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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Novelas de la Costa Azul - -Author: Vicente Blasco Ibáñez - -Release Date: January 10, 2022 [eBook #67137] - -Language: Spanish - -Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at - http://www.pgdp.net (This file was produced from images - available at The Internet Archive) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS DE LA COSTA -AZUL *** - - - - - - - NOVELAS DE LA COSTA AZUL - - -Novelas de la Costa Azul (1924) resulta un excelente fresco sobre la -vejez, trazado con brío y exactitud por un Blasco Ibáñez ya maduro, en -la cumbre de su fama, dueño de la lengua y la técnica, que sabe dibujar -desde el agnosticismo la amargura del transcurso del tiempo sin -desaliento ni acritud. Un libro brillante que sorprenderá al lector por -su calidad y su calidez humana. - - - ©1924, Blasco Ibáñez Vicente - ©1924, Prometeo - - - - -AL LECTOR - - -Titulo este libro _NOVELAS DE LA COSTA AZUL_ porque la mayoría de las -historias novelescas y los relatos descriptivos que lo componen tienen -por escenario la famosa y asoleada ribera mediterránea, conocida con -dicho nombre. - -Dos de las novelas desarrollan su curso más lejos, en la América del -Sur, pero me he atrevido a darles entrada en el presente volumen -pensando que su nacimiento justifica en parte tal intrusión, ya que en -la Costa Azul fueron concebidas y escritas. - - - - -Puesta de sol - - -La duquesa de Pontecorvo dejó su automóvil a la entrada de Roquebrune. -Luego, apoyándose en el brazo de un lacayo, empezó a subir las -callejuelas de este pueblo de los Alpes Marítimos, estrechas, tortuosas -y en pendiente, con pavimentos de losas azules e irregulares, -incrustadas unas en otras. A trechos, estas callejuelas se convertían en -túneles, al atravesar el piso inferior de una casa blanca que obstruía -el paso, lo mismo que en las poblaciones musulmanas. - -Todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora subía desde la -ribera del Mediterráneo para contemplar la puesta de sol sentada en el -jardín de la iglesia. Era un lugar descubierto por ella algunas semanas -antes, y del que hablaba con entusiasmo a sus amigas. - -Una vanidad igual a la de los exploradores de tierras misteriosas la -hacía soportar alegremente el cansancio que representaba para sus -ochenta años remontar las cuestas de estas calles de villorrio -medioeval, por las que nunca había pasado un carro, y que no se -prestaban a otro medio de locomoción que el asno o la mula. - -Tenía la duquesa la flácida obesidad de una vejez que se resiste a la -momificación, y sólo le era posible andar apoyándose en una caña de -Indias con puño de oro, recuerdo de su difunto esposo el duque de -Pontecorvo, mariscal de Napoleón III y héroe de la guerra de Italia -contra los austríacos. A pesar de la hinchazón de sus piernas, se movía -con cierta vivacidad juvenil, que delataba las impaciencias de un -carácter inquieto y nervioso. - -Su rostro guardaba los lejanos reflejos de una belleza majestuosa: una -belleza «estilo María Antonieta», como decían los aduladores de su -ancianidad; pero la nariz que había sido aguileña caía ahora sobre la -boca con una pesadez grotesca, y sus ojos azules estaban empañados por -el lagrimeo de la decrepitud. Por debajo de su capota asomaban los rizos -de una cabellera blanca, excesivamente abultada para ser natural. - -En su persona, vestida de negro con aristocrática modestia, lo que -atraía inmediatamente la atención, lo que la hacía ser reconocida por -todos, era su collar, un famoso collar que sólo podía ser el de la -duquesa de Pontecorvo: millón y medio en perlas, según cálculo de los -entendidos. - -Tenía la forma ancha de los llamados «collares de perro», y al mismo -tiempo que deslumbraba como joya, servía de corsé al cuello, sosteniendo -y disimulando las blanduras de su piel. Por abajo intentaba ocultar un -manojo de tendones rígidos. Sobre su filo superior se desbordaban los -colgantes bullones de las mejillas, cuyo antiguo tono de rosa era en el -presente un morado lívido. - -Entró en la iglesia, desierta a estas horas, y el lacayo, abandonando su -brazo, quedó en respetuosa inmovilidad junto a una puertecilla lateral. -Esta abertura proyectaba sobre las baldosas del templo un rectángulo de -sombras azules, perforadas por redondas manchas de sol, iguales a -monedas de oro. - -El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer -sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por -la puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de -plantas, golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos, -desnivelados por el tiempo y las lluvias. - -Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre -nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del -majestuoso y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la -azul llanura del Mediterráneo. - -En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía -en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores, -enmarañándose hasta formar un matorral espinoso y perfumado; los -árboles, faltos de espacio, se apoyaban unos en otros, retorciendo sus -troncos; las flores silvestres disputaban el suelo a las cultivadas, con -una audacia agresiva de parásitas llegadas a capricho de los vientos; la -vida animal--hormigas, avispas y escarabajos multicolores--zumbaba o se -arrastraba en filas ondulantes a través de la reducida selva. - -La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama -inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en -desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que -avanzaban sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el -mar desde aquel balcón natural, a una altura de varios centenares de -metros; un Mediterráneo más inmenso que el que contemplaba desde su -«villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de -los Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando -golfos, penínsulas y promontorios. - -A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí, -recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por -el sol poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco -de Mónaco, con la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de -Monte-Carlo, cubierta de palacios y jardines; y a los pies de ella, -obligándola a bajar los ojos, la península de Cap Martin, con la -«villa», entre copudos pinos, edificada por el difunto mariscal, duque -de Pontecorvo. En la misma península cubierta de árboles, que era como -un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su amiga y -protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras -viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el -enorme palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria -y de la minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la -tierra. - -Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus -espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas, -desde el cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que -ella había evocado ya en su imaginación. Permanecería allí una hora, -contemplando la lenta y dulce muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar -su melancólico aislamiento en este tranquilo jardín de cura, frente al -ocaso, que despierta los más suaves recuerdos del pasado y evoca lo que -fue y no volverá a ser, como una melodía dulce y moribunda, como un -perfume casi desvanecido. - -Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese -cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo, -perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la -muerte del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de -los lugares más hermosos de la tierra!... - -Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco -confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos. -Un hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso -paisaje, como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de -humo de su cigarro. - -Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de -protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente -sonrió, con una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso. - ---¡Oh, mister Baldwin!... ¡Qué agradable sorpresa!... - - -II - -Cuando de tarde en tarde el multimillonario John Baldwin venía a pasar -unas semanas en su palacio de Cap Martin--comprado desde Nueva York sin -conocerlo y guiándose por fotografías--, toda la atención de la Costa -Azul se concentraba en su persona. - -Desde Cannes a Mentón no existía un invernante superior a él, y eso que -siempre vivían en las «villas» y hoteles de la ribera mediterránea -varios monarcas destronados o en vacaciones, y algún presidente de -república hispanoamericana recién huido de su país en revolución. - -Las autoridades le escribían solicitando su apoyo para obras benéficas; -las sociedades le enviaban comisiones para saludarle, pidiéndole de paso -una subvención; los organizadores de conciertos y funciones teatrales -procuraban colocarse bajo su patronato. - -El poderoso millonario era semejante a Dios, que no se deja ver, pero se -hace sentir con sus obras. Los que entraban en su hermoso palacio salían -sin conocerle, mas rara vez dejaban de ser recibidos por uno de sus -secretarios, y éste desaparecía a las primeras palabras, volviendo luego -con un cheque en la mano. - -En contadas ocasiones, los que habían conseguido ver personalmente a -Baldwin lo señalaban a los demás en un paseo de Niza, en una de las -salas de juego de Monte-Carlo, o en un camino pintoresco de la montaña. -«Ése es el millonario Baldwin». Y la gente acogía siempre tal revelación -preguntando con extrañeza: «¿Ese viejo que tiene aspecto de pobre?...». - -Iba vestido con modestia. En sus _garages_ de Cap Martin tenía varios -automóviles de las marcas más célebres; pero casi siempre iba a pie. - -Sus secretarios eran _gentlemen_ de refinada elegancia. Al millonario le -complacía que lo tomasen por un servidor de ellos, apreciando el aspecto -señorial de sus empleados y sus ayudas de cámara como un reflejo de su -propia grandeza. - -Cuando las gentes querían describir el poder de este hombre de aspecto -humilde y poco dispuesto a aceptar las manifestaciones de la pública -admiración, decían simplemente: «Es el hombre más rico de la tierra». -Los que estaban versados en los negocios afirmaban con un temblor de -emoción: «Es un señor que siempre tiene inmovilizados en su cuenta -corriente sesenta millones de dólares, no sabiendo qué hacer de ellos». -Y era verdad. - -Si le hablaban de esta riqueza inactiva, en las contadas reuniones a que -se dignaba asistir, respondía con un gesto de cansancio. El dinero le -abrumaba: ¿qué podía hacer con él? Le era imposible colocarlo en -negocios que fuesen más fructuosos que los suyos. Y como sus empresas -industriales y mineras no podían desarrollarse más, ni exigían nuevos -capitales, la mayor parte de sus enormes ganancias se iba amontonando en -forzosa improductividad. - -La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap -Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja, -famosa en otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era -célebre en el mundo entero. - -Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después -de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes, -para seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un -presidente de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora -los señores del mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su -vejez, por haber dado a sus hijos la mayor parte de su antigua fortuna, -teniendo que soportar una «pobreza dorada», que sólo le permitía -abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap Martin, experimentó -como todos un respeto irresistible hacia este potentado de los tiempos -presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al reconocer -en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!». - -Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la -iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son -jóvenes y temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía -verlo mejor al aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo -verdoso a las personas y los objetos. - -Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se -mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que -los dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una -espada de buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor -atlético, pero los años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese -acartonamiento que repele los asaltos de la enfermedad y retarda el -triunfo de la muerte. - -Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de -él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme -su cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo -mismo que un fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La -mandíbula inferior, saliente y poderosa en la juventud como un -testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado -exageradamente en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la -dinastía austríaca. - -Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en -esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su -belleza muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón -fuerte habían sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que -desconcertaba a los hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus -pupilas, dotadas de una tenacidad imperturbable, habían influido en la -marcha de los sucesos. Pero ahora, estos ojos, que muchas veces fueron -duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado, acariciando con una -mirada fríamente mansa las personas y las cosas. - -Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su -grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta -deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro. - -Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia -en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia -de Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él. - ---Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he -sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso! - -Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo -a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones -de los Alpes. - -A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos -automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El -ferrocarril que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían -como escapados de una caja de juguetes. Estos movimientos de actividad -entre las poblaciones a orillas del mar no iban acompañados de ruidos -para los dos ancianos sentados en la altura. Las máquinas arrojaban -vapor y rodaban guardando un absoluto silencio. En cambio, el tintineo -de las esquilas de un rebaño de cabras que pastaba al pie del jardín -hacía temblar con una vibración melancólica el cristal del cielo -vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin reflejos, -más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las horas -meridianas. - ---Sí, muy hermoso--contestó la duquesa. - -Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad -del atardecer. - ---Es una desgracia--continuó Baldwin--que haya que llegar a la vejez -para conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede -ofrecernos. Durante la juventud, las preocupaciones y las ambiciones -nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres que -si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y -venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin -contempla el mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos -de inteligencia para la vida ordinaria, que se divierten haciendo -versos. - -La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que -su acompañante quería decir. - ---Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para -gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un -hombre; además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para -las cosas sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a -usted más la Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las -Tullerías. - -Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se -interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció -revivir. ¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia, -por habérselo oído mencionar en una reunión!... - -Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las -cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a -los hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del -agradecimiento, habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo -antiguo. - -Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos; -pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces. - ---Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas -cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce -verdaderamente lo que ocurre en su interior. - -Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de -los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por -primera vez. - -La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la -emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las -bellezas juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del -palacio de las Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la -emperatriz quiso casarla con alguno de los personajes de su corte, y el -que mostró más interés por ella fue un mariscal que acababa de recibir -el título de duque de Pontecorvo por una victoria conseguida en la -guerra que sostuvo Napoleón III contra los austríacos. - -No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y -caracteres entre ella y el rudo soldado que había sido su esposo. Pero -la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias entre -ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida. - -Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los -personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió, -agobiado por la ruina del emperador y los desastres militares de 1870, -dejando a su viuda con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido -a su vez nuevas familias, llevándose la mayor parte de la herencia -paterna, y la vieja dama acabó por escaparse de un París que ya no era -el de su juventud y la entristecía al hacer revivir sus melancólicos -recuerdos. - -Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el -resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de -esplendor. Esto lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza, -viviendo al mismo tiempo entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde -en tarde su protectora y parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y -ambas, vestidas de luto, hablaban de los amigos difuntos. Ahora acababa -de morir Eugenia, haciéndola pensar este suceso en el corto plazo que le -concedía la vejez para seguirla. De su pasado esplendoroso sólo había -guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus antiguas glorias, y -despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza. - ---Dice usted bien, mister Baldwin--continuó--. La vejez tiene sus -placeres y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis -tiempos mejores: la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he -reducido de tal modo, que no sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no -tiene las alegrías vehementes de otros tiempos, pero tampoco sus dolores -y sus inquietudes. No se conoce en ella lo que llamamos de jóvenes el -amor; pero se encuentra la amistad, que es casi siempre algo más firme y -duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las inquietudes que sufre -una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos! Hay que vivir -en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza; todo -hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la -existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual -rondan incesantemente los enemigos... - -»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no -conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En -realidad, a nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay -compañeros. Al perder importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros -todas las cosas inmateriales que llevamos dentro y llamamos alma. - -»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes, -recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio de envidia. Luego me -arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su vez; llegarán -adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la -tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos -preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves, -pero inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame, -mister Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después -de haber trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo -mismo que yo. - -El millonario repuso melancólicamente: - ---¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!... - -La duquesa, que hasta entonces había hablado con una viveza juvenil, -bajó la mirada, contestando con una voz igualmente triste: - ---Es verdad... ¡Ay, la muerte! - - -III - -Hubo un largo silencio. El célebre Baldwin lo cortó para expresar en -alta voz todo lo que había pensado mientras escuchaba a la duquesa. - -También en su existencia era rudo el contraste entre el pasado y el -presente, pero no sentía desesperación al darse cuenta de su inercia -actual, después de una vida tan activa, que los más grandes negociantes -de la tierra habían acabado por admirarle como el tipo perfecto del -hombre de acción. - -Su existencia ya no tenía un motivo justificante para continuar su -desarrollo. A John Baldwin no le quedaba papel en la vida. ¿Qué más -podía intentar después de lo que llevaba hecho?... Y sin embargo, seguía -viviendo, porque la razón de la existencia humana se encuentra más allá -de los cálculos y las conveniencias de los hombres. - ---Usted, duquesa, no puedo darse cuenta exacta de lo que son mis -negocios y hasta dónde han llegado. Como todo el mundo, sabe usted que -soy muy rico; pero la palabra «rico» no puede abarcar toda la enormidad -de mi riqueza. Para que yo me arruine es necesario un cataclismo que -suprima la mayor parte de la humanidad civilizada. Tengo que limitar el -rendimiento de mis minas y de mis fábricas, porque no quiero ser más -rico. Dejo improductivos capitales enormes y desprecio negocios seguros, -porque tengo de sobra el dinero y huyo de él. - -»Todo lo he sido, y lo que no fui en el pasado puedo serlo mañana mismo -si lo deseo. Pero ninguna de las cosas que tientan a los hombres puede -atraerme ahora que soy viejo y mi inteligencia conoce la inutilidad de -las vanidades humanas. No tengo hijos, y mi principal ocupación es -pensar en qué podré invertir mi riqueza para que sirva de algo después -de mi muerte. - -»He fundado museos, bibliotecas y universidades. Doy mi dinero para -establecimientos de caridad, aunque mi razón no me permite creer en la -eficacia de la caridad. Pero esto no importa; como en algo he de -invertir mi riqueza, la esparzo sin reparar en los pretextos que invocan -los que me la piden. Estoy cansado de comprar cuadros y de fomentar la -publicación de libros. También me fatiga el subvencionar descubrimientos -científicos o inventos mecánicos. ¡Grandes cosas cuando se tiene el -entusiasmo de la juventud y se cree en el porvenir! Pero ahora soy -incapaz ya de entusiasmo, y en cuanto al porvenir... - -Quedó silencioso largo rato el multimillonario, y al fin dijo con una -voz triste y rencorosa: - ---Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los -negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de -la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en -un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una -cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una -garantía de que vivirán cuando yo no viva. - -«¡Ah, canallas--me digo--, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto -me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa -admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil -millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a -cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera. - -»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en -añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los -jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir -veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia -alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos -más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he -influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas -mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no -conseguiría esos veinte años. - -Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio. - ---Todo lo he sido, todo lo he tenido--continuó--, y por eso mismo la -vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero -vivir, y me irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi -existencia a pesar de mis riquezas. - -»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo -la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba -obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de -las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son -realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en -otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba. -Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo -la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto -a través del cuerpo de todos los que le rodean. - -»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el -triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi -fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no -experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé -que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una -fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y -empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi -victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que -conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino. -¿Qué me queda que hacer en la vida?... - -La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle -de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo -al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes. -Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído, -dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además -inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de -confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el -ambiente melancólico del atardecer. - ---Nada espero--continuó--, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir. -La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo -en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una -ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano, -las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más -allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance. -¡Qué cosa triste es la muerte!... - -»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y -miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las -proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en -nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la -muerte, en nuestra ancianidad, podemos verla tal como es y darnos -cuenta de la miseria de nuestro destino. - -»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto -para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de -miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la -envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede -consolarme a mí, que he triunfado y puedo seguir triunfando?... - -»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la -restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará -mañana, y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo -después de su muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la -ignorancia humana, nos afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto -de un modo palpable a los que no tienen la ceguera de la fe?... - -»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A -continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad -el renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es -lo que hay después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que -ven nuestros ojos es que el organismo se deshace y desaparece, dejando -un pálido recuerdo y un nombre que sólo dura unos cuantos años... Y -después, la nada. - -Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a -hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía -por el horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo -una faja de oro sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de -peñascos parecían arder, como si transparentasen un incendio interior. - -El millonario señaló el sol con su bastón. - ---Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá -resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan -esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los -grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el -último episodio de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que -encontrarán media hora después... Lo terrible es saber que nuestra -muerte no tiene remedio, ni puede repetirse. Morimos una vez nada más, y -para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo tiempo que otros -llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de su -juventud. - -»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado -su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud -insolente que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente -viejos y ven venir la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos -menos felices; todo está desarreglado en la existencia, y los viejos -morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más -cruel. - -La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le -inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad -con que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas, -murmurando un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de -ciertos amores entre gente joven que eran motivo de comentarios a la -hora del té?... Le parecía de mal augurio hablar tanto de la muerte. -Cuando se es viejo no hay que acordarse de ella. Sabe venir sola y no -debe nombrársela, pues puede creer que la llamamos... - -Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las -grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de -soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio. -El americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el -suelo, a impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino. - ---Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un -loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez -es una simple combinación del azar, y así se explica su absurdo -funcionamiento. De jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la -conquista de la riqueza o de la gloria, y para realizar nuestras -ilusiones consumimos la frescura de los primeros años y volvemos la -espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al ser viejos, y cuando -poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos de qué pueden -servirnos... - -Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de -acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las -correcciones que necesitaba el actual orden de la vida. - -Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en -los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez -eran al principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas -repugnantes trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En -cambio, al final llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en -mariposas vestidas de sedas multicolores, que revoloteaban sobre los -jardines para alimentarse con néctares florales, y cuando morían era en -medio de una embriaguez primaveral, en pleno éxtasis de amor. - -Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se -batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que -había triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo -tenía veinticinco años y vagaba por la parte baja de la ciudad de Nueva -York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura -de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría -podido gozar verdaderamente de su triunfo. - ---¡Pensar, duquesa--continuó--, que pasé años enteros sin ver la luz del -día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las -mismas horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la -primavera para los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para -suplir en ciertos casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso -sobre cualquiera de esas cumbres peladas que vemos desde aquí; podría -conseguir que mujeres iguales a las que me hacían temblar de emoción en -mi juventud se interesasen actualmente por mi decrépita persona. ¡El -poder del dinero es tan grande para los que no lo poseen y lo -necesitan!... - -»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el -engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en -plena juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe -decisivo. Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando -sentimos las pasiones con más intensidad que en la adolescencia. El -primer diente que se cae, los primeros cabellos que se marchan, anuncian -que empezó ya la evolución de nuestra muerte. Pero somos ciegos y -sordos. Poseemos la esperanza, compañera que sólo nos abandona en el -momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos convencidos de que no -podemos morir. - -»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que -esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana, -y el tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los -demás mueran, pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se -imagina que esta desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo -esto, no quiero morir, y hago planes diariamente basados en lo futuro, -como si contase con una vida infinita. Somos sordos para la muerte, y -sin embargo, hablamos de ella a todas horas. - -»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían. -Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de -nuestra existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les -entenderán los jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas -generaciones y generaciones de esta humanidad que basa en la muerte sus -creencias religiosas y continúa viviendo sin querer convencerse de que -existe la muerte mientras goza de salud. - -La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la -ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador -hizo un gesto de asentimiento. - ---Esa dulce mentira--dijo--es necesaria para que continuemos nuestra -existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres -que parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese, -duquesa, que a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un -deseo que me ha devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome -fuerzas para seguir adelante!... - -Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió -cómo era él cuando tenía treinta años. - - -IV - -La guerra de Secesión le había hecho perder un tiempo precioso para sus -negocios, pues por entusiasmo se convirtió en soldado. Luego ganó sus -primeros miles de dólares y quiso viajar por Europa. Estuvo en el París -de los últimos años de Napoleón III y visitó la famosa Exposición que -fue como un resumen de la gloria imperial antes de que llegase la -catástrofe. - ---Entonces, duquesa, la vi a usted por primera vez, cuando todo París se -ocupaba de su hermosura, de su lujo y sus fiestas. - ---¡Oh, mister Baldwin!--interrumpió la anciana, conmovida por esta -revelación--. Debió usted haberse hecho presentar. ¡Hubiera tenido tanto -placer en conocerlo de joven!... - -Sonrió el mayor de los ricos del mundo con una expresión de -incredulidad. Se mostraba regocijado por la hipótesis de que él podía -haber asistido en aquella época a las fiestas de la duquesa de -Pontecorvo, como si esto le pareciese altamente grotesco. - ---El Baldwin de entonces, aunque joven y vigoroso, resultaba menos -presentable que el viejo que conoce usted ahora. Era un pobre que estaba -educándose a sí mismo, y acababa de hacer la guerra en un país cuyas -costumbres han progresado mucho desde entonces. Sus maneras eran -bruscas; tenía las manos deformadas por el trabajo... No; el John -Baldwin de entonces hubiera hecho un mal papel en los salones de usted. -Sólo le correspondía quedarse al borde de la acera, entre la muchedumbre -de las fiestas de la Exposición, aguardando el paso de la comitiva -imperial para ver en un landó, detrás de la emperatriz, a la duquesa de -Pontecorvo, que estaba entonces en lo mejor de su juventud y su -belleza. - ---¡Oh, mister Baldwin!--suspiró otra vez la anciana, mirando al suelo, -al mismo tiempo que la lividez de sus mejillas se extendía por el resto -de su cara, sustituyendo al rosa del antiguo rubor. - -Siguió hablando el americano. - ---Desde entonces la conozco, y jamás la olvidé. Todos, para vivir, -necesitamos poner los ojos en una altura, y cuanto más inaccesible, -mejor, pues de este modo se pueden conservar intactas las ilusiones que -depositamos en ella. Para mí, esta cumbre fue usted. Estamos en una -edad, duquesa, que nos permite decirlo todo, sin las timideces de la -adolescencia. - -»Durante mi época de peligros y trabajos, concentré toda mi ambición en -realizar tres deseos, como resultado de mi victoria. Quería poseer un -palacio rodeado de un parque inmenso, y un yate con el que pudiese -navegar por todos los mares de la tierra... Mi tercer deseo, o mejor -dicho, el primero, por resultar más vehemente que los otros dos, fue -conseguir una mujer igual a la duquesa de Pontecorvo, o ella misma, pues -la vida ofrece a veces limosnas inesperadas con las que uno no se habría -atrevido nunca a soñar. - -»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer -igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están -inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi -deseo de correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a -conseguir en toda su existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo. - ---¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?--volvió a repetir la voz -conmovida de la anciana. - ---Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado -siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un -hombre de mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas -empresas y le queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales. -Pero le juro que en los raros momentos de descanso, cuando evocaba el -pasado y las ilusiones de la juventud, lo primero que surgía en mi -memoria era el recuerdo de usted. - -»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer -tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido -la ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para -seguir avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi -triunfante. Ya era viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos -se habían casado; tenía nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir -la única ilusión que quedaba en pie dentro de mí?... - -Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés, -haciendo un esfuerzo mental para adivinar cómo habría sido el americano -en los tiempos remotos de su juventud. - ---¡Oh, mister Baldwin!--volvió a decir--. ¿Por qué no se dio usted a -conocer entonces? - -Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus -pensamientos, expresándolos en voz baja. - ---Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros -tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de -entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero -de París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos. -¡Si usted viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha -transcurrido el tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando -no interesan, hacen reír por sus adornos grotescos cada vez que se las -ve en un retrato viejo. En cambio, a la mujer amada nos la imaginamos -siempre con el traje que vestía cuando la vimos por primera vez, y -aunque luego cambien las modas, nunca nos parecen tan interesantes como -las de entonces. Yo contemplaré siempre a la joven duquesa de Pontecorvo -con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la emperatriz Eugenia y -las otras damas elegantes de la corte imperial. No la puedo ver de otro -modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy pocas mujeres -lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor tuvo -el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y -que nunca conoció el otro. - ---¡Oh, mister Baldwin!--repitió la vieja con una voz temblorosa, como si -fuese a llorar--. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que -me dice ahora?... - -El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la -realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del -millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia -inaudita de un extranjero desconocido, pobre y rudo. - -Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó -en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre -astral que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro -vespertino. Por el lado de Italia el azul del cielo se mostró más -intenso y obscuro, siendo punzado a trechos por los fulgores de nuevas -estrellas. - -El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar, -estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja -señora, impresionada aún por las palabras de su acompañante, permaneció -insensible a este cambio de temperatura, que en otro atardecer la -hubiese hecho huir hacia su automóvil. - ---¿Por qué no habló usted a tiempo?--repetía--. ¿Por qué no me dijo -entonces esas palabras tan interesantes? - -Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde -hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la -necesidad de confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde -que encontró en Cap Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta -revelación, y tal vez por esto la había buscado en el jardín de la -iglesia. Pero una vez descubierto el misterio, no había por qué -recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a los muertos! - -La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se -agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la -muerte, que la iba arrastrando ya en su corriente. - -Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de -medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas -de la boca del hombre más poderoso de la tierra!... - -Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el -jardín. - ---Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí. - -Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte. - ---El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero -nosotros!... - -La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar, -golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón. - -No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de -lo que lo rodeaba. - -Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!... - -Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras -una voz temblorosa iba repitiendo: - ---¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo -lo que me dice ahora?... - - - - -La familia del doctor Pedraza - - -I - ---Yo también--dijo Serrano--conocí, como algunos de ustedes, al doctor -Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los -restoranes de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite -llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo -diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte. - -Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no -vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización, y -roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando -desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas -productivas. - -La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la -capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a -hacerme más préstamos, dudando del éxito de mi colonización, tuve que -buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco -Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos -directores de este establecimiento, dependiente del gobierno, podría -pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando -mi prestigio financiero, y terminaría igualmente los trabajos de -roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras. - -Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi -propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario. -No era empresa fácil ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado -allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países -americanos de habla española. - -Todo lo que tiene una relación más o menos lejana con el gobierno debe -desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los -negocios con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que -se ha hecho algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda -oficina pública le responden a usted ordinariamente: «Vuelva mañana»; y -este mañana, que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o -tarda años. - -Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto -de protectores, y que además no estaba casado con una señora del -país--alianza que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de -la antigua tribu--, tuve que oír muchas veces «Vuelva usted mañana» y -esperar semanas y semanas en las oficinas del Banco Hipotecario a que -llegase mi «mañana», o sea la concesión del préstamo. - -Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho -Banco, vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna -de su protectora conversación. - -Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan -y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado «doctor», no -porque fuese médico, sino por ser abogado. - -Desde Texas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son -tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las -repúblicas de la América que podemos llamar de arriba, los titulan -simplemente «licenciados», y abajo, en la Argentina y otros países, -«doctores». - -He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla, una súplica dirigida al -rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires pidiendo que -fuesen enviados a la ciudad naciente hombres de todas las profesiones, -menos abogados, por ser la tal carrera nociva para la paz y la -prosperidad de un país. Estos colonos de hace tres siglos adivinaron con -prodigiosa anticipación las futuras calamidades de su patria. Hay quien -asegura que si en la Avenida de Mayo o la calle Florida--lo más céntrico -y concurrido de Buenos Aires--alguien grita en plena tarde: «¡Doctor!», -cincuenta transeúntes se detienen al mismo tiempo y vuelven la cabeza -creyéndose llamados. Algunos van más lejos, y afirman que si el grito se -repite varias veces pueden ser tantos los atraídos por él, que la -circulación quede interrumpida. Pero esto último no debe ser tenido, en -mi opinión, por rigurosamente exacto. - -Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como -tantos otros doctores de su país, era un abogado de lujo que nunca -había ejercido su profesión, y cuando tenía que acudir a los tribunales -por asuntos propios buscaba el auxilio de algún colega con «estudio» -abierto. El título de doctor es como una distinción nobiliaria en -aquella tierra de régimen democrático, crisis periódicas y riqueza -incesantemente renovada, que surte a una gran parte de la humanidad de -panecillos y biftecs. - -El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios, lo mismo que muchos -argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado -una cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor -sustituto; luego ocupó varios cargos políticos en la provincia de Buenos -Aires, llegando, finalmente, a ser diputado nacional. Pero su palabra -reposada y majestuosa, que se detenía, abriendo largas pausas, para -cazar las expresiones más retorcidas y sonoras, no aspiraba a los -triunfos parlamentarios. Su posición social y las necesidades suntuosas -de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible obtenerlo -honradamente dedicándose en absoluto a los negocios. - -Compraba campos--las más de las veces sin conocerlos--y los vendía, -valiéndose para sus enormes transacciones de las cantidades que le -prestaban los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una -rica estancia heredada de sus padres y otra no menos importante que su -esposa había aportado como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba -casi todos los días en la crónica social de los diarios de Buenos Aires; -«un exponente representativo de la alta vida del país», como decía él -con su lenguaje rebuscado. - -Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud, tenía la gallarda soltura -de miembros de todos los hombres de allá criados en las estancias, que -aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que -ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una -tierra donde los destetan de niños con carne asada. - -Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes, -cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía -sus primeros impulsos amorosos hacia la que después fue su esposa. -Siempre vi sus pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un -encierro de brillante charol. Nunca le encontré, a partir de las -primeras horas de la tarde, que no vistiese chaqué y llevase sobre la -corbata una perla que parecía caída del turbante de un rajá. Jamás, al -extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de encontrar al doctor -Pedraza puesto de _smoking_, si iba a comer con los amigos en el Jockey -Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro Colón. - -Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las -reglas que debe observar todo _gentleman_ en uno u otro hemisferio de -la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y temible -en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los -caprichos y órdenes de las mujeres de su familia. - -Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su -persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la -más pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa, -para gustar a su mujer, para que le admirasen sus niñas con esa -satisfacción orgullosa que siente toda joven cuando contempla las -elegancias y seducciones del género masculino a través de su padre. - -Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le -inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes -que el hombre que les voy describiendo fue un héroe más grande que los -héroes de la guerra o de la ciencia. Éstos mueren por la gloria, -orgullosos de su muerte y ganosos de que todos la conozcan. - -Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese -sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable. - -Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir -escuchándome. - - -II - -Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en -el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de -esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o -la forma de la propiedad. - -Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las -menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y -sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos. - -Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a -causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego. -Una llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos -incansables, había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras -tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para -remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna, -llevaban una existencia de sobriedad monjil. - -Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas, -los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso -privilegio de las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas -brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta -sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica, -modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera -de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres «malas», para las -criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que danzar en torno -a la llama que acaba por quemarlas. - -La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos -ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para -discurrir con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el -lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la -limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos. - -Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que -significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que -procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y -despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro. - ---Si nuestros maridos o nuestros padres--dijeron muchas--desean -arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos -vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se -aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los -refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que -cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su -locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las -profesionales y tengamos sus mismas exigencias... - -Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten -iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la -señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener -por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en -la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una -religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado. - -Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a -Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces», -como la afición exagerada al baile, como los _jazz-band_ y tantas cosas -contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia -americana para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa -esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó -en su período histórico una excepción, y de ningún modo algo general y -corriente, como en nuestros tiempos. - -El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano -de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo -arruinaron su mujer y sus hijas». - -Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos -míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener -el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de -ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes -era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas, es decir, en -algo duradero y que representaba un capital guardado en reserva. Un -hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando -en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo -terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y -plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de -años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues -carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras -preciosas. - -Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus -pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros -napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres -de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una -consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo -llevaba unas horas nada más, y lo regalaba luego a su doncella. -¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!... - -Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los -indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos. -Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la -divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no -necesitaba más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne, -a escuchar los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por -su amigo Chateaubriand. - -Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva -vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y -lo mismo ocurre con el sombrero, los zapatos, etc. Además, la pobre -Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas -cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué -atraso!... Una mujer chic cambia ahora ritualmente de vestido tres veces -al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer la -deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos llevando -las mismas ropas. - -Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Saba y -devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los -libros al describir la vida de París de hace medio siglo, son ya -personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la -imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la -plaza Vendôme, a los modistos de la _rue de la Paix_ y demás proveedores -del lujo femenino; pregúntenles por las «artistas» de costumbres ligeras -y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y verán -cómo tuercen el gesto: - ---Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos -convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que -las protejan. Únicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá -llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con -bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos. -Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de -señoras decentes; de mamás y de niñas. Ésa es la verdadera clientela de -nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el -dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura -marchan ahora del brazo con la moral. - -Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta -franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los -veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores -más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a -proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna -comediante joven y de buen rostro. - -La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación -del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que -su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna -privación en sus deseos de lujo. - -Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas -aristocráticas publicados por los diarios a «la distinguidísima señora -de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas», sentía la misma emoción -de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve -elogiadas sus obras. - -Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas -estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta -admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas -sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los -asuntos concernientes a la familia. Él, para los negocios, para ganar -dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con -«distinción». - -No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio -siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros -nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre -de numerosa familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la -primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de -sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba -todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta -por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por -ellos. - -Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a -una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser -considerado como «guarango». Se estremecía de orgullo al declarar que -todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se -preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil -leguas oceánicas. Cuando llegaban las comisionistas de la _rue de la -Paix_ a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel -sus modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a -«Madame Pedraza». Contaban con ella como gran compradora, y además sus -gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente. - -Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al -conversar en los salones con algún extranjero era poder decir: - ---Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas. - -Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se -apresuraba a añadir: - ---Dieciocho hijos tiene una hermana mía, y los más de ellos son varones. - -Esto resulta natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un -habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la -cría de sus reses, en las ciudades las esposas se afanan por aumentar el -número de ciudadanos. - -Además, amigos míos, aquellas mujeres, que llevan en sus entrañas el -porvenir de su país, son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud -de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos -de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre -para ser extremadamente delgadas. «Hay que conservar la línea». Pero a -pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no -pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus -antecesores los centauros de la Pampa. Parecen, por lo flacas, que -acaban de salir de una ciudad sitiada o de un trasatlántico con averías -en alta mar que obligaron a los pasajeros a someterse a media ración. -Pero que la moda les da permiso para comer, y renacerán esplendorosas, -como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo. - -Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a -su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las -peticiones de doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni -escrúpulos en sus gastos para sostener, como ella decía, «el prestigio -de la familia». Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las -cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno -de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y -a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las -fiestas de sociedad, y el llamado «gran mundo» se ve y se habla durante -los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su -servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de -«negocios», para el señor, y otros dos, que empleaban la señora y las -niñas para visitas o excursiones. - -Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su -«escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las -que llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin -hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de -cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto. - -Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una -demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el -doctor creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta. - ---Soy de los Pérez Zurrialde--declaraba doña Zoila con orgullo en -determinados momentos. - -Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de -ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez -Zurrialde». - -Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder -explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces. -Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, -héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos -no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más -distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos -predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del -país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su -inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos, -emparentándose solamente con sus allegados. - -Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su -voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de -un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. -¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el -bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de -América, el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda -abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias -linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas -tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que -representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y -la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que -vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto: -«Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había -alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de -Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de -su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo -y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los -tiempos. - -Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente -reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia -persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales. - -Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un -marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias -elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la -sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer. -Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e -invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una -señora, casada y madre. - -Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus -vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es; -pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o -admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al -tiempo. - ---Pero usted--le dijo un europeo--gasta una fortuna en vestidos todos -los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo -digan. - -La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso -sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los -hombres. - ---Entonces--siguió preguntando el curioso--, ¿para qué viste usted con -tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?... - -Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como -apiadada de su ignorancia: - ---Para dar envidia a mis amigas y que rabien. - - -III - -Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala -del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de -empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando -hablé por primera vez con el doctor Pedraza. - -Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco -Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un -papel de esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de -familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa -herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente -tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones -de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado. -Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, -tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una -catástrofe. Y como los directores del tal Banco desean mantener incólume -el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que -procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus -operaciones como si aún vivieran en la época colonial. - -Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero -ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas -nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de -América vagas ideas, necesitaban largos informes y repetidas -exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible -una depreciación de la hipoteca. - -El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre -vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del -despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para -que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no -obstante mi larga espera. - ---Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado -nacional. - -Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo -mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las -oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, -le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus -primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala -cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba -hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo -informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera -nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las -confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo -optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a -las oficinas. - -El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus -pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba -mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran -propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, -operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de -muchos centenares de miles de pesos. - -Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el -doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y -deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga -aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se -compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo -comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en -tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel -país. - -Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero -de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto. - -Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza -las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo -argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser -elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, -exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose -una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. -Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las -tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento -rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin -cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en -su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto. - ---Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?... - -Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos -Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial; -aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; -calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan -llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que -riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad. - ---Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban -del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas -cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia -escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi -«petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también -iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros -públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, -y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No -tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo -que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros -como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es -cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que -parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo -soñado. - -Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una -de sus miradas bondadosas. - ---Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos -señores le acepten la operación?... - -Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el -producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; -compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que -fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las -ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la -deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas. -Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la -importancia del hombre que me estaba escuchando. - ---Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa -fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!... - -Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa -gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y -venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la -especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como -lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas, -modernizándolas... - -Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y -de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea -el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los -obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor -Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble -criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de -los directores del Banco. - -Como si la protección que me había dispensado el doctor--expresada -únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas -majestuosas--empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas -semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi -insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras. - -Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el -cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona -la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos -en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que -tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la -nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual -permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a -Europa. - -Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me -quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar -en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman -en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía -llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía -dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en -Europa la vida de un personaje de tal clase?... - -Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las -gentes hablaban todos los días del _Cap Bojador_, trasatlántico alemán -que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su -travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el -tal _Cap Bojador_, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de -los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como -una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río -de la Plata. - -Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación, -de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para -atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que -esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una -muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar -esta maravilla flotante. - -¡Pobre _Cap Bojador_! La organización germánica lo había previsto todo -en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos -cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si -estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, -años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y -salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros -ingleses cerca de las costas de África. - -Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a -Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda -ser pasajero del _Cap Bojador_ en su primera travesía. Representaba una -gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el -vulgo, este gusto inaudito. - -Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que -en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien -había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de -darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los -opulentos pasajeros del _Cap Bojador_, cuando precisamente iba yo a -Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro -millonario?... - -La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal. -Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle -para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, -¡_hochs_!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran -afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a -los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo; -cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de -pañuelos tremolados como banderas... - -Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no -conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro -en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin -el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la -Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia. - -Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo -qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre -varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que -habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de -violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a -París apenas la familia decidió el viaje. - -El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el -presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al -salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos -visto aún los retratos de Lloyd George!... - -Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables, -rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso -del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y -hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me -acogieron con una indiferencia cortés. - -Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos -y por su lujosa instalación. - -Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y -otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres -amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, -formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al -servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se -dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas -en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una -vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de -Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo -histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce -personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde -estaban las mejores habitaciones. - -La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según -declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su -vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las -puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso -numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del -equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba -a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de -vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse -a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían -puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una -de ellas, ¡y eran siete!... - -Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas -las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después -juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores -bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del -vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda, -otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para -cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito -juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi -siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este -líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus -hermanas. - -En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de -a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en -sus paseos por el buque. - ---Es un doctor de Buenos Aires--decían algunos europeos de regreso a su -tierra, al mostrarse a este personaje--, un estanciero riquísimo, una -persona «bien». ¡La plata que debe tener!... - -Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me -saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe. - ---¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?... -Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita. - -¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones -durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del -Banco Hipotecario. - -Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me -ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir -en su mayor parte para este viaje suntuoso. - -Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a -su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un -viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban -a sus espaldas. - - -IV - -Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo -plano que este millonario. - -Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por -miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir -una nueva luz sobre París. - -_Le Figaro_, que es el diario que presta más atención al paso de los -americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre -dama argentina, y sus hermosas hijas». - -Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto -hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor, -su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las -avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer -momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía -para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes -jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia -natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar. - -No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote; -pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias -argentinas». - -El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la -vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas. -París es muy grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el -fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la -porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares, -la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande. - -En los establecimientos de la _rue de la Paix_, de los Campos Elíseos y -de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de Pedraza -y sus _demoiselles_, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el -rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces, -al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios, -escuché las mismas palabras: - ---Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con -su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro -de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener -el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!... - -Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué -hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida, -inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible, -inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que -se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que -un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario -como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario. - -Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde -lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había -visto al otro lado del Océano. - -En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de -sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el -Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso -añadir: «¿Cuánto debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas -enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El -crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un -poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena -suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la -esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios. - -Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo -debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia. -Al año siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas -ventas de «hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él -me había descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría -para pagar enteramente su deuda, sin tener que imponerse sacrificio -alguno. - -Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los -grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos -mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en -fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y -austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de -su sexo, lo mismo que su noble madre. - ---Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra -tierra. - -Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en -Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los -elogios de las mujeres. - -En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las -peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto -y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por -esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido -por todos los círculos más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que -se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido los -últimos miles de francos en la sala destinada al juego. - -Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la -República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos -geográficos de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se -ensancharon con esto considerablemente. - -Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos -Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los -Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos -nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país, -dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se -reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien -alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una -especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno. - -Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen -millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de -alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas -casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del -matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el -tango y chapurrear algunas palabras de español. - -Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una -rivalidad aristocrática. - ---Yo puedo ser duquesa si quiero--decía una de ellas--, y a ti sólo te -pretende un marqués. - ---Pero el mío es más joven que el tuyo--contestaba la otra. - -Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su -noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban -a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al -pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero -los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si -llegaban a casarse con sus niñas, no tendrían por qué ruborizarse, pues -éstas eran iguales a ellos. - -Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un -duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría -prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese -a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa -igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con -títulos nobiliarios. - -Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de -algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo -que debió ocurrir. - -Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los -ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés -cuando llega el momento de tratar las condiciones materiales que deben -regir la asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven -millonaria, no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares -discusiones financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un -notario que ha servido siempre a su familia, o al administrador de su -hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los padres. - -El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos -tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos -nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con -ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra -melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de -rapiña. - -Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no -pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron -desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta -anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas -que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en -los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital -positivo, aunque la renta fuese menor: campos, casas, valores -mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora, -dando una seguridad de riqueza a sus poseedores. - -En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían -ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan -mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten -los gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros. - -El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco. -¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más -íntimas, para envidia de las amigas!... - -Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo -nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite. - ---Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en -Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la -plata, y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!... - -Doña Zoila apoyaba estas palabras: - ---Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí. -Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra -madre. - -La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus -amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos -habían osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser -despertadas», burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al -marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador -y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por -todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias, era -por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y -famoso tirador de pistola. - -Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había -procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan -aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus -entusiasmos de americano, hijo de una República. - ---Lo de los títulos de nobleza, _ché_, puede deslumbrar a los gringos de -Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír. - - -V - -Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré -por los diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez -su nombre y los de todas las mujeres que componían su familia volvieron -a aparecer en las crónicas de la alta vida social. - -Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas -las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su -palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y -en qué consiste la falta de _chic_. Después de haber pasado un año en -París, su autoridad parecía inconmovible. - -La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar -en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle -Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad, -yendo de uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos -seguían considerándole con respeto, como un personaje influyente, y -muchos envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí -noticias inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos -contaban que había gastado en Europa un millón de pesos (más de lo que -le había prestado el Banco Hipotecario). En las reuniones de alta -sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que doña Zoila -había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido no -tenía fortuna para tantos dispendios. - -En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con -preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos -momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a -modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente -cada diez años. - -A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido -la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la -pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de -negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que -exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar -mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre. -De no ocurrir tal calamidad, estarían ustedes escuchando ahora a un -millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y -vivir aquí con modestia. - -Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros -compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes; -seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y -los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían -los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su -infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y -espaciadas, como se aproximan o se alejan las detonaciones de un -combate remoto, según los caprichos del viento. - -La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al -empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta -inconcebible en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes -morir! Pero el doctor había entregado al empresario por el abono del -palco, no un cheque, sino un pagaré a noventa días vista. En las malas -épocas, muchos pagan así en aquel país. Se confía en el porvenir. Nadie -cuenta únicamente con lo que tiene en la mano, como los tímidos del -viejo mundo; todos admiten de consocia a la esperanza. ¡Quién sabe qué -grandes negocios pueden hacerse en el plazo de noventa días!... Como la -fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para llegar hasta -nosotros. - -También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su -mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores, con una magnificencia -que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dio -a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico. -Mientras tanto, el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por -conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener -el aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos y pagar los -enormes réditos de sus deudas. - -Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en -sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza, -deseoso de evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de -esta situación. Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de -lujo, entre sus hijas solteras, que hablaban y reían como princesas -seguras del porvenir, necesitaba mostrarse optimista, imaginándose una -serie de negocios maravillosos que vendrían a sacarle de apuros al día -siguiente. - -No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fue -acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre -dinero; en los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y -recurrió al préstamo usurario. Además, tuvo que vender con pérdida -enorme los terrenos que había adquirido para especular sobre su alza en -la buena época del país, cuando circulaba vertiginosamente la riqueza. - -Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos, -la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir -dejará caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la -menor mueca de contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían -en su casa. Doña Zoila, que estaba vagamente enterada de que los -negocios no marchaban del todo bien, parecía vacilar algunas veces al -hacer a su marido la enumeración de los gastos de la familia, pensando -en la posibilidad de ciertas economías. Un día, hasta le dio a entender -que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas. -Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a la -señora, que el doctor se apresuró a disuadirla. - -Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su existencia -ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuido el lujo de -la familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que -evitase las economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y -para ello era conveniente que la casa conservase su aspecto de -abundancia segura y ostentosa. - -Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra -solemne y los ojos protectores de mi amigo, adivinaba al punto los -estragos que iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza -disimulada. Iba vestido con la elegancia de siempre; conservaba su -aspecto señoril; pero estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por -su edad. - ---¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para -todos!... Pero esto no puede durar. - -Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que -existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por -encima de las miserias del vulgo. - -Su caída fue larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan -los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por -regla general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias -y novelas. Hay minas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que -sólo duran unos minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con -lentitud, o van empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño -tras peldaño. El naufragio del doctor fue igual al de los grandes -veleros, que, después de estar llenos de agua, todavía flotan con la -quilla al aire mucho tiempo, yendo de un lado a otro, al capricho de las -corrientes. - -En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente -algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios -sueltos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo -compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del -álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió -al doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte -invención mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser -lógicas, que las noticias que nos dan como seguras los amigos y los -periódicos. - -He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba -solo en su «escritorio»: un piso arrendado en la Avenida de Mayo para -sus oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían -sobre él las mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una -manera optimista, quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba -a verse arruinado en un país donde el dinero tiene mayor importancia que -en otras naciones y resulta más necesario para la vida. ¿Era posible la -existencia de un Rómulo Pedraza protegido por sus amigos y con un empleo -público para sostener humildemente a su familia?... - -La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus -vestidos, llevando la vida dolorosa de los ricos arruinados que buscan -el amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e -inconcebible como un trastorno de la leyes astronómicas. ¿Era lógico que -Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?... - -Además sentía miedo al pensar en sus hijas. Él conocía la historia de -muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas -conseguían casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se -resignaban a descender, perdiendo la distinción de su origen, -convirtiéndose en obreras ocultas que trabajaban mal recompensadas para -el sostenimiento de una vida miserable; y algunas acababan sirviendo de -amantes a hombres que en otras circunstancias no habrían osado aspirar a -ser sus maridos. - -El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus -hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la -misma situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un -nuevo encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas -y educadas en el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo -que son. - - -VI - -Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo -sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó -supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden -proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas -preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la -fortuna, tirando de él con un manotazo maternal y elevándolo luego sobre -aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le -tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del insomnio?... -Había que abrir las ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con -sus alas. - -Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de -los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden -también a las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la -entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el -más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En -los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los -aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales o -inventores, todo es posible. - -Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla -amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de -su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima -importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes -réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el -aumento de una cantidad más... - -El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus -compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a -visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al -mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación -basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella, -y como seguía recibiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron -pasarse el aviso unos a otros. - -Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. A pesar -de su madurez se mantenía fuerte, los médicos de las Compañías de -Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico, -libre de toda enfermedad, y el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco -tiempo Pedraza estaba asegurado en más de una docena de Compañías, unas -del país, otras de Europa y de los Estados Unidos. Además había firmado -contraseguros y hecho otras operaciones que le aconsejaban los agentes, -deseosos de ganar nuevas primas. - -Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos, -según manifestaba con regocijo a sus amigos. Ésta era la cantidad que -deberían entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte. -Pero los amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban: - ---Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones. -¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho. - -El esposo de doña Zoila sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se -consideraba más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las -Compañías de Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba, -con una displicencia de rico: - ---Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando -para los míos. - -Una mañana le escuché estas mismas palabras en un Banco, cuando -formábamos grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un -préstamo inmediato... - -Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron -«estúpida», por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte -pudiera resultar oportuna. - -Era en verano, y la familia del doctor estaba pasando una temporada en -las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las -forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la -Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio -sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un -lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que -nunca ha ocurrido en él nada digno de mención. - -Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen -antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y -doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para -complemento de su lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Creo -oportuno decir de paso que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas. - -El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas -cuando deseaban bailar en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el -tren para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al -anochecer. Fue en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a -la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente -cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo -cierto es que el cadáver del doctor fue encontrado hecho pedazos entre -los rieles. - -Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del -ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche -y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero -también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus -vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se -abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza, -preocupado a todas horas por sus negocios, al pasar distraído de un -vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias. - -Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas -biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida -nacional. - -¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos -fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos -mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a -expresarlo con palabras. - -Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones -malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento -público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general -había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la -familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta -sociedad (¡una Pérez Zurrialde!). - -La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de -las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen -padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran -fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del -momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros -sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión -serviría para suavizar el dolor de la familia. - -Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la -suerte--a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que -entrase--se decidió a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis -nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir -panecillos y biftecs, compró a buen precio los trigos y las reses; las -dos estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron -magníficas rentas. - -La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas -del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia; -pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar -envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas -blondas y joyas sólidas. - -Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público -hasta en los pasillos, es preciso que ella la organice. Los comerciantes -tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo -que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con medrosa -sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los -concertistas, los escritores que llegan de Europa a dar conferencias, -están condenados al fracaso si no cuentan con su protección. - -No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre -materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París -van a enseñarla sus novedades antes que al público. - -Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su -falda, y cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus -yernos, le dice suspirando: - ---Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo -fue mi finado el doctor. - - - - -El sol de los muertos - - -I - -Cuando hablaban a Montalbo de su celebridad universal, el famoso -escritor francés quedaba pensativo o sonreía melancólicamente. - -¡La gloria!... Alguien la había sintetizado diciendo que es simplemente -«un apellido que repiten muchas bocas». Un novelista admirado por -Montalbo le daba otro título. La gloria era «el sol de los muertos». - -Todos los hombres cuyo recuerdo guarda la Historia, célebres en vida y -después de su muerte, o desconocidos mientras vivieron y elogiados -cuando ya no podían oír sus alabanzas, perduraban, con una existencia -inmaterial, bajo la luz de este sol que sólo alumbra a los que ya no -tienen ojos para verlo. - -Montalbo sentía un escalofrío de pavor al pensar en el astro que sólo -existe para unos cuantos. Deseaba que iluminase muchos siglos su tumba. -En realidad, todo lo que llevaba hecho era para conseguir esta -distinción póstuma. Pero al mismo tiempo veía imaginariamente la gloria -como una estrella roja y mate, de luz aguda y glacial, semejante a esos -rayos descompuestos en los laboratorios, que deslumbran y no emiten -ningún calor. - -El sol de los muertos le hacía descubrir nuevos encantos en el vulgar -sol de los vivos, astro que alumbra infinitas miserias, pero trae -también en su curso impasible muchos días de corta felicidad. ¡Y pensar -que por obtener un rayo de este sol de las tumbas los hombres crean -interminables guerras, oprimen a sus semejantes, viven sordos y ciegos -ante las magnificencias de la Naturaleza, y dan a la ambición el sitio -del amor!... - -Recordaba también el poeta los eclipses y los caprichos rotatorios del -tal astro, esplendoroso y frío, que deja en insondable noche todo el -porvenir, sólo alumbra una reducida parte del presente, y reserva sus -cascadas de luz infecunda para las inmóviles llanuras del pasado, para -los polvorientos campos de la Historia, llenos de ruinas y silenciosos -como un cementerio. Montalbo no estaba seguro de lo que podría encontrar -más allá de la muerte; no tenía siquiera la certeza de encontrar algo, -fuese lo que fuese; pero los vivos consideraban la gloria, «el sol de -los muertos», como algo de indiscutible realidad, y él se apoyaba en tal -afirmación para imaginarse cómo sería su existencia de ultratumba. Su -cuerpo iría pulverizándose mientras los hombres todavía vivos repetían -su nombre y se lo pasaban a otros hombres, como un depósito, antes de -morir a su vez. Y él, por todo recreo--si es que continuaba existiendo -después de la muerte--, contemplaría cómo brillaba sobre su fosa aquel -resplandor, crudo y glacial, de luz química. - -Como el grande hombre empezaba ya a sentirse viejo, repelía estremecido -estas evocaciones de su imaginación. ¿Para qué ocuparse en vida de la -inmortalidad literaria, que es la más azarosa de las loterías?... El sol -de la gloria iluminaba caprichosamente la tumba de muchos hombres a los -que nunca calentó mientras vivieron. En cambio, como una mujer -veleidosa, envolvía en el cono de sombra pendiente de su espalda a otros -que acarició mientras existían. Proyectaba su resplandor sobre unos -pocos con tal generosidad, que iluminaba a la voz sus personas y sus -obras, mientras a los más sólo les tocaba el rostro con un rayo único, -dejando en la lobreguez del olvido todo lo demás que produjeron como -justificación de su renombre. - -Sonreía tristemente Montalbo al pensar en su celebridad que tantos -envidiaban. Sus libros, ahora famosos, tal vez resultasen despreciables -antes de cincuenta años. - -«La mayoría de las obras célebres del pasado--pensaba--no llegaron hasta -nosotros, y sólo las admiramos por el testimonio de algunos -contemporáneos que nos afirman su excelencia. Otros libros antiguos han -sobrevivido, pero sólo los leen unos cuantos eruditos. El gran público -huye de ellos, alabando al mismo tiempo al autor por un convencionalismo -tradicional. Mi fama presente se disolverá pocos años después de mi -muerte. Tal vez si sobrevive y logra salir por la otra boca del túnel -del primer olvido que atraviesa toda celebridad difunta, será un simple -nombre en los diccionarios y una lista de libros que nadie lea». - -En sus horas de pesimismo consideraba con cierto menosprecio todas las -grandezas intelectuales de la civilización humana, tenidas por eternas -e inconmovibles. Que el mar subiese de nivel unos cuantos metros, -invadiendo las tierras; que la corteza terrestre se resquebrajase con la -infinita perforación de una viruela de volcanes; que nuestro planeta, en -una desviación de su órbita, se alejara del sol o se aproximase a él, y -toda la vida humana, con sus orgullos, sus variedades y sus ensueños, -desaparecería en unos minutos, perdiéndose en el aire, como mariposas de -ceniza, los libros, los cuadros, los monumentos... La gloria merecía su -título de «sol de los muertos». Era algo negativo y engañoso como la -muerte, sobre la cual construyen los hombres tantas ilusiones -religiosas. - -Pero el escritor, necesitando de pronto un consuelo espiritual, -abandonaba estos lóbregos pensamientos sobre el más allá, concentrando -su vista en el presente. La gloria era entonces para él algo positivo y -agradable, mientras vive el que la disfruta. Montalbo sentía su calor -vivificante, igual al del sol que ilumina a los vivos. No podía quejarse -de ella. Había transformado su existencia con la exuberante generosidad -del calor de los trópicos, que desarrolla atropelladamente el germen -errante o imperceptible caído en el suelo, haciéndole remontarse como un -vigoroso chorro vegetal cargado de vida rumorosa y sólida. - -Recordaba sus días penosos, los días de su primera juventud, cuando el -astro que en sus horas meridianas da una vida fingida y gloriosa a los -muertos aún no le había tocado con los rayos de su amanecer. - -Sus primeros avances habían sido lentos y tristes. Tenía que abrirse -paso en Francia, y no había nacido en ella. Su padre pertenecía a una -familia ilustre radicada en una república de la América del Sur. Sus -abuelos habían sido ricos de un modo fabuloso, con propiedades extensas -como Estados. El primero de la familia era un héroe de la conquista del -Nuevo Mundo, un capitán navegante de España, don Alonso de Montalbo, -fundador de la misma ciudad en la que había nacido el poeta. - -Estando en París, su padre se había casado con una francesa, -llevándosela después al otro lado del Océano. Tenía todas las cualidades -buenas y malas del criollo antiguo: caballeresco y dilapidador; -sentimental y cruel; capaz de los más disparatados sacrificios por la -mujer amada, y capaz igualmente de olvidarla por una mulata del campo -horas después. - -Al examinarse interiormente, Montalbo encontraba muchas veces el -carácter de este padre, que no había conocido nunca, pues el criollo -murió cuando él sólo contaba unos meses de vida. Lo asesinaron en una -revuelta política, y como había despilfarrado los últimos restos del -patrimonio de los Montalbo, considerablemente disminuido de generación -en generación, la viuda se volvió a París. - -Este niño que llevaba el nombre español de José María y un apellido de -conquistador balbuceó sus primeras palabras en francés. La madre le -hablaba siempre en su idioma. Pero al mismo tiempo, en la cocina, el -pequeño Montalbo se veía obligado a aprender el español para entenderse -con Bernarda, una mestiza de labios abultados, ojos de brasa y muecas de -continua protesta. Se quejaba del frío de París, de la maldad de sus -habitantes, que se empeñaban en hablar de otro modo que los demás -cristianos; pero seguía a la señora en sus andanzas y pobrezas por no -abandonar al niño, que recibía sus caricias lo mismo que un gozque -travieso y gracioso. - -El escritor olvidaba las privaciones de su infancia, la dificultad con -que hizo sus estudios, el aislamiento que le creó muchas veces su nombre -exótico, la muerte de su madre, a consecuencia de tantas privaciones -disimuladas, y las miserias de su primer matrimonio, para fijarse en las -comodidades y larguezas de su existencia presente. Después de la dura -iniciación que había sufrido para llegar hasta la gloria, ésta se -mostraba de una generosidad incansable. - -Sus libros eran leídos por millones de personas. Los traductores los -aguardaban impacientes para darles el ropaje de una nueva lengua, y -luego se esparcían por la tierra entera como mariposas brillantes, cuyo -vuelo triunfador contemplaban las gentes con ojos admirados. Sus sonetos -obtenían celebridad hasta en los países donde no podían leerlos en su -forma original; sus obras teatrales se mantenían en los carteles, -algunas veces, años enteros. En los últimos tiempos, el cinematógrafo -había añadido el encanto de la plasticidad y el movimiento a muchas de -sus historias novelescas. - -Todo este éxito había traído como consecuencia práctica el bienestar y -abundante dinero. El pequeño criollo que intentó muchas veces conmover -con sus balbuceos a la cobriza Bernarda para que le diese un segundo -pedazo de pan, sin que ésta pudiese atenderle; el bohemio que más de una -noche había vagado por las calles de París, falto de refugio, después -que se cerraban los cafés, poseía ahora un hotel particular con vasto -jardín en el barrio de Passy, cerca del Bosque de Bolonia, lujosa -vivienda que visitaban con veneración sus admiradores y excitaba la -envidia de muchos de sus camaradas literarios. Había comprado además un -castillo histórico en las orillas del Loira, donde pasaba los meses de -otoño, y en invierno descendía a la Costa Azul para ver el carnaval de -Niza y el público abigarrado o interesante de Monte-Carlo. - -Poseía dos automóviles. El correo le entregaba diariamente cartas -admirativas de los lugares más apartados de la tierra. Todos le llamaban -«querido maestro». Los más le respetaban como un hombre eminente de su -época. Algunos lo discutían hasta la calumnia, preocupándose de él a -todas horas, lo que representa una nueva forma de la admiración... - -Nunca, ni aun en sus momentos de más exagerado optimismo, había podido -imaginar el Montalbo de los años juveniles de miseria que llegaría a ser -tan favorecido por la gloria y el éxito material. - -Pero el hombre es una eterna inquietud, una duda incesantemente -renovada, y el novelista, acostumbrado al análisis psicológico de los -seres imaginarios que figuraban en sus historias, al examinarse a sí -mismo, se preguntaba muchas veces: - ---¿Verdaderamente soy feliz?... - - -II - -Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al -Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una -juventud mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el -renombre, y las primeras satisfacciones del amor. - -En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el -orgullo de su vanidad masculina. - -Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir -sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo -anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto -de moda el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado. -Todos los que aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para -distinguirse de los burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de -su cabeza, imitando con exuberancia los penachos y melenas que en el -reino animal distinguen al macho, soberbio, ambicioso y batallador, de -las otras bestias, obscuras y humildes. - -Montalbo, mal vestido y mediocremente alimentado, conseguía muchas veces -que las mujeres elegantes, al cruzarse con él en la calle, volvieran los -ojos con repentino interés: - ---¡Qué cabeza de artista!... - -De sus remotísimos ascendientes los árabes andaluces, abuelos del -conquistador que se embarcó para el Nuevo Mundo, tenía la barba suave, -negra y rizosa, la nariz de curva enérgica y unos ojos cuyas pupilas -parecían acariciar con la finura del terciopelo. Su rostro, de morena -palidez, estaba como encuadrado por dos crenchas intensamente negras, -que descendían hasta más abajo de sus orejas. - -Las muchachas del Barrio Latino, estudiantas rusas, modelos de pintor o -simples aspirantes a la conquista de numerosas joyas y un hotel lujoso -al otro lado del río, lo admiraban por su «belleza exótica», como ellas -decían. Una que en fuerza de visitar «estudios» ostentaba cierta -erudición artística le había apodado _Velázquez_, por encontrarle cierto -parecido con los caballeros españoles retratados por el maestro. Sus -amigos, que conocían la historia de sus ascendientes y el lugar de su -nacimiento, le llamaban «Montalbo el Conquistador». - -Fue en esta época cuando conoció a Duprat y a su hija Matilde. Este -escultor, ya entrado en años, y predispuesto siempre a atribuir su falta -de éxito a maquinaciones y envidias de artistas célebres que empezaron a -trabajar al mismo tiempo que él, buscaba la compañía de la juventud. Los -principiantes le respetaban, llamándole «maestro», por sus años más que -por sus obras. Además escuchaban con delectación su verbosidad -demoledora, sus interminables declamaciones de hombre agriado por la -mediocridad. - -Al final de un callejón de Montrouge tenía su pobre estudio: antigua -cuadra en el fondo de un jardín abandonado. Allá iban a juntarse por las -tardes, procedentes del Barrio Latino o de Montparnasse, muchos jóvenes -buscadores de gloria y de riqueza por los diversos caminos de la -literatura, la música o las artes plásticas. - -El odio a los antecesores que habían paladeado ya la miel del éxito, el -afán innovador del entusiasmo, el menosprecio a los «viejos», que muchas -veces no era más que una manifestación torcida de la envidia, los unía a -todos con fraternal amistad. Además, el escultor, en las tardes de -invierno, ponía al rojo blanco la estufa de su estudio, y este fuego -parecía atraerlos, cansados de sufrir en sus míseros cuartos de hotel o -en sus buhardillas los agudos mordiscos del frío. - -Otro atractivo del estudio de Duprat era la presencia de su hija. Los -amigos del escultor no se forjaban ilusiones vanidosas al pensar en esta -muchacha de aspecto modesto, concisa en palabras, y que mostraba en -todos sus actos la voluntad tranquila y firme de una excelente dueña de -casa. Muchos se preguntaban cómo había podido nacer esta criatura de un -padre tan desordenado como Duprat. Nadie había conocido a la madre, y -los más suponían a Matilde fruto de las relaciones del bohemio con -alguna mujer del pueblo hacendosa y vulgar, que desapareció luego de su -existencia, dejándole este recuerdo viviente. - -Era inútil todo intento de enamorarla. Los que venían por primera vez al -estudio adoptaban en vano actitudes de artista genial seguro de su -gloria futura o se mostraban como graciosos aturdidos, hábiles para -hacer reír a una mujer con sus palabras. No tardaban en convencerse de -que perdían su tiempo. Matilde vivía entre ellos como si estuviera de -paso y perteneciese a otro mundo. Hasta le era imposible ocultar cierto -menosprecio por las ideas y costumbres de estos jóvenes y de su padre. -Ella amaba el orden, la provisión, la limpieza, el hogar tranquilo, -donde todo se desarrolla metódicamente. - -Tenía una hermosura «apagada y gris», según decían los visitantes del -estudio, que era como un reflejo de su alma discreta y humilde; una -hermosura que no se dejaba ver en el primer momento, revelándose al -observador poco a poco, en el transcurso de los días. Los amigos del -padre se preguntaban con aire de duda si Matilde era hermosa. Al fin le -reconocían cierta belleza, pero añadiendo: - ---No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués. - -Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al -estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su -madre, había tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres -del escultor y sus camaradas. Las palabras inconvenientes parecían -resbalar sobre ella sin ser comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda -e impasible por este ambiente de bohemios violentos y desordenados. A -pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse de él siempre que podía. -Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a sus amigos con -vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no obstante la -envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio para -servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa. - -Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta -joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus -cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin -duda, por aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas -licenciosas del Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su -padre y a los amigos de éste comentando las buenas fortunas amorosas del -«Conquistador». El joven poeta era una concreción brillante y antipática -de todos los desórdenes y jactancias que ella menospreciaba -silenciosamente en los visitantes del estudio. - -Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en -ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de -los dos supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a -frente. Sus ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo -largo rato sus miradas. Los dos creían verse por primera vez. - -Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta -cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de -su rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más -fresca y atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas. -Matilde, a su vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma -del poeta, y se dijo que el bello Velázquez era un excelente muchacho, -mejor que todos sus camaradas, dando por no oídas las historias que le -atribuían. - -Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero -de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron -ambos a un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua -atracción de sus voluntades, se consideraron ligados por el amor antes -de decírselo. - -Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de -gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre -y a pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre, -buscó a Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún -jardín del otro lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde -podían tropezarse con gentes conocidas. - -Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar -de su próximo matrimonio--como si no pudiera tomar otra forma que la -reposada y legal--, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole -mayores fuerzas para el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde, -encontró de más fácil tránsito los caminos en cuya entrada se detenía -antes, descorazonado por los obstáculos que adivinaba en ellos. - -La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena -suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando -revistas famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó -a ver retribuido su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de -ella le hizo abandonar las publicaciones de cenáculo y las revistas de -corta tirada, leídas únicamente por sus propios colaboradores y de las -cuales no había que esperar dinero. - -Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de -la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos -ganados por él, que habían de servir para la instalación del futuro -matrimonio, ocurrió un suceso que para el poeta casi equivalió a una -catástrofe de tragedia. - -De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con -desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte, -excluyéndolo de sus odios y tributándole una admiración relativa, era el -famoso compositor Fontana. Este músico había continuado siendo amigo -suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver -con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de -su arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo -como un genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir -su propia gloria. - -El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su -admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con -numerosas objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a -excepción de sí mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y -los eslavos, unos porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos; -pero después de ellos, en el mundo sólo existía Fontana. - -Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del -escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en -sus juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre -célebre que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no -creyese en una posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al -ilustre visitante con una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el -privilegio que representaba para un artista célebre y de carácter -oficial ser recibido en esta reunión de genios independientes e -ignorados. - -Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de -café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después -de Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de -aquel hombre que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con -todos ellos unas cuantas palabras. - -El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas -de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía -reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino -Fontana». - -Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus -apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que -ocurría. El maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía -deseoso de casarse con ella. - -Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo -inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el -escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos. - -De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de -aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había -abusado, según los comentaristas de su brillante carrera, de ese poder -de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores, los cantantes y -los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse, oprimiendo -su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas -graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre -tenían por tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París -considerase indispensable llevarse un retrato de Fontana con -dedicatoria. - -Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más -interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la -realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa, -le hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el -repentino entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el -viajero cuando vuelve de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos -raros y lejanos. El célebre maestro quería casarse, como se habían -casado sus progenitores, sintiendo una ternura algo senil al ver a esta -joven que le recordaba las virtudes hacendosas de su madre. - -Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente. - ---Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho -dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi -hija), heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar -que sus óperas se cantan en el mundo entero. - -No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de -este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa, -despreciable, al compararse con aquel hombre célebre. - -Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido, -tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero -inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si -Matilde sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio -inesperado? ¿Cómo resistirse a las seducciones de la riqueza y de la -gloria?... - -También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se -acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos -famosos, siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de -entusiasmo, agolpándose en la barandilla circular del teatro. -Innumerables veces había aplaudido y aclamado las obras de este hombre. -Hasta recordaba una disputa, que casi acabó a golpes, sostenida contra -varios que intentaron silbar una obra audaz, de la llamada «última -manera», del maestro. - -En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre, -sentada al piano, cantaba muchas veces, a media voz, una romanza -amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de América, -donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía -brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era -de él. ¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?... - -Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz -fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar. - ---Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un -honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo: -la gloria... ¡Es tan célebre! - -Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas -miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento -guardan para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones. -Luego sonrió. - ---¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez -más que mi padre. - -Se detuvo unos segundos, y añadió con energía: - ---Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que -él ya no puede tener. - -Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer -instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con -cierta lástima a Matilde. - -Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero -al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran -Fontana!... - -Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria. - - -III - -Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía -que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las -aventuras peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos. -Consideraba este período de su existencia muy interesante; pero de -ningún modo accedería a vivirlo por segunda vez. - -Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde, -en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal. -Uno cualquiera de los salones de sus viviendas actuales era más grande -que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la que fueron a -instalarse. - -El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras -horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz -amarillenta de la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía -veces de mantel. ¡Qué de ensueños, qué de esperanzas, transformadas -repentinamente en dudas!... - -Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas -completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que -rodaba ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus -ejemplares en diversas lenguas, había permanecido muchos años sin -encontrar más de quinientos curiosos que quisieran leerla. Obras -teatrales escritas en aquella habitación--saturada por la cocina próxima -de olores de alimentos mediocres rápidamente preparados--daban -actualmente a su autor una renta cuantiosa, después de haber dormido -largo tiempo olvidadas en los archivos de los empresarios o haber sido -tenidas por inadmisibles. - -Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la -mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en -grandes hojas de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las -cocineras. - -Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos -de su biblioteca--cada uno de los cuales le había costado muchos miles -de francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su -época de pobre--, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores. - -Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de -sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con -la velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de -aquellas novelas sentimentales que habían interesado al público femenino -de ambos mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el -vigor de las cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias -de los invitados a la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad -elegante, el drama oculto bajo sonrisas amables y palabras corteses, la -psicología complicada y sutil de la duquesa protagonista de la fábula. - -Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba -escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café, -0,70; pan, 1,25; carne, 2». - -Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades, -también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr -que el resultado de la adición se nivelase con la escasez del dinero -disponible. - -En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una -niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la -casa. El artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por -haberse negado a ser la esposa del célebre maestro. - -La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la -madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las -necesidades de una familia creciente. La primera educación de estos -pequeños fue casi igual a la de los hijos de los obreros acomodados que -eran vecinos suyos. Matilde, prematuramente envejecida por las faenas -domésticas y la escasez de dinero, trataba con fraternal deferencia a -estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas. Todas veían en ella a una -mujer de clase superior venida a menos, y en su marido a un hombre que -alguna vez podría ser de los que escriben en los periódicos y acaban -gobernando el país. - -Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto -remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera. -Suprimía en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a -ella, afirmando que eran nocivos para su salud, y de este modo lograba -aumentar la compra de leche para sus pequeños. También descubría de -pronto que la carne le hacía daño. Y mientras cuidaba escrupulosamente -del biftec y la botella de Burdeos para el marido, afirmando que un -escritor que trabaja debe alimentarse bien para continuar su tarea, ella -fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de las compras -baratas o a los restos de la comida de su esposo. - -Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su -trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con -editores que le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la -indiferencia de un público refractario a retener su nombre en la -memoria, surgieron de pronto el éxito y la celebridad. Fue como una -detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo. - -Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le -era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su -existencia, empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su -encuentro como un arroyo metálico. Después de grandes rebuscas en su -memoria, acababa por decirse que su celebridad había empezado el día que -el cartero le trajo montones de cartas y periódicos con sellos de varios -países, y su riqueza cuando los editores, en vez de hacerle esperar en -su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole «querido maestro» -e invitándolo a almorzar. - -Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los -triunfos, como en esos ensueños donde desaparecen las tiranías de la -ley de la gravedad y se vuela con una ligereza que salva todos los -obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus libros en bloque -y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y -finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por -palabra. Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones -novelescas, para desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las -galas de nuevos idiomas, haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los -públicos más diversos y lejanos contemplaban a Montalbo con la misma -ansiedad silenciosa que los árabes al cuentista de café, capaz de -relatar durante meses y meses historias maravillosas, eternamente -interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando el mágico prestigio -de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe romana y que -eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo -con sus novelas verbales en las noches de insomnio. - -Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de -pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como -incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el -punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el -fondo era puro fingimiento: - ---Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua. - -Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces -un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El -automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista -había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su -mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran -parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles -antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo -que iba formando una biblioteca enorme. - -Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más -vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su -aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido -victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al -pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese -imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto. - -No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido -la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre -porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba -inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal -vez la pobre había muerto pensando que su grande hombre quedaría de -este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso. - -En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y -ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga -incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo -conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía -importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo -cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en -voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos -los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo, -una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción -en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven -eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes -ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de -monótono brillo. - -El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo -de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo -conocer Matilde. - -En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su -existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada -en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo -«Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase -menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a -extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de -sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la -existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de -soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su -persona. - -Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus -retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En -los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le -consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a -contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o -a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le -visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle -ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas. - -Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de -triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo -guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a -esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o -enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones -de ciertos periódicos. - -Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan -con retraso al amor cambiando el orden de las épocas de su vida. -Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y metódica, que -habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera hambre -de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir -novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la -imaginación. - -Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le -contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un -nuevo aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto -escándalo, halagador de su vanidad. - -Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que -formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo, -después de comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su -yerno carecía de talento y había asesinado a su mujer para dedicarse -libremente a una vida de crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente, -pero como se puede amar a un hermano mayor por los años y menor por la -ligereza de su conducta. El hombre célebre se mostraba con los dos de -una generosidad ilimitada, admitiendo sin parpadeos de sorpresa todas -sus peticiones. - ---El dinero es un instrumento de libertad--decía--, y si lo amo tanto, -es porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a -manos llenas es verdaderamente libre. - -Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su -curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y -buen mozo, y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia, -donde el nombre de Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de -gloria literaria. - -Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde -más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias -inventadas; su carácter positivo sólo sentía la atracción de las -ciencias exactas. Como deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en -una colonia francesa de Asia, y allá permanecía célibe y aislado, sin -otro deseo que obtener por medio de las explotaciones agrícolas una -fortuna más grande que la de su ilustre padre. - -Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a -esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra -inmediata y no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que -nace bajo su sombra muere, ya que no puede huir trasladándose a un -terreno más libre. - -Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario, -afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal -dominación, inconsciente, alegre y generosa. - -«¿Qué más puedo desear?--pensaba Montalbo en sus horas de melancolía--. -Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor -cantidad, pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y -mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse...». - -Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los -demás hombres. - -No; no era feliz. - - -IV - -Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis -Crovetto. - -Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al -grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se -había presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar -a París, deseoso de verle y escucharle. - -El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable -y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por -convertirse en secretario suyo. - -El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor -tormento del gran escritor. - -Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un -libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo, -imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal -iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese -bastante, la moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el -autor célebre ponga en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si -es posible. - -Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del -origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba -todas las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del -maestro, y además había inventado media docena de «pensamientos» que le -hacían sonreír. No se hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en -sus obras de principiante, por temor a que sus camaradas le acusasen de -idiotez. Pero firmados por Montalbo hacían estremecer de entusiasmo a -muchas lectoras, que los encontraban «geniales y profundos». - -El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a -Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas; -convocatorias de academias o de sociedades filantrópicas para atender a -la vejez y las enfermedades de los escritores desgraciados; varias -docenas de peticiones de firmas en tarjetas postales y en retratos, -procedentes de los más apartados rincones de la tierra; numerosos -álbumes de señoritas argentinas o chilenas, dispuestas a no marcharse de -París si el amable señor Montalbo se negaba a escribirles «una cosita», -añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían hecho el viaje a Europa -solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de lectoras -entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los -tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre, -a la que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para -siempre del cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en -diversos idiomas: unos con elogios frescos y sinceros, otros con unas -alabanzas agridulces, que parecían dar a las letras impresas el reflejo -verdoso de la bilis. - -Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones -venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía -a «otro negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba -a cargo de su amigo Soudré. - -Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo -entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía -acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para -plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en -discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa -pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este -manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona. -Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con -tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se -acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como -Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al -secretario, hablando a éste en adelante con tono protector. - -Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle. -Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo -llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de -los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de -las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al -verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al -demonio de la literatura, que le venía tentando desde su juventud. - -Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo -a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener -a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de -respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios -manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas -las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza -portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía, -disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e -inquietantes del padre. - -Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación -era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se -fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa. -Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste -rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes -que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las -mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre -que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz -de infundir el espanto con sólo un gesto. - -El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba -esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin -embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a -todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las -demás. - -Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía -el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento -sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección -de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo -perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas -horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida -vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil -Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy, -los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la -conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la -biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus -editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase -en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese -libremente. - -Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la -casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía -generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde -en tarde como una retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores -del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban -«parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente -de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con -Montalbo. - -Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo -del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro -por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de -hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a -su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que -se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la -del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y -millones. - -Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo -cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para -plantar remolacha. - ---Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más. - -Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud, -paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del -maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas -secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas. - -En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa» -de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía -sus visitas casi diarias. - -Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia -de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se -quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas. - -De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos -de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen -milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el -trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante -invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para -comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle -millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de -diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y -monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del -maestro. - -Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres -el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor -parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma -en mano. Pero ahora trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas -las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío -de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo. - -Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos -en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras -galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían -bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar -la amorosa diversión monótona y sin encanto. - -Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no -concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían -de regla a su existencia. - ---La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser -joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad. - -A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le -contestó con sonriente cinismo: - ---Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca -rubia y raptaré a una bailarina de quince. - -Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su -manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo -gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de -colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo, -engañándose misericordiosamente. - ---Todos llevamos--añadía--una orquesta dentro de nosotros. Lo importante -es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y -del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que -la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra -inmediatamente en el atril. - -Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento -terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su -existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída -innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba -con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido. - -Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía -colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban -el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían -torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca -conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una -obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras pasionales, que se -iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo -extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!... - -Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad -ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían -las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a -los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las -mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez, -necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el -alma contando a alguien su pasado. - -Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para -seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado. -En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se -exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y -embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo -mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad -vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos -de sus llamados triunfos. - ---Y así son--se decía--todos los pájaros de mentiroso plumaje que se -sienten atraídos por el faro de la gloria literaria. - -Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres -jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a -encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro -lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a -hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había -pedido como recuerdo una de sus pipas. - -Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del -maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba -emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras -mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la -ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente -al grande hombre. - -Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió -Montalbo el motivo de su tedio. - ---La juventud es una voluntad--volvió a repetirse--. Yo deseo ser joven, -y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago -olvidando mis propios años. - -Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a -una acción inmediata: - ---Vamos en busca de la juventud. - - -V - -Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para -explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores -son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento -completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de -observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un -hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan -mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se -enteran con extrañeza de que se aman... - -Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas. -Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería -Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida, -aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha -tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una -noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras, -como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella -otras noches, y al fin, acaba por amarla. - -Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el -novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré. - -Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía -excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él. -¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a -partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un -relieve y unos colores completamente nuevos. - -Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una -señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia -extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas -veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes -damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones -y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a -reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor -humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y -representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un -observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos -de su persona. - -Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar, -pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le -ocurrió escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos. -Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de -otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña -Soudré, si esto alegraba su existencia?... - -Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y -tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede -emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento -realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene -sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado -por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal -Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario -realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras -vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la -juventud de los principiantes. - ---Pero la pequeña Soudré--se dijo Montalbo--tiene talento, y si quisiera -escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no -deja de poseer ciertas condiciones literarias. - -Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de -Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del -espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban -dentro de él. - -Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento -a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire -cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior -había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él -completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas. - -La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina, -antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz, -le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la -expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una -empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el -«querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que -parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba -toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran -interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la -audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y -está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande -hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente -paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando -su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas -aristocráticas. - -Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus -empresas de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque -para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un -negocio seguro. - -Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la -muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y -esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que -el maestro no quedase solo. - -Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo. -Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un -nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable -antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los -célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer -vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora -un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los -modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los -informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban -a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus -corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los -cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes -jóvenes. - -Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida -literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo -servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en -público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo. - -Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su -persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba -intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin: -la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y -último capítulo de la existencia de todo hombre célebre. - -Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se -movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una -dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si -fuesen suyos. - -En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios -artistas de la Comedia Francesa--de los que nunca trabajan en dicho -teatro y vagan por la tierra entera--habían organizado una función al -aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza. -Iban a representar _Los conquistadores_, la gran tragedia de Montalbo, -escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que -cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los -portadores de la cruz con las tradiciones indígenas. - -Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros -españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre -maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana. - -Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo -solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había -representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra -nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor, -con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a -llegar, aceptó la invitación. - ---Iremos los tres--dijo a Faustina y a su padre--. Luigi vendrá de -Marsella a juntarse con nosotros. - -La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal -fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron -un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en -París. - -Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en -una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol, -aunque el invierno estuviese próximo. - -Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los -vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos -y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres -comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de -él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en -público. - ---Es su hija--dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado. - -Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola -partícipe de la gloria de su ilustre progenitor. - -Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día -de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel, -embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil -espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos -que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su -esposa. - -Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición -largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por -ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento -afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del -maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le -ofrecía su boca. - -Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido -horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar -su agradecimiento?... - -A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la -ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en -mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los -trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante. - ---Si te sientas ahí--dijo a Faustina--, te paseo ante todos estos -burgueses. - -La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista -célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer -que después fue su segunda esposa. - -Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por -tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia -de las personas más principales de la ciudad!... - -Crovetto protestó con dolor y sorpresa: - ---¡Eso no es serio, maestro!... - -Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena -extraordinaria con un silencio de escándalo. - -Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los -artistas... ¡todos locos! - - -VI - -Una noticia empezó a circular por París: «¡Montalbo se casa!...». Y las -damas que guardaban recuerdos de su intimidad con el escritor pedían -detalles a sus tertulianos sobre el pasado de aquella señorita Soudré. - -Algunos la creían una jovenzuela sin otro atractivo que el de su -frescura juvenil, que había tentado al viejo autor. Otras, presintiendo -su malicia, admiraban la habilidad con que había sabido envolver a un -hombre que se tenía por psicólogo infalible. En las reuniones de -escritores jóvenes se hacían comentarios insolentes sobre la edad del -maestro y de su novia, envidiando el porvenir de Crovetto. - -El único que encontraba esta unión natural y lógica era Montalbo. Ya no -llamaba a la gloria «el sol de los muertos». Reconocía en ella la fuerza -de esos astros que comunican su energía incandescente a los cuerpos -obscuros, atrayéndolos con una energía irresistible y obligándoles a -girar en torno a ellos. El maestro, como observador célebre, era incapaz -de engañarse en la apreciación de su propia personalidad. Sabía de -sobra que no era joven, y una mujer de pocos años sólo podía aproximarse -a él empujada por la gloria. Pero él se llamaba Montalbo, y tenía -derecho a exigir, junto a la puerta de la vejez, los consuelos del amor, -a los que renuncian en igual período de la vida los hombres del vulgo. - -Soudré mostraba prisa por ultimar los preparativos oficiales del -matrimonio. Tal vez tenía miedo a que el maestro, reflexionando de -pronto como un simple burgués, se arrepintiese de la aventura. Cuando se -ocupaba en fijar la fecha de la ceremonia y había deslizado en los -periódicos varios «ecos» indiscretos revelando el próximo -acontecimiento, para cortar de este modo toda retirada a Montalbo, -empezaron a surgir molestias. - -La hija del grande hombre, que aguardaba pacientemente su vejez y su -renuncia a las aventuras pasionales para ir a instalarse en su casa, -sugiriéndole el amor a los nietos, se indignó al enterarse del próximo -matrimonio. Y como la exuberancia de su carácter le hacía ser en -determinadas ocasiones tan violenta como su padre, envió a éste una -carta para decirle que siempre le había considerado igual a un niño y no -extrañaba que se dejase engañar una vez más por la primera mujer que le -salía al paso. - -Avisado el hijo por un telegrama de su hermana, escribió también desde -Asia una carta lacónica, fría y triste, que era como un reflejo de su -carácter. Consideraba ilógica y disparatada la conducta de su padre, -pero a continuación le reconocía un absoluto derecho a hacer reír con su -casamiento al público de la tierra entera. - -La vuelta de Crovetto a París consoló al maestro de tales ingratitudes. -¡Tratarle así sus hijos, cuando jamás había regateado con ellos, -dándoles cuanto dinero necesitaban!... Afortunadamente, estaba ahora -rodeado de su verdadera familia, constituida por las afinidades de la -voluntad y no por el azar del nacimiento. La amorosa Faustina, su -inteligente padre y aquel secretario entusiasta y fiel eran realmente -los suyos. - -Pero también esta segunda familia le proporcionó inquietudes. Luigi no -parecía ya el mismo discípulo después de su ausencia. Guardaba igual -respeto admirativo al maestro, pero su adhesión era demasiado -silenciosa. - -Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al -grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda -expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto -fingía inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor -veía muchas veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo -el secretario se apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a -Faustina paseando sola por una de sus avenidas. - -Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si -le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería -establecer por anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro -de un grande hombre y su secretario. Además, encontraba indudablemente -poco correcta esta afición a buscar a su hija apenas se alejaba de su -futuro esposo. - -Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín -de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato -Bosque de Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un -sol velado por la neblina, que podía contemplarse de frente. Otras -tardes la bruma era más densa y el cielo tenía una lividez melancólica. - -A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín, -aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para -abandonar su trabajo, yendo en busca de ella. - -La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en -Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que -únicamente era ágil para observar lo que interesaba a los otros. - -Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a -Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas -de años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en -una avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con -arreglo a una moda ya olvidada: él y Matilde. - -Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto -era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría -diciendo a esta nueva Matilde?... - -Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con -pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus -pies con chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar -hasta la espalda del banco ocupado por los dos jóvenes. - -Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera, -convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón -solitario. - ---Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de -tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo -admiro, al mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero -no puedo dejar de creer en su grandeza. No me extraña tu -deslumbramiento. Ese hombre tiene la gloria. - -¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que -había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración -no habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones. - ---¡La gloria!... - -Y continuó la risa femenil por unos instantes: - ---¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un -hombre que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo -a ti. Pero tú eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes -entenderme. - -¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro -melancólico de Matilde. - -Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella -acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora -suavidad. Al mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si -fuese a besarlo. Su voz era un dulce murmullo. - ---¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con -ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después... - -¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de -progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud. - -Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero -instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su -voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se -dilató y su razón volvió a él según se iba alejando del banco. - -De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire -glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de -los árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo. - -El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes -creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos -críticos de la existencia de su inventor las brumas del limbo en que -sobrevivían, como si fuesen a darle un consejo. - -Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia -entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos. -Sólo podía ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el -patriarca risueño que tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se -dedicaba a proteger y casar a los jóvenes. - -Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza -de su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias. Le infundía miedo -acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo tiempo no -podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo. - -Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho -Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la -juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...! - -Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se -movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le -pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París. - -Necesitado de calor, miró hacia el sol. - -Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin -pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!... - -Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres -desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la -envidia, sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos». - - - - -El comediante Fonseca - - -I - -Conocí a Mariano Fonseca en un café de la Avenida de Mayo, donde se -reunían muchos actores y músicos españoles, venidos a los teatros de -Buenos Aires. Su pelo, teñido intensamente, le proporcionaba a veces la -afrenta de llevar en el rostro negros churretes que se esparcían por los -surcos de sus arrugas. Pero este tinte escandaloso le infundía al mismo -tiempo la certeza de que aún le quedaban largos años de vida para ser en -comedias y dramas el protagonista de mediana edad y caballerescas -acciones. - -Sus compañeros de profesión no aceptaban esta juventud ilusoria. Sólo -los antiguos, los que eran en la escena «padres nobles» y podían -reclamar por sus años el papel de «barba», osaban tutear al célebre -Fonseca. Los demás, a pesar de la familiaridad que rige la vida del -teatro, le llamaban siempre don Mariano. - ---Yo resulto poca cosa comparado con usted, doctor Olmedilla--me dijo -una noche--. Antes de ser comediante estudié el bachillerato allá en -Madrid, y me doy cuenta de que hablo con un médico de gran porvenir, -llegado a estas tierras por curiosidad aventurera, pero que algún día -obtendrá gran fama en nuestra patria. Por eso agradezco mucho que un -hombre tan «científico» se digne venir a un establecimiento como éste -para hablar con un pobre actor... Pero, aunque yo sea un ignorante -comparado con usted, me considero por encima de mis camaradas. - -Y Fonseca, acodándose sobre el mármol, en una actitud que él deseaba -espontánea y hacía recordar la postura arrogante de un héroe de capa y -espada sentado en una hostería, miró con bondad protectora a los otros -hombres de teatro que ocupaban las mesas cercanas y parecían olvidados -de él. - ---Ahora, doctor--continuó--, estoy en la decadencia. Reconozco que han -pasado mis tiempos. Además, este Buenos Aires, donde obtuve éxitos -enormes, ya no es para mí. Ha crecido demasiado aprisa, y los gustos -cambian. Ahora el público sólo quiere compañías lujosas, con muchas -hembras ligeras de ropa y mucha música. Nadie gusta ya de las obras en -verso y vamos siendo pocos los que sabemos declamar como en otra época. - -Yo he sido célebre, doctor. Aún quedan criollos de mis buenos tiempos, -que viven en las afueras de Buenos Aires rodeados de sus nietos, y si -les habla usted de Mariano Fonseca le dirán quién fue. Por eso, sin -duda, sólo encuentro trabajo actualmente los sábados y domingos, para -representar obras antiguas, obras verdaderamente buenas, en algún pueblo -inmediato a la capital. Estos públicos sencillos y honrados son los -únicos capaces de apreciar ahora el verdadero arte. Pero no quiero -insistir en esto; prefiero hablarle de mi vida, que le interesará más. - -Sepa usted que soy un gran español, y eso que España no se portó bien -conmigo. Por algo la abandoné cuando tenía poco más de veinte años, y no -he vuelto a ella. Los públicos de allá se mostraron injustos, y tuve -necesidad de venir a América para que alguien me aplaudiese. Pero no -guardo rencor a mi patria ingrata. Sé bien que muchos grandes hombres -conocieron la misma suerte. A pesar de esto, he servido a España aquí en -América, durante treinta años, más que los diplomáticos y los hombres -políticos. - -Actualmente se oye hablar mucho de fraternidad hispanoamericana. Hay -Sociedades que se cuidan de su fomento, y son frecuentes los banquetes y -otras fiestas con discursos recordando a la madre patria. Pero cuando yo -empecé mis correrías de actor, desde Texas y California hasta el cabo de -Hornos, la situación era otra. España se acordaba poco de los pueblos -americanos que hablan su lengua, y estas Repúblicas hispanoparlantes -(como dicen algunos doctores) mantenían enteros y vivos los odios, las -preocupaciones y cegueras de la guerra de la Independencia. - -No venían de la Península otros enviados que nosotros. Éramos los -comediantes los que evocábamos el recuerdo de España, representando las -obras en verso del teatro romántico. Este apostolado no estaba libre de -martirios. Los cómicos veíamos a veces con inquietud la llegada de la -fiesta patriótica de cada República. Casi todos estos países tienen en -su himno nacional una estrofita agresiva o vengadora dedicada a la -antigua España. El tiempo, que todo lo calma, las buenas relaciones -diplomáticas y los intereses de raza, han puesto en desuso estos versos, -anticuados y mediocres. Pero en los tiempos de mi juventud traían con -ellos tantos peligros y estrépitos como una tempestad, y muchas veces -hicieron correr sangre. - -Una parte del público, el día del aniversario patriótico, ordenaba que -los actores españoles cantasen el himno ofensivo para su nación. Muchos -se resistían a tal ultraje, apoyados por otra parte del mismo público, -compuesta de españoles establecidos en el país. Escándalo general, -insultos, palos, y muchas veces tiros. Además, usted conoce la gran -variedad de apodos que existe para nosotros en estas Repúblicas pobladas -por nietos de españoles. Los compatriotas de sus abuelos somos en un -sitio «godos»; en otro, «gallegos»; en otro, «patones» o «gachupines», y -así continúa la lista de motes... - -Ésta era la parte mala del teatro en aquellos tiempos; pero sería -injusto callar la parte agradable y gloriosa de nuestra vida errante. -Como ya le he dicho, durante medio siglo fuimos la única representación -española que conocieron los pueblos americanos de nuestra habla. En -muchas ciudades del interior nos veíamos acogidos como si la vieja -España viniese de actriz en nuestra compañía. Las señoras del público -murmuraban en voz baja durante la representación los versos de las obras -célebres, conocidos por ellas tan bien como por nosotros. Además, -siempre encontrábamos algún respetable doctor, dedicado al estudio de -las cosas antiguas de su tierra, que se emocionaba al vernos, como si -presenciase una segunda llegada de los conquistadores. - -A mí me conoce usted ahora en la desgracia; pero si visita mi casa -alguna vez, le podré enseñar coronas a docenas, láminas de plata o de -bronce con dedicatorias grabadas, de las que no he querido desprenderme -ni aun en días de angustiosa pobreza, y versos, muchos versos, dedicados -a mi humilde persona. Guardo también un discurso que un poeta joven -(luego ha sido muchas veces ministro en su país) leyó el día de mi -beneficio. «España--dice--es inmortal por sus hijos célebres. Jamás -podrá desaparecer una nación que ha dado al mundo Cervantes, Castelar y -Mariano Fonseca». - -Sé bien que esto último es un poco exagerado. ¡Entusiasmos de -muchacho!... Pero sería injusto no reconocer que nuestra vida errante -sirvió durante medio siglo para que no se enfriasen totalmente las -antiguas relaciones de familia y la gente recordase que aún existía -España. - -Yo debí quedarme en una de esas Repúblicas pequeñas, donde la vida es -patriarcal, y para que no resulte enteramente aburrida, procuran los -hijos del país amenizarla todos los años con alguna revolución. Pero mi -hija gusta de volver a este Buenos Aires, donde nació. Yo también -siento la atracción de la Avenida de Mayo; y aunque viva perfectamente -en Méjico, junto a la frontera de Texas, y jure no volver más a la -Argentina, siempre se arreglan las cosas de modo que, de aventura en -aventura y de triunfo en fracaso, acabo por rodar de un extremo a otro -del Nuevo Mundo, volviendo a esta ciudad, que es el refugio de todos -nosotros. - -Sin embargo, quedan esparcidos en las dos Américas muchos comediantes -españoles, cuyo nombre ignora España y son personajes verdaderamente -populares en las tierras donde se radicaron. Al gustar al público varias -temporadas consecutivas, se quedan en el país para siempre, creyéndolo -el mejor del mundo por haberles dado sus aplausos. Así envejecen sobre -la escena, viendo pasar tres generaciones por los asientos del teatro. -El presidente de la República se acuerda de que siendo niño le decía su -mamá: «Si eres bueno, te llevaré al teatro a ver a Fulano». Los niños -que ahora ríen las gracias de Fulano son nietos o bisnietos de los que -presenciaron su llegada al país. Todos olvidan el lugar de su -nacimiento, y acaban por considerarlo una gloria nacional. Cuando muere -creen que el teatro ha sufrido una pérdida irreparable, y que ya no -surgirán actores de su misma talla. - -De haberme quedado en una República de éstas, mi existencia sería más -tranquila y digna. No me vería obligado a hacer «bolos» los sábados y -domingos en los pueblecitos, ni a sufrir las impertinencias de los -muchachos que llegan ahora a las tablas, con tantos «modernismos» y sin -saber decir bien un verso. - -Pero siempre me sentí movido por un espíritu andariego y propenso a las -aventuras, como el de los antiguos conquistadores. Ocho veces he ido del -extremo Sur de Chile a la frontera de los Estados Unidos y viceversa, -deteniéndome en cuantos teatros, buenos o malos, encontré al paso, o -improvisando escenarios de ocasión en lugares que estaban esperando la -llegada de un comediante desde el principio del planeta. - -Esta facilidad ambulatoria la adquirí en mis primeros años de vida -americana, cuando empecé la carrera como galán joven, al lado del gran -Rengifo. - -Con este actor glorioso no fue ingrata la madre patria. Recordará usted -que gozó en España largos años de gloria. Pero al quedar poco menos que -afónico y faltarle el dinero, tuvo que ser héroe y pasar el Atlántico, -que siempre le había inspirado horror. Había que oír a este grande -hombre cuando relataba sus viajes y las observaciones hechas por él en -los teatros del Nuevo Mundo. - -Usted sabe, doctor, que las numerosas Repúblicas de América que hablan -español se diferencian mucho en fisonomía, desarrollo y carácter. Ocurre -con ellas lo que con los hijos de una misma familia: tienen padres -comunes y una sangre igual; pero los genios son distintos, y cada uno -nace con diversas aficiones. Los mayores son serios y trabajan; los -otros tienen el aturdimiento de la adolescencia; los pequeños hacen -diabluras. Hay Repúblicas que yo llamo «serias», y otras que tienen la -cabeza a pájaros y nadie sabe si llegarán a ser formales alguna vez o -quedarán como esos calaveras que siguen loqueando hasta en su -ancianidad. - -Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un -fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun -en aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba -muchas veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no -pasa año sin numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de -menos valor en el país. - ---Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras--decía mi maestro--, -y cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último -caimán de sus ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a -la vida que despierta. - -Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo. -Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas, -fue tanto el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso -venir a cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes, -cubiertos de cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver -en cada bolsillo del pantalón. - ---¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante -glorioso de la vieja madre patria. - -Y le estrechó la mano. - -Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores. -Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio -entrar en su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos -rutilantes edecanes. - ---¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso -enviado de la vieja España, nuestra madre. - ---¿Con quién tengo el honor de hablar? - ---Soy el presidente de la República. - ---¡Ah, no!... Inútil la broma--protestó el maestro--. El presidente de -la República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de -frac, y usted lleva bigote y uniforme de general. - ---Es que usted ignora que entre el segundo y el tercer acto ha habido -una revolución. - - -II - -Mi mejor época empezó cuando pude formar compañía, siendo a la vez -empresario y actor. - -La primera dama era mi mujer, la pobre Rosalba, de la que hablaré luego. -Su padre, un español venido de allá treinta años antes que yo, había -alcanzado en Buenos Aires los tiempos del tirano Rosas, y, por su edad y -su voz, se encargaba en nuestras representaciones del papel de traidor. -Los demás actores se quejaban a todas horas, provocando disputas con sus -celos y exigencias; pero esto no impedía que marchásemos siempre juntos, -queriéndonos como si fuésemos de la misma familia. - -Rosalba era extremadamente morena, tenía hermosos ojos, y más de una vez -sentí orgullo y tristeza a un tiempo viendo cómo la miraban muchos -espectadores en las ciudades del interior. La pobre no conoció jamás la -riqueza ni el verdadero lujo; pero representaba la poesía de la vida, la -elegancia aristocrática, los grandes placeres de Europa, ante los -públicos sencillos que venían a escucharnos, como si fuésemos los -enviados de un mundo misterioso y lejano. - -Su madre también era española; mas Rosalba, por haber nacido en Buenos -Aires, se consideraba distinta a nosotros, interpretando esta diferencia -como algo que la confería una superioridad indiscutible. En sus momentos -de fervor artístico (que no fueron muchos) soñaba con ir a España para -representar en uno de sus teatros. Ser actriz en Madrid le parecía el -término glorioso de una existencia. Luego, en sus ratos de cólera (que -eran los más), me echaba en cara mi origen: - ---Tú eres un «gallego»; yo soy criolla y estoy en mi casa. - -Mi suegro, hombre a la antigua, incapaz de abdicar la superioridad de su -sexo, me daba consejos: - ---¡Mucho ojo, Mariano! Mi niña es una mala bestia, y ya sabes cómo hay -que tratarla: el pan en una mano y el palo en la otra. - -Pero yo, doctor, preferí siempre tener la razón de mi parte, dejando que -ella fuese injusta y agresiva. En realidad, ya no me acuerdo de los -disgustos que pudo darme. Nuestra vida movediza y pródiga en molestias -nos impulsaba a juntarnos otra vez, olvidando con facilidad las -querellas del día anterior. Frecuentemente me hablaron mal de ella, y -hasta recibí anónimos; pero la envidia profesional, sobre todo entre -mujeres, aconseja tales cosas a la gente del teatro. - -Confieso, sin embargo, que algunas veces sentí la tentación de separarme -de ella por sus imprudencias. Coqueteaba descaradamente con señores del -público, y esto era perjudicial para nuestra empresa, haciendo -desmerecer a la compañía y quitándonos prestigio ante las nobles -matronas de las ciudades en que trabajábamos. - -Yo podía enfadarme con mi esposa, pero no me era posible despedir a la -primera dama. No habríamos logrado continuar sin ella nuestras -representaciones. Por eso, aunque me cause cierta vergüenza el -confesarlo, transigí siempre, y algunas veces, al huir Rosalba de -nosotros, fui a pedirle que volviese, en nombre de su familia y en -nombre también de los demás artistas, que faltos de su colaboración iban -a verse en la miseria. - -Sé que las gentes malignas hicieron comentarios poco gratos para mí -sobre estas fugas, diciendo que siempre la acompasaba en ellas algún -personaje del país, doctor, general o simple periodista. Pero estoy -seguro de que eran calumnias. Ella me lo demostró siempre con pruebas -irrecusables. Si huía de nosotros era por su carácter caprichoso, por su -genio independiente, que la hacía odiar de pronto cuanto la rodeaba. - -Crea, doctor, que si alguna vez me fue infiel (y ahora lo dudo), debió -serlo por imposiciones violentas, y no por su voluntad. Usted no sabe lo -que puede encontrarse viajando a través de esta América, tan desigual. -En las Repúblicas de vida adelantada, donde mandan los blancos más que -los obscuros, hay justicia, y las personas pueden creerse seguras. Pero -a veces caíamos en lugares donde estaban las gentes como encogidas, bajo -el capricho de un hombre solo. Esto era en provincias de alguna de esas -Repúblicas sometidas a frecuentes revoluciones. El presidente, para -gratificar a los que contribuyeron a su elevación, los envía a un -territorio lejano, y allí pueden enriquecerse, llevando una existencia -igual a la de un antiguo gobernador turco. - -Imagínese las inquietudes de nuestra compañía cuando llegaba a uno de -estos lugares. Temíamos el mal humor del tirano, porque podía oponer -toda especie de obstáculos a nuestro trabajo. Faltos de su protección, -nos era imposible obtener un local ni ganar dinero. Pero yo, por mi -parte, temía no menos a los gobernadores entusiastas del arte dramático, -que nos recibían con una afabilidad extraordinaria, asistían -familiarmente a nuestros ensayos y nos brindaban apoyo. Cansados de las -hembras del país, sentían la atracción de la comedianta recién llegada, -que era además esposa del director de la compañía: una novedad. - -¡Las astucias que hubo de emplear para defenderme de tales bárbaros!... -Uno de ellos me tuvo en la cárcel tres semanas, por creer que yo era -amigo de los que conspiraban contra él. Es verdad que mientras estuve -encerrado proveyó al mantenimiento de toda la compañía, invitando además -a mi esposa a comer y cenar en su casa... Y mis compañeros, halagados -por la familiaridad del gobernador, declararon que esta temporada, tan -penosa para mí, fue para ellos la más agradable. - -Nunca quise saber con certeza lo que pudo existir detrás de una medida -tan arbitraria. Rosalba me juró que este hombre temible y atropellador, -aunque de perversa educación, era en el fondo un caballero, y no había -osado nada contra ella. No pude negarme a creerla. Me lo juró sobre la -cabeza de nuestra hija. - -He olvidado que usted no conoce a mi hija Pepita: una actriz de -verdadero talento, pero con un carácter peor que el de su madre. Esta -muchacha excelente, muy seria en sus costumbres, tiene un gesto que -corta y disuelve todo intento de confianza. Por eso muchos de nuestra -profesión la llaman por apodo «la Virgen guerrera». - -Hace más de veinte años que nació en Buenos Aires; pero esto fue pura -casualidad. Lo mismo podía haber nacido en una pobre estación de -ferrocarril, en una carreta cruzando la Pampa, o en una canoa bajo el -ramaje de una selva vecina a un río. Rosalba no dejó de representar -mientras la llevaba en sus entrañas. Hasta el último instante se apretó -el corsé e hizo esfuerzos para mantener disimulada su maternal -deformidad. No quería que el público riese considerando su estado y -viendo al mismo tiempo que el galán joven la perseguía loco de amor, -deseoso de morir o matar por ella. Así es nuestra existencia. - -Tampoco las funciones de la lactancia sirvieron de estorbo para la -gloria y la actividad artística de la madre. Mi pobre Pepita se dio -cuenta de que existía entre dos bastidores de teatro pobre, y pasó sus -primeros años en continuo viaje por las tierras comprendidas entre los -dos trópicos, llegando algunas veces hasta las montañas heladas de la -Tierra del Fuego. - -Mi esposa, que unas veces era Doña Inés, otras la dama feudal amada por -el trovador, y otras la doncella romántica de ojos pudorosos con una -rosa en la mano, se abría en los entreactos la pechera del vestido para -que la niña pudiera alimentarse, medio cegada por el resplandor de un -mechero. - -Hubo que acudir a recursos extraordinarios para que no muriese de -hambre. Rosalba, que, a pesar de sus defectos, era una excelente mujer, -no podía cumplir a la vez con exactitud sus deberes contradictorios de -madre y de artista. Como viajábamos incesantemente, la pequeña se nutrió -al azar de nuestras correrías. Le dieron sus pechos indias y negras; se -alimentó con leche de animales de todas castas: vacas, yeguas y cabras. -Hasta creo que conoció las ubres de las llamas que trotan como bestias -de acarreo por los senderos pedregosos de los Andes. - -Esta alimentación, que uno de mis compañeros, llamado Tribaldo, muy -extravagante en el empleo de las palabras, llama «internacional y -geográfica», fue causa, tal vez, del carácter raro o intratable de la -niña. - -Aprendió a mantenerse sobre un caballo antes de saber andar. Durmió -tranquilamente, como en un regazo, entre fardos llevados a lomo por -mulas o guanacos. Su tierna carne se acostumbró al lancetazo chupante de -los mosquitos, las moscas de color y demás insectos de las soledades -americanas. Una vez, al hacer alto en una selva, la sorprendimos -jugueteando con una serpiente de cascabel. En otra ocasión, al pasar un -río abundoso en caimanes, se nos cayó de la mula, y hubo que sacarla por -los pelos. Tenía entonces cuatro años, y después de expeler el agua -tragada, no volvió a acordarse del accidente. Mi hija conoce todo lo -malo de este país, y no hay nada en él que pueda matarla... - -¡Los viajes de hace veinte años, cuando aún vivía mi esposa y empezaba -Pepita a salir a escena, unas veces de niña raptada, otras de angelito, -en el momento de la apoteosis final!... Mientras trabajábamos en tierras -con ferrocarriles, la compañía se trasladaba fácilmente de un lugar a -otro, seguida de todo su equipaje. En nuestra existencia errante no -podíamos olvidar nada: trajes, objetos ni decoraciones. Era imprudente -contar con los recursos del país. En ciertos pueblos el teatro era un -corral. Nosotros nos limitábamos a levantar el tablado que servía de -escenario, y el espectador se traía el asiento de su casa. - -Hoy existen ferrocarriles en muchas tierras que atravesé yo hace menos -de medio siglo viajando lo mismo que los primeros exploradores -españoles. Como ocurre siempre en los países que llegan tarde a -disfrutar las ventajas del progreso, estos ferrocarriles son magníficos, -superiores a los de Europa; como quien dice, «la última palabra»: -vagones Pulmann, amplios dormitorios, etc. Pero en mis tiempos tuve que -invertir seis u ocho días, subiendo y subiendo por las faldas de los -Andes y atravesando cimas eternamente nevadas, para correr el mismo -camino que ahora hace el tren en unas cuantas horas. - -Ascendíamos a tan enormes cumbres, que nos daba la enfermedad llamada -«sorocho», el mareo de las alturas, igual al mareo del mar. Los cóndores -volaban curiosamente sobre nosotros, adivinando que éramos una tropa -diferente a la de los arrieros de poncho colorado que cruzan la -Cordillera con sus recuas. - -Emprendíamos el viaje desde cualquier puerto del Pacífico (población -cosmopolita y calurosa, a ras de las olas, con muchos comerciantes -ingleses o alemanes) hasta alguna ciudad del interior, de nombre -histórico, situada en lo alto de la Cordillera, a dos mil o tres mil -metros, y adormecida noblemente lo mismo que en la época de sus ilustres -fundadores, venidos de Extremadura o Andalucía. Como avanzábamos por -senderos estrechos, bordeando precipicios, el material de la compañía -iba a lomos de bestia. Para mayor seguridad y baratura, empleábamos el -animal de carga del país, el compañero del indio. - -Usted conoce indudablemente lo que hacen las llamas cuando el arriero -pretende imponerles un trabajo extraordinario. Es un animal que sabe -hasta dónde deben llegar sus fuerzas, se irrita ante el abuso, y -defiende tenazmente sus derechos. Todos los de su especie han acordado, -sin duda, que sólo deben soportar una determinada cantidad de kilos, y -cuando les colocan una libra más en sus alforjas, llamadas «petacas», se -tienden en el suelo como un trabajador que apela a la huelga pasiva, y -no hay quien los levante, por más palos que les den. - -Nuestras decoraciones eran de papel, y no muchas; el vestuario y los -objetos escénicos tampoco resultaban abundantes; pero, aun con esta -parsimonia, ¡imagínese si serían necesarios animales de tal especie para -trasladar toda la impedimenta de la compañía! - -Formábamos una hilera de doscientas o trescientas llamas, con sus -arrieros indios, que gritaban para animarles en los malos pasos. Los -artistas íbamos en mulas tozudas y voluntariosas, a las que era prudente -dejar sueltas, a merced de su instinto, sin preocuparse de guiarlas, sin -otra defensa que cerrar los ojos en ciertos senderos, que más bien eran -filos de cuchillo, con un precipicio de varios centenares de metros -debajo de nuestros pies. Esto no impedía que «la Virgen guerrera» -trotase al frente de la caravana, a horcajadas como un muchacho, las -piernas al aire, la cabellera suelta al viento, y en continua pelea con -su mula, que coceaba junto a los abismos, protestando de una voluntad -deseosa de imponerse a fuerza de varazos y tirones del ronzal. - -Los personajes más importantes de la compañía marchábamos en el centro -de este rosario. Crea usted que a nuestras tres o cuatro mujeres, -arrebujadas en sus mantos, con la cara ennegrecida por el sol y el frío -de las cumbres, no las habrían conocido jamás los mismos que las -aplaudían una semana antes en la ciudad que habíamos dejado abajo, junto -al mar. - -Ascendíamos en zigzag, como una fila de hormigas rojas, por las laderas -de los Andes. ¡Éramos tan poca cosa en aquella inmensidad!... Levantando -los ojos podíamos ver las panzas de los animales de la primera sección -de la caravana, que subían y subían, trazando una serie de ángulos. -Mirando abajo sólo encontraban nuestros ojos las cargas y las cabezas de -las llamas que cerraban la marcha. A veces salvábamos profundísimos -barrancos merced a un puente hecho de lianas, que se mecía como una cuna -sobre el abismo. - -Viajábamos lo mismo que en otros siglos los personajes de la -colonización española. Como yo tengo mis lecturas, creí muchas veces que -no éramos una compañía de cómicos; más bien una caravana de -funcionarios, enviados por el rey de España y sus Indias, que acababan -de desembarcar; un corregidor y varios oidores de Audiencia venidos con -sus damas a tomar posesión de sus cargos. - -Cuando el viento de las alturas era favorable, soplándonos por la -espalda, los arrieros convertían sus bestias en navíos. Entre las dos -«petacas» colocaban un palo, izando en él un pedazo de lona que hacía -oficios de vela. De este modo la fría brisa de las cumbres ayudaba -nuestra marcha, empujando a las llamas, haciéndoles redoblar su trote -adormecido; y la flota animal, con sus centenares de velitas -desplegadas, iba navegando entre el revuelto oleaje de rocas y nieves. - -Guardo un mal recuerdo, doctor, de mi viaje en ferrocarril la última vez -que estuve en Quito. Este mismo viaje lo había hecho seis años antes en -recua, y aunque fue incómodo y largo, resultó más seguro. - -La línea férrea que existe ahora de Guayaquil a Quito es casi un -funicular de varios centenares de kilómetros; una vía atrevidísima que -sube y sube. Como yo y mis gentes empleamos este medio de transporte en -las primeras semanas de su funcionamiento, el tren descarriló al ganar -una meseta solitaria de los Andes. - -Hubo muertos y muchos heridos. Imposible imaginar un paisaje más -desolado: rocas de colores metálicos, y como única vegetación cactus -rectos y muy esparcidos, que parecían hombres resbalando por las -laderas. Ni una casa, ni un árbol, ni una gota de agua. Y en esta -soledad, lamentos de heridos, gentes llamándose en torno a los vagones -hechos pedazos o volcados. - -Me alejé del tren, buscando socorro. De pronto vi asomar cautelosamente -sobre el borde de un barranco unos cuernos rojos y algo flácidos, como -si fuesen de trapo; luego unos ojos oblicuos y malignos, con las cejas -en ángulo, y el resto de una cara manchada de negro y bermellón. Era un -demonio, un verdadero demonio, más horrible en esta soledad que los que -había yo visto en los cuadros y en el teatro. - -Detrás de este demonio, que subía lentamente, a cuatro patas, apareció -otro, y luego otro. Llevaban trajes grotescos, disparatados, astrosos; -pero estas vestimentas parecían darles un aspecto más horripilante. La -tropa infernal, que iba avanzando medio oculta, con las precauciones que -impone la vida desconfiada del desierto, se puso de pie y marchó -audazmente, animada por el aspecto que ofrecía el tren. - -Le confieso que sentí miedo al ver cómo venían hacia mí tantos diablos, -rojos y verdes, con la cara negra de hollín. De pronto recordé que -estábamos en domingo y era Carnaval. Los demonios se convirtieron en -indios, habitantes de chozas cercanas o invisibles para mí, que se -habían disfrazado con motivo de la fiesta, abandonando sus bailoteos al -enterarse de la catástrofe. - -Como era mediada la tarde estaban ebrios, y después de rondar en torno a -los vagones, empezaron a sentirse tentados por los equipajes de los -viajeros, haciéndolos suyos tranquilamente. Representaba una amenaza de -muerte pasar la noche en compañía de estos demonios, cuyo número iba -aumentando. Por suerte, llegó un tren de socorro: una locomotora y un -vagón, con varios empleados norteamericanos de la línea, y una caja de -botellas de _whisky_ para las primeras curas. No podía pedirse más. - -Otras veces conocíamos en nuestros viajes inesperadas grandezas y -maravillosas abundancias. Recuerdo cómo desembarcamos en una ciudad de -la costa del Perú, fundada por Pizarro, pero que había permanecido luego -olvidada durante siglos. Los yanquis empezaban en ella la explotación de -unas minas, o mejor dicho, la depuración de las escorias, abundantes en -plata, abandonadas por la minería colonial, y esto había atraído -numerosos obreros. - -Fuimos a tierra desde el vapor en una balsa, hecha de troncos y -tripulada por indios. No crea que el viaje era fácil. Había que salvar -tres líneas de rompientes, aprovechando el minuto preciso, con riesgo de -zozobrar y ahogarse si los remeros maniobraban un momento antes o -después. Aun así, quedamos varias veces, personas y objetos, sumidos -entre espumas, yendo acompañada cada sacudida de la balsa con alaridos -de mujeres y llamamientos a todos los santos. Viajeros y cosas -navegábamos amarrados, para mayor seguridad, y aun así perdimos mucho -equipaje. - -No había otro medio de desembarcar; pero la aventura valía la pena. -Imagínese la emoción de un millar de hombres aislados en este pedazo de -costa olvidada, ganando dinero abundantemente y sin saber qué hacer de -él. Un barracón vecino al embarcadero de mineral lo convertimos en -teatro. Cada minero pagó por su entrada un peso fuerte. Nunca he vuelto -a ver tantos duros juntos. Cuando nos retiramos a media noche a nuestro -alojamiento, tuvimos que valernos de una carretilla para acarrear las -espuertas llenas de monedas de plata. - -Además, en ningún teatro obtuve ovaciones tan sinceras y clamorosas. Lo -que más gustaba a este público de blancos y mestizos eran los dramas -abundantes en peleas y con mucho choque de espadas. Cada vez que me -batía con el traidor de la obra, los espectadores daban alaridos de -entusiasmo, pidiendo un segundo combate, y yo, enardecido por los -aplausos, repetía la lucha, matando de nuevo a mi adversario. - -Nunca aprecia uno el poder mágico del teatro como viviendo entre gentes -sencillas. Por eso en mis viajes he preferido los pueblos humildes y -olvidados, las ciudades viejas, a las que sólo llega muy de tarde en -tarde una compañía teatral. - -Que no me hablen de esas capitales de América vecinas al mar, en las que -se usa generalmente la lengua española, pero son muchas las gentes de -todos los países. Llega uno para dar a conocer las obras del teatro -clásico, y le preguntan inmediatamente cuántas mujeres trae la compañía, -si son bonitas y si las obras que van a representarse tienen música y -canto. Deme usted ciudades del interior, reposadas y nobles, donde se -encuentran plazas con soportales que recuerdan a Toledo y Segovia; donde -los señores usan barba y tienen un aire caballeresco, como si acabasen -de quitarse la coraza en su casa; donde las damas son aseñoradas y van a -misa cuando apunta el sol a un convento que tiene naranjos en el patio, -llevando sobre el rostro un manto negro, lo mismo que las tapadas de -Calderón y de Lope. - -Parece que esta América vieja se ha modificado mucho desde mis tiempos -de galán joven y va a desaparecer. Pero yo la he conocido aún con su -noble atraso y su lujo colonial. Estuve en poblaciones del interior -célebres por sus minas históricas, donde todo era de plata, pero de -plata antigua y recia, trabajada a martillo, con la prodigalidad que -aconseja la abundancia del material; los platos, los jarros y hasta -cierto útil nocturno depositado junto a la cama. Los objetos de loza -había que traerlos de la costa, y se quiebran fácilmente en un viaje a -lomos de mula por los senderos de la Cordillera. Resultaba más económico -fabricarlos de plata. - -En estas tierras de vida ingenua es donde me vi más apreciado. Hombres -de cuchillo curvo, que llevaban varias muertes sobre su conciencia, me -seguían, al encontrarme en las calles, con ojos de admiración y respeto. -Eran espectadores que me habían visto la noche anterior batirme como un -héroe contra varios bellacos. - ---¡Salud, patrón!