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-The Project Gutenberg eBook of Novelas de la Costa Azul, by Vicente
-Blasco Ibáñez
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Novelas de la Costa Azul
-
-Author: Vicente Blasco Ibáñez
-
-Release Date: January 10, 2022 [eBook #67137]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at
- http://www.pgdp.net (This file was produced from images
- available at The Internet Archive)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS DE LA COSTA
-AZUL ***
-
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-
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-
- NOVELAS DE LA COSTA AZUL
-
-
-Novelas de la Costa Azul (1924) resulta un excelente fresco sobre la
-vejez, trazado con brío y exactitud por un Blasco Ibáñez ya maduro, en
-la cumbre de su fama, dueño de la lengua y la técnica, que sabe dibujar
-desde el agnosticismo la amargura del transcurso del tiempo sin
-desaliento ni acritud. Un libro brillante que sorprenderá al lector por
-su calidad y su calidez humana.
-
-
- ©1924, Blasco Ibáñez Vicente
- ©1924, Prometeo
-
-
-
-
-AL LECTOR
-
-
-Titulo este libro _NOVELAS DE LA COSTA AZUL_ porque la mayoría de las
-historias novelescas y los relatos descriptivos que lo componen tienen
-por escenario la famosa y asoleada ribera mediterránea, conocida con
-dicho nombre.
-
-Dos de las novelas desarrollan su curso más lejos, en la América del
-Sur, pero me he atrevido a darles entrada en el presente volumen
-pensando que su nacimiento justifica en parte tal intrusión, ya que en
-la Costa Azul fueron concebidas y escritas.
-
-
-
-
-Puesta de sol
-
-
-La duquesa de Pontecorvo dejó su automóvil a la entrada de Roquebrune.
-Luego, apoyándose en el brazo de un lacayo, empezó a subir las
-callejuelas de este pueblo de los Alpes Marítimos, estrechas, tortuosas
-y en pendiente, con pavimentos de losas azules e irregulares,
-incrustadas unas en otras. A trechos, estas callejuelas se convertían en
-túneles, al atravesar el piso inferior de una casa blanca que obstruía
-el paso, lo mismo que en las poblaciones musulmanas.
-
-Todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora subía desde la
-ribera del Mediterráneo para contemplar la puesta de sol sentada en el
-jardín de la iglesia. Era un lugar descubierto por ella algunas semanas
-antes, y del que hablaba con entusiasmo a sus amigas.
-
-Una vanidad igual a la de los exploradores de tierras misteriosas la
-hacía soportar alegremente el cansancio que representaba para sus
-ochenta años remontar las cuestas de estas calles de villorrio
-medioeval, por las que nunca había pasado un carro, y que no se
-prestaban a otro medio de locomoción que el asno o la mula.
-
-Tenía la duquesa la flácida obesidad de una vejez que se resiste a la
-momificación, y sólo le era posible andar apoyándose en una caña de
-Indias con puño de oro, recuerdo de su difunto esposo el duque de
-Pontecorvo, mariscal de Napoleón III y héroe de la guerra de Italia
-contra los austríacos. A pesar de la hinchazón de sus piernas, se movía
-con cierta vivacidad juvenil, que delataba las impaciencias de un
-carácter inquieto y nervioso.
-
-Su rostro guardaba los lejanos reflejos de una belleza majestuosa: una
-belleza «estilo María Antonieta», como decían los aduladores de su
-ancianidad; pero la nariz que había sido aguileña caía ahora sobre la
-boca con una pesadez grotesca, y sus ojos azules estaban empañados por
-el lagrimeo de la decrepitud. Por debajo de su capota asomaban los rizos
-de una cabellera blanca, excesivamente abultada para ser natural.
-
-En su persona, vestida de negro con aristocrática modestia, lo que
-atraía inmediatamente la atención, lo que la hacía ser reconocida por
-todos, era su collar, un famoso collar que sólo podía ser el de la
-duquesa de Pontecorvo: millón y medio en perlas, según cálculo de los
-entendidos.
-
-Tenía la forma ancha de los llamados «collares de perro», y al mismo
-tiempo que deslumbraba como joya, servía de corsé al cuello, sosteniendo
-y disimulando las blanduras de su piel. Por abajo intentaba ocultar un
-manojo de tendones rígidos. Sobre su filo superior se desbordaban los
-colgantes bullones de las mejillas, cuyo antiguo tono de rosa era en el
-presente un morado lívido.
-
-Entró en la iglesia, desierta a estas horas, y el lacayo, abandonando su
-brazo, quedó en respetuosa inmovilidad junto a una puertecilla lateral.
-Esta abertura proyectaba sobre las baldosas del templo un rectángulo de
-sombras azules, perforadas por redondas manchas de sol, iguales a
-monedas de oro.
-
-El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer
-sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por
-la puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de
-plantas, golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos,
-desnivelados por el tiempo y las lluvias.
-
-Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre
-nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del
-majestuoso y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la
-azul llanura del Mediterráneo.
-
-En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía
-en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores,
-enmarañándose hasta formar un matorral espinoso y perfumado; los
-árboles, faltos de espacio, se apoyaban unos en otros, retorciendo sus
-troncos; las flores silvestres disputaban el suelo a las cultivadas, con
-una audacia agresiva de parásitas llegadas a capricho de los vientos; la
-vida animal--hormigas, avispas y escarabajos multicolores--zumbaba o se
-arrastraba en filas ondulantes a través de la reducida selva.
-
-La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama
-inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en
-desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que
-avanzaban sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el
-mar desde aquel balcón natural, a una altura de varios centenares de
-metros; un Mediterráneo más inmenso que el que contemplaba desde su
-«villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de
-los Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando
-golfos, penínsulas y promontorios.
-
-A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí,
-recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por
-el sol poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco
-de Mónaco, con la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de
-Monte-Carlo, cubierta de palacios y jardines; y a los pies de ella,
-obligándola a bajar los ojos, la península de Cap Martin, con la
-«villa», entre copudos pinos, edificada por el difunto mariscal, duque
-de Pontecorvo. En la misma península cubierta de árboles, que era como
-un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su amiga y
-protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras
-viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el
-enorme palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria
-y de la minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la
-tierra.
-
-Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus
-espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas,
-desde el cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que
-ella había evocado ya en su imaginación. Permanecería allí una hora,
-contemplando la lenta y dulce muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar
-su melancólico aislamiento en este tranquilo jardín de cura, frente al
-ocaso, que despierta los más suaves recuerdos del pasado y evoca lo que
-fue y no volverá a ser, como una melodía dulce y moribunda, como un
-perfume casi desvanecido.
-
-Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese
-cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo,
-perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la
-muerte del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de
-los lugares más hermosos de la tierra!...
-
-Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco
-confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos.
-Un hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso
-paisaje, como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de
-humo de su cigarro.
-
-Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de
-protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente
-sonrió, con una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso.
-
---¡Oh, mister Baldwin!... ¡Qué agradable sorpresa!...
-
-
-II
-
-Cuando de tarde en tarde el multimillonario John Baldwin venía a pasar
-unas semanas en su palacio de Cap Martin--comprado desde Nueva York sin
-conocerlo y guiándose por fotografías--, toda la atención de la Costa
-Azul se concentraba en su persona.
-
-Desde Cannes a Mentón no existía un invernante superior a él, y eso que
-siempre vivían en las «villas» y hoteles de la ribera mediterránea
-varios monarcas destronados o en vacaciones, y algún presidente de
-república hispanoamericana recién huido de su país en revolución.
-
-Las autoridades le escribían solicitando su apoyo para obras benéficas;
-las sociedades le enviaban comisiones para saludarle, pidiéndole de paso
-una subvención; los organizadores de conciertos y funciones teatrales
-procuraban colocarse bajo su patronato.
-
-El poderoso millonario era semejante a Dios, que no se deja ver, pero se
-hace sentir con sus obras. Los que entraban en su hermoso palacio salían
-sin conocerle, mas rara vez dejaban de ser recibidos por uno de sus
-secretarios, y éste desaparecía a las primeras palabras, volviendo luego
-con un cheque en la mano.
-
-En contadas ocasiones, los que habían conseguido ver personalmente a
-Baldwin lo señalaban a los demás en un paseo de Niza, en una de las
-salas de juego de Monte-Carlo, o en un camino pintoresco de la montaña.
-«Ése es el millonario Baldwin». Y la gente acogía siempre tal revelación
-preguntando con extrañeza: «¿Ese viejo que tiene aspecto de pobre?...».
-
-Iba vestido con modestia. En sus _garages_ de Cap Martin tenía varios
-automóviles de las marcas más célebres; pero casi siempre iba a pie.
-
-Sus secretarios eran _gentlemen_ de refinada elegancia. Al millonario le
-complacía que lo tomasen por un servidor de ellos, apreciando el aspecto
-señorial de sus empleados y sus ayudas de cámara como un reflejo de su
-propia grandeza.
-
-Cuando las gentes querían describir el poder de este hombre de aspecto
-humilde y poco dispuesto a aceptar las manifestaciones de la pública
-admiración, decían simplemente: «Es el hombre más rico de la tierra».
-Los que estaban versados en los negocios afirmaban con un temblor de
-emoción: «Es un señor que siempre tiene inmovilizados en su cuenta
-corriente sesenta millones de dólares, no sabiendo qué hacer de ellos».
-Y era verdad.
-
-Si le hablaban de esta riqueza inactiva, en las contadas reuniones a que
-se dignaba asistir, respondía con un gesto de cansancio. El dinero le
-abrumaba: ¿qué podía hacer con él? Le era imposible colocarlo en
-negocios que fuesen más fructuosos que los suyos. Y como sus empresas
-industriales y mineras no podían desarrollarse más, ni exigían nuevos
-capitales, la mayor parte de sus enormes ganancias se iba amontonando en
-forzosa improductividad.
-
-La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap
-Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja,
-famosa en otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era
-célebre en el mundo entero.
-
-Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después
-de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes,
-para seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un
-presidente de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora
-los señores del mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su
-vejez, por haber dado a sus hijos la mayor parte de su antigua fortuna,
-teniendo que soportar una «pobreza dorada», que sólo le permitía
-abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap Martin, experimentó
-como todos un respeto irresistible hacia este potentado de los tiempos
-presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al reconocer
-en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!».
-
-Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la
-iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son
-jóvenes y temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía
-verlo mejor al aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo
-verdoso a las personas y los objetos.
-
-Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se
-mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que
-los dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una
-espada de buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor
-atlético, pero los años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese
-acartonamiento que repele los asaltos de la enfermedad y retarda el
-triunfo de la muerte.
-
-Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de
-él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme
-su cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo
-mismo que un fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La
-mandíbula inferior, saliente y poderosa en la juventud como un
-testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado
-exageradamente en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la
-dinastía austríaca.
-
-Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en
-esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su
-belleza muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón
-fuerte habían sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que
-desconcertaba a los hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus
-pupilas, dotadas de una tenacidad imperturbable, habían influido en la
-marcha de los sucesos. Pero ahora, estos ojos, que muchas veces fueron
-duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado, acariciando con una
-mirada fríamente mansa las personas y las cosas.
-
-Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su
-grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta
-deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro.
-
-Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia
-en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia
-de Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él.
-
---Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he
-sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso!
-
-Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo
-a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones
-de los Alpes.
-
-A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos
-automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El
-ferrocarril que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían
-como escapados de una caja de juguetes. Estos movimientos de actividad
-entre las poblaciones a orillas del mar no iban acompañados de ruidos
-para los dos ancianos sentados en la altura. Las máquinas arrojaban
-vapor y rodaban guardando un absoluto silencio. En cambio, el tintineo
-de las esquilas de un rebaño de cabras que pastaba al pie del jardín
-hacía temblar con una vibración melancólica el cristal del cielo
-vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin reflejos,
-más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las horas
-meridianas.
-
---Sí, muy hermoso--contestó la duquesa.
-
-Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad
-del atardecer.
-
---Es una desgracia--continuó Baldwin--que haya que llegar a la vejez
-para conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede
-ofrecernos. Durante la juventud, las preocupaciones y las ambiciones
-nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres que
-si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y
-venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin
-contempla el mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos
-de inteligencia para la vida ordinaria, que se divierten haciendo
-versos.
-
-La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que
-su acompañante quería decir.
-
---Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para
-gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un
-hombre; además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para
-las cosas sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a
-usted más la Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las
-Tullerías.
-
-Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se
-interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció
-revivir. ¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia,
-por habérselo oído mencionar en una reunión!...
-
-Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las
-cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a
-los hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del
-agradecimiento, habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo
-antiguo.
-
-Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos;
-pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces.
-
---Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas
-cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce
-verdaderamente lo que ocurre en su interior.
-
-Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de
-los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por
-primera vez.
-
-La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la
-emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las
-bellezas juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del
-palacio de las Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la
-emperatriz quiso casarla con alguno de los personajes de su corte, y el
-que mostró más interés por ella fue un mariscal que acababa de recibir
-el título de duque de Pontecorvo por una victoria conseguida en la
-guerra que sostuvo Napoleón III contra los austríacos.
-
-No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y
-caracteres entre ella y el rudo soldado que había sido su esposo. Pero
-la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias entre
-ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida.
-
-Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los
-personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió,
-agobiado por la ruina del emperador y los desastres militares de 1870,
-dejando a su viuda con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido
-a su vez nuevas familias, llevándose la mayor parte de la herencia
-paterna, y la vieja dama acabó por escaparse de un París que ya no era
-el de su juventud y la entristecía al hacer revivir sus melancólicos
-recuerdos.
-
-Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el
-resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de
-esplendor. Esto lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza,
-viviendo al mismo tiempo entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde
-en tarde su protectora y parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y
-ambas, vestidas de luto, hablaban de los amigos difuntos. Ahora acababa
-de morir Eugenia, haciéndola pensar este suceso en el corto plazo que le
-concedía la vejez para seguirla. De su pasado esplendoroso sólo había
-guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus antiguas glorias, y
-despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza.
-
---Dice usted bien, mister Baldwin--continuó--. La vejez tiene sus
-placeres y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis
-tiempos mejores: la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he
-reducido de tal modo, que no sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no
-tiene las alegrías vehementes de otros tiempos, pero tampoco sus dolores
-y sus inquietudes. No se conoce en ella lo que llamamos de jóvenes el
-amor; pero se encuentra la amistad, que es casi siempre algo más firme y
-duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las inquietudes que sufre
-una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos! Hay que vivir
-en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza; todo
-hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la
-existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual
-rondan incesantemente los enemigos...
-
-»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no
-conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En
-realidad, a nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay
-compañeros. Al perder importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros
-todas las cosas inmateriales que llevamos dentro y llamamos alma.
-
-»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes,
-recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio de envidia. Luego me
-arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su vez; llegarán
-adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la
-tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos
-preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves,
-pero inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame,
-mister Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después
-de haber trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo
-mismo que yo.
-
-El millonario repuso melancólicamente:
-
---¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!...
-
-La duquesa, que hasta entonces había hablado con una viveza juvenil,
-bajó la mirada, contestando con una voz igualmente triste:
-
---Es verdad... ¡Ay, la muerte!
-
-
-III
-
-Hubo un largo silencio. El célebre Baldwin lo cortó para expresar en
-alta voz todo lo que había pensado mientras escuchaba a la duquesa.
-
-También en su existencia era rudo el contraste entre el pasado y el
-presente, pero no sentía desesperación al darse cuenta de su inercia
-actual, después de una vida tan activa, que los más grandes negociantes
-de la tierra habían acabado por admirarle como el tipo perfecto del
-hombre de acción.
-
-Su existencia ya no tenía un motivo justificante para continuar su
-desarrollo. A John Baldwin no le quedaba papel en la vida. ¿Qué más
-podía intentar después de lo que llevaba hecho?... Y sin embargo, seguía
-viviendo, porque la razón de la existencia humana se encuentra más allá
-de los cálculos y las conveniencias de los hombres.
-
---Usted, duquesa, no puedo darse cuenta exacta de lo que son mis
-negocios y hasta dónde han llegado. Como todo el mundo, sabe usted que
-soy muy rico; pero la palabra «rico» no puede abarcar toda la enormidad
-de mi riqueza. Para que yo me arruine es necesario un cataclismo que
-suprima la mayor parte de la humanidad civilizada. Tengo que limitar el
-rendimiento de mis minas y de mis fábricas, porque no quiero ser más
-rico. Dejo improductivos capitales enormes y desprecio negocios seguros,
-porque tengo de sobra el dinero y huyo de él.
-
-»Todo lo he sido, y lo que no fui en el pasado puedo serlo mañana mismo
-si lo deseo. Pero ninguna de las cosas que tientan a los hombres puede
-atraerme ahora que soy viejo y mi inteligencia conoce la inutilidad de
-las vanidades humanas. No tengo hijos, y mi principal ocupación es
-pensar en qué podré invertir mi riqueza para que sirva de algo después
-de mi muerte.
-
-»He fundado museos, bibliotecas y universidades. Doy mi dinero para
-establecimientos de caridad, aunque mi razón no me permite creer en la
-eficacia de la caridad. Pero esto no importa; como en algo he de
-invertir mi riqueza, la esparzo sin reparar en los pretextos que invocan
-los que me la piden. Estoy cansado de comprar cuadros y de fomentar la
-publicación de libros. También me fatiga el subvencionar descubrimientos
-científicos o inventos mecánicos. ¡Grandes cosas cuando se tiene el
-entusiasmo de la juventud y se cree en el porvenir! Pero ahora soy
-incapaz ya de entusiasmo, y en cuanto al porvenir...
-
-Quedó silencioso largo rato el multimillonario, y al fin dijo con una
-voz triste y rencorosa:
-
---Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los
-negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de
-la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en
-un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una
-cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una
-garantía de que vivirán cuando yo no viva.
-
-«¡Ah, canallas--me digo--, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto
-me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa
-admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil
-millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a
-cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.
-
-»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en
-añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los
-jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir
-veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia
-alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos
-más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he
-influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas
-mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no
-conseguiría esos veinte años.
-
-Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.
-
---Todo lo he sido, todo lo he tenido--continuó--, y por eso mismo la
-vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero
-vivir, y me irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi
-existencia a pesar de mis riquezas.
-
-»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo
-la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba
-obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de
-las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son
-realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en
-otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba.
-Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo
-la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto
-a través del cuerpo de todos los que le rodean.
-
-»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el
-triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi
-fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no
-experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé
-que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una
-fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y
-empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi
-victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que
-conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino.
-¿Qué me queda que hacer en la vida?...
-
-La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle
-de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo
-al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes.
-Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído,
-dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además
-inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de
-confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el
-ambiente melancólico del atardecer.
-
---Nada espero--continuó--, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir.
-La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo
-en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una
-ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano,
-las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más
-allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance.
-¡Qué cosa triste es la muerte!...
-
-»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y
-miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las
-proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en
-nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la
-muerte, en nuestra ancianidad, podemos verla tal como es y darnos
-cuenta de la miseria de nuestro destino.
-
-»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto
-para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de
-miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la
-envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede
-consolarme a mí, que he triunfado y puedo seguir triunfando?...
-
-»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la
-restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará
-mañana, y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo
-después de su muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la
-ignorancia humana, nos afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto
-de un modo palpable a los que no tienen la ceguera de la fe?...
-
-»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A
-continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad
-el renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es
-lo que hay después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que
-ven nuestros ojos es que el organismo se deshace y desaparece, dejando
-un pálido recuerdo y un nombre que sólo dura unos cuantos años... Y
-después, la nada.
-
-Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a
-hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía
-por el horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo
-una faja de oro sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de
-peñascos parecían arder, como si transparentasen un incendio interior.
-
-El millonario señaló el sol con su bastón.
-
---Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá
-resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan
-esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los
-grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el
-último episodio de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que
-encontrarán media hora después... Lo terrible es saber que nuestra
-muerte no tiene remedio, ni puede repetirse. Morimos una vez nada más, y
-para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo tiempo que otros
-llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de su
-juventud.
-
-»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado
-su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud
-insolente que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente
-viejos y ven venir la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos
-menos felices; todo está desarreglado en la existencia, y los viejos
-morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más
-cruel.
-
-La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le
-inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad
-con que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas,
-murmurando un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de
-ciertos amores entre gente joven que eran motivo de comentarios a la
-hora del té?... Le parecía de mal augurio hablar tanto de la muerte.
-Cuando se es viejo no hay que acordarse de ella. Sabe venir sola y no
-debe nombrársela, pues puede creer que la llamamos...
-
-Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las
-grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de
-soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio.
-El americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el
-suelo, a impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino.
-
---Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un
-loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez
-es una simple combinación del azar, y así se explica su absurdo
-funcionamiento. De jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la
-conquista de la riqueza o de la gloria, y para realizar nuestras
-ilusiones consumimos la frescura de los primeros años y volvemos la
-espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al ser viejos, y cuando
-poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos de qué pueden
-servirnos...
-
-Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de
-acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las
-correcciones que necesitaba el actual orden de la vida.
-
-Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en
-los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez
-eran al principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas
-repugnantes trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En
-cambio, al final llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en
-mariposas vestidas de sedas multicolores, que revoloteaban sobre los
-jardines para alimentarse con néctares florales, y cuando morían era en
-medio de una embriaguez primaveral, en pleno éxtasis de amor.
-
-Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se
-batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que
-había triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo
-tenía veinticinco años y vagaba por la parte baja de la ciudad de Nueva
-York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura
-de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría
-podido gozar verdaderamente de su triunfo.
-
---¡Pensar, duquesa--continuó--, que pasé años enteros sin ver la luz del
-día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las
-mismas horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la
-primavera para los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para
-suplir en ciertos casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso
-sobre cualquiera de esas cumbres peladas que vemos desde aquí; podría
-conseguir que mujeres iguales a las que me hacían temblar de emoción en
-mi juventud se interesasen actualmente por mi decrépita persona. ¡El
-poder del dinero es tan grande para los que no lo poseen y lo
-necesitan!...
-
-»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el
-engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en
-plena juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe
-decisivo. Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando
-sentimos las pasiones con más intensidad que en la adolescencia. El
-primer diente que se cae, los primeros cabellos que se marchan, anuncian
-que empezó ya la evolución de nuestra muerte. Pero somos ciegos y
-sordos. Poseemos la esperanza, compañera que sólo nos abandona en el
-momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos convencidos de que no
-podemos morir.
-
-»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que
-esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana,
-y el tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los
-demás mueran, pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se
-imagina que esta desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo
-esto, no quiero morir, y hago planes diariamente basados en lo futuro,
-como si contase con una vida infinita. Somos sordos para la muerte, y
-sin embargo, hablamos de ella a todas horas.
-
-»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían.
-Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de
-nuestra existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les
-entenderán los jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas
-generaciones y generaciones de esta humanidad que basa en la muerte sus
-creencias religiosas y continúa viviendo sin querer convencerse de que
-existe la muerte mientras goza de salud.
-
-La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la
-ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador
-hizo un gesto de asentimiento.
-
---Esa dulce mentira--dijo--es necesaria para que continuemos nuestra
-existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres
-que parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese,
-duquesa, que a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un
-deseo que me ha devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome
-fuerzas para seguir adelante!...
-
-Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió
-cómo era él cuando tenía treinta años.
-
-
-IV
-
-La guerra de Secesión le había hecho perder un tiempo precioso para sus
-negocios, pues por entusiasmo se convirtió en soldado. Luego ganó sus
-primeros miles de dólares y quiso viajar por Europa. Estuvo en el París
-de los últimos años de Napoleón III y visitó la famosa Exposición que
-fue como un resumen de la gloria imperial antes de que llegase la
-catástrofe.
-
---Entonces, duquesa, la vi a usted por primera vez, cuando todo París se
-ocupaba de su hermosura, de su lujo y sus fiestas.
-
---¡Oh, mister Baldwin!--interrumpió la anciana, conmovida por esta
-revelación--. Debió usted haberse hecho presentar. ¡Hubiera tenido tanto
-placer en conocerlo de joven!...
-
-Sonrió el mayor de los ricos del mundo con una expresión de
-incredulidad. Se mostraba regocijado por la hipótesis de que él podía
-haber asistido en aquella época a las fiestas de la duquesa de
-Pontecorvo, como si esto le pareciese altamente grotesco.
-
---El Baldwin de entonces, aunque joven y vigoroso, resultaba menos
-presentable que el viejo que conoce usted ahora. Era un pobre que estaba
-educándose a sí mismo, y acababa de hacer la guerra en un país cuyas
-costumbres han progresado mucho desde entonces. Sus maneras eran
-bruscas; tenía las manos deformadas por el trabajo... No; el John
-Baldwin de entonces hubiera hecho un mal papel en los salones de usted.
-Sólo le correspondía quedarse al borde de la acera, entre la muchedumbre
-de las fiestas de la Exposición, aguardando el paso de la comitiva
-imperial para ver en un landó, detrás de la emperatriz, a la duquesa de
-Pontecorvo, que estaba entonces en lo mejor de su juventud y su
-belleza.
-
---¡Oh, mister Baldwin!--suspiró otra vez la anciana, mirando al suelo,
-al mismo tiempo que la lividez de sus mejillas se extendía por el resto
-de su cara, sustituyendo al rosa del antiguo rubor.
-
-Siguió hablando el americano.
-
---Desde entonces la conozco, y jamás la olvidé. Todos, para vivir,
-necesitamos poner los ojos en una altura, y cuanto más inaccesible,
-mejor, pues de este modo se pueden conservar intactas las ilusiones que
-depositamos en ella. Para mí, esta cumbre fue usted. Estamos en una
-edad, duquesa, que nos permite decirlo todo, sin las timideces de la
-adolescencia.
-
-»Durante mi época de peligros y trabajos, concentré toda mi ambición en
-realizar tres deseos, como resultado de mi victoria. Quería poseer un
-palacio rodeado de un parque inmenso, y un yate con el que pudiese
-navegar por todos los mares de la tierra... Mi tercer deseo, o mejor
-dicho, el primero, por resultar más vehemente que los otros dos, fue
-conseguir una mujer igual a la duquesa de Pontecorvo, o ella misma, pues
-la vida ofrece a veces limosnas inesperadas con las que uno no se habría
-atrevido nunca a soñar.
-
-»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer
-igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están
-inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi
-deseo de correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a
-conseguir en toda su existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo.
-
---¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?--volvió a repetir la voz
-conmovida de la anciana.
-
---Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado
-siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un
-hombre de mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas
-empresas y le queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales.
-Pero le juro que en los raros momentos de descanso, cuando evocaba el
-pasado y las ilusiones de la juventud, lo primero que surgía en mi
-memoria era el recuerdo de usted.
-
-»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer
-tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido
-la ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para
-seguir avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi
-triunfante. Ya era viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos
-se habían casado; tenía nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir
-la única ilusión que quedaba en pie dentro de mí?...
-
-Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés,
-haciendo un esfuerzo mental para adivinar cómo habría sido el americano
-en los tiempos remotos de su juventud.
-
---¡Oh, mister Baldwin!--volvió a decir--. ¿Por qué no se dio usted a
-conocer entonces?
-
-Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus
-pensamientos, expresándolos en voz baja.
-
---Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros
-tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de
-entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero
-de París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos.
-¡Si usted viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha
-transcurrido el tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando
-no interesan, hacen reír por sus adornos grotescos cada vez que se las
-ve en un retrato viejo. En cambio, a la mujer amada nos la imaginamos
-siempre con el traje que vestía cuando la vimos por primera vez, y
-aunque luego cambien las modas, nunca nos parecen tan interesantes como
-las de entonces. Yo contemplaré siempre a la joven duquesa de Pontecorvo
-con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la emperatriz Eugenia y
-las otras damas elegantes de la corte imperial. No la puedo ver de otro
-modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy pocas mujeres
-lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor tuvo
-el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y
-que nunca conoció el otro.
-
---¡Oh, mister Baldwin!--repitió la vieja con una voz temblorosa, como si
-fuese a llorar--. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que
-me dice ahora?...
-
-El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la
-realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del
-millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia
-inaudita de un extranjero desconocido, pobre y rudo.
-
-Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó
-en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre
-astral que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro
-vespertino. Por el lado de Italia el azul del cielo se mostró más
-intenso y obscuro, siendo punzado a trechos por los fulgores de nuevas
-estrellas.
-
-El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar,
-estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja
-señora, impresionada aún por las palabras de su acompañante, permaneció
-insensible a este cambio de temperatura, que en otro atardecer la
-hubiese hecho huir hacia su automóvil.
-
---¿Por qué no habló usted a tiempo?--repetía--. ¿Por qué no me dijo
-entonces esas palabras tan interesantes?
-
-Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde
-hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la
-necesidad de confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde
-que encontró en Cap Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta
-revelación, y tal vez por esto la había buscado en el jardín de la
-iglesia. Pero una vez descubierto el misterio, no había por qué
-recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a los muertos!
-
-La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se
-agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la
-muerte, que la iba arrastrando ya en su corriente.
-
-Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de
-medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas
-de la boca del hombre más poderoso de la tierra!...
-
-Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el
-jardín.
-
---Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí.
-
-Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte.
-
---El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero
-nosotros!...
-
-La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar,
-golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón.
-
-No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de
-lo que lo rodeaba.
-
-Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!...
-
-Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras
-una voz temblorosa iba repitiendo:
-
---¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo
-lo que me dice ahora?...
-
-
-
-
-La familia del doctor Pedraza
-
-
-I
-
---Yo también--dijo Serrano--conocí, como algunos de ustedes, al doctor
-Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los
-restoranes de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite
-llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo
-diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.
-
-Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no
-vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización, y
-roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando
-desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas
-productivas.
-
-La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la
-capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a
-hacerme más préstamos, dudando del éxito de mi colonización, tuve que
-buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco
-Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos
-directores de este establecimiento, dependiente del gobierno, podría
-pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando
-mi prestigio financiero, y terminaría igualmente los trabajos de
-roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.
-
-Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi
-propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario.
-No era empresa fácil ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado
-allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países
-americanos de habla española.
-
-Todo lo que tiene una relación más o menos lejana con el gobierno debe
-desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los
-negocios con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que
-se ha hecho algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda
-oficina pública le responden a usted ordinariamente: «Vuelva mañana»; y
-este mañana, que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o
-tarda años.
-
-Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto
-de protectores, y que además no estaba casado con una señora del
-país--alianza que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de
-la antigua tribu--, tuve que oír muchas veces «Vuelva usted mañana» y
-esperar semanas y semanas en las oficinas del Banco Hipotecario a que
-llegase mi «mañana», o sea la concesión del préstamo.
-
-Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho
-Banco, vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna
-de su protectora conversación.
-
-Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan
-y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado «doctor», no
-porque fuese médico, sino por ser abogado.
-
-Desde Texas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son
-tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las
-repúblicas de la América que podemos llamar de arriba, los titulan
-simplemente «licenciados», y abajo, en la Argentina y otros países,
-«doctores».
-
-He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla, una súplica dirigida al
-rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires pidiendo que
-fuesen enviados a la ciudad naciente hombres de todas las profesiones,
-menos abogados, por ser la tal carrera nociva para la paz y la
-prosperidad de un país. Estos colonos de hace tres siglos adivinaron con
-prodigiosa anticipación las futuras calamidades de su patria. Hay quien
-asegura que si en la Avenida de Mayo o la calle Florida--lo más céntrico
-y concurrido de Buenos Aires--alguien grita en plena tarde: «¡Doctor!»,
-cincuenta transeúntes se detienen al mismo tiempo y vuelven la cabeza
-creyéndose llamados. Algunos van más lejos, y afirman que si el grito se
-repite varias veces pueden ser tantos los atraídos por él, que la
-circulación quede interrumpida. Pero esto último no debe ser tenido, en
-mi opinión, por rigurosamente exacto.
-
-Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como
-tantos otros doctores de su país, era un abogado de lujo que nunca
-había ejercido su profesión, y cuando tenía que acudir a los tribunales
-por asuntos propios buscaba el auxilio de algún colega con «estudio»
-abierto. El título de doctor es como una distinción nobiliaria en
-aquella tierra de régimen democrático, crisis periódicas y riqueza
-incesantemente renovada, que surte a una gran parte de la humanidad de
-panecillos y biftecs.
-
-El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios, lo mismo que muchos
-argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado
-una cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor
-sustituto; luego ocupó varios cargos políticos en la provincia de Buenos
-Aires, llegando, finalmente, a ser diputado nacional. Pero su palabra
-reposada y majestuosa, que se detenía, abriendo largas pausas, para
-cazar las expresiones más retorcidas y sonoras, no aspiraba a los
-triunfos parlamentarios. Su posición social y las necesidades suntuosas
-de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible obtenerlo
-honradamente dedicándose en absoluto a los negocios.
-
-Compraba campos--las más de las veces sin conocerlos--y los vendía,
-valiéndose para sus enormes transacciones de las cantidades que le
-prestaban los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una
-rica estancia heredada de sus padres y otra no menos importante que su
-esposa había aportado como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba
-casi todos los días en la crónica social de los diarios de Buenos Aires;
-«un exponente representativo de la alta vida del país», como decía él
-con su lenguaje rebuscado.
-
-Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud, tenía la gallarda soltura
-de miembros de todos los hombres de allá criados en las estancias, que
-aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que
-ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una
-tierra donde los destetan de niños con carne asada.
-
-Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes,
-cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía
-sus primeros impulsos amorosos hacia la que después fue su esposa.
-Siempre vi sus pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un
-encierro de brillante charol. Nunca le encontré, a partir de las
-primeras horas de la tarde, que no vistiese chaqué y llevase sobre la
-corbata una perla que parecía caída del turbante de un rajá. Jamás, al
-extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de encontrar al doctor
-Pedraza puesto de _smoking_, si iba a comer con los amigos en el Jockey
-Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro Colón.
-
-Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las
-reglas que debe observar todo _gentleman_ en uno u otro hemisferio de
-la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y temible
-en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los
-caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.
-
-Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su
-persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la
-más pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa,
-para gustar a su mujer, para que le admirasen sus niñas con esa
-satisfacción orgullosa que siente toda joven cuando contempla las
-elegancias y seducciones del género masculino a través de su padre.
-
-Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le
-inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes
-que el hombre que les voy describiendo fue un héroe más grande que los
-héroes de la guerra o de la ciencia. Éstos mueren por la gloria,
-orgullosos de su muerte y ganosos de que todos la conozcan.
-
-Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese
-sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.
-
-Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir
-escuchándome.
-
-
-II
-
-Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en
-el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de
-esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o
-la forma de la propiedad.
-
-Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las
-menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y
-sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.
-
-Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a
-causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego.
-Una llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos
-incansables, había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras
-tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para
-remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna,
-llevaban una existencia de sobriedad monjil.
-
-Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas,
-los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso
-privilegio de las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas
-brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta
-sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica,
-modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera
-de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres «malas», para las
-criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que danzar en torno
-a la llama que acaba por quemarlas.
-
-La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos
-ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para
-discurrir con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el
-lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la
-limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.
-
-Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que
-significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que
-procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y
-despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.
-
---Si nuestros maridos o nuestros padres--dijeron muchas--desean
-arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos
-vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se
-aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los
-refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que
-cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su
-locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las
-profesionales y tengamos sus mismas exigencias...
-
-Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten
-iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la
-señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener
-por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en
-la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una
-religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.
-
-Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a
-Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces»,
-como la afición exagerada al baile, como los _jazz-band_ y tantas cosas
-contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia
-americana para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa
-esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó
-en su período histórico una excepción, y de ningún modo algo general y
-corriente, como en nuestros tiempos.
-
-El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano
-de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo
-arruinaron su mujer y sus hijas».
-
-Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos
-míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener
-el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de
-ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes
-era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas, es decir, en
-algo duradero y que representaba un capital guardado en reserva. Un
-hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando
-en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo
-terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y
-plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de
-años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues
-carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras
-preciosas.
-
-Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus
-pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros
-napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres
-de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una
-consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo
-llevaba unas horas nada más, y lo regalaba luego a su doncella.
-¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...
-
-Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los
-indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos.
-Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la
-divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no
-necesitaba más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne,
-a escuchar los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por
-su amigo Chateaubriand.
-
-Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva
-vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y
-lo mismo ocurre con el sombrero, los zapatos, etc. Además, la pobre
-Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas
-cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué
-atraso!... Una mujer chic cambia ahora ritualmente de vestido tres veces
-al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer la
-deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos llevando
-las mismas ropas.
-
-Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Saba y
-devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los
-libros al describir la vida de París de hace medio siglo, son ya
-personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la
-imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la
-plaza Vendôme, a los modistos de la _rue de la Paix_ y demás proveedores
-del lujo femenino; pregúntenles por las «artistas» de costumbres ligeras
-y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y verán
-cómo tuercen el gesto:
-
---Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos
-convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que
-las protejan. Únicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá
-llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con
-bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos.
-Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de
-señoras decentes; de mamás y de niñas. Ésa es la verdadera clientela de
-nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el
-dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura
-marchan ahora del brazo con la moral.
-
-Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta
-franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los
-veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores
-más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a
-proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna
-comediante joven y de buen rostro.
-
-La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación
-del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que
-su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna
-privación en sus deseos de lujo.
-
-Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas
-aristocráticas publicados por los diarios a «la distinguidísima señora
-de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas», sentía la misma emoción
-de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve
-elogiadas sus obras.
-
-Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas
-estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta
-admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas
-sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los
-asuntos concernientes a la familia. Él, para los negocios, para ganar
-dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con
-«distinción».
-
-No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio
-siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros
-nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre
-de numerosa familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la
-primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de
-sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba
-todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta
-por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por
-ellos.
-
-Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a
-una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser
-considerado como «guarango». Se estremecía de orgullo al declarar que
-todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se
-preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil
-leguas oceánicas. Cuando llegaban las comisionistas de la _rue de la
-Paix_ a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel
-sus modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a
-«Madame Pedraza». Contaban con ella como gran compradora, y además sus
-gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente.
-
-Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al
-conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:
-
---Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.
-
-Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se
-apresuraba a añadir:
-
---Dieciocho hijos tiene una hermana mía, y los más de ellos son varones.
-
-Esto resulta natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un
-habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la
-cría de sus reses, en las ciudades las esposas se afanan por aumentar el
-número de ciudadanos.
-
-Además, amigos míos, aquellas mujeres, que llevan en sus entrañas el
-porvenir de su país, son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud
-de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos
-de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre
-para ser extremadamente delgadas. «Hay que conservar la línea». Pero a
-pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no
-pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus
-antecesores los centauros de la Pampa. Parecen, por lo flacas, que
-acaban de salir de una ciudad sitiada o de un trasatlántico con averías
-en alta mar que obligaron a los pasajeros a someterse a media ración.
-Pero que la moda les da permiso para comer, y renacerán esplendorosas,
-como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.
-
-Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a
-su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las
-peticiones de doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni
-escrúpulos en sus gastos para sostener, como ella decía, «el prestigio
-de la familia». Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las
-cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno
-de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y
-a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las
-fiestas de sociedad, y el llamado «gran mundo» se ve y se habla durante
-los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su
-servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de
-«negocios», para el señor, y otros dos, que empleaban la señora y las
-niñas para visitas o excursiones.
-
-Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su
-«escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las
-que llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin
-hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de
-cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.
-
-Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una
-demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el
-doctor creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta.
-
---Soy de los Pérez Zurrialde--declaraba doña Zoila con orgullo en
-determinados momentos.
-
-Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de
-ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez
-Zurrialde».
-
-Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder
-explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces.
-Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres,
-héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos
-no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más
-distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos
-predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del
-país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su
-inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos,
-emparentándose solamente con sus allegados.
-
-Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su
-voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de
-un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella.
-¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el
-bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de
-América, el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda
-abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias
-linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas
-tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que
-representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y
-la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que
-vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto:
-«Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había
-alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de
-Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de
-su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo
-y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los
-tiempos.
-
-Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente
-reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia
-persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.
-
-Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un
-marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias
-elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la
-sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer.
-Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e
-invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una
-señora, casada y madre.
-
-Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus
-vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es;
-pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o
-admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al
-tiempo.
-
---Pero usted--le dijo un europeo--gasta una fortuna en vestidos todos
-los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo
-digan.
-
-La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso
-sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los
-hombres.
-
---Entonces--siguió preguntando el curioso--, ¿para qué viste usted con
-tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...
-
-Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como
-apiadada de su ignorancia:
-
---Para dar envidia a mis amigas y que rabien.
-
-
-III
-
-Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala
-del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de
-empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando
-hablé por primera vez con el doctor Pedraza.
-
-Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco
-Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un
-papel de esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de
-familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa
-herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente
-tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones
-de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado.
-Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido,
-tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una
-catástrofe. Y como los directores del tal Banco desean mantener incólume
-el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que
-procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus
-operaciones como si aún vivieran en la época colonial.
-
-Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero
-ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas
-nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de
-América vagas ideas, necesitaban largos informes y repetidas
-exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible
-una depreciación de la hipoteca.
-
-El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre
-vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del
-despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para
-que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no
-obstante mi larga espera.
-
---Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado
-nacional.
-
-Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo
-mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las
-oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario,
-le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus
-primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala
-cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba
-hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo
-informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera
-nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las
-confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo
-optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a
-las oficinas.
-
-El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus
-pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba
-mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran
-propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres,
-operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de
-muchos centenares de miles de pesos.
-
-Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el
-doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y
-deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga
-aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se
-compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo
-comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en
-tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel
-país.
-
-Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero
-de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.
-
-Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza
-las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo
-argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser
-elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor,
-exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose
-una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura.
-Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las
-tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento
-rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin
-cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en
-su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.
-
---Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...
-
-Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos
-Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial;
-aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos;
-calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan
-llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que
-riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.
-
---Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban
-del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas
-cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia
-escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi
-«petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también
-iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros
-públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales,
-y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No
-tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo
-que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros
-como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es
-cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que
-parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo
-soñado.
-
-Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una
-de sus miradas bondadosas.
-
---Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos
-señores le acepten la operación?...
-
-Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el
-producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos;
-compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que
-fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las
-ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la
-deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas.
-Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la
-importancia del hombre que me estaba escuchando.
-
---Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa
-fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...
-
-Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa
-gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y
-venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la
-especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como
-lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas,
-modernizándolas...
-
-Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y
-de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea
-el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los
-obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor
-Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble
-criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de
-los directores del Banco.
-
-Como si la protección que me había dispensado el doctor--expresada
-únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas
-majestuosas--empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas
-semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi
-insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.
-
-Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el
-cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona
-la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos
-en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que
-tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la
-nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual
-permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a
-Europa.
-
-Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me
-quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar
-en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman
-en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía
-llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía
-dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en
-Europa la vida de un personaje de tal clase?...
-
-Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las
-gentes hablaban todos los días del _Cap Bojador_, trasatlántico alemán
-que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su
-travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el
-tal _Cap Bojador_, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de
-los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como
-una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río
-de la Plata.
-
-Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación,
-de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para
-atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que
-esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una
-muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar
-esta maravilla flotante.
-
-¡Pobre _Cap Bojador_! La organización germánica lo había previsto todo
-en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos
-cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si
-estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió,
-años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y
-salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros
-ingleses cerca de las costas de África.
-
-Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a
-Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda
-ser pasajero del _Cap Bojador_ en su primera travesía. Representaba una
-gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el
-vulgo, este gusto inaudito.
-
-Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que
-en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien
-había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de
-darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los
-opulentos pasajeros del _Cap Bojador_, cuando precisamente iba yo a
-Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro
-millonario?...
-
-La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal.
-Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle
-para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas,
-¡_hochs_!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran
-afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a
-los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo;
-cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de
-pañuelos tremolados como banderas...
-
-Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no
-conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro
-en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin
-el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la
-Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.
-
-Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo
-qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre
-varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que
-habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de
-violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a
-París apenas la familia decidió el viaje.
-
-El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el
-presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al
-salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos
-visto aún los retratos de Lloyd George!...
-
-Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables,
-rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso
-del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y
-hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me
-acogieron con una indiferencia cortés.
-
-Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos
-y por su lujosa instalación.
-
-Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y
-otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres
-amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además,
-formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al
-servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se
-dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas
-en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una
-vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de
-Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo
-histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce
-personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde
-estaban las mejores habitaciones.
-
-La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según
-declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su
-vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las
-puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso
-numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del
-equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba
-a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de
-vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse
-a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían
-puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una
-de ellas, ¡y eran siete!...
-
-Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas
-las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después
-juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores
-bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del
-vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda,
-otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para
-cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito
-juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi
-siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este
-líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus
-hermanas.
-
-En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de
-a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en
-sus paseos por el buque.
-
---Es un doctor de Buenos Aires--decían algunos europeos de regreso a su
-tierra, al mostrarse a este personaje--, un estanciero riquísimo, una
-persona «bien». ¡La plata que debe tener!...
-
-Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me
-saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.
-
---¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?...
-Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.
-
-¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones
-durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del
-Banco Hipotecario.
-
-Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me
-ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir
-en su mayor parte para este viaje suntuoso.
-
-Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a
-su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un
-viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban
-a sus espaldas.
-
-
-IV
-
-Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo
-plano que este millonario.
-
-Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por
-miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir
-una nueva luz sobre París.
-
-_Le Figaro_, que es el diario que presta más atención al paso de los
-americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre
-dama argentina, y sus hermosas hijas».
-
-Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto
-hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor,
-su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las
-avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer
-momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía
-para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes
-jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia
-natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.
-
-No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote;
-pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias
-argentinas».
-
-El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la
-vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas.
-París es muy grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el
-fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la
-porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares,
-la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.
-
-En los establecimientos de la _rue de la Paix_, de los Campos Elíseos y
-de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de Pedraza
-y sus _demoiselles_, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el
-rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces,
-al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios,
-escuché las mismas palabras:
-
---Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con
-su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro
-de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener
-el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...
-
-Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué
-hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida,
-inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible,
-inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que
-se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que
-un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario
-como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario.
-
-Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde
-lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había
-visto al otro lado del Océano.
-
-En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de
-sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el
-Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso
-añadir: «¿Cuánto debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas
-enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El
-crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un
-poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena
-suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la
-esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.
-
-Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo
-debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia.
-Al año siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas
-ventas de «hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él
-me había descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría
-para pagar enteramente su deuda, sin tener que imponerse sacrificio
-alguno.
-
-Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los
-grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos
-mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en
-fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y
-austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de
-su sexo, lo mismo que su noble madre.
-
---Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra
-tierra.
-
-Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en
-Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los
-elogios de las mujeres.
-
-En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las
-peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto
-y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por
-esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido
-por todos los círculos más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que
-se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido los
-últimos miles de francos en la sala destinada al juego.
-
-Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la
-República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos
-geográficos de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se
-ensancharon con esto considerablemente.
-
-Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos
-Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los
-Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos
-nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país,
-dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se
-reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien
-alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una
-especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno.
-
-Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen
-millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de
-alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas
-casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del
-matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el
-tango y chapurrear algunas palabras de español.
-
-Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una
-rivalidad aristocrática.
-
---Yo puedo ser duquesa si quiero--decía una de ellas--, y a ti sólo te
-pretende un marqués.
-
---Pero el mío es más joven que el tuyo--contestaba la otra.
-
-Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su
-noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban
-a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al
-pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero
-los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si
-llegaban a casarse con sus niñas, no tendrían por qué ruborizarse, pues
-éstas eran iguales a ellos.
-
-Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un
-duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría
-prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese
-a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa
-igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con
-títulos nobiliarios.
-
-Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de
-algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo
-que debió ocurrir.
-
-Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los
-ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés
-cuando llega el momento de tratar las condiciones materiales que deben
-regir la asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven
-millonaria, no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares
-discusiones financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un
-notario que ha servido siempre a su familia, o al administrador de su
-hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los padres.
-
-El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos
-tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos
-nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con
-ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra
-melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de
-rapiña.
-
-Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no
-pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron
-desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta
-anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas
-que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en
-los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital
-positivo, aunque la renta fuese menor: campos, casas, valores
-mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora,
-dando una seguridad de riqueza a sus poseedores.
-
-En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían
-ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan
-mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten
-los gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros.
-
-El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco.
-¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más
-íntimas, para envidia de las amigas!...
-
-Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo
-nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.
-
---Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en
-Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la
-plata, y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...
-
-Doña Zoila apoyaba estas palabras:
-
---Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí.
-Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra
-madre.
-
-La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus
-amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos
-habían osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser
-despertadas», burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al
-marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador
-y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por
-todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias, era
-por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y
-famoso tirador de pistola.
-
-Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había
-procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan
-aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus
-entusiasmos de americano, hijo de una República.
-
---Lo de los títulos de nobleza, _ché_, puede deslumbrar a los gringos de
-Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.
-
-
-V
-
-Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré
-por los diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez
-su nombre y los de todas las mujeres que componían su familia volvieron
-a aparecer en las crónicas de la alta vida social.
-
-Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas
-las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su
-palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y
-en qué consiste la falta de _chic_. Después de haber pasado un año en
-París, su autoridad parecía inconmovible.
-
-La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar
-en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle
-Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad,
-yendo de uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos
-seguían considerándole con respeto, como un personaje influyente, y
-muchos envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí
-noticias inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos
-contaban que había gastado en Europa un millón de pesos (más de lo que
-le había prestado el Banco Hipotecario). En las reuniones de alta
-sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que doña Zoila
-había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido no
-tenía fortuna para tantos dispendios.
-
-En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con
-preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos
-momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a
-modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente
-cada diez años.
-
-A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido
-la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la
-pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de
-negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que
-exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar
-mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre.
-De no ocurrir tal calamidad, estarían ustedes escuchando ahora a un
-millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y
-vivir aquí con modestia.
-
-Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros
-compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes;
-seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y
-los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían
-los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su
-infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y
-espaciadas, como se aproximan o se alejan las detonaciones de un
-combate remoto, según los caprichos del viento.
-
-La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al
-empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta
-inconcebible en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes
-morir! Pero el doctor había entregado al empresario por el abono del
-palco, no un cheque, sino un pagaré a noventa días vista. En las malas
-épocas, muchos pagan así en aquel país. Se confía en el porvenir. Nadie
-cuenta únicamente con lo que tiene en la mano, como los tímidos del
-viejo mundo; todos admiten de consocia a la esperanza. ¡Quién sabe qué
-grandes negocios pueden hacerse en el plazo de noventa días!... Como la
-fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para llegar hasta
-nosotros.
-
-También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su
-mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores, con una magnificencia
-que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dio
-a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico.
-Mientras tanto, el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por
-conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener
-el aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos y pagar los
-enormes réditos de sus deudas.
-
-Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en
-sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza,
-deseoso de evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de
-esta situación. Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de
-lujo, entre sus hijas solteras, que hablaban y reían como princesas
-seguras del porvenir, necesitaba mostrarse optimista, imaginándose una
-serie de negocios maravillosos que vendrían a sacarle de apuros al día
-siguiente.
-
-No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fue
-acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre
-dinero; en los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y
-recurrió al préstamo usurario. Además, tuvo que vender con pérdida
-enorme los terrenos que había adquirido para especular sobre su alza en
-la buena época del país, cuando circulaba vertiginosamente la riqueza.
-
-Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos,
-la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir
-dejará caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la
-menor mueca de contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían
-en su casa. Doña Zoila, que estaba vagamente enterada de que los
-negocios no marchaban del todo bien, parecía vacilar algunas veces al
-hacer a su marido la enumeración de los gastos de la familia, pensando
-en la posibilidad de ciertas economías. Un día, hasta le dio a entender
-que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas.
-Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a la
-señora, que el doctor se apresuró a disuadirla.
-
-Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su existencia
-ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuido el lujo de
-la familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que
-evitase las economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y
-para ello era conveniente que la casa conservase su aspecto de
-abundancia segura y ostentosa.
-
-Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra
-solemne y los ojos protectores de mi amigo, adivinaba al punto los
-estragos que iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza
-disimulada. Iba vestido con la elegancia de siempre; conservaba su
-aspecto señoril; pero estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por
-su edad.
-
---¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para
-todos!... Pero esto no puede durar.
-
-Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que
-existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por
-encima de las miserias del vulgo.
-
-Su caída fue larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan
-los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por
-regla general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias
-y novelas. Hay minas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que
-sólo duran unos minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con
-lentitud, o van empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño
-tras peldaño. El naufragio del doctor fue igual al de los grandes
-veleros, que, después de estar llenos de agua, todavía flotan con la
-quilla al aire mucho tiempo, yendo de un lado a otro, al capricho de las
-corrientes.
-
-En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente
-algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios
-sueltos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo
-compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del
-álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió
-al doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte
-invención mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser
-lógicas, que las noticias que nos dan como seguras los amigos y los
-periódicos.
-
-He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba
-solo en su «escritorio»: un piso arrendado en la Avenida de Mayo para
-sus oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían
-sobre él las mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una
-manera optimista, quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba
-a verse arruinado en un país donde el dinero tiene mayor importancia que
-en otras naciones y resulta más necesario para la vida. ¿Era posible la
-existencia de un Rómulo Pedraza protegido por sus amigos y con un empleo
-público para sostener humildemente a su familia?...
-
-La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus
-vestidos, llevando la vida dolorosa de los ricos arruinados que buscan
-el amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e
-inconcebible como un trastorno de la leyes astronómicas. ¿Era lógico que
-Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?...
-
-Además sentía miedo al pensar en sus hijas. Él conocía la historia de
-muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas
-conseguían casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se
-resignaban a descender, perdiendo la distinción de su origen,
-convirtiéndose en obreras ocultas que trabajaban mal recompensadas para
-el sostenimiento de una vida miserable; y algunas acababan sirviendo de
-amantes a hombres que en otras circunstancias no habrían osado aspirar a
-ser sus maridos.
-
-El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus
-hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la
-misma situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un
-nuevo encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas
-y educadas en el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo
-que son.
-
-
-VI
-
-Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo
-sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó
-supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden
-proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas
-preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la
-fortuna, tirando de él con un manotazo maternal y elevándolo luego sobre
-aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le
-tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del insomnio?...
-Había que abrir las ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con
-sus alas.
-
-Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de
-los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden
-también a las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la
-entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el
-más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En
-los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los
-aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales o
-inventores, todo es posible.
-
-Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla
-amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de
-su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima
-importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes
-réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el
-aumento de una cantidad más...
-
-El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus
-compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a
-visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al
-mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación
-basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella,
-y como seguía recibiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron
-pasarse el aviso unos a otros.
-
-Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. A pesar
-de su madurez se mantenía fuerte, los médicos de las Compañías de
-Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico,
-libre de toda enfermedad, y el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco
-tiempo Pedraza estaba asegurado en más de una docena de Compañías, unas
-del país, otras de Europa y de los Estados Unidos. Además había firmado
-contraseguros y hecho otras operaciones que le aconsejaban los agentes,
-deseosos de ganar nuevas primas.
-
-Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos,
-según manifestaba con regocijo a sus amigos. Ésta era la cantidad que
-deberían entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte.
-Pero los amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:
-
---Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones.
-¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.
-
-El esposo de doña Zoila sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se
-consideraba más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las
-Compañías de Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba,
-con una displicencia de rico:
-
---Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando
-para los míos.
-
-Una mañana le escuché estas mismas palabras en un Banco, cuando
-formábamos grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un
-préstamo inmediato...
-
-Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron
-«estúpida», por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte
-pudiera resultar oportuna.
-
-Era en verano, y la familia del doctor estaba pasando una temporada en
-las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las
-forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la
-Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio
-sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un
-lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que
-nunca ha ocurrido en él nada digno de mención.
-
-Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen
-antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y
-doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para
-complemento de su lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Creo
-oportuno decir de paso que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas.
-
-El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas
-cuando deseaban bailar en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el
-tren para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al
-anochecer. Fue en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a
-la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente
-cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo
-cierto es que el cadáver del doctor fue encontrado hecho pedazos entre
-los rieles.
-
-Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del
-ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche
-y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero
-también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus
-vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se
-abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza,
-preocupado a todas horas por sus negocios, al pasar distraído de un
-vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias.
-
-Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas
-biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida
-nacional.
-
-¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos
-fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos
-mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a
-expresarlo con palabras.
-
-Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones
-malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento
-público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general
-había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la
-familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta
-sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).
-
-La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de
-las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen
-padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran
-fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del
-momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros
-sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión
-serviría para suavizar el dolor de la familia.
-
-Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la
-suerte--a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que
-entrase--se decidió a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis
-nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir
-panecillos y biftecs, compró a buen precio los trigos y las reses; las
-dos estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron
-magníficas rentas.
-
-La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas
-del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia;
-pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar
-envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas
-blondas y joyas sólidas.
-
-Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público
-hasta en los pasillos, es preciso que ella la organice. Los comerciantes
-tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo
-que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con medrosa
-sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los
-concertistas, los escritores que llegan de Europa a dar conferencias,
-están condenados al fracaso si no cuentan con su protección.
-
-No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre
-materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París
-van a enseñarla sus novedades antes que al público.
-
-Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su
-falda, y cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus
-yernos, le dice suspirando:
-
---Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo
-fue mi finado el doctor.
-
-
-
-
-El sol de los muertos
-
-
-I
-
-Cuando hablaban a Montalbo de su celebridad universal, el famoso
-escritor francés quedaba pensativo o sonreía melancólicamente.
-
-¡La gloria!... Alguien la había sintetizado diciendo que es simplemente
-«un apellido que repiten muchas bocas». Un novelista admirado por
-Montalbo le daba otro título. La gloria era «el sol de los muertos».
-
-Todos los hombres cuyo recuerdo guarda la Historia, célebres en vida y
-después de su muerte, o desconocidos mientras vivieron y elogiados
-cuando ya no podían oír sus alabanzas, perduraban, con una existencia
-inmaterial, bajo la luz de este sol que sólo alumbra a los que ya no
-tienen ojos para verlo.
-
-Montalbo sentía un escalofrío de pavor al pensar en el astro que sólo
-existe para unos cuantos. Deseaba que iluminase muchos siglos su tumba.
-En realidad, todo lo que llevaba hecho era para conseguir esta
-distinción póstuma. Pero al mismo tiempo veía imaginariamente la gloria
-como una estrella roja y mate, de luz aguda y glacial, semejante a esos
-rayos descompuestos en los laboratorios, que deslumbran y no emiten
-ningún calor.
-
-El sol de los muertos le hacía descubrir nuevos encantos en el vulgar
-sol de los vivos, astro que alumbra infinitas miserias, pero trae
-también en su curso impasible muchos días de corta felicidad. ¡Y pensar
-que por obtener un rayo de este sol de las tumbas los hombres crean
-interminables guerras, oprimen a sus semejantes, viven sordos y ciegos
-ante las magnificencias de la Naturaleza, y dan a la ambición el sitio
-del amor!...
-
-Recordaba también el poeta los eclipses y los caprichos rotatorios del
-tal astro, esplendoroso y frío, que deja en insondable noche todo el
-porvenir, sólo alumbra una reducida parte del presente, y reserva sus
-cascadas de luz infecunda para las inmóviles llanuras del pasado, para
-los polvorientos campos de la Historia, llenos de ruinas y silenciosos
-como un cementerio. Montalbo no estaba seguro de lo que podría encontrar
-más allá de la muerte; no tenía siquiera la certeza de encontrar algo,
-fuese lo que fuese; pero los vivos consideraban la gloria, «el sol de
-los muertos», como algo de indiscutible realidad, y él se apoyaba en tal
-afirmación para imaginarse cómo sería su existencia de ultratumba. Su
-cuerpo iría pulverizándose mientras los hombres todavía vivos repetían
-su nombre y se lo pasaban a otros hombres, como un depósito, antes de
-morir a su vez. Y él, por todo recreo--si es que continuaba existiendo
-después de la muerte--, contemplaría cómo brillaba sobre su fosa aquel
-resplandor, crudo y glacial, de luz química.
-
-Como el grande hombre empezaba ya a sentirse viejo, repelía estremecido
-estas evocaciones de su imaginación. ¿Para qué ocuparse en vida de la
-inmortalidad literaria, que es la más azarosa de las loterías?... El sol
-de la gloria iluminaba caprichosamente la tumba de muchos hombres a los
-que nunca calentó mientras vivieron. En cambio, como una mujer
-veleidosa, envolvía en el cono de sombra pendiente de su espalda a otros
-que acarició mientras existían. Proyectaba su resplandor sobre unos
-pocos con tal generosidad, que iluminaba a la voz sus personas y sus
-obras, mientras a los más sólo les tocaba el rostro con un rayo único,
-dejando en la lobreguez del olvido todo lo demás que produjeron como
-justificación de su renombre.
-
-Sonreía tristemente Montalbo al pensar en su celebridad que tantos
-envidiaban. Sus libros, ahora famosos, tal vez resultasen despreciables
-antes de cincuenta años.
-
-«La mayoría de las obras célebres del pasado--pensaba--no llegaron hasta
-nosotros, y sólo las admiramos por el testimonio de algunos
-contemporáneos que nos afirman su excelencia. Otros libros antiguos han
-sobrevivido, pero sólo los leen unos cuantos eruditos. El gran público
-huye de ellos, alabando al mismo tiempo al autor por un convencionalismo
-tradicional. Mi fama presente se disolverá pocos años después de mi
-muerte. Tal vez si sobrevive y logra salir por la otra boca del túnel
-del primer olvido que atraviesa toda celebridad difunta, será un simple
-nombre en los diccionarios y una lista de libros que nadie lea».
-
-En sus horas de pesimismo consideraba con cierto menosprecio todas las
-grandezas intelectuales de la civilización humana, tenidas por eternas
-e inconmovibles. Que el mar subiese de nivel unos cuantos metros,
-invadiendo las tierras; que la corteza terrestre se resquebrajase con la
-infinita perforación de una viruela de volcanes; que nuestro planeta, en
-una desviación de su órbita, se alejara del sol o se aproximase a él, y
-toda la vida humana, con sus orgullos, sus variedades y sus ensueños,
-desaparecería en unos minutos, perdiéndose en el aire, como mariposas de
-ceniza, los libros, los cuadros, los monumentos... La gloria merecía su
-título de «sol de los muertos». Era algo negativo y engañoso como la
-muerte, sobre la cual construyen los hombres tantas ilusiones
-religiosas.
-
-Pero el escritor, necesitando de pronto un consuelo espiritual,
-abandonaba estos lóbregos pensamientos sobre el más allá, concentrando
-su vista en el presente. La gloria era entonces para él algo positivo y
-agradable, mientras vive el que la disfruta. Montalbo sentía su calor
-vivificante, igual al del sol que ilumina a los vivos. No podía quejarse
-de ella. Había transformado su existencia con la exuberante generosidad
-del calor de los trópicos, que desarrolla atropelladamente el germen
-errante o imperceptible caído en el suelo, haciéndole remontarse como un
-vigoroso chorro vegetal cargado de vida rumorosa y sólida.
-
-Recordaba sus días penosos, los días de su primera juventud, cuando el
-astro que en sus horas meridianas da una vida fingida y gloriosa a los
-muertos aún no le había tocado con los rayos de su amanecer.
-
-Sus primeros avances habían sido lentos y tristes. Tenía que abrirse
-paso en Francia, y no había nacido en ella. Su padre pertenecía a una
-familia ilustre radicada en una república de la América del Sur. Sus
-abuelos habían sido ricos de un modo fabuloso, con propiedades extensas
-como Estados. El primero de la familia era un héroe de la conquista del
-Nuevo Mundo, un capitán navegante de España, don Alonso de Montalbo,
-fundador de la misma ciudad en la que había nacido el poeta.
-
-Estando en París, su padre se había casado con una francesa,
-llevándosela después al otro lado del Océano. Tenía todas las cualidades
-buenas y malas del criollo antiguo: caballeresco y dilapidador;
-sentimental y cruel; capaz de los más disparatados sacrificios por la
-mujer amada, y capaz igualmente de olvidarla por una mulata del campo
-horas después.
-
-Al examinarse interiormente, Montalbo encontraba muchas veces el
-carácter de este padre, que no había conocido nunca, pues el criollo
-murió cuando él sólo contaba unos meses de vida. Lo asesinaron en una
-revuelta política, y como había despilfarrado los últimos restos del
-patrimonio de los Montalbo, considerablemente disminuido de generación
-en generación, la viuda se volvió a París.
-
-Este niño que llevaba el nombre español de José María y un apellido de
-conquistador balbuceó sus primeras palabras en francés. La madre le
-hablaba siempre en su idioma. Pero al mismo tiempo, en la cocina, el
-pequeño Montalbo se veía obligado a aprender el español para entenderse
-con Bernarda, una mestiza de labios abultados, ojos de brasa y muecas de
-continua protesta. Se quejaba del frío de París, de la maldad de sus
-habitantes, que se empeñaban en hablar de otro modo que los demás
-cristianos; pero seguía a la señora en sus andanzas y pobrezas por no
-abandonar al niño, que recibía sus caricias lo mismo que un gozque
-travieso y gracioso.
-
-El escritor olvidaba las privaciones de su infancia, la dificultad con
-que hizo sus estudios, el aislamiento que le creó muchas veces su nombre
-exótico, la muerte de su madre, a consecuencia de tantas privaciones
-disimuladas, y las miserias de su primer matrimonio, para fijarse en las
-comodidades y larguezas de su existencia presente. Después de la dura
-iniciación que había sufrido para llegar hasta la gloria, ésta se
-mostraba de una generosidad incansable.
-
-Sus libros eran leídos por millones de personas. Los traductores los
-aguardaban impacientes para darles el ropaje de una nueva lengua, y
-luego se esparcían por la tierra entera como mariposas brillantes, cuyo
-vuelo triunfador contemplaban las gentes con ojos admirados. Sus sonetos
-obtenían celebridad hasta en los países donde no podían leerlos en su
-forma original; sus obras teatrales se mantenían en los carteles,
-algunas veces, años enteros. En los últimos tiempos, el cinematógrafo
-había añadido el encanto de la plasticidad y el movimiento a muchas de
-sus historias novelescas.
-
-Todo este éxito había traído como consecuencia práctica el bienestar y
-abundante dinero. El pequeño criollo que intentó muchas veces conmover
-con sus balbuceos a la cobriza Bernarda para que le diese un segundo
-pedazo de pan, sin que ésta pudiese atenderle; el bohemio que más de una
-noche había vagado por las calles de París, falto de refugio, después
-que se cerraban los cafés, poseía ahora un hotel particular con vasto
-jardín en el barrio de Passy, cerca del Bosque de Bolonia, lujosa
-vivienda que visitaban con veneración sus admiradores y excitaba la
-envidia de muchos de sus camaradas literarios. Había comprado además un
-castillo histórico en las orillas del Loira, donde pasaba los meses de
-otoño, y en invierno descendía a la Costa Azul para ver el carnaval de
-Niza y el público abigarrado o interesante de Monte-Carlo.
-
-Poseía dos automóviles. El correo le entregaba diariamente cartas
-admirativas de los lugares más apartados de la tierra. Todos le llamaban
-«querido maestro». Los más le respetaban como un hombre eminente de su
-época. Algunos lo discutían hasta la calumnia, preocupándose de él a
-todas horas, lo que representa una nueva forma de la admiración...
-
-Nunca, ni aun en sus momentos de más exagerado optimismo, había podido
-imaginar el Montalbo de los años juveniles de miseria que llegaría a ser
-tan favorecido por la gloria y el éxito material.
-
-Pero el hombre es una eterna inquietud, una duda incesantemente
-renovada, y el novelista, acostumbrado al análisis psicológico de los
-seres imaginarios que figuraban en sus historias, al examinarse a sí
-mismo, se preguntaba muchas veces:
-
---¿Verdaderamente soy feliz?...
-
-
-II
-
-Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al
-Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una
-juventud mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el
-renombre, y las primeras satisfacciones del amor.
-
-En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el
-orgullo de su vanidad masculina.
-
-Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir
-sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo
-anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto
-de moda el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado.
-Todos los que aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para
-distinguirse de los burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de
-su cabeza, imitando con exuberancia los penachos y melenas que en el
-reino animal distinguen al macho, soberbio, ambicioso y batallador, de
-las otras bestias, obscuras y humildes.
-
-Montalbo, mal vestido y mediocremente alimentado, conseguía muchas veces
-que las mujeres elegantes, al cruzarse con él en la calle, volvieran los
-ojos con repentino interés:
-
---¡Qué cabeza de artista!...
-
-De sus remotísimos ascendientes los árabes andaluces, abuelos del
-conquistador que se embarcó para el Nuevo Mundo, tenía la barba suave,
-negra y rizosa, la nariz de curva enérgica y unos ojos cuyas pupilas
-parecían acariciar con la finura del terciopelo. Su rostro, de morena
-palidez, estaba como encuadrado por dos crenchas intensamente negras,
-que descendían hasta más abajo de sus orejas.
-
-Las muchachas del Barrio Latino, estudiantas rusas, modelos de pintor o
-simples aspirantes a la conquista de numerosas joyas y un hotel lujoso
-al otro lado del río, lo admiraban por su «belleza exótica», como ellas
-decían. Una que en fuerza de visitar «estudios» ostentaba cierta
-erudición artística le había apodado _Velázquez_, por encontrarle cierto
-parecido con los caballeros españoles retratados por el maestro. Sus
-amigos, que conocían la historia de sus ascendientes y el lugar de su
-nacimiento, le llamaban «Montalbo el Conquistador».
-
-Fue en esta época cuando conoció a Duprat y a su hija Matilde. Este
-escultor, ya entrado en años, y predispuesto siempre a atribuir su falta
-de éxito a maquinaciones y envidias de artistas célebres que empezaron a
-trabajar al mismo tiempo que él, buscaba la compañía de la juventud. Los
-principiantes le respetaban, llamándole «maestro», por sus años más que
-por sus obras. Además escuchaban con delectación su verbosidad
-demoledora, sus interminables declamaciones de hombre agriado por la
-mediocridad.
-
-Al final de un callejón de Montrouge tenía su pobre estudio: antigua
-cuadra en el fondo de un jardín abandonado. Allá iban a juntarse por las
-tardes, procedentes del Barrio Latino o de Montparnasse, muchos jóvenes
-buscadores de gloria y de riqueza por los diversos caminos de la
-literatura, la música o las artes plásticas.
-
-El odio a los antecesores que habían paladeado ya la miel del éxito, el
-afán innovador del entusiasmo, el menosprecio a los «viejos», que muchas
-veces no era más que una manifestación torcida de la envidia, los unía a
-todos con fraternal amistad. Además, el escultor, en las tardes de
-invierno, ponía al rojo blanco la estufa de su estudio, y este fuego
-parecía atraerlos, cansados de sufrir en sus míseros cuartos de hotel o
-en sus buhardillas los agudos mordiscos del frío.
-
-Otro atractivo del estudio de Duprat era la presencia de su hija. Los
-amigos del escultor no se forjaban ilusiones vanidosas al pensar en esta
-muchacha de aspecto modesto, concisa en palabras, y que mostraba en
-todos sus actos la voluntad tranquila y firme de una excelente dueña de
-casa. Muchos se preguntaban cómo había podido nacer esta criatura de un
-padre tan desordenado como Duprat. Nadie había conocido a la madre, y
-los más suponían a Matilde fruto de las relaciones del bohemio con
-alguna mujer del pueblo hacendosa y vulgar, que desapareció luego de su
-existencia, dejándole este recuerdo viviente.
-
-Era inútil todo intento de enamorarla. Los que venían por primera vez al
-estudio adoptaban en vano actitudes de artista genial seguro de su
-gloria futura o se mostraban como graciosos aturdidos, hábiles para
-hacer reír a una mujer con sus palabras. No tardaban en convencerse de
-que perdían su tiempo. Matilde vivía entre ellos como si estuviera de
-paso y perteneciese a otro mundo. Hasta le era imposible ocultar cierto
-menosprecio por las ideas y costumbres de estos jóvenes y de su padre.
-Ella amaba el orden, la provisión, la limpieza, el hogar tranquilo,
-donde todo se desarrolla metódicamente.
-
-Tenía una hermosura «apagada y gris», según decían los visitantes del
-estudio, que era como un reflejo de su alma discreta y humilde; una
-hermosura que no se dejaba ver en el primer momento, revelándose al
-observador poco a poco, en el transcurso de los días. Los amigos del
-padre se preguntaban con aire de duda si Matilde era hermosa. Al fin le
-reconocían cierta belleza, pero añadiendo:
-
---No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués.
-
-Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al
-estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su
-madre, había tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres
-del escultor y sus camaradas. Las palabras inconvenientes parecían
-resbalar sobre ella sin ser comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda
-e impasible por este ambiente de bohemios violentos y desordenados. A
-pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse de él siempre que podía.
-Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a sus amigos con
-vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no obstante la
-envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio para
-servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa.
-
-Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta
-joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus
-cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin
-duda, por aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas
-licenciosas del Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su
-padre y a los amigos de éste comentando las buenas fortunas amorosas del
-«Conquistador». El joven poeta era una concreción brillante y antipática
-de todos los desórdenes y jactancias que ella menospreciaba
-silenciosamente en los visitantes del estudio.
-
-Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en
-ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de
-los dos supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a
-frente. Sus ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo
-largo rato sus miradas. Los dos creían verse por primera vez.
-
-Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta
-cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de
-su rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más
-fresca y atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas.
-Matilde, a su vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma
-del poeta, y se dijo que el bello Velázquez era un excelente muchacho,
-mejor que todos sus camaradas, dando por no oídas las historias que le
-atribuían.
-
-Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero
-de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron
-ambos a un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua
-atracción de sus voluntades, se consideraron ligados por el amor antes
-de decírselo.
-
-Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de
-gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre
-y a pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre,
-buscó a Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún
-jardín del otro lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde
-podían tropezarse con gentes conocidas.
-
-Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar
-de su próximo matrimonio--como si no pudiera tomar otra forma que la
-reposada y legal--, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole
-mayores fuerzas para el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde,
-encontró de más fácil tránsito los caminos en cuya entrada se detenía
-antes, descorazonado por los obstáculos que adivinaba en ellos.
-
-La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena
-suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando
-revistas famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó
-a ver retribuido su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de
-ella le hizo abandonar las publicaciones de cenáculo y las revistas de
-corta tirada, leídas únicamente por sus propios colaboradores y de las
-cuales no había que esperar dinero.
-
-Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de
-la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos
-ganados por él, que habían de servir para la instalación del futuro
-matrimonio, ocurrió un suceso que para el poeta casi equivalió a una
-catástrofe de tragedia.
-
-De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con
-desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte,
-excluyéndolo de sus odios y tributándole una admiración relativa, era el
-famoso compositor Fontana. Este músico había continuado siendo amigo
-suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver
-con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de
-su arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo
-como un genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir
-su propia gloria.
-
-El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su
-admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con
-numerosas objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a
-excepción de sí mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y
-los eslavos, unos porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos;
-pero después de ellos, en el mundo sólo existía Fontana.
-
-Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del
-escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en
-sus juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre
-célebre que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no
-creyese en una posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al
-ilustre visitante con una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el
-privilegio que representaba para un artista célebre y de carácter
-oficial ser recibido en esta reunión de genios independientes e
-ignorados.
-
-Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de
-café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después
-de Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de
-aquel hombre que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con
-todos ellos unas cuantas palabras.
-
-El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas
-de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía
-reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino
-Fontana».
-
-Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus
-apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que
-ocurría. El maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía
-deseoso de casarse con ella.
-
-Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo
-inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el
-escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos.
-
-De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de
-aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había
-abusado, según los comentaristas de su brillante carrera, de ese poder
-de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores, los cantantes y
-los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse, oprimiendo
-su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas
-graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre
-tenían por tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París
-considerase indispensable llevarse un retrato de Fontana con
-dedicatoria.
-
-Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más
-interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la
-realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa,
-le hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el
-repentino entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el
-viajero cuando vuelve de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos
-raros y lejanos. El célebre maestro quería casarse, como se habían
-casado sus progenitores, sintiendo una ternura algo senil al ver a esta
-joven que le recordaba las virtudes hacendosas de su madre.
-
-Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente.
-
---Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho
-dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi
-hija), heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar
-que sus óperas se cantan en el mundo entero.
-
-No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de
-este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa,
-despreciable, al compararse con aquel hombre célebre.
-
-Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido,
-tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero
-inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si
-Matilde sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio
-inesperado? ¿Cómo resistirse a las seducciones de la riqueza y de la
-gloria?...
-
-También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se
-acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos
-famosos, siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de
-entusiasmo, agolpándose en la barandilla circular del teatro.
-Innumerables veces había aplaudido y aclamado las obras de este hombre.
-Hasta recordaba una disputa, que casi acabó a golpes, sostenida contra
-varios que intentaron silbar una obra audaz, de la llamada «última
-manera», del maestro.
