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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: El clavo - -Author: Pedro Antonio de Alarcón - -Release Date: January 25, 2022 [eBook #67248] - -Language: Spanish - -Produced by: Ramón Pajares Box - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CLAVO *** - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Algunas ilustraciones han sido desplazadas muy ligeramente para que - no interrumpan un párrafo. - - * Una página en blanco ha sido eliminada. - - * Se ha añadido un Índice al final del libro pese a que el original - impreso no lo incluye. - - - - -[Ilustración: BIBLIOTECA MIGNON] - - - - -EL CLAVO (Causa célebre.) - - - - - BIBLIOTECA MIGNON - - - OBRAS PUBLICADAS - - I. Vicente Medina.--_Aires murcianos._ -- Segunda edición. - - II. A. Palacio Valdés.--_¡Solo!_ -- Segunda edición. - - III. Clarín.--_Las dos cajas._ - - IV. Ricardo Wagner.--_Historia de un músico en París._ - - V. González Serrano.--_Siluetas._ - - VI. J. Valera.--_El pájaro verde._ - - VII. Luis Bonafoux.--_Risas y lágrimas._ - - VIII. J. O. Picón.--_Cuentos._ - - IX. R. Becerro de Bengoa.--_El recién nacido._ - - X. J. O. y Munilla.--_Tremielga._ - - XI. José M. de Pereda.--_Para ser buen arriero..._ - - XII. Alfonso Daudet.--_Una anécdota del segundo Imperio._ - - XIII. V. Blasco Ibáñez.--_La cencerrada._ - - XIV. G. Martínez Sierra.--_Almas ausentes._ - - XV. Enrique Menéndez y Pelayo.--_A la sombra de un roble._ - - XVI. G. Nuñez de Arce.--_Sancho Gil_ (novela fantástica). - - XVII. Blanca de los Ríos.--_Melita Palma._ - - XVIII. Arturo Reyes.--_Cuentos andaluces._ - - XIX. Pedro A. de Alarcón.--_El clavo_ (causa célebre). - - - EN PRENSA - - XX. M. Tolosa Latour.--_Hombradas._ - - - - - XIX - _Biblioteca Mignon._ - -- - PEDRO A. DE ALARCÓN - DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA - - - EL CLAVO - - [Ilustración] - - MADRID - -- - B. RODRÍGUEZ SERRA, DIRECTOR - Flor baja, 9. - - - - -Imp. de A. Marzo, Pozas, 12. - -[Ilustración: PEDRO A. DE ALARCÓN.] - - - - -EL CLAVO - -(causa célebre) - - -PRÓLOGO - - * * * * * - -Felipe encendió un cigarro y habló de esta manera: - -FIN DEL PRÓLOGO - - - - -I - -El número 1. - - -Lo que más ardientemente desea todo el que pone el pie en el estribo -de una diligencia para emprender un largo viaje es que los compañeros -de _departamento_ que le toquen en suerte sean de amena conversación -y tengan sus mismos gustos, sus mismos vicios, pocas impertinencias, -buena educación y una franqueza que no raye en familiaridad. - -Porque, como ya han dicho y demostrado Larra, Koch, Soulié y otros -escritores de costumbres, es asunto muy serio esa improvisada e íntima -reunión de dos o más personas, que nunca se han visto ni quizá han -de volver a verse sobre la tierra, y destinadas, sin embargo, por un -capricho del azar, a codearse dos o tres días, a almorzar, comer y -cenar juntos, a dormir una encima de otra, a manifestarse, en fin, -recíprocamente, con ese abandono y confianza que no concedemos ni aun a -nuestros mayores amigos, esto es, con los hábitos y flaquezas de casa y -de familia. - -Al abrir la portezuela acuden tumultuosos temores a la imaginación. -Una vieja con asma, un fumador de mal tabaco, una fea que no tolere el -humo del bueno, una nodriza que se maree de ir en carruaje, angelitos -que lloren y demás, un hombre grave que ronque, una venerable matrona -que ocupe asiento y medio, un inglés que no hable el español (supongo -que vosotros no habláis el inglés), tales son, entre otros, los tipos -que teméis encontrar. - -Alguna vez acariciáis la dulce esperanza de hallaros con una hermosa -compañera de viaje; por ejemplo, con una viudita de veinte a treinta -años (y aun de treinta y seis), con quien sobrellevar a medias las -molestias del camino; pero no bien os ha sonreído esta idea cuando os -apresuráis a desecharla melancólicamente, considerando que tal ventura -sería demasiada para un simple mortal en este valle de lágrimas y -despropósitos. - -Con tan amargos recelos ponía yo el pie en el estribo de la diligencia -de Granada a Málaga, a las once menos cinco minutos de una noche de -otoño de 1844, noche oscura y tempestuosa, por más señas. - -Al penetrar en el coche, con el billete número 2 en el bolsillo, mi -primer pensamiento fue saludar a aquel incógnito número 1, que me traía -inquieto antes de serme conocido. - -Es de advertir que el tercer asiento de la berlina no estaba tomado, -según confesión del mayoral en jefe. - ---¡Buenas noches! --dije, no bien me senté, enfilando la voz hacia el -rincón en que suponía a mi compañero de jaula. - -Un silencio tan profundo como la oscuridad reinante siguió a mis -buenas noches. - ---¡Diantre! --pensé--: ¿si será sordo... o sorda mi epiceno cofrade? - -[Ilustración] - -Y alzando más la voz, repetí: - ---¡Buenas noches! - -Igual silencio siguió a mi segunda salutación. - ---¿Si será mudo? --me dije entonces. - -A todo esto, la diligencia había echado a andar, digo, a correr, -arrastrada por diez briosos caballos. - -Mi perplejidad subía de punto. - -¿Con quién iba? ¿Con un varón? ¿Con una hembra? ¿Con una vieja? ¿Con -una joven? -- ¿Quién, quién era aquel silencioso _número 1_? - -Y fuera quien fuese, ¿por qué callaba? ¿Por qué no respondía a mi -saludo? ¿Estaría ebrio? ¿Se habría dormido? ¿Se habría muerto? ¿Sería -un ladrón? - -Era cosa de encender luz. Pero yo no fumaba entonces, y no tenía -fósforos... - -¿Qué hacer? - -Por aquí iba en mis reflexiones, cuando se me ocurrió apelar al -sentido del tacto, pues que tan ineficaces eran el de la vista y el del -oído. - -Con más tiento, pues, que emplea un pobre diablo para robarnos el -pañuelo en la Puerta del Sol, extendí la mano derecha hacia aquel -ángulo del coche. - -Mi dorado deseo era tropezar con una falda de seda o de lana, y aun de -percal... - -Avancé, pues... - -¡Nada! - -Avancé más; extendí todo el brazo... - -¡Nada! - -Avancé de nuevo; palpé con entera resolución en un lado, en otro, en -los cuatro rincones, debajo de los asientos, en las correas del techo... - -¡Nada..., nada! - -En este momento brilló un relámpago (ya he dicho que había tempestad), -y a su luz sulfúrea vi... ¡que iba completamente solo! - -Solté una carcajada, burlándome de mí mismo, y precisamente en aquel -instante se detuvo la diligencia. - -Estábamos en el primer relevo. - -Ya me disponía a preguntarle al mayoral por el viajero que faltaba, -cuando se abrió la portezuela, y a la luz de un farol que llevaba el -zagal vi... ¡Me pareció un sueño lo que vi! - -Vi poner el pie en el estribo de la berlina (¡de mi departamento!) a -una hermosísima mujer, joven, elegante, pálida, sola, vestida de luto... - -Era el _número 1_; era mi antes epiceno compañero de viaje; era la -viuda de mis esperanzas; era la realización del sueño que apenas había -osado concebir; era el _non plus ultra_ de mis ilusiones de viajero... -¡Era _ella_! - -Quiero decir, había de ser _ella_ con el tiempo. - - - - -II - -Escaramuzas. - - -Luego que hube dado la mano a la desconocida, para ayudarla a subir, -y que ella tomó asiento a mi lado, murmurando un _Gracias... Buenas -noches..._ que me llegó al corazón, ocurrióseme esta idea tristísima y -desgarradora: - ---¡De aquí a Málaga solo hay diez y ocho leguas! ¡Que no fuéramos a la -península de Kamchatka! - -Entre tanto se cerró la portezuela y quedamos a oscuras. - -Esto significaba ¡_no verla_! - -Yo pedía relámpagos al cielo, como el Alfonso Munio de la señora -Avellaneda cuando dice: - - ¡Horrible tempestad, mándame un rayo! - -Pero ¡oh dolor! la tormenta se retiraba ya hacia el mediodía... - -Y no era lo peor _no verla_, sino que el aire severo y triste de la -gentil señora me había impuesto de tal modo, que no me atrevía a cosa -ninguna. - -Sin embargo, pasados algunos minutos le hice aquellas primeras -preguntas y observaciones _de cajón_ que establecen poco a poco cierta -intimidad entre los viajeros: - ---¿Va usted bien? - ---¿Se dirige usted a Málaga? - ---¿Le ha gustado a usted la Alhambra? - ---¿Viene usted de Granada? - ---¡Está la noche húmeda! - -A lo que respondió ella: - ---Gracias. - ---Sí. - ---No, señor. - ---¡Oh! - ---¡Pchis! - -Seguramente, mi compañera de viaje tenía poca gana de conversación. - -Dediqueme, pues, a coordinar mejores preguntas, y viendo que no se me -ocurrían, me puse a reflexionar. - -¿Por qué había subido aquella mujer en el primer relevo de tiro y no -desde Granada? - -¿Por qué iba sola? - -¿Era casada? - -¿Era viuda? - -¿Era...? - -¿Y su tristeza? ¿_Quare causa_? - -Sin ser indiscreto no podía hallar la solución de estas cuestiones, -y la viajera me gustaba demasiado para que yo corriese el riesgo de -parecerle un hombre vulgar dirigiéndole necias preguntas. - -¡Cómo deseaba que amaneciera! - -De día se habla con justificada libertad... mientras que la -conversación a oscuras tiene algo de tacto, va derecha al bulto, es un -abuso de confianza. - -La desconocida no durmió en toda la noche, según deduje de su -respiración y de los suspiros que lanzaba de vez en cuando... - -Creo inútil decir que yo tampoco pude coger el sueño. - ---¿Está usted indispuesta? --le pregunté una de las veces que se quejó. - ---No, señor; gracias. Ruego a usted que se duerma descuidado... ---respondió con seria afabilidad. - ---¡Dormirme! --exclamé. - -Luego añadí: - ---Creí que padecía usted. - ---¡Oh! no..., no padezco --murmuró blandamente, pero con un acento en -que llegué a percibir cierta amargura. - -El resto de la noche no dio de sí más que breves diálogos como el -anterior. - -Amaneció al fin... - -¡Qué hermosa era! - -Pero ¡qué sello de dolor sobre su frente! ¡Qué lúgubre oscuridad en -sus bellos ojos! ¡Qué trágica expresión en todo su semblante! Algo muy -triste había en el fondo de su alma. - -Y, sin embargo, no era una de aquellas mujeres excepcionales, -extravagantes, de corte romántico, que viven fuera del mundo devorando -algún pesar o representando alguna tragedia... - -Era una mujer a la moda, una elegante mujer, de porte distinguido, cuya -menor palabra dejaba traslucir una de esas reinas de la conversación -y del buen gusto que tienen por trono una butaca de su gabinete, una -carretela en el Prado o un palco en la Ópera; pero que callan fuera de -su elemento, o sea fuera del círculo de sus iguales. - -Con la llegada del día se alegró algo la encantadora viajera, y ya -consistiese en que mi circunspección de toda la noche y la gravedad de -mi fisonomía le inspirasen buena idea de mi persona, ya en que quisiera -recompensar al hombre a quien no había dejado dormir, fue el caso que -inició a su vez las cuestiones de ordenanza: - ---¿Dónde va usted? - ---¡Va a hacer buen día! - ---¡Qué hermoso paisaje! - -A lo que yo contesté más extensamente que ella me había contestado a mí. - -Almorzamos en Colmenar. - -Los viajeros del _interior_ y de la _rotonda_ eran personas poco -tratables. - -Mi compañera se redujo a hablar conmigo. - -Excusado es decir que yo estuve enteramente consagrado a ella y que la -atendí en la mesa como a una persona real. - -De vuelta en el coche, nos tratábamos ya con alguna confianza. - -En la mesa habíamos hablado de Madrid, y hablar bien de Madrid a -una madrileña que se halla lejos de la corte, es la mejor de las -recomendaciones. - -¡Porque nada es tan seductor como Madrid perdido! - ---¡Ahora o nunca, Felipe! --me dije entonces--. Quedan ocho leguas. -Abordemos la cuestión amorosa... - - - - -III - -Catástrofe. - - -¡Desventurado! No bien dije una palabra galante a la beldad, conocí que -había puesto el dedo sobre una herida... - -En el momento perdí todo lo que había ganado en su opinión. - -Así me lo dijo una mirada indefinible que cortó la voz en mis labios. - ---Gracias, señor, gracias --me dijo luego al ver que cambiaba de -conversación. - ---¿He enojado a usted, señora? - ---Sí; el amor me horroriza. ¡Qué triste es inspirar lo que no se -siente! ¿Qué haría yo para no agradar a nadie? - ---¡Algo es menester que usted haga, si no se complace en el daño -ajeno!... --repuse muy seriamente--. La prueba es que aquí me tiene -pesaroso de haberla conocido... ¡Ya que no feliz, por lo menos yo vivía -ayer en paz... y ya soy desgraciado, puesto que la amo a usted sin -esperanza! - ---Le queda a usted una satisfacción, amigo mío... --replicó ella -sonriendo. - ---¿Cuál? - ---Que si no acojo su amor, no es por ser suyo, sino porque es amor. -Puede usted, pues, estar seguro de que ni hoy, ni mañana, ni nunca... -obtendrá otro hombre la correspondencia que le niego. ¡Yo no amaré -jamás a nadie! - ---Pero ¿por qué, señora? - ---¡Porque el corazón no quiere, porque no puede, porque no debe luchar -más! ¡Porque he amado hasta el delirio... y he sido engañada! En fin, -porque aborrezco el amor. - -¡Magnífico discurso! Yo no estaba enamorado de aquella mujer. -Inspirábame curiosidad y deseo, por lo distinguida y por lo bella; pero -de esto a una pasión había todavía mucha distancia. - -Así, pues, al escuchar aquellas dolorosas y terminantes palabras, -dejó la contienda mi corazón de hombre y entró en ejercicio mi -imaginación de artista. Quiere esto decir que comencé a hablar a la -desconocida un lenguaje filosófico y moral del mejor gusto, con el -que logré conquistar su confianza, o sea que me dijese algunas otras -generalidades melancólicas del género Balzac. - -Así llegamos a Málaga. - -Era el instante más oportuno para saber el nombre de aquella -singularísima señora. - -Al despedirme de ella en la Administración, la dije cómo me llamaba, la -casa donde iba a parar y mis señas en Madrid. - -Ella me contestó con un tono que nunca olvidaré. - ---Doy a usted mil gracias por las amables atenciones que le he merecido -durante el viaje, y le suplico que me dispense si le oculto mi nombre, -en vez de darle uno fingido, que es con el que aparezco en la _hoja_. - ---¡Ah! --respondí--; ¡luego nunca volveremos a vernos! - ---¡Nunca!... Lo cual no debe pesarle. - -[Ilustración] - -Dicho esto, la joven sonrió sin alegría, tendiéndome una mano con -exquisita gracia, y murmuró: - ---Pida usted a Dios por mí. - -Yo estreché su mano, linda y delicada, y terminé con un saludo aquella -escena, que empezaba a hacerme mucho daño. - -En esto llegó un elegante coche al parador. - -Un lacayo con librea negra avisó a la desconocida. - -Subió ella al carruaje, saludome de nuevo y desapareció por la Puerta -del Mar. - - * * * * * - -Dos meses después volví a encontrarla. - -Sepamos dónde. - - - - -IV - -Otro viaje. - - -A las dos de la tarde del 1.º de noviembre de aquel mismo año, caminaba -yo sobre un mal rocín de alquiler por el arrecife que conduce a ***, -villa importante y cabeza de partido de la provincia de Córdoba. - -Mi criado y el equipaje iban en otro rocín mucho peor. - -Dirigíame a *** con objeto de arrendar unas tierras y permanecer -tres o cuatro semanas en casa del Juez de primera instancia, íntimo -amigo mío, a quien conocí en la Universidad de Granada cuando ambos -estudiábamos Jurisprudencia y donde simpatizamos, contrajimos estrecha -amistad y fuimos inseparables. Después no nos habíamos visto en siete -años. - -Según iba aproximándome a la población, término de mi viaje, llegaba -más distintamente a mis oídos el melancólico clamoreo de muchas -campanas que tocaban a muerto... - -Maldita la gracia que me hizo tan lúgubre coincidencia... - -Sin embargo, aquel _doble_ no tenía nada de casual, y yo debí contar -con él, en atención a ser víspera del día de difuntos. - -Llegué, con todo, muy de mal humor a los brazos de mi amigo, que me -aguardaba en las afueras del pueblo. - -Él advirtió al momento mi preocupación y después de los primeros -saludos: - ---¿Qué tienes? --me dijo, dándome el brazo, en tanto que sus criados y -el mío se alejaban con las cabalgaduras. - ---Hombre, seré franco... --le contesté--. Nunca he merecido, ni pienso -merecer, que me eleven arcos de triunfo; nunca he experimentado ese -inmenso júbilo que llenará el corazón de un grande hombre en el momento -que un pueblo alborozado sale a recibirlo, mientras que las campanas -repican a vuelo; pero... - ---¿Adónde vas a parar? - ---A la segunda parte de mi discurso. Y es: que si en este pueblo no he -experimentado los honores de la entrada triunfal, acabo de ser objeto -de otros muy parecidos, aunque enteramente opuestos. ¡Confiesa, oh juez -de palo, que esos clamores funerales que solemnizan mi entrada en *** -hubieran contristado al hombre más jovial del universo! - -[Ilustración] - ---¡Bravo, Felipe! --replicó el juez, a quien llamaremos Joaquín -Zarco--. ¡Vienes muy a mi gusto! Esa melancolía cuadra perfectamente a -mi tristeza. - ---¡Tú triste!... ¿De cuándo acá? - -Joaquín se encogió de hombros, y no sin trabajo retuvo un gemido... - -Cuando dos amigos que se quieren de verdad, vuelven a verse después de -larga separación, parece como que resucitan todas las penas que no han -llorado juntos. - -Yo me hice el desentendido por el momento y hablé a Zarco de cosas -indiferentes. - -En esto penetramos en su elegante casa. - ---¡Diantre, amigo mío! --no pude menos de exclamar--. ¡Vives muy bien -alojado!... ¡Qué orden, qué gusto en todo! ¡Necio de mí!... Ya caigo... -Te habrás casado... - ---No me he casado... --respondió el juez con la voz un poco turbada--. -¡No me he casado ni me casaré nunca!... - ---Que no te has casado, lo creo, supuesto que no me lo has escrito... -¡y la cosa valía la pena de ser contada! Pero eso de que no te casarás -nunca, no me parece tan fácil, ni tan creíble. - ---Pues te lo juro --replicó Zarco solemnemente. - ---¡Qué rara metamorfosis! --repuse yo--. Tú, tan partidario siempre del -séptimo sacramento; tú, que hace dos años me escribías aconsejándome -que me casara, ¡salir ahora con esa novedad!... Amigo mío, ¡a ti te ha -sucedido algo, y algo muy penoso! - ---¿A mí? --dijo Zarco estremeciéndose. - ---¡A ti! --proseguí yo--. ¡Y vas a contármelo! Tú vives aquí solo, -encerrado en la grave circunspección que exige tu destino, sin un amigo -a quien referir tus debilidades de mortal... Pues bien; cuéntamelo todo -y veamos si puedo servirte de algo. - -El juez me estrechó las manos, diciendo: - ---Sí..., sí... ¡Lo sabrás todo, amigo mío! ¡Soy muy desventurado! - -Luego se serenó un poco y añadió secamente: - ---Vístete. Hoy va todo el pueblo a visitar el cementerio, y parecería -mal que yo faltase. Vendrás conmigo. La tarde está buena y te conviene -andar a pie, para descansar del trote del rocín. El cementerio se halla -situado en medio de un hermoso campo, y no te disgustará el paseo. Por -el camino te contaré la historia que ha acibarado mi existencia, y -verás si tengo o no tengo motivos para renegar de las mujeres. - -Una hora después caminábamos Zarco y yo en dirección al cementerio. - -Mi pobre amigo me habló de esta manera: - - - - -V - -Memorias de un juez de primera instancia. - - -I - -Hace dos años que, estando de promotor fiscal en ***, obtuve licencia -para pasar un mes en Sevilla. - -En la fonda en que me hospedé vivía hacía algunas semanas cierta -elegante y hermosísima joven, que pasaba por viuda, cuya procedencia, -así como el objeto que la retenía en Sevilla, eran un misterio para los -demás huéspedes. - -Su soledad, su lujo, su falta de relaciones y el aire de tristeza -que la envolvía daban pie a mil conjeturas; todo lo cual, unido a su -incomparable belleza y a la inspiración y gusto con que tocaba el piano -y cantaba, no tardó en despertar en mi alma una invencible inclinación -hacia aquella mujer. - -Sus habitaciones estaban exactamente encima de las mías; de modo que -la oía cantar y tocar, ir y venir y hasta conocía cuándo se acostaba, -cuándo se levantaba y cuándo pasaba la noche en vela, cosa muy -frecuente. Aunque en lugar de comer en la mesa redonda se hacía servir -en su cuarto, y no iba nunca al teatro, tuve ocasión de saludarla -varias veces, ora en la escalera, ora en alguna tienda, ora de balcón a -balcón, y al poco tiempo los dos estábamos seguros del placer con que -nos veíamos. - -Tú lo sabes. Yo era grave, aunque no triste, y esta circunspección mía -cuadraba perfectamente a la retraída existencia de aquella mujer; pues -ni nunca la dirigí la palabra, ni procuré visitarla en su cuarto, ni la -perseguí con enojosa curiosidad como otros habitantes de la fonda. - -[Ilustración] - -Este respeto a su melancolía debió de halagar su orgullo de paciente; -dígolo, porque no tardó en mirarme con cierta deferencia, cual si ya -nos hubiésemos revelado el uno al otro. - -Quince días habían transcurrido de esta manera, cuando la