, y en la barba e cabeza -más cabellos blancos que negros, y vestía paños de duelo, e dijo a una -voz alta:</p> - -<p>—¿Quién yace allá dentro, que mal seáis albergados? Que, según el -gran pesar que me habéis fecho, así fallaréis la mesura y merced, -que serán muy crueles e amargas muertes, e aun con esto no seré -vengado, según lo que de vos recebí en la batalla del falso rey -Lisuarte. Sabed que yo soy Arcalaus el Encantador; si me nunca vistes, -agora me conoced; que nunca ninguno me hizo pesar que dél no<span -class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span> me vengase, si no es de uno -solo, que aun yo cuido tener donde vos estáis.</p> - -<p>E la doncella que cabe él estaba dijo:</p> - -<p>—Buen tío, aquel mancebo que allí está es el que traía el yelmo -dorado.</p> - -<p>Y tendió la mano contra Amadís. Cuando ellos esto vieron, que aquel -era Arcalaus, fueron en gran pavor de muerte, e por extraña cosa -tovieron ver fablar a la doncella muda que los allí trajera.</p> - -<p>Arcalaus les dijo:</p> - -<p>—Caballeros, yo vos haré ante mí tajar las cabezas, y enviarlas he -al rey Arábigo, en alguna emienda de lo que le deservistes.</p> - -<p>E tiróse de la finiestra, e mandóla cerrar, e quedó la cámara tan -escura, que no se veían unos a otros.</p> - -<p>Así como oís pasaron aquel día sin comer e sin beber, y desque -Arcalaus cenó e pasó ya parte de la noche, vínose a la finiestra donde -ellos estaban, con dos hachas encendidas, e <i>la sobrina</i>, e -mandóla abrir, e dijo:</p> - -<p>—Vos, caballeros que allá yacéis, cuido que comeríades, si -toviésedes qué.</p> - -<p>—De grado —dijo don Florestán—, si nos lo mandásedes dar.</p> - -<p>Él dijo:</p> - -<p>—Si en voluntad lo tengo, Dios me la quite; pero porque del todo -no quedéis desconsolados, en emienda de la comida os quiero decir -unas nuevas. Sabed<span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span> -cómo agora, después que fué noche, vinieron a la puerta del castillo -dos escuderos e un enano, que preguntaban por los caballeros de las -armas de las sierpes, e mandélos prender y echar en una prisión que -ende debajo tenéis. Destos sabré mañana quién sois, o los haré cortar -miembro a miembro.</p> - -<p>Sabed que esto que Arcalaus les dijo era así verdad; que los de la -galea, viendo que tardaban y tenían el tiempo enderezado para navegar, -acordaron que los buscasen Gandalín y el Enano e Orfeo, el repostero -del Rey, e a éstos tenían en la prisión, como es dicho. Mucho les pesó -al Rey e a sus hijos destas nuevas, porque muy peligrosas eran. Dinarda -dijo:</p> - -<p>—Tío, sostenedles la vida, porque con ella mayor pena sostengan.</p> - -<p>—Pues que así os parece, sobrina —dijo él—, yo lo faré.</p> - -<p>E díjoles entonces:</p> - -<p>—Caballeros, decidme en vuestra fe cuál vos aqueja más, la hambre o -la sed.</p> - -<p>—Pues que hemos de decir verdad —dijeron ellos—, aunque el comer era -más conveniente primero, la sed nos aqueja mucho.</p> - -<p>Entonces dijo Arcalaus a una doncella:</p> - -<p>—Sobrina, echadles una empanada de tocino, porque no digan que no -acorro a su menester.</p> - -<p>Y fuése de allí, e todos los otros.</p> - -<p>Aquella doncella vió a Amadís tan apuesto, e sabiendo<span -class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> las grandes caballerías que -en la batalla hiciera, era mucho movida a piedad dél e de los otros; e -luego puso en un cesto un barril de agua e otro de vino e la empanada, -e colgándolo por una cuerda, gelo dió, diciendo:</p> - -<p>—Tomad esto y tenedme poridad; que si yo puedo, no lo pasaréis -mal.</p> - -<p>Amadís gelo gradeció mucho, y ella se fué. Con aquello cenaron, e -acostáronse en sus camas, e mandaron a sus escuderos, que allí con -ellos estaban, que toviesen las armas en tal parte donde las fallasen; -que si de hambre no morían, de otra manera ellos venderían bien sus -vidas.</p> - -<p>Gandalín e Orfeo y el Enano fueron metidos en la prisión que era -deyuso de aquel sobrado donde sus señores estaban, e hallaron hi una -dueña e dos caballeros; el uno, que era su marido e ya de días, y el -otro su fijo, asaz mancebo; e había un año que allí estaban, e fablando -unos con otros, dijo Gandalín cómo viniendo en busca de los tres -caballeros de las armas de las sierpes, los habían prendido.</p> - -<p>—¡Santa María! —dijo el caballero—; sabed que esos que decís fueron -en este castillo muy bien recebidos, y estando dormiendo entraron -aquí cuatro hombres, e trayendo a derredor esta palanca de hierro que -aquí veis, bajaron con ella este sobrado; así que, han recebido gran -traición.</p> - -<p>Gandalín, que muy avisado era, entendió luego<span class="pagenum" -id="Page_122">p. 122</span> que su señor e los otros estaban allí, y el -peligro grande de muerte en que estaban, e dijo:</p> - -<p>—Pues que así es, trabajemos nos de lo subir suso; si no, ellos ni -nosotros nunca saldremos de aquí; e creed que si ellos se salvan, que -nosotros seremos libres.</p> - -<p>Entonces el caballero e su fijo de una parte, e Gandalín e Orfeo de -la otra, comenezaron a rodear la palanca; así que, el sobrado comenzó -luego a subir, y el rey Perión, que no dormía sosegado, más con cuita -de sus fijos que de sí, sintiólo luego y despertólos, e díjoles:</p> - -<p>—¿Veis cómo el sobrado se alza, no sé por cuál razón?</p> - -<p>Amadís dijo:</p> - -<p>—Sea por cualquiera, que morir como caballeros o como ladrones gran -diferencia es.</p> - -<p>E luego saltaron de los lechos, e ficieron a sus escuderos que los -armasen, y esperaron qué sería aquello; mas el sobrado fué alzado, -a gran afán de los que lo sobían, tanto como era menester; y el rey -Perión e sus fijos, que a la puerta estaban, vieron por entre las -tablas la claridad, e conocieron que por allí habían entrado; e -trabaron della todos tres tan fuerte, que la derribaron e salieron -al muro, donde eran los veladores, con tan gran coraje e braveza, -que maravilla era, e comenzaron a matar e derribar del muro cuanto -fallaban, e decir:</p> - -<p>—¡Gaula, Gaula; que nuestro es el castillo!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>Arcalaus, que -le oyó, fué muy espantado, e cuidando que traición era de alguno de -los suyos, que allí había traído sus enemigos, fuyó desnudo a una -torre e subió consigo el escalera, que andadiza era; e no se temía -de los presos, que aquellos a buen recaudo, a su parecer, estaban; -e asomándose a una finiestra, vió a los de las armas de las sierpes -andar por el castillo a gran priesa, e aunque los conoció, no osó salir -ni bajar a ellos; mas daba voces, diciendo a los suyos que les no -temiesen, que no eran más de tres hombres. Algunos de los suyos, que -abajo posaban, comenzáronse a armar; mas los tres caballeros, que ya el -muro habían de los veladores delibrado, bajaron luego a ellos, que los -oyeron, y en poca de hora los pararon tales, así muertos como heridos, -que ninguno pareció ante ellos.</p> - -<p>Los que estaban en la cárcel, que oyeron lo que se hacía, dieron -voces que los acorriesen. Amadís conoció la voz de su enano, que éste -y la dueña habían más temor; e fueron luego para los sacar, e así lo -ficieron, que a gran fuerza quebrantaron las armellas e abrieron la -puerta, por donde salieron, e buscando por las casas bajas que al -corral salían, hallaron los caballos suyos e de sus señores e otros de -Arcalaus, que dieron al caballero e a su hijo, e un palafrén de <i>la -sobrina</i> para la dueña, e sacáronlos todos fuera del castillo, e -cuando fueron a caballo mandó el Rey poner fuego a las casas<span -class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> que dentro eran, e comenzó -a arder tan bravamente, que todo parecía una llama; el fuego era -grande, que daba en la torre.</p> - -<p>Entonces se fueron por el camino que allí vinieran a la galea, e -subiendo una sierra, vieron las grandes llamas del castillo e las voces -de la gente, de manera que hobieron placer; así andovieron fasta ser en -el monte alto. Entonces esclareció el día, e vieron ayuso en la ribera -la su galea, e fueron para allá, entraron dentro, <i>y alzando las -velas hicieron rumbo a Gaula</i>.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/i_124.jpg" - style="width: 6em; height: auto;" - alt="Viñeta de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter" id="Cap_I_3_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/i_125.jpg" - style="width: 30em; height: auto;" - alt="Ilustración ornamental" /> - </div> - <p class="fs150 centra ws1 mt2">LIBRO TERCERO</p> - <p class="fs120 centra ws1 mt05">EL CABALLERO DE LA VERDE ESPADA</p> - <hr class="tir" /> - <h3 title="Lib. III, Cap. I: La muerte del Endriago">CAPÍTULO PRIMERO</h3> - <p class="subh3c">LA MUERTE DEL ENDRIAGO</p> -</div> - -<p><i>Durante los años siguientes, Amadís, que por su enojo con el -rey Lisuarte no podía volver a la corte de la Gran Bretaña y estaba -privado de ver a su amada Oriana, con el nombre del Caballero de la -Verde Espada —por una que a gran honra suya había ganado— anduvo por -Alemania, Bohemia y Romania, corriendo siempre los más bravos peligros -y realizando descomunales hazañas, tanto que por todas aquellas tierras -no había caballero más famoso que el de la Verde Espada.</i></p> - -<p><i>Ganó entonces la amistad de un sabio médico, el maestro Elisabat, -que desde entonces lo acompañó siempre en sus viajes y más de una vez -salvó su vida y las de sus amigos con sus profundos conocimientos en el -arte de curar heridas.</i></p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_126.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15"><span class="pagenum" id="Page_126">p. -126</span><i>Embarcóse para pasar a la corte del Emperador de -Constantinopla, y yendo por la mar navegando</i> con muy buen viento, -súbitamente tornando al contrario, como muchas veces acaece, fué la -mar tan embravecida, tan fuera de compás, que ni la fuerza de la -fusta, que grande era, ni la sabiduría de los mareantes no pudieron -tanto resistir, que muchas veces en peligro de ser anegada no fuese; -las<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> lluvias eran tan -espesas e los vientos tan apoderados y el cielo tan escuro, que en -gran desesperación estaban de ser las vidas remediadas. Así andovieron -ocho días, sin saber ni atinar a cuál parte de la mar andoviesen, sin -que la tormenta un punto ni momento cesase; en cabo de los cuales, con -la gran fuerza de los vientos, una noche, antes que amaneciese, la -fusta a la tierra llegada fué tan reciamente, que por ninguna guisa la -podían despegar; esto dió gran consuelo a todos, como si de muerte a -la vida tornados fueran; mas <i>después</i> reconociendo los marineros -en la parte que estaban, sabiendo ser allí la ínsola que del Diablo se -llamaba, donde una bestia fiera toda la había despoblado, en dobladas -angustias y dolores sus ánimos fueron, teniéndolo en muy mayor grado de -peligro que el que en la mar esperaban.</p> - -<p><i>Los marineros, llenos de espanto, agotaban en vano sus fuerzas -luchando por apartar de allí a la nave, y el maestro Elisabat, en -tanto, describíale a Amadís cómo era la espantable criatura, hija de -horrendo pecado, que señoreaba la isla.</i> Tenía el cuerpo y el rostro -cubierto de pelo, y encima había conchas, sobrepuestas unas sobre -otras, tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, e las piernas -e pies eran muy gruesos y recios, y encima de los hombros había alas -tan grandes, que fasta los pies le cobrían, e no de péñolas, mas de -un cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte, que<span -class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> ninguna arma las podía -empecer, con las cuales se cobría como lo ficiese un hombre con un -escudo; y debajo dellas le salían brazos muy fuertes, así como de león, -todos cobiertos de conchas más menudas que las del cuerpo, e las manos -había de hechura de águila, con cinco dedos, e las uñas tan fuertes e -tan grandes, que en el mundo non podía ser cosa tan fuerte que entre -ellas entrase, que luego no fuese desfecha. Dientes tenía dos en cada -una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de la boca un codo -le salían, e los ojos grandes y redondos, muy bermejos, como brasas; -así que, de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos, e todas las gentes -huían dél. Saltaba e corría tan ligiero, que no había venado que por -pies se le podiese escapar; comía y bebía pocas veces, e algunos -tiempos ningunas, que no sentía en ello pena ninguna; toda su holganza -era matar hombres e las otras animalías vivas, e cuando fallaba leones -e osos, que algo se le defendían, tornaba muy sañudo, y echaba por sus -narices un humo tan espantable, que semejaba llamas de fuego, e daba -unas voces roncas, espantosas de oír; así que todas las cosas vivas -huían ant’él como ante la muerte; olía tan mal, que no había cosa que -no emponzoñase. Era tan espantoso cuando sacudía las conchas unas con -otras, e facía crujir los dientes e las alas, que no parecía sino que -la tierra facía estremecer.</p> - -<p>—Tal es esta animalía, Endriago llamado, como<span class="pagenum" -id="Page_129">p. 129</span> os digo —dijo el maestro Elisabat—. Esto es -lo que yo sé desta mala y endiablada bestia.</p> - -<p>El Caballero de la Verde Espada dijo:</p> - -<p>—Maestro, grandes cosas me habéis dicho, e mucho sofre Dios nuestro -Señor a aquellos que le desirven; pero, al fin, si se no enmiendan, -dales pena tan crecida como ha sido su maldad; e agora os ruego, -maestro, que digáis de mañana misa, porque yo quiero ver a esta ínsola, -e si Él me aderezare, tornarla a su santo servicio.</p> - -<p>Aquella noche pasaron con gran espanto, así de la mar, que muy -brava era, como del miedo que del Endriago tenían, pensando que -saldría a ellos de un castillo que allí cerca tenía, donde muchas -veces albergaba; y el alba del día venida, el maestro cantó misa, y el -Caballero de la Verde Espada la oyó con mucha homildad, rogando a Dios -le ayudase en aquel peligro que por su servicio se quería poner; e si -su voluntad era que su muerte allí fuese venida, Él por la su piedad -le hobiese merced al alma. E luego se armó e fizo sacar su caballo en -tierra, e Gandalín con él, e dijo a los de la nao:</p> - -<p>—Amigos, yo buscaré esta bestia por estas montañas, e si della -escapo, <i>tocará la bocina Gandalín y</i> tornarme he a vosotros; e si -no, haced lo que mejor vierdes.</p> - -<p>Cuando esto oyeron ellos, fueron muy espantados, más que de ante -eran; porque aun allí dentro en la mar todos sus ánimos no bastaban -para sofrir<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> el miedo -del Endriago, e por más afrenta y peligro que la braveza grande de la -mar le tenían.</p> - -<p>Entonces se partió el Caballero de la Verde Espada dellos, quedando -todos llorando, y <i>él iba</i> con aquel esfuerzo y semblante que -su bravo corazón le otorgaba, et Gandalín en pos dél, llorando -fuertemente, creyendo que los días de su señor con la fin de aquel día -la habrían ellos. El Caballero volvió a él, e díjole riendo:</p> - -<p>—Mi buen hermano, no tengas tan poca esperanza en la misericordia -de Dios ni en la vista de mi señora Oriana, que así te desesperes; que -no solamente tengo delante mí la su sabrosa membranza, más su propria -persona, e mis ojos la veen, y me está diciendo que la defienda yo -desta bestia mala. Pues ¿qué piensas tú, mi verdadero amigo, que debo -yo hacer? ¿No sabes que en la su vida e muerte está la mía? ¿Consejarme -has tú que la deje matar y que ante mis ojos muera? No plega a Dios que -tal pensases; e si tú no la vees, yo la veo, que delante mí está, pues -si su sola membranza me hizo pasar a mí gran honra las cosas que tú -sabes, ¿qué tanto más debe poder su propia presencia?</p> - -<p>E diciendo esto, crescióle tanto el esfuerzo, que muy tarde se le -facía en no fallar el Endriago; y entrando en un valle de brava montaña -y peñas de muchas concavidades, dijo:</p> - -<p>—Da voces, Gandalín, porque por ellas podrá ser<span -class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> que el Endriago a nosotros -acudirá; et ruégote mucho que si aquí moriere, procures de llevar a mi -señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi corazón; -e dile que gelo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo ajeno -llevaba comigo.</p> - -<p>Cuando Gandalín esto oyó, no solamente dió voces, mas mesando sus -cabellos, llorando, dió grandes gritos, deseando su muerte antes que -ver la de aquel su señor, que tanto amaba, et no tardó mucho que vieron -salir de entre las peñas el Endriago muy más bravo e fuerte que lo -nunca fué. Venía tan sañudo, echando por la boca humo mezclado con -llamas de fuego, e firiendo los dientes unos con otros, faciendo gran -espuma e faciendo crujir las conchas e las alas tan fuertemente, que -gran espanto era de lo ver. Así hobo el Caballero de la Verde Espada, -especialmente oyendo los silbos e las espantosas voces roncas que -daba; e como quiera que por palabra gelo señalaran, en comparación de -la vista era tanto como nada; e cuando el Endriago los vió comenzó a -dar grandes saltos e voces, como aquel que mucho tiempo pasara sin que -hombre ninguno viera, e luego se vino contra ellos. Cuando los caballos -del de la Verde Espada y de Gandalín lo vieron, comenzaron a fuir tan -espantados, que apenas los podían tener, dando muy grandes bufidos. E -cuando el de la Verde Espada vió que a caballo a él no se podía llegar, -descendió muy presto e dijo a Gandalín:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span>—Hermano, tente -afuera en ese caballo, porque ambos no nos perdamos, et mira la ventura -que Dios me querrá dar contra este diablo tan espantable, e ruégale que -por la su piedad me guíe cómo le quite yo de aquí, y sea esta tierra -tornada al su servicio; e si aquí tengo de morir, que me haya merced -del ánima, y en lo otro faz como te dije.</p> - -<p>Gandalín no le podo responder; tan reciamente lloraba, porque su -muerte veía tan cierta, si Dios milagrosamente no lo escapase. El -Caballero de la Verde Espada tomó su lanza e cubrióse de su escudo -como hombre que ya la muerte tenía tragada, perdido todo su pavor, e -lo más que podo se fué contra el Endriago así a pie como estaba. El -diablo, como lo vido, vino luego para él, y echó un fuego por la boca -con un humo tan negro, que apenas se podían ver el uno al otro, y el -de la Verde Espada se metió por el fumo adelante, y llegando cerca -dél, le encontró con la lanza por muy gran dicha en el un ojo, así que -gelo quebró; y el Endriago echó las uñas en la lanza e tomóla con la -boca e hízola pedazos, quedando el fierro con un poco del asta metido -por la lengua e por las agallas; que tan recio vino, que él mesmo se -metió por ella; e dió un salto por lo tomar, mas con el desatiento -del ojo quebrado no pudo, e porque el caballero se guardó con gran -esfuerzo e viveza de corazón, así como aquel que se vía en la misma -muerte, et puso mano a la su muy buena espada,<span class="pagenum" -id="Page_133">p. 133</span> e fué a él que estaba como desatentado, -así del ojo como de la mucha sangre que de la boca le salía, e con los -grandes resoplidos y resollidos que daba, todo lo más de ella se le -entraba por la garganta, de manera que cuasi el aliento le quitara, -e no podía cerrar la boca ni morder con ella; y llegó a él por el un -costado, e dióle tan gran golpe por cima del concás, que le no pareció -sino que diera en una peña dura, e ninguna cosa le cortó.</p> - -<p>Como el Endriago le vido tan cerca de sí, pensóle de tomar entre -sus uñas, e no le alcanzó sino en el escudo, e levógelo tan recio que -le fizo dar de manos en tierra; y en tanto que el diablo lo despedazó -todo con sus muy fuertes e duras uñas, hobo el Caballero de la Verde -Espada logar de levantarse, e como sin escudo se vió, e la espada no -cortaba ninguna cosa, bien entendió que su fecho no era nada, si Dios -no le enderezase a que el otro ojo le pudiese quebrar; que por otra -ninguna parte no aprovechaba nada trabajar de lo ferir, e con saña, -pospuesto todo temor, fuése para el Endriago, que muy fallecido e flaco -estaba de la mucha sangre que perdía del ojo quebrado; e como las cosas -pasadas de su propria servidumbre se caen y perecen, e ya enojado -nuestro Señor que el enemigo malo hobiese tenido tanto poder y fecho -tanto mal en aquellos que, aunque pecadores, en su santa fe católica -creían, quiso darle el esfuerzo e gracia especial, que sin ella ninguno -fuera poderoso<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> de -acometer ni osar esperar tan gran peligro, a este caballero, para que -sobre toda orden de natura diese fin a aquel que a muchos lo había -dado; y pensando acertarle en el otro ojo con la espada, quísole Dios -guiar a que gela metió por una de las ventanas de las narices, que muy -anchas las tenía, e con la gran fuerza que puso e la que el Endriago -traía, el espada caló tanto, que le llegó a los sesos; mas el Endriago, -como le vido tan cerca, abrazóse con él, e con las sus muy fuertes e -agudas uñas rompióle todas las armas de las espaldas e la carne e los -huesos fasta las entrañas; e como él estaba ahogado de la mucha sangre -que bebía, e con el golpe de la espada que a los sesos le pasó, e -sobre todo, la sentencia que de Dios sobre él era dada, e no se podía -revocar, no se podiendo ya tener, abrió los brazos e cayó a la una -parte como muerto sin ningún sentido. El caballero, como así lo vió, -tiró por la espada y metiógela por la boca cuanto más pudo, tantas -veces, que lo acabó de matar; pero quiero que sepáis que antes que el -alma le saliese, salió de su boca el diablo e fué por el aire con muy -gran tronido; así que los que estaban en <i>la nave</i> lo oyeron como -si cabe ellos fuera, de lo cual hobieron gran espanto.</p> - -<p>Pues como el Endriago fué muerto, el Caballero se quitó afuera, -e yéndose para Gandalín, que ya contra él venía, no se pudo tener, -e cayó amortecido cabe un arroyo de agua que por allí pasaba.<span -class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> Gandalín, como llegó y le -vió tan espantables heridas, cuidó que era muerto, y dejándose caer del -caballo, comenzó a dar muy grandes voces, mesándose. <i>Mas después</i> -cabalgó muy presto en su caballo, e subiéndose en un otero, tocó la -bocina lo más recio que pudo, en señal que el Endriago era muerto. -Ardian el enano oyólo, e dió muy grandes voces al maestro Elisabat que -acorriese a su señor, que el Endriago era muerto. Y él, como estaba -apercebido, cabalgó con todo el aparejo que menester era, e fué lo más -presto que podo por el derecho que el enano le señaló; e no andovo -mucho que vió a Gandalín encima del otero, el cual, como el maestro -vió, vino corriendo contra él e dijo:</p> - -<p>—¡Ay, señor!; por Dios e por merced acorred a mi señor, que mucho es -menester; que el Endriago es muerto.</p> - -<p>El maestro, cuando esto oyó, hobo gran placer con aquellas buenas -nuevas que Gandalín decía, no sabiendo el daño del Caballero, e aguijó -cuanto más podo, e Gandalín le guiaba, fasta que llegaron donde el -Caballero de la Verde Espada estaba, e halláronlo muy desacordado, sin -ningún sentido.</p> - -<p>El maestro Elisabat quitó luego su manto, e tendiólo en el suelo, -e tomáronlo él e Gandalín, e puniéndolo encima, le desarmaron lo más -quedo que podieron; e cuando el maestro le vió las llagas, aunque -él era uno de los mejores del mundo de aquel<span class="pagenum" -id="Page_136">p. 136</span> menester, e había visto muchas e grandes -heridas, mucho fué espantado y desafuciado de su vida; mas como aquel -que lo amaba y tenía por el mejor caballero del mundo, pensó de poner -todo su trabajo por le guarecer, e catándole las heridas, vió que todo -el daño estaba en la carne e en los huesos, y que no le tocara en las -entrañas. Tomó mayor esperanza de lo sanar, e concertóle los huesos e -las costillas, e cosióle la carne, e púsole tales melecinas, e ligóle -tan bien todo el cuerpo al derredor, que le fizo restañar la sangre -y el aliento que por allí salía, e luego le vino al Caballero mayor -acuerdo y esfuerzo, de guisa que podo hablar, e abriendo los ojos, -dijo:</p> - -<p>—¡Oh Señor Dios todopoderoso, que por tu gran piedad quesiste venir -en el mundo e tomaste carne humana en la Virgen María, pídote, Señor, -como uno de los más pecadores, que hayas merced de mi ánima, que el -cuerpo condenado es a la tierra!</p> - -<p><i>Con grandes cuidados, lleváronlo a un castillo desmantelado que -en la isla había, donde, gracias a la ciencia del maestro Elisabat, -recobró la salud en no mucho tiempo.