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+The Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicación mensual de
+recreo e instrucción dedicada a los niños de América., by José Martí
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La Edad de Oro: publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América.
+
+Author: José Martí
+
+Release Date: November 23, 2006 [EBook #19898]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA EDAD DE ORO ***
+
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+
+Produced by Chuck Greif
+
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+
+La Edad de Oro:
+publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América.
+
+por
+
+José Martí
+
+1889
+
+ * * * * *
+
+A los niños que lean «La Edad de Oro».
+Tres héroes
+Dos milagros
+Meñique
+Cada uno a su oficio
+La Ilíada, de Homero
+Un juego nuevo y otros viejos
+Bebé y el señor don Pomposo
+La última página
+La historia del hombre, contada por sus casas
+Los dos príncipes.
+Nené traviesa.
+La perla de la mora
+Las ruinas indias.
+Músicos, poetas y pintores.
+La última página
+La exposición de París.
+El camarón encantado
+El Padre las Casas.
+Los zapaticos de rosa
+La última página
+Un paseo por la tierra de los anamitas
+Historia de la cuchara y el tenedor
+La muñeca negra
+Cuentos de elefantes
+Los dos ruiseñores
+La galería de las máquinas
+La última página
+
+ * * * * *
+
+
+
+
+A los niños que lean «La Edad de Oro».
+
+
+Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin
+las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El
+niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser
+hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno,
+inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello
+que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su
+amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la
+ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para
+caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para
+conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de
+mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos
+lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para
+decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo
+lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien,
+con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está
+hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres
+hasta ahora.
+
+Para eso se publica _La Edad de Oro_: para que los niños americanos
+sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás
+tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las
+máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que
+cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la
+piedra, y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los
+libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los
+pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres,
+donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de
+magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo
+que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les
+contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan
+estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños
+trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños
+son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como
+cosa de su corazón.
+
+Cuando un niño quiera saber algo que no esté en _La Edad de Oro_,
+escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le
+contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía.
+Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien
+escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para que
+se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parece, y si
+les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que
+escribirían. Por eso _La Edad de Oro_ va a tener cada seis meses una
+competencia, y el niño que le mande el trabajo mejor, que se conozca de
+veras que es suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplares
+del número de _La Edad de Oro_ en que se publique su composición, que
+será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque
+para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos
+que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo
+digan bien: hombres elocuentes y sinceros.
+
+Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con
+ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el
+hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las
+mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas.
+Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, y
+para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque _La Edad de
+Oro_ tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las
+niñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andan
+curioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para que
+las leyesen los colibríes, si supiesen leer. Y les diremos cómo se hace
+una hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja,
+cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también
+pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y
+mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. ¡De
+seguro que van a ganar las niñas!
+
+Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de
+nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América
+por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga
+donde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de _La Edad de Oro_ fue mi
+amigo!»
+
+
+
+
+Tres héroes
+
+
+Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin
+sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía,
+sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el
+viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba
+frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se
+le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos
+deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que
+pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos:
+al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta
+hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su
+patria.
+
+Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y
+a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar,
+ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo
+que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal
+gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre
+honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y
+permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan,
+no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en
+todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con
+honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y
+debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su
+alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es
+como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de
+ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las
+bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere
+tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y
+se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone más carga de la
+que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como
+el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad
+como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la
+carga, o morir.
+
+Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que
+padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su
+alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de
+haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay
+siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los
+que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los
+pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos
+hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad
+humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados:
+Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de
+México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron
+fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el
+sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene
+manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los
+agradecidos hablan de la luz.
+
+Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las
+palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando
+siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que
+le pesaba en el corazón, y, no le dejaba vivir en paz. La América entera
+estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo
+entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y
+que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que
+consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos
+hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de
+Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando
+parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo
+habían echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca,
+a pensar en su tierra.
+
+Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió
+un día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientos
+libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó
+al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de
+Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos.
+Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales
+peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes.
+Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor, en el mundo por la libertad.
+Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a
+gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los
+envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón,
+más que de mal del cuerpo, en la casa de un español en Santa Marta.
+Murió pobre, y dejó una familia de pueblos.
+
+México tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero valían
+por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de
+hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de
+una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un
+cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena,
+de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala.
+Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían
+pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo dieciocho, que
+explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar
+sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio
+maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre
+ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio
+aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la
+seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba
+fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho de
+cuando en cuando los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, que
+sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de
+Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, a
+hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora.
+Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro
+trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su
+pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los
+caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los
+indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le
+unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los
+españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día
+juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer.
+El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y
+echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libres
+a los negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó un
+periódico que llamó El _Despertador Americano_. Ganó y perdió batallas.
+Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo
+dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y
+para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles que
+si los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría en su casa
+como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a
+que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su
+compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el mando a Allende.
+Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les
+cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo,
+los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le
+dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la
+sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la
+colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo
+su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es
+libre.
+
+San Martín fue el libertador del Sur, el padre de la República
+Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo
+mandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró
+en España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad,
+los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, las
+mujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo huir una
+noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde un rincón del
+monte: al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; pero
+tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento.
+San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailén, y lo hicieron
+teniente coronel. Hablaba poco: parecía de acero: miraba como un águila:
+nadie lo desobedecía su caballo iba y venía por el campo de pelea, como
+el rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerse
+libre, vino a América: ¿qué le importaba perder su carrera, si iba a
+cumplir con su deber?: llegó a Buenos Aires: no dijo discursos: levantó
+un escuadrón de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable
+en mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy
+seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin
+bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban venciendo: a
+Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estaba
+muerto: O'Higgins salió huyendo de Chile: pero donde estaba San Martín
+siguió siendo libre la América. Hay hombres así, que no pueden ver
+esclavitud. San Martín no podía; y se fue a libertar a Chile y al Perú.
+En dieciocho días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos:
+iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muy
+abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones. San
+Martín se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla de
+Maipú, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a
+Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero en el Perú
+estaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste,
+y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento en una
+cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le habían
+regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro
+siglos, y él le regaló el estandarte en el testamento al Perú. Un
+escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: pero
+esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieron
+algunas veces lo que no debían querer; pero ¿qué no le perdonará un hijo
+a su padre? El corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos
+fundadores. Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos
+libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran
+verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros
+pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no
+son héroes, sino criminales.
+
+
+
+
+Dos milagros
+
+/P
+Iba un niño travieso
+ Cazando mariposas;
+Las cazaba el bribón, les daba un beso,
+ Y después las soltaba entre las rosas.
+
+Por tierra, en un estero,
+ Estaba un sicomoro;
+Le da un rayo de sol, y del madero
+ Muerto, sale volando un ave de oro.
+P/
+
+
+
+
+Meñique
+
+(Del francés, de Laboulaye)
+
+_Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique, y
+se ve que el saber vale más que la fuerza._
+
+
+--I--
+
+En un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que tenía
+tres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de cara
+colorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y paliducho, lleno
+de envidias y de celos; Juancito era lindo como una mujer, y más ligero
+que un resorte, pero tan chiquitín que se podía esconder en una bota de
+su padre. Nadie le decía Juan, sino Meñique.
+
+El campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía
+alguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro; y no
+tenían cómo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron bastante
+crecidos, el padre les rogó por su bien que salieran de su choza
+infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les dolió el corazón de dejar
+solo a su padre viejo, y decir adiós para siempre a los árboles que
+habían sembrado, a la casita en que habían nacido, al arroyo donde
+bebían el agua en la palma de la mano. Como a una legua de allí tenía el
+rey del país un palacio magnífico, todo de madera, con veinte balcones
+de roble tallado, y seis ventanitas. Y sucedió que de repente, en una
+noche de mucho calor, salió de la tierra, delante de las seis ventanas,
+un roble enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dejó a oscuras
+el palacio del rey. Era un árbol encantado, y no había hacha que pudiera
+echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro del tronco, y
+por cada rama que le cortaban salían dos. El rey ofreció dar tres sacos
+llenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel arbolón;
+pero allí se estaba el roble, echando ramas y raíces, y el rey tuvo que
+conformarse con encender luces de día.
+
+Y eso no era todo. Por aquel país, hasta de las piedras del camino
+salían los manantiales; pero en el palacio no había agua. La gente del
+palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel. El rey
+había prometido hacer marqués y dar muchas tierras y dinero al que ha
+abriese en el patio del castillo un pozo donde se pudiera guardar agua
+para todo el año. Pero nadie se llevó el premio, porque el palacio
+estaba en una roca, y en cuanto se escarbaba la tierra de arriba, salía
+debajo la capa de granito. Como una pulgada nada más había de tierra
+floja.
+
+Los reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto.
+Mandó pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos de
+su reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofrecía casar a
+su hija con el que cortara el árbol y abriese el pozo, y darle además la
+mitad de sus tierras. Las tierras eran de lo mejor para sembrar, y la
+princesa tenía fama de inteligente y hermosa; así es que empezó a venir
+de todas partes un ejército de hombres forzudos, con el hacha al hombro
+y el pico al brazo. Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y
+todos los picos se rompían contra la roca.
+
+
+--II--
+
+Los tres hijos del campesino oyeron el pregón, y tomaron el camino del
+palacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino que
+encontrarían entre tanta gente algún trabajo. Los tres iban anda que
+anda, Pedro siempre contento, Pablo hablándose solo, y Meñique saltando
+de acá para allá, metiéndose por todas las veredas y escondrijos,
+viéndolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada paso tenía algo
+nuevo que preguntar a sus hermanos: que por qué las abejas metían la
+cabecita en las flores, que por qué las golondrinas volaban tan cerca
+del agua, que por qué no volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba
+a reír, y Pablo se encogía de hombros y lo mandaba callar.
+
+Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un
+monte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que
+caían allá en lo más alto.
+
+--Yo quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña--dijo
+Meñique.
+
+--Todo lo quiere saber el que no sabe nada--dijo Pablo, medio gruñendo.
+
+--Parece que este muñeco no ha oído nunca cortar leña--dijo Pedro,
+torciéndole el cachete a Meñique de un buen pellizco.
+
+--Yo voy a ver lo que hacen allá arriba--dijo Meñique.
+
+--Anda, ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te
+dicen tus hermanos mayores.
+
+Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde
+venía el sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte? Pues un
+hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muy
+recio.
+
+--Buenos días, señora hacha--dijo Meñique;--¿no está cansada de cortar
+tan solita ese árbol tan viejo?
+
+--Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti--respondió el
+hacha.
+
+--Pues aquí me tiene--dijo Meñique.
+
+Y sin ponerse a temblar, ni preguntar más, metió el hacha en su gran
+saco de cuero, y bajó el monte, brincando y cantando.
+
+--¿Qué vio allá arriba el que todo lo quiere saber?--preguntó Pablo,
+sacando el labio de abajo, y mirando a Meñique como una torre a un
+alfiler.
+
+--Pues el hacha que oíamos--le contestó Meñique.
+
+--Ya ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores--le
+dijo Pedro el gordo.
+
+A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido que
+venía de lejos, como de un hierro que golpease en una roca.
+
+--Yo quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras--dijo Meñique.
+
+--Aquí está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca
+al pájaro carpintero picoteando en un tronco--dijo Pablo.
+
+--Quédate con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpintero
+que picotea en un tronco--dijo Pedro.
+
+--Yo voy a ver lo que pasa allá lejos.
+
+Y aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique,
+oyendo como se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y qué encontró Meñique
+allá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba
+abriendo la roca como si fuese mantequilla.
+
+--Buenos días, señor pico--dijo Meñique:--¿no está cansado de picar tan
+solito en esa roca vieja?
+
+--Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti--respondió el
+pico.
+
+--Pues aquí me tiene--dijo Meñique.
+
+Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los metió
+aparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozando
+y cantando.
+
+--¿Y qué milagro vio por allá su señoría?--preguntó Pablo, con los
+bigotes de punta.
+
+--Era un pico lo que oímos--respondió Meñique, y siguió andando sin
+decir más palabra.
+
+Más adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era
+mucho el calor.
+
+--Yo quisiera saber--dijo Meñique--de dónde sale tanta agua en un valle
+tan llano como éste.
+
+--¡Grandísimo pretencioso--dijo Pablo;--que en todo quiere meter la
+nariz! ¿No sabes que los manantiales salen de la tierra?
+
+--Yo voy a ver de dónde sale esta agua.
+
+Y los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó a andar
+por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que
+no era más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando llegó al fin?
+Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía a borbotones el agua
+clara chispeando al sol.
+
+--Buenos días, señor arroyo--dijo Meñique;--¿no está cansado de vivir
+tan solito en su rincón, manando agua?
+
+--Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti--respondió el
+arroyo.
+
+--Pues aquí me tiene--dijo Meñique.
+
+Y sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió bien en musgo
+fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero,
+y se volvió por donde vino, saltando y cantando.
+
+--¿Ya sabes de dónde viene el agua?--le gritó Pedro.
+
+--Sí, hermano; viene de un agujerito.
+
+--¡Oh, a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!--dijo
+Pablo, el paliducho.
+
+--Yo he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber--se dijo
+Meñique a sí mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos.
+
+
+--III--
+
+Por fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía más que nunca, el
+pozo no lo habían podido abrir, y en la puerta estaba el cartel sellado
+con las armas reales, donde prometía el rey casar a su hija y dar la
+mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble y abriese el pozo,
+fuera señor de la corte, o vasallo acomodado, o pobre campesino. Pero el
+rey, cansado de tanta prueba inútil, había hecho clavar debajo del
+cartelón otro cartel más pequeño, que decía con letras coloradas:
+
+«Sepan los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen rey
+que es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del mismo
+roble al que venga a cortar el árbol o abrir el pozo, y no corte, ni
+abra; para enseñarle a conocerse a sí mismo y a ser modesto, que es la
+primera lección de la sabiduría.»
+
+Y alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas,
+cortadas por la raíz de la piel a quince hombres que se creyeron más
+fuertes de lo que eran.
+
+Al leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes, se
+miró los brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas, le dio al
+hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe echó abajo una
+de las ramas más gruesas del árbol maldito. Pero enseguida salieron dos
+ramas poderosas en el punto mismo del hachazo, y los soldados del rey le
+cortaron las orejas sin más ceremonia.
+
+--¡Inutilón!--dijo Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortó
+de un golpe una gran raíz. Pero salieron dos raíces enormes en vez de
+una.
+
+Y el rey furioso mandó que le cortaran las orejas a aquel que no quiso
+aprender en la cabeza de su hermano.
+
+Pero a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima.
+
+--¡Quítenme a ese enano de ahí!--dijo el rey--¡y si no se quiere quitar,
+córtenle las orejas!
+
+--Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley,
+señor rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya
+tendrás tiempo de cortarme las orejas, si no corto el árbol.
+
+--Y la nariz te la rebanarán también, si no lo cortas.
+
+Meñique sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de
+cuero. El hacha era más grande que Meñique. Y Meñique le dijo: «¡Corta,
+hacha, corta!»
+
+Y el hacha cortó, tajo, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco,
+arrancó las raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a
+izquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio se
+calentó con el roble todo aquel invierno.
+
+Cuando ya no quedaba del árbol una sola hoja, Meñique fue donde estaba
+el rey sentado junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía.
+
+--¿Dígame el rey ahora dónde quiere que le abra el pozo su criado? Y
+toda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo.
+El rey subió a un estrado más alto que los asientos de los demás; la
+princesa tenía su silla en un escalón más bajo, y miraba con susto a
+aquel hominicaco que le iban a dar para marido.
+
+Meñique, sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió el
+mango en el pico, lo puso en el lugar que marcó el rey, y le dijo:
+«¡Cava, pico, cava!»
+
+Y el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menos
+de un cuarto de hora quedó abierto un pozo de cien pies.
+
+--¿Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?
+
+--Es hondo; pero no tiene agua.
+
+--Agua tendrá--dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero, le
+quitó el musgo a la cáscara de nuez, y puso la cáscara en una fuente que
+habían llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro de la tierra,
+dijo: «¡Brota, agua, brota!»
+
+Y el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullo
+refrescó el aire del patio, y cayó en cascadas tan abundantes que al
+cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir un canal que
+llevase afuera el agua sobrante.
+
+--Y ahora--dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla,--¿cree mi rey
+que he hecho todo lo que me pedía?
+
+--Sí, marqués Meñique--respondió el rey,--y te daré la mitad de mi
+reino; o mejor, te compraré en lo que vale tu mitad, con la contribución
+que les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarán mucho de pagar
+porque su rey y señor tenga agua buena; pero con mi hija no te puedo
+casar, porque ésa es cosa en que yo solo no soy dueño.
+
+--¿Y qué más quiere que haga, rey?--dijo Meñique, parándose en las
+puntas de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la
+princesa cara a cara.
+
+--Mañana se te dirá, marqués Meñique--le dijo el rey;--vete ahora a
+dormir a la mejor cama de mi palacio.
+
+Pero Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos,
+que parecían dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.
+
+--Díganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de
+dónde venía el agua.
+
+--Fortuna no más, fortuna--dijo Pablo.--La fortuna es ciega, y favorece
+a los necios.
+
+--Hermanito--dijo Pedro,--con orejas o desorejado creo que está muy bien
+lo que has hecho, y quisiera que llegara aquí papá para que te viese.
+
+Y Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro y
+a Pablo.
+
+
+--IV--
+
+El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que le
+tenía despierto, sino el disgusto de casar a su hija con aquel picolín
+que cabía en una bota de su padre. Como buen rey que era, ya no quería
+cumplir lo que prometió; y le estaban zumbando en los oídos las palabras
+del marqués Meñique: «Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un
+hombre es ley, rey».
+
+Mandó el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podían
+decir quiénes eran los padres de Meñique, y si era Meñique persona de
+buen carácter y de modales finos, como quieren los suegros que sean sus
+yernos, porque la vida sin cortesía es más amarga que la cuasia y que la
+retama. Pedro dijo de Meñique muchas cosas buenas, que pusieron al rey
+de mal humor; pero Pablo dejó al rey muy contento, porque le dijo que el
+marqués era un pedante aventurero, un trasto con bigotes, una uña
+venenosa, un garbanzo lleno de ambición, indigno de casarse con señora
+tan principal como la hija del gran rey que le había hecho la honra de
+cortarle las orejas: «Es tan vano ese macacuelo--dijo Pablo--que se cree
+capaz de pelear con un gigante. Por aquí cerca hay uno que tiene muerta
+de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines
+todas sus ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que él
+puede echarse al gigante de criado.»
+
+--Eso es lo que vamos a ver--dijo el rey satisfecho. Y durmió muy
+tranquilo lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonreía en sueños,
+como si estuviera pensando en algo agradable.
+
+En cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda su
+corte. Y vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el cielo,
+galán como una flor.
+
+--Yerno querido--dijo el rey,--un hombre de tu honradez no puede casarse
+con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande, con
+criados que la sirvan como se debe servir en el palacio real. En este
+bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un buey
+entero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar. Figúrate qué
+hermoso criado no hará ese gigante con un sombrero de tres picos, una
+casaca galoneada, con charreteras de oro, y una alabarda de quince pies.
+Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidirse a casarse
+contigo.
+
+--No es cosa fácil--respondió Meñique,--pero trataré de regalarle el
+gigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince pies, y
+su sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con charreteras de
+oro.
+
+Se fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada,
+un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se echó el saco a la
+espalda, y salió andando por el bosque, mientras Pedro lloraba, y Pablo
+reía, pensando en que no volvería nunca su hermano del bosque del
+gigante.
+
+En el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver, y se
+puso a gritar a voz en cuello: «¡Eh, gigante, gigante! ¿dónde anda el
+gigante? Aquí está Meñique, que viene a llevarse al gigante muerto o
+vivo».
+
+--Y aquí estoy yo--dijo el gigante, con un vocerrón que hizo encogerse a
+los árboles de miedo,--aquí estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado.
+
+--No estés tan de prisa, amigo--dijo Meñique, con una vocecita de
+flautín,--no estés tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar
+contigo.
+
+Y el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quién le hablaba,
+hasta que le ocurrió bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito como un
+pitirre, vio a Meñique sentado en un tronco, con el gran saco de cuero
+entre las rodillas.
+
+--¿Eres tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño?--dijo
+el gigante, comiéndoselo con los ojos que parecían llamas.
+
+--Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mío.
+
+--Con la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido del
+cuervo, para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin
+licencia en mi bosque.
+
+--No estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mío como tuyo; y
+si dices una palabra más, te lo echo abajo en un cuarto de hora.
+
+--Eso quisiera ver--dijo el gigantón.
+
+Meñique sacó su hacha, y le dijo: «¡Corta, hacha, corta!» Y el hacha
+cortó, tajó, astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces,
+limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los árboles
+caían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en el
+temporal.
+
+--Para, para--dijo asustado el gigante,--¿quién eres tú, que puedes
+echarme abajo mi bosque?
+
+--Soy el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mi
+hacha te corta la cabeza. Tú no sabes con quién estás hablando. ¡Quieto
+donde estás!
+
+Y el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientras
+Meñique abría su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso y su
+pan.
+
+--¿Qué es eso blanco que comes?--preguntó el gigante, que nunca había
+visto queso.
+
+--Piedras como no más, y por eso soy más fuerte que tú, que comes la
+carne que engorda. Soy más fuerte que tú. Enséñame tu casa.
+
+Y el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta que
+llegó a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco de tres
+palos, y un balcón como un teatro vacío.
+
+--Oye--le dijo Meñique al gigante:--uno de los dos tiene que ser amo del
+otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas, yo
+seré criado tuyo; si tú no puedes hacer lo que haga yo, tú serás mi
+criado.
+
+--Trato hecho--dijo el gigante;--me gustaría tener de criado un hombre
+como tú, porque me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya,
+pues; ahí están mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.
+
+Meñique levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos
+tanques, de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. Más fácil
+le era a Meñique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.
+
+--¡Hola!--dijo el gigante, abriendo la boca terrible;--a la primera ya
+estás vencido. Haz lo que yo hago, amigo, y cárgame el agua.
+
+--¿Y para qué la he de cargar?--dijo Meñique.--Carga tú, que eres bestia
+de carga. Yo iré donde está el arroyo, y lo traeré en brazos, y te
+llenaré los cubos, y tendrás tu agua.
+
+--No, no--dijo el gigante,--que ya me dejaste el bosque sin árboles, y
+ahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que yo
+traeré el agua.
+
+Meñique encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue
+echando el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de
+nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de tiempo en
+tiempo espumaba el guiso con una sartén, y lo probaba, y le echaba sal y
+tomillo, hasta que lo encontró bueno.
+
+--A la mesa, que ya está la comida--dijo el gigante;--y a ver si haces
+lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a ti
+de postres.
+
+--Está bien, amigo--dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajo
+de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del
+pescuezo a los pies.
+
+Y el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo que no
+echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y los
+pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.
+
+--¡Uf! ¡ya no puedo comer más!--dijo el gigante;--tengo que sacarme un
+botón del chaleco.
+
+--Pues mírame a mí, gigante infeliz--dijo Meñique, y se echó una col
+entera en el saco.
+
+--¡Uha!--dijo el gigante;--tengo que sacarme otro botón. ¡Qué estómago
+de avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer
+piedras.
+
+--Anda, perezoso--dijo Meñique,--come como yo--y se echó en el saco un
+gran trozo de buey.
+
+--¡Paff!--dijo el gigante,--se me saltó el tercer botón: ya no me cabe
+un chícharo: ¿cómo te va a ti, hechicero?
+
+--¿A mí?--dijo Meñique;--no hay cosa más fácil que hacer un poco de
+lugar.
+
+Y se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de
+cuero.
+
+--Ahora te toca a ti--dijo al gigante;--haz lo que yo hago.
+
+--Muchas gracias--dijo el gigante.--Prefiero ser tu criado. Yo no puedo
+digerir las piedras.
+
+Besó el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó en
+el hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas de oro,
+y salió andando por el camino del palacio.
+
+
+--V--
+
+En el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meñique, ni de
+que le debían el agua y la luz; cuando de repente oyeron un gran ruido,
+que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa sacudiese el
+mundo. Era el gigante, que no cabía por el portón, y lo había echado
+abajo de un puntapié. Todos salieron a las ventanas a averiguar la causa
+de aquel ruido, y vieron a Meñique sentado con mucha tranquilidad en el
+hombro del gigante, que tocaba con la cabeza el balcón donde estaba el
+mismo rey. Saltó al balcón Meñique, hincó una rodilla delante de la
+princesa y le habló así: «Princesa y dueña mía, tú deseabas un criado y
+aquí están dos a tus pies».
+
+Este galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de la
+corte, dejó pasmado al rey, que no halló excusa que dar para que no se
+casara Meñique con su hija.
+
+--Hija--le dijo en voz baja,--sacrifícate por la palabra de tu padre el
+rey.
+
+--Hija de rey o hija de campesino--respondió ella,--la mujer debe
+casarse con quien sea de su gusto. Déjame, padre, defenderme en esto que
+me interesa. Meñique--siguió diciendo en alta voz la princesa,--eres
+valiente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres.
+
+--Ya lo sé, princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad, y
+obedecer sus caprichos.
+
+--Veo que eres hombre de talento--dijo la princesa.--Puesto que sabes
+adivinar tan bien, voy a ponerte una última prueba, antes de casarme
+contigo. Vamos a ver quién es más inteligente, si tú o yo. Si pierdes,
+quedo libre para ser de otro marido.
+
+Meñique la saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver la
+prueba a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el
+suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas, porque
+no cabía en la sala de lo alto que era. Meñique le hizo una seña, y él
+echó a andar acurrucado, tocando el techo con la espalda y con la
+alabarda a rastras, hasta que llegó adonde estaba Meñique, y se echó a
+sus pies, orgulloso de que vieran que tenía a hombre de tanto ingenio
+por amo.
+
+--Empezaremos con una bufonada--dijo la princesa.--Cuentan que las
+mujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una
+mentira más grande. El primero que diga: «¡Eso es demasiado!» pierde.
+
+--Por servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré la verdad
+con toda el alma.
+
+--Estoy segura--dijo la princesa--de que tu padre no tiene tantas
+tierras como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras
+de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otro
+pastor.
+
+--Eso es una bicoca--dijo Meñique.--Mi padre tiene tantas tierras que
+una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera
+cuando sale por la otra.
+
+--Eso no me asombra--dijo la princesa.--En tu corral no hay un toro tan
+grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos no
+pueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno.
+
+--Eso es una bicoca--dijo Meñique.--La cabeza del toro de mi casa es tan
+grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que está
+montado en el otro.
+
+--Eso no me asombra--dijo la princesa.--En tu casa no dan las vacas
+tanta leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada mañana veinte
+toneles, y sacamos de cada ordeño una pila de queso tan alta como la
+pirámide de Egipto.
+
+--Eso es una bicoca--dijo Meñique.--En la lechería de mi casa hacen unos
+quesos tan grandes que un día la yegua se cayó en la artesa, y no la
+encontramos sino después de una semana. El pobre animal tenía el
+espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvió
+de espinazo nuevo. Pero una mañanita le salió un ramo al espinazo por
+encima de la piel, y el ramo creció tanto que yo me subí en él y toqué
+el cielo. Y en el cielo vi a una señora vestida de blanco, trenzando un
+cordón con la espuma del mar. Y yo me así del hilo, y el hilo se me
+reventó, y caí dentro de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratones
+estaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos
+viejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas
+hasta que se le caían a tu padre los bigotes.
+
+--¡Eso es demasiado!--dijo la princesa.--¡A mi padre el rey nadie le ha
+tirado nunca de las orejas!
+
+--¡Amo, amo!--dijo el gigante.--Ha dicho «¡Eso es demasiado!» La
+princesa es nuestra.
+
+
+--VI--
+
+--Todavía no--dijo la princesa, poniéndose colorada.--Tengo que ponerte
+tres enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida nos
+casamos. Dime primero: ¿qué es lo que siempre está cayendo y nunca se
+rompe?
+
+--¡Oh!--dijo Meñique;--mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es la
+cascada!
+
+--Dime ahora--preguntó la princesa, ya con mucho miedo:--¿quién es el
+que anda todos los días el mismo camino y nunca se vuelve atrás?
+
+--¡Oh!--dijo Meñique;--mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es el sol!
+
+--El sol es dijo la princesa, blanca de rabia.--Ya no queda más que un
+enigma. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿qué es lo que yo pienso, y
+tú no piensas? ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni yo?
+
+Meñique bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara el
+miedo de perder.
+
+--Amo--dijo el gigante;--si no adivinas el enigma, no te calientes las
+entendederas. Hazme una seña, y cargo con la princesa.
+
+--Cállate, criado dijo Meñique;--bien sabes tú que la fuerza no sirve
+para todo. Déjame pensar.
+
+--Princesa y dueña mía--dijo Meñique, después de unos instantes en que
+se oía correr la luz.--Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque
+veo en él mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres
+decir, y tú piensas en que yo no lo entiendo. Tú piensas, como noble
+princesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno de ser tu
+marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y en lo que ni yo ni
+tú pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz tienen tan
+pobres...
+
+--Cállate--dijo la princesa;--aquí está mi mano de esposa, marqués
+Meñique.
+
+--¿Qué es eso que piensas de mí, que lo quiero saber?--preguntó el rey.
+
+--Padre y señor--dijo la princesa, echándose en sus brazos;--que eres el
+más sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.
+
+--Ya lo sé, ya lo sé--dijo el rey;--y ahora, déjenme hacer algo por el
+bien de mi pueblo. ¡Meñique, te hago duque!
+
+--¡Viva mi amo y señor, el duque Meñique!--gritó el gigante, con una voz
+que puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del techo, e
+hizo saltar los vidrios de las seis ventanas.
+
+
+--VII--
+
+En el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular,
+porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino luego,
+cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y
+quieren bien, o si son egoístas y cobardes. Pero el que cuenta el cuento
+tiene que decir que el gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su
+amo que les iba poniendo su sombrero de tres picos a todos los árboles
+que encontraba, y cuando salió el carruaje de los novios, que era de
+nácar puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se echó el carruaje
+a la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y dando vivas, hasta
+que los dejó a la puerta del palacio, como deja una madre a su niño en
+la cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días.
+
+Por la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas a
+los novios, y lucecitas de color en el jardín, y fuegos artificiales
+para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores. Todos
+cantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos, bailaban
+con mucha elegancia y honestidad al compás de una música de violines,
+con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito de violeta en el
+ojal de la casaca. Pero en un rincón había uno que no hablaba ni
+cantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho, el desorejado, que no
+podía ver a su hermano feliz, y se fue al bosque para no oír ni ver, y
+en el bosque murió, porque los osos se lo comieron en la noche oscura.
+
+Meñique era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio si
+debían tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero con su
+bondad y cortesía se ganó el cariño de su mujer y de la corte entera, y
+cuando murió el rey, entró a mandar, y estuvo de rey cincuenta y dos
+años. Y dicen que mandó tan bien que sus vasallos nunca quisieron más
+rey que Meñique, que no tenía gusto sino cuando veía a su pueblo
+contento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo para
+dárselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachines
+que lo defienden de los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey
+tan bueno como Meñique.
+
+Pero no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser un
+hombre de ingenio tan grande; porque el que es estúpido no es bueno, y
+el que es bueno no es estúpido. Tener talento es tener buen corazón; el
+que tiene buen corazón, ése es el que tiene talento. Todos los pícaros
+son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga. Y el que saque de
+este cuento otra lección mejor, vaya a contarlo en Roma.
+
+
+
+
+Cada uno a su oficio
+
+Fábula nueva del filósofo norteamericano Emerson
+
+/P
+ La montaña y la ardilla
+ Tuvieron su querella:
+ --«¡Váyase usted allá, presumidilla!»
+ Dijo con furia aquélla;
+ A lo que respondió la astuta ardilla:
+ --«Sí que es muy grande usted, muy grande y bella;
+ Mas de todas las cosas y estaciones
+ Hay que poner en junto las porciones,
+ Para formar, señora vocinglera,
+ Un año y una esfera.
+ Yo no sé que me ponga nadie tilde
+ Por ocupar un puesto tan humilde.
+ Si no soy yo tamaña
+ Como usted, mi señora la montaña,
+ Usted no es tan pequeña
+ Como yo, ni a gimnástica me enseña.
+ Yo negar no imagino
+ Que es para las ardillas buen camino
+ Su magnífica falda:
+ Difieren los talentos a las veces:
+ Ni yo llevo los bosques a la espalda,
+ Ni usted puede, señora, cascar nueces.»
+P/
+
+
+
+
+La Ilíada, de Homero
+
+
+Hace dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de la
+Ilíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba de
+rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al compás de
+la lira, como hacían los aedas de entonces. Otros dicen que no hubo
+Homero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores.
+Pero no parece que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde no
+cambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos, y
+donde desde el principio hasta el fin se ve tan claro el carácter de
+cada persona que puede decirse quién es por lo que dice o hace, sin
+necesidad de verle el nombre. Ni es fácil que un mismo pueblo tenga
+muchos poetas que compongan los versos con tanto sentido y música como
+los de la _Ilíada_, sin palabras que falten o sobren; ni que todos los
+diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos de
+Homero, donde parece que es un padre el que habla.
+
+En la _Ilíada_ no se cuenta toda la guerra de treinta años de Grecia
+contra Ilión, que era como le decían entonces a Troya; sino lo que pasó
+en la guerra cuando los griegos estaban todavía en la llanura asaltando
+a la ciudad amurallada, y se pelearon por celos los dos griegos famosos,
+Agamenón y Aquiles. A Agamenón le llamaban el Rey de los Hombres, y era
+como un rey mayor, que tenía más mando y poder que todos los demás que
+vinieron de Grecia a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey
+troyano, del viejo Príamo, le robó la mujer a Menelao, que estaba de rey
+en uno de los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenón. Aquiles era
+el más valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y culto, que
+cantaba en la lira las historias de los héroes, y se hacía querer de las
+mismas esclavas que le tocaban de botín cuando se repartían los
+prisioneros después de sus victorias. Por una prisionera fue la disputa
+de los reyes, porque Agamenón se resistía a devolver al sacerdote
+troyano Crises su hija Criseis, como decía el sacerdote griego Calcas
+que se debía devolver, para que se calmase en el Olimpo, que era el
+cielo de entonces, la furia de Apolo, el dios del Sol, que estaba
+enojado con los griegos porque Agamenón tenía cautiva a la hija de un
+sacerdote: y Aquiles, que no le tenía miedo a Agamenón, se levantó entre
+todos los demás, y dijo que se debía hacer lo que Calcas quería, para
+que se acabase la peste de calor que estaba matando en montones a los
+griegos, y era tanta que no se veía el cielo nunca claro, por el humo de
+las piras en que quemaban los cadáveres. Agamenón dijo que devolvería a
+Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que él tenía en su
+tienda. Y Aquiles le dijo a Agamenón «borracho de ojos de perro y
+corazón de venado», y sacó la espada de puño de plata para matarlo
+delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que estaba invisible a su
+lado, le sujetó la mano, cuando tenía la espada a medio sacar. Y Aquiles
+echó al suelo su cetro de oro, y se sentó, y dijo que no pelearía más a
+favor de los griegos con sus bravos mirmidones, y que se iba a su
+tienda.
+
+Así empezó la cólera de Aquiles, que es lo que cuenta la _Ilíada_, desde
+que se enojó en esa disputa, hasta que el corazón se le enfureció cuando
+los troyanos le mataron a su amigo Patroc quemándoles los barcos a los griegos y los
+tenía casi vencidos. No más que con dar Aquiles una voz desde el muro,
+se echaba atrás el ejército de Troya, como la ola cuando la empuja una
+corriente contraria de viento, y les temblaban las rodillas a los
+caballos troyanos. El poema entero está escrito para contar lo que
+sucedió a los griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:--la disputa
+de los reyes,--el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los
+dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la ofensa de
+Agamenón a Aquiles,--el combate de Paris, hijo de Príamo, con Menelao,
+el esposo de Helena,--la tregua que hubo entre los dos ejércitos, y el
+modo con que el arquero troyano Pandaro la rompió con su flechazo a
+Menelao,--la batalla del primer día, en que el valentísimo Diomedes tuvo
+casi muerto a Eneas de una pedrada,--la visita de Héctor, el héroe de
+Troya a su esposa Andrómaca, que lo veía pelear desde el muro,--la
+batalla del segundo día, en que Diomedes huye en su carro de pelear,
+perseguido por Héctor vencedor,--la embajada que le mandan los griegos a
+Aquiles, para que vuelva a ayudarlos en los combates, porque desde que
+él no pelea están ganando los troyanos,--la batalla de los barcos, en
+que ni el mismo Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta
+que Aquiles consiente en que Patroclo pelee con su armadura,--la muerte
+de Patroclo,--la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva que
+le hizo el dios Vulcano,--el desafío de Aquiles y Héctor,--la muerte de
+Héctor,--y las súplicas con que su padre Príamo logra que Aquiles le
+devuelva el cadáver, para quemarlo en Troya en la pira de honor, y
+guardar los huesos blancos en una caja de oro. Así se enojó Aquiles, y
+ésos fueron los sucesos de la guerra, hasta que se le acabó el enojo.
+
+A Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa del
+mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extraño, porque todavía hoy
+dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene de
+Dios, que es lo que llaman «el derecho divino de los reyes», y no es más
+que una idea vieja de aquellos tiempos de pelea, en que los pueblos
+eran nuevos y no sabían vivir en paz, como viven en el cielo las
+estrellas, que todas tienen luz aunque son muchas, y cada una brilla
+aunque tenga al lado otra. Los griegos creían, como los hebreos, y como
+otros muchos pueblos, que ellos eran la nación favorecida por el creador
+del mundo, y los únicos hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres
+son soberbios, y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o
+más inteligente que ellos, cuando había un hombre fuerte o inteligente
+que se hacía rey por su poder, decían que era hijo de los dioses. Y los
+reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes
+decían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos y
+los ayudaran. Y así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.
+
+Cada rey tenía en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o
+nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo,
+según le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos o pocos; y
+el sacerdote decía que el dios estaba enojado cuando el regalo era
+pobre, o que estaba contento, cuando le habían regalado mucha miel y
+muchas ovejas. Así se ve en la _Ilíada_, que hay como dos historias en
+el poema, una en la tierra, y en el cielo otra; y que los dioses del
+cielo son como una familia, sólo que no hablan como personas bien
+criadas, sino que se pelean y se dicen injurias, lo mismo que los
+hombres en el mundo. Siempre estaba Júpiter, el rey de los dioses, sin
+saber qué hacer; porque su hijo Apolo quería proteger a los troyanos, y
+su mujer Juno a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y había
+en las comidas del cielo grandísimas peleas, y Júpiter le decía a Juno
+que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano, el cojo,
+el sabio del Olimpo, se reía de los chistes y maldades de Apolo, el de
+pelo colorado, que era el dios travieso. Y los dioses subían y bajaban,
+a llevar y traer a Júpiter los recados de los troyanos y los griegos; o
+peleaban sin que se les viera en los carros de sus héroes favorecidos; o
+se llevaban en brazos por las nubes a su héroe para que no lo acabase de
+matar el vencedor, con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la
+figura del viejo Néstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a
+Agamenón que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el
+enemigo Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva a
+Paris por el aire. Venus también se lleva a Eneas, vencido por Diomedes,
+en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva guiando el carro de
+pelear del griego, y Apolo viene contra ella, guiando el carro troyano.
+Otra vez, cuando por engaño de Minerva dispara Pandaro su arco contra
+Menelao, la flecha terrible le entró poco a Menelao en la carne, porque
+Minerva la apartó al caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de
+la cara una mosca. En la _Ilíada_ están juntos siempre los dioses y los
+hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas lo mismo
+que en la tierra; como que son los hombres los que inventan los dioses a
+su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades
+que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora
+en los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo
+crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de
+rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la
+vida. El cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Júpiter
+mismo es como un rey de reyes, y una especie de Agamenón, que puede más
+que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de oírlos y
+contentarlos, como tuvo que hacer Agamenón con Aquiles. En la _Ilíada_,
+aunque no lo parece, hay mucha filosofía, y mucha ciencia, y mucha
+política, y se enseña a los hombres, como sin querer, que los dioses no
+son en realidad más que poesías de la imaginación, y que los países no
+se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y
+respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el
+modo con que quiere que lo gobiernen.
+
+Pero lo hermoso de la _Ilíada_ es aquella manera con que pinta el mundo,
+como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado para
+otro llorando de amor, con los brazos levantados, preguntándole al cielo
+quién puede tanto, y dónde está el creador, y cómo compuso y mantuvo
+tantas maravillas. Y otra hermosura de la Ilíada es el modo de decir las
+cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les
+suenan bien; sino con palabras muy pocas y fuertes, como cuando Júpiter
+consintió en que los griegos perdieran algunas batallas, hasta que se
+arrepintiesen de la ofensa que le habían hecho a Aquiles, y «cuando dijo
+que sí, tembló el Olimpo». No busca Homero las comparaciones en las
+cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que él
+cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido delante de
+los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada hombre iba de
+soldado a defender a su país, o salía por ambición o por celos a atacar
+a los vecinos; y como no había libros entonces, ni teatros, la diversión
+era oír al aeda que cantaba en la lira las peleas de los dioses y las
+batallas de los hombres; y el aeda tenía que hacer reír con las maldades
+de Apolo y Vulcano, para que no se le cansase la gente del canto serio;
+y les hablaba de lo que la gente oía con interés, que eran las historias
+de los héroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda decía
+cosas de médico y de político, para que el pueblo hallase gusto y
+provecho en oírlo, y diera buena paga y fama al cantor que le enseñaba
+en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra cosa que entre
+los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se tenía como hijo de un
+dios al que hablaba bien, o hacía llorar o entender a los hombres. Por
+eso hay en la _Ilíada_ tantas descripciones de combates, y tantas curas
+de heridas, y tantas arengas.
+
+Todo lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, está en la
+_Ilíada_. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que iban de pueblo
+en pueblo, cantando la _Ilíada_ y la _Odisea_, que es otro poema donde
+Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y más poemas parece que compuso
+Homero, pero otros dicen que ésos no son suyos, aunque el griego
+Herodoto, que recogió todas las historias de su tiempo, trae noticias de
+ellos, y muchos versos sueltos, en la vida de Homero que escribió, que
+es la mejor de las ocho que hay escritas, sin que se sepa de cierto si
+Herodoto la escribió de veras, o si no la contó muy de prisa y sin
+pensar, como solía él escribir.
+
+Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un
+monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la
+_Ilíada_, que parecen de letras de piedra. En inglés hay muy buenas
+traducciones, y el que sepa inglés debe leer la _Ilíada_ de Chapman, o
+la de Dodsley, o la de Landor, que tienen más de Homero que la de Pope,
+que es la más elegante. El que sepa alemán, lea la de Wolff, que es como
+leer el griego mismo. El que no sepa francés, apréndalo enseguida, para
+que goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducción de
+Leconte de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de
+mármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay, que es de
+Hermosilla; porque las palabras de la _Ilíada_ están allí, pero no el
+fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema en
+que parece que se ve amanecer el mundo,--en que los hombres caen como
+los robles o como los pinos,--en que el guerrero Ajax defiende a
+lanzazos su barco de los troyanos más valientes,--en que Héctor de una
+pedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, en que los dos caballos
+inmortales, Xantos y Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo
+Patroclo,--y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un
+carro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que un
+hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde el
+ciclo se junta con el mar.
+
+Cada cuadro de la _Ilíada_ es una escena como ésas. Cuando los reyes
+miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenón, Aquiles va a
+llorar a la orilla del mar, donde están desde hace diez años los barcos
+de los cien mil griegos que atacan a Troya: y la diosa Tetis sale a
+oírlo, como una bruma que se va levantando de las olas. Tetis sube al
+cielo, y Júpiter le promete, aunque se enoje Juno, que los troyanos
+vencerán a los griegos hasta que los reyes se arrepientan de la ofensa a
+Aquiles. Grandes guerreros hay entre los griegos: Ulises, que era tan
+alto que andaba entre los demás hombres como un macho entre el rebaño de
+carneros; Ajax, con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de
+bronce; Diomedes, que entra en la pelea resplandeciente, devastando como
+un león hambriento en un rebaño:--pero mientras Aquiles esté ofendido,
+los vencedores serán los guerreros de Troya: Héctor, el hijo de Príamo;
+Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedón, el más valiente de los reyes
+que vino a ayudar a Troya, el que subió al cielo en brazos del Sueño y
+de la Muerte, a que lo besase en la frente su padre Júpiter, cuando lo
+mató Patroclo de un lanzazo. Los dos ejércitos se acercan a pelear: los
+griegos, callados, escudo contra escudo; los troyanos dando voces, como
+ovejas que vienen balando por sus cabritos. Paris desafía a Menelao, y
+luego se vuelve atrás; pero la misma hermosísima Helena le llama
+cobarde, y Paris, el príncipe bello que enamora a las mujeres, consiente
+en pelear, carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo:
+vienen los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para
+ver quién disparará primero su lanza. Paris tira el primero, pero
+Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco de la
+barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la tregua; hasta
+que Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor, le aconseja con
+alevosía a Pandaro que dispare la flecha contra Menelao, la flecha del
+arco enorme de dos cuernos y la juntura de oro, para que los troyanos
+queden ante el mundo por traidores, y sea más fácil la victoria de los
+griegos, los protegidos de Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenón
+va de tienda en tienda levantando a los reyes: entonces es la gran pelea
+en que Diomedes hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos
+terribles en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur;
+entonces es la hermosa entrevista de Héctor y Andrómaca, cuando el niño
+no quiere abrazar a Héctor porque le tiene miedo al casco de plumas, y
+luego juega con el casco, mientras Héctor le dice a Andrómaca que cuide
+de las cosas de la casa, cuando él vuelva a pelear. Al otro día Héctor y
+Ajax pelean como jabalíes salvajes hasta que el cielo se oscurece:
+pelean con piedras cuando ya no tienen lanza ni espada: los heraldos los
+vienen a separar, y Héctor le regala su espada de puño fino a Ajax, y
+Ajax le regala a Héctor un cinturón de púrpura.
+
+Esa noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes
+asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a espiar lo
+que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con los caballos y el
+carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla es en el murallón que han
+levantado los griegos en la playa frente a sus buques. Los troyanos han
+vencido a los griegos en el llano. Ha habido cien batallas sobre los
+cuerpos de los héroes muertos. Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con
+su escudo, y los troyanos le caen encima como los perros al jabalí.
+Desde los muros disparan sus lanzas los reyes griegos contra Héctor
+victorioso, que ataca por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y
+los de Grecia, como los pinos a los hachazos del leñador. Héctor va de
+una puerta a otra, como león que tiene hambre. Levanta una piedra de
+punta que dos hombres no podían levantar, echa abajo la puerta mayor, y
+corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano lleva una
+antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado de matar, ya
+no puede resistir el ataque en la proa de su barco, y dispara de atrás,
+de la borda: ya el cielo se enrojece con el resplandor de las llamas. Y
+Aquiles no ayuda todavía a los griegos: no atiende a lo que le dicen los
+embajadores de Agamenón: no embraza el escudo de oro, no se cuelga del
+hombro la espada, no salta con los pies ligeros en el carro, no empuña
+la lanza que ningún hombre podía levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega
+su amigo Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir
+a pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de los
+mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras de un
+muro, se echan atrás los troyanos miedosos. Patroclo se mete entre
+ellos, y les mata nueve héroes de cada vuelta del carro. El gran
+Sarpedón le sale al camino, y con la lanza le atraviesa Patroclo las
+sienes. Pero olvidó Patroclo el encargo de Aquiles, de que no se llegase
+muy cerca de los muros. Apolo invencible lo espera al pie de los muros,
+se le sube al carro, lo aturde de un golpe en la cabeza, echa al suelo
+el casco de Aquiles, que no había tocado el suelo jamás, le rompe la
+lanza a Patroclo, y le abre el coselete, para que lo hiera Héctor. Cayó
+Patroclo, y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a
+su amigo, se echó por la tierra, se llenó de arena la cabeza y el
+rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando le
+trajeron a Patroclo en un ataúd, lloró Aquiles. Subió al cielo su madre,
+para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el dibujo de la tierra
+y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y todos los astros, y una
+ciudad en paz y otra en guerra, y un viñedo cuando están recogiendo la
+uva madura, y un niño cantando en una arpa, y una boyada que va a arar,
+y danzas y músicas de pastores, y alrededor, como un río, el mar: y le
+hizo un coselete que lucía como el fuego, y un casco con la visera de
+oro. Cuando salió al muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron
+en tres oleadas contra la ciudad, los caballos rompían con las ancas el
+carro espantados, y morían hombres y brutos en la confusión, no más que
+de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza que
+resplandecía como el sol de otoño. Ya Agamenón se ha arrepentido, ya el
+consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al ver muerto a
+Patroclo, porque fue amable y bueno.
+
+Al otro día, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que
+escapan del incendio, entra aterrada en el río, huyendo de Aquiles, que
+mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro se lleva a
+doce cautivos. Tropieza con Héctor; pero no pueden pelear, porque los
+dioses les echan de lado las lanzas. En el río era Aquiles como un gran
+delfín, y los troyanos se despedazaban al huirle, como los peces. De los
+muros le ruega a Héctor su padre viejo que no pelee con Aquiles: se lo
+ruega su madre. Aquiles llega: Héctor huye: tres veces le dan vuelta a
+Troya en los carros. Todo Troya está en los muros, el padre mesándose
+con las dos manos la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y
+suplicando. Se para Héctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para
+que no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo
+de Héctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo. Pelean.
+Minerva está con Aquiles: le dirige los golpes: le trae la lanza, sin
+que nadie la vea: Héctor, sin lanza ya, arremete contra Aquiles como
+águila que baja del cielo, con las garras tendidas, sobre un cadáver:
+Aquiles le va encima, con la cabeza baja, y la lanza Pelea brillándole
+en la mano como la estrella de la tarde. Por el cuello le mete la lanza
+a Héctor, que cae muerto, pidiendo a Aquiles que dé su cadáver a Troya.
+Desde los muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos
+vienen sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un
+lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos, y
+metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en el carro,
+arrastrando.
+
+Y entonces levantaron con leños una gran pira para quemar el cuerpo de
+Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesión, y cada guerrero
+se cortó un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre el cadáver; y
+mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra y dos perros; y Aquiles
+mató con su mano los doce prisioneros y los echó a la pira: y el cadáver
+de Héctor lo dejaron a un lado, como un perro muerto: y quemaron a
+Patroclo, enfriaron con vino las cenizas, y las pusieron en una urna de
+oro. Sobre la urna echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y
+Aquiles amarraba cada mañana por los pies a su carro a Héctor, y le daba
+vuelta al monte tres veces. Pero a Héctor no se le lastimaba el cuerpo,
+ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban de él
+Venus y Apolo.
+
+Y entonces fue la fiesta de los funerales, que duró doce días: primero
+una carrera con los carros de pelear, que ganó Diomedes; luego una pelea
+a puñetazos entre dos, hasta que quedó uno como muerto; después una
+lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida de a pie, que
+ganó Ulises; y un combate con escudo y lanza; y otro de flechas, para
+ver quién era el mejor flechero; y otro de lanceadores, para ver quién
+tiraba más lejos la lanza.
+
+Y una noche, de repente, Aquiles oyó ruido en su tienda, y vio que era
+Príamo, el padre de Héctor, que había venido sin que lo vieran, con el
+dios Mercurio,--Príamo, el de la cabeza blanca y la barba
+blanca,--Príamo, que se le arrodilló a los pies, y le besó las manos
+muchas veces, y le pedía llorando el cadáver de Héctor. Y Aquiles se
+levantó, y con sus brazos alzó del suelo a Príamo; y mandó que bañaran
+de ungüentos olorosos el cadáver de Héctor, y que lo vistiesen con una
+de las túnicas del gran tesoro que le traía de regalo Príamo; y por la
+noche comió carne y bebió vino con Príamo, que se fue a acostar por
+primera vez, porque tenía los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no
+debía dormir entre los enemigos, y se lo llevó otra vez a Troya sin que
+los vieran los griegos.
+
+Y hubo paz doce días, para que los troyanos le hicieran el funeral a
+Héctor. Iba el pueblo detrás, cuando llegó Príamo con él; y Príamo los
+injuriaba por cobardes, que habían dejado matar a su hijo; y las mujeres
+lloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa. Y
+lo pusieron en su cama de dormir. Y vino Andrómaca su mujer, y le habló
+al cadáver. Luego vino su madre Hécuba, y lo llamó hermoso y bueno.
+Después Helena le habló, y lo llamó cortés y amable. Y todo el pueblo
+lloraba cuando Príamo se acercó a su hijo, con las manos al cielo,
+temblándole la barba, y mandó que trajeran leños para la pira. Y nueve
+días estuvieron trayendo leños, hasta que la pira era más alta que los
+muros de Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron
+las cenizas de Héctor en una caja de oro, y cubrieron la caja con un
+manto de púrpura, y lo pusieron todo en un ataúd, y encima le echaron
+mucha tierra, hasta que pareció un monte. Y luego hubo gran fiesta en el
+palacio del rey Príamo. Así acaba la _Ilíada_, y el cuento de la cólera
+de Aquiles.
+
+
+
+
+Un juego nuevo y otros viejos
+
+
+Ahora hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el
+juego del _burro_. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas en una
+casa, es que están jugando al _burro_. No lo juegan los niños sólo, sino
+las personas mayores. Y es lo más fácil de hacer. En una hoja de papel
+grande o en un pedazo de tela blanca se pinta un burro, como del tamaño
+de un perro. Con carbón vegetal se le puede pintar, porque el carbón de
+piedra no pinta, sino el otro, el que se hace quemando debajo de una
+pila de tierra la madera de los árboles. O con un pincel mojado en tinta
+se puede dibujar también el burro, porque no hay que pintar de negro la
+figura toda, sino las líneas de afuera, el contorno no más. Se pinta
+todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo de
+papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola de
+verdad. Y ahí está el juego, en poner la cola al burro donde debe estar.
+Lo que no es tan fácil como parece; porque al que juega le vendan los
+ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo andar. Y él anda, anda; y
+la gente sujeta la risa. Y unos le clavan al burro la cola en la pezuña,
+o en las costillas, o en la frente. Y otros la clavan en la hoja de la
+puerta, creyendo que es el burro.
+
+Dicen en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha
+habido antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina
+ciega. Es muy curioso; los niños de ahora juegan lo mismo que los niños
+de antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca, juegan a
+las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos y de los romanos, que
+vivieron hace dos mil años; pero los niños romanos jugaban a las bolas,
+lo mismo que nosotros, y las niñas griegas tenían muñecas con pelo de
+verdad, como las niñas de ahora. En la lámina están unas niñas griegas,
+poniendo sus muñecas delante de la estatua de Diana, que era como una
+santa de entonces; porque los griegos creían también que en cielo había
+santos, y a esta Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir y
+las tuviese siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevaban
+los niños, porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa con
+cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana se
+monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que salía todas las
+mañanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni hubo ninguno de los
+otros dioses a que les rezaban los griegos, en versos muy hermosos, y
+con procesiones y cantos. Los griegos fueron como todos los pueblos
+nuevos, que creen que ellos son los amos del mundo, lo mismo que creen
+los niños; y como ven que del cielo vienen el sol y la lluvia, y que la
+tierra da el trigo y el maíz, y que en los montes hay pájaros y animales
+buenos para comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al
+sol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura
+humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y que
+deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte. En el museo
+del Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Diana
+cazando con su perro, y está tan bien que parece que anda. Las piernas
+no más son como de hombre, para que se vea que es diosa que camina
+mucho. Y las niñas griegas querían a su muñeca tanto, que cuando se
+morían las enterraban con las muñecas.
+
+Todos los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muñecas,
+ni como el cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como los
+saltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace como mil años que
+se juega en Francia. Y los niños no saben, cuando les vendan los ojos,
+que este juego se juega por un caballero muy valiente que hubo en
+Francia, que se quedó ciego un día de pelea y no soltó la espada ni
+quiso que lo curasen, sino siguió peleando hasta morir: ése fue el
+caballero Colin-Maillard. Luego el rey mandó que en las peleas de
+juego, que se llamaban torneos, saliera siempre a pelear un caballero
+con los ojos vendados, para que la gente de Francia no se olvidara de
+aquel gran valor. Y ahí vino el juego.
+
+Lo que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversión en que
+están entretenidos los amigos de Enrique III, que también fue rey de
+Francia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV de Navarra, que
+vino después, sino un hombrecito ridículo, como esos que no piensan más
+que en peinarse y empolvarse como las mujeres, y en recortarse en pico
+la barba. En eso pasaban la vida los amigos del rey: en jugar y en
+pelearse por celos con los bufones de palacio, que les tenían odio por
+holgazanes, y se lo decían cara a cara. La pobre Francia estaba en la
+miseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribución, para que
+el rey y sus amigos tuvieran espadas de puño de oro y vestidos de seda.
+Entonces no había periódicos que dijeran la verdad. Los bufones eran
+entonces algo como los periódicos, y los reyes no los tenían sólo en sus
+palacios para que los hicieran reír, sino para que averiguasen lo que
+sucedía, y les dijesen a los caballeros las verdades, que los bufones
+decían como en chiste, a los caballeros y a los mismos reyes. Los
+bufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, o
+jorobados. Uno de los cuadros más tristes del mundo es el cuadro de los
+bufones que pintó el español Zamacois. Todos aquellos hombres infelices
+están esperando a que el rey los llame para hacerle reír, con sus
+vestidos de picos y de campanillas, de color de mono o de cotorra.
+
+Desnudos como están son más felices que ellos esos negros que bailan en
+la otra lámina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los niños,
+necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho y
+dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se
+quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo,
+como una locura. Los moros tienen una fiesta de caballos que llaman la
+«fantasía». Otro pintor español ha pintado muy bien la fiesta: el pobre
+Fortuny. Se ve en el cuadro los moros que entran a escape en la ciudad,
+con los caballos tan locos como ellos, y ellos disparando al aire sus
+espingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales, besándolos,
+mordiéndolos, echándose al suelo sin parar la carrera, y volviéndose a
+montar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de
+la pólvora. Los hombres de todos los países, blancos o negros, japoneses
+o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y
+movimiento, como esa danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. En
+Nueva Zelandia hay mucho calor, y los negros de allí son hombres de
+cuerpo arrogante, como los que andan mucho a pie, y gente brava, que
+pelea por su tierra tan bien como danza en el palo. Ellos suben y bajan
+por las cuerdas, y se van enroscando hasta que la cuerda está a la
+mitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo mismo que un
+columpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de la
+rodilla. Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos
+a otros y se abrazan.
+
+Los indios de México tenían, cuando vinieron los españoles, esa misma
+danza del palo. Tenían juegos muy lindos los indios de México. Eran
+hombres muy finos y trabajadores, y no conocían la pólvora y las balas
+como los soldados del español Cortés, pero su ciudad era como de plata,
+y la plata misma la labraban como un encaje, con tanta delicadeza como
+en la mejor joyería. En sus juegos eran tan ligeros y originales como en
+sus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una diversión de
+mucha agilidad y atrevimiento; porque se echaban desde lo alto del palo,
+que tenía unas veinte varas, y venían por el aire dando volteos y
+haciendo pruebas de gimnasio sin sujetarse más que con la soga, que
+ellos tejían muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremecía
+ver aquel atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era «horrible y
+espantoso, que llena de congojas y asusta el mirarlo».
+
+Los ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos no
+más saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que empuñan
+por una punta y por el medio; o con la porra, que juegan muy bien. Los
+isleños de las Canarias, que son gente de mucha fuerza, creen que el
+palo no es invención del inglés, sino de las islas; y sí que es cosa de
+verse un isleño jugando al palo, y haciendo el molinete. Lo mismo que el
+luchar, que en las Canarias les enseñan a los niños en las escuelas. Y
+la danza del palo encintado; que es un baile muy difícil en que cada
+hombre tiene una cinta de un color, y la va trenzando y destrenzando
+alrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse
+nunca. Pero los indios de México jugaban al palo tan bien como el inglés
+más rubio, o el canario de más espaldas; y no era sólo el defenderse con
+él lo que sabían, sino jugar con el palo a equilibrios, como los que
+hacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van cinco pueblos
+que han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva Zelandia, los
+ingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota,
+que todas los pueblos la juegan, y entre los indios era una pasión, como
+que creyeron que el buen jugador era hombre venido del ciclo, y que los
+dioses mexicanos, que eran diferentes de los dioses griegos, bajaban a
+decirle cómo debía tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que es
+muy curioso, será para otro día.
+
+Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indios
+hacían con él, que eran de grandísima dificultad. Los indios se
+acostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a
+jugar a las bolas o al barril; y en el palo, atravesado sobre las
+plantas de los pies, sostenían hasta cuatro hombres, que es más que lo
+de los moros, porque a los moros los sostiene el más fuerte de ellos
+sobre los hombros, pero no sobre la planta de los pies. _Tzaá_ le decían
+a este juego: dos indios se subían primero en las puntas del palo, dos
+más se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hacían sin caerse
+muchas suertes y vueltas. Y los indios tenían su ajedrez, y sus
+jugadores de manos, que se comían la lana encendida y la echaban por la
+nariz: pero eso, como la pelota, será para otro día. Porque con los
+cuentos se ha de hacer lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala:
+
+--¿Chichá, por qué te comes esa aceituna tan despacio?
+
+--Porque me gusta mucho.
+
+
+
+
+Bebé y el señor don Pomposo
+
+
+Bebé es un niño magnífico, de cinco años. Tiene el pelo muy rubio, que
+le cae en rizos por la espalda, como en la lámina de los _Hijos del Rey
+Eduardo_, que el pícaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres,
+para hacerse él rey. A Bebé lo visten como al duquecito Fauntleroy, el
+que no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con los
+niños pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ceñidos a la rodilla, y
+blusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, y
+medias de seda colorada, y zapatos bajos. Como lo quieren a él mucho, él
+quiere mucho a los demás. No es un santo, ¡oh, no!: le tuerce los ojos a
+su criada francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó una
+vez en visita con las pierna cruzadas, y rompió un día un jarrón muy
+hermoso, corriendo detrás de un gato. Pero en cuanto ve un niño descalzo
+le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva azúcar todas las
+mañanas, y lo llama «caballito de mi alma»; con los criados viejos se
+está horas y horas, oyéndoles los cuentos de su tierra de África, de
+cuando ellos eran príncipes y reyes. Y tenían muchas vacas y muchos
+elefantes: y cada vez que ve Bebé a su mamá, le echa el bracito por la
+cintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente cómo
+crecen las flores, y de dónde le viene la luz al sol y, de qué está
+hecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la
+hacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijo
+ayer en la sala aquel señor de espejuelos. Y la madre te dice que sí,
+que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda, largas y
+redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como
+los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos
+mariposas.
+
+Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse con sus
+mediecitas caídas, y su color de rosa, como los niños que se bañan
+mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de las
+pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy
+fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Y
+da brincos y vueltas de carnero, y salta en el colchón con los brazos
+levantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que está pintada en
+el techo. Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer como que cepilla
+la baranda de la cama, porque va a ser carpintero; o rueda por la cama
+hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias
+coloradas. Pero esta noche Bebé está muy serio, y no da volteretas como
+todas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mamá para que no se
+vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del
+gran comelón que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los
+ojos; pero no está dormido. Bebé está pensando.
+
+ * * * * *
+
+La verdad es que Bebé tiene mucho en qué pensar, porque va de viaje a
+París, como todos los años, para que los médicos buenos le digan a su
+mamá las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Bebé
+no le gusta oír: se le aguan los ojos a Bebé en cuanto oye toser a su
+mamá: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla.
+Esta vez Bebé no va solo a París, porque él no quiere hacer nada solo,
+como el hombre del melón, sino con un primito suyo que no tiene madre.
+Su primito Raúl va con él a París, a ver con él al hombre que llama a
+los pájaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a los
+niños, y el teatro Guiñol, donde hablan los muñecos, y el policía se
+lleva preso al ladrón, y el hombre bueno le da un coscorrón al hombre
+malo. Raúl va con Bebé a París. Los dos juntos se van el sábado en el
+vapor grande, con tres chimeneas. Allí en el cuarto está Raúl con Bebé,
+el pobre Raúl, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito,
+ni lleva medías de seda colorada.
+
+Bebé y Raúl han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mamá a ver a
+los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muy
+altas: han ido a la calle de los periódicos, a ver como los niños pobres
+que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos después,
+y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azul
+y pantalón amarillo, a ver a un señor muy flaco y muy estirado, el tío
+de mamá, el señor Don Pomposo. Bebé está pensando en la visita del señor
+Don Pomposo. Bebé está pensando.
+
+Con los ojos cerrados, él piensa: él se acuerda de todo. ¡Qué largo, qué
+largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina tan
+grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote tan feo,
+como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! ¡Y a mamá no la
+dejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda, y le puso una
+banqueta en los pies. Y le hablaba como dicen que les hablan a las
+reinas! Bebé se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente
+le habla así a mamá, porque mamá es muy rica, y que a mamá no le gusta
+eso, porque mamá es buena.
+
+Y Bebé vuelve a pensar en lo sucedió en la visita. En cuanto entró en el
+cuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a
+los papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa
+santa, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a la
+cara, como si fueran manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saludó, ni
+le quitó el sombrero, ni le dio un beso. Raúl estaba metido en un
+sillón, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes. Y
+entonces se levantó Don Pomposo del sofá colorado: «Mira, mira, Bebé, lo
+que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que
+quieras mucho a tu tío». Y se sacó del bolsillo un llavero como con
+treinta llaves, y abrió una gaveta que olía a lo que huele el tocador de
+Luisa, y le trajo a Bebé un sable dorado--¡oh, que sable! ¡oh, qué gran
+sable!--y le abrochó por la cintura el cinturón de charol--¡oh, qué
+cinturón tan lujoso!--y le dijo: «Anda, Bebé: mírate al espejo; ése es
+un sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el niño». Y Bebé,
+muy contento, volvió la cabeza adonde estaba Raúl, que lo miraba, miraba
+al sable, con los ojos más grandes que nunca, y con la cara muy triste,
+como si se fuera a morir:--¡oh, que sable tan feo, tan feo! ¡oh, qué tío
+tan malo! En todo eso estaba pensando Bebé. Bebé estaba pensando.
+
+El sable está allí, encima del tocador. Bebé levanta la cabeza poquito a
+poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puño brillante como si fuera de
+sol, porque la luz de la lámpara da toda en el puño. Así eran los sables
+de los generales el día de la procesión, lo mismo que el de él. El
+también, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de dril
+blanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detrás, y él en un
+caballo morado, como el vestido que tenía el obispo. El no ha visto
+nunca caballos morados, pero se lo mandarán a hacer. Y a Raúl ¿quién le
+manda hacer caballos? Nadie, nadie: Raúl no tiene mamá que le compre
+vestidos de duquecito: Raúl no tiene tíos largos que le compren sables.
+Bebé levanta la cabecita poco a poco: Raúl está dormido: Luisa se ha ido
+a su cuarto a ponerse olores. Bebé se escurre de la cama, va al tocador
+en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no haga
+ruido... Y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡va riéndose, va riéndose el
+pícaro! hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable dorado
+en la almohada.
+
+
+
+
+La última página
+
+
+_La Edad de Oro_ se despide hoy con pena de sus amigos. Se puso a
+escribir largo el hombre de _La Edad de Oro_, como quien escribe una
+carta de cariño para persona a quien quiere mucho, y sucedió que
+escribió más de lo que cabía en las treinta y dos páginas. Treinta y dos
+páginas es de veras poco para conversar con los niños queridos, con los
+que han de ser mañana hábiles como Meñique, y valientes como Bolívar:
+poetas como Homero ya no podrán ser, porque estos tiempos no son como
+los de antes, y los aedas de ahora no han de cantar guerras bárbaras de
+pueblo con pueblo para ver cuál puede más, ni peleas de hombre con
+hombre para ver quién es más fuerte: lo que ha de hacer el poeta de
+ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lo
+hermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si estuviera
+pintado con colores, y castigar con la poesía, como con un látigo, a los
+que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pícaras
+el dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su país les
+obedezcan como ovejas y les laman la mano como perros. Los versos no se
+han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para
+ser útil al mundo, enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vida
+es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni
+acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el ciclo, y
+amigos, y madres. El que tenga penas, lea las _Vidas Paralelas_ de
+Plutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes, y mejor,
+porque ahora la tierra ha vivido más, y se puede ser hombre de más amor
+y delicadeza. Antes todo se hacía con los puños: ahora, la fuerza está
+en el saber, más que en los puñetazos; aunque es bueno aprender a
+defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque la
+fuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando un
+pueblo ladrón quiera venir a robarnos nuestro pueblo. Para eso es bueno
+ser fuerte de cuerpo; pero para lo demás de la vida, la fuerza está en
+saber mucho, como dice Meñique. En los mismos tiempos de Homero, el que
+ganó por fin el sitio, y entró en Troya, no fue Ajax el del escudo, ni
+Aquiles el de la lanza, ni Diomedes el del carro, sino Ulises, que era
+el hombre de ingenio, y ponía en paz a los envidiosos, y pensaba
+pronto, lo que no les ocurría a los demás.
+
+Con esta última página está sucediendo lo que con el primer número de
+_La Edad de Oro_; que no va a caber lo que el amigo de los niños les
+quería decir, y es que en el número de agosto se publicará una
+_Historia_ _del Hombre, contada por sus casas_, que no cupo esta vez,
+historia muy curiosa, donde se cuenta cómo ha vivido el hombre, desde su
+primera habitación en la tierra, que fue una cueva en la montaña, hasta
+los palacios en que vive ahora. Ni cupo tampoco una explicación muy
+entretenida del modo de fabricar _Un cubierto de mesa_. Porque es
+necesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que no
+sepan explicar. Para eso se publica _La Edad de Oro_. Y para todo lo que
+quieran preguntar, aquí está el amigo.
+
+Estas últimas páginas serán como el cuarto de confianza de _La Edad de
+Oro_, donde conversaremos como si estuviésemos en familia. Aquí
+publicaremos las cartas de nuestras amiguitas: aquí responderemos a las
+preguntas de los niños: aquí tendremos la _Bolsa de Sellos_, donde el
+que tenga sellos que mandar, o los quiera comprar, o quiera hacer
+colección, o preguntar sobre sellos algo que le interese, no tiene más
+que escribir para lograr lo que desea. Y de cuando en cuando nos hará
+aquí una visita El _Abuelo Andrés_, que tiene una caja maravillosa con
+muchas cosas raras, y nos va a enseñar todo lo que tiene en La Caja de
+las Maravillas.
+
+_La Edad de Oro_.
+
+
+
+
+La historia del hombre, contada por sus casas
+
+
+Ahora la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patios
+enlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de años los
+hombres no vivían así, ni había países de sesenta millones de
+habitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no había libros que
+contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, los
+instrumentos de trabajar son los que enseñan cómo vivían los hombres de
+antes. Eso es lo que se llama «edad de piedra», cuando los hombres
+vivían casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando con las fieras del
+bosque, escondidos en las cuevas de la montaña, sin saber que en el
+mundo había cobre ni hierro allá en los tiempos que llaman
+«paleolíticos»:--¡palabra larga esta de «paleolíticos»! Ni la piedra
+sabían entonces los hombres cortar: luego empezaron a darle figura, con
+unas hachas de pedernal afilado, y ésa fue la edad nueva de piedra, que
+llaman «neolítica»: _neo_, nueva, _lítica_, de piedra: _paleo_, por
+supuesto, quiere decir viejo, antiguo. Entonces los hombres vivían en
+las cuevas de la montaña, donde las fieras no podían subir, o se abrían
+un agujero en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramas
+de árbol; o hacían con ramas un techo donde la roca estaba como abierta
+en dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los forraban con
+las pieles de los animales que cazaban: grandes eran entonces los
+animales, grandes como montes. En América no parece que vivían así los
+hombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos en pueblos, y no en
+familias sueltas: todavía se ven las ruinas de los que llaman los
+«terrapleneros», porque fabricaban con tierra unos paredones en figura
+de círculo, o de triángulo, o de cuadrado, o de cuatro círculos unos
+dentro de otros: otros indios vivían en casas de piedra que eran como
+pueblos, y las llamaban las casas-pueblos, porque allí hubo hasta mil
+familias a la vez, que no entraban a la casa por puertas, como nosotros,
+sino por el techo, como hacen ahora los indios zuñis: en otros lugares
+hay casas de cantos en los agujeros de las rocas, adonde subían
+agarrándose de unas cortaduras abiertas a pico en la piedra, como una
+escalera. En todas partes se fueron juntando las familias para
+defenderse, y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos,
+que es lo que llaman ciudades lacustres, porque están sobre el agua las
+casas de troncos de árbol, puestas sobre pilares clavados en lo hondo, o
+sujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese a flote las casas:
+y a veces juntaban con vigas unas casas con otras, y les ponían
+alrededor una palizada para defenderse de los vecinos que venían a
+pelear, o de los animales del monte: la cama era de yerba seca, las
+tazas eran de madera, las mesas y los asientos eran troncos de árboles.
+Otros ponían de punta en medio de un bosque tres piedras grandes, y una
+chata encima, como techo, con una cerca de piedras, pero estos dólmenes
+no eran para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a oír a
+los viejos y los sabios cuando cambiaba la estación, o había guerra, o
+tenían que elegir rey: y para recordar cada cosa de éstas clavaban en el
+suelo una piedra grande, como una columna, que llamaban «menhir» en
+Europa, y que los indios mayas llamaban «katún»; porque los mayas de
+Yucatán no sabían que del otro lado del mar viviera el pueblo galo, en
+donde está Francia ahora, pero hacían lo mismo que los galos, y que los
+germanos, que vivían donde está ahora Alemania. Estudiando se aprende
+eso: que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la
+misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que
+la de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra de
+árboles y de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene más
+cosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve el cielo
+oscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende, y es que donde
+nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo,
+empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de años.
+Junto a la ciudad de Zaragoza, en España, hay familias que viven en
+agujeros abiertos en la tierra del monte: en Dakota, en los Estados
+Unidos, los que van a abrir el país viven en covachas, con techos de
+ramas, como en la edad neolítica: en las orillas del Orinoco, en la
+América del Sur, los indios viven en ciudades lacustres, lo mismo que
+las que había hace cientos de siglos en los lagos de Suiza: el indio
+norteamericano le pone a rastras a su caballo los tres palos de su tipi,
+que es una tienda de pieles, como la que los hombres neolíticos
+levantaban en los desiertos: el negro de África hace hoy su casa con las
+paredes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes,
+y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen
+las serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos los
+pueblos vivían a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce, cuando
+los hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra edad de hierro.
+Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en lo más hermoso de la edad
+de hierro, con su torre de Eiffel que se entra por las nubes: y otros
+pueblos que viven en la edad de piedra, como el indio que fabrica su
+casa en las ramas de los árboles, y con su lanza de pedernal sale a
+matar los pájaros del bosque y a ensartar en el aire los peces voladores
+del río. Pero los pueblos de ahora crecen más de prisa, porque se juntan
+con los pueblos más viejos, y aprenden con ellos lo que no saben; no
+como antes, que tenían que ir poco a poco descubriéndolo todo ellos
+mismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los hombres
+andaban errantes huyendo de los animales, y vivían hoy acá y mañana
+allá, y no sabían que eran buenos de comer los frutos de la tierra.
+Luego los hombres encontraron el cobre, que era más blando que el
+pedernal, y el estaño, que era más blando que el cobre, y vieron que con
+el fuego se le sacaba el metal a la roca, y que con el estaño y cobre
+juntos se hacía un metal nuevo, muy bueno para hachas y lanzas y
+cuchillos, y para cortar la piedra. Cuando los pueblos empiezan a saber
+cómo se trabaja el metal, y a juntar el cobre con el estaño, entonces
+están en su edad de bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad de
+hierro sin pasar por la de bronce, porque el hierro es el metal de su
+tierra, y con él empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo había
+cobre ni estaño. Cuando los hombres de Europa vivían en la edad de
+bronce, ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectas
+como las de los peruanos y mexicanos de América, en quienes estuvieron
+siempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con pedernal
+cuando ya tenían sus minas de oro, y sus templos con soles de oro como
+el cielo, y sus huacas, que eran los cementerios del Perú, donde ponían
+a los muertos con las prendas y jarros que usaban en vida. La casa del
+indio peruano era de mampostería, y de dos pisos, con las ventanas muy
+en alto, y las puertas más anchas por debajo que por la cornisa, que
+solía ser de piedra tallada, de trabajo fino. El mexicano no hacía su
+casa tan fuerte, sino más ornada, como en país donde hay muchos árboles
+y pájaros. En el techo había como escalones, donde ponían las figuras de
+sus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de niños, y
+piernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras labradas, y
+con fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando las grecas y
+fimbrias que les bordaban sus mujeres en las túnicas: en las salas de
+adentro labraban las cabezas de las vigas, figurando sus dioses, sus
+animales o sus héroes, y por fuera ponían en las esquinas unas canales
+de curva graciosa, como imitando plumas. De lejos brillaban las casas
+con el sol, como si fueran de plata.
+
+En los pueblos de Europa es donde se ven más claras las tres edades, y
+mejor mientras más al Norte, porque allí los hombres vivieron solos,
+cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron a vivir
+por el mismo tiempo, se nota que aunque no se conocían unos a otros,
+iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando capas conforme van
+pasando siglos: la tierra es como un pastel de hojaldres, que tiene
+muchas capas una sobre otra, capas de piedra dura, y a veces viene de
+adentro, de lo hondo del mundo, una masa de roca que rompe las capas
+acostadas, y sale al aire libre, y se queda por encima de la tierra,
+como un gigante regañón, o como una fiera enojada, echando por el cráter
+humo y fuego: así se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas de
+la tierra es por donde se sabe cómo ha vivido el hombre, porque en cada
+una hay enterrados huesos de él, y restos de los animales y árboles de
+aquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un lugar con
+las de otro se ve que los hombres viven en todas partes casi del mismo
+modo en cada edad de la tierra: sólo que la tierra tarda mucho en pasar
+de una edad a otra, y en echarse una capa nueva, y así sucede lo de los
+romanos y los bretones de Inglaterra en tiempo de Julio César, que
+cuando los romanos tenían palacios de mármol con estatuas de oro, y
+usaban trajes de lana muy fina, la gente de Bretaña vivía en cuevas, y
+se vestía con las pieles salvajes, y peleaba con mazas hechas de los
+troncos duros.
+
+En esos pueblos viejos sí se puede ver cómo fue adelantando el hombre,
+porque después de las capas de la edad de piedra, donde todo lo que se
+encuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la edad de bronce,
+con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre y estaño, y luego vienen
+las capas de arriba, las de los últimos tiempos, que llaman la edad de
+hierro, cuando el hombre aprendió que el hierro se ablandaba al fuego
+fuerte, y que con el hierro blando podía hacer martillos para romper la
+roca, y lanzas para pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra:
+entonces es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios y
+cuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre otras
+sin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos y llanos:
+lo que sí se ve es que desde que vino al mundo le gustó al hombre copiar
+en dibujo las cosas que veía, porque hasta las cavernas más oscuras
+donde habitaron las familias salvajes están llenas de figuras talladas o
+pintadas en la roca, y por los montes y las orillas de los ríos se ven
+manos, y signos raros, y pinturas de animales, que ya estaban allí desde
+hacía muchos siglos cuando vinieron a vivir en el país los pueblos de
+ahora. Y se ve también que todos los pueblos han cuidado mucho de
+enterrar a los muertos con gran respeto y han fabricado monumentos
+altos, como para estar más cerca del cielo, como nosotros hacemos ahora
+con las torres. Los terrapleneros hacían montañas de tierra, donde
+sepultaban los cadáveres: los mexicanos ponían sus templos en la cumbre
+de unas pirámides muy altas: los peruanos tenían su «chulpa» de piedra
+que era una torre ancha por arriba, como un puño de bastón: en la isla
+de Cerdeña hay unos torreones que llaman «nuragh», que nadie sabe de qué
+pueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras enormes sus
+pirámides, y con el pórfido más duro hicieron sus obeliscos famosos,
+donde escribían su historia con los signos que llaman «jeroglíficos».
+
+Ya los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse «tiempos históricos»
+porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos: esos
+otros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos «prehistóricos»,
+de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad es que en
+esos mismos pueblos históricos hay todavía mucho prehistórico, porque se
+tiene que ir adivinando para ver dónde y cómo vivieron. ¿Quién sabe
+cuándo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus caminos y sus
+calzadas en el Perú; ni cuándo los chibchas de Colombia empezaron a
+hacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qué pueblo vivió en Yucatán
+antes que los mayas que encontraron allí los españoles; ni de dónde vino
+la raza desconocida que levantó los terraplenes y las casas-pueblos en
+la América del Norte? Casi lo mismo sucede con los pueblos de Europa;
+aunque allí se ve que los hombres aparecieron a la vez, como nacidos de
+la tierra, en muchos lugares diferentes; pero que donde había menos frío
+y era mas alto el país fue donde vivió primero el hombre: y como que
+allí empezó a vivir, allí fue donde llegó más pronto a saber, y a
+descubrir los metales, y a fabricar, y de allí, con las guerras, y las
+inundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando los hombres por
+la tierra y el mar. En lo más elevado y fértil del continente es donde
+se civilizó el hombre trasatlántico primero. En nuestra América sucede
+lo mismo: en las altiplanicies de México y del Perú, en los valles altos
+y de buena tierra, fue donde tuvo sus mejores pueblos el indio
+americano. En el continente trasatlántico parece que Egipto fue el
+pueblo más viejo, y de allí fueron entrando los hombres por lo que se
+llama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron a Grecia, buscando la
+libertad y la novedad, y en Grecia levantaron los edificios más
+perfectos del mundo, y escribieron los libros más bien compuestos y
+hermosos. Había pueblos nacidos en todos estos países, pero los que
+venían de los pueblos viejos sabían más, y los derrotaban en la guerra,
+o les enseñaban lo que sabían, y se juntaban con ellos. Del norte de
+Europa venían otros hombres más fuertes, hechos a pelear con las fieras
+y a vivir en el frío: y de lo que se llama ahora Indostán salió huyendo,
+después de una gran guerra, la gente de la montaña, y se juntó con los
+europeos de las tierras frías, que bajaron luego del Norte a pelear con
+los romanos, porque los romanos habían ido a quitarles su libertad, y
+porque era gente pobre y feroz, que le tenía envidia a Roma, porque era
+sabia y rica, y como hija de Grecia. Así han ido viajando los pueblos en
+el mundo, como las corrientes van por la mar, y por el aire los vientos.
+
+Egipto es como el pueblo padre del continente trasatlántico: el pueblo
+más antiguo de todos aquellos países «clásicos». Y la casa del egipcio
+es como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riquísimo el Egipto,
+como que el gran río Nilo crecía todos los años, y con el barro que
+dejaba al secarse nacían muy bien las siembras: así que las casas
+estaban como en alto, por miedo a las inundaciones. Como allá hay muchas
+palmeras, las columnas de las casas eran finas y altas, como las palmas;
+y encima del segundo piso tenían otro sin paredes, con un techo chato,
+donde pasaban la tarde al aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcos
+que iban y venían con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde,
+que es de color de oro y azafrán. Las paredes y los techos están llenos
+de pinturas de su historia y religión; y les gustaba el color tanto, que
+hasta la estera con que cubrían el piso era de hebras decolores
+diferentes.
+
+Los hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran los
+que mejor sabían hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad, hicieron
+sus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes, y el techo era de
+vigas de sicomoro, que es su árbol querido. El techo tenía un borde como
+las azoteas, porque con el calor subía la gente allí a dormir, y la ley
+mandaba que fabricasen los techos con muro, para que no cayese la gente
+a tierra. Solían hacer sus casas como el templo que fabricó su gran rey
+Salomón, que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechas
+por la comisa, y dos columnas al lado de la puerta.
+
+Por aquellas tierras vivían los asirios, que fueron pueblo guerreador,
+que les ponía a sus casas torres, como para ver más de lejos al enemigo,
+y las torres eran de almenas, como para disparar el arco desde seguro.
+No tenían ventanas, sino que les venía la luz del techo. Sobre las
+puertas ponían a veces piedras talladas con alguna figura misteriosa,
+como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza con alas.
+
+Los fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar,
+que ponían unas sobre otras como los etruscos; pero como eran gente
+navegante, que vivía del comercio, empezaron pronto a imitar las casas
+de los pueblos que veían más, que eran los hebreos y los egipcios, y
+luego las de los persas, que conquistaron en guerra el país de Fenicia.
+Y así fueron sus casas, con la entrada hebrea, y la parte alta como las
+casas de Egipto, o como las de Persia.
+
+Los persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en que
+todos esos pueblos de los alrededores vivían como esclavos suyos. Persia
+es tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas de los
+caballos, los puños de los sables, todo está allí lleno de joyas. Usan
+mucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo les gusta de mucho color,
+y muy brillante y esmaltado. Les gustan las fuentes, los jardines, los
+velos de hilo de plata, la pedrería fina. Todavía hoy son así los
+persas; y ya en aquellos tiempos eran sus casas de ladrillos de colores,
+pero no de techo chato como las de los egipcios y hebreos, sino con una
+cúpula redonda, como imitando la bóveda del cielo. En un patio estaba el
+baño, en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas había patios
+cuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente, entre
+jarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y dibujos,
+pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel hecho con cuerpos
+de animales, de pecho verde y collar de oro.
+
+Junto a Persia está el Indostán, que es de los pueblos más viejos del
+mundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las platerías
+la filigrana, y otros templos cavados en la roca, y figuras de su dios
+Buda cortadas a pico en la montaña. Sus templos, sus sepulcros, sus
+palacios, sus casas, son como su poesía, que parece escrita con colores
+sobre marfil, y dice las cosas como entre hojas y flores. Hay templo en
+el Indostán que tiene catorce pisos, como la pagoda de Tanjore, y está
+todo labrado, desde los cimientos hasta la cúpula. Y la casa de los
+hindús de antes era como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, con
+los techos y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entrada
+la escalinata sin baranda. Otras casas tenían torreones en la esquina, y
+el terrado como los egipcios, corrido y sin las torres. Pero lo hermoso
+de las casas hindús era la fantasía de los adornos, que son como un
+trenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas.
+
+En Grecia no era así, sino todo blanco y sencillo, sin lujos de
+colorines. En la casa de los griegos no había ventanas, porque para el
+griego fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no debía mirar el
+extranjero. Eran las casas pequeñas, como sus monumentos, pero muy
+lindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y dentro el
+corredor de columnas, donde pasaba los días la familia, que sólo en la
+noche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El comedor y el corredor
+era lo que amueblaban, y eso con pocos muebles: en las paredes ponían en
+nichos sus jarros preciosos: las sillas tenían filetes tallados, como
+los que solían ponerles a las puertas, que eran anchas de abajo y con la
+cornisa adornada de dibujos de palmas y madreselvas. Dicen que en el
+mundo no hay edificio más bello que el Partenón, como que allí no están
+los adornos por el gusto de adornar, que es lo que hace la gente
+ignorante con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de una
+especie de música que se siente y no se oye, porque el tamaño está
+calculado de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que no
+sea precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienen
+alma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que las ve.
+Se entran como amigas por el corazón. Parece que hablan.
+
+Los etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas,
+y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religión, y un
+arte parecido al de los griegos, aunque les gustaba más la burla y la
+extravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban, como los persas;
+y en las paredes de sus sepulturas hay caballos con la cabeza amarilla y
+la cola azul. Mientras fueron república libre, los etruscos vivían
+dichosos, con maestros muy buenos de medicina y astronomía, y hombres
+que hablaban bien de los deberes de la vida y de la composición del
+mundo. Era célebre Etruria por sus sabios, y por sus jarros de barro
+negro, con figuras de relieve, y por sus estatuas y sarcófagos de tierra
+cocida, y por sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Pero
+con la esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus dueños los
+romanos. Vivían en palacios, y no en sus casas de antes; y su gusto
+mayor era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era de
+un piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros caídos.
+Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos y
+caricaturas, y sabían dibujar sus figuras como si se las viera en
+movimiento.
+
+La casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro luego
+conocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en todo. El atrio
+al principio fue la casa entera, y después no era más que el portal, de
+donde se iba por un pasadizo al patio interior, rodeado de columnas,
+adonde daban los cuartos ricos del señor, que para cada cosa tenía un
+cuarto diferente: el cuarto de comer daba al corredor, lo mismo que la
+sala y el cuarto de la familia, que por el otro lado abría sobre un
+jardín. Adornaban las paredes con dibujos y figuras de colores
+brillantes, y en los recodos había muchos nichos con jarras y estatuas.
+Si la casa estaba en calle de mucha gente, hacían cuartos con puerta a
+la calle, y los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abierta
+se podía ver hasta el fondo del jardín. El jardín, el patio y el atrio
+tenían alrededor en muchas casas una arquería. Luego Roma fue dueña de
+todos los países que tenía alrededor, hasta que tuvo tantos pueblos que
+no los pudo gobernar, y cada pueblo se fue haciendo libre y nombrando su
+rey, que era el guerrero más poderoso de todos los del país, y vivía en
+su castillo de piedra, con torres y portalones, como todos los que
+llamaban «señores» en aquel tiempo de pelear; y la gente de trabajo
+vivía alrededor de los castillos, en casuchos infelices. Pero el poder
+de Roma había sido muy grande, y en todas partes había puentes y arcos y
+acueductos y templos como los de los romanos; sólo que por el lado de
+Francia, donde había muchos castillos, iban haciendo las fábricas
+nuevas, y las iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas y
+templos, que es lo que llaman «arquitectura románica» y del lado de los
+persas y de los árabes, por donde está ahora Turquía, les ponían a los
+monumentos tanta riqueza y color que parecían las iglesias cuevas de
+oro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que cuando los pueblos
+nuevos del lado de Francia empezaron a tener ciudades, las casas fueron
+de portales oscuros y de muchos techos de pico, como las iglesias
+románicas; y del lado de Turquía eran las casas como palacios, con las
+columnas de piedras ricas, y el suelo de muchas piedrecitas de color, y
+las pinturas de la pared con el fondo de oro, y los cristales dorados:
+había barandas en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todos
+los metales, que lucía como fuego: era feo y pesado tanto adorno en las
+casas, que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que están
+vacías.
+
+En España habían mandado también los romanos; pero los moros vinieron
+luego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llaman
+mezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sueño, como si ya no
+se viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje y de flores: las
+puertas eran pequeñas, pero con tantos arcos que parecían grandes: las
+columnas delgadas sostenían los arcos de herradura, que acababan en
+pico, como abriéndose para ir al cielo: el techo era de madera fina,
+pero todo tallado, con sus letras moras y sus cabezas de caballos: las
+paredes estaban cubiertas de dibujos, lo mismo que una alfombra: en los
+patios de mármol había laureles y fuentes: parecían como el tejido de un
+velo aquellos balcones.
+
+Con las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblos
+diferentes, y cuando ya el rey pudo más que los señores de los
+castillos, y todos los hombres creían en el cielo nuevo de los
+cristianos, empezaron a hacer las iglesias «góticas» con sus arcos de
+pico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y sus pórticos
+bordados, y sus ventanas de colores. Y las torres cada vez más altas;
+porque cada iglesia quería tener su torre más alta que las otras; y las
+casas las hacían así también, y, los muebles. Pero los adornos llegaron
+a ser muchos, y los cristianos empezaron a no creer en el cielo tanto
+como antes. Hablaban mucho de lo grande que fue Roma: celebraban el arte
+griego por sencillo: decían que ya eran muchas las iglesias: buscaban
+modos nuevos de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera de
+fabricar parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del
+«Renacimiento»: pero como en el arte gótico de la «ojiva» había mucha
+beldad, ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que las
+adornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los balcones
+elegantes de la arquitectura gótica. Eran tiempos de arte y riqueza, y
+de grandes conquistas, así que había muchos señores y comerciantes con
+palacio. Nunca habían vivido los hombres, ni han vuelto a vivir, en
+casas tan hermosas. Los pueblos de otras razas, donde se sabe poco de
+los europeos, peleaban por su cuenta o se hacían amigos, y se aprendían
+su arte especial unos de otros, de modo que se ve algo de pagoda hindú
+en todo lo de Asia, y hay picos como los de los palacios de Lahore en
+las casas japonesas, que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas de
+jugar, con sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o de
+estera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvas
+revueltas y los techos de punta de los pueblos hindús. En nuestra
+América las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano
+era el pueblo español que mandó en América, y echó abajo las casas de
+los indios. Las echó abajo de raíz: echó abajo sus templos, sus
+observatorios, sus torres de señales, sus casas de vivir, todo lo indio
+lo quemaron los conquistadores españoles y lo echaron abajo, menos las
+calzadas, porque no sabían llevar las piedras que supieron traer los
+indios, y los acueductos, porque les traían el agua de beber.
+
+Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en
+cada pueblo hay su modo de fabricar, según haya frío o calor, o sean de
+una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su
+manera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y
+griegas, y góticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara el
+tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se van
+juntando.
+
+
+
+
+Los dos príncipes.
+
+_Idea de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson_
+
+
+/P
+
+ El palacio está de luto
+ Y en el trono llora el rey,
+ Y la reina está llorando
+ Donde no la pueden ver:
+ En pañuelos de holán fino
+ Lloran la reina y el rey:
+ Los señores del palacio
+ Están llorando también.
+ Los caballos llevan negro
+ El penacho y el arnés:
+ Los caballos no han comido,
+ Porque no quieren comer:
+ El laurel del patio grande
+ Quedó sin hoja esta vez:
+ Todo el mundo fue al entierro
+ Con coronas de laurel:
+ --¡El hijo del rey se ha muerto!
+ ¡Se le ha muerto el hijo al rey!
+ En los álamos del monte
+ Tiene su casa el pastor:
+ La pastora está diciendo
+ «¿Por qué tiene luz el sol?»
+ Las ovejas, cabizbajas,
+ Vienen todas al portón:
+ ¡Una caja larga y honda
+ Está forrando el pastor!
+ Entra y sale un perro triste:
+ Canta allá adentro una voz
+ «¡Pajarito, yo estoy loca,
+ Llévame donde él voló!»:
+ El pastor coge llorando
+ La pala y el azadón:
+ Abre en la tierra una fosa:
+ Echa en la fosa una flor:
+ --¡Se quedó el pastor sin hijo!
+ ¡Murió el hijo del pastor!
+P/
+
+
+
+
+Nené traviesa.
+
+
+¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe
+mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugar
+a «mamá», o «a tiendas», o «a hacer dulces» con sus muñecas, que dar la
+lección de «treses y de cuatros» con la maestra que le viene a enseñar.
+Porque Nené no tiene mamá: su mamá se ha muerto: y por eso tiene Nené
+maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar: ¿y por
+qué será?: ¡quién sabe! Será porque para jugar a hacer dulces le dan
+azúcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la
+primera vez: ¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedir
+azúcar dos veces. Y se conoce que Nené no les quiere dar trabajo a sus
+amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre
+llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez
+le sucedió a Nené una cosa muy rara: le pidió a su papá dos centavos
+para comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó en el camino, se le olvidó
+como si no hubiera pensado nunca en comprar el lápiz: lo que compró fue
+un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces sus
+amiguitas no le dicen Nené, sino «Merengue de Fresa».
+
+El padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no
+había visto por la mañana a «la hijita». El no le decía «Nené», sino «la
+hijita». Cuando su papá venía del trabajo, siempre salía ella a
+recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alas
+para volar; y su papá la alzaba del suelo, como quien coge de un rosal
+una rosa. Ella lo miraba con mucho cariño, como si le preguntase cosas:
+y él la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar.
+Pero enseguida se ponía contento, se montaba a Nené en el hombro, y
+entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre traía el
+papá de Nené algún libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras;
+y a ella le gustaban mucho unos libros que él traía, donde estaban
+pintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y allí
+decía el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de la
+azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean por
+el cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero no: lo mismo no:
+porque las niñas andan en los jardines de aquí para allá, como una hoja
+de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van
+siempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: ¿quién
+sabe?: puede ser que haya por allá arriba quien cuide a las estrellas,
+como los papás cuidan acá en la tierra a las niñas. Sólo que las
+estrellas no son niñas, por supuesto, ni flores de luz, como parece de
+aquí abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas
+hay árboles, y agua, y gente como acá: y su papá dice que en un libro
+hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. «Y dime,
+papá», le preguntó Nené: «¿por qué ponen las casas de los muertos tan
+tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me
+toquen la música, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul.»
+«¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?» Y Nené le dijo a su
+papá:--«¡Malo, que crees eso!» Esa noche no se quiso ir a dormir
+temprano, sino que se durmió en los brazos de su papá. ¡Los papás se
+quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! Las niñitas
+deben querer mucho, mucho a los papás cuando se les muere la madre.
+
+Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro
+muy grande: ¡oh, cómo pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayó
+con el libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado,
+y los zapaticos negros de otro. Su papá vino corriendo, y la sacó de
+debajo del libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavía
+y quería cargar un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y no
+le habían salido barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, pero
+el viejito tenía una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo
+que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los
+viejos: «Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo»: eso dice la
+muestra de escribir. Nené se acostó muy callada, pensando en el libro.