fatalidad..., -nada más que la fatalidad..., me introdujo una noche en el cuarto de la -desconocida. - -Como nuestras habitaciones ocupaban idéntica situación en el edificio, -salvo el estar en pisos diferentes, eran sus entradas iguales. Dicha -noche, pues, al volver del teatro, subí distraído más escaleras de las -que debía, y abrí la puerta de su cuarto, creyendo que era la del mío. - -La hermosa estaba leyendo, y se sobresaltó al verme. Yo me aturdí -de tal modo, que apenas pude disculparme; pero mi misma turbación -y la prisa con que intenté irme, la convencieron de que aquella -equivocación no era una farsa. Retúvome, pues, con exquisita amabilidad -«_para demostrarme_ --dijo-- _que creía en mi buena fe y que no estaba -incomodada conmigo_», acabando por suplicarme que _me equivocara otra -vez deliberadamente_; pues no podía tolerar que una persona de mis -condiciones de carácter pasase las noches en el balcón oyéndola cantar -(_como ella me había visto_), cuando _su pobre habilidad se honraría -con que yo le prestase atención más de cerca_. - -A pesar de todo, creí de mi deber no tomar asiento en aquella noche, y -salí. - -Pasaron tres días, durante los cuales tampoco me atreví a aprovechar -el amable ofrecimiento de la bella cantora, aun a riesgo de pasar por -descortés a sus ojos. ¡Y era que estaba perdidamente enamorado de -ella; era que conocía que en unos amores con aquella mujer no podía -haber término medio, sino delirio de dolor o delirio de ventura; era -que le temía, en fin, a la atmósfera de tristeza que la rodeaba! - -Sin embargo, después de aquellos tres días, subí al segundo. - -Permanecí allí toda la velada; la joven me dijo llamarse _Blanca_, -y ser madrileña y viuda; tocó el piano, cantó, hízome mil preguntas -acerca de mi persona, profesión, estado, familia, etc., y todas sus -palabras y observaciones me complacieron y enajenaron... Mi alma fue -desde aquella noche esclava de la suya. - -A la noche siguiente volví, y a la otra noche también, y después todas -las noches y todos los días. - -Nos amábamos y ni una palabra de amor nos habíamos dicho. - -Pero, hablando del amor, habíale yo encarecido varias veces la -importancia que daba a este sentimiento, la vehemencia de mis ideas y -pasiones, y todo lo que necesitaba mi corazón para ser feliz. - -Ella, por su parte, me había manifestado que pensaba del mismo modo. - ---Yo --dijo una noche-- me casé sin amor a mi marido. Poco tiempo -después... lo odiaba. Hoy ha muerto. ¡Solo Dios sabe cuánto he sufrido! -Yo comprendo el amor de esta suerte: es la gloria, o es el infierno. ¡Y -para mí, hasta ahora, siempre ha sido el infierno! - -Aquella noche no dormí. - -La pasé analizando las últimas palabras de Blanca. - -¡Qué superstición la mía! Aquella mujer me daba miedo. ¿Llegaríamos a -ser, yo su _gloria_ y ella mi _infierno_? - -Entretanto expiraba el mes de licencia. - -Podía pedir otro pretextando una enfermedad... Pero, ¿debía hacerlo? - -Consulté a Blanca. - ---¿Por qué me lo pregunta usted _a mí_? --repuso ella cogiéndome una -mano. - ---Más claro, Blanca... --respondí--. Yo la amo a usted... ¿Hago mal en -amarla? - ---¡No! --respondió Blanca palideciendo. - -Y sus ojos negros dejaron escapar dos torrentes de luz y de -voluptuosidad. - - -II - -Pedí, pues, dos meses de licencia y me los concedieron... gracias a ti. -¡Nunca me hubieras hecho aquel favor! - -Mis relaciones con Blanca no fueron amor; fueron delirio, locura, -fanatismo. - -Lejos de atemperarse mi frenesí con la posesión de aquella mujer -extraordinaria, se exacerbó más y más: cada día que pasaba descubría -yo nuevas afinidades entre nosotros, nuevos tesoros de ventura, nuevos -manantiales de felicidad. - -Pero en mi alma, como en la suya, brotaban al propio tiempo misteriosos -temores. - -¡Temíamos perdernos!... Esta era la fórmula de nuestra inquietud. - -Los amores vulgares necesitan el miedo para alimentarse, para no -decaer. Por eso se ha dicho que toda relación ilegítima es más -vehemente que el matrimonio. Pero un amor como el nuestro hallaba -recónditos pesares en su precario porvenir, en su inestabilidad, en su -carencia de lazos indisolubles. - -Blanca me decía: - ---Nunca esperé ser amada por un hombre como tú; y, después de ti, -no veo amor ni dicha posibles para mi corazón. Joaquín, un amor como -el tuyo era la necesidad de mi vida: moría ya sin él; sin él moriría -mañana... Dime que nunca me olvidarás. - ---¡Casémonos, Blanca! --respondía yo. - -Y Blanca inclinaba la cabeza con angustia. - ---¡Sí, casémonos! --volvía yo a decir, sin comprender aquella muda -desesperación. - ---¡Cuánto me amas! --replicaba ella--. Otro hombre en tu lugar -rechazaría esa idea si yo se la propusiese. Tú, por el contrario... - ---Yo, Blanca, estoy orgulloso de ti; quiero ostentarte a los ojos del -mundo; quiero perder toda zozobra acerca del tiempo que vendrá; quiero -saber que eres mía para siempre. Además, tú conoces mi carácter, sabes -que nunca transijo en materias de honra... Pues bien; la sociedad -en que vivimos llama _crimen_ a nuestra dicha... ¿Por qué no hemos -de redimirnos al pie del altar? ¡Te quiero pura, te quiero noble, te -quiero santa! ¡Te amaré entonces más que hoy! ¡Acepta mi mano! - ---¡No puedo! --respondía aquella mujer incomprensible. - -Y este debate se reprodujo mil veces. - -Un día que yo peroré largo rato contra el adulterio y contra toda -inmoralidad, Blanca se conmovió extraordinariamente; lloró, me dio las -gracias, y repitió lo de costumbre: - ---¡Cuánto me amas! ¡Qué bueno, qué grande, qué noble eres! - -A todo esto expiraba la prórroga de mi licencia. - -Érame necesario volver a mi destino, y así se lo anuncié a Blanca. - ---¡Separarnos! --gritó con infinita angustia. - ---¡Tú lo has querido! --contesté. - ---¡Eso es imposible!... Yo te idolatro, Joaquín. - ---Blanca, yo te adoro. - ---Abandona tu carrera... Yo soy rica... ¡Viviremos juntos!... ---exclamó, tapándome la boca para que no replicara. - -La besé la mano y respondí: - ---De mi esposa aceptaría esa oferta, haciendo todavía un sacrificio... -Pero de ti... - ---¡De mí! --respondió llorando--. ¡De la madre de tu hijo! - ---¿Quién? ¡Tú! ¡Blanca!... - ---Sí... Dios acaba de decirme que soy madre... ¡Madre por primera vez! -Tú has completado mi vida, Joaquín; y, no bien gusto la fruición de -esta bienaventuranza absoluta, quieres desgajar el árbol de mi dicha. -¡Me das un hijo, y me abandonas tú!... - ---¡Sé mi esposa, Blanca! --fue mi única contestación--. Labremos la -felicidad de ese ángel que llama a las puertas de la vida. - -Blanca permaneció mucho tiempo silenciosa. - -Luego levantó la cabeza con una tranquilidad indefinible, y murmuró: - ---Seré tu esposa. - ---¡Gracias! ¡Gracias, Blanca mía! - ---Escucha --dijo al poco rato--, no quiero que abandones tu carrera... - ---¡Ah! ¡Mujer sublime! - ---Vete a tu Juzgado... ¿Cuánto tiempo tardarás en arreglar allí tus -asuntos, solicitar del Gobierno más licencia y volver a Sevilla? - ---Un mes. - ---Un mes... --repuso Blanca--. ¡Bien! Aquí te espero. Vuelve dentro de -un mes, y seré tu esposa. Hoy somos 15 de abril... ¡El 15 de mayo sin -falta! - ---Sin falta. - ---¿Me lo juras? - --- Te lo juro. - ---¡Aún otra vez! --replicó Blanca. - ---Te lo juro. - ---¿Me amas? - ---Con toda mi vida. - ---Pues vete y ¡vuelve! Adiós... - -Dijo y me suplicó que la dejara y que partiese sin perder momento. - -Despedime de ella, y partí a *** aquel mismo día. - -[Ilustración] - - -III - -Llegué a ***. - -Preparé mi casa para recibir a mi esposa; solicité y obtuve, como -sabes, otro mes de licencia, y arreglé todos mis asuntos con tal -eficacia, que al cabo de quince días me vi en libertad de volver a -Sevilla. - -Debo advertirte, que durante aquel medio mes no recibí ni una sola -carta de Blanca, a pesar de haberle yo escrito seis. Esta circunstancia -me tenía vivamente contrariado. Así fue que, aunque solo había -transcurrido la mitad del plazo que mi amada me concediera, salí para -Sevilla, adonde llegué el día 30 de abril. - -Inmediatamente me dirigí a la fonda que había sido nido de nuestros -amores. - -Blanca había desaparecido dos días después de mi partida, sin dejar -razón del punto a que se encaminaba. - -¡Imagínate el dolor de mi desengaño! ¡No escribirme que se marchaba! -¡Marcharse sin dejar dicho a dónde se dirigía! ¡Hacerme perder -completamente su rastro! ¡Evadirse, en fin, como una criminal cuyo -delito se ha descubierto! - -Ni por un instante me ocurrió permanecer en Sevilla hasta el 15 de -mayo aguardando a ver si regresaba Blanca... La violencia de mi dolor -y de mi indignación, y el bochorno que sentía por haber aspirado a la -mano de semejante aventurera, no dejaban lugar a ninguna esperanza, -a ninguna ilusión, a ningún consuelo. Lo contrario hubiera sido -ofender mi propia conciencia, que ya veía en Blanca el ser odioso y -repugnante que el amor o el deseo habían disfrazado hasta entonces... -¡Indudablemente era una mujer liviana e hipócrita que me amó -sensualmente, pero que, previendo la habitual mudanza de su caprichoso -corazón, no pensó nunca en que nos casáramos! Hostigada, al fin, por -mi amor y mi honradez, había ejecutado una torpe comedia a fin de -escaparse impunemente. ¡Y en cuanto a aquel hijo anunciado con tanto -júbilo, tampoco me cabía ya duda de que era otra ficción, otro engaño, -otra sangrienta burla!... Apenas se comprendía semejante perversidad en -una criatura tan bella y tan inteligente. - -Tres días nada más estuve en Sevilla, y el 4 de mayo me marché a la -corte, renunciando a mi destino, para ver si mi familia y el bullicio -del mundo me hacían olvidar a aquella mujer, que sucesivamente había -sido para mí la _gloria_ y el _infierno_. - -Por último, hace cosa de quince meses, que tuve que aceptar el Juzgado -de este otro pueblo, donde, como has visto, no vivo muy contento que -digamos; siendo lo peor de todo que, en medio de mi aborrecimiento a -Blanca, detesto mucho más a las demás mujeres, por la sencilla razón de -que no son _ella_. - -¿Te convences ahora de que nunca llegaré a casarme? - - - - -VI - -El cuerpo del delito. - - -Pocos segundos después de terminar mi amigo Zarco la relación de sus -amores, llegamos al cementerio. - -El cementerio de *** no es otra cosa que un campo yermo y solitario, -sembrado de cruces de madera, y rodeado por una tapia. Ni lápidas, ni -sepulcros turban la monotonía de aquella mansión. Allí descansan en -la fría tierra pobres y ricos, grandes y plebeyos, nivelados por la -muerte. - -[Ilustración] - -En estos pobres cementerios, que tanto abundan en España, y que son -acaso los más poéticos y los más propios de sus _moradores_, sucede con -frecuencia que, para sepultar un cuerpo, es menester exhumar otro, o, -mejor dicho, que cada dos años se echa una nueva capa de muertos sobre -la tierra. Consiste esto en la pequeñez del recinto, y da por resultado -que, alrededor de cada nueva zanja, hay mil blancos despojos que de -tiempo en tiempo son conducidos al _osario común_. - -Yo he visto más de una vez estos osarios... ¡Y en verdad que merecen -ser vistos! Figuraos, en un rincón del campo santo, una especie de -pirámide de huesos, una colina de multiforme marfil, un cerro de -cráneos, fémures, canillas, húmeros, clavículas rotas, columnas -espinales desgranadas, dientes sembrados acá y allá, costillas que -fueron armaduras de corazones, dedos diseminados... y todo ello seco, -frío, muerto, árido... ¡Figuraos, figuraos aquel horror! - -Y, ¡qué contactos! Los enemigos, los rivales, los esposos, los padres -y sus hijos están allí, no solo juntos, sino revueltos, mezclados por -pedazos, como trillada mies, como rota paja. Y ¡qué desapacible ruido, -cuando un cráneo choca con otro, o cuando baja rodando desde la cumbre -por aquellas huecas astillas de antiguos hombres! Y ¡qué risa tan -insultante tienen las calaveras! - -Pero volvamos a nuestra historia. - -[Ilustración] - -Andábamos Joaquín y yo dando sacrílegamente con el pie a tantos restos -inanimados, ora pensando en el día que otros pies hollarían nuestros -despojos, ora atribuyendo a cada hueso una historia; procurando -hallar el secreto de la vida en aquellos cráneos, donde acaso moró el -genio o bramó la pasión, y ya vacíos como celda de difunto fraile, o -adivinando otras veces (por la configuración, por la dureza y por la -dentadura) si tal calavera perteneció a una mujer, a su niño, o a un -anciano, cuando las miradas del juez quedaron fijas en uno de aquellos -globos de marfil... - ---¿Qué es esto? --exclamó, retrocediendo un poco--. ¿Qué es esto, amigo -mío? ¿No es un _clavo_? - -Y así hablando, daba vueltas con el bastón a un cráneo, bastante fresco -todavía, que conservaba algunos espesos mechones de pelo negro. - -Miré y quedé tan asombrado como mi amigo... ¡Aquella calavera estaba -atravesada por un clavo de hierro!... - -La chata cabeza de este clavo asomaba por la parte superior del hueso -coronal, mientras que la punta salía por el que fue cielo de la boca. - -¿Qué podía significar aquello? - -De la extrañeza pasamos a las conjeturas y de las conjeturas al horror. - ---¡Reconozco la Providencia! --exclamó finalmente Zarco--. ¡He aquí un -espantoso crimen que iba a quedar impune y que se delata por sí mismo -a la justicia! ¡Cumpliré con mi deber, tanto más cuanto que parece -que el mismo Dios me lo ordena directamente al poner ante mis ojos la -taladrada cabeza de la víctima! ¡Ah! Sí... ¡Juro no descansar hasta que -el autor de este horrible delito expíe su maldad en el cadalso! - -[Ilustración] - - - - -VII - -Primeras diligencias. - - -Mi amigo Zarco era un modelo de jueces. - -Recto, infatigable, aficionado, tanto como obligado, a la -administración de justicia, vio en aquel asunto un campo vastísimo -en que emplear toda su inteligencia, todo su celo, todo su fanatismo -(perdonad la palabra) por el cumplimiento de la ley. - -Inmediatamente hizo buscar a un escribano y dio principio al proceso. - -Después de extendido testimonio de aquel hallazgo, llamó al enterrador. - -El lúgubre personaje se presentó ante la ley, pálido y tembloroso. - -¡A la verdad, entre aquellos dos hombres cualquiera escena tendría que -ser horrible! Recuerdo literalmente su diálogo: - -_El juez._--¿De quién puede ser esta calavera? - -_El sepulturero._--¿Dónde la ha encontrado vuestra señoría? - -_El juez._--En este mismo sitio. - -_El sepulturero._--Pues entonces pertenece a un cadáver que, por estar -ya _algo pasado_, desenterré ayer para sepultar a una vieja que murió -anteanoche. - -_El juez._--¿Y por qué exhumó usted ese cadáver y no otro más antiguo? - -_El sepulturero._--Ya lo he dicho a vuestra señoría; para poner a la -vieja en su lugar. ¡El Ayuntamiento no quiere convencerse que es muy -chico este cementerio para tanta gente como se muere ahora! ¡Así es que -no se deja a los muertos secarse en la tierra, y tengo que trasladarlos -medio vivos al osario común! - -_El juez._--¿Y podrá saberse de quién es el cadáver a que corresponde -esta cabeza? - -_El sepulturero._--No es muy fácil, señor. - -_El juez._--Sin embargo, ¡ello ha de ser! Conque piénselo usted -despacio. - -_El sepulturero._--Encuentro un medio de saberlo... - -_El juez._--Dígalo usted. - -_El sepulturero._--La caja de aquel muerto se hallaba en regular estado -cuando la saqué de la tierra, y me la llevé a mi habitación para -aprovechar las tablas de la tapa. Acaso conserve alguna señal, como -iniciales, como galones, o cualquiera otra de esas cosas que se estilan -ahora para adornar los ataúdes... - -_El juez._--Veamos esas tablas. - -En tanto que el sepulturero traía los fragmentos del ataúd, Zarco mandó -a un alguacil que envolviese el misterioso cráneo en un pañuelo, a fin -de llevárselo a su casa. - -El enterrador llegó con las tablas. - -Como esperábamos, encontráronse en una de ellas algunos jirones de -galón dorado que, sujetos a la madera con tachuelas de metal, habían -formado letras y números... - -Pero el galón estaba roto, y era imposible restablecer aquellos -caracteres. - -No desmayó, con todo, mi amigo, sino que hizo arrancar completamente -el galón, y por las tachuelas, o por las punturas de otras que había -habido en la tabla, recompuso las siguientes cifras: - - A. G. R. - 1843 - R. I. P. - -Zarco radió en entusiasmo al hacer este descubrimiento. - ---¡Es bastante! ¡Es demasiado! --exclamó gozosamente--. ¡Asido de esta -hebra recorreré el laberinto y lo descubriré todo! - -Cargó el alguacil con la tabla, como había cargado con la calavera y -regresamos a la población. - -Sin descansar un momento nos dirigimos a la parroquia más próxima. - -Zarco pidió al cura el _libro de sepelios_, de 1843. - -Recorriolo el escribano, hoja por hoja, partida por partida... - -Aquellas iniciales A. G. R. no correspondían a ningún difunto. - -Pasamos a otra parroquia. - -Cinco tiene la villa: a la cuarta que visitamos halló el escribano esta -partida de sepelio: - -«_En la Iglesia parroquial de San... de la villa de *** a 4 de mayo de -1843, se hicieron los oficios de funeral, conformes a entierro mayor -en el cementerio común, a_ DON ALFONSO GUTIÉRREZ DEL ROMERAL, _natural -y vecino que fue de esta población, el cual no recibió los Santos -Sacramentos ni testó, por haber muerto de apoplejía fulminante en la -noche anterior, a la edad de treinta y un años. Estuvo casado con doña -Gabriela Zahara del Valle, natural de Madrid y no deja hijos. Y para -que conste, etc._» - -Tomó Zarco un certificado de esta partida autorizado por el cura, y -regresamos a nuestra casa. - -Por el camino me dijo el juez: - ---Todo lo veo claro. Antes de ocho días habrá terminado este proceso -que tan oscuro se presentaba hace dos horas. Ahí llevamos una -_apoplejía fulminante_ de hierro que tiene cabeza y punta, y que dio -muerte repentina, a un _D. Alfonso Gutiérrez del Romeral_. Es decir: -tenemos el _clavo_... Ahora solo me falta encontrar el _martillo_. - - - - -VIII - -Declaraciones. - - -Un _vecino_ dijo: - ---Que D. Alfonso Gutiérrez del Romeral, joven y rico propietario de -aquella población, residió algunos años en Madrid, de donde volvió en -1840, casado con una bellísima señora llamada doña Gabriela Zahara: - -Que el declarante había ido algunas noches de tertulia a casa de -los recién casados, y tuvo ocasión de observar la paz y ventura que -reinaban en el matrimonio: - -Que cuatro meses antes de la muerte de D. Alfonso, había marchado -su esposa a pasar una temporada en Madrid con su familia, según -explicación del mismo marido: - -Que la joven regresó en los últimos días de abril o sea tres meses y -medio después de su partida: - -Que a los ocho días de su llegada ocurrió la muerte de D. Alfonso: - -Que habiendo enfermado la viuda, a consecuencia del sentimiento que -la causó esta pérdida, manifestó a sus amigos que le era insoportable -vivir en un pueblo donde todo le hablaba de su querido y malogrado -esposo, y se marchó para siempre a mediados de mayo, diez o doce días -después de la muerte de su esposo: - -Que era cuanto podía declarar, y la verdad, a cargo del juramento que -había prestado, etc. - -Otros _vecinos_ prestaron declaraciones casi idénticas a la anterior. - -_Los criados_ del difunto Gutiérrez, dijeron: - -Después de repetir los datos de la vecindad: - -Que la paz del matrimonio no era tanta como se decía de público: - -Que la separación de tres meses y medio que precedió a los últimos -ocho días que vivieron juntos los esposos, fue un tácito rompimiento, -consecuencia de profundos y misteriosos disgustos que mediaban entre -ambos jóvenes desde el principio de su matrimonio: - -Que la noche en que murió su amo, se reunieron los esposos en la alcoba -nupcial, como lo verificaban desde la vuelta de la señora, contra su -antigua costumbre de dormir cada uno en su respectivo cuarto: - -Que a media noche los criados oyeron sonar violentamente la campanilla, -a cuyo repiqueteo se unían los desaforados gritos de la señora: - -Que acudieron, y vieron salir a esta de la cámara nupcial, con el -cabello en desorden, pálida y convulsa, gritando entre amarguísimos -sollozos: - -«¡Una apoplejía! ¡Un médico! ¡Alfonso mío! ¡El señor se muere!...» - -Que penetraron en la alcoba y vieron a su amo tendido sobre el lecho -y ya cadáver; y que habiendo acudido un médico confirmó que D. Alfonso -había muerto de una congestión cerebral. - -El _médico_: Preguntado al tenor de la cita que precede, dijo: Que era -cierto en todas sus partes. - -El mismo _médico_ y otros dos facultativos: - -Habiéndoseles puesto de manifiesto la calavera de D. Alfonso, y -preguntados sobre si la muerte