--decían algunos--. ¡Vaya una «manito» que tiene usted -para la espada! ¡Que el Señor se la conserve! - -Muchas veces me he acordado del gran Rengifo. Estando en Méjico, al ir -en diligencia de una ciudad a otra, le salieron al camino unos -bandoleros célebres, que llevaban sus trajes y monturas chapeados de -monedas y bordados de plata. Estos facinerosos mataban a todos los que -pretendían desobedecerles. - ---Yo soy Rengifo--dijo con arrogancia a los ladrones, mirándolos frente -a frente. - -Y ellos dejaron de apuntarle con sus carabinas, echando pie a tierra -para estrechar su mano. - ---Nosotros respetamos a los valientes, compañero. - -Todos ellos le habían visto en el teatro. - -Cesó de hablar el gran Fonseca, quedando en actitud meditabunda. Parecía -perseguir sus recuerdos y reconcentrarlos, para que no se escapase -ninguno. Deseaba hacerme conocer, en sus múltiples aspectos, buenos y -malos, aquella vida errante a través de América, que tenía para él la -dulzura melancólica de su lejana juventud. - -Pero un hombre gordo y afeitado, con rostro de comediante viejo, acababa -de entrar en el café. Iba a sentarse junto a una mesa ocupada por otros -de su mismo pergenio, cuando al reconocer a Fonseca cambió de dirección, -viniendo hacia nosotros. - ---¡El tiempo que llevo sin verte, Mariano!--dijo con voz profunda y -lenta, que daba una solemnidad grotesca a sus palabras--. Te encuentro -gordo como un canónigo de aldea. - -Fonseca le miró con ojos de conmiseración. - ---No seas bruto, Tribaldo. En las aldeas no hay canónigos. Querrás decir -un cura de aldea. - ---¡Tú siempre dando lecciones! Quieres que no olvide que en tu juventud -fuiste estudiante... Bueno; hemos de hablar de un negocio, de una -_tournée_ en Chile. Vendré a buscarte luego. Te invito a dar un paseo... -noctámbulo. - -Y al marcharse Tribaldo, el gran Fonseca me miró como si implorase -clemencia para los disparates de su camarada. - ---Así son--dijo con tono resignado--la mayor parte de los que vienen a -este café. ¡Y uno debe vivir con ellos a todas horas!... Por suerte, -tengo a Pepita. Es preciso, doctor, que venga usted a nuestra modesta -casa, para que conozca a mi hija. - - -III - ---¿Cuándo nos vimos la última vez, doctor?... ¿Hace ocho años o diez? -Sólo recuerdo que nos encontramos en aquel café de la Avenida de Mayo, -donde se reunían las gentes de mi arte. A pesar del tiempo transcurrido, -le reconocí inmediatamente. Usted, en cambio, no hubiese sospechado -nunca que soy el mismo Fonseca que le entretenía con sus historias allá -en Buenos Aires. - -Era cierto: nunca hubiese conocido al famoso comediante andariego en -este viejo de espalda convexa, desdentado y con el rostro fruncido como -una fruta invernal. De su pasado sólo conservaba la cabellera encrespada -y abundante; pero ya no admitía el tinte, y era blanca y dura lo mismo -que la de los negros cuando encanecen. - ---Reconocerá usted, doctor--siguió diciendo don Mariano--, que fui -profeta cuando le anuncié en «el otro mundo» el porvenir brillante que -lo esperaba aquí. No he sentido ningún asombro al reconocer a mi antiguo -compañero de café en el célebre médico que se digna visitar nuestro -establecimiento. Yo he seguido rodando cuesta abajo; era mi destino, y -gracias que pude parar aquí. Usted me conoció comediante en decadencia; -pero, en fin, artista todavía, y con ciertos públicos que se conservaban -fieles a mi nombre. Transcurridos unos cuantos años, me encuentra ahora -de asilado en un establecimiento de caridad, y viejo, como si un siglo -entero hubiese pasado sobre mí. - -Durante mi veraneo en la costa cantábrica había querido ver un asilo -para ancianos, fundado cerca del mar por un español enriquecido en la -República Argentina. Este «indiano» había comprado una casa enorme, con -vasto jardín, para vivir el resto de sus días en el país natal; pero el -descanso, después de una existencia penosa de negocios y ahorro, pareció -atraer a la muerte. Antes de irse del mundo había ordenado que su finca -fuese convertida en asilo, aplicando la mayor parte de sus rentas al -sostenimiento de la fundación. Como recompensa moral sólo pidió que su -nombre figurase en grandes letras de oro sobre la fachada. Era -médico-director del establecimiento un joven muy afecto a mis trabajos -científicos, y él fue quien me incitó con sus ruegos a realizar esta -visita. - ---No crea que me quejo de mi actual situación--continuó el comediante--. -Fue una verdadera suerte que algunos españoles de Buenos Aires, -apiadados de la miseria de Fonseca, al que habían aplaudido tanto en -otros tiempos, obtuviesen un puesto para él en esta casa, que sólo puede -albergar un corto número de infortunados. Le advierto que hicieron -además una suscripción para costearme el viaje. El último obsequio de -aquel público que tanto me quiso. - -Aquí no estoy mal. El director me aprecia y gusta de escuchar mis -historias «del otro mundo», o sea mis aventuras de cuando andaba de un -extremo a otro de las antiguas Indias occidentales representando -comedias. Los asilados me conocen y hasta sienten cierto orgullo al -verme entre ellos. Algunos estuvieron en América, donde tanto bruto se -ha hecho rico, y volvieron más pobres que se fueron, con la salud -perdida. Unos recuerdan haberme aplaudido en un teatro de allá; -seguramente un teatro de pueblo, de los de mi última época. Otros sólo -están enterados de que don Mariano fue algo, y no por eso me respetan -menos. Todos ven que cuando llegan visitas importantes soy yo el único -de la casa que inspira curiosidad y el único también que puede sostener -una conversación. Los demás se alejan apenas el visitante les da tabaco. - -Se detuvo Fonseca al decir esto, mirando con desaliento la colilla de -cigarro que guardaba entre los dedos. - ---No crea usted que soy ingrato y gusto de criticar a mis bienhechores, -como algunos de los infelices que viven aquí. Pero debo declarar que en -esta casa no todo es perfecto y existe en ella un gran vicio de -organización. - -El hombre benemérito que la fundó hizo su fortuna en Buenos Aires -fabricando cigarrillos, y sin embargo, en su testamento no tuvo en -cuenta para nada que el hombre necesita fumar, necesidad que dio origen -a su riqueza. Estamos bien alojados, no comemos mal; pero de tabaco... -¡ni una brizna! En el reglamento de esta casa no se habla de dar a los -asilados ni un mísero cigarrillo, y usted sabe cuán necesario es el -tabaco para los que viven una existencia común, en un buque, un cuartel -o un asilo. - -Yo espero horas enteras el paso del director por el jardín o invento -pretextos para buscarle. Sé que el encuentro me puede proporcionar un -poco de tabaco, pues a él lo place oírme, y yo hablo más a gusto cuando -fumo. - -Esto no lo he dicho como indirecta para que me regale usted -cigarrillos... Pero en fin, ¡ya que usted se empeña!... Crea que -agradezco de verdad su obsequio. Otros asilados tienen parientes en el -país, que vienen a verlos y les traen paquetes del estanco. Yo estoy -solo en el mundo y únicamente puedo contar con lo que me den las buenas -almas. - -Cediendo a mi insistencia, Fonseca se apoderó, con una avidez pueril, -de todos los pitillos que contenía mi cigarrera. Encendió uno en el -resto del anterior, y luego de expeler por las narices dos chorros de -humo con el regodeo del que paladea su deleite favorito, continuó -hablando: - ---Se irá usted esta misma tarde. Lo he oído a las señoras que llegaron -con usted y están visitando el jardín en este momento acompañadas por el -director. Vamos a separarnos pronto, y adivino que siente curiosidad por -conocer la vida de este infeliz después que dejó de verle. - -¿Se acuerda usted de Pepita, mi pobre «Virgen guerrera»?... No he -olvidado que vino usted a casa para ver mis recuerdos de gloria: las -coronas, las placas de metal regaladas en noches de beneficio, una -colección de anforitas de barro cocido y otras cosas sacadas de las -tumbas de los indios que fui adquiriendo en mis viajes. - -¡Ay! Todo eso desapareció. Tuve que venderlo a cualquier precio en mis -últimos años de miseria; cuando me vi solo en Buenos Aires y forzado -casi a pedir limosna. - -A mi hija la conoció usted en aquella visita. No creo que se llevase un -recuerdo agradable de ella. - -Inútiles las excusas: lo mismo les ocurrió a muchos. No digo que fuese -mal educada; pero era incapaz de una expansión sonriente, de una palabra -amable, siempre ceñuda y con hostilidad para los hombres. No podía ser -de otro modo, aunque lo desease. - -Repetidas veces anduvo en noviazgos con actores jóvenes de nuestra -compañía; pero siempre acabó por repelerlos. - ---Yo no puedo sufrir a otro hombre que a ti, papá--me decía--. No me -casaré nunca. - -Creo que uno de estos novios desechados fue el que inventó su apodo de -«Virgen guerrera». El mote no pudo ser más exacto y completo. Su odio a -los hombres era prueba y garantía de su virginidad. Y en cuanto a lo de -guerrera, yo sabía de esto más que nadie. - -Tenía el carácter belicoso de mi mujer; pero la pobre Rosalba enviaba -sonrisas voluntariamente a los señores del público, y mi hija necesitaba -un esfuerzo heroico para sonreír en la escena. En realidad, sólo llegaba -a dar media sonrisa, y era con la boca nada más, mientras el resto de su -cara se mantenía cejijunto y agresivo. - -Este mal carácter le impidió ser una gran actriz. No crea que habla mi -cariño de padre. Le aseguro que tenía más talento que Rosalba y todas -las mujeres con las que he trabajado en mi vida. ¡Pero aquel rostro de -pocos amigos!... ¡Aquella voz dura y monótona, que sólo se ablandaba al -expresar en escena la cólera o la venganza!... - -Con todos sus defectos, los últimos años que pasé junto a ella, a pesar -de ser los de mi decadencia, me parecieron más gratos que los de mi -juventud gloriosa al lado de Rosalba. Después que usted la vio hicimos -una excursión por Chile y otras Repúblicas de la costa del Pacífico. -Fuimos avanzando de teatro en teatro en dirección contraria a la de los -descubridores españoles, o sea de Sur a Norte. - -Le he dicho a usted de teatro en teatro, y esto muchas veces no fue -verdad. Huíamos de las ciudades con teatros, porque en ellas el público -no mostraba interés alguno por conocernos. Había pasado la época de -Mariano Fonseca. Este nombre no decía nada a las gentes nuevas. En todas -partes querían obras con música o dramas representados con gran aparato -escénico, ¡y nosotros éramos tan pobres!... - -La juventud del país acudía la primera noche deseosa de ver a las -mujeres de nuestra compañía; pero mi Pepita, con sólo mostrarse, ponía -en fuga a este público bullicioso. Sin embargo, usted la conoció. Era -tal vez demasiado morena, pero nadie podía llamarla fea. Además, -acuérdese de sus ojos... - -Indudablemente, no era un espantajo, y muchos sintieron la atracción de -su juventud y de su hermosura algo rara. Pero ¡ay!, ¡su maldito -carácter!... ¡Aquella prontitud de mano para contestar con una bofetada -al más pequeño atrevimiento!... En algunos pueblos fuimos silbados a -causa de sus violencias; de otros tuvimos que irnos a toda prisa porque -la niña había golpeado al hijo del personaje más poderoso. - -Buscábamos, para no morirnos de hambre, poblaciones casi ignoradas, sin -pensar si había en ellas teatro o no lo había. Improvisábamos nuestro -escenario en corrales de posadas llamadas hoteles, en plazas públicas, -hasta en tolderías de indios a medio civilizar. Allí donde existía un -grupo humano llegaba la compañía Fonseca, en mula, en carreta, en -piragua o a pie. - -Cuando nos faltaba algo para nuestras decoraciones, lo buscábamos en el -almacén de comestibles del lugar. Recuerdo haber empleado en Don Juan -Tenorio, como estatua de Doña Inés, un cartel anunciador hecho en los -Estados Unidos, que representaba una buena moza, de tamaño natural, -montada en una bicicleta. Y tal es el poder del arte, que con esta -carencia de medios escénicos lográbamos emocionar a nuestros públicos y -hacerlos aplaudir. Pero repito que esto ocurría siempre lejos de las -ciudades, trabajando «con decoración de selva», como decía uno de -nuestros compañeros. - -Teníamos además un enemigo feroz, que nos acosaba incesantemente y cada -año parecía centuplicarse. Lo sentíamos avanzar a nuestra espalda; nos -salía al encuentro cerrándonos el paso; nos obligaba a redoblar la -marcha para librarnos de su persecución; iba estrechándonos por ambos -flancos. Este enemigo era el cinematógrafo. - -Mientras no existió el maldito invento pudimos los cómicos errantes de -América prolongar nuestra vida. En las poblaciones del interior, las -gentes necesitadas de entretener sus noches acudían gozosas a nuestros -espectáculos, fuesen éstos como fuesen. No había otra cosa. Pero con la -generalización del llamado «teatro mudo», todos parecían vernos bajo una -nueva luz, dándose cuenta de nuestra pobreza y de nuestras -improvisaciones grotescas. - -Crea, doctor, que por culpa del cinematógrafo pasamos grandes apuros y -vergüenzas en el último período de mi carrera. Gracias a que la energía -de Pepita sirvió más de una vez para sacarme adelante. Yendo de pueblo -en pueblo y evitando las ciudades, que representaban para nosotros el -fracaso y la miseria, vinimos a dar en una de las regiones menos -pobladas de Venezuela; un país que políticamente pertenece a dicha -República, pero a causa de lo difíciles y largas que resultan las -comunicaciones, está gobernado por un amigo del presidente, que ejerce -una autoridad absoluta. - -Este gobernante cambia a cada revolución, y el que encontramos nosotros -fue un buen mozo, llamado Urdaneta, gran jinete, gran «machetero», como -dicen allá, e irresistible en el manejo de la lanza. Era un hombre -temerario, pródigo en dádivas, rapaz para los que vivían sometidos a su -gobierno, feroz con sus enemigos y aficionado a todos los placeres que -tienen algo de crueldad; en fin, un varón creado para la pelea y la -conquista. - -Él vio una especie de triunfo político en nuestra llegada a la -población, cabecera de sus dominios. La compañía Fonseca representaba un -gran suceso en la historia de su gobierno. Iban transcurridos muchos -años desde la última vez que unos comediantes habían visitado aquel -rincón de la tierra. - -Resultaba explicable el entusiasmo con que fuimos recibidos, después de -tantos menosprecios y pobrezas. El viaje valía todo esto y mucho más. -Yo, que llevaba una vida tan larga de exploraciones, sentí asombro -viéndome llegado hasta allí. - -Un protegido de Urdaneta, al encontrarnos en la capital de la República, -nos había propuesto esta «temporada extraordinaria», y dirigidos por él -atravesamos sabanas que parecían interminables, y en cuya vegetación se -hundían nuestras mulas hasta el vientre. Luego nos creímos perdidos en -selvas donde no se veía el cielo y bajaba a través del ramaje una luz -verdosa, semejante a la del fondo del mar. Pero los guías lograban -orientarse, siguiendo unos senderos apenas perceptibles entre la maleza -agitada por bestias ocultas. Vimos aves de plumaje fantástico, mariposas -enormes, pájaros diminutos como insectos, moscas que parecían esmeraldas -y rubíes con alas; mas nos faltaba tranquilidad para admirar tales -prodigios. Pensábamos en tigres y jaguares, creyendo su aparición -inmediata cada vez que las mulas coceaban o se echaban atrás, inclinando -sus orejas con inquietud. - -A continuación pasamos muchos días viviendo y durmiendo en canoas que se -deslizaban por una maraña de arroyos y ríos. Todos los cursos de agua -parecían iguales. Repetidas veces nos imaginamos haber pasado por el -mismo sitio, mirando con incredulidad a los romeros indígenas, que -sonreían de nuestra desconfianza. Navegábamos jornadas enteras bajo -túneles de follaje. Las ramas colgantes nos obligaban con su azote a -bajar las cabezas. De vez en cuando, un marinero cobrizo, con la vista -fija en la bóveda vegetal ensombrecedora de las aguas, levantaba su -percha, dando un fuerte palo a una de las lianas verticales. La liana -tenía ojos, se contraía, y perdiendo su equilibrio acababa por -derrumbarse en el río. Era una boa enorme... - -Pero ¿a qué contarle más de este viaje? Era una América distinta a la -que usted conoce; la tierra tropical casi intacta, tal como debieron -verla los primeros españoles que bajaron por el Amazonas o el Orinoco. A -nosotros, pobres cómicos, después de pasar varias semanas en el seno de -esta naturaleza sin domar, nos pareció una capital enorme el pueblo -donde vivía Urdaneta, y recibimos con gratitud casi llorosa las muestras -de afecto y protección de este personaje. - -Jamás sultán de cuentos orientales se vio tan admirado y obedecido como -él por nosotros. Hay que advertir que Urdaneta vivía casi aislado en las -tierras sometidas a su gobierno. Todos le temían y procuraban evitar su -presencia. Era caprichoso en su trato con las personas, no creía en la -amistad, se consideraba amenazado constantemente, y para librarse de -asechanzas procuraba ser el primero en la agresión. Total, que había -dado muerte a muchos de sus gobernados para librar su propia vida, según -él afirmaba, o por capricho y embriaguez, según el decir de las gentes. - -Nuestra presencia le proporcionó diversiones extraordinarias. Con la -magnanimidad de un tirano protector de las artes, nos invitó repetidas -veces a comer en su casa. Además decretó enérgicamente que el país debía -civilizarse, y para ello lo más eficaz era acudir a un espectáculo -culto y moralizador como nuestras representaciones. - -Siempre había sido gran aficionado a la poesía. En la sobremesa de sus -banquetes, cuando estaba casi agotada la botella de ron puesta ante él, -nos iba recitando el inmenso caudal de versos, sentimentales y amorosos, -atesorado en su memoria. Durante sus campañas para derribar a varios -presidentes por el hierro y por el fuego, su distracción nocturna era -tañer la guitarra, cantando romanzas de treinta o cuarenta estrofas, -todas ellas dignas de lágrimas. Reconozco que este guerrero lírico y -sensitivo habría ordenado a veces, en el mismo día, numerosos -fusilamientos; pero, no obstante este detalle y el enorme daño que acabó -por causarme, declaro que era simpático a su modo. - -Los últimos triunfos de mi vida artística los debo a su protección. -Había improvisado un teatro, al que acudían puntualmente todas las -noches los habitantes del pueblo como si cumpliesen una función pública. -Frente al escenario había un tabladillo adornado con banderas -nacionales, y en él un sillón de madera dorada traído de la iglesia. - -Este palco presidencial lo ocupaba Urdaneta con otros personajes de tez -sombría, ojos diabólicos y palabra melosa, que oran ejecutores de sus -voluntades y compañeros de sus peligros. El público reía nuestras -gracias o aplaudía frenéticamente nuestras nobles acciones, animado por -el gesto benévolo del presidente. Pepita era considerada por los -espectadores como una deidad milagrosa que podía interceder en favor de -ellos, haciendo más tolerable su existencia. Yo trabajaba con el -inquebrantable entusiasmo del que tiene seguro su éxito. - -Pero debo llegar al final de este período de mi existencia (el último en -que me creí feliz), o sea a mi infortunio definitivo. - -Un día me di cuenta de que mi hija ya no merecía su apodo. Como ocurre -siempre en tales casos, yo fui el último en enterarme. Por algo el -público, al aplaudirla, mostraba la adulación de los que desean -congraciarse con los poderosos. Pepita era la amante de Urdaneta, y esto -había sido por su voluntad, sin que el déspota, acostumbrado a la -violencia, necesitase hacer nada para vencerla. La «Virgen guerrera» -había reservado su integridad corporal para este descendiente de los -conquistadores, que la esperaba, sin saberlo, en un rincón de la América -caliente, aislado por selvas y ríos. - -No negaré que Urdaneta era un cumplido varón, capaz de conmover a las -hembras que gustan de hombres violentos y desean vivir sometidas a una -voluntad avasalladora. Pero Pepita era todo lo contrario. Yo no la -consideraba inferior por su mal genio al tirano que nos protegía. Luego -pensé que tal vez la identidad de sus caracteres había acabado por -atraerlos. - -Pasé mucho tiempo fingiendo ignorancia y ceguera. Dirá usted que esto no -es digno de un padre; pero ¡ay!, ¡la vida nos exige tales cosas cuando -somos pobres! Además, Pepita se mostraba contenta de su nueva situación, -y cada vez que intenté hablar de lo ocurrido, me miró con aquellos ojos -que parecían congelarme, cortando bruscamente mis palabras. - -Con un hombre como Urdaneta no podían durar mucho las situaciones -tranquilas y plácidas. Él dio fin, del modo más inesperado, a nuestra -temporada teatral. Le parecieron inoportunas las familiaridades de los -hombres de la compañía con la primera dama... ¿Por qué tuteaban a -Pepita?... ¿Cómo iba a tolerar que un actor la abrazase en la escena, -diciendo palabras amorosas, cuando por menos había sacado en diversas -ocasiones el revólver o el machete, librándose en un segundo del que -podía ser su rival?... - -Se acabó el teatro, y con él mis noches gloriosas, apagándose para -siempre aquellas salvas de aplausos que me hacían retroceder a los -tiempos de mi juventud. Urdaneta retribuyó generosamente a mis -compañeros, haciéndoles emprender su viaje de vuelta a la capital, otra -vez por ríos, selvas y llanuras. Yo me quedé, porque era el padre de la -gobernadora; pero jamás en mi existencia me vi tan solo y aburrido. - -Pasaba los días conversando con aquellos personajes inquietantes, -obscuros de tez, que eran algo así como los mariscales de la corte de mi -napoleónico protector. Me hablaban de guerras civiles y de revoluciones, -mostrando un menosprecio espeluznante por el valor de la vida humana. - -Mientras tanto, los dos enamorados corrían a caballo las selvas o se -dedicaban a la caza. Urdaneta era ahora maestro de mi hija, alabando sus -admirables disposiciones. Este hombre de armas gozaba en enseñar su -manojo a Pepita, y la casa del gobernador temblaba diariamente con el -estruendo de las pistolas y carabinas usadas por ella. - -Tal era la confianza del terrible maestro en su discípula, que había -inventado una diversión de las que a él le gustaban, mezcla de -voluptuosidad y de peligro. Muchas noches, antes de acostarse, mi yerno -(llamémosle así) colocaba sobre su cabeza una fruta cualquiera del país, -algo que pudiera servir como la manzana de Guillermo Tell. Y la nueva -tiradora se la arrebataba con un balazo de su rifle. Después de este -juego, los dos parecían amarse con nueva pasión. Era algo semejante a -las caricias de las fieras, según decían en el pueblo. - -Un día me hablaron dos forasteros, haciendo grandes elogios de mi -talento de actor. Aseguraban haberme aplaudido en una de las pocas -funciones que di en la capital de la República. Luego me ofrecieron un -regalo de diez mil dólares en moneda americana y dos pasajes hasta Cuba, -para mí y para mi hija. - -Bastaba una operación insignificante para corresponder a tanta -generosidad. Se daban por contentos con que la ex «Virgen guerrera» -bajase un poquito su puntería una noche: asunto de que el proyectil, en -vez de rozar la abundosa cabellera de Urdaneta, le diese en mitad de la -frente. - -Me pareció poco repeler esta propuesta con las mejores frases de -indignación de mi repertorio, y se la revelé a mi hija. ¡Qué quiere -usted!... Le había tomado cierta simpatía al tirano, recordando los -tiempos en que protegió con tanta eficacia el arte dramático. Pepita -debió hablar, y Urdaneta consideró oportuno unos cuantos fusilamientos, -ordenados a capricho indudablemente, pero con el deseo de que sirviesen -de saludable advertencia a sus contrarios. - -No le extrañará a usted, después de esto, que Mariano Fonseca, hombre -pacífico y accesible al remordimiento, no pudiese vivir con -tranquilidad. Me acusaba a solas de los fusilamientos, como si los -hubiese ordenado yo mismo. Para mayor desdicha, Urdaneta empezó a -mirarme con desconfianza, considerando inoportuna mi presencia en sus -dominios. Por suerte, no me creyó traidor ni un instante; pero, según -dijo a mi hija, me tenía por un bonachón peligroso, dispuesto a liar -amistad con todo el que me hablase de cosas de teatro: una especie de -puerta abierta por la que podían llegar sus enemigos hasta él... Y como -era rápido y enérgico en sus resoluciones, ordenó mi viaje de vuelta, lo -mismo que había hecho meses antes con las gentes de mi compañía. - -Resultaba absurdo pensar en protestas ni razones con Urdaneta. Además, -mi hija decía siempre lo mismo que su amante. Para abreviar: tuve que -hacer de nuevo el largo trayecto, en piragua y en mula, hasta la capital -de la República; pero esta vez abundantemente provisto de dinero. El -déspota sabía ser generoso, derrochando su riqueza con la misma -violencia que empleaba para adquirirla. - -Sentí, al verme solo, el tirón de la vida errante, y reanudé mis -correrías, ahora, de Norte a Sur, atraído, como siempre, por Buenos -Aires. En mi lenta retirada tuve noticias de Pepita: las últimas. - -Estalló una revolución en aquella tierra; una más que añadir a la lista -interminable de su historia. El presidente fue derribado; pero le dieron -tiempo para escapar. Urdaneta, su protegido, no quiso imitarle. Se había -acostumbrado a vivir como una autoridad independiente en aquel rincón -olvidado y casi salvaje de la República. Se imaginaba que este gobierno -era suyo por derecho de conquista, y nadie podía arrebatárselo, -ocurriese lo que ocurriese en el resto de la nación. - -La gente no lo entendía así. Ya que había triunfado una revuelta, debían -renovarse las autoridades, siendo reemplazado Urdaneta por otro -gobernante. Nadie se hacía la ilusión de que el nuevo fuese mejor; pero -era indispensable cambiar de tirano. Los hombres de confianza del -vencido sintieron igualmente ese deseo general, abandonándole para -unirse a los vencedores. - -Ni aun así quiso huir aquel testarudo, audaz y valeroso, digno de vivir -en otros siglos. Al verse sin amigos, se fortificó en la casa de -gobierno con mi hija. ¡Los dos contra todo el pueblo y contra los grupos -en armas enviados por la revolución triunfante!... Ambos eran excelentes -tiradores, y los fusiles y cartuchos abundaban en su vivienda. - -Me han contado que Pepita, caída en el suelo, con una pierna rota de un -balazo y otras heridas en el cuerpo, cargaba los rifles, pasándoselos a -Urdaneta, que tiraba y tiraba incesantemente con una ligereza de -demonio. Los asaltantes, después de muchos ataques inútiles y mortales, -tuvieron que avanzar protegidos por unas carretas de paja ardiendo, y -prendieron fuego al edificio, convencidos de que únicamente así podrían -acabar con su temible gobernador. - -De este modo perecieron Urdaneta y mi ex «Virgen guerrera». La -muchedumbre sólo osó acercarse a ellos cuando sus cadáveres estaban -ardiendo como si fuesen carbón. Aun así, temían muchos que surgiesen -otra vez de entre las llamas los certeros balazos del tirano. - -Después de esto, creo que nadie se atreverá a decir que en la vida de -los comediantes todo es mentira y fingimiento, y que no ocurren en la -realidad dramas más tremebundos que los que nosotros representamos sobre -las tablas. - -Muerta mi hija, las aventuras de mi vida no ofrecen interés. Cuando -volví a Buenos Aires ya me había comido todo lo que me dio el generoso -compañero de Pepita. Conocí de nuevo miserias y humillaciones; pero -ahora estaba solo, me faltaba mi hija, que parecía sostenerme y darme -vigor con su duro carácter. Además, los compañeros eran malos conmigo al -no ver a mi lado «la Virgen guerrera»... Ya sabe usted lo demás: cómo -vine a dar con mis huesos en este refugio, la protección de algunos -comerciantes españoles de allá, la suscripción para el viaje, etc. - -Pero advierto, doctor Olmedilla, que le llaman esas señoras, y el -director parece impacientarse porque le retengo con mi charla. - -No se ocupe de mí; atienda a sus amigos... y si alguna vez se acuerda -del comediante Fonseca, su viejo compañero de Buenos Aires, ya sabe -cómo puede favorecerlo. - -Nada de dinero... Me envía simplemente tabaco: unos cuantos paquetes de -cigarrillos. - -Todos sufrimos en esta casa por la distracción de aquel cigarrero que a -la hora de su muerte no se acordó de que los hombres fuman. Y las buenas -almas deben reparar un olvido tan inexplicable. - - -IV - -Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa -cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su -director. - -Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y -pregunté por él. - ---Murió un año antes de abandonar yo la dirección--dijo el médico--. -Cuando sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y -casi en su agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros -de asilo. - -Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En -realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido -al último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su -juventud. - -Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a -todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero -estos paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían -tener la fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de -Canaán. Siempre que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado -minutos antes, decía a sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como -si estuviese representando la escena más culminante de un drama: - ---Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor -Olmedilla, una eminencia de Madrid. - -Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje -político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca. -Éste, después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el -nombre de nuestro visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano. - -Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta -familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba -a mostrarse menos razonable y coherente en el relato de sus historias. -Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos convencieron a -todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia del -senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en -Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato. - -Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el -personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía -senil, acabó por reconocerle. - ---¡Pero tú eres Cerón!--dijo--. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido, -siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca? - -Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con -inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida. - -Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos -conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a -América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que -habían venido con el personaje vieron en esta historia materia para un -artículo. - -Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su -carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir -de la escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país -donde los actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se -limitaban a decir: «Es más malo que Cerón»? - -Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón -pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como -él decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes». - -Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante. - -La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en -América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en -el asilo un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de -Madrid sólo para dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba -esperándolo más de veinte años. - -Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus -bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de -él. ¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?... - -La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en -comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros; -pero ¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo -inolvidable!... - -Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y, -contra lo que es costumbre en los tribunales, deseaba entregarse cuanto -antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero para resolver el -asunto con inusitada rapidez. - -Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía -rico. - -Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas -veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los -escenarios. Quiso dictar su testamento, y dejó por herederos de sus -bienes a todos los camaradas de asilo y a los que les sucedan en aquella -casa. La renta de su capital debe emplearse enteramente en tabaco, para -que de este modo no conozcan nunca los pobres el tormento sufrido por él -en sus últimos años a causa de una omisión del fundador. - -Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que -ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca. - - - - -El viejo del Paseo de los Ingleses - - -I - -Todas las mañanas, a las once, llegaba invariablemente al Paseo de los -Ingleses, cuando mayor era en él la concurrencia. Bajo la doble fila de -palmeras inmediata al mar, iban formando grupos las gentes de diversas -nacionalidades y lenguas venidas a Niza durante el invierno. - -El azul denso e inquieto de la bahía de los Ángeles se interrumpía al -reflejar el resplandor del sol, triángulo de oro palpitante que apoyaba -su vértice en la orilla, mientras resbalaban por el azul inmóvil del -cielo los blancos vellones de las nubes. Una ilusión primaveral -rejuvenecía a esta muchedumbre durante las horas solares. Al languidecer -la tarde, el viento punzante caído de las cimas de los Alpes hacía -recordar la existencia del olvidado invierno; pero en las horas -meridianas, las mujeres, vestidas con colores de flor, tenían que abrir -sus sombrillas para defenderse de la causticidad del sol, y los hombres -sentían el orgullo de haber vencido al tiempo, mirando sus pantalones de -franela blanca a través de las gafas ahumadas con que defendían sus ojos -de la refracción de la luz sobre el asfalto. - -Una alegría egoísta los animaba a todos al hablar del frío que estarían -sufriendo a aquellas horas los que tenían la desgracia de haberse -quedado en París, en Londres o en Nueva York, lejos de la asoleada Costa -Azul. - -Ganosos de ver y de ser vistos, se agolpaban en una pequeña sección del -Paseo de los Ingleses, que tiene varios kilómetros de longitud. Las -gentes colocaban sus sillas de hierro unas junto a otras, buscando -hablarse con mayor intimidad, o las avanzaban más allá del vecino. Esto -iba estrechando el espacio de que podían disponer los transeúntes en sus -continuas idas y venidas, mas no por ello se cortaba su infatigable -rosario, y seguían deslizándose entre las tortuosidades de la gente -sentada, cruzando con ésta saludos y palabras. - -Las conversaciones en diversos idiomas formaban un zumbido casi tan -sonoro como el choque de los últimos estremecimientos del mar sobre la -playa de guijarros, pulidos por un roce milenario. Cuando este rumor -humano bajaba de tono, se oían las orquestas de los restoranes y los -hoteles del paseo, que extienden su recta edificación frente al mar. -Entre las casas y la doble fila de palmeras pasaban automóviles con -matrículas y colores de todas las naciones, y grupos de jinetes: ellas, -con aire de muchacho, llevando pantalones masculinos; ellos, con la -cabeza al aire, el pelo echado atrás y el cuello de la camisa abierto -sobre el pecho. - -De los hoteles célebres iban saliendo damas de andar perezoso, que -silbaban para que siguiese sus pasos un perro grande, con aire de fiera -que se digna ser buena, o pequeñísimo, y arrastrándose junto al suelo, -lo mismo que un manguito de piel caído de las manos y que empujase el -viento. Eran mujeres célebres por su familia o por su historia: artistas -de amor costoso o princesas de dinastía reinante. La gente repetía sus -nombres con interés, y ellas, apreciando de reojo la curiosidad -despertada por su presencia, seguían avanzando con aire -aristocráticamente desmayado, resignadas, como una reina que tiene que -mostrarse al populacho, y dando a entender con el desmadejamiento de su -persona que la mayor parte del año sólo se levantaban de la cama en las -primeras horas de la tarde. Aquí, en Niza, consideraban de buen tono -abandonar las sábanas para hacer una visita al sol a la hora en que está -más visible, aunque su luz vulgar y mal educada revela brutalmente los -desperfectos de los rostros. - -A las doce sonaba en la colina del Castillo el cañonazo tradicional, e -instantáneamente, con una prontitud de teatro, se deshacían bajo las -palmeras los grupos humanos, que los tripulantes de los buques -alcanzaban a ver como hormigueros mientras navegaban por la línea del -horizonte. Las gentes se perdían en las calles afluentes al paseo o -penetraban en los hoteles. Únicamente permanecían retardados sobre el -asfalto los habladores, incapaces de cortar una discusión entablada, y -ciertas parejas amorosas, en espera de este momento de desbande general -para aproximarse y convenir dónde podrían volver a verse más íntimamente -al caer la tarde. - -Una hora antes de esta dispersión en busca del almuerzo, llegaba todos -los días el hombre a quien llamaban muchos «el viejo del Paseo de los -Ingleses», como si fuese parte integrante de dicho lugar. Otros que, -por vivir más tiempo en Niza, se creían obligados a un conocimiento -concreto de las personas y las cosas, daban detalles precisos sobre su -existencia. - ---Es un ruso: uno de los muchos que la revolución ha dejado en la -miseria. - -Nadie podía más detalles; todos pasaban a ocuparse de otra cosa, con un -mohín de cansancio. Los rusos ya no eran de moda; esto lo sabía toda -persona razonable. Al principio, sus infortunios excitaron la simpatía -pública; no había salón distinguido ni espectáculo elegante donde no se -encontrase algún refugiado de esta nacionalidad. Pero había transcurrido -mucho tiempo sin que ocurriese nada nuevo en Rusia, y al fin la suerte -de los tales fugitivos resultaba monótona. - -Además, eran demasiados los que habían venido a aglomerarse en este país -de sol, como si los impulsase un misticismo sabeico. Las novelas de su -nueva existencia ya no inspiraban interés, y la gente hablaba fríamente -de grandes duquesas que tenían en Niza casa de huéspedes o tienda de -sombreros; de oficiales de la antigua marina zarista convertidos en -bailarines profesionales de los restoranes de Monte-Carlo; de chófers de -porte marcial y rubio bigote, antiguos coroneles y generales en la corte -de San Petersburgo. Esto podía merecer atención durante unas semanas o -unos meses; pero ¡después de cuatro años, durante los cuales habían -ocurrido tantas cosas en un mundo que parecía estar loco!... - -Los invernantes más antiguos de Niza conocían su nombre, Fedor Ipatieff, -y afirmaban que este «viejo del Paseo de los Ingleses» no era -extraordinariamente viejo. Debía tener poco más de sesenta años, y en -los meses anteriores al principio de la guerra todavía ostentaba esa -juventud madura, artificial y brillante que todo hombre moderno, libre -de las fatigas del trabajo, puede proporcionarse. - -El tiempo, que parecía haberle olvidado, cayó sobre él repentinamente al -verlo pobre, marcándole el rostro con los arañazos de su mano -arrugadora. Diez años antes se mostraba relativamente fresco y con -aspecto vigoroso al salir por las mañanas de su cuarto de baño. Ahora -tenía los ojos hundidos en el fondo de una estrella de arrugas, y cuando -el cuello de su camisa entreabría sus puntas dejaba ver una piel flácida -y esa rigidez de los tendones que denuncia la ancianidad. El pelo, que -en los últimos años disfrazaba su anemia bajo rubios tintes, se mostraba -ahora francamente blanco. Pero este hombre, viejo por los años y -avejentado aún más por su decadencia social, hacía esfuerzos de voluntad -para retardar su ruina. Eran esfuerzos desesperados e inútiles, como los -del náufrago flotando en medio del Océano, que sólo demoran por unos -minutos el final inevitable. - -Llevaba, lo mismo que en sus buenos tiempos, patillas hasta la mitad del -rostro, unidas por el bigote, como si éste fuese un puente, y la -cabellera partida por una raya de la cúspide del cráneo a la nuca. Hacía -recordar al difunto emperador de Austria Francisco José. Era un elegante -con arreglo al patrón vienés que había imperado en las cortes y los -salones de Europa cuarenta años antes. - -Su vestimenta, aunque no databa de tan remota época, pertenecía también -al pasado: corbatas de plastrón imponente, con un alfiler en su centro -escandalosamente falso, ocupando el lugar de otro que había sido una -joya verdadera; levitones majestuosos; guantes grises con trencillas -negras; sombreros indeterminados, que nadie podía saber bajo qué moda -habían nacido; todo cepillado hasta dejar visible su trama, y revelando -el paso por su superficie de frotaciones y líquidos para expulsar las -manchas. - -La escasez de ropa interior era lo que hacía sufrir más a Ipatieff, que -en su juventud había llegado a cambiarla tres veces al día. Sus cuellos, -siempre altos y vistosos, ya no podían deslumbrar con el fulgor nítido -de otros tiempos. Después de la guerra todo había cambiado en el mundo. -Además, su pobreza sólo le permitía tener lavanderas de obreros. Sus -camisas se iban deshilachando, y a pesar del brillo de la plancha, -guardaban siempre un vago color de chocolate. - -Este señor de aspecto pobre y «antiguo» era saludado por muchos con la -afabilidad que inspiran las personas que conocimos en nuestra juventud y -nos la recuerdan con su presencia. También lo sonreían afablemente -algunas señoras viejas y de empaque aristocrático que exponían sus -reumatismos al sol. - ---¡Pobre Ipatieff! Ahí donde ustedes lo ven, ha sido el bailarín más -famoso de su época. Nadie, en la Niza de nuestros tiempos, sabía el vals -como él, ni dirigir un cotillón... ¡Ay! Eso era en la época que aún no -existían los fox trots y demás danzas de negros, que vuelven locas a las -niñas de ahora. - -Señores de rostro severo, con la roseta de la Legión de Honor en una -solapa, al contestar al saludo modesto del ruso, explicaban quién era -éste a sus compañeros de conversación: - ---Antes de la guerra fue rico. Un hermano suyo tenía allá una fábrica -importante, y le enviaba todos los años varios centenares de miles de -rublos. El industrial estaba orgulloso de que su hermano menor hiciese -brillar el nombre de la familia, entre los rusos más distinguidos, en -Niza y en París. Pero ahora la fábrica ha desaparecido, al hermano lo -asesinaron los bolcheviques, y el pobre Ipatieff tiene que valerse de -medios extraordinarios para disimular su pobreza. - -Los más enterados de la existencia actual de Fedor relataban, con una -sonrisa de conmiseración, sus esfuerzos para vivir sin mendigar. Durante -los primeros años de la guerra había podido sostenerse en un relativo -desahogo, gracias a sus muebles. Al quedar cortadas las remesas -monetarias de Rusia ocupaba un piso adornado suntuosamente, en una calle -inmediata al Paseo de los Ingleses, y aprovechó su lujosa instalación -como una industria, alquilando su casa a invernantes enriquecidos por la -guerra que deseaban saber cómo había sido la vida en Niza de los «ricos -antiguos». Él se instaló en la buhardilla, ocupando un cuarto de los -destinados a su antigua servidumbre. - -Pero este recurso extraordinario no duró mucho. Al encarecerse la vida -el propietario de la casa aumentó considerablemente su alquiler. Luego -acabó por obligarlo a que la abandonase, prefiriendo a otros inquilinos -menos necesitados, y logró vivir tres años más con el producto de la -venta de sus muebles. Ahora, no pudiendo esperar nuevos ingresos, -procuraba mantenerse con una parsimonia extraordinaria. - -Por fortuna, no tenía que preocuparse de su vivienda. La conmiseración -del dueño de la casa, y más aún el cariño de sus antiguos porteros, que -recordaban al señor Ipatieff de los tiempos prósperos, pródigo en -propinas y poco dado a examinar las cuentas, lo procuraron el goce a -perpetuidad de una pieza casi subterránea, que había servido siempre -para guardar muebles viejos y la crisis de alojamientos acababa de -elevar al rango de habitación humana. Por unos tragaluces abiertos al -nivel de la calle entraba el sol de las horas meridianas y mucho frío en -el resto del día. En esta cueva-dormitorio guardaba los restos de su -vestuario y ciertos compañeros de su existencia, cuya fecundidad -representaban los únicos ingresos con que podía contar. - -Muchos, al ocuparse del viejo del Paseo de los Ingleses, le llamaban -también «el señor del perrito», por la razón de que nunca se presentaba -en el paseo sin ir acompañado de un animal de esta especie, pequeño, de -orejas erguidas y puntiagudas, extraordinariamente lanudo: una bola de -pelo que trotaba con menudo paso. Este perrito de la Pomerania atraía -las miradas y exclamaciones admirativas de las señoras viejas, así como -los manoseos de los niños, y nunca era el mismo. - -Los que conocían a Ipatieff hablaban con lástima de la industria canina -que le ayudaba a vivir. Allá en su tugurio tenía una pareja de -bestezuelas de esta especie, regalo recibido en sus tiempos de -prosperidad, animales prolíficos que todos los años le daban varias -crías para la venta. - -Además, el problema de la alimentación lo resolvía fácilmente durante el -invierno. Siempre había en los hoteles más caros, o en los barrios -elegantes de Cimiez y la California, familias que lo invitaban a comer. -El pobre Ipatieff hacía recordar con su presencia los tiempos anteriores -a la guerra, cuando aún era dulce el vivir. A los postres, la señora del -invitante, que no osaba darle dinero, le proponía la compra de uno de -sus perritos, y él aceptaba la oferta gravemente, como si estuviese -convencido de que nadie podía vivir sin la compañía de tales animales. - -Con el mismo aire del proveedor que anuncia el envío de un encargo -vehementemente esperado, decía en ciertas ocasiones, después de saludar -a una señora en el Paseo de los Ingleses: - ---Marquesa, la semana próxima le llevaré el pequeño. No se lo doy antes -porque quiero estar seguro de su buena educación. - -Y al entregar el «pequeño» recibía sin sonrojo el billete de quinientos -francos, que hubiese rechazado de otra manera. - -Después del cañonazo de mediodía, si Ipatieff no estaba invitado en -algún hotel, dejaba para las primeras horas de la tarde el suplicio de -alimentarse parcamente en un bodegón de la ciudad vieja, volviendo -apresuradamente a su casa. - ---Vamos a hacer que la familia tome un poco de sol. - -La familia era un perrito viejo y trémulo, con numerosos pelos blancos, -que tenía más de diez años, lo que en la vida de su especie equivale -casi a un siglo de vida humana. Y en torno a este patriarca de -incansable fecundidad ladraban y saltaban media docena de perrillos, -asustados y regocijados a la vez por el sol y el aire libre. - -El antiguo elegante avanzaba como un pastor por el paseo, ahora -desierto, rodeado y seguido de este rebaño, que trotaba sobre el -asfalto, haciendo temblar sus bolas de lanas negras. Una simple voz del -hombre enmudecía y agrupaba a los animales, pacientemente educados. Pero -como necesitaban después de su encierro la carrera y el ladrido para -desentumecerse, su dueño les dejaba en libertad. - -Iba a sentarse en un banco, y allí permanecía, meditabundo, mientras sus -compañeros correteaban persiguiéndose o ladrando a los niños atraídos -por su presencia. Fedor Ipatieff miraba al mar, pero con ojos incapaces -de ver. Su mirada iba más lejos, con la rapidez de la imaginación. - -El viejo del Paseo de los Ingleses llevaba una novela en su interior, -una novela sin terminar, como la llevan la mayor parte de los humanos. -Y mientras el rebaño negro se frotaba contra sus piernas, ladrando -dulcemente en espera de una caricia, el ruso, entornando los ojos, creía -ver su lejana patria, como una casa sin muebles, ruinosa y fría, y en -ella la figura familiar de una mujer, recordada diariamente. - -Su rostro debía ser ahora algo distinto de como lo vio la última vez; -estaba seguro de ello. Pero él sólo podía imaginársela lo mismo que en -otros tiempos. - - -II - -Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota -suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales -principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país -cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía -frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San -Petersburgo. - -Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante -y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De -permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo -de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las -capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes -personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas -intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares -privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el -extranjero. - -Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la -guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento -maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran -distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados. -Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de -la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la -paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones -de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las -bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?», -pensaba Ipatieff, egoístamente. - -¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan -lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto -de la tierra. - -Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el -teatro Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con -perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los -grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y -bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y -blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas -del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval -deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían -reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas -dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los -mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades -agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había -deshecho en unos cuantos meses!... - -Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus -grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las -damas majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de -los grandes modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban -ahora de frío en las calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas -sobre el hielo, con las manos cortadas y desfiguradas por una -temperatura inclemente, vendiendo periódicos u ofreciendo un ramito de -flores mustias a cambio de un pedazo de pan con más paja que harina... - -No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al -pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver -las capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud. - -Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era -un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con -sus prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los -mejores clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su -mercado más importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de -este prestigio nacional. - -Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían -visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de -Europa, mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo -triunfo como patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en -Deauville, según las diversas estaciones, con las damas más célebres y -hermosas de Europa. Tenía por amigos a personajes célebres, y hasta -había sido presentado a herederos de coronas, con esa camaradería de -buen tono que impera en los lugares de vida aristocrática y costosa. Le -invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda -un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable -danzarín. - -Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros -de estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración, -cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y -aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la -producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a -los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano -menor, que llevaba con él la gloria de la familia. - -En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y -cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró -como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida». - -Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades -por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en -su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de -hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que -algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más -precisa. - -El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo -tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de -hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con -mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser -simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar. -Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían -ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el -industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a -salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las -preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran -duquesa de fealdad hombruna y entrada en años. - -Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino -en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los -sentimientos del tornadizo Ipatieff. - -La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general -Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte; -pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una -existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente -sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios -resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo. - -Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por -aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter -duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo -admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con -seguir siendo de nombre el esposo de una mujer célebre por su belleza y -el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su -antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos. - -Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de -ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con -las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además, -necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa -occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes, -todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer. - -Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda -femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones -elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez. - -Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París -les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros, -las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia, -inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios -seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin -volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos -cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas. - -Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció -unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran -compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel, -asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a -altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo -trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su -historia. - -Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban -siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de -blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante -sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer -emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables, -sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en -fuerza de ser ricas y suntuosas. - -Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo -que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la -ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le -proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un -día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó -pedirla y no podía ya darle más--o sea en el momento que abandonaba él a -las otras mujeres--, conoció por primera vez la importancia de la -palabra «amor», que antes le hacía sonreír. - -No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera, -dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos, -se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su -pasado. - ---¡El amor es así!--se decía Fedor con resignación. - -Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo -llorar de gratitud a su amante. - ---Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome -contigo. - -Una Vera Alejandrowa no podía decir más. - -Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las -rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la -primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas, -reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios -célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza. -Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos -lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo -inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor. - -De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los -dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta -de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental, -parecía dar nuevo atractivo a sus placeres. - -Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o -no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de -cantidades. - -Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la -necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa -necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un -interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta -entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos -hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era -una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando -asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba -también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de -este súbito deseo. - -Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor -inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto -de Arkangel. - -Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su -patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el -hombre amado arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse. -No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria -en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa -sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo. -Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber -muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia. - -Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si -fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez -la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron -los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en -la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica, -igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para -evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación, -empezó a funcionar el terror rojo. - -Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las -personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su -bienestar. - -Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas -preguntas: - ---¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano? - -De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas -tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre, -tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de -los zares. - -Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a -su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no -llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas. - -Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que -llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una -noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y -sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las -precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido -fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía. -Sus fábricas ya no existían... - -¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su -familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su -patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas... - -Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún? - - -III - -Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul, -fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas -una dilatación de espanto por lo que habían visto. - -Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto -fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de -terroríficas aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets, -cruzando a continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa. -Todos hablaban de encierros mortales, de fusilamientos, de locuras -provocadas por las persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con -más horror era el recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces, -insufribles: el hambre y el frío. - -La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que -enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido -sustituida por la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía -chino y era simplemente la abreviatura telegráfica de la Comisión -Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de perseguir a los enemigos del -régimen comunista. - -El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los -medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso -conocido en la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era -el látigo de este domador. Todos los alimentos se reservaban para sus -soldados y partidarios. Lo sobrante era lo único que podía comer el -resto del país. Las gentes de las ciudades se alimentaban tres veces por -semana, en los bodegones públicos, mediante la presentación de una -tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan hecho de paja y un caldo en -el que nadaban como elemento substancioso cabezas y espinas de arenque. - -«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff. - -Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía -remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles -para contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre -cuya nieve avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la -temperatura era igual a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no -existían. Toda madera había sido consumida mucho tiempo antes en las -estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo junto al Mediterráneo, rodeado de -gentes en apariencia felices, sin poder cederla su puesto al sol!... - -Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un -bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de hombre que empieza a -envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas miserias -nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran señora -infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos -refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de -París pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de -Consejo de ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella, -con el ímpetu de un animal hambriento, sobre los residuos de su comida -que ensuciaban el mantel del bodegón nicense, frecuentado en días de -escasez... - -La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio -al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían, -ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche, -¡mientras la otra infeliz!... - ---El mundo ha cambiado--decía Fedor, mirando en torno de él con -extrañeza. - -Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los -trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven -lejanos se cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo -de los Ingleses se asombraba al ver tantas personas contentas de su -suerte, venidas a la Costa Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras -una parte de la humanidad se entregaba a los placeres, olvidando la -guerra pasada o las guerras futuras y próximas, seguía desenvolviéndose -en la otra mitad de Europa la revolución más enorme de la Historia, a -espaldas de las gentes que no sentían interés por ella, a causa de su -duración y su monotonía!... - ---Acabó la época de los ricos--murmuraba--. Ya no existen ricos en mi -país, y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que -a su vez les llegará el turno de morir como los otros. - -Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba, -volvía a acordarse de Vera Alejandrowa. - -Todo en Niza parecía evocar su imagen. Los perrillos que le ayudaban a -vivir con su fecundidad eran descendientes de una pareja de favoritos -que ella le había confiado antes de partir a Rusia. El Casino le hacía -recordar los bailes de otro tiempo. Le era imposible salir de la ciudad -sin que sus ojos tropezasen inmediatamente con la masa enorme y blanca -del hotel donde habían vivido los dos en lo alto de Cimiez. Los -comedores de los «Palace» que frecuentaba ahora como humilde y simpático -parásito le habían visto sentado junto a ella durante largas cenas de -platos costosos y vinos extraordinarios, pagadas con una largueza -moscovita, ignorante de los valores. - -Madame Volinski, la esposa del famoso minero, gastaba 800 000 francos al -año en vestidos (tres millones de ahora), y sus joyas eran tantas que no -dejaban sitio disponible en las cajas de seguridad de los hoteles. Los -periódicos de modas habían hablado con asombro de su calzado: cien pares -ordinariamente. Sentía repentina aversión por trajes y zapatos que sólo -había usado una vez, regalándolos a sus doncellas o a criadas de hotel -conocidas horas antes; y las pobres mujeres, no sabiendo qué hacer de -tan fastuosos regalos, los vendían. - -De todos los caprichos de Vera Alejandrowa, el que recordaba Fedor con -más frecuencia era su baño: un baño diario que hacía pasar a segundo -término las extravagancias termales de las emperatrices de Roma. La -esposa del millonario siberiano arrojaba todos los días en su bañera -perfumes de París por valor de 500 francos. ¡Y ahora, tal vez pasase -meses y meses, allá en la gran ciudad devastada por la experiencia -comunista, sin cambiar de ropas, sin conocer los cuidados higiénicos, -desposeídos de importancia en un país falto de alimento y de calor!... -Pero como si no pudiera imaginársela sucia, haraposa y alimentándose con -inmundicias, se preguntaba: - ---¿Realmente vivirá aún?... ¿No habrá muerto de miseria, como tantos -millones de personas? - -Un día experimentó una gran emoción, casi lo mismo que si hubiera visto -a la desaparecida. - -Evitaba el trato con los rusos residentes en Niza. Todos ellos maldecían -la tiranía roja; pero apenas se juntaban para acordar los medios de -combatirla surgían tantas opiniones como individuos, y estas opiniones -eran tenaces e irreconciliables. Ipatieff, educado en la Europa -occidental, creía a sus compatriotas algo locos de nacimiento y con una -tendencia a la crítica que les hacía impotentes para la acción. Él, a su -vez, era tenido por los otros como un vividor alegre que no había hecho -nada útil en sus tiempos de rico, y además le consideraban extranjero. - -En una reunión de compatriotas, hablando con una señora llamada Tatiana, -recién venida de Rusia, palideció de sorpresa al oírla nombrar a Vera -Alejandrowa. - -Vivía aún tres meses antes. Tatiana la había visto mientras preparaba su -fuga de Rusia. Y Fedor tuvo que escuchar con fingido interés el relato -de esta aventura novelesca, igual a las fugas peligrosas de tantos -otros: la marcha sobre el mar helado en un trineo que avanzaba cubierto -de sábanas, lo mismo que los caballos que tiraban de él, para -inmovilizarse sobre la nieve y confundirse con ella cuando los -reflectores de las fortalezas de Cronstadt paseaban sus mangas de luz -sobre la blanca llanura para descubrir a los fugitivos. Luego, el lento -reptar sobre el hielo, deslizándose entre los centinelas rusos; la -parálisis que empieza a adormecer a los que mueren helados; y al fin, la -llegada a Helsingfors, puerta del mundo, entrada del paraíso para tantos -millares de fugitivos de la Tcheka inquisitorial. - ---¿Y Vera Alejandrowa?--interrumpió Fedor--. ¿Cómo estaba cuando la vio -usted?... - -El viejo del Paseo de los Ingleses tuvo desde este día una ocupación -urgente que le hizo olvidar los cuidados de su rebaño canino. Empezó a -hacer visitas a esta señora con la asiduidad de un enamorado. Vivía con -otras rusas arruinadas por el sovietismo en una casa de huéspedes, donde -muebles y personas parecían tener el mismo aspecto de indiferencia, -resignación y pereza eslavas. El antiguo elegante quería ser ciego para -el abandono personal de todas estas compatriotas, que después de tres -años de vida soviética necesitaban reacostumbrarse a la limpieza y a la -abundancia del Occidente europeo. - -Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té -que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra, -dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en -Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en -que existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le -hablaría de la otra. Y así era siempre. - -La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del -interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su -elegancia, y hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria, -exagerándolos para dar gusto a su oyente. - -Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la -tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente -dicho, de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del -régimen soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo -comercio, prohibiéndolo bajo pena de muerte. Ella salía de vender los -últimos restos de su antiguo lujo y miraba con tristeza el grueso rollo -de rublos en billetes que le había entregado el comerciante judío. ¿De -qué podía servirle este dinero? La comida la daba el gobierno, y -únicamente valiéndose de astucias, castigadas con prisión o muerte, -podían comprarse en secreto los alimentos. - ---Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una -cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la -fabricación de bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más -peligroso era venderlos. Los que ejercen allá un comercio acaban en los -calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante le -servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios -célebres. - -¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había -sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o -afiladores de cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas -viejas... Pero Tatiana interrumpía su lamentable descripción de la Rusia -nueva para no impacientar a su oyente, que sólo se interesaba por Vera -Alejandrowa. - ---Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá; -tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos. -Se puede protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el -hambre!..., ¡qué humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa -la dignidad y todas las vanidades humanas... Nos encontramos en la -Soukharewka, un mercado de dos kilómetros de largo que se forma ahora en -las afueras de Moscou, a pesar de que el gobierno castiga el comercio -como un crimen. Todos van a él para comprar y vender. El comprador se -convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio donde el dinero -guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto! para -comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos -despreciable... Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas -fruncidas, como el que prepara una resolución de la que depende su -existencia. Necesitaba comprar para comer, y no era empresa fácil. Nos -saludamos y cada una se fue por su lado. El hambre deja poco sitio a la -amistad. - -Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su -pensamiento: - ---¿Y todavía está hermosa? - -Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima. - ---¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara. -Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa -maldita revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...! - -La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver -defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la -vanidad de Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además, -¡tan vieja! Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera -Alejandrowa, aunque estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería -siempre mejor aspecto que esta burguesa. Sólo por los azares de la -revolución había podido Tatiana hablar como una igual a la antigua dama -de la corte... - -Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad -la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que -habían frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido -e incierto. Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de -sus recuerdos la imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había -visto la última vez. - -Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los -sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin -perder por eso sus atractivos de mujer elegante. - -La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena -disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta -distinción. También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la -hubiesen enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe; -pero esto daría seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos -verdes una dilatación enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada -por él empezó a reinar en su existencia. - ---¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!... - -Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda -juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo -juntos, como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de -la Rusia roja, debía considerar como una dicha interminable la vida -modesta de un obrero o un empleado de la Europa occidental. Él -trabajaría como los verdaderos hombres, apelando a recursos desesperados -para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué no haría por Vera!... -Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de energía, considerando -vencidos de antemano todos los obstáculos. - -Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de -que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma -imposibilidad, el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para -darle una noticia: - ---Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a -una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un -empleo y viene a vivir aquí. - - -IV - -El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su -banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la -caricia del sol, pensaba siempre lo mismo: - -«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...». - -Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente -hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad, -sentía ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima. - -Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su -interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la -comparación y el contraste que surge en las horas de desaliento. - -Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo. -Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas -de los pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza -indisimulable de gran señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería -la impresión de Vera Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento -y la tristeza de un hombre que ya no puede recobrar su voluntad de ser -joven. En vano, para consolarse, contaba los años transcurridos desde -que ella se marchó: ocho nada más. - -Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su -existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes -fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los -sesenta!... ¡Un mundo! - -Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises. -Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando -que le daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca -blanca. No debía teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus -facciones... Pero ahora su blancura era la de la ancianidad. Además, -¡sus ojos hundidos, sus arrugas, todos aquellos avances de la vejez que -no le habían preocupado en los últimos años, interesado únicamente en -mantenerse con cierto decoro, y ahora le parecían lacras vergonzosas!... - -Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más -joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del -verano, el esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden -valerse, sin miedo a la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados -por el lujo. Su tocador guarda varias primaveras sucesivas, y los -artificios del afeite seducen a los hombres con una fuerza malsana, más -poderosa a veces que la ingenuidad juvenil. - -Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez -con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana -en su tugurio, antes del paseo matinal. - ---Ahí está; llegó anoche. - -Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos -años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?... - -Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera -temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con -una majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le -reconocían sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto -era la vulgar y novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente: -«Ahí está; llegó anoche». - -El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su -vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e -imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía -dejarlo solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir, -corrió tras de ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una -burla al Destino, merecedora de duras penas, retardar por unos minutos -la realización de lo que tanto había deseado. - -Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de -Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza -buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de -compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había -perdido el tiempo conversando con Tatiana!... - -Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y -triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia, -convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para -encontrar a la que buscaba. - ---Vengo a ver--dijo en ruso--a la señora Velinski, la hija del general -Bodkine. - -Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta -pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera. - -Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y -encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus -ojos, empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían -apreciar exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en -éstas era un brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía -armonizarse tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera, -teñida recientemente, era de un rubio subido; pero el tinte «no -agarraba»--como dicen las mujeres--, dejando visible la blancura de sus -cabellos. Tampoco la pintura fresca, distribuida sobre su rostro con la -prodigalidad oriental de las eslavas, conseguía adherirse a la -epidermis, curtida y resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus -dos manos para coger las de Ipatieff. - ---¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última -vez que nos vimos. - -Luego dijo con una expresión envidiosa: - ---Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos. - -Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba, -juzgándolo joven al compararle con su propia miseria. - -Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que -Ipatieff consideraba absurdas. - -La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la -miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su -pasado la robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados -momentos apoyaba sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar -altiveces. Únicamente lo usaba al expresar su propósito de ganarse el -pan, no queriendo ser una carga para sus amigas. - -Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído -en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco, -la modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que -llevaban. Sus ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el -pedazo de jardín que daba entrada a la pobre casa de las afueras de -Niza. - -Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul -la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de -Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de -Bagdad. - ---¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno, -se sabe mejor lo que es la dulzura de vivir. - -Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó -tristemente: - ---Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció -al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado. - -A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía -embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava, -haciéndola pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido -devolverle su aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con -una fealdad de obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la -ayudaron a teñirse el pelo y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo -que había olvidado estas cosas!... Y entornando sus párpados, dados de -azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que -pretendía sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y -coquetería: - ---¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?... - -Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados, -que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera -Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser -reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad. - -Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien -había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio -explicaciones a Fedor. - ---La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche, -venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le -recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe -muchos idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan -gentes del Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra -clase. Poca cosa es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de -la pensión está hablando ahora con ella. - -El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de -vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le -habían hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una -falsa independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía -obligada al trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de -sostén a la otra. - -En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron -solos. - -La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez -llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada. -Al mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social. - -Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se -preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta -nuestra casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y -existirá lo mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que -corre invariablemente por sus cauces naturales. - -Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su -curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida -primitiva, en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales -inferiores. Estamos orgullosos de nuestro bienestar, y basta un simple -trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el -asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de -nuestro planeta. - ---¡Lo que yo he visto!--decía Vera--. ¡Lo que he sufrido! - -Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con -voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el -tormento de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si -vivirá al día siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo -creía sentir en su nuca un redondel pequeño y frío: la boca del revólver -encargado de las ejecuciones rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no -acordarse... - ---¿Y su marido?--preguntó una tarde Ipatieff--. ¿Vive aún en Siberia? - -Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa -su pregunta. - ---Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han -dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina. - -A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus -tristes relatos, que tenían el encanto de un «_flirt_ triste», según él. -La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de -ganar su pan y no ser gravosa a nadie. - - -V - -El viejo del Paseo de los Ingleses no volvió más al paseo. Ahora -trabajaba. - -Había vendido sus perros jóvenes, poniendo los dos viejos bajo el amparo -de aquella portera misericordiosa que protegía igualmente al amo. El -gran señor venido a menos, con sus patillas de monarca austríaco y sus -levitones majestuosos, pidió de pronto un empleo a sus amigos, «fuese en -lo que fuese». En el Municipio le apreciaban hacía treinta años, como un -elegante que había servido de ornato a los inviernos de Niza, y se -apresuraron a ayudarle. No había empleos disponibles, pero inventaron -uno para darle satisfacción: el de vigilar a los obreros que trabajaban -en un cementerio, ensanchado considerablemente para dar sepultura a los -miles y miles de convalecientes de la gran guerra venidos a morir en la -Costa Azul. - -Todas las mañanas Ipatieff andaba varios kilómetros para llegar a este -cementerio, donde no hacía otra cosa que pasearse entre las cruces o a -lo largo de los muros que iban levantando los albañiles. Su verdadera -ocupación era pensar en Vera Alejandrowa, que en aquel momento estaba -también trabajando, pero más positivamente que él. - -Una fraternidad piadosa empezó a unirle a muchos de aquellos jornaleros -que estaba encargado de vigilar, sin saber ciertamente en qué consistía -su vigilancia. Experimentaba un «refrescamiento interior»--eran sus -palabras--al hablar con estos hombres, poniéndose al nivel de sus -necesidades y sus ilusiones. - -El enorme trastorno de Rusia le había convertido en un menesteroso, en -un trabajador, aunque su trabajo no valiese gran cosa. Ella también -había sufrido la misma transformación. ¿Por qué no vivir como sus -compañeros de pobreza?... El próximo domingo, día de descanso, saldría a -pasear con «su novia», lo mismo que los albañiles jóvenes que trabajaban -en el cementerio. Y escribió a su antigua amante para que viniera o -juntarse con él en las primeras horas de la tarde frente al Casino. - -Ipatieff le preparaba una sorpresa. A otros tiempos, otro rostro. Ya no -quedaban emperadores en Europa, y las patillas a la austríaca resultaban -un anacronismo. Además, desde que Vera Alejandrowa le había admirado -viéndolo más joven que ella, sentía un vanidoso deseo de extremar esta -diferencia, y le pesaban los dos abultamientos de pelos blancos que -cubrían sus mejillas. El bigote recortado a la americana era el adorno -triunfador de los actuales dominadores del mundo. Y el domingo por la -tarde fue él quien tuvo que avanzar y sonreír, haciendo gestos -amistosos, para que la otra le reconociese. - -¡Pobre Vera Alejandrowa! Iba vestida de negro, con un traje viejo que le -había prestado la dueña de la pensión. Su sombrero, otro regalo de una -amiga casi tan pobre como ella, estaba abollado y desfigurado por las -lluvias del invierno anterior. De su antigua belleza sólo le quedaba la -pequeñez de los pies; pero esta finura aristocrática servía únicamente -para atraer las miradas hacia sus zapatos, lamentablemente ajados y con -los tacones torcidos. Las manos, que no habían podido salvarse de los -ultrajes de la miseria, estaban oprimidas por unos guantes demasiado -estrechos, sobresaliendo la carne sobre sus bordes. - -Fedor tuvo que buscar mucho para encontrarla. - -Era la más obscura e insignificante entre todas las empleadas de hotel, -domésticas endomingadas y mujeres de obreros que esperaban en medio de -la plaza la llegada y el cruce de los tranvías. Ella, al reconocerle, -volvió a asombrarse de su juventud. - ---¿Eres tú, Fedor?... ¡Qué joven! Me da vergüenza ir a tu lado. - -Se hablaban de tú instintivamente al verse solos por primera vez después -de tantos años. Él le tomó un brazo, señalando luego hacia el Casino. - ---¿Te acuerdas, Vera?... - -Los dos vieron repentinamente el edificio con toda su fachada iluminada, -como en las noches del Carnaval; los tropeles de máscaras que iban -llegando; la música y un bullicio de muchedumbre escapándose por puertas -y ventanas; un carruaje que llamaba la atención por su lujo entre los -demás vehículos; una mujer con aire de emperatriz que descendía de él, -brillando como un cielo de verano a causa de sus joyas, dejando tras de -su paso un aliento de jardín, precedida por murmullos admirativos... - ---¡Oh, Fedor!... - -Y la pobre vieja dijo esto como si exhalase un quejido mortal, -parpadeando para repeler sus lágrimas. - -Él no quiso que se prolongase esta evocación del pasado, y empujó a Vera -hacia los grupos que asaltaban los tranvías. - -Tenía formado su plan para toda la tarde: iban a recorrer los lugares -donde se habían creído felices; todos los rincones del brillante -escenario de su vida. - -Subieron hasta las alturas de Cimiez, ocupadas por los hoteles más -aristocráticos. Un edificio enorme como un cuartel y rodeado de jardines -cerraba la avenida. Un monumento blanco, rematado por una señora gorda -esculpida en mármol, hacía saber a las generaciones presentes y futuras -que en este lugar pasaba sus inviernos la reina Victoria de Inglaterra. - -Giraban las mamparas de cristales ante las gentes que iban descendiendo -de sus automóviles. Era la hora del té. Se oían los primeros lamentos de -los violines en el hall. Los centenares de ventanas del hotel llameaban -como placas de oro en fusión sobre la fachada ebúrnea, reflejando el -dulce sol del atardecer. - ---¿Te acuerdas, Vera?