+¿Qué libro era aquél, que su papá no quiso que ella lo tocase? Cuando se
+despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere saber qué libro es
+aquél. Ella quiere saber cómo está hecho por dentro un libro de cien
+años que no tiene barbas.
+
+Su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la
+niña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a
+la niña vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de
+dinero, no vaya a ser que se muera el papá, y se quede sin nada en el
+mundo «la hijita». Lejos de la casa está el pobre papá, trabajando para
+«la hijita». La criada está allá adentro, preparando el baño. Nadie oye
+a Nené: no la está viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuarto
+de los libros. Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche en
+la mesa de escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis,
+siete... ya está Nené en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosas
+que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su silla
+el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acercó
+Nené, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con las
+manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nené el libro:
+verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo tocase.
+
+El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las
+hojas, pero ésas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el gigante que
+está pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de
+esmalte que lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora no
+pintan los libros así! El gigante está sentado en el pico de un monte,
+con una cosa revuelta, como las nubes, del cielo, encima de la cabeza:
+no tiene más que un ojo, encima de la nariz: está vestido con un blusón,
+como los pastores, un blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellas
+pintadas, de plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, que
+llega al pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo un
+hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo.
+¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de la
+silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede ver bien
+todo. Ya está el libro en el suelo.
+
+Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con
+botas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las barbas!:
+otro es como indio, sí, como indio, con una corona de plumas, y la
+flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va
+con un traje como de señora, todo lleno de flores: el otro se parece al
+chino, y lleva un sombrero de pico, así como una pera: el otro es negro,
+un negro muy bonito, pero está sin vestir: ¡eso no está bien, sin
+vestir! ¡por eso no quería su papá que ella tocase el libro! No: esa
+hoja no se ve más, para que no se enoje su papá. ¡Muy bonito que es este
+libro viejo! Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y como si
+quisiera hablarle con los ojos.
+
+¡Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no más
+se rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. ¡Ahora
+sí que está bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de
+Noé. Aquí están pintados todos los animales del mundo. ¡Y con colores,
+como el gigante! Sí, ésta es, ésta es la jirafa, comiéndose la luna:
+éste es el elefante, el elefante, con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh,
+los perros, cómo corre, cómo corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voy
+a pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nené, por supuesto, arranca
+la hoja. ¿Y qué ve mi señora Nené? Un mundo de monos es la otra pintura.
+Las dos hojas del libro están llenas de monos: un mono colorado juega
+con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un mono
+tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negro
+está jugando en la yerba con otro amarillo: ¡aquéllos, aquellos de los
+árboles son los monos niños! ¡qué graciosos! ¡cómo juegan! ¡se mecen por
+la cola, como el columpio! ¡qué bien, qué bien saltan! ¡uno, dos, tres,
+cinco, ocho, dieciséis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola!
+¡se van a tirar al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos!
+Y Nené, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas. ¿Quién llama a
+Nené, quién la llama? Su papá, su papá, que está mirándola desde la
+puerta.
+
+Nené no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho,
+que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del monte,
+que su papá es un monte que se le viene encima. Está callada, callada,
+con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las
+manos caídas. Y su papá le está hablando:--«¿Nené, no te dije que no
+tocaras ese libro? ¿Nené, tú no sabes que ese libro no es mío, y que
+vale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no sabes que para pagar ese libro
+voy a tener que trabajar un año?»--Nené, blanca como el papel, se alzó
+del suelo, con la cabecita caída, y se abrazó a las rodillas de su
+papá:--«Mi papá», dijo Nené «¡mi papá de mi corazón! ¡Enojé a mi papá
+bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a la
+estrella azul!»
+
+
+
+
+La perla de la mora
+
+
+/P
+
+ Una mora de Trípoli tenía
+ Una perla rosada, una gran perla:
+ Y la echó con desdén al mar un día:
+ --«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!»
+ Pocos años después, junto a la roca
+ De Trípoli... ¡la gente llora al verla!
+ Así le dice al mar la mora loca:
+ --«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!»
+P/
+
+
+
+
+Las ruinas indias.
+
+
+No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la
+historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores
+y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de
+pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de
+sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres.
+Unos vivían aislados y sencillos, sin vestidos y sin necesidades, como
+pueblos acabados de nacer; y empezaban a pintar sus figuras extrañas en
+las rocas de la orilla de los ríos, donde es más solo el bosque, y el
+hombre piensa más en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de más
+edad, y vivían en tribus, en aldeas de cañas o de adobes, comiendo lo
+que cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran ya
+pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas, y palacios
+adornados de pinturas de oro. Y gran comercio en las calles y en las
+plazas, y templos de mármol con estatuas gigantescas de sus dioses. Sus
+obras no se parecen a las de los demás pueblos, sino como se parece un
+hombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles. Ellos
+imaginaron su gobierno, su religión, su arte, su guerra, su
+arquitectura, su industria, su poesía. Todo lo suyo es interesante,
+atrevido, nuevo. Fue una raza artística, inteligente y limpia. Se leen
+como una novela las historias de los nahuatles y mayas de México, de los
+chibchas de Colombia, de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuas
+del Perú, de los aimaraes de Bolivia, de los charrúas del Uruguay, de
+los araucanos de Chile.
+
+El quetzal es el pájaro hermoso de Guatemala, el pájaro de verde
+brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo,
+o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es un pájaro que
+brilla a la luz, como las cabezas de los colibríes, que parecen piedras
+preciosas, o joyas de tornasol, que de un lado fueran topacio, y de otro
+ópalo, y de otro amatista. Y cuando se lee en los viajes de Le Plongeon
+los cuentos de los amores de la princesa maya Ara, que no quiso querer
+al príncipe Aak porque por el amor de Ara mató a su hermano Chaak;
+cuando en la historia del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes y
+ricas, a las ciudades reales de México, a Tenochtitlán y a Texcoco;
+cuando en la «Recordación Florida» del capitán Fuentes, o en las
+Crónicas de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal Díaz del
+Castillo, o en los Viajes del inglés Tomás Gage, andan como si los
+tuviésemos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos de la mano,
+recitando versos y levantando edificios, aquellos gentíos de las
+ciudades de entonces, aquellos sabios de Chichén, aquellos potentados de
+Uxmal, aquellos comerciantes de Tulán, aquellos artífices de
+Tenochtitlán, aquellos sacerdotes de Cholula, aquellos maestros amorosos
+y niños mansos de Utatlán, aquella raza fina que vivía al sol y no
+cerraba sus casas de piedra, no parece que se lee un libro de hojas
+amarillas, donde las eses son como efes y se usan con mucha ceremonia
+las palabras, sino que se ve morir a un quetzal, que lanza el último
+grito al ver su cola rota. Con la imaginación se ven cosas que no se
+pueden ver con los ojos.
+
+Se hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. Allí hay héroes, y
+santos, y enamorados, y poetas, y apóstoles. Allí se describen pirámides
+mas grandes que las de Egipto; y hazañas de aquellos gigantes que
+vencieron a las fieras; y batallas de gigantes y hombres; y dioses que
+pasan por el viento echando semillas de pueblos sobre el mundo; y robos
+de princesas que pusieron a los pueblos a pelear hasta morir; y peleas
+de pecho a pecho, con bravura que no parece de hombres; y la defensa de
+las ciudades viciosas contra los hombres fuertes que venían de las
+tierras del Norte; y la vida variada, simpática y trabajadora de sus
+circos y templos, de sus canales y talleres, de sus tribunales y
+mercados. Hay reyes como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sus
+hijos porque faltaron a la ley, lo mismo que dejó matar al suyo el
+romano Bruto; hay oradores que se levantan llorando, como el tlascalteca
+Xicotencatl, a rogar a su pueblo que no dejen entrar al español, como se
+levantó Demóstenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo;
+hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de los
+chichimecas, que sabe, como el hebreo Salomón, levantar templos
+magníficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justicia
+entre los hombres. Hay sacrificios de jóvenes hermosas a los diéses
+invisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran tantos
+a veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar para la nueva
+ceremonia, porque el montón de cenizas de la última quema era tan alto
+que podían tender allí a las víctimas los sacrificadores; hubo
+sacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que ató sobre los
+leños a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos, porque creyó
+oír voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo al hijo, cosa de
+tener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo sacrificios en masa,
+como los había en la Plaza Mayor, delante de los obispos y del rey,
+cuando la Inquisición de España quemaba a los hombres vivos, con mucho
+lujo de leña y de procesión, y veían la quema las señoras madrileñas
+desde los balcones. La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los
+hombres en todos los pueblos. Y de los indios han dicho más de lo justo
+en estas cosas los españoles vencedores, que exageraban o inventaban los
+defectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataron
+pareciese justa y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo que
+dice de los sacrificios de los indios el soldado español Bernal Díaz, y
+lo que dice el sacerdote Bartolomé de las Casas. Ese es un nombre que se
+ha de llevar en el corazón, como el de un hermano. Bartolomé de las
+Casas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado, y de mucha
+nariz; pero se le veía en el fuego limpio de los ojos el alma sublime.
+
+De México trataremos hoy, porque las láminas son de México. A México lo
+poblaron primero los toltecas bravos, que seguían, con los escudos de
+cañas en alto, al capitán que llevaba el escudo con rondelas de oro.
+Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron del Norte con fuerza
+terrible, vestidos de pieles, los chichimecas bárbaros, que se quedaron
+en el país, y tuvieron reyes de gran sabiduría. Los pueblos libres de
+los alrededores se juntaron después, con los aztecas astutos a la
+cabeza, y les ganaron el gobierno a los chichimecas, que vivían ya
+descuidados y viciosos. Los aztecas gobernaron como comerciantes,
+juntando riquezas y oprimiendo al país; y cuando llegó Cortés con sus
+españoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros
+indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos
+oprimidos.
+
+Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los españoles no
+amedrentaron a los héroes indios; pero ya no quería obedecer a sus
+héroes el pueblo fanático, que creyó que aquéllos eran los soldados del
+dios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería del
+cielo a libertarlos de la tiranía. Cortés conoció las rivalidades de los
+indios, puso en mal a los que se tenían celos, fue separando de sus
+pueblos acobardados a los jefes, se ganó con regalos o aterró con
+amenazas a los débiles, encarceló o asesinó a los juiciosos y a los
+bravos; y los sacerdotes que vinieron de España después de los soldados
+echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo de
+su dios.
+
+Y ¡qué hermosa era Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas,
+cuando llegó a México Cortés! Era como una mañana todo el día, y la
+ciudad parecía siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, y de
+tierra otras; y las plazas espaciosas y muchas; y los alrededores
+sembrados de una gran arboleda. Por los canales andaban las canoas, tan
+veloces y diestras como si tuviesen entendimiento; y había tantas a
+veces que se podía andar sobre ellas como sobre la tierra firme. En
+unas venían frutas, y en otras flores, y en otras jarros y tazas, y
+demás cosas de la alfarería. En los mercados hervía la gente,
+saludándose con amor, yendo de puesto en puesto, celebrando al rey o
+diciendo mal de él, curioseando y vendiendo. Las casas eran de adobe,
+que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto, si el dueño era rico. Y en
+su pirámide de cinco terrazas se levantaba por sobre toda la ciudad, con
+sus cuarenta templos menores a los pies, el templo magno de
+Huitzilopochtli, de ébano y jaspes, con mármol como nubes y con cedros
+de olor, sin apagar jamás, allá en el tope, las llamas sagradas de sus
+seiscientos braseros. En las calles, abajo, la gente iba y venía, en sus
+túnicas cortas y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas,
+y unos zapatos flojos, que eran como sandalias de botín. Por una esquina
+salía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de fruta, o
+tocando a compás en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde
+aprendían oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y
+flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo: porque todo hombre ha
+de aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propias
+manos, y a defenderse. Pasaba un señorón con un manto largo adornado de
+plumas, y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado
+de pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para que
+al cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces. Detrás
+del señorón venían tres guerreros con cascos de madera, uno con forma de
+cabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de tigre, y por afuera la
+piel, pero con el casco de modo que se les viese encima de la oreja las
+tres rayas que eran entonces la señal del valor. Un criado llevaba en un
+jaulón de carrizos un pájaro de amarillo de oro, para la pajarera del
+rey, que tenía muchas aves, y muchos peces de plata y carmín en peceras
+de mármol, escondidos en los laberintos de sus jardines. Otro venía
+calle arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores que
+salían con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de punta a la
+tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios. En el quicio de su
+casa cantaba un carpintero, remendando con mucha habilidad una silla en
+figura de águila, que tenía caída la guarnición de oro y seda de la piel
+de venado del asiento. Iban otros cargados de pieles pintadas, parándose
+a cada puerta, por si les querían comprar la colorada o la azul, que
+ponían entonces como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Venía
+la viuda de vuelta del mercado con el sirviente detrás, sin manos para
+sujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de un
+cuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de un espejo
+de piedra bruñida, donde se veía la cara con más suavidad que en el
+cristal; de una tela de grano muy junto, que no perdía nunca el color;
+de un pez de escamas de plata y de oro que estaban como sueltas; de una
+cotorra de cobre esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y las
+alas. O se paraban en la calle las gentes, a ver pasar a los dos recién
+casados, con la túnica del novio cosida a la de la novia, como para
+pregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte; y detrás les
+corría un chiquitín, arrastrando su carro de juguete. Otros hacían
+grupos para oír al viajero que contaba lo que venía de ver en la tierra
+brava de los zapotecas, donde había otro rey que mandaba en los templos
+y en el mismo palacio real, y no salía nunca a pie, sino en hombros de
+los sacerdotes, oyendo las súplicas del pueblo, que pedía por su medio
+los favores al que manda al mundo desde el cielo, y a los reyes en el
+palacio, y a los otros reyes que andan en hombros de los sacerdotes.
+Otros, en el grupo de al lado, decían que era bueno el discurso en que
+contó el sacerdote la historia del guerrero que se enterró ayer, y que
+fue rico el funeral, con la bandera que decía las batallas que ganó, y
+los criados que llevaban en bandejas de ocho metales diferentes las
+cosas de comer que eran del gusto del guerrero muerto. Se oía entre las
+conversaciones de la calle el rumor de los árboles de los patios y el
+ruido de las limas y el martillo. ¡De toda aquella grandeza apenas
+quedan en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo, de
+obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitlán no existe.
+No existe Tulán, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, el
+pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de las
+ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, y
+mientras las ruinas no les quedan atrás, no se ponen el sombrero. De ese
+lado de México, donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua y
+familia que se fueron ganando el poder por todo el centro de la costa
+del Pacífico en que estaban los nahuatles, no quedó después de la
+conquista una ciudad entera, ni un templo entero.
+
+De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dejó asombrado a
+Cortés, no quedan más que los restos de la pirámide de cuatro terrazas
+dos veces más grande que la famosa pirámide de Cheope. En Xochicaleo
+sólo está en pie, en la cumbre de su eminencia llena de túneles y arcos,
+el templo de granito cincelado, con las piezas enormes tan juntas que no
+se ve la unión, y la piedra tan dura que no se sabe ni con qué
+instrumento la pudieron cortar, ni con qué máquina la subieron tan
+arriba. En Centla, revueltas por la tierra, se ven las antiguas
+fortificaciones. El francés Charnay acaba de desenterrar en Tula una
+casa de veinticuatro cuartos, con quince escaleras tan bellas y
+caprichosas, que dice que son «obra de arrebatador interés». En la
+Quemada cubren el Cerro de los Edificios las ruinas de los bastimentos y
+cortinas de la fortaleza, los pedazos de las colosales columnas de
+pórfido. Mitla era la ciudad de los zapotecas: en Mitla están aún en
+toda su beldad les paredes del palacio donde el príncipe que iba siempre
+en hombros venía a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo el
+dios que se creó a sí mismo, el Pitao-Cozaana. Sostenían el techo las
+columnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han caído
+todavía, y que parecen en aquella soledad más imponentes que las
+montañas que rodean el valle frondoso en que se levanta Mitla. De entre
+la maleza alta como los árboles, salen aquellas paredes tan hermosas,
+todas cubiertas de las más finas grecas y dibujos, sin curva ninguna,
+sino con rectas y ángulos compuestos con mucha gracia y majestad.
+
+Pero las ruinas más bellas de México no están por allí, sino por donde
+vivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder, y recibían
+de los pueblos del mar visitas y embajadores. De los mayas de Oaxaca es
+la ciudad célebre de Palenque, con su palacio de muros fuertes cubiertos
+de piedras talladas, que figuran hombres de cabeza de pico con la boca
+muy hacia afuera, vestidos de trajes de gran ornamento, y la cabeza con
+penachos de plumas. Es grandiosa la entrada del palacio, con las catorce
+puertas, y aquellos gigantes de piedra que hay entre una puerta y otra.
+Por dentro y fuera está el estuco que cubre la pared lleno de pinturas
+rojas, azules, negras y blancas. En el interior está el patio, rodeado
+de columnas. Y hay un templo de la Cruz, que se llama así, porque en una
+de las piedras están dos que parecen sacerdotes a los lados de una como
+cruz, tan alta como ellos; sólo que no es cruz cristiana, sino como la
+de los que creen en la religión de Buda, que también tiene su cruz. Pero
+ni el Palenque se puede comparar a las ruinas de los mayas yucatecos,
+que son mas extrañas y hermosas.
+
+Por Yucatán estuvo el imperio de aquellos príncipes mayas, que eran de
+pómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora. En Yucatán
+están las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres pisos, y con su
+escalera de diez varas de ancho. Está Labná, con aquel edificio curioso
+que tiene por cerca del techo una hilera de cráneos de piedra, y aquella
+otra ruina donde cargan dos hombres una gran esfera, de pie uno, y el
+otro arrodillado. En Yucatán está Izamal, donde se encontró aquella Cara
+Gigantesca, una cara de piedra de dos varas y más. Y Kabah está allí
+también, la Kabah que conserva un arco, roto por arriba, que no se puede
+ver sin sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades que
+celebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg y
+de Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del francés Nadaillac,
+son Uxmal y Chichén-Itzá, las ciudades de los palacios pintados, de las
+casas trabajadas lo mismo que el encaje, de los pozos profundos y los
+magníficos conventos. Uxmal está como a dos leguas de Mérida, que es la
+ciudad de ahora, celebrada por su lindo campo de henequén, y porque su
+gente es tan buena que recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmal
+son muchas las ruinas notables, y todas, como por todo México, están en
+las cumbre de las pirámides, como si fueran los edificios de más valor,
+que quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones de
+fábrica más ligera. La casa más notable es la que llaman en los libros
+«del Gobernador» que es toda de piedra ruda, con más de cien varas de
+frente y trece de ancho, y con las puertas ceñidas de un marco de madera
+trabajada con muy rica labor. A otra casa le dicen de las Tortugas, y es
+muy curiosa por cierto, porque la piedra imita una como empalizada, con
+una tortuga en relieve de trecho en trecho. La Casa de las Monjas sí es
+bella de veras: no es una casa sola, sino cuatro, que están en lo alto
+de la pirámide. A una de las casas le dicen de la Culebra, porque por
+fuera tiene cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le da
+vuelta sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de la
+pared una corona hecha de cabezas de ídolos, pero todas diferentes y de
+mucha expresión, y arregladas en grupos que son de arte verdadero, por
+lo mismo que parecen como puestas allí por la casualidad; y otro de los
+edificios tiene todavía cuatro de las diecisiete torres que en otro
+tiempo tuvo, y de las que se ven los arranques junto al techo, como la
+cáscara de una muela cariada. Y todavía tiene Uxmal la Casa del Adivino,
+pintada de colores diferentes, y la Casa del Enano, tan pequeña y bien
+tallada que es como una caja de China, de esas que tienen labradas en la
+madera centenares de figuras y tan graciosa que un viajero la llama
+«obra maestra de arte y elegancia», y otro dice que «la Casa del Enano
+es bonita como una joya».
+
+La ciudad de Chichén-Itzá es toda como la Casa del Enano. Es como un
+libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas en
+la maraña del monte, manchadas de fango, despedazadas. Están por tierra
+las quinientas columnas; las estatuas sin cabeza, al pie de las paredes
+a medio caer; las calles de la yerba que ha ido creciendo en tantos
+siglos, están tapiadas. Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve o
+se toca, nada hay que no tenga una pintura finísima de curvas bellas, o
+una escultura noble, de nariz recta y barba larga. En las pinturas de
+los muros está el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos,
+que se pelearon por ver quién se quedaba, con la princesa Ara: hay
+procesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece que
+miran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, de
+negros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color tan fresco
+y brillante como si aún corriera sangre por las venas de los artistas
+que dejaron escritas en jeroglíficos y en pinturas la historia del
+pueblo que echó sus barcos por las costas y ríos de todo Centroamérica,
+y supo de Asia por el Pacífico y de África por el Atlántico. Hay piedra
+en que un hombre en pie envía un rayo desde sus labios entreabiertos a
+otro hombre sentado. Hay grupos y símbolos que parecen contar, en una
+lengua que no se puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispo
+Landa, los secretos del pueblo que construyó el Circo, el Castillo, el
+Palacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios, lleno en
+lo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza endurecida de
+los cuerpos de las vírgenes hermosas, que morían en ofrenda a su dios,
+sonriendo y cantando, como morían por el dios hebreo en el circo de Roma
+las vírgenes cristianas, como moría por el dios egipcio, coronada de
+flores y seguida del pueblo, la virgen más bella, sacrificada al agua
+del río Nilo. ¿Quién trabajó como el encaje las estatuas de
+Chichén-Itzá? ¿Adónde ha ido, adónde, el pueblo fuerte y gracioso que
+ideó la casa redonda del Caracol; la casita tallada del Enano, la
+culebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? ¡Qué novela tan
+linda la historia de América!
+
+
+
+
+Músicos, poetas y pintores.
+
+
+El mundo tiene más jóvenes que viejos. La mayoría de la humanidad es de
+jóvenes y niños. La juventud es la edad del crecimiento y del
+desarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginación y el ímpetu.
+Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien
+se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste. Bien dijo el
+poeta Southey, que los primeros veinte años de la vida son los que
+tienen más poder en el carácter del hombre. Cada ser humano lleva en sí
+un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una
+estatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo.
+La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. El
+cuerpo es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sin
+cesar, y se enriquece y perfecciona con los años. Pero las cualidades
+esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se deja
+ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.
+
+En el mismo hombre suelen ir unidos un corazón pequeño y un talento
+grande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por
+respeto a sí propio y al mundo. Lo general es que el hombre no logre en
+la vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperar
+con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca. El ser bueno da gusto,
+y lo hace a uno fuerte y feliz. «La verdad es--dice el norteamericano
+Emerson--que la verdadera novela del mundo está en la vida del hombre, y
+no hay fábula ni romance que recree más la imaginación que la historia
+de un hombre bravo que ha cumplido con su deber.»
+
+Es notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la fuerza
+del talento. «Hay algunos--dice el inglés Bacon--que maduran mucho antes
+de la edad y se van como vienen», que es lo mismo que dice en su latín
+elegante el retórico Quintiliano. Eso se ve en muchos niños precoces,
+que parecen prodigios de sabiduría en sus primeros años, y quedan
+oscurecidos en cuanto entran en los años mayores.
+
+Heinecken, el niño de la antigua ciudad de Lubeck, aprendió de memoria
+casi toda la Biblia cuando tenía dos años; a los tres años, hablaba
+latín y francés; a los cuatro ya lo tenían estudiando la historia de la
+iglesia cristiana, y murió a los cinco. De esa pobre criatura puede
+decirse lo de Bacon: «El carro de Faetón no anduvo másque un día.»
+
+Hay niños que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones de la
+precocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su infancia. En
+los músicos se ve esto con frecuencia, porque la agitación del arte es
+natural y sana, y el alma que la siente padece más de contenerla que de
+darle salida. Haendel a los diez años había compuesto un libro de
+sonatas. Su padre lo quería hacer abogado, y le prohibió tocar un
+instrumento; pero el niño se procuró a escondidas un clavicordio mudo, y
+pasaba las noches tocando a oscuras en las teclas sin sonido. El duque
+de Sajonia Weissenfels logró, a fuerza de ruegos, que el padre
+permitiera aprender la música a aquel genio perseverante, y a los
+dieciséis Haendel había puesto en música el _Almira_. En veintitrés días
+compuso su gran obra _El Mesías_, a los cincuenta y siete años, y cuando
+murió, a los sesenta y siete, todavía estaba escribiendo óperas y
+oratorios.
+
+Haydn fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece años ya había
+compuesto una misa; pero lo mejor de él, que es la _Creación_, lo
+escribió cuando tenía sesenta y cinco. A Sebastián Bach le fue casi tan
+difícil como a Haendel aprender la primera música, porque su hermano
+mayor, el organista Cristóbal, tenía celos de él, y le escondió el libro
+donde estaban las mejores piezas de los maestros del clavicordio. Pero
+Sebastián encontró el libro en una alacena, se lo llevó a su cuarto, y
+empezó a copiarlo a deshoras de la noche, a la luz del cielo, que en
+verano es muy claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubrió, y
+tuvo la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada le
+valió, porque a los dieciocho años ya estaba Sebastián de músico en la
+corte famosa de Weimar, y no tenía como organista más rival que Haendel.
+
+Pero de todos los niños prodigiosos en el arte de la música, el más
+célebre es Mozart. No parecía que necesitaba de maestros para aprender.
+A los cuatro años cuando aún no sabía escribir, ya componía tonadas; a
+los seis arregló un concierto para piano, y a los doce ya no tenía igual
+como pianista, y compuso la _Finta Semplice_, que fue su primera ópera.
+Aquellos maestros serios no sabían cómo entender a un niño que
+improvisaba fugas dificilísimas sobre un tema desconocido, y se ponía
+enseguida a jugar a caballito con el bastón de su padre. El padre anduvo
+enseñándolo por las principales ciudades de Europa, vestido como un
+príncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo,
+sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detrás como
+las pelucas. El padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, que
+no era buena, sino de sacar de él cuanto dinero podía. Pero a Mozart lo
+salvaba su carácter alegre; porque era un maestro en música, pero un
+niño en todo lo demás. A los catorce años compuso su ópera de
+_Mitrídates_, que se representó veinte noches seguidas; a los treinta y
+seis, en su cama de moribundo, consumido por la agitación de su vida y
+el trabajo desordenado, compuso el _Requiem_, que es una de sus obras
+más perfectas.
+
+El padre de Beethoven quería hacer de él una maravilla, y le enseñó a
+fuerza de porrazos y penitencias tanta música, que a los trece años el
+niño tocaba en público y había compuesto tres sonatas. Pero hasta los
+veintiuno no empezó a producir sus obras sublimes. Weber, que era un
+muchacho muy travieso, publicó a los doce sus seis primeras fugas, y a
+los catorce compuso su ópera _Las Ninfas del Bosque_: la famosísima del
+_Cazador_ la compuso a los treinta y seis. Mendelessohn aprendió a tocar
+antes que a hablar, y a los doce años ya había escrito tres cuartetos
+para piano, violines y contrabajo: dieciséis años cumplía cuando acabó
+su primera ópera _Las Bodas de Camacho_; a los dieciocho escribió su
+sonata en si bemol; antes de los veinte compuso su _Sueño de una Noche
+de Verano_; a los veintidós su _Sinfonía de Reforma_, y no cesó de
+escribir obras profundas y dificilísimas hasta los treinta y ocho, que
+murió. Meyerbeer era a los nueve pianista excelente, y a los dieciocho
+puso en el teatro de Munich su primera pieza _La Hija de Jephté_; pero
+hasta los treinta y siete no ganó fama con su _Roberto el Diablo_.
+
+El inglés Carlyle habla en su _Vida del Poeta Schiller_ de un Daniel
+Schubart, que era poeta, músico y predicador, y a derechas no era nada.
+Todo lo hacía por espasmos y se cansaba de todo, de sus estudios, de su
+pereza y de sus desórdenes. Era hombre de mucha capacidad, notable como
+músico; como predicador, muy elocuente; y hábil periodista. A los
+cincuenta y dos años murió, y su mujer e hijo quedaron en la miseria.
+
+Pero Franz Schubert, el niño maravilloso de Viena, vivió de otro modo,
+aunque no fue mucho más feliz. Tocaba el violín cuando no era más alto
+que él, lo mismo que el piano y el órgano. Con leer una vez una canción,
+tenía bastante para ponerla en música exquisita, que parece de sueño y
+de capricho, y como si fuera un aire de colores. Escribió más de
+quinientas melodías, a más de óperas, misas, sonatas, sinfonías y
+cuartetos. Murió pobre a los treinta y un años.
+
+Entre los músicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa,
+hijo de un zapatero remendón, era autor a los diecinueve de _La Baronesa
+de Stramba_. A los ocho tocaba Paganini en el violín una sonata suya. El
+padre de Rossini tocaba el trombón en una compañía de cómicos
+ambulantes, en que la madre iba de cantatriz. A los diez años Rossini
+iba con su padre de segundo; luego cantó en los coros hasta que se quedó
+sin voz; y a los veintiún años era el autor famoso de la ópera
+_Tancredo_.
+
+Entre los pintores y escultores han sido muchos los que se han revelado
+en la niñez. El más glorioso de todos es Miguel Ángel. Cuando nació lo
+mandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero, por lo que
+decía él después que había bebido el amor de la escultura con la leche
+de la madre. En cuanto pudo manejar un lápiz le llenó las paredes al
+picapedrero de dibujos, y cuando volvió a Florencia, cubría de gigantes
+y leones el suelo de la casa de su padre. En la escuela no adelantaba
+mucho con los libros, ni dejaba el lápiz de la mano; y había que ir a
+sacarlo por fuerza de casa de los pintores. La pintura y la escultura
+eran entonces, oficios bajos, y el padre, que venía de familia noble,
+gastó en vano razones y golpes para convencer a su hijo de que no debía
+ser un miserable cortapiedras. Pero cortapiedras quería ser el hijo, y
+nada más. Cedió el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller del
+pintor Ghirlandaio, quien halló tan adelantado al aprendiz que convino
+en pagarle un tanto por mes. Al poco tiempo el aprendiz pintaba mejor
+que el maestro; pero vio las estatuas de los jardines célebres de
+Lorenzo de Médicis, y cambió entusiasmado los colores por el cincel.
+Adelantó con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho años
+admiraba Florencia su bajorrelieve de la _Batalla de los Centauros_; a
+los veinte hizo el _Amor Dormido_, y poco después su colosal estatua de
+_David_. Pintó luego, uno tras otro, sus cuadros terribles y magníficos.
+Benvenuto Cellini, aquel genio creador en el arte de ornamentar, dice
+que ningún cuadro de Miguel Ángel vale tanto como el que pintó a los
+veintinueve años, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el baño
+por sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos.
+
+La precocidad de Rafael fue también asombrosa, aunque su padre no se le
+oponía, sino le celebraba su pasión por el arte. A los diecisiete años
+ya era pintor eminente. Cuentan que se llenó de admiración al ver las
+obras grandiosas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y que dio en voz
+alta gracias a Dios por haber nacido en el mismo siglo de aquel genio
+extraordinario. Rafael pintó su _Escuela de Atenas_ a los veinticinco
+años y su _Transfiguración_ a los treinta y siete. Estaba acabándola
+cuando murió, y el pueblo romano llevó la pintura al Panteón, el día de
+los funerales. Hay quien piensa que _La_ _Transfiguración_ de Rafael,
+incompleta como está, es el cuadro más bello del mundo.
+
+Leonardo de Vinci sobresalió desde la niñez en las matemáticas, la
+música y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pintó un ángel
+de tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior al
+discípulo, dejó para siempre su arte. Cuando Leonardo llegó a los años
+mayores era la admiración del mundo, por su poder como arquitecto e
+ingeniero, y como músico y pintor. Guercino a los diez años adornó con
+una virgen de fino dibujo la fachada de su casa. Tintoretto era un
+discípulo tan aventajado que su maestro Tiziano se enceló de él y lo
+despidió de su servicio. El desaire le dio ánimo en vez de acobardarlo,
+y siguió pintando tan de prisa que le decían «el furioso». Canova, el
+escultor, hizo a los cuatro años un león de un pan de mantequilla. El
+dinamarqués Thorwaldsen tallaba, a los trece, mascarones para los barcos
+en el taller de su padre, que era escultor en madera; y a los quince
+ganó la medalla en Copenhague por su bajorrelieve del _Amor_ en
+_Reposo_.
+
+Los poetas también suelen dar pronto muestras de su vocación, sobre todo
+los de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los nueve años
+escribía versos a la niña de ocho años de que habla en su _Vida Nueva_. A
+los diez años lamentó Tasso en verso su separación de su madre y
+hermana, y se comparó al triste Ascanio cuando huía de Troya con su
+padre Eneas a cuestas; a los treinta y un años puso las últimas octavas
+a su poema de la _Jerusalén_, que empezó a los veinticinco.
+
+De diez años andaba Metastasio improvisando por las calles de Roma; y
+Goldoni, que era muy revoltoso, compuso a los ocho su primera comedia.
+Muchas veces se escapó Goldoni de la escuela para irse detrás de los
+cómicos ambulantes. Su familia logró que estudiase leyes, y en pocos
+años ganó fama de excelente abogado, pero la vocación natural pudo más
+en él, y dejó la curia para hacerse el poeta famoso de los comediantes.
+
+Alfieri demostró cualidades extraordinarias desde la juventud. De niño
+era muy endeble, como muchos poetas precoces, y en extremo meditabundo y
+sensible. A los ocho años se quiso envenenar, en un arrebato de
+tristeza, con unas yerbas que le parecían de cicuta; pero las yerbas
+sólo le sirvieron de purgante. Lo encerraron en su cuarto y lo hicieron
+ir a la iglesia en penitencia, con su gorro de dormir. Cuando vio el mar
+por primera vez, tuvo deseos misteriosos, y conoció que era poeta. Sus
+padres ricos no se habían cuidado de educarlo bien, y no pudo poner en
+palabras las ideas que le hervían en la mente. Estudió, viajó, vivió sin
+orden, se enamoró con frenesí. Su amada no lo quiso y él resolvió morir,
+pero un criado le salvó la vida. Se curó, se volvió a enamorar, volvió
+la novia a desdeñarlo, se encerró en su cuarto, se cortó el pelo de raíz
+y en su soledad forzosa empezó a escribir versos. Tenía veintiséis años
+cuando se representó su tragedia _Cleopatra_: en siete años compuso
+catorce tragedias.
+
+Cervantes empezó a escribir en verso, y no tenía todo el bigote cuando
+ya había escrito sus pastorales y canciones a la moda italiana. Wieland,
+el poeta alemán, leía de corrido a los tres años, a los siete traducía
+del latín a Cornelio Nepote, y a los dieciséis escribió su primer poema
+didáctico de _El Mundo Perfecto_. Klopstock, que desde niño fue
+impetuoso y apasionado, comenzó a escribir su poema de la _Mesíada_ a
+los veinte años.
+
+Schiller nació con la pasión por la poesía. Cuentan que un día de
+tempestad lo encontraron encaramado en un árbol adonde se había subido
+«para ver de dónde venia el rayo, ¡porque era tan hermoso!» Schiller
+leyó la _Mesíada a_ los catorce años, y se puso a componer un poema
+sacro sobre Moisés. De Goethe se dice que antes de cumplir los ocho años
+escribía en alemán, en francés, en italiano, en latín y en griego, y
+pensaba tanto en las cosas de la religión que imaginó un gran «Dios de
+la naturaleza», y le encendía hogares en señal de adoración. Con el
+mismo afán estudiaba la música y el dibujo, y toda especie de ciencias.
+El bravo poeta Koerner murió a los veinte años como quería él morir,
+defendiendo a su patria. Era enfermizo de niño, pero nada contuvo su
+amor por las ideas nobles que se celebran en los versos. Dos horas antes
+de morir escribió El _Canto_ de _la Espada_.
+
+Tomás Moore, el poeta de las _Melodías Irlandesas_, dice que casi todas
+las comedias buenas y muchas de las tragedias famosas han sido obras de
+la juventud. Lope de Vega y Calderón, que son los que más han escrito
+para el teatro, empezaron muy temprano, uno a los doce años y otro a los
+trece. Lope cambiaba sus versos con sus condiscípulos por juguetes y
+láminas, y a los doce años ya había compuesto dramas y comedias. A los
+dieciocho publicó su poema de la _Arcadia_, con pastores por héroes. A
+los veintiséis iba en un barco de la armada española, cuando el asalto a
+Inglaterra, y en el viaje escribió varios poemas. Pero los centenares de
+comedias que lo han hecho célebre los escribió después de su vuelta a
+España, siendo ya sacerdote. Calderón no escribió menos de cuatrocientos
+dramas. A los trece años compuso su primera obra _El Carro del Cielo_. A
+los cincuenta se hizo sacerdote, como Lope, y ya no escribió más que
+piezas sagradas.
+
+Estos poetas españoles escribieron sus obras principales antes de llegar
+a los años de la madurez. Entre los poetas de las tierras del Norte la
+inteligencia anda mucho más despacio. Molière tuvo que educarse por sí
+mismo; pero a los treinta y un años ya había escrito El _Atolondrado_.
+Voltaire a los doce escribía sátiras contra los padres jesuitas del
+colegio en que se estaba educando: su padre quería que estudiase leyes,
+y se desesperó cuando supo que el hijo andaba recitando versos entre la
+gente alegre de París: a los veinte años estaba Voltaire preso en la
+Bastilla por sus versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en
+Francia: en la prisión corrigió su tragedia de _Edipo_, y comenzó su
+poema la _Henriada_.
+
+El alemán Kotzebue fue otro genio dramático precoz. A los siete años
+escribió una comedia en verso, de una página. Entraba como podía en el
+teatro de Weimar, y cuando no tenía con qué pagar se escondía detrás del
+bombo hasta que empezaba la representación. Su mayor gusto era andar con
+teatros de juguete y mover a los muñecos en la escena. A los dieciocho
+años se representó su primera tragedia en un teatro de amigos.
+
+Víctor Hugo no tenía más que quince años cuando escribió su tragedia
+_Irtamene_. Ganó tres premios seguidos en los juegos florales; a los
+veinte escribió _Bug Jargal_, y un año después su novela _Han de
+Islandia_, y sus primeras _Odas y Baladas_. Casi todos los poetas
+franceses de su tiempo eran muy jóvenes. «En Francia», decía en burla el
+crítico Moreau, «ya no hay quien respete a un escritor si tiene más de
+dieciocho años.»
+
+El inglés Congreve escribió a los diecinueve su novela _Incógnita_, y
+todas sus comedias antes de los veinticinco. A Sheridan lo llamaba su
+maestro «burro incorregible»; pero a los veintiséis años había escrito
+su _Escuela del Escándalo_. Entre los poetas ingleses de la antigüedad
+hubo muy pocos precoces. Se sabe poco de Chaucer, Shakespeare y Spencer.
+El mismo Shakespeare llama «primogénito de su invención»al poema _Venus
+y Adonis_, que compuso a los veintiocho años. Milton tendría veintiséis
+años cuando escribió su _Comus_. Pero Cowley escribía versos mitológicos
+a los doce años. Pope «empezó a hablar en versos»: su salud era mísera y
+su cuerpo deforme, pero por más que le doliera la cabeza, los versos le
+salían muchos y buenos. El que había de idear _La Borricada_ volvió un
+día a su casa echado de la escuela por una sátira que escribió contra el
+maestro. Samuel Johnson dice que Pope escribió su oda a _La Soledad_ a
+los doce años, y sus _Pastorales_ a los dieciséis: de los veinticinco a
+los treinta, tradujo la _Ilíada_. El infeliz Chatterton logró engañar
+con una maravillosa falsificación literaria a los eruditos más famosos
+de su tiempo: rebosan genio la oda de Chatterton a la _Libertad_ y su
+_Canto del Bardo_. Pero era fiero y arrogante, de carácter descompuesto y
+defectuoso, y rebelde contra las leyes de la vida. Murió antes de haber
+comenzado a vivir.
+
+Robert Burns, el poeta escocés, escribía ya a los dieciséis años sus
+encantadoras canciones montañesas. El irlandés Moore componía a los
+trece, versos buenos a su Celia famosa. Y a los catorce había empezado a
+traducir del griego a Anacreonte. En su casa no sabían qué significaban
+aquellas ninfas, aquellos placeres alados, y aquellas canciones al vino.
+Moore se libró pronto de estos modelos peligrosos, y alcanzó fama mejor
+con los versos ricos de su _Lalla Rookh_ y la prosa ejemplar de su _Vida
+de Byron_.
+
+Keats, el más grande de los poetas jóvenes de Inglaterra, murió a los
+veinticuatro años, ya célebre. Pero nadie hubiera podido decir en su
+niñez que había de ser ilustre por su genio poético aquel estudiantuelo
+feroz que andaba siempre de peleas y puñetazos. Es verdad que leía sin
+cesar; aunque no pareció revelársele la vocación hasta que leyó a los
+dieciséis años la _Reina Encantada_ de Spencer: desde entonces sólo
+vivió para los versos.
+
+Shelley sí fue precocísimo. Cuando estudiaba en Eton, a los quince años,
+publicó una novela y dio un banquete a sus amigos con la ganancia de la
+venta. Era tan original y rebelde que todos le decían «el ateo Shelley»,
+o «el loco Shelley». A los dieciocho publicó su poema de la _Reina Mab_,
+a los diecinueve lo echaron del colegio por el atrevimiento con que
+defendió sus doctrinas religiosas; a los treinta años murió ahogado, con
+un tomo de versos de Keats en el bolsillo. Maravillosa es la poesía de
+Shelley por la música del verso, la elegancia de la construcción y la
+profundidad de las ideas. Era un manojo de nervios siempre vibrantes, y
+tenía tales ilusiones y rarezas que sus condiscípulos lo tenían por
+destornillado; pero su inteligencia fue vivísima y sutil, su cuerpo
+frágil se estremecía con las más delicadas emociones, y sus versos son
+de incomparable hermosura.
+
+Byron fue otro genio extraordinario y errante de la misma época de
+Shelley y de Keats. Desde la escuela se le conoció el carácter
+turbulento y arrebatado. De los libros se cuidaba poco; pero antes de
+los ocho años ya sufría de penas de hombre. Tenía una pierna más corta
+que la otra, aunque eso no le quitaba los bríos, y se hizo el dueño de
+la escuela a fuerza de puños, como Keats: él mismo cuenta que de siete
+batallas perdía una. Cuando estaba en Cambridge de estudiante, tenía en
+su casa un oso y varios perros de presa, y cada día contaban de él una
+historia escandalosa: aquél era sin embargo el niño sensible que a los
+doce años había celebrado en versos sentidos a una prima suya. Leía con
+afán todos los libros de literatura, y a los dieciocho años publicó para
+sus amigos su primer libro de versos: _Horas de Ocio_. La _Revista de
+Edimburgo_ habló del libro con desdén, y Byron contestó con su célebre
+sátira sobre los _Poetas Ingleses y los Críticos de Escocia_. Cumplía
+los veinticuatro cuando salió al público el primer canto de su poema
+_Childe Harold_. «A los veinticinco años», dice Macaulay, «se vio Byron
+en la cima de la gloria literaria, con todos los ingleses famosos de la
+época a sus pies. Byron era ya más célebre que Scott, Wordsworth, y
+Southey. Apenas hay ejemplo de un ascenso tan rápido a tan vertiginosa
+eminencia.» Murió a los treinta y siete años, edad fatal para tantos
+hombres de genio.
+
+Coleridge, escribió a los veinticinco su himno del _Amanecer_, donde se
+ven en unión completa la sublimidad y la energía. Bulwer Lytton tenía
+hecho a los quince su Ismael. A los diecisiete había publicado su
+primer tomo la poetisa Barrett Browning, que desde los diez escribía en
+verso y prosa. Robert Browning, su marido, publicó el _Paracelso_ a los
+veintitrés. A los veinte había escrito Tennyson algunas de las poesías
+melodiosas que han hecho ilustre su nombre. Se ve, pues, que en el fuego
+tumultuoso de la juventud han nacido muchas de las obras más nobles de
+la música, la pintura y la poesía. Suele el genio poético decaer con los
+años, aunque Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta.
+Es seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces,
+habrían imaginado después obras más perfectas que las de su juventud. La
+fuerza del genio no se acaba con la juventud.
+
+Pero las dotes especiales que hacen más tarde ilustres a los hombres se
+revelan casi siempre entre los diecisiete y veintitrés años. Puede irse
+desarrollando poco a poco el talento poético; pero el que es poeta de
+veras, siempre lo mostrará de algún modo. Crabbe y Wordsworth, que
+descubrieron el genio tarde, escribían versos desde la niñez. Crabbe
+llenó de versos toda una gaveta, cuando estaba de aprendiz de cirujano;
+y Wordsworth, que era agrio y melancólico de niño, empezó a hacer
+cuartetas heroicas a los catorce. Shelley dice de Wordsworth que «no
+tenía más imaginación que un cacharro», lo que no quita que sea
+Wordsworth un poeta inmortal. No fue precoz como Shelley; pero creció
+despacio y con firmeza, como un roble, hasta que llegó a su majestuosa
+altura.
+
+Walter Scott tampoco fue precoz de niño. Su maestro dijo que no tenía
+cabeza para el griego, y él mismo cuenta que fue de muchacho muy
+travieso y holgazán; pero gozaba de mucha salud, y era gran amigo de los
+juegos de su edad. En lo primero en que se le vio el genio fue en su
+gusto por las baladas antiguas, y en su facilidad extraordinaria para
+inventar historias. Cuando su padre supo que había estado vagando por el
+país con su camarada Clark, metiéndose por todas partes, y posando en
+las casas de los campesinos, le dijo:--«¡Dudo mucho, señor, de que sirva
+Ud. más que para cola de caballo!» De su facilidad para los cuentos, el
+mismo Scott dice que en las horas de ocio de los inviernos, cuando no
+tenían modo de estar al aire libre, mantenía muchas horas maravillados
+con sus narraciones a sus compañeros de escuela, que se peleaban por
+sentarse cerca del que les decía aquellas historias lindas que no
+acababan nunca.
+
+Dice Carlyle que en una clase de la escuela de gramática de Edimburgo
+había dos muchachos: «John, siempre, hecho un brinquillo, correcto y
+ducal; Walter, siempre desarreglado, borrico y tartamudo. Con el correr
+de los años, John llegó a ser el Regidor John, de un barrio infeliz, y
+Walter fue Sir Walter Scott, de todo el universo.» Dice Carlyle, con
+mucho seso, que la legumbre más precoz y completa es la col. A los
+treinta años no se podía decir de seguro que Scott tuviera genio para la
+literatura. A los treinta y uno publicó su primer tomo del _Cancionero
+de Escocia_, y no imprimió su novela _Waverley_ hasta los cuarenta y
+tres, aunque la tenía escrita nueve años antes.
+
+
+
+
+La última página
+
+
+Hay un cuento muy lindo de una niña que estaba enamorada de la luna, y
+no la podían sacar al jardín cuando había luna en el cielo, porque le
+tendía los bracitos como si la quisiera coger, y se desmayaba de la
+desesperación porque la luna no venía; hasta que un día, de tanto
+llorar, la niña se murió, en una noche de luna llena.
+
+_La Edad de Oro_ no se quiere morir, porque nadie debe morirse mientras
+pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas, que no debe
+deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer
+lo que no se puede volver a hacer. El que se mata, es un ladrón. Pero
+_La Edad de Oro_ se parece a la niñita del cuento, porque siempre quiere
+escribir para sus amigos los niños más de lo que cabe en el papel, que
+es como querer coger la luna. ¿No les ofreció la _Historia de la
+Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo_ para este número? Pues no cupo. Ni
+otras muchas cosas más que les tenía escritas. Así es la vida, que no
+cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer. Los niños debían
+juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quien podían
+hacerle algún bien, todos juntos.
+
+Y ahora nos juntaremos, el hombre de _La Edad de Oro_ y sus amiguitos, y
+todos en coro, cogidos de la mano, les daremos gracias con el corazón,
+gracias como de hermano, a las hermosas señoras y nobles caballeros que
+han tenido el cariño de decir que _La Edad de Oro_ es buena.
+
+
+
+
+La exposición de París.
+
+
+Los pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en París.
+Hasta hace cien años, los hombres vivían como esclavos de los reyes, que
+no los dejaban pensar, y les quitaban mucho de lo que ganaban en sus
+oficios, para pagar tropas con que pelear con otros reyes, y vivir en
+palacios de mármol y de oro, con criados vestidos de seda, y señoras y
+caballeros de pluma blanca, mientras los caballeros de veras, los que
+trabajaban en el campo y en la ciudad, no podían vestirse más que de
+pana, ni ponerle pluma al sombrero: y si decían que no era justo que los
+holgazanes viviesen de lo que ganaban los trabajadores, si decían que un
+país entero no debía quedarse sin pan para que un hombre solo y sus
+amigos tuvieran coches, y ropas de tisú y encaje, y cenas con quince
+vinos, el rey los mandaba apalear, o los encerraba vivos en la prisión
+de la Bastilla, hasta que se morían, locos y mudos: y a uno le puso una
+mascara de hierro, y lo tuvo preso toda la vida, sin levantarle nunca la
+máscara. En todos los pueblos vivían los hombres así, con el rey y los
+nobles como los amos, y la gente de trabajo como animales de carga, sin
+poder hablar, ni pensar, ni creer, ni tener nada suyo, porque a sus
+hijos se los quitaba el rey para soldados, y su dinero se lo quitaba el
+rey en contribuciones, y las tierras, se las daba todas a los nobles el
+rey. Francia fue el pueblo bravo, el pueblo que se levantó en defensa de
+los hombres, el pueblo que le quitó al rey el poder.
+
+Eso era hace cien años, en 1789. Fue como si se acabase un mundo, y
+empezara otro. Los reyes todos se juntaron contra Francia. Los nobles de
+Francia ayudaban a los reyes de afuera. La gente de trabajo, sola contra
+todos, peleó contra todos, y contra los nobles, y los mató en la guerra
+y con la cuchilla de la guillotina. Sangró Francia entonces, como cuando
+abren un animal vivo y le arrancan las entrañas. Los hombres de trabajo
+se enfurecieron, se acusaron unos a otros, y se gobernaron mal, porque
+no estaban acostumbrados a gobernar. Vino a París un hombre atrevido y
+ambicioso, vio que los franceses vivían sin unión, y cuando llegó de
+ganarles todas las batallas a los enemigos, mandó que lo llamasen
+emperador, y gobernó a Francia como un tirano. Pero los nobles ya no
+volvieron a sus tierras. Aquel rey del oro y la seda, ya no volvió
+nunca. La gente de trabajo se repartió las tierras de los nobles y las
+del rey. Ni en Francia, ni en ningún otro país han vuelto los hombres a
+ser tan esclavos como antes. Eso es lo que Francia quiso celebrar
+después de cien años con la Exposición de París. Para eso llamó Francia
+a París, en verano, cuando brilla más el sol, a todos los pueblos del
+mundo.
+
+Y eso vamos a ver ahora, como si lo tuviésemos delante de los ojos.
+Vamos a la Exposición, a esta visita que se están haciendo las razas
+humanas. Vamos a ver en un mismo jardín los árboles de todos los pueblos
+de la tierra. A la orilla del río Sena, vamos a ver la historia de las
+casas, desde la cueva del hombre troglodita, en una grieta de la roca,
+hasta el palacio de granito y ónix. Vamos a subir, con los noruegos de
+barba colorada, con los negros senegaleses de cabello lanudo, con los
+anamitas de moño y turbante, con los árabes de babuchas y albornoz, con
+el inglés callado, con el yanqui celoso, con el italiano fino, con el
+francés elegante, con el español alegre, vamos a subir por encima de las
+catedrales más altas, a la cúpula de la torre de hierro. Vamos a ver en
+sus palacios extraños y magníficos a nuestros pueblos queridos de
+América. Veremos, entre lagos y jardines, en monumentos de hierro y
+porcelana, la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho
+desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega por lo alto
+del aire y lo hondo de la mar. En un templo de hierro, tan ancho y
+hermoso que se parece a un cielo dorado, veremos trabajando a la vez
+todas las máquinas y ruedas del mundo. De debajo de la tierra, como de
+un volcán de joyas, vamos a ver salir, en lluvias que parecen de piedras
+finas, trescientas fuentes de colores, que caen chispeando en un lago
+encendido. Vamos a ver vivir, como viven en sus países de luz, al
+javanés en su casa de cañas, al egipcio cantando detrás de su burro, al
+argelino que borda la lana a la sombra del palmar, al siamés que trabaja
+la madera con los pies y las manos, al negro del Sudán, que sale
+ojeando, con la lanza de punta, de su conuco de tierra, al árabe que
+corre a caballo, disparando la espingarda, por la calle de dátiles, con
+el albornoz blanco al viento. Bailan en un café moro. Pasan las
+bailarinas de Java, con su casco de plumas. Salen de su teatro, vestidos
+de tigres, los cómicos cochinchinos. Hombres de todos los pueblos andan
+asombrados por las calles morunas, por las aldeas negras, por el caserío
+de bambú javanés, por los puentes de junco de los malayos pescadores,
+por el jardín criollo de plátanos y naranjos, por el rincón donde, de su
+techo labrado como un mueble rico, levanta su torre ceñida de serpientes
+la pagoda. Y para nosotros, los niños, hay un palacio de juguetes, y un
+teatro donde están como vivos el pícaro Barba Azul y la linda Caperucita
+Roja. Se le ve al pícaro la barba como el fuego, y los ojos de león. Se
+le ve a la Caperucita el gorro colorado, y el delantal de lana. Cien mil
+visitantes entran cada día en la Exposición. En lo alto de la torre
+flota al viento la bandera de tres colores de la República Francesa.
+
+Por veintidós puertas se puede entrar a la Exposición. La entrada
+hermosa es por el palacio del Trocadero, de forma de herradura, que
+quedó de una Exposición de antes, y está ahora lleno de aquellos
+trabajos exquisitos que hacían con plata para las iglesias y las mesas
+de los príncipes los joyeros del tiempo de capa y espadón, cuando los
+platos de comer eran de oro, y las copas de beber eran como los cálices.
+Y del palacio se sale al jardín, que es la primera maravilla. De rosas
+nada más, hay cuatro mil quinientas diferentes: hay una rosa casi azul.
+En una tienda de listas blancas y rojas venden unas mujeres jóvenes las
+podaderas afiladas, los rastrillos de acero pulido, las regaderas como
+de juguete con que se trabaja en los jardines. La tierra está en
+canteros, rodeados de acequias, por donde corre el agua clara, haciendo
+a los canteros como islotes. Uno está lleno de pensamientos negros; y
+otro de fresas como corales, escondidas entre las hojas verdes; y otro
+de chícharos, y de espárragos, que dan la hoja muy linda. Hay un cantero
+rojo y amarillo, que es de tulipanes. Un rincón es de enredaderas, y el
+de al lado de helechos gigantescos, con hojas como plumas. En un
+laberinto flotan sobre el agua la ninfea, y el nelumbio rosado del
+Indostán, y el loto del río Nilo, que parece una lira. Un bosque es de
+árboles de copa de pico: pino, abeto. Otro es de árboles desfigurados,
+que dan la fruta pobre, porque les quitan a las ramas su libertad
+natural. Dentro de un cercado de cañas están los lirios y los cerezos
+del Japón, en sus tibores de porcelana blanca y azul. Al pie de un
+palmar, con las paredes de cuanto tronco hay, está el pabellón de Aguas
+y Bosques, donde se ve cómo se ha de cuidar a los árboles, que dan
+hermosura y felicidad a la tierra. A la sombra de un arce del Japón,
+están, en tazas rústicas, la wellingtonia del Norte, que es el pino más
+alto, y la araucaria, el pino de Chile.
+
+Por sobre un puente se pasa el río de París, el Sena famoso, y ya se ven
+por todas partes los grupos de gente asombrada, que vienen de los
+edificios de orillas del río, donde está la Galería del Trabajo, en que
+cuecen los bizcochos en un horno enorme, y destilan licor del alambique
+de bronce rojo, y en la máquina de cilindro están moliendo chocolate con
+el cacao y el azúcar, y en las bandejas calientes están los dulceros de
+gorro blanco haciendo caramelos y yemas: todo lo de comer se ve en la
+Galería, una montaña de azúcar, un árbol de ciruelas pasas, una columna
+de jamones: y en la sala de vinos, un tonel donde cabrían quince
+convidados a la mesa, y un mapa de relieve, que todos quieren ver a un
+tiempo, donde está todo el arte del vino,--la cepa con los racimos, los
+hombres cogiendo en cestos la uva en el mes de la vendimia, la artesa
+donde fermenta la vid machucada, la cueva fría donde ponen el mosto a
+reposar, y luego el vino puro, como topacio deshecho, y la botella de
+donde salta con su espuma olorosa el champaña. Cerca está la historia
+entera del cultivo del campo, en modelos de realce, y en cuadros y
+libros; y un pabellón de arados de acero relucientes; y una colmena de
+abejas de miel, junto al moral de hoja velluda en que se cría el gusano
+de seda; y los semilleros de peces, que nacen de los huevos presos en
+cajones de agua, y luego salen a crecer a miles por la mar y los ríos
+Los más admirados son los que vienen de ver las cuarenta y tres
+Habitaciones del Hombre. La vida del hombre está allí desde que apareció
+por primera vez en la tierra, peleando con el oso y el rengífero, para
+abrigarse de la helada terrible con la piel, acurrucado en su cueva. Así
+nacen los pueblos hoy mismo. El salvaje imita las grutas de los bosques
+o los agujeros de la roca: luego ve el mundo hermoso, y siente con el
+cariño deseo de regalar, y se mira el cuerpo en el agua del río, y va
+imitando en la madera y la piedra de sus casas todo lo que le parece
+hermosura, su cuerpo de hombre, los pájaros, una flor, el tronco y la
+copa de los árboles. Y cada pueblo crece imitando lo que ve a su
+alrededor, haciendo sus casas como las hacen sus vecinos, enseñándose en
+sus casas como es, si de clima frío o de tierra caliente, si pacífico o
+amigo de pelear, si artístico y natural, o vano y ostentoso. Allí están
+las chozas de piedra bruta, y luego pulida, de los primeros hombres: la
+ciudad lacustre del tiempo en que levantaban las casas en el lago sobre
+pilares, para que no las atacasen las fieras; las casas altas, cuadradas
+y ligeras, de mirador corrido, de los pueblos de sol que eran antes las
+grandes naciones, el Egipto sabio, la Fenicia comerciante, la Asiria
+guerreadora. La casa del Indostán es alta como ellas. La de Persia es ya
+un castillo, de rica loza azul, porque allí saltan del suelo las piedras
+preciosas, y las flores y las aves son de mucho color. Parece una
+familia de casas la de los hebreos, los griegos y los romanos, todas de
+piedra, y bajas, con tejado o azotea; y se ve, por lo semejantes, que
+eran del país la casa etrusca y la bizantina. Por el norte de Europa
+vivían entonces los hunos bárbaros como allí se ve, en su tienda de
+andar; y el germano y el galo en sus primeras casas de madera, con el
+techo de paja. Y cuando con las guerras se juntaron los pueblos, tuvo
+Rusia esa casa de adornos y colorines, como la casa hindú, y los
+bárbaros pusieron en sus caserones la piedra labrada y graciosa de los
+italianos y los griegos. Luego, al fin de la edad que medió entre
+aquella pelea y el descubrimiento de América, volvieron los gustos de
+antes, de Grecia y de Roma, en las casas graciosas y ricas del
+Renacimiento. En América vivían los indios en palacios de piedra con
+adornos de oro, como ese de los aztecas de México, y ese de los incas
+del Perú. Al moro de África se le ve, por su casa de piedra bordada, que
+conoció a los hebreos, y vivió en bosques de palmeras, defendiéndose de
+sus enemigos desde la torre, viendo en el jardín a la gacela entre las
+rosas, y en la arena de la orilla los caprichos de espuma de la mar. El
+negro del Sudán, con su casa blanca de techo rodeado de campanillas,
+parece moro. El chino ligero, que vive de pescado y arroz, hace su casa
+de tabla y de bambú. El japonés vive tallando el marfil, en sus casas de
+estera y tabloncillo. Allí se ve donde habitan ahora los pueblos
+salvajes, el esquimal en su casa redonda de hielo, en su tienda de
+pieles pintadas el indio norteamericano: pintadas de animales raros y
+hombres de cara redonda, como los que pintan los niños.
+
+Pero adonde va el gentío con un silencio como de respeto es a la torre
+Eiffel, el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el
+portal de la Exposición. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios,
+sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta
+el segundo estrado de la torre, alto como la pirámide de Cheops: de allí
+fina como un encaje, valiente como un héroe, delgada como una flecha,
+sube más arriba que el monumento de Washington, que era la altura mayor
+entre las obras humanas, y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo
+azul, con la campanilla, como la cabeza de los montes, coronado de
+nubes.--Y todo, de la raíz al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo
+apenas se levantó por el aire. Los cuatro pies muerden, como raíces
+enormes, en el suelo de arena. Hacia el río, por donde caen dos de los
+pies, el suelo era movedizo, le hundieron dos cajones, les sacaron de
+adentro la arena floja, y los llenaron de cimiento seguro. De las cuatro
+esquinas arrancaron, como para juntarse en lo alto, los cuatro pies
+recios: con un andamio fueron sosteniendo las piezas más altas, que se
+caían por la mucha inclinación: sobre cuatro pilares de tablones habían
+levantado el primer estrado, que como una corona lleva alrededor los
+nombres de los grandes ingenieros franceses: allá en el aire, una mañana
+hermosa, encajaron los cuatro pies en el estrado, como una espada en una
+vaina, y se sostuvo sin parales la torre: de allí, como lanzas que
+apuntaban al cielo, salieron las vergas delicadas: de cada una colgaba
+una grúa: allá arriba subían, danzando por el aire, los pedazos nuevos:
+los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero al
+cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabellón de la
+patria en el asta enemiga: así, acostados de espalda, puestos de cara el
+vacío, sujetos a la verga que el viento sacudía como una rama, los
+obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban en invierno, en el
+remolino del vendabal y de la nieve, las piezas de esquina, los
+cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre el universo, como si
+fuera a colgarse del cielo, aquella blonda calada: en su navecilla de
+cuerdas se balanceaban, con la brocha del rojo en las manos, los
+pintores. ¡El mundo entero va ahora como moviéndose en la mar, con todos
+los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre en el
+mástil! Los vientos se echan sobre la torre, como para derribar a la que
+los desafía, y huyen por el espacio azul, vencidos y despedazados.--Allá
+abajo la gente entra, como las abejas en el colmenar: por los pies de la
+torre suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores
+inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos,
+hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre el
+tejido como en grandes triángulos azules de cabeza cortada, de picos
+agudos. Del Primer estrado abierto, con sus cuatro hoteles curiosos, se
+sube, por la escalinata de hélice, al descanso segundo, donde se escribe
+y se imprime un diario, a la altura de la cúpula de San Pedro. El
+cilindro de la prensa da vueltas: los diarios salen húmedos: al
+visitante le dan una medalla de plata. Al estrado tercero suben los
+valientes, a trescientos metros sobre la tierra y el mar, donde no se
+oye el ruido de la vida, y el aire, allá en la altura, parece que limpia
+y besa: abajo la ciudad se tiende, muda y desierta, como un mapa de
+relieve: veinte leguas de ríos que chispean, de valles iluminados, de
+montes de verde negruzco, se ven con el anteojo; sobre el estrado se
+levanta la campanilla, donde dos hombres, en su casa de cristal,
+estudian los animales del aire, la carrera de las estrellas, y el camino
+de los vientos. De una de las raíces de la torre sube culebreando por el
+alambre vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro
+que derrama sobre París sus ríos de luz blanca, roja y azul, como la
+bandera de la patria. En lo alto de la cúpula, ha hecho su nido una
+golondrina.
+
+Por debajo de la torre se va, sin poder hablar del asombro, a lo
+jardines llenos de fuentes, y rodeados de palacios, y el más grande de
+todos al fondo, donde caben las muestras de cuanto se trabaja en la
+humanidad, con la puerta de hierro bordado y lleno de guirnaldas, como
+se labraba antes el oro de los ricos; y sobre el portón, imitando la
+bóveda del cielo, la cúpula de porcelanas relucientes; y en la corona,
+abriendo las alas como para volar, una mujer que lleva en la mano una
+rama de oliva: a la entrada del pórtico está, con una mano en la cabeza
+de un león, la Libertad, en bronce. Y delante de la gran fuente, donde
+van por el agua los hombres y mujeres que los poetas de antes dicen que
+hubo en la mar, las nereidas y los tritones, llevando en hombros, como
+si fueran en triunfo, la barca donde, en figuras de héroes y heroínas,
+el progreso, la ciencia, y el arte dan vivas a la república, sentada más
+alta que todos, que levanta la antorcha encendida sobre sus alas. A cada
+lado del jardín desde el palacio grande hasta la torre, hay otro palacio
+de oros y esmaltes, uno para las estatuas y los cuadros, donde están los
+paisajes ingleses de montes y animales, las pinturas graciosas de los
+italianos, con campesinos y con niños, los cuadros españoles de muertes
+y de guerra, con sus figuras que parecen vivas, y la historia elegante
+del mundo en los cuadros de Francia. De las Bellas Artes le llaman a
+ése, y al del otro lado, el palacio de las Artes Liberales, que son las
+de los trabajos de utilidad, y todas las que no sirven para mero adorno.
+La historia de todo se ve allí: del grabado, la pintura, la escultura,
+las escuelas, la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de
+todo, entre agujas y ruedas de reloj. Allí se ve, en miniatura de cera,
+a los chinos observando en su torre los astros del cielo; allí está el
+químico Lavoisier, de medias de seda y chupa azul, soplando en su
+retorta, para ver como está hecho el pedrusco que cayó a la tierra de
+una estrella rota y fría; allí, entre las figuras de las diferentes
+razas del hombre, están sentados por tierra, trabajando el pedernal,
+como los que desenterraron en Dinamarca hace poco, cabezudos y fuertes,
+los hombres de la edad de bronce.
+
+Y ya estamos al pie de la torre: un bosque tiene a un lado, y otro
+bosque al otro. Uno tiene más verde, y es como una selva de recreo, con
+su casa sueca de pino, llenas de flores las ventanas, a la orilla de un
+lago; y la isba de puerta bordada y techo de picos en que vive el
+labrador ruso; y la casa linda de madera, con ventanas de triángulo, en
+que pasa los meses de nevada el finlandés, enseñando a sus hijos a
+pintar y a pensar, a amar a los poetas de Finlandia, y a componer el
+arpón de la pesca y el trineo de la cacería, mientras talla el abuelo el
+granito como ópalo, o saca botes y figuras de una rama seca, y las
+mujeres de gorro alto y delantal tejen su encaje fino, junto a la
+chimenea de madera labrada. Hay teatro allí, y lecherías, y una casa de
+anchos comedores, y criados de chaqueta negra, que pasan con las
+botellas de vino en cestos a la hora de comer, cuando los pájaros cantan
+en los árboles. Pero al otro lado es donde se nos va el corazón, porque
+allí están, al pie de la torre, como los retoños del plátano alrededor
+del tronco, los pabellones famosos de nuestras tierras de América,
+elegantes y ligeros como un guerrero indio: el de Bolivia como el casco,
+el de México como el cinturón, el de la Argentina como el penacho de
+colores: ¡parece que la miran como los hijos al gigante! ¡Es bueno tener
+sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan! El de Brasil está allí
+también, como una iglesia de domingo en un palmar, con todo lo que se da
+en sus selvas tupidas, y vasos y urnas raras de los indios marajos del
+Amazonas, y en una fuente una victoria regia en que puede navegar un
+niño, y orquídeas de extraña flor, y sacos de café, y montes de
+diamantes. Brilla un sol de oro allí por sobre los árboles y sobre los
+pabellones, y es el sol argentino, puesto en lo alto de la cúpula,
+blanca y azul como la bandera del país, que entre otras cuatro cúpulas
+corona, con grupos de estatuas en las esquinas del techo, el palacio de
+hierro dorado y cristales de color en que la patria del hombre nuevo de
+América convida al mundo lleno de asombro, a ver lo que puede hacer en
+pocos años un pueblo recién nacido que habla español, con la pasión por
+el trabajo y la libertad ¡con la pasión por el trabajo!: ¡mejor es morir
+abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los
+brazos cruzados! Una estatua señala a la puerta un mapa donde se ve de
+realce la república, con el río por donde entran al país los vapores
+repletos de gente que va a trabajar; con las montañas que crían sus
+metales, y las pampas extensas, cubiertas de ganados. De relieve está
+allí la ciudad modelo de La Plata, que apareció de pronto en el llano
+silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes, y
+escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve allí, y
+todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia: mil cueros, mil
+lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca en la sala de
+enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, paños. Cuanto el hombre ha
+hecho, el argentino lo intenta hacer. De noche, cuando el gentío llama a
+la puerta, se encienden a la vez, en sus globos de cristal blanco y
+azul, y rojo y verde, las mil luces eléctricas del palacio.
+
+Como con un cinto de dioses y de héroes está el templo de acero de
+México, con la escalinata solemne que lleva al portón, y en lo alto de
+él el sol Tonatiuh, viendo como crece con su calor la diosa Cipactli,
+que es la tierra: y los dioses todos de la poesía de los indios, los de
+la caza y el campo, los de las artes y el comercio, están en los dos
+muros que tiene la puerta a los lados, como dos alas; y los últimos
+valientes, Cacama, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, que murieron en la pelea, o
+quemados en las parrillas, defendiendo de los conquistadores la
+independencia de su patria: dentro, en las pinturas ricas de las
+paredes, se ve como eran los mexicanos de entonces, en sus trabajos y en
+sus fiestas, la madre viuda dando su parecer entre los regidores de la
+ciudad, los campesinos sacando el aguamiel del tronco del agave, los
+reyes haciéndose visitas en el lago, en sus canoas adornadas de flores.
+¡Y ese templo de acero lo levantaron, al pie de la torre, dos mexicanos,
+como para que no les tocasen su historia, que es como madre de un país,
+los que no la tocaran como hijos!: ¡así se debe querer a la tierra en
+que uno nace: con fiereza, con ternura! Las cortinas hermosas, las
+vidrieras de caoba en que están las filigranas de plata, los tejidos de
+fibras, las esencias de olor, los platos de esmalte y las jarras de
+barniz, los ópalos, los vinos, los arneses, los azúcares; todo tiene por
+adorno letras y figuras indias. Vivos parecen, con sus trajes de cuero
+de flecos y galones, y sus sombreros anchos con trenzado de plata y oro,
+y su zarape al hombro, de seda de color, vivos como si fueran a montar a
+caballo, los maniquíes del estanciero rico, del joven elegante que cuida
+de su hacienda, y sabe «voltear» un toro. A la puerta, a un lado,
+troncos colosales de madera fina repulida; y al otro, de color de rosa y
+verdemar, la pirámide del mármol transparente de la tierra, del ónix que
+parece nube cuajada de la puesta de sol. Del techo cuelga, verde y
+blanca y roja, la bandera del águila.
+
+Y juntos como hermanos, están otros pabellones más: el de Bolivia, la
+hija de Bolívar, con sus cuatro torres graciosas de cúpula dorada, lleno
+de cuarzos de mineral riquísimo, de restos del hombre salvaje y los
+animales como montes que hubo antes en América, y de hojas de coca, que
+dan fuerza al cansado para seguir andando: el del Ecuador, que es un
+templo inca, con dibujos y adornos como los que los indios de antes
+ponían en los templos del Sol, y adentro los metales y cacaos famosos, y
+tejidos y bordados de mucha finura, en mostradores de cristal y de oro:
+el pabellón de Venezuela, con su fachada como de catedral, y en la sala
+espaciosa tanta muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros
+de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos: el pabellón de
+Nicaragua con su tejado rojo, como los de las casas del país, y sus
+salones de los lados, con los cacaos y vainillas de aroma y aves de
+plumas de oro y esmeralda, y piedras de metal con luces de arco iris, y
+maderos que dan sangre de olor; y en la sala del centro, el mapa del
+canal que van a abrir de un mar a otro de América, entre los restos de
+las ruinas. Tiene ventanas anchas como las casas salvadoreñas, y un
+balcón de madera muy hermoso, el pabellón del Salvador, que es país
+obrero, que inventa y trabaja fino, y en el campo cultiva la caña y el
+café, y hace muebles como los de París, y sedas como las de Lyon, y
+bordados como los de Burano, y lanas de tinte alegre, tan buenas como
+las inglesas, y tallados de mucha gracia en la madera y en el oro. Por
+un pórtico grandioso se entra, entre sacos de trigo y muestras de
+mineral, al palacio de hierro de Chile: allí la madera fuerte de los
+bosques del indio araucano, los vinos topacios y rojos, las barras de
+plata y oro mate, las artes todas de un pueblo que no se quiere quedar
+atrás, la sal y el arbusto colorado del desierto: al fondo hay como un
+jardín: las paredes están llenas de cuadros de números.
+
+Y allí, al lado de Chile, entraríamos ahora al Palacio de los Niños,
+donde juegan los chiquitines al caballito y al columpio, y ven hacer
+barcos de cristal de Venecia, y las muñecas que hace el japonés,
+envolviendo con el palitroque alrededor de una varita las pastas blandas
+de colores diferentes: y hace un daimio con su sable, y un Mikado de
+ahora, con su levita a la francesa: ¡oh, el teatro! ¡oh, el hombre que
+está haciendo los confites! ¡oh, el perro que sabe multiplicar! ¡oh, el
+gimnasta que anda a caballo en una rueda! ¡y el palacio es de juguetes
+todo por afuera, desde el quicio hasta los banderines del techo! Pero,
+si no tenemos tiempo, ¿cómo hemos de pararnos a jugar, nosotros, niños
+de América, si todavía hay tanto que ver, si no hemos visto todos los
+pabellones de nuestras tierras americanas? ¿Y esta casa de madera tan
+franca y tan amiga, que convida a la gente a entrar a ver todo lo que da
+la tierra volcánica de su país, uva y café, enredaderas y tigres, cocos
+y pájaros, y los lleva a su colgadizo con cortinas, a tomar en jícaras
+labradas su chocolate de espuma?: es el de Guatemala ese pabellón
+generoso. Y ese otro elegante, con tantas maderas, es el de la tierra
+donde se saben defender con ramas de árboles de los que vienen de afuera
+a quitarles el país: de Santo Domingo. Ese otro es del Paraguay, ese de
+la torre de mirador, con las ventanas y puertas como de nación de mucho
+bosque, que imita en sus casas las grutas y los arcos de los árboles. Y
+ese otro suntuoso que tiene torres como lanzas y alegría como de salón;
+ese que ha dado una parte de sus salas a dos pueblos de nuestra
+familia,--a Colombia, que tiene ahora mucho que hacer, al Perú, que está
+triste después de una guerra que tuvo,--ése es el pueblo bravo y cordial
+de Uruguay, que trabaja con arte y placer, como el de Francia, y peleó
+nueve años contra un mal hombre que lo quería gobernar, y tiene un poeta
+de América que se llama Magariños: vive de sus ganados el Uruguay, y no
+hay pueblo en el mundo que haya inventado tantos modos de conservar la
+carne buena, en el tasajo seco, en caldos que parecen vino, en la pasta
+negra de Liebig, y en bizcochos sabrosos: y en la torre, que se parece a
+una lanza, flota, como llamando a los hombres buenos, la bandera del
+sol, de listas blancas y azules.
+
+¡Y tener que pasar tan de prisa por los palacios de una tierra enana
+como Holanda, donde no hay holandés que no sea feliz, y viva como en
+pueblo grande, por su trabajo de marino, de ingeniero, de impresor, de
+tejedor de encajes, de tallador de diamantes; de un pueblo como Bélgica,
+que sabe tanto de cultivos, y de hacer carruajes, y casas, y armas, y
+lozas, y tapices, y ladrillos! No podemos ver el pabellón de Suiza, con
+su escuela modelo, sus quesos como ruedas y su taller de relojes; ni el
+de Hawai, que es país donde todos saben leer, y trabaja el hombre de la
+isla, al pie del volcán de fuego, la lava y la pluma; ni el de la
+República de San Marino--¿quién sabe dónde está San Marino?--con sus
+cristales pintados famosos y sus familias de escultores. Esa de la
+puerta tallada de colores es Servia, de cerca de Rusia, donde hacen
+tapicería fina y mosaicos, y ese comedor, con su techo de aleros, es de
+Rumania, donde el más pobre viste de paños bordados, y comen la carne
+casi cruda con mucha pimienta en platos de madera, y beben leche de
+búfalo. Está llena de sedas con recamos de flores y pájaros, llena de
+palanquines y colmillos de elefante, esa casa de dos techos de Siam, el
+pueblo de la ceremonia y del arroz. ¿Y a China quién no la conoce, con
+su pabellón de tres torres, donde no caben las cortinas con árboles y
+demonios de oro, ni las cajas de marfil con dibujos de relieve, ni el
+tapiz donde están, con los siete colores de la luz, los pájaros que van
+de corte por el aire, cuando llega el mes de mayo, a saludar al rey y la
+reina, que son dos ruiseñores que fueron al cielo a ver quién se sienta
+en las nubes, y se trajeron un nido de rayos de sol? ¡Oh, cuánto hay que
+ver! ¿Y el palacio hindú, de rojo oscuro con los ornamentos blancos,
+como los bordados de trencilla en un vestido de mujer, y tan tallado
+todo, las ventanas menudas y la torre, como la fuente de mármol, las
+columnas de pórfido, los leones de bronce que adornan la sala, colgada
+de tapicerías? ¿Y el Japón, que es como la China, con más gracia y
+delicadeza, y unos jardineros viejos que quieren mucho a los niños? ¿Y
+Grecia, esa de la puerta baja con un muro a cada lado, con la historia
+de antes en uno, antes de que los romanos la vencieran cuando fue
+viciosa, y la vida del trabajo de hoy, en antigüedades, en mármoles
+rojos, en sedas finas, en vinos olorosos, desde que resucitó con la
+vuelta a la libertad, y tiene ciudades como Pireo, Siracusa, Corfú y
+Patras, que valen ya por lo trabajadoras tanto como las cuatro famosas
+de la Grecia vieja: Atenas, Esparta, Tebas y Corinto? ¿Y Persia, con su
+entrada religiosa de mezquita, de techo de azul vivo, y adentro, entre
+colgaduras verdes y amarillas, las cazoletas cinceladas de quemar los
+olores, los chales de seda que caben por una sortija, los alfanjes de
+puño enjoyado que cortan el hierro, las violetas azucaradas y las
+conservas de hojas de rosa? ¿Y el bazar de los marroquíes, con su
+arquería blanca que reluce al sol, y sus moros de turbante y babucha,
+bruñendo cuchillos, tiñendo el cuero blando, trenzando la paja, labrando
+a martillazos el cobre, bordando de hilo de oro el terciopelo? ¿Y la
+calle del Cairo, que es una calle egipcia como en Egipto, unos comprando
+albornoces, otros tejiendo la lana en el telar, unos pregonando sus
+confites, y otros trabajando de joyeros, de torneros, de alfareros, de
+jugueteros, y por todas partes, alquilando el pollino, los burreros
+burlones, y allá arriba, envuelta en velos, la mora hermosa, que mira
+desde su balcón de persianas caladas?
+
+¡Oh, no hay tiempo! Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el
+atrevimiento que ablanda al verlo el corazón, y hace sentir como deseo
+de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos. Volvamos al jardín.
+Entremos por el pórtico del Palacio de las Industrias. Pasemos, con los
+ojos cerrados, por la galería de las catorce puertas, donde cada palo
+exhibe sus trabajos mejores, y cada industria compuso la puerta de su
+departamento, la platería con platas y oros y dos columnas de piedra
+azul, la locería con porcelana y azulejos, la de muebles con madera
+esculpida como hojas de flor, y la de hierro con picos y martillos, y la
+de armas con ruedas, cureñas, balas y cañones, y así todas. Por un
+corredor que hace pensar en cosas grandes, se va a la escalera que lleva
+al balcón del monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de
+sol, una sala de hierro en que podrían moverse a la vez dos mil
+caballos, en que podrían dormir treinta mil hombres. ¡Y toda está
+cubierta de máquinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que
+echan luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por
+debajo de la tierra! En cuatro hileras están en el centro las máquinas
+mayores. De un horno rojo les viene la fuerza. Viene por correas, que no
+se ven de lo ligeras que andan. De cuatro filas de postes cuelgan las
+ruedas de las correas. Alrededor, unidas, están todas las máquinas del
+mundo, las que hacen polvo de acero, las que afilan las agujas. Unas
+mujeres de delantal colorado trabajan el papel holandés. Un cilindro,
+que parece un elefante que se mueve, está cortando sobres. Un mortero
+separa el grano de trigo de la cáscara. Un anillo de hierro está en el
+aire por la electricidad, sin nada que lo sujete. Allí se funden los
+metales con que se hacen las letras de imprimir, allí se hace el papel
+de tela o de madera, allí la prensa imprime el diario, lo echa del otro
+lado, lo devuelve, húmedo. Una máquina echa aire en el pozo de una mina,
+para que no se ahoguen los mineros. Otra aplasta la caña, y echa un
+chorro de miel. ¡Pues da ganas de llorar, el ver las máquinas desde el
+balcón! Rugen, susurran, es como la mar: el sol entra a torrentes. De
+noche, un hombre toca un botón, los dos alambres de la luz se juntan, y
+por sobre las máquinas, que parecen arrodilladas en la tiniebla, derrama
+la claridad, colgado de la bóveda, el ciclo eléctrico. Lejos, donde
+tiene Edison sus invenciones, se encienden de un chispazo veinte mil
+luces, como una corona.
+
+Hay panoramas de París, y de Nápoles con su volcán, y del Mont Blanc,
+que da frío verlo, y de la rada de Río Janeiro. Hay otro que es en el
+centro como un puente de un buque, y parece por la pintura que está allí
+el buque entero, y el cielo y el mar. Hay el palacio de las pinturas
+finas de los acuarelistas, y otro, con adornos como de espejo, de los
+que pintan al pastel. Hay los dos pabellones de París, donde se aprende
+a cuidar una ciudad grande. Hay talleres por los arrabales de la
+Exposición, donde se ve, ¡para que el egoísta aprenda a ser bueno!, el
+trabajo del hombre en las minas de hulla, en el fondo del agua, en los
+tanques donde hierve, como fango, el oro. Hay, allá lejos, negras y
+feas, las hornallas donde echan el carbón para el vapor los hombres
+tiznados. Pero adonde todos van es al campo que tiene delante el palacio
+donde los soldados mancos y cojos cuidan la sepultura de piedra de
+Napoleón, rodeada de banderas rotas: ¡y en lo alto del palacio, la
+cúpula dorada! Todos van, a ver los pueblos extraños, a la Explanada de
+los Inválidos. De paso no más veremos el palacio donde está todo lo de
+pelear: el globo que va por el aire a ver por donde viene el enemigo:
+las palomas que saben volar con el recado tan arriba que no las alcanzan
+las balas: ¡y alguna les suele alcanzar, y la paloma blanca cae llena de
+sangre en la tierra! De paso veremos, en el pabellón de la República del
+África del Sur, el diamante imperial, que sacaron allá de la tierra, y
+es el más grande del mundo. Aquí están las tiendas de los soldados, con
+los fusiles a la puerta. Allí están, graciosas, las casas que los
+hombres buenos quieren hacer a los trabajadores, para que vean luz los
+domingos, y descansen en su casita limpia, cuando vienen cansados. Allí,
+con su torre como la flor de la magnolia, está la pagoda de Cambodia, la
+tierra donde ya no viven, porque murieron por la libertad, aquellos
+Kmers que hacían templos más altos que los montes. Allí está, con sus
+columnas de madera, el palacio de Cochinchina, y en el patio su estanque
+de peces dorados, y los marcos de las puertas labrados a punta de
+cuchillo, y, en el fondo, en la escalinata, dos dragones, con la boca
+abierta, de loza reluciente. Parece chino el palacio de Anam, con sus
+maderas pintadas de rojo y azul, y en el patio un dios gigante del
+bronce de ellos, que es como cera muy fina de color de avellana, y los
+techos y las columnas y las puertas talladas a hilos, como los nidos, o
+a hojas menudas, como la copa de los árboles. Y por sobre los templos
+hindús, con sus torres de colores y su monte de dioses de bronce a la
+puerta, dioses de vientre de oro y de ojos de esmalte, está, lleno de
+sedas y marfiles, de paños de plata bordados de zafiros, el Palacio
+Central de todas las tierras que tiene Francia en Asia: en una sala, al
+levantar una colgadura azul, ofrece una pipa de opio un elefante. Allá,
+entre las palmeras, brilla, blanco y como de encaje, el minarete del
+palacio de arquerías de Argel, por donde andan, como reyes presos, los
+árabes hermosos y callados. Con sus puertas de clavos y sus azoteas,
+lleno de moros tunecinos y hebreos de barba negra, bebiendo vino de oro
+en el café, comprando puñales con letras del Corán en la hoja, está,
+entre bosques de dátiles, el caserío de Túnez, hecho con piedras viejas
+y lozas rotas de Cartago. Un anamita solo, sentado en cuclillas, mira,
+con los ojos a medio cerrar, la pagoda de Angkor, la de la torre como la
+flor de magnolia, con el dios Buda arriba, el Buda de cuatro cabezas.
+
+Y entre los palacios hay pueblos enteros de barro y de paja: el negro
+canaco en su choza redonda, el de Futa-Jalón cociendo el hierro en su
+horno de tierra, el de Kedugú, con su calzón de plumas, en la torre
+redonda en que se defiende del blanco: y al lado, de piedra y con
+ventanas de pelear, ¡la torre cuadrada en que veintiséis franceses
+echaron atrás a veinte mil negros, que no podían clavar su lanza de
+madera en la piedra dura! En la aldea de Anam, con las casas ligeras de
+techo de picos y corredores, se ve al cochinchino, sentado en la estera
+leyendo en su libro, que es una hoja larga, enrollada en un palo; y a
+otro, un actor, que se pinta la cara de bermellón y de negro; y al bonzo
+rezando, con la capucha por la cabeza y las manos en la falda. Los
+javaneses, de blusa y calzón ancho, viven felices, con tanto aire y
+claridad, en su kampong de casas de bambú: de bambú la cerca del pueblo,
+las casas y las sillas, el granero donde guardan el arroz, y el tendido
+en que se juntan los viejos a mandar en las cosas de la aldea, y las
+músicas con que van a buscar a las bailarinas descalzas, de casco de
+plumas y brazaletes de oro. El kabila, con su albornoz blanco, se pasea
+a la puerta de su casa de barro, baja y oscura para que el extranjero
+atrevido no entre a ver las mujeres de la casa, sentadas en el suelo,
+tejiendo en el telar, con la frente pintada de colores. Detrás está la
+tienda del kabila, que lleva a los viajes: el pollino se revuelca en el
+polvo: el hermano echa en un rincón la silla de cuero bordado de oro
+puro: el viejito a la puerta está montando en el camello a su nieto, que
+le hala la barba.
+
+Y afuera, al aire libre, es como una locura. Parecen joyas que andan,
+aquellas gentes de traje de colores. Unos van al café moro, a ver a las
+moros bailar, con sus velos de gasa y su traje violeta, moviendo
+despacio los brazos, como si estuvieran dormidas. Otros van al teatro
+del kampong donde están en hileras unos muñecos de cucurucho, viendo con
+sus ojos de porcelana a las bayaderas javanesas, que bailan como si no
+pisasen, y vienen con los brazos abiertos, como mariposas. En un café de
+mesas coloradas, con letras moras en las paredes, los aissauas, que son
+como unos locos de religión, se sacan los ojos y se los dejan colgando,
+y mascan cristal, y comen alacranes vivos, porque dicen que su dios les
+habla de noche desde el cielo, y se los manda comer. Y en el teatro de
+los anamitas, los cómicos vestidos de panteras y de generales, cuentan,
+saltando y aullando, tirándose las plumas de la cabeza y dando vueltas,
+la historia del príncipe que fue de visita al palacio de un ambicioso, y
+bebió una taza de té envenenado. Pero ya es de noche, y hora de irse a
+pensar, y los clarines, con su corneta de bronce, tocan a retirada. Los
+camellos se echan a correr. El argelino sube al minarete, a llamar a la
+oración. El anamita saluda tres veces, delante de la pagoda. El negro
+canaco alza su lanza al cielo. Pasan, comiendo dulces, las bailarinas
+moras. Y el cielo, de repente, como en una llamarada, se enciende de
+rojo: ya es como la sangre: ya es como cuando el sol se pone: ya es del
+color del mar a la hora del amanecer: ya es de un azul como si se
+entrara por el pensamiento el cielo: ahora blanco, como plata: ahora
+violeta, como un ramo de lilas: ahora, con el amarillo de la luz,
+resplandecen las cúpulas de los palacios, como coronas de oro: allá
+abajo, en lo de adentro de las fuentes, están poniendo cristales de
+color entre la luz y el agua, que cae en raudales del color del cristal,
+y echa al cielo encendido sus florones de chispas. La torre, en la
+claridad, luce en el cielo negro como un encaje rojo, mientras pasan
+debajo de sus arcos los pueblos del mundo.
+
+
+
+
+El camarón encantado
+
+_Cuento de magia del francés Laboulaye._
+
+
+Allá por un pueblo del mar Báltico, del lado de Rusia, vivía el pobre
+Loppi, en un casuco viejo, sin más compañía que su hacha y su mujer. El
+hacha ¡bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que quiere decir «fresa
+agria». Y era agria Masicas de veras, como la fresa silvestre. ¡Vaya un
+nombre: Masicas! Ella nunca se enojaba, por supuesto, cuando le hacían
+el gusto, o no la contradecían; pero si se quedaba sin el capricho, era
+de irse a los bosques por no oírla. Se estaba callada de la mañana a la
+noche, preparando el regaño, mientras Loppi andaba afuera con el hacha,
+corta que corta, buscando el pan: y en cuanto entraba Loppi, no paraba
+de regañarlo, de la noche a la mañana. Porque estaban muy pobres, y
+cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor. De veras
+que era pobre la casa de Loppi: las arañas no hacían telas en sus
+rincones porque no había allí moscas que coger, y dos ratones que
+entraron extraviados, se murieron de hambre.
+
+Un día estuvo Masicas más buscapleitos que de costumbre, y el buen
+leñador salió de la casa suspirando, con el morral vacío al hombro: el
+morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las papas que
+le daban de limosna. Era muy de mañanita, y al pasar cerca de un charco
+vio en la yerba húmeda uno que le pareció animal raro y negruzco, de
+muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande por cierto: era un
+enorme camarón. «¡Al saco el camarón!: con esta cena le vuelve el juicio
+a esa hambrona de Masicas; ¿quién sabe lo que dice cuando tiene
+hambre?»Y echó el camarón en el saco.
+
+Pero ¿qué tiene Loppi, que da un salto atrás, que le tiembla la barba,
+que se pone pálido? Del fondo del saco salió una voz tristísima: el
+camarón le estaba hablando:
+
+--Párate, amigo, párate, y déjame ir. Yo soy el más viejo de los
+camarones: más de un siglo tengo yo: ¿qué vas a hacer con este carapacho
+duro? Sé bueno conmigo, como tú quieres que sean buenos contigo.
+
+--Perdóname, camaroncito, que yo te dejaría ir; pero mi mujer está
+esperando su cena, y si le digo que encontré el camarón mayor del mundo,
+y que lo dejé escapar, esta noche sé yo a lo que suena un palo de escoba
+cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas.
+
+--Y ¿por qué se lo has de decir a tu mujer?
+
+--¡Ay, camaroncito!: eso me dices tú porque no sabes quién es Masicas.
+Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz, y uno se
+deja llevar: Masicas me vuelve del revés, y me saca todo lo que tengo en
+el corazón: Masicas sabe mucho.
+
+--Pues mira, leñador, que yo no soy camarón como parezco, sino una maga
+de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentará, y si no me oyes,
+toda la vida te has de arrepentir.
+
+--Tú contenta a Masicas, y yo te dejaré ir, que por gusto a nadie le
+hago daño.
+
+--Dime qué pescado le gusta más a tu mujer.
+
+--Pues el que haya, camarón, que los pobres no escogen: lo que has de
+hacer es que no vuelva yo con el morral vacío.
+
+--Pues ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di:
+«¡Peces, al morral!»
+
+Y tantos peces entraron en el morral que casi se le iba Loppi de las
+manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro.
+
+--Ya ves, leñador--le dijo el camarón,--que no soy desagradecido. Ven
+acá todas las mañanas, y en cuanto digas: «¡Al morral, peces!» tendrás
+el morral lleno, de los peces colorados, de los peces de plata, de los
+peces amarillos. Y si quieres algo más, ven y dime así:
+
+/P
+ «Camaroncito duro,
+
+ _Sácame del apuro»_:
+P/
+
+y yo saldré, y veré lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio, y
+no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy.
+
+--Probaré, señora maga, probaré--dijo el leñador; y puso en la yerba con
+mucho cuidado el camarón milagroso, que se metió de un salto en el agua.
+
+Iba como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba,
+pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya no podía
+más de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar, primero un lucio
+como de una vara, luego una carpa, radiante como el oro, luego dos
+truchas, y un mundo de meros. Masicas abrazó a Loppi, y lo volvió a
+abrazar, y le dijo: «¡leñadorcito mío!»
+
+--Ya ves, ya ves, Loppi, lo que nos sucede por haber oído a tu mujer y
+salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y tráeme unos
+ajos y cebollas, y tráeme unas setas: anda, anda al monte, leñadorcito,
+que te voy a hacer una sopa que no la come el rey. Y la carpa la
+asaremos: ni un regidor va a comer mejor que nosotros.
+
+Y fue muy buena por cierto la comida, porque Masicas no hacía sino lo
+que quería Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoció, que era
+como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al otro día no le
+hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados. Y al otro, se puso a
+hablar sola. Y el sábado, le sacó la lengua en cuanto lo vio venir. Y el
+domingo, se le fue encima a Loppi, que volvía con su morral a cuestas.
+
+--¡Mal marido, mal hombre, mal compañero! ¡que me vas a matar a pescado!
+¡que de verte el morral me da el alma vueltas!
+
+--Y ¿qué quieres que te traiga, pues?--dijo el pobre Loppi.
+
+--Pues lo que comen todas las mujeres de los leñadores honrados: una
+sopa buena y un trozo de tocino.
+
+«Con tal--pensó Loppi--que la maga me quiera hacer este favor.»
+
+Y al otro día a la mañanita fue al charco, y se puso a dar voces:
+
+/P
+ «Camaroncito duro,
+ Sácame del apuro.»
+P/
+
+y el agua se movió, y salió una boca negra, y luego otra boca, y luego
+la cabeza, con dos ojos grandes que resplandecían.
+
+--¿Qué quiere el leñador?
+
+--Para mí, nada; nada para mí, camaroncito: ¿qué he de querer yo? Pero
+ya mi mujer se cansó del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo de
+tocino.
+
+--Pues tendrá lo que quiere tu mujer--respondió el camarón.--Al sentarte
+esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo meñique, y di a cada
+golpe: «¡Sopa, aparece: aparece, tocino!»Y verás que aparecen. Pero ten
+cuidado, leñador, que si tu mujer empieza a pedir, no va a acabar nunca.
+
+--Probaré, señora maga, probaré--dijo Loppi, suspirando.
+
+Como una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro día en
+la mesa Masicas, que comió sopa dos veces, y tocino tres, y luego abrazó
+a Loppi, y lo llamó: «Loppi de mi corazón».
+
+Pero a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa, se
+puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los puños alzados:
+
+--¿Hasta cuándo me has de atormentar, mal marido, mal compañero, mal
+hombre? ¿que una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca?
+
+--Pero ¿qué quieres, amor mío, qué quieres?
+
+--Pues quiero una buena comida, mal marido: un ganso asado, y unos
+pasteles para postres.
+
+En toda la noche no cerró Loppi los ojos, pensando en el amanecer, y en
+los puños alzados de Masicas, que le parecieron un ganso cada uno. Y a
+paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del día. Y las
+voces que daba parecían hilos, por lo tristes, por lo delgadas:
+
+/P
+ «Camaroncito duro,
+ Sácame del apuro.»
+P/
+
+--¿Qué quiere el leñador?
+
+--Para mí, nada: ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se está cansando
+del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, señora maga. Pero mi mujer
+se ha cansado, y quiere algo ligero, así como un gansito asado, así como
+unos pastelitos.
+
+--Pues vuélvete a tu casa, leñador, y no tienes que venir cuando tu
+mujer quiera cambiar de comida, sino pedírselo a la mesa, que yo le
+mandaré a la mesa que se lo sirva.
+
+En un salto llegó Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y tirando
+por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mesa de platos, cuando él
+llegó, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra
+de estaño: y el ganso con papas, y un pudín de ciruelas. Hasta un frasco
+de anisete había en la mesa, con su forro de paja.
+
+Pero Masicas estaba pensativa. Y a Loppi ¿quién le daba todo aquello?