</i></p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_3_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span></p> - <h3 title="Lib. III, Cap. II: Las coronas de la Infanta">CAPÍTULO SEGUNDO</h3> - <p class="subh3c">LAS CORONAS DE LA INFANTA</p> -</div> - -<p><i>Aún estaba enfermo Amadís en la Isla del Diablo, cuando el -maestro Elisabat escribió al Emperador de Constantinopla, cuya era la -Isla, diciéndole cómo el Caballero de la Verde Espada había muerto el -Endriago y librado a la isla de su terrible morador. El Emperador y -toda su corte fueron asombrados de que semejante hazaña hubiera podido -ser acometida por caballero alguno y el Emperador mandó a un sobrino -suyo, llamado Gastiles, que con grande acompañamiento fuera a la Isla -del Diablo y trajera a la Corte a aquel heroico Caballero.</i></p> - -<p><i>Cumplió Gastiles lo que había mandado, y así, cuando el Caballero -de la Verde Espada pudo embarcarse, curado ya de sus heridas, hicieron -rumbo a Constantinopla, donde</i> en poco espacio de tiempo fueron -aportados debajo de los palacios del Emperador. La gente salió a las -finiestras por ver el Caballero de la Verde Espada, que lo mucho -deseaban ver; y el Emperador les mandó llevar unas bestias en que -cabalgasen.</p> - -<p>A la hora estaba ya el Caballero de la Verde Espada mucho más -mejorado en su salud y hermosura, vestido de unos muy hermosos e ricos -paños.</p> - -<p>Pues salidos de la mar, cabalgando en aquellos<span class="pagenum" -id="Page_138">p. 138</span> ricos e ataviados palafrenes que les -trajeran, se fueron al Emperador, que ya contra ellos venía, muy -acompañado de grandes hombres e muy ricamente ataviados. E apartándose -todos, llegó el Caballero de la Verde Espada e quísose apear para le -besar las manos; mas el Emperador cuando esto vió no gelo consintió, -antes se fué para él e lo tovo abrazado, mostrándole muy gran amor, que -así lo tenía con él, e dijo:</p> - -<p>—Por Dios, Caballero de la Verde Espada, mi buen amigo, como quiera -que Dios me haya fecho tan grande hombre y venga del linaje de aquellos -que este señorío tan grande tovieron, más merecéis vos la honra que -la yo merezco; que vos la ganastes por vuestro gran esfuerzo, pasando -tan grandes peligros cual nunca otro pasó, e yo tengo la que me vino -dormiendo e sin merecimiento mío.</p> - -<p>El Caballero del Enano le dijo:</p> - -<p>—Señor, a las cosas que tienen medida puede hombre satisfacer; pero -no a esta, que por su gran virtud en tanto loor me ha puesto; e por -esto, señor, quedará para que esta mi persona hasta la muerte le sirva -en aquellas cosas que me mandare.</p> - -<p>Y así fablando se tornó el Emperador con él a sus palacios, y el de -la Verde Espada iba mirando aquella gran ciudad, e las cosas extrañas -e maravillosas que en ella vía, e tantas gentes que lo salían a ver, e -daba en su corazón con grande homildad muchas gracias a Dios porque en -tal logar le guiara<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> -donde tanta honra del mayor hombre de los cristianos recebía; e todo -cuanto en las otras partes viera le parecía nada en comparación de -aquello; pero mucho más maravillado fué cuando entró en el gran -palacio, que allí le pareció ser junta toda la riqueza del mundo. -Había allí un aposentamiento donde el Emperador mandaba aposentar los -grandes señores que a él venían, que era el más hermoso e deleitoso -que en el mundo se podía hallar, así de ricas casas como de fuentes de -agua e árboles muy extraños. E allí mandó quedar al Caballero de la -Verde Espada e al maestro Elisabat, que lo curase, e a Gastiles que le -ficiese compañía; y dejándolo reposar, se fué con sus hombres buenos -donde él posaba. Toda la gente de la ciudad, que viera al Caballero de -la Verde Espada, fablaban mucho en su gran hermosura, e mucho más en el -grande esfuerzo suyo, que era mayor que de caballero otro ninguno; e si -él se había maravillado de ver tal ciudad como aquella e tanto número -de gente, mucho más lo eran ellos en lo ver a él solo; así que de todos -era loado e honrado más que lo nunca fué rey ni grande ni caballero que -allí de tierras extrañas viniesen.</p> - -<p>Otro día de mañana levantóse el Caballero de la Verde Espada, e -vistióse de sus paños lozanos e hermosos, según él vestir los solía, -y Gastiles con él, y el maestro Elisabat, e fueron todos de consuno -juntos a oír misa con el Emperador a su capilla,<span class="pagenum" -id="Page_140">p. 140</span> donde los atendía, e luego se fueron a ver -a la Emperatriz; pero antes que a ella llegasen fallaron en comedio -muchas dueñas e doncellas muy ricamente ataviadas de ricos paños, que -les facían logar por do pasasen e buen recebimiento. La casa era tan -rica e tan bien guarnida, que si la rica cámara defendida de la Ínsola -Firme no, otra tal nunca el Caballero de la Verde Espada viera, e los -ojos le cansaban de mirar tantas mujeres e tan hermosas, e las cosas -extrañas que vía, e llegando a la Emperatriz, que en su estrado estaba, -fincó los hinojos ante ella con mucha humildad e dijo:</p> - -<p>—Señora, mucho gradezco a Dios en me traer donde viese a vos e a -vuestra grande alteza, y el valor que sobre las otras señoras tiene que -en el mundo son, e la vuestra casa acompañada e ornada de tantas dueñas -e doncellas de tan gran guisa. A Él le plega, por la su merced, de me -llegar a tiempo que algo destas grandes mercedes le pueda servir.</p> - -<p>La Emperatriz le tomó por las manos e díjole que no estoviese así -de hinojos, e fízole sentar cerca de sí, y estovo con él fablando una -gran pieza en aquellas cosas que tan alta señora con caballero extraño -que no conocía debía hablar; y él respondiendo con tanto tiento e tanta -gracia, que la Emperatriz, que muy cuerda era e lo miraba, decía entre -sí que no podía ser su esfuerzo tan grande que a su mesura e discreción -sobrepujar podiese.</p> - -<p>El Emperador estaba a esta sazón en su silla<span class="pagenum" -id="Page_141">p. 141</span> sentado, hablando e riendo con las dueñas e -doncellas. E díjoles en voz alta, que todas lo oyeron:</p> - -<p>—Honradas dueñas e doncellas, vedes aquí el Caballero de la Verde -Espada, vuestro leal sirviente; honralde e amalde, que así lo hace él a -todas vosotras cuantas sois en el mundo; que poniéndose a muy grandes -peligros por vos hacer alcanzar derecho, muchas veces es llegado al -punto de la muerte, según que dél he oído a aquellos que sus grandes -cosas saben.</p> - -<p>El Emperador hizo levantar dos infantas, que eran hijas del rey de -Hungría, e díjoles:</p> - -<p>—Id por mi hija Leonorina, e no vengan con ella sino vos ambas.</p> - -<p>Ellas así lo ficieron, e a poco rato vinieron con ella, trayéndola -entre sí por los brazos, e como quiera que ella viniese muy bien -guarnida, todo parecía nada ante lo natural de su gran fermosura, que -no había hombre en el mundo que la viese que se no maravillase e no -alegrase en la mirar. Ella era niña, que no pasaba de nueve años, e -llegando donde su madre la Emperatriz estaba, besóle las manos con -homil reverencia, e sentóse en el estrado más bajo que ella estaba. El -Caballero de la Verde Espada la miraba muy de grado, maravillándose -mucho de su gran fermosura, que le parecía ser más fermosa de las que -él visto había por las partes donde andado había, e membróse aquella -hora de la muy fermosa Oriana, su señora, que más que a sí<span -class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> amaba, e del tiempo en que -la él comenzó a amar, que sería de aquella edad, e de cómo el amor -que entonces con ella posiera siempre había crescido, e no menguado. -Tanto fué encendido en esta membranza, que, como fuera de sentido, le -vinieron las lágrimas a los ojos; así que todos le vieron llorar, que -por su gran bondad todos en él paraban mientes; mas él, tornando en sí, -habiendo gran vergüenza, alimpió los ojos e fizo buen semblante. Mas el -Emperador, que más cerca estaba, que así lo vió llorar, creyó que lo no -haría sin algún gran misterio. Gastiles, que cabe él estaba, dijo:</p> - -<p>—¿Qué será, que tal hombre como este en tal parte así llorase?</p> - -<p>—Yo no se lo preguntaría —dijo el Emperador—, mas creo que fuerza de -amor gelo hizo hacer.</p> - -<p>—Pues, señor, si lo saber queréis, no hay quien lo sepa sino -el maestro Elisabat, en quien mucho se fía, e fabla mucho con él -apartadamente.</p> - -<p>Entonces lo mandó llamar, e hízolo sentar ante sí, e le dijo:</p> - -<p>—Maestro, quiero que me digáis una verdad, si la sabéis. ¿Por qué -lloró agora el Caballero de la Verde Espada? Decídmelo, que de lo ver -estoy espantado; que si alguna necesidad tiene en que haya menester mi -ayuda, yo gela haré tan entera de que él será bien contento.</p> - -<p>Cuando esto oyó el maestro, dijo:</p> - -<p>—Señor, eso no lo sabría decir, porque es el<span class="pagenum" -id="Page_143">p. 143</span> hombre del mundo que mejor encobre aquello -que él quiere que sabido no sea; pero yo le veo llorar e cuidar tan -fieramente, que no parece en él haber sentido alguno, e sospira con -tan gran ansia como si el corazón en el cuerpo se le quebrase. E -ciertamente, señor, en cuanto yo cuido, es gran fuerza de amor que le -atormenta, teniendo soledad de aquella que ama; que si otra dolencia -fuese, ante a mí que a otro ninguno soy cierto que se descobriría.</p> - -<p>—Ciertamente —dijo el Emperador—, así lo cuido yo como lo decís, -e si él ama a alguna mujer, a Dios ploguiese que acertase ser en mi -señorío, que tanto haber y estado le daría yo, que no hay rey ni -príncipe que no hobiese placer de me dar su hija para él.</p> - -<p><i>Queriendo descubrir aquel secreto</i>, el Emperador llamó a la -fermosa Leonorina, su hija, e a las dos infantas que la aguardaban, e -habló con ellas una gran pieza muy afincadamente, mas por ninguno era -oído nada de lo que les decía. E Leonorina, habiendo él ya acabado su -habla, besóle las manos, e fuése con las infantas a su cámara, y él -quedó hablando con sus hombres buenos.</p> - -<p><i>Poco después volvió a entrar</i> en el palacio aquella fermosa -Leonorina con el su gesto resplandeciente, que todas las fermosuras -desataba, e las infantas con ella. Y ella traía en su cabeza una -muy rica corona, e otra muy más rica en las manos, e fuése<span -class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> derechamente al Caballero -de la Verde Espada, e díjole:</p> - -<p>—Señor Caballero de la Verde Espada, yo nunca fuí llegada a tiempo -que pida don sino a mi padre, e agora quiérolo pedir a vos; decidme qué -faréis.</p> - -<p>Y él fincó los hinojos ante ella e dijo:</p> - -<p>—Mi buena señora, ¿quién sería aquel de tan poco conocimiento, que -dejase de facer vuestro mandado, podiéndolo complir? E mucho loco sería -yo si vuestra voluntad no ficiese; e agora, mi señora, demandad lo que -más vos agradare, que hasta la muerte será cumplido.</p> - -<p>—Mucho me fecistes alegre —dijo ella— e mucho os lo agradezco, e -quiérovos pedir tres dones.</p> - -<p>E tirándose la fermosa corona de la cabeza, dijo:</p> - -<p>—Este sea el uno: que deis esta corona a la más fermosa doncella -que vos sabéis, e saludándola de mi parte, le digáis que me envíe su -mandado por carta o mensajero, y que le envío yo esta corona, que son -las donas que en esta tierra tenemos, aunque no la conozco.</p> - -<p>E luego tomó la otra corona, en que había muchas perlas e piedras de -muy gran valor, especialmente tres, que alumbraban toda una cámara, por -escura que estoviese; e dándola al Caballero, dijo:</p> - -<p>—Esta daréis a la más fermosa dueña que vos sabéis, e decilde que -gela envío yo por haber su conocencia, y que le ruego yo mucho que se -me haga conocer por su mandado; este es el otro don, e antes<span -class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> que el tercero os demande, -quiero saber qué haréis de las coronas.</p> - -<p>—Lo que yo haré —dijo el Caballero— será complir luego el primer don -e quitarme dél.</p> - -<p>Entonces tomó la primera corona, e poniéndola en la cabeza della, -dijo:</p> - -<p>—Yo pongo esta corona en la cabeza de la más fermosa doncella que yo -agora sé; e si hobiere alguno que lo contrario dijere, yo se lo faré -conocer por armas.</p> - -<p>E todos hobieron mucho placer de lo que él fizo, e Leonorina no -menos, aunque con vergüenza estaba de se ver loar, e decían que con -derecho se había quitado del don.</p> - -<p><i>El Caballero</i> volvióse a Leonorina e dijo:</p> - -<p>—Mi señora, ¿queréisme demandar el otro don?</p> - -<p>—Sí —dijo ella—, e pídovos me digáis la razón por qué llorastes; -¿quién es aquella que ha tan gran señorío sobre vos e sobre vuestro -corazón?</p> - -<p>Al caballero se le mudó la color y buen semblante en que antes era; -así que todos conocieron que era turbado de aquella demanda, e dijo:</p> - -<p>—Señora, si a vos ploguiere, dejad esta demanda, e demandad otra que -sea más vuestro servicio.</p> - -<p>Y ella dijo:</p> - -<p>—Esto es lo que yo demando, e más no quiero.</p> - -<p>Él abajó la cabeza, y estovo una pieza dudando; así que muy grave -parecía a todos haberlo él de decir; e no tardó mucho que, alzando la -cabeza<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> con semblante -alegre, miró a Leonorina, que delante dél estaba, e dijo:</p> - -<p>—Mi señora, pues por al no me puedo quitar de mi promesa, digo que -cuando aquí primero entrastes e os miré, acordóme de la edad y del -tiempo en que agora sois, e vínome al corazón una remembranza de otro -tal tiempo en que ya fuí, muy bueno e sabroso; tal, que habiéndole ya -pasado, me hizo llorar como vistes.</p> - -<p>Y ella dijo:</p> - -<p>—Pues agora me decid quién es aquella por quien se manda vuestro -corazón.</p> - -<p>—La vuestra gran mesura —dijo él—, que a ninguno falleció, es contra -mí; esto hace mi gran desdicha; e pues que más no puedo, conviene que -contra mi placer lo diga. Sabed, señora, que aquella que yo más amo -es la misma a quien vos enviáis la corona, que al mi cuidar es la más -fermosa dueña de cuantas yo vi, e aun creo que de cuantas en el mundo -hay; e por Dios, señora, no queráis de mí saber más, pues que soy quito -de mi promesa.</p> - -<p>—Quito sois —dijo el Emperador—; mas por tal guisa que no sabemos -más que ante.</p> - -<p>—Pues a mi parecer —dijo él— que dije tanto cual nunca por mi boca -salió jamás, y esto causó el deseo que yo tengo de servir a esta -hermosa señora.</p> - -<p>—Así Dios me salve —dijo el Emperador—, mucho debéis ser guardado -e cerrado en vuestros amores,<span class="pagenum" id="Page_147">p. -147</span> pues esto tenéis en algo en lo haber descobierto; e pues que -mi fija fué la causa dello, menester es que vos demande perdón.</p> - -<p>—Este yerro —dijo él— han hecho otros muchos, e nunca tanto sopieron -de mí; así que, aunque dellos fuese yo quejoso, lo suyo desta tan -fermosa señora tengo en merced; porque siendo ella tan alta e tan -señalada en el mundo, quiso con tanto cuidado saber las cosas de un -caballero andante como yo lo soy; mas a vos, señor, no perdonaré yo tan -ligero, que según la luenga y secreta habla con ella antes hobistes, -bien parece que no por su voluntad, mas por la vuestra, lo hizo.</p> - -<p>El Emperador se rió mucho e dijo:</p> - -<p>—En todo os fizo Dios acabado; sabed que así es como lo decís; por -ende yo quiero corregir lo suyo e lo mío.</p> - -<p>El de la Verde Espada fincó los hinojos por le besar las manos, mas -él no quiso, e dijo:</p> - -<p>—Señor, esta emienda recibo yo para la tomar cuando por ventura más -sin cuidado della estovierdes.</p> - -<p>—Eso no podrá ser —dijo el Emperador—; que vuestra memoria nunca de -mí fallecerá ni la emienda de la mía cuando la quisierdes.</p> - -<p><i>Breves días permaneció en la Corte del Emperador de -Constantinopla, siempre obsequiado con miríficas fiestas, al cabo de -las cuales, a pesar de los grandes esfuerzos del Emperador para que -el<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> Caballero de la -Verde Espada quedara a su servicio, tomó el camino de su anhelada -patria.</i></p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_3_3"> - <h3 title="Lib. III, Cap. III: Las cuitas de Oriana">CAPÍTULO TERCERO</h3> - <p class="subh3c">LAS CUITAS DE ORIANA</p> -</div> - -<p><i>Entre tanto había muerto el Emperador de Roma y había llegado -a ocupar el trono su hermano el Patín que, desde que había visitado -la corte de Lisuarte, vivía enamorado de la sin par Oriana. No bien -vió ceñidas sus sienes con la corona imperial, cuando envió al Rey de -la Gran Bretaña una muy lucida embajada para pedirle la mano de su -hija.</i></p> - -<p><i>Lisuarte, a quien mucho convenía aquel enlace, no quería, sin -embargo, forzar abiertamente la voluntad de Oriana y por todos los -medios trataba de inclinarla a que aceptara tan ventajoso matrimonio. -Mas la princesa, que con todas sus fuerzas se oponía a él, no cesaba -de pedir a don Galaor y a los otros caballeros principales de la Corte -que convencieran a su padre para que no la hiciera casar contra su -voluntad. Solicitó también en secreto la protección de los caballeros -de la Ínsola Firme, los cuales, por boca de don Florestán, le hicieron -saber que, siendo su deber amparar doncellas desamparadas, emplearían -toda la fuerza de su brazo en evitar que ni su padre ni nadie la -atropellara.</i></p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span><i>Pero el -Rey no se rendía a reflexiones ni ruegos, y cada vez más aferrado -a su idea, acabó por declarar que Oriana sería entregada por la -fuerza a los embajadores del Patín, si no se avenía a ir con ellos -voluntariamente.</i></p> - -<p><i>Navegando con rumbo a sus estados, supo Amadís, inflamado en ira, -las nuevas del casamiento que querían imponerle a Oriana, y aceleró -cuanto le fué posible el regreso.</i></p> - -<p><i>¡Cómo pintar la alegría de sus caballeros cuando al cabo de -siete años de ausencia volvieron a verlo entre ellos en los palacios -de la Ínsola Firme! Sentóse a comer con sus queridos compañeros, y</i> -habiendo todos con gran placer comido, e levantados los manteles, -Amadís les rogó que ninguno de su logar se moviese, que les quería -fablar, y ellos lo ficieron así. Viendo, pues, Amadís sosegados a -aquellos caballeros que a las mesas estaban, atendiendo lo que él -diría, fablóles en esta guisa:</p> - -<p>—Después que me no vistes, mis buenos señores, muchas tierras -extrañas he andado e grandes aventuras han pasado por mí, que largas -serían de contar; pero las que más me ocuparon, e las que mayores -peligros me atrajeron fué socorrer dueñas e doncellas en muchos -tuertos e agravios que les hacían; porque así como éstas nascieron -para obedecer con flacos ánimos, e las más fuertes armas suyas sean -lágrimas e sospiros, así los de fuertes corazones extremadamente entre -las otras cosas las<span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> -suyas deben tomar, amparándolas, defendiéndolas de aquellos que con -poca virtud las maltratan e deshonran, como los griegos e los romanos -en los tiempos antiguos lo ficieron, pasando las mares, destruyendo las -tierras, venciendo batallas, matando reyes e de sus reinos los echando, -solamente por satisfacer las fuerzas e injurias a ellas fechas, por -donde tanta fama e gloria dellos en sus historias ha quedado y quedará -en cuanto el mundo durare. Pues veniendo al caso, yo he sabido después -que a esta tierra vine el gran tuerto que el rey Lisuarte a su hija -Oriana facer quiere, que siendo ella la legítima sucesora de sus -reinos, él, contra todo derecho, desechándola dellos, al Emperador de -Roma por mujer la envía, y según me dicen, mucho contra la voluntad -de todos sus naturales, e más della, que con grandes llantos, grandes -querellas, a Dios e al mundo reclamando, de tan gran fuerza se -querella. Pues si es verdad que este rey Lisuarte, sin temor de Dios -ni de las gentes, tal crueza hace, dígovos que en fuerte punto acá -nacimos si por nosotros remediada no fuese, pues que dejándola pasar, -se pasaban e ponían en olvido los peligros e trabajos que por ganar -honra e prez fasta aquí tomado habemos. Agora diga cada uno, si vos -ploguiere, su parescer; que el mío ya vos he manifestado.</p> - -<p><i>Agrajes, en nombre de todos, respondió que, si estaban dispuestos -a dar la vida en defensa de Oriana cuando no podían contar con la -asistencia de<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> Amadís, -mucho más lo estarían ahora cuando tienen la alegría de tenerlo por -jefe.</i></p> - -<p><i>En vista de ello</i>, como la flota aparejada estoviese de -todo lo necesario al viaje, e la gente apercebida, a la prima noche, -mandando Amadís que todos los caminos se tomasen, porque nuevas algunas -dellos no fuesen sabidas, entraron todos en la flota, e sin hacer ruido -ni bullicio comenzaron a navegar contra aquella parte que los romanos -habían de acudir, según el camino que les pertenecía llevar para que en -la delantera los hallasen.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_3_4"> - <h3 title="Lib. III, Cap. IV: La batalla naval">CAPÍTULO CUARTO</h3> - <p class="subh3c">LA BATALLA NAVAL</p> -</div> - -<p><i>De nada sirvieron a Oriana sus desesperadas súplicas y -amarguísimo llanto, ni tampoco los buenos consejos de los caballeros -que trataban de disuadir al Rey de que casara a su hija por la fuerza. -Llegado el plazo que entre los embajadores y el Rey se había convenido, -trasladaron a bordo de la flota de los romanos el magnífico ajuar que -daban a Oriana sus padres e hicieron embarcar a las doncellas y dueñas -que debían acompañarla. Desmayóse Oriana al despedirse de la Reina, -y así desmayada, entrególa Lisuarte a Salustanquidio y Brondajel de -Roca, que eran los embajadores del Emperador, y fué llevada<span -class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> a bordo en medio de -universal duelo, cuitas y clamores.</i></p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_152.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15"><i>Los romanos</i>, teniendo ya en su poder a Oriana, -e a todas sus doncellas metidas en las naves, acordaron de la poner en -una cámara que para ella muy ricamente estaba ataviada e puesta allí, e -con ella a Mabilia, que sabían ser ésta la doncella del mundo que ella -más amaba. Cerraron la puerta con fuertes candados, e dejaron en la -nave otras muchas dueñas e doncellas de las de Oriana.</p> - -<p>Pues así todo enderezado, dieron las velas al<span class="pagenum" -id="Page_153">p. 153</span> viento, e movieron su vía con gran placer -por haber acabado aquello que el Emperador su señor tanto deseaba, e -ficieron poner una muy gran seña del Emperador encima del mastel de -la nao donde Oriana iba, e todas las otras naves al derredor della, -guardándola. E yendo así muy lozanos e alegres, miraron a su diestra e -vieron la flota de Amadís, que mucho se les llegaba en la delantera, -entrando entre ellos e la tierra donde salir querían, <i>y dividiéndose -en tres fuerzas para coger en medio las naves de los que llevaban a -Oriana</i>. Dígovos de los romanos, que cuando la flota de lueñe vieron -pensaron que alguna gente de paz sería, que por la mar de un cabo a -otro pasaban; mas viendo que en tres partes se partían, e que las dos -les tomaban la delantera a la parte de la tierra e la otra los seguía, -mucho fueron espantados, e luego fué entre ellos hecho gran ruido, -diciendo a altas voces:</p> - -<p>—Armas, armas, que extraña gente viene.</p> - -<p>E luego se armaron muy presto, e pusieron los ballesteros, que muy -buenos traían, donde habían de estar, e la otra gente, e Brondajel de -Roca con muchos e buenos caballeros de la corte del Emperador estaba -en la nave donde Oriana era e donde posieron la seña que ya oístes del -Emperador.</p> - -<p>A esta sazón se juntaron los unos e otros; grande era allí el -ferir de saetas, e piedras, e lanzas de la una e de la otra parte, -que no parescía sino que llovía; tan espesas andaban; e Amadís no -entendía<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> con los -suyos en al sino en juntar su fusta con la de los contrarios, mas no -podían; que ellos, aunque muchos más eran, no se osaban llegar, viendo -cuán denodadamente eran acometidos; e defendíanse con grandes garfios -de hierro e otras armas muchas de diversas guisas. Entonces Tantiles de -Sobradisa, mayordomo de la reina Briolanja, que en el castillo estaba, -como vió que la voluntad de Amadís no podía haber efecto, mandó traer -una áncora muy gruesa e pesada, trabada a una fuerte cadena, e desde -el castillo lanzáronla en la nave de los enemigos, e así él como otros -muchos que le ayudaban tiraron tan fuerte por ella, que por gran fuerza -hicieron juntar las naves una con otra, así que no se podían partir en -ninguna manera si la cadena no quebrase. Cuando Amadís esto vió pasó -por toda la gente con gran afán, que estaban muy apretados; e por la -vía que él entraba iban tras él <i>sus famosos compañeros Angriote e -don Bruneo</i>, e como llegó en los delanteros, puso el un pie en el -borde de su nave, e saltó en la otra, que nunca los contrarios quitar -ni estorbar lo podieron; e como el salto era grande, y él iba con gran -furia, cayó de rodillas, e allí le dieron muchos golpes; pero él se -levantó, mal su grado de que le herían tan malamente, e puso mano a -la su buena espada ardiente, e vió cómo Angriote e don Bruneo habían -con él entrado, y herían a los enemigos de muy fuertes e duros golpes, -diciendo a grandes voces:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span>—Gaula, Gaula, -que aquí es Amadís —que así gelo rogara él que lo dijesen, si la nave -podiesen tomar.