recibida de aquel modo podía aparecer a -los ojos de la ciencia como apoplejía, dijeron que _sí_. - -Entonces dictó mi amigo el siguiente auto: - -«Considerando que la muerte de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral debió -de ser instantánea y subsiguiente a la introducción del clavo en su -cabeza: - -»Considerando que, cuando murió, estaba solo en la alcoba nupcial: - -»Considerando que es imposible atribuir a suicidio una muerte semejante -por las dificultades materiales que ofrece su perpetración con mano -propia: - -»Se declara reo de esta causa y autora de la muerte del D. Alfonso a su -esposa doña Gabriela Zahara del Valle, para cuya captura se expedirán -los oportunos exhortos, etcétera, etc.» - ---Dime, Joaquín... --pregunté yo al juez--. ¿Crees que se capturará a -Gabriela Zahara? - ---¡Indudablemente! - ---¿Y por qué lo aseguras? - ---Porque en medio de estas rutinas judiciales, hay cierta fatalidad -dramática que no perdona nunca. Más claro: cuando los huesos salen de -la tumba a declarar, poco les queda que hacer a los Tribunales. - - - - -IX - -El hombre propone. - - -A pesar de las esperanzas de mi amigo Zarco, Gabriela Zahara no -apareció. - -Exhortos, requisitorias, todo fue inútil. - -Pasaron tres meses. - -La causa se sentenció en rebeldía. - -Yo abandoné la villa de *** no sin prometerle a Zarco volver al año -siguiente. - - - - -X - -Un dúo en MI mayor. - - -Aquel invierno lo pasé en Granada. - -Érase una noche en que había gran baile en casa de la riquísima señora -de X... la cual había tenido la bondad de convidarme a la fiesta. - -A poco de llegar a aquella magnífica morada, donde estaban reunidas -todas las célebres hermosuras de la aristocracia granadina, reparé en -una bellísima mujer cuyo rostro habría distinguido entre mil otros -semejantes, suponiendo que Dios hubiese formado alguno que se le -pareciera. - -¡Era mi desconocida, mi mujer misteriosa, mi desengañada de la -diligencia, mi compañera de viaje, el número uno de que os hablé al -principio de esta relación! - -Corrí a saludarla, y ella me reconoció en el acto. - ---Señora --le dije--, he cumplido a usted mi promesa de no buscarla. -Hasta ignoraba que podía encontrar a usted aquí. A saberlo, acaso no -hubiera venido por temor de ser a usted enojoso. Una vez ya delante -de usted, espero que me diga si puedo reconocerla, si me es dado -hablarle, si ha cesado el entredicho que me alejaba de usted. - ---Veo que es usted vengativo... --me contestó graciosamente, -alargándome la mano--. Pero yo le perdono. ¿Cómo está usted? - ---¡En verdad que lo ignoro! --respondí--. Mi salud, la salud de mi -alma, pues no es otra cosa me preguntará usted en medio de un baile, -depende de la salud de su alma de usted. Esto quiere decir que mi dicha -no puede ser sino un reflejo de la suya. ¿Ha sanado ese pobre corazón? - ---Aunque la galantería le prescriba a usted desearlo --contestó la -dama--, y mi aparente jovialidad haga suponerlo, usted sabe... lo mismo -que yo... que las heridas del corazón no se curan. - ---Pero se _tratan_, señora, como dicen los facultativos; se hacen -llevaderas; se tiende una piel rosada sobre la roja cicatriz; se -edifica una ilusión sobre un desengaño... - ---Pero esa edificación es falsa... - ---¡Como la primera, señora; como todas! _Querer creer, querer -gozar_, he aquí la dicha. Mirabeau, moribundo, no aceptó el generoso -ofrecimiento de un joven que quiso trasfundir toda su sangre en las -empobrecidas arterias del grande hombre. ¡No sea usted como Mirabeau! -¡Beba usted nueva vida en el primer corazón virgen que le ofrezca su -rica savia! Y, pues no gusta usted de galantería, le añadiré, en abono -de mi consejo, que, al hablar así, no defiendo mis intereses... - ---¿Por qué dice usted eso último? - ---Porque yo también tengo algo de Mirabeau, no en la cabeza, sino en la -sangre. Necesito lo que usted... ¡una primavera que me vivifique! - ---¡Somos muy desdichados! En fin... Usted tendrá la bondad de no huir -de mí en adelante. - ---Señora, iba a pedirla a usted permiso para visitarla. - -[Ilustración] - -Nos despedimos. - ---¿Quién es esta mujer? --pregunté a un amigo mío. - ---Una americana que se llama Mercedes de Meridanueva --me contestó--; -es todo lo que sé y mucho más de lo que se sabe generalmente. - - - - -XI - -Fatalidad. - - -Al día siguiente fui a visitar a mi nueva amiga a la _Fonda de los -Siete Suelos_ de la Alhambra. - -La encantadora Mercedes me trató como a un amigo íntimo, y me invitó a -pasear con ella por aquel edén de la naturaleza y templo del arte, y -acompañarla luego a comer. - -De muchas cosas hablamos durante las seis horas que estuvimos juntos; y -como el tema a que siempre volvíamos era el de los desengaños amorosos, -hube de contarle la historia de los amores de mi amigo Zarco. - -Ella la oyó muy atentamente, y, cuando terminé, se echó a reír, y me -dijo: - ---Sr. D. Felipe, sírvale a usted eso de lección para no enamorarse -nunca de mujeres a quienes no conozca... - ---¡No vaya usted a creer --respondí con viveza-- que he inventado esa -historia, o se la he referido porque me figure que todas las damas -misteriosas que se encuentra uno en viaje son como la que engañó a mi -condiscípulo!... - ---Muchas gracias... Pero no siga usted --replicó, levantándose de -pronto--. ¿Quién duda que en la _Fonda de los Siete Suelos_ de -Granada pueden alojarse mujeres que en nada se parezcan a esa que tan -fácilmente se enamoró de su amigo de usted en la fonda de Sevilla? En -cuanto a mí, no hay riesgo de que me enamore de nadie, puesto que nunca -hablo tres veces con un mismo hombre... - ---¡Señora! ¡Eso es decirme que no vuelva!... - ---No; esto es anunciar a usted que mañana, al ser de día, me marcharé -de Granada, y que, probablemente, no volveremos a vernos nunca. - ---¡_Nunca_! Lo mismo me dijo usted en Málaga, después de nuestro famoso -viaje...; y, sin embargo, nos hemos visto de nuevo. - ---En fin; dejemos libre el campo a la fatalidad. Por mi parte, repito -que esta es nuestra despedida... eterna. - -Dichas tan solemnes palabras, Mercedes me alargó la mano y me hizo un -profundo saludo. - -Yo me alejé vivamente conmovido, no solo por las frías y desdeñosas -frases con que aquella mujer había vuelto a descartarme de su vida -(como cuando nos separamos en Málaga), sino ante el incurable dolor que -vi pintarse en su rostro mientras que procuraba sonreírse al decirme -_Adiós_ por última vez... - -¡Por última vez!... - ---¡Ay! ¡Ojalá hubiera sido la última! - -Pero la fatalidad lo tenía dispuesto de otro modo. - - - - -XII - -Travesuras del destino. - - -Pocos días después, llamáronme de nuevo mis asuntos al lado de Joaquín -Zarco. - -Llegué a la villa de ***. - -Mi amigo seguía triste y solo y se alegró mucho de verme. - -Nada había vuelto a saber de Blanca; pero tampoco había podido -olvidarla ni siquiera un momento. - -Indudablemente aquella mujer era su predestinación... ¡Su _gloria_ o su -_infierno_, como el desgraciado solía decir! - -Pronto veremos que no se equivocaba en este supersticioso juicio. - -La noche del mismo día de mi llegada, estábamos en su despacho leyendo -las últimas diligencias practicadas para la captura de Gabriela Zahara -del Valle, todas ellas inútiles por cierto, cuando entró un alguacil y -entregó al joven juez un billete que decía de este modo: - -«_En la Fonda del León hay una señora que desea hablar con el señor -Zarco._» - ---¿Quién ha traído esto? --preguntó Joaquín. - ---Un criado. - ---¿De parte de quién? - ---No me ha dicho nombre alguno. - ---¿Y ese criado? - ---Se fue al momento. - -Joaquín meditó, y dijo luego lúgubremente: - ---¡Una señora! ¡A mí! ¡No sé por qué me da miedo esta cita! ¿Qué te -parece, Felipe? - ---Que tu deber de juez es asistir a ella. ¡Puede tratarse de Gabriela -Zahara! - ---Tienes razón... ¡Iré! --dijo Zarco, pasándose una mano por la frente. - -Y cogiendo un par de pistolas, envolviose en la capa y partió, sin -permitir que lo acompañase. - -Dos horas después volvió. - -Venía agitado, trémulo, balbuciente. - -Pronto conocí que una vivísima alegría era la causa de aquella -agitación. - -Zarco me estrechó convulsivamente entre sus brazos, exclamando a gritos -entrecortados por el júbilo: - ---¡Ah! ¡Si supieras!... ¡Si supieras, amigo mío! - ---¡Nada sé! --respondí--. ¿Qué te ha pasado? - ---¡Ya soy dichoso! ¡Ya soy el más feliz de los hombres! - ---Pues ¿qué ocurre? - ---La esquela en que me llamaban a la fonda... - ---Continúa. - ---¡Era de ella! - ---¿De quién? ¿De Gabriela Zahara? - ---¡Quita allá, hombre! ¿Quién piensa ahora en desventuras? ¡Era de -ella! ¡De la otra! - ---¿Pero quién es la otra? - ---¿Quién ha de ser? ¡Blanca! ¡Mi amor! ¡Mi vida! ¡La madre de mi hijo! - ---¿Blanca? --repliqué con asombro--. ¿Pero no decías que te había -engañado? - ---¡Ah! No, fue alucinación mía. - ---¿La que padeces ahora? - ---No; la que entonces padecía. - ---Explícate. - ---Escucha: Blanca me adora... - ---Adelante. El que tú lo digas no prueba nada. - ---Cuando nos separamos, Blanca y yo, el día 15 de abril, quedamos en -reunimos en Sevilla para el 15 de mayo. A poco tiempo de mi marcha, -recibió ella una carta en la que le decían que su presencia era -necesaria en Madrid para asuntos de familia; y como podía disponer -de un mes hasta mi vuelta, fue a la corte, y volvió a Sevilla muchos -días antes del 15 de mayo. Pero, yo, más impaciente que ella, acudí a -la cita con quince días de anticipación de la fecha estipulada, y no -hallando a Blanca en la fonda, me creí engañado... Y no esperé... En -fin, ¡he pasado dos años de tormento por una ligereza mía! - -[Ilustración] - ---Pero una carta lo evitaba todo... - ---Dice que había olvidado el nombre de aquel pueblo, cuya promotoría -sabes que dejé inmediatamente, yéndome a Madrid. - ---¡Ah! ¡Pobre amigo mío! --exclamé--. Veo que quieres convencerte; que -te empeñas en consolarte. ¡Más vale así! Conque veamos; ¿cuándo te -casas? Porque supongo que, una vez deshechas las nieblas de los celos, -lucirá radiante el sol del matrimonio... - ---¡No te rías! --exclamó Zarco--. Tú serás mi padrino. - ---Con mucho gusto; ¡Ah! ¿Y el niño? ¿Y vuestro hijo? - ---Murió. - ---¡También eso! Pues señor... --dije aturdidamente--. ¡Dios haga un -milagro! - ---¡Cómo! - ---¡Digo... que Dios te haga feliz! - - - - -XIII - -Dios dispone. - - -Por aquí íbamos en nuestra conversación, cuando oímos fuertes -aldabonazos en la puerta de la calle. - -Eran las dos de la madrugada. - -Joaquín y yo nos estremecimos sin saber por qué... - -[Ilustración] - -Abrieron, y a los pocos segundos entró en el despacho un hombre -que apenas podía respirar, y que exclamaba entrecortadamente con -indescriptible júbilo: - ---¡Albricias! ¡Albricias! Compañero, ¡hemos vencido! - -Era el promotor fiscal del Juzgado. - ---Explíquese usted, compañero... --dijo Zarco, alargándole una silla--. -¿Qué ocurre para que venga usted tan a deshora y tan contento? - ---¡Ocurre! ¡Apenas es importante lo que ocurre! Ocurre que Gabriela -Zahara... - ---¿Cómo?... ¿Qué?... --interrumpimos a un mismo tiempo Zarco y yo. - ---¡Acaba de ser presa! - ---¡Presa! --gritó el juez lleno de alegría. - ---Sí, señor, ¡presa! --repitió el fiscal--. La Guardia civil le seguía -la pista hace un mes, y, según acaba de decirme el sereno que suele -acompañarme desde el Casino hasta mi casa, ya la tenemos a buen recaudo -en la cárcel de esta muy noble villa. - ---Pues vamos allá... --replicó el juez--. Esta misma noche le tomaremos -declaración. Hágame usted el favor de avisar al escribano de la causa. -Usted mismo presenciará las actuaciones, atendida la gravedad del -caso... Diga usted que manden a llamar también al sepulturero, a fin -de que presente por sí propio la cabeza de D. Alfonso Gutiérrez, la -cual obra en poder del alguacil. Hace tiempo que tengo excogitado -este horrible _careo_ de los dos esposos, en la seguridad de que la -parricida no podrá negar su crimen al ver aquel clavo de hierro que, -en la boca de la calavera parece una lengua acusadora. En cuanto a -ti --dijome luego Zarco--, harás el papel de _escribiente_, para que -puedas presenciar, sin quebranto de la ley, escenas tan interesantes... - -Nada le contesté. Entregado mi infeliz amigo a su _alegría de juez_ -(permítaseme la frase), no había concebido la horrible sospecha que sin -duda os agita ya a vosotros...; sospecha que penetró desde luego en mi -corazón, taladrándolo con sus uñas de hierro... ¡Gabriela y Blanca, -llegadas a aquella villa en una misma noche, podían ser una misma -persona! - ---Dígame usted --pregunté al promotor mientras que Zarco se preparaba -para salir--: ¿En dónde estaba Gabriela cuando la prendieron los -guardias? - ---En la Fonda del León --me respondió el fiscal. - -¡Mi angustia no tuvo límites! - -Sin embargo, nada podía hacer, nada podía decir, sin comprometer a -Zarco, como tampoco debía envenenar el alma de mi amigo, comunicándole -aquella lúgubre conjetura, que acaso iban a desmentir los hechos. -Además, suponiendo que Gabriela y Blanca fueran una misma persona, ¿de -qué le valdría al desgraciado el que yo se lo indicase anticipadamente? -¿Qué podía hacer en tan tremendo conflicto? ¿Huir? ¡Yo debía evitarlo, -pues era declararse reo! ¿Delegar, fingiendo una indisposición -repentina? ¡Equivaldría a desamparar a Blanca, en cuya defensa tanto -podía hacer, si su causa le parecía defendible! ¡Mi obligación, por -tanto, era guardar silencio y dejar paso a la justicia de Dios! - -Tal discurrí, por lo menos en aquel súbito lance, cuando no había -tiempo ni espacio para soluciones inmediatas. ¡La catástrofe se venía -encima con trágica premura!... El fiscal había dado ya las órdenes de -Zarco a los alguaciles, y uno de estos había ido a la cárcel a fin -de que dispusiesen la Sala de Audiencia para recibir al Juzgado. El -comandante de la Guardia civil entraba en aquel momento a dar parte -en persona (como muy satisfecho que estaba del caso) de la prisión de -Gabriela Zahara... y algunos trasnochadores, socios del Casino y amigos -del juez, noticiosos de la ocurrencia, iban acudiendo también allí, -como a olfatear y presentir las emociones del terrible día en que dama -tan principal y tan bella subiese al cadalso... En fin, no había más -remedio que ir hasta el borde del abismo, pidiendo a Dios que Gabriela -no fuese Blanca. - -Disimulé, pues, mi inquietud y callé mis recelos, y a eso de las cuatro -de la mañana seguí al juez, al promotor, al escribano, al comandante -de la Guardia y a un pelotón de curiosos y de alguaciles, que se -trasladaron a la cárcel regocijadamente. - - - - -XIV - -El Tribunal. - - -Allí aguardaba ya el sepulturero. - -La Sala de la Audiencia estaba profusamente iluminada. - -Sobre la mesa veíase una caja de madera pintada de negro, que contenía -la calavera de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral. - -El juez ocupó su sillón: el promotor se sentó a su derecha, y el -comandante de la Guardia, por respetos superiores a las prácticas -forenses, fue invitado a presenciar también la indagatoria, visto -el interés que, como a todos, le inspiraba aquel ruidoso proceso. -El escribano y yo nos sentamos juntos a la izquierda del juez, y -el alcalde y los alguaciles se agruparon a la puerta, no sin que -se columbrasen detrás de ellos algunos curiosos a quienes su alta -categoría pecuniaria había franqueado, para tal solemnidad, la entrada -en el temido establecimiento, y que habrían de contentarse con ver a la -acusada, por no consentir otra cosa el secreto del sumario. - -Constituida en esta forma la Audiencia, el juez tocó la campanilla, y -dijo al alcaide: - ---Que entre doña Gabriela Zahara. - -Yo me sentía morir, y, en vez de mirar a la puerta, miraba a Zarco, -para leer en su rostro la solución del pavoroso problema que me -agitaba... - -Pronto vi a mi amigo ponerse lívido, llevarse la mano a la garganta, -como para ahogar un rugido de dolor, y volverse hacia mí en demanda de -socorro... - ---¡Calla! --le dije, llevándome el índice a los labios. - -Y luego añadí, con la mayor naturalidad, como respondiendo a alguna -observación suya: - ---Lo sabía... - -El desventurado quiso levantarse... - ---¡Señor juez!... --le dije entonces con tal voz y con tal cara, que -comprendió toda la enormidad de sus deberes y de los peligros que -corría. Contrájose, pues, horriblemente, como quien trata de soportar -un peso extraordinario, y, dominándose al fin por medio de aquel -esfuerzo, su cara ostentó la inmovilidad de una piedra. A no ser por la -calentura de sus ojos, hubiérase dicho que aquel hombre estaba muerto. - -[Ilustración] - -¡Y muerto estaba el hombre! ¡Ya no vivía en él más que el Magistrado! - -Cuando me hube convencido de ello, miré, como todos, a la acusada. - -Figuraos ahora mi sorpresa y mi espanto, casi iguales a los del -infortunado juez... ¡_Gabriela Zahara_ no era solamente la Blanca -de mi amigo, su querida de Sevilla, la mujer con quien acababa de -reconciliarse en la Fonda del León, sino también mi desconocida de -Málaga, mi amiga de Granada, la hermosísima americana Mercedes de -Meridanueva! - -Todas aquellas fantásticas mujeres se resumían en una sola, en una -indudable, en una real y positiva, en una sobre quien pesaba la -acusación de haber matado a su marido, en una que estaba condenada a -muerte en rebeldía... - -Ahora bien: esta acusada, esta sentenciada, ¿sería inocente? ¿Lograría -sincerarse? ¿Se vería absuelta? - -Tal era mi única y suprema esperanza; tal debía ser también la de mi -pobre amigo. - - - - -XV - -El juicio. - - - El juez es una ley que habla, y la ley un juez mudo. - - La ley debe ser como la muerte, que no perdona a nadie. - - _Montesquieu._ - -Gabriela (llamémosla al fin por su verdadero nombre) estaba sumamente -pálida; pero también muy tranquila. Aquella calma, ¿era señal de -su inocencia, o comprobaba la insensibilidad propia de los grandes -criminales? ¿Confiaba la viuda de don Alfonso en la fuerza de su -derecho, o en la debilidad de su juez? - -Pronto salí de dudas. - -La acusada no había mirado hasta entonces más que a Zarco, no sé si -para infundirle valor y enseñarle a disimular, si para amenazarle con -peligrosas revelaciones, o si para darle mudo testimonio de que su -_Blanca_ no podía haber cometido un asesinato... Pero, observando sin -duda la tremenda impasibilidad del juez, debió de sentir miedo, y miró -a los demás concurrentes, cual si buscase en otras simpatías auxilio -moral para su buena o su mala causa. - -Entonces me vio a mí, y una llamarada de rubor, que me pareció de buen -agüero, tiñó de escarlata su semblante. - -Pero muy luego se repuso, y tornó a su palidez y tranquilidad. - -Zarco salió al fin del estupor en que estaba sumido, y, con voz dura -y áspera como la vara de la justicia, preguntó a su antigua amada y -prometida esposa: - ---¿Cómo se llama usted? - ---Gabriela Zahara del Valle de Gutiérrez del Romeral --contestó la -acusada con dulce y reposado acento. - -Zarco tembló ligeramente. Acababa de oír que su _Blanca_ no había -existido nunca; y esto se lo decía ella misma. ¡Ella, con quien tres -horas antes había concertado de nuevo el antiguo proyecto de matrimonio! - -Por fortuna nadie miraba al juez, sino que todos tenían fija la -vista en Gabriela, cuya singular hermosura y suave y apacible voz -considerábanse como indicios de inculpabilidad. ¡Hasta el sencillo -traje negro que llevaba parecía declarar en su defensa! - -Repuesto Zarco de su turbación, dijo con formidable acento, y como -quien juega de una vez todas sus esperanzas: - ---Sepulturero: venga usted, y haga su oficio abriendo ese ataúd... - -Y le señalaba la caja negra en que estaba encerrado el cráneo de D. -Alfonso. - ---Usted, señora... --continuó, mirando a la acusada con ojos de -fuego--, ¡acérquese y diga si reconoce esa cabeza! - -El sepulturero destapó la caja, y se la presentó abierta a la enlutada -viuda. - -Esta, que había dado dos pasos adelante, fijó los ojos en el interior -del llamado _ataúd_, y lo primero que vio fue la cabeza del _clavo_, -destacándose sobre el marfil de la calavera... - -Un grito desgarrador, agudo, mudo, mortal, como los que arranca un -miedo repentino, o como los que preceden a la locura, salió de las -entrañas de Gabriela, la cual, retrocedió espantada, mesándose los -cabellos y tartamudeando a media voz: - ---¡Alfonso! ¡Alfonso! - -Y luego se quedó como estúpida. - ---¡Ella es! --murmuramos todos, volviéndonos hacia Joaquín. - ---¿Reconoce usted, pues, el _clavo_ que dio muerte a su marido? ---añadió el juez, levantándose con