-
-En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre,
-sentada al piano, cantaba muchas veces, a media voz, una romanza
-amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de América,
-donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía
-brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era
-de él. ¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?...
-
-Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz
-fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar.
-
---Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un
-honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo:
-la gloria... ¡Es tan célebre!
-
-Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas
-miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento
-guardan para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones.
-Luego sonrió.
-
---¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez
-más que mi padre.
-
-Se detuvo unos segundos, y añadió con energía:
-
---Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que
-él ya no puede tener.
-
-Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer
-instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con
-cierta lástima a Matilde.
-
-Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero
-al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran
-Fontana!...
-
-Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria.
-
-
-III
-
-Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía
-que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las
-aventuras peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos.
-Consideraba este período de su existencia muy interesante; pero de
-ningún modo accedería a vivirlo por segunda vez.
-
-Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde,
-en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal.
-Uno cualquiera de los salones de sus viviendas actuales era más grande
-que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la que fueron a
-instalarse.
-
-El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras
-horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz
-amarillenta de la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía
-veces de mantel. ¡Qué de ensueños, qué de esperanzas, transformadas
-repentinamente en dudas!...
-
-Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas
-completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que
-rodaba ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus
-ejemplares en diversas lenguas, había permanecido muchos años sin
-encontrar más de quinientos curiosos que quisieran leerla. Obras
-teatrales escritas en aquella habitación--saturada por la cocina próxima
-de olores de alimentos mediocres rápidamente preparados--daban
-actualmente a su autor una renta cuantiosa, después de haber dormido
-largo tiempo olvidadas en los archivos de los empresarios o haber sido
-tenidas por inadmisibles.
-
-Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la
-mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en
-grandes hojas de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las
-cocineras.
-
-Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos
-de su biblioteca--cada uno de los cuales le había costado muchos miles
-de francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su
-época de pobre--, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores.
-
-Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de
-sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con
-la velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de
-aquellas novelas sentimentales que habían interesado al público femenino
-de ambos mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el
-vigor de las cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias
-de los invitados a la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad
-elegante, el drama oculto bajo sonrisas amables y palabras corteses, la
-psicología complicada y sutil de la duquesa protagonista de la fábula.
-
-Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba
-escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café,
-0,70; pan, 1,25; carne, 2».
-
-Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades,
-también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr
-que el resultado de la adición se nivelase con la escasez del dinero
-disponible.
-
-En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una
-niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la
-casa. El artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por
-haberse negado a ser la esposa del célebre maestro.
-
-La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la
-madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las
-necesidades de una familia creciente. La primera educación de estos
-pequeños fue casi igual a la de los hijos de los obreros acomodados que
-eran vecinos suyos. Matilde, prematuramente envejecida por las faenas
-domésticas y la escasez de dinero, trataba con fraternal deferencia a
-estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas. Todas veían en ella a una
-mujer de clase superior venida a menos, y en su marido a un hombre que
-alguna vez podría ser de los que escriben en los periódicos y acaban
-gobernando el país.
-
-Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto
-remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera.
-Suprimía en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a
-ella, afirmando que eran nocivos para su salud, y de este modo lograba
-aumentar la compra de leche para sus pequeños. También descubría de
-pronto que la carne le hacía daño. Y mientras cuidaba escrupulosamente
-del biftec y la botella de Burdeos para el marido, afirmando que un
-escritor que trabaja debe alimentarse bien para continuar su tarea, ella
-fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de las compras
-baratas o a los restos de la comida de su esposo.
-
-Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su
-trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con
-editores que le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la
-indiferencia de un público refractario a retener su nombre en la
-memoria, surgieron de pronto el éxito y la celebridad. Fue como una
-detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo.
-
-Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le
-era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su
-existencia, empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su
-encuentro como un arroyo metálico. Después de grandes rebuscas en su
-memoria, acababa por decirse que su celebridad había empezado el día que
-el cartero le trajo montones de cartas y periódicos con sellos de varios
-países, y su riqueza cuando los editores, en vez de hacerle esperar en
-su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole «querido maestro»
-e invitándolo a almorzar.
-
-Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los
-triunfos, como en esos ensueños donde desaparecen las tiranías de la
-ley de la gravedad y se vuela con una ligereza que salva todos los
-obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus libros en bloque
-y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y
-finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por
-palabra. Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones
-novelescas, para desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las
-galas de nuevos idiomas, haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los
-públicos más diversos y lejanos contemplaban a Montalbo con la misma
-ansiedad silenciosa que los árabes al cuentista de café, capaz de
-relatar durante meses y meses historias maravillosas, eternamente
-interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando el mágico prestigio
-de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe romana y que
-eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo
-con sus novelas verbales en las noches de insomnio.
-
-Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de
-pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como
-incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el
-punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el
-fondo era puro fingimiento:
-
---Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.
-
-Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces
-un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El
-automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista
-había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su
-mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran
-parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles
-antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo
-que iba formando una biblioteca enorme.
-
-Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más
-vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su
-aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido
-victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al
-pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese
-imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.
-
-No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido
-la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre
-porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba
-inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal
-vez la pobre había muerto pensando que su grande hombre quedaría de
-este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.
-
-En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y
-ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga
-incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo
-conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía
-importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo
-cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en
-voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos
-los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo,
-una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción
-en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven
-eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes
-ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de
-monótono brillo.
-
-El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo
-de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo
-conocer Matilde.
-
-En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su
-existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada
-en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo
-«Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase
-menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a
-extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de
-sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la
-existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de
-soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su
-persona.
-
-Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus
-retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En
-los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le
-consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a
-contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o
-a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le
-visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle
-ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas.
-
-Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de
-triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo
-guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a
-esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o
-enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones
-de ciertos periódicos.
-
-Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan
-con retraso al amor cambiando el orden de las épocas de su vida.
-Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y metódica, que
-habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera hambre
-de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir
-novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la
-imaginación.
-
-Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le
-contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un
-nuevo aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto
-escándalo, halagador de su vanidad.
-
-Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que
-formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo,
-después de comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su
-yerno carecía de talento y había asesinado a su mujer para dedicarse
-libremente a una vida de crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente,
-pero como se puede amar a un hermano mayor por los años y menor por la
-ligereza de su conducta. El hombre célebre se mostraba con los dos de
-una generosidad ilimitada, admitiendo sin parpadeos de sorpresa todas
-sus peticiones.
-
---El dinero es un instrumento de libertad--decía--, y si lo amo tanto,
-es porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a
-manos llenas es verdaderamente libre.
-
-Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su
-curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y
-buen mozo, y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia,
-donde el nombre de Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de
-gloria literaria.
-
-Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde
-más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias
-inventadas; su carácter positivo sólo sentía la atracción de las
-ciencias exactas. Como deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en
-una colonia francesa de Asia, y allá permanecía célibe y aislado, sin
-otro deseo que obtener por medio de las explotaciones agrícolas una
-fortuna más grande que la de su ilustre padre.
-
-Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a
-esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra
-inmediata y no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que
-nace bajo su sombra muere, ya que no puede huir trasladándose a un
-terreno más libre.
-
-Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario,
-afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal
-dominación, inconsciente, alegre y generosa.
-
-«¿Qué más puedo desear?--pensaba Montalbo en sus horas de melancolía--.
-Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor
-cantidad, pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y
-mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse...».
-
-Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los
-demás hombres.
-
-No; no era feliz.
-
-
-IV
-
-Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis
-Crovetto.
-
-Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al
-grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se
-había presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar
-a París, deseoso de verle y escucharle.
-
-El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable
-y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por
-convertirse en secretario suyo.
-
-El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor
-tormento del gran escritor.
-
-Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un
-libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo,
-imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal
-iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese
-bastante, la moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el
-autor célebre ponga en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si
-es posible.
-
-Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del
-origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba
-todas las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del
-maestro, y además había inventado media docena de «pensamientos» que le
-hacían sonreír. No se hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en
-sus obras de principiante, por temor a que sus camaradas le acusasen de
-idiotez. Pero firmados por Montalbo hacían estremecer de entusiasmo a
-muchas lectoras, que los encontraban «geniales y profundos».
-
-El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a
-Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas;
-convocatorias de academias o de sociedades filantrópicas para atender a
-la vejez y las enfermedades de los escritores desgraciados; varias
-docenas de peticiones de firmas en tarjetas postales y en retratos,
-procedentes de los más apartados rincones de la tierra; numerosos
-álbumes de señoritas argentinas o chilenas, dispuestas a no marcharse de
-París si el amable señor Montalbo se negaba a escribirles «una cosita»,
-añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían hecho el viaje a Europa
-solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de lectoras
-entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los
-tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre,
-a la que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para
-siempre del cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en
-diversos idiomas: unos con elogios frescos y sinceros, otros con unas
-alabanzas agridulces, que parecían dar a las letras impresas el reflejo
-verdoso de la bilis.
-
-Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones
-venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía
-a «otro negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba
-a cargo de su amigo Soudré.
-
-Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo
-entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía
-acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para
-plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en
-discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa
-pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este
-manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona.
-Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con
-tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se
-acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como
-Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al
-secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.
-
-Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle.
-Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo
-llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de
-los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de
-las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al
-verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al
-demonio de la literatura, que le venía tentando desde su juventud.
-
-Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo
-a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener
-a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de
-respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios
-manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas
-las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza
-portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía,
-disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e
-inquietantes del padre.
-
-Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación
-era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se
-fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa.
-Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste
-rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes
-que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las
-mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre
-que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz
-de infundir el espanto con sólo un gesto.
-
-El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba
-esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin
-embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a
-todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las
-demás.
-
-Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía
-el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento
-sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección
-de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo
-perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas
-horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida
-vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil
-Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy,
-los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la
-conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la
-biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus
-editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase
-en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese
-libremente.
-
-Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la
-casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía
-generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde
-en tarde como una retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores
-del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban
-«parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente
-de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con
-Montalbo.
-
-Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo
-del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro
-por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de
-hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a
-su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que
-se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la
-del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y
-millones.
-
-Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo
-cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para
-plantar remolacha.
-
---Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.
-
-Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud,
-paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del
-maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas
-secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.
-
-En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa»
-de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía
-sus visitas casi diarias.
-
-Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia
-de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se
-quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.
-
-De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos
-de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen
-milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el
-trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante
-invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para
-comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle
-millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de
-diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y
-monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del
-maestro.
-
-Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres
-el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor
-parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma
-en mano. Pero ahora trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas
-las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío
-de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.
-
-Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos
-en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras
-galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían
-bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar
-la amorosa diversión monótona y sin encanto.
-
-Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no
-concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían
-de regla a su existencia.
-
---La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser
-joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.
-
-A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le
-contestó con sonriente cinismo:
-
---Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca
-rubia y raptaré a una bailarina de quince.
-
-Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su
-manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo
-gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de
-colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo,
-engañándose misericordiosamente.
-
---Todos llevamos--añadía--una orquesta dentro de nosotros. Lo importante
-es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y
-del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que
-la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra
-inmediatamente en el atril.
-
-Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento
-terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su
-existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída
-innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba
-con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido.
-
-Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía
-colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban
-el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían
-torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca
-conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una
-obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras pasionales, que se
-iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo
-extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!...
-
-Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad
-ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían
-las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a
-los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las
-mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez,
-necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el
-alma contando a alguien su pasado.
-
-Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para
-seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado.
-En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se
-exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y
-embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo
-mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad
-vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos
-de sus llamados triunfos.
-
---Y así son--se decía--todos los pájaros de mentiroso plumaje que se
-sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.
-
-Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres
-jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a
-encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro
-lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a
-hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había
-pedido como recuerdo una de sus pipas.
-
-Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del
-maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba
-emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras
-mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la
-ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente
-al grande hombre.
-
-Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió
-Montalbo el motivo de su tedio.
-
---La juventud es una voluntad--volvió a repetirse--. Yo deseo ser joven,
-y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago
-olvidando mis propios años.
-
-Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a
-una acción inmediata:
-
---Vamos en busca de la juventud.
-
-
-V
-
-Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para
-explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores
-son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento
-completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de
-observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un
-hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan
-mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se
-enteran con extrañeza de que se aman...
-
-Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas.
-Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería
-Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida,
-aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha
-tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una
-noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras,
-como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella
-otras noches, y al fin, acaba por amarla.
-
-Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el
-novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.
-
-Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía
-excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él.
-¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a
-partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un
-relieve y unos colores completamente nuevos.
-
-Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una
-señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia
-extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas
-veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes
-damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones
-y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a
-reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor
-humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y
-representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un
-observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos
-de su persona.
-
-Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar,
-pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le
-ocurrió escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos.
-Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de
-otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña
-Soudré, si esto alegraba su existencia?...
-
-Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y
-tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede
-emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento
-realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene
-sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado
-por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal
-Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario
-realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras
-vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la
-juventud de los principiantes.
-
---Pero la pequeña Soudré--se dijo Montalbo--tiene talento, y si quisiera
-escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no
-deja de poseer ciertas condiciones literarias.
-
-Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de
-Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del
-espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban
-dentro de él.
-
-Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento
-a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire
-cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior
-había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él
-completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas.
-
-La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina,
-antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz,
-le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la
-expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una
-empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el
-«querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que
-parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba
-toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran
-interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la
-audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y
-está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande
-hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente
-paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando
-su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas
-aristocráticas.
-
-Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus
-empresas de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque
-para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un
-negocio seguro.
-
-Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la
-muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y
-esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que
-el maestro no quedase solo.
-
-Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo.
-Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un
-nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable
-antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los
-célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer
-vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora
-un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los
-modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los
-informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban
-a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus
-corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los
-cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes
-jóvenes.
-
-Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida
-literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo
-servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en
-público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.
-
-Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su
-persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba
-intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin:
-la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y
-último capítulo de la existencia de todo hombre célebre.
-
-Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se
-movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una
-dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si
-fuesen suyos.
-
-En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios
-artistas de la Comedia Francesa--de los que nunca trabajan en dicho
-teatro y vagan por la tierra entera--habían organizado una función al
-aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza.
-Iban a representar _Los conquistadores_, la gran tragedia de Montalbo,
-escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que
-cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los
-portadores de la cruz con las tradiciones indígenas.
-
-Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros
-españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre
-maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana.
-
-Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo
-solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había
-representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra
-nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor,
-con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a
-llegar, aceptó la invitación.
-
---Iremos los tres--dijo a Faustina y a su padre--. Luigi vendrá de
-Marsella a juntarse con nosotros.
-
-La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal
-fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron
-un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en
-París.
-
-Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en
-una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol,
-aunque el invierno estuviese próximo.
-
-Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los
-vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos
-y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres
-comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de
-él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en
-público.
-
---Es su hija--dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.
-
-Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola
-partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.
-
-Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día
-de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel,
-embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil
-espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos
-que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su
-esposa.
-
-Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición
-largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por
-ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento
-afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del
-maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le
-ofrecía su boca.
-
-Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido
-horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar
-su agradecimiento?...
-
-A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la
-ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en
-mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los
-trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante.
-
---Si te sientas ahí--dijo a Faustina--, te paseo ante todos estos
-burgueses.
-
-La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista
-célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer
-que después fue su segunda esposa.
-
-Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por
-tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia
-de las personas más principales de la ciudad!...
-
-Crovetto protestó con dolor y sorpresa:
-
---¡Eso no es serio, maestro!...
-
-Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena
-extraordinaria con un silencio de escándalo.
-
-Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los
-artistas... ¡todos locos!
-
-
-VI
-
-Una noticia empezó a circular por París: «¡Montalbo se casa!...». Y las
-damas que guardaban recuerdos de su intimidad con el escritor pedían
-detalles a sus tertulianos sobre el pasado de aquella señorita Soudré.
-
-Algunos la creían una jovenzuela sin otro atractivo que el de su
-frescura juvenil, que había tentado al viejo autor. Otras, presintiendo
-su malicia, admiraban la habilidad con que había sabido envolver a un
-hombre que se tenía por psicólogo infalible. En las reuniones de
-escritores jóvenes se hacían comentarios insolentes sobre la edad del
-maestro y de su novia, envidiando el porvenir de Crovetto.
-
-El único que encontraba esta unión natural y lógica era Montalbo. Ya no
-llamaba a la gloria «el sol de los muertos». Reconocía en ella la fuerza
-de esos astros que comunican su energía incandescente a los cuerpos
-obscuros, atrayéndolos con una energía irresistible y obligándoles a
-girar en torno a ellos. El maestro, como observador célebre, era incapaz
-de engañarse en la apreciación de su propia personalidad. Sabía de
-sobra que no era joven, y una mujer de pocos años sólo podía aproximarse
-a él empujada por la gloria. Pero él se llamaba Montalbo, y tenía
-derecho a exigir, junto a la puerta de la vejez, los consuelos del amor,
-a los que renuncian en igual período de la vida los hombres del vulgo.
-
-Soudré mostraba prisa por ultimar los preparativos oficiales del
-matrimonio. Tal vez tenía miedo a que el maestro, reflexionando de
-pronto como un simple burgués, se arrepintiese de la aventura. Cuando se
-ocupaba en fijar la fecha de la ceremonia y había deslizado en los
-periódicos varios «ecos» indiscretos revelando el próximo
-acontecimiento, para cortar de este modo toda retirada a Montalbo,
-empezaron a surgir molestias.
-
-La hija del grande hombre, que aguardaba pacientemente su vejez y su
-renuncia a las aventuras pasionales para ir a instalarse en su casa,
-sugiriéndole el amor a los nietos, se indignó al enterarse del próximo
-matrimonio. Y como la exuberancia de su carácter le hacía ser en
-determinadas ocasiones tan violenta como su padre, envió a éste una
-carta para decirle que siempre le había considerado igual a un niño y no
-extrañaba que se dejase engañar una vez más por la primera mujer que le
-salía al paso.
-
-Avisado el hijo por un telegrama de su hermana, escribió también desde
-Asia una carta lacónica, fría y triste, que era como un reflejo de su
-carácter. Consideraba ilógica y disparatada la conducta de su padre,
-pero a continuación le reconocía un absoluto derecho a hacer reír con su
-casamiento al público de la tierra entera.
-
-La vuelta de Crovetto a París consoló al maestro de tales ingratitudes.
-¡Tratarle así sus hijos, cuando jamás había regateado con ellos,
-dándoles cuanto dinero necesitaban!... Afortunadamente, estaba ahora
-rodeado de su verdadera familia, constituida por las afinidades de la
-voluntad y no por el azar del nacimiento. La amorosa Faustina, su
-inteligente padre y aquel secretario entusiasta y fiel eran realmente
-los suyos.
-
-Pero también esta segunda familia le proporcionó inquietudes. Luigi no
-parecía ya el mismo discípulo después de su ausencia. Guardaba igual
-respeto admirativo al maestro, pero su adhesión era demasiado
-silenciosa.
-
-Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al
-grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda
-expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto
-fingía inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor
-veía muchas veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo
-el secretario se apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a
-Faustina paseando sola por una de sus avenidas.
-
-Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si
-le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería
-establecer por anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro
-de un grande hombre y su secretario. Además, encontraba indudablemente
-poco correcta esta afición a buscar a su hija apenas se alejaba de su
-futuro esposo.
-
-Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín
-de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato
-Bosque de Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un
-sol velado por la neblina, que podía contemplarse de frente. Otras
-tardes la bruma era más densa y el cielo tenía una lividez melancólica.
-
-A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín,
-aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para
-abandonar su trabajo, yendo en busca de ella.
-
-La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en
-Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que
-únicamente era ágil para observar lo que interesaba a los otros.
-
-Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a
-Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas
-de años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en
-una avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con
-arreglo a una moda ya olvidada: él y Matilde.
-
-Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto
-era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría
-diciendo a esta nueva Matilde?...
-
-Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con
-pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus
-pies con chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar
-hasta la espalda del banco ocupado por los dos jóvenes.
-
-Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera,
-convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón
-solitario.
-
---Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de
-tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo
-admiro, al mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero
-no puedo dejar de creer en su grandeza. No me extraña tu
-deslumbramiento. Ese hombre tiene la gloria.
-
-¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que
-había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración
-no habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones.
-
---¡La gloria!...
-
-Y continuó la risa femenil por unos instantes:
-
---¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un
-hombre que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo
-a ti. Pero tú eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes
-entenderme.
-
-¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro
-melancólico de Matilde.
-
-Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella
-acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora
-suavidad. Al mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si
-fuese a besarlo. Su voz era un dulce murmullo.
-
---¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con
-ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después...
-
-¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de
-progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud.
-
-Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero
-instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su
-voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se
-dilató y su razón volvió a él según se iba alejando del banco.
-
-De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire
-glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de
-los árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo.
-
-El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes
-creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos
-críticos de la existencia de su inventor las brumas del limbo en que
-sobrevivían, como si fuesen a darle un consejo.
-
-Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia
-entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos.
-Sólo podía ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el
-patriarca risueño que tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se
-dedicaba a proteger y casar a los jóvenes.
-
-Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza
-de su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias. Le infundía miedo
-acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo tiempo no
-podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo.
-
-Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho
-Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la
-juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...!
-
-Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se
-movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le
-pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París.
-
-Necesitado de calor, miró hacia el sol.
-
-Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin
-pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!...
-
-Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres
-desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la
-envidia, sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos».
-
-
-
-
-El comediante Fonseca
-
-
-I
-
-Conocí a Mariano Fonseca en un café de la Avenida de Mayo, donde se
-reunían muchos actores y músicos españoles, venidos a los teatros de
-Buenos Aires. Su pelo, teñido intensamente, le proporcionaba a veces la
-afrenta de llevar en el rostro negros churretes que se esparcían por los
-surcos de sus arrugas. Pero este tinte escandaloso le infundía al mismo
-tiempo la certeza de que aún le quedaban largos años de vida para ser en
-comedias y dramas el protagonista de mediana edad y caballerescas
-acciones.
-
-Sus compañeros de profesión no aceptaban esta juventud ilusoria. Sólo
-los antiguos, los que eran en la escena «padres nobles» y podían
-reclamar por sus años el papel de «barba», osaban tutear al célebre
-Fonseca. Los demás, a pesar de la familiaridad que rige la vida del
-teatro, le llamaban siempre don Mariano.
-
---Yo resulto poca cosa comparado con usted, doctor Olmedilla--me dijo
-una noche--. Antes de ser comediante estudié el bachillerato allá en
-Madrid, y me doy cuenta de que hablo con un médico de gran porvenir,
-llegado a estas tierras por curiosidad aventurera, pero que algún día
-obtendrá gran fama en nuestra patria. Por eso agradezco mucho que un
-hombre tan «científico» se digne venir a un establecimiento como éste
-para hablar con un pobre actor... Pero, aunque yo sea un ignorante
-comparado con usted, me considero por encima de mis camaradas.
-
-Y Fonseca, acodándose sobre el mármol, en una actitud que él deseaba
-espontánea y hacía recordar la postura arrogante de un héroe de capa y
-espada sentado en una hostería, miró con bondad protectora a los otros
-hombres de teatro que ocupaban las mesas cercanas y parecían olvidados
-de él.
-
---Ahora, doctor--continuó--, estoy en la decadencia. Reconozco que han
-pasado mis tiempos. Además, este Buenos Aires, donde obtuve éxitos
-enormes, ya no es para mí. Ha crecido demasiado aprisa, y los gustos
-cambian. Ahora el público sólo quiere compañías lujosas, con muchas
-hembras ligeras de ropa y mucha música. Nadie gusta ya de las obras en
-verso y vamos siendo pocos los que sabemos declamar como en otra época.
-
-Yo he sido célebre, doctor. Aún quedan criollos de mis buenos tiempos,
-que viven en las afueras de Buenos Aires rodeados de sus nietos, y si
-les habla usted de Mariano Fonseca le dirán quién fue. Por eso, sin
-duda, sólo encuentro trabajo actualmente los sábados y domingos, para
-representar obras antiguas, obras verdaderamente buenas, en algún pueblo
-inmediato a la capital. Estos públicos sencillos y honrados son los
-únicos capaces de apreciar ahora el verdadero arte. Pero no quiero
-insistir en esto; prefiero hablarle de mi vida, que le interesará más.
-
-Sepa usted que soy un gran español, y eso que España no se portó bien
-conmigo. Por algo la abandoné cuando tenía poco más de veinte años, y no
-he vuelto a ella. Los públicos de allá se mostraron injustos, y tuve
-necesidad de venir a América para que alguien me aplaudiese. Pero no
-guardo rencor a mi patria ingrata. Sé bien que muchos grandes hombres
-conocieron la misma suerte. A pesar de esto, he servido a España aquí en
-América, durante treinta años, más que los diplomáticos y los hombres
-políticos.
-
-Actualmente se oye hablar mucho de fraternidad hispanoamericana. Hay
-Sociedades que se cuidan de su fomento, y son frecuentes los banquetes y
-otras fiestas con discursos recordando a la madre patria. Pero cuando yo
-empecé mis correrías de actor, desde Texas y California hasta el cabo de
-Hornos, la situación era otra. España se acordaba poco de los pueblos
-americanos que hablan su lengua, y estas Repúblicas hispanoparlantes
-(como dicen algunos doctores) mantenían enteros y vivos los odios, las
-preocupaciones y cegueras de la guerra de la Independencia.
-
-No venían de la Península otros enviados que nosotros. Éramos los
-comediantes los que evocábamos el recuerdo de España, representando las
-obras en verso del teatro romántico. Este apostolado no estaba libre de
-martirios. Los cómicos veíamos a veces con inquietud la llegada de la
-fiesta patriótica de cada República. Casi todos estos países tienen en
-su himno nacional una estrofita agresiva o vengadora dedicada a la
-antigua España. El tiempo, que todo lo calma, las buenas relaciones
-diplomáticas y los intereses de raza, han puesto en desuso estos versos,
-anticuados y mediocres. Pero en los tiempos de mi juventud traían con
-ellos tantos peligros y estrépitos como una tempestad, y muchas veces
-hicieron correr sangre.
-
-Una parte del público, el día del aniversario patriótico, ordenaba que
-los actores españoles cantasen el himno ofensivo para su nación. Muchos
-se resistían a tal ultraje, apoyados por otra parte del mismo público,
-compuesta de españoles establecidos en el país. Escándalo general,
-insultos, palos, y muchas veces tiros. Además, usted conoce la gran
-variedad de apodos que existe para nosotros en estas Repúblicas pobladas
-por nietos de españoles. Los compatriotas de sus abuelos somos en un
-sitio «godos»; en otro, «gallegos»; en otro, «patones» o «gachupines», y
-así continúa la lista de motes...
-
-Ésta era la parte mala del teatro en aquellos tiempos; pero sería
-injusto callar la parte agradable y gloriosa de nuestra vida errante.
-Como ya le he dicho, durante medio siglo fuimos la única representación
-española que conocieron los pueblos americanos de nuestra habla. En
-muchas ciudades del interior nos veíamos acogidos como si la vieja
-España viniese de actriz en nuestra compañía. Las señoras del público
-murmuraban en voz baja durante la representación los versos de las obras
-célebres, conocidos por ellas tan bien como por nosotros. Además,
-siempre encontrábamos algún respetable doctor, dedicado al estudio de
-las cosas antiguas de su tierra, que se emocionaba al vernos, como si
-presenciase una segunda llegada de los conquistadores.
-
-A mí me conoce usted ahora en la desgracia; pero si visita mi casa
-alguna vez, le podré enseñar coronas a docenas, láminas de plata o de
-bronce con dedicatorias grabadas, de las que no he querido desprenderme
-ni aun en días de angustiosa pobreza, y versos, muchos versos, dedicados
-a mi humilde persona. Guardo también un discurso que un poeta joven
-(luego ha sido muchas veces ministro en su país) leyó el día de mi
-beneficio. «España--dice--es inmortal por sus hijos célebres. Jamás
-podrá desaparecer una nación que ha dado al mundo Cervantes, Castelar y
-Mariano Fonseca».
-
-Sé bien que esto último es un poco exagerado. ¡Entusiasmos de
-muchacho!... Pero sería injusto no reconocer que nuestra vida errante
-sirvió durante medio siglo para que no se enfriasen totalmente las
-antiguas relaciones de familia y la gente recordase que aún existía
-España.
-
-Yo debí quedarme en una de esas Repúblicas pequeñas, donde la vida es
-patriarcal, y para que no resulte enteramente aburrida, procuran los
-hijos del país amenizarla todos los años con alguna revolución. Pero mi
-hija gusta de volver a este Buenos Aires, donde nació. Yo también
-siento la atracción de la Avenida de Mayo; y aunque viva perfectamente
-en Méjico, junto a la frontera de Texas, y jure no volver más a la
-Argentina, siempre se arreglan las cosas de modo que, de aventura en
-aventura y de triunfo en fracaso, acabo por rodar de un extremo a otro
-del Nuevo Mundo, volviendo a esta ciudad, que es el refugio de todos
-nosotros.
-
-Sin embargo, quedan esparcidos en las dos Américas muchos comediantes
-españoles, cuyo nombre ignora España y son personajes verdaderamente
-populares en las tierras donde se radicaron. Al gustar al público varias
-temporadas consecutivas, se quedan en el país para siempre, creyéndolo
-el mejor del mundo por haberles dado sus aplausos. Así envejecen sobre
-la escena, viendo pasar tres generaciones por los asientos del teatro.
-El presidente de la República se acuerda de que siendo niño le decía su
-mamá: «Si eres bueno, te llevaré al teatro a ver a Fulano». Los niños
-que ahora ríen las gracias de Fulano son nietos o bisnietos de los que
-presenciaron su llegada al país. Todos olvidan el lugar de su
-nacimiento, y acaban por considerarlo una gloria nacional. Cuando muere
-creen que el teatro ha sufrido una pérdida irreparable, y que ya no
-surgirán actores de su misma talla.
-
-De haberme quedado en una República de éstas, mi existencia sería más
-tranquila y digna. No me vería obligado a hacer «bolos» los sábados y
-domingos en los pueblecitos, ni a sufrir las impertinencias de los
-muchachos que llegan ahora a las tablas, con tantos «modernismos» y sin
-saber decir bien un verso.
-
-Pero siempre me sentí movido por un espíritu andariego y propenso a las
-aventuras, como el de los antiguos conquistadores. Ocho veces he ido del
-extremo Sur de Chile a la frontera de los Estados Unidos y viceversa,
-deteniéndome en cuantos teatros, buenos o malos, encontré al paso, o
-improvisando escenarios de ocasión en lugares que estaban esperando la
-llegada de un comediante desde el principio del planeta.
-
-Esta facilidad ambulatoria la adquirí en mis primeros años de vida
-americana, cuando empecé la carrera como galán joven, al lado del gran
-Rengifo.
-
-Con este actor glorioso no fue ingrata la madre patria. Recordará usted
-que gozó en España largos años de gloria. Pero al quedar poco menos que
-afónico y faltarle el dinero, tuvo que ser héroe y pasar el Atlántico,
-que siempre le había inspirado horror. Había que oír a este grande
-hombre cuando relataba sus viajes y las observaciones hechas por él en
-los teatros del Nuevo Mundo.
-
-Usted sabe, doctor, que las numerosas Repúblicas de América que hablan
-español se diferencian mucho en fisonomía, desarrollo y carácter. Ocurre
-con ellas lo que con los hijos de una misma familia: tienen padres
-comunes y una sangre igual; pero los genios son distintos, y cada uno
-nace con diversas aficiones. Los mayores son serios y trabajan; los
-otros tienen el aturdimiento de la adolescencia; los pequeños hacen
-diabluras. Hay Repúblicas que yo llamo «serias», y otras que tienen la
-cabeza a pájaros y nadie sabe si llegarán a ser formales alguna vez o
-quedarán como esos calaveras que siguen loqueando hasta en su
-ancianidad.
-
-Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un
-fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun
-en aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba
-muchas veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no
-pasa año sin numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de
-menos valor en el país.
-
---Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras--decía mi maestro--,
-y cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último
-caimán de sus ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a
-la vida que despierta.
-
-Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo.
-Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas,
-fue tanto el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso
-venir a cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes,
-cubiertos de cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver
-en cada bolsillo del pantalón.
-
---¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante
-glorioso de la vieja madre patria.
-
-Y le estrechó la mano.
-
-Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores.
-Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio
-entrar en su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos
-rutilantes edecanes.
-
---¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso
-enviado de la vieja España, nuestra madre.
-
---¿Con quién tengo el honor de hablar?
-
---Soy el presidente de la República.
-
---¡Ah, no!... Inútil la broma--protestó el maestro--. El presidente de
-la República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de
-frac, y usted lleva bigote y uniforme de general.
-
---Es que usted ignora que entre el segundo y el tercer acto ha habido
-una revolución.
-
-
-II
-
-Mi mejor época empezó cuando pude formar compañía, siendo a la vez
-empresario y actor.
-
-La primera dama era mi mujer, la pobre Rosalba, de la que hablaré luego.
-Su padre, un español venido de allá treinta años antes que yo, había
-alcanzado en Buenos Aires los tiempos del tirano Rosas, y, por su edad y
-su voz, se encargaba en nuestras representaciones del papel de traidor.
-Los demás actores se quejaban a todas horas, provocando disputas con sus
-celos y exigencias; pero esto no impedía que marchásemos siempre juntos,
-queriéndonos como si fuésemos de la misma familia.
-
-Rosalba era extremadamente morena, tenía hermosos ojos, y más de una vez
-sentí orgullo y tristeza a un tiempo viendo cómo la miraban muchos
-espectadores en las ciudades del interior. La pobre no conoció jamás la
-riqueza ni el verdadero lujo; pero representaba la poesía de la vida, la
-elegancia aristocrática, los grandes placeres de Europa, ante los
-públicos sencillos que venían a escucharnos, como si fuésemos los
-enviados de un mundo misterioso y lejano.
-
-Su madre también era española; mas Rosalba, por haber nacido en Buenos
-Aires, se consideraba distinta a nosotros, interpretando esta diferencia
-como algo que la confería una superioridad indiscutible. En sus momentos
-de fervor artístico (que no fueron muchos) soñaba con ir a España para
-representar en uno de sus teatros. Ser actriz en Madrid le parecía el
-término glorioso de una existencia. Luego, en sus ratos de cólera (que
-eran los más), me echaba en cara mi origen:
-
---Tú eres un «gallego»; yo soy criolla y estoy en mi casa.
-
-Mi suegro, hombre a la antigua, incapaz de abdicar la superioridad de su
-sexo, me daba consejos:
-
---¡Mucho ojo, Mariano! Mi niña es una mala bestia, y ya sabes cómo hay
-que tratarla: el pan en una mano y el palo en la otra.
-
-Pero yo, doctor, preferí siempre tener la razón de mi parte, dejando que
-ella fuese injusta y agresiva. En realidad, ya no me acuerdo de los
-disgustos que pudo darme. Nuestra vida movediza y pródiga en molestias
-nos impulsaba a juntarnos otra vez, olvidando con facilidad las
-querellas del día anterior. Frecuentemente me hablaron mal de ella, y
-hasta recibí anónimos; pero la envidia profesional, sobre todo entre
-mujeres, aconseja tales cosas a la gente del teatro.
-
-Confieso, sin embargo, que algunas veces sentí la tentación de separarme
-de ella por sus imprudencias. Coqueteaba descaradamente con señores del
-público, y esto era perjudicial para nuestra empresa, haciendo
-desmerecer a la compañía y quitándonos prestigio ante las nobles
-matronas de las ciudades en que trabajábamos.
-
-Yo podía enfadarme con mi esposa, pero no me era posible despedir a la
-primera dama. No habríamos logrado continuar sin ella nuestras
-representaciones. Por eso, aunque me cause cierta vergüenza el
-confesarlo, transigí siempre, y algunas veces, al huir Rosalba de
-nosotros, fui a pedirle que volviese, en nombre de su familia y en
-nombre también de los demás artistas, que faltos de su colaboración iban
-a verse en la miseria.
-
-Sé que las gentes malignas hicieron comentarios poco gratos para mí
-sobre estas fugas, diciendo que siempre la acompasaba en ellas algún
-personaje del país, doctor, general o simple periodista. Pero estoy
-seguro de que eran calumnias. Ella me lo demostró siempre con pruebas
-irrecusables. Si huía de nosotros era por su carácter caprichoso, por su
-genio independiente, que la hacía odiar de pronto cuanto la rodeaba.
-
-Crea, doctor, que si alguna vez me fue infiel (y ahora lo dudo), debió
-serlo por imposiciones violentas, y no por su voluntad. Usted no sabe lo
-que puede encontrarse viajando a través de esta América, tan desigual.
-En las Repúblicas de vida adelantada, donde mandan los blancos más que
-los obscuros, hay justicia, y las personas pueden creerse seguras. Pero
-a veces caíamos en lugares donde estaban las gentes como encogidas, bajo
-el capricho de un hombre solo. Esto era en provincias de alguna de esas
-Repúblicas sometidas a frecuentes revoluciones. El presidente, para
-gratificar a los que contribuyeron a su elevación, los envía a un
-territorio lejano, y allí pueden enriquecerse, llevando una existencia
-igual a la de un antiguo gobernador turco.
-
-Imagínese las inquietudes de nuestra compañía cuando llegaba a uno de
-estos lugares. Temíamos el mal humor del tirano, porque podía oponer
-toda especie de obstáculos a nuestro trabajo. Faltos de su protección,
-nos era imposible obtener un local ni ganar dinero. Pero yo, por mi
-parte, temía no menos a los gobernadores entusiastas del arte dramático,
-que nos recibían con una afabilidad extraordinaria, asistían
-familiarmente a nuestros ensayos y nos brindaban apoyo. Cansados de las
-hembras del país, sentían la atracción de la comedianta recién llegada,
-que era además esposa del director de la compañía: una novedad.
-
-¡Las astucias que hubo de emplear para defenderme de tales bárbaros!...
-Uno de ellos me tuvo en la cárcel tres semanas, por creer que yo era
-amigo de los que conspiraban contra él. Es verdad que mientras estuve
-encerrado proveyó al mantenimiento de toda la compañía, invitando además
-a mi esposa a comer y cenar en su casa... Y mis compañeros, halagados
-por la familiaridad del gobernador, declararon que esta temporada, tan
-penosa para mí, fue para ellos la más agradable.
-
-Nunca quise saber con certeza lo que pudo existir detrás de una medida
-tan arbitraria. Rosalba me juró que este hombre temible y atropellador,
-aunque de perversa educación, era en el fondo un caballero, y no había
-osado nada contra ella. No pude negarme a creerla. Me lo juró sobre la
-cabeza de nuestra hija.
-
-He olvidado que usted no conoce a mi hija Pepita: una actriz de
-verdadero talento, pero con un carácter peor que el de su madre. Esta
-muchacha excelente, muy seria en sus costumbres, tiene un gesto que
-corta y disuelve todo intento de confianza. Por eso muchos de nuestra
-profesión la llaman por apodo «la Virgen guerrera».
-
-Hace más de veinte años que nació en Buenos Aires; pero esto fue pura
-casualidad. Lo mismo podía haber nacido en una pobre estación de
-ferrocarril, en una carreta cruzando la Pampa, o en una canoa bajo el
-ramaje de una selva vecina a un río. Rosalba no dejó de representar
-mientras la llevaba en sus entrañas. Hasta el último instante se apretó
-el corsé e hizo esfuerzos para mantener disimulada su maternal
-deformidad. No quería que el público riese considerando su estado y
-viendo al mismo tiempo que el galán joven la perseguía loco de amor,
-deseoso de morir o matar por ella. Así es nuestra existencia.
-
-Tampoco las funciones de la lactancia sirvieron de estorbo para la
-gloria y la actividad artística de la madre. Mi pobre Pepita se dio
-cuenta de que existía entre dos bastidores de teatro pobre, y pasó sus
-primeros años en continuo viaje por las tierras comprendidas entre los
-dos trópicos, llegando algunas veces hasta las montañas heladas de la
-Tierra del Fuego.
-
-Mi esposa, que unas veces era Doña Inés, otras la dama feudal amada por
-el trovador, y otras la doncella romántica de ojos pudorosos con una
-rosa en la mano, se abría en los entreactos la pechera del vestido para
-que la niña pudiera alimentarse, medio cegada por el resplandor de un
-mechero.
-
-Hubo que acudir a recursos extraordinarios para que no muriese de
-hambre. Rosalba, que, a pesar de sus defectos, era una excelente mujer,
-no podía cumplir a la vez con exactitud sus deberes contradictorios de
-madre y de artista. Como viajábamos incesantemente, la pequeña se nutrió
-al azar de nuestras correrías. Le dieron sus pechos indias y negras; se
-alimentó con leche de animales de todas castas: vacas, yeguas y cabras.
-Hasta creo que conoció las ubres de las llamas que trotan como bestias
-de acarreo por los senderos pedregosos de los Andes.
-
-Esta alimentación, que uno de mis compañeros, llamado Tribaldo, muy
-extravagante en el empleo de las palabras, llama «internacional y
-geográfica», fue causa, tal vez, del carácter raro o intratable de la
-niña.
-
-Aprendió a mantenerse sobre un caballo antes de saber andar. Durmió
-tranquilamente, como en un regazo, entre fardos llevados a lomo por
-mulas o guanacos. Su tierna carne se acostumbró al lancetazo chupante de
-los mosquitos, las moscas de color y demás insectos de las soledades
-americanas. Una vez, al hacer alto en una selva, la sorprendimos
-jugueteando con una serpiente de cascabel. En otra ocasión, al pasar un
-río abundoso en caimanes, se nos cayó de la mula, y hubo que sacarla por
-los pelos. Tenía entonces cuatro años, y después de expeler el agua
-tragada, no volvió a acordarse del accidente. Mi hija conoce todo lo
-malo de este país, y no hay nada en él que pueda matarla...
-
-¡Los viajes de hace veinte años, cuando aún vivía mi esposa y empezaba
-Pepita a salir a escena, unas veces de niña raptada, otras de angelito,
-en el momento de la apoteosis final!... Mientras trabajábamos en tierras
-con ferrocarriles, la compañía se trasladaba fácilmente de un lugar a
-otro, seguida de todo su equipaje. En nuestra existencia errante no
-podíamos olvidar nada: trajes, objetos ni decoraciones. Era imprudente
-contar con los recursos del país. En ciertos pueblos el teatro era un
-corral. Nosotros nos limitábamos a levantar el tablado que servía de
-escenario, y el espectador se traía el asiento de su casa.
-
-Hoy existen ferrocarriles en muchas tierras que atravesé yo hace menos
-de medio siglo viajando lo mismo que los primeros exploradores
-españoles. Como ocurre siempre en los países que llegan tarde a
-disfrutar las ventajas del progreso, estos ferrocarriles son magníficos,
-superiores a los de Europa; como quien dice, «la última palabra»:
-vagones Pulmann, amplios dormitorios, etc. Pero en mis tiempos tuve que
-invertir seis u ocho días, subiendo y subiendo por las faldas de los
-Andes y atravesando cimas eternamente nevadas, para correr el mismo
-camino que ahora hace el tren en unas cuantas horas.
-
-Ascendíamos a tan enormes cumbres, que nos daba la enfermedad llamada
-«sorocho», el mareo de las alturas, igual al mareo del mar. Los cóndores
-volaban curiosamente sobre nosotros, adivinando que éramos una tropa
-diferente a la de los arrieros de poncho colorado que cruzan la
-Cordillera con sus recuas.
-
-Emprendíamos el viaje desde cualquier puerto del Pacífico (población
-cosmopolita y calurosa, a ras de las olas, con muchos comerciantes
-ingleses o alemanes) hasta alguna ciudad del interior, de nombre
-histórico, situada en lo alto de la Cordillera, a dos mil o tres mil
-metros, y adormecida noblemente lo mismo que en la época de sus ilustres
-fundadores, venidos de Extremadura o Andalucía. Como avanzábamos por
-senderos estrechos, bordeando precipicios, el material de la compañía
-iba a lomos de bestia. Para mayor seguridad y baratura, empleábamos el
-animal de carga del país, el compañero del indio.
-
-Usted conoce indudablemente lo que hacen las llamas cuando el arriero
-pretende imponerles un trabajo extraordinario. Es un animal que sabe
-hasta dónde deben llegar sus fuerzas, se irrita ante el abuso, y
-defiende tenazmente sus derechos. Todos los de su especie han acordado,
-sin duda, que sólo deben soportar una determinada cantidad de kilos, y
-cuando les colocan una libra más en sus alforjas, llamadas «petacas», se
-tienden en el suelo como un trabajador que apela a la huelga pasiva, y
-no hay quien los levante, por más palos que les den.
-
-Nuestras decoraciones eran de papel, y no muchas; el vestuario y los
-objetos escénicos tampoco resultaban abundantes; pero, aun con esta
-parsimonia, ¡imagínese si serían necesarios animales de tal especie para
-trasladar toda la impedimenta de la compañía!
-
-Formábamos una hilera de doscientas o trescientas llamas, con sus
-arrieros indios, que gritaban para animarles en los malos pasos. Los
-artistas íbamos en mulas tozudas y voluntariosas, a las que era prudente
-dejar sueltas, a merced de su instinto, sin preocuparse de guiarlas, sin
-otra defensa que cerrar los ojos en ciertos senderos, que más bien eran
-filos de cuchillo, con un precipicio de varios centenares de metros
-debajo de nuestros pies. Esto no impedía que «la Virgen guerrera»
-trotase al frente de la caravana, a horcajadas como un muchacho, las
-piernas al aire, la cabellera suelta al viento, y en continua pelea con
-su mula, que coceaba junto a los abismos, protestando de una voluntad
-deseosa de imponerse a fuerza de varazos y tirones del ronzal.
-
-Los personajes más importantes de la compañía marchábamos en el centro
-de este rosario. Crea usted que a nuestras tres o cuatro mujeres,
-arrebujadas en sus mantos, con la cara ennegrecida por el sol y el frío
-de las cumbres, no las habrían conocido jamás los mismos que las
-aplaudían una semana antes en la ciudad que habíamos dejado abajo, junto
-al mar.
-
-Ascendíamos en zigzag, como una fila de hormigas rojas, por las laderas
-de los Andes. ¡Éramos tan poca cosa en aquella inmensidad!... Levantando
-los ojos podíamos ver las panzas de los animales de la primera sección
-de la caravana, que subían y subían, trazando una serie de ángulos.
-Mirando abajo sólo encontraban nuestros ojos las cargas y las cabezas de
-las llamas que cerraban la marcha. A veces salvábamos profundísimos
-barrancos merced a un puente hecho de lianas, que se mecía como una cuna
-sobre el abismo.
-
-Viajábamos lo mismo que en otros siglos los personajes de la
-colonización española. Como yo tengo mis lecturas, creí muchas veces que
-no éramos una compañía de cómicos; más bien una caravana de
-funcionarios, enviados por el rey de España y sus Indias, que acababan
-de desembarcar; un corregidor y varios oidores de Audiencia venidos con
-sus damas a tomar posesión de sus cargos.
-
-Cuando el viento de las alturas era favorable, soplándonos por la
-espalda, los arrieros convertían sus bestias en navíos. Entre las dos
-«petacas» colocaban un palo, izando en él un pedazo de lona que hacía
-oficios de vela. De este modo la fría brisa de las cumbres ayudaba
-nuestra marcha, empujando a las llamas, haciéndoles redoblar su trote
-adormecido; y la flota animal, con sus centenares de velitas
-desplegadas, iba navegando entre el revuelto oleaje de rocas y nieves.
-
-Guardo un mal recuerdo, doctor, de mi viaje en ferrocarril la última vez
-que estuve en Quito. Este mismo viaje lo había hecho seis años antes en
-recua, y aunque fue incómodo y largo, resultó más seguro.
-
-La línea férrea que existe ahora de Guayaquil a Quito es casi un
-funicular de varios centenares de kilómetros; una vía atrevidísima que
-sube y sube. Como yo y mis gentes empleamos este medio de transporte en
-las primeras semanas de su funcionamiento, el tren descarriló al ganar
-una meseta solitaria de los Andes.
-
-Hubo muertos y muchos heridos. Imposible imaginar un paisaje más
-desolado: rocas de colores metálicos, y como única vegetación cactus
-rectos y muy esparcidos, que parecían hombres resbalando por las
-laderas. Ni una casa, ni un árbol, ni una gota de agua. Y en esta
-soledad, lamentos de heridos, gentes llamándose en torno a los vagones
-hechos pedazos o volcados.
-
-Me alejé del tren, buscando socorro. De pronto vi asomar cautelosamente
-sobre el borde de un barranco unos cuernos rojos y algo flácidos, como
-si fuesen de trapo; luego unos ojos oblicuos y malignos, con las cejas
-en ángulo, y el resto de una cara manchada de negro y bermellón. Era un
-demonio, un verdadero demonio, más horrible en esta soledad que los que
-había yo visto en los cuadros y en el teatro.
-
-Detrás de este demonio, que subía lentamente, a cuatro patas, apareció
-otro, y luego otro. Llevaban trajes grotescos, disparatados, astrosos;
-pero estas vestimentas parecían darles un aspecto más horripilante. La
-tropa infernal, que iba avanzando medio oculta, con las precauciones que
-impone la vida desconfiada del desierto, se puso de pie y marchó
-audazmente, animada por el aspecto que ofrecía el tren.
-
-Le confieso que sentí miedo al ver cómo venían hacia mí tantos diablos,
-rojos y verdes, con la cara negra de hollín. De pronto recordé que
-estábamos en domingo y era Carnaval. Los demonios se convirtieron en
-indios, habitantes de chozas cercanas o invisibles para mí, que se
-habían disfrazado con motivo de la fiesta, abandonando sus bailoteos al
-enterarse de la catástrofe.
-
-Como era mediada la tarde estaban ebrios, y después de rondar en torno a
-los vagones, empezaron a sentirse tentados por los equipajes de los
-viajeros, haciéndolos suyos tranquilamente. Representaba una amenaza de
-muerte pasar la noche en compañía de estos demonios, cuyo número iba
-aumentando. Por suerte, llegó un tren de socorro: una locomotora y un
-vagón, con varios empleados norteamericanos de la línea, y una caja de
-botellas de _whisky_ para las primeras curas. No podía pedirse más.
-
-Otras veces conocíamos en nuestros viajes inesperadas grandezas y
-maravillosas abundancias. Recuerdo cómo desembarcamos en una ciudad de
-la costa del Perú, fundada por Pizarro, pero que había permanecido luego
-olvidada durante siglos. Los yanquis empezaban en ella la explotación de
-unas minas, o mejor dicho, la depuración de las escorias, abundantes en
-plata, abandonadas por la minería colonial, y esto había atraído
-numerosos obreros.
-
-Fuimos a tierra desde el vapor en una balsa, hecha de troncos y
-tripulada por indios. No crea que el viaje era fácil. Había que salvar
-tres líneas de rompientes, aprovechando el minuto preciso, con riesgo de
-zozobrar y ahogarse si los remeros maniobraban un momento antes o
-después. Aun así, quedamos varias veces, personas y objetos, sumidos
-entre espumas, yendo acompañada cada sacudida de la balsa con alaridos
-de mujeres y llamamientos a todos los santos. Viajeros y cosas
-navegábamos amarrados, para mayor seguridad, y aun así perdimos mucho
-equipaje.
-
-No había otro medio de desembarcar; pero la aventura valía la pena.
-Imagínese la emoción de un millar de hombres aislados en este pedazo de
-costa olvidada, ganando dinero abundantemente y sin saber qué hacer de
-él. Un barracón vecino al embarcadero de mineral lo convertimos en
-teatro. Cada minero pagó por su entrada un peso fuerte. Nunca he vuelto
-a ver tantos duros juntos. Cuando nos retiramos a media noche a nuestro
-alojamiento, tuvimos que valernos de una carretilla para acarrear las
-espuertas llenas de monedas de plata.
-
-Además, en ningún teatro obtuve ovaciones tan sinceras y clamorosas. Lo
-que más gustaba a este público de blancos y mestizos eran los dramas
-abundantes en peleas y con mucho choque de espadas. Cada vez que me
-batía con el traidor de la obra, los espectadores daban alaridos de
-entusiasmo, pidiendo un segundo combate, y yo, enardecido por los
-aplausos, repetía la lucha, matando de nuevo a mi adversario.
-
-Nunca aprecia uno el poder mágico del teatro como viviendo entre gentes
-sencillas. Por eso en mis viajes he preferido los pueblos humildes y
-olvidados, las ciudades viejas, a las que sólo llega muy de tarde en
-tarde una compañía teatral.
-
-Que no me hablen de esas capitales de América vecinas al mar, en las que
-se usa generalmente la lengua española, pero son muchas las gentes de
-todos los países. Llega uno para dar a conocer las obras del teatro
-clásico, y le preguntan inmediatamente cuántas mujeres trae la compañía,
-si son bonitas y si las obras que van a representarse tienen música y
-canto. Deme usted ciudades del interior, reposadas y nobles, donde se
-encuentran plazas con soportales que recuerdan a Toledo y Segovia; donde
-los señores usan barba y tienen un aire caballeresco, como si acabasen
-de quitarse la coraza en su casa; donde las damas son aseñoradas y van a
-misa cuando apunta el sol a un convento que tiene naranjos en el patio,
-llevando sobre el rostro un manto negro, lo mismo que las tapadas de
-Calderón y de Lope.
-
-Parece que esta América vieja se ha modificado mucho desde mis tiempos
-de galán joven y va a desaparecer. Pero yo la he conocido aún con su
-noble atraso y su lujo colonial. Estuve en poblaciones del interior
-célebres por sus minas históricas, donde todo era de plata, pero de
-plata antigua y recia, trabajada a martillo, con la prodigalidad que
-aconseja la abundancia del material; los platos, los jarros y hasta
-cierto útil nocturno depositado junto a la cama. Los objetos de loza
-había que traerlos de la costa, y se quiebran fácilmente en un viaje a
-lomos de mula por los senderos de la Cordillera. Resultaba más económico
-fabricarlos de plata.
-
-En estas tierras de vida ingenua es donde me vi más apreciado. Hombres
-de cuchillo curvo, que llevaban varias muertes sobre su conciencia, me
-seguían, al encontrarme en las calles, con ojos de admiración y respeto.
-Eran espectadores que me habían visto la noche anterior batirme como un
-héroe contra varios bellacos.
-
---¡Salud, patrón!--decían algunos--. ¡Vaya una «manito» que tiene usted
-para la espada! ¡Que el Señor se la conserve!
-
-Muchas veces me he acordado del gran Rengifo. Estando en Méjico, al ir
-en diligencia de una ciudad a otra, le salieron al camino unos
-bandoleros célebres, que llevaban sus trajes y monturas chapeados de
-monedas y bordados de plata. Estos facinerosos mataban a todos los que
-pretendían desobedecerles.
-
---Yo soy Rengifo--dijo con arrogancia a los ladrones, mirándolos frente
-a frente.
-
-Y ellos dejaron de apuntarle con sus carabinas, echando pie a tierra
-para estrechar su mano.
-
---Nosotros respetamos a los valientes, compañero.
-
-Todos ellos le habían visto en el teatro.
-
-Cesó de hablar el gran Fonseca, quedando en actitud meditabunda. Parecía
-perseguir sus recuerdos y reconcentrarlos, para que no se escapase
-ninguno. Deseaba hacerme conocer, en sus múltiples aspectos, buenos y
-malos, aquella vida errante a través de América, que tenía para él la
-dulzura melancólica de su lejana juventud.
-
-Pero un hombre gordo y afeitado, con rostro de comediante viejo, acababa
-de entrar en el café. Iba a sentarse junto a una mesa ocupada por otros
-de su mismo pergenio, cuando al reconocer a Fonseca cambió de dirección,
-viniendo hacia nosotros.
-
---¡El tiempo que llevo sin verte, Mariano!--dijo con voz profunda y
-lenta, que daba una solemnidad grotesca a sus palabras--. Te encuentro
-gordo como un canónigo de aldea.
-
-Fonseca le miró con ojos de conmiseración.
-
---No seas bruto, Tribaldo. En las aldeas no hay canónigos. Querrás decir
-un cura de aldea.
-
---¡Tú siempre dando lecciones! Quieres que no olvide que en tu juventud
-fuiste estudiante... Bueno; hemos de hablar de un negocio, de una
-_tournée_ en Chile. Vendré a buscarte luego. Te invito a dar un paseo...
-noctámbulo.
-
-Y al marcharse Tribaldo, el gran Fonseca me miró como si implorase
-clemencia para los disparates de su camarada.
-
---Así son--dijo con tono resignado--la mayor parte de los que vienen a
-este café. ¡Y uno debe vivir con ellos a todas horas!... Por suerte,
-tengo a Pepita. Es preciso, doctor, que venga usted a nuestra modesta
-casa, para que conozca a mi hija.
-
-
-III
-
---¿Cuándo nos vimos la última vez, doctor?... ¿Hace ocho años o diez?
-Sólo recuerdo que nos encontramos en aquel café de la Avenida de Mayo,
-donde se reunían las gentes de mi arte. A pesar del tiempo transcurrido,
-le reconocí inmediatamente. Usted, en cambio, no hubiese sospechado
-nunca que soy el mismo Fonseca que le entretenía con sus historias allá
-en Buenos Aires.
-
-Era cierto: nunca hubiese conocido al famoso comediante andariego en
-este viejo de espalda convexa, desdentado y con el rostro fruncido como
-una fruta invernal. De su pasado sólo conservaba la cabellera encrespada
-y abundante; pero ya no admitía el tinte, y era blanca y dura lo mismo
-que la de los negros cuando encanecen.
-
---Reconocerá usted, doctor--siguió diciendo don Mariano--, que fui
-profeta cuando le anuncié en «el otro mundo» el porvenir brillante que
-lo esperaba aquí. No he sentido ningún asombro al reconocer a mi antiguo
-compañero de café en el célebre médico que se digna visitar nuestro
-establecimiento. Yo he seguido rodando cuesta abajo; era mi destino, y
-gracias que pude parar aquí. Usted me conoció comediante en decadencia;
-pero, en fin, artista todavía, y con ciertos públicos que se conservaban
-fieles a mi nombre. Transcurridos unos cuantos años, me encuentra ahora
-de asilado en un establecimiento de caridad, y viejo, como si un siglo
-entero hubiese pasado sobre mí.
-
-Durante mi veraneo en la costa cantábrica había querido ver un asilo
-para ancianos, fundado cerca del mar por un español enriquecido en la
-República Argentina. Este «indiano» había comprado una casa enorme, con
-vasto jardín, para vivir el resto de sus días en el país natal; pero el
-descanso, después de una existencia penosa de negocios y ahorro, pareció
-atraer a la muerte. Antes de irse del mundo había ordenado que su finca
-fuese convertida en asilo, aplicando la mayor parte de sus rentas al
-sostenimiento de la fundación. Como recompensa moral sólo pidió que su
-nombre figurase en grandes letras de oro sobre la fachada. Era
-médico-director del establecimiento un joven muy afecto a mis trabajos
-científicos, y él fue quien me incitó con sus ruegos a realizar esta
-visita.
-
---No crea que me quejo de mi actual situación--continuó el comediante--.
-Fue una verdadera suerte que algunos españoles de Buenos Aires,
-apiadados de la miseria de Fonseca, al que habían aplaudido tanto en
-otros tiempos, obtuviesen un puesto para él en esta casa, que sólo puede
-albergar un corto número de infortunados. Le advierto que hicieron
-además una suscripción para costearme el viaje. El último obsequio de
-aquel público que tanto me quiso.
-
-Aquí no estoy mal. El director me aprecia y gusta de escuchar mis
-historias «del otro mundo», o sea mis aventuras de cuando andaba de un
-extremo a otro de las antiguas Indias occidentales representando
-comedias. Los asilados me conocen y hasta sienten cierto orgullo al
-verme entre ellos. Algunos estuvieron en América, donde tanto bruto se
-ha hecho rico, y volvieron más pobres que se fueron, con la salud
-perdida. Unos recuerdan haberme aplaudido en un teatro de allá;
-seguramente un teatro de pueblo, de los de mi última época. Otros sólo
-están enterados de que don Mariano fue algo, y no por eso me respetan
-menos. Todos ven que cuando llegan visitas importantes soy yo el único
-de la casa que inspira curiosidad y el único también que puede sostener
-una conversación. Los demás se alejan apenas el visitante les da tabaco.
-
-Se detuvo Fonseca al decir esto, mirando con desaliento la colilla de
-cigarro que guardaba entre los dedos.
-
---No crea usted que soy ingrato y gusto de criticar a mis bienhechores,
-como algunos de los infelices que viven aquí. Pero debo declarar que en
-esta casa no todo es perfecto y existe en ella un gran vicio de
-organización.
-
-El hombre benemérito que la fundó hizo su fortuna en Buenos Aires
-fabricando cigarrillos, y sin embargo, en su testamento no tuvo en
-cuenta para nada que el hombre necesita fumar, necesidad que dio origen
-a su riqueza. Estamos bien alojados, no comemos mal; pero de tabaco...
-¡ni una brizna! En el reglamento de esta casa no se habla de dar a los
-asilados ni un mísero cigarrillo, y usted sabe cuán necesario es el
-tabaco para los que viven una existencia común, en un buque, un cuartel
-o un asilo.
-
-Yo espero horas enteras el paso del director por el jardín o invento
-pretextos para buscarle. Sé que el encuentro me puede proporcionar un
-poco de tabaco, pues a él lo place oírme, y yo hablo más a gusto cuando
-fumo.
-
-Esto no lo he dicho como indirecta para que me regale usted
-cigarrillos... Pero en fin, ¡ya que usted se empeña!... Crea que
-agradezco de verdad su obsequio. Otros asilados tienen parientes en el
-país, que vienen a verlos y les traen paquetes del estanco. Yo estoy
-solo en el mundo y únicamente puedo contar con lo que me den las buenas
-almas.
-
-Cediendo a mi insistencia, Fonseca se apoderó, con una avidez pueril,
-de todos los pitillos que contenía mi cigarrera. Encendió uno en el
-resto del anterior, y luego de expeler por las narices dos chorros de
-humo con el regodeo del que paladea su deleite favorito, continuó
-hablando:
-
---Se irá usted esta misma tarde. Lo he oído a las señoras que llegaron
-con usted y están visitando el jardín en este momento acompañadas por el
-director. Vamos a separarnos pronto, y adivino que siente curiosidad por
-conocer la vida de este infeliz después que dejó de verle.
-
-¿Se acuerda usted de Pepita, mi pobre «Virgen guerrera»?... No he
-olvidado que vino usted a casa para ver mis recuerdos de gloria: las
-coronas, las placas de metal regaladas en noches de beneficio, una
-colección de anforitas de barro cocido y otras cosas sacadas de las
-tumbas de los indios que fui adquiriendo en mis viajes.
-
-¡Ay! Todo eso desapareció. Tuve que venderlo a cualquier precio en mis
-últimos años de miseria; cuando me vi solo en Buenos Aires y forzado
-casi a pedir limosna.
-
-A mi hija la conoció usted en aquella visita. No creo que se llevase un
-recuerdo agradable de ella.
-
-Inútiles las excusas: lo mismo les ocurrió a muchos. No digo que fuese
-mal educada; pero era incapaz de una expansión sonriente, de una palabra
-amable, siempre ceñuda y con hostilidad para los hombres. No podía ser
-de otro modo, aunque lo desease.
-
-Repetidas veces anduvo en noviazgos con actores jóvenes de nuestra
-compañía; pero siempre acabó por repelerlos.
-
---Yo no puedo sufrir a otro hombre que a ti, papá--me decía--. No me
-casaré nunca.
-
-Creo que uno de estos novios desechados fue el que inventó su apodo de
-«Virgen guerrera». El mote no pudo ser más exacto y completo. Su odio a
-los hombres era prueba y garantía de su virginidad. Y en cuanto a lo de
-guerrera, yo sabía de esto más que nadie.
-
-Tenía el carácter belicoso de mi mujer; pero la pobre Rosalba enviaba
-sonrisas voluntariamente a los señores del público, y mi hija necesitaba
-un esfuerzo heroico para sonreír en la escena. En realidad, sólo llegaba
-a dar media sonrisa, y era con la boca nada más, mientras el resto de su
-cara se mantenía cejijunto y agresivo.
-
-Este mal carácter le impidió ser una gran actriz. No crea que habla mi
-cariño de padre. Le aseguro que tenía más talento que Rosalba y todas
-las mujeres con las que he trabajado en mi vida. ¡Pero aquel rostro de
-pocos amigos!... ¡Aquella voz dura y monótona, que sólo se ablandaba al
-expresar en escena la cólera o la venganza!...
-
-Con todos sus defectos, los últimos años que pasé junto a ella, a pesar
-de ser los de mi decadencia, me parecieron más gratos que los de mi
-juventud gloriosa al lado de Rosalba. Después que usted la vio hicimos
-una excursión por Chile y otras Repúblicas de la costa del Pacífico.
-Fuimos avanzando de teatro en teatro en dirección contraria a la de los
-descubridores españoles, o sea de Sur a Norte.
-
-Le he dicho a usted de teatro en teatro, y esto muchas veces no fue
-verdad. Huíamos de las ciudades con teatros, porque en ellas el público
-no mostraba interés alguno por conocernos. Había pasado la época de
-Mariano Fonseca. Este nombre no decía nada a las gentes nuevas. En todas
-partes querían obras con música o dramas representados con gran aparato
-escénico, ¡y nosotros éramos tan pobres!...
-
-La juventud del país acudía la primera noche deseosa de ver a las
-mujeres de nuestra compañía; pero mi Pepita, con sólo mostrarse, ponía
-en fuga a este público bullicioso. Sin embargo, usted la conoció. Era
-tal vez demasiado morena, pero nadie podía llamarla fea. Además,
-acuérdese de sus ojos...
-
-Indudablemente, no era un espantajo, y muchos sintieron la atracción de
-su juventud y de su hermosura algo rara. Pero ¡ay!, ¡su maldito
-carácter!... ¡Aquella prontitud de mano para contestar con una bofetada
-al más pequeño atrevimiento!... En algunos pueblos fuimos silbados a
-causa de sus violencias; de otros tuvimos que irnos a toda prisa porque
-la niña había golpeado al hijo del personaje más poderoso.
-
-Buscábamos, para no morirnos de hambre, poblaciones casi ignoradas, sin
-pensar si había en ellas teatro o no lo había. Improvisábamos nuestro
-escenario en corrales de posadas llamadas hoteles, en plazas públicas,
-hasta en tolderías de indios a medio civilizar. Allí donde existía un
-grupo humano llegaba la compañía Fonseca, en mula, en carreta, en
-piragua o a pie.
-
-Cuando nos faltaba algo para nuestras decoraciones, lo buscábamos en el
-almacén de comestibles del lugar. Recuerdo haber empleado en Don Juan
-Tenorio, como estatua de Doña Inés, un cartel anunciador hecho en los
-Estados Unidos, que representaba una buena moza, de tamaño natural,
-montada en una bicicleta. Y tal es el poder del arte, que con esta
-carencia de medios escénicos lográbamos emocionar a nuestros públicos y
-hacerlos aplaudir. Pero repito que esto ocurría siempre lejos de las
-ciudades, trabajando «con decoración de selva», como decía uno de
-nuestros compañeros.
-
-Teníamos además un enemigo feroz, que nos acosaba incesantemente y cada
-año parecía centuplicarse. Lo sentíamos avanzar a nuestra espalda; nos
-salía al encuentro cerrándonos el paso; nos obligaba a redoblar la
-marcha para librarnos de su persecución; iba estrechándonos por ambos
-flancos. Este enemigo era el cinematógrafo.
-
-Mientras no existió el maldito invento pudimos los cómicos errantes de
-América prolongar nuestra vida. En las poblaciones del interior, las
-gentes necesitadas de entretener sus noches acudían gozosas a nuestros
-espectáculos, fuesen éstos como fuesen. No había otra cosa. Pero con la
-generalización del llamado «teatro mudo», todos parecían vernos bajo una
-nueva luz, dándose cuenta de nuestra pobreza y de nuestras
-improvisaciones grotescas.
-
-Crea, doctor, que por culpa del cinematógrafo pasamos grandes apuros y
-vergüenzas en el último período de mi carrera. Gracias a que la energía
-de Pepita sirvió más de una vez para sacarme adelante. Yendo de pueblo
-en pueblo y evitando las ciudades, que representaban para nosotros el
-fracaso y la miseria, vinimos a dar en una de las regiones menos
-pobladas de Venezuela; un país que políticamente pertenece a dicha
-República, pero a causa de lo difíciles y largas que resultan las
-comunicaciones, está gobernado por un amigo del presidente, que ejerce
-una autoridad absoluta.
-
-Este gobernante cambia a cada revolución, y el que encontramos nosotros
-fue un buen mozo, llamado Urdaneta, gran jinete, gran «machetero», como
-dicen allá, e irresistible en el manejo de la lanza. Era un hombre
-temerario, pródigo en dádivas, rapaz para los que vivían sometidos a su
-gobierno, feroz con sus enemigos y aficionado a todos los placeres que
-tienen algo de crueldad; en fin, un varón creado para la pelea y la
-conquista.
-
-Él vio una especie de triunfo político en nuestra llegada a la
-población, cabecera de sus dominios. La compañía Fonseca representaba un
-gran suceso en la historia de su gobierno. Iban transcurridos muchos
-años desde la última vez que unos comediantes habían visitado aquel
-rincón de la tierra.
-
-Resultaba explicable el entusiasmo con que fuimos recibidos, después de
-tantos menosprecios y pobrezas. El viaje valía todo esto y mucho más.
-Yo, que llevaba una vida tan larga de exploraciones, sentí asombro
-viéndome llegado hasta allí.
-
-Un protegido de Urdaneta, al encontrarnos en la capital de la República,
-nos había propuesto esta «temporada extraordinaria», y dirigidos por él
-atravesamos sabanas que parecían interminables, y en cuya vegetación se
-hundían nuestras mulas hasta el vientre. Luego nos creímos perdidos en
-selvas donde no se veía el cielo y bajaba a través del ramaje una luz
-verdosa, semejante a la del fondo del mar. Pero los guías lograban
-orientarse, siguiendo unos senderos apenas perceptibles entre la maleza
-agitada por bestias ocultas. Vimos aves de plumaje fantástico, mariposas
-enormes, pájaros diminutos como insectos, moscas que parecían esmeraldas
-y rubíes con alas; mas nos faltaba tranquilidad para admirar tales
-prodigios. Pensábamos en tigres y jaguares, creyendo su aparición
-inmediata cada vez que las mulas coceaban o se echaban atrás, inclinando
-sus orejas con inquietud.
-
-A continuación pasamos muchos días viviendo y durmiendo en canoas que se
-deslizaban por una maraña de arroyos y ríos. Todos los cursos de agua
-parecían iguales. Repetidas veces nos imaginamos haber pasado por el
-mismo sitio, mirando con incredulidad a los romeros indígenas, que
-sonreían de nuestra desconfianza. Navegábamos jornadas enteras bajo
-túneles de follaje. Las ramas colgantes nos obligaban con su azote a
-bajar las cabezas. De vez en cuando, un marinero cobrizo, con la vista
-fija en la bóveda vegetal ensombrecedora de las aguas, levantaba su
-percha, dando un fuerte palo a una de las lianas verticales. La liana
-tenía ojos, se contraía, y perdiendo su equilibrio acababa por
-derrumbarse en el río. Era una boa enorme...
-
-Pero ¿a qué contarle más de este viaje? Era una América distinta a la
-que usted conoce; la tierra tropical casi intacta, tal como debieron
-verla los primeros españoles que bajaron por el Amazonas o el Orinoco. A
-nosotros, pobres cómicos, después de pasar varias semanas en el seno de
-esta naturaleza sin domar, nos pareció una capital enorme el pueblo
-donde vivía Urdaneta, y recibimos con gratitud casi llorosa las muestras
-de afecto y protección de este personaje.
-
-Jamás sultán de cuentos orientales se vio tan admirado y obedecido como
-él por nosotros. Hay que advertir que Urdaneta vivía casi aislado en las
-tierras sometidas a su gobierno. Todos le temían y procuraban evitar su
-presencia. Era caprichoso en su trato con las personas, no creía en la
-amistad, se consideraba amenazado constantemente, y para librarse de
-asechanzas procuraba ser el primero en la agresión. Total, que había
-dado muerte a muchos de sus gobernados para librar su propia vida, según
-él afirmaba, o por capricho y embriaguez, según el decir de las gentes.
-
-Nuestra presencia le proporcionó diversiones extraordinarias. Con la
-magnanimidad de un tirano protector de las artes, nos invitó repetidas
-veces a comer en su casa. Además decretó enérgicamente que el país debía
-civilizarse, y para ello lo más eficaz era acudir a un espectáculo
-culto y moralizador como nuestras representaciones.
-
-Siempre había sido gran aficionado a la poesía. En la sobremesa de sus
-banquetes, cuando estaba casi agotada la botella de ron puesta ante él,
-nos iba recitando el inmenso caudal de versos, sentimentales y amorosos,
-atesorado en su memoria. Durante sus campañas para derribar a varios
-presidentes por el hierro y por el fuego, su distracción nocturna era
-tañer la guitarra, cantando romanzas de treinta o cuarenta estrofas,
-todas ellas dignas de lágrimas. Reconozco que este guerrero lírico y
-sensitivo habría ordenado a veces, en el mismo día, numerosos
-fusilamientos; pero, no obstante este detalle y el enorme daño que acabó
-por causarme, declaro que era simpático a su modo.
-
-Los últimos triunfos de mi vida artística los debo a su protección.
-Había improvisado un teatro, al que acudían puntualmente todas las
-noches los habitantes del pueblo como si cumpliesen una función pública.
-Frente al escenario había un tabladillo adornado con banderas
-nacionales, y en él un sillón de madera dorada traído de la iglesia.
-
-Este palco presidencial lo ocupaba Urdaneta con otros personajes de tez
-sombría, ojos diabólicos y palabra melosa, que oran ejecutores de sus
-voluntades y compañeros de sus peligros. El público reía nuestras
-gracias o aplaudía frenéticamente nuestras nobles acciones, animado por
-el gesto benévolo del presidente. Pepita era considerada por los
-espectadores como una deidad milagrosa que podía interceder en favor de
-ellos, haciendo más tolerable su existencia. Yo trabajaba con el
-inquebrantable entusiasmo del que tiene seguro su éxito.
-
-Pero debo llegar al final de este período de mi existencia (el último en
-que me creí feliz), o sea a mi infortunio definitivo.
-
-Un día me di cuenta de que mi hija ya no merecía su apodo. Como ocurre
-siempre en tales casos, yo fui el último en enterarme. Por algo el
-público, al aplaudirla, mostraba la adulación de los que desean
-congraciarse con los poderosos. Pepita era la amante de Urdaneta, y esto
-había sido por su voluntad, sin que el déspota, acostumbrado a la
-violencia, necesitase hacer nada para vencerla. La «Virgen guerrera»
-había reservado su integridad corporal para este descendiente de los
-conquistadores, que la esperaba, sin saberlo, en un rincón de la América
-caliente, aislado por selvas y ríos.
-
-No negaré que Urdaneta era un cumplido varón, capaz de conmover a las
-hembras que gustan de hombres violentos y desean vivir sometidas a una
-voluntad avasalladora. Pero Pepita era todo lo contrario. Yo no la
-consideraba inferior por su mal genio al tirano que nos protegía. Luego
-pensé que tal vez la identidad de sus caracteres había acabado por
-atraerlos.
-
-Pasé mucho tiempo fingiendo ignorancia y ceguera. Dirá usted que esto no
-es digno de un padre; pero ¡ay!, ¡la vida nos exige tales cosas cuando
-somos pobres! Además, Pepita se mostraba contenta de su nueva situación,
-y cada vez que intenté hablar de lo ocurrido, me miró con aquellos ojos
-que parecían congelarme, cortando bruscamente mis palabras.
-
-Con un hombre como Urdaneta no podían durar mucho las situaciones
-tranquilas y plácidas. Él dio fin, del modo más inesperado, a nuestra
-temporada teatral. Le parecieron inoportunas las familiaridades de los
-hombres de la compañía con la primera dama... ¿Por qué tuteaban a
-Pepita?... ¿Cómo iba a tolerar que un actor la abrazase en la escena,
-diciendo palabras amorosas, cuando por menos había sacado en diversas
-ocasiones el revólver o el machete, librándose en un segundo del que
-podía ser su rival?...
-
-Se acabó el teatro, y con él mis noches gloriosas, apagándose para
-siempre aquellas salvas de aplausos que me hacían retroceder a los
-tiempos de mi juventud. Urdaneta retribuyó generosamente a mis
-compañeros, haciéndoles emprender su viaje de vuelta a la capital, otra
-vez por ríos, selvas y llanuras. Yo me quedé, porque era el padre de la
-gobernadora; pero jamás en mi existencia me vi tan solo y aburrido.
-
-Pasaba los días conversando con aquellos personajes inquietantes,
-obscuros de tez, que eran algo así como los mariscales de la corte de mi
-napoleónico protector. Me hablaban de guerras civiles y de revoluciones,
-mostrando un menosprecio espeluznante por el valor de la vida humana.