</p> - -<p>Mabilia, que en la cámara encerrada estaba con Oriana, que oyó el -ruido e las voces, e después aquel apellido, tomó a Oriana por los -brazos, que más muerta que viva estaba, e díjole:</p> - -<p>—Esforzad, señora, que socorrida sois de aquel bienaventurado -caballero, vuestro vasallo e leal amigo.</p> - -<p>Y ella se levantó en pie, preguntando qué sería aquello; que del -llorar estaba desvanecida, que no oía ninguna cosa, e la vista de los -ojos casi perdida.</p> - -<p><i>Amadís, entre tanto, vencía a Brondajel de Roca y le exigía que -le dijera</i> dónde estaba Oriana, y él le mostró la cámara de los -candados, diciendo que allí la fallaría. Amadís se fué apriesa contra -allá, e llamó a Angriote e a don Bruneo, e con la gran fuerza que de -consuno posieron, derribaron la puerta y entraron dentro, e vieron -a Oriana e a Mabilia, e Amadís fué fincar los hinojos ante ella por -le besar las manos, más ella lo abrazó, e tomóle por la manga de la -loriga, que toda era tinta de sangre de los enemigos.</p> - -<p>—¡Ay, Amadís —dijo ella—, lumbre de todas las cuitadas! Agora -parecerá vuestra gran bondad en haber socorrido a mí e a estas -infantas, que en tanta amargura e tribulación puestas éramos, e por -todas las tierras del mundo será sabido y ensalzado vuestro loor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span><i>Amadís</i> -quísose partir dellas por ver lo que se facía; mas Oriana le tomó por -la mano e dijo:</p> - -<p>—Por Dios, señor, no me desamparéis.</p> - -<p>—Señora —dijo él—, no temáis; que dentro en esta fusta está Gandales -con treinta caballeros que os aguardarán, e yo iré a acorrer a los -nuestros, que muy gran batalla han.</p> - -<p>Entonces salió Amadís de la cámara, e pasó a una muy fermosa galea, -en que estaba Gandalín con hasta cuarenta caballeros de la Ínsola -Firme, e mandóla guiar contra aquella parte que oía el apellido de -Agrajes, que se combatía con los de la gran nave de Salustanquidio; e -cuando él llegó vió que la habían entrado, e la priesa y el ruido era -muy grande, que Agrajes e los de su compaña los andaban firiendo e -matando muy cruelmente.</p> - -<p>Mas desque a Amadís vieron, los romanos saltaban en los bateles, e -otros en el agua, e dellos morían, e otros se pasaban a las otras naves -que aún no eran perdidas.</p> - -<p><i>Pero no tardaron en serlo, pues poco después no hubo fusta de los -romanos en que no estuvieran alzados los pendones de los caballeros de -la Ínsola Firme y hechos prisioneros sus tripulantes.</i></p> - -<p>Amadís, que dello mucho placer hobo, envió decir <i>a los suyos</i> -que juntasen sus galeas con la que él había tomado, donde estaba -Oriana, y que allí habría consejo de lo que ficiesen. Entrados -dentro, desarmaron las cabezas e las manos, e laváronse de<span -class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> la sangre e sudor, e eran -allí juntos todos los más honrados caballeros de aquella compaña, -los cuales a un cabo de la nao se apartaron por fablar qué consejo -tomarían, e Oriana llamó a Amadís a un cabo del estrado, e muy paso le -dijo:</p> - -<p>—Mi verdadero amigo, yo vos ruego e mando por aquel verdadero amor -que me tenéis, que agora más que nunca se guarde el secreto de nuestros -amores, e no fabléis comigo apartadamente, sino ante todos, e lo que -vos ploguiere decirme secreto fabladlo con Mabilia, e punad cómo de -aquí nos llevéis a la Ínsola Firme, porque estando en logar seguro, -Dios proveerá en mis cosas, como Él sabe que tengo la justicia.</p> - -<p>—Señora —dijo Amadís—, yo no vivo sino en esperanza de vos servir, e -si ésta me faltase, faltarme-ía la vida, e como lo mandáis se fará; y -en esta ida de la Ínsola bien será que con Mabilia lo enviéis a decir a -estos caballeros, porque parezca que más de vuestra gana e voluntad que -de la mía procede.</p> - -<p>—Así lo faré —dijo ella—, e bien me parece; agora vos id —dijo— a -aquellos caballeros.</p> - -<p>Amadís así lo fizo, e fablaron en lo que adelante se debe facer. Mas -como eran muchos, los acuerdos eran diversos; que a los unos parecía -que debían llevar a Oriana a la Ínsola Firme, otros a Gaula e otros a -Escocia, a la tierra de Agrajes, así que no se acordaban.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>En esto llegó la -infanta Mabilia, e cuatro doncellas con ella. Todos la recibieron muy -bien e la posieron entre sí, y ella les dijo:</p> - -<p>—Señores, Oriana vos ruega, por vuestras bondades e por el amor que -en este socorro le habéis mostrado, que la llevéis a la Ínsola Firme, -que allí quiere estar fasta que sea en el amor de su padre e madre; e -ruégaos, señores, que a tan buen comienzo deis el cabo, mirando su gran -fortuna e fuerza que se le face, e fagáis por ella lo que por las otras -doncellas facer soléis, que no son de tan alta guisa.</p> - -<p>—Mi buena señora —dijo don Cuadragante, <i>uno de los más ilustres -caballeros de la Ínsola</i>— el bueno e muy esforzado de Amadís e todos -los caballeros que en su socorro hemos sido estamos de voluntad de -le servir fasta la muerte, así con nuestras personas como con las de -nuestros parientes e amigos, que mucho pueden e muchos serán, e todos -seremos juntos en su defensa contra su padre e contra el Emperador de -Roma, si a la razón e justicia no se allegaren con ella.</p> - -<p>Todos aquellos caballeros tovieron por bien aquello que don -Cuadragante respondió, e con mucho esfuerzo otorgaron que desta demanda -nunca serían partidos fasta que Oriana en su libertad e señoríos -restituída fuese, siendo cierta y segura de los haber, si ella más -que su padre e madre la vida poseyese. La infanta Mabilia se despidió -dellos y se fué a<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span> -Oriana, e por ella sabida la respuesta y recaudo que de su mensaje le -traía, fué muy consolada, creyendo que la permisión del Justo Juez lo -guiaría de forma que la fin fuese la que ella deseaba.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/i_159.jpg" - style="width: 6em; height: auto;" - alt="Viñeta de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter" id="Cap_I_4_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/i_160.jpg" - style="width: 30em; height: auto;" - alt="Ilustración ornamental" /> - </div> - <p class="fs150 centra ws1 mt2">LIBRO CUARTO</p> - <p class="fs120 centra ws1 mt05">LA GUERRA POR ORIANA</p> - <hr class="tir" /> - <h3 title="Lib. IV, Cap. I: Los tres ejércitos">CAPÍTULO PRIMERO</h3> - <p class="subh3c">LOS TRES EJÉRCITOS</p> -</div> - -<p><i>Según lo había dispuesto Oriana, hicieron rumbo a la Ínsola -Firme, donde al cabo de varios días, sin contratiempo alguno, llegaron. -Desembarcaron a Oriana y sus damas con las muestras de respeto debidas -a su alcurnia y desgracia, e instaláronlas en una magnífica torre -rodeada de una hermosa huerta amurallada, donde nadie podía entrar sin -licencia de la princesa.</i></p> - -<p><i>Reunidos después en consejo los caballeros, acordaron enviar una -embajada al rey Lisuarte para hacerle saber cómo su hija Oriana se -encontraba, sana y salva, en la Ínsola Firme, cuyos caballeros estaban -dispuestos a entregarla a su padre, siempre que éste les prometiera -que la trataría con justicia, no casándola sino con quien fuera su -voluntad.</i></p> - -<p><i>Fué con la embajada don Cuadragante y otro de los principales -caballeros de la Ínsola; pero al mismo<span class="pagenum" -id="Page_161">p. 161</span> tiempo, por si no había lugar a avenencia -con el rey Lisuarte, envió Amadís emisarios a todos los reyes y grandes -señores amigos suyos y que habían sido favorecidos por él, para que -sin tardar le enviaran fuerzas armadas, por si la Ínsola llegaba a ser -atacada.</i></p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_161.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15"><i>Mientras tanto los embajadores de Amadís llegaban -a la capital de la Gran Bretaña, en cuya corte reinaba honda tristeza -desde la partida de Oriana, y, como era de temer, no lograron -restablecer la armonía con Lisuarte, sino que éste les anunció la -guerra más despiadada.</i></p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span><i>Partidos los -de Amadís, el Rey envió embajadores al Emperador de Roma haciéndole -saber lo ocurrido, y cómo se disponía a castigar con todo rigor tamaña -afrenta. El Emperador, lleno de furia, respondió que con todo su -poderío asistiría a la guerra, pues más era suya que no de Lisuarte la -ofensa.</i></p> - -<p><i>De todo iba teniendo noticia Arcalaus el Encantador, que no -había perecido cuando Perión y sus hijos le habían incendiado el -castillo, y no bien lo supo, fué a verse con el rey Arábigo, a quien -ya otra vez había armado contra Lisuarte sin otro resultado para él -que una gran derrota, y lo convenció de que preparara sus huestes para -tenerlas ocultas en una sierra próxima a la Ínsola Firme, y después -de la lucha de las fuerzas de Lisuarte y Amadís unas con otras, caer -sobre vencedores y vencidos, para, de un solo golpe, apoderarse de la -Ínsola Firme y del reino de la Gran Bretaña. De lo mismo trató con el -señor de Sansueña, con el Rey de la Profunda Ínsola y otros enemigos -de Lisuarte, y todos fueron conformes en juntar sus armas con las de -Arcalaus y el rey Arábigo.</i></p> - -<p><i>Llegada la guerra, disponía Amadís de la siguiente gente:</i></p> - -<p>El buen rey Perión trajo, de los suyos e de sus amigos, tres -mil caballeros; el rey Tafinor de Bohemia, <i>además de mandar a -Grasandor, el príncipe heredero</i>, envió con el conde Galtines mill e -quinientos caballeros; Tantiles, mayordomo de la reina Briolanja,<span -class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> trajo mill e docientos -caballeros; Branfil, hermano de don Bruneo, trajo seiscientos -caballeros; Landín, sobrino de don Cuadragante, trajo de Irlanda -seiscientos caballeros; el rey Ladasán de España envió a su hijo don -Brián de Monjaste dos mill caballeros; don Gandales trajo, del rey -Languines de Escocia, padre de Agrajes, mill e quinientos caballeros; -la gente del emperador de Constantinopla, que trajo Gastiles, su -sobrino, fueron ocho mill caballeros. Por cierto podéis creer que en -memoria de hombres no era que gente tan escogida y tanta como aquella -fuese en ninguna sazón junta en ayuda de ningún príncipe, como esta lo -fué.</p> - -<p><i>Entre tanto</i> el rey Lisuarte estaba en el real cerca de -Vindilisora; el Emperador de Roma era llegado al puerto con gran -flota, e toda la gente salía de la mar, e asentaban su real cerca del -rey Lisuarte; y asimesmo era venido Gasquilán, rey de Suesa, y el rey -Cildadán era ya allá pasado. El Emperador quisiera que luego fuera la -partida; mas el Rey, que mejor que él sabía lo que necesario era e con -quién había la cuestión, detúvola fasta el tiempo convenible; que bien -vía que en aquella batalla estaba todo su hecho. Así estovieron en -aquel real bien ocho días, allegando la gente que de cada día venía al -Rey, e fallaron que eran por todos estos que se siguen: el Emperador -trajo diez mil de caballo, el rey Lisuarte seis mil e quinientos, -Gasquilán,<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> rey de -Suesa, ochocientos; el rey Cildadán, docientos.</p> - -<p>Pues todo aderezado, mandó el Emperador a los reyes que el real -moviesen, e la gente fuese detenida en aquella gran vega por donde -habían de caminar; e así se hizo, que puestos todos en sus batallas, -el Emperador fizo de su gente tres faces e rogó al rey Lisuarte que -toviese por bien que él llevase la delantera, e así se fizo; aunque -él más quisiera llevarla a su cargo, porque no tenía en mucho aquella -gente, e había miedo que del desconcierto dellos les podría venir algún -gran revés; pero otorgólo por le dar aquella honra.</p> - -<p>El rey Lisuarte fizo de sus gentes dos haces; fecho esto, movieron -por el campo tras el fardaje, que iba a asentar real con los -aposentadores. ¿Quién os podría decir los caballos y armas tan ricas -e tan lucidas e de tantas maneras como allí iban? Por cierto muy gran -trabajo sería en lo contar.</p> - -<p>Dice la historia que el rey Perión, como fuese un caballero muy -cuerdo y de gran esfuerzo, tenía siempre personas en tales partes de -quien supiese lo que sus enemigos hacían, de los cuales luego fué -avisado cómo la gente venía ya contra ellos, y en qué ordenanza. -Pues sabido esto, luego otro día de mañana se levantó e mandó llamar -todos los capitanes e caballeros de gran linaje, e díjogelo, e como -su parecer era que el real se levantase, e la gente junta en aquellos -prados, se ficiese repartimiento<span class="pagenum" id="Page_165">p. -165</span> de las haces, porque todos sopiesen a qué capitán e seña -habían de acudir; e que hecho esto, moviesen contra sus enemigos con -gran esfuerzo e mucha esperanza de los vencer con la justa demanda que -llevaban. Todos lo tovieron por bien, e con mucha afición le rogaron -que así por su dignidad real e gran esfuerzo e discreción tomase a su -cargo de los regir e gobernar en aquella jornada, e que todos le serían -obedientes.</p> - -<p>Pues mandándolo poner en obra, concertadas las haces, movieron todos -en sus ordenanzas por aquel campo, tocando muchas trompetas e otros -muchos instrumentos de guerra; Oriana e las reinas, e las infantas e -dueñas e doncellas estábanlos mirando, e rogaban a Dios de corazón les -ayudase, e si su voluntad fuese los pusiese en paz.</p> - -<p>Arcalaus el Encantador, así como supo que las gentes eran venidas -al rey Lisuarte e Amadís, envió con mucha priesa a un caballero -su pariente, e mandóle que no holgase día ni noche hasta lo hacer -saber a todos los reyes e caballeros <i>que tenían concertado con -él atacar a Lisuarte y Amadís</i>, e les diese mucha priesa en su -venida; y él quedó en sus castillos, llamando a sus amigos e llegando -la más gente que podía. <i>El rey Arábigo y los otros</i> luego sin -más tardar fueron todos juntos e serían por todos hasta doce mil -caballeros; e concertaron toda su flota, que fué asaz grande y de -buena gente. E con mucho placer e tiempo enderezado fueron por<span -class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> su mar adelante, e a los -ocho días aportaron en la Gran Bretaña a la parte donde Arcalaus tenía -un castillo muy fuerte, puerto de mar. Arcalaus tenía ya consigo -seiscientos caballeros muy buenos.</p> - -<p>Cuando aquella flota allí aportó no vos podría decir el gran -placer que los unos con los otros hobieron; e sabido por las espías -de Arcalaus cómo ya las gentes del rey Lisuarte y de Amadís iban unas -contra otras y el camino que llevaban, luego a ellos movieron con toda -su compaña por una traviesa con las mayores guardas que poner pudieron, -con acuerdo de se poner en tal parte donde estoviesen seguros, e -saliesen cuando fuese sazón a dar en sus enemigos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_2"> - <h3 title="Lib. IV, Cap. II: El primer día de lucha">CAPÍTULO SEGUNDO</h3> - <p class="subh3c">EL PRIMER DÍA DE LUCHA</p> -</div> - -<p><i>Avanzaron los ejércitos del Emperador y del rey Lisuarte hacia la -Ínsola Firme, hasta que supieron por sus espías que venían contra ellos -las fuerzas del rey Perión, y ambas huestes se detuvieron una frente a -otra</i>, que no había en medio más espacio de media legua de un campo -grande e llano.</p> - -<p>Así estando estas huestes como oís, llegó Gandalín, escudero de -Amadís, e tomóle por aquel campo, donde ninguno oír les pudiese, e -díjole:</p> - -<p>—Señor, <i>os suplico que antes de comenzar la batalla<span -class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> me hagáis merced de darme -la orden de caballería</i>.</p> - -<p><i>Por nada del mundo querría Amadís separarse de su escudero, así -que</i> cuando esto le oyó fué tan turbado, que por una pieza no pudo -hablar, e díjole:</p> - -<p>—¡Oh mi verdadero amigo y hermano, que tan grave es a mí complir lo -que pides! Por cierto no en menos grado lo siento que si mi corazón -de mis carnes se apartase; e si con algún camino de razón apartar -lo podiese, con todas mis fuerzas lo haría; mas tu petición veo ser -tan justa, que en ninguna guisa se puede negar; e siguiendo más la -obligación en que te soy que la voluntad de mi querer, yo me determino -que así como lo pides se faga.</p> - -<p>Gandalín hincó los hinojos por le besar las manos; mas Amadís lo -alzó e lo tovo abrazado, veniéndole las lágrimas a los ojos con el -mucho amor que le tenía, que ya tenía en sí figurada la gran soledad e -tristeza en que se vería no le teniendo consigo, e díjole:</p> - -<p>—Bien será que veles armado en la capilla de la tienda del Rey -mi padre, e otro día cabalga en tu caballo así armado, e cuando -quisiéremos romper contra nuestros enemigos, el Rey te hará caballero; -que ya sabes que en todo el mundo no se podría fallar mejor hombre, ni -de quien más honra recibas en este auto.</p> - -<p>Gandalín le dijo:</p> - -<p>—Señor, todo cuanto decís es verdad, e a duro<span class="pagenum" -id="Page_168">p. 168</span> hallaría hombre otro tal caballero como el -Rey; pero yo no seré caballero sino de vuestra mano.</p> - -<p>—Pues que así quieres —dijo Amadís— así sea, e faz lo que te -digo.</p> - -<p>A cabo de tres días que los reales se asentaron, el emperador Patín -se aquejaba mucho porque la batalla se diese; Amadís e Agrajes e don -Cuadragante e todos los otros caballeros asimesmo aquejaban mucho al -rey Perión que la batalla se diese e que Dios fuese juez de la verdad. -Pues el Rey no lo quería menos que todos, mas habíalo detenido hasta -que las cosas estoviesen en disposición cual convenía, e luego mandaron -apregonar que todos al alba del día oyesen misa e se armasen, e cada -gente acudiese a su capitán, porque la batalla se daría luego, e -asimesmo se fizo por los contrarios, que luego lo supieron.</p> - -<p>Pues venida el alba, las trompetas sonaron, e tan claros se oían los -unos a los otros como si juntos estoviesen. La gente se comenzó a armar -e a ensillar sus caballos e por las tiendas a oír misas e cabalgar -todos e se ir para sus señas.</p> - -<p>Pues a esta hora llegó Gandalín armado de armas blancas, como -convenía a caballero novel, e se fué donde su señor Amadís estaba. -Cuando Amadís le vió así venir salió de la batalla a él, e tomóle -consigo, e fuése donde el rey Perión, su padre, estaba, e por el camino -<i>le fué aconsejando como debía conducirse en aquel primer combate -en que iba a tomar<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span> -parte</i>. Así llegaron donde el rey Perión estaba, e Amadís le -dijo:</p> - -<p>—Señor, Gandalín quiere ser caballero, e mucho me pluguiera que lo -fuera de vuestra mano; pero pues a él place de lo ser de la mía, vengo -a os suplicar que de vuestra mano haya la espada, porque cuando le -fuere menester haya memoria desta grande honra que recibe y de quién -gela da.</p> - -<p>Entonces Amadís tomó una espada que le traía Durín, hermano de -la doncella de Denamarca, a quien había mandado que le aguardase, e -dióla al Rey, y él hizo caballero a Gandalín, besándole e poniéndole -la espuela diestra, y el Rey le ciñió la espada, e así se cumplió su -caballería por la mano de los dos mejores caballeros que nunca armas -trajeron.</p> - -<p>Yendo las batallas, no andovieron mucho que vieron a sus enemigos -contra ellos venir, e cuando fueron cerca los unos de los otros, -Amadís conoció que la seña del emperador de Roma traía la delantera, e -hobo muy gran placer porque con aquellos fuesen los primeros golpes, -que como quiera que al rey Lisuarte desamase, siempre tenía en la -memoria haber sido en su corte, y de las grandes honras que dél había -rescebido; e sobre todo, lo que más temía e dubdaba, ser padre de su -señora, a quien él tanto temor tenía de dar enojo; y en su corazón -llevaba puesto, si hacerlo pudiese sin mucho peligro suyo, de se -apartar de donde el rey Lisuarte andoviese.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span><i>Rompieron -después las batallas unas contra otras, al son de las trompetas y -añafiles</i> y cuando se juntaron, el ruido e las voces fué tan grande -que se no oían unos a otros, e allí veríades caballos sin señores, -e los caballeros, dellos muertos y dellos feridos, e pasaban sobre -ellos los que podían. Amadís tomó consigo a Gandalín, e con gran saña, -viendo que los romanos tan bien se defendían, entró lo más recio que -pudo por el un costado de la haz, e aquellos que le seguían, e dió tan -grandes golpes del espada, que no había hombre que lo viese que mucho -no fuese espantado; e mucho más lo fueron aquellos que le esperaban, -que tan gran miedo les puso, que ninguno le osaba atender, antes se -metían entre los otros, como hace el ganado cuando de los lobos son -acometidos. Don Cuadragante e los otros caballeros que por la otra -parte se combatían apretaron tanto los contrarios, que si no fuera -porque llegó la segunda haz en su socorro, todos fueran destrozados e -vencidos; mas como éste llegó, todos fueron reparados e cobraron gran -esfuerzo, e por su llegada cayeron a tierra de los caballos más de mill -de los unos e de los otros.</p> - -<p>El Emperador llegó en su gran caballo e como era grande de cuerpo, y -venía delante de los suyos, paresció tan bien a todos los que lo veían, -que era maravilla, y metió mano a la espada e comenzó a decir a grandes -voces:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—Roma, Roma; a -ellos, mis caballeros; no vos escape ninguno.</p> - -<p>E luego se metió por la priesa, dando muy grandes e fuertes golpes a -todos los que delante sí hallaba, a guisa de buen caballero.</p> - -<p><i>Mas con todo, eran tales</i> las cosas extrañas que <i>Amadís</i> -facía e los caballeros que dejaba por el suelo por do quiera que iba, -<i>que el romano</i> fué tan espantado, que no podía creer que fuese -sino algún diablo que allí era venido para los destruír, y a grandes -voces decía:</p> - -<p>—A éste, a éste herid y matad; que éste es el que nos destruye sin -ninguna piedad.</p> - -<p><i>Merced a las hazañas de Amadís y sus compañeros, los -romanos, aunque eran tantos, acabaron por llevar la peor parte, e -iban de vencida cuando, al ponerse el sol, fueron separados los -contendientes.</i></p> - -<p>Aquella noche pasaron con grandes guardas e curaron de los feridos, -e los otros descansaron del gran trabajo que habían pasado. Venida la -mañana, <i>como había sido concertada tregua de un día</i>, fueron -muchos a buscar a sus parientes, e otros a sus señores. E allí viérades -los llantos tan grandes de ambas las partes, que de oírlo pone gran -dolor, cuanto más de lo ver. Todos los vivos llevaron al real del -Emperador, e los muertos fueron soterrados, de manera que el campo -quedó desembargado. Así pasaron aquel día enderezando sus armas e -curando de sus caballos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span></p> - <h3 title="Lib. IV, Cap. III: El fin de la batalla">CAPÍTULO TERCERO</h3> - <p class="subh3c">EL FIN DE LA BATALLA</p> -</div> - -<p><i>No menos brava que la del primer día fué la lucha que se armó, -acabada la tregua. Los guerreros de ambos bandos se acometieron con -tanta furia que</i> todos fueron mezclados unos con otros, de manera -que no podían haber concierto ni aguardar ninguno a su capitán. Mas -andaban tan envueltos e tan juntos, que se no podían herir ni aun con -las espadas; e trabábanse a brazos, y derribábanse de los caballos, e -más eran los que murieron de los pies dellos que de las feridas que -se daban. El estruendo y el roido era tan grande, así de las voces -como del reteñir de las armas, que todos aquellos valles de la montaña -facían reteñir, que no parescían sino que todo el mundo era allí -asonado; e por cierto así lo podéis creer, que no el mundo, mas todo lo -más de la cristiandad e la flor della estaba allí, donde tanto daño en -ella se recibió aquel día que por muchos y largos tiempos no se pudo -reparar.