terrible ademán, como si él mismo -saliese de la sepultura... - ---Sí, señor... --respondió Gabriela maquinalmente, con entonación y -gesto propios de la imbecilidad. - ---¿Es decir, que declara usted haberlo asesinado? --preguntó el -juez con tal angustia, que la acusada volvió en sí, estremeciéndose -violentamente. - ---Señor... --respondió entonces--, ¡no quiero vivir más! Pero, antes de -morir, quiero ser oída... - -Zarco se dejó caer en el sillón como anonadado, y mirome cual si me -preguntara: «¿Qué va a decir?» - -Yo estaba también lleno de terror. - -Gabriela arrojó un profundo suspiro, y continuó hablando de este modo: - ---Voy a confesar, y en mi propia confesión consistirá mi defensa, -bien que no sea bastante a librarme del patíbulo. Escuchad todos. ¿A -qué negar lo evidente? Yo estaba sola con mi marido cuando murió. Los -criados y el médico lo habrán declarado así. Por tanto, solo yo pude -darle muerte del modo que ha venido a revelar su cabeza, saliendo para -ello de la sepultura... ¡Me declaro, pues, autora de tan horrendo -crimen!... Pero sabed que un hombre me obligó a cometerlo. - -Zarco tembló al escuchar estas palabras: dominó, sin embargo, su miedo, -como había dominado su compasión, y exclamó valerosamente: - ---¡Su nombre, señora! ¡Dígame pronto el nombre de ese desgraciado! - -Gabriela miró al juez con fanática adoración, como una madre a su -atribulado hijo, y añadió con melancólico acento: - ---¡Podría con una sola palabra arrastrarlo al abismo en que me ha hecho -caer! ¡Podría arrastrarlo al cadalso, a fin de que no se quedase en el -mundo, para maldecirme tal vez al casarse con otra! ¡Pero no quiero! -¡Callaré su nombre, porque me ha amado y le amo! ¡Y le amo, aunque sé -que no hará nada para impedir mi muerte! - -El juez extendió la mano derecha, cual si fuera a adelantarse... - -Ella le reprendió con una mirada cariñosa, como diciéndole: «¡Ve que -te pierdes!» - -Zarco bajó la cabeza. - -Gabriela continuó: - ---Casada a la fuerza con un hombre a quien aborrecía, con un hombre -que se me hizo aún más aborrecible después de ser mi esposo, por su -mal corazón y por su vergonzoso estado..., pasé tres años de martirio, -sin amor, sin felicidad, pero resignada. Un día que daba vueltas por -el purgatorio de mi existencia, buscando, a fuer de inocente, una -salida, vi pasar a través de los hierros que me encarcelaban, a uno -de esos Ángeles que libertan a las almas ya merecedoras del cielo... -Asime a su túnica, diciéndole: _Dame la felicidad_... Y el Ángel me -respondió: _¡Tú no puedes ser ya dichosa! ¿Por qué? Porque no lo eres_. -¡Es decir, que el infame que hasta entonces me había martirizado, -me impedía volar con aquel Ángel al cielo del amor y de la ventura! -¿Concebís absurdo mayor que el de este razonamiento de mi destino? -Lo diré más claramente. ¡Había encontrado un hombre digno de mí y -de quien yo era digna; nos amábamos, nos adorábamos; pero él, que -ignoraba la existencia de mi mal llamado esposo; él, que desde luego -pensó en casarse conmigo; él, que no transigía con nada que fuese -ilegal o impuro, me amenazaba con abandonarme si no nos casábamos! -Érase un hombre excepcional, un dechado de honradez, un carácter -severo y nobilísimo, cuya única falta en la vida consistía en haberme -querido demasiado... Verdad es que íbamos a tener un hijo ilegítimo; -pero también es cierto que ni por un solo instante había dejado de -exigirme el cómplice de mi deshonra que nos uniéramos ante Dios... -Tengo la seguridad de que si yo le hubiese dicho: _Te he engañado: -no soy viuda: mi esposo vive_..., se habría alejado de mí, odiándome -y maldiciéndome. Inventé mil excusas, mil sofismas, y a todo me -respondía: ¡_Sé mi esposa_! Yo no podía serlo; creyó que no _quería_, -y comenzó a odiarme. ¿Qué hacer? Resistí, lloré, supliqué; pero él, -aun después de saber que teníamos un hijo, me repitió que no volvería -a verme hasta que le otorgase mi mano. Ahora bien: mi mano estaba -vinculada a la vida de un hombre ruin, y entre matarlo a él o causar la -desventura de mi hijo, la del hombre que adoraba y la mía propia, opté -por arrancar su inútil y miserable vida al que era nuestro verdugo. -Maté, pues, a mi marido... creyendo ejecutar un acto de justicia en -el criminal que me había engañado infamemente al casarse conmigo, y -(¡castigo de Dios!) me abandonó mi amante... Después hemos vuelto a -encontrarnos... ¿Para qué, Dios mío? ¡Ah! ¡que yo muera pronto! ¡Sí, -que yo muera pronto! - -Gabriela calló un momento, ahogada por el llanto. - -Zarco había dejado caer la cabeza sobre las manos, cual si meditase; -pero yo veía que temblaba como un epiléptico. - ---¡Señor juez! --repitió Gabriela con renovada energía--, ¡que yo muera -pronto! - -Zarco hizo una seña para que se llevasen a la acusada. - -Gabriela se alejó con paso firme, no sin dirigirme antes una mirada -espantosa, en que había más orgullo que arrepentimiento. - -[Ilustración] - - - - -XVI - -La sentencia. - - -Excuso referir la formidable lucha que se entabló en el corazón de -Zarco, y que duró hasta el día en que volvió a fallar la causa. -No tendría palabras con que haceros comprender aquellos horribles -combates... Solo diré que el magistrado venció al hombre, y que Joaquín -Zarco volvió a condenar a muerte a Gabriela Zahara. - -Al día siguiente fue remitido el proceso en consulta a la Audiencia -de Sevilla, y al propio tiempo Zarco se despidió de mí, diciéndome -estas palabras: «Aguárdame acá hasta que yo vuelva... Cuida de la -infeliz, pero no la visites, pues tu presencia la humillaría en vez de -consolarla. No me preguntes a dónde voy, ni temas que cometa el feo -delito de suicidarme. Adiós, y perdóname las aflicciones que te he -causado.» - - * * * * * - -Veinte días después la Audiencia del territorio confirmó la sentencia -de muerte. - -Gabriela Zahara fue puesta en capilla. - - - - -XVII - -Último viaje. - - -Llegó la mañana de la ejecución, sin que Zarco hubiese regresado ni se -tuvieran noticias de él. - -Un inmenso gentío aguardaba a la puerta de la cárcel la salida de la -sentenciada. - -Yo estaba entre la multitud, pues si bien había acatado la voluntad -de mi amigo, no visitando a Gabriela en su prisión, creía de mi deber -representar a Zarco en aquel supremo trance, acompañando a su antigua -amada hasta el pie del cadalso. - -Al verla aparecer, costome trabajo reconocerla. Había enflaquecido -horriblemente, y apenas tenía fuerzas para llevar a sus labios el -Crucifijo que besaba a cada momento. - ---Aquí estoy, señora... ¿Puedo servir a usted de algo? --le pregunté -cuando pasó cerca de mí. - -Clavó en mi faz sus marchitos ojos, y cuando me hubo reconocido, -exclamó: - ---¡Oh! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué consuelo tan grande me proporciona -usted en mi última hora! ¡Padre! --añadió, volviéndose a su confesor--. -¿Puedo hablar al paso algunas palabras con este generoso amigo? - ---Sí, hija mía... --le respondió el sacerdote--; pero no deje usted de -pensar en Dios... - -Gabriela me preguntó entonces: - ---¿Y él? - ---Está ausente. - ---¡Hágalo Dios muy feliz! Dígale cuando le vea, que me perdone, para -que me perdone Dios. Dígale que todavía le amo... aunque el amarle es -causa de mi muerte... - ---Quiero ver a usted resignada... - ---¡Lo estoy! ¡Cuánto deseo llegar a la presencia de mi Eterno Padre! -¡Cuántos siglos pienso pasar llorando a sus pies, hasta conseguir que -me reconozca como hija suya y me perdone mis muchos pecados! - -Llegamos al pie de la escalera fatal. - -Allí fue preciso separamos. - -Una lágrima, tal vez la última que aún quedaba en aquel corazón, -humedeció los ojos de Gabriela, mientras que sus labios balbucieron -esta frase: - ---Dígale usted que muero bendiciéndole... - -En aquel momento sintiose viva algazara entre el gentío..., hasta que -al cabo percibiéronse claramente las voces de: - ---_¡Perdón! ¡Perdón!_ - -Y por la ancha calle que abría la muchedumbre, viose avanzar a un -hombre a caballo, con un papel en una mano y un pañuelo blanco en la -otra... - -[Ilustración] - -¡Era Zarco!... - ---_¡Perdón! ¡Perdón!_ --venía gritando también él. - -Echó al fin pie a tierra, y, acompañado del jefe del cuadro, adelantose -hacia el patíbulo. - -Gabriela, que había ya subido algunas gradas, se detuvo: miró -intensamente a su amante, y murmuró: - ---¡Bendito seas! - -En seguida perdió el conocimiento. - -Leído el perdón, y legalizado el acto, el sacerdote y Joaquín corrieron -a desatar las manos de la indultada. - -[Ilustración] - -Pero toda piedad era ya inútil... Gabriela Zahara estaba muerta. - - - - -XVIII - -Moraleja. - - -Zarco es hoy uno de los mejores magistrados de la Habana. - -Se ha casado, y puede considerarse feliz, porque la tristeza no es -desventura cuando no se ha hecho a sabiendas daño a nadie. - -El hijo que acaba de darle su amantísima esposa, disipará la vaga nube -de melancolía que oscurece a ratos la frente de mi amigo. - - -FIN - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE - - - Prólogo. 9 - - I. El número 1. 9 - - II. Escaramuzas. 17 - - III. Catástrofe. 23 - - IV. Otro viaje. 28 - - V. Memorias de un juez de - primera instancia. 35 - - I 35 - II 42 - III 49 - - VI. El cuerpo del delito. 52 - - VII. Primeras diligencias. 58 - - VIII. Declaraciones. 64 - - IX. El hombre propone. 69 - - X. Un dúo en MI mayor. 69 - - XI. Fatalidad. 74 - - XII. Travesuras del destino. 77 - - XIII. Dios dispone. 82 - - XIV. El Tribunal. 88 - - XV. El juicio. 93 - - XVI. La sentencia. 104 - - XVII. El último viaje. 105 - - XVIII. Moraleja. 109 - - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CLAVO *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for an eBook, except by following -the terms of the trademark license, including paying royalties for use -of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for -copies of this eBook, complying with the trademark license is very -easy. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation's website -and official page at www.gutenberg.org/contact - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without -widespread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/67248-0.zip b/old/67248-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 37d4821..0000000 --- a/old/67248-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h.zip b/old/67248-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index aedcc95..0000000 --- a/old/67248-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/67248-h.htm b/old/67248-h/67248-h.htm deleted file mode 100644 index d7659f7..0000000 --- a/old/67248-h/67248-h.htm +++ /dev/null @@ -1,3014 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. 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Vicente Medina.—<i>Aires murcianos.</i> — Segunda edición.</li> - <li>II. A. Palacio Valdés.—<i>¡Solo!</i> — Segunda edición.</li> - <li>III. Clarín.—<i>Las dos cajas.</i></li> - <li>IV. Ricardo Wagner.—<i>Historia de un músico en París.</i></li> - <li>V. González Serrano.—<i>Siluetas.</i></li> - <li>VI. J. Valera.—<i>El pájaro verde.</i></li> - <li>VII. Luis Bonafoux.—<i>Risas y lágrimas.</i></li> - <li>VIII. J. O. Picón.—<i>Cuentos.</i></li> - <li>IX. R. Becerro de Bengoa.—<i>El recién nacido.</i></li> - <li>X. J. O. y Munilla.—<i>Tremielga.</i></li> - <li>XI. José M. de Pereda.—<i>Para ser buen arriero...</i></li> - <li>XII. Alfonso Daudet.—<i>Una anécdota del segundo Imperio.</i></li> - <li>XIII. V. Blasco Ibáñez.—<i>La cencerrada.</i></li> - <li>XIV. G. Martínez Sierra.—<i>Almas ausentes.</i></li> - <li>XV. Enrique Menéndez y Pelayo.—<i>A la sombra de un roble.</i></li> - <li>XVI. G. Nuñez de Arce.—<i>Sancho Gil</i> (novela fantástica).</li> - <li>XVII. Blanca de los Ríos.—<i>Melita Palma.</i></li> - <li>XVIII. Arturo Reyes.—<i>Cuentos andaluces.</i></li> - <li>XIX. Pedro A. de Alarcón.—<i>El clavo</i> (causa célebre).</li> -</ul> - -<p class="smaller ws1 centra mt2">EN PRENSA</p> - -<ul class="obras"> - <li>XX. M. Tolosa Latour.—<i>Hombradas.</i></li> -</ul> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <p class="smaller">XIX</p> - <p class="smaller ws1 mt05"><i>Biblioteca Mignon.</i></p> - <p class="smaller negr mt05">—</p> - <p class="ws1 mt1">PEDRO A. DE ALARCÓN</p> - <p class="fs60 ws1 mt1">DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA</p> - <hr class="tir" /> - - <p class="fs200 g1 mt1">EL CLAVO</p> - - <div class="figcenter mt1"> - <img src="images/005.jpg" - style="width: 12em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> - </div> - - - <p class="smaller g0 mt1">MADRID</p> - <p class="smaller negr">—</p> - <p class="smaller asc ws1">B. RODRÍGUEZ SERRA, DIRECTOR</p> - <p class="smaller ws1 mt05">Flor baja, 9.</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span></p> - <hr class="fil" /> - <p class="centra ws1">Imp. de A. Marzo, Pozas, 12.</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/007.jpg" - style="width: 16em; height: auto;" - alt="Retrato del autor" /> - <p class="caption ws1 smcap">Pedro A. de Alarcón.</p> - </div> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt6" id="Ch0"> - <p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p> - <p class="centra g0 ws1 fs175">EL CLAVO</p> - <p class="centra asc ws1 mt05">(causa célebre)</p> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h2 class="nobreak g0">PRÓLOGO</h2> - -<p class="dotts"> </p> - -<p>Felipe encendió un cigarro y habló de esta manera:</p> - -<p class="fin">FIN DEL PRÓLOGO</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1"> - <h2 class="nobreak g0">I</h2> - <p class="subh2">El número 1.</p> -</div> - -<p>Lo que más ardientemente desea todo el que pone el pie en el -estribo de una diligencia para emprender un largo viaje es que los -compañeros de <i>departamento</i> que le toquen en suerte sean de amena -conversación<span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> y tengan -sus mismos gustos, sus mismos vicios, pocas impertinencias, buena -educación y una franqueza que no raye en familiaridad.</p> - -<p>Porque, como ya han dicho y demostrado Larra, Koch, Soulié y otros -escritores de costumbres, es asunto muy serio esa improvisada e íntima -reunión de dos o más personas, que nunca se han visto ni quizá han -de volver a verse sobre la tierra, y destinadas, sin embargo, por un -capricho del azar, a codearse dos o tres días, a almorzar, comer y -cenar juntos, a dormir una encima de otra, a manifestarse, en fin, -recíprocamente, con ese abandono y confianza que no concedemos ni aun a -nuestros mayores amigos, esto es, con los hábitos y flaquezas de casa y -de familia.</p> - -<p>Al abrir la portezuela acuden tumultuosos temores a la -imaginación.<span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> Una vieja -con asma, un fumador de mal tabaco, una fea que no tolere el humo -del bueno, una nodriza que se maree de ir en carruaje, angelitos que -lloren y demás, un hombre grave que ronque, una venerable matrona que -ocupe asiento y medio, un inglés que no hable el español (supongo que -vosotros no habláis el inglés), tales son, entre otros, los tipos que -teméis encontrar.</p> - -<p>Alguna vez acariciáis la dulce esperanza de hallaros con una hermosa -compañera de viaje; por ejemplo, con una viudita de veinte a treinta -años (y aun de treinta y seis), con quien sobrellevar a medias las -molestias del camino; pero no bien os ha sonreído esta idea cuando os -apresuráis a desecharla melancólicamente, considerando que tal ventura -sería demasiada para un simple mortal en este valle de lágrimas y -despropósitos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>Con tan amargos -recelos ponía yo el pie en el estribo de la diligencia de Granada a -Málaga, a las once menos cinco minutos de una noche de otoño de 1844, -noche oscura y tempestuosa, por más señas.</p> - -<p>Al penetrar en el coche, con el billete número 2 en el bolsillo, mi -primer pensamiento fue saludar a aquel incógnito número 1, que me traía -inquieto antes de serme conocido.</p> - -<p>Es de advertir que el tercer asiento de la berlina no estaba tomado, -según confesión del mayoral en jefe.</p> - -<p>—¡Buenas noches! —dije, no bien me senté, enfilando la voz hacia el -rincón en que suponía a mi compañero de jaula.</p> - -<p>Un silencio tan profundo como la oscuridad reinante siguió a mis -buenas noches.</p> - -<p>—¡Diantre! —pensé—: ¿si será sordo... o sorda mi epiceno -cofrade?</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span></p> - <img class="thick" - src="images/013.jpg" - style="width: 10em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15"><span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span>Y -alzando más la voz, repetí:</p> - -<p>—¡Buenas noches!</p> - -<p>Igual silencio siguió a mi segunda salutación.</p> - -<p>—¿Si será mudo? —me dije entonces.</p> - -<p>A todo esto, la diligencia había echado a andar, digo, a correr, -arrastrada por diez briosos caballos.</p> - -<p>Mi perplejidad subía de punto.</p> - -<p>¿Con quién iba? ¿Con un varón? ¿Con una hembra? ¿Con una vieja? ¿Con -una joven? — ¿Quién, quién era aquel silencioso <i>número 1</i>?</p> - -<p>Y fuera quien fuese, ¿por qué callaba? ¿Por qué no respondía a mi -saludo? ¿Estaría ebrio? ¿Se habría dormido? ¿Se habría muerto? ¿Sería -un ladrón?</p> - -<p>Era cosa de encender luz. Pero yo no fumaba entonces, y no tenía -fósforos...</p> - -<p>¿Qué hacer?</p> - -<p>Por aquí iba en mis reflexiones,<span class="pagenum" -id="Page_15">p. 15</span> cuando se me ocurrió apelar al sentido del -tacto, pues que tan ineficaces eran el de la vista y el del oído.</p> - -<p>Con más tiento, pues, que emplea un pobre diablo para robarnos el -pañuelo en la Puerta del Sol, extendí la mano derecha hacia aquel -ángulo del coche.</p> - -<p>Mi dorado deseo era tropezar con una falda de seda o de lana, y aun -de percal...</p> - -<p>Avancé, pues...</p> - -<p>¡Nada!</p> - -<p>Avancé más; extendí todo el brazo...</p> - -<p>¡Nada!</p> - -<p>Avancé de nuevo; palpé con entera resolución en un lado, en otro, -en los cuatro rincones, debajo de los asientos, en las correas del -techo...</p> - -<p>¡Nada..., nada!</p> - -<p>En este momento brilló un relámpago (ya he dicho que había -tempestad),<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> y a su luz -sulfúrea vi... ¡que iba completamente solo!</p> - -<p>Solté una carcajada, burlándome de mí mismo, y precisamente en aquel -instante se detuvo la diligencia.</p> - -<p>Estábamos en el primer relevo.</p> - -<p>Ya me disponía a preguntarle al mayoral por el viajero que faltaba, -cuando se abrió la portezuela, y a la luz de un farol que llevaba el -zagal vi... ¡Me pareció un sueño lo que vi!</p> - -<p>Vi poner el pie en el estribo de la berlina (¡de mi departamento!) -a una hermosísima mujer, joven, elegante, pálida, sola, vestida de -luto...</p> - -<p>Era el <i>número 1</i>; era mi antes epiceno compañero de viaje; era -la viuda de mis esperanzas; era la realización del sueño que apenas -había osado concebir; era el <i>non plus ultra</i> de mis ilusiones de -viajero... ¡Era <i>ella</i>!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>Quiero decir, había -de ser <i>ella</i> con el tiempo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2"> - <h2 class="nobreak g0">II</h2> - <p class="subh2">Escaramuzas.</p> -</div> - -<p>Luego que hube dado la mano a la desconocida, para ayudarla a subir, -y que ella tomó asiento a mi lado, murmurando un <i>Gracias... Buenas -noches...</i> que me llegó al corazón, ocurrióseme esta idea tristísima -y desgarradora:</p> - -<p>—¡De aquí a Málaga solo hay diez y ocho leguas! ¡Que no fuéramos a -la península de Kamchatka!</p> - -<p>Entre tanto se cerró la portezuela y quedamos a oscuras.</p> - -<p>Esto significaba ¡<i>no verla</i>!</p> - -<p>Yo pedía relámpagos al cielo, como el Alfonso Munio de la señora -Avellaneda cuando dice:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0">¡Horrible tempestad, mándame un rayo!</div> - </div> -</div> -</div> - -<p><span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>Pero ¡oh dolor! la -tormenta se retiraba ya hacia el mediodía...</p> - -<p>Y no era lo peor <i>no verla</i>, sino que el aire severo y triste -de la gentil señora me había impuesto de tal modo, que no me atrevía a -cosa ninguna.</p> - -<p>Sin embargo, pasados algunos minutos le hice aquellas primeras -preguntas y observaciones <i>de cajón</i> que establecen poco a poco -cierta intimidad entre los viajeros:</p> - -<p>—¿Va usted bien?</p> - -<p>—¿Se dirige usted a Málaga?</p> - -<p>—¿Le ha gustado a usted la Alhambra?