+Ella quería saber: «¡Dímelo, Loppi!»Y Loppi se lo dijo, cuando ya no
+quedaba del anisete más que el forro de paja, y estaba Masicas más dulce
+que el anís. Pero ella prometió no decírselo a nadie: no había una
+vecina en doce leguas a la redonda.
+
+A los pocos días, una tarde que Masicas había estado muy melosa, le
+contó a Loppi muchos cuentos y le acabó así el discurso:
+
+--Pero, Loppi mío, ya tú no piensas en tu mujercita: comer, es verdad,
+come mejor que la reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi, como
+la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga no te tendrá a
+mal que quieras vestir bien a tu mujercita.
+
+A Loppi le pareció que Masicas tenía mucha razón, y que no estaba bien
+sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre. Pero la voz se
+le resistía cuando a la mañanita llamó al camarón encantado:
+
+/P
+ «Camaroncito duro,
+ Sácame del apuro.»
+P/
+
+El camarón entero sacó el cuerpo del agua.
+
+--¿Qué quiere el leñador?
+
+--Para mí, nada; ¿qué puedo yo querer? Pero mi mujer está triste, señora
+maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su señoría me dé poder
+para tenerla con traje de señora.
+
+El camarón se echó a reír, y estuvo riendo un rato, y luego dijo a
+Loppi: «Vuélvete a casa, leñador, que tu mujer tendrá lo que desea.»
+
+--¡Oh, señor camarón! ¡oh, señora maga! ¡déjeme que le bese la patica
+izquierda, la que está del lado del corazón! ¡déjeme que se la bese!
+
+Y se fue cantando un canto que le había oído a un pájaro dorado que le
+daba vueltas a una rosa: y cuando entró a su casa vio a una bella
+señora, y la saludó hasta los pies; y la señora se echó a reír, porque
+era Masicas, su linda Masicas, que estaba como un sol de la hermosura. Y
+se tomaron los dos de la mano, y bailaron en redondo, y se pusieron a
+dar brincos.
+
+A los pocos días Masicas estaba pálida, como quien no duerme, y con los
+ojos colorados, como de mucho llorar. «Y dime, Loppi», le decía una
+tarde, con un pañuelo de encaje en la mano: «¿de qué me sirve tener tan
+buen vestido sin un espejo donde mirarme, ni una vecina que me pueda
+ver, ni más casa que este casuco? Loppi, dile a la maga que esto no
+puede ser.»Y lloraba Masicas, y se secaba los ojos colorados con su
+pañuelo de encaje: «Dile, Loppi, a la maga que me dé un castillo
+hermoso, y no le pediré nada más.»
+
+--¡Masicas, tú estás loca! Tira de la cuerda y se reventará. Conténtate,
+mujer, con lo que tienes, que si no, la maga te castigará por ambiciosa.
+
+--¡Loppi, nunca serás más que un zascandil! ¡El que habla con miedo se
+queda sin lo que desea! Háblale a la maga como un hombre. Háblale, que
+yo estoy aquí para lo que suceda.
+
+Y el pobre Loppi volvió al charco, como con piernas postizas. Iba
+temblando todo él. ¿Y si el camarón se cansaba de tanto pedirle, y le
+quitaba cuanto le dio? ¿Y si Masicas lo dejaba sin pelo si volvía sin el
+castillo? Llamó muy quedito:
+
+/P
+ «Camaroncito duro,
+ Sácame del apuro.»
+P/
+
+--¿Qué quiere el leñador?--dijo el camarón, saliendo del agua poco a
+poco.
+
+--Nada para mí: ¿qué más podría yo querer? Pero mi mujer no está
+contenta y me tiene en tortura, señora maga, con tantos deseos.
+
+--¿Y qué quiere la señora, que ya no va a parar de querer?
+
+--Pues una casa, señora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser
+princesa del castillo, y no volverá a pedir nada más.
+
+--Leñador--dijo el camarón, con una voz que Loppi no le conocía:--tu
+mujer tendrá lo que desea.--Y desapareció en el agua de repente.
+
+A Loppi le costó mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiado
+todo el país, y en vez de matorrales había ganados y siembras hermosas,
+y en medio de todo una casa muy rica con un jardín lleno de flores. Una
+princesa bajó a saludarlo a la puerta del jardín, con un vestido de
+plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas: «Ahora sí, Loppi, que
+soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga es muy buena.»Y Loppi se
+echó a llorar de alegría.
+
+Vivía Masicas con todo el lujo de su señorío. Los barones y las
+baronesas se disputaban el honor de visitarla: el gobernador no daba
+orden sin saber si le parecía bien: no había en todo el país quien
+tuviera un castillo más opulento, ni coches con más oro, ni caballos más
+finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus gallinas
+de Guinea, sus faisanes de Terán, sus cabras eran suizas. ¿Qué le
+faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar? Se lo dijo a
+Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas quería algo más. Quería
+ser reina Masicas:«¿No ves que para reina he nacido yo? ¿No ves, Loppi
+mío, que tú mismo me das siempre la razón, aunque eres más terco que una
+mula? Ya no puedo esperar, Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina.»
+
+Loppi no quería ser rey. Almorzaba bien, comía mejor; ¿a qué los
+trabajos de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas decía a querer, no
+había más remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol,
+limpiándose los sudores, y con la sangre a medio helar. Llegó. Llamó.
+
+/P
+ «Camaroncito duro,
+ Sácame del apuro.»
+P/
+
+Vio salir del agua las dos bocas negras. Oyó que le decían «¿qué quiere
+el leñador?»pero no tenía fuerzas para dar su recado. Al fin dijo
+tartamudeando:
+
+--Para mí, nada: ¿qué pudiera yo pedir? Pero se ha cansado mi mujer de
+ser princesa.
+
+--¿Y qué quiere ahora ser la mujer del leñador?
+
+--¡Ay, señora maga!: reina quiere ser.
+
+--¿Reina no más? Me salvaste la vida, y tu mujer tendrá lo que desea.
+¡Salud, marido de la reina!
+
+Y cuando Loppi volvió a su casa, el castillo era un palacio, y Masica
+tenía puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes, con sus
+medias de seda y sus casaquines, iban detrás de la reina Masicas,
+cargándole la cola.
+
+Y Loppi almorzó contento, y bebió en copa tallada su anisete más fino,
+seguro de que Masicas tenía ya cuanto podía tener. Y dos meses estuvo
+almorzando pechugas de faisán con vinos olorosos, y paseando por el
+jardín con su capa de armiño y su sombrero de plumas, hasta que un día
+vino un chambelán de casaca carmesí con botones de topacio, a decirle
+que la reina lo quería ver, sentada en su trono de oro.
+
+--Estoy cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos
+hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres. Ve a
+ver a la maga por última vez. Ve: dile lo que quiero.
+
+--Pero ¿qué quieres entonces, infeliz? ¿Quieres reinar en el cielo donde
+están los soles y las estrellas, y ser dueña del mundo?
+
+--Que vayas te digo, y le digas a la maga que quiero reinar en el cielo,
+y ser dueña del mundo.
+
+--Que no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura.
+
+--Soy tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten la
+cabeza.
+
+--Voy, mi reina, voy.--Y se echó al brazo el manto de armiño, y salió
+corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba como si
+le corrieran detrás, alzando los brazos, arrodillándose en el suelo,
+golpeándose la casaca bordada de colores: «¡Tal vez--pensaba Loppi--tal
+vez el camarón tenga piedad de mí!» Y lo llamó desde la orilla, con voz
+como un gemido:
+
+/P
+ «Camaroncito duro,
+ Sácame del apuro.»
+P/
+
+Nadie respondió. Ni una hoja se movió. Volvió a llamar, con la voz como
+un soplo.
+
+--¿Qué quiere el leñador?--respondió otra voz terrible.
+
+--Para mí, nada: ¿qué he de querer para mí? Pero la reina, mi mujer,
+quiere que le diga a la señora maga su último deseo: el último, señora
+maga.
+
+--¿Qué quiere ahora la mujer del leñador?
+
+Loppi, espantado, cayó de rodillas.
+
+--¡Perdón, señora, perdón! ¡Quiere reinar en el cielo, y ser dueña del
+mundo!
+
+El camarón dio una vuelta en redondo, que le sacó al agua espuma, y se
+fue sobre Loppi, con las bocas abiertas:
+
+--¡A tu rincón, imbécil, a tu rincón! ¡los maridos cobardes hacen a las
+mujeres locas! ¡abajo el palacio, abajo el castillo, abajo la corona! ¡A
+tu casuca con tu mujer, marido cobarde! ¡A tu casuca con el morral
+vacío!
+
+Y se hundió en el agua, que silbó como cuando mojan un hierro caliente.
+
+Loppi se tendió en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levantó,
+no tenía en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo el
+manto de armiño, ni vestía la casaca bordada de colores. El camino era
+oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados y pinos enfermos
+eran la única arboleda. El suelo era, como antes, de pozos y pantanos.
+Cargaba a la espalda su morral vacío. Iba, sin saber que iba, mirando a
+la tierra.
+
+Y de pronto sintió que le apretaban el cuello dos manos feroces.
+
+--¿Estás aquí, monstruo? ¿Estás aquí, mal marido? ¡Me has arruinado, mal
+compañero! ¡Muere a mis manos, mal hombre!
+
+--¡Masicas, que te lastimas! ¡Oye a tu Loppi, Masicas!
+
+Pero las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron, y
+cayó muerta, muerta de la furia. Loppi se sentó a sus pies, le compuso
+los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada el morral vacío. Por
+la mañana, cuando salió el sol, Loppi estaba tendido junto a Masicas,
+muerto.
+
+
+
+
+El Padre las Casas.
+
+
+Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos años. Cuatrocientos años hace
+que vivió el Padre las Casas, y parece que está vivo todavía, porque fue
+bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque
+con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era
+hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de
+tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa. Y
+otras veces se levantaba del sillón, como si le quemase: se apretaba las
+sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parecía
+como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro
+famoso de la _Destrucción de las Indias_, los horrores que vio en las
+Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se le encendían
+los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena
+de lágrimas. Así pasó la vida, defendiendo a los indios.
+
+Aprendió en España a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y
+vino con Colón a la isla Española en un barco de aquellos de velas
+infladas y como cáscara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con muchos
+latines. Decían los marineros que era grande su saber para un mozo de
+veinticuatro años. El sol, lo veía él siempre salir sobre cubierta. Iba
+alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero desde que
+llegó, empezó a hablar poco. La tierra, sí, era muy hermosa, y se vivía
+como en una flor: ¡pero aquellos conquistadores asesinos debían de venir
+del infierno, no de España! Español era él también, y su padre, y su
+madre; pero él no salía por las islas Lucayas a robarse a los indios
+libres: ¡porque en diez años ya no quedaba indio vivo de los tres
+millones, o más, que hubo en la Española!: él no los iba cazando con
+perros hambrientos, para matarlos a trabajo en las minas: él no les
+quemaba las manos y los pies cuando se sentaban porque no podían andar,
+o se les caía el pico porque ya no tenían fuerzas: él no los azotaba,
+hasta verlos desmayar, porque no sabían decirle a su amo donde había más
+oro: él no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio
+de la mesa no pudo con la carga que traía de la mina, y le mandó cortar
+en castigo las orejas: él no se ponía el jubón de lujo, y aquella capa
+que llamaban ferreruelo, para ir muy galán a la plaza a las doce, a ver
+la quema que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los
+cinco indios. El los vio quemar, los vio mirar con desprecio desde la
+hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso más que el jubón negro ni
+cargó caña de oro, como los otros licenciados ricos y regordetes, sino
+que se fue a consolar a los indios por el monte, sin más ayuda que su
+bastón de rama de árbol.
+
+Al monte se habían ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban
+en la Española. Como amigos habían recibido ellos a los hombres blancos
+de las barbas: ellos les habían regalado con su miel y su maíz, y el
+mismo rey Behechío le dio de mujer a un español hermoso su hija
+Higuemota, que era como la torcaza y como la palma real: ellos les
+habían enseñado sus montañas de oro, y sus ríos de agua de oro, y sus
+adornos, todos de oro fino, y les habían puesto sobre la coraza y
+guanteletes de la armadura pulseras de las suyas, y collares de oro: ¡y
+aquellos hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus
+indias, y sus hijos; los metían en lo hondo de la mina, a halar la carga
+de piedra con la frente; se los repartían, y los marcaban con el hierro,
+como esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel
+país de pájaros y de frutas los hombres eran bellos y amables; pero no
+eran fuertes. Tenían el pensamiento azul como el cielo, y claro como el
+arroyo; pero no sabían matar, forrados de hierro, con el arcabuz cargado
+de pólvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no se puede
+atravesar una coraza. Caían, como las plumas y las hojas. Morían de
+pena, de furia, de fatiga, de hambre, de mordidas de perros. ¡Lo mejor
+era irse al monte, con el valiente Guaroa, y con el niño Guarocuya, a
+defenderse con las piedras, a defenderse con el agua, a salvar al
+reyecito bravo, a Guairocuya! El saltaba el arroyo, de orilla a orilla;
+él clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la
+cabeza iba él; se le oía la risa de noche, como un canto; lo que él no
+quería era que lo llevase nadie en hombros. Así iban por el monte,
+cuando se les apareció entre los españoles armados el Padre las Casas,
+con sus ojos tristísimos, en su jubón y su ferreruelo. El no les
+disparaba el arcabuz: él les abría los brazos. Y le dio un beso a
+Guarocuya.
+
+Ya en la isla lo conocían todos, y en España hablaban de él. Era flaco,
+y de nariz muy larga, y la ropa se le caía del cuerpo, y no tenía más
+poder que el de su corazón; pero de casa en casa andaba echando en cara
+a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas; iba a
+palacio, a pedir al gobernador que mandase cumplir las ordenanzas
+reales; esperaba en el portal de la audiencia a los oidores, caminando
+de prisa, con las manos a la espalda, para decirles que venía lleno de
+espanto, que había visto morir a seis mil niños indios en tres meses. Y
+los oidores le decían: «Cálmese, licenciado, que ya se hará justicia»:
+se echaban el ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los
+encomenderos, que eran los ricos del país, y tenían buen vino y buena
+miel de Alcarria. Ni merienda ni sueño había para las Casas: sentía en
+sus carnes mismas los dientes de los molosos que los encomenderos tenían
+sin comer, para que con el apetito les buscasen mejor a los indios
+cimarrones: le parecía que era su mano la que chorreaba sangre, cuando
+sabía que, porque no pudo con la pala, le habían cortado a un indio la
+mano: creía que él era el culpable de toda la crueldad, porque no la
+remediaba; sintió como que se iluminaba y crecía, y como que eran sus
+hijos todos los indios americanos. De abogado no tenía autoridad, y lo
+dejaban solo: de sacerdote tendría la fuerza de la Iglesia, y volvería a
+España, y daría los recados del cielo, y si la corte no acababa con el
+asesinato, con el tormento, con la esclavitud, con las minas, haría
+temblar a la corte. Y el día en que entró de sacerdote, toda la isla fue
+a verlo, con el asombro de que tomara aquella carrera un licenciado de
+fortuna: y las indias le echaron al pasar a sus hijitos, a que le
+besasen los hábitos.
+
+Entonces empezó su medio siglo de pelea, para que los indios no fuesen
+esclavos; de pelea en las Américas; de pelea en Madrid; de pelea con el
+rey mismo: contra España toda, él solo, de pelea. Colón fue el primero
+que mandó a España a los indios en esclavitud, para pagar con ellos las
+ropas y comidas que traían a América los barcos españoles. Y en América
+había habido repartimiento de indios, y cada cual de los que vino de
+conquista, tomó en servidumbre su parte de la indiada, y la puso a
+trabajar para él, a morir para él, a sacar el oro de que estaban llenos
+los montes y los ríos. La reina, allá en España, dicen que era buena, y
+mandó a un gobernador que sacase a los indios de la esclavitud; pero los
+encomenderos le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos, y su
+porción en las ganancias, y fueron más que nunca los muertos, las manos
+cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se echaban de cabeza
+al fondo de las minas. «Yo, he visto traer a centenares maniatadas a
+estas amables criaturas, y darles muerte a todas juntas, como a las
+ovejas.»Fue a Cuba de cura con Diego Velázquez, y volvió de puro horror,
+porque antes que para hacer casas, derribaban los árboles para ponerlos
+de leñas a las quemazones de los taínos. En una isla donde había
+quinientos mil, «vio con sus ojos»los indios que quedaban: once. Eran
+aquellos conquistadores soldados bárbaros, que no sabían los
+mandamientos de la ley, ¡y tomaban a los indios de esclavos, para
+enseñarles la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche,
+desvelado de la angustia, hablaba con su amigo Rentería, otro español de
+oro. ¡Al rey había que ir a pedir justicia, al rey Fernando de Aragón!
+Se embarcó en la galera de tres palos, y se fue a ver al rey.
+
+Seis veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre que «no
+probaba carne». Ni al rey le tenía él miedo, ni a la tempestad. Se iba a
+cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el día en
+el puente, apuntando sus razones en papel de hilo, y dando a que le
+llenaran de tinta el tintero de cuerno, «porque la maldad no se cura
+sino con decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo
+donde no me la pueda negar nadie, en latín y en castellano». Si en
+Madrid estaba el rey, antes que a la posada a descansar del viaje, iba
+al palacio. Si estaba en Viena, cuando el rey Carlos de los españoles
+era emperador de Alemania, se ponía un hábito nuevo, y se iba a Viena.
+Si era su enemigo Fonseca el que mandaba en la junta de abogados y
+clérigos que tenía el rey para las cosas de América, a su enemigo se iba
+a ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista Oviedo,
+el de la «Natural Historia de las Indias», había escrito de los
+americanos las falsedades que los que tenían las encomiendas le mandaban
+poner, le decía a Oviedo mentiroso, aunque le estuviera el rey pagando
+por escribir las mentiras. Si Sepúlveda, que era el maestro del rey
+Felipe, defendía en sus «Conclusiones»el derecho de la corona a repartir
+como siervos, y a dar muerte a los indios, porque no eran cristianos, a
+Sepúlveda le decía que no tenían culpa de estar sin la cristiandad los
+que no sabían que hubiera Cristo, ni conocían las lenguas en que de
+Cristo se hablaba, ni tenían más noticia de Cristo que la que les habían
+llevado los arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las cejas,
+como para cortarle el discurso, crecía unas cuantas pulgadas a la vista
+del rey, se le ponía ronca y fuerte la voz, le temblaba en el puño el
+sombrero, y al rey le decía, cara a cara, que el que manda a los hombres
+ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y
+que lo había de oír en paz, porque él no venía con manchas de oro en el
+vestido blanco, ni traía más defensa que la cruz.
+
+O hablaba, o escribía, sin descanso. Los frailes dominicanos lo
+ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho años,
+escribiendo. Sabía religión y leyes, y autores latinos, que era cuanto
+en su tiempo se aprendía; pero todo lo usaba hábilmente para defender el
+derecho del hombre a la libertad, y el deber de los gobernantes de
+respetárselo. Eso era mucho decir, porque por eso quemaban entonces a
+los hombres. Llorente, que ha escrito la «Vida de Las Casas» escribió
+también la «Historia de la Inquisición» que era quien quemaba: el rey
+iba de gala a ver la quemazón, con la reina y los caballeros de la
+corte: delante de los condenados venían cantando los obispos, con un
+estandarte verde: de la hoguera salía un humo negro. Y Fonseca y
+Sepúlveda querían que «el clérigo»las Casas dijese en sus disputas algún
+pecado contra la autoridad de la Iglesia, para que los inquisidores lo
+condenaran por hereje. Pero «el clérigo»le decía a Fonseca: «¡Lo que yo
+digo es lo que dijo en su testamento la buena reina Isabel; y tú me
+quieres mal y me calumnias, porque te quito el pan de sangre que comes,
+y acuso la encomienda de indios que tienes en América!»Y a Sepúlveda,
+que ya era confesor de Felipe II, le decía: «Tú eres disputador famoso,
+y te llaman el Livio de España por tus historias; pero yo no tengo miedo
+al elocuente que habla contra su corazón, y que defiende la maldad, y te
+desafío a que me pruebes en plática abierta que los indios son
+malhechores y demonios, cuando son claros y buenos como la luz del día,
+e inofensivos y sencillos como las mariposas.»Y duró cinco días la
+plática con Sepúlveda. Sepúlveda empezó con desdén, y acabó turbado. El
+clérigo lo oía con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se le veía
+hincharse la frente. En cuanto Sepúlveda se sentaba satisfecho, como el
+que hincó el alfiler donde quiso, se ponía el clérigo en pie, magnífico,
+regañón, confuso, apresurado. «¡No es verdad que los indios de México
+mataran cincuenta mil en sacrificios al año, sino veinte apenas, que es
+menos de lo que mata España en la horca!» «¡No es verdad que sean gente
+bárbara y de pecados horribles, porque no hay pecado suyo que no lo
+tengamos más los europeos; ni somos nosotros quién, con todos nuestros
+cañones y nuestra avaricia, para comparamos con ellos en tiernos y
+amigables; ni es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes,
+y poetas, y oficios, y gobierno, y artes!» «¡No es verdad, sino,
+iniquidad, que el modo mejor que tenga el rey para hacerse de súbditos
+sea exterminarlos, ni el modo mejor de enseñar la religión a un indio
+sea echarlo en nombre de la religión a los trabajos de las bestias; y
+quitarle los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar de la
+carga con la frente como los bueyes!»Y citaba versículos de la Biblia,
+artículos de la ley, ejemplos de la historia, párrafos de los autores
+latinos, todo revuelto y de gran hermosura, como caen las aguas de un
+torrente, arrastrando en la espuma las piedras y las alimañas del monte.
+
+Solo estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo
+atrever, ni quería descontentar a los de la conquista, que le mandaban a
+la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de niño lo oyó con
+veneración, pero lo engañaba después, cuando entró en ambiciones que
+requerían mucho gastar, y no estaba para ponerse por las «cosas del
+clérigo» en contra de los de América, que le enviaban de tributo los
+galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe II, que se gastó un reino en
+procurarse otro, y lo dejó todo a su muerte envenenado y frío, como el
+agujero en que ha dormido la víbora. Si iba a ver al rey, se encontraba
+la antesala llena de amigos de los encomenderos, todos de seda sombreros
+de plumas, con collares de oro de los indios americanos: al ministro no
+le podía hablar, porque tenía encomiendas él, y tenía minas, o gozaba
+los frutos de las que poseía en cabeza de otros. De miedo de perder el
+favor de la corte, no le ayudaban los mismos que no tenían en América
+interés. Los que más lo respetaban, por bravo, por justo, por astuto,
+por elocuente, no lo querían decir, o lo decían donde no los oyeran:
+porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza
+con su virtud o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en
+su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de él, o
+dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y le van
+clavando la puñalada en la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de
+ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le
+ayuden, porque estará siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien,
+que se parece al cielo de la mañana en la claridad!
+
+Y como él era tan sagaz que no decía cosa que pudiera ofender al rey ni
+a la Inquisición, sino que pedía la bondad con los indios para bien del
+rey, y para que se hiciesen más de veras cristianos, no tenían los de la
+corte modo de negársele a las claras, sino que fingían estimarle mucho
+el celo, y una vez le daban el título de «Protector Universal de los
+Indios», con la firma de Fernando, pero sin modo de que le acatasen la
+autoridad de proteger; y otra, al cabo de cuarenta años de razonar, le
+dijeron que pusiera en papel las razones por que opinaba que no debían
+ser esclavos los indios; y otra le dieron poder para que llevase
+trabajadores de España a una colonia de Cumaná donde se había de ver a
+los indios con amor, y no halló en toda España sino cincuenta que
+quisieran ir a trabajar, los cuales fueron, con un vestido que tenía una
+cruz al pecho, pero no pudieron poner la colonia, porque el «adelantado»
+había ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos
+disparaban sus flechas de punta envenenada contra todo el que llevaba
+cruz. Y por fin le encargaron, como por entretenerlo, que pidiese las
+leyes que le parecían a él bien para los indios, «¡cuantas leyes
+quisiera, pues que por ley más o menos no hemos de pelear!», y él las
+escribía, y las mandaba el rey cumplir, pero en el barco iba la ley, y
+el modo de desobedecerla. El rey le daba audiencia, y hacía como que le
+tomaba consejo; pero luego entraba Sepúlveda, con sus pies blandos y sus
+ojos de zorra, a traer los recados de los que mandaban los galeones, Y
+lo que se hacía de verdad era lo que decía Sepúlveda. Las Casas lo
+sabía, lo sabía bien; pero ni bajó el tono, ni se cansó de acusar, ni de
+llamar crimen a lo que era, ni de contar en su «Descripción» las
+«crueldades», para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por
+la vergüenza de que las supiera el mundo. El nombre de los malos no lo
+decía, porque era noble y les tuvo compasión. Y escribía como hablaba,
+con la letra fuerte y desigual, llena de chispazos de tinta, como
+caballo que lleva de jinete a quien quiere llegar pronto, y va
+levantando el polvo y sacando luces de la piedra.
+
+Fue obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino de
+Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, vivían los indios en
+mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los indios; pero no sólo a
+llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence a los pícaros, sino a
+acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no
+cumplían con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a
+hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez
+tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los
+árboles cuando ha pasado el vendabal. Pero los encomenderos podían más
+que él, porque tenían el gobierno de su lado; y le componían cantares en
+que le decían traidor y español malo; y le daban de noche músicas de
+cencerro, y le disparaban arcabuces a la puerta para ponerlo en temor, y
+le rodeaban el convento armados,--todos armados, contra un viejo flaco y
+solo. Y hasta le salieron al camino de Ciudad Real para que no volviera
+a entrar en la población. El venía a pie, con su bastón, y con dos
+españoles buenos, y un negro que lo quería como a padre suyo: porque es
+verdad que las Casas por el amor de los indios, aconsejó al principio de
+la conquista que se siguiese trayendo esclavos negros, que resistían
+mejor el calor; pero luego que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y
+decía: «¡con mi sangre quisiera pagar el pecado de aquel consejo que di
+por mi amor a los indios!» Con su negro cariñoso venía, y los dos
+españoles buenos. Venía tal vez de ver cómo salvaba a la pobre india que
+se le abrazó a las rodillas a la puerta de su templo mexicano, loca de
+dolor porque los españoles le habían matado al marido de su corazón, que
+fue de noche a rezarles a los dioses: ¡y vio de pronto las Casas que
+eran indios los centinelas que los españoles le habían echado para que
+no entrase! ¡El les daba a los indios su vida, y los indios venían a
+atacar a su salvador, porque se lo mandaban los que los azotaban! Y no
+se quejó, sino que dijo así: «Pues por eso, hijos míos, os tengo de
+defender más, porque os tienen tan martirizados que no tenéis ya valor
+ni para agradecer.» Y los indios, llorando, se echaron a sus pies, y le
+pidieron perdón. Y, entró en Ciudad Real, donde los encomenderos lo
+esperaban, armados de arcabuz y cañón, como para ir a la guerra. Casi a
+escondidas tuvo que embarcarlo para España el virrey, porque los
+encomenderos lo querían matar. El se fue a su convento, a pelear, a
+defender, a llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa y
+dos años.
+
+
+
+
+Los zapaticos de rosa
+
+_A mademoiselle Marie: José Martí_
+
+
+/P
+
+ Hay sol bueno y mar de espuma,
+ Y arena fina, y Pilar
+ Quiere salir a estrenar
+ Su sombrerito de pluma.
+
+ --«¡Vaya la niña divina!»
+ Dice el padre, y le da un beso:
+ «Vaya mi pájaro preso
+ A buscarme arena fina.»
+
+ --«Yo voy con mi niña hermosa»,
+ Le dijo la madre buena:
+ «¡No te manches en la arena
+ Los zapaticos de rosa!»
+
+ Fueron las dos al jardín
+ Por la calle del laurel:
+ La madre cogió un clavel
+ Y Pilar cogió un jazmín.
+
+ Ella va de todo juego,
+ Con aro, y balde, y paleta:
+ El balde es color violeta:
+ El aro es color de fuego.
+
+ Vienen a verlas pasar:
+ Nadie quiere verlas ir:
+ La madre se echa a reír,
+ Y un viejo se echa a llorar.
+
+ El aire fresco despeina
+ A Pilar, que viene y va
+ Muy oronda:--«¡Di, mamá!
+ ¿Tú sabes qué cosa es reina?»
+
+ Y por si vuelven de noche
+ De la orilla de la mar,
+ Para la madre y Pilar
+ Manda luego el padre el coche.
+
+ Está la playa muy linda:
+ Todo el mundo está en la playa:
+ Lleva espejuelos el aya
+ De la francesa Florinda.
+
+ Está Alberto, el militar
+ Que salió en la procesión
+ Con tricornio y con bastón,
+ Echando un bote a la mar.
+
+ ¡Y qué mala, Magdalena
+ Con tantas cintas y lazos,
+ A la muñeca sin brazos
+ Enterrándola en la arena!
+
+ Conversan allá en las sillas,
+ Sentadas con los señores,
+ Las señoras, como flores,
+ Debajo de las sombrillas.
+
+ Pero está con estos modos
+ Tan serios, muy triste el mar:
+ ¡Lo alegre es allá, al doblar,
+ En la barranca de todos!
+
+ Dicen que suenan las olas
+ Mejor allá en la barranca,
+ Y que la arena es muy blanca
+ Donde están las niñas solas.
+
+ Pilar corre a su mamá:
+ --«¡Mamá, yo voy a ser buena:
+ Déjame ir sola a la arena:
+ Allá, tú me ves, allá!»
+
+ --«¡Esta niña caprichosa!
+ No hay tarde que no me enojes:
+ Anda, pero no te mojes
+ Los zapaticos de rosa.»
+
+ Le llega a los pies la espuma:
+ Gritan alegres las dos:
+ Y se va, diciendo adiós,
+ La del sombrero de pluma.
+
+ ¡Se va allá, donde ¡muy lejos!
+ Las aguas son más salobres,
+ Donde se sientan los pobres,
+ Donde se sientan los viejos!
+
+ Se fue la niña a jugar,
+ La espuma blanca bajó,
+ Y pasó el tiempo, y pasó
+ Un águila por el mar,
+
+ Y cuando el sol se ponía
+ Detrás de un monte dorado,
+ Un sombrerito callado
+ Por las arenas venía.
+
+ Trabaja mucho, trabaja
+ Para andar: ¿qué es lo que tiene
+ Pilar que anda así, que viene
+ Con la cabecita baja?
+
+ Bien sabe la madre hermosa
+ Por qué le cuesta el andar:
+ --«¿Y los zapatos, Pilar,
+ Los zapaticos de rosa?
+
+ «¡Ah, loca! ¿en dónde estarán?
+ ¡Di dónde, Pilar!»--«Señora»,
+ Dice una mujer que llora:
+ «¡Están conmigo: aquí están!
+
+ «Yo tengo una niña enferma
+ Que llora en el cuarto oscuro
+ Y la traigo al aire puro
+ A ver el sol, y a que duerma
+
+ «Anoche soñó, soñó
+ Con el cielo, y oyó un canto:
+ Me dio miedo, me dio espanto,
+ Y la traje, y se durmió.
+
+ «Con sus dos brazos menudos
+ Estaba como abrazando;
+ Y yo mirando, mirando
+ Sus piececitos desnudos.
+
+ «Me llegó al cuerpo la espuma,
+ Alcé los ojos, y vi
+ Esta niña frente a mí
+ Con su sombrero de pluma.
+
+ --«¡Se parece a los retratos
+ Tu niña!» dijo: «¿Es de cera?
+ ¿Quiere jugar? ¡si quisiera!...
+ ¿Y por qué está sin zapatos?»
+
+ «Mira: ¡la mano le abrasa,
+ Y tiene los pies tan fríos!
+ ¡Oh, toma, toma los míos:
+ Yo tengo más en mi casa!»
+
+ «No sé bien, señora hermosa,
+ Lo que sucedió después:
+ ¡Le vi a mi hijita en los pies
+ Los zapaticos de rosa!»
+
+ Se vio sacar los pañuelos
+ A una rusa y a una inglesa;
+ El aya de la francesa
+ Se quitó los espejuelos.
+
+ Abrió la madre los brazos:
+ Se echó Pilar en su pecho,
+ Y sacó el traje deshecho,
+ Sin adornos y sin lazos.
+
+ Todo lo quiere saber
+ De la enferma la señora:
+ ¡No quiere saber que llora
+ De pobreza una mujer!
+
+ --«¡Sí, Pilar, dáselo! ¡y eso
+ También! ¡tu manta! ¡tu anillo!»
+ Y ella le dio su bolsillo,
+ Le dio el clavel, le dio un beso.
+
+ Vuelven calladas de noche
+ A su casa del jardín:
+ Y Pilar va en el cojín
+ De la derecha del coche.
+
+ Y dice una mariposa
+ Que vio desde su rosal
+ Guardados en un cristal
+ Los zapaticos de rosa.
+
+P/
+
+
+
+
+La última página
+
+
+Este es el número de _La Edad de Oro_, donde se ve lo viejo y lo nuevo
+del mundo, y se aprende cómo las cosas de guerra y de muerte no son tan
+bellas como las de trabajar: ¡a saber si el tiempo del Padre las Casas
+era mejor que el de la Exposición de París! ¿Y quién es mejor: Masicas,
+o Pilar? Sólo que en todo lo de esta vida hay siempre un desventurado. Y
+el desventurado de _La Edad de Oro_ es el artículo sobre la _Historia
+de la Cuchara_, _el Tenedor y el Cuchillo_, que en cada número se
+anuncia muy orondo, como si fuera una maravilla, y luego sucede que no
+queda lugar para él. Lo que le está muy bien empleado, por pedante, y
+por andarse anunciando así. Las cosas buenas se deben hacer sin llamar
+al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque
+allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha
+dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil.
+Los niños debían echarse a llorar, cuando ha pasado el día sin que
+aprendan algo nuevo, sin que sirvan de algo.
+
+¡Quién sabe si sirve, quién sabe, el artículo de la Exposición de París!
+Pero va a suceder como con la Exposición, que de grande que es no se la
+puede ver, toda, y la primera vez se sale de allí como con chispas y
+joyas en la cabeza, pero luego se ve más despacio, y cada hermosura va
+apareciendo entera y clara entre las otras. Hay que leerlo dos veces: y
+leer luego cada párrafo suelto: lo que hay que leer, sobre todo, con
+mucho cuidado, es lo de los pabellones de nuestra América. Una pena,
+tiene _La Edad de Oro_; y es que no pudo encontrar lámina del pabellón
+del Ecuador. ¡Está triste la mesa cuando falta uno de los hermanos!
+
+
+
+
+Un paseo por la tierra de los anamitas
+
+
+Cuentan un cuento de cuatro hindús ciegos, de allí del Indostán de Asia,
+que eran ciegos desde el nacer, y querían saber cómo era un elefante.
+«Vamos, dijo uno, adonde el elefante manso de la casa del rajá, que es
+príncipe generoso, y nos dejará saber cómo es.» Y a citas del príncipe
+se fueron, con su turbante blanco y su manto blanco; y oyeron en el
+camino rugir a la pantera y graznar al faisán de color de oro, que es
+como un pavo con dos plumas muy largas en la cola; y durmieron de noche
+en las ruinas de piedra de la famosa Jehanabad, donde hubo antes mucho
+comercio y poder; y pasaron por sobre un torrente colgándose mano a mano
+de una cuerda, que estaba a los dos lados levantada sobre una horquilla,
+como la cuerda floja en que bailan los gimnastas en los circos; y un
+carretero de buen corazón les dijo que se subieran en su carreta, porque
+su buey giboso de astas cortas era un buey bonazo, que debió ser algo
+así como abuelo en otra vida, y no se enojaba porque se le subieran los
+hombres encima, sino que miraba a los caminantes como convidándoles a
+entrar en el carro. Y así llegaron los cuatro ciegos al palacio del
+rajá, que era por fuera como un castillo, y por dentro como una caja de
+piedras preciosas, lleno todo de cojines y de colgaduras, y el techo
+bordado, y las paredes con florones de esmeraldas y zafiros, y las
+sillas de marfil, y el trono del rajá de marfil y de oro. «Venimos,
+señor rajá, a que nos deje ver con nuestras manos, que son los ojos de
+los pobres ciegos, cómo es de figura un elefante manso.» «Los ciegos son
+santos», dijo el rajá, «los hombres que desean saber son santos: los
+hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin preguntar,
+ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar
+otros: vayan los cuatro ciegos a ver con sus manos el elefante manso.»
+Echaron a correr los cuatro, como si les hubiera vuelto de repente la
+vista: uno cayó de nariz sobre las gradas del trono del rajá: otro dio
+tan recio contra la pared que se cayó sentado, viendo si se le había ido
+en el coscorrón algún retazo de cabeza: los otros dos, con los brazos
+abiertos, se quedaron de repente abrazados. El secretario del rajá los
+llevó adonde el elefante manso estaba, comiéndose su ración de treinta y
+nueve tortas de arroz y quince de maíz, en una fuente de plata con el
+pie de ébano; y cada ciego se echó, cuando el secretario dijo «¡ahora!»,
+encima del elefante, que era de los pequeños y regordetes: uno se le
+abrazó por una pata: el otro se le prendió a la trompa, y subía en el
+aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro
+tenía agarrada un asa de la fuente del arroz y el maíz. «Ya sé» decía el
+de la pata: «el elefante es alto y redondo, como una torre que se
+mueve.» «¡No es verdad!», decía el de la trompa: «el elefante es largo,
+y acaba en pico, como un embudo de carne.» «¡Falso y muy falso!», decía
+el de la cola: «el elefante es como un badajo de campana» «Todos se
+equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve»,
+decía el del asa de la fuente. Y así son los hombres, que cada uno cree
+que sólo lo que él piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa
+que no se debe creer sino lo que él cree, lo mismo que los cuatro ciegos
+del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cariño lo que
+los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver
+que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el
+mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los
+hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad,
+y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y
+peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.
+
+También, y tanto como los más bravos, pelearon, y volverán a pelear, los
+pobres anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten de seda,
+allá lejos, en Asia, por la orilla del mar, debajo de China. No nos
+parecen de cuerpo hermoso, ni nosotros les parecemos hermosos a ellos:
+ellos dicen que es un pecado cortarse el pelo, porque la naturaleza nos
+dio pelo largo, y es un presumido el que se crea más sabio que la
+naturaleza, así que llevan el pelo en moño, lo mismo que las mujeres:
+ellos dicen que el sombrero es para que dé sombra, a no ser que se le
+lleve como señal de mando en la casa del gobernador, que entonces puede
+ser casquete sin alas: de modo que el sombrero anamita es como un
+cucurucho, con el pico arriba, y la boca muy ancha: ellos dicen que en
+su tierra caliente se ha de vestir suelto y ligero, de modo que llegue
+al cuerpo el aire, y no tener al cuerpo preso entre lanas y casimires,
+que se beben los rayos del sol, y sofocan y arden: ellos dicen que el
+hombre no necesita ser de espaldas fuertes, porque los cambodios son más
+altos y robustos que los anamitas, pero en la guerra los anamitas han
+vencido siempre a sus vecinos los cambodios; y que la mirada no debe ser
+azul, porque el azul engaña y abandona, como la nube del cielo y el agua
+del mar; y que el color no debe ser blanco, porque la tierra, que da
+todas las hermosuras, no es blanca, sino de los colores de bronce de los
+anamitas; y que los hombres no deben llevar barba, que es cosa de
+fieras: aunque los franceses, que son ahora los amos de Anam, responden
+que esto de la barba no es más que envidia, porque bien que se deja el
+anamita el poco bigote que tiene: ¿y en sus teatros, quién hace de rey,
+sino el que tiene la barba más larga? ¿y el mandarín, no sale a las
+tablas con bigotes de tigre? ¿y los generales, no llevan barba colorada?
+«¿Y para qué necesitamos tener los ojos más grandes», dicen los
+anamitas, «ni más juntos a la nariz?: con estos ojos de almendra que
+tenemos, hemos fabricado el Gran Buda de Hanoi, el dios de bronce, con
+cara que parece viva, y alto como una torre; hemos levantado la pagoda
+de Angkor, en un bosque de palmas, con corredores de a dos leguas, y
+lagos en los patios, y una casa en la pagoda para cada dios, y mil
+quinientas columnas, y calles de estatuas; hemos hecho en el camino de
+Saigón a Cholen, la pagoda donde duermen, bajo una corona de torres
+caladas, los poetas, que cantaron el patriotismo y el amor, los santos
+que vivieron entre los hombres con bondad y pureza, los héroes que
+pelearon por libertamos de los cambodios, de los siameses y de los
+chinos: y nada se parece tanto, a la luz como los colores de nuestras
+túnicas de seda. Usamos moño, y sombrero de pico, y calzones anchos, y
+blusón de color, y somos amarillos, chatos, canijos y feos; pero
+trabajamos a la vez el bronce y la seda: y cuando los franceses nos han
+venido a quitar nuestro Hanoi, nuestro Hue, nuestras ciudades de
+palacios de madera, nuestros puertos llenos de casas de bambú y de
+barcos de junco, nuestros almacenes de pescado y arroz, todavía, con
+estos ojos de almendra, hemos sabido morir, miles sobre miles, para
+cerrarles el camino. Ahora son nuestros amos; pero mañana ¡quién sabe!»
+
+Y se pasean callados, a paso igual y triste, sin sorprenderse de nada,
+aprendiendo lo que no saben, con las manos en los bolsillos de la blusa:
+de la blusa azul, sujeta al cuello con un botón de cristal amarillo: y
+por zapato llevan una suela de cordón, atada al tobillo con cintas. Ese
+es el traje del pescador; del que fabrica las casas de caña, con el
+techo de paja de arroz; del marino ligero, en su barca de dos puntas;
+del ebanista, que maneja la herramienta con los pies y las manos, y
+embute los adornos de nácar en las camas y sillas de madera preciosa;
+del tejedor, que con los hilos de plata y de oro borda pájaros de tres
+cabezas, y leones con picos y alas, y cigüeñas con ojos de hombre, y
+dioses de mil brazos: ése es el traje del pobre cargador, que se muere
+joven del cansancio de halar la _djirincka_, que es el coche de dos
+ruedas, de que va halando el anamita pobre: trota, trota como un
+caballo: más que el caballo anda, y más aprisa: ¡y dentro, sin pena y
+sin vergüenza, va un hombre sentado!: como los caballos se mueren
+después, del mal de correr, los pobres cargadores. Y de beber clarete y
+borgoña, y del mucho comer, se mueren, colorados y gordos, los que se
+dejan halar en la _djirincka_, echándose aire con el abanico; los
+militares ingleses, los empleados franceses, los comerciantes chinos.
+
+¿Y ese pueblo de hombres trotones es el que levantó las pagodas de tres
+pisos, con lagos en los patios, y casas para cada dios, y calles de
+estatuas; el que fabricó leones de porcelana y gigantes de bronce; el
+que tejió la seda con tanto color que centellea al sol, como una capa de
+brillantes? A eso llegan los pueblos que se cansan de defenderse: a
+halar como las bestias del carro de sus amos: y el amo va en el carro,
+colorado y gordo. Los anamitas están ahora cansados. A los pueblos
+pequeños les cuesta mucho trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado
+siempre defendiendo. Los vecinos fuertes, el chino y el siamés, lo han
+querido conquistar. Para defenderse del siamés, entró en amistades con
+el chino, que le dijo muchos amores, y lo recibió con procesiones y
+fuegos y fiestas en los ríos, y le llamó «querido hermano». Pero luego
+que entró en la tierra de Anam, lo quiso mandar como dueño, hace como
+dos mil años: ¡y dos mil años hace que los anamitas se están defendiendo
+de los chinos! Y con los franceses les sucedió así también, porque con
+esos modos de mando que tienen los reyes no llegan nunca los pueblos a
+crecer, y más allá, que es como en China, donde dicen que el rey es hijo
+del cielo, y creen pecado mirarlo cara a cara, aunque los reyes saben
+que son hombres como los demás, y pelean unos contra otros para tener
+más pueblos y riquezas: y los hombres mueren sin saber porqué,
+defendiendo a un rey o a otro. En una de esas peleas de reyes andaba por
+Anam un obispo francés, que hizo creer al rey vencido que Luis XVI de
+Francia le daría con qué pelear contra el que le quitó el mando al de
+Anam: y el obispo se fue a Francia con el hijo del rey, y luego vino
+solo, porque con la revolución que había en París no lo podía Luis XVI
+ayudar; juntó a los franceses que había por la India de Asia: entró en
+Anam; quitó el poder al rey nuevo; puso al rey de antes a mandar. Pero
+quien mandaba de veras eran los franceses, que querían para ellos todo
+lo del país, y quitaban lo de Anam para poner lo suyo, hasta que Anam
+vio que aquel amigo de afuera era peligroso, y valía más estar sin el
+amigo, y lo echó de una pelea de la tierra, que todavía sabía pelear:
+sólo que los franceses vinieron luego con mucha fuerza, y con
+cañones en sus barcos de combate, y el anamita no se pudo defender en el
+mar con sus barcos de junco, que no tenían cañones; ni pudo mantener
+sus ciudades, porque con lanzas no se puede pelear contra balas; y por
+Saigón, que fue por donde entró el francés, hay poca piedra con que
+fabricar murallas; ni estaba el anamita acostumbrado a ese otro modo de
+pelear, sino a sus guerras de hombre a hombre, con espada y lanza, pecho
+a pecho los hombres y los caballos. Pueblo a pueblo se ha estado
+defendiendo un siglo entero del francés, huyéndole unas veces, otras
+cayéndole encima, con todo el empuje de los caballos, y despedazándole
+el ejército: China le mandó sus jinetes de pelea, porque tampoco quieren
+los chinos al extranjero en su tierra, y echarlo de Anam era como
+echarlo de China: pero él francés es de otro mundo, que sabe más de
+guerras y de modos de matar; y pueblo a pueblo, con la sangre a la
+cintura, les ha ido quitando el país a los anamitas.
+
+Los anamitas se pasean, callados, a paso igual y triste, con las manos
+en los bolsillos de la blusa azul. Trabajan. Parecen plateros finos en
+todo lo que hacen, en la madera, en el nácar, en la armería, en los
+tejidos, en las pinturas, en los bordados, en los arados. No aran con
+caballo ni con buey, sino con búfalo. La tela de los vestidos la pintan
+a mano. Con los cuchillos de tallar labran en la madera dura pueblos
+enteros, con la casa al fondo, y los barcos navegando en el río, y la
+gente a miles en los barcos, y árboles, y faroles, y puentes, y botes de
+pescadores, todo tan menudo como si lo hubieran hecho con la uña. La
+casa es como para enanos, y tan bien hecha que parece casa de juguete,
+toda hecha de piezas. Las paredes, las pintan: los techos, que son de
+madera, los tallan con mucha labor, como las paredes de afuera: por
+todos los rincones hay vasos de porcelana, y los grifos de bronce con
+las alas abiertas, y pantallas de seda bordada, con marcos de bambú. No
+hay casa sin su ataúd, que es allá un mueble de lujo, con los adornos de
+nácar: los hijos buenos le dan al padre como regalo un ataúd lujoso, y
+la muerte es allá como una fiesta, con su música de ruido y sus cantares
+de pagoda: no les parece que la vida es propiedad del hombre, sino
+préstamo que le hizo la naturaleza, y morir no es más que volver a la
+naturaleza de donde se vino, y en la que todo es como hermano del
+hombre; por lo que suele el que muere decir en su testamento que pongan
+un brazo o una pierna suya adonde lo puedan picar los pájaros, y
+devorarlo las fieras, y deshacerlo los animales invisibles que vuelan en
+el viento. Desde que viven en la esclavitud, van mucho los anamitas a
+sus pagodas, porque allí les hablan los sacerdotes de los santos del
+país, que no son los santos de los franceses: van mucho a los teatros,
+donde no les cuentan cosas de reír, sino la historia de sus generales y
+de sus reyes: ellos oyen encuclillados, callados, la historia de las
+batallas.
+
+Por dentro es la pagoda como una cinceladura, con encajes de madera
+pintada de colores alrededor de los altares; y en las columnas sus
+mandamientos y sus bendiciones en letras plateadas y doradas; y los
+santos de oro, familias enteras de santos, en el altar tallado. Delante
+van y vienen los sacerdotes, con sus manteos de tisú precioso, o de seda
+verde y azul, y el bonete de tejido de oro, uno con la flor del loto,
+que es la flor de su dios, por lo hermosa y lo pura, y otro cargándole
+el manteo al de la flor, y otros cantando: detrás van los encapuchados,
+que son sacerdotes menores, con músicas y banderines, coreando la
+oración: en el altar, con sus mitras brillantes, ven la fiesta los
+dioses sentados. Buda es su gran dios, que no fue dios cuando vivió de
+veras, sino un príncipe bueno, tan fuerte de cuerpo que mano a mano
+echaba por tierra a leones jóvenes, y tan hermoso que lo quería como a
+su corazón el que lo veía una vez, y de tanto pensamiento que no podían
+los doctores discutir con él, porque de niño sabía más que los doctores
+más sabios y viejos. Y luego se casó, y quería mucho a su mujer y a su
+hijo; pero una tarde que salió en su carro de perlas y plata a pasear,
+vio a un viejo pobre, vestido de harapos, y volvió del paseo triste: y
+otra tarde vio a un moribundo, y no quiso pasear más: y otra tarde vio a
+un muerto, y su tristeza fue ya mucha: y otra vio a un monje que pedía
+limosnas, y el corazón le dijo que no debía andar en carro de plata y de
+perlas, sino pensar en la vida, que tenía tantas penas, y vivir solo,
+donde se pudiera pensar, y pedir limosna para los infelices, como el
+monje. Tres veces le dio en su palacio la vuelta a la cama de su mujer y
+de su hijo, como si fuera un altar, y sollozó: y sintió como que el
+corazón se le moría en el pecho. Pero se fue, en lo oscuro de la noche,
+al monte, a pensar en la vida, que tenía tanta pena, a vivir sin deseos
+y sin mancha, a decir sus pensamientos a los que se los querían oír, a
+pedir limosna para los pobres, como el monje. Y no comía, más que lo que
+un pájaro: y no bebía, más que para no morirse de sed: y no dormía, sino
+sobre la tierra de su cabaña: y no andaba, sino con los pies descalzos.
+Y cuando el demonio Mara le venía a hablar de la hermosura de su mujer,
+y de las gracias de su niño, y de la riqueza de su palacio, y de la
+arrogancia de mandar en su pueblo como rey, él llamaba a sus discípulos,
+para consagrarse otra vez ante ellos a la virtud: y el demonio Mara huía
+espantado. Esas son cosas que los hombres sueñan, y llaman demonios a
+los consejos malos que vienen de lado feo del corazón; sólo que como el
+hombre se ve con cuerpo y nombre, pone nombre y cuerpo, como si fuesen
+personas, a todos los poderes y fuerzas que imagina: ¡y ése es poder de
+veras, el que viene de lo feo del corazón, y dice al hombre que viva
+para sus gustos más que para sus deberes, cuando la verdad es que no hay
+gusto mayor, no hay delicia más grande, que la vida de un hombre que
+cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas!: ¿pero que es
+mas bello, ni da más aromas que una rosa? Del monte volvió Buda, porque
+pensó, después de mucho pensar, que con vivir sin comer y beber no se
+hacia bien a los hombres, ni con dormir en el suelo, ni con andar
+descalzo, sino que estaba la salvación en conocer las cuatro verdades,
+que dicen que la vida es toda de dolor, y que el dolor viene de desear,
+y que para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo, y que el dulce
+nirvana, que es la hermosura como de luz que le da al alma el
+desinterés, no se logra viviendo, como loco o glotón, para los gustos de
+lo material, y para amontonar a fuerza de odio y humillaciones el mando
+y la fortuna, sino entendiendo que no se ha de vivir para la vanidad, ni
+se ha de querer lo de otros y guardar rencor, ni se ha de dudar de la
+armonía del mundo o ignorar nada de él o mortificarse con la ofensa y la
+envidia, ni se ha de reposar hasta que el alma sea como una luz de
+aurora, que llena de claridad y hermosura al mundo, y llore y padezca
+por todo lo triste que hay en él, y se vea como médico y padre de todos
+los que tienen razón de dolor: es como vivir en un azul que no se acaba,
+con un gusto tan puro que debe ser lo que se llama gloria, y con los
+brazos siempre abiertos. Así vivió Buda, con su mujer y con su hijo,
+luego que volvió del monte. Después sus discípulos, que eran muchos,
+empezaron a vivir de lo que la gente les daba, porque les hablasen de
+las verdades de Buda, y de sus hazañas cuando era príncipe, y de cómo
+vivió en el monte; y el rey vio que en el nombre de Buda había poder,
+porque la gente miraba todo lo de Buda como cosa del cielo, tan hermoso
+que no podía ser hombre el que vivió y habló así. Mandó el rey juntar a
+los discípulos, para que pusiesen en libros la historia y los sermones y
+los consejos de Buda; y puso a los discípulos a sueldo, para que el
+pueblo viese juntos el poder del rey y el del cielo, de donde creía el
+pueblo que había venido al mundo Buda. Hubo unos discípulos que hicieron
+lo que el rey quería, y salieron con el ejército del rey a quitarles a
+los países de los alrededores la libertad, con el pretexto de que les
+iban a enseñar las verdades de Buda, que habían venido del cielo. Y hubo
+otros que dijeron que eso era engaño de los discípulos y robo del rey, y
+que la libertad de un pueblo pequeño es más necesaria al mundo que el
+poder de un rey ambicioso, y la mentira de los sacerdotes que sirven al
+rey por su dinero, y que si Buda hubiera vivido, habría dicho la verdad,
+que él no vino del cielo sino como vienen los hombres todos, que traen
+el cielo en sí mismos, y lo ven, como se ve el sol, cuando, por el
+cariño a los hombres y la honradez, llegan a ser como si no fuesen de
+carne y de hueso, sino de claridad, y al malo le tienen compasión, como
+a un enfermo a quien se ha de curar, y al bueno te dan fuerzas, para que
+no se canse de animar y de servir al mundo: ¡ése sí que es cielo, y
+gusto divino! Pero los discípulos que estaban con el rey pudieron más; y
+el rey les mandó hacer pagodas de muchas torres, donde ponían a Buda de
+dios en el altar, y los discípulos se mandaron hacer túnicas de seda y
+mantos con mucho oro y bonetes de picos, y a los discípulos más famosos
+los fueron enterrando en las pagodas, con sus estatuas sobre la
+sepultura, y les encendían luces de día y de noche, y la gente iba a
+arrodillarse delante de ellos, para que les consolaran las penas que da
+el mundo, y les dieran lo que deseaban tener en la tierra, y los
+recomendaran a Buda en la hora de morir. Miles de años han pasado, y hay
+miles de pagodas. Allí van los anamitas tristes, que ya no encuentran en
+la tierra ayuda, y la van a pedir a lo desconocido del cielo.
+
+Y al teatro van para que no se les acabe la fuerza del corazón. ¡En el
+teatro no hay franceses! En el teatro les cuentan los cómicos las
+historias de cuando Anam era país grande, y de tanta riqueza que los
+vecinos lo querían conquistar; pero había muchos reyes, y cada rey
+quería las tierras de los otros, así que en las peleas se gastó el país,
+y los de afuera, los chinos, los de Siam, los franceses, se juntaban con
+el caído para quitar el mando al vencedor, y luego se quedaban de amos,
+y tenían en odio a los partidos de la pelea, para que no se juntasen
+contra el de afuera, como se debían juntar, y lo echaran por entrometido
+y alevoso, que viene como amigo, vestido de paloma, y en cuanto se ve en
+el país, se quita las plumas, y se le ve como es, tigre ladrón. En Anam
+el teatro no es de lo que sucede ahora, sino la historia del país; y la
+guerra que el bravo An-Yang le ganó al chino Chau-Tu; y los combates
+de las dos mujeres, Cheng Tseh y Cheng Urh, que se vistieron de
+guerreras, y montaron a caballo, y fueron de generales de la gente de
+Anam, y echaron de sus trincheras a los chinos; y las guerras de los
+reyes, cuando el hermano del rey muerto quería mandar en Anam, en lugar
+de su sobrino, o venía el rey de lejos a quitarle la tierra al rey Hue.
+Los anamitas, encuclillados, oyen la historia, que no cuentan los
+cómicos hablando o cantando, como en los dramas o, en las óperas, sino
+con una música de mucho ruido que no deja oír lo que dicen los cómicos,
+que vienen vestidos con túnicas muy ricas, bordadas de flores y pájaros
+que nunca se han visto, con cascos de oro muy labrados en la cabeza, y
+alas en la cintura, cuando son generales, y dos plumas muy largas en el
+casco, si son príncipes: y si son gente así, de mucho poder, no se
+sientan en las sillas de siempre, sino en sillas muy altas. Y cuentan, y
+pelean, y saludan, y conversan, y hacen que toman té, y entran por la
+puerta de la derecha, y salen por la puerta de la izquierda: y la música
+toca sin parar, con sus platillos y su timbalón y su clarín y su
+violinete; y es un tocar extraño, que parece de aullidos y de gritos sin
+arreglo y sin orden, pero se ve que tiene un tono triste cuando se habla
+de muerte, y otro como de ataque cuando viene un rey de ganar una
+batalla, y otro como de procesión de mucha alegría cuando se casa la
+princesa, y otro como de truenos y de ruido cuando entra, con su barba
+blanca, el gran sacerdote y cada tono lo adornan los músicos como les
+parece bien, inventando el acompañamiento según lo van tocando, de modo
+que parece que es música sin regla, aunque si se pone bien el oído se ve
+que la regla de ellos es dejarle la idea libre al que toca, para que se
+entusiasme de veras con los pensamientos del drama, y ponga en la música
+la alegría, o la pena, o la poesía, o la furia que sienta en el corazón,
+sin olvidarse del tono de la música vieja, que todos los de la orquesta
+tienen que saber, para que haya una guía en medio del desorden de su
+invención, que es mucho de veras, porque el que no conoce sus tonos no
+oye más que los tamborazos y la algarabía; y así sucede en los teatros
+de Anam que a un europeo le da dolor de cabeza, y le parece odiosa, la
+música que al anamita que está junto a él le hace reír de gusto, o
+llorar de la pena, según estén los músicos contando la historia del
+letrado pobre que a fuerza de ingenio se fue burlando de los consejeros
+del rey, hasta que el consejero llegó a ser el pobre,--o la otra
+historia triste del príncipe que se arrepintió de haber llamado al
+extranjero a mandar en su país, y se dejó morir de hambre a los pies de
+Buda, cuando no había remedio ya, y habían entrado a miles en la tierra
+cobarde los extranjeros ambiciosos, y mandaban en el oro y las fábricas
+de seda, y en el reparto de las tierras, y en el tribunal de la justicia
+los extranjeros, y los hijos mismos de la tierra ayudaban al extranjero
+a maltratar al que defendía con el corazón la libertad de la tierra: la
+música entonces toca bajo y despacio, y como si llorase, y como si se
+escondiese debajo de la tierra: y los actores, como si pasase un
+entierro, se cubren con las mangas del traje las caras. Y así es la
+música de sus dramas de historia, y de los de pelea, y de los de
+casamiento, mientras los actores gritan y andan delante de los músicos
+en el escenario, y los generales se echan por la tierra, para figurar
+que están muertos, o pasan la pierna derecha por sobre la espalda de una
+silla, para decir que van a montar a caballo, o entran por entre unas
+cortinas el novio y la princesa, para que se sepa que se acaban de
+casar. Porque el teatro es un salón abierto, sin las bambalinas ni
+bastidores, y sin aparatos ni pinturas: sino que cuando la escena va a
+cambiar, sale un regidor de blusa y turbante, y se lo dice al público, o
+pone una mesa, que quiere decir banquete, o cuelga una lanza al fondo,
+que quiere decir batalla, o sopla el alcohol que trae en la boca sobre
+una antorcha encendida, lo que quiere decir que hay incendio. Y este de
+la blusa, que anda poniendo y quitando, sale y entra entre los que hacen
+de príncipes de seda y generales de oro, de mil años atrás, cuando los
+parientes del príncipe Ly-Tieng-Vuong querían darle a beber una taza
+de té envenenado. Allá adentro, en lo que no se ve del teatro, hay como
+un mostrador, con cajas de pintarse y espejos en la pared, y un rosario
+de barbas, de donde el que hace de loco toma la amarilla, y la colorada
+el que hace de fiero, y la negra el que hace de rey hermoso, y el que
+hace de viejo toma la barba blanca. Y se pinta la cara el que hace de
+gobernador, de colorado y de negro. Por encima de todo, en lo más alto
+de la pared, hay una estatua de Buda. Al salir del teatro, los anamitas
+van hablando mucho, como enojados, como si quisieran echar a correr, y
+parece que quieren convencer a sus amigos cobardes, y que los amenazan.
+De la pagoda salen callados, con la cabeza baja, con las manos en los
+bolsillos de la blusa azul. Y si un francés les pregunta algo en el
+camino, le dicen en su lengua: «No sé». Y si un anamita les habla de
+algo en secreto, le dicen: «¡Quién sabe!»
+
+
+
+
+Historia de la cuchara y el tenedor
+
+
+¡Cuentan las cosas con tantas palabras raras, y uno no las puede
+entender!: como cuando le dicen ahora a uno en la Exposición de París:
+«Tome una _djirincka--¡djirincka!--y_ vea en un momento todo lo de la
+Explanada»: ¡pero primero le tienen que decir a uno lo que es
+_djirincka_! Y por eso no entiende uno las cosas: porque no entiende uno
+las palabras en que se las dicen. Y luego, que no se lo han de decir a
+uno todo de la primera vez, porque es tanto que no se lo puede entender
+todo, como cuando entra uno en una catedral, que de grande que es no ve
+uno más que los pilares y los arcos, y la luz allá arriba, que entra
+como jugando por los cristales; y luego, cuando uno ha estado muchas
+veces, ve claro en la oscuridad, y anda como por una casa conocida. Y no
+es que uno no quiere saber; porque la verdad es que da vergüenza ver
+algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar baste que no
+entienda todo lo que ve. La muerte es lo más difícil de entender; pero
+los viejos que han sido buenos dicen que ellos saben lo que es, y por
+eso están tranquilos, porque es como cuando va a salir el sol, y todo se
+pone en el mundo fresco y de unos colores hermosos. Y la vida no es
+difícil de entender tampoco. Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo
+que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo,
+siente uno deseos de hacer más que ellos todavía: y eso es la vida.
+Porque los que se están con los brazos cruzados, sin pensar y sin
+trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, ésos comen y beben como los
+demás hombres, pero en la verdad de la verdad, ésos no están vivos.
+
+Los que están vivos de veras son los que nos hacen los cubiertos de
+comer, que parecen de plata, y no son de plata pura, sino de una mezcla
+de metales pobres, a la que le ponen encima con la electricidad uno como
+baño de plata. Esos sí que trabajan, y hay taller que hace al día
+cuatrocientas docenas de cubiertos, y tiene como más de mil
+trabajadores: y muchos son mujeres, que hacen mejor que el hombre todas
+las cosa de finura y elegancia. Nosotros, los hombres, somos como el
+león del mundo, y como el caballo de pelear, que no está contento ni se
+pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y cañones.
+La mujer no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla
+así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere
+pronto, lo mismo que las flores. Para lo delicado tienen mujeres en esas
+obras de platería, para limar las piezas finas, para bordarlas como
+encaje, con una sierra que va cortando la plata en dibujos, como esas
+máquinas de labrar relojes y cestos y estantes de madera blanda. Pero
+para lo fuerte tienen hombres; para hervir los metales, para hacer
+ladrillos de ellos, para ponerlos en la máquina delgados como hoja de
+papel, para las máquinas de recortar en la hoja muchas cucharas y
+tenedores a la vez, para platearlos en la artesa, donde está la plata
+hecha agua, de modo que no se la ve, pero en cuanto pasa por la artesa
+la electricidad, se echa toda sobre las cucharas y los tenedores, que
+están dentro colgados en hilera de un madero, como las púas de un peine.
+
+Y ya vamos contando la Historia de la Cuchara y el Tenedor. Antes hacían
+de plata pura todo lo de la mesa, y las jarras y fruteras que se hacen
+hoy en máquina: no más que para darle figura de jarra a un redondel de
+plata estaba el pobre hombre dándole con el martillo alrededor de una
+punta del yunque, hasta que empezaba a tener figura de jarrón, y luego
+lo hundía de un lado y lo iba anchando de otro, hasta que quedaba
+redondo de abajo y estrecho en la boca, y luego, a fuerza de mano, le
+iba bordando de adentro los dibujos y las flores. Ahora se hace con
+maquina todo eso, y de un vuelo de la rueda queda el redondel hecho un
+jarro hueco, y lo de mano no es más que lo último, cuando va al dibujo
+fino de los cinceladores. De esto se puede hablar aquí, porque donde
+hacen los jarros, hacen los cubiertos; y el metal, lo mismo tienen que
+hervirlo, y mezclarlo, y enfriarlo, y aplastarlo en láminas para hacer
+un jarrón que para hacer una cuchara de té. Es hermoso ver eso, y parece
+que está uno en las entrañas de la tierra, allá donde está el fuego como
+el mar, que rebosa a veces y quiere salir, que es cuando hay terremotos,
+y cuando echan humo y agua caliente y cenizas y lava los volcanes, como
+si se estuviera quemando por adentro el mundo. Eso parece el taller de
+platería cuando están derritiendo el metal. En un horno se cocinan las
+piedras, que dan humo y se van desmoronando, y parecen cera que se
+derrite, y como un agua turbia. En una caldera hierven juntos el níquel,
+el cobre y el zinc, y luego enfrían la mezcla de los tres metales, y la
+cortan en barras antes que se acabe de enfriar. No se sabe qué es; pero
+uno ve con respeto, y como con cariño, a aquellos hombres de delantal y
+cachucha que sacan con la pala larga de un horno a otro el metal
+hirviente; tienen cara de gente buena, aquellos hombres de cachucha: ya
+no es piedra el metal, como era cuando lo trajo el carretón, sino que lo
+que era piedra se ha hecho barro y ceniza con el calor del horno, y el
+metal está en la caldera, hirviendo con un ruido que parece susurro,
+como cuando se tiende la espuma por la playa, o sopla un aire de mañana
+en las hojas del bosque. Sin saber por qué, se calla uno, y se siente
+como más fuerte, en el taller de las calderas.
+
+Y después, es como un paseo por una calle de máquinas. Todas se están
+moviendo a la vez. El vapor es el que las hace andar, pero no tiene cada
+máquina debajo la caldera del agua, que da el vapor: el vapor está allá,
+en lo hondo de la platería, y de allí mueve unas correas anchas, que
+hacen dar vueltas a las ruedas de andar, y en cuanto se mueve la rueda
+de andar en cada máquina, andan las demás ruedas. La primera máquina se
+parece a una prensa de enjugar la ropa, donde la ropa sale exprimida
+entre dos cilindros de goma: allí los cilindros no son de goma, sino de
+acero; y la barra de metal sale hecha una lámina, del grueso de un
+cartón: es un cartón de metal. Luego viene la agujereadora, que es una
+máquina con uno como mortero que baja y sube, como la encía de arriba
+cuando se come; y el mortero tiene muchas cuchillas en figura de
+martillo de cabeza larga y estrecha, o de una espumadera de mango fino y
+cabeza redonda, y cuando baja el mortero todas las cuchillas cortan la
+lámina a la vez, y dejan la lámina agujereada, y el metal de cada
+agujero cae a un cesto debajo: y ése es la cuchara, ése es el tenedor.
+Cada uno de esos pedazos de metal recortados y chatos de figura de
+martillo es un tenedor; cada uno de los de cabeza redonda, como una
+moneda muy grande, es una cuchara, ¿Que cómo se le sacan los dientes al
+tenedor? ¡Ah! esos recortes chatos, lo mismo que los de las cucharas,
+tienen que calentarse otra vez en el horno, porque si el metal no está
+caliente se pone tan duro que no se le puede trabajar, y para darle
+forma tiene que estar blando. Con unas tenazas van sacando los recortes
+del horno: los ponen en un molde de otra máquina que tiene un mortero de
+aplastar, y del golpe del mortero ya salen los recortes con figura, y se
+le ve al tenedor la punta larga y estrecha. Otra máquina más fina lo
+recorta mejor. Otra le marca los dientes, pero no sueltos ya, como están
+en el tenedor acabado, sino sujetos todavía. Otra máquina le recorta las
+uniones, y ya está el tenedor con sus dientes. Luego va a los talleres
+del trabajo fino. En uno le ponen el filete al mango. En otro le dan la
+curva, porque de las máquinas de los dientes salió chato, como una hoja
+de papel. En otra le liman y le redondean las esquinas. En otra lo
+cincelan si ha de ir adornado, o le ponen las iniciales, si lo quieren
+con letras. En otra lo pulen, que es cosa muy curiosa, parecida a la de
+las piedras de amolar, sólo que la máquina de pulir anda más de prisa, y
+la rueda es de alambres delgados como cabellos, como un cepillo que da
+vueltas, y muchas, como que da dos mil quinientas vueltas en un minuto.
+Y de allí sale el tenedor o la cuchara a la platería de veras, porque es
+donde les ponen el baño de la electricidad, y quedan como vestidos con
+traje de plata. Los cubiertos pobres, los que van a costar poco, no
+llevan más que un baño o dos: los buenos llevan tres, para que la plata
+les dure, aunque nunca dura tanto como la plata que se trabajaba antes
+con el martillo. Como las cucharas, pues: antes, para hacer una cuchara,
+no había máquinas de aplastar el metal, ni de sacarlo en láminas
+delgadas como ahora, sino que a martillazo puro tenía que irlo
+aplastando el platero, hasta que estaba como él lo quería, y recortaba
+la cuchara a fuerza de mano, y a muñeca viva le daba al mango el doblez,
+y para hacerle el hueco le daba golpes muy despacio, cada vez en un
+punto diferente, encima de un yunque que parecía de jugar, con la punta
+redonda, como un huevo, hasta que quedaba hueca por dentro la cuchara.
+Ahora la máquina hace eso. Ponen el recorte de figura de espumadera en
+uno como yunque, que por la cabeza, donde cae lo redondo, está vacío: de
+arriba baja con fuerza el mortero, que tiene por debajo un huevo de
+hierro, y mete lo redondo del recorte en lo hueco del yunque. Ya está la
+cuchara. Luego la liman, y la adornan, y la pulen como el tenedor, y la
+llevan al baño de plata: porque es un baño verdadero, en que la plata
+está en el agua, deshecha, con una mezcla que llaman cianuro de
+potasio--¡los nombres químicos son todos así!: y entra en el baño la
+electricidad, que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y
+calor, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los
+metales, y a unos los separa, y a los otros los junta, como en este baño
+de platear que, en cuanto la electricidad entra y lo revuelve, echa toda
+la plata del agua sobre las cucharas y los tenedores colgados dentro de
+él. Los sacan chorreando. Los limpian con sal de potasa. Los tienen al
+calor sobre láminas de hierro caliente. Los secan bien en tinas de
+aserrín. Los bruñen en la máquina de cepillar. Con la badana les sacan
+brillo. Y nos los mandan a la casa, blancos como la luz, en su caja de
+terciopelo o de seda.
+
+
+
+
+La muñeca negra
+
+
+De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el
+cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen riéndose, como dos
+muchachones. Vienen de la mano, como dos muchachos. El padre viene
+detrás, como si fuera a tropezar con todo. La madre no tropieza; porque
+conoce el camino. ¡Trabaja mucho el padre, para comprar todo lo de la
+casa, y no puede ver a su hija cuando quiere! A veces, allá en el
+trabajo, se ríe solo, o se pone de repente como triste, o se le ve en la
+cara como una luz: y es que está pensando en su hija: se le cae la pluma
+de la mano cuando piensa así, pero enseguida empieza a escribir, y
+escribe tan de prisa, tan de prisa, que es como si la pluma fuera
+volando. Y le hace muchos rasgos a la letra, y las oes le salen grandes
+como un sol, y las ges largas como un sable, y las eles están debajo de
+la línea, como si se fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin
+de la palabra, como una hoja de palma; ¡tiene que ver lo que escribe el
+padre cuando ha pensado mucho en la niña! El dice que siempre que le
+llega por la ventana el olor de las flores del jardín, piensa en ella. O
+a veces, cuando está trabajando cosas de números, o poniendo un libro
+sueco en español, la ve venir, venir despacio, como en una nube, y se le
+sienta al lado, le quita la pluma, para que repose un poco, le da un
+beso en la frente, le tira de la barba rubia, le esconde el tintero: es
+sueño no más, no más que sueño, como esos que se tienen sin dormir, en
+que ve uno vestidos muy bonitos, o un caballo vivo de cola muy larga, o
+un cochecito con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra
+azul: sueño es no más, pero dice el padre que es como si lo hubiera
+visto, y que después tiene más fuerza y escribe mejor. Y la niña se va,
+se va despacio por el aire, que parece de luz todo: se va como una nube.
+
+Hoy el padre no trabajó mucho, porque tuvo que ir a una tienda: ¿a qué
+iría el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de atrás entró
+una caja grande: ¿qué vendrá en la caja?: ¡a saber lo que vendrá!:
+mañana hace ocho años que nació Piedad. La criada fue al jardín, y se
+pinchó el dedo por cierto, por querer coger, para un ramo que hizo, una
+flor muy hermosa. La madre a todo dice que sí, y se puso el vestido
+nuevo, y le abrió la jaula al canario. El cocinero está haciendo un
+pastel, y recortando en figura de flores los nabos y las zanahorias, y
+le devolvió a la lavandera el gorro, porque tenía una mancha que no se
+veía apenas, pero, «¡hoy, hoy, señora lavandera, el gorro ha de estar
+sin mancha!» Piedad no sabía, no sabía. Ella sí vio que la casa estaba
+como el primer día de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las
+hojas a los árboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella noche,
+todos. Y el padre llegó muy temprano del trabajo, a tiempo de ver a su
+hija dormida. La madre lo abrazó cuando lo vio entrar: ¡y lo abrazó de
+veras! Mañana cumple Piedad ocho años.
+
+El cuarto está a media luz, una luz como la de las estrellas, que viene
+de la lámpara de velar, con su bombillo de color de ópalo. Pero se ve,
+hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la ventana entra la
+brisa, y parece que juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello
+dorado. Le da en el cabello la luz. Y la madre y el padre vienen
+andando, de puntillas. ¡Al suelo, el tocador de jugar! ¡Este padre
+ciego, que tropieza con todo! Pero la niña no se ha despertado. La luz
+le da en la mano ahora; parece una rosa la mano. A la cama no se puede
+llegar; porque están alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas En
+una silla está el baúl que le mandó en pascuas la abuela, lleno de
+almendras y de mazapanes: boca abajo está el baúl, como si lo hubieran
+sacudido, a ver si caía alguna almendra de un rincón, o si andaban
+escondidas por la cerradura algunas migajas de mazapán; ¡eso es, de
+seguro, que las muñecas tenían hambre! En otra silla está la loza, mucha
+loza y muy fina, y en cada plato una fruta pintada: un plato tiene una
+cereza, y otro un higo, y otro una uva: da en el plato ahora la luz, en
+el plato del higo, y se ven como chispas de estrella: ¿cómo habrá venido
+esta estrella a los platos?: «¡Es azúcar!» dice el pícaro padre: «¡Eso
+es, de seguro!»: dice la madre, «eso es que estuvieron las muñecas
+golosas comiéndose el azúcar.» El costurero está en otra silla, y muy
+abierto, como de quien ha trabajado de verdad; el dedal está machucado
+¡de tanto coser!: cortó la modista mucho, porque del calicó que le dio
+la madre no queda más que un redondel con el borde de picos, y el suelo
+está por allí lleno de recortes, que le salieron mal a la modista, y
+allí está la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a una
+gota de sangre. Pero la sala, y el gran juego, está en el velador, al
+lado de la cama. El rincón, allá contra la pared, es el cuarto de dormir
+de las muñequitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores,
+y al lado una muñeca de traje rosado, en una silla roja: el tocador está
+entre la cama y la cuna, con su muñequita de trapo, tapada hasta la
+nariz, y el mosquitero encima: la mesa del tocador es una cajita de
+cartón castaño, y el espejo es de los buenos, de los que vende la señora
+pobre de la dulcería, a dos por un centavo. La sala está en lo de
+delante del velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un
+carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de nácar, con una jarra
+mexicana en medio, de las que traen los muñecos aguadores de México: y
+alrededor unos papelitos doblados, que son los libros. El piano es de
+madera, con las teclas pintadas; y no tiene banqueta de tomillo, que eso
+es poco lujo, sino una de espaldar, hecha de la caja de una sortija, con
+lo de abajo forrado de azul; y la tapa cosida por un lado, para la
+espalda, y forrada de rosa; y encima un encaje. Hay visitas, por
+supuesto, y son de pelo de veras, con ropones de seda lila de cuartos
+blancos, y zapatos dorados: y se sientan sin doblarse, con los pies en
+el asiento: y la señora mayor, la que trae gorra color de oro, y está en
+el sofá, tiene su levantapiés, porque del sofá se resbala; y el
+levantapiés es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un
+sillón blanco están sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos
+hermanas de loza. Hay un cuadro en la sala, que tiene detrás, para que
+no se caiga, un pomo de olor: y es una niña de sombrero colorado, que
+trae en los brazos un cordero. En el pilar de la cama, del lado del
+velador, está una medalla de bronce, de una fiesta que hubo, con las
+cintas francesas: en su gran moña de los tres colores está adornando la
+sala el medallón, con el retrato de un francés muy hermoso, que vino de
+Francia a pelear porque los hombres fueran libres, y otro retrato del
+que inventó el pararrayos, con la cara de abuelo que tenla cuando pasó
+el mar para pedir a los reyes de Europa que lo ayudaran a hacer libre su
+tierra: ésa es la sala, y el gran juego de Piedad. Y en la almohada,
+durmiendo en su brazo, y con la boca desteñida de los besos, está su
+muñeca negra.
+
+Los pájaros del jardín la despertaron por la mañanita. Parece que se
+saludan los pájaros, y la convidan a volar. Un pájaro llama, y otro
+pájaro responde. En la casa hay algo, porque los pájaros se ponen así
+cuando el cocinero anda por la cocina saliendo y entrando, con el
+delantal volándole por las piernas, y la olla de plata en las dos manos,
+oliendo a leche quemada y a vino dulce. En la casa hay algo: porque si
+no, ¿para qué está ahí, al pie de la cama, su vestidito nuevo, el
+vestidito color de perla, y la cinta lila que compraron ayer, y las
+medias de encaje? «Yo te digo, Leonor, que aquí pasa algo. Dímelo tú,
+Leonor, tú que estuviste ayer en el cuarto de mamá, cuando yo fui a
+paseo. ¡Mamá mala, que no te dejó ir conmigo, porque dice que te he
+puesto muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo, porque te he
+peinado mucho! La verdad, Leonor: tú no tienes mucho pelo; pero yo te
+quiero así, sin pelo, Leonor: tus ojos son los que quiero yo, porque con
+los ojos me dices que me quieres: te quiero mucho, porque no te quieren:
+¡a ver! ¡sentada aquí en mis rodillas, que te quiero peinar!: las niñas
+buenas se peinan en cuanto se levantan: ¡a ver, los zapatos, que ese
+lazo no está bien hecho!: y los dientes: déjame ver los dientes: las
+uñas: ¡Leonor, esas uñas no están limpias! Vamos, Leonor, dime la
+verdad: oye, oye a los pájaros que parece que tienen baile: dime,
+Leonor, ¿qué pasa en esta casa?» Y a Piedad se le cayó el peine de la
+mano, cuando le tenía ya una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba
+toda alborotada. Lo que pasaba, allí lo veía ella. Por la puerta venía
+la procesión. La primera era la criada, con el delantal de rizos de los
+días de fiesta, y la cofia de servir la mesa en los días de visita:
+traía el chocolate, el chocolate con crema, lo mismo que el día de año
+nuevo, y los panes dulces en una cesta de plata: luego venía la madre,
+con un ramo de flores blancas y azules: ¡ni una flor colorada en el
+ramo, ni una flor amarilla!: y luego venía la lavandera, con el gorro
+blanco que el cocinero no se quiso poner, y un estandarte que el
+cocinero le hizo, con un diario y un bastón: y decía en el estandarte,
+debajo de una corona de pensamientos: «¡Hoy cumple Piedad ocho años!» Y
+la besaron, y la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron,
+con el estandarte detrás, a la sala de los libros de su padre, que tenía
+muy peinada su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy despacio,
+y redondéandole las puntas, y poniendo cada hebra en su lugar. A cada
+momento se asomaba a la puerta, a ver si Piedad venía: escribía, y se
+ponía a silbar: abría un libro, y se quedaba mirando a un retrato, a un
+retrato que tenía siempre en su mesa, y era como Piedad, una Piedad de
+vestido largo. Y cuando oyó ruido de pasos, y un vocerrón que venía
+tocando música en un cucurucho de papel, ¿quién sabe lo que sacó de una
+caja grande?: y se fue a la puerta con una mano en la espalda: y con el
+otro brazo cargó a su hija. Luego dijo que sintió como que en el pecho
+se le abría una flor, y como que se le encendía en la cabeza un palacio,
+con colgaduras azules de flecos de oro, y mucha gente con alas: luego
+dijo todo eso, pero entonces, nada se le oyó decir. Hasta que Piedad dio
+un salto en sus brazos, y se le quiso subir por el hombro, porque en un
+espejo había visto lo que llevaba en la otra mano el padre. «¡Es como el
+sol el pelo, mamá, lo mismo que el sol! ¡ya la vi, ya la vi, tiene el
+vestido rosado! ¡dile que me la dé, mamá: si es de peto verde, de peto
+de terciopelo! ¡como las mías son las medias, de encaje como las mías!»
+Y el padre se sentó con ella en el sillón, y le puso en los brazos la
+muñeca de seda y porcelana. Echó a correr Piedad, como si buscase a
+alguien. «¿Y yo me quedo hoy en casa por mi niña», le dijo su padre, «y
+mi niña me deja solo? «Ella escondió la cabecita en el pecho de su padre
+bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la levantó, aunque ¡de veras! le
+picaba la barba.
+
+Hubo paseo por el jardín, y almuerzo con un vino de espuma debajo de la
+parra, y el padre estaba muy conversador, cogiéndole a cada momento la
+mano a su mamá, y la madre estaba como más alta, y hablaba poco, y era
+como música todo lo que hablaba. Piedad le llevó al cocinero una dalia
+roja, y se la prendió en el pecho del delantal: y a la lavandera le hizo
+una corona de claveles: y a la criada le llenó los bolsillos de flores
+de naranjo, y le puso en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y
+luego, con mucho cuidado, hizo un ramo de nomeolvides. «¿Para quién es
+ese ramo, Piedad?» «No sé, no sé para quién es: ¡quién sabe si es para
+alguien!» Y lo puso a la orilla de la acequia, donde corría como un
+cristal el agua. Un secreto le dijo a su madre, y luego le dijo:
+«¡Déjame ir!» Pero le dijo «caprichosa» su madre: «¿y tu muñeca de seda,
+no te gusta? mírale la cara, que es muy linda: y no le has visto los
+ojos azules». Piedad sí se los había visto; y la tuvo sentada en la mesa
+después de comer, mirándola sin reírse; y la estuvo enseñando a andar en
+el jardín. Los ojos era lo que le miraba ella: y le tocaba en el lado
+del corazón: «¡Pero, muñeca, háblame, háblame!» Y la muñeca de seda no
+le hablaba. «¿Conque no te ha gustado la muñeca que te compré, con sus
+medias de encaje y su cara de porcelana y su pelo fino?» «Sí, mi papá,
+sí me ha gustado mucho. Vamos, señora muñeca, vamos a pasear. Usted
+querrá coches, y lacayos, y querrá dulce de castañas, señora muñeca.
+Vamos, vamos a pasear.» Pero en cuanto estuvo Piedad donde no la veían,
+dejó a la muñeca en un tronco, de cara contra el árbol. Y se sentó sola,
+a pensar, sin levantar la cabeza, con la cara entre las dos manecitas.
+De pronto echó a correr, de miedo de que se hubiese llevado el agua el
+ramo de nomeolvides.
+
+--«Pero, criada, llévame pronto!»--«¿Piedad, qué es eso de criada? ¡Tú
+nunca le dices criada así, como para ofenderla!»--«No, mamá, no: es que
+tengo mucho sueño: estoy muerta de sueño. Mira: me parece que es un
+monte la barba de papá: y el pastel de la mesa me da vueltas, vueltas
+alrededor, y se están riendo de mí las banderitas: y me parece que están
+bailando en el aire las flores de zanahoria: estoy muerta de sueño:
+¡adiós, mi madre!: mañana me levanto muy tempranito: tú, papá, me
+despiertas antes de salir: yo te quiero ver siempre antes de que te
+vayas a trabajar: ¡oh, las zanahorias! ¡estoy muerta de sueño! ¡Ay,
+mamá, no me mates el ramo! ¡mira, ya me mataste mi flor!»--«¿Conque se
+enoja mi hija porque le doy un abrazo?»--«¡Pégame, mi mamá! ¡papá,
+pégame tú! es que tengo mucho sueño.» Y Piedad salió de la sala de los
+libros, con la criada que le llevaba la muñeca de seda. «¡Qué de prisa
+va la niña, que se va a caer! ¿Quién espera a la niña?»--«¡Quién sabe
+quien me espera!» Y no habló con la criada: no le dijo que le contase el
+cuento de la niña jorobadita que se volvió una flor: un juguete no más
+le pidió, y lo puso a los pies de la cama y le acarició a la criada la
+mano, y se quedó dormida. Encendió la criada la lámpara de velar, con su
+bombillo de ópalo: salió de puntillas: cerró la puerta con mucho
+cuidado. Y en cuanto estuvo cerrada la puerta, relucieron dos ojitos en
+el borde de la sábana: se alzó de repente la cubierta rubia: de rodillas
+en la cama, le dio toda la luz a la lámpara de velar: y se echó sobre el
+juguete que puso a los pies, sobre la muñeca negra. La besó, la abrazó,
+se la apretó contra el corazón: «Ven, pobrecita: ven, que esos malos te
+dejaron aquí sola: tú no estás fea, no, aunque no tengas más que una
+trenza: la fea es ésa, la que han traído hoy, la de los ojos que no
+hablan: dime, Leonor, dime, ¿tú pensaste en mí?: mira el ramo que te
+traje, un ramo de nomeolvides, de los más lindos del jardín: ¡así, en el
+pecho! ¡ésta es mi muñeca linda! ¿y no has llorado? ¡te dejaron tan
+sola! ¡no me mires así, porque voy a llorar yo! ¡no, tú no tienes frío!
+¡aquí conmigo, en mi almohada, verás como te calientas! ¡y me quitaron,
+para que no me hiciera daño, el dulce que te traía! ¡así, así, bien
+arropadita! ¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la lámpara baja!
+¡y a dormir, abrazadas las dos! ¡te quiero, porque no te quieren!»
+
+
+
+
+Cuentos de elefantes
+
+
+De África cuentan ahora muchas cosas extrañas, porque anda por allí la
+gente europea descubriendo el país, y los pueblos de Europa quieren
+mandar en aquella tierra rica, donde con el calor del sol crecen plantas
+de esencia y alimento, y otras que dan fibras de hacer telas, y hay oro
+y diamantes, y elefantes que son una riqueza, porque en todo el mundo se
+vende muy caro el marfil de sus colmillos. Cuentan muchas cosas del
+valor con que se defienden los negros, y de las guerras en que andan,
+como todos los pueblos cuando empiezan a vivir, que pelean por ver quién
+es más fuerte, o por quitar a su vecino lo que quieren tener ellos. En
+estas guerras quedan de esclavos los prisioneros que tomó en la pelea el
+vencedor, que los vende a los moros infames que andan por allá buscando
+prisioneros que comprar, y luego los venden en las tierras moras. De
+Europa van a África hombres buenos, que no quieren que haya en el mundo
+estas ventas de hombres; y otros van por el ansia de saber, y viven años
+entre las tribus bravas, hasta que encuentran una yerba rara, o un
+pájaro que nunca se ha visto, o el lago de donde nace un río: y otros
+van de tropa, a sueldo del Khedive que manda en Egipto, a ver como echan
+de la tierra a un peleador famoso que llaman el Mahdí, y dice que él
+debe gobernar, porque él es moro libre y amigo de los pobres, no como el
+Khedive, que manda como criado del Sultán turco extranjero, y alquila
+peleadores cristianos para pelear contra el moro del país, y quitar la
+tierra a los negros sudaneses. En esas guerras dicen que murió un inglés
+muy valiente, aquel «Gordon el chino», que no era chino, sino muy blanco
+y de ojos muy azules, pero tenía el apodo de chino, porque en China hizo
+muchas heroicidades, y aquietó a la gente revuelta con el cariño más que
+con el poder; que fue lo que hizo en el Sudán, donde vivía solo entre
+los negros del país, como su gobernador, y se les ponía delante a
+regañarlos como a hijos, sin más armas que sus ojos azules, cuando lo
+atacaban con las lanzas y las azagayas, o se echaba a llorar de piedad
+por los negros cuando en la soledad de la noche los veía de lejos
+hacerse señas, para juntarse en el monte, a ver cómo atacarían a los
+hombres blancos. El Mahdí pudo más que él, y dicen que Gordon ha muerto,
+o lo tiene preso el Mahdí. Mucha gente anda por África. Hay un Chaillu
+que escribió un libro sobre el mono gorila que anda en dos pies, y pelea
+a palos con los viajeros que lo quisieren cazar. Livingstone viajó sin
+miedo por lo más salvaje de África, con su mujer. Stanley está allá
+ahora, viendo cómo comercia, y salva del Mahdí, al gobernador Emín
+Pachá. Muchos alemanes y franceses andan allá explorando, descubriendo
+tierras, tratando y cambiando con los negros, y viendo cómo les quitan
+el comercio a los moros. Con los colmillos del elefante es con lo que
+comercian más, porque el marfil es raro y fino, y se paga muy caro por
+él. Ese de África es colmillo vivo; pero por Siberia sacan de los hielos
+colmillos del mamut, que fue el elefante peludo, grande como una loma,
+que ha estado en la nieve, en pie, cincuenta mil años. Y un inglés,
+Logan, dice que no son cincuenta mil, sino que esas capas de hielo se
+fueron echando sobre la tierra como un millón de años hace, y que desde
+entonces, desde hace un millón de años, están enterrados en la nieve
+dura los elefantes peludos.
+
+Allí se estuvieron en los hielos duros de Siberia, hasta que un día iba
+un pescador por la orilla del río Lena, donde de un lado es de arena la
+orilla, y de otro es de capas de hielo, echadas una encima de otra como
+las hojas de un pastel, y tan perfectas que parecen cosa de hombre esas
+leguas de capas. Y el pescador iba cantando un cantar, en su vestido de
+piel, asombrado de la mucha luz, como si estuviese de fiesta en el aire
+un sol joven. El aire chispeaba. Se oían estallidos, como en el bosque
+nuevo cuando se abre una flor. De las lomas corría, brillante y pura, un
+agua nunca vista. Era que se estaban deshaciendo los hielos. Y allí,
+delante del pobre Shumarkoff, salían del monte helado los colmillos,
+gruesos como troncos de árboles, de un animal velludo, enorme, negro.
+Como vivo estaba, y en el hielo transparente se le veía el cuerpo
+asombroso. Cinco años tardó el hielo en derretirse alrededor de él,
+hasta que todo se deshizo, y el elefante cayó rodando a la orilla, con
+ruido de trueno. Con otros pescadores vino Shumarkoff a llevarse los
+colmillos, de tres varas de largo. Y los perros hambrientos le comieron
+la carne, que estaba fresca todavía, y blanda como carne nueva: de
+noche, en la oscuridad, de cien perros a la vez se oía el roer de los
+dientes, el gruñido de gusto, el ruido de las lenguas. Veinte hombres a
+la vez no podían levantar la piel crinuda, en la que era de a vara cada
+crin. Y nadie ha de decir que no es verdad, porque en el museo de San
+Petersburgo están todos los huesos, menos uno que se perdió; y un puñado
+de la lana amarillosa que tenía sobre el cuello. De entonces acá, los
+pescadores de Siberia han sacado de los hielos como dos mil colmillos de
+mamut.
+
+A miles parece que andaban los mamuts, como en pueblos, cuando los
+hielos se despeñaron sobre la tierra salvaje, hace miles de años; y como
+en pueblos andan ahora, defendiéndose de los tigres y de los cazadores
+por los bosques de Asia y de África; pero ya no son velludos, como los
+de Siberia, sino que apenas tienen pelos por los rincones de su piel
+blanda y arrugada, que da miedo de veras, por la mucha fealdad, cuando
+lo cierto es que con el elefante sucede como con las gentes del mundo,
+que porque tienen hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma
+hermosa, sin ver que eso es como los jarrones finos, que no tienen nada
+dentro, y una vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras
+polvo. Con el elefante no hay que jugar, porque en la hora en que se le
+enoja la dignidad, o le ofenden la mujer o el hijo, o el viejo, o el
+compañero, sacude la trompa como un azote, y de un latigazo echa por
+tierra al hombre más fuerte, o rompe un poste en astillas, o deja un
+árbol temblando. Tremendo es el elefante enfurecido, y por manso que sea
+en sus prisiones, siempre le llega, cuando calienta el sol mucho en
+abril, o cuando se cansa de su cadena, su hora de furor. Pero los que
+conocen bien al animal dicen que sabe de arrepentimiento y de ternura,
+como un cuento que trae un libro viejo que publicaron, allá al
+principiar este siglo, los sabios de Francia, donde está lo que hizo un
+elefante que mató a su cuidador, que allá llaman cornac, porque le había
+lastimado con el arpón la trompa; y cuando la mujer del cornac se le
+arrodilló desesperada delante con su hijito, y le rogó que los matase a
+ellos también, no los mató, sino que con la trompa le quitó el niño a la
+madre, y se lo puso sobre el cuello, que es donde los cornacs se
+sientan, y nunca permitió que lo montase más cornac que aquél.
+
+La trompa es lo que más cuida de todo su cuerpo recio el elefante,
+porque con ella come y bebe, y acaricia y respira, y se quita de encima
+los animales que le estorban, y se baña. Cuando nada ¡y muy bien que
+nadan los elefantes! no se le ve el cuerpo, porque está en el agua todo,
+sino la punta de la trompa, con los dos agujeros en que acaban las dos
+canales que atraviesan la trompa a lo largo, y llegan por arriba a la
+misma nariz, que tiene como dos tapaderas, que abre y cierra según
+quiera recibir el aire, o cerrarle el camino a lo que en las canales
+pueda estar. Nadie diga que no es verdad, porque hay quien se ha puesto
+a contarlos: como cuarenta mil músculos tiene la trompa del elefante, la
+«proboscis», como dice la gente de libros: toda es de músculos,
+entretejidos como una red: unos están a la larga, de la nariz a la
+punta, y son para mover la trompa adonde el elefante quiere, y
+encogerla, enroscarla, subirla, bajarla, tenderla: otros son a lo ancho,
+y van de las canales a la piel, como los rayos de una rueda van del eje
+a la llanta: ésos son para apretar las canales o ensancharlas. ¿Qué no
+hace el elefante con su trompa? La yerba más fina la arranca del suelo.
+De la mano de un niño recoge un cacahuete. Se llena la trompa de agua, y
+la echa sobre la parte de su cuerpo en que siente calor. Los elefantes
+enseñados se quitan y se ponen la carga con la trompa. Un hilo levantan
+del suelo, y como un hilo levantan a un hombre. No hay más modo de
+acobardar a un elefante enfurecido que herirle de veras en la trompa.
+Cuando pelea con el tigre, que casi siempre lo vence, lo echa arriba y
+abajo con los colmillos, y hace por atravesarlo; pero la trompa la lleva
+en el aire. Del olor del tigre no más, brama con espanto el elefante:
+las ratas le dan miedo: le tiene asco y horror al cochino. ¡A cuanto
+cochino ve, trompazo! Lo que lo gusta es el vino bueno, y el arrak, que
+es el ron de la India, tanto que los cornacs le conocen el apetito, y
+cuando quieren que trabaje más de lo de costumbre, le enseñan una
+botella de arrak, que él destapa con la trompa luego, y bebe a sorbo
+tendido; sólo que el cornac tiene que andar con cuidado, y no hacerle
+esperar la botella mucho, porque le puede suceder lo que al pintor
+francés que, para pintar a un elefante mejor, le dijo a su criado que se
+lo entretuviese con la cabeza alta tirándole frutas a la trompa, pero el
+criado se divertía haciendo como que echaba al aire fruta sin tirarla de
+veras, hasta que el elefante se enojó, y se le fue encima a trompazos al
+pintor, que se levantó del suelo medio muerto, y todo lleno de pinturas.
+Es bueno el elefante de naturaleza, y se deja domar del hombre, que lo
+tiene de bestia de carga, y va sobre él, sentado en un camarín de
+colgaduras, a pelear en las guerras de Asia, o a cazar el tigre, como
+desde una torre segura. Los príncipes del Indostán van a sus viajes en
+elefantes cubiertos de terciopelos de mucho bordado y pedrería, y cuando
+viene de Inglaterra otro príncipe, lo pasean por las calles en el
+camarín de paño de oro que va meciéndose sobre el lomo de los elefantes
+dóciles, y el pueblo pone en los balcones sus tapices ricos, y llena las
+calles de hojas de rosa.
