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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/19898-8.txt b/19898-8.txt new file mode 100644 index 0000000..d800309 --- /dev/null +++ b/19898-8.txt @@ -0,0 +1,6534 @@ +The Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicación mensual de +recreo e instrucción dedicada a los niños de América., by José Martí + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La Edad de Oro: publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América. + +Author: José Martí + +Release Date: November 23, 2006 [EBook #19898] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA EDAD DE ORO *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + + + + +La Edad de Oro: +publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América. + +por + +José Martí + +1889 + + * * * * * + +A los niños que lean «La Edad de Oro». +Tres héroes +Dos milagros +Meñique +Cada uno a su oficio +La Ilíada, de Homero +Un juego nuevo y otros viejos +Bebé y el señor don Pomposo +La última página +La historia del hombre, contada por sus casas +Los dos príncipes. +Nené traviesa. +La perla de la mora +Las ruinas indias. +Músicos, poetas y pintores. +La última página +La exposición de París. +El camarón encantado +El Padre las Casas. +Los zapaticos de rosa +La última página +Un paseo por la tierra de los anamitas +Historia de la cuchara y el tenedor +La muñeca negra +Cuentos de elefantes +Los dos ruiseñores +La galería de las máquinas +La última página + + * * * * * + + + + +A los niños que lean «La Edad de Oro». + + +Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin +las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El +niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser +hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno, +inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello +que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su +amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la +ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para +caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para +conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de +mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos +lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para +decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo +lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, +con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está +hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres +hasta ahora. + +Para eso se publica _La Edad de Oro_: para que los niños americanos +sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás +tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las +máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que +cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la +piedra, y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los +libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los +pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, +donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de +magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo +que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les +contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan +estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños +trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños +son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como +cosa de su corazón. + +Cuando un niño quiera saber algo que no esté en _La Edad de Oro_, +escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le +contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía. +Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien +escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para que +se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parece, y si +les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que +escribirían. Por eso _La Edad de Oro_ va a tener cada seis meses una +competencia, y el niño que le mande el trabajo mejor, que se conozca de +veras que es suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplares +del número de _La Edad de Oro_ en que se publique su composición, que +será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque +para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos +que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo +digan bien: hombres elocuentes y sinceros. + +Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con +ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el +hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las +mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas. +Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, y +para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque _La Edad de +Oro_ tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las +niñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andan +curioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para que +las leyesen los colibríes, si supiesen leer. Y les diremos cómo se hace +una hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja, +cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también +pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y +mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. ¡De +seguro que van a ganar las niñas! + +Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de +nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América +por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga +donde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de _La Edad de Oro_ fue mi +amigo!» + + + + +Tres héroes + + +Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin +sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, +sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el +viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba +frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se +le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos +deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que +pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos: +al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta +hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su +patria. + +Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y +a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar, +ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo +que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal +gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre +honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y +permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, +no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en +todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con +honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y +debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su +alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es +como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de +ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las +bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere +tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y +se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone más carga de la +que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como +el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad +como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la +carga, o morir. + +Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que +padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su +alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de +haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay +siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los +que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los +pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos +hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad +humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: +Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de +México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron +fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el +sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene +manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los +agradecidos hablan de la luz. + +Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las +palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando +siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que +le pesaba en el corazón, y, no le dejaba vivir en paz. La América entera +estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo +entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y +que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que +consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos +hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de +Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando +parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo +habían echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, +a pensar en su tierra. + +Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió +un día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientos +libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó +al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de +Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos. +Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales +peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes. +Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor, en el mundo por la libertad. +Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a +gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los +envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón, +más que de mal del cuerpo, en la casa de un español en Santa Marta. +Murió pobre, y dejó una familia de pueblos. + +México tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero valían +por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de +hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de +una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un +cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, +de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala. +Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían +pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo dieciocho, que +explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar +sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio +maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre +ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio +aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la +seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba +fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho de +cuando en cuando los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, que +sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de +Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, a +hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora. +Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro +trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su +pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los +caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los +indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le +unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los +españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día +juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer. +El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y +echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libres +a los negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó un +periódico que llamó El _Despertador Americano_. Ganó y perdió batallas. +Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo +dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y +para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles que +si los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría en su casa +como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a +que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su +compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el mando a Allende. +Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les +cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo, +los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le +dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la +sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la +colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo +su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es +libre. + +San Martín fue el libertador del Sur, el padre de la República +Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo +mandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró +en España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad, +los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, las +mujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo huir una +noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde un rincón del +monte: al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; pero +tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento. +San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailén, y lo hicieron +teniente coronel. Hablaba poco: parecía de acero: miraba como un águila: +nadie lo desobedecía su caballo iba y venía por el campo de pelea, como +el rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerse +libre, vino a América: ¿qué le importaba perder su carrera, si iba a +cumplir con su deber?: llegó a Buenos Aires: no dijo discursos: levantó +un escuadrón de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable +en mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy +seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin +bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban venciendo: a +Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estaba +muerto: O'Higgins salió huyendo de Chile: pero donde estaba San Martín +siguió siendo libre la América. Hay hombres así, que no pueden ver +esclavitud. San Martín no podía; y se fue a libertar a Chile y al Perú. +En dieciocho días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos: +iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muy +abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones. San +Martín se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla de +Maipú, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a +Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero en el Perú +estaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste, +y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento en una +cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le habían +regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro +siglos, y él le regaló el estandarte en el testamento al Perú. Un +escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: pero +esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieron +algunas veces lo que no debían querer; pero ¿qué no le perdonará un hijo +a su padre? El corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos +fundadores. Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos +libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran +verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros +pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no +son héroes, sino criminales. + + + + +Dos milagros + +/P +Iba un niño travieso + Cazando mariposas; +Las cazaba el bribón, les daba un beso, + Y después las soltaba entre las rosas. + +Por tierra, en un estero, + Estaba un sicomoro; +Le da un rayo de sol, y del madero + Muerto, sale volando un ave de oro. +P/ + + + + +Meñique + +(Del francés, de Laboulaye) + +_Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique, y +se ve que el saber vale más que la fuerza._ + + +--I-- + +En un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que tenía +tres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de cara +colorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y paliducho, lleno +de envidias y de celos; Juancito era lindo como una mujer, y más ligero +que un resorte, pero tan chiquitín que se podía esconder en una bota de +su padre. Nadie le decía Juan, sino Meñique. + +El campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía +alguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro; y no +tenían cómo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron bastante +crecidos, el padre les rogó por su bien que salieran de su choza +infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les dolió el corazón de dejar +solo a su padre viejo, y decir adiós para siempre a los árboles que +habían sembrado, a la casita en que habían nacido, al arroyo donde +bebían el agua en la palma de la mano. Como a una legua de allí tenía el +rey del país un palacio magnífico, todo de madera, con veinte balcones +de roble tallado, y seis ventanitas. Y sucedió que de repente, en una +noche de mucho calor, salió de la tierra, delante de las seis ventanas, +un roble enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dejó a oscuras +el palacio del rey. Era un árbol encantado, y no había hacha que pudiera +echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro del tronco, y +por cada rama que le cortaban salían dos. El rey ofreció dar tres sacos +llenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel arbolón; +pero allí se estaba el roble, echando ramas y raíces, y el rey tuvo que +conformarse con encender luces de día. + +Y eso no era todo. Por aquel país, hasta de las piedras del camino +salían los manantiales; pero en el palacio no había agua. La gente del +palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel. El rey +había prometido hacer marqués y dar muchas tierras y dinero al que ha +abriese en el patio del castillo un pozo donde se pudiera guardar agua +para todo el año. Pero nadie se llevó el premio, porque el palacio +estaba en una roca, y en cuanto se escarbaba la tierra de arriba, salía +debajo la capa de granito. Como una pulgada nada más había de tierra +floja. + +Los reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto. +Mandó pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos de +su reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofrecía casar a +su hija con el que cortara el árbol y abriese el pozo, y darle además la +mitad de sus tierras. Las tierras eran de lo mejor para sembrar, y la +princesa tenía fama de inteligente y hermosa; así es que empezó a venir +de todas partes un ejército de hombres forzudos, con el hacha al hombro +y el pico al brazo. Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y +todos los picos se rompían contra la roca. + + +--II-- + +Los tres hijos del campesino oyeron el pregón, y tomaron el camino del +palacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino que +encontrarían entre tanta gente algún trabajo. Los tres iban anda que +anda, Pedro siempre contento, Pablo hablándose solo, y Meñique saltando +de acá para allá, metiéndose por todas las veredas y escondrijos, +viéndolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada paso tenía algo +nuevo que preguntar a sus hermanos: que por qué las abejas metían la +cabecita en las flores, que por qué las golondrinas volaban tan cerca +del agua, que por qué no volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba +a reír, y Pablo se encogía de hombros y lo mandaba callar. + +Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un +monte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que +caían allá en lo más alto. + +--Yo quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña--dijo +Meñique. + +--Todo lo quiere saber el que no sabe nada--dijo Pablo, medio gruñendo. + +--Parece que este muñeco no ha oído nunca cortar leña--dijo Pedro, +torciéndole el cachete a Meñique de un buen pellizco. + +--Yo voy a ver lo que hacen allá arriba--dijo Meñique. + +--Anda, ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te +dicen tus hermanos mayores. + +Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde +venía el sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte? Pues un +hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muy +recio. + +--Buenos días, señora hacha--dijo Meñique;--¿no está cansada de cortar +tan solita ese árbol tan viejo? + +--Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti--respondió el +hacha. + +--Pues aquí me tiene--dijo Meñique. + +Y sin ponerse a temblar, ni preguntar más, metió el hacha en su gran +saco de cuero, y bajó el monte, brincando y cantando. + +--¿Qué vio allá arriba el que todo lo quiere saber?--preguntó Pablo, +sacando el labio de abajo, y mirando a Meñique como una torre a un +alfiler. + +--Pues el hacha que oíamos--le contestó Meñique. + +--Ya ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores--le +dijo Pedro el gordo. + +A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido que +venía de lejos, como de un hierro que golpease en una roca. + +--Yo quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras--dijo Meñique. + +--Aquí está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca +al pájaro carpintero picoteando en un tronco--dijo Pablo. + +--Quédate con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpintero +que picotea en un tronco--dijo Pedro. + +--Yo voy a ver lo que pasa allá lejos. + +Y aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique, +oyendo como se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y qué encontró Meñique +allá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba +abriendo la roca como si fuese mantequilla. + +--Buenos días, señor pico--dijo Meñique:--¿no está cansado de picar tan +solito en esa roca vieja? + +--Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti--respondió el +pico. + +--Pues aquí me tiene--dijo Meñique. + +Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los metió +aparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozando +y cantando. + +--¿Y qué milagro vio por allá su señoría?--preguntó Pablo, con los +bigotes de punta. + +--Era un pico lo que oímos--respondió Meñique, y siguió andando sin +decir más palabra. + +Más adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era +mucho el calor. + +--Yo quisiera saber--dijo Meñique--de dónde sale tanta agua en un valle +tan llano como éste. + +--¡Grandísimo pretencioso--dijo Pablo;--que en todo quiere meter la +nariz! ¿No sabes que los manantiales salen de la tierra? + +--Yo voy a ver de dónde sale esta agua. + +Y los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó a andar +por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que +no era más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando llegó al fin? +Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía a borbotones el agua +clara chispeando al sol. + +--Buenos días, señor arroyo--dijo Meñique;--¿no está cansado de vivir +tan solito en su rincón, manando agua? + +--Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti--respondió el +arroyo. + +--Pues aquí me tiene--dijo Meñique. + +Y sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió bien en musgo +fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero, +y se volvió por donde vino, saltando y cantando. + +--¿Ya sabes de dónde viene el agua?--le gritó Pedro. + +--Sí, hermano; viene de un agujerito. + +--¡Oh, a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!--dijo +Pablo, el paliducho. + +--Yo he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber--se dijo +Meñique a sí mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos. + + +--III-- + +Por fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía más que nunca, el +pozo no lo habían podido abrir, y en la puerta estaba el cartel sellado +con las armas reales, donde prometía el rey casar a su hija y dar la +mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble y abriese el pozo, +fuera señor de la corte, o vasallo acomodado, o pobre campesino. Pero el +rey, cansado de tanta prueba inútil, había hecho clavar debajo del +cartelón otro cartel más pequeño, que decía con letras coloradas: + +«Sepan los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen rey +que es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del mismo +roble al que venga a cortar el árbol o abrir el pozo, y no corte, ni +abra; para enseñarle a conocerse a sí mismo y a ser modesto, que es la +primera lección de la sabiduría.» + +Y alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas, +cortadas por la raíz de la piel a quince hombres que se creyeron más +fuertes de lo que eran. + +Al leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes, se +miró los brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas, le dio al +hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe echó abajo una +de las ramas más gruesas del árbol maldito. Pero enseguida salieron dos +ramas poderosas en el punto mismo del hachazo, y los soldados del rey le +cortaron las orejas sin más ceremonia. + +--¡Inutilón!--dijo Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortó +de un golpe una gran raíz. Pero salieron dos raíces enormes en vez de +una. + +Y el rey furioso mandó que le cortaran las orejas a aquel que no quiso +aprender en la cabeza de su hermano. + +Pero a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima. + +--¡Quítenme a ese enano de ahí!--dijo el rey--¡y si no se quiere quitar, +córtenle las orejas! + +--Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, +señor rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya +tendrás tiempo de cortarme las orejas, si no corto el árbol. + +--Y la nariz te la rebanarán también, si no lo cortas. + +Meñique sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de +cuero. El hacha era más grande que Meñique. Y Meñique le dijo: «¡Corta, +hacha, corta!» + +Y el hacha cortó, tajo, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco, +arrancó las raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a +izquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio se +calentó con el roble todo aquel invierno. + +Cuando ya no quedaba del árbol una sola hoja, Meñique fue donde estaba +el rey sentado junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía. + +--¿Dígame el rey ahora dónde quiere que le abra el pozo su criado? Y +toda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo. +El rey subió a un estrado más alto que los asientos de los demás; la +princesa tenía su silla en un escalón más bajo, y miraba con susto a +aquel hominicaco que le iban a dar para marido. + +Meñique, sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió el +mango en el pico, lo puso en el lugar que marcó el rey, y le dijo: +«¡Cava, pico, cava!» + +Y el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menos +de un cuarto de hora quedó abierto un pozo de cien pies. + +--¿Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo? + +--Es hondo; pero no tiene agua. + +--Agua tendrá--dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero, le +quitó el musgo a la cáscara de nuez, y puso la cáscara en una fuente que +habían llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro de la tierra, +dijo: «¡Brota, agua, brota!» + +Y el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullo +refrescó el aire del patio, y cayó en cascadas tan abundantes que al +cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir un canal que +llevase afuera el agua sobrante. + +--Y ahora--dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla,--¿cree mi rey +que he hecho todo lo que me pedía? + +--Sí, marqués Meñique--respondió el rey,--y te daré la mitad de mi +reino; o mejor, te compraré en lo que vale tu mitad, con la contribución +que les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarán mucho de pagar +porque su rey y señor tenga agua buena; pero con mi hija no te puedo +casar, porque ésa es cosa en que yo solo no soy dueño. + +--¿Y qué más quiere que haga, rey?--dijo Meñique, parándose en las +puntas de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la +princesa cara a cara. + +--Mañana se te dirá, marqués Meñique--le dijo el rey;--vete ahora a +dormir a la mejor cama de mi palacio. + +Pero Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos, +que parecían dos perros ratoneros, con las orejas cortadas. + +--Díganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de +dónde venía el agua. + +--Fortuna no más, fortuna--dijo Pablo.--La fortuna es ciega, y favorece +a los necios. + +--Hermanito--dijo Pedro,--con orejas o desorejado creo que está muy bien +lo que has hecho, y quisiera que llegara aquí papá para que te viese. + +Y Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro y +a Pablo. + + +--IV-- + +El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que le +tenía despierto, sino el disgusto de casar a su hija con aquel picolín +que cabía en una bota de su padre. Como buen rey que era, ya no quería +cumplir lo que prometió; y le estaban zumbando en los oídos las palabras +del marqués Meñique: «Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un +hombre es ley, rey». + +Mandó el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podían +decir quiénes eran los padres de Meñique, y si era Meñique persona de +buen carácter y de modales finos, como quieren los suegros que sean sus +yernos, porque la vida sin cortesía es más amarga que la cuasia y que la +retama. Pedro dijo de Meñique muchas cosas buenas, que pusieron al rey +de mal humor; pero Pablo dejó al rey muy contento, porque le dijo que el +marqués era un pedante aventurero, un trasto con bigotes, una uña +venenosa, un garbanzo lleno de ambición, indigno de casarse con señora +tan principal como la hija del gran rey que le había hecho la honra de +cortarle las orejas: «Es tan vano ese macacuelo--dijo Pablo--que se cree +capaz de pelear con un gigante. Por aquí cerca hay uno que tiene muerta +de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines +todas sus ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que él +puede echarse al gigante de criado.» + +--Eso es lo que vamos a ver--dijo el rey satisfecho. Y durmió muy +tranquilo lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonreía en sueños, +como si estuviera pensando en algo agradable. + +En cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda su +corte. Y vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el cielo, +galán como una flor. + +--Yerno querido--dijo el rey,--un hombre de tu honradez no puede casarse +con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande, con +criados que la sirvan como se debe servir en el palacio real. En este +bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un buey +entero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar. Figúrate qué +hermoso criado no hará ese gigante con un sombrero de tres picos, una +casaca galoneada, con charreteras de oro, y una alabarda de quince pies. +Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidirse a casarse +contigo. + +--No es cosa fácil--respondió Meñique,--pero trataré de regalarle el +gigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince pies, y +su sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con charreteras de +oro. + +Se fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada, +un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se echó el saco a la +espalda, y salió andando por el bosque, mientras Pedro lloraba, y Pablo +reía, pensando en que no volvería nunca su hermano del bosque del +gigante. + +En el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver, y se +puso a gritar a voz en cuello: «¡Eh, gigante, gigante! ¿dónde anda el +gigante? Aquí está Meñique, que viene a llevarse al gigante muerto o +vivo». + +--Y aquí estoy yo--dijo el gigante, con un vocerrón que hizo encogerse a +los árboles de miedo,--aquí estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado. + +--No estés tan de prisa, amigo--dijo Meñique, con una vocecita de +flautín,--no estés tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar +contigo. + +Y el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quién le hablaba, +hasta que le ocurrió bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito como un +pitirre, vio a Meñique sentado en un tronco, con el gran saco de cuero +entre las rodillas. + +--¿Eres tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño?--dijo +el gigante, comiéndoselo con los ojos que parecían llamas. + +--Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mío. + +--Con la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido del +cuervo, para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin +licencia en mi bosque. + +--No estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mío como tuyo; y +si dices una palabra más, te lo echo abajo en un cuarto de hora. + +--Eso quisiera ver--dijo el gigantón. + +Meñique sacó su hacha, y le dijo: «¡Corta, hacha, corta!» Y el hacha +cortó, tajó, astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces, +limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los árboles +caían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en el +temporal. + +--Para, para--dijo asustado el gigante,--¿quién eres tú, que puedes +echarme abajo mi bosque? + +--Soy el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mi +hacha te corta la cabeza. Tú no sabes con quién estás hablando. ¡Quieto +donde estás! + +Y el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientras +Meñique abría su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso y su +pan. + +--¿Qué es eso blanco que comes?--preguntó el gigante, que nunca había +visto queso. + +--Piedras como no más, y por eso soy más fuerte que tú, que comes la +carne que engorda. Soy más fuerte que tú. Enséñame tu casa. + +Y el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta que +llegó a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco de tres +palos, y un balcón como un teatro vacío. + +--Oye--le dijo Meñique al gigante:--uno de los dos tiene que ser amo del +otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas, yo +seré criado tuyo; si tú no puedes hacer lo que haga yo, tú serás mi +criado. + +--Trato hecho--dijo el gigante;--me gustaría tener de criado un hombre +como tú, porque me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya, +pues; ahí están mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida. + +Meñique levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos +tanques, de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. Más fácil +le era a Meñique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos. + +--¡Hola!--dijo el gigante, abriendo la boca terrible;--a la primera ya +estás vencido. Haz lo que yo hago, amigo, y cárgame el agua. + +--¿Y para qué la he de cargar?--dijo Meñique.--Carga tú, que eres bestia +de carga. Yo iré donde está el arroyo, y lo traeré en brazos, y te +llenaré los cubos, y tendrás tu agua. + +--No, no--dijo el gigante,--que ya me dejaste el bosque sin árboles, y +ahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que yo +traeré el agua. + +Meñique encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue +echando el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de +nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de tiempo en +tiempo espumaba el guiso con una sartén, y lo probaba, y le echaba sal y +tomillo, hasta que lo encontró bueno. + +--A la mesa, que ya está la comida--dijo el gigante;--y a ver si haces +lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a ti +de postres. + +--Está bien, amigo--dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajo +de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del +pescuezo a los pies. + +Y el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo que no +echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y los +pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero. + +--¡Uf! ¡ya no puedo comer más!--dijo el gigante;--tengo que sacarme un +botón del chaleco. + +--Pues mírame a mí, gigante infeliz--dijo Meñique, y se echó una col +entera en el saco. + +--¡Uha!--dijo el gigante;--tengo que sacarme otro botón. ¡Qué estómago +de avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer +piedras. + +--Anda, perezoso--dijo Meñique,--come como yo--y se echó en el saco un +gran trozo de buey. + +--¡Paff!--dijo el gigante,--se me saltó el tercer botón: ya no me cabe +un chícharo: ¿cómo te va a ti, hechicero? + +--¿A mí?--dijo Meñique;--no hay cosa más fácil que hacer un poco de +lugar. + +Y se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de +cuero. + +--Ahora te toca a ti--dijo al gigante;--haz lo que yo hago. + +--Muchas gracias--dijo el gigante.--Prefiero ser tu criado. Yo no puedo +digerir las piedras. + +Besó el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó en +el hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas de oro, +y salió andando por el camino del palacio. + + +--V-- + +En el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meñique, ni de +que le debían el agua y la luz; cuando de repente oyeron un gran ruido, +que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa sacudiese el +mundo. Era el gigante, que no cabía por el portón, y lo había echado +abajo de un puntapié. Todos salieron a las ventanas a averiguar la causa +de aquel ruido, y vieron a Meñique sentado con mucha tranquilidad en el +hombro del gigante, que tocaba con la cabeza el balcón donde estaba el +mismo rey. Saltó al balcón Meñique, hincó una rodilla delante de la +princesa y le habló así: «Princesa y dueña mía, tú deseabas un criado y +aquí están dos a tus pies». + +Este galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de la +corte, dejó pasmado al rey, que no halló excusa que dar para que no se +casara Meñique con su hija. + +--Hija--le dijo en voz baja,--sacrifícate por la palabra de tu padre el +rey. + +--Hija de rey o hija de campesino--respondió ella,--la mujer debe +casarse con quien sea de su gusto. Déjame, padre, defenderme en esto que +me interesa. Meñique--siguió diciendo en alta voz la princesa,--eres +valiente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres. + +--Ya lo sé, princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad, y +obedecer sus caprichos. + +--Veo que eres hombre de talento--dijo la princesa.--Puesto que sabes +adivinar tan bien, voy a ponerte una última prueba, antes de casarme +contigo. Vamos a ver quién es más inteligente, si tú o yo. Si pierdes, +quedo libre para ser de otro marido. + +Meñique la saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver la +prueba a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el +suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas, porque +no cabía en la sala de lo alto que era. Meñique le hizo una seña, y él +echó a andar acurrucado, tocando el techo con la espalda y con la +alabarda a rastras, hasta que llegó adonde estaba Meñique, y se echó a +sus pies, orgulloso de que vieran que tenía a hombre de tanto ingenio +por amo. + +--Empezaremos con una bufonada--dijo la princesa.--Cuentan que las +mujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una +mentira más grande. El primero que diga: «¡Eso es demasiado!» pierde. + +--Por servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré la verdad +con toda el alma. + +--Estoy segura--dijo la princesa--de que tu padre no tiene tantas +tierras como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras +de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otro +pastor. + +--Eso es una bicoca--dijo Meñique.--Mi padre tiene tantas tierras que +una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera +cuando sale por la otra. + +--Eso no me asombra--dijo la princesa.--En tu corral no hay un toro tan +grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos no +pueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno. + +--Eso es una bicoca--dijo Meñique.--La cabeza del toro de mi casa es tan +grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que está +montado en el otro. + +--Eso no me asombra--dijo la princesa.--En tu casa no dan las vacas +tanta leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada mañana veinte +toneles, y sacamos de cada ordeño una pila de queso tan alta como la +pirámide de Egipto. + +--Eso es una bicoca--dijo Meñique.--En la lechería de mi casa hacen unos +quesos tan grandes que un día la yegua se cayó en la artesa, y no la +encontramos sino después de una semana. El pobre animal tenía el +espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvió +de espinazo nuevo. Pero una mañanita le salió un ramo al espinazo por +encima de la piel, y el ramo creció tanto que yo me subí en él y toqué +el cielo. Y en el cielo vi a una señora vestida de blanco, trenzando un +cordón con la espuma del mar. Y yo me así del hilo, y el hilo se me +reventó, y caí dentro de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratones +estaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos +viejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas +hasta que se le caían a tu padre los bigotes. + +--¡Eso es demasiado!--dijo la princesa.--¡A mi padre el rey nadie le ha +tirado nunca de las orejas! + +--¡Amo, amo!--dijo el gigante.--Ha dicho «¡Eso es demasiado!» La +princesa es nuestra. + + +--VI-- + +--Todavía no--dijo la princesa, poniéndose colorada.--Tengo que ponerte +tres enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida nos +casamos. Dime primero: ¿qué es lo que siempre está cayendo y nunca se +rompe? + +--¡Oh!--dijo Meñique;--mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es la +cascada! + +--Dime ahora--preguntó la princesa, ya con mucho miedo:--¿quién es el +que anda todos los días el mismo camino y nunca se vuelve atrás? + +--¡Oh!--dijo Meñique;--mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es el sol! + +--El sol es dijo la princesa, blanca de rabia.--Ya no queda más que un +enigma. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿qué es lo que yo pienso, y +tú no piensas? ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni yo? + +Meñique bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara el +miedo de perder. + +--Amo--dijo el gigante;--si no adivinas el enigma, no te calientes las +entendederas. Hazme una seña, y cargo con la princesa. + +--Cállate, criado dijo Meñique;--bien sabes tú que la fuerza no sirve +para todo. Déjame pensar. + +--Princesa y dueña mía--dijo Meñique, después de unos instantes en que +se oía correr la luz.--Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque +veo en él mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres +decir, y tú piensas en que yo no lo entiendo. Tú piensas, como noble +princesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno de ser tu +marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y en lo que ni yo ni +tú pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz tienen tan +pobres... + +--Cállate--dijo la princesa;--aquí está mi mano de esposa, marqués +Meñique. + +--¿Qué es eso que piensas de mí, que lo quiero saber?--preguntó el rey. + +--Padre y señor--dijo la princesa, echándose en sus brazos;--que eres el +más sabio de los reyes, y el mejor de los hombres. + +--Ya lo sé, ya lo sé--dijo el rey;--y ahora, déjenme hacer algo por el +bien de mi pueblo. ¡Meñique, te hago duque! + +--¡Viva mi amo y señor, el duque Meñique!--gritó el gigante, con una voz +que puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del techo, e +hizo saltar los vidrios de las seis ventanas. + + +--VII-- + +En el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular, +porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino luego, +cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y +quieren bien, o si son egoístas y cobardes. Pero el que cuenta el cuento +tiene que decir que el gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su +amo que les iba poniendo su sombrero de tres picos a todos los árboles +que encontraba, y cuando salió el carruaje de los novios, que era de +nácar puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se echó el carruaje +a la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y dando vivas, hasta +que los dejó a la puerta del palacio, como deja una madre a su niño en +la cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días. + +Por la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas a +los novios, y lucecitas de color en el jardín, y fuegos artificiales +para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores. Todos +cantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos, bailaban +con mucha elegancia y honestidad al compás de una música de violines, +con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito de violeta en el +ojal de la casaca. Pero en un rincón había uno que no hablaba ni +cantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho, el desorejado, que no +podía ver a su hermano feliz, y se fue al bosque para no oír ni ver, y +en el bosque murió, porque los osos se lo comieron en la noche oscura. + +Meñique era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio si +debían tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero con su +bondad y cortesía se ganó el cariño de su mujer y de la corte entera, y +cuando murió el rey, entró a mandar, y estuvo de rey cincuenta y dos +años. Y dicen que mandó tan bien que sus vasallos nunca quisieron más +rey que Meñique, que no tenía gusto sino cuando veía a su pueblo +contento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo para +dárselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachines +que lo defienden de los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey +tan bueno como Meñique. + +Pero no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser un +hombre de ingenio tan grande; porque el que es estúpido no es bueno, y +el que es bueno no es estúpido. Tener talento es tener buen corazón; el +que tiene buen corazón, ése es el que tiene talento. Todos los pícaros +son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga. Y el que saque de +este cuento otra lección mejor, vaya a contarlo en Roma. + + + + +Cada uno a su oficio + +Fábula nueva del filósofo norteamericano Emerson + +/P + La montaña y la ardilla + Tuvieron su querella: + --«¡Váyase usted allá, presumidilla!» + Dijo con furia aquélla; + A lo que respondió la astuta ardilla: + --«Sí que es muy grande usted, muy grande y bella; + Mas de todas las cosas y estaciones + Hay que poner en junto las porciones, + Para formar, señora vocinglera, + Un año y una esfera. + Yo no sé que me ponga nadie tilde + Por ocupar un puesto tan humilde. + Si no soy yo tamaña + Como usted, mi señora la montaña, + Usted no es tan pequeña + Como yo, ni a gimnástica me enseña. + Yo negar no imagino + Que es para las ardillas buen camino + Su magnífica falda: + Difieren los talentos a las veces: + Ni yo llevo los bosques a la espalda, + Ni usted puede, señora, cascar nueces.» +P/ + + + + +La Ilíada, de Homero + + +Hace dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de la +Ilíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba de +rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al compás de +la lira, como hacían los aedas de entonces. Otros dicen que no hubo +Homero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores. +Pero no parece que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde no +cambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos, y +donde desde el principio hasta el fin se ve tan claro el carácter de +cada persona que puede decirse quién es por lo que dice o hace, sin +necesidad de verle el nombre. Ni es fácil que un mismo pueblo tenga +muchos poetas que compongan los versos con tanto sentido y música como +los de la _Ilíada_, sin palabras que falten o sobren; ni que todos los +diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos de +Homero, donde parece que es un padre el que habla. + +En la _Ilíada_ no se cuenta toda la guerra de treinta años de Grecia +contra Ilión, que era como le decían entonces a Troya; sino lo que pasó +en la guerra cuando los griegos estaban todavía en la llanura asaltando +a la ciudad amurallada, y se pelearon por celos los dos griegos famosos, +Agamenón y Aquiles. A Agamenón le llamaban el Rey de los Hombres, y era +como un rey mayor, que tenía más mando y poder que todos los demás que +vinieron de Grecia a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey +troyano, del viejo Príamo, le robó la mujer a Menelao, que estaba de rey +en uno de los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenón. Aquiles era +el más valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y culto, que +cantaba en la lira las historias de los héroes, y se hacía querer de las +mismas esclavas que le tocaban de botín cuando se repartían los +prisioneros después de sus victorias. Por una prisionera fue la disputa +de los reyes, porque Agamenón se resistía a devolver al sacerdote +troyano Crises su hija Criseis, como decía el sacerdote griego Calcas +que se debía devolver, para que se calmase en el Olimpo, que era el +cielo de entonces, la furia de Apolo, el dios del Sol, que estaba +enojado con los griegos porque Agamenón tenía cautiva a la hija de un +sacerdote: y Aquiles, que no le tenía miedo a Agamenón, se levantó entre +todos los demás, y dijo que se debía hacer lo que Calcas quería, para +que se acabase la peste de calor que estaba matando en montones a los +griegos, y era tanta que no se veía el cielo nunca claro, por el humo de +las piras en que quemaban los cadáveres. Agamenón dijo que devolvería a +Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que él tenía en su +tienda. Y Aquiles le dijo a Agamenón «borracho de ojos de perro y +corazón de venado», y sacó la espada de puño de plata para matarlo +delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que estaba invisible a su +lado, le sujetó la mano, cuando tenía la espada a medio sacar. Y Aquiles +echó al suelo su cetro de oro, y se sentó, y dijo que no pelearía más a +favor de los griegos con sus bravos mirmidones, y que se iba a su +tienda. + +Así empezó la cólera de Aquiles, que es lo que cuenta la _Ilíada_, desde +que se enojó en esa disputa, hasta que el corazón se le enfureció cuando +los troyanos le mataron a su amigo Patroc quemándoles los barcos a los griegos y los +tenía casi vencidos. No más que con dar Aquiles una voz desde el muro, +se echaba atrás el ejército de Troya, como la ola cuando la empuja una +corriente contraria de viento, y les temblaban las rodillas a los +caballos troyanos. El poema entero está escrito para contar lo que +sucedió a los griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:--la disputa +de los reyes,--el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los +dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la ofensa de +Agamenón a Aquiles,--el combate de Paris, hijo de Príamo, con Menelao, +el esposo de Helena,--la tregua que hubo entre los dos ejércitos, y el +modo con que el arquero troyano Pandaro la rompió con su flechazo a +Menelao,--la batalla del primer día, en que el valentísimo Diomedes tuvo +casi muerto a Eneas de una pedrada,--la visita de Héctor, el héroe de +Troya a su esposa Andrómaca, que lo veía pelear desde el muro,--la +batalla del segundo día, en que Diomedes huye en su carro de pelear, +perseguido por Héctor vencedor,--la embajada que le mandan los griegos a +Aquiles, para que vuelva a ayudarlos en los combates, porque desde que +él no pelea están ganando los troyanos,--la batalla de los barcos, en +que ni el mismo Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta +que Aquiles consiente en que Patroclo pelee con su armadura,--la muerte +de Patroclo,--la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva que +le hizo el dios Vulcano,--el desafío de Aquiles y Héctor,--la muerte de +Héctor,--y las súplicas con que su padre Príamo logra que Aquiles le +devuelva el cadáver, para quemarlo en Troya en la pira de honor, y +guardar los huesos blancos en una caja de oro. Así se enojó Aquiles, y +ésos fueron los sucesos de la guerra, hasta que se le acabó el enojo. + +A Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa del +mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extraño, porque todavía hoy +dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene de +Dios, que es lo que llaman «el derecho divino de los reyes», y no es más +que una idea vieja de aquellos tiempos de pelea, en que los pueblos +eran nuevos y no sabían vivir en paz, como viven en el cielo las +estrellas, que todas tienen luz aunque son muchas, y cada una brilla +aunque tenga al lado otra. Los griegos creían, como los hebreos, y como +otros muchos pueblos, que ellos eran la nación favorecida por el creador +del mundo, y los únicos hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres +son soberbios, y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o +más inteligente que ellos, cuando había un hombre fuerte o inteligente +que se hacía rey por su poder, decían que era hijo de los dioses. Y los +reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes +decían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos y +los ayudaran. Y así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes. + +Cada rey tenía en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o +nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo, +según le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos o pocos; y +el sacerdote decía que el dios estaba enojado cuando el regalo era +pobre, o que estaba contento, cuando le habían regalado mucha miel y +muchas ovejas. Así se ve en la _Ilíada_, que hay como dos historias en +el poema, una en la tierra, y en el cielo otra; y que los dioses del +cielo son como una familia, sólo que no hablan como personas bien +criadas, sino que se pelean y se dicen injurias, lo mismo que los +hombres en el mundo. Siempre estaba Júpiter, el rey de los dioses, sin +saber qué hacer; porque su hijo Apolo quería proteger a los troyanos, y +su mujer Juno a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y había +en las comidas del cielo grandísimas peleas, y Júpiter le decía a Juno +que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano, el cojo, +el sabio del Olimpo, se reía de los chistes y maldades de Apolo, el de +pelo colorado, que era el dios travieso. Y los dioses subían y bajaban, +a llevar y traer a Júpiter los recados de los troyanos y los griegos; o +peleaban sin que se les viera en los carros de sus héroes favorecidos; o +se llevaban en brazos por las nubes a su héroe para que no lo acabase de +matar el vencedor, con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la +figura del viejo Néstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a +Agamenón que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el +enemigo Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva a +Paris por el aire. Venus también se lleva a Eneas, vencido por Diomedes, +en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva guiando el carro de +pelear del griego, y Apolo viene contra ella, guiando el carro troyano. +Otra vez, cuando por engaño de Minerva dispara Pandaro su arco contra +Menelao, la flecha terrible le entró poco a Menelao en la carne, porque +Minerva la apartó al caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de +la cara una mosca. En la _Ilíada_ están juntos siempre los dioses y los +hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas lo mismo +que en la tierra; como que son los hombres los que inventan los dioses a +su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades +que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora +en los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo +crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de +rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la +vida. El cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Júpiter +mismo es como un rey de reyes, y una especie de Agamenón, que puede más +que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de oírlos y +contentarlos, como tuvo que hacer Agamenón con Aquiles. En la _Ilíada_, +aunque no lo parece, hay mucha filosofía, y mucha ciencia, y mucha +política, y se enseña a los hombres, como sin querer, que los dioses no +son en realidad más que poesías de la imaginación, y que los países no +se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y +respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el +modo con que quiere que lo gobiernen. + +Pero lo hermoso de la _Ilíada_ es aquella manera con que pinta el mundo, +como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado para +otro llorando de amor, con los brazos levantados, preguntándole al cielo +quién puede tanto, y dónde está el creador, y cómo compuso y mantuvo +tantas maravillas. Y otra hermosura de la Ilíada es el modo de decir las +cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les +suenan bien; sino con palabras muy pocas y fuertes, como cuando Júpiter +consintió en que los griegos perdieran algunas batallas, hasta que se +arrepintiesen de la ofensa que le habían hecho a Aquiles, y «cuando dijo +que sí, tembló el Olimpo». No busca Homero las comparaciones en las +cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que él +cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido delante de +los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada hombre iba de +soldado a defender a su país, o salía por ambición o por celos a atacar +a los vecinos; y como no había libros entonces, ni teatros, la diversión +era oír al aeda que cantaba en la lira las peleas de los dioses y las +batallas de los hombres; y el aeda tenía que hacer reír con las maldades +de Apolo y Vulcano, para que no se le cansase la gente del canto serio; +y les hablaba de lo que la gente oía con interés, que eran las historias +de los héroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda decía +cosas de médico y de político, para que el pueblo hallase gusto y +provecho en oírlo, y diera buena paga y fama al cantor que le enseñaba +en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra cosa que entre +los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se tenía como hijo de un +dios al que hablaba bien, o hacía llorar o entender a los hombres. Por +eso hay en la _Ilíada_ tantas descripciones de combates, y tantas curas +de heridas, y tantas arengas. + +Todo lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, está en la +_Ilíada_. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que iban de pueblo +en pueblo, cantando la _Ilíada_ y la _Odisea_, que es otro poema donde +Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y más poemas parece que compuso +Homero, pero otros dicen que ésos no son suyos, aunque el griego +Herodoto, que recogió todas las historias de su tiempo, trae noticias de +ellos, y muchos versos sueltos, en la vida de Homero que escribió, que +es la mejor de las ocho que hay escritas, sin que se sepa de cierto si +Herodoto la escribió de veras, o si no la contó muy de prisa y sin +pensar, como solía él escribir. + +Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un +monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la +_Ilíada_, que parecen de letras de piedra. En inglés hay muy buenas +traducciones, y el que sepa inglés debe leer la _Ilíada_ de Chapman, o +la de Dodsley, o la de Landor, que tienen más de Homero que la de Pope, +que es la más elegante. El que sepa alemán, lea la de Wolff, que es como +leer el griego mismo. El que no sepa francés, apréndalo enseguida, para +que goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducción de +Leconte de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de +mármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay, que es de +Hermosilla; porque las palabras de la _Ilíada_ están allí, pero no el +fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema en +que parece que se ve amanecer el mundo,--en que los hombres caen como +los robles o como los pinos,--en que el guerrero Ajax defiende a +lanzazos su barco de los troyanos más valientes,--en que Héctor de una +pedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, en que los dos caballos +inmortales, Xantos y Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo +Patroclo,--y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un +carro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que un +hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde el +ciclo se junta con el mar. + +Cada cuadro de la _Ilíada_ es una escena como ésas. Cuando los reyes +miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenón, Aquiles va a +llorar a la orilla del mar, donde están desde hace diez años los barcos +de los cien mil griegos que atacan a Troya: y la diosa Tetis sale a +oírlo, como una bruma que se va levantando de las olas. Tetis sube al +cielo, y Júpiter le promete, aunque se enoje Juno, que los troyanos +vencerán a los griegos hasta que los reyes se arrepientan de la ofensa a +Aquiles. Grandes guerreros hay entre los griegos: Ulises, que era tan +alto que andaba entre los demás hombres como un macho entre el rebaño de +carneros; Ajax, con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de +bronce; Diomedes, que entra en la pelea resplandeciente, devastando como +un león hambriento en un rebaño:--pero mientras Aquiles esté ofendido, +los vencedores serán los guerreros de Troya: Héctor, el hijo de Príamo; +Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedón, el más valiente de los reyes +que vino a ayudar a Troya, el que subió al cielo en brazos del Sueño y +de la Muerte, a que lo besase en la frente su padre Júpiter, cuando lo +mató Patroclo de un lanzazo. Los dos ejércitos se acercan a pelear: los +griegos, callados, escudo contra escudo; los troyanos dando voces, como +ovejas que vienen balando por sus cabritos. Paris desafía a Menelao, y +luego se vuelve atrás; pero la misma hermosísima Helena le llama +cobarde, y Paris, el príncipe bello que enamora a las mujeres, consiente +en pelear, carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo: +vienen los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para +ver quién disparará primero su lanza. Paris tira el primero, pero +Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco de la +barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la tregua; hasta +que Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor, le aconseja con +alevosía a Pandaro que dispare la flecha contra Menelao, la flecha del +arco enorme de dos cuernos y la juntura de oro, para que los troyanos +queden ante el mundo por traidores, y sea más fácil la victoria de los +griegos, los protegidos de Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenón +va de tienda en tienda levantando a los reyes: entonces es la gran pelea +en que Diomedes hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos +terribles en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur; +entonces es la hermosa entrevista de Héctor y Andrómaca, cuando el niño +no quiere abrazar a Héctor porque le tiene miedo al casco de plumas, y +luego juega con el casco, mientras Héctor le dice a Andrómaca que cuide +de las cosas de la casa, cuando él vuelva a pelear. Al otro día Héctor y +Ajax pelean como jabalíes salvajes hasta que el cielo se oscurece: +pelean con piedras cuando ya no tienen lanza ni espada: los heraldos los +vienen a separar, y Héctor le regala su espada de puño fino a Ajax, y +Ajax le regala a Héctor un cinturón de púrpura. + +Esa noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes +asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a espiar lo +que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con los caballos y el +carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla es en el murallón que han +levantado los griegos en la playa frente a sus buques. Los troyanos han +vencido a los griegos en el llano. Ha habido cien batallas sobre los +cuerpos de los héroes muertos. Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con +su escudo, y los troyanos le caen encima como los perros al jabalí. +Desde los muros disparan sus lanzas los reyes griegos contra Héctor +victorioso, que ataca por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y +los de Grecia, como los pinos a los hachazos del leñador. Héctor va de +una puerta a otra, como león que tiene hambre. Levanta una piedra de +punta que dos hombres no podían levantar, echa abajo la puerta mayor, y +corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano lleva una +antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado de matar, ya +no puede resistir el ataque en la proa de su barco, y dispara de atrás, +de la borda: ya el cielo se enrojece con el resplandor de las llamas. Y +Aquiles no ayuda todavía a los griegos: no atiende a lo que le dicen los +embajadores de Agamenón: no embraza el escudo de oro, no se cuelga del +hombro la espada, no salta con los pies ligeros en el carro, no empuña +la lanza que ningún hombre podía levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega +su amigo Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir +a pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de los +mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras de un +muro, se echan atrás los troyanos miedosos. Patroclo se mete entre +ellos, y les mata nueve héroes de cada vuelta del carro. El gran +Sarpedón le sale al camino, y con la lanza le atraviesa Patroclo las +sienes. Pero olvidó Patroclo el encargo de Aquiles, de que no se llegase +muy cerca de los muros. Apolo invencible lo espera al pie de los muros, +se le sube al carro, lo aturde de un golpe en la cabeza, echa al suelo +el casco de Aquiles, que no había tocado el suelo jamás, le rompe la +lanza a Patroclo, y le abre el coselete, para que lo hiera Héctor. Cayó +Patroclo, y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a +su amigo, se echó por la tierra, se llenó de arena la cabeza y el +rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando le +trajeron a Patroclo en un ataúd, lloró Aquiles. Subió al cielo su madre, +para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el dibujo de la tierra +y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y todos los astros, y una +ciudad en paz y otra en guerra, y un viñedo cuando están recogiendo la +uva madura, y un niño cantando en una arpa, y una boyada que va a arar, +y danzas y músicas de pastores, y alrededor, como un río, el mar: y le +hizo un coselete que lucía como el fuego, y un casco con la visera de +oro. Cuando salió al muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron +en tres oleadas contra la ciudad, los caballos rompían con las ancas el +carro espantados, y morían hombres y brutos en la confusión, no más que +de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza que +resplandecía como el sol de otoño. Ya Agamenón se ha arrepentido, ya el +consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al ver muerto a +Patroclo, porque fue amable y bueno. + +Al otro día, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que +escapan del incendio, entra aterrada en el río, huyendo de Aquiles, que +mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro se lleva a +doce cautivos. Tropieza con Héctor; pero no pueden pelear, porque los +dioses les echan de lado las lanzas. En el río era Aquiles como un gran +delfín, y los troyanos se despedazaban al huirle, como los peces. De los +muros le ruega a Héctor su padre viejo que no pelee con Aquiles: se lo +ruega su madre. Aquiles llega: Héctor huye: tres veces le dan vuelta a +Troya en los carros. Todo Troya está en los muros, el padre mesándose +con las dos manos la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y +suplicando. Se para Héctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para +que no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo +de Héctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo. Pelean. +Minerva está con Aquiles: le dirige los golpes: le trae la lanza, sin +que nadie la vea: Héctor, sin lanza ya, arremete contra Aquiles como +águila que baja del cielo, con las garras tendidas, sobre un cadáver: +Aquiles le va encima, con la cabeza baja, y la lanza Pelea brillándole +en la mano como la estrella de la tarde. Por el cuello le mete la lanza +a Héctor, que cae muerto, pidiendo a Aquiles que dé su cadáver a Troya. +Desde los muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos +vienen sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un +lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos, y +metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en el carro, +arrastrando. + +Y entonces levantaron con leños una gran pira para quemar el cuerpo de +Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesión, y cada guerrero +se cortó un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre el cadáver; y +mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra y dos perros; y Aquiles +mató con su mano los doce prisioneros y los echó a la pira: y el cadáver +de Héctor lo dejaron a un lado, como un perro muerto: y quemaron a +Patroclo, enfriaron con vino las cenizas, y las pusieron en una urna de +oro. Sobre la urna echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y +Aquiles amarraba cada mañana por los pies a su carro a Héctor, y le daba +vuelta al monte tres veces. Pero a Héctor no se le lastimaba el cuerpo, +ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban de él +Venus y Apolo. + +Y entonces fue la fiesta de los funerales, que duró doce días: primero +una carrera con los carros de pelear, que ganó Diomedes; luego una pelea +a puñetazos entre dos, hasta que quedó uno como muerto; después una +lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida de a pie, que +ganó Ulises; y un combate con escudo y lanza; y otro de flechas, para +ver quién era el mejor flechero; y otro de lanceadores, para ver quién +tiraba más lejos la lanza. + +Y una noche, de repente, Aquiles oyó ruido en su tienda, y vio que era +Príamo, el padre de Héctor, que había venido sin que lo vieran, con el +dios Mercurio,--Príamo, el de la cabeza blanca y la barba +blanca,--Príamo, que se le arrodilló a los pies, y le besó las manos +muchas veces, y le pedía llorando el cadáver de Héctor. Y Aquiles se +levantó, y con sus brazos alzó del suelo a Príamo; y mandó que bañaran +de ungüentos olorosos el cadáver de Héctor, y que lo vistiesen con una +de las túnicas del gran tesoro que le traía de regalo Príamo; y por la +noche comió carne y bebió vino con Príamo, que se fue a acostar por +primera vez, porque tenía los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no +debía dormir entre los enemigos, y se lo llevó otra vez a Troya sin que +los vieran los griegos. + +Y hubo paz doce días, para que los troyanos le hicieran el funeral a +Héctor. Iba el pueblo detrás, cuando llegó Príamo con él; y Príamo los +injuriaba por cobardes, que habían dejado matar a su hijo; y las mujeres +lloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa. Y +lo pusieron en su cama de dormir. Y vino Andrómaca su mujer, y le habló +al cadáver. Luego vino su madre Hécuba, y lo llamó hermoso y bueno. +Después Helena le habló, y lo llamó cortés y amable. Y todo el pueblo +lloraba cuando Príamo se acercó a su hijo, con las manos al cielo, +temblándole la barba, y mandó que trajeran leños para la pira. Y nueve +días estuvieron trayendo leños, hasta que la pira era más alta que los +muros de Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron +las cenizas de Héctor en una caja de oro, y cubrieron la caja con un +manto de púrpura, y lo pusieron todo en un ataúd, y encima le echaron +mucha tierra, hasta que pareció un monte. Y luego hubo gran fiesta en el +palacio del rey Príamo. Así acaba la _Ilíada_, y el cuento de la cólera +de Aquiles. + + + + +Un juego nuevo y otros viejos + + +Ahora hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el +juego del _burro_. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas en una +casa, es que están jugando al _burro_. No lo juegan los niños sólo, sino +las personas mayores. Y es lo más fácil de hacer. En una hoja de papel +grande o en un pedazo de tela blanca se pinta un burro, como del tamaño +de un perro. Con carbón vegetal se le puede pintar, porque el carbón de +piedra no pinta, sino el otro, el que se hace quemando debajo de una +pila de tierra la madera de los árboles. O con un pincel mojado en tinta +se puede dibujar también el burro, porque no hay que pintar de negro la +figura toda, sino las líneas de afuera, el contorno no más. Se pinta +todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo de +papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola de +verdad. Y ahí está el juego, en poner la cola al burro donde debe estar. +Lo que no es tan fácil como parece; porque al que juega le vendan los +ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo andar. Y él anda, anda; y +la gente sujeta la risa. Y unos le clavan al burro la cola en la pezuña, +o en las costillas, o en la frente. Y otros la clavan en la hoja de la +puerta, creyendo que es el burro. + +Dicen en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha +habido antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina +ciega. Es muy curioso; los niños de ahora juegan lo mismo que los niños +de antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca, juegan a +las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos y de los romanos, que +vivieron hace dos mil años; pero los niños romanos jugaban a las bolas, +lo mismo que nosotros, y las niñas griegas tenían muñecas con pelo de +verdad, como las niñas de ahora. En la lámina están unas niñas griegas, +poniendo sus muñecas delante de la estatua de Diana, que era como una +santa de entonces; porque los griegos creían también que en cielo había +santos, y a esta Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir y +las tuviese siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevaban +los niños, porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa con +cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana se +monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que salía todas las +mañanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni hubo ninguno de los +otros dioses a que les rezaban los griegos, en versos muy hermosos, y +con procesiones y cantos. Los griegos fueron como todos los pueblos +nuevos, que creen que ellos son los amos del mundo, lo mismo que creen +los niños; y como ven que del cielo vienen el sol y la lluvia, y que la +tierra da el trigo y el maíz, y que en los montes hay pájaros y animales +buenos para comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al +sol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura +humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y que +deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte. En el museo +del Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Diana +cazando con su perro, y está tan bien que parece que anda. Las piernas +no más son como de hombre, para que se vea que es diosa que camina +mucho. Y las niñas griegas querían a su muñeca tanto, que cuando se +morían las enterraban con las muñecas. + +Todos los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muñecas, +ni como el cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como los +saltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace como mil años que +se juega en Francia. Y los niños no saben, cuando les vendan los ojos, +que este juego se juega por un caballero muy valiente que hubo en +Francia, que se quedó ciego un día de pelea y no soltó la espada ni +quiso que lo curasen, sino siguió peleando hasta morir: ése fue el +caballero Colin-Maillard. Luego el rey mandó que en las peleas de +juego, que se llamaban torneos, saliera siempre a pelear un caballero +con los ojos vendados, para que la gente de Francia no se olvidara de +aquel gran valor. Y ahí vino el juego. + +Lo que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversión en que +están entretenidos los amigos de Enrique III, que también fue rey de +Francia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV de Navarra, que +vino después, sino un hombrecito ridículo, como esos que no piensan más +que en peinarse y empolvarse como las mujeres, y en recortarse en pico +la barba. En eso pasaban la vida los amigos del rey: en jugar y en +pelearse por celos con los bufones de palacio, que les tenían odio por +holgazanes, y se lo decían cara a cara. La pobre Francia estaba en la +miseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribución, para que +el rey y sus amigos tuvieran espadas de puño de oro y vestidos de seda. +Entonces no había periódicos que dijeran la verdad. Los bufones eran +entonces algo como los periódicos, y los reyes no los tenían sólo en sus +palacios para que los hicieran reír, sino para que averiguasen lo que +sucedía, y les dijesen a los caballeros las verdades, que los bufones +decían como en chiste, a los caballeros y a los mismos reyes. Los +bufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, o +jorobados. Uno de los cuadros más tristes del mundo es el cuadro de los +bufones que pintó el español Zamacois. Todos aquellos hombres infelices +están esperando a que el rey los llame para hacerle reír, con sus +vestidos de picos y de campanillas, de color de mono o de cotorra. + +Desnudos como están son más felices que ellos esos negros que bailan en +la otra lámina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los niños, +necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho y +dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se +quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, +como una locura. Los moros tienen una fiesta de caballos que llaman la +«fantasía». Otro pintor español ha pintado muy bien la fiesta: el pobre +Fortuny. Se ve en el cuadro los moros que entran a escape en la ciudad, +con los caballos tan locos como ellos, y ellos disparando al aire sus +espingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales, besándolos, +mordiéndolos, echándose al suelo sin parar la carrera, y volviéndose a +montar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de +la pólvora. Los hombres de todos los países, blancos o negros, japoneses +o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y +movimiento, como esa danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. En +Nueva Zelandia hay mucho calor, y los negros de allí son hombres de +cuerpo arrogante, como los que andan mucho a pie, y gente brava, que +pelea por su tierra tan bien como danza en el palo. Ellos suben y bajan +por las cuerdas, y se van enroscando hasta que la cuerda está a la +mitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo mismo que un +columpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de la +rodilla. Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos +a otros y se abrazan. + +Los indios de México tenían, cuando vinieron los españoles, esa misma +danza del palo. Tenían juegos muy lindos los indios de México. Eran +hombres muy finos y trabajadores, y no conocían la pólvora y las balas +como los soldados del español Cortés, pero su ciudad era como de plata, +y la plata misma la labraban como un encaje, con tanta delicadeza como +en la mejor joyería. En sus juegos eran tan ligeros y originales como en +sus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una diversión de +mucha agilidad y atrevimiento; porque se echaban desde lo alto del palo, +que tenía unas veinte varas, y venían por el aire dando volteos y +haciendo pruebas de gimnasio sin sujetarse más que con la soga, que +ellos tejían muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremecía +ver aquel atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era «horrible y +espantoso, que llena de congojas y asusta el mirarlo». + +Los ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos no +más saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que empuñan +por una punta y por el medio; o con la porra, que juegan muy bien. Los +isleños de las Canarias, que son gente de mucha fuerza, creen que el +palo no es invención del inglés, sino de las islas; y sí que es cosa de +verse un isleño jugando al palo, y haciendo el molinete. Lo mismo que el +luchar, que en las Canarias les enseñan a los niños en las escuelas. Y +la danza del palo encintado; que es un baile muy difícil en que cada +hombre tiene una cinta de un color, y la va trenzando y destrenzando +alrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse +nunca. Pero los indios de México jugaban al palo tan bien como el inglés +más rubio, o el canario de más espaldas; y no era sólo el defenderse con +él lo que sabían, sino jugar con el palo a equilibrios, como los que +hacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van cinco pueblos +que han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva Zelandia, los +ingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota, +que todas los pueblos la juegan, y entre los indios era una pasión, como +que creyeron que el buen jugador era hombre venido del ciclo, y que los +dioses mexicanos, que eran diferentes de los dioses griegos, bajaban a +decirle cómo debía tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que es +muy curioso, será para otro día. + +Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indios +hacían con él, que eran de grandísima dificultad. Los indios se +acostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a +jugar a las bolas o al barril; y en el palo, atravesado sobre las +plantas de los pies, sostenían hasta cuatro hombres, que es más que lo +de los moros, porque a los moros los sostiene el más fuerte de ellos +sobre los hombros, pero no sobre la planta de los pies. _Tzaá_ le decían +a este juego: dos indios se subían primero en las puntas del palo, dos +más se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hacían sin caerse +muchas suertes y vueltas. Y los indios tenían su ajedrez, y sus +jugadores de manos, que se comían la lana encendida y la echaban por la +nariz: pero eso, como la pelota, será para otro día. Porque con los +cuentos se ha de hacer lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala: + +--¿Chichá, por qué te comes esa aceituna tan despacio? + +--Porque me gusta mucho. + + + + +Bebé y el señor don Pomposo + + +Bebé es un niño magnífico, de cinco años. Tiene el pelo muy rubio, que +le cae en rizos por la espalda, como en la lámina de los _Hijos del Rey +Eduardo_, que el pícaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres, +para hacerse él rey. A Bebé lo visten como al duquecito Fauntleroy, el +que no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con los +niños pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ceñidos a la rodilla, y +blusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, y +medias de seda colorada, y zapatos bajos. Como lo quieren a él mucho, él +quiere mucho a los demás. No es un santo, ¡oh, no!: le tuerce los ojos a +su criada francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó una +vez en visita con las pierna cruzadas, y rompió un día un jarrón muy +hermoso, corriendo detrás de un gato. Pero en cuanto ve un niño descalzo +le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva azúcar todas las +mañanas, y lo llama «caballito de mi alma»; con los criados viejos se +está horas y horas, oyéndoles los cuentos de su tierra de África, de +cuando ellos eran príncipes y reyes. Y tenían muchas vacas y muchos +elefantes: y cada vez que ve Bebé a su mamá, le echa el bracito por la +cintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente cómo +crecen las flores, y de dónde le viene la luz al sol y, de qué está +hecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la +hacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijo +ayer en la sala aquel señor de espejuelos. Y la madre te dice que sí, +que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda, largas y +redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como +los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos +mariposas. + +Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse con sus +mediecitas caídas, y su color de rosa, como los niños que se bañan +mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de las +pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy +fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Y +da brincos y vueltas de carnero, y salta en el colchón con los brazos +levantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que está pintada en +el techo. Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer como que cepilla +la baranda de la cama, porque va a ser carpintero; o rueda por la cama +hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias +coloradas. Pero esta noche Bebé está muy serio, y no da volteretas como +todas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mamá para que no se +vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del +gran comelón que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los +ojos; pero no está dormido. Bebé está pensando. + + * * * * * + +La verdad es que Bebé tiene mucho en qué pensar, porque va de viaje a +París, como todos los años, para que los médicos buenos le digan a su +mamá las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Bebé +no le gusta oír: se le aguan los ojos a Bebé en cuanto oye toser a su +mamá: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla. +Esta vez Bebé no va solo a París, porque él no quiere hacer nada solo, +como el hombre del melón, sino con un primito suyo que no tiene madre. +Su primito Raúl va con él a París, a ver con él al hombre que llama a +los pájaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a los +niños, y el teatro Guiñol, donde hablan los muñecos, y el policía se +lleva preso al ladrón, y el hombre bueno le da un coscorrón al hombre +malo. Raúl va con Bebé a París. Los dos juntos se van el sábado en el +vapor grande, con tres chimeneas. Allí en el cuarto está Raúl con Bebé, +el pobre Raúl, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito, +ni lleva medías de seda colorada. + +Bebé y Raúl han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mamá a ver a +los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muy +altas: han ido a la calle de los periódicos, a ver como los niños pobres +que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos después, +y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azul +y pantalón amarillo, a ver a un señor muy flaco y muy estirado, el tío +de mamá, el señor Don Pomposo. Bebé está pensando en la visita del señor +Don Pomposo. Bebé está pensando. + +Con los ojos cerrados, él piensa: él se acuerda de todo. ¡Qué largo, qué +largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina tan +grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote tan feo, +como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! ¡Y a mamá no la +dejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda, y le puso una +banqueta en los pies. Y le hablaba como dicen que les hablan a las +reinas! Bebé se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente +le habla así a mamá, porque mamá es muy rica, y que a mamá no le gusta +eso, porque mamá es buena. + +Y Bebé vuelve a pensar en lo sucedió en la visita. En cuanto entró en el +cuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a +los papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa +santa, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a la +cara, como si fueran manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saludó, ni +le quitó el sombrero, ni le dio un beso. Raúl estaba metido en un +sillón, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes. Y +entonces se levantó Don Pomposo del sofá colorado: «Mira, mira, Bebé, lo +que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que +quieras mucho a tu tío». Y se sacó del bolsillo un llavero como con +treinta llaves, y abrió una gaveta que olía a lo que huele el tocador de +Luisa, y le trajo a Bebé un sable dorado--¡oh, que sable! ¡oh, qué gran +sable!--y le abrochó por la cintura el cinturón de charol--¡oh, qué +cinturón tan lujoso!--y le dijo: «Anda, Bebé: mírate al espejo; ése es +un sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el niño». Y Bebé, +muy contento, volvió la cabeza adonde estaba Raúl, que lo miraba, miraba +al sable, con los ojos más grandes que nunca, y con la cara muy triste, +como si se fuera a morir:--¡oh, que sable tan feo, tan feo! ¡oh, qué tío +tan malo! En todo eso estaba pensando Bebé. Bebé estaba pensando. + +El sable está allí, encima del tocador. Bebé levanta la cabeza poquito a +poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puño brillante como si fuera de +sol, porque la luz de la lámpara da toda en el puño. Así eran los sables +de los generales el día de la procesión, lo mismo que el de él. El +también, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de dril +blanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detrás, y él en un +caballo morado, como el vestido que tenía el obispo. El no ha visto +nunca caballos morados, pero se lo mandarán a hacer. Y a Raúl ¿quién le +manda hacer caballos? Nadie, nadie: Raúl no tiene mamá que le compre +vestidos de duquecito: Raúl no tiene tíos largos que le compren sables. +Bebé levanta la cabecita poco a poco: Raúl está dormido: Luisa se ha ido +a su cuarto a ponerse olores. Bebé se escurre de la cama, va al tocador +en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no haga +ruido... Y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡va riéndose, va riéndose el +pícaro! hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable dorado +en la almohada. + + + + +La última página + + +_La Edad de Oro_ se despide hoy con pena de sus amigos. Se puso a +escribir largo el hombre de _La Edad de Oro_, como quien escribe una +carta de cariño para persona a quien quiere mucho, y sucedió que +escribió más de lo que cabía en las treinta y dos páginas. Treinta y dos +páginas es de veras poco para conversar con los niños queridos, con los +que han de ser mañana hábiles como Meñique, y valientes como Bolívar: +poetas como Homero ya no podrán ser, porque estos tiempos no son como +los de antes, y los aedas de ahora no han de cantar guerras bárbaras de +pueblo con pueblo para ver cuál puede más, ni peleas de hombre con +hombre para ver quién es más fuerte: lo que ha de hacer el poeta de +ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lo +hermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si estuviera +pintado con colores, y castigar con la poesía, como con un látigo, a los +que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pícaras +el dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su país les +obedezcan como ovejas y les laman la mano como perros. Los versos no se +han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para +ser útil al mundo, enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vida +es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni +acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el ciclo, y +amigos, y madres. El que tenga penas, lea las _Vidas Paralelas_ de +Plutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes, y mejor, +porque ahora la tierra ha vivido más, y se puede ser hombre de más amor +y delicadeza. Antes todo se hacía con los puños: ahora, la fuerza está +en el saber, más que en los puñetazos; aunque es bueno aprender a +defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque la +fuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando un +pueblo ladrón quiera venir a robarnos nuestro pueblo. Para eso es bueno +ser fuerte de cuerpo; pero para lo demás de la vida, la fuerza está en +saber mucho, como dice Meñique. En los mismos tiempos de Homero, el que +ganó por fin el sitio, y entró en Troya, no fue Ajax el del escudo, ni +Aquiles el de la lanza, ni Diomedes el del carro, sino Ulises, que era +el hombre de ingenio, y ponía en paz a los envidiosos, y pensaba +pronto, lo que no les ocurría a los demás. + +Con esta última página está sucediendo lo que con el primer número de +_La Edad de Oro_; que no va a caber lo que el amigo de los niños les +quería decir, y es que en el número de agosto se publicará una +_Historia_ _del Hombre, contada por sus casas_, que no cupo esta vez, +historia muy curiosa, donde se cuenta cómo ha vivido el hombre, desde su +primera habitación en la tierra, que fue una cueva en la montaña, hasta +los palacios en que vive ahora. Ni cupo tampoco una explicación muy +entretenida del modo de fabricar _Un cubierto de mesa_. Porque es +necesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que no +sepan explicar. Para eso se publica _La Edad de Oro_. Y para todo lo que +quieran preguntar, aquí está el amigo. + +Estas últimas páginas serán como el cuarto de confianza de _La Edad de +Oro_, donde conversaremos como si estuviésemos en familia. Aquí +publicaremos las cartas de nuestras amiguitas: aquí responderemos a las +preguntas de los niños: aquí tendremos la _Bolsa de Sellos_, donde el +que tenga sellos que mandar, o los quiera comprar, o quiera hacer +colección, o preguntar sobre sellos algo que le interese, no tiene más +que escribir para lograr lo que desea. Y de cuando en cuando nos hará +aquí una visita El _Abuelo Andrés_, que tiene una caja maravillosa con +muchas cosas raras, y nos va a enseñar todo lo que tiene en La Caja de +las Maravillas. + +_La Edad de Oro_. + + + + +La historia del hombre, contada por sus casas + + +Ahora la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patios +enlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de años los +hombres no vivían así, ni había países de sesenta millones de +habitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no había libros que +contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, los +instrumentos de trabajar son los que enseñan cómo vivían los hombres de +antes. Eso es lo que se llama «edad de piedra», cuando los hombres +vivían casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando con las fieras del +bosque, escondidos en las cuevas de la montaña, sin saber que en el +mundo había cobre ni hierro allá en los tiempos que llaman +«paleolíticos»:--¡palabra larga esta de «paleolíticos»! Ni la piedra +sabían entonces los hombres cortar: luego empezaron a darle figura, con +unas hachas de pedernal afilado, y ésa fue la edad nueva de piedra, que +llaman «neolítica»: _neo_, nueva, _lítica_, de piedra: _paleo_, por +supuesto, quiere decir viejo, antiguo. Entonces los hombres vivían en +las cuevas de la montaña, donde las fieras no podían subir, o se abrían +un agujero en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramas +de árbol; o hacían con ramas un techo donde la roca estaba como abierta +en dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los forraban con +las pieles de los animales que cazaban: grandes eran entonces los +animales, grandes como montes. En América no parece que vivían así los +hombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos en pueblos, y no en +familias sueltas: todavía se ven las ruinas de los que llaman los +«terrapleneros», porque fabricaban con tierra unos paredones en figura +de círculo, o de triángulo, o de cuadrado, o de cuatro círculos unos +dentro de otros: otros indios vivían en casas de piedra que eran como +pueblos, y las llamaban las casas-pueblos, porque allí hubo hasta mil +familias a la vez, que no entraban a la casa por puertas, como nosotros, +sino por el techo, como hacen ahora los indios zuñis: en otros lugares +hay casas de cantos en los agujeros de las rocas, adonde subían +agarrándose de unas cortaduras abiertas a pico en la piedra, como una +escalera. En todas partes se fueron juntando las familias para +defenderse, y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos, +que es lo que llaman ciudades lacustres, porque están sobre el agua las +casas de troncos de árbol, puestas sobre pilares clavados en lo hondo, o +sujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese a flote las casas: +y a veces juntaban con vigas unas casas con otras, y les ponían +alrededor una palizada para defenderse de los vecinos que venían a +pelear, o de los animales del monte: la cama era de yerba seca, las +tazas eran de madera, las mesas y los asientos eran troncos de árboles. +Otros ponían de punta en medio de un bosque tres piedras grandes, y una +chata encima, como techo, con una cerca de piedras, pero estos dólmenes +no eran para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a oír a +los viejos y los sabios cuando cambiaba la estación, o había guerra, o +tenían que elegir rey: y para recordar cada cosa de éstas clavaban en el +suelo una piedra grande, como una columna, que llamaban «menhir» en +Europa, y que los indios mayas llamaban «katún»; porque los mayas de +Yucatán no sabían que del otro lado del mar viviera el pueblo galo, en +donde está Francia ahora, pero hacían lo mismo que los galos, y que los +germanos, que vivían donde está ahora Alemania. Estudiando se aprende +eso: que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la +misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que +la de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra de +árboles y de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene más +cosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve el cielo +oscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende, y es que donde +nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo, +empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de años. +Junto a la ciudad de Zaragoza, en España, hay familias que viven en +agujeros abiertos en la tierra del monte: en Dakota, en los Estados +Unidos, los que van a abrir el país viven en covachas, con techos de +ramas, como en la edad neolítica: en las orillas del Orinoco, en la +América del Sur, los indios viven en ciudades lacustres, lo mismo que +las que había hace cientos de siglos en los lagos de Suiza: el indio +norteamericano le pone a rastras a su caballo los tres palos de su tipi, +que es una tienda de pieles, como la que los hombres neolíticos +levantaban en los desiertos: el negro de África hace hoy su casa con las +paredes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes, +y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen +las serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos los +pueblos vivían a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce, cuando +los hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra edad de hierro. +Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en lo más hermoso de la edad +de hierro, con su torre de Eiffel que se entra por las nubes: y otros +pueblos que viven en la edad de piedra, como el indio que fabrica su +casa en las ramas de los árboles, y con su lanza de pedernal sale a +matar los pájaros del bosque y a ensartar en el aire los peces voladores +del río. Pero los pueblos de ahora crecen más de prisa, porque se juntan +con los pueblos más viejos, y aprenden con ellos lo que no saben; no +como antes, que tenían que ir poco a poco descubriéndolo todo ellos +mismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los hombres +andaban errantes huyendo de los animales, y vivían hoy acá y mañana +allá, y no sabían que eran buenos de comer los frutos de la tierra. +Luego los hombres encontraron el cobre, que era más blando que el +pedernal, y el estaño, que era más blando que el cobre, y vieron que con +el fuego se le sacaba el metal a la roca, y que con el estaño y cobre +juntos se hacía un metal nuevo, muy bueno para hachas y lanzas y +cuchillos, y para cortar la piedra. Cuando los pueblos empiezan a saber +cómo se trabaja el metal, y a juntar el cobre con el estaño, entonces +están en su edad de bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad de +hierro sin pasar por la de bronce, porque el hierro es el metal de su +tierra, y con él empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo había +cobre ni estaño. Cuando los hombres de Europa vivían en la edad de +bronce, ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectas +como las de los peruanos y mexicanos de América, en quienes estuvieron +siempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con pedernal +cuando ya tenían sus minas de oro, y sus templos con soles de oro como +el cielo, y sus huacas, que eran los cementerios del Perú, donde ponían +a los muertos con las prendas y jarros que usaban en vida. La casa del +indio peruano era de mampostería, y de dos pisos, con las ventanas muy +en alto, y las puertas más anchas por debajo que por la cornisa, que +solía ser de piedra tallada, de trabajo fino. El mexicano no hacía su +casa tan fuerte, sino más ornada, como en país donde hay muchos árboles +y pájaros. En el techo había como escalones, donde ponían las figuras de +sus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de niños, y +piernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras labradas, y +con fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando las grecas y +fimbrias que les bordaban sus mujeres en las túnicas: en las salas de +adentro labraban las cabezas de las vigas, figurando sus dioses, sus +animales o sus héroes, y por fuera ponían en las esquinas unas canales +de curva graciosa, como imitando plumas. De lejos brillaban las casas +con el sol, como si fueran de plata. + +En los pueblos de Europa es donde se ven más claras las tres edades, y +mejor mientras más al Norte, porque allí los hombres vivieron solos, +cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron a vivir +por el mismo tiempo, se nota que aunque no se conocían unos a otros, +iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando capas conforme van +pasando siglos: la tierra es como un pastel de hojaldres, que tiene +muchas capas una sobre otra, capas de piedra dura, y a veces viene de +adentro, de lo hondo del mundo, una masa de roca que rompe las capas +acostadas, y sale al aire libre, y se queda por encima de la tierra, +como un gigante regañón, o como una fiera enojada, echando por el cráter +humo y fuego: así se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas de +la tierra es por donde se sabe cómo ha vivido el hombre, porque en cada +una hay enterrados huesos de él, y restos de los animales y árboles de +aquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un lugar con +las de otro se ve que los hombres viven en todas partes casi del mismo +modo en cada edad de la tierra: sólo que la tierra tarda mucho en pasar +de una edad a otra, y en echarse una capa nueva, y así sucede lo de los +romanos y los bretones de Inglaterra en tiempo de Julio César, que +cuando los romanos tenían palacios de mármol con estatuas de oro, y +usaban trajes de lana muy fina, la gente de Bretaña vivía en cuevas, y +se vestía con las pieles salvajes, y peleaba con mazas hechas de los +troncos duros. + +En esos pueblos viejos sí se puede ver cómo fue adelantando el hombre, +porque después de las capas de la edad de piedra, donde todo lo que se +encuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la edad de bronce, +con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre y estaño, y luego vienen +las capas de arriba, las de los últimos tiempos, que llaman la edad de +hierro, cuando el hombre aprendió que el hierro se ablandaba al fuego +fuerte, y que con el hierro blando podía hacer martillos para romper la +roca, y lanzas para pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra: +entonces es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios y +cuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre otras +sin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos y llanos: +lo que sí se ve es que desde que vino al mundo le gustó al hombre copiar +en dibujo las cosas que veía, porque hasta las cavernas más oscuras +donde habitaron las familias salvajes están llenas de figuras talladas o +pintadas en la roca, y por los montes y las orillas de los ríos se ven +manos, y signos raros, y pinturas de animales, que ya estaban allí desde +hacía muchos siglos cuando vinieron a vivir en el país los pueblos de +ahora. Y se ve también que todos los pueblos han cuidado mucho de +enterrar a los muertos con gran respeto y han fabricado monumentos +altos, como para estar más cerca del cielo, como nosotros hacemos ahora +con las torres. Los terrapleneros hacían montañas de tierra, donde +sepultaban los cadáveres: los mexicanos ponían sus templos en la cumbre +de unas pirámides muy altas: los peruanos tenían su «chulpa» de piedra +que era una torre ancha por arriba, como un puño de bastón: en la isla +de Cerdeña hay unos torreones que llaman «nuragh», que nadie sabe de qué +pueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras enormes sus +pirámides, y con el pórfido más duro hicieron sus obeliscos famosos, +donde escribían su historia con los signos que llaman «jeroglíficos». + +Ya los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse «tiempos históricos» +porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos: esos +otros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos «prehistóricos», +de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad es que en +esos mismos pueblos históricos hay todavía mucho prehistórico, porque se +tiene que ir adivinando para ver dónde y cómo vivieron. ¿Quién sabe +cuándo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus caminos y sus +calzadas en el Perú; ni cuándo los chibchas de Colombia empezaron a +hacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qué pueblo vivió en Yucatán +antes que los mayas que encontraron allí los españoles; ni de dónde vino +la raza desconocida que levantó los terraplenes y las casas-pueblos en +la América del Norte? Casi lo mismo sucede con los pueblos de Europa; +aunque allí se ve que los hombres aparecieron a la vez, como nacidos de +la tierra, en muchos lugares diferentes; pero que donde había menos frío +y era mas alto el país fue donde vivió primero el hombre: y como que +allí empezó a vivir, allí fue donde llegó más pronto a saber, y a +descubrir los metales, y a fabricar, y de allí, con las guerras, y las +inundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando los hombres por +la tierra y el mar. En lo más elevado y fértil del continente es donde +se civilizó el hombre trasatlántico primero. En nuestra América sucede +lo mismo: en las altiplanicies de México y del Perú, en los valles altos +y de buena tierra, fue donde tuvo sus mejores pueblos el indio +americano. En el continente trasatlántico parece que Egipto fue el +pueblo más viejo, y de allí fueron entrando los hombres por lo que se +llama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron a Grecia, buscando la +libertad y la novedad, y en Grecia levantaron los edificios más +perfectos del mundo, y escribieron los libros más bien compuestos y +hermosos. Había pueblos nacidos en todos estos países, pero los que +venían de los pueblos viejos sabían más, y los derrotaban en la guerra, +o les enseñaban lo que sabían, y se juntaban con ellos. Del norte de +Europa venían otros hombres más fuertes, hechos a pelear con las fieras +y a vivir en el frío: y de lo que se llama ahora Indostán salió huyendo, +después de una gran guerra, la gente de la montaña, y se juntó con los +europeos de las tierras frías, que bajaron luego del Norte a pelear con +los romanos, porque los romanos habían ido a quitarles su libertad, y +porque era gente pobre y feroz, que le tenía envidia a Roma, porque era +sabia y rica, y como hija de Grecia. Así han ido viajando los pueblos en +el mundo, como las corrientes van por la mar, y por el aire los vientos. + +Egipto es como el pueblo padre del continente trasatlántico: el pueblo +más antiguo de todos aquellos países «clásicos». Y la casa del egipcio +es como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riquísimo el Egipto, +como que el gran río Nilo crecía todos los años, y con el barro que +dejaba al secarse nacían muy bien las siembras: así que las casas +estaban como en alto, por miedo a las inundaciones. Como allá hay muchas +palmeras, las columnas de las casas eran finas y altas, como las palmas; +y encima del segundo piso tenían otro sin paredes, con un techo chato, +donde pasaban la tarde al aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcos +que iban y venían con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde, +que es de color de oro y azafrán. Las paredes y los techos están llenos +de pinturas de su historia y religión; y les gustaba el color tanto, que +hasta la estera con que cubrían el piso era de hebras decolores +diferentes. + +Los hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran los +que mejor sabían hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad, hicieron +sus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes, y el techo era de +vigas de sicomoro, que es su árbol querido. El techo tenía un borde como +las azoteas, porque con el calor subía la gente allí a dormir, y la ley +mandaba que fabricasen los techos con muro, para que no cayese la gente +a tierra. Solían hacer sus casas como el templo que fabricó su gran rey +Salomón, que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechas +por la comisa, y dos columnas al lado de la puerta. + +Por aquellas tierras vivían los asirios, que fueron pueblo guerreador, +que les ponía a sus casas torres, como para ver más de lejos al enemigo, +y las torres eran de almenas, como para disparar el arco desde seguro. +No tenían ventanas, sino que les venía la luz del techo. Sobre las +puertas ponían a veces piedras talladas con alguna figura misteriosa, +como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza con alas. + +Los fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar, +que ponían unas sobre otras como los etruscos; pero como eran gente +navegante, que vivía del comercio, empezaron pronto a imitar las casas +de los pueblos que veían más, que eran los hebreos y los egipcios, y +luego las de los persas, que conquistaron en guerra el país de Fenicia. +Y así fueron sus casas, con la entrada hebrea, y la parte alta como las +casas de Egipto, o como las de Persia. + +Los persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en que +todos esos pueblos de los alrededores vivían como esclavos suyos. Persia +es tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas de los +caballos, los puños de los sables, todo está allí lleno de joyas. Usan +mucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo les gusta de mucho color, +y muy brillante y esmaltado. Les gustan las fuentes, los jardines, los +velos de hilo de plata, la pedrería fina. Todavía hoy son así los +persas; y ya en aquellos tiempos eran sus casas de ladrillos de colores, +pero no de techo chato como las de los egipcios y hebreos, sino con una +cúpula redonda, como imitando la bóveda del cielo. En un patio estaba el +baño, en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas había patios +cuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente, entre +jarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y dibujos, +pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel hecho con cuerpos +de animales, de pecho verde y collar de oro. + +Junto a Persia está el Indostán, que es de los pueblos más viejos del +mundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las platerías +la filigrana, y otros templos cavados en la roca, y figuras de su dios +Buda cortadas a pico en la montaña. Sus templos, sus sepulcros, sus +palacios, sus casas, son como su poesía, que parece escrita con colores +sobre marfil, y dice las cosas como entre hojas y flores. Hay templo en +el Indostán que tiene catorce pisos, como la pagoda de Tanjore, y está +todo labrado, desde los cimientos hasta la cúpula. Y la casa de los +hindús de antes era como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, con +los techos y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entrada +la escalinata sin baranda. Otras casas tenían torreones en la esquina, y +el terrado como los egipcios, corrido y sin las torres. Pero lo hermoso +de las casas hindús era la fantasía de los adornos, que son como un +trenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas. + +En Grecia no era así, sino todo blanco y sencillo, sin lujos de +colorines. En la casa de los griegos no había ventanas, porque para el +griego fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no debía mirar el +extranjero. Eran las casas pequeñas, como sus monumentos, pero muy +lindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y dentro el +corredor de columnas, donde pasaba los días la familia, que sólo en la +noche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El comedor y el corredor +era lo que amueblaban, y eso con pocos muebles: en las paredes ponían en +nichos sus jarros preciosos: las sillas tenían filetes tallados, como +los que solían ponerles a las puertas, que eran anchas de abajo y con la +cornisa adornada de dibujos de palmas y madreselvas. Dicen que en el +mundo no hay edificio más bello que el Partenón, como que allí no están +los adornos por el gusto de adornar, que es lo que hace la gente +ignorante con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de una +especie de música que se siente y no se oye, porque el tamaño está +calculado de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que no +sea precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienen +alma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que las ve. +Se entran como amigas por el corazón. Parece que hablan. + +Los etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas, +y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religión, y un +arte parecido al de los griegos, aunque les gustaba más la burla y la +extravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban, como los persas; +y en las paredes de sus sepulturas hay caballos con la cabeza amarilla y +la cola azul. Mientras fueron república libre, los etruscos vivían +dichosos, con maestros muy buenos de medicina y astronomía, y hombres +que hablaban bien de los deberes de la vida y de la composición del +mundo. Era célebre Etruria por sus sabios, y por sus jarros de barro +negro, con figuras de relieve, y por sus estatuas y sarcófagos de tierra +cocida, y por sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Pero +con la esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus dueños los +romanos. Vivían en palacios, y no en sus casas de antes; y su gusto +mayor era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era de +un piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros caídos. +Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos y +caricaturas, y sabían dibujar sus figuras como si se las viera en +movimiento. + +La casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro luego +conocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en todo. El atrio +al principio fue la casa entera, y después no era más que el portal, de +donde se iba por un pasadizo al patio interior, rodeado de columnas, +adonde daban los cuartos ricos del señor, que para cada cosa tenía un +cuarto diferente: el cuarto de comer daba al corredor, lo mismo que la +sala y el cuarto de la familia, que por el otro lado abría sobre un +jardín. Adornaban las paredes con dibujos y figuras de colores +brillantes, y en los recodos había muchos nichos con jarras y estatuas. +Si la casa estaba en calle de mucha gente, hacían cuartos con puerta a +la calle, y los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abierta +se podía ver hasta el fondo del jardín. El jardín, el patio y el atrio +tenían alrededor en muchas casas una arquería. Luego Roma fue dueña de +todos los países que tenía alrededor, hasta que tuvo tantos pueblos que +no los pudo gobernar, y cada pueblo se fue haciendo libre y nombrando su +rey, que era el guerrero más poderoso de todos los del país, y vivía en +su castillo de piedra, con torres y portalones, como todos los que +llamaban «señores» en aquel tiempo de pelear; y la gente de trabajo +vivía alrededor de los castillos, en casuchos infelices. Pero el poder +de Roma había sido muy grande, y en todas partes había puentes y arcos y +acueductos y templos como los de los romanos; sólo que por el lado de +Francia, donde había muchos castillos, iban haciendo las fábricas +nuevas, y las iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas y +templos, que es lo que llaman «arquitectura románica» y del lado de los +persas y de los árabes, por donde está ahora Turquía, les ponían a los +monumentos tanta riqueza y color que parecían las iglesias cuevas de +oro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que cuando los pueblos +nuevos del lado de Francia empezaron a tener ciudades, las casas fueron +de portales oscuros y de muchos techos de pico, como las iglesias +románicas; y del lado de Turquía eran las casas como palacios, con las +columnas de piedras ricas, y el suelo de muchas piedrecitas de color, y +las pinturas de la pared con el fondo de oro, y los cristales dorados: +había barandas en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todos +los metales, que lucía como fuego: era feo y pesado tanto adorno en las +casas, que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que están +vacías. + +En España habían mandado también los romanos; pero los moros vinieron +luego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llaman +mezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sueño, como si ya no +se viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje y de flores: las +puertas eran pequeñas, pero con tantos arcos que parecían grandes: las +columnas delgadas sostenían los arcos de herradura, que acababan en +pico, como abriéndose para ir al cielo: el techo era de madera fina, +pero todo tallado, con sus letras moras y sus cabezas de caballos: las +paredes estaban cubiertas de dibujos, lo mismo que una alfombra: en los +patios de mármol había laureles y fuentes: parecían como el tejido de un +velo aquellos balcones. + +Con las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblos +diferentes, y cuando ya el rey pudo más que los señores de los +castillos, y todos los hombres creían en el cielo nuevo de los +cristianos, empezaron a hacer las iglesias «góticas» con sus arcos de +pico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y sus pórticos +bordados, y sus ventanas de colores. Y las torres cada vez más altas; +porque cada iglesia quería tener su torre más alta que las otras; y las +casas las hacían así también, y, los muebles. Pero los adornos llegaron +a ser muchos, y los cristianos empezaron a no creer en el cielo tanto +como antes. Hablaban mucho de lo grande que fue Roma: celebraban el arte +griego por sencillo: decían que ya eran muchas las iglesias: buscaban +modos nuevos de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera de +fabricar parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del +«Renacimiento»: pero como en el arte gótico de la «ojiva» había mucha +beldad, ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que las +adornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los balcones +elegantes de la arquitectura gótica. Eran tiempos de arte y riqueza, y +de grandes conquistas, así que había muchos señores y comerciantes con +palacio. Nunca habían vivido los hombres, ni han vuelto a vivir, en +casas tan hermosas. Los pueblos de otras razas, donde se sabe poco de +los europeos, peleaban por su cuenta o se hacían amigos, y se aprendían +su arte especial unos de otros, de modo que se ve algo de pagoda hindú +en todo lo de Asia, y hay picos como los de los palacios de Lahore en +las casas japonesas, que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas de +jugar, con sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o de +estera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvas +revueltas y los techos de punta de los pueblos hindús. En nuestra +América las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano +era el pueblo español que mandó en América, y echó abajo las casas de +los indios. Las echó abajo de raíz: echó abajo sus templos, sus +observatorios, sus torres de señales, sus casas de vivir, todo lo indio +lo quemaron los conquistadores españoles y lo echaron abajo, menos las +calzadas, porque no sabían llevar las piedras que supieron traer los +indios, y los acueductos, porque les traían el agua de beber. + +Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en +cada pueblo hay su modo de fabricar, según haya frío o calor, o sean de +una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su +manera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y +griegas, y góticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara el +tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se van +juntando. + + + + +Los dos príncipes. + +_Idea de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson_ + + +/P + + El palacio está de luto + Y en el trono llora el rey, + Y la reina está llorando + Donde no la pueden ver: + En pañuelos de holán fino + Lloran la reina y el rey: + Los señores del palacio + Están llorando también. + Los caballos llevan negro + El penacho y el arnés: + Los caballos no han comido, + Porque no quieren comer: + El laurel del patio grande + Quedó sin hoja esta vez: + Todo el mundo fue al entierro + Con coronas de laurel: + --¡El hijo del rey se ha muerto! + ¡Se le ha muerto el hijo al rey! + En los álamos del monte + Tiene su casa el pastor: + La pastora está diciendo + «¿Por qué tiene luz el sol?» + Las ovejas, cabizbajas, + Vienen todas al portón: + ¡Una caja larga y honda + Está forrando el pastor! + Entra y sale un perro triste: + Canta allá adentro una voz + «¡Pajarito, yo estoy loca, + Llévame donde él voló!»: + El pastor coge llorando + La pala y el azadón: + Abre en la tierra una fosa: + Echa en la fosa una flor: + --¡Se quedó el pastor sin hijo! + ¡Murió el hijo del pastor! +P/ + + + + +Nené traviesa. + + +¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe +mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugar +a «mamá», o «a tiendas», o «a hacer dulces» con sus muñecas, que dar la +lección de «treses y de cuatros» con la maestra que le viene a enseñar. +Porque Nené no tiene mamá: su mamá se ha muerto: y por eso tiene Nené +maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar: ¿y por +qué será?: ¡quién sabe! Será porque para jugar a hacer dulces le dan +azúcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la +primera vez: ¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedir +azúcar dos veces. Y se conoce que Nené no les quiere dar trabajo a sus +amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre +llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez +le sucedió a Nené una cosa muy rara: le pidió a su papá dos centavos +para comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó en el camino, se le olvidó +como si no hubiera pensado nunca en comprar el lápiz: lo que compró fue +un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces sus +amiguitas no le dicen Nené, sino «Merengue de Fresa». + +El padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no +había visto por la mañana a «la hijita». El no le decía «Nené», sino «la +hijita». Cuando su papá venía del trabajo, siempre salía ella a +recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alas +para volar; y su papá la alzaba del suelo, como quien coge de un rosal +una rosa. Ella lo miraba con mucho cariño, como si le preguntase cosas: +y él la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar. +Pero enseguida se ponía contento, se montaba a Nené en el hombro, y +entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre traía el +papá de Nené algún libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras; +y a ella le gustaban mucho unos libros que él traía, donde estaban +pintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y allí +decía el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de la +azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean por +el cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero no: lo mismo no: +porque las niñas andan en los jardines de aquí para allá, como una hoja +de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van +siempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: ¿quién +sabe?: puede ser que haya por allá arriba quien cuide a las estrellas, +como los papás cuidan acá en la tierra a las niñas. Sólo que las +estrellas no son niñas, por supuesto, ni flores de luz, como parece de +aquí abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas +hay árboles, y agua, y gente como acá: y su papá dice que en un libro +hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. «Y dime, +papá», le preguntó Nené: «¿por qué ponen las casas de los muertos tan +tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me +toquen la música, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul.» +«¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?» Y Nené le dijo a su +papá:--«¡Malo, que crees eso!» Esa noche no se quiso ir a dormir +temprano, sino que se durmió en los brazos de su papá. ¡Los papás se +quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! Las niñitas +deben querer mucho, mucho a los papás cuando se les muere la madre. + +Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro +muy grande: ¡oh, cómo pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayó +con el libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado, +y los zapaticos negros de otro. Su papá vino corriendo, y la sacó de +debajo del libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavía +y quería cargar un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y no +le habían salido barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, pero +el viejito tenía una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo +que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los +viejos: «Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo»: eso dice la +muestra de escribir. Nené se acostó muy callada, pensando en el libro. +¿Qué libro era aquél, que su papá no quiso que ella lo tocase? Cuando se +despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere saber qué libro es +aquél. Ella quiere saber cómo está hecho por dentro un libro de cien +años que no tiene barbas. + +Su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la +niña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a +la niña vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de +dinero, no vaya a ser que se muera el papá, y se quede sin nada en el +mundo «la hijita». Lejos de la casa está el pobre papá, trabajando para +«la hijita». La criada está allá adentro, preparando el baño. Nadie oye +a Nené: no la está viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuarto +de los libros. Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche en +la mesa de escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis, +siete... ya está Nené en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosas +que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su silla +el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acercó +Nené, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con las +manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nené el libro: +verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo tocase. + +El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las +hojas, pero ésas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el gigante que +está pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de +esmalte que lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora no +pintan los libros así! El gigante está sentado en el pico de un monte, +con una cosa revuelta, como las nubes, del cielo, encima de la cabeza: +no tiene más que un ojo, encima de la nariz: está vestido con un blusón, +como los pastores, un blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellas +pintadas, de plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, que +llega al pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo un +hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo. +¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de la +silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede ver bien +todo. Ya está el libro en el suelo. + +Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con +botas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las barbas!: +otro es como indio, sí, como indio, con una corona de plumas, y la +flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va +con un traje como de señora, todo lleno de flores: el otro se parece al +chino, y lleva un sombrero de pico, así como una pera: el otro es negro, +un negro muy bonito, pero está sin vestir: ¡eso no está bien, sin +vestir! ¡por eso no quería su papá que ella tocase el libro! No: esa +hoja no se ve más, para que no se enoje su papá. ¡Muy bonito que es este +libro viejo! Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y como si +quisiera hablarle con los ojos. + +¡Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no más +se rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. ¡Ahora +sí que está bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de +Noé. Aquí están pintados todos los animales del mundo. ¡Y con colores, +como el gigante! Sí, ésta es, ésta es la jirafa, comiéndose la luna: +éste es el elefante, el elefante, con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh, +los perros, cómo corre, cómo corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voy +a pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nené, por supuesto, arranca +la hoja. ¿Y qué ve mi señora Nené? Un mundo de monos es la otra pintura. +Las dos hojas del libro están llenas de monos: un mono colorado juega +con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un mono +tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negro +está jugando en la yerba con otro amarillo: ¡aquéllos, aquellos de los +árboles son los monos niños! ¡qué graciosos! ¡cómo juegan! ¡se mecen por +la cola, como el columpio! ¡qué bien, qué bien saltan! ¡uno, dos, tres, +cinco, ocho, dieciséis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola! +¡se van a tirar al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos! +Y Nené, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas. ¿Quién llama a +Nené, quién la llama? Su papá, su papá, que está mirándola desde la +puerta. + +Nené no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho, +que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del monte, +que su papá es un monte que se le viene encima. Está callada, callada, +con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las +manos caídas. Y su papá le está hablando:--«¿Nené, no te dije que no +tocaras ese libro? ¿Nené, tú no sabes que ese libro no es mío, y que +vale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no sabes que para pagar ese libro +voy a tener que trabajar un año?»--Nené, blanca como el papel, se alzó +del suelo, con la cabecita caída, y se abrazó a las rodillas de su +papá:--«Mi papá», dijo Nené «¡mi papá de mi corazón! ¡Enojé a mi papá +bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a la +estrella azul!» + + + + +La perla de la mora + + +/P + + Una mora de Trípoli tenía + Una perla rosada, una gran perla: + Y la echó con desdén al mar un día: + --«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!» + Pocos años después, junto a la roca + De Trípoli... ¡la gente llora al verla! + Así le dice al mar la mora loca: + --«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!» +P/ + + + + +Las ruinas indias. + + +No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la +historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores +y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de +pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de +sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres. +Unos vivían aislados y sencillos, sin vestidos y sin necesidades, como +pueblos acabados de nacer; y empezaban a pintar sus figuras extrañas en +las rocas de la orilla de los ríos, donde es más solo el bosque, y el +hombre piensa más en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de más +edad, y vivían en tribus, en aldeas de cañas o de adobes, comiendo lo +que cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran ya +pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas, y palacios +adornados de pinturas de oro. Y gran comercio en las calles y en las +plazas, y templos de mármol con estatuas gigantescas de sus dioses. Sus +obras no se parecen a las de los demás pueblos, sino como se parece un +hombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles. Ellos +imaginaron su gobierno, su religión, su arte, su guerra, su +arquitectura, su industria, su poesía. Todo lo suyo es interesante, +atrevido, nuevo. Fue una raza artística, inteligente y limpia. Se leen +como una novela las historias de los nahuatles y mayas de México, de los +chibchas de Colombia, de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuas +del Perú, de los aimaraes de Bolivia, de los charrúas del Uruguay, de +los araucanos de Chile. + +El quetzal es el pájaro hermoso de Guatemala, el pájaro de verde +brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo, +o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es un pájaro que +brilla a la luz, como las cabezas de los colibríes, que parecen piedras +preciosas, o joyas de tornasol, que de un lado fueran topacio, y de otro +ópalo, y de otro amatista. Y cuando se lee en los viajes de Le Plongeon +los cuentos de los amores de la princesa maya Ara, que no quiso querer +al príncipe Aak porque por el amor de Ara mató a su hermano Chaak; +cuando en la historia del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes y +ricas, a las ciudades reales de México, a Tenochtitlán y a Texcoco; +cuando en la «Recordación Florida» del capitán Fuentes, o en las +Crónicas de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal Díaz del +Castillo, o en los Viajes del inglés Tomás Gage, andan como si los +tuviésemos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos de la mano, +recitando versos y levantando edificios, aquellos gentíos de las +ciudades de entonces, aquellos sabios de Chichén, aquellos potentados de +Uxmal, aquellos comerciantes de Tulán, aquellos artífices de +Tenochtitlán, aquellos sacerdotes de Cholula, aquellos maestros amorosos +y niños mansos de Utatlán, aquella raza fina que vivía al sol y no +cerraba sus casas de piedra, no parece que se lee un libro de hojas +amarillas, donde las eses son como efes y se usan con mucha ceremonia +las palabras, sino que se ve morir a un quetzal, que lanza el último +grito al ver su cola rota. Con la imaginación se ven cosas que no se +pueden ver con los ojos. + +Se hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. Allí hay héroes, y +santos, y enamorados, y poetas, y apóstoles. Allí se describen pirámides +mas grandes que las de Egipto; y hazañas de aquellos gigantes que +vencieron a las fieras; y batallas de gigantes y hombres; y dioses que +pasan por el viento echando semillas de pueblos sobre el mundo; y robos +de princesas que pusieron a los pueblos a pelear hasta morir; y peleas +de pecho a pecho, con bravura que no parece de hombres; y la defensa de +las ciudades viciosas contra los hombres fuertes que venían de las +tierras del Norte; y la vida variada, simpática y trabajadora de sus +circos y templos, de sus canales y talleres, de sus tribunales y +mercados. Hay reyes como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sus +hijos porque faltaron a la ley, lo mismo que dejó matar al suyo el +romano Bruto; hay oradores que se levantan llorando, como el tlascalteca +Xicotencatl, a rogar a su pueblo que no dejen entrar al español, como se +levantó Demóstenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo; +hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de los +chichimecas, que sabe, como el hebreo Salomón, levantar templos +magníficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justicia +entre los hombres. Hay sacrificios de jóvenes hermosas a los diéses +invisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran tantos +a veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar para la nueva +ceremonia, porque el montón de cenizas de la última quema era tan alto +que podían tender allí a las víctimas los sacrificadores; hubo +sacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que ató sobre los +leños a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos, porque creyó +oír voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo al hijo, cosa de +tener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo sacrificios en masa, +como los había en la Plaza Mayor, delante de los obispos y del rey, +cuando la Inquisición de España quemaba a los hombres vivos, con mucho +lujo de leña y de procesión, y veían la quema las señoras madrileñas +desde los balcones. La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los +hombres en todos los pueblos. Y de los indios han dicho más de lo justo +en estas cosas los españoles vencedores, que exageraban o inventaban los +defectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataron +pareciese justa y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo que +dice de los sacrificios de los indios el soldado español Bernal Díaz, y +lo que dice el sacerdote Bartolomé de las Casas. Ese es un nombre que se +ha de llevar en el corazón, como el de un hermano. Bartolomé de las +Casas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado, y de mucha +nariz; pero se le veía en el fuego limpio de los ojos el alma sublime. + +De México trataremos hoy, porque las láminas son de México. A México lo +poblaron primero los toltecas bravos, que seguían, con los escudos de +cañas en alto, al capitán que llevaba el escudo con rondelas de oro. +Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron del Norte con fuerza +terrible, vestidos de pieles, los chichimecas bárbaros, que se quedaron +en el país, y tuvieron reyes de gran sabiduría. Los pueblos libres de +los alrededores se juntaron después, con los aztecas astutos a la +cabeza, y les ganaron el gobierno a los chichimecas, que vivían ya +descuidados y viciosos. Los aztecas gobernaron como comerciantes, +juntando riquezas y oprimiendo al país; y cuando llegó Cortés con sus +españoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros +indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos +oprimidos. + +Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los españoles no +amedrentaron a los héroes indios; pero ya no quería obedecer a sus +héroes el pueblo fanático, que creyó que aquéllos eran los soldados del +dios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería del +cielo a libertarlos de la tiranía. Cortés conoció las rivalidades de los +indios, puso en mal a los que se tenían celos, fue separando de sus +pueblos acobardados a los jefes, se ganó con regalos o aterró con +amenazas a los débiles, encarceló o asesinó a los juiciosos y a los +bravos; y los sacerdotes que vinieron de España después de los soldados +echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo de +su dios. + +Y ¡qué hermosa era Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas, +cuando llegó a México Cortés! Era como una mañana todo el día, y la +ciudad parecía siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, y de +tierra otras; y las plazas espaciosas y muchas; y los alrededores +sembrados de una gran arboleda. Por los canales andaban las canoas, tan +veloces y diestras como si tuviesen entendimiento; y había tantas a +veces que se podía andar sobre ellas como sobre la tierra firme. En +unas venían frutas, y en otras flores, y en otras jarros y tazas, y +demás cosas de la alfarería. En los mercados hervía la gente, +saludándose con amor, yendo de puesto en puesto, celebrando al rey o +diciendo mal de él, curioseando y vendiendo. Las casas eran de adobe, +que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto, si el dueño era rico. Y en +su pirámide de cinco terrazas se levantaba por sobre toda la ciudad, con +sus cuarenta templos menores a los pies, el templo magno de +Huitzilopochtli, de ébano y jaspes, con mármol como nubes y con cedros +de olor, sin apagar jamás, allá en el tope, las llamas sagradas de sus +seiscientos braseros. En las calles, abajo, la gente iba y venía, en sus +túnicas cortas y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas, +y unos zapatos flojos, que eran como sandalias de botín. Por una esquina +salía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de fruta, o +tocando a compás en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde +aprendían oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y +flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo: porque todo hombre ha +de aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propias +manos, y a defenderse. Pasaba un señorón con un manto largo adornado de +plumas, y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado +de pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para que +al cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces. Detrás +del señorón venían tres guerreros con cascos de madera, uno con forma de +cabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de tigre, y por afuera la +piel, pero con el casco de modo que se les viese encima de la oreja las +tres rayas que eran entonces la señal del valor. Un criado llevaba en un +jaulón de carrizos un pájaro de amarillo de oro, para la pajarera del +rey, que tenía muchas aves, y muchos peces de plata y carmín en peceras +de mármol, escondidos en los laberintos de sus jardines. Otro venía +calle arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores que +salían con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de punta a la +tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios. En el quicio de su +casa cantaba un carpintero, remendando con mucha habilidad una silla en +figura de águila, que tenía caída la guarnición de oro y seda de la piel +de venado del asiento. Iban otros cargados de pieles pintadas, parándose +a cada puerta, por si les querían comprar la colorada o la azul, que +ponían entonces como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Venía +la viuda de vuelta del mercado con el sirviente detrás, sin manos para +sujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de un +cuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de un espejo +de piedra bruñida, donde se veía la cara con más suavidad que en el +cristal; de una tela de grano muy junto, que no perdía nunca el color; +de un pez de escamas de plata y de oro que estaban como sueltas; de una +cotorra de cobre esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y las +alas. O se paraban en la calle las gentes, a ver pasar a los dos recién +casados, con la túnica del novio cosida a la de la novia, como para +pregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte; y detrás les +corría un chiquitín, arrastrando su carro de juguete. Otros hacían +grupos para oír al viajero que contaba lo que venía de ver en la tierra +brava de los zapotecas, donde había otro rey que mandaba en los templos +y en el mismo palacio real, y no salía nunca a pie, sino en hombros de +los sacerdotes, oyendo las súplicas del pueblo, que pedía por su medio +los favores al que manda al mundo desde el cielo, y a los reyes en el +palacio, y a los otros reyes que andan en hombros de los sacerdotes. +Otros, en el grupo de al lado, decían que era bueno el discurso en que +contó el sacerdote la historia del guerrero que se enterró ayer, y que +fue rico el funeral, con la bandera que decía las batallas que ganó, y +los criados que llevaban en bandejas de ocho metales diferentes las +cosas de comer que eran del gusto del guerrero muerto. Se oía entre las +conversaciones de la calle el rumor de los árboles de los patios y el +ruido de las limas y el martillo. ¡De toda aquella grandeza apenas +quedan en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo, de +obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitlán no existe. +No existe Tulán, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, el +pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de las +ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, y +mientras las ruinas no les quedan atrás, no se ponen el sombrero. De ese +lado de México, donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua y +familia que se fueron ganando el poder por todo el centro de la costa +del Pacífico en que estaban los nahuatles, no quedó después de la +conquista una ciudad entera, ni un templo entero. + +De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dejó asombrado a +Cortés, no quedan más que los restos de la pirámide de cuatro terrazas +dos veces más grande que la famosa pirámide de Cheope. En Xochicaleo +sólo está en pie, en la cumbre de su eminencia llena de túneles y arcos, +el templo de granito cincelado, con las piezas enormes tan juntas que no +se ve la unión, y la piedra tan dura que no se sabe ni con qué +instrumento la pudieron cortar, ni con qué máquina la subieron tan +arriba. En Centla, revueltas por la tierra, se ven las antiguas +fortificaciones. El francés Charnay acaba de desenterrar en Tula una +casa de veinticuatro cuartos, con quince escaleras tan bellas y +caprichosas, que dice que son «obra de arrebatador interés». En la +Quemada cubren el Cerro de los Edificios las ruinas de los bastimentos y +cortinas de la fortaleza, los pedazos de las colosales columnas de +pórfido. Mitla era la ciudad de los zapotecas: en Mitla están aún en +toda su beldad les paredes del palacio donde el príncipe que iba siempre +en hombros venía a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo el +dios que se creó a sí mismo, el Pitao-Cozaana. Sostenían el techo las +columnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han caído +todavía, y que parecen en aquella soledad más imponentes que las +montañas que rodean el valle frondoso en que se levanta Mitla. De entre +la maleza alta como los árboles, salen aquellas paredes tan hermosas, +todas cubiertas de las más finas grecas y dibujos, sin curva ninguna, +sino con rectas y ángulos compuestos con mucha gracia y majestad. + +Pero las ruinas más bellas de México no están por allí, sino por donde +vivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder, y recibían +de los pueblos del mar visitas y embajadores. De los mayas de Oaxaca es +la ciudad célebre de Palenque, con su palacio de muros fuertes cubiertos +de piedras talladas, que figuran hombres de cabeza de pico con la boca +muy hacia afuera, vestidos de trajes de gran ornamento, y la cabeza con +penachos de plumas. Es grandiosa la entrada del palacio, con las catorce +puertas, y aquellos gigantes de piedra que hay entre una puerta y otra. +Por dentro y fuera está el estuco que cubre la pared lleno de pinturas +rojas, azules, negras y blancas. En el interior está el patio, rodeado +de columnas. Y hay un templo de la Cruz, que se llama así, porque en una +de las piedras están dos que parecen sacerdotes a los lados de una como +cruz, tan alta como ellos; sólo que no es cruz cristiana, sino como la +de los que creen en la religión de Buda, que también tiene su cruz. Pero +ni el Palenque se puede comparar a las ruinas de los mayas yucatecos, +que son mas extrañas y hermosas. + +Por Yucatán estuvo el imperio de aquellos príncipes mayas, que eran de +pómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora. En Yucatán +están las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres pisos, y con su +escalera de diez varas de ancho. Está Labná, con aquel edificio curioso +que tiene por cerca del techo una hilera de cráneos de piedra, y aquella +otra ruina donde cargan dos hombres una gran esfera, de pie uno, y el +otro arrodillado. En Yucatán está Izamal, donde se encontró aquella Cara +Gigantesca, una cara de piedra de dos varas y más. Y Kabah está allí +también, la Kabah que conserva un arco, roto por arriba, que no se puede +ver sin sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades que +celebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg y +de Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del francés Nadaillac, +son Uxmal y Chichén-Itzá, las ciudades de los palacios pintados, de las +casas trabajadas lo mismo que el encaje, de los pozos profundos y los +magníficos conventos. Uxmal está como a dos leguas de Mérida, que es la +ciudad de ahora, celebrada por su lindo campo de henequén, y porque su +gente es tan buena que recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmal +son muchas las ruinas notables, y todas, como por todo México, están en +las cumbre de las pirámides, como si fueran los edificios de más valor, +que quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones de +fábrica más ligera. La casa más notable es la que llaman en los libros +«del Gobernador» que es toda de piedra ruda, con más de cien varas de +frente y trece de ancho, y con las puertas ceñidas de un marco de madera +trabajada con muy rica labor. A otra casa le dicen de las Tortugas, y es +muy curiosa por cierto, porque la piedra imita una como empalizada, con +una tortuga en relieve de trecho en trecho. La Casa de las Monjas sí es +bella de veras: no es una casa sola, sino cuatro, que están en lo alto +de la pirámide. A una de las casas le dicen de la Culebra, porque por +fuera tiene cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le da +vuelta sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de la +pared una corona hecha de cabezas de ídolos, pero todas diferentes y de +mucha expresión, y arregladas en grupos que son de arte verdadero, por +lo mismo que parecen como puestas allí por la casualidad; y otro de los +edificios tiene todavía cuatro de las diecisiete torres que en otro +tiempo tuvo, y de las que se ven los arranques junto al techo, como la +cáscara de una muela cariada. Y todavía tiene Uxmal la Casa del Adivino, +pintada de colores diferentes, y la Casa del Enano, tan pequeña y bien +tallada que es como una caja de China, de esas que tienen labradas en la +madera centenares de figuras y tan graciosa que un viajero la llama +«obra maestra de arte y elegancia», y otro dice que «la Casa del Enano +es bonita como una joya». + +La ciudad de Chichén-Itzá es toda como la Casa del Enano. Es como un +libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas en +la maraña del monte, manchadas de fango, despedazadas. Están por tierra +las quinientas columnas; las estatuas sin cabeza, al pie de las paredes +a medio caer; las calles de la yerba que ha ido creciendo en tantos +siglos, están tapiadas. Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve o +se toca, nada hay que no tenga una pintura finísima de curvas bellas, o +una escultura noble, de nariz recta y barba larga. En las pinturas de +los muros está el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos, +que se pelearon por ver quién se quedaba, con la princesa Ara: hay +procesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece que +miran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, de +negros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color tan fresco +y brillante como si aún corriera sangre por las venas de los artistas +que dejaron escritas en jeroglíficos y en pinturas la historia del +pueblo que echó sus barcos por las costas y ríos de todo Centroamérica, +y supo de Asia por el Pacífico y de África por el Atlántico. Hay piedra +en que un hombre en pie envía un rayo desde sus labios entreabiertos a +otro hombre sentado. Hay grupos y símbolos que parecen contar, en una +lengua que no se puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispo +Landa, los secretos del pueblo que construyó el Circo, el Castillo, el +Palacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios, lleno en +lo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza endurecida de +los cuerpos de las vírgenes hermosas, que morían en ofrenda a su dios, +sonriendo y cantando, como morían por el dios hebreo en el circo de Roma +las vírgenes cristianas, como moría por el dios egipcio, coronada de +flores y seguida del pueblo, la virgen más bella, sacrificada al agua +del río Nilo. ¿Quién trabajó como el encaje las estatuas de +Chichén-Itzá? ¿Adónde ha ido, adónde, el pueblo fuerte y gracioso que +ideó la casa redonda del Caracol; la casita tallada del Enano, la +culebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? ¡Qué novela tan +linda la historia de América! + + + + +Músicos, poetas y pintores. + + +El mundo tiene más jóvenes que viejos. La mayoría de la humanidad es de +jóvenes y niños. La juventud es la edad del crecimiento y del +desarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginación y el ímpetu. +Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien +se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste. Bien dijo el +poeta Southey, que los primeros veinte años de la vida son los que +tienen más poder en el carácter del hombre. Cada ser humano lleva en sí +un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una +estatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo. +La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. El +cuerpo es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sin +cesar, y se enriquece y perfecciona con los años. Pero las cualidades +esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se deja +ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada. + +En el mismo hombre suelen ir unidos un corazón pequeño y un talento +grande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por +respeto a sí propio y al mundo. Lo general es que el hombre no logre en +la vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperar +con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca. El ser bueno da gusto, +y lo hace a uno fuerte y feliz. «La verdad es--dice el norteamericano +Emerson--que la verdadera novela del mundo está en la vida del hombre, y +no hay fábula ni romance que recree más la imaginación que la historia +de un hombre bravo que ha cumplido con su deber.» + +Es notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la fuerza +del talento. «Hay algunos--dice el inglés Bacon--que maduran mucho antes +de la edad y se van como vienen», que es lo mismo que dice en su latín +elegante el retórico Quintiliano. Eso se ve en muchos niños precoces, +que parecen prodigios de sabiduría en sus primeros años, y quedan +oscurecidos en cuanto entran en los años mayores. + +Heinecken, el niño de la antigua ciudad de Lubeck, aprendió de memoria +casi toda la Biblia cuando tenía dos años; a los tres años, hablaba +latín y francés; a los cuatro ya lo tenían estudiando la historia de la +iglesia cristiana, y murió a los cinco. De esa pobre criatura puede +decirse lo de Bacon: «El carro de Faetón no anduvo másque un día.» + +Hay niños que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones de la +precocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su infancia. En +los músicos se ve esto con frecuencia, porque la agitación del arte es +natural y sana, y el alma que la siente padece más de contenerla que de +darle salida. Haendel a los diez años había compuesto un libro de +sonatas. Su padre lo quería hacer abogado, y le prohibió tocar un +instrumento; pero el niño se procuró a escondidas un clavicordio mudo, y +pasaba las noches tocando a oscuras en las teclas sin sonido. El duque +de Sajonia Weissenfels logró, a fuerza de ruegos, que el padre +permitiera aprender la música a aquel genio perseverante, y a los +dieciséis Haendel había puesto en música el _Almira_. En veintitrés días +compuso su gran obra _El Mesías_, a los cincuenta y siete años, y cuando +murió, a los sesenta y siete, todavía estaba escribiendo óperas y +oratorios. + +Haydn fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece años ya había +compuesto una misa; pero lo mejor de él, que es la _Creación_, lo +escribió cuando tenía sesenta y cinco. A Sebastián Bach le fue casi tan +difícil como a Haendel aprender la primera música, porque su hermano +mayor, el organista Cristóbal, tenía celos de él, y le escondió el libro +donde estaban las mejores piezas de los maestros del clavicordio. Pero +Sebastián encontró el libro en una alacena, se lo llevó a su cuarto, y +empezó a copiarlo a deshoras de la noche, a la luz del cielo, que en +verano es muy claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubrió, y +tuvo la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada le +valió, porque a los dieciocho años ya estaba Sebastián de músico en la +corte famosa de Weimar, y no tenía como organista más rival que Haendel. + +Pero de todos los niños prodigiosos en el arte de la música, el más +célebre es Mozart. No parecía que necesitaba de maestros para aprender. +A los cuatro años cuando aún no sabía escribir, ya componía tonadas; a +los seis arregló un concierto para piano, y a los doce ya no tenía igual +como pianista, y compuso la _Finta Semplice_, que fue su primera ópera. +Aquellos maestros serios no sabían cómo entender a un niño que +improvisaba fugas dificilísimas sobre un tema desconocido, y se ponía +enseguida a jugar a caballito con el bastón de su padre. El padre anduvo +enseñándolo por las principales ciudades de Europa, vestido como un +príncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo, +sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detrás como +las pelucas. El padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, que +no era buena, sino de sacar de él cuanto dinero podía. Pero a Mozart lo +salvaba su carácter alegre; porque era un maestro en música, pero un +niño en todo lo demás. A los catorce años compuso su ópera de +_Mitrídates_, que se representó veinte noches seguidas; a los treinta y +seis, en su cama de moribundo, consumido por la agitación de su vida y +el trabajo desordenado, compuso el _Requiem_, que es una de sus obras +más perfectas. + +El padre de Beethoven quería hacer de él una maravilla, y le enseñó a +fuerza de porrazos y penitencias tanta música, que a los trece años el +niño tocaba en público y había compuesto tres sonatas. Pero hasta los +veintiuno no empezó a producir sus obras sublimes. Weber, que era un +muchacho muy travieso, publicó a los doce sus seis primeras fugas, y a +los catorce compuso su ópera _Las Ninfas del Bosque_: la famosísima del +_Cazador_ la compuso a los treinta y seis. Mendelessohn aprendió a tocar +antes que a hablar, y a los doce años ya había escrito tres cuartetos +para piano, violines y contrabajo: dieciséis años cumplía cuando acabó +su primera ópera _Las Bodas de Camacho_; a los dieciocho escribió su +sonata en si bemol; antes de los veinte compuso su _Sueño de una Noche +de Verano_; a los veintidós su _Sinfonía de Reforma_, y no cesó de +escribir obras profundas y dificilísimas hasta los treinta y ocho, que +murió. Meyerbeer era a los nueve pianista excelente, y a los dieciocho +puso en el teatro de Munich su primera pieza _La Hija de Jephté_; pero +hasta los treinta y siete no ganó fama con su _Roberto el Diablo_. + +El inglés Carlyle habla en su _Vida del Poeta Schiller_ de un Daniel +Schubart, que era poeta, músico y predicador, y a derechas no era nada. +Todo lo hacía por espasmos y se cansaba de todo, de sus estudios, de su +pereza y de sus desórdenes. Era hombre de mucha capacidad, notable como +músico; como predicador, muy elocuente; y hábil periodista. A los +cincuenta y dos años murió, y su mujer e hijo quedaron en la miseria. + +Pero Franz Schubert, el niño maravilloso de Viena, vivió de otro modo, +aunque no fue mucho más feliz. Tocaba el violín cuando no era más alto +que él, lo mismo que el piano y el órgano. Con leer una vez una canción, +tenía bastante para ponerla en música exquisita, que parece de sueño y +de capricho, y como si fuera un aire de colores. Escribió más de +quinientas melodías, a más de óperas, misas, sonatas, sinfonías y +cuartetos. Murió pobre a los treinta y un años. + +Entre los músicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa, +hijo de un zapatero remendón, era autor a los diecinueve de _La Baronesa +de Stramba_. A los ocho tocaba Paganini en el violín una sonata suya. El +padre de Rossini tocaba el trombón en una compañía de cómicos +ambulantes, en que la madre iba de cantatriz. A los diez años Rossini +iba con su padre de segundo; luego cantó en los coros hasta que se quedó +sin voz; y a los veintiún años era el autor famoso de la ópera +_Tancredo_. + +Entre los pintores y escultores han sido muchos los que se han revelado +en la niñez. El más glorioso de todos es Miguel Ángel. Cuando nació lo +mandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero, por lo que +decía él después que había bebido el amor de la escultura con la leche +de la madre. En cuanto pudo manejar un lápiz le llenó las paredes al +picapedrero de dibujos, y cuando volvió a Florencia, cubría de gigantes +y leones el suelo de la casa de su padre. En la escuela no adelantaba +mucho con los libros, ni dejaba el lápiz de la mano; y había que ir a +sacarlo por fuerza de casa de los pintores. La pintura y la escultura +eran entonces, oficios bajos, y el padre, que venía de familia noble, +gastó en vano razones y golpes para convencer a su hijo de que no debía +ser un miserable cortapiedras. Pero cortapiedras quería ser el hijo, y +nada más. Cedió el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller del +pintor Ghirlandaio, quien halló tan adelantado al aprendiz que convino +en pagarle un tanto por mes. Al poco tiempo el aprendiz pintaba mejor +que el maestro; pero vio las estatuas de los jardines célebres de +Lorenzo de Médicis, y cambió entusiasmado los colores por el cincel. +Adelantó con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho años +admiraba Florencia su