--volvió a preguntar melancólicamente Fedor. - -Y la mujer, haciendo ahora un esfuerzo para contener su emoción, se -limitó a mover la cabeza. Se acordaba de todo. Allí habían vivido varios -inviernos; allí empezaron a tratarse como simples amigos, separándose -años después con la silenciosa y fingida resignación de los amantes que -prometen volver a encontrarse pronto y no saben con certeza si se verán -más. - -Una ventana que Vera miraba con insistencia era la de su cuarto de baño, -donde el agua recibía diariamente quinientos francos de perfumes. - -No les fue posible continuar su contemplación. Tuvieron que apartarse -repetidas veces para no ser atropellados por los automóviles que -llegaban. - -El portero del hotel, galoneado como un almirante, y sus numerosos pajes -cubierto el pecho de filas de botones lo mismo que los húsares, al salir -a la escalinata para saludar a los clientes acabaron por fijarse en esta -pareja de viejos mal trajeados, examinándolos con insistente hostilidad. -Tal vez eran dos pedigüeños extranjeros de los que asedian los hoteles -para sacar dinero a sus compatriotas ricos. - ---Vámonos--dijo Fedor como si adivinase. - -En las vecinas Arenas de Cimiez, ruinas del circo de Cimela, la antigua -colonia romana, volvió a salirles al encuentro su pasado, e igualmente -bajo los árboles añosos y las arcadas del monasterio próximo. Por aquí -habían caminado muchas veces cuando necesitaban abandonar el lujo -moderno del hotel, yendo en busca de un ambiente más «romántico» para -sus paseos de enamorados. - -Tenían ahora que marchar por el borde de caminos y avenidas, evitando el -polvo que levantaban los automóviles. Al estar juntos sentían más -intensamente la humillación de su decadencia. Ellos habían pasado por -aquí, en los primeros años de su amistad, sentados en un landó del que -tiraban caballos de altísimo precio, como los de las cuadras de los -reyes; luego habían admirado a los invernantes de Niza usando los -primeros automóviles de gran potencia. - ---¡Eh, buena madre! ¡Atención!... - -Un cochero de alquiler gritaba a Vera con despectiva piedad para que se -apartase. Preocupada por sus recuerdos, se había salido del borde del -camino, y casi la atropelló el caballo. - ---Huyamos lejos de aquí--dijo con angustia--. Vámonos a un sitio donde -no hayamos estado nunca. - -Marcharon cuesta abajo, hacia la llanura, deteniéndose en un suburbio -rústico de la ciudad. - -Danzaban las gentes domingueras en los raquíticos jardines de varias -tabernas. Los dos viejos entraron en uno de estos bailes populares, -tomando asiento bajo las empolvadas enredaderas de un cenador. Para -hablar con más libertad, volvieron sus espaldas a las parejas. Eran -obreros vestidos como señores y criadas con falda corta, medias de seda -y zapatos de charol, que bailaban las últimas danzas americanas. - -Fedor, por contraste con esta juventud alegre, encontraba más triste y -más vieja a su acompañante. ¡Pobre Vera Alejandrowa!... Esto no -disminuía su deseo de resucitar el pasado, como si la tal resurrección -le pudiese proporcionar una segunda juventud. No iban a bailar los dos -como aquella gente sudorosa, de rostros enrojecidos; pero aún podían -conocer las dulces emociones de otras parejas que conversaban en voz -baja, medio ocultas en los cenadores. - ---¿Te acuerdas?... ¿Te acuerdas?... - -Y Fedor hacía estas preguntas después de evocar fragmentos del pasado, -que eran siempre recuerdos de amor. - ---¡Oh, Fedor!--contestaba la envejecida señora moviendo su cabeza -negativamente. - -¿Para qué recordar unas cosas que no podían repetirse?... La verdadera -vida había terminado para ellos. Eran palabras, nada más que palabras -con que se engañaba a sí mismo, todas aquellas ilusiones de «una segunda -primavera», y otras cosas aprendidas indudablemente en los libros que -iba recitando el antiguo elegante con el mismo tono cálido y persuasivo -de otros tiempos. Pero este tono resultaba ahora grotesco a través de su -dentadura insegura. - -Ella estaba quebrantada interiormente, y no volvería a sanar. Se -consideraba igual a los que después de haber pasado la mayor parte de su -existencia en un calabozo, cuando vuelven al sol y al aire libre se dan -cuenta de que sólo podrán ser en lo sucesivo unos muertos que andan. - ---Tengo frío en los huesos, Fedor, y lo tendré siempre. El sol no posee -calor bastante para reanimarme. Tú no sabes cómo queda un alma después -de los años pasados allá. Todas las mañanas, cuando el criado de la -pensión golpea mi puerta, salto despavorida de la cama. Creo que son los -de la Tcheka que llegan. En vano al abrir la ventana veo el mar, las -palmeras, la calle tranquila. Tengo miedo, un miedo que me acompañará -siempre. Además, las humillaciones, el hambre de tantos años... - -El antiguo elegante se fijaba con tristeza en los gestos ávidos de su -compañera. Él había conservado mejor las costumbres del pasado. Sobre la -mesa rústica del cenador una criada había colocado varios pasteles -mohosos y una botella de vino blanco. Vera comía con una acometividad de -animal hambriento, mostrando sin escrúpulo alguno, durante la violenta -masticación, varias brechas de su dentadura todavía no recompuestas. - -Al adivinar la extrañeza de su antiguo amante, dijo con brusquedad: - ---Tú has vivido aquí; conoces tal vez la pobreza, pero no el hambre... -Tú ignoras el valor de las cosas. - -Acarició con una mano la botella de vino barato, al mismo tiempo que la -contemplaba admirativamente. - ---Allá en nuestro país hubiera sido capaz de matar por obtener este -tesoro. - -Llenó dos veces su vaso, apurando su contenido con lentos sorbos de -gula. - -Después lanzó una mirada de envidia y ambición hacia un cenador -inmediato, donde una familia de obreros comía una ensalada de tomates y -otras legumbres, acompañándola con largos tragos de vino tinto. - ---Me gustaría--dijo--comer y beber lo mismo que ellos. Debe ser -magnífico. - -Y al ver que Fedor reprobaba con sus ojos esta admiración por un plato -vulgar, volvió a decir en tono de reproche: - ---Cuando se ha vivido mendigando como el mejor de los alimentos unos -gramos de pan negro y un agua sucia con espinas de arenque... - -Rió luego acordándose de los esfuerzos que había de hacer en la pensión -para sofocar los caprichos y audacias de su hambre atrasada. Como temía -que la dueña la despidiese al notar mermas en su despensa, se limitaba a -apoderarse de los terrones de azúcar olvidados por los huéspedes y a -apurar los fondos de las botellas. - -Fedor la miró con desaliento. ¡Y esta pobre mujer, vieja, hambrienta y -dada al vino, era Vera Alejandrowa, la gran señora de la corte, dueña de -minas de oro!... - -La decadencia de ella le hizo apreciar con nuevo dolor su propia -decadencia. ¡A qué profunda sima había rodado!... Y quedaban para los -dos tan pocos años de vida, que les sería imposible poder trepar otra -vez hacia la luz, donde están los felices... ¡Ser pobres, absolutamente -pobres en la vejez, cuando más necesarias son las comodidades que -proporciona el dinero!... - -Pensó unos momentos en la posibilidad de que un «nuevo rico» le tomase -como cuidador de alguna villa lujosa, con grandes jardines, -recientemente adquirida en la Costa Azul. Él y Vera serían a modo de -unos criados viejos y respetables. El verdadero dueño viajaría con -frecuencia, y los dos se forjarían la ilusión de que este paraíso les -pertenecía, viviendo en él su idilio senil y tranquilo, sin pensar en el -pan del día siguiente. Pero ¡ay!, rara vez se realizan en el mundo las -felicidades soñadas. - -Este final de existencia le parecía demasiado bello para que pudiese ser -cierto. - -El regreso a la ciudad, después de anochecido, fue triste y silencioso. -Fedor había dicho ya todo lo que podía decir. El domingo siguiente -volverían a encontrarse. Pasearían juntos como dos caballos viejos que -marchan al paso, rumiando los recuerdos y proezas de su arrogante -juventud, mientras tiran de un vehículo destartalado, símbolo de su -miseria. Llevarían la existencia de los humildes que necesitan trabajar -para vivir, y al juntarse los días de descanso con el propósito de -divertirse, sólo saben hablar del trabajo a que están sometidos y de su -pobreza. - -¡Y así sería siempre, hasta la muerte!... En la historia de los hombres -los acontecimientos no retroceden a su punto de partida, como tampoco -las aguas de los ríos remontan su curso. Las reacciones son una ilusión; -lo que ha muerto, ha muerto. - -Allá en su país, el desorden acabaría por ordenarse; los revolucionarios -se transformarían en hombres de gobierno, y la necesidad de vivir -acabaría, después de tantos cataclismos, por establecer su curso -regular, como un río que se desborda vuelve finalmente a sus cauces -naturales. - -Pero cuando esto ocurriese, las gentes ya serían otras y otros también -los moldes de la nueva existencia. Y ellos dos, víctimas de una enorme -sacudida social, sólo comparable a un temblor de tierra, que les había -dejado sin pan y sin casa, ya no vivirían cuando surgiese del suelo la -ansiada Ciudad Futura tantas veces anunciada por los utopistas... si es -que alguna vez podía llegar a ser una realidad este ensueño milenario de -bienestar para todos, tan antiguo como el hombre. - -Mientras Fedor marchaba reflexionando, la antigua millonaria, más -verbosa que su acompañante, exponía sus ambiciones presentes. - -Lo único que deseaba por el momento era no ir vestida a costa de los -demás. También necesitaba ropa interior. Era un suplicio para ella no -poder cambiarla. Sólo tenía la escasa ropa blanca que le habían -facilitado sus amigas. La compra de tres mudas interiores a precio -barato era su mayor ilusión. Tal vez la semana siguiente, cuando Fedor -cobrase su jornal en el cementerio, podría realizar ella tan enorme -deseo. - -Los ofrecimientos monetarios de su acompañante la conmovían más que los -millones del rico siberiano cuando la pidió por esposa. ¡Ganaba tan poco -en la pensión, aparte de su comida!... - -Al separarse de ella, Fedor volvió tristemente hacia su casa. Reía ahora -irónicamente de los fantasmas que le habían acompañado al principio de -la tarde. ¿Querer resucitar el amor, siendo pobre?... - -El amor es únicamente para los ricos. Los que han de preocuparse de -ganar su vida tienen otras cosas más urgentes e imperiosas en que -pensar. Necesitan todo su tiempo para el trabajo, y el amor exige -riqueza y vagancia. Es el más inagotable y variado de los placeres; -pero todos los placeres de la tierra sólo existen para los que poseen el -dinero. - -Esto, que le hubiese parecido muy lógico en otros tiempos, lo -consideraba ahora inadmisible porque se veía pobre, y un sentimiento de -envidia e indignación le hizo protestar contra los privilegios de los -felices. - -Era injusto que la vida estuviese organizada con tanta desigualdad. Todo -debía ser para todos: dolores y placeres. - -Luego modificó sus ideas pensando en sus años. Se sintió más pobre que -nunca, pobre sin remedio, al considerar que la juventud no puede -rehacerse como se rehace una fortuna. ¡Ay, la vejez!... ¿Qué pobreza -mayor?... - -Y se dijo con melancolía rencorosa: - ---Sí; no me equivoco: el amor es únicamente para los ricos... ricos de -dinero o ricos de juventud. - - - - -En la costa azul - - - - -Capítulo I - -EL CARNAVAL EN NIZA - - -Niza es la heredera de Venecia. Durante varios siglos, los ricos ganosos -de divertirse y los aventureros de vida novelesca arrostraron las -molestias y peligros de los viajes de entonces para presenciar en la -ciudad adriática las fiestas de un Carnaval que duraba meses. Ahora, los -medios de comunicación son más fáciles; el placer se ha democratizado, -lo mismo que los conocimientos humanos y las comodidades de nuestra -existencia, y el ferrocarril y el trasatlántico traen miles de -espectadores al Carnaval de Niza. - -La Naturaleza gusta de travesear en estos días. Un sol primaveral -derrama sus oros sobre la Costa Azul casi todo el invierno, y al llegar -la semana carnavalesca raro es el año que no cae una lluvia inoportuna. -Pero como Niza necesita defender su célebre fiesta, y la muchedumbre de -viajeros llega dispuesta a divertirse, sea como sea, las máscaras -arrostran la intemperie, el público abre sus paraguas, y los desfiles -continúan bajo esa lluvia violenta y tibia de los países solares, donde -los aguaceros son ruidosos pero de corta duración. - -El Carnaval de Niza ha acabado por ser algo indispensable para su vida, -y ninguna otra ciudad lo puede copiar. Los particulares colaboran con el -Municipio; cada nicense aporta su iniciativa. Capitales de mayor -importancia podrían organizar desfiles de carrozas más suntuosas; pero -creo imposible que encontrasen una ayuda individual, una colaboración -«patriótica» como la de los habitantes de esta ciudad. El pueblo nicense -considera que es deber suyo engrosar el número de las máscaras, y -familias enteras se cubren con el disfraz para gritar en las calles, -danzar o ir saltando de una acera a otra, todo para mayor gloria y -provecho de su tierra. - -En esta fiesta, lo más admirable no es la obra de los artistas, ocupados -durante meses y meses en preparar las carrozas, ambulantes caricaturas -que sintetizan los sucesos de la actualidad; son la máscara suelta y el -grupo organizado espontáneamente los que le dan un carácter único en el -mundo. La máscara a pie es más digna de atención que los enormes -vehículos con sus monigotes que casi llegan al filo de los tejados, y -sus grupos de muchachas subidas en las rodillas y los brazos del gigante -de cartón, como los liliputienses escaladores del cuerpo de Gulliver. - -Más de cincuenta Carnavales sucedidos en el curso de medio siglo largo, -sin otra interrupción que la última guerra, han fatigado a los -organizadores y al público de las cabalgatas llamadas históricas o -artísticas. Ahora, el Carnaval de Niza es burlesco, dedicándose a la -deformación ingeniosa de los géneros animales y vegetales. Ciertos -grupos de máscaras recuerdan los _Caprichos_, de Goya, y otros delirios -de artistas fantaseadores. - -Los que carecen de dinero para proporcionarse un disfraz completo, o no -pensaron previsoramente en su adquisición, se desfiguran con una nariz -postiza, lanzándose en el torrente de las máscaras, para ser una más. - -El Carnaval ofrece aquí el aspecto enardecedor y sinceramente jocundo de -todo lo que se hace en la vida espontáneamente por entusiasmo y no por -dinero. Los miles de máscaras gritan, cantan, forman corros y cadenas o -hacen burlescas cortesías al público. Esto representa para ellas el -descanso. Luego, apenas rompe a tocar una de las bandas de música del -cortejo, avanzan por las calles bailando, y los que ocupan los carros -empiezan a saltar como monigotes elásticos. Y así continúan horas y -horas, causando asombro un regocijo tan infatigable y tenaz. - -Nadie se enfada; rara vez surge un incidente violento. Es un Carnaval de -gentes ruidosas que se buscan para divertirse, pero sin perder la buena -crianza. Las máscaras, cuando se empujan por descuido, se piden perdón a -través de la careta. - -El amor acude todos los años, puntualmente, a la fiesta. Muchas novelas -bipersonales, que permanecerán ignoradas y nadie escribirá, tuvieron su -primer capítulo en el Carnaval de Niza, durante el desfile de la -cabalgata o las fiestas nocturnas en el _hall_ del Casino, enorme como -una catedral. - -El viajero enmascarado habla al dominó femenino que marcha junto a él. -Se aproximan para defenderse de los empellones de los otros; acaban por -cogerse del brazo y saltar a un tiempo; luego bailan, quieren saber cómo -se llaman, se dan falsos nombres y se declaran un eterno amor antes de -haberse visto las caras. Todo esto, empujados por el torrente -carnavalesco a través de avenidas y paseos, defendiéndose con las -espaldas del oleaje humano, evitando las patas de los caballos -enganchados a las carrozas o los arranques inesperados de los chófers -que las guían. - -En otros países un Carnaval como éste provocaría riñas y crímenes. En -Niza rara vez tiene que intervenir la policía. Ésta y los destacamentos -de cazadores alpinos encargados de mantener el orden sólo se preocupan -de que los grandes carros no causen daño en las fachadas de las casas o -en los arcos de luces que adornan las calles. - -La gente se divierte y no riñe, porque ignora el miedo al ridículo, que -tanto amarga la vida de nuestra raza. El que aquí pretende divertirse -sólo piensa en obtener el placer deseado. Lo busca a su modo e ignora la -existencia de los demás, despreciando lo que puedan pensar de él. - -Nosotros tenemos miedo «al qué dirán», a que alguien «nos tome el pelo», -y esto nos cohíbe, aplastando toda iniciativa. Sólo podemos divertirnos -haciendo todos lo mismo, como un rebaño falsamente alegre, receloso y -suspicaz, mirándonos de reojo mientras reímos. Y al sospechar vagamente -que alguien puede divertirse un poco a nuestra costa, ¡adiós alegría!, -creemos necesario morder. - - - - -_II_ - -EL CAMINO DE TODOS - - -Si un romano del tiempo de Augusto o de Tiberio resucitase en nuestros -días, no le preguntaríamos sobre los episodios de la historia antigua, -que fue para él contemporánea, y las costumbres públicas de entonces. -Todo esto lo sabemos por los historiadores y las leyes romanas. - -Nos interesaría más conocer los secretos y particularidades de la vida -privada; cómo se divertían las gentes en Cumas, Baia, Pompeya y otras -ciudades elegantes situadas al borde de lo que es hoy golfo de Nápoles. -Nos gustaría escuchar los escándalos, las murmuraciones, las -excentricidades del gran mundo romano que se trasladaba por unos meses a -las sonrientes orillas del mar de Partenope; querríamos contemplar de -cerca la misma vida suntuosa que vio deslizarse el melancólico y -jubilado «Procurador de Judea», descrito por Anatolio France. - -Pero si el romano vuelto al mundo nos dijese que no había estado nunca -en estas ciudades, alegría y solaz de la vida antigua, nos indignaríamos -contra él. - ---Entonces, ¿qué es lo que hizo usted en su existencia anterior?... -¿Cómo pudo mantenerse tranquilo, sin ver de cerca uno de los aspectos -más interesantes de aquel tiempo? - -Lo mismo podría decirse a un hombre de nuestra época que, teniendo -cierta fortuna personal y hallándose sano de cuerpo para emprender -viajes, no sintiese curiosidad por la vida cosmopolita y alegre de la -llamada Costa Azul, que equivale ahora a las ciudades del antiguo golfo -de Nápoles, fundadas o agrandadas por los Césares. - -El paisaje de la Costa Azul infunde admiración. Tiene la dulzura -luminosa de las costas mediterráneas. Los Alpes, al llegar al mar, se -hunden bruscamente en su abismo, formando rosados promontorios o -graciosas bahías orladas de jardines. Pero indudablemente existen en la -cuenca del Mediterráneo otros paisajes semejantes a éstos o tal vez más -originales. El verdadero encanto de la Costa Azul es obra del hombre. Lo -más interesante en ella es la humanidad que la puebla durante los meses -del invierno. - -Asombra el cálculo de lo que se ha trabajado en medio siglo nada más -para el embellecimiento de esta cornisa de montañas. Antiguos -pueblecitos de pescadores o labriegos son hoy ciudades elegantes, donde -mantienen sucursal abierta las tiendas más célebres de Londres y París. -Campos pedregosos que tuvieron por única vegetación olivos centenarios, -rajados y mediocremente fecundos, se han vendido a lotes por sumas -inauditas, convirtiendo en millonarios a los nietos de sus primitivos -cultivadores. No hay aldea enriscada que no posea un buen camino para -automóviles. Tres carreteras cortan longitudinalmente la falda de los -Alpes desde Niza a Mentón: la que sigue la orilla sinuosa del mar, la -llamada Cornisa Media, y la Gran Cornisa, que serpentea sobre las -cumbres, y está muchas veces incomunicada ópticamente, por una masa de -nubes, con la ribera de abajo, donde rebullen las gentes como un -hormiguero. - -Atrevidos viaductos cruzan los precipicios para evitar grandes rodeos a -la circulación. Si los caminos tropiezan con un saliente de la montaña, -lo perforan en forma de túnel. Otras veces necesitan extenderse a lo -largo del Mediterráneo y desarrollan su cinta sobre largos terraplenes. - -Es difícil calcular el dinero invertido aquí por los que vinieron, -durante medio siglo, en busca de sol y horizontes azules. - -Niza, pequeña ciudad saboyana, es ahora la quinta o sexta urbe de -Francia. Desde Hyéres a Mentón se extienden miles y miles de ricas -«villas» y palacios. Los aficionados a calcular afirman que se ha -construido en la Costa Azul por valor de 5000 ó 6000 millones. Esto es -obra solamente de los particulares, y hay que añadir a tan enorme -cantidad los trabajos públicos realizados por gobiernos y municipios: -conducciones de agua, puentes, carreteras y ferrocarriles. - -El que ha nacido en un país de sol no puede sentir la atracción de la -Costa Azul como los europeos septentrionales. De aquí que ni los -españoles ni los italianos, a pesar de ser vecinos, la frecuenten mucho. -Siempre encontró ella en los pueblos del Norte sus más fieles -admiradores. - -Antes de la guerra, la Costa Azul fue rusa. Aquí venían a derrochar su -fortuna los privilegiados del Imperio zarista, considerando interminable -un régimen sabiamente organizado para la felicidad de los menos. También -fue alemana pocos años antes de 1914. Los alemanes y los austríacos -acudieron a ella en grandes masas, y tal vez serían a estas horas sus -dueños. Los dominadores actuales son los ingleses y los norteamericanos. -Sus banderas ondean en todas partes junto a la bandera francesa. - -Viajando por todo el mundo es como puede uno ser entucado del prestigio -lejano y misterioso que gozan estas poblaciones de la Costa Azul. Muchas -veces, en los Estados Unidos, en Canadá, en Méjico o en naciones del -Norte de Europa, al decir yo que tengo mi casa en la Costa Azul, he -visto entornar los ojos a los que me escuchaban con una expresión -ensoñadora, lo mismo hombres que mujeres, murmurando nostálgicamente: - ---¡Niza!... ¡Monte-Carlo!... - -Unos hacían memoria de su vida aquí; otros deseaban venir, y temían no -conseguirlo nunca. Mostraban todos en su rostro la misma expresión del -que oye el nombre de Bagdad y evoca inmediatamente las maravillas de -_Las mil y una noches_. - -Este fragmento de costa mediterránea es tan universal como el bulevar de -los Italianos, de París; el Piccadilly, de Londres, o el Broadway, de -Nueva York. Yo vivo en la más tranquila de las ciudades de la Costa -Azul, en el poético Mentón, retiro de escritores y artistas, donde la -gente se acuesta temprano y madruga mucho, para gozar de sus admirables -jardines. Y sin embargo, estoy en la corriente de la circulación -europea, en «el camino de todos», más que si viviese en Madrid, que es -ciudad populosa y capital de una nación. - -Para ir a España hay que proponerse concretamente este viaje y sentir un -verdadero interés por ella. Se necesita avanzar hasta un extremo de -Europa y luego desandar el camino, atravesando otra vez los Pirineos. -España sólo ofrece una salida para el que no quiere retroceder: -embarcarse con rumbo a América, y nuestros puertos no los frecuenta -ninguna de las grandes Compañías navieras famosas por el tonelaje de sus -buques y por su lujo. Nuestra patria es a modo de una calle que sólo -tiene una entrada y carece de continuación. - -En cambio, la Costa Azul es camino para Italia, para el centro de -Europa, para los países del extremo Mediterráneo y del extremo Oriente. -Se encuentran aquí, todos los días, amigos que dejó uno en lugares -apartados del planeta, creyendo no verlos más, y que surgen -inesperadamente ante nuestro paso. Todos los que desembarcan en Europa -traen en su programa, como algo imprescindible, unas semanas de vida en -la Costa Azul. - -Los personajes más famosos desfilan por esta tierra. No hay gobernante -inglés que prescinda de jugar al tennis en Cannes durante el invierno. -Junto a las mesas de los casinos de la Costa Azul puede uno codearse con -las mujeres más célebres. - -Hace tiempo, almorzando una mañana en el Sporting-Club, de Monte-Carlo, -vi sintéticamente lo que es la vida en este rincón del mundo. - -Cerca de mí comía un señor alto, delgado, con barba rubia y canosa, y -lentes de oro. Al fijarme en los saludos extraordinarios del _maître -d’hótel_ y de la servidumbre, sentí la necesidad de preguntar. - ---Es el rey de Suecia--me dijeron--, que todos los años viene de -incógnito. - -Luego ocupó otra mesa un señor robusto, de aire militar, con la tez -enrojecida por el sol de los trópicos. - ---A éste le conozco--dije yo al doméstico--. Es el duque de Connaught, -el tío del rey de Inglaterra, que posee una «villa» en Cap Ferrat, y -acaba de volver de las Indias. - -Varios señores ocupaban otra mesa. Uno de ellos, con gafas y barba -canosa, parecía dominarlos a todos, sonriendo finamente. Junto a él, y -compartiendo su importancia, había otro, de bigote blanco. El de la -barba era Venizelos, y su vecino, el famoso hombre de negocios -anglo-heleno _sir_ Basilio Zaharoff, el capitalista mayor de Europa en -este momento, el único al que miran como un igual los multimillonarios -de los Estados Unidos. - -Y todo esto, en un pequeño comedor de Club, que no contiene más allá de -una docena de mesas. - -Me acordé de Cándido, el protagonista de la novela de Voltaire, cuando -visita la Venecia del siglo XVIII con motivo de su famoso Carnaval, y al -cenar en la hostería se encuentra con que sus cuatro compañeros de mesa -son cuatro reyes que vienen de incógnito a divertirse. - - - - -_III_ - -EL QUE QUISO CASARSE CON LA PRINCESA - - -La revolución rusa ha esparcido por el mundo miles y miles de seres que -gozaron en otro tiempo las delicias de la riqueza o del poder, y ahora -viven en una miseria doblemente dolorosa, por el recuerdo del pasado y -por la falta de esperanza. Son parecidos a los emigrados de la -revolución francesa, que paladearon la «dulzura de vivir» bajo la -antigua monarquía instalada en Versalles, y luego tuvieron que ejercer -viles oficios en Inglaterra y Alemania, sufriendo muchas veces el -tormento del hambre. - -Esta emigración rusa se concentra especialmente en la llamada Costa -Azul. El ensueño de todos los rusos refugiados en Berlín, Londres o -París es poder trasladarse a Niza. Hijos de una tierra invernal, piensan -en el sol gratuito que dora las costas de este mar color de violeta, -célebre desde los primeros vagidos de la poesía griega. Vivir en Niza -representa prescindir de la calefacción, comer naranjas a bajo precio, -instalarse en un antro miserable de las afueras con otros compatriotas, -sin miedo a los rigores de la temperatura. - -Además, muchos de los pobres actuales vivieron en este país hace diez o -doce años, cuando gastaban miles y miles de rublos. Aquí dejaron -recuerdos de amor, de vanidad o de orgullo, y se sienten atraídos por -estos fragmentos de vida que representan toda la gloria de su pasado. - -Los rusos, antes de la guerra, eran en la Costa Azul el gran señor -manirroto o la dama algo loca y siempre elegante, que asombraban a las -gentes arrojando el dinero a puñados. Hoy forman un coro triste, y sobre -su masa dolorosa parecen destacarse con más crudo relieve la -prodigalidad de los americanos del Norte y la opulencia señorial de los -ingleses, actuales dominadores de la tierra. - -Muchos de estos emigrados aceptaron valerosamente su desgracia. En -Mentón, cerca de mi casa, hay granjas cultivadas por generales y -coroneles rusos; pero cultivadas verdaderamente, pues estos hombres que -mandaron regimientos o divisiones son ahora gañanes para poder comer, y -remueven la tierra con la pala, abren surcos, cargan carros, crían aves -de corral. Otros, menos enérgicos o vigorosos, trabajan como porteros de -hotel o simples mozos de comedor. - -Con frecuencia, algunas damas inglesas o francesas creen reconocer al -criado viejo, de chaleco a listas y mandil azul, que limpia su cuarto. -Al fin acaban por enterarse de que en otros tiempos bailaron con él en -Monte-Carlo, cuando se llamaba príncipe o conde, era capitán de la -Guardia imperial y venía todos los inviernos a derrochar su patrimonio -en la Costa Azul. - -Otros no se deciden a trabajar y apelan a toda clase de expedientes, -representando una molestia peligrosa para el que los recibe en su casa. -Con lentitud eslava cuentan la novela de su pasado, y acaban pidiendo -tranquilamente mil o dos mil francos, como si aún viviesen en sus -tiempos de magnificencia. Es verdad que se contentan finalmente con -veinte francos; ¡pero son tantos los que llegan creyendo ser cada uno el -único que merece protección!... - -En Niza, señoras de la antigua corte imperial inventan rifas para vivir. -Otras tienen casa de huéspedes o una tiendecita de sombreros. - -Antes del triunfo del bolcheviquismo, mis novelas eran muy traducidas y -leídas en Rusia. (Debo advertir de paso que España jamás tuvo tratado de -propiedad intelectual con Rusia, y los libros nuestros eran reproducidos -libremente. Hubo novela mía que fue publicada al mismo tiempo por cinco -editores diferentes, sin pedirme ninguno autorización). Como vivo -rodeado de tantos náufragos de la catástrofe rusa que en sus tiempos -felices fueron lectores míos, recibo frecuentemente sus visitas. Grandes -damas me buscan para que las ayude a vender ricas diademas en forma de -mitra, semejantes a las que ostentan las vírgenes bizantinas, y que -lucieron ellas muchas veces en las fiestas de la corte imperial. Otras -me enseñan capas de marta, armiño, y alhajas de una magnificencia algo -bárbara. - -Es lo último que les queda. Temen las ofertas, escandalosamente bajas, -de los usureros que acechan su agonía, y acuden a mí, como si un -novelista pudiera arreglarlo todo. Algunas me proponen la adquisición de -estos recuerdos de su vida lujosa, desaparecida para siempre, indicando -precios verdaderamente extraordinarios por lo modestos. Pero yo no voy a -pasearme por mi habitación de trabajo vestido y adornado como una dama -de Nicolás II en día de gran ceremonia, y renuncio a tales «ocasiones». -Otras de menos años, cuyos maridos, difuntos por fusilamiento, -poseyeron minas de platino en Siberia, vienen a que las recomiende para -trabajar en el cinematógrafo. ¡Como si el improvisarse artista -cinematográfica fuese algo facilísimo!... - -Algunas de estas grandes damas arruinadas pueden sostenerse modestamente -con lo que poseían fuera de su país, y aún encuentran el medio de -favorecer a sus compañeros de desgracia. Como se consideran pobres al no -poder sostener su existencia lujosa de otros tiempos, desean trabajar, y -han creado en Niza varios restoranes, que dirigen ellas mismas. - -Son establecimientos baratos, donde se puede comer por cuatro francos y -medio, lo que equivale en Francia a un cubierto español de dos pesetas. -Por tal precio no pueden esperarse milagros culinarios; pero se nota en -el ambiente de la sala y en el arreglo de sus mesas cierta distinción -especial, lo que la gente llama chic, algo que revela el buen gusto de -la dueña invisible, que está en la cocina dirigiéndolo todo. Los pobres -de mala educación no se sienten a su gusto en estos restoranes, y los -abandonan. Su clientela se va seleccionando de un modo automático, y -acaba por estar formada únicamente de personajes venidos a menos, de -héroes de novela, muy interesantes si fuesen dos o tres nada más. Pero -son muchos, y sus vidas, que hace quince años hubiesen parecido -extraordinarias, acaban por resultar monótonas. - -La directora de uno de estos restoranes es una princesa Murat. La -familia de los Murat está dividida en varias ramas, y una de ellas se -estableció matrimonialmente en Rusia. De aquí que la suerte de muchos -descendientes del ex rey de Nápoles vaya unida a la de los aristócratas -rusos. - -Esta princesa, nacida, según creo, en los Estados Unidos, posee una -elegancia natural y guarda aún la belleza reposada y distinguida de su -segunda juventud, después de haber perdido la frescura de la primera. -Con una energía americana ha aceptado los deberes y penalidades de su -nueva situación. Todas las mañanas, al salir el sol, ya está en el -mercado, al mismo tiempo que los compradores de los grandes «Palaces», -los cocineros de los hoteles medianos, y los dueños de fondines y casas -de huéspedes. - -Desea que sus clientes coman barato y bien. Discute con los proveedores -o les sonríe, empleando la fuerza convincente de una mujer que sabe -hacerse agradable. Atrae con su presencia la atención de todos, aun de -aquellos que ignoran quién es. - -El mercado de Niza hace recordar los antiguos mercados de Valencia y -Barcelona. Los vendedores están al aire libre, detrás de barricadas de -hortalizas, que esparcen perfumes de tierra prolífica o de punzantes y -vigorosas savias. A través de los portalones de la muralla inmediata se -ve brillar la llanura luminosa del Mediterráneo, toda azul y toda -azogue. En la atmósfera hay olores de ajo y mimosas, de cebolla y -claveles, de violetas y sal marina. Toda mujer, después de llenar su -cesta de comestibles, considera indispensable comprar un ramo de flores. -Este mercado--tan distinto a los mercados cerrados y con techumbre de -hierro--predispone las gentes al amor, y hace pensar que en la vida hay -algo más que llenar bien el estómago. - -La princesa se vio detenida una mañana por uno de sus «colegas». Era un -francés bigotudo, con aire de antiguo gendarme, dueño de un fonducho -para trabajadores cerca del puerto. Necesitaba hablar con ella. Venía -observándola desde muchas semanas antes. Había admirado su habilidad -para comprar y el gran dominio que ejercía sobre las gentes. - ---A mí me gustan las mujeres serias; soy viudo, y tal vez podemos -convenirnos el uno al otro. No le hablaré de amor; eso es para las -comedias. La vida no es una broma... Usted tiene su establecimiento, yo -tengo el mío; podemos casarnos, y ayudándonos como dos personas -juiciosas, llegaremos a juntar un capitalito para retirarnos al campo en -nuestra vejez. - -La dueña del restorán contestó con una de sus sonrisas dulces: - ---¡Quién sabe!... Es para pensarlo más despacio. - -Ahora el dueño del fondín del puerto va más tarde al mercado, pues no -quiere encontrarse con ella. Además pone una cara fosca para que las -pescaderas y las vendedoras de hortalizas no se atrevan a bromear con -él. - -Sabe que cuando vuelve la espalda todas sonríen y le designan con el -mismo apodo: «El que quiso casarse con la princesa». - - - - -_IV_ - -EN TORNO AL «QUESO» - - -Bien sabido es que cuando se quiere encontrar a una persona de cierta -posición social y se ignora su domicilio en Europa o América, no hay más -que sentarse junto al «queso», en la plaza de Monte-Carlo. Podrá uno -esperar diez, quince o veinte años; pero un día el amigo deseado acabará -por dejarse ver. - -Esto lo tienen muchos por indiscutible, aunque parezca falso. Todo el -que posee algún dinero y ama los viajes, acaba por dar la vuelta al -«queso», mezclándose por unas horas con la multitud que circula frente -al Casino. Antes de pasar adelante creo necesario explicar que este -«queso» famoso es un pequeño jardín o macizo de plantas en el centro de -la plaza. Su forma redonda le ha hecho ser comparado con una caja de -queso Camembert. - -En la acera circular de este jardín se oyen conversaciones en todas las -lenguas, y como si el Carnaval durase aquí el año entero, circulan entre -las señoras vestidas a la moda de Europa damas indostánicas de largos -velos azules, con la nariz perforada por botones de brillantes, -personajes asiáticos de andar felino y ojos misteriosos, jefes árabes de -albas túnicas, chinos y japoneses cuya cabeza ratonesca, astuta o -inteligente, parece querer escaparse de las vestiduras occidentales que -disfrazan el resto del cuerpo. - -Yo he tenido en esta plaza muchos encuentros inesperados y he contraído -las amistades más novelescas tal vez de mi existencia. Una sonrisa -interrogante y una mano tendida provocan en tal lugar dudas geográficas -que abarcan el planeta entero. ¿De dónde podrá venir el amigo que acaba -de reconocernos?... Hay que dejarle hablar para ir adivinando poco a -poco su identidad. Puede ser un olvidado condiscípulo de la juventud, o -uno que conocimos en Turquía, Argentina, Egipto o Méjico. También puede -ser un señor con el que almorzamos en el restorán de la estación de -Toledo; pero Toledo, en el Estado de Ohío, una de las ciudades -ferroviarias más importantes de los Estados Unidos. - -Durante el invierno fondea cada semana ante Monte-Carlo uno de esos -trasatlánticos procedentes de la América del Norte que son verdaderas -ciudades flotantes, y echan a tierra dos mil pasajeros. Durante -veinticuatro horas los alrededores del «queso» parecen la Quinta Avenida -de Nueva York. A mediodía llega invariablemente el tren «azul», -procedente de Calais, un tren que sólo lleva vagones-camas, y las gentes -británicas se reconocen y se estrechan las manos, sacudiéndolas -vigorosamente, como si se encontrasen en el Piccadilly de Londres. - -El indeciso pasado de nuestros años de adolescencia, las ilusiones que -acariciamos entonces como algo de imposible realización, las cosas más -admiradas por la buena fe y el entusiasmo de la primera juventud, pueden -salirnos al paso en esta plaza. Yo he visto muchas veces, tomando el sol -en sus bancos, a viejos señores, trémulos y de piel flácida como pájaros -desplumados, y los nombres de estas ruinas humanas hicieron revivir en -mí pretéritas admiraciones. Eran hombres políticos que nadie recuerda, -generales que ganaron victorias olvidadas, caudillos novelescos del -África británica o la América del Sur. Viejas encogidas, de aire -humilde, o pintarrajeadas y cadavéricas como momias, evocan con sus -apellidos de guerra el recuerdo de beldades célebres, cuyos retratos -adoramos en las cajas de fósforos cuando éramos colegiales. - -Entre esta muchedumbre de personajes que «fueron» y no son ya más que -simples invernantes de la Costa Azul, buenos para ocupar una silla en la -plaza de Monte-Carlo o en los salones del Casino, hubo hasta el año -pasado una personalidad sobresaliente, inquieta, arrolladora, -incansable, que parecía llenarlo todo con su presencia y estaba al mismo -tiempo en diversos lugares, con infinita ubicuidad. Era la gran duquesa -Anastasia, tía carnal del zar Nicolás II, ejecutado por los -bolcheviques; hermana del zar anterior y madre de la esposa del -kronprinz. - -Una hija suya ocupa actualmente uno de los tronos de Europa. Su otra -hija hubiese sido emperatriz de Alemania de no ocurrir la última guerra. - -En su juventud gozó fama de hermosa y elegante, según afirmación de los -que la conocieron en la corte de Rusia. Siendo extremadamente alta -(cerca de dos metros), tal vez esta belleza fue efectiva en los tiempos -que duraba aún la influencia de la vieja reina Victoria y otras -soberanas metidas en carnes y pródigas en curvas, o sea cuando no era de -moda que las mujeres buscasen a fuerza de hambres las angulosidades y -asperezas huesudas del cuerpo masculino. Pero Anastasia--así la -designaban familiarmente las gentes de Monte-Carlo--, a pesar de sus -años, había querido enflaquecer lo mismo que las muchachas de ahora, y -su exagerada delgadez parecía prolongar aún más su estatura. - -Esta hija de emperadores y madre de reinas vivía al margen de la tiranía -de los costureros, vistiéndose a su gusto, con arreglo al mismo patrón, -como si llevase uniforme. De día usaba invariablemente un traje negro, -corte sastre, que parecía flotar sobre su cuerpo largo y descarnado, lo -mismo que una sotana de sacristán. Para el que la veía por primera vez, -lo más extraordinario en ella eran las orejas, despegadas del cráneo, -muertas e insensibles, como si fuesen de cartón. Tenía los pies -extremadamente largos, con una longitud que imposibilitaba todo -artificio zapateril, y convencida de lo ineficaz que era querer -disimular sus extremidades, las calzaba sin cuidado alguno. Muchas -señoras afirmaban que la gran duquesa tenía el mismo zapatero que los -gendarmes de la provincia. - -Se la veía casi a un tiempo jugando en los salones reservados del Casino -y circulando por la plaza, con una rapidez que arremolinaba la negra -faldamenta en torno a sus piernas. Éstas eran tan flacas, que parecían -próximas a romperse a cada paso. Luego bailaba en el Café de París, en -los _dancings_ de los hoteles, en los tés elegantes, en todas partes -donde suenan los instrumentos desafinados del _jazz-band_. Había algo de -la furia del borracho romántico, que bebe para olvidar, en la movilidad -incansable de esta «vitalista», ansiosa de conocer todos los placeres -violentos. A su familia la habían pasado a cuchillo. Hermanos y -sobrinos, todos habían muerto por orden de los Soviets. Sólo quedaban -ella y ciertos parientes, a los que pilló la revolución comunista «fuera -de casa». Además, esta rusa, que había vivido la mayor parte de su -existencia en Alemania por haberse casado con un príncipe alemán, -desdeñaba a la familia imperial germánica, en la que figura su hija. - -¡Inolvidable Anastasia! Había que oír a la vieja gran duquesa, vestida -con la obscura modestia de una directora de colegio, hablar de sus -parientes alemanes. Al kronprinz lo censuraba... Esto nada tiene de -singular. Lo extraordinario sería que una suegra hablase bien de su -yerno. Pero cuando resultaba más interesante era al ocuparse de su -consuegro, Guillermo II. - -Ella había nacido Romanoff, y era descendiente de innumerables -emperadores. La dinastía de los zares se pierde en la noche de la -Historia. En cambio, los Hohenzollern son unos reyes de siglo y medio, -como quien dice de ayer, y su título de emperador data de 1870. Aspiraba -el aire desdeñosamente por sus anchas narices al decir esto, y añadía, -como una señora linajuda que habla de un «nuevo rico»: - ---Cuando se casó mi hija tuve que asistir a la ceremonia y aceptar el -brazo de Guillermo. No podía negarme. Nunca ese advenedizo, ese manco -«cursi», se vio tan honrado. ¡Dar su brazo a una nieta de Pedro el -Grande!... - -El gobierno francés la dejó vivir en Francia durante la guerra. ¡Cómo -hacer otra cosa con una princesa alemana, suegra del kronprinz, pero -rusa de nacimiento y que llamaba «cursi» a su consuegro!... Aunque -pasaba el día y muchas veces la noche dentro del principado de Mónaco, -su domicilio era en Eze, o sea en territorio francés. - -Últimamente se quejaba de escaseces de dinero. En Rusia y Alemania se -habían perdido todos sus bienes. Pero los personajes emparentados con -numerosas casas reales son como los barcos grandes, que después de -encallar en la costa y perderse para siempre, todavía mantienen con sus -despojos a los que se aproximan a ellos. - -La gran duquesa guardó hasta el último momento su casita de Eze, situada -entre la línea del ferrocarril y la línea espumosa de las olas. Poseía -un pequeño automóvil, guiado muchas veces por ella misma. Siempre tuvo -dinero para el juego, y sobre todo para cenar en los sitios donde se -baila. En los postreros días de su vida fue muy española. - ---¡País de _hidalgós_ y _caballerrros_!--me dijo repetidas veces en un -español chapurreado y con miradas de admiración. - -Existe en Monte-Carlo un restorán donde se prolongan las fiestas -nocturnas hasta la salida del sol, y en este lugar público trabajan -todos los años dos bailarines españoles, dos «niños» de Sevilla, -pequeños de estatura, graciosos y bien educados, que tienen por nombre -«los Titos». Este par de andaluces de _smoking_, que, según dicen las -señoras, no tienen precio para hacer bailar bien a sus acompañantes, -inspiraron a la gran duquesa un entusiasmo casi maternal. Pasaba las -noches dedicada a ellos, no perdonando una sola de las danzas que tocan -simultáneamente y sin descanso las dos orquestas del establecimiento. -Dejaba a un Tito para tomar al otro, y el más alto de los hermanos no -llegaba a tocar con su cabeza el huesudo pecho de la princesa de dos -metros. - -Tal fervor por las cosas de España acabó con la vida de la consuegra de -Guillermo II. Un día del pasado invierno, «los Titos» arreglaron en su -honor un arroz a la valenciana. Era un arroz «traducido» de Valencia a -Sevilla, y hecho además con lo que se puede encontrar en Monte-Carlo; -pero la gran duquesa no conocía otro, y dedicaba siempre a este plato -interminables alabanzas. A los postres de la comida española sufrió un -desmayo; la llevaron apresuradamente al Hotel París, y a las pocas horas -dejó de existir. - -Esta mujer, que en unos cuantos años presenció tantas tragedias -familiares y sufrió emociones tan enormes, sólo podía morir -repentinamente. Además, sus placeres eran tan violentos, que un corazón -no podía soportarlos sin lesiones. - -Después de la guerra, el famoso «queso» ha dejado de ver a muchos -personajes que lo visitaban en otros tiempos. Mi amigo Luciano Guitry, -el más grande de los actores contemporáneos, me contó un día algo -ocurrido aquí mismo. - -Fue esto años antes de la guerra. Se acercó al gran comediante francés -una de esas muchachas parisienses que se titulan «artistas» y, en -realidad, mantienen su lujo y atienden al costoso entretenimiento de su -belleza con otros recursos que los del arte. Llegan a Monte-Carlo para -distraer a los hombres que juegan, recordándoles que en el mundo hay -algo más que los placeres del azar; pero muchas veces sienten la -tentación de la ruleta, lo mismo que los otros mortales, y lo que -ganaron con sus propios recursos lo dejan sobre la mesa verde. - ---Monsieur Guitry--preguntó--, ¿quién es ese hombre bajito, calvo y de -mal color que conversaba con usted hace un momento? El otro día estuve -una hora con él y no hizo más que hablar de su persona, como si fuese el -centro del mundo. Al despedirse, me dijo: «No te revelo mi nombre, -porque si lo supieras serían tan grandes tu sorpresa y el orgullo de -haberme conocido, que caerías desmayada de emoción sobre tus... -almohadillas naturales». ¿Quién es, monsieur Guitry? ¿Es un hijo de -rey?... ¿un millonario de Nueva York?... ¿un presidente de República de -la América del Sur?... - -Una leve sonrisa alteró la serenidad episcopal del rostro del insigne -actor. Sus ojos parpadearon maliciosamente, y dejó caer estas palabras: - ---Es un poeta italiano, llamado Gabriel d’Annunzio. - -La muchacha quedó indecisa, repasando mentalmente sus recuerdos, -mientras se rascaba con las pintadas uñas el lindo entrecejo. Luego dijo -simplemente: - ---_¿D’Annunzio?... Connais pas._ - - * * * * * - -Repito que esto fue antes de la guerra; antes de que el poeta obtuviese -la verdadera fama acompañando en sus vuelos a los aviadores italianos, o -acometiendo la ruidosa y estéril aventura de Fiume. - -¡Fragilidad de las vanidades literarias! Creerse igual al Dante; llevar -la cabeza sobre los hombros con la misma solemnidad que si fuese una -urna santa; inventar todos los días algo extraordinario y raro que -atraiga la atención del público, para que después una muchacha de las -que mariposean en torno a la ruleta de Monte-Carlo diga con -indiferencia: - ---¿D’Annunzio?... No lo conozco. - - - - -_V_ - -LAS ALMAS DEL PURGATORIO - - -De los bancos que forman círculo en el centro de la plaza de -Monte-Carlo, dos o tres situados frente a la escalinata del Casino -llevan el nombre de «el purgatorio». Y por deducción, a las personas que -los ocupan, como si fuesen de su propiedad, guardándose recíprocamente -un lugar en ellos, las llaman las «almas» de dicho «purgatorio». - -Fácil resulta adivinar su pasado. Son jugadores que desean entrar en el -Casino y no pueden, a pesar de vivir convencidos de que al otro lado de -sus puertas les aguarda la Fortuna. Los directores del establecimiento, -aleccionados por la experiencia, procuran que no quede en Monte-Carlo -ningún resto de la diaria batalla entre el hombre y la Suerte. Pocas -ciudades de Europa tan limpias como ésta. A ninguna hora del día o de la -noche se encuentra un papel, una hoja seca o una colilla de cigarro en -sus aceras, pulidas como el piso de un salón. Del mismo modo procuran -que no quede ningún herido ni contuso de los combates de la ruleta y el -«treinta y cuarenta». Todo el que pierde su dinero puede acudir a la -Administración del Casino, madre cariñosa, que le facilitará la cantidad -necesaria para el viaje hasta el país de origen. De este modo la víctima -va a contar muy lejos sus desengaños, y si se le ocurre suicidarse, -otros se encargan de su entierro. - -Este socorro que da el Casino para que se retire el descalabrado recibe -el nombre de «viático». A veces el tal «viático» es de miles de francos, -según la categoría del jugador o la importancia del trayecto. Yo he -visto pagar a un holandés el precio de su pasaje hasta Java; pero había -dejado antes en las mesas verdes centenares de miles de francos. También -la Administración da algunas pensiones vitalicias a jugadores famosos -que frecuentaron la casa treinta o cuarenta años, perdiendo en ella -numerosos millones. - -Conozco a un gran señor ruso que entra todos los días al Casino y sigue -el juego de las mesas importantes con mirada ansiosa; pero no se atreve -a apuntar ni con una ficha de las blancas, que son las más modestas. - -El Casino le regala una pensión de 1000 francos mensuales, después de -haber dejado en Monte-Carlo el producto de sus minas en Siberia y las -cosechas de territorios extensos como provincias, poblados por miles de -_mujiks_. Pero esta generosidad va unida para el agraciado con la -condición de que no jugará nunca. Si avanza una apuesta sobre un número, -los empleados tienen orden de no admitirla. - -Muchos jugadores que recibieron el «viático» para volver a su tierra -sienten el latigazo de la inspiración antes de partir, y arriesgan el -importe del viaje en una jugada última, convencidos de que este dinero, -por ser del Casino, atraerá a la Suerte. Si lo pierden quedan como -prisioneros en Monte-Carlo, y un desesperado más viene a sentarse en los -bancos del «purgatorio». - -Todo el que tomó el «viático» encuentra cerradas las puertas de la -catedral del Rojo y el Negro mientras no devuelve el préstamo recibido. -Y estas pobres almas en pena se buscan y sostienen con la fraternidad de -la desgracia. - -Antes de las diez de la mañana, hora de principiar el juego, ya ocupan -los bancos que consideran de su propiedad. Los que se alejan a mediodía -para almorzar, son reemplazados por otros que no saben dónde un -hambriento puede conseguir un almuerzo. Se ceden cortésmente los -asientos verdes, desde los cuales parecen espiar la escalinata del -templo prodigioso, y así permanecen formando grupos, unos encogidos, -otros de pie, hasta que llega la noche y se desbandan con la ilusión de -que el día siguiente será más propicio. - -Mientras evocan su pasado o cuentan historias de ganancias maravillosas -en la ruleta, miran con envidia a los felices que suben y bajan los -peldaños alfombrados de la escalinata. Sus ojos son admirativos y -tristes, como los del ebrio ante la puerta cerrada de una bodega, como -los del morfinómano falto de dinero junto al escaparate de una farmacia. -De vez en cuando estos maltratados por la Suerte intentan volver hacia -ella con la esperanza de que los acaricie, con repentino capricho. -Rascan todo el fondo de sus bolsillos. Los hombres sacan monedas o -billetes ínfimos entre migas de pan y briznas de tabaco. Las mujeres -extraen de sus bolsos un dinero manchado de polvos de arroz o colorete -para los labios. Las «almas del purgatorio» sienten una fe repentina en -determinado número, o aceptan como indiscutible la nueva jugada que les -propone el más viejo del grupo. - -Encuentran siempre un amigo que no ha tomado el «viático» y puede entrar -en las salas públicas. Se le entrega sin miedo el capital de la -sociedad, repitiendo, con abundantes detalles, cómo debe arriesgarlo. A -nadie se le ocurre sentir desconfianza. Este embajador no puede faltar a -la lealtad que se deben los desgraciados. Quedan todos en angustioso -silencio. Miran fijamente las puertas del Casino, creyendo ver a cada -instante la reaparición del enviado en lo alto de la escalinata. Cuando -tarda, la confianza aumenta en el «purgatorio». Indudablemente, el -capital común está agrandándose con una ganancia progresiva. Si vuelve a -mostrarse a los pocos minutos, todos adivinan su desgracia mucho antes -de ver el gesto doloroso con que anuncia desde lejos la quiebra -fulminante de la sociedad. - -Yo hablo algunas veces con las «almas» que vagan dolorosas por la plaza -de Monte-Carlo, sin que la Suerte quiera redimirlas. Muchas de ellas son -más antiguas que yo en el país. También gozo el honor de que estas -«almas» me admiren, como un personaje casi tan interesante como ellas. - -Aunque algunos me tachen de inmodesto, declaro que he conseguido cierta -celebridad en Monte-Carlo. Hasta tengo un apodo con el que me designan -los que no saben pronunciar mi apellido español. Soy «el señor que no ha -jugado nunca». Una popularidad que no todos pueden conquistar. - -Hace cinco años que frecuento Monte-Carlo y entro diariamente en su -Casino, fuera de los meses que paso viajando. Hubo año que llegué a -visitar las salas de juego mañana, tarde y noche, para hacer un estudio -directo de la vida de los jugadores, destinado a mi novela _Los enemigos -de la mujer_... Y en esos cinco años no jugué nunca, no he sentido la -curiosidad de llamar a la Fortuna ni una sola vez, y el público y los -empleados han acabado por fijarse en tal abstención, que resulta aquí -extraordinaria. - -Siempre que entro ahora en el Casino, me veo buscado y amenazado por los -halagos o las emboscadas que persiguen a toda virginidad. La -superstición de los jugadores cree ciegamente en la buena fortuna de las -novelas. Muchas señoras, amigas mías, me ofrecen dinero para que lo -ponga a mi capricho sobre la mesa verde. - ---Aunque sea un _luis_ nada más--dicen con una sonrisa que incita al -pecado. - -No jugaré nunca. Confieso mi debilidad ante muchos vicios y seducciones -de la existencia; pero la tentación del juego no me inspira inquietud. -Sé bien que no puedo ser jugador; que no lo seré, aunque me lo proponga -con toda la fuerza de mi voluntad. He hecho mis pruebas, y puedo -afirmarlo sin miedo a equivocarme. - -En 1896, cuando andaba metido en las aventuras y riesgos de una política -de acción, tuve el honor de ser presidiario. Un Consejo de guerra me -condenó a varios años de encierro, y aunque los periódicos se -interesaron por mi suerte hasta conseguir que me indultasen, no por ello -me libré de pasar recluido más de un año. Esto se dice pronto; pero hay -que conocer por experiencia lo que son doce meses, uno tras otro, -siempre en el mismo edificio y entre gente poco grata. - -La penitenciaría era un antiguo convento de Valencia, que ya no existe. -Esta construcción vetusta sólo tenía cabida higiénica para trescientos -hombres, y éramos a veces mil. Como gran favor, me dejaron en la -enfermería, donde todos los meses morían dos o tres tísicos y se -preparaban para seguirles media docena más. Si la defunción ocurría al -atardecer, quedaba el cadáver en una cama próxima hasta la mañana -siguiente. ¡Una existencia de lo más entretenida!... De vez en cuando, -para mayor amenidad de mi encierro, llegaban órdenes exteriores -recomendando a los empleados que no me dejasen recibir libros ni me -permitieran escribir otra cosa que cartas a mi familia. Los -apasionamientos políticos aconsejan casi siempre medidas absurdas. - -En uno de estos períodos, los empleados, apiadándose de mi aburrimiento, -me buscaron una diversión. - ---Podía usted entretenerse con el juego. Eso le distraerá tanto como la -lectura. - -Y ocultamente me fueron proporcionando barajas, un dominó, un tablero de -damas y otros instrumentos recreativos que no recuerdo. Hicieron más: me -buscaron sin salir de «la casa» un insigne profesor, famoso ladronazo de -larga historia, que sólo se había dedicado a robar Bancos y llevaba -corrido medio mundo, conociendo todas las timbas de España y naciones -adyacentes. - -¡Imposible aprender en mejor escuela! Fue--y pido perdón por la -irreverencia--como si me pusieran a estudiar bacteriología con Pasteur o -versificación con Víctor Hugo. Pero apenas iniciadas sus lecciones, el -eminente catedrático debió convencerse de que trataba con un torpe, -falto completamente de aptitudes. Todo lo aprendía y lo olvidaba con -igual facilidad. Me faltaba tener fe en las enseñanzas recibidas... Y -media hora después, el maestro, abusando de la bondadosa tolerancia de -mis protectores, jugaba a peseta el golpe con los enfermos, mientras yo, -de pie y junto a una verja, seguía arrobado el deslizamiento de las -nubes y el revoloteo de dos palomas, a través de los hierros que -cortaban el azul de un rectángulo de cielo. - -Debo confesar que representa para mí una voluptuosidad algo cruel y -egoísta--y los placeres resultan a veces más intensos cuando van -sazonados con un poquito de esta salsa maligna--el hecho de pasearme -por Monte-Carlo siendo el único hombre, ¡el único!, que vive en esta -ciudad sin haber jugado nunca. Muchos ilusos de diversas naciones se -encargan de costear las comodidades que me rodean. Los jardines de -vegetación tropical, los salones lujosos del Casino, el puerto blanco -lleno de yates, las orquestas, la ópera subvencionada con varios -millones, todo lo pagan los jugadores para que yo lo disfrute. Las mesas -verdes no han recibido de mí un solo céntimo. - -Pero un día que hice esta declaración de independencia ante un empleado -antiguo del Casino, el viejo rió socarronamente: - ---Hay quien ha hecho más que usted--dijo--. Usted se limita a no dar -nada, mientras que el maestro ruso... - -Y me contó la breve historia del maestro de escuela ruso, conocida -solamente por los altos funcionarios de Monte-Carlo, pues resultaría -peligroso el divulgarla. - -Esto fue antes de la guerra. Un ruso greñudo, barbón y grasiento, con -sonrisa inocente y ojos de angelote bizantino, consiguió entrar una sola -vez en las salas de juego, y puso una moneda de cinco francos a un -número de la ruleta. El duro era escandalosamente falso, pero acertó el -«pleno», y le dieron treinta y cinco duros más, indiscutiblemente -legítimos. - -Luego que se hubo comido la ganancia, el maestro pidió audiencia a la -Administración del Casino. Él se consideraba un jugador importante, -«todos le habían visto jugar», y exigía lo mismo que los otros, un -«viático» para volver a su tierra... Y la Administración, que no quiere -«ruidos», le pagó el viaje. - -Como el empleado continúa sonriendo después de terminar su historia, yo -inclino la cabeza humildemente: - ---Reconozco mi inferioridad ante el maestro ruso. - - - - -_VI_ - -LOS NUEVOS COMPAÑEROS - - -Hace pocos días hablé con el director de uno de los «Palaces» más -célebres y caros de la Costa Azul, y este personaje representativo de -nuestra época, que tiene automóvil propio, cobra más sueldo que un -primer ministro, es amigo de varios reyes y estrecha confianzudamente -las manos de los millonarios de Europa y América, me dijo así: - ---Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes -llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las -personas. - -Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este -famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles. - -La Costa Azul es el lugar de la tierra donde abundan más los perros. Los -hay a docenas en los «Palaces», en las casas, en los paseos, en los -lugares más apartados de la ribera o la montaña. Hacen imposible un -largo y silencioso recogimiento ante la Naturaleza. Cuando se cree uno -solo y empieza a saborear la calma rumorosa del paisaje, sumido en -profunda paz, suena al lado el grotesco ladrido de algún gozque, último -amor de su dueña envejecida, y con la rapidez de un reguero de pólvora -inflamada este ladrido se dilata, se multiplica al correr hacia el -infinito, pues de todas partes empiezan a contestarle otros aullidos, -atiplados o graves, de perros de salón, perros de pescador, perros de -granja o perros que tiran de su cadena junto a las verjas de los -jardines elegantes. - -En este pedazo de Francia, tierra de retiro invernal, donde de cada diez -personas que buscan el sol siete hablan inglés y tres solamente francés, -la dama vieja con su perrito es el eterno personaje que da valor humano -al panorama. - -Bien sabido es lo que representan, generalmente, las respetables señoras -que viven durante el invierno en la Costa Azul y pasan la primavera en -Florencia. Aunque sean de distintos idiomas y naciones, todas resultan -iguales. Todas poseen una peluca rubia, una dentadura postiza, una -novela inglesa «muy moral», que nunca acaban de leer, pues aunque la -cambien, siempre dice lo mismo... y un perro. - -A causa de ellas, los hoteleros, que tienen de vez en cuando sus -asambleas internacionales en alguna ciudad de Suiza--lo mismo que los -diplomáticos de la Sociedad de las Naciones se reúnen en Ginebra--, se -han visto obligados a ocuparse del perro y sus molestias, combatiendo su -existencia por medio del impuesto. - -Hace algunos años, los perros, que siempre habían vivido gratuitamente -en los hoteles, fueron tasados en dos francos diarios. Ahora pagan -cinco, y en ciertos «Palaces» diez y hasta quince francos, sin que haya -influido esto en su disminución. Al contrario: tener perro en un hotel -de lujo significa un gasto considerable; cuesta más que costaba antes de -la guerra el mantenimiento de un cristiano, y denuncia gran riqueza en -su dueño. - -Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de -perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda, y -únicamente pueden interesar a las gentes desorientadas que siguen con un -retraso de varios años los adelantos de nuestra época. - -Los altos lebreles de Rusia, estrechos, sedosos, distinguidos o -imbéciles; el perro policía, feroz y de una agresividad inteligente; el -«lulú de la Pomerania», peludo y pequeño como un manguito con patas y -ojos; los gozques liliputienses, capaces de tener por casa un saquito de -mano; todas estas bestias privilegiadas, que cuestan miles de francos y -eran acogidas antes con palmoteos y gritos femeninos de entusiasmo, -resultan actualmente un regalo vulgar, bueno para los burgueses que no -se enteran de lo que es _chic_. - ---Otros animales--añade--son ahora los acompañantes de moda, -especialmente de la mujer. - -Tales palabras vienen de un hombre en íntimo contacto con la humanidad -privilegiada que llega de todas partes a la Costa Azul, vive unos meses -en ella y vuelve a esparcirse por el mundo. Nadie puede conocerla -mejor... Y me hacen ver, repentinamente, con una concreción luminosa, -imágenes que se habían deslizado antes por mis ojos, sin que yo las -retuviese. - -Me acuerdo de la hora cálida y elegante del mediodía, cuando circulan -los extranjeros por los muelles de Mentón, las terrazas de Monte-Carlo, -el Paseo de los Ingleses, en Niza, y las explanadas del puerto de -Cannes. Pasan señoras con la sombrilla japonesa en la diestra, llevando -sobre un hombro o un codo el papagayo amaestrado que las acompaña en sus -viajes. Otras tiran de una cadenilla, al término de la cual marcha un -mono en posición cuadrúpeda o se apoya en las patas traseras, irguiendo -su cabecita orejona y piramidal sobre el capuchón de un hábito hecho con -tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva, -acarician con la punta de su bastón el gato montes, la zorra, el lobito, -la pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en -otros tiempos el perrillo faldero. - -Éstos son los camaradas de viaje que pueden dejarse ver. El célebre -hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que -permanecen ocultos en el cuarto del «Palace» y obligan a los criados a -realizar a toda prisa la limpieza de la habitación, si es que no se -quedan a la puerta vacilantes y medrosos: lagartos soñolientos, hundidos -en algodones que les sirven de cama; tortugas que surgen lentamente del -abrigo del sofá; reptiles de piel en cuadrícula--molestos de -nombrar--que, al sentir la caricia del rectángulo de sol de la ventana -prolongado hasta su cesto, se desenroscan, levantan la tapa de junco, y -dilatando sus anillos, empiezan a subirse por las patas de los muebles. - -Como ahora la gente viaja más que en otras épocas y dar la vuelta al -mundo es diversión que nada tiene de extraordinaria, las personas -andariegas y caprichosas, movidas por un deseo malsano de originalidad, -escogen los más extraños camaradas para su existencia cómoda, aburrida y -errante. - -Un recuerdo me conmueve de pronto interiormente, con esa emoción -explosiva que acompaña los descubrimientos inesperados. - -Me veo, noches antes, en la fiesta de un gran hotel de Niza. Bailan las -parejas bajo una lluvia de serpentinas y papelillos dorados. Los -domésticos van de mesa en mesa ofreciendo objetos de cotillón. Las -gentes se adornan con ellos grotescamente. - -Graves señores, de solapa condecorada, han tocado sus cabezas con -sombreros de payaso, crestas de gallo o plumajes índicos, todo de papel -de seda. - -Señoras que llevan sobre el pecho un millón de perlas o brillantes -ostentan orgullosas en su peinado las diademas de lata o las -sombrillitas de cartón que acaba de darles el _maître d’hôtel_. Entre -baile y baile, la gente devora. La acidez vegetal del champaña derramado -en los manteles se mezcla con la acidez humana de las axilas sudorosas. - -En una mesa frente a la mía cena un joven solitario, de aspecto -«exótico». Va vestido, indudablemente, por un sastre de Londres; pero, a -pesar de su correcto _smoking_, evoca el recuerdo de islas paradisíacas -de Asia, bosques de canela, pagodas de rumorosas campanillas, a causa de -la indolencia de sus movimientos y el color de su rostro. Puede ser hijo -de europeo y de oriental; puede haber nacido en Inglaterra y tener la -cara ensombrecida por la causticidad de la atmósfera del trópico. Si se -desnuda este joven perezoso y atlético, tal vez muestre una blancura -femenina, alterada únicamente por la máscara de cobre que baja hasta la -mitad de su cuello. Con la mano derecha atrapa en el aire las bolas de -colores que le envían de las mesas inmediatas, y las devuelve sin -esfuerzo. - -Su mano izquierda permanece inmóvil y caída sobre un plato con residuos -del postre. Algo vive y se agita debajo de esta mano... Lo recuerdo -ahora claramente; lo veo como si aún lo tuviese ante mis ojos. - -Una cabecita de tortuga se mueve entre los dedos y el borde de -porcelana. Avanza, husmeando los restos del postre dulce; luego se -oculta... Conozco esta cabeza triangular; conozco su lengua de hilo -bifurcado; conozco sus ojos salientes, que parecen empañarse de blanco -al descender sobre ellos el velo membranoso de sus párpados. Yo he -vivido en las selvas de América, roturando por primera vez un suelo -virgen durante millones de años. Mi casa era un «rancho» de estacas y -barro. Un doméstico indio untaba con ajo las patas de mi catre para que -no subiesen por ellas los reptiles que cazan de noche y se introducen en -las viviendas buscando la sociedad del hombre. Al romper el día, antes -de calzarme unas botas altas de cuero de cerdo, había que ponerlas boca -abajo, por si alguno de estos visitantes se había adormecido en su -interior. Más de una vez, al encender luz en plena noche, sorprendí por -un momento esta misma cabeza en un agujero del techo o del suelo. - -El _gentleman_, de repente, parece olvidar la fiesta y se lleva, -sonriendo, su mano izquierda a la cara. Un soplo frío, algo como una -caricia «del otro mundo», debe pasar por su bigote recortado. - -No ha querido dejar a su amiga arriba, en la habitación que ocupa en el -hotel. Teme por ella, y la ha traído a la fiesta, enroscada en un brazo. -Se asoma suavemente por el puño de la camisa; se apoya en el borde del -plato; busca, golosa, las dulzuras fabricadas por los hombres que su -dueño le ofrece disimuladamente. - -Así, tal vez, corre el mundo este _gentleman_ de rostro color de canela, -yendo de gran hotel en gran hotel... - -Un mal vecino de cuarto. - - - - -_VII_ - -CÓMO LOS AMERICANOS CINEMATOGRAFÍAN UNA NOVELA - - -Las once de la noche. El otoño es una segunda primavera en la Costa -Azul. - -Estamos en Noviembre, pero yo paseo por mi jardín, respirando la leve -frescura nocturna, cargada de aromas de flores y frutos. Sólo falta el -resplandor azulado de las luciérnagas, moscas de la noche que tejen y -destejen sus danzas voladoras en la obscuridad primaveral. - -De pronto un estrépito inusitado corta el silencio del adormecido -jardín. - -Mi casa está en las afueras de Mentón, en una avenida que, arrancando -del borde del Mediterráneo, serpentea por la falda de los Alpes -Marítimos, orlada de verjas y vallas campestres. Apenas cierra la noche, -esta calle, abierta entre dos masas de árboles que ocultan los -edificios, queda silenciosa como un sendero de bosque. Parece oírse el -latido y la respiración de la Naturaleza en reposo. El más ordinario de -los ruidos toma la importancia de un acontecimiento. - -Por eso no pude evitar un gesto de extrañeza e inquietud al ver cómo se -enrojecía la vegetación bajo una luz de aurora violenta, cortándose al -mismo tiempo la calma de la noche con incesantes mugidos. Varios -automóviles acababan de detenerse, ensangrentándolo todo con sus faros y -haciendo sonar sus sirenas. Poco después la campana de la puerta de mi -jardín empezó a repiquetear locamente. ¿Quién podía anunciarse a estas -horas y con tal estrépito?... - -Pensé en la posibilidad de una invasión de fascistas que hubiese -atravesado la inmediata frontera de Italia persiguiendo a enemigos -fugitivos. Al acercarme cautelosamente a la verja, una voz juvenil me -habló en español, con ligero acento inglés. - ---Mister Ibáñez: venimos de Nueva York, enviados por la «Cosmopolitan -Production» para filmar su novela _Los enemigos de la mujer_. - -Un poco americana esta presentación, a tal hora y sin más preámbulos... -La servidumbre de la casa y los jardineros, despertados por el campaneo, -abandonaron sus camas. Yo fui dando luz a los faros del jardín, mientras -los criados hacían lo mismo en las habitaciones. Entraron los -automóviles, y empezaron a descender de ellos caballeros vestidos de -_smoking_, damas elegantes y hermosas, escotadas, en traje de _soirée_. - -El que había hablado en español siguió dándome explicaciones para -justificar esta visita extraordinaria. Era un buen mozo de arrogante -presencia, un artista, hijo de españoles, pero nacido en los Estados -Unidos: Pedro de Córdoba, cuyo nombre conocen todos los que gustan de -ver obras cinematográficas hechas en América. Me creían de viaje en -España, y una hora antes se habían enterado de que continúo viviendo en -Mentón. Llegaron de París al atardecer, poniéndose inmediatamente sus -trajes de ceremonia para cenar y bailar en el Café de París, de -Monte-Carlo. - ---Al saber que estaba usted en su casa--continúa Córdoba--nos hemos -dicho: «Vamos a hacer una visita a mister Ibáñez...». Y aquí nos tiene. - -En el comedor se improvisa con toda rapidez un refresco para los -invasores. Mientras tanto, las damas escotadas corren por el jardín lo -mismo que niñas, persiguiéndose, buscando flores y riendo de sus -descubrimientos con una ingenuidad sana y ruidosa. - -Los _gentlemen_ siguen hablando conmigo. Tienen un jefe, el reputado -director de escena Alan Crosland, joven sonriente, parco en palabras y -con un gesto tenaz de hombre acostumbrado al mando. - -Deseo saber cuándo empezarán a trabajar estas gentes que llegaron hace -unas horas de París, y para reponer sus fuerzas, después de una noche de -tren, se han vestido de etiqueta, bailando entre plato y plato de su -cena. Me ofrezco a servirles de intermediario para allanar todas las -dificultades que retrasen su labor. - ---¿Creen ustedes que podrán empezar dentro de tres o cuatro días? - -Alan Crosland me mira con sus ojos claros, y responde sencillamente: - ---Empezamos mañana, a las seis, en la plaza del Casino de Monte-Carlo. - -¡A las seis de la mañana, y van a dar las doce de la noche!... Además -hay que tener en cuenta que muchos de los artistas llegados de los -Estados Unidos se han quedado en Niza y sólo unos cuantos viven en -Monte-Carlo. - -Los ayudantes del director, venidos con él de América, y los agregados -franceses que le siguen desde París se hallan en este momento reclutando -centenares de hombres y mujeres en Niza para que actúen como figurantes. -Tienen que buscar igualmente una orquesta, pues las que existen en -Monte-Carlo, como funcionan hasta media noche, se niegan a este trabajo -matinal. Crosland, que adivina la duda en mi rostro, repite -tranquilamente: - ---A las seis en punto empezaremos. - -Y Pedro de Córdoba, más expansivo, más «latino», añade, sonriendo -finamente: - ---Cuando hay dinero para gastar, ¿sabe usted?, cuando hay plata -abundante, nada es imposible. - -Me levantó al día siguiente a las seis de la mañana. No tenía prisa en -llegar a Monte-Carlo. La Costa Azul está lejos de los Estados Unidos, y -no pueden repetirse en ella los milagros de la prodigiosa actividad -americana. Llegaría de seguro antes que hubiese empezado el trabajo. - -Al entrar en Monte-Carlo notó una animación especial en sus calles, poco -frecuentadas a dicha hora. Los vecinos de la gran metrópoli de la ruleta -se levantan tarde. Todos han trasnochado junto a las mesas verdes, y el -Casino sólo abre sus puertas a las diez. Pero esta mañana los pocos que -iban por las calles se hablaban, señalando a lo lejos, como si ocurriese -algo extraordinario. Los había que desandaban su camino para volver a -casa y dar a los de su familia una noticia capaz de echarles fuera de la -cama. - -Cuando llegó mi automóvil a la plaza del Casino no pude contener una -admiración ingenua, semejante a la de los barrenderos montecarlinos, que -apoyados en sus escobas y palas formaban grupos, mirando ávidamente a un -lado y a otro. - -El orden de las horas del día estaba totalmente trastornado. El reloj -del Casino marcaba las seis y media; un sol adolescente empezaba a -remontarse sobre las palmeras de las terrazas que cortan el azul del mar -con sus columnatas obscuras... Pero al mismo tiempo eran las cinco de la -tarde, la hora del té. - -Vi la plaza ocupada por centenares y centenares de personas; tal vez -pasaban de mil; y todos, hombres y mujeres, iban vestidos con cierta -elegancia, como desocupados que pueden costearse la vida en Monte-Carlo. -Estas gentes entraban y salían en el Casino, paseaban en torno al -jardincito central de la plaza, llamado «el queso»; se sentaban en las -mesas del Café de París. Una orquesta funcionaba en la terraza de dicho -establecimiento. ¡Todo lo que se ve en este lugar, pero a media tarde o -al caer el sol!... - -El orden de los años también parecía invertido, lo mismo que el de las -horas. Era la plaza del Casino tal como yo la había visto durante la -guerra. Oficiales convalecientes paseaban, formando grupos. Varios -inválidos con gorra de cuartel tomaban el sol en los bancos. Toda esta -muchedumbre era fingida, o dicho con grosera exactitud, era una -muchedumbre «pagada». A espaldas del Gran Hotel de París había docenas -de camiones-automóviles de los que pasean a los excursionistas por la -Costa Azul. Este convoy de vehículos había traído de Niza la avalancha -humana que llenaba la plaza para evolucionar bajo las órdenes de -Crosland. - -Al aproximarse al Casino me fueron saliendo al encuentro los principales -personajes de _Los enemigos de la mujer_. Besé la diestra de una gran -señora que bajaba las gradas vestida lujosamente. Era la duquesa Alicia, -representada por la hermosa artista californiana Alma Rubens. Un -_gentleman_ puesto de frac se echó atrás las alas de su capa negra y -blanca para saludarme. Sólo podía ser el príncipe Lubimoff. Y reconocí -los ojos felinos y misteriosos, el gesto de Hamlet del gran actor -americano Lionel Barrymore, héroe de los teatros de Nueva York. -Igualmente fui reconociendo a muchos artistas célebres que había visto -en los films americanos y representaban ahora personajes de mi novela. - -Una fila de aparatos cinematográficos funcionaba, lo mismo que una -batería de ametralladoras, bajo las órdenes del operador Morgan, -compañero de Crosland. - -La figuración también resultaba extraordinaria. Era compuesta toda ella -de artistas que trabajan ordinariamente para la cinematografía francesa. -Entre estas damas y caballeros, descendidos ahora a una simple actuación -de figurantes, los había que están acostumbrados a ser primeros -personajes en los films hechos en Niza. - ---¡Estos americanos pagan tan bien!--dijo una de las varias señoras que -fingían tomar el té en las mesas exteriores del Café de París. - -Un joven protagonista de comedias francesas, que en esta obra era -simplemente «uno de tantos», me dio consejos: - ---Usted debe escribir muchas novelas que pasen en la Costa Azul, para -que los cinematografistas americanos vengan a trabajar aquí. Lo que más -me gusta en ellos es que pagan puntualmente. Yo he sido el héroe de dos -films hechos en comandita con otros camaradas, y aún no he cobrado un -céntimo. - -Los inválidos que paseaban o tomaban el sol eran inválidos de verdad: -artistas que estuvieron en la guerra, y ahora, con un brazo o una pierna -de menos, sólo pueden trabajar en una obra que evoque el recuerdo de la -pasada tragedia. Entre los oficiales, los había que llevaban con una -soltura marcial el uniforme; pero todos ellos, a pesar de la minucia en -los detalles, revelaban al actor que sabe cambiar de traje. - -Sólo un comandante parecía despegarse de los demás. Era verdaderamente -un jefe francés, enjuto de carnes, de perfil aquilino y bigotes blancos, -igual a Foch. Iba elegantemente enguantado y una barra de -condecoraciones cruzaba su pecho. Parecía un militar de verdad... Y -efectivamente lo era. - -Sus camaradas le llamaban siempre «comandante». Antes de la guerra era -oficial de la reserva. Se batió en numerosos sectores del frente y -obtuvo la Legión de Honor con los galones de comandante. En los films -franceses representa diversos personajes, pues es un actor de talento. -En _Los enemigos de la mujer_ nadie podía disputarle su papel de -compañero de armas de Martínez, el oficial español de la Legión -extranjera. Y no tuvo más que ponerse el uniforme propio para destacarse -de los otros militares, puramente cinematográficos. - -Durante varios días una parte del vecindario montecarlino cambió de -existencia. Muchas señoras se acostaron más temprano o acortaron su -sueño para levantarse a horas que una semana antes hubiesen juzgado -inauditas. - -Crosland, con su ejército de artistas y figurantes, fue trasladando a la -realidad todas las escenas de _Los enemigos de la mujer_ que se -desarrollan al aire libre. Trabajó en la plaza del Casino--en el -interior del edificio fue imposible--y en los jardines que descienden -hasta el Mediterráneo, formando terrazas. La Dirección del Casino sólo -podía tolerar este trabajo, en los lugares dependientes de ella, de las -seis a las nueve de la mañana. Luego había que dejar sitio a los -encargados de la limpieza, pues a las diez empiezan los juegos. - -Tuve que hablar con el gobierno del príncipe soberano para que -permitiese el trabajo de los artistas en la antigua ciudad de Mónaco. La -vida agitada de Monte-Carlo no llega hasta la tranquila capital -monegasca, que está enfrente, al otro lado del puerto. Para que la -policía del principado no estorbase nuestra labor en los hermosos -jardines de San Martino, en las inmediaciones del Museo Oceanográfico, -en la plaza situada frente al castillo-palacio de los príncipes, que -parece una decoración del Renacimiento, y donde nunca se toleró a los -cinematografistas, fue preciso que el ministro del Interior diese nada -menos que un decreto. - -No hay que sonreír. En los Estados pequeños resulta necesario hacer las -cosas con más ceremonia y gravedad que en los grandes. Lo mismo ocurre -en nuestra existencia. Un pobre debe observar en sus actos más dignidad -y mesura que un rico, si quiere verse respetado. Únicamente los -poderosos pueden vivir sin escrúpulos ni miramientos. Si un gobierno -pequeño, como el de Mónaco, no procediese con minucias y solemnidades, -la gente que llega de fuera, dispuesta a bromas y falta de respeto, -acabaría por atropellarlo todo. - -En estos días no escribí ni hice otra cosa que seguir a Crosland, -sirviéndole de intermediario, poniendo a su disposición todos los -conocimientos y experiencias que han podido proporcionarme varios años -de vida en la Costa Azul. El director y sus artistas me asombraron al -marcharse tanto como al llegar. - ---Terminaremos el próximo domingo--dijo Crosland. - -Volví a sentir dudas, lo mismo que la noche de su inesperada -presentación. Necesitaban, efectivamente, marcharse el domingo -inmediato. Debían meterse en el tren al anochecer e ir en línea recta de -Monte-Carlo al Havre para tomar al día siguiente el trasatlántico que -les llevaría a Nueva York. Pero ¡quedaba tanto por hacer!... - -Estos americanos, hombres y mujeres, después de trabajar desde la salida -a la puesta del sol, jugaban por la noche en el Casino o cenaban en -todos los restoranes de moda donde se baila, entregándose a la danza -hasta pasada media noche. Las cosas no podrían marchar como las había -planeado el director sobre el papel. Alguien caería enfermo. Iban a -surgir obstáculos inesperados. - -Empezó a llover, y siguieron trabajando. Algunos actores, efectivamente, -se sintieron enfermos, pero esto no les impidió continuar su vida -nocturna. Querían verlo todo, aprovechar bien su viaje a la Costa -Azul... Y ninguno dejaba de presentarse puntualmente a la hora del -trabajo: las seis de la mañana. ¡Qué disciplina y qué salud! ¿Cuándo -dormían estas gentes?... - -El domingo, al ocultarse el sol, aún trabajaban. Pero a la hora marcada -por Crosland todo quedó terminado. Algunos de los actores no tuvieron -tiempo para desnudarse, y subieron al tren vestidos como en _Los -enemigos de la mujer_. ¡Y en marcha para Nueva York de un solo tirón!... - -Luego he recibido centenares de fotografías representando los -«interiores» de la obra, las escenas interpretadas en los Estados -Unidos, con decoraciones portentosas, que hacen de este film algo -extraordinario. Hasta han reconstruido allá, con arreglo a los apuntes -que se llevaron, varios de los salones de juego más elegantes del -Casino. - -En la Costa Azul hay muchas damas que aún se acuerdan, con asombro y -delicia, del tiempo en que se levantaban a las seis de la mañana, -pudiendo contemplar la salida del sol. - -Algunas veces, al encontrarme en el Casino me hablan de este período -extraordinario de su existencia. - ---¿Para qué levantarnos ahora temprano? ¿Qué puede una persona decente -hacer a tales horas? ¡Solamente si viniesen otra vez los americanos para -hacer un film!... En tal caso, avísenos. - - - - -BIOGRAFÍA - - -[Illustration] - -Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia en enero de 1867. Fue abogado y -periodista, y dedicó buena parte de su vida a la política, en el seno -del partido republicano al que se afilió desde muy joven. Su vida -política fue turbulenta. La misma violencia con que, en sus obras, -denuncia las injusticias, el mismo lenguaje brillante y colorista con -que describe los paisajes de su tierra, surgen en sus panfletos -políticos, lo que hizo que fuera arrestado varias veces, y otras tantas -tuviera que exiliarse. - -En 1884 fue secretario del escritor Fernández y González en Madrid, pero -pronto se desligó de esta dependencia para dedicarse a la política, que -en la idea de Blasco significaba hacer triunfar la revolución. Sus ideas -y los violentos escritos que le inspiraron contra la corrupción de los -políticos locales y nacionales le obligaron a exiliarse en París en -1889, y no regresó a España hasta 1891. - -Ya en Valencia, se entregó por completo a la política, fundó el diario -_El Pueblo_, órgano del partido republicano, y fue procesado en diversas -ocasiones por campañas periodísticas. Fue diputado por su provincia en -siete legislaturas, y en 1909 renunció a su acta de diputado para -entregarse de lleno a una empresa que algunos han calificado de -descabellada y aun de criminal, pero que él emprendió convencido de que -saldría con éxito de ella: marchó a Sudamérica con seiscientos -campesinos para fundar en la Patagonia una colonia, a la que llamó -Cervantes, en la que se pondría en práctica algún proyecto de sociedad -socialista de los muchos que en aquella época se formularon. El caso es -que el ensayo salió bien, aunque cosechó poca comprensión por parte de -sus correligionarios. - -De vuelta en Europa, fijó su residencia en París en 1914, y puso su -pluma al servicio de los aliados en los que vio los defensores de la -democracia en aquella primera gran guerra. En recompensa el gobierno -francés le concedió la Legión de Honor, y al término de la guerra marchó -a Estados Unidos donde fue recibido triunfalmente, y fue nombrado doctor -_honoris causa_ por la Universidad Jorge Washington. - -Regresó a España, pero pronto se vio forzado a salir de ella, esta vez -para no volver, al advenir la dictadura de Primo de Rivera, en 1923. El -resto de sus días, hasta el 28 de enero de 1928 en que murió, los pasó -en la costa mediterránea francesa, rodeado del respeto y la admiración -de cuantos en el mundo conocieron su obra. - -No cesó, durante el exilio, de atacar duramente a los sucesivos poderes -que hubo en España y que no hicieron más que perseguir con métodos -siempre renovados todo aquello en lo que Blasco creía. - -Pasó así a engrosar la lista trágica de los españoles grandes y -humildes muertos en el destierro. - -Ésta es la biografía escueta de un hombre al que se ha presentado como -escritor de novelas violentas y sensuales, sin que para nada se hiciera -mención, por lo general, de su actividad como político. Como si su obra, -especialmente su obra primera, la que se suele apellidar «de ambiente -regional», hubiera nacido de la simple contemplación de la luz de su -tierra, o del capricho de su fantasía mediterránea. - -Sus ideas políticas, además de los encarcelamientos, procesos y -destierros, le abocaron a varios desafíos de los que en ocasiones -resultó gravemente herido. Y en medio de esta vida entregada a la -acción, Blasco aún encontró tiempo y energías para escribir una de las -obras más ambiciosas de la literatura española y para convertirse en el -único escritor español que ha podido vivir en el extranjero, -holgadamente, del producto de sus libros, y entre el respeto y la -admiración del mundo. - -Este aspecto de su vida se destaca aquí no por frivolidad, sino porque -después de haber tenido que pasar aquí, como tantos otros, por la cárcel -o el desprecio oficial, a causa de sus ideas; después de haber tenido -que vivir en el exilio--como tantos otros también--por expresarlas y -defenderlas; y después de que durante muchos años se ha pretendido hacer -de él un novelista de segunda, a causa también de sus ideas, ocultándolo -tras la etiqueta de «escritor costumbrista», para no reconocerle el -alcance real de sus ideas sociales, es hora ya de que el lector medio -abandone la idea que de Blasco se le ha querido imponer: la de un -escritor de tintas fuertes, de colores violentos y descripciones subidas -de tono, todo ello bajo el nombre académico de «naturalismo», y aprenda -a ver al verdadero Blasco Ibáñez. - -No es posible dar una lista de todas las obras de Blasco Ibáñez, pero -citaremos aquellas que, además de hacerlo famoso, lo han definido como -uno de los grandes novelistas contemporáneos. En primer lugar, y por -orden de aparición, sus obras de carácter social, como _Arroz y Tartana_ -(1894), _Flor de mayo_ (1895), _La Barraca_ (1898), _Entre naranjos_ -(1901), _Cañas y barro_ (1902), _La catedral_ (1903), _La horda_ (1905), -_La bodega_ (1905), _Sangre y Arena_ (1908), que son precisamente sus -obras mayores, junto a las novelas de la guerra _Los cuatro jinetes del -Apocalipsis_ (1916) y _Mare Nostrum_ (1918), y las históricas _Sónnica -la Cortesana_ (1901), _El Papa del mar_ (1925) y _A los pies de Venus_ -(1926), así como _La vuelta al mundo de un novelista_ (1925). - -En cualquier enciclopedia puede hallar el lector la lista completa de -sus otras obras. Lo que aquí se trata de destacar es precisamente la -seriedad y profundidad trágica, además de su compromiso social y -político, en un autor al que se le ha achacado sensualidad, -costumbrismo, luz y color, alegría mediterránea, y otros tópicos. Es -verdad que nuestro autor amó la vida y que gozó de ella cuanto pudo; es -verdad que en sus novelas la luz y el encanto de su tierra son -protagonistas silenciosos y constantes; es verdad también que Blasco -utiliza el color violento y los contrastes para atenazar al lector con -una acción tensa y un lenguaje vivo y brillante. Pero pretender que eso -y sólo eso es todo lo que Blasco ha aportado a la literatura y al -conocimiento de las gentes de su tierra, no es sólo ceguera, sino -injusticia, y hasta injusticia premeditada. - -Es, desde luego, menos arriesgado colgar en el haber o en el debe de la -«psicología» de un personaje o de una clase social lo que no son sino -consecuencias del ambiente en que se le obliga a permanecer, porque de -ese modo no hay que citar por sus nombres a los verdaderos responsables. -Como es más cómodo culpar a la tierra, al sol, o a la sangre caliente -por las reacciones violentas del campesino harto de padecer injusticias. -En cada una de las novelas citadas hay una denuncia que Blasco se atreve -a gritar. - -C. Ayala - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS DE LA COSTA AZUL *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for an eBook, except by following -the terms of the trademark license, including paying royalties for use -of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for -copies of this eBook, complying with the trademark license is very -easy. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. 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Un libro brillante que sorprenderá al lector por -<span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span>su calidad y su calidez humana.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span>  </p> - -<p class="nind"> -©1924, Blasco Ibáñez Vicente<br /> -©1924, Prometeo</p> - -<h2><a name="AL_LECTOR" id="AL_LECTOR"></a>AL LECTOR</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">T</span>ITULO este libro <i>NOVELAS DE LA COSTA AZUL</i> porque la mayoría de las -historias novelescas y los relatos descriptivos que lo componen tienen -por escenario la famosa y asoleada ribera mediterránea, conocida con -dicho nombre.</p> - -<p>Dos de las novelas desarrollan su curso más lejos, en la América del -Sur, pero me he atrevido a darles entrada en el presente volumen -pensando que su nacimiento justifica en parte tal intrusión, ya que en -<span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span>la Costa Azul fueron concebidas y escritas.</p> - -<h2><a name="Puesta_de_sol" id="Puesta_de_sol"></a>Puesta de sol</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A DUQUESA de Pontecorvo dejó su automóvil a la entrada de Roquebrune. -Luego, apoyándose en el brazo de un lacayo, empezó a subir las -callejuelas de este pueblo de los Alpes Marítimos, estrechas, tortuosas -y en pendiente, con pavimentos de losas azules e irregulares, -incrustadas unas en otras. A trechos, estas callejuelas se convertían en -túneles, al atravesar el piso inferior de una casa blanca que obstruía -el paso, lo mismo que en las poblaciones musulmanas.</p> - -<p>Todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora subía desde la -ribera del Mediterráneo para contemplar la puesta de sol sentada en el -jardín de la iglesia. Era un lugar descubierto por ella algunas semanas -antes, y del que hablaba con entusiasmo a sus amigas.</p> - -<p>Una vanidad igual a la de los exploradores de tierras misteriosas la -hacía soportar alegremente el cansancio que representaba para sus -ochenta años remontar las cuestas de estas calles de villorrio -medioeval, por las que nunca había pasado un carro, y que no se -prestaban a otro medio de locomoción que el asno o la mula.</p> - -<p>Tenía la duquesa la flácida obesidad de una vejez que se resiste a la -momificación, y sólo le era posible andar apoyándose en una caña de -Indias con puño de oro, recuerdo de su difunto esposo el duque de -Pontecorvo, mariscal de Napoleón III y héroe de la guerra de Italia -contra los austríacos. A pesar de la hinchazón de sus piernas, se movía -con cierta vivacidad juvenil, que delataba las impaciencias de un -carácter inquieto y nervioso.</p> - -<p>Su rostro guardaba los lejanos reflejos de una belleza majestuosa: una -belleza «estilo María Antonieta», como decían los aduladores de su -ancianidad; pero la nariz que había sido aguileña caía ahora sobre la -<span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span>boca con una pesadez grotesca, y sus ojos azules estaban empañados por -el lagrimeo de la decrepitud. Por debajo de su capota asomaban los rizos -de una cabellera blanca, excesivamente abultada para ser natural.</p> - -<p>En su persona, vestida de negro con aristocrática modestia, lo que -atraía inmediatamente la atención, lo que la hacía ser reconocida por -todos, era su collar, un famoso collar que sólo podía ser el de la -duquesa de Pontecorvo: millón y medio en perlas, según cálculo de los -entendidos.</p> - -<p>Tenía la forma ancha de los llamados «collares de perro», y al mismo -tiempo que deslumbraba como joya, servía de corsé al cuello, sosteniendo -y disimulando las blanduras de su piel. Por abajo intentaba ocultar un -manojo de tendones rígidos. Sobre su filo superior se desbordaban los -colgantes bullones de las mejillas, cuyo antiguo tono de rosa era en el -presente un morado lívido.</p> - -<p>Entró en la iglesia, desierta a estas horas, y el lacayo, abandonando su -brazo, quedó en respetuosa inmovilidad junto a una puertecilla lateral. -Esta abertura proyectaba sobre las baldosas del templo un rectángulo de -sombras azules, perforadas por redondas manchas de sol, iguales a -monedas de oro.</p> - -<p>El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer -sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por -la puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de -plantas, golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos, -desnivelados por el tiempo y las lluvias.</p> - -<p>Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre -nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del -majestuoso y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la -azul llanura del Mediterráneo.</p> - -<p>En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía -en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores, -enmarañándose hasta formar un matorral espinoso y perfumado; los -árboles, faltos de espacio, se apoyaban unos en otros, retorciendo sus -troncos; las flores silvestres disputaban el suelo a las cultivadas, con -una audacia agresiva de parásitas llegadas a capricho de los vientos; la -vida animal—hormigas, avispas y escarabajos multicolores—zumbaba o se -arrastraba en filas ondulantes a través de la reducida selva.</p> - -<p>La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama -inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en -desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que -avanzaban sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el -mar desde aquel balcón natural, a una altura de varios centenares de -metros; un Mediterráneo más<span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span> inmenso que el que contemplaba desde su -«villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de -los Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando -golfos, penínsulas y promontorios.</p> - -<p>A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí, -recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por -el sol poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco -de Mónaco, con la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de -Monte-Carlo, cubierta de palacios y jardines; y a los pies de ella, -obligándola a bajar los ojos, la península de Cap Martin, con la -«villa», entre copudos pinos, edificada por el difunto mariscal, duque -de Pontecorvo. En la misma península cubierta de árboles, que era como -un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su amiga y -protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras -viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el -enorme palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria -y de la minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la -tierra.</p> - -<p>Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus -espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas, -desde el cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que -ella había evocado ya en su imaginación. Permanecería allí una hora, -contemplando la lenta y dulce muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar -su melancólico aislamiento en este tranquilo jardín de cura, frente al -ocaso, que despierta los más suaves recuerdos del pasado y evoca lo que -fue y no volverá a ser, como una melodía dulce y moribunda, como un -perfume casi desvanecido.</p> - -<p>Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese -cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo, -perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la -muerte del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de -los lugares más hermosos de la tierra!...</p> - -<p>Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco -confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos. -Un hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso -paisaje, como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de -humo de su cigarro.</p> - -<p>Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de -protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente -sonrió, con una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso.</p> - -<p>—¡Oh, mister Baldwin!... ¡Qué agradable sorpresa!...<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span></p> - -<h3>II</h3> - -<p class="nind">Cuando de tarde en tarde el multimillonario John Baldwin venía a pasar -unas semanas en su palacio de Cap Martin—comprado desde Nueva York sin -conocerlo y guiándose por fotografías—, toda la atención de la Costa -Azul se concentraba en su persona.</p> - -<p>Desde Cannes a Mentón no existía un invernante superior a él, y eso que -siempre vivían en las «villas» y hoteles de la ribera mediterránea -varios monarcas destronados o en vacaciones, y algún presidente de -república hispanoamericana recién huido de su país en revolución.</p> - -<p>Las autoridades le escribían solicitando su apoyo para obras benéficas; -las sociedades le enviaban comisiones para saludarle, pidiéndole de paso -una subvención; los organizadores de conciertos y funciones teatrales -procuraban colocarse bajo su patronato.</p> - -<p>El poderoso millonario era semejante a Dios, que no se deja ver, pero se -hace sentir con sus obras. Los que entraban en su hermoso palacio salían -sin conocerle, mas rara vez dejaban de ser recibidos por uno de sus -secretarios, y éste desaparecía a las primeras palabras, volviendo luego -con un cheque en la mano.