+
+En Siam no es sólo cariño lo que le tienen al elefante, sino adoración,
+cuando es de piel clara, que allí creen divina, porque la religión
+siamesa les enseña que Buda vive en todas partes, y en todos los seres,
+y unas veces en unos y otras en otros, y como no hay vivo de más cuerpo
+que el elefante, ni color que haga pensar mas en la pureza que lo
+blanco, al elefante blanco adoran, como si en él hubiera más de Buda que
+en los demás seres vivos. Le tienen palacio, y sale a la calle entre
+hileras de sacerdotes, y le dan las yerbas más finas y el mejor arrak, y
+el palacio se lo tienen pintado como un bosque, para que no sufra tanto
+de su prisión, y cuando el rey lo va a ver es fiesta en el país, porque
+creen que el elefante es dios mismo, que va decir al rey el buen modo de
+gobernar. Y cuando el rey quiere regalar a un extranjero algo de mucho
+valor, manda hacer una caja de oro puro, sin liga de otro metal, con
+brillantes alrededor, y dentro pone, como una reliquia, recortes de pelo
+del elefante blanco. En África no los miran los pueblos del país como
+dioses, sino que les ponen trampas en el bosque, y se les echan encima
+en cuanto los ven caer, para alimentarse de la carne, que es fina y
+jugosa: o los cazan por engaño, porque tienen enseñadas a las hembras,
+que vuelven al corral por el amor de los hijos, y donde saben que andan
+una manada de elefantes libres les echan a las hembras a buscarlos, y la
+manada viene sin desconfianza detrás de las madres que vuelven adonde
+sus hijuelos: y allí los cazadores los enlazan, y los van domando con el
+cariño y la voz, hasta que los tienen ya quietos, y los matan para
+llevarse los colmillos.
+
+Partidas enteras de gente europea están por África cazando elefantes; y
+ahora cuenta los libros de una gran cacería, donde eran muchos los
+cazadores. Cuentan que iban sentados a la mujeriega en sus sillas de
+montar, hablando de la guerra que hacen en el bosque las serpientes al
+león, y de una mosca venenosa que les chupa la piel a los bueyes hasta
+que se la seca y los mata, y de lo lejos que saben tirar la azagaya y la
+flecha los cazadores africanos; y en eso estaban, y en calcular cuándo
+llegarían a las tierras de Tippu Tib, que siempre tiene muchos colmillos
+que vender, cuando salieron de pronto a un claro de esos que hay en
+África en medio de los bosques, y vieron una manada de elefantes allí al
+fondo del claro, unos durmiendo de pie, contra los troncos de los
+árboles, otros paseando juntos y meciendo el cuerpo de un lado a otro,
+otros echados sobre la yerba, con las patas de atrás estiradas. Les
+cayeron encima todas las balas de los cazadores. Los echados se
+levantaron de un impulso. Se juntaron las parejas. Los dormidos vinieron
+trotando donde estaban los demás. Al pasar junto a la poza, se llenaban
+de un sorbo la trompa. Gruñían y tanteaban el aire con la trompa. Todos
+se pusieron alrededor de su jefe. Y la caza fue larga; los negros les
+tiraban lanzas y azagayas y flechas: los europeos escondidos en los
+yerbales, les disparaban de cerca los fusiles: las hembras huían,
+despedazando los cañaverales como si fueran yerbas de hilo: los
+elefantes huían de espaldas, defendiéndose con los colmillos cuando les
+venía encima un cazador. El más bravo le vino a un cazador encima, a un
+cazador que era casi un niño, y estaba solo atrás, porque cada uno había
+ido siguiendo a su elefante. Muy colmilludo era el bravo, y venía feroz.
+El cazador se subió a un árbol, sin que lo viese el elefante, pero él lo
+olió enseguida y vino mugiendo, alzó la trompa como para sacar de la
+rama al hombre, con la trompa rodeó el tronco, y lo sacudió como si
+fuera un rosal: no lo pudo arrancar, y se echó de ancas contra el
+tronco. El cazador, que ya estaba al caerse, disparó su fusil, y lo
+hirió en la raíz de la trompa. Temblaba el aire, dicen, de los mugidos
+terribles, y deshacía el elefante el cañaveral con las pisadas, y
+sacudía los árboles jóvenes, hasta que de un impulso vino contra el del
+cazador, y lo echó abajo. ¡Abajo el cazador, sin tronco a que sujetarse!
+Cayó sobre las patas de atrás del elefante, y se le agarró, en el miedo
+de la muerte, de una pata de atrás. Sacudírselo no podía el animal
+rabioso, porque la coyuntura de la rodilla la tiene el elefante tan
+cerca del pie que apenas le sirve para doblarla. ¿Y cómo se salva de
+allí el cazador? Corre bramando el elefante. Se sacude la pata contra el
+tronco más fuerte, sin que el cazador se le ruede, porque se le corre
+adentro y no hace más que magullarle las manos. ¡Pero se caerá por fin,
+y de una colmillada va a morir el cazador! Saca su cuchillo, y se lo
+clava en la pata. La sangre corre a chorros, y el animal enfurecido,
+aplastando el matorral, va al río, al río de agua que cura. Y se llena
+la trompa muchas veces, y la vacía sobre la herida, la echa con fuerza
+que lo aturde, sobre el cazador. Ya va a entrar más a lo hondo el
+elefante. El cazador le dispara las cinco balas de su revólver en el
+vientre, y corre, por si se puede salvar, a un árbol cercano, mientras
+el elefante, con la trompa colgando, sale a la orilla, y se derrumba.
+
+
+
+
+Los dos ruiseñores
+
+_Versión_ _libre de un cuento de Andersen_
+
+
+En China vive la gente en millones, como si fuera una familia que no
+acabase de crecer, y no se gobiernan por sí, como hacen los pueblos de
+hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador, y creen que es
+hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si fuera el sol, con mucha
+luz por junto a él, y de oro el palanquín en que lo llevan, y los
+vestidos de oro. Pero los chinos están contentos con su emperador, que
+es un chino como ellos. ¡Lo triste es que el emperador venga de afuera,
+dicen los chinos, y nos coma nuestra comida, y nos mande matar porque
+queremos pensar y comer, y nos trate como a sus perros y como a sus
+lacayos! Y muy galán que era aquel emperador del cuento, que se metía de
+noche la barba larga en una bolsa de seda azul, para que no lo
+conocieran, y se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo
+sacos de arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los niños, y
+leyendo, en aquellos libros que empiezan por la última página, lo que
+Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno de las
+culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria sin preguntar por
+qué, que no son leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino
+lechones flacos, con la cola de tirabuzón y las orejas caídas, que van
+donde el porquero les dice que vayan, comiendo y gruñendo. Y abrió
+escuelas de pintura, y de bordados, y de tallar la madera; y mandó poner
+preso al que gastase mucho en sus vestidos, y daba fiesta donde se
+entraba sin pagar, a oír las historias de las batallas y los cuentos
+hermosos de los poetas; y a los viejecitos los saludaba siempre como si
+fuesen padres suyos; y cuando los tártaros bravos entraron en China y
+quisieron mandar en la tierra, salió montado a caballo de su palacio de
+porcelana blanco y azul, y hasta que no echó al último tártaro de su
+tierra, no se bajó de la silla. Comía a caballo: bebía a caballo su vino
+de arroz: a caballo dormía. Y mandó por los pueblos unos pregoneros con
+trompetas muy largas, y detrás unos clérigos vestidos de blanco que iban
+diciendo así: «¡Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe
+salir a buscarla a caballo!» Y por todo eso querían mucho los chinos a
+aquel emperador galán, aunque cuentan que eran muchas las golondrinas
+que dejaba sin nido, porque le gustaba mucho la sopa de nidos; y que una
+vez que otra se ponía a conversar con un frasco de vino de arroz: y lo
+encontraban tendido en la estera, con la barba revuelta en el suelo, y
+el vestido lleno de manchas. Esos días no salían las mujeres a la calle,
+y los hombres iban a su quehacer con la cabeza baja, como sí les diera
+vergüenza ver el sol. Pero eso no sucedía muchas veces, sino cuando se
+ponía triste porque los hombres no se querían bien ni hablaban la
+verdad: lo de siempre era la alegría, y la música, y el baile, y los
+versos, y el hablar de valor y de las estrellas: y así pasaba la vida
+del emperador, en su palacio de porcelana blanco y azul.
+
+Hermosísimo era el palacio, y la porcelana hecha de la pasta molida del
+mejor polvo kaolín, que da una porcelana que parece luz, y suena como la
+música, y hace pensar en la aurora, y en cuando empieza a caer la tarde.
+En los jardines había naranjos enanos, con más naranjas que hojas; y
+peceras con peces de amarillo y carmín, con cinto de oro; y unos rosales
+con rosas rojas y negras, que tenían cada una su campanilla de plata, y
+daban a la vez música y olor. Y allá al fondo había un bosque muy grande
+y hermoso, que daba al mar azul, y en un árbol de los del bosque vivía
+un ruiseñor, que les cantaba a los pobres pescadores canciones tan
+lindas, que se olvidaban de ir a pescar; y se les veía sonreír del
+gusto, o llorar de contento, y abrir los brazos, y tirar besos al aire,
+como si estuviesen locos. «¡Es mejor el vino de la canción que el vino
+de arroz!» decían los pescadores. Y las mujeres estaban contentas,
+porque cuando el ruiseñor cantaba, sus maridos y sus hijos no bebían
+tanto vino de arroz. Y se olvidaban del canto los pescadores cuando no
+lo oían; pero en cuanto lo volvían a oír, decían, abrazándose como
+hermanos: «¡Qué hermoso es el canto del ruiseñor!»
+
+Venían de afuera muchos viajeros a ver el país: y luego escribían libros
+de muchas hojas, en que contaban la hermosura del palacio y el jardín, y
+lo de los naranjos, y lo de los peces, y lo de las rosas rojinegras;
+pero todos los libros decían que el ruiseñor era lo más maravilloso: y
+los poetas escribían versos al ruiseñor que vivía en un árbol del
+bosque, y cantaba a los pobres pescadores los cantos que les alegraban
+el corazón: hasta que el emperador vio los libros, y del contento que
+tenía le dio con el dedo tres vueltas a la punta de la barba, porque era
+mucho lo que celebraban su palacio y su jardín; pero cuando llegó adonde
+hablaban del ruiseñor: «¿Qué ruiseñor es éste, dijo, que yo nunca he
+oído hablar de él? ¡Parece que en los libros se aprende algo! ¡Y esta
+gente de mi palacio de porcelana, que me dice todos los días que yo no
+tengo nada que aprender! ¡Venga ahora mismo el mandarín mayor!» Y vino,
+saludando hasta el suelo, el mandarín mayor, con su túnica de seda azul
+celeste, de florones de oro. «¡Puh! ¡puh!» contestaba el mandarín,
+hinchando la cabeza, a todos los que le hablaban. Pero al emperador no
+le decía ni «¡puh!» ni «¡pih!»; sino que se echaba a sus pies, con la
+frente en la estera, esperando, temblando, hasta que le decía
+«¡levántate!» el emperador.
+
+--¡Levántate! ¿Qué pájaro es este de que habla este libro, que dicen que
+es lo más hermoso de todo mi país?
+
+--Nunca he oído hablar de él, nunca--dijo el mandarín, arrodillándose en
+el aire, y con los brazos cruzados:--no ha sido presentado en palacio.
+
+--¡Pues en palacio ha de estar esta noche! ¿Que el mundo entero sabe
+mejor que yo lo que tengo en mi casa?
+
+--Nunca he oído hablar de él, nunca--dijo el mandarín: dio tres vueltas
+redondas, con los brazos abiertos, se echó a los pies del emperador, con
+la frente en la estera, y salió de espaldas, con los brazos cruzados, y
+arrodillándose en el aire.
+
+Y el mandarín empezó a preguntar a todo el palacio por el pájaro. Y el
+emperador mandaba a cada media hora a buscar al mandarín.
+
+--Si esta noche no está aquí el pájaro, mandarín, sobre las cabezas de
+los mandarines he de pasear esta noche.
+
+--¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé!--salió diciendo el mandarín mayor, que iba
+dando vueltas, con los brazos abiertos, escaleras abajo. Y los
+mandarines todos se echaron a buscar al pájaro, para que no pasease a la
+noche sobre sus cabezas el emperador. Hasta que fueron a la cocina del
+palacio, donde estaban guisando pescado en salsa dulce, e inflando
+bollos de maíz, y pintando letras coloradas en los pasteles de carne: y
+allí les dijo una cocinerita, de color de aceituna y de ojos de
+almendra, que ella conocía el pájaro muy bien, porque de noche iba por
+el camino del bosque a llevar las sobras de la mesa a su madre que vivía
+junto al mar, y cuando se cansaba al volver, debajo del árbol del
+ruiseñor descansaba, y era como si le conversasen las estrellas cuando
+cantaba el ruiseñor, y como si su madre le estuviera dando un beso.
+
+--¡Oh, virgen china!--le dijo el mandarín:--¡digna y piadosa virgen!: en
+la cocina tendrás siempre empleo, y te concederé el privilegio de ver
+comer al emperador, si me llevas adonde el ruiseñor canta en el árbol,
+porque lo tengo que traer a palacio esta noche.
+
+Y detrás de la cocinerita se pusieron a correr los mandarines, con las
+túnicas de seda cogidas por delante, y la cola del pelo bailándoles por
+la espalda: y se les iban cayendo los sombreros picudos. Bramó una vaca,
+y dijo un mandarincito joven:--«¡Oh, qué robusta voz! ¡qué pájaro
+magnífico!»--«Es una vaca que brama»,--dijo la cocinerita. Graznó una
+rana, y dijo el mandarincito:--«¡Oh, qué hermosa canción, que suena como
+las campanillas!»--«Es una rana que grazna», dijo la cocinerita. Y
+entonces rompió a cantar de veras el ruiseñor.
+
+--¡Ese, ése es!--dijo la cocinerita, y les enseñó un pajarito, que
+cantaba en una rama.
+
+--¡Ese!--dijo el mandarín mayor:--nunca creí que fuera una persona tan
+diminuta y sencilla: ¡nunca lo creí! O será, mandarines amigos ¡sí, debe
+ser! que al verse por primera vez frente a nosotros los mandarines, ha
+cambiado de color.
+
+--¡Lindo ruiseñor!--decía la cocinerita:--el emperador desea oírte
+cantar esta noche.
+
+--Y yo quiero cantar--le contestó el ruiseñor, soltando al aire un
+ramillete de arpegios.
+
+--¡Suena como las campanillas, como las campanillas de plata!--dijo el
+mandarincito.
+
+--¡Lindo ruiseñor! a palacio tienes que venir, porque en palacio es
+donde está el emperador.
+
+--A palacio iré, iré--cantó el ruiseñor, con un canto como un
+suspiro:--¡pero mi canto suena mejor en los árboles del bosque!
+
+El emperador mandó poner el palacio de lujo: y resplandecían con la luz
+de los faroles de seda y de papel los suelos y las paredes; las rosas
+rojinegras estaban en los corredores y los atrios, y resonaban sin
+cesar, entre el bullicio del gentío, las campanillas: en el centro mismo
+de la sala, donde se le veía más, estaba un paral de oro, para que el
+ruiseñor cantase en él: y a la cocinerita le dieron permiso para que se
+quedase en la puerta. La corte estaba de etiqueta mayor, con siete
+túnicas y la cabeza acabada de rapar. Y el ruiseñor cantó tan dulcemente
+que le corrían en hilo las lágrimas al emperador: y los mandarines, de
+veras, lloraban: y el emperador quiso que le pusieran al ruiseñor al
+cuello su chinela de oro: pero el ruiseñor metió el pico en la pluma del
+pecho, y dijo «gracias» en un trino tan rico y vigoroso, que el
+emperador no lo mandó matar porque no había querido colgarse la chinela.
+Y en su canto decía el ruiseñor: «No necesito la chinela de oro, ni el
+botón colorado, ni el birrete negro, porque ya tengo el premio más
+grande, que es hacer llorar a un emperador.»
+
+Aquella noche, en cuanto llegaron a sus casas, todas las damas tomaron
+sorbos de agua, y se pusieron a hacer gárgaras y gorgoritos, y ya se
+creían muy finos ruiseñores. Y la gente de establo y cocina decía que
+estaba bien, lo que es mucho decir, porque ésa es gente que lo halla mal
+todo. Y el ruiseñor tenía su caja real, con permiso para volar dos veces
+al día, y una en la noche. Doce criados de túnica amarilla lo sujetaban
+cuando salía a volar, por doce hilos de seda. En la ciudad no se hablaba
+más que del canto, y en cuanto uno decía «rui...» el otro decía «...señor».
+Y llamaban «ruiseñor» a los niños que nacían, pero ninguno cantó
+nunca una nota.
+
+Un día recibió el emperador un paquete que decía «El Ruiseñor» en la
+tapa, y creyó que era otro libro sobre el pájaro famoso; pero no era
+libro, sino un pájaro de metal que parecía vivo en su caja de oro, y por
+plumas tenía zafiros, diamantes y rubíes, y cantaba como el ruiseñor de
+verdad en cuanto le daban cuerda, moviendo la cola de oro y plata:
+llevaba al cuello una cinta con este letrero: «¡El ruiseñor del
+emperador de China es un aprendiz, junto al del emperador del Japón!»
+
+«¡Hermoso pájaro es!» dijo toda la corte, y le pusieron el nombre de
+«gran pájaro internacional»: porque se usan estos nombres en China,
+pomposos y largos: pero cuando puso el emperador a cantar juntos al
+ruiseñor vivo y al artificial, no anduvo el canto bueno, porque el vivo
+cantaba como le nacía del corazón, sincero y libre, y el artificial
+cantaba a compás, y no salía del vals.
+
+--¡A mi gusto! ¡esto es a mi gusto!--decía el maestro de música; y cantó
+solo el pájaro de las piedras, tan bien como el vivo. ¡Y luego, tan
+lleno de joyas que relumbraban, lo mismo que los brazaletes, y los
+joyeles, y los broches! Treinta y tres veces seguidas cantó la misma
+tonada sin cansarse, y el maestro de música y la corte entera lo
+hubieran oído con gusto una vez más, si no hubiese dicho el emperador
+que el vivo debía cantar algo. ¿El vivo? Lejos estaba, lejos de la corte
+y del maestro de música. Los vio entretenidos, y se les escapó por la
+ventana.
+
+--¡Oh, pájaro desagradecido!--dijo el mandarín mayor, y dio tres vueltas
+redondas, y se cruzó de brazos.
+
+--Pero mejor mil veces es este pájaro artificial--decía el maestro de
+música:--porque con el pájaro vivo, nunca se sabe cómo va a ser el
+canto, y con éste, se está seguro de lo que va a ser: con éste todo está
+en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas de la música.
+
+Y el emperador dio permiso para que el domingo sacase el maestro al
+pájaro a cantar delante del pueblo, que parecía muy contento, y alzaba
+el dedo y decía que el con la cabeza; pero un pobre pescador dijo «que
+él había oído el ruiseñor del bosque, y que éste no era como aquél,
+porque le faltaba algo de adentro, que él no sabía lo que era». El
+emperador mandó desterrar al ruiseñor vivo, y al otro de la caja se lo
+pusieron a la cabecera, en un cojín de seda, con muchos presentes de
+joyas y de argentería, y lo llamaban por título de corte «cantor de
+alcoba y pájaro continental, que mueve la cola como el emperador se la
+manda mover.» Y el maestro de música se sintió tan feliz que escribió
+un libro de veinticinco tomos sobre el ruiseñor artificial, con muchos
+esdrújulos y palabras de extraña sabiduría; y la corte entera dijo que
+lo había leído y entendido, de miedo de que los tuviesen por gente fofa
+y de poca educación, y de que el emperador se pasease sobre sus cabezas.
+
+Pasó un año, y emperador, corte y país conocían como cosa de sí mismos
+cada gorjeo y vuelta del «pájaro continental»; y como que lo podían
+entender, lo declaraban magnífico ruiseñor. Cantaban su vals los
+cortesanos todos. Y los chicuelos de la calle. Y el emperador lo cantaba
+también, y lo bailaba, cuando estaba solo con su vino de arroz. Era un
+vals el imperio, que andaba a compás, con mucho orden, al gusto del
+maestro de música. Hasta que una noche, cuando estaba el pájaro en lo
+mejor del canto, y el emperador lo oía, tendido en su cama de randas y
+colgaduras, saltó un resorte de la máquina del ruiseñor; como huesos que
+se caen sonaron las ruedas, y paró la música. Se echó de la cama el
+emperador, y mandó llamar a un médico. El médico no supo qué hacer: y
+vino el relojero. El relojero, mal que bien, puso las ruedas locas en su
+lugar, pero encargó que usasen del pájaro muy poco, porque estaban
+gastados los cilindros, y el ruiseñor aquel no podía en verdad cantar
+más de una vez al año. El maestro de música le echó encima un discurso
+al relojero, y le dijo traidor, y venal, y chino espurio, y espía de los
+tártaros, porque decía que el pájaro continental no podía cantar más que
+una vez. En la puerta iba ya el relojero, y todavía le estaba diciendo
+el maestro de música malas palabras: «¡traidor! ¡venal! ¡chino espurio!
+¡espía de los tártaros!» Porque estos maestros de música de las cortes
+no quieren que la gente honrada diga la verdad desagradable a sus amos.
+
+Cinco años después había mucha tristeza en la China, porque estaba al
+morir el pobre emperador, tanto que tenían nombrado ya al nuevo, aunque
+el pueblo agradecido no quería oír hablar de él, y se apretaba a
+preguntar por el enfermo a las puertas del mandarín, que los miraba de
+arriba abajo, y decía: «¡Puh!» «¡Puh!» repetía la pobre gente, y se iba
+a su casa llorando.
+
+Pálido y frío estaba en su cama de randas y colgaduras el emperador, y
+los mandarines todos lo daban por muerto, y se pasaban el día dando las
+tres vueltas con los brazos abiertos, delante del que debía subir al
+trono. Comían muchas naranjas, y bebían té con limón. En los corredores
+habían puesto tapices, para que no sonara el paso. No se oía en el
+palacio sino un ruido de abejas.
+
+Pero el emperador no estaba muerto todavía. Al lado de su cama estaba el
+pájaro roto. Por una ventana abierta entraba la luz de la luna sobre el
+pájaro roto, y el emperador mudo y lívido. Sintió el emperador un peso
+extraño sobre su pecho, y abrió los ojos para ver. Vio a la Muerte,
+sentada sobre su pecho. Tenía en las sienes su corona imperial, y en una
+mano su espada de mando y en la otra mano su hermosa bandera. Y por
+entre las colgaduras vio asomar muchas cabezas raras, bellas unas y como
+con luz, otras feas y de color de fuego. Eran las buenas y las malas
+acciones del emperador, que le estaban mirando a la cara. «¿Te
+acuerdas?» le decían las malas acciones. «¿Te acuerdas?» le decían las
+buenas acciones. «¡Yo no me acuerdo de nada, de nada!» decía el
+emperador: «¡música, música! ¡tráiganme la tambora mandarina, la que
+hace más ruido, para no oír lo que me dicen mis malas acciones!» Pero
+las acciones seguían diciendo: «¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?» «¡Música,
+música!» gritaba el emperador: «¡oh, hermano pájaro de oro, canta, te
+ruego que cantes! ¡yo te he dado regalos ricos de oro! ¡yo te he colgado
+al cuello mi chinela de oro! ¡te ruego que cantes!» Pero el pájaro no
+cantaba. No había uno que supiera darle cuerda. No daba una sola nota.
+
+Y la Muerte seguía mirando al emperador con sus ojos huecos y fríos, y
+en el cuarto había una calma espantosa, cuando de pronto entró por la
+ventana el son de una dulce música. Afuera, en la rama de un árbol,
+estaba cantando el ruiseñor vivo. Le habían dicho que estaba muy enfermo
+el emperador, y venía a cantarle de fe y de esperanza. Y según iba
+cantando eran menos negras las sombras, y corría la sangre más caliente
+en las venas del emperador, y revivían sus carnes moribundas. La Muerte
+misma escuchaba, y le dijo: «¡Sigue, ruiseñor, sigue!» Y por un canto,
+le dio la Muerte la corona de oro: y por otro, la espada de mando: y por
+otro canto más, le dio la hermosa bandera. Y cuando ya la Muerte no
+tenía ni la bandera, ni la espada, ni la corona del emperador, cantó el
+pájaro de la hermosura del camposanto, donde la rosa blanca crece, y da
+el laurel sus aromas a la brisa, y dan brillo y salud a la yerba las
+lágrimas de los dolientes.
+
+Y tan hermoso vio la Muerte en el canto a su jardín, que lo quiso ir a
+ver, y se levantó del pecho del emperador, y desapareció como un vapor
+por la ventana.
+
+--¡Gracias, gracias, pájaro celeste!--decía el emperador.--Yo te
+desterré de mi reino, y tú destierras a la muerte de mi corazón. ¿Cómo
+te puedo yo pagar?
+
+--Tú me pagaste ya, emperador, cuando te hice llorar con mi canto: las
+lágrimas que arranca a las almas de los hombres son el único premio
+digno del pájaro cantor. Duerme, emperador, duerme: yo cantaré para ti.
+
+Y con sus trinos y arpegios se fue durmiendo el enfermo en un rueño de
+salud. Cuando despertó, entraba el sol, como oro vivo, por la ventana.
+Ni uno solo de sus criados, ni un solo mandarín, había venido a verlo.
+Lo creían muerto todos. El ruiseñor no más estaba junto a su cama: el
+ruiseñor, cantando.
+
+--¡Siempre estarás junto a mí! ¡En el palacio vivirás, y cantarás cuando
+quieras! ¡Yo romperé al pájaro artificial en mil pedazos!
+
+--No lo rompas en mil pedazos, emperador: él te sirvió bien mientras
+pudo: yo no puedo vivir en el palacio, ni fabricar entre los cortesanos
+mi nido. Yo vendré al árbol que cae a tu ventana, y te cantaré en la
+noche, para que tengas sueños felices. Te cantaré de los malos y de los
+buenos, y de los que gozan y de los que sufren. Los pescadores me
+esperan, emperador, en sus casas pobres de la orilla del mar. El
+ruiseñor no puede ser infiel a los pescadores. Yo te vendré a cantar en
+la noche si me prometes una cosa.
+
+--¡Todo te lo prometo!--dijo el emperador, que se había levantado de su
+cama, y tenía puesta la túnica imperial, y en la mano su gran espada de
+oro.
+
+--¡No digas que tienes un pájaro amigo que te lo cuenta todo, porque le
+envenenarán el aire al pájaro!--Y salió volando el ruiseñor, y echando
+al aire un ramillete de arpegios.
+
+Los mandarines entraron de repente en el cuarto, detrás del mandarín
+mayor, a ver al emperador muerto. Y lo vieron de pie, con su túnica
+imperial; con la mano de la espada puesta al corazón. Y se oía, como una
+risa, el canto del ruiseñor.
+
+--¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé!--dijo el gran mandarín, y dio dieciocho
+vueltas seguidas con los brazos abiertos, y se echó por tierra, con la
+frente a los pies del emperador. Y a los mandarines, arrodillados en el
+aire, les temblaba en la nuca la cola.
+
+
+
+
+La galería de las máquinas
+
+
+Los niños han leído mucho el número pasado de _La Edad de Oro_, y son
+graciosas las cartas que mandan, preguntando si es verdad todo lo que
+dice el artículo de la _Exposición de París_. Por supuesto que es
+verdad. A los niños no se les ha de decir más que la verdad, y nadie
+debe decirles lo que no sepa que es como se lo está diciendo, porque
+luego los niños viven creyendo lo que les dijo el libro o el profesor, y
+trabajan y piensan como si eso fuera verdad, de modo que si sucede que
+era falso lo que les decían, ya les sale la vida equivocada, y no pueden
+ser felices con ese modo de pensar, ni saben como son las cosas de
+veras, ni pueden volver a ser niños, y empezar a aprenderlo todo de
+nuevo.
+
+¿Que si es verdad todo lo de la Exposición? Una señora buena le armó una
+trampa al hombre de _La Edad de Oro_. Iban hablando del artículo, y ella
+le dijo: «Yo he estado en Paris.» «¡Ah, señora, qué vergüenza entonces!
+¡qué habrá dicho del artículo!» «No: yo he estado en París, porque he
+leído su artículo.»Y otro señor bueno, que está en París, dice «que a él
+no lo engañan, que _La Edad de Oro_ estuvo en París sin que él la viera,
+porque él se pasaba la vida en la Exposición y todo lo que había en la
+Exposición que ver está en _La Edad de Oro_.»
+
+Pero el señor bueno dice que faltó un grabado, para que los niños vieran
+bien toda la riqueza de aquellos palacios; y es el grabado de la
+«Galería de las Máquinas», que era el corredor adonde daban las puertas
+diferentes de las industrias del mundo, y allá al fondo tenía el
+edificio más hermoso, donde estaban en hilera, como elefantes
+arrodillados, las máquinas de todo lo que el hombre sabe hacer. Quien ha
+visto todo aquello, vuelve diciendo que se siente como más alto. Y como
+_La Edad de Oro_ quiere que los niños sean fuertes, y bravos, y de bueno
+estatura aquí está, para que les ayude a crecer el corazón, el grabado
+de La Galería de las Máquinas.
+
+
+
+
+La última página
+
+
+Los padres se lo quieren dar todo a sus hijos, y si ven un caballo
+hermoso, con la cola que le reluce y el pelo como seda, no piensan en
+montarse ellos, como señorones, y salir trotando por la alameda, donde
+van de paseo por la tarde los coches y los jinetes, sino que piensan en
+sus hijos los padres, y se ponen a trabajar todavía más, para comprarle
+al hijito el caballo hermoso. Si pasa un niño en un velocípedo, con su
+vestido de terciopelo y su cachucha, y tan de prisa que todo el mundo se
+para a verlo, el padre no piensa en comprarse un velocípedo él, sino en
+que su hijito estará lindo de veras cuando vaya como el niño de
+terciopelo y la cachucha, en sus dos ruedas que dan como una luz cuando
+andan, y van casi tan de prisa como la luz, que es lo que anda más
+pronto en el mundo. La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase
+la luz, se rompería el mundo en pedazos, como se rompen allá por el
+cielo las estrellas que se enfrían. Así hay muchas cosas que son verdad
+aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que
+no es verdad sino lo que se ve con los ojos. ¡Como si alguien viera el
+pensamiento, ni el cariño, ni lo que, allá dentro de su cabeza canosa,
+va hablándose el padre, para cuando haya trabajado mucho, y tenga con
+qué comprarle caballos como la seda o velocípedos como la luz a su hijo!
+
+El hombre de _La Edad de Oro_ es así, lo mismo que los padres: un
+padrazo es el hombre de _La Edad de Oro_: como una estatua que hay del
+río Nilo, donde hace de río un viejo muy barbón, y encima de él saltan,
+y juegan, y dan vueltas de cabeza los muchachos traviesos, lo que no
+quiere decir, por supuesto, que el río Nilo sea un viejo de verdad, ni
+que sus cien hijos jugaran así encima de él, sino que el río Nilo es
+como un padre para toda aquella gente de las tierras de Egipto, porque
+les humedece los sembrados cada vez que baja de los montes con mucha
+agua, y así las siembras les dan mucho fruto: por eso quieren al río los
+egipcios como si fuera persona, y lo pintan tan viejo, porque desde hace
+miles de años ya hablaban del Nilo los libros de entonces, que estaban
+escritos en unas tiras largas que hacían de una yerba, y luego las
+enrollaban alrededor de una varilla, y las metían en su nicho, como los
+que tienen ahora los escritorios para guardar los papeles. Y los
+egipcios le rezaban al Nilo, como si fuera un dios, y le componían
+versos y cantos; y como que nada les parecía mejor que una joven
+hermosa, sacaban de su casa una vez al año a la egipcia más linda, y la
+echaban al agua, como regalo al río viejo, para que se contentase para
+el año, con aquella hija que le daban, y bajase del monte con más agua
+que nunca.
+
+Así son los padres buenos, que creen que todos los niños son sus hijos,
+y andan como el río Nilo, cargados de hijos que no se ven, y son los
+niños del mundo, los niños que no tienen padre, los niños que no tienen
+quien les dé velocípedos, ni caballo, ni cariño, ni un beso. Y así es el
+hombre de _La Edad de Oro_, que en cada número quisiera poner el mundo
+para los niños, a más de su corazón; pero en la imprenta dicen que el
+corazón cabe siempre, y el mundo no, ni el artículo de _La Luz
+Eléctrica_, que cuenta cómo se hace la luz, y qué cosa es la
+electricidad, y cómo se enciende y se apaga, y muchas cosas que parecen
+sueño, o cosa de lo más hondo y hermoso del cielo: porque la luz
+eléctrica es como la de las estrellas, y hace pensar en que las cosas
+tienen alma, como dijo en sus versos latinos un poeta, Lucrecio, que
+hubo en Roma, y en que ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos
+los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio
+ni ruido, ni noche ni día, sino un gusto de vivir, queriéndose todos
+como hermanos, y en el alma una fuerza serena, como la de la luz
+eléctrica. Con todo eso, no cupo el artículo, y hubo que escribir otro
+más corto, que es ese que habla de la caza del elefante, y el modo con
+que venció el niño cazador al elefante fuerte. Nadie diga que el cambio
+no fue bueno. Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a
+trabajar, y hacer que la electricidad que mata en un rayo, alumbre en la
+luz. Pero el hombre ha de aprender a defenderse y a inventar, viviendo
+al aire libre, y viendo la muerte de cerca, como el cazador del
+elefante. La vida de tocador no es para hombres. Hay que ir de vez en
+cuando a vivir en lo natural, y a conocer la selva.
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicación mensual de
+recreo e instrucción dedicada a los niños de América., by José Martí
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA EDAD DE ORO ***
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+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
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+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
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+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
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+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
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+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
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+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
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+any statements concerning tax treatment of donations received from
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+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
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+works.
+
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+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
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+ The Project Gutenberg eBook of la Edad De Oro, por José Martí.
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+<pre>
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+The Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicación mensual de
+recreo e instrucción dedicada a los niños de América., by José Martí
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+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
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+Title: La Edad de Oro: publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América.
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+Author: José Martí
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+Release Date: November 23, 2006 [EBook #19898]
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+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA EDAD DE ORO ***
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+<p><span style="font-size: 250%;"><b>La Edad de Oro:</b></span>
+<span style="font-size: 150%;"><b>publicaci&oacute;n mensual de recreo e instrucci&oacute;n dedicada a los ni&ntilde;os de Am&eacute;rica.</b></span></p>
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+<h3>por</h3>
+<h2>Jos&eacute; Mart&iacute;</h2>
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+<p><a name="toc" id="toc"></a></p>
+<table summary="toc" cellspacing="0" cellpadding="0">
+<tr><td style="font-size: 150%;">
+<a href="#A_los_ninos_que_lean_La_Edad_de_Oro"><b>A los ni&ntilde;os que lean &laquo;La Edad de Oro&raquo;.</b></a><br />
+<a href="#Tres_heroes"><b>Tres h&eacute;roes</b></a><br />
+<a href="#Dos_milagros"><b>Dos milagros</b></a><br />
+<a href="#Menique"><b>Me&ntilde;ique</b></a><br />
+<a href="#Cada_uno_a_su_oficio"><b>Cada uno a su oficio</b></a><br />
+<a href="#La_Iliada_de_Homero"><b>La Il&iacute;ada, de Homero</b></a><br />
+<a href="#Un_juego_nuevo_y_otros_viejos"><b>Un juego nuevo y otros viejos</b></a><br />
+<a href="#Bebe_y_el_senor_don_Pomposo"><b>Beb&eacute; y el se&ntilde;or don Pomposo</b></a><br />
+<a href="#La_ultima_pagina1"><b>La &uacute;ltima p&aacute;gina</b></a><br />
+<a href="#La_historia_del_hombre_contada_por_sus_casas"><b>La historia del hombre, contada por sus casas</b></a><br />
+<a href="#Los_dos_principes"><b>Los dos pr&iacute;ncipes.</b></a><br />
+<a href="#Nene_traviesa"><b>Nen&eacute; traviesa.</b></a><br />
+<a href="#La_perla_de_la_mora"><b>La perla de la mora</b></a><br />
+<a href="#Las_ruinas_indias"><b>Las ruinas indias.</b></a><br />
+<a href="#Musicos_poetas_y_pintores"><b>M&uacute;sicos, poetas y pintores.</b></a><br />
+<a href="#La_ultima_pagina2"><b>La &uacute;ltima p&aacute;gina</b></a><br />
+<a href="#La_exposicion_de_Paris"><b>La exposici&oacute;n de Par&iacute;s.</b></a><br />
+<a href="#El_camaron_encantado"><b>El camar&oacute;n encantado</b></a><br />
+<a href="#El_Padre_las_Casas"><b>El Padre las Casas.</b></a><br />
+<a href="#Los_zapaticos_de_rosa"><b>Los zapaticos de rosa</b></a><br />
+<a href="#La_ultima_pagina3"><b>La &uacute;ltima p&aacute;gina</b></a><br />
+<a href="#Un_paseo_por_la_tierra_de_los_anamitas"><b>Un paseo por la tierra de los anamitas</b></a><br />
+<a href="#Historia_de_la_cuchara_y_el_tenedor"><b>Historia de la cuchara y el tenedor</b></a><br />
+<a href="#La_muneca_negra"><b>La mu&ntilde;eca negra</b></a><br />
+<a href="#Cuentos_de_elefantes"><b>Cuentos de elefantes</b></a><br />
+<a href="#Los_dos_ruisenores"><b>Los dos ruise&ntilde;ores</b></a><br />
+<a href="#La_galeria_de_las_maquinas"><b>La galer&iacute;a de las m&aacute;quinas</b></a><br />
+<a href="#La_ultima_pagina4"><b>La &uacute;ltima p&aacute;gina</b></a><br />
+</td></tr>
+</table>
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="A_los_ninos_que_lean_La_Edad_de_Oro" id="A_los_ninos_que_lean_La_Edad_de_Oro"></a><a href="#toc">A los ni&ntilde;os que lean &laquo;La Edad de Oro&raquo;.</a></h2>
+
+
+<p>Para los ni&ntilde;os es este peri&oacute;dico, y para las ni&ntilde;as, por supuesto. Sin
+las ni&ntilde;as no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El
+ni&ntilde;o ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser
+hermoso: el ni&ntilde;o puede hacerse hermoso aunque sea feo; un ni&ntilde;o bueno,
+inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un ni&ntilde;o m&aacute;s bello
+que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su
+amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la
+ofenda: el ni&ntilde;o crece entonces, y parece un gigante: el ni&ntilde;o nace para
+caballero, y la ni&ntilde;a nace para madre. Este peri&oacute;dico se publica para
+conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de
+ma&ntilde;ana, y con las madres de ma&ntilde;ana; para contarles a las ni&ntilde;as cuentos
+lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus mu&ntilde;ecas; y para
+decirles a los ni&ntilde;os lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo
+lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien,
+con palabras claras y con l&aacute;minas finas. Les vamos a decir c&oacute;mo est&aacute;
+hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres
+hasta ahora.</p>
+
+<p>Para eso se publica <i>La Edad de Oro</i>: para que los ni&ntilde;os americanos
+sepan c&oacute;mo se viv&iacute;a antes, y se vive hoy, en Am&eacute;rica, y en las dem&aacute;s
+tierras; y c&oacute;mo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las
+m&aacute;quinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz el&eacute;ctrica; para que
+cuando el ni&ntilde;o vea una piedra de color sepa por qu&eacute; tiene colores la
+piedra, y qu&eacute; quiere decir cada color; para que el ni&ntilde;o conozca los
+libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los
+pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres,
+donde suceden cosas m&aacute;s raras e interesantes que en los cuentos de
+magia, y son magia de verdad, m&aacute;s linda que la otra: y les diremos lo
+que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les
+contaremos cuentos de risa y novelas de ni&ntilde;os, para cuando hayan
+estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los ni&ntilde;os
+trabajamos, porque los ni&ntilde;os son los que saben querer, porque los ni&ntilde;os
+son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como
+cosa de su coraz&oacute;n.</p>
+
+<p>Cuando un ni&ntilde;o quiera saber algo que no est&eacute; en <i>La Edad de Oro</i>,
+escr&iacute;banos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le
+contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortograf&iacute;a.
+Lo que importa es que el ni&ntilde;o quiera saber. Y si la carta est&aacute; bien
+escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para que
+se sepa que es ni&ntilde;o que vale. Los ni&ntilde;os saben m&aacute;s de lo que parece, y si
+les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que
+escribir&iacute;an. Por eso <i>La Edad de Oro</i> va a tener cada seis meses una
+competencia, y el ni&ntilde;o que le mande el trabajo mejor, que se conozca de
+veras que es suyo, recibir&aacute; un buen premio de libros, y diez ejemplares
+del n&uacute;mero de <i>La Edad de Oro</i> en que se publique su composici&oacute;n, que
+ser&aacute; sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque
+para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. As&iacute; queremos
+que los ni&ntilde;os de Am&eacute;rica sean: hombres que digan lo que piensan, y lo
+digan bien: hombres elocuentes y sinceros.</p>
+
+<p>Las ni&ntilde;as deben saber lo mismo que los ni&ntilde;os, para poder hablar con
+ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el
+hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las
+mujeres de la casa no sepan contarle m&aacute;s que de diversiones y de modas.
+Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las ni&ntilde;as entienden mejor, y
+para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque <i>La Edad de
+Oro</i> tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las
+ni&ntilde;as sucede algo parecido a lo que ven los colibr&iacute;es cuando andan
+curioseando por entre las flores. Les diremos cosas as&iacute;, como para que
+las leyesen los colibr&iacute;es, si supiesen leer. Y les diremos c&oacute;mo se hace
+una hebra de hilo, c&oacute;mo nace una violeta, c&oacute;mo se fabrica una aguja,
+c&oacute;mo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las ni&ntilde;as tambi&eacute;n
+pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y
+mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. &iexcl;De
+seguro que van a ganar las ni&ntilde;as!</p>
+
+<p>Lo que queremos es que los ni&ntilde;os sean felices, como los hermanitos de
+nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un ni&ntilde;o de Am&eacute;rica
+por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga
+donde todo el mundo lo oiga: &laquo;&iexcl;Este hombre de <i>La Edad de Oro</i> fue mi
+amigo!&raquo;</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Tres_heroes" id="Tres_heroes"></a><a href="#toc">Tres h&eacute;roes</a></h2>
+
+
+<p>Cuentan que un viajero lleg&oacute; un d&iacute;a a Caracas al anochecer, y sin
+sacudirse el polvo del camino, no pregunt&oacute; d&oacute;nde se com&iacute;a ni se dorm&iacute;a,
+sino c&oacute;mo se iba adonde estaba la estatua de Bol&iacute;var. Y cuentan que el
+viajero, solo con los &aacute;rboles altos y olorosos de la plaza, lloraba
+frente a la estatua, que parec&iacute;a que se mov&iacute;a, como un padre cuando se
+le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos
+deben querer a Bol&iacute;var como a un padre. A Bol&iacute;var, y a todos los que
+pelearon como &eacute;l porque la Am&eacute;rica fuese del hombre americano. A todos:
+al h&eacute;roe famoso, y al &uacute;ltimo soldado, que es un h&eacute;roe desconocido. Hasta
+hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su
+patria.</p>
+
+<p>Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y
+a hablar sin hipocres&iacute;a. En Am&eacute;rica no se pod&iacute;a ser honrado, ni pensar,
+ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo
+que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal
+gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre
+honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y
+permite que pisen el pa&iacute;s en que naci&oacute; los hombres que se lo maltratan,
+no es un hombre honrado. El ni&ntilde;o, desde que puede pensar, debe pensar en
+todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con
+honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y
+debe ser un hombre honrado. El ni&ntilde;o que no piensa en lo que sucede a su
+alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es
+como un hombre que vive del trabajo de un brib&oacute;n, y est&aacute; en camino de
+ser brib&oacute;n. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las
+bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere
+tener hijos cuando vive preso: la llama del Per&uacute; se echa en la tierra y
+se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone m&aacute;s carga de la
+que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como
+el elefante y como la llama. En Am&eacute;rica se viv&iacute;a antes de la libertad
+como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la
+carga, o morir.</p>
+
+<p>Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que
+padecen como en agon&iacute;a cuando ven que los hombres viven sin decoro a su
+alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de
+haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay
+siempre otros que tienen en s&iacute; el decoro de muchos hombres. Esos son los
+que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los
+pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos
+hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad
+humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados:
+Bol&iacute;var, de Venezuela; San Mart&iacute;n, del R&iacute;o de la Plata; Hidalgo, de
+M&eacute;xico. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron
+fue m&aacute;s que sus faltas. Los hombres no pueden ser m&aacute;s perfectos que el
+sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene
+manchas. Los desagradecidos no hablan m&aacute;s que de las manchas. Los
+agradecidos hablan de la luz.</p>
+
+<p>Bol&iacute;var era peque&ntilde;o de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las
+palabras se le sal&iacute;an de los labios. Parec&iacute;a como si estuviera esperando
+siempre la hora de montar a caballo. Era su pa&iacute;s, su pa&iacute;s oprimido, que
+le pesaba en el coraz&oacute;n, y, no le dejaba vivir en paz. La Am&eacute;rica entera
+estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca m&aacute;s que un pueblo
+entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y
+que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que
+consultar a nadie m&aacute;s que a s&iacute; mismos, y los pueblos tienen muchos
+hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el m&eacute;rito de
+Bol&iacute;var, que no se cans&oacute; de pelear por la libertad de Venezuela, cuando
+parec&iacute;a que Venezuela se cansaba. Lo hab&iacute;an derrotado los espa&ntilde;oles: lo
+hab&iacute;an echado del pa&iacute;s. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca,
+a pensar en su tierra.</p>
+
+<p>Un negro generoso lo ayud&oacute; cuando ya no lo quer&iacute;a ayudar nadie. Volvi&oacute;
+un d&iacute;a a pelear, con trescientos h&eacute;roes, con los trescientos
+libertadores. Libert&oacute; a Venezuela. Libert&oacute; a la Nueva Granada. Libert&oacute;
+al Ecuador. Libert&oacute; al Per&uacute;. Fund&oacute; una naci&oacute;n nueva, la naci&oacute;n de
+Bolivia. Gan&oacute; batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos.
+Todo se estremec&iacute;a y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales
+peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ej&eacute;rcito de j&oacute;venes.
+Jam&aacute;s se pele&oacute; tanto, ni se pele&oacute; mejor, en el mundo por la libertad.
+Bol&iacute;var no defendi&oacute; con tanto fuego el derecho de los hombres a
+gobernarse por s&iacute; mismos, como el derecho de Am&eacute;rica a ser libre. Los
+envidiosos exageraron sus defectos. Bol&iacute;var muri&oacute; de pesar del coraz&oacute;n,
+m&aacute;s que de mal del cuerpo, en la casa de un espa&ntilde;ol en Santa Marta.
+Muri&oacute; pobre, y dej&oacute; una familia de pueblos.</p>
+
+<p>M&eacute;xico ten&iacute;a mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero val&iacute;an
+por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de
+hacer libre a su pa&iacute;s. Eran unos cuantos j&oacute;venes valientes, el esposo de
+una mujer liberal, y un cura de pueblo que quer&iacute;a mucho a los indios, un
+cura de sesenta a&ntilde;os. Desde ni&ntilde;o fue el cura Hidalgo de la raza buena,
+de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala.
+Hidalgo sab&iacute;a franc&eacute;s, que entonces era cosa de m&eacute;rito, porque lo sab&iacute;an
+pocos. Ley&oacute; los libros de los fil&oacute;sofos del siglo dieciocho, que
+explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar
+sin hipocres&iacute;a. Vio a los negros esclavos, y se llen&oacute; de horror. Vio
+maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sent&oacute; entre
+ellos como un hermano viejo, a ense&ntilde;arles las artes finas que el indio
+aprende bien: la m&uacute;sica, que consuela; la cr&iacute;a del gusano, que da la
+seda; la cr&iacute;a de la abeja, que da miel. Ten&iacute;a fuego en s&iacute;, y le gustaba
+fabricar: cre&oacute; hornos para cocer los ladrillos. Le ve&iacute;an lucir mucho de
+cuando en cuando los ojos verdes. Todos dec&iacute;an que hablaba muy bien, que
+sab&iacute;a mucho nuevo, que daba muchas limosnas el se&ntilde;or cura del pueblo de
+Dolores. Dec&iacute;an que iba a la ciudad de Quer&eacute;taro una que otra vez, a
+hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena se&ntilde;ora.
+Un traidor le dijo a un comandante espa&ntilde;ol que los amigos de Quer&eacute;taro
+trataban de hacer a M&eacute;xico libre. El cura mont&oacute; a caballo, con todo su
+pueblo, que lo quer&iacute;a como a su coraz&oacute;n; se le fueron juntando los
+caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballer&iacute;a; los
+indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le
+uni&oacute; un regimiento y tom&oacute; un convoy de p&oacute;lvora que iba para los
+espa&ntilde;oles. Entr&oacute; triunfante en Celaya, con m&uacute;sicas y vivas. Al otro d&iacute;a
+junt&oacute; el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empez&oacute; un pueblo a nacer.
+El fabric&oacute; lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y
+echan chispas, como dec&iacute;a un caporal de las haciendas. El declar&oacute; libres
+a los negros. El les devolvi&oacute; sus tierras a los indios. El public&oacute; un
+peri&oacute;dico que llam&oacute; El <i>Despertador Americano</i>. Gan&oacute; y perdi&oacute; batallas.
+Un d&iacute;a se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro d&iacute;a lo
+dejaban solo. La mala gente quer&iacute;a ir con &eacute;l para robar en los pueblos y
+para vengarse de los espa&ntilde;oles. El les avisaba a los jefes espa&ntilde;oles que
+si los venc&iacute;a en la batalla que iba a darles los recibir&iacute;a en su casa
+como amigos. &iexcl;Eso es ser grande! Se atrevi&oacute; a ser magn&aacute;nimo, sin miedo a
+que lo abandonase la soldadesca, que quer&iacute;a que fuese cruel. Su
+compa&ntilde;ero Allende tuvo celos de &eacute;l, y &eacute;l le cedi&oacute; el mando a Allende.
+Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los espa&ntilde;oles les
+cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo,
+los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detr&aacute;s de una tapia, y le
+dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cay&oacute; vivo, revuelto en la
+sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la
+colgaron en una jaula, en la Alh&oacute;ndiga misma de Granaditas, donde tuvo
+su gobierno. Enterraron los cad&aacute;veres descabezados. Pero M&eacute;xico es
+libre.</p>
+
+<p>San Mart&iacute;n fue el libertador del Sur, el padre de la Rep&uacute;blica
+Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran espa&ntilde;oles, y a &eacute;l lo
+mandaron a Espa&ntilde;a para que fuese militar del rey. Cuando Napole&oacute;n entr&oacute;
+en Espa&ntilde;a con su ej&eacute;rcito, para quitarles a los espa&ntilde;oles la libertad,
+los espa&ntilde;oles todos pelearon contra Napole&oacute;n: pelearon los viejos, las
+mujeres, los ni&ntilde;os; un ni&ntilde;o valiente, un catalancito, hizo huir una
+noche a una compa&ntilde;&iacute;a, dispar&aacute;ndole tiros y m&aacute;s tiros desde un rinc&oacute;n del
+monte: al ni&ntilde;o lo encontraron muerto, muerto de hambre y de fr&iacute;o; pero
+ten&iacute;a en la cara como una luz, y sonre&iacute;a, como si estuviese contento.
+San Mart&iacute;n pele&oacute; muy bien en la batalla de Bail&eacute;n, y lo hicieron
+teniente coronel. Hablaba poco: parec&iacute;a de acero: miraba como un &aacute;guila:
+nadie lo desobedec&iacute;a su caballo iba y ven&iacute;a por el campo de pelea, como
+el rayo por el aire. En cuanto supo que Am&eacute;rica peleaba para hacerse
+libre, vino a Am&eacute;rica: &iquest;qu&eacute; le importaba perder su carrera, si iba a
+cumplir con su deber?: lleg&oacute; a Buenos Aires: no dijo discursos: levant&oacute;
+un escuadr&oacute;n de caballer&iacute;a: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable
+en mano se fue San Mart&iacute;n detr&aacute;s de los espa&ntilde;oles, que ven&iacute;an muy
+seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin ca&ntilde;ones y sin
+bandera. En los otros pueblos de Am&eacute;rica los espa&ntilde;oles iban venciendo: a
+Bol&iacute;var lo hab&iacute;a echado Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estaba
+muerto: O'Higgins sali&oacute; huyendo de Chile: pero donde estaba San Mart&iacute;n
+sigui&oacute; siendo libre la Am&eacute;rica. Hay hombres as&iacute;, que no pueden ver
+esclavitud. San Mart&iacute;n no pod&iacute;a; y se fue a libertar a Chile y al Per&uacute;.
+En dieciocho d&iacute;as cruz&oacute; con su ej&eacute;rcito los Andes alt&iacute;simos y fr&iacute;os:
+iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muy
+abajo, los &aacute;rboles parec&iacute;an yerba, los torrentes rug&iacute;an como leones. San
+Mart&iacute;n se encuentra al ej&eacute;rcito espa&ntilde;ol y lo deshace en la batalla de
+Maip&uacute;, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a
+Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Per&uacute;. Pero en el Per&uacute;
+estaba Bol&iacute;var, y San Mart&iacute;n le cede la gloria. Se fue a Europa triste,
+y muri&oacute; en brazos de su hija Mercedes. Escribi&oacute; su testamento en una
+cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le hab&iacute;an
+regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro
+siglos, y &eacute;l le regal&oacute; el estandarte en el testamento al Per&uacute;. Un
+escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: pero
+esos hombres que hacen pueblos son como m&aacute;s que hombres. Quisieron
+algunas veces lo que no deb&iacute;an querer; pero &iquest;qu&eacute; no le perdonar&aacute; un hijo
+a su padre? El coraz&oacute;n se llena de ternura al pensar en esos gigantescos
+fundadores. Esos son h&eacute;roes; los que pelean para hacer a los pueblos
+libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran
+verdad. Los que pelean por la ambici&oacute;n, por hacer esclavos a otros
+pueblos, por tener m&aacute;s mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no
+son h&eacute;roes, sino criminales.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Dos_milagros" id="Dos_milagros"></a><a href="#toc">Dos milagros</a></h2>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i3">Iba un ni&ntilde;o travieso<br /></span>
+<span class="i3">Cazando mariposas;<br /></span>
+<span class="i3">Las cazaba el brib&oacute;n, les daba un beso,<br /></span>
+<span class="i3">Y despu&eacute;s las soltaba entre las rosas.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i3">Por tierra, en un estero,<br /></span>
+<span class="i3">Estaba un sicomoro;<br /></span>
+<span class="i3">Le da un rayo de sol, y del madero<br /></span>
+<span class="i3">Muerto, sale volando un ave de oro.<br /></span>
+</div></div>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Menique" id="Menique"></a><a href="#toc">Me&ntilde;ique</a></h2>
+
+<p class="center">(Del franc&eacute;s, de Laboulaye)</p>
+
+<p><i>Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Me&ntilde;ique, y
+se ve que el saber vale m&aacute;s que la fuerza.</i></p>
+
+
+<h3>&mdash;I&mdash;</h3>
+
+<p>En un pa&iacute;s muy extra&ntilde;o vivi&oacute; hace mucho tiempo un campesino que ten&iacute;a
+tres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de cara
+colorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y paliducho, lleno
+de envidias y de celos; Juancito era lindo como una mujer, y m&aacute;s ligero
+que un resorte, pero tan chiquit&iacute;n que se pod&iacute;a esconder en una bota de
+su padre. Nadie le dec&iacute;a Juan, sino Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>El campesino era tan pobre que hab&iacute;a fiesta en la casa cuando tra&iacute;a
+alguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro; y no
+ten&iacute;an c&oacute;mo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron bastante
+crecidos, el padre les rog&oacute; por su bien que salieran de su choza
+infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les doli&oacute; el coraz&oacute;n de dejar
+solo a su padre viejo, y decir adi&oacute;s para siempre a los &aacute;rboles que
+hab&iacute;an sembrado, a la casita en que hab&iacute;an nacido, al arroyo donde
+beb&iacute;an el agua en la palma de la mano. Como a una legua de all&iacute; ten&iacute;a el
+rey del pa&iacute;s un palacio magn&iacute;fico, todo de madera, con veinte balcones
+de roble tallado, y seis ventanitas. Y sucedi&oacute; que de repente, en una
+noche de mucho calor, sali&oacute; de la tierra, delante de las seis ventanas,
+un roble enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dej&oacute; a oscuras
+el palacio del rey. Era un &aacute;rbol encantado, y no hab&iacute;a hacha que pudiera
+echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro del tronco, y
+por cada rama que le cortaban sal&iacute;an dos. El rey ofreci&oacute; dar tres sacos
+llenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel arbol&oacute;n;
+pero all&iacute; se estaba el roble, echando ramas y ra&iacute;ces, y el rey tuvo que
+conformarse con encender luces de d&iacute;a.</p>
+
+<p>Y eso no era todo. Por aquel pa&iacute;s, hasta de las piedras del camino
+sal&iacute;an los manantiales; pero en el palacio no hab&iacute;a agua. La gente del
+palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel. El rey
+hab&iacute;a prometido hacer marqu&eacute;s y dar muchas tierras y dinero al que ha
+abriese en el patio del castillo un pozo donde se pudiera guardar agua
+para todo el a&ntilde;o. Pero nadie se llev&oacute; el premio, porque el palacio
+estaba en una roca, y en cuanto se escarbaba la tierra de arriba, sal&iacute;a
+debajo la capa de granito. Como una pulgada nada m&aacute;s hab&iacute;a de tierra
+floja.</p>
+
+<p>Los reyes son caprichosos, y este reyecito quer&iacute;a salirse con su gusto.
+Mand&oacute; pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos de
+su reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofrec&iacute;a casar a
+su hija con el que cortara el &aacute;rbol y abriese el pozo, y darle adem&aacute;s la
+mitad de sus tierras. Las tierras eran de lo mejor para sembrar, y la
+princesa ten&iacute;a fama de inteligente y hermosa; as&iacute; es que empez&oacute; a venir
+de todas partes un ej&eacute;rcito de hombres forzudos, con el hacha al hombro
+y el pico al brazo. Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y
+todos los picos se romp&iacute;an contra la roca.</p>
+
+
+<h3>&mdash;II&mdash;</h3>
+
+<p>Los tres hijos del campesino oyeron el preg&oacute;n, y tomaron el camino del
+palacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino que
+encontrar&iacute;an entre tanta gente alg&uacute;n trabajo. Los tres iban anda que
+anda, Pedro siempre contento, Pablo habl&aacute;ndose solo, y Me&ntilde;ique saltando
+de ac&aacute; para all&aacute;, meti&eacute;ndose por todas las veredas y escondrijos,
+vi&eacute;ndolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada paso ten&iacute;a algo
+nuevo que preguntar a sus hermanos: que por qu&eacute; las abejas met&iacute;an la
+cabecita en las flores, que por qu&eacute; las golondrinas volaban tan cerca
+del agua, que por qu&eacute; no volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba
+a re&iacute;r, y Pablo se encog&iacute;a de hombros y lo mandaba callar.</p>
+
+<p>Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubr&iacute;a todo un
+monte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de &aacute;rboles que
+ca&iacute;an all&aacute; en lo m&aacute;s alto.</p>
+
+<p>&mdash;Yo quisiera saber por qu&eacute; andan all&aacute; arriba cortando le&ntilde;a&mdash;dijo
+Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>&mdash;Todo lo quiere saber el que no sabe nada&mdash;dijo Pablo, medio gru&ntilde;endo.</p>
+
+<p>&mdash;Parece que este mu&ntilde;eco no ha o&iacute;do nunca cortar le&ntilde;a&mdash;dijo Pedro,
+torci&eacute;ndole el cachete a Me&ntilde;ique de un buen pellizco.</p>
+
+<p>&mdash;Yo voy a ver lo que hacen all&aacute; arriba&mdash;dijo Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>&mdash;Anda, rid&iacute;culo, que ya bajar&aacute;s bien cansado, por no creer lo que te
+dicen tus hermanos mayores.</p>
+
+<p>Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subi&oacute; Me&ntilde;ique por donde
+ven&iacute;a el sonido. Y &iquest;qu&eacute; encontr&oacute; Me&ntilde;ique en lo alto del monte? Pues un
+hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muy
+recio.</p>
+
+<p>&mdash;Buenos d&iacute;as, se&ntilde;ora hacha&mdash;dijo Me&ntilde;ique;&mdash;&iquest;no est&aacute; cansada de cortar
+tan solita ese &aacute;rbol tan viejo?</p>
+
+<p>&mdash;Hace muchos a&ntilde;os, hijo m&iacute;o, que estoy esperando por ti&mdash;respondi&oacute; el
+hacha.</p>
+
+<p>&mdash;Pues aqu&iacute; me tiene&mdash;dijo Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>Y sin ponerse a temblar, ni preguntar m&aacute;s, meti&oacute; el hacha en su gran
+saco de cuero, y baj&oacute; el monte, brincando y cantando.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; vio all&aacute; arriba el que todo lo quiere saber?&mdash;pregunt&oacute; Pablo,
+sacando el labio de abajo, y mirando a Me&ntilde;ique como una torre a un
+alfiler.</p>
+
+<p>&mdash;Pues el hacha que o&iacute;amos&mdash;le contest&oacute; Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ve el chiquit&iacute;n la tonter&iacute;a de meterse por nada en esos sudores&mdash;le
+dijo Pedro el gordo.</p>
+
+<p>A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oy&oacute; un ruido que
+ven&iacute;a de lejos, como de un hierro que golpease en una roca.</p>
+
+<p>&mdash;Yo quisiera saber qui&eacute;n anda all&aacute; lejos picando piedras&mdash;dijo Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>&mdash;Aqu&iacute; est&aacute; un pich&oacute;n que acaba de salir del huevo, y no ha o&iacute;do nunca
+al p&aacute;jaro carpintero picoteando en un tronco&mdash;dijo Pablo.</p>
+
+<p>&mdash;Qu&eacute;date con nosotros, hijo, que eso no es m&aacute;s que el p&aacute;jaro carpintero
+que picotea en un tronco&mdash;dijo Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;Yo voy a ver lo que pasa all&aacute; lejos.</p>
+
+<p>Y aqu&iacute; de rodillas, y all&aacute; medio a rastras, subi&oacute; la roca Me&ntilde;ique,
+oyendo como se re&iacute;an a carcajadas Pedro y Pablo. &iquest;Y qu&eacute; encontr&oacute; Me&ntilde;ique
+all&aacute; en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba
+abriendo la roca como si fuese mantequilla.</p>
+
+<p>&mdash;Buenos d&iacute;as, se&ntilde;or pico&mdash;dijo Me&ntilde;ique:&mdash;&iquest;no est&aacute; cansado de picar tan
+solito en esa roca vieja?</p>
+
+<p>&mdash;Hace muchos a&ntilde;os, hijo m&iacute;o, que estoy esperando por ti&mdash;respondi&oacute; el
+pico.</p>
+
+<p>&mdash;Pues aqu&iacute; me tiene&mdash;dijo Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>Y sin pizca de miedo le ech&oacute; mano al pico, lo sac&oacute; del mango, los meti&oacute;
+aparte en su gran saco de cuero, y baj&oacute; por aquellas piedras, retozando
+y cantando.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; milagro vio por all&aacute; su se&ntilde;or&iacute;a?&mdash;pregunt&oacute; Pablo, con los
+bigotes de punta.</p>
+
+<p>&mdash;Era un pico lo que o&iacute;mos&mdash;respondi&oacute; Me&ntilde;ique, y sigui&oacute; andando sin
+decir m&aacute;s palabra.</p>
+
+<p>M&aacute;s adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era
+mucho el calor.</p>
+
+<p>&mdash;Yo quisiera saber&mdash;dijo Me&ntilde;ique&mdash;de d&oacute;nde sale tanta agua en un valle
+tan llano como &eacute;ste.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Grand&iacute;simo pretencioso&mdash;dijo Pablo;&mdash;que en todo quiere meter la
+nariz! &iquest;No sabes que los manantiales salen de la tierra?</p>
+
+<p>&mdash;Yo voy a ver de d&oacute;nde sale esta agua.</p>
+
+<p>Y los hermanos se quedaron diciendo picard&iacute;as; pero Me&ntilde;ique ech&oacute; a andar
+por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que
+no era m&aacute;s que un hilo. Y &iquest;qu&eacute; encontr&oacute; Me&ntilde;ique cuando lleg&oacute; al fin?
+Pues una c&aacute;scara de nuez encantada, de donde sal&iacute;a a borbotones el agua
+clara chispeando al sol.</p>
+
+<p>&mdash;Buenos d&iacute;as, se&ntilde;or arroyo&mdash;dijo Me&ntilde;ique;&mdash;&iquest;no est&aacute; cansado de vivir
+tan solito en su rinc&oacute;n, manando agua?</p>
+
+<p>&mdash;Hace muchos a&ntilde;os, hijo m&iacute;o, que estoy esperando por ti&mdash;respondi&oacute; el
+arroyo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues aqu&iacute; me tiene&mdash;dijo Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>Y sin el menor susto tom&oacute; la c&aacute;scara de nuez, la envolvi&oacute; bien en musgo
+fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero,
+y se volvi&oacute; por donde vino, saltando y cantando.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Ya sabes de d&oacute;nde viene el agua?&mdash;le grit&oacute; Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, hermano; viene de un agujerito.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, a este amigo se lo come el talento! &iexcl;Por eso no crece!&mdash;dijo
+Pablo, el paliducho.</p>
+
+<p>&mdash;Yo he visto lo que quer&iacute;a ver, y s&eacute; lo que quer&iacute;a saber&mdash;se dijo
+Me&ntilde;ique a s&iacute; mismo. Y sigui&oacute; su camino, frot&aacute;ndose las manos.</p>
+
+
+<h3>&mdash;III&mdash;</h3>
+
+<p>Por fin llegaron al palacio del rey. El roble crec&iacute;a m&aacute;s que nunca, el
+pozo no lo hab&iacute;an podido abrir, y en la puerta estaba el cartel sellado
+con las armas reales, donde promet&iacute;a el rey casar a su hija y dar la
+mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble y abriese el pozo,
+fuera se&ntilde;or de la corte, o vasallo acomodado, o pobre campesino. Pero el
+rey, cansado de tanta prueba in&uacute;til, hab&iacute;a hecho clavar debajo del
+cartel&oacute;n otro cartel m&aacute;s peque&ntilde;o, que dec&iacute;a con letras coloradas:</p>
+
+<p>&laquo;Sepan los hombres por este cartel, que el rey y se&ntilde;or, como buen rey
+que es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del mismo
+roble al que venga a cortar el &aacute;rbol o abrir el pozo, y no corte, ni
+abra; para ense&ntilde;arle a conocerse a s&iacute; mismo y a ser modesto, que es la
+primera lecci&oacute;n de la sabidur&iacute;a.&raquo;</p>
+
+<p>Y alrededor de este cartel hab&iacute;a clavadas treinta orejas sanguinolentas,
+cortadas por la ra&iacute;z de la piel a quince hombres que se creyeron m&aacute;s
+fuertes de lo que eran.</p>
+
+<p>Al leer este aviso, Pedro se ech&oacute; a re&iacute;r, se retorci&oacute; los bigotes, se
+mir&oacute; los brazos, con aquellos m&uacute;sculos que parec&iacute;an cuerdas, le dio al
+hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe ech&oacute; abajo una
+de las ramas m&aacute;s gruesas del &aacute;rbol maldito. Pero enseguida salieron dos
+ramas poderosas en el punto mismo del hachazo, y los soldados del rey le
+cortaron las orejas sin m&aacute;s ceremonia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Inutil&oacute;n!&mdash;dijo Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cort&oacute;
+de un golpe una gran ra&iacute;z. Pero salieron dos ra&iacute;ces enormes en vez de
+una.</p>
+
+<p>Y el rey furioso mand&oacute; que le cortaran las orejas a aquel que no quiso
+aprender en la cabeza de su hermano.</p>
+
+<p>Pero a Me&ntilde;ique no se le achic&oacute; el coraz&oacute;n, y se le ech&oacute; al roble encima.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&iacute;tenme a ese enano de ah&iacute;!&mdash;dijo el rey&mdash;&iexcl;y si no se quiere quitar,
+c&oacute;rtenle las orejas!</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley,
+se&ntilde;or rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya
+tendr&aacute;s tiempo de cortarme las orejas, si no corto el &aacute;rbol.</p>
+
+<p>&mdash;Y la nariz te la rebanar&aacute;n tambi&eacute;n, si no lo cortas.</p>
+
+<p>Me&ntilde;ique sac&oacute; con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de
+cuero. El hacha era m&aacute;s grande que Me&ntilde;ique. Y Me&ntilde;ique le dijo: &laquo;&iexcl;Corta,
+hacha, corta!&raquo;</p>
+
+<p>Y el hacha cort&oacute;, tajo, astill&oacute;, derrib&oacute; las ramas, cercen&oacute; el tronco,
+arranc&oacute; las ra&iacute;ces, limpi&oacute; la tierra en redondo, a derecha y a
+izquierda, y tanta le&ntilde;a apil&oacute; del &aacute;rbol en trizas, que el palacio se
+calent&oacute; con el roble todo aquel invierno.</p>
+
+<p>Cuando ya no quedaba del &aacute;rbol una sola hoja, Me&ntilde;ique fue donde estaba
+el rey sentado junto a la princesa, y los salud&oacute; con mucha cortes&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&iacute;game el rey ahora d&oacute;nde quiere que le abra el pozo su criado? Y
+toda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo.
+El rey subi&oacute; a un estrado m&aacute;s alto que los asientos de los dem&aacute;s; la
+princesa ten&iacute;a su silla en un escal&oacute;n m&aacute;s bajo, y miraba con susto a
+aquel hominicaco que le iban a dar para marido.</p>
+
+<p>Me&ntilde;ique, sereno como una rosa, abri&oacute; su gran saco de cuero, meti&oacute; el
+mango en el pico, lo puso en el lugar que marc&oacute; el rey, y le dijo:
+&laquo;&iexcl;Cava, pico, cava!&raquo;</p>
+
+<p>Y el pico empez&oacute; a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menos
+de un cuarto de hora qued&oacute; abierto un pozo de cien pies.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?</p>
+
+<p>&mdash;Es hondo; pero no tiene agua.</p>
+
+<p>&mdash;Agua tendr&aacute;&mdash;dijo Me&ntilde;ique. Meti&oacute; el brazo en el gran saco de cuero, le
+quit&oacute; el musgo a la c&aacute;scara de nuez, y puso la c&aacute;scara en una fuente que
+hab&iacute;an llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro de la tierra,
+dijo: &laquo;&iexcl;Brota, agua, brota!&raquo;</p>
+
+<p>Y el agua empez&oacute; a brotar por entre las flores con un suave murmullo
+refresc&oacute; el aire del patio, y cay&oacute; en cascadas tan abundantes que al
+cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir un canal que
+llevase afuera el agua sobrante.</p>
+
+<p>&mdash;Y ahora&mdash;dijo Me&ntilde;ique, poniendo en tierra una rodilla,&mdash;&iquest;cree mi rey
+que he hecho todo lo que me ped&iacute;a?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, marqu&eacute;s Me&ntilde;ique&mdash;respondi&oacute; el rey,&mdash;y te dar&eacute; la mitad de mi
+reino; o mejor, te comprar&eacute; en lo que vale tu mitad, con la contribuci&oacute;n
+que les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrar&aacute;n mucho de pagar
+porque su rey y se&ntilde;or tenga agua buena; pero con mi hija no te puedo
+casar, porque &eacute;sa es cosa en que yo solo no soy due&ntilde;o.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; m&aacute;s quiere que haga, rey?&mdash;dijo Me&ntilde;ique, par&aacute;ndose en las
+puntas de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la
+princesa cara a cara.</p>
+
+<p>&mdash;Ma&ntilde;ana se te dir&aacute;, marqu&eacute;s Me&ntilde;ique&mdash;le dijo el rey;&mdash;vete ahora a
+dormir a la mejor cama de mi palacio.</p>
+
+<p>Pero Me&ntilde;ique, en cuanto se fue el rey, sali&oacute; a buscar a sus hermanos,
+que parec&iacute;an dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.</p>
+
+<p>&mdash;D&iacute;ganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de
+d&oacute;nde ven&iacute;a el agua.</p>
+
+<p>&mdash;Fortuna no m&aacute;s, fortuna&mdash;dijo Pablo.&mdash;La fortuna es ciega, y favorece
+a los necios.</p>
+
+<p>&mdash;Hermanito&mdash;dijo Pedro,&mdash;con orejas o desorejado creo que est&aacute; muy bien
+lo que has hecho, y quisiera que llegara aqu&iacute; pap&aacute; para que te viese.</p>
+
+<p>Y Me&ntilde;ique se llev&oacute; a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro y
+a Pablo.</p>
+
+
+<h3>&mdash;IV&mdash;</h3>
+
+<p>El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que le
+ten&iacute;a despierto, sino el disgusto de casar a su hija con aquel picol&iacute;n
+que cab&iacute;a en una bota de su padre. Como buen rey que era, ya no quer&iacute;a
+cumplir lo que prometi&oacute;; y le estaban zumbando en los o&iacute;dos las palabras
+del marqu&eacute;s Me&ntilde;ique: &laquo;Se&ntilde;or rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un
+hombre es ley, rey&raquo;.</p>
+
+<p>Mand&oacute; el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no m&aacute;s le pod&iacute;an
+decir qui&eacute;nes eran los padres de Me&ntilde;ique, y si era Me&ntilde;ique persona de
+buen car&aacute;cter y de modales finos, como quieren los suegros que sean sus
+yernos, porque la vida sin cortes&iacute;a es m&aacute;s amarga que la cuasia y que la
+retama. Pedro dijo de Me&ntilde;ique muchas cosas buenas, que pusieron al rey
+de mal humor; pero Pablo dej&oacute; al rey muy contento, porque le dijo que el
+marqu&eacute;s era un pedante aventurero, un trasto con bigotes, una u&ntilde;a
+venenosa, un garbanzo lleno de ambici&oacute;n, indigno de casarse con se&ntilde;ora
+tan principal como la hija del gran rey que le hab&iacute;a hecho la honra de
+cortarle las orejas: &laquo;Es tan vano ese macacuelo&mdash;dijo Pablo&mdash;que se cree
+capaz de pelear con un gigante. Por aqu&iacute; cerca hay uno que tiene muerta
+de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines
+todas sus ovejas y sus vacas. Y Me&ntilde;ique no se cansa de decir que &eacute;l
+puede echarse al gigante de criado.&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;Eso es lo que vamos a ver&mdash;dijo el rey satisfecho. Y durmi&oacute; muy
+tranquilo lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonre&iacute;a en sue&ntilde;os,
+como si estuviera pensando en algo agradable.</p>
+
+<p>En cuanto sali&oacute; el sol, el rey hizo llamar a Me&ntilde;ique delante de toda su
+corte. Y vino Me&ntilde;ique fresco como la ma&ntilde;ana, risue&ntilde;o como el cielo,
+gal&aacute;n como una flor.</p>
+
+<p>&mdash;Yerno querido&mdash;dijo el rey,&mdash;un hombre de tu honradez no puede casarse
+con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande, con
+criados que la sirvan como se debe servir en el palacio real. En este
+bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un buey
+entero, y cuando tiene sed al mediod&iacute;a se bebe un melonar. Fig&uacute;rate qu&eacute;
+hermoso criado no har&aacute; ese gigante con un sombrero de tres picos, una
+casaca galoneada, con charreteras de oro, y una alabarda de quince pies.
+Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidirse a casarse
+contigo.</p>
+
+<p>&mdash;No es cosa f&aacute;cil&mdash;respondi&oacute; Me&ntilde;ique,&mdash;pero tratar&eacute; de regalarle el
+gigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince pies, y
+su sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con charreteras de
+oro.</p>
+
+<p>Se fue a la cocina; meti&oacute; en el gran saco de cuero el hacha encantada,
+un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se ech&oacute; el saco a la
+espalda, y sali&oacute; andando por el bosque, mientras Pedro lloraba, y Pablo
+re&iacute;a, pensando en que no volver&iacute;a nunca su hermano del bosque del
+gigante.</p>
+
+<p>En el bosque era tan alta la yerba que Me&ntilde;ique no alcanzaba a ver, y se
+puso a gritar a voz en cuello: &laquo;&iexcl;Eh, gigante, gigante! &iquest;d&oacute;nde anda el
+gigante? Aqu&iacute; est&aacute; Me&ntilde;ique, que viene a llevarse al gigante muerto o
+vivo&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;Y aqu&iacute; estoy yo&mdash;dijo el gigante, con un vocerr&oacute;n que hizo encogerse a
+los &aacute;rboles de miedo,&mdash;aqu&iacute; estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado.</p>
+
+<p>&mdash;No est&eacute;s tan de prisa, amigo&mdash;dijo Me&ntilde;ique, con una vocecita de
+flaut&iacute;n,&mdash;no est&eacute;s tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar
+contigo.</p>
+
+<p>Y el gigante volv&iacute;a a todos lados la cabeza, sin saber qui&eacute;n le hablaba,
+hasta que le ocurri&oacute; bajar los ojos, y all&aacute; abajo, peque&ntilde;ito como un
+pitirre, vio a Me&ntilde;ique sentado en un tronco, con el gran saco de cuero
+entre las rodillas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eres t&uacute;, grand&iacute;simo p&iacute;caro, el que me has quitado el sue&ntilde;o?&mdash;dijo
+el gigante, comi&eacute;ndoselo con los ojos que parec&iacute;an llamas.</p>
+
+<p>&mdash;Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado m&iacute;o.</p>
+
+<p>&mdash;Con la punta del dedo te voy a echar all&aacute; arriba en el nido del
+cuervo, para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin
+licencia en mi bosque.</p>
+
+<p>&mdash;No est&eacute;s tan de prisa, amigo, que este bosque es tan m&iacute;o como tuyo; y
+si dices una palabra m&aacute;s, te lo echo abajo en un cuarto de hora.</p>
+
+<p>&mdash;Eso quisiera ver&mdash;dijo el gigant&oacute;n.</p>
+
+<p>Me&ntilde;ique sac&oacute; su hacha, y le dijo: &laquo;&iexcl;Corta, hacha, corta!&raquo; Y el hacha
+cort&oacute;, taj&oacute;, astill&oacute;, derrib&oacute; ramas, cercen&oacute; troncos, arranc&oacute; ra&iacute;ces,
+limpi&oacute; la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los &aacute;rboles
+ca&iacute;an sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en el
+temporal.</p>
+
+<p>&mdash;Para, para&mdash;dijo asustado el gigante,&mdash;&iquest;qui&eacute;n eres t&uacute;, que puedes
+echarme abajo mi bosque?</p>
+
+<p>&mdash;Soy el gran hechicero Me&ntilde;ique, y con una palabra que le diga a mi
+hacha te corta la cabeza. T&uacute; no sabes con qui&eacute;n est&aacute;s hablando. &iexcl;Quieto
+donde est&aacute;s!</p>
+
+<p>Y el gigante se qued&oacute; quieto, con las manos a los lados, mientras
+Me&ntilde;ique abr&iacute;a su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso y su
+pan.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso blanco que comes?&mdash;pregunt&oacute; el gigante, que nunca hab&iacute;a
+visto queso.</p>
+
+<p>&mdash;Piedras como no m&aacute;s, y por eso soy m&aacute;s fuerte que t&uacute;, que comes la
+carne que engorda. Soy m&aacute;s fuerte que t&uacute;. Ens&eacute;&ntilde;ame tu casa.</p>
+
+<p>Y el gigante, manso como un perro, ech&oacute; a andar por delante, hasta que
+lleg&oacute; a una casa enorme, con una puerta donde cab&iacute;a un barco de tres
+palos, y un balc&oacute;n como un teatro vac&iacute;o.</p>
+
+<p>&mdash;Oye&mdash;le dijo Me&ntilde;ique al gigante:&mdash;uno de los dos tiene que ser amo del
+otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que t&uacute; hagas, yo
+ser&eacute; criado tuyo; si t&uacute; no puedes hacer lo que haga yo, t&uacute; ser&aacute;s mi
+criado.</p>
+
+<p>&mdash;Trato hecho&mdash;dijo el gigante;&mdash;me gustar&iacute;a tener de criado un hombre
+como t&uacute;, porque me cansa pensar, y t&uacute; tienes cabeza para dos. Vaya,
+pues; ah&iacute; est&aacute;n mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.</p>
+
+<p>Me&ntilde;ique levant&oacute; la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos
+tanques, de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. M&aacute;s f&aacute;cil
+le era a Me&ntilde;ique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hola!&mdash;dijo el gigante, abriendo la boca terrible;&mdash;a la primera ya
+est&aacute;s vencido. Haz lo que yo hago, amigo, y c&aacute;rgame el agua.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y para qu&eacute; la he de cargar?&mdash;dijo Me&ntilde;ique.&mdash;Carga t&uacute;, que eres bestia
+de carga. Yo ir&eacute; donde est&aacute; el arroyo, y lo traer&eacute; en brazos, y te
+llenar&eacute; los cubos, y tendr&aacute;s tu agua.</p>
+
+<p>&mdash;No, no&mdash;dijo el gigante,&mdash;que ya me dejaste el bosque sin &aacute;rboles, y
+ahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que yo
+traer&eacute; el agua.</p>
+
+<p>Me&ntilde;ique encendi&oacute; el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue
+echando el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de
+nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de tiempo en
+tiempo espumaba el guiso con una sart&eacute;n, y lo probaba, y le echaba sal y
+tomillo, hasta que lo encontr&oacute; bueno.</p>
+
+<p>&mdash;A la mesa, que ya est&aacute; la comida&mdash;dijo el gigante;&mdash;y a ver si haces
+lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a ti
+de postres.</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute; bien, amigo&mdash;dijo Me&ntilde;ique. Pero antes de sentarse se meti&oacute; debajo
+de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del
+pescuezo a los pies.</p>
+
+<p>Y el gigante com&iacute;a y com&iacute;a, y Me&ntilde;ique no se quedaba atr&aacute;s, s&oacute;lo que no
+echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y los
+pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Uf! &iexcl;ya no puedo comer m&aacute;s!&mdash;dijo el gigante;&mdash;tengo que sacarme un
+bot&oacute;n del chaleco.</p>
+
+<p>&mdash;Pues m&iacute;rame a m&iacute;, gigante infeliz&mdash;dijo Me&ntilde;ique, y se ech&oacute; una col
+entera en el saco.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Uha!&mdash;dijo el gigante;&mdash;tengo que sacarme otro bot&oacute;n. &iexcl;Qu&eacute; est&oacute;mago
+de avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que est&aacute;s hecho a comer
+piedras.</p>
+
+<p>&mdash;Anda, perezoso&mdash;dijo Me&ntilde;ique,&mdash;come como yo&mdash;y se ech&oacute; en el saco un
+gran trozo de buey.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Paff!&mdash;dijo el gigante,&mdash;se me salt&oacute; el tercer bot&oacute;n: ya no me cabe
+un ch&iacute;charo: &iquest;c&oacute;mo te va a ti, hechicero?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;A m&iacute;?&mdash;dijo Me&ntilde;ique;&mdash;no hay cosa m&aacute;s f&aacute;cil que hacer un poco de
+lugar.</p>
+
+<p>Y se abri&oacute; con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de
+cuero.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora te toca a ti&mdash;dijo al gigante;&mdash;haz lo que yo hago.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias&mdash;dijo el gigante.&mdash;Prefiero ser tu criado. Yo no puedo
+digerir las piedras.</p>
+
+<p>Bes&oacute; el gigante la mano de Me&ntilde;ique en se&ntilde;al de respeto, se lo sent&oacute; en
+el hombro derecho, se ech&oacute; al izquierdo un saco lleno de monedas de oro,
+y sali&oacute; andando por el camino del palacio.</p>
+
+
+<h3>&mdash;V&mdash;</h3>
+
+<p>En el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Me&ntilde;ique, ni de
+que le deb&iacute;an el agua y la luz; cuando de repente oyeron un gran ruido,
+que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa sacudiese el
+mundo. Era el gigante, que no cab&iacute;a por el port&oacute;n, y lo hab&iacute;a echado
+abajo de un puntapi&eacute;. Todos salieron a las ventanas a averiguar la causa
+de aquel ruido, y vieron a Me&ntilde;ique sentado con mucha tranquilidad en el
+hombro del gigante, que tocaba con la cabeza el balc&oacute;n donde estaba el
+mismo rey. Salt&oacute; al balc&oacute;n Me&ntilde;ique, hinc&oacute; una rodilla delante de la
+princesa y le habl&oacute; as&iacute;: &laquo;Princesa y due&ntilde;a m&iacute;a, t&uacute; deseabas un criado y
+aqu&iacute; est&aacute;n dos a tus pies&raquo;.</p>
+
+<p>Este galante discurso, que fue publicado al otro d&iacute;a en el diario de la
+corte, dej&oacute; pasmado al rey, que no hall&oacute; excusa que dar para que no se
+casara Me&ntilde;ique con su hija.</p>
+
+<p>&mdash;Hija&mdash;le dijo en voz baja,&mdash;sacrif&iacute;cate por la palabra de tu padre el
+rey.</p>
+
+<p>&mdash;Hija de rey o hija de campesino&mdash;respondi&oacute; ella,&mdash;la mujer debe
+casarse con quien sea de su gusto. D&eacute;jame, padre, defenderme en esto que
+me interesa. Me&ntilde;ique&mdash;sigui&oacute; diciendo en alta voz la princesa,&mdash;eres
+valiente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres.</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo s&eacute;, princesa y due&ntilde;a m&iacute;a; es necesario hacerles su voluntad, y
+obedecer sus caprichos.</p>
+
+<p>&mdash;Veo que eres hombre de talento&mdash;dijo la princesa.&mdash;Puesto que sabes
+adivinar tan bien, voy a ponerte una &uacute;ltima prueba, antes de casarme
+contigo. Vamos a ver qui&eacute;n es m&aacute;s inteligente, si t&uacute; o yo. Si pierdes,
+quedo libre para ser de otro marido.</p>
+
+<p>Me&ntilde;ique la salud&oacute; con gran reverencia. La corte entera fue a ver la
+prueba a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el
+suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas, porque
+no cab&iacute;a en la sala de lo alto que era. Me&ntilde;ique le hizo una se&ntilde;a, y &eacute;l
+ech&oacute; a andar acurrucado, tocando el techo con la espalda y con la
+alabarda a rastras, hasta que lleg&oacute; adonde estaba Me&ntilde;ique, y se ech&oacute; a
+sus pies, orgulloso de que vieran que ten&iacute;a a hombre de tanto ingenio
+por amo.</p>
+
+<p>&mdash;Empezaremos con una bufonada&mdash;dijo la princesa.&mdash;Cuentan que las
+mujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una
+mentira m&aacute;s grande. El primero que diga: &laquo;&iexcl;Eso es demasiado!&raquo; pierde.</p>
+
+<p>&mdash;Por servirte, princesa y due&ntilde;a m&iacute;a, mentir&eacute; de juego y dir&eacute; la verdad
+con toda el alma.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy segura&mdash;dijo la princesa&mdash;de que tu padre no tiene tantas
+tierras como el m&iacute;o. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras
+de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otro
+pastor.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es una bicoca&mdash;dijo Me&ntilde;ique.&mdash;Mi padre tiene tantas tierras que
+una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera
+cuando sale por la otra.</p>
+
+<p>&mdash;Eso no me asombra&mdash;dijo la princesa.&mdash;En tu corral no hay un toro tan
+grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos no
+pueden tocarse con un aguij&oacute;n de veinte pies cada uno.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es una bicoca&mdash;dijo Me&ntilde;ique.&mdash;La cabeza del toro de mi casa es tan
+grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que est&aacute;
+montado en el otro.</p>
+
+<p>&mdash;Eso no me asombra&mdash;dijo la princesa.&mdash;En tu casa no dan las vacas
+tanta leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada ma&ntilde;ana veinte
+toneles, y sacamos de cada orde&ntilde;o una pila de queso tan alta como la
+pir&aacute;mide de Egipto.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es una bicoca&mdash;dijo Me&ntilde;ique.&mdash;En la lecher&iacute;a de mi casa hacen unos
+quesos tan grandes que un d&iacute;a la yegua se cay&oacute; en la artesa, y no la
+encontramos sino despu&eacute;s de una semana. El pobre animal ten&iacute;a el
+espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvi&oacute;
+de espinazo nuevo. Pero una ma&ntilde;anita le sali&oacute; un ramo al espinazo por
+encima de la piel, y el ramo creci&oacute; tanto que yo me sub&iacute; en &eacute;l y toqu&eacute;
+el cielo. Y en el cielo vi a una se&ntilde;ora vestida de blanco, trenzando un
+cord&oacute;n con la espuma del mar. Y yo me as&iacute; del hilo, y el hilo se me
+revent&oacute;, y ca&iacute; dentro de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratones
+estaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos
+viejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tir&oacute; de las orejas
+hasta que se le ca&iacute;an a tu padre los bigotes.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Eso es demasiado!&mdash;dijo la princesa.&mdash;&iexcl;A mi padre el rey nadie le ha
+tirado nunca de las orejas!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Amo, amo!&mdash;dijo el gigante.&mdash;Ha dicho &laquo;&iexcl;Eso es demasiado!&raquo; La
+princesa es nuestra.</p>
+
+
+<h3>&mdash;VI&mdash;</h3>
+
+<p>&mdash;Todav&iacute;a no&mdash;dijo la princesa, poni&eacute;ndose colorada.&mdash;Tengo que ponerte
+tres enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida nos
+casamos. Dime primero: &iquest;qu&eacute; es lo que siempre est&aacute; cayendo y nunca se
+rompe?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh!&mdash;dijo Me&ntilde;ique;&mdash;mi madre me arrullaba con ese cuento: &iexcl;es la
+cascada!</p>
+
+<p>&mdash;Dime ahora&mdash;pregunt&oacute; la princesa, ya con mucho miedo:&mdash;&iquest;qui&eacute;n es el
+que anda todos los d&iacute;as el mismo camino y nunca se vuelve atr&aacute;s?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh!&mdash;dijo Me&ntilde;ique;&mdash;mi madre me arrullaba con ese cuento: &iexcl;es el sol!</p>
+
+<p>&mdash;El sol es dijo la princesa, blanca de rabia.&mdash;Ya no queda m&aacute;s que un
+enigma. &iquest;En qu&eacute; piensas t&uacute; y no pienso yo? &iquest;qu&eacute; es lo que yo pienso, y
+t&uacute; no piensas? &iquest;qu&eacute; es lo que no pensamos ni t&uacute; ni yo?</p>
+
+<p>Me&ntilde;ique baj&oacute; la cabeza como el que duda, y se le ve&iacute;a en la cara el
+miedo de perder.</p>
+
+<p>&mdash;Amo&mdash;dijo el gigante;&mdash;si no adivinas el enigma, no te calientes las
+entendederas. Hazme una se&ntilde;a, y cargo con la princesa.</p>
+
+<p>&mdash;C&aacute;llate, criado dijo Me&ntilde;ique;&mdash;bien sabes t&uacute; que la fuerza no sirve
+para todo. D&eacute;jame pensar.</p>
+
+<p>&mdash;Princesa y due&ntilde;a m&iacute;a&mdash;dijo Me&ntilde;ique, despu&eacute;s de unos instantes en que
+se o&iacute;a correr la luz.&mdash;Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque
+veo en &eacute;l mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres
+decir, y t&uacute; piensas en que yo no lo entiendo. T&uacute; piensas, como noble
+princesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno de ser tu
+marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y en lo que ni yo ni
+t&uacute; pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz tienen tan
+pobres...</p>
+
+<p>&mdash;C&aacute;llate&mdash;dijo la princesa;&mdash;aqu&iacute; est&aacute; mi mano de esposa, marqu&eacute;s
+Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso que piensas de m&iacute;, que lo quiero saber?&mdash;pregunt&oacute; el rey.</p>
+
+<p>&mdash;Padre y se&ntilde;or&mdash;dijo la princesa, ech&aacute;ndose en sus brazos;&mdash;que eres el
+m&aacute;s sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo s&eacute;, ya lo s&eacute;&mdash;dijo el rey;&mdash;y ahora, d&eacute;jenme hacer algo por el
+bien de mi pueblo. &iexcl;Me&ntilde;ique, te hago duque!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Viva mi amo y se&ntilde;or, el duque Me&ntilde;ique!&mdash;grit&oacute; el gigante, con una voz
+que puso azules de miedo a los cortesanos, quebr&oacute; el estuco del techo, e
+hizo saltar los vidrios de las seis ventanas.</p>
+
+
+<h3>&mdash;VII&mdash;</h3>
+
+<p>En el casamiento de la princesa con Me&ntilde;ique no hubo mucho de particular,
+porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino luego,
+cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y
+quieren bien, o si son ego&iacute;stas y cobardes. Pero el que cuenta el cuento
+tiene que decir que el gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su
+amo que les iba poniendo su sombrero de tres picos a todos los &aacute;rboles
+que encontraba, y cuando sali&oacute; el carruaje de los novios, que era de
+n&aacute;car puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se ech&oacute; el carruaje
+a la cabeza, con caballos y todo, y sali&oacute; corriendo y dando vivas, hasta
+que los dej&oacute; a la puerta del palacio, como deja una madre a su ni&ntilde;o en
+la cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los d&iacute;as.</p>
+
+<p>Por la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas a
+los novios, y lucecitas de color en el jard&iacute;n, y fuegos artificiales
+para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores. Todos
+cantaban y hablaban, com&iacute;an dulces, beb&iacute;an refrescos olorosos, bailaban
+con mucha elegancia y honestidad al comp&aacute;s de una m&uacute;sica de violines,
+con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito de violeta en el
+ojal de la casaca. Pero en un rinc&oacute;n hab&iacute;a uno que no hablaba ni
+cantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho, el desorejado, que no
+pod&iacute;a ver a su hermano feliz, y se fue al bosque para no o&iacute;r ni ver, y
+en el bosque muri&oacute;, porque los osos se lo comieron en la noche oscura.</p>
+
+<p>Me&ntilde;ique era tan chiquit&iacute;n que los cortesanos no supieron al principio si
+deb&iacute;an tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero con su
+bondad y cortes&iacute;a se gan&oacute; el cari&ntilde;o de su mujer y de la corte entera, y
+cuando muri&oacute; el rey, entr&oacute; a mandar, y estuvo de rey cincuenta y dos
+a&ntilde;os. Y dicen que mand&oacute; tan bien que sus vasallos nunca quisieron m&aacute;s
+rey que Me&ntilde;ique, que no ten&iacute;a gusto sino cuando ve&iacute;a a su pueblo
+contento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo para
+d&aacute;rselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachines
+que lo defienden de los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey
+tan bueno como Me&ntilde;ique.</p>
+
+<p>Pero no hay que decir que Me&ntilde;ique era bueno. Bueno ten&iacute;a que ser un
+hombre de ingenio tan grande; porque el que es est&uacute;pido no es bueno, y
+el que es bueno no es est&uacute;pido. Tener talento es tener buen coraz&oacute;n; el
+que tiene buen coraz&oacute;n, &eacute;se es el que tiene talento. Todos los p&iacute;caros
+son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga. Y el que saque de
+este cuento otra lecci&oacute;n mejor, vaya a contarlo en Roma.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Cada_uno_a_su_oficio" id="Cada_uno_a_su_oficio"></a><a href="#toc">Cada uno a su oficio</a></h2>
+
+<p class="center">F&aacute;bula nueva del fil&oacute;sofo norteamericano Emerson<br /><br /></p>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i0">La monta&ntilde;a y la ardilla<br /></span>
+<span class="i0">Tuvieron su querella:<br /></span>
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iexcl;V&aacute;yase usted all&aacute;, presumidilla!&raquo;<br /></span>
+<span class="i0">Dijo con furia aqu&eacute;lla;<br /></span>
+<span class="i0">A lo que respondi&oacute; la astuta ardilla:<br /></span>
+<span class="i0">&mdash;&laquo;S&iacute; que es muy grande usted, muy grande y bella;<br /></span>
+<span class="i0">Mas de todas las cosas y estaciones<br /></span>
+<span class="i0">Hay que poner en junto las porciones,<br /></span>
+<span class="i0">Para formar, se&ntilde;ora vocinglera,<br /></span>
+<span class="i0">Un a&ntilde;o y una esfera.<br /></span>
+<span class="i0">Yo no s&eacute; que me ponga nadie tilde<br /></span>
+<span class="i0">Por ocupar un puesto tan humilde.<br /></span>
+<span class="i0">Si no soy yo tama&ntilde;a<br /></span>
+<span class="i0">Como usted, mi se&ntilde;ora la monta&ntilde;a,<br /></span>
+<span class="i0">Usted no es tan peque&ntilde;a<br /></span>
+<span class="i0">Como yo, ni a gimn&aacute;stica me ense&ntilde;a.<br /></span>
+<span class="i0">Yo negar no imagino<br /></span>
+<span class="i0">Que es para las ardillas buen camino<br /></span>
+<span class="i0">Su magn&iacute;fica falda:<br /></span>
+<span class="i0">Difieren los talentos a las veces:<br /></span>
+<span class="i0">Ni yo llevo los bosques a la espalda,<br /></span>
+<span class="i0">Ni usted puede, se&ntilde;ora, cascar nueces.&raquo;<br /></span>
+</div></div>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_Iliada_de_Homero" id="La_Iliada_de_Homero"></a><a href="#toc">La Il&iacute;ada, de Homero</a></h2>
+
+
+<p>Hace dos mil quinientos a&ntilde;os era ya famoso en Grecia el poema de la
+Il&iacute;ada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba de
+rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al comp&aacute;s de
+la lira, como hac&iacute;an los aedas de entonces. Otros dicen que no hubo
+Homero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores.