bajorrelieve de la _Batalla de los Centauros_; a +los veinte hizo el _Amor Dormido_, y poco después su colosal estatua de +_David_. Pintó luego, uno tras otro, sus cuadros terribles y magníficos. +Benvenuto Cellini, aquel genio creador en el arte de ornamentar, dice +que ningún cuadro de Miguel Ángel vale tanto como el que pintó a los +veintinueve años, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el baño +por sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos. + +La precocidad de Rafael fue también asombrosa, aunque su padre no se le +oponía, sino le celebraba su pasión por el arte. A los diecisiete años +ya era pintor eminente. Cuentan que se llenó de admiración al ver las +obras grandiosas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y que dio en voz +alta gracias a Dios por haber nacido en el mismo siglo de aquel genio +extraordinario. Rafael pintó su _Escuela de Atenas_ a los veinticinco +años y su _Transfiguración_ a los treinta y siete. Estaba acabándola +cuando murió, y el pueblo romano llevó la pintura al Panteón, el día de +los funerales. Hay quien piensa que _La_ _Transfiguración_ de Rafael, +incompleta como está, es el cuadro más bello del mundo. + +Leonardo de Vinci sobresalió desde la niñez en las matemáticas, la +música y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pintó un ángel +de tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior al +discípulo, dejó para siempre su arte. Cuando Leonardo llegó a los años +mayores era la admiración del mundo, por su poder como arquitecto e +ingeniero, y como músico y pintor. Guercino a los diez años adornó con +una virgen de fino dibujo la fachada de su casa. Tintoretto era un +discípulo tan aventajado que su maestro Tiziano se enceló de él y lo +despidió de su servicio. El desaire le dio ánimo en vez de acobardarlo, +y siguió pintando tan de prisa que le decían «el furioso». Canova, el +escultor, hizo a los cuatro años un león de un pan de mantequilla. El +dinamarqués Thorwaldsen tallaba, a los trece, mascarones para los barcos +en el taller de su padre, que era escultor en madera; y a los quince +ganó la medalla en Copenhague por su bajorrelieve del _Amor_ en +_Reposo_. + +Los poetas también suelen dar pronto muestras de su vocación, sobre todo +los de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los nueve años +escribía versos a la niña de ocho años de que habla en su _Vida Nueva_. A +los diez años lamentó Tasso en verso su separación de su madre y +hermana, y se comparó al triste Ascanio cuando huía de Troya con su +padre Eneas a cuestas; a los treinta y un años puso las últimas octavas +a su poema de la _Jerusalén_, que empezó a los veinticinco. + +De diez años andaba Metastasio improvisando por las calles de Roma; y +Goldoni, que era muy revoltoso, compuso a los ocho su primera comedia. +Muchas veces se escapó Goldoni de la escuela para irse detrás de los +cómicos ambulantes. Su familia logró que estudiase leyes, y en pocos +años ganó fama de excelente abogado, pero la vocación natural pudo más +en él, y dejó la curia para hacerse el poeta famoso de los comediantes. + +Alfieri demostró cualidades extraordinarias desde la juventud. De niño +era muy endeble, como muchos poetas precoces, y en extremo meditabundo y +sensible. A los ocho años se quiso envenenar, en un arrebato de +tristeza, con unas yerbas que le parecían de cicuta; pero las yerbas +sólo le sirvieron de purgante. Lo encerraron en su cuarto y lo hicieron +ir a la iglesia en penitencia, con su gorro de dormir. Cuando vio el mar +por primera vez, tuvo deseos misteriosos, y conoció que era poeta. Sus +padres ricos no se habían cuidado de educarlo bien, y no pudo poner en +palabras las ideas que le hervían en la mente. Estudió, viajó, vivió sin +orden, se enamoró con frenesí. Su amada no lo quiso y él resolvió morir, +pero un criado le salvó la vida. Se curó, se volvió a enamorar, volvió +la novia a desdeñarlo, se encerró en su cuarto, se cortó el pelo de raíz +y en su soledad forzosa empezó a escribir versos. Tenía veintiséis años +cuando se representó su tragedia _Cleopatra_: en siete años compuso +catorce tragedias. + +Cervantes empezó a escribir en verso, y no tenía todo el bigote cuando +ya había escrito sus pastorales y canciones a la moda italiana. Wieland, +el poeta alemán, leía de corrido a los tres años, a los siete traducía +del latín a Cornelio Nepote, y a los dieciséis escribió su primer poema +didáctico de _El Mundo Perfecto_. Klopstock, que desde niño fue +impetuoso y apasionado, comenzó a escribir su poema de la _Mesíada_ a +los veinte años. + +Schiller nació con la pasión por la poesía. Cuentan que un día de +tempestad lo encontraron encaramado en un árbol adonde se había subido +«para ver de dónde venia el rayo, ¡porque era tan hermoso!» Schiller +leyó la _Mesíada a_ los catorce años, y se puso a componer un poema +sacro sobre Moisés. De Goethe se dice que antes de cumplir los ocho años +escribía en alemán, en francés, en italiano, en latín y en griego, y +pensaba tanto en las cosas de la religión que imaginó un gran «Dios de +la naturaleza», y le encendía hogares en señal de adoración. Con el +mismo afán estudiaba la música y el dibujo, y toda especie de ciencias. +El bravo poeta Koerner murió a los veinte años como quería él morir, +defendiendo a su patria. Era enfermizo de niño, pero nada contuvo su +amor por las ideas nobles que se celebran en los versos. Dos horas antes +de morir escribió El _Canto_ de _la Espada_. + +Tomás Moore, el poeta de las _Melodías Irlandesas_, dice que casi todas +las comedias buenas y muchas de las tragedias famosas han sido obras de +la juventud. Lope de Vega y Calderón, que son los que más han escrito +para el teatro, empezaron muy temprano, uno a los doce años y otro a los +trece. Lope cambiaba sus versos con sus condiscípulos por juguetes y +láminas, y a los doce años ya había compuesto dramas y comedias. A los +dieciocho publicó su poema de la _Arcadia_, con pastores por héroes. A +los veintiséis iba en un barco de la armada española, cuando el asalto a +Inglaterra, y en el viaje escribió varios poemas. Pero los centenares de +comedias que lo han hecho célebre los escribió después de su vuelta a +España, siendo ya sacerdote. Calderón no escribió menos de cuatrocientos +dramas. A los trece años compuso su primera obra _El Carro del Cielo_. A +los cincuenta se hizo sacerdote, como Lope, y ya no escribió más que +piezas sagradas. + +Estos poetas españoles escribieron sus obras principales antes de llegar +a los años de la madurez. Entre los poetas de las tierras del Norte la +inteligencia anda mucho más despacio. Molière tuvo que educarse por sí +mismo; pero a los treinta y un años ya había escrito El _Atolondrado_. +Voltaire a los doce escribía sátiras contra los padres jesuitas del +colegio en que se estaba educando: su padre quería que estudiase leyes, +y se desesperó cuando supo que el hijo andaba recitando versos entre la +gente alegre de París: a los veinte años estaba Voltaire preso en la +Bastilla por sus versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en +Francia: en la prisión corrigió su tragedia de _Edipo_, y comenzó su +poema la _Henriada_. + +El alemán Kotzebue fue otro genio dramático precoz. A los siete años +escribió una comedia en verso, de una página. Entraba como podía en el +teatro de Weimar, y cuando no tenía con qué pagar se escondía detrás del +bombo hasta que empezaba la representación. Su mayor gusto era andar con +teatros de juguete y mover a los muñecos en la escena. A los dieciocho +años se representó su primera tragedia en un teatro de amigos. + +Víctor Hugo no tenía más que quince años cuando escribió su tragedia +_Irtamene_. Ganó tres premios seguidos en los juegos florales; a los +veinte escribió _Bug Jargal_, y un año después su novela _Han de +Islandia_, y sus primeras _Odas y Baladas_. Casi todos los poetas +franceses de su tiempo eran muy jóvenes. «En Francia», decía en burla el +crítico Moreau, «ya no hay quien respete a un escritor si tiene más de +dieciocho años.» + +El inglés Congreve escribió a los diecinueve su novela _Incógnita_, y +todas sus comedias antes de los veinticinco. A Sheridan lo llamaba su +maestro «burro incorregible»; pero a los veintiséis años había escrito +su _Escuela del Escándalo_. Entre los poetas ingleses de la antigüedad +hubo muy pocos precoces. Se sabe poco de Chaucer, Shakespeare y Spencer. +El mismo Shakespeare llama «primogénito de su invención»al poema _Venus +y Adonis_, que compuso a los veintiocho años. Milton tendría veintiséis +años cuando escribió su _Comus_. Pero Cowley escribía versos mitológicos +a los doce años. Pope «empezó a hablar en versos»: su salud era mísera y +su cuerpo deforme, pero por más que le doliera la cabeza, los versos le +salían muchos y buenos. El que había de idear _La Borricada_ volvió un +día a su casa echado de la escuela por una sátira que escribió contra el +maestro. Samuel Johnson dice que Pope escribió su oda a _La Soledad_ a +los doce años, y sus _Pastorales_ a los dieciséis: de los veinticinco a +los treinta, tradujo la _Ilíada_. El infeliz Chatterton logró engañar +con una maravillosa falsificación literaria a los eruditos más famosos +de su tiempo: rebosan genio la oda de Chatterton a la _Libertad_ y su +_Canto del Bardo_. Pero era fiero y arrogante, de carácter descompuesto y +defectuoso, y rebelde contra las leyes de la vida. Murió antes de haber +comenzado a vivir. + +Robert Burns, el poeta escocés, escribía ya a los dieciséis años sus +encantadoras canciones montañesas. El irlandés Moore componía a los +trece, versos buenos a su Celia famosa. Y a los catorce había empezado a +traducir del griego a Anacreonte. En su casa no sabían qué significaban +aquellas ninfas, aquellos placeres alados, y aquellas canciones al vino. +Moore se libró pronto de estos modelos peligrosos, y alcanzó fama mejor +con los versos ricos de su _Lalla Rookh_ y la prosa ejemplar de su _Vida +de Byron_. + +Keats, el más grande de los poetas jóvenes de Inglaterra, murió a los +veinticuatro años, ya célebre. Pero nadie hubiera podido decir en su +niñez que había de ser ilustre por su genio poético aquel estudiantuelo +feroz que andaba siempre de peleas y puñetazos. Es verdad que leía sin +cesar; aunque no pareció revelársele la vocación hasta que leyó a los +dieciséis años la _Reina Encantada_ de Spencer: desde entonces sólo +vivió para los versos. + +Shelley sí fue precocísimo. Cuando estudiaba en Eton, a los quince años, +publicó una novela y dio un banquete a sus amigos con la ganancia de la +venta. Era tan original y rebelde que todos le decían «el ateo Shelley», +o «el loco Shelley». A los dieciocho publicó su poema de la _Reina Mab_, +a los diecinueve lo echaron del colegio por el atrevimiento con que +defendió sus doctrinas religiosas; a los treinta años murió ahogado, con +un tomo de versos de Keats en el bolsillo. Maravillosa es la poesía de +Shelley por la música del verso, la elegancia de la construcción y la +profundidad de las ideas. Era un manojo de nervios siempre vibrantes, y +tenía tales ilusiones y rarezas que sus condiscípulos lo tenían por +destornillado; pero su inteligencia fue vivísima y sutil, su cuerpo +frágil se estremecía con las más delicadas emociones, y sus versos son +de incomparable hermosura. + +Byron fue otro genio extraordinario y errante de la misma época de +Shelley y de Keats. Desde la escuela se le conoció el carácter +turbulento y arrebatado. De los libros se cuidaba poco; pero antes de +los ocho años ya sufría de penas de hombre. Tenía una pierna más corta +que la otra, aunque eso no le quitaba los bríos, y se hizo el dueño de +la escuela a fuerza de puños, como Keats: él mismo cuenta que de siete +batallas perdía una. Cuando estaba en Cambridge de estudiante, tenía en +su casa un oso y varios perros de presa, y cada día contaban de él una +historia escandalosa: aquél era sin embargo el niño sensible que a los +doce años había celebrado en versos sentidos a una prima suya. Leía con +afán todos los libros de literatura, y a los dieciocho años publicó para +sus amigos su primer libro de versos: _Horas de Ocio_. La _Revista de +Edimburgo_ habló del libro con desdén, y Byron contestó con su célebre +sátira sobre los _Poetas Ingleses y los Críticos de Escocia_. Cumplía +los veinticuatro cuando salió al público el primer canto de su poema +_Childe Harold_. «A los veinticinco años», dice Macaulay, «se vio Byron +en la cima de la gloria literaria, con todos los ingleses famosos de la +época a sus pies. Byron era ya más célebre que Scott, Wordsworth, y +Southey. Apenas hay ejemplo de un ascenso tan rápido a tan vertiginosa +eminencia.» Murió a los treinta y siete años, edad fatal para tantos +hombres de genio. + +Coleridge, escribió a los veinticinco su himno del _Amanecer_, donde se +ven en unión completa la sublimidad y la energía. Bulwer Lytton tenía +hecho a los quince su Ismael. A los diecisiete había publicado su +primer tomo la poetisa Barrett Browning, que desde los diez escribía en +verso y prosa. Robert Browning, su marido, publicó el _Paracelso_ a los +veintitrés. A los veinte había escrito Tennyson algunas de las poesías +melodiosas que han hecho ilustre su nombre. Se ve, pues, que en el fuego +tumultuoso de la juventud han nacido muchas de las obras más nobles de +la música, la pintura y la poesía. Suele el genio poético decaer con los +años, aunque Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta. +Es seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces, +habrían imaginado después obras más perfectas que las de su juventud. La +fuerza del genio no se acaba con la juventud. + +Pero las dotes especiales que hacen más tarde ilustres a los hombres se +revelan casi siempre entre los diecisiete y veintitrés años. Puede irse +desarrollando poco a poco el talento poético; pero el que es poeta de +veras, siempre lo mostrará de algún modo. Crabbe y Wordsworth, que +descubrieron el genio tarde, escribían versos desde la niñez. Crabbe +llenó de versos toda una gaveta, cuando estaba de aprendiz de cirujano; +y Wordsworth, que era agrio y melancólico de niño, empezó a hacer +cuartetas heroicas a los catorce. Shelley dice de Wordsworth que «no +tenía más imaginación que un cacharro», lo que no quita que sea +Wordsworth un poeta inmortal. No fue precoz como Shelley; pero creció +despacio y con firmeza, como un roble, hasta que llegó a su majestuosa +altura. + +Walter Scott tampoco fue precoz de niño. Su maestro dijo que no tenía +cabeza para el griego, y él mismo cuenta que fue de muchacho muy +travieso y holgazán; pero gozaba de mucha salud, y era gran amigo de los +juegos de su edad. En lo primero en que se le vio el genio fue en su +gusto por las baladas antiguas, y en su facilidad extraordinaria para +inventar historias. Cuando su padre supo que había estado vagando por el +país con su camarada Clark, metiéndose por todas partes, y posando en +las casas de los campesinos, le dijo:--«¡Dudo mucho, señor, de que sirva +Ud. más que para cola de caballo!» De su facilidad para los cuentos, el +mismo Scott dice que en las horas de ocio de los inviernos, cuando no +tenían modo de estar al aire libre, mantenía muchas horas maravillados +con sus narraciones a sus compañeros de escuela, que se peleaban por +sentarse cerca del que les decía aquellas historias lindas que no +acababan nunca. + +Dice Carlyle que en una clase de la escuela de gramática de Edimburgo +había dos muchachos: «John, siempre, hecho un brinquillo, correcto y +ducal; Walter, siempre desarreglado, borrico y tartamudo. Con el correr +de los años, John llegó a ser el Regidor John, de un barrio infeliz, y +Walter fue Sir Walter Scott, de todo el universo.» Dice Carlyle, con +mucho seso, que la legumbre más precoz y completa es la col. A los +treinta años no se podía decir de seguro que Scott tuviera genio para la +literatura. A los treinta y uno publicó su primer tomo del _Cancionero +de Escocia_, y no imprimió su novela _Waverley_ hasta los cuarenta y +tres, aunque la tenía escrita nueve años antes. + + + + +La última página + + +Hay un cuento muy lindo de una niña que estaba enamorada de la luna, y +no la podían sacar al jardín cuando había luna en el cielo, porque le +tendía los bracitos como si la quisiera coger, y se desmayaba de la +desesperación porque la luna no venía; hasta que un día, de tanto +llorar, la niña se murió, en una noche de luna llena. + +_La Edad de Oro_ no se quiere morir, porque nadie debe morirse mientras +pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas, que no debe +deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer +lo que no se puede volver a hacer. El que se mata, es un ladrón. Pero +_La Edad de Oro_ se parece a la niñita del cuento, porque siempre quiere +escribir para sus amigos los niños más de lo que cabe en el papel, que +es como querer coger la luna. ¿No les ofreció la _Historia de la +Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo_ para este número? Pues no cupo. Ni +otras muchas cosas más que les tenía escritas. Así es la vida, que no +cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer. Los niños debían +juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quien podían +hacerle algún bien, todos juntos. + +Y ahora nos juntaremos, el hombre de _La Edad de Oro_ y sus amiguitos, y +todos en coro, cogidos de la mano, les daremos gracias con el corazón, +gracias como de hermano, a las hermosas señoras y nobles caballeros que +han tenido el cariño de decir que _La Edad de Oro_ es buena. + + + + +La exposición de París. + + +Los pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en París. +Hasta hace cien años, los hombres vivían como esclavos de los reyes, que +no los dejaban pensar, y les quitaban mucho de lo que ganaban en sus +oficios, para pagar tropas con que pelear con otros reyes, y vivir en +palacios de mármol y de oro, con criados vestidos de seda, y señoras y +caballeros de pluma blanca, mientras los caballeros de veras, los que +trabajaban en el campo y en la ciudad, no podían vestirse más que de +pana, ni ponerle pluma al sombrero: y si decían que no era justo que los +holgazanes viviesen de lo que ganaban los trabajadores, si decían que un +país entero no debía quedarse sin pan para que un hombre solo y sus +amigos tuvieran coches, y ropas de tisú y encaje, y cenas con quince +vinos, el rey los mandaba apalear, o los encerraba vivos en la prisión +de la Bastilla, hasta que se morían, locos y mudos: y a uno le puso una +mascara de hierro, y lo tuvo preso toda la vida, sin levantarle nunca la +máscara. En todos los pueblos vivían los hombres así, con el rey y los +nobles como los amos, y la gente de trabajo como animales de carga, sin +poder hablar, ni pensar, ni creer, ni tener nada suyo, porque a sus +hijos se los quitaba el rey para soldados, y su dinero se lo quitaba el +rey en contribuciones, y las tierras, se las daba todas a los nobles el +rey. Francia fue el pueblo bravo, el pueblo que se levantó en defensa de +los hombres, el pueblo que le quitó al rey el poder. + +Eso era hace cien años, en 1789. Fue como si se acabase un mundo, y +empezara otro. Los reyes todos se juntaron contra Francia. Los nobles de +Francia ayudaban a los reyes de afuera. La gente de trabajo, sola contra +todos, peleó contra todos, y contra los nobles, y los mató en la guerra +y con la cuchilla de la guillotina. Sangró Francia entonces, como cuando +abren un animal vivo y le arrancan las entrañas. Los hombres de trabajo +se enfurecieron, se acusaron unos a otros, y se gobernaron mal, porque +no estaban acostumbrados a gobernar. Vino a París un hombre atrevido y +ambicioso, vio que los franceses vivían sin unión, y cuando llegó de +ganarles todas las batallas a los enemigos, mandó que lo llamasen +emperador, y gobernó a Francia como un tirano. Pero los nobles ya no +volvieron a sus tierras. Aquel rey del oro y la seda, ya no volvió +nunca. La gente de trabajo se repartió las tierras de los nobles y las +del rey. Ni en Francia, ni en ningún otro país han vuelto los hombres a +ser tan esclavos como antes. Eso es lo que Francia quiso celebrar +después de cien años con la Exposición de París. Para eso llamó Francia +a París, en verano, cuando brilla más el sol, a todos los pueblos del +mundo. + +Y eso vamos a ver ahora, como si lo tuviésemos delante de los ojos. +Vamos a la Exposición, a esta visita que se están haciendo las razas +humanas. Vamos a ver en un mismo jardín los árboles de todos los pueblos +de la tierra. A la orilla del río Sena, vamos a ver la historia de las +casas, desde la cueva del hombre troglodita, en una grieta de la roca, +hasta el palacio de granito y ónix. Vamos a subir, con los noruegos de +barba colorada, con los negros senegaleses de cabello lanudo, con los +anamitas de moño y turbante, con los árabes de babuchas y albornoz, con +el inglés callado, con el yanqui celoso, con el italiano fino, con el +francés elegante, con el español alegre, vamos a subir por encima de las +catedrales más altas, a la cúpula de la torre de hierro. Vamos a ver en +sus palacios extraños y magníficos a nuestros pueblos queridos de +América. Veremos, entre lagos y jardines, en monumentos de hierro y +porcelana, la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho +desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega por lo alto +del aire y lo hondo de la mar. En un templo de hierro, tan ancho y +hermoso que se parece a un cielo dorado, veremos trabajando a la vez +todas las máquinas y ruedas del mundo. De debajo de la tierra, como de +un volcán de joyas, vamos a ver salir, en lluvias que parecen de piedras +finas, trescientas fuentes de colores, que caen chispeando en un lago +encendido. Vamos a ver vivir, como viven en sus países de luz, al +javanés en su casa de cañas, al egipcio cantando detrás de su burro, al +argelino que borda la lana a la sombra del palmar, al siamés que trabaja +la madera con los pies y las manos, al negro del Sudán, que sale +ojeando, con la lanza de punta, de su conuco de tierra, al árabe que +corre a caballo, disparando la espingarda, por la calle de dátiles, con +el albornoz blanco al viento. Bailan en un café moro. Pasan las +bailarinas de Java, con su casco de plumas. Salen de su teatro, vestidos +de tigres, los cómicos cochinchinos. Hombres de todos los pueblos andan +asombrados por las calles morunas, por las aldeas negras, por el caserío +de bambú javanés, por los puentes de junco de los malayos pescadores, +por el jardín criollo de plátanos y naranjos, por el rincón donde, de su +techo labrado como un mueble rico, levanta su torre ceñida de serpientes +la pagoda. Y para nosotros, los niños, hay un palacio de juguetes, y un +teatro donde están como vivos el pícaro Barba Azul y la linda Caperucita +Roja. Se le ve al pícaro la barba como el fuego, y los ojos de león. Se +le ve a la Caperucita el gorro colorado, y el delantal de lana. Cien mil +visitantes entran cada día en la Exposición. En lo alto de la torre +flota al viento la bandera de tres colores de la República Francesa. + +Por veintidós puertas se puede entrar a la Exposición. La entrada +hermosa es por el palacio del Trocadero, de forma de herradura, que +quedó de una Exposición de antes, y está ahora lleno de aquellos +trabajos exquisitos que hacían con plata para las iglesias y las mesas +de los príncipes los joyeros del tiempo de capa y espadón, cuando los +platos de comer eran de oro, y las copas de beber eran como los cálices. +Y del palacio se sale al jardín, que es la primera maravilla. De rosas +nada más, hay cuatro mil quinientas diferentes: hay una rosa casi azul. +En una tienda de listas blancas y rojas venden unas mujeres jóvenes las +podaderas afiladas, los rastrillos de acero pulido, las regaderas como +de juguete con que se trabaja en los jardines. La tierra está en +canteros, rodeados de acequias, por donde corre el agua clara, haciendo +a los canteros como islotes. Uno está lleno de pensamientos negros; y +otro de fresas como corales, escondidas entre las hojas verdes; y otro +de chícharos, y de espárragos, que dan la hoja muy linda. Hay un cantero +rojo y amarillo, que es de tulipanes. Un rincón es de enredaderas, y el +de al lado de helechos gigantescos, con hojas como plumas. En un +laberinto flotan sobre el agua la ninfea, y el nelumbio rosado del +Indostán, y el loto del río Nilo, que parece una lira. Un bosque es de +árboles de copa de pico: pino, abeto. Otro es de árboles desfigurados, +que dan la fruta pobre, porque les quitan a las ramas su libertad +natural. Dentro de un cercado de cañas están los lirios y los cerezos +del Japón, en sus tibores de porcelana blanca y azul. Al pie de un +palmar, con las paredes de cuanto tronco hay, está el pabellón de Aguas +y Bosques, donde se ve cómo se ha de cuidar a los árboles, que dan +hermosura y felicidad a la tierra. A la sombra de un arce del Japón, +están, en tazas rústicas, la wellingtonia del Norte, que es el pino más +alto, y la araucaria, el pino de Chile. + +Por sobre un puente se pasa el río de París, el Sena famoso, y ya se ven +por todas partes los grupos de gente asombrada, que vienen de los +edificios de orillas del río, donde está la Galería del Trabajo, en que +cuecen los bizcochos en un horno enorme, y destilan licor del alambique +de bronce rojo, y en la máquina de cilindro están moliendo chocolate con +el cacao y el azúcar, y en las bandejas calientes están los dulceros de +gorro blanco haciendo caramelos y yemas: todo lo de comer se ve en la +Galería, una montaña de azúcar, un árbol de ciruelas pasas, una columna +de jamones: y en la sala de vinos, un tonel donde cabrían quince +convidados a la mesa, y un mapa de relieve, que todos quieren ver a un +tiempo, donde está todo el arte del vino,--la cepa con los racimos, los +hombres cogiendo en cestos la uva en el mes de la vendimia, la artesa +donde fermenta la vid machucada, la cueva fría donde ponen el mosto a +reposar, y luego el vino puro, como topacio deshecho, y la botella de +donde salta con su espuma olorosa el champaña. Cerca está la historia +entera del cultivo del campo, en modelos de realce, y en cuadros y +libros; y un pabellón de arados de acero relucientes; y una colmena de +abejas de miel, junto al moral de hoja velluda en que se cría el gusano +de seda; y los semilleros de peces, que nacen de los huevos presos en +cajones de agua, y luego salen a crecer a miles por la mar y los ríos +Los más admirados son los que vienen de ver las cuarenta y tres +Habitaciones del Hombre. La vida del hombre está allí desde que apareció +por primera vez en la tierra, peleando con el oso y el rengífero, para +abrigarse de la helada terrible con la piel, acurrucado en su cueva. Así +nacen los pueblos hoy mismo. El salvaje imita las grutas de los bosques +o los agujeros de la roca: luego ve el mundo hermoso, y siente con el +cariño deseo de regalar, y se mira el cuerpo en el agua del río, y va +imitando en la madera y la piedra de sus casas todo lo que le parece +hermosura, su cuerpo de hombre, los pájaros, una flor, el tronco y la +copa de los árboles. Y cada pueblo crece imitando lo que ve a su +alrededor, haciendo sus casas como las hacen sus vecinos, enseñándose en +sus casas como es, si de clima frío o de tierra caliente, si pacífico o +amigo de pelear, si artístico y natural, o vano y ostentoso. Allí están +las chozas de piedra bruta, y luego pulida, de los primeros hombres: la +ciudad lacustre del tiempo en que levantaban las casas en el lago sobre +pilares, para que no las atacasen las fieras; las casas altas, cuadradas +y ligeras, de mirador corrido, de los pueblos de sol que eran antes las +grandes naciones, el Egipto sabio, la Fenicia comerciante, la Asiria +guerreadora. La casa del Indostán es alta como ellas. La de Persia es ya +un castillo, de rica loza azul, porque allí saltan del suelo las piedras +preciosas, y las flores y las aves son de mucho color. Parece una +familia de casas la de los hebreos, los griegos y los romanos, todas de +piedra, y bajas, con tejado o azotea; y se ve, por lo semejantes, que +eran del país la casa etrusca y la bizantina. Por el norte de Europa +vivían entonces los hunos bárbaros como allí se ve, en su tienda de +andar; y el germano y el galo en sus primeras casas de madera, con el +techo de paja. Y cuando con las guerras se juntaron los pueblos, tuvo +Rusia esa casa de adornos y colorines, como la casa hindú, y los +bárbaros pusieron en sus caserones la piedra labrada y graciosa de los +italianos y los griegos. Luego, al fin de la edad que medió entre +aquella pelea y el descubrimiento de América, volvieron los gustos de +antes, de Grecia y de Roma, en las casas graciosas y ricas del +Renacimiento. En América vivían los indios en palacios de piedra con +adornos de oro, como ese de los aztecas de México, y ese de los incas +del Perú. Al moro de África se le ve, por su casa de piedra bordada, que +conoció a los hebreos, y vivió en bosques de palmeras, defendiéndose de +sus enemigos desde la torre, viendo en el jardín a la gacela entre las +rosas, y en la arena de la orilla los caprichos de espuma de la mar. El +negro del Sudán, con su casa blanca de techo rodeado de campanillas, +parece moro. El chino ligero, que vive de pescado y arroz, hace su casa +de tabla y de bambú. El japonés vive tallando el marfil, en sus casas de +estera y tabloncillo. Allí se ve donde habitan ahora los pueblos +salvajes, el esquimal en su casa redonda de hielo, en su tienda de +pieles pintadas el indio norteamericano: pintadas de animales raros y +hombres de cara redonda, como los que pintan los niños. + +Pero adonde va el gentío con un silencio como de respeto es a la torre +Eiffel, el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el +portal de la Exposición. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios, +sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta +el segundo estrado de la torre, alto como la pirámide de Cheops: de allí +fina como un encaje, valiente como un héroe, delgada como una flecha, +sube más arriba que el monumento de Washington, que era la altura mayor +entre las obras humanas, y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo +azul, con la campanilla, como la cabeza de los montes, coronado de +nubes.--Y todo, de la raíz al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo +apenas se levantó por el aire. Los cuatro pies muerden, como raíces +enormes, en el suelo de arena. Hacia el río, por donde caen dos de los +pies, el suelo era movedizo, le hundieron dos cajones, les sacaron de +adentro la arena floja, y los llenaron de cimiento seguro. De las cuatro +esquinas arrancaron, como para juntarse en lo alto, los cuatro pies +recios: con un andamio fueron sosteniendo las piezas más altas, que se +caían por la mucha inclinación: sobre cuatro pilares de tablones habían +levantado el primer estrado, que como una corona lleva alrededor los +nombres de los grandes ingenieros franceses: allá en el aire, una mañana +hermosa, encajaron los cuatro pies en el estrado, como una espada en una +vaina, y se sostuvo sin parales la torre: de allí, como lanzas que +apuntaban al cielo, salieron las vergas delicadas: de cada una colgaba +una grúa: allá arriba subían, danzando por el aire, los pedazos nuevos: +los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero al +cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabellón de la +patria en el asta enemiga: así, acostados de espalda, puestos de cara el +vacío, sujetos a la verga que el viento sacudía como una rama, los +obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban en invierno, en el +remolino del vendabal y de la nieve, las piezas de esquina, los +cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre el universo, como si +fuera a colgarse del cielo, aquella blonda calada: en su navecilla de +cuerdas se balanceaban, con la brocha del rojo en las manos, los +pintores. ¡El mundo entero va ahora como moviéndose en la mar, con todos +los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre en el +mástil! Los vientos se echan sobre la torre, como para derribar a la que +los desafía, y huyen por el espacio azul, vencidos y despedazados.