</p> - -<p>—¿Viene usted de Granada?</p> - -<p>—¡Está la noche húmeda!</p> - -<p>A lo que respondió ella:</p> - -<p>—Gracias.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—¡Oh!</p> - -<p>—¡Pchis!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span>Seguramente, mi -compañera de viaje tenía poca gana de conversación.</p> - -<p>Dediqueme, pues, a coordinar mejores preguntas, y viendo que no se -me ocurrían, me puse a reflexionar.</p> - -<p>¿Por qué había subido aquella mujer en el primer relevo de tiro y no -desde Granada?</p> - -<p>¿Por qué iba sola?</p> - -<p>¿Era casada?</p> - -<p>¿Era viuda?</p> - -<p>¿Era...?</p> - -<p>¿Y su tristeza? ¿<i>Quare causa</i>?</p> - -<p>Sin ser indiscreto no podía hallar la solución de estas cuestiones, -y la viajera me gustaba demasiado para que yo corriese el riesgo de -parecerle un hombre vulgar dirigiéndole necias preguntas.</p> - -<p>¡Cómo deseaba que amaneciera!</p> - -<p>De día se habla con justificada<span class="pagenum" -id="Page_20">p. 20</span> libertad... mientras que la conversación -a oscuras tiene algo de tacto, va derecha al bulto, es un abuso de -confianza.</p> - -<p>La desconocida no durmió en toda la noche, según deduje de su -respiración y de los suspiros que lanzaba de vez en cuando...</p> - -<p>Creo inútil decir que yo tampoco pude coger el sueño.</p> - -<p>—¿Está usted indispuesta? —le pregunté una de las veces que se -quejó.</p> - -<p>—No, señor; gracias. Ruego a usted que se duerma descuidado... -—respondió con seria afabilidad.</p> - -<p>—¡Dormirme! —exclamé.</p> - -<p>Luego añadí:</p> - -<p>—Creí que padecía usted.</p> - -<p>—¡Oh! no..., no padezco —murmuró blandamente, pero con un acento en -que llegué a percibir cierta amargura.</p> - -<p>El resto de la noche no dio de sí<span class="pagenum" -id="Page_21">p. 21</span> más que breves diálogos como el anterior.</p> - -<p>Amaneció al fin...</p> - -<p>¡Qué hermosa era!</p> - -<p>Pero ¡qué sello de dolor sobre su frente! ¡Qué lúgubre oscuridad en -sus bellos ojos! ¡Qué trágica expresión en todo su semblante! Algo muy -triste había en el fondo de su alma.</p> - -<p>Y, sin embargo, no era una de aquellas mujeres excepcionales, -extravagantes, de corte romántico, que viven fuera del mundo devorando -algún pesar o representando alguna tragedia...</p> - -<p>Era una mujer a la moda, una elegante mujer, de porte distinguido, -cuya menor palabra dejaba traslucir una de esas reinas de la -conversación y del buen gusto que tienen por trono una butaca de su -gabinete, una carretela en el Prado o un palco en la Ópera; pero que -callan<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> fuera de su -elemento, o sea fuera del círculo de sus iguales.</p> - -<p>Con la llegada del día se alegró algo la encantadora viajera, y ya -consistiese en que mi circunspección de toda la noche y la gravedad de -mi fisonomía le inspirasen buena idea de mi persona, ya en que quisiera -recompensar al hombre a quien no había dejado dormir, fue el caso que -inició a su vez las cuestiones de ordenanza:</p> - -<p>—¿Dónde va usted?</p> - -<p>—¡Va a hacer buen día!</p> - -<p>—¡Qué hermoso paisaje!</p> - -<p>A lo que yo contesté más extensamente que ella me había contestado a -mí.</p> - -<p>Almorzamos en Colmenar.</p> - -<p>Los viajeros del <i>interior</i> y de la <i>rotonda</i> eran -personas poco tratables.</p> - -<p>Mi compañera se redujo a hablar conmigo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>Excusado es decir que -yo estuve enteramente consagrado a ella y que la atendí en la mesa como -a una persona real.</p> - -<p>De vuelta en el coche, nos tratábamos ya con alguna confianza.</p> - -<p>En la mesa habíamos hablado de Madrid, y hablar bien de Madrid -a una madrileña que se halla lejos de la corte, es la mejor de las -recomendaciones.</p> - -<p>¡Porque nada es tan seductor como Madrid perdido!</p> - -<p>—¡Ahora o nunca, Felipe! —me dije entonces—. Quedan ocho leguas. -Abordemos la cuestión amorosa...</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3"> - <h2 class="nobreak g0">III</h2> - <p class="subh2">Catástrofe.</p> -</div> - -<p>¡Desventurado! No bien dije una palabra galante a la beldad, conocí -que había puesto el dedo sobre una herida...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>En el momento perdí -todo lo que había ganado en su opinión.</p> - -<p>Así me lo dijo una mirada indefinible que cortó la voz en mis -labios.</p> - -<p>—Gracias, señor, gracias —me dijo luego al ver que cambiaba de -conversación.</p> - -<p>—¿He enojado a usted, señora?</p> - -<p>—Sí; el amor me horroriza. ¡Qué triste es inspirar lo que no se -siente! ¿Qué haría yo para no agradar a nadie?</p> - -<p>—¡Algo es menester que usted haga, si no se complace en el daño -ajeno!... —repuse muy seriamente—. La prueba es que aquí me tiene -pesaroso de haberla conocido... ¡Ya que no feliz, por lo menos yo vivía -ayer en paz... y ya soy desgraciado, puesto que la amo a usted sin -esperanza!</p> - -<p>—Le queda a usted una satisfacción, amigo mío... —replicó ella -sonriendo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>—¿Cuál?</p> - -<p>—Que si no acojo su amor, no es por ser suyo, sino porque es amor. -Puede usted, pues, estar seguro de que ni hoy, ni mañana, ni nunca... -obtendrá otro hombre la correspondencia que le niego. ¡Yo no amaré -jamás a nadie!</p> - -<p>—Pero ¿por qué, señora?</p> - -<p>—¡Porque el corazón no quiere, porque no puede, porque no debe -luchar más! ¡Porque he amado hasta el delirio... y he sido engañada! En -fin, porque aborrezco el amor.</p> - -<p>¡Magnífico discurso! Yo no estaba enamorado de aquella mujer. -Inspirábame curiosidad y deseo, por lo distinguida y por lo bella; pero -de esto a una pasión había todavía mucha distancia.</p> - -<p>Así, pues, al escuchar aquellas dolorosas y terminantes palabras, -dejó la contienda mi corazón de hombre y entró en ejercicio mi -imaginación<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> de artista. -Quiere esto decir que comencé a hablar a la desconocida un lenguaje -filosófico y moral del mejor gusto, con el que logré conquistar su -confianza, o sea que me dijese algunas otras generalidades melancólicas -del género Balzac.</p> - -<p>Así llegamos a Málaga.</p> - -<p>Era el instante más oportuno para saber el nombre de aquella -singularísima señora.</p> - -<p>Al despedirme de ella en la Administración, la dije cómo me llamaba, -la casa donde iba a parar y mis señas en Madrid.</p> - -<p>Ella me contestó con un tono que nunca olvidaré.</p> - -<p>—Doy a usted mil gracias por las amables atenciones que le he -merecido durante el viaje, y le suplico que me dispense si le oculto mi -nombre, en vez de darle uno fingido, que es con el que aparezco en la -<i>hoja</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>—¡Ah! —respondí—; -¡luego nunca volveremos a vernos!</p> - -<p>—¡Nunca!... Lo cual no debe pesarle.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/027.jpg" - style="width: 14em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">Dicho esto, la joven sonrió sin alegría, tendiéndome una -mano con exquisita gracia, y murmuró:</p> - -<p>—Pida usted a Dios por mí.</p> - -<p>Yo estreché su mano, linda y delicada, y terminé con un saludo -aquella escena, que empezaba a hacerme mucho daño.</p> - -<p>En esto llegó un elegante coche al parador.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span></p> - -<p>Un lacayo con librea negra avisó a la desconocida.</p> - -<p>Subió ella al carruaje, saludome de nuevo y desapareció por la -Puerta del Mar.</p> - -<p class="dotts"> </p> - -<p>Dos meses después volví a encontrarla.</p> - -<p>Sepamos dónde.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4"> - <h2 class="nobreak g0">IV</h2> - <p class="subh2">Otro viaje.</p> -</div> - -<p>A las dos de la tarde del 1.º de noviembre de aquel mismo año, -caminaba yo sobre un mal rocín de alquiler por el arrecife que conduce -a ***, villa importante y cabeza de partido de la provincia de -Córdoba.</p> - -<p>Mi criado y el equipaje iban en otro rocín mucho peor.</p> - -<p>Dirigíame a *** con objeto de arrendar unas tierras y -permanecer<span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> tres o -cuatro semanas en casa del Juez de primera instancia, íntimo amigo mío, -a quien conocí en la Universidad de Granada cuando ambos estudiábamos -Jurisprudencia y donde simpatizamos, contrajimos estrecha amistad y -fuimos inseparables. Después no nos habíamos visto en siete años.</p> - -<p>Según iba aproximándome a la población, término de mi viaje, llegaba -más distintamente a mis oídos el melancólico clamoreo de muchas -campanas que tocaban a muerto...</p> - -<p>Maldita la gracia que me hizo tan lúgubre coincidencia...</p> - -<p>Sin embargo, aquel <i>doble</i> no tenía nada de casual, y yo debí -contar con él, en atención a ser víspera del día de difuntos.</p> - -<p>Llegué, con todo, muy de mal humor a los brazos de mi amigo, que me -aguardaba en las afueras del pueblo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>Él advirtió al -momento mi preocupación y después de los primeros saludos:</p> - -<p>—¿Qué tienes? —me dijo, dándome el brazo, en tanto que sus criados y -el mío se alejaban con las cabalgaduras.</p> - -<p>—Hombre, seré franco... —le contesté—. Nunca he merecido, ni pienso -merecer, que me eleven arcos de triunfo; nunca he experimentado ese -inmenso júbilo que llenará el corazón de un grande hombre en el momento -que un pueblo alborozado sale a recibirlo, mientras que las campanas -repican a vuelo; pero...</p> - -<p>—¿Adónde vas a parar?</p> - -<p>—A la segunda parte de mi discurso. Y es: que si en este pueblo -no he experimentado los honores de la entrada triunfal, acabo de ser -objeto de otros muy parecidos, aunque enteramente opuestos. ¡Confiesa, -oh juez de palo, que esos clamores funerales<span class="pagenum" -id="Page_31">p. 31</span> que solemnizan mi entrada en *** hubieran -contristado al hombre más jovial del universo!</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/031.jpg" - style="width: 16em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">—¡Bravo, Felipe! —replicó el juez, a quien llamaremos -Joaquín Zarco—. ¡Vienes muy a mi gusto! Esa melancolía cuadra -perfectamente a mi tristeza.</p> - -<p>—¡Tú triste!... ¿De cuándo acá?</p> - -<p>Joaquín se encogió de hombros, y no sin trabajo retuvo un -gemido...</p> - -<p>Cuando dos amigos que se quieren de verdad, vuelven a verse después -de larga separación, parece<span class="pagenum" id="Page_32">p. -32</span> como que resucitan todas las penas que no han llorado -juntos.</p> - -<p>Yo me hice el desentendido por el momento y hablé a Zarco de cosas -indiferentes.</p> - -<p>En esto penetramos en su elegante casa.</p> - -<p>—¡Diantre, amigo mío! —no pude menos de exclamar—. ¡Vives muy bien -alojado!... ¡Qué orden, qué gusto en todo! ¡Necio de mí!... Ya caigo... -Te habrás casado...</p> - -<p>—No me he casado... —respondió el juez con la voz un poco turbada—. -¡No me he casado ni me casaré nunca!...</p> - -<p>—Que no te has casado, lo creo, supuesto que no me lo has escrito... -¡y la cosa valía la pena de ser contada! Pero eso de que no te casarás -nunca, no me parece tan fácil, ni tan creíble.</p> - -<p>—Pues te lo juro —replicó Zarco solemnemente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span>—¡Qué rara -metamorfosis! —repuse yo—. Tú, tan partidario siempre del séptimo -sacramento; tú, que hace dos años me escribías aconsejándome que -me casara, ¡salir ahora con esa novedad!... Amigo mío, ¡a ti te ha -sucedido algo, y algo muy penoso!</p> - -<p>—¿A mí? —dijo Zarco estremeciéndose.</p> - -<p>—¡A ti! —proseguí yo—. ¡Y vas a contármelo! Tú vives aquí solo, -encerrado en la grave circunspección que exige tu destino, sin un amigo -a quien referir tus debilidades de mortal... Pues bien; cuéntamelo todo -y veamos si puedo servirte de algo.</p> - -<p>El juez me estrechó las manos, diciendo:</p> - -<p>—Sí..., sí... ¡Lo sabrás todo, amigo mío! ¡Soy muy desventurado!</p> - -<p>Luego se serenó un poco y añadió secamente:</p> - -<p>—Vístete. Hoy va todo el pueblo<span class="pagenum" -id="Page_34">p. 34</span> a visitar el cementerio, y parecería mal que -yo faltase. Vendrás conmigo. La tarde está buena y te conviene andar a -pie, para descansar del trote del rocín. El cementerio se halla situado -en medio de un hermoso campo, y no te disgustará el paseo. Por el -camino te contaré la historia que ha acibarado mi existencia, y verás -si tengo o no tengo motivos para renegar de las mujeres.</p> - -<p>Una hora después caminábamos Zarco y yo en dirección al -cementerio.</p> - -<p>Mi pobre amigo me habló de esta manera:</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span></p> - <h2 class="nobreak">V</h2> - <p class="subh2">Memorias de un juez de primera instancia.</p> -</div> - - -<h3 id="Ch5_1">I</h3> - -<p>Hace dos años que, estando de promotor fiscal en ***, obtuve -licencia para pasar un mes en Sevilla.</p> - -<p>En la fonda en que me hospedé vivía hacía algunas semanas cierta -elegante y hermosísima joven, que pasaba por viuda, cuya procedencia, -así como el objeto que la retenía en Sevilla, eran un misterio para los -demás huéspedes.</p> - -<p>Su soledad, su lujo, su falta de relaciones y el aire de tristeza -que la envolvía daban pie a mil conjeturas; todo lo cual, unido a su -incomparable belleza y a la inspiración y gusto con que tocaba el -piano y cantaba, no tardó en despertar en mi<span class="pagenum" -id="Page_36">p. 36</span> alma una invencible inclinación hacia aquella -mujer.</p> - -<p>Sus habitaciones estaban exactamente encima de las mías; de modo que -la oía cantar y tocar, ir y venir y hasta conocía cuándo se acostaba, -cuándo se levantaba y cuándo pasaba la noche en vela, cosa muy -frecuente. Aunque en lugar de comer en la mesa redonda se hacía servir -en su cuarto, y no iba nunca al teatro, tuve ocasión de saludarla -varias veces, ora en la escalera, ora en alguna tienda, ora de balcón a -balcón, y al poco tiempo los dos estábamos seguros del placer con que -nos veíamos.</p> - -<p>Tú lo sabes. Yo era grave, aunque no triste, y esta circunspección -mía cuadraba perfectamente a la retraída existencia de aquella mujer; -pues ni nunca la dirigí la palabra, ni procuré visitarla en su cuarto, -ni la perseguí con enojosa curiosidad como otros habitantes de la -fonda.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span></p> - <img class="thick" - src="images/037.jpg" - style="width: 10em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15"><span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span>Este -respeto a su melancolía debió de halagar su orgullo de paciente; -dígolo, porque no tardó en mirarme con cierta deferencia, cual si ya -nos hubiésemos revelado el uno al otro.</p> - -<p>Quince días habían transcurrido de esta manera, cuando la -fatalidad..., nada más que la fatalidad..., me introdujo una noche en -el cuarto de la desconocida.</p> - -<p>Como nuestras habitaciones ocupaban idéntica situación en el -edificio, salvo el estar en pisos diferentes, eran sus entradas -iguales. Dicha noche, pues, al volver del teatro, subí distraído más -escaleras de las que debía, y abrí la puerta de su cuarto, creyendo que -era la del mío.</p> - -<p>La hermosa estaba leyendo, y se sobresaltó al verme. Yo me aturdí -de tal modo, que apenas pude disculparme; pero mi misma turbación y la -prisa con que intenté irme, la<span class="pagenum" id="Page_39">p. -39</span> convencieron de que aquella equivocación no era una farsa. -Retúvome, pues, con exquisita amabilidad «<i>para demostrarme</i> -—dijo— <i>que creía en mi buena fe y que no estaba incomodada -conmigo</i>», acabando por suplicarme que <i>me equivocara otra vez -deliberadamente</i>; pues no podía tolerar que una persona de mis -condiciones de carácter pasase las noches en el balcón oyéndola cantar -(<i>como ella me había visto</i>), cuando <i>su pobre habilidad se -honraría con que yo le prestase atención más de cerca</i>.</p> - -<p>A pesar de todo, creí de mi deber no tomar asiento en aquella noche, -y salí.</p> - -<p>Pasaron tres días, durante los cuales tampoco me atreví a aprovechar -el amable ofrecimiento de la bella cantora, aun a riesgo de pasar por -descortés a sus ojos. ¡Y era que estaba perdidamente enamorado de<span -class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> ella; era que conocía que -en unos amores con aquella mujer no podía haber término medio, sino -delirio de dolor o delirio de ventura; era que le temía, en fin, a la -atmósfera de tristeza que la rodeaba!</p> - -<p>Sin embargo, después de aquellos tres días, subí al segundo.</p> - -<p>Permanecí allí toda la velada; la joven me dijo llamarse -<i>Blanca</i>, y ser madrileña y viuda; tocó el piano, cantó, hízome -mil preguntas acerca de mi persona, profesión, estado, familia, etc., y -todas sus palabras y observaciones me complacieron y enajenaron... Mi -alma fue desde aquella noche esclava de la suya.</p> - -<p>A la noche siguiente volví, y a la otra noche también, y después -todas las noches y todos los días.</p> - -<p>Nos amábamos y ni una palabra de amor nos habíamos dicho.</p> - -<p>Pero, hablando del amor, habíale yo encarecido varias veces la -importancia<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> que daba a -este sentimiento, la vehemencia de mis ideas y pasiones, y todo lo que -necesitaba mi corazón para ser feliz.</p> - -<p>Ella, por su parte, me había manifestado que pensaba del mismo -modo.</p> - -<p>—Yo —dijo una noche— me casé sin amor a mi marido. Poco tiempo -después... lo odiaba. Hoy ha muerto. ¡Solo Dios sabe cuánto he sufrido! -Yo comprendo el amor de esta suerte: es la gloria, o es el infierno. ¡Y -para mí, hasta ahora, siempre ha sido el infierno!</p> - -<p>Aquella noche no dormí.</p> - -<p>La pasé analizando las últimas palabras de Blanca.</p> - -<p>¡Qué superstición la mía! Aquella mujer me daba miedo. ¿Llegaríamos -a ser, yo su <i>gloria</i> y ella mi <i>infierno</i>?</p> - -<p>Entretanto expiraba el mes de licencia.</p> - -<p>Podía pedir otro pretextando una<span class="pagenum" -id="Page_42">p. 42</span> enfermedad... Pero, ¿debía hacerlo?</p> - -<p>Consulté a Blanca.</p> - -<p>—¿Por qué me lo pregunta usted <i>a mí</i>? —repuso ella cogiéndome -una mano.</p> - -<p>—Más claro, Blanca... —respondí—. Yo la amo a usted... ¿Hago mal en -amarla?</p> - -<p>—¡No! —respondió Blanca palideciendo.</p> - -<p>Y sus ojos negros dejaron escapar dos torrentes de luz y de -voluptuosidad.</p> - - -<h3 id="Ch5_2">II</h3> - -<p>Pedí, pues, dos meses de licencia y me los concedieron... gracias a -ti. ¡Nunca me hubieras hecho aquel favor!</p> - -<p>Mis relaciones con Blanca no fueron amor; fueron delirio, locura, -fanatismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>Lejos de atemperarse -mi frenesí con la posesión de aquella mujer extraordinaria, se -exacerbó más y más: cada día que pasaba descubría yo nuevas afinidades -entre nosotros, nuevos tesoros de ventura, nuevos manantiales de -felicidad.</p> - -<p>Pero en mi alma, como en la suya, brotaban al propio tiempo -misteriosos temores.</p> - -<p>¡Temíamos perdernos!... Esta era la fórmula de nuestra inquietud.</p> - -<p>Los amores vulgares necesitan el miedo para alimentarse, para -no decaer. Por eso se ha dicho que toda relación ilegítima es más -vehemente que el matrimonio. Pero un amor como el nuestro hallaba -recónditos pesares en su precario porvenir, en su inestabilidad, en su -carencia de lazos indisolubles.</p> - -<p>Blanca me decía:</p> - -<p>—Nunca esperé ser amada por un hombre como tú; y, después de -ti,<span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span> no veo amor ni -dicha posibles para mi corazón. Joaquín, un amor como el tuyo era la -necesidad de mi vida: moría ya sin él; sin él moriría mañana... Dime -que nunca me olvidarás.</p> - -<p>—¡Casémonos, Blanca! —respondía yo.</p> - -<p>Y Blanca inclinaba la cabeza con angustia.</p> - -<p>—¡Sí, casémonos! —volvía yo a decir, sin comprender aquella muda -desesperación.</p> - -<p>—¡Cuánto me amas! —replicaba ella—. Otro hombre en tu lugar -rechazaría esa idea si yo se la propusiese. Tú, por el contrario...</p> - -<p>—Yo, Blanca, estoy orgulloso de ti; quiero ostentarte a los ojos del -mundo; quiero perder toda zozobra acerca del tiempo que vendrá; quiero -saber que eres mía para siempre. Además, tú conoces mi carácter, sabes -que nunca transijo en materias<span class="pagenum" id="Page_45">p. -45</span> de honra... Pues bien; la sociedad en que vivimos llama -<i>crimen</i> a nuestra dicha... ¿Por qué no hemos de redimirnos al pie -del altar? ¡Te quiero pura, te quiero noble, te quiero santa! ¡Te amaré -entonces más que hoy! ¡Acepta mi mano!