+Pero no parece que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde no
+cambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos, y
+donde desde el principio hasta el fin se ve tan claro el car&aacute;cter de
+cada persona que puede decirse qui&eacute;n es por lo que dice o hace, sin
+necesidad de verle el nombre. Ni es f&aacute;cil que un mismo pueblo tenga
+muchos poetas que compongan los versos con tanto sentido y m&uacute;sica como
+los de la <i>Il&iacute;ada</i>, sin palabras que falten o sobren; ni que todos los
+diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos de
+Homero, donde parece que es un padre el que habla.</p>
+
+<p>En la <i>Il&iacute;ada</i> no se cuenta toda la guerra de treinta a&ntilde;os de Grecia
+contra Ili&oacute;n, que era como le dec&iacute;an entonces a Troya; sino lo que pas&oacute;
+en la guerra cuando los griegos estaban todav&iacute;a en la llanura asaltando
+a la ciudad amurallada, y se pelearon por celos los dos griegos famosos,
+Agamen&oacute;n y Aquiles. A Agamen&oacute;n le llamaban el Rey de los Hombres, y era
+como un rey mayor, que ten&iacute;a m&aacute;s mando y poder que todos los dem&aacute;s que
+vinieron de Grecia a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey
+troyano, del viejo Pr&iacute;amo, le rob&oacute; la mujer a Menelao, que estaba de rey
+en uno de los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamen&oacute;n. Aquiles era
+el m&aacute;s valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y culto, que
+cantaba en la lira las historias de los h&eacute;roes, y se hac&iacute;a querer de las
+mismas esclavas que le tocaban de bot&iacute;n cuando se repart&iacute;an los
+prisioneros despu&eacute;s de sus victorias. Por una prisionera fue la disputa
+de los reyes, porque Agamen&oacute;n se resist&iacute;a a devolver al sacerdote
+troyano Crises su hija Criseis, como dec&iacute;a el sacerdote griego Calcas
+que se deb&iacute;a devolver, para que se calmase en el Olimpo, que era el
+cielo de entonces, la furia de Apolo, el dios del Sol, que estaba
+enojado con los griegos porque Agamen&oacute;n ten&iacute;a cautiva a la hija de un
+sacerdote: y Aquiles, que no le ten&iacute;a miedo a Agamen&oacute;n, se levant&oacute; entre
+todos los dem&aacute;s, y dijo que se deb&iacute;a hacer lo que Calcas quer&iacute;a, para
+que se acabase la peste de calor que estaba matando en montones a los
+griegos, y era tanta que no se ve&iacute;a el cielo nunca claro, por el humo de
+las piras en que quemaban los cad&aacute;veres. Agamen&oacute;n dijo que devolver&iacute;a a
+Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que &eacute;l ten&iacute;a en su
+tienda. Y Aquiles le dijo a Agamen&oacute;n &laquo;borracho de ojos de perro y
+coraz&oacute;n de venado&raquo;, y sac&oacute; la espada de pu&ntilde;o de plata para matarlo
+delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que estaba invisible a su
+lado, le sujet&oacute; la mano, cuando ten&iacute;a la espada a medio sacar. Y Aquiles
+ech&oacute; al suelo su cetro de oro, y se sent&oacute;, y dijo que no pelear&iacute;a m&aacute;s a
+favor de los griegos con sus bravos mirmidones, y que se iba a su
+tienda.</p>
+
+<p>As&iacute; empez&oacute; la c&oacute;lera de Aquiles, que es lo que cuenta la <i>Il&iacute;ada</i>, desde
+que se enoj&oacute; en esa disputa, hasta que el coraz&oacute;n se le enfureci&oacute; cuando
+los troyanos le mataron a su amigo Patroc quem&aacute;ndoles los barcos a los griegos y los
+ten&iacute;a casi vencidos. No m&aacute;s que con dar Aquiles una voz desde el muro,
+se echaba atr&aacute;s el ej&eacute;rcito de Troya, como la ola cuando la empuja una
+corriente contraria de viento, y les temblaban las rodillas a los
+caballos troyanos. El poema entero est&aacute; escrito para contar lo que
+sucedi&oacute; a los griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:&mdash;la disputa
+de los reyes,&mdash;el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los
+dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la ofensa de
+Agamen&oacute;n a Aquiles,&mdash;el combate de Paris, hijo de Pr&iacute;amo, con Menelao,
+el esposo de Helena,&mdash;la tregua que hubo entre los dos ej&eacute;rcitos, y el
+modo con que el arquero troyano Pandaro la rompi&oacute; con su flechazo a
+Menelao,&mdash;la batalla del primer d&iacute;a, en que el valent&iacute;simo Diomedes tuvo
+casi muerto a Eneas de una pedrada,&mdash;la visita de H&eacute;ctor, el h&eacute;roe de
+Troya a su esposa Andr&oacute;maca, que lo ve&iacute;a pelear desde el muro,&mdash;la
+batalla del segundo d&iacute;a, en que Diomedes huye en su carro de pelear,
+perseguido por H&eacute;ctor vencedor,&mdash;la embajada que le mandan los griegos a
+Aquiles, para que vuelva a ayudarlos en los combates, porque desde que
+&eacute;l no pelea est&aacute;n ganando los troyanos,&mdash;la batalla de los barcos, en
+que ni el mismo Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta
+que Aquiles consiente en que Patroclo pelee con su armadura,&mdash;la muerte
+de Patroclo,&mdash;la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva que
+le hizo el dios Vulcano,&mdash;el desaf&iacute;o de Aquiles y H&eacute;ctor,&mdash;la muerte de
+H&eacute;ctor,&mdash;y las s&uacute;plicas con que su padre Pr&iacute;amo logra que Aquiles le
+devuelva el cad&aacute;ver, para quemarlo en Troya en la pira de honor, y
+guardar los huesos blancos en una caja de oro. As&iacute; se enoj&oacute; Aquiles, y
+&eacute;sos fueron los sucesos de la guerra, hasta que se le acab&oacute; el enojo.</p>
+
+<p>A Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa del
+mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extra&ntilde;o, porque todav&iacute;a hoy
+dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene de
+Dios, que es lo que llaman &laquo;el derecho divino de los reyes&raquo;, y no es m&aacute;s
+que una idea vieja de aquellos tiempos de pelea, en que los pueblos
+eran nuevos y no sab&iacute;an vivir en paz, como viven en el cielo las
+estrellas, que todas tienen luz aunque son muchas, y cada una brilla
+aunque tenga al lado otra. Los griegos cre&iacute;an, como los hebreos, y como
+otros muchos pueblos, que ellos eran la naci&oacute;n favorecida por el creador
+del mundo, y los &uacute;nicos hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres
+son soberbios, y no quieren confesar que otro hombre sea m&aacute;s fuerte o
+m&aacute;s inteligente que ellos, cuando hab&iacute;a un hombre fuerte o inteligente
+que se hac&iacute;a rey por su poder, dec&iacute;an que era hijo de los dioses. Y los
+reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes
+dec&iacute;an que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos y
+los ayudaran. Y as&iacute; mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.</p>
+
+<p>Cada rey ten&iacute;a en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o
+nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo,
+seg&uacute;n le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos o pocos; y
+el sacerdote dec&iacute;a que el dios estaba enojado cuando el regalo era
+pobre, o que estaba contento, cuando le hab&iacute;an regalado mucha miel y
+muchas ovejas. As&iacute; se ve en la <i>Il&iacute;ada</i>, que hay como dos historias en
+el poema, una en la tierra, y en el cielo otra; y que los dioses del
+cielo son como una familia, s&oacute;lo que no hablan como personas bien
+criadas, sino que se pelean y se dicen injurias, lo mismo que los
+hombres en el mundo. Siempre estaba J&uacute;piter, el rey de los dioses, sin
+saber qu&eacute; hacer; porque su hijo Apolo quer&iacute;a proteger a los troyanos, y
+su mujer Juno a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y hab&iacute;a
+en las comidas del cielo grand&iacute;simas peleas, y J&uacute;piter le dec&iacute;a a Juno
+que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano, el cojo,
+el sabio del Olimpo, se re&iacute;a de los chistes y maldades de Apolo, el de
+pelo colorado, que era el dios travieso. Y los dioses sub&iacute;an y bajaban,
+a llevar y traer a J&uacute;piter los recados de los troyanos y los griegos; o
+peleaban sin que se les viera en los carros de sus h&eacute;roes favorecidos; o
+se llevaban en brazos por las nubes a su h&eacute;roe para que no lo acabase de
+matar el vencedor, con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la
+figura del viejo N&eacute;stor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a
+Agamen&oacute;n que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el
+enemigo Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva a
+Paris por el aire. Venus tambi&eacute;n se lleva a Eneas, vencido por Diomedes,
+en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva guiando el carro de
+pelear del griego, y Apolo viene contra ella, guiando el carro troyano.
+Otra vez, cuando por enga&ntilde;o de Minerva dispara Pandaro su arco contra
+Menelao, la flecha terrible le entr&oacute; poco a Menelao en la carne, porque
+Minerva la apart&oacute; al caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de
+la cara una mosca. En la <i>Il&iacute;ada</i> est&aacute;n juntos siempre los dioses y los
+hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas lo mismo
+que en la tierra; como que son los hombres los que inventan los dioses a
+su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades
+que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora
+en los templos: porque el hombre se ve peque&ntilde;o ante la naturaleza que lo
+crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de
+rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la
+vida. El cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que J&uacute;piter
+mismo es como un rey de reyes, y una especie de Agamen&oacute;n, que puede m&aacute;s
+que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de o&iacute;rlos y
+contentarlos, como tuvo que hacer Agamen&oacute;n con Aquiles. En la <i>Il&iacute;ada</i>,
+aunque no lo parece, hay mucha filosof&iacute;a, y mucha ciencia, y mucha
+pol&iacute;tica, y se ense&ntilde;a a los hombres, como sin querer, que los dioses no
+son en realidad m&aacute;s que poes&iacute;as de la imaginaci&oacute;n, y que los pa&iacute;ses no
+se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y
+respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el
+modo con que quiere que lo gobiernen.</p>
+
+<p>Pero lo hermoso de la <i>Il&iacute;ada</i> es aquella manera con que pinta el mundo,
+como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado para
+otro llorando de amor, con los brazos levantados, pregunt&aacute;ndole al cielo
+qui&eacute;n puede tanto, y d&oacute;nde est&aacute; el creador, y c&oacute;mo compuso y mantuvo
+tantas maravillas. Y otra hermosura de la Il&iacute;ada es el modo de decir las
+cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les
+suenan bien; sino con palabras muy pocas y fuertes, como cuando J&uacute;piter
+consinti&oacute; en que los griegos perdieran algunas batallas, hasta que se
+arrepintiesen de la ofensa que le hab&iacute;an hecho a Aquiles, y &laquo;cuando dijo
+que s&iacute;, tembl&oacute; el Olimpo&raquo;. No busca Homero las comparaciones en las
+cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que &eacute;l
+cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido delante de
+los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada hombre iba de
+soldado a defender a su pa&iacute;s, o sal&iacute;a por ambici&oacute;n o por celos a atacar
+a los vecinos; y como no hab&iacute;a libros entonces, ni teatros, la diversi&oacute;n
+era o&iacute;r al aeda que cantaba en la lira las peleas de los dioses y las
+batallas de los hombres; y el aeda ten&iacute;a que hacer re&iacute;r con las maldades
+de Apolo y Vulcano, para que no se le cansase la gente del canto serio;
+y les hablaba de lo que la gente o&iacute;a con inter&eacute;s, que eran las historias
+de los h&eacute;roes y las relaciones de las batallas, en que el aeda dec&iacute;a
+cosas de m&eacute;dico y de pol&iacute;tico, para que el pueblo hallase gusto y
+provecho en o&iacute;rlo, y diera buena paga y fama al cantor que le ense&ntilde;aba
+en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra cosa que entre
+los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se ten&iacute;a como hijo de un
+dios al que hablaba bien, o hac&iacute;a llorar o entender a los hombres. Por
+eso hay en la <i>Il&iacute;ada</i> tantas descripciones de combates, y tantas curas
+de heridas, y tantas arengas.</p>
+
+<p>Todo lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, est&aacute; en la
+<i>Il&iacute;ada</i>. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que iban de pueblo
+en pueblo, cantando la <i>Il&iacute;ada</i> y la <i>Odisea</i>, que es otro poema donde
+Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y m&aacute;s poemas parece que compuso
+Homero, pero otros dicen que &eacute;sos no son suyos, aunque el griego
+Herodoto, que recogi&oacute; todas las historias de su tiempo, trae noticias de
+ellos, y muchos versos sueltos, en la vida de Homero que escribi&oacute;, que
+es la mejor de las ocho que hay escritas, sin que se sepa de cierto si
+Herodoto la escribi&oacute; de veras, o si no la cont&oacute; muy de prisa y sin
+pensar, como sol&iacute;a &eacute;l escribir.</p>
+
+<p>Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un
+monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la
+<i>Il&iacute;ada</i>, que parecen de letras de piedra. En ingl&eacute;s hay muy buenas
+traducciones, y el que sepa ingl&eacute;s debe leer la <i>Il&iacute;ada</i> de Chapman, o
+la de Dodsley, o la de Landor, que tienen m&aacute;s de Homero que la de Pope,
+que es la m&aacute;s elegante. El que sepa alem&aacute;n, lea la de Wolff, que es como
+leer el griego mismo. El que no sepa franc&eacute;s, apr&eacute;ndalo enseguida, para
+que goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducci&oacute;n de
+Leconte de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de
+m&aacute;rmol. En castellano, mejor es no leer la traducci&oacute;n que hay, que es de
+Hermosilla; porque las palabras de la <i>Il&iacute;ada</i> est&aacute;n all&iacute;, pero no el
+fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema en
+que parece que se ve amanecer el mundo,&mdash;en que los hombres caen como
+los robles o como los pinos,&mdash;en que el guerrero Ajax defiende a
+lanzazos su barco de los troyanos m&aacute;s valientes,&mdash;en que H&eacute;ctor de una
+pedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, en que los dos caballos
+inmortales, Xantos y Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo
+Patroclo,&mdash;y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un
+carro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que un
+hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde el
+ciclo se junta con el mar.</p>
+
+<p>Cada cuadro de la <i>Il&iacute;ada</i> es una escena como &eacute;sas. Cuando los reyes
+miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamen&oacute;n, Aquiles va a
+llorar a la orilla del mar, donde est&aacute;n desde hace diez a&ntilde;os los barcos
+de los cien mil griegos que atacan a Troya: y la diosa Tetis sale a
+o&iacute;rlo, como una bruma que se va levantando de las olas. Tetis sube al
+cielo, y J&uacute;piter le promete, aunque se enoje Juno, que los troyanos
+vencer&aacute;n a los griegos hasta que los reyes se arrepientan de la ofensa a
+Aquiles. Grandes guerreros hay entre los griegos: Ulises, que era tan
+alto que andaba entre los dem&aacute;s hombres como un macho entre el reba&ntilde;o de
+carneros; Ajax, con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de
+bronce; Diomedes, que entra en la pelea resplandeciente, devastando como
+un le&oacute;n hambriento en un reba&ntilde;o:&mdash;pero mientras Aquiles est&eacute; ofendido,
+los vencedores ser&aacute;n los guerreros de Troya: H&eacute;ctor, el hijo de Pr&iacute;amo;
+Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarped&oacute;n, el m&aacute;s valiente de los reyes
+que vino a ayudar a Troya, el que subi&oacute; al cielo en brazos del Sue&ntilde;o y
+de la Muerte, a que lo besase en la frente su padre J&uacute;piter, cuando lo
+mat&oacute; Patroclo de un lanzazo. Los dos ej&eacute;rcitos se acercan a pelear: los
+griegos, callados, escudo contra escudo; los troyanos dando voces, como
+ovejas que vienen balando por sus cabritos. Paris desaf&iacute;a a Menelao, y
+luego se vuelve atr&aacute;s; pero la misma hermos&iacute;sima Helena le llama
+cobarde, y Paris, el pr&iacute;ncipe bello que enamora a las mujeres, consiente
+en pelear, carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo:
+vienen los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para
+ver qui&eacute;n disparar&aacute; primero su lanza. Paris tira el primero, pero
+Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco de la
+barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la tregua; hasta
+que Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor, le aconseja con
+alevos&iacute;a a Pandaro que dispare la flecha contra Menelao, la flecha del
+arco enorme de dos cuernos y la juntura de oro, para que los troyanos
+queden ante el mundo por traidores, y sea m&aacute;s f&aacute;cil la victoria de los
+griegos, los protegidos de Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamen&oacute;n
+va de tienda en tienda levantando a los reyes: entonces es la gran pelea
+en que Diomedes hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos
+terribles en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur;
+entonces es la hermosa entrevista de H&eacute;ctor y Andr&oacute;maca, cuando el ni&ntilde;o
+no quiere abrazar a H&eacute;ctor porque le tiene miedo al casco de plumas, y
+luego juega con el casco, mientras H&eacute;ctor le dice a Andr&oacute;maca que cuide
+de las cosas de la casa, cuando &eacute;l vuelva a pelear. Al otro d&iacute;a H&eacute;ctor y
+Ajax pelean como jabal&iacute;es salvajes hasta que el cielo se oscurece:
+pelean con piedras cuando ya no tienen lanza ni espada: los heraldos los
+vienen a separar, y H&eacute;ctor le regala su espada de pu&ntilde;o fino a Ajax, y
+Ajax le regala a H&eacute;ctor un cintur&oacute;n de p&uacute;rpura.</p>
+
+<p>Esa noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes
+asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a espiar lo
+que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con los caballos y el
+carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla es en el murall&oacute;n que han
+levantado los griegos en la playa frente a sus buques. Los troyanos han
+vencido a los griegos en el llano. Ha habido cien batallas sobre los
+cuerpos de los h&eacute;roes muertos. Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con
+su escudo, y los troyanos le caen encima como los perros al jabal&iacute;.
+Desde los muros disparan sus lanzas los reyes griegos contra H&eacute;ctor
+victorioso, que ataca por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y
+los de Grecia, como los pinos a los hachazos del le&ntilde;ador. H&eacute;ctor va de
+una puerta a otra, como le&oacute;n que tiene hambre. Levanta una piedra de
+punta que dos hombres no pod&iacute;an levantar, echa abajo la puerta mayor, y
+corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano lleva una
+antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado de matar, ya
+no puede resistir el ataque en la proa de su barco, y dispara de atr&aacute;s,
+de la borda: ya el cielo se enrojece con el resplandor de las llamas. Y
+Aquiles no ayuda todav&iacute;a a los griegos: no atiende a lo que le dicen los
+embajadores de Agamen&oacute;n: no embraza el escudo de oro, no se cuelga del
+hombro la espada, no salta con los pies ligeros en el carro, no empu&ntilde;a
+la lanza que ning&uacute;n hombre pod&iacute;a levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega
+su amigo Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir
+a pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de los
+mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras de un
+muro, se echan atr&aacute;s los troyanos miedosos. Patroclo se mete entre
+ellos, y les mata nueve h&eacute;roes de cada vuelta del carro. El gran
+Sarped&oacute;n le sale al camino, y con la lanza le atraviesa Patroclo las
+sienes. Pero olvid&oacute; Patroclo el encargo de Aquiles, de que no se llegase
+muy cerca de los muros. Apolo invencible lo espera al pie de los muros,
+se le sube al carro, lo aturde de un golpe en la cabeza, echa al suelo
+el casco de Aquiles, que no hab&iacute;a tocado el suelo jam&aacute;s, le rompe la
+lanza a Patroclo, y le abre el coselete, para que lo hiera H&eacute;ctor. Cay&oacute;
+Patroclo, y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a
+su amigo, se ech&oacute; por la tierra, se llen&oacute; de arena la cabeza y el
+rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando le
+trajeron a Patroclo en un ata&uacute;d, llor&oacute; Aquiles. Subi&oacute; al cielo su madre,
+para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el dibujo de la tierra
+y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y todos los astros, y una
+ciudad en paz y otra en guerra, y un vi&ntilde;edo cuando est&aacute;n recogiendo la
+uva madura, y un ni&ntilde;o cantando en una arpa, y una boyada que va a arar,
+y danzas y m&uacute;sicas de pastores, y alrededor, como un r&iacute;o, el mar: y le
+hizo un coselete que luc&iacute;a como el fuego, y un casco con la visera de
+oro. Cuando sali&oacute; al muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron
+en tres oleadas contra la ciudad, los caballos romp&iacute;an con las ancas el
+carro espantados, y mor&iacute;an hombres y brutos en la confusi&oacute;n, no m&aacute;s que
+de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza que
+resplandec&iacute;a como el sol de oto&ntilde;o. Ya Agamen&oacute;n se ha arrepentido, ya el
+consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al ver muerto a
+Patroclo, porque fue amable y bueno.</p>
+
+<p>Al otro d&iacute;a, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que
+escapan del incendio, entra aterrada en el r&iacute;o, huyendo de Aquiles, que
+mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro se lleva a
+doce cautivos. Tropieza con H&eacute;ctor; pero no pueden pelear, porque los
+dioses les echan de lado las lanzas. En el r&iacute;o era Aquiles como un gran
+delf&iacute;n, y los troyanos se despedazaban al huirle, como los peces. De los
+muros le ruega a H&eacute;ctor su padre viejo que no pelee con Aquiles: se lo
+ruega su madre. Aquiles llega: H&eacute;ctor huye: tres veces le dan vuelta a
+Troya en los carros. Todo Troya est&aacute; en los muros, el padre mes&aacute;ndose
+con las dos manos la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y
+suplicando. Se para H&eacute;ctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para
+que no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo
+de H&eacute;ctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo. Pelean.
+Minerva est&aacute; con Aquiles: le dirige los golpes: le trae la lanza, sin
+que nadie la vea: H&eacute;ctor, sin lanza ya, arremete contra Aquiles como
+&aacute;guila que baja del cielo, con las garras tendidas, sobre un cad&aacute;ver:
+Aquiles le va encima, con la cabeza baja, y la lanza Pelea brill&aacute;ndole
+en la mano como la estrella de la tarde. Por el cuello le mete la lanza
+a H&eacute;ctor, que cae muerto, pidiendo a Aquiles que d&eacute; su cad&aacute;ver a Troya.
+Desde los muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos
+vienen sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un
+lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos, y
+metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en el carro,
+arrastrando.</p>
+
+<p>Y entonces levantaron con le&ntilde;os una gran pira para quemar el cuerpo de
+Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesi&oacute;n, y cada guerrero
+se cort&oacute; un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre el cad&aacute;ver; y
+mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra y dos perros; y Aquiles
+mat&oacute; con su mano los doce prisioneros y los ech&oacute; a la pira: y el cad&aacute;ver
+de H&eacute;ctor lo dejaron a un lado, como un perro muerto: y quemaron a
+Patroclo, enfriaron con vino las cenizas, y las pusieron en una urna de
+oro. Sobre la urna echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y
+Aquiles amarraba cada ma&ntilde;ana por los pies a su carro a H&eacute;ctor, y le daba
+vuelta al monte tres veces. Pero a H&eacute;ctor no se le lastimaba el cuerpo,
+ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban de &eacute;l
+Venus y Apolo.</p>
+
+<p>Y entonces fue la fiesta de los funerales, que dur&oacute; doce d&iacute;as: primero
+una carrera con los carros de pelear, que gan&oacute; Diomedes; luego una pelea
+a pu&ntilde;etazos entre dos, hasta que qued&oacute; uno como muerto; despu&eacute;s una
+lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida de a pie, que
+gan&oacute; Ulises; y un combate con escudo y lanza; y otro de flechas, para
+ver qui&eacute;n era el mejor flechero; y otro de lanceadores, para ver qui&eacute;n
+tiraba m&aacute;s lejos la lanza.</p>
+
+<p>Y una noche, de repente, Aquiles oy&oacute; ruido en su tienda, y vio que era
+Pr&iacute;amo, el padre de H&eacute;ctor, que hab&iacute;a venido sin que lo vieran, con el
+dios Mercurio,&mdash;Pr&iacute;amo, el de la cabeza blanca y la barba
+blanca,&mdash;Pr&iacute;amo, que se le arrodill&oacute; a los pies, y le bes&oacute; las manos
+muchas veces, y le ped&iacute;a llorando el cad&aacute;ver de H&eacute;ctor. Y Aquiles se
+levant&oacute;, y con sus brazos alz&oacute; del suelo a Pr&iacute;amo; y mand&oacute; que ba&ntilde;aran
+de ung&uuml;entos olorosos el cad&aacute;ver de H&eacute;ctor, y que lo vistiesen con una
+de las t&uacute;nicas del gran tesoro que le tra&iacute;a de regalo Pr&iacute;amo; y por la
+noche comi&oacute; carne y bebi&oacute; vino con Pr&iacute;amo, que se fue a acostar por
+primera vez, porque ten&iacute;a los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no
+deb&iacute;a dormir entre los enemigos, y se lo llev&oacute; otra vez a Troya sin que
+los vieran los griegos.</p>
+
+<p>Y hubo paz doce d&iacute;as, para que los troyanos le hicieran el funeral a
+H&eacute;ctor. Iba el pueblo detr&aacute;s, cuando lleg&oacute; Pr&iacute;amo con &eacute;l; y Pr&iacute;amo los
+injuriaba por cobardes, que hab&iacute;an dejado matar a su hijo; y las mujeres
+lloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa. Y
+lo pusieron en su cama de dormir. Y vino Andr&oacute;maca su mujer, y le habl&oacute;
+al cad&aacute;ver. Luego vino su madre H&eacute;cuba, y lo llam&oacute; hermoso y bueno.
+Despu&eacute;s Helena le habl&oacute;, y lo llam&oacute; cort&eacute;s y amable. Y todo el pueblo
+lloraba cuando Pr&iacute;amo se acerc&oacute; a su hijo, con las manos al cielo,
+tembl&aacute;ndole la barba, y mand&oacute; que trajeran le&ntilde;os para la pira. Y nueve
+d&iacute;as estuvieron trayendo le&ntilde;os, hasta que la pira era m&aacute;s alta que los
+muros de Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron
+las cenizas de H&eacute;ctor en una caja de oro, y cubrieron la caja con un
+manto de p&uacute;rpura, y lo pusieron todo en un ata&uacute;d, y encima le echaron
+mucha tierra, hasta que pareci&oacute; un monte. Y luego hubo gran fiesta en el
+palacio del rey Pr&iacute;amo. As&iacute; acaba la <i>Il&iacute;ada</i>, y el cuento de la c&oacute;lera
+de Aquiles.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Un_juego_nuevo_y_otros_viejos" id="Un_juego_nuevo_y_otros_viejos"></a><a href="#toc">Un juego nuevo y otros viejos</a></h2>
+
+
+<p>Ahora hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el
+juego del <i>burro</i>. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas en una
+casa, es que est&aacute;n jugando al <i>burro</i>. No lo juegan los ni&ntilde;os s&oacute;lo, sino
+las personas mayores. Y es lo m&aacute;s f&aacute;cil de hacer. En una hoja de papel
+grande o en un pedazo de tela blanca se pinta un burro, como del tama&ntilde;o
+de un perro. Con carb&oacute;n vegetal se le puede pintar, porque el carb&oacute;n de
+piedra no pinta, sino el otro, el que se hace quemando debajo de una
+pila de tierra la madera de los &aacute;rboles. O con un pincel mojado en tinta
+se puede dibujar tambi&eacute;n el burro, porque no hay que pintar de negro la
+figura toda, sino las l&iacute;neas de afuera, el contorno no m&aacute;s. Se pinta
+todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo de
+papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola de
+verdad. Y ah&iacute; est&aacute; el juego, en poner la cola al burro donde debe estar.
+Lo que no es tan f&aacute;cil como parece; porque al que juega le vendan los
+ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo andar. Y &eacute;l anda, anda; y
+la gente sujeta la risa. Y unos le clavan al burro la cola en la pezu&ntilde;a,
+o en las costillas, o en la frente. Y otros la clavan en la hoja de la
+puerta, creyendo que es el burro.</p>
+
+<p>Dicen en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha
+habido antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina
+ciega. Es muy curioso; los ni&ntilde;os de ahora juegan lo mismo que los ni&ntilde;os
+de antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca, juegan a
+las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos y de los romanos, que
+vivieron hace dos mil a&ntilde;os; pero los ni&ntilde;os romanos jugaban a las bolas,
+lo mismo que nosotros, y las ni&ntilde;as griegas ten&iacute;an mu&ntilde;ecas con pelo de
+verdad, como las ni&ntilde;as de ahora. En la l&aacute;mina est&aacute;n unas ni&ntilde;as griegas,
+poniendo sus mu&ntilde;ecas delante de la estatua de Diana, que era como una
+santa de entonces; porque los griegos cre&iacute;an tambi&eacute;n que en cielo hab&iacute;a
+santos, y a esta Diana le rezaban las ni&ntilde;as, para que las dejase vivir y
+las tuviese siempre lindas. No eran las mu&ntilde;ecas s&oacute;lo lo que le llevaban
+los ni&ntilde;os, porque ese caballero de la l&aacute;mina que mira a la diosa con
+cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana se
+monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que sal&iacute;a todas las
+ma&ntilde;anas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni hubo ninguno de los
+otros dioses a que les rezaban los griegos, en versos muy hermosos, y
+con procesiones y cantos. Los griegos fueron como todos los pueblos
+nuevos, que creen que ellos son los amos del mundo, lo mismo que creen
+los ni&ntilde;os; y como ven que del cielo vienen el sol y la lluvia, y que la
+tierra da el trigo y el ma&iacute;z, y que en los montes hay p&aacute;jaros y animales
+buenos para comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al
+sol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura
+humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y que
+deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte. En el museo
+del Louvre de Par&iacute;s hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Diana
+cazando con su perro, y est&aacute; tan bien que parece que anda. Las piernas
+no m&aacute;s son como de hombre, para que se vea que es diosa que camina
+mucho. Y las ni&ntilde;as griegas quer&iacute;an a su mu&ntilde;eca tanto, que cuando se
+mor&iacute;an las enterraban con las mu&ntilde;ecas.</p>
+
+<p>Todos los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las mu&ntilde;ecas,
+ni como el cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como los
+saltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace como mil a&ntilde;os que
+se juega en Francia. Y los ni&ntilde;os no saben, cuando les vendan los ojos,
+que este juego se juega por un caballero muy valiente que hubo en
+Francia, que se qued&oacute; ciego un d&iacute;a de pelea y no solt&oacute; la espada ni
+quiso que lo curasen, sino sigui&oacute; peleando hasta morir: &eacute;se fue el
+caballero Colin-Maillard. Luego el rey mand&oacute; que en las peleas de
+juego, que se llamaban torneos, saliera siempre a pelear un caballero
+con los ojos vendados, para que la gente de Francia no se olvidara de
+aquel gran valor. Y ah&iacute; vino el juego.</p>
+
+<p>Lo que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversi&oacute;n en que
+est&aacute;n entretenidos los amigos de Enrique III, que tambi&eacute;n fue rey de
+Francia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV de Navarra, que
+vino despu&eacute;s, sino un hombrecito rid&iacute;culo, como esos que no piensan m&aacute;s
+que en peinarse y empolvarse como las mujeres, y en recortarse en pico
+la barba. En eso pasaban la vida los amigos del rey: en jugar y en
+pelearse por celos con los bufones de palacio, que les ten&iacute;an odio por
+holgazanes, y se lo dec&iacute;an cara a cara. La pobre Francia estaba en la
+miseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribuci&oacute;n, para que
+el rey y sus amigos tuvieran espadas de pu&ntilde;o de oro y vestidos de seda.
+Entonces no hab&iacute;a peri&oacute;dicos que dijeran la verdad. Los bufones eran
+entonces algo como los peri&oacute;dicos, y los reyes no los ten&iacute;an s&oacute;lo en sus
+palacios para que los hicieran re&iacute;r, sino para que averiguasen lo que
+suced&iacute;a, y les dijesen a los caballeros las verdades, que los bufones
+dec&iacute;an como en chiste, a los caballeros y a los mismos reyes. Los
+bufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, o
+jorobados. Uno de los cuadros m&aacute;s tristes del mundo es el cuadro de los
+bufones que pint&oacute; el espa&ntilde;ol Zamacois. Todos aquellos hombres infelices
+est&aacute;n esperando a que el rey los llame para hacerle re&iacute;r, con sus
+vestidos de picos y de campanillas, de color de mono o de cotorra.</p>
+
+<p>Desnudos como est&aacute;n son m&aacute;s felices que ellos esos negros que bailan en
+la otra l&aacute;mina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los ni&ntilde;os,
+necesitan de tiempo en tiempo algo as&iacute; como correr mucho, re&iacute;rse mucho y
+dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se
+quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale as&iacute; de tiempo en tiempo,
+como una locura. Los moros tienen una fiesta de caballos que llaman la
+&laquo;fantas&iacute;a&raquo;. Otro pintor espa&ntilde;ol ha pintado muy bien la fiesta: el pobre
+Fortuny. Se ve en el cuadro los moros que entran a escape en la ciudad,
+con los caballos tan locos como ellos, y ellos disparando al aire sus
+espingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales, bes&aacute;ndolos,
+mordi&eacute;ndolos, ech&aacute;ndose al suelo sin parar la carrera, y volvi&eacute;ndose a
+montar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de
+la p&oacute;lvora. Los hombres de todos los pa&iacute;ses, blancos o negros, japoneses
+o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y
+movimiento, como esa danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. En
+Nueva Zelandia hay mucho calor, y los negros de all&iacute; son hombres de
+cuerpo arrogante, como los que andan mucho a pie, y gente brava, que
+pelea por su tierra tan bien como danza en el palo. Ellos suben y bajan
+por las cuerdas, y se van enroscando hasta que la cuerda est&aacute; a la
+mitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo mismo que un
+columpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de la
+rodilla. Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos
+a otros y se abrazan.</p>
+
+<p>Los indios de M&eacute;xico ten&iacute;an, cuando vinieron los espa&ntilde;oles, esa misma
+danza del palo. Ten&iacute;an juegos muy lindos los indios de M&eacute;xico. Eran
+hombres muy finos y trabajadores, y no conoc&iacute;an la p&oacute;lvora y las balas
+como los soldados del espa&ntilde;ol Cort&eacute;s, pero su ciudad era como de plata,
+y la plata misma la labraban como un encaje, con tanta delicadeza como
+en la mejor joyer&iacute;a. En sus juegos eran tan ligeros y originales como en
+sus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una diversi&oacute;n de
+mucha agilidad y atrevimiento; porque se echaban desde lo alto del palo,
+que ten&iacute;a unas veinte varas, y ven&iacute;an por el aire dando volteos y
+haciendo pruebas de gimnasio sin sujetarse m&aacute;s que con la soga, que
+ellos tej&iacute;an muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremec&iacute;a
+ver aquel atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era &laquo;horrible y
+espantoso, que llena de congojas y asusta el mirarlo&raquo;.</p>
+
+<p>Los ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos no
+m&aacute;s saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que empu&ntilde;an
+por una punta y por el medio; o con la porra, que juegan muy bien. Los
+isle&ntilde;os de las Canarias, que son gente de mucha fuerza, creen que el
+palo no es invenci&oacute;n del ingl&eacute;s, sino de las islas; y s&iacute; que es cosa de
+verse un isle&ntilde;o jugando al palo, y haciendo el molinete. Lo mismo que el
+luchar, que en las Canarias les ense&ntilde;an a los ni&ntilde;os en las escuelas. Y
+la danza del palo encintado; que es un baile muy dif&iacute;cil en que cada
+hombre tiene una cinta de un color, y la va trenzando y destrenzando
+alrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse
+nunca. Pero los indios de M&eacute;xico jugaban al palo tan bien como el ingl&eacute;s
+m&aacute;s rubio, o el canario de m&aacute;s espaldas; y no era s&oacute;lo el defenderse con
+&eacute;l lo que sab&iacute;an, sino jugar con el palo a equilibrios, como los que
+hacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van cinco pueblos
+que han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva Zelandia, los
+ingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota,
+que todas los pueblos la juegan, y entre los indios era una pasi&oacute;n, como
+que creyeron que el buen jugador era hombre venido del ciclo, y que los
+dioses mexicanos, que eran diferentes de los dioses griegos, bajaban a
+decirle c&oacute;mo deb&iacute;a tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que es
+muy curioso, ser&aacute; para otro d&iacute;a.</p>
+
+<p>Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indios
+hac&iacute;an con &eacute;l, que eran de grand&iacute;sima dificultad. Los indios se
+acostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a
+jugar a las bolas o al barril; y en el palo, atravesado sobre las
+plantas de los pies, sosten&iacute;an hasta cuatro hombres, que es m&aacute;s que lo
+de los moros, porque a los moros los sostiene el m&aacute;s fuerte de ellos
+sobre los hombros, pero no sobre la planta de los pies. <i>Tza&aacute;</i> le dec&iacute;an
+a este juego: dos indios se sub&iacute;an primero en las puntas del palo, dos
+m&aacute;s se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hac&iacute;an sin caerse
+muchas suertes y vueltas. Y los indios ten&iacute;an su ajedrez, y sus
+jugadores de manos, que se com&iacute;an la lana encendida y la echaban por la
+nariz: pero eso, como la pelota, ser&aacute; para otro d&iacute;a. Porque con los
+cuentos se ha de hacer lo que dec&iacute;a Chich&aacute;, la ni&ntilde;a bonita de Guatemala:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Chich&aacute;, por qu&eacute; te comes esa aceituna tan despacio?</p>
+
+<p>&mdash;Porque me gusta mucho.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Bebe_y_el_senor_don_Pomposo" id="Bebe_y_el_senor_don_Pomposo"></a><a href="#toc">Beb&eacute; y el se&ntilde;or don Pomposo</a></h2>
+
+
+<p>Beb&eacute; es un ni&ntilde;o magn&iacute;fico, de cinco a&ntilde;os. Tiene el pelo muy rubio, que
+le cae en rizos por la espalda, como en la l&aacute;mina de los <i>Hijos del Rey
+Eduardo</i>, que el p&iacute;caro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres,
+para hacerse &eacute;l rey. A Beb&eacute; lo visten como al duquecito Fauntleroy, el
+que no ten&iacute;a verg&uuml;enza de que lo vieran conversando en la calle con los
+ni&ntilde;os pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ce&ntilde;idos a la rodilla, y
+blusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, y
+medias de seda colorada, y zapatos bajos. Como lo quieren a &eacute;l mucho, &eacute;l
+quiere mucho a los dem&aacute;s. No es un santo, &iexcl;oh, no!: le tuerce los ojos a
+su criada francesa cuando no le quiere dar m&aacute;s dulces, y se sent&oacute; una
+vez en visita con las pierna cruzadas, y rompi&oacute; un d&iacute;a un jarr&oacute;n muy
+hermoso, corriendo detr&aacute;s de un gato. Pero en cuanto ve un ni&ntilde;o descalzo
+le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva az&uacute;car todas las
+ma&ntilde;anas, y lo llama &laquo;caballito de mi alma&raquo;; con los criados viejos se
+est&aacute; horas y horas, oy&eacute;ndoles los cuentos de su tierra de &Aacute;frica, de
+cuando ellos eran pr&iacute;ncipes y reyes. Y ten&iacute;an muchas vacas y muchos
+elefantes: y cada vez que ve Beb&eacute; a su mam&aacute;, le echa el bracito por la
+cintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente c&oacute;mo
+crecen las flores, y de d&oacute;nde le viene la luz al sol y, de qu&eacute; est&aacute;
+hecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la
+hacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijo
+ayer en la sala aquel se&ntilde;or de espejuelos. Y la madre te dice que s&iacute;,
+que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda, largas y
+redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como
+los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos
+mariposas.</p>
+
+<p>Y entonces s&iacute; que est&aacute; lindo Beb&eacute;, a la hora de acostarse con sus
+mediecitas ca&iacute;das, y su color de rosa, como los ni&ntilde;os que se ba&ntilde;an
+mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de las
+pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy
+fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su coraz&oacute;n. Y
+da brincos y vueltas de carnero, y salta en el colch&oacute;n con los brazos
+levantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que est&aacute; pintada en
+el techo. Y se pone a nadar como en el ba&ntilde;o; o a hacer como que cepilla
+la baranda de la cama, porque va a ser carpintero; o rueda por la cama
+hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias
+coloradas. Pero esta noche Beb&eacute; est&aacute; muy serio, y no da volteretas como
+todas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mam&aacute; para que no se
+vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del
+gran comel&oacute;n que se muri&oacute; solo y se comi&oacute; un mel&oacute;n. Beb&eacute; cierra los
+ojos; pero no est&aacute; dormido. Beb&eacute; est&aacute; pensando.</p>
+
+<hr style='width: 45%;' />
+
+<p>La verdad es que Beb&eacute; tiene mucho en qu&eacute; pensar, porque va de viaje a
+Par&iacute;s, como todos los a&ntilde;os, para que los m&eacute;dicos buenos le digan a su
+mam&aacute; las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Beb&eacute;
+no le gusta o&iacute;r: se le aguan los ojos a Beb&eacute; en cuanto oye toser a su
+mam&aacute;: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla.
+Esta vez Beb&eacute; no va solo a Par&iacute;s, porque &eacute;l no quiere hacer nada solo,
+como el hombre del mel&oacute;n, sino con un primito suyo que no tiene madre.
+Su primito Ra&uacute;l va con &eacute;l a Par&iacute;s, a ver con &eacute;l al hombre que llama a
+los p&aacute;jaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a los
+ni&ntilde;os, y el teatro Gui&ntilde;ol, donde hablan los mu&ntilde;ecos, y el polic&iacute;a se
+lleva preso al ladr&oacute;n, y el hombre bueno le da un coscorr&oacute;n al hombre
+malo. Ra&uacute;l va con Beb&eacute; a Par&iacute;s. Los dos juntos se van el s&aacute;bado en el
+vapor grande, con tres chimeneas. All&iacute; en el cuarto est&aacute; Ra&uacute;l con Beb&eacute;,
+el pobre Ra&uacute;l, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito,
+ni lleva med&iacute;as de seda colorada.</p>
+
+<p>Beb&eacute; y Ra&uacute;l han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mam&aacute; a ver a
+los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muy
+altas: han ido a la calle de los peri&oacute;dicos, a ver como los ni&ntilde;os pobres
+que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos despu&eacute;s,
+y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azul
+y pantal&oacute;n amarillo, a ver a un se&ntilde;or muy flaco y muy estirado, el t&iacute;o
+de mam&aacute;, el se&ntilde;or Don Pomposo. Beb&eacute; est&aacute; pensando en la visita del se&ntilde;or
+Don Pomposo. Beb&eacute; est&aacute; pensando.</p>
+
+<p>Con los ojos cerrados, &eacute;l piensa: &eacute;l se acuerda de todo. &iexcl;Qu&eacute; largo, qu&eacute;
+largo el t&iacute;o de mam&aacute;, como los palos del tel&eacute;grafo! &iexcl;Qu&eacute; leontina tan
+grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! &iexcl;Qu&eacute; pedrote tan feo,
+como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! &iexcl;Y a mam&aacute; no la
+dejaba mover, y le pon&iacute;a un coj&iacute;n detr&aacute;s de la espalda, y le puso una
+banqueta en los pies. Y le hablaba como dicen que les hablan a las
+reinas! Beb&eacute; se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente
+le habla as&iacute; a mam&aacute;, porque mam&aacute; es muy rica, y que a mam&aacute; no le gusta
+eso, porque mam&aacute; es buena.</p>
+
+<p>Y Beb&eacute; vuelve a pensar en lo sucedi&oacute; en la visita. En cuanto entr&oacute; en el
+cuarto el se&ntilde;or Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a
+los pap&aacute;s; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa
+santa, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a la
+cara, como si fueran manchas. Y a Ra&uacute;l, al pobre Ra&uacute;l, ni lo salud&oacute;, ni
+le quit&oacute; el sombrero, ni le dio un beso. Ra&uacute;l estaba metido en un
+sill&oacute;n, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes. Y
+entonces se levant&oacute; Don Pomposo del sof&aacute; colorado: &laquo;Mira, mira, Beb&eacute;, lo
+que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Beb&eacute;: esto es para que
+quieras mucho a tu t&iacute;o&raquo;. Y se sac&oacute; del bolsillo un llavero como con
+treinta llaves, y abri&oacute; una gaveta que ol&iacute;a a lo que huele el tocador de
+Luisa, y le trajo a Beb&eacute; un sable dorado&mdash;&iexcl;oh, que sable! &iexcl;oh, qu&eacute; gran
+sable!&mdash;y le abroch&oacute; por la cintura el cintur&oacute;n de charol&mdash;&iexcl;oh, qu&eacute;
+cintur&oacute;n tan lujoso!&mdash;y le dijo: &laquo;Anda, Beb&eacute;: m&iacute;rate al espejo; &eacute;se es
+un sable muy rico: eso no es m&aacute;s que para Beb&eacute;, para el ni&ntilde;o&raquo;. Y Beb&eacute;,
+muy contento, volvi&oacute; la cabeza adonde estaba Ra&uacute;l, que lo miraba, miraba
+al sable, con los ojos m&aacute;s grandes que nunca, y con la cara muy triste,
+como si se fuera a morir:&mdash;&iexcl;oh, que sable tan feo, tan feo! &iexcl;oh, qu&eacute; t&iacute;o
+tan malo! En todo eso estaba pensando Beb&eacute;. Beb&eacute; estaba pensando.</p>
+
+<p>El sable est&aacute; all&iacute;, encima del tocador. Beb&eacute; levanta la cabeza poquito a
+poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el pu&ntilde;o brillante como si fuera de
+sol, porque la luz de la l&aacute;mpara da toda en el pu&ntilde;o. As&iacute; eran los sables
+de los generales el d&iacute;a de la procesi&oacute;n, lo mismo que el de &eacute;l. El
+tambi&eacute;n, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de dril
+blanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detr&aacute;s, y &eacute;l en un
+caballo morado, como el vestido que ten&iacute;a el obispo. El no ha visto
+nunca caballos morados, pero se lo mandar&aacute;n a hacer. Y a Ra&uacute;l &iquest;qui&eacute;n le
+manda hacer caballos? Nadie, nadie: Ra&uacute;l no tiene mam&aacute; que le compre
+vestidos de duquecito: Ra&uacute;l no tiene t&iacute;os largos que le compren sables.
+Beb&eacute; levanta la cabecita poco a poco: Ra&uacute;l est&aacute; dormido: Luisa se ha ido
+a su cuarto a ponerse olores. Beb&eacute; se escurre de la cama, va al tocador
+en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no haga
+ruido... Y &iquest;qu&eacute; hace, qu&eacute; hace Beb&eacute;? &iexcl;va ri&eacute;ndose, va ri&eacute;ndose el
+p&iacute;caro! hasta que llega a la almohada de Ra&uacute;l, y le pone el sable dorado
+en la almohada.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_ultima_pagina1" id="La_ultima_pagina1"></a><a href="#toc">La &uacute;ltima p&aacute;gina</a></h2>
+
+
+<p><i>La Edad de Oro</i> se despide hoy con pena de sus amigos. Se puso a
+escribir largo el hombre de <i>La Edad de Oro</i>, como quien escribe una
+carta de cari&ntilde;o para persona a quien quiere mucho, y sucedi&oacute; que
+escribi&oacute; m&aacute;s de lo que cab&iacute;a en las treinta y dos p&aacute;ginas. Treinta y dos
+p&aacute;ginas es de veras poco para conversar con los ni&ntilde;os queridos, con los
+que han de ser ma&ntilde;ana h&aacute;biles como Me&ntilde;ique, y valientes como Bol&iacute;var:
+poetas como Homero ya no podr&aacute;n ser, porque estos tiempos no son como
+los de antes, y los aedas de ahora no han de cantar guerras b&aacute;rbaras de
+pueblo con pueblo para ver cu&aacute;l puede m&aacute;s, ni peleas de hombre con
+hombre para ver qui&eacute;n es m&aacute;s fuerte: lo que ha de hacer el poeta de
+ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lo
+hermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si estuviera
+pintado con colores, y castigar con la poes&iacute;a, como con un l&aacute;tigo, a los
+que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes p&iacute;caras
+el dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su pa&iacute;s les
+obedezcan como ovejas y les laman la mano como perros. Los versos no se
+han de hacer para decir que se est&aacute; contento o se est&aacute; triste, sino para
+ser &uacute;til al mundo, ense&ntilde;&aacute;ndole que la naturaleza es hermosa, que la vida
+es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni
+acobardarse mientras haya libros en las librer&iacute;as, y luz en el ciclo, y
+amigos, y madres. El que tenga penas, lea las <i>Vidas Paralelas</i> de
+Plutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes, y mejor,
+porque ahora la tierra ha vivido m&aacute;s, y se puede ser hombre de m&aacute;s amor
+y delicadeza. Antes todo se hac&iacute;a con los pu&ntilde;os: ahora, la fuerza est&aacute;
+en el saber, m&aacute;s que en los pu&ntilde;etazos; aunque es bueno aprender a
+defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque la
+fuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando un
+pueblo ladr&oacute;n quiera venir a robarnos nuestro pueblo. Para eso es bueno
+ser fuerte de cuerpo; pero para lo dem&aacute;s de la vida, la fuerza est&aacute; en
+saber mucho, como dice Me&ntilde;ique. En los mismos tiempos de Homero, el que
+gan&oacute; por fin el sitio, y entr&oacute; en Troya, no fue Ajax el del escudo, ni
+Aquiles el de la lanza, ni Diomedes el del carro, sino Ulises, que era
+el hombre de ingenio, y pon&iacute;a en paz a los envidiosos, y pensaba
+pronto, lo que no les ocurr&iacute;a a los dem&aacute;s.</p>
+
+<p>Con esta &uacute;ltima p&aacute;gina est&aacute; sucediendo lo que con el primer n&uacute;mero de
+<i>La Edad de Oro</i>; que no va a caber lo que el amigo de los ni&ntilde;os les
+quer&iacute;a decir, y es que en el n&uacute;mero de agosto se publicar&aacute; una
+<i>Historia</i> <i>del Hombre, contada por sus casas</i>, que no cupo esta vez,
+historia muy curiosa, donde se cuenta c&oacute;mo ha vivido el hombre, desde su
+primera habitaci&oacute;n en la tierra, que fue una cueva en la monta&ntilde;a, hasta
+los palacios en que vive ahora. Ni cupo tampoco una explicaci&oacute;n muy
+entretenida del modo de fabricar <i>Un cubierto de mesa</i>. Porque es
+necesario que los ni&ntilde;os no vean, no toquen, no piensen en nada que no
+sepan explicar. Para eso se publica <i>La Edad de Oro</i>. Y para todo lo que
+quieran preguntar, aqu&iacute; est&aacute; el amigo.</p>
+
+<p>Estas &uacute;ltimas p&aacute;ginas ser&aacute;n como el cuarto de confianza de <i>La Edad de
+Oro</i>, donde conversaremos como si estuvi&eacute;semos en familia. Aqu&iacute;
+publicaremos las cartas de nuestras amiguitas: aqu&iacute; responderemos a las
+preguntas de los ni&ntilde;os: aqu&iacute; tendremos la <i>Bolsa de Sellos</i>, donde el
+que tenga sellos que mandar, o los quiera comprar, o quiera hacer
+colecci&oacute;n, o preguntar sobre sellos algo que le interese, no tiene m&aacute;s
+que escribir para lograr lo que desea. Y de cuando en cuando nos har&aacute;
+aqu&iacute; una visita El <i>Abuelo Andr&eacute;s</i>, que tiene una caja maravillosa con
+muchas cosas raras, y nos va a ense&ntilde;ar todo lo que tiene en La Caja de
+las Maravillas.</p>
+
+<p><i>La Edad de Oro</i>.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_historia_del_hombre_contada_por_sus_casas" id="La_historia_del_hombre_contada_por_sus_casas"></a><a href="#toc">La historia del hombre, contada por sus casas</a></h2>
+
+
+<p>Ahora la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patios
+enlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de a&ntilde;os los
+hombres no viv&iacute;an as&iacute;, ni hab&iacute;a pa&iacute;ses de sesenta millones de
+habitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no hab&iacute;a libros que
+contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, los
+instrumentos de trabajar son los que ense&ntilde;an c&oacute;mo viv&iacute;an los hombres de
+antes. Eso es lo que se llama &laquo;edad de piedra&raquo;, cuando los hombres
+viv&iacute;an casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando con las fieras del
+bosque, escondidos en las cuevas de la monta&ntilde;a, sin saber que en el
+mundo hab&iacute;a cobre ni hierro all&aacute; en los tiempos que llaman
+&laquo;paleol&iacute;ticos&raquo;:&mdash;&iexcl;palabra larga esta de &laquo;paleol&iacute;ticos&raquo;! Ni la piedra
+sab&iacute;an entonces los hombres cortar: luego empezaron a darle figura, con
+unas hachas de pedernal afilado, y &eacute;sa fue la edad nueva de piedra, que
+llaman &laquo;neol&iacute;tica&raquo;: <i>neo</i>, nueva, <i>l&iacute;tica</i>, de piedra: <i>paleo</i>, por
+supuesto, quiere decir viejo, antiguo. Entonces los hombres viv&iacute;an en
+las cuevas de la monta&ntilde;a, donde las fieras no pod&iacute;an subir, o se abr&iacute;an
+un agujero en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramas
+de &aacute;rbol; o hac&iacute;an con ramas un techo donde la roca estaba como abierta
+en dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los forraban con
+las pieles de los animales que cazaban: grandes eran entonces los
+animales, grandes como montes. En Am&eacute;rica no parece que viv&iacute;an as&iacute; los
+hombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos en pueblos, y no en
+familias sueltas: todav&iacute;a se ven las ruinas de los que llaman los
+&laquo;terrapleneros&raquo;, porque fabricaban con tierra unos paredones en figura
+de c&iacute;rculo, o de tri&aacute;ngulo, o de cuadrado, o de cuatro c&iacute;rculos unos
+dentro de otros: otros indios viv&iacute;an en casas de piedra que eran como
+pueblos, y las llamaban las casas-pueblos, porque all&iacute; hubo hasta mil
+familias a la vez, que no entraban a la casa por puertas, como nosotros,
+sino por el techo, como hacen ahora los indios zu&ntilde;is: en otros lugares
+hay casas de cantos en los agujeros de las rocas, adonde sub&iacute;an
+agarr&aacute;ndose de unas cortaduras abiertas a pico en la piedra, como una
+escalera. En todas partes se fueron juntando las familias para
+defenderse, y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos,
+que es lo que llaman ciudades lacustres, porque est&aacute;n sobre el agua las
+casas de troncos de &aacute;rbol, puestas sobre pilares clavados en lo hondo, o
+sujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese a flote las casas:
+y a veces juntaban con vigas unas casas con otras, y les pon&iacute;an
+alrededor una palizada para defenderse de los vecinos que ven&iacute;an a
+pelear, o de los animales del monte: la cama era de yerba seca, las
+tazas eran de madera, las mesas y los asientos eran troncos de &aacute;rboles.
+Otros pon&iacute;an de punta en medio de un bosque tres piedras grandes, y una
+chata encima, como techo, con una cerca de piedras, pero estos d&oacute;lmenes
+no eran para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a o&iacute;r a
+los viejos y los sabios cuando cambiaba la estaci&oacute;n, o hab&iacute;a guerra, o
+ten&iacute;an que elegir rey: y para recordar cada cosa de &eacute;stas clavaban en el
+suelo una piedra grande, como una columna, que llamaban &laquo;menhir&raquo; en
+Europa, y que los indios mayas llamaban &laquo;kat&uacute;n&raquo;; porque los mayas de
+Yucat&aacute;n no sab&iacute;an que del otro lado del mar viviera el pueblo galo, en
+donde est&aacute; Francia ahora, pero hac&iacute;an lo mismo que los galos, y que los
+germanos, que viv&iacute;an donde est&aacute; ahora Alemania. Estudiando se aprende
+eso: que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la
+misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin m&aacute;s diferencia que
+la de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra de
+&aacute;rboles y de flores piensa m&aacute;s en la hermosura y el adorno, y tiene m&aacute;s
+cosas que decir, que el que nace en una tierra fr&iacute;a, donde ve el cielo
+oscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende, y es que donde
+nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo,
+empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de a&ntilde;os.
+Junto a la ciudad de Zaragoza, en Espa&ntilde;a, hay familias que viven en
+agujeros abiertos en la tierra del monte: en Dakota, en los Estados
+Unidos, los que van a abrir el pa&iacute;s viven en covachas, con techos de
+ramas, como en la edad neol&iacute;tica: en las orillas del Orinoco, en la
+Am&eacute;rica del Sur, los indios viven en ciudades lacustres, lo mismo que
+las que hab&iacute;a hace cientos de siglos en los lagos de Suiza: el indio
+norteamericano le pone a rastras a su caballo los tres palos de su tipi,
+que es una tienda de pieles, como la que los hombres neol&iacute;ticos
+levantaban en los desiertos: el negro de &Aacute;frica hace hoy su casa con las
+paredes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes,
+y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen
+las serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos los
+pueblos viv&iacute;an a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce, cuando
+los hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra edad de hierro.
+Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en lo m&aacute;s hermoso de la edad
+de hierro, con su torre de Eiffel que se entra por las nubes: y otros
+pueblos que viven en la edad de piedra, como el indio que fabrica su
+casa en las ramas de los &aacute;rboles, y con su lanza de pedernal sale a
+matar los p&aacute;jaros del bosque y a ensartar en el aire los peces voladores
+del r&iacute;o. Pero los pueblos de ahora crecen m&aacute;s de prisa, porque se juntan
+con los pueblos m&aacute;s viejos, y aprenden con ellos lo que no saben; no
+como antes, que ten&iacute;an que ir poco a poco descubri&eacute;ndolo todo ellos
+mismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los hombres
+andaban errantes huyendo de los animales, y viv&iacute;an hoy ac&aacute; y ma&ntilde;ana
+all&aacute;, y no sab&iacute;an que eran buenos de comer los frutos de la tierra.
+Luego los hombres encontraron el cobre, que era m&aacute;s blando que el
+pedernal, y el esta&ntilde;o, que era m&aacute;s blando que el cobre, y vieron que con
+el fuego se le sacaba el metal a la roca, y que con el esta&ntilde;o y cobre
+juntos se hac&iacute;a un metal nuevo, muy bueno para hachas y lanzas y
+cuchillos, y para cortar la piedra. Cuando los pueblos empiezan a saber
+c&oacute;mo se trabaja el metal, y a juntar el cobre con el esta&ntilde;o, entonces
+est&aacute;n en su edad de bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad de
+hierro sin pasar por la de bronce, porque el hierro es el metal de su
+tierra, y con &eacute;l empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo hab&iacute;a
+cobre ni esta&ntilde;o. Cuando los hombres de Europa viv&iacute;an en la edad de
+bronce, ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectas
+como las de los peruanos y mexicanos de Am&eacute;rica, en quienes estuvieron
+siempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con pedernal
+cuando ya ten&iacute;an sus minas de oro, y sus templos con soles de oro como
+el cielo, y sus huacas, que eran los cementerios del Per&uacute;, donde pon&iacute;an
+a los muertos con las prendas y jarros que usaban en vida. La casa del
+indio peruano era de mamposter&iacute;a, y de dos pisos, con las ventanas muy
+en alto, y las puertas m&aacute;s anchas por debajo que por la cornisa, que
+sol&iacute;a ser de piedra tallada, de trabajo fino. El mexicano no hac&iacute;a su
+casa tan fuerte, sino m&aacute;s ornada, como en pa&iacute;s donde hay muchos &aacute;rboles
+y p&aacute;jaros. En el techo hab&iacute;a como escalones, donde pon&iacute;an las figuras de
+sus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de ni&ntilde;os, y
+piernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras labradas, y
+con fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando las grecas y
+fimbrias que les bordaban sus mujeres en las t&uacute;nicas: en las salas de
+adentro labraban las cabezas de las vigas, figurando sus dioses, sus
+animales o sus h&eacute;roes, y por fuera pon&iacute;an en las esquinas unas canales
+de curva graciosa, como imitando plumas. De lejos brillaban las casas
+con el sol, como si fueran de plata.</p>
+
+<p>En los pueblos de Europa es donde se ven m&aacute;s claras las tres edades, y
+mejor mientras m&aacute;s al Norte, porque all&iacute; los hombres vivieron solos,
+cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron a vivir
+por el mismo tiempo, se nota que aunque no se conoc&iacute;an unos a otros,
+iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando capas conforme van
+pasando siglos: la tierra es como un pastel de hojaldres, que tiene
+muchas capas una sobre otra, capas de piedra dura, y a veces viene de
+adentro, de lo hondo del mundo, una masa de roca que rompe las capas
+acostadas, y sale al aire libre, y se queda por encima de la tierra,
+como un gigante rega&ntilde;&oacute;n, o como una fiera enojada, echando por el cr&aacute;ter
+humo y fuego: as&iacute; se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas de
+la tierra es por donde se sabe c&oacute;mo ha vivido el hombre, porque en cada
+una hay enterrados huesos de &eacute;l, y restos de los animales y &aacute;rboles de
+aquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un lugar con
+las de otro se ve que los hombres viven en todas partes casi del mismo
+modo en cada edad de la tierra: s&oacute;lo que la tierra tarda mucho en pasar
+de una edad a otra, y en echarse una capa nueva, y as&iacute; sucede lo de los
+romanos y los bretones de Inglaterra en tiempo de Julio C&eacute;sar, que
+cuando los romanos ten&iacute;an palacios de m&aacute;rmol con estatuas de oro, y
+usaban trajes de lana muy fina, la gente de Breta&ntilde;a viv&iacute;a en cuevas, y
+se vest&iacute;a con las pieles salvajes, y peleaba con mazas hechas de los
+troncos duros.</p>
+
+<p>En esos pueblos viejos s&iacute; se puede ver c&oacute;mo fue adelantando el hombre,
+porque despu&eacute;s de las capas de la edad de piedra, donde todo lo que se
+encuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la edad de bronce,
+con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre y esta&ntilde;o, y luego vienen
+las capas de arriba, las de los &uacute;ltimos tiempos, que llaman la edad de
+hierro, cuando el hombre aprendi&oacute; que el hierro se ablandaba al fuego
+fuerte, y que con el hierro blando pod&iacute;a hacer martillos para romper la
+roca, y lanzas para pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra:
+entonces es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios y
+cuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre otras
+sin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos y llanos:
+lo que s&iacute; se ve es que desde que vino al mundo le gust&oacute; al hombre copiar
+en dibujo las cosas que ve&iacute;a, porque hasta las cavernas m&aacute;s oscuras
+donde habitaron las familias salvajes est&aacute;n llenas de figuras talladas o
+pintadas en la roca, y por los montes y las orillas de los r&iacute;os se ven
+manos, y signos raros, y pinturas de animales, que ya estaban all&iacute; desde
+hac&iacute;a muchos siglos cuando vinieron a vivir en el pa&iacute;s los pueblos de
+ahora. Y se ve tambi&eacute;n que todos los pueblos han cuidado mucho de
+enterrar a los muertos con gran respeto y han fabricado monumentos
+altos, como para estar m&aacute;s cerca del cielo, como nosotros hacemos ahora
+con las torres. Los terrapleneros hac&iacute;an monta&ntilde;as de tierra, donde
+sepultaban los cad&aacute;veres: los mexicanos pon&iacute;an sus templos en la cumbre
+de unas pir&aacute;mides muy altas: los peruanos ten&iacute;an su &laquo;chulpa&raquo; de piedra
+que era una torre ancha por arriba, como un pu&ntilde;o de bast&oacute;n: en la isla
+de Cerde&ntilde;a hay unos torreones que llaman &laquo;nuragh&raquo;, que nadie sabe de qu&eacute;
+pueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras enormes sus
+pir&aacute;mides, y con el p&oacute;rfido m&aacute;s duro hicieron sus obeliscos famosos,
+donde escrib&iacute;an su historia con los signos que llaman &laquo;jerogl&iacute;ficos&raquo;.</p>
+
+<p>Ya los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse &laquo;tiempos hist&oacute;ricos&raquo;
+porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos: esos
+otros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos &laquo;prehist&oacute;ricos&raquo;,
+de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad es que en
+esos mismos pueblos hist&oacute;ricos hay todav&iacute;a mucho prehist&oacute;rico, porque se
+tiene que ir adivinando para ver d&oacute;nde y c&oacute;mo vivieron. &iquest;Qui&eacute;n sabe
+cu&aacute;ndo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus caminos y sus
+calzadas en el Per&uacute;; ni cu&aacute;ndo los chibchas de Colombia empezaron a
+hacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qu&eacute; pueblo vivi&oacute; en Yucat&aacute;n
+antes que los mayas que encontraron all&iacute; los espa&ntilde;oles; ni de d&oacute;nde vino
+la raza desconocida que levant&oacute; los terraplenes y las casas-pueblos en
+la Am&eacute;rica del Norte? Casi lo mismo sucede con los pueblos de Europa;
+aunque all&iacute; se ve que los hombres aparecieron a la vez, como nacidos de
+la tierra, en muchos lugares diferentes; pero que donde hab&iacute;a menos fr&iacute;o
+y era mas alto el pa&iacute;s fue donde vivi&oacute; primero el hombre: y como que
+all&iacute; empez&oacute; a vivir, all&iacute; fue donde lleg&oacute; m&aacute;s pronto a saber, y a
+descubrir los metales, y a fabricar, y de all&iacute;, con las guerras, y las
+inundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando los hombres por
+la tierra y el mar. En lo m&aacute;s elevado y f&eacute;rtil del continente es donde
+se civiliz&oacute; el hombre trasatl&aacute;ntico primero. En nuestra Am&eacute;rica sucede
+lo mismo: en las altiplanicies de M&eacute;xico y del Per&uacute;, en los valles altos
+y de buena tierra, fue donde tuvo sus mejores pueblos el indio
+americano. En el continente trasatl&aacute;ntico parece que Egipto fue el
+pueblo m&aacute;s viejo, y de all&iacute; fueron entrando los hombres por lo que se
+llama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron a Grecia, buscando la
+libertad y la novedad, y en Grecia levantaron los edificios m&aacute;s
+perfectos del mundo, y escribieron los libros m&aacute;s bien compuestos y
+hermosos. Hab&iacute;a pueblos nacidos en todos estos pa&iacute;ses, pero los que
+ven&iacute;an de los pueblos viejos sab&iacute;an m&aacute;s, y los derrotaban en la guerra,
+o les ense&ntilde;aban lo que sab&iacute;an, y se juntaban con ellos. Del norte de
+Europa ven&iacute;an otros hombres m&aacute;s fuertes, hechos a pelear con las fieras
+y a vivir en el fr&iacute;o: y de lo que se llama ahora Indost&aacute;n sali&oacute; huyendo,
+despu&eacute;s de una gran guerra, la gente de la monta&ntilde;a, y se junt&oacute; con los
+europeos de las tierras fr&iacute;as, que bajaron luego del Norte a pelear con
+los romanos, porque los romanos hab&iacute;an ido a quitarles su libertad, y
+porque era gente pobre y feroz, que le ten&iacute;a envidia a Roma, porque era
+sabia y rica, y como hija de Grecia. As&iacute; han ido viajando los pueblos en
+el mundo, como las corrientes van por la mar, y por el aire los vientos.</p>
+
+<p>Egipto es como el pueblo padre del continente trasatl&aacute;ntico: el pueblo
+m&aacute;s antiguo de todos aquellos pa&iacute;ses &laquo;cl&aacute;sicos&raquo;. Y la casa del egipcio
+es como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riqu&iacute;simo el Egipto,
+como que el gran r&iacute;o Nilo crec&iacute;a todos los a&ntilde;os, y con el barro que
+dejaba al secarse nac&iacute;an muy bien las siembras: as&iacute; que las casas
+estaban como en alto, por miedo a las inundaciones. Como all&aacute; hay muchas
+palmeras, las columnas de las casas eran finas y altas, como las palmas;
+y encima del segundo piso ten&iacute;an otro sin paredes, con un techo chato,
+donde pasaban la tarde al aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcos
+que iban y ven&iacute;an con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde,
+que es de color de oro y azafr&aacute;n. Las paredes y los techos est&aacute;n llenos
+de pinturas de su historia y religi&oacute;n; y les gustaba el color tanto, que
+hasta la estera con que cubr&iacute;an el piso era de hebras decolores
+diferentes.</p>
+
+<p>Los hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran los
+que mejor sab&iacute;an hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad, hicieron
+sus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes, y el techo era de
+vigas de sicomoro, que es su &aacute;rbol querido. El techo ten&iacute;a un borde como
+las azoteas, porque con el calor sub&iacute;a la gente all&iacute; a dormir, y la ley
+mandaba que fabricasen los techos con muro, para que no cayese la gente
+a tierra. Sol&iacute;an hacer sus casas como el templo que fabric&oacute; su gran rey
+Salom&oacute;n, que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechas
+por la comisa, y dos columnas al lado de la puerta.</p>
+
+<p>Por aquellas tierras viv&iacute;an los asirios, que fueron pueblo guerreador,
+que les pon&iacute;a a sus casas torres, como para ver m&aacute;s de lejos al enemigo,
+y las torres eran de almenas, como para disparar el arco desde seguro.
+No ten&iacute;an ventanas, sino que les ven&iacute;a la luz del techo. Sobre las
+puertas pon&iacute;an a veces piedras talladas con alguna figura misteriosa,
+como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza con alas.</p>
+
+<p>Los fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar,
+que pon&iacute;an unas sobre otras como los etruscos; pero como eran gente
+navegante, que viv&iacute;a del comercio, empezaron pronto a imitar las casas
+de los pueblos que ve&iacute;an m&aacute;s, que eran los hebreos y los egipcios, y
+luego las de los persas, que conquistaron en guerra el pa&iacute;s de Fenicia.
+Y as&iacute; fueron sus casas, con la entrada hebrea, y la parte alta como las
+casas de Egipto, o como las de Persia.</p>
+
+<p>Los persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en que
+todos esos pueblos de los alrededores viv&iacute;an como esclavos suyos. Persia
+es tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas de los
+caballos, los pu&ntilde;os de los sables, todo est&aacute; all&iacute; lleno de joyas. Usan
+mucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo les gusta de mucho color,
+y muy brillante y esmaltado. Les gustan las fuentes, los jardines, los
+velos de hilo de plata, la pedrer&iacute;a fina. Todav&iacute;a hoy son as&iacute; los
+persas; y ya en aquellos tiempos eran sus casas de ladrillos de colores,
+pero no de techo chato como las de los egipcios y hebreos, sino con una
+c&uacute;pula redonda, como imitando la b&oacute;veda del cielo. En un patio estaba el
+ba&ntilde;o, en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas hab&iacute;a patios
+cuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente, entre
+jarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y dibujos,
+pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel hecho con cuerpos
+de animales, de pecho verde y collar de oro.</p>
+
+<p>Junto a Persia est&aacute; el Indost&aacute;n, que es de los pueblos m&aacute;s viejos del
+mundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las plater&iacute;as
+la filigrana, y otros templos cavados en la roca, y figuras de su dios
+Buda cortadas a pico en la monta&ntilde;a. Sus templos, sus sepulcros, sus
+palacios, sus casas, son como su poes&iacute;a, que parece escrita con colores
+sobre marfil, y dice las cosas como entre hojas y flores. Hay templo en
+el Indost&aacute;n que tiene catorce pisos, como la pagoda de Tanjore, y est&aacute;
+todo labrado, desde los cimientos hasta la c&uacute;pula. Y la casa de los
+hind&uacute;s de antes era como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, con
+los techos y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entrada
+la escalinata sin baranda. Otras casas ten&iacute;an torreones en la esquina, y
+el terrado como los egipcios, corrido y sin las torres. Pero lo hermoso
+de las casas hind&uacute;s era la fantas&iacute;a de los adornos, que son como un
+trenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas.</p>
+
+<p>En Grecia no era as&iacute;, sino todo blanco y sencillo, sin lujos de
+colorines. En la casa de los griegos no hab&iacute;a ventanas, porque para el
+griego fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no deb&iacute;a mirar el
+extranjero. Eran las casas peque&ntilde;as, como sus monumentos, pero muy
+lindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y dentro el
+corredor de columnas, donde pasaba los d&iacute;as la familia, que s&oacute;lo en la
+noche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El comedor y el corredor
+era lo que amueblaban, y eso con pocos muebles: en las paredes pon&iacute;an en
+nichos sus jarros preciosos: las sillas ten&iacute;an filetes tallados, como
+los que sol&iacute;an ponerles a las puertas, que eran anchas de abajo y con la
+cornisa adornada de dibujos de palmas y madreselvas. Dicen que en el
+mundo no hay edificio m&aacute;s bello que el Parten&oacute;n, como que all&iacute; no est&aacute;n
+los adornos por el gusto de adornar, que es lo que hace la gente
+ignorante con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de una
+especie de m&uacute;sica que se siente y no se oye, porque el tama&ntilde;o est&aacute;
+calculado de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que no
+sea precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienen
+alma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que las ve.
+Se entran como amigas por el coraz&oacute;n. Parece que hablan.</p>
+
+<p>Los etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas,
+y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religi&oacute;n, y un
+arte parecido al de los griegos, aunque les gustaba m&aacute;s la burla y la
+extravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban, como los persas;
+y en las paredes de sus sepulturas hay caballos con la cabeza amarilla y
+la cola azul. Mientras fueron rep&uacute;blica libre, los etruscos viv&iacute;an
+dichosos, con maestros muy buenos de medicina y astronom&iacute;a, y hombres
+que hablaban bien de los deberes de la vida y de la composici&oacute;n del
+mundo. Era c&eacute;lebre Etruria por sus sabios, y por sus jarros de barro
+negro, con figuras de relieve, y por sus estatuas y sarc&oacute;fagos de tierra
+cocida, y por sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Pero
+con la esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus due&ntilde;os los
+romanos. Viv&iacute;an en palacios, y no en sus casas de antes; y su gusto
+mayor era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era de
+un piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros ca&iacute;dos.
+Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos y
+caricaturas, y sab&iacute;an dibujar sus figuras como si se las viera en
+movimiento.</p>
+
+<p>La casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro luego
+conocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en todo. El atrio
+al principio fue la casa entera, y despu&eacute;s no era m&aacute;s que el portal, de
+donde se iba por un pasadizo al patio interior, rodeado de columnas,
+adonde daban los cuartos ricos del se&ntilde;or, que para cada cosa ten&iacute;a un
+cuarto diferente: el cuarto de comer daba al corredor, lo mismo que la
+sala y el cuarto de la familia, que por el otro lado abr&iacute;a sobre un
+jard&iacute;n. Adornaban las paredes con dibujos y figuras de colores
+brillantes, y en los recodos hab&iacute;a muchos nichos con jarras y estatuas.
+Si la casa estaba en calle de mucha gente, hac&iacute;an cuartos con puerta a
+la calle, y los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abierta
+se pod&iacute;a ver hasta el fondo del jard&iacute;n. El jard&iacute;n, el patio y el atrio
+ten&iacute;an alrededor en muchas casas una arquer&iacute;a. Luego Roma fue due&ntilde;a de
+todos los pa&iacute;ses que ten&iacute;a alrededor, hasta que tuvo tantos pueblos que
+no los pudo gobernar, y cada pueblo se fue haciendo libre y nombrando su
+rey, que era el guerrero m&aacute;s poderoso de todos los del pa&iacute;s, y viv&iacute;a en
+su castillo de piedra, con torres y portalones, como todos los que
+llamaban &laquo;se&ntilde;ores&raquo; en aquel tiempo de pelear; y la gente de trabajo
+viv&iacute;a alrededor de los castillos, en casuchos infelices. Pero el poder
+de Roma hab&iacute;a sido muy grande, y en todas partes hab&iacute;a puentes y arcos y
+acueductos y templos como los de los romanos; s&oacute;lo que por el lado de
+Francia, donde hab&iacute;a muchos castillos, iban haciendo las f&aacute;bricas
+nuevas, y las iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas y
+templos, que es lo que llaman &laquo;arquitectura rom&aacute;nica&raquo; y del lado de los
+persas y de los &aacute;rabes, por donde est&aacute; ahora Turqu&iacute;a, les pon&iacute;an a los
+monumentos tanta riqueza y color que parec&iacute;an las iglesias cuevas de
+oro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que cuando los pueblos
+nuevos del lado de Francia empezaron a tener ciudades, las casas fueron
+de portales oscuros y de muchos techos de pico, como las iglesias
+rom&aacute;nicas; y del lado de Turqu&iacute;a eran las casas como palacios, con las
+columnas de piedras ricas, y el suelo de muchas piedrecitas de color, y
+las pinturas de la pared con el fondo de oro, y los cristales dorados:
+hab&iacute;a barandas en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todos
+los metales, que luc&iacute;a como fuego: era feo y pesado tanto adorno en las
+casas, que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que est&aacute;n
+vac&iacute;as.</p>
+
+<p>En Espa&ntilde;a hab&iacute;an mandado tambi&eacute;n los romanos; pero los moros vinieron
+luego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llaman
+mezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sue&ntilde;o, como si ya no
+se viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje y de flores: las
+puertas eran peque&ntilde;as, pero con tantos arcos que parec&iacute;an grandes: las
+columnas delgadas sosten&iacute;an los arcos de herradura, que acababan en
+pico, como abri&eacute;ndose para ir al cielo: el techo era de madera fina,
+pero todo tallado, con sus letras moras y sus cabezas de caballos: las
+paredes estaban cubiertas de dibujos, lo mismo que una alfombra: en los
+patios de m&aacute;rmol hab&iacute;a laureles y fuentes: parec&iacute;an como el tejido de un
+velo aquellos balcones.</p>
+
+<p>Con las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblos
+diferentes, y cuando ya el rey pudo m&aacute;s que los se&ntilde;ores de los
+castillos, y todos los hombres cre&iacute;an en el cielo nuevo de los
+cristianos, empezaron a hacer las iglesias &laquo;g&oacute;ticas&raquo; con sus arcos de
+pico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y sus p&oacute;rticos
+bordados, y sus ventanas de colores. Y las torres cada vez m&aacute;s altas;
+porque cada iglesia quer&iacute;a tener su torre m&aacute;s alta que las otras; y las
+casas las hac&iacute;an as&iacute; tambi&eacute;n, y, los muebles. Pero los adornos llegaron
+a ser muchos, y los cristianos empezaron a no creer en el cielo tanto
+como antes. Hablaban mucho de lo grande que fue Roma: celebraban el arte
+griego por sencillo: dec&iacute;an que ya eran muchas las iglesias: buscaban
+modos nuevos de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera de
+fabricar parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del
+&laquo;Renacimiento&raquo;: pero como en el arte g&oacute;tico de la &laquo;ojiva&raquo; hab&iacute;a mucha
+beldad, ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que las
+adornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los balcones
+elegantes de la arquitectura g&oacute;tica. Eran tiempos de arte y riqueza, y
+de grandes conquistas, as&iacute; que hab&iacute;a muchos se&ntilde;ores y comerciantes con
+palacio. Nunca hab&iacute;an vivido los hombres, ni han vuelto a vivir, en
+casas tan hermosas. Los pueblos de otras razas, donde se sabe poco de
+los europeos, peleaban por su cuenta o se hac&iacute;an amigos, y se aprend&iacute;an
+su arte especial unos de otros, de modo que se ve algo de pagoda hind&uacute;
+en todo lo de Asia, y hay picos como los de los palacios de Lahore en
+las casas japonesas, que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas de
+jugar, con sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o de
+estera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvas
+revueltas y los techos de punta de los pueblos hind&uacute;s. En nuestra
+Am&eacute;rica las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano
+era el pueblo espa&ntilde;ol que mand&oacute; en Am&eacute;rica, y ech&oacute; abajo las casas de
+los indios. Las ech&oacute; abajo de ra&iacute;z: ech&oacute; abajo sus templos, sus
+observatorios, sus torres de se&ntilde;ales, sus casas de vivir, todo lo indio
+lo quemaron los conquistadores espa&ntilde;oles y lo echaron abajo, menos las
+calzadas, porque no sab&iacute;an llevar las piedras que supieron traer los
+indios, y los acueductos, porque les tra&iacute;an el agua de beber.</p>
+
+<p>Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en
+cada pueblo hay su modo de fabricar, seg&uacute;n haya fr&iacute;o o calor, o sean de
+una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su
+manera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y
+griegas, y g&oacute;ticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara el
+tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se van
+juntando.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Los_dos_principes" id="Los_dos_principes"></a><a href="#toc">Los dos pr&iacute;ncipes.</a></h2>
+
+<p class="center"><i>Idea de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson</i><br /><br /></p>
+
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">El palacio est&aacute; de luto<br /></span>
+<span class="i0">Y en el trono llora el rey,<br /></span>
+<span class="i0">Y la reina est&aacute; llorando<br /></span>
+<span class="i0">Donde no la pueden ver:<br /></span>
+<span class="i0">En pa&ntilde;uelos de hol&aacute;n fino<br /></span>
+<span class="i0">Lloran la reina y el rey:<br /></span>
+<span class="i0">Los se&ntilde;ores del palacio<br /></span>
+<span class="i0">Est&aacute;n llorando tambi&eacute;n.<br /></span>
+<span class="i0">Los caballos llevan negro<br /></span>
+<span class="i0">El penacho y el arn&eacute;s:<br /></span>
+<span class="i0">Los caballos no han comido,<br /></span>
+<span class="i0">Porque no quieren comer:<br /></span>
+<span class="i0">El laurel del patio grande<br /></span>
+<span class="i0">Qued&oacute; sin hoja esta vez:<br /></span>
+<span class="i0">Todo el mundo fue al entierro<br /></span>
+<span class="i0">Con coronas de laurel:<br /></span>
+<span class="i0">&mdash;&iexcl;El hijo del rey se ha muerto!<br /></span>
+<span class="i0">&iexcl;Se le ha muerto el hijo al rey!<br /></span>
+<span class="i0">En los &aacute;lamos del monte<br /></span>
+<span class="i0">Tiene su casa el pastor:<br /></span>
+<span class="i0">La pastora est&aacute; diciendo<br /></span>
+<span class="i0">&laquo;&iquest;Por qu&eacute; tiene luz el sol?&raquo;<br /></span>
+<span class="i0">Las ovejas, cabizbajas,<br /></span>
+<span class="i0">Vienen todas al port&oacute;n:<br /></span>
+<span class="i0">&iexcl;Una caja larga y honda<br /></span>
+<span class="i0">Est&aacute; forrando el pastor!<br /></span>
+<span class="i0">Entra y sale un perro triste:<br /></span>
+<span class="i0">Canta all&aacute; adentro una voz<br /></span>
+<span class="i0">&laquo;&iexcl;Pajarito, yo estoy loca,<br /></span>
+<span class="i0">Ll&eacute;vame donde &eacute;l vol&oacute;!&raquo;:<br /></span>
+<span class="i0">El pastor coge llorando<br /></span>
+<span class="i0">La pala y el azad&oacute;n:<br /></span>
+<span class="i0">Abre en la tierra una fosa:<br /></span>
+<span class="i0">Echa en la fosa una flor:<br /></span>
+<span class="i0">&mdash;&iexcl;Se qued&oacute; el pastor sin hijo!<br /></span>
+<span class="i0">&iexcl;Muri&oacute; el hijo del pastor!<br /></span>
+</div></div>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Nene_traviesa" id="Nene_traviesa"></a><a href="#toc">Nen&eacute; traviesa.</a></h2>
+
+
+<p>&iexcl;Qui&eacute;n sabe si hay una ni&ntilde;a que se parezca a Nen&eacute;! Un viejito que sabe
+mucho dice que todas las ni&ntilde;as son como Nen&eacute;. A Nen&eacute; le gusta m&aacute;s jugar
+a &laquo;mam&aacute;&raquo;, o &laquo;a tiendas&raquo;, o &laquo;a hacer dulces&raquo; con sus mu&ntilde;ecas, que dar la
+lecci&oacute;n de &laquo;treses y de cuatros&raquo; con la maestra que le viene a ense&ntilde;ar.
+Porque Nen&eacute; no tiene mam&aacute;: su mam&aacute; se ha muerto: y por eso tiene Nen&eacute;
+maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta m&aacute;s a Nen&eacute; jugar: &iquest;y por
+qu&eacute; ser&aacute;?: &iexcl;qui&eacute;n sabe! Ser&aacute; porque para jugar a hacer dulces le dan
+az&uacute;car de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la
+primera vez: &iexcl;son unos dulces m&aacute;s dif&iacute;ciles!: siempre tiene que pedir
+az&uacute;car dos veces. Y se conoce que Nen&eacute; no les quiere dar trabajo a sus
+amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre
+llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez
+le sucedi&oacute; a Nen&eacute; una cosa muy rara: le pidi&oacute; a su pap&aacute; dos centavos
+para comprar un l&aacute;piz nuevo, y se le olvid&oacute; en el camino, se le olvid&oacute;
+como si no hubiera pensado nunca en comprar el l&aacute;piz: lo que compr&oacute; fue
+un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces sus
+amiguitas no le dicen Nen&eacute;, sino &laquo;Merengue de Fresa&raquo;.</p>
+
+<p>El padre de Nen&eacute; la quer&iacute;a mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no
+hab&iacute;a visto por la ma&ntilde;ana a &laquo;la hijita&raquo;. El no le dec&iacute;a &laquo;Nen&eacute;&raquo;, sino &laquo;la
+hijita&raquo;. Cuando su pap&aacute; ven&iacute;a del trabajo, siempre sal&iacute;a ella a
+recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alas
+para volar; y su pap&aacute; la alzaba del suelo, como quien coge de un rosal
+una rosa. Ella lo miraba con mucho cari&ntilde;o, como si le preguntase cosas:
+y &eacute;l la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar.
+Pero enseguida se pon&iacute;a contento, se montaba a Nen&eacute; en el hombro, y
+entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre tra&iacute;a el
+pap&aacute; de Nen&eacute; alg&uacute;n libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando ten&iacute;a figuras;
+y a ella le gustaban mucho unos libros que &eacute;l tra&iacute;a, donde estaban
+pintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y all&iacute;
+dec&iacute;a el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de la
+azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean por
+el cielo, lo mismo que las ni&ntilde;as por un jard&iacute;n. Pero no: lo mismo no:
+porque las ni&ntilde;as andan en los jardines de aqu&iacute; para all&aacute;, como una hoja
+de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van
+siempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: &iquest;qui&eacute;n
+sabe?: puede ser que haya por all&aacute; arriba quien cuide a las estrellas,
+como los pap&aacute;s cuidan ac&aacute; en la tierra a las ni&ntilde;as. S&oacute;lo que las
+estrellas no son ni&ntilde;as, por supuesto, ni flores de luz, como parece de
+aqu&iacute; abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas
+hay &aacute;rboles, y agua, y gente como ac&aacute;: y su pap&aacute; dice que en un libro
+hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. &laquo;Y dime,
+pap&aacute;&raquo;, le pregunt&oacute; Nen&eacute;: &laquo;&iquest;por qu&eacute; ponen las casas de los muertos tan
+tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me
+toquen la m&uacute;sica, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul.&raquo;
+&laquo;&iquest;Pero, sola, t&uacute; sola, sin tu pobre pap&aacute;?&raquo; Y Nen&eacute; le dijo a su
+pap&aacute;:&mdash;&laquo;&iexcl;Malo, que crees eso!&raquo; Esa noche no se quiso ir a dormir
+temprano, sino que se durmi&oacute; en los brazos de su pap&aacute;. &iexcl;Los pap&aacute;s se
+quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! Las ni&ntilde;itas
+deben querer mucho, mucho a los pap&aacute;s cuando se les muere la madre.</p>
+
+<p>Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el pap&aacute; de Nen&eacute; un libro
+muy grande: &iexcl;oh, c&oacute;mo pesaba el libro!: Nen&eacute; lo quiso cargar, y se cay&oacute;
+con el libro encima: no se le ve&iacute;a m&aacute;s que la cabecita rubia de un lado,
+y los zapaticos negros de otro. Su pap&aacute; vino corriendo, y la sac&oacute; de
+debajo del libro, y se ri&oacute; mucho de Nen&eacute;, que no ten&iacute;a seis a&ntilde;os todav&iacute;a
+y quer&iacute;a cargar un libro de cien a&ntilde;os. &iexcl;Cien a&ntilde;os ten&iacute;a el libro, y no
+le hab&iacute;an salido barbas!: Nen&eacute; hab&iacute;a visto un viejito de cien a&ntilde;os, pero
+el viejito ten&iacute;a una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo
+que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los
+viejos: &laquo;Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo&raquo;: eso dice la
+muestra de escribir. Nen&eacute; se acost&oacute; muy callada, pensando en el libro.
+&iquest;Qu&eacute; libro era aqu&eacute;l, que su pap&aacute; no quiso que ella lo tocase? Cuando se
+despert&oacute;, en eso no m&aacute;s pensaba Nen&eacute;. Ella quiere saber qu&eacute; libro es
+aqu&eacute;l. Ella quiere saber c&oacute;mo est&aacute; hecho por dentro un libro de cien
+a&ntilde;os que no tiene barbas.</p>
+
+<p>Su pap&aacute; est&aacute; lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la
+ni&ntilde;a tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a
+la ni&ntilde;a vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de
+dinero, no vaya a ser que se muera el pap&aacute;, y se quede sin nada en el
+mundo &laquo;la hijita&raquo;. Lejos de la casa est&aacute; el pobre pap&aacute;, trabajando para
+&laquo;la hijita&raquo;. La criada est&aacute; all&aacute; adentro, preparando el ba&ntilde;o. Nadie oye
+a Nen&eacute;: no la est&aacute; viendo nadie. Su pap&aacute; deja siempre abierto el cuarto
+de los libros. All&iacute; est&aacute; la sillita de Nen&eacute;, que se sienta de noche en
+la mesa de escribir, a ver trabajar a su pap&aacute;. Cinco pasitos, seis,
+siete... ya est&aacute; Nen&eacute; en la puerta: ya la empuj&oacute;; ya entr&oacute;. &iexcl;Las cosas
+que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su silla
+el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acerc&oacute;
+Nen&eacute;, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con las
+manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nen&eacute; el libro:
+verlo no m&aacute;s, no m&aacute;s que verlo. Su pap&aacute; le dijo que no lo tocase.</p>
+
+<p>El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las
+hojas, pero &eacute;sas no son barbas: &iexcl;el que s&iacute; es barbudo es el gigante que
+est&aacute; pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de
+esmalte que lucen, como el brazalete que le regal&oacute; su pap&aacute;. &iexcl;Ahora no
+pintan los libros as&iacute;! El gigante est&aacute; sentado en el pico de un monte,
+con una cosa revuelta, como las nubes, del cielo, encima de la cabeza:
+no tiene m&aacute;s que un ojo, encima de la nariz: est&aacute; vestido con un blus&oacute;n,
+como los pastores, un blus&oacute;n verde, lo mismo que el campo, con estrellas
+pintadas, de plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, que
+llega al pie del monte: y por cada mech&oacute;n de la barba va subiendo un
+hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo.
+&iexcl;Oh, eso no se puede ver de lejos! Nen&eacute; tiene que bajar el libro de la
+silla. &iexcl;C&oacute;mo pesa este p&iacute;caro libro! Ahora s&iacute; que se puede ver bien
+todo. Ya est&aacute; el libro en el suelo.</p>
+
+<p>Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con
+botas, y de barba tambi&eacute;n: &iexcl;le gustan mucho a este pintor las barbas!:
+otro es como indio, s&iacute;, como indio, con una corona de plumas, y la
+flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va
+con un traje como de se&ntilde;ora, todo lleno de flores: el otro se parece al
+chino, y lleva un sombrero de pico, as&iacute; como una pera: el otro es negro,
+un negro muy bonito, pero est&aacute; sin vestir: &iexcl;eso no est&aacute; bien, sin
+vestir! &iexcl;por eso no quer&iacute;a su pap&aacute; que ella tocase el libro! No: esa
+hoja no se ve m&aacute;s, para que no se enoje su pap&aacute;. &iexcl;Muy bonito que es este
+libro viejo! Y Nen&eacute; est&aacute; ya casi acostada sobre el libro, y como si
+quisiera hablarle con los ojos.</p>
+
+<p>&iexcl;Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompi&oacute;. Hasta la mitad no m&aacute;s
+se rompi&oacute;. El pap&aacute; de Nen&eacute; no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. &iexcl;Ahora
+s&iacute; que est&aacute; bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de
+No&eacute;. Aqu&iacute; est&aacute;n pintados todos los animales del mundo. &iexcl;Y con colores,
+como el gigante! S&iacute;, &eacute;sta es, &eacute;sta es la jirafa, comi&eacute;ndose la luna:
+&eacute;ste es el elefante, el elefante, con ese sill&oacute;n lleno de ni&ntilde;itos. &iexcl;Oh,
+los perros, c&oacute;mo corre, c&oacute;mo corre este perro! &iexcl;ven ac&aacute;, perro! &iexcl;te voy
+a pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nen&eacute;, por supuesto, arranca
+la hoja. &iquest;Y qu&eacute; ve mi se&ntilde;ora Nen&eacute;? Un mundo de monos es la otra pintura.
+Las dos hojas del libro est&aacute;n llenas de monos: un mono colorado juega
+con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un mono
+tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negro
+est&aacute; jugando en la yerba con otro amarillo: &iexcl;aqu&eacute;llos, aquellos de los
+&aacute;rboles son los monos ni&ntilde;os! &iexcl;qu&eacute; graciosos! &iexcl;c&oacute;mo juegan! &iexcl;se mecen por
+la cola, como el columpio! &iexcl;qu&eacute; bien, qu&eacute; bien saltan! &iexcl;uno, dos, tres,
+cinco, ocho, diecis&eacute;is, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola!
+&iexcl;se van a tirar al r&iacute;o! &iexcl;se van a tirar al r&iacute;o! &iexcl;visst! &iexcl;all&aacute; van todos!
+Y Nen&eacute;, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas. &iquest;Qui&eacute;n llama a
+Nen&eacute;, qui&eacute;n la llama? Su pap&aacute;, su pap&aacute;, que est&aacute; mir&aacute;ndola desde la
+puerta.</p>
+
+<p>Nen&eacute; no ve. Nen&eacute; no oye. Le parece que su pap&aacute; crece, que crece mucho,
+que llega hasta el techo, que es m&aacute;s grande que el gigante del monte,
+que su pap&aacute; es un monte que se le viene encima. Est&aacute; callada, callada,
+con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las
+manos ca&iacute;das. Y su pap&aacute; le est&aacute; hablando:&mdash;&laquo;&iquest;Nen&eacute;, no te dije que no
+tocaras ese libro? &iquest;Nen&eacute;, t&uacute; no sabes que ese libro no es m&iacute;o, y que
+vale mucho dinero, mucho? &iquest;Nen&eacute;, t&uacute; no sabes que para pagar ese libro
+voy a tener que trabajar un a&ntilde;o?&raquo;&mdash;Nen&eacute;, blanca como el papel, se alz&oacute;
+del suelo, con la cabecita ca&iacute;da, y se abraz&oacute; a las rodillas de su
+pap&aacute;:&mdash;&laquo;Mi pap&aacute;&raquo;, dijo Nen&eacute; &laquo;&iexcl;mi pap&aacute; de mi coraz&oacute;n! &iexcl;Enoj&eacute; a mi pap&aacute;
+bueno! &iexcl;Soy mala ni&ntilde;a! &iexcl;Ya no voy a poder ir cuando me muera a la
+estrella azul!&raquo;</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_perla_de_la_mora" id="La_perla_de_la_mora"></a><a href="#toc">La perla de la mora</a></h2>
+
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Una mora de Tr&iacute;poli ten&iacute;a<br /></span>
+<span class="i0">Una perla rosada, una gran perla:<br /></span>
+<span class="i0">Y la ech&oacute; con desd&eacute;n al mar un d&iacute;a:<br /></span>
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iexcl;Siempre la misma! &iexcl;ya me cansa verla!&raquo;<br /></span>
+<span class="i0">Pocos a&ntilde;os despu&eacute;s, junto a la roca<br /></span>
+<span class="i0">De Tr&iacute;poli... &iexcl;la gente llora al verla!<br /></span>
+<span class="i0">As&iacute; le dice al mar la mora loca:<br /></span>
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iexcl;Oh mar! &iexcl;oh mar! &iexcl;devu&eacute;lveme mi perla!&raquo;<br /></span>
+</div></div>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Las_ruinas_indias" id="Las_ruinas_indias"></a><a href="#toc">Las ruinas indias.</a></h2>
+
+
+<p>No habr&iacute;a poema m&aacute;s triste y hermoso que el que se puede sacar de la
+historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores
+y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de
+pergamino, que hablan de la Am&eacute;rica de los indios, de sus ciudades y de
+sus fiestas, del m&eacute;rito de sus artes y de la gracia de sus costumbres.