--Allá +abajo la gente entra, como las abejas en el colmenar: por los pies de la +torre suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores +inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos, +hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre el +tejido como en grandes triángulos azules de cabeza cortada, de picos +agudos. Del Primer estrado abierto, con sus cuatro hoteles curiosos, se +sube, por la escalinata de hélice, al descanso segundo, donde se escribe +y se imprime un diario, a la altura de la cúpula de San Pedro. El +cilindro de la prensa da vueltas: los diarios salen húmedos: al +visitante le dan una medalla de plata. Al estrado tercero suben los +valientes, a trescientos metros sobre la tierra y el mar, donde no se +oye el ruido de la vida, y el aire, allá en la altura, parece que limpia +y besa: abajo la ciudad se tiende, muda y desierta, como un mapa de +relieve: veinte leguas de ríos que chispean, de valles iluminados, de +montes de verde negruzco, se ven con el anteojo; sobre el estrado se +levanta la campanilla, donde dos hombres, en su casa de cristal, +estudian los animales del aire, la carrera de las estrellas, y el camino +de los vientos. De una de las raíces de la torre sube culebreando por el +alambre vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro +que derrama sobre París sus ríos de luz blanca, roja y azul, como la +bandera de la patria. En lo alto de la cúpula, ha hecho su nido una +golondrina. + +Por debajo de la torre se va, sin poder hablar del asombro, a lo +jardines llenos de fuentes, y rodeados de palacios, y el más grande de +todos al fondo, donde caben las muestras de cuanto se trabaja en la +humanidad, con la puerta de hierro bordado y lleno de guirnaldas, como +se labraba antes el oro de los ricos; y sobre el portón, imitando la +bóveda del cielo, la cúpula de porcelanas relucientes; y en la corona, +abriendo las alas como para volar, una mujer que lleva en la mano una +rama de oliva: a la entrada del pórtico está, con una mano en la cabeza +de un león, la Libertad, en bronce. Y delante de la gran fuente, donde +van por el agua los hombres y mujeres que los poetas de antes dicen que +hubo en la mar, las nereidas y los tritones, llevando en hombros, como +si fueran en triunfo, la barca donde, en figuras de héroes y heroínas, +el progreso, la ciencia, y el arte dan vivas a la república, sentada más +alta que todos, que levanta la antorcha encendida sobre sus alas. A cada +lado del jardín desde el palacio grande hasta la torre, hay otro palacio +de oros y esmaltes, uno para las estatuas y los cuadros, donde están los +paisajes ingleses de montes y animales, las pinturas graciosas de los +italianos, con campesinos y con niños, los cuadros españoles de muertes +y de guerra, con sus figuras que parecen vivas, y la historia elegante +del mundo en los cuadros de Francia. De las Bellas Artes le llaman a +ése, y al del otro lado, el palacio de las Artes Liberales, que son las +de los trabajos de utilidad, y todas las que no sirven para mero adorno. +La historia de todo se ve allí: del grabado, la pintura, la escultura, +las escuelas, la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de +todo, entre agujas y ruedas de reloj. Allí se ve, en miniatura de cera, +a los chinos observando en su torre los astros del cielo; allí está el +químico Lavoisier, de medias de seda y chupa azul, soplando en su +retorta, para ver como está hecho el pedrusco que cayó a la tierra de +una estrella rota y fría; allí, entre las figuras de las diferentes +razas del hombre, están sentados por tierra, trabajando el pedernal, +como los que desenterraron en Dinamarca hace poco, cabezudos y fuertes, +los hombres de la edad de bronce. + +Y ya estamos al pie de la torre: un bosque tiene a un lado, y otro +bosque al otro. Uno tiene más verde, y es como una selva de recreo, con +su casa sueca de pino, llenas de flores las ventanas, a la orilla de un +lago; y la isba de puerta bordada y techo de picos en que vive el +labrador ruso; y la casa linda de madera, con ventanas de triángulo, en +que pasa los meses de nevada el finlandés, enseñando a sus hijos a +pintar y a pensar, a amar a los poetas de Finlandia, y a componer el +arpón de la pesca y el trineo de la cacería, mientras talla el abuelo el +granito como ópalo, o saca botes y figuras de una rama seca, y las +mujeres de gorro alto y delantal tejen su encaje fino, junto a la +chimenea de madera labrada. Hay teatro allí, y lecherías, y una casa de +anchos comedores, y criados de chaqueta negra, que pasan con las +botellas de vino en cestos a la hora de comer, cuando los pájaros cantan +en los árboles. Pero al otro lado es donde se nos va el corazón, porque +allí están, al pie de la torre, como los retoños del plátano alrededor +del tronco, los pabellones famosos de nuestras tierras de América, +elegantes y ligeros como un guerrero indio: el de Bolivia como el casco, +el de México como el cinturón, el de la Argentina como el penacho de +colores: ¡parece que la miran como los hijos al gigante! ¡Es bueno tener +sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan! El de Brasil está allí +también, como una iglesia de domingo en un palmar, con todo lo que se da +en sus selvas tupidas, y vasos y urnas raras de los indios marajos del +Amazonas, y en una fuente una victoria regia en que puede navegar un +niño, y orquídeas de extraña flor, y sacos de café, y montes de +diamantes. Brilla un sol de oro allí por sobre los árboles y sobre los +pabellones, y es el sol argentino, puesto en lo alto de la cúpula, +blanca y azul como la bandera del país, que entre otras cuatro cúpulas +corona, con grupos de estatuas en las esquinas del techo, el palacio de +hierro dorado y cristales de color en que la patria del hombre nuevo de +América convida al mundo lleno de asombro, a ver lo que puede hacer en +pocos años un pueblo recién nacido que habla español, con la pasión por +el trabajo y la libertad ¡con la pasión por el trabajo!: ¡mejor es morir +abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los +brazos cruzados! Una estatua señala a la puerta un mapa donde se ve de +realce la república, con el río por donde entran al país los vapores +repletos de gente que va a trabajar; con las montañas que crían sus +metales, y las pampas extensas, cubiertas de ganados. De relieve está +allí la ciudad modelo de La Plata, que apareció de pronto en el llano +silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes, y +escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve allí, y +todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia: mil cueros, mil +lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca en la sala de +enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, paños. Cuanto el hombre ha +hecho, el argentino lo intenta hacer. De noche, cuando el gentío llama a +la puerta, se encienden a la vez, en sus globos de cristal blanco y +azul, y rojo y verde, las mil luces eléctricas del palacio. + +Como con un cinto de dioses y de héroes está el templo de acero de +México, con la escalinata solemne que lleva al portón, y en lo alto de +él el sol Tonatiuh, viendo como crece con su calor la diosa Cipactli, +que es la tierra: y los dioses todos de la poesía de los indios, los de +la caza y el campo, los de las artes y el comercio, están en los dos +muros que tiene la puerta a los lados, como dos alas; y los últimos +valientes, Cacama, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, que murieron en la pelea, o +quemados en las parrillas, defendiendo de los conquistadores la +independencia de su patria: dentro, en las pinturas ricas de las +paredes, se ve como eran los mexicanos de entonces, en sus trabajos y en +sus fiestas, la madre viuda dando su parecer entre los regidores de la +ciudad, los campesinos sacando el aguamiel del tronco del agave, los +reyes haciéndose visitas en el lago, en sus canoas adornadas de flores. +¡Y ese templo de acero lo levantaron, al pie de la torre, dos mexicanos, +como para que no les tocasen su historia, que es como madre de un país, +los que no la tocaran como hijos!: ¡así se debe querer a la tierra en +que uno nace: con fiereza, con ternura! Las cortinas hermosas, las +vidrieras de caoba en que están las filigranas de plata, los tejidos de +fibras, las esencias de olor, los platos de esmalte y las jarras de +barniz, los ópalos, los vinos, los arneses, los azúcares; todo tiene por +adorno letras y figuras indias. Vivos parecen, con sus trajes de cuero +de flecos y galones, y sus sombreros anchos con trenzado de plata y oro, +y su zarape al hombro, de seda de color, vivos como si fueran a montar a +caballo, los maniquíes del estanciero rico, del joven elegante que cuida +de su hacienda, y sabe «voltear» un toro. A la puerta, a un lado, +troncos colosales de madera fina repulida; y al otro, de color de rosa y +verdemar, la pirámide del mármol transparente de la tierra, del ónix que +parece nube cuajada de la puesta de sol. Del techo cuelga, verde y +blanca y roja, la bandera del águila. + +Y juntos como hermanos, están otros pabellones más: el de Bolivia, la +hija de Bolívar, con sus cuatro torres graciosas de cúpula dorada, lleno +de cuarzos de mineral riquísimo, de restos del hombre salvaje y los +animales como montes que hubo antes en América, y de hojas de coca, que +dan fuerza al cansado para seguir andando: el del Ecuador, que es un +templo inca, con dibujos y adornos como los que los indios de antes +ponían en los templos del Sol, y adentro los metales y cacaos famosos, y +tejidos y bordados de mucha finura, en mostradores de cristal y de oro: +el pabellón de Venezuela, con su fachada como de catedral, y en la sala +espaciosa tanta muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros +de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos: el pabellón de +Nicaragua con su tejado rojo, como los de las casas del país, y sus +salones de los lados, con los cacaos y vainillas de aroma y aves de +plumas de oro y esmeralda, y piedras de metal con luces de arco iris, y +maderos que dan sangre de olor; y en la sala del centro, el mapa del +canal que van a abrir de un mar a otro de América, entre los restos de +las ruinas. Tiene ventanas anchas como las casas salvadoreñas, y un +balcón de madera muy hermoso, el pabellón del Salvador, que es país +obrero, que inventa y trabaja fino, y en el campo cultiva la caña y el +café, y hace muebles como los de París, y sedas como las de Lyon, y +bordados como los de Burano, y lanas de tinte alegre, tan buenas como +las inglesas, y tallados de mucha gracia en la madera y en el oro. Por +un pórtico grandioso se entra, entre sacos de trigo y muestras de +mineral, al palacio de hierro de Chile: allí la madera fuerte de los +bosques del indio araucano, los vinos topacios y rojos, las barras de +plata y oro mate, las artes todas de un pueblo que no se quiere quedar +atrás, la sal y el arbusto colorado del desierto: al fondo hay como un +jardín: las paredes están llenas de cuadros de números. + +Y allí, al lado de Chile, entraríamos ahora al Palacio de los Niños, +donde juegan los chiquitines al caballito y al columpio, y ven hacer +barcos de cristal de Venecia, y las muñecas que hace el japonés, +envolviendo con el palitroque alrededor de una varita las pastas blandas +de colores diferentes: y hace un daimio con su sable, y un Mikado de +ahora, con su levita a la francesa: ¡oh, el teatro! ¡oh, el hombre que +está haciendo los confites! ¡oh, el perro que sabe multiplicar! ¡oh, el +gimnasta que anda a caballo en una rueda! ¡y el palacio es de juguetes +todo por afuera, desde el quicio hasta los banderines del techo! Pero, +si no tenemos tiempo, ¿cómo hemos de pararnos a jugar, nosotros, niños +de América, si todavía hay tanto que ver, si no hemos visto todos los +pabellones de nuestras tierras americanas? ¿Y esta casa de madera tan +franca y tan amiga, que convida a la gente a entrar a ver todo lo que da +la tierra volcánica de su país, uva y café, enredaderas y tigres, cocos +y pájaros, y los lleva a su colgadizo con cortinas, a tomar en jícaras +labradas su chocolate de espuma?: es el de Guatemala ese pabellón +generoso. Y ese otro elegante, con tantas maderas, es el de la tierra +donde se saben defender con ramas de árboles de los que vienen de afuera +a quitarles el país: de Santo Domingo. Ese otro es del Paraguay, ese de +la torre de mirador, con las ventanas y puertas como de nación de mucho +bosque, que imita en sus casas las grutas y los arcos de los árboles. Y +ese otro suntuoso que tiene torres como lanzas y alegría como de salón; +ese que ha dado una parte de sus salas a dos pueblos de nuestra +familia,--a Colombia, que tiene ahora mucho que hacer, al Perú, que está +triste después de una guerra que tuvo,--ése es el pueblo bravo y cordial +de Uruguay, que trabaja con arte y placer, como el de Francia, y peleó +nueve años contra un mal hombre que lo quería gobernar, y tiene un poeta +de América que se llama Magariños: vive de sus ganados el Uruguay, y no +hay pueblo en el mundo que haya inventado tantos modos de conservar la +carne buena, en el tasajo seco, en caldos que parecen vino, en la pasta +negra de Liebig, y en bizcochos sabrosos: y en la torre, que se parece a +una lanza, flota, como llamando a los hombres buenos, la bandera del +sol, de listas blancas y azules. + +¡Y tener que pasar tan de prisa por los palacios de una tierra enana +como Holanda, donde no hay holandés que no sea feliz, y viva como en +pueblo grande, por su trabajo de marino, de ingeniero, de impresor, de +tejedor de encajes, de tallador de diamantes; de un pueblo como Bélgica, +que sabe tanto de cultivos, y de hacer carruajes, y casas, y armas, y +lozas, y tapices, y ladrillos! No podemos ver el pabellón de Suiza, con +su escuela modelo, sus quesos como ruedas y su taller de relojes; ni el +de Hawai, que es país donde todos saben leer, y trabaja el hombre de la +isla, al pie del volcán de fuego, la lava y la pluma; ni el de la +República de San Marino--¿quién sabe dónde está San Marino?--con sus +cristales pintados famosos y sus familias de escultores. Esa de la +puerta tallada de colores es Servia, de cerca de Rusia, donde hacen +tapicería fina y mosaicos, y ese comedor, con su techo de aleros, es de +Rumania, donde el más pobre viste de paños bordados, y comen la carne +casi cruda con mucha pimienta en platos de madera, y beben leche de +búfalo. Está llena de sedas con recamos de flores y pájaros, llena de +palanquines y colmillos de elefante, esa casa de dos techos de Siam, el +pueblo de la ceremonia y del arroz. ¿Y a China quién no la conoce, con +su pabellón de tres torres, donde no caben las cortinas con árboles y +demonios de oro, ni las cajas de marfil con dibujos de relieve, ni el +tapiz donde están, con los siete colores de la luz, los pájaros que van +de corte por el aire, cuando llega el mes de mayo, a saludar al rey y la +reina, que son dos ruiseñores que fueron al cielo a ver quién se sienta +en las nubes, y se trajeron un nido de rayos de sol? ¡Oh, cuánto hay que +ver! ¿Y el palacio hindú, de rojo oscuro con los ornamentos blancos, +como los bordados de trencilla en un vestido de mujer, y tan tallado +todo, las ventanas menudas y la torre, como la fuente de mármol, las +columnas de pórfido, los leones de bronce que adornan la sala, colgada +de tapicerías? ¿Y el Japón, que es como la China, con más gracia y +delicadeza, y unos jardineros viejos que quieren mucho a los niños? ¿Y +Grecia, esa de la puerta baja con un muro a cada lado, con la historia +de antes en uno, antes de que los romanos la vencieran cuando fue +viciosa, y la vida del trabajo de hoy, en antigüedades, en mármoles +rojos, en sedas finas, en vinos olorosos, desde que resucitó con la +vuelta a la libertad, y tiene ciudades como Pireo, Siracusa, Corfú y +Patras, que valen ya por lo trabajadoras tanto como las cuatro famosas +de la Grecia vieja: Atenas, Esparta, Tebas y Corinto? ¿Y Persia, con su +entrada religiosa de mezquita, de techo de azul vivo, y adentro, entre +colgaduras verdes y amarillas, las cazoletas cinceladas de quemar los +olores, los chales de seda que caben por una sortija, los alfanjes de +puño enjoyado que cortan el hierro, las violetas azucaradas y las +conservas de hojas de rosa? ¿Y el bazar de los marroquíes, con su +arquería blanca que reluce al sol, y sus moros de turbante y babucha, +bruñendo cuchillos, tiñendo el cuero blando, trenzando la paja, labrando +a martillazos el cobre, bordando de hilo de oro el terciopelo? ¿Y la +calle del Cairo, que es una calle egipcia como en Egipto, unos comprando +albornoces, otros tejiendo la lana en el telar, unos pregonando sus +confites, y otros trabajando de joyeros, de torneros, de alfareros, de +jugueteros, y por todas partes, alquilando el pollino, los burreros +burlones, y allá arriba, envuelta en velos, la mora hermosa, que mira +desde su balcón de persianas caladas? + +¡Oh, no hay tiempo! Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el +atrevimiento que ablanda al verlo el corazón, y hace sentir como deseo +de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos. Volvamos al jardín. +Entremos por el pórtico del Palacio de las Industrias. Pasemos, con los +ojos cerrados, por la galería de las catorce puertas, donde cada palo +exhibe sus trabajos mejores, y cada industria compuso la puerta de su +departamento, la platería con platas y oros y dos columnas de piedra +azul, la locería con porcelana y azulejos, la de muebles con madera +esculpida como hojas de flor, y la de hierro con picos y martillos, y la +de armas con ruedas, cureñas, balas y cañones, y así todas. Por un +corredor que hace pensar en cosas grandes, se va a la escalera que lleva +al balcón del monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de +sol, una sala de hierro en que podrían moverse a la vez dos mil +caballos, en que podrían dormir treinta mil hombres. ¡Y toda está +cubierta de máquinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que +echan luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por +debajo de la tierra! En cuatro hileras están en el centro las máquinas +mayores. De un horno rojo les viene la fuerza. Viene por correas, que no +se ven de lo ligeras que andan. De cuatro filas de postes cuelgan las +ruedas de las correas. Alrededor, unidas, están todas las máquinas del +mundo, las que hacen polvo de acero, las que afilan las agujas. Unas +mujeres de delantal colorado trabajan el papel holandés. Un cilindro, +que parece un elefante que se mueve, está cortando sobres. Un mortero +separa el grano de trigo de la cáscara. Un anillo de hierro está en el +aire por la electricidad, sin nada que lo sujete. Allí se funden los +metales con que se hacen las letras de imprimir, allí se hace el papel +de tela o de madera, allí la prensa imprime el diario, lo echa del otro +lado, lo devuelve, húmedo. Una máquina echa aire en el pozo de una mina, +para que no se ahoguen los mineros. Otra aplasta la caña, y echa un +chorro de miel. ¡Pues da ganas de llorar, el ver las máquinas desde el +balcón! Rugen, susurran, es como la mar: el sol entra a torrentes. De +noche, un hombre toca un botón, los dos alambres de la luz se juntan, y +por sobre las máquinas, que parecen arrodilladas en la tiniebla, derrama +la claridad, colgado de la bóveda, el ciclo eléctrico. Lejos, donde +tiene Edison sus invenciones, se encienden de un chispazo veinte mil +luces, como una corona. + +Hay panoramas de París, y de Nápoles con su volcán, y del Mont Blanc, +que da frío verlo, y de la rada de Río Janeiro. Hay otro que es en el +centro como un puente de un buque, y parece por la pintura que está allí +el buque entero, y el cielo y el mar. Hay el palacio de las pinturas +finas de los acuarelistas, y otro, con adornos como de espejo, de los +que pintan al pastel. Hay los dos pabellones de París, donde se aprende +a cuidar una ciudad grande. Hay talleres por los arrabales de la +Exposición, donde se ve, ¡para que el egoísta aprenda a ser bueno!, el +trabajo del hombre en las minas de hulla, en el fondo del agua, en los +tanques donde hierve, como fango, el oro. Hay, allá lejos, negras y +feas, las hornallas donde echan el carbón para el vapor los hombres +tiznados. Pero adonde todos van es al campo que tiene delante el palacio +donde los soldados mancos y cojos cuidan la sepultura de piedra de +Napoleón, rodeada de banderas rotas: ¡y en lo alto del palacio, la +cúpula dorada! Todos van, a ver los pueblos extraños, a la Explanada de +los Inválidos. De paso no más veremos el palacio donde está todo lo de +pelear: el globo que va por el aire a ver por donde viene el enemigo: +las palomas que saben volar con el recado tan arriba que no las alcanzan +las balas: ¡y alguna les suele alcanzar, y la paloma blanca cae llena de +sangre en la tierra! De paso veremos, en el pabellón de la República del +África del Sur, el diamante imperial, que sacaron allá de la tierra, y +es el más grande del mundo. Aquí están las tiendas de los soldados, con +los fusiles a la puerta. Allí están, graciosas, las casas que los +hombres buenos quieren hacer a los trabajadores, para que vean luz los +domingos, y descansen en su casita limpia, cuando vienen cansados. Allí, +con su torre como la flor de la magnolia, está la pagoda de Cambodia, la +tierra donde ya no viven, porque murieron por la libertad, aquellos +Kmers que hacían templos más altos que los montes. Allí está, con sus +columnas de madera, el palacio de Cochinchina, y en el patio su estanque +de peces dorados, y los marcos de las puertas labrados a punta de +cuchillo, y, en el fondo, en la escalinata, dos dragones, con la boca +abierta, de loza reluciente. Parece chino el palacio de Anam, con sus +maderas pintadas de rojo y azul, y en el patio un dios gigante del +bronce de ellos, que es como cera muy fina de color de avellana, y los +techos y las columnas y las puertas talladas a hilos, como los nidos, o +a hojas menudas, como la copa de los árboles. Y por sobre los templos +hindús, con sus torres de colores y su monte de dioses de bronce a la +puerta, dioses de vientre de oro y de ojos de esmalte, está, lleno de +sedas y marfiles, de paños de plata bordados de zafiros, el Palacio +Central de todas las tierras que tiene Francia en Asia: en una sala, al +levantar una colgadura azul, ofrece una pipa de opio un elefante. Allá, +entre las palmeras, brilla, blanco y como de encaje, el minarete del +palacio de arquerías de Argel, por donde andan, como reyes presos, los +árabes hermosos y callados. Con sus puertas de clavos y sus azoteas, +lleno de moros tunecinos y hebreos de barba negra, bebiendo vino de oro +en el café, comprando puñales con letras del Corán en la hoja, está, +entre bosques de dátiles, el caserío de Túnez, hecho con piedras viejas +y lozas rotas de Cartago. Un anamita solo, sentado en cuclillas, mira, +con los ojos a medio cerrar, la pagoda de Angkor, la de la torre como la +flor de magnolia, con el dios Buda arriba, el Buda de cuatro cabezas. + +Y entre los palacios hay pueblos enteros de barro y de paja: el negro +canaco en su choza redonda, el de Futa-Jalón cociendo el hierro en su +horno de tierra, el de Kedugú, con su calzón de plumas, en la torre +redonda en que se defiende del blanco: y al lado, de piedra y con +ventanas de pelear, ¡la torre cuadrada en que veintiséis franceses +echaron atrás a veinte mil negros, que no podían clavar su lanza de +madera en la piedra dura! En la aldea de Anam, con las casas ligeras de +techo de picos y corredores, se ve al cochinchino, sentado en la estera +leyendo en su libro, que es una hoja larga, enrollada en un palo; y a +otro, un actor, que se pinta la cara de bermellón y de negro; y al bonzo +rezando, con la capucha por la cabeza y las manos en la falda. Los +javaneses, de blusa y calzón ancho, viven felices, con tanto aire y +claridad, en su kampong de casas de bambú: de bambú la cerca del pueblo, +las casas y las sillas, el granero donde guardan el arroz, y el tendido +en que se juntan los viejos a mandar en las cosas de la aldea, y las +músicas con que van a buscar a las bailarinas descalzas, de casco de +plumas y brazaletes de oro. El kabila, con su albornoz blanco, se pasea +a la puerta de su casa de barro, baja y oscura para que el extranjero +atrevido no entre a ver las mujeres de la casa, sentadas en el suelo, +tejiendo en el telar, con la frente pintada de colores. Detrás está la +tienda del kabila, que lleva a los viajes: el pollino se revuelca en el +polvo: el hermano echa en un rincón la silla de cuero bordado de oro +puro: el viejito a la puerta está montando en el camello a su nieto, que +le hala la barba. + +Y afuera, al aire libre, es como una locura. Parecen joyas que andan, +aquellas gentes de traje de colores. Unos van al café moro, a ver a las +moros bailar, con sus velos de gasa y su traje violeta, moviendo +despacio los brazos, como si estuvieran dormidas. Otros van al teatro +del kampong donde están en hileras unos muñecos de cucurucho, viendo con +sus ojos de porcelana a las bayaderas javanesas, que bailan como si no +pisasen, y vienen con los brazos abiertos, como mariposas. En un café de +mesas coloradas, con letras moras en las paredes, los aissauas, que son +como unos locos de religión, se sacan los ojos y se los dejan colgando, +y mascan cristal, y comen alacranes vivos, porque dicen que su dios les +habla de noche desde el cielo, y se los manda comer. Y en el teatro de +los anamitas, los cómicos vestidos de panteras y de generales, cuentan, +saltando y aullando, tirándose las plumas de la cabeza y dando vueltas, +la historia del príncipe que fue de visita al palacio de un ambicioso, y +bebió una taza de té envenenado. Pero ya es de noche, y hora de irse a +pensar, y los clarines, con su corneta de bronce, tocan a retirada. Los +camellos se echan a correr. El argelino sube al minarete, a llamar a la +oración. El anamita saluda tres veces, delante de la pagoda. El negro +canaco alza su lanza al cielo. Pasan, comiendo dulces, las bailarinas +moras. Y el cielo, de repente, como en una llamarada, se enciende de +rojo: ya es como la sangre: ya es como cuando el sol se pone: ya es del +color del mar a la hora del amanecer: ya es de un azul como si se +entrara por el pensamiento el cielo: ahora blanco, como plata: ahora +violeta, como un ramo de lilas: ahora, con el amarillo de la luz, +resplandecen las cúpulas de los palacios, como coronas de oro: allá +abajo, en lo de adentro de las fuentes, están poniendo cristales de +color entre la luz y el agua, que cae en raudales del color del cristal, +y echa al cielo encendido sus florones de chispas. La torre, en la +claridad, luce en el cielo negro como un encaje rojo, mientras pasan +debajo de sus arcos los pueblos del mundo. + + + + +El camarón encantado + +_Cuento de magia del francés Laboulaye._ + + +Allá por un pueblo del mar Báltico, del lado de Rusia, vivía el pobre +Loppi, en un casuco viejo, sin más compañía que su hacha y su mujer. El +hacha ¡bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que quiere decir «fresa +agria». Y era agria Masicas de veras, como la fresa silvestre. ¡Vaya un +nombre: Masicas! Ella nunca se enojaba, por supuesto, cuando le hacían +el gusto, o no la contradecían; pero si se quedaba sin el capricho, era +de irse a los bosques por no oírla. Se estaba callada de la mañana a la +noche, preparando el regaño, mientras Loppi andaba afuera con el hacha, +corta que corta, buscando el pan: y en cuanto entraba Loppi, no paraba +de regañarlo, de la noche a la mañana. Porque estaban muy pobres, y +cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor. De veras +que era pobre la casa de Loppi: las arañas no hacían telas en sus +rincones porque no había allí moscas que coger, y dos ratones que +entraron extraviados, se murieron de hambre. + +Un día estuvo Masicas más buscapleitos que de costumbre, y el buen +leñador salió de la casa suspirando, con el morral vacío al hombro: el +morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las papas que +le daban de limosna. Era muy de mañanita, y al pasar cerca de un charco +vio en la yerba húmeda uno que le pareció animal raro y negruzco, de +muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande por cierto: era un +enorme camarón. «¡Al saco el camarón!: con esta cena le vuelve el juicio +a esa hambrona de Masicas; ¿quién sabe lo que dice cuando tiene +hambre?»Y echó el camarón en el saco. + +Pero ¿qué tiene Loppi, que da un salto atrás, que le tiembla la barba, +que se pone pálido? Del fondo del saco salió una voz tristísima: el +camarón le estaba hablando: + +--Párate, amigo, párate, y déjame ir. Yo soy el más viejo de los +camarones: más de un siglo tengo yo: ¿qué vas a hacer con este carapacho +duro? Sé bueno conmigo, como tú quieres que sean buenos contigo. + +--Perdóname, camaroncito, que yo te dejaría ir; pero mi mujer está +esperando su cena, y si le digo que encontré el camarón mayor del mundo, +y que lo dejé escapar, esta noche sé yo a lo que suena un palo de escoba +cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas. + +--Y ¿por qué se lo has de decir a tu mujer? + +--¡Ay, camaroncito!: eso me dices tú porque no sabes quién es Masicas. +Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz, y uno se +deja llevar: Masicas me vuelve del revés, y me saca todo lo que tengo en +el corazón: Masicas sabe mucho. + +--Pues mira, leñador, que yo no soy camarón como parezco, sino una maga +de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentará, y si no me oyes, +toda la vida te has de arrepentir. + +--Tú contenta a Masicas, y yo te dejaré ir, que por gusto a nadie le +hago daño. + +--Dime qué pescado le gusta más a tu mujer. + +--Pues el que haya, camarón, que los pobres no escogen: lo que has de +hacer es que no vuelva yo con el morral vacío. + +--Pues ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di: +«¡Peces, al morral!» + +Y tantos peces entraron en el morral que casi se le iba Loppi de las +manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro. + +--Ya ves, leñador--le dijo el camarón,--que no soy desagradecido. Ven +acá todas las mañanas, y en cuanto digas: «¡Al morral, peces!» tendrás +el morral lleno, de los peces colorados, de los peces de plata, de los +peces amarillos. Y si quieres algo más, ven y dime así: + +/P + «Camaroncito duro, + + _Sácame del apuro»_: +P/ + +y yo saldré, y veré lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio, y +no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy. + +--Probaré, señora maga, probaré--dijo el leñador; y puso en la yerba con +mucho cuidado el camarón milagroso, que se metió de un salto en el agua. + +Iba como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba, +pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya no podía +más de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar, primero un lucio +como de una vara, luego una carpa, radiante como el oro, luego dos +truchas, y un mundo de meros. Masicas abrazó a Loppi, y lo volvió a +abrazar, y le dijo: «¡leñadorcito mío!» + +--Ya ves, ya ves, Loppi, lo que nos sucede por haber oído a tu mujer y +salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y tráeme unos +ajos y cebollas, y tráeme unas setas: anda, anda al monte, leñadorcito, +que te voy a hacer una sopa que no la come el rey. Y la carpa la +asaremos: ni un regidor va a comer mejor que nosotros. + +Y fue muy buena por cierto la comida, porque Masicas no hacía sino lo +que quería Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoció, que era +como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al otro día no le +hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados. Y al otro, se puso a +hablar sola. Y el sábado, le sacó la lengua en cuanto lo vio venir. Y el +domingo, se le fue encima a Loppi, que volvía con su morral a cuestas. + +--¡Mal marido, mal hombre, mal compañero! ¡que me vas a matar a pescado! +¡que de verte el morral me da el alma vueltas! + +--Y ¿qué quieres que te traiga, pues?--dijo el pobre Loppi. + +--Pues lo que comen todas las mujeres de los leñadores honrados: una +sopa buena y un trozo de tocino. + +«Con tal--pensó Loppi--que la maga me quiera hacer este favor.» + +Y al otro día a la mañanita fue al charco, y se puso a dar voces: + +/P + «Camaroncito duro, + Sácame del apuro.» +P/ + +y el agua se movió, y salió una boca negra, y luego otra boca, y luego +la cabeza, con dos ojos grandes que resplandecían. + +--¿Qué quiere el leñador? + +--Para mí, nada; nada para mí, camaroncito: ¿qué he de querer yo? Pero +ya mi mujer se cansó del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo de +tocino. + +--Pues tendrá lo que quiere tu mujer--respondió el camarón.