-
-Mientras tanto, los dos enamorados corrían a caballo las selvas o se
-dedicaban a la caza. Urdaneta era ahora maestro de mi hija, alabando sus
-admirables disposiciones. Este hombre de armas gozaba en enseñar su
-manojo a Pepita, y la casa del gobernador temblaba diariamente con el
-estruendo de las pistolas y carabinas usadas por ella.
-
-Tal era la confianza del terrible maestro en su discípula, que había
-inventado una diversión de las que a él le gustaban, mezcla de
-voluptuosidad y de peligro. Muchas noches, antes de acostarse, mi yerno
-(llamémosle así) colocaba sobre su cabeza una fruta cualquiera del país,
-algo que pudiera servir como la manzana de Guillermo Tell. Y la nueva
-tiradora se la arrebataba con un balazo de su rifle. Después de este
-juego, los dos parecían amarse con nueva pasión. Era algo semejante a
-las caricias de las fieras, según decían en el pueblo.
-
-Un día me hablaron dos forasteros, haciendo grandes elogios de mi
-talento de actor. Aseguraban haberme aplaudido en una de las pocas
-funciones que di en la capital de la República. Luego me ofrecieron un
-regalo de diez mil dólares en moneda americana y dos pasajes hasta Cuba,
-para mí y para mi hija.
-
-Bastaba una operación insignificante para corresponder a tanta
-generosidad. Se daban por contentos con que la ex «Virgen guerrera»
-bajase un poquito su puntería una noche: asunto de que el proyectil, en
-vez de rozar la abundosa cabellera de Urdaneta, le diese en mitad de la
-frente.
-
-Me pareció poco repeler esta propuesta con las mejores frases de
-indignación de mi repertorio, y se la revelé a mi hija. ¡Qué quiere
-usted!... Le había tomado cierta simpatía al tirano, recordando los
-tiempos en que protegió con tanta eficacia el arte dramático. Pepita
-debió hablar, y Urdaneta consideró oportuno unos cuantos fusilamientos,
-ordenados a capricho indudablemente, pero con el deseo de que sirviesen
-de saludable advertencia a sus contrarios.
-
-No le extrañará a usted, después de esto, que Mariano Fonseca, hombre
-pacífico y accesible al remordimiento, no pudiese vivir con
-tranquilidad. Me acusaba a solas de los fusilamientos, como si los
-hubiese ordenado yo mismo. Para mayor desdicha, Urdaneta empezó a
-mirarme con desconfianza, considerando inoportuna mi presencia en sus
-dominios. Por suerte, no me creyó traidor ni un instante; pero, según
-dijo a mi hija, me tenía por un bonachón peligroso, dispuesto a liar
-amistad con todo el que me hablase de cosas de teatro: una especie de
-puerta abierta por la que podían llegar sus enemigos hasta él... Y como
-era rápido y enérgico en sus resoluciones, ordenó mi viaje de vuelta, lo
-mismo que había hecho meses antes con las gentes de mi compañía.
-
-Resultaba absurdo pensar en protestas ni razones con Urdaneta. Además,
-mi hija decía siempre lo mismo que su amante. Para abreviar: tuve que
-hacer de nuevo el largo trayecto, en piragua y en mula, hasta la capital
-de la República; pero esta vez abundantemente provisto de dinero. El
-déspota sabía ser generoso, derrochando su riqueza con la misma
-violencia que empleaba para adquirirla.
-
-Sentí, al verme solo, el tirón de la vida errante, y reanudé mis
-correrías, ahora, de Norte a Sur, atraído, como siempre, por Buenos
-Aires. En mi lenta retirada tuve noticias de Pepita: las últimas.
-
-Estalló una revolución en aquella tierra; una más que añadir a la lista
-interminable de su historia. El presidente fue derribado; pero le dieron
-tiempo para escapar. Urdaneta, su protegido, no quiso imitarle. Se había
-acostumbrado a vivir como una autoridad independiente en aquel rincón
-olvidado y casi salvaje de la República. Se imaginaba que este gobierno
-era suyo por derecho de conquista, y nadie podía arrebatárselo,
-ocurriese lo que ocurriese en el resto de la nación.
-
-La gente no lo entendía así. Ya que había triunfado una revuelta, debían
-renovarse las autoridades, siendo reemplazado Urdaneta por otro
-gobernante. Nadie se hacía la ilusión de que el nuevo fuese mejor; pero
-era indispensable cambiar de tirano. Los hombres de confianza del
-vencido sintieron igualmente ese deseo general, abandonándole para
-unirse a los vencedores.
-
-Ni aun así quiso huir aquel testarudo, audaz y valeroso, digno de vivir
-en otros siglos. Al verse sin amigos, se fortificó en la casa de
-gobierno con mi hija. ¡Los dos contra todo el pueblo y contra los grupos
-en armas enviados por la revolución triunfante!... Ambos eran excelentes
-tiradores, y los fusiles y cartuchos abundaban en su vivienda.
-
-Me han contado que Pepita, caída en el suelo, con una pierna rota de un
-balazo y otras heridas en el cuerpo, cargaba los rifles, pasándoselos a
-Urdaneta, que tiraba y tiraba incesantemente con una ligereza de
-demonio. Los asaltantes, después de muchos ataques inútiles y mortales,
-tuvieron que avanzar protegidos por unas carretas de paja ardiendo, y
-prendieron fuego al edificio, convencidos de que únicamente así podrían
-acabar con su temible gobernador.
-
-De este modo perecieron Urdaneta y mi ex «Virgen guerrera». La
-muchedumbre sólo osó acercarse a ellos cuando sus cadáveres estaban
-ardiendo como si fuesen carbón. Aun así, temían muchos que surgiesen
-otra vez de entre las llamas los certeros balazos del tirano.
-
-Después de esto, creo que nadie se atreverá a decir que en la vida de
-los comediantes todo es mentira y fingimiento, y que no ocurren en la
-realidad dramas más tremebundos que los que nosotros representamos sobre
-las tablas.
-
-Muerta mi hija, las aventuras de mi vida no ofrecen interés. Cuando
-volví a Buenos Aires ya me había comido todo lo que me dio el generoso
-compañero de Pepita. Conocí de nuevo miserias y humillaciones; pero
-ahora estaba solo, me faltaba mi hija, que parecía sostenerme y darme
-vigor con su duro carácter. Además, los compañeros eran malos conmigo al
-no ver a mi lado «la Virgen guerrera»... Ya sabe usted lo demás: cómo
-vine a dar con mis huesos en este refugio, la protección de algunos
-comerciantes españoles de allá, la suscripción para el viaje, etc.
-
-Pero advierto, doctor Olmedilla, que le llaman esas señoras, y el
-director parece impacientarse porque le retengo con mi charla.
-
-No se ocupe de mí; atienda a sus amigos... y si alguna vez se acuerda
-del comediante Fonseca, su viejo compañero de Buenos Aires, ya sabe
-cómo puede favorecerlo.
-
-Nada de dinero... Me envía simplemente tabaco: unos cuantos paquetes de
-cigarrillos.
-
-Todos sufrimos en esta casa por la distracción de aquel cigarrero que a
-la hora de su muerte no se acordó de que los hombres fuman. Y las buenas
-almas deben reparar un olvido tan inexplicable.
-
-
-IV
-
-Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa
-cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su
-director.
-
-Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y
-pregunté por él.
-
---Murió un año antes de abandonar yo la dirección--dijo el médico--.
-Cuando sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y
-casi en su agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros
-de asilo.
-
-Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En
-realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido
-al último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su
-juventud.
-
-Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a
-todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero
-estos paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían
-tener la fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de
-Canaán. Siempre que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado
-minutos antes, decía a sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como
-si estuviese representando la escena más culminante de un drama:
-
---Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor
-Olmedilla, una eminencia de Madrid.
-
-Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje
-político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca.
-Éste, después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el
-nombre de nuestro visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano.
-
-Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta
-familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba
-a mostrarse menos razonable y coherente en el relato de sus historias.
-Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos convencieron a
-todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia del
-senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en
-Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato.
-
-Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el
-personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía
-senil, acabó por reconocerle.
-
---¡Pero tú eres Cerón!--dijo--. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido,
-siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca?
-
-Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con
-inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida.
-
-Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos
-conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a
-América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que
-habían venido con el personaje vieron en esta historia materia para un
-artículo.
-
-Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su
-carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir
-de la escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país
-donde los actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se
-limitaban a decir: «Es más malo que Cerón»?
-
-Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón
-pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como
-él decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes».
-
-Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante.
-
-La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en
-América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en
-el asilo un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de
-Madrid sólo para dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba
-esperándolo más de veinte años.
-
-Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus
-bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de
-él. ¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?...
-
-La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en
-comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros;
-pero ¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo
-inolvidable!...
-
-Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y,
-contra lo que es costumbre en los tribunales, deseaba entregarse cuanto
-antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero para resolver el
-asunto con inusitada rapidez.
-
-Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía
-rico.
-
-Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas
-veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los
-escenarios. Quiso dictar su testamento, y dejó por herederos de sus
-bienes a todos los camaradas de asilo y a los que les sucedan en aquella
-casa. La renta de su capital debe emplearse enteramente en tabaco, para
-que de este modo no conozcan nunca los pobres el tormento sufrido por él
-en sus últimos años a causa de una omisión del fundador.
-
-Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que
-ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca.
-
-
-
-
-El viejo del Paseo de los Ingleses
-
-
-I
-
-Todas las mañanas, a las once, llegaba invariablemente al Paseo de los
-Ingleses, cuando mayor era en él la concurrencia. Bajo la doble fila de
-palmeras inmediata al mar, iban formando grupos las gentes de diversas
-nacionalidades y lenguas venidas a Niza durante el invierno.
-
-El azul denso e inquieto de la bahía de los Ángeles se interrumpía al
-reflejar el resplandor del sol, triángulo de oro palpitante que apoyaba
-su vértice en la orilla, mientras resbalaban por el azul inmóvil del
-cielo los blancos vellones de las nubes. Una ilusión primaveral
-rejuvenecía a esta muchedumbre durante las horas solares. Al languidecer
-la tarde, el viento punzante caído de las cimas de los Alpes hacía
-recordar la existencia del olvidado invierno; pero en las horas
-meridianas, las mujeres, vestidas con colores de flor, tenían que abrir
-sus sombrillas para defenderse de la causticidad del sol, y los hombres
-sentían el orgullo de haber vencido al tiempo, mirando sus pantalones de
-franela blanca a través de las gafas ahumadas con que defendían sus ojos
-de la refracción de la luz sobre el asfalto.
-
-Una alegría egoísta los animaba a todos al hablar del frío que estarían
-sufriendo a aquellas horas los que tenían la desgracia de haberse
-quedado en París, en Londres o en Nueva York, lejos de la asoleada Costa
-Azul.
-
-Ganosos de ver y de ser vistos, se agolpaban en una pequeña sección del
-Paseo de los Ingleses, que tiene varios kilómetros de longitud. Las
-gentes colocaban sus sillas de hierro unas junto a otras, buscando
-hablarse con mayor intimidad, o las avanzaban más allá del vecino. Esto
-iba estrechando el espacio de que podían disponer los transeúntes en sus
-continuas idas y venidas, mas no por ello se cortaba su infatigable
-rosario, y seguían deslizándose entre las tortuosidades de la gente
-sentada, cruzando con ésta saludos y palabras.
-
-Las conversaciones en diversos idiomas formaban un zumbido casi tan
-sonoro como el choque de los últimos estremecimientos del mar sobre la
-playa de guijarros, pulidos por un roce milenario. Cuando este rumor
-humano bajaba de tono, se oían las orquestas de los restoranes y los
-hoteles del paseo, que extienden su recta edificación frente al mar.
-Entre las casas y la doble fila de palmeras pasaban automóviles con
-matrículas y colores de todas las naciones, y grupos de jinetes: ellas,
-con aire de muchacho, llevando pantalones masculinos; ellos, con la
-cabeza al aire, el pelo echado atrás y el cuello de la camisa abierto
-sobre el pecho.
-
-De los hoteles célebres iban saliendo damas de andar perezoso, que
-silbaban para que siguiese sus pasos un perro grande, con aire de fiera
-que se digna ser buena, o pequeñísimo, y arrastrándose junto al suelo,
-lo mismo que un manguito de piel caído de las manos y que empujase el
-viento. Eran mujeres célebres por su familia o por su historia: artistas
-de amor costoso o princesas de dinastía reinante. La gente repetía sus
-nombres con interés, y ellas, apreciando de reojo la curiosidad
-despertada por su presencia, seguían avanzando con aire
-aristocráticamente desmayado, resignadas, como una reina que tiene que
-mostrarse al populacho, y dando a entender con el desmadejamiento de su
-persona que la mayor parte del año sólo se levantaban de la cama en las
-primeras horas de la tarde. Aquí, en Niza, consideraban de buen tono
-abandonar las sábanas para hacer una visita al sol a la hora en que está
-más visible, aunque su luz vulgar y mal educada revela brutalmente los
-desperfectos de los rostros.
-
-A las doce sonaba en la colina del Castillo el cañonazo tradicional, e
-instantáneamente, con una prontitud de teatro, se deshacían bajo las
-palmeras los grupos humanos, que los tripulantes de los buques
-alcanzaban a ver como hormigueros mientras navegaban por la línea del
-horizonte. Las gentes se perdían en las calles afluentes al paseo o
-penetraban en los hoteles. Únicamente permanecían retardados sobre el
-asfalto los habladores, incapaces de cortar una discusión entablada, y
-ciertas parejas amorosas, en espera de este momento de desbande general
-para aproximarse y convenir dónde podrían volver a verse más íntimamente
-al caer la tarde.
-
-Una hora antes de esta dispersión en busca del almuerzo, llegaba todos
-los días el hombre a quien llamaban muchos «el viejo del Paseo de los
-Ingleses», como si fuese parte integrante de dicho lugar. Otros que,
-por vivir más tiempo en Niza, se creían obligados a un conocimiento
-concreto de las personas y las cosas, daban detalles precisos sobre su
-existencia.
-
---Es un ruso: uno de los muchos que la revolución ha dejado en la
-miseria.
-
-Nadie podía más detalles; todos pasaban a ocuparse de otra cosa, con un
-mohín de cansancio. Los rusos ya no eran de moda; esto lo sabía toda
-persona razonable. Al principio, sus infortunios excitaron la simpatía
-pública; no había salón distinguido ni espectáculo elegante donde no se
-encontrase algún refugiado de esta nacionalidad. Pero había transcurrido
-mucho tiempo sin que ocurriese nada nuevo en Rusia, y al fin la suerte
-de los tales fugitivos resultaba monótona.
-
-Además, eran demasiados los que habían venido a aglomerarse en este país
-de sol, como si los impulsase un misticismo sabeico. Las novelas de su
-nueva existencia ya no inspiraban interés, y la gente hablaba fríamente
-de grandes duquesas que tenían en Niza casa de huéspedes o tienda de
-sombreros; de oficiales de la antigua marina zarista convertidos en
-bailarines profesionales de los restoranes de Monte-Carlo; de chófers de
-porte marcial y rubio bigote, antiguos coroneles y generales en la corte
-de San Petersburgo. Esto podía merecer atención durante unas semanas o
-unos meses; pero ¡después de cuatro años, durante los cuales habían
-ocurrido tantas cosas en un mundo que parecía estar loco!...
-
-Los invernantes más antiguos de Niza conocían su nombre, Fedor Ipatieff,
-y afirmaban que este «viejo del Paseo de los Ingleses» no era
-extraordinariamente viejo. Debía tener poco más de sesenta años, y en
-los meses anteriores al principio de la guerra todavía ostentaba esa
-juventud madura, artificial y brillante que todo hombre moderno, libre
-de las fatigas del trabajo, puede proporcionarse.
-
-El tiempo, que parecía haberle olvidado, cayó sobre él repentinamente al
-verlo pobre, marcándole el rostro con los arañazos de su mano
-arrugadora. Diez años antes se mostraba relativamente fresco y con
-aspecto vigoroso al salir por las mañanas de su cuarto de baño. Ahora
-tenía los ojos hundidos en el fondo de una estrella de arrugas, y cuando
-el cuello de su camisa entreabría sus puntas dejaba ver una piel flácida
-y esa rigidez de los tendones que denuncia la ancianidad. El pelo, que
-en los últimos años disfrazaba su anemia bajo rubios tintes, se mostraba
-ahora francamente blanco. Pero este hombre, viejo por los años y
-avejentado aún más por su decadencia social, hacía esfuerzos de voluntad
-para retardar su ruina. Eran esfuerzos desesperados e inútiles, como los
-del náufrago flotando en medio del Océano, que sólo demoran por unos
-minutos el final inevitable.
-
-Llevaba, lo mismo que en sus buenos tiempos, patillas hasta la mitad del
-rostro, unidas por el bigote, como si éste fuese un puente, y la
-cabellera partida por una raya de la cúspide del cráneo a la nuca. Hacía
-recordar al difunto emperador de Austria Francisco José. Era un elegante
-con arreglo al patrón vienés que había imperado en las cortes y los
-salones de Europa cuarenta años antes.
-
-Su vestimenta, aunque no databa de tan remota época, pertenecía también
-al pasado: corbatas de plastrón imponente, con un alfiler en su centro
-escandalosamente falso, ocupando el lugar de otro que había sido una
-joya verdadera; levitones majestuosos; guantes grises con trencillas
-negras; sombreros indeterminados, que nadie podía saber bajo qué moda
-habían nacido; todo cepillado hasta dejar visible su trama, y revelando
-el paso por su superficie de frotaciones y líquidos para expulsar las
-manchas.
-
-La escasez de ropa interior era lo que hacía sufrir más a Ipatieff, que
-en su juventud había llegado a cambiarla tres veces al día. Sus cuellos,
-siempre altos y vistosos, ya no podían deslumbrar con el fulgor nítido
-de otros tiempos. Después de la guerra todo había cambiado en el mundo.
-Además, su pobreza sólo le permitía tener lavanderas de obreros. Sus
-camisas se iban deshilachando, y a pesar del brillo de la plancha,
-guardaban siempre un vago color de chocolate.
-
-Este señor de aspecto pobre y «antiguo» era saludado por muchos con la
-afabilidad que inspiran las personas que conocimos en nuestra juventud y
-nos la recuerdan con su presencia. También lo sonreían afablemente
-algunas señoras viejas y de empaque aristocrático que exponían sus
-reumatismos al sol.
-
---¡Pobre Ipatieff! Ahí donde ustedes lo ven, ha sido el bailarín más
-famoso de su época. Nadie, en la Niza de nuestros tiempos, sabía el vals
-como él, ni dirigir un cotillón... ¡Ay! Eso era en la época que aún no
-existían los fox trots y demás danzas de negros, que vuelven locas a las
-niñas de ahora.
-
-Señores de rostro severo, con la roseta de la Legión de Honor en una
-solapa, al contestar al saludo modesto del ruso, explicaban quién era
-éste a sus compañeros de conversación:
-
---Antes de la guerra fue rico. Un hermano suyo tenía allá una fábrica
-importante, y le enviaba todos los años varios centenares de miles de
-rublos. El industrial estaba orgulloso de que su hermano menor hiciese
-brillar el nombre de la familia, entre los rusos más distinguidos, en
-Niza y en París. Pero ahora la fábrica ha desaparecido, al hermano lo
-asesinaron los bolcheviques, y el pobre Ipatieff tiene que valerse de
-medios extraordinarios para disimular su pobreza.
-
-Los más enterados de la existencia actual de Fedor relataban, con una
-sonrisa de conmiseración, sus esfuerzos para vivir sin mendigar. Durante
-los primeros años de la guerra había podido sostenerse en un relativo
-desahogo, gracias a sus muebles. Al quedar cortadas las remesas
-monetarias de Rusia ocupaba un piso adornado suntuosamente, en una calle
-inmediata al Paseo de los Ingleses, y aprovechó su lujosa instalación
-como una industria, alquilando su casa a invernantes enriquecidos por la
-guerra que deseaban saber cómo había sido la vida en Niza de los «ricos
-antiguos». Él se instaló en la buhardilla, ocupando un cuarto de los
-destinados a su antigua servidumbre.
-
-Pero este recurso extraordinario no duró mucho. Al encarecerse la vida
-el propietario de la casa aumentó considerablemente su alquiler. Luego
-acabó por obligarlo a que la abandonase, prefiriendo a otros inquilinos
-menos necesitados, y logró vivir tres años más con el producto de la
-venta de sus muebles. Ahora, no pudiendo esperar nuevos ingresos,
-procuraba mantenerse con una parsimonia extraordinaria.
-
-Por fortuna, no tenía que preocuparse de su vivienda. La conmiseración
-del dueño de la casa, y más aún el cariño de sus antiguos porteros, que
-recordaban al señor Ipatieff de los tiempos prósperos, pródigo en
-propinas y poco dado a examinar las cuentas, lo procuraron el goce a
-perpetuidad de una pieza casi subterránea, que había servido siempre
-para guardar muebles viejos y la crisis de alojamientos acababa de
-elevar al rango de habitación humana. Por unos tragaluces abiertos al
-nivel de la calle entraba el sol de las horas meridianas y mucho frío en
-el resto del día. En esta cueva-dormitorio guardaba los restos de su
-vestuario y ciertos compañeros de su existencia, cuya fecundidad
-representaban los únicos ingresos con que podía contar.
-
-Muchos, al ocuparse del viejo del Paseo de los Ingleses, le llamaban
-también «el señor del perrito», por la razón de que nunca se presentaba
-en el paseo sin ir acompañado de un animal de esta especie, pequeño, de
-orejas erguidas y puntiagudas, extraordinariamente lanudo: una bola de
-pelo que trotaba con menudo paso. Este perrito de la Pomerania atraía
-las miradas y exclamaciones admirativas de las señoras viejas, así como
-los manoseos de los niños, y nunca era el mismo.
-
-Los que conocían a Ipatieff hablaban con lástima de la industria canina
-que le ayudaba a vivir. Allá en su tugurio tenía una pareja de
-bestezuelas de esta especie, regalo recibido en sus tiempos de
-prosperidad, animales prolíficos que todos los años le daban varias
-crías para la venta.
-
-Además, el problema de la alimentación lo resolvía fácilmente durante el
-invierno. Siempre había en los hoteles más caros, o en los barrios
-elegantes de Cimiez y la California, familias que lo invitaban a comer.
-El pobre Ipatieff hacía recordar con su presencia los tiempos anteriores
-a la guerra, cuando aún era dulce el vivir. A los postres, la señora del
-invitante, que no osaba darle dinero, le proponía la compra de uno de
-sus perritos, y él aceptaba la oferta gravemente, como si estuviese
-convencido de que nadie podía vivir sin la compañía de tales animales.
-
-Con el mismo aire del proveedor que anuncia el envío de un encargo
-vehementemente esperado, decía en ciertas ocasiones, después de saludar
-a una señora en el Paseo de los Ingleses:
-
---Marquesa, la semana próxima le llevaré el pequeño. No se lo doy antes
-porque quiero estar seguro de su buena educación.
-
-Y al entregar el «pequeño» recibía sin sonrojo el billete de quinientos
-francos, que hubiese rechazado de otra manera.
-
-Después del cañonazo de mediodía, si Ipatieff no estaba invitado en
-algún hotel, dejaba para las primeras horas de la tarde el suplicio de
-alimentarse parcamente en un bodegón de la ciudad vieja, volviendo
-apresuradamente a su casa.
-
---Vamos a hacer que la familia tome un poco de sol.
-
-La familia era un perrito viejo y trémulo, con numerosos pelos blancos,
-que tenía más de diez años, lo que en la vida de su especie equivale
-casi a un siglo de vida humana. Y en torno a este patriarca de
-incansable fecundidad ladraban y saltaban media docena de perrillos,
-asustados y regocijados a la vez por el sol y el aire libre.
-
-El antiguo elegante avanzaba como un pastor por el paseo, ahora
-desierto, rodeado y seguido de este rebaño, que trotaba sobre el
-asfalto, haciendo temblar sus bolas de lanas negras. Una simple voz del
-hombre enmudecía y agrupaba a los animales, pacientemente educados. Pero
-como necesitaban después de su encierro la carrera y el ladrido para
-desentumecerse, su dueño les dejaba en libertad.
-
-Iba a sentarse en un banco, y allí permanecía, meditabundo, mientras sus
-compañeros correteaban persiguiéndose o ladrando a los niños atraídos
-por su presencia. Fedor Ipatieff miraba al mar, pero con ojos incapaces
-de ver. Su mirada iba más lejos, con la rapidez de la imaginación.
-
-El viejo del Paseo de los Ingleses llevaba una novela en su interior,
-una novela sin terminar, como la llevan la mayor parte de los humanos.
-Y mientras el rebaño negro se frotaba contra sus piernas, ladrando
-dulcemente en espera de una caricia, el ruso, entornando los ojos, creía
-ver su lejana patria, como una casa sin muebles, ruinosa y fría, y en
-ella la figura familiar de una mujer, recordada diariamente.
-
-Su rostro debía ser ahora algo distinto de como lo vio la última vez;
-estaba seguro de ello. Pero él sólo podía imaginársela lo mismo que en
-otros tiempos.
-
-
-II
-
-Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota
-suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales
-principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país
-cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía
-frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San
-Petersburgo.
-
-Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante
-y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De
-permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo
-de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las
-capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes
-personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas
-intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares
-privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el
-extranjero.
-
-Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la
-guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento
-maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran
-distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados.
-Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de
-la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la
-paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones
-de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las
-bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?»,
-pensaba Ipatieff, egoístamente.
-
-¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan
-lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto
-de la tierra.
-
-Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el
-teatro Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con
-perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los
-grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y
-bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y
-blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas
-del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval
-deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían
-reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas
-dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los
-mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades
-agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había
-deshecho en unos cuantos meses!...
-
-Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus
-grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las
-damas majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de
-los grandes modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban
-ahora de frío en las calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas
-sobre el hielo, con las manos cortadas y desfiguradas por una
-temperatura inclemente, vendiendo periódicos u ofreciendo un ramito de
-flores mustias a cambio de un pedazo de pan con más paja que harina...
-
-No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al
-pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver
-las capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud.
-
-Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era
-un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con
-sus prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los
-mejores clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su
-mercado más importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de
-este prestigio nacional.
-
-Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían
-visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de
-Europa, mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo
-triunfo como patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en
-Deauville, según las diversas estaciones, con las damas más célebres y
-hermosas de Europa. Tenía por amigos a personajes célebres, y hasta
-había sido presentado a herederos de coronas, con esa camaradería de
-buen tono que impera en los lugares de vida aristocrática y costosa. Le
-invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda
-un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable
-danzarín.
-
-Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros
-de estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración,
-cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y
-aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la
-producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a
-los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano
-menor, que llevaba con él la gloria de la familia.
-
-En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y
-cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró
-como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».
-
-Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades
-por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en
-su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de
-hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que
-algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más
-precisa.
-
-El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo
-tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de
-hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con
-mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser
-simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar.
-Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían
-ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el
-industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a
-salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las
-preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran
-duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.
-
-Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino
-en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los
-sentimientos del tornadizo Ipatieff.
-
-La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general
-Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte;
-pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una
-existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente
-sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios
-resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo.
-
-Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por
-aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter
-duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo
-admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con
-seguir siendo de nombre el esposo de una mujer célebre por su belleza y
-el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su
-antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.
-
-Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de
-ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con
-las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además,
-necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa
-occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes,
-todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.
-
-Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda
-femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones
-elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.
-
-Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París
-les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros,
-las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia,
-inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios
-seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin
-volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos
-cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.
-
-Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció
-unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran
-compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel,
-asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a
-altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo
-trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su
-historia.
-
-Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban
-siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de
-blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante
-sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer
-emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables,
-sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en
-fuerza de ser ricas y suntuosas.
-
-Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo
-que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la
-ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le
-proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un
-día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó
-pedirla y no podía ya darle más--o sea en el momento que abandonaba él a
-las otras mujeres--, conoció por primera vez la importancia de la
-palabra «amor», que antes le hacía sonreír.
-
-No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera,
-dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos,
-se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su
-pasado.
-
---¡El amor es así!--se decía Fedor con resignación.
-
-Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo
-llorar de gratitud a su amante.
-
---Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome
-contigo.
-
-Una Vera Alejandrowa no podía decir más.
-
-Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las
-rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la
-primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas,
-reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios
-célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza.
-Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos
-lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo
-inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.
-
-De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los
-dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta
-de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental,
-parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.
-
-Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o
-no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de
-cantidades.
-
-Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la
-necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa
-necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un
-interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta
-entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos
-hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era
-una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando
-asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba
-también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de
-este súbito deseo.
-
-Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor
-inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto
-de Arkangel.
-
-Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su
-patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el
-hombre amado arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse.
-No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria
-en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa
-sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo.
-Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber
-muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.
-
-Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si
-fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez
-la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron
-los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en
-la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica,
-igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para
-evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación,
-empezó a funcionar el terror rojo.
-
-Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las
-personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su
-bienestar.
-
-Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas
-preguntas:
-
---¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?
-
-De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas
-tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre,
-tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de
-los zares.
-
-Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a
-su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no
-llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.
-
-Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que
-llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una
-noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y
-sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las
-precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido
-fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía.
-Sus fábricas ya no existían...
-
-¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su
-familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su
-patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...
-
-Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?
-
-
-III
-
-Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul,
-fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas
-una dilatación de espanto por lo que habían visto.
-
-Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto
-fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de
-terroríficas aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets,
-cruzando a continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa.
-Todos hablaban de encierros mortales, de fusilamientos, de locuras
-provocadas por las persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con
-más horror era el recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces,
-insufribles: el hambre y el frío.
-
-La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que
-enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido
-sustituida por la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía
-chino y era simplemente la abreviatura telegráfica de la Comisión
-Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de perseguir a los enemigos del
-régimen comunista.
-
-El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los
-medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso
-conocido en la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era
-el látigo de este domador. Todos los alimentos se reservaban para sus
-soldados y partidarios. Lo sobrante era lo único que podía comer el
-resto del país. Las gentes de las ciudades se alimentaban tres veces por
-semana, en los bodegones públicos, mediante la presentación de una
-tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan hecho de paja y un caldo en
-el que nadaban como elemento substancioso cabezas y espinas de arenque.
-
-«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff.
-
-Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía
-remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles
-para contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre
-cuya nieve avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la
-temperatura era igual a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no
-existían. Toda madera había sido consumida mucho tiempo antes en las
-estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo junto al Mediterráneo, rodeado de
-gentes en apariencia felices, sin poder cederla su puesto al sol!...
-
-Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un
-bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de hombre que empieza a
-envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas miserias
-nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran señora
-infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos
-refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de
-París pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de
-Consejo de ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella,
-con el ímpetu de un animal hambriento, sobre los residuos de su comida
-que ensuciaban el mantel del bodegón nicense, frecuentado en días de
-escasez...
-
-La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio
-al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían,
-ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche,
-¡mientras la otra infeliz!...
-
---El mundo ha cambiado--decía Fedor, mirando en torno de él con
-extrañeza.
-
-Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los
-trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven
-lejanos se cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo
-de los Ingleses se asombraba al ver tantas personas contentas de su
-suerte, venidas a la Costa Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras
-una parte de la humanidad se entregaba a los placeres, olvidando la
-guerra pasada o las guerras futuras y próximas, seguía desenvolviéndose
-en la otra mitad de Europa la revolución más enorme de la Historia, a
-espaldas de las gentes que no sentían interés por ella, a causa de su
-duración y su monotonía!...
-
---Acabó la época de los ricos--murmuraba--. Ya no existen ricos en mi
-país, y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que
-a su vez les llegará el turno de morir como los otros.
-
-Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba,
-volvía a acordarse de Vera Alejandrowa.
-
-Todo en Niza parecía evocar su imagen. Los perrillos que le ayudaban a
-vivir con su fecundidad eran descendientes de una pareja de favoritos
-que ella le había confiado antes de partir a Rusia. El Casino le hacía
-recordar los bailes de otro tiempo. Le era imposible salir de la ciudad
-sin que sus ojos tropezasen inmediatamente con la masa enorme y blanca
-del hotel donde habían vivido los dos en lo alto de Cimiez. Los
-comedores de los «Palace» que frecuentaba ahora como humilde y simpático
-parásito le habían visto sentado junto a ella durante largas cenas de
-platos costosos y vinos extraordinarios, pagadas con una largueza
-moscovita, ignorante de los valores.
-
-Madame Volinski, la esposa del famoso minero, gastaba 800 000 francos al
-año en vestidos (tres millones de ahora), y sus joyas eran tantas que no
-dejaban sitio disponible en las cajas de seguridad de los hoteles. Los
-periódicos de modas habían hablado con asombro de su calzado: cien pares
-ordinariamente. Sentía repentina aversión por trajes y zapatos que sólo
-había usado una vez, regalándolos a sus doncellas o a criadas de hotel
-conocidas horas antes; y las pobres mujeres, no sabiendo qué hacer de
-tan fastuosos regalos, los vendían.
-
-De todos los caprichos de Vera Alejandrowa, el que recordaba Fedor con
-más frecuencia era su baño: un baño diario que hacía pasar a segundo
-término las extravagancias termales de las emperatrices de Roma. La
-esposa del millonario siberiano arrojaba todos los días en su bañera
-perfumes de París por valor de 500 francos. ¡Y ahora, tal vez pasase
-meses y meses, allá en la gran ciudad devastada por la experiencia
-comunista, sin cambiar de ropas, sin conocer los cuidados higiénicos,
-desposeídos de importancia en un país falto de alimento y de calor!...
-Pero como si no pudiera imaginársela sucia, haraposa y alimentándose con
-inmundicias, se preguntaba:
-
---¿Realmente vivirá aún?... ¿No habrá muerto de miseria, como tantos
-millones de personas?
-
-Un día experimentó una gran emoción, casi lo mismo que si hubiera visto
-a la desaparecida.
-
-Evitaba el trato con los rusos residentes en Niza. Todos ellos maldecían
-la tiranía roja; pero apenas se juntaban para acordar los medios de
-combatirla surgían tantas opiniones como individuos, y estas opiniones
-eran tenaces e irreconciliables. Ipatieff, educado en la Europa
-occidental, creía a sus compatriotas algo locos de nacimiento y con una
-tendencia a la crítica que les hacía impotentes para la acción. Él, a su
-vez, era tenido por los otros como un vividor alegre que no había hecho
-nada útil en sus tiempos de rico, y además le consideraban extranjero.
-
-En una reunión de compatriotas, hablando con una señora llamada Tatiana,
-recién venida de Rusia, palideció de sorpresa al oírla nombrar a Vera
-Alejandrowa.
-
-Vivía aún tres meses antes. Tatiana la había visto mientras preparaba su
-fuga de Rusia. Y Fedor tuvo que escuchar con fingido interés el relato
-de esta aventura novelesca, igual a las fugas peligrosas de tantos
-otros: la marcha sobre el mar helado en un trineo que avanzaba cubierto
-de sábanas, lo mismo que los caballos que tiraban de él, para
-inmovilizarse sobre la nieve y confundirse con ella cuando los
-reflectores de las fortalezas de Cronstadt paseaban sus mangas de luz
-sobre la blanca llanura para descubrir a los fugitivos. Luego, el lento
-reptar sobre el hielo, deslizándose entre los centinelas rusos; la
-parálisis que empieza a adormecer a los que mueren helados; y al fin, la
-llegada a Helsingfors, puerta del mundo, entrada del paraíso para tantos
-millares de fugitivos de la Tcheka inquisitorial.
-
---¿Y Vera Alejandrowa?--interrumpió Fedor--. ¿Cómo estaba cuando la vio
-usted?...
-
-El viejo del Paseo de los Ingleses tuvo desde este día una ocupación
-urgente que le hizo olvidar los cuidados de su rebaño canino. Empezó a
-hacer visitas a esta señora con la asiduidad de un enamorado. Vivía con
-otras rusas arruinadas por el sovietismo en una casa de huéspedes, donde
-muebles y personas parecían tener el mismo aspecto de indiferencia,
-resignación y pereza eslavas. El antiguo elegante quería ser ciego para
-el abandono personal de todas estas compatriotas, que después de tres
-años de vida soviética necesitaban reacostumbrarse a la limpieza y a la
-abundancia del Occidente europeo.
-
-Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té
-que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra,
-dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en
-Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en
-que existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le
-hablaría de la otra. Y así era siempre.
-
-La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del
-interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su
-elegancia, y hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria,
-exagerándolos para dar gusto a su oyente.
-
-Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la
-tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente
-dicho, de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del
-régimen soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo
-comercio, prohibiéndolo bajo pena de muerte. Ella salía de vender los
-últimos restos de su antiguo lujo y miraba con tristeza el grueso rollo
-de rublos en billetes que le había entregado el comerciante judío. ¿De
-qué podía servirle este dinero? La comida la daba el gobierno, y
-únicamente valiéndose de astucias, castigadas con prisión o muerte,
-podían comprarse en secreto los alimentos.
-
---Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una
-cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la
-fabricación de bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más
-peligroso era venderlos. Los que ejercen allá un comercio acaban en los
-calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante le
-servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios
-célebres.
-
-¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había
-sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o
-afiladores de cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas
-viejas... Pero Tatiana interrumpía su lamentable descripción de la Rusia
-nueva para no impacientar a su oyente, que sólo se interesaba por Vera
-Alejandrowa.
-
---Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá;
-tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos.
-Se puede protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el
-hambre!..., ¡qué humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa
-la dignidad y todas las vanidades humanas... Nos encontramos en la
-Soukharewka, un mercado de dos kilómetros de largo que se forma ahora en
-las afueras de Moscou, a pesar de que el gobierno castiga el comercio
-como un crimen. Todos van a él para comprar y vender. El comprador se
-convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio donde el dinero
-guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto! para
-comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos
-despreciable... Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas
-fruncidas, como el que prepara una resolución de la que depende su
-existencia. Necesitaba comprar para comer, y no era empresa fácil. Nos
-saludamos y cada una se fue por su lado. El hambre deja poco sitio a la
-amistad.
-
-Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su
-pensamiento:
-
---¿Y todavía está hermosa?
-
-Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima.
-
---¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara.
-Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa
-maldita revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...!
-
-La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver
-defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la
-vanidad de Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además,
-¡tan vieja! Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera
-Alejandrowa, aunque estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería
-siempre mejor aspecto que esta burguesa. Sólo por los azares de la
-revolución había podido Tatiana hablar como una igual a la antigua dama
-de la corte...
-
-Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad
-la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que
-habían frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido
-e incierto. Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de
-sus recuerdos la imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había
-visto la última vez.
-
-Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los
-sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin
-perder por eso sus atractivos de mujer elegante.
-
-La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena
-disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta
-distinción. También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la
-hubiesen enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe;
-pero esto daría seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos
-verdes una dilatación enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada
-por él empezó a reinar en su existencia.
-
---¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!...
-
-Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda
-juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo
-juntos, como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de
-la Rusia roja, debía considerar como una dicha interminable la vida
-modesta de un obrero o un empleado de la Europa occidental. Él
-trabajaría como los verdaderos hombres, apelando a recursos desesperados
-para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué no haría por Vera!...
-Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de energía, considerando
-vencidos de antemano todos los obstáculos.
-
-Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de
-que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma
-imposibilidad, el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para
-darle una noticia:
-
---Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a
-una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un
-empleo y viene a vivir aquí.
-
-
-IV
-
-El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su
-banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la
-caricia del sol, pensaba siempre lo mismo:
-
-«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...».
-
-Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente
-hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad,
-sentía ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima.
-
-Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su
-interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la
-comparación y el contraste que surge en las horas de desaliento.
-
-Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo.
-Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas
-de los pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza
-indisimulable de gran señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería
-la impresión de Vera Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento
-y la tristeza de un hombre que ya no puede recobrar su voluntad de ser
-joven. En vano, para consolarse, contaba los años transcurridos desde
-que ella se marchó: ocho nada más.
-
-Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su
-existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes
-fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los
-sesenta!... ¡Un mundo!
-
-Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises.
-Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando
-que le daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca
-blanca. No debía teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus
-facciones... Pero ahora su blancura era la de la ancianidad. Además,
-¡sus ojos hundidos, sus arrugas, todos aquellos avances de la vejez que
-no le habían preocupado en los últimos años, interesado únicamente en
-mantenerse con cierto decoro, y ahora le parecían lacras vergonzosas!...
-
-Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más
-joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del
-verano, el esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden
-valerse, sin miedo a la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados
-por el lujo. Su tocador guarda varias primaveras sucesivas, y los
-artificios del afeite seducen a los hombres con una fuerza malsana, más
-poderosa a veces que la ingenuidad juvenil.
-
-Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez
-con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana
-en su tugurio, antes del paseo matinal.
-
---Ahí está; llegó anoche.
-
-Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos
-años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?...
-
-Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera
-temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con
-una majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le
-reconocían sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto
-era la vulgar y novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente:
-«Ahí está; llegó anoche».
-
-El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su
-vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e
-imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía
-dejarlo solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir,
-corrió tras de ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una
-burla al Destino, merecedora de duras penas, retardar por unos minutos
-la realización de lo que tanto había deseado.
-
-Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de
-Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza
-buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de
-compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había
-perdido el tiempo conversando con Tatiana!...
-
-Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y
-triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia,
-convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para
-encontrar a la que buscaba.
-
---Vengo a ver--dijo en ruso--a la señora Velinski, la hija del general
-Bodkine.
-
-Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta
-pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera.
-
-Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y
-encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus
-ojos, empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían
-apreciar exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en
-éstas era un brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía
-armonizarse tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera,
-teñida recientemente, era de un rubio subido; pero el tinte «no
-agarraba»--como dicen las mujeres--, dejando visible la blancura de sus
-cabellos. Tampoco la pintura fresca, distribuida sobre su rostro con la
-prodigalidad oriental de las eslavas, conseguía adherirse a la
-epidermis, curtida y resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus
-dos manos para coger las de Ipatieff.
-
---¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última
-vez que nos vimos.
-
-Luego dijo con una expresión envidiosa:
-
---Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos.
-
-Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba,
-juzgándolo joven al compararle con su propia miseria.
-
-Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que
-Ipatieff consideraba absurdas.
-
-La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la
-miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su
-pasado la robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados
-momentos apoyaba sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar
-altiveces. Únicamente lo usaba al expresar su propósito de ganarse el
-pan, no queriendo ser una carga para sus amigas.
-
-Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído
-en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco,
-la modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que
-llevaban. Sus ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el
-pedazo de jardín que daba entrada a la pobre casa de las afueras de
-Niza.
-
-Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul
-la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de
-Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de
-Bagdad.
-
---¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno,
-se sabe mejor lo que es la dulzura de vivir.
-
-Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó
-tristemente:
-
---Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció
-al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado.
-
-A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía
-embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava,
-haciéndola pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido
-devolverle su aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con
-una fealdad de obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la
-ayudaron a teñirse el pelo y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo
-que había olvidado estas cosas!... Y entornando sus párpados, dados de
-azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que
-pretendía sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y
-coquetería:
-
---¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?...
-
-Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados,
-que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera
-Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser
-reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad.
-
-Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien
-había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio
-explicaciones a Fedor.
-
---La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche,
-venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le
-recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe
-muchos idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan
-gentes del Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra
-clase. Poca cosa es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de
-la pensión está hablando ahora con ella.
-
-El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de
-vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le
-habían hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una
-falsa independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía
-obligada al trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de
-sostén a la otra.
-
-En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron
-solos.
-
-La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez
-llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada.
-Al mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social.
-
-Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se
-preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta
-nuestra casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y
-existirá lo mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que
-corre invariablemente por sus cauces naturales.
-
-Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su
-curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida
-primitiva, en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales
-inferiores. Estamos orgullosos de nuestro bienestar, y basta un simple
-trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el
-asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de
-nuestro planeta.
-
---¡Lo que yo he visto!--decía Vera--. ¡Lo que he sufrido!
-
-Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con
-voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el
-tormento de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si
-vivirá al día siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo
-creía sentir en su nuca un redondel pequeño y frío: la boca del revólver
-encargado de las ejecuciones rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no
-acordarse...
-
---¿Y su marido?--preguntó una tarde Ipatieff--. ¿Vive aún en Siberia?
-
-Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa
-su pregunta.
-
---Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han
-dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina.
-
-A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus
-tristes relatos, que tenían el encanto de un «_flirt_ triste», según él.
-La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de
-ganar su pan y no ser gravosa a nadie.
-
-
-V
-
-El viejo del Paseo de los Ingleses no volvió más al paseo. Ahora
-trabajaba.
-
-Había vendido sus perros jóvenes, poniendo los dos viejos bajo el amparo
-de aquella portera misericordiosa que protegía igualmente al amo. El
-gran señor venido a menos, con sus patillas de monarca austríaco y sus
-levitones majestuosos, pidió de pronto un empleo a sus amigos, «fuese en
-lo que fuese». En el Municipio le apreciaban hacía treinta años, como un
-elegante que había servido de ornato a los inviernos de Niza, y se
-apresuraron a ayudarle. No había empleos disponibles, pero inventaron
-uno para darle satisfacción: el de vigilar a los obreros que trabajaban
-en un cementerio, ensanchado considerablemente para dar sepultura a los
-miles y miles de convalecientes de la gran guerra venidos a morir en la
-Costa Azul.
-
-Todas las mañanas Ipatieff andaba varios kilómetros para llegar a este
-cementerio, donde no hacía otra cosa que pasearse entre las cruces o a
-lo largo de los muros que iban levantando los albañiles. Su verdadera
-ocupación era pensar en Vera Alejandrowa, que en aquel momento estaba
-también trabajando, pero más positivamente que él.
-
-Una fraternidad piadosa empezó a unirle a muchos de aquellos jornaleros
-que estaba encargado de vigilar, sin saber ciertamente en qué consistía
-su vigilancia. Experimentaba un «refrescamiento interior»--eran sus
-palabras--al hablar con estos hombres, poniéndose al nivel de sus
-necesidades y sus ilusiones.
-
-El enorme trastorno de Rusia le había convertido en un menesteroso, en
-un trabajador, aunque su trabajo no valiese gran cosa. Ella también
-había sufrido la misma transformación. ¿Por qué no vivir como sus
-compañeros de pobreza?... El próximo domingo, día de descanso, saldría a
-pasear con «su novia», lo mismo que los albañiles jóvenes que trabajaban
-en el cementerio. Y escribió a su antigua amante para que viniera o
-juntarse con él en las primeras horas de la tarde frente al Casino.
-
-Ipatieff le preparaba una sorpresa. A otros tiempos, otro rostro. Ya no
-quedaban emperadores en Europa, y las patillas a la austríaca resultaban
-un anacronismo. Además, desde que Vera Alejandrowa le había admirado
-viéndolo más joven que ella, sentía un vanidoso deseo de extremar esta
-diferencia, y le pesaban los dos abultamientos de pelos blancos que
-cubrían sus mejillas. El bigote recortado a la americana era el adorno
-triunfador de los actuales dominadores del mundo. Y el domingo por la
-tarde fue él quien tuvo que avanzar y sonreír, haciendo gestos
-amistosos, para que la otra le reconociese.
-
-¡Pobre Vera Alejandrowa! Iba vestida de negro, con un traje viejo que le
-había prestado la dueña de la pensión. Su sombrero, otro regalo de una
-amiga casi tan pobre como ella, estaba abollado y desfigurado por las
-lluvias del invierno anterior. De su antigua belleza sólo le quedaba la
-pequeñez de los pies; pero esta finura aristocrática servía únicamente
-para atraer las miradas hacia sus zapatos, lamentablemente ajados y con
-los tacones torcidos. Las manos, que no habían podido salvarse de los
-ultrajes de la miseria, estaban oprimidas por unos guantes demasiado
-estrechos, sobresaliendo la carne sobre sus bordes.
-
-Fedor tuvo que buscar mucho para encontrarla.
-
-Era la más obscura e insignificante entre todas las empleadas de hotel,
-domésticas endomingadas y mujeres de obreros que esperaban en medio de
-la plaza la llegada y el cruce de los tranvías. Ella, al reconocerle,
-volvió a asombrarse de su juventud.
-
---¿Eres tú, Fedor?... ¡Qué joven! Me da vergüenza ir a tu lado.
-
-Se hablaban de tú instintivamente al verse solos por primera vez después
-de tantos años. Él le tomó un brazo, señalando luego hacia el Casino.
-
---¿Te acuerdas, Vera?...
-
-Los dos vieron repentinamente el edificio con toda su fachada iluminada,
-como en las noches del Carnaval; los tropeles de máscaras que iban
-llegando; la música y un bullicio de muchedumbre escapándose por puertas
-y ventanas; un carruaje que llamaba la atención por su lujo entre los
-demás vehículos; una mujer con aire de emperatriz que descendía de él,
-brillando como un cielo de verano a causa de sus joyas, dejando tras de
-su paso un aliento de jardín, precedida por murmullos admirativos...
-
---¡Oh, Fedor!...
-
-Y la pobre vieja dijo esto como si exhalase un quejido mortal,
-parpadeando para repeler sus lágrimas.
-
-Él no quiso que se prolongase esta evocación del pasado, y empujó a Vera
-hacia los grupos que asaltaban los tranvías.
-
-Tenía formado su plan para toda la tarde: iban a recorrer los lugares
-donde se habían creído felices; todos los rincones del brillante
-escenario de su vida.
-
-Subieron hasta las alturas de Cimiez, ocupadas por los hoteles más
-aristocráticos. Un edificio enorme como un cuartel y rodeado de jardines
-cerraba la avenida. Un monumento blanco, rematado por una señora gorda
-esculpida en mármol, hacía saber a las generaciones presentes y futuras
-que en este lugar pasaba sus inviernos la reina Victoria de Inglaterra.
-
-Giraban las mamparas de cristales ante las gentes que iban descendiendo
-de sus automóviles. Era la hora del té. Se oían los primeros lamentos de
-los violines en el hall. Los centenares de ventanas del hotel llameaban
-como placas de oro en fusión sobre la fachada ebúrnea, reflejando el
-dulce sol del atardecer.
-
---¿Te acuerdas, Vera?--volvió a preguntar melancólicamente Fedor.
-
-Y la mujer, haciendo ahora un esfuerzo para contener su emoción, se
-limitó a mover la cabeza. Se acordaba de todo. Allí habían vivido varios
-inviernos; allí empezaron a tratarse como simples amigos, separándose
-años después con la silenciosa y fingida resignación de los amantes que
-prometen volver a encontrarse pronto y no saben con certeza si se verán
-más.
-
-Una ventana que Vera miraba con insistencia era la de su cuarto de baño,
-donde el agua recibía diariamente quinientos francos de perfumes.
-
-No les fue posible continuar su contemplación. Tuvieron que apartarse
-repetidas veces para no ser atropellados por los automóviles que
-llegaban.
-
-El portero del hotel, galoneado como un almirante, y sus numerosos pajes
-cubierto el pecho de filas de botones lo mismo que los húsares, al salir
-a la escalinata para saludar a los clientes acabaron por fijarse en esta
-pareja de viejos mal trajeados, examinándolos con insistente hostilidad.
-Tal vez eran dos pedigüeños extranjeros de los que asedian los hoteles
-para sacar dinero a sus compatriotas ricos.
-
---Vámonos--dijo Fedor como si adivinase.
-
-En las vecinas Arenas de Cimiez, ruinas del circo de Cimela, la antigua
-colonia romana, volvió a salirles al encuentro su pasado, e igualmente
-bajo los árboles añosos y las arcadas del monasterio próximo. Por aquí
-habían caminado muchas veces cuando necesitaban abandonar el lujo
-moderno del hotel, yendo en busca de un ambiente más «romántico» para
-sus paseos de enamorados.
-
-Tenían ahora que marchar por el borde de caminos y avenidas, evitando el
-polvo que levantaban los automóviles. Al estar juntos sentían más
-intensamente la humillación de su decadencia. Ellos habían pasado por
-aquí, en los primeros años de su amistad, sentados en un landó del que
-tiraban caballos de altísimo precio, como los de las cuadras de los
-reyes; luego habían admirado a los invernantes de Niza usando los
-primeros automóviles de gran potencia.
-
---¡Eh, buena madre! ¡Atención!...
-
-Un cochero de alquiler gritaba a Vera con despectiva piedad para que se
-apartase. Preocupada por sus recuerdos, se había salido del borde del
-camino, y casi la atropelló el caballo.
-
---Huyamos lejos de aquí--dijo con angustia--. Vámonos a un sitio donde
-no hayamos estado nunca.
-
-Marcharon cuesta abajo, hacia la llanura, deteniéndose en un suburbio
-rústico de la ciudad.
-
-Danzaban las gentes domingueras en los raquíticos jardines de varias
-tabernas. Los dos viejos entraron en uno de estos bailes populares,
-tomando asiento bajo las empolvadas enredaderas de un cenador. Para
-hablar con más libertad, volvieron sus espaldas a las parejas. Eran
-obreros vestidos como señores y criadas con falda corta, medias de seda
-y zapatos de charol, que bailaban las últimas danzas americanas.
-
-Fedor, por contraste con esta juventud alegre, encontraba más triste y
-más vieja a su acompañante. ¡Pobre Vera Alejandrowa!... Esto no
-disminuía su deseo de resucitar el pasado, como si la tal resurrección
-le pudiese proporcionar una segunda juventud. No iban a bailar los dos
-como aquella gente sudorosa, de rostros enrojecidos; pero aún podían
-conocer las dulces emociones de otras parejas que conversaban en voz
-baja, medio ocultas en los cenadores.
-
---¿Te acuerdas?... ¿Te acuerdas?...
-
-Y Fedor hacía estas preguntas después de evocar fragmentos del pasado,
-que eran siempre recuerdos de amor.
-
---¡Oh, Fedor!--contestaba la envejecida señora moviendo su cabeza
-negativamente.
-
-¿Para qué recordar unas cosas que no podían repetirse?... La verdadera
-vida había terminado para ellos. Eran palabras, nada más que palabras
-con que se engañaba a sí mismo, todas aquellas ilusiones de «una segunda
-primavera», y otras cosas aprendidas indudablemente en los libros que
-iba recitando el antiguo elegante con el mismo tono cálido y persuasivo
-de otros tiempos. Pero este tono resultaba ahora grotesco a través de su
-dentadura insegura.
-
-Ella estaba quebrantada interiormente, y no volvería a sanar. Se
-consideraba igual a los que después de haber pasado la mayor parte de su
-existencia en un calabozo, cuando vuelven al sol y al aire libre se dan
-cuenta de que sólo podrán ser en lo sucesivo unos muertos que andan.
-
---Tengo frío en los huesos, Fedor, y lo tendré siempre. El sol no posee
-calor bastante para reanimarme. Tú no sabes cómo queda un alma después
-de los años pasados allá. Todas las mañanas, cuando el criado de la
-pensión golpea mi puerta, salto despavorida de la cama. Creo que son los
-de la Tcheka que llegan. En vano al abrir la ventana veo el mar, las
-palmeras, la calle tranquila. Tengo miedo, un miedo que me acompañará
-siempre. Además, las humillaciones, el hambre de tantos años...
-
-El antiguo elegante se fijaba con tristeza en los gestos ávidos de su
-compañera. Él había conservado mejor las costumbres del pasado. Sobre la
-mesa rústica del cenador una criada había colocado varios pasteles
-mohosos y una botella de vino blanco. Vera comía con una acometividad de
-animal hambriento, mostrando sin escrúpulo alguno, durante la violenta
-masticación, varias brechas de su dentadura todavía no recompuestas.
-
-Al adivinar la extrañeza de su antiguo amante, dijo con brusquedad:
-
---Tú has vivido aquí; conoces tal vez la pobreza, pero no el hambre...
-Tú ignoras el valor de las cosas.
-
-Acarició con una mano la botella de vino barato, al mismo tiempo que la
-contemplaba admirativamente.
-
---Allá en nuestro país hubiera sido capaz de matar por obtener este
-tesoro.
-
-Llenó dos veces su vaso, apurando su contenido con lentos sorbos de
-gula.
-
-Después lanzó una mirada de envidia y ambición hacia un cenador
-inmediato, donde una familia de obreros comía una ensalada de tomates y
-otras legumbres, acompañándola con largos tragos de vino tinto.
-
---Me gustaría--dijo--comer y beber lo mismo que ellos. Debe ser
-magnífico.
-
-Y al ver que Fedor reprobaba con sus ojos esta admiración por un plato
-vulgar, volvió a decir en tono de reproche:
-
---Cuando se ha vivido mendigando como el mejor de los alimentos unos
-gramos de pan negro y un agua sucia con espinas de arenque...
-
-Rió luego acordándose de los esfuerzos que había de hacer en la pensión
-para sofocar los caprichos y audacias de su hambre atrasada. Como temía
-que la dueña la despidiese al notar mermas en su despensa, se limitaba a
-apoderarse de los terrones de azúcar olvidados por los huéspedes y a
-apurar los fondos de las botellas.
-
-Fedor la miró con desaliento. ¡Y esta pobre mujer, vieja, hambrienta y
-dada al vino, era Vera Alejandrowa, la gran señora de la corte, dueña de
-minas de oro!...
-
-La decadencia de ella le hizo apreciar con nuevo dolor su propia
-decadencia. ¡A qué profunda sima había rodado!... Y quedaban para los
-dos tan pocos años de vida, que les sería imposible poder trepar otra
-vez hacia la luz, donde están los felices... ¡Ser pobres, absolutamente
-pobres en la vejez, cuando más necesarias son las comodidades que
-proporciona el dinero!...
-
-Pensó unos momentos en la posibilidad de que un «nuevo rico» le tomase
-como cuidador de alguna villa lujosa, con grandes jardines,
-recientemente adquirida en la Costa Azul. Él y Vera serían a modo de
-unos criados viejos y respetables. El verdadero dueño viajaría con
-frecuencia, y los dos se forjarían la ilusión de que este paraíso les
-pertenecía, viviendo en él su idilio senil y tranquilo, sin pensar en el
-pan del día siguiente. Pero ¡ay!, rara vez se realizan en el mundo las
-felicidades soñadas.
-
-Este final de existencia le parecía demasiado bello para que pudiese ser
-cierto.
-
-El regreso a la ciudad, después de anochecido, fue triste y silencioso.
-Fedor había dicho ya todo lo que podía decir. El domingo siguiente
-volverían a encontrarse. Pasearían juntos como dos caballos viejos que
-marchan al paso, rumiando los recuerdos y proezas de su arrogante
-juventud, mientras tiran de un vehículo destartalado, símbolo de su
-miseria. Llevarían la existencia de los humildes que necesitan trabajar
-para vivir, y al juntarse los días de descanso con el propósito de
-divertirse, sólo saben hablar del trabajo a que están sometidos y de su
-pobreza.
-
-¡Y así sería siempre, hasta la muerte!... En la historia de los hombres
-los acontecimientos no retroceden a su punto de partida, como tampoco
-las aguas de los ríos remontan su curso. Las reacciones son una ilusión;
-lo que ha muerto, ha muerto.
-
-Allá en su país, el desorden acabaría por ordenarse; los revolucionarios
-se transformarían en hombres de gobierno, y la necesidad de vivir
-acabaría, después de tantos cataclismos, por establecer su curso
-regular, como un río que se desborda vuelve finalmente a sus cauces
-naturales.
-
-Pero cuando esto ocurriese, las gentes ya serían otras y otros también
-los moldes de la nueva existencia. Y ellos dos, víctimas de una enorme
-sacudida social, sólo comparable a un temblor de tierra, que les había
-dejado sin pan y sin casa, ya no vivirían cuando surgiese del suelo la
-ansiada Ciudad Futura tantas veces anunciada por los utopistas... si es
-que alguna vez podía llegar a ser una realidad este ensueño milenario de
-bienestar para todos, tan antiguo como el hombre.
-
-Mientras Fedor marchaba reflexionando, la antigua millonaria, más
-verbosa que su acompañante, exponía sus ambiciones presentes.
-
-Lo único que deseaba por el momento era no ir vestida a costa de los
-demás. También necesitaba ropa interior. Era un suplicio para ella no
-poder cambiarla. Sólo tenía la escasa ropa blanca que le habían
-facilitado sus amigas. La compra de tres mudas interiores a precio
-barato era su mayor ilusión. Tal vez la semana siguiente, cuando Fedor
-cobrase su jornal en el cementerio, podría realizar ella tan enorme
-deseo.
-
-Los ofrecimientos monetarios de su acompañante la conmovían más que los
-millones del rico siberiano cuando la pidió por esposa. ¡Ganaba tan poco
-en la pensión, aparte de su comida!...
-
-Al separarse de ella, Fedor volvió tristemente hacia su casa. Reía ahora
-irónicamente de los fantasmas que le habían acompañado al principio de
-la tarde. ¿Querer resucitar el amor, siendo pobre?...
-
-El amor es únicamente para los ricos. Los que han de preocuparse de
-ganar su vida tienen otras cosas más urgentes e imperiosas en que
-pensar. Necesitan todo su tiempo para el trabajo, y el amor exige
-riqueza y vagancia. Es el más inagotable y variado de los placeres;
-pero todos los placeres de la tierra sólo existen para los que poseen el
-dinero.
-
-Esto, que le hubiese parecido muy lógico en otros tiempos, lo
-consideraba ahora inadmisible porque se veía pobre, y un sentimiento de
-envidia e indignación le hizo protestar contra los privilegios de los
-felices.
-
-Era injusto que la vida estuviese organizada con tanta desigualdad. Todo
-debía ser para todos: dolores y placeres.
-
-Luego modificó sus ideas pensando en sus años. Se sintió más pobre que
-nunca, pobre sin remedio, al considerar que la juventud no puede
-rehacerse como se rehace una fortuna. ¡Ay, la vejez!... ¿Qué pobreza
-mayor?...
-
-Y se dijo con melancolía rencorosa:
-
---Sí; no me equivoco: el amor es únicamente para los ricos... ricos de
-dinero o ricos de juventud.
-
-
-
-
-En la costa azul
-
-
-
-
-Capítulo I
-
-EL CARNAVAL EN NIZA
-
-
-Niza es la heredera de Venecia. Durante varios siglos, los ricos ganosos
-de divertirse y los aventureros de vida novelesca arrostraron las
-molestias y peligros de los viajes de entonces para presenciar en la
-ciudad adriática las fiestas de un Carnaval que duraba meses. Ahora, los
-medios de comunicación son más fáciles; el placer se ha democratizado,
-lo mismo que los conocimientos humanos y las comodidades de nuestra
-existencia, y el ferrocarril y el trasatlántico traen miles de
-espectadores al Carnaval de Niza.
-
-La Naturaleza gusta de travesear en estos días. Un sol primaveral
-derrama sus oros sobre la Costa Azul casi todo el invierno, y al llegar
-la semana carnavalesca raro es el año que no cae una lluvia inoportuna.
-Pero como Niza necesita defender su célebre fiesta, y la muchedumbre de
-viajeros llega dispuesta a divertirse, sea como sea, las máscaras
-arrostran la intemperie, el público abre sus paraguas, y los desfiles
-continúan bajo esa lluvia violenta y tibia de los países solares, donde
-los aguaceros son ruidosos pero de corta duración.
-
-El Carnaval de Niza ha acabado por ser algo indispensable para su vida,
-y ninguna otra ciudad lo puede copiar. Los particulares colaboran con el
-Municipio; cada nicense aporta su iniciativa. Capitales de mayor
-importancia podrían organizar desfiles de carrozas más suntuosas; pero
-creo imposible que encontrasen una ayuda individual, una colaboración
-«patriótica» como la de los habitantes de esta ciudad. El pueblo nicense
-considera que es deber suyo engrosar el número de las máscaras, y
-familias enteras se cubren con el disfraz para gritar en las calles,
-danzar o ir saltando de una acera a otra, todo para mayor gloria y
-provecho de su tierra.
-
-En esta fiesta, lo más admirable no es la obra de los artistas, ocupados
-durante meses y meses en preparar las carrozas, ambulantes caricaturas
-que sintetizan los sucesos de la actualidad; son la máscara suelta y el
-grupo organizado espontáneamente los que le dan un carácter único en el
-mundo. La máscara a pie es más digna de atención que los enormes
-vehículos con sus monigotes que casi llegan al filo de los tejados, y
-sus grupos de muchachas subidas en las rodillas y los brazos del gigante
-de cartón, como los liliputienses escaladores del cuerpo de Gulliver.
-
-Más de cincuenta Carnavales sucedidos en el curso de medio siglo largo,
-sin otra interrupción que la última guerra, han fatigado a los
-organizadores y al público de las cabalgatas llamadas históricas o
-artísticas. Ahora, el Carnaval de Niza es burlesco, dedicándose a la
-deformación ingeniosa de los géneros animales y vegetales. Ciertos
-grupos de máscaras recuerdan los _Caprichos_, de Goya, y otros delirios
-de artistas fantaseadores.
-
-Los que carecen de dinero para proporcionarse un disfraz completo, o no
-pensaron previsoramente en su adquisición, se desfiguran con una nariz
-postiza, lanzándose en el torrente de las máscaras, para ser una más.
-
-El Carnaval ofrece aquí el aspecto enardecedor y sinceramente jocundo de
-todo lo que se hace en la vida espontáneamente por entusiasmo y no por
-dinero. Los miles de máscaras gritan, cantan, forman corros y cadenas o
-hacen burlescas cortesías al público. Esto representa para ellas el
-descanso. Luego, apenas rompe a tocar una de las bandas de música del
-cortejo, avanzan por las calles bailando, y los que ocupan los carros
-empiezan a saltar como monigotes elásticos. Y así continúan horas y
-horas, causando asombro un regocijo tan infatigable y tenaz.
-
-Nadie se enfada; rara vez surge un incidente violento. Es un Carnaval de
-gentes ruidosas que se buscan para divertirse, pero sin perder la buena
-crianza. Las máscaras, cuando se empujan por descuido, se piden perdón a
-través de la careta.
-
-El amor acude todos los años, puntualmente, a la fiesta. Muchas novelas
-bipersonales, que permanecerán ignoradas y nadie escribirá, tuvieron su
-primer capítulo en el Carnaval de Niza, durante el desfile de la
-cabalgata o las fiestas nocturnas en el _hall_ del Casino, enorme como
-una catedral.
-
-El viajero enmascarado habla al dominó femenino que marcha junto a él.
-Se aproximan para defenderse de los empellones de los otros; acaban por
-cogerse del brazo y saltar a un tiempo; luego bailan, quieren saber cómo
-se llaman, se dan falsos nombres y se declaran un eterno amor antes de
-haberse visto las caras. Todo esto, empujados por el torrente
-carnavalesco a través de avenidas y paseos, defendiéndose con las
-espaldas del oleaje humano, evitando las patas de los caballos
-enganchados a las carrozas o los arranques inesperados de los chófers
-que las guían.
-
-En otros países un Carnaval como éste provocaría riñas y crímenes. En
-Niza rara vez tiene que intervenir la policía. Ésta y los destacamentos
-de cazadores alpinos encargados de mantener el orden sólo se preocupan
-de que los grandes carros no causen daño en las fachadas de las casas o
-en los arcos de luces que adornan las calles.
-
-La gente se divierte y no riñe, porque ignora el miedo al ridículo, que
-tanto amarga la vida de nuestra raza. El que aquí pretende divertirse
-sólo piensa en obtener el placer deseado. Lo busca a su modo e ignora la
-existencia de los demás, despreciando lo que puedan pensar de él.
-
-Nosotros tenemos miedo «al qué dirán», a que alguien «nos tome el pelo»,
-y esto nos cohíbe, aplastando toda iniciativa. Sólo podemos divertirnos
-haciendo todos lo mismo, como un rebaño falsamente alegre, receloso y
-suspicaz, mirándonos de reojo mientras reímos. Y al sospechar vagamente
-que alguien puede divertirse un poco a nuestra costa, ¡adiós alegría!,
-creemos necesario morder.
-
-
-
-
-_II_
-
-EL CAMINO DE TODOS
-
-
-Si un romano del tiempo de Augusto o de Tiberio resucitase en nuestros
-días, no le preguntaríamos sobre los episodios de la historia antigua,
-que fue para él contemporánea, y las costumbres públicas de entonces.
-Todo esto lo sabemos por los historiadores y las leyes romanas.
-
-Nos interesaría más conocer los secretos y particularidades de la vida
-privada; cómo se divertían las gentes en Cumas, Baia, Pompeya y otras
-ciudades elegantes situadas al borde de lo que es hoy golfo de Nápoles.
-Nos gustaría escuchar los escándalos, las murmuraciones, las
-excentricidades del gran mundo romano que se trasladaba por unos meses a
-las sonrientes orillas del mar de Partenope; querríamos contemplar de
-cerca la misma vida suntuosa que vio deslizarse el melancólico y
-jubilado «Procurador de Judea», descrito por Anatolio France.
-
-Pero si el romano vuelto al mundo nos dijese que no había estado nunca
-en estas ciudades, alegría y solaz de la vida antigua, nos indignaríamos
-contra él.
-
---Entonces, ¿qué es lo que hizo usted en su existencia anterior?...
-¿Cómo pudo mantenerse tranquilo, sin ver de cerca uno de los aspectos
-más interesantes de aquel tiempo?
-
-Lo mismo podría decirse a un hombre de nuestra época que, teniendo
-cierta fortuna personal y hallándose sano de cuerpo para emprender
-viajes, no sintiese curiosidad por la vida cosmopolita y alegre de la
-llamada Costa Azul, que equivale ahora a las ciudades del antiguo golfo
-de Nápoles, fundadas o agrandadas por los Césares.
-
-El paisaje de la Costa Azul infunde admiración. Tiene la dulzura
-luminosa de las costas mediterráneas. Los Alpes, al llegar al mar, se
-hunden bruscamente en su abismo, formando rosados promontorios o
-graciosas bahías orladas de jardines. Pero indudablemente existen en la
-cuenca del Mediterráneo otros paisajes semejantes a éstos o tal vez más
-originales. El verdadero encanto de la Costa Azul es obra del hombre. Lo
-más interesante en ella es la humanidad que la puebla durante los meses
-del invierno.
-
-Asombra el cálculo de lo que se ha trabajado en medio siglo nada más
-para el embellecimiento de esta cornisa de montañas. Antiguos
-pueblecitos de pescadores o labriegos son hoy ciudades elegantes, donde
-mantienen sucursal abierta las tiendas más célebres de Londres y París.
-Campos pedregosos que tuvieron por única vegetación olivos centenarios,
-rajados y mediocremente fecundos, se han vendido a lotes por sumas
-inauditas, convirtiendo en millonarios a los nietos de sus primitivos
-cultivadores. No hay aldea enriscada que no posea un buen camino para
-automóviles. Tres carreteras cortan longitudinalmente la falda de los
-Alpes desde Niza a Mentón: la que sigue la orilla sinuosa del mar, la
-llamada Cornisa Media, y la Gran Cornisa, que serpentea sobre las
-cumbres, y está muchas veces incomunicada ópticamente, por una masa de
-nubes, con la ribera de abajo, donde rebullen las gentes como un
-hormiguero.
-
-Atrevidos viaductos cruzan los precipicios para evitar grandes rodeos a
-la circulación. Si los caminos tropiezan con un saliente de la montaña,
-lo perforan en forma de túnel. Otras veces necesitan extenderse a lo
-largo del Mediterráneo y desarrollan su cinta sobre largos terraplenes.
-
-Es difícil calcular el dinero invertido aquí por los que vinieron,
-durante medio siglo, en busca de sol y horizontes azules.
-
-Niza, pequeña ciudad saboyana, es ahora la quinta o sexta urbe de
-Francia. Desde Hyéres a Mentón se extienden miles y miles de ricas
-«villas» y palacios. Los aficionados a calcular afirman que se ha
-construido en la Costa Azul por valor de 5000 ó 6000 millones. Esto es
-obra solamente de los particulares, y hay que añadir a tan enorme
-cantidad los trabajos públicos realizados por gobiernos y municipios:
-conducciones de agua, puentes, carreteras y ferrocarriles.
-
-El que ha nacido en un país de sol no puede sentir la atracción de la
-Costa Azul como los europeos septentrionales. De aquí que ni los
-españoles ni los italianos, a pesar de ser vecinos, la frecuenten mucho.
-Siempre encontró ella en los pueblos del Norte sus más fieles
-admiradores.
-
-Antes de la guerra, la Costa Azul fue rusa. Aquí venían a derrochar su
-fortuna los privilegiados del Imperio zarista, considerando interminable
-un régimen sabiamente organizado para la felicidad de los menos. También
-fue alemana pocos años antes de 1914. Los alemanes y los austríacos
-acudieron a ella en grandes masas, y tal vez serían a estas horas sus
-dueños. Los dominadores actuales son los ingleses y los norteamericanos.
-Sus banderas ondean en todas partes junto a la bandera francesa.
-
-Viajando por todo el mundo es como puede uno ser entucado del prestigio
-lejano y misterioso que gozan estas poblaciones de la Costa Azul. Muchas
-veces, en los Estados Unidos, en Canadá, en Méjico o en naciones del
-Norte de Europa, al decir yo que tengo mi casa en la Costa Azul, he
-visto entornar los ojos a los que me escuchaban con una expresión
-ensoñadora, lo mismo hombres que mujeres, murmurando nostálgicamente:
-
---¡Niza!... ¡Monte-Carlo!...
-
-Unos hacían memoria de su vida aquí; otros deseaban venir, y temían no
-conseguirlo nunca. Mostraban todos en su rostro la misma expresión del
-que oye el nombre de Bagdad y evoca inmediatamente las maravillas de
-_Las mil y una noches_.
-
-Este fragmento de costa mediterránea es tan universal como el bulevar de
-los Italianos, de París; el Piccadilly, de Londres, o el Broadway, de
-Nueva York. Yo vivo en la más tranquila de las ciudades de la Costa
-Azul, en el poético Mentón, retiro de escritores y artistas, donde la
-gente se acuesta temprano y madruga mucho, para gozar de sus admirables
-jardines. Y sin embargo, estoy en la corriente de la circulación
-europea, en «el camino de todos», más que si viviese en Madrid, que es
-ciudad populosa y capital de una nación.
-
-Para ir a España hay que proponerse concretamente este viaje y sentir un
-verdadero interés por ella. Se necesita avanzar hasta un extremo de
-Europa y luego desandar el camino, atravesando otra vez los Pirineos.
-España sólo ofrece una salida para el que no quiere retroceder:
-embarcarse con rumbo a América, y nuestros puertos no los frecuenta
-ninguna de las grandes Compañías navieras famosas por el tonelaje de sus
-buques y por su lujo. Nuestra patria es a modo de una calle que sólo
-tiene una entrada y carece de continuación.
-
-En cambio, la Costa Azul es camino para Italia, para el centro de
-Europa, para los países del extremo Mediterráneo y del extremo Oriente.
-Se encuentran aquí, todos los días, amigos que dejó uno en lugares
-apartados del planeta, creyendo no verlos más, y que surgen
-inesperadamente ante nuestro paso. Todos los que desembarcan en Europa
-traen en su programa, como algo imprescindible, unas semanas de vida en
-la Costa Azul.
-
-Los personajes más famosos desfilan por esta tierra. No hay gobernante
-inglés que prescinda de jugar al tennis en Cannes durante el invierno.
-Junto a las mesas de los casinos de la Costa Azul puede uno codearse con
-las mujeres más célebres.
-
-Hace tiempo, almorzando una mañana en el Sporting-Club, de Monte-Carlo,
-vi sintéticamente lo que es la vida en este rincón del mundo.
-
-Cerca de mí comía un señor alto, delgado, con barba rubia y canosa, y
-lentes de oro. Al fijarme en los saludos extraordinarios del _maître
-d’hótel_ y de la servidumbre, sentí la necesidad de preguntar.
-
---Es el rey de Suecia--me dijeron--, que todos los años viene de
-incógnito.
-
-Luego ocupó otra mesa un señor robusto, de aire militar, con la tez
-enrojecida por el sol de los trópicos.
-
---A éste le conozco--dije yo al doméstico--. Es el duque de Connaught,
-el tío del rey de Inglaterra, que posee una «villa» en Cap Ferrat, y
-acaba de volver de las Indias.
-
-Varios señores ocupaban otra mesa. Uno de ellos, con gafas y barba
-canosa, parecía dominarlos a todos, sonriendo finamente. Junto a él, y
-compartiendo su importancia, había otro, de bigote blanco. El de la
-barba era Venizelos, y su vecino, el famoso hombre de negocios
-anglo-heleno _sir_ Basilio Zaharoff, el capitalista mayor de Europa en
-este momento, el único al que miran como un igual los multimillonarios
-de los Estados Unidos.
-
-Y todo esto, en un pequeño comedor de Club, que no contiene más allá de
-una docena de mesas.
-
-Me acordé de Cándido, el protagonista de la novela de Voltaire, cuando
-visita la Venecia del siglo XVIII con motivo de su famoso Carnaval, y al
-cenar en la hostería se encuentra con que sus cuatro compañeros de mesa
-son cuatro reyes que vienen de incógnito a divertirse.