+Unos viv&iacute;an aislados y sencillos, sin vestidos y sin necesidades, como
+pueblos acabados de nacer; y empezaban a pintar sus figuras extra&ntilde;as en
+las rocas de la orilla de los r&iacute;os, donde es m&aacute;s solo el bosque, y el
+hombre piensa m&aacute;s en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de m&aacute;s
+edad, y viv&iacute;an en tribus, en aldeas de ca&ntilde;as o de adobes, comiendo lo
+que cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran ya
+pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas, y palacios
+adornados de pinturas de oro. Y gran comercio en las calles y en las
+plazas, y templos de m&aacute;rmol con estatuas gigantescas de sus dioses. Sus
+obras no se parecen a las de los dem&aacute;s pueblos, sino como se parece un
+hombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles. Ellos
+imaginaron su gobierno, su religi&oacute;n, su arte, su guerra, su
+arquitectura, su industria, su poes&iacute;a. Todo lo suyo es interesante,
+atrevido, nuevo. Fue una raza art&iacute;stica, inteligente y limpia. Se leen
+como una novela las historias de los nahuatles y mayas de M&eacute;xico, de los
+chibchas de Colombia, de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuas
+del Per&uacute;, de los aimaraes de Bolivia, de los charr&uacute;as del Uruguay, de
+los araucanos de Chile.</p>
+
+<p>El quetzal es el p&aacute;jaro hermoso de Guatemala, el p&aacute;jaro de verde
+brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo,
+o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es un p&aacute;jaro que
+brilla a la luz, como las cabezas de los colibr&iacute;es, que parecen piedras
+preciosas, o joyas de tornasol, que de un lado fueran topacio, y de otro
+&oacute;palo, y de otro amatista. Y cuando se lee en los viajes de Le Plongeon
+los cuentos de los amores de la princesa maya Ara, que no quiso querer
+al pr&iacute;ncipe Aak porque por el amor de Ara mat&oacute; a su hermano Chaak;
+cuando en la historia del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes y
+ricas, a las ciudades reales de M&eacute;xico, a Tenochtitl&aacute;n y a Texcoco;
+cuando en la &laquo;Recordaci&oacute;n Florida&raquo; del capit&aacute;n Fuentes, o en las
+Cr&oacute;nicas de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal D&iacute;az del
+Castillo, o en los Viajes del ingl&eacute;s Tom&aacute;s Gage, andan como si los
+tuvi&eacute;semos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos de la mano,
+recitando versos y levantando edificios, aquellos gent&iacute;os de las
+ciudades de entonces, aquellos sabios de Chich&eacute;n, aquellos potentados de
+Uxmal, aquellos comerciantes de Tul&aacute;n, aquellos art&iacute;fices de
+Tenochtitl&aacute;n, aquellos sacerdotes de Cholula, aquellos maestros amorosos
+y ni&ntilde;os mansos de Utatl&aacute;n, aquella raza fina que viv&iacute;a al sol y no
+cerraba sus casas de piedra, no parece que se lee un libro de hojas
+amarillas, donde las eses son como efes y se usan con mucha ceremonia
+las palabras, sino que se ve morir a un quetzal, que lanza el &uacute;ltimo
+grito al ver su cola rota. Con la imaginaci&oacute;n se ven cosas que no se
+pueden ver con los ojos.</p>
+
+<p>Se hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. All&iacute; hay h&eacute;roes, y
+santos, y enamorados, y poetas, y ap&oacute;stoles. All&iacute; se describen pir&aacute;mides
+mas grandes que las de Egipto; y haza&ntilde;as de aquellos gigantes que
+vencieron a las fieras; y batallas de gigantes y hombres; y dioses que
+pasan por el viento echando semillas de pueblos sobre el mundo; y robos
+de princesas que pusieron a los pueblos a pelear hasta morir; y peleas
+de pecho a pecho, con bravura que no parece de hombres; y la defensa de
+las ciudades viciosas contra los hombres fuertes que ven&iacute;an de las
+tierras del Norte; y la vida variada, simp&aacute;tica y trabajadora de sus
+circos y templos, de sus canales y talleres, de sus tribunales y
+mercados. Hay reyes como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sus
+hijos porque faltaron a la ley, lo mismo que dej&oacute; matar al suyo el
+romano Bruto; hay oradores que se levantan llorando, como el tlascalteca
+Xicotencatl, a rogar a su pueblo que no dejen entrar al espa&ntilde;ol, como se
+levant&oacute; Dem&oacute;stenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo;
+hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de los
+chichimecas, que sabe, como el hebreo Salom&oacute;n, levantar templos
+magn&iacute;ficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justicia
+entre los hombres. Hay sacrificios de j&oacute;venes hermosas a los di&eacute;ses
+invisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran tantos
+a veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar para la nueva
+ceremonia, porque el mont&oacute;n de cenizas de la &uacute;ltima quema era tan alto
+que pod&iacute;an tender all&iacute; a las v&iacute;ctimas los sacrificadores; hubo
+sacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que at&oacute; sobre los
+le&ntilde;os a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos, porque crey&oacute;
+o&iacute;r voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo al hijo, cosa de
+tener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo sacrificios en masa,
+como los hab&iacute;a en la Plaza Mayor, delante de los obispos y del rey,
+cuando la Inquisici&oacute;n de Espa&ntilde;a quemaba a los hombres vivos, con mucho
+lujo de le&ntilde;a y de procesi&oacute;n, y ve&iacute;an la quema las se&ntilde;oras madrile&ntilde;as
+desde los balcones. La superstici&oacute;n y la ignorancia hacen b&aacute;rbaros a los
+hombres en todos los pueblos. Y de los indios han dicho m&aacute;s de lo justo
+en estas cosas los espa&ntilde;oles vencedores, que exageraban o inventaban los
+defectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataron
+pareciese justa y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo que
+dice de los sacrificios de los indios el soldado espa&ntilde;ol Bernal D&iacute;az, y
+lo que dice el sacerdote Bartolom&eacute; de las Casas. Ese es un nombre que se
+ha de llevar en el coraz&oacute;n, como el de un hermano. Bartolom&eacute; de las
+Casas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado, y de mucha
+nariz; pero se le ve&iacute;a en el fuego limpio de los ojos el alma sublime.</p>
+
+<p>De M&eacute;xico trataremos hoy, porque las l&aacute;minas son de M&eacute;xico. A M&eacute;xico lo
+poblaron primero los toltecas bravos, que segu&iacute;an, con los escudos de
+ca&ntilde;as en alto, al capit&aacute;n que llevaba el escudo con rondelas de oro.
+Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron del Norte con fuerza
+terrible, vestidos de pieles, los chichimecas b&aacute;rbaros, que se quedaron
+en el pa&iacute;s, y tuvieron reyes de gran sabidur&iacute;a. Los pueblos libres de
+los alrededores se juntaron despu&eacute;s, con los aztecas astutos a la
+cabeza, y les ganaron el gobierno a los chichimecas, que viv&iacute;an ya
+descuidados y viciosos. Los aztecas gobernaron como comerciantes,
+juntando riquezas y oprimiendo al pa&iacute;s; y cuando lleg&oacute; Cort&eacute;s con sus
+espa&ntilde;oles, venci&oacute; a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros
+indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos
+oprimidos.</p>
+
+<p>Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los espa&ntilde;oles no
+amedrentaron a los h&eacute;roes indios; pero ya no quer&iacute;a obedecer a sus
+h&eacute;roes el pueblo fan&aacute;tico, que crey&oacute; que aqu&eacute;llos eran los soldados del
+dios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volver&iacute;a del
+cielo a libertarlos de la tiran&iacute;a. Cort&eacute;s conoci&oacute; las rivalidades de los
+indios, puso en mal a los que se ten&iacute;an celos, fue separando de sus
+pueblos acobardados a los jefes, se gan&oacute; con regalos o aterr&oacute; con
+amenazas a los d&eacute;biles, encarcel&oacute; o asesin&oacute; a los juiciosos y a los
+bravos; y los sacerdotes que vinieron de Espa&ntilde;a despu&eacute;s de los soldados
+echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo de
+su dios.</p>
+
+<p>Y &iexcl;qu&eacute; hermosa era Tenochtitl&aacute;n, la ciudad capital de los aztecas,
+cuando lleg&oacute; a M&eacute;xico Cort&eacute;s! Era como una ma&ntilde;ana todo el d&iacute;a, y la
+ciudad parec&iacute;a siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, y de
+tierra otras; y las plazas espaciosas y muchas; y los alrededores
+sembrados de una gran arboleda. Por los canales andaban las canoas, tan
+veloces y diestras como si tuviesen entendimiento; y hab&iacute;a tantas a
+veces que se pod&iacute;a andar sobre ellas como sobre la tierra firme. En
+unas ven&iacute;an frutas, y en otras flores, y en otras jarros y tazas, y
+dem&aacute;s cosas de la alfarer&iacute;a. En los mercados herv&iacute;a la gente,
+salud&aacute;ndose con amor, yendo de puesto en puesto, celebrando al rey o
+diciendo mal de &eacute;l, curioseando y vendiendo. Las casas eran de adobe,
+que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto, si el due&ntilde;o era rico. Y en
+su pir&aacute;mide de cinco terrazas se levantaba por sobre toda la ciudad, con
+sus cuarenta templos menores a los pies, el templo magno de
+Huitzilopochtli, de &eacute;bano y jaspes, con m&aacute;rmol como nubes y con cedros
+de olor, sin apagar jam&aacute;s, all&aacute; en el tope, las llamas sagradas de sus
+seiscientos braseros. En las calles, abajo, la gente iba y ven&iacute;a, en sus
+t&uacute;nicas cortas y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas,
+y unos zapatos flojos, que eran como sandalias de bot&iacute;n. Por una esquina
+sal&iacute;a un grupo de ni&ntilde;os disparando con la cerbatana semillas de fruta, o
+tocando a comp&aacute;s en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde
+aprend&iacute;an oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y
+flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo: porque todo hombre ha
+de aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propias
+manos, y a defenderse. Pasaba un se&ntilde;or&oacute;n con un manto largo adornado de
+plumas, y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado
+de pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para que
+al cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces. Detr&aacute;s
+del se&ntilde;or&oacute;n ven&iacute;an tres guerreros con cascos de madera, uno con forma de
+cabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de tigre, y por afuera la
+piel, pero con el casco de modo que se les viese encima de la oreja las
+tres rayas que eran entonces la se&ntilde;al del valor. Un criado llevaba en un
+jaul&oacute;n de carrizos un p&aacute;jaro de amarillo de oro, para la pajarera del
+rey, que ten&iacute;a muchas aves, y muchos peces de plata y carm&iacute;n en peceras
+de m&aacute;rmol, escondidos en los laberintos de sus jardines. Otro ven&iacute;a
+calle arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores que
+sal&iacute;an con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de punta a la
+tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios. En el quicio de su
+casa cantaba un carpintero, remendando con mucha habilidad una silla en
+figura de &aacute;guila, que ten&iacute;a ca&iacute;da la guarnici&oacute;n de oro y seda de la piel
+de venado del asiento. Iban otros cargados de pieles pintadas, par&aacute;ndose
+a cada puerta, por si les quer&iacute;an comprar la colorada o la azul, que
+pon&iacute;an entonces como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Ven&iacute;a
+la viuda de vuelta del mercado con el sirviente detr&aacute;s, sin manos para
+sujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de un
+cuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de un espejo
+de piedra bru&ntilde;ida, donde se ve&iacute;a la cara con m&aacute;s suavidad que en el
+cristal; de una tela de grano muy junto, que no perd&iacute;a nunca el color;
+de un pez de escamas de plata y de oro que estaban como sueltas; de una
+cotorra de cobre esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y las
+alas. O se paraban en la calle las gentes, a ver pasar a los dos reci&eacute;n
+casados, con la t&uacute;nica del novio cosida a la de la novia, como para
+pregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte; y detr&aacute;s les
+corr&iacute;a un chiquit&iacute;n, arrastrando su carro de juguete. Otros hac&iacute;an
+grupos para o&iacute;r al viajero que contaba lo que ven&iacute;a de ver en la tierra
+brava de los zapotecas, donde hab&iacute;a otro rey que mandaba en los templos
+y en el mismo palacio real, y no sal&iacute;a nunca a pie, sino en hombros de
+los sacerdotes, oyendo las s&uacute;plicas del pueblo, que ped&iacute;a por su medio
+los favores al que manda al mundo desde el cielo, y a los reyes en el
+palacio, y a los otros reyes que andan en hombros de los sacerdotes.
+Otros, en el grupo de al lado, dec&iacute;an que era bueno el discurso en que
+cont&oacute; el sacerdote la historia del guerrero que se enterr&oacute; ayer, y que
+fue rico el funeral, con la bandera que dec&iacute;a las batallas que gan&oacute;, y
+los criados que llevaban en bandejas de ocho metales diferentes las
+cosas de comer que eran del gusto del guerrero muerto. Se o&iacute;a entre las
+conversaciones de la calle el rumor de los &aacute;rboles de los patios y el
+ruido de las limas y el martillo. &iexcl;De toda aquella grandeza apenas
+quedan en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo, de
+obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitl&aacute;n no existe.
+No existe Tul&aacute;n, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, el
+pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de las
+ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, y
+mientras las ruinas no les quedan atr&aacute;s, no se ponen el sombrero. De ese
+lado de M&eacute;xico, donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua y
+familia que se fueron ganando el poder por todo el centro de la costa
+del Pac&iacute;fico en que estaban los nahuatles, no qued&oacute; despu&eacute;s de la
+conquista una ciudad entera, ni un templo entero.</p>
+
+<p>De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dej&oacute; asombrado a
+Cort&eacute;s, no quedan m&aacute;s que los restos de la pir&aacute;mide de cuatro terrazas
+dos veces m&aacute;s grande que la famosa pir&aacute;mide de Cheope. En Xochicaleo
+s&oacute;lo est&aacute; en pie, en la cumbre de su eminencia llena de t&uacute;neles y arcos,
+el templo de granito cincelado, con las piezas enormes tan juntas que no
+se ve la uni&oacute;n, y la piedra tan dura que no se sabe ni con qu&eacute;
+instrumento la pudieron cortar, ni con qu&eacute; m&aacute;quina la subieron tan
+arriba. En Centla, revueltas por la tierra, se ven las antiguas
+fortificaciones. El franc&eacute;s Charnay acaba de desenterrar en Tula una
+casa de veinticuatro cuartos, con quince escaleras tan bellas y
+caprichosas, que dice que son &laquo;obra de arrebatador inter&eacute;s&raquo;. En la
+Quemada cubren el Cerro de los Edificios las ruinas de los bastimentos y
+cortinas de la fortaleza, los pedazos de las colosales columnas de
+p&oacute;rfido. Mitla era la ciudad de los zapotecas: en Mitla est&aacute;n a&uacute;n en
+toda su beldad les paredes del palacio donde el pr&iacute;ncipe que iba siempre
+en hombros ven&iacute;a a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo el
+dios que se cre&oacute; a s&iacute; mismo, el Pitao-Cozaana. Sosten&iacute;an el techo las
+columnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han ca&iacute;do
+todav&iacute;a, y que parecen en aquella soledad m&aacute;s imponentes que las
+monta&ntilde;as que rodean el valle frondoso en que se levanta Mitla. De entre
+la maleza alta como los &aacute;rboles, salen aquellas paredes tan hermosas,
+todas cubiertas de las m&aacute;s finas grecas y dibujos, sin curva ninguna,
+sino con rectas y &aacute;ngulos compuestos con mucha gracia y majestad.</p>
+
+<p>Pero las ruinas m&aacute;s bellas de M&eacute;xico no est&aacute;n por all&iacute;, sino por donde
+vivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder, y recib&iacute;an
+de los pueblos del mar visitas y embajadores. De los mayas de Oaxaca es
+la ciudad c&eacute;lebre de Palenque, con su palacio de muros fuertes cubiertos
+de piedras talladas, que figuran hombres de cabeza de pico con la boca
+muy hacia afuera, vestidos de trajes de gran ornamento, y la cabeza con
+penachos de plumas. Es grandiosa la entrada del palacio, con las catorce
+puertas, y aquellos gigantes de piedra que hay entre una puerta y otra.
+Por dentro y fuera est&aacute; el estuco que cubre la pared lleno de pinturas
+rojas, azules, negras y blancas. En el interior est&aacute; el patio, rodeado
+de columnas. Y hay un templo de la Cruz, que se llama as&iacute;, porque en una
+de las piedras est&aacute;n dos que parecen sacerdotes a los lados de una como
+cruz, tan alta como ellos; s&oacute;lo que no es cruz cristiana, sino como la
+de los que creen en la religi&oacute;n de Buda, que tambi&eacute;n tiene su cruz. Pero
+ni el Palenque se puede comparar a las ruinas de los mayas yucatecos,
+que son mas extra&ntilde;as y hermosas.</p>
+
+<p>Por Yucat&aacute;n estuvo el imperio de aquellos pr&iacute;ncipes mayas, que eran de
+p&oacute;mulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora. En Yucat&aacute;n
+est&aacute;n las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres pisos, y con su
+escalera de diez varas de ancho. Est&aacute; Labn&aacute;, con aquel edificio curioso
+que tiene por cerca del techo una hilera de cr&aacute;neos de piedra, y aquella
+otra ruina donde cargan dos hombres una gran esfera, de pie uno, y el
+otro arrodillado. En Yucat&aacute;n est&aacute; Izamal, donde se encontr&oacute; aquella Cara
+Gigantesca, una cara de piedra de dos varas y m&aacute;s. Y Kabah est&aacute; all&iacute;
+tambi&eacute;n, la Kabah que conserva un arco, roto por arriba, que no se puede
+ver sin sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades que
+celebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg y
+de Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del franc&eacute;s Nadaillac,
+son Uxmal y Chich&eacute;n-Itz&aacute;, las ciudades de los palacios pintados, de las
+casas trabajadas lo mismo que el encaje, de los pozos profundos y los
+magn&iacute;ficos conventos. Uxmal est&aacute; como a dos leguas de M&eacute;rida, que es la
+ciudad de ahora, celebrada por su lindo campo de henequ&eacute;n, y porque su
+gente es tan buena que recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmal
+son muchas las ruinas notables, y todas, como por todo M&eacute;xico, est&aacute;n en
+las cumbre de las pir&aacute;mides, como si fueran los edificios de m&aacute;s valor,
+que quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones de
+f&aacute;brica m&aacute;s ligera. La casa m&aacute;s notable es la que llaman en los libros
+&laquo;del Gobernador&raquo; que es toda de piedra ruda, con m&aacute;s de cien varas de
+frente y trece de ancho, y con las puertas ce&ntilde;idas de un marco de madera
+trabajada con muy rica labor. A otra casa le dicen de las Tortugas, y es
+muy curiosa por cierto, porque la piedra imita una como empalizada, con
+una tortuga en relieve de trecho en trecho. La Casa de las Monjas s&iacute; es
+bella de veras: no es una casa sola, sino cuatro, que est&aacute;n en lo alto
+de la pir&aacute;mide. A una de las casas le dicen de la Culebra, porque por
+fuera tiene cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le da
+vuelta sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de la
+pared una corona hecha de cabezas de &iacute;dolos, pero todas diferentes y de
+mucha expresi&oacute;n, y arregladas en grupos que son de arte verdadero, por
+lo mismo que parecen como puestas all&iacute; por la casualidad; y otro de los
+edificios tiene todav&iacute;a cuatro de las diecisiete torres que en otro
+tiempo tuvo, y de las que se ven los arranques junto al techo, como la
+c&aacute;scara de una muela cariada. Y todav&iacute;a tiene Uxmal la Casa del Adivino,
+pintada de colores diferentes, y la Casa del Enano, tan peque&ntilde;a y bien
+tallada que es como una caja de China, de esas que tienen labradas en la
+madera centenares de figuras y tan graciosa que un viajero la llama
+&laquo;obra maestra de arte y elegancia&raquo;, y otro dice que &laquo;la Casa del Enano
+es bonita como una joya&raquo;.</p>
+
+<p>La ciudad de Chich&eacute;n-Itz&aacute; es toda como la Casa del Enano. Es como un
+libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas en
+la mara&ntilde;a del monte, manchadas de fango, despedazadas. Est&aacute;n por tierra
+las quinientas columnas; las estatuas sin cabeza, al pie de las paredes
+a medio caer; las calles de la yerba que ha ido creciendo en tantos
+siglos, est&aacute;n tapiadas. Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve o
+se toca, nada hay que no tenga una pintura fin&iacute;sima de curvas bellas, o
+una escultura noble, de nariz recta y barba larga. En las pinturas de
+los muros est&aacute; el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos,
+que se pelearon por ver qui&eacute;n se quedaba, con la princesa Ara: hay
+procesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece que
+miran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, de
+negros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color tan fresco
+y brillante como si a&uacute;n corriera sangre por las venas de los artistas
+que dejaron escritas en jerogl&iacute;ficos y en pinturas la historia del
+pueblo que ech&oacute; sus barcos por las costas y r&iacute;os de todo Centroam&eacute;rica,
+y supo de Asia por el Pac&iacute;fico y de &Aacute;frica por el Atl&aacute;ntico. Hay piedra
+en que un hombre en pie env&iacute;a un rayo desde sus labios entreabiertos a
+otro hombre sentado. Hay grupos y s&iacute;mbolos que parecen contar, en una
+lengua que no se puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispo
+Landa, los secretos del pueblo que construy&oacute; el Circo, el Castillo, el
+Palacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios, lleno en
+lo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza endurecida de
+los cuerpos de las v&iacute;rgenes hermosas, que mor&iacute;an en ofrenda a su dios,
+sonriendo y cantando, como mor&iacute;an por el dios hebreo en el circo de Roma
+las v&iacute;rgenes cristianas, como mor&iacute;a por el dios egipcio, coronada de
+flores y seguida del pueblo, la virgen m&aacute;s bella, sacrificada al agua
+del r&iacute;o Nilo. &iquest;Qui&eacute;n trabaj&oacute; como el encaje las estatuas de
+Chich&eacute;n-Itz&aacute;? &iquest;Ad&oacute;nde ha ido, ad&oacute;nde, el pueblo fuerte y gracioso que
+ide&oacute; la casa redonda del Caracol; la casita tallada del Enano, la
+culebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? &iexcl;Qu&eacute; novela tan
+linda la historia de Am&eacute;rica!</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Musicos_poetas_y_pintores" id="Musicos_poetas_y_pintores"></a><a href="#toc">M&uacute;sicos, poetas y pintores.</a></h2>
+
+
+<p>El mundo tiene m&aacute;s j&oacute;venes que viejos. La mayor&iacute;a de la humanidad es de
+j&oacute;venes y ni&ntilde;os. La juventud es la edad del crecimiento y del
+desarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginaci&oacute;n y el &iacute;mpetu.
+Cuando no se ha cuidado del coraz&oacute;n y la mente en los a&ntilde;os j&oacute;venes, bien
+se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste. Bien dijo el
+poeta Southey, que los primeros veinte a&ntilde;os de la vida son los que
+tienen m&aacute;s poder en el car&aacute;cter del hombre. Cada ser humano lleva en s&iacute;
+un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de m&aacute;rmol contiene en bruto una
+estatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo.
+La educaci&oacute;n empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. El
+cuerpo es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sin
+cesar, y se enriquece y perfecciona con los a&ntilde;os. Pero las cualidades
+esenciales del car&aacute;cter, lo original y en&eacute;rgico de cada hombre, se deja
+ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.</p>
+
+<p>En el mismo hombre suelen ir unidos un coraz&oacute;n peque&ntilde;o y un talento
+grande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por
+respeto a s&iacute; propio y al mundo. Lo general es que el hombre no logre en
+la vida un bienestar permanente sino despu&eacute;s de muchos a&ntilde;os de esperar
+con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca. El ser bueno da gusto,
+y lo hace a uno fuerte y feliz. &laquo;La verdad es&mdash;dice el norteamericano
+Emerson&mdash;que la verdadera novela del mundo est&aacute; en la vida del hombre, y
+no hay f&aacute;bula ni romance que recree m&aacute;s la imaginaci&oacute;n que la historia
+de un hombre bravo que ha cumplido con su deber.&raquo;</p>
+
+<p>Es notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la fuerza
+del talento. &laquo;Hay algunos&mdash;dice el ingl&eacute;s Bacon&mdash;que maduran mucho antes
+de la edad y se van como vienen&raquo;, que es lo mismo que dice en su lat&iacute;n
+elegante el ret&oacute;rico Quintiliano. Eso se ve en muchos ni&ntilde;os precoces,
+que parecen prodigios de sabidur&iacute;a en sus primeros a&ntilde;os, y quedan
+oscurecidos en cuanto entran en los a&ntilde;os mayores.</p>
+
+<p>Heinecken, el ni&ntilde;o de la antigua ciudad de Lubeck, aprendi&oacute; de memoria
+casi toda la Biblia cuando ten&iacute;a dos a&ntilde;os; a los tres a&ntilde;os, hablaba
+lat&iacute;n y franc&eacute;s; a los cuatro ya lo ten&iacute;an estudiando la historia de la
+iglesia cristiana, y muri&oacute; a los cinco. De esa pobre criatura puede
+decirse lo de Bacon: &laquo;El carro de Faet&oacute;n no anduvo m&aacute;sque un d&iacute;a.&raquo;</p>
+
+<p>Hay ni&ntilde;os que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones de la
+precocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su infancia. En
+los m&uacute;sicos se ve esto con frecuencia, porque la agitaci&oacute;n del arte es
+natural y sana, y el alma que la siente padece m&aacute;s de contenerla que de
+darle salida. Haendel a los diez a&ntilde;os hab&iacute;a compuesto un libro de
+sonatas. Su padre lo quer&iacute;a hacer abogado, y le prohibi&oacute; tocar un
+instrumento; pero el ni&ntilde;o se procur&oacute; a escondidas un clavicordio mudo, y
+pasaba las noches tocando a oscuras en las teclas sin sonido. El duque
+de Sajonia Weissenfels logr&oacute;, a fuerza de ruegos, que el padre
+permitiera aprender la m&uacute;sica a aquel genio perseverante, y a los
+diecis&eacute;is Haendel hab&iacute;a puesto en m&uacute;sica el <i>Almira</i>. En veintitr&eacute;s d&iacute;as
+compuso su gran obra <i>El Mes&iacute;as</i>, a los cincuenta y siete a&ntilde;os, y cuando
+muri&oacute;, a los sesenta y siete, todav&iacute;a estaba escribiendo &oacute;peras y
+oratorios.</p>
+
+<p>Haydn fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece a&ntilde;os ya hab&iacute;a
+compuesto una misa; pero lo mejor de &eacute;l, que es la <i>Creaci&oacute;n</i>, lo
+escribi&oacute; cuando ten&iacute;a sesenta y cinco. A Sebasti&aacute;n Bach le fue casi tan
+dif&iacute;cil como a Haendel aprender la primera m&uacute;sica, porque su hermano
+mayor, el organista Crist&oacute;bal, ten&iacute;a celos de &eacute;l, y le escondi&oacute; el libro
+donde estaban las mejores piezas de los maestros del clavicordio. Pero
+Sebasti&aacute;n encontr&oacute; el libro en una alacena, se lo llev&oacute; a su cuarto, y
+empez&oacute; a copiarlo a deshoras de la noche, a la luz del cielo, que en
+verano es muy claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubri&oacute;, y
+tuvo la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada le
+vali&oacute;, porque a los dieciocho a&ntilde;os ya estaba Sebasti&aacute;n de m&uacute;sico en la
+corte famosa de Weimar, y no ten&iacute;a como organista m&aacute;s rival que Haendel.</p>
+
+<p>Pero de todos los ni&ntilde;os prodigiosos en el arte de la m&uacute;sica, el m&aacute;s
+c&eacute;lebre es Mozart. No parec&iacute;a que necesitaba de maestros para aprender.
+A los cuatro a&ntilde;os cuando a&uacute;n no sab&iacute;a escribir, ya compon&iacute;a tonadas; a
+los seis arregl&oacute; un concierto para piano, y a los doce ya no ten&iacute;a igual
+como pianista, y compuso la <i>Finta Semplice</i>, que fue su primera &oacute;pera.
+Aquellos maestros serios no sab&iacute;an c&oacute;mo entender a un ni&ntilde;o que
+improvisaba fugas dificil&iacute;simas sobre un tema desconocido, y se pon&iacute;a
+enseguida a jugar a caballito con el bast&oacute;n de su padre. El padre anduvo
+ense&ntilde;&aacute;ndolo por las principales ciudades de Europa, vestido como un
+pr&iacute;ncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo,
+sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detr&aacute;s como
+las pelucas. El padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, que
+no era buena, sino de sacar de &eacute;l cuanto dinero pod&iacute;a. Pero a Mozart lo
+salvaba su car&aacute;cter alegre; porque era un maestro en m&uacute;sica, pero un
+ni&ntilde;o en todo lo dem&aacute;s. A los catorce a&ntilde;os compuso su &oacute;pera de
+<i>Mitr&iacute;dates</i>, que se represent&oacute; veinte noches seguidas; a los treinta y
+seis, en su cama de moribundo, consumido por la agitaci&oacute;n de su vida y
+el trabajo desordenado, compuso el <i>Requiem</i>, que es una de sus obras
+m&aacute;s perfectas.</p>
+
+<p>El padre de Beethoven quer&iacute;a hacer de &eacute;l una maravilla, y le ense&ntilde;&oacute; a
+fuerza de porrazos y penitencias tanta m&uacute;sica, que a los trece a&ntilde;os el
+ni&ntilde;o tocaba en p&uacute;blico y hab&iacute;a compuesto tres sonatas. Pero hasta los
+veintiuno no empez&oacute; a producir sus obras sublimes. Weber, que era un
+muchacho muy travieso, public&oacute; a los doce sus seis primeras fugas, y a
+los catorce compuso su &oacute;pera <i>Las Ninfas del Bosque</i>: la famos&iacute;sima del
+<i>Cazador</i> la compuso a los treinta y seis. Mendelessohn aprendi&oacute; a tocar
+antes que a hablar, y a los doce a&ntilde;os ya hab&iacute;a escrito tres cuartetos
+para piano, violines y contrabajo: diecis&eacute;is a&ntilde;os cumpl&iacute;a cuando acab&oacute;
+su primera &oacute;pera <i>Las Bodas de Camacho</i>; a los dieciocho escribi&oacute; su
+sonata en si bemol; antes de los veinte compuso su <i>Sue&ntilde;o de una Noche
+de Verano</i>; a los veintid&oacute;s su <i>Sinfon&iacute;a de Reforma</i>, y no ces&oacute; de
+escribir obras profundas y dificil&iacute;simas hasta los treinta y ocho, que
+muri&oacute;. Meyerbeer era a los nueve pianista excelente, y a los dieciocho
+puso en el teatro de Munich su primera pieza <i>La Hija de Jepht&eacute;</i>; pero
+hasta los treinta y siete no gan&oacute; fama con su <i>Roberto el Diablo</i>.</p>
+
+<p>El ingl&eacute;s Carlyle habla en su <i>Vida del Poeta Schiller</i> de un Daniel
+Schubart, que era poeta, m&uacute;sico y predicador, y a derechas no era nada.
+Todo lo hac&iacute;a por espasmos y se cansaba de todo, de sus estudios, de su
+pereza y de sus des&oacute;rdenes. Era hombre de mucha capacidad, notable como
+m&uacute;sico; como predicador, muy elocuente; y h&aacute;bil periodista. A los
+cincuenta y dos a&ntilde;os muri&oacute;, y su mujer e hijo quedaron en la miseria.</p>
+
+<p>Pero Franz Schubert, el ni&ntilde;o maravilloso de Viena, vivi&oacute; de otro modo,
+aunque no fue mucho m&aacute;s feliz. Tocaba el viol&iacute;n cuando no era m&aacute;s alto
+que &eacute;l, lo mismo que el piano y el &oacute;rgano. Con leer una vez una canci&oacute;n,
+ten&iacute;a bastante para ponerla en m&uacute;sica exquisita, que parece de sue&ntilde;o y
+de capricho, y como si fuera un aire de colores. Escribi&oacute; m&aacute;s de
+quinientas melod&iacute;as, a m&aacute;s de &oacute;peras, misas, sonatas, sinfon&iacute;as y
+cuartetos. Muri&oacute; pobre a los treinta y un a&ntilde;os.</p>
+
+<p>Entre los m&uacute;sicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa,
+hijo de un zapatero remend&oacute;n, era autor a los diecinueve de <i>La Baronesa
+de Stramba</i>. A los ocho tocaba Paganini en el viol&iacute;n una sonata suya. El
+padre de Rossini tocaba el tromb&oacute;n en una compa&ntilde;&iacute;a de c&oacute;micos
+ambulantes, en que la madre iba de cantatriz. A los diez a&ntilde;os Rossini
+iba con su padre de segundo; luego cant&oacute; en los coros hasta que se qued&oacute;
+sin voz; y a los veinti&uacute;n a&ntilde;os era el autor famoso de la &oacute;pera
+<i>Tancredo</i>.</p>
+
+<p>Entre los pintores y escultores han sido muchos los que se han revelado
+en la ni&ntilde;ez. El m&aacute;s glorioso de todos es Miguel &Aacute;ngel. Cuando naci&oacute; lo
+mandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero, por lo que
+dec&iacute;a &eacute;l despu&eacute;s que hab&iacute;a bebido el amor de la escultura con la leche
+de la madre. En cuanto pudo manejar un l&aacute;piz le llen&oacute; las paredes al
+picapedrero de dibujos, y cuando volvi&oacute; a Florencia, cubr&iacute;a de gigantes
+y leones el suelo de la casa de su padre. En la escuela no adelantaba
+mucho con los libros, ni dejaba el l&aacute;piz de la mano; y hab&iacute;a que ir a
+sacarlo por fuerza de casa de los pintores. La pintura y la escultura
+eran entonces, oficios bajos, y el padre, que ven&iacute;a de familia noble,
+gast&oacute; en vano razones y golpes para convencer a su hijo de que no deb&iacute;a
+ser un miserable cortapiedras. Pero cortapiedras quer&iacute;a ser el hijo, y
+nada m&aacute;s. Cedi&oacute; el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller del
+pintor Ghirlandaio, quien hall&oacute; tan adelantado al aprendiz que convino
+en pagarle un tanto por mes. Al poco tiempo el aprendiz pintaba mejor
+que el maestro; pero vio las estatuas de los jardines c&eacute;lebres de
+Lorenzo de M&eacute;dicis, y cambi&oacute; entusiasmado los colores por el cincel.
+Adelant&oacute; con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho a&ntilde;os
+admiraba Florencia su bajorrelieve de la <i>Batalla de los Centauros</i>; a
+los veinte hizo el <i>Amor Dormido</i>, y poco despu&eacute;s su colosal estatua de
+<i>David</i>. Pint&oacute; luego, uno tras otro, sus cuadros terribles y magn&iacute;ficos.
+Benvenuto Cellini, aquel genio creador en el arte de ornamentar, dice
+que ning&uacute;n cuadro de Miguel &Aacute;ngel vale tanto como el que pint&oacute; a los
+veintinueve a&ntilde;os, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el ba&ntilde;o
+por sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos.</p>
+
+<p>La precocidad de Rafael fue tambi&eacute;n asombrosa, aunque su padre no se le
+opon&iacute;a, sino le celebraba su pasi&oacute;n por el arte. A los diecisiete a&ntilde;os
+ya era pintor eminente. Cuentan que se llen&oacute; de admiraci&oacute;n al ver las
+obras grandiosas de Miguel &Aacute;ngel en la Capilla Sixtina, y que dio en voz
+alta gracias a Dios por haber nacido en el mismo siglo de aquel genio
+extraordinario. Rafael pint&oacute; su <i>Escuela de Atenas</i> a los veinticinco
+a&ntilde;os y su <i>Transfiguraci&oacute;n</i> a los treinta y siete. Estaba acab&aacute;ndola
+cuando muri&oacute;, y el pueblo romano llev&oacute; la pintura al Pante&oacute;n, el d&iacute;a de
+los funerales. Hay quien piensa que <i>La</i> <i>Transfiguraci&oacute;n</i> de Rafael,
+incompleta como est&aacute;, es el cuadro m&aacute;s bello del mundo.</p>
+
+<p>Leonardo de Vinci sobresali&oacute; desde la ni&ntilde;ez en las matem&aacute;ticas, la
+m&uacute;sica y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pint&oacute; un &aacute;ngel
+de tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior al
+disc&iacute;pulo, dej&oacute; para siempre su arte. Cuando Leonardo lleg&oacute; a los a&ntilde;os
+mayores era la admiraci&oacute;n del mundo, por su poder como arquitecto e
+ingeniero, y como m&uacute;sico y pintor. Guercino a los diez a&ntilde;os adorn&oacute; con
+una virgen de fino dibujo la fachada de su casa. Tintoretto era un
+disc&iacute;pulo tan aventajado que su maestro Tiziano se encel&oacute; de &eacute;l y lo
+despidi&oacute; de su servicio. El desaire le dio &aacute;nimo en vez de acobardarlo,
+y sigui&oacute; pintando tan de prisa que le dec&iacute;an &laquo;el furioso&raquo;. Canova, el
+escultor, hizo a los cuatro a&ntilde;os un le&oacute;n de un pan de mantequilla. El
+dinamarqu&eacute;s Thorwaldsen tallaba, a los trece, mascarones para los barcos
+en el taller de su padre, que era escultor en madera; y a los quince
+gan&oacute; la medalla en Copenhague por su bajorrelieve del <i>Amor</i> en
+<i>Reposo</i>.</p>
+
+<p>Los poetas tambi&eacute;n suelen dar pronto muestras de su vocaci&oacute;n, sobre todo
+los de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los nueve a&ntilde;os
+escrib&iacute;a versos a la ni&ntilde;a de ocho a&ntilde;os de que habla en su <i>Vida Nueva</i>. A
+los diez a&ntilde;os lament&oacute; Tasso en verso su separaci&oacute;n de su madre y
+hermana, y se compar&oacute; al triste Ascanio cuando hu&iacute;a de Troya con su
+padre Eneas a cuestas; a los treinta y un a&ntilde;os puso las &uacute;ltimas octavas
+a su poema de la <i>Jerusal&eacute;n</i>, que empez&oacute; a los veinticinco.</p>
+
+<p>De diez a&ntilde;os andaba Metastasio improvisando por las calles de Roma; y
+Goldoni, que era muy revoltoso, compuso a los ocho su primera comedia.
+Muchas veces se escap&oacute; Goldoni de la escuela para irse detr&aacute;s de los
+c&oacute;micos ambulantes. Su familia logr&oacute; que estudiase leyes, y en pocos
+a&ntilde;os gan&oacute; fama de excelente abogado, pero la vocaci&oacute;n natural pudo m&aacute;s
+en &eacute;l, y dej&oacute; la curia para hacerse el poeta famoso de los comediantes.</p>
+
+<p>Alfieri demostr&oacute; cualidades extraordinarias desde la juventud. De ni&ntilde;o
+era muy endeble, como muchos poetas precoces, y en extremo meditabundo y
+sensible. A los ocho a&ntilde;os se quiso envenenar, en un arrebato de
+tristeza, con unas yerbas que le parec&iacute;an de cicuta; pero las yerbas
+s&oacute;lo le sirvieron de purgante. Lo encerraron en su cuarto y lo hicieron
+ir a la iglesia en penitencia, con su gorro de dormir. Cuando vio el mar
+por primera vez, tuvo deseos misteriosos, y conoci&oacute; que era poeta. Sus
+padres ricos no se hab&iacute;an cuidado de educarlo bien, y no pudo poner en
+palabras las ideas que le herv&iacute;an en la mente. Estudi&oacute;, viaj&oacute;, vivi&oacute; sin
+orden, se enamor&oacute; con frenes&iacute;. Su amada no lo quiso y &eacute;l resolvi&oacute; morir,
+pero un criado le salv&oacute; la vida. Se cur&oacute;, se volvi&oacute; a enamorar, volvi&oacute;
+la novia a desde&ntilde;arlo, se encerr&oacute; en su cuarto, se cort&oacute; el pelo de ra&iacute;z
+y en su soledad forzosa empez&oacute; a escribir versos. Ten&iacute;a veintis&eacute;is a&ntilde;os
+cuando se represent&oacute; su tragedia <i>Cleopatra</i>: en siete a&ntilde;os compuso
+catorce tragedias.</p>
+
+<p>Cervantes empez&oacute; a escribir en verso, y no ten&iacute;a todo el bigote cuando
+ya hab&iacute;a escrito sus pastorales y canciones a la moda italiana. Wieland,
+el poeta alem&aacute;n, le&iacute;a de corrido a los tres a&ntilde;os, a los siete traduc&iacute;a
+del lat&iacute;n a Cornelio Nepote, y a los diecis&eacute;is escribi&oacute; su primer poema
+did&aacute;ctico de <i>El Mundo Perfecto</i>. Klopstock, que desde ni&ntilde;o fue
+impetuoso y apasionado, comenz&oacute; a escribir su poema de la <i>Mes&iacute;ada</i> a
+los veinte a&ntilde;os.</p>
+
+<p>Schiller naci&oacute; con la pasi&oacute;n por la poes&iacute;a. Cuentan que un d&iacute;a de
+tempestad lo encontraron encaramado en un &aacute;rbol adonde se hab&iacute;a subido
+&laquo;para ver de d&oacute;nde venia el rayo, &iexcl;porque era tan hermoso!&raquo; Schiller
+ley&oacute; la <i>Mes&iacute;ada a</i> los catorce a&ntilde;os, y se puso a componer un poema
+sacro sobre Mois&eacute;s. De Goethe se dice que antes de cumplir los ocho a&ntilde;os
+escrib&iacute;a en alem&aacute;n, en franc&eacute;s, en italiano, en lat&iacute;n y en griego, y
+pensaba tanto en las cosas de la religi&oacute;n que imagin&oacute; un gran &laquo;Dios de
+la naturaleza&raquo;, y le encend&iacute;a hogares en se&ntilde;al de adoraci&oacute;n. Con el
+mismo af&aacute;n estudiaba la m&uacute;sica y el dibujo, y toda especie de ciencias.
+El bravo poeta Koerner muri&oacute; a los veinte a&ntilde;os como quer&iacute;a &eacute;l morir,
+defendiendo a su patria. Era enfermizo de ni&ntilde;o, pero nada contuvo su
+amor por las ideas nobles que se celebran en los versos. Dos horas antes
+de morir escribi&oacute; El <i>Canto</i> de <i>la Espada</i>.</p>
+
+<p>Tom&aacute;s Moore, el poeta de las <i>Melod&iacute;as Irlandesas</i>, dice que casi todas
+las comedias buenas y muchas de las tragedias famosas han sido obras de
+la juventud. Lope de Vega y Calder&oacute;n, que son los que m&aacute;s han escrito
+para el teatro, empezaron muy temprano, uno a los doce a&ntilde;os y otro a los
+trece. Lope cambiaba sus versos con sus condisc&iacute;pulos por juguetes y
+l&aacute;minas, y a los doce a&ntilde;os ya hab&iacute;a compuesto dramas y comedias. A los
+dieciocho public&oacute; su poema de la <i>Arcadia</i>, con pastores por h&eacute;roes. A
+los veintis&eacute;is iba en un barco de la armada espa&ntilde;ola, cuando el asalto a
+Inglaterra, y en el viaje escribi&oacute; varios poemas. Pero los centenares de
+comedias que lo han hecho c&eacute;lebre los escribi&oacute; despu&eacute;s de su vuelta a
+Espa&ntilde;a, siendo ya sacerdote. Calder&oacute;n no escribi&oacute; menos de cuatrocientos
+dramas. A los trece a&ntilde;os compuso su primera obra <i>El Carro del Cielo</i>. A
+los cincuenta se hizo sacerdote, como Lope, y ya no escribi&oacute; m&aacute;s que
+piezas sagradas.</p>
+
+<p>Estos poetas espa&ntilde;oles escribieron sus obras principales antes de llegar
+a los a&ntilde;os de la madurez. Entre los poetas de las tierras del Norte la
+inteligencia anda mucho m&aacute;s despacio. Moli&egrave;re tuvo que educarse por s&iacute;
+mismo; pero a los treinta y un a&ntilde;os ya hab&iacute;a escrito El <i>Atolondrado</i>.
+Voltaire a los doce escrib&iacute;a s&aacute;tiras contra los padres jesuitas del
+colegio en que se estaba educando: su padre quer&iacute;a que estudiase leyes,
+y se desesper&oacute; cuando supo que el hijo andaba recitando versos entre la
+gente alegre de Par&iacute;s: a los veinte a&ntilde;os estaba Voltaire preso en la
+Bastilla por sus versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en
+Francia: en la prisi&oacute;n corrigi&oacute; su tragedia de <i>Edipo</i>, y comenz&oacute; su
+poema la <i>Henriada</i>.</p>
+
+<p>El alem&aacute;n Kotzebue fue otro genio dram&aacute;tico precoz. A los siete a&ntilde;os
+escribi&oacute; una comedia en verso, de una p&aacute;gina. Entraba como pod&iacute;a en el
+teatro de Weimar, y cuando no ten&iacute;a con qu&eacute; pagar se escond&iacute;a detr&aacute;s del
+bombo hasta que empezaba la representaci&oacute;n. Su mayor gusto era andar con
+teatros de juguete y mover a los mu&ntilde;ecos en la escena. A los dieciocho
+a&ntilde;os se represent&oacute; su primera tragedia en un teatro de amigos.</p>
+
+<p>V&iacute;ctor Hugo no ten&iacute;a m&aacute;s que quince a&ntilde;os cuando escribi&oacute; su tragedia
+<i>Irtamene</i>. Gan&oacute; tres premios seguidos en los juegos florales; a los
+veinte escribi&oacute; <i>Bug Jargal</i>, y un a&ntilde;o despu&eacute;s su novela <i>Han de
+Islandia</i>, y sus primeras <i>Odas y Baladas</i>. Casi todos los poetas
+franceses de su tiempo eran muy j&oacute;venes. &laquo;En Francia&raquo;, dec&iacute;a en burla el
+cr&iacute;tico Moreau, &laquo;ya no hay quien respete a un escritor si tiene m&aacute;s de
+dieciocho a&ntilde;os.&raquo;</p>
+
+<p>El ingl&eacute;s Congreve escribi&oacute; a los diecinueve su novela <i>Inc&oacute;gnita</i>, y
+todas sus comedias antes de los veinticinco. A Sheridan lo llamaba su
+maestro &laquo;burro incorregible&raquo;; pero a los veintis&eacute;is a&ntilde;os hab&iacute;a escrito
+su <i>Escuela del Esc&aacute;ndalo</i>. Entre los poetas ingleses de la antig&uuml;edad
+hubo muy pocos precoces. Se sabe poco de Chaucer, Shakespeare y Spencer.
+El mismo Shakespeare llama &laquo;primog&eacute;nito de su invenci&oacute;n&raquo;al poema <i>Venus
+y Adonis</i>, que compuso a los veintiocho a&ntilde;os. Milton tendr&iacute;a veintis&eacute;is
+a&ntilde;os cuando escribi&oacute; su <i>Comus</i>. Pero Cowley escrib&iacute;a versos mitol&oacute;gicos
+a los doce a&ntilde;os. Pope &laquo;empez&oacute; a hablar en versos&raquo;: su salud era m&iacute;sera y
+su cuerpo deforme, pero por m&aacute;s que le doliera la cabeza, los versos le
+sal&iacute;an muchos y buenos. El que hab&iacute;a de idear <i>La Borricada</i> volvi&oacute; un
+d&iacute;a a su casa echado de la escuela por una s&aacute;tira que escribi&oacute; contra el
+maestro. Samuel Johnson dice que Pope escribi&oacute; su oda a <i>La Soledad</i> a
+los doce a&ntilde;os, y sus <i>Pastorales</i> a los diecis&eacute;is: de los veinticinco a
+los treinta, tradujo la <i>Il&iacute;ada</i>. El infeliz Chatterton logr&oacute; enga&ntilde;ar
+con una maravillosa falsificaci&oacute;n literaria a los eruditos m&aacute;s famosos
+de su tiempo: rebosan genio la oda de Chatterton a la <i>Libertad</i> y su
+<i>Canto del Bardo</i>. Pero era fiero y arrogante, de car&aacute;cter descompuesto y
+defectuoso, y rebelde contra las leyes de la vida. Muri&oacute; antes de haber
+comenzado a vivir.</p>
+
+<p>Robert Burns, el poeta escoc&eacute;s, escrib&iacute;a ya a los diecis&eacute;is a&ntilde;os sus
+encantadoras canciones monta&ntilde;esas. El irland&eacute;s Moore compon&iacute;a a los
+trece, versos buenos a su Celia famosa. Y a los catorce hab&iacute;a empezado a
+traducir del griego a Anacreonte. En su casa no sab&iacute;an qu&eacute; significaban
+aquellas ninfas, aquellos placeres alados, y aquellas canciones al vino.
+Moore se libr&oacute; pronto de estos modelos peligrosos, y alcanz&oacute; fama mejor
+con los versos ricos de su <i>Lalla Rookh</i> y la prosa ejemplar de su <i>Vida
+de Byron</i>.</p>
+
+<p>Keats, el m&aacute;s grande de los poetas j&oacute;venes de Inglaterra, muri&oacute; a los
+veinticuatro a&ntilde;os, ya c&eacute;lebre. Pero nadie hubiera podido decir en su
+ni&ntilde;ez que hab&iacute;a de ser ilustre por su genio po&eacute;tico aquel estudiantuelo
+feroz que andaba siempre de peleas y pu&ntilde;etazos. Es verdad que le&iacute;a sin
+cesar; aunque no pareci&oacute; revel&aacute;rsele la vocaci&oacute;n hasta que ley&oacute; a los
+diecis&eacute;is a&ntilde;os la <i>Reina Encantada</i> de Spencer: desde entonces s&oacute;lo
+vivi&oacute; para los versos.</p>
+
+<p>Shelley s&iacute; fue precoc&iacute;simo. Cuando estudiaba en Eton, a los quince a&ntilde;os,
+public&oacute; una novela y dio un banquete a sus amigos con la ganancia de la
+venta. Era tan original y rebelde que todos le dec&iacute;an &laquo;el ateo Shelley&raquo;,
+o &laquo;el loco Shelley&raquo;. A los dieciocho public&oacute; su poema de la <i>Reina Mab</i>,
+a los diecinueve lo echaron del colegio por el atrevimiento con que
+defendi&oacute; sus doctrinas religiosas; a los treinta a&ntilde;os muri&oacute; ahogado, con
+un tomo de versos de Keats en el bolsillo. Maravillosa es la poes&iacute;a de
+Shelley por la m&uacute;sica del verso, la elegancia de la construcci&oacute;n y la
+profundidad de las ideas. Era un manojo de nervios siempre vibrantes, y
+ten&iacute;a tales ilusiones y rarezas que sus condisc&iacute;pulos lo ten&iacute;an por
+destornillado; pero su inteligencia fue viv&iacute;sima y sutil, su cuerpo
+fr&aacute;gil se estremec&iacute;a con las m&aacute;s delicadas emociones, y sus versos son
+de incomparable hermosura.</p>
+
+<p>Byron fue otro genio extraordinario y errante de la misma &eacute;poca de
+Shelley y de Keats. Desde la escuela se le conoci&oacute; el car&aacute;cter
+turbulento y arrebatado. De los libros se cuidaba poco; pero antes de
+los ocho a&ntilde;os ya sufr&iacute;a de penas de hombre. Ten&iacute;a una pierna m&aacute;s corta
+que la otra, aunque eso no le quitaba los br&iacute;os, y se hizo el due&ntilde;o de
+la escuela a fuerza de pu&ntilde;os, como Keats: &eacute;l mismo cuenta que de siete
+batallas perd&iacute;a una. Cuando estaba en Cambridge de estudiante, ten&iacute;a en
+su casa un oso y varios perros de presa, y cada d&iacute;a contaban de &eacute;l una
+historia escandalosa: aqu&eacute;l era sin embargo el ni&ntilde;o sensible que a los
+doce a&ntilde;os hab&iacute;a celebrado en versos sentidos a una prima suya. Le&iacute;a con
+af&aacute;n todos los libros de literatura, y a los dieciocho a&ntilde;os public&oacute; para
+sus amigos su primer libro de versos: <i>Horas de Ocio</i>. La <i>Revista de
+Edimburgo</i> habl&oacute; del libro con desd&eacute;n, y Byron contest&oacute; con su c&eacute;lebre
+s&aacute;tira sobre los <i>Poetas Ingleses y los Cr&iacute;ticos de Escocia</i>. Cumpl&iacute;a
+los veinticuatro cuando sali&oacute; al p&uacute;blico el primer canto de su poema
+<i>Childe Harold</i>. &laquo;A los veinticinco a&ntilde;os&raquo;, dice Macaulay, &laquo;se vio Byron
+en la cima de la gloria literaria, con todos los ingleses famosos de la
+&eacute;poca a sus pies. Byron era ya m&aacute;s c&eacute;lebre que Scott, Wordsworth, y
+Southey. Apenas hay ejemplo de un ascenso tan r&aacute;pido a tan vertiginosa
+eminencia.&raquo; Muri&oacute; a los treinta y siete a&ntilde;os, edad fatal para tantos
+hombres de genio.</p>
+
+<p>Coleridge, escribi&oacute; a los veinticinco su himno del <i>Amanecer</i>, donde se
+ven en uni&oacute;n completa la sublimidad y la energ&iacute;a. Bulwer Lytton ten&iacute;a
+hecho a los quince su Ismael. A los diecisiete hab&iacute;a publicado su
+primer tomo la poetisa Barrett Browning, que desde los diez escrib&iacute;a en
+verso y prosa. Robert Browning, su marido, public&oacute; el <i>Paracelso</i> a los
+veintitr&eacute;s. A los veinte hab&iacute;a escrito Tennyson algunas de las poes&iacute;as
+melodiosas que han hecho ilustre su nombre. Se ve, pues, que en el fuego
+tumultuoso de la juventud han nacido muchas de las obras m&aacute;s nobles de
+la m&uacute;sica, la pintura y la poes&iacute;a. Suele el genio po&eacute;tico decaer con los
+a&ntilde;os, aunque Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta.
+Es seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces,
+habr&iacute;an imaginado despu&eacute;s obras m&aacute;s perfectas que las de su juventud. La
+fuerza del genio no se acaba con la juventud.</p>
+
+<p>Pero las dotes especiales que hacen m&aacute;s tarde ilustres a los hombres se
+revelan casi siempre entre los diecisiete y veintitr&eacute;s a&ntilde;os. Puede irse
+desarrollando poco a poco el talento po&eacute;tico; pero el que es poeta de
+veras, siempre lo mostrar&aacute; de alg&uacute;n modo. Crabbe y Wordsworth, que
+descubrieron el genio tarde, escrib&iacute;an versos desde la ni&ntilde;ez. Crabbe
+llen&oacute; de versos toda una gaveta, cuando estaba de aprendiz de cirujano;
+y Wordsworth, que era agrio y melanc&oacute;lico de ni&ntilde;o, empez&oacute; a hacer
+cuartetas heroicas a los catorce. Shelley dice de Wordsworth que &laquo;no
+ten&iacute;a m&aacute;s imaginaci&oacute;n que un cacharro&raquo;, lo que no quita que sea
+Wordsworth un poeta inmortal. No fue precoz como Shelley; pero creci&oacute;
+despacio y con firmeza, como un roble, hasta que lleg&oacute; a su majestuosa
+altura.</p>
+
+<p>Walter Scott tampoco fue precoz de ni&ntilde;o. Su maestro dijo que no ten&iacute;a
+cabeza para el griego, y &eacute;l mismo cuenta que fue de muchacho muy
+travieso y holgaz&aacute;n; pero gozaba de mucha salud, y era gran amigo de los
+juegos de su edad. En lo primero en que se le vio el genio fue en su
+gusto por las baladas antiguas, y en su facilidad extraordinaria para
+inventar historias. Cuando su padre supo que hab&iacute;a estado vagando por el
+pa&iacute;s con su camarada Clark, meti&eacute;ndose por todas partes, y posando en
+las casas de los campesinos, le dijo:&mdash;&laquo;&iexcl;Dudo mucho, se&ntilde;or, de que sirva
+Ud. m&aacute;s que para cola de caballo!&raquo; De su facilidad para los cuentos, el
+mismo Scott dice que en las horas de ocio de los inviernos, cuando no
+ten&iacute;an modo de estar al aire libre, manten&iacute;a muchas horas maravillados
+con sus narraciones a sus compa&ntilde;eros de escuela, que se peleaban por
+sentarse cerca del que les dec&iacute;a aquellas historias lindas que no
+acababan nunca.</p>
+
+<p>Dice Carlyle que en una clase de la escuela de gram&aacute;tica de Edimburgo
+hab&iacute;a dos muchachos: &laquo;John, siempre, hecho un brinquillo, correcto y
+ducal; Walter, siempre desarreglado, borrico y tartamudo. Con el correr
+de los a&ntilde;os, John lleg&oacute; a ser el Regidor John, de un barrio infeliz, y
+Walter fue Sir Walter Scott, de todo el universo.&raquo; Dice Carlyle, con
+mucho seso, que la legumbre m&aacute;s precoz y completa es la col. A los
+treinta a&ntilde;os no se pod&iacute;a decir de seguro que Scott tuviera genio para la
+literatura. A los treinta y uno public&oacute; su primer tomo del <i>Cancionero
+de Escocia</i>, y no imprimi&oacute; su novela <i>Waverley</i> hasta los cuarenta y
+tres, aunque la ten&iacute;a escrita nueve a&ntilde;os antes.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_ultima_pagina2" id="La_ultima_pagina2"></a><a href="#toc">La &uacute;ltima p&aacute;gina</a></h2>
+
+
+<p>Hay un cuento muy lindo de una ni&ntilde;a que estaba enamorada de la luna, y
+no la pod&iacute;an sacar al jard&iacute;n cuando hab&iacute;a luna en el cielo, porque le
+tend&iacute;a los bracitos como si la quisiera coger, y se desmayaba de la
+desesperaci&oacute;n porque la luna no ven&iacute;a; hasta que un d&iacute;a, de tanto
+llorar, la ni&ntilde;a se muri&oacute;, en una noche de luna llena.</p>
+
+<p><i>La Edad de Oro</i> no se quiere morir, porque nadie debe morirse mientras
+pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas, que no debe
+deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer
+lo que no se puede volver a hacer. El que se mata, es un ladr&oacute;n. Pero
+<i>La Edad de Oro</i> se parece a la ni&ntilde;ita del cuento, porque siempre quiere
+escribir para sus amigos los ni&ntilde;os m&aacute;s de lo que cabe en el papel, que
+es como querer coger la luna. &iquest;No les ofreci&oacute; la <i>Historia de la
+Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo</i> para este n&uacute;mero? Pues no cupo. Ni
+otras muchas cosas m&aacute;s que les ten&iacute;a escritas. As&iacute; es la vida, que no
+cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer. Los ni&ntilde;os deb&iacute;an
+juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quien pod&iacute;an
+hacerle alg&uacute;n bien, todos juntos.</p>
+
+<p>Y ahora nos juntaremos, el hombre de <i>La Edad de Oro</i> y sus amiguitos, y
+todos en coro, cogidos de la mano, les daremos gracias con el coraz&oacute;n,
+gracias como de hermano, a las hermosas se&ntilde;oras y nobles caballeros que
+han tenido el cari&ntilde;o de decir que <i>La Edad de Oro</i> es buena.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_exposicion_de_Paris" id="La_exposicion_de_Paris"></a><a href="#toc">La exposici&oacute;n de Par&iacute;s.</a></h2>
+
+
+<p>Los pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en Par&iacute;s.
+Hasta hace cien a&ntilde;os, los hombres viv&iacute;an como esclavos de los reyes, que
+no los dejaban pensar, y les quitaban mucho de lo que ganaban en sus
+oficios, para pagar tropas con que pelear con otros reyes, y vivir en
+palacios de m&aacute;rmol y de oro, con criados vestidos de seda, y se&ntilde;oras y
+caballeros de pluma blanca, mientras los caballeros de veras, los que
+trabajaban en el campo y en la ciudad, no pod&iacute;an vestirse m&aacute;s que de
+pana, ni ponerle pluma al sombrero: y si dec&iacute;an que no era justo que los
+holgazanes viviesen de lo que ganaban los trabajadores, si dec&iacute;an que un
+pa&iacute;s entero no deb&iacute;a quedarse sin pan para que un hombre solo y sus
+amigos tuvieran coches, y ropas de tis&uacute; y encaje, y cenas con quince
+vinos, el rey los mandaba apalear, o los encerraba vivos en la prisi&oacute;n
+de la Bastilla, hasta que se mor&iacute;an, locos y mudos: y a uno le puso una
+mascara de hierro, y lo tuvo preso toda la vida, sin levantarle nunca la
+m&aacute;scara. En todos los pueblos viv&iacute;an los hombres as&iacute;, con el rey y los
+nobles como los amos, y la gente de trabajo como animales de carga, sin
+poder hablar, ni pensar, ni creer, ni tener nada suyo, porque a sus
+hijos se los quitaba el rey para soldados, y su dinero se lo quitaba el
+rey en contribuciones, y las tierras, se las daba todas a los nobles el
+rey. Francia fue el pueblo bravo, el pueblo que se levant&oacute; en defensa de
+los hombres, el pueblo que le quit&oacute; al rey el poder.</p>
+
+<p>Eso era hace cien a&ntilde;os, en 1789. Fue como si se acabase un mundo, y
+empezara otro. Los reyes todos se juntaron contra Francia. Los nobles de
+Francia ayudaban a los reyes de afuera. La gente de trabajo, sola contra
+todos, pele&oacute; contra todos, y contra los nobles, y los mat&oacute; en la guerra
+y con la cuchilla de la guillotina. Sangr&oacute; Francia entonces, como cuando
+abren un animal vivo y le arrancan las entra&ntilde;as. Los hombres de trabajo
+se enfurecieron, se acusaron unos a otros, y se gobernaron mal, porque
+no estaban acostumbrados a gobernar. Vino a Par&iacute;s un hombre atrevido y
+ambicioso, vio que los franceses viv&iacute;an sin uni&oacute;n, y cuando lleg&oacute; de
+ganarles todas las batallas a los enemigos, mand&oacute; que lo llamasen
+emperador, y gobern&oacute; a Francia como un tirano. Pero los nobles ya no
+volvieron a sus tierras. Aquel rey del oro y la seda, ya no volvi&oacute;
+nunca. La gente de trabajo se reparti&oacute; las tierras de los nobles y las
+del rey. Ni en Francia, ni en ning&uacute;n otro pa&iacute;s han vuelto los hombres a
+ser tan esclavos como antes. Eso es lo que Francia quiso celebrar
+despu&eacute;s de cien a&ntilde;os con la Exposici&oacute;n de Par&iacute;s. Para eso llam&oacute; Francia
+a Par&iacute;s, en verano, cuando brilla m&aacute;s el sol, a todos los pueblos del
+mundo.</p>
+
+<p>Y eso vamos a ver ahora, como si lo tuvi&eacute;semos delante de los ojos.
+Vamos a la Exposici&oacute;n, a esta visita que se est&aacute;n haciendo las razas
+humanas. Vamos a ver en un mismo jard&iacute;n los &aacute;rboles de todos los pueblos
+de la tierra. A la orilla del r&iacute;o Sena, vamos a ver la historia de las
+casas, desde la cueva del hombre troglodita, en una grieta de la roca,
+hasta el palacio de granito y &oacute;nix. Vamos a subir, con los noruegos de
+barba colorada, con los negros senegaleses de cabello lanudo, con los
+anamitas de mo&ntilde;o y turbante, con los &aacute;rabes de babuchas y albornoz, con
+el ingl&eacute;s callado, con el yanqui celoso, con el italiano fino, con el
+franc&eacute;s elegante, con el espa&ntilde;ol alegre, vamos a subir por encima de las
+catedrales m&aacute;s altas, a la c&uacute;pula de la torre de hierro. Vamos a ver en
+sus palacios extra&ntilde;os y magn&iacute;ficos a nuestros pueblos queridos de
+Am&eacute;rica. Veremos, entre lagos y jardines, en monumentos de hierro y
+porcelana, la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho
+desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega por lo alto
+del aire y lo hondo de la mar. En un templo de hierro, tan ancho y
+hermoso que se parece a un cielo dorado, veremos trabajando a la vez
+todas las m&aacute;quinas y ruedas del mundo. De debajo de la tierra, como de
+un volc&aacute;n de joyas, vamos a ver salir, en lluvias que parecen de piedras
+finas, trescientas fuentes de colores, que caen chispeando en un lago
+encendido. Vamos a ver vivir, como viven en sus pa&iacute;ses de luz, al
+javan&eacute;s en su casa de ca&ntilde;as, al egipcio cantando detr&aacute;s de su burro, al
+argelino que borda la lana a la sombra del palmar, al siam&eacute;s que trabaja
+la madera con los pies y las manos, al negro del Sud&aacute;n, que sale
+ojeando, con la lanza de punta, de su conuco de tierra, al &aacute;rabe que
+corre a caballo, disparando la espingarda, por la calle de d&aacute;tiles, con
+el albornoz blanco al viento. Bailan en un caf&eacute; moro. Pasan las
+bailarinas de Java, con su casco de plumas. Salen de su teatro, vestidos
+de tigres, los c&oacute;micos cochinchinos. Hombres de todos los pueblos andan
+asombrados por las calles morunas, por las aldeas negras, por el caser&iacute;o
+de bamb&uacute; javan&eacute;s, por los puentes de junco de los malayos pescadores,
+por el jard&iacute;n criollo de pl&aacute;tanos y naranjos, por el rinc&oacute;n donde, de su
+techo labrado como un mueble rico, levanta su torre ce&ntilde;ida de serpientes
+la pagoda. Y para nosotros, los ni&ntilde;os, hay un palacio de juguetes, y un
+teatro donde est&aacute;n como vivos el p&iacute;caro Barba Azul y la linda Caperucita
+Roja. Se le ve al p&iacute;caro la barba como el fuego, y los ojos de le&oacute;n. Se
+le ve a la Caperucita el gorro colorado, y el delantal de lana. Cien mil
+visitantes entran cada d&iacute;a en la Exposici&oacute;n. En lo alto de la torre
+flota al viento la bandera de tres colores de la Rep&uacute;blica Francesa.</p>
+
+<p>Por veintid&oacute;s puertas se puede entrar a la Exposici&oacute;n. La entrada
+hermosa es por el palacio del Trocadero, de forma de herradura, que
+qued&oacute; de una Exposici&oacute;n de antes, y est&aacute; ahora lleno de aquellos
+trabajos exquisitos que hac&iacute;an con plata para las iglesias y las mesas
+de los pr&iacute;ncipes los joyeros del tiempo de capa y espad&oacute;n, cuando los
+platos de comer eran de oro, y las copas de beber eran como los c&aacute;lices.
+Y del palacio se sale al jard&iacute;n, que es la primera maravilla. De rosas
+nada m&aacute;s, hay cuatro mil quinientas diferentes: hay una rosa casi azul.
+En una tienda de listas blancas y rojas venden unas mujeres j&oacute;venes las
+podaderas afiladas, los rastrillos de acero pulido, las regaderas como
+de juguete con que se trabaja en los jardines. La tierra est&aacute; en
+canteros, rodeados de acequias, por donde corre el agua clara, haciendo
+a los canteros como islotes. Uno est&aacute; lleno de pensamientos negros; y
+otro de fresas como corales, escondidas entre las hojas verdes; y otro
+de ch&iacute;charos, y de esp&aacute;rragos, que dan la hoja muy linda. Hay un cantero
+rojo y amarillo, que es de tulipanes. Un rinc&oacute;n es de enredaderas, y el
+de al lado de helechos gigantescos, con hojas como plumas. En un
+laberinto flotan sobre el agua la ninfea, y el nelumbio rosado del
+Indost&aacute;n, y el loto del r&iacute;o Nilo, que parece una lira. Un bosque es de
+&aacute;rboles de copa de pico: pino, abeto. Otro es de &aacute;rboles desfigurados,
+que dan la fruta pobre, porque les quitan a las ramas su libertad
+natural. Dentro de un cercado de ca&ntilde;as est&aacute;n los lirios y los cerezos
+del Jap&oacute;n, en sus tibores de porcelana blanca y azul. Al pie de un
+palmar, con las paredes de cuanto tronco hay, est&aacute; el pabell&oacute;n de Aguas
+y Bosques, donde se ve c&oacute;mo se ha de cuidar a los &aacute;rboles, que dan
+hermosura y felicidad a la tierra. A la sombra de un arce del Jap&oacute;n,
+est&aacute;n, en tazas r&uacute;sticas, la wellingtonia del Norte, que es el pino m&aacute;s
+alto, y la araucaria, el pino de Chile.</p>
+
+<p>Por sobre un puente se pasa el r&iacute;o de Par&iacute;s, el Sena famoso, y ya se ven
+por todas partes los grupos de gente asombrada, que vienen de los
+edificios de orillas del r&iacute;o, donde est&aacute; la Galer&iacute;a del Trabajo, en que
+cuecen los bizcochos en un horno enorme, y destilan licor del alambique
+de bronce rojo, y en la m&aacute;quina de cilindro est&aacute;n moliendo chocolate con
+el cacao y el az&uacute;car, y en las bandejas calientes est&aacute;n los dulceros de
+gorro blanco haciendo caramelos y yemas: todo lo de comer se ve en la
+Galer&iacute;a, una monta&ntilde;a de az&uacute;car, un &aacute;rbol de ciruelas pasas, una columna
+de jamones: y en la sala de vinos, un tonel donde cabr&iacute;an quince
+convidados a la mesa, y un mapa de relieve, que todos quieren ver a un
+tiempo, donde est&aacute; todo el arte del vino,&mdash;la cepa con los racimos, los
+hombres cogiendo en cestos la uva en el mes de la vendimia, la artesa
+donde fermenta la vid machucada, la cueva fr&iacute;a donde ponen el mosto a
+reposar, y luego el vino puro, como topacio deshecho, y la botella de
+donde salta con su espuma olorosa el champa&ntilde;a. Cerca est&aacute; la historia
+entera del cultivo del campo, en modelos de realce, y en cuadros y
+libros; y un pabell&oacute;n de arados de acero relucientes; y una colmena de
+abejas de miel, junto al moral de hoja velluda en que se cr&iacute;a el gusano
+de seda; y los semilleros de peces, que nacen de los huevos presos en
+cajones de agua, y luego salen a crecer a miles por la mar y los r&iacute;os
+Los m&aacute;s admirados son los que vienen de ver las cuarenta y tres
+Habitaciones del Hombre. La vida del hombre est&aacute; all&iacute; desde que apareci&oacute;
+por primera vez en la tierra, peleando con el oso y el reng&iacute;fero, para
+abrigarse de la helada terrible con la piel, acurrucado en su cueva. As&iacute;
+nacen los pueblos hoy mismo. El salvaje imita las grutas de los bosques
+o los agujeros de la roca: luego ve el mundo hermoso, y siente con el
+cari&ntilde;o deseo de regalar, y se mira el cuerpo en el agua del r&iacute;o, y va
+imitando en la madera y la piedra de sus casas todo lo que le parece
+hermosura, su cuerpo de hombre, los p&aacute;jaros, una flor, el tronco y la
+copa de los &aacute;rboles. Y cada pueblo crece imitando lo que ve a su
+alrededor, haciendo sus casas como las hacen sus vecinos, ense&ntilde;&aacute;ndose en
+sus casas como es, si de clima fr&iacute;o o de tierra caliente, si pac&iacute;fico o
+amigo de pelear, si art&iacute;stico y natural, o vano y ostentoso. All&iacute; est&aacute;n
+las chozas de piedra bruta, y luego pulida, de los primeros hombres: la
+ciudad lacustre del tiempo en que levantaban las casas en el lago sobre
+pilares, para que no las atacasen las fieras; las casas altas, cuadradas
+y ligeras, de mirador corrido, de los pueblos de sol que eran antes las
+grandes naciones, el Egipto sabio, la Fenicia comerciante, la Asiria
+guerreadora. La casa del Indost&aacute;n es alta como ellas. La de Persia es ya
+un castillo, de rica loza azul, porque all&iacute; saltan del suelo las piedras
+preciosas, y las flores y las aves son de mucho color. Parece una
+familia de casas la de los hebreos, los griegos y los romanos, todas de
+piedra, y bajas, con tejado o azotea; y se ve, por lo semejantes, que
+eran del pa&iacute;s la casa etrusca y la bizantina. Por el norte de Europa
+viv&iacute;an entonces los hunos b&aacute;rbaros como all&iacute; se ve, en su tienda de
+andar; y el germano y el galo en sus primeras casas de madera, con el
+techo de paja. Y cuando con las guerras se juntaron los pueblos, tuvo
+Rusia esa casa de adornos y colorines, como la casa hind&uacute;, y los
+b&aacute;rbaros pusieron en sus caserones la piedra labrada y graciosa de los
+italianos y los griegos. Luego, al fin de la edad que medi&oacute; entre
+aquella pelea y el descubrimiento de Am&eacute;rica, volvieron los gustos de
+antes, de Grecia y de Roma, en las casas graciosas y ricas del
+Renacimiento. En Am&eacute;rica viv&iacute;an los indios en palacios de piedra con
+adornos de oro, como ese de los aztecas de M&eacute;xico, y ese de los incas
+del Per&uacute;. Al moro de &Aacute;frica se le ve, por su casa de piedra bordada, que
+conoci&oacute; a los hebreos, y vivi&oacute; en bosques de palmeras, defendi&eacute;ndose de
+sus enemigos desde la torre, viendo en el jard&iacute;n a la gacela entre las
+rosas, y en la arena de la orilla los caprichos de espuma de la mar. El
+negro del Sud&aacute;n, con su casa blanca de techo rodeado de campanillas,
+parece moro. El chino ligero, que vive de pescado y arroz, hace su casa
+de tabla y de bamb&uacute;. El japon&eacute;s vive tallando el marfil, en sus casas de
+estera y tabloncillo. All&iacute; se ve donde habitan ahora los pueblos
+salvajes, el esquimal en su casa redonda de hielo, en su tienda de
+pieles pintadas el indio norteamericano: pintadas de animales raros y
+hombres de cara redonda, como los que pintan los ni&ntilde;os.</p>
+
+<p>Pero adonde va el gent&iacute;o con un silencio como de respeto es a la torre
+Eiffel, el m&aacute;s alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el
+portal de la Exposici&oacute;n. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios,
+sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta
+el segundo estrado de la torre, alto como la pir&aacute;mide de Cheops: de all&iacute;
+fina como un encaje, valiente como un h&eacute;roe, delgada como una flecha,
+sube m&aacute;s arriba que el monumento de Washington, que era la altura mayor
+entre las obras humanas, y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo
+azul, con la campanilla, como la cabeza de los montes, coronado de
+nubes.&mdash;Y todo, de la ra&iacute;z al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo
+apenas se levant&oacute; por el aire. Los cuatro pies muerden, como ra&iacute;ces
+enormes, en el suelo de arena. Hacia el r&iacute;o, por donde caen dos de los
+pies, el suelo era movedizo, le hundieron dos cajones, les sacaron de
+adentro la arena floja, y los llenaron de cimiento seguro. De las cuatro
+esquinas arrancaron, como para juntarse en lo alto, los cuatro pies
+recios: con un andamio fueron sosteniendo las piezas m&aacute;s altas, que se
+ca&iacute;an por la mucha inclinaci&oacute;n: sobre cuatro pilares de tablones hab&iacute;an
+levantado el primer estrado, que como una corona lleva alrededor los
+nombres de los grandes ingenieros franceses: all&aacute; en el aire, una ma&ntilde;ana
+hermosa, encajaron los cuatro pies en el estrado, como una espada en una
+vaina, y se sostuvo sin parales la torre: de all&iacute;, como lanzas que
+apuntaban al cielo, salieron las vergas delicadas: de cada una colgaba
+una gr&uacute;a: all&aacute; arriba sub&iacute;an, danzando por el aire, los pedazos nuevos:
+los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero al
+cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabell&oacute;n de la
+patria en el asta enemiga: as&iacute;, acostados de espalda, puestos de cara el
+vac&iacute;o, sujetos a la verga que el viento sacud&iacute;a como una rama, los
+obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban en invierno, en el
+remolino del vendabal y de la nieve, las piezas de esquina, los
+cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre el universo, como si
+fuera a colgarse del cielo, aquella blonda calada: en su navecilla de
+cuerdas se balanceaban, con la brocha del rojo en las manos, los
+pintores. &iexcl;El mundo entero va ahora como movi&eacute;ndose en la mar, con todos
+los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre en el
+m&aacute;stil! Los vientos se echan sobre la torre, como para derribar a la que
+los desaf&iacute;a, y huyen por el espacio azul, vencidos y despedazados.&mdash;All&aacute;
+abajo la gente entra, como las abejas en el colmenar: por los pies de la
+torre suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores
+inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos,
+hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre el
+tejido como en grandes tri&aacute;ngulos azules de cabeza cortada, de picos
+agudos. Del Primer estrado abierto, con sus cuatro hoteles curiosos, se
+sube, por la escalinata de h&eacute;lice, al descanso segundo, donde se escribe
+y se imprime un diario, a la altura de la c&uacute;pula de San Pedro. El
+cilindro de la prensa da vueltas: los diarios salen h&uacute;medos: al
+visitante le dan una medalla de plata. Al estrado tercero suben los
+valientes, a trescientos metros sobre la tierra y el mar, donde no se
+oye el ruido de la vida, y el aire, all&aacute; en la altura, parece que limpia
+y besa: abajo la ciudad se tiende, muda y desierta, como un mapa de
+relieve: veinte leguas de r&iacute;os que chispean, de valles iluminados, de
+montes de verde negruzco, se ven con el anteojo; sobre el estrado se
+levanta la campanilla, donde dos hombres, en su casa de cristal,
+estudian los animales del aire, la carrera de las estrellas, y el camino
+de los vientos. De una de las ra&iacute;ces de la torre sube culebreando por el
+alambre vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro
+que derrama sobre Par&iacute;s sus r&iacute;os de luz blanca, roja y azul, como la
+bandera de la patria. En lo alto de la c&uacute;pula, ha hecho su nido una
+golondrina.</p>
+
+<p>Por debajo de la torre se va, sin poder hablar del asombro, a lo
+jardines llenos de fuentes, y rodeados de palacios, y el m&aacute;s grande de
+todos al fondo, donde caben las muestras de cuanto se trabaja en la
+humanidad, con la puerta de hierro bordado y lleno de guirnaldas, como
+se labraba antes el oro de los ricos; y sobre el port&oacute;n, imitando la
+b&oacute;veda del cielo, la c&uacute;pula de porcelanas relucientes; y en la corona,
+abriendo las alas como para volar, una mujer que lleva en la mano una
+rama de oliva: a la entrada del p&oacute;rtico est&aacute;, con una mano en la cabeza
+de un le&oacute;n, la Libertad, en bronce. Y delante de la gran fuente, donde
+van por el agua los hombres y mujeres que los poetas de antes dicen que
+hubo en la mar, las nereidas y los tritones, llevando en hombros, como
+si fueran en triunfo, la barca donde, en figuras de h&eacute;roes y hero&iacute;nas,
+el progreso, la ciencia, y el arte dan vivas a la rep&uacute;blica, sentada m&aacute;s
+alta que todos, que levanta la antorcha encendida sobre sus alas. A cada
+lado del jard&iacute;n desde el palacio grande hasta la torre, hay otro palacio
+de oros y esmaltes, uno para las estatuas y los cuadros, donde est&aacute;n los
+paisajes ingleses de montes y animales, las pinturas graciosas de los
+italianos, con campesinos y con ni&ntilde;os, los cuadros espa&ntilde;oles de muertes
+y de guerra, con sus figuras que parecen vivas, y la historia elegante
+del mundo en los cuadros de Francia. De las Bellas Artes le llaman a
+&eacute;se, y al del otro lado, el palacio de las Artes Liberales, que son las
+de los trabajos de utilidad, y todas las que no sirven para mero adorno.
+La historia de todo se ve all&iacute;: del grabado, la pintura, la escultura,
+las escuelas, la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de
+todo, entre agujas y ruedas de reloj. All&iacute; se ve, en miniatura de cera,
+a los chinos observando en su torre los astros del cielo; all&iacute; est&aacute; el
+qu&iacute;mico Lavoisier, de medias de seda y chupa azul, soplando en su
+retorta, para ver como est&aacute; hecho el pedrusco que cay&oacute; a la tierra de
+una estrella rota y fr&iacute;a; all&iacute;, entre las figuras de las diferentes
+razas del hombre, est&aacute;n sentados por tierra, trabajando el pedernal,
+como los que desenterraron en Dinamarca hace poco, cabezudos y fuertes,
+los hombres de la edad de bronce.</p>
+
+<p>Y ya estamos al pie de la torre: un bosque tiene a un lado, y otro
+bosque al otro. Uno tiene m&aacute;s verde, y es como una selva de recreo, con
+su casa sueca de pino, llenas de flores las ventanas, a la orilla de un
+lago; y la isba de puerta bordada y techo de picos en que vive el
+labrador ruso; y la casa linda de madera, con ventanas de tri&aacute;ngulo, en
+que pasa los meses de nevada el finland&eacute;s, ense&ntilde;ando a sus hijos a
+pintar y a pensar, a amar a los poetas de Finlandia, y a componer el
+arp&oacute;n de la pesca y el trineo de la cacer&iacute;a, mientras talla el abuelo el
+granito como &oacute;palo, o saca botes y figuras de una rama seca, y las
+mujeres de gorro alto y delantal tejen su encaje fino, junto a la
+chimenea de madera labrada. Hay teatro all&iacute;, y lecher&iacute;as, y una casa de
+anchos comedores, y criados de chaqueta negra, que pasan con las
+botellas de vino en cestos a la hora de comer, cuando los p&aacute;jaros cantan
+en los &aacute;rboles. Pero al otro lado es donde se nos va el coraz&oacute;n, porque
+all&iacute; est&aacute;n, al pie de la torre, como los reto&ntilde;os del pl&aacute;tano alrededor
+del tronco, los pabellones famosos de nuestras tierras de Am&eacute;rica,
+elegantes y ligeros como un guerrero indio: el de Bolivia como el casco,
+el de M&eacute;xico como el cintur&oacute;n, el de la Argentina como el penacho de
+colores: &iexcl;parece que la miran como los hijos al gigante! &iexcl;Es bueno tener
+sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan! El de Brasil est&aacute; all&iacute;
+tambi&eacute;n, como una iglesia de domingo en un palmar, con todo lo que se da
+en sus selvas tupidas, y vasos y urnas raras de los indios marajos del
+Amazonas, y en una fuente una victoria regia en que puede navegar un
+ni&ntilde;o, y orqu&iacute;deas de extra&ntilde;a flor, y sacos de caf&eacute;, y montes de
+diamantes. Brilla un sol de oro all&iacute; por sobre los &aacute;rboles y sobre los
+pabellones, y es el sol argentino, puesto en lo alto de la c&uacute;pula,
+blanca y azul como la bandera del pa&iacute;s, que entre otras cuatro c&uacute;pulas
+corona, con grupos de estatuas en las esquinas del techo, el palacio de
+hierro dorado y cristales de color en que la patria del hombre nuevo de
+Am&eacute;rica convida al mundo lleno de asombro, a ver lo que puede hacer en
+pocos a&ntilde;os un pueblo reci&eacute;n nacido que habla espa&ntilde;ol, con la pasi&oacute;n por
+el trabajo y la libertad &iexcl;con la pasi&oacute;n por el trabajo!: &iexcl;mejor es morir
+abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los
+brazos cruzados! Una estatua se&ntilde;ala a la puerta un mapa donde se ve de
+realce la rep&uacute;blica, con el r&iacute;o por donde entran al pa&iacute;s los vapores
+repletos de gente que va a trabajar; con las monta&ntilde;as que cr&iacute;an sus
+metales, y las pampas extensas, cubiertas de ganados. De relieve est&aacute;
+all&iacute; la ciudad modelo de La Plata, que apareci&oacute; de pronto en el llano
+silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes, y
+escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve all&iacute;, y
+todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia: mil cueros, mil
+lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca en la sala de
+enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, pa&ntilde;os. Cuanto el hombre ha
+hecho, el argentino lo intenta hacer. De noche, cuando el gent&iacute;o llama a
+la puerta, se encienden a la vez, en sus globos de cristal blanco y
+azul, y rojo y verde, las mil luces el&eacute;ctricas del palacio.</p>
+
+<p>Como con un cinto de dioses y de h&eacute;roes est&aacute; el templo de acero de
+M&eacute;xico, con la escalinata solemne que lleva al port&oacute;n, y en lo alto de
+&eacute;l el sol Tonatiuh, viendo como crece con su calor la diosa Cipactli,
+que es la tierra: y los dioses todos de la poes&iacute;a de los indios, los de
+la caza y el campo, los de las artes y el comercio, est&aacute;n en los dos
+muros que tiene la puerta a los lados, como dos alas; y los &uacute;ltimos
+valientes, Cacama, Cuitl&aacute;huac y Cuauht&eacute;moc, que murieron en la pelea, o
+quemados en las parrillas, defendiendo de los conquistadores la
+independencia de su patria: dentro, en las pinturas ricas de las
+paredes, se ve como eran los mexicanos de entonces, en sus trabajos y en
+sus fiestas, la madre viuda dando su parecer entre los regidores de la
+ciudad, los campesinos sacando el aguamiel del tronco del agave, los
+reyes haci&eacute;ndose visitas en el lago, en sus canoas adornadas de flores.
+&iexcl;Y ese templo de acero lo levantaron, al pie de la torre, dos mexicanos,
+como para que no les tocasen su historia, que es como madre de un pa&iacute;s,
+los que no la tocaran como hijos!: &iexcl;as&iacute; se debe querer a la tierra en
+que uno nace: con fiereza, con ternura! Las cortinas hermosas, las
+vidrieras de caoba en que est&aacute;n las filigranas de plata, los tejidos de
+fibras, las esencias de olor, los platos de esmalte y las jarras de
+barniz, los &oacute;palos, los vinos, los arneses, los az&uacute;cares; todo tiene por
+adorno letras y figuras indias. Vivos parecen, con sus trajes de cuero
+de flecos y galones, y sus sombreros anchos con trenzado de plata y oro,
+y su zarape al hombro, de seda de color, vivos como si fueran a montar a
+caballo, los maniqu&iacute;es del estanciero rico, del joven elegante que cuida
+de su hacienda, y sabe &laquo;voltear&raquo; un toro. A la puerta, a un lado,
+troncos colosales de madera fina repulida; y al otro, de color de rosa y
+verdemar, la pir&aacute;mide del m&aacute;rmol transparente de la tierra, del &oacute;nix que
+parece nube cuajada de la puesta de sol. Del techo cuelga, verde y
+blanca y roja, la bandera del &aacute;guila.</p>
+
+<p>Y juntos como hermanos, est&aacute;n otros pabellones m&aacute;s: el de Bolivia, la
+hija de Bol&iacute;var, con sus cuatro torres graciosas de c&uacute;pula dorada, lleno
+de cuarzos de mineral riqu&iacute;simo, de restos del hombre salvaje y los
+animales como montes que hubo antes en Am&eacute;rica, y de hojas de coca, que
+dan fuerza al cansado para seguir andando: el del Ecuador, que es un
+templo inca, con dibujos y adornos como los que los indios de antes
+pon&iacute;an en los templos del Sol, y adentro los metales y cacaos famosos, y
+tejidos y bordados de mucha finura, en mostradores de cristal y de oro:
+el pabell&oacute;n de Venezuela, con su fachada como de catedral, y en la sala
+espaciosa tanta muestra de caf&eacute;, y pilones de su panela dulce, y libros
+de versos y de ingenier&iacute;a, y zapatos ligeros y finos: el pabell&oacute;n de
+Nicaragua con su tejado rojo, como los de las casas del pa&iacute;s, y sus
+salones de los lados, con los cacaos y vainillas de aroma y aves de
+plumas de oro y esmeralda, y piedras de metal con luces de arco iris, y
+maderos que dan sangre de olor; y en la sala del centro, el mapa del
+canal que van a abrir de un mar a otro de Am&eacute;rica, entre los restos de
+las ruinas. Tiene ventanas anchas como las casas salvadore&ntilde;as, y un
+balc&oacute;n de madera muy hermoso, el pabell&oacute;n del Salvador, que es pa&iacute;s
+obrero, que inventa y trabaja fino, y en el campo cultiva la ca&ntilde;a y el
+caf&eacute;, y hace muebles como los de Par&iacute;s, y sedas como las de Lyon, y
+bordados como los de Burano, y lanas de tinte alegre, tan buenas como
+las inglesas, y tallados de mucha gracia en la madera y en el oro. Por
+un p&oacute;rtico grandioso se entra, entre sacos de trigo y muestras de
+mineral, al palacio de hierro de Chile: all&iacute; la madera fuerte de los
+bosques del indio araucano, los vinos topacios y rojos, las barras de
+plata y oro mate, las artes todas de un pueblo que no se quiere quedar
+atr&aacute;s, la sal y el arbusto colorado del desierto: al fondo hay como un
+jard&iacute;n: las paredes est&aacute;n llenas de cuadros de n&uacute;meros.</p>
+
+<p>Y all&iacute;, al lado de Chile, entrar&iacute;amos ahora al Palacio de los Ni&ntilde;os,
+donde juegan los chiquitines al caballito y al columpio, y ven hacer
+barcos de cristal de Venecia, y las mu&ntilde;ecas que hace el japon&eacute;s,
+envolviendo con el palitroque alrededor de una varita las pastas blandas
+de colores diferentes: y hace un daimio con su sable, y un Mikado de
+ahora, con su levita a la francesa: &iexcl;oh, el teatro! &iexcl;oh, el hombre que
+est&aacute; haciendo los confites! &iexcl;oh, el perro que sabe multiplicar! &iexcl;oh, el
+gimnasta que anda a caballo en una rueda! &iexcl;y el palacio es de juguetes
+todo por afuera, desde el quicio hasta los banderines del techo! Pero,
+si no tenemos tiempo, &iquest;c&oacute;mo hemos de pararnos a jugar, nosotros, ni&ntilde;os
+de Am&eacute;rica, si todav&iacute;a hay tanto que ver, si no hemos visto todos los
+pabellones de nuestras tierras americanas? &iquest;Y esta casa de madera tan
+franca y tan amiga, que convida a la gente a entrar a ver todo lo que da
+la tierra volc&aacute;nica de su pa&iacute;s, uva y caf&eacute;, enredaderas y tigres, cocos
+y p&aacute;jaros, y los lleva a su colgadizo con cortinas, a tomar en j&iacute;caras
+labradas su chocolate de espuma?: es el de Guatemala ese pabell&oacute;n
+generoso. Y ese otro elegante, con tantas maderas, es el de la tierra
+donde se saben defender con ramas de &aacute;rboles de los que vienen de afuera
+a quitarles el pa&iacute;s: de Santo Domingo. Ese otro es del Paraguay, ese de
+la torre de mirador, con las ventanas y puertas como de naci&oacute;n de mucho
+bosque, que imita en sus casas las grutas y los arcos de los &aacute;rboles. Y
+ese otro suntuoso que tiene torres como lanzas y alegr&iacute;a como de sal&oacute;n;
+ese que ha dado una parte de sus salas a dos pueblos de nuestra
+familia,&mdash;a Colombia, que tiene ahora mucho que hacer, al Per&uacute;, que est&aacute;
+triste despu&eacute;s de una guerra que tuvo,&mdash;&eacute;se es el pueblo bravo y cordial
+de Uruguay, que trabaja con arte y placer, como el de Francia, y pele&oacute;
+nueve a&ntilde;os contra un mal hombre que lo quer&iacute;a gobernar, y tiene un poeta
+de Am&eacute;rica que se llama Magari&ntilde;os: vive de sus ganados el Uruguay, y no
+hay pueblo en el mundo que haya inventado tantos modos de conservar la
+carne buena, en el tasajo seco, en caldos que parecen vino, en la pasta
+negra de Liebig, y en bizcochos sabrosos: y en la torre, que se parece a
+una lanza, flota, como llamando a los hombres buenos, la bandera del
+sol, de listas blancas y azules.</p>
+
+<p>&iexcl;Y tener que pasar tan de prisa por los palacios de una tierra enana
+como Holanda, donde no hay holand&eacute;s que no sea feliz, y viva como en
+pueblo grande, por su trabajo de marino, de ingeniero, de impresor, de
+tejedor de encajes, de tallador de diamantes; de un pueblo como B&eacute;lgica,
+que sabe tanto de cultivos, y de hacer carruajes, y casas, y armas, y
+lozas, y tapices, y ladrillos! No podemos ver el pabell&oacute;n de Suiza, con
+su escuela modelo, sus quesos como ruedas y su taller de relojes; ni el
+de Hawai, que es pa&iacute;s donde todos saben leer, y trabaja el hombre de la
+isla, al pie del volc&aacute;n de fuego, la lava y la pluma; ni el de la
+Rep&uacute;blica de San Marino&mdash;&iquest;qui&eacute;n sabe d&oacute;nde est&aacute; San Marino?&mdash;con sus
+cristales pintados famosos y sus familias de escultores. Esa de la
+puerta tallada de colores es Servia, de cerca de Rusia, donde hacen
+tapicer&iacute;a fina y mosaicos, y ese comedor, con su techo de aleros, es de
+Rumania, donde el m&aacute;s pobre viste de pa&ntilde;os bordados, y comen la carne
+casi cruda con mucha pimienta en platos de madera, y beben leche de
+b&uacute;falo. Est&aacute; llena de sedas con recamos de flores y p&aacute;jaros, llena de
+palanquines y colmillos de elefante, esa casa de dos techos de Siam, el
+pueblo de la ceremonia y del arroz. &iquest;Y a China qui&eacute;n no la conoce, con
+su pabell&oacute;n de tres torres, donde no caben las cortinas con &aacute;rboles y
+demonios de oro, ni las cajas de marfil con dibujos de relieve, ni el
+tapiz donde est&aacute;n, con los siete colores de la luz, los p&aacute;jaros que van
+de corte por el aire, cuando llega el mes de mayo, a saludar al rey y la
+reina, que son dos ruise&ntilde;ores que fueron al cielo a ver qui&eacute;n se sienta
+en las nubes, y se trajeron un nido de rayos de sol? &iexcl;Oh, cu&aacute;nto hay que
+ver! &iquest;Y el palacio hind&uacute;, de rojo oscuro con los ornamentos blancos,
+como los bordados de trencilla en un vestido de mujer, y tan tallado
+todo, las ventanas menudas y la torre, como la fuente de m&aacute;rmol, las
+columnas de p&oacute;rfido, los leones de bronce que adornan la sala, colgada
+de tapicer&iacute;as? &iquest;Y el Jap&oacute;n, que es como la China, con m&aacute;s gracia y
+delicadeza, y unos jardineros viejos que quieren mucho a los ni&ntilde;os? &iquest;Y
+Grecia, esa de la puerta baja con un muro a cada lado, con la historia
+de antes en uno, antes de que los romanos la vencieran cuando fue
+viciosa, y la vida del trabajo de hoy, en antig&uuml;edades, en m&aacute;rmoles
+rojos, en sedas finas, en vinos olorosos, desde que resucit&oacute; con la
+vuelta a la libertad, y tiene ciudades como Pireo, Siracusa, Corf&uacute; y
+Patras, que valen ya por lo trabajadoras tanto como las cuatro famosas
+de la Grecia vieja: Atenas, Esparta, Tebas y Corinto? &iquest;Y Persia, con su
+entrada religiosa de mezquita, de techo de azul vivo, y adentro, entre
+colgaduras verdes y amarillas, las cazoletas cinceladas de quemar los
+olores, los chales de seda que caben por una sortija, los alfanjes de
+pu&ntilde;o enjoyado que cortan el hierro, las violetas azucaradas y las
+conservas de hojas de rosa? &iquest;Y el bazar de los marroqu&iacute;es, con su
+arquer&iacute;a blanca que reluce al sol, y sus moros de turbante y babucha,
+bru&ntilde;endo cuchillos, ti&ntilde;endo el cuero blando, trenzando la paja, labrando
+a martillazos el cobre, bordando de hilo de oro el terciopelo? &iquest;Y la
+calle del Cairo, que es una calle egipcia como en Egipto, unos comprando
+albornoces, otros tejiendo la lana en el telar, unos pregonando sus
+confites, y otros trabajando de joyeros, de torneros, de alfareros, de
+jugueteros, y por todas partes, alquilando el pollino, los burreros
+burlones, y all&aacute; arriba, envuelta en velos, la mora hermosa, que mira
+desde su balc&oacute;n de persianas caladas?</p>
+
+<p>&iexcl;Oh, no hay tiempo! Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el
+atrevimiento que ablanda al verlo el coraz&oacute;n, y hace sentir como deseo
+de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos. Volvamos al jard&iacute;n.