</p> - -<p>En contadas ocasiones, los que habían conseguido ver personalmente a -Baldwin lo señalaban a los demás en un paseo de Niza, en una de las -salas de juego de Monte-Carlo, o en un camino pintoresco de la montaña. -«Ése es el millonario Baldwin». Y la gente acogía siempre tal revelación -preguntando con extrañeza: «¿Ese viejo que tiene aspecto de pobre?...».</p> - -<p>Iba vestido con modestia. En sus <i>garages</i> de Cap Martin tenía varios -automóviles de las marcas más célebres; pero casi siempre iba a pie.</p> - -<p>Sus secretarios eran <i>gentlemen</i> de refinada elegancia. Al millonario le -complacía que lo tomasen por un servidor de ellos, apreciando el aspecto -señorial de sus empleados y sus ayudas de cámara como un reflejo de su -propia grandeza.</p> - -<p>Cuando las gentes querían describir el poder de este hombre de aspecto -humilde y poco dispuesto a aceptar las manifestaciones de la pública -admiración, decían simplemente: «Es el hombre más rico de la tierra». -Los que estaban versados en los negocios afirmaban con un temblor de -emoción: «Es un señor<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span> que siempre tiene inmovilizados en su cuenta -corriente sesenta millones de dólares, no sabiendo qué hacer de ellos». -Y era verdad.</p> - -<p>Si le hablaban de esta riqueza inactiva, en las contadas reuniones a que -se dignaba asistir, respondía con un gesto de cansancio. El dinero le -abrumaba: ¿qué podía hacer con él? Le era imposible colocarlo en -negocios que fuesen más fructuosos que los suyos. Y como sus empresas -industriales y mineras no podían desarrollarse más, ni exigían nuevos -capitales, la mayor parte de sus enormes ganancias se iba amontonando en -forzosa improductividad.</p> - -<p>La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap -Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja, -famosa en otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era -célebre en el mundo entero.</p> - -<p>Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después -de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes, -para seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un -presidente de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora -los señores del mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su -vejez, por haber dado a sus hijos la mayor parte de su antigua fortuna, -teniendo que soportar una «pobreza dorada», que sólo le permitía -abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap Martin, experimentó -como todos un respeto irresistible hacia este potentado de los tiempos -presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al reconocer -en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!».</p> - -<p>Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la -iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son -jóvenes y temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía -verlo mejor al aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo -verdoso a las personas y los objetos.</p> - -<p>Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se -mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que -los dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una -espada de buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor -atlético, pero los años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese -acartonamiento que repele los asaltos de la enfermedad y retarda el -triunfo de la muerte.</p> - -<p>Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de -él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme -su cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo -mismo que un fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La -mandíbula inferior, saliente y<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span> poderosa en la juventud como un -testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado -exageradamente en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la -dinastía austríaca.</p> - -<p>Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en -esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su -belleza muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón -fuerte habían sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que -desconcertaba a los hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus -pupilas, dotadas de una tenacidad imperturbable, habían influido en la -marcha de los sucesos. Pero ahora, estos ojos, que muchas veces fueron -duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado, acariciando con una -mirada fríamente mansa las personas y las cosas.</p> - -<p>Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su -grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta -deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro.</p> - -<p>Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia -en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia -de Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él.</p> - -<p>—Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he -sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso!</p> - -<p>Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo -a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones -de los Alpes.</p> - -<p>A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos -automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El -ferrocarril que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían -como escapados de una caja de juguetes. Estos movimientos de actividad -entre las poblaciones a orillas del mar no iban acompañados de ruidos -para los dos ancianos sentados en la altura. Las máquinas arrojaban -vapor y rodaban guardando un absoluto silencio. En cambio, el tintineo -de las esquilas de un rebaño de cabras que pastaba al pie del jardín -hacía temblar con una vibración melancólica el cristal del cielo -vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin reflejos, -más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las horas -meridianas.</p> - -<p>—Sí, muy hermoso—contestó la duquesa.</p> - -<p>Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad -del atardecer.</p> - -<p>—Es una desgracia—continuó Baldwin—que haya que llegar a la vejez -para conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede -ofrecernos.<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span> Durante la juventud, las preocupaciones y las ambiciones -nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres que -si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y -venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin -contempla el mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos -de inteligencia para la vida ordinaria, que se divierten haciendo -versos.</p> - -<p>La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que -su acompañante quería decir.</p> - -<p>—Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para -gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un -hombre; además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para -las cosas sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a -usted más la Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las -Tullerías.</p> - -<p>Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se -interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció -revivir. ¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia, -por habérselo oído mencionar en una reunión!...</p> - -<p>Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las -cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a -los hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del -agradecimiento, habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo -antiguo.</p> - -<p>Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos; -pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces.</p> - -<p>—Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas -cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce -verdaderamente lo que ocurre en su interior.</p> - -<p>Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de -los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por -primera vez.</p> - -<p>La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la -emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las -bellezas juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del -palacio de las Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la -emperatriz quiso casarla con alguno de los personajes de su corte, y el -que mostró más interés por ella fue un mariscal que acababa de recibir -el título de duque de Pontecorvo por una victoria conseguida en la -guerra que sostuvo Napoleón III contra los austríacos.</p> - -<p>No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y -caracteres<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> entre ella y el rudo soldado que había sido su esposo. Pero -la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias entre -ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida.</p> - -<p>Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los -personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió, -agobiado por la ruina del emperador y los desastres militares de 1870, -dejando a su viuda con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido -a su vez nuevas familias, llevándose la mayor parte de la herencia -paterna, y la vieja dama acabó por escaparse de un París que ya no era -el de su juventud y la entristecía al hacer revivir sus melancólicos -recuerdos.</p> - -<p>Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el -resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de -esplendor. Esto lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza, -viviendo al mismo tiempo entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde -en tarde su protectora y parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y -ambas, vestidas de luto, hablaban de los amigos difuntos. Ahora acababa -de morir Eugenia, haciéndola pensar este suceso en el corto plazo que le -concedía la vejez para seguirla. De su pasado esplendoroso sólo había -guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus antiguas glorias, y -despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza.</p> - -<p>—Dice usted bien, mister Baldwin—continuó—. La vejez tiene sus -placeres y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis -tiempos mejores: la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he -reducido de tal modo, que no sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no -tiene las alegrías vehementes de otros tiempos, pero tampoco sus dolores -y sus inquietudes. No se conoce en ella lo que llamamos de jóvenes el -amor; pero se encuentra la amistad, que es casi siempre algo más firme y -duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las inquietudes que sufre -una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos! Hay que vivir -en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza; todo -hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la -existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual -rondan incesantemente los enemigos...</p> - -<p>»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no -conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En -realidad, a nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay -compañeros. Al perder importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros -todas las cosas inmateriales que llevamos dentro y llamamos alma.</p> - -<p>»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes,<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span> -recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio de envidia. Luego me -arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su vez; llegarán -adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la -tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos -preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves, -pero inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame, -mister Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después -de haber trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo -mismo que yo.</p> - -<p>El millonario repuso melancólicamente:</p> - -<p>—¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!...</p> - -<p>La duquesa, que hasta entonces había hablado con una viveza juvenil, -bajó la mirada, contestando con una voz igualmente triste:</p> - -<p>—Es verdad... ¡Ay, la muerte!</p> - -<h3>III</h3> - -<p class="nind">Hubo un largo silencio. El célebre Baldwin lo cortó para expresar en -alta voz todo lo que había pensado mientras escuchaba a la duquesa.</p> - -<p>También en su existencia era rudo el contraste entre el pasado y el -presente, pero no sentía desesperación al darse cuenta de su inercia -actual, después de una vida tan activa, que los más grandes negociantes -de la tierra habían acabado por admirarle como el tipo perfecto del -hombre de acción.</p> - -<p>Su existencia ya no tenía un motivo justificante para continuar su -desarrollo. A John Baldwin no le quedaba papel en la vida. ¿Qué más -podía intentar después de lo que llevaba hecho?... Y sin embargo, seguía -viviendo, porque la razón de la existencia humana se encuentra más allá -de los cálculos y las conveniencias de los hombres.</p> - -<p>—Usted, duquesa, no puedo darse cuenta exacta de lo que son mis -negocios y hasta dónde han llegado. Como todo el mundo, sabe usted que -soy muy rico; pero la palabra «rico» no puede abarcar toda la enormidad -de mi riqueza. Para que yo me arruine es necesario un cataclismo que -suprima la mayor parte de la humanidad civilizada. Tengo que limitar el -rendimiento de mis minas y de mis fábricas, porque no quiero ser más -rico. Dejo improductivos capitales enormes y desprecio negocios seguros, -porque tengo de sobra el dinero y huyo de él.</p> - -<p>»Todo lo he sido, y lo que no fui en el pasado puedo serlo mañana mismo -si<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span> lo deseo. Pero ninguna de las cosas que tientan a los hombres puede -atraerme ahora que soy viejo y mi inteligencia conoce la inutilidad de -las vanidades humanas. No tengo hijos, y mi principal ocupación es -pensar en qué podré invertir mi riqueza para que sirva de algo después -de mi muerte.</p> - -<p>»He fundado museos, bibliotecas y universidades. Doy mi dinero para -establecimientos de caridad, aunque mi razón no me permite creer en la -eficacia de la caridad. Pero esto no importa; como en algo he de -invertir mi riqueza, la esparzo sin reparar en los pretextos que invocan -los que me la piden. Estoy cansado de comprar cuadros y de fomentar la -publicación de libros. También me fatiga el subvencionar descubrimientos -científicos o inventos mecánicos. ¡Grandes cosas cuando se tiene el -entusiasmo de la juventud y se cree en el porvenir! Pero ahora soy -incapaz ya de entusiasmo, y en cuanto al porvenir...</p> - -<p>Quedó silencioso largo rato el multimillonario, y al fin dijo con una -voz triste y rencorosa:</p> - -<p>—Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los -negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de -la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en -un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una -cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una -garantía de que vivirán cuando yo no viva.</p> - -<p>«¡Ah, canallas—me digo—, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto -me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa -admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil -millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a -cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.</p> - -<p>»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en -añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los -jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir -veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia -alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos -más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he -influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas -mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no -conseguiría esos veinte años.</p> - -<p>Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.</p> - -<p>—Todo lo he sido, todo lo he tenido—continuó—, y por eso mismo la -vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero -vivir, y me<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span> irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi -existencia a pesar de mis riquezas.</p> - -<p>»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo -la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba -obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de -las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son -realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en -otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba. -Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo -la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto -a través del cuerpo de todos los que le rodean.</p> - -<p>»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el -triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi -fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no -experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé -que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una -fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y -empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi -victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que -conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino. -¿Qué me queda que hacer en la vida?...</p> - -<p>La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle -de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo -al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes. -Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído, -dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además -inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de -confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el -ambiente melancólico del atardecer.</p> - -<p>—Nada espero—continuó—, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir. -La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo -en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una -ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano, -las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más -allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance. -¡Qué cosa triste es la muerte!...</p> - -<p>»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y -miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las -proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en -nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la -muerte, en nuestra ancianidad,<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> podemos verla tal como es y darnos -cuenta de la miseria de nuestro destino.</p> - -<p>»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto -para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de -miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la -envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede -consolarme a mí, que he triunfado y puedo seguir triunfando?...</p> - -<p>»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la -restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará -mañana, y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo -después de su muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la -ignorancia humana, nos afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto -de un modo palpable a los que no tienen la ceguera de la fe?...</p> - -<p>»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A -continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad -el renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es -lo que hay después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que -ven nuestros ojos es que el organismo se deshace y desaparece, dejando -un pálido recuerdo y un nombre que sólo dura unos cuantos años... Y -después, la nada.</p> - -<p>Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a -hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía -por el horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo -una faja de oro sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de -peñascos parecían arder, como si transparentasen un incendio interior.</p> - -<p>El millonario señaló el sol con su bastón.</p> - -<p>—Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá -resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan -esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los -grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el -último episodio de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que -encontrarán media hora después... Lo terrible es saber que nuestra -muerte no tiene remedio, ni puede repetirse. Morimos una vez nada más, y -para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo tiempo que otros -llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de su -juventud.</p> - -<p>»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado -su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud -insolente que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente -viejos y ven venir la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos -menos felices; todo está<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> desarreglado en la existencia, y los viejos -morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más -cruel.</p> - -<p>La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le -inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad -con que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas, -murmurando un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de -ciertos amores entre gente joven que eran motivo de comentarios a la -hora del té?... Le parecía de mal augurio hablar tanto de la muerte. -Cuando se es viejo no hay que acordarse de ella. Sabe venir sola y no -debe nombrársela, pues puede creer que la llamamos...</p> - -<p>Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las -grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de -soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio. -El americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el -suelo, a impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino.</p> - -<p>—Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un -loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez -es una simple combinación del azar, y así se explica su absurdo -funcionamiento. De jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la -conquista de la riqueza o de la gloria, y para realizar nuestras -ilusiones consumimos la frescura de los primeros años y volvemos la -espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al ser viejos, y cuando -poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos de qué pueden -servirnos...</p> - -<p>Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de -acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las -correcciones que necesitaba el actual orden de la vida.</p> - -<p>Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en -los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez -eran al principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas -repugnantes trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En -cambio, al final llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en -mariposas vestidas de sedas multicolores, que revoloteaban sobre los -jardines para alimentarse con néctares florales, y cuando morían era en -medio de una embriaguez primaveral, en pleno éxtasis de amor.</p> - -<p>Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se -batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que -había triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo -tenía veinticinco años y<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> vagaba por la parte baja de la ciudad de Nueva -York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura -de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría -podido gozar verdaderamente de su triunfo.</p> - -<p>—¡Pensar, duquesa—continuó—, que pasé años enteros sin ver la luz del -día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las -mismas horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la -primavera para los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para -suplir en ciertos casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso -sobre cualquiera de esas cumbres peladas que vemos desde aquí; podría -conseguir que mujeres iguales a las que me hacían temblar de emoción en -mi juventud se interesasen actualmente por mi decrépita persona. ¡El -poder del dinero es tan grande para los que no lo poseen y lo -necesitan!...</p> - -<p>»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el -engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en -plena juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe -decisivo. Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando -sentimos las pasiones con más intensidad que en la adolescencia. El -primer diente que se cae, los primeros cabellos que se marchan, anuncian -que empezó ya la evolución de nuestra muerte. Pero somos ciegos y -sordos. Poseemos la esperanza, compañera que sólo nos abandona en el -momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos convencidos de que no -podemos morir.</p> - -<p>»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que -esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana, -y el tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los -demás mueran, pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se -imagina que esta desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo -esto, no quiero morir, y hago planes diariamente basados en lo futuro, -como si contase con una vida infinita. Somos sordos para la muerte, y -sin embargo, hablamos de ella a todas horas.</p> - -<p>»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían. -Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de -nuestra existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les -entenderán los jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas -generaciones y generaciones de esta humanidad que basa en la muerte sus -creencias religiosas y continúa viviendo sin querer convencerse de que -existe la muerte mientras goza de salud.</p> - -<p>La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la -ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador -hizo un gesto de<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span> asentimiento.</p> - -<p>—Esa dulce mentira—dijo—es necesaria para que continuemos nuestra -existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres -que parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese, -duquesa, que a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un -deseo que me ha devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome -fuerzas para seguir adelante!...</p> - -<p>Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió -cómo era él cuando tenía treinta años.</p> - -<h3>IV</h3> - -<p class="nind">La guerra de Secesión le había hecho perder un tiempo precioso para sus -negocios, pues por entusiasmo se convirtió en soldado. Luego ganó sus -primeros miles de dólares y quiso viajar por Europa. Estuvo en el París -de los últimos años de Napoleón III y visitó la famosa Exposición que -fue como un resumen de la gloria imperial antes de que llegase la -catástrofe.</p> - -<p>—Entonces, duquesa, la vi a usted por primera vez, cuando todo París se -ocupaba de su hermosura, de su lujo y sus fiestas.</p> - -<p>—¡Oh, mister Baldwin!—interrumpió la anciana, conmovida por esta -revelación—. Debió usted haberse hecho presentar. ¡Hubiera tenido tanto -placer en conocerlo de joven!...</p> - -<p>Sonrió el mayor de los ricos del mundo con una expresión de -incredulidad. Se mostraba regocijado por la hipótesis de que él podía -haber asistido en aquella época a las fiestas de la duquesa de -Pontecorvo, como si esto le pareciese altamente grotesco.</p> - -<p>—El Baldwin de entonces, aunque joven y vigoroso, resultaba menos -presentable que el viejo que conoce usted ahora. Era un pobre que estaba -educándose a sí mismo, y acababa de hacer la guerra en un país cuyas -costumbres han progresado mucho desde entonces. Sus maneras eran -bruscas; tenía las manos deformadas por el trabajo... No; el John -Baldwin de entonces hubiera hecho un mal papel en los salones de usted. -Sólo le correspondía quedarse al borde de la acera, entre la muchedumbre -de las fiestas de la Exposición, aguardando el paso de la comitiva -imperial para ver en un landó, detrás de la emperatriz, a la duquesa de -Pontecorvo, que estaba entonces en lo mejor de su juventud y su -belleza.<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span></p> - -<p>—¡Oh, mister Baldwin!—suspiró otra vez la anciana, mirando al suelo, -al mismo tiempo que la lividez de sus mejillas se extendía por el resto -de su cara, sustituyendo al rosa del antiguo rubor.</p> - -<p>Siguió hablando el americano.</p> - -<p>—Desde entonces la conozco, y jamás la olvidé. Todos, para vivir, -necesitamos poner los ojos en una altura, y cuanto más inaccesible, -mejor, pues de este modo se pueden conservar intactas las ilusiones que -depositamos en ella. Para mí, esta cumbre fue usted. Estamos en una -edad, duquesa, que nos permite decirlo todo, sin las timideces de la -adolescencia.</p> - -<p>»Durante mi época de peligros y trabajos, concentré toda mi ambición en -realizar tres deseos, como resultado de mi victoria. Quería poseer un -palacio rodeado de un parque inmenso, y un yate con el que pudiese -navegar por todos los mares de la tierra... Mi tercer deseo, o mejor -dicho, el primero, por resultar más vehemente que los otros dos, fue -conseguir una mujer igual a la duquesa de Pontecorvo, o ella misma, pues -la vida ofrece a veces limosnas inesperadas con las que uno no se habría -atrevido nunca a soñar.</p> - -<p>»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer -igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están -inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi -deseo de correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a -conseguir en toda su existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo.</p> - -<p>—¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?—volvió a repetir la voz -conmovida de la anciana.</p> - -<p>—Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado -siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un -hombre de mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas -empresas y le queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales. -Pero le juro que en los raros momentos de descanso, cuando evocaba el -pasado y las ilusiones de la juventud, lo primero que surgía en mi -memoria era el recuerdo de usted.</p> - -<p>»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer -tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido -la ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para -seguir avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi -triunfante. Ya era viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos -se habían casado; tenía nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir -la única ilusión que quedaba en pie dentro de mí?...</p> - -<p>Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés, -haciendo<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span> un esfuerzo mental para adivinar cómo habría sido el americano -en los tiempos remotos de su juventud.</p> - -<p>—¡Oh, mister Baldwin!—volvió a decir—. ¿Por qué no se dio usted a -conocer entonces?</p> - -<p>Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus -pensamientos, expresándolos en voz baja.</p> - -<p>—Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros -tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de -entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero -de París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos. -¡Si usted viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha -transcurrido el tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando -no interesan, hacen reír por sus adornos grotescos cada vez que se las -ve en un retrato viejo. En cambio, a la mujer amada nos la imaginamos -siempre con el traje que vestía cuando la vimos por primera vez, y -aunque luego cambien las modas, nunca nos parecen tan interesantes como -las de entonces. Yo contemplaré siempre a la joven duquesa de Pontecorvo -con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la emperatriz Eugenia y -las otras damas elegantes de la corte imperial. No la puedo ver de otro -modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy pocas mujeres -lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor tuvo -el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y -que nunca conoció el otro.</p> - -<p>—¡Oh, mister Baldwin!—repitió la vieja con una voz temblorosa, como si -fuese a llorar—. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que -me dice ahora?...</p> - -<p>El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la -realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del -millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia -inaudita de un extranjero desconocido, pobre y rudo.</p> - -<p>Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó -en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre -astral que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro -vespertino. Por el lado de Italia el azul del cielo se mostró más -intenso y obscuro, siendo punzado a trechos por los fulgores de nuevas -estrellas.</p> - -<p>El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar, -estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja -señora,<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span> impresionada aún por las palabras de su acompañante, permaneció -insensible a este cambio de temperatura, que en otro atardecer la -hubiese hecho huir hacia su automóvil.</p> - -<p>—¿Por qué no habló usted a tiempo?—repetía—. ¿Por qué no me dijo -entonces esas palabras tan interesantes?</p> - -<p>Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde -hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la -necesidad de confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde -que encontró en Cap Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta -revelación, y tal vez por esto la había buscado en el jardín de la -iglesia. Pero una vez descubierto el misterio, no había por qué -recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a los muertos!</p> - -<p>La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se -agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la -muerte, que la iba arrastrando ya en su corriente.</p> - -<p>Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de -medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas -de la boca del hombre más poderoso de la tierra!...</p> - -<p>Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el -jardín.</p> - -<p>—Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí.</p> - -<p>Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte.</p> - -<p>—El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero -nosotros!...</p> - -<p>La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar, -golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón.</p> - -<p>No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de -lo que lo rodeaba.</p> - -<p>Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!...</p> - -<p>Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras -una voz temblorosa iba repitiendo:</p> - -<p>—¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo -lo que me dice ahora?...<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span></p> - -<h2><a name="La_familia_del_doctor_Pedraza" id="La_familia_del_doctor_Pedraza"></a>La familia del doctor Pedraza</h2> - -<h3>I</h3> - -<p class="nind">—Yo también—dijo Serrano—conocí, como algunos de ustedes, al doctor -Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los -restoranes de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite -llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo -diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.</p> - -<p>Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no -vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización, y -roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando -desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas -productivas.</p> - -<p>La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la -capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a -hacerme más préstamos, dudando del éxito de mi colonización, tuve que -buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco -Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos -directores de este establecimiento, dependiente del gobierno, podría -pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando -mi prestigio financiero, y terminaría igualmente los trabajos de -roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.</p> - -<p>Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi -propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario. -No era empresa fácil ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado -allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países -americanos de habla<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span> española.</p> - -<p>Todo lo que tiene una relación más o menos lejana con el gobierno debe -desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los -negocios con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que -se ha hecho algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda -oficina pública le responden a usted ordinariamente: «Vuelva mañana»; y -este mañana, que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o -tarda años.</p> - -<p>Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto -de protectores, y que además no estaba casado con una señora del -país—alianza que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de -la antigua tribu—, tuve que oír muchas veces «Vuelva usted mañana» y -esperar semanas y semanas en las oficinas del Banco Hipotecario a que -llegase mi «mañana», o sea la concesión del préstamo.</p> - -<p>Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho -Banco, vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna -de su protectora conversación.</p> - -<p>Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan -y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado «doctor», no -porque fuese médico, sino por ser abogado.</p> - -<p>Desde Texas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son -tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las -repúblicas de la América que podemos llamar de arriba, los titulan -simplemente «licenciados», y abajo, en la Argentina y otros países, -«doctores».</p> - -<p>He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla, una súplica dirigida al -rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires pidiendo que -fuesen enviados a la ciudad naciente hombres de todas las profesiones, -menos abogados, por ser la tal carrera nociva para la paz y la -prosperidad de un país. Estos colonos de hace tres siglos adivinaron con -prodigiosa anticipación las futuras calamidades de su patria. Hay quien -asegura que si en la Avenida de Mayo o la calle Florida—lo más céntrico -y concurrido de Buenos Aires—alguien grita en plena tarde: «¡Doctor!», -cincuenta transeúntes se detienen al mismo tiempo y vuelven la cabeza -creyéndose llamados. Algunos van más lejos, y afirman que si el grito se -repite varias veces pueden ser tantos los atraídos por él, que la -circulación quede interrumpida. Pero esto último no debe ser tenido, en -mi opinión, por rigurosamente exacto.</p> - -<p>Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como -tantos<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span> otros doctores de su país, era un abogado de lujo que nunca -había ejercido su profesión, y cuando tenía que acudir a los tribunales -por asuntos propios buscaba el auxilio de algún colega con «estudio» -abierto. El título de doctor es como una distinción nobiliaria en -aquella tierra de régimen democrático, crisis periódicas y riqueza -incesantemente renovada, que surte a una gran parte de la humanidad de -panecillos y biftecs.</p> - -<p>El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios, lo mismo que muchos -argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado -una cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor -sustituto; luego ocupó varios cargos políticos en la provincia de Buenos -Aires, llegando, finalmente, a ser diputado nacional. Pero su palabra -reposada y majestuosa, que se detenía, abriendo largas pausas, para -cazar las expresiones más retorcidas y sonoras, no aspiraba a los -triunfos parlamentarios. Su posición social y las necesidades suntuosas -de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible obtenerlo -honradamente dedicándose en absoluto a los negocios.</p> - -<p>Compraba campos—las más de las veces sin conocerlos—y los vendía, -valiéndose para sus enormes transacciones de las cantidades que le -prestaban los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una -rica estancia heredada de sus padres y otra no menos importante que su -esposa había aportado como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba -casi todos los días en la crónica social de los diarios de Buenos Aires; -«un exponente representativo de la alta vida del país», como decía él -con su lenguaje rebuscado.</p> - -<p>Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud, tenía la gallarda soltura -de miembros de todos los hombres de allá criados en las estancias, que -aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que -ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una -tierra donde los destetan de niños con carne asada.</p> - -<p>Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes, -cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía -sus primeros impulsos amorosos hacia la que después fue su esposa. -Siempre vi sus pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un -encierro de brillante charol. Nunca le encontré, a partir de las -primeras horas de la tarde, que no vistiese chaqué y llevase sobre la -corbata una perla que parecía caída del turbante de un rajá. Jamás, al -extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de encontrar al doctor -Pedraza puesto de <i>smoking</i>, si iba a comer con los amigos en el Jockey -Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro Colón.</p> - -<p>Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las -reglas<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span> que debe observar todo <i>gentleman</i> en uno u otro hemisferio de -la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y temible -en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los -caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.</p> - -<p>Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su -persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la -más pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa, -para gustar a su mujer, para que le admirasen sus niñas con esa -satisfacción orgullosa que siente toda joven cuando contempla las -elegancias y seducciones del género masculino a través de su padre.</p> - -<p>Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le -inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes -que el hombre que les voy describiendo fue un héroe más grande que los -héroes de la guerra o de la ciencia. Éstos mueren por la gloria, -orgullosos de su muerte y ganosos de que todos la conozcan.</p> - -<p>Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese -sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.</p> - -<p>Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir -escuchándome.</p> - -<h3>II</h3> - -<p class="nind">Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en -el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de -esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o -la forma de la propiedad.</p> - -<p>Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las -menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y -sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.</p> - -<p>Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a -causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego. -Una llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos -incansables, había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras -tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para -remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna, -llevaban una existencia de sobriedad monjil.<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span></p> - -<p>Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas, -los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso -privilegio de las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas -brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta -sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica, -modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera -de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres «malas», para las -criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que danzar en torno -a la llama que acaba por quemarlas.</p> - -<p>La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos -ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para -discurrir con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el -lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la -limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.</p> - -<p>Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que -significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que -procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y -despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.</p> - -<p>—Si nuestros maridos o nuestros padres—dijeron muchas—desean -arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos -vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se -aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los -refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que -cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su -locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las -profesionales y tengamos sus mismas exigencias...</p> - -<p>Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten -iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la -señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener -por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en -la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una -religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.</p> - -<p>Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a -Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces», -como la afición exagerada al baile, como los <i>jazz-band</i> y tantas cosas -contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia -americana para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa -esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó -en su período histórico una excepción, y de ningún modo algo general y -corriente, como en nuestros tiempos.<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span></p> - -<p>El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano -de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo -arruinaron su mujer y sus hijas».</p> - -<p>Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos -míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener -el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de -ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes -era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas, es decir, en -algo duradero y que representaba un capital guardado en reserva. Un -hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando -en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo -terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y -plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de -años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues -carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras -preciosas.</p> - -<p>Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus -pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros -napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres -de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una -consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo -llevaba unas horas nada más, y lo regalaba luego a su doncella. -¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...</p> - -<p>Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los -indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos. -Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la -divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no -necesitaba más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne, -a escuchar los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por -su amigo Chateaubriand.</p> - -<p>Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva -vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y -lo mismo ocurre con el sombrero, los zapatos, etc. Además, la pobre -Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas -cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué -atraso!... Una mujer chic cambia ahora ritualmente de vestido tres veces -al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer la -deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos llevando -las mismas ropas.</p> - -<p>Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Saba y -devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los -libros al<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span> describir la vida de París de hace medio siglo, son ya -personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la -imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la -plaza Vendôme, a los modistos de la <i>rue de la Paix</i> y demás proveedores -del lujo femenino; pregúntenles por las «artistas» de costumbres ligeras -y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y verán -cómo tuercen el gesto:</p> - -<p>—Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos -convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que -las protejan. Únicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá -llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con -bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos. -Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de -señoras decentes; de mamás y de niñas. Ésa es la verdadera clientela de -nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el -dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura -marchan ahora del brazo con la moral.</p> - -<p>Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta -franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los -veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores -más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a -proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna -comediante joven y de buen rostro.</p> - -<p>La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación -del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que -su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna -privación en sus deseos de lujo.</p> - -<p>Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas -aristocráticas publicados por los diarios a «la distinguidísima señora -de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas», sentía la misma emoción -de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve -elogiadas sus obras.</p> - -<p>Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas -estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta -admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas -sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los -asuntos concernientes a la familia. Él, para los negocios, para ganar -dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con -«distinción».</p> - -<p>No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio -siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros -nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre -de numerosa<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la -primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de -sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba -todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta -por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por -ellos.</p> - -<p>Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a -una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser -considerado como «guarango». Se estremecía de orgullo al declarar que -todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se -preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil -leguas oceánicas. Cuando llegaban las comisionistas de la <i>rue de la -Paix</i> a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel -sus modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a -«Madame Pedraza». Contaban con ella como gran compradora, y además sus -gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente.</p> - -<p>Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al -conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:</p> - -<p>—Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.</p> - -<p>Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se -apresuraba a añadir:</p> - -<p>—Dieciocho hijos tiene una hermana mía, y los más de ellos son varones.</p> - -<p>Esto resulta natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un -habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la -cría de sus reses, en las ciudades las esposas se afanan por aumentar el -número de ciudadanos.</p> - -<p>Además, amigos míos, aquellas mujeres, que llevan en sus entrañas el -porvenir de su país, son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud -de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos -de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre -para ser extremadamente delgadas. «Hay que conservar la línea». Pero a -pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no -pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus -antecesores los centauros de la Pampa. Parecen, por lo flacas, que -acaban de salir de una ciudad sitiada o de un trasatlántico con averías -en alta mar que obligaron a los pasajeros a someterse a media ración. -Pero que la moda les da permiso para comer, y renacerán esplendorosas, -como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.</p> - -<p>Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a -su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las -peticiones de<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span> doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni -escrúpulos en sus gastos para sostener, como ella decía, «el prestigio -de la familia». Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las -cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno -de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y -a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las -fiestas de sociedad, y el llamado «gran mundo» se ve y se habla durante -los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su -servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de -«negocios», para el señor, y otros dos, que empleaban la señora y las -niñas para visitas o excursiones.</p> - -<p>Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su -«escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las -que llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin -hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de -cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.</p> - -<p>Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una -demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el -doctor creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta.</p> - -<p>—Soy de los Pérez Zurrialde—declaraba doña Zoila con orgullo en -determinados momentos.</p> - -<p>Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de -ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez -Zurrialde».</p> - -<p>Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder -explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces. -Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, -héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos -no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más -distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos -predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del -país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su -inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos, -emparentándose solamente con sus allegados.</p> - -<p>Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su -voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de -un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. -¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el -bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de -América, el mayor signo de distinción y bienestar era<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span> tener tienda -abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias -linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas -tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que -representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y -la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que -vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto: -«Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había -alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de -Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de -su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo -y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los -tiempos.</p> - -<p>Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente -reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia -persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.</p> - -<p>Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un -marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias -elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la -sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer. -Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e -invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una -señora, casada y madre.</p> - -<p>Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus -vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es; -pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o -admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al -tiempo.</p> - -<p>—Pero usted—le dijo un europeo—gasta una fortuna en vestidos todos -los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo -digan.</p> - -<p>La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso -sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los -hombres.</p> - -<p>—Entonces—siguió preguntando el curioso—, ¿para qué viste usted con -tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...</p> - -<p>Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como -apiadada de su ignorancia:</p> - -<p>—Para dar envidia a mis amigas y que rabien.</p> - -<p>III<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span></p> - -<p>Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala -del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de -empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando -hablé por primera vez con el doctor Pedraza.</p> - -<p>Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco -Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un -papel de esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de -familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa -herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente -tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones -de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado. -Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, -tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una -catástrofe. Y como los directores del tal Banco desean mantener incólume -el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que -procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus -operaciones como si aún vivieran en la época colonial.</p> - -<p>Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero -ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas -nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de -América vagas ideas, necesitaban largos informes y repetidas -exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible -una depreciación de la hipoteca.</p> - -<p>El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre -vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del -despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para -que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no -obstante mi larga espera.</p> - -<p>—Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado -nacional.</p> - -<p>Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo -mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las -oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, -le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus -primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala -cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba -hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo -informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera -nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las -confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo -optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a -las<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> oficinas.</p> - -<p>El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus -pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba -mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran -propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, -operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de -muchos centenares de miles de pesos.</p> - -<p>Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el -doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y -deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga -aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se -compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo -comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en -tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel -país.</p> - -<p>Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero -de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.</p> - -<p>Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza -las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo -argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser -elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, -exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose -una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. -Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las -tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento -rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin -cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en -su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.</p> - -<p>—Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...</p> - -<p>Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos -Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial; -aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; -calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan -llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que -riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.</p> - -<p>—Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban -del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas -cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia -escarbando el<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span> suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi -«petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también -iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros -públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, -y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No -tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo -que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros -como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es -cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que -parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo -soñado.</p> - -<p>Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una -de sus miradas bondadosas.</p> - -<p>—Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos -señores le acepten la operación?...</p> - -<p>Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el -producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; -compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que -fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las -ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la -deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas. -Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la -importancia del hombre que me estaba escuchando.</p> - -<p>—Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa -fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...</p> - -<p>Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa -gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y -venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la -especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como -lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas, -modernizándolas...</p> - -<p>Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y -de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea -el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los -obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor -Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble -criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de -los directores del Banco.</p> - -<p>Como si la protección que me había dispensado el doctor—expresada -únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas -majestuosas—empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas -semanas después los<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span> poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi -insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.</p> - -<p>Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el -cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona -la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos -en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que -tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la -nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual -permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a -Europa.</p> - -<p>Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me -quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar -en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman -en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía -llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía -dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en -Europa la vida de un personaje de tal clase?...</p> - -<p>Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las -gentes hablaban todos los días del <i>Cap Bojador</i>, trasatlántico alemán -que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su -travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el -tal <i>Cap Bojador</i>, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de -los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como -una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río -de la Plata.</p> - -<p>Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación, -de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para -atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que -esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una -muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar -esta maravilla flotante.</p> - -<p>¡Pobre <i>Cap Bojador</i>! La organización germánica lo había previsto todo -en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos -cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si -estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, -años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y -salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros -ingleses cerca de las costas de África.</p> - -<p>Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a -Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda -ser pasajero del <i>Cap Bojador</i> en su primera travesía. Representaba una -gran<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span> distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el -vulgo, este gusto inaudito.</p> - -<p>Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que -en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien -había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de -darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los -opulentos pasajeros del <i>Cap Bojador</i>, cuando precisamente iba yo a -Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro -millonario?...</p> - -<p>La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal. -Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle -para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, -¡<i>hochs</i>!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran -afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a -los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo; -cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de -pañuelos tremolados como banderas...</p> - -<p>Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no -conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro -en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin -el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la -Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.</p> - -<p>Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo -qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre -varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que -habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de -violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a -París apenas la familia decidió el viaje.</p> - -<p>El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el -presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al -salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos -visto aún los retratos de Lloyd George!...</p> - -<p>Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables, -rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso -del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y -hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me -acogieron con una indiferencia cortés.</p> - -<p>Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos -y<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span> por su lujosa instalación.</p> - -<p>Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y -otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres -amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, -formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al -servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se -dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas -en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una -vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de -Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo -histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce -personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde -estaban las mejores habitaciones.</p> - -<p>La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según -declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su -vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las -puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso -numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del -equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba -a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de -vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse -a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían -puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una -de ellas, ¡y eran siete!...</p> - -<p>Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas -las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después -juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores -bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del -vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda, -otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para -cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito -juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi -siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este -líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus -hermanas.</p> - -<p>En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de -a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en -sus paseos por el buque.</p> - -<p>—Es un doctor de Buenos Aires—decían algunos europeos de regreso a su -tierra, al mostrarse a este personaje—, un estanciero riquísimo, una -persona «bien». ¡La plata que debe tener!...<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span></p> - -<p>Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me -saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.</p> - -<p>—¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?... -Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.</p> - -<p>¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones -durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del -Banco Hipotecario.</p> - -<p>Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me -ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir -en su mayor parte para este viaje suntuoso.</p> - -<p>Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a -su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un -viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban -a sus espaldas.</p> - -<h3>IV</h3> - -<p class="nind">Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo -plano que este millonario.</p> - -<p>Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por -miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir -una nueva luz sobre París.</p> - -<p><i>Le Figaro</i>, que es el diario que presta más atención al paso de los -americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre -dama argentina, y sus hermosas hijas».</p> - -<p>Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto -hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor, -su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las -avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer -momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía -para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes -jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia -natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.</p> - -<p>No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote; -pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias -argentinas».</p> - -<p>El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la -vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas. -París es muy<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span> grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el -fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la -porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares, -la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.</p> - -<p>En los establecimientos de la <i>rue de la Paix</i>, de los Campos Elíseos y -de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de Pedraza -y sus <i>demoiselles</i>, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el -rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces, -al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios, -escuché las mismas palabras:</p> - -<p>—Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con -su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro -de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener -el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...</p> - -<p>Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué -hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida, -inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible, -inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que -se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que -un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario -como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario.</p> - -<p>Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde -lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había -visto al otro lado del Océano.</p> - -<p>En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de -sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el -Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso -añadir: «¿Cuánto debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas -enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El -crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un -poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena -suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la -esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.</p> - -<p>Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo -debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia. -Al año siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas -ventas de «hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él -me había descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría -para pagar enteramente su<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span> deuda, sin tener que imponerse sacrificio -alguno.</p> - -<p>Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los -grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos -mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en -fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y -austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de -su sexo, lo mismo que su noble madre.</p> - -<p>—Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra -tierra.</p> - -<p>Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en -Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los -elogios de las mujeres.</p> - -<p>En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las -peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto -y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por -esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido -por todos los círculos más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que -se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido los -últimos miles de francos en la sala destinada al juego.</p> - -<p>Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la -República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos -geográficos de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se -ensancharon con esto considerablemente.</p> - -<p>Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos -Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los -Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos -nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país, -dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se -reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien -alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una -especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno.</p> - -<p>Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen -millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de -alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas -casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del -matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el -tango y chapurrear algunas palabras de español.</p> - -<p>Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una -rivalidad aristocrática.<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span></p> - -<p>—Yo puedo ser duquesa si quiero—decía una de ellas—, y a ti sólo te -pretende un marqués.</p> - -<p>—Pero el mío es más joven que el tuyo—contestaba la otra.</p> - -<p>Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su -noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban -a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al -pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero -los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si -llegaban a casarse con sus niñas, no tendrían por qué ruborizarse, pues -éstas eran iguales a ellos.</p> - -<p>Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un -duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría -prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese -a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa -igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con -títulos nobiliarios.</p> - -<p>Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de -algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo -que debió ocurrir.</p> - -<p>Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los -ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés -cuando llega el momento de tratar las condiciones materiales que deben -regir la asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven -millonaria, no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares -discusiones financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un -notario que ha servido siempre a su familia, o al administrador de su -hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los padres.</p> - -<p>El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos -tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos -nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con -ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra -melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de -rapiña.</p> - -<p>Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no -pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron -desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta -anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas -que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en -los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital -positivo, aunque la renta fuese<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span> menor: campos, casas, valores -mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora, -dando una seguridad de riqueza a sus poseedores.</p> - -<p>En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían -ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan -mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten -los gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros.</p> - -<p>El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco. -¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más -íntimas, para envidia de las amigas!...</p> - -<p>Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo -nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.</p> - -<p>—Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en -Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la -plata, y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...</p> - -<p>Doña Zoila apoyaba estas palabras:</p> - -<p>—Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí. -Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra -madre.</p> - -<p>La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus -amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos -habían osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser -despertadas», burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al -marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador -y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por -todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias, era -por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y -famoso tirador de pistola.</p> - -<p>Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había -procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan -aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus -entusiasmos de americano, hijo de una República.</p> - -<p>—Lo de los títulos de nobleza, <i>ché</i>, puede deslumbrar a los gringos de -Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.</p> - -<h3>V</h3> - -<p class="nind">Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré -por los<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span> diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez -su nombre y los de todas las mujeres que componían su familia volvieron -a aparecer en las crónicas de la alta vida social.</p> - -<p>Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas -las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su -palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y -en qué consiste la falta de <i>chic</i>. Después de haber pasado un año en -París, su autoridad parecía inconmovible.</p> - -<p>La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar -en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle -Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad, -yendo de uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos -seguían considerándole con respeto, como un personaje influyente, y -muchos envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí -noticias inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos -contaban que había gastado en Europa un millón de pesos (más de lo que -le había prestado el Banco Hipotecario). En las reuniones de alta -sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que doña Zoila -había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido no -tenía fortuna para tantos dispendios.</p> - -<p>En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con -preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos -momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a -modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente -cada diez años.</p> - -<p>A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido -la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la -pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de -negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que -exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar -mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre. -De no ocurrir tal calamidad, estarían ustedes escuchando ahora a un -millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y -vivir aquí con modestia.</p> - -<p>Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros -compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes; -seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y -los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían -los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su -infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y -espaciadas, como se aproximan o se<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span> alejan las detonaciones de un -combate remoto, según los caprichos del viento.</p> - -<p>La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al -empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta -inconcebible en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes -morir! Pero el doctor había entregado al empresario por el abono del -palco, no un cheque, sino un pagaré a noventa días vista. En las malas -épocas, muchos pagan así en aquel país. Se confía en el porvenir. Nadie -cuenta únicamente con lo que tiene en la mano, como los tímidos del -viejo mundo; todos admiten de consocia a la esperanza. ¡Quién sabe qué -grandes negocios pueden hacerse en el plazo de noventa días!... Como la -fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para llegar hasta -nosotros.</p> - -<p>También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su -mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores, con una magnificencia -que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dio -a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico. -Mientras tanto, el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por -conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener -el aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos y pagar los -enormes réditos de sus deudas.</p> - -<p>Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en -sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza, -deseoso de evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de -esta situación. Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de -lujo, entre sus hijas solteras, que hablaban y reían como princesas -seguras del porvenir, necesitaba mostrarse optimista, imaginándose una -serie de negocios maravillosos que vendrían a sacarle de apuros al día -siguiente.</p> - -<p>No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fue -acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre -dinero; en los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y -recurrió al préstamo usurario. Además, tuvo que vender con pérdida -enorme los terrenos que había adquirido para especular sobre su alza en -la buena época del país, cuando circulaba vertiginosamente la riqueza.</p> - -<p>Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos, -la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir -dejará caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la -menor mueca de contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían -en su casa. Doña Zoila, que estaba vagamente enterada de que los -negocios no marchaban del todo bien, parecía vacilar algunas veces al -hacer a su marido la enumeración de<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span> los gastos de la familia, pensando -en la posibilidad de ciertas economías. Un día, hasta le dio a entender -que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas. -Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a la -señora, que el doctor se apresuró a disuadirla.</p> - -<p>Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su existencia -ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuido el lujo de -la familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que -evitase las economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y -para ello era conveniente que la casa conservase su aspecto de -abundancia segura y ostentosa.</p> - -<p>Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra -solemne y los ojos protectores de mi amigo, adivinaba al punto los -estragos que iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza -disimulada. Iba vestido con la elegancia de siempre; conservaba su -aspecto señoril; pero estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por -su edad.</p> - -<p>—¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para -todos!... Pero esto no puede durar.</p> - -<p>Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que -existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por -encima de las miserias del vulgo.</p> - -<p>Su caída fue larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan -los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por -regla general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias -y novelas. Hay minas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que -sólo duran unos minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con -lentitud, o van empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño -tras peldaño. El naufragio del doctor fue igual al de los grandes -veleros, que, después de estar llenos de agua, todavía flotan con la -quilla al aire mucho tiempo, yendo de un lado a otro, al capricho de las -corrientes.</p> - -<p>En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente -algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios -sueltos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo -compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del -álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió -al doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte -invención mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser -lógicas, que las noticias que nos dan como seguras los amigos y los -periódicos.<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span></p> - -<p>He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba -solo en su «escritorio»: un piso arrendado en la Avenida de Mayo para -sus oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían -sobre él las mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una -manera optimista, quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba -a verse arruinado en un país donde el dinero tiene mayor importancia que -en otras naciones y resulta más necesario para la vida. ¿Era posible la -existencia de un Rómulo Pedraza protegido por sus amigos y con un empleo -público para sostener humildemente a su familia?...</p> - -<p>La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus -vestidos, llevando la vida dolorosa de los ricos arruinados que buscan -el amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e -inconcebible como un trastorno de la leyes astronómicas. ¿Era lógico que -Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?...</p> - -<p>Además sentía miedo al pensar en sus hijas. Él conocía la historia de -muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas -conseguían casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se -resignaban a descender, perdiendo la distinción de su origen, -convirtiéndose en obreras ocultas que trabajaban mal recompensadas para -el sostenimiento de una vida miserable; y algunas acababan sirviendo de -amantes a hombres que en otras circunstancias no habrían osado aspirar a -ser sus maridos.</p> - -<p>El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus -hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la -misma situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un -nuevo encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas -y educadas en el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo -que son.</p> - -<h3>VI</h3> - -<p class="nind">Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo -sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó -supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden -proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas -preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la -fortuna, tirando de él con un manotazo maternal y elevándolo luego sobre -aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le -tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span> insomnio?... -Había que abrir las ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con -sus alas.</p> - -<p>Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de -los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden -también a las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la -entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el -más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En -los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los -aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales o -inventores, todo es posible.</p> - -<p>Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla -amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de -su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima -importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes -réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el -aumento de una cantidad más...</p> - -<p>El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus -compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a -visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al -mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación -basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella, -y como seguía recibiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron -pasarse el aviso unos a otros.</p> - -<p>Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. A pesar -de su madurez se mantenía fuerte, los médicos de las Compañías de -Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico, -libre de toda enfermedad, y el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco -tiempo Pedraza estaba asegurado en más de una docena de Compañías, unas -del país, otras de Europa y de los Estados Unidos. Además había firmado -contraseguros y hecho otras operaciones que le aconsejaban los agentes, -deseosos de ganar nuevas primas.</p> - -<p>Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos, -según manifestaba con regocijo a sus amigos. Ésta era la cantidad que -deberían entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte. -Pero los amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:</p> - -<p>—Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones. -¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.</p> - -<p>El esposo de doña Zoila sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se -consideraba más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las -Compañías de Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba, -con una<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span> displicencia de rico:</p> - -<p>—Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando -para los míos.</p> - -<p>Una mañana le escuché estas mismas palabras en un Banco, cuando -formábamos grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un -préstamo inmediato...</p> - -<p>Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron -«estúpida», por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte -pudiera resultar oportuna.</p> - -<p>Era en verano, y la familia del doctor estaba pasando una temporada en -las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las -forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la -Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio -sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un -lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que -nunca ha ocurrido en él nada digno de mención.</p> - -<p>Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen -antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y -doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para -complemento de su lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Creo -oportuno decir de paso que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas.</p> - -<p>El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas -cuando deseaban bailar en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el -tren para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al -anochecer. Fue en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a -la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente -cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo -cierto es que el cadáver del doctor fue encontrado hecho pedazos entre -los rieles.</p> - -<p>Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del -ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche -y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero -también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus -vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se -abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza, -preocupado a todas horas por sus negocios, al pasar distraído de un -vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias.</p> - -<p>Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas -biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida -nacional.<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span></p> - -<p>¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos -fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos -mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a -expresarlo con palabras.