</p> - -<p>—¡No puedo! —respondía aquella mujer incomprensible.</p> - -<p>Y este debate se reprodujo mil veces.</p> - -<p>Un día que yo peroré largo rato contra el adulterio y contra toda -inmoralidad, Blanca se conmovió extraordinariamente; lloró, me dio las -gracias, y repitió lo de costumbre:</p> - -<p>—¡Cuánto me amas! ¡Qué bueno, qué grande, qué noble eres!</p> - -<p>A todo esto expiraba la prórroga de mi licencia.</p> - -<p>Érame necesario volver a mi destino, y así se lo anuncié a -Blanca.</p> - -<p>—¡Separarnos! —gritó con infinita angustia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>—¡Tú lo has querido! -—contesté.</p> - -<p>—¡Eso es imposible!... Yo te idolatro, Joaquín.</p> - -<p>—Blanca, yo te adoro.</p> - -<p>—Abandona tu carrera... Yo soy rica... ¡Viviremos juntos!... -—exclamó, tapándome la boca para que no replicara.</p> - -<p>La besé la mano y respondí:</p> - -<p>—De mi esposa aceptaría esa oferta, haciendo todavía un -sacrificio... Pero de ti...</p> - -<p>—¡De mí! —respondió llorando—. ¡De la madre de tu hijo!</p> - -<p>—¿Quién? ¡Tú! ¡Blanca!...</p> - -<p>—Sí... Dios acaba de decirme que soy madre... ¡Madre por primera -vez! Tú has completado mi vida, Joaquín; y, no bien gusto la fruición -de esta bienaventuranza absoluta, quieres desgajar el árbol de mi -dicha. ¡Me das un hijo, y me abandonas tú!...</p> - -<p>—¡Sé mi esposa, Blanca! —fue mi<span class="pagenum" -id="Page_47">p. 47</span> única contestación—. Labremos la felicidad de -ese ángel que llama a las puertas de la vida.</p> - -<p>Blanca permaneció mucho tiempo silenciosa.</p> - -<p>Luego levantó la cabeza con una tranquilidad indefinible, y -murmuró:</p> - -<p>—Seré tu esposa.</p> - -<p>—¡Gracias! ¡Gracias, Blanca mía!</p> - -<p>—Escucha —dijo al poco rato—, no quiero que abandones tu -carrera...</p> - -<p>—¡Ah! ¡Mujer sublime!</p> - -<p>—Vete a tu Juzgado... ¿Cuánto tiempo tardarás en arreglar allí tus -asuntos, solicitar del Gobierno más licencia y volver a Sevilla?</p> - -<p>—Un mes.</p> - -<p>—Un mes... —repuso Blanca—. ¡Bien! Aquí te espero. Vuelve dentro de -un mes, y seré tu esposa. Hoy somos 15 de abril... ¡El 15 de mayo sin -falta!</p> - -<p>—Sin falta.</p> - -<p>—¿Me lo juras?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span>— Te lo juro.</p> - -<p>—¡Aún otra vez! —replicó Blanca.</p> - -<p>—Te lo juro.</p> - -<p>—¿Me amas?</p> - -<p>—Con toda mi vida.</p> - -<p>—Pues vete y ¡vuelve! Adiós...</p> - -<p>Dijo y me suplicó que la dejara y que partiese sin perder -momento.</p> - -<p>Despedime de ella, y partí a *** aquel mismo día.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/048.jpg" - style="width: 8em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - - -<div class="section pt3" id="Ch5_3"> - <h3 title="III"><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span>III</h3> -</div> - -<p>Llegué a ***.</p> - -<p>Preparé mi casa para recibir a mi esposa; solicité y obtuve, como -sabes, otro mes de licencia, y arreglé todos mis asuntos con tal -eficacia, que al cabo de quince días me vi en libertad de volver a -Sevilla.</p> - -<p>Debo advertirte, que durante aquel medio mes no recibí ni una sola -carta de Blanca, a pesar de haberle yo escrito seis. Esta circunstancia -me tenía vivamente contrariado. Así fue que, aunque solo había -transcurrido la mitad del plazo que mi amada me concediera, salí para -Sevilla, adonde llegué el día 30 de abril.</p> - -<p>Inmediatamente me dirigí a la fonda que había sido nido de nuestros -amores.</p> - -<p>Blanca había desaparecido dos<span class="pagenum" id="Page_50">p. -50</span> días después de mi partida, sin dejar razón del punto a que -se encaminaba.</p> - -<p>¡Imagínate el dolor de mi desengaño! ¡No escribirme que se marchaba! -¡Marcharse sin dejar dicho a dónde se dirigía! ¡Hacerme perder -completamente su rastro! ¡Evadirse, en fin, como una criminal cuyo -delito se ha descubierto!</p> - -<p>Ni por un instante me ocurrió permanecer en Sevilla hasta el 15 de -mayo aguardando a ver si regresaba Blanca... La violencia de mi dolor -y de mi indignación, y el bochorno que sentía por haber aspirado a la -mano de semejante aventurera, no dejaban lugar a ninguna esperanza, a -ninguna ilusión, a ningún consuelo. Lo contrario hubiera sido ofender -mi propia conciencia, que ya veía en Blanca el ser odioso y repugnante -que el amor o el deseo habían disfrazado hasta entonces...<span -class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> ¡Indudablemente era una -mujer liviana e hipócrita que me amó sensualmente, pero que, previendo -la habitual mudanza de su caprichoso corazón, no pensó nunca en que -nos casáramos! Hostigada, al fin, por mi amor y mi honradez, había -ejecutado una torpe comedia a fin de escaparse impunemente. ¡Y en -cuanto a aquel hijo anunciado con tanto júbilo, tampoco me cabía ya -duda de que era otra ficción, otro engaño, otra sangrienta burla!... -Apenas se comprendía semejante perversidad en una criatura tan bella y -tan inteligente.</p> - -<p>Tres días nada más estuve en Sevilla, y el 4 de mayo me marché a la -corte, renunciando a mi destino, para ver si mi familia y el bullicio -del mundo me hacían olvidar a aquella mujer, que sucesivamente había -sido para mí la <i>gloria</i> y el <i>infierno</i>.</p> - -<p>Por último, hace cosa de quince<span class="pagenum" -id="Page_52">p. 52</span> meses, que tuve que aceptar el Juzgado de -este otro pueblo, donde, como has visto, no vivo muy contento que -digamos; siendo lo peor de todo que, en medio de mi aborrecimiento a -Blanca, detesto mucho más a las demás mujeres, por la sencilla razón de -que no son <i>ella</i>.</p> - -<p>¿Te convences ahora de que nunca llegaré a casarme?</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6"> - <h2 class="nobreak g0">VI</h2> - <p class="subh2">El cuerpo del delito.</p> -</div> - -<p>Pocos segundos después de terminar mi amigo Zarco la relación de sus -amores, llegamos al cementerio.</p> - -<p>El cementerio de *** no es otra cosa que un campo yermo y solitario, -sembrado de cruces de madera, y rodeado por una tapia. Ni lápidas, -ni sepulcros turban la monotonía de aquella mansión. Allí descansan -en la fría tierra pobres y ricos, grandes<span class="pagenum" -id="Page_53">p. 53</span> y plebeyos, nivelados por la muerte.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/053.jpg" - style="width: 16em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">En estos pobres cementerios, que tanto abundan en -España, y que son acaso los más poéticos y los más propios de sus -<i>moradores</i>, sucede con frecuencia que, para sepultar un cuerpo, -es menester exhumar otro, o, mejor dicho, que cada dos años se echa una -nueva capa de muertos sobre la tierra. Consiste esto en la pequeñez del -recinto, y da por resultado que, alrededor de cada nueva zanja, hay mil -blancos despojos<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> que de -tiempo en tiempo son conducidos al <i>osario común</i>.</p> - -<p>Yo he visto más de una vez estos osarios... ¡Y en verdad que merecen -ser vistos! Figuraos, en un rincón del campo santo, una especie de -pirámide de huesos, una colina de multiforme marfil, un cerro de -cráneos, fémures, canillas, húmeros, clavículas rotas, columnas -espinales desgranadas, dientes sembrados acá y allá, costillas que -fueron armaduras de corazones, dedos diseminados... y todo ello seco, -frío, muerto, árido... ¡Figuraos, figuraos aquel horror!</p> - -<p>Y, ¡qué contactos! Los enemigos, los rivales, los esposos, los -padres y sus hijos están allí, no solo juntos, sino revueltos, -mezclados por pedazos, como trillada mies, como rota paja. Y ¡qué -desapacible ruido, cuando un cráneo choca con otro, o cuando baja -rodando desde la cumbre<span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> -por aquellas huecas astillas de antiguos hombres! Y ¡qué risa tan -insultante tienen las calaveras!</p> - -<p>Pero volvamos a nuestra historia.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/055.jpg" - style="width: 16em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">Andábamos Joaquín y yo dando sacrílegamente con el -pie a tantos restos inanimados, ora pensando en el día que otros -pies hollarían nuestros despojos, ora atribuyendo a cada hueso una -historia; procurando hallar el secreto de la vida en aquellos cráneos, -donde acaso moró el genio o bramó la pasión, y ya vacíos<span -class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> como celda de difunto fraile, -o adivinando otras veces (por la configuración, por la dureza y por la -dentadura) si tal calavera perteneció a una mujer, a su niño, o a un -anciano, cuando las miradas del juez quedaron fijas en uno de aquellos -globos de marfil...</p> - -<p>—¿Qué es esto? —exclamó, retrocediendo un poco—. ¿Qué es esto, amigo -mío? ¿No es un <i>clavo</i>?</p> - -<p>Y así hablando, daba vueltas con el bastón a un cráneo, bastante -fresco todavía, que conservaba algunos espesos mechones de pelo -negro.</p> - -<p>Miré y quedé tan asombrado como mi amigo... ¡Aquella calavera estaba -atravesada por un clavo de hierro!...</p> - -<p>La chata cabeza de este clavo asomaba por la parte superior del -hueso coronal, mientras que la punta salía por el que fue cielo de la -boca.</p> - -<p>¿Qué podía significar aquello?</p> - -<p>De la extrañeza pasamos a las<span class="pagenum" id="Page_57">p. -57</span> conjeturas y de las conjeturas al horror.</p> - -<p>—¡Reconozco la Providencia! —exclamó finalmente Zarco—. ¡He aquí un -espantoso crimen que iba a quedar impune y que se delata por sí mismo -a la justicia! ¡Cumpliré con mi deber, tanto más cuanto que parece -que el mismo Dios me lo ordena directamente al poner ante mis ojos la -taladrada cabeza de la víctima! ¡Ah! Sí... ¡Juro no descansar hasta que -el autor de este horrible delito expíe su maldad en el cadalso!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/057.jpg" - style="width: 8em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span></p> - <h2 class="nobreak g0">VII</h2> - <p class="subh2">Primeras diligencias.</p> -</div> - -<p>Mi amigo Zarco era un modelo de jueces.</p> - -<p>Recto, infatigable, aficionado, tanto como obligado, a la -administración de justicia, vio en aquel asunto un campo vastísimo -en que emplear toda su inteligencia, todo su celo, todo su fanatismo -(perdonad la palabra) por el cumplimiento de la ley.</p> - -<p>Inmediatamente hizo buscar a un escribano y dio principio al -proceso.</p> - -<p>Después de extendido testimonio de aquel hallazgo, llamó al -enterrador.</p> - -<p>El lúgubre personaje se presentó ante la ley, pálido y -tembloroso.</p> - -<p>¡A la verdad, entre aquellos dos hombres cualquiera escena -tendría<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> que ser -horrible! Recuerdo literalmente su diálogo:</p> - -<p><i>El juez.</i>—¿De quién puede ser esta calavera?</p> - -<p><i>El sepulturero.</i>—¿Dónde la ha encontrado vuestra señoría?</p> - -<p><i>El juez.</i>—En este mismo sitio.</p> - -<p><i>El sepulturero.</i>—Pues entonces pertenece a un cadáver que, por -estar ya <i>algo pasado</i>, desenterré ayer para sepultar a una vieja -que murió anteanoche.</p> - -<p><i>El juez.</i>—¿Y por qué exhumó usted ese cadáver y no otro más -antiguo?</p> - -<p><i>El sepulturero.</i>—Ya lo he dicho a vuestra señoría; para poner -a la vieja en su lugar. ¡El Ayuntamiento no quiere convencerse que es -muy chico este cementerio para tanta gente como se muere ahora! ¡Así -es que no se deja a los muertos secarse en la tierra, y tengo que -trasladarlos medio vivos al osario común!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span><i>El juez.</i>—¿Y -podrá saberse de quién es el cadáver a que corresponde esta cabeza?</p> - -<p><i>El sepulturero.</i>—No es muy fácil, señor.</p> - -<p><i>El juez.</i>—Sin embargo, ¡ello ha de ser! Conque piénselo usted -despacio.</p> - -<p><i>El sepulturero.</i>—Encuentro un medio de saberlo...</p> - -<p><i>El juez.</i>—Dígalo usted.</p> - -<p><i>El sepulturero.</i>—La caja de aquel muerto se hallaba en regular -estado cuando la saqué de la tierra, y me la llevé a mi habitación para -aprovechar las tablas de la tapa. Acaso conserve alguna señal, como -iniciales, como galones, o cualquiera otra de esas cosas que se estilan -ahora para adornar los ataúdes...</p> - -<p><i>El juez.</i>—Veamos esas tablas.</p> - -<p>En tanto que el sepulturero traía los fragmentos del ataúd, -Zarco mandó a un alguacil que envolviese el<span class="pagenum" -id="Page_61">p. 61</span> misterioso cráneo en un pañuelo, a fin de -llevárselo a su casa.</p> - -<p>El enterrador llegó con las tablas.</p> - -<p>Como esperábamos, encontráronse en una de ellas algunos jirones de -galón dorado que, sujetos a la madera con tachuelas de metal, habían -formado letras y números...</p> - -<p>Pero el galón estaba roto, y era imposible restablecer aquellos -caracteres.</p> - -<p>No desmayó, con todo, mi amigo, sino que hizo arrancar completamente -el galón, y por las tachuelas, o por las punturas de otras que había -habido en la tabla, recompuso las siguientes cifras:</p> - -<p class="centra mt1"> -A. G. R.<br /> -1843<br /> -R. I. P.</p> - -<p class="mt1">Zarco radió en entusiasmo al hacer este -descubrimiento.</p> - -<p>—¡Es bastante! ¡Es demasiado! —exclamó gozosamente—. ¡Asido de<span -class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> esta hebra recorreré el -laberinto y lo descubriré todo!</p> - -<p>Cargó el alguacil con la tabla, como había cargado con la calavera y -regresamos a la población.</p> - -<p>Sin descansar un momento nos dirigimos a la parroquia más -próxima.</p> - -<p>Zarco pidió al cura el <i>libro de sepelios</i>, de 1843.</p> - -<p>Recorriolo el escribano, hoja por hoja, partida por partida...</p> - -<p>Aquellas iniciales A. G. R. no correspondían a ningún difunto.</p> - -<p>Pasamos a otra parroquia.</p> - -<p>Cinco tiene la villa: a la cuarta que visitamos halló el escribano -esta partida de sepelio:</p> - -<p class="mt1">«<i>En la Iglesia parroquial de San... de la villa de -*** a 4 de mayo de 1843, se hicieron los oficios de funeral, conformes -a entierro mayor en el cementerio común, a</i> <span class="smcap">Don -Alfonso Gutiérrez del Romeral</span>, <i>natural y vecino que fue -de<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> esta población, el -cual no recibió los Santos Sacramentos ni testó, por haber muerto de -apoplejía fulminante en la noche anterior, a la edad de treinta y un -años. Estuvo casado con doña Gabriela Zahara del Valle, natural de -Madrid y no deja hijos. Y para que conste, etc.</i>»</p> - -<p class="mt1">Tomó Zarco un certificado de esta partida autorizado por -el cura, y regresamos a nuestra casa.</p> - -<p>Por el camino me dijo el juez:</p> - -<p>—Todo lo veo claro. Antes de ocho días habrá terminado este -proceso que tan oscuro se presentaba hace dos horas. Ahí llevamos una -<i>apoplejía fulminante</i> de hierro que tiene cabeza y punta, y que -dio muerte repentina, a un <i>D. Alfonso Gutiérrez del Romeral</i>. -Es decir: tenemos el <i>clavo</i>... Ahora solo me falta encontrar el -<i>martillo</i>.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span></p> - <h2 class="nobreak g0">VIII</h2> - <p class="subh2">Declaraciones.</p> -</div> - -<p>Un <i>vecino</i> dijo:</p> - -<p>—Que D. Alfonso Gutiérrez del Romeral, joven y rico propietario de -aquella población, residió algunos años en Madrid, de donde volvió en -1840, casado con una bellísima señora llamada doña Gabriela Zahara:</p> - -<p>Que el declarante había ido algunas noches de tertulia a casa de -los recién casados, y tuvo ocasión de observar la paz y ventura que -reinaban en el matrimonio:</p> - -<p>Que cuatro meses antes de la muerte de D. Alfonso, había marchado -su esposa a pasar una temporada en Madrid con su familia, según -explicación del mismo marido:</p> - -<p>Que la joven regresó en los últimos días de abril o sea tres meses y -medio después de su partida:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>Que a los ocho días -de su llegada ocurrió la muerte de D. Alfonso:</p> - -<p>Que habiendo enfermado la viuda, a consecuencia del sentimiento que -la causó esta pérdida, manifestó a sus amigos que le era insoportable -vivir en un pueblo donde todo le hablaba de su querido y malogrado -esposo, y se marchó para siempre a mediados de mayo, diez o doce días -después de la muerte de su esposo:</p> - -<p>Que era cuanto podía declarar, y la verdad, a cargo del juramento -que había prestado, etc.</p> - -<p>Otros <i>vecinos</i> prestaron declaraciones casi idénticas a la -anterior.</p> - -<p><i>Los criados</i> del difunto Gutiérrez, dijeron:</p> - -<p>Después de repetir los datos de la vecindad:</p> - -<p>Que la paz del matrimonio no era tanta como se decía de público:</p> - -<p>Que la separación de tres meses y medio que precedió a los -últimos<span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> ocho días que -vivieron juntos los esposos, fue un tácito rompimiento, consecuencia -de profundos y misteriosos disgustos que mediaban entre ambos jóvenes -desde el principio de su matrimonio:</p> - -<p>Que la noche en que murió su amo, se reunieron los esposos en la -alcoba nupcial, como lo verificaban desde la vuelta de la señora, -contra su antigua costumbre de dormir cada uno en su respectivo -cuarto:</p> - -<p>Que a media noche los criados oyeron sonar violentamente la -campanilla, a cuyo repiqueteo se unían los desaforados gritos de la -señora:</p> - -<p>Que acudieron, y vieron salir a esta de la cámara nupcial, con el -cabello en desorden, pálida y convulsa, gritando entre amarguísimos -sollozos:</p> - -<p>«¡Una apoplejía! ¡Un médico! ¡Alfonso mío! ¡El señor se -muere!...»</p> - -<p>Que penetraron en la alcoba y<span class="pagenum" id="Page_67">p. -67</span> vieron a su amo tendido sobre el lecho y ya cadáver; y que -habiendo acudido un médico confirmó que D. Alfonso había muerto de una -congestión cerebral.</p> - -<p>El <i>médico</i>: Preguntado al tenor de la cita que precede, dijo: -Que era cierto en todas sus partes.</p> - -<p>El mismo <i>médico</i> y otros dos facultativos:</p> - -<p>Habiéndoseles puesto de manifiesto la calavera de D. Alfonso, y -preguntados sobre si la muerte recibida de aquel modo podía aparecer a -los ojos de la ciencia como apoplejía, dijeron que <i>sí</i>.</p> - -<p>Entonces dictó mi amigo el siguiente auto:</p> - -<p>«Considerando que la muerte de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral -debió de ser instantánea y subsiguiente a la introducción del clavo en -su cabeza:</p> - -<p>»Considerando que, cuando murió,<span class="pagenum" -id="Page_68">p. 68</span> estaba solo en la alcoba nupcial:</p> - -<p>»Considerando que es imposible atribuir a suicidio una muerte -semejante por las dificultades materiales que ofrece su perpetración -con mano propia:</p> - -<p>»Se declara reo de esta causa y autora de la muerte del D. Alfonso -a su esposa doña Gabriela Zahara del Valle, para cuya captura se -expedirán los oportunos exhortos, etcétera, etc.»</p> - -<p>—Dime, Joaquín... —pregunté yo al juez—. ¿Crees que se capturará a -Gabriela Zahara?</p> - -<p>—¡Indudablemente!</p> - -<p>—¿Y por qué lo aseguras?</p> - -<p>—Porque en medio de estas rutinas judiciales, hay cierta fatalidad -dramática que no perdona nunca. Más claro: cuando los huesos salen de -la tumba a declarar, poco les queda que hacer a los Tribunales.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span></p> - <h2 class="nobreak g0">IX</h2> - <p class="subh2">El hombre propone.</p> -</div> - -<p>A pesar de las esperanzas de mi amigo Zarco, Gabriela Zahara no -apareció.</p> - -<p>Exhortos, requisitorias, todo fue inútil.</p> - -<p>Pasaron tres meses.</p> - -<p>La causa se sentenció en rebeldía.</p> - -<p>Yo abandoné la villa de *** no sin prometerle a Zarco volver al año -siguiente.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10"> - <h2 class="nobreak g0">X</h2> - <p class="subh2">Un dúo en <span class="asc">MI</span> mayor.</p> -</div> - -<p>Aquel invierno lo pasé en Granada.</p> - -<p>Érase una noche en que había gran baile en casa de la riquísima -señora de X... la cual había tenido la bondad de convidarme a la -fiesta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span>A poco de llegar a -aquella magnífica morada, donde estaban reunidas todas las célebres -hermosuras de la aristocracia granadina, reparé en una bellísima mujer -cuyo rostro habría distinguido entre mil otros semejantes, suponiendo -que Dios hubiese formado alguno que se le pareciera.