</p> - -<p>Pues estando la cosa en tan gran revuelta y peligro, sobrevino de -la parte del rey Lisuarte el Emperador con más de tres mil caballeros, -<i>y cargó sobre el rey Perión, que muy a punto estuvo de perderse</i>. -Así estando en esta priesa como oídes, llegó aquel muy esforzado -caballero Amadís, que traía en su mano la su buena espada tinta de -sangre hasta el<span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span> puño, -y como vió tanta gente sobre su padre, y sobre los suyos vió estar al -Emperador delante combatiéndose, como cosa que ya por vencida tenía, -puso las espuelas a su caballo, y metióse tan recio y tan denodado por -la gente, que fué maravilla de lo ver.</p> - -<p>Amadís, como llevaba los ojos puestos en el Emperador, e más en -el corazón de lo matar si podiese, metióse con muy gran rabia por le -ferir; e como quiera que de todas partes grandes golpes le diesen -por gelo defender, nunca tanto pudieron facer los contrarios, que le -estorbasen de se juntar con él; e como a él llegó, alzó la espada -e hirióle de toda su fuerza, e dióle tan gran golpe por encima del -yelmo, que le desapoderó de toda su fuerza, y le hizo caer el espada -de la mano; e como Amadís vió que iba a caer del caballo, dióle muy -prestamente otro golpe por cima del hombro, que le cortó todas las -armas e la carne fasta el hueso, de manera que todo aquel cuarto con el -brazo le quedó colgado, e cayó del caballo tal, que dende a poco fué -muerto.</p> - -<p><i>Flaquearon entonces los romanos, hasta el punto de que sólo -las fuerzas del rey Lisuarte sostenían en realidad la lucha con sus -enemigos.</i> Estando la batalla en tal estado como oís, Amadís vió -cómo la parte del rey Lisuarte iba perdida sin ningún remedio, y -que si la cosa pasase más adelante, que no sería en su mano de lo -poder salvar, ni aquellos grandes amigos suyos que con él estaban; y -sobre<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> todo, le vino a -la memoria ser éste padre de su señora Oriana, aquella que sobre todas -las cosas del mundo amaba e temía, e las grandes honras que él e su -linaje los tiempos pasados habían dél recebido, las cuales se debían -anteponer a los enojos, y que toda cosa que en tal caso se ficiese -sería gran gloria para él, contándose más a sobrada virtud que a poco -esfuerzo. E vió que muchos de los romanos llevaban a su señor faciendo -gran duelo y que la gente se esparcía. Y porque venía la noche, acordó -de probar si podría servir a su señora en cosa tan señalada; y fuése -cuanto pudo por entre ambas las batallas, a gran afán, porque la gente -era mucha e la priesa grande; que los de su parte, como conoscían la -ventaja, apretaban a sus enemigos con gran esfuerzo, y en los otros -ya cuasi no había defensa, sino por el rey Lisuarte y el rey Cildadán -e los otros señalados caballeros; y llegó al rey Perión, su padre, e -díjole:</p> - -<p>—Señor, la noche viene; que a poca de hora no nos podríamos conocer -unos a otros, e si más durase la contienda sería gran peligro, según -la muchedumbre de la gente, que así podríamos matar a los amigos como -a los enemigos y ellos a nosotros; paréceme que sería bien apartar la -gente; que, según el daño que nuestros enemigos han recebido, bien creo -que mañana no nos osarán atender.</p> - -<p>El Rey, que gran pesar en su corazón tenía en ver morir tanta gente -sin culpa ninguna, díjole:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>—Hijo, fágase como -te parece, así por eso que dices como porque más gente no muera; que -aquel Señor que todas las cosas sabe, bien ve que esto más se deja por -su servicio que por otra ninguna causa; que en nuestra mano está toda -su destruición, según son vencidos.</p> - -<p>Entonces el rey Perión e don Cuadragante por una parte, e Amadís e -Galtines por la otra, comenzaron a apartar la gente, e hiciéronlo con -poca premia, que ya la noche los partía. El rey Lisuarte, que estaba -en esperanza ninguna de poder cobrar lo perdido y determinado de morir -antes que ser vencido, cuando vió que aquellos caballeros apartaban -la gente mucho fué maravillado, e bien creyó que no sin algún gran -misterio aquello se facía, y estovo quedo hasta ver qué dello podría -redundar. E como el rey Cildadán vió lo que los contrarios hacían, dijo -al Rey:</p> - -<p>—Paréceme que aquella gente no os seguirá, e honra nos facen; y -pues que así es, recojamos la nuestra, e vamos a descansar, que tiempo -es.</p> - -<p>Así se partió esta batalla como oídes; e las gentes apartadas e -tornadas a sus reales, pusieron treguas por dos días, porque los -muertos eran muchos, e acordóse que seguramente cada una de las partes -pudiese llevar los suyos. El trabajo que pasaron en los soterrar e los -llantos que por ellos ficieron, será excusado decirlo.</p> - -<p><i>El rey Lisuarte, después de rendidos los debidos<span -class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span> honores al cadáver del -Emperador, estaba sumido en las más hondas vacilaciones, que bien -advertía que con las fuerzas que le restaban no podría sostener una -tercera batalla sin ser vencido en ella.</i></p> - -<p><i>Con todo, porque no sufriera su honra, juntó a sus aliados y -les manifestó que estaba dispuesto a morir en la pelea, pero nunca a -solicitar paces. Todos le aseguraron que querían correr su misma suerte -y se prepararon para continuar la guerra cuando fueran las treguas -pasadas.</i></p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_4"> - <h3 title="Lib. IV, Cap. IV: Las gestiones de paz">CAPÍTULO CUARTO</h3> - <p class="subh3c">LAS GESTIONES DE PAZ</p> -</div> - -<p><i>Entre tanto, un anciano ermitaño que moraba en aquella comarca, -llamado Nasciano, y que gozaba de gran fama y prestigio entre todos -los contendientes por su santidad y virtudes, tenía gran pesar en su -corazón de que así se destrozara la flor de la caballería de tantos -reinos, y como sabía el secreto de los amores de Oriana y Amadís, que -muchas veces se había confesado con él la Princesa, se encaminó a la -Ínsola Firme para rogar a Oriana que le permitiera revelar al rey -Lisuarte lo que mediaba entre ella y Amadís, confiando en que sólo con -aquello quedaría ya la guerra acabada.</i></p> - -<p><i>Habló con Oriana al tiempo que los caballeros luchaban con -mayor furia, y la Princesa, acongojadísima,<span class="pagenum" -id="Page_177">p. 177</span> no sólo le permitió que comunicara a su -padre aquel secreto, sino que le suplicó que hiciera cuanto le fuera -posible para que cesara tan espantosa guerra, en la que, venciera quien -venciera, Amadís a Lisuarte o Lisuarte a Amadís, siempre había de salir -destrozado el corazón de la Princesa.</i></p> - -<p><i>Durante las treguas, consiguió el santo ermitaño llegar a la -tienda de Lisuarte. Habló a solas con el Rey, refirióle los amores de -Oriana, y en nombre de Dios le suplicó, postrándose a sus pies, que -diera fin a la tremenda lucha con unas alegres bodas.</i></p> - -<p><i>El Rey estuvo largo rato meditando, y aparte de la seguridad -de ser vencido en la guerra, dada la escasez de las fuerzas que le -quedaban, pensó que, muerto el Emperador, con nadie podría casar a -Oriana mejor que con Amadís, cuyo altísimo valer nadie tanto como él -conocía, y así le respondió al ermitaño que, siempre que su honra -quedara a salvo, estaba muy dispuesto a concertar paces y a que se -celebrara aquel enlace.</i></p> - -<p><i>Muy contento, trasladóse entonces el santo hombre al campo de -Amadís, habló en secreto con éste y encontró que también él estaba -deseoso de terminar la guerra por no verse en el caso de derrotar al -padre de su señora. Oído esto, refirióle el ermitaño cómo, por mandado -de la Princesa, había revelado al rey Lisuarte los amores de ésta con -Amadís y cómo el Rey se manifestaba conforme con el matrimonio.</i></p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span>Amadís, cuando esto -oyó, el corazón y las carnes le temblaban con la gran alegría que hobo, -e dijo al ermitaño:</p> - -<p>—.Mi buen señor, si el rey Lisuarte dese propósito está y por su -hijo me quiere, yo lo tomaré por señor e padre para le servir en todo -lo que su honra sea.</p> - -<p><i>El ermitaño y Amadís comunicaron al rey Perión todo cuanto -ocurría, quien, no menos inclinado a la paz, de acuerdo con sus -principales aliados nombró dos representantes suyos, que, con los del -rey Lisuarte, discutieran y acordaran las condiciones del término de la -guerra, y antes de otra cosa, una y otra parte dispusieron levantar los -reales y que se retirara una jornada atrás cada uno de los ejércitos, -yendo a la Ínsola Firme los de Amadís, y a la villa de Luvaina los -de Lisuarte. De este modo</i>, la mañana venida, las trompas fueron -sonadas por los reales, e alzadas las tiendas; y con mucho placer de -los unos y de los otros movieron los reales, cada uno donde debía -ir.</p> - -<p>Ya vos habemos contado cómo el rey Arábigo e Barsinan, señor de -Sansueña, e Arcalaus el Encantador e sus compañas estaban metidos en -lo más bravo y más fuerte de la montaña, aguardando el aviso de las -escuchas que continuamente muy secreto sobre los reales tenían; las -cuales vieron muy bien las batallas pasadas, <i>y dieron cuenta de -ellas al rey Arábigo, cuyo</i> pensamiento fué de esperar a lo<span -class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> postrimero; que bien -cuidaba que al cabo la una parte había de ser vencida, e mucho placer -tomaba consigo porque de la primera no se mostraba el vencimiento, que -durando la porfía, más se acrecentaba el daño; que a la fin quedarían -tales, que con poco trabajo y menos peligro despacharía a los que -quedasen, e quedaría señor de toda la tierra sin haber en ella quien -gelo contradijese.</p> - -<p>Pues así estando, con mucho placer e alegría, vinieron las escuchas, -e dijéronle cómo las gentes habían alzado los reales, e armados se -volvían por los caminos que habían allí venido, que no podían pensar -qué cosa fuese. Oído esto por el rey Arábigo, luego pensó que sobre -alguna avenencia se podrían partir. Acordó de antes acometer al rey -Lisuarte que a Amadís; pero dijo que no sería bien acometerlos fasta -la noche, porque los tomarían más descuidados e a su salvo, e mandó -<i>espías que acechasen sus pasos</i>.</p> - -<p>El rey Lisuarte, que iba por su camino, fué avisado de algunos de la -comarca cómo habían visto gente de caballo ir encobiertos por encima de -los cerros de aquella sierra. El Rey pensó que no se podría partir de -aquella gente, si a su parte acostasen, sin gran batalla, la cual por -entonces temía, por ver su gente tan maltrecha de las batallas pasadas, -y no facía sino andar su camino con harta priesa, porque la afruenta, -si viniese, le tomase cerca de aquella su villa <i>de Luvaina</i>, que -facía cuenta que,<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> -aunque bien cercada no estoviese, que mejor en ella que en el campo -se podría reparar; así que, en poca de hora se alejó gran pieza de la -montaña.</p> - -<p><i>Avisadas por sus espías las fuerzas del rey Arábigo iban tras él -esperando la ocasión conveniente para el ataque.</i></p> - -<p><i>Ocurrió entonces que el santo ermitaño tuvo que enviar con un -recado para Lisuarte a dos donceles de Amadís, los cuales, llegados -al real, encontraron que ya eran las fuerzas partidas para Luvaina. -Siguieron sus huellas, y de allí a poco vieron cómo bajaban de la -montaña y seguían al rey Lisuarte los temibles ejércitos del rey -Arábigo.</i></p> - -<p><i>Volvieron riendas y, galopando toda la noche, llegaron al alba -a la tienda de Amadís, a quien despertaron haciéndole saber lo que -ocurría. Este acordó con su padre ir con todas sus fuerzas en socorro -del Rey de la Gran Bretaña; pero por ganar tiempo, Amadís partió -delante llevando</i> consigo a don Cuadragante, e a don Florestán, su -hermano, e Angriote de Estravaus e Gandalín y cuatro mil caballeros, -e al maestro Elisabat, que así en esta jornada como en las batallas -pasadas hizo cosas maravillosas de su oficio, dando la vida a muchos de -los que haber no la podieran sino por Dios y por él. Con esta compaña -tomó el camino, y el Rey su padre e todos los otros en sus batallas -ordenadas tras él.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span></p> - <h3 title="Lib. IV, Cap. V: La derrota de Arcalaus">CAPÍTULO QUINTO</h3> - <p class="subh3c">LA DERROTA DE ARCALAUS</p> -</div> - -<p><i>Siempre seguidos por las huestes del rey Arábigo, Lisuarte y los -suyos anduvieron todo el día y toda la noche y al rayar el alba estaban -ante los muros de Luvaina. El rey de la Gran Bretaña quería meterse en -la ciudad, sin dar batalla, para reparar allí algún tanto sus armas, -que todos las traían hechas pedazos, y dar descanso a hombres y a -caballos, que ya no podían consigo de fatiga.</i></p> - -<p><i>Mas los de Arcalaus los acometieron fieramente, antes de que -pudieran ganar las puertas de la villa, y trabóse una muy dura -batalla en la que las fuerzas de Lisuarte, peleando a la desesperada, -se batieron con mucho mayor brío del que de su cansancio se podría -esperar. Con todo, tales eran los ímpetus del contrario, que el propio -rey de la Gran Bretaña, a quien le mataron el caballo y cayó en medio -de los enemigos, habría sido muerto o hecho prisionero si no hubieran -acudido temeraria y heroicamente a cubrir su cuerpo los mejores de -sus caballeros. De este modo, al cabo de muchas horas de pelea y con -grandes pérdidas, logró Lisuarte hacer entrar el resto de su gente -por la puerta de Luvaina, siendo el propio Rey uno de los últimos que -consintió en acogerse a tal defensa.</i></p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span><i>Los muros de la -villa eran bajos y débiles y no podían oponer larga resistencia. Sin -embargo, el Rey, una vez dentro, después de haber hecho que comieran -sus fatigadas tropas de lo que los de la villa pudieron darles, las -repartió por las murallas, guarneciendo especialmente los puntos más -flacos, a lo que también acudió cuanta gente útil en la villa habitaba. -Pero como ya era pasada la mayor parte del día, los del rey Arábigo -acordaron cercar por aquella noche los muros de Luvaina, aplazando para -la mañana siguiente el asaltarlos.</i></p> - -<p><i>Por mucho que se apresuró Amadís con los que le acompañaban, no -pudo evitar, con gran desesperación suya, que la noche les sorprendiera -lejos aún de Luvaina. Moderaron el paso y los fuegos del real del rey -Arábigo, que descubrieron desde lejos, sirviéronles para no errar -camino, tanto que descubrieron ante sí la villa como a una legua de -distancia, cuando comenzaba a romper el alba.</i> Pues el día venido, -el rey Arábigo y todos aquellos caballeros se aparejaron para el -combate con muy gran esfuerzo e placer; e como armados fueron, llegaron -todos al muro e a los portillos de la cerca; mas el rey Lisuarte con -los suyos se los defendía muy bravamente; mas al cabo, como la gente -era mucha y esforzada con la próspera fortuna, e los del Rey pocos, -y los más dellos heridos y desmayados, non podieron tanto resistir -ni defender que los contrarios no los entrasen por fuerza con muy -grande<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> alarido; así -que el ruido era muy grande por las calles, por las cuales el Rey e -los suyos se defendían reciamente, y desde las ventanas les ayudaban -las mujeres e mozos, e otros que no eran para más afruenta de aquella. -La revuelta de las cuchilladas e lanzadas y pedradas era tan grande y -el sonido de las voces, que no había persona que lo viese que mucho no -fuese espantada.</p> - -<p><i>Los de Lisuarte se defendían con la mayor bravura</i>, mas todo -no valía nada: que tanta gente cargaba por todas partes sobre ellos y -les tomaban las espaldas, que si Dios por su misericordia no socorriera -con la venida de Amadís, no tardaran media hora de ser todos muertos -y presos, según las feridas tenían e las armas todas fechas pedazos; -mas a esta hora llegó Amadís e sus compañeros con aquella gente que ya -oístes; que después que el día vino aguijó cuanto pudo, porque ante -que se apercibiesen los podiesen tomar. E como llegó a la villa e vió -la gente dentro, e otros algunos que andaban de fuera, dió luego e -tornó al derredor, e firieron e mataron cuantos pudieron alcanzar, y -él por una puerta e don Cuadragante por la otra entraron con la gente, -diciendo a grandes voces:</p> - -<p>—Gaula, Gaula; Irlanda, Irlanda.</p> - -<p>E como fallaban las gentes desmandadas e sin recelo, mataron muchos, -e otros se les encerraron en las casas.</p> - -<p>Los delanteros que peleaban oyeron las voces y el<span -class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> gran roido que con los -suyos andaban, e los apellidos; luego pensaron que el rey Lisuarte -era socorrido, e desmayaron mucho, que no sabían qué facer, si pelear -con los que tenían delante o ir socorrer los otros. El rey Lisuarte, -como aquello oyó, e vió que sus contrarios aflojaban, cobró razón -e comenzó a esforzar los suyos, e dieron en ellos tan bravamente, -que los llevaron hasta dar en los que venían huyendo de Amadís e de -los suyos, así que no tovieron otro medio sino poner espaldas con -espaldas y defenderse. El rey Arábigo e Arcalaus, como vieron la cosa -perdida, metiéronse en una casa; que no tovieron esfuerzo para morir -en la calle, mas luego fueron tomados y presos. Amadís daba tan duros -golpes, que ya no hallaba quien lo esperase, <i>y cuando vió que ya -estaban deshechos los enemigos, pues tampoco don Cuadragante se había -descuidado en su negocio</i>, dijo a Gandalín:</p> - -<p>—Ve, di a don Cuadragante que yo me salgo de la villa, y que -pues esto es despachado, que será bien que nos vamos sin ver al rey -Lisuarte.</p> - -<p>E luego fué por la calle hasta que llegó a la puerta de la villa -por donde había entrado, e fizo cabalgar la gente que con él iba, e él -cabalgó en su caballo. El rey Lisuarte, como tan presto vió el socorro -de su vida e sus enemigos muertos e destrozados, estaba de tal manera -que no sabía qué decir, e llamó a don Guilán, que cabe sí tenía, e -díjole:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>—Don Guilán, ¿qué -será esto, o quién son éstos que tanto bien han hecho?</p> - -<p>—Señor —dijo él—, ¿quién puede ser sino quien suele? No es otro sino -Amadís de Gaula, que bien oístes cómo nombraban su apellido, e bien -será, Señor, que le deis las gracias que merece.</p> - -<p>Entonces el Rey dijo:</p> - -<p>—Pues id vos adelante, e si él fuere, deteneldo, que por vos bien lo -hará, e yo luego seré con vos.</p> - -<p>Estonces fué por la calle, e cuando don Guilán llegó a la puerta -de la villa, luego supo que era Amadís, e ya había cabalgado e se iba -con su gente, que no quiso esperar a don Cuadragante porque lo no -detoviese, e don Guilán le dió voces que tornase, que estaba allí el -Rey.</p> - -<p>Amadís, como lo oyó, hobo gran empacho, que conoció muy bien aquel -que lo llamaba, a quien él preciaba mucho e lo amaba; e vió al Rey -cabe él estar, e volvió, e cuando fué más cerca miró al Rey, e tenía -todas las armas despedazadas y llenas de sangre de sus feridas, e hobo -gran piedad de así lo ver; que aunque su discordia tan crecida fuese, -siempre tenía en la memoria ser éste el más cuerdo, más honrado e más -esforzado Rey que en el mundo hobiese: e como fué más cerca descabalgó -del caballo, e fué para él, e fincó los hinojos e quísole besar las -manos, mas él no las quiso dar, antes lo abrazó con muy buen talante e -lo alzó suso, <i>lo</i> tomó por la mano e díjole:</p> - -<p>—Señor, bien será, si a vos ploguiere, que demos<span -class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span> orden de descansar e -folgar, que bien nos hace menester. Amadís le dijo:</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/i_186.jpg" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">—Señor, sea la vuestra merced de nos dar licencia -porque nos podamos con tiempo tornar yo y estos caballeros al rey -Perión, mi señor, que con toda la otra gente viene.</p> - -<p>—Por cierto esa licencia no vos daré yo; que aunque en virtud ni -esfuerzo ninguno os pueda vencer, en esto quiero que seáis de mí -vencido, y que aquí esperemos al Rey vuestro padre; que no es razón -que tan brevemente nos partamos sobre cosa tan señalada como agora -pasó.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>—Así se haga como -lo mandáis —dijo Amadís.</p> - -<p>Entonces mandaron a la gente que descabalgasen e pusiesen los -caballos por aquel campo, e buscasen algo de comer.</p> - -<p><i>Poco después</i> vieron venir las batallas de la gente que el -rey Perión traía, que venían a más andar. El rey Lisuarte demandó un -caballo e dijo al rey Cildadán que tomase otro y que irían a rescebir -al rey Perión.</p> - -<p>Amadís le dijo:</p> - -<p>—Señor, por mejor habría, si por bien lo tovierdes, que descanséis -y curen de vuestras feridas, que el Rey mi señor no dejará de venir su -camino hasta vos ver.</p> - -<p>El Rey le dijo que en todo caso quería ir. Entonces cabalgó en un -caballo, y el rey Cildadán e Amadís en los suyos, e fueron contra -donde el rey Perión venía. Amadís mandó a Durín que pasase adelante -dellos e hiciese saber a su padre la ida del rey Lisuarte. Así fueron, -como oídes, e muchos de aquellos caballeros con ellos, e Durín andovo -más y llegó al Rey e díjole el mandado de Amadís; y él tomó consigo a -<i>varios caballeros</i> e llegó al rey Lisuarte, e como se vieron, -salieron entrambos adelante el uno al otro, e abrazáronse con buen -talante, e cuando el rey Perión le vió así llagado e mal parado, e las -armas despedazadas, díjole:</p> - -<p>—Paréceme, buen señor, que no partistes del real tan mal trecho -como agora vos veo, aunque allá vuestras<span class="pagenum" -id="Page_188">p. 188</span> armas no estovieron en las fundas, ni -vuestra persona a la sombra de las tiendas.</p> - -<p>—Mi señor —dijo el rey Lisuarte—, así tove por bien que me viésedes, -porque sepáis qué tal estaba a la hora que Amadís y estos caballeros me -socorrieron.</p> - -<p>Entonces le contó todo lo más de la gran afruenta en que había -estado. El rey Perión hobo muy gran placer en saber lo que sus fijos -habían fecho con la buena ventura e honra tan grande que dello se les -seguía, e dijo:</p> - -<p>—Muchas gracias doy a Dios porque así se paró el pleito, e porque -vos, mi señor, seáis servido e ayudado de mis fijos y de mi linaje; -que, ciertamente, como quiera que las cosas hayan pasado entre -nosotros, siempre fué y es mi deseo que os acaten e obedezcan como a -señor e a padre.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_I_4_6"> - <h3 title="Lib. IV, Cap. VI: Las bodas">CAPÍTULO SEXTO</h3> - <p class="subh3c">LAS BODAS</p> -</div> - -<p><i>En cuanto Lisuarte sanó de las heridas en aquella ocasión -recibidas, reuniéronse en la Ínsola Firme las familias de todos -aquellos reyes, con gran cortejo de damas y caballeros, para celebrar -no sólo las bodas de Oriana y Amadís, sino las de don Galaor con la -hermosa reina de Sobradisa, Briolanja; las del nuevo emperador de -Roma con Leonoreta, hija segunda del rey Lisuarte; las de Agrajes, -Melicia,<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> Mabilia, y -en general de gran número de caballeros y doncellas de los que habían -vivido en torno a Oriana y Amadís, entre los cuales había repartido -éste, poco antes de aquel día, los grandes estados ganados en la última -guerra, sin reservar otra cosa para sí que el señorío de la Ínsola -Firme, que, como bien sabemos, de antes poseía. También Urganda la -Desconocida habíase presentado inopinadamente, en una sierpe de fuego, -para ser testigo de las bodas de su caballero favorito.</i></p> - -<p>Venido el día señalado, todos los novios se juntaron en la posada -de Amadís, y se vistieron de tan ricos y preciados paños como su gran -estado en tal auto demandaba, e asimesmo lo ficieron las novias; e -los reyes e grandes señores los tomaron consigo, e cabalgando en -sus palafrenes, muy ricamente guarnidos, se fueron a la huerta, -donde fallaron las reinas e novias asimesmo en sus palafrenes; pues -así salieron todos juntos a la iglesia, donde por el santo hombre -Nasciano la misa aparejada estaba. Pasado el auto de los matrimonios e -casamientos con las solemnidades que la santa Iglesia manda, Amadís se -llegó al rey Lisuarte e díjole:</p> - -<p>—Señor, quiero demandaros un don que os no será grave de lo dar.</p> - -<p>—Yo lo otorgo —dijo el Rey.