</p> - -<p>Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones -malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento -público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general -había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la -familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta -sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).</p> - -<p>La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de -las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen -padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran -fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del -momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros -sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión -serviría para suavizar el dolor de la familia.</p> - -<p>Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la -suerte—a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que -entrase—se decidió a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis -nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir -panecillos y biftecs, compró a buen precio los trigos y las reses; las -dos estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron -magníficas rentas.</p> - -<p>La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas -del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia; -pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar -envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas -blondas y joyas sólidas.</p> - -<p>Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público -hasta en los pasillos, es preciso que ella la organice. Los comerciantes -tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo -que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con medrosa -sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los -concertistas, los escritores que llegan de Europa a dar conferencias, -están condenados al fracaso si no cuentan con su protección.</p> - -<p>No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre -materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París -van a enseñarla sus novedades antes que al público.</p> - -<p>Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su -falda, y<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span> cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus -yernos, le dice suspirando:</p> - -<p>—Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo -fue mi finado el doctor.<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span></p> - -<h2><a name="El_sol_de_los_muertos" id="El_sol_de_los_muertos"></a>El sol de los muertos</h2> - -<h3>I</h3> - -<p class="nind">Cuando hablaban a Montalbo de su celebridad universal, el famoso -escritor francés quedaba pensativo o sonreía melancólicamente.</p> - -<p>¡La gloria!... Alguien la había sintetizado diciendo que es simplemente -«un apellido que repiten muchas bocas». Un novelista admirado por -Montalbo le daba otro título. La gloria era «el sol de los muertos».</p> - -<p>Todos los hombres cuyo recuerdo guarda la Historia, célebres en vida y -después de su muerte, o desconocidos mientras vivieron y elogiados -cuando ya no podían oír sus alabanzas, perduraban, con una existencia -inmaterial, bajo la luz de este sol que sólo alumbra a los que ya no -tienen ojos para verlo.</p> - -<p>Montalbo sentía un escalofrío de pavor al pensar en el astro que sólo -existe para unos cuantos. Deseaba que iluminase muchos siglos su tumba. -En realidad, todo lo que llevaba hecho era para conseguir esta -distinción póstuma. Pero al mismo tiempo veía imaginariamente la gloria -como una estrella roja y mate, de luz aguda y glacial, semejante a esos -rayos descompuestos en los laboratorios, que deslumbran y no emiten -ningún calor.</p> - -<p>El sol de los muertos le hacía descubrir nuevos encantos en el vulgar -sol de los vivos, astro que alumbra infinitas miserias, pero trae -también en su curso impasible muchos días de corta felicidad. ¡Y pensar -que por obtener un rayo de este sol de las tumbas los hombres crean -interminables guerras, oprimen a sus semejantes, viven sordos y ciegos -ante las magnificencias de la Naturaleza, y dan a la ambición el sitio -del amor!...<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span></p> - -<p>Recordaba también el poeta los eclipses y los caprichos rotatorios del -tal astro, esplendoroso y frío, que deja en insondable noche todo el -porvenir, sólo alumbra una reducida parte del presente, y reserva sus -cascadas de luz infecunda para las inmóviles llanuras del pasado, para -los polvorientos campos de la Historia, llenos de ruinas y silenciosos -como un cementerio. Montalbo no estaba seguro de lo que podría encontrar -más allá de la muerte; no tenía siquiera la certeza de encontrar algo, -fuese lo que fuese; pero los vivos consideraban la gloria, «el sol de -los muertos», como algo de indiscutible realidad, y él se apoyaba en tal -afirmación para imaginarse cómo sería su existencia de ultratumba. Su -cuerpo iría pulverizándose mientras los hombres todavía vivos repetían -su nombre y se lo pasaban a otros hombres, como un depósito, antes de -morir a su vez. Y él, por todo recreo—si es que continuaba existiendo -después de la muerte—, contemplaría cómo brillaba sobre su fosa aquel -resplandor, crudo y glacial, de luz química.</p> - -<p>Como el grande hombre empezaba ya a sentirse viejo, repelía estremecido -estas evocaciones de su imaginación. ¿Para qué ocuparse en vida de la -inmortalidad literaria, que es la más azarosa de las loterías?... El sol -de la gloria iluminaba caprichosamente la tumba de muchos hombres a los -que nunca calentó mientras vivieron. En cambio, como una mujer -veleidosa, envolvía en el cono de sombra pendiente de su espalda a otros -que acarició mientras existían. Proyectaba su resplandor sobre unos -pocos con tal generosidad, que iluminaba a la voz sus personas y sus -obras, mientras a los más sólo les tocaba el rostro con un rayo único, -dejando en la lobreguez del olvido todo lo demás que produjeron como -justificación de su renombre.</p> - -<p>Sonreía tristemente Montalbo al pensar en su celebridad que tantos -envidiaban. Sus libros, ahora famosos, tal vez resultasen despreciables -antes de cincuenta años.</p> - -<p>«La mayoría de las obras célebres del pasado—pensaba—no llegaron hasta -nosotros, y sólo las admiramos por el testimonio de algunos -contemporáneos que nos afirman su excelencia. Otros libros antiguos han -sobrevivido, pero sólo los leen unos cuantos eruditos. El gran público -huye de ellos, alabando al mismo tiempo al autor por un convencionalismo -tradicional. Mi fama presente se disolverá pocos años después de mi -muerte. Tal vez si sobrevive y logra salir por la otra boca del túnel -del primer olvido que atraviesa toda celebridad difunta, será un simple -nombre en los diccionarios y una lista de libros que nadie lea».</p> - -<p>En sus horas de pesimismo consideraba con cierto menosprecio todas las -grandezas intelectuales de la civilización humana, tenidas por eternas -e<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span> inconmovibles. Que el mar subiese de nivel unos cuantos metros, -invadiendo las tierras; que la corteza terrestre se resquebrajase con la -infinita perforación de una viruela de volcanes; que nuestro planeta, en -una desviación de su órbita, se alejara del sol o se aproximase a él, y -toda la vida humana, con sus orgullos, sus variedades y sus ensueños, -desaparecería en unos minutos, perdiéndose en el aire, como mariposas de -ceniza, los libros, los cuadros, los monumentos... La gloria merecía su -título de «sol de los muertos». Era algo negativo y engañoso como la -muerte, sobre la cual construyen los hombres tantas ilusiones -religiosas.</p> - -<p>Pero el escritor, necesitando de pronto un consuelo espiritual, -abandonaba estos lóbregos pensamientos sobre el más allá, concentrando -su vista en el presente. La gloria era entonces para él algo positivo y -agradable, mientras vive el que la disfruta. Montalbo sentía su calor -vivificante, igual al del sol que ilumina a los vivos. No podía quejarse -de ella. Había transformado su existencia con la exuberante generosidad -del calor de los trópicos, que desarrolla atropelladamente el germen -errante o imperceptible caído en el suelo, haciéndole remontarse como un -vigoroso chorro vegetal cargado de vida rumorosa y sólida.</p> - -<p>Recordaba sus días penosos, los días de su primera juventud, cuando el -astro que en sus horas meridianas da una vida fingida y gloriosa a los -muertos aún no le había tocado con los rayos de su amanecer.</p> - -<p>Sus primeros avances habían sido lentos y tristes. Tenía que abrirse -paso en Francia, y no había nacido en ella. Su padre pertenecía a una -familia ilustre radicada en una república de la América del Sur. Sus -abuelos habían sido ricos de un modo fabuloso, con propiedades extensas -como Estados. El primero de la familia era un héroe de la conquista del -Nuevo Mundo, un capitán navegante de España, don Alonso de Montalbo, -fundador de la misma ciudad en la que había nacido el poeta.</p> - -<p>Estando en París, su padre se había casado con una francesa, -llevándosela después al otro lado del Océano. Tenía todas las cualidades -buenas y malas del criollo antiguo: caballeresco y dilapidador; -sentimental y cruel; capaz de los más disparatados sacrificios por la -mujer amada, y capaz igualmente de olvidarla por una mulata del campo -horas después.</p> - -<p>Al examinarse interiormente, Montalbo encontraba muchas veces el -carácter de este padre, que no había conocido nunca, pues el criollo -murió cuando él sólo contaba unos meses de vida. Lo asesinaron en una -revuelta política, y como había despilfarrado los últimos restos del -patrimonio de los Montalbo, considerablemente disminuido de generación -en generación, la viuda se volvió a París.<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span></p> - -<p>Este niño que llevaba el nombre español de José María y un apellido de -conquistador balbuceó sus primeras palabras en francés. La madre le -hablaba siempre en su idioma. Pero al mismo tiempo, en la cocina, el -pequeño Montalbo se veía obligado a aprender el español para entenderse -con Bernarda, una mestiza de labios abultados, ojos de brasa y muecas de -continua protesta. Se quejaba del frío de París, de la maldad de sus -habitantes, que se empeñaban en hablar de otro modo que los demás -cristianos; pero seguía a la señora en sus andanzas y pobrezas por no -abandonar al niño, que recibía sus caricias lo mismo que un gozque -travieso y gracioso.</p> - -<p>El escritor olvidaba las privaciones de su infancia, la dificultad con -que hizo sus estudios, el aislamiento que le creó muchas veces su nombre -exótico, la muerte de su madre, a consecuencia de tantas privaciones -disimuladas, y las miserias de su primer matrimonio, para fijarse en las -comodidades y larguezas de su existencia presente. Después de la dura -iniciación que había sufrido para llegar hasta la gloria, ésta se -mostraba de una generosidad incansable.</p> - -<p>Sus libros eran leídos por millones de personas. Los traductores los -aguardaban impacientes para darles el ropaje de una nueva lengua, y -luego se esparcían por la tierra entera como mariposas brillantes, cuyo -vuelo triunfador contemplaban las gentes con ojos admirados. Sus sonetos -obtenían celebridad hasta en los países donde no podían leerlos en su -forma original; sus obras teatrales se mantenían en los carteles, -algunas veces, años enteros. En los últimos tiempos, el cinematógrafo -había añadido el encanto de la plasticidad y el movimiento a muchas de -sus historias novelescas.</p> - -<p>Todo este éxito había traído como consecuencia práctica el bienestar y -abundante dinero. El pequeño criollo que intentó muchas veces conmover -con sus balbuceos a la cobriza Bernarda para que le diese un segundo -pedazo de pan, sin que ésta pudiese atenderle; el bohemio que más de una -noche había vagado por las calles de París, falto de refugio, después -que se cerraban los cafés, poseía ahora un hotel particular con vasto -jardín en el barrio de Passy, cerca del Bosque de Bolonia, lujosa -vivienda que visitaban con veneración sus admiradores y excitaba la -envidia de muchos de sus camaradas literarios. Había comprado además un -castillo histórico en las orillas del Loira, donde pasaba los meses de -otoño, y en invierno descendía a la Costa Azul para ver el carnaval de -Niza y el público abigarrado o interesante de Monte-Carlo.</p> - -<p>Poseía dos automóviles. El correo le entregaba diariamente cartas -admirativas de los lugares más apartados de la tierra. Todos le llamaban -«querido maestro». Los más le respetaban como un hombre eminente de su -época.<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span> Algunos lo discutían hasta la calumnia, preocupándose de él a -todas horas, lo que representa una nueva forma de la admiración...</p> - -<p>Nunca, ni aun en sus momentos de más exagerado optimismo, había podido -imaginar el Montalbo de los años juveniles de miseria que llegaría a ser -tan favorecido por la gloria y el éxito material.</p> - -<p>Pero el hombre es una eterna inquietud, una duda incesantemente -renovada, y el novelista, acostumbrado al análisis psicológico de los -seres imaginarios que figuraban en sus historias, al examinarse a sí -mismo, se preguntaba muchas veces:</p> - -<p>—¿Verdaderamente soy feliz?...</p> - -<h3>II</h3> - -<p class="nind">Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al -Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una -juventud mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el -renombre, y las primeras satisfacciones del amor.</p> - -<p>En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el -orgullo de su vanidad masculina.</p> - -<p>Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir -sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo -anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto -de moda el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado. -Todos los que aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para -distinguirse de los burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de -su cabeza, imitando con exuberancia los penachos y melenas que en el -reino animal distinguen al macho, soberbio, ambicioso y batallador, de -las otras bestias, obscuras y humildes.</p> - -<p>Montalbo, mal vestido y mediocremente alimentado, conseguía muchas veces -que las mujeres elegantes, al cruzarse con él en la calle, volvieran los -ojos con repentino interés:</p> - -<p>—¡Qué cabeza de artista!...</p> - -<p>De sus remotísimos ascendientes los árabes andaluces, abuelos del -conquistador que se embarcó para el Nuevo Mundo, tenía la barba suave, -negra y rizosa, la nariz de curva enérgica y unos ojos cuyas pupilas -parecían acariciar con la finura del terciopelo. Su rostro, de morena -palidez, estaba como<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span> encuadrado por dos crenchas intensamente negras, -que descendían hasta más abajo de sus orejas.</p> - -<p>Las muchachas del Barrio Latino, estudiantas rusas, modelos de pintor o -simples aspirantes a la conquista de numerosas joyas y un hotel lujoso -al otro lado del río, lo admiraban por su «belleza exótica», como ellas -decían. Una que en fuerza de visitar «estudios» ostentaba cierta -erudición artística le había apodado <i>Velázquez</i>, por encontrarle cierto -parecido con los caballeros españoles retratados por el maestro. Sus -amigos, que conocían la historia de sus ascendientes y el lugar de su -nacimiento, le llamaban «Montalbo el Conquistador».</p> - -<p>Fue en esta época cuando conoció a Duprat y a su hija Matilde. Este -escultor, ya entrado en años, y predispuesto siempre a atribuir su falta -de éxito a maquinaciones y envidias de artistas célebres que empezaron a -trabajar al mismo tiempo que él, buscaba la compañía de la juventud. Los -principiantes le respetaban, llamándole «maestro», por sus años más que -por sus obras. Además escuchaban con delectación su verbosidad -demoledora, sus interminables declamaciones de hombre agriado por la -mediocridad.</p> - -<p>Al final de un callejón de Montrouge tenía su pobre estudio: antigua -cuadra en el fondo de un jardín abandonado. Allá iban a juntarse por las -tardes, procedentes del Barrio Latino o de Montparnasse, muchos jóvenes -buscadores de gloria y de riqueza por los diversos caminos de la -literatura, la música o las artes plásticas.</p> - -<p>El odio a los antecesores que habían paladeado ya la miel del éxito, el -afán innovador del entusiasmo, el menosprecio a los «viejos», que muchas -veces no era más que una manifestación torcida de la envidia, los unía a -todos con fraternal amistad. Además, el escultor, en las tardes de -invierno, ponía al rojo blanco la estufa de su estudio, y este fuego -parecía atraerlos, cansados de sufrir en sus míseros cuartos de hotel o -en sus buhardillas los agudos mordiscos del frío.</p> - -<p>Otro atractivo del estudio de Duprat era la presencia de su hija. Los -amigos del escultor no se forjaban ilusiones vanidosas al pensar en esta -muchacha de aspecto modesto, concisa en palabras, y que mostraba en -todos sus actos la voluntad tranquila y firme de una excelente dueña de -casa. Muchos se preguntaban cómo había podido nacer esta criatura de un -padre tan desordenado como Duprat. Nadie había conocido a la madre, y -los más suponían a Matilde fruto de las relaciones del bohemio con -alguna mujer del pueblo hacendosa y vulgar, que desapareció luego de su -existencia, dejándole este recuerdo viviente.<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span></p> - -<p>Era inútil todo intento de enamorarla. Los que venían por primera vez al -estudio adoptaban en vano actitudes de artista genial seguro de su -gloria futura o se mostraban como graciosos aturdidos, hábiles para -hacer reír a una mujer con sus palabras. No tardaban en convencerse de -que perdían su tiempo. Matilde vivía entre ellos como si estuviera de -paso y perteneciese a otro mundo. Hasta le era imposible ocultar cierto -menosprecio por las ideas y costumbres de estos jóvenes y de su padre. -Ella amaba el orden, la provisión, la limpieza, el hogar tranquilo, -donde todo se desarrolla metódicamente.</p> - -<p>Tenía una hermosura «apagada y gris», según decían los visitantes del -estudio, que era como un reflejo de su alma discreta y humilde; una -hermosura que no se dejaba ver en el primer momento, revelándose al -observador poco a poco, en el transcurso de los días. Los amigos del -padre se preguntaban con aire de duda si Matilde era hermosa. Al fin le -reconocían cierta belleza, pero añadiendo:</p> - -<p>—No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués.</p> - -<p>Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al -estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su -madre, había tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres -del escultor y sus camaradas. Las palabras inconvenientes parecían -resbalar sobre ella sin ser comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda -e impasible por este ambiente de bohemios violentos y desordenados. A -pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse de él siempre que podía. -Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a sus amigos con -vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no obstante la -envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio para -servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa.</p> - -<p>Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta -joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus -cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin -duda, por aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas -licenciosas del Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su -padre y a los amigos de éste comentando las buenas fortunas amorosas del -«Conquistador». El joven poeta era una concreción brillante y antipática -de todos los desórdenes y jactancias que ella menospreciaba -silenciosamente en los visitantes del estudio.</p> - -<p>Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en -ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de -los dos supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a -frente. Sus ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo -largo rato sus miradas. Los<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> dos creían verse por primera vez.</p> - -<p>Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta -cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de -su rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más -fresca y atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas. -Matilde, a su vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma -del poeta, y se dijo que el bello Velázquez era un excelente muchacho, -mejor que todos sus camaradas, dando por no oídas las historias que le -atribuían.</p> - -<p>Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero -de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron -ambos a un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua -atracción de sus voluntades, se consideraron ligados por el amor antes -de decírselo.</p> - -<p>Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de -gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre -y a pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre, -buscó a Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún -jardín del otro lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde -podían tropezarse con gentes conocidas.</p> - -<p>Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar -de su próximo matrimonio—como si no pudiera tomar otra forma que la -reposada y legal—, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole -mayores fuerzas para el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde, -encontró de más fácil tránsito los caminos en cuya entrada se detenía -antes, descorazonado por los obstáculos que adivinaba en ellos.</p> - -<p>La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena -suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando -revistas famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó -a ver retribuido su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de -ella le hizo abandonar las publicaciones de cenáculo y las revistas de -corta tirada, leídas únicamente por sus propios colaboradores y de las -cuales no había que esperar dinero.</p> - -<p>Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de -la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos -ganados por él, que habían de servir para la instalación del futuro -matrimonio, ocurrió un suceso que para el poeta casi equivalió a una -catástrofe de tragedia.</p> - -<p>De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con -desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte, -excluyéndolo de sus odios y tributándole una admiración relativa, era el -famoso compositor Fontana. Este<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> músico había continuado siendo amigo -suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver -con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de -su arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo -como un genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir -su propia gloria.</p> - -<p>El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su -admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con -numerosas objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a -excepción de sí mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y -los eslavos, unos porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos; -pero después de ellos, en el mundo sólo existía Fontana.</p> - -<p>Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del -escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en -sus juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre -célebre que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no -creyese en una posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al -ilustre visitante con una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el -privilegio que representaba para un artista célebre y de carácter -oficial ser recibido en esta reunión de genios independientes e -ignorados.</p> - -<p>Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de -café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después -de Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de -aquel hombre que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con -todos ellos unas cuantas palabras.</p> - -<p>El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas -de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía -reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino -Fontana».</p> - -<p>Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus -apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que -ocurría. El maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía -deseoso de casarse con ella.</p> - -<p>Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo -inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el -escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos.</p> - -<p>De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de -aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> -abusado, según los comentaristas de su brillante carrera, de ese poder -de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores, los cantantes y -los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse, oprimiendo -su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas -graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre -tenían por tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París -considerase indispensable llevarse un retrato de Fontana con -dedicatoria.</p> - -<p>Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más -interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la -realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa, -le hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el -repentino entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el -viajero cuando vuelve de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos -raros y lejanos. El célebre maestro quería casarse, como se habían -casado sus progenitores, sintiendo una ternura algo senil al ver a esta -joven que le recordaba las virtudes hacendosas de su madre.</p> - -<p>Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente.</p> - -<p>—Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho -dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi -hija), heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar -que sus óperas se cantan en el mundo entero.</p> - -<p>No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de -este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa, -despreciable, al compararse con aquel hombre célebre.</p> - -<p>Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido, -tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero -inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si -Matilde sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio -inesperado? ¿Cómo resistirse a las seducciones de la riqueza y de la -gloria?...</p> - -<p>También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se -acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos -famosos, siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de -entusiasmo, agolpándose en la barandilla circular del teatro. -Innumerables veces había aplaudido y aclamado las obras de este hombre. -Hasta recordaba una disputa, que casi acabó a golpes, sostenida contra -varios que intentaron silbar una obra audaz, de la llamada «última -manera», del maestro.</p> - -<p>En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre,<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span> -sentada al piano, cantaba muchas veces, a media voz, una romanza -amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de América, -donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía -brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era -de él. ¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?...</p> - -<p>Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz -fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar.</p> - -<p>—Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un -honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo: -la gloria... ¡Es tan célebre!</p> - -<p>Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas -miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento -guardan para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones. -Luego sonrió.</p> - -<p>—¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez -más que mi padre.</p> - -<p>Se detuvo unos segundos, y añadió con energía:</p> - -<p>—Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que -él ya no puede tener.</p> - -<p>Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer -instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con -cierta lástima a Matilde.</p> - -<p>Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero -al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran -Fontana!...</p> - -<p>Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria.</p> - -<h3>III</h3> - -<p class="nind">Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía -que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las -aventuras peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos. -Consideraba este período de su existencia muy interesante; pero de -ningún modo accedería a vivirlo por segunda vez.</p> - -<p>Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde, -en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal. -Uno<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span> cualquiera de los salones de sus viviendas actuales era más grande -que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la que fueron a -instalarse.</p> - -<p>El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras -horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz -amarillenta de la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía -veces de mantel. ¡Qué de ensueños, qué de esperanzas, transformadas -repentinamente en dudas!...</p> - -<p>Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas -completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que -rodaba ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus -ejemplares en diversas lenguas, había permanecido muchos años sin -encontrar más de quinientos curiosos que quisieran leerla. Obras -teatrales escritas en aquella habitación—saturada por la cocina próxima -de olores de alimentos mediocres rápidamente preparados—daban -actualmente a su autor una renta cuantiosa, después de haber dormido -largo tiempo olvidadas en los archivos de los empresarios o haber sido -tenidas por inadmisibles.</p> - -<p>Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la -mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en -grandes hojas de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las -cocineras.</p> - -<p>Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos -de su biblioteca—cada uno de los cuales le había costado muchos miles -de francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su -época de pobre—, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores.</p> - -<p>Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de -sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con -la velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de -aquellas novelas sentimentales que habían interesado al público femenino -de ambos mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el -vigor de las cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias -de los invitados a la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad -elegante, el drama oculto bajo sonrisas amables y palabras corteses, la -psicología complicada y sutil de la duquesa protagonista de la fábula.</p> - -<p>Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba -escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café, -0,70; pan, 1,25; carne, 2».</p> - -<p>Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades, -también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr -que el resultado<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span> de la adición se nivelase con la escasez del dinero -disponible.</p> - -<p>En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una -niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la -casa. El artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por -haberse negado a ser la esposa del célebre maestro.</p> - -<p>La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la -madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las -necesidades de una familia creciente. La primera educación de estos -pequeños fue casi igual a la de los hijos de los obreros acomodados que -eran vecinos suyos. Matilde, prematuramente envejecida por las faenas -domésticas y la escasez de dinero, trataba con fraternal deferencia a -estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas. Todas veían en ella a una -mujer de clase superior venida a menos, y en su marido a un hombre que -alguna vez podría ser de los que escriben en los periódicos y acaban -gobernando el país.</p> - -<p>Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto -remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera. -Suprimía en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a -ella, afirmando que eran nocivos para su salud, y de este modo lograba -aumentar la compra de leche para sus pequeños. También descubría de -pronto que la carne le hacía daño. Y mientras cuidaba escrupulosamente -del biftec y la botella de Burdeos para el marido, afirmando que un -escritor que trabaja debe alimentarse bien para continuar su tarea, ella -fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de las compras -baratas o a los restos de la comida de su esposo.</p> - -<p>Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su -trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con -editores que le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la -indiferencia de un público refractario a retener su nombre en la -memoria, surgieron de pronto el éxito y la celebridad. Fue como una -detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo.</p> - -<p>Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le -era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su -existencia, empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su -encuentro como un arroyo metálico. Después de grandes rebuscas en su -memoria, acababa por decirse que su celebridad había empezado el día que -el cartero le trajo montones de cartas y periódicos con sellos de varios -países, y su riqueza cuando los editores, en vez de hacerle esperar en -su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole «querido maestro» -e invitándolo a almorzar.</p> - -<p>Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los -triunfos,<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> como en esos ensueños donde desaparecen las tiranías de la -ley de la gravedad y se vuela con una ligereza que salva todos los -obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus libros en bloque -y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y -finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por -palabra. Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones -novelescas, para desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las -galas de nuevos idiomas, haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los -públicos más diversos y lejanos contemplaban a Montalbo con la misma -ansiedad silenciosa que los árabes al cuentista de café, capaz de -relatar durante meses y meses historias maravillosas, eternamente -interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando el mágico prestigio -de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe romana y que -eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo -con sus novelas verbales en las noches de insomnio.</p> - -<p>Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de -pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como -incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el -punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el -fondo era puro fingimiento:</p> - -<p>—Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.</p> - -<p>Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces -un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El -automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista -había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su -mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran -parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles -antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo -que iba formando una biblioteca enorme.</p> - -<p>Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más -vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su -aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido -victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al -pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese -imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.</p> - -<p>No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido -la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre -porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba -inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal -vez la pobre había muerto pensando<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span> que su grande hombre quedaría de -este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.</p> - -<p>En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y -ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga -incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo -conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía -importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo -cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en -voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos -los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo, -una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción -en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven -eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes -ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de -monótono brillo.</p> - -<p>El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo -de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo -conocer Matilde.</p> - -<p>En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su -existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada -en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo -«Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase -menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a -extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de -sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la -existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de -soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su -persona.</p> - -<p>Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus -retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En -los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le -consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a -contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o -a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le -visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle -ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas.</p> - -<p>Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de -triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo -guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a -esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o -enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones -de ciertos periódicos.</p> - -<p>Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan -con<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> retraso al amor cambiando el orden de las épocas de su vida. -Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y metódica, que -habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera hambre -de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir -novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la -imaginación.</p> - -<p>Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le -contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un -nuevo aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto -escándalo, halagador de su vanidad.</p> - -<p>Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que -formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo, -después de comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su -yerno carecía de talento y había asesinado a su mujer para dedicarse -libremente a una vida de crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente, -pero como se puede amar a un hermano mayor por los años y menor por la -ligereza de su conducta. El hombre célebre se mostraba con los dos de -una generosidad ilimitada, admitiendo sin parpadeos de sorpresa todas -sus peticiones.</p> - -<p>—El dinero es un instrumento de libertad—decía—, y si lo amo tanto, -es porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a -manos llenas es verdaderamente libre.</p> - -<p>Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su -curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y -buen mozo, y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia, -donde el nombre de Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de -gloria literaria.</p> - -<p>Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde -más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias -inventadas; su carácter positivo sólo sentía la atracción de las -ciencias exactas. Como deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en -una colonia francesa de Asia, y allá permanecía célibe y aislado, sin -otro deseo que obtener por medio de las explotaciones agrícolas una -fortuna más grande que la de su ilustre padre.</p> - -<p>Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a -esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra -inmediata y no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que -nace bajo su sombra muere, ya que no puede huir trasladándose a un -terreno más libre.</p> - -<p>Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario, -afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> -dominación, inconsciente, alegre y generosa.</p> - -<p>«¿Qué más puedo desear?—pensaba Montalbo en sus horas de melancolía—. -Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor -cantidad, pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y -mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse...».</p> - -<p>Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los -demás hombres.</p> - -<p>No; no era feliz.</p> - -<h3>IV</h3> - -<p class="nind">Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis -Crovetto.</p> - -<p>Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al -grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se -había presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar -a París, deseoso de verle y escucharle.</p> - -<p>El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable -y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por -convertirse en secretario suyo.</p> - -<p>El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor -tormento del gran escritor.</p> - -<p>Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un -libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo, -imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal -iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese -bastante, la moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el -autor célebre ponga en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si -es posible.</p> - -<p>Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del -origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba -todas las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del -maestro, y además había inventado media docena de «pensamientos» que le -hacían sonreír. No se hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en -sus obras de principiante, por temor a que sus camaradas le acusasen de -idiotez. Pero firmados por Montalbo hacían estremecer de entusiasmo a -muchas lectoras, que los encontraban<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span> «geniales y profundos».</p> - -<p>El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a -Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas; -convocatorias de academias o de sociedades filantrópicas para atender a -la vejez y las enfermedades de los escritores desgraciados; varias -docenas de peticiones de firmas en tarjetas postales y en retratos, -procedentes de los más apartados rincones de la tierra; numerosos -álbumes de señoritas argentinas o chilenas, dispuestas a no marcharse de -París si el amable señor Montalbo se negaba a escribirles «una cosita», -añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían hecho el viaje a Europa -solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de lectoras -entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los -tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre, -a la que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para -siempre del cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en -diversos idiomas: unos con elogios frescos y sinceros, otros con unas -alabanzas agridulces, que parecían dar a las letras impresas el reflejo -verdoso de la bilis.</p> - -<p>Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones -venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía -a «otro negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba -a cargo de su amigo Soudré.</p> - -<p>Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo -entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía -acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para -plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en -discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa -pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este -manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona. -Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con -tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se -acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como -Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al -secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.</p> - -<p>Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle. -Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo -llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de -los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de -las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al -verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al -demonio de la literatura, que le venía<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span> tentando desde su juventud.</p> - -<p>Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo -a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener -a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de -respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios -manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas -las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza -portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía, -disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e -inquietantes del padre.</p> - -<p>Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación -era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se -fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa. -Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste -rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes -que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las -mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre -que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz -de infundir el espanto con sólo un gesto.</p> - -<p>El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba -esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin -embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a -todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las -demás.</p> - -<p>Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía -el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento -sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección -de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo -perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas -horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida -vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil -Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy, -los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la -conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la -biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus -editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase -en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese -libremente.</p> - -<p>Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la -casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía -generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde -en tarde como una<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span> retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores -del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban -«parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente -de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con -Montalbo.</p> - -<p>Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo -del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro -por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de -hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a -su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que -se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la -del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y -millones.</p> - -<p>Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo -cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para -plantar remolacha.</p> - -<p>—Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.</p> - -<p>Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud, -paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del -maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas -secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.</p> - -<p>En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa» -de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía -sus visitas casi diarias.</p> - -<p>Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia -de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se -quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.</p> - -<p>De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos -de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen -milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el -trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante -invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para -comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle -millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de -diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y -monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del -maestro.</p> - -<p>Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres -el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor -parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma -en mano. Pero ahora<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span> trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas -las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío -de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.</p> - -<p>Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos -en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras -galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían -bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar -la amorosa diversión monótona y sin encanto.</p> - -<p>Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no -concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían -de regla a su existencia.</p> - -<p>—La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser -joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.</p> - -<p>A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le -contestó con sonriente cinismo:</p> - -<p>—Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca -rubia y raptaré a una bailarina de quince.</p> - -<p>Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su -manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo -gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de -colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo, -engañándose misericordiosamente.</p> - -<p>—Todos llevamos—añadía—una orquesta dentro de nosotros. Lo importante -es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y -del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que -la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra -inmediatamente en el atril.</p> - -<p>Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento -terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su -existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída -innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba -con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido.</p> - -<p>Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía -colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban -el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían -torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca -conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una -obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> pasionales, que se -iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo -extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!...</p> - -<p>Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad -ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían -las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a -los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las -mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez, -necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el -alma contando a alguien su pasado.</p> - -<p>Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para -seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado. -En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se -exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y -embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo -mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad -vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos -de sus llamados triunfos.</p> - -<p>—Y así son—se decía—todos los pájaros de mentiroso plumaje que se -sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.</p> - -<p>Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres -jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a -encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro -lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a -hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había -pedido como recuerdo una de sus pipas.</p> - -<p>Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del -maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba -emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras -mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la -ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente -al grande hombre.</p> - -<p>Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió -Montalbo el motivo de su tedio.</p> - -<p>—La juventud es una voluntad—volvió a repetirse—. Yo deseo ser joven, -y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago -olvidando mis propios años.</p> - -<p>Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a -una acción inmediata:</p> - -<p>—Vamos en busca de la juventud.</p> - -<p>V<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span></p> - -<p>Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para -explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores -son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento -completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de -observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un -hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan -mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se -enteran con extrañeza de que se aman...</p> - -<p>Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas. -Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería -Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida, -aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha -tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una -noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras, -como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella -otras noches, y al fin, acaba por amarla.</p> - -<p>Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el -novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.</p> - -<p>Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía -excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él. -¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a -partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un -relieve y unos colores completamente nuevos.</p> - -<p>Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una -señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia -extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas -veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes -damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones -y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a -reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor -humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y -representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un -observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos -de su persona.</p> - -<p>Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar, -pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le -ocurrió<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span> escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos. -Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de -otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña -Soudré, si esto alegraba su existencia?...</p> - -<p>Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y -tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede -emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento -realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene -sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado -por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal -Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario -realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras -vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la -juventud de los principiantes.</p> - -<p>—Pero la pequeña Soudré—se dijo Montalbo—tiene talento, y si quisiera -escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no -deja de poseer ciertas condiciones literarias.</p> - -<p>Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de -Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del -espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban -dentro de él.</p> - -<p>Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento -a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire -cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior -había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él -completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas.</p> - -<p>La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina, -antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz, -le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la -expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una -empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el -«querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que -parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba -toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran -interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la -audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y -está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande -hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente -paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando -su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas -aristocráticas.</p> - -<p>Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus -empresas<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span> de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque -para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un -negocio seguro.</p> - -<p>Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la -muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y -esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que -el maestro no quedase solo.</p> - -<p>Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo. -Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un -nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable -antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los -célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer -vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora -un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los -modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los -informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban -a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus -corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los -cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes -jóvenes.</p> - -<p>Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida -literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo -servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en -público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.</p> - -<p>Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su -persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba -intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin: -la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y -último capítulo de la existencia de todo hombre célebre.</p> - -<p>Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se -movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una -dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si -fuesen suyos.</p> - -<p>En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios -artistas de la Comedia Francesa—de los que nunca trabajan en dicho -teatro y vagan por la tierra entera—habían organizado una función al -aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza. -Iban a representar <i>Los conquistadores</i>, la gran tragedia de Montalbo, -escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que -cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los -portadores de la cruz con las tradiciones indígenas.<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span></p> - -<p>Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros -españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre -maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana.</p> - -<p>Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo -solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había -representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra -nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor, -con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a -llegar, aceptó la invitación.</p> - -<p>—Iremos los tres—dijo a Faustina y a su padre—. Luigi vendrá de -Marsella a juntarse con nosotros.</p> - -<p>La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal -fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron -un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en -París.</p> - -<p>Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en -una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol, -aunque el invierno estuviese próximo.</p> - -<p>Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los -vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos -y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres -comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de -él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en -público.</p> - -<p>—Es su hija—dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.</p> - -<p>Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola -partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.</p> - -<p>Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día -de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel, -embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil -espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos -que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su -esposa.</p> - -<p>Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición -largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por -ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento -afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del -maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le -ofrecía su boca.</p> - -<p>Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido -horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar -su<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span> agradecimiento?...</p> - -<p>A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la -ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en -mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los -trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante.</p> - -<p>—Si te sientas ahí—dijo a Faustina—, te paseo ante todos estos -burgueses.</p> - -<p>La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista -célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer -que después fue su segunda esposa.</p> - -<p>Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por -tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia -de las personas más principales de la ciudad!...</p> - -<p>Crovetto protestó con dolor y sorpresa:</p> - -<p>—¡Eso no es serio, maestro!...</p> - -<p>Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena -extraordinaria con un silencio de escándalo.</p> - -<p>Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los -artistas... ¡todos locos!</p> - -<h3>VI</h3> - -<p class="nind">Una noticia empezó a circular por París: «¡Montalbo se casa!...». Y las -damas que guardaban recuerdos de su intimidad con el escritor pedían -detalles a sus tertulianos sobre el pasado de aquella señorita Soudré.</p> - -<p>Algunos la creían una jovenzuela sin otro atractivo que el de su -frescura juvenil, que había tentado al viejo autor. Otras, presintiendo -su malicia, admiraban la habilidad con que había sabido envolver a un -hombre que se tenía por psicólogo infalible. En las reuniones de -escritores jóvenes se hacían comentarios insolentes sobre la edad del -maestro y de su novia, envidiando el porvenir de Crovetto.</p> - -<p>El único que encontraba esta unión natural y lógica era Montalbo. Ya no -llamaba a la gloria «el sol de los muertos». Reconocía en ella la fuerza -de esos astros que comunican su energía incandescente a los cuerpos -obscuros, atrayéndolos con una energía irresistible y obligándoles a -girar en torno a ellos. El maestro, como observador célebre, era incapaz -de engañarse en la apreciación<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> de su propia personalidad. Sabía de -sobra que no era joven, y una mujer de pocos años sólo podía aproximarse -a él empujada por la gloria. Pero él se llamaba Montalbo, y tenía -derecho a exigir, junto a la puerta de la vejez, los consuelos del amor, -a los que renuncian en igual período de la vida los hombres del vulgo.</p> - -<p>Soudré mostraba prisa por ultimar los preparativos oficiales del -matrimonio. Tal vez tenía miedo a que el maestro, reflexionando de -pronto como un simple burgués, se arrepintiese de la aventura. Cuando se -ocupaba en fijar la fecha de la ceremonia y había deslizado en los -periódicos varios «ecos» indiscretos revelando el próximo -acontecimiento, para cortar de este modo toda retirada a Montalbo, -empezaron a surgir molestias.</p> - -<p>La hija del grande hombre, que aguardaba pacientemente su vejez y su -renuncia a las aventuras pasionales para ir a instalarse en su casa, -sugiriéndole el amor a los nietos, se indignó al enterarse del próximo -matrimonio. Y como la exuberancia de su carácter le hacía ser en -determinadas ocasiones tan violenta como su padre, envió a éste una -carta para decirle que siempre le había considerado igual a un niño y no -extrañaba que se dejase engañar una vez más por la primera mujer que le -salía al paso.</p> - -<p>Avisado el hijo por un telegrama de su hermana, escribió también desde -Asia una carta lacónica, fría y triste, que era como un reflejo de su -carácter. Consideraba ilógica y disparatada la conducta de su padre, -pero a continuación le reconocía un absoluto derecho a hacer reír con su -casamiento al público de la tierra entera.</p> - -<p>La vuelta de Crovetto a París consoló al maestro de tales ingratitudes. -¡Tratarle así sus hijos, cuando jamás había regateado con ellos, -dándoles cuanto dinero necesitaban!... Afortunadamente, estaba ahora -rodeado de su verdadera familia, constituida por las afinidades de la -voluntad y no por el azar del nacimiento. La amorosa Faustina, su -inteligente padre y aquel secretario entusiasta y fiel eran realmente -los suyos.</p> - -<p>Pero también esta segunda familia le proporcionó inquietudes. Luigi no -parecía ya el mismo discípulo después de su ausencia. Guardaba igual -respeto admirativo al maestro, pero su adhesión era demasiado -silenciosa.</p> - -<p>Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al -grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda -expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto -fingía inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor -veía muchas veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo -el secretario se<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a -Faustina paseando sola por una de sus avenidas.</p> - -<p>Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si -le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería -establecer por anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro -de un grande hombre y su secretario. Además, encontraba indudablemente -poco correcta esta afición a buscar a su hija apenas se alejaba de su -futuro esposo.</p> - -<p>Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín -de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato -Bosque de Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un -sol velado por la neblina, que podía contemplarse de frente. Otras -tardes la bruma era más densa y el cielo tenía una lividez melancólica.</p> - -<p>A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín, -aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para -abandonar su trabajo, yendo en busca de ella.</p> - -<p>La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en -Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que -únicamente era ágil para observar lo que interesaba a los otros.</p> - -<p>Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a -Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas -de años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en -una avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con -arreglo a una moda ya olvidada: él y Matilde.</p> - -<p>Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto -era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría -diciendo a esta nueva Matilde?...</p> - -<p>Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con -pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus -pies con chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar -hasta la espalda del banco ocupado por los dos jóvenes.</p> - -<p>Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera, -convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón -solitario.</p> - -<p>—Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de -tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo -admiro, al mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero -no puedo dejar de creer en su grandeza. No me extraña tu -deslumbramiento. Ese hombre tiene la<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> gloria.</p> - -<p>¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que -había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración -no habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones.</p> - -<p>—¡La gloria!...</p> - -<p>Y continuó la risa femenil por unos instantes:</p> - -<p>—¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un -hombre que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo -a ti. Pero tú eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes -entenderme.</p> - -<p>¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro -melancólico de Matilde.</p> - -<p>Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella -acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora -suavidad. Al mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si -fuese a besarlo. Su voz era un dulce murmullo.</p> - -<p>—¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con -ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después...</p> - -<p>¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de -progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud.</p> - -<p>Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero -instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su -voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se -dilató y su razón volvió a él según se iba alejando del banco.</p> - -<p>De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire -glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de -los árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo.</p> - -<p>El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes -creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos -críticos de la existencia de su inventor las brumas del limbo en que -sobrevivían, como si fuesen a darle un consejo.</p> - -<p>Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia -entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos. -Sólo podía ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el -patriarca risueño que tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se -dedicaba a proteger y casar a los jóvenes.</p> - -<p>Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza -de<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias. Le infundía miedo -acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo tiempo no -podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo.</p> - -<p>Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho -Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la -juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...!</p> - -<p>Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se -movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le -pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París.</p> - -<p>Necesitado de calor, miró hacia el sol.</p> - -<p>Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin -pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!...</p> - -<p>Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres -desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la -envidia, sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos».<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span></p> - -<h2><a name="El_comediante_Fonseca" id="El_comediante_Fonseca"></a>El comediante Fonseca</h2> - -<h3>I</h3> - -<p class="nind">Conocí a Mariano Fonseca en un café de la Avenida de Mayo, donde se -reunían muchos actores y músicos españoles, venidos a los teatros de -Buenos Aires. Su pelo, teñido intensamente, le proporcionaba a veces la -afrenta de llevar en el rostro negros churretes que se esparcían por los -surcos de sus arrugas. Pero este tinte escandaloso le infundía al mismo -tiempo la certeza de que aún le quedaban largos años de vida para ser en -comedias y dramas el protagonista de mediana edad y caballerescas -acciones.</p> - -<p>Sus compañeros de profesión no aceptaban esta juventud ilusoria. Sólo -los antiguos, los que eran en la escena «padres nobles» y podían -reclamar por sus años el papel de «barba», osaban tutear al célebre -Fonseca. Los demás, a pesar de la familiaridad que rige la vida del -teatro, le llamaban siempre don Mariano.</p> - -<p>—Yo resulto poca cosa comparado con usted, doctor Olmedilla—me dijo -una noche—. Antes de ser comediante estudié el bachillerato allá en -Madrid, y me doy cuenta de que hablo con un médico de gran porvenir, -llegado a estas tierras por curiosidad aventurera, pero que algún día -obtendrá gran fama en nuestra patria. Por eso agradezco mucho que un -hombre tan «científico» se digne venir a un establecimiento como éste -para hablar con un pobre actor... Pero, aunque yo sea un ignorante -comparado con usted, me considero por encima de mis camaradas.</p> - -<p>Y Fonseca, acodándose sobre el mármol, en una actitud que él deseaba -espontánea y hacía recordar la postura arrogante de un héroe de capa y -espada<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span> sentado en una hostería, miró con bondad protectora a los otros -hombres de teatro que ocupaban las mesas cercanas y parecían olvidados -de él.</p> - -<p>—Ahora, doctor—continuó—, estoy en la decadencia. Reconozco que han -pasado mis tiempos. Además, este Buenos Aires, donde obtuve éxitos -enormes, ya no es para mí. Ha crecido demasiado aprisa, y los gustos -cambian. Ahora el público sólo quiere compañías lujosas, con muchas -hembras ligeras de ropa y mucha música. Nadie gusta ya de las obras en -verso y vamos siendo pocos los que sabemos declamar como en otra época.</p> - -<p>Yo he sido célebre, doctor. Aún quedan criollos de mis buenos tiempos, -que viven en las afueras de Buenos Aires rodeados de sus nietos, y si -les habla usted de Mariano Fonseca le dirán quién fue. Por eso, sin -duda, sólo encuentro trabajo actualmente los sábados y domingos, para -representar obras antiguas, obras verdaderamente buenas, en algún pueblo -inmediato a la capital. Estos públicos sencillos y honrados son los -únicos capaces de apreciar ahora el verdadero arte. Pero no quiero -insistir en esto; prefiero hablarle de mi vida, que le interesará más.</p> - -<p>Sepa usted que soy un gran español, y eso que España no se portó bien -conmigo. Por algo la abandoné cuando tenía poco más de veinte años, y no -he vuelto a ella. Los públicos de allá se mostraron injustos, y tuve -necesidad de venir a América para que alguien me aplaudiese. Pero no -guardo rencor a mi patria ingrata. Sé bien que muchos grandes hombres -conocieron la misma suerte. A pesar de esto, he servido a España aquí en -América, durante treinta años, más que los diplomáticos y los hombres -políticos.</p> - -<p>Actualmente se oye hablar mucho de fraternidad hispanoamericana. Hay -Sociedades que se cuidan de su fomento, y son frecuentes los banquetes y -otras fiestas con discursos recordando a la madre patria. Pero cuando yo -empecé mis correrías de actor, desde Texas y California hasta el cabo de -Hornos, la situación era otra. España se acordaba poco de los pueblos -americanos que hablan su lengua, y estas Repúblicas hispanoparlantes -(como dicen algunos doctores) mantenían enteros y vivos los odios, las -preocupaciones y cegueras de la guerra de la Independencia.</p> - -<p>No venían de la Península otros enviados que nosotros. Éramos los -comediantes los que evocábamos el recuerdo de España, representando las -obras en verso del teatro romántico. Este apostolado no estaba libre de -martirios. Los cómicos veíamos a veces con inquietud la llegada de la -fiesta patriótica de cada República. Casi todos estos países tienen en -su himno nacional una estrofita agresiva o vengadora dedicada a la -antigua España. El tiempo, que todo lo<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span> calma, las buenas relaciones -diplomáticas y los intereses de raza, han puesto en desuso estos versos, -anticuados y mediocres. Pero en los tiempos de mi juventud traían con -ellos tantos peligros y estrépitos como una tempestad, y muchas veces -hicieron correr sangre.</p> - -<p>Una parte del público, el día del aniversario patriótico, ordenaba que -los actores españoles cantasen el himno ofensivo para su nación. Muchos -se resistían a tal ultraje, apoyados por otra parte del mismo público, -compuesta de españoles establecidos en el país. Escándalo general, -insultos, palos, y muchas veces tiros. Además, usted conoce la gran -variedad de apodos que existe para nosotros en estas Repúblicas pobladas -por nietos de españoles. Los compatriotas de sus abuelos somos en un -sitio «godos»; en otro, «gallegos»; en otro, «patones» o «gachupines», y -así continúa la lista de motes...</p> - -<p>Ésta era la parte mala del teatro en aquellos tiempos; pero sería -injusto callar la parte agradable y gloriosa de nuestra vida errante. -Como ya le he dicho, durante medio siglo fuimos la única representación -española que conocieron los pueblos americanos de nuestra habla. En -muchas ciudades del interior nos veíamos acogidos como si la vieja -España viniese de actriz en nuestra compañía. Las señoras del público -murmuraban en voz baja durante la representación los versos de las obras -célebres, conocidos por ellas tan bien como por nosotros. Además, -siempre encontrábamos algún respetable doctor, dedicado al estudio de -las cosas antiguas de su tierra, que se emocionaba al vernos, como si -presenciase una segunda llegada de los conquistadores.</p> - -<p>A mí me conoce usted ahora en la desgracia; pero si visita mi casa -alguna vez, le podré enseñar coronas a docenas, láminas de plata o de -bronce con dedicatorias grabadas, de las que no he querido desprenderme -ni aun en días de angustiosa pobreza, y versos, muchos versos, dedicados -a mi humilde persona. Guardo también un discurso que un poeta joven -(luego ha sido muchas veces ministro en su país) leyó el día de mi -beneficio. «España—dice—es inmortal por sus hijos célebres. Jamás -podrá desaparecer una nación que ha dado al mundo Cervantes, Castelar y -Mariano Fonseca».</p> - -<p>Sé bien que esto último es un poco exagerado. ¡Entusiasmos de -muchacho!... Pero sería injusto no reconocer que nuestra vida errante -sirvió durante medio siglo para que no se enfriasen totalmente las -antiguas relaciones de familia y la gente recordase que aún existía -España.</p> - -<p>Yo debí quedarme en una de esas Repúblicas pequeñas, donde la vida es -patriarcal, y para que no resulte enteramente aburrida, procuran los -hijos del país amenizarla todos los años con alguna revolución. Pero mi -hija gusta de volver a<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span> este Buenos Aires, donde nació. Yo también -siento la atracción de la Avenida de Mayo; y aunque viva perfectamente -en Méjico, junto a la frontera de Texas, y jure no volver más a la -Argentina, siempre se arreglan las cosas de modo que, de aventura en -aventura y de triunfo en fracaso, acabo por rodar de un extremo a otro -del Nuevo Mundo, volviendo a esta ciudad, que es el refugio de todos -nosotros.</p> - -<p>Sin embargo, quedan esparcidos en las dos Américas muchos comediantes -españoles, cuyo nombre ignora España y son personajes verdaderamente -populares en las tierras donde se radicaron. Al gustar al público varias -temporadas consecutivas, se quedan en el país para siempre, creyéndolo -el mejor del mundo por haberles dado sus aplausos. Así envejecen sobre -la escena, viendo pasar tres generaciones por los asientos del teatro. -El presidente de la República se acuerda de que siendo niño le decía su -mamá: «Si eres bueno, te llevaré al teatro a ver a Fulano». Los niños -que ahora ríen las gracias de Fulano son nietos o bisnietos de los que -presenciaron su llegada al país. Todos olvidan el lugar de su -nacimiento, y acaban por considerarlo una gloria nacional. Cuando muere -creen que el teatro ha sufrido una pérdida irreparable, y que ya no -surgirán actores de su misma talla.</p> - -<p>De haberme quedado en una República de éstas, mi existencia sería más -tranquila y digna. No me vería obligado a hacer «bolos» los sábados y -domingos en los pueblecitos, ni a sufrir las impertinencias de los -muchachos que llegan ahora a las tablas, con tantos «modernismos» y sin -saber decir bien un verso.</p> - -<p>Pero siempre me sentí movido por un espíritu andariego y propenso a las -aventuras, como el de los antiguos conquistadores. Ocho veces he ido del -extremo Sur de Chile a la frontera de los Estados Unidos y viceversa, -deteniéndome en cuantos teatros, buenos o malos, encontré al paso, o -improvisando escenarios de ocasión en lugares que estaban esperando la -llegada de un comediante desde el principio del planeta.</p> - -<p>Esta facilidad ambulatoria la adquirí en mis primeros años de vida -americana, cuando empecé la carrera como galán joven, al lado del gran -Rengifo.</p> - -<p>Con este actor glorioso no fue ingrata la madre patria. Recordará usted -que gozó en España largos años de gloria. Pero al quedar poco menos que -afónico y faltarle el dinero, tuvo que ser héroe y pasar el Atlántico, -que siempre le había inspirado horror. Había que oír a este grande -hombre cuando relataba sus viajes y las observaciones hechas por él en -los teatros del Nuevo Mundo.</p> - -<p>Usted sabe, doctor, que las numerosas Repúblicas de América que hablan<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span> -español se diferencian mucho en fisonomía, desarrollo y carácter. Ocurre -con ellas lo que con los hijos de una misma familia: tienen padres -comunes y una sangre igual; pero los genios son distintos, y cada uno -nace con diversas aficiones. Los mayores son serios y trabajan; los -otros tienen el aturdimiento de la adolescencia; los pequeños hacen -diabluras. Hay Repúblicas que yo llamo «serias», y otras que tienen la -cabeza a pájaros y nadie sabe si llegarán a ser formales alguna vez o -quedarán como esos calaveras que siguen loqueando hasta en su -ancianidad.</p> - -<p>Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un -fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun -en aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba -muchas veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no -pasa año sin numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de -menos valor en el país.</p> - -<p>—Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras—decía mi maestro—, -y cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último -caimán de sus ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a -la vida que despierta.</p> - -<p>Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo. -Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas, -fue tanto el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso -venir a cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes, -cubiertos de cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver -en cada bolsillo del pantalón.</p> - -<p>—¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante -glorioso de la vieja madre patria.</p> - -<p>Y le estrechó la mano.</p> - -<p>Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores. -Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio -entrar en su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos -rutilantes edecanes.</p> - -<p>—¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso -enviado de la vieja España, nuestra madre.</p> - -<p>—¿Con quién tengo el honor de hablar?</p> - -<p>—Soy el presidente de la República.</p> - -<p>—¡Ah, no!... Inútil la broma—protestó el maestro—. El presidente de -la República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de -frac, y usted lleva bigote y uniforme de general.</p> - -<p>—Es que usted ignora que entre el segundo y el tercer acto ha habido -una<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span> revolución.</p> - -<h3>II</h3> - -<p class="nind">Mi mejor época empezó cuando pude formar compañía, siendo a la vez -empresario y actor.</p> - -<p>La primera dama era mi mujer, la pobre Rosalba, de la que hablaré luego. -Su padre, un español venido de allá treinta años antes que yo, había -alcanzado en Buenos Aires los tiempos del tirano Rosas, y, por su edad y -su voz, se encargaba en nuestras representaciones del papel de traidor. -Los demás actores se quejaban a todas horas, provocando disputas con sus -celos y exigencias; pero esto no impedía que marchásemos siempre juntos, -queriéndonos como si fuésemos de la misma familia.</p> - -<p>Rosalba era extremadamente morena, tenía hermosos ojos, y más de una vez -sentí orgullo y tristeza a un tiempo viendo cómo la miraban muchos -espectadores en las ciudades del interior. La pobre no conoció jamás la -riqueza ni el verdadero lujo; pero representaba la poesía de la vida, la -elegancia aristocrática, los grandes placeres de Europa, ante los -públicos sencillos que venían a escucharnos, como si fuésemos los -enviados de un mundo misterioso y lejano.</p> - -<p>Su madre también era española; mas Rosalba, por haber nacido en Buenos -Aires, se consideraba distinta a nosotros, interpretando esta diferencia -como algo que la confería una superioridad indiscutible. En sus momentos -de fervor artístico (que no fueron muchos) soñaba con ir a España para -representar en uno de sus teatros. Ser actriz en Madrid le parecía el -término glorioso de una existencia. Luego, en sus ratos de cólera (que -eran los más), me echaba en cara mi origen:</p> - -<p>—Tú eres un «gallego»; yo soy criolla y estoy en mi casa.</p> - -<p>Mi suegro, hombre a la antigua, incapaz de abdicar la superioridad de su -sexo, me daba consejos:</p> - -<p>—¡Mucho ojo, Mariano! Mi niña es una mala bestia, y ya sabes cómo hay -que tratarla: el pan en una mano y el palo en la otra.</p> - -<p>Pero yo, doctor, preferí siempre tener la razón de mi parte, dejando que -ella fuese injusta y agresiva. En realidad, ya no me acuerdo de los -disgustos que pudo darme. Nuestra vida movediza y pródiga en molestias -nos impulsaba a<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span> juntarnos otra vez, olvidando con facilidad las -querellas del día anterior. Frecuentemente me hablaron mal de ella, y -hasta recibí anónimos; pero la envidia profesional, sobre todo entre -mujeres, aconseja tales cosas a la gente del teatro.</p> - -<p>Confieso, sin embargo, que algunas veces sentí la tentación de separarme -de ella por sus imprudencias. Coqueteaba descaradamente con señores del -público, y esto era perjudicial para nuestra empresa, haciendo -desmerecer a la compañía y quitándonos prestigio ante las nobles -matronas de las ciudades en que trabajábamos.</p> - -<p>Yo podía enfadarme con mi esposa, pero no me era posible despedir a la -primera dama. No habríamos logrado continuar sin ella nuestras -representaciones. Por eso, aunque me cause cierta vergüenza el -confesarlo, transigí siempre, y algunas veces, al huir Rosalba de -nosotros, fui a pedirle que volviese, en nombre de su familia y en -nombre también de los demás artistas, que faltos de su colaboración iban -a verse en la miseria.</p> - -<p>Sé que las gentes malignas hicieron comentarios poco gratos para mí -sobre estas fugas, diciendo que siempre la acompasaba en ellas algún -personaje del país, doctor, general o simple periodista. Pero estoy -seguro de que eran calumnias. Ella me lo demostró siempre con pruebas -irrecusables. Si huía de nosotros era por su carácter caprichoso, por su -genio independiente, que la hacía odiar de pronto cuanto la rodeaba.</p> - -<p>Crea, doctor, que si alguna vez me fue infiel (y ahora lo dudo), debió -serlo por imposiciones violentas, y no por su voluntad. Usted no sabe lo -que puede encontrarse viajando a través de esta América, tan desigual. -En las Repúblicas de vida adelantada, donde mandan los blancos más que -los obscuros, hay justicia, y las personas pueden creerse seguras. Pero -a veces caíamos en lugares donde estaban las gentes como encogidas, bajo -el capricho de un hombre solo. Esto era en provincias de alguna de esas -Repúblicas sometidas a frecuentes revoluciones. El presidente, para -gratificar a los que contribuyeron a su elevación, los envía a un -territorio lejano, y allí pueden enriquecerse, llevando una existencia -igual a la de un antiguo gobernador turco.</p> - -<p>Imagínese las inquietudes de nuestra compañía cuando llegaba a uno de -estos lugares. Temíamos el mal humor del tirano, porque podía oponer -toda especie de obstáculos a nuestro trabajo. Faltos de su protección, -nos era imposible obtener un local ni ganar dinero. Pero yo, por mi -parte, temía no menos a los gobernadores entusiastas del arte dramático, -que nos recibían con una afabilidad extraordinaria, asistían -familiarmente a nuestros ensayos y nos brindaban apoyo.<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span> Cansados de las -hembras del país, sentían la atracción de la comedianta recién llegada, -que era además esposa del director de la compañía: una novedad.</p> - -<p>¡Las astucias que hubo de emplear para defenderme de tales bárbaros!... -Uno de ellos me tuvo en la cárcel tres semanas, por creer que yo era -amigo de los que conspiraban contra él. Es verdad que mientras estuve -encerrado proveyó al mantenimiento de toda la compañía, invitando además -a mi esposa a comer y cenar en su casa... Y mis compañeros, halagados -por la familiaridad del gobernador, declararon que esta temporada, tan -penosa para mí, fue para ellos la más agradable.</p> - -<p>Nunca quise saber con certeza lo que pudo existir detrás de una medida -tan arbitraria. Rosalba me juró que este hombre temible y atropellador, -aunque de perversa educación, era en el fondo un caballero, y no había -osado nada contra ella. No pude negarme a creerla. Me lo juró sobre la -cabeza de nuestra hija.</p> - -<p>He olvidado que usted no conoce a mi hija Pepita: una actriz de -verdadero talento, pero con un carácter peor que el de su madre. Esta -muchacha excelente, muy seria en sus costumbres, tiene un gesto que -corta y disuelve todo intento de confianza. Por eso muchos de nuestra -profesión la llaman por apodo «la Virgen guerrera».</p> - -<p>Hace más de veinte años que nació en Buenos Aires; pero esto fue pura -casualidad. Lo mismo podía haber nacido en una pobre estación de -ferrocarril, en una carreta cruzando la Pampa, o en una canoa bajo el -ramaje de una selva vecina a un río. Rosalba no dejó de representar -mientras la llevaba en sus entrañas. Hasta el último instante se apretó -el corsé e hizo esfuerzos para mantener disimulada su maternal -deformidad. No quería que el público riese considerando su estado y -viendo al mismo tiempo que el galán joven la perseguía loco de amor, -deseoso de morir o matar por ella. Así es nuestra existencia.</p> - -<p>Tampoco las funciones de la lactancia sirvieron de estorbo para la -gloria y la actividad artística de la madre. Mi pobre Pepita se dio -cuenta de que existía entre dos bastidores de teatro pobre, y pasó sus -primeros años en continuo viaje por las tierras comprendidas entre los -dos trópicos, llegando algunas veces hasta las montañas heladas de la -Tierra del Fuego.</p> - -<p>Mi esposa, que unas veces era Doña Inés, otras la dama feudal amada por -el trovador, y otras la doncella romántica de ojos pudorosos con una -rosa en la mano, se abría en los entreactos la pechera del vestido para -que la niña pudiera alimentarse, medio cegada por el resplandor de un -mechero.<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span></p> - -<p>Hubo que acudir a recursos extraordinarios para que no muriese de -hambre. Rosalba, que, a pesar de sus defectos, era una excelente mujer, -no podía cumplir a la vez con exactitud sus deberes contradictorios de -madre y de artista. Como viajábamos incesantemente, la pequeña se nutrió -al azar de nuestras correrías. Le dieron sus pechos indias y negras; se -alimentó con leche de animales de todas castas: vacas, yeguas y cabras. -Hasta creo que conoció las ubres de las llamas que trotan como bestias -de acarreo por los senderos pedregosos de los Andes.</p> - -<p>Esta alimentación, que uno de mis compañeros, llamado Tribaldo, muy -extravagante en el empleo de las palabras, llama «internacional y -geográfica», fue causa, tal vez, del carácter raro o intratable de la -niña.</p> - -<p>Aprendió a mantenerse sobre un caballo antes de saber andar. Durmió -tranquilamente, como en un regazo, entre fardos llevados a lomo por -mulas o guanacos. Su tierna carne se acostumbró al lancetazo chupante de -los mosquitos, las moscas de color y demás insectos de las soledades -americanas. Una vez, al hacer alto en una selva, la sorprendimos -jugueteando con una serpiente de cascabel. En otra ocasión, al pasar un -río abundoso en caimanes, se nos cayó de la mula, y hubo que sacarla por -los pelos. Tenía entonces cuatro años, y después de expeler el agua -tragada, no volvió a acordarse del accidente. Mi hija conoce todo lo -malo de este país, y no hay nada en él que pueda matarla...</p> - -<p>¡Los viajes de hace veinte años, cuando aún vivía mi esposa y empezaba -Pepita a salir a escena, unas veces de niña raptada, otras de angelito, -en el momento de la apoteosis final!... Mientras trabajábamos en tierras -con ferrocarriles, la compañía se trasladaba fácilmente de un lugar a -otro, seguida de todo su equipaje. En nuestra existencia errante no -podíamos olvidar nada: trajes, objetos ni decoraciones. Era imprudente -contar con los recursos del país. En ciertos pueblos el teatro era un -corral. Nosotros nos limitábamos a levantar el tablado que servía de -escenario, y el espectador se traía el asiento de su casa.</p> - -<p>Hoy existen ferrocarriles en muchas tierras que atravesé yo hace menos -de medio siglo viajando lo mismo que los primeros exploradores -españoles. Como ocurre siempre en los países que llegan tarde a -disfrutar las ventajas del progreso, estos ferrocarriles son magníficos, -superiores a los de Europa; como quien dice, «la última palabra»: -vagones Pulmann, amplios dormitorios, etc. Pero en mis tiempos tuve que -invertir seis u ocho días, subiendo y subiendo por las faldas de los -Andes y atravesando cimas eternamente nevadas, para correr el mismo -camino que ahora hace el tren en unas cuantas horas.</p> - -<p>Ascendíamos a tan enormes cumbres, que nos daba la enfermedad llamada -«sorocho», el mareo de las alturas, igual al mareo del mar. Los cóndores -volaban<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span> curiosamente sobre nosotros, adivinando que éramos una tropa -diferente a la de los arrieros de poncho colorado que cruzan la -Cordillera con sus recuas.</p> - -<p>Emprendíamos el viaje desde cualquier puerto del Pacífico (población -cosmopolita y calurosa, a ras de las olas, con muchos comerciantes -ingleses o alemanes) hasta alguna ciudad del interior, de nombre -histórico, situada en lo alto de la Cordillera, a dos mil o tres mil -metros, y adormecida noblemente lo mismo que en la época de sus ilustres -fundadores, venidos de Extremadura o Andalucía. Como avanzábamos por -senderos estrechos, bordeando precipicios, el material de la compañía -iba a lomos de bestia. Para mayor seguridad y baratura, empleábamos el -animal de carga del país, el compañero del indio.</p> - -<p>Usted conoce indudablemente lo que hacen las llamas cuando el arriero -pretende imponerles un trabajo extraordinario. Es un animal que sabe -hasta dónde deben llegar sus fuerzas, se irrita ante el abuso, y -defiende tenazmente sus derechos. Todos los de su especie han acordado, -sin duda, que sólo deben soportar una determinada cantidad de kilos, y -cuando les colocan una libra más en sus alforjas, llamadas «petacas», se -tienden en el suelo como un trabajador que apela a la huelga pasiva, y -no hay quien los levante, por más palos que les den.