</p> - -<p>¡Era mi desconocida, mi mujer misteriosa, mi desengañada de la -diligencia, mi compañera de viaje, el número uno de que os hablé al -principio de esta relación!</p> - -<p>Corrí a saludarla, y ella me reconoció en el acto.</p> - -<p>—Señora —le dije—, he cumplido a usted mi promesa de no buscarla. -Hasta ignoraba que podía encontrar a usted aquí. A saberlo, acaso no -hubiera venido por temor de ser a usted enojoso. Una vez ya delante -de usted, espero que me diga si puedo reconocerla, si me es dado -hablarle,<span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> si ha cesado -el entredicho que me alejaba de usted.</p> - -<p>—Veo que es usted vengativo... —me contestó graciosamente, -alargándome la mano—. Pero yo le perdono. ¿Cómo está usted?</p> - -<p>—¡En verdad que lo ignoro! —respondí—. Mi salud, la salud de mi -alma, pues no es otra cosa me preguntará usted en medio de un baile, -depende de la salud de su alma de usted. Esto quiere decir que mi -dicha no puede ser sino un reflejo de la suya. ¿Ha sanado ese pobre -corazón?</p> - -<p>—Aunque la galantería le prescriba a usted desearlo —contestó la -dama—, y mi aparente jovialidad haga suponerlo, usted sabe... lo mismo -que yo... que las heridas del corazón no se curan.</p> - -<p>—Pero se <i>tratan</i>, señora, como dicen los facultativos; se -hacen llevaderas; se tiende una piel rosada<span class="pagenum" -id="Page_72">p. 72</span> sobre la roja cicatriz; se edifica una -ilusión sobre un desengaño...</p> - -<p>—Pero esa edificación es falsa...</p> - -<p>—¡Como la primera, señora; como todas! <i>Querer creer, querer -gozar</i>, he aquí la dicha. Mirabeau, moribundo, no aceptó el generoso -ofrecimiento de un joven que quiso trasfundir toda su sangre en las -empobrecidas arterias del grande hombre. ¡No sea usted como Mirabeau! -¡Beba usted nueva vida en el primer corazón virgen que le ofrezca su -rica savia! Y, pues no gusta usted de galantería, le añadiré, en abono -de mi consejo, que, al hablar así, no defiendo mis intereses...</p> - -<p>—¿Por qué dice usted eso último?</p> - -<p>—Porque yo también tengo algo de Mirabeau, no en la cabeza, sino en -la sangre. Necesito lo que usted... ¡una primavera que me vivifique!</p> - -<p>—¡Somos muy desdichados! En<span class="pagenum" id="Page_73">p. -73</span> fin... Usted tendrá la bondad de no huir de mí en -adelante.</p> - -<p>—Señora, iba a pedirla a usted permiso para visitarla.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/073.jpg" - style="width: 16em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">Nos despedimos.</p> - -<p>—¿Quién es esta mujer? —pregunté a un amigo mío.</p> - -<p>—Una americana que se llama Mercedes de Meridanueva —me contestó—; -es todo lo que sé y mucho más de lo que se sabe generalmente.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XI</h2> - <p class="subh2">Fatalidad.</p> -</div> - -<p>Al día siguiente fui a visitar a mi nueva amiga a la <i>Fonda de los -Siete Suelos</i> de la Alhambra.</p> - -<p>La encantadora Mercedes me trató como a un amigo íntimo, y me invitó -a pasear con ella por aquel edén de la naturaleza y templo del arte, y -acompañarla luego a comer.</p> - -<p>De muchas cosas hablamos durante las seis horas que estuvimos -juntos; y como el tema a que siempre volvíamos era el de los desengaños -amorosos, hube de contarle la historia de los amores de mi amigo -Zarco.</p> - -<p>Ella la oyó muy atentamente, y, cuando terminé, se echó a reír, y me -dijo:</p> - -<p>—Sr. D. Felipe, sírvale a usted eso de lección para no enamorarse -nunca de mujeres a quienes no conozca...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>—¡No vaya usted a -creer —respondí con viveza— que he inventado esa historia, o se la -he referido porque me figure que todas las damas misteriosas que se -encuentra uno en viaje son como la que engañó a mi condiscípulo!...</p> - -<p>—Muchas gracias... Pero no siga usted —replicó, levantándose de -pronto—. ¿Quién duda que en la <i>Fonda de los Siete Suelos</i> de -Granada pueden alojarse mujeres que en nada se parezcan a esa que tan -fácilmente se enamoró de su amigo de usted en la fonda de Sevilla? En -cuanto a mí, no hay riesgo de que me enamore de nadie, puesto que nunca -hablo tres veces con un mismo hombre...</p> - -<p>—¡Señora! ¡Eso es decirme que no vuelva!...</p> - -<p>—No; esto es anunciar a usted que mañana, al ser de día, me marcharé -de Granada, y que, probablemente, no volveremos a vernos nunca.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>—¡<i>Nunca</i>! Lo -mismo me dijo usted en Málaga, después de nuestro famoso viaje...; y, -sin embargo, nos hemos visto de nuevo.</p> - -<p>—En fin; dejemos libre el campo a la fatalidad. Por mi parte, repito -que esta es nuestra despedida... eterna.</p> - -<p>Dichas tan solemnes palabras, Mercedes me alargó la mano y me hizo -un profundo saludo.</p> - -<p>Yo me alejé vivamente conmovido, no solo por las frías y desdeñosas -frases con que aquella mujer había vuelto a descartarme de su vida -(como cuando nos separamos en Málaga), sino ante el incurable dolor que -vi pintarse en su rostro mientras que procuraba sonreírse al decirme -<i>Adiós</i> por última vez...</p> - -<p>¡Por última vez!...</p> - -<p>—¡Ay! ¡Ojalá hubiera sido la última!</p> - -<p>Pero la fatalidad lo tenía dispuesto de otro modo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XII</h2> - <p class="subh2">Travesuras del destino.</p> -</div> - -<p>Pocos días después, llamáronme de nuevo mis asuntos al lado de -Joaquín Zarco.</p> - -<p>Llegué a la villa de ***.</p> - -<p>Mi amigo seguía triste y solo y se alegró mucho de verme.</p> - -<p>Nada había vuelto a saber de Blanca; pero tampoco había podido -olvidarla ni siquiera un momento.</p> - -<p>Indudablemente aquella mujer era su predestinación... ¡Su -<i>gloria</i> o su <i>infierno</i>, como el desgraciado solía decir!</p> - -<p>Pronto veremos que no se equivocaba en este supersticioso juicio.</p> - -<p>La noche del mismo día de mi llegada, estábamos en su despacho -leyendo las últimas diligencias practicadas para la captura de -Gabriela<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> Zahara del -Valle, todas ellas inútiles por cierto, cuando entró un alguacil y -entregó al joven juez un billete que decía de este modo:</p> - -<p class="mt1">«<i>En la Fonda del León hay una señora que desea hablar -con el señor Zarco.</i>»</p> - -<p class="mt1">—¿Quién ha traído esto? —preguntó Joaquín.</p> - -<p>—Un criado.</p> - -<p>—¿De parte de quién?</p> - -<p>—No me ha dicho nombre alguno.</p> - -<p>—¿Y ese criado?</p> - -<p>—Se fue al momento.</p> - -<p>Joaquín meditó, y dijo luego lúgubremente:</p> - -<p>—¡Una señora! ¡A mí! ¡No sé por qué me da miedo esta cita! ¿Qué te -parece, Felipe?</p> - -<p>—Que tu deber de juez es asistir a ella. ¡Puede tratarse de Gabriela -Zahara!</p> - -<p>—Tienes razón... ¡Iré! —dijo Zarco, pasándose una mano por la -frente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span>Y cogiendo un par -de pistolas, envolviose en la capa y partió, sin permitir que lo -acompañase.</p> - -<p>Dos horas después volvió.</p> - -<p>Venía agitado, trémulo, balbuciente.</p> - -<p>Pronto conocí que una vivísima alegría era la causa de aquella -agitación.</p> - -<p>Zarco me estrechó convulsivamente entre sus brazos, exclamando a -gritos entrecortados por el júbilo:</p> - -<p>—¡Ah! ¡Si supieras!... ¡Si supieras, amigo mío!</p> - -<p>—¡Nada sé! —respondí—. ¿Qué te ha pasado?</p> - -<p>—¡Ya soy dichoso! ¡Ya soy el más feliz de los hombres!</p> - -<p>—Pues ¿qué ocurre?</p> - -<p>—La esquela en que me llamaban a la fonda...</p> - -<p>—Continúa.</p> - -<p>—¡Era de ella!</p> - -<p>—¿De quién? ¿De Gabriela Zahara?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>—¡Quita allá, hombre! -¿Quién piensa ahora en desventuras? ¡Era de ella! ¡De la otra!</p> - -<p>—¿Pero quién es la otra?</p> - -<p>—¿Quién ha de ser? ¡Blanca! ¡Mi amor! ¡Mi vida! ¡La madre de mi -hijo!</p> - -<p>—¿Blanca? —repliqué con asombro—. ¿Pero no decías que te había -engañado?</p> - -<p>—¡Ah! No, fue alucinación mía.</p> - -<p>—¿La que padeces ahora?</p> - -<p>—No; la que entonces padecía.</p> - -<p>—Explícate.</p> - -<p>—Escucha: Blanca me adora...</p> - -<p>—Adelante. El que tú lo digas no prueba nada.</p> - -<p>—Cuando nos separamos, Blanca y yo, el día 15 de abril, quedamos en -reunimos en Sevilla para el 15 de mayo. A poco tiempo de mi marcha, -recibió ella una carta en la que le decían que su presencia era -necesaria en Madrid para asuntos de familia;<span class="pagenum" -id="Page_81">p. 81</span> y como podía disponer de un mes hasta mi -vuelta, fue a la corte, y volvió a Sevilla muchos días antes del 15 de -mayo. Pero, yo, más impaciente que ella, acudí a la cita con quince -días de anticipación de la fecha estipulada, y no hallando a Blanca en -la fonda, me creí engañado... Y no esperé... En fin, ¡he pasado dos -años de tormento por una ligereza mía!</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/081.jpg" - style="width: 12em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">—Pero una carta lo evitaba todo...</p> - -<p>—Dice que había olvidado el nombre de aquel pueblo, cuya promotoría -sabes que dejé inmediatamente, yéndome a Madrid.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Pobre amigo mío! —exclamé—. Veo que quieres convencerte; -que te empeñas en consolarte.<span class="pagenum" id="Page_82">p. -82</span> ¡Más vale así! Conque veamos; ¿cuándo te casas? Porque -supongo que, una vez deshechas las nieblas de los celos, lucirá -radiante el sol del matrimonio...</p> - -<p>—¡No te rías! —exclamó Zarco—. Tú serás mi padrino.</p> - -<p>—Con mucho gusto; ¡Ah! ¿Y el niño? ¿Y vuestro hijo?</p> - -<p>—Murió.</p> - -<p>—¡También eso! Pues señor... —dije aturdidamente—. ¡Dios haga un -milagro!</p> - -<p>—¡Cómo!</p> - -<p>—¡Digo... que Dios te haga feliz!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13"> - <h2 class="nobreak g0">XIII</h2> - <p class="subh2">Dios dispone.</p> -</div> - -<p>Por aquí íbamos en nuestra conversación, cuando oímos fuertes -aldabonazos en la puerta de la calle.</p> - -<p>Eran las dos de la madrugada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span>Joaquín y yo nos -estremecimos sin saber por qué...</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/083.jpg" - style="width: 12em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">Abrieron, y a los pocos segundos entró en el despacho -un hombre que apenas podía respirar, y que exclamaba entrecortadamente -con indescriptible júbilo:</p> - -<p>—¡Albricias! ¡Albricias! Compañero, ¡hemos vencido!</p> - -<p>Era el promotor fiscal del Juzgado.</p> - -<p>—Explíquese usted, compañero... —dijo Zarco, alargándole una silla—. -¿Qué ocurre para que venga usted tan a deshora y tan contento?</p> - -<p>—¡Ocurre! ¡Apenas es importante<span class="pagenum" -id="Page_84">p. 84</span> lo que ocurre! Ocurre que Gabriela -Zahara...</p> - -<p>—¿Cómo?... ¿Qué?... —interrumpimos a un mismo tiempo Zarco y yo.</p> - -<p>—¡Acaba de ser presa!</p> - -<p>—¡Presa! —gritó el juez lleno de alegría.</p> - -<p>—Sí, señor, ¡presa! —repitió el fiscal—. La Guardia civil le seguía -la pista hace un mes, y, según acaba de decirme el sereno que suele -acompañarme desde el Casino hasta mi casa, ya la tenemos a buen recaudo -en la cárcel de esta muy noble villa.</p> - -<p>—Pues vamos allá... —replicó el juez—. Esta misma noche le tomaremos -declaración. Hágame usted el favor de avisar al escribano de la causa. -Usted mismo presenciará las actuaciones, atendida la gravedad del -caso... Diga usted que manden a llamar también al sepulturero, a fin -de que presente por sí propio la cabeza de D. Alfonso Gutiérrez, la -cual<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> obra en poder del -alguacil. Hace tiempo que tengo excogitado este horrible <i>careo</i> -de los dos esposos, en la seguridad de que la parricida no podrá negar -su crimen al ver aquel clavo de hierro que, en la boca de la calavera -parece una lengua acusadora. En cuanto a ti —dijome luego Zarco—, -harás el papel de <i>escribiente</i>, para que puedas presenciar, sin -quebranto de la ley, escenas tan interesantes...</p> - -<p>Nada le contesté. Entregado mi infeliz amigo a su <i>alegría de -juez</i> (permítaseme la frase), no había concebido la horrible -sospecha que sin duda os agita ya a vosotros...; sospecha que penetró -desde luego en mi corazón, taladrándolo con sus uñas de hierro... -¡Gabriela y Blanca, llegadas a aquella villa en una misma noche, podían -ser una misma persona!</p> - -<p>—Dígame usted —pregunté al promotor<span class="pagenum" -id="Page_86">p. 86</span> mientras que Zarco se preparaba para salir—: -¿En dónde estaba Gabriela cuando la prendieron los guardias?</p> - -<p>—En la Fonda del León —me respondió el fiscal.</p> - -<p>¡Mi angustia no tuvo límites!</p> - -<p>Sin embargo, nada podía hacer, nada podía decir, sin comprometer a -Zarco, como tampoco debía envenenar el alma de mi amigo, comunicándole -aquella lúgubre conjetura, que acaso iban a desmentir los hechos. -Además, suponiendo que Gabriela y Blanca fueran una misma persona, ¿de -qué le valdría al desgraciado el que yo se lo indicase anticipadamente? -¿Qué podía hacer en tan tremendo conflicto? ¿Huir? ¡Yo debía evitarlo, -pues era declararse reo! ¿Delegar, fingiendo una indisposición -repentina? ¡Equivaldría a desamparar a Blanca, en cuya defensa tanto -podía hacer, si<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> su -causa le parecía defendible! ¡Mi obligación, por tanto, era guardar -silencio y dejar paso a la justicia de Dios!</p> - -<p>Tal discurrí, por lo menos en aquel súbito lance, cuando no había -tiempo ni espacio para soluciones inmediatas. ¡La catástrofe se venía -encima con trágica premura!... El fiscal había dado ya las órdenes de -Zarco a los alguaciles, y uno de estos había ido a la cárcel a fin -de que dispusiesen la Sala de Audiencia para recibir al Juzgado. El -comandante de la Guardia civil entraba en aquel momento a dar parte -en persona (como muy satisfecho que estaba del caso) de la prisión -de Gabriela Zahara... y algunos trasnochadores, socios del Casino y -amigos del juez, noticiosos de la ocurrencia, iban acudiendo también -allí, como a olfatear y presentir las emociones del terrible día en -que dama<span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> tan principal -y tan bella subiese al cadalso... En fin, no había más remedio que -ir hasta el borde del abismo, pidiendo a Dios que Gabriela no fuese -Blanca.</p> - -<p>Disimulé, pues, mi inquietud y callé mis recelos, y a eso de las -cuatro de la mañana seguí al juez, al promotor, al escribano, al -comandante de la Guardia y a un pelotón de curiosos y de alguaciles, -que se trasladaron a la cárcel regocijadamente.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch14"> - <h2 class="nobreak g0">XIV</h2> - <p class="subh2">El Tribunal.</p> -</div> - -<p>Allí aguardaba ya el sepulturero.</p> - -<p>La Sala de la Audiencia estaba profusamente iluminada.</p> - -<p>Sobre la mesa veíase una caja de madera pintada de negro, que -contenía la calavera de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>El juez ocupó -su sillón: el promotor se sentó a su derecha, y el comandante de -la Guardia, por respetos superiores a las prácticas forenses, fue -invitado a presenciar también la indagatoria, visto el interés que, -como a todos, le inspiraba aquel ruidoso proceso. El escribano y -yo nos sentamos juntos a la izquierda del juez, y el alcalde y los -alguaciles se agruparon a la puerta, no sin que se columbrasen detrás -de ellos algunos curiosos a quienes su alta categoría pecuniaria -había franqueado, para tal solemnidad, la entrada en el temido -establecimiento, y que habrían de contentarse con ver a la acusada, por -no consentir otra cosa el secreto del sumario.</p> - -<p>Constituida en esta forma la Audiencia, el juez tocó la campanilla, -y dijo al alcaide:</p> - -<p>—Que entre doña Gabriela Zahara.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span>Yo me sentía morir, -y, en vez de mirar a la puerta, miraba a Zarco, para leer en su rostro -la solución del pavoroso problema que me agitaba...</p> - -<p>Pronto vi a mi amigo ponerse lívido, llevarse la mano a la garganta, -como para ahogar un rugido de dolor, y volverse hacia mí en demanda de -socorro...</p> - -<p>—¡Calla! —le dije, llevándome el índice a los labios.</p> - -<p>Y luego añadí, con la mayor naturalidad, como respondiendo a alguna -observación suya:</p> - -<p>—Lo sabía...</p> - -<p>El desventurado quiso levantarse...</p> - -<p>—¡Señor juez!... —le dije entonces con tal voz y con tal cara, -que comprendió toda la enormidad de sus deberes y de los peligros -que corría. Contrájose, pues, horriblemente, como quien trata de -soportar un peso extraordinario, y, dominándose <span class="pagenum" -id="Page_92">p. 92</span>al fin por medio de aquel esfuerzo, su cara -ostentó la inmovilidad de una piedra. A no ser por la calentura de sus -ojos, hubiérase dicho que aquel hombre estaba muerto.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span></p> - <img src="images/091.jpg" - style="width: 12em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">¡Y muerto estaba el hombre! ¡Ya no vivía en él más que el -Magistrado!</p> - -<p>Cuando me hube convencido de ello, miré, como todos, a la -acusada.</p> - -<p>Figuraos ahora mi sorpresa y mi espanto, casi iguales a los del -infortunado juez... ¡<i>Gabriela Zahara</i> no era solamente la Blanca -de mi amigo, su querida de Sevilla, la mujer con quien acababa de -reconciliarse en la Fonda del León, sino también mi desconocida de -Málaga, mi amiga de Granada, la hermosísima americana Mercedes de -Meridanueva!</p> - -<p>Todas aquellas fantásticas mujeres se resumían en una sola, en -una indudable, en una real y positiva, en una sobre quien pesaba -la acusación<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> de -haber matado a su marido, en una que estaba condenada a muerte en -rebeldía...</p> - -<p>Ahora bien: esta acusada, esta sentenciada, ¿sería inocente? -¿Lograría sincerarse? ¿Se vería absuelta?</p> - -<p>Tal era mi única y suprema esperanza; tal debía ser también la de mi -pobre amigo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch15"> - <h2 class="nobreak g0">XV</h2> - <p class="subh2">El juicio.</p> - <div class="caja mt15"> - <p>El juez es una ley que habla, y la ley un juez mudo.</p> - <p>La ley debe ser como la muerte, que no perdona a nadie.</p> - <p class="dcha"><i>Montesquieu.</i></p> - </div> -</div> - -<p>Gabriela (llamémosla al fin por su verdadero nombre) estaba -sumamente pálida; pero también muy tranquila. Aquella calma, ¿era -señal de su<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> inocencia, -o comprobaba la insensibilidad propia de los grandes criminales? -¿Confiaba la viuda de don Alfonso en la fuerza de su derecho, o en la -debilidad de su juez?</p> - -<p>Pronto salí de dudas.</p> - -<p>La acusada no había mirado hasta entonces más que a Zarco, no sé -si para infundirle valor y enseñarle a disimular, si para amenazarle -con peligrosas revelaciones, o si para darle mudo testimonio de que su -<i>Blanca</i> no podía haber cometido un asesinato... Pero, observando -sin duda la tremenda impasibilidad del juez, debió de sentir miedo, -y miró a los demás concurrentes, cual si buscase en otras simpatías -auxilio moral para su buena o su mala causa.</p> - -<p>Entonces me vio a mí, y una llamarada de rubor, que me pareció de -buen agüero, tiñó de escarlata su semblante.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>Pero muy luego se -repuso, y tornó a su palidez y tranquilidad.</p> - -<p>Zarco salió al fin del estupor en que estaba sumido, y, con voz dura -y áspera como la vara de la justicia, preguntó a su antigua amada y -prometida esposa:</p> - -<p>—¿Cómo se llama usted?</p> - -<p>—Gabriela Zahara del Valle de Gutiérrez del Romeral —contestó la -acusada con dulce y reposado acento.</p> - -<p>Zarco tembló ligeramente. Acababa de oír que su <i>Blanca</i> no -había existido nunca; y esto se lo decía ella misma. ¡Ella, con quien -tres horas antes había concertado de nuevo el antiguo proyecto de -matrimonio!