+Entremos por el p&oacute;rtico del Palacio de las Industrias. Pasemos, con los
+ojos cerrados, por la galer&iacute;a de las catorce puertas, donde cada palo
+exhibe sus trabajos mejores, y cada industria compuso la puerta de su
+departamento, la plater&iacute;a con platas y oros y dos columnas de piedra
+azul, la locer&iacute;a con porcelana y azulejos, la de muebles con madera
+esculpida como hojas de flor, y la de hierro con picos y martillos, y la
+de armas con ruedas, cure&ntilde;as, balas y ca&ntilde;ones, y as&iacute; todas. Por un
+corredor que hace pensar en cosas grandes, se va a la escalera que lleva
+al balc&oacute;n del monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de
+sol, una sala de hierro en que podr&iacute;an moverse a la vez dos mil
+caballos, en que podr&iacute;an dormir treinta mil hombres. &iexcl;Y toda est&aacute;
+cubierta de m&aacute;quinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que
+echan luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por
+debajo de la tierra! En cuatro hileras est&aacute;n en el centro las m&aacute;quinas
+mayores. De un horno rojo les viene la fuerza. Viene por correas, que no
+se ven de lo ligeras que andan. De cuatro filas de postes cuelgan las
+ruedas de las correas. Alrededor, unidas, est&aacute;n todas las m&aacute;quinas del
+mundo, las que hacen polvo de acero, las que afilan las agujas. Unas
+mujeres de delantal colorado trabajan el papel holand&eacute;s. Un cilindro,
+que parece un elefante que se mueve, est&aacute; cortando sobres. Un mortero
+separa el grano de trigo de la c&aacute;scara. Un anillo de hierro est&aacute; en el
+aire por la electricidad, sin nada que lo sujete. All&iacute; se funden los
+metales con que se hacen las letras de imprimir, all&iacute; se hace el papel
+de tela o de madera, all&iacute; la prensa imprime el diario, lo echa del otro
+lado, lo devuelve, h&uacute;medo. Una m&aacute;quina echa aire en el pozo de una mina,
+para que no se ahoguen los mineros. Otra aplasta la ca&ntilde;a, y echa un
+chorro de miel. &iexcl;Pues da ganas de llorar, el ver las m&aacute;quinas desde el
+balc&oacute;n! Rugen, susurran, es como la mar: el sol entra a torrentes. De
+noche, un hombre toca un bot&oacute;n, los dos alambres de la luz se juntan, y
+por sobre las m&aacute;quinas, que parecen arrodilladas en la tiniebla, derrama
+la claridad, colgado de la b&oacute;veda, el ciclo el&eacute;ctrico. Lejos, donde
+tiene Edison sus invenciones, se encienden de un chispazo veinte mil
+luces, como una corona.</p>
+
+<p>Hay panoramas de Par&iacute;s, y de N&aacute;poles con su volc&aacute;n, y del Mont Blanc,
+que da fr&iacute;o verlo, y de la rada de R&iacute;o Janeiro. Hay otro que es en el
+centro como un puente de un buque, y parece por la pintura que est&aacute; all&iacute;
+el buque entero, y el cielo y el mar. Hay el palacio de las pinturas
+finas de los acuarelistas, y otro, con adornos como de espejo, de los
+que pintan al pastel. Hay los dos pabellones de Par&iacute;s, donde se aprende
+a cuidar una ciudad grande. Hay talleres por los arrabales de la
+Exposici&oacute;n, donde se ve, &iexcl;para que el ego&iacute;sta aprenda a ser bueno!, el
+trabajo del hombre en las minas de hulla, en el fondo del agua, en los
+tanques donde hierve, como fango, el oro. Hay, all&aacute; lejos, negras y
+feas, las hornallas donde echan el carb&oacute;n para el vapor los hombres
+tiznados. Pero adonde todos van es al campo que tiene delante el palacio
+donde los soldados mancos y cojos cuidan la sepultura de piedra de
+Napole&oacute;n, rodeada de banderas rotas: &iexcl;y en lo alto del palacio, la
+c&uacute;pula dorada! Todos van, a ver los pueblos extra&ntilde;os, a la Explanada de
+los Inv&aacute;lidos. De paso no m&aacute;s veremos el palacio donde est&aacute; todo lo de
+pelear: el globo que va por el aire a ver por donde viene el enemigo:
+las palomas que saben volar con el recado tan arriba que no las alcanzan
+las balas: &iexcl;y alguna les suele alcanzar, y la paloma blanca cae llena de
+sangre en la tierra! De paso veremos, en el pabell&oacute;n de la Rep&uacute;blica del
+&Aacute;frica del Sur, el diamante imperial, que sacaron all&aacute; de la tierra, y
+es el m&aacute;s grande del mundo. Aqu&iacute; est&aacute;n las tiendas de los soldados, con
+los fusiles a la puerta. All&iacute; est&aacute;n, graciosas, las casas que los
+hombres buenos quieren hacer a los trabajadores, para que vean luz los
+domingos, y descansen en su casita limpia, cuando vienen cansados. All&iacute;,
+con su torre como la flor de la magnolia, est&aacute; la pagoda de Cambodia, la
+tierra donde ya no viven, porque murieron por la libertad, aquellos
+Kmers que hac&iacute;an templos m&aacute;s altos que los montes. All&iacute; est&aacute;, con sus
+columnas de madera, el palacio de Cochinchina, y en el patio su estanque
+de peces dorados, y los marcos de las puertas labrados a punta de
+cuchillo, y, en el fondo, en la escalinata, dos dragones, con la boca
+abierta, de loza reluciente. Parece chino el palacio de Anam, con sus
+maderas pintadas de rojo y azul, y en el patio un dios gigante del
+bronce de ellos, que es como cera muy fina de color de avellana, y los
+techos y las columnas y las puertas talladas a hilos, como los nidos, o
+a hojas menudas, como la copa de los &aacute;rboles. Y por sobre los templos
+hind&uacute;s, con sus torres de colores y su monte de dioses de bronce a la
+puerta, dioses de vientre de oro y de ojos de esmalte, est&aacute;, lleno de
+sedas y marfiles, de pa&ntilde;os de plata bordados de zafiros, el Palacio
+Central de todas las tierras que tiene Francia en Asia: en una sala, al
+levantar una colgadura azul, ofrece una pipa de opio un elefante. All&aacute;,
+entre las palmeras, brilla, blanco y como de encaje, el minarete del
+palacio de arquer&iacute;as de Argel, por donde andan, como reyes presos, los
+&aacute;rabes hermosos y callados. Con sus puertas de clavos y sus azoteas,
+lleno de moros tunecinos y hebreos de barba negra, bebiendo vino de oro
+en el caf&eacute;, comprando pu&ntilde;ales con letras del Cor&aacute;n en la hoja, est&aacute;,
+entre bosques de d&aacute;tiles, el caser&iacute;o de T&uacute;nez, hecho con piedras viejas
+y lozas rotas de Cartago. Un anamita solo, sentado en cuclillas, mira,
+con los ojos a medio cerrar, la pagoda de Angkor, la de la torre como la
+flor de magnolia, con el dios Buda arriba, el Buda de cuatro cabezas.</p>
+
+<p>Y entre los palacios hay pueblos enteros de barro y de paja: el negro
+canaco en su choza redonda, el de Futa-Jal&oacute;n cociendo el hierro en su
+horno de tierra, el de Kedug&uacute;, con su calz&oacute;n de plumas, en la torre
+redonda en que se defiende del blanco: y al lado, de piedra y con
+ventanas de pelear, &iexcl;la torre cuadrada en que veintis&eacute;is franceses
+echaron atr&aacute;s a veinte mil negros, que no pod&iacute;an clavar su lanza de
+madera en la piedra dura! En la aldea de Anam, con las casas ligeras de
+techo de picos y corredores, se ve al cochinchino, sentado en la estera
+leyendo en su libro, que es una hoja larga, enrollada en un palo; y a
+otro, un actor, que se pinta la cara de bermell&oacute;n y de negro; y al bonzo
+rezando, con la capucha por la cabeza y las manos en la falda. Los
+javaneses, de blusa y calz&oacute;n ancho, viven felices, con tanto aire y
+claridad, en su kampong de casas de bamb&uacute;: de bamb&uacute; la cerca del pueblo,
+las casas y las sillas, el granero donde guardan el arroz, y el tendido
+en que se juntan los viejos a mandar en las cosas de la aldea, y las
+m&uacute;sicas con que van a buscar a las bailarinas descalzas, de casco de
+plumas y brazaletes de oro. El kabila, con su albornoz blanco, se pasea
+a la puerta de su casa de barro, baja y oscura para que el extranjero
+atrevido no entre a ver las mujeres de la casa, sentadas en el suelo,
+tejiendo en el telar, con la frente pintada de colores. Detr&aacute;s est&aacute; la
+tienda del kabila, que lleva a los viajes: el pollino se revuelca en el
+polvo: el hermano echa en un rinc&oacute;n la silla de cuero bordado de oro
+puro: el viejito a la puerta est&aacute; montando en el camello a su nieto, que
+le hala la barba.</p>
+
+<p>Y afuera, al aire libre, es como una locura. Parecen joyas que andan,
+aquellas gentes de traje de colores. Unos van al caf&eacute; moro, a ver a las
+moros bailar, con sus velos de gasa y su traje violeta, moviendo
+despacio los brazos, como si estuvieran dormidas. Otros van al teatro
+del kampong donde est&aacute;n en hileras unos mu&ntilde;ecos de cucurucho, viendo con
+sus ojos de porcelana a las bayaderas javanesas, que bailan como si no
+pisasen, y vienen con los brazos abiertos, como mariposas. En un caf&eacute; de
+mesas coloradas, con letras moras en las paredes, los aissauas, que son
+como unos locos de religi&oacute;n, se sacan los ojos y se los dejan colgando,
+y mascan cristal, y comen alacranes vivos, porque dicen que su dios les
+habla de noche desde el cielo, y se los manda comer. Y en el teatro de
+los anamitas, los c&oacute;micos vestidos de panteras y de generales, cuentan,
+saltando y aullando, tir&aacute;ndose las plumas de la cabeza y dando vueltas,
+la historia del pr&iacute;ncipe que fue de visita al palacio de un ambicioso, y
+bebi&oacute; una taza de t&eacute; envenenado. Pero ya es de noche, y hora de irse a
+pensar, y los clarines, con su corneta de bronce, tocan a retirada. Los
+camellos se echan a correr. El argelino sube al minarete, a llamar a la
+oraci&oacute;n. El anamita saluda tres veces, delante de la pagoda. El negro
+canaco alza su lanza al cielo. Pasan, comiendo dulces, las bailarinas
+moras. Y el cielo, de repente, como en una llamarada, se enciende de
+rojo: ya es como la sangre: ya es como cuando el sol se pone: ya es del
+color del mar a la hora del amanecer: ya es de un azul como si se
+entrara por el pensamiento el cielo: ahora blanco, como plata: ahora
+violeta, como un ramo de lilas: ahora, con el amarillo de la luz,
+resplandecen las c&uacute;pulas de los palacios, como coronas de oro: all&aacute;
+abajo, en lo de adentro de las fuentes, est&aacute;n poniendo cristales de
+color entre la luz y el agua, que cae en raudales del color del cristal,
+y echa al cielo encendido sus florones de chispas. La torre, en la
+claridad, luce en el cielo negro como un encaje rojo, mientras pasan
+debajo de sus arcos los pueblos del mundo.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="El_camaron_encantado" id="El_camaron_encantado"></a><a href="#toc">El camar&oacute;n encantado</a></h2>
+
+<p class="center"><i>Cuento de magia del franc&eacute;s Laboulaye.</i></p>
+
+
+<p>All&aacute; por un pueblo del mar B&aacute;ltico, del lado de Rusia, viv&iacute;a el pobre
+Loppi, en un casuco viejo, sin m&aacute;s compa&ntilde;&iacute;a que su hacha y su mujer. El
+hacha &iexcl;bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que quiere decir &laquo;fresa
+agria&raquo;. Y era agria Masicas de veras, como la fresa silvestre. &iexcl;Vaya un
+nombre: Masicas! Ella nunca se enojaba, por supuesto, cuando le hac&iacute;an
+el gusto, o no la contradec&iacute;an; pero si se quedaba sin el capricho, era
+de irse a los bosques por no o&iacute;rla. Se estaba callada de la ma&ntilde;ana a la
+noche, preparando el rega&ntilde;o, mientras Loppi andaba afuera con el hacha,
+corta que corta, buscando el pan: y en cuanto entraba Loppi, no paraba
+de rega&ntilde;arlo, de la noche a la ma&ntilde;ana. Porque estaban muy pobres, y
+cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor. De veras
+que era pobre la casa de Loppi: las ara&ntilde;as no hac&iacute;an telas en sus
+rincones porque no hab&iacute;a all&iacute; moscas que coger, y dos ratones que
+entraron extraviados, se murieron de hambre.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a estuvo Masicas m&aacute;s buscapleitos que de costumbre, y el buen
+le&ntilde;ador sali&oacute; de la casa suspirando, con el morral vac&iacute;o al hombro: el
+morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las papas que
+le daban de limosna. Era muy de ma&ntilde;anita, y al pasar cerca de un charco
+vio en la yerba h&uacute;meda uno que le pareci&oacute; animal raro y negruzco, de
+muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande por cierto: era un
+enorme camar&oacute;n. &laquo;&iexcl;Al saco el camar&oacute;n!: con esta cena le vuelve el juicio
+a esa hambrona de Masicas; &iquest;qui&eacute;n sabe lo que dice cuando tiene
+hambre?&raquo;Y ech&oacute; el camar&oacute;n en el saco.</p>
+
+<p>Pero &iquest;qu&eacute; tiene Loppi, que da un salto atr&aacute;s, que le tiembla la barba,
+que se pone p&aacute;lido? Del fondo del saco sali&oacute; una voz trist&iacute;sima: el
+camar&oacute;n le estaba hablando:</p>
+
+<p>&mdash;P&aacute;rate, amigo, p&aacute;rate, y d&eacute;jame ir. Yo soy el m&aacute;s viejo de los
+camarones: m&aacute;s de un siglo tengo yo: &iquest;qu&eacute; vas a hacer con este carapacho
+duro? S&eacute; bueno conmigo, como t&uacute; quieres que sean buenos contigo.</p>
+
+<p>&mdash;Perd&oacute;name, camaroncito, que yo te dejar&iacute;a ir; pero mi mujer est&aacute;
+esperando su cena, y si le digo que encontr&eacute; el camar&oacute;n mayor del mundo,
+y que lo dej&eacute; escapar, esta noche s&eacute; yo a lo que suena un palo de escoba
+cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas.</p>
+
+<p>&mdash;Y &iquest;por qu&eacute; se lo has de decir a tu mujer?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, camaroncito!: eso me dices t&uacute; porque no sabes qui&eacute;n es Masicas.
+Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz, y uno se
+deja llevar: Masicas me vuelve del rev&eacute;s, y me saca todo lo que tengo en
+el coraz&oacute;n: Masicas sabe mucho.</p>
+
+<p>&mdash;Pues mira, le&ntilde;ador, que yo no soy camar&oacute;n como parezco, sino una maga
+de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentar&aacute;, y si no me oyes,
+toda la vida te has de arrepentir.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; contenta a Masicas, y yo te dejar&eacute; ir, que por gusto a nadie le
+hago da&ntilde;o.</p>
+
+<p>&mdash;Dime qu&eacute; pescado le gusta m&aacute;s a tu mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Pues el que haya, camar&oacute;n, que los pobres no escogen: lo que has de
+hacer es que no vuelva yo con el morral vac&iacute;o.</p>
+
+<p>&mdash;Pues ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di:
+&laquo;&iexcl;Peces, al morral!&raquo;</p>
+
+<p>Y tantos peces entraron en el morral que casi se le iba Loppi de las
+manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ves, le&ntilde;ador&mdash;le dijo el camar&oacute;n,&mdash;que no soy desagradecido. Ven
+ac&aacute; todas las ma&ntilde;anas, y en cuanto digas: &laquo;&iexcl;Al morral, peces!&raquo; tendr&aacute;s
+el morral lleno, de los peces colorados, de los peces de plata, de los
+peces amarillos. Y si quieres algo m&aacute;s, ven y dime as&iacute;:</p>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i3">&laquo;Camaroncito duro,<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0"><i>S&aacute;came del apuro&raquo;</i>:<br /></span>
+</div></div>
+
+<p>y yo saldr&eacute;, y ver&eacute; lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio, y
+no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy.</p>
+
+<p>&mdash;Probar&eacute;, se&ntilde;ora maga, probar&eacute;&mdash;dijo el le&ntilde;ador; y puso en la yerba con
+mucho cuidado el camar&oacute;n milagroso, que se meti&oacute; de un salto en el agua.</p>
+
+<p>Iba como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba,
+pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya no pod&iacute;a
+m&aacute;s de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar, primero un lucio
+como de una vara, luego una carpa, radiante como el oro, luego dos
+truchas, y un mundo de meros. Masicas abraz&oacute; a Loppi, y lo volvi&oacute; a
+abrazar, y le dijo: &laquo;&iexcl;le&ntilde;adorcito m&iacute;o!&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;Ya ves, ya ves, Loppi, lo que nos sucede por haber o&iacute;do a tu mujer y
+salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y tr&aacute;eme unos
+ajos y cebollas, y tr&aacute;eme unas setas: anda, anda al monte, le&ntilde;adorcito,
+que te voy a hacer una sopa que no la come el rey. Y la carpa la
+asaremos: ni un regidor va a comer mejor que nosotros.</p>
+
+<p>Y fue muy buena por cierto la comida, porque Masicas no hac&iacute;a sino lo
+que quer&iacute;a Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoci&oacute;, que era
+como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al otro d&iacute;a no le
+hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados. Y al otro, se puso a
+hablar sola. Y el s&aacute;bado, le sac&oacute; la lengua en cuanto lo vio venir. Y el
+domingo, se le fue encima a Loppi, que volv&iacute;a con su morral a cuestas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Mal marido, mal hombre, mal compa&ntilde;ero! &iexcl;que me vas a matar a pescado!
+&iexcl;que de verte el morral me da el alma vueltas!</p>
+
+<p>&mdash;Y &iquest;qu&eacute; quieres que te traiga, pues?&mdash;dijo el pobre Loppi.</p>
+
+<p>&mdash;Pues lo que comen todas las mujeres de los le&ntilde;adores honrados: una
+sopa buena y un trozo de tocino.</p>
+
+<p>&laquo;Con tal&mdash;pens&oacute; Loppi&mdash;que la maga me quiera hacer este favor.&raquo;</p>
+
+<p>Y al otro d&iacute;a a la ma&ntilde;anita fue al charco, y se puso a dar voces:</p>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i1">&laquo;Camaroncito duro,<br /></span>
+<span class="i0">S&aacute;came del apuro.&raquo;<br /></span>
+</div></div>
+
+<p>y el agua se movi&oacute;, y sali&oacute; una boca negra, y luego otra boca, y luego
+la cabeza, con dos ojos grandes que resplandec&iacute;an.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere el le&ntilde;ador?</p>
+
+<p>&mdash;Para m&iacute;, nada; nada para m&iacute;, camaroncito: &iquest;qu&eacute; he de querer yo? Pero
+ya mi mujer se cans&oacute; del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo de
+tocino.</p>
+
+<p>&mdash;Pues tendr&aacute; lo que quiere tu mujer&mdash;respondi&oacute; el camar&oacute;n.&mdash;Al sentarte
+esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo me&ntilde;ique, y di a cada
+golpe: &laquo;&iexcl;Sopa, aparece: aparece, tocino!&raquo;Y ver&aacute;s que aparecen. Pero ten
+cuidado, le&ntilde;ador, que si tu mujer empieza a pedir, no va a acabar nunca.</p>
+
+<p>&mdash;Probar&eacute;, se&ntilde;ora maga, probar&eacute;&mdash;dijo Loppi, suspirando.</p>
+
+<p>Como una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro d&iacute;a en
+la mesa Masicas, que comi&oacute; sopa dos veces, y tocino tres, y luego abraz&oacute;
+a Loppi, y lo llam&oacute;: &laquo;Loppi de mi coraz&oacute;n&raquo;.</p>
+
+<p>Pero a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa, se
+puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los pu&ntilde;os alzados:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Hasta cu&aacute;ndo me has de atormentar, mal marido, mal compa&ntilde;ero, mal
+hombre? &iquest;que una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca?</p>
+
+<p>&mdash;Pero &iquest;qu&eacute; quieres, amor m&iacute;o, qu&eacute; quieres?</p>
+
+<p>&mdash;Pues quiero una buena comida, mal marido: un ganso asado, y unos
+pasteles para postres.</p>
+
+<p>En toda la noche no cerr&oacute; Loppi los ojos, pensando en el amanecer, y en
+los pu&ntilde;os alzados de Masicas, que le parecieron un ganso cada uno. Y a
+paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del d&iacute;a. Y las
+voces que daba parec&iacute;an hilos, por lo tristes, por lo delgadas:</p>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i1">&laquo;Camaroncito duro,<br /></span>
+<span class="i0">S&aacute;came del apuro.&raquo;<br /></span>
+</div></div>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere el le&ntilde;ador?</p>
+
+<p>&mdash;Para m&iacute;, nada: &iquest;qu&eacute; he de querer yo? Pero ya mi mujer se est&aacute; cansando
+del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, se&ntilde;ora maga. Pero mi mujer
+se ha cansado, y quiere algo ligero, as&iacute; como un gansito asado, as&iacute; como
+unos pastelitos.</p>
+
+<p>&mdash;Pues vu&eacute;lvete a tu casa, le&ntilde;ador, y no tienes que venir cuando tu
+mujer quiera cambiar de comida, sino ped&iacute;rselo a la mesa, que yo le
+mandar&eacute; a la mesa que se lo sirva.</p>
+
+<p>En un salto lleg&oacute; Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y tirando
+por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mesa de platos, cuando &eacute;l
+lleg&oacute;, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra
+de esta&ntilde;o: y el ganso con papas, y un pud&iacute;n de ciruelas. Hasta un frasco
+de anisete hab&iacute;a en la mesa, con su forro de paja.</p>
+
+<p>Pero Masicas estaba pensativa. Y a Loppi &iquest;qui&eacute;n le daba todo aquello?
+Ella quer&iacute;a saber: &laquo;&iexcl;D&iacute;melo, Loppi!&raquo;Y Loppi se lo dijo, cuando ya no
+quedaba del anisete m&aacute;s que el forro de paja, y estaba Masicas m&aacute;s dulce
+que el an&iacute;s. Pero ella prometi&oacute; no dec&iacute;rselo a nadie: no hab&iacute;a una
+vecina en doce leguas a la redonda.</p>
+
+<p>A los pocos d&iacute;as, una tarde que Masicas hab&iacute;a estado muy melosa, le
+cont&oacute; a Loppi muchos cuentos y le acab&oacute; as&iacute; el discurso:</p>
+
+<p>&mdash;Pero, Loppi m&iacute;o, ya t&uacute; no piensas en tu mujercita: comer, es verdad,
+come mejor que la reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi, como
+la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga no te tendr&aacute; a
+mal que quieras vestir bien a tu mujercita.</p>
+
+<p>A Loppi le pareci&oacute; que Masicas ten&iacute;a mucha raz&oacute;n, y que no estaba bien
+sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre. Pero la voz se
+le resist&iacute;a cuando a la ma&ntilde;anita llam&oacute; al camar&oacute;n encantado:</p>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i1">&laquo;Camaroncito duro,<br /></span>
+<span class="i0">S&aacute;came del apuro.&raquo;<br /></span>
+</div></div>
+
+<p>El camar&oacute;n entero sac&oacute; el cuerpo del agua.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere el le&ntilde;ador?</p>
+
+<p>&mdash;Para m&iacute;, nada; &iquest;qu&eacute; puedo yo querer? Pero mi mujer est&aacute; triste, se&ntilde;ora
+maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su se&ntilde;or&iacute;a me d&eacute; poder
+para tenerla con traje de se&ntilde;ora.</p>
+
+<p>El camar&oacute;n se ech&oacute; a re&iacute;r, y estuvo riendo un rato, y luego dijo a
+Loppi: &laquo;Vu&eacute;lvete a casa, le&ntilde;ador, que tu mujer tendr&aacute; lo que desea.&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, se&ntilde;or camar&oacute;n! &iexcl;oh, se&ntilde;ora maga! &iexcl;d&eacute;jeme que le bese la patica
+izquierda, la que est&aacute; del lado del coraz&oacute;n! &iexcl;d&eacute;jeme que se la bese!</p>
+
+<p>Y se fue cantando un canto que le hab&iacute;a o&iacute;do a un p&aacute;jaro dorado que le
+daba vueltas a una rosa: y cuando entr&oacute; a su casa vio a una bella
+se&ntilde;ora, y la salud&oacute; hasta los pies; y la se&ntilde;ora se ech&oacute; a re&iacute;r, porque
+era Masicas, su linda Masicas, que estaba como un sol de la hermosura. Y
+se tomaron los dos de la mano, y bailaron en redondo, y se pusieron a
+dar brincos.</p>
+
+<p>A los pocos d&iacute;as Masicas estaba p&aacute;lida, como quien no duerme, y con los
+ojos colorados, como de mucho llorar. &laquo;Y dime, Loppi&raquo;, le dec&iacute;a una
+tarde, con un pa&ntilde;uelo de encaje en la mano: &laquo;&iquest;de qu&eacute; me sirve tener tan
+buen vestido sin un espejo donde mirarme, ni una vecina que me pueda
+ver, ni m&aacute;s casa que este casuco? Loppi, dile a la maga que esto no
+puede ser.&raquo;Y lloraba Masicas, y se secaba los ojos colorados con su
+pa&ntilde;uelo de encaje: &laquo;Dile, Loppi, a la maga que me d&eacute; un castillo
+hermoso, y no le pedir&eacute; nada m&aacute;s.&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Masicas, t&uacute; est&aacute;s loca! Tira de la cuerda y se reventar&aacute;. Cont&eacute;ntate,
+mujer, con lo que tienes, que si no, la maga te castigar&aacute; por ambiciosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Loppi, nunca ser&aacute;s m&aacute;s que un zascandil! &iexcl;El que habla con miedo se
+queda sin lo que desea! H&aacute;blale a la maga como un hombre. H&aacute;blale, que
+yo estoy aqu&iacute; para lo que suceda.</p>
+
+<p>Y el pobre Loppi volvi&oacute; al charco, como con piernas postizas. Iba
+temblando todo &eacute;l. &iquest;Y si el camar&oacute;n se cansaba de tanto pedirle, y le
+quitaba cuanto le dio? &iquest;Y si Masicas lo dejaba sin pelo si volv&iacute;a sin el
+castillo? Llam&oacute; muy quedito:</p>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i1">&laquo;Camaroncito duro,<br /></span>
+<span class="i0">S&aacute;came del apuro.&raquo;<br /></span>
+</div></div>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere el le&ntilde;ador?&mdash;dijo el camar&oacute;n, saliendo del agua poco a
+poco.</p>
+
+<p>&mdash;Nada para m&iacute;: &iquest;qu&eacute; m&aacute;s podr&iacute;a yo querer? Pero mi mujer no est&aacute;
+contenta y me tiene en tortura, se&ntilde;ora maga, con tantos deseos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; quiere la se&ntilde;ora, que ya no va a parar de querer?</p>
+
+<p>&mdash;Pues una casa, se&ntilde;ora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser
+princesa del castillo, y no volver&aacute; a pedir nada m&aacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;Le&ntilde;ador&mdash;dijo el camar&oacute;n, con una voz que Loppi no le conoc&iacute;a:&mdash;tu
+mujer tendr&aacute; lo que desea.&mdash;Y desapareci&oacute; en el agua de repente.</p>
+
+<p>A Loppi le cost&oacute; mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiado
+todo el pa&iacute;s, y en vez de matorrales hab&iacute;a ganados y siembras hermosas,
+y en medio de todo una casa muy rica con un jard&iacute;n lleno de flores. Una
+princesa baj&oacute; a saludarlo a la puerta del jard&iacute;n, con un vestido de
+plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas: &laquo;Ahora s&iacute;, Loppi, que
+soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga es muy buena.&raquo;Y Loppi se
+ech&oacute; a llorar de alegr&iacute;a.</p>
+
+<p>Viv&iacute;a Masicas con todo el lujo de su se&ntilde;or&iacute;o. Los barones y las
+baronesas se disputaban el honor de visitarla: el gobernador no daba
+orden sin saber si le parec&iacute;a bien: no hab&iacute;a en todo el pa&iacute;s quien
+tuviera un castillo m&aacute;s opulento, ni coches con m&aacute;s oro, ni caballos m&aacute;s
+finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus gallinas
+de Guinea, sus faisanes de Ter&aacute;n, sus cabras eran suizas. &iquest;Qu&eacute; le
+faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar? Se lo dijo a
+Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas quer&iacute;a algo m&aacute;s. Quer&iacute;a
+ser reina Masicas:&laquo;&iquest;No ves que para reina he nacido yo? &iquest;No ves, Loppi
+m&iacute;o, que t&uacute; mismo me das siempre la raz&oacute;n, aunque eres m&aacute;s terco que una
+mula? Ya no puedo esperar, Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina.&raquo;</p>
+
+<p>Loppi no quer&iacute;a ser rey. Almorzaba bien, com&iacute;a mejor; &iquest;a qu&eacute; los
+trabajos de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas dec&iacute;a a querer, no
+hab&iacute;a m&aacute;s remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol,
+limpi&aacute;ndose los sudores, y con la sangre a medio helar. Lleg&oacute;. Llam&oacute;.</p>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i1">&laquo;Camaroncito duro,<br /></span>
+<span class="i0">S&aacute;came del apuro.&raquo;<br /></span>
+</div></div>
+
+<p>Vio salir del agua las dos bocas negras. Oy&oacute; que le dec&iacute;an &laquo;&iquest;qu&eacute; quiere
+el le&ntilde;ador?&raquo;pero no ten&iacute;a fuerzas para dar su recado. Al fin dijo
+tartamudeando:</p>
+
+<p>&mdash;Para m&iacute;, nada: &iquest;qu&eacute; pudiera yo pedir? Pero se ha cansado mi mujer de
+ser princesa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; quiere ahora ser la mujer del le&ntilde;ador?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, se&ntilde;ora maga!: reina quiere ser.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Reina no m&aacute;s? Me salvaste la vida, y tu mujer tendr&aacute; lo que desea.
+&iexcl;Salud, marido de la reina!</p>
+
+<p>Y cuando Loppi volvi&oacute; a su casa, el castillo era un palacio, y Masica
+ten&iacute;a puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes, con sus
+medias de seda y sus casaquines, iban detr&aacute;s de la reina Masicas,
+carg&aacute;ndole la cola.</p>
+
+<p>Y Loppi almorz&oacute; contento, y bebi&oacute; en copa tallada su anisete m&aacute;s fino,
+seguro de que Masicas ten&iacute;a ya cuanto pod&iacute;a tener. Y dos meses estuvo
+almorzando pechugas de fais&aacute;n con vinos olorosos, y paseando por el
+jard&iacute;n con su capa de armi&ntilde;o y su sombrero de plumas, hasta que un d&iacute;a
+vino un chambel&aacute;n de casaca carmes&iacute; con botones de topacio, a decirle
+que la reina lo quer&iacute;a ver, sentada en su trono de oro.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos
+hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres. Ve a
+ver a la maga por &uacute;ltima vez. Ve: dile lo que quiero.</p>
+
+<p>&mdash;Pero &iquest;qu&eacute; quieres entonces, infeliz? &iquest;Quieres reinar en el cielo donde
+est&aacute;n los soles y las estrellas, y ser due&ntilde;a del mundo?</p>
+
+<p>&mdash;Que vayas te digo, y le digas a la maga que quiero reinar en el cielo,
+y ser due&ntilde;a del mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Que no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura.</p>
+
+<p>&mdash;Soy tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten la
+cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Voy, mi reina, voy.&mdash;Y se ech&oacute; al brazo el manto de armi&ntilde;o, y sali&oacute;
+corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba como si
+le corrieran detr&aacute;s, alzando los brazos, arrodill&aacute;ndose en el suelo,
+golpe&aacute;ndose la casaca bordada de colores: &laquo;&iexcl;Tal vez&mdash;pensaba Loppi&mdash;tal
+vez el camar&oacute;n tenga piedad de m&iacute;!&raquo; Y lo llam&oacute; desde la orilla, con voz
+como un gemido:</p>
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+<span class="i1">&laquo;Camaroncito duro,<br /></span>
+<span class="i0">S&aacute;came del apuro.&raquo;<br /></span>
+</div></div>
+
+<p>Nadie respondi&oacute;. Ni una hoja se movi&oacute;. Volvi&oacute; a llamar, con la voz como
+un soplo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere el le&ntilde;ador?&mdash;respondi&oacute; otra voz terrible.</p>
+
+<p>&mdash;Para m&iacute;, nada: &iquest;qu&eacute; he de querer para m&iacute;? Pero la reina, mi mujer,
+quiere que le diga a la se&ntilde;ora maga su &uacute;ltimo deseo: el &uacute;ltimo, se&ntilde;ora
+maga.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere ahora la mujer del le&ntilde;ador?</p>
+
+<p>Loppi, espantado, cay&oacute; de rodillas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Perd&oacute;n, se&ntilde;ora, perd&oacute;n! &iexcl;Quiere reinar en el cielo, y ser due&ntilde;a del
+mundo!</p>
+
+<p>El camar&oacute;n dio una vuelta en redondo, que le sac&oacute; al agua espuma, y se
+fue sobre Loppi, con las bocas abiertas:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A tu rinc&oacute;n, imb&eacute;cil, a tu rinc&oacute;n! &iexcl;los maridos cobardes hacen a las
+mujeres locas! &iexcl;abajo el palacio, abajo el castillo, abajo la corona! &iexcl;A
+tu casuca con tu mujer, marido cobarde! &iexcl;A tu casuca con el morral
+vac&iacute;o!</p>
+
+<p>Y se hundi&oacute; en el agua, que silb&oacute; como cuando mojan un hierro caliente.</p>
+
+<p>Loppi se tendi&oacute; en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levant&oacute;,
+no ten&iacute;a en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo el
+manto de armi&ntilde;o, ni vest&iacute;a la casaca bordada de colores. El camino era
+oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados y pinos enfermos
+eran la &uacute;nica arboleda. El suelo era, como antes, de pozos y pantanos.
+Cargaba a la espalda su morral vac&iacute;o. Iba, sin saber que iba, mirando a
+la tierra.</p>
+
+<p>Y de pronto sinti&oacute; que le apretaban el cuello dos manos feroces.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Est&aacute;s aqu&iacute;, monstruo? &iquest;Est&aacute;s aqu&iacute;, mal marido? &iexcl;Me has arruinado, mal
+compa&ntilde;ero! &iexcl;Muere a mis manos, mal hombre!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Masicas, que te lastimas! &iexcl;Oye a tu Loppi, Masicas!</p>
+
+<p>Pero las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron, y
+cay&oacute; muerta, muerta de la furia. Loppi se sent&oacute; a sus pies, le compuso
+los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada el morral vac&iacute;o. Por
+la ma&ntilde;ana, cuando sali&oacute; el sol, Loppi estaba tendido junto a Masicas,
+muerto.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="El_Padre_las_Casas" id="El_Padre_las_Casas"></a><a href="#toc">El Padre las Casas.</a></h2>
+
+
+<p>Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos a&ntilde;os. Cuatrocientos a&ntilde;os hace
+que vivi&oacute; el Padre las Casas, y parece que est&aacute; vivo todav&iacute;a, porque fue
+bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque
+con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era
+hermoso verlo escribir, con su t&uacute;nica blanca, sentado en su sill&oacute;n de
+tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escrib&iacute;a de prisa. Y
+otras veces se levantaba del sill&oacute;n, como si le quemase: se apretaba las
+sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parec&iacute;a
+como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro
+famoso de la <i>Destrucci&oacute;n de las Indias</i>, los horrores que vio en las
+Am&eacute;ricas cuando vino de Espa&ntilde;a la gente a la conquista. Se le encend&iacute;an
+los ojos, y se volv&iacute;a a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena
+de l&aacute;grimas. As&iacute; pas&oacute; la vida, defendiendo a los indios.</p>
+
+<p>Aprendi&oacute; en Espa&ntilde;a a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y
+vino con Col&oacute;n a la isla Espa&ntilde;ola en un barco de aquellos de velas
+infladas y como c&aacute;scara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con muchos
+latines. Dec&iacute;an los marineros que era grande su saber para un mozo de
+veinticuatro a&ntilde;os. El sol, lo ve&iacute;a &eacute;l siempre salir sobre cubierta. Iba
+alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero desde que
+lleg&oacute;, empez&oacute; a hablar poco. La tierra, s&iacute;, era muy hermosa, y se viv&iacute;a
+como en una flor: &iexcl;pero aquellos conquistadores asesinos deb&iacute;an de venir
+del infierno, no de Espa&ntilde;a! Espa&ntilde;ol era &eacute;l tambi&eacute;n, y su padre, y su
+madre; pero &eacute;l no sal&iacute;a por las islas Lucayas a robarse a los indios
+libres: &iexcl;porque en diez a&ntilde;os ya no quedaba indio vivo de los tres
+millones, o m&aacute;s, que hubo en la Espa&ntilde;ola!: &eacute;l no los iba cazando con
+perros hambrientos, para matarlos a trabajo en las minas: &eacute;l no les
+quemaba las manos y los pies cuando se sentaban porque no pod&iacute;an andar,
+o se les ca&iacute;a el pico porque ya no ten&iacute;an fuerzas: &eacute;l no los azotaba,
+hasta verlos desmayar, porque no sab&iacute;an decirle a su amo donde hab&iacute;a m&aacute;s
+oro: &eacute;l no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio
+de la mesa no pudo con la carga que tra&iacute;a de la mina, y le mand&oacute; cortar
+en castigo las orejas: &eacute;l no se pon&iacute;a el jub&oacute;n de lujo, y aquella capa
+que llamaban ferreruelo, para ir muy gal&aacute;n a la plaza a las doce, a ver
+la quema que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los
+cinco indios. El los vio quemar, los vio mirar con desprecio desde la
+hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso m&aacute;s que el jub&oacute;n negro ni
+carg&oacute; ca&ntilde;a de oro, como los otros licenciados ricos y regordetes, sino
+que se fue a consolar a los indios por el monte, sin m&aacute;s ayuda que su
+bast&oacute;n de rama de &aacute;rbol.</p>
+
+<p>Al monte se hab&iacute;an ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban
+en la Espa&ntilde;ola. Como amigos hab&iacute;an recibido ellos a los hombres blancos
+de las barbas: ellos les hab&iacute;an regalado con su miel y su ma&iacute;z, y el
+mismo rey Behech&iacute;o le dio de mujer a un espa&ntilde;ol hermoso su hija
+Higuemota, que era como la torcaza y como la palma real: ellos les
+hab&iacute;an ense&ntilde;ado sus monta&ntilde;as de oro, y sus r&iacute;os de agua de oro, y sus
+adornos, todos de oro fino, y les hab&iacute;an puesto sobre la coraza y
+guanteletes de la armadura pulseras de las suyas, y collares de oro: &iexcl;y
+aquellos hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus
+indias, y sus hijos; los met&iacute;an en lo hondo de la mina, a halar la carga
+de piedra con la frente; se los repart&iacute;an, y los marcaban con el hierro,
+como esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel
+pa&iacute;s de p&aacute;jaros y de frutas los hombres eran bellos y amables; pero no
+eran fuertes. Ten&iacute;an el pensamiento azul como el cielo, y claro como el
+arroyo; pero no sab&iacute;an matar, forrados de hierro, con el arcabuz cargado
+de p&oacute;lvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no se puede
+atravesar una coraza. Ca&iacute;an, como las plumas y las hojas. Mor&iacute;an de
+pena, de furia, de fatiga, de hambre, de mordidas de perros. &iexcl;Lo mejor
+era irse al monte, con el valiente Guaroa, y con el ni&ntilde;o Guarocuya, a
+defenderse con las piedras, a defenderse con el agua, a salvar al
+reyecito bravo, a Guairocuya! El saltaba el arroyo, de orilla a orilla;
+&eacute;l clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la
+cabeza iba &eacute;l; se le o&iacute;a la risa de noche, como un canto; lo que &eacute;l no
+quer&iacute;a era que lo llevase nadie en hombros. As&iacute; iban por el monte,
+cuando se les apareci&oacute; entre los espa&ntilde;oles armados el Padre las Casas,
+con sus ojos trist&iacute;simos, en su jub&oacute;n y su ferreruelo. El no les
+disparaba el arcabuz: &eacute;l les abr&iacute;a los brazos. Y le dio un beso a
+Guarocuya.</p>
+
+<p>Ya en la isla lo conoc&iacute;an todos, y en Espa&ntilde;a hablaban de &eacute;l. Era flaco,
+y de nariz muy larga, y la ropa se le ca&iacute;a del cuerpo, y no ten&iacute;a m&aacute;s
+poder que el de su coraz&oacute;n; pero de casa en casa andaba echando en cara
+a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas; iba a
+palacio, a pedir al gobernador que mandase cumplir las ordenanzas
+reales; esperaba en el portal de la audiencia a los oidores, caminando
+de prisa, con las manos a la espalda, para decirles que ven&iacute;a lleno de
+espanto, que hab&iacute;a visto morir a seis mil ni&ntilde;os indios en tres meses. Y
+los oidores le dec&iacute;an: &laquo;C&aacute;lmese, licenciado, que ya se har&aacute; justicia&raquo;:
+se echaban el ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los
+encomenderos, que eran los ricos del pa&iacute;s, y ten&iacute;an buen vino y buena
+miel de Alcarria. Ni merienda ni sue&ntilde;o hab&iacute;a para las Casas: sent&iacute;a en
+sus carnes mismas los dientes de los molosos que los encomenderos ten&iacute;an
+sin comer, para que con el apetito les buscasen mejor a los indios
+cimarrones: le parec&iacute;a que era su mano la que chorreaba sangre, cuando
+sab&iacute;a que, porque no pudo con la pala, le hab&iacute;an cortado a un indio la
+mano: cre&iacute;a que &eacute;l era el culpable de toda la crueldad, porque no la
+remediaba; sinti&oacute; como que se iluminaba y crec&iacute;a, y como que eran sus
+hijos todos los indios americanos. De abogado no ten&iacute;a autoridad, y lo
+dejaban solo: de sacerdote tendr&iacute;a la fuerza de la Iglesia, y volver&iacute;a a
+Espa&ntilde;a, y dar&iacute;a los recados del cielo, y si la corte no acababa con el
+asesinato, con el tormento, con la esclavitud, con las minas, har&iacute;a
+temblar a la corte. Y el d&iacute;a en que entr&oacute; de sacerdote, toda la isla fue
+a verlo, con el asombro de que tomara aquella carrera un licenciado de
+fortuna: y las indias le echaron al pasar a sus hijitos, a que le
+besasen los h&aacute;bitos.</p>
+
+<p>Entonces empez&oacute; su medio siglo de pelea, para que los indios no fuesen
+esclavos; de pelea en las Am&eacute;ricas; de pelea en Madrid; de pelea con el
+rey mismo: contra Espa&ntilde;a toda, &eacute;l solo, de pelea. Col&oacute;n fue el primero
+que mand&oacute; a Espa&ntilde;a a los indios en esclavitud, para pagar con ellos las
+ropas y comidas que tra&iacute;an a Am&eacute;rica los barcos espa&ntilde;oles. Y en Am&eacute;rica
+hab&iacute;a habido repartimiento de indios, y cada cual de los que vino de
+conquista, tom&oacute; en servidumbre su parte de la indiada, y la puso a
+trabajar para &eacute;l, a morir para &eacute;l, a sacar el oro de que estaban llenos
+los montes y los r&iacute;os. La reina, all&aacute; en Espa&ntilde;a, dicen que era buena, y
+mand&oacute; a un gobernador que sacase a los indios de la esclavitud; pero los
+encomenderos le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos, y su
+porci&oacute;n en las ganancias, y fueron m&aacute;s que nunca los muertos, las manos
+cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se echaban de cabeza
+al fondo de las minas. &laquo;Yo, he visto traer a centenares maniatadas a
+estas amables criaturas, y darles muerte a todas juntas, como a las
+ovejas.&raquo;Fue a Cuba de cura con Diego Vel&aacute;zquez, y volvi&oacute; de puro horror,
+porque antes que para hacer casas, derribaban los &aacute;rboles para ponerlos
+de le&ntilde;as a las quemazones de los ta&iacute;nos. En una isla donde hab&iacute;a
+quinientos mil, &laquo;vio con sus ojos&raquo;los indios que quedaban: once. Eran
+aquellos conquistadores soldados b&aacute;rbaros, que no sab&iacute;an los
+mandamientos de la ley, &iexcl;y tomaban a los indios de esclavos, para
+ense&ntilde;arles la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche,
+desvelado de la angustia, hablaba con su amigo Renter&iacute;a, otro espa&ntilde;ol de
+oro. &iexcl;Al rey hab&iacute;a que ir a pedir justicia, al rey Fernando de Arag&oacute;n!
+Se embarc&oacute; en la galera de tres palos, y se fue a ver al rey.</p>
+
+<p>Seis veces fue a Espa&ntilde;a, con la fuerza de su virtud, aquel padre que &laquo;no
+probaba carne&raquo;. Ni al rey le ten&iacute;a &eacute;l miedo, ni a la tempestad. Se iba a
+cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el d&iacute;a en
+el puente, apuntando sus razones en papel de hilo, y dando a que le
+llenaran de tinta el tintero de cuerno, &laquo;porque la maldad no se cura
+sino con decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo
+donde no me la pueda negar nadie, en lat&iacute;n y en castellano&raquo;. Si en
+Madrid estaba el rey, antes que a la posada a descansar del viaje, iba
+al palacio. Si estaba en Viena, cuando el rey Carlos de los espa&ntilde;oles
+era emperador de Alemania, se pon&iacute;a un h&aacute;bito nuevo, y se iba a Viena.
+Si era su enemigo Fonseca el que mandaba en la junta de abogados y
+cl&eacute;rigos que ten&iacute;a el rey para las cosas de Am&eacute;rica, a su enemigo se iba
+a ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista Oviedo,
+el de la &laquo;Natural Historia de las Indias&raquo;, hab&iacute;a escrito de los
+americanos las falsedades que los que ten&iacute;an las encomiendas le mandaban
+poner, le dec&iacute;a a Oviedo mentiroso, aunque le estuviera el rey pagando
+por escribir las mentiras. Si Sep&uacute;lveda, que era el maestro del rey
+Felipe, defend&iacute;a en sus &laquo;Conclusiones&raquo;el derecho de la corona a repartir
+como siervos, y a dar muerte a los indios, porque no eran cristianos, a
+Sep&uacute;lveda le dec&iacute;a que no ten&iacute;an culpa de estar sin la cristiandad los
+que no sab&iacute;an que hubiera Cristo, ni conoc&iacute;an las lenguas en que de
+Cristo se hablaba, ni ten&iacute;an m&aacute;s noticia de Cristo que la que les hab&iacute;an
+llevado los arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las cejas,
+como para cortarle el discurso, crec&iacute;a unas cuantas pulgadas a la vista
+del rey, se le pon&iacute;a ronca y fuerte la voz, le temblaba en el pu&ntilde;o el
+sombrero, y al rey le dec&iacute;a, cara a cara, que el que manda a los hombres
+ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y
+que lo hab&iacute;a de o&iacute;r en paz, porque &eacute;l no ven&iacute;a con manchas de oro en el
+vestido blanco, ni tra&iacute;a m&aacute;s defensa que la cruz.</p>
+
+<p>O hablaba, o escrib&iacute;a, sin descanso. Los frailes dominicanos lo
+ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho a&ntilde;os,
+escribiendo. Sab&iacute;a religi&oacute;n y leyes, y autores latinos, que era cuanto
+en su tiempo se aprend&iacute;a; pero todo lo usaba h&aacute;bilmente para defender el
+derecho del hombre a la libertad, y el deber de los gobernantes de
+respet&aacute;rselo. Eso era mucho decir, porque por eso quemaban entonces a
+los hombres. Llorente, que ha escrito la &laquo;Vida de Las Casas&raquo; escribi&oacute;
+tambi&eacute;n la &laquo;Historia de la Inquisici&oacute;n&raquo; que era quien quemaba: el rey
+iba de gala a ver la quemaz&oacute;n, con la reina y los caballeros de la
+corte: delante de los condenados ven&iacute;an cantando los obispos, con un
+estandarte verde: de la hoguera sal&iacute;a un humo negro. Y Fonseca y
+Sep&uacute;lveda quer&iacute;an que &laquo;el cl&eacute;rigo&raquo;las Casas dijese en sus disputas alg&uacute;n
+pecado contra la autoridad de la Iglesia, para que los inquisidores lo
+condenaran por hereje. Pero &laquo;el cl&eacute;rigo&raquo;le dec&iacute;a a Fonseca: &laquo;&iexcl;Lo que yo
+digo es lo que dijo en su testamento la buena reina Isabel; y t&uacute; me
+quieres mal y me calumnias, porque te quito el pan de sangre que comes,
+y acuso la encomienda de indios que tienes en Am&eacute;rica!&raquo;Y a Sep&uacute;lveda,
+que ya era confesor de Felipe II, le dec&iacute;a: &laquo;T&uacute; eres disputador famoso,
+y te llaman el Livio de Espa&ntilde;a por tus historias; pero yo no tengo miedo
+al elocuente que habla contra su coraz&oacute;n, y que defiende la maldad, y te
+desaf&iacute;o a que me pruebes en pl&aacute;tica abierta que los indios son
+malhechores y demonios, cuando son claros y buenos como la luz del d&iacute;a,
+e inofensivos y sencillos como las mariposas.&raquo;Y dur&oacute; cinco d&iacute;as la
+pl&aacute;tica con Sep&uacute;lveda. Sep&uacute;lveda empez&oacute; con desd&eacute;n, y acab&oacute; turbado. El
+cl&eacute;rigo lo o&iacute;a con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se le ve&iacute;a
+hincharse la frente. En cuanto Sep&uacute;lveda se sentaba satisfecho, como el
+que hinc&oacute; el alfiler donde quiso, se pon&iacute;a el cl&eacute;rigo en pie, magn&iacute;fico,
+rega&ntilde;&oacute;n, confuso, apresurado. &laquo;&iexcl;No es verdad que los indios de M&eacute;xico
+mataran cincuenta mil en sacrificios al a&ntilde;o, sino veinte apenas, que es
+menos de lo que mata Espa&ntilde;a en la horca!&raquo; &laquo;&iexcl;No es verdad que sean gente
+b&aacute;rbara y de pecados horribles, porque no hay pecado suyo que no lo
+tengamos m&aacute;s los europeos; ni somos nosotros qui&eacute;n, con todos nuestros
+ca&ntilde;ones y nuestra avaricia, para comparamos con ellos en tiernos y
+amigables; ni es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes,
+y poetas, y oficios, y gobierno, y artes!&raquo; &laquo;&iexcl;No es verdad, sino,
+iniquidad, que el modo mejor que tenga el rey para hacerse de s&uacute;bditos
+sea exterminarlos, ni el modo mejor de ense&ntilde;ar la religi&oacute;n a un indio
+sea echarlo en nombre de la religi&oacute;n a los trabajos de las bestias; y
+quitarle los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar de la
+carga con la frente como los bueyes!&raquo;Y citaba vers&iacute;culos de la Biblia,
+art&iacute;culos de la ley, ejemplos de la historia, p&aacute;rrafos de los autores
+latinos, todo revuelto y de gran hermosura, como caen las aguas de un
+torrente, arrastrando en la espuma las piedras y las alima&ntilde;as del monte.</p>
+
+<p>Solo estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo
+atrever, ni quer&iacute;a descontentar a los de la conquista, que le mandaban a
+la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de ni&ntilde;o lo oy&oacute; con
+veneraci&oacute;n, pero lo enga&ntilde;aba despu&eacute;s, cuando entr&oacute; en ambiciones que
+requer&iacute;an mucho gastar, y no estaba para ponerse por las &laquo;cosas del
+cl&eacute;rigo&raquo; en contra de los de Am&eacute;rica, que le enviaban de tributo los
+galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe II, que se gast&oacute; un reino en
+procurarse otro, y lo dej&oacute; todo a su muerte envenenado y fr&iacute;o, como el
+agujero en que ha dormido la v&iacute;bora. Si iba a ver al rey, se encontraba
+la antesala llena de amigos de los encomenderos, todos de seda sombreros
+de plumas, con collares de oro de los indios americanos: al ministro no
+le pod&iacute;a hablar, porque ten&iacute;a encomiendas &eacute;l, y ten&iacute;a minas, o gozaba
+los frutos de las que pose&iacute;a en cabeza de otros. De miedo de perder el
+favor de la corte, no le ayudaban los mismos que no ten&iacute;an en Am&eacute;rica
+inter&eacute;s. Los que m&aacute;s lo respetaban, por bravo, por justo, por astuto,
+por elocuente, no lo quer&iacute;an decir, o lo dec&iacute;an donde no los oyeran:
+porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los averg&uuml;enza
+con su virtud o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en
+su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de &eacute;l, o
+dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y le van
+clavando la pu&ntilde;alada en la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de
+&aacute;nimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los dem&aacute;s le
+ayuden, porque estar&aacute; siempre solo: &iexcl;pero con la alegr&iacute;a de obrar bien,
+que se parece al cielo de la ma&ntilde;ana en la claridad!</p>
+
+<p>Y como &eacute;l era tan sagaz que no dec&iacute;a cosa que pudiera ofender al rey ni
+a la Inquisici&oacute;n, sino que ped&iacute;a la bondad con los indios para bien del
+rey, y para que se hiciesen m&aacute;s de veras cristianos, no ten&iacute;an los de la
+corte modo de neg&aacute;rsele a las claras, sino que fing&iacute;an estimarle mucho
+el celo, y una vez le daban el t&iacute;tulo de &laquo;Protector Universal de los
+Indios&raquo;, con la firma de Fernando, pero sin modo de que le acatasen la
+autoridad de proteger; y otra, al cabo de cuarenta a&ntilde;os de razonar, le
+dijeron que pusiera en papel las razones por que opinaba que no deb&iacute;an
+ser esclavos los indios; y otra le dieron poder para que llevase
+trabajadores de Espa&ntilde;a a una colonia de Cuman&aacute; donde se hab&iacute;a de ver a
+los indios con amor, y no hall&oacute; en toda Espa&ntilde;a sino cincuenta que
+quisieran ir a trabajar, los cuales fueron, con un vestido que ten&iacute;a una
+cruz al pecho, pero no pudieron poner la colonia, porque el &laquo;adelantado&raquo;
+hab&iacute;a ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos
+disparaban sus flechas de punta envenenada contra todo el que llevaba
+cruz. Y por fin le encargaron, como por entretenerlo, que pidiese las
+leyes que le parec&iacute;an a &eacute;l bien para los indios, &laquo;&iexcl;cuantas leyes
+quisiera, pues que por ley m&aacute;s o menos no hemos de pelear!&raquo;, y &eacute;l las
+escrib&iacute;a, y las mandaba el rey cumplir, pero en el barco iba la ley, y
+el modo de desobedecerla. El rey le daba audiencia, y hac&iacute;a como que le
+tomaba consejo; pero luego entraba Sep&uacute;lveda, con sus pies blandos y sus
+ojos de zorra, a traer los recados de los que mandaban los galeones, Y
+lo que se hac&iacute;a de verdad era lo que dec&iacute;a Sep&uacute;lveda. Las Casas lo
+sab&iacute;a, lo sab&iacute;a bien; pero ni baj&oacute; el tono, ni se cans&oacute; de acusar, ni de
+llamar crimen a lo que era, ni de contar en su &laquo;Descripci&oacute;n&raquo; las
+&laquo;crueldades&raquo;, para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por
+la verg&uuml;enza de que las supiera el mundo. El nombre de los malos no lo
+dec&iacute;a, porque era noble y les tuvo compasi&oacute;n. Y escrib&iacute;a como hablaba,
+con la letra fuerte y desigual, llena de chispazos de tinta, como
+caballo que lleva de jinete a quien quiere llegar pronto, y va
+levantando el polvo y sacando luces de la piedra.</p>
+
+<p>Fue obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino de
+Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, viv&iacute;an los indios en
+mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los indios; pero no s&oacute;lo a
+llorar, porque con l&aacute;grimas y quejas no se vence a los p&iacute;caros, sino a
+acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los espa&ntilde;oles que no
+cumpl&iacute;an con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a
+hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez
+tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los
+&aacute;rboles cuando ha pasado el vendabal. Pero los encomenderos pod&iacute;an m&aacute;s
+que &eacute;l, porque ten&iacute;an el gobierno de su lado; y le compon&iacute;an cantares en
+que le dec&iacute;an traidor y espa&ntilde;ol malo; y le daban de noche m&uacute;sicas de
+cencerro, y le disparaban arcabuces a la puerta para ponerlo en temor, y
+le rodeaban el convento armados,&mdash;todos armados, contra un viejo flaco y
+solo. Y hasta le salieron al camino de Ciudad Real para que no volviera
+a entrar en la poblaci&oacute;n. El ven&iacute;a a pie, con su bast&oacute;n, y con dos
+espa&ntilde;oles buenos, y un negro que lo quer&iacute;a como a padre suyo: porque es
+verdad que las Casas por el amor de los indios, aconsej&oacute; al principio de
+la conquista que se siguiese trayendo esclavos negros, que resist&iacute;an
+mejor el calor; pero luego que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y
+dec&iacute;a: &laquo;&iexcl;con mi sangre quisiera pagar el pecado de aquel consejo que di
+por mi amor a los indios!&raquo; Con su negro cari&ntilde;oso ven&iacute;a, y los dos
+espa&ntilde;oles buenos. Ven&iacute;a tal vez de ver c&oacute;mo salvaba a la pobre india que
+se le abraz&oacute; a las rodillas a la puerta de su templo mexicano, loca de
+dolor porque los espa&ntilde;oles le hab&iacute;an matado al marido de su coraz&oacute;n, que
+fue de noche a rezarles a los dioses: &iexcl;y vio de pronto las Casas que
+eran indios los centinelas que los espa&ntilde;oles le hab&iacute;an echado para que
+no entrase! &iexcl;El les daba a los indios su vida, y los indios ven&iacute;an a
+atacar a su salvador, porque se lo mandaban los que los azotaban! Y no
+se quej&oacute;, sino que dijo as&iacute;: &laquo;Pues por eso, hijos m&iacute;os, os tengo de
+defender m&aacute;s, porque os tienen tan martirizados que no ten&eacute;is ya valor
+ni para agradecer.&raquo; Y los indios, llorando, se echaron a sus pies, y le
+pidieron perd&oacute;n. Y, entr&oacute; en Ciudad Real, donde los encomenderos lo
+esperaban, armados de arcabuz y ca&ntilde;&oacute;n, como para ir a la guerra. Casi a
+escondidas tuvo que embarcarlo para Espa&ntilde;a el virrey, porque los
+encomenderos lo quer&iacute;an matar. El se fue a su convento, a pelear, a
+defender, a llorar, a escribir. Y muri&oacute;, sin cansarse, a los noventa y
+dos a&ntilde;os.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Los_zapaticos_de_rosa" id="Los_zapaticos_de_rosa"></a><a href="#toc">Los zapaticos de rosa</a></h2>
+
+<p class="center"><i>A mademoiselle Marie: Jos&eacute; Mart&iacute;</i><br /><br /></p>
+
+
+<div class="poem"><div class="stanza">
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Hay sol bueno y mar de espuma,<br /></span>
+<span class="i0">Y arena fina, y Pilar<br /></span>
+<span class="i0">Quiere salir a estrenar<br /></span>
+<span class="i0">Su sombrerito de pluma.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iexcl;Vaya la ni&ntilde;a divina!&raquo;<br /></span>
+<span class="i0">Dice el padre, y le da un beso:<br /></span>
+<span class="i0">&laquo;Vaya mi p&aacute;jaro preso<br /></span>
+<span class="i0">A buscarme arena fina.&raquo;<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&mdash;&laquo;Yo voy con mi ni&ntilde;a hermosa&raquo;,<br /></span>
+<span class="i0">Le dijo la madre buena:<br /></span>
+<span class="i0">&laquo;&iexcl;No te manches en la arena<br /></span>
+<span class="i0">Los zapaticos de rosa!&raquo;<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Fueron las dos al jard&iacute;n<br /></span>
+<span class="i0">Por la calle del laurel:<br /></span>
+<span class="i0">La madre cogi&oacute; un clavel<br /></span>
+<span class="i0">Y Pilar cogi&oacute; un jazm&iacute;n.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Ella va de todo juego,<br /></span>
+<span class="i0">Con aro, y balde, y paleta:<br /></span>
+<span class="i0">El balde es color violeta:<br /></span>
+<span class="i0">El aro es color de fuego.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Vienen a verlas pasar:<br /></span>
+<span class="i0">Nadie quiere verlas ir:<br /></span>
+<span class="i0">La madre se echa a re&iacute;r,<br /></span>
+<span class="i0">Y un viejo se echa a llorar.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">El aire fresco despeina<br /></span>
+<span class="i0">A Pilar, que viene y va<br /></span>
+<span class="i0">Muy oronda:&mdash;&laquo;&iexcl;Di, mam&aacute;!<br /></span>
+<span class="i0">&iquest;T&uacute; sabes qu&eacute; cosa es reina?&raquo;<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Y por si vuelven de noche<br /></span>
+<span class="i0">De la orilla de la mar,<br /></span>
+<span class="i0">Para la madre y Pilar<br /></span>
+<span class="i0">Manda luego el padre el coche.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Est&aacute; la playa muy linda:<br /></span>
+<span class="i0">Todo el mundo est&aacute; en la playa:<br /></span>
+<span class="i0">Lleva espejuelos el aya<br /></span>
+<span class="i0">De la francesa Florinda.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Est&aacute; Alberto, el militar<br /></span>
+<span class="i0">Que sali&oacute; en la procesi&oacute;n<br /></span>
+<span class="i0">Con tricornio y con bast&oacute;n,<br /></span>
+<span class="i0">Echando un bote a la mar.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&iexcl;Y qu&eacute; mala, Magdalena<br /></span>
+<span class="i0">Con tantas cintas y lazos,<br /></span>
+<span class="i0">A la mu&ntilde;eca sin brazos<br /></span>
+<span class="i0">Enterr&aacute;ndola en la arena!<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Conversan all&aacute; en las sillas,<br /></span>
+<span class="i0">Sentadas con los se&ntilde;ores,<br /></span>
+<span class="i0">Las se&ntilde;oras, como flores,<br /></span>
+<span class="i0">Debajo de las sombrillas.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Pero est&aacute; con estos modos<br /></span>
+<span class="i0">Tan serios, muy triste el mar:<br /></span>
+<span class="i0">&iexcl;Lo alegre es all&aacute;, al doblar,<br /></span>
+<span class="i0">En la barranca de todos!<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Dicen que suenan las olas<br /></span>
+<span class="i0">Mejor all&aacute; en la barranca,<br /></span>
+<span class="i0">Y que la arena es muy blanca<br /></span>
+<span class="i0">Donde est&aacute;n las ni&ntilde;as solas.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Pilar corre a su mam&aacute;:<br /></span>
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iexcl;Mam&aacute;, yo voy a ser buena:<br /></span>
+<span class="i0">D&eacute;jame ir sola a la arena:<br /></span>
+<span class="i0">All&aacute;, t&uacute; me ves, all&aacute;!&raquo;<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iexcl;Esta ni&ntilde;a caprichosa!<br /></span>
+<span class="i0">No hay tarde que no me enojes:<br /></span>
+<span class="i0">Anda, pero no te mojes<br /></span>
+<span class="i0">Los zapaticos de rosa.&raquo;<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Le llega a los pies la espuma:<br /></span>
+<span class="i0">Gritan alegres las dos:<br /></span>
+<span class="i0">Y se va, diciendo adi&oacute;s,<br /></span>
+<span class="i0">La del sombrero de pluma.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&iexcl;Se va all&aacute;, donde &iexcl;muy lejos!<br /></span>
+<span class="i0">Las aguas son m&aacute;s salobres,<br /></span>
+<span class="i0">Donde se sientan los pobres,<br /></span>
+<span class="i0">Donde se sientan los viejos!<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Se fue la ni&ntilde;a a jugar,<br /></span>
+<span class="i0">La espuma blanca baj&oacute;,<br /></span>
+<span class="i0">Y pas&oacute; el tiempo, y pas&oacute;<br /></span>
+<span class="i0">Un &aacute;guila por el mar,<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Y cuando el sol se pon&iacute;a<br /></span>
+<span class="i0">Detr&aacute;s de un monte dorado,<br /></span>
+<span class="i0">Un sombrerito callado<br /></span>
+<span class="i0">Por las arenas ven&iacute;a.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Trabaja mucho, trabaja<br /></span>
+<span class="i0">Para andar: &iquest;qu&eacute; es lo que tiene<br /></span>
+<span class="i0">Pilar que anda as&iacute;, que viene<br /></span>
+<span class="i0">Con la cabecita baja?<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Bien sabe la madre hermosa<br /></span>
+<span class="i0">Por qu&eacute; le cuesta el andar:<br /></span>
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iquest;Y los zapatos, Pilar,<br /></span>
+<span class="i0">Los zapaticos de rosa?<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&laquo;&iexcl;Ah, loca! &iquest;en d&oacute;nde estar&aacute;n?<br /></span>
+<span class="i0">&iexcl;Di d&oacute;nde, Pilar!&raquo;&mdash;&laquo;Se&ntilde;ora&raquo;,<br /></span>
+<span class="i0">Dice una mujer que llora:<br /></span>
+<span class="i0">&laquo;&iexcl;Est&aacute;n conmigo: aqu&iacute; est&aacute;n!<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&laquo;Yo tengo una ni&ntilde;a enferma<br /></span>
+<span class="i0">Que llora en el cuarto oscuro<br /></span>
+<span class="i0">Y la traigo al aire puro<br /></span>
+<span class="i0">A ver el sol, y a que duerma<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&laquo;Anoche so&ntilde;&oacute;, so&ntilde;&oacute;<br /></span>
+<span class="i0">Con el cielo, y oy&oacute; un canto:<br /></span>
+<span class="i0">Me dio miedo, me dio espanto,<br /></span>
+<span class="i0">Y la traje, y se durmi&oacute;.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&laquo;Con sus dos brazos menudos<br /></span>
+<span class="i0">Estaba como abrazando;<br /></span>
+<span class="i0">Y yo mirando, mirando<br /></span>
+<span class="i0">Sus piececitos desnudos.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&laquo;Me lleg&oacute; al cuerpo la espuma,<br /></span>
+<span class="i0">Alc&eacute; los ojos, y vi<br /></span>
+<span class="i0">Esta ni&ntilde;a frente a m&iacute;<br /></span>
+<span class="i0">Con su sombrero de pluma.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iexcl;Se parece a los retratos<br /></span>
+<span class="i0">Tu ni&ntilde;a!&raquo; dijo: &laquo;&iquest;Es de cera?<br /></span>
+<span class="i0">&iquest;Quiere jugar? &iexcl;si quisiera!...<br /></span>
+<span class="i0">&iquest;Y por qu&eacute; est&aacute; sin zapatos?&raquo;<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&laquo;Mira: &iexcl;la mano le abrasa,<br /></span>
+<span class="i0">Y tiene los pies tan fr&iacute;os!<br /></span>
+<span class="i0">&iexcl;Oh, toma, toma los m&iacute;os:<br /></span>
+<span class="i0">Yo tengo m&aacute;s en mi casa!&raquo;<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&laquo;No s&eacute; bien, se&ntilde;ora hermosa,<br /></span>
+<span class="i0">Lo que sucedi&oacute; despu&eacute;s:<br /></span>
+<span class="i0">&iexcl;Le vi a mi hijita en los pies<br /></span>
+<span class="i0">Los zapaticos de rosa!&raquo;<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Se vio sacar los pa&ntilde;uelos<br /></span>
+<span class="i0">A una rusa y a una inglesa;<br /></span>
+<span class="i0">El aya de la francesa<br /></span>
+<span class="i0">Se quit&oacute; los espejuelos.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Abri&oacute; la madre los brazos:<br /></span>
+<span class="i0">Se ech&oacute; Pilar en su pecho,<br /></span>
+<span class="i0">Y sac&oacute; el traje deshecho,<br /></span>
+<span class="i0">Sin adornos y sin lazos.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Todo lo quiere saber<br /></span>
+<span class="i0">De la enferma la se&ntilde;ora:<br /></span>
+<span class="i0">&iexcl;No quiere saber que llora<br /></span>
+<span class="i0">De pobreza una mujer!<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">&mdash;&laquo;&iexcl;S&iacute;, Pilar, d&aacute;selo! &iexcl;y eso<br /></span>
+<span class="i0">Tambi&eacute;n! &iexcl;tu manta! &iexcl;tu anillo!&raquo;<br /></span>
+<span class="i0">Y ella le dio su bolsillo,<br /></span>
+<span class="i0">Le dio el clavel, le dio un beso.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Vuelven calladas de noche<br /></span>
+<span class="i0">A su casa del jard&iacute;n:<br /></span>
+<span class="i0">Y Pilar va en el coj&iacute;n<br /></span>
+<span class="i0">De la derecha del coche.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+<span class="i0">Y dice una mariposa<br /></span>
+<span class="i0">Que vio desde su rosal<br /></span>
+<span class="i0">Guardados en un cristal<br /></span>
+<span class="i0">Los zapaticos de rosa.<br /></span>
+</div><div class="stanza">
+</div></div>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_ultima_pagina3" id="La_ultima_pagina3"></a><a href="#toc">La &uacute;ltima p&aacute;gina</a></h2>
+
+
+<p>Este es el n&uacute;mero de <i>La Edad de Oro</i>, donde se ve lo viejo y lo nuevo
+del mundo, y se aprende c&oacute;mo las cosas de guerra y de muerte no son tan
+bellas como las de trabajar: &iexcl;a saber si el tiempo del Padre las Casas
+era mejor que el de la Exposici&oacute;n de Par&iacute;s! &iquest;Y qui&eacute;n es mejor: Masicas,
+o Pilar? S&oacute;lo que en todo lo de esta vida hay siempre un desventurado. Y
+el desventurado de <i>La Edad de Oro</i> es el art&iacute;culo sobre la <i>Historia
+de la Cuchara</i>, <i>el Tenedor y el Cuchillo</i>, que en cada n&uacute;mero se
+anuncia muy orondo, como si fuera una maravilla, y luego sucede que no
+queda lugar para &eacute;l. Lo que le est&aacute; muy bien empleado, por pedante, y
+por andarse anunciando as&iacute;. Las cosas buenas se deben hacer sin llamar
+al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque s&iacute;; y porque
+all&aacute; adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha
+dicho algo &uacute;til a los dem&aacute;s. Eso es mejor que ser pr&iacute;ncipe: ser &uacute;til.
+Los ni&ntilde;os deb&iacute;an echarse a llorar, cuando ha pasado el d&iacute;a sin que
+aprendan algo nuevo, sin que sirvan de algo.</p>
+
+<p>&iexcl;Qui&eacute;n sabe si sirve, qui&eacute;n sabe, el art&iacute;culo de la Exposici&oacute;n de Par&iacute;s!
+Pero va a suceder como con la Exposici&oacute;n, que de grande que es no se la
+puede ver, toda, y la primera vez se sale de all&iacute; como con chispas y
+joyas en la cabeza, pero luego se ve m&aacute;s despacio, y cada hermosura va
+apareciendo entera y clara entre las otras. Hay que leerlo dos veces: y
+leer luego cada p&aacute;rrafo suelto: lo que hay que leer, sobre todo, con
+mucho cuidado, es lo de los pabellones de nuestra Am&eacute;rica. Una pena,
+tiene <i>La Edad de Oro</i>; y es que no pudo encontrar l&aacute;mina del pabell&oacute;n
+del Ecuador. &iexcl;Est&aacute; triste la mesa cuando falta uno de los hermanos!</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Un_paseo_por_la_tierra_de_los_anamitas" id="Un_paseo_por_la_tierra_de_los_anamitas"></a><a href="#toc">Un paseo por la tierra de los anamitas</a></h2>
+
+
+<p>Cuentan un cuento de cuatro hind&uacute;s ciegos, de all&iacute; del Indost&aacute;n de Asia,
+que eran ciegos desde el nacer, y quer&iacute;an saber c&oacute;mo era un elefante.
+&laquo;Vamos, dijo uno, adonde el elefante manso de la casa del raj&aacute;, que es
+pr&iacute;ncipe generoso, y nos dejar&aacute; saber c&oacute;mo es.&raquo; Y a citas del pr&iacute;ncipe
+se fueron, con su turbante blanco y su manto blanco; y oyeron en el
+camino rugir a la pantera y graznar al fais&aacute;n de color de oro, que es
+como un pavo con dos plumas muy largas en la cola; y durmieron de noche
+en las ruinas de piedra de la famosa Jehanabad, donde hubo antes mucho
+comercio y poder; y pasaron por sobre un torrente colg&aacute;ndose mano a mano
+de una cuerda, que estaba a los dos lados levantada sobre una horquilla,
+como la cuerda floja en que bailan los gimnastas en los circos; y un
+carretero de buen coraz&oacute;n les dijo que se subieran en su carreta, porque
+su buey giboso de astas cortas era un buey bonazo, que debi&oacute; ser algo
+as&iacute; como abuelo en otra vida, y no se enojaba porque se le subieran los
+hombres encima, sino que miraba a los caminantes como convid&aacute;ndoles a
+entrar en el carro. Y as&iacute; llegaron los cuatro ciegos al palacio del
+raj&aacute;, que era por fuera como un castillo, y por dentro como una caja de
+piedras preciosas, lleno todo de cojines y de colgaduras, y el techo
+bordado, y las paredes con florones de esmeraldas y zafiros, y las
+sillas de marfil, y el trono del raj&aacute; de marfil y de oro. &laquo;Venimos,
+se&ntilde;or raj&aacute;, a que nos deje ver con nuestras manos, que son los ojos de
+los pobres ciegos, c&oacute;mo es de figura un elefante manso.&raquo; &laquo;Los ciegos son
+santos&raquo;, dijo el raj&aacute;, &laquo;los hombres que desean saber son santos: los
+hombres deben aprenderlo todo por s&iacute; mismos, y no creer sin preguntar,
+ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar
+otros: vayan los cuatro ciegos a ver con sus manos el elefante manso.&raquo;
+Echaron a correr los cuatro, como si les hubiera vuelto de repente la
+vista: uno cay&oacute; de nariz sobre las gradas del trono del raj&aacute;: otro dio
+tan recio contra la pared que se cay&oacute; sentado, viendo si se le hab&iacute;a ido
+en el coscorr&oacute;n alg&uacute;n retazo de cabeza: los otros dos, con los brazos
+abiertos, se quedaron de repente abrazados. El secretario del raj&aacute; los
+llev&oacute; adonde el elefante manso estaba, comi&eacute;ndose su raci&oacute;n de treinta y
+nueve tortas de arroz y quince de ma&iacute;z, en una fuente de plata con el
+pie de &eacute;bano; y cada ciego se ech&oacute;, cuando el secretario dijo &laquo;&iexcl;ahora!&raquo;,
+encima del elefante, que era de los peque&ntilde;os y regordetes: uno se le
+abraz&oacute; por una pata: el otro se le prendi&oacute; a la trompa, y sub&iacute;a en el
+aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro
+ten&iacute;a agarrada un asa de la fuente del arroz y el ma&iacute;z. &laquo;Ya s&eacute;&raquo; dec&iacute;a el
+de la pata: &laquo;el elefante es alto y redondo, como una torre que se
+mueve.&raquo; &laquo;&iexcl;No es verdad!&raquo;, dec&iacute;a el de la trompa: &laquo;el elefante es largo,
+y acaba en pico, como un embudo de carne.&raquo; &laquo;&iexcl;Falso y muy falso!&raquo;, dec&iacute;a
+el de la cola: &laquo;el elefante es como un badajo de campana&raquo; &laquo;Todos se
+equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve&raquo;,
+dec&iacute;a el del asa de la fuente. Y as&iacute; son los hombres, que cada uno cree
+que s&oacute;lo lo que &eacute;l piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa
+que no se debe creer sino lo que &eacute;l cree, lo mismo que los cuatro ciegos
+del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cari&ntilde;o lo que
+los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver
+que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el
+mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los
+hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad,
+y han escrito en sus libros que es &uacute;til ser bueno, y han padecido y
+peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.</p>
+
+<p>Tambi&eacute;n, y tanto como los m&aacute;s bravos, pelearon, y volver&aacute;n a pelear, los
+pobres anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten de seda,
+all&aacute; lejos, en Asia, por la orilla del mar, debajo de China. No nos
+parecen de cuerpo hermoso, ni nosotros les parecemos hermosos a ellos:
+ellos dicen que es un pecado cortarse el pelo, porque la naturaleza nos
+dio pelo largo, y es un presumido el que se crea m&aacute;s sabio que la
+naturaleza, as&iacute; que llevan el pelo en mo&ntilde;o, lo mismo que las mujeres:
+ellos dicen que el sombrero es para que d&eacute; sombra, a no ser que se le
+lleve como se&ntilde;al de mando en la casa del gobernador, que entonces puede
+ser casquete sin alas: de modo que el sombrero anamita es como un
+cucurucho, con el pico arriba, y la boca muy ancha: ellos dicen que en
+su tierra caliente se ha de vestir suelto y ligero, de modo que llegue
+al cuerpo el aire, y no tener al cuerpo preso entre lanas y casimires,
+que se beben los rayos del sol, y sofocan y arden: ellos dicen que el
+hombre no necesita ser de espaldas fuertes, porque los cambodios son m&aacute;s
+altos y robustos que los anamitas, pero en la guerra los anamitas han
+vencido siempre a sus vecinos los cambodios; y que la mirada no debe ser
+azul, porque el azul enga&ntilde;a y abandona, como la nube del cielo y el agua
+del mar; y que el color no debe ser blanco, porque la tierra, que da
+todas las hermosuras, no es blanca, sino de los colores de bronce de los
+anamitas; y que los hombres no deben llevar barba, que es cosa de
+fieras: aunque los franceses, que son ahora los amos de Anam, responden
+que esto de la barba no es m&aacute;s que envidia, porque bien que se deja el
+anamita el poco bigote que tiene: &iquest;y en sus teatros, qui&eacute;n hace de rey,
+sino el que tiene la barba m&aacute;s larga? &iquest;y el mandar&iacute;n, no sale a las
+tablas con bigotes de tigre? &iquest;y los generales, no llevan barba colorada?
+&laquo;&iquest;Y para qu&eacute; necesitamos tener los ojos m&aacute;s grandes&raquo;, dicen los
+anamitas, &laquo;ni m&aacute;s juntos a la nariz?: con estos ojos de almendra que
+tenemos, hemos fabricado el Gran Buda de Hanoi, el dios de bronce, con
+cara que parece viva, y alto como una torre; hemos levantado la pagoda
+de Angkor, en un bosque de palmas, con corredores de a dos leguas, y
+lagos en los patios, y una casa en la pagoda para cada dios, y mil
+quinientas columnas, y calles de estatuas; hemos hecho en el camino de
+Saig&oacute;n a Cholen, la pagoda donde duermen, bajo una corona de torres
+caladas, los poetas, que cantaron el patriotismo y el amor, los santos
+que vivieron entre los hombres con bondad y pureza, los h&eacute;roes que
+pelearon por libertamos de los cambodios, de los siameses y de los
+chinos: y nada se parece tanto, a la luz como los colores de nuestras
+t&uacute;nicas de seda. Usamos mo&ntilde;o, y sombrero de pico, y calzones anchos, y
+blus&oacute;n de color, y somos amarillos, chatos, canijos y feos; pero
+trabajamos a la vez el bronce y la seda: y cuando los franceses nos han
+venido a quitar nuestro Hanoi, nuestro Hue, nuestras ciudades de
+palacios de madera, nuestros puertos llenos de casas de bamb&uacute; y de
+barcos de junco, nuestros almacenes de pescado y arroz, todav&iacute;a, con
+estos ojos de almendra, hemos sabido morir, miles sobre miles, para
+cerrarles el camino. Ahora son nuestros amos; pero ma&ntilde;ana &iexcl;qui&eacute;n sabe!&raquo;</p>
+
+<p>Y se pasean callados, a paso igual y triste, sin sorprenderse de nada,
+aprendiendo lo que no saben, con las manos en los bolsillos de la blusa:
+de la blusa azul, sujeta al cuello con un bot&oacute;n de cristal amarillo: y
+por zapato llevan una suela de cord&oacute;n, atada al tobillo con cintas. Ese
+es el traje del pescador; del que fabrica las casas de ca&ntilde;a, con el
+techo de paja de arroz; del marino ligero, en su barca de dos puntas;
+del ebanista, que maneja la herramienta con los pies y las manos, y
+embute los adornos de n&aacute;car en las camas y sillas de madera preciosa;
+del tejedor, que con los hilos de plata y de oro borda p&aacute;jaros de tres
+cabezas, y leones con picos y alas, y cig&uuml;e&ntilde;as con ojos de hombre, y
+dioses de mil brazos: &eacute;se es el traje del pobre cargador, que se muere
+joven del cansancio de halar la <i>djirincka</i>, que es el coche de dos
+ruedas, de que va halando el anamita pobre: trota, trota como un
+caballo: m&aacute;s que el caballo anda, y m&aacute;s aprisa: &iexcl;y dentro, sin pena y
+sin verg&uuml;enza, va un hombre sentado!: como los caballos se mueren
+despu&eacute;s, del mal de correr, los pobres cargadores. Y de beber clarete y
+borgo&ntilde;a, y del mucho comer, se mueren, colorados y gordos, los que se
+dejan halar en la <i>djirincka</i>, ech&aacute;ndose aire con el abanico; los
+militares ingleses, los empleados franceses, los comerciantes chinos.</p>
+
+<p>&iquest;Y ese pueblo de hombres trotones es el que levant&oacute; las pagodas de tres
+pisos, con lagos en los patios, y casas para cada dios, y calles de
+estatuas; el que fabric&oacute; leones de porcelana y gigantes de bronce; el
+que teji&oacute; la seda con tanto color que centellea al sol, como una capa de
+brillantes? A eso llegan los pueblos que se cansan de defenderse: a
+halar como las bestias del carro de sus amos: y el amo va en el carro,
+colorado y gordo. Los anamitas est&aacute;n ahora cansados. A los pueblos
+peque&ntilde;os les cuesta mucho trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado
+siempre defendiendo. Los vecinos fuertes, el chino y el siam&eacute;s, lo han
+querido conquistar. Para defenderse del siam&eacute;s, entr&oacute; en amistades con
+el chino, que le dijo muchos amores, y lo recibi&oacute; con procesiones y
+fuegos y fiestas en los r&iacute;os, y le llam&oacute; &laquo;querido hermano&raquo;. Pero luego
+que entr&oacute; en la tierra de Anam, lo quiso mandar como due&ntilde;o, hace como
+dos mil a&ntilde;os: &iexcl;y dos mil a&ntilde;os hace que los anamitas se est&aacute;n defendiendo
+de los chinos! Y con los franceses les sucedi&oacute; as&iacute; tambi&eacute;n, porque con
+esos modos de mando que tienen los reyes no llegan nunca los pueblos a
+crecer, y m&aacute;s all&aacute;, que es como en China, donde dicen que el rey es hijo
+del cielo, y creen pecado mirarlo cara a cara, aunque los reyes saben
+que son hombres como los dem&aacute;s, y pelean unos contra otros para tener
+m&aacute;s pueblos y riquezas: y los hombres mueren sin saber porqu&eacute;,
+defendiendo a un rey o a otro. En una de esas peleas de reyes andaba por
+Anam un obispo franc&eacute;s, que hizo creer al rey vencido que Luis XVI de
+Francia le dar&iacute;a con qu&eacute; pelear contra el que le quit&oacute; el mando al de
+Anam: y el obispo se fue a Francia con el hijo del rey, y luego vino
+solo, porque con la revoluci&oacute;n que hab&iacute;a en Par&iacute;s no lo pod&iacute;a Luis XVI
+ayudar; junt&oacute; a los franceses que hab&iacute;a por la India de Asia: entr&oacute; en
+Anam; quit&oacute; el poder al rey nuevo; puso al rey de antes a mandar. Pero
+quien mandaba de veras eran los franceses, que quer&iacute;an para ellos todo
+lo del pa&iacute;s, y quitaban lo de Anam para poner lo suyo, hasta que Anam
+vio que aquel amigo de afuera era peligroso, y val&iacute;a m&aacute;s estar sin el
+amigo, y lo ech&oacute; de una pelea de la tierra, que todav&iacute;a sab&iacute;a pelear:
+s&oacute;lo que los franceses vinieron luego con mucha fuerza, y con
+ca&ntilde;ones en sus barcos de combate, y el anamita no se pudo defender en el
+mar con sus barcos de junco, que no ten&iacute;an ca&ntilde;ones; ni pudo mantener
+sus ciudades, porque con lanzas no se puede pelear contra balas; y por
+Saig&oacute;n, que fue por donde entr&oacute; el franc&eacute;s, hay poca piedra con que
+fabricar murallas; ni estaba el anamita acostumbrado a ese otro modo de
+pelear, sino a sus guerras de hombre a hombre, con espada y lanza, pecho
+a pecho los hombres y los caballos. Pueblo a pueblo se ha estado
+defendiendo un siglo entero del franc&eacute;s, huy&eacute;ndole unas veces, otras
+cay&eacute;ndole encima, con todo el empuje de los caballos, y despedaz&aacute;ndole
+el ej&eacute;rcito: China le mand&oacute; sus jinetes de pelea, porque tampoco quieren
+los chinos al extranjero en su tierra, y echarlo de Anam era como
+echarlo de China: pero &eacute;l franc&eacute;s es de otro mundo, que sabe m&aacute;s de
+guerras y de modos de matar; y pueblo a pueblo, con la sangre a la
+cintura, les ha ido quitando el pa&iacute;s a los anamitas.</p>
+
+<p>Los anamitas se pasean, callados, a paso igual y triste, con las manos
+en los bolsillos de la blusa azul. Trabajan. Parecen plateros finos en
+todo lo que hacen, en la madera, en el n&aacute;car, en la armer&iacute;a, en los
+tejidos, en las pinturas, en los bordados, en los arados. No aran con
+caballo ni con buey, sino con b&uacute;falo. La tela de los vestidos la pintan
+a mano. Con los cuchillos de tallar labran en la madera dura pueblos
+enteros, con la casa al fondo, y los barcos navegando en el r&iacute;o, y la
+gente a miles en los barcos, y &aacute;rboles, y faroles, y puentes, y botes de
+pescadores, todo tan menudo como si lo hubieran hecho con la u&ntilde;a. La
+casa es como para enanos, y tan bien hecha que parece casa de juguete,
+toda hecha de piezas. Las paredes, las pintan: los techos, que son de
+madera, los tallan con mucha labor, como las paredes de afuera: por
+todos los rincones hay vasos de porcelana, y los grifos de bronce con
+las alas abiertas, y pantallas de seda bordada, con marcos de bamb&uacute;. No
+hay casa sin su ata&uacute;d, que es all&aacute; un mueble de lujo, con los adornos de
+n&aacute;car: los hijos buenos le dan al padre como regalo un ata&uacute;d lujoso, y
+la muerte es all&aacute; como una fiesta, con su m&uacute;sica de ruido y sus cantares
+de pagoda: no les parece que la vida es propiedad del hombre, sino
+pr&eacute;stamo que le hizo la naturaleza, y morir no es m&aacute;s que volver a la
+naturaleza de donde se vino, y en la que todo es como hermano del
+hombre; por lo que suele el que muere decir en su testamento que pongan
+un brazo o una pierna suya adonde lo puedan picar los p&aacute;jaros, y
+devorarlo las fieras, y deshacerlo los animales invisibles que vuelan en
+el viento. Desde que viven en la esclavitud, van mucho los anamitas a
+sus pagodas, porque all&iacute; les hablan los sacerdotes de los santos del
+pa&iacute;s, que no son los santos de los franceses: van mucho a los teatros,
+donde no les cuentan cosas de re&iacute;r, sino la historia de sus generales y
+de sus reyes: ellos oyen encuclillados, callados, la historia de las
+batallas.</p>
+
+<p>Por dentro es la pagoda como una cinceladura, con encajes de madera
+pintada de colores alrededor de los altares; y en las columnas sus
+mandamientos y sus bendiciones en letras plateadas y doradas; y los
+santos de oro, familias enteras de santos, en el altar tallado. Delante
+van y vienen los sacerdotes, con sus manteos de tis&uacute; precioso, o de seda
+verde y azul, y el bonete de tejido de oro, uno con la flor del loto,
+que es la flor de su dios, por lo hermosa y lo pura, y otro carg&aacute;ndole
+el manteo al de la flor, y otros cantando: detr&aacute;s van los encapuchados,
+que son sacerdotes menores, con m&uacute;sicas y banderines, coreando la
+oraci&oacute;n: en el altar, con sus mitras brillantes, ven la fiesta los
+dioses sentados. Buda es su gran dios, que no fue dios cuando vivi&oacute; de
+veras, sino un pr&iacute;ncipe bueno, tan fuerte de cuerpo que mano a mano
+echaba por tierra a leones j&oacute;venes, y tan hermoso que lo quer&iacute;a como a
+su coraz&oacute;n el que lo ve&iacute;a una vez, y de tanto pensamiento que no pod&iacute;an
+los doctores discutir con &eacute;l, porque de ni&ntilde;o sab&iacute;a m&aacute;s que los doctores
+m&aacute;s sabios y viejos. Y luego se cas&oacute;, y quer&iacute;a mucho a su mujer y a su
+hijo; pero una tarde que sali&oacute; en su carro de perlas y plata a pasear,
+vio a un viejo pobre, vestido de harapos, y volvi&oacute; del paseo triste: y
+otra tarde vio a un moribundo, y no quiso pasear m&aacute;s: y otra tarde vio a
+un muerto, y su tristeza fue ya mucha: y otra vio a un monje que ped&iacute;a
+limosnas, y el coraz&oacute;n le dijo que no deb&iacute;a andar en carro de plata y de
+perlas, sino pensar en la vida, que ten&iacute;a tantas penas, y vivir solo,
+donde se pudiera pensar, y pedir limosna para los infelices, como el
+monje. Tres veces le dio en su palacio la vuelta a la cama de su mujer y
+de su hijo, como si fuera un altar, y solloz&oacute;: y sinti&oacute; como que el
+coraz&oacute;n se le mor&iacute;a en el pecho. Pero se fue, en lo oscuro de la noche,
+al monte, a pensar en la vida, que ten&iacute;a tanta pena, a vivir sin deseos
+y sin mancha, a decir sus pensamientos a los que se los quer&iacute;an o&iacute;r, a
+pedir limosna para los pobres, como el monje. Y no com&iacute;a, m&aacute;s que lo que
+un p&aacute;jaro: y no beb&iacute;a, m&aacute;s que para no morirse de sed: y no dorm&iacute;a, sino
+sobre la tierra de su caba&ntilde;a: y no andaba, sino con los pies descalzos.
+Y cuando el demonio Mara le ven&iacute;a a hablar de la hermosura de su mujer,
+y de las gracias de su ni&ntilde;o, y de la riqueza de su palacio, y de la
+arrogancia de mandar en su pueblo como rey, &eacute;l llamaba a sus disc&iacute;pulos,
+para consagrarse otra vez ante ellos a la virtud: y el demonio Mara hu&iacute;a
+espantado. Esas son cosas que los hombres sue&ntilde;an, y llaman demonios a
+los consejos malos que vienen de lado feo del coraz&oacute;n; s&oacute;lo que como el
+hombre se ve con cuerpo y nombre, pone nombre y cuerpo, como si fuesen
+personas, a todos los poderes y fuerzas que imagina: &iexcl;y &eacute;se es poder de
+veras, el que viene de lo feo del coraz&oacute;n, y dice al hombre que viva
+para sus gustos m&aacute;s que para sus deberes, cuando la verdad es que no hay
+gusto mayor, no hay delicia m&aacute;s grande, que la vida de un hombre que
+cumple con su deber, que est&aacute; lleno alrededor de espinas!: &iquest;pero que es
+mas bello, ni da m&aacute;s aromas que una rosa? Del monte volvi&oacute; Buda, porque
+pens&oacute;, despu&eacute;s de mucho pensar, que con vivir sin comer y beber no se
+hacia bien a los hombres, ni con dormir en el suelo, ni con andar
+descalzo, sino que estaba la salvaci&oacute;n en conocer las cuatro verdades,
+que dicen que la vida es toda de dolor, y que el dolor viene de desear,
+y que para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo, y que el dulce
+nirvana, que es la hermosura como de luz que le da al alma el
+desinter&eacute;s, no se logra viviendo, como loco o glot&oacute;n, para los gustos de
+lo material, y para amontonar a fuerza de odio y humillaciones el mando
+y la fortuna, sino entendiendo que no se ha de vivir para la vanidad, ni
+se ha de querer lo de otros y guardar rencor, ni se ha de dudar de la
+armon&iacute;a del mundo o ignorar nada de &eacute;l o mortificarse con la ofensa y la
+envidia, ni se ha de reposar hasta que el alma sea como una luz de
+aurora, que llena de claridad y hermosura al mundo, y llore y padezca
+por todo lo triste que hay en &eacute;l, y se vea como m&eacute;dico y padre de todos
+los que tienen raz&oacute;n de dolor: es como vivir en un azul que no se acaba,
+con un gusto tan puro que debe ser lo que se llama gloria, y con los
+brazos siempre abiertos. As&iacute; vivi&oacute; Buda, con su mujer y con su hijo,
+luego que volvi&oacute; del monte. Despu&eacute;s sus disc&iacute;pulos, que eran muchos,
+empezaron a vivir de lo que la gente les daba, porque les hablasen de
+las verdades de Buda, y de sus haza&ntilde;as cuando era pr&iacute;ncipe, y de c&oacute;mo
+vivi&oacute; en el monte; y el rey vio que en el nombre de Buda hab&iacute;a poder,
+porque la gente miraba todo lo de Buda como cosa del cielo, tan hermoso
+que no pod&iacute;a ser hombre el que vivi&oacute; y habl&oacute; as&iacute;. Mand&oacute; el rey juntar a
+los disc&iacute;pulos, para que pusiesen en libros la historia y los sermones y
+los consejos de Buda; y puso a los disc&iacute;pulos a sueldo, para que el
+pueblo viese juntos el poder del rey y el del cielo, de donde cre&iacute;a el
+pueblo que hab&iacute;a venido al mundo Buda. Hubo unos disc&iacute;pulos que hicieron
+lo que el rey quer&iacute;a, y salieron con el ej&eacute;rcito del rey a quitarles a
+los pa&iacute;ses de los alrededores la libertad, con el pretexto de que les
+iban a ense&ntilde;ar las verdades de Buda, que hab&iacute;an venido del cielo. Y hubo
+otros que dijeron que eso era enga&ntilde;o de los disc&iacute;pulos y robo del rey, y
+que la libertad de un pueblo peque&ntilde;o es m&aacute;s necesaria al mundo que el
+poder de un rey ambicioso, y la mentira de los sacerdotes que sirven al
+rey por su dinero, y que si Buda hubiera vivido, habr&iacute;a dicho la verdad,
+que &eacute;l no vino del cielo sino como vienen los hombres todos, que traen
+el cielo en s&iacute; mismos, y lo ven, como se ve el sol, cuando, por el
+cari&ntilde;o a los hombres y la honradez, llegan a ser como si no fuesen de
+carne y de hueso, sino de claridad, y al malo le tienen compasi&oacute;n, como
+a un enfermo a quien se ha de curar, y al bueno te dan fuerzas, para que
+no se canse de animar y de servir al mundo: &iexcl;&eacute;se s&iacute; que es cielo, y
+gusto divino! Pero los disc&iacute;pulos que estaban con el rey pudieron m&aacute;s; y
+el rey les mand&oacute; hacer pagodas de muchas torres, donde pon&iacute;an a Buda de
+dios en el altar, y los disc&iacute;pulos se mandaron hacer t&uacute;nicas de seda y
+mantos con mucho oro y bonetes de picos, y a los disc&iacute;pulos m&aacute;s famosos
+los fueron enterrando en las pagodas, con sus estatuas sobre la
+sepultura, y les encend&iacute;an luces de d&iacute;a y de noche, y la gente iba a
+arrodillarse delante de ellos, para que les consolaran las penas que da
+el mundo, y les dieran lo que deseaban tener en la tierra, y los
+recomendaran a Buda en la hora de morir. Miles de a&ntilde;os han pasado, y hay
+miles de pagodas. All&iacute; van los anamitas tristes, que ya no encuentran en
+la tierra ayuda, y la van a pedir a lo desconocido del cielo.</p>
+
+<p>Y al teatro van para que no se les acabe la fuerza del coraz&oacute;n. &iexcl;En el
+teatro no hay franceses! En el teatro les cuentan los c&oacute;micos las
+historias de cuando Anam era pa&iacute;s grande, y de tanta riqueza que los
+vecinos lo quer&iacute;an conquistar; pero hab&iacute;a muchos reyes, y cada rey
+quer&iacute;a las tierras de los otros, as&iacute; que en las peleas se gast&oacute; el pa&iacute;s,
+y los de afuera, los chinos, los de Siam, los franceses, se juntaban con
+el ca&iacute;do para quitar el mando al vencedor, y luego se quedaban de amos,
+y ten&iacute;an en odio a los partidos de la pelea, para que no se juntasen
+contra el de afuera, como se deb&iacute;an juntar, y lo echaran por entrometido
+y alevoso, que viene como amigo, vestido de paloma, y en cuanto se ve en
+el pa&iacute;s, se quita las plumas, y se le ve como es, tigre ladr&oacute;n. En Anam
+el teatro no es de lo que sucede ahora, sino la historia del pa&iacute;s; y la
+guerra que el bravo An-Yang le gan&oacute; al chino Chau-Tu; y los combates
+de las dos mujeres, Cheng Tseh y Cheng Urh, que se vistieron de
+guerreras, y montaron a caballo, y fueron de generales de la gente de
+Anam, y echaron de sus trincheras a los chinos; y las guerras de los
+reyes, cuando el hermano del rey muerto quer&iacute;a mandar en Anam, en lugar
+de su sobrino, o ven&iacute;a el rey de lejos a quitarle la tierra al rey Hue.