</p> - -<p>Nuestras decoraciones eran de papel, y no muchas; el vestuario y los -objetos escénicos tampoco resultaban abundantes; pero, aun con esta -parsimonia, ¡imagínese si serían necesarios animales de tal especie para -trasladar toda la impedimenta de la compañía!</p> - -<p>Formábamos una hilera de doscientas o trescientas llamas, con sus -arrieros indios, que gritaban para animarles en los malos pasos. Los -artistas íbamos en mulas tozudas y voluntariosas, a las que era prudente -dejar sueltas, a merced de su instinto, sin preocuparse de guiarlas, sin -otra defensa que cerrar los ojos en ciertos senderos, que más bien eran -filos de cuchillo, con un precipicio de varios centenares de metros -debajo de nuestros pies. Esto no impedía que «la Virgen guerrera» -trotase al frente de la caravana, a horcajadas como un muchacho, las -piernas al aire, la cabellera suelta al viento, y en continua pelea con -su mula, que coceaba junto a los abismos, protestando de una voluntad -deseosa de imponerse a fuerza de varazos y tirones del ronzal.</p> - -<p>Los personajes más importantes de la compañía marchábamos en el centro -de este rosario. Crea usted que a nuestras tres o cuatro mujeres, -arrebujadas en sus mantos, con la cara ennegrecida por el sol y el frío -de las cumbres, no las habrían conocido jamás los mismos que las -aplaudían una semana antes en la ciudad que habíamos dejado abajo, junto -al mar.<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span></p> - -<p>Ascendíamos en zigzag, como una fila de hormigas rojas, por las laderas -de los Andes. ¡Éramos tan poca cosa en aquella inmensidad!... Levantando -los ojos podíamos ver las panzas de los animales de la primera sección -de la caravana, que subían y subían, trazando una serie de ángulos. -Mirando abajo sólo encontraban nuestros ojos las cargas y las cabezas de -las llamas que cerraban la marcha. A veces salvábamos profundísimos -barrancos merced a un puente hecho de lianas, que se mecía como una cuna -sobre el abismo.</p> - -<p>Viajábamos lo mismo que en otros siglos los personajes de la -colonización española. Como yo tengo mis lecturas, creí muchas veces que -no éramos una compañía de cómicos; más bien una caravana de -funcionarios, enviados por el rey de España y sus Indias, que acababan -de desembarcar; un corregidor y varios oidores de Audiencia venidos con -sus damas a tomar posesión de sus cargos.</p> - -<p>Cuando el viento de las alturas era favorable, soplándonos por la -espalda, los arrieros convertían sus bestias en navíos. Entre las dos -«petacas» colocaban un palo, izando en él un pedazo de lona que hacía -oficios de vela. De este modo la fría brisa de las cumbres ayudaba -nuestra marcha, empujando a las llamas, haciéndoles redoblar su trote -adormecido; y la flota animal, con sus centenares de velitas -desplegadas, iba navegando entre el revuelto oleaje de rocas y nieves.</p> - -<p>Guardo un mal recuerdo, doctor, de mi viaje en ferrocarril la última vez -que estuve en Quito. Este mismo viaje lo había hecho seis años antes en -recua, y aunque fue incómodo y largo, resultó más seguro.</p> - -<p>La línea férrea que existe ahora de Guayaquil a Quito es casi un -funicular de varios centenares de kilómetros; una vía atrevidísima que -sube y sube. Como yo y mis gentes empleamos este medio de transporte en -las primeras semanas de su funcionamiento, el tren descarriló al ganar -una meseta solitaria de los Andes.</p> - -<p>Hubo muertos y muchos heridos. Imposible imaginar un paisaje más -desolado: rocas de colores metálicos, y como única vegetación cactus -rectos y muy esparcidos, que parecían hombres resbalando por las -laderas. Ni una casa, ni un árbol, ni una gota de agua. Y en esta -soledad, lamentos de heridos, gentes llamándose en torno a los vagones -hechos pedazos o volcados.</p> - -<p>Me alejé del tren, buscando socorro. De pronto vi asomar cautelosamente -sobre el borde de un barranco unos cuernos rojos y algo flácidos, como -si fuesen de trapo; luego unos ojos oblicuos y malignos, con las cejas -en ángulo, y el resto de una cara manchada de negro y bermellón. Era un -demonio, un verdadero demonio, más horrible en esta soledad que los que -había yo visto en los cuadros y en el teatro.<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span></p> - -<p>Detrás de este demonio, que subía lentamente, a cuatro patas, apareció -otro, y luego otro. Llevaban trajes grotescos, disparatados, astrosos; -pero estas vestimentas parecían darles un aspecto más horripilante. La -tropa infernal, que iba avanzando medio oculta, con las precauciones que -impone la vida desconfiada del desierto, se puso de pie y marchó -audazmente, animada por el aspecto que ofrecía el tren.</p> - -<p>Le confieso que sentí miedo al ver cómo venían hacia mí tantos diablos, -rojos y verdes, con la cara negra de hollín. De pronto recordé que -estábamos en domingo y era Carnaval. Los demonios se convirtieron en -indios, habitantes de chozas cercanas o invisibles para mí, que se -habían disfrazado con motivo de la fiesta, abandonando sus bailoteos al -enterarse de la catástrofe.</p> - -<p>Como era mediada la tarde estaban ebrios, y después de rondar en torno a -los vagones, empezaron a sentirse tentados por los equipajes de los -viajeros, haciéndolos suyos tranquilamente. Representaba una amenaza de -muerte pasar la noche en compañía de estos demonios, cuyo número iba -aumentando. Por suerte, llegó un tren de socorro: una locomotora y un -vagón, con varios empleados norteamericanos de la línea, y una caja de -botellas de <i>whisky</i> para las primeras curas. No podía pedirse más.</p> - -<p>Otras veces conocíamos en nuestros viajes inesperadas grandezas y -maravillosas abundancias. Recuerdo cómo desembarcamos en una ciudad de -la costa del Perú, fundada por Pizarro, pero que había permanecido luego -olvidada durante siglos. Los yanquis empezaban en ella la explotación de -unas minas, o mejor dicho, la depuración de las escorias, abundantes en -plata, abandonadas por la minería colonial, y esto había atraído -numerosos obreros.</p> - -<p>Fuimos a tierra desde el vapor en una balsa, hecha de troncos y -tripulada por indios. No crea que el viaje era fácil. Había que salvar -tres líneas de rompientes, aprovechando el minuto preciso, con riesgo de -zozobrar y ahogarse si los remeros maniobraban un momento antes o -después. Aun así, quedamos varias veces, personas y objetos, sumidos -entre espumas, yendo acompañada cada sacudida de la balsa con alaridos -de mujeres y llamamientos a todos los santos. Viajeros y cosas -navegábamos amarrados, para mayor seguridad, y aun así perdimos mucho -equipaje.</p> - -<p>No había otro medio de desembarcar; pero la aventura valía la pena. -Imagínese la emoción de un millar de hombres aislados en este pedazo de -costa olvidada, ganando dinero abundantemente y sin saber qué hacer de -él. Un barracón vecino al embarcadero de mineral lo convertimos en -teatro. Cada minero pagó por su entrada un peso fuerte. Nunca he vuelto -a ver tantos duros<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span> juntos. Cuando nos retiramos a media noche a nuestro -alojamiento, tuvimos que valernos de una carretilla para acarrear las -espuertas llenas de monedas de plata.</p> - -<p>Además, en ningún teatro obtuve ovaciones tan sinceras y clamorosas. Lo -que más gustaba a este público de blancos y mestizos eran los dramas -abundantes en peleas y con mucho choque de espadas. Cada vez que me -batía con el traidor de la obra, los espectadores daban alaridos de -entusiasmo, pidiendo un segundo combate, y yo, enardecido por los -aplausos, repetía la lucha, matando de nuevo a mi adversario.</p> - -<p>Nunca aprecia uno el poder mágico del teatro como viviendo entre gentes -sencillas. Por eso en mis viajes he preferido los pueblos humildes y -olvidados, las ciudades viejas, a las que sólo llega muy de tarde en -tarde una compañía teatral.</p> - -<p>Que no me hablen de esas capitales de América vecinas al mar, en las que -se usa generalmente la lengua española, pero son muchas las gentes de -todos los países. Llega uno para dar a conocer las obras del teatro -clásico, y le preguntan inmediatamente cuántas mujeres trae la compañía, -si son bonitas y si las obras que van a representarse tienen música y -canto. Deme usted ciudades del interior, reposadas y nobles, donde se -encuentran plazas con soportales que recuerdan a Toledo y Segovia; donde -los señores usan barba y tienen un aire caballeresco, como si acabasen -de quitarse la coraza en su casa; donde las damas son aseñoradas y van a -misa cuando apunta el sol a un convento que tiene naranjos en el patio, -llevando sobre el rostro un manto negro, lo mismo que las tapadas de -Calderón y de Lope.</p> - -<p>Parece que esta América vieja se ha modificado mucho desde mis tiempos -de galán joven y va a desaparecer. Pero yo la he conocido aún con su -noble atraso y su lujo colonial. Estuve en poblaciones del interior -célebres por sus minas históricas, donde todo era de plata, pero de -plata antigua y recia, trabajada a martillo, con la prodigalidad que -aconseja la abundancia del material; los platos, los jarros y hasta -cierto útil nocturno depositado junto a la cama. Los objetos de loza -había que traerlos de la costa, y se quiebran fácilmente en un viaje a -lomos de mula por los senderos de la Cordillera. Resultaba más económico -fabricarlos de plata.</p> - -<p>En estas tierras de vida ingenua es donde me vi más apreciado. Hombres -de cuchillo curvo, que llevaban varias muertes sobre su conciencia, me -seguían, al encontrarme en las calles, con ojos de admiración y respeto. -Eran espectadores que me habían visto la noche anterior batirme como un -héroe contra varios bellacos.<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span></p> - -<p>—¡Salud, patrón!—decían algunos—. ¡Vaya una «manito» que tiene usted -para la espada! ¡Que el Señor se la conserve!</p> - -<p>Muchas veces me he acordado del gran Rengifo. Estando en Méjico, al ir -en diligencia de una ciudad a otra, le salieron al camino unos -bandoleros célebres, que llevaban sus trajes y monturas chapeados de -monedas y bordados de plata. Estos facinerosos mataban a todos los que -pretendían desobedecerles.</p> - -<p>—Yo soy Rengifo—dijo con arrogancia a los ladrones, mirándolos frente -a frente.</p> - -<p>Y ellos dejaron de apuntarle con sus carabinas, echando pie a tierra -para estrechar su mano.</p> - -<p>—Nosotros respetamos a los valientes, compañero.</p> - -<p>Todos ellos le habían visto en el teatro.</p> - -<p>Cesó de hablar el gran Fonseca, quedando en actitud meditabunda. Parecía -perseguir sus recuerdos y reconcentrarlos, para que no se escapase -ninguno. Deseaba hacerme conocer, en sus múltiples aspectos, buenos y -malos, aquella vida errante a través de América, que tenía para él la -dulzura melancólica de su lejana juventud.</p> - -<p>Pero un hombre gordo y afeitado, con rostro de comediante viejo, acababa -de entrar en el café. Iba a sentarse junto a una mesa ocupada por otros -de su mismo pergenio, cuando al reconocer a Fonseca cambió de dirección, -viniendo hacia nosotros.</p> - -<p>—¡El tiempo que llevo sin verte, Mariano!—dijo con voz profunda y -lenta, que daba una solemnidad grotesca a sus palabras—. Te encuentro -gordo como un canónigo de aldea.</p> - -<p>Fonseca le miró con ojos de conmiseración.</p> - -<p>—No seas bruto, Tribaldo. En las aldeas no hay canónigos. Querrás decir -un cura de aldea.</p> - -<p>—¡Tú siempre dando lecciones! Quieres que no olvide que en tu juventud -fuiste estudiante... Bueno; hemos de hablar de un negocio, de una -<i>tournée</i> en Chile. Vendré a buscarte luego. Te invito a dar un paseo... -noctámbulo.</p> - -<p>Y al marcharse Tribaldo, el gran Fonseca me miró como si implorase -clemencia para los disparates de su camarada.</p> - -<p>—Así son—dijo con tono resignado—la mayor parte de los que vienen a -este café. ¡Y uno debe vivir con ellos a todas horas!... Por suerte, -tengo a Pepita. Es preciso, doctor, que venga usted a nuestra modesta -casa, para que conozca a mi hija.<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span></p> - -<h3>III</h3> - -<p class="nind">—¿Cuándo nos vimos la última vez, doctor?... ¿Hace ocho años o diez? -Sólo recuerdo que nos encontramos en aquel café de la Avenida de Mayo, -donde se reunían las gentes de mi arte. A pesar del tiempo transcurrido, -le reconocí inmediatamente. Usted, en cambio, no hubiese sospechado -nunca que soy el mismo Fonseca que le entretenía con sus historias allá -en Buenos Aires.</p> - -<p>Era cierto: nunca hubiese conocido al famoso comediante andariego en -este viejo de espalda convexa, desdentado y con el rostro fruncido como -una fruta invernal. De su pasado sólo conservaba la cabellera encrespada -y abundante; pero ya no admitía el tinte, y era blanca y dura lo mismo -que la de los negros cuando encanecen.</p> - -<p>—Reconocerá usted, doctor—siguió diciendo don Mariano—, que fui -profeta cuando le anuncié en «el otro mundo» el porvenir brillante que -lo esperaba aquí. No he sentido ningún asombro al reconocer a mi antiguo -compañero de café en el célebre médico que se digna visitar nuestro -establecimiento. Yo he seguido rodando cuesta abajo; era mi destino, y -gracias que pude parar aquí. Usted me conoció comediante en decadencia; -pero, en fin, artista todavía, y con ciertos públicos que se conservaban -fieles a mi nombre. Transcurridos unos cuantos años, me encuentra ahora -de asilado en un establecimiento de caridad, y viejo, como si un siglo -entero hubiese pasado sobre mí.</p> - -<p>Durante mi veraneo en la costa cantábrica había querido ver un asilo -para ancianos, fundado cerca del mar por un español enriquecido en la -República Argentina. Este «indiano» había comprado una casa enorme, con -vasto jardín, para vivir el resto de sus días en el país natal; pero el -descanso, después de una existencia penosa de negocios y ahorro, pareció -atraer a la muerte. Antes de irse del mundo había ordenado que su finca -fuese convertida en asilo, aplicando la mayor parte de sus rentas al -sostenimiento de la fundación. Como recompensa moral sólo pidió que su -nombre figurase en grandes letras de oro sobre la fachada. Era -médico-director del establecimiento un joven muy afecto a mis trabajos -científicos, y él fue quien me incitó con sus ruegos a realizar esta -visita.</p> - -<p>—No crea que me quejo de mi actual situación—continuó el comediante—. -Fue una verdadera suerte que algunos españoles de Buenos Aires, -apiadados de<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span> la miseria de Fonseca, al que habían aplaudido tanto en -otros tiempos, obtuviesen un puesto para él en esta casa, que sólo puede -albergar un corto número de infortunados. Le advierto que hicieron -además una suscripción para costearme el viaje. El último obsequio de -aquel público que tanto me quiso.</p> - -<p>Aquí no estoy mal. El director me aprecia y gusta de escuchar mis -historias «del otro mundo», o sea mis aventuras de cuando andaba de un -extremo a otro de las antiguas Indias occidentales representando -comedias. Los asilados me conocen y hasta sienten cierto orgullo al -verme entre ellos. Algunos estuvieron en América, donde tanto bruto se -ha hecho rico, y volvieron más pobres que se fueron, con la salud -perdida. Unos recuerdan haberme aplaudido en un teatro de allá; -seguramente un teatro de pueblo, de los de mi última época. Otros sólo -están enterados de que don Mariano fue algo, y no por eso me respetan -menos. Todos ven que cuando llegan visitas importantes soy yo el único -de la casa que inspira curiosidad y el único también que puede sostener -una conversación. Los demás se alejan apenas el visitante les da tabaco.</p> - -<p>Se detuvo Fonseca al decir esto, mirando con desaliento la colilla de -cigarro que guardaba entre los dedos.</p> - -<p>—No crea usted que soy ingrato y gusto de criticar a mis bienhechores, -como algunos de los infelices que viven aquí. Pero debo declarar que en -esta casa no todo es perfecto y existe en ella un gran vicio de -organización.</p> - -<p>El hombre benemérito que la fundó hizo su fortuna en Buenos Aires -fabricando cigarrillos, y sin embargo, en su testamento no tuvo en -cuenta para nada que el hombre necesita fumar, necesidad que dio origen -a su riqueza. Estamos bien alojados, no comemos mal; pero de tabaco... -¡ni una brizna! En el reglamento de esta casa no se habla de dar a los -asilados ni un mísero cigarrillo, y usted sabe cuán necesario es el -tabaco para los que viven una existencia común, en un buque, un cuartel -o un asilo.</p> - -<p>Yo espero horas enteras el paso del director por el jardín o invento -pretextos para buscarle. Sé que el encuentro me puede proporcionar un -poco de tabaco, pues a él lo place oírme, y yo hablo más a gusto cuando -fumo.</p> - -<p>Esto no lo he dicho como indirecta para que me regale usted -cigarrillos... Pero en fin, ¡ya que usted se empeña!... Crea que -agradezco de verdad su obsequio. Otros asilados tienen parientes en el -país, que vienen a verlos y les traen paquetes del estanco. Yo estoy -solo en el mundo y únicamente puedo contar con lo que me den las buenas -almas.</p> - -<p>Cediendo a mi insistencia, Fonseca se apoderó, con una avidez pueril, -de<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span> todos los pitillos que contenía mi cigarrera. Encendió uno en el -resto del anterior, y luego de expeler por las narices dos chorros de -humo con el regodeo del que paladea su deleite favorito, continuó -hablando:</p> - -<p>—Se irá usted esta misma tarde. Lo he oído a las señoras que llegaron -con usted y están visitando el jardín en este momento acompañadas por el -director. Vamos a separarnos pronto, y adivino que siente curiosidad por -conocer la vida de este infeliz después que dejó de verle.</p> - -<p>¿Se acuerda usted de Pepita, mi pobre «Virgen guerrera»?... No he -olvidado que vino usted a casa para ver mis recuerdos de gloria: las -coronas, las placas de metal regaladas en noches de beneficio, una -colección de anforitas de barro cocido y otras cosas sacadas de las -tumbas de los indios que fui adquiriendo en mis viajes.</p> - -<p>¡Ay! Todo eso desapareció. Tuve que venderlo a cualquier precio en mis -últimos años de miseria; cuando me vi solo en Buenos Aires y forzado -casi a pedir limosna.</p> - -<p>A mi hija la conoció usted en aquella visita. No creo que se llevase un -recuerdo agradable de ella.</p> - -<p>Inútiles las excusas: lo mismo les ocurrió a muchos. No digo que fuese -mal educada; pero era incapaz de una expansión sonriente, de una palabra -amable, siempre ceñuda y con hostilidad para los hombres. No podía ser -de otro modo, aunque lo desease.</p> - -<p>Repetidas veces anduvo en noviazgos con actores jóvenes de nuestra -compañía; pero siempre acabó por repelerlos.</p> - -<p>—Yo no puedo sufrir a otro hombre que a ti, papá—me decía—. No me -casaré nunca.</p> - -<p>Creo que uno de estos novios desechados fue el que inventó su apodo de -«Virgen guerrera». El mote no pudo ser más exacto y completo. Su odio a -los hombres era prueba y garantía de su virginidad. Y en cuanto a lo de -guerrera, yo sabía de esto más que nadie.</p> - -<p>Tenía el carácter belicoso de mi mujer; pero la pobre Rosalba enviaba -sonrisas voluntariamente a los señores del público, y mi hija necesitaba -un esfuerzo heroico para sonreír en la escena. En realidad, sólo llegaba -a dar media sonrisa, y era con la boca nada más, mientras el resto de su -cara se mantenía cejijunto y agresivo.</p> - -<p>Este mal carácter le impidió ser una gran actriz. No crea que habla mi -cariño de padre. Le aseguro que tenía más talento que Rosalba y todas -las mujeres con<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span> las que he trabajado en mi vida. ¡Pero aquel rostro de -pocos amigos!... ¡Aquella voz dura y monótona, que sólo se ablandaba al -expresar en escena la cólera o la venganza!...</p> - -<p>Con todos sus defectos, los últimos años que pasé junto a ella, a pesar -de ser los de mi decadencia, me parecieron más gratos que los de mi -juventud gloriosa al lado de Rosalba. Después que usted la vio hicimos -una excursión por Chile y otras Repúblicas de la costa del Pacífico. -Fuimos avanzando de teatro en teatro en dirección contraria a la de los -descubridores españoles, o sea de Sur a Norte.</p> - -<p>Le he dicho a usted de teatro en teatro, y esto muchas veces no fue -verdad. Huíamos de las ciudades con teatros, porque en ellas el público -no mostraba interés alguno por conocernos. Había pasado la época de -Mariano Fonseca. Este nombre no decía nada a las gentes nuevas. En todas -partes querían obras con música o dramas representados con gran aparato -escénico, ¡y nosotros éramos tan pobres!...</p> - -<p>La juventud del país acudía la primera noche deseosa de ver a las -mujeres de nuestra compañía; pero mi Pepita, con sólo mostrarse, ponía -en fuga a este público bullicioso. Sin embargo, usted la conoció. Era -tal vez demasiado morena, pero nadie podía llamarla fea. Además, -acuérdese de sus ojos...</p> - -<p>Indudablemente, no era un espantajo, y muchos sintieron la atracción de -su juventud y de su hermosura algo rara. Pero ¡ay!, ¡su maldito -carácter!... ¡Aquella prontitud de mano para contestar con una bofetada -al más pequeño atrevimiento!... En algunos pueblos fuimos silbados a -causa de sus violencias; de otros tuvimos que irnos a toda prisa porque -la niña había golpeado al hijo del personaje más poderoso.</p> - -<p>Buscábamos, para no morirnos de hambre, poblaciones casi ignoradas, sin -pensar si había en ellas teatro o no lo había. Improvisábamos nuestro -escenario en corrales de posadas llamadas hoteles, en plazas públicas, -hasta en tolderías de indios a medio civilizar. Allí donde existía un -grupo humano llegaba la compañía Fonseca, en mula, en carreta, en -piragua o a pie.</p> - -<p>Cuando nos faltaba algo para nuestras decoraciones, lo buscábamos en el -almacén de comestibles del lugar. Recuerdo haber empleado en Don Juan -Tenorio, como estatua de Doña Inés, un cartel anunciador hecho en los -Estados Unidos, que representaba una buena moza, de tamaño natural, -montada en una bicicleta. Y tal es el poder del arte, que con esta -carencia de medios escénicos lográbamos emocionar a nuestros públicos y -hacerlos aplaudir. Pero repito que esto ocurría siempre lejos de las -ciudades, trabajando «con decoración de selva», como decía uno de -nuestros compañeros.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span></p> - -<p>Teníamos además un enemigo feroz, que nos acosaba incesantemente y cada -año parecía centuplicarse. Lo sentíamos avanzar a nuestra espalda; nos -salía al encuentro cerrándonos el paso; nos obligaba a redoblar la -marcha para librarnos de su persecución; iba estrechándonos por ambos -flancos. Este enemigo era el cinematógrafo.</p> - -<p>Mientras no existió el maldito invento pudimos los cómicos errantes de -América prolongar nuestra vida. En las poblaciones del interior, las -gentes necesitadas de entretener sus noches acudían gozosas a nuestros -espectáculos, fuesen éstos como fuesen. No había otra cosa. Pero con la -generalización del llamado «teatro mudo», todos parecían vernos bajo una -nueva luz, dándose cuenta de nuestra pobreza y de nuestras -improvisaciones grotescas.</p> - -<p>Crea, doctor, que por culpa del cinematógrafo pasamos grandes apuros y -vergüenzas en el último período de mi carrera. Gracias a que la energía -de Pepita sirvió más de una vez para sacarme adelante. Yendo de pueblo -en pueblo y evitando las ciudades, que representaban para nosotros el -fracaso y la miseria, vinimos a dar en una de las regiones menos -pobladas de Venezuela; un país que políticamente pertenece a dicha -República, pero a causa de lo difíciles y largas que resultan las -comunicaciones, está gobernado por un amigo del presidente, que ejerce -una autoridad absoluta.</p> - -<p>Este gobernante cambia a cada revolución, y el que encontramos nosotros -fue un buen mozo, llamado Urdaneta, gran jinete, gran «machetero», como -dicen allá, e irresistible en el manejo de la lanza. Era un hombre -temerario, pródigo en dádivas, rapaz para los que vivían sometidos a su -gobierno, feroz con sus enemigos y aficionado a todos los placeres que -tienen algo de crueldad; en fin, un varón creado para la pelea y la -conquista.</p> - -<p>Él vio una especie de triunfo político en nuestra llegada a la -población, cabecera de sus dominios. La compañía Fonseca representaba un -gran suceso en la historia de su gobierno. Iban transcurridos muchos -años desde la última vez que unos comediantes habían visitado aquel -rincón de la tierra.</p> - -<p>Resultaba explicable el entusiasmo con que fuimos recibidos, después de -tantos menosprecios y pobrezas. El viaje valía todo esto y mucho más. -Yo, que llevaba una vida tan larga de exploraciones, sentí asombro -viéndome llegado hasta allí.</p> - -<p>Un protegido de Urdaneta, al encontrarnos en la capital de la República, -nos había propuesto esta «temporada extraordinaria», y dirigidos por él -atravesamos sabanas que parecían interminables, y en cuya vegetación se -hundían nuestras<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> mulas hasta el vientre. Luego nos creímos perdidos en -selvas donde no se veía el cielo y bajaba a través del ramaje una luz -verdosa, semejante a la del fondo del mar. Pero los guías lograban -orientarse, siguiendo unos senderos apenas perceptibles entre la maleza -agitada por bestias ocultas. Vimos aves de plumaje fantástico, mariposas -enormes, pájaros diminutos como insectos, moscas que parecían esmeraldas -y rubíes con alas; mas nos faltaba tranquilidad para admirar tales -prodigios. Pensábamos en tigres y jaguares, creyendo su aparición -inmediata cada vez que las mulas coceaban o se echaban atrás, inclinando -sus orejas con inquietud.</p> - -<p>A continuación pasamos muchos días viviendo y durmiendo en canoas que se -deslizaban por una maraña de arroyos y ríos. Todos los cursos de agua -parecían iguales. Repetidas veces nos imaginamos haber pasado por el -mismo sitio, mirando con incredulidad a los romeros indígenas, que -sonreían de nuestra desconfianza. Navegábamos jornadas enteras bajo -túneles de follaje. Las ramas colgantes nos obligaban con su azote a -bajar las cabezas. De vez en cuando, un marinero cobrizo, con la vista -fija en la bóveda vegetal ensombrecedora de las aguas, levantaba su -percha, dando un fuerte palo a una de las lianas verticales. La liana -tenía ojos, se contraía, y perdiendo su equilibrio acababa por -derrumbarse en el río. Era una boa enorme...</p> - -<p>Pero ¿a qué contarle más de este viaje? Era una América distinta a la -que usted conoce; la tierra tropical casi intacta, tal como debieron -verla los primeros españoles que bajaron por el Amazonas o el Orinoco. A -nosotros, pobres cómicos, después de pasar varias semanas en el seno de -esta naturaleza sin domar, nos pareció una capital enorme el pueblo -donde vivía Urdaneta, y recibimos con gratitud casi llorosa las muestras -de afecto y protección de este personaje.</p> - -<p>Jamás sultán de cuentos orientales se vio tan admirado y obedecido como -él por nosotros. Hay que advertir que Urdaneta vivía casi aislado en las -tierras sometidas a su gobierno. Todos le temían y procuraban evitar su -presencia. Era caprichoso en su trato con las personas, no creía en la -amistad, se consideraba amenazado constantemente, y para librarse de -asechanzas procuraba ser el primero en la agresión. Total, que había -dado muerte a muchos de sus gobernados para librar su propia vida, según -él afirmaba, o por capricho y embriaguez, según el decir de las gentes.</p> - -<p>Nuestra presencia le proporcionó diversiones extraordinarias. Con la -magnanimidad de un tirano protector de las artes, nos invitó repetidas -veces a comer en su casa. Además decretó enérgicamente que el país debía -civilizarse, y<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span> para ello lo más eficaz era acudir a un espectáculo -culto y moralizador como nuestras representaciones.</p> - -<p>Siempre había sido gran aficionado a la poesía. En la sobremesa de sus -banquetes, cuando estaba casi agotada la botella de ron puesta ante él, -nos iba recitando el inmenso caudal de versos, sentimentales y amorosos, -atesorado en su memoria. Durante sus campañas para derribar a varios -presidentes por el hierro y por el fuego, su distracción nocturna era -tañer la guitarra, cantando romanzas de treinta o cuarenta estrofas, -todas ellas dignas de lágrimas. Reconozco que este guerrero lírico y -sensitivo habría ordenado a veces, en el mismo día, numerosos -fusilamientos; pero, no obstante este detalle y el enorme daño que acabó -por causarme, declaro que era simpático a su modo.</p> - -<p>Los últimos triunfos de mi vida artística los debo a su protección. -Había improvisado un teatro, al que acudían puntualmente todas las -noches los habitantes del pueblo como si cumpliesen una función pública. -Frente al escenario había un tabladillo adornado con banderas -nacionales, y en él un sillón de madera dorada traído de la iglesia.</p> - -<p>Este palco presidencial lo ocupaba Urdaneta con otros personajes de tez -sombría, ojos diabólicos y palabra melosa, que oran ejecutores de sus -voluntades y compañeros de sus peligros. El público reía nuestras -gracias o aplaudía frenéticamente nuestras nobles acciones, animado por -el gesto benévolo del presidente. Pepita era considerada por los -espectadores como una deidad milagrosa que podía interceder en favor de -ellos, haciendo más tolerable su existencia. Yo trabajaba con el -inquebrantable entusiasmo del que tiene seguro su éxito.</p> - -<p>Pero debo llegar al final de este período de mi existencia (el último en -que me creí feliz), o sea a mi infortunio definitivo.</p> - -<p>Un día me di cuenta de que mi hija ya no merecía su apodo. Como ocurre -siempre en tales casos, yo fui el último en enterarme. Por algo el -público, al aplaudirla, mostraba la adulación de los que desean -congraciarse con los poderosos. Pepita era la amante de Urdaneta, y esto -había sido por su voluntad, sin que el déspota, acostumbrado a la -violencia, necesitase hacer nada para vencerla. La «Virgen guerrera» -había reservado su integridad corporal para este descendiente de los -conquistadores, que la esperaba, sin saberlo, en un rincón de la América -caliente, aislado por selvas y ríos.</p> - -<p>No negaré que Urdaneta era un cumplido varón, capaz de conmover a las -hembras que gustan de hombres violentos y desean vivir sometidas a una -voluntad avasalladora. Pero Pepita era todo lo contrario. Yo no la -consideraba<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span> inferior por su mal genio al tirano que nos protegía. Luego -pensé que tal vez la identidad de sus caracteres había acabado por -atraerlos.</p> - -<p>Pasé mucho tiempo fingiendo ignorancia y ceguera. Dirá usted que esto no -es digno de un padre; pero ¡ay!, ¡la vida nos exige tales cosas cuando -somos pobres! Además, Pepita se mostraba contenta de su nueva situación, -y cada vez que intenté hablar de lo ocurrido, me miró con aquellos ojos -que parecían congelarme, cortando bruscamente mis palabras.</p> - -<p>Con un hombre como Urdaneta no podían durar mucho las situaciones -tranquilas y plácidas. Él dio fin, del modo más inesperado, a nuestra -temporada teatral. Le parecieron inoportunas las familiaridades de los -hombres de la compañía con la primera dama... ¿Por qué tuteaban a -Pepita?... ¿Cómo iba a tolerar que un actor la abrazase en la escena, -diciendo palabras amorosas, cuando por menos había sacado en diversas -ocasiones el revólver o el machete, librándose en un segundo del que -podía ser su rival?...</p> - -<p>Se acabó el teatro, y con él mis noches gloriosas, apagándose para -siempre aquellas salvas de aplausos que me hacían retroceder a los -tiempos de mi juventud. Urdaneta retribuyó generosamente a mis -compañeros, haciéndoles emprender su viaje de vuelta a la capital, otra -vez por ríos, selvas y llanuras. Yo me quedé, porque era el padre de la -gobernadora; pero jamás en mi existencia me vi tan solo y aburrido.</p> - -<p>Pasaba los días conversando con aquellos personajes inquietantes, -obscuros de tez, que eran algo así como los mariscales de la corte de mi -napoleónico protector. Me hablaban de guerras civiles y de revoluciones, -mostrando un menosprecio espeluznante por el valor de la vida humana.</p> - -<p>Mientras tanto, los dos enamorados corrían a caballo las selvas o se -dedicaban a la caza. Urdaneta era ahora maestro de mi hija, alabando sus -admirables disposiciones. Este hombre de armas gozaba en enseñar su -manojo a Pepita, y la casa del gobernador temblaba diariamente con el -estruendo de las pistolas y carabinas usadas por ella.</p> - -<p>Tal era la confianza del terrible maestro en su discípula, que había -inventado una diversión de las que a él le gustaban, mezcla de -voluptuosidad y de peligro. Muchas noches, antes de acostarse, mi yerno -(llamémosle así) colocaba sobre su cabeza una fruta cualquiera del país, -algo que pudiera servir como la manzana de Guillermo Tell. Y la nueva -tiradora se la arrebataba con un balazo de su rifle. Después de este -juego, los dos parecían amarse con nueva pasión. Era algo semejante a -las caricias de las fieras, según decían en el pueblo.<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span></p> - -<p>Un día me hablaron dos forasteros, haciendo grandes elogios de mi -talento de actor. Aseguraban haberme aplaudido en una de las pocas -funciones que di en la capital de la República. Luego me ofrecieron un -regalo de diez mil dólares en moneda americana y dos pasajes hasta Cuba, -para mí y para mi hija.</p> - -<p>Bastaba una operación insignificante para corresponder a tanta -generosidad. Se daban por contentos con que la ex «Virgen guerrera» -bajase un poquito su puntería una noche: asunto de que el proyectil, en -vez de rozar la abundosa cabellera de Urdaneta, le diese en mitad de la -frente.</p> - -<p>Me pareció poco repeler esta propuesta con las mejores frases de -indignación de mi repertorio, y se la revelé a mi hija. ¡Qué quiere -usted!... Le había tomado cierta simpatía al tirano, recordando los -tiempos en que protegió con tanta eficacia el arte dramático. Pepita -debió hablar, y Urdaneta consideró oportuno unos cuantos fusilamientos, -ordenados a capricho indudablemente, pero con el deseo de que sirviesen -de saludable advertencia a sus contrarios.</p> - -<p>No le extrañará a usted, después de esto, que Mariano Fonseca, hombre -pacífico y accesible al remordimiento, no pudiese vivir con -tranquilidad. Me acusaba a solas de los fusilamientos, como si los -hubiese ordenado yo mismo. Para mayor desdicha, Urdaneta empezó a -mirarme con desconfianza, considerando inoportuna mi presencia en sus -dominios. Por suerte, no me creyó traidor ni un instante; pero, según -dijo a mi hija, me tenía por un bonachón peligroso, dispuesto a liar -amistad con todo el que me hablase de cosas de teatro: una especie de -puerta abierta por la que podían llegar sus enemigos hasta él... Y como -era rápido y enérgico en sus resoluciones, ordenó mi viaje de vuelta, lo -mismo que había hecho meses antes con las gentes de mi compañía.</p> - -<p>Resultaba absurdo pensar en protestas ni razones con Urdaneta. Además, -mi hija decía siempre lo mismo que su amante. Para abreviar: tuve que -hacer de nuevo el largo trayecto, en piragua y en mula, hasta la capital -de la República; pero esta vez abundantemente provisto de dinero. El -déspota sabía ser generoso, derrochando su riqueza con la misma -violencia que empleaba para adquirirla.</p> - -<p>Sentí, al verme solo, el tirón de la vida errante, y reanudé mis -correrías, ahora, de Norte a Sur, atraído, como siempre, por Buenos -Aires. En mi lenta retirada tuve noticias de Pepita: las últimas.</p> - -<p>Estalló una revolución en aquella tierra; una más que añadir a la lista -interminable de su historia. El presidente fue derribado; pero le dieron -tiempo para escapar. Urdaneta, su protegido, no quiso imitarle. Se había -acostumbrado a vivir como una autoridad independiente en aquel rincón -olvidado y casi salvaje de la República. Se imaginaba que este gobierno -era suyo por derecho de<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span> conquista, y nadie podía arrebatárselo, -ocurriese lo que ocurriese en el resto de la nación.</p> - -<p>La gente no lo entendía así. Ya que había triunfado una revuelta, debían -renovarse las autoridades, siendo reemplazado Urdaneta por otro -gobernante. Nadie se hacía la ilusión de que el nuevo fuese mejor; pero -era indispensable cambiar de tirano. Los hombres de confianza del -vencido sintieron igualmente ese deseo general, abandonándole para -unirse a los vencedores.</p> - -<p>Ni aun así quiso huir aquel testarudo, audaz y valeroso, digno de vivir -en otros siglos. Al verse sin amigos, se fortificó en la casa de -gobierno con mi hija. ¡Los dos contra todo el pueblo y contra los grupos -en armas enviados por la revolución triunfante!... Ambos eran excelentes -tiradores, y los fusiles y cartuchos abundaban en su vivienda.</p> - -<p>Me han contado que Pepita, caída en el suelo, con una pierna rota de un -balazo y otras heridas en el cuerpo, cargaba los rifles, pasándoselos a -Urdaneta, que tiraba y tiraba incesantemente con una ligereza de -demonio. Los asaltantes, después de muchos ataques inútiles y mortales, -tuvieron que avanzar protegidos por unas carretas de paja ardiendo, y -prendieron fuego al edificio, convencidos de que únicamente así podrían -acabar con su temible gobernador.</p> - -<p>De este modo perecieron Urdaneta y mi ex «Virgen guerrera». La -muchedumbre sólo osó acercarse a ellos cuando sus cadáveres estaban -ardiendo como si fuesen carbón. Aun así, temían muchos que surgiesen -otra vez de entre las llamas los certeros balazos del tirano.</p> - -<p>Después de esto, creo que nadie se atreverá a decir que en la vida de -los comediantes todo es mentira y fingimiento, y que no ocurren en la -realidad dramas más tremebundos que los que nosotros representamos sobre -las tablas.</p> - -<p>Muerta mi hija, las aventuras de mi vida no ofrecen interés. Cuando -volví a Buenos Aires ya me había comido todo lo que me dio el generoso -compañero de Pepita. Conocí de nuevo miserias y humillaciones; pero -ahora estaba solo, me faltaba mi hija, que parecía sostenerme y darme -vigor con su duro carácter. Además, los compañeros eran malos conmigo al -no ver a mi lado «la Virgen guerrera»... Ya sabe usted lo demás: cómo -vine a dar con mis huesos en este refugio, la protección de algunos -comerciantes españoles de allá, la suscripción para el viaje, etc.</p> - -<p>Pero advierto, doctor Olmedilla, que le llaman esas señoras, y el -director parece impacientarse porque le retengo con mi charla.</p> - -<p>No se ocupe de mí; atienda a sus amigos... y si alguna vez se acuerda -del<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span> comediante Fonseca, su viejo compañero de Buenos Aires, ya sabe -cómo puede favorecerlo.</p> - -<p>Nada de dinero... Me envía simplemente tabaco: unos cuantos paquetes de -cigarrillos.</p> - -<p>Todos sufrimos en esta casa por la distracción de aquel cigarrero que a -la hora de su muerte no se acordó de que los hombres fuman. Y las buenas -almas deben reparar un olvido tan inexplicable.</p> - -<h3>IV</h3> - -<p class="nind">Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa -cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su -director.</p> - -<p>Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y -pregunté por él.</p> - -<p>—Murió un año antes de abandonar yo la dirección—dijo el médico—. -Cuando sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y -casi en su agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros -de asilo.</p> - -<p>Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En -realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido -al último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su -juventud.</p> - -<p>Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a -todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero -estos paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían -tener la fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de -Canaán. Siempre que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado -minutos antes, decía a sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como -si estuviese representando la escena más culminante de un drama:</p> - -<p>—Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor -Olmedilla, una eminencia de Madrid.</p> - -<p>Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje -político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca. -Éste, después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el -nombre de nuestro visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano.</p> - -<p>Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta -familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba -a mostrarse menos<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span> razonable y coherente en el relato de sus historias. -Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos convencieron a -todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia del -senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en -Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato.</p> - -<p>Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el -personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía -senil, acabó por reconocerle.</p> - -<p>—¡Pero tú eres Cerón!—dijo—. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido, -siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca?</p> - -<p>Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con -inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida.</p> - -<p>Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos -conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a -América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que -habían venido con el personaje vieron en esta historia materia para un -artículo.</p> - -<p>Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su -carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir -de la escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país -donde los actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se -limitaban a decir: «Es más malo que Cerón»?</p> - -<p>Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón -pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como -él decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes».</p> - -<p>Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante.</p> - -<p>La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en -América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en -el asilo un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de -Madrid sólo para dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba -esperándolo más de veinte años.</p> - -<p>Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus -bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de -él. ¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?...</p> - -<p>La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en -comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros; -pero ¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo -inolvidable!...</p> - -<p>Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y, -contra<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span> lo que es costumbre en los tribunales, deseaba entregarse cuanto -antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero para resolver el -asunto con inusitada rapidez.</p> - -<p>Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía -rico.</p> - -<p>Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas -veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los -escenarios. Quiso dictar su testamento, y dejó por herederos de sus -bienes a todos los camaradas de asilo y a los que les sucedan en aquella -casa. La renta de su capital debe emplearse enteramente en tabaco, para -que de este modo no conozcan nunca los pobres el tormento sufrido por él -en sus últimos años a causa de una omisión del fundador.</p> - -<p>Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que -ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span></p> - -<h2><a name="El_viejo_del_Paseo_de_los_Ingleses" id="El_viejo_del_Paseo_de_los_Ingleses"></a>El viejo del Paseo de los Ingleses</h2> - -<h3>I</h3> - -<p class="nind">Todas las mañanas, a las once, llegaba invariablemente al Paseo de los -Ingleses, cuando mayor era en él la concurrencia. Bajo la doble fila de -palmeras inmediata al mar, iban formando grupos las gentes de diversas -nacionalidades y lenguas venidas a Niza durante el invierno.</p> - -<p>El azul denso e inquieto de la bahía de los Ángeles se interrumpía al -reflejar el resplandor del sol, triángulo de oro palpitante que apoyaba -su vértice en la orilla, mientras resbalaban por el azul inmóvil del -cielo los blancos vellones de las nubes. Una ilusión primaveral -rejuvenecía a esta muchedumbre durante las horas solares. Al languidecer -la tarde, el viento punzante caído de las cimas de los Alpes hacía -recordar la existencia del olvidado invierno; pero en las horas -meridianas, las mujeres, vestidas con colores de flor, tenían que abrir -sus sombrillas para defenderse de la causticidad del sol, y los hombres -sentían el orgullo de haber vencido al tiempo, mirando sus pantalones de -franela blanca a través de las gafas ahumadas con que defendían sus ojos -de la refracción de la luz sobre el asfalto.</p> - -<p>Una alegría egoísta los animaba a todos al hablar del frío que estarían -sufriendo a aquellas horas los que tenían la desgracia de haberse -quedado en París, en Londres o en Nueva York, lejos de la asoleada Costa -Azul.</p> - -<p>Ganosos de ver y de ser vistos, se agolpaban en una pequeña sección del -Paseo de los Ingleses, que tiene varios kilómetros de longitud. Las -gentes colocaban sus sillas de hierro unas junto a otras, buscando -hablarse con mayor<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span> intimidad, o las avanzaban más allá del vecino. Esto -iba estrechando el espacio de que podían disponer los transeúntes en sus -continuas idas y venidas, mas no por ello se cortaba su infatigable -rosario, y seguían deslizándose entre las tortuosidades de la gente -sentada, cruzando con ésta saludos y palabras.</p> - -<p>Las conversaciones en diversos idiomas formaban un zumbido casi tan -sonoro como el choque de los últimos estremecimientos del mar sobre la -playa de guijarros, pulidos por un roce milenario. Cuando este rumor -humano bajaba de tono, se oían las orquestas de los restoranes y los -hoteles del paseo, que extienden su recta edificación frente al mar. -Entre las casas y la doble fila de palmeras pasaban automóviles con -matrículas y colores de todas las naciones, y grupos de jinetes: ellas, -con aire de muchacho, llevando pantalones masculinos; ellos, con la -cabeza al aire, el pelo echado atrás y el cuello de la camisa abierto -sobre el pecho.</p> - -<p>De los hoteles célebres iban saliendo damas de andar perezoso, que -silbaban para que siguiese sus pasos un perro grande, con aire de fiera -que se digna ser buena, o pequeñísimo, y arrastrándose junto al suelo, -lo mismo que un manguito de piel caído de las manos y que empujase el -viento. Eran mujeres célebres por su familia o por su historia: artistas -de amor costoso o princesas de dinastía reinante. La gente repetía sus -nombres con interés, y ellas, apreciando de reojo la curiosidad -despertada por su presencia, seguían avanzando con aire -aristocráticamente desmayado, resignadas, como una reina que tiene que -mostrarse al populacho, y dando a entender con el desmadejamiento de su -persona que la mayor parte del año sólo se levantaban de la cama en las -primeras horas de la tarde. Aquí, en Niza, consideraban de buen tono -abandonar las sábanas para hacer una visita al sol a la hora en que está -más visible, aunque su luz vulgar y mal educada revela brutalmente los -desperfectos de los rostros.</p> - -<p>A las doce sonaba en la colina del Castillo el cañonazo tradicional, e -instantáneamente, con una prontitud de teatro, se deshacían bajo las -palmeras los grupos humanos, que los tripulantes de los buques -alcanzaban a ver como hormigueros mientras navegaban por la línea del -horizonte. Las gentes se perdían en las calles afluentes al paseo o -penetraban en los hoteles. Únicamente permanecían retardados sobre el -asfalto los habladores, incapaces de cortar una discusión entablada, y -ciertas parejas amorosas, en espera de este momento de desbande general -para aproximarse y convenir dónde podrían volver a verse más íntimamente -al caer la tarde.</p> - -<p>Una hora antes de esta dispersión en busca del almuerzo, llegaba todos -los días el hombre a quien llamaban muchos «el viejo del Paseo de los -Ingleses»,<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> como si fuese parte integrante de dicho lugar. Otros que, -por vivir más tiempo en Niza, se creían obligados a un conocimiento -concreto de las personas y las cosas, daban detalles precisos sobre su -existencia.</p> - -<p>—Es un ruso: uno de los muchos que la revolución ha dejado en la -miseria.</p> - -<p>Nadie podía más detalles; todos pasaban a ocuparse de otra cosa, con un -mohín de cansancio. Los rusos ya no eran de moda; esto lo sabía toda -persona razonable. Al principio, sus infortunios excitaron la simpatía -pública; no había salón distinguido ni espectáculo elegante donde no se -encontrase algún refugiado de esta nacionalidad. Pero había transcurrido -mucho tiempo sin que ocurriese nada nuevo en Rusia, y al fin la suerte -de los tales fugitivos resultaba monótona.</p> - -<p>Además, eran demasiados los que habían venido a aglomerarse en este país -de sol, como si los impulsase un misticismo sabeico. Las novelas de su -nueva existencia ya no inspiraban interés, y la gente hablaba fríamente -de grandes duquesas que tenían en Niza casa de huéspedes o tienda de -sombreros; de oficiales de la antigua marina zarista convertidos en -bailarines profesionales de los restoranes de Monte-Carlo; de chófers de -porte marcial y rubio bigote, antiguos coroneles y generales en la corte -de San Petersburgo. Esto podía merecer atención durante unas semanas o -unos meses; pero ¡después de cuatro años, durante los cuales habían -ocurrido tantas cosas en un mundo que parecía estar loco!...</p> - -<p>Los invernantes más antiguos de Niza conocían su nombre, Fedor Ipatieff, -y afirmaban que este «viejo del Paseo de los Ingleses» no era -extraordinariamente viejo. Debía tener poco más de sesenta años, y en -los meses anteriores al principio de la guerra todavía ostentaba esa -juventud madura, artificial y brillante que todo hombre moderno, libre -de las fatigas del trabajo, puede proporcionarse.</p> - -<p>El tiempo, que parecía haberle olvidado, cayó sobre él repentinamente al -verlo pobre, marcándole el rostro con los arañazos de su mano -arrugadora. Diez años antes se mostraba relativamente fresco y con -aspecto vigoroso al salir por las mañanas de su cuarto de baño. Ahora -tenía los ojos hundidos en el fondo de una estrella de arrugas, y cuando -el cuello de su camisa entreabría sus puntas dejaba ver una piel flácida -y esa rigidez de los tendones que denuncia la ancianidad. El pelo, que -en los últimos años disfrazaba su anemia bajo rubios tintes, se mostraba -ahora francamente blanco. Pero este hombre, viejo por los años y -avejentado aún más por su decadencia social, hacía esfuerzos de voluntad -para retardar su ruina. Eran esfuerzos desesperados e inútiles, como los -del náufrago flotando en medio del Océano, que sólo demoran por unos -minutos el<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> final inevitable.</p> - -<p>Llevaba, lo mismo que en sus buenos tiempos, patillas hasta la mitad del -rostro, unidas por el bigote, como si éste fuese un puente, y la -cabellera partida por una raya de la cúspide del cráneo a la nuca. Hacía -recordar al difunto emperador de Austria Francisco José. Era un elegante -con arreglo al patrón vienés que había imperado en las cortes y los -salones de Europa cuarenta años antes.</p> - -<p>Su vestimenta, aunque no databa de tan remota época, pertenecía también -al pasado: corbatas de plastrón imponente, con un alfiler en su centro -escandalosamente falso, ocupando el lugar de otro que había sido una -joya verdadera; levitones majestuosos; guantes grises con trencillas -negras; sombreros indeterminados, que nadie podía saber bajo qué moda -habían nacido; todo cepillado hasta dejar visible su trama, y revelando -el paso por su superficie de frotaciones y líquidos para expulsar las -manchas.</p> - -<p>La escasez de ropa interior era lo que hacía sufrir más a Ipatieff, que -en su juventud había llegado a cambiarla tres veces al día. Sus cuellos, -siempre altos y vistosos, ya no podían deslumbrar con el fulgor nítido -de otros tiempos. Después de la guerra todo había cambiado en el mundo. -Además, su pobreza sólo le permitía tener lavanderas de obreros. Sus -camisas se iban deshilachando, y a pesar del brillo de la plancha, -guardaban siempre un vago color de chocolate.</p> - -<p>Este señor de aspecto pobre y «antiguo» era saludado por muchos con la -afabilidad que inspiran las personas que conocimos en nuestra juventud y -nos la recuerdan con su presencia. También lo sonreían afablemente -algunas señoras viejas y de empaque aristocrático que exponían sus -reumatismos al sol.</p> - -<p>—¡Pobre Ipatieff! Ahí donde ustedes lo ven, ha sido el bailarín más -famoso de su época. Nadie, en la Niza de nuestros tiempos, sabía el vals -como él, ni dirigir un cotillón... ¡Ay! Eso era en la época que aún no -existían los fox trots y demás danzas de negros, que vuelven locas a las -niñas de ahora.</p> - -<p>Señores de rostro severo, con la roseta de la Legión de Honor en una -solapa, al contestar al saludo modesto del ruso, explicaban quién era -éste a sus compañeros de conversación:</p> - -<p>—Antes de la guerra fue rico. Un hermano suyo tenía allá una fábrica -importante, y le enviaba todos los años varios centenares de miles de -rublos. El industrial estaba orgulloso de que su hermano menor hiciese -brillar el nombre de la familia, entre los rusos más distinguidos, en -Niza y en París. Pero ahora la fábrica ha desaparecido, al hermano lo -asesinaron los bolcheviques, y el pobre<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> Ipatieff tiene que valerse de -medios extraordinarios para disimular su pobreza.</p> - -<p>Los más enterados de la existencia actual de Fedor relataban, con una -sonrisa de conmiseración, sus esfuerzos para vivir sin mendigar. Durante -los primeros años de la guerra había podido sostenerse en un relativo -desahogo, gracias a sus muebles. Al quedar cortadas las remesas -monetarias de Rusia ocupaba un piso adornado suntuosamente, en una calle -inmediata al Paseo de los Ingleses, y aprovechó su lujosa instalación -como una industria, alquilando su casa a invernantes enriquecidos por la -guerra que deseaban saber cómo había sido la vida en Niza de los «ricos -antiguos». Él se instaló en la buhardilla, ocupando un cuarto de los -destinados a su antigua servidumbre.</p> - -<p>Pero este recurso extraordinario no duró mucho. Al encarecerse la vida -el propietario de la casa aumentó considerablemente su alquiler. Luego -acabó por obligarlo a que la abandonase, prefiriendo a otros inquilinos -menos necesitados, y logró vivir tres años más con el producto de la -venta de sus muebles. Ahora, no pudiendo esperar nuevos ingresos, -procuraba mantenerse con una parsimonia extraordinaria.</p> - -<p>Por fortuna, no tenía que preocuparse de su vivienda. La conmiseración -del dueño de la casa, y más aún el cariño de sus antiguos porteros, que -recordaban al señor Ipatieff de los tiempos prósperos, pródigo en -propinas y poco dado a examinar las cuentas, lo procuraron el goce a -perpetuidad de una pieza casi subterránea, que había servido siempre -para guardar muebles viejos y la crisis de alojamientos acababa de -elevar al rango de habitación humana. Por unos tragaluces abiertos al -nivel de la calle entraba el sol de las horas meridianas y mucho frío en -el resto del día. En esta cueva-dormitorio guardaba los restos de su -vestuario y ciertos compañeros de su existencia, cuya fecundidad -representaban los únicos ingresos con que podía contar.</p> - -<p>Muchos, al ocuparse del viejo del Paseo de los Ingleses, le llamaban -también «el señor del perrito», por la razón de que nunca se presentaba -en el paseo sin ir acompañado de un animal de esta especie, pequeño, de -orejas erguidas y puntiagudas, extraordinariamente lanudo: una bola de -pelo que trotaba con menudo paso. Este perrito de la Pomerania atraía -las miradas y exclamaciones admirativas de las señoras viejas, así como -los manoseos de los niños, y nunca era el mismo.</p> - -<p>Los que conocían a Ipatieff hablaban con lástima de la industria canina -que le ayudaba a vivir. Allá en su tugurio tenía una pareja de -bestezuelas de esta especie, regalo recibido en sus tiempos de -prosperidad, animales prolíficos que todos los años le daban varias -crías para la venta.<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span></p> - -<p>Además, el problema de la alimentación lo resolvía fácilmente durante el -invierno. Siempre había en los hoteles más caros, o en los barrios -elegantes de Cimiez y la California, familias que lo invitaban a comer. -El pobre Ipatieff hacía recordar con su presencia los tiempos anteriores -a la guerra, cuando aún era dulce el vivir. A los postres, la señora del -invitante, que no osaba darle dinero, le proponía la compra de uno de -sus perritos, y él aceptaba la oferta gravemente, como si estuviese -convencido de que nadie podía vivir sin la compañía de tales animales.</p> - -<p>Con el mismo aire del proveedor que anuncia el envío de un encargo -vehementemente esperado, decía en ciertas ocasiones, después de saludar -a una señora en el Paseo de los Ingleses:</p> - -<p>—Marquesa, la semana próxima le llevaré el pequeño. No se lo doy antes -porque quiero estar seguro de su buena educación.</p> - -<p>Y al entregar el «pequeño» recibía sin sonrojo el billete de quinientos -francos, que hubiese rechazado de otra manera.</p> - -<p>Después del cañonazo de mediodía, si Ipatieff no estaba invitado en -algún hotel, dejaba para las primeras horas de la tarde el suplicio de -alimentarse parcamente en un bodegón de la ciudad vieja, volviendo -apresuradamente a su casa.</p> - -<p>—Vamos a hacer que la familia tome un poco de sol.</p> - -<p>La familia era un perrito viejo y trémulo, con numerosos pelos blancos, -que tenía más de diez años, lo que en la vida de su especie equivale -casi a un siglo de vida humana. Y en torno a este patriarca de -incansable fecundidad ladraban y saltaban media docena de perrillos, -asustados y regocijados a la vez por el sol y el aire libre.</p> - -<p>El antiguo elegante avanzaba como un pastor por el paseo, ahora -desierto, rodeado y seguido de este rebaño, que trotaba sobre el -asfalto, haciendo temblar sus bolas de lanas negras. Una simple voz del -hombre enmudecía y agrupaba a los animales, pacientemente educados. Pero -como necesitaban después de su encierro la carrera y el ladrido para -desentumecerse, su dueño les dejaba en libertad.</p> - -<p>Iba a sentarse en un banco, y allí permanecía, meditabundo, mientras sus -compañeros correteaban persiguiéndose o ladrando a los niños atraídos -por su presencia. Fedor Ipatieff miraba al mar, pero con ojos incapaces -de ver. Su mirada iba más lejos, con la rapidez de la imaginación.</p> - -<p>El viejo del Paseo de los Ingleses llevaba una novela en su interior, -una<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span> novela sin terminar, como la llevan la mayor parte de los humanos. -Y mientras el rebaño negro se frotaba contra sus piernas, ladrando -dulcemente en espera de una caricia, el ruso, entornando los ojos, creía -ver su lejana patria, como una casa sin muebles, ruinosa y fría, y en -ella la figura familiar de una mujer, recordada diariamente.</p> - -<p>Su rostro debía ser ahora algo distinto de como lo vio la última vez; -estaba seguro de ello. Pero él sólo podía imaginársela lo mismo que en -otros tiempos.</p> - -<h3>II</h3> - -<p class="nind">Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota -suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales -principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país -cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía -frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San -Petersburgo.</p> - -<p>Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante -y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De -permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo -de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las -capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes -personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas -intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares -privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el -extranjero.</p> - -<p>Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la -guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento -maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran -distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados. -Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de -la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la -paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones -de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las -bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?», -pensaba Ipatieff, egoístamente.</p> - -<p>¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan -lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto -de la tierra.</p> - -<p>Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el -teatro<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span> Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con -perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los -grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y -bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y -blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas -del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval -deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían -reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas -dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los -mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades -agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había -deshecho en unos cuantos meses!...</p> - -<p>Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus -grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las -damas majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de -los grandes modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban -ahora de frío en las calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas -sobre el hielo, con las manos cortadas y desfiguradas por una -temperatura inclemente, vendiendo periódicos u ofreciendo un ramito de -flores mustias a cambio de un pedazo de pan con más paja que harina...</p> - -<p>No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al -pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver -las capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud.</p> - -<p>Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era -un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con -sus prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los -mejores clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su -mercado más importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de -este prestigio nacional.</p> - -<p>Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían -visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de -Europa, mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo -triunfo como patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en -Deauville, según las diversas estaciones, con las damas más célebres y -hermosas de Europa. Tenía por amigos a personajes célebres, y hasta -había sido presentado a herederos de coronas, con esa camaradería de -buen tono que impera en los lugares de vida aristocrática y costosa. Le -invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda -un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable -danzarín.</p> - -<p>Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros -de<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración, -cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y -aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la -producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a -los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano -menor, que llevaba con él la gloria de la familia.</p> - -<p>En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y -cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró -como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».</p> - -<p>Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades -por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en -su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de -hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que -algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más -precisa.</p> - -<p>El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo -tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de -hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con -mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser -simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar. -Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían -ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el -industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a -salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las -preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran -duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.</p> - -<p>Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino -en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los -sentimientos del tornadizo Ipatieff.</p> - -<p>La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general -Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte; -pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una -existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente -sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios -resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo.</p> - -<p>Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por -aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter -duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo -admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con -seguir siendo de nombre el<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span> esposo de una mujer célebre por su belleza y -el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su -antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.</p> - -<p>Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de -ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con -las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además, -necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa -occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes, -todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.</p> - -<p>Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda -femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones -elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.</p> - -<p>Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París -les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros, -las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia, -inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios -seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin -volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos -cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.</p> - -<p>Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció -unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran -compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel, -asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a -altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo -trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su -historia.</p> - -<p>Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban -siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de -blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante -sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer -emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables, -sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en -fuerza de ser ricas y suntuosas.</p> - -<p>Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo -que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la -ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le -proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un -día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó -pedirla y no podía ya darle más—o sea en el momento que abandonaba él a -las otras mujeres—, conoció<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span> por primera vez la importancia de la -palabra «amor», que antes le hacía sonreír.</p> - -<p>No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera, -dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos, -se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su -pasado.</p> - -<p>—¡El amor es así!—se decía Fedor con resignación.</p> - -<p>Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo -llorar de gratitud a su amante.</p> - -<p>—Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome -contigo.</p> - -<p>Una Vera Alejandrowa no podía decir más.</p> - -<p>Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las -rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la -primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas, -reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios -célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza. -Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos -lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo -inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.</p> - -<p>De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los -dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta -de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental, -parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.</p> - -<p>Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o -no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de -cantidades.</p> - -<p>Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la -necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa -necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un -interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta -entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos -hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era -una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando -asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba -también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de -este súbito deseo.</p> - -<p>Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor -inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto -de Arkangel.</p> - -<p>Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su -patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el -hombre amado<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span> arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse. -No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria -en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa -sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo. -Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber -muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.</p> - -<p>Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si -fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez -la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron -los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en -la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica, -igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para -evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación, -empezó a funcionar el terror rojo.</p> - -<p>Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las -personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su -bienestar.</p> - -<p>Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas -preguntas:</p> - -<p>—¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?</p> - -<p>De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas -tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre, -tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de -los zares.</p> - -<p>Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a -su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no -llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.</p> - -<p>Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que -llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una -noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y -sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las -precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido -fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía. -Sus fábricas ya no existían...</p> - -<p>¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su -familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su -patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...</p> - -<p>Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?</p> - -<p>III<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span></p> - -<p>Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul, -fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas -una dilatación de espanto por lo que habían visto.</p> - -<p>Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto -fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de -terroríficas aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets, -cruzando a continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa. -Todos hablaban de encierros mortales, de fusilamientos, de locuras -provocadas por las persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con -más horror era el recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces, -insufribles: el hambre y el frío.</p> - -<p>La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que -enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido -sustituida por la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía -chino y era simplemente la abreviatura telegráfica de la Comisión -Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de perseguir a los enemigos del -régimen comunista.</p> - -<p>El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los -medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso -conocido en la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era -el látigo de este domador. Todos los alimentos se reservaban para sus -soldados y partidarios. Lo sobrante era lo único que podía comer el -resto del país. Las gentes de las ciudades se alimentaban tres veces por -semana, en los bodegones públicos, mediante la presentación de una -tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan hecho de paja y un caldo en -el que nadaban como elemento substancioso cabezas y espinas de arenque.</p> - -<p>«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff.</p> - -<p>Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía -remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles -para contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre -cuya nieve avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la -temperatura era igual a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no -existían. Toda madera había sido consumida mucho tiempo antes en las -estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo junto al Mediterráneo, rodeado de -gentes en apariencia felices, sin poder cederla su puesto al sol!...</p> - -<p>Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> -bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de hombre que empieza a -envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas miserias -nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran señora -infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos -refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de -París pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de -Consejo de ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella, -con el ímpetu de un animal hambriento, sobre los residuos de su comida -que ensuciaban el mantel del bodegón nicense, frecuentado en días de -escasez...</p> - -<p>La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio -al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían, -ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche, -¡mientras la otra infeliz!...</p> - -<p>—El mundo ha cambiado—decía Fedor, mirando en torno de él con -extrañeza.</p> - -<p>Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los -trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven -lejanos se cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo -de los Ingleses se asombraba al ver tantas personas contentas de su -suerte, venidas a la Costa Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras -una parte de la humanidad se entregaba a los placeres, olvidando la -guerra pasada o las guerras futuras y próximas, seguía desenvolviéndose -en la otra mitad de Europa la revolución más enorme de la Historia, a -espaldas de las gentes que no sentían interés por ella, a causa de su -duración y su monotonía!...</p> - -<p>—Acabó la época de los ricos—murmuraba—. Ya no existen ricos en mi -país, y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que -a su vez les llegará el turno de morir como los otros.</p> - -<p>Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba, -volvía a acordarse de Vera Alejandrowa.</p> - -<p>Todo en Niza parecía evocar su imagen. Los perrillos que le ayudaban a -vivir con su fecundidad eran descendientes de una pareja de favoritos -que ella le había confiado antes de partir a Rusia. El Casino le hacía -recordar los bailes de otro tiempo. Le era imposible salir de la ciudad -sin que sus ojos tropezasen inmediatamente con la masa enorme y blanca -del hotel donde habían vivido los dos en lo alto de Cimiez. Los -comedores de los «Palace» que frecuentaba ahora como humilde y simpático -parásito le habían visto sentado junto a ella durante largas cenas de -platos costosos y vinos extraordinarios, pagadas con una largueza -moscovita, ignorante de los valores.<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span></p> - -<p>Madame Volinski, la esposa del famoso minero, gastaba 800 000 francos al -año en vestidos (tres millones de ahora), y sus joyas eran tantas que no -dejaban sitio disponible en las cajas de seguridad de los hoteles. Los -periódicos de modas habían hablado con asombro de su calzado: cien pares -ordinariamente. Sentía repentina aversión por trajes y zapatos que sólo -había usado una vez, regalándolos a sus doncellas o a criadas de hotel -conocidas horas antes; y las pobres mujeres, no sabiendo qué hacer de -tan fastuosos regalos, los vendían.</p> - -<p>De todos los caprichos de Vera Alejandrowa, el que recordaba Fedor con -más frecuencia era su baño: un baño diario que hacía pasar a segundo -término las extravagancias termales de las emperatrices de Roma. La -esposa del millonario siberiano arrojaba todos los días en su bañera -perfumes de París por valor de 500 francos. ¡Y ahora, tal vez pasase -meses y meses, allá en la gran ciudad devastada por la experiencia -comunista, sin cambiar de ropas, sin conocer los cuidados higiénicos, -desposeídos de importancia en un país falto de alimento y de calor!... -Pero como si no pudiera imaginársela sucia, haraposa y alimentándose con -inmundicias, se preguntaba:</p> - -<p>—¿Realmente vivirá aún?... ¿No habrá muerto de miseria, como tantos -millones de personas?</p> - -<p>Un día experimentó una gran emoción, casi lo mismo que si hubiera visto -a la desaparecida.</p> - -<p>Evitaba el trato con los rusos residentes en Niza. Todos ellos maldecían -la tiranía roja; pero apenas se juntaban para acordar los medios de -combatirla surgían tantas opiniones como individuos, y estas opiniones -eran tenaces e irreconciliables. Ipatieff, educado en la Europa -occidental, creía a sus compatriotas algo locos de nacimiento y con una -tendencia a la crítica que les hacía impotentes para la acción. Él, a su -vez, era tenido por los otros como un vividor alegre que no había hecho -nada útil en sus tiempos de rico, y además le consideraban extranjero.</p> - -<p>En una reunión de compatriotas, hablando con una señora llamada Tatiana, -recién venida de Rusia, palideció de sorpresa al oírla nombrar a Vera -Alejandrowa.</p> - -<p>Vivía aún tres meses antes. Tatiana la había visto mientras preparaba su -fuga de Rusia. Y Fedor tuvo que escuchar con fingido interés el relato -de esta aventura novelesca, igual a las fugas peligrosas de tantos -otros: la marcha sobre el mar helado en un trineo que avanzaba cubierto -de sábanas, lo mismo que los caballos que tiraban de él, para -inmovilizarse sobre la nieve y confundirse con<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span> ella cuando los -reflectores de las fortalezas de Cronstadt paseaban sus mangas de luz -sobre la blanca llanura para descubrir a los fugitivos. Luego, el lento -reptar sobre el hielo, deslizándose entre los centinelas rusos; la -parálisis que empieza a adormecer a los que mueren helados; y al fin, la -llegada a Helsingfors, puerta del mundo, entrada del paraíso para tantos -millares de fugitivos de la Tcheka inquisitorial.</p> - -<p>—¿Y Vera Alejandrowa?—interrumpió Fedor—. ¿Cómo estaba cuando la vio -usted?...</p> - -<p>El viejo del Paseo de los Ingleses tuvo desde este día una ocupación -urgente que le hizo olvidar los cuidados de su rebaño canino. Empezó a -hacer visitas a esta señora con la asiduidad de un enamorado. Vivía con -otras rusas arruinadas por el sovietismo en una casa de huéspedes, donde -muebles y personas parecían tener el mismo aspecto de indiferencia, -resignación y pereza eslavas. El antiguo elegante quería ser ciego para -el abandono personal de todas estas compatriotas, que después de tres -años de vida soviética necesitaban reacostumbrarse a la limpieza y a la -abundancia del Occidente europeo.</p> - -<p>Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té -que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra, -dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en -Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en -que existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le -hablaría de la otra. Y así era siempre.</p> - -<p>La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del -interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su -elegancia, y hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria, -exagerándolos para dar gusto a su oyente.</p> - -<p>Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la -tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente -dicho, de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del -régimen soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo -comercio, prohibiéndolo bajo pena de muerte. Ella salía de vender los -últimos restos de su antiguo lujo y miraba con tristeza el grueso rollo -de rublos en billetes que le había entregado el comerciante judío. ¿De -qué podía servirle este dinero? La comida la daba el gobierno, y -únicamente valiéndose de astucias, castigadas con prisión o muerte, -podían comprarse en secreto los alimentos.</p> - -<p>—Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una -cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la -fabricación de bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más -peligroso era<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span> venderlos. Los que ejercen allá un comercio acaban en los -calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante le -servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios -célebres.</p> - -<p>¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había -sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o -afiladores de cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas -viejas... Pero Tatiana interrumpía su lamentable descripción de la Rusia -nueva para no impacientar a su oyente, que sólo se interesaba por Vera -Alejandrowa.</p> - -<p>—Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá; -tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos. -Se puede protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el -hambre!..., ¡qué humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa -la dignidad y todas las vanidades humanas... Nos encontramos en la -Soukharewka, un mercado de dos kilómetros de largo que se forma ahora en -las afueras de Moscou, a pesar de que el gobierno castiga el comercio -como un crimen. Todos van a él para comprar y vender. El comprador se -convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio donde el dinero -guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto! para -comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos -despreciable... Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas -fruncidas, como el que prepara una resolución de la que depende su -existencia. Necesitaba comprar para comer, y no era empresa fácil. Nos -saludamos y cada una se fue por su lado. El hambre deja poco sitio a la -amistad.</p> - -<p>Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su -pensamiento:</p> - -<p>—¿Y todavía está hermosa?</p> - -<p>Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima.</p> - -<p>—¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara. -Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa -maldita revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...!</p> - -<p>La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver -defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la -vanidad de Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además, -¡tan vieja! Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera -Alejandrowa, aunque estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería -siempre mejor aspecto que esta burguesa. Sólo por los azares de la -revolución había podido Tatiana hablar como una igual a la antigua dama -de la corte...<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span></p> - -<p>Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad -la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que -habían frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido -e incierto. Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de -sus recuerdos la imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había -visto la última vez.</p> - -<p>Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los -sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin -perder por eso sus atractivos de mujer elegante.</p> - -<p>La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena -disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta -distinción. También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la -hubiesen enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe; -pero esto daría seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos -verdes una dilatación enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada -por él empezó a reinar en su existencia.</p> - -<p>—¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!...</p> - -<p>Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda -juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo -juntos, como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de -la Rusia roja, debía considerar como una dicha interminable la vida -modesta de un obrero o un empleado de la Europa occidental. Él -trabajaría como los verdaderos hombres, apelando a recursos desesperados -para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué no haría por Vera!... -Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de energía, considerando -vencidos de antemano todos los obstáculos.</p> - -<p>Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de -que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma -imposibilidad, el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para -darle una noticia:</p> - -<p>—Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a -una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un -empleo y viene a vivir aquí.</p> - -<h3>IV</h3> - -<p class="nind">El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su -banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la -caricia del sol, pensaba<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span> siempre lo mismo:</p> - -<p>«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...».</p> - -<p>Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente -hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad, -sentía ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima.</p> - -<p>Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su -interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la -comparación y el contraste que surge en las horas de desaliento.</p> - -<p>Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo. -Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas -de los pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza -indisimulable de gran señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería -la impresión de Vera Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento -y la tristeza de un hombre que ya no puede recobrar su voluntad de ser -joven. En vano, para consolarse, contaba los años transcurridos desde -que ella se marchó: ocho nada más.</p> - -<p>Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su -existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes -fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los -sesenta!... ¡Un mundo!</p> - -<p>Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises. -Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando -que le daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca -blanca. No debía teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus -facciones... Pero ahora su blancura era la de la ancianidad. Además, -¡sus ojos hundidos, sus arrugas, todos aquellos avances de la vejez que -no le habían preocupado en los últimos años, interesado únicamente en -mantenerse con cierto decoro, y ahora le parecían lacras vergonzosas!...</p> - -<p>Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más -joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del -verano, el esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden -valerse, sin miedo a la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados -por el lujo. Su tocador guarda varias primaveras sucesivas, y los -artificios del afeite seducen a los hombres con una fuerza malsana, más -poderosa a veces que la ingenuidad juvenil.</p> - -<p>Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez -con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana -en su tugurio, antes del paseo matinal.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span></p> - -<p>—Ahí está; llegó anoche.</p> - -<p>Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos -años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?...</p> - -<p>Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera -temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con -una majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le -reconocían sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto -era la vulgar y novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente: -«Ahí está; llegó anoche».</p> - -<p>El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su -vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e -imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía -dejarlo solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir, -corrió tras de ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una -burla al Destino, merecedora de duras penas, retardar por unos minutos -la realización de lo que tanto había deseado.</p> - -<p>Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de -Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza -buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de -compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había -perdido el tiempo conversando con Tatiana!...</p> - -<p>Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y -triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia, -convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para -encontrar a la que buscaba.</p> - -<p>—Vengo a ver—dijo en ruso—a la señora Velinski, la hija del general -Bodkine.</p> - -<p>Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta -pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera.</p> - -<p>Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y -encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus -ojos, empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían -apreciar exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en -éstas era un brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía -armonizarse tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera, -teñida recientemente, era de un rubio subido; pero el tinte «no -agarraba»—como dicen las mujeres—, dejando visible la blancura de sus -cabellos. Tampoco la pintura fresca, distribuida sobre su rostro con la -prodigalidad oriental de las eslavas, conseguía adherirse a la<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span> -epidermis, curtida y resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus -dos manos para coger las de Ipatieff.</p> - -<p>—¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última -vez que nos vimos.</p> - -<p>Luego dijo con una expresión envidiosa:</p> - -<p>—Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos.</p> - -<p>Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba, -juzgándolo joven al compararle con su propia miseria.</p> - -<p>Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que -Ipatieff consideraba absurdas.</p> - -<p>La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la -miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su -pasado la robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados -momentos apoyaba sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar -altiveces. Únicamente lo usaba al expresar su propósito de ganarse el -pan, no queriendo ser una carga para sus amigas.</p> - -<p>Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído -en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco, -la modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que -llevaban. Sus ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el -pedazo de jardín que daba entrada a la pobre casa de las afueras de -Niza.</p> - -<p>Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul -la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de -Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de -Bagdad.</p> - -<p>—¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno, -se sabe mejor lo que es la dulzura de vivir.</p> - -<p>Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó -tristemente:</p> - -<p>—Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció -al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado.</p> - -<p>A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía -embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava, -haciéndola pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido -devolverle su aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con -una fealdad de obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la -ayudaron a teñirse el pelo y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo -que había olvidado estas cosas!... Y<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> entornando sus párpados, dados de -azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que -pretendía sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y -coquetería:</p> - -<p>—¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?...</p> - -<p>Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados, -que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera -Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser -reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad.</p> - -<p>Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien -había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio -explicaciones a Fedor.</p> - -<p>—La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche, -venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le -recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe -muchos idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan -gentes del Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra -clase. Poca cosa es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de -la pensión está hablando ahora con ella.</p> - -<p>El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de -vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le -habían hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una -falsa independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía -obligada al trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de -sostén a la otra.</p> - -<p>En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron -solos.</p> - -<p>La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez -llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada. -Al mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social.</p> - -<p>Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se -preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta -nuestra casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y -existirá lo mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que -corre invariablemente por sus cauces naturales.</p> - -<p>Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su -curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida -primitiva, en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales -inferiores. Estamos orgullosos<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> de nuestro bienestar, y basta un simple -trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el -asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de -nuestro planeta.</p> - -<p>—¡Lo que yo he visto!—decía Vera—. ¡Lo que he sufrido!</p> - -<p>Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con -voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el -tormento de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si -vivirá al día siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo -creía sentir en su nuca un redondel pequeño y frío: la boca del revólver -encargado de las ejecuciones rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no -acordarse...</p> - -<p>—¿Y su marido?—preguntó una tarde Ipatieff—. ¿Vive aún en Siberia?</p> - -<p>Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa -su pregunta.</p> - -<p>—Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han -dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina.</p> - -<p>A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus -tristes relatos, que tenían el encanto de un «<i>flirt</i> triste», según él. -La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de -ganar su pan y no ser gravosa a nadie.</p> - -<h3>V</h3> - -<p class="nind">El viejo del Paseo de los Ingleses no volvió más al paseo. Ahora -trabajaba.</p> - -<p>Había vendido sus perros jóvenes, poniendo los dos viejos bajo el amparo -de aquella portera misericordiosa que protegía igualmente al amo. El -gran señor venido a menos, con sus patillas de monarca austríaco y sus -levitones majestuosos, pidió de pronto un empleo a sus amigos, «fuese en -lo que fuese». En el Municipio le apreciaban hacía treinta años, como un -elegante que había servido de ornato a los inviernos de Niza, y se -apresuraron a ayudarle. No había empleos disponibles, pero inventaron -uno para darle satisfacción: el de vigilar a los obreros que trabajaban -en un cementerio, ensanchado considerablemente para dar sepultura a los -miles y miles de convalecientes de la gran guerra venidos a morir en la -Costa Azul.