</p> - -<p>Por fortuna nadie miraba al juez, sino que todos tenían fija la -vista en Gabriela, cuya singular hermosura y suave y apacible voz -considerábanse como indicios de inculpabilidad. ¡Hasta el sencillo -traje<span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span> negro que llevaba -parecía declarar en su defensa!</p> - -<p>Repuesto Zarco de su turbación, dijo con formidable acento, y como -quien juega de una vez todas sus esperanzas:</p> - -<p>—Sepulturero: venga usted, y haga su oficio abriendo ese ataúd...</p> - -<p>Y le señalaba la caja negra en que estaba encerrado el cráneo de D. -Alfonso.</p> - -<p>—Usted, señora... —continuó, mirando a la acusada con ojos de -fuego—, ¡acérquese y diga si reconoce esa cabeza!</p> - -<p>El sepulturero destapó la caja, y se la presentó abierta a la -enlutada viuda.</p> - -<p>Esta, que había dado dos pasos adelante, fijó los ojos en el -interior del llamado <i>ataúd</i>, y lo primero que vio fue la cabeza -del <i>clavo</i>, destacándose sobre el marfil de la calavera...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>Un grito desgarrador, -agudo, mudo, mortal, como los que arranca un miedo repentino, o como -los que preceden a la locura, salió de las entrañas de Gabriela, la -cual, retrocedió espantada, mesándose los cabellos y tartamudeando a -media voz:</p> - -<p>—¡Alfonso! ¡Alfonso!</p> - -<p>Y luego se quedó como estúpida.</p> - -<p>—¡Ella es! —murmuramos todos, volviéndonos hacia Joaquín.</p> - -<p>—¿Reconoce usted, pues, el <i>clavo</i> que dio muerte a su marido? -—añadió el juez, levantándose con terrible ademán, como si él mismo -saliese de la sepultura...</p> - -<p>—Sí, señor... —respondió Gabriela maquinalmente, con entonación y -gesto propios de la imbecilidad.</p> - -<p>—¿Es decir, que declara usted haberlo asesinado? —preguntó el -juez con tal angustia, que la acusada volvió en sí, estremeciéndose -violentamente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>—Señor... —respondió -entonces—, ¡no quiero vivir más! Pero, antes de morir, quiero ser -oída...</p> - -<p>Zarco se dejó caer en el sillón como anonadado, y mirome cual si me -preguntara: «¿Qué va a decir?»</p> - -<p>Yo estaba también lleno de terror.</p> - -<p>Gabriela arrojó un profundo suspiro, y continuó hablando de este -modo:</p> - -<p>—Voy a confesar, y en mi propia confesión consistirá mi defensa, -bien que no sea bastante a librarme del patíbulo. Escuchad todos. ¿A -qué negar lo evidente? Yo estaba sola con mi marido cuando murió. Los -criados y el médico lo habrán declarado así. Por tanto, solo yo pude -darle muerte del modo que ha venido a revelar su cabeza, saliendo para -ello de la sepultura... ¡Me declaro, pues, autora de tan horrendo -crimen!... Pero sabed que un hombre me obligó a cometerlo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>Zarco tembló al -escuchar estas palabras: dominó, sin embargo, su miedo, como había -dominado su compasión, y exclamó valerosamente:</p> - -<p>—¡Su nombre, señora! ¡Dígame pronto el nombre de ese desgraciado!</p> - -<p>Gabriela miró al juez con fanática adoración, como una madre a su -atribulado hijo, y añadió con melancólico acento:</p> - -<p>—¡Podría con una sola palabra arrastrarlo al abismo en que me ha -hecho caer! ¡Podría arrastrarlo al cadalso, a fin de que no se quedase -en el mundo, para maldecirme tal vez al casarse con otra! ¡Pero no -quiero! ¡Callaré su nombre, porque me ha amado y le amo! ¡Y le amo, -aunque sé que no hará nada para impedir mi muerte!</p> - -<p>El juez extendió la mano derecha, cual si fuera a adelantarse...</p> - -<p>Ella le reprendió con una mirada<span class="pagenum" -id="Page_100">p. 100</span> cariñosa, como diciéndole: «¡Ve que te -pierdes!»</p> - -<p>Zarco bajó la cabeza.</p> - -<p>Gabriela continuó:</p> - -<p>—Casada a la fuerza con un hombre a quien aborrecía, con un hombre -que se me hizo aún más aborrecible después de ser mi esposo, por su -mal corazón y por su vergonzoso estado..., pasé tres años de martirio, -sin amor, sin felicidad, pero resignada. Un día que daba vueltas por -el purgatorio de mi existencia, buscando, a fuer de inocente, una -salida, vi pasar a través de los hierros que me encarcelaban, a uno -de esos Ángeles que libertan a las almas ya merecedoras del cielo... -Asime a su túnica, diciéndole: <i>Dame la felicidad</i>... Y el Ángel -me respondió: <i>¡Tú no puedes ser ya dichosa! ¿Por qué? Porque no -lo eres</i>. ¡Es decir, que el infame que hasta entonces me había -martirizado, me<span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> -impedía volar con aquel Ángel al cielo del amor y de la ventura! -¿Concebís absurdo mayor que el de este razonamiento de mi destino? -Lo diré más claramente. ¡Había encontrado un hombre digno de mí y -de quien yo era digna; nos amábamos, nos adorábamos; pero él, que -ignoraba la existencia de mi mal llamado esposo; él, que desde luego -pensó en casarse conmigo; él, que no transigía con nada que fuese -ilegal o impuro, me amenazaba con abandonarme si no nos casábamos! -Érase un hombre excepcional, un dechado de honradez, un carácter -severo y nobilísimo, cuya única falta en la vida consistía en haberme -querido demasiado... Verdad es que íbamos a tener un hijo ilegítimo; -pero también es cierto que ni por un solo instante había dejado de -exigirme el cómplice de mi deshonra que nos uniéramos ante Dios... -Tengo la seguridad<span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> -de que si yo le hubiese dicho: <i>Te he engañado: no soy viuda: mi -esposo vive</i>..., se habría alejado de mí, odiándome y maldiciéndome. -Inventé mil excusas, mil sofismas, y a todo me respondía: ¡<i>Sé mi -esposa</i>! Yo no podía serlo; creyó que no <i>quería</i>, y comenzó a -odiarme. ¿Qué hacer? Resistí, lloré, supliqué; pero él, aun después de -saber que teníamos un hijo, me repitió que no volvería a verme hasta -que le otorgase mi mano. Ahora bien: mi mano estaba vinculada a la -vida de un hombre ruin, y entre matarlo a él o causar la desventura de -mi hijo, la del hombre que adoraba y la mía propia, opté por arrancar -su inútil y miserable vida al que era nuestro verdugo. Maté, pues, -a mi marido... creyendo ejecutar un acto de justicia en el criminal -que me había engañado infamemente al casarse conmigo, y (¡castigo de -Dios!)<span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> me abandonó mi -amante... Después hemos vuelto a encontrarnos... ¿Para qué, Dios mío? -¡Ah! ¡que yo muera pronto! ¡Sí, que yo muera pronto!</p> - -<p>Gabriela calló un momento, ahogada por el llanto.</p> - -<p>Zarco había dejado caer la cabeza sobre las manos, cual si meditase; -pero yo veía que temblaba como un epiléptico.</p> - -<p>—¡Señor juez! —repitió Gabriela con renovada energía—, ¡que yo muera -pronto!</p> - -<p>Zarco hizo una seña para que se llevasen a la acusada.</p> - -<p>Gabriela se alejó con paso firme, no sin dirigirme antes una mirada -espantosa, en que había más orgullo que arrepentimiento.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/103.jpg" - style="width: 8em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch16"> - <p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XVI</h2> - <p class="subh2">La sentencia.</p> -</div> - -<p>Excuso referir la formidable lucha que se entabló en el corazón -de Zarco, y que duró hasta el día en que volvió a fallar la causa. -No tendría palabras con que haceros comprender aquellos horribles -combates... Solo diré que el magistrado venció al hombre, y que Joaquín -Zarco volvió a condenar a muerte a Gabriela Zahara.</p> - -<p>Al día siguiente fue remitido el proceso en consulta a la Audiencia -de Sevilla, y al propio tiempo Zarco se despidió de mí, diciéndome -estas palabras: «Aguárdame acá hasta que yo vuelva... Cuida de la -infeliz, pero no la visites, pues tu presencia la humillaría en vez de -consolarla. No me preguntes a dónde voy, ni temas que cometa el feo -delito de<span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> suicidarme. -Adiós, y perdóname las aflicciones que te he causado.»</p> - -<p class="dotts"> </p> - -<p>Veinte días después la Audiencia del territorio confirmó la -sentencia de muerte.</p> - -<p>Gabriela Zahara fue puesta en capilla.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch17"> - <h2 class="nobreak g0">XVII</h2> - <p class="subh2">Último viaje.</p> -</div> - -<p>Llegó la mañana de la ejecución, sin que Zarco hubiese regresado ni -se tuvieran noticias de él.</p> - -<p>Un inmenso gentío aguardaba a la puerta de la cárcel la salida de la -sentenciada.</p> - -<p>Yo estaba entre la multitud, pues si bien había acatado la voluntad -de mi amigo, no visitando a Gabriela en su prisión, creía de mi -deber representar a Zarco en aquel supremo<span class="pagenum" -id="Page_106">p. 106</span> trance, acompañando a su antigua amada -hasta el pie del cadalso.</p> - -<p>Al verla aparecer, costome trabajo reconocerla. Había enflaquecido -horriblemente, y apenas tenía fuerzas para llevar a sus labios el -Crucifijo que besaba a cada momento.</p> - -<p>—Aquí estoy, señora... ¿Puedo servir a usted de algo? —le pregunté -cuando pasó cerca de mí.</p> - -<p>Clavó en mi faz sus marchitos ojos, y cuando me hubo reconocido, -exclamó:</p> - -<p>—¡Oh! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué consuelo tan grande me proporciona -usted en mi última hora! ¡Padre! —añadió, volviéndose a su confesor—. -¿Puedo hablar al paso algunas palabras con este generoso amigo?</p> - -<p>—Sí, hija mía... —le respondió el sacerdote—; pero no deje usted de -pensar en Dios...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>Gabriela me -preguntó entonces:</p> - -<p>—¿Y él?</p> - -<p>—Está ausente.</p> - -<p>—¡Hágalo Dios muy feliz! Dígale cuando le vea, que me perdone, para -que me perdone Dios. Dígale que todavía le amo... aunque el amarle es -causa de mi muerte...</p> - -<p>—Quiero ver a usted resignada...</p> - -<p>—¡Lo estoy! ¡Cuánto deseo llegar a la presencia de mi Eterno Padre! -¡Cuántos siglos pienso pasar llorando a sus pies, hasta conseguir que -me reconozca como hija suya y me perdone mis muchos pecados!</p> - -<p>Llegamos al pie de la escalera fatal.</p> - -<p>Allí fue preciso separamos.</p> - -<p>Una lágrima, tal vez la última que aún quedaba en aquel corazón, -humedeció los ojos de Gabriela, mientras que sus labios balbucieron -esta frase:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>—Dígale usted que -muero bendiciéndole...</p> - -<p>En aquel momento sintiose viva algazara entre el gentío..., hasta -que al cabo percibiéronse claramente las voces de:</p> - -<p>—<i>¡Perdón! ¡Perdón!</i></p> - -<p>Y por la ancha calle que abría la muchedumbre, viose avanzar a un -hombre a caballo, con un papel en una mano y un pañuelo blanco en la -otra...</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/108.jpg" - style="width: 14em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">¡Era Zarco!...</p> - -<p>—<i>¡Perdón! ¡Perdón!</i> —venía gritando también él.</p> - -<p>Echó al fin pie a tierra, y, acompañado del jefe del cuadro, -adelantose hacia el patíbulo.</p> - -<p>Gabriela, que había ya subido algunas gradas, se detuvo: miró -intensamente<span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> a su -amante, y murmuró:</p> - -<p>—¡Bendito seas!</p> - -<p>En seguida perdió el conocimiento.</p> - -<p>Leído el perdón, y legalizado el acto, el sacerdote y Joaquín -corrieron a desatar las manos de la indultada.</p> - -<div class="figcenter mt15"> - <img src="images/109.jpg" - style="width: 20em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<p class="mt15">Pero toda piedad era ya inútil... Gabriela Zahara -estaba muerta.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch18"> - <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2> - <p class="subh2">Moraleja.</p> -</div> - -<p>Zarco es hoy uno de los mejores magistrados de la Habana.</p> - -<p>Se ha casado, y puede considerarse feliz, porque la tristeza no -es<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> desventura cuando -no se ha hecho a sabiendas daño a nadie.</p> - -<p>El hijo que acaba de darle su amantísima esposa, disipará la vaga -nube de melancolía que oscurece a ratos la frente de mi amigo.</p> - -<p class="fin">FIN</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/110.jpg" - style="width: 8em; height: auto;" - alt="Ilustración" /> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <h2 class="nobreak g1">ÍNDICE</h2> -</div> - -<table class="toc" summary=""> - <tr> - <td colspan="2" class="tdl"><a href="#Ch0">Prólogo</a>.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_9">9</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch1">I.</a></td> - <td class="tdlh">El número 1.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_9">9</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch2">II.</a></td> - <td class="tdlh">Escaramuzas.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_17">17</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch3">III.</a></td> - <td class="tdlh">Catástrofe.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_23">23</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch4">IV.</a></td> - <td class="tdlh">Otro viaje.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_28">28</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch5">V.</a></td> - <td class="tdlh">Memorias de un juez de primera instancia.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_35">35</a></td> - </tr> - <tr> - <td> </td> - <td class="tdlh"><a href="#Ch5_1">I</a></td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_35">35</a></td> - </tr> - <tr> - <td> </td> - <td class="tdlh"><a href="#Ch5_2">II</a></td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_42">42</a></td> - </tr> - <tr> - <td> </td> - <td class="tdlh"><a href="#Ch5_3">III</a></td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_49">49</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch6">VI.</a></td> - <td class="tdlh">El cuerpo del delito.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_52">52</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch7">VII.</a></td> - <td class="tdlh">Primeras diligencias.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_58">58</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch8">VIII.</a></td> - <td class="tdlh">Declaraciones.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_64">64</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch9">IX.</a></td> - <td class="tdlh">El hombre propone.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_69">69</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch10">X.</a></td> - <td class="tdlh">Un dúo en <span class="asc">MI</span> mayor.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_69">69</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch11">XI.</a></td> - <td class="tdlh">Fatalidad.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_74">74</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch12">XII.</a></td> - <td class="tdlh">Travesuras del destino.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_77">77</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch13">XIII.</a></td> - <td class="tdlh">Dios dispone.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_82">82</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch14">XIV.</a></td> - <td class="tdlh">El Tribunal.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_88">88</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch15">XV.</a></td> - <td class="tdlh">El juicio.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_93">93</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch16">XVI.</a></td> - <td class="tdlh">La sentencia.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_104">104</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch17">XVII.</a></td> - <td class="tdlh">El último viaje.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_105">105</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch18">XVIII.</a></td> - <td class="tdlh">Moraleja.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_109">109</a></td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap" /> - - -<hr class="full" /> - -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL CLAVO</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. 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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.6. 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Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state’s laws. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation’s website -and official page at www.gutenberg.org/contact -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state -visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of -volunteer support. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> -</div> -</body> -</html> diff --git a/old/67248-h/images/002.jpg b/old/67248-h/images/002.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index de568d6..0000000 --- a/old/67248-h/images/002.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/005.jpg b/old/67248-h/images/005.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index ffd7ae8..0000000 --- a/old/67248-h/images/005.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/007.jpg b/old/67248-h/images/007.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index bb6b62c..0000000 --- a/old/67248-h/images/007.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/013.jpg b/old/67248-h/images/013.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index a9fac39..0000000 --- a/old/67248-h/images/013.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/027.jpg b/old/67248-h/images/027.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 8d4ed8c..0000000 --- a/old/67248-h/images/027.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/031.jpg b/old/67248-h/images/031.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index d5cec7f..0000000 --- a/old/67248-h/images/031.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/037.jpg b/old/67248-h/images/037.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 4b1a353..0000000 --- a/old/67248-h/images/037.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/048.jpg b/old/67248-h/images/048.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index f199ba2..0000000 --- a/old/67248-h/images/048.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/053.jpg b/old/67248-h/images/053.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 26f3250..0000000 --- a/old/67248-h/images/053.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/055.jpg b/old/67248-h/images/055.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index c477c92..0000000 --- a/old/67248-h/images/055.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/057.jpg b/old/67248-h/images/057.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 36c380d..0000000 --- a/old/67248-h/images/057.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/073.jpg b/old/67248-h/images/073.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0cec0bb..0000000 --- a/old/67248-h/images/073.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/081.jpg b/old/67248-h/images/081.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 217f5af..0000000 --- a/old/67248-h/images/081.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/083.jpg b/old/67248-h/images/083.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index f1c5710..0000000 --- a/old/67248-h/images/083.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/091.jpg b/old/67248-h/images/091.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index a2c0a8f..0000000 --- a/old/67248-h/images/091.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/103.jpg b/old/67248-h/images/103.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 4195e47..0000000 --- a/old/67248-h/images/103.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/108.jpg b/old/67248-h/images/108.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 099192a..0000000 --- a/old/67248-h/images/108.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/109.jpg b/old/67248-h/images/109.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index d1a525e..0000000 --- a/old/67248-h/images/109.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/110.jpg b/old/67248-h/images/110.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 7f00082..0000000 --- a/old/67248-h/images/110.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67248-h/images/cover.jpg b/old/67248-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 4bd97c6..0000000 --- a/old/67248-h/images/cover.jpg +++ /dev/null |