</p> - -<p>—Pues, señor, mandad a Oriana que antes que sea hora de comer pruebe -el Arco encantado de los Leales Amadores, e la Cámara Defendida, que -hasta<span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span> aquí, con su -gran tristeza, nunca con ella acabar se pudo, por mucho que ha sido por -nosotros suplicada y rogada; que yo fío tanto en su lealtad y en su -gran beldad, que allí donde ha más de cien años que nunca mujer, por -extremada que de las otras fuese, pudo entrar, entrará ella sin ningún -detenimiento; porque yo vi a Grimanesa en tanta perfición como si viva -fuese, donde está hecha por gran arte con su marido Apolidón; e su gran -fermosura no iguala con la de Oriana; e en aquella cámara tan defendida -a todas se hará fiesta de nuestras bodas.</p> - -<p>Y el Rey le dijo:</p> - -<p>—Buen hijo señor: liviano es a mí complir lo que pedís, mas he -recelo que con ello pongamos alguna turbación en esta fiesta, porque -muchas veces contece, e todas las más, la grande afición de la voluntad -engañar los ojos, que juzgan lo contrario de lo que es; e así podría -acaescer a vos con mi hija Oriana.</p> - -<p>—No tengáis cuidado deso —dijo Amadís—, que mi corazón me dice que -así como lo digo se complirá.</p> - -<p>—Pues así os place, así sea —dijo el Rey.</p> - -<p>Entonces se fué a su hija, que entre las reinas e las otras novias -estaba, e díjole:</p> - -<p>—Mi hija, vuestro marido me demandó un don, e no se puede complir -sino por vos; quiero que mi palabra hagáis verdadera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>Ella fincó los -hinojos delante dél y besóle las manos, e dijo:</p> - -<p>—Señor, a Dios plega que por alguna manera venga causa con que os -pueda servir, e mandad lo que os ploguiere, que así se fará si por mí -complir se puede.</p> - -<p>El Rey la levantó e la besó en el rostro, e dijo:</p> - -<p>—Hija, pues conviene que antes de comer sea por vos probado el -Arco de los Leales Amadores e la Cámara Defendida; que esto es lo que -vuestro marido me pide.</p> - -<p>Cuando esto fué oído de toda aquella gente, a muchas plogo de -ver que la prueba se ficiese e a otras puso gran turbación. Pues -así como estaban, salieron de la iglesia, e cabalgando, llegaron al -marco donde allí adelante a ninguno ni a ninguna era dada licencia de -entrar, si dinos para ello no fuesen. Pues allí llegados, Melicia e -Olinda, <i>la mujer de Agrajes</i>, dijeron a sus esposos que también -querían ellas probar aquella aventura, de lo cual gran alegría en los -corazones dellos vino, por ver la gran lealtad en que se atrevían. Allí -descabalgaron todos e acordaron que entrasen delante Melicia e Olinda; -e así se fizo, que la una tras la otra pasaron el marco, e sin ningún -entrévalo fueron so el arco y entraron en la casa donde Apolidón e -Grimanesa estaban; e la trompa, que la imagen encima del arco tenía, -tañió muy dulcemente; así que todos fueron muy consolados de tal són, -que nunca otro tal vieran,<span class="pagenum" id="Page_192">p. -192</span> sino aquellos que ya lo habían visto e probado. Oriana llegó -al marco e volvió el rostro contra Amadís e paróse muy colorada; e -tornó luego a entrar, y en llegando a la mitad del sitio, la imagen -comenzó el dulce són; e como llegó so el arco, lanzó por la boca de la -trompa tantas flores e rosas en tanta abundancia, que todo el campo -fué cubierto dellas; y el són fué tan dulce e tan diferenciado del que -por las otras se fizo, que todos sintieron en sí tan gran deleite, -que en tanto que durara tovieron por bueno de no partirse de allí; -mas como pasó el arco, cesó luego el són. Oriana falló a Olinda e a -Melicia, que estaban mirando aquellas figuras e sus nombres, que en -el jaspe hallaron escritos; e como la vieron, fueron con mucho placer -contra ella, e tomáronla entre sí por las manos e volviéronse a las -imágines; e Oriana miraba con gran afición a Grimanesa, e bien veía -claramente que ninguna de aquéllas, ni de las que fuera estaban, no -era tan fermosa como ella; e mucho dudó en la prueba de la Cámara, que -para haber de entrar en ella la había de sobrar en fermosura; e por su -voluntad dejárase de la probar, que de lo del Arco nunca en sí puso -duda; que bien sabía el secreto enteramente de su corazón, cómo nunca -fuera otorgado de amar sino a su amigo Amadís.</p> - -<p>Así estovieron una pieza, y estovieran más, sino por ser el día -tal que las esperaba; e acordaron de salirse así todas tres juntas -como estaban, tan contentas<span class="pagenum" id="Page_193">p. -193</span> e tan lozanas, que a los que las atendían e miraban les -paresció que habían gran pieza acrecentado en sus hermosuras, e bien -cuidaron que cualquiera de ellas era bastante para acabar la aventura -de la Cámara. Sus tres maridos, Amadís e Agrajes e don Bruneo, que -aquella aventura habían acabado, como ya el segundo libro desta -historia vos lo ha contado, fueron contra ellas, lo cual ninguno de los -que allí estaban podieran hacer; e como a ellas llegaron, la trompa -comenzó el son e a echar las flores, que les daban sobre las cabezas, -e abrazáronlas e besáronlas, e así todos seis se salieron. Esto hecho, -acordaron de ir a la prueba de la Cámara, mas algunas había que gran -recelo llevaban de lo no poder acabar. Pues llegando al sitio que -en la sala del castillo estaba, <i>primero se acercó</i> Olinda la -mesurada, trayéndola Agrajes por la mano, que le daba gran esfuerzo, -aunque no con mucha esperanza que en sí toviese, que el gran amor ni -afición dél a ella no le quitaba el conocimiento de ver que no igualaba -a la fermosura de Grimanesa; pero bien pensó que llegaría con las más -delanteras; y llegando al sitio, dejóla de la mano, y ella entró e -fuése derechamente al padrón de cobre, e de allí pasó al de mármol, que -nada sintió; mas, como quiso pasar, la resistencia fué tan dura, que -por mucho que porfió no pudo más de una pasada pasar más adelante, e -luego fué echada fuera, tan desacordada, que no tenía sentido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>Melicia entró con -gentil continencia e lozano corazón, que así era ella muy lozana e muy -fermosa, e pasó por los padrones ambos, tanto, que cuidaron todos que -entraría en la cámara; e Oriana, que así lo pensó, fué toda demudada -de pesar; mas llegando un paso más que Olinda, luego fué tollida e -sacada sin ninguna piedad, como la otra, tan desacordada como si -muerta fuese, que así como más adelante entraban, mucho más la pena -les era dada a cada una en su grado, e así se hacía a los caballeros -antes que Amadís lo acabase. Las rabias que don Bruneo por ello hacía -a muchos movían a piedad; mas a los que sabían el poco peligro que de -allí redundaba, reíanse mucho de lo ver. Esto así fecho, llevó Amadís -a Oriana, en quien toda la fermosura del mundo ayuntada era, y llegó -al sitio con pasos muy sosegados y rostro muy honesto, e santiguóse e -encomendóse a Dios, y entró adelante, e sin que nada sintiese pasó los -padrones, e cuando a una pasada de la cámara llegó sintió muchas manos -que la pujaban e tornaban atrás, tanto, que tres veces la volvieron -hasta cerca del padrón de mármol; mas ella no hacía sino con las sus -muy fermosas manos desviarlos a un cabo e a otro, e parecíale que -tomaba brazos e manos; e así con mucha porfía e gran corazón, e sobre -todo su gran fermosura, que muy más extremada era que la de Grimanesa, -como dicho es, llegó a la puerta de la cámara muy cansada, e trabó -de uno de los umbrales; entonces salió aquel<span class="pagenum" -id="Page_195">p. 195</span> brazo e mano que a Amadís tomó, e tomó a -ella por la una mano, e oyó más de veinte voces que muy dulcemente -cantando dijeron:</p> - -<p>—Bien venga la noble señora, que por su gran beldad ha vencido la -fermosura de Grimanesa, e hará compaña al caballero que, por ser más -valiente y esforzado en armas que aquel Apolidón, que en su tiempo -par no tuvo, ganó el señorío desta ínsola, y de su generación será -señoreada grandes tiempos con otros grandes señoríos que desde ella -ganarán.</p> - -<p>Entonces el brazo e la mano tiró, y entró Oriana en la cámara, donde -se halló tan alegre como si del mundo fuera señora, e no tanto por su -fermosura como porque, seyendo su amigo Amadís señor de aquella ínsola, -sin empacho alguno le podía facer compaña en aquella fermosa cámara, -quitando la esperanza desde allí adelante de se venir a probar ninguna, -por fermosa que fuese. Isanjo, el caballero gobernador de aquella -ínsola, dijo entonces:</p> - -<p>—Señores, los encantamentos desta ínsola a este punto son todos -deshechos, sin ninguno quedar; que así fué establecido por aquel que -aquí los dejó; que no quiso que más durasen de cuanto se hallase señor -e señora que estas aventuras acabasen, como estos señores lo han fecho; -e sin embargo alguno, pueden allí entrar todas las mujeres, así como lo -facen los hombres después que por Amadís acabada fué.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>Entonces entraron -los reyes e reinas, e todos los otros caballeros, e dueñas e doncellas -cuantas allí estaban, e vieron la más rica e más sabrosa morada que -nunca fué vista, e todas abrazaron a Oriana, como si por luengo tiempo -no la hobieran visto; era tanto el placer e alegría de todos, que no -tenían memoria de comer, ni de otra alguna cosa, sino de mirar aquella -cámara tan extraña. Amadís mandó que luego fuesen en aquella gran -cámara traídas las mesas, e así se fizo; e finalmente, los novios e -novias, e los reyes e los que allí cupieron, folgaron e comieron en -la cámara, donde de muchos e diversos manjares, e frutas de muchas -maneras, e vinos, fueron muy bien servidos.</p> - -<p>Pasadas estas grandes fiestas de las bodas que en la Ínsola Firme -se ficieron, el Emperador demandó licencia a Amadís, porque, si le -ploguiese, quería con su mujer tornarse a su tierra; todos los otros -reyes e señores aderezaron para se ir también, y quedó en la Ínsola -Firme Amadís con su señora Oriana al mayor vicio e placer que nunca -caballero estovo, de lo cual no quisiera él ser apartado porque del -mundo le ficiesen señor.</p> - -<p class="centra smcap mt15">A Dios sean dadas gracias. Acábanse aquí<br /> -los cuatro libros del esforzado<br /> -e muy virtuoso caballero<br /> -Amadís de Gaula.</p> - - -<div class="chapter pt6" id="Ch_II"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span></p> - <h2 class="nobreak ws1">PALMERÍN DE INGLATERRA</h2> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/i_199.jpg" - class="thick" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> - </div> - <p class="captjust"><big>¶ Libro del muy eſforçado</big> Cauallero - Palmerín de inglaterra hijo del rey dõ Duardos: y de ſus grandes - proezas: y de Floriano del desierto ſu hermano: con algunas del - príncipe Florendos hijo de Primaleon. Impreſſo - Año.M.D.xlvij.</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter" id="Cap_II_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/i_201.jpg" - style="width: 30em; height: auto;" - alt="Ilustración ornamental" /> - </div> - <h3 title="Cap. I: La floresta encantada">CAPÍTULO PRIMERO</h3> - <p class="subh3c">LA FLORESTA ENCANTADA</p> -</div> - -<p>Saliendo un día don Duardos, <i>príncipe de Inglaterra</i>, a -monte a la floresta <i>del Desierto</i>, llevando consigo a Flérida, -<i>su joven esposa, hija del emperador de Grecia Palmerín</i>, mandó -asentar sus tiendas en un verde prado, junto de una ribera que por allí -corría, que con sus corrientes y claras aguas consolaba los corazones -tristes.</p> - -<p>No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la -parte do la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de -los monteros, e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco -grande, que, acosado de los perros, trasponía por un recuesto; mas -él, fiándose en la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en -pequeño trecho le alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los -que seguían a don Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad -del día les duró; mas como les fué faltando, la escuridad les hizo -desatinar de manera que perdieron el rastro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span>Don Duardos, -enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier peligro que -de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco, hasta tanto -que el caballo de cansado no se podía menear; entonces se apeó dél, y -quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para que tomase algún -esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando dormir algún poco; -mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida estaría por su -tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras imaginaciones -hasta la mañana.</p> - -<p><i>Al otro día</i>, caminó hacia aquella parte que a su parecer su -gente quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba, -más se alongaba della, y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se -quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos -árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos -pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado, -y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar -las guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese -serena, y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con -el cantar de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por -el río abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las -riendas al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna -le tenía ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una -torre<span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> que en medio -del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien obrada y -fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y mucho más -para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así de la una -parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan ancha, que se -podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos, recordando de -su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y fortaleza dél, llamó -a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban.</p> - -<p>No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo -ver desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel -castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo -dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese, -perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde -fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona -de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía que le -pareció necesaria, le dijo:</p> - -<p>—Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de -vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para -no encubrirse a nenguno.</p> - -<p>La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el -río caía, diciendo:</p> - -<p>—Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a -vuestro servicio; reposá aquí<span class="pagenum" id="Page_204">p. -204</span> esta noche, que por la mañana sabréis lo que deseáis.</p> - -<p>No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como -lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una -cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien -obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello -para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía; -aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le -hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa, -viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la -cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo, -que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo -podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra:</p> - -<p>—Di a mi sobrino que venga, que con menos trabajo de lo que pensamos -puede tomar venganza de la muerte de su padre, pues en nuestro poder -está éste, que es nieto y yerno de aquel que le mató.</p> - -<p>En esto bajó de lo más alto de la torre un gigante mancebo, -acompañado de algunos hombres armados, y entró dentro en la cámara así -acompañado, diciendo:</p> - -<p>—¡Don Duardos, don Duardos! —en alta voz—: con menos reposo que eso -habías de estar en esta casa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span>Don Duardos recordó -a sus voces; queriendo tomar su espada, no la halló. Entonces <i>el -gigante</i> le mandó prender, sin él poderse resestir, que sólo con el -corazón, sin otras armas, le tomaron; de ahí le llevaron a una torre -en lo más alto de la fortaleza, adonde, cargado de hierro, le dejaron -con intención de nunca soltalle. Cuando don Duardos se vió solo y así -tratado, con ira que de sí mesmo tenía, comenzó a decir palabras de -tanto dolor y lástima, que nenguno lo pudiera oír que no la hubiera -dél.</p> - -<p><i>¿Qué motivo había para que tan preclaro caballero fuera tratado -de este modo? Dice la historia que en el tiempo en que Palmerín de -Oliva, antes de ser emperador de Grecia y padre de Flérida, había -estado en la corte del rey de Inglaterra, abuelo de don Duardos, como -caballero andante, había libertado en brava pelea a la reina y su -hija, que eran llevadas prisioneras por el temido gigante Franaque, -el cual, por mano de Palmerín, había quedado muerto en el campo de -batalla.</i></p> - -<p>Este Franaque tenía una hermana, muy gran sabidora en las artes -de encantamento, llamada Eutropa, que en su tiempo pasó a todas -las personas que de aquel arte sabían. Y sabiendo la triste nueva -de aqueste su hermano, tomando en sus brazos un pequeño hijo que -le quedaba, que tenía por nombre Dramusiando, con grandes llantos -lloraba la muerte de su padre, prometiendo que, con sus artes y con -las fuerzas de aquel niño, tomaría tal venganza<span class="pagenum" -id="Page_206">p. 206</span> del que lo mató y de todos los que de su -linaje pudiese haber, que quedase dello perpetua memoria. Pasados los -días del ímpetu de su pasión, quísose proveer como sabía en aquello que -vió que era menester para su guarda; y haciendo de nuevo aquel castillo -en que don Duardos fué preso, se metió en él con toda su familia, -fortificándole todo lo que más pudo; y no se confiando desto, encantó -de tal suerte toda aquella floresta al derredor, que ninguna persona -podía entrar dentro si no fuese por su voluntad. En este castillo crió -su sobrino hasta edad de ser caballero, <i>el cual</i>, como tuviese -edad y entendimiento, y tuviese el ánimo muy grande, supiendo la muerte -de su padre, el esfuerzo de su ánima le provocaba a ir por el mundo -a vengar su muerte; mas Eutropa se lo impidió siempre, diciendo que -viviese contento, que ella le prometía de le traer a su poder en quién -pudiese tomar muy cruel venganza.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_II_2"> - <h3 title="Cap. II: Los mellizos de Flérida">CAPÍTULO SEGUNDO</h3> - <p class="subh3c">LOS MELLIZOS DE FLÉRIDA</p> -</div> - -<p>Estando Flérida en la Floresta del Desierto, que quedara con -<i>sus</i> damas junto con la ribera folgando y cogiendo de las flores -de que el campo está cubierto, que esto era en el mes de mayo tiempo -en<span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span> el cual ellas -tienen su gracia, esperó a don Duardos hasta las horas que le pareció -que debía venir, y viendo que tardaba, comenzó de entristecerse, -anunciándole el corazón el desastre. Allegada la noche, parecióle -más escura a Flérida de lo que de su natural lo podía ser; ninguna -consolación la podía alegrar; los monteros acudían y su don Duardos -no venía; Flérida no durmió en toda la noche, porque siempre en estos -casos el cuidado vence el sueño.</p> - -<p>Ya que la mañana esclarescía, el duque <i>de Galez</i> mandó a toda -aquella gente que, repartidos, corriesen toda la floresta y mirasen -si lo hallarían, y tornasen allí con el recaudo, porque Flérida tenía -ordenado no hacer de allí mudanza hasta saber lo que dél era hecho. -Pridos, hijo del duque, primo de don Duardos y muy grande amigo suyo, -se metió por lo más espeso de la montaña, contra aquella parte do la -mar batía, lo anduvo revolviendo todo, e ya desconfiando de le hallar, -creyendo que de las alimañas bravas de que aquella montaña era poblada -lo matarían por ir desarmado, tornóse tan triste que, desacordado de -sí, con los ojos llenos de agua, las riendas sueltas sobre el cuello -del caballo, haciendo muy grandes lástimas por aquellas muy grandes -concavidades que la mar tenía hechas, y retumbando dentro el tono con -que las decía, parecía que le ayudaban a sentir su pasión con aquellas -mismas palabras que él mismo se quejaba.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>No tardó mucho que -por la ribera de aquella playa vió venir una doncella encima de su -palafrén muy negro, vestida de la mesma color. Llegándose a Pridos, le -tomó por la rienda, diciendo:</p> - -<p>—Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer -a lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en -su libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid -a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo -vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir -se le tornará en mayor alegría.</p> - -<p>Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote -al palafrén, ella y él desaparecieron.</p> - -<p><i>Pridos tornó</i> con esta nueva donde Flérida estaba, <i>la -que</i>, puesto que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó -más triste de lo que antes estaba.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span></p> - <img src="images/i_209.jpg" - class="thin" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">Y como pocas veces una pasión venga sola, con este -acidente le dieron dolores de parto, y porque también ya el tiempo era -llegado, sin mucho trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que -en aquella primera hora parecía que daban testimonio de lo que después -hicieron. <i>Las</i> damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos -paños, se los presentaron delante, creyendo que con la vista dellos -mitigaría la pena; Flérida los tomó en sus brazos con amor de madre; -con palabras de mucha lástima decía:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>—¡Oh hijos sin -padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro nacimiento fuera! Mas en -lugar de las fiestas que él para entonces aparejaba, yo moriré con este -dolor y vosotros quedaréis sin él y sin mí y sin edad para sentir tan -gran pérdida.</p> - -<p>Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al -que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al -segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera -se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba -cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la -leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que -ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar -a aquel lugar donde todo se juntaba.</p> - -<p>Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte -un salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza -de las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía -dos leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo -aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento -de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le -inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes, -porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito al -campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida, -escondiéronse entre las matas. El duque de Galez,<span class="pagenum" -id="Page_212">p. 212</span> que muy viejo era y estaba desarmado, no -pudo defender que el salvaje no tomase a los niños debajo del brazo, -y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más daño. Flérida quedó -tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa ninguna; perdida la -calor natural, parecía más muerta que viva; mas tomando algún tanto -en sí por las palabras que le decían, comenzó otro planto de nuevo, -deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se halla reposo de -todos los males.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_II_3"> - <h3 title="Cap. III: Desierto y Palmerín">CAPÍTULO TERCERO</h3> - <p class="subh3c">DESIERTO Y PALMERÍN</p> -</div> - -<p>Aqueste salvaje, después de haber tomado aquellos infantes, anduvo -tanto hasta llegar adonde tenía la cueva, y hallando a la entrada -della a su mujer, que le estaba esperando con un niño en los brazos, -el cual era hijo de entrambos, que sería de edad de hasta un año; -allí le dió la caza que traía, diciendo que en todo el día no había -podido hallar otra, y que de aquella cenarían los leones; mas como -las mujeres de su natural son inclinadas a piedad, túvola tamaña de -aquellas vidas inocentes, que no quiso consentir lo que su marido -traía ordenado; antes, tomando de otra carne, les dió de comer y a los -chiquitos de mamar, con tan grande amor como<span class="pagenum" -id="Page_213">p. 213</span> a su hijo propio; y con esto los crió a la -leche de sus pechos hasta que la edad los enseñó a sustentar de otro -mantenimiento.