-
-
-
-
-_III_
-
-EL QUE QUISO CASARSE CON LA PRINCESA
-
-
-La revolución rusa ha esparcido por el mundo miles y miles de seres que
-gozaron en otro tiempo las delicias de la riqueza o del poder, y ahora
-viven en una miseria doblemente dolorosa, por el recuerdo del pasado y
-por la falta de esperanza. Son parecidos a los emigrados de la
-revolución francesa, que paladearon la «dulzura de vivir» bajo la
-antigua monarquía instalada en Versalles, y luego tuvieron que ejercer
-viles oficios en Inglaterra y Alemania, sufriendo muchas veces el
-tormento del hambre.
-
-Esta emigración rusa se concentra especialmente en la llamada Costa
-Azul. El ensueño de todos los rusos refugiados en Berlín, Londres o
-París es poder trasladarse a Niza. Hijos de una tierra invernal, piensan
-en el sol gratuito que dora las costas de este mar color de violeta,
-célebre desde los primeros vagidos de la poesía griega. Vivir en Niza
-representa prescindir de la calefacción, comer naranjas a bajo precio,
-instalarse en un antro miserable de las afueras con otros compatriotas,
-sin miedo a los rigores de la temperatura.
-
-Además, muchos de los pobres actuales vivieron en este país hace diez o
-doce años, cuando gastaban miles y miles de rublos. Aquí dejaron
-recuerdos de amor, de vanidad o de orgullo, y se sienten atraídos por
-estos fragmentos de vida que representan toda la gloria de su pasado.
-
-Los rusos, antes de la guerra, eran en la Costa Azul el gran señor
-manirroto o la dama algo loca y siempre elegante, que asombraban a las
-gentes arrojando el dinero a puñados. Hoy forman un coro triste, y sobre
-su masa dolorosa parecen destacarse con más crudo relieve la
-prodigalidad de los americanos del Norte y la opulencia señorial de los
-ingleses, actuales dominadores de la tierra.
-
-Muchos de estos emigrados aceptaron valerosamente su desgracia. En
-Mentón, cerca de mi casa, hay granjas cultivadas por generales y
-coroneles rusos; pero cultivadas verdaderamente, pues estos hombres que
-mandaron regimientos o divisiones son ahora gañanes para poder comer, y
-remueven la tierra con la pala, abren surcos, cargan carros, crían aves
-de corral. Otros, menos enérgicos o vigorosos, trabajan como porteros de
-hotel o simples mozos de comedor.
-
-Con frecuencia, algunas damas inglesas o francesas creen reconocer al
-criado viejo, de chaleco a listas y mandil azul, que limpia su cuarto.
-Al fin acaban por enterarse de que en otros tiempos bailaron con él en
-Monte-Carlo, cuando se llamaba príncipe o conde, era capitán de la
-Guardia imperial y venía todos los inviernos a derrochar su patrimonio
-en la Costa Azul.
-
-Otros no se deciden a trabajar y apelan a toda clase de expedientes,
-representando una molestia peligrosa para el que los recibe en su casa.
-Con lentitud eslava cuentan la novela de su pasado, y acaban pidiendo
-tranquilamente mil o dos mil francos, como si aún viviesen en sus
-tiempos de magnificencia. Es verdad que se contentan finalmente con
-veinte francos; ¡pero son tantos los que llegan creyendo ser cada uno el
-único que merece protección!...
-
-En Niza, señoras de la antigua corte imperial inventan rifas para vivir.
-Otras tienen casa de huéspedes o una tiendecita de sombreros.
-
-Antes del triunfo del bolcheviquismo, mis novelas eran muy traducidas y
-leídas en Rusia. (Debo advertir de paso que España jamás tuvo tratado de
-propiedad intelectual con Rusia, y los libros nuestros eran reproducidos
-libremente. Hubo novela mía que fue publicada al mismo tiempo por cinco
-editores diferentes, sin pedirme ninguno autorización). Como vivo
-rodeado de tantos náufragos de la catástrofe rusa que en sus tiempos
-felices fueron lectores míos, recibo frecuentemente sus visitas. Grandes
-damas me buscan para que las ayude a vender ricas diademas en forma de
-mitra, semejantes a las que ostentan las vírgenes bizantinas, y que
-lucieron ellas muchas veces en las fiestas de la corte imperial. Otras
-me enseñan capas de marta, armiño, y alhajas de una magnificencia algo
-bárbara.
-
-Es lo último que les queda. Temen las ofertas, escandalosamente bajas,
-de los usureros que acechan su agonía, y acuden a mí, como si un
-novelista pudiera arreglarlo todo. Algunas me proponen la adquisición de
-estos recuerdos de su vida lujosa, desaparecida para siempre, indicando
-precios verdaderamente extraordinarios por lo modestos. Pero yo no voy a
-pasearme por mi habitación de trabajo vestido y adornado como una dama
-de Nicolás II en día de gran ceremonia, y renuncio a tales «ocasiones».
-Otras de menos años, cuyos maridos, difuntos por fusilamiento,
-poseyeron minas de platino en Siberia, vienen a que las recomiende para
-trabajar en el cinematógrafo. ¡Como si el improvisarse artista
-cinematográfica fuese algo facilísimo!...
-
-Algunas de estas grandes damas arruinadas pueden sostenerse modestamente
-con lo que poseían fuera de su país, y aún encuentran el medio de
-favorecer a sus compañeros de desgracia. Como se consideran pobres al no
-poder sostener su existencia lujosa de otros tiempos, desean trabajar, y
-han creado en Niza varios restoranes, que dirigen ellas mismas.
-
-Son establecimientos baratos, donde se puede comer por cuatro francos y
-medio, lo que equivale en Francia a un cubierto español de dos pesetas.
-Por tal precio no pueden esperarse milagros culinarios; pero se nota en
-el ambiente de la sala y en el arreglo de sus mesas cierta distinción
-especial, lo que la gente llama chic, algo que revela el buen gusto de
-la dueña invisible, que está en la cocina dirigiéndolo todo. Los pobres
-de mala educación no se sienten a su gusto en estos restoranes, y los
-abandonan. Su clientela se va seleccionando de un modo automático, y
-acaba por estar formada únicamente de personajes venidos a menos, de
-héroes de novela, muy interesantes si fuesen dos o tres nada más. Pero
-son muchos, y sus vidas, que hace quince años hubiesen parecido
-extraordinarias, acaban por resultar monótonas.
-
-La directora de uno de estos restoranes es una princesa Murat. La
-familia de los Murat está dividida en varias ramas, y una de ellas se
-estableció matrimonialmente en Rusia. De aquí que la suerte de muchos
-descendientes del ex rey de Nápoles vaya unida a la de los aristócratas
-rusos.
-
-Esta princesa, nacida, según creo, en los Estados Unidos, posee una
-elegancia natural y guarda aún la belleza reposada y distinguida de su
-segunda juventud, después de haber perdido la frescura de la primera.
-Con una energía americana ha aceptado los deberes y penalidades de su
-nueva situación. Todas las mañanas, al salir el sol, ya está en el
-mercado, al mismo tiempo que los compradores de los grandes «Palaces»,
-los cocineros de los hoteles medianos, y los dueños de fondines y casas
-de huéspedes.
-
-Desea que sus clientes coman barato y bien. Discute con los proveedores
-o les sonríe, empleando la fuerza convincente de una mujer que sabe
-hacerse agradable. Atrae con su presencia la atención de todos, aun de
-aquellos que ignoran quién es.
-
-El mercado de Niza hace recordar los antiguos mercados de Valencia y
-Barcelona. Los vendedores están al aire libre, detrás de barricadas de
-hortalizas, que esparcen perfumes de tierra prolífica o de punzantes y
-vigorosas savias. A través de los portalones de la muralla inmediata se
-ve brillar la llanura luminosa del Mediterráneo, toda azul y toda
-azogue. En la atmósfera hay olores de ajo y mimosas, de cebolla y
-claveles, de violetas y sal marina. Toda mujer, después de llenar su
-cesta de comestibles, considera indispensable comprar un ramo de flores.
-Este mercado--tan distinto a los mercados cerrados y con techumbre de
-hierro--predispone las gentes al amor, y hace pensar que en la vida hay
-algo más que llenar bien el estómago.
-
-La princesa se vio detenida una mañana por uno de sus «colegas». Era un
-francés bigotudo, con aire de antiguo gendarme, dueño de un fonducho
-para trabajadores cerca del puerto. Necesitaba hablar con ella. Venía
-observándola desde muchas semanas antes. Había admirado su habilidad
-para comprar y el gran dominio que ejercía sobre las gentes.
-
---A mí me gustan las mujeres serias; soy viudo, y tal vez podemos
-convenirnos el uno al otro. No le hablaré de amor; eso es para las
-comedias. La vida no es una broma... Usted tiene su establecimiento, yo
-tengo el mío; podemos casarnos, y ayudándonos como dos personas
-juiciosas, llegaremos a juntar un capitalito para retirarnos al campo en
-nuestra vejez.
-
-La dueña del restorán contestó con una de sus sonrisas dulces:
-
---¡Quién sabe!... Es para pensarlo más despacio.
-
-Ahora el dueño del fondín del puerto va más tarde al mercado, pues no
-quiere encontrarse con ella. Además pone una cara fosca para que las
-pescaderas y las vendedoras de hortalizas no se atrevan a bromear con
-él.
-
-Sabe que cuando vuelve la espalda todas sonríen y le designan con el
-mismo apodo: «El que quiso casarse con la princesa».
-
-
-
-
-_IV_
-
-EN TORNO AL «QUESO»
-
-
-Bien sabido es que cuando se quiere encontrar a una persona de cierta
-posición social y se ignora su domicilio en Europa o América, no hay más
-que sentarse junto al «queso», en la plaza de Monte-Carlo. Podrá uno
-esperar diez, quince o veinte años; pero un día el amigo deseado acabará
-por dejarse ver.
-
-Esto lo tienen muchos por indiscutible, aunque parezca falso. Todo el
-que posee algún dinero y ama los viajes, acaba por dar la vuelta al
-«queso», mezclándose por unas horas con la multitud que circula frente
-al Casino. Antes de pasar adelante creo necesario explicar que este
-«queso» famoso es un pequeño jardín o macizo de plantas en el centro de
-la plaza. Su forma redonda le ha hecho ser comparado con una caja de
-queso Camembert.
-
-En la acera circular de este jardín se oyen conversaciones en todas las
-lenguas, y como si el Carnaval durase aquí el año entero, circulan entre
-las señoras vestidas a la moda de Europa damas indostánicas de largos
-velos azules, con la nariz perforada por botones de brillantes,
-personajes asiáticos de andar felino y ojos misteriosos, jefes árabes de
-albas túnicas, chinos y japoneses cuya cabeza ratonesca, astuta o
-inteligente, parece querer escaparse de las vestiduras occidentales que
-disfrazan el resto del cuerpo.
-
-Yo he tenido en esta plaza muchos encuentros inesperados y he contraído
-las amistades más novelescas tal vez de mi existencia. Una sonrisa
-interrogante y una mano tendida provocan en tal lugar dudas geográficas
-que abarcan el planeta entero. ¿De dónde podrá venir el amigo que acaba
-de reconocernos?... Hay que dejarle hablar para ir adivinando poco a
-poco su identidad. Puede ser un olvidado condiscípulo de la juventud, o
-uno que conocimos en Turquía, Argentina, Egipto o Méjico. También puede
-ser un señor con el que almorzamos en el restorán de la estación de
-Toledo; pero Toledo, en el Estado de Ohío, una de las ciudades
-ferroviarias más importantes de los Estados Unidos.
-
-Durante el invierno fondea cada semana ante Monte-Carlo uno de esos
-trasatlánticos procedentes de la América del Norte que son verdaderas
-ciudades flotantes, y echan a tierra dos mil pasajeros. Durante
-veinticuatro horas los alrededores del «queso» parecen la Quinta Avenida
-de Nueva York. A mediodía llega invariablemente el tren «azul»,
-procedente de Calais, un tren que sólo lleva vagones-camas, y las gentes
-británicas se reconocen y se estrechan las manos, sacudiéndolas
-vigorosamente, como si se encontrasen en el Piccadilly de Londres.
-
-El indeciso pasado de nuestros años de adolescencia, las ilusiones que
-acariciamos entonces como algo de imposible realización, las cosas más
-admiradas por la buena fe y el entusiasmo de la primera juventud, pueden
-salirnos al paso en esta plaza. Yo he visto muchas veces, tomando el sol
-en sus bancos, a viejos señores, trémulos y de piel flácida como pájaros
-desplumados, y los nombres de estas ruinas humanas hicieron revivir en
-mí pretéritas admiraciones. Eran hombres políticos que nadie recuerda,
-generales que ganaron victorias olvidadas, caudillos novelescos del
-África británica o la América del Sur. Viejas encogidas, de aire
-humilde, o pintarrajeadas y cadavéricas como momias, evocan con sus
-apellidos de guerra el recuerdo de beldades célebres, cuyos retratos
-adoramos en las cajas de fósforos cuando éramos colegiales.
-
-Entre esta muchedumbre de personajes que «fueron» y no son ya más que
-simples invernantes de la Costa Azul, buenos para ocupar una silla en la
-plaza de Monte-Carlo o en los salones del Casino, hubo hasta el año
-pasado una personalidad sobresaliente, inquieta, arrolladora,
-incansable, que parecía llenarlo todo con su presencia y estaba al mismo
-tiempo en diversos lugares, con infinita ubicuidad. Era la gran duquesa
-Anastasia, tía carnal del zar Nicolás II, ejecutado por los
-bolcheviques; hermana del zar anterior y madre de la esposa del
-kronprinz.
-
-Una hija suya ocupa actualmente uno de los tronos de Europa. Su otra
-hija hubiese sido emperatriz de Alemania de no ocurrir la última guerra.
-
-En su juventud gozó fama de hermosa y elegante, según afirmación de los
-que la conocieron en la corte de Rusia. Siendo extremadamente alta
-(cerca de dos metros), tal vez esta belleza fue efectiva en los tiempos
-que duraba aún la influencia de la vieja reina Victoria y otras
-soberanas metidas en carnes y pródigas en curvas, o sea cuando no era de
-moda que las mujeres buscasen a fuerza de hambres las angulosidades y
-asperezas huesudas del cuerpo masculino. Pero Anastasia--así la
-designaban familiarmente las gentes de Monte-Carlo--, a pesar de sus
-años, había querido enflaquecer lo mismo que las muchachas de ahora, y
-su exagerada delgadez parecía prolongar aún más su estatura.
-
-Esta hija de emperadores y madre de reinas vivía al margen de la tiranía
-de los costureros, vistiéndose a su gusto, con arreglo al mismo patrón,
-como si llevase uniforme. De día usaba invariablemente un traje negro,
-corte sastre, que parecía flotar sobre su cuerpo largo y descarnado, lo
-mismo que una sotana de sacristán. Para el que la veía por primera vez,
-lo más extraordinario en ella eran las orejas, despegadas del cráneo,
-muertas e insensibles, como si fuesen de cartón. Tenía los pies
-extremadamente largos, con una longitud que imposibilitaba todo
-artificio zapateril, y convencida de lo ineficaz que era querer
-disimular sus extremidades, las calzaba sin cuidado alguno. Muchas
-señoras afirmaban que la gran duquesa tenía el mismo zapatero que los
-gendarmes de la provincia.
-
-Se la veía casi a un tiempo jugando en los salones reservados del Casino
-y circulando por la plaza, con una rapidez que arremolinaba la negra
-faldamenta en torno a sus piernas. Éstas eran tan flacas, que parecían
-próximas a romperse a cada paso. Luego bailaba en el Café de París, en
-los _dancings_ de los hoteles, en los tés elegantes, en todas partes
-donde suenan los instrumentos desafinados del _jazz-band_. Había algo de
-la furia del borracho romántico, que bebe para olvidar, en la movilidad
-incansable de esta «vitalista», ansiosa de conocer todos los placeres
-violentos. A su familia la habían pasado a cuchillo. Hermanos y
-sobrinos, todos habían muerto por orden de los Soviets. Sólo quedaban
-ella y ciertos parientes, a los que pilló la revolución comunista «fuera
-de casa». Además, esta rusa, que había vivido la mayor parte de su
-existencia en Alemania por haberse casado con un príncipe alemán,
-desdeñaba a la familia imperial germánica, en la que figura su hija.
-
-¡Inolvidable Anastasia! Había que oír a la vieja gran duquesa, vestida
-con la obscura modestia de una directora de colegio, hablar de sus
-parientes alemanes. Al kronprinz lo censuraba... Esto nada tiene de
-singular. Lo extraordinario sería que una suegra hablase bien de su
-yerno. Pero cuando resultaba más interesante era al ocuparse de su
-consuegro, Guillermo II.
-
-Ella había nacido Romanoff, y era descendiente de innumerables
-emperadores. La dinastía de los zares se pierde en la noche de la
-Historia. En cambio, los Hohenzollern son unos reyes de siglo y medio,
-como quien dice de ayer, y su título de emperador data de 1870. Aspiraba
-el aire desdeñosamente por sus anchas narices al decir esto, y añadía,
-como una señora linajuda que habla de un «nuevo rico»:
-
---Cuando se casó mi hija tuve que asistir a la ceremonia y aceptar el
-brazo de Guillermo. No podía negarme. Nunca ese advenedizo, ese manco
-«cursi», se vio tan honrado. ¡Dar su brazo a una nieta de Pedro el
-Grande!...
-
-El gobierno francés la dejó vivir en Francia durante la guerra. ¡Cómo
-hacer otra cosa con una princesa alemana, suegra del kronprinz, pero
-rusa de nacimiento y que llamaba «cursi» a su consuegro!... Aunque
-pasaba el día y muchas veces la noche dentro del principado de Mónaco,
-su domicilio era en Eze, o sea en territorio francés.
-
-Últimamente se quejaba de escaseces de dinero. En Rusia y Alemania se
-habían perdido todos sus bienes. Pero los personajes emparentados con
-numerosas casas reales son como los barcos grandes, que después de
-encallar en la costa y perderse para siempre, todavía mantienen con sus
-despojos a los que se aproximan a ellos.
-
-La gran duquesa guardó hasta el último momento su casita de Eze, situada
-entre la línea del ferrocarril y la línea espumosa de las olas. Poseía
-un pequeño automóvil, guiado muchas veces por ella misma. Siempre tuvo
-dinero para el juego, y sobre todo para cenar en los sitios donde se
-baila. En los postreros días de su vida fue muy española.
-
---¡País de _hidalgós_ y _caballerrros_!--me dijo repetidas veces en un
-español chapurreado y con miradas de admiración.
-
-Existe en Monte-Carlo un restorán donde se prolongan las fiestas
-nocturnas hasta la salida del sol, y en este lugar público trabajan
-todos los años dos bailarines españoles, dos «niños» de Sevilla,
-pequeños de estatura, graciosos y bien educados, que tienen por nombre
-«los Titos». Este par de andaluces de _smoking_, que, según dicen las
-señoras, no tienen precio para hacer bailar bien a sus acompañantes,
-inspiraron a la gran duquesa un entusiasmo casi maternal. Pasaba las
-noches dedicada a ellos, no perdonando una sola de las danzas que tocan
-simultáneamente y sin descanso las dos orquestas del establecimiento.
-Dejaba a un Tito para tomar al otro, y el más alto de los hermanos no
-llegaba a tocar con su cabeza el huesudo pecho de la princesa de dos
-metros.
-
-Tal fervor por las cosas de España acabó con la vida de la consuegra de
-Guillermo II. Un día del pasado invierno, «los Titos» arreglaron en su
-honor un arroz a la valenciana. Era un arroz «traducido» de Valencia a
-Sevilla, y hecho además con lo que se puede encontrar en Monte-Carlo;
-pero la gran duquesa no conocía otro, y dedicaba siempre a este plato
-interminables alabanzas. A los postres de la comida española sufrió un
-desmayo; la llevaron apresuradamente al Hotel París, y a las pocas horas
-dejó de existir.
-
-Esta mujer, que en unos cuantos años presenció tantas tragedias
-familiares y sufrió emociones tan enormes, sólo podía morir
-repentinamente. Además, sus placeres eran tan violentos, que un corazón
-no podía soportarlos sin lesiones.
-
-Después de la guerra, el famoso «queso» ha dejado de ver a muchos
-personajes que lo visitaban en otros tiempos. Mi amigo Luciano Guitry,
-el más grande de los actores contemporáneos, me contó un día algo
-ocurrido aquí mismo.
-
-Fue esto años antes de la guerra. Se acercó al gran comediante francés
-una de esas muchachas parisienses que se titulan «artistas» y, en
-realidad, mantienen su lujo y atienden al costoso entretenimiento de su
-belleza con otros recursos que los del arte. Llegan a Monte-Carlo para
-distraer a los hombres que juegan, recordándoles que en el mundo hay
-algo más que los placeres del azar; pero muchas veces sienten la
-tentación de la ruleta, lo mismo que los otros mortales, y lo que
-ganaron con sus propios recursos lo dejan sobre la mesa verde.
-
---Monsieur Guitry--preguntó--, ¿quién es ese hombre bajito, calvo y de
-mal color que conversaba con usted hace un momento? El otro día estuve
-una hora con él y no hizo más que hablar de su persona, como si fuese el
-centro del mundo. Al despedirse, me dijo: «No te revelo mi nombre,
-porque si lo supieras serían tan grandes tu sorpresa y el orgullo de
-haberme conocido, que caerías desmayada de emoción sobre tus...
-almohadillas naturales». ¿Quién es, monsieur Guitry? ¿Es un hijo de
-rey?... ¿un millonario de Nueva York?... ¿un presidente de República de
-la América del Sur?...
-
-Una leve sonrisa alteró la serenidad episcopal del rostro del insigne
-actor. Sus ojos parpadearon maliciosamente, y dejó caer estas palabras:
-
---Es un poeta italiano, llamado Gabriel d’Annunzio.
-
-La muchacha quedó indecisa, repasando mentalmente sus recuerdos,
-mientras se rascaba con las pintadas uñas el lindo entrecejo. Luego dijo
-simplemente:
-
---_¿D’Annunzio?... Connais pas._
-
- * * * * *
-
-Repito que esto fue antes de la guerra; antes de que el poeta obtuviese
-la verdadera fama acompañando en sus vuelos a los aviadores italianos, o
-acometiendo la ruidosa y estéril aventura de Fiume.
-
-¡Fragilidad de las vanidades literarias! Creerse igual al Dante; llevar
-la cabeza sobre los hombros con la misma solemnidad que si fuese una
-urna santa; inventar todos los días algo extraordinario y raro que
-atraiga la atención del público, para que después una muchacha de las
-que mariposean en torno a la ruleta de Monte-Carlo diga con
-indiferencia:
-
---¿D’Annunzio?... No lo conozco.
-
-
-
-
-_V_
-
-LAS ALMAS DEL PURGATORIO
-
-
-De los bancos que forman círculo en el centro de la plaza de
-Monte-Carlo, dos o tres situados frente a la escalinata del Casino
-llevan el nombre de «el purgatorio». Y por deducción, a las personas que
-los ocupan, como si fuesen de su propiedad, guardándose recíprocamente
-un lugar en ellos, las llaman las «almas» de dicho «purgatorio».
-
-Fácil resulta adivinar su pasado. Son jugadores que desean entrar en el
-Casino y no pueden, a pesar de vivir convencidos de que al otro lado de
-sus puertas les aguarda la Fortuna. Los directores del establecimiento,
-aleccionados por la experiencia, procuran que no quede en Monte-Carlo
-ningún resto de la diaria batalla entre el hombre y la Suerte. Pocas
-ciudades de Europa tan limpias como ésta. A ninguna hora del día o de la
-noche se encuentra un papel, una hoja seca o una colilla de cigarro en
-sus aceras, pulidas como el piso de un salón. Del mismo modo procuran
-que no quede ningún herido ni contuso de los combates de la ruleta y el
-«treinta y cuarenta». Todo el que pierde su dinero puede acudir a la
-Administración del Casino, madre cariñosa, que le facilitará la cantidad
-necesaria para el viaje hasta el país de origen. De este modo la víctima
-va a contar muy lejos sus desengaños, y si se le ocurre suicidarse,
-otros se encargan de su entierro.
-
-Este socorro que da el Casino para que se retire el descalabrado recibe
-el nombre de «viático». A veces el tal «viático» es de miles de francos,
-según la categoría del jugador o la importancia del trayecto. Yo he
-visto pagar a un holandés el precio de su pasaje hasta Java; pero había
-dejado antes en las mesas verdes centenares de miles de francos. También
-la Administración da algunas pensiones vitalicias a jugadores famosos
-que frecuentaron la casa treinta o cuarenta años, perdiendo en ella
-numerosos millones.
-
-Conozco a un gran señor ruso que entra todos los días al Casino y sigue
-el juego de las mesas importantes con mirada ansiosa; pero no se atreve
-a apuntar ni con una ficha de las blancas, que son las más modestas.
-
-El Casino le regala una pensión de 1000 francos mensuales, después de
-haber dejado en Monte-Carlo el producto de sus minas en Siberia y las
-cosechas de territorios extensos como provincias, poblados por miles de
-_mujiks_. Pero esta generosidad va unida para el agraciado con la
-condición de que no jugará nunca. Si avanza una apuesta sobre un número,
-los empleados tienen orden de no admitirla.
-
-Muchos jugadores que recibieron el «viático» para volver a su tierra
-sienten el latigazo de la inspiración antes de partir, y arriesgan el
-importe del viaje en una jugada última, convencidos de que este dinero,
-por ser del Casino, atraerá a la Suerte. Si lo pierden quedan como
-prisioneros en Monte-Carlo, y un desesperado más viene a sentarse en los
-bancos del «purgatorio».
-
-Todo el que tomó el «viático» encuentra cerradas las puertas de la
-catedral del Rojo y el Negro mientras no devuelve el préstamo recibido.
-Y estas pobres almas en pena se buscan y sostienen con la fraternidad de
-la desgracia.
-
-Antes de las diez de la mañana, hora de principiar el juego, ya ocupan
-los bancos que consideran de su propiedad. Los que se alejan a mediodía
-para almorzar, son reemplazados por otros que no saben dónde un
-hambriento puede conseguir un almuerzo. Se ceden cortésmente los
-asientos verdes, desde los cuales parecen espiar la escalinata del
-templo prodigioso, y así permanecen formando grupos, unos encogidos,
-otros de pie, hasta que llega la noche y se desbandan con la ilusión de
-que el día siguiente será más propicio.
-
-Mientras evocan su pasado o cuentan historias de ganancias maravillosas
-en la ruleta, miran con envidia a los felices que suben y bajan los
-peldaños alfombrados de la escalinata. Sus ojos son admirativos y
-tristes, como los del ebrio ante la puerta cerrada de una bodega, como
-los del morfinómano falto de dinero junto al escaparate de una farmacia.
-De vez en cuando estos maltratados por la Suerte intentan volver hacia
-ella con la esperanza de que los acaricie, con repentino capricho.
-Rascan todo el fondo de sus bolsillos. Los hombres sacan monedas o
-billetes ínfimos entre migas de pan y briznas de tabaco. Las mujeres
-extraen de sus bolsos un dinero manchado de polvos de arroz o colorete
-para los labios. Las «almas del purgatorio» sienten una fe repentina en
-determinado número, o aceptan como indiscutible la nueva jugada que les
-propone el más viejo del grupo.
-
-Encuentran siempre un amigo que no ha tomado el «viático» y puede entrar
-en las salas públicas. Se le entrega sin miedo el capital de la
-sociedad, repitiendo, con abundantes detalles, cómo debe arriesgarlo. A
-nadie se le ocurre sentir desconfianza. Este embajador no puede faltar a
-la lealtad que se deben los desgraciados. Quedan todos en angustioso
-silencio. Miran fijamente las puertas del Casino, creyendo ver a cada
-instante la reaparición del enviado en lo alto de la escalinata. Cuando
-tarda, la confianza aumenta en el «purgatorio». Indudablemente, el
-capital común está agrandándose con una ganancia progresiva. Si vuelve a
-mostrarse a los pocos minutos, todos adivinan su desgracia mucho antes
-de ver el gesto doloroso con que anuncia desde lejos la quiebra
-fulminante de la sociedad.
-
-Yo hablo algunas veces con las «almas» que vagan dolorosas por la plaza
-de Monte-Carlo, sin que la Suerte quiera redimirlas. Muchas de ellas son
-más antiguas que yo en el país. También gozo el honor de que estas
-«almas» me admiren, como un personaje casi tan interesante como ellas.
-
-Aunque algunos me tachen de inmodesto, declaro que he conseguido cierta
-celebridad en Monte-Carlo. Hasta tengo un apodo con el que me designan
-los que no saben pronunciar mi apellido español. Soy «el señor que no ha
-jugado nunca». Una popularidad que no todos pueden conquistar.
-
-Hace cinco años que frecuento Monte-Carlo y entro diariamente en su
-Casino, fuera de los meses que paso viajando. Hubo año que llegué a
-visitar las salas de juego mañana, tarde y noche, para hacer un estudio
-directo de la vida de los jugadores, destinado a mi novela _Los enemigos
-de la mujer_... Y en esos cinco años no jugué nunca, no he sentido la
-curiosidad de llamar a la Fortuna ni una sola vez, y el público y los
-empleados han acabado por fijarse en tal abstención, que resulta aquí
-extraordinaria.
-
-Siempre que entro ahora en el Casino, me veo buscado y amenazado por los
-halagos o las emboscadas que persiguen a toda virginidad. La
-superstición de los jugadores cree ciegamente en la buena fortuna de las
-novelas. Muchas señoras, amigas mías, me ofrecen dinero para que lo
-ponga a mi capricho sobre la mesa verde.
-
---Aunque sea un _luis_ nada más--dicen con una sonrisa que incita al
-pecado.
-
-No jugaré nunca. Confieso mi debilidad ante muchos vicios y seducciones
-de la existencia; pero la tentación del juego no me inspira inquietud.
-Sé bien que no puedo ser jugador; que no lo seré, aunque me lo proponga
-con toda la fuerza de mi voluntad. He hecho mis pruebas, y puedo
-afirmarlo sin miedo a equivocarme.
-
-En 1896, cuando andaba metido en las aventuras y riesgos de una política
-de acción, tuve el honor de ser presidiario. Un Consejo de guerra me
-condenó a varios años de encierro, y aunque los periódicos se
-interesaron por mi suerte hasta conseguir que me indultasen, no por ello
-me libré de pasar recluido más de un año. Esto se dice pronto; pero hay
-que conocer por experiencia lo que son doce meses, uno tras otro,
-siempre en el mismo edificio y entre gente poco grata.
-
-La penitenciaría era un antiguo convento de Valencia, que ya no existe.
-Esta construcción vetusta sólo tenía cabida higiénica para trescientos
-hombres, y éramos a veces mil. Como gran favor, me dejaron en la
-enfermería, donde todos los meses morían dos o tres tísicos y se
-preparaban para seguirles media docena más. Si la defunción ocurría al
-atardecer, quedaba el cadáver en una cama próxima hasta la mañana
-siguiente. ¡Una existencia de lo más entretenida!... De vez en cuando,
-para mayor amenidad de mi encierro, llegaban órdenes exteriores
-recomendando a los empleados que no me dejasen recibir libros ni me
-permitieran escribir otra cosa que cartas a mi familia. Los
-apasionamientos políticos aconsejan casi siempre medidas absurdas.
-
-En uno de estos períodos, los empleados, apiadándose de mi aburrimiento,
-me buscaron una diversión.
-
---Podía usted entretenerse con el juego. Eso le distraerá tanto como la
-lectura.
-
-Y ocultamente me fueron proporcionando barajas, un dominó, un tablero de
-damas y otros instrumentos recreativos que no recuerdo. Hicieron más: me
-buscaron sin salir de «la casa» un insigne profesor, famoso ladronazo de
-larga historia, que sólo se había dedicado a robar Bancos y llevaba
-corrido medio mundo, conociendo todas las timbas de España y naciones
-adyacentes.
-
-¡Imposible aprender en mejor escuela! Fue--y pido perdón por la
-irreverencia--como si me pusieran a estudiar bacteriología con Pasteur o
-versificación con Víctor Hugo. Pero apenas iniciadas sus lecciones, el
-eminente catedrático debió convencerse de que trataba con un torpe,
-falto completamente de aptitudes. Todo lo aprendía y lo olvidaba con
-igual facilidad. Me faltaba tener fe en las enseñanzas recibidas... Y
-media hora después, el maestro, abusando de la bondadosa tolerancia de
-mis protectores, jugaba a peseta el golpe con los enfermos, mientras yo,
-de pie y junto a una verja, seguía arrobado el deslizamiento de las
-nubes y el revoloteo de dos palomas, a través de los hierros que
-cortaban el azul de un rectángulo de cielo.
-
-Debo confesar que representa para mí una voluptuosidad algo cruel y
-egoísta--y los placeres resultan a veces más intensos cuando van
-sazonados con un poquito de esta salsa maligna--el hecho de pasearme
-por Monte-Carlo siendo el único hombre, ¡el único!, que vive en esta
-ciudad sin haber jugado nunca. Muchos ilusos de diversas naciones se
-encargan de costear las comodidades que me rodean. Los jardines de
-vegetación tropical, los salones lujosos del Casino, el puerto blanco
-lleno de yates, las orquestas, la ópera subvencionada con varios
-millones, todo lo pagan los jugadores para que yo lo disfrute. Las mesas
-verdes no han recibido de mí un solo céntimo.
-
-Pero un día que hice esta declaración de independencia ante un empleado
-antiguo del Casino, el viejo rió socarronamente:
-
---Hay quien ha hecho más que usted--dijo--. Usted se limita a no dar
-nada, mientras que el maestro ruso...
-
-Y me contó la breve historia del maestro de escuela ruso, conocida
-solamente por los altos funcionarios de Monte-Carlo, pues resultaría
-peligroso el divulgarla.
-
-Esto fue antes de la guerra. Un ruso greñudo, barbón y grasiento, con
-sonrisa inocente y ojos de angelote bizantino, consiguió entrar una sola
-vez en las salas de juego, y puso una moneda de cinco francos a un
-número de la ruleta. El duro era escandalosamente falso, pero acertó el
-«pleno», y le dieron treinta y cinco duros más, indiscutiblemente
-legítimos.
-
-Luego que se hubo comido la ganancia, el maestro pidió audiencia a la
-Administración del Casino. Él se consideraba un jugador importante,
-«todos le habían visto jugar», y exigía lo mismo que los otros, un
-«viático» para volver a su tierra... Y la Administración, que no quiere
-«ruidos», le pagó el viaje.
-
-Como el empleado continúa sonriendo después de terminar su historia, yo
-inclino la cabeza humildemente:
-
---Reconozco mi inferioridad ante el maestro ruso.
-
-
-
-
-_VI_
-
-LOS NUEVOS COMPAÑEROS
-
-
-Hace pocos días hablé con el director de uno de los «Palaces» más
-célebres y caros de la Costa Azul, y este personaje representativo de
-nuestra época, que tiene automóvil propio, cobra más sueldo que un
-primer ministro, es amigo de varios reyes y estrecha confianzudamente
-las manos de los millonarios de Europa y América, me dijo así:
-
---Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes
-llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las
-personas.
-
-Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este
-famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles.
-
-La Costa Azul es el lugar de la tierra donde abundan más los perros. Los
-hay a docenas en los «Palaces», en las casas, en los paseos, en los
-lugares más apartados de la ribera o la montaña. Hacen imposible un
-largo y silencioso recogimiento ante la Naturaleza. Cuando se cree uno
-solo y empieza a saborear la calma rumorosa del paisaje, sumido en
-profunda paz, suena al lado el grotesco ladrido de algún gozque, último
-amor de su dueña envejecida, y con la rapidez de un reguero de pólvora
-inflamada este ladrido se dilata, se multiplica al correr hacia el
-infinito, pues de todas partes empiezan a contestarle otros aullidos,
-atiplados o graves, de perros de salón, perros de pescador, perros de
-granja o perros que tiran de su cadena junto a las verjas de los
-jardines elegantes.
-
-En este pedazo de Francia, tierra de retiro invernal, donde de cada diez
-personas que buscan el sol siete hablan inglés y tres solamente francés,
-la dama vieja con su perrito es el eterno personaje que da valor humano
-al panorama.
-
-Bien sabido es lo que representan, generalmente, las respetables señoras
-que viven durante el invierno en la Costa Azul y pasan la primavera en
-Florencia. Aunque sean de distintos idiomas y naciones, todas resultan
-iguales. Todas poseen una peluca rubia, una dentadura postiza, una
-novela inglesa «muy moral», que nunca acaban de leer, pues aunque la
-cambien, siempre dice lo mismo... y un perro.
-
-A causa de ellas, los hoteleros, que tienen de vez en cuando sus
-asambleas internacionales en alguna ciudad de Suiza--lo mismo que los
-diplomáticos de la Sociedad de las Naciones se reúnen en Ginebra--, se
-han visto obligados a ocuparse del perro y sus molestias, combatiendo su
-existencia por medio del impuesto.
-
-Hace algunos años, los perros, que siempre habían vivido gratuitamente
-en los hoteles, fueron tasados en dos francos diarios. Ahora pagan
-cinco, y en ciertos «Palaces» diez y hasta quince francos, sin que haya
-influido esto en su disminución. Al contrario: tener perro en un hotel
-de lujo significa un gasto considerable; cuesta más que costaba antes de
-la guerra el mantenimiento de un cristiano, y denuncia gran riqueza en
-su dueño.
-
-Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de
-perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda, y
-únicamente pueden interesar a las gentes desorientadas que siguen con un
-retraso de varios años los adelantos de nuestra época.
-
-Los altos lebreles de Rusia, estrechos, sedosos, distinguidos o
-imbéciles; el perro policía, feroz y de una agresividad inteligente; el
-«lulú de la Pomerania», peludo y pequeño como un manguito con patas y
-ojos; los gozques liliputienses, capaces de tener por casa un saquito de
-mano; todas estas bestias privilegiadas, que cuestan miles de francos y
-eran acogidas antes con palmoteos y gritos femeninos de entusiasmo,
-resultan actualmente un regalo vulgar, bueno para los burgueses que no
-se enteran de lo que es _chic_.
-
---Otros animales--añade--son ahora los acompañantes de moda,
-especialmente de la mujer.
-
-Tales palabras vienen de un hombre en íntimo contacto con la humanidad
-privilegiada que llega de todas partes a la Costa Azul, vive unos meses
-en ella y vuelve a esparcirse por el mundo. Nadie puede conocerla
-mejor... Y me hacen ver, repentinamente, con una concreción luminosa,
-imágenes que se habían deslizado antes por mis ojos, sin que yo las
-retuviese.
-
-Me acuerdo de la hora cálida y elegante del mediodía, cuando circulan
-los extranjeros por los muelles de Mentón, las terrazas de Monte-Carlo,
-el Paseo de los Ingleses, en Niza, y las explanadas del puerto de
-Cannes. Pasan señoras con la sombrilla japonesa en la diestra, llevando
-sobre un hombro o un codo el papagayo amaestrado que las acompaña en sus
-viajes. Otras tiran de una cadenilla, al término de la cual marcha un
-mono en posición cuadrúpeda o se apoya en las patas traseras, irguiendo
-su cabecita orejona y piramidal sobre el capuchón de un hábito hecho con
-tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva,
-acarician con la punta de su bastón el gato montes, la zorra, el lobito,
-la pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en
-otros tiempos el perrillo faldero.
-
-Éstos son los camaradas de viaje que pueden dejarse ver. El célebre
-hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que
-permanecen ocultos en el cuarto del «Palace» y obligan a los criados a
-realizar a toda prisa la limpieza de la habitación, si es que no se
-quedan a la puerta vacilantes y medrosos: lagartos soñolientos, hundidos
-en algodones que les sirven de cama; tortugas que surgen lentamente del
-abrigo del sofá; reptiles de piel en cuadrícula--molestos de
-nombrar--que, al sentir la caricia del rectángulo de sol de la ventana
-prolongado hasta su cesto, se desenroscan, levantan la tapa de junco, y
-dilatando sus anillos, empiezan a subirse por las patas de los muebles.
-
-Como ahora la gente viaja más que en otras épocas y dar la vuelta al
-mundo es diversión que nada tiene de extraordinaria, las personas
-andariegas y caprichosas, movidas por un deseo malsano de originalidad,
-escogen los más extraños camaradas para su existencia cómoda, aburrida y
-errante.
-
-Un recuerdo me conmueve de pronto interiormente, con esa emoción
-explosiva que acompaña los descubrimientos inesperados.
-
-Me veo, noches antes, en la fiesta de un gran hotel de Niza. Bailan las
-parejas bajo una lluvia de serpentinas y papelillos dorados. Los
-domésticos van de mesa en mesa ofreciendo objetos de cotillón. Las
-gentes se adornan con ellos grotescamente.
-
-Graves señores, de solapa condecorada, han tocado sus cabezas con
-sombreros de payaso, crestas de gallo o plumajes índicos, todo de papel
-de seda.
-
-Señoras que llevan sobre el pecho un millón de perlas o brillantes
-ostentan orgullosas en su peinado las diademas de lata o las
-sombrillitas de cartón que acaba de darles el _maître d’hôtel_. Entre
-baile y baile, la gente devora. La acidez vegetal del champaña derramado
-en los manteles se mezcla con la acidez humana de las axilas sudorosas.
-
-En una mesa frente a la mía cena un joven solitario, de aspecto
-«exótico». Va vestido, indudablemente, por un sastre de Londres; pero, a
-pesar de su correcto _smoking_, evoca el recuerdo de islas paradisíacas
-de Asia, bosques de canela, pagodas de rumorosas campanillas, a causa de
-la indolencia de sus movimientos y el color de su rostro. Puede ser hijo
-de europeo y de oriental; puede haber nacido en Inglaterra y tener la
-cara ensombrecida por la causticidad de la atmósfera del trópico. Si se
-desnuda este joven perezoso y atlético, tal vez muestre una blancura
-femenina, alterada únicamente por la máscara de cobre que baja hasta la
-mitad de su cuello. Con la mano derecha atrapa en el aire las bolas de
-colores que le envían de las mesas inmediatas, y las devuelve sin
-esfuerzo.
-
-Su mano izquierda permanece inmóvil y caída sobre un plato con residuos
-del postre. Algo vive y se agita debajo de esta mano... Lo recuerdo
-ahora claramente; lo veo como si aún lo tuviese ante mis ojos.
-
-Una cabecita de tortuga se mueve entre los dedos y el borde de
-porcelana. Avanza, husmeando los restos del postre dulce; luego se
-oculta... Conozco esta cabeza triangular; conozco su lengua de hilo
-bifurcado; conozco sus ojos salientes, que parecen empañarse de blanco
-al descender sobre ellos el velo membranoso de sus párpados. Yo he
-vivido en las selvas de América, roturando por primera vez un suelo
-virgen durante millones de años. Mi casa era un «rancho» de estacas y
-barro. Un doméstico indio untaba con ajo las patas de mi catre para que
-no subiesen por ellas los reptiles que cazan de noche y se introducen en
-las viviendas buscando la sociedad del hombre. Al romper el día, antes
-de calzarme unas botas altas de cuero de cerdo, había que ponerlas boca
-abajo, por si alguno de estos visitantes se había adormecido en su
-interior. Más de una vez, al encender luz en plena noche, sorprendí por
-un momento esta misma cabeza en un agujero del techo o del suelo.
-
-El _gentleman_, de repente, parece olvidar la fiesta y se lleva,
-sonriendo, su mano izquierda a la cara. Un soplo frío, algo como una
-caricia «del otro mundo», debe pasar por su bigote recortado.
-
-No ha querido dejar a su amiga arriba, en la habitación que ocupa en el
-hotel. Teme por ella, y la ha traído a la fiesta, enroscada en un brazo.
-Se asoma suavemente por el puño de la camisa; se apoya en el borde del
-plato; busca, golosa, las dulzuras fabricadas por los hombres que su
-dueño le ofrece disimuladamente.
-
-Así, tal vez, corre el mundo este _gentleman_ de rostro color de canela,
-yendo de gran hotel en gran hotel...
-
-Un mal vecino de cuarto.
-
-
-
-
-_VII_
-
-CÓMO LOS AMERICANOS CINEMATOGRAFÍAN UNA NOVELA
-
-
-Las once de la noche. El otoño es una segunda primavera en la Costa
-Azul.
-
-Estamos en Noviembre, pero yo paseo por mi jardín, respirando la leve
-frescura nocturna, cargada de aromas de flores y frutos. Sólo falta el
-resplandor azulado de las luciérnagas, moscas de la noche que tejen y
-destejen sus danzas voladoras en la obscuridad primaveral.
-
-De pronto un estrépito inusitado corta el silencio del adormecido
-jardín.
-
-Mi casa está en las afueras de Mentón, en una avenida que, arrancando
-del borde del Mediterráneo, serpentea por la falda de los Alpes
-Marítimos, orlada de verjas y vallas campestres. Apenas cierra la noche,
-esta calle, abierta entre dos masas de árboles que ocultan los
-edificios, queda silenciosa como un sendero de bosque. Parece oírse el
-latido y la respiración de la Naturaleza en reposo. El más ordinario de
-los ruidos toma la importancia de un acontecimiento.
-
-Por eso no pude evitar un gesto de extrañeza e inquietud al ver cómo se
-enrojecía la vegetación bajo una luz de aurora violenta, cortándose al
-mismo tiempo la calma de la noche con incesantes mugidos. Varios
-automóviles acababan de detenerse, ensangrentándolo todo con sus faros y
-haciendo sonar sus sirenas. Poco después la campana de la puerta de mi
-jardín empezó a repiquetear locamente. ¿Quién podía anunciarse a estas
-horas y con tal estrépito?...
-
-Pensé en la posibilidad de una invasión de fascistas que hubiese
-atravesado la inmediata frontera de Italia persiguiendo a enemigos
-fugitivos. Al acercarme cautelosamente a la verja, una voz juvenil me
-habló en español, con ligero acento inglés.
-
---Mister Ibáñez: venimos de Nueva York, enviados por la «Cosmopolitan
-Production» para filmar su novela _Los enemigos de la mujer_.
-
-Un poco americana esta presentación, a tal hora y sin más preámbulos...
-La servidumbre de la casa y los jardineros, despertados por el campaneo,
-abandonaron sus camas. Yo fui dando luz a los faros del jardín, mientras
-los criados hacían lo mismo en las habitaciones. Entraron los
-automóviles, y empezaron a descender de ellos caballeros vestidos de
-_smoking_, damas elegantes y hermosas, escotadas, en traje de _soirée_.
-
-El que había hablado en español siguió dándome explicaciones para
-justificar esta visita extraordinaria. Era un buen mozo de arrogante
-presencia, un artista, hijo de españoles, pero nacido en los Estados
-Unidos: Pedro de Córdoba, cuyo nombre conocen todos los que gustan de
-ver obras cinematográficas hechas en América. Me creían de viaje en
-España, y una hora antes se habían enterado de que continúo viviendo en
-Mentón. Llegaron de París al atardecer, poniéndose inmediatamente sus
-trajes de ceremonia para cenar y bailar en el Café de París, de
-Monte-Carlo.
-
---Al saber que estaba usted en su casa--continúa Córdoba--nos hemos
-dicho: «Vamos a hacer una visita a mister Ibáñez...». Y aquí nos tiene.
-
-En el comedor se improvisa con toda rapidez un refresco para los
-invasores. Mientras tanto, las damas escotadas corren por el jardín lo
-mismo que niñas, persiguiéndose, buscando flores y riendo de sus
-descubrimientos con una ingenuidad sana y ruidosa.
-
-Los _gentlemen_ siguen hablando conmigo. Tienen un jefe, el reputado
-director de escena Alan Crosland, joven sonriente, parco en palabras y
-con un gesto tenaz de hombre acostumbrado al mando.
-
-Deseo saber cuándo empezarán a trabajar estas gentes que llegaron hace
-unas horas de París, y para reponer sus fuerzas, después de una noche de
-tren, se han vestido de etiqueta, bailando entre plato y plato de su
-cena. Me ofrezco a servirles de intermediario para allanar todas las
-dificultades que retrasen su labor.
-
---¿Creen ustedes que podrán empezar dentro de tres o cuatro días?
-
-Alan Crosland me mira con sus ojos claros, y responde sencillamente:
-
---Empezamos mañana, a las seis, en la plaza del Casino de Monte-Carlo.
-
-¡A las seis de la mañana, y van a dar las doce de la noche!... Además
-hay que tener en cuenta que muchos de los artistas llegados de los
-Estados Unidos se han quedado en Niza y sólo unos cuantos viven en
-Monte-Carlo.
-
-Los ayudantes del director, venidos con él de América, y los agregados
-franceses que le siguen desde París se hallan en este momento reclutando
-centenares de hombres y mujeres en Niza para que actúen como figurantes.
-Tienen que buscar igualmente una orquesta, pues las que existen en
-Monte-Carlo, como funcionan hasta media noche, se niegan a este trabajo
-matinal. Crosland, que adivina la duda en mi rostro, repite
-tranquilamente:
-
---A las seis en punto empezaremos.
-
-Y Pedro de Córdoba, más expansivo, más «latino», añade, sonriendo
-finamente:
-
---Cuando hay dinero para gastar, ¿sabe usted?, cuando hay plata
-abundante, nada es imposible.
-
-Me levantó al día siguiente a las seis de la mañana. No tenía prisa en
-llegar a Monte-Carlo. La Costa Azul está lejos de los Estados Unidos, y
-no pueden repetirse en ella los milagros de la prodigiosa actividad
-americana. Llegaría de seguro antes que hubiese empezado el trabajo.
-
-Al entrar en Monte-Carlo notó una animación especial en sus calles, poco
-frecuentadas a dicha hora. Los vecinos de la gran metrópoli de la ruleta
-se levantan tarde. Todos han trasnochado junto a las mesas verdes, y el
-Casino sólo abre sus puertas a las diez. Pero esta mañana los pocos que
-iban por las calles se hablaban, señalando a lo lejos, como si ocurriese
-algo extraordinario. Los había que desandaban su camino para volver a
-casa y dar a los de su familia una noticia capaz de echarles fuera de la
-cama.
-
-Cuando llegó mi automóvil a la plaza del Casino no pude contener una
-admiración ingenua, semejante a la de los barrenderos montecarlinos, que
-apoyados en sus escobas y palas formaban grupos, mirando ávidamente a un
-lado y a otro.
-
-El orden de las horas del día estaba totalmente trastornado. El reloj
-del Casino marcaba las seis y media; un sol adolescente empezaba a
-remontarse sobre las palmeras de las terrazas que cortan el azul del mar
-con sus columnatas obscuras... Pero al mismo tiempo eran las cinco de la
-tarde, la hora del té.
-
-Vi la plaza ocupada por centenares y centenares de personas; tal vez
-pasaban de mil; y todos, hombres y mujeres, iban vestidos con cierta
-elegancia, como desocupados que pueden costearse la vida en Monte-Carlo.
-Estas gentes entraban y salían en el Casino, paseaban en torno al
-jardincito central de la plaza, llamado «el queso»; se sentaban en las
-mesas del Café de París. Una orquesta funcionaba en la terraza de dicho
-establecimiento. ¡Todo lo que se ve en este lugar, pero a media tarde o
-al caer el sol!...
-
-El orden de los años también parecía invertido, lo mismo que el de las
-horas. Era la plaza del Casino tal como yo la había visto durante la
-guerra. Oficiales convalecientes paseaban, formando grupos. Varios
-inválidos con gorra de cuartel tomaban el sol en los bancos. Toda esta
-muchedumbre era fingida, o dicho con grosera exactitud, era una
-muchedumbre «pagada». A espaldas del Gran Hotel de París había docenas
-de camiones-automóviles de los que pasean a los excursionistas por la
-Costa Azul. Este convoy de vehículos había traído de Niza la avalancha
-humana que llenaba la plaza para evolucionar bajo las órdenes de
-Crosland.
-
-Al aproximarse al Casino me fueron saliendo al encuentro los principales
-personajes de _Los enemigos de la mujer_. Besé la diestra de una gran
-señora que bajaba las gradas vestida lujosamente. Era la duquesa Alicia,
-representada por la hermosa artista californiana Alma Rubens. Un
-_gentleman_ puesto de frac se echó atrás las alas de su capa negra y
-blanca para saludarme. Sólo podía ser el príncipe Lubimoff. Y reconocí
-los ojos felinos y misteriosos, el gesto de Hamlet del gran actor
-americano Lionel Barrymore, héroe de los teatros de Nueva York.
-Igualmente fui reconociendo a muchos artistas célebres que había visto
-en los films americanos y representaban ahora personajes de mi novela.
-
-Una fila de aparatos cinematográficos funcionaba, lo mismo que una
-batería de ametralladoras, bajo las órdenes del operador Morgan,
-compañero de Crosland.
-
-La figuración también resultaba extraordinaria. Era compuesta toda ella
-de artistas que trabajan ordinariamente para la cinematografía francesa.
-Entre estas damas y caballeros, descendidos ahora a una simple actuación
-de figurantes, los había que están acostumbrados a ser primeros
-personajes en los films hechos en Niza.
-
---¡Estos americanos pagan tan bien!--dijo una de las varias señoras que
-fingían tomar el té en las mesas exteriores del Café de París.
-
-Un joven protagonista de comedias francesas, que en esta obra era
-simplemente «uno de tantos», me dio consejos:
-
---Usted debe escribir muchas novelas que pasen en la Costa Azul, para
-que los cinematografistas americanos vengan a trabajar aquí. Lo que más
-me gusta en ellos es que pagan puntualmente. Yo he sido el héroe de dos
-films hechos en comandita con otros camaradas, y aún no he cobrado un
-céntimo.
-
-Los inválidos que paseaban o tomaban el sol eran inválidos de verdad:
-artistas que estuvieron en la guerra, y ahora, con un brazo o una pierna
-de menos, sólo pueden trabajar en una obra que evoque el recuerdo de la
-pasada tragedia. Entre los oficiales, los había que llevaban con una
-soltura marcial el uniforme; pero todos ellos, a pesar de la minucia en
-los detalles, revelaban al actor que sabe cambiar de traje.
-
-Sólo un comandante parecía despegarse de los demás. Era verdaderamente
-un jefe francés, enjuto de carnes, de perfil aquilino y bigotes blancos,
-igual a Foch. Iba elegantemente enguantado y una barra de
-condecoraciones cruzaba su pecho. Parecía un militar de verdad... Y
-efectivamente lo era.
-
-Sus camaradas le llamaban siempre «comandante». Antes de la guerra era
-oficial de la reserva. Se batió en numerosos sectores del frente y
-obtuvo la Legión de Honor con los galones de comandante. En los films
-franceses representa diversos personajes, pues es un actor de talento.
-En _Los enemigos de la mujer_ nadie podía disputarle su papel de
-compañero de armas de Martínez, el oficial español de la Legión
-extranjera. Y no tuvo más que ponerse el uniforme propio para destacarse
-de los otros militares, puramente cinematográficos.
-
-Durante varios días una parte del vecindario montecarlino cambió de
-existencia. Muchas señoras se acostaron más temprano o acortaron su
-sueño para levantarse a horas que una semana antes hubiesen juzgado
-inauditas.
-
-Crosland, con su ejército de artistas y figurantes, fue trasladando a la
-realidad todas las escenas de _Los enemigos de la mujer_ que se
-desarrollan al aire libre. Trabajó en la plaza del Casino--en el
-interior del edificio fue imposible--y en los jardines que descienden
-hasta el Mediterráneo, formando terrazas. La Dirección del Casino sólo
-podía tolerar este trabajo, en los lugares dependientes de ella, de las
-seis a las nueve de la mañana. Luego había que dejar sitio a los
-encargados de la limpieza, pues a las diez empiezan los juegos.
-
-Tuve que hablar con el gobierno del príncipe soberano para que
-permitiese el trabajo de los artistas en la antigua ciudad de Mónaco. La
-vida agitada de Monte-Carlo no llega hasta la tranquila capital
-monegasca, que está enfrente, al otro lado del puerto. Para que la
-policía del principado no estorbase nuestra labor en los hermosos
-jardines de San Martino, en las inmediaciones del Museo Oceanográfico,
-en la plaza situada frente al castillo-palacio de los príncipes, que
-parece una decoración del Renacimiento, y donde nunca se toleró a los
-cinematografistas, fue preciso que el ministro del Interior diese nada
-menos que un decreto.
-
-No hay que sonreír. En los Estados pequeños resulta necesario hacer las
-cosas con más ceremonia y gravedad que en los grandes. Lo mismo ocurre
-en nuestra existencia. Un pobre debe observar en sus actos más dignidad
-y mesura que un rico, si quiere verse respetado. Únicamente los
-poderosos pueden vivir sin escrúpulos ni miramientos. Si un gobierno
-pequeño, como el de Mónaco, no procediese con minucias y solemnidades,
-la gente que llega de fuera, dispuesta a bromas y falta de respeto,
-acabaría por atropellarlo todo.
-
-En estos días no escribí ni hice otra cosa que seguir a Crosland,
-sirviéndole de intermediario, poniendo a su disposición todos los
-conocimientos y experiencias que han podido proporcionarme varios años
-de vida en la Costa Azul. El director y sus artistas me asombraron al
-marcharse tanto como al llegar.
-
---Terminaremos el próximo domingo--dijo Crosland.
-
-Volví a sentir dudas, lo mismo que la noche de su inesperada
-presentación. Necesitaban, efectivamente, marcharse el domingo
-inmediato. Debían meterse en el tren al anochecer e ir en línea recta de
-Monte-Carlo al Havre para tomar al día siguiente el trasatlántico que
-les llevaría a Nueva York. Pero ¡quedaba tanto por hacer!...
-
-Estos americanos, hombres y mujeres, después de trabajar desde la salida
-a la puesta del sol, jugaban por la noche en el Casino o cenaban en
-todos los restoranes de moda donde se baila, entregándose a la danza
-hasta pasada media noche. Las cosas no podrían marchar como las había
-planeado el director sobre el papel. Alguien caería enfermo. Iban a
-surgir obstáculos inesperados.
-
-Empezó a llover, y siguieron trabajando. Algunos actores, efectivamente,
-se sintieron enfermos, pero esto no les impidió continuar su vida
-nocturna. Querían verlo todo, aprovechar bien su viaje a la Costa
-Azul... Y ninguno dejaba de presentarse puntualmente a la hora del
-trabajo: las seis de la mañana. ¡Qué disciplina y qué salud! ¿Cuándo
-dormían estas gentes?...
-
-El domingo, al ocultarse el sol, aún trabajaban. Pero a la hora marcada
-por Crosland todo quedó terminado. Algunos de los actores no tuvieron
-tiempo para desnudarse, y subieron al tren vestidos como en _Los
-enemigos de la mujer_. ¡Y en marcha para Nueva York de un solo tirón!...
-
-Luego he recibido centenares de fotografías representando los
-«interiores» de la obra, las escenas interpretadas en los Estados
-Unidos, con decoraciones portentosas, que hacen de este film algo
-extraordinario. Hasta han reconstruido allá, con arreglo a los apuntes
-que se llevaron, varios de los salones de juego más elegantes del
-Casino.
-
-En la Costa Azul hay muchas damas que aún se acuerdan, con asombro y
-delicia, del tiempo en que se levantaban a las seis de la mañana,
-pudiendo contemplar la salida del sol.
-
-Algunas veces, al encontrarme en el Casino me hablan de este período
-extraordinario de su existencia.
-
---¿Para qué levantarnos ahora temprano? ¿Qué puede una persona decente
-hacer a tales horas? ¡Solamente si viniesen otra vez los americanos para
-hacer un film!... En tal caso, avísenos.
-
-
-
-
-BIOGRAFÍA
-
-
-[Illustration]
-
-Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia en enero de 1867. Fue abogado y
-periodista, y dedicó buena parte de su vida a la política, en el seno
-del partido republicano al que se afilió desde muy joven. Su vida
-política fue turbulenta. La misma violencia con que, en sus obras,
-denuncia las injusticias, el mismo lenguaje brillante y colorista con
-que describe los paisajes de su tierra, surgen en sus panfletos
-políticos, lo que hizo que fuera arrestado varias veces, y otras tantas
-tuviera que exiliarse.
-
-En 1884 fue secretario del escritor Fernández y González en Madrid, pero
-pronto se desligó de esta dependencia para dedicarse a la política, que
-en la idea de Blasco significaba hacer triunfar la revolución. Sus ideas
-y los violentos escritos que le inspiraron contra la corrupción de los
-políticos locales y nacionales le obligaron a exiliarse en París en
-1889, y no regresó a España hasta 1891.
-
-Ya en Valencia, se entregó por completo a la política, fundó el diario
-_El Pueblo_, órgano del partido republicano, y fue procesado en diversas
-ocasiones por campañas periodísticas. Fue diputado por su provincia en
-siete legislaturas, y en 1909 renunció a su acta de diputado para
-entregarse de lleno a una empresa que algunos han calificado de
-descabellada y aun de criminal, pero que él emprendió convencido de que
-saldría con éxito de ella: marchó a Sudamérica con seiscientos
-campesinos para fundar en la Patagonia una colonia, a la que llamó
-Cervantes, en la que se pondría en práctica algún proyecto de sociedad
-socialista de los muchos que en aquella época se formularon. El caso es
-que el ensayo salió bien, aunque cosechó poca comprensión por parte de
-sus correligionarios.
-
-De vuelta en Europa, fijó su residencia en París en 1914, y puso su
-pluma al servicio de los aliados en los que vio los defensores de la
-democracia en aquella primera gran guerra. En recompensa el gobierno
-francés le concedió la Legión de Honor, y al término de la guerra marchó
-a Estados Unidos donde fue recibido triunfalmente, y fue nombrado doctor
-_honoris causa_ por la Universidad Jorge Washington.
-
-Regresó a España, pero pronto se vio forzado a salir de ella, esta vez
-para no volver, al advenir la dictadura de Primo de Rivera, en 1923. El
-resto de sus días, hasta el 28 de enero de 1928 en que murió, los pasó
-en la costa mediterránea francesa, rodeado del respeto y la admiración
-de cuantos en el mundo conocieron su obra.
-
-No cesó, durante el exilio, de atacar duramente a los sucesivos poderes
-que hubo en España y que no hicieron más que perseguir con métodos
-siempre renovados todo aquello en lo que Blasco creía.
-
-Pasó así a engrosar la lista trágica de los españoles grandes y
-humildes muertos en el destierro.
-
-Ésta es la biografía escueta de un hombre al que se ha presentado como
-escritor de novelas violentas y sensuales, sin que para nada se hiciera
-mención, por lo general, de su actividad como político. Como si su obra,
-especialmente su obra primera, la que se suele apellidar «de ambiente
-regional», hubiera nacido de la simple contemplación de la luz de su
-tierra, o del capricho de su fantasía mediterránea.
-
-Sus ideas políticas, además de los encarcelamientos, procesos y
-destierros, le abocaron a varios desafíos de los que en ocasiones
-resultó gravemente herido. Y en medio de esta vida entregada a la
-acción, Blasco aún encontró tiempo y energías para escribir una de las
-obras más ambiciosas de la literatura española y para convertirse en el
-único escritor español que ha podido vivir en el extranjero,
-holgadamente, del producto de sus libros, y entre el respeto y la
-admiración del mundo.
-
-Este aspecto de su vida se destaca aquí no por frivolidad, sino porque
-después de haber tenido que pasar aquí, como tantos otros, por la cárcel
-o el desprecio oficial, a causa de sus ideas; después de haber tenido
-que vivir en el exilio--como tantos otros también--por expresarlas y
-defenderlas; y después de que durante muchos años se ha pretendido hacer
-de él un novelista de segunda, a causa también de sus ideas, ocultándolo
-tras la etiqueta de «escritor costumbrista», para no reconocerle el
-alcance real de sus ideas sociales, es hora ya de que el lector medio
-abandone la idea que de Blasco se le ha querido imponer: la de un
-escritor de tintas fuertes, de colores violentos y descripciones subidas
-de tono, todo ello bajo el nombre académico de «naturalismo», y aprenda
-a ver al verdadero Blasco Ibáñez.
-
-No es posible dar una lista de todas las obras de Blasco Ibáñez, pero
-citaremos aquellas que, además de hacerlo famoso, lo han definido como
-uno de los grandes novelistas contemporáneos. En primer lugar, y por
-orden de aparición, sus obras de carácter social, como _Arroz y Tartana_
-(1894), _Flor de mayo_ (1895), _La Barraca_ (1898), _Entre naranjos_
-(1901), _Cañas y barro_ (1902), _La catedral_ (1903), _La horda_ (1905),
-_La bodega_ (1905), _Sangre y Arena_ (1908), que son precisamente sus
-obras mayores, junto a las novelas de la guerra _Los cuatro jinetes del
-Apocalipsis_ (1916) y _Mare Nostrum_ (1918), y las históricas _Sónnica
-la Cortesana_ (1901), _El Papa del mar_ (1925) y _A los pies de Venus_
-(1926), así como _La vuelta al mundo de un novelista_ (1925).
-
-En cualquier enciclopedia puede hallar el lector la lista completa de
-sus otras obras. Lo que aquí se trata de destacar es precisamente la
-seriedad y profundidad trágica, además de su compromiso social y
-político, en un autor al que se le ha achacado sensualidad,
-costumbrismo, luz y color, alegría mediterránea, y otros tópicos. Es
-verdad que nuestro autor amó la vida y que gozó de ella cuanto pudo; es
-verdad que en sus novelas la luz y el encanto de su tierra son
-protagonistas silenciosos y constantes; es verdad también que Blasco
-utiliza el color violento y los contrastes para atenazar al lector con
-una acción tensa y un lenguaje vivo y brillante. Pero pretender que eso
-y sólo eso es todo lo que Blasco ha aportado a la literatura y al
-conocimiento de las gentes de su tierra, no es sólo ceguera, sino
-injusticia, y hasta injusticia premeditada.
-
-Es, desde luego, menos arriesgado colgar en el haber o en el debe de la
-«psicología» de un personaje o de una clase social lo que no son sino
-consecuencias del ambiente en que se le obliga a permanecer, porque de
-ese modo no hay que citar por sus nombres a los verdaderos responsables.
-Como es más cómodo culpar a la tierra, al sol, o a la sangre caliente
-por las reacciones violentas del campesino harto de padecer injusticias.
-En cada una de las novelas citadas hay una denuncia que Blasco se atreve
-a gritar.
-
-C. Ayala
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS DE LA COSTA AZUL ***
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- The Project Gutenberg eBook of Novelas de la Costa Azul, by
-Vicente Blasco Ibáñez.
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-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>Novelas de la Costa Azul</span>, by Vicente Blasco Ibáñez</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
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-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>Novelas de la Costa Azul</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Vicente Blasco Ibáñez</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: January 10, 2022 [eBook #67137]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from images available at The Internet Archive)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>NOVELAS DE LA COSTA AZUL</span> ***</div>
-<hr class="full" />
-
-<div class="c">
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-</div>
-
-<table cellpadding="0">
-<tr><th class="c"><a href="#NOVELAS_DE_LA_COSTA_AZUL">NOVELAS DE LA COSTA AZUL</a></th></tr>
-<tr><td>
-<a href="#Puesta_de_sol">Puesta de sol</a><br />
-<a href="#La_familia_del_doctor_Pedraza">La familia del doctor Pedraza</a><br />
-<a href="#El_sol_de_los_muertos">El sol de los muertos</a><br />
-<a href="#El_comediante_Fonseca">El comediante Fonseca</a><br />
-<a href="#El_viejo_del_Paseo_de_los_Ingleses">El viejo del Paseo de los Ingleses</a><br />
-</td></tr>
-
-<tr><th class="c">
-<a href="#En_la_costa_azul">EN LA COSTA AZUL</a><br /></th></tr>
-<tr><td>
-<a href="#Capitulo_I">Capítulo: I,</a>
-<a href="#II">II, </a>
-<a href="#III">III, </a>
-<a href="#IV">IV, </a>
-<a href="#V">V, </a>
-<a href="#VI">VI, </a>
-<a href="#VII">VII, </a>
-</td></tr>
-<tr><th class="c"><a href="#BIOGRAFIA">BIOGRAFÍA</a></th></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span>&#160; </p>
-
-<h1><a name="NOVELAS_DE_LA_COSTA_AZUL" id="NOVELAS_DE_LA_COSTA_AZUL"></a>NOVELAS DE LA COSTA AZUL</h1>
-
-<p>Novelas de la Costa Azul (1924) resulta un excelente fresco sobre la
-vejez, trazado con brío y exactitud por un Blasco Ibáñez ya maduro, en
-la cumbre de su fama, dueño de la lengua y la técnica, que sabe dibujar
-desde el agnosticismo la amargura del transcurso del tiempo sin
-desaliento ni acritud. Un libro brillante que sorprenderá al lector por
-<span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span>su calidad y su calidez humana.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span>&#160; </p>
-
-<p class="nind">
-©1924, Blasco Ibáñez Vicente<br />
-©1924, Prometeo</p>
-
-<h2><a name="AL_LECTOR" id="AL_LECTOR"></a>AL LECTOR</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">T</span>ITULO este libro <i>NOVELAS DE LA COSTA AZUL</i> porque la mayoría de las
-historias novelescas y los relatos descriptivos que lo componen tienen
-por escenario la famosa y asoleada ribera mediterránea, conocida con
-dicho nombre.</p>
-
-<p>Dos de las novelas desarrollan su curso más lejos, en la América del
-Sur, pero me he atrevido a darles entrada en el presente volumen
-pensando que su nacimiento justifica en parte tal intrusión, ya que en
-<span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span>la Costa Azul fueron concebidas y escritas.</p>
-
-<h2><a name="Puesta_de_sol" id="Puesta_de_sol"></a>Puesta de sol</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A DUQUESA de Pontecorvo dejó su automóvil a la entrada de Roquebrune.
-Luego, apoyándose en el brazo de un lacayo, empezó a subir las
-callejuelas de este pueblo de los Alpes Marítimos, estrechas, tortuosas
-y en pendiente, con pavimentos de losas azules e irregulares,
-incrustadas unas en otras. A trechos, estas callejuelas se convertían en
-túneles, al atravesar el piso inferior de una casa blanca que obstruía
-el paso, lo mismo que en las poblaciones musulmanas.</p>
-
-<p>Todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora subía desde la
-ribera del Mediterráneo para contemplar la puesta de sol sentada en el
-jardín de la iglesia. Era un lugar descubierto por ella algunas semanas
-antes, y del que hablaba con entusiasmo a sus amigas.</p>
-
-<p>Una vanidad igual a la de los exploradores de tierras misteriosas la
-hacía soportar alegremente el cansancio que representaba para sus
-ochenta años remontar las cuestas de estas calles de villorrio
-medioeval, por las que nunca había pasado un carro, y que no se
-prestaban a otro medio de locomoción que el asno o la mula.</p>
-
-<p>Tenía la duquesa la flácida obesidad de una vejez que se resiste a la
-momificación, y sólo le era posible andar apoyándose en una caña de
-Indias con puño de oro, recuerdo de su difunto esposo el duque de
-Pontecorvo, mariscal de Napoleón III y héroe de la guerra de Italia
-contra los austríacos. A pesar de la hinchazón de sus piernas, se movía
-con cierta vivacidad juvenil, que delataba las impaciencias de un
-carácter inquieto y nervioso.</p>
-
-<p>Su rostro guardaba los lejanos reflejos de una belleza majestuosa: una
-belleza «estilo María Antonieta», como decían los aduladores de su
-ancianidad; pero la nariz que había sido aguileña caía ahora sobre la
-<span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span>boca con una pesadez grotesca, y sus ojos azules estaban empañados por
-el lagrimeo de la decrepitud. Por debajo de su capota asomaban los rizos
-de una cabellera blanca, excesivamente abultada para ser natural.</p>
-
-<p>En su persona, vestida de negro con aristocrática modestia, lo que
-atraía inmediatamente la atención, lo que la hacía ser reconocida por
-todos, era su collar, un famoso collar que sólo podía ser el de la
-duquesa de Pontecorvo: millón y medio en perlas, según cálculo de los
-entendidos.</p>
-
-<p>Tenía la forma ancha de los llamados «collares de perro», y al mismo
-tiempo que deslumbraba como joya, servía de corsé al cuello, sosteniendo
-y disimulando las blanduras de su piel. Por abajo intentaba ocultar un
-manojo de tendones rígidos. Sobre su filo superior se desbordaban los
-colgantes bullones de las mejillas, cuyo antiguo tono de rosa era en el
-presente un morado lívido.</p>
-
-<p>Entró en la iglesia, desierta a estas horas, y el lacayo, abandonando su
-brazo, quedó en respetuosa inmovilidad junto a una puertecilla lateral.
-Esta abertura proyectaba sobre las baldosas del templo un rectángulo de
-sombras azules, perforadas por redondas manchas de sol, iguales a
-monedas de oro.</p>
-
-<p>El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer
-sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por
-la puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de
-plantas, golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos,
-desnivelados por el tiempo y las lluvias.</p>
-
-<p>Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre
-nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del
-majestuoso y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la
-azul llanura del Mediterráneo.</p>
-
-<p>En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía
-en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores,
-enmarañándose hasta formar un matorral espinoso y perfumado; los
-árboles, faltos de espacio, se apoyaban unos en otros, retorciendo sus
-troncos; las flores silvestres disputaban el suelo a las cultivadas, con
-una audacia agresiva de parásitas llegadas a capricho de los vientos; la
-vida animal&mdash;hormigas, avispas y escarabajos multicolores&mdash;zumbaba o se
-arrastraba en filas ondulantes a través de la reducida selva.</p>
-
-<p>La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama
-inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en
-desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que
-avanzaban sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el
-mar desde aquel balcón natural, a una altura de varios centenares de
-metros; un Mediterráneo más<span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span> inmenso que el que contemplaba desde su
-«villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de
-los Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando
-golfos, penínsulas y promontorios.</p>
-
-<p>A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí,
-recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por
-el sol poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco
-de Mónaco, con la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de
-Monte-Carlo, cubierta de palacios y jardines; y a los pies de ella,
-obligándola a bajar los ojos, la península de Cap Martin, con la
-«villa», entre copudos pinos, edificada por el difunto mariscal, duque
-de Pontecorvo. En la misma península cubierta de árboles, que era como
-un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su amiga y
-protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras
-viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el
-enorme palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria
-y de la minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la
-tierra.</p>
-
-<p>Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus
-espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas,
-desde el cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que
-ella había evocado ya en su imaginación. Permanecería allí una hora,
-contemplando la lenta y dulce muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar
-su melancólico aislamiento en este tranquilo jardín de cura, frente al
-ocaso, que despierta los más suaves recuerdos del pasado y evoca lo que
-fue y no volverá a ser, como una melodía dulce y moribunda, como un
-perfume casi desvanecido.</p>
-
-<p>Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese
-cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo,
-perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la
-muerte del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de
-los lugares más hermosos de la tierra!...</p>
-
-<p>Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco
-confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos.
-Un hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso
-paisaje, como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de
-humo de su cigarro.</p>
-
-<p>Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de
-protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente
-sonrió, con una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mister Baldwin!... ¡Qué agradable sorpresa!...<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span></p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p class="nind">Cuando de tarde en tarde el multimillonario John Baldwin venía a pasar
-unas semanas en su palacio de Cap Martin&mdash;comprado desde Nueva York sin
-conocerlo y guiándose por fotografías&mdash;, toda la atención de la Costa
-Azul se concentraba en su persona.</p>
-
-<p>Desde Cannes a Mentón no existía un invernante superior a él, y eso que
-siempre vivían en las «villas» y hoteles de la ribera mediterránea
-varios monarcas destronados o en vacaciones, y algún presidente de
-república hispanoamericana recién huido de su país en revolución.</p>
-
-<p>Las autoridades le escribían solicitando su apoyo para obras benéficas;
-las sociedades le enviaban comisiones para saludarle, pidiéndole de paso
-una subvención; los organizadores de conciertos y funciones teatrales
-procuraban colocarse bajo su patronato.</p>
-
-<p>El poderoso millonario era semejante a Dios, que no se deja ver, pero se
-hace sentir con sus obras. Los que entraban en su hermoso palacio salían
-sin conocerle, mas rara vez dejaban de ser recibidos por uno de sus
-secretarios, y éste desaparecía a las primeras palabras, volviendo luego
-con un cheque en la mano.</p>
-
-<p>En contadas ocasiones, los que habían conseguido ver personalmente a
-Baldwin lo señalaban a los demás en un paseo de Niza, en una de las
-salas de juego de Monte-Carlo, o en un camino pintoresco de la montaña.
-«Ése es el millonario Baldwin». Y la gente acogía siempre tal revelación
-preguntando con extrañeza: «¿Ese viejo que tiene aspecto de pobre?...».</p>
-
-<p>Iba vestido con modestia. En sus <i>garages</i> de Cap Martin tenía varios
-automóviles de las marcas más célebres; pero casi siempre iba a pie.</p>
-
-<p>Sus secretarios eran <i>gentlemen</i> de refinada elegancia. Al millonario le
-complacía que lo tomasen por un servidor de ellos, apreciando el aspecto
-señorial de sus empleados y sus ayudas de cámara como un reflejo de su
-propia grandeza.</p>
-
-<p>Cuando las gentes querían describir el poder de este hombre de aspecto
-humilde y poco dispuesto a aceptar las manifestaciones de la pública
-admiración, decían simplemente: «Es el hombre más rico de la tierra».