+Los anamitas, encuclillados, oyen la historia, que no cuentan los
+c&oacute;micos hablando o cantando, como en los dramas o, en las &oacute;peras, sino
+con una m&uacute;sica de mucho ruido que no deja o&iacute;r lo que dicen los c&oacute;micos,
+que vienen vestidos con t&uacute;nicas muy ricas, bordadas de flores y p&aacute;jaros
+que nunca se han visto, con cascos de oro muy labrados en la cabeza, y
+alas en la cintura, cuando son generales, y dos plumas muy largas en el
+casco, si son pr&iacute;ncipes: y si son gente as&iacute;, de mucho poder, no se
+sientan en las sillas de siempre, sino en sillas muy altas. Y cuentan, y
+pelean, y saludan, y conversan, y hacen que toman t&eacute;, y entran por la
+puerta de la derecha, y salen por la puerta de la izquierda: y la m&uacute;sica
+toca sin parar, con sus platillos y su timbal&oacute;n y su clar&iacute;n y su
+violinete; y es un tocar extra&ntilde;o, que parece de aullidos y de gritos sin
+arreglo y sin orden, pero se ve que tiene un tono triste cuando se habla
+de muerte, y otro como de ataque cuando viene un rey de ganar una
+batalla, y otro como de procesi&oacute;n de mucha alegr&iacute;a cuando se casa la
+princesa, y otro como de truenos y de ruido cuando entra, con su barba
+blanca, el gran sacerdote y cada tono lo adornan los m&uacute;sicos como les
+parece bien, inventando el acompa&ntilde;amiento seg&uacute;n lo van tocando, de modo
+que parece que es m&uacute;sica sin regla, aunque si se pone bien el o&iacute;do se ve
+que la regla de ellos es dejarle la idea libre al que toca, para que se
+entusiasme de veras con los pensamientos del drama, y ponga en la m&uacute;sica
+la alegr&iacute;a, o la pena, o la poes&iacute;a, o la furia que sienta en el coraz&oacute;n,
+sin olvidarse del tono de la m&uacute;sica vieja, que todos los de la orquesta
+tienen que saber, para que haya una gu&iacute;a en medio del desorden de su
+invenci&oacute;n, que es mucho de veras, porque el que no conoce sus tonos no
+oye m&aacute;s que los tamborazos y la algarab&iacute;a; y as&iacute; sucede en los teatros
+de Anam que a un europeo le da dolor de cabeza, y le parece odiosa, la
+m&uacute;sica que al anamita que est&aacute; junto a &eacute;l le hace re&iacute;r de gusto, o
+llorar de la pena, seg&uacute;n est&eacute;n los m&uacute;sicos contando la historia del
+letrado pobre que a fuerza de ingenio se fue burlando de los consejeros
+del rey, hasta que el consejero lleg&oacute; a ser el pobre,&mdash;o la otra
+historia triste del pr&iacute;ncipe que se arrepinti&oacute; de haber llamado al
+extranjero a mandar en su pa&iacute;s, y se dej&oacute; morir de hambre a los pies de
+Buda, cuando no hab&iacute;a remedio ya, y hab&iacute;an entrado a miles en la tierra
+cobarde los extranjeros ambiciosos, y mandaban en el oro y las f&aacute;bricas
+de seda, y en el reparto de las tierras, y en el tribunal de la justicia
+los extranjeros, y los hijos mismos de la tierra ayudaban al extranjero
+a maltratar al que defend&iacute;a con el coraz&oacute;n la libertad de la tierra: la
+m&uacute;sica entonces toca bajo y despacio, y como si llorase, y como si se
+escondiese debajo de la tierra: y los actores, como si pasase un
+entierro, se cubren con las mangas del traje las caras. Y as&iacute; es la
+m&uacute;sica de sus dramas de historia, y de los de pelea, y de los de
+casamiento, mientras los actores gritan y andan delante de los m&uacute;sicos
+en el escenario, y los generales se echan por la tierra, para figurar
+que est&aacute;n muertos, o pasan la pierna derecha por sobre la espalda de una
+silla, para decir que van a montar a caballo, o entran por entre unas
+cortinas el novio y la princesa, para que se sepa que se acaban de
+casar. Porque el teatro es un sal&oacute;n abierto, sin las bambalinas ni
+bastidores, y sin aparatos ni pinturas: sino que cuando la escena va a
+cambiar, sale un regidor de blusa y turbante, y se lo dice al p&uacute;blico, o
+pone una mesa, que quiere decir banquete, o cuelga una lanza al fondo,
+que quiere decir batalla, o sopla el alcohol que trae en la boca sobre
+una antorcha encendida, lo que quiere decir que hay incendio. Y este de
+la blusa, que anda poniendo y quitando, sale y entra entre los que hacen
+de pr&iacute;ncipes de seda y generales de oro, de mil a&ntilde;os atr&aacute;s, cuando los
+parientes del pr&iacute;ncipe Ly-Tieng-Vuong quer&iacute;an darle a beber una taza
+de t&eacute; envenenado. All&aacute; adentro, en lo que no se ve del teatro, hay como
+un mostrador, con cajas de pintarse y espejos en la pared, y un rosario
+de barbas, de donde el que hace de loco toma la amarilla, y la colorada
+el que hace de fiero, y la negra el que hace de rey hermoso, y el que
+hace de viejo toma la barba blanca. Y se pinta la cara el que hace de
+gobernador, de colorado y de negro. Por encima de todo, en lo m&aacute;s alto
+de la pared, hay una estatua de Buda. Al salir del teatro, los anamitas
+van hablando mucho, como enojados, como si quisieran echar a correr, y
+parece que quieren convencer a sus amigos cobardes, y que los amenazan.
+De la pagoda salen callados, con la cabeza baja, con las manos en los
+bolsillos de la blusa azul. Y si un franc&eacute;s les pregunta algo en el
+camino, le dicen en su lengua: &laquo;No s&eacute;&raquo;. Y si un anamita les habla de
+algo en secreto, le dicen: &laquo;&iexcl;Qui&eacute;n sabe!&raquo;</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Historia_de_la_cuchara_y_el_tenedor" id="Historia_de_la_cuchara_y_el_tenedor"></a><a href="#toc">Historia de la cuchara y el tenedor</a></h2>
+
+
+<p>&iexcl;Cuentan las cosas con tantas palabras raras, y uno no las puede
+entender!: como cuando le dicen ahora a uno en la Exposici&oacute;n de Par&iacute;s:
+&laquo;Tome una <i>djirincka&mdash;&iexcl;djirincka!&mdash;y</i> vea en un momento todo lo de la
+Explanada&raquo;: &iexcl;pero primero le tienen que decir a uno lo que es
+<i>djirincka</i>! Y por eso no entiende uno las cosas: porque no entiende uno
+las palabras en que se las dicen. Y luego, que no se lo han de decir a
+uno todo de la primera vez, porque es tanto que no se lo puede entender
+todo, como cuando entra uno en una catedral, que de grande que es no ve
+uno m&aacute;s que los pilares y los arcos, y la luz all&aacute; arriba, que entra
+como jugando por los cristales; y luego, cuando uno ha estado muchas
+veces, ve claro en la oscuridad, y anda como por una casa conocida. Y no
+es que uno no quiere saber; porque la verdad es que da verg&uuml;enza ver
+algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar baste que no
+entienda todo lo que ve. La muerte es lo m&aacute;s dif&iacute;cil de entender; pero
+los viejos que han sido buenos dicen que ellos saben lo que es, y por
+eso est&aacute;n tranquilos, porque es como cuando va a salir el sol, y todo se
+pone en el mundo fresco y de unos colores hermosos. Y la vida no es
+dif&iacute;cil de entender tampoco. Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo
+que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo,
+siente uno deseos de hacer m&aacute;s que ellos todav&iacute;a: y eso es la vida.
+Porque los que se est&aacute;n con los brazos cruzados, sin pensar y sin
+trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, &eacute;sos comen y beben como los
+dem&aacute;s hombres, pero en la verdad de la verdad, &eacute;sos no est&aacute;n vivos.</p>
+
+<p>Los que est&aacute;n vivos de veras son los que nos hacen los cubiertos de
+comer, que parecen de plata, y no son de plata pura, sino de una mezcla
+de metales pobres, a la que le ponen encima con la electricidad uno como
+ba&ntilde;o de plata. Esos s&iacute; que trabajan, y hay taller que hace al d&iacute;a
+cuatrocientas docenas de cubiertos, y tiene como m&aacute;s de mil
+trabajadores: y muchos son mujeres, que hacen mejor que el hombre todas
+las cosa de finura y elegancia. Nosotros, los hombres, somos como el
+le&oacute;n del mundo, y como el caballo de pelear, que no est&aacute; contento ni se
+pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y ca&ntilde;ones.
+La mujer no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla
+as&iacute;, con mucho cuidado y cari&ntilde;o, porque si la tratan mal, se muere
+pronto, lo mismo que las flores. Para lo delicado tienen mujeres en esas
+obras de plater&iacute;a, para limar las piezas finas, para bordarlas como
+encaje, con una sierra que va cortando la plata en dibujos, como esas
+m&aacute;quinas de labrar relojes y cestos y estantes de madera blanda. Pero
+para lo fuerte tienen hombres; para hervir los metales, para hacer
+ladrillos de ellos, para ponerlos en la m&aacute;quina delgados como hoja de
+papel, para las m&aacute;quinas de recortar en la hoja muchas cucharas y
+tenedores a la vez, para platearlos en la artesa, donde est&aacute; la plata
+hecha agua, de modo que no se la ve, pero en cuanto pasa por la artesa
+la electricidad, se echa toda sobre las cucharas y los tenedores, que
+est&aacute;n dentro colgados en hilera de un madero, como las p&uacute;as de un peine.</p>
+
+<p>Y ya vamos contando la Historia de la Cuchara y el Tenedor. Antes hac&iacute;an
+de plata pura todo lo de la mesa, y las jarras y fruteras que se hacen
+hoy en m&aacute;quina: no m&aacute;s que para darle figura de jarra a un redondel de
+plata estaba el pobre hombre d&aacute;ndole con el martillo alrededor de una
+punta del yunque, hasta que empezaba a tener figura de jarr&oacute;n, y luego
+lo hund&iacute;a de un lado y lo iba anchando de otro, hasta que quedaba
+redondo de abajo y estrecho en la boca, y luego, a fuerza de mano, le
+iba bordando de adentro los dibujos y las flores. Ahora se hace con
+maquina todo eso, y de un vuelo de la rueda queda el redondel hecho un
+jarro hueco, y lo de mano no es m&aacute;s que lo &uacute;ltimo, cuando va al dibujo
+fino de los cinceladores. De esto se puede hablar aqu&iacute;, porque donde
+hacen los jarros, hacen los cubiertos; y el metal, lo mismo tienen que
+hervirlo, y mezclarlo, y enfriarlo, y aplastarlo en l&aacute;minas para hacer
+un jarr&oacute;n que para hacer una cuchara de t&eacute;. Es hermoso ver eso, y parece
+que est&aacute; uno en las entra&ntilde;as de la tierra, all&aacute; donde est&aacute; el fuego como
+el mar, que rebosa a veces y quiere salir, que es cuando hay terremotos,
+y cuando echan humo y agua caliente y cenizas y lava los volcanes, como
+si se estuviera quemando por adentro el mundo. Eso parece el taller de
+plater&iacute;a cuando est&aacute;n derritiendo el metal. En un horno se cocinan las
+piedras, que dan humo y se van desmoronando, y parecen cera que se
+derrite, y como un agua turbia. En una caldera hierven juntos el n&iacute;quel,
+el cobre y el zinc, y luego enfr&iacute;an la mezcla de los tres metales, y la
+cortan en barras antes que se acabe de enfriar. No se sabe qu&eacute; es; pero
+uno ve con respeto, y como con cari&ntilde;o, a aquellos hombres de delantal y
+cachucha que sacan con la pala larga de un horno a otro el metal
+hirviente; tienen cara de gente buena, aquellos hombres de cachucha: ya
+no es piedra el metal, como era cuando lo trajo el carret&oacute;n, sino que lo
+que era piedra se ha hecho barro y ceniza con el calor del horno, y el
+metal est&aacute; en la caldera, hirviendo con un ruido que parece susurro,
+como cuando se tiende la espuma por la playa, o sopla un aire de ma&ntilde;ana
+en las hojas del bosque. Sin saber por qu&eacute;, se calla uno, y se siente
+como m&aacute;s fuerte, en el taller de las calderas.</p>
+
+<p>Y despu&eacute;s, es como un paseo por una calle de m&aacute;quinas. Todas se est&aacute;n
+moviendo a la vez. El vapor es el que las hace andar, pero no tiene cada
+m&aacute;quina debajo la caldera del agua, que da el vapor: el vapor est&aacute; all&aacute;,
+en lo hondo de la plater&iacute;a, y de all&iacute; mueve unas correas anchas, que
+hacen dar vueltas a las ruedas de andar, y en cuanto se mueve la rueda
+de andar en cada m&aacute;quina, andan las dem&aacute;s ruedas. La primera m&aacute;quina se
+parece a una prensa de enjugar la ropa, donde la ropa sale exprimida
+entre dos cilindros de goma: all&iacute; los cilindros no son de goma, sino de
+acero; y la barra de metal sale hecha una l&aacute;mina, del grueso de un
+cart&oacute;n: es un cart&oacute;n de metal. Luego viene la agujereadora, que es una
+m&aacute;quina con uno como mortero que baja y sube, como la enc&iacute;a de arriba
+cuando se come; y el mortero tiene muchas cuchillas en figura de
+martillo de cabeza larga y estrecha, o de una espumadera de mango fino y
+cabeza redonda, y cuando baja el mortero todas las cuchillas cortan la
+l&aacute;mina a la vez, y dejan la l&aacute;mina agujereada, y el metal de cada
+agujero cae a un cesto debajo: y &eacute;se es la cuchara, &eacute;se es el tenedor.
+Cada uno de esos pedazos de metal recortados y chatos de figura de
+martillo es un tenedor; cada uno de los de cabeza redonda, como una
+moneda muy grande, es una cuchara, &iquest;Que c&oacute;mo se le sacan los dientes al
+tenedor? &iexcl;Ah! esos recortes chatos, lo mismo que los de las cucharas,
+tienen que calentarse otra vez en el horno, porque si el metal no est&aacute;
+caliente se pone tan duro que no se le puede trabajar, y para darle
+forma tiene que estar blando. Con unas tenazas van sacando los recortes
+del horno: los ponen en un molde de otra m&aacute;quina que tiene un mortero de
+aplastar, y del golpe del mortero ya salen los recortes con figura, y se
+le ve al tenedor la punta larga y estrecha. Otra m&aacute;quina m&aacute;s fina lo
+recorta mejor. Otra le marca los dientes, pero no sueltos ya, como est&aacute;n
+en el tenedor acabado, sino sujetos todav&iacute;a. Otra m&aacute;quina le recorta las
+uniones, y ya est&aacute; el tenedor con sus dientes. Luego va a los talleres
+del trabajo fino. En uno le ponen el filete al mango. En otro le dan la
+curva, porque de las m&aacute;quinas de los dientes sali&oacute; chato, como una hoja
+de papel. En otra le liman y le redondean las esquinas. En otra lo
+cincelan si ha de ir adornado, o le ponen las iniciales, si lo quieren
+con letras. En otra lo pulen, que es cosa muy curiosa, parecida a la de
+las piedras de amolar, s&oacute;lo que la m&aacute;quina de pulir anda m&aacute;s de prisa, y
+la rueda es de alambres delgados como cabellos, como un cepillo que da
+vueltas, y muchas, como que da dos mil quinientas vueltas en un minuto.
+Y de all&iacute; sale el tenedor o la cuchara a la plater&iacute;a de veras, porque es
+donde les ponen el ba&ntilde;o de la electricidad, y quedan como vestidos con
+traje de plata. Los cubiertos pobres, los que van a costar poco, no
+llevan m&aacute;s que un ba&ntilde;o o dos: los buenos llevan tres, para que la plata
+les dure, aunque nunca dura tanto como la plata que se trabajaba antes
+con el martillo. Como las cucharas, pues: antes, para hacer una cuchara,
+no hab&iacute;a m&aacute;quinas de aplastar el metal, ni de sacarlo en l&aacute;minas
+delgadas como ahora, sino que a martillazo puro ten&iacute;a que irlo
+aplastando el platero, hasta que estaba como &eacute;l lo quer&iacute;a, y recortaba
+la cuchara a fuerza de mano, y a mu&ntilde;eca viva le daba al mango el doblez,
+y para hacerle el hueco le daba golpes muy despacio, cada vez en un
+punto diferente, encima de un yunque que parec&iacute;a de jugar, con la punta
+redonda, como un huevo, hasta que quedaba hueca por dentro la cuchara.
+Ahora la m&aacute;quina hace eso. Ponen el recorte de figura de espumadera en
+uno como yunque, que por la cabeza, donde cae lo redondo, est&aacute; vac&iacute;o: de
+arriba baja con fuerza el mortero, que tiene por debajo un huevo de
+hierro, y mete lo redondo del recorte en lo hueco del yunque. Ya est&aacute; la
+cuchara. Luego la liman, y la adornan, y la pulen como el tenedor, y la
+llevan al ba&ntilde;o de plata: porque es un ba&ntilde;o verdadero, en que la plata
+est&aacute; en el agua, deshecha, con una mezcla que llaman cianuro de
+potasio&mdash;&iexcl;los nombres qu&iacute;micos son todos as&iacute;!: y entra en el ba&ntilde;o la
+electricidad, que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y
+calor, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los
+metales, y a unos los separa, y a los otros los junta, como en este ba&ntilde;o
+de platear que, en cuanto la electricidad entra y lo revuelve, echa toda
+la plata del agua sobre las cucharas y los tenedores colgados dentro de
+&eacute;l. Los sacan chorreando. Los limpian con sal de potasa. Los tienen al
+calor sobre l&aacute;minas de hierro caliente. Los secan bien en tinas de
+aserr&iacute;n. Los bru&ntilde;en en la m&aacute;quina de cepillar. Con la badana les sacan
+brillo. Y nos los mandan a la casa, blancos como la luz, en su caja de
+terciopelo o de seda.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_muneca_negra" id="La_muneca_negra"></a><a href="#toc">La mu&ntilde;eca negra</a></h2>
+
+
+<p>De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el
+cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen ri&eacute;ndose, como dos
+muchachones. Vienen de la mano, como dos muchachos. El padre viene
+detr&aacute;s, como si fuera a tropezar con todo. La madre no tropieza; porque
+conoce el camino. &iexcl;Trabaja mucho el padre, para comprar todo lo de la
+casa, y no puede ver a su hija cuando quiere! A veces, all&aacute; en el
+trabajo, se r&iacute;e solo, o se pone de repente como triste, o se le ve en la
+cara como una luz: y es que est&aacute; pensando en su hija: se le cae la pluma
+de la mano cuando piensa as&iacute;, pero enseguida empieza a escribir, y
+escribe tan de prisa, tan de prisa, que es como si la pluma fuera
+volando. Y le hace muchos rasgos a la letra, y las oes le salen grandes
+como un sol, y las ges largas como un sable, y las eles est&aacute;n debajo de
+la l&iacute;nea, como si se fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin
+de la palabra, como una hoja de palma; &iexcl;tiene que ver lo que escribe el
+padre cuando ha pensado mucho en la ni&ntilde;a! El dice que siempre que le
+llega por la ventana el olor de las flores del jard&iacute;n, piensa en ella. O
+a veces, cuando est&aacute; trabajando cosas de n&uacute;meros, o poniendo un libro
+sueco en espa&ntilde;ol, la ve venir, venir despacio, como en una nube, y se le
+sienta al lado, le quita la pluma, para que repose un poco, le da un
+beso en la frente, le tira de la barba rubia, le esconde el tintero: es
+sue&ntilde;o no m&aacute;s, no m&aacute;s que sue&ntilde;o, como esos que se tienen sin dormir, en
+que ve uno vestidos muy bonitos, o un caballo vivo de cola muy larga, o
+un cochecito con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra
+azul: sue&ntilde;o es no m&aacute;s, pero dice el padre que es como si lo hubiera
+visto, y que despu&eacute;s tiene m&aacute;s fuerza y escribe mejor. Y la ni&ntilde;a se va,
+se va despacio por el aire, que parece de luz todo: se va como una nube.</p>
+
+<p>Hoy el padre no trabaj&oacute; mucho, porque tuvo que ir a una tienda: &iquest;a qu&eacute;
+ir&iacute;a el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de atr&aacute;s entr&oacute;
+una caja grande: &iquest;qu&eacute; vendr&aacute; en la caja?: &iexcl;a saber lo que vendr&aacute;!:
+ma&ntilde;ana hace ocho a&ntilde;os que naci&oacute; Piedad. La criada fue al jard&iacute;n, y se
+pinch&oacute; el dedo por cierto, por querer coger, para un ramo que hizo, una
+flor muy hermosa. La madre a todo dice que s&iacute;, y se puso el vestido
+nuevo, y le abri&oacute; la jaula al canario. El cocinero est&aacute; haciendo un
+pastel, y recortando en figura de flores los nabos y las zanahorias, y
+le devolvi&oacute; a la lavandera el gorro, porque ten&iacute;a una mancha que no se
+ve&iacute;a apenas, pero, &laquo;&iexcl;hoy, hoy, se&ntilde;ora lavandera, el gorro ha de estar
+sin mancha!&raquo; Piedad no sab&iacute;a, no sab&iacute;a. Ella s&iacute; vio que la casa estaba
+como el primer d&iacute;a de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las
+hojas a los &aacute;rboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella noche,
+todos. Y el padre lleg&oacute; muy temprano del trabajo, a tiempo de ver a su
+hija dormida. La madre lo abraz&oacute; cuando lo vio entrar: &iexcl;y lo abraz&oacute; de
+veras! Ma&ntilde;ana cumple Piedad ocho a&ntilde;os.</p>
+
+<p>El cuarto est&aacute; a media luz, una luz como la de las estrellas, que viene
+de la l&aacute;mpara de velar, con su bombillo de color de &oacute;palo. Pero se ve,
+hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la ventana entra la
+brisa, y parece que juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello
+dorado. Le da en el cabello la luz. Y la madre y el padre vienen
+andando, de puntillas. &iexcl;Al suelo, el tocador de jugar! &iexcl;Este padre
+ciego, que tropieza con todo! Pero la ni&ntilde;a no se ha despertado. La luz
+le da en la mano ahora; parece una rosa la mano. A la cama no se puede
+llegar; porque est&aacute;n alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas En
+una silla est&aacute; el ba&uacute;l que le mand&oacute; en pascuas la abuela, lleno de
+almendras y de mazapanes: boca abajo est&aacute; el ba&uacute;l, como si lo hubieran
+sacudido, a ver si ca&iacute;a alguna almendra de un rinc&oacute;n, o si andaban
+escondidas por la cerradura algunas migajas de mazap&aacute;n; &iexcl;eso es, de
+seguro, que las mu&ntilde;ecas ten&iacute;an hambre! En otra silla est&aacute; la loza, mucha
+loza y muy fina, y en cada plato una fruta pintada: un plato tiene una
+cereza, y otro un higo, y otro una uva: da en el plato ahora la luz, en
+el plato del higo, y se ven como chispas de estrella: &iquest;c&oacute;mo habr&aacute; venido
+esta estrella a los platos?: &laquo;&iexcl;Es az&uacute;car!&raquo; dice el p&iacute;caro padre: &laquo;&iexcl;Eso
+es, de seguro!&raquo;: dice la madre, &laquo;eso es que estuvieron las mu&ntilde;ecas
+golosas comi&eacute;ndose el az&uacute;car.&raquo; El costurero est&aacute; en otra silla, y muy
+abierto, como de quien ha trabajado de verdad; el dedal est&aacute; machucado
+&iexcl;de tanto coser!: cort&oacute; la modista mucho, porque del calic&oacute; que le dio
+la madre no queda m&aacute;s que un redondel con el borde de picos, y el suelo
+est&aacute; por all&iacute; lleno de recortes, que le salieron mal a la modista, y
+all&iacute; est&aacute; la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a una
+gota de sangre. Pero la sala, y el gran juego, est&aacute; en el velador, al
+lado de la cama. El rinc&oacute;n, all&aacute; contra la pared, es el cuarto de dormir
+de las mu&ntilde;equitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores,
+y al lado una mu&ntilde;eca de traje rosado, en una silla roja: el tocador est&aacute;
+entre la cama y la cuna, con su mu&ntilde;equita de trapo, tapada hasta la
+nariz, y el mosquitero encima: la mesa del tocador es una cajita de
+cart&oacute;n casta&ntilde;o, y el espejo es de los buenos, de los que vende la se&ntilde;ora
+pobre de la dulcer&iacute;a, a dos por un centavo. La sala est&aacute; en lo de
+delante del velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un
+carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de n&aacute;car, con una jarra
+mexicana en medio, de las que traen los mu&ntilde;ecos aguadores de M&eacute;xico: y
+alrededor unos papelitos doblados, que son los libros. El piano es de
+madera, con las teclas pintadas; y no tiene banqueta de tomillo, que eso
+es poco lujo, sino una de espaldar, hecha de la caja de una sortija, con
+lo de abajo forrado de azul; y la tapa cosida por un lado, para la
+espalda, y forrada de rosa; y encima un encaje. Hay visitas, por
+supuesto, y son de pelo de veras, con ropones de seda lila de cuartos
+blancos, y zapatos dorados: y se sientan sin doblarse, con los pies en
+el asiento: y la se&ntilde;ora mayor, la que trae gorra color de oro, y est&aacute; en
+el sof&aacute;, tiene su levantapi&eacute;s, porque del sof&aacute; se resbala; y el
+levantapi&eacute;s es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un
+sill&oacute;n blanco est&aacute;n sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos
+hermanas de loza. Hay un cuadro en la sala, que tiene detr&aacute;s, para que
+no se caiga, un pomo de olor: y es una ni&ntilde;a de sombrero colorado, que
+trae en los brazos un cordero. En el pilar de la cama, del lado del
+velador, est&aacute; una medalla de bronce, de una fiesta que hubo, con las
+cintas francesas: en su gran mo&ntilde;a de los tres colores est&aacute; adornando la
+sala el medall&oacute;n, con el retrato de un franc&eacute;s muy hermoso, que vino de
+Francia a pelear porque los hombres fueran libres, y otro retrato del
+que invent&oacute; el pararrayos, con la cara de abuelo que tenla cuando pas&oacute;
+el mar para pedir a los reyes de Europa que lo ayudaran a hacer libre su
+tierra: &eacute;sa es la sala, y el gran juego de Piedad. Y en la almohada,
+durmiendo en su brazo, y con la boca deste&ntilde;ida de los besos, est&aacute; su
+mu&ntilde;eca negra.</p>
+
+<p>Los p&aacute;jaros del jard&iacute;n la despertaron por la ma&ntilde;anita. Parece que se
+saludan los p&aacute;jaros, y la convidan a volar. Un p&aacute;jaro llama, y otro
+p&aacute;jaro responde. En la casa hay algo, porque los p&aacute;jaros se ponen as&iacute;
+cuando el cocinero anda por la cocina saliendo y entrando, con el
+delantal vol&aacute;ndole por las piernas, y la olla de plata en las dos manos,
+oliendo a leche quemada y a vino dulce. En la casa hay algo: porque si
+no, &iquest;para qu&eacute; est&aacute; ah&iacute;, al pie de la cama, su vestidito nuevo, el
+vestidito color de perla, y la cinta lila que compraron ayer, y las
+medias de encaje? &laquo;Yo te digo, Leonor, que aqu&iacute; pasa algo. D&iacute;melo t&uacute;,
+Leonor, t&uacute; que estuviste ayer en el cuarto de mam&aacute;, cuando yo fui a
+paseo. &iexcl;Mam&aacute; mala, que no te dej&oacute; ir conmigo, porque dice que te he
+puesto muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo, porque te he
+peinado mucho! La verdad, Leonor: t&uacute; no tienes mucho pelo; pero yo te
+quiero as&iacute;, sin pelo, Leonor: tus ojos son los que quiero yo, porque con
+los ojos me dices que me quieres: te quiero mucho, porque no te quieren:
+&iexcl;a ver! &iexcl;sentada aqu&iacute; en mis rodillas, que te quiero peinar!: las ni&ntilde;as
+buenas se peinan en cuanto se levantan: &iexcl;a ver, los zapatos, que ese
+lazo no est&aacute; bien hecho!: y los dientes: d&eacute;jame ver los dientes: las
+u&ntilde;as: &iexcl;Leonor, esas u&ntilde;as no est&aacute;n limpias! Vamos, Leonor, dime la
+verdad: oye, oye a los p&aacute;jaros que parece que tienen baile: dime,
+Leonor, &iquest;qu&eacute; pasa en esta casa?&raquo; Y a Piedad se le cay&oacute; el peine de la
+mano, cuando le ten&iacute;a ya una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba
+toda alborotada. Lo que pasaba, all&iacute; lo ve&iacute;a ella. Por la puerta ven&iacute;a
+la procesi&oacute;n. La primera era la criada, con el delantal de rizos de los
+d&iacute;as de fiesta, y la cofia de servir la mesa en los d&iacute;as de visita:
+tra&iacute;a el chocolate, el chocolate con crema, lo mismo que el d&iacute;a de a&ntilde;o
+nuevo, y los panes dulces en una cesta de plata: luego ven&iacute;a la madre,
+con un ramo de flores blancas y azules: &iexcl;ni una flor colorada en el
+ramo, ni una flor amarilla!: y luego ven&iacute;a la lavandera, con el gorro
+blanco que el cocinero no se quiso poner, y un estandarte que el
+cocinero le hizo, con un diario y un bast&oacute;n: y dec&iacute;a en el estandarte,
+debajo de una corona de pensamientos: &laquo;&iexcl;Hoy cumple Piedad ocho a&ntilde;os!&raquo; Y
+la besaron, y la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron,
+con el estandarte detr&aacute;s, a la sala de los libros de su padre, que ten&iacute;a
+muy peinada su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy despacio,
+y redond&eacute;andole las puntas, y poniendo cada hebra en su lugar. A cada
+momento se asomaba a la puerta, a ver si Piedad ven&iacute;a: escrib&iacute;a, y se
+pon&iacute;a a silbar: abr&iacute;a un libro, y se quedaba mirando a un retrato, a un
+retrato que ten&iacute;a siempre en su mesa, y era como Piedad, una Piedad de
+vestido largo. Y cuando oy&oacute; ruido de pasos, y un vocerr&oacute;n que ven&iacute;a
+tocando m&uacute;sica en un cucurucho de papel, &iquest;qui&eacute;n sabe lo que sac&oacute; de una
+caja grande?: y se fue a la puerta con una mano en la espalda: y con el
+otro brazo carg&oacute; a su hija. Luego dijo que sinti&oacute; como que en el pecho
+se le abr&iacute;a una flor, y como que se le encend&iacute;a en la cabeza un palacio,
+con colgaduras azules de flecos de oro, y mucha gente con alas: luego
+dijo todo eso, pero entonces, nada se le oy&oacute; decir. Hasta que Piedad dio
+un salto en sus brazos, y se le quiso subir por el hombro, porque en un
+espejo hab&iacute;a visto lo que llevaba en la otra mano el padre. &laquo;&iexcl;Es como el
+sol el pelo, mam&aacute;, lo mismo que el sol! &iexcl;ya la vi, ya la vi, tiene el
+vestido rosado! &iexcl;dile que me la d&eacute;, mam&aacute;: si es de peto verde, de peto
+de terciopelo! &iexcl;como las m&iacute;as son las medias, de encaje como las m&iacute;as!&raquo;
+Y el padre se sent&oacute; con ella en el sill&oacute;n, y le puso en los brazos la
+mu&ntilde;eca de seda y porcelana. Ech&oacute; a correr Piedad, como si buscase a
+alguien. &laquo;&iquest;Y yo me quedo hoy en casa por mi ni&ntilde;a&raquo;, le dijo su padre, &laquo;y
+mi ni&ntilde;a me deja solo? &laquo;Ella escondi&oacute; la cabecita en el pecho de su padre
+bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la levant&oacute;, aunque &iexcl;de veras! le
+picaba la barba.</p>
+
+<p>Hubo paseo por el jard&iacute;n, y almuerzo con un vino de espuma debajo de la
+parra, y el padre estaba muy conversador, cogi&eacute;ndole a cada momento la
+mano a su mam&aacute;, y la madre estaba como m&aacute;s alta, y hablaba poco, y era
+como m&uacute;sica todo lo que hablaba. Piedad le llev&oacute; al cocinero una dalia
+roja, y se la prendi&oacute; en el pecho del delantal: y a la lavandera le hizo
+una corona de claveles: y a la criada le llen&oacute; los bolsillos de flores
+de naranjo, y le puso en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y
+luego, con mucho cuidado, hizo un ramo de nomeolvides. &laquo;&iquest;Para qui&eacute;n es
+ese ramo, Piedad?&raquo; &laquo;No s&eacute;, no s&eacute; para qui&eacute;n es: &iexcl;qui&eacute;n sabe si es para
+alguien!&raquo; Y lo puso a la orilla de la acequia, donde corr&iacute;a como un
+cristal el agua. Un secreto le dijo a su madre, y luego le dijo:
+&laquo;&iexcl;D&eacute;jame ir!&raquo; Pero le dijo &laquo;caprichosa&raquo; su madre: &laquo;&iquest;y tu mu&ntilde;eca de seda,
+no te gusta? m&iacute;rale la cara, que es muy linda: y no le has visto los
+ojos azules&raquo;. Piedad s&iacute; se los hab&iacute;a visto; y la tuvo sentada en la mesa
+despu&eacute;s de comer, mir&aacute;ndola sin re&iacute;rse; y la estuvo ense&ntilde;ando a andar en
+el jard&iacute;n. Los ojos era lo que le miraba ella: y le tocaba en el lado
+del coraz&oacute;n: &laquo;&iexcl;Pero, mu&ntilde;eca, h&aacute;blame, h&aacute;blame!&raquo; Y la mu&ntilde;eca de seda no
+le hablaba. &laquo;&iquest;Conque no te ha gustado la mu&ntilde;eca que te compr&eacute;, con sus
+medias de encaje y su cara de porcelana y su pelo fino?&raquo; &laquo;S&iacute;, mi pap&aacute;,
+s&iacute; me ha gustado mucho. Vamos, se&ntilde;ora mu&ntilde;eca, vamos a pasear. Usted
+querr&aacute; coches, y lacayos, y querr&aacute; dulce de casta&ntilde;as, se&ntilde;ora mu&ntilde;eca.
+Vamos, vamos a pasear.&raquo; Pero en cuanto estuvo Piedad donde no la ve&iacute;an,
+dej&oacute; a la mu&ntilde;eca en un tronco, de cara contra el &aacute;rbol. Y se sent&oacute; sola,
+a pensar, sin levantar la cabeza, con la cara entre las dos manecitas.
+De pronto ech&oacute; a correr, de miedo de que se hubiese llevado el agua el
+ramo de nomeolvides.</p>
+
+<p>&mdash;&laquo;Pero, criada, ll&eacute;vame pronto!&raquo;&mdash;&laquo;&iquest;Piedad, qu&eacute; es eso de criada? &iexcl;T&uacute;
+nunca le dices criada as&iacute;, como para ofenderla!&raquo;&mdash;&laquo;No, mam&aacute;, no: es que
+tengo mucho sue&ntilde;o: estoy muerta de sue&ntilde;o. Mira: me parece que es un
+monte la barba de pap&aacute;: y el pastel de la mesa me da vueltas, vueltas
+alrededor, y se est&aacute;n riendo de m&iacute; las banderitas: y me parece que est&aacute;n
+bailando en el aire las flores de zanahoria: estoy muerta de sue&ntilde;o:
+&iexcl;adi&oacute;s, mi madre!: ma&ntilde;ana me levanto muy tempranito: t&uacute;, pap&aacute;, me
+despiertas antes de salir: yo te quiero ver siempre antes de que te
+vayas a trabajar: &iexcl;oh, las zanahorias! &iexcl;estoy muerta de sue&ntilde;o! &iexcl;Ay,
+mam&aacute;, no me mates el ramo! &iexcl;mira, ya me mataste mi flor!&raquo;&mdash;&laquo;&iquest;Conque se
+enoja mi hija porque le doy un abrazo?&raquo;&mdash;&laquo;&iexcl;P&eacute;game, mi mam&aacute;! &iexcl;pap&aacute;,
+p&eacute;game t&uacute;! es que tengo mucho sue&ntilde;o.&raquo; Y Piedad sali&oacute; de la sala de los
+libros, con la criada que le llevaba la mu&ntilde;eca de seda. &laquo;&iexcl;Qu&eacute; de prisa
+va la ni&ntilde;a, que se va a caer! &iquest;Qui&eacute;n espera a la ni&ntilde;a?&raquo;&mdash;&laquo;&iexcl;Qui&eacute;n sabe
+quien me espera!&raquo; Y no habl&oacute; con la criada: no le dijo que le contase el
+cuento de la ni&ntilde;a jorobadita que se volvi&oacute; una flor: un juguete no m&aacute;s
+le pidi&oacute;, y lo puso a los pies de la cama y le acarici&oacute; a la criada la
+mano, y se qued&oacute; dormida. Encendi&oacute; la criada la l&aacute;mpara de velar, con su
+bombillo de &oacute;palo: sali&oacute; de puntillas: cerr&oacute; la puerta con mucho
+cuidado. Y en cuanto estuvo cerrada la puerta, relucieron dos ojitos en
+el borde de la s&aacute;bana: se alz&oacute; de repente la cubierta rubia: de rodillas
+en la cama, le dio toda la luz a la l&aacute;mpara de velar: y se ech&oacute; sobre el
+juguete que puso a los pies, sobre la mu&ntilde;eca negra. La bes&oacute;, la abraz&oacute;,
+se la apret&oacute; contra el coraz&oacute;n: &laquo;Ven, pobrecita: ven, que esos malos te
+dejaron aqu&iacute; sola: t&uacute; no est&aacute;s fea, no, aunque no tengas m&aacute;s que una
+trenza: la fea es &eacute;sa, la que han tra&iacute;do hoy, la de los ojos que no
+hablan: dime, Leonor, dime, &iquest;t&uacute; pensaste en m&iacute;?: mira el ramo que te
+traje, un ramo de nomeolvides, de los m&aacute;s lindos del jard&iacute;n: &iexcl;as&iacute;, en el
+pecho! &iexcl;&eacute;sta es mi mu&ntilde;eca linda! &iquest;y no has llorado? &iexcl;te dejaron tan
+sola! &iexcl;no me mires as&iacute;, porque voy a llorar yo! &iexcl;no, t&uacute; no tienes fr&iacute;o!
+&iexcl;aqu&iacute; conmigo, en mi almohada, ver&aacute;s como te calientas! &iexcl;y me quitaron,
+para que no me hiciera da&ntilde;o, el dulce que te tra&iacute;a! &iexcl;as&iacute;, as&iacute;, bien
+arropadita! &iexcl;a ver, mi beso, antes de dormirte! &iexcl;ahora, la l&aacute;mpara baja!
+&iexcl;y a dormir, abrazadas las dos! &iexcl;te quiero, porque no te quieren!&raquo;</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Cuentos_de_elefantes" id="Cuentos_de_elefantes"></a><a href="#toc">Cuentos de elefantes</a></h2>
+
+
+<p>De &Aacute;frica cuentan ahora muchas cosas extra&ntilde;as, porque anda por all&iacute; la
+gente europea descubriendo el pa&iacute;s, y los pueblos de Europa quieren
+mandar en aquella tierra rica, donde con el calor del sol crecen plantas
+de esencia y alimento, y otras que dan fibras de hacer telas, y hay oro
+y diamantes, y elefantes que son una riqueza, porque en todo el mundo se
+vende muy caro el marfil de sus colmillos. Cuentan muchas cosas del
+valor con que se defienden los negros, y de las guerras en que andan,
+como todos los pueblos cuando empiezan a vivir, que pelean por ver qui&eacute;n
+es m&aacute;s fuerte, o por quitar a su vecino lo que quieren tener ellos. En
+estas guerras quedan de esclavos los prisioneros que tom&oacute; en la pelea el
+vencedor, que los vende a los moros infames que andan por all&aacute; buscando
+prisioneros que comprar, y luego los venden en las tierras moras. De
+Europa van a &Aacute;frica hombres buenos, que no quieren que haya en el mundo
+estas ventas de hombres; y otros van por el ansia de saber, y viven a&ntilde;os
+entre las tribus bravas, hasta que encuentran una yerba rara, o un
+p&aacute;jaro que nunca se ha visto, o el lago de donde nace un r&iacute;o: y otros
+van de tropa, a sueldo del Khedive que manda en Egipto, a ver como echan
+de la tierra a un peleador famoso que llaman el Mahd&iacute;, y dice que &eacute;l
+debe gobernar, porque &eacute;l es moro libre y amigo de los pobres, no como el
+Khedive, que manda como criado del Sult&aacute;n turco extranjero, y alquila
+peleadores cristianos para pelear contra el moro del pa&iacute;s, y quitar la
+tierra a los negros sudaneses. En esas guerras dicen que muri&oacute; un ingl&eacute;s
+muy valiente, aquel &laquo;Gordon el chino&raquo;, que no era chino, sino muy blanco
+y de ojos muy azules, pero ten&iacute;a el apodo de chino, porque en China hizo
+muchas heroicidades, y aquiet&oacute; a la gente revuelta con el cari&ntilde;o m&aacute;s que
+con el poder; que fue lo que hizo en el Sud&aacute;n, donde viv&iacute;a solo entre
+los negros del pa&iacute;s, como su gobernador, y se les pon&iacute;a delante a
+rega&ntilde;arlos como a hijos, sin m&aacute;s armas que sus ojos azules, cuando lo
+atacaban con las lanzas y las azagayas, o se echaba a llorar de piedad
+por los negros cuando en la soledad de la noche los ve&iacute;a de lejos
+hacerse se&ntilde;as, para juntarse en el monte, a ver c&oacute;mo atacar&iacute;an a los
+hombres blancos. El Mahd&iacute; pudo m&aacute;s que &eacute;l, y dicen que Gordon ha muerto,
+o lo tiene preso el Mahd&iacute;. Mucha gente anda por &Aacute;frica. Hay un Chaillu
+que escribi&oacute; un libro sobre el mono gorila que anda en dos pies, y pelea
+a palos con los viajeros que lo quisieren cazar. Livingstone viaj&oacute; sin
+miedo por lo m&aacute;s salvaje de &Aacute;frica, con su mujer. Stanley est&aacute; all&aacute;
+ahora, viendo c&oacute;mo comercia, y salva del Mahd&iacute;, al gobernador Em&iacute;n
+Pach&aacute;. Muchos alemanes y franceses andan all&aacute; explorando, descubriendo
+tierras, tratando y cambiando con los negros, y viendo c&oacute;mo les quitan
+el comercio a los moros. Con los colmillos del elefante es con lo que
+comercian m&aacute;s, porque el marfil es raro y fino, y se paga muy caro por
+&eacute;l. Ese de &Aacute;frica es colmillo vivo; pero por Siberia sacan de los hielos
+colmillos del mamut, que fue el elefante peludo, grande como una loma,
+que ha estado en la nieve, en pie, cincuenta mil a&ntilde;os. Y un ingl&eacute;s,
+Logan, dice que no son cincuenta mil, sino que esas capas de hielo se
+fueron echando sobre la tierra como un mill&oacute;n de a&ntilde;os hace, y que desde
+entonces, desde hace un mill&oacute;n de a&ntilde;os, est&aacute;n enterrados en la nieve
+dura los elefantes peludos.</p>
+
+<p>All&iacute; se estuvieron en los hielos duros de Siberia, hasta que un d&iacute;a iba
+un pescador por la orilla del r&iacute;o Lena, donde de un lado es de arena la
+orilla, y de otro es de capas de hielo, echadas una encima de otra como
+las hojas de un pastel, y tan perfectas que parecen cosa de hombre esas
+leguas de capas. Y el pescador iba cantando un cantar, en su vestido de
+piel, asombrado de la mucha luz, como si estuviese de fiesta en el aire
+un sol joven. El aire chispeaba. Se o&iacute;an estallidos, como en el bosque
+nuevo cuando se abre una flor. De las lomas corr&iacute;a, brillante y pura, un
+agua nunca vista. Era que se estaban deshaciendo los hielos. Y all&iacute;,
+delante del pobre Shumarkoff, sal&iacute;an del monte helado los colmillos,
+gruesos como troncos de &aacute;rboles, de un animal velludo, enorme, negro.
+Como vivo estaba, y en el hielo transparente se le ve&iacute;a el cuerpo
+asombroso. Cinco a&ntilde;os tard&oacute; el hielo en derretirse alrededor de &eacute;l,
+hasta que todo se deshizo, y el elefante cay&oacute; rodando a la orilla, con
+ruido de trueno. Con otros pescadores vino Shumarkoff a llevarse los
+colmillos, de tres varas de largo. Y los perros hambrientos le comieron
+la carne, que estaba fresca todav&iacute;a, y blanda como carne nueva: de
+noche, en la oscuridad, de cien perros a la vez se o&iacute;a el roer de los
+dientes, el gru&ntilde;ido de gusto, el ruido de las lenguas. Veinte hombres a
+la vez no pod&iacute;an levantar la piel crinuda, en la que era de a vara cada
+crin. Y nadie ha de decir que no es verdad, porque en el museo de San
+Petersburgo est&aacute;n todos los huesos, menos uno que se perdi&oacute;; y un pu&ntilde;ado
+de la lana amarillosa que ten&iacute;a sobre el cuello. De entonces ac&aacute;, los
+pescadores de Siberia han sacado de los hielos como dos mil colmillos de
+mamut.</p>
+
+<p>A miles parece que andaban los mamuts, como en pueblos, cuando los
+hielos se despe&ntilde;aron sobre la tierra salvaje, hace miles de a&ntilde;os; y como
+en pueblos andan ahora, defendi&eacute;ndose de los tigres y de los cazadores
+por los bosques de Asia y de &Aacute;frica; pero ya no son velludos, como los
+de Siberia, sino que apenas tienen pelos por los rincones de su piel
+blanda y arrugada, que da miedo de veras, por la mucha fealdad, cuando
+lo cierto es que con el elefante sucede como con las gentes del mundo,
+que porque tienen hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma
+hermosa, sin ver que eso es como los jarrones finos, que no tienen nada
+dentro, y una vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras
+polvo. Con el elefante no hay que jugar, porque en la hora en que se le
+enoja la dignidad, o le ofenden la mujer o el hijo, o el viejo, o el
+compa&ntilde;ero, sacude la trompa como un azote, y de un latigazo echa por
+tierra al hombre m&aacute;s fuerte, o rompe un poste en astillas, o deja un
+&aacute;rbol temblando. Tremendo es el elefante enfurecido, y por manso que sea
+en sus prisiones, siempre le llega, cuando calienta el sol mucho en
+abril, o cuando se cansa de su cadena, su hora de furor. Pero los que
+conocen bien al animal dicen que sabe de arrepentimiento y de ternura,
+como un cuento que trae un libro viejo que publicaron, all&aacute; al
+principiar este siglo, los sabios de Francia, donde est&aacute; lo que hizo un
+elefante que mat&oacute; a su cuidador, que all&aacute; llaman cornac, porque le hab&iacute;a
+lastimado con el arp&oacute;n la trompa; y cuando la mujer del cornac se le
+arrodill&oacute; desesperada delante con su hijito, y le rog&oacute; que los matase a
+ellos tambi&eacute;n, no los mat&oacute;, sino que con la trompa le quit&oacute; el ni&ntilde;o a la
+madre, y se lo puso sobre el cuello, que es donde los cornacs se
+sientan, y nunca permiti&oacute; que lo montase m&aacute;s cornac que aqu&eacute;l.</p>
+
+<p>La trompa es lo que m&aacute;s cuida de todo su cuerpo recio el elefante,
+porque con ella come y bebe, y acaricia y respira, y se quita de encima
+los animales que le estorban, y se ba&ntilde;a. Cuando nada &iexcl;y muy bien que
+nadan los elefantes! no se le ve el cuerpo, porque est&aacute; en el agua todo,
+sino la punta de la trompa, con los dos agujeros en que acaban las dos
+canales que atraviesan la trompa a lo largo, y llegan por arriba a la
+misma nariz, que tiene como dos tapaderas, que abre y cierra seg&uacute;n
+quiera recibir el aire, o cerrarle el camino a lo que en las canales
+pueda estar. Nadie diga que no es verdad, porque hay quien se ha puesto
+a contarlos: como cuarenta mil m&uacute;sculos tiene la trompa del elefante, la
+&laquo;proboscis&raquo;, como dice la gente de libros: toda es de m&uacute;sculos,
+entretejidos como una red: unos est&aacute;n a la larga, de la nariz a la
+punta, y son para mover la trompa adonde el elefante quiere, y
+encogerla, enroscarla, subirla, bajarla, tenderla: otros son a lo ancho,
+y van de las canales a la piel, como los rayos de una rueda van del eje
+a la llanta: &eacute;sos son para apretar las canales o ensancharlas. &iquest;Qu&eacute; no
+hace el elefante con su trompa? La yerba m&aacute;s fina la arranca del suelo.
+De la mano de un ni&ntilde;o recoge un cacahuete. Se llena la trompa de agua, y
+la echa sobre la parte de su cuerpo en que siente calor. Los elefantes
+ense&ntilde;ados se quitan y se ponen la carga con la trompa. Un hilo levantan
+del suelo, y como un hilo levantan a un hombre. No hay m&aacute;s modo de
+acobardar a un elefante enfurecido que herirle de veras en la trompa.
+Cuando pelea con el tigre, que casi siempre lo vence, lo echa arriba y
+abajo con los colmillos, y hace por atravesarlo; pero la trompa la lleva
+en el aire. Del olor del tigre no m&aacute;s, brama con espanto el elefante:
+las ratas le dan miedo: le tiene asco y horror al cochino. &iexcl;A cuanto
+cochino ve, trompazo! Lo que lo gusta es el vino bueno, y el arrak, que
+es el ron de la India, tanto que los cornacs le conocen el apetito, y
+cuando quieren que trabaje m&aacute;s de lo de costumbre, le ense&ntilde;an una
+botella de arrak, que &eacute;l destapa con la trompa luego, y bebe a sorbo
+tendido; s&oacute;lo que el cornac tiene que andar con cuidado, y no hacerle
+esperar la botella mucho, porque le puede suceder lo que al pintor
+franc&eacute;s que, para pintar a un elefante mejor, le dijo a su criado que se
+lo entretuviese con la cabeza alta tir&aacute;ndole frutas a la trompa, pero el
+criado se divert&iacute;a haciendo como que echaba al aire fruta sin tirarla de
+veras, hasta que el elefante se enoj&oacute;, y se le fue encima a trompazos al
+pintor, que se levant&oacute; del suelo medio muerto, y todo lleno de pinturas.
+Es bueno el elefante de naturaleza, y se deja domar del hombre, que lo
+tiene de bestia de carga, y va sobre &eacute;l, sentado en un camar&iacute;n de
+colgaduras, a pelear en las guerras de Asia, o a cazar el tigre, como
+desde una torre segura. Los pr&iacute;ncipes del Indost&aacute;n van a sus viajes en
+elefantes cubiertos de terciopelos de mucho bordado y pedrer&iacute;a, y cuando
+viene de Inglaterra otro pr&iacute;ncipe, lo pasean por las calles en el
+camar&iacute;n de pa&ntilde;o de oro que va meci&eacute;ndose sobre el lomo de los elefantes
+d&oacute;ciles, y el pueblo pone en los balcones sus tapices ricos, y llena las
+calles de hojas de rosa.</p>
+
+<p>En Siam no es s&oacute;lo cari&ntilde;o lo que le tienen al elefante, sino adoraci&oacute;n,
+cuando es de piel clara, que all&iacute; creen divina, porque la religi&oacute;n
+siamesa les ense&ntilde;a que Buda vive en todas partes, y en todos los seres,
+y unas veces en unos y otras en otros, y como no hay vivo de m&aacute;s cuerpo
+que el elefante, ni color que haga pensar mas en la pureza que lo
+blanco, al elefante blanco adoran, como si en &eacute;l hubiera m&aacute;s de Buda que
+en los dem&aacute;s seres vivos. Le tienen palacio, y sale a la calle entre
+hileras de sacerdotes, y le dan las yerbas m&aacute;s finas y el mejor arrak, y
+el palacio se lo tienen pintado como un bosque, para que no sufra tanto
+de su prisi&oacute;n, y cuando el rey lo va a ver es fiesta en el pa&iacute;s, porque
+creen que el elefante es dios mismo, que va decir al rey el buen modo de
+gobernar. Y cuando el rey quiere regalar a un extranjero algo de mucho
+valor, manda hacer una caja de oro puro, sin liga de otro metal, con
+brillantes alrededor, y dentro pone, como una reliquia, recortes de pelo
+del elefante blanco. En &Aacute;frica no los miran los pueblos del pa&iacute;s como
+dioses, sino que les ponen trampas en el bosque, y se les echan encima
+en cuanto los ven caer, para alimentarse de la carne, que es fina y
+jugosa: o los cazan por enga&ntilde;o, porque tienen ense&ntilde;adas a las hembras,
+que vuelven al corral por el amor de los hijos, y donde saben que andan
+una manada de elefantes libres les echan a las hembras a buscarlos, y la
+manada viene sin desconfianza detr&aacute;s de las madres que vuelven adonde
+sus hijuelos: y all&iacute; los cazadores los enlazan, y los van domando con el
+cari&ntilde;o y la voz, hasta que los tienen ya quietos, y los matan para
+llevarse los colmillos.</p>
+
+<p>Partidas enteras de gente europea est&aacute;n por &Aacute;frica cazando elefantes; y
+ahora cuenta los libros de una gran cacer&iacute;a, donde eran muchos los
+cazadores. Cuentan que iban sentados a la mujeriega en sus sillas de
+montar, hablando de la guerra que hacen en el bosque las serpientes al
+le&oacute;n, y de una mosca venenosa que les chupa la piel a los bueyes hasta
+que se la seca y los mata, y de lo lejos que saben tirar la azagaya y la
+flecha los cazadores africanos; y en eso estaban, y en calcular cu&aacute;ndo
+llegar&iacute;an a las tierras de Tippu Tib, que siempre tiene muchos colmillos
+que vender, cuando salieron de pronto a un claro de esos que hay en
+&Aacute;frica en medio de los bosques, y vieron una manada de elefantes all&iacute; al
+fondo del claro, unos durmiendo de pie, contra los troncos de los
+&aacute;rboles, otros paseando juntos y meciendo el cuerpo de un lado a otro,
+otros echados sobre la yerba, con las patas de atr&aacute;s estiradas. Les
+cayeron encima todas las balas de los cazadores. Los echados se
+levantaron de un impulso. Se juntaron las parejas. Los dormidos vinieron
+trotando donde estaban los dem&aacute;s. Al pasar junto a la poza, se llenaban
+de un sorbo la trompa. Gru&ntilde;&iacute;an y tanteaban el aire con la trompa. Todos
+se pusieron alrededor de su jefe. Y la caza fue larga; los negros les
+tiraban lanzas y azagayas y flechas: los europeos escondidos en los
+yerbales, les disparaban de cerca los fusiles: las hembras hu&iacute;an,
+despedazando los ca&ntilde;averales como si fueran yerbas de hilo: los
+elefantes hu&iacute;an de espaldas, defendi&eacute;ndose con los colmillos cuando les
+ven&iacute;a encima un cazador. El m&aacute;s bravo le vino a un cazador encima, a un
+cazador que era casi un ni&ntilde;o, y estaba solo atr&aacute;s, porque cada uno hab&iacute;a
+ido siguiendo a su elefante. Muy colmilludo era el bravo, y ven&iacute;a feroz.
+El cazador se subi&oacute; a un &aacute;rbol, sin que lo viese el elefante, pero &eacute;l lo
+oli&oacute; enseguida y vino mugiendo, alz&oacute; la trompa como para sacar de la
+rama al hombre, con la trompa rode&oacute; el tronco, y lo sacudi&oacute; como si
+fuera un rosal: no lo pudo arrancar, y se ech&oacute; de ancas contra el
+tronco. El cazador, que ya estaba al caerse, dispar&oacute; su fusil, y lo
+hiri&oacute; en la ra&iacute;z de la trompa. Temblaba el aire, dicen, de los mugidos
+terribles, y deshac&iacute;a el elefante el ca&ntilde;averal con las pisadas, y
+sacud&iacute;a los &aacute;rboles j&oacute;venes, hasta que de un impulso vino contra el del
+cazador, y lo ech&oacute; abajo. &iexcl;Abajo el cazador, sin tronco a que sujetarse!
+Cay&oacute; sobre las patas de atr&aacute;s del elefante, y se le agarr&oacute;, en el miedo
+de la muerte, de una pata de atr&aacute;s. Sacud&iacute;rselo no pod&iacute;a el animal
+rabioso, porque la coyuntura de la rodilla la tiene el elefante tan
+cerca del pie que apenas le sirve para doblarla. &iquest;Y c&oacute;mo se salva de
+all&iacute; el cazador? Corre bramando el elefante. Se sacude la pata contra el
+tronco m&aacute;s fuerte, sin que el cazador se le ruede, porque se le corre
+adentro y no hace m&aacute;s que magullarle las manos. &iexcl;Pero se caer&aacute; por fin,
+y de una colmillada va a morir el cazador! Saca su cuchillo, y se lo
+clava en la pata. La sangre corre a chorros, y el animal enfurecido,
+aplastando el matorral, va al r&iacute;o, al r&iacute;o de agua que cura. Y se llena
+la trompa muchas veces, y la vac&iacute;a sobre la herida, la echa con fuerza
+que lo aturde, sobre el cazador. Ya va a entrar m&aacute;s a lo hondo el
+elefante. El cazador le dispara las cinco balas de su rev&oacute;lver en el
+vientre, y corre, por si se puede salvar, a un &aacute;rbol cercano, mientras
+el elefante, con la trompa colgando, sale a la orilla, y se derrumba.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="Los_dos_ruisenores" id="Los_dos_ruisenores"></a><a href="#toc">Los dos ruise&ntilde;ores</a></h2>
+
+<p class="center"><i>Versi&oacute;n</i> <i>libre de un cuento de Andersen</i></p>
+
+
+<p>En China vive la gente en millones, como si fuera una familia que no
+acabase de crecer, y no se gobiernan por s&iacute;, como hacen los pueblos de
+hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador, y creen que es
+hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si fuera el sol, con mucha
+luz por junto a &eacute;l, y de oro el palanqu&iacute;n en que lo llevan, y los
+vestidos de oro. Pero los chinos est&aacute;n contentos con su emperador, que
+es un chino como ellos. &iexcl;Lo triste es que el emperador venga de afuera,
+dicen los chinos, y nos coma nuestra comida, y nos mande matar porque
+queremos pensar y comer, y nos trate como a sus perros y como a sus
+lacayos! Y muy gal&aacute;n que era aquel emperador del cuento, que se met&iacute;a de
+noche la barba larga en una bolsa de seda azul, para que no lo
+conocieran, y se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo
+sacos de arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los ni&ntilde;os, y
+leyendo, en aquellos libros que empiezan por la &uacute;ltima p&aacute;gina, lo que
+Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno de las
+culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria sin preguntar por
+qu&eacute;, que no son leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino
+lechones flacos, con la cola de tirabuz&oacute;n y las orejas ca&iacute;das, que van
+donde el porquero les dice que vayan, comiendo y gru&ntilde;endo. Y abri&oacute;
+escuelas de pintura, y de bordados, y de tallar la madera; y mand&oacute; poner
+preso al que gastase mucho en sus vestidos, y daba fiesta donde se
+entraba sin pagar, a o&iacute;r las historias de las batallas y los cuentos
+hermosos de los poetas; y a los viejecitos los saludaba siempre como si
+fuesen padres suyos; y cuando los t&aacute;rtaros bravos entraron en China y
+quisieron mandar en la tierra, sali&oacute; montado a caballo de su palacio de
+porcelana blanco y azul, y hasta que no ech&oacute; al &uacute;ltimo t&aacute;rtaro de su
+tierra, no se baj&oacute; de la silla. Com&iacute;a a caballo: beb&iacute;a a caballo su vino
+de arroz: a caballo dorm&iacute;a. Y mand&oacute; por los pueblos unos pregoneros con
+trompetas muy largas, y detr&aacute;s unos cl&eacute;rigos vestidos de blanco que iban
+diciendo as&iacute;: &laquo;&iexcl;Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe
+salir a buscarla a caballo!&raquo; Y por todo eso quer&iacute;an mucho los chinos a
+aquel emperador gal&aacute;n, aunque cuentan que eran muchas las golondrinas
+que dejaba sin nido, porque le gustaba mucho la sopa de nidos; y que una
+vez que otra se pon&iacute;a a conversar con un frasco de vino de arroz: y lo
+encontraban tendido en la estera, con la barba revuelta en el suelo, y
+el vestido lleno de manchas. Esos d&iacute;as no sal&iacute;an las mujeres a la calle,
+y los hombres iban a su quehacer con la cabeza baja, como s&iacute; les diera
+verg&uuml;enza ver el sol. Pero eso no suced&iacute;a muchas veces, sino cuando se
+pon&iacute;a triste porque los hombres no se quer&iacute;an bien ni hablaban la
+verdad: lo de siempre era la alegr&iacute;a, y la m&uacute;sica, y el baile, y los
+versos, y el hablar de valor y de las estrellas: y as&iacute; pasaba la vida
+del emperador, en su palacio de porcelana blanco y azul.</p>
+
+<p>Hermos&iacute;simo era el palacio, y la porcelana hecha de la pasta molida del
+mejor polvo kaol&iacute;n, que da una porcelana que parece luz, y suena como la
+m&uacute;sica, y hace pensar en la aurora, y en cuando empieza a caer la tarde.
+En los jardines hab&iacute;a naranjos enanos, con m&aacute;s naranjas que hojas; y
+peceras con peces de amarillo y carm&iacute;n, con cinto de oro; y unos rosales
+con rosas rojas y negras, que ten&iacute;an cada una su campanilla de plata, y
+daban a la vez m&uacute;sica y olor. Y all&aacute; al fondo hab&iacute;a un bosque muy grande
+y hermoso, que daba al mar azul, y en un &aacute;rbol de los del bosque viv&iacute;a
+un ruise&ntilde;or, que les cantaba a los pobres pescadores canciones tan
+lindas, que se olvidaban de ir a pescar; y se les ve&iacute;a sonre&iacute;r del
+gusto, o llorar de contento, y abrir los brazos, y tirar besos al aire,
+como si estuviesen locos. &laquo;&iexcl;Es mejor el vino de la canci&oacute;n que el vino
+de arroz!&raquo; dec&iacute;an los pescadores. Y las mujeres estaban contentas,
+porque cuando el ruise&ntilde;or cantaba, sus maridos y sus hijos no beb&iacute;an
+tanto vino de arroz. Y se olvidaban del canto los pescadores cuando no
+lo o&iacute;an; pero en cuanto lo volv&iacute;an a o&iacute;r, dec&iacute;an, abraz&aacute;ndose como
+hermanos: &laquo;&iexcl;Qu&eacute; hermoso es el canto del ruise&ntilde;or!&raquo;</p>
+
+<p>Ven&iacute;an de afuera muchos viajeros a ver el pa&iacute;s: y luego escrib&iacute;an libros
+de muchas hojas, en que contaban la hermosura del palacio y el jard&iacute;n, y
+lo de los naranjos, y lo de los peces, y lo de las rosas rojinegras;
+pero todos los libros dec&iacute;an que el ruise&ntilde;or era lo m&aacute;s maravilloso: y
+los poetas escrib&iacute;an versos al ruise&ntilde;or que viv&iacute;a en un &aacute;rbol del
+bosque, y cantaba a los pobres pescadores los cantos que les alegraban
+el coraz&oacute;n: hasta que el emperador vio los libros, y del contento que
+ten&iacute;a le dio con el dedo tres vueltas a la punta de la barba, porque era
+mucho lo que celebraban su palacio y su jard&iacute;n; pero cuando lleg&oacute; adonde
+hablaban del ruise&ntilde;or: &laquo;&iquest;Qu&eacute; ruise&ntilde;or es &eacute;ste, dijo, que yo nunca he
+o&iacute;do hablar de &eacute;l? &iexcl;Parece que en los libros se aprende algo! &iexcl;Y esta
+gente de mi palacio de porcelana, que me dice todos los d&iacute;as que yo no
+tengo nada que aprender! &iexcl;Venga ahora mismo el mandar&iacute;n mayor!&raquo; Y vino,
+saludando hasta el suelo, el mandar&iacute;n mayor, con su t&uacute;nica de seda azul
+celeste, de florones de oro. &laquo;&iexcl;Puh! &iexcl;puh!&raquo; contestaba el mandar&iacute;n,
+hinchando la cabeza, a todos los que le hablaban. Pero al emperador no
+le dec&iacute;a ni &laquo;&iexcl;puh!&raquo; ni &laquo;&iexcl;pih!&raquo;; sino que se echaba a sus pies, con la
+frente en la estera, esperando, temblando, hasta que le dec&iacute;a
+&laquo;&iexcl;lev&aacute;ntate!&raquo; el emperador.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lev&aacute;ntate! &iquest;Qu&eacute; p&aacute;jaro es este de que habla este libro, que dicen que
+es lo m&aacute;s hermoso de todo mi pa&iacute;s?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca he o&iacute;do hablar de &eacute;l, nunca&mdash;dijo el mandar&iacute;n, arrodill&aacute;ndose en
+el aire, y con los brazos cruzados:&mdash;no ha sido presentado en palacio.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pues en palacio ha de estar esta noche! &iquest;Que el mundo entero sabe
+mejor que yo lo que tengo en mi casa?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca he o&iacute;do hablar de &eacute;l, nunca&mdash;dijo el mandar&iacute;n: dio tres vueltas
+redondas, con los brazos abiertos, se ech&oacute; a los pies del emperador, con
+la frente en la estera, y sali&oacute; de espaldas, con los brazos cruzados, y
+arrodill&aacute;ndose en el aire.</p>
+
+<p>Y el mandar&iacute;n empez&oacute; a preguntar a todo el palacio por el p&aacute;jaro. Y el
+emperador mandaba a cada media hora a buscar al mandar&iacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Si esta noche no est&aacute; aqu&iacute; el p&aacute;jaro, mandar&iacute;n, sobre las cabezas de
+los mandarines he de pasear esta noche.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tsing-p&eacute;! &iexcl;Tsing-p&eacute;!&mdash;sali&oacute; diciendo el mandar&iacute;n mayor, que iba
+dando vueltas, con los brazos abiertos, escaleras abajo. Y los
+mandarines todos se echaron a buscar al p&aacute;jaro, para que no pasease a la
+noche sobre sus cabezas el emperador. Hasta que fueron a la cocina del
+palacio, donde estaban guisando pescado en salsa dulce, e inflando
+bollos de ma&iacute;z, y pintando letras coloradas en los pasteles de carne: y
+all&iacute; les dijo una cocinerita, de color de aceituna y de ojos de
+almendra, que ella conoc&iacute;a el p&aacute;jaro muy bien, porque de noche iba por
+el camino del bosque a llevar las sobras de la mesa a su madre que viv&iacute;a
+junto al mar, y cuando se cansaba al volver, debajo del &aacute;rbol del
+ruise&ntilde;or descansaba, y era como si le conversasen las estrellas cuando
+cantaba el ruise&ntilde;or, y como si su madre le estuviera dando un beso.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, virgen china!&mdash;le dijo el mandar&iacute;n:&mdash;&iexcl;digna y piadosa virgen!: en
+la cocina tendr&aacute;s siempre empleo, y te conceder&eacute; el privilegio de ver
+comer al emperador, si me llevas adonde el ruise&ntilde;or canta en el &aacute;rbol,
+porque lo tengo que traer a palacio esta noche.</p>
+
+<p>Y detr&aacute;s de la cocinerita se pusieron a correr los mandarines, con las
+t&uacute;nicas de seda cogidas por delante, y la cola del pelo bail&aacute;ndoles por
+la espalda: y se les iban cayendo los sombreros picudos. Bram&oacute; una vaca,
+y dijo un mandarincito joven:&mdash;&laquo;&iexcl;Oh, qu&eacute; robusta voz! &iexcl;qu&eacute; p&aacute;jaro
+magn&iacute;fico!&raquo;&mdash;&laquo;Es una vaca que brama&raquo;,&mdash;dijo la cocinerita. Grazn&oacute; una
+rana, y dijo el mandarincito:&mdash;&laquo;&iexcl;Oh, qu&eacute; hermosa canci&oacute;n, que suena como
+las campanillas!&raquo;&mdash;&laquo;Es una rana que grazna&raquo;, dijo la cocinerita. Y
+entonces rompi&oacute; a cantar de veras el ruise&ntilde;or.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ese, &eacute;se es!&mdash;dijo la cocinerita, y les ense&ntilde;&oacute; un pajarito, que
+cantaba en una rama.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ese!&mdash;dijo el mandar&iacute;n mayor:&mdash;nunca cre&iacute; que fuera una persona tan
+diminuta y sencilla: &iexcl;nunca lo cre&iacute;! O ser&aacute;, mandarines amigos &iexcl;s&iacute;, debe
+ser! que al verse por primera vez frente a nosotros los mandarines, ha
+cambiado de color.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lindo ruise&ntilde;or!&mdash;dec&iacute;a la cocinerita:&mdash;el emperador desea o&iacute;rte
+cantar esta noche.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo quiero cantar&mdash;le contest&oacute; el ruise&ntilde;or, soltando al aire un
+ramillete de arpegios.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Suena como las campanillas, como las campanillas de plata!&mdash;dijo el
+mandarincito.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lindo ruise&ntilde;or! a palacio tienes que venir, porque en palacio es
+donde est&aacute; el emperador.</p>
+
+<p>&mdash;A palacio ir&eacute;, ir&eacute;&mdash;cant&oacute; el ruise&ntilde;or, con un canto como un
+suspiro:&mdash;&iexcl;pero mi canto suena mejor en los &aacute;rboles del bosque!</p>
+
+<p>El emperador mand&oacute; poner el palacio de lujo: y resplandec&iacute;an con la luz
+de los faroles de seda y de papel los suelos y las paredes; las rosas
+rojinegras estaban en los corredores y los atrios, y resonaban sin
+cesar, entre el bullicio del gent&iacute;o, las campanillas: en el centro mismo
+de la sala, donde se le ve&iacute;a m&aacute;s, estaba un paral de oro, para que el
+ruise&ntilde;or cantase en &eacute;l: y a la cocinerita le dieron permiso para que se
+quedase en la puerta. La corte estaba de etiqueta mayor, con siete
+t&uacute;nicas y la cabeza acabada de rapar. Y el ruise&ntilde;or cant&oacute; tan dulcemente
+que le corr&iacute;an en hilo las l&aacute;grimas al emperador: y los mandarines, de
+veras, lloraban: y el emperador quiso que le pusieran al ruise&ntilde;or al
+cuello su chinela de oro: pero el ruise&ntilde;or meti&oacute; el pico en la pluma del
+pecho, y dijo &laquo;gracias&raquo; en un trino tan rico y vigoroso, que el
+emperador no lo mand&oacute; matar porque no hab&iacute;a querido colgarse la chinela.
+Y en su canto dec&iacute;a el ruise&ntilde;or: &laquo;No necesito la chinela de oro, ni el
+bot&oacute;n colorado, ni el birrete negro, porque ya tengo el premio m&aacute;s
+grande, que es hacer llorar a un emperador.&raquo;</p>
+
+<p>Aquella noche, en cuanto llegaron a sus casas, todas las damas tomaron
+sorbos de agua, y se pusieron a hacer g&aacute;rgaras y gorgoritos, y ya se
+cre&iacute;an muy finos ruise&ntilde;ores. Y la gente de establo y cocina dec&iacute;a que
+estaba bien, lo que es mucho decir, porque &eacute;sa es gente que lo halla mal
+todo. Y el ruise&ntilde;or ten&iacute;a su caja real, con permiso para volar dos veces
+al d&iacute;a, y una en la noche. Doce criados de t&uacute;nica amarilla lo sujetaban
+cuando sal&iacute;a a volar, por doce hilos de seda. En la ciudad no se hablaba
+m&aacute;s que del canto, y en cuanto uno dec&iacute;a &laquo;rui...&raquo; el otro dec&iacute;a &laquo;...se&ntilde;or&raquo;.
+Y llamaban &laquo;ruise&ntilde;or&raquo; a los ni&ntilde;os que nac&iacute;an, pero ninguno cant&oacute;
+nunca una nota.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a recibi&oacute; el emperador un paquete que dec&iacute;a &laquo;El Ruise&ntilde;or&raquo; en la
+tapa, y crey&oacute; que era otro libro sobre el p&aacute;jaro famoso; pero no era
+libro, sino un p&aacute;jaro de metal que parec&iacute;a vivo en su caja de oro, y por
+plumas ten&iacute;a zafiros, diamantes y rub&iacute;es, y cantaba como el ruise&ntilde;or de
+verdad en cuanto le daban cuerda, moviendo la cola de oro y plata:
+llevaba al cuello una cinta con este letrero: &laquo;&iexcl;El ruise&ntilde;or del
+emperador de China es un aprendiz, junto al del emperador del Jap&oacute;n!&raquo;</p>
+
+<p>&laquo;&iexcl;Hermoso p&aacute;jaro es!&raquo; dijo toda la corte, y le pusieron el nombre de
+&laquo;gran p&aacute;jaro internacional&raquo;: porque se usan estos nombres en China,
+pomposos y largos: pero cuando puso el emperador a cantar juntos al
+ruise&ntilde;or vivo y al artificial, no anduvo el canto bueno, porque el vivo
+cantaba como le nac&iacute;a del coraz&oacute;n, sincero y libre, y el artificial
+cantaba a comp&aacute;s, y no sal&iacute;a del vals.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A mi gusto! &iexcl;esto es a mi gusto!&mdash;dec&iacute;a el maestro de m&uacute;sica; y cant&oacute;
+solo el p&aacute;jaro de las piedras, tan bien como el vivo. &iexcl;Y luego, tan
+lleno de joyas que relumbraban, lo mismo que los brazaletes, y los
+joyeles, y los broches! Treinta y tres veces seguidas cant&oacute; la misma
+tonada sin cansarse, y el maestro de m&uacute;sica y la corte entera lo
+hubieran o&iacute;do con gusto una vez m&aacute;s, si no hubiese dicho el emperador
+que el vivo deb&iacute;a cantar algo. &iquest;El vivo? Lejos estaba, lejos de la corte
+y del maestro de m&uacute;sica. Los vio entretenidos, y se les escap&oacute; por la
+ventana.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, p&aacute;jaro desagradecido!&mdash;dijo el mandar&iacute;n mayor, y dio tres vueltas
+redondas, y se cruz&oacute; de brazos.</p>
+
+<p>&mdash;Pero mejor mil veces es este p&aacute;jaro artificial&mdash;dec&iacute;a el maestro de
+m&uacute;sica:&mdash;porque con el p&aacute;jaro vivo, nunca se sabe c&oacute;mo va a ser el
+canto, y con &eacute;ste, se est&aacute; seguro de lo que va a ser: con &eacute;ste todo est&aacute;
+en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas de la m&uacute;sica.</p>
+
+<p>Y el emperador dio permiso para que el domingo sacase el maestro al
+p&aacute;jaro a cantar delante del pueblo, que parec&iacute;a muy contento, y alzaba
+el dedo y dec&iacute;a que el con la cabeza; pero un pobre pescador dijo &laquo;que
+&eacute;l hab&iacute;a o&iacute;do el ruise&ntilde;or del bosque, y que &eacute;ste no era como aqu&eacute;l,
+porque le faltaba algo de adentro, que &eacute;l no sab&iacute;a lo que era&raquo;. El
+emperador mand&oacute; desterrar al ruise&ntilde;or vivo, y al otro de la caja se lo
+pusieron a la cabecera, en un coj&iacute;n de seda, con muchos presentes de
+joyas y de argenter&iacute;a, y lo llamaban por t&iacute;tulo de corte &laquo;cantor de
+alcoba y p&aacute;jaro continental, que mueve la cola como el emperador se la
+manda mover.&raquo; Y el maestro de m&uacute;sica se sinti&oacute; tan feliz que escribi&oacute;
+un libro de veinticinco tomos sobre el ruise&ntilde;or artificial, con muchos
+esdr&uacute;julos y palabras de extra&ntilde;a sabidur&iacute;a; y la corte entera dijo que
+lo hab&iacute;a le&iacute;do y entendido, de miedo de que los tuviesen por gente fofa
+y de poca educaci&oacute;n, y de que el emperador se pasease sobre sus cabezas.</p>
+
+<p>Pas&oacute; un a&ntilde;o, y emperador, corte y pa&iacute;s conoc&iacute;an como cosa de s&iacute; mismos
+cada gorjeo y vuelta del &laquo;p&aacute;jaro continental&raquo;; y como que lo pod&iacute;an
+entender, lo declaraban magn&iacute;fico ruise&ntilde;or. Cantaban su vals los
+cortesanos todos. Y los chicuelos de la calle. Y el emperador lo cantaba
+tambi&eacute;n, y lo bailaba, cuando estaba solo con su vino de arroz. Era un
+vals el imperio, que andaba a comp&aacute;s, con mucho orden, al gusto del
+maestro de m&uacute;sica. Hasta que una noche, cuando estaba el p&aacute;jaro en lo
+mejor del canto, y el emperador lo o&iacute;a, tendido en su cama de randas y
+colgaduras, salt&oacute; un resorte de la m&aacute;quina del ruise&ntilde;or; como huesos que
+se caen sonaron las ruedas, y par&oacute; la m&uacute;sica. Se ech&oacute; de la cama el
+emperador, y mand&oacute; llamar a un m&eacute;dico. El m&eacute;dico no supo qu&eacute; hacer: y
+vino el relojero. El relojero, mal que bien, puso las ruedas locas en su
+lugar, pero encarg&oacute; que usasen del p&aacute;jaro muy poco, porque estaban
+gastados los cilindros, y el ruise&ntilde;or aquel no pod&iacute;a en verdad cantar
+m&aacute;s de una vez al a&ntilde;o. El maestro de m&uacute;sica le ech&oacute; encima un discurso
+al relojero, y le dijo traidor, y venal, y chino espurio, y esp&iacute;a de los
+t&aacute;rtaros, porque dec&iacute;a que el p&aacute;jaro continental no pod&iacute;a cantar m&aacute;s que
+una vez. En la puerta iba ya el relojero, y todav&iacute;a le estaba diciendo
+el maestro de m&uacute;sica malas palabras: &laquo;&iexcl;traidor! &iexcl;venal! &iexcl;chino espurio!
+&iexcl;esp&iacute;a de los t&aacute;rtaros!&raquo; Porque estos maestros de m&uacute;sica de las cortes
+no quieren que la gente honrada diga la verdad desagradable a sus amos.</p>
+
+<p>Cinco a&ntilde;os despu&eacute;s hab&iacute;a mucha tristeza en la China, porque estaba al
+morir el pobre emperador, tanto que ten&iacute;an nombrado ya al nuevo, aunque
+el pueblo agradecido no quer&iacute;a o&iacute;r hablar de &eacute;l, y se apretaba a
+preguntar por el enfermo a las puertas del mandar&iacute;n, que los miraba de
+arriba abajo, y dec&iacute;a: &laquo;&iexcl;Puh!&raquo; &laquo;&iexcl;Puh!&raquo; repet&iacute;a la pobre gente, y se iba
+a su casa llorando.</p>
+
+<p>P&aacute;lido y fr&iacute;o estaba en su cama de randas y colgaduras el emperador, y
+los mandarines todos lo daban por muerto, y se pasaban el d&iacute;a dando las
+tres vueltas con los brazos abiertos, delante del que deb&iacute;a subir al
+trono. Com&iacute;an muchas naranjas, y beb&iacute;an t&eacute; con lim&oacute;n. En los corredores
+hab&iacute;an puesto tapices, para que no sonara el paso. No se o&iacute;a en el
+palacio sino un ruido de abejas.</p>
+
+<p>Pero el emperador no estaba muerto todav&iacute;a. Al lado de su cama estaba el
+p&aacute;jaro roto. Por una ventana abierta entraba la luz de la luna sobre el
+p&aacute;jaro roto, y el emperador mudo y l&iacute;vido. Sinti&oacute; el emperador un peso
+extra&ntilde;o sobre su pecho, y abri&oacute; los ojos para ver. Vio a la Muerte,
+sentada sobre su pecho. Ten&iacute;a en las sienes su corona imperial, y en una
+mano su espada de mando y en la otra mano su hermosa bandera. Y por
+entre las colgaduras vio asomar muchas cabezas raras, bellas unas y como
+con luz, otras feas y de color de fuego. Eran las buenas y las malas
+acciones del emperador, que le estaban mirando a la cara. &laquo;&iquest;Te
+acuerdas?&raquo; le dec&iacute;an las malas acciones. &laquo;&iquest;Te acuerdas?&raquo; le dec&iacute;an las
+buenas acciones. &laquo;&iexcl;Yo no me acuerdo de nada, de nada!&raquo; dec&iacute;a el
+emperador: &laquo;&iexcl;m&uacute;sica, m&uacute;sica! &iexcl;tr&aacute;iganme la tambora mandarina, la que
+hace m&aacute;s ruido, para no o&iacute;r lo que me dicen mis malas acciones!&raquo; Pero
+las acciones segu&iacute;an diciendo: &laquo;&iquest;Te acuerdas? &iquest;Te acuerdas?&raquo; &laquo;&iexcl;M&uacute;sica,
+m&uacute;sica!&raquo; gritaba el emperador: &laquo;&iexcl;oh, hermano p&aacute;jaro de oro, canta, te
+ruego que cantes! &iexcl;yo te he dado regalos ricos de oro! &iexcl;yo te he colgado
+al cuello mi chinela de oro! &iexcl;te ruego que cantes!&raquo; Pero el p&aacute;jaro no
+cantaba. No hab&iacute;a uno que supiera darle cuerda. No daba una sola nota.</p>
+
+<p>Y la Muerte segu&iacute;a mirando al emperador con sus ojos huecos y fr&iacute;os, y
+en el cuarto hab&iacute;a una calma espantosa, cuando de pronto entr&oacute; por la
+ventana el son de una dulce m&uacute;sica. Afuera, en la rama de un &aacute;rbol,
+estaba cantando el ruise&ntilde;or vivo. Le hab&iacute;an dicho que estaba muy enfermo
+el emperador, y ven&iacute;a a cantarle de fe y de esperanza. Y seg&uacute;n iba
+cantando eran menos negras las sombras, y corr&iacute;a la sangre m&aacute;s caliente
+en las venas del emperador, y reviv&iacute;an sus carnes moribundas. La Muerte
+misma escuchaba, y le dijo: &laquo;&iexcl;Sigue, ruise&ntilde;or, sigue!&raquo; Y por un canto,
+le dio la Muerte la corona de oro: y por otro, la espada de mando: y por
+otro canto m&aacute;s, le dio la hermosa bandera. Y cuando ya la Muerte no
+ten&iacute;a ni la bandera, ni la espada, ni la corona del emperador, cant&oacute; el
+p&aacute;jaro de la hermosura del camposanto, donde la rosa blanca crece, y da
+el laurel sus aromas a la brisa, y dan brillo y salud a la yerba las
+l&aacute;grimas de los dolientes.</p>
+
+<p>Y tan hermoso vio la Muerte en el canto a su jard&iacute;n, que lo quiso ir a
+ver, y se levant&oacute; del pecho del emperador, y desapareci&oacute; como un vapor
+por la ventana.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Gracias, gracias, p&aacute;jaro celeste!&mdash;dec&iacute;a el emperador.&mdash;Yo te
+desterr&eacute; de mi reino, y t&uacute; destierras a la muerte de mi coraz&oacute;n. &iquest;C&oacute;mo
+te puedo yo pagar?</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; me pagaste ya, emperador, cuando te hice llorar con mi canto: las
+l&aacute;grimas que arranca a las almas de los hombres son el &uacute;nico premio
+digno del p&aacute;jaro cantor. Duerme, emperador, duerme: yo cantar&eacute; para ti.</p>
+
+<p>Y con sus trinos y arpegios se fue durmiendo el enfermo en un rue&ntilde;o de
+salud. Cuando despert&oacute;, entraba el sol, como oro vivo, por la ventana.
+Ni uno solo de sus criados, ni un solo mandar&iacute;n, hab&iacute;a venido a verlo.
+Lo cre&iacute;an muerto todos. El ruise&ntilde;or no m&aacute;s estaba junto a su cama: el
+ruise&ntilde;or, cantando.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Siempre estar&aacute;s junto a m&iacute;! &iexcl;En el palacio vivir&aacute;s, y cantar&aacute;s cuando
+quieras! &iexcl;Yo romper&eacute; al p&aacute;jaro artificial en mil pedazos!</p>
+
+<p>&mdash;No lo rompas en mil pedazos, emperador: &eacute;l te sirvi&oacute; bien mientras
+pudo: yo no puedo vivir en el palacio, ni fabricar entre los cortesanos
+mi nido. Yo vendr&eacute; al &aacute;rbol que cae a tu ventana, y te cantar&eacute; en la
+noche, para que tengas sue&ntilde;os felices. Te cantar&eacute; de los malos y de los
+buenos, y de los que gozan y de los que sufren. Los pescadores me
+esperan, emperador, en sus casas pobres de la orilla del mar. El
+ruise&ntilde;or no puede ser infiel a los pescadores. Yo te vendr&eacute; a cantar en
+la noche si me prometes una cosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Todo te lo prometo!&mdash;dijo el emperador, que se hab&iacute;a levantado de su
+cama, y ten&iacute;a puesta la t&uacute;nica imperial, y en la mano su gran espada de
+oro.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No digas que tienes un p&aacute;jaro amigo que te lo cuenta todo, porque le
+envenenar&aacute;n el aire al p&aacute;jaro!&mdash;Y sali&oacute; volando el ruise&ntilde;or, y echando
+al aire un ramillete de arpegios.</p>
+
+<p>Los mandarines entraron de repente en el cuarto, detr&aacute;s del mandar&iacute;n
+mayor, a ver al emperador muerto. Y lo vieron de pie, con su t&uacute;nica
+imperial; con la mano de la espada puesta al coraz&oacute;n. Y se o&iacute;a, como una
+risa, el canto del ruise&ntilde;or.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tsing-p&eacute;! &iexcl;Tsing-p&eacute;!&mdash;dijo el gran mandar&iacute;n, y dio dieciocho
+vueltas seguidas con los brazos abiertos, y se ech&oacute; por tierra, con la
+frente a los pies del emperador. Y a los mandarines, arrodillados en el
+aire, les temblaba en la nuca la cola.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_galeria_de_las_maquinas" id="La_galeria_de_las_maquinas"></a><a href="#toc">La galer&iacute;a de las m&aacute;quinas</a></h2>
+
+
+<p>Los ni&ntilde;os han le&iacute;do mucho el n&uacute;mero pasado de <i>La Edad de Oro</i>, y son
+graciosas las cartas que mandan, preguntando si es verdad todo lo que
+dice el art&iacute;culo de la <i>Exposici&oacute;n de Par&iacute;s</i>. Por supuesto que es
+verdad. A los ni&ntilde;os no se les ha de decir m&aacute;s que la verdad, y nadie
+debe decirles lo que no sepa que es como se lo est&aacute; diciendo, porque
+luego los ni&ntilde;os viven creyendo lo que les dijo el libro o el profesor, y
+trabajan y piensan como si eso fuera verdad, de modo que si sucede que
+era falso lo que les dec&iacute;an, ya les sale la vida equivocada, y no pueden
+ser felices con ese modo de pensar, ni saben como son las cosas de
+veras, ni pueden volver a ser ni&ntilde;os, y empezar a aprenderlo todo de
+nuevo.</p>
+
+<p>&iquest;Que si es verdad todo lo de la Exposici&oacute;n? Una se&ntilde;ora buena le arm&oacute; una
+trampa al hombre de <i>La Edad de Oro</i>. Iban hablando del art&iacute;culo, y ella
+le dijo: &laquo;Yo he estado en Paris.&raquo; &laquo;&iexcl;Ah, se&ntilde;ora, qu&eacute; verg&uuml;enza entonces!
+&iexcl;qu&eacute; habr&aacute; dicho del art&iacute;culo!&raquo; &laquo;No: yo he estado en Par&iacute;s, porque he
+le&iacute;do su art&iacute;culo.&raquo;Y otro se&ntilde;or bueno, que est&aacute; en Par&iacute;s, dice &laquo;que a &eacute;l
+no lo enga&ntilde;an, que <i>La Edad de Oro</i> estuvo en Par&iacute;s sin que &eacute;l la viera,
+porque &eacute;l se pasaba la vida en la Exposici&oacute;n y todo lo que hab&iacute;a en la
+Exposici&oacute;n que ver est&aacute; en <i>La Edad de Oro</i>.&raquo;</p>
+
+<p>Pero el se&ntilde;or bueno dice que falt&oacute; un grabado, para que los ni&ntilde;os vieran
+bien toda la riqueza de aquellos palacios; y es el grabado de la
+&laquo;Galer&iacute;a de las M&aacute;quinas&raquo;, que era el corredor adonde daban las puertas
+diferentes de las industrias del mundo, y all&aacute; al fondo ten&iacute;a el
+edificio m&aacute;s hermoso, donde estaban en hilera, como elefantes
+arrodillados, las m&aacute;quinas de todo lo que el hombre sabe hacer. Quien ha
+visto todo aquello, vuelve diciendo que se siente como m&aacute;s alto. Y como
+<i>La Edad de Oro</i> quiere que los ni&ntilde;os sean fuertes, y bravos, y de bueno
+estatura aqu&iacute; est&aacute;, para que les ayude a crecer el coraz&oacute;n, el grabado
+de La Galer&iacute;a de las M&aacute;quinas.</p>
+
+
+
+<hr style="width: 65%;" />
+<h2><a name="La_ultima_pagina4" id="La_ultima_pagina4"></a><a href="#toc">La &uacute;ltima p&aacute;gina</a></h2>
+
+
+<p>Los padres se lo quieren dar todo a sus hijos, y si ven un caballo
+hermoso, con la cola que le reluce y el pelo como seda, no piensan en
+montarse ellos, como se&ntilde;orones, y salir trotando por la alameda, donde
+van de paseo por la tarde los coches y los jinetes, sino que piensan en
+sus hijos los padres, y se ponen a trabajar todav&iacute;a m&aacute;s, para comprarle
+al hijito el caballo hermoso. Si pasa un ni&ntilde;o en un veloc&iacute;pedo, con su
+vestido de terciopelo y su cachucha, y tan de prisa que todo el mundo se
+para a verlo, el padre no piensa en comprarse un veloc&iacute;pedo &eacute;l, sino en
+que su hijito estar&aacute; lindo de veras cuando vaya como el ni&ntilde;o de
+terciopelo y la cachucha, en sus dos ruedas que dan como una luz cuando
+andan, y van casi tan de prisa como la luz, que es lo que anda m&aacute;s
+pronto en el mundo. La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase
+la luz, se romper&iacute;a el mundo en pedazos, como se rompen all&aacute; por el
+cielo las estrellas que se enfr&iacute;an. As&iacute; hay muchas cosas que son verdad
+aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que
+no es verdad sino lo que se ve con los ojos. &iexcl;Como si alguien viera el
+pensamiento, ni el cari&ntilde;o, ni lo que, all&aacute; dentro de su cabeza canosa,
+va habl&aacute;ndose el padre, para cuando haya trabajado mucho, y tenga con
+qu&eacute; comprarle caballos como la seda o veloc&iacute;pedos como la luz a su hijo!</p>
+
+<p>El hombre de <i>La Edad de Oro</i> es as&iacute;, lo mismo que los padres: un
+padrazo es el hombre de <i>La Edad de Oro</i>: como una estatua que hay del
+r&iacute;o Nilo, donde hace de r&iacute;o un viejo muy barb&oacute;n, y encima de &eacute;l saltan,
+y juegan, y dan vueltas de cabeza los muchachos traviesos, lo que no
+quiere decir, por supuesto, que el r&iacute;o Nilo sea un viejo de verdad, ni
+que sus cien hijos jugaran as&iacute; encima de &eacute;l, sino que el r&iacute;o Nilo es
+como un padre para toda aquella gente de las tierras de Egipto, porque
+les humedece los sembrados cada vez que baja de los montes con mucha
+agua, y as&iacute; las siembras les dan mucho fruto: por eso quieren al r&iacute;o los
+egipcios como si fuera persona, y lo pintan tan viejo, porque desde hace
+miles de a&ntilde;os ya hablaban del Nilo los libros de entonces, que estaban
+escritos en unas tiras largas que hac&iacute;an de una yerba, y luego las
+enrollaban alrededor de una varilla, y las met&iacute;an en su nicho, como los
+que tienen ahora los escritorios para guardar los papeles. Y los
+egipcios le rezaban al Nilo, como si fuera un dios, y le compon&iacute;an
+versos y cantos; y como que nada les parec&iacute;a mejor que una joven
+hermosa, sacaban de su casa una vez al a&ntilde;o a la egipcia m&aacute;s linda, y la
+echaban al agua, como regalo al r&iacute;o viejo, para que se contentase para
+el a&ntilde;o, con aquella hija que le daban, y bajase del monte con m&aacute;s agua
+que nunca.</p>
+
+<p>As&iacute; son los padres buenos, que creen que todos los ni&ntilde;os son sus hijos,
+y andan como el r&iacute;o Nilo, cargados de hijos que no se ven, y son los
+ni&ntilde;os del mundo, los ni&ntilde;os que no tienen padre, los ni&ntilde;os que no tienen
+quien les d&eacute; veloc&iacute;pedos, ni caballo, ni cari&ntilde;o, ni un beso. Y as&iacute; es el
+hombre de <i>La Edad de Oro</i>, que en cada n&uacute;mero quisiera poner el mundo
+para los ni&ntilde;os, a m&aacute;s de su coraz&oacute;n; pero en la imprenta dicen que el
+coraz&oacute;n cabe siempre, y el mundo no, ni el art&iacute;culo de <i>La Luz
+El&eacute;ctrica</i>, que cuenta c&oacute;mo se hace la luz, y qu&eacute; cosa es la
+electricidad, y c&oacute;mo se enciende y se apaga, y muchas cosas que parecen
+sue&ntilde;o, o cosa de lo m&aacute;s hondo y hermoso del cielo: porque la luz
+el&eacute;ctrica es como la de las estrellas, y hace pensar en que las cosas
+tienen alma, como dijo en sus versos latinos un poeta, Lucrecio, que
+hubo en Roma, y en que ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos
+los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio
+ni ruido, ni noche ni d&iacute;a, sino un gusto de vivir, queri&eacute;ndose todos
+como hermanos, y en el alma una fuerza serena, como la de la luz
+el&eacute;ctrica. Con todo eso, no cupo el art&iacute;culo, y hubo que escribir otro
+m&aacute;s corto, que es ese que habla de la caza del elefante, y el modo con
+que venci&oacute; el ni&ntilde;o cazador al elefante fuerte. Nadie diga que el cambio
+no fue bueno. Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a
+trabajar, y hacer que la electricidad que mata en un rayo, alumbre en la
+luz. Pero el hombre ha de aprender a defenderse y a inventar, viviendo
+al aire libre, y viendo la muerte de cerca, como el cazador del
+elefante. La vida de tocador no es para hombres. Hay que ir de vez en
+cuando a vivir en lo natural, y a conocer la selva.</p>
+
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
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+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicación mensual de
+recreo e instrucción dedicada a los niños de América., by José Martí
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA EDAD DE ORO ***
+
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+
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+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
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+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
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