</p> - -<p><i>Entre tanto, el rey de Inglaterra, Fadrique, padre de don -Duardos, en el gran dolor de lo ocurrido a su hijo y nietos, envía un -embajador a Constantinopla para hacerlo saber al anciano emperador de -Grecia. Llega éste a la ciudad al tiempo en que se celebran grandes -fiestas con motivo del nacimiento de Polinarda, nieta del emperador, -hija de Primaleón el hermano de Flérida. Al momento son suspendidos -los festejos, y el emperador Palmerín, muy alterado con tales nuevas, -retírase a sus habitaciones. Mas el príncipe Primaleón, que grandes -obligaciones debe a su cuñado don Duardos, dejando a su amada -esposa Gridonia y a su recién nacida hija, toma sus armas y se pone -secretamente en camino para lograr la libertad del prisionero. Lo mismo -van haciendo los más famosos caballeros de la corte del emperador; y -cuando la noticia de la pérdida de don Duardos se extiende por las de -Francia, España, Alemania y otras tierras, no hay caballero que quiera -ser el último en salir en su demanda.</i></p> - -<p>Aquí deja la historia de hablar dello, y torna a los infantes, que -la mujer del salvaje criaba con tanto amor como a sus propios hijos; -así como iban creciendo se hacían tan hermosos y bien dispuestos, que -parecían de mayor edad de lo que entonces eran: su ejercicio era cazar, -siendo en ello tan<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> -diestros, que casi tenían despoblada la mayor parte de aquélla floresta -de las alimañas que en ella había; y el que mayor montero y más gusto -de cazar llevaba era Floriano del Desierto, en cuya compañía los -leones siempre andaban; traía un arco con muchas flechas, y salió tan -singular flechero, que el salvaje no le igualaba con mucha parte; en -esta vida continuaron hasta edad de diez años, en el fin de los cuales, -un domingo por la mañana, Floriano se salió solo con sus leones por -la trabilla, como algunas veces lo acostumbraba, por ver si mataría -alguna caza, y andando todo el día a una parte y a otra sin hallar -ninguna, al tiempo que el sol se quería poner, vió en una mata estar -un venado muy grande, y adonde le tiró, y le dió con tanta fuerza que -lo atravesó de la otra parte; mas el ciervo, que se sintió herido, se -levantó con tan gran priesa, que los leones, a quien Floriano soltó la -trabilla, no le pudieron alcanzar, antes corriendo ellos tras el venado -y él tras ellos se desviaran tanto de la cierva, que Floriano perdió el -tino della y a los leones de vista, andando toda la noche dando voces -por ver si acudirían; y caminó tanto hacia donde le pareció que la -cierva estaba, que fué a parar al propio lugar adonde naciera, que era -allí cerca, y asentóse al pie de una fuente que allí estaba; no tardó -mucho que por el mesmo camino hacia la fuente vió un caballero encima -de un caballo bayo, las riendas caídas sobre el cuello del caballo, -y él tan triste<span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> de -su cuidado que parecía que nenguna cosa sentía; tanto que llegó a la -fuente, con el detenimiento que el caballo hizo en beber, tornó en sí, -y viendo a Floriano, fué en él el sobresalto tan grande como si viera -a don Duardos; porque éste se parecía mucho a él; preguntándole cúyo -hijo era, Floriano le dió la cuenta de lo que sabía; el caballero le -rogó que se fuese con él para Londres, y que le llevaría al rey, que le -criaría y le haría mercedes.</p> - -<p>Este caballero era el esforzado Pridos, que, cansado de correr todo -el mundo en busca de don Duardos sin hallar ningunas nuevas, se tornaba -para Londres, y tomando a Floriano consigo, le llevó a la corte, adonde -del rey fué recebido como persona a quien mucho amaba, y le ofreció -aquel doncel vestido de pieles de alimañas, con quien el rey fué tan -alegre como si supiera ser aquél su nieto. Y tomándole por la mano, se -fué adonde la reina y Flérida estaban, mostrando nuevo contentamiento, -y puestos los ojos en Flérida, le dijo:</p> - -<p>—Señora, vedes aquí el fruto que Pridos sacó de su tardanza; este -doncel, tan parecido a mi hijo y a vuestro don Duardos, que me hace -creer que puede tener algún deudo con él.</p> - -<p>Flérida, a quien la naturaleza ayudase a conocelle, tomóle en los -brazos con entero amor de madre, y pidiéndoselo al rey que se lo diese -para su servicio, quiso que tuviese por nombre Desierto, sin saber -que aquél era con el que naciera. Desta manera<span class="pagenum" -id="Page_216">p. 216</span> el infante Desierto se crió sirviendo a su -mesma madre, sin ella ni él saber el mucho parentesco que entre ellos -había.</p> - -<p>Aquel día que el infante del Desierto salió a cazar, el salvaje -esperó hasta la noche, y viendo que no venía él, ni los leones -tampoco, comenzó de entristecerse, y gastando las horas del sueño en -pensamientos que se le hacían perder, estuvo hasta otro día, que los -leones llegaron ensangrentados de la sangre del venado que mataron; mas -él que los vió sin su guardador, los mató, sin se le acordar la pérdida -que en hacello recibía. Mas Palmerín se tornó tan triste que ninguna -cosa le podía contentar, pasando el tiempo en irse a pasar su soledad -riberas de la playa donde la mar batía. Tanto continuó esto, que una -vez vió venir a la costa una galera, y llegando hacia aquella parte do -Palmerín estaba, el capitán mandó poner la proa en tierra, hallando -aquellos donceles, porque también Selvián, <i>el hijo del salvaje</i>, -estaba en la compañía de Palmerín; espantado del parecer de entramos y -de la manera de su traje, después de estar algún rato platicando, puso -en su voluntad de llevarlos consigo por fuerza, si de otra manera no -quisiesen; mas Palmerín no hubo menester muchas palabras, porque su -naturaleza le inclinaba a no se contentar de aquella vida.</p> - -<p>Entonces, entrando en la galera, el capitán hizo su camino como de -antes llevaba; en esto continuaron tantos días, volviendo la costa de -España y<span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> travesando -la de Levante, tanto que un día en la tarde allegaron al gran puerto -de Constantinopla, que en aquel tiempo era poblada de voluntades tan -tristes como en otro tiempo lo era de invenciones alegres y días -contentos.</p> - -<p>El esforzado Polendos, rey de Tesalia, que era el capitán de la -galera que venía de correr y atravesar todos los mares, así Océano -como Mediterráneo, sin hallar ninguna nueva de Primaleón ni de don -Duardos, dió cuenta <i>al emperador</i> de las tierras que anduvo y de -lo poco que en aquella demanda hiciera, de lo cual el emperador quedó -muy descontento. Polendos le presentó el hermoso infante, con quien -fué algún tanto consolado, pareciéndole que tan fermosa cosa había de -traer consigo algo que diese contentamiento a quien le había menester, -y llamando a un duque, lo mandó llevar a Gridonia, para que sirviese a -su hija Polinarda, que ya en aquel tiempo comenzaba a ser tan hermosa -que se creía que su madre y agüela no lo fueron tanto como ella en el -tiempo que florecían.</p> - -<p>La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una -persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a -servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado -deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca -pensó salir.</p> - -<p>No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la -cual había venido en un palafrén<span class="pagenum" id="Page_218">p. -218</span> blanco; traía vestida una ropa a la francesa, de invención -nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos echados a las espaldas, -tomados con un muy rico prendedós, y allegando al estrado, sacó una -carta del seno, y haciendo el acatamiento que a tan gran príncipe era -necesario, se la metió en la mano. El emperador la mandó leer alto, en -la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy famoso Palmerín, emperador -de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de las Tres Hadas, te hago -saber que el doncel que hoy te fué traído, de entrambas partes deciende -de los más poderosos reyes cristianos que hay en el mundo; por tanto, -tratalde como a gran príncipe, porque, en el tiempo que tu corona -e imperial estado estuviere en el más bajo asiento de la fortuna, -le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por él serán -restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que ahora -están sin ella.”</p> - -<p>El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta; -haciendo venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él -algunas cosas quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que -allende de ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la -emperatriz y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna -nueva de Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este -cuidado.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_II_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span></p> - <h3 title="Cap. IV: Primaleón">CAPÍTULO CUARTO</h3> - <p class="subh3c">PRIMALEÓN</p> -</div> - -<p>El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión, -supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que -le prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas -vivía con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas -de lo que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos -gigantes Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan -sonada que sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con -grandes promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que -cada uno de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase -primero con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el -temido Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura -Cueva; y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su -honra, que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que -si no fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda -le era necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él -viniesen.</p> - -<p>Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón, -cansado de las muchas aventuras<span class="pagenum" id="Page_220">p. -220</span> que por él pasaron y muy triste porque ninguna della fué -tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en un caballo morcillo, -vestido de armas de verde y leonado, trayendo ocupados los ojos en la -suavidad que aquellos árboles y corrientes de aguas hacían a quien -a vista della caminaba; y así allegó a la puente al tiempo que don -Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una gruesa lanza; estaba -en un hermoso caballo alazán del gigante, armado de armas negras -sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones que ardían; en -el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por tal arte, que ella -misma enseñaba su nombre a quien no la conocía. Primaleón, que así le -vió, le dijo:</p> - -<p>—Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa -fortaleza que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras -manos?</p> - -<p>—La costumbre de la entrada os diré —<i>dijo don Duardos</i>—, y es -que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros -peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis.</p> - -<p><i>Dicho esto</i>, apartándose lo necesario se encontraron con tanta -fuerza, que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos -lanzas muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera -y cuarta carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de -la fortaleza uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos -con tanta fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en -entramos<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> hobiese -tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver -así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para -don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros -y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había -así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y -oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y -apartándose afuera, le dijo:</p> - -<p>—Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se -puede igualar con vos.</p> - -<p>Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué -abrazar, mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se -recogiese, que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más -que decille que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la -entrada de la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de -que todo venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro -pesada y en la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal, -diciendo:</p> - -<p>—Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos.</p> - -<p>—Mayor detenimiento —dijo Primaleón— sería querer responderte lo -que esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son -dichas.</p> - -<p>Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón, -en que dió, fué hecho piezas,<span class="pagenum" id="Page_222">p. -222</span> de que quedó muy poco contento por no tener con qué se -cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro, tomó al -gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que, no le -valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro quedó tan -lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con otros tan -a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura que ninguno -que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía perder. -Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don Duardos, -le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz tristeza -por ver el estado en que su amistad le había traído, de que Dramusiando -en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la batalla, el -temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando la maza con -dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta fuerza, que -allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara, dándole luego -el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro dedos de la -mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella, mas él le dió -de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi sin acuerdo, e -quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió sobre sí aquel -espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo:</p> - -<p>—A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender.</p> - -<p>Primaleón, que vió tal contrario delante de sí,<span -class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> viendo que no tenía con -qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de Pandaro, -y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí otra -batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada, -porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del -mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza -estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por -donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto -caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se -le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué -se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte -del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de -sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este -tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas -que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó -sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía -menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al -tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo:</p> - -<p>—Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os -rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra -y que os ponen la vida en tanto peligro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span><i>Negóse a ello -Primaleón, y entonces el gigante</i> arremetió a él con la espada alta, -dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas partes; Primaleón -comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para ofendello otro -reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos tal, que hacía -olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran tales, que adonde -alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo podían resistir; -y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle morir, que, -quitándose afuera, le dijo:</p> - -<p>—Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer -tus heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la -batalla; vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo -de tu locura, porque la vida no se ha de dejar a quien della no se -contenta.</p> - -<p>Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así -herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con -una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo -consigo mesmo:</p> - -<p>—Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar -que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor -de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán -mal agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi -señora Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí<span -class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> tenía guardado! Mas agora -¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan grandes cosas -como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria?</p> - -<p>Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo -las heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo:</p> - -<p>—Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí -peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates.</p> - -<p>Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente -de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su -parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto -que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes -de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del -gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con -que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas -para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le -prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su -señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante, -y así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para -que fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona -le hizo curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre -que más deseó conservar la vida de los buenos<span class="pagenum" -id="Page_226">p. 226</span> caballeros que hubo en el mundo, por el -poco temor que los tenía.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_II_5"> - <h3 title="Cap. V: El torneo">CAPÍTULO QUINTO</h3> - <p class="subh3c">EL TORNEO</p> -</div> - -<p>Tanto tiempo el infante Palmerín se crió en casa del emperador de -Grecia su agüelo, que ya era en edad para ser caballero, y tan amado y -estimado de todos por sus buenas costumbres, como después fué temido -de sus enemigos por su persona; y como él desease muchas veces verse -en aquel aucto para que se criara, temía de pedillo al emperador, por -no se ver apartado del servicio de la hermosa Polinarda su señora, con -quien viviera desde el primer día que Polendos le trajera. Y porque -ella sentía en él este deseo, pagábaselo con otro igual al suyo, el -cual sabía muy bien encubrir, porque la hermosura de Palmerín traía -consigo el merecimiento desta afición. Pues el emperador, que en muy -continua tristeza vivía por la pérdida de sus hijos y apartamiento de -sus caballeros, que ya tenía por muertos, viniéndole a la memoria las -palabras de la carta de la sabia del Lago de las Tres Hadas, que la -doncella le trajo el día que Palmerín llegó, quísole hacer caballero, -creyendo que con él cobraría el descanso perdido en que al presente -no vivía,<span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> si ellas -fuesen verdaderas. Y por deshacer la tristeza de los suyos, que de -tanto tiempo estaba ya arraigada, porque esta pérdida era tan general -que a todos cabía parte, ordenó de juntamente con él de darla a todos -los donceles que en su corte andaban, que eran muchos, y algunos dellos -eran príncipes e infantes, y concertóse que el día desta cerimonia -tornasen contra los otros caballeros que en la corte al presente se -hallasen, porque esto hacía el emperador para esperiencia de las cosas -que de Palmerín esperaban. Y mandóles aparejar para el día de Pascua -de flores, y luego ordenaron cadahalsos sumptuosos en el campo adonde -habían de ser los torneos. Los noveles velaron sus armas en la capilla, -víspera de Pascua, y venido el día, el emperador y la emperatriz y -Gridonia oyeron misa, la cual se dijo con gran solemnidad, y acabada, -hizo por su mano caballero al infante Palmerín de Inglaterra primero -que a otro ninguno. El rey Frisol de Hungría, que allí se halló, le -calzó la espuela, y la hermosa infanta Polinarda le ciñó la espada, -porque el emperador lo quiso así para más obligalle a sus hechos; y él -lo tuvo en tanto, que acordarse desto en muchos peligros le dió nuevo -esfuerzo. Tras él armó <i>caballeros a todos los otros príncipes e -infantes que en su corte se habían criado</i>.</p> - -<p>Esto acabado, él y la emperatriz, con Gridonia y el rey Frisol, -comieron en la sala imperial con tanto aparato de fiesta como en -el tiempo pasado, servidos<span class="pagenum" id="Page_228">p. -228</span> con todo el estado real, habiendo tantos estrumentos y -música como si en aquella corte no faltara nada del placer que poseían -en el tiempo en que ellos más se acostumbraban. Acabado de comer, -el emperador se fué al cadahalso donde había de ver los torneos, -acompañado de algunos señores a quien las edades antiguas detenían en -Costantinopla; porque a los otros, a quien aún les ayudaba, despendían -el tiempo en la demanda destos asignados príncipes de quien entonces -ninguna nueva se sabía. La emperatriz y Gridonia, con sus dueñas y -doncellas, se pusieron en otro que para ellas estaba señalado, y a esta -hora, de la parte de los caballeros estranjeros estaba tanta gente en -el campo, que a la fama destas fiestas habían venido, que el emperador -temió que los noveles no lo pudiesen sofrir, que a este tiempo salían -de la ciudad armados de armas blancas, tan airosos y bien puestos -que comenzaron de dar testimonio de lo mucho que después hicieron, -trayendo por capitán al esforzado Palmerín. Puestos en orden, al son -de muchas trompetas arremetieron unos a otros con tamaño ímpetu, como -la codicia de la honra quería a quien la desea alcanzar; Palmerín, que -era el delantero, antes que ronpiese, puestos los ojos en la fermosa -Polinarda, dijo consigo mismo:</p> - -<p>—Señora, para mayor afrenta quiero vuestra ayuda; por eso no os la -pido en ésta, que sé que ante<span class="pagenum" id="Page_229">p. -229</span> vos no me puede acontecer cosa que la vitoria sea de otro, -pues que vos ya la tenéis de mí.</p> - -<p>No eran estas palabras bien acabadas, cuando él y Lebusante de -Grecia se encontraron con tanta fuerza que Lebusante fué al suelo -por las ancas del caballo, quedando Palmerín tan entero como si no -le tocara, de que el emperador fué tan contento como espantado, -porque este Lebusante era entonces el mejor caballero de toda Grecia. -<i>Los demás caballeros noveles también se portaron con mucha -gallardía.