-Los que estaban versados en los negocios afirmaban con un temblor de
-emoción: «Es un señor<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span> que siempre tiene inmovilizados en su cuenta
-corriente sesenta millones de dólares, no sabiendo qué hacer de ellos».
-Y era verdad.</p>
-
-<p>Si le hablaban de esta riqueza inactiva, en las contadas reuniones a que
-se dignaba asistir, respondía con un gesto de cansancio. El dinero le
-abrumaba: ¿qué podía hacer con él? Le era imposible colocarlo en
-negocios que fuesen más fructuosos que los suyos. Y como sus empresas
-industriales y mineras no podían desarrollarse más, ni exigían nuevos
-capitales, la mayor parte de sus enormes ganancias se iba amontonando en
-forzosa improductividad.</p>
-
-<p>La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap
-Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja,
-famosa en otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era
-célebre en el mundo entero.</p>
-
-<p>Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después
-de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes,
-para seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un
-presidente de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora
-los señores del mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su
-vejez, por haber dado a sus hijos la mayor parte de su antigua fortuna,
-teniendo que soportar una «pobreza dorada», que sólo le permitía
-abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap Martin, experimentó
-como todos un respeto irresistible hacia este potentado de los tiempos
-presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al reconocer
-en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!».</p>
-
-<p>Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la
-iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son
-jóvenes y temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía
-verlo mejor al aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo
-verdoso a las personas y los objetos.</p>
-
-<p>Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se
-mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que
-los dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una
-espada de buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor
-atlético, pero los años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese
-acartonamiento que repele los asaltos de la enfermedad y retarda el
-triunfo de la muerte.</p>
-
-<p>Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de
-él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme
-su cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo
-mismo que un fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La
-mandíbula inferior, saliente y<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span> poderosa en la juventud como un
-testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado
-exageradamente en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la
-dinastía austríaca.</p>
-
-<p>Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en
-esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su
-belleza muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón
-fuerte habían sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que
-desconcertaba a los hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus
-pupilas, dotadas de una tenacidad imperturbable, habían influido en la
-marcha de los sucesos. Pero ahora, estos ojos, que muchas veces fueron
-duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado, acariciando con una
-mirada fríamente mansa las personas y las cosas.</p>
-
-<p>Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su
-grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta
-deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro.</p>
-
-<p>Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia
-en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia
-de Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él.</p>
-
-<p>&mdash;Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he
-sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso!</p>
-
-<p>Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo
-a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones
-de los Alpes.</p>
-
-<p>A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos
-automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El
-ferrocarril que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían
-como escapados de una caja de juguetes. Estos movimientos de actividad
-entre las poblaciones a orillas del mar no iban acompañados de ruidos
-para los dos ancianos sentados en la altura. Las máquinas arrojaban
-vapor y rodaban guardando un absoluto silencio. En cambio, el tintineo
-de las esquilas de un rebaño de cabras que pastaba al pie del jardín
-hacía temblar con una vibración melancólica el cristal del cielo
-vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin reflejos,
-más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las horas
-meridianas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, muy hermoso&mdash;contestó la duquesa.</p>
-
-<p>Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad
-del atardecer.</p>
-
-<p>&mdash;Es una desgracia&mdash;continuó Baldwin&mdash;que haya que llegar a la vejez
-para conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede
-ofrecernos.<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span> Durante la juventud, las preocupaciones y las ambiciones
-nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres que
-si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y
-venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin
-contempla el mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos
-de inteligencia para la vida ordinaria, que se divierten haciendo
-versos.</p>
-
-<p>La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que
-su acompañante quería decir.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para
-gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un
-hombre; además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para
-las cosas sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a
-usted más la Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las
-Tullerías.</p>
-
-<p>Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se
-interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció
-revivir. ¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia,
-por habérselo oído mencionar en una reunión!...</p>
-
-<p>Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las
-cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a
-los hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del
-agradecimiento, habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo
-antiguo.</p>
-
-<p>Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos;
-pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces.</p>
-
-<p>&mdash;Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas
-cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce
-verdaderamente lo que ocurre en su interior.</p>
-
-<p>Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de
-los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por
-primera vez.</p>
-
-<p>La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la
-emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las
-bellezas juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del
-palacio de las Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la
-emperatriz quiso casarla con alguno de los personajes de su corte, y el
-que mostró más interés por ella fue un mariscal que acababa de recibir
-el título de duque de Pontecorvo por una victoria conseguida en la
-guerra que sostuvo Napoleón III contra los austríacos.</p>
-
-<p>No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y
-caracteres<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> entre ella y el rudo soldado que había sido su esposo. Pero
-la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias entre
-ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida.</p>
-
-<p>Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los
-personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió,
-agobiado por la ruina del emperador y los desastres militares de 1870,
-dejando a su viuda con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido
-a su vez nuevas familias, llevándose la mayor parte de la herencia
-paterna, y la vieja dama acabó por escaparse de un París que ya no era
-el de su juventud y la entristecía al hacer revivir sus melancólicos
-recuerdos.</p>
-
-<p>Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el
-resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de
-esplendor. Esto lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza,
-viviendo al mismo tiempo entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde
-en tarde su protectora y parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y
-ambas, vestidas de luto, hablaban de los amigos difuntos. Ahora acababa
-de morir Eugenia, haciéndola pensar este suceso en el corto plazo que le
-concedía la vejez para seguirla. De su pasado esplendoroso sólo había
-guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus antiguas glorias, y
-despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza.</p>
-
-<p>&mdash;Dice usted bien, mister Baldwin&mdash;continuó&mdash;. La vejez tiene sus
-placeres y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis
-tiempos mejores: la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he
-reducido de tal modo, que no sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no
-tiene las alegrías vehementes de otros tiempos, pero tampoco sus dolores
-y sus inquietudes. No se conoce en ella lo que llamamos de jóvenes el
-amor; pero se encuentra la amistad, que es casi siempre algo más firme y
-duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las inquietudes que sufre
-una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos! Hay que vivir
-en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza; todo
-hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la
-existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual
-rondan incesantemente los enemigos...</p>
-
-<p>»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no
-conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En
-realidad, a nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay
-compañeros. Al perder importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros
-todas las cosas inmateriales que llevamos dentro y llamamos alma.</p>
-
-<p>»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes,<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span>
-recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio de envidia. Luego me
-arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su vez; llegarán
-adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la
-tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos
-preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves,
-pero inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame,
-mister Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después
-de haber trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo
-mismo que yo.</p>
-
-<p>El millonario repuso melancólicamente:</p>
-
-<p>&mdash;¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!...</p>
-
-<p>La duquesa, que hasta entonces había hablado con una viveza juvenil,
-bajó la mirada, contestando con una voz igualmente triste:</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad... ¡Ay, la muerte!</p>
-
-<h3>III</h3>
-
-<p class="nind">Hubo un largo silencio. El célebre Baldwin lo cortó para expresar en
-alta voz todo lo que había pensado mientras escuchaba a la duquesa.</p>
-
-<p>También en su existencia era rudo el contraste entre el pasado y el
-presente, pero no sentía desesperación al darse cuenta de su inercia
-actual, después de una vida tan activa, que los más grandes negociantes
-de la tierra habían acabado por admirarle como el tipo perfecto del
-hombre de acción.</p>
-
-<p>Su existencia ya no tenía un motivo justificante para continuar su
-desarrollo. A John Baldwin no le quedaba papel en la vida. ¿Qué más
-podía intentar después de lo que llevaba hecho?... Y sin embargo, seguía
-viviendo, porque la razón de la existencia humana se encuentra más allá
-de los cálculos y las conveniencias de los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, duquesa, no puedo darse cuenta exacta de lo que son mis
-negocios y hasta dónde han llegado. Como todo el mundo, sabe usted que
-soy muy rico; pero la palabra «rico» no puede abarcar toda la enormidad
-de mi riqueza. Para que yo me arruine es necesario un cataclismo que
-suprima la mayor parte de la humanidad civilizada. Tengo que limitar el
-rendimiento de mis minas y de mis fábricas, porque no quiero ser más
-rico. Dejo improductivos capitales enormes y desprecio negocios seguros,
-porque tengo de sobra el dinero y huyo de él.</p>
-
-<p>»Todo lo he sido, y lo que no fui en el pasado puedo serlo mañana mismo
-si<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span> lo deseo. Pero ninguna de las cosas que tientan a los hombres puede
-atraerme ahora que soy viejo y mi inteligencia conoce la inutilidad de
-las vanidades humanas. No tengo hijos, y mi principal ocupación es
-pensar en qué podré invertir mi riqueza para que sirva de algo después
-de mi muerte.</p>
-
-<p>»He fundado museos, bibliotecas y universidades. Doy mi dinero para
-establecimientos de caridad, aunque mi razón no me permite creer en la
-eficacia de la caridad. Pero esto no importa; como en algo he de
-invertir mi riqueza, la esparzo sin reparar en los pretextos que invocan
-los que me la piden. Estoy cansado de comprar cuadros y de fomentar la
-publicación de libros. También me fatiga el subvencionar descubrimientos
-científicos o inventos mecánicos. ¡Grandes cosas cuando se tiene el
-entusiasmo de la juventud y se cree en el porvenir! Pero ahora soy
-incapaz ya de entusiasmo, y en cuanto al porvenir...</p>
-
-<p>Quedó silencioso largo rato el multimillonario, y al fin dijo con una
-voz triste y rencorosa:</p>
-
-<p>&mdash;Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los
-negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de
-la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en
-un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una
-cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una
-garantía de que vivirán cuando yo no viva.</p>
-
-<p>«¡Ah, canallas&mdash;me digo&mdash;, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto
-me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa
-admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil
-millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a
-cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.</p>
-
-<p>»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en
-añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los
-jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir
-veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia
-alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos
-más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he
-influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas
-mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no
-conseguiría esos veinte años.</p>
-
-<p>Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Todo lo he sido, todo lo he tenido&mdash;continuó&mdash;, y por eso mismo la
-vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero
-vivir, y me<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span> irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi
-existencia a pesar de mis riquezas.</p>
-
-<p>»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo
-la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba
-obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de
-las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son
-realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en
-otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba.
-Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo
-la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto
-a través del cuerpo de todos los que le rodean.</p>
-
-<p>»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el
-triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi
-fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no
-experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé
-que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una
-fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y
-empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi
-victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que
-conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino.
-¿Qué me queda que hacer en la vida?...</p>
-
-<p>La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle
-de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo
-al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes.
-Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído,
-dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además
-inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de
-confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el
-ambiente melancólico del atardecer.</p>
-
-<p>&mdash;Nada espero&mdash;continuó&mdash;, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir.
-La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo
-en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una
-ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano,
-las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más
-allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance.
-¡Qué cosa triste es la muerte!...</p>
-
-<p>»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y
-miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las
-proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en
-nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la
-muerte, en nuestra ancianidad,<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> podemos verla tal como es y darnos
-cuenta de la miseria de nuestro destino.</p>
-
-<p>»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto
-para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de
-miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la
-envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede
-consolarme a mí, que he triunfado y puedo seguir triunfando?...</p>
-
-<p>»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la
-restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará
-mañana, y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo
-después de su muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la
-ignorancia humana, nos afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto
-de un modo palpable a los que no tienen la ceguera de la fe?...</p>
-
-<p>»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A
-continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad
-el renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es
-lo que hay después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que
-ven nuestros ojos es que el organismo se deshace y desaparece, dejando
-un pálido recuerdo y un nombre que sólo dura unos cuantos años... Y
-después, la nada.</p>
-
-<p>Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a
-hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía
-por el horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo
-una faja de oro sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de
-peñascos parecían arder, como si transparentasen un incendio interior.</p>
-
-<p>El millonario señaló el sol con su bastón.</p>
-
-<p>&mdash;Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá
-resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan
-esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los
-grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el
-último episodio de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que
-encontrarán media hora después... Lo terrible es saber que nuestra
-muerte no tiene remedio, ni puede repetirse. Morimos una vez nada más, y
-para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo tiempo que otros
-llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de su
-juventud.</p>
-
-<p>»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado
-su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud
-insolente que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente
-viejos y ven venir la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos
-menos felices; todo está<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> desarreglado en la existencia, y los viejos
-morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más
-cruel.</p>
-
-<p>La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le
-inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad
-con que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas,
-murmurando un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de
-ciertos amores entre gente joven que eran motivo de comentarios a la
-hora del té?... Le parecía de mal augurio hablar tanto de la muerte.
-Cuando se es viejo no hay que acordarse de ella. Sabe venir sola y no
-debe nombrársela, pues puede creer que la llamamos...</p>
-
-<p>Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las
-grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de
-soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio.
-El americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el
-suelo, a impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino.</p>
-
-<p>&mdash;Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un
-loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez
-es una simple combinación del azar, y así se explica su absurdo
-funcionamiento. De jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la
-conquista de la riqueza o de la gloria, y para realizar nuestras
-ilusiones consumimos la frescura de los primeros años y volvemos la
-espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al ser viejos, y cuando
-poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos de qué pueden
-servirnos...</p>
-
-<p>Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de
-acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las
-correcciones que necesitaba el actual orden de la vida.</p>
-
-<p>Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en
-los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez
-eran al principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas
-repugnantes trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En
-cambio, al final llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en
-mariposas vestidas de sedas multicolores, que revoloteaban sobre los
-jardines para alimentarse con néctares florales, y cuando morían era en
-medio de una embriaguez primaveral, en pleno éxtasis de amor.</p>
-
-<p>Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se
-batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que
-había triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo
-tenía veinticinco años y<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> vagaba por la parte baja de la ciudad de Nueva
-York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura
-de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría
-podido gozar verdaderamente de su triunfo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pensar, duquesa&mdash;continuó&mdash;, que pasé años enteros sin ver la luz del
-día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las
-mismas horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la
-primavera para los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para
-suplir en ciertos casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso
-sobre cualquiera de esas cumbres peladas que vemos desde aquí; podría
-conseguir que mujeres iguales a las que me hacían temblar de emoción en
-mi juventud se interesasen actualmente por mi decrépita persona. ¡El
-poder del dinero es tan grande para los que no lo poseen y lo
-necesitan!...</p>
-
-<p>»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el
-engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en
-plena juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe
-decisivo. Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando
-sentimos las pasiones con más intensidad que en la adolescencia. El
-primer diente que se cae, los primeros cabellos que se marchan, anuncian
-que empezó ya la evolución de nuestra muerte. Pero somos ciegos y
-sordos. Poseemos la esperanza, compañera que sólo nos abandona en el
-momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos convencidos de que no
-podemos morir.</p>
-
-<p>»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que
-esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana,
-y el tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los
-demás mueran, pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se
-imagina que esta desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo
-esto, no quiero morir, y hago planes diariamente basados en lo futuro,
-como si contase con una vida infinita. Somos sordos para la muerte, y
-sin embargo, hablamos de ella a todas horas.</p>
-
-<p>»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían.
-Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de
-nuestra existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les
-entenderán los jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas
-generaciones y generaciones de esta humanidad que basa en la muerte sus
-creencias religiosas y continúa viviendo sin querer convencerse de que
-existe la muerte mientras goza de salud.</p>
-
-<p>La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la
-ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador
-hizo un gesto de<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span> asentimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Esa dulce mentira&mdash;dijo&mdash;es necesaria para que continuemos nuestra
-existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres
-que parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese,
-duquesa, que a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un
-deseo que me ha devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome
-fuerzas para seguir adelante!...</p>
-
-<p>Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió
-cómo era él cuando tenía treinta años.</p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p class="nind">La guerra de Secesión le había hecho perder un tiempo precioso para sus
-negocios, pues por entusiasmo se convirtió en soldado. Luego ganó sus
-primeros miles de dólares y quiso viajar por Europa. Estuvo en el París
-de los últimos años de Napoleón III y visitó la famosa Exposición que
-fue como un resumen de la gloria imperial antes de que llegase la
-catástrofe.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, duquesa, la vi a usted por primera vez, cuando todo París se
-ocupaba de su hermosura, de su lujo y sus fiestas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mister Baldwin!&mdash;interrumpió la anciana, conmovida por esta
-revelación&mdash;. Debió usted haberse hecho presentar. ¡Hubiera tenido tanto
-placer en conocerlo de joven!...</p>
-
-<p>Sonrió el mayor de los ricos del mundo con una expresión de
-incredulidad. Se mostraba regocijado por la hipótesis de que él podía
-haber asistido en aquella época a las fiestas de la duquesa de
-Pontecorvo, como si esto le pareciese altamente grotesco.</p>
-
-<p>&mdash;El Baldwin de entonces, aunque joven y vigoroso, resultaba menos
-presentable que el viejo que conoce usted ahora. Era un pobre que estaba
-educándose a sí mismo, y acababa de hacer la guerra en un país cuyas
-costumbres han progresado mucho desde entonces. Sus maneras eran
-bruscas; tenía las manos deformadas por el trabajo... No; el John
-Baldwin de entonces hubiera hecho un mal papel en los salones de usted.
-Sólo le correspondía quedarse al borde de la acera, entre la muchedumbre
-de las fiestas de la Exposición, aguardando el paso de la comitiva
-imperial para ver en un landó, detrás de la emperatriz, a la duquesa de
-Pontecorvo, que estaba entonces en lo mejor de su juventud y su
-belleza.<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mister Baldwin!&mdash;suspiró otra vez la anciana, mirando al suelo,
-al mismo tiempo que la lividez de sus mejillas se extendía por el resto
-de su cara, sustituyendo al rosa del antiguo rubor.</p>
-
-<p>Siguió hablando el americano.</p>
-
-<p>&mdash;Desde entonces la conozco, y jamás la olvidé. Todos, para vivir,
-necesitamos poner los ojos en una altura, y cuanto más inaccesible,
-mejor, pues de este modo se pueden conservar intactas las ilusiones que
-depositamos en ella. Para mí, esta cumbre fue usted. Estamos en una
-edad, duquesa, que nos permite decirlo todo, sin las timideces de la
-adolescencia.</p>
-
-<p>»Durante mi época de peligros y trabajos, concentré toda mi ambición en
-realizar tres deseos, como resultado de mi victoria. Quería poseer un
-palacio rodeado de un parque inmenso, y un yate con el que pudiese
-navegar por todos los mares de la tierra... Mi tercer deseo, o mejor
-dicho, el primero, por resultar más vehemente que los otros dos, fue
-conseguir una mujer igual a la duquesa de Pontecorvo, o ella misma, pues
-la vida ofrece a veces limosnas inesperadas con las que uno no se habría
-atrevido nunca a soñar.</p>
-
-<p>»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer
-igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están
-inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi
-deseo de correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a
-conseguir en toda su existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?&mdash;volvió a repetir la voz
-conmovida de la anciana.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado
-siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un
-hombre de mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas
-empresas y le queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales.
-Pero le juro que en los raros momentos de descanso, cuando evocaba el
-pasado y las ilusiones de la juventud, lo primero que surgía en mi
-memoria era el recuerdo de usted.</p>
-
-<p>»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer
-tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido
-la ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para
-seguir avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi
-triunfante. Ya era viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos
-se habían casado; tenía nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir
-la única ilusión que quedaba en pie dentro de mí?...</p>
-
-<p>Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés,
-haciendo<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span> un esfuerzo mental para adivinar cómo habría sido el americano
-en los tiempos remotos de su juventud.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mister Baldwin!&mdash;volvió a decir&mdash;. ¿Por qué no se dio usted a
-conocer entonces?</p>
-
-<p>Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus
-pensamientos, expresándolos en voz baja.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros
-tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de
-entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero
-de París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos.
-¡Si usted viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha
-transcurrido el tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando
-no interesan, hacen reír por sus adornos grotescos cada vez que se las
-ve en un retrato viejo. En cambio, a la mujer amada nos la imaginamos
-siempre con el traje que vestía cuando la vimos por primera vez, y
-aunque luego cambien las modas, nunca nos parecen tan interesantes como
-las de entonces. Yo contemplaré siempre a la joven duquesa de Pontecorvo
-con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la emperatriz Eugenia y
-las otras damas elegantes de la corte imperial. No la puedo ver de otro
-modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy pocas mujeres
-lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor tuvo
-el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y
-que nunca conoció el otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mister Baldwin!&mdash;repitió la vieja con una voz temblorosa, como si
-fuese a llorar&mdash;. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que
-me dice ahora?...</p>
-
-<p>El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la
-realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del
-millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia
-inaudita de un extranjero desconocido, pobre y rudo.</p>
-
-<p>Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó
-en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre
-astral que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro
-vespertino. Por el lado de Italia el azul del cielo se mostró más
-intenso y obscuro, siendo punzado a trechos por los fulgores de nuevas
-estrellas.</p>
-
-<p>El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar,
-estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja
-señora,<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span> impresionada aún por las palabras de su acompañante, permaneció
-insensible a este cambio de temperatura, que en otro atardecer la
-hubiese hecho huir hacia su automóvil.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no habló usted a tiempo?&mdash;repetía&mdash;. ¿Por qué no me dijo
-entonces esas palabras tan interesantes?</p>
-
-<p>Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde
-hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la
-necesidad de confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde
-que encontró en Cap Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta
-revelación, y tal vez por esto la había buscado en el jardín de la
-iglesia. Pero una vez descubierto el misterio, no había por qué
-recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a los muertos!</p>
-
-<p>La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se
-agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la
-muerte, que la iba arrastrando ya en su corriente.</p>
-
-<p>Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de
-medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas
-de la boca del hombre más poderoso de la tierra!...</p>
-
-<p>Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el
-jardín.</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí.</p>
-
-<p>Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte.</p>
-
-<p>&mdash;El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero
-nosotros!...</p>
-
-<p>La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar,
-golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón.</p>
-
-<p>No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de
-lo que lo rodeaba.</p>
-
-<p>Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!...</p>
-
-<p>Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras
-una voz temblorosa iba repitiendo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo
-lo que me dice ahora?...<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span></p>
-
-<h2><a name="La_familia_del_doctor_Pedraza" id="La_familia_del_doctor_Pedraza"></a>La familia del doctor Pedraza</h2>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p class="nind">&mdash;Yo también&mdash;dijo Serrano&mdash;conocí, como algunos de ustedes, al doctor
-Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los
-restoranes de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite
-llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo
-diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.</p>
-
-<p>Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no
-vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización, y
-roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando
-desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas
-productivas.</p>
-
-<p>La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la
-capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a
-hacerme más préstamos, dudando del éxito de mi colonización, tuve que
-buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco
-Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos
-directores de este establecimiento, dependiente del gobierno, podría
-pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando
-mi prestigio financiero, y terminaría igualmente los trabajos de
-roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.</p>
-
-<p>Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi
-propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario.
-No era empresa fácil ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado
-allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países
-americanos de habla<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span> española.</p>
-
-<p>Todo lo que tiene una relación más o menos lejana con el gobierno debe
-desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los
-negocios con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que
-se ha hecho algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda
-oficina pública le responden a usted ordinariamente: «Vuelva mañana»; y
-este mañana, que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o
-tarda años.</p>
-
-<p>Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto
-de protectores, y que además no estaba casado con una señora del
-país&mdash;alianza que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de
-la antigua tribu&mdash;, tuve que oír muchas veces «Vuelva usted mañana» y
-esperar semanas y semanas en las oficinas del Banco Hipotecario a que
-llegase mi «mañana», o sea la concesión del préstamo.</p>
-
-<p>Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho
-Banco, vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna
-de su protectora conversación.</p>
-
-<p>Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan
-y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado «doctor», no
-porque fuese médico, sino por ser abogado.</p>
-
-<p>Desde Texas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son
-tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las
-repúblicas de la América que podemos llamar de arriba, los titulan
-simplemente «licenciados», y abajo, en la Argentina y otros países,
-«doctores».</p>
-
-<p>He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla, una súplica dirigida al
-rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires pidiendo que
-fuesen enviados a la ciudad naciente hombres de todas las profesiones,
-menos abogados, por ser la tal carrera nociva para la paz y la
-prosperidad de un país. Estos colonos de hace tres siglos adivinaron con
-prodigiosa anticipación las futuras calamidades de su patria. Hay quien
-asegura que si en la Avenida de Mayo o la calle Florida&mdash;lo más céntrico
-y concurrido de Buenos Aires&mdash;alguien grita en plena tarde: «¡Doctor!»,
-cincuenta transeúntes se detienen al mismo tiempo y vuelven la cabeza
-creyéndose llamados. Algunos van más lejos, y afirman que si el grito se
-repite varias veces pueden ser tantos los atraídos por él, que la
-circulación quede interrumpida. Pero esto último no debe ser tenido, en
-mi opinión, por rigurosamente exacto.</p>
-
-<p>Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como
-tantos<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span> otros doctores de su país, era un abogado de lujo que nunca
-había ejercido su profesión, y cuando tenía que acudir a los tribunales
-por asuntos propios buscaba el auxilio de algún colega con «estudio»
-abierto. El título de doctor es como una distinción nobiliaria en
-aquella tierra de régimen democrático, crisis periódicas y riqueza
-incesantemente renovada, que surte a una gran parte de la humanidad de
-panecillos y biftecs.</p>
-
-<p>El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios, lo mismo que muchos
-argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado
-una cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor
-sustituto; luego ocupó varios cargos políticos en la provincia de Buenos
-Aires, llegando, finalmente, a ser diputado nacional. Pero su palabra
-reposada y majestuosa, que se detenía, abriendo largas pausas, para
-cazar las expresiones más retorcidas y sonoras, no aspiraba a los
-triunfos parlamentarios. Su posición social y las necesidades suntuosas
-de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible obtenerlo
-honradamente dedicándose en absoluto a los negocios.</p>
-
-<p>Compraba campos&mdash;las más de las veces sin conocerlos&mdash;y los vendía,
-valiéndose para sus enormes transacciones de las cantidades que le
-prestaban los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una
-rica estancia heredada de sus padres y otra no menos importante que su
-esposa había aportado como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba
-casi todos los días en la crónica social de los diarios de Buenos Aires;
-«un exponente representativo de la alta vida del país», como decía él
-con su lenguaje rebuscado.</p>
-
-<p>Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud, tenía la gallarda soltura
-de miembros de todos los hombres de allá criados en las estancias, que
-aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que
-ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una
-tierra donde los destetan de niños con carne asada.</p>
-
-<p>Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes,
-cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía
-sus primeros impulsos amorosos hacia la que después fue su esposa.
-Siempre vi sus pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un
-encierro de brillante charol. Nunca le encontré, a partir de las
-primeras horas de la tarde, que no vistiese chaqué y llevase sobre la
-corbata una perla que parecía caída del turbante de un rajá. Jamás, al
-extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de encontrar al doctor
-Pedraza puesto de <i>smoking</i>, si iba a comer con los amigos en el Jockey
-Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro Colón.</p>
-
-<p>Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las
-reglas<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span> que debe observar todo <i>gentleman</i> en uno u otro hemisferio de
-la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y temible
-en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los
-caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.</p>
-
-<p>Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su
-persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la
-más pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa,
-para gustar a su mujer, para que le admirasen sus niñas con esa
-satisfacción orgullosa que siente toda joven cuando contempla las
-elegancias y seducciones del género masculino a través de su padre.</p>
-
-<p>Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le
-inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes
-que el hombre que les voy describiendo fue un héroe más grande que los
-héroes de la guerra o de la ciencia. Éstos mueren por la gloria,
-orgullosos de su muerte y ganosos de que todos la conozcan.</p>
-
-<p>Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese
-sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.</p>
-
-<p>Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir
-escuchándome.</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p class="nind">Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en
-el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de
-esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o
-la forma de la propiedad.</p>
-
-<p>Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las
-menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y
-sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.</p>
-
-<p>Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a
-causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego.
-Una llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos
-incansables, había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras
-tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para
-remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna,
-llevaban una existencia de sobriedad monjil.<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span></p>
-
-<p>Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas,
-los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso
-privilegio de las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas
-brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta
-sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica,
-modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera
-de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres «malas», para las
-criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que danzar en torno
-a la llama que acaba por quemarlas.</p>
-
-<p>La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos
-ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para
-discurrir con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el
-lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la
-limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.</p>
-
-<p>Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que
-significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que
-procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y
-despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.</p>
-
-<p>&mdash;Si nuestros maridos o nuestros padres&mdash;dijeron muchas&mdash;desean
-arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos
-vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se
-aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los
-refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que
-cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su
-locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las
-profesionales y tengamos sus mismas exigencias...</p>
-
-<p>Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten
-iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la
-señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener
-por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en
-la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una
-religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.</p>
-
-<p>Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a
-Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces»,
-como la afición exagerada al baile, como los <i>jazz-band</i> y tantas cosas
-contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia
-americana para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa
-esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó
-en su período histórico una excepción, y de ningún modo algo general y
-corriente, como en nuestros tiempos.<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span></p>
-
-<p>El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano
-de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo
-arruinaron su mujer y sus hijas».</p>
-
-<p>Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos
-míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener
-el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de
-ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes
-era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas, es decir, en
-algo duradero y que representaba un capital guardado en reserva. Un
-hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando
-en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo
-terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y
-plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de
-años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues
-carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras
-preciosas.</p>
-
-<p>Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus
-pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros
-napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres
-de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una
-consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo
-llevaba unas horas nada más, y lo regalaba luego a su doncella.
-¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...</p>
-
-<p>Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los
-indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos.
-Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la
-divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no
-necesitaba más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne,
-a escuchar los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por
-su amigo Chateaubriand.</p>
-
-<p>Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva
-vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y
-lo mismo ocurre con el sombrero, los zapatos, etc. Además, la pobre
-Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas
-cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué
-atraso!... Una mujer chic cambia ahora ritualmente de vestido tres veces
-al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer la
-deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos llevando
-las mismas ropas.</p>
-
-<p>Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Saba y
-devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los
-libros al<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span> describir la vida de París de hace medio siglo, son ya
-personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la
-imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la
-plaza Vendôme, a los modistos de la <i>rue de la Paix</i> y demás proveedores
-del lujo femenino; pregúntenles por las «artistas» de costumbres ligeras
-y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y verán
-cómo tuercen el gesto:</p>
-
-<p>&mdash;Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos
-convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que
-las protejan. Únicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá
-llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con
-bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos.
-Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de
-señoras decentes; de mamás y de niñas. Ésa es la verdadera clientela de
-nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el
-dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura
-marchan ahora del brazo con la moral.</p>
-
-<p>Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta
-franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los
-veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores
-más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a
-proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna
-comediante joven y de buen rostro.</p>
-
-<p>La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación
-del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que
-su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna
-privación en sus deseos de lujo.</p>
-
-<p>Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas
-aristocráticas publicados por los diarios a «la distinguidísima señora
-de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas», sentía la misma emoción
-de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve
-elogiadas sus obras.</p>
-
-<p>Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas
-estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta
-admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas
-sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los
-asuntos concernientes a la familia. Él, para los negocios, para ganar
-dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con
-«distinción».</p>
-
-<p>No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio
-siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros
-nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre
-de numerosa<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la
-primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de
-sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba
-todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta
-por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por
-ellos.</p>
-
-<p>Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a
-una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser
-considerado como «guarango». Se estremecía de orgullo al declarar que
-todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se
-preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil
-leguas oceánicas. Cuando llegaban las comisionistas de la <i>rue de la
-Paix</i> a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel
-sus modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a
-«Madame Pedraza». Contaban con ella como gran compradora, y además sus
-gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente.</p>
-
-<p>Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al
-conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:</p>
-
-<p>&mdash;Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.</p>
-
-<p>Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se
-apresuraba a añadir:</p>
-
-<p>&mdash;Dieciocho hijos tiene una hermana mía, y los más de ellos son varones.</p>
-
-<p>Esto resulta natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un
-habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la
-cría de sus reses, en las ciudades las esposas se afanan por aumentar el
-número de ciudadanos.</p>
-
-<p>Además, amigos míos, aquellas mujeres, que llevan en sus entrañas el
-porvenir de su país, son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud
-de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos
-de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre
-para ser extremadamente delgadas. «Hay que conservar la línea». Pero a
-pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no
-pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus
-antecesores los centauros de la Pampa. Parecen, por lo flacas, que
-acaban de salir de una ciudad sitiada o de un trasatlántico con averías
-en alta mar que obligaron a los pasajeros a someterse a media ración.
-Pero que la moda les da permiso para comer, y renacerán esplendorosas,
-como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.</p>
-
-<p>Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a
-su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las
-peticiones de<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span> doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni
-escrúpulos en sus gastos para sostener, como ella decía, «el prestigio
-de la familia». Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las
-cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno
-de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y
-a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las
-fiestas de sociedad, y el llamado «gran mundo» se ve y se habla durante
-los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su
-servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de
-«negocios», para el señor, y otros dos, que empleaban la señora y las
-niñas para visitas o excursiones.</p>
-
-<p>Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su
-«escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las
-que llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin
-hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de
-cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.</p>
-
-<p>Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una
-demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el
-doctor creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta.</p>
-
-<p>&mdash;Soy de los Pérez Zurrialde&mdash;declaraba doña Zoila con orgullo en
-determinados momentos.</p>
-
-<p>Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de
-ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez
-Zurrialde».</p>
-
-<p>Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder
-explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces.
-Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres,
-héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos
-no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más
-distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos
-predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del
-país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su
-inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos,
-emparentándose solamente con sus allegados.</p>
-
-<p>Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su
-voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de
-un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella.
-¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el
-bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de
-América, el mayor signo de distinción y bienestar era<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span> tener tienda
-abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias
-linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas
-tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que
-representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y
-la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que
-vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto:
-«Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había
-alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de
-Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de
-su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo
-y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los
-tiempos.</p>
-
-<p>Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente
-reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia
-persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.</p>
-
-<p>Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un
-marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias
-elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la
-sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer.
-Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e
-invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una
-señora, casada y madre.</p>
-
-<p>Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus
-vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es;
-pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o
-admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al
-tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero usted&mdash;le dijo un europeo&mdash;gasta una fortuna en vestidos todos
-los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo
-digan.</p>
-
-<p>La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso
-sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los
-hombres.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces&mdash;siguió preguntando el curioso&mdash;, ¿para qué viste usted con
-tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...</p>
-
-<p>Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como
-apiadada de su ignorancia:</p>
-
-<p>&mdash;Para dar envidia a mis amigas y que rabien.</p>
-
-<p>III<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span></p>
-
-<p>Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala
-del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de
-empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando
-hablé por primera vez con el doctor Pedraza.</p>
-
-<p>Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco
-Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un
-papel de esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de
-familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa
-herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente
-tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones
-de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado.
-Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido,
-tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una
-catástrofe. Y como los directores del tal Banco desean mantener incólume
-el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que
-procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus
-operaciones como si aún vivieran en la época colonial.</p>
-
-<p>Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero
-ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas
-nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de
-América vagas ideas, necesitaban largos informes y repetidas
-exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible
-una depreciación de la hipoteca.</p>
-
-<p>El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre
-vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del
-despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para
-que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no
-obstante mi larga espera.</p>
-
-<p>&mdash;Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado
-nacional.</p>
-
-<p>Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo
-mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las
-oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario,
-le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus
-primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala
-cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba
-hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo
-informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera
-nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las
-confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo
-optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a
-las<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> oficinas.</p>
-
-<p>El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus
-pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba
-mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran
-propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres,
-operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de
-muchos centenares de miles de pesos.</p>
-
-<p>Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el
-doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y
-deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga
-aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se
-compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo
-comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en
-tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel
-país.</p>
-
-<p>Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero
-de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.</p>
-
-<p>Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza
-las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo
-argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser
-elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor,
-exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose
-una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura.
-Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las
-tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento
-rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin
-cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en
-su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.</p>
-
-<p>&mdash;Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...</p>
-
-<p>Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos
-Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial;
-aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos;
-calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan
-llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que
-riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.</p>
-
-<p>&mdash;Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban
-del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas
-cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia
-escarbando el<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span> suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi
-«petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también
-iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros
-públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales,
-y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No
-tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo
-que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros
-como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es
-cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que
-parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo
-soñado.</p>
-
-<p>Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una
-de sus miradas bondadosas.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos
-señores le acepten la operación?...</p>
-
-<p>Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el
-producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos;
-compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que
-fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las
-ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la
-deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas.
-Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la
-importancia del hombre que me estaba escuchando.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa
-fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...</p>
-
-<p>Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa
-gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y
-venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la
-especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como
-lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas,
-modernizándolas...</p>
-
-<p>Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y
-de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea
-el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los
-obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor
-Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble
-criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de
-los directores del Banco.</p>
-
-<p>Como si la protección que me había dispensado el doctor&mdash;expresada
-únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas
-majestuosas&mdash;empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas
-semanas después los<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span> poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi
-insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.</p>
-
-<p>Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el
-cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona
-la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos
-en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que
-tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la
-nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual
-permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a
-Europa.</p>
-
-<p>Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me
-quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar
-en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman
-en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía
-llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía
-dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en
-Europa la vida de un personaje de tal clase?...</p>
-
-<p>Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las
-gentes hablaban todos los días del <i>Cap Bojador</i>, trasatlántico alemán
-que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su
-travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el
-tal <i>Cap Bojador</i>, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de
-los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como
-una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río
-de la Plata.</p>
-
-<p>Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación,
-de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para
-atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que
-esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una
-muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar
-esta maravilla flotante.</p>
-
-<p>¡Pobre <i>Cap Bojador</i>! La organización germánica lo había previsto todo
-en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos
-cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si
-estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió,
-años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y
-salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros
-ingleses cerca de las costas de África.</p>
-
-<p>Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a
-Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda
-ser pasajero del <i>Cap Bojador</i> en su primera travesía. Representaba una
-gran<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span> distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el
-vulgo, este gusto inaudito.</p>
-
-<p>Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que
-en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien
-había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de
-darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los
-opulentos pasajeros del <i>Cap Bojador</i>, cuando precisamente iba yo a
-Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro
-millonario?...</p>
-
-<p>La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal.
-Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle
-para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas,
-¡<i>hochs</i>!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran
-afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a
-los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo;
-cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de
-pañuelos tremolados como banderas...</p>
-
-<p>Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no
-conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro
-en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin
-el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la
-Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.</p>
-
-<p>Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo
-qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre
-varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que
-habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de
-violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a
-París apenas la familia decidió el viaje.</p>
-
-<p>El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el
-presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al
-salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos
-visto aún los retratos de Lloyd George!...</p>
-
-<p>Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables,
-rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso
-del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y
-hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me
-acogieron con una indiferencia cortés.</p>
-
-<p>Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos
-y<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span> por su lujosa instalación.</p>
-
-<p>Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y
-otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres
-amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además,
-formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al
-servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se
-dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas
-en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una
-vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de
-Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo
-histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce
-personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde
-estaban las mejores habitaciones.</p>
-
-<p>La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según
-declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su
-vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las
-puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso
-numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del
-equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba
-a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de
-vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse
-a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían
-puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una
-de ellas, ¡y eran siete!...</p>
-
-<p>Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas
-las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después
-juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores
-bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del
-vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda,
-otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para
-cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito
-juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi
-siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este
-líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus
-hermanas.</p>
-
-<p>En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de
-a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en
-sus paseos por el buque.</p>
-
-<p>&mdash;Es un doctor de Buenos Aires&mdash;decían algunos europeos de regreso a su
-tierra, al mostrarse a este personaje&mdash;, un estanciero riquísimo, una
-persona «bien». ¡La plata que debe tener!...<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span></p>
-
-<p>Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me
-saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.</p>
-
-<p>&mdash;¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?...
-Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.</p>
-
-<p>¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones
-durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del
-Banco Hipotecario.</p>
-
-<p>Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me
-ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir
-en su mayor parte para este viaje suntuoso.</p>
-
-<p>Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a
-su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un
-viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban
-a sus espaldas.</p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p class="nind">Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo
-plano que este millonario.</p>
-
-<p>Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por
-miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir
-una nueva luz sobre París.</p>
-
-<p><i>Le Figaro</i>, que es el diario que presta más atención al paso de los
-americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre
-dama argentina, y sus hermosas hijas».</p>
-
-<p>Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto
-hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor,
-su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las
-avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer
-momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía
-para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes
-jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia
-natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.</p>
-
-<p>No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote;
-pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias
-argentinas».</p>
-
-<p>El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la
-vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas.
-París es muy<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span> grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el
-fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la
-porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares,
-la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.</p>
-
-<p>En los establecimientos de la <i>rue de la Paix</i>, de los Campos Elíseos y
-de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de Pedraza
-y sus <i>demoiselles</i>, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el
-rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces,
-al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios,
-escuché las mismas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con
-su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro
-de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener
-el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...</p>
-
-<p>Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué
-hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida,
-inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible,
-inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que
-se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que
-un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario
-como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario.</p>
-
-<p>Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde
-lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había
-visto al otro lado del Océano.</p>
-
-<p>En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de
-sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el
-Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso
-añadir: «¿Cuánto debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas
-enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El
-crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un
-poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena
-suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la
-esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.</p>
-
-<p>Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo
-debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia.
-Al año siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas
-ventas de «hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él
-me había descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría
-para pagar enteramente su<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span> deuda, sin tener que imponerse sacrificio
-alguno.</p>
-
-<p>Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los
-grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos
-mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en
-fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y
-austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de
-su sexo, lo mismo que su noble madre.</p>
-
-<p>&mdash;Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra
-tierra.</p>
-
-<p>Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en
-Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los
-elogios de las mujeres.</p>
-
-<p>En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las
-peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto
-y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por
-esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido
-por todos los círculos más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que
-se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido los
-últimos miles de francos en la sala destinada al juego.</p>
-
-<p>Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la
-República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos
-geográficos de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se
-ensancharon con esto considerablemente.</p>
-
-<p>Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos
-Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los
-Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos
-nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país,
-dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se
-reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien
-alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una
-especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno.</p>
-
-<p>Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen
-millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de
-alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas
-casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del
-matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el
-tango y chapurrear algunas palabras de español.</p>
-
-<p>Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una
-rivalidad aristocrática.<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Yo puedo ser duquesa si quiero&mdash;decía una de ellas&mdash;, y a ti sólo te
-pretende un marqués.</p>
-
-<p>&mdash;Pero el mío es más joven que el tuyo&mdash;contestaba la otra.</p>
-
-<p>Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su
-noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban
-a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al
-pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero
-los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si
-llegaban a casarse con sus niñas, no tendrían por qué ruborizarse, pues
-éstas eran iguales a ellos.</p>
-
-<p>Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un
-duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría
-prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese
-a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa
-igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con
-títulos nobiliarios.</p>
-
-<p>Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de
-algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo
-que debió ocurrir.</p>
-
-<p>Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los
-ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés
-cuando llega el momento de tratar las condiciones materiales que deben
-regir la asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven
-millonaria, no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares
-discusiones financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un
-notario que ha servido siempre a su familia, o al administrador de su
-hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los padres.</p>
-
-<p>El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos
-tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos
-nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con
-ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra
-melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de
-rapiña.</p>
-
-<p>Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no
-pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron
-desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta
-anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas
-que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en
-los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital
-positivo, aunque la renta fuese<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span> menor: campos, casas, valores
-mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora,
-dando una seguridad de riqueza a sus poseedores.</p>
-
-<p>En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían
-ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan
-mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten
-los gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros.</p>
-
-<p>El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco.
-¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más
-íntimas, para envidia de las amigas!...</p>
-
-<p>Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo
-nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en
-Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la
-plata, y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...</p>
-
-<p>Doña Zoila apoyaba estas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí.
-Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra
-madre.</p>
-
-<p>La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus
-amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos
-habían osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser
-despertadas», burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al
-marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador
-y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por
-todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias, era
-por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y
-famoso tirador de pistola.</p>
-
-<p>Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había
-procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan
-aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus
-entusiasmos de americano, hijo de una República.</p>
-
-<p>&mdash;Lo de los títulos de nobleza, <i>ché</i>, puede deslumbrar a los gringos de
-Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.</p>
-
-<h3>V</h3>
-
-<p class="nind">Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré
-por los<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span> diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez
-su nombre y los de todas las mujeres que componían su familia volvieron
-a aparecer en las crónicas de la alta vida social.</p>
-
-<p>Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas
-las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su
-palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y
-en qué consiste la falta de <i>chic</i>. Después de haber pasado un año en
-París, su autoridad parecía inconmovible.</p>
-
-<p>La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar
-en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle
-Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad,
-yendo de uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos
-seguían considerándole con respeto, como un personaje influyente, y
-muchos envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí
-noticias inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos
-contaban que había gastado en Europa un millón de pesos (más de lo que
-le había prestado el Banco Hipotecario). En las reuniones de alta
-sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que doña Zoila
-había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido no
-tenía fortuna para tantos dispendios.</p>
-
-<p>En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con
-preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos
-momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a
-modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente
-cada diez años.</p>
-
-<p>A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido
-la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la
-pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de
-negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que
-exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar
-mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre.
-De no ocurrir tal calamidad, estarían ustedes escuchando ahora a un
-millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y
-vivir aquí con modestia.</p>
-
-<p>Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros
-compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes;
-seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y
-los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían
-los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su
-infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y
-espaciadas, como se aproximan o se<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span> alejan las detonaciones de un
-combate remoto, según los caprichos del viento.</p>
-
-<p>La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al
-empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta
-inconcebible en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes
-morir! Pero el doctor había entregado al empresario por el abono del
-palco, no un cheque, sino un pagaré a noventa días vista. En las malas
-épocas, muchos pagan así en aquel país. Se confía en el porvenir. Nadie
-cuenta únicamente con lo que tiene en la mano, como los tímidos del
-viejo mundo; todos admiten de consocia a la esperanza. ¡Quién sabe qué
-grandes negocios pueden hacerse en el plazo de noventa días!... Como la
-fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para llegar hasta
-nosotros.</p>
-
-<p>También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su
-mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores, con una magnificencia
-que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dio
-a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico.
-Mientras tanto, el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por
-conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener
-el aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos y pagar los
-enormes réditos de sus deudas.</p>
-
-<p>Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en
-sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza,
-deseoso de evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de
-esta situación. Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de
-lujo, entre sus hijas solteras, que hablaban y reían como princesas
-seguras del porvenir, necesitaba mostrarse optimista, imaginándose una
-serie de negocios maravillosos que vendrían a sacarle de apuros al día
-siguiente.</p>
-
-<p>No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fue
-acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre
-dinero; en los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y
-recurrió al préstamo usurario. Además, tuvo que vender con pérdida
-enorme los terrenos que había adquirido para especular sobre su alza en
-la buena época del país, cuando circulaba vertiginosamente la riqueza.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos,
-la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir
-dejará caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la
-menor mueca de contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían
-en su casa. Doña Zoila, que estaba vagamente enterada de que los
-negocios no marchaban del todo bien, parecía vacilar algunas veces al
-hacer a su marido la enumeración de<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span> los gastos de la familia, pensando
-en la posibilidad de ciertas economías. Un día, hasta le dio a entender
-que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas.
-Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a la
-señora, que el doctor se apresuró a disuadirla.</p>
-
-<p>Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su existencia
-ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuido el lujo de
-la familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que
-evitase las economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y
-para ello era conveniente que la casa conservase su aspecto de
-abundancia segura y ostentosa.</p>
-
-<p>Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra
-solemne y los ojos protectores de mi amigo, adivinaba al punto los
-estragos que iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza
-disimulada. Iba vestido con la elegancia de siempre; conservaba su
-aspecto señoril; pero estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por
-su edad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para
-todos!... Pero esto no puede durar.</p>
-
-<p>Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que
-existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por
-encima de las miserias del vulgo.</p>
-
-<p>Su caída fue larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan
-los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por
-regla general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias
-y novelas. Hay minas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que
-sólo duran unos minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con
-lentitud, o van empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño
-tras peldaño. El naufragio del doctor fue igual al de los grandes
-veleros, que, después de estar llenos de agua, todavía flotan con la
-quilla al aire mucho tiempo, yendo de un lado a otro, al capricho de las
-corrientes.</p>
-
-<p>En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente
-algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios
-sueltos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo
-compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del
-álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió
-al doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte
-invención mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser
-lógicas, que las noticias que nos dan como seguras los amigos y los
-periódicos.<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span></p>
-
-<p>He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba
-solo en su «escritorio»: un piso arrendado en la Avenida de Mayo para
-sus oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían
-sobre él las mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una
-manera optimista, quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba
-a verse arruinado en un país donde el dinero tiene mayor importancia que
-en otras naciones y resulta más necesario para la vida. ¿Era posible la
-existencia de un Rómulo Pedraza protegido por sus amigos y con un empleo
-público para sostener humildemente a su familia?...</p>
-
-<p>La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus
-vestidos, llevando la vida dolorosa de los ricos arruinados que buscan
-el amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e
-inconcebible como un trastorno de la leyes astronómicas. ¿Era lógico que
-Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?...</p>
-
-<p>Además sentía miedo al pensar en sus hijas. Él conocía la historia de
-muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas
-conseguían casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se
-resignaban a descender, perdiendo la distinción de su origen,
-convirtiéndose en obreras ocultas que trabajaban mal recompensadas para
-el sostenimiento de una vida miserable; y algunas acababan sirviendo de
-amantes a hombres que en otras circunstancias no habrían osado aspirar a
-ser sus maridos.</p>
-
-<p>El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus
-hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la
-misma situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un
-nuevo encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas
-y educadas en el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo
-que son.</p>
-
-<h3>VI</h3>
-
-<p class="nind">Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo
-sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó
-supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden
-proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas
-preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la
-fortuna, tirando de él con un manotazo maternal y elevándolo luego sobre
-aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le
-tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span> insomnio?...
-Había que abrir las ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con
-sus alas.</p>
-
-<p>Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de
-los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden
-también a las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la
-entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el
-más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En
-los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los
-aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales o
-inventores, todo es posible.</p>
-
-<p>Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla
-amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de
-su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima
-importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes
-réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el
-aumento de una cantidad más...</p>
-
-<p>El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus
-compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a
-visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al
-mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación
-basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella,
-y como seguía recibiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron
-pasarse el aviso unos a otros.</p>
-
-<p>Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. A pesar
-de su madurez se mantenía fuerte, los médicos de las Compañías de
-Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico,
-libre de toda enfermedad, y el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco
-tiempo Pedraza estaba asegurado en más de una docena de Compañías, unas
-del país, otras de Europa y de los Estados Unidos. Además había firmado
-contraseguros y hecho otras operaciones que le aconsejaban los agentes,
-deseosos de ganar nuevas primas.</p>
-
-<p>Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos,
-según manifestaba con regocijo a sus amigos. Ésta era la cantidad que
-deberían entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte.
-Pero los amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:</p>
-
-<p>&mdash;Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones.
-¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.</p>
-
-<p>El esposo de doña Zoila sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se
-consideraba más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las
-Compañías de Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba,
-con una<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span> displicencia de rico:</p>
-
-<p>&mdash;Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando
-para los míos.</p>
-
-<p>Una mañana le escuché estas mismas palabras en un Banco, cuando
-formábamos grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un
-préstamo inmediato...</p>
-
-<p>Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron
-«estúpida», por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte
-pudiera resultar oportuna.</p>
-
-<p>Era en verano, y la familia del doctor estaba pasando una temporada en
-las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las
-forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la
-Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio
-sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un
-lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que
-nunca ha ocurrido en él nada digno de mención.</p>
-
-<p>Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen
-antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y
-doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para
-complemento de su lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Creo
-oportuno decir de paso que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas.</p>
-
-<p>El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas
-cuando deseaban bailar en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el
-tren para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al
-anochecer. Fue en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a
-la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente
-cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo
-cierto es que el cadáver del doctor fue encontrado hecho pedazos entre
-los rieles.</p>
-
-<p>Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del
-ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche
-y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero
-también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus
-vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se
-abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza,
-preocupado a todas horas por sus negocios, al pasar distraído de un
-vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias.</p>
-
-<p>Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas
-biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida
-nacional.<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span></p>
-
-<p>¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos
-fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos
-mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a
-expresarlo con palabras.</p>
-
-<p>Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones
-malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento
-público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general
-había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la
-familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta
-sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).</p>
-
-<p>La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de
-las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen
-padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran
-fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del
-momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros
-sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión
-serviría para suavizar el dolor de la familia.</p>
-
-<p>Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la
-suerte&mdash;a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que
-entrase&mdash;se decidió a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis
-nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir
-panecillos y biftecs, compró a buen precio los trigos y las reses; las
-dos estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron
-magníficas rentas.</p>
-
-<p>La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas
-del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia;
-pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar
-envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas
-blondas y joyas sólidas.</p>
-
-<p>Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público
-hasta en los pasillos, es preciso que ella la organice. Los comerciantes
-tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo
-que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con medrosa
-sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los
-concertistas, los escritores que llegan de Europa a dar conferencias,
-están condenados al fracaso si no cuentan con su protección.</p>
-
-<p>No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre
-materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París
-van a enseñarla sus novedades antes que al público.</p>
-
-<p>Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su
-falda, y<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span> cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus
-yernos, le dice suspirando:</p>
-
-<p>&mdash;Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo
-fue mi finado el doctor.<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span></p>
-
-<h2><a name="El_sol_de_los_muertos" id="El_sol_de_los_muertos"></a>El sol de los muertos</h2>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p class="nind">Cuando hablaban a Montalbo de su celebridad universal, el famoso
-escritor francés quedaba pensativo o sonreía melancólicamente.</p>
-
-<p>¡La gloria!... Alguien la había sintetizado diciendo que es simplemente
-«un apellido que repiten muchas bocas». Un novelista admirado por
-Montalbo le daba otro título. La gloria era «el sol de los muertos».</p>
-
-<p>Todos los hombres cuyo recuerdo guarda la Historia, célebres en vida y
-después de su muerte, o desconocidos mientras vivieron y elogiados
-cuando ya no podían oír sus alabanzas, perduraban, con una existencia
-inmaterial, bajo la luz de este sol que sólo alumbra a los que ya no
-tienen ojos para verlo.</p>
-
-<p>Montalbo sentía un escalofrío de pavor al pensar en el astro que sólo
-existe para unos cuantos. Deseaba que iluminase muchos siglos su tumba.
-En realidad, todo lo que llevaba hecho era para conseguir esta
-distinción póstuma. Pero al mismo tiempo veía imaginariamente la gloria
-como una estrella roja y mate, de luz aguda y glacial, semejante a esos
-rayos descompuestos en los laboratorios, que deslumbran y no emiten
-ningún calor.</p>
-
-<p>El sol de los muertos le hacía descubrir nuevos encantos en el vulgar
-sol de los vivos, astro que alumbra infinitas miserias, pero trae
-también en su curso impasible muchos días de corta felicidad. ¡Y pensar
-que por obtener un rayo de este sol de las tumbas los hombres crean
-interminables guerras, oprimen a sus semejantes, viven sordos y ciegos
-ante las magnificencias de la Naturaleza, y dan a la ambición el sitio
-del amor!...<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span></p>
-
-<p>Recordaba también el poeta los eclipses y los caprichos rotatorios del
-tal astro, esplendoroso y frío, que deja en insondable noche todo el
-porvenir, sólo alumbra una reducida parte del presente, y reserva sus
-cascadas de luz infecunda para las inmóviles llanuras del pasado, para
-los polvorientos campos de la Historia, llenos de ruinas y silenciosos
-como un cementerio. Montalbo no estaba seguro de lo que podría encontrar
-más allá de la muerte; no tenía siquiera la certeza de encontrar algo,
-fuese lo que fuese; pero los vivos consideraban la gloria, «el sol de
-los muertos», como algo de indiscutible realidad, y él se apoyaba en tal
-afirmación para imaginarse cómo sería su existencia de ultratumba. Su
-cuerpo iría pulverizándose mientras los hombres todavía vivos repetían
-su nombre y se lo pasaban a otros hombres, como un depósito, antes de
-morir a su vez. Y él, por todo recreo&mdash;si es que continuaba existiendo
-después de la muerte&mdash;, contemplaría cómo brillaba sobre su fosa aquel
-resplandor, crudo y glacial, de luz química.</p>
-
-<p>Como el grande hombre empezaba ya a sentirse viejo, repelía estremecido
-estas evocaciones de su imaginación. ¿Para qué ocuparse en vida de la
-inmortalidad literaria, que es la más azarosa de las loterías?... El sol
-de la gloria iluminaba caprichosamente la tumba de muchos hombres a los
-que nunca calentó mientras vivieron. En cambio, como una mujer
-veleidosa, envolvía en el cono de sombra pendiente de su espalda a otros
-que acarició mientras existían. Proyectaba su resplandor sobre unos
-pocos con tal generosidad, que iluminaba a la voz sus personas y sus
-obras, mientras a los más sólo les tocaba el rostro con un rayo único,
-dejando en la lobreguez del olvido todo lo demás que produjeron como
-justificación de su renombre.</p>
-
-<p>Sonreía tristemente Montalbo al pensar en su celebridad que tantos
-envidiaban. Sus libros, ahora famosos, tal vez resultasen despreciables
-antes de cincuenta años.</p>
-
-<p>«La mayoría de las obras célebres del pasado&mdash;pensaba&mdash;no llegaron hasta
-nosotros, y sólo las admiramos por el testimonio de algunos
-contemporáneos que nos afirman su excelencia. Otros libros antiguos han
-sobrevivido, pero sólo los leen unos cuantos eruditos. El gran público
-huye de ellos, alabando al mismo tiempo al autor por un convencionalismo
-tradicional. Mi fama presente se disolverá pocos años después de mi
-muerte. Tal vez si sobrevive y logra salir por la otra boca del túnel
-del primer olvido que atraviesa toda celebridad difunta, será un simple
-nombre en los diccionarios y una lista de libros que nadie lea».</p>
-
-<p>En sus horas de pesimismo consideraba con cierto menosprecio todas las
-grandezas intelectuales de la civilización humana, tenidas por eternas
-e<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span> inconmovibles. Que el mar subiese de nivel unos cuantos metros,
-invadiendo las tierras; que la corteza terrestre se resquebrajase con la
-infinita perforación de una viruela de volcanes; que nuestro planeta, en
-una desviación de su órbita, se alejara del sol o se aproximase a él, y
-toda la vida humana, con sus orgullos, sus variedades y sus ensueños,
-desaparecería en unos minutos, perdiéndose en el aire, como mariposas de
-ceniza, los libros, los cuadros, los monumentos... La gloria merecía su
-título de «sol de los muertos». Era algo negativo y engañoso como la
-muerte, sobre la cual construyen los hombres tantas ilusiones
-religiosas.</p>
-
-<p>Pero el escritor, necesitando de pronto un consuelo espiritual,
-abandonaba estos lóbregos pensamientos sobre el más allá, concentrando
-su vista en el presente. La gloria era entonces para él algo positivo y
-agradable, mientras vive el que la disfruta. Montalbo sentía su calor
-vivificante, igual al del sol que ilumina a los vivos. No podía quejarse
-de ella. Había transformado su existencia con la exuberante generosidad
-del calor de los trópicos, que desarrolla atropelladamente el germen
-errante o imperceptible caído en el suelo, haciéndole remontarse como un
-vigoroso chorro vegetal cargado de vida rumorosa y sólida.</p>
-
-<p>Recordaba sus días penosos, los días de su primera juventud, cuando el
-astro que en sus horas meridianas da una vida fingida y gloriosa a los
-muertos aún no le había tocado con los rayos de su amanecer.</p>
-
-<p>Sus primeros avances habían sido lentos y tristes. Tenía que abrirse
-paso en Francia, y no había nacido en ella. Su padre pertenecía a una
-familia ilustre radicada en una república de la América del Sur. Sus
-abuelos habían sido ricos de un modo fabuloso, con propiedades extensas
-como Estados. El primero de la familia era un héroe de la conquista del
-Nuevo Mundo, un capitán navegante de España, don Alonso de Montalbo,
-fundador de la misma ciudad en la que había nacido el poeta.</p>
-
-<p>Estando en París, su padre se había casado con una francesa,
-llevándosela después al otro lado del Océano. Tenía todas las cualidades
-buenas y malas del criollo antiguo: caballeresco y dilapidador;
-sentimental y cruel; capaz de los más disparatados sacrificios por la
-mujer amada, y capaz igualmente de olvidarla por una mulata del campo
-horas después.</p>
-
-<p>Al examinarse interiormente, Montalbo encontraba muchas veces el
-carácter de este padre, que no había conocido nunca, pues el criollo
-murió cuando él sólo contaba unos meses de vida. Lo asesinaron en una
-revuelta política, y como había despilfarrado los últimos restos del
-patrimonio de los Montalbo, considerablemente disminuido de generación
-en generación, la viuda se volvió a París.<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span></p>
-
-<p>Este niño que llevaba el nombre español de José María y un apellido de
-conquistador balbuceó sus primeras palabras en francés. La madre le
-hablaba siempre en su idioma. Pero al mismo tiempo, en la cocina, el
-pequeño Montalbo se veía obligado a aprender el español para entenderse
-con Bernarda, una mestiza de labios abultados, ojos de brasa y muecas de
-continua protesta. Se quejaba del frío de París, de la maldad de sus
-habitantes, que se empeñaban en hablar de otro modo que los demás
-cristianos; pero seguía a la señora en sus andanzas y pobrezas por no
-abandonar al niño, que recibía sus caricias lo mismo que un gozque
-travieso y gracioso.</p>
-
-<p>El escritor olvidaba las privaciones de su infancia, la dificultad con
-que hizo sus estudios, el aislamiento que le creó muchas veces su nombre
-exótico, la muerte de su madre, a consecuencia de tantas privaciones
-disimuladas, y las miserias de su primer matrimonio, para fijarse en las
-comodidades y larguezas de su existencia presente. Después de la dura
-iniciación que había sufrido para llegar hasta la gloria, ésta se
-mostraba de una generosidad incansable.</p>
-
-<p>Sus libros eran leídos por millones de personas. Los traductores los
-aguardaban impacientes para darles el ropaje de una nueva lengua, y
-luego se esparcían por la tierra entera como mariposas brillantes, cuyo
-vuelo triunfador contemplaban las gentes con ojos admirados. Sus sonetos
-obtenían celebridad hasta en los países donde no podían leerlos en su
-forma original; sus obras teatrales se mantenían en los carteles,
-algunas veces, años enteros. En los últimos tiempos, el cinematógrafo
-había añadido el encanto de la plasticidad y el movimiento a muchas de
-sus historias novelescas.</p>
-
-<p>Todo este éxito había traído como consecuencia práctica el bienestar y
-abundante dinero. El pequeño criollo que intentó muchas veces conmover
-con sus balbuceos a la cobriza Bernarda para que le diese un segundo
-pedazo de pan, sin que ésta pudiese atenderle; el bohemio que más de una
-noche había vagado por las calles de París, falto de refugio, después
-que se cerraban los cafés, poseía ahora un hotel particular con vasto
-jardín en el barrio de Passy, cerca del Bosque de Bolonia, lujosa
-vivienda que visitaban con veneración sus admiradores y excitaba la
-envidia de muchos de sus camaradas literarios. Había comprado además un
-castillo histórico en las orillas del Loira, donde pasaba los meses de
-otoño, y en invierno descendía a la Costa Azul para ver el carnaval de
-Niza y el público abigarrado o interesante de Monte-Carlo.</p>
-
-<p>Poseía dos automóviles. El correo le entregaba diariamente cartas
-admirativas de los lugares más apartados de la tierra. Todos le llamaban
-«querido maestro». Los más le respetaban como un hombre eminente de su
-época.<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span> Algunos lo discutían hasta la calumnia, preocupándose de él a
-todas horas, lo que representa una nueva forma de la admiración...</p>
-
-<p>Nunca, ni aun en sus momentos de más exagerado optimismo, había podido
-imaginar el Montalbo de los años juveniles de miseria que llegaría a ser
-tan favorecido por la gloria y el éxito material.</p>
-
-<p>Pero el hombre es una eterna inquietud, una duda incesantemente
-renovada, y el novelista, acostumbrado al análisis psicológico de los
-seres imaginarios que figuraban en sus historias, al examinarse a sí
-mismo, se preguntaba muchas veces:</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdaderamente soy feliz?...</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p class="nind">Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al
-Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una
-juventud mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el
-renombre, y las primeras satisfacciones del amor.</p>
-
-<p>En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el
-orgullo de su vanidad masculina.</p>
-
-<p>Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir
-sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo
-anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto
-de moda el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado.
-Todos los que aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para
-distinguirse de los burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de
-su cabeza, imitando con exuberancia los penachos y melenas que en el
-reino animal distinguen al macho, soberbio, ambicioso y batallador, de
-las otras bestias, obscuras y humildes.</p>
-
-<p>Montalbo, mal vestido y mediocremente alimentado, conseguía muchas veces
-que las mujeres elegantes, al cruzarse con él en la calle, volvieran los
-ojos con repentino interés:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué cabeza de artista!...</p>
-
-<p>De sus remotísimos ascendientes los árabes andaluces, abuelos del
-conquistador que se embarcó para el Nuevo Mundo, tenía la barba suave,
-negra y rizosa, la nariz de curva enérgica y unos ojos cuyas pupilas
-parecían acariciar con la finura del terciopelo. Su rostro, de morena
-palidez, estaba como<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span> encuadrado por dos crenchas intensamente negras,
-que descendían hasta más abajo de sus orejas.</p>
-
-<p>Las muchachas del Barrio Latino, estudiantas rusas, modelos de pintor o
-simples aspirantes a la conquista de numerosas joyas y un hotel lujoso
-al otro lado del río, lo admiraban por su «belleza exótica», como ellas
-decían. Una que en fuerza de visitar «estudios» ostentaba cierta
-erudición artística le había apodado <i>Velázquez</i>, por encontrarle cierto
-parecido con los caballeros españoles retratados por el maestro. Sus
-amigos, que conocían la historia de sus ascendientes y el lugar de su
-nacimiento, le llamaban «Montalbo el Conquistador».</p>
-
-<p>Fue en esta época cuando conoció a Duprat y a su hija Matilde. Este
-escultor, ya entrado en años, y predispuesto siempre a atribuir su falta
-de éxito a maquinaciones y envidias de artistas célebres que empezaron a
-trabajar al mismo tiempo que él, buscaba la compañía de la juventud. Los
-principiantes le respetaban, llamándole «maestro», por sus años más que
-por sus obras. Además escuchaban con delectación su verbosidad
-demoledora, sus interminables declamaciones de hombre agriado por la
-mediocridad.</p>
-
-<p>Al final de un callejón de Montrouge tenía su pobre estudio: antigua
-cuadra en el fondo de un jardín abandonado. Allá iban a juntarse por las
-tardes, procedentes del Barrio Latino o de Montparnasse, muchos jóvenes
-buscadores de gloria y de riqueza por los diversos caminos de la
-literatura, la música o las artes plásticas.</p>
-
-<p>El odio a los antecesores que habían paladeado ya la miel del éxito, el
-afán innovador del entusiasmo, el menosprecio a los «viejos», que muchas
-veces no era más que una manifestación torcida de la envidia, los unía a
-todos con fraternal amistad. Además, el escultor, en las tardes de
-invierno, ponía al rojo blanco la estufa de su estudio, y este fuego
-parecía atraerlos, cansados de sufrir en sus míseros cuartos de hotel o
-en sus buhardillas los agudos mordiscos del frío.</p>
-
-<p>Otro atractivo del estudio de Duprat era la presencia de su hija. Los
-amigos del escultor no se forjaban ilusiones vanidosas al pensar en esta
-muchacha de aspecto modesto, concisa en palabras, y que mostraba en
-todos sus actos la voluntad tranquila y firme de una excelente dueña de
-casa. Muchos se preguntaban cómo había podido nacer esta criatura de un
-padre tan desordenado como Duprat. Nadie había conocido a la madre, y
-los más suponían a Matilde fruto de las relaciones del bohemio con
-alguna mujer del pueblo hacendosa y vulgar, que desapareció luego de su
-existencia, dejándole este recuerdo viviente.<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span></p>
-
-<p>Era inútil todo intento de enamorarla. Los que venían por primera vez al
-estudio adoptaban en vano actitudes de artista genial seguro de su
-gloria futura o se mostraban como graciosos aturdidos, hábiles para
-hacer reír a una mujer con sus palabras. No tardaban en convencerse de
-que perdían su tiempo. Matilde vivía entre ellos como si estuviera de
-paso y perteneciese a otro mundo. Hasta le era imposible ocultar cierto
-menosprecio por las ideas y costumbres de estos jóvenes y de su padre.
-Ella amaba el orden, la provisión, la limpieza, el hogar tranquilo,
-donde todo se desarrolla metódicamente.</p>
-
-<p>Tenía una hermosura «apagada y gris», según decían los visitantes del
-estudio, que era como un reflejo de su alma discreta y humilde; una
-hermosura que no se dejaba ver en el primer momento, revelándose al
-observador poco a poco, en el transcurso de los días. Los amigos del
-padre se preguntaban con aire de duda si Matilde era hermosa. Al fin le
-reconocían cierta belleza, pero añadiendo:</p>
-
-<p>&mdash;No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués.</p>
-
-<p>Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al
-estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su
-madre, había tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres
-del escultor y sus camaradas. Las palabras inconvenientes parecían
-resbalar sobre ella sin ser comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda
-e impasible por este ambiente de bohemios violentos y desordenados. A
-pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse de él siempre que podía.
-Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a sus amigos con
-vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no obstante la
-envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio para
-servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa.</p>
-
-<p>Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta
-joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus
-cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin
-duda, por aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas
-licenciosas del Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su
-padre y a los amigos de éste comentando las buenas fortunas amorosas del
-«Conquistador». El joven poeta era una concreción brillante y antipática
-de todos los desórdenes y jactancias que ella menospreciaba
-silenciosamente en los visitantes del estudio.</p>
-
-<p>Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en
-ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de
-los dos supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a
-frente. Sus ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo
-largo rato sus miradas. Los<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> dos creían verse por primera vez.</p>
-
-<p>Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta
-cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de
-su rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más
-fresca y atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas.
-Matilde, a su vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma
-del poeta, y se dijo que el bello Velázquez era un excelente muchacho,
-mejor que todos sus camaradas, dando por no oídas las historias que le
-atribuían.</p>
-
-<p>Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero
-de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron
-ambos a un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua
-atracción de sus voluntades, se consideraron ligados por el amor antes
-de decírselo.</p>
-
-<p>Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de
-gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre
-y a pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre,
-buscó a Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún
-jardín del otro lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde
-podían tropezarse con gentes conocidas.</p>
-
-<p>Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar
-de su próximo matrimonio&mdash;como si no pudiera tomar otra forma que la
-reposada y legal&mdash;, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole
-mayores fuerzas para el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde,
-encontró de más fácil tránsito los caminos en cuya entrada se detenía
-antes, descorazonado por los obstáculos que adivinaba en ellos.</p>
-
-<p>La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena
-suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando
-revistas famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó
-a ver retribuido su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de
-ella le hizo abandonar las publicaciones de cenáculo y las revistas de
-corta tirada, leídas únicamente por sus propios colaboradores y de las
-cuales no había que esperar dinero.</p>
-
-<p>Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de
-la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos
-ganados por él, que habían de servir para la instalación del futuro
-matrimonio, ocurrió un suceso que para el poeta casi equivalió a una
-catástrofe de tragedia.</p>
-
-<p>De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con
-desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte,
-excluyéndolo de sus odios y tributándole una admiración relativa, era el
-famoso compositor Fontana. Este<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> músico había continuado siendo amigo
-suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver
-con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de
-su arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo
-como un genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir
-su propia gloria.</p>
-
-<p>El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su
-admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con
-numerosas objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a
-excepción de sí mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y
-los eslavos, unos porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos;
-pero después de ellos, en el mundo sólo existía Fontana.</p>
-
-<p>Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del
-escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en
-sus juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre
-célebre que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no
-creyese en una posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al
-ilustre visitante con una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el
-privilegio que representaba para un artista célebre y de carácter
-oficial ser recibido en esta reunión de genios independientes e
-ignorados.</p>
-
-<p>Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de
-café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después
-de Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de
-aquel hombre que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con
-todos ellos unas cuantas palabras.</p>
-
-<p>El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas
-de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía
-reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino
-Fontana».</p>
-
-<p>Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus
-apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que
-ocurría. El maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía
-deseoso de casarse con ella.</p>
-
-<p>Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo
-inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el
-escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos.</p>
-
-<p>De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de
-aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span>
-abusado, según los comentaristas de su brillante carrera, de ese poder
-de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores, los cantantes y
-los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse, oprimiendo
-su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas
-graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre
-tenían por tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París
-considerase indispensable llevarse un retrato de Fontana con
-dedicatoria.</p>
-
-<p>Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más
-interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la
-realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa,
-le hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el
-repentino entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el
-viajero cuando vuelve de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos
-raros y lejanos. El célebre maestro quería casarse, como se habían
-casado sus progenitores, sintiendo una ternura algo senil al ver a esta
-joven que le recordaba las virtudes hacendosas de su madre.</p>
-
-<p>Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente.</p>
-
-<p>&mdash;Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho
-dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi
-hija), heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar
-que sus óperas se cantan en el mundo entero.</p>
-
-<p>No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de
-este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa,
-despreciable, al compararse con aquel hombre célebre.</p>
-
-<p>Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido,
-tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero
-inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si
-Matilde sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio
-inesperado? ¿Cómo resistirse a las seducciones de la riqueza y de la
-gloria?...</p>
-
-<p>También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se
-acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos
-famosos, siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de
-entusiasmo, agolpándose en la barandilla circular del teatro.
-Innumerables veces había aplaudido y aclamado las obras de este hombre.
-Hasta recordaba una disputa, que casi acabó a golpes, sostenida contra
-varios que intentaron silbar una obra audaz, de la llamada «última
-manera», del maestro.</p>
-
-<p>En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre,<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span>
-sentada al piano, cantaba muchas veces, a media voz, una romanza
-amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de América,
-donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía
-brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era
-de él. ¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?...</p>
-
-<p>Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz
-fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar.</p>
-
-<p>&mdash;Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un
-honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo:
-la gloria... ¡Es tan célebre!</p>
-
-<p>Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas
-miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento
-guardan para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones.
-Luego sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez
-más que mi padre.</p>
-
-<p>Se detuvo unos segundos, y añadió con energía:</p>
-
-<p>&mdash;Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que
-él ya no puede tener.</p>
-
-<p>Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer
-instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con
-cierta lástima a Matilde.</p>
-
-<p>Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero
-al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran
-Fontana!...</p>
-
-<p>Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria.</p>
-
-<h3>III</h3>
-
-<p class="nind">Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía
-que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las
-aventuras peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos.
-Consideraba este período de su existencia muy interesante; pero de
-ningún modo accedería a vivirlo por segunda vez.</p>
-
-<p>Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde,
-en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal.
-Uno<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span> cualquiera de los salones de sus viviendas actuales era más grande
-que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la que fueron a
-instalarse.</p>
-
-<p>El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras
-horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz
-amarillenta de la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía
-veces de mantel. ¡Qué de ensueños, qué de esperanzas, transformadas
-repentinamente en dudas!...</p>
-
-<p>Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas
-completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que
-rodaba ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus
-ejemplares en diversas lenguas, había permanecido muchos años sin
-encontrar más de quinientos curiosos que quisieran leerla. Obras
-teatrales escritas en aquella habitación&mdash;saturada por la cocina próxima
-de olores de alimentos mediocres rápidamente preparados&mdash;daban
-actualmente a su autor una renta cuantiosa, después de haber dormido
-largo tiempo olvidadas en los archivos de los empresarios o haber sido
-tenidas por inadmisibles.</p>
-
-<p>Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la
-mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en
-grandes hojas de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las
-cocineras.</p>
-
-<p>Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos
-de su biblioteca&mdash;cada uno de los cuales le había costado muchos miles
-de francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su
-época de pobre&mdash;, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores.</p>
-
-<p>Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de
-sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con
-la velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de
-aquellas novelas sentimentales que habían interesado al público femenino
-de ambos mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el
-vigor de las cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias
-de los invitados a la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad
-elegante, el drama oculto bajo sonrisas amables y palabras corteses, la
-psicología complicada y sutil de la duquesa protagonista de la fábula.</p>
-
-<p>Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba
-escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café,
-0,70; pan, 1,25; carne, 2».</p>
-
-<p>Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades,
-también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr
-que el resultado<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span> de la adición se nivelase con la escasez del dinero
-disponible.</p>
-
-<p>En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una
-niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la
-casa. El artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por
-haberse negado a ser la esposa del célebre maestro.</p>
-
-<p>La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la
-madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las
-necesidades de una familia creciente. La primera educación de estos
-pequeños fue casi igual a la de los hijos de los obreros acomodados que
-eran vecinos suyos. Matilde, prematuramente envejecida por las faenas
-domésticas y la escasez de dinero, trataba con fraternal deferencia a
-estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas. Todas veían en ella a una
-mujer de clase superior venida a menos, y en su marido a un hombre que
-alguna vez podría ser de los que escriben en los periódicos y acaban
-gobernando el país.</p>
-
-<p>Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto
-remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera.