</p> - -<p>Todas las mañanas Ipatieff andaba varios kilómetros para llegar a este -cementerio, donde no hacía otra cosa que pasearse entre las cruces o a -lo largo<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span> de los muros que iban levantando los albañiles. Su verdadera -ocupación era pensar en Vera Alejandrowa, que en aquel momento estaba -también trabajando, pero más positivamente que él.</p> - -<p>Una fraternidad piadosa empezó a unirle a muchos de aquellos jornaleros -que estaba encargado de vigilar, sin saber ciertamente en qué consistía -su vigilancia. Experimentaba un «refrescamiento interior»—eran sus -palabras—al hablar con estos hombres, poniéndose al nivel de sus -necesidades y sus ilusiones.</p> - -<p>El enorme trastorno de Rusia le había convertido en un menesteroso, en -un trabajador, aunque su trabajo no valiese gran cosa. Ella también -había sufrido la misma transformación. ¿Por qué no vivir como sus -compañeros de pobreza?... El próximo domingo, día de descanso, saldría a -pasear con «su novia», lo mismo que los albañiles jóvenes que trabajaban -en el cementerio. Y escribió a su antigua amante para que viniera o -juntarse con él en las primeras horas de la tarde frente al Casino.</p> - -<p>Ipatieff le preparaba una sorpresa. A otros tiempos, otro rostro. Ya no -quedaban emperadores en Europa, y las patillas a la austríaca resultaban -un anacronismo. Además, desde que Vera Alejandrowa le había admirado -viéndolo más joven que ella, sentía un vanidoso deseo de extremar esta -diferencia, y le pesaban los dos abultamientos de pelos blancos que -cubrían sus mejillas. El bigote recortado a la americana era el adorno -triunfador de los actuales dominadores del mundo. Y el domingo por la -tarde fue él quien tuvo que avanzar y sonreír, haciendo gestos -amistosos, para que la otra le reconociese.</p> - -<p>¡Pobre Vera Alejandrowa! Iba vestida de negro, con un traje viejo que le -había prestado la dueña de la pensión. Su sombrero, otro regalo de una -amiga casi tan pobre como ella, estaba abollado y desfigurado por las -lluvias del invierno anterior. De su antigua belleza sólo le quedaba la -pequeñez de los pies; pero esta finura aristocrática servía únicamente -para atraer las miradas hacia sus zapatos, lamentablemente ajados y con -los tacones torcidos. Las manos, que no habían podido salvarse de los -ultrajes de la miseria, estaban oprimidas por unos guantes demasiado -estrechos, sobresaliendo la carne sobre sus bordes.</p> - -<p>Fedor tuvo que buscar mucho para encontrarla.</p> - -<p>Era la más obscura e insignificante entre todas las empleadas de hotel, -domésticas endomingadas y mujeres de obreros que esperaban en medio de -la plaza la llegada y el cruce de los tranvías. Ella, al reconocerle, -volvió a asombrarse de su juventud.</p> - -<p>—¿Eres tú, Fedor?... ¡Qué joven! Me da vergüenza ir a tu lado.<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span></p> - -<p>Se hablaban de tú instintivamente al verse solos por primera vez después -de tantos años. Él le tomó un brazo, señalando luego hacia el Casino.</p> - -<p>—¿Te acuerdas, Vera?...</p> - -<p>Los dos vieron repentinamente el edificio con toda su fachada iluminada, -como en las noches del Carnaval; los tropeles de máscaras que iban -llegando; la música y un bullicio de muchedumbre escapándose por puertas -y ventanas; un carruaje que llamaba la atención por su lujo entre los -demás vehículos; una mujer con aire de emperatriz que descendía de él, -brillando como un cielo de verano a causa de sus joyas, dejando tras de -su paso un aliento de jardín, precedida por murmullos admirativos...</p> - -<p>—¡Oh, Fedor!...</p> - -<p>Y la pobre vieja dijo esto como si exhalase un quejido mortal, -parpadeando para repeler sus lágrimas.</p> - -<p>Él no quiso que se prolongase esta evocación del pasado, y empujó a Vera -hacia los grupos que asaltaban los tranvías.</p> - -<p>Tenía formado su plan para toda la tarde: iban a recorrer los lugares -donde se habían creído felices; todos los rincones del brillante -escenario de su vida.</p> - -<p>Subieron hasta las alturas de Cimiez, ocupadas por los hoteles más -aristocráticos. Un edificio enorme como un cuartel y rodeado de jardines -cerraba la avenida. Un monumento blanco, rematado por una señora gorda -esculpida en mármol, hacía saber a las generaciones presentes y futuras -que en este lugar pasaba sus inviernos la reina Victoria de Inglaterra.</p> - -<p>Giraban las mamparas de cristales ante las gentes que iban descendiendo -de sus automóviles. Era la hora del té. Se oían los primeros lamentos de -los violines en el hall. Los centenares de ventanas del hotel llameaban -como placas de oro en fusión sobre la fachada ebúrnea, reflejando el -dulce sol del atardecer.</p> - -<p>—¿Te acuerdas, Vera?—volvió a preguntar melancólicamente Fedor.</p> - -<p>Y la mujer, haciendo ahora un esfuerzo para contener su emoción, se -limitó a mover la cabeza. Se acordaba de todo. Allí habían vivido varios -inviernos; allí empezaron a tratarse como simples amigos, separándose -años después con la silenciosa y fingida resignación de los amantes que -prometen volver a encontrarse pronto y no saben con certeza si se verán -más.</p> - -<p>Una ventana que Vera miraba con insistencia era la de su cuarto de baño, -donde el agua recibía diariamente quinientos francos de perfumes.</p> - -<p>No les fue posible continuar su contemplación. Tuvieron que apartarse -repetidas veces para no ser atropellados por los automóviles que -llegaban.<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span></p> - -<p>El portero del hotel, galoneado como un almirante, y sus numerosos pajes -cubierto el pecho de filas de botones lo mismo que los húsares, al salir -a la escalinata para saludar a los clientes acabaron por fijarse en esta -pareja de viejos mal trajeados, examinándolos con insistente hostilidad. -Tal vez eran dos pedigüeños extranjeros de los que asedian los hoteles -para sacar dinero a sus compatriotas ricos.</p> - -<p>—Vámonos—dijo Fedor como si adivinase.</p> - -<p>En las vecinas Arenas de Cimiez, ruinas del circo de Cimela, la antigua -colonia romana, volvió a salirles al encuentro su pasado, e igualmente -bajo los árboles añosos y las arcadas del monasterio próximo. Por aquí -habían caminado muchas veces cuando necesitaban abandonar el lujo -moderno del hotel, yendo en busca de un ambiente más «romántico» para -sus paseos de enamorados.</p> - -<p>Tenían ahora que marchar por el borde de caminos y avenidas, evitando el -polvo que levantaban los automóviles. Al estar juntos sentían más -intensamente la humillación de su decadencia. Ellos habían pasado por -aquí, en los primeros años de su amistad, sentados en un landó del que -tiraban caballos de altísimo precio, como los de las cuadras de los -reyes; luego habían admirado a los invernantes de Niza usando los -primeros automóviles de gran potencia.</p> - -<p>—¡Eh, buena madre! ¡Atención!...</p> - -<p>Un cochero de alquiler gritaba a Vera con despectiva piedad para que se -apartase. Preocupada por sus recuerdos, se había salido del borde del -camino, y casi la atropelló el caballo.</p> - -<p>—Huyamos lejos de aquí—dijo con angustia—. Vámonos a un sitio donde -no hayamos estado nunca.</p> - -<p>Marcharon cuesta abajo, hacia la llanura, deteniéndose en un suburbio -rústico de la ciudad.</p> - -<p>Danzaban las gentes domingueras en los raquíticos jardines de varias -tabernas. Los dos viejos entraron en uno de estos bailes populares, -tomando asiento bajo las empolvadas enredaderas de un cenador. Para -hablar con más libertad, volvieron sus espaldas a las parejas. Eran -obreros vestidos como señores y criadas con falda corta, medias de seda -y zapatos de charol, que bailaban las últimas danzas americanas.</p> - -<p>Fedor, por contraste con esta juventud alegre, encontraba más triste y -más vieja a su acompañante. ¡Pobre Vera Alejandrowa!... Esto no -disminuía su deseo de resucitar el pasado, como si la tal resurrección -le pudiese proporcionar una segunda juventud. No iban a bailar los dos -como aquella gente sudorosa, de<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span> rostros enrojecidos; pero aún podían -conocer las dulces emociones de otras parejas que conversaban en voz -baja, medio ocultas en los cenadores.</p> - -<p>—¿Te acuerdas?... ¿Te acuerdas?...</p> - -<p>Y Fedor hacía estas preguntas después de evocar fragmentos del pasado, -que eran siempre recuerdos de amor.</p> - -<p>—¡Oh, Fedor!—contestaba la envejecida señora moviendo su cabeza -negativamente.</p> - -<p>¿Para qué recordar unas cosas que no podían repetirse?... La verdadera -vida había terminado para ellos. Eran palabras, nada más que palabras -con que se engañaba a sí mismo, todas aquellas ilusiones de «una segunda -primavera», y otras cosas aprendidas indudablemente en los libros que -iba recitando el antiguo elegante con el mismo tono cálido y persuasivo -de otros tiempos. Pero este tono resultaba ahora grotesco a través de su -dentadura insegura.</p> - -<p>Ella estaba quebrantada interiormente, y no volvería a sanar. Se -consideraba igual a los que después de haber pasado la mayor parte de su -existencia en un calabozo, cuando vuelven al sol y al aire libre se dan -cuenta de que sólo podrán ser en lo sucesivo unos muertos que andan.</p> - -<p>—Tengo frío en los huesos, Fedor, y lo tendré siempre. El sol no posee -calor bastante para reanimarme. Tú no sabes cómo queda un alma después -de los años pasados allá. Todas las mañanas, cuando el criado de la -pensión golpea mi puerta, salto despavorida de la cama. Creo que son los -de la Tcheka que llegan. En vano al abrir la ventana veo el mar, las -palmeras, la calle tranquila. Tengo miedo, un miedo que me acompañará -siempre. Además, las humillaciones, el hambre de tantos años...</p> - -<p>El antiguo elegante se fijaba con tristeza en los gestos ávidos de su -compañera. Él había conservado mejor las costumbres del pasado. Sobre la -mesa rústica del cenador una criada había colocado varios pasteles -mohosos y una botella de vino blanco. Vera comía con una acometividad de -animal hambriento, mostrando sin escrúpulo alguno, durante la violenta -masticación, varias brechas de su dentadura todavía no recompuestas.</p> - -<p>Al adivinar la extrañeza de su antiguo amante, dijo con brusquedad:</p> - -<p>—Tú has vivido aquí; conoces tal vez la pobreza, pero no el hambre... -Tú ignoras el valor de las cosas.</p> - -<p>Acarició con una mano la botella de vino barato, al mismo tiempo que la -contemplaba admirativamente.</p> - -<p>—Allá en nuestro país hubiera sido capaz de matar por obtener este -tesoro.<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span></p> - -<p>Llenó dos veces su vaso, apurando su contenido con lentos sorbos de -gula.</p> - -<p>Después lanzó una mirada de envidia y ambición hacia un cenador -inmediato, donde una familia de obreros comía una ensalada de tomates y -otras legumbres, acompañándola con largos tragos de vino tinto.</p> - -<p>—Me gustaría—dijo—comer y beber lo mismo que ellos. Debe ser -magnífico.</p> - -<p>Y al ver que Fedor reprobaba con sus ojos esta admiración por un plato -vulgar, volvió a decir en tono de reproche:</p> - -<p>—Cuando se ha vivido mendigando como el mejor de los alimentos unos -gramos de pan negro y un agua sucia con espinas de arenque...</p> - -<p>Rió luego acordándose de los esfuerzos que había de hacer en la pensión -para sofocar los caprichos y audacias de su hambre atrasada. Como temía -que la dueña la despidiese al notar mermas en su despensa, se limitaba a -apoderarse de los terrones de azúcar olvidados por los huéspedes y a -apurar los fondos de las botellas.</p> - -<p>Fedor la miró con desaliento. ¡Y esta pobre mujer, vieja, hambrienta y -dada al vino, era Vera Alejandrowa, la gran señora de la corte, dueña de -minas de oro!...</p> - -<p>La decadencia de ella le hizo apreciar con nuevo dolor su propia -decadencia. ¡A qué profunda sima había rodado!... Y quedaban para los -dos tan pocos años de vida, que les sería imposible poder trepar otra -vez hacia la luz, donde están los felices... ¡Ser pobres, absolutamente -pobres en la vejez, cuando más necesarias son las comodidades que -proporciona el dinero!...</p> - -<p>Pensó unos momentos en la posibilidad de que un «nuevo rico» le tomase -como cuidador de alguna villa lujosa, con grandes jardines, -recientemente adquirida en la Costa Azul. Él y Vera serían a modo de -unos criados viejos y respetables. El verdadero dueño viajaría con -frecuencia, y los dos se forjarían la ilusión de que este paraíso les -pertenecía, viviendo en él su idilio senil y tranquilo, sin pensar en el -pan del día siguiente. Pero ¡ay!, rara vez se realizan en el mundo las -felicidades soñadas.</p> - -<p>Este final de existencia le parecía demasiado bello para que pudiese ser -cierto.</p> - -<p>El regreso a la ciudad, después de anochecido, fue triste y silencioso. -Fedor había dicho ya todo lo que podía decir. El domingo siguiente -volverían a encontrarse. Pasearían juntos como dos caballos viejos que -marchan al paso, rumiando los recuerdos y proezas de su arrogante -juventud, mientras tiran de un<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span> vehículo destartalado, símbolo de su -miseria. Llevarían la existencia de los humildes que necesitan trabajar -para vivir, y al juntarse los días de descanso con el propósito de -divertirse, sólo saben hablar del trabajo a que están sometidos y de su -pobreza.</p> - -<p>¡Y así sería siempre, hasta la muerte!... En la historia de los hombres -los acontecimientos no retroceden a su punto de partida, como tampoco -las aguas de los ríos remontan su curso. Las reacciones son una ilusión; -lo que ha muerto, ha muerto.</p> - -<p>Allá en su país, el desorden acabaría por ordenarse; los revolucionarios -se transformarían en hombres de gobierno, y la necesidad de vivir -acabaría, después de tantos cataclismos, por establecer su curso -regular, como un río que se desborda vuelve finalmente a sus cauces -naturales.</p> - -<p>Pero cuando esto ocurriese, las gentes ya serían otras y otros también -los moldes de la nueva existencia. Y ellos dos, víctimas de una enorme -sacudida social, sólo comparable a un temblor de tierra, que les había -dejado sin pan y sin casa, ya no vivirían cuando surgiese del suelo la -ansiada Ciudad Futura tantas veces anunciada por los utopistas... si es -que alguna vez podía llegar a ser una realidad este ensueño milenario de -bienestar para todos, tan antiguo como el hombre.</p> - -<p>Mientras Fedor marchaba reflexionando, la antigua millonaria, más -verbosa que su acompañante, exponía sus ambiciones presentes.</p> - -<p>Lo único que deseaba por el momento era no ir vestida a costa de los -demás. También necesitaba ropa interior. Era un suplicio para ella no -poder cambiarla. Sólo tenía la escasa ropa blanca que le habían -facilitado sus amigas. La compra de tres mudas interiores a precio -barato era su mayor ilusión. Tal vez la semana siguiente, cuando Fedor -cobrase su jornal en el cementerio, podría realizar ella tan enorme -deseo.</p> - -<p>Los ofrecimientos monetarios de su acompañante la conmovían más que los -millones del rico siberiano cuando la pidió por esposa. ¡Ganaba tan poco -en la pensión, aparte de su comida!...</p> - -<p>Al separarse de ella, Fedor volvió tristemente hacia su casa. Reía ahora -irónicamente de los fantasmas que le habían acompañado al principio de -la tarde. ¿Querer resucitar el amor, siendo pobre?...</p> - -<p>El amor es únicamente para los ricos. Los que han de preocuparse de -ganar su vida tienen otras cosas más urgentes e imperiosas en que -pensar. Necesitan todo su tiempo para el trabajo, y el amor exige -riqueza y vagancia. Es el más<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span> inagotable y variado de los placeres; -pero todos los placeres de la tierra sólo existen para los que poseen el -dinero.</p> - -<p>Esto, que le hubiese parecido muy lógico en otros tiempos, lo -consideraba ahora inadmisible porque se veía pobre, y un sentimiento de -envidia e indignación le hizo protestar contra los privilegios de los -felices.</p> - -<p>Era injusto que la vida estuviese organizada con tanta desigualdad. Todo -debía ser para todos: dolores y placeres.</p> - -<p>Luego modificó sus ideas pensando en sus años. Se sintió más pobre que -nunca, pobre sin remedio, al considerar que la juventud no puede -rehacerse como se rehace una fortuna. ¡Ay, la vejez!... ¿Qué pobreza -mayor?...</p> - -<p>Y se dijo con melancolía rencorosa:</p> - -<p>—Sí; no me equivoco: el amor es únicamente para los ricos... ricos de -dinero o ricos de juventud.<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span></p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span></p> -<h2><a name="En_la_costa_azul" id="En_la_costa_azul"></a>En la costa azul</h2> - -<h2><a name="Capitulo_I" id="Capitulo_I"></a>Capítulo I<br /><br /> -EL CARNAVAL EN NIZA</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">N</span>IZA es la heredera de Venecia. Durante varios siglos, los ricos ganosos -de divertirse y los aventureros de vida novelesca arrostraron las -molestias y peligros de los viajes de entonces para presenciar en la -ciudad adriática las fiestas de un Carnaval que duraba meses. Ahora, los -medios de comunicación son más fáciles; el placer se ha democratizado, -lo mismo que los conocimientos humanos y las comodidades de nuestra -existencia, y el ferrocarril y el trasatlántico traen miles de -espectadores al Carnaval de Niza.</p> - -<p>La Naturaleza gusta de travesear en estos días. Un sol primaveral -derrama sus oros sobre la Costa Azul casi todo el invierno, y al llegar -la semana carnavalesca raro es el año que no cae una lluvia inoportuna. -Pero como Niza necesita defender su célebre fiesta, y la muchedumbre de -viajeros llega dispuesta a divertirse, sea como sea, las máscaras -arrostran la intemperie, el público abre sus paraguas, y los desfiles -continúan bajo esa lluvia violenta y tibia de los países solares, donde -los aguaceros son ruidosos pero de corta duración.</p> - -<p>El Carnaval de Niza ha acabado por ser algo indispensable para su vida, -y ninguna otra ciudad lo puede copiar. Los particulares colaboran con el -Municipio; cada nicense aporta su iniciativa. Capitales de mayor -importancia podrían organizar desfiles de carrozas más suntuosas; pero -creo imposible que encontrasen una ayuda individual, una colaboración -«patriótica» como la de los habitantes de esta ciudad. El pueblo nicense -considera que es deber suyo engrosar el número de las máscaras, y -familias enteras se cubren con el disfraz para gritar en las calles, -danzar o ir saltando de una acera a otra, todo para mayor<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span> gloria y -provecho de su tierra.</p> - -<p>En esta fiesta, lo más admirable no es la obra de los artistas, ocupados -durante meses y meses en preparar las carrozas, ambulantes caricaturas -que sintetizan los sucesos de la actualidad; son la máscara suelta y el -grupo organizado espontáneamente los que le dan un carácter único en el -mundo. La máscara a pie es más digna de atención que los enormes -vehículos con sus monigotes que casi llegan al filo de los tejados, y -sus grupos de muchachas subidas en las rodillas y los brazos del gigante -de cartón, como los liliputienses escaladores del cuerpo de Gulliver.</p> - -<p>Más de cincuenta Carnavales sucedidos en el curso de medio siglo largo, -sin otra interrupción que la última guerra, han fatigado a los -organizadores y al público de las cabalgatas llamadas históricas o -artísticas. Ahora, el Carnaval de Niza es burlesco, dedicándose a la -deformación ingeniosa de los géneros animales y vegetales. Ciertos -grupos de máscaras recuerdan los <i>Caprichos</i>, de Goya, y otros delirios -de artistas fantaseadores.</p> - -<p>Los que carecen de dinero para proporcionarse un disfraz completo, o no -pensaron previsoramente en su adquisición, se desfiguran con una nariz -postiza, lanzándose en el torrente de las máscaras, para ser una más.</p> - -<p>El Carnaval ofrece aquí el aspecto enardecedor y sinceramente jocundo de -todo lo que se hace en la vida espontáneamente por entusiasmo y no por -dinero. Los miles de máscaras gritan, cantan, forman corros y cadenas o -hacen burlescas cortesías al público. Esto representa para ellas el -descanso. Luego, apenas rompe a tocar una de las bandas de música del -cortejo, avanzan por las calles bailando, y los que ocupan los carros -empiezan a saltar como monigotes elásticos. Y así continúan horas y -horas, causando asombro un regocijo tan infatigable y tenaz.</p> - -<p>Nadie se enfada; rara vez surge un incidente violento. Es un Carnaval de -gentes ruidosas que se buscan para divertirse, pero sin perder la buena -crianza. Las máscaras, cuando se empujan por descuido, se piden perdón a -través de la careta.</p> - -<p>El amor acude todos los años, puntualmente, a la fiesta. Muchas novelas -bipersonales, que permanecerán ignoradas y nadie escribirá, tuvieron su -primer capítulo en el Carnaval de Niza, durante el desfile de la -cabalgata o las fiestas nocturnas en el <i>hall</i> del Casino, enorme como -una catedral.</p> - -<p>El viajero enmascarado habla al dominó femenino que marcha junto a él. -Se aproximan para defenderse de los empellones de los otros; acaban por -cogerse del brazo y saltar a un tiempo; luego bailan, quieren saber cómo -se llaman, se<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span> dan falsos nombres y se declaran un eterno amor antes de -haberse visto las caras. Todo esto, empujados por el torrente -carnavalesco a través de avenidas y paseos, defendiéndose con las -espaldas del oleaje humano, evitando las patas de los caballos -enganchados a las carrozas o los arranques inesperados de los chófers -que las guían.</p> - -<p>En otros países un Carnaval como éste provocaría riñas y crímenes. En -Niza rara vez tiene que intervenir la policía. Ésta y los destacamentos -de cazadores alpinos encargados de mantener el orden sólo se preocupan -de que los grandes carros no causen daño en las fachadas de las casas o -en los arcos de luces que adornan las calles.</p> - -<p>La gente se divierte y no riñe, porque ignora el miedo al ridículo, que -tanto amarga la vida de nuestra raza. El que aquí pretende divertirse -sólo piensa en obtener el placer deseado. Lo busca a su modo e ignora la -existencia de los demás, despreciando lo que puedan pensar de él.</p> - -<p>Nosotros tenemos miedo «al qué dirán», a que alguien «nos tome el pelo», -y esto nos cohíbe, aplastando toda iniciativa. Sólo podemos divertirnos -haciendo todos lo mismo, como un rebaño falsamente alegre, receloso y -suspicaz, mirándonos de reojo mientras reímos. Y al sospechar vagamente -que alguien puede divertirse un poco a nuestra costa, ¡adiós alegría!, -creemos necesario morder.<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span></p> - -<h2><a name="II" id="II"></a><i>II</i><br /><br /> -EL CAMINO DE TODOS</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">S</span>I un romano del tiempo de Augusto o de Tiberio resucitase en nuestros -días, no le preguntaríamos sobre los episodios de la historia antigua, -que fue para él contemporánea, y las costumbres públicas de entonces. -Todo esto lo sabemos por los historiadores y las leyes romanas.</p> - -<p>Nos interesaría más conocer los secretos y particularidades de la vida -privada; cómo se divertían las gentes en Cumas, Baia, Pompeya y otras -ciudades elegantes situadas al borde de lo que es hoy golfo de Nápoles. -Nos gustaría escuchar los escándalos, las murmuraciones, las -excentricidades del gran mundo romano que se trasladaba por unos meses a -las sonrientes orillas del mar de Partenope; querríamos contemplar de -cerca la misma vida suntuosa que vio deslizarse el melancólico y -jubilado «Procurador de Judea», descrito por Anatolio France.</p> - -<p>Pero si el romano vuelto al mundo nos dijese que no había estado nunca -en estas ciudades, alegría y solaz de la vida antigua, nos indignaríamos -contra él.</p> - -<p>—Entonces, ¿qué es lo que hizo usted en su existencia anterior?... -¿Cómo pudo mantenerse tranquilo, sin ver de cerca uno de los aspectos -más interesantes de aquel tiempo?</p> - -<p>Lo mismo podría decirse a un hombre de nuestra época que, teniendo -cierta fortuna personal y hallándose sano de cuerpo para emprender -viajes, no sintiese curiosidad por la vida cosmopolita y alegre de la -llamada Costa Azul, que equivale ahora a las ciudades del antiguo golfo -de Nápoles, fundadas o agrandadas por los Césares.</p> - -<p>El paisaje de la Costa Azul infunde admiración. Tiene la dulzura -luminosa de las costas mediterráneas. Los Alpes, al llegar al mar, se -hunden bruscamente en<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span> su abismo, formando rosados promontorios o -graciosas bahías orladas de jardines. Pero indudablemente existen en la -cuenca del Mediterráneo otros paisajes semejantes a éstos o tal vez más -originales. El verdadero encanto de la Costa Azul es obra del hombre. Lo -más interesante en ella es la humanidad que la puebla durante los meses -del invierno.</p> - -<p>Asombra el cálculo de lo que se ha trabajado en medio siglo nada más -para el embellecimiento de esta cornisa de montañas. Antiguos -pueblecitos de pescadores o labriegos son hoy ciudades elegantes, donde -mantienen sucursal abierta las tiendas más célebres de Londres y París. -Campos pedregosos que tuvieron por única vegetación olivos centenarios, -rajados y mediocremente fecundos, se han vendido a lotes por sumas -inauditas, convirtiendo en millonarios a los nietos de sus primitivos -cultivadores. No hay aldea enriscada que no posea un buen camino para -automóviles. Tres carreteras cortan longitudinalmente la falda de los -Alpes desde Niza a Mentón: la que sigue la orilla sinuosa del mar, la -llamada Cornisa Media, y la Gran Cornisa, que serpentea sobre las -cumbres, y está muchas veces incomunicada ópticamente, por una masa de -nubes, con la ribera de abajo, donde rebullen las gentes como un -hormiguero.</p> - -<p>Atrevidos viaductos cruzan los precipicios para evitar grandes rodeos a -la circulación. Si los caminos tropiezan con un saliente de la montaña, -lo perforan en forma de túnel. Otras veces necesitan extenderse a lo -largo del Mediterráneo y desarrollan su cinta sobre largos terraplenes.</p> - -<p>Es difícil calcular el dinero invertido aquí por los que vinieron, -durante medio siglo, en busca de sol y horizontes azules.</p> - -<p>Niza, pequeña ciudad saboyana, es ahora la quinta o sexta urbe de -Francia. Desde Hyéres a Mentón se extienden miles y miles de ricas -«villas» y palacios. Los aficionados a calcular afirman que se ha -construido en la Costa Azul por valor de 5000 ó 6000 millones. Esto es -obra solamente de los particulares, y hay que añadir a tan enorme -cantidad los trabajos públicos realizados por gobiernos y municipios: -conducciones de agua, puentes, carreteras y ferrocarriles.</p> - -<p>El que ha nacido en un país de sol no puede sentir la atracción de la -Costa Azul como los europeos septentrionales. De aquí que ni los -españoles ni los italianos, a pesar de ser vecinos, la frecuenten mucho. -Siempre encontró ella en los pueblos del Norte sus más fieles -admiradores.</p> - -<p>Antes de la guerra, la Costa Azul fue rusa. Aquí venían a derrochar su -fortuna los privilegiados del Imperio zarista, considerando interminable -un régimen sabiamente organizado para la felicidad de los menos. También -fue<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span> alemana pocos años antes de 1914. Los alemanes y los austríacos -acudieron a ella en grandes masas, y tal vez serían a estas horas sus -dueños. Los dominadores actuales son los ingleses y los norteamericanos. -Sus banderas ondean en todas partes junto a la bandera francesa.</p> - -<p>Viajando por todo el mundo es como puede uno ser entucado del prestigio -lejano y misterioso que gozan estas poblaciones de la Costa Azul. Muchas -veces, en los Estados Unidos, en Canadá, en Méjico o en naciones del -Norte de Europa, al decir yo que tengo mi casa en la Costa Azul, he -visto entornar los ojos a los que me escuchaban con una expresión -ensoñadora, lo mismo hombres que mujeres, murmurando nostálgicamente:</p> - -<p>—¡Niza!... ¡Monte-Carlo!...</p> - -<p>Unos hacían memoria de su vida aquí; otros deseaban venir, y temían no -conseguirlo nunca. Mostraban todos en su rostro la misma expresión del -que oye el nombre de Bagdad y evoca inmediatamente las maravillas de -<i>Las mil y una noches</i>.</p> - -<p>Este fragmento de costa mediterránea es tan universal como el bulevar de -los Italianos, de París; el Piccadilly, de Londres, o el Broadway, de -Nueva York. Yo vivo en la más tranquila de las ciudades de la Costa -Azul, en el poético Mentón, retiro de escritores y artistas, donde la -gente se acuesta temprano y madruga mucho, para gozar de sus admirables -jardines. Y sin embargo, estoy en la corriente de la circulación -europea, en «el camino de todos», más que si viviese en Madrid, que es -ciudad populosa y capital de una nación.</p> - -<p>Para ir a España hay que proponerse concretamente este viaje y sentir un -verdadero interés por ella. Se necesita avanzar hasta un extremo de -Europa y luego desandar el camino, atravesando otra vez los Pirineos. -España sólo ofrece una salida para el que no quiere retroceder: -embarcarse con rumbo a América, y nuestros puertos no los frecuenta -ninguna de las grandes Compañías navieras famosas por el tonelaje de sus -buques y por su lujo. Nuestra patria es a modo de una calle que sólo -tiene una entrada y carece de continuación.</p> - -<p>En cambio, la Costa Azul es camino para Italia, para el centro de -Europa, para los países del extremo Mediterráneo y del extremo Oriente. -Se encuentran aquí, todos los días, amigos que dejó uno en lugares -apartados del planeta, creyendo no verlos más, y que surgen -inesperadamente ante nuestro paso. Todos los que desembarcan en Europa -traen en su programa, como algo imprescindible, unas semanas de vida en -la Costa Azul.</p> - -<p>Los personajes más famosos desfilan por esta tierra. No hay gobernante<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span> -inglés que prescinda de jugar al tennis en Cannes durante el invierno. -Junto a las mesas de los casinos de la Costa Azul puede uno codearse con -las mujeres más célebres.</p> - -<p>Hace tiempo, almorzando una mañana en el Sporting-Club, de Monte-Carlo, -vi sintéticamente lo que es la vida en este rincón del mundo.</p> - -<p>Cerca de mí comía un señor alto, delgado, con barba rubia y canosa, y -lentes de oro. Al fijarme en los saludos extraordinarios del <i>maître -d’hótel</i> y de la servidumbre, sentí la necesidad de preguntar.</p> - -<p>—Es el rey de Suecia—me dijeron—, que todos los años viene de -incógnito.</p> - -<p>Luego ocupó otra mesa un señor robusto, de aire militar, con la tez -enrojecida por el sol de los trópicos.</p> - -<p>—A éste le conozco—dije yo al doméstico—. Es el duque de Connaught, -el tío del rey de Inglaterra, que posee una «villa» en Cap Ferrat, y -acaba de volver de las Indias.</p> - -<p>Varios señores ocupaban otra mesa. Uno de ellos, con gafas y barba -canosa, parecía dominarlos a todos, sonriendo finamente. Junto a él, y -compartiendo su importancia, había otro, de bigote blanco. El de la -barba era Venizelos, y su vecino, el famoso hombre de negocios -anglo-heleno <i>sir</i> Basilio Zaharoff, el capitalista mayor de Europa en -este momento, el único al que miran como un igual los multimillonarios -de los Estados Unidos.</p> - -<p>Y todo esto, en un pequeño comedor de Club, que no contiene más allá de -una docena de mesas.</p> - -<p>Me acordé de Cándido, el protagonista de la novela de Voltaire, cuando -visita la Venecia del siglo XVIII con motivo de su famoso Carnaval, y al -cenar en la hostería se encuentra con que sus cuatro compañeros de mesa -son cuatro reyes que vienen de incógnito a divertirse.<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span></p> - -<h2><a name="III" id="III"></a><i>III</i><br /><br /> -EL QUE QUISO CASARSE CON LA PRINCESA</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A revolución rusa ha esparcido por el mundo miles y miles de seres que -gozaron en otro tiempo las delicias de la riqueza o del poder, y ahora -viven en una miseria doblemente dolorosa, por el recuerdo del pasado y -por la falta de esperanza. Son parecidos a los emigrados de la -revolución francesa, que paladearon la «dulzura de vivir» bajo la -antigua monarquía instalada en Versalles, y luego tuvieron que ejercer -viles oficios en Inglaterra y Alemania, sufriendo muchas veces el -tormento del hambre.</p> - -<p>Esta emigración rusa se concentra especialmente en la llamada Costa -Azul. El ensueño de todos los rusos refugiados en Berlín, Londres o -París es poder trasladarse a Niza. Hijos de una tierra invernal, piensan -en el sol gratuito que dora las costas de este mar color de violeta, -célebre desde los primeros vagidos de la poesía griega. Vivir en Niza -representa prescindir de la calefacción, comer naranjas a bajo precio, -instalarse en un antro miserable de las afueras con otros compatriotas, -sin miedo a los rigores de la temperatura.</p> - -<p>Además, muchos de los pobres actuales vivieron en este país hace diez o -doce años, cuando gastaban miles y miles de rublos. Aquí dejaron -recuerdos de amor, de vanidad o de orgullo, y se sienten atraídos por -estos fragmentos de vida que representan toda la gloria de su pasado.</p> - -<p>Los rusos, antes de la guerra, eran en la Costa Azul el gran señor -manirroto o la dama algo loca y siempre elegante, que asombraban a las -gentes arrojando el dinero a puñados. Hoy forman un coro triste, y sobre -su masa dolorosa parecen destacarse con más crudo relieve la -prodigalidad de los americanos del Norte y la opulencia señorial de los -ingleses, actuales dominadores de la tierra.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span></p><p>Muchos de estos emigrados aceptaron valerosamente su desgracia. En -Mentón, cerca de mi casa, hay granjas cultivadas por generales y -coroneles rusos; pero cultivadas verdaderamente, pues estos hombres que -mandaron regimientos o divisiones son ahora gañanes para poder comer, y -remueven la tierra con la pala, abren surcos, cargan carros, crían aves -de corral. Otros, menos enérgicos o vigorosos, trabajan como porteros de -hotel o simples mozos de comedor.</p> - -<p>Con frecuencia, algunas damas inglesas o francesas creen reconocer al -criado viejo, de chaleco a listas y mandil azul, que limpia su cuarto. -Al fin acaban por enterarse de que en otros tiempos bailaron con él en -Monte-Carlo, cuando se llamaba príncipe o conde, era capitán de la -Guardia imperial y venía todos los inviernos a derrochar su patrimonio -en la Costa Azul.</p> - -<p>Otros no se deciden a trabajar y apelan a toda clase de expedientes, -representando una molestia peligrosa para el que los recibe en su casa. -Con lentitud eslava cuentan la novela de su pasado, y acaban pidiendo -tranquilamente mil o dos mil francos, como si aún viviesen en sus -tiempos de magnificencia. Es verdad que se contentan finalmente con -veinte francos; ¡pero son tantos los que llegan creyendo ser cada uno el -único que merece protección!...</p> - -<p>En Niza, señoras de la antigua corte imperial inventan rifas para vivir. -Otras tienen casa de huéspedes o una tiendecita de sombreros.</p> - -<p>Antes del triunfo del bolcheviquismo, mis novelas eran muy traducidas y -leídas en Rusia. (Debo advertir de paso que España jamás tuvo tratado de -propiedad intelectual con Rusia, y los libros nuestros eran reproducidos -libremente. Hubo novela mía que fue publicada al mismo tiempo por cinco -editores diferentes, sin pedirme ninguno autorización). Como vivo -rodeado de tantos náufragos de la catástrofe rusa que en sus tiempos -felices fueron lectores míos, recibo frecuentemente sus visitas. Grandes -damas me buscan para que las ayude a vender ricas diademas en forma de -mitra, semejantes a las que ostentan las vírgenes bizantinas, y que -lucieron ellas muchas veces en las fiestas de la corte imperial. Otras -me enseñan capas de marta, armiño, y alhajas de una magnificencia algo -bárbara.</p> - -<p>Es lo último que les queda. Temen las ofertas, escandalosamente bajas, -de los usureros que acechan su agonía, y acuden a mí, como si un -novelista pudiera arreglarlo todo. Algunas me proponen la adquisición de -estos recuerdos de su vida lujosa, desaparecida para siempre, indicando -precios verdaderamente extraordinarios por lo modestos. Pero yo no voy a -pasearme por mi habitación de trabajo vestido y adornado como una dama -de Nicolás II en día de gran ceremonia, y renuncio a tales «ocasiones». -Otras de menos años, cuyos maridos,<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span> difuntos por fusilamiento, -poseyeron minas de platino en Siberia, vienen a que las recomiende para -trabajar en el cinematógrafo. ¡Como si el improvisarse artista -cinematográfica fuese algo facilísimo!...</p> - -<p>Algunas de estas grandes damas arruinadas pueden sostenerse modestamente -con lo que poseían fuera de su país, y aún encuentran el medio de -favorecer a sus compañeros de desgracia. Como se consideran pobres al no -poder sostener su existencia lujosa de otros tiempos, desean trabajar, y -han creado en Niza varios restoranes, que dirigen ellas mismas.</p> - -<p>Son establecimientos baratos, donde se puede comer por cuatro francos y -medio, lo que equivale en Francia a un cubierto español de dos pesetas. -Por tal precio no pueden esperarse milagros culinarios; pero se nota en -el ambiente de la sala y en el arreglo de sus mesas cierta distinción -especial, lo que la gente llama chic, algo que revela el buen gusto de -la dueña invisible, que está en la cocina dirigiéndolo todo. Los pobres -de mala educación no se sienten a su gusto en estos restoranes, y los -abandonan. Su clientela se va seleccionando de un modo automático, y -acaba por estar formada únicamente de personajes venidos a menos, de -héroes de novela, muy interesantes si fuesen dos o tres nada más. Pero -son muchos, y sus vidas, que hace quince años hubiesen parecido -extraordinarias, acaban por resultar monótonas.</p> - -<p>La directora de uno de estos restoranes es una princesa Murat. La -familia de los Murat está dividida en varias ramas, y una de ellas se -estableció matrimonialmente en Rusia. De aquí que la suerte de muchos -descendientes del ex rey de Nápoles vaya unida a la de los aristócratas -rusos.</p> - -<p>Esta princesa, nacida, según creo, en los Estados Unidos, posee una -elegancia natural y guarda aún la belleza reposada y distinguida de su -segunda juventud, después de haber perdido la frescura de la primera. -Con una energía americana ha aceptado los deberes y penalidades de su -nueva situación. Todas las mañanas, al salir el sol, ya está en el -mercado, al mismo tiempo que los compradores de los grandes «Palaces», -los cocineros de los hoteles medianos, y los dueños de fondines y casas -de huéspedes.</p> - -<p>Desea que sus clientes coman barato y bien. Discute con los proveedores -o les sonríe, empleando la fuerza convincente de una mujer que sabe -hacerse agradable. Atrae con su presencia la atención de todos, aun de -aquellos que ignoran quién es.</p> - -<p>El mercado de Niza hace recordar los antiguos mercados de Valencia y -Barcelona. Los vendedores están al aire libre, detrás de barricadas de -hortalizas, que esparcen perfumes de tierra prolífica o de punzantes y -vigorosas savias. A<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span> través de los portalones de la muralla inmediata se -ve brillar la llanura luminosa del Mediterráneo, toda azul y toda -azogue. En la atmósfera hay olores de ajo y mimosas, de cebolla y -claveles, de violetas y sal marina. Toda mujer, después de llenar su -cesta de comestibles, considera indispensable comprar un ramo de flores. -Este mercado—tan distinto a los mercados cerrados y con techumbre de -hierro—predispone las gentes al amor, y hace pensar que en la vida hay -algo más que llenar bien el estómago.</p> - -<p>La princesa se vio detenida una mañana por uno de sus «colegas». Era un -francés bigotudo, con aire de antiguo gendarme, dueño de un fonducho -para trabajadores cerca del puerto. Necesitaba hablar con ella. Venía -observándola desde muchas semanas antes. Había admirado su habilidad -para comprar y el gran dominio que ejercía sobre las gentes.</p> - -<p>—A mí me gustan las mujeres serias; soy viudo, y tal vez podemos -convenirnos el uno al otro. No le hablaré de amor; eso es para las -comedias. La vida no es una broma... Usted tiene su establecimiento, yo -tengo el mío; podemos casarnos, y ayudándonos como dos personas -juiciosas, llegaremos a juntar un capitalito para retirarnos al campo en -nuestra vejez.</p> - -<p>La dueña del restorán contestó con una de sus sonrisas dulces:</p> - -<p>—¡Quién sabe!... Es para pensarlo más despacio.</p> - -<p>Ahora el dueño del fondín del puerto va más tarde al mercado, pues no -quiere encontrarse con ella. Además pone una cara fosca para que las -pescaderas y las vendedoras de hortalizas no se atrevan a bromear con -él.</p> - -<p>Sabe que cuando vuelve la espalda todas sonríen y le designan con el -mismo apodo: «El que quiso casarse con la princesa».<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span></p> - -<h2><a name="IV" id="IV"></a><i>IV</i><br /><br /> -EN TORNO AL «QUESO»</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">B</span>IEN sabido es que cuando se quiere encontrar a una persona de cierta -posición social y se ignora su domicilio en Europa o América, no hay más -que sentarse junto al «queso», en la plaza de Monte-Carlo. Podrá uno -esperar diez, quince o veinte años; pero un día el amigo deseado acabará -por dejarse ver.</p> - -<p>Esto lo tienen muchos por indiscutible, aunque parezca falso. Todo el -que posee algún dinero y ama los viajes, acaba por dar la vuelta al -«queso», mezclándose por unas horas con la multitud que circula frente -al Casino. Antes de pasar adelante creo necesario explicar que este -«queso» famoso es un pequeño jardín o macizo de plantas en el centro de -la plaza. Su forma redonda le ha hecho ser comparado con una caja de -queso Camembert.</p> - -<p>En la acera circular de este jardín se oyen conversaciones en todas las -lenguas, y como si el Carnaval durase aquí el año entero, circulan entre -las señoras vestidas a la moda de Europa damas indostánicas de largos -velos azules, con la nariz perforada por botones de brillantes, -personajes asiáticos de andar felino y ojos misteriosos, jefes árabes de -albas túnicas, chinos y japoneses cuya cabeza ratonesca, astuta o -inteligente, parece querer escaparse de las vestiduras occidentales que -disfrazan el resto del cuerpo.</p> - -<p>Yo he tenido en esta plaza muchos encuentros inesperados y he contraído -las amistades más novelescas tal vez de mi existencia. Una sonrisa -interrogante y una mano tendida provocan en tal lugar dudas geográficas -que abarcan el planeta entero. ¿De dónde podrá venir el amigo que acaba -de reconocernos?... Hay que dejarle hablar para ir adivinando poco a -poco su identidad. Puede ser un olvidado condiscípulo de la juventud, o -uno que conocimos en Turquía, Argentina, Egipto o Méjico. También puede -ser un señor con el que almorzamos<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> en el restorán de la estación de -Toledo; pero Toledo, en el Estado de Ohío, una de las ciudades -ferroviarias más importantes de los Estados Unidos.</p> - -<p>Durante el invierno fondea cada semana ante Monte-Carlo uno de esos -trasatlánticos procedentes de la América del Norte que son verdaderas -ciudades flotantes, y echan a tierra dos mil pasajeros. Durante -veinticuatro horas los alrededores del «queso» parecen la Quinta Avenida -de Nueva York. A mediodía llega invariablemente el tren «azul», -procedente de Calais, un tren que sólo lleva vagones-camas, y las gentes -británicas se reconocen y se estrechan las manos, sacudiéndolas -vigorosamente, como si se encontrasen en el Piccadilly de Londres.</p> - -<p>El indeciso pasado de nuestros años de adolescencia, las ilusiones que -acariciamos entonces como algo de imposible realización, las cosas más -admiradas por la buena fe y el entusiasmo de la primera juventud, pueden -salirnos al paso en esta plaza. Yo he visto muchas veces, tomando el sol -en sus bancos, a viejos señores, trémulos y de piel flácida como pájaros -desplumados, y los nombres de estas ruinas humanas hicieron revivir en -mí pretéritas admiraciones. Eran hombres políticos que nadie recuerda, -generales que ganaron victorias olvidadas, caudillos novelescos del -África británica o la América del Sur. Viejas encogidas, de aire -humilde, o pintarrajeadas y cadavéricas como momias, evocan con sus -apellidos de guerra el recuerdo de beldades célebres, cuyos retratos -adoramos en las cajas de fósforos cuando éramos colegiales.</p> - -<p>Entre esta muchedumbre de personajes que «fueron» y no son ya más que -simples invernantes de la Costa Azul, buenos para ocupar una silla en la -plaza de Monte-Carlo o en los salones del Casino, hubo hasta el año -pasado una personalidad sobresaliente, inquieta, arrolladora, -incansable, que parecía llenarlo todo con su presencia y estaba al mismo -tiempo en diversos lugares, con infinita ubicuidad. Era la gran duquesa -Anastasia, tía carnal del zar Nicolás II, ejecutado por los -bolcheviques; hermana del zar anterior y madre de la esposa del -kronprinz.</p> - -<p>Una hija suya ocupa actualmente uno de los tronos de Europa. Su otra -hija hubiese sido emperatriz de Alemania de no ocurrir la última guerra.</p> - -<p>En su juventud gozó fama de hermosa y elegante, según afirmación de los -que la conocieron en la corte de Rusia. Siendo extremadamente alta -(cerca de dos metros), tal vez esta belleza fue efectiva en los tiempos -que duraba aún la influencia de la vieja reina Victoria y otras -soberanas metidas en carnes y pródigas en curvas, o sea cuando no era de -moda que las mujeres buscasen a fuerza de hambres las angulosidades y -asperezas huesudas del cuerpo masculino.<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span> Pero Anastasia—así la -designaban familiarmente las gentes de Monte-Carlo—, a pesar de sus -años, había querido enflaquecer lo mismo que las muchachas de ahora, y -su exagerada delgadez parecía prolongar aún más su estatura.</p> - -<p>Esta hija de emperadores y madre de reinas vivía al margen de la tiranía -de los costureros, vistiéndose a su gusto, con arreglo al mismo patrón, -como si llevase uniforme. De día usaba invariablemente un traje negro, -corte sastre, que parecía flotar sobre su cuerpo largo y descarnado, lo -mismo que una sotana de sacristán. Para el que la veía por primera vez, -lo más extraordinario en ella eran las orejas, despegadas del cráneo, -muertas e insensibles, como si fuesen de cartón. Tenía los pies -extremadamente largos, con una longitud que imposibilitaba todo -artificio zapateril, y convencida de lo ineficaz que era querer -disimular sus extremidades, las calzaba sin cuidado alguno. Muchas -señoras afirmaban que la gran duquesa tenía el mismo zapatero que los -gendarmes de la provincia.</p> - -<p>Se la veía casi a un tiempo jugando en los salones reservados del Casino -y circulando por la plaza, con una rapidez que arremolinaba la negra -faldamenta en torno a sus piernas. Éstas eran tan flacas, que parecían -próximas a romperse a cada paso. Luego bailaba en el Café de París, en -los <i>dancings</i> de los hoteles, en los tés elegantes, en todas partes -donde suenan los instrumentos desafinados del <i>jazz-band</i>. Había algo de -la furia del borracho romántico, que bebe para olvidar, en la movilidad -incansable de esta «vitalista», ansiosa de conocer todos los placeres -violentos. A su familia la habían pasado a cuchillo. Hermanos y -sobrinos, todos habían muerto por orden de los Soviets. Sólo quedaban -ella y ciertos parientes, a los que pilló la revolución comunista «fuera -de casa». Además, esta rusa, que había vivido la mayor parte de su -existencia en Alemania por haberse casado con un príncipe alemán, -desdeñaba a la familia imperial germánica, en la que figura su hija.</p> - -<p>¡Inolvidable Anastasia! Había que oír a la vieja gran duquesa, vestida -con la obscura modestia de una directora de colegio, hablar de sus -parientes alemanes. Al kronprinz lo censuraba... Esto nada tiene de -singular. Lo extraordinario sería que una suegra hablase bien de su -yerno. Pero cuando resultaba más interesante era al ocuparse de su -consuegro, Guillermo II.</p> - -<p>Ella había nacido Romanoff, y era descendiente de innumerables -emperadores. La dinastía de los zares se pierde en la noche de la -Historia. En cambio, los Hohenzollern son unos reyes de siglo y medio, -como quien dice de ayer, y su título de emperador data de 1870. Aspiraba -el aire desdeñosamente por sus anchas narices al decir esto, y añadía, -como una señora linajuda que habla de<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span> un «nuevo rico»:</p> - -<p>—Cuando se casó mi hija tuve que asistir a la ceremonia y aceptar el -brazo de Guillermo. No podía negarme. Nunca ese advenedizo, ese manco -«cursi», se vio tan honrado. ¡Dar su brazo a una nieta de Pedro el -Grande!...</p> - -<p>El gobierno francés la dejó vivir en Francia durante la guerra. ¡Cómo -hacer otra cosa con una princesa alemana, suegra del kronprinz, pero -rusa de nacimiento y que llamaba «cursi» a su consuegro!... Aunque -pasaba el día y muchas veces la noche dentro del principado de Mónaco, -su domicilio era en Eze, o sea en territorio francés.</p> - -<p>Últimamente se quejaba de escaseces de dinero. En Rusia y Alemania se -habían perdido todos sus bienes. Pero los personajes emparentados con -numerosas casas reales son como los barcos grandes, que después de -encallar en la costa y perderse para siempre, todavía mantienen con sus -despojos a los que se aproximan a ellos.</p> - -<p>La gran duquesa guardó hasta el último momento su casita de Eze, situada -entre la línea del ferrocarril y la línea espumosa de las olas. Poseía -un pequeño automóvil, guiado muchas veces por ella misma. Siempre tuvo -dinero para el juego, y sobre todo para cenar en los sitios donde se -baila. En los postreros días de su vida fue muy española.</p> - -<p>—¡País de <i>hidalgós</i> y <i>caballerrros</i>!—me dijo repetidas veces en un -español chapurreado y con miradas de admiración.</p> - -<p>Existe en Monte-Carlo un restorán donde se prolongan las fiestas -nocturnas hasta la salida del sol, y en este lugar público trabajan -todos los años dos bailarines españoles, dos «niños» de Sevilla, -pequeños de estatura, graciosos y bien educados, que tienen por nombre -«los Titos». Este par de andaluces de <i>smoking</i>, que, según dicen las -señoras, no tienen precio para hacer bailar bien a sus acompañantes, -inspiraron a la gran duquesa un entusiasmo casi maternal. Pasaba las -noches dedicada a ellos, no perdonando una sola de las danzas que tocan -simultáneamente y sin descanso las dos orquestas del establecimiento. -Dejaba a un Tito para tomar al otro, y el más alto de los hermanos no -llegaba a tocar con su cabeza el huesudo pecho de la princesa de dos -metros.</p> - -<p>Tal fervor por las cosas de España acabó con la vida de la consuegra de -Guillermo II. Un día del pasado invierno, «los Titos» arreglaron en su -honor un arroz a la valenciana. Era un arroz «traducido» de Valencia a -Sevilla, y hecho además con lo que se puede encontrar en Monte-Carlo; -pero la gran duquesa no conocía otro, y dedicaba siempre a este plato -interminables alabanzas. A los<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span> postres de la comida española sufrió un -desmayo; la llevaron apresuradamente al Hotel París, y a las pocas horas -dejó de existir.</p> - -<p>Esta mujer, que en unos cuantos años presenció tantas tragedias -familiares y sufrió emociones tan enormes, sólo podía morir -repentinamente. Además, sus placeres eran tan violentos, que un corazón -no podía soportarlos sin lesiones.</p> - -<p>Después de la guerra, el famoso «queso» ha dejado de ver a muchos -personajes que lo visitaban en otros tiempos. Mi amigo Luciano Guitry, -el más grande de los actores contemporáneos, me contó un día algo -ocurrido aquí mismo.</p> - -<p>Fue esto años antes de la guerra. Se acercó al gran comediante francés -una de esas muchachas parisienses que se titulan «artistas» y, en -realidad, mantienen su lujo y atienden al costoso entretenimiento de su -belleza con otros recursos que los del arte. Llegan a Monte-Carlo para -distraer a los hombres que juegan, recordándoles que en el mundo hay -algo más que los placeres del azar; pero muchas veces sienten la -tentación de la ruleta, lo mismo que los otros mortales, y lo que -ganaron con sus propios recursos lo dejan sobre la mesa verde.</p> - -<p>—Monsieur Guitry—preguntó—, ¿quién es ese hombre bajito, calvo y de -mal color que conversaba con usted hace un momento? El otro día estuve -una hora con él y no hizo más que hablar de su persona, como si fuese el -centro del mundo. Al despedirse, me dijo: «No te revelo mi nombre, -porque si lo supieras serían tan grandes tu sorpresa y el orgullo de -haberme conocido, que caerías desmayada de emoción sobre tus... -almohadillas naturales». ¿Quién es, monsieur Guitry? ¿Es un hijo de -rey?... ¿un millonario de Nueva York?... ¿un presidente de República de -la América del Sur?...</p> - -<p>Una leve sonrisa alteró la serenidad episcopal del rostro del insigne -actor. Sus ojos parpadearon maliciosamente, y dejó caer estas palabras:</p> - -<p>—Es un poeta italiano, llamado Gabriel d’Annunzio.</p> - -<p>La muchacha quedó indecisa, repasando mentalmente sus recuerdos, -mientras se rascaba con las pintadas uñas el lindo entrecejo. Luego dijo -simplemente:</p> - -<p>—<i>¿D’Annunzio?... Connais pas.</i></p> - -<p>  </p> - -<p>Repito que esto fue antes de la guerra; antes de que el poeta obtuviese -la verdadera fama acompañando en sus vuelos a los aviadores italianos, o -acometiendo la ruidosa y estéril aventura de Fiume.</p> - -<p>¡Fragilidad de las vanidades literarias! Creerse igual al Dante; llevar -la<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span> cabeza sobre los hombros con la misma solemnidad que si fuese una -urna santa; inventar todos los días algo extraordinario y raro que -atraiga la atención del público, para que después una muchacha de las -que mariposean en torno a la ruleta de Monte-Carlo diga con -indiferencia:</p> - -<p>—¿D’Annunzio?... No lo conozco.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span></p> - -<h2><a name="V" id="V"></a><i>V</i><br /><br /> -LAS ALMAS DEL PURGATORIO</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">D</span>E los bancos que forman círculo en el centro de la plaza de -Monte-Carlo, dos o tres situados frente a la escalinata del Casino -llevan el nombre de «el purgatorio». Y por deducción, a las personas que -los ocupan, como si fuesen de su propiedad, guardándose recíprocamente -un lugar en ellos, las llaman las «almas» de dicho «purgatorio».</p> - -<p>Fácil resulta adivinar su pasado. Son jugadores que desean entrar en el -Casino y no pueden, a pesar de vivir convencidos de que al otro lado de -sus puertas les aguarda la Fortuna. Los directores del establecimiento, -aleccionados por la experiencia, procuran que no quede en Monte-Carlo -ningún resto de la diaria batalla entre el hombre y la Suerte. Pocas -ciudades de Europa tan limpias como ésta. A ninguna hora del día o de la -noche se encuentra un papel, una hoja seca o una colilla de cigarro en -sus aceras, pulidas como el piso de un salón. Del mismo modo procuran -que no quede ningún herido ni contuso de los combates de la ruleta y el -«treinta y cuarenta». Todo el que pierde su dinero puede acudir a la -Administración del Casino, madre cariñosa, que le facilitará la cantidad -necesaria para el viaje hasta el país de origen. De este modo la víctima -va a contar muy lejos sus desengaños, y si se le ocurre suicidarse, -otros se encargan de su entierro.</p> - -<p>Este socorro que da el Casino para que se retire el descalabrado recibe -el nombre de «viático». A veces el tal «viático» es de miles de francos, -según la categoría del jugador o la importancia del trayecto. Yo he -visto pagar a un holandés el precio de su pasaje hasta Java; pero había -dejado antes en las mesas verdes centenares de miles de francos. También -la Administración da algunas pensiones vitalicias a jugadores famosos -que frecuentaron la casa treinta o<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> cuarenta años, perdiendo en ella -numerosos millones.</p> - -<p>Conozco a un gran señor ruso que entra todos los días al Casino y sigue -el juego de las mesas importantes con mirada ansiosa; pero no se atreve -a apuntar ni con una ficha de las blancas, que son las más modestas.</p> - -<p>El Casino le regala una pensión de 1000 francos mensuales, después de -haber dejado en Monte-Carlo el producto de sus minas en Siberia y las -cosechas de territorios extensos como provincias, poblados por miles de -<i>mujiks</i>. Pero esta generosidad va unida para el agraciado con la -condición de que no jugará nunca. Si avanza una apuesta sobre un número, -los empleados tienen orden de no admitirla.</p> - -<p>Muchos jugadores que recibieron el «viático» para volver a su tierra -sienten el latigazo de la inspiración antes de partir, y arriesgan el -importe del viaje en una jugada última, convencidos de que este dinero, -por ser del Casino, atraerá a la Suerte. Si lo pierden quedan como -prisioneros en Monte-Carlo, y un desesperado más viene a sentarse en los -bancos del «purgatorio».</p> - -<p>Todo el que tomó el «viático» encuentra cerradas las puertas de la -catedral del Rojo y el Negro mientras no devuelve el préstamo recibido. -Y estas pobres almas en pena se buscan y sostienen con la fraternidad de -la desgracia.</p> - -<p>Antes de las diez de la mañana, hora de principiar el juego, ya ocupan -los bancos que consideran de su propiedad. Los que se alejan a mediodía -para almorzar, son reemplazados por otros que no saben dónde un -hambriento puede conseguir un almuerzo. Se ceden cortésmente los -asientos verdes, desde los cuales parecen espiar la escalinata del -templo prodigioso, y así permanecen formando grupos, unos encogidos, -otros de pie, hasta que llega la noche y se desbandan con la ilusión de -que el día siguiente será más propicio.</p> - -<p>Mientras evocan su pasado o cuentan historias de ganancias maravillosas -en la ruleta, miran con envidia a los felices que suben y bajan los -peldaños alfombrados de la escalinata. Sus ojos son admirativos y -tristes, como los del ebrio ante la puerta cerrada de una bodega, como -los del morfinómano falto de dinero junto al escaparate de una farmacia. -De vez en cuando estos maltratados por la Suerte intentan volver hacia -ella con la esperanza de que los acaricie, con repentino capricho. -Rascan todo el fondo de sus bolsillos. Los hombres sacan monedas o -billetes ínfimos entre migas de pan y briznas de tabaco. Las mujeres -extraen de sus bolsos un dinero manchado de polvos de arroz o colorete -para los labios. Las «almas del purgatorio» sienten una fe repentina en -determinado número, o aceptan como indiscutible la nueva jugada que les -propone el más viejo del grupo.<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span></p> - -<p>Encuentran siempre un amigo que no ha tomado el «viático» y puede entrar -en las salas públicas. Se le entrega sin miedo el capital de la -sociedad, repitiendo, con abundantes detalles, cómo debe arriesgarlo. A -nadie se le ocurre sentir desconfianza. Este embajador no puede faltar a -la lealtad que se deben los desgraciados. Quedan todos en angustioso -silencio. Miran fijamente las puertas del Casino, creyendo ver a cada -instante la reaparición del enviado en lo alto de la escalinata. Cuando -tarda, la confianza aumenta en el «purgatorio». Indudablemente, el -capital común está agrandándose con una ganancia progresiva. Si vuelve a -mostrarse a los pocos minutos, todos adivinan su desgracia mucho antes -de ver el gesto doloroso con que anuncia desde lejos la quiebra -fulminante de la sociedad.</p> - -<p>Yo hablo algunas veces con las «almas» que vagan dolorosas por la plaza -de Monte-Carlo, sin que la Suerte quiera redimirlas. Muchas de ellas son -más antiguas que yo en el país. También gozo el honor de que estas -«almas» me admiren, como un personaje casi tan interesante como ellas.</p> - -<p>Aunque algunos me tachen de inmodesto, declaro que he conseguido cierta -celebridad en Monte-Carlo. Hasta tengo un apodo con el que me designan -los que no saben pronunciar mi apellido español. Soy «el señor que no ha -jugado nunca». Una popularidad que no todos pueden conquistar.</p> - -<p>Hace cinco años que frecuento Monte-Carlo y entro diariamente en su -Casino, fuera de los meses que paso viajando. Hubo año que llegué a -visitar las salas de juego mañana, tarde y noche, para hacer un estudio -directo de la vida de los jugadores, destinado a mi novela <i>Los enemigos -de la mujer</i>... Y en esos cinco años no jugué nunca, no he sentido la -curiosidad de llamar a la Fortuna ni una sola vez, y el público y los -empleados han acabado por fijarse en tal abstención, que resulta aquí -extraordinaria.</p> - -<p>Siempre que entro ahora en el Casino, me veo buscado y amenazado por los -halagos o las emboscadas que persiguen a toda virginidad. La -superstición de los jugadores cree ciegamente en la buena fortuna de las -novelas. Muchas señoras, amigas mías, me ofrecen dinero para que lo -ponga a mi capricho sobre la mesa verde.</p> - -<p>—Aunque sea un <i>luis</i> nada más—dicen con una sonrisa que incita al -pecado.</p> - -<p>No jugaré nunca. Confieso mi debilidad ante muchos vicios y seducciones -de la existencia; pero la tentación del juego no me inspira inquietud. -Sé bien que no puedo ser jugador; que no lo seré, aunque me lo proponga -con toda la fuerza de mi voluntad. He hecho mis pruebas, y puedo -afirmarlo sin miedo a equivocarme.<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span></p> - -<p>En 1896, cuando andaba metido en las aventuras y riesgos de una política -de acción, tuve el honor de ser presidiario. Un Consejo de guerra me -condenó a varios años de encierro, y aunque los periódicos se -interesaron por mi suerte hasta conseguir que me indultasen, no por ello -me libré de pasar recluido más de un año. Esto se dice pronto; pero hay -que conocer por experiencia lo que son doce meses, uno tras otro, -siempre en el mismo edificio y entre gente poco grata.</p> - -<p>La penitenciaría era un antiguo convento de Valencia, que ya no existe. -Esta construcción vetusta sólo tenía cabida higiénica para trescientos -hombres, y éramos a veces mil. Como gran favor, me dejaron en la -enfermería, donde todos los meses morían dos o tres tísicos y se -preparaban para seguirles media docena más. Si la defunción ocurría al -atardecer, quedaba el cadáver en una cama próxima hasta la mañana -siguiente. ¡Una existencia de lo más entretenida!... De vez en cuando, -para mayor amenidad de mi encierro, llegaban órdenes exteriores -recomendando a los empleados que no me dejasen recibir libros ni me -permitieran escribir otra cosa que cartas a mi familia. Los -apasionamientos políticos aconsejan casi siempre medidas absurdas.</p> - -<p>En uno de estos períodos, los empleados, apiadándose de mi aburrimiento, -me buscaron una diversión.</p> - -<p>—Podía usted entretenerse con el juego. Eso le distraerá tanto como la -lectura.</p> - -<p>Y ocultamente me fueron proporcionando barajas, un dominó, un tablero de -damas y otros instrumentos recreativos que no recuerdo. Hicieron más: me -buscaron sin salir de «la casa» un insigne profesor, famoso ladronazo de -larga historia, que sólo se había dedicado a robar Bancos y llevaba -corrido medio mundo, conociendo todas las timbas de España y naciones -adyacentes.</p> - -<p>¡Imposible aprender en mejor escuela! Fue—y pido perdón por la -irreverencia—como si me pusieran a estudiar bacteriología con Pasteur o -versificación con Víctor Hugo. Pero apenas iniciadas sus lecciones, el -eminente catedrático debió convencerse de que trataba con un torpe, -falto completamente de aptitudes. Todo lo aprendía y lo olvidaba con -igual facilidad. Me faltaba tener fe en las enseñanzas recibidas... Y -media hora después, el maestro, abusando de la bondadosa tolerancia de -mis protectores, jugaba a peseta el golpe con los enfermos, mientras yo, -de pie y junto a una verja, seguía arrobado el deslizamiento de las -nubes y el revoloteo de dos palomas, a través de los hierros que -cortaban el azul de un rectángulo de cielo.</p> - -<p>Debo confesar que representa para mí una voluptuosidad algo cruel y -egoísta—y los placeres resultan a veces más intensos cuando van -sazonados con un<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span> poquito de esta salsa maligna—el hecho de pasearme -por Monte-Carlo siendo el único hombre, ¡el único!, que vive en esta -ciudad sin haber jugado nunca. Muchos ilusos de diversas naciones se -encargan de costear las comodidades que me rodean. Los jardines de -vegetación tropical, los salones lujosos del Casino, el puerto blanco -lleno de yates, las orquestas, la ópera subvencionada con varios -millones, todo lo pagan los jugadores para que yo lo disfrute. Las mesas -verdes no han recibido de mí un solo céntimo.</p> - -<p>Pero un día que hice esta declaración de independencia ante un empleado -antiguo del Casino, el viejo rió socarronamente:</p> - -<p>—Hay quien ha hecho más que usted—dijo—. Usted se limita a no dar -nada, mientras que el maestro ruso...</p> - -<p>Y me contó la breve historia del maestro de escuela ruso, conocida -solamente por los altos funcionarios de Monte-Carlo, pues resultaría -peligroso el divulgarla.</p> - -<p>Esto fue antes de la guerra. Un ruso greñudo, barbón y grasiento, con -sonrisa inocente y ojos de angelote bizantino, consiguió entrar una sola -vez en las salas de juego, y puso una moneda de cinco francos a un -número de la ruleta. El duro era escandalosamente falso, pero acertó el -«pleno», y le dieron treinta y cinco duros más, indiscutiblemente -legítimos.</p> - -<p>Luego que se hubo comido la ganancia, el maestro pidió audiencia a la -Administración del Casino. Él se consideraba un jugador importante, -«todos le habían visto jugar», y exigía lo mismo que los otros, un -«viático» para volver a su tierra... Y la Administración, que no quiere -«ruidos», le pagó el viaje.</p> - -<p>Como el empleado continúa sonriendo después de terminar su historia, yo -inclino la cabeza humildemente:</p> - -<p>—Reconozco mi inferioridad ante el maestro ruso.<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span></p> - -<h2><a name="VI" id="VI"></a><i>VI</i><br /><br /> -LOS NUEVOS COMPAÑEROS</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">H</span>ACE pocos días hablé con el director de uno de los «Palaces» más -célebres y caros de la Costa Azul, y este personaje representativo de -nuestra época, que tiene automóvil propio, cobra más sueldo que un -primer ministro, es amigo de varios reyes y estrecha confianzudamente -las manos de los millonarios de Europa y América, me dijo así:</p> - -<p>—Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes -llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las -personas.</p> - -<p>Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este -famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles.</p> - -<p>La Costa Azul es el lugar de la tierra donde abundan más los perros. Los -hay a docenas en los «Palaces», en las casas, en los paseos, en los -lugares más apartados de la ribera o la montaña. Hacen imposible un -largo y silencioso recogimiento ante la Naturaleza. Cuando se cree uno -solo y empieza a saborear la calma rumorosa del paisaje, sumido en -profunda paz, suena al lado el grotesco ladrido de algún gozque, último -amor de su dueña envejecida, y con la rapidez de un reguero de pólvora -inflamada este ladrido se dilata, se multiplica al correr hacia el -infinito, pues de todas partes empiezan a contestarle otros aullidos, -atiplados o graves, de perros de salón, perros de pescador, perros de -granja o perros que tiran de su cadena junto a las verjas de los -jardines elegantes.</p> - -<p>En este pedazo de Francia, tierra de retiro invernal, donde de cada diez -personas que buscan el sol siete hablan inglés y tres solamente francés, -la dama vieja con su perrito es el eterno personaje que da valor humano -al panorama.</p> - -<p>Bien sabido es lo que representan, generalmente, las respetables señoras -que viven durante el invierno en la Costa Azul y pasan la primavera en -Florencia.<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span> Aunque sean de distintos idiomas y naciones, todas resultan -iguales. Todas poseen una peluca rubia, una dentadura postiza, una -novela inglesa «muy moral», que nunca acaban de leer, pues aunque la -cambien, siempre dice lo mismo... y un perro.</p> - -<p>A causa de ellas, los hoteleros, que tienen de vez en cuando sus -asambleas internacionales en alguna ciudad de Suiza—lo mismo que los -diplomáticos de la Sociedad de las Naciones se reúnen en Ginebra—, se -han visto obligados a ocuparse del perro y sus molestias, combatiendo su -existencia por medio del impuesto.</p> - -<p>Hace algunos años, los perros, que siempre habían vivido gratuitamente -en los hoteles, fueron tasados en dos francos diarios. Ahora pagan -cinco, y en ciertos «Palaces» diez y hasta quince francos, sin que haya -influido esto en su disminución. Al contrario: tener perro en un hotel -de lujo significa un gasto considerable; cuesta más que costaba antes de -la guerra el mantenimiento de un cristiano, y denuncia gran riqueza en -su dueño.</p> - -<p>Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de -perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda, y -únicamente pueden interesar a las gentes desorientadas que siguen con un -retraso de varios años los adelantos de nuestra época.</p> - -<p>Los altos lebreles de Rusia, estrechos, sedosos, distinguidos o -imbéciles; el perro policía, feroz y de una agresividad inteligente; el -«lulú de la Pomerania», peludo y pequeño como un manguito con patas y -ojos; los gozques liliputienses, capaces de tener por casa un saquito de -mano; todas estas bestias privilegiadas, que cuestan miles de francos y -eran acogidas antes con palmoteos y gritos femeninos de entusiasmo, -resultan actualmente un regalo vulgar, bueno para los burgueses que no -se enteran de lo que es <i>chic</i>.</p> - -<p>—Otros animales—añade—son ahora los acompañantes de moda, -especialmente de la mujer.</p> - -<p>Tales palabras vienen de un hombre en íntimo contacto con la humanidad -privilegiada que llega de todas partes a la Costa Azul, vive unos meses -en ella y vuelve a esparcirse por el mundo. Nadie puede conocerla -mejor... Y me hacen ver, repentinamente, con una concreción luminosa, -imágenes que se habían deslizado antes por mis ojos, sin que yo las -retuviese.</p> - -<p>Me acuerdo de la hora cálida y elegante del mediodía, cuando circulan -los extranjeros por los muelles de Mentón, las terrazas de Monte-Carlo, -el Paseo de los Ingleses, en Niza, y las explanadas del puerto de -Cannes. Pasan señoras con<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span> la sombrilla japonesa en la diestra, llevando -sobre un hombro o un codo el papagayo amaestrado que las acompaña en sus -viajes. Otras tiran de una cadenilla, al término de la cual marcha un -mono en posición cuadrúpeda o se apoya en las patas traseras, irguiendo -su cabecita orejona y piramidal sobre el capuchón de un hábito hecho con -tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva, -acarician con la punta de su bastón el gato montes, la zorra, el lobito, -la pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en -otros tiempos el perrillo faldero.</p> - -<p>Éstos son los camaradas de viaje que pueden dejarse ver. El célebre -hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que -permanecen ocultos en el cuarto del «Palace» y obligan a los criados a -realizar a toda prisa la limpieza de la habitación, si es que no se -quedan a la puerta vacilantes y medrosos: lagartos soñolientos, hundidos -en algodones que les sirven de cama; tortugas que surgen lentamente del -abrigo del sofá; reptiles de piel en cuadrícula—molestos de -nombrar—que, al sentir la caricia del rectángulo de sol de la ventana -prolongado hasta su cesto, se desenroscan, levantan la tapa de junco, y -dilatando sus anillos, empiezan a subirse por las patas de los muebles.</p> - -<p>Como ahora la gente viaja más que en otras épocas y dar la vuelta al -mundo es diversión que nada tiene de extraordinaria, las personas -andariegas y caprichosas, movidas por un deseo malsano de originalidad, -escogen los más extraños camaradas para su existencia cómoda, aburrida y -errante.</p> - -<p>Un recuerdo me conmueve de pronto interiormente, con esa emoción -explosiva que acompaña los descubrimientos inesperados.</p> - -<p>Me veo, noches antes, en la fiesta de un gran hotel de Niza. Bailan las -parejas bajo una lluvia de serpentinas y papelillos dorados. Los -domésticos van de mesa en mesa ofreciendo objetos de cotillón. Las -gentes se adornan con ellos grotescamente.</p> - -<p>Graves señores, de solapa condecorada, han tocado sus cabezas con -sombreros de payaso, crestas de gallo o plumajes índicos, todo de papel -de seda.</p> - -<p>Señoras que llevan sobre el pecho un millón de perlas o brillantes -ostentan orgullosas en su peinado las diademas de lata o las -sombrillitas de cartón que acaba de darles el <i>maître d’hôtel</i>. Entre -baile y baile, la gente devora. La acidez vegetal del champaña derramado -en los manteles se mezcla con la acidez humana de las axilas sudorosas.</p> - -<p>En una mesa frente a la mía cena un joven solitario, de aspecto -«exótico». Va vestido, indudablemente, por un sastre de Londres; pero, a -pesar de su correcto<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> <i>smoking</i>, evoca el recuerdo de islas paradisíacas -de Asia, bosques de canela, pagodas de rumorosas campanillas, a causa de -la indolencia de sus movimientos y el color de su rostro. Puede ser hijo -de europeo y de oriental; puede haber nacido en Inglaterra y tener la -cara ensombrecida por la causticidad de la atmósfera del trópico. Si se -desnuda este joven perezoso y atlético, tal vez muestre una blancura -femenina, alterada únicamente por la máscara de cobre que baja hasta la -mitad de su cuello. Con la mano derecha atrapa en el aire las bolas de -colores que le envían de las mesas inmediatas, y las devuelve sin -esfuerzo.</p> - -<p>Su mano izquierda permanece inmóvil y caída sobre un plato con residuos -del postre. Algo vive y se agita debajo de esta mano... Lo recuerdo -ahora claramente; lo veo como si aún lo tuviese ante mis ojos.</p> - -<p>Una cabecita de tortuga se mueve entre los dedos y el borde de -porcelana. Avanza, husmeando los restos del postre dulce; luego se -oculta... Conozco esta cabeza triangular; conozco su lengua de hilo -bifurcado; conozco sus ojos salientes, que parecen empañarse de blanco -al descender sobre ellos el velo membranoso de sus párpados. Yo he -vivido en las selvas de América, roturando por primera vez un suelo -virgen durante millones de años. Mi casa era un «rancho» de estacas y -barro. Un doméstico indio untaba con ajo las patas de mi catre para que -no subiesen por ellas los reptiles que cazan de noche y se introducen en -las viviendas buscando la sociedad del hombre. Al romper el día, antes -de calzarme unas botas altas de cuero de cerdo, había que ponerlas boca -abajo, por si alguno de estos visitantes se había adormecido en su -interior. Más de una vez, al encender luz en plena noche, sorprendí por -un momento esta misma cabeza en un agujero del techo o del suelo.</p> - -<p>El <i>gentleman</i>, de repente, parece olvidar la fiesta y se lleva, -sonriendo, su mano izquierda a la cara. Un soplo frío, algo como una -caricia «del otro mundo», debe pasar por su bigote recortado.</p> - -<p>No ha querido dejar a su amiga arriba, en la habitación que ocupa en el -hotel. Teme por ella, y la ha traído a la fiesta, enroscada en un brazo. -Se asoma suavemente por el puño de la camisa; se apoya en el borde del -plato; busca, golosa, las dulzuras fabricadas por los hombres que su -dueño le ofrece disimuladamente.</p> - -<p>Así, tal vez, corre el mundo este <i>gentleman</i> de rostro color de canela, -yendo de gran hotel en gran hotel...</p> - -<p>Un mal vecino de cuarto.<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span></p> - -<h2><a name="VII" id="VII"></a><i>VII</i><br /><br /> -CÓMO LOS AMERICANOS CINEMATOGRAFÍAN UNA NOVELA</h2> - -<p class="nind"><span class="lettre">L</span>AS once de la noche. El otoño es una segunda primavera en la Costa -Azul.</p> - -<p>Estamos en Noviembre, pero yo paseo por mi jardín, respirando la leve -frescura nocturna, cargada de aromas de flores y frutos. Sólo falta el -resplandor azulado de las luciérnagas, moscas de la noche que tejen y -destejen sus danzas voladoras en la obscuridad primaveral.</p> - -<p>De pronto un estrépito inusitado corta el silencio del adormecido -jardín.</p> - -<p>Mi casa está en las afueras de Mentón, en una avenida que, arrancando -del borde del Mediterráneo, serpentea por la falda de los Alpes -Marítimos, orlada de verjas y vallas campestres. Apenas cierra la noche, -esta calle, abierta entre dos masas de árboles que ocultan los -edificios, queda silenciosa como un sendero de bosque. Parece oírse el -latido y la respiración de la Naturaleza en reposo. El más ordinario de -los ruidos toma la importancia de un acontecimiento.</p> - -<p>Por eso no pude evitar un gesto de extrañeza e inquietud al ver cómo se -enrojecía la vegetación bajo una luz de aurora violenta, cortándose al -mismo tiempo la calma de la noche con incesantes mugidos. Varios -automóviles acababan de detenerse, ensangrentándolo todo con sus faros y -haciendo sonar sus sirenas. Poco después la campana de la puerta de mi -jardín empezó a repiquetear locamente. ¿Quién podía anunciarse a estas -horas y con tal estrépito?...</p> - -<p>Pensé en la posibilidad de una invasión de fascistas que hubiese -atravesado la inmediata frontera de Italia persiguiendo a enemigos -fugitivos. Al acercarme cautelosamente a la verja, una voz juvenil me -habló en español, con ligero acento inglés.<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span></p> - -<p>—Mister Ibáñez: venimos de Nueva York, enviados por la «Cosmopolitan -Production» para filmar su novela <i>Los enemigos de la mujer</i>.</p> - -<p>Un poco americana esta presentación, a tal hora y sin más preámbulos... -La servidumbre de la casa y los jardineros, despertados por el campaneo, -abandonaron sus camas. Yo fui dando luz a los faros del jardín, mientras -los criados hacían lo mismo en las habitaciones. Entraron los -automóviles, y empezaron a descender de ellos caballeros vestidos de -<i>smoking</i>, damas elegantes y hermosas, escotadas, en traje de <i>soirée</i>.</p> - -<p>El que había hablado en español siguió dándome explicaciones para -justificar esta visita extraordinaria. Era un buen mozo de arrogante -presencia, un artista, hijo de españoles, pero nacido en los Estados -Unidos: Pedro de Córdoba, cuyo nombre conocen todos los que gustan de -ver obras cinematográficas hechas en América. Me creían de viaje en -España, y una hora antes se habían enterado de que continúo viviendo en -Mentón. Llegaron de París al atardecer, poniéndose inmediatamente sus -trajes de ceremonia para cenar y bailar en el Café de París, de -Monte-Carlo.</p> - -<p>—Al saber que estaba usted en su casa—continúa Córdoba—nos hemos -dicho: «Vamos a hacer una visita a mister Ibáñez...». Y aquí nos tiene.</p> - -<p>En el comedor se improvisa con toda rapidez un refresco para los -invasores. Mientras tanto, las damas escotadas corren por el jardín lo -mismo que niñas, persiguiéndose, buscando flores y riendo de sus -descubrimientos con una ingenuidad sana y ruidosa.</p> - -<p>Los <i>gentlemen</i> siguen hablando conmigo. Tienen un jefe, el reputado -director de escena Alan Crosland, joven sonriente, parco en palabras y -con un gesto tenaz de hombre acostumbrado al mando.</p> - -<p>Deseo saber cuándo empezarán a trabajar estas gentes que llegaron hace -unas horas de París, y para reponer sus fuerzas, después de una noche de -tren, se han vestido de etiqueta, bailando entre plato y plato de su -cena. Me ofrezco a servirles de intermediario para allanar todas las -dificultades que retrasen su labor.</p> - -<p>—¿Creen ustedes que podrán empezar dentro de tres o cuatro días?</p> - -<p>Alan Crosland me mira con sus ojos claros, y responde sencillamente:</p> - -<p>—Empezamos mañana, a las seis, en la plaza del Casino de Monte-Carlo.</p> - -<p>¡A las seis de la mañana, y van a dar las doce de la noche!... Además -hay que tener en cuenta que muchos de los artistas llegados de los -Estados Unidos se han quedado en Niza y sólo unos cuantos viven en -Monte-Carlo.<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span></p> - -<p>Los ayudantes del director, venidos con él de América, y los agregados -franceses que le siguen desde París se hallan en este momento reclutando -centenares de hombres y mujeres en Niza para que actúen como figurantes. -Tienen que buscar igualmente una orquesta, pues las que existen en -Monte-Carlo, como funcionan hasta media noche, se niegan a este trabajo -matinal. Crosland, que adivina la duda en mi rostro, repite -tranquilamente:</p> - -<p>—A las seis en punto empezaremos.</p> - -<p>Y Pedro de Córdoba, más expansivo, más «latino», añade, sonriendo -finamente:</p> - -<p>—Cuando hay dinero para gastar, ¿sabe usted?, cuando hay plata -abundante, nada es imposible.</p> - -<p>Me levantó al día siguiente a las seis de la mañana. No tenía prisa en -llegar a Monte-Carlo. La Costa Azul está lejos de los Estados Unidos, y -no pueden repetirse en ella los milagros de la prodigiosa actividad -americana. Llegaría de seguro antes que hubiese empezado el trabajo.</p> - -<p>Al entrar en Monte-Carlo notó una animación especial en sus calles, poco -frecuentadas a dicha hora. Los vecinos de la gran metrópoli de la ruleta -se levantan tarde. Todos han trasnochado junto a las mesas verdes, y el -Casino sólo abre sus puertas a las diez. Pero esta mañana los pocos que -iban por las calles se hablaban, señalando a lo lejos, como si ocurriese -algo extraordinario. Los había que desandaban su camino para volver a -casa y dar a los de su familia una noticia capaz de echarles fuera de la -cama.</p> - -<p>Cuando llegó mi automóvil a la plaza del Casino no pude contener una -admiración ingenua, semejante a la de los barrenderos montecarlinos, que -apoyados en sus escobas y palas formaban grupos, mirando ávidamente a un -lado y a otro.</p> - -<p>El orden de las horas del día estaba totalmente trastornado. El reloj -del Casino marcaba las seis y media; un sol adolescente empezaba a -remontarse sobre las palmeras de las terrazas que cortan el azul del mar -con sus columnatas obscuras... Pero al mismo tiempo eran las cinco de la -tarde, la hora del té.</p> - -<p>Vi la plaza ocupada por centenares y centenares de personas; tal vez -pasaban de mil; y todos, hombres y mujeres, iban vestidos con cierta -elegancia, como desocupados que pueden costearse la vida en Monte-Carlo. -Estas gentes entraban y salían en el Casino, paseaban en torno al -jardincito central de la plaza, llamado «el queso»; se sentaban en las -mesas del Café de París. Una orquesta funcionaba en la terraza de dicho -establecimiento. ¡Todo lo que se ve en este<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span> lugar, pero a media tarde o -al caer el sol!...</p> - -<p>El orden de los años también parecía invertido, lo mismo que el de las -horas. Era la plaza del Casino tal como yo la había visto durante la -guerra. Oficiales convalecientes paseaban, formando grupos. Varios -inválidos con gorra de cuartel tomaban el sol en los bancos. Toda esta -muchedumbre era fingida, o dicho con grosera exactitud, era una -muchedumbre «pagada». A espaldas del Gran Hotel de París había docenas -de camiones-automóviles de los que pasean a los excursionistas por la -Costa Azul. Este convoy de vehículos había traído de Niza la avalancha -humana que llenaba la plaza para evolucionar bajo las órdenes de -Crosland.</p> - -<p>Al aproximarse al Casino me fueron saliendo al encuentro los principales -personajes de <i>Los enemigos de la mujer</i>. Besé la diestra de una gran -señora que bajaba las gradas vestida lujosamente. Era la duquesa Alicia, -representada por la hermosa artista californiana Alma Rubens. Un -<i>gentleman</i> puesto de frac se echó atrás las alas de su capa negra y -blanca para saludarme. Sólo podía ser el príncipe Lubimoff. Y reconocí -los ojos felinos y misteriosos, el gesto de Hamlet del gran actor -americano Lionel Barrymore, héroe de los teatros de Nueva York. -Igualmente fui reconociendo a muchos artistas célebres que había visto -en los films americanos y representaban ahora personajes de mi novela.</p> - -<p>Una fila de aparatos cinematográficos funcionaba, lo mismo que una -batería de ametralladoras, bajo las órdenes del operador Morgan, -compañero de Crosland.</p> - -<p>La figuración también resultaba extraordinaria. Era compuesta toda ella -de artistas que trabajan ordinariamente para la cinematografía francesa. -Entre estas damas y caballeros, descendidos ahora a una simple actuación -de figurantes, los había que están acostumbrados a ser primeros -personajes en los films hechos en Niza.</p> - -<p>—¡Estos americanos pagan tan bien!—dijo una de las varias señoras que -fingían tomar el té en las mesas exteriores del Café de París.</p> - -<p>Un joven protagonista de comedias francesas, que en esta obra era -simplemente «uno de tantos», me dio consejos:</p> - -<p>—Usted debe escribir muchas novelas que pasen en la Costa Azul, para -que los cinematografistas americanos vengan a trabajar aquí. Lo que más -me gusta en ellos es que pagan puntualmente. Yo he sido el héroe de dos -films hechos en comandita con otros camaradas, y aún no he cobrado un -céntimo.</p> - -<p>Los inválidos que paseaban o tomaban el sol eran inválidos de verdad:<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span> -artistas que estuvieron en la guerra, y ahora, con un brazo o una pierna -de menos, sólo pueden trabajar en una obra que evoque el recuerdo de la -pasada tragedia. Entre los oficiales, los había que llevaban con una -soltura marcial el uniforme; pero todos ellos, a pesar de la minucia en -los detalles, revelaban al actor que sabe cambiar de traje.</p> - -<p>Sólo un comandante parecía despegarse de los demás. Era verdaderamente -un jefe francés, enjuto de carnes, de perfil aquilino y bigotes blancos, -igual a Foch. Iba elegantemente enguantado y una barra de -condecoraciones cruzaba su pecho. Parecía un militar de verdad... Y -efectivamente lo era.</p> - -<p>Sus camaradas le llamaban siempre «comandante». Antes de la guerra era -oficial de la reserva. Se batió en numerosos sectores del frente y -obtuvo la Legión de Honor con los galones de comandante. En los films -franceses representa diversos personajes, pues es un actor de talento. -En <i>Los enemigos de la mujer</i> nadie podía disputarle su papel de -compañero de armas de Martínez, el oficial español de la Legión -extranjera. Y no tuvo más que ponerse el uniforme propio para destacarse -de los otros militares, puramente cinematográficos.</p> - -<p>Durante varios días una parte del vecindario montecarlino cambió de -existencia. Muchas señoras se acostaron más temprano o acortaron su -sueño para levantarse a horas que una semana antes hubiesen juzgado -inauditas.</p> - -<p>Crosland, con su ejército de artistas y figurantes, fue trasladando a la -realidad todas las escenas de <i>Los enemigos de la mujer</i> que se -desarrollan al aire libre. Trabajó en la plaza del Casino—en el -interior del edificio fue imposible—y en los jardines que descienden -hasta el Mediterráneo, formando terrazas. La Dirección del Casino sólo -podía tolerar este trabajo, en los lugares dependientes de ella, de las -seis a las nueve de la mañana. Luego había que dejar sitio a los -encargados de la limpieza, pues a las diez empiezan los juegos.</p> - -<p>Tuve que hablar con el gobierno del príncipe soberano para que -permitiese el trabajo de los artistas en la antigua ciudad de Mónaco. La -vida agitada de Monte-Carlo no llega hasta la tranquila capital -monegasca, que está enfrente, al otro lado del puerto. Para que la -policía del principado no estorbase nuestra labor en los hermosos -jardines de San Martino, en las inmediaciones del Museo Oceanográfico, -en la plaza situada frente al castillo-palacio de los príncipes, que -parece una decoración del Renacimiento, y donde nunca se toleró a los -cinematografistas, fue preciso que el ministro del Interior diese nada -menos que un decreto.</p> - -<p>No hay que sonreír. En los Estados pequeños resulta necesario hacer las -cosas con más ceremonia y gravedad que en los grandes. Lo mismo ocurre -en<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span> nuestra existencia. Un pobre debe observar en sus actos más dignidad -y mesura que un rico, si quiere verse respetado. Únicamente los -poderosos pueden vivir sin escrúpulos ni miramientos. Si un gobierno -pequeño, como el de Mónaco, no procediese con minucias y solemnidades, -la gente que llega de fuera, dispuesta a bromas y falta de respeto, -acabaría por atropellarlo todo.</p> - -<p>En estos días no escribí ni hice otra cosa que seguir a Crosland, -sirviéndole de intermediario, poniendo a su disposición todos los -conocimientos y experiencias que han podido proporcionarme varios años -de vida en la Costa Azul. El director y sus artistas me asombraron al -marcharse tanto como al llegar.</p> - -<p>—Terminaremos el próximo domingo—dijo Crosland.</p> - -<p>Volví a sentir dudas, lo mismo que la noche de su inesperada -presentación. Necesitaban, efectivamente, marcharse el domingo -inmediato. Debían meterse en el tren al anochecer e ir en línea recta de -Monte-Carlo al Havre para tomar al día siguiente el trasatlántico que -les llevaría a Nueva York. Pero ¡quedaba tanto por hacer!...</p> - -<p>Estos americanos, hombres y mujeres, después de trabajar desde la salida -a la puesta del sol, jugaban por la noche en el Casino o cenaban en -todos los restoranes de moda donde se baila, entregándose a la danza -hasta pasada media noche. Las cosas no podrían marchar como las había -planeado el director sobre el papel. Alguien caería enfermo. Iban a -surgir obstáculos inesperados.</p> - -<p>Empezó a llover, y siguieron trabajando. Algunos actores, efectivamente, -se sintieron enfermos, pero esto no les impidió continuar su vida -nocturna. Querían verlo todo, aprovechar bien su viaje a la Costa -Azul... Y ninguno dejaba de presentarse puntualmente a la hora del -trabajo: las seis de la mañana. ¡Qué disciplina y qué salud! ¿Cuándo -dormían estas gentes?...</p> - -<p>El domingo, al ocultarse el sol, aún trabajaban. Pero a la hora marcada -por Crosland todo quedó terminado. Algunos de los actores no tuvieron -tiempo para desnudarse, y subieron al tren vestidos como en <i>Los -enemigos de la mujer</i>. ¡Y en marcha para Nueva York de un solo tirón!...</p> - -<p>Luego he recibido centenares de fotografías representando los -«interiores» de la obra, las escenas interpretadas en los Estados -Unidos, con decoraciones portentosas, que hacen de este film algo -extraordinario. Hasta han reconstruido allá, con arreglo a los apuntes -que se llevaron, varios de los salones de juego más elegantes del -Casino.</p> - -<p>En la Costa Azul hay muchas damas que aún se acuerdan, con asombro y -delicia, del tiempo en que se levantaban a las seis de la mañana, -pudiendo<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span> contemplar la salida del sol.</p> - -<p>Algunas veces, al encontrarme en el Casino me hablan de este período -extraordinario de su existencia.</p> - -<p>—¿Para qué levantarnos ahora temprano? ¿Qué puede una persona decente -hacer a tales horas? ¡Solamente si viniesen otra vez los americanos para -hacer un film!... En tal caso, avísenos.<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span></p> - -<h2><a name="BIOGRAFIA" id="BIOGRAFIA"></a>BIOGRAFÍA</h2> - -<p>VICENTE BLASCO IBÁÑEZ nació en Valencia en enero de 1867. Fue abogado y -periodista, y dedicó buena parte de su vida a la política, en el seno -del<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span> partido republicano al que se afilió desde muy joven. Su vida -política fue turbulenta. La misma violencia con que, en sus obras, -denuncia las injusticias, el mismo lenguaje brillante y colorista con -que describe los paisajes de su tierra, surgen en sus panfletos -políticos, lo que hizo que fuera arrestado varias veces, y otras tantas -tuviera que exiliarse.</p> - -<p>En 1884 fue secretario del escritor Fernández y González en Madrid, pero -pronto se desligó de esta dependencia para dedicarse a la política, que -en la idea de Blasco significaba hacer triunfar la revolución. Sus ideas -y los violentos escritos que le inspiraron contra la corrupción de los -políticos locales y nacionales le obligaron a exiliarse en París en -1889, y no regresó a España hasta 1891.</p> - -<p>Ya en Valencia, se entregó por completo a la política, fundó el diario -<i>El Pueblo</i>, órgano del partido republicano, y fue procesado en diversas -ocasiones por campañas periodísticas. Fue diputado por su provincia en -siete legislaturas, y en 1909 renunció a su acta de diputado para -entregarse de lleno a una empresa que algunos han calificado de -descabellada y aun de criminal, pero que él emprendió convencido de que -saldría con éxito de ella: marchó a Sudamérica con seiscientos -campesinos para fundar en la Patagonia una colonia, a la que llamó -Cervantes, en la que se pondría en práctica algún proyecto de sociedad -socialista de los muchos que en aquella época se formularon. El caso es -que el ensayo salió bien, aunque cosechó poca comprensión por parte de -sus correligionarios.</p> - -<p>De vuelta en Europa, fijó su residencia en París en 1914, y puso su -pluma al servicio de los aliados en los que vio los defensores de la -democracia en aquella primera gran guerra. En recompensa el gobierno -francés le concedió la Legión de Honor, y al término de la guerra marchó -a Estados Unidos donde fue recibido triunfalmente, y fue nombrado doctor -<i>honoris causa</i> por la Universidad Jorge Washington.</p> - -<p>Regresó a España, pero pronto se vio forzado a salir de ella, esta vez -para no volver, al advenir la dictadura de Primo de Rivera, en 1923. El -resto de sus días, hasta el 28 de enero de 1928 en que murió, los pasó -en la costa mediterránea francesa, rodeado del respeto y la admiración -de cuantos en el mundo conocieron su obra.</p> - -<p>No cesó, durante el exilio, de atacar duramente a los sucesivos poderes -que hubo en España y que no hicieron más que perseguir con métodos -siempre renovados todo aquello en lo que Blasco creía.</p> - -<p>Pasó así a engrosar la lista trágica de los españoles grandes y -humildes<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span> muertos en el destierro.</p> - -<p>Ésta es la biografía escueta de un hombre al que se ha presentado como -escritor de novelas violentas y sensuales, sin que para nada se hiciera -mención, por lo general, de su actividad como político. Como si su obra, -especialmente su obra primera, la que se suele apellidar «de ambiente -regional», hubiera nacido de la simple contemplación de la luz de su -tierra, o del capricho de su fantasía mediterránea.</p> - -<p>Sus ideas políticas, además de los encarcelamientos, procesos y -destierros, le abocaron a varios desafíos de los que en ocasiones -resultó gravemente herido. Y en medio de esta vida entregada a la -acción, Blasco aún encontró tiempo y energías para escribir una de las -obras más ambiciosas de la literatura española y para convertirse en el -único escritor español que ha podido vivir en el extranjero, -holgadamente, del producto de sus libros, y entre el respeto y la -admiración del mundo.</p> - -<p>Este aspecto de su vida se destaca aquí no por frivolidad, sino porque -después de haber tenido que pasar aquí, como tantos otros, por la cárcel -o el desprecio oficial, a causa de sus ideas; después de haber tenido -que vivir en el exilio—como tantos otros también—por expresarlas y -defenderlas; y después de que durante muchos años se ha pretendido hacer -de él un novelista de segunda, a causa también de sus ideas, ocultándolo -tras la etiqueta de «escritor costumbrista», para no reconocerle el -alcance real de sus ideas sociales, es hora ya de que el lector medio -abandone la idea que de Blasco se le ha querido imponer: la de un -escritor de tintas fuertes, de colores violentos y descripciones subidas -de tono, todo ello bajo el nombre académico de «naturalismo», y aprenda -a ver al verdadero Blasco Ibáñez.</p> - -<p>No es posible dar una lista de todas las obras de Blasco Ibáñez, pero -citaremos aquellas que, además de hacerlo famoso, lo han definido como -uno de los grandes novelistas contemporáneos. En primer lugar, y por -orden de aparición, sus obras de carácter social, como <i>Arroz y Tartana</i> -(1894), <i>Flor de mayo</i> (1895), <i>La Barraca</i> (1898), <i>Entre naranjos</i> -(1901), <i>Cañas y barro</i> (1902), <i>La catedral</i> (1903), <i>La horda</i> (1905), -<i>La bodega</i> (1905), <i>Sangre y Arena</i> (1908), que son precisamente sus -obras mayores, junto a las novelas de la guerra <i>Los cuatro jinetes del -Apocalipsis</i> (1916) y <i>Mare Nostrum</i> (1918), y las históricas <i>Sónnica -la Cortesana</i> (1901), <i>El Papa del mar</i> (1925) y <i>A los pies de Venus</i> -(1926), así como <i>La vuelta al mundo de un novelista</i> (1925).</p> - -<p>En cualquier enciclopedia puede hallar el lector la lista completa de -sus otras obras. Lo que aquí se trata de destacar es precisamente la -seriedad y profundidad<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span> trágica, además de su compromiso social y -político, en un autor al que se le ha achacado sensualidad, -costumbrismo, luz y color, alegría mediterránea, y otros tópicos. Es -verdad que nuestro autor amó la vida y que gozó de ella cuanto pudo; es -verdad que en sus novelas la luz y el encanto de su tierra son -protagonistas silenciosos y constantes; es verdad también que Blasco -utiliza el color violento y los contrastes para atenazar al lector con -una acción tensa y un lenguaje vivo y brillante. Pero pretender que eso -y sólo eso es todo lo que Blasco ha aportado a la literatura y al -conocimiento de las gentes de su tierra, no es sólo ceguera, sino -injusticia, y hasta injusticia premeditada.</p> - -<p>Es, desde luego, menos arriesgado colgar en el haber o en el debe de la -«psicología» de un personaje o de una clase social lo que no son sino -consecuencias del ambiente en que se le obliga a permanecer, porque de -ese modo no hay que citar por sus nombres a los verdaderos responsables. -Como es más cómodo culpar a la tierra, al sol, o a la sangre caliente -por las reacciones violentas del campesino harto de padecer injusticias. -En cada una de las novelas citadas hay una denuncia que Blasco se atreve -a gritar.</p> - -<p>C. Ayala</p> - -<hr class="full" /> -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>NOVELAS DE LA COSTA AZUL</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™ -concept and trademark. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. 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Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. 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Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. 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