</i></p> - -<p>El estruendo destos primeros encuentros fué tan grande que parecía -que un monte se acabase de caer, quedando por el campo muchos caballos -sin señores, quedando ellos en el suelo y algunos maltratados. Después -de quebradas las lanzas echaron mano a las espadas, dándose tan grandes -golpes que parecía que un gran ejército fuese allí junto. Lebusante -de Grecia, descontento del desastre del primer encuentro, ayudado de -los suyos tornó a cabalgar, y entrando por lo más áspero del torneo -fería a una parte y a otra de tan duros golpes que por fuerza le hacían -lugar, mirando por quién le derribara para enmendar la vergüenza en -que le pusiera; yendo con este deseo, <i>puso en el mayor aprieto a -los noveles, aunque éstos se defendían tan bien que</i> el emperador -tuvo en tanto el alto comienzo destos noveles que todas las cosas -pasadas le parecían pequeñas; mas de la parte de los estranjeros<span -class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> recreció tanta gente, -que los noveles no se podían amparar, y por fuerza los arrancaron -del campo, y en aquel tiempo no se halló el esforzado Palmerín de -Ingalaterra, que aquel día había hecho tanto que ya no hallaba en -quien emplear sus fuerzas; y siendo animado del aprieto en que los -otros estaban, acudió aquella parte con el infante Platir, <i>hijo -de Primaleón y Gridonia, y con otros caballeros</i>, y rompieron por -medio de los contrarios con tanta fuerza, que los golpes que dellos -recibieron no fué parte para enpedir su llegada. Platir, que vió al -príncipe Florendos su hermano trabado con Trofolante, llegó a él, -dándole muchos y grandes golpes, tanto que le hizo desatinar, y a -este tiempo Lebusante de Grecia salió tan maltratado de las manos del -príncipe Beroldo <i>de España</i>, que sin nengún acuerdo se tornaron a -retraer, por no poder resestir a los golpes de Palmerín y de aquellos -esforzados noveles sus compañeros; con tanto placer del emperador y -de la hermosa Polinarda, que, no lo pudiendo encubrir, estaba loando -a sus damas su hermoso doncel. Ya que los contrarios iban de vencida -fuera del campo donde la batalla se hacía, entraron de su parte por -un costado del torneo dos caballeros armados de armas verdes, al -parecer airosos y bien puestos, con sus lanzas bajas, y antes que las -quebrasen derribaron a algunos de la otra parte, y sacando sus espadas, -en poco tiempo hicieron tanto, que por fuerza los suyos tornaron a -cobrar todo<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> lo que -del campo habían perdido. Mas Palmerín vió aquellos caballeros y el -estrago que hacían en los suyos, temiendo que la vitoria de aquel -día fuese al revés, porque los noveles estaban casi destrozados del -trabajo que habían pasado, y los otros cobraron esfuerzo con la nueva -ayuda; por donde, como se le acordase que todo pendía dél, <i>salió al -encuentro</i> de un caballero de los otros, el más esforzado, que por -ser mejor conocido traía el escudo en campo blanco un salvaje con dos -leones por una traílla, el cual, pasando por fuerzas de armas todo el -ímpetu de los noveles, y conociéndole por las grandes cosas que aquel -día le viera hacer, se vino a él, el cual lo recibió con el mismo -deseo, y comenzaron una brava batalla, tal que bien pareció que allí se -juntaba toda la valentía del mundo; en la cual anduvieron tanto, hasta -que las armas quedaron tan deshechas y los caballos tan cansados que no -se podían menear, y apeándose de los caballos se pusieron a pie, que -fué causa de doblarse más la furia de su batalla, trabándose a brazos -algunas veces, confiándose cada uno en sus fuerzas; y con todo lo que -probaban nunca pudieron conocerse ventaja. <i>Entre tanto Platir y -Florendos lograban echar de nuevo a los caballeros forasteros fuera del -campo.</i> El emperador, que la batalla de Palmerín y del caballero -del Salvaje veía, estaba tan ocupado en el espanto que le ponía que no -miraba por otra cosa, tiniéndola por la mayor que<span class="pagenum" -id="Page_232">p. 232</span> nunca viera, y temiendo, según lo que -vía, que entramos pudiesen allí morir, quiso escusar cosa tan mal -empleada en tales dos caballeros, mandóles decir de su parte que pues -el torneo era acabado, dejasen la batalla en que estaban; mas como -cada uno deseasen saber lo que había de sí al otro no se pudo acabar -con ellos, ni la infanta Polinarda se halló tan libre que dejase de -sentir y recelar la afrenta en que su Palmerín estaba. En esta porfía -duraron tanto, que la noche sobrevino, tan escura que les fué necesario -apartarse, sin nenguno quedar con más que con muchas heridas y el deseo -de la vitoria. El emperador mandó tocar las trompetas y recoger cada -uno a su capitanía; los dos caballeros de las armas verdes se tornaron -hacia la parte de donde vinieron. El emperador quiso que hubiese -sarao, para pagar a los noveles el trabajo de aquel día danzando cada -uno con su señora, y algunos hubo entrellos que por gozar de aquel -contentamiento estuvieron engañando el dolor de sus heridas con aquella -paga de su gusto. Palmerín, que no sabía con quién danzar por no -atreverse a su señora, danzó con una camarera de la infanta Polinarda -y mucho su privada; el príncipe Florendos con la infanta su hermana, -que aquel día salió tan hermosa que podía tener su madre envidia y su -agüela en el tiempo que florecieron; Platir con Floriana, nieta del rey -Frisol; y así los otros cada uno con quien más tenía en su voluntad. -Acabado el<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> sarao, -el emperador se recojó al aposento de la emperatriz, acompañado de -Palmerín y sus nietos, todos envueltos en el placer de su vitoria, y él -algún tanto triste por no saber quién fuese el caballero del Salvaje, -a quien entonces hiciera muy grandes mercedes si lo pudiera haber para -su servicio, porque sólo para sustentar la honra se han de desear los -bienes de fortuna.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_II_6"> - <h3 title="Cap. VI: El Caballero de la Fortuna">CAPÍTULO SEXTO</h3> - <p class="subh3c">EL CABALLERO DE LA FORTUNA</p> -</div> - -<p><i>Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo ni dónde, los más -famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos -y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en -las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a -estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales -circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho -le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era -decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte -imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de -despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto -de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián<span -class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> su fiel escudero, llevando -por nombre el de El Caballero de la Fortuna.</i></p> - -<p><i>Después de correr diversas aventuras en las que conquistó -glorioso renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de -probar aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros.</i></p> - -<p><i>Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el -gran peligro que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo -caballero, hizo de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando -a Londres, se le presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con -la súplica de que la vengara de no sé qué ofensas que fingía haber -recibido del Caballero del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que -nada deseaba tanto en el mundo como volver a medir sus armas con -su enemigo de Constantinopla, y lucharon ante el rey y la corte de -Inglaterra con tanto brío y fortaleza que en todo el día ninguno de -ellos pudo conseguir victoria sobre el otro y cuando se puso el sol -ambos estaban llenos de terribles heridas y con las armas destrozadas -—aunque en peor situación el del Salvaje— pero tan enteros de ánimo que -ni el propio rey los logró separar para que no acabaran de darse muerte -uno a otro.</i></p> - -<p>El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese -adonde estaba Flérida, diciendo:</p> - -<p>—Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser -libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno -destos que<span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span> tan cerca -están de perder las vidas; pídoos que luego los vais apartar, que por -mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos mueren, yo he por muerta la -esperanza que tuve hasta aquí de algún bien.</p> - -<p>Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni -ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso -hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la -mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un -hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su -cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa -como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran -alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño, -que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida -llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le -dijo:</p> - -<p>—Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña -tan mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea -dejar esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que -vuestra vida y de esotro caballero está.</p> - -<p>El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su -señora Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las -rodillas en tierra, le dijo:</p> - -<p>—Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y -agora la dejo si en ello recebís servicio,<span class="pagenum" -id="Page_236">p. 236</span> y la honra della sea dese caballero, pues -tan bien la merece.</p> - -<p>—Esa no quiero yo —dijo el del Salvaje— sino cuando por mí la -ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues -hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario, -que soy suyo y se lo debo de obligación.</p> - -<p>Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber -que no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida.</p> - -<p><i>Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió -la aventura del Valle de la Perdición —que ya por los escuderos de los -caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían -quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros—, y si -no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo -había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los -gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste, -sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche -cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se -escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía -extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte, -envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo -del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa -y<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> las gentes del -castillo trataban de reanimar a Dramusiando.</i></p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_II_7"> - <h3 title="Cap. VII: Los enemigos hermanos">CAPÍTULO SÉPTIMO</h3> - <p class="subh3c">LOS ENEMIGOS HERMANOS</p> -</div> - -<p><i>El caballero de la Fortuna, que no había querido aceptar la -hospitalidad que para que se curara de sus heridas le había ofrecido -el rey, cuando sintió que sus fuerzas eran recobradas, se armó de las -nuevas armas que Selvián le había encargado y se puso en busca de -la fortaleza de Dramusiando. Anduvo así</i> muchos días sin hallar -aventura que de contar sea, en fin de los cuales le tomó una noche -en un valle donde vió estar una tienda armada, con lumbre de hachas -dentro; y llegándose más cerca por ver lo que sería, no halló otra -cosa si no fué un caballero muerto metido en unas andas, y otro que -con palabras de mucho dolor mostraba sentir su muerte, y conociendo -que aquel era Rosirán de la Brunda, sobrino del rey de Inglaterra, -parecióle que el de las andas no sería persona de poco precio; -apeándose del caballo entró así armado en la tienda, y comenzóle de -consolar. Mas don Rosirán, que en viéndole conoció al de la Fortuna, se -levantó en pie diciendo:</p> - -<p>—Ya, señor caballero, seréis contento, pues es<span class="pagenum" -id="Page_238">p. 238</span> muerto el caballero a quien vos por mayor -enemigo teníades; este es el caballero del Salvaje, de quien ya -deseastes vitoria y no la podistes haber.</p> - -<p>El de la Fortuna le vinieron las lágrimas a los ojos, que esto -tienen los corazones piadosos, aun del mal de sus enemigos tener -compasión, diciendo:</p> - -<p>—Por cierto, nunca yo de nenguno más la deseé; <i>pero</i> si en la -vida fué la enemistad tan grande como vos sabéis, en la muerte quiero -que veáis lo que en su venganza haré; por eso querría que dixésedes en -qué parte le aconteció esta desventura, porque quiero también pasar por -ella o vengar a él.</p> - -<p>—Señor, yo llego aquí —dijo don Rosirán— habrá media hora, y no sé -más que lo hallé en este estado y un hombre que de aquí se fué me dijo -que estas feridas recibió en la fortaleza del gigante Dramusiando, -donde se cree que todos o los más excelentes caballeros del mundo son -perdidos; y puesto que hiciera en armas cosas tan estremadas cuales de -otro nunca se vieron, al fin quedó tal como veis, sin poder dar fin -aquella tan peligrosa aventura.</p> - -<p>El caballero de la Fortuna, que el dolor de tal acaecimiento sentía -dentro en el alma, viendo que él no había acabado aquella aventura, -túvola en más que hasta allí; tomando las armas en las manos para ver -los golpes, las halló tan despedazadas, que no tan solamente tuvo en -mucho la grandeza dellos, mas tuvo en mucho más ver a hombre en el -mundo que con tamañas heridas se sostuviese algún<span class="pagenum" -id="Page_239">p. 239</span> espacio; llegándose más a él por ver si -del todo era muerto, quitóle un paño de seda con que el rostro estaba -cubierto; afirmando los ojos, le dió un sobresalto el corazón como -si del todo le conociera, y porque la naturaleza en estos casos lo -descubre todo, ella le trujo a la memoria la pérdida de su hermano, -viéndole algunas señales en que sospechó ser aquél, y llamó a Selvián -para que le viese, y tanto le estuvo mirando, que entramos conformaron -en aquella sospecha; mas el de la Fortuna, que aún no estaba -satisfecho, dijo contra don Rosirán:</p> - -<p>—Pídoos por merced, señor caballero, que me digáis su nombre si lo -sabéis, y cúyo hijo es, pues vos ni él perdéis en ello nada, y aun me -quitáis de una duda en que estoy.</p> - -<p>—Aventúrase ya tan poco en esto —dijo él— que no quiero negar lo que -sé; su propio nombre es Desierto; padre ni yo ni otro le conoce, puesto -que a mí como al mayor amigo que siempre tuvo confesó algunas veces que -un salvaje le criara y a éste conocía por padre, llamándose siempre en -su poder el mismo nombre de Desierto.</p> - -<p>El caballero de la Fortuna, a quien estas palabras tocaron en el -alma, viendo ser su hermano, cayó sobre las andas tan sin acuerdo como -si su corazón no fuera para mayores afrentas; en esta hora entraron en -la tienda cuatro hombres, y puniendo las andas en dos palafrenes que -para eso trujeron, se partieron con aquel cuerpo muerto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span>El de la Fortuna se -quisiera ir tras él, mas no se lo consintieron, diciendo que creyese -que si algún remedio de la vida tuviese, que sin él se le darían; -entonces lo dejó llevar, por le parecer escusado seguillo; preguntó -a don Rosirán qué quería hacer de sí, porque su determinación era -acabar donde el otro caballero recibió sus heridas, o ver si las podía -vengar.</p> - -<p>—Yo —dijo don Rosirán— tórnome a Londres con estas sus armas, y -amostrallas al rey de cuya mano fué hecho caballero, que las mande -guardar y tenellas en tanta veneración en la muerte como sus obras -merecían en la vida.</p> - -<p>—¿Sabríadesme decir —dijo el de la Fortuna— a qué parte está esta -fortaleza donde todos acaban?</p> - -<p>—No lo sé, ni creo que nenguno lo sabe —dijo él.</p> - -<p>Luego se despidieron el uno del otro, siguiendo cada uno su -viaje.</p> - - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_II_8"> - <h3 title="Cap. VIII: La libertad de los Caballeros">CAPÍTULO OCTAVO</h3> - <p class="subh3c">LA LIBERTAD DE LOS CABALLEROS</p> -</div> - -<p>Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo -mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose -al pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche -quedaba por pasar, mas no lo pudo hacer con el<span class="pagenum" -id="Page_241">p. 241</span> dolor que las heridas del caballero del -Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la tristeza en -que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía desear hacer -obras con que todas esotras cosas se olvidasen, deseando ya verse -en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a hacer fin -juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció, Selvián -le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella tierra, -preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos lo -sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto que -cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el sitio -defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en disposición -de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando aquel reino -por espacio de más de cuarenta días (<i>en uno de los cuales Daliarte, -el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus manos -un escudo invulnerable</i>); al fin dellos, estando ya el gigante -Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro -del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba; -pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor cosa -del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la clareza -y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda, comenzó -hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan sin -acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no<span -class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> tenía memoria; acordó deste -pensamiento a las voces que Selvián le daba hallándose junto de una -torre y don Duardos en medio de la puente apercebido de justa.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span></p> - <img src="images/i_243.jpg" - class="thin" - style="width: 26em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">En esto vió que don Duardos le dió voces que justase, -y abajando las lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de -todas sus fuerzas; la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el -escudo del de la Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las -armas también, y él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque -no tenían más lanzas para poder justar, y batalla de las espadas don -Duardos no la podía hacer según la ordenanza del castillo, fué luego -abierta la puerta de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se -recogió mal tratado del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba -esperimentar la suya, entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra -cosa, tanto que le vió dentro le cerró la puerta cubierto de su -escudo, con su maza en la mano hecha de nuevo se vino a él; el de la -Fortuna le recibió cubriéndose con su fuerte escudo, adonde los golpes -hacían tan poco daño como si dieran en una roca, hiriendo también -al gigante tan mortalmente, que en pequeño espacio le trató tan mal -cuanto él nunca se viera de las manos de otro si no fué del caballero -del Salvaje; y porque sintió cuán poco daño hacían sus golpes en el -escudo de su contrario, se esforzó tanto para sostenerse en la batalla, -que aquel día fué en que <span class="pagenum" id="Page_245">p. -245</span>mostró el fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de -la Fortuna andaba tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo -en el brazo, le tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y -Primaleón y don Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban -en ella por milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de -hacello.</p> - -<p>En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía -tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos -golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que -del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la -cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque -Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese -menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención -del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que -le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El -caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano -como si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban -rotas por algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros -de aquella casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no -lo pudiera sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto -en tamaño recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron -a juntar Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y -braveza,<span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> mas la -batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán no -fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas de -sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en -él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y -desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza.</p> - -<p>Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la -Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la -escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos -sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba -ver; <i>otro cautivo</i>, viéndole dudar, dijo:</p> - -<p>—Caballero, quien esto pide es don Duardos.</p> - -<p>El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él, -y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces, -quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el -mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su -natural.</p> - -<p>—Ya yo creo —dijo don Duardos— que quien Dios hizo en el parecer tan -diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras -cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al -cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que -uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera -tan merecedor della.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span>El caballero de -la Fortuna le quisiera responder, mas vió que Dramusiando estaba ya -abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar el yelmo, poniéndose a una -parte del patio cubierto de su escudo a esperalle. Dramusiando, como -algún tanto viniese señoreado de la ira por la muerte de Daligán, quiso -luego gastar el tiempo en su batalla antes que palabras, y juntándose -entramos comenzaron a ferirse de tales golpes, que en pequeño tiempo -se hicieron mucho daño; los de Dramusiando entraban por el escudo del -de la Fortuna tan gravemente como si fuera alguno de los otros, de que -al de la Fortuna nació algún recelo y temor, si bien conoció que quien -se le envió le debió de hacer ansí, para que si la vitoria de tamaña -impresa hobiese de alcanzar, no fuese todo atribuída a la fortaleza -del escudo, y guardándose de Dramusiando con mayor tiento de lo que -hasta allí hiciera, hacíale dar sus golpes en vano, que de otra manera -cualquier dellos que le acertara en lleno le pusiera en gran peligro; -mas no se podía guardar tanto que no le diese algunos, de que le hacía -andar bien maltratado, el escudo todo deshecho; las armas andaban eso -mesmo; puesto que las del gigante no le llevasen ventaja, la sangre -que les salía era mucha, así que en ellos no había más que la braveza -con que peleaban, y esta era tal, que allende de destruír a ellos, -hacía dolor a quien con amor los estaba mirando; mas sus corazones -incansables, y que en<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> -aquel tiempo podían sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes -renovando la batalla se trabaron de manera que quien de fuera los -miraba no juzgaba que nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra -parte, que los más de aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña -pena que antes tomaran por partido ser siempre presos que libres si su -libertad había de ser con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él -se quitaron a fuera por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo -que aquel sería el destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo -que Eutropa siempre anunciara, pensó en si le cometería algún partido -con que dejase la batalla; después, acordándose que tal cometimiento -para su honra era dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir -con tal menoscabo a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el -mismo recelo estaba metido, comenzó a decir entre si: —Si mi muerte -ha de ser por causa de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra -parte es ella bien empleada—; mas volviendo a su señora, decía: -—Señora, si algún tiempo esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos -para que sepáis que con vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria—. -Estándole encomendando el peligro de su batalla vió que Dramusiando -venía contra él tomada la espada con entramas manos, porque ya nenguno -tenía escudo con que se amparar, y apartándose del golpe le hizo dar -en vano, como todos los otros, dando los suyos<span class="pagenum" -id="Page_249">p. 249</span> de manera que le hacía muchas heridas: mas -por eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera -que se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi -no se podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la -ver; mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande -la flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y -el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego -bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos -quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al -de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más -venganza, que de lo hecho se contentase.