-Suprimía en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a
-ella, afirmando que eran nocivos para su salud, y de este modo lograba
-aumentar la compra de leche para sus pequeños. También descubría de
-pronto que la carne le hacía daño. Y mientras cuidaba escrupulosamente
-del biftec y la botella de Burdeos para el marido, afirmando que un
-escritor que trabaja debe alimentarse bien para continuar su tarea, ella
-fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de las compras
-baratas o a los restos de la comida de su esposo.</p>
-
-<p>Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su
-trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con
-editores que le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la
-indiferencia de un público refractario a retener su nombre en la
-memoria, surgieron de pronto el éxito y la celebridad. Fue como una
-detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo.</p>
-
-<p>Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le
-era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su
-existencia, empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su
-encuentro como un arroyo metálico. Después de grandes rebuscas en su
-memoria, acababa por decirse que su celebridad había empezado el día que
-el cartero le trajo montones de cartas y periódicos con sellos de varios
-países, y su riqueza cuando los editores, en vez de hacerle esperar en
-su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole «querido maestro»
-e invitándolo a almorzar.</p>
-
-<p>Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los
-triunfos,<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> como en esos ensueños donde desaparecen las tiranías de la
-ley de la gravedad y se vuela con una ligereza que salva todos los
-obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus libros en bloque
-y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y
-finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por
-palabra. Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones
-novelescas, para desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las
-galas de nuevos idiomas, haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los
-públicos más diversos y lejanos contemplaban a Montalbo con la misma
-ansiedad silenciosa que los árabes al cuentista de café, capaz de
-relatar durante meses y meses historias maravillosas, eternamente
-interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando el mágico prestigio
-de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe romana y que
-eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo
-con sus novelas verbales en las noches de insomnio.</p>
-
-<p>Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de
-pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como
-incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el
-punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el
-fondo era puro fingimiento:</p>
-
-<p>&mdash;Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.</p>
-
-<p>Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces
-un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El
-automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista
-había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su
-mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran
-parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles
-antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo
-que iba formando una biblioteca enorme.</p>
-
-<p>Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más
-vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su
-aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido
-victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al
-pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese
-imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.</p>
-
-<p>No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido
-la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre
-porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba
-inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal
-vez la pobre había muerto pensando<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span> que su grande hombre quedaría de
-este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.</p>
-
-<p>En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y
-ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga
-incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo
-conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía
-importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo
-cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en
-voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos
-los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo,
-una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción
-en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven
-eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes
-ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de
-monótono brillo.</p>
-
-<p>El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo
-de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo
-conocer Matilde.</p>
-
-<p>En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su
-existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada
-en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo
-«Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase
-menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a
-extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de
-sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la
-existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de
-soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su
-persona.</p>
-
-<p>Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus
-retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En
-los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le
-consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a
-contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o
-a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le
-visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle
-ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas.</p>
-
-<p>Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de
-triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo
-guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a
-esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o
-enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones
-de ciertos periódicos.</p>
-
-<p>Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan
-con<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> retraso al amor cambiando el orden de las épocas de su vida.
-Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y metódica, que
-habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera hambre
-de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir
-novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la
-imaginación.</p>
-
-<p>Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le
-contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un
-nuevo aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto
-escándalo, halagador de su vanidad.</p>
-
-<p>Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que
-formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo,
-después de comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su
-yerno carecía de talento y había asesinado a su mujer para dedicarse
-libremente a una vida de crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente,
-pero como se puede amar a un hermano mayor por los años y menor por la
-ligereza de su conducta. El hombre célebre se mostraba con los dos de
-una generosidad ilimitada, admitiendo sin parpadeos de sorpresa todas
-sus peticiones.</p>
-
-<p>&mdash;El dinero es un instrumento de libertad&mdash;decía&mdash;, y si lo amo tanto,
-es porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a
-manos llenas es verdaderamente libre.</p>
-
-<p>Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su
-curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y
-buen mozo, y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia,
-donde el nombre de Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de
-gloria literaria.</p>
-
-<p>Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde
-más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias
-inventadas; su carácter positivo sólo sentía la atracción de las
-ciencias exactas. Como deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en
-una colonia francesa de Asia, y allá permanecía célibe y aislado, sin
-otro deseo que obtener por medio de las explotaciones agrícolas una
-fortuna más grande que la de su ilustre padre.</p>
-
-<p>Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a
-esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra
-inmediata y no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que
-nace bajo su sombra muere, ya que no puede huir trasladándose a un
-terreno más libre.</p>
-
-<p>Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario,
-afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span>
-dominación, inconsciente, alegre y generosa.</p>
-
-<p>«¿Qué más puedo desear?&mdash;pensaba Montalbo en sus horas de melancolía&mdash;.
-Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor
-cantidad, pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y
-mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse...».</p>
-
-<p>Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los
-demás hombres.</p>
-
-<p>No; no era feliz.</p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p class="nind">Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis
-Crovetto.</p>
-
-<p>Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al
-grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se
-había presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar
-a París, deseoso de verle y escucharle.</p>
-
-<p>El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable
-y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por
-convertirse en secretario suyo.</p>
-
-<p>El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor
-tormento del gran escritor.</p>
-
-<p>Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un
-libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo,
-imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal
-iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese
-bastante, la moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el
-autor célebre ponga en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si
-es posible.</p>
-
-<p>Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del
-origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba
-todas las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del
-maestro, y además había inventado media docena de «pensamientos» que le
-hacían sonreír. No se hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en
-sus obras de principiante, por temor a que sus camaradas le acusasen de
-idiotez. Pero firmados por Montalbo hacían estremecer de entusiasmo a
-muchas lectoras, que los encontraban<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span> «geniales y profundos».</p>
-
-<p>El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a
-Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas;
-convocatorias de academias o de sociedades filantrópicas para atender a
-la vejez y las enfermedades de los escritores desgraciados; varias
-docenas de peticiones de firmas en tarjetas postales y en retratos,
-procedentes de los más apartados rincones de la tierra; numerosos
-álbumes de señoritas argentinas o chilenas, dispuestas a no marcharse de
-París si el amable señor Montalbo se negaba a escribirles «una cosita»,
-añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían hecho el viaje a Europa
-solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de lectoras
-entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los
-tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre,
-a la que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para
-siempre del cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en
-diversos idiomas: unos con elogios frescos y sinceros, otros con unas
-alabanzas agridulces, que parecían dar a las letras impresas el reflejo
-verdoso de la bilis.</p>
-
-<p>Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones
-venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía
-a «otro negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba
-a cargo de su amigo Soudré.</p>
-
-<p>Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo
-entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía
-acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para
-plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en
-discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa
-pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este
-manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona.
-Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con
-tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se
-acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como
-Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al
-secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.</p>
-
-<p>Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle.
-Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo
-llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de
-los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de
-las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al
-verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al
-demonio de la literatura, que le venía<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span> tentando desde su juventud.</p>
-
-<p>Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo
-a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener
-a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de
-respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios
-manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas
-las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza
-portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía,
-disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e
-inquietantes del padre.</p>
-
-<p>Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación
-era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se
-fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa.
-Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste
-rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes
-que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las
-mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre
-que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz
-de infundir el espanto con sólo un gesto.</p>
-
-<p>El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba
-esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin
-embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a
-todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las
-demás.</p>
-
-<p>Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía
-el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento
-sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección
-de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo
-perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas
-horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida
-vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil
-Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy,
-los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la
-conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la
-biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus
-editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase
-en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese
-libremente.</p>
-
-<p>Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la
-casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía
-generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde
-en tarde como una<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span> retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores
-del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban
-«parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente
-de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con
-Montalbo.</p>
-
-<p>Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo
-del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro
-por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de
-hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a
-su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que
-se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la
-del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y
-millones.</p>
-
-<p>Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo
-cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para
-plantar remolacha.</p>
-
-<p>&mdash;Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.</p>
-
-<p>Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud,
-paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del
-maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas
-secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.</p>
-
-<p>En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa»
-de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía
-sus visitas casi diarias.</p>
-
-<p>Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia
-de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se
-quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.</p>
-
-<p>De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos
-de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen
-milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el
-trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante
-invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para
-comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle
-millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de
-diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y
-monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del
-maestro.</p>
-
-<p>Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres
-el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor
-parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma
-en mano. Pero ahora<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span> trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas
-las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío
-de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.</p>
-
-<p>Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos
-en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras
-galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían
-bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar
-la amorosa diversión monótona y sin encanto.</p>
-
-<p>Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no
-concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían
-de regla a su existencia.</p>
-
-<p>&mdash;La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser
-joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.</p>
-
-<p>A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le
-contestó con sonriente cinismo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca
-rubia y raptaré a una bailarina de quince.</p>
-
-<p>Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su
-manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo
-gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de
-colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo,
-engañándose misericordiosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Todos llevamos&mdash;añadía&mdash;una orquesta dentro de nosotros. Lo importante
-es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y
-del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que
-la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra
-inmediatamente en el atril.</p>
-
-<p>Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento
-terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su
-existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída
-innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba
-con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido.</p>
-
-<p>Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía
-colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban
-el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían
-torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca
-conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una
-obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> pasionales, que se
-iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo
-extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!...</p>
-
-<p>Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad
-ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían
-las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a
-los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las
-mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez,
-necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el
-alma contando a alguien su pasado.</p>
-
-<p>Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para
-seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado.
-En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se
-exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y
-embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo
-mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad
-vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos
-de sus llamados triunfos.</p>
-
-<p>&mdash;Y así son&mdash;se decía&mdash;todos los pájaros de mentiroso plumaje que se
-sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.</p>
-
-<p>Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres
-jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a
-encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro
-lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a
-hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había
-pedido como recuerdo una de sus pipas.</p>
-
-<p>Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del
-maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba
-emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras
-mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la
-ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente
-al grande hombre.</p>
-
-<p>Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió
-Montalbo el motivo de su tedio.</p>
-
-<p>&mdash;La juventud es una voluntad&mdash;volvió a repetirse&mdash;. Yo deseo ser joven,
-y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago
-olvidando mis propios años.</p>
-
-<p>Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a
-una acción inmediata:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos en busca de la juventud.</p>
-
-<p>V<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span></p>
-
-<p>Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para
-explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores
-son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento
-completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de
-observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un
-hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan
-mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se
-enteran con extrañeza de que se aman...</p>
-
-<p>Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas.
-Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería
-Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida,
-aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha
-tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una
-noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras,
-como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella
-otras noches, y al fin, acaba por amarla.</p>
-
-<p>Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el
-novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.</p>
-
-<p>Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía
-excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él.
-¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a
-partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un
-relieve y unos colores completamente nuevos.</p>
-
-<p>Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una
-señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia
-extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas
-veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes
-damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones
-y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a
-reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor
-humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y
-representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un
-observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos
-de su persona.</p>
-
-<p>Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar,
-pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le
-ocurrió<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span> escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos.
-Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de
-otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña
-Soudré, si esto alegraba su existencia?...</p>
-
-<p>Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y
-tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede
-emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento
-realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene
-sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado
-por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal
-Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario
-realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras
-vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la
-juventud de los principiantes.</p>
-
-<p>&mdash;Pero la pequeña Soudré&mdash;se dijo Montalbo&mdash;tiene talento, y si quisiera
-escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no
-deja de poseer ciertas condiciones literarias.</p>
-
-<p>Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de
-Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del
-espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban
-dentro de él.</p>
-
-<p>Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento
-a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire
-cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior
-había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él
-completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas.</p>
-
-<p>La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina,
-antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz,
-le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la
-expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una
-empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el
-«querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que
-parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba
-toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran
-interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la
-audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y
-está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande
-hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente
-paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando
-su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas
-aristocráticas.</p>
-
-<p>Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus
-empresas<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span> de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque
-para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un
-negocio seguro.</p>
-
-<p>Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la
-muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y
-esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que
-el maestro no quedase solo.</p>
-
-<p>Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo.
-Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un
-nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable
-antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los
-célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer
-vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora
-un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los
-modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los
-informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban
-a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus
-corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los
-cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes
-jóvenes.</p>
-
-<p>Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida
-literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo
-servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en
-público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.</p>
-
-<p>Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su
-persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba
-intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin:
-la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y
-último capítulo de la existencia de todo hombre célebre.</p>
-
-<p>Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se
-movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una
-dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si
-fuesen suyos.</p>
-
-<p>En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios
-artistas de la Comedia Francesa&mdash;de los que nunca trabajan en dicho
-teatro y vagan por la tierra entera&mdash;habían organizado una función al
-aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza.
-Iban a representar <i>Los conquistadores</i>, la gran tragedia de Montalbo,
-escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que
-cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los
-portadores de la cruz con las tradiciones indígenas.<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span></p>
-
-<p>Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros
-españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre
-maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana.</p>
-
-<p>Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo
-solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había
-representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra
-nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor,
-con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a
-llegar, aceptó la invitación.</p>
-
-<p>&mdash;Iremos los tres&mdash;dijo a Faustina y a su padre&mdash;. Luigi vendrá de
-Marsella a juntarse con nosotros.</p>
-
-<p>La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal
-fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron
-un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en
-París.</p>
-
-<p>Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en
-una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol,
-aunque el invierno estuviese próximo.</p>
-
-<p>Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los
-vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos
-y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres
-comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de
-él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en
-público.</p>
-
-<p>&mdash;Es su hija&mdash;dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.</p>
-
-<p>Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola
-partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.</p>
-
-<p>Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día
-de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel,
-embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil
-espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos
-que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su
-esposa.</p>
-
-<p>Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición
-largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por
-ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento
-afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del
-maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le
-ofrecía su boca.</p>
-
-<p>Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido
-horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar
-su<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span> agradecimiento?...</p>
-
-<p>A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la
-ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en
-mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los
-trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante.</p>
-
-<p>&mdash;Si te sientas ahí&mdash;dijo a Faustina&mdash;, te paseo ante todos estos
-burgueses.</p>
-
-<p>La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista
-célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer
-que después fue su segunda esposa.</p>
-
-<p>Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por
-tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia
-de las personas más principales de la ciudad!...</p>
-
-<p>Crovetto protestó con dolor y sorpresa:</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso no es serio, maestro!...</p>
-
-<p>Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena
-extraordinaria con un silencio de escándalo.</p>
-
-<p>Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los
-artistas... ¡todos locos!</p>
-
-<h3>VI</h3>
-
-<p class="nind">Una noticia empezó a circular por París: «¡Montalbo se casa!...». Y las
-damas que guardaban recuerdos de su intimidad con el escritor pedían
-detalles a sus tertulianos sobre el pasado de aquella señorita Soudré.</p>
-
-<p>Algunos la creían una jovenzuela sin otro atractivo que el de su
-frescura juvenil, que había tentado al viejo autor. Otras, presintiendo
-su malicia, admiraban la habilidad con que había sabido envolver a un
-hombre que se tenía por psicólogo infalible. En las reuniones de
-escritores jóvenes se hacían comentarios insolentes sobre la edad del
-maestro y de su novia, envidiando el porvenir de Crovetto.</p>
-
-<p>El único que encontraba esta unión natural y lógica era Montalbo. Ya no
-llamaba a la gloria «el sol de los muertos». Reconocía en ella la fuerza
-de esos astros que comunican su energía incandescente a los cuerpos
-obscuros, atrayéndolos con una energía irresistible y obligándoles a
-girar en torno a ellos. El maestro, como observador célebre, era incapaz
-de engañarse en la apreciación<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> de su propia personalidad. Sabía de
-sobra que no era joven, y una mujer de pocos años sólo podía aproximarse
-a él empujada por la gloria. Pero él se llamaba Montalbo, y tenía
-derecho a exigir, junto a la puerta de la vejez, los consuelos del amor,
-a los que renuncian en igual período de la vida los hombres del vulgo.</p>
-
-<p>Soudré mostraba prisa por ultimar los preparativos oficiales del
-matrimonio. Tal vez tenía miedo a que el maestro, reflexionando de
-pronto como un simple burgués, se arrepintiese de la aventura. Cuando se
-ocupaba en fijar la fecha de la ceremonia y había deslizado en los
-periódicos varios «ecos» indiscretos revelando el próximo
-acontecimiento, para cortar de este modo toda retirada a Montalbo,
-empezaron a surgir molestias.</p>
-
-<p>La hija del grande hombre, que aguardaba pacientemente su vejez y su
-renuncia a las aventuras pasionales para ir a instalarse en su casa,
-sugiriéndole el amor a los nietos, se indignó al enterarse del próximo
-matrimonio. Y como la exuberancia de su carácter le hacía ser en
-determinadas ocasiones tan violenta como su padre, envió a éste una
-carta para decirle que siempre le había considerado igual a un niño y no
-extrañaba que se dejase engañar una vez más por la primera mujer que le
-salía al paso.</p>
-
-<p>Avisado el hijo por un telegrama de su hermana, escribió también desde
-Asia una carta lacónica, fría y triste, que era como un reflejo de su
-carácter. Consideraba ilógica y disparatada la conducta de su padre,
-pero a continuación le reconocía un absoluto derecho a hacer reír con su
-casamiento al público de la tierra entera.</p>
-
-<p>La vuelta de Crovetto a París consoló al maestro de tales ingratitudes.
-¡Tratarle así sus hijos, cuando jamás había regateado con ellos,
-dándoles cuanto dinero necesitaban!... Afortunadamente, estaba ahora
-rodeado de su verdadera familia, constituida por las afinidades de la
-voluntad y no por el azar del nacimiento. La amorosa Faustina, su
-inteligente padre y aquel secretario entusiasta y fiel eran realmente
-los suyos.</p>
-
-<p>Pero también esta segunda familia le proporcionó inquietudes. Luigi no
-parecía ya el mismo discípulo después de su ausencia. Guardaba igual
-respeto admirativo al maestro, pero su adhesión era demasiado
-silenciosa.</p>
-
-<p>Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al
-grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda
-expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto
-fingía inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor
-veía muchas veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo
-el secretario se<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a
-Faustina paseando sola por una de sus avenidas.</p>
-
-<p>Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si
-le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería
-establecer por anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro
-de un grande hombre y su secretario. Además, encontraba indudablemente
-poco correcta esta afición a buscar a su hija apenas se alejaba de su
-futuro esposo.</p>
-
-<p>Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín
-de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato
-Bosque de Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un
-sol velado por la neblina, que podía contemplarse de frente. Otras
-tardes la bruma era más densa y el cielo tenía una lividez melancólica.</p>
-
-<p>A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín,
-aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para
-abandonar su trabajo, yendo en busca de ella.</p>
-
-<p>La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en
-Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que
-únicamente era ágil para observar lo que interesaba a los otros.</p>
-
-<p>Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a
-Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas
-de años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en
-una avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con
-arreglo a una moda ya olvidada: él y Matilde.</p>
-
-<p>Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto
-era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría
-diciendo a esta nueva Matilde?...</p>
-
-<p>Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con
-pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus
-pies con chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar
-hasta la espalda del banco ocupado por los dos jóvenes.</p>
-
-<p>Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera,
-convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón
-solitario.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de
-tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo
-admiro, al mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero
-no puedo dejar de creer en su grandeza. No me extraña tu
-deslumbramiento. Ese hombre tiene la<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> gloria.</p>
-
-<p>¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que
-había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración
-no habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones.</p>
-
-<p>&mdash;¡La gloria!...</p>
-
-<p>Y continuó la risa femenil por unos instantes:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un
-hombre que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo
-a ti. Pero tú eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes
-entenderme.</p>
-
-<p>¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro
-melancólico de Matilde.</p>
-
-<p>Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella
-acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora
-suavidad. Al mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si
-fuese a besarlo. Su voz era un dulce murmullo.</p>
-
-<p>&mdash;¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con
-ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después...</p>
-
-<p>¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de
-progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud.</p>
-
-<p>Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero
-instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su
-voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se
-dilató y su razón volvió a él según se iba alejando del banco.</p>
-
-<p>De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire
-glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de
-los árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo.</p>
-
-<p>El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes
-creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos
-críticos de la existencia de su inventor las brumas del limbo en que
-sobrevivían, como si fuesen a darle un consejo.</p>
-
-<p>Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia
-entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos.
-Sólo podía ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el
-patriarca risueño que tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se
-dedicaba a proteger y casar a los jóvenes.</p>
-
-<p>Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza
-de<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias. Le infundía miedo
-acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo tiempo no
-podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo.</p>
-
-<p>Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho
-Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la
-juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...!</p>
-
-<p>Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se
-movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le
-pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París.</p>
-
-<p>Necesitado de calor, miró hacia el sol.</p>
-
-<p>Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin
-pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!...</p>
-
-<p>Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres
-desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la
-envidia, sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos».<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span></p>
-
-<h2><a name="El_comediante_Fonseca" id="El_comediante_Fonseca"></a>El comediante Fonseca</h2>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p class="nind">Conocí a Mariano Fonseca en un café de la Avenida de Mayo, donde se
-reunían muchos actores y músicos españoles, venidos a los teatros de
-Buenos Aires. Su pelo, teñido intensamente, le proporcionaba a veces la
-afrenta de llevar en el rostro negros churretes que se esparcían por los
-surcos de sus arrugas. Pero este tinte escandaloso le infundía al mismo
-tiempo la certeza de que aún le quedaban largos años de vida para ser en
-comedias y dramas el protagonista de mediana edad y caballerescas
-acciones.</p>
-
-<p>Sus compañeros de profesión no aceptaban esta juventud ilusoria. Sólo
-los antiguos, los que eran en la escena «padres nobles» y podían
-reclamar por sus años el papel de «barba», osaban tutear al célebre
-Fonseca. Los demás, a pesar de la familiaridad que rige la vida del
-teatro, le llamaban siempre don Mariano.</p>
-
-<p>&mdash;Yo resulto poca cosa comparado con usted, doctor Olmedilla&mdash;me dijo
-una noche&mdash;. Antes de ser comediante estudié el bachillerato allá en
-Madrid, y me doy cuenta de que hablo con un médico de gran porvenir,
-llegado a estas tierras por curiosidad aventurera, pero que algún día
-obtendrá gran fama en nuestra patria. Por eso agradezco mucho que un
-hombre tan «científico» se digne venir a un establecimiento como éste
-para hablar con un pobre actor... Pero, aunque yo sea un ignorante
-comparado con usted, me considero por encima de mis camaradas.</p>
-
-<p>Y Fonseca, acodándose sobre el mármol, en una actitud que él deseaba
-espontánea y hacía recordar la postura arrogante de un héroe de capa y
-espada<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span> sentado en una hostería, miró con bondad protectora a los otros
-hombres de teatro que ocupaban las mesas cercanas y parecían olvidados
-de él.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, doctor&mdash;continuó&mdash;, estoy en la decadencia. Reconozco que han
-pasado mis tiempos. Además, este Buenos Aires, donde obtuve éxitos
-enormes, ya no es para mí. Ha crecido demasiado aprisa, y los gustos
-cambian. Ahora el público sólo quiere compañías lujosas, con muchas
-hembras ligeras de ropa y mucha música. Nadie gusta ya de las obras en
-verso y vamos siendo pocos los que sabemos declamar como en otra época.</p>
-
-<p>Yo he sido célebre, doctor. Aún quedan criollos de mis buenos tiempos,
-que viven en las afueras de Buenos Aires rodeados de sus nietos, y si
-les habla usted de Mariano Fonseca le dirán quién fue. Por eso, sin
-duda, sólo encuentro trabajo actualmente los sábados y domingos, para
-representar obras antiguas, obras verdaderamente buenas, en algún pueblo
-inmediato a la capital. Estos públicos sencillos y honrados son los
-únicos capaces de apreciar ahora el verdadero arte. Pero no quiero
-insistir en esto; prefiero hablarle de mi vida, que le interesará más.</p>
-
-<p>Sepa usted que soy un gran español, y eso que España no se portó bien
-conmigo. Por algo la abandoné cuando tenía poco más de veinte años, y no
-he vuelto a ella. Los públicos de allá se mostraron injustos, y tuve
-necesidad de venir a América para que alguien me aplaudiese. Pero no
-guardo rencor a mi patria ingrata. Sé bien que muchos grandes hombres
-conocieron la misma suerte. A pesar de esto, he servido a España aquí en
-América, durante treinta años, más que los diplomáticos y los hombres
-políticos.</p>
-
-<p>Actualmente se oye hablar mucho de fraternidad hispanoamericana. Hay
-Sociedades que se cuidan de su fomento, y son frecuentes los banquetes y
-otras fiestas con discursos recordando a la madre patria. Pero cuando yo
-empecé mis correrías de actor, desde Texas y California hasta el cabo de
-Hornos, la situación era otra. España se acordaba poco de los pueblos
-americanos que hablan su lengua, y estas Repúblicas hispanoparlantes
-(como dicen algunos doctores) mantenían enteros y vivos los odios, las
-preocupaciones y cegueras de la guerra de la Independencia.</p>
-
-<p>No venían de la Península otros enviados que nosotros. Éramos los
-comediantes los que evocábamos el recuerdo de España, representando las
-obras en verso del teatro romántico. Este apostolado no estaba libre de
-martirios. Los cómicos veíamos a veces con inquietud la llegada de la
-fiesta patriótica de cada República. Casi todos estos países tienen en
-su himno nacional una estrofita agresiva o vengadora dedicada a la
-antigua España. El tiempo, que todo lo<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span> calma, las buenas relaciones
-diplomáticas y los intereses de raza, han puesto en desuso estos versos,
-anticuados y mediocres. Pero en los tiempos de mi juventud traían con
-ellos tantos peligros y estrépitos como una tempestad, y muchas veces
-hicieron correr sangre.</p>
-
-<p>Una parte del público, el día del aniversario patriótico, ordenaba que
-los actores españoles cantasen el himno ofensivo para su nación. Muchos
-se resistían a tal ultraje, apoyados por otra parte del mismo público,
-compuesta de españoles establecidos en el país. Escándalo general,
-insultos, palos, y muchas veces tiros. Además, usted conoce la gran
-variedad de apodos que existe para nosotros en estas Repúblicas pobladas
-por nietos de españoles. Los compatriotas de sus abuelos somos en un
-sitio «godos»; en otro, «gallegos»; en otro, «patones» o «gachupines», y
-así continúa la lista de motes...</p>
-
-<p>Ésta era la parte mala del teatro en aquellos tiempos; pero sería
-injusto callar la parte agradable y gloriosa de nuestra vida errante.
-Como ya le he dicho, durante medio siglo fuimos la única representación
-española que conocieron los pueblos americanos de nuestra habla. En
-muchas ciudades del interior nos veíamos acogidos como si la vieja
-España viniese de actriz en nuestra compañía. Las señoras del público
-murmuraban en voz baja durante la representación los versos de las obras
-célebres, conocidos por ellas tan bien como por nosotros. Además,
-siempre encontrábamos algún respetable doctor, dedicado al estudio de
-las cosas antiguas de su tierra, que se emocionaba al vernos, como si
-presenciase una segunda llegada de los conquistadores.</p>
-
-<p>A mí me conoce usted ahora en la desgracia; pero si visita mi casa
-alguna vez, le podré enseñar coronas a docenas, láminas de plata o de
-bronce con dedicatorias grabadas, de las que no he querido desprenderme
-ni aun en días de angustiosa pobreza, y versos, muchos versos, dedicados
-a mi humilde persona. Guardo también un discurso que un poeta joven
-(luego ha sido muchas veces ministro en su país) leyó el día de mi
-beneficio. «España&mdash;dice&mdash;es inmortal por sus hijos célebres. Jamás
-podrá desaparecer una nación que ha dado al mundo Cervantes, Castelar y
-Mariano Fonseca».</p>
-
-<p>Sé bien que esto último es un poco exagerado. ¡Entusiasmos de
-muchacho!... Pero sería injusto no reconocer que nuestra vida errante
-sirvió durante medio siglo para que no se enfriasen totalmente las
-antiguas relaciones de familia y la gente recordase que aún existía
-España.</p>
-
-<p>Yo debí quedarme en una de esas Repúblicas pequeñas, donde la vida es
-patriarcal, y para que no resulte enteramente aburrida, procuran los
-hijos del país amenizarla todos los años con alguna revolución. Pero mi
-hija gusta de volver a<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span> este Buenos Aires, donde nació. Yo también
-siento la atracción de la Avenida de Mayo; y aunque viva perfectamente
-en Méjico, junto a la frontera de Texas, y jure no volver más a la
-Argentina, siempre se arreglan las cosas de modo que, de aventura en
-aventura y de triunfo en fracaso, acabo por rodar de un extremo a otro
-del Nuevo Mundo, volviendo a esta ciudad, que es el refugio de todos
-nosotros.</p>
-
-<p>Sin embargo, quedan esparcidos en las dos Américas muchos comediantes
-españoles, cuyo nombre ignora España y son personajes verdaderamente
-populares en las tierras donde se radicaron. Al gustar al público varias
-temporadas consecutivas, se quedan en el país para siempre, creyéndolo
-el mejor del mundo por haberles dado sus aplausos. Así envejecen sobre
-la escena, viendo pasar tres generaciones por los asientos del teatro.
-El presidente de la República se acuerda de que siendo niño le decía su
-mamá: «Si eres bueno, te llevaré al teatro a ver a Fulano». Los niños
-que ahora ríen las gracias de Fulano son nietos o bisnietos de los que
-presenciaron su llegada al país. Todos olvidan el lugar de su
-nacimiento, y acaban por considerarlo una gloria nacional. Cuando muere
-creen que el teatro ha sufrido una pérdida irreparable, y que ya no
-surgirán actores de su misma talla.</p>
-
-<p>De haberme quedado en una República de éstas, mi existencia sería más
-tranquila y digna. No me vería obligado a hacer «bolos» los sábados y
-domingos en los pueblecitos, ni a sufrir las impertinencias de los
-muchachos que llegan ahora a las tablas, con tantos «modernismos» y sin
-saber decir bien un verso.</p>
-
-<p>Pero siempre me sentí movido por un espíritu andariego y propenso a las
-aventuras, como el de los antiguos conquistadores. Ocho veces he ido del
-extremo Sur de Chile a la frontera de los Estados Unidos y viceversa,
-deteniéndome en cuantos teatros, buenos o malos, encontré al paso, o
-improvisando escenarios de ocasión en lugares que estaban esperando la
-llegada de un comediante desde el principio del planeta.</p>
-
-<p>Esta facilidad ambulatoria la adquirí en mis primeros años de vida
-americana, cuando empecé la carrera como galán joven, al lado del gran
-Rengifo.</p>
-
-<p>Con este actor glorioso no fue ingrata la madre patria. Recordará usted
-que gozó en España largos años de gloria. Pero al quedar poco menos que
-afónico y faltarle el dinero, tuvo que ser héroe y pasar el Atlántico,
-que siempre le había inspirado horror. Había que oír a este grande
-hombre cuando relataba sus viajes y las observaciones hechas por él en
-los teatros del Nuevo Mundo.</p>
-
-<p>Usted sabe, doctor, que las numerosas Repúblicas de América que hablan<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span>
-español se diferencian mucho en fisonomía, desarrollo y carácter. Ocurre
-con ellas lo que con los hijos de una misma familia: tienen padres
-comunes y una sangre igual; pero los genios son distintos, y cada uno
-nace con diversas aficiones. Los mayores son serios y trabajan; los
-otros tienen el aturdimiento de la adolescencia; los pequeños hacen
-diabluras. Hay Repúblicas que yo llamo «serias», y otras que tienen la
-cabeza a pájaros y nadie sabe si llegarán a ser formales alguna vez o
-quedarán como esos calaveras que siguen loqueando hasta en su
-ancianidad.</p>
-
-<p>Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un
-fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun
-en aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba
-muchas veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no
-pasa año sin numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de
-menos valor en el país.</p>
-
-<p>&mdash;Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras&mdash;decía mi maestro&mdash;,
-y cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último
-caimán de sus ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a
-la vida que despierta.</p>
-
-<p>Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo.
-Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas,
-fue tanto el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso
-venir a cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes,
-cubiertos de cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver
-en cada bolsillo del pantalón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante
-glorioso de la vieja madre patria.</p>
-
-<p>Y le estrechó la mano.</p>
-
-<p>Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores.
-Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio
-entrar en su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos
-rutilantes edecanes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso
-enviado de la vieja España, nuestra madre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con quién tengo el honor de hablar?</p>
-
-<p>&mdash;Soy el presidente de la República.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, no!... Inútil la broma&mdash;protestó el maestro&mdash;. El presidente de
-la República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de
-frac, y usted lleva bigote y uniforme de general.</p>
-
-<p>&mdash;Es que usted ignora que entre el segundo y el tercer acto ha habido
-una<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span> revolución.</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p class="nind">Mi mejor época empezó cuando pude formar compañía, siendo a la vez
-empresario y actor.</p>
-
-<p>La primera dama era mi mujer, la pobre Rosalba, de la que hablaré luego.
-Su padre, un español venido de allá treinta años antes que yo, había
-alcanzado en Buenos Aires los tiempos del tirano Rosas, y, por su edad y
-su voz, se encargaba en nuestras representaciones del papel de traidor.
-Los demás actores se quejaban a todas horas, provocando disputas con sus
-celos y exigencias; pero esto no impedía que marchásemos siempre juntos,
-queriéndonos como si fuésemos de la misma familia.</p>
-
-<p>Rosalba era extremadamente morena, tenía hermosos ojos, y más de una vez
-sentí orgullo y tristeza a un tiempo viendo cómo la miraban muchos
-espectadores en las ciudades del interior. La pobre no conoció jamás la
-riqueza ni el verdadero lujo; pero representaba la poesía de la vida, la
-elegancia aristocrática, los grandes placeres de Europa, ante los
-públicos sencillos que venían a escucharnos, como si fuésemos los
-enviados de un mundo misterioso y lejano.</p>
-
-<p>Su madre también era española; mas Rosalba, por haber nacido en Buenos
-Aires, se consideraba distinta a nosotros, interpretando esta diferencia
-como algo que la confería una superioridad indiscutible. En sus momentos
-de fervor artístico (que no fueron muchos) soñaba con ir a España para
-representar en uno de sus teatros. Ser actriz en Madrid le parecía el
-término glorioso de una existencia. Luego, en sus ratos de cólera (que
-eran los más), me echaba en cara mi origen:</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres un «gallego»; yo soy criolla y estoy en mi casa.</p>
-
-<p>Mi suegro, hombre a la antigua, incapaz de abdicar la superioridad de su
-sexo, me daba consejos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mucho ojo, Mariano! Mi niña es una mala bestia, y ya sabes cómo hay
-que tratarla: el pan en una mano y el palo en la otra.</p>
-
-<p>Pero yo, doctor, preferí siempre tener la razón de mi parte, dejando que
-ella fuese injusta y agresiva. En realidad, ya no me acuerdo de los
-disgustos que pudo darme. Nuestra vida movediza y pródiga en molestias
-nos impulsaba a<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span> juntarnos otra vez, olvidando con facilidad las
-querellas del día anterior. Frecuentemente me hablaron mal de ella, y
-hasta recibí anónimos; pero la envidia profesional, sobre todo entre
-mujeres, aconseja tales cosas a la gente del teatro.</p>
-
-<p>Confieso, sin embargo, que algunas veces sentí la tentación de separarme
-de ella por sus imprudencias. Coqueteaba descaradamente con señores del
-público, y esto era perjudicial para nuestra empresa, haciendo
-desmerecer a la compañía y quitándonos prestigio ante las nobles
-matronas de las ciudades en que trabajábamos.</p>
-
-<p>Yo podía enfadarme con mi esposa, pero no me era posible despedir a la
-primera dama. No habríamos logrado continuar sin ella nuestras
-representaciones. Por eso, aunque me cause cierta vergüenza el
-confesarlo, transigí siempre, y algunas veces, al huir Rosalba de
-nosotros, fui a pedirle que volviese, en nombre de su familia y en
-nombre también de los demás artistas, que faltos de su colaboración iban
-a verse en la miseria.</p>
-
-<p>Sé que las gentes malignas hicieron comentarios poco gratos para mí
-sobre estas fugas, diciendo que siempre la acompasaba en ellas algún
-personaje del país, doctor, general o simple periodista. Pero estoy
-seguro de que eran calumnias. Ella me lo demostró siempre con pruebas
-irrecusables. Si huía de nosotros era por su carácter caprichoso, por su
-genio independiente, que la hacía odiar de pronto cuanto la rodeaba.</p>
-
-<p>Crea, doctor, que si alguna vez me fue infiel (y ahora lo dudo), debió
-serlo por imposiciones violentas, y no por su voluntad. Usted no sabe lo
-que puede encontrarse viajando a través de esta América, tan desigual.
-En las Repúblicas de vida adelantada, donde mandan los blancos más que
-los obscuros, hay justicia, y las personas pueden creerse seguras. Pero
-a veces caíamos en lugares donde estaban las gentes como encogidas, bajo
-el capricho de un hombre solo. Esto era en provincias de alguna de esas
-Repúblicas sometidas a frecuentes revoluciones. El presidente, para
-gratificar a los que contribuyeron a su elevación, los envía a un
-territorio lejano, y allí pueden enriquecerse, llevando una existencia
-igual a la de un antiguo gobernador turco.</p>
-
-<p>Imagínese las inquietudes de nuestra compañía cuando llegaba a uno de
-estos lugares. Temíamos el mal humor del tirano, porque podía oponer
-toda especie de obstáculos a nuestro trabajo. Faltos de su protección,
-nos era imposible obtener un local ni ganar dinero. Pero yo, por mi
-parte, temía no menos a los gobernadores entusiastas del arte dramático,
-que nos recibían con una afabilidad extraordinaria, asistían
-familiarmente a nuestros ensayos y nos brindaban apoyo.<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span> Cansados de las
-hembras del país, sentían la atracción de la comedianta recién llegada,
-que era además esposa del director de la compañía: una novedad.</p>
-
-<p>¡Las astucias que hubo de emplear para defenderme de tales bárbaros!...
-Uno de ellos me tuvo en la cárcel tres semanas, por creer que yo era
-amigo de los que conspiraban contra él. Es verdad que mientras estuve
-encerrado proveyó al mantenimiento de toda la compañía, invitando además
-a mi esposa a comer y cenar en su casa... Y mis compañeros, halagados
-por la familiaridad del gobernador, declararon que esta temporada, tan
-penosa para mí, fue para ellos la más agradable.</p>
-
-<p>Nunca quise saber con certeza lo que pudo existir detrás de una medida
-tan arbitraria. Rosalba me juró que este hombre temible y atropellador,
-aunque de perversa educación, era en el fondo un caballero, y no había
-osado nada contra ella. No pude negarme a creerla. Me lo juró sobre la
-cabeza de nuestra hija.</p>
-
-<p>He olvidado que usted no conoce a mi hija Pepita: una actriz de
-verdadero talento, pero con un carácter peor que el de su madre. Esta
-muchacha excelente, muy seria en sus costumbres, tiene un gesto que
-corta y disuelve todo intento de confianza. Por eso muchos de nuestra
-profesión la llaman por apodo «la Virgen guerrera».</p>
-
-<p>Hace más de veinte años que nació en Buenos Aires; pero esto fue pura
-casualidad. Lo mismo podía haber nacido en una pobre estación de
-ferrocarril, en una carreta cruzando la Pampa, o en una canoa bajo el
-ramaje de una selva vecina a un río. Rosalba no dejó de representar
-mientras la llevaba en sus entrañas. Hasta el último instante se apretó
-el corsé e hizo esfuerzos para mantener disimulada su maternal
-deformidad. No quería que el público riese considerando su estado y
-viendo al mismo tiempo que el galán joven la perseguía loco de amor,
-deseoso de morir o matar por ella. Así es nuestra existencia.</p>
-
-<p>Tampoco las funciones de la lactancia sirvieron de estorbo para la
-gloria y la actividad artística de la madre. Mi pobre Pepita se dio
-cuenta de que existía entre dos bastidores de teatro pobre, y pasó sus
-primeros años en continuo viaje por las tierras comprendidas entre los
-dos trópicos, llegando algunas veces hasta las montañas heladas de la
-Tierra del Fuego.</p>
-
-<p>Mi esposa, que unas veces era Doña Inés, otras la dama feudal amada por
-el trovador, y otras la doncella romántica de ojos pudorosos con una
-rosa en la mano, se abría en los entreactos la pechera del vestido para
-que la niña pudiera alimentarse, medio cegada por el resplandor de un
-mechero.<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span></p>
-
-<p>Hubo que acudir a recursos extraordinarios para que no muriese de
-hambre. Rosalba, que, a pesar de sus defectos, era una excelente mujer,
-no podía cumplir a la vez con exactitud sus deberes contradictorios de
-madre y de artista. Como viajábamos incesantemente, la pequeña se nutrió
-al azar de nuestras correrías. Le dieron sus pechos indias y negras; se
-alimentó con leche de animales de todas castas: vacas, yeguas y cabras.
-Hasta creo que conoció las ubres de las llamas que trotan como bestias
-de acarreo por los senderos pedregosos de los Andes.</p>
-
-<p>Esta alimentación, que uno de mis compañeros, llamado Tribaldo, muy
-extravagante en el empleo de las palabras, llama «internacional y
-geográfica», fue causa, tal vez, del carácter raro o intratable de la
-niña.</p>
-
-<p>Aprendió a mantenerse sobre un caballo antes de saber andar. Durmió
-tranquilamente, como en un regazo, entre fardos llevados a lomo por
-mulas o guanacos. Su tierna carne se acostumbró al lancetazo chupante de
-los mosquitos, las moscas de color y demás insectos de las soledades
-americanas. Una vez, al hacer alto en una selva, la sorprendimos
-jugueteando con una serpiente de cascabel. En otra ocasión, al pasar un
-río abundoso en caimanes, se nos cayó de la mula, y hubo que sacarla por
-los pelos. Tenía entonces cuatro años, y después de expeler el agua
-tragada, no volvió a acordarse del accidente. Mi hija conoce todo lo
-malo de este país, y no hay nada en él que pueda matarla...</p>
-
-<p>¡Los viajes de hace veinte años, cuando aún vivía mi esposa y empezaba
-Pepita a salir a escena, unas veces de niña raptada, otras de angelito,
-en el momento de la apoteosis final!... Mientras trabajábamos en tierras
-con ferrocarriles, la compañía se trasladaba fácilmente de un lugar a
-otro, seguida de todo su equipaje. En nuestra existencia errante no
-podíamos olvidar nada: trajes, objetos ni decoraciones. Era imprudente
-contar con los recursos del país. En ciertos pueblos el teatro era un
-corral. Nosotros nos limitábamos a levantar el tablado que servía de
-escenario, y el espectador se traía el asiento de su casa.</p>
-
-<p>Hoy existen ferrocarriles en muchas tierras que atravesé yo hace menos
-de medio siglo viajando lo mismo que los primeros exploradores
-españoles. Como ocurre siempre en los países que llegan tarde a
-disfrutar las ventajas del progreso, estos ferrocarriles son magníficos,
-superiores a los de Europa; como quien dice, «la última palabra»:
-vagones Pulmann, amplios dormitorios, etc. Pero en mis tiempos tuve que
-invertir seis u ocho días, subiendo y subiendo por las faldas de los
-Andes y atravesando cimas eternamente nevadas, para correr el mismo
-camino que ahora hace el tren en unas cuantas horas.</p>
-
-<p>Ascendíamos a tan enormes cumbres, que nos daba la enfermedad llamada
-«sorocho», el mareo de las alturas, igual al mareo del mar. Los cóndores
-volaban<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span> curiosamente sobre nosotros, adivinando que éramos una tropa
-diferente a la de los arrieros de poncho colorado que cruzan la
-Cordillera con sus recuas.</p>
-
-<p>Emprendíamos el viaje desde cualquier puerto del Pacífico (población
-cosmopolita y calurosa, a ras de las olas, con muchos comerciantes
-ingleses o alemanes) hasta alguna ciudad del interior, de nombre
-histórico, situada en lo alto de la Cordillera, a dos mil o tres mil
-metros, y adormecida noblemente lo mismo que en la época de sus ilustres
-fundadores, venidos de Extremadura o Andalucía. Como avanzábamos por
-senderos estrechos, bordeando precipicios, el material de la compañía
-iba a lomos de bestia. Para mayor seguridad y baratura, empleábamos el
-animal de carga del país, el compañero del indio.</p>
-
-<p>Usted conoce indudablemente lo que hacen las llamas cuando el arriero
-pretende imponerles un trabajo extraordinario. Es un animal que sabe
-hasta dónde deben llegar sus fuerzas, se irrita ante el abuso, y
-defiende tenazmente sus derechos. Todos los de su especie han acordado,
-sin duda, que sólo deben soportar una determinada cantidad de kilos, y
-cuando les colocan una libra más en sus alforjas, llamadas «petacas», se
-tienden en el suelo como un trabajador que apela a la huelga pasiva, y
-no hay quien los levante, por más palos que les den.</p>
-
-<p>Nuestras decoraciones eran de papel, y no muchas; el vestuario y los
-objetos escénicos tampoco resultaban abundantes; pero, aun con esta
-parsimonia, ¡imagínese si serían necesarios animales de tal especie para
-trasladar toda la impedimenta de la compañía!</p>
-
-<p>Formábamos una hilera de doscientas o trescientas llamas, con sus
-arrieros indios, que gritaban para animarles en los malos pasos. Los
-artistas íbamos en mulas tozudas y voluntariosas, a las que era prudente
-dejar sueltas, a merced de su instinto, sin preocuparse de guiarlas, sin
-otra defensa que cerrar los ojos en ciertos senderos, que más bien eran
-filos de cuchillo, con un precipicio de varios centenares de metros
-debajo de nuestros pies. Esto no impedía que «la Virgen guerrera»
-trotase al frente de la caravana, a horcajadas como un muchacho, las
-piernas al aire, la cabellera suelta al viento, y en continua pelea con
-su mula, que coceaba junto a los abismos, protestando de una voluntad
-deseosa de imponerse a fuerza de varazos y tirones del ronzal.</p>
-
-<p>Los personajes más importantes de la compañía marchábamos en el centro
-de este rosario. Crea usted que a nuestras tres o cuatro mujeres,
-arrebujadas en sus mantos, con la cara ennegrecida por el sol y el frío
-de las cumbres, no las habrían conocido jamás los mismos que las
-aplaudían una semana antes en la ciudad que habíamos dejado abajo, junto
-al mar.<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span></p>
-
-<p>Ascendíamos en zigzag, como una fila de hormigas rojas, por las laderas
-de los Andes. ¡Éramos tan poca cosa en aquella inmensidad!... Levantando
-los ojos podíamos ver las panzas de los animales de la primera sección
-de la caravana, que subían y subían, trazando una serie de ángulos.
-Mirando abajo sólo encontraban nuestros ojos las cargas y las cabezas de
-las llamas que cerraban la marcha. A veces salvábamos profundísimos
-barrancos merced a un puente hecho de lianas, que se mecía como una cuna
-sobre el abismo.</p>
-
-<p>Viajábamos lo mismo que en otros siglos los personajes de la
-colonización española. Como yo tengo mis lecturas, creí muchas veces que
-no éramos una compañía de cómicos; más bien una caravana de
-funcionarios, enviados por el rey de España y sus Indias, que acababan
-de desembarcar; un corregidor y varios oidores de Audiencia venidos con
-sus damas a tomar posesión de sus cargos.</p>
-
-<p>Cuando el viento de las alturas era favorable, soplándonos por la
-espalda, los arrieros convertían sus bestias en navíos. Entre las dos
-«petacas» colocaban un palo, izando en él un pedazo de lona que hacía
-oficios de vela. De este modo la fría brisa de las cumbres ayudaba
-nuestra marcha, empujando a las llamas, haciéndoles redoblar su trote
-adormecido; y la flota animal, con sus centenares de velitas
-desplegadas, iba navegando entre el revuelto oleaje de rocas y nieves.</p>
-
-<p>Guardo un mal recuerdo, doctor, de mi viaje en ferrocarril la última vez
-que estuve en Quito. Este mismo viaje lo había hecho seis años antes en
-recua, y aunque fue incómodo y largo, resultó más seguro.</p>
-
-<p>La línea férrea que existe ahora de Guayaquil a Quito es casi un
-funicular de varios centenares de kilómetros; una vía atrevidísima que
-sube y sube. Como yo y mis gentes empleamos este medio de transporte en
-las primeras semanas de su funcionamiento, el tren descarriló al ganar
-una meseta solitaria de los Andes.</p>
-
-<p>Hubo muertos y muchos heridos. Imposible imaginar un paisaje más
-desolado: rocas de colores metálicos, y como única vegetación cactus
-rectos y muy esparcidos, que parecían hombres resbalando por las
-laderas. Ni una casa, ni un árbol, ni una gota de agua. Y en esta
-soledad, lamentos de heridos, gentes llamándose en torno a los vagones
-hechos pedazos o volcados.</p>
-
-<p>Me alejé del tren, buscando socorro. De pronto vi asomar cautelosamente
-sobre el borde de un barranco unos cuernos rojos y algo flácidos, como
-si fuesen de trapo; luego unos ojos oblicuos y malignos, con las cejas
-en ángulo, y el resto de una cara manchada de negro y bermellón. Era un
-demonio, un verdadero demonio, más horrible en esta soledad que los que
-había yo visto en los cuadros y en el teatro.<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span></p>
-
-<p>Detrás de este demonio, que subía lentamente, a cuatro patas, apareció
-otro, y luego otro. Llevaban trajes grotescos, disparatados, astrosos;
-pero estas vestimentas parecían darles un aspecto más horripilante. La
-tropa infernal, que iba avanzando medio oculta, con las precauciones que
-impone la vida desconfiada del desierto, se puso de pie y marchó
-audazmente, animada por el aspecto que ofrecía el tren.</p>
-
-<p>Le confieso que sentí miedo al ver cómo venían hacia mí tantos diablos,
-rojos y verdes, con la cara negra de hollín. De pronto recordé que
-estábamos en domingo y era Carnaval. Los demonios se convirtieron en
-indios, habitantes de chozas cercanas o invisibles para mí, que se
-habían disfrazado con motivo de la fiesta, abandonando sus bailoteos al
-enterarse de la catástrofe.</p>
-
-<p>Como era mediada la tarde estaban ebrios, y después de rondar en torno a
-los vagones, empezaron a sentirse tentados por los equipajes de los
-viajeros, haciéndolos suyos tranquilamente. Representaba una amenaza de
-muerte pasar la noche en compañía de estos demonios, cuyo número iba
-aumentando. Por suerte, llegó un tren de socorro: una locomotora y un
-vagón, con varios empleados norteamericanos de la línea, y una caja de
-botellas de <i>whisky</i> para las primeras curas. No podía pedirse más.</p>
-
-<p>Otras veces conocíamos en nuestros viajes inesperadas grandezas y
-maravillosas abundancias. Recuerdo cómo desembarcamos en una ciudad de
-la costa del Perú, fundada por Pizarro, pero que había permanecido luego
-olvidada durante siglos. Los yanquis empezaban en ella la explotación de
-unas minas, o mejor dicho, la depuración de las escorias, abundantes en
-plata, abandonadas por la minería colonial, y esto había atraído
-numerosos obreros.</p>
-
-<p>Fuimos a tierra desde el vapor en una balsa, hecha de troncos y
-tripulada por indios. No crea que el viaje era fácil. Había que salvar
-tres líneas de rompientes, aprovechando el minuto preciso, con riesgo de
-zozobrar y ahogarse si los remeros maniobraban un momento antes o
-después. Aun así, quedamos varias veces, personas y objetos, sumidos
-entre espumas, yendo acompañada cada sacudida de la balsa con alaridos
-de mujeres y llamamientos a todos los santos. Viajeros y cosas
-navegábamos amarrados, para mayor seguridad, y aun así perdimos mucho
-equipaje.</p>
-
-<p>No había otro medio de desembarcar; pero la aventura valía la pena.
-Imagínese la emoción de un millar de hombres aislados en este pedazo de
-costa olvidada, ganando dinero abundantemente y sin saber qué hacer de
-él. Un barracón vecino al embarcadero de mineral lo convertimos en
-teatro. Cada minero pagó por su entrada un peso fuerte. Nunca he vuelto
-a ver tantos duros<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span> juntos. Cuando nos retiramos a media noche a nuestro
-alojamiento, tuvimos que valernos de una carretilla para acarrear las
-espuertas llenas de monedas de plata.</p>
-
-<p>Además, en ningún teatro obtuve ovaciones tan sinceras y clamorosas. Lo
-que más gustaba a este público de blancos y mestizos eran los dramas
-abundantes en peleas y con mucho choque de espadas. Cada vez que me
-batía con el traidor de la obra, los espectadores daban alaridos de
-entusiasmo, pidiendo un segundo combate, y yo, enardecido por los
-aplausos, repetía la lucha, matando de nuevo a mi adversario.</p>
-
-<p>Nunca aprecia uno el poder mágico del teatro como viviendo entre gentes
-sencillas. Por eso en mis viajes he preferido los pueblos humildes y
-olvidados, las ciudades viejas, a las que sólo llega muy de tarde en
-tarde una compañía teatral.</p>
-
-<p>Que no me hablen de esas capitales de América vecinas al mar, en las que
-se usa generalmente la lengua española, pero son muchas las gentes de
-todos los países. Llega uno para dar a conocer las obras del teatro
-clásico, y le preguntan inmediatamente cuántas mujeres trae la compañía,
-si son bonitas y si las obras que van a representarse tienen música y
-canto. Deme usted ciudades del interior, reposadas y nobles, donde se
-encuentran plazas con soportales que recuerdan a Toledo y Segovia; donde
-los señores usan barba y tienen un aire caballeresco, como si acabasen
-de quitarse la coraza en su casa; donde las damas son aseñoradas y van a
-misa cuando apunta el sol a un convento que tiene naranjos en el patio,
-llevando sobre el rostro un manto negro, lo mismo que las tapadas de
-Calderón y de Lope.</p>
-
-<p>Parece que esta América vieja se ha modificado mucho desde mis tiempos
-de galán joven y va a desaparecer. Pero yo la he conocido aún con su
-noble atraso y su lujo colonial. Estuve en poblaciones del interior
-célebres por sus minas históricas, donde todo era de plata, pero de
-plata antigua y recia, trabajada a martillo, con la prodigalidad que
-aconseja la abundancia del material; los platos, los jarros y hasta
-cierto útil nocturno depositado junto a la cama. Los objetos de loza
-había que traerlos de la costa, y se quiebran fácilmente en un viaje a
-lomos de mula por los senderos de la Cordillera. Resultaba más económico
-fabricarlos de plata.</p>
-
-<p>En estas tierras de vida ingenua es donde me vi más apreciado. Hombres
-de cuchillo curvo, que llevaban varias muertes sobre su conciencia, me
-seguían, al encontrarme en las calles, con ojos de admiración y respeto.
-Eran espectadores que me habían visto la noche anterior batirme como un
-héroe contra varios bellacos.<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Salud, patrón!&mdash;decían algunos&mdash;. ¡Vaya una «manito» que tiene usted
-para la espada! ¡Que el Señor se la conserve!</p>
-
-<p>Muchas veces me he acordado del gran Rengifo. Estando en Méjico, al ir
-en diligencia de una ciudad a otra, le salieron al camino unos
-bandoleros célebres, que llevaban sus trajes y monturas chapeados de
-monedas y bordados de plata. Estos facinerosos mataban a todos los que
-pretendían desobedecerles.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy Rengifo&mdash;dijo con arrogancia a los ladrones, mirándolos frente
-a frente.</p>
-
-<p>Y ellos dejaron de apuntarle con sus carabinas, echando pie a tierra
-para estrechar su mano.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros respetamos a los valientes, compañero.</p>
-
-<p>Todos ellos le habían visto en el teatro.</p>
-
-<p>Cesó de hablar el gran Fonseca, quedando en actitud meditabunda. Parecía
-perseguir sus recuerdos y reconcentrarlos, para que no se escapase
-ninguno. Deseaba hacerme conocer, en sus múltiples aspectos, buenos y
-malos, aquella vida errante a través de América, que tenía para él la
-dulzura melancólica de su lejana juventud.</p>
-
-<p>Pero un hombre gordo y afeitado, con rostro de comediante viejo, acababa
-de entrar en el café. Iba a sentarse junto a una mesa ocupada por otros
-de su mismo pergenio, cuando al reconocer a Fonseca cambió de dirección,
-viniendo hacia nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¡El tiempo que llevo sin verte, Mariano!&mdash;dijo con voz profunda y
-lenta, que daba una solemnidad grotesca a sus palabras&mdash;. Te encuentro
-gordo como un canónigo de aldea.</p>
-
-<p>Fonseca le miró con ojos de conmiseración.</p>
-
-<p>&mdash;No seas bruto, Tribaldo. En las aldeas no hay canónigos. Querrás decir
-un cura de aldea.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú siempre dando lecciones! Quieres que no olvide que en tu juventud
-fuiste estudiante... Bueno; hemos de hablar de un negocio, de una
-<i>tournée</i> en Chile. Vendré a buscarte luego. Te invito a dar un paseo...
-noctámbulo.</p>
-
-<p>Y al marcharse Tribaldo, el gran Fonseca me miró como si implorase
-clemencia para los disparates de su camarada.</p>
-
-<p>&mdash;Así son&mdash;dijo con tono resignado&mdash;la mayor parte de los que vienen a
-este café. ¡Y uno debe vivir con ellos a todas horas!... Por suerte,
-tengo a Pepita. Es preciso, doctor, que venga usted a nuestra modesta
-casa, para que conozca a mi hija.<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span></p>
-
-<h3>III</h3>
-
-<p class="nind">&mdash;¿Cuándo nos vimos la última vez, doctor?... ¿Hace ocho años o diez?
-Sólo recuerdo que nos encontramos en aquel café de la Avenida de Mayo,
-donde se reunían las gentes de mi arte. A pesar del tiempo transcurrido,
-le reconocí inmediatamente. Usted, en cambio, no hubiese sospechado
-nunca que soy el mismo Fonseca que le entretenía con sus historias allá
-en Buenos Aires.</p>
-
-<p>Era cierto: nunca hubiese conocido al famoso comediante andariego en
-este viejo de espalda convexa, desdentado y con el rostro fruncido como
-una fruta invernal. De su pasado sólo conservaba la cabellera encrespada
-y abundante; pero ya no admitía el tinte, y era blanca y dura lo mismo
-que la de los negros cuando encanecen.</p>
-
-<p>&mdash;Reconocerá usted, doctor&mdash;siguió diciendo don Mariano&mdash;, que fui
-profeta cuando le anuncié en «el otro mundo» el porvenir brillante que
-lo esperaba aquí. No he sentido ningún asombro al reconocer a mi antiguo
-compañero de café en el célebre médico que se digna visitar nuestro
-establecimiento. Yo he seguido rodando cuesta abajo; era mi destino, y
-gracias que pude parar aquí. Usted me conoció comediante en decadencia;
-pero, en fin, artista todavía, y con ciertos públicos que se conservaban
-fieles a mi nombre. Transcurridos unos cuantos años, me encuentra ahora
-de asilado en un establecimiento de caridad, y viejo, como si un siglo
-entero hubiese pasado sobre mí.</p>
-
-<p>Durante mi veraneo en la costa cantábrica había querido ver un asilo
-para ancianos, fundado cerca del mar por un español enriquecido en la
-República Argentina. Este «indiano» había comprado una casa enorme, con
-vasto jardín, para vivir el resto de sus días en el país natal; pero el
-descanso, después de una existencia penosa de negocios y ahorro, pareció
-atraer a la muerte. Antes de irse del mundo había ordenado que su finca
-fuese convertida en asilo, aplicando la mayor parte de sus rentas al
-sostenimiento de la fundación. Como recompensa moral sólo pidió que su
-nombre figurase en grandes letras de oro sobre la fachada. Era
-médico-director del establecimiento un joven muy afecto a mis trabajos
-científicos, y él fue quien me incitó con sus ruegos a realizar esta
-visita.</p>
-
-<p>&mdash;No crea que me quejo de mi actual situación&mdash;continuó el comediante&mdash;.
-Fue una verdadera suerte que algunos españoles de Buenos Aires,
-apiadados de<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span> la miseria de Fonseca, al que habían aplaudido tanto en
-otros tiempos, obtuviesen un puesto para él en esta casa, que sólo puede
-albergar un corto número de infortunados. Le advierto que hicieron
-además una suscripción para costearme el viaje. El último obsequio de
-aquel público que tanto me quiso.</p>
-
-<p>Aquí no estoy mal. El director me aprecia y gusta de escuchar mis
-historias «del otro mundo», o sea mis aventuras de cuando andaba de un
-extremo a otro de las antiguas Indias occidentales representando
-comedias. Los asilados me conocen y hasta sienten cierto orgullo al
-verme entre ellos. Algunos estuvieron en América, donde tanto bruto se
-ha hecho rico, y volvieron más pobres que se fueron, con la salud
-perdida. Unos recuerdan haberme aplaudido en un teatro de allá;
-seguramente un teatro de pueblo, de los de mi última época. Otros sólo
-están enterados de que don Mariano fue algo, y no por eso me respetan
-menos. Todos ven que cuando llegan visitas importantes soy yo el único
-de la casa que inspira curiosidad y el único también que puede sostener
-una conversación. Los demás se alejan apenas el visitante les da tabaco.</p>
-
-<p>Se detuvo Fonseca al decir esto, mirando con desaliento la colilla de
-cigarro que guardaba entre los dedos.</p>
-
-<p>&mdash;No crea usted que soy ingrato y gusto de criticar a mis bienhechores,
-como algunos de los infelices que viven aquí. Pero debo declarar que en
-esta casa no todo es perfecto y existe en ella un gran vicio de
-organización.</p>
-
-<p>El hombre benemérito que la fundó hizo su fortuna en Buenos Aires
-fabricando cigarrillos, y sin embargo, en su testamento no tuvo en
-cuenta para nada que el hombre necesita fumar, necesidad que dio origen
-a su riqueza. Estamos bien alojados, no comemos mal; pero de tabaco...
-¡ni una brizna! En el reglamento de esta casa no se habla de dar a los
-asilados ni un mísero cigarrillo, y usted sabe cuán necesario es el
-tabaco para los que viven una existencia común, en un buque, un cuartel
-o un asilo.</p>
-
-<p>Yo espero horas enteras el paso del director por el jardín o invento
-pretextos para buscarle. Sé que el encuentro me puede proporcionar un
-poco de tabaco, pues a él lo place oírme, y yo hablo más a gusto cuando
-fumo.</p>
-
-<p>Esto no lo he dicho como indirecta para que me regale usted
-cigarrillos... Pero en fin, ¡ya que usted se empeña!... Crea que
-agradezco de verdad su obsequio. Otros asilados tienen parientes en el
-país, que vienen a verlos y les traen paquetes del estanco. Yo estoy
-solo en el mundo y únicamente puedo contar con lo que me den las buenas
-almas.</p>
-
-<p>Cediendo a mi insistencia, Fonseca se apoderó, con una avidez pueril,
-de<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span> todos los pitillos que contenía mi cigarrera. Encendió uno en el
-resto del anterior, y luego de expeler por las narices dos chorros de
-humo con el regodeo del que paladea su deleite favorito, continuó
-hablando:</p>
-
-<p>&mdash;Se irá usted esta misma tarde. Lo he oído a las señoras que llegaron
-con usted y están visitando el jardín en este momento acompañadas por el
-director. Vamos a separarnos pronto, y adivino que siente curiosidad por
-conocer la vida de este infeliz después que dejó de verle.</p>
-
-<p>¿Se acuerda usted de Pepita, mi pobre «Virgen guerrera»?... No he
-olvidado que vino usted a casa para ver mis recuerdos de gloria: las
-coronas, las placas de metal regaladas en noches de beneficio, una
-colección de anforitas de barro cocido y otras cosas sacadas de las
-tumbas de los indios que fui adquiriendo en mis viajes.</p>
-
-<p>¡Ay! Todo eso desapareció. Tuve que venderlo a cualquier precio en mis
-últimos años de miseria; cuando me vi solo en Buenos Aires y forzado
-casi a pedir limosna.</p>
-
-<p>A mi hija la conoció usted en aquella visita. No creo que se llevase un
-recuerdo agradable de ella.</p>
-
-<p>Inútiles las excusas: lo mismo les ocurrió a muchos. No digo que fuese
-mal educada; pero era incapaz de una expansión sonriente, de una palabra
-amable, siempre ceñuda y con hostilidad para los hombres. No podía ser
-de otro modo, aunque lo desease.</p>
-
-<p>Repetidas veces anduvo en noviazgos con actores jóvenes de nuestra
-compañía; pero siempre acabó por repelerlos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no puedo sufrir a otro hombre que a ti, papá&mdash;me decía&mdash;. No me
-casaré nunca.</p>
-
-<p>Creo que uno de estos novios desechados fue el que inventó su apodo de
-«Virgen guerrera». El mote no pudo ser más exacto y completo. Su odio a
-los hombres era prueba y garantía de su virginidad. Y en cuanto a lo de
-guerrera, yo sabía de esto más que nadie.</p>
-
-<p>Tenía el carácter belicoso de mi mujer; pero la pobre Rosalba enviaba
-sonrisas voluntariamente a los señores del público, y mi hija necesitaba
-un esfuerzo heroico para sonreír en la escena. En realidad, sólo llegaba
-a dar media sonrisa, y era con la boca nada más, mientras el resto de su
-cara se mantenía cejijunto y agresivo.</p>
-
-<p>Este mal carácter le impidió ser una gran actriz. No crea que habla mi
-cariño de padre. Le aseguro que tenía más talento que Rosalba y todas
-las mujeres con<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span> las que he trabajado en mi vida. ¡Pero aquel rostro de
-pocos amigos!... ¡Aquella voz dura y monótona, que sólo se ablandaba al
-expresar en escena la cólera o la venganza!...</p>
-
-<p>Con todos sus defectos, los últimos años que pasé junto a ella, a pesar
-de ser los de mi decadencia, me parecieron más gratos que los de mi
-juventud gloriosa al lado de Rosalba. Después que usted la vio hicimos
-una excursión por Chile y otras Repúblicas de la costa del Pacífico.
-Fuimos avanzando de teatro en teatro en dirección contraria a la de los
-descubridores españoles, o sea de Sur a Norte.</p>
-
-<p>Le he dicho a usted de teatro en teatro, y esto muchas veces no fue
-verdad. Huíamos de las ciudades con teatros, porque en ellas el público
-no mostraba interés alguno por conocernos. Había pasado la época de
-Mariano Fonseca. Este nombre no decía nada a las gentes nuevas. En todas
-partes querían obras con música o dramas representados con gran aparato
-escénico, ¡y nosotros éramos tan pobres!...</p>
-
-<p>La juventud del país acudía la primera noche deseosa de ver a las
-mujeres de nuestra compañía; pero mi Pepita, con sólo mostrarse, ponía
-en fuga a este público bullicioso. Sin embargo, usted la conoció. Era
-tal vez demasiado morena, pero nadie podía llamarla fea. Además,
-acuérdese de sus ojos...</p>
-
-<p>Indudablemente, no era un espantajo, y muchos sintieron la atracción de
-su juventud y de su hermosura algo rara. Pero ¡ay!, ¡su maldito
-carácter!... ¡Aquella prontitud de mano para contestar con una bofetada
-al más pequeño atrevimiento!... En algunos pueblos fuimos silbados a
-causa de sus violencias; de otros tuvimos que irnos a toda prisa porque
-la niña había golpeado al hijo del personaje más poderoso.</p>
-
-<p>Buscábamos, para no morirnos de hambre, poblaciones casi ignoradas, sin
-pensar si había en ellas teatro o no lo había. Improvisábamos nuestro
-escenario en corrales de posadas llamadas hoteles, en plazas públicas,
-hasta en tolderías de indios a medio civilizar. Allí donde existía un
-grupo humano llegaba la compañía Fonseca, en mula, en carreta, en
-piragua o a pie.</p>
-
-<p>Cuando nos faltaba algo para nuestras decoraciones, lo buscábamos en el
-almacén de comestibles del lugar. Recuerdo haber empleado en Don Juan
-Tenorio, como estatua de Doña Inés, un cartel anunciador hecho en los
-Estados Unidos, que representaba una buena moza, de tamaño natural,
-montada en una bicicleta. Y tal es el poder del arte, que con esta
-carencia de medios escénicos lográbamos emocionar a nuestros públicos y
-hacerlos aplaudir. Pero repito que esto ocurría siempre lejos de las
-ciudades, trabajando «con decoración de selva», como decía uno de
-nuestros compañeros.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span></p>
-
-<p>Teníamos además un enemigo feroz, que nos acosaba incesantemente y cada
-año parecía centuplicarse. Lo sentíamos avanzar a nuestra espalda; nos
-salía al encuentro cerrándonos el paso; nos obligaba a redoblar la
-marcha para librarnos de su persecución; iba estrechándonos por ambos
-flancos. Este enemigo era el cinematógrafo.</p>
-
-<p>Mientras no existió el maldito invento pudimos los cómicos errantes de
-América prolongar nuestra vida. En las poblaciones del interior, las
-gentes necesitadas de entretener sus noches acudían gozosas a nuestros
-espectáculos, fuesen éstos como fuesen. No había otra cosa. Pero con la
-generalización del llamado «teatro mudo», todos parecían vernos bajo una
-nueva luz, dándose cuenta de nuestra pobreza y de nuestras
-improvisaciones grotescas.</p>
-
-<p>Crea, doctor, que por culpa del cinematógrafo pasamos grandes apuros y
-vergüenzas en el último período de mi carrera. Gracias a que la energía
-de Pepita sirvió más de una vez para sacarme adelante. Yendo de pueblo
-en pueblo y evitando las ciudades, que representaban para nosotros el
-fracaso y la miseria, vinimos a dar en una de las regiones menos
-pobladas de Venezuela; un país que políticamente pertenece a dicha
-República, pero a causa de lo difíciles y largas que resultan las
-comunicaciones, está gobernado por un amigo del presidente, que ejerce
-una autoridad absoluta.</p>
-
-<p>Este gobernante cambia a cada revolución, y el que encontramos nosotros
-fue un buen mozo, llamado Urdaneta, gran jinete, gran «machetero», como
-dicen allá, e irresistible en el manejo de la lanza. Era un hombre
-temerario, pródigo en dádivas, rapaz para los que vivían sometidos a su
-gobierno, feroz con sus enemigos y aficionado a todos los placeres que
-tienen algo de crueldad; en fin, un varón creado para la pelea y la
-conquista.</p>
-
-<p>Él vio una especie de triunfo político en nuestra llegada a la
-población, cabecera de sus dominios. La compañía Fonseca representaba un
-gran suceso en la historia de su gobierno. Iban transcurridos muchos
-años desde la última vez que unos comediantes habían visitado aquel
-rincón de la tierra.</p>
-
-<p>Resultaba explicable el entusiasmo con que fuimos recibidos, después de
-tantos menosprecios y pobrezas. El viaje valía todo esto y mucho más.
-Yo, que llevaba una vida tan larga de exploraciones, sentí asombro
-viéndome llegado hasta allí.</p>
-
-<p>Un protegido de Urdaneta, al encontrarnos en la capital de la República,
-nos había propuesto esta «temporada extraordinaria», y dirigidos por él
-atravesamos sabanas que parecían interminables, y en cuya vegetación se
-hundían nuestras<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> mulas hasta el vientre. Luego nos creímos perdidos en
-selvas donde no se veía el cielo y bajaba a través del ramaje una luz
-verdosa, semejante a la del fondo del mar. Pero los guías lograban
-orientarse, siguiendo unos senderos apenas perceptibles entre la maleza
-agitada por bestias ocultas. Vimos aves de plumaje fantástico, mariposas
-enormes, pájaros diminutos como insectos, moscas que parecían esmeraldas
-y rubíes con alas; mas nos faltaba tranquilidad para admirar tales
-prodigios. Pensábamos en tigres y jaguares, creyendo su aparición
-inmediata cada vez que las mulas coceaban o se echaban atrás, inclinando
-sus orejas con inquietud.</p>
-
-<p>A continuación pasamos muchos días viviendo y durmiendo en canoas que se
-deslizaban por una maraña de arroyos y ríos. Todos los cursos de agua
-parecían iguales. Repetidas veces nos imaginamos haber pasado por el
-mismo sitio, mirando con incredulidad a los romeros indígenas, que
-sonreían de nuestra desconfianza. Navegábamos jornadas enteras bajo
-túneles de follaje. Las ramas colgantes nos obligaban con su azote a
-bajar las cabezas. De vez en cuando, un marinero cobrizo, con la vista
-fija en la bóveda vegetal ensombrecedora de las aguas, levantaba su
-percha, dando un fuerte palo a una de las lianas verticales. La liana
-tenía ojos, se contraía, y perdiendo su equilibrio acababa por
-derrumbarse en el río. Era una boa enorme...</p>
-
-<p>Pero ¿a qué contarle más de este viaje? Era una América distinta a la
-que usted conoce; la tierra tropical casi intacta, tal como debieron
-verla los primeros españoles que bajaron por el Amazonas o el Orinoco. A
-nosotros, pobres cómicos, después de pasar varias semanas en el seno de
-esta naturaleza sin domar, nos pareció una capital enorme el pueblo
-donde vivía Urdaneta, y recibimos con gratitud casi llorosa las muestras
-de afecto y protección de este personaje.</p>
-
-<p>Jamás sultán de cuentos orientales se vio tan admirado y obedecido como
-él por nosotros. Hay que advertir que Urdaneta vivía casi aislado en las
-tierras sometidas a su gobierno. Todos le temían y procuraban evitar su
-presencia. Era caprichoso en su trato con las personas, no creía en la
-amistad, se consideraba amenazado constantemente, y para librarse de
-asechanzas procuraba ser el primero en la agresión. Total, que había
-dado muerte a muchos de sus gobernados para librar su propia vida, según
-él afirmaba, o por capricho y embriaguez, según el decir de las gentes.</p>
-
-<p>Nuestra presencia le proporcionó diversiones extraordinarias. Con la
-magnanimidad de un tirano protector de las artes, nos invitó repetidas
-veces a comer en su casa. Además decretó enérgicamente que el país debía
-civilizarse, y<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span> para ello lo más eficaz era acudir a un espectáculo
-culto y moralizador como nuestras representaciones.</p>
-
-<p>Siempre había sido gran aficionado a la poesía. En la sobremesa de sus
-banquetes, cuando estaba casi agotada la botella de ron puesta ante él,
-nos iba recitando el inmenso caudal de versos, sentimentales y amorosos,
-atesorado en su memoria. Durante sus campañas para derribar a varios
-presidentes por el hierro y por el fuego, su distracción nocturna era
-tañer la guitarra, cantando romanzas de treinta o cuarenta estrofas,
-todas ellas dignas de lágrimas. Reconozco que este guerrero lírico y
-sensitivo habría ordenado a veces, en el mismo día, numerosos
-fusilamientos; pero, no obstante este detalle y el enorme daño que acabó
-por causarme, declaro que era simpático a su modo.</p>
-
-<p>Los últimos triunfos de mi vida artística los debo a su protección.
-Había improvisado un teatro, al que acudían puntualmente todas las
-noches los habitantes del pueblo como si cumpliesen una función pública.