</p> - -<p>—Pues que mi intención era otra —respondió el de la Fortuna—, dejaré -de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que -será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos -podéis contar.</p> - -<p>El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en -brazos; viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos, -tenían esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la -salud de tal caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con -mucha priesa; Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre -antiguo a manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él; -cada una traía en la mano una bujeta dorada,<span class="pagenum" -id="Page_250">p. 250</span> en que venían algunos ingüentos -necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas, -tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con -igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y -mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que -se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos -peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el -vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle, -y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Cap_II_9"> - <h3 title="Cap. IX: Las fiestas de Londres">CAPÍTULO NOVENO</h3> - <p class="subh3c">LAS FIESTAS DE LONDRES</p> -</div> - -<p><i>Días después fué enviado a la corte de Inglaterra, con noticia -de lo que en el castillo de Dramusiando había ocurrido, uno de los -caballeros que habían estado allí prisioneros y es imposible describir -la alegría que en todos produjeron tan dichosas nuevas. Cuando las -heridas de los caballeros lo consintieron, pusiéronse en camino para -la Corte los antiguos cautivos de Dramusiando, llevando a éste con el -mayor honor entre ellos, por la afección y gratitud que en todos había -despertado la gran humanidad<span class="pagenum" id="Page_251">p. -251</span> que con ellos en toda ocasión había usado, aunque fueran sus -prisioneros.</i></p> - -<p>Con placer caminaron hasta que estuvieron a vista de la cibdad; la -gente que de la cibdad salía era en tanta cantidad, que todo el camino -venía lleno, de manera que los de a caballo no podían andar; unos -se llegaban a don Duardos por velle por el gran amor que le tenían; -algunos después de velle a él iban a ver al gigante Dramusiando y al -caballero de la Fortuna, teniendo por cosa espantosa por un caballero -ser vencido un hombre como aquél; así allegaron a vista de la gran -ciudad de Londres, adonde viendo don Duardos por entre los otros -edificios el aposento de Flérida, no pudo estar tan libre que sus -ojos no sintiesen la soledad de tanto tiempo; mas acordándose cuán -cerca estaba de vella, le hizo olvidar con la gloria presente toda -la tristeza pasada, y esforzóse lo mejor que pudo para que ninguno -le sintiese aquella flaqueza; llegando junto de la ciudad, el rey -los vino a recebir con una solene fiesta; el rey recibió a cada uno -según la valía de su persona; don Duardos llegó de los postreros con -Dramusiando, y después de besar la mano al rey con las rodillas por el -suelo, le dijo:</p> - -<p>—Señor, si ante vuestra alteza yo puedo valer alguna cosa, sea -hacerme tanta merced que a este gigante trate, no como hijo de su -padre, sino como el mejor hombre del mundo, pues él lo es.</p> - -<p>El rey levantó a don Duardos, tomándole por<span class="pagenum" -id="Page_252">p. 252</span> entre los brazos le apretó consigo, -derramando muchas lágrimas le dijo:</p> - -<p>—Hijo don Duardos, ¿quién es el que tanto deseara veros y que en -este tiempo os negara ninguna cosa?</p> - -<p>Entonces volvió hacia Dramusiando, que le quería besar las manos, y -abrazándole, dijo:</p> - -<p>—Por cierto, Dramusiando, mal pensaba yo que quien tanto mal me -hizo quisiese tanto; mas vuestras noblezas pudieron tanto conmigo, que -allende de me hacer perder el enojo, volví la voluntad tanto de vuestra -parte, que agora no sé ya quién puede ser vuestro enemigo que también -no lo fuese mío.</p> - -<p>En esto vió que el caballero de la Fortuna se venía para él, y -tomándole en los brazos comenzó a decir:</p> - -<p>—¿Quién me dijo a mí siempre que si algún bien me había de venir -había de ser por vuestras manos?</p> - -<p>—Por las de Dios puede vuestra alteza decir, que así lo quiso -—respondió él—, que las mías no son para tanto.</p> - -<p>Acabado este razonamiento, se fueron para la iglesia principal de la -cibdad, adonde oyeron misa con tanta solenidad como era razón; acabada -la misa, aquellos príncipes y caballeros casi por fuerza hicieron -cabalgar al rey, y ellos le fueron acompañando hasta el palacio, donde -hallaron a la reina y a Flérida que los salieron a recebir; entramas -juntas tomaron a don Duardos, aun no creyendo que<span class="pagenum" -id="Page_253">p. 253</span> le tenían allí. El rey tomó a la reina por -la manga de una ropa que traía, diciendo:</p> - -<p>—Señora, vuestro hijo ya está en vuestra casa, y cada día le podéis -ver; agora habla a estos príncipes y caballeros, a quien tanto debemos -por el peligro que por nosotros se pusieron con deseo de la libertad de -don Duardos.</p> - -<p>Entonces, mostrándole a Primaleón, la reina le recibió como a tan -gran persona convenía, y luego a todos los otros príncipes y caballeros -mancebos.</p> - -<p><i>De allí a poco, en un brillante torneo que se celebró en honor -del emperador de Alemania, que había venido a visitar al rey de -Inglaterra, lucharon de un lado los caballeros ingleses y del otro los -de Constantinopla que habían venido a libertar a don Duardos, menos -el de la Fortuna, que no tomaba parte por expreso deseo del soberano. -Los caballeros griegos, a pesar de sus muchas proezas, iban de vencida -cuando</i> en esto entraron por medio del torneo tres caballeros -de parte del emperador <i>de Constantinopla</i>, armados de armas -amarillas y leonado; el uno traía en campo negro en el escudo el dios -Saturno, cercado de estrellas; el otro traía en campo negro la casa -de la tristeza; el tercero traía el suyo cubierto con un cuero negro, -de manera que no se parecía la devisa; éstos, viendo que la sobra de -los muchos hacía perder la bondad de los pocos, abajando las lanzas -arremetieron, con las cuales, antes que las quebrasen, derribaron -algunos caballeros; sacando<span class="pagenum" id="Page_254">p. -254</span> sus espadas, en pequeño espacio, por su esfuerzo, cobraron -los del emperador lo que habían perdido, con tanta ventaja que los -contrarios, no pudiendo sostenerse, comenzaron a retraerse. <i>Así -quedó la victoria por los caballeros del emperador griego.</i></p> - -<p><i>Aquella noche, después de un banquete</i>, hobo sarao real en -el aposento de Flérida, adonde la emperatriz y la reina aquella noche -cenaron; al cual vinieron los más caballeros que en el torneo se -hallaron; ya que se quería recoger cada uno a su aposento, entraron por -la sala los tres caballeros esforzados que en el torneo fueron en ayuda -de los del emperador, vestidos de las mesmas armas que en él tuvieron, -tan bien dispuestos y de tan bien parecer, que no hubo allí nenguno que -no tuviese codicia de sus obras y parecer, y con este contentamiento, -cada uno les daba lugar para que allegasen adonde estaba el rey; siendo -ya al pie del estrado donde él e los otros príncipes estaban, hízose -una escuridad en la sala, de tal manera que nenguna persona se vía a -otra; en las damas fué el miedo tan grande que cada una se abrazaba con -el que más cerca de sí hallaba; esto no duró mucho, que la escuridad -se deshizo y allí delante de todos quedó un león y un tigre envueltos -en batalla, hiriéndose tan sin piedad como aquellos que no la sabían -tener de sí mesmos; en esto entró por medio de la sala una doncella con -un bastón dorado en las manos, y tocándolos a entramos cayeron en el -suelo tan muertos como si nunca<span class="pagenum" id="Page_255">p. -255</span> tuvieran vida; mas esto no fué tan presto hecho, cuando -ellos se tornaron a levantar en figura de toros grandes y fieros, que -la mayor parte de la gente estuvo para huír de ellos, sino algunos -caballeros famosos, que allende deste miedo hacer poca impresión en -ellos, consolaban a las damas de vellas los colores perdidos, riéndose -del temor que recebían. Los toros se apartaron el uno del otro algún -poco, y arremetiendo el uno al otro, se encontraron con tanta fuerza, -que la sala parecía asolarse, e de la fortaleza con que se encontraron -vinieron entramos al suelo, echando por la boca y narices un humo tan -negro, que se tornó a escurecer la sala como la primera vez; deshecha -la escuridad, que no duró mucho, quedaron los tres caballeros armados -de sus armas con los rostros descubiertos, y el que de antes traía el -escudo cubierto hallóse con él desatapado, y en él la devisa que solía, -que era en campo blanco un salvaje con dos leones por una traílla: -llegándose al rey, que ya le quería abrazar por habelle conocido, le -besó las manos, diciendo:</p> - -<p>—Señor, haga vuestra alteza honra a este caballero que aquí está, -que es el gran sabio Daliarte, vuestro servidor, a quien vuestro -cuidado siempre dolió mucho para lo sentir y deseo para os servir en -todo.</p> - -<p>El rey, que ya le conoció por su fama, tomándole en los brazos con -mucho amor, decía:</p> - -<p>—Por cierto, Daliarte, aunque yo no os debiese<span class="pagenum" -id="Page_256">p. 256</span> más que entregarme vivo a Desierto, cosa -que yo no esperaba, es cosa que no se puede pagar.</p> - -<p>—Señor —dijo Daliarte—, la razón que yo tengo para serviros es -tamaña, que ella me puso siempre en esta obligación, por donde vuestra -alteza me es en menos cargo que lo que piensa; y porque el mayor -servicio que yo en alguna hora os podía hacer está aún encubierto, -siéntese vuestra alteza y óigame, porque querría que mis palabras -acrecentasen estas fiestas con más razón de las que ellas se hacen.</p> - -<p>El rey, puesto que no sospechaba lo que podía ser, por ser cosa que -el tiempo traía olvidado, creyendo que sería alguna cosa de placer, se -tornó a sentar y llamó junto consigo a Desierto, que estaba de rodillas -hablando con Flérida y con don Duardos; después de todos sosegados, el -gran sabio Daliarte, puniendo los ojos a todas partes, los afirmó en -Flérida, diciendo:</p> - -<p>—Por cierto, señora, claro está que la vista de don Duardos os -quita de la memoria el acuerdo de las otras cosas, y mucho más la de -vuestros hijos, e para vos acordar desto no debía ser así, porque a -quien sus obras más placer dieron fué a vos, e la fortuna, que en su -nacimiento los puso en trabajo y estado que su alta sangre estuvo -para ser sacrificada a dos leones por mano del salvaje que los hurtó, -esa les tornó a poner en tamaña alteza de fama en las armas, que no -tan solamente pasaron a los de su tiempo, mas en el otro pasado no -hubo<span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> quien tanta -gloria dejase como la suya será, ni por venir por muy largos años yo -no alcanzo quien con mucha parte los iguale; pues quien tales hijos -perdió no debía vivir tan sin cuidado de tamaña pérdida que los otros -placeres la hiciesen ausente deste acuerdo; por tanto acuérdeseos -de las palabras que Pridos os dijo el día de su nacimiento, y del -perdimiento de don Duardos, que le dijera una doncella; ya veis cuán -verdaderas salieron; vuestros hijos están juntos con vos, y son tales, -que han sabido pagar el pesar que ya os dieron. Vedes allí a Palmerín -de Inglaterra, que tantas lágrimas os tiene costado y a quien vos -posistes el nombre por su nacimiento conforme al de vuestro padre, y -después el emperador su agüelo, sin lo saber, le tornó a confirmar casi -por espiración divina; pues Floriano del Desierto no es otro sino este -caballero del Salvaje que vos como madre criastes y como a hijo ajeno -tenéis olvidado.</p> - -<p>Flérida puso los ojos en don Duardos tan reciamente turbada, que -no sabía de sí, porque también el placer como el pesar hace aquestas -mudanzas en quien las recibe de cosa que no espera; y don Duardos puso -también los suyos en ella, y así Palmerín en Desierto; mas conociéndose -se fueron abrazar, y el rey, que su edad no era para tan grande -sobresalto, se acostó en la silla, llamando a Daliarte le dijo:</p> - -<p>—¡Oh Daliarte!, no quisiera este placer tan súpito,<span -class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> porque mi flaqueza no es -para sufrir sobresalto tamaño y tan poco esperado; ruégoos que me -digáis cómo sabéis vos esto, que puesto que siempre lo sospeché, no lo -creo por el placer que de ahí recibo.</p> - -<p>Daliarte le dijo:</p> - -<p>—Señor, yo os mostraré la verdad tan clara como es necesario para -creer lo que digo.</p> - -<p>Entonces sacando un pequeño libro del seno, leyó poco por él, porque -aquello bastó para hacer venir ante sí al salvaje que los criara y -a su mujer, y entrando por la sala como personas que nunca en otra -parte como aquella se vieron, Palmerín, que le conoció por haber menos -días que le viera, se fué a abrazar con él, y Floriano con su mujer, -y Selvián su hijo, asimesmo con la rodilla en el suelo, cortesía poco -acostumbrada entrellos; mas Selvián no por la naturaleza, mas por la -crianza lo aprendiera; mas ella, con lágrimas en los ojos, no sabía -cuál primero recibiese. Después que Palmerín tuvo metido en acuerdo al -salvaje, llególe al rey, que juntándole consigo le preguntó por estenso -la crianza de aquellos infantes, e informado públicamente de lo que -pasara, apretando consigo a Palmerín, puestos los ojos en el cielo, -decía:</p> - -<p>—Señor, esto era el postrero bien que deseaba ver; ruégote que agora -me lleves antes que la fortuna no me enseñe algún revés dél.</p> - -<p>Entonces, tomándolos a entramos por la mano,<span class="pagenum" -id="Page_259">p. 259</span> los entregó a Flérida, a la cual con -las rodillas en el suelo besaron las manos muchas veces; ella los -tuvo abrazados algún tanto, saliéndole algunas lágrimas de placer -acordándose de la batalla en que ya los viera dentro en Londres, e -cuán presto estuvieron de morir en ella. Don Duardos los abrazó, no -pudiendo encubrir tan grande alegría; porque cuando es grande o de -cosa que mucho se desea, puédese más disimular, y luego por su mandado -hicieron su cortesía al emperador <i>de Alemania y los demás caballeros -principales</i> como a personas que de nuevo conocían, puesto que -Palmerín, cuando llegó a Primaleón a le hacer su acatamiento, -acordándose ser padre de su señora, fué con mucha más obidiencia que -a los otros, cosa que a todos pareció que lo hacía por ser hijo del -emperador, cuyo criado era; en palacio fué el placer tan grande, que -bien se parecía que era general; la reina estaba con sus nietos tan -contenta que no quería que nadie los gozase sino ella. El salvaje y su -mujer, con Selvián, tan alegres de le ver tan gentil mancebo y fuera de -su traje como de cosa no esperada.</p> - -<p><i>Y en la corte y fuera de ella fué indecible la alegría de ver -acabado con tanto bien y dicha lo que había tenido principios tan -fieros.</i></p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/i_259.jpg" - style="width: 7em; height: auto;" - alt="Viñeta de adorno" /> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/i_261.jpg" - style="width: 30em; height: auto;" - alt="Ilustración ornamental" /> - </div> - <h2 class="nobreak g2">ÍNDICE</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<table class="toc" summary="Índice de contenidos"> - <tr> - <td colspan="2" class="tdcb ws1 pt1"><a href="#Ch_I">AMADÍS DE GAULA</a></td> - </tr> - <tr> - <td> </td> - <td class="tdrb asc bb">PÁGS.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Cap_I_1_1"><span class="smcap">Libro primero</span></a>: <i>La Corte de Lisuarte</i></td> - <td class="tdrb pt05"><a href="#Page_9">9</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—El Doncel del Mar</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_9">9</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_2"><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—La sin par Oriana</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_13">13</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—La bola de cera</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_25">25</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—La guerra de Gaula</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_30">30</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_5"><span class="smcap">Cap. V</span></a>.—Los anillos del rey Perión</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_39">39</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_6"><span class="smcap">Cap. VI</span></a>.—Don Galaor</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_45">45</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_7"><span class="smcap">Cap. VII</span></a>.—El manto y la corona</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_51">51</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_8"><span class="smcap">Cap. VIII</span></a>.—Las Cortes de Londres</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_56">56</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_9"><span class="smcap">Cap. IX</span></a>.—Los ardides de Arcalaus</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_61">61</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_10"><span class="smcap">Cap. X</span></a>.—La prisión del Rey</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_67">67</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_11"><span class="smcap">Cap. XI</span></a>.—La libertad de Oriana</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_71">71</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_1_12"><span class="smcap">Cap. XII</span></a>.—Las proezas de don Galaor</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_78">78</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Cap_I_2_1"><span class="smcap">Libro segundo</span></a>: <i>Beltenebrós</i></td> - <td class="tdrb pt05"><a href="#Page_85">85</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—La Ínsola Firme</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_85">85</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_2"><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—El Arco de Los leales Amadores</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_91">91</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—Los celos de Oriana</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_98">98</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—El ermitaño</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_104">104</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_5"><span class="smcap">Cap. V</span></a>.—La Peña Pobre</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_109">109</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_2_6"><span class="smcap">Cap. VI</span></a>.—El castillo de Arcalaus</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_114">114</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Cap_I_3_1"><span class="smcap">Libro tercero</span></a>: <i>El Caballero de la Verde Espada</i></td> - <td class="tdrb pt05"><a href="#Page_125">125</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_3_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—La muerte del Endriago</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_125">125</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_3_2"><span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—Las coronas de la Infanta</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_137">137</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_3_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—Las cuitas de Oriana</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_148">148</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_3_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—La batalla naval</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_151">151</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt05"><a href="#Cap_I_4_1"><span class="smcap">Libro cuarto</span></a>: <i>La guerra por Oriana</i></td> - <td class="tdrb pt05"><a href="#Page_160">160</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—Los tres ejércitos</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_160">160</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_2"><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—El primer día de lucha</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_166">166</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—El fin de la batalla</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_172">172</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—Las gestiones de paz</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_176">176</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_5"><span class="smcap">Cap. V</span></a>.—La derrota de Arcalaus</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_181">181</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdhh"><a href="#Cap_I_4_6"><span class="smcap">Cap. VI</span></a>.—Las bodas</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_188">188</a></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="2" class="tdcb ws1 pt2"><a href="#Ch_II">PALMERÍN DE INGLATERRA</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh pt1"><a href="#Cap_II_1"><span class="smcap">Cap. I</span></a>.—La floresta encantada</td> - <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_201">201</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_2"><span class="smcap">Cap. II</span></a>.—Los mellizos de Flérida</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_206">206</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_3"><span class="smcap">Cap. III</span></a>.—Desierto y Palmerín</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_212">212</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_4"><span class="smcap">Cap. IV</span></a>.—Primaleón</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_219">219</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_5"><span class="smcap">Cap. V</span></a>.—El torneo</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_226">226</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_6"><span class="smcap">Cap. VI</span></a>.—El Caballero de la Fortuna</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_233">233</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_7"><span class="smcap">Cap. VII</span></a>.—Los enemigos hermanos</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_237">237</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_8"><span class="smcap">Cap. VIII</span></a>.—La libertad de los Caballeros</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_240">240</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><a href="#Cap_II_9"><span class="smcap">Cap. IX</span></a>.—Las fiestas de Londres</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_250">250</a></td> - </tr> -</table> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/i_262.jpg" - style="width: 6em; height: auto;" - alt="Viñeta de adorno" /> -</div> - - -<hr class="full" /> - -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LIBROS DE CABALLERÍAS ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. 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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg™ -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg™ work, and (c) any -Defect you cause. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state’s laws. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation’s website -and official page at www.gutenberg.org/contact -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> - -</body> -</html> diff --git a/old/65685-h/images/cover.jpg b/old/65685-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index c9c3909..0000000 --- a/old/65685-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/65685-h/images/i_009.jpg b/old/65685-h/images/i_009.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index c79bf88..0000000 --- a/old/65685-h/images/i_009.jpg +++ 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