-Frente al escenario había un tabladillo adornado con banderas
-nacionales, y en él un sillón de madera dorada traído de la iglesia.</p>
-
-<p>Este palco presidencial lo ocupaba Urdaneta con otros personajes de tez
-sombría, ojos diabólicos y palabra melosa, que oran ejecutores de sus
-voluntades y compañeros de sus peligros. El público reía nuestras
-gracias o aplaudía frenéticamente nuestras nobles acciones, animado por
-el gesto benévolo del presidente. Pepita era considerada por los
-espectadores como una deidad milagrosa que podía interceder en favor de
-ellos, haciendo más tolerable su existencia. Yo trabajaba con el
-inquebrantable entusiasmo del que tiene seguro su éxito.</p>
-
-<p>Pero debo llegar al final de este período de mi existencia (el último en
-que me creí feliz), o sea a mi infortunio definitivo.</p>
-
-<p>Un día me di cuenta de que mi hija ya no merecía su apodo. Como ocurre
-siempre en tales casos, yo fui el último en enterarme. Por algo el
-público, al aplaudirla, mostraba la adulación de los que desean
-congraciarse con los poderosos. Pepita era la amante de Urdaneta, y esto
-había sido por su voluntad, sin que el déspota, acostumbrado a la
-violencia, necesitase hacer nada para vencerla. La «Virgen guerrera»
-había reservado su integridad corporal para este descendiente de los
-conquistadores, que la esperaba, sin saberlo, en un rincón de la América
-caliente, aislado por selvas y ríos.</p>
-
-<p>No negaré que Urdaneta era un cumplido varón, capaz de conmover a las
-hembras que gustan de hombres violentos y desean vivir sometidas a una
-voluntad avasalladora. Pero Pepita era todo lo contrario. Yo no la
-consideraba<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span> inferior por su mal genio al tirano que nos protegía. Luego
-pensé que tal vez la identidad de sus caracteres había acabado por
-atraerlos.</p>
-
-<p>Pasé mucho tiempo fingiendo ignorancia y ceguera. Dirá usted que esto no
-es digno de un padre; pero ¡ay!, ¡la vida nos exige tales cosas cuando
-somos pobres! Además, Pepita se mostraba contenta de su nueva situación,
-y cada vez que intenté hablar de lo ocurrido, me miró con aquellos ojos
-que parecían congelarme, cortando bruscamente mis palabras.</p>
-
-<p>Con un hombre como Urdaneta no podían durar mucho las situaciones
-tranquilas y plácidas. Él dio fin, del modo más inesperado, a nuestra
-temporada teatral. Le parecieron inoportunas las familiaridades de los
-hombres de la compañía con la primera dama... ¿Por qué tuteaban a
-Pepita?... ¿Cómo iba a tolerar que un actor la abrazase en la escena,
-diciendo palabras amorosas, cuando por menos había sacado en diversas
-ocasiones el revólver o el machete, librándose en un segundo del que
-podía ser su rival?...</p>
-
-<p>Se acabó el teatro, y con él mis noches gloriosas, apagándose para
-siempre aquellas salvas de aplausos que me hacían retroceder a los
-tiempos de mi juventud. Urdaneta retribuyó generosamente a mis
-compañeros, haciéndoles emprender su viaje de vuelta a la capital, otra
-vez por ríos, selvas y llanuras. Yo me quedé, porque era el padre de la
-gobernadora; pero jamás en mi existencia me vi tan solo y aburrido.</p>
-
-<p>Pasaba los días conversando con aquellos personajes inquietantes,
-obscuros de tez, que eran algo así como los mariscales de la corte de mi
-napoleónico protector. Me hablaban de guerras civiles y de revoluciones,
-mostrando un menosprecio espeluznante por el valor de la vida humana.</p>
-
-<p>Mientras tanto, los dos enamorados corrían a caballo las selvas o se
-dedicaban a la caza. Urdaneta era ahora maestro de mi hija, alabando sus
-admirables disposiciones. Este hombre de armas gozaba en enseñar su
-manojo a Pepita, y la casa del gobernador temblaba diariamente con el
-estruendo de las pistolas y carabinas usadas por ella.</p>
-
-<p>Tal era la confianza del terrible maestro en su discípula, que había
-inventado una diversión de las que a él le gustaban, mezcla de
-voluptuosidad y de peligro. Muchas noches, antes de acostarse, mi yerno
-(llamémosle así) colocaba sobre su cabeza una fruta cualquiera del país,
-algo que pudiera servir como la manzana de Guillermo Tell. Y la nueva
-tiradora se la arrebataba con un balazo de su rifle. Después de este
-juego, los dos parecían amarse con nueva pasión. Era algo semejante a
-las caricias de las fieras, según decían en el pueblo.<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span></p>
-
-<p>Un día me hablaron dos forasteros, haciendo grandes elogios de mi
-talento de actor. Aseguraban haberme aplaudido en una de las pocas
-funciones que di en la capital de la República. Luego me ofrecieron un
-regalo de diez mil dólares en moneda americana y dos pasajes hasta Cuba,
-para mí y para mi hija.</p>
-
-<p>Bastaba una operación insignificante para corresponder a tanta
-generosidad. Se daban por contentos con que la ex «Virgen guerrera»
-bajase un poquito su puntería una noche: asunto de que el proyectil, en
-vez de rozar la abundosa cabellera de Urdaneta, le diese en mitad de la
-frente.</p>
-
-<p>Me pareció poco repeler esta propuesta con las mejores frases de
-indignación de mi repertorio, y se la revelé a mi hija. ¡Qué quiere
-usted!... Le había tomado cierta simpatía al tirano, recordando los
-tiempos en que protegió con tanta eficacia el arte dramático. Pepita
-debió hablar, y Urdaneta consideró oportuno unos cuantos fusilamientos,
-ordenados a capricho indudablemente, pero con el deseo de que sirviesen
-de saludable advertencia a sus contrarios.</p>
-
-<p>No le extrañará a usted, después de esto, que Mariano Fonseca, hombre
-pacífico y accesible al remordimiento, no pudiese vivir con
-tranquilidad. Me acusaba a solas de los fusilamientos, como si los
-hubiese ordenado yo mismo. Para mayor desdicha, Urdaneta empezó a
-mirarme con desconfianza, considerando inoportuna mi presencia en sus
-dominios. Por suerte, no me creyó traidor ni un instante; pero, según
-dijo a mi hija, me tenía por un bonachón peligroso, dispuesto a liar
-amistad con todo el que me hablase de cosas de teatro: una especie de
-puerta abierta por la que podían llegar sus enemigos hasta él... Y como
-era rápido y enérgico en sus resoluciones, ordenó mi viaje de vuelta, lo
-mismo que había hecho meses antes con las gentes de mi compañía.</p>
-
-<p>Resultaba absurdo pensar en protestas ni razones con Urdaneta. Además,
-mi hija decía siempre lo mismo que su amante. Para abreviar: tuve que
-hacer de nuevo el largo trayecto, en piragua y en mula, hasta la capital
-de la República; pero esta vez abundantemente provisto de dinero. El
-déspota sabía ser generoso, derrochando su riqueza con la misma
-violencia que empleaba para adquirirla.</p>
-
-<p>Sentí, al verme solo, el tirón de la vida errante, y reanudé mis
-correrías, ahora, de Norte a Sur, atraído, como siempre, por Buenos
-Aires. En mi lenta retirada tuve noticias de Pepita: las últimas.</p>
-
-<p>Estalló una revolución en aquella tierra; una más que añadir a la lista
-interminable de su historia. El presidente fue derribado; pero le dieron
-tiempo para escapar. Urdaneta, su protegido, no quiso imitarle. Se había
-acostumbrado a vivir como una autoridad independiente en aquel rincón
-olvidado y casi salvaje de la República. Se imaginaba que este gobierno
-era suyo por derecho de<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span> conquista, y nadie podía arrebatárselo,
-ocurriese lo que ocurriese en el resto de la nación.</p>
-
-<p>La gente no lo entendía así. Ya que había triunfado una revuelta, debían
-renovarse las autoridades, siendo reemplazado Urdaneta por otro
-gobernante. Nadie se hacía la ilusión de que el nuevo fuese mejor; pero
-era indispensable cambiar de tirano. Los hombres de confianza del
-vencido sintieron igualmente ese deseo general, abandonándole para
-unirse a los vencedores.</p>
-
-<p>Ni aun así quiso huir aquel testarudo, audaz y valeroso, digno de vivir
-en otros siglos. Al verse sin amigos, se fortificó en la casa de
-gobierno con mi hija. ¡Los dos contra todo el pueblo y contra los grupos
-en armas enviados por la revolución triunfante!... Ambos eran excelentes
-tiradores, y los fusiles y cartuchos abundaban en su vivienda.</p>
-
-<p>Me han contado que Pepita, caída en el suelo, con una pierna rota de un
-balazo y otras heridas en el cuerpo, cargaba los rifles, pasándoselos a
-Urdaneta, que tiraba y tiraba incesantemente con una ligereza de
-demonio. Los asaltantes, después de muchos ataques inútiles y mortales,
-tuvieron que avanzar protegidos por unas carretas de paja ardiendo, y
-prendieron fuego al edificio, convencidos de que únicamente así podrían
-acabar con su temible gobernador.</p>
-
-<p>De este modo perecieron Urdaneta y mi ex «Virgen guerrera». La
-muchedumbre sólo osó acercarse a ellos cuando sus cadáveres estaban
-ardiendo como si fuesen carbón. Aun así, temían muchos que surgiesen
-otra vez de entre las llamas los certeros balazos del tirano.</p>
-
-<p>Después de esto, creo que nadie se atreverá a decir que en la vida de
-los comediantes todo es mentira y fingimiento, y que no ocurren en la
-realidad dramas más tremebundos que los que nosotros representamos sobre
-las tablas.</p>
-
-<p>Muerta mi hija, las aventuras de mi vida no ofrecen interés. Cuando
-volví a Buenos Aires ya me había comido todo lo que me dio el generoso
-compañero de Pepita. Conocí de nuevo miserias y humillaciones; pero
-ahora estaba solo, me faltaba mi hija, que parecía sostenerme y darme
-vigor con su duro carácter. Además, los compañeros eran malos conmigo al
-no ver a mi lado «la Virgen guerrera»... Ya sabe usted lo demás: cómo
-vine a dar con mis huesos en este refugio, la protección de algunos
-comerciantes españoles de allá, la suscripción para el viaje, etc.</p>
-
-<p>Pero advierto, doctor Olmedilla, que le llaman esas señoras, y el
-director parece impacientarse porque le retengo con mi charla.</p>
-
-<p>No se ocupe de mí; atienda a sus amigos... y si alguna vez se acuerda
-del<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span> comediante Fonseca, su viejo compañero de Buenos Aires, ya sabe
-cómo puede favorecerlo.</p>
-
-<p>Nada de dinero... Me envía simplemente tabaco: unos cuantos paquetes de
-cigarrillos.</p>
-
-<p>Todos sufrimos en esta casa por la distracción de aquel cigarrero que a
-la hora de su muerte no se acordó de que los hombres fuman. Y las buenas
-almas deben reparar un olvido tan inexplicable.</p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p class="nind">Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa
-cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su
-director.</p>
-
-<p>Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y
-pregunté por él.</p>
-
-<p>&mdash;Murió un año antes de abandonar yo la dirección&mdash;dijo el médico&mdash;.
-Cuando sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y
-casi en su agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros
-de asilo.</p>
-
-<p>Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En
-realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido
-al último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su
-juventud.</p>
-
-<p>Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a
-todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero
-estos paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían
-tener la fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de
-Canaán. Siempre que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado
-minutos antes, decía a sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como
-si estuviese representando la escena más culminante de un drama:</p>
-
-<p>&mdash;Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor
-Olmedilla, una eminencia de Madrid.</p>
-
-<p>Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje
-político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca.
-Éste, después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el
-nombre de nuestro visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano.</p>
-
-<p>Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta
-familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba
-a mostrarse menos<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span> razonable y coherente en el relato de sus historias.
-Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos convencieron a
-todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia del
-senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en
-Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato.</p>
-
-<p>Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el
-personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía
-senil, acabó por reconocerle.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero tú eres Cerón!&mdash;dijo&mdash;. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido,
-siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca?</p>
-
-<p>Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con
-inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida.</p>
-
-<p>Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos
-conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a
-América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que
-habían venido con el personaje vieron en esta historia materia para un
-artículo.</p>
-
-<p>Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su
-carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir
-de la escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país
-donde los actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se
-limitaban a decir: «Es más malo que Cerón»?</p>
-
-<p>Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón
-pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como
-él decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes».</p>
-
-<p>Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante.</p>
-
-<p>La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en
-América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en
-el asilo un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de
-Madrid sólo para dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba
-esperándolo más de veinte años.</p>
-
-<p>Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus
-bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de
-él. ¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?...</p>
-
-<p>La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en
-comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros;
-pero ¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo
-inolvidable!...</p>
-
-<p>Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y,
-contra<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span> lo que es costumbre en los tribunales, deseaba entregarse cuanto
-antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero para resolver el
-asunto con inusitada rapidez.</p>
-
-<p>Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía
-rico.</p>
-
-<p>Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas
-veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los
-escenarios. Quiso dictar su testamento, y dejó por herederos de sus
-bienes a todos los camaradas de asilo y a los que les sucedan en aquella
-casa. La renta de su capital debe emplearse enteramente en tabaco, para
-que de este modo no conozcan nunca los pobres el tormento sufrido por él
-en sus últimos años a causa de una omisión del fundador.</p>
-
-<p>Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que
-ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span></p>
-
-<h2><a name="El_viejo_del_Paseo_de_los_Ingleses" id="El_viejo_del_Paseo_de_los_Ingleses"></a>El viejo del Paseo de los Ingleses</h2>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p class="nind">Todas las mañanas, a las once, llegaba invariablemente al Paseo de los
-Ingleses, cuando mayor era en él la concurrencia. Bajo la doble fila de
-palmeras inmediata al mar, iban formando grupos las gentes de diversas
-nacionalidades y lenguas venidas a Niza durante el invierno.</p>
-
-<p>El azul denso e inquieto de la bahía de los Ángeles se interrumpía al
-reflejar el resplandor del sol, triángulo de oro palpitante que apoyaba
-su vértice en la orilla, mientras resbalaban por el azul inmóvil del
-cielo los blancos vellones de las nubes. Una ilusión primaveral
-rejuvenecía a esta muchedumbre durante las horas solares. Al languidecer
-la tarde, el viento punzante caído de las cimas de los Alpes hacía
-recordar la existencia del olvidado invierno; pero en las horas
-meridianas, las mujeres, vestidas con colores de flor, tenían que abrir
-sus sombrillas para defenderse de la causticidad del sol, y los hombres
-sentían el orgullo de haber vencido al tiempo, mirando sus pantalones de
-franela blanca a través de las gafas ahumadas con que defendían sus ojos
-de la refracción de la luz sobre el asfalto.</p>
-
-<p>Una alegría egoísta los animaba a todos al hablar del frío que estarían
-sufriendo a aquellas horas los que tenían la desgracia de haberse
-quedado en París, en Londres o en Nueva York, lejos de la asoleada Costa
-Azul.</p>
-
-<p>Ganosos de ver y de ser vistos, se agolpaban en una pequeña sección del
-Paseo de los Ingleses, que tiene varios kilómetros de longitud. Las
-gentes colocaban sus sillas de hierro unas junto a otras, buscando
-hablarse con mayor<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span> intimidad, o las avanzaban más allá del vecino. Esto
-iba estrechando el espacio de que podían disponer los transeúntes en sus
-continuas idas y venidas, mas no por ello se cortaba su infatigable
-rosario, y seguían deslizándose entre las tortuosidades de la gente
-sentada, cruzando con ésta saludos y palabras.</p>
-
-<p>Las conversaciones en diversos idiomas formaban un zumbido casi tan
-sonoro como el choque de los últimos estremecimientos del mar sobre la
-playa de guijarros, pulidos por un roce milenario. Cuando este rumor
-humano bajaba de tono, se oían las orquestas de los restoranes y los
-hoteles del paseo, que extienden su recta edificación frente al mar.
-Entre las casas y la doble fila de palmeras pasaban automóviles con
-matrículas y colores de todas las naciones, y grupos de jinetes: ellas,
-con aire de muchacho, llevando pantalones masculinos; ellos, con la
-cabeza al aire, el pelo echado atrás y el cuello de la camisa abierto
-sobre el pecho.</p>
-
-<p>De los hoteles célebres iban saliendo damas de andar perezoso, que
-silbaban para que siguiese sus pasos un perro grande, con aire de fiera
-que se digna ser buena, o pequeñísimo, y arrastrándose junto al suelo,
-lo mismo que un manguito de piel caído de las manos y que empujase el
-viento. Eran mujeres célebres por su familia o por su historia: artistas
-de amor costoso o princesas de dinastía reinante. La gente repetía sus
-nombres con interés, y ellas, apreciando de reojo la curiosidad
-despertada por su presencia, seguían avanzando con aire
-aristocráticamente desmayado, resignadas, como una reina que tiene que
-mostrarse al populacho, y dando a entender con el desmadejamiento de su
-persona que la mayor parte del año sólo se levantaban de la cama en las
-primeras horas de la tarde. Aquí, en Niza, consideraban de buen tono
-abandonar las sábanas para hacer una visita al sol a la hora en que está
-más visible, aunque su luz vulgar y mal educada revela brutalmente los
-desperfectos de los rostros.</p>
-
-<p>A las doce sonaba en la colina del Castillo el cañonazo tradicional, e
-instantáneamente, con una prontitud de teatro, se deshacían bajo las
-palmeras los grupos humanos, que los tripulantes de los buques
-alcanzaban a ver como hormigueros mientras navegaban por la línea del
-horizonte. Las gentes se perdían en las calles afluentes al paseo o
-penetraban en los hoteles. Únicamente permanecían retardados sobre el
-asfalto los habladores, incapaces de cortar una discusión entablada, y
-ciertas parejas amorosas, en espera de este momento de desbande general
-para aproximarse y convenir dónde podrían volver a verse más íntimamente
-al caer la tarde.</p>
-
-<p>Una hora antes de esta dispersión en busca del almuerzo, llegaba todos
-los días el hombre a quien llamaban muchos «el viejo del Paseo de los
-Ingleses»,<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> como si fuese parte integrante de dicho lugar. Otros que,
-por vivir más tiempo en Niza, se creían obligados a un conocimiento
-concreto de las personas y las cosas, daban detalles precisos sobre su
-existencia.</p>
-
-<p>&mdash;Es un ruso: uno de los muchos que la revolución ha dejado en la
-miseria.</p>
-
-<p>Nadie podía más detalles; todos pasaban a ocuparse de otra cosa, con un
-mohín de cansancio. Los rusos ya no eran de moda; esto lo sabía toda
-persona razonable. Al principio, sus infortunios excitaron la simpatía
-pública; no había salón distinguido ni espectáculo elegante donde no se
-encontrase algún refugiado de esta nacionalidad. Pero había transcurrido
-mucho tiempo sin que ocurriese nada nuevo en Rusia, y al fin la suerte
-de los tales fugitivos resultaba monótona.</p>
-
-<p>Además, eran demasiados los que habían venido a aglomerarse en este país
-de sol, como si los impulsase un misticismo sabeico. Las novelas de su
-nueva existencia ya no inspiraban interés, y la gente hablaba fríamente
-de grandes duquesas que tenían en Niza casa de huéspedes o tienda de
-sombreros; de oficiales de la antigua marina zarista convertidos en
-bailarines profesionales de los restoranes de Monte-Carlo; de chófers de
-porte marcial y rubio bigote, antiguos coroneles y generales en la corte
-de San Petersburgo. Esto podía merecer atención durante unas semanas o
-unos meses; pero ¡después de cuatro años, durante los cuales habían
-ocurrido tantas cosas en un mundo que parecía estar loco!...</p>
-
-<p>Los invernantes más antiguos de Niza conocían su nombre, Fedor Ipatieff,
-y afirmaban que este «viejo del Paseo de los Ingleses» no era
-extraordinariamente viejo. Debía tener poco más de sesenta años, y en
-los meses anteriores al principio de la guerra todavía ostentaba esa
-juventud madura, artificial y brillante que todo hombre moderno, libre
-de las fatigas del trabajo, puede proporcionarse.</p>
-
-<p>El tiempo, que parecía haberle olvidado, cayó sobre él repentinamente al
-verlo pobre, marcándole el rostro con los arañazos de su mano
-arrugadora. Diez años antes se mostraba relativamente fresco y con
-aspecto vigoroso al salir por las mañanas de su cuarto de baño. Ahora
-tenía los ojos hundidos en el fondo de una estrella de arrugas, y cuando
-el cuello de su camisa entreabría sus puntas dejaba ver una piel flácida
-y esa rigidez de los tendones que denuncia la ancianidad. El pelo, que
-en los últimos años disfrazaba su anemia bajo rubios tintes, se mostraba
-ahora francamente blanco. Pero este hombre, viejo por los años y
-avejentado aún más por su decadencia social, hacía esfuerzos de voluntad
-para retardar su ruina. Eran esfuerzos desesperados e inútiles, como los
-del náufrago flotando en medio del Océano, que sólo demoran por unos
-minutos el<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> final inevitable.</p>
-
-<p>Llevaba, lo mismo que en sus buenos tiempos, patillas hasta la mitad del
-rostro, unidas por el bigote, como si éste fuese un puente, y la
-cabellera partida por una raya de la cúspide del cráneo a la nuca. Hacía
-recordar al difunto emperador de Austria Francisco José. Era un elegante
-con arreglo al patrón vienés que había imperado en las cortes y los
-salones de Europa cuarenta años antes.</p>
-
-<p>Su vestimenta, aunque no databa de tan remota época, pertenecía también
-al pasado: corbatas de plastrón imponente, con un alfiler en su centro
-escandalosamente falso, ocupando el lugar de otro que había sido una
-joya verdadera; levitones majestuosos; guantes grises con trencillas
-negras; sombreros indeterminados, que nadie podía saber bajo qué moda
-habían nacido; todo cepillado hasta dejar visible su trama, y revelando
-el paso por su superficie de frotaciones y líquidos para expulsar las
-manchas.</p>
-
-<p>La escasez de ropa interior era lo que hacía sufrir más a Ipatieff, que
-en su juventud había llegado a cambiarla tres veces al día. Sus cuellos,
-siempre altos y vistosos, ya no podían deslumbrar con el fulgor nítido
-de otros tiempos. Después de la guerra todo había cambiado en el mundo.
-Además, su pobreza sólo le permitía tener lavanderas de obreros. Sus
-camisas se iban deshilachando, y a pesar del brillo de la plancha,
-guardaban siempre un vago color de chocolate.</p>
-
-<p>Este señor de aspecto pobre y «antiguo» era saludado por muchos con la
-afabilidad que inspiran las personas que conocimos en nuestra juventud y
-nos la recuerdan con su presencia. También lo sonreían afablemente
-algunas señoras viejas y de empaque aristocrático que exponían sus
-reumatismos al sol.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre Ipatieff! Ahí donde ustedes lo ven, ha sido el bailarín más
-famoso de su época. Nadie, en la Niza de nuestros tiempos, sabía el vals
-como él, ni dirigir un cotillón... ¡Ay! Eso era en la época que aún no
-existían los fox trots y demás danzas de negros, que vuelven locas a las
-niñas de ahora.</p>
-
-<p>Señores de rostro severo, con la roseta de la Legión de Honor en una
-solapa, al contestar al saludo modesto del ruso, explicaban quién era
-éste a sus compañeros de conversación:</p>
-
-<p>&mdash;Antes de la guerra fue rico. Un hermano suyo tenía allá una fábrica
-importante, y le enviaba todos los años varios centenares de miles de
-rublos. El industrial estaba orgulloso de que su hermano menor hiciese
-brillar el nombre de la familia, entre los rusos más distinguidos, en
-Niza y en París. Pero ahora la fábrica ha desaparecido, al hermano lo
-asesinaron los bolcheviques, y el pobre<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> Ipatieff tiene que valerse de
-medios extraordinarios para disimular su pobreza.</p>
-
-<p>Los más enterados de la existencia actual de Fedor relataban, con una
-sonrisa de conmiseración, sus esfuerzos para vivir sin mendigar. Durante
-los primeros años de la guerra había podido sostenerse en un relativo
-desahogo, gracias a sus muebles. Al quedar cortadas las remesas
-monetarias de Rusia ocupaba un piso adornado suntuosamente, en una calle
-inmediata al Paseo de los Ingleses, y aprovechó su lujosa instalación
-como una industria, alquilando su casa a invernantes enriquecidos por la
-guerra que deseaban saber cómo había sido la vida en Niza de los «ricos
-antiguos». Él se instaló en la buhardilla, ocupando un cuarto de los
-destinados a su antigua servidumbre.</p>
-
-<p>Pero este recurso extraordinario no duró mucho. Al encarecerse la vida
-el propietario de la casa aumentó considerablemente su alquiler. Luego
-acabó por obligarlo a que la abandonase, prefiriendo a otros inquilinos
-menos necesitados, y logró vivir tres años más con el producto de la
-venta de sus muebles. Ahora, no pudiendo esperar nuevos ingresos,
-procuraba mantenerse con una parsimonia extraordinaria.</p>
-
-<p>Por fortuna, no tenía que preocuparse de su vivienda. La conmiseración
-del dueño de la casa, y más aún el cariño de sus antiguos porteros, que
-recordaban al señor Ipatieff de los tiempos prósperos, pródigo en
-propinas y poco dado a examinar las cuentas, lo procuraron el goce a
-perpetuidad de una pieza casi subterránea, que había servido siempre
-para guardar muebles viejos y la crisis de alojamientos acababa de
-elevar al rango de habitación humana. Por unos tragaluces abiertos al
-nivel de la calle entraba el sol de las horas meridianas y mucho frío en
-el resto del día. En esta cueva-dormitorio guardaba los restos de su
-vestuario y ciertos compañeros de su existencia, cuya fecundidad
-representaban los únicos ingresos con que podía contar.</p>
-
-<p>Muchos, al ocuparse del viejo del Paseo de los Ingleses, le llamaban
-también «el señor del perrito», por la razón de que nunca se presentaba
-en el paseo sin ir acompañado de un animal de esta especie, pequeño, de
-orejas erguidas y puntiagudas, extraordinariamente lanudo: una bola de
-pelo que trotaba con menudo paso. Este perrito de la Pomerania atraía
-las miradas y exclamaciones admirativas de las señoras viejas, así como
-los manoseos de los niños, y nunca era el mismo.</p>
-
-<p>Los que conocían a Ipatieff hablaban con lástima de la industria canina
-que le ayudaba a vivir. Allá en su tugurio tenía una pareja de
-bestezuelas de esta especie, regalo recibido en sus tiempos de
-prosperidad, animales prolíficos que todos los años le daban varias
-crías para la venta.<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span></p>
-
-<p>Además, el problema de la alimentación lo resolvía fácilmente durante el
-invierno. Siempre había en los hoteles más caros, o en los barrios
-elegantes de Cimiez y la California, familias que lo invitaban a comer.
-El pobre Ipatieff hacía recordar con su presencia los tiempos anteriores
-a la guerra, cuando aún era dulce el vivir. A los postres, la señora del
-invitante, que no osaba darle dinero, le proponía la compra de uno de
-sus perritos, y él aceptaba la oferta gravemente, como si estuviese
-convencido de que nadie podía vivir sin la compañía de tales animales.</p>
-
-<p>Con el mismo aire del proveedor que anuncia el envío de un encargo
-vehementemente esperado, decía en ciertas ocasiones, después de saludar
-a una señora en el Paseo de los Ingleses:</p>
-
-<p>&mdash;Marquesa, la semana próxima le llevaré el pequeño. No se lo doy antes
-porque quiero estar seguro de su buena educación.</p>
-
-<p>Y al entregar el «pequeño» recibía sin sonrojo el billete de quinientos
-francos, que hubiese rechazado de otra manera.</p>
-
-<p>Después del cañonazo de mediodía, si Ipatieff no estaba invitado en
-algún hotel, dejaba para las primeras horas de la tarde el suplicio de
-alimentarse parcamente en un bodegón de la ciudad vieja, volviendo
-apresuradamente a su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a hacer que la familia tome un poco de sol.</p>
-
-<p>La familia era un perrito viejo y trémulo, con numerosos pelos blancos,
-que tenía más de diez años, lo que en la vida de su especie equivale
-casi a un siglo de vida humana. Y en torno a este patriarca de
-incansable fecundidad ladraban y saltaban media docena de perrillos,
-asustados y regocijados a la vez por el sol y el aire libre.</p>
-
-<p>El antiguo elegante avanzaba como un pastor por el paseo, ahora
-desierto, rodeado y seguido de este rebaño, que trotaba sobre el
-asfalto, haciendo temblar sus bolas de lanas negras. Una simple voz del
-hombre enmudecía y agrupaba a los animales, pacientemente educados. Pero
-como necesitaban después de su encierro la carrera y el ladrido para
-desentumecerse, su dueño les dejaba en libertad.</p>
-
-<p>Iba a sentarse en un banco, y allí permanecía, meditabundo, mientras sus
-compañeros correteaban persiguiéndose o ladrando a los niños atraídos
-por su presencia. Fedor Ipatieff miraba al mar, pero con ojos incapaces
-de ver. Su mirada iba más lejos, con la rapidez de la imaginación.</p>
-
-<p>El viejo del Paseo de los Ingleses llevaba una novela en su interior,
-una<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span> novela sin terminar, como la llevan la mayor parte de los humanos.
-Y mientras el rebaño negro se frotaba contra sus piernas, ladrando
-dulcemente en espera de una caricia, el ruso, entornando los ojos, creía
-ver su lejana patria, como una casa sin muebles, ruinosa y fría, y en
-ella la figura familiar de una mujer, recordada diariamente.</p>
-
-<p>Su rostro debía ser ahora algo distinto de como lo vio la última vez;
-estaba seguro de ello. Pero él sólo podía imaginársela lo mismo que en
-otros tiempos.</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p class="nind">Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota
-suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales
-principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país
-cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía
-frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San
-Petersburgo.</p>
-
-<p>Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante
-y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De
-permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo
-de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las
-capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes
-personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas
-intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares
-privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el
-extranjero.</p>
-
-<p>Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la
-guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento
-maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran
-distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados.
-Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de
-la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la
-paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones
-de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las
-bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?»,
-pensaba Ipatieff, egoístamente.</p>
-
-<p>¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan
-lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto
-de la tierra.</p>
-
-<p>Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el
-teatro<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span> Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con
-perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los
-grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y
-bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y
-blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas
-del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval
-deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían
-reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas
-dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los
-mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades
-agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había
-deshecho en unos cuantos meses!...</p>
-
-<p>Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus
-grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las
-damas majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de
-los grandes modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban
-ahora de frío en las calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas
-sobre el hielo, con las manos cortadas y desfiguradas por una
-temperatura inclemente, vendiendo periódicos u ofreciendo un ramito de
-flores mustias a cambio de un pedazo de pan con más paja que harina...</p>
-
-<p>No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al
-pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver
-las capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud.</p>
-
-<p>Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era
-un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con
-sus prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los
-mejores clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su
-mercado más importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de
-este prestigio nacional.</p>
-
-<p>Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían
-visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de
-Europa, mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo
-triunfo como patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en
-Deauville, según las diversas estaciones, con las damas más célebres y
-hermosas de Europa. Tenía por amigos a personajes célebres, y hasta
-había sido presentado a herederos de coronas, con esa camaradería de
-buen tono que impera en los lugares de vida aristocrática y costosa. Le
-invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda
-un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable
-danzarín.</p>
-
-<p>Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros
-de<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración,
-cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y
-aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la
-producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a
-los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano
-menor, que llevaba con él la gloria de la familia.</p>
-
-<p>En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y
-cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró
-como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».</p>
-
-<p>Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades
-por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en
-su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de
-hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que
-algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más
-precisa.</p>
-
-<p>El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo
-tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de
-hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con
-mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser
-simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar.
-Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían
-ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el
-industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a
-salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las
-preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran
-duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.</p>
-
-<p>Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino
-en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los
-sentimientos del tornadizo Ipatieff.</p>
-
-<p>La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general
-Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte;
-pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una
-existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente
-sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios
-resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo.</p>
-
-<p>Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por
-aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter
-duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo
-admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con
-seguir siendo de nombre el<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span> esposo de una mujer célebre por su belleza y
-el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su
-antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.</p>
-
-<p>Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de
-ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con
-las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además,
-necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa
-occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes,
-todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.</p>
-
-<p>Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda
-femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones
-elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.</p>
-
-<p>Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París
-les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros,
-las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia,
-inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios
-seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin
-volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos
-cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.</p>
-
-<p>Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció
-unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran
-compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel,
-asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a
-altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo
-trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su
-historia.</p>
-
-<p>Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban
-siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de
-blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante
-sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer
-emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables,
-sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en
-fuerza de ser ricas y suntuosas.</p>
-
-<p>Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo
-que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la
-ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le
-proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un
-día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó
-pedirla y no podía ya darle más&mdash;o sea en el momento que abandonaba él a
-las otras mujeres&mdash;, conoció<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span> por primera vez la importancia de la
-palabra «amor», que antes le hacía sonreír.</p>
-
-<p>No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera,
-dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos,
-se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su
-pasado.</p>
-
-<p>&mdash;¡El amor es así!&mdash;se decía Fedor con resignación.</p>
-
-<p>Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo
-llorar de gratitud a su amante.</p>
-
-<p>&mdash;Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome
-contigo.</p>
-
-<p>Una Vera Alejandrowa no podía decir más.</p>
-
-<p>Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las
-rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la
-primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas,
-reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios
-célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza.
-Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos
-lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo
-inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.</p>
-
-<p>De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los
-dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta
-de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental,
-parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.</p>
-
-<p>Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o
-no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de
-cantidades.</p>
-
-<p>Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la
-necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa
-necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un
-interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta
-entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos
-hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era
-una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando
-asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba
-también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de
-este súbito deseo.</p>
-
-<p>Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor
-inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto
-de Arkangel.</p>
-
-<p>Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su
-patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el
-hombre amado<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span> arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse.
-No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria
-en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa
-sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo.
-Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber
-muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.</p>
-
-<p>Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si
-fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez
-la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron
-los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en
-la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica,
-igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para
-evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación,
-empezó a funcionar el terror rojo.</p>
-
-<p>Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las
-personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su
-bienestar.</p>
-
-<p>Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas
-preguntas:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?</p>
-
-<p>De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas
-tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre,
-tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de
-los zares.</p>
-
-<p>Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a
-su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no
-llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.</p>
-
-<p>Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que
-llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una
-noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y
-sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las
-precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido
-fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía.
-Sus fábricas ya no existían...</p>
-
-<p>¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su
-familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su
-patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...</p>
-
-<p>Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?</p>
-
-<p>III<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span></p>
-
-<p>Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul,
-fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas
-una dilatación de espanto por lo que habían visto.</p>
-
-<p>Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto
-fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de
-terroríficas aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets,
-cruzando a continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa.
-Todos hablaban de encierros mortales, de fusilamientos, de locuras
-provocadas por las persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con
-más horror era el recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces,
-insufribles: el hambre y el frío.</p>
-
-<p>La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que
-enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido
-sustituida por la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía
-chino y era simplemente la abreviatura telegráfica de la Comisión
-Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de perseguir a los enemigos del
-régimen comunista.</p>
-
-<p>El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los
-medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso
-conocido en la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era
-el látigo de este domador. Todos los alimentos se reservaban para sus
-soldados y partidarios. Lo sobrante era lo único que podía comer el
-resto del país. Las gentes de las ciudades se alimentaban tres veces por
-semana, en los bodegones públicos, mediante la presentación de una
-tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan hecho de paja y un caldo en
-el que nadaban como elemento substancioso cabezas y espinas de arenque.</p>
-
-<p>«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff.</p>
-
-<p>Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía
-remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles
-para contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre
-cuya nieve avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la
-temperatura era igual a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no
-existían. Toda madera había sido consumida mucho tiempo antes en las
-estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo junto al Mediterráneo, rodeado de
-gentes en apariencia felices, sin poder cederla su puesto al sol!...</p>
-
-<p>Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span>
-bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de hombre que empieza a
-envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas miserias
-nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran señora
-infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos
-refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de
-París pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de
-Consejo de ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella,
-con el ímpetu de un animal hambriento, sobre los residuos de su comida
-que ensuciaban el mantel del bodegón nicense, frecuentado en días de
-escasez...</p>
-
-<p>La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio
-al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían,
-ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche,
-¡mientras la otra infeliz!...</p>
-
-<p>&mdash;El mundo ha cambiado&mdash;decía Fedor, mirando en torno de él con
-extrañeza.</p>
-
-<p>Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los
-trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven
-lejanos se cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo
-de los Ingleses se asombraba al ver tantas personas contentas de su
-suerte, venidas a la Costa Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras
-una parte de la humanidad se entregaba a los placeres, olvidando la
-guerra pasada o las guerras futuras y próximas, seguía desenvolviéndose
-en la otra mitad de Europa la revolución más enorme de la Historia, a
-espaldas de las gentes que no sentían interés por ella, a causa de su
-duración y su monotonía!...</p>
-
-<p>&mdash;Acabó la época de los ricos&mdash;murmuraba&mdash;. Ya no existen ricos en mi
-país, y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que
-a su vez les llegará el turno de morir como los otros.</p>
-
-<p>Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba,
-volvía a acordarse de Vera Alejandrowa.</p>
-
-<p>Todo en Niza parecía evocar su imagen. Los perrillos que le ayudaban a
-vivir con su fecundidad eran descendientes de una pareja de favoritos
-que ella le había confiado antes de partir a Rusia. El Casino le hacía
-recordar los bailes de otro tiempo. Le era imposible salir de la ciudad
-sin que sus ojos tropezasen inmediatamente con la masa enorme y blanca
-del hotel donde habían vivido los dos en lo alto de Cimiez. Los
-comedores de los «Palace» que frecuentaba ahora como humilde y simpático
-parásito le habían visto sentado junto a ella durante largas cenas de
-platos costosos y vinos extraordinarios, pagadas con una largueza
-moscovita, ignorante de los valores.<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span></p>
-
-<p>Madame Volinski, la esposa del famoso minero, gastaba 800 000 francos al
-año en vestidos (tres millones de ahora), y sus joyas eran tantas que no
-dejaban sitio disponible en las cajas de seguridad de los hoteles. Los
-periódicos de modas habían hablado con asombro de su calzado: cien pares
-ordinariamente. Sentía repentina aversión por trajes y zapatos que sólo
-había usado una vez, regalándolos a sus doncellas o a criadas de hotel
-conocidas horas antes; y las pobres mujeres, no sabiendo qué hacer de
-tan fastuosos regalos, los vendían.</p>
-
-<p>De todos los caprichos de Vera Alejandrowa, el que recordaba Fedor con
-más frecuencia era su baño: un baño diario que hacía pasar a segundo
-término las extravagancias termales de las emperatrices de Roma. La
-esposa del millonario siberiano arrojaba todos los días en su bañera
-perfumes de París por valor de 500 francos. ¡Y ahora, tal vez pasase
-meses y meses, allá en la gran ciudad devastada por la experiencia
-comunista, sin cambiar de ropas, sin conocer los cuidados higiénicos,
-desposeídos de importancia en un país falto de alimento y de calor!...
-Pero como si no pudiera imaginársela sucia, haraposa y alimentándose con
-inmundicias, se preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Realmente vivirá aún?... ¿No habrá muerto de miseria, como tantos
-millones de personas?</p>
-
-<p>Un día experimentó una gran emoción, casi lo mismo que si hubiera visto
-a la desaparecida.</p>
-
-<p>Evitaba el trato con los rusos residentes en Niza. Todos ellos maldecían
-la tiranía roja; pero apenas se juntaban para acordar los medios de
-combatirla surgían tantas opiniones como individuos, y estas opiniones
-eran tenaces e irreconciliables. Ipatieff, educado en la Europa
-occidental, creía a sus compatriotas algo locos de nacimiento y con una
-tendencia a la crítica que les hacía impotentes para la acción. Él, a su
-vez, era tenido por los otros como un vividor alegre que no había hecho
-nada útil en sus tiempos de rico, y además le consideraban extranjero.</p>
-
-<p>En una reunión de compatriotas, hablando con una señora llamada Tatiana,
-recién venida de Rusia, palideció de sorpresa al oírla nombrar a Vera
-Alejandrowa.</p>
-
-<p>Vivía aún tres meses antes. Tatiana la había visto mientras preparaba su
-fuga de Rusia. Y Fedor tuvo que escuchar con fingido interés el relato
-de esta aventura novelesca, igual a las fugas peligrosas de tantos
-otros: la marcha sobre el mar helado en un trineo que avanzaba cubierto
-de sábanas, lo mismo que los caballos que tiraban de él, para
-inmovilizarse sobre la nieve y confundirse con<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span> ella cuando los
-reflectores de las fortalezas de Cronstadt paseaban sus mangas de luz
-sobre la blanca llanura para descubrir a los fugitivos. Luego, el lento
-reptar sobre el hielo, deslizándose entre los centinelas rusos; la
-parálisis que empieza a adormecer a los que mueren helados; y al fin, la
-llegada a Helsingfors, puerta del mundo, entrada del paraíso para tantos
-millares de fugitivos de la Tcheka inquisitorial.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Vera Alejandrowa?&mdash;interrumpió Fedor&mdash;. ¿Cómo estaba cuando la vio
-usted?...</p>
-
-<p>El viejo del Paseo de los Ingleses tuvo desde este día una ocupación
-urgente que le hizo olvidar los cuidados de su rebaño canino. Empezó a
-hacer visitas a esta señora con la asiduidad de un enamorado. Vivía con
-otras rusas arruinadas por el sovietismo en una casa de huéspedes, donde
-muebles y personas parecían tener el mismo aspecto de indiferencia,
-resignación y pereza eslavas. El antiguo elegante quería ser ciego para
-el abandono personal de todas estas compatriotas, que después de tres
-años de vida soviética necesitaban reacostumbrarse a la limpieza y a la
-abundancia del Occidente europeo.</p>
-
-<p>Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té
-que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra,
-dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en
-Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en
-que existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le
-hablaría de la otra. Y así era siempre.</p>
-
-<p>La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del
-interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su
-elegancia, y hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria,
-exagerándolos para dar gusto a su oyente.</p>
-
-<p>Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la
-tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente
-dicho, de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del
-régimen soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo
-comercio, prohibiéndolo bajo pena de muerte. Ella salía de vender los
-últimos restos de su antiguo lujo y miraba con tristeza el grueso rollo
-de rublos en billetes que le había entregado el comerciante judío. ¿De
-qué podía servirle este dinero? La comida la daba el gobierno, y
-únicamente valiéndose de astucias, castigadas con prisión o muerte,
-podían comprarse en secreto los alimentos.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una
-cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la
-fabricación de bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más
-peligroso era<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span> venderlos. Los que ejercen allá un comercio acaban en los
-calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante le
-servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios
-célebres.</p>
-
-<p>¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había
-sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o
-afiladores de cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas
-viejas... Pero Tatiana interrumpía su lamentable descripción de la Rusia
-nueva para no impacientar a su oyente, que sólo se interesaba por Vera
-Alejandrowa.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá;
-tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos.
-Se puede protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el
-hambre!..., ¡qué humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa
-la dignidad y todas las vanidades humanas... Nos encontramos en la
-Soukharewka, un mercado de dos kilómetros de largo que se forma ahora en
-las afueras de Moscou, a pesar de que el gobierno castiga el comercio
-como un crimen. Todos van a él para comprar y vender. El comprador se
-convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio donde el dinero
-guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto! para
-comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos
-despreciable... Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas
-fruncidas, como el que prepara una resolución de la que depende su
-existencia. Necesitaba comprar para comer, y no era empresa fácil. Nos
-saludamos y cada una se fue por su lado. El hambre deja poco sitio a la
-amistad.</p>
-
-<p>Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su
-pensamiento:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y todavía está hermosa?</p>
-
-<p>Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara.
-Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa
-maldita revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...!</p>
-
-<p>La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver
-defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la
-vanidad de Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además,
-¡tan vieja! Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera
-Alejandrowa, aunque estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería
-siempre mejor aspecto que esta burguesa. Sólo por los azares de la
-revolución había podido Tatiana hablar como una igual a la antigua dama
-de la corte...<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span></p>
-
-<p>Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad
-la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que
-habían frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido
-e incierto. Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de
-sus recuerdos la imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había
-visto la última vez.</p>
-
-<p>Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los
-sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin
-perder por eso sus atractivos de mujer elegante.</p>
-
-<p>La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena
-disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta
-distinción. También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la
-hubiesen enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe;
-pero esto daría seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos
-verdes una dilatación enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada
-por él empezó a reinar en su existencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!...</p>
-
-<p>Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda
-juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo
-juntos, como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de
-la Rusia roja, debía considerar como una dicha interminable la vida
-modesta de un obrero o un empleado de la Europa occidental. Él
-trabajaría como los verdaderos hombres, apelando a recursos desesperados
-para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué no haría por Vera!...
-Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de energía, considerando
-vencidos de antemano todos los obstáculos.</p>
-
-<p>Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de
-que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma
-imposibilidad, el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para
-darle una noticia:</p>
-
-<p>&mdash;Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a
-una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un
-empleo y viene a vivir aquí.</p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p class="nind">El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su
-banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la
-caricia del sol, pensaba<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span> siempre lo mismo:</p>
-
-<p>«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...».</p>
-
-<p>Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente
-hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad,
-sentía ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima.</p>
-
-<p>Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su
-interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la
-comparación y el contraste que surge en las horas de desaliento.</p>
-
-<p>Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo.
-Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas
-de los pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza
-indisimulable de gran señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería
-la impresión de Vera Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento
-y la tristeza de un hombre que ya no puede recobrar su voluntad de ser
-joven. En vano, para consolarse, contaba los años transcurridos desde
-que ella se marchó: ocho nada más.</p>
-
-<p>Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su
-existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes
-fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los
-sesenta!... ¡Un mundo!</p>
-
-<p>Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises.
-Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando
-que le daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca
-blanca. No debía teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus
-facciones... Pero ahora su blancura era la de la ancianidad. Además,
-¡sus ojos hundidos, sus arrugas, todos aquellos avances de la vejez que
-no le habían preocupado en los últimos años, interesado únicamente en
-mantenerse con cierto decoro, y ahora le parecían lacras vergonzosas!...</p>
-
-<p>Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más
-joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del
-verano, el esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden
-valerse, sin miedo a la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados
-por el lujo. Su tocador guarda varias primaveras sucesivas, y los
-artificios del afeite seducen a los hombres con una fuerza malsana, más
-poderosa a veces que la ingenuidad juvenil.</p>
-
-<p>Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez
-con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana
-en su tugurio, antes del paseo matinal.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Ahí está; llegó anoche.</p>
-
-<p>Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos
-años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?...</p>
-
-<p>Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera
-temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con
-una majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le
-reconocían sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto
-era la vulgar y novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente:
-«Ahí está; llegó anoche».</p>
-
-<p>El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su
-vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e
-imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía
-dejarlo solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir,
-corrió tras de ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una
-burla al Destino, merecedora de duras penas, retardar por unos minutos
-la realización de lo que tanto había deseado.</p>
-
-<p>Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de
-Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza
-buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de
-compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había
-perdido el tiempo conversando con Tatiana!...</p>
-
-<p>Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y
-triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia,
-convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para
-encontrar a la que buscaba.</p>
-
-<p>&mdash;Vengo a ver&mdash;dijo en ruso&mdash;a la señora Velinski, la hija del general
-Bodkine.</p>
-
-<p>Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta
-pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera.</p>
-
-<p>Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y
-encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus
-ojos, empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían
-apreciar exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en
-éstas era un brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía
-armonizarse tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera,
-teñida recientemente, era de un rubio subido; pero el tinte «no
-agarraba»&mdash;como dicen las mujeres&mdash;, dejando visible la blancura de sus
-cabellos. Tampoco la pintura fresca, distribuida sobre su rostro con la
-prodigalidad oriental de las eslavas, conseguía adherirse a la<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span>
-epidermis, curtida y resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus
-dos manos para coger las de Ipatieff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última
-vez que nos vimos.</p>
-
-<p>Luego dijo con una expresión envidiosa:</p>
-
-<p>&mdash;Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos.</p>
-
-<p>Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba,
-juzgándolo joven al compararle con su propia miseria.</p>
-
-<p>Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que
-Ipatieff consideraba absurdas.</p>
-
-<p>La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la
-miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su
-pasado la robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados
-momentos apoyaba sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar
-altiveces. Únicamente lo usaba al expresar su propósito de ganarse el
-pan, no queriendo ser una carga para sus amigas.</p>
-
-<p>Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído
-en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco,
-la modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que
-llevaban. Sus ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el
-pedazo de jardín que daba entrada a la pobre casa de las afueras de
-Niza.</p>
-
-<p>Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul
-la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de
-Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de
-Bagdad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno,
-se sabe mejor lo que es la dulzura de vivir.</p>
-
-<p>Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó
-tristemente:</p>
-
-<p>&mdash;Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció
-al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado.</p>
-
-<p>A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía
-embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava,
-haciéndola pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido
-devolverle su aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con
-una fealdad de obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la
-ayudaron a teñirse el pelo y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo
-que había olvidado estas cosas!... Y<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> entornando sus párpados, dados de
-azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que
-pretendía sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y
-coquetería:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?...</p>
-
-<p>Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados,
-que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera
-Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser
-reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad.</p>
-
-<p>Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien
-había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio
-explicaciones a Fedor.</p>
-
-<p>&mdash;La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche,
-venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le
-recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe
-muchos idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan
-gentes del Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra
-clase. Poca cosa es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de
-la pensión está hablando ahora con ella.</p>
-
-<p>El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de
-vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le
-habían hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una
-falsa independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía
-obligada al trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de
-sostén a la otra.</p>
-
-<p>En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron
-solos.</p>
-
-<p>La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez
-llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada.
-Al mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social.</p>
-
-<p>Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se
-preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta
-nuestra casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y
-existirá lo mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que
-corre invariablemente por sus cauces naturales.</p>
-
-<p>Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su
-curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida
-primitiva, en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales
-inferiores. Estamos orgullosos<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> de nuestro bienestar, y basta un simple
-trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el
-asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de
-nuestro planeta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo que yo he visto!&mdash;decía Vera&mdash;. ¡Lo que he sufrido!</p>
-
-<p>Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con
-voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el
-tormento de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si
-vivirá al día siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo
-creía sentir en su nuca un redondel pequeño y frío: la boca del revólver
-encargado de las ejecuciones rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no
-acordarse...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y su marido?&mdash;preguntó una tarde Ipatieff&mdash;. ¿Vive aún en Siberia?</p>
-
-<p>Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa
-su pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han
-dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina.</p>
-
-<p>A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus
-tristes relatos, que tenían el encanto de un «<i>flirt</i> triste», según él.
-La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de
-ganar su pan y no ser gravosa a nadie.</p>
-
-<h3>V</h3>
-
-<p class="nind">El viejo del Paseo de los Ingleses no volvió más al paseo. Ahora
-trabajaba.</p>
-
-<p>Había vendido sus perros jóvenes, poniendo los dos viejos bajo el amparo
-de aquella portera misericordiosa que protegía igualmente al amo. El
-gran señor venido a menos, con sus patillas de monarca austríaco y sus
-levitones majestuosos, pidió de pronto un empleo a sus amigos, «fuese en
-lo que fuese». En el Municipio le apreciaban hacía treinta años, como un
-elegante que había servido de ornato a los inviernos de Niza, y se
-apresuraron a ayudarle. No había empleos disponibles, pero inventaron
-uno para darle satisfacción: el de vigilar a los obreros que trabajaban
-en un cementerio, ensanchado considerablemente para dar sepultura a los
-miles y miles de convalecientes de la gran guerra venidos a morir en la
-Costa Azul.</p>
-
-<p>Todas las mañanas Ipatieff andaba varios kilómetros para llegar a este
-cementerio, donde no hacía otra cosa que pasearse entre las cruces o a
-lo largo<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span> de los muros que iban levantando los albañiles. Su verdadera
-ocupación era pensar en Vera Alejandrowa, que en aquel momento estaba
-también trabajando, pero más positivamente que él.</p>
-
-<p>Una fraternidad piadosa empezó a unirle a muchos de aquellos jornaleros
-que estaba encargado de vigilar, sin saber ciertamente en qué consistía
-su vigilancia. Experimentaba un «refrescamiento interior»&mdash;eran sus
-palabras&mdash;al hablar con estos hombres, poniéndose al nivel de sus
-necesidades y sus ilusiones.</p>
-
-<p>El enorme trastorno de Rusia le había convertido en un menesteroso, en
-un trabajador, aunque su trabajo no valiese gran cosa. Ella también
-había sufrido la misma transformación. ¿Por qué no vivir como sus
-compañeros de pobreza?... El próximo domingo, día de descanso, saldría a
-pasear con «su novia», lo mismo que los albañiles jóvenes que trabajaban
-en el cementerio. Y escribió a su antigua amante para que viniera o
-juntarse con él en las primeras horas de la tarde frente al Casino.</p>
-
-<p>Ipatieff le preparaba una sorpresa. A otros tiempos, otro rostro. Ya no
-quedaban emperadores en Europa, y las patillas a la austríaca resultaban
-un anacronismo. Además, desde que Vera Alejandrowa le había admirado
-viéndolo más joven que ella, sentía un vanidoso deseo de extremar esta
-diferencia, y le pesaban los dos abultamientos de pelos blancos que
-cubrían sus mejillas. El bigote recortado a la americana era el adorno
-triunfador de los actuales dominadores del mundo. Y el domingo por la
-tarde fue él quien tuvo que avanzar y sonreír, haciendo gestos
-amistosos, para que la otra le reconociese.</p>
-
-<p>¡Pobre Vera Alejandrowa! Iba vestida de negro, con un traje viejo que le
-había prestado la dueña de la pensión. Su sombrero, otro regalo de una
-amiga casi tan pobre como ella, estaba abollado y desfigurado por las
-lluvias del invierno anterior. De su antigua belleza sólo le quedaba la
-pequeñez de los pies; pero esta finura aristocrática servía únicamente
-para atraer las miradas hacia sus zapatos, lamentablemente ajados y con
-los tacones torcidos. Las manos, que no habían podido salvarse de los
-ultrajes de la miseria, estaban oprimidas por unos guantes demasiado
-estrechos, sobresaliendo la carne sobre sus bordes.</p>
-
-<p>Fedor tuvo que buscar mucho para encontrarla.</p>
-
-<p>Era la más obscura e insignificante entre todas las empleadas de hotel,
-domésticas endomingadas y mujeres de obreros que esperaban en medio de
-la plaza la llegada y el cruce de los tranvías. Ella, al reconocerle,
-volvió a asombrarse de su juventud.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres tú, Fedor?... ¡Qué joven! Me da vergüenza ir a tu lado.<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span></p>
-
-<p>Se hablaban de tú instintivamente al verse solos por primera vez después
-de tantos años. Él le tomó un brazo, señalando luego hacia el Casino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te acuerdas, Vera?...</p>
-
-<p>Los dos vieron repentinamente el edificio con toda su fachada iluminada,
-como en las noches del Carnaval; los tropeles de máscaras que iban
-llegando; la música y un bullicio de muchedumbre escapándose por puertas
-y ventanas; un carruaje que llamaba la atención por su lujo entre los
-demás vehículos; una mujer con aire de emperatriz que descendía de él,
-brillando como un cielo de verano a causa de sus joyas, dejando tras de
-su paso un aliento de jardín, precedida por murmullos admirativos...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Fedor!...</p>
-
-<p>Y la pobre vieja dijo esto como si exhalase un quejido mortal,
-parpadeando para repeler sus lágrimas.</p>
-
-<p>Él no quiso que se prolongase esta evocación del pasado, y empujó a Vera
-hacia los grupos que asaltaban los tranvías.</p>
-
-<p>Tenía formado su plan para toda la tarde: iban a recorrer los lugares
-donde se habían creído felices; todos los rincones del brillante
-escenario de su vida.</p>
-
-<p>Subieron hasta las alturas de Cimiez, ocupadas por los hoteles más
-aristocráticos. Un edificio enorme como un cuartel y rodeado de jardines
-cerraba la avenida. Un monumento blanco, rematado por una señora gorda
-esculpida en mármol, hacía saber a las generaciones presentes y futuras
-que en este lugar pasaba sus inviernos la reina Victoria de Inglaterra.</p>
-
-<p>Giraban las mamparas de cristales ante las gentes que iban descendiendo
-de sus automóviles. Era la hora del té. Se oían los primeros lamentos de
-los violines en el hall. Los centenares de ventanas del hotel llameaban
-como placas de oro en fusión sobre la fachada ebúrnea, reflejando el
-dulce sol del atardecer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te acuerdas, Vera?&mdash;volvió a preguntar melancólicamente Fedor.</p>
-
-<p>Y la mujer, haciendo ahora un esfuerzo para contener su emoción, se
-limitó a mover la cabeza. Se acordaba de todo. Allí habían vivido varios
-inviernos; allí empezaron a tratarse como simples amigos, separándose
-años después con la silenciosa y fingida resignación de los amantes que
-prometen volver a encontrarse pronto y no saben con certeza si se verán
-más.</p>
-
-<p>Una ventana que Vera miraba con insistencia era la de su cuarto de baño,
-donde el agua recibía diariamente quinientos francos de perfumes.</p>
-
-<p>No les fue posible continuar su contemplación. Tuvieron que apartarse
-repetidas veces para no ser atropellados por los automóviles que
-llegaban.<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span></p>
-
-<p>El portero del hotel, galoneado como un almirante, y sus numerosos pajes
-cubierto el pecho de filas de botones lo mismo que los húsares, al salir
-a la escalinata para saludar a los clientes acabaron por fijarse en esta
-pareja de viejos mal trajeados, examinándolos con insistente hostilidad.
-Tal vez eran dos pedigüeños extranjeros de los que asedian los hoteles
-para sacar dinero a sus compatriotas ricos.</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos&mdash;dijo Fedor como si adivinase.</p>
-
-<p>En las vecinas Arenas de Cimiez, ruinas del circo de Cimela, la antigua
-colonia romana, volvió a salirles al encuentro su pasado, e igualmente
-bajo los árboles añosos y las arcadas del monasterio próximo. Por aquí
-habían caminado muchas veces cuando necesitaban abandonar el lujo
-moderno del hotel, yendo en busca de un ambiente más «romántico» para
-sus paseos de enamorados.</p>
-
-<p>Tenían ahora que marchar por el borde de caminos y avenidas, evitando el
-polvo que levantaban los automóviles. Al estar juntos sentían más
-intensamente la humillación de su decadencia. Ellos habían pasado por
-aquí, en los primeros años de su amistad, sentados en un landó del que
-tiraban caballos de altísimo precio, como los de las cuadras de los
-reyes; luego habían admirado a los invernantes de Niza usando los
-primeros automóviles de gran potencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, buena madre! ¡Atención!...</p>
-
-<p>Un cochero de alquiler gritaba a Vera con despectiva piedad para que se
-apartase. Preocupada por sus recuerdos, se había salido del borde del
-camino, y casi la atropelló el caballo.</p>
-
-<p>&mdash;Huyamos lejos de aquí&mdash;dijo con angustia&mdash;. Vámonos a un sitio donde
-no hayamos estado nunca.</p>
-
-<p>Marcharon cuesta abajo, hacia la llanura, deteniéndose en un suburbio
-rústico de la ciudad.</p>
-
-<p>Danzaban las gentes domingueras en los raquíticos jardines de varias
-tabernas. Los dos viejos entraron en uno de estos bailes populares,
-tomando asiento bajo las empolvadas enredaderas de un cenador. Para
-hablar con más libertad, volvieron sus espaldas a las parejas. Eran
-obreros vestidos como señores y criadas con falda corta, medias de seda
-y zapatos de charol, que bailaban las últimas danzas americanas.</p>
-
-<p>Fedor, por contraste con esta juventud alegre, encontraba más triste y
-más vieja a su acompañante. ¡Pobre Vera Alejandrowa!... Esto no
-disminuía su deseo de resucitar el pasado, como si la tal resurrección
-le pudiese proporcionar una segunda juventud. No iban a bailar los dos
-como aquella gente sudorosa, de<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span> rostros enrojecidos; pero aún podían
-conocer las dulces emociones de otras parejas que conversaban en voz
-baja, medio ocultas en los cenadores.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te acuerdas?... ¿Te acuerdas?...</p>
-
-<p>Y Fedor hacía estas preguntas después de evocar fragmentos del pasado,
-que eran siempre recuerdos de amor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Fedor!&mdash;contestaba la envejecida señora moviendo su cabeza
-negativamente.</p>
-
-<p>¿Para qué recordar unas cosas que no podían repetirse?... La verdadera
-vida había terminado para ellos. Eran palabras, nada más que palabras
-con que se engañaba a sí mismo, todas aquellas ilusiones de «una segunda
-primavera», y otras cosas aprendidas indudablemente en los libros que
-iba recitando el antiguo elegante con el mismo tono cálido y persuasivo
-de otros tiempos. Pero este tono resultaba ahora grotesco a través de su
-dentadura insegura.</p>
-
-<p>Ella estaba quebrantada interiormente, y no volvería a sanar. Se
-consideraba igual a los que después de haber pasado la mayor parte de su
-existencia en un calabozo, cuando vuelven al sol y al aire libre se dan
-cuenta de que sólo podrán ser en lo sucesivo unos muertos que andan.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo frío en los huesos, Fedor, y lo tendré siempre. El sol no posee
-calor bastante para reanimarme. Tú no sabes cómo queda un alma después
-de los años pasados allá. Todas las mañanas, cuando el criado de la
-pensión golpea mi puerta, salto despavorida de la cama. Creo que son los
-de la Tcheka que llegan. En vano al abrir la ventana veo el mar, las
-palmeras, la calle tranquila. Tengo miedo, un miedo que me acompañará
-siempre. Además, las humillaciones, el hambre de tantos años...</p>
-
-<p>El antiguo elegante se fijaba con tristeza en los gestos ávidos de su
-compañera. Él había conservado mejor las costumbres del pasado. Sobre la
-mesa rústica del cenador una criada había colocado varios pasteles
-mohosos y una botella de vino blanco. Vera comía con una acometividad de
-animal hambriento, mostrando sin escrúpulo alguno, durante la violenta
-masticación, varias brechas de su dentadura todavía no recompuestas.</p>
-
-<p>Al adivinar la extrañeza de su antiguo amante, dijo con brusquedad:</p>
-
-<p>&mdash;Tú has vivido aquí; conoces tal vez la pobreza, pero no el hambre...
-Tú ignoras el valor de las cosas.</p>
-
-<p>Acarició con una mano la botella de vino barato, al mismo tiempo que la
-contemplaba admirativamente.</p>
-
-<p>&mdash;Allá en nuestro país hubiera sido capaz de matar por obtener este
-tesoro.<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span></p>
-
-<p>Llenó dos veces su vaso, apurando su contenido con lentos sorbos de
-gula.</p>
-
-<p>Después lanzó una mirada de envidia y ambición hacia un cenador
-inmediato, donde una familia de obreros comía una ensalada de tomates y
-otras legumbres, acompañándola con largos tragos de vino tinto.</p>
-
-<p>&mdash;Me gustaría&mdash;dijo&mdash;comer y beber lo mismo que ellos. Debe ser
-magnífico.</p>
-
-<p>Y al ver que Fedor reprobaba con sus ojos esta admiración por un plato
-vulgar, volvió a decir en tono de reproche:</p>
-
-<p>&mdash;Cuando se ha vivido mendigando como el mejor de los alimentos unos
-gramos de pan negro y un agua sucia con espinas de arenque...</p>
-
-<p>Rió luego acordándose de los esfuerzos que había de hacer en la pensión
-para sofocar los caprichos y audacias de su hambre atrasada. Como temía
-que la dueña la despidiese al notar mermas en su despensa, se limitaba a
-apoderarse de los terrones de azúcar olvidados por los huéspedes y a
-apurar los fondos de las botellas.</p>
-
-<p>Fedor la miró con desaliento. ¡Y esta pobre mujer, vieja, hambrienta y
-dada al vino, era Vera Alejandrowa, la gran señora de la corte, dueña de
-minas de oro!...</p>
-
-<p>La decadencia de ella le hizo apreciar con nuevo dolor su propia
-decadencia. ¡A qué profunda sima había rodado!... Y quedaban para los
-dos tan pocos años de vida, que les sería imposible poder trepar otra
-vez hacia la luz, donde están los felices... ¡Ser pobres, absolutamente
-pobres en la vejez, cuando más necesarias son las comodidades que
-proporciona el dinero!...</p>
-
-<p>Pensó unos momentos en la posibilidad de que un «nuevo rico» le tomase
-como cuidador de alguna villa lujosa, con grandes jardines,
-recientemente adquirida en la Costa Azul. Él y Vera serían a modo de
-unos criados viejos y respetables. El verdadero dueño viajaría con
-frecuencia, y los dos se forjarían la ilusión de que este paraíso les
-pertenecía, viviendo en él su idilio senil y tranquilo, sin pensar en el
-pan del día siguiente. Pero ¡ay!, rara vez se realizan en el mundo las
-felicidades soñadas.</p>
-
-<p>Este final de existencia le parecía demasiado bello para que pudiese ser
-cierto.</p>
-
-<p>El regreso a la ciudad, después de anochecido, fue triste y silencioso.
-Fedor había dicho ya todo lo que podía decir. El domingo siguiente
-volverían a encontrarse. Pasearían juntos como dos caballos viejos que
-marchan al paso, rumiando los recuerdos y proezas de su arrogante
-juventud, mientras tiran de un<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span> vehículo destartalado, símbolo de su
-miseria. Llevarían la existencia de los humildes que necesitan trabajar
-para vivir, y al juntarse los días de descanso con el propósito de
-divertirse, sólo saben hablar del trabajo a que están sometidos y de su
-pobreza.</p>
-
-<p>¡Y así sería siempre, hasta la muerte!... En la historia de los hombres
-los acontecimientos no retroceden a su punto de partida, como tampoco
-las aguas de los ríos remontan su curso. Las reacciones son una ilusión;
-lo que ha muerto, ha muerto.</p>
-
-<p>Allá en su país, el desorden acabaría por ordenarse; los revolucionarios
-se transformarían en hombres de gobierno, y la necesidad de vivir
-acabaría, después de tantos cataclismos, por establecer su curso
-regular, como un río que se desborda vuelve finalmente a sus cauces
-naturales.</p>
-
-<p>Pero cuando esto ocurriese, las gentes ya serían otras y otros también
-los moldes de la nueva existencia. Y ellos dos, víctimas de una enorme
-sacudida social, sólo comparable a un temblor de tierra, que les había
-dejado sin pan y sin casa, ya no vivirían cuando surgiese del suelo la
-ansiada Ciudad Futura tantas veces anunciada por los utopistas... si es
-que alguna vez podía llegar a ser una realidad este ensueño milenario de
-bienestar para todos, tan antiguo como el hombre.</p>
-
-<p>Mientras Fedor marchaba reflexionando, la antigua millonaria, más
-verbosa que su acompañante, exponía sus ambiciones presentes.</p>
-
-<p>Lo único que deseaba por el momento era no ir vestida a costa de los
-demás. También necesitaba ropa interior. Era un suplicio para ella no
-poder cambiarla. Sólo tenía la escasa ropa blanca que le habían
-facilitado sus amigas. La compra de tres mudas interiores a precio
-barato era su mayor ilusión. Tal vez la semana siguiente, cuando Fedor
-cobrase su jornal en el cementerio, podría realizar ella tan enorme
-deseo.</p>
-
-<p>Los ofrecimientos monetarios de su acompañante la conmovían más que los
-millones del rico siberiano cuando la pidió por esposa. ¡Ganaba tan poco
-en la pensión, aparte de su comida!...</p>
-
-<p>Al separarse de ella, Fedor volvió tristemente hacia su casa. Reía ahora
-irónicamente de los fantasmas que le habían acompañado al principio de
-la tarde. ¿Querer resucitar el amor, siendo pobre?...</p>
-
-<p>El amor es únicamente para los ricos. Los que han de preocuparse de
-ganar su vida tienen otras cosas más urgentes e imperiosas en que
-pensar. Necesitan todo su tiempo para el trabajo, y el amor exige
-riqueza y vagancia. Es el más<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span> inagotable y variado de los placeres;
-pero todos los placeres de la tierra sólo existen para los que poseen el
-dinero.</p>
-
-<p>Esto, que le hubiese parecido muy lógico en otros tiempos, lo
-consideraba ahora inadmisible porque se veía pobre, y un sentimiento de
-envidia e indignación le hizo protestar contra los privilegios de los
-felices.</p>
-
-<p>Era injusto que la vida estuviese organizada con tanta desigualdad. Todo
-debía ser para todos: dolores y placeres.</p>
-
-<p>Luego modificó sus ideas pensando en sus años. Se sintió más pobre que
-nunca, pobre sin remedio, al considerar que la juventud no puede
-rehacerse como se rehace una fortuna. ¡Ay, la vejez!... ¿Qué pobreza
-mayor?...</p>
-
-<p>Y se dijo con melancolía rencorosa:</p>
-
-<p>&mdash;Sí; no me equivoco: el amor es únicamente para los ricos... ricos de
-dinero o ricos de juventud.<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span></p>
-<h2><a name="En_la_costa_azul" id="En_la_costa_azul"></a>En la costa azul</h2>
-
-<h2><a name="Capitulo_I" id="Capitulo_I"></a>Capítulo I<br /><br />
-EL CARNAVAL EN NIZA</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">N</span>IZA es la heredera de Venecia. Durante varios siglos, los ricos ganosos
-de divertirse y los aventureros de vida novelesca arrostraron las
-molestias y peligros de los viajes de entonces para presenciar en la
-ciudad adriática las fiestas de un Carnaval que duraba meses. Ahora, los
-medios de comunicación son más fáciles; el placer se ha democratizado,
-lo mismo que los conocimientos humanos y las comodidades de nuestra
-existencia, y el ferrocarril y el trasatlántico traen miles de
-espectadores al Carnaval de Niza.</p>
-
-<p>La Naturaleza gusta de travesear en estos días. Un sol primaveral
-derrama sus oros sobre la Costa Azul casi todo el invierno, y al llegar
-la semana carnavalesca raro es el año que no cae una lluvia inoportuna.
-Pero como Niza necesita defender su célebre fiesta, y la muchedumbre de
-viajeros llega dispuesta a divertirse, sea como sea, las máscaras
-arrostran la intemperie, el público abre sus paraguas, y los desfiles
-continúan bajo esa lluvia violenta y tibia de los países solares, donde
-los aguaceros son ruidosos pero de corta duración.</p>
-
-<p>El Carnaval de Niza ha acabado por ser algo indispensable para su vida,
-y ninguna otra ciudad lo puede copiar. Los particulares colaboran con el
-Municipio; cada nicense aporta su iniciativa. Capitales de mayor
-importancia podrían organizar desfiles de carrozas más suntuosas; pero
-creo imposible que encontrasen una ayuda individual, una colaboración
-«patriótica» como la de los habitantes de esta ciudad. El pueblo nicense
-considera que es deber suyo engrosar el número de las máscaras, y
-familias enteras se cubren con el disfraz para gritar en las calles,
-danzar o ir saltando de una acera a otra, todo para mayor<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span> gloria y
-provecho de su tierra.</p>
-
-<p>En esta fiesta, lo más admirable no es la obra de los artistas, ocupados
-durante meses y meses en preparar las carrozas, ambulantes caricaturas
-que sintetizan los sucesos de la actualidad; son la máscara suelta y el
-grupo organizado espontáneamente los que le dan un carácter único en el
-mundo. La máscara a pie es más digna de atención que los enormes
-vehículos con sus monigotes que casi llegan al filo de los tejados, y
-sus grupos de muchachas subidas en las rodillas y los brazos del gigante
-de cartón, como los liliputienses escaladores del cuerpo de Gulliver.</p>
-
-<p>Más de cincuenta Carnavales sucedidos en el curso de medio siglo largo,
-sin otra interrupción que la última guerra, han fatigado a los
-organizadores y al público de las cabalgatas llamadas históricas o
-artísticas. Ahora, el Carnaval de Niza es burlesco, dedicándose a la
-deformación ingeniosa de los géneros animales y vegetales. Ciertos
-grupos de máscaras recuerdan los <i>Caprichos</i>, de Goya, y otros delirios
-de artistas fantaseadores.</p>
-
-<p>Los que carecen de dinero para proporcionarse un disfraz completo, o no
-pensaron previsoramente en su adquisición, se desfiguran con una nariz
-postiza, lanzándose en el torrente de las máscaras, para ser una más.</p>
-
-<p>El Carnaval ofrece aquí el aspecto enardecedor y sinceramente jocundo de
-todo lo que se hace en la vida espontáneamente por entusiasmo y no por
-dinero. Los miles de máscaras gritan, cantan, forman corros y cadenas o
-hacen burlescas cortesías al público. Esto representa para ellas el
-descanso. Luego, apenas rompe a tocar una de las bandas de música del
-cortejo, avanzan por las calles bailando, y los que ocupan los carros
-empiezan a saltar como monigotes elásticos. Y así continúan horas y
-horas, causando asombro un regocijo tan infatigable y tenaz.</p>
-
-<p>Nadie se enfada; rara vez surge un incidente violento. Es un Carnaval de
-gentes ruidosas que se buscan para divertirse, pero sin perder la buena
-crianza. Las máscaras, cuando se empujan por descuido, se piden perdón a
-través de la careta.</p>
-
-<p>El amor acude todos los años, puntualmente, a la fiesta. Muchas novelas
-bipersonales, que permanecerán ignoradas y nadie escribirá, tuvieron su
-primer capítulo en el Carnaval de Niza, durante el desfile de la
-cabalgata o las fiestas nocturnas en el <i>hall</i> del Casino, enorme como
-una catedral.</p>
-
-<p>El viajero enmascarado habla al dominó femenino que marcha junto a él.
-Se aproximan para defenderse de los empellones de los otros; acaban por
-cogerse del brazo y saltar a un tiempo; luego bailan, quieren saber cómo
-se llaman, se<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span> dan falsos nombres y se declaran un eterno amor antes de
-haberse visto las caras. Todo esto, empujados por el torrente
-carnavalesco a través de avenidas y paseos, defendiéndose con las
-espaldas del oleaje humano, evitando las patas de los caballos
-enganchados a las carrozas o los arranques inesperados de los chófers
-que las guían.</p>
-
-<p>En otros países un Carnaval como éste provocaría riñas y crímenes. En
-Niza rara vez tiene que intervenir la policía. Ésta y los destacamentos
-de cazadores alpinos encargados de mantener el orden sólo se preocupan
-de que los grandes carros no causen daño en las fachadas de las casas o
-en los arcos de luces que adornan las calles.</p>
-
-<p>La gente se divierte y no riñe, porque ignora el miedo al ridículo, que
-tanto amarga la vida de nuestra raza. El que aquí pretende divertirse
-sólo piensa en obtener el placer deseado. Lo busca a su modo e ignora la
-existencia de los demás, despreciando lo que puedan pensar de él.</p>
-
-<p>Nosotros tenemos miedo «al qué dirán», a que alguien «nos tome el pelo»,
-y esto nos cohíbe, aplastando toda iniciativa. Sólo podemos divertirnos
-haciendo todos lo mismo, como un rebaño falsamente alegre, receloso y
-suspicaz, mirándonos de reojo mientras reímos. Y al sospechar vagamente
-que alguien puede divertirse un poco a nuestra costa, ¡adiós alegría!,
-creemos necesario morder.<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span></p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a><i>II</i><br /><br />
-EL CAMINO DE TODOS</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">S</span>I un romano del tiempo de Augusto o de Tiberio resucitase en nuestros
-días, no le preguntaríamos sobre los episodios de la historia antigua,
-que fue para él contemporánea, y las costumbres públicas de entonces.
-Todo esto lo sabemos por los historiadores y las leyes romanas.</p>
-
-<p>Nos interesaría más conocer los secretos y particularidades de la vida
-privada; cómo se divertían las gentes en Cumas, Baia, Pompeya y otras
-ciudades elegantes situadas al borde de lo que es hoy golfo de Nápoles.
-Nos gustaría escuchar los escándalos, las murmuraciones, las
-excentricidades del gran mundo romano que se trasladaba por unos meses a
-las sonrientes orillas del mar de Partenope; querríamos contemplar de
-cerca la misma vida suntuosa que vio deslizarse el melancólico y
-jubilado «Procurador de Judea», descrito por Anatolio France.</p>
-
-<p>Pero si el romano vuelto al mundo nos dijese que no había estado nunca
-en estas ciudades, alegría y solaz de la vida antigua, nos indignaríamos
-contra él.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿qué es lo que hizo usted en su existencia anterior?...
-¿Cómo pudo mantenerse tranquilo, sin ver de cerca uno de los aspectos
-más interesantes de aquel tiempo?</p>
-
-<p>Lo mismo podría decirse a un hombre de nuestra época que, teniendo
-cierta fortuna personal y hallándose sano de cuerpo para emprender
-viajes, no sintiese curiosidad por la vida cosmopolita y alegre de la
-llamada Costa Azul, que equivale ahora a las ciudades del antiguo golfo
-de Nápoles, fundadas o agrandadas por los Césares.</p>
-
-<p>El paisaje de la Costa Azul infunde admiración. Tiene la dulzura
-luminosa de las costas mediterráneas. Los Alpes, al llegar al mar, se
-hunden bruscamente en<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span> su abismo, formando rosados promontorios o
-graciosas bahías orladas de jardines. Pero indudablemente existen en la
-cuenca del Mediterráneo otros paisajes semejantes a éstos o tal vez más
-originales. El verdadero encanto de la Costa Azul es obra del hombre. Lo
-más interesante en ella es la humanidad que la puebla durante los meses
-del invierno.</p>
-
-<p>Asombra el cálculo de lo que se ha trabajado en medio siglo nada más
-para el embellecimiento de esta cornisa de montañas. Antiguos
-pueblecitos de pescadores o labriegos son hoy ciudades elegantes, donde
-mantienen sucursal abierta las tiendas más célebres de Londres y París.
-Campos pedregosos que tuvieron por única vegetación olivos centenarios,
-rajados y mediocremente fecundos, se han vendido a lotes por sumas
-inauditas, convirtiendo en millonarios a los nietos de sus primitivos
-cultivadores. No hay aldea enriscada que no posea un buen camino para
-automóviles. Tres carreteras cortan longitudinalmente la falda de los
-Alpes desde Niza a Mentón: la que sigue la orilla sinuosa del mar, la
-llamada Cornisa Media, y la Gran Cornisa, que serpentea sobre las
-cumbres, y está muchas veces incomunicada ópticamente, por una masa de
-nubes, con la ribera de abajo, donde rebullen las gentes como un
-hormiguero.</p>
-
-<p>Atrevidos viaductos cruzan los precipicios para evitar grandes rodeos a
-la circulación. Si los caminos tropiezan con un saliente de la montaña,
-lo perforan en forma de túnel. Otras veces necesitan extenderse a lo
-largo del Mediterráneo y desarrollan su cinta sobre largos terraplenes.</p>
-
-<p>Es difícil calcular el dinero invertido aquí por los que vinieron,
-durante medio siglo, en busca de sol y horizontes azules.</p>
-
-<p>Niza, pequeña ciudad saboyana, es ahora la quinta o sexta urbe de
-Francia. Desde Hyéres a Mentón se extienden miles y miles de ricas
-«villas» y palacios. Los aficionados a calcular afirman que se ha
-construido en la Costa Azul por valor de 5000 ó 6000 millones. Esto es
-obra solamente de los particulares, y hay que añadir a tan enorme
-cantidad los trabajos públicos realizados por gobiernos y municipios:
-conducciones de agua, puentes, carreteras y ferrocarriles.</p>
-
-<p>El que ha nacido en un país de sol no puede sentir la atracción de la
-Costa Azul como los europeos septentrionales. De aquí que ni los
-españoles ni los italianos, a pesar de ser vecinos, la frecuenten mucho.
-Siempre encontró ella en los pueblos del Norte sus más fieles
-admiradores.</p>
-
-<p>Antes de la guerra, la Costa Azul fue rusa. Aquí venían a derrochar su
-fortuna los privilegiados del Imperio zarista, considerando interminable
-un régimen sabiamente organizado para la felicidad de los menos. También
-fue<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span> alemana pocos años antes de 1914. Los alemanes y los austríacos
-acudieron a ella en grandes masas, y tal vez serían a estas horas sus
-dueños. Los dominadores actuales son los ingleses y los norteamericanos.
-Sus banderas ondean en todas partes junto a la bandera francesa.</p>
-
-<p>Viajando por todo el mundo es como puede uno ser entucado del prestigio
-lejano y misterioso que gozan estas poblaciones de la Costa Azul. Muchas
-veces, en los Estados Unidos, en Canadá, en Méjico o en naciones del
-Norte de Europa, al decir yo que tengo mi casa en la Costa Azul, he
-visto entornar los ojos a los que me escuchaban con una expresión
-ensoñadora, lo mismo hombres que mujeres, murmurando nostálgicamente:</p>
-
-<p>&mdash;¡Niza!... ¡Monte-Carlo!...</p>
-
-<p>Unos hacían memoria de su vida aquí; otros deseaban venir, y temían no
-conseguirlo nunca. Mostraban todos en su rostro la misma expresión del
-que oye el nombre de Bagdad y evoca inmediatamente las maravillas de
-<i>Las mil y una noches</i>.</p>
-
-<p>Este fragmento de costa mediterránea es tan universal como el bulevar de
-los Italianos, de París; el Piccadilly, de Londres, o el Broadway, de
-Nueva York. Yo vivo en la más tranquila de las ciudades de la Costa
-Azul, en el poético Mentón, retiro de escritores y artistas, donde la
-gente se acuesta temprano y madruga mucho, para gozar de sus admirables
-jardines. Y sin embargo, estoy en la corriente de la circulación
-europea, en «el camino de todos», más que si viviese en Madrid, que es
-ciudad populosa y capital de una nación.</p>
-
-<p>Para ir a España hay que proponerse concretamente este viaje y sentir un
-verdadero interés por ella. Se necesita avanzar hasta un extremo de
-Europa y luego desandar el camino, atravesando otra vez los Pirineos.
-España sólo ofrece una salida para el que no quiere retroceder:
-embarcarse con rumbo a América, y nuestros puertos no los frecuenta
-ninguna de las grandes Compañías navieras famosas por el tonelaje de sus
-buques y por su lujo. Nuestra patria es a modo de una calle que sólo
-tiene una entrada y carece de continuación.</p>
-
-<p>En cambio, la Costa Azul es camino para Italia, para el centro de
-Europa, para los países del extremo Mediterráneo y del extremo Oriente.
-Se encuentran aquí, todos los días, amigos que dejó uno en lugares
-apartados del planeta, creyendo no verlos más, y que surgen
-inesperadamente ante nuestro paso. Todos los que desembarcan en Europa
-traen en su programa, como algo imprescindible, unas semanas de vida en
-la Costa Azul.</p>
-
-<p>Los personajes más famosos desfilan por esta tierra. No hay gobernante<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span>
-inglés que prescinda de jugar al tennis en Cannes durante el invierno.
-Junto a las mesas de los casinos de la Costa Azul puede uno codearse con
-las mujeres más célebres.</p>
-
-<p>Hace tiempo, almorzando una mañana en el Sporting-Club, de Monte-Carlo,
-vi sintéticamente lo que es la vida en este rincón del mundo.</p>
-
-<p>Cerca de mí comía un señor alto, delgado, con barba rubia y canosa, y
-lentes de oro. Al fijarme en los saludos extraordinarios del <i>maître
-d’hótel</i> y de la servidumbre, sentí la necesidad de preguntar.</p>
-
-<p>&mdash;Es el rey de Suecia&mdash;me dijeron&mdash;, que todos los años viene de
-incógnito.</p>
-
-<p>Luego ocupó otra mesa un señor robusto, de aire militar, con la tez
-enrojecida por el sol de los trópicos.</p>
-
-<p>&mdash;A éste le conozco&mdash;dije yo al doméstico&mdash;. Es el duque de Connaught,
-el tío del rey de Inglaterra, que posee una «villa» en Cap Ferrat, y
-acaba de volver de las Indias.</p>
-
-<p>Varios señores ocupaban otra mesa. Uno de ellos, con gafas y barba
-canosa, parecía dominarlos a todos, sonriendo finamente. Junto a él, y
-compartiendo su importancia, había otro, de bigote blanco. El de la
-barba era Venizelos, y su vecino, el famoso hombre de negocios
-anglo-heleno <i>sir</i> Basilio Zaharoff, el capitalista mayor de Europa en
-este momento, el único al que miran como un igual los multimillonarios
-de los Estados Unidos.</p>
-
-<p>Y todo esto, en un pequeño comedor de Club, que no contiene más allá de
-una docena de mesas.</p>
-
-<p>Me acordé de Cándido, el protagonista de la novela de Voltaire, cuando
-visita la Venecia del siglo XVIII con motivo de su famoso Carnaval, y al
-cenar en la hostería se encuentra con que sus cuatro compañeros de mesa
-son cuatro reyes que vienen de incógnito a divertirse.<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span></p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a><i>III</i><br /><br />
-EL QUE QUISO CASARSE CON LA PRINCESA</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A revolución rusa ha esparcido por el mundo miles y miles de seres que
-gozaron en otro tiempo las delicias de la riqueza o del poder, y ahora
-viven en una miseria doblemente dolorosa, por el recuerdo del pasado y
-por la falta de esperanza. Son parecidos a los emigrados de la
-revolución francesa, que paladearon la «dulzura de vivir» bajo la
-antigua monarquía instalada en Versalles, y luego tuvieron que ejercer
-viles oficios en Inglaterra y Alemania, sufriendo muchas veces el
-tormento del hambre.</p>
-
-<p>Esta emigración rusa se concentra especialmente en la llamada Costa
-Azul. El ensueño de todos los rusos refugiados en Berlín, Londres o
-París es poder trasladarse a Niza. Hijos de una tierra invernal, piensan
-en el sol gratuito que dora las costas de este mar color de violeta,
-célebre desde los primeros vagidos de la poesía griega. Vivir en Niza
-representa prescindir de la calefacción, comer naranjas a bajo precio,
-instalarse en un antro miserable de las afueras con otros compatriotas,
-sin miedo a los rigores de la temperatura.</p>
-
-<p>Además, muchos de los pobres actuales vivieron en este país hace diez o
-doce años, cuando gastaban miles y miles de rublos. Aquí dejaron
-recuerdos de amor, de vanidad o de orgullo, y se sienten atraídos por
-estos fragmentos de vida que representan toda la gloria de su pasado.</p>
-
-<p>Los rusos, antes de la guerra, eran en la Costa Azul el gran señor
-manirroto o la dama algo loca y siempre elegante, que asombraban a las
-gentes arrojando el dinero a puñados. Hoy forman un coro triste, y sobre
-su masa dolorosa parecen destacarse con más crudo relieve la
-prodigalidad de los americanos del Norte y la opulencia señorial de los
-ingleses, actuales dominadores de la tierra.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span></p><p>Muchos de estos emigrados aceptaron valerosamente su desgracia. En
-Mentón, cerca de mi casa, hay granjas cultivadas por generales y
-coroneles rusos; pero cultivadas verdaderamente, pues estos hombres que
-mandaron regimientos o divisiones son ahora gañanes para poder comer, y
-remueven la tierra con la pala, abren surcos, cargan carros, crían aves
-de corral. Otros, menos enérgicos o vigorosos, trabajan como porteros de
-hotel o simples mozos de comedor.</p>
-
-<p>Con frecuencia, algunas damas inglesas o francesas creen reconocer al
-criado viejo, de chaleco a listas y mandil azul, que limpia su cuarto.
-Al fin acaban por enterarse de que en otros tiempos bailaron con él en
-Monte-Carlo, cuando se llamaba príncipe o conde, era capitán de la
-Guardia imperial y venía todos los inviernos a derrochar su patrimonio
-en la Costa Azul.</p>
-
-<p>Otros no se deciden a trabajar y apelan a toda clase de expedientes,
-representando una molestia peligrosa para el que los recibe en su casa.
-Con lentitud eslava cuentan la novela de su pasado, y acaban pidiendo
-tranquilamente mil o dos mil francos, como si aún viviesen en sus
-tiempos de magnificencia. Es verdad que se contentan finalmente con
-veinte francos; ¡pero son tantos los que llegan creyendo ser cada uno el
-único que merece protección!...</p>
-
-<p>En Niza, señoras de la antigua corte imperial inventan rifas para vivir.
-Otras tienen casa de huéspedes o una tiendecita de sombreros.</p>
-
-<p>Antes del triunfo del bolcheviquismo, mis novelas eran muy traducidas y
-leídas en Rusia. (Debo advertir de paso que España jamás tuvo tratado de
-propiedad intelectual con Rusia, y los libros nuestros eran reproducidos
-libremente. Hubo novela mía que fue publicada al mismo tiempo por cinco
-editores diferentes, sin pedirme ninguno autorización). Como vivo
-rodeado de tantos náufragos de la catástrofe rusa que en sus tiempos
-felices fueron lectores míos, recibo frecuentemente sus visitas. Grandes
-damas me buscan para que las ayude a vender ricas diademas en forma de
-mitra, semejantes a las que ostentan las vírgenes bizantinas, y que
-lucieron ellas muchas veces en las fiestas de la corte imperial. Otras
-me enseñan capas de marta, armiño, y alhajas de una magnificencia algo
-bárbara.</p>
-
-<p>Es lo último que les queda. Temen las ofertas, escandalosamente bajas,
-de los usureros que acechan su agonía, y acuden a mí, como si un
-novelista pudiera arreglarlo todo. Algunas me proponen la adquisición de
-estos recuerdos de su vida lujosa, desaparecida para siempre, indicando
-precios verdaderamente extraordinarios por lo modestos. Pero yo no voy a
-pasearme por mi habitación de trabajo vestido y adornado como una dama
-de Nicolás II en día de gran ceremonia, y renuncio a tales «ocasiones».
-Otras de menos años, cuyos maridos,<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span> difuntos por fusilamiento,
-poseyeron minas de platino en Siberia, vienen a que las recomiende para
-trabajar en el cinematógrafo. ¡Como si el improvisarse artista
-cinematográfica fuese algo facilísimo!...</p>
-
-<p>Algunas de estas grandes damas arruinadas pueden sostenerse modestamente
-con lo que poseían fuera de su país, y aún encuentran el medio de
-favorecer a sus compañeros de desgracia. Como se consideran pobres al no
-poder sostener su existencia lujosa de otros tiempos, desean trabajar, y
-han creado en Niza varios restoranes, que dirigen ellas mismas.</p>
-
-<p>Son establecimientos baratos, donde se puede comer por cuatro francos y
-medio, lo que equivale en Francia a un cubierto español de dos pesetas.
-Por tal precio no pueden esperarse milagros culinarios; pero se nota en
-el ambiente de la sala y en el arreglo de sus mesas cierta distinción
-especial, lo que la gente llama chic, algo que revela el buen gusto de
-la dueña invisible, que está en la cocina dirigiéndolo todo. Los pobres
-de mala educación no se sienten a su gusto en estos restoranes, y los
-abandonan. Su clientela se va seleccionando de un modo automático, y
-acaba por estar formada únicamente de personajes venidos a menos, de
-héroes de novela, muy interesantes si fuesen dos o tres nada más. Pero
-son muchos, y sus vidas, que hace quince años hubiesen parecido
-extraordinarias, acaban por resultar monótonas.</p>
-
-<p>La directora de uno de estos restoranes es una princesa Murat. La
-familia de los Murat está dividida en varias ramas, y una de ellas se
-estableció matrimonialmente en Rusia. De aquí que la suerte de muchos
-descendientes del ex rey de Nápoles vaya unida a la de los aristócratas
-rusos.</p>
-
-<p>Esta princesa, nacida, según creo, en los Estados Unidos, posee una
-elegancia natural y guarda aún la belleza reposada y distinguida de su
-segunda juventud, después de haber perdido la frescura de la primera.
-Con una energía americana ha aceptado los deberes y penalidades de su
-nueva situación. Todas las mañanas, al salir el sol, ya está en el
-mercado, al mismo tiempo que los compradores de los grandes «Palaces»,
-los cocineros de los hoteles medianos, y los dueños de fondines y casas
-de huéspedes.</p>
-
-<p>Desea que sus clientes coman barato y bien. Discute con los proveedores
-o les sonríe, empleando la fuerza convincente de una mujer que sabe
-hacerse agradable. Atrae con su presencia la atención de todos, aun de
-aquellos que ignoran quién es.</p>
-
-<p>El mercado de Niza hace recordar los antiguos mercados de Valencia y
-Barcelona. Los vendedores están al aire libre, detrás de barricadas de
-hortalizas, que esparcen perfumes de tierra prolífica o de punzantes y
-vigorosas savias. A<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span> través de los portalones de la muralla inmediata se
-ve brillar la llanura luminosa del Mediterráneo, toda azul y toda
-azogue. En la atmósfera hay olores de ajo y mimosas, de cebolla y
-claveles, de violetas y sal marina. Toda mujer, después de llenar su
-cesta de comestibles, considera indispensable comprar un ramo de flores.
-Este mercado&mdash;tan distinto a los mercados cerrados y con techumbre de
-hierro&mdash;predispone las gentes al amor, y hace pensar que en la vida hay
-algo más que llenar bien el estómago.</p>
-
-<p>La princesa se vio detenida una mañana por uno de sus «colegas». Era un
-francés bigotudo, con aire de antiguo gendarme, dueño de un fonducho
-para trabajadores cerca del puerto. Necesitaba hablar con ella. Venía
-observándola desde muchas semanas antes. Había admirado su habilidad
-para comprar y el gran dominio que ejercía sobre las gentes.</p>
-
-<p>&mdash;A mí me gustan las mujeres serias; soy viudo, y tal vez podemos
-convenirnos el uno al otro. No le hablaré de amor; eso es para las
-comedias. La vida no es una broma... Usted tiene su establecimiento, yo
-tengo el mío; podemos casarnos, y ayudándonos como dos personas
-juiciosas, llegaremos a juntar un capitalito para retirarnos al campo en
-nuestra vejez.</p>
-
-<p>La dueña del restorán contestó con una de sus sonrisas dulces:</p>
-
-<p>&mdash;¡Quién sabe!... Es para pensarlo más despacio.</p>
-
-<p>Ahora el dueño del fondín del puerto va más tarde al mercado, pues no
-quiere encontrarse con ella. Además pone una cara fosca para que las
-pescaderas y las vendedoras de hortalizas no se atrevan a bromear con
-él.</p>
-
-<p>Sabe que cuando vuelve la espalda todas sonríen y le designan con el
-mismo apodo: «El que quiso casarse con la princesa».<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span></p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a><i>IV</i><br /><br />
-EN TORNO AL «QUESO»</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">B</span>IEN sabido es que cuando se quiere encontrar a una persona de cierta
-posición social y se ignora su domicilio en Europa o América, no hay más
-que sentarse junto al «queso», en la plaza de Monte-Carlo. Podrá uno
-esperar diez, quince o veinte años; pero un día el amigo deseado acabará
-por dejarse ver.</p>
-
-<p>Esto lo tienen muchos por indiscutible, aunque parezca falso. Todo el
-que posee algún dinero y ama los viajes, acaba por dar la vuelta al
-«queso», mezclándose por unas horas con la multitud que circula frente
-al Casino. Antes de pasar adelante creo necesario explicar que este
-«queso» famoso es un pequeño jardín o macizo de plantas en el centro de
-la plaza. Su forma redonda le ha hecho ser comparado con una caja de
-queso Camembert.</p>
-
-<p>En la acera circular de este jardín se oyen conversaciones en todas las
-lenguas, y como si el Carnaval durase aquí el año entero, circulan entre
-las señoras vestidas a la moda de Europa damas indostánicas de largos
-velos azules, con la nariz perforada por botones de brillantes,
-personajes asiáticos de andar felino y ojos misteriosos, jefes árabes de
-albas túnicas, chinos y japoneses cuya cabeza ratonesca, astuta o
-inteligente, parece querer escaparse de las vestiduras occidentales que
-disfrazan el resto del cuerpo.</p>
-
-<p>Yo he tenido en esta plaza muchos encuentros inesperados y he contraído
-las amistades más novelescas tal vez de mi existencia. Una sonrisa
-interrogante y una mano tendida provocan en tal lugar dudas geográficas
-que abarcan el planeta entero. ¿De dónde podrá venir el amigo que acaba
-de reconocernos?... Hay que dejarle hablar para ir adivinando poco a
-poco su identidad. Puede ser un olvidado condiscípulo de la juventud, o
-uno que conocimos en Turquía, Argentina, Egipto o Méjico. También puede
-ser un señor con el que almorzamos<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> en el restorán de la estación de
-Toledo; pero Toledo, en el Estado de Ohío, una de las ciudades
-ferroviarias más importantes de los Estados Unidos.</p>
-
-<p>Durante el invierno fondea cada semana ante Monte-Carlo uno de esos
-trasatlánticos procedentes de la América del Norte que son verdaderas
-ciudades flotantes, y echan a tierra dos mil pasajeros. Durante
-veinticuatro horas los alrededores del «queso» parecen la Quinta Avenida
-de Nueva York. A mediodía llega invariablemente el tren «azul»,
-procedente de Calais, un tren que sólo lleva vagones-camas, y las gentes
-británicas se reconocen y se estrechan las manos, sacudiéndolas
-vigorosamente, como si se encontrasen en el Piccadilly de Londres.</p>
-
-<p>El indeciso pasado de nuestros años de adolescencia, las ilusiones que
-acariciamos entonces como algo de imposible realización, las cosas más
-admiradas por la buena fe y el entusiasmo de la primera juventud, pueden
-salirnos al paso en esta plaza. Yo he visto muchas veces, tomando el sol
-en sus bancos, a viejos señores, trémulos y de piel flácida como pájaros
-desplumados, y los nombres de estas ruinas humanas hicieron revivir en
-mí pretéritas admiraciones. Eran hombres políticos que nadie recuerda,
-generales que ganaron victorias olvidadas, caudillos novelescos del
-África británica o la América del Sur. Viejas encogidas, de aire
-humilde, o pintarrajeadas y cadavéricas como momias, evocan con sus
-apellidos de guerra el recuerdo de beldades célebres, cuyos retratos
-adoramos en las cajas de fósforos cuando éramos colegiales.</p>
-
-<p>Entre esta muchedumbre de personajes que «fueron» y no son ya más que
-simples invernantes de la Costa Azul, buenos para ocupar una silla en la
-plaza de Monte-Carlo o en los salones del Casino, hubo hasta el año
-pasado una personalidad sobresaliente, inquieta, arrolladora,
-incansable, que parecía llenarlo todo con su presencia y estaba al mismo
-tiempo en diversos lugares, con infinita ubicuidad. Era la gran duquesa
-Anastasia, tía carnal del zar Nicolás II, ejecutado por los
-bolcheviques; hermana del zar anterior y madre de la esposa del
-kronprinz.</p>
-
-<p>Una hija suya ocupa actualmente uno de los tronos de Europa. Su otra
-hija hubiese sido emperatriz de Alemania de no ocurrir la última guerra.</p>
-
-<p>En su juventud gozó fama de hermosa y elegante, según afirmación de los
-que la conocieron en la corte de Rusia. Siendo extremadamente alta
-(cerca de dos metros), tal vez esta belleza fue efectiva en los tiempos
-que duraba aún la influencia de la vieja reina Victoria y otras
-soberanas metidas en carnes y pródigas en curvas, o sea cuando no era de
-moda que las mujeres buscasen a fuerza de hambres las angulosidades y
-asperezas huesudas del cuerpo masculino.<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span> Pero Anastasia&mdash;así la
-designaban familiarmente las gentes de Monte-Carlo&mdash;, a pesar de sus
-años, había querido enflaquecer lo mismo que las muchachas de ahora, y
-su exagerada delgadez parecía prolongar aún más su estatura.</p>
-
-<p>Esta hija de emperadores y madre de reinas vivía al margen de la tiranía
-de los costureros, vistiéndose a su gusto, con arreglo al mismo patrón,
-como si llevase uniforme. De día usaba invariablemente un traje negro,
-corte sastre, que parecía flotar sobre su cuerpo largo y descarnado, lo
-mismo que una sotana de sacristán. Para el que la veía por primera vez,
-lo más extraordinario en ella eran las orejas, despegadas del cráneo,
-muertas e insensibles, como si fuesen de cartón. Tenía los pies
-extremadamente largos, con una longitud que imposibilitaba todo
-artificio zapateril, y convencida de lo ineficaz que era querer
-disimular sus extremidades, las calzaba sin cuidado alguno. Muchas
-señoras afirmaban que la gran duquesa tenía el mismo zapatero que los
-gendarmes de la provincia.</p>
-
-<p>Se la veía casi a un tiempo jugando en los salones reservados del Casino
-y circulando por la plaza, con una rapidez que arremolinaba la negra
-faldamenta en torno a sus piernas. Éstas eran tan flacas, que parecían
-próximas a romperse a cada paso. Luego bailaba en el Café de París, en
-los <i>dancings</i> de los hoteles, en los tés elegantes, en todas partes
-donde suenan los instrumentos desafinados del <i>jazz-band</i>. Había algo de
-la furia del borracho romántico, que bebe para olvidar, en la movilidad
-incansable de esta «vitalista», ansiosa de conocer todos los placeres
-violentos. A su familia la habían pasado a cuchillo. Hermanos y
-sobrinos, todos habían muerto por orden de los Soviets. Sólo quedaban
-ella y ciertos parientes, a los que pilló la revolución comunista «fuera
-de casa». Además, esta rusa, que había vivido la mayor parte de su
-existencia en Alemania por haberse casado con un príncipe alemán,
-desdeñaba a la familia imperial germánica, en la que figura su hija.</p>
-
-<p>¡Inolvidable Anastasia! Había que oír a la vieja gran duquesa, vestida
-con la obscura modestia de una directora de colegio, hablar de sus
-parientes alemanes. Al kronprinz lo censuraba... Esto nada tiene de
-singular. Lo extraordinario sería que una suegra hablase bien de su
-yerno. Pero cuando resultaba más interesante era al ocuparse de su
-consuegro, Guillermo II.</p>
-
-<p>Ella había nacido Romanoff, y era descendiente de innumerables
-emperadores. La dinastía de los zares se pierde en la noche de la
-Historia. En cambio, los Hohenzollern son unos reyes de siglo y medio,
-como quien dice de ayer, y su título de emperador data de 1870. Aspiraba
-el aire desdeñosamente por sus anchas narices al decir esto, y añadía,
-como una señora linajuda que habla de<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span> un «nuevo rico»:</p>
-
-<p>&mdash;Cuando se casó mi hija tuve que asistir a la ceremonia y aceptar el
-brazo de Guillermo. No podía negarme. Nunca ese advenedizo, ese manco
-«cursi», se vio tan honrado. ¡Dar su brazo a una nieta de Pedro el
-Grande!...</p>
-
-<p>El gobierno francés la dejó vivir en Francia durante la guerra. ¡Cómo
-hacer otra cosa con una princesa alemana, suegra del kronprinz, pero
-rusa de nacimiento y que llamaba «cursi» a su consuegro!... Aunque
-pasaba el día y muchas veces la noche dentro del principado de Mónaco,
-su domicilio era en Eze, o sea en territorio francés.</p>
-
-<p>Últimamente se quejaba de escaseces de dinero. En Rusia y Alemania se
-habían perdido todos sus bienes. Pero los personajes emparentados con
-numerosas casas reales son como los barcos grandes, que después de
-encallar en la costa y perderse para siempre, todavía mantienen con sus
-despojos a los que se aproximan a ellos.</p>
-
-<p>La gran duquesa guardó hasta el último momento su casita de Eze, situada
-entre la línea del ferrocarril y la línea espumosa de las olas. Poseía
-un pequeño automóvil, guiado muchas veces por ella misma. Siempre tuvo
-dinero para el juego, y sobre todo para cenar en los sitios donde se
-baila. En los postreros días de su vida fue muy española.</p>
-
-<p>&mdash;¡País de <i>hidalgós</i> y <i>caballerrros</i>!&mdash;me dijo repetidas veces en un
-español chapurreado y con miradas de admiración.</p>
-
-<p>Existe en Monte-Carlo un restorán donde se prolongan las fiestas
-nocturnas hasta la salida del sol, y en este lugar público trabajan
-todos los años dos bailarines españoles, dos «niños» de Sevilla,
-pequeños de estatura, graciosos y bien educados, que tienen por nombre
-«los Titos». Este par de andaluces de <i>smoking</i>, que, según dicen las
-señoras, no tienen precio para hacer bailar bien a sus acompañantes,
-inspiraron a la gran duquesa un entusiasmo casi maternal. Pasaba las
-noches dedicada a ellos, no perdonando una sola de las danzas que tocan
-simultáneamente y sin descanso las dos orquestas del establecimiento.
-Dejaba a un Tito para tomar al otro, y el más alto de los hermanos no
-llegaba a tocar con su cabeza el huesudo pecho de la princesa de dos
-metros.</p>
-
-<p>Tal fervor por las cosas de España acabó con la vida de la consuegra de
-Guillermo II. Un día del pasado invierno, «los Titos» arreglaron en su
-honor un arroz a la valenciana. Era un arroz «traducido» de Valencia a
-Sevilla, y hecho además con lo que se puede encontrar en Monte-Carlo;
-pero la gran duquesa no conocía otro, y dedicaba siempre a este plato
-interminables alabanzas. A los<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span> postres de la comida española sufrió un
-desmayo; la llevaron apresuradamente al Hotel París, y a las pocas horas
-dejó de existir.</p>
-
-<p>Esta mujer, que en unos cuantos años presenció tantas tragedias
-familiares y sufrió emociones tan enormes, sólo podía morir
-repentinamente. Además, sus placeres eran tan violentos, que un corazón
-no podía soportarlos sin lesiones.</p>
-
-<p>Después de la guerra, el famoso «queso» ha dejado de ver a muchos
-personajes que lo visitaban en otros tiempos. Mi amigo Luciano Guitry,
-el más grande de los actores contemporáneos, me contó un día algo
-ocurrido aquí mismo.</p>
-
-<p>Fue esto años antes de la guerra. Se acercó al gran comediante francés
-una de esas muchachas parisienses que se titulan «artistas» y, en
-realidad, mantienen su lujo y atienden al costoso entretenimiento de su
-belleza con otros recursos que los del arte. Llegan a Monte-Carlo para
-distraer a los hombres que juegan, recordándoles que en el mundo hay
-algo más que los placeres del azar; pero muchas veces sienten la
-tentación de la ruleta, lo mismo que los otros mortales, y lo que
-ganaron con sus propios recursos lo dejan sobre la mesa verde.</p>
-
-<p>&mdash;Monsieur Guitry&mdash;preguntó&mdash;, ¿quién es ese hombre bajito, calvo y de
-mal color que conversaba con usted hace un momento? El otro día estuve
-una hora con él y no hizo más que hablar de su persona, como si fuese el
-centro del mundo. Al despedirse, me dijo: «No te revelo mi nombre,
-porque si lo supieras serían tan grandes tu sorpresa y el orgullo de
-haberme conocido, que caerías desmayada de emoción sobre tus...
-almohadillas naturales». ¿Quién es, monsieur Guitry? ¿Es un hijo de
-rey?... ¿un millonario de Nueva York?... ¿un presidente de República de
-la América del Sur?...</p>
-
-<p>Una leve sonrisa alteró la serenidad episcopal del rostro del insigne
-actor. Sus ojos parpadearon maliciosamente, y dejó caer estas palabras:</p>
-
-<p>&mdash;Es un poeta italiano, llamado Gabriel d’Annunzio.</p>
-
-<p>La muchacha quedó indecisa, repasando mentalmente sus recuerdos,
-mientras se rascaba con las pintadas uñas el lindo entrecejo. Luego dijo
-simplemente:</p>
-
-<p>&mdash;<i>¿D’Annunzio?... Connais pas.</i></p>
-
-<p>&#160; </p>
-
-<p>Repito que esto fue antes de la guerra; antes de que el poeta obtuviese
-la verdadera fama acompañando en sus vuelos a los aviadores italianos, o
-acometiendo la ruidosa y estéril aventura de Fiume.</p>
-
-<p>¡Fragilidad de las vanidades literarias! Creerse igual al Dante; llevar
-la<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span> cabeza sobre los hombros con la misma solemnidad que si fuese una
-urna santa; inventar todos los días algo extraordinario y raro que
-atraiga la atención del público, para que después una muchacha de las
-que mariposean en torno a la ruleta de Monte-Carlo diga con
-indiferencia:</p>
-
-<p>&mdash;¿D’Annunzio?... No lo conozco.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span></p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a><i>V</i><br /><br />
-LAS ALMAS DEL PURGATORIO</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">D</span>E los bancos que forman círculo en el centro de la plaza de
-Monte-Carlo, dos o tres situados frente a la escalinata del Casino
-llevan el nombre de «el purgatorio». Y por deducción, a las personas que
-los ocupan, como si fuesen de su propiedad, guardándose recíprocamente
-un lugar en ellos, las llaman las «almas» de dicho «purgatorio».</p>
-
-<p>Fácil resulta adivinar su pasado. Son jugadores que desean entrar en el
-Casino y no pueden, a pesar de vivir convencidos de que al otro lado de
-sus puertas les aguarda la Fortuna. Los directores del establecimiento,
-aleccionados por la experiencia, procuran que no quede en Monte-Carlo
-ningún resto de la diaria batalla entre el hombre y la Suerte. Pocas
-ciudades de Europa tan limpias como ésta. A ninguna hora del día o de la
-noche se encuentra un papel, una hoja seca o una colilla de cigarro en
-sus aceras, pulidas como el piso de un salón. Del mismo modo procuran
-que no quede ningún herido ni contuso de los combates de la ruleta y el
-«treinta y cuarenta». Todo el que pierde su dinero puede acudir a la
-Administración del Casino, madre cariñosa, que le facilitará la cantidad
-necesaria para el viaje hasta el país de origen. De este modo la víctima
-va a contar muy lejos sus desengaños, y si se le ocurre suicidarse,
-otros se encargan de su entierro.</p>
-
-<p>Este socorro que da el Casino para que se retire el descalabrado recibe
-el nombre de «viático». A veces el tal «viático» es de miles de francos,
-según la categoría del jugador o la importancia del trayecto. Yo he
-visto pagar a un holandés el precio de su pasaje hasta Java; pero había
-dejado antes en las mesas verdes centenares de miles de francos. También
-la Administración da algunas pensiones vitalicias a jugadores famosos
-que frecuentaron la casa treinta o<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> cuarenta años, perdiendo en ella
-numerosos millones.</p>
-
-<p>Conozco a un gran señor ruso que entra todos los días al Casino y sigue
-el juego de las mesas importantes con mirada ansiosa; pero no se atreve
-a apuntar ni con una ficha de las blancas, que son las más modestas.</p>
-
-<p>El Casino le regala una pensión de 1000 francos mensuales, después de
-haber dejado en Monte-Carlo el producto de sus minas en Siberia y las
-cosechas de territorios extensos como provincias, poblados por miles de
-<i>mujiks</i>. Pero esta generosidad va unida para el agraciado con la
-condición de que no jugará nunca. Si avanza una apuesta sobre un número,
-los empleados tienen orden de no admitirla.</p>
-
-<p>Muchos jugadores que recibieron el «viático» para volver a su tierra
-sienten el latigazo de la inspiración antes de partir, y arriesgan el
-importe del viaje en una jugada última, convencidos de que este dinero,
-por ser del Casino, atraerá a la Suerte. Si lo pierden quedan como
-prisioneros en Monte-Carlo, y un desesperado más viene a sentarse en los
-bancos del «purgatorio».</p>
-
-<p>Todo el que tomó el «viático» encuentra cerradas las puertas de la
-catedral del Rojo y el Negro mientras no devuelve el préstamo recibido.
-Y estas pobres almas en pena se buscan y sostienen con la fraternidad de
-la desgracia.</p>
-
-<p>Antes de las diez de la mañana, hora de principiar el juego, ya ocupan
-los bancos que consideran de su propiedad. Los que se alejan a mediodía
-para almorzar, son reemplazados por otros que no saben dónde un
-hambriento puede conseguir un almuerzo. Se ceden cortésmente los
-asientos verdes, desde los cuales parecen espiar la escalinata del
-templo prodigioso, y así permanecen formando grupos, unos encogidos,
-otros de pie, hasta que llega la noche y se desbandan con la ilusión de
-que el día siguiente será más propicio.</p>
-
-<p>Mientras evocan su pasado o cuentan historias de ganancias maravillosas
-en la ruleta, miran con envidia a los felices que suben y bajan los
-peldaños alfombrados de la escalinata. Sus ojos son admirativos y
-tristes, como los del ebrio ante la puerta cerrada de una bodega, como
-los del morfinómano falto de dinero junto al escaparate de una farmacia.
-De vez en cuando estos maltratados por la Suerte intentan volver hacia
-ella con la esperanza de que los acaricie, con repentino capricho.
-Rascan todo el fondo de sus bolsillos. Los hombres sacan monedas o
-billetes ínfimos entre migas de pan y briznas de tabaco. Las mujeres
-extraen de sus bolsos un dinero manchado de polvos de arroz o colorete
-para los labios. Las «almas del purgatorio» sienten una fe repentina en
-determinado número, o aceptan como indiscutible la nueva jugada que les
-propone el más viejo del grupo.<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span></p>
-
-<p>Encuentran siempre un amigo que no ha tomado el «viático» y puede entrar
-en las salas públicas. Se le entrega sin miedo el capital de la
-sociedad, repitiendo, con abundantes detalles, cómo debe arriesgarlo. A
-nadie se le ocurre sentir desconfianza. Este embajador no puede faltar a
-la lealtad que se deben los desgraciados. Quedan todos en angustioso
-silencio. Miran fijamente las puertas del Casino, creyendo ver a cada
-instante la reaparición del enviado en lo alto de la escalinata. Cuando
-tarda, la confianza aumenta en el «purgatorio». Indudablemente, el
-capital común está agrandándose con una ganancia progresiva. Si vuelve a
-mostrarse a los pocos minutos, todos adivinan su desgracia mucho antes
-de ver el gesto doloroso con que anuncia desde lejos la quiebra
-fulminante de la sociedad.</p>
-
-<p>Yo hablo algunas veces con las «almas» que vagan dolorosas por la plaza
-de Monte-Carlo, sin que la Suerte quiera redimirlas. Muchas de ellas son
-más antiguas que yo en el país. También gozo el honor de que estas
-«almas» me admiren, como un personaje casi tan interesante como ellas.</p>
-
-<p>Aunque algunos me tachen de inmodesto, declaro que he conseguido cierta
-celebridad en Monte-Carlo. Hasta tengo un apodo con el que me designan
-los que no saben pronunciar mi apellido español. Soy «el señor que no ha
-jugado nunca». Una popularidad que no todos pueden conquistar.</p>
-
-<p>Hace cinco años que frecuento Monte-Carlo y entro diariamente en su
-Casino, fuera de los meses que paso viajando. Hubo año que llegué a
-visitar las salas de juego mañana, tarde y noche, para hacer un estudio
-directo de la vida de los jugadores, destinado a mi novela <i>Los enemigos
-de la mujer</i>... Y en esos cinco años no jugué nunca, no he sentido la
-curiosidad de llamar a la Fortuna ni una sola vez, y el público y los
-empleados han acabado por fijarse en tal abstención, que resulta aquí
-extraordinaria.</p>
-
-<p>Siempre que entro ahora en el Casino, me veo buscado y amenazado por los
-halagos o las emboscadas que persiguen a toda virginidad. La
-superstición de los jugadores cree ciegamente en la buena fortuna de las
-novelas. Muchas señoras, amigas mías, me ofrecen dinero para que lo
-ponga a mi capricho sobre la mesa verde.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque sea un <i>luis</i> nada más&mdash;dicen con una sonrisa que incita al
-pecado.</p>
-
-<p>No jugaré nunca. Confieso mi debilidad ante muchos vicios y seducciones
-de la existencia; pero la tentación del juego no me inspira inquietud.
-Sé bien que no puedo ser jugador; que no lo seré, aunque me lo proponga
-con toda la fuerza de mi voluntad. He hecho mis pruebas, y puedo
-afirmarlo sin miedo a equivocarme.<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span></p>
-
-<p>En 1896, cuando andaba metido en las aventuras y riesgos de una política
-de acción, tuve el honor de ser presidiario. Un Consejo de guerra me
-condenó a varios años de encierro, y aunque los periódicos se
-interesaron por mi suerte hasta conseguir que me indultasen, no por ello
-me libré de pasar recluido más de un año. Esto se dice pronto; pero hay
-que conocer por experiencia lo que son doce meses, uno tras otro,
-siempre en el mismo edificio y entre gente poco grata.</p>
-
-<p>La penitenciaría era un antiguo convento de Valencia, que ya no existe.
-Esta construcción vetusta sólo tenía cabida higiénica para trescientos
-hombres, y éramos a veces mil. Como gran favor, me dejaron en la
-enfermería, donde todos los meses morían dos o tres tísicos y se
-preparaban para seguirles media docena más. Si la defunción ocurría al
-atardecer, quedaba el cadáver en una cama próxima hasta la mañana
-siguiente. ¡Una existencia de lo más entretenida!... De vez en cuando,
-para mayor amenidad de mi encierro, llegaban órdenes exteriores
-recomendando a los empleados que no me dejasen recibir libros ni me
-permitieran escribir otra cosa que cartas a mi familia. Los
-apasionamientos políticos aconsejan casi siempre medidas absurdas.</p>
-
-<p>En uno de estos períodos, los empleados, apiadándose de mi aburrimiento,
-me buscaron una diversión.</p>
-
-<p>&mdash;Podía usted entretenerse con el juego. Eso le distraerá tanto como la
-lectura.</p>
-
-<p>Y ocultamente me fueron proporcionando barajas, un dominó, un tablero de
-damas y otros instrumentos recreativos que no recuerdo. Hicieron más: me
-buscaron sin salir de «la casa» un insigne profesor, famoso ladronazo de
-larga historia, que sólo se había dedicado a robar Bancos y llevaba
-corrido medio mundo, conociendo todas las timbas de España y naciones
-adyacentes.</p>
-
-<p>¡Imposible aprender en mejor escuela! Fue&mdash;y pido perdón por la
-irreverencia&mdash;como si me pusieran a estudiar bacteriología con Pasteur o
-versificación con Víctor Hugo. Pero apenas iniciadas sus lecciones, el
-eminente catedrático debió convencerse de que trataba con un torpe,
-falto completamente de aptitudes. Todo lo aprendía y lo olvidaba con
-igual facilidad. Me faltaba tener fe en las enseñanzas recibidas... Y
-media hora después, el maestro, abusando de la bondadosa tolerancia de
-mis protectores, jugaba a peseta el golpe con los enfermos, mientras yo,
-de pie y junto a una verja, seguía arrobado el deslizamiento de las
-nubes y el revoloteo de dos palomas, a través de los hierros que
-cortaban el azul de un rectángulo de cielo.</p>
-
-<p>Debo confesar que representa para mí una voluptuosidad algo cruel y
-egoísta&mdash;y los placeres resultan a veces más intensos cuando van
-sazonados con un<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span> poquito de esta salsa maligna&mdash;el hecho de pasearme
-por Monte-Carlo siendo el único hombre, ¡el único!, que vive en esta
-ciudad sin haber jugado nunca. Muchos ilusos de diversas naciones se
-encargan de costear las comodidades que me rodean. Los jardines de
-vegetación tropical, los salones lujosos del Casino, el puerto blanco
-lleno de yates, las orquestas, la ópera subvencionada con varios
-millones, todo lo pagan los jugadores para que yo lo disfrute. Las mesas
-verdes no han recibido de mí un solo céntimo.</p>
-
-<p>Pero un día que hice esta declaración de independencia ante un empleado
-antiguo del Casino, el viejo rió socarronamente:</p>
-
-<p>&mdash;Hay quien ha hecho más que usted&mdash;dijo&mdash;. Usted se limita a no dar
-nada, mientras que el maestro ruso...</p>
-
-<p>Y me contó la breve historia del maestro de escuela ruso, conocida
-solamente por los altos funcionarios de Monte-Carlo, pues resultaría
-peligroso el divulgarla.</p>
-
-<p>Esto fue antes de la guerra. Un ruso greñudo, barbón y grasiento, con
-sonrisa inocente y ojos de angelote bizantino, consiguió entrar una sola
-vez en las salas de juego, y puso una moneda de cinco francos a un
-número de la ruleta. El duro era escandalosamente falso, pero acertó el
-«pleno», y le dieron treinta y cinco duros más, indiscutiblemente
-legítimos.</p>
-
-<p>Luego que se hubo comido la ganancia, el maestro pidió audiencia a la
-Administración del Casino. Él se consideraba un jugador importante,
-«todos le habían visto jugar», y exigía lo mismo que los otros, un
-«viático» para volver a su tierra... Y la Administración, que no quiere
-«ruidos», le pagó el viaje.</p>
-
-<p>Como el empleado continúa sonriendo después de terminar su historia, yo
-inclino la cabeza humildemente:</p>
-
-<p>&mdash;Reconozco mi inferioridad ante el maestro ruso.<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a><i>VI</i><br /><br />
-LOS NUEVOS COMPAÑEROS</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">H</span>ACE pocos días hablé con el director de uno de los «Palaces» más
-célebres y caros de la Costa Azul, y este personaje representativo de
-nuestra época, que tiene automóvil propio, cobra más sueldo que un
-primer ministro, es amigo de varios reyes y estrecha confianzudamente
-las manos de los millonarios de Europa y América, me dijo así:</p>
-
-<p>&mdash;Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes
-llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las
-personas.</p>
-
-<p>Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este
-famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles.</p>
-
-<p>La Costa Azul es el lugar de la tierra donde abundan más los perros. Los
-hay a docenas en los «Palaces», en las casas, en los paseos, en los
-lugares más apartados de la ribera o la montaña. Hacen imposible un
-largo y silencioso recogimiento ante la Naturaleza. Cuando se cree uno
-solo y empieza a saborear la calma rumorosa del paisaje, sumido en
-profunda paz, suena al lado el grotesco ladrido de algún gozque, último
-amor de su dueña envejecida, y con la rapidez de un reguero de pólvora
-inflamada este ladrido se dilata, se multiplica al correr hacia el
-infinito, pues de todas partes empiezan a contestarle otros aullidos,
-atiplados o graves, de perros de salón, perros de pescador, perros de
-granja o perros que tiran de su cadena junto a las verjas de los
-jardines elegantes.</p>
-
-<p>En este pedazo de Francia, tierra de retiro invernal, donde de cada diez
-personas que buscan el sol siete hablan inglés y tres solamente francés,
-la dama vieja con su perrito es el eterno personaje que da valor humano
-al panorama.</p>
-
-<p>Bien sabido es lo que representan, generalmente, las respetables señoras
-que viven durante el invierno en la Costa Azul y pasan la primavera en
-Florencia.<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span> Aunque sean de distintos idiomas y naciones, todas resultan
-iguales. Todas poseen una peluca rubia, una dentadura postiza, una
-novela inglesa «muy moral», que nunca acaban de leer, pues aunque la
-cambien, siempre dice lo mismo... y un perro.</p>
-
-<p>A causa de ellas, los hoteleros, que tienen de vez en cuando sus
-asambleas internacionales en alguna ciudad de Suiza&mdash;lo mismo que los
-diplomáticos de la Sociedad de las Naciones se reúnen en Ginebra&mdash;, se
-han visto obligados a ocuparse del perro y sus molestias, combatiendo su
-existencia por medio del impuesto.</p>
-
-<p>Hace algunos años, los perros, que siempre habían vivido gratuitamente
-en los hoteles, fueron tasados en dos francos diarios. Ahora pagan
-cinco, y en ciertos «Palaces» diez y hasta quince francos, sin que haya
-influido esto en su disminución. Al contrario: tener perro en un hotel
-de lujo significa un gasto considerable; cuesta más que costaba antes de
-la guerra el mantenimiento de un cristiano, y denuncia gran riqueza en
-su dueño.</p>
-
-<p>Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de
-perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda, y
-únicamente pueden interesar a las gentes desorientadas que siguen con un
-retraso de varios años los adelantos de nuestra época.</p>
-
-<p>Los altos lebreles de Rusia, estrechos, sedosos, distinguidos o
-imbéciles; el perro policía, feroz y de una agresividad inteligente; el
-«lulú de la Pomerania», peludo y pequeño como un manguito con patas y
-ojos; los gozques liliputienses, capaces de tener por casa un saquito de
-mano; todas estas bestias privilegiadas, que cuestan miles de francos y
-eran acogidas antes con palmoteos y gritos femeninos de entusiasmo,
-resultan actualmente un regalo vulgar, bueno para los burgueses que no
-se enteran de lo que es <i>chic</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Otros animales&mdash;añade&mdash;son ahora los acompañantes de moda,
-especialmente de la mujer.</p>
-
-<p>Tales palabras vienen de un hombre en íntimo contacto con la humanidad
-privilegiada que llega de todas partes a la Costa Azul, vive unos meses
-en ella y vuelve a esparcirse por el mundo. Nadie puede conocerla
-mejor... Y me hacen ver, repentinamente, con una concreción luminosa,
-imágenes que se habían deslizado antes por mis ojos, sin que yo las
-retuviese.</p>
-
-<p>Me acuerdo de la hora cálida y elegante del mediodía, cuando circulan
-los extranjeros por los muelles de Mentón, las terrazas de Monte-Carlo,
-el Paseo de los Ingleses, en Niza, y las explanadas del puerto de
-Cannes. Pasan señoras con<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span> la sombrilla japonesa en la diestra, llevando
-sobre un hombro o un codo el papagayo amaestrado que las acompaña en sus
-viajes. Otras tiran de una cadenilla, al término de la cual marcha un
-mono en posición cuadrúpeda o se apoya en las patas traseras, irguiendo
-su cabecita orejona y piramidal sobre el capuchón de un hábito hecho con
-tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva,
-acarician con la punta de su bastón el gato montes, la zorra, el lobito,
-la pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en
-otros tiempos el perrillo faldero.</p>
-
-<p>Éstos son los camaradas de viaje que pueden dejarse ver. El célebre
-hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que
-permanecen ocultos en el cuarto del «Palace» y obligan a los criados a
-realizar a toda prisa la limpieza de la habitación, si es que no se
-quedan a la puerta vacilantes y medrosos: lagartos soñolientos, hundidos
-en algodones que les sirven de cama; tortugas que surgen lentamente del
-abrigo del sofá; reptiles de piel en cuadrícula&mdash;molestos de
-nombrar&mdash;que, al sentir la caricia del rectángulo de sol de la ventana
-prolongado hasta su cesto, se desenroscan, levantan la tapa de junco, y
-dilatando sus anillos, empiezan a subirse por las patas de los muebles.</p>
-
-<p>Como ahora la gente viaja más que en otras épocas y dar la vuelta al
-mundo es diversión que nada tiene de extraordinaria, las personas
-andariegas y caprichosas, movidas por un deseo malsano de originalidad,
-escogen los más extraños camaradas para su existencia cómoda, aburrida y
-errante.</p>
-
-<p>Un recuerdo me conmueve de pronto interiormente, con esa emoción
-explosiva que acompaña los descubrimientos inesperados.</p>
-
-<p>Me veo, noches antes, en la fiesta de un gran hotel de Niza. Bailan las
-parejas bajo una lluvia de serpentinas y papelillos dorados. Los
-domésticos van de mesa en mesa ofreciendo objetos de cotillón. Las
-gentes se adornan con ellos grotescamente.</p>
-
-<p>Graves señores, de solapa condecorada, han tocado sus cabezas con
-sombreros de payaso, crestas de gallo o plumajes índicos, todo de papel
-de seda.</p>
-
-<p>Señoras que llevan sobre el pecho un millón de perlas o brillantes
-ostentan orgullosas en su peinado las diademas de lata o las
-sombrillitas de cartón que acaba de darles el <i>maître d’hôtel</i>. Entre
-baile y baile, la gente devora. La acidez vegetal del champaña derramado
-en los manteles se mezcla con la acidez humana de las axilas sudorosas.</p>
-
-<p>En una mesa frente a la mía cena un joven solitario, de aspecto
-«exótico». Va vestido, indudablemente, por un sastre de Londres; pero, a
-pesar de su correcto<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> <i>smoking</i>, evoca el recuerdo de islas paradisíacas
-de Asia, bosques de canela, pagodas de rumorosas campanillas, a causa de
-la indolencia de sus movimientos y el color de su rostro. Puede ser hijo
-de europeo y de oriental; puede haber nacido en Inglaterra y tener la
-cara ensombrecida por la causticidad de la atmósfera del trópico. Si se
-desnuda este joven perezoso y atlético, tal vez muestre una blancura
-femenina, alterada únicamente por la máscara de cobre que baja hasta la
-mitad de su cuello. Con la mano derecha atrapa en el aire las bolas de
-colores que le envían de las mesas inmediatas, y las devuelve sin
-esfuerzo.</p>
-
-<p>Su mano izquierda permanece inmóvil y caída sobre un plato con residuos
-del postre. Algo vive y se agita debajo de esta mano... Lo recuerdo
-ahora claramente; lo veo como si aún lo tuviese ante mis ojos.</p>
-
-<p>Una cabecita de tortuga se mueve entre los dedos y el borde de
-porcelana. Avanza, husmeando los restos del postre dulce; luego se
-oculta... Conozco esta cabeza triangular; conozco su lengua de hilo
-bifurcado; conozco sus ojos salientes, que parecen empañarse de blanco
-al descender sobre ellos el velo membranoso de sus párpados. Yo he
-vivido en las selvas de América, roturando por primera vez un suelo
-virgen durante millones de años. Mi casa era un «rancho» de estacas y
-barro. Un doméstico indio untaba con ajo las patas de mi catre para que
-no subiesen por ellas los reptiles que cazan de noche y se introducen en
-las viviendas buscando la sociedad del hombre. Al romper el día, antes
-de calzarme unas botas altas de cuero de cerdo, había que ponerlas boca
-abajo, por si alguno de estos visitantes se había adormecido en su
-interior. Más de una vez, al encender luz en plena noche, sorprendí por
-un momento esta misma cabeza en un agujero del techo o del suelo.</p>
-
-<p>El <i>gentleman</i>, de repente, parece olvidar la fiesta y se lleva,
-sonriendo, su mano izquierda a la cara. Un soplo frío, algo como una
-caricia «del otro mundo», debe pasar por su bigote recortado.</p>
-
-<p>No ha querido dejar a su amiga arriba, en la habitación que ocupa en el
-hotel. Teme por ella, y la ha traído a la fiesta, enroscada en un brazo.
-Se asoma suavemente por el puño de la camisa; se apoya en el borde del
-plato; busca, golosa, las dulzuras fabricadas por los hombres que su
-dueño le ofrece disimuladamente.</p>
-
-<p>Así, tal vez, corre el mundo este <i>gentleman</i> de rostro color de canela,
-yendo de gran hotel en gran hotel...</p>
-
-<p>Un mal vecino de cuarto.<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a><i>VII</i><br /><br />
-CÓMO LOS AMERICANOS CINEMATOGRAFÍAN UNA NOVELA</h2>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">L</span>AS once de la noche. El otoño es una segunda primavera en la Costa
-Azul.</p>
-
-<p>Estamos en Noviembre, pero yo paseo por mi jardín, respirando la leve
-frescura nocturna, cargada de aromas de flores y frutos. Sólo falta el
-resplandor azulado de las luciérnagas, moscas de la noche que tejen y
-destejen sus danzas voladoras en la obscuridad primaveral.</p>
-
-<p>De pronto un estrépito inusitado corta el silencio del adormecido
-jardín.</p>
-
-<p>Mi casa está en las afueras de Mentón, en una avenida que, arrancando
-del borde del Mediterráneo, serpentea por la falda de los Alpes
-Marítimos, orlada de verjas y vallas campestres. Apenas cierra la noche,
-esta calle, abierta entre dos masas de árboles que ocultan los
-edificios, queda silenciosa como un sendero de bosque. Parece oírse el
-latido y la respiración de la Naturaleza en reposo. El más ordinario de
-los ruidos toma la importancia de un acontecimiento.</p>
-
-<p>Por eso no pude evitar un gesto de extrañeza e inquietud al ver cómo se
-enrojecía la vegetación bajo una luz de aurora violenta, cortándose al
-mismo tiempo la calma de la noche con incesantes mugidos. Varios
-automóviles acababan de detenerse, ensangrentándolo todo con sus faros y
-haciendo sonar sus sirenas. Poco después la campana de la puerta de mi
-jardín empezó a repiquetear locamente. ¿Quién podía anunciarse a estas
-horas y con tal estrépito?...</p>
-
-<p>Pensé en la posibilidad de una invasión de fascistas que hubiese
-atravesado la inmediata frontera de Italia persiguiendo a enemigos
-fugitivos. Al acercarme cautelosamente a la verja, una voz juvenil me
-habló en español, con ligero acento inglés.<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Mister Ibáñez: venimos de Nueva York, enviados por la «Cosmopolitan
-Production» para filmar su novela <i>Los enemigos de la mujer</i>.</p>
-
-<p>Un poco americana esta presentación, a tal hora y sin más preámbulos...
-La servidumbre de la casa y los jardineros, despertados por el campaneo,
-abandonaron sus camas. Yo fui dando luz a los faros del jardín, mientras
-los criados hacían lo mismo en las habitaciones. Entraron los
-automóviles, y empezaron a descender de ellos caballeros vestidos de
-<i>smoking</i>, damas elegantes y hermosas, escotadas, en traje de <i>soirée</i>.</p>
-
-<p>El que había hablado en español siguió dándome explicaciones para
-justificar esta visita extraordinaria. Era un buen mozo de arrogante
-presencia, un artista, hijo de españoles, pero nacido en los Estados
-Unidos: Pedro de Córdoba, cuyo nombre conocen todos los que gustan de
-ver obras cinematográficas hechas en América. Me creían de viaje en
-España, y una hora antes se habían enterado de que continúo viviendo en
-Mentón. Llegaron de París al atardecer, poniéndose inmediatamente sus
-trajes de ceremonia para cenar y bailar en el Café de París, de
-Monte-Carlo.</p>
-
-<p>&mdash;Al saber que estaba usted en su casa&mdash;continúa Córdoba&mdash;nos hemos
-dicho: «Vamos a hacer una visita a mister Ibáñez...». Y aquí nos tiene.</p>
-
-<p>En el comedor se improvisa con toda rapidez un refresco para los
-invasores. Mientras tanto, las damas escotadas corren por el jardín lo
-mismo que niñas, persiguiéndose, buscando flores y riendo de sus
-descubrimientos con una ingenuidad sana y ruidosa.</p>
-
-<p>Los <i>gentlemen</i> siguen hablando conmigo. Tienen un jefe, el reputado
-director de escena Alan Crosland, joven sonriente, parco en palabras y
-con un gesto tenaz de hombre acostumbrado al mando.</p>
-
-<p>Deseo saber cuándo empezarán a trabajar estas gentes que llegaron hace
-unas horas de París, y para reponer sus fuerzas, después de una noche de
-tren, se han vestido de etiqueta, bailando entre plato y plato de su
-cena. Me ofrezco a servirles de intermediario para allanar todas las
-dificultades que retrasen su labor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Creen ustedes que podrán empezar dentro de tres o cuatro días?</p>
-
-<p>Alan Crosland me mira con sus ojos claros, y responde sencillamente:</p>
-
-<p>&mdash;Empezamos mañana, a las seis, en la plaza del Casino de Monte-Carlo.</p>
-
-<p>¡A las seis de la mañana, y van a dar las doce de la noche!... Además
-hay que tener en cuenta que muchos de los artistas llegados de los
-Estados Unidos se han quedado en Niza y sólo unos cuantos viven en
-Monte-Carlo.<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span></p>
-
-<p>Los ayudantes del director, venidos con él de América, y los agregados
-franceses que le siguen desde París se hallan en este momento reclutando
-centenares de hombres y mujeres en Niza para que actúen como figurantes.
-Tienen que buscar igualmente una orquesta, pues las que existen en
-Monte-Carlo, como funcionan hasta media noche, se niegan a este trabajo
-matinal. Crosland, que adivina la duda en mi rostro, repite
-tranquilamente:</p>
-
-<p>&mdash;A las seis en punto empezaremos.</p>
-
-<p>Y Pedro de Córdoba, más expansivo, más «latino», añade, sonriendo
-finamente:</p>
-
-<p>&mdash;Cuando hay dinero para gastar, ¿sabe usted?, cuando hay plata
-abundante, nada es imposible.</p>
-
-<p>Me levantó al día siguiente a las seis de la mañana. No tenía prisa en
-llegar a Monte-Carlo. La Costa Azul está lejos de los Estados Unidos, y
-no pueden repetirse en ella los milagros de la prodigiosa actividad
-americana. Llegaría de seguro antes que hubiese empezado el trabajo.</p>
-
-<p>Al entrar en Monte-Carlo notó una animación especial en sus calles, poco
-frecuentadas a dicha hora. Los vecinos de la gran metrópoli de la ruleta
-se levantan tarde. Todos han trasnochado junto a las mesas verdes, y el
-Casino sólo abre sus puertas a las diez. Pero esta mañana los pocos que
-iban por las calles se hablaban, señalando a lo lejos, como si ocurriese
-algo extraordinario. Los había que desandaban su camino para volver a
-casa y dar a los de su familia una noticia capaz de echarles fuera de la
-cama.</p>
-
-<p>Cuando llegó mi automóvil a la plaza del Casino no pude contener una
-admiración ingenua, semejante a la de los barrenderos montecarlinos, que
-apoyados en sus escobas y palas formaban grupos, mirando ávidamente a un
-lado y a otro.</p>
-
-<p>El orden de las horas del día estaba totalmente trastornado. El reloj
-del Casino marcaba las seis y media; un sol adolescente empezaba a
-remontarse sobre las palmeras de las terrazas que cortan el azul del mar
-con sus columnatas obscuras... Pero al mismo tiempo eran las cinco de la
-tarde, la hora del té.</p>
-
-<p>Vi la plaza ocupada por centenares y centenares de personas; tal vez
-pasaban de mil; y todos, hombres y mujeres, iban vestidos con cierta
-elegancia, como desocupados que pueden costearse la vida en Monte-Carlo.
-Estas gentes entraban y salían en el Casino, paseaban en torno al
-jardincito central de la plaza, llamado «el queso»; se sentaban en las
-mesas del Café de París. Una orquesta funcionaba en la terraza de dicho
-establecimiento. ¡Todo lo que se ve en este<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span> lugar, pero a media tarde o
-al caer el sol!...</p>
-
-<p>El orden de los años también parecía invertido, lo mismo que el de las
-horas. Era la plaza del Casino tal como yo la había visto durante la
-guerra. Oficiales convalecientes paseaban, formando grupos. Varios
-inválidos con gorra de cuartel tomaban el sol en los bancos. Toda esta
-muchedumbre era fingida, o dicho con grosera exactitud, era una
-muchedumbre «pagada». A espaldas del Gran Hotel de París había docenas
-de camiones-automóviles de los que pasean a los excursionistas por la
-Costa Azul. Este convoy de vehículos había traído de Niza la avalancha
-humana que llenaba la plaza para evolucionar bajo las órdenes de
-Crosland.</p>
-
-<p>Al aproximarse al Casino me fueron saliendo al encuentro los principales
-personajes de <i>Los enemigos de la mujer</i>. Besé la diestra de una gran
-señora que bajaba las gradas vestida lujosamente. Era la duquesa Alicia,
-representada por la hermosa artista californiana Alma Rubens. Un
-<i>gentleman</i> puesto de frac se echó atrás las alas de su capa negra y
-blanca para saludarme. Sólo podía ser el príncipe Lubimoff. Y reconocí
-los ojos felinos y misteriosos, el gesto de Hamlet del gran actor
-americano Lionel Barrymore, héroe de los teatros de Nueva York.
-Igualmente fui reconociendo a muchos artistas célebres que había visto
-en los films americanos y representaban ahora personajes de mi novela.</p>
-
-<p>Una fila de aparatos cinematográficos funcionaba, lo mismo que una
-batería de ametralladoras, bajo las órdenes del operador Morgan,
-compañero de Crosland.</p>
-
-<p>La figuración también resultaba extraordinaria. Era compuesta toda ella
-de artistas que trabajan ordinariamente para la cinematografía francesa.
-Entre estas damas y caballeros, descendidos ahora a una simple actuación
-de figurantes, los había que están acostumbrados a ser primeros
-personajes en los films hechos en Niza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Estos americanos pagan tan bien!&mdash;dijo una de las varias señoras que
-fingían tomar el té en las mesas exteriores del Café de París.</p>
-
-<p>Un joven protagonista de comedias francesas, que en esta obra era
-simplemente «uno de tantos», me dio consejos:</p>
-
-<p>&mdash;Usted debe escribir muchas novelas que pasen en la Costa Azul, para
-que los cinematografistas americanos vengan a trabajar aquí. Lo que más
-me gusta en ellos es que pagan puntualmente. Yo he sido el héroe de dos
-films hechos en comandita con otros camaradas, y aún no he cobrado un
-céntimo.</p>
-
-<p>Los inválidos que paseaban o tomaban el sol eran inválidos de verdad:<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span>
-artistas que estuvieron en la guerra, y ahora, con un brazo o una pierna
-de menos, sólo pueden trabajar en una obra que evoque el recuerdo de la
-pasada tragedia. Entre los oficiales, los había que llevaban con una
-soltura marcial el uniforme; pero todos ellos, a pesar de la minucia en
-los detalles, revelaban al actor que sabe cambiar de traje.</p>
-
-<p>Sólo un comandante parecía despegarse de los demás. Era verdaderamente
-un jefe francés, enjuto de carnes, de perfil aquilino y bigotes blancos,
-igual a Foch. Iba elegantemente enguantado y una barra de
-condecoraciones cruzaba su pecho. Parecía un militar de verdad... Y
-efectivamente lo era.</p>
-
-<p>Sus camaradas le llamaban siempre «comandante». Antes de la guerra era
-oficial de la reserva. Se batió en numerosos sectores del frente y
-obtuvo la Legión de Honor con los galones de comandante. En los films
-franceses representa diversos personajes, pues es un actor de talento.
-En <i>Los enemigos de la mujer</i> nadie podía disputarle su papel de
-compañero de armas de Martínez, el oficial español de la Legión
-extranjera. Y no tuvo más que ponerse el uniforme propio para destacarse
-de los otros militares, puramente cinematográficos.</p>
-
-<p>Durante varios días una parte del vecindario montecarlino cambió de
-existencia. Muchas señoras se acostaron más temprano o acortaron su
-sueño para levantarse a horas que una semana antes hubiesen juzgado
-inauditas.</p>
-
-<p>Crosland, con su ejército de artistas y figurantes, fue trasladando a la
-realidad todas las escenas de <i>Los enemigos de la mujer</i> que se
-desarrollan al aire libre. Trabajó en la plaza del Casino&mdash;en el
-interior del edificio fue imposible&mdash;y en los jardines que descienden
-hasta el Mediterráneo, formando terrazas. La Dirección del Casino sólo
-podía tolerar este trabajo, en los lugares dependientes de ella, de las
-seis a las nueve de la mañana. Luego había que dejar sitio a los
-encargados de la limpieza, pues a las diez empiezan los juegos.</p>
-
-<p>Tuve que hablar con el gobierno del príncipe soberano para que
-permitiese el trabajo de los artistas en la antigua ciudad de Mónaco. La
-vida agitada de Monte-Carlo no llega hasta la tranquila capital
-monegasca, que está enfrente, al otro lado del puerto. Para que la
-policía del principado no estorbase nuestra labor en los hermosos
-jardines de San Martino, en las inmediaciones del Museo Oceanográfico,
-en la plaza situada frente al castillo-palacio de los príncipes, que
-parece una decoración del Renacimiento, y donde nunca se toleró a los
-cinematografistas, fue preciso que el ministro del Interior diese nada
-menos que un decreto.</p>
-
-<p>No hay que sonreír. En los Estados pequeños resulta necesario hacer las
-cosas con más ceremonia y gravedad que en los grandes. Lo mismo ocurre
-en<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span> nuestra existencia. Un pobre debe observar en sus actos más dignidad
-y mesura que un rico, si quiere verse respetado. Únicamente los
-poderosos pueden vivir sin escrúpulos ni miramientos. Si un gobierno
-pequeño, como el de Mónaco, no procediese con minucias y solemnidades,
-la gente que llega de fuera, dispuesta a bromas y falta de respeto,
-acabaría por atropellarlo todo.</p>
-
-<p>En estos días no escribí ni hice otra cosa que seguir a Crosland,
-sirviéndole de intermediario, poniendo a su disposición todos los
-conocimientos y experiencias que han podido proporcionarme varios años
-de vida en la Costa Azul. El director y sus artistas me asombraron al
-marcharse tanto como al llegar.</p>
-
-<p>&mdash;Terminaremos el próximo domingo&mdash;dijo Crosland.</p>
-
-<p>Volví a sentir dudas, lo mismo que la noche de su inesperada
-presentación. Necesitaban, efectivamente, marcharse el domingo
-inmediato. Debían meterse en el tren al anochecer e ir en línea recta de
-Monte-Carlo al Havre para tomar al día siguiente el trasatlántico que
-les llevaría a Nueva York. Pero ¡quedaba tanto por hacer!...</p>
-
-<p>Estos americanos, hombres y mujeres, después de trabajar desde la salida
-a la puesta del sol, jugaban por la noche en el Casino o cenaban en
-todos los restoranes de moda donde se baila, entregándose a la danza
-hasta pasada media noche. Las cosas no podrían marchar como las había
-planeado el director sobre el papel. Alguien caería enfermo. Iban a
-surgir obstáculos inesperados.</p>
-
-<p>Empezó a llover, y siguieron trabajando. Algunos actores, efectivamente,
-se sintieron enfermos, pero esto no les impidió continuar su vida
-nocturna. Querían verlo todo, aprovechar bien su viaje a la Costa
-Azul... Y ninguno dejaba de presentarse puntualmente a la hora del
-trabajo: las seis de la mañana. ¡Qué disciplina y qué salud! ¿Cuándo
-dormían estas gentes?...</p>
-
-<p>El domingo, al ocultarse el sol, aún trabajaban. Pero a la hora marcada
-por Crosland todo quedó terminado. Algunos de los actores no tuvieron
-tiempo para desnudarse, y subieron al tren vestidos como en <i>Los
-enemigos de la mujer</i>. ¡Y en marcha para Nueva York de un solo tirón!...</p>
-
-<p>Luego he recibido centenares de fotografías representando los
-«interiores» de la obra, las escenas interpretadas en los Estados
-Unidos, con decoraciones portentosas, que hacen de este film algo
-extraordinario. Hasta han reconstruido allá, con arreglo a los apuntes
-que se llevaron, varios de los salones de juego más elegantes del
-Casino.</p>
-
-<p>En la Costa Azul hay muchas damas que aún se acuerdan, con asombro y
-delicia, del tiempo en que se levantaban a las seis de la mañana,
-pudiendo<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span> contemplar la salida del sol.</p>
-
-<p>Algunas veces, al encontrarme en el Casino me hablan de este período
-extraordinario de su existencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué levantarnos ahora temprano? ¿Qué puede una persona decente
-hacer a tales horas? ¡Solamente si viniesen otra vez los americanos para
-hacer un film!... En tal caso, avísenos.<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span></p>
-
-<h2><a name="BIOGRAFIA" id="BIOGRAFIA"></a>BIOGRAFÍA</h2>
-
-<p>VICENTE BLASCO IBÁÑEZ nació en Valencia en enero de 1867. Fue abogado y
-periodista, y dedicó buena parte de su vida a la política, en el seno
-del<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span> partido republicano al que se afilió desde muy joven. Su vida
-política fue turbulenta. La misma violencia con que, en sus obras,
-denuncia las injusticias, el mismo lenguaje brillante y colorista con
-que describe los paisajes de su tierra, surgen en sus panfletos
-políticos, lo que hizo que fuera arrestado varias veces, y otras tantas
-tuviera que exiliarse.</p>
-
-<p>En 1884 fue secretario del escritor Fernández y González en Madrid, pero
-pronto se desligó de esta dependencia para dedicarse a la política, que
-en la idea de Blasco significaba hacer triunfar la revolución. Sus ideas
-y los violentos escritos que le inspiraron contra la corrupción de los
-políticos locales y nacionales le obligaron a exiliarse en París en
-1889, y no regresó a España hasta 1891.</p>
-
-<p>Ya en Valencia, se entregó por completo a la política, fundó el diario
-<i>El Pueblo</i>, órgano del partido republicano, y fue procesado en diversas
-ocasiones por campañas periodísticas. Fue diputado por su provincia en
-siete legislaturas, y en 1909 renunció a su acta de diputado para
-entregarse de lleno a una empresa que algunos han calificado de
-descabellada y aun de criminal, pero que él emprendió convencido de que
-saldría con éxito de ella: marchó a Sudamérica con seiscientos
-campesinos para fundar en la Patagonia una colonia, a la que llamó
-Cervantes, en la que se pondría en práctica algún proyecto de sociedad
-socialista de los muchos que en aquella época se formularon. El caso es
-que el ensayo salió bien, aunque cosechó poca comprensión por parte de
-sus correligionarios.</p>
-
-<p>De vuelta en Europa, fijó su residencia en París en 1914, y puso su
-pluma al servicio de los aliados en los que vio los defensores de la
-democracia en aquella primera gran guerra. En recompensa el gobierno
-francés le concedió la Legión de Honor, y al término de la guerra marchó
-a Estados Unidos donde fue recibido triunfalmente, y fue nombrado doctor
-<i>honoris causa</i> por la Universidad Jorge Washington.</p>
-
-<p>Regresó a España, pero pronto se vio forzado a salir de ella, esta vez
-para no volver, al advenir la dictadura de Primo de Rivera, en 1923. El
-resto de sus días, hasta el 28 de enero de 1928 en que murió, los pasó
-en la costa mediterránea francesa, rodeado del respeto y la admiración
-de cuantos en el mundo conocieron su obra.</p>
-
-<p>No cesó, durante el exilio, de atacar duramente a los sucesivos poderes
-que hubo en España y que no hicieron más que perseguir con métodos
-siempre renovados todo aquello en lo que Blasco creía.</p>
-
-<p>Pasó así a engrosar la lista trágica de los españoles grandes y
-humildes<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span> muertos en el destierro.</p>
-
-<p>Ésta es la biografía escueta de un hombre al que se ha presentado como
-escritor de novelas violentas y sensuales, sin que para nada se hiciera
-mención, por lo general, de su actividad como político. Como si su obra,
-especialmente su obra primera, la que se suele apellidar «de ambiente
-regional», hubiera nacido de la simple contemplación de la luz de su
-tierra, o del capricho de su fantasía mediterránea.</p>
-
-<p>Sus ideas políticas, además de los encarcelamientos, procesos y
-destierros, le abocaron a varios desafíos de los que en ocasiones
-resultó gravemente herido. Y en medio de esta vida entregada a la
-acción, Blasco aún encontró tiempo y energías para escribir una de las
-obras más ambiciosas de la literatura española y para convertirse en el
-único escritor español que ha podido vivir en el extranjero,
-holgadamente, del producto de sus libros, y entre el respeto y la
-admiración del mundo.</p>
-
-<p>Este aspecto de su vida se destaca aquí no por frivolidad, sino porque
-después de haber tenido que pasar aquí, como tantos otros, por la cárcel
-o el desprecio oficial, a causa de sus ideas; después de haber tenido
-que vivir en el exilio&mdash;como tantos otros también&mdash;por expresarlas y
-defenderlas; y después de que durante muchos años se ha pretendido hacer
-de él un novelista de segunda, a causa también de sus ideas, ocultándolo
-tras la etiqueta de «escritor costumbrista», para no reconocerle el
-alcance real de sus ideas sociales, es hora ya de que el lector medio
-abandone la idea que de Blasco se le ha querido imponer: la de un
-escritor de tintas fuertes, de colores violentos y descripciones subidas
-de tono, todo ello bajo el nombre académico de «naturalismo», y aprenda
-a ver al verdadero Blasco Ibáñez.</p>
-
-<p>No es posible dar una lista de todas las obras de Blasco Ibáñez, pero
-citaremos aquellas que, además de hacerlo famoso, lo han definido como
-uno de los grandes novelistas contemporáneos. En primer lugar, y por
-orden de aparición, sus obras de carácter social, como <i>Arroz y Tartana</i>
-(1894), <i>Flor de mayo</i> (1895), <i>La Barraca</i> (1898), <i>Entre naranjos</i>
-(1901), <i>Cañas y barro</i> (1902), <i>La catedral</i> (1903), <i>La horda</i> (1905),
-<i>La bodega</i> (1905), <i>Sangre y Arena</i> (1908), que son precisamente sus
-obras mayores, junto a las novelas de la guerra <i>Los cuatro jinetes del
-Apocalipsis</i> (1916) y <i>Mare Nostrum</i> (1918), y las históricas <i>Sónnica
-la Cortesana</i> (1901), <i>El Papa del mar</i> (1925) y <i>A los pies de Venus</i>
-(1926), así como <i>La vuelta al mundo de un novelista</i> (1925).</p>
-
-<p>En cualquier enciclopedia puede hallar el lector la lista completa de
-sus otras obras. Lo que aquí se trata de destacar es precisamente la
-seriedad y profundidad<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span> trágica, además de su compromiso social y
-político, en un autor al que se le ha achacado sensualidad,
-costumbrismo, luz y color, alegría mediterránea, y otros tópicos. Es
-verdad que nuestro autor amó la vida y que gozó de ella cuanto pudo; es
-verdad que en sus novelas la luz y el encanto de su tierra son
-protagonistas silenciosos y constantes; es verdad también que Blasco
-utiliza el color violento y los contrastes para atenazar al lector con
-una acción tensa y un lenguaje vivo y brillante. Pero pretender que eso
-y sólo eso es todo lo que Blasco ha aportado a la literatura y al
-conocimiento de las gentes de su tierra, no es sólo ceguera, sino
-injusticia, y hasta injusticia premeditada.</p>
-
-<p>Es, desde luego, menos arriesgado colgar en el haber o en el debe de la
-«psicología» de un personaje o de una clase social lo que no son sino
-consecuencias del ambiente en que se le obliga a permanecer, porque de
-ese modo no hay que citar por sus nombres a los verdaderos responsables.
-Como es más cómodo culpar a la tierra, al sol, o a la sangre caliente
-por las reacciones violentas del campesino harto de padecer injusticias.
-En cada una de las novelas citadas hay una denuncia que Blasco se atreve
-a gritar.</p>
-
-<p>C. Ayala</p>
-
-<hr class="full" />
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>NOVELAS DE LA COSTA AZUL</span> ***</div>
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-Defect you cause.
-</div>
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-</div>
-
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-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
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-This website includes information about Project Gutenberg&#8482;,
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-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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