--Al sentarte +esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo meñique, y di a cada +golpe: «¡Sopa, aparece: aparece, tocino!»Y verás que aparecen. Pero ten +cuidado, leñador, que si tu mujer empieza a pedir, no va a acabar nunca. + +--Probaré, señora maga, probaré--dijo Loppi, suspirando. + +Como una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro día en +la mesa Masicas, que comió sopa dos veces, y tocino tres, y luego abrazó +a Loppi, y lo llamó: «Loppi de mi corazón». + +Pero a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa, se +puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los puños alzados: + +--¿Hasta cuándo me has de atormentar, mal marido, mal compañero, mal +hombre? ¿que una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca? + +--Pero ¿qué quieres, amor mío, qué quieres? + +--Pues quiero una buena comida, mal marido: un ganso asado, y unos +pasteles para postres. + +En toda la noche no cerró Loppi los ojos, pensando en el amanecer, y en +los puños alzados de Masicas, que le parecieron un ganso cada uno. Y a +paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del día. Y las +voces que daba parecían hilos, por lo tristes, por lo delgadas: + +/P + «Camaroncito duro, + Sácame del apuro.» +P/ + +--¿Qué quiere el leñador? + +--Para mí, nada: ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se está cansando +del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, señora maga. Pero mi mujer +se ha cansado, y quiere algo ligero, así como un gansito asado, así como +unos pastelitos. + +--Pues vuélvete a tu casa, leñador, y no tienes que venir cuando tu +mujer quiera cambiar de comida, sino pedírselo a la mesa, que yo le +mandaré a la mesa que se lo sirva. + +En un salto llegó Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y tirando +por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mesa de platos, cuando él +llegó, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra +de estaño: y el ganso con papas, y un pudín de ciruelas. Hasta un frasco +de anisete había en la mesa, con su forro de paja. + +Pero Masicas estaba pensativa. Y a Loppi ¿quién le daba todo aquello? +Ella quería saber: «¡Dímelo, Loppi!»Y Loppi se lo dijo, cuando ya no +quedaba del anisete más que el forro de paja, y estaba Masicas más dulce +que el anís. Pero ella prometió no decírselo a nadie: no había una +vecina en doce leguas a la redonda. + +A los pocos días, una tarde que Masicas había estado muy melosa, le +contó a Loppi muchos cuentos y le acabó así el discurso: + +--Pero, Loppi mío, ya tú no piensas en tu mujercita: comer, es verdad, +come mejor que la reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi, como +la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga no te tendrá a +mal que quieras vestir bien a tu mujercita. + +A Loppi le pareció que Masicas tenía mucha razón, y que no estaba bien +sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre. Pero la voz se +le resistía cuando a la mañanita llamó al camarón encantado: + +/P + «Camaroncito duro, + Sácame del apuro.» +P/ + +El camarón entero sacó el cuerpo del agua. + +--¿Qué quiere el leñador? + +--Para mí, nada; ¿qué puedo yo querer? Pero mi mujer está triste, señora +maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su señoría me dé poder +para tenerla con traje de señora. + +El camarón se echó a reír, y estuvo riendo un rato, y luego dijo a +Loppi: «Vuélvete a casa, leñador, que tu mujer tendrá lo que desea.» + +--¡Oh, señor camarón! ¡oh, señora maga! ¡déjeme que le bese la patica +izquierda, la que está del lado del corazón! ¡déjeme que se la bese! + +Y se fue cantando un canto que le había oído a un pájaro dorado que le +daba vueltas a una rosa: y cuando entró a su casa vio a una bella +señora, y la saludó hasta los pies; y la señora se echó a reír, porque +era Masicas, su linda Masicas, que estaba como un sol de la hermosura. Y +se tomaron los dos de la mano, y bailaron en redondo, y se pusieron a +dar brincos. + +A los pocos días Masicas estaba pálida, como quien no duerme, y con los +ojos colorados, como de mucho llorar. «Y dime, Loppi», le decía una +tarde, con un pañuelo de encaje en la mano: «¿de qué me sirve tener tan +buen vestido sin un espejo donde mirarme, ni una vecina que me pueda +ver, ni más casa que este casuco? Loppi, dile a la maga que esto no +puede ser.»Y lloraba Masicas, y se secaba los ojos colorados con su +pañuelo de encaje: «Dile, Loppi, a la maga que me dé un castillo +hermoso, y no le pediré nada más.» + +--¡Masicas, tú estás loca! Tira de la cuerda y se reventará. Conténtate, +mujer, con lo que tienes, que si no, la maga te castigará por ambiciosa. + +--¡Loppi, nunca serás más que un zascandil! ¡El que habla con miedo se +queda sin lo que desea! Háblale a la maga como un hombre. Háblale, que +yo estoy aquí para lo que suceda. + +Y el pobre Loppi volvió al charco, como con piernas postizas. Iba +temblando todo él. ¿Y si el camarón se cansaba de tanto pedirle, y le +quitaba cuanto le dio? ¿Y si Masicas lo dejaba sin pelo si volvía sin el +castillo? Llamó muy quedito: + +/P + «Camaroncito duro, + Sácame del apuro.» +P/ + +--¿Qué quiere el leñador?--dijo el camarón, saliendo del agua poco a +poco. + +--Nada para mí: ¿qué más podría yo querer? Pero mi mujer no está +contenta y me tiene en tortura, señora maga, con tantos deseos. + +--¿Y qué quiere la señora, que ya no va a parar de querer? + +--Pues una casa, señora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser +princesa del castillo, y no volverá a pedir nada más. + +--Leñador--dijo el camarón, con una voz que Loppi no le conocía:--tu +mujer tendrá lo que desea.--Y desapareció en el agua de repente. + +A Loppi le costó mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiado +todo el país, y en vez de matorrales había ganados y siembras hermosas, +y en medio de todo una casa muy rica con un jardín lleno de flores. Una +princesa bajó a saludarlo a la puerta del jardín, con un vestido de +plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas: «Ahora sí, Loppi, que +soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga es muy buena.»Y Loppi se +echó a llorar de alegría. + +Vivía Masicas con todo el lujo de su señorío. Los barones y las +baronesas se disputaban el honor de visitarla: el gobernador no daba +orden sin saber si le parecía bien: no había en todo el país quien +tuviera un castillo más opulento, ni coches con más oro, ni caballos más +finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus gallinas +de Guinea, sus faisanes de Terán, sus cabras eran suizas. ¿Qué le +faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar? Se lo dijo a +Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas quería algo más. Quería +ser reina Masicas:«¿No ves que para reina he nacido yo? ¿No ves, Loppi +mío, que tú mismo me das siempre la razón, aunque eres más terco que una +mula? Ya no puedo esperar, Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina.» + +Loppi no quería ser rey. Almorzaba bien, comía mejor; ¿a qué los +trabajos de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas decía a querer, no +había más remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol, +limpiándose los sudores, y con la sangre a medio helar. Llegó. Llamó. + +/P + «Camaroncito duro, + Sácame del apuro.» +P/ + +Vio salir del agua las dos bocas negras. Oyó que le decían «¿qué quiere +el leñador?»pero no tenía fuerzas para dar su recado. Al fin dijo +tartamudeando: + +--Para mí, nada: ¿qué pudiera yo pedir? Pero se ha cansado mi mujer de +ser princesa. + +--¿Y qué quiere ahora ser la mujer del leñador? + +--¡Ay, señora maga!: reina quiere ser. + +--¿Reina no más? Me salvaste la vida, y tu mujer tendrá lo que desea. +¡Salud, marido de la reina! + +Y cuando Loppi volvió a su casa, el castillo era un palacio, y Masica +tenía puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes, con sus +medias de seda y sus casaquines, iban detrás de la reina Masicas, +cargándole la cola. + +Y Loppi almorzó contento, y bebió en copa tallada su anisete más fino, +seguro de que Masicas tenía ya cuanto podía tener. Y dos meses estuvo +almorzando pechugas de faisán con vinos olorosos, y paseando por el +jardín con su capa de armiño y su sombrero de plumas, hasta que un día +vino un chambelán de casaca carmesí con botones de topacio, a decirle +que la reina lo quería ver, sentada en su trono de oro. + +--Estoy cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos +hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres. Ve a +ver a la maga por última vez. Ve: dile lo que quiero. + +--Pero ¿qué quieres entonces, infeliz? ¿Quieres reinar en el cielo donde +están los soles y las estrellas, y ser dueña del mundo? + +--Que vayas te digo, y le digas a la maga que quiero reinar en el cielo, +y ser dueña del mundo. + +--Que no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura. + +--Soy tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten la +cabeza. + +--Voy, mi reina, voy.--Y se echó al brazo el manto de armiño, y salió +corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba como si +le corrieran detrás, alzando los brazos, arrodillándose en el suelo, +golpeándose la casaca bordada de colores: «¡Tal vez--pensaba Loppi--tal +vez el camarón tenga piedad de mí!» Y lo llamó desde la orilla, con voz +como un gemido: + +/P + «Camaroncito duro, + Sácame del apuro.» +P/ + +Nadie respondió. Ni una hoja se movió. Volvió a llamar, con la voz como +un soplo. + +--¿Qué quiere el leñador?--respondió otra voz terrible. + +--Para mí, nada: ¿qué he de querer para mí? Pero la reina, mi mujer, +quiere que le diga a la señora maga su último deseo: el último, señora +maga. + +--¿Qué quiere ahora la mujer del leñador? + +Loppi, espantado, cayó de rodillas. + +--¡Perdón, señora, perdón! ¡Quiere reinar en el cielo, y ser dueña del +mundo! + +El camarón dio una vuelta en redondo, que le sacó al agua espuma, y se +fue sobre Loppi, con las bocas abiertas: + +--¡A tu rincón, imbécil, a tu rincón! ¡los maridos cobardes hacen a las +mujeres locas! ¡abajo el palacio, abajo el castillo, abajo la corona! ¡A +tu casuca con tu mujer, marido cobarde! ¡A tu casuca con el morral +vacío! + +Y se hundió en el agua, que silbó como cuando mojan un hierro caliente. + +Loppi se tendió en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levantó, +no tenía en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo el +manto de armiño, ni vestía la casaca bordada de colores. El camino era +oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados y pinos enfermos +eran la única arboleda. El suelo era, como antes, de pozos y pantanos. +Cargaba a la espalda su morral vacío. Iba, sin saber que iba, mirando a +la tierra. + +Y de pronto sintió que le apretaban el cuello dos manos feroces. + +--¿Estás aquí, monstruo? ¿Estás aquí, mal marido? ¡Me has arruinado, mal +compañero! ¡Muere a mis manos, mal hombre! + +--¡Masicas, que te lastimas! ¡Oye a tu Loppi, Masicas! + +Pero las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron, y +cayó muerta, muerta de la furia. Loppi se sentó a sus pies, le compuso +los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada el morral vacío. Por +la mañana, cuando salió el sol, Loppi estaba tendido junto a Masicas, +muerto. + + + + +El Padre las Casas. + + +Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos años. Cuatrocientos años hace +que vivió el Padre las Casas, y parece que está vivo todavía, porque fue +bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque +con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era +hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de +tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa. Y +otras veces se levantaba del sillón, como si le quemase: se apretaba las +sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parecía +como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro +famoso de la _Destrucción de las Indias_, los horrores que vio en las +Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se le encendían +los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena +de lágrimas. Así pasó la vida, defendiendo a los indios. + +Aprendió en España a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y +vino con Colón a la isla Española en un barco de aquellos de velas +infladas y como cáscara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con muchos +latines. Decían los marineros que era grande su saber para un mozo de +veinticuatro años. El sol, lo veía él siempre salir sobre cubierta. Iba +alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero desde que +llegó, empezó a hablar poco. La tierra, sí, era muy hermosa, y se vivía +como en una flor: ¡pero aquellos conquistadores asesinos debían de venir +del infierno, no de España! Español era él también, y su padre, y su +madre; pero él no salía por las islas Lucayas a robarse a los indios +libres: ¡porque en diez años ya no quedaba indio vivo de los tres +millones, o más, que hubo en la Española!: él no los iba cazando con +perros hambrientos, para matarlos a trabajo en las minas: él no les +quemaba las manos y los pies cuando se sentaban porque no podían andar, +o se les caía el pico porque ya no tenían fuerzas: él no los azotaba, +hasta verlos desmayar, porque no sabían decirle a su amo donde había más +oro: él no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio +de la mesa no pudo con la carga que traía de la mina, y le mandó cortar +en castigo las orejas: él no se ponía el jubón de lujo, y aquella capa +que llamaban ferreruelo, para ir muy galán a la plaza a las doce, a ver +la quema que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los +cinco indios. El los vio quemar, los vio mirar con desprecio desde la +hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso más que el jubón negro ni +cargó caña de oro, como los otros licenciados ricos y regordetes, sino +que se fue a consolar a los indios por el monte, sin más ayuda que su +bastón de rama de árbol. + +Al monte se habían ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban +en la Española. Como amigos habían recibido ellos a los hombres blancos +de las barbas: ellos les habían regalado con su miel y su maíz, y el +mismo rey Behechío le dio de mujer a un español hermoso su hija +Higuemota, que era como la torcaza y como la palma real: ellos les +habían enseñado sus montañas de oro, y sus ríos de agua de oro, y sus +adornos, todos de oro fino, y les habían puesto sobre la coraza y +guanteletes de la armadura pulseras de las suyas, y collares de oro: ¡y +aquellos hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus +indias, y sus hijos; los metían en lo hondo de la mina, a halar la carga +de piedra con la frente; se los repartían, y los marcaban con el hierro, +como esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel +país de pájaros y de frutas los hombres eran bellos y amables; pero no +eran fuertes. Tenían el pensamiento azul como el cielo, y claro como el +arroyo; pero no sabían matar, forrados de hierro, con el arcabuz cargado +de pólvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no se puede +atravesar una coraza. Caían, como las plumas y las hojas. Morían de +pena, de furia, de fatiga, de hambre, de mordidas de perros. ¡Lo mejor +era irse al monte, con el valiente Guaroa, y con el niño Guarocuya, a +defenderse con las piedras, a defenderse con el agua, a salvar al +reyecito bravo, a Guairocuya! El saltaba el arroyo, de orilla a orilla; +él clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la +cabeza iba él; se le oía la risa de noche, como un canto; lo que él no +quería era que lo llevase nadie en hombros. Así iban por el monte, +cuando se les apareció entre los españoles armados el Padre las Casas, +con sus ojos tristísimos, en su jubón y su ferreruelo. El no les +disparaba el arcabuz: él les abría los brazos. Y le dio un beso a +Guarocuya. + +Ya en la isla lo conocían todos, y en España hablaban de él. Era flaco, +y de nariz muy larga, y la ropa se le caía del cuerpo, y no tenía más +poder que el de su corazón; pero de casa en casa andaba echando en cara +a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas; iba a +palacio, a pedir al gobernador que mandase cumplir las ordenanzas +reales; esperaba en el portal de la audiencia a los oidores, caminando +de prisa, con las manos a la espalda, para decirles que venía lleno de +espanto, que había visto morir a seis mil niños indios en tres meses. Y +los oidores le decían: «Cálmese, licenciado, que ya se hará justicia»: +se echaban el ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los +encomenderos, que eran los ricos del país, y tenían buen vino y buena +miel de Alcarria. Ni merienda ni sueño había para las Casas: sentía en +sus carnes mismas los dientes de los molosos que los encomenderos tenían +sin comer, para que con el apetito les buscasen mejor a los indios +cimarrones: le parecía que era su mano la que chorreaba sangre, cuando +sabía que, porque no pudo con la pala, le habían cortado a un indio la +mano: creía que él era el culpable de toda la crueldad, porque no la +remediaba; sintió como que se iluminaba y crecía, y como que eran sus +hijos todos los indios americanos. De abogado no tenía autoridad, y lo +dejaban solo: de sacerdote tendría la fuerza de la Iglesia, y volvería a +España, y daría los recados del cielo, y si la corte no acababa con el +asesinato, con el tormento, con la esclavitud, con las minas, haría +temblar a la corte. Y el día en que entró de sacerdote, toda la isla fue +a verlo, con el asombro de que tomara aquella carrera un licenciado de +fortuna: y las indias le echaron al pasar a sus hijitos, a que le +besasen los hábitos. + +Entonces empezó su medio siglo de pelea, para que los indios no fuesen +esclavos; de pelea en las Américas; de pelea en Madrid; de pelea con el +rey mismo: contra España toda, él solo, de pelea. Colón fue el primero +que mandó a España a los indios en esclavitud, para pagar con ellos las +ropas y comidas que traían a América los barcos españoles. Y en América +había habido repartimiento de indios, y cada cual de los que vino de +conquista, tomó en servidumbre su parte de la indiada, y la puso a +trabajar para él, a morir para él, a sacar el oro de que estaban llenos +los montes y los ríos. La reina, allá en España, dicen que era buena, y +mandó a un gobernador que sacase a los indios de la esclavitud; pero los +encomenderos le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos, y su +porción en las ganancias, y fueron más que nunca los muertos, las manos +cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se echaban de cabeza +al fondo de las minas. «Yo, he visto traer a centenares maniatadas a +estas amables criaturas, y darles muerte a todas juntas, como a las +ovejas.»Fue a Cuba de cura con Diego Velázquez, y volvió de puro horror, +porque antes que para hacer casas, derribaban los árboles para ponerlos +de leñas a las quemazones de los taínos. En una isla donde había +quinientos mil, «vio con sus ojos»los indios que quedaban: once. Eran +aquellos conquistadores soldados bárbaros, que no sabían los +mandamientos de la ley, ¡y tomaban a los indios de esclavos, para +enseñarles la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche, +desvelado de la angustia, hablaba con su amigo Rentería, otro español de +oro. ¡Al rey había que ir a pedir justicia, al rey Fernando de Aragón! +Se embarcó en la galera de tres palos, y se fue a ver al rey. + +Seis veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre que «no +probaba carne». Ni al rey le tenía él miedo, ni a la tempestad. Se iba a +cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el día en +el puente, apuntando sus razones en papel de hilo, y dando a que le +llenaran de tinta el tintero de cuerno, «porque la maldad no se cura +sino con decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo +donde no me la pueda negar nadie, en latín y en castellano». Si en +Madrid estaba el rey, antes que a la posada a descansar del viaje, iba +al palacio. Si estaba en Viena, cuando el rey Carlos de los españoles +era emperador de Alemania, se ponía un hábito nuevo, y se iba a Viena. +Si era su enemigo Fonseca el que mandaba en la junta de abogados y +clérigos que tenía el rey para las cosas de América, a su enemigo se iba +a ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista Oviedo, +el de la «Natural Historia de las Indias», había escrito de los +americanos las falsedades que los que tenían las encomiendas le mandaban +poner, le decía a Oviedo mentiroso, aunque le estuviera el rey pagando +por escribir las mentiras. Si Sepúlveda, que era el maestro del rey +Felipe, defendía en sus «Conclusiones»el derecho de la corona a repartir +como siervos, y a dar muerte a los indios, porque no eran cristianos, a +Sepúlveda le decía que no tenían culpa de estar sin la cristiandad los +que no sabían que hubiera Cristo, ni conocían las lenguas en que de +Cristo se hablaba, ni tenían más noticia de Cristo que la que les habían +llevado los arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las cejas, +como para cortarle el discurso, crecía unas cuantas pulgadas a la vista +del rey, se le ponía ronca y fuerte la voz, le temblaba en el puño el +sombrero, y al rey le decía, cara a cara, que el que manda a los hombres +ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y +que lo había de oír en paz, porque él no venía con manchas de oro en el +vestido blanco, ni traía más defensa que la cruz. + +O hablaba, o escribía, sin descanso. Los frailes dominicanos lo +ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho años, +escribiendo. Sabía religión y leyes, y autores latinos, que era cuanto +en su tiempo se aprendía; pero todo lo usaba hábilmente para defender el +derecho del hombre a la libertad, y el deber de los gobernantes de +respetárselo. Eso era mucho decir, porque por eso quemaban entonces a +los hombres. Llorente, que ha escrito la «Vida de Las Casas» escribió +también la «Historia de la Inquisición» que era quien quemaba: el rey +iba de gala a ver la quemazón, con la reina y los caballeros de la +corte: delante de los condenados venían cantando los obispos, con un +estandarte verde: de la hoguera salía un humo negro. Y Fonseca y +Sepúlveda querían que «el clérigo»las Casas dijese en sus disputas algún +pecado contra la autoridad de la Iglesia, para que los inquisidores lo +condenaran por hereje. Pero «el clérigo»le decía a Fonseca: «¡Lo que yo +digo es lo que dijo en su testamento la buena reina Isabel; y tú me +quieres mal y me calumnias, porque te quito el pan de sangre que comes, +y acuso la encomienda de indios que tienes en América!»Y a Sepúlveda, +que ya era confesor de Felipe II, le decía: «Tú eres disputador famoso, +y te llaman el Livio de España por tus historias; pero yo no tengo miedo +al elocuente que habla contra su corazón, y que defiende la maldad, y te +desafío a que me pruebes en plática abierta que los indios son +malhechores y demonios, cuando son claros y buenos como la luz del día, +e inofensivos y sencillos como las mariposas.»Y duró cinco días la +plática con Sepúlveda. Sepúlveda empezó con desdén, y acabó turbado. El +clérigo lo oía con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se le veía +hincharse la frente. En cuanto Sepúlveda se sentaba satisfecho, como el +que hincó el alfiler donde quiso, se ponía el clérigo en pie, magnífico, +regañón, confuso, apresurado. «¡No es verdad que los indios de México +mataran cincuenta mil en sacrificios al año, sino veinte apenas, que es +menos de lo que mata España en la horca!» «¡No es verdad que sean gente +bárbara y de pecados horribles, porque no hay pecado suyo que no lo +tengamos más los europeos; ni somos nosotros quién, con todos nuestros +cañones y nuestra avaricia, para comparamos con ellos en tiernos y +amigables; ni es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes, +y poetas, y oficios, y gobierno, y artes!» «¡No es verdad, sino, +iniquidad, que el modo mejor que tenga el rey para hacerse de súbditos +sea exterminarlos, ni el modo mejor de enseñar la religión a un indio +sea echarlo en nombre de la religión a los trabajos de las bestias; y +quitarle los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar de la +carga con la frente como los bueyes!»Y citaba versículos de la Biblia, +artículos de la ley, ejemplos de la historia, párrafos de los autores +latinos, todo revuelto y de gran hermosura, como caen las aguas de un +torrente, arrastrando en la espuma las piedras y las alimañas del monte. + +Solo estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo +atrever, ni quería descontentar a los de la conquista, que le mandaban a +la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de niño lo oyó con +veneración, pero lo engañaba después, cuando entró en ambiciones que +requerían mucho gastar, y no estaba para ponerse por las «cosas del +clérigo» en contra de los de América, que le enviaban de tributo los +galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe II, que se gastó un reino en +procurarse otro, y lo dejó todo a su muerte envenenado y frío, como el +agujero en que ha dormido la víbora. Si iba a ver al rey, se encontraba +la antesala llena de amigos de los encomenderos, todos de seda sombreros +de plumas, con collares de oro de los indios americanos: al ministro no +le podía hablar, porque tenía encomiendas él, y tenía minas, o gozaba +los frutos de las que poseía en cabeza de otros. De miedo de perder el +favor de la corte, no le ayudaban los mismos que no tenían en América +interés. Los que más lo respetaban, por bravo, por justo, por astuto, +por elocuente, no lo querían decir, o lo decían donde no los oyeran: +porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza +con su virtud o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en +su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de él, o +dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y le van +clavando la puñalada en la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de +ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le +ayuden, porque estará siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien, +que se parece al cielo de la mañana en la claridad! + +Y como él era tan sagaz que no decía cosa que pudiera ofender al rey ni +a la Inquisición, sino que pedía la bondad con los indios para bien del +rey, y para que se hiciesen más de veras cristianos, no tenían los de la +corte modo de negársele a las claras, sino que fingían estimarle mucho +el celo, y una vez le daban el título de «Protector Universal de los +Indios», con la firma de Fernando, pero sin modo de que le acatasen la +autoridad de proteger; y otra, al cabo de cuarenta años de razonar, le +dijeron que pusiera en papel las razones por que opinaba que no debían +ser esclavos los indios; y otra le dieron poder para que llevase +trabajadores de España a una colonia de Cumaná donde se había de ver a +los indios con amor, y no halló en toda España sino cincuenta que +quisieran ir a trabajar, los cuales fueron, con un vestido que tenía una +cruz al pecho, pero no pudieron poner la colonia, porque el «adelantado» +había ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos +disparaban sus flechas de punta envenenada contra todo el que llevaba +cruz. Y por fin le encargaron, como por entretenerlo, que pidiese las +leyes que le parecían a él bien para los indios, «¡cuantas leyes +quisiera, pues que por ley más o menos no hemos de pelear!», y él las +escribía, y las mandaba el rey cumplir, pero en el barco iba la ley, y +el modo de desobedecerla. El rey le daba audiencia, y hacía como que le +tomaba consejo; pero luego entraba Sepúlveda, con sus pies blandos y sus +ojos de zorra, a traer los recados de los que mandaban los galeones, Y +lo que se hacía de verdad era lo que decía Sepúlveda. Las Casas lo +sabía, lo sabía bien; pero ni bajó el tono, ni se cansó de acusar, ni de +llamar crimen a lo que era, ni de contar en su «Descripción» las +«crueldades», para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por +la vergüenza de que las supiera el mundo. El nombre de los malos no lo +decía, porque era noble y les tuvo compasión. Y escribía como hablaba, +con la letra fuerte y desigual, llena de chispazos de tinta, como +caballo que lleva de jinete a quien quiere llegar pronto, y va +levantando el polvo y sacando luces de la piedra. + +Fue obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino de +Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, vivían los indios en +mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los indios; pero no sólo a +llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence a los pícaros, sino a +acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no +cumplían con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a +hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez +tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los +árboles cuando ha pasado el vendabal. Pero los encomenderos podían más +que él, porque tenían el gobierno de su lado; y le componían cantares en +que le decían traidor y español malo; y le daban de noche músicas de +cencerro, y le disparaban arcabuces a la puerta para ponerlo en temor, y +le rodeaban el convento armados,--todos armados, contra un viejo flaco y +solo. Y hasta le salieron al camino de Ciudad Real para que no volviera +a entrar en la población. El venía a pie, con su bastón, y con dos +españoles buenos, y un negro que lo quería como a padre suyo: porque es +verdad que las Casas por el amor de los indios, aconsejó al principio de +la conquista que se siguiese trayendo esclavos negros, que resistían +mejor el calor; pero luego que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y +decía: «¡con mi sangre quisiera pagar el pecado de aquel consejo que di +por mi amor a los indios!» Con su negro cariñoso venía, y los dos +españoles buenos. Venía tal vez de ver cómo salvaba a la pobre india que +se le abrazó a las rodillas a la puerta de su templo mexicano, loca de +dolor porque los españoles le habían matado al marido de su corazón, que +fue de noche a rezarles a los dioses: ¡y vio de pronto las Casas que +eran indios los centinelas que los españoles le habían echado para que +no entrase! ¡El les daba a los indios su vida, y los indios venían a +atacar a su salvador, porque se lo mandaban los que los azotaban! Y no +se quejó, sino que dijo así: «Pues por eso, hijos míos, os tengo de +defender más, porque os tienen tan martirizados que no tenéis ya valor +ni para agradecer.» Y los indios, llorando, se echaron a sus pies, y le +pidieron perdón. Y, entró en Ciudad Real, donde los encomenderos lo +esperaban, armados de arcabuz y cañón, como para ir a la guerra. Casi a +escondidas tuvo que embarcarlo para España el virrey, porque los +encomenderos lo querían matar. El se fue a su convento, a pelear, a +defender, a llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa y +dos años. + + + + +Los zapaticos de rosa + +_A mademoiselle Marie: José Martí_ + + +/P + + Hay sol bueno y mar de espuma, + Y arena fina, y Pilar + Quiere salir a estrenar + Su sombrerito de pluma. + + --«¡Vaya la niña divina!» + Dice el padre, y le da un beso: + «Vaya mi pájaro preso + A buscarme arena fina.» + + --«Yo voy con mi niña hermosa», + Le dijo la madre buena: + «¡No te manches en la arena + Los zapaticos de rosa!» + + Fueron las dos al jardín + Por la calle del laurel: + La madre cogió un clavel + Y Pilar cogió un jazmín. + + Ella va de todo juego, + Con aro, y balde, y paleta: + El balde es color violeta: + El aro es color de fuego. + + Vienen a verlas pasar: + Nadie quiere verlas ir: + La madre se echa a reír, + Y un viejo se echa a llorar. + + El aire fresco despeina + A Pilar, que viene y va + Muy oronda:--«¡Di, mamá! + ¿Tú sabes qué cosa es reina?» + + Y por si vuelven de noche + De la orilla de la mar, + Para la madre y Pilar + Manda luego el padre el coche. + + Está la playa muy linda: + Todo el mundo está en la playa: + Lleva espejuelos el aya + De la francesa Florinda. + + Está Alberto, el militar + Que salió en la procesión + Con tricornio y con bastón, + Echando un bote a la mar. + + ¡Y qué mala, Magdalena + Con tantas cintas y lazos, + A la muñeca sin brazos + Enterrándola en la arena! + + Conversan allá en las sillas, + Sentadas con los señores, + Las señoras, como flores, + Debajo de las sombrillas. + + Pero está con estos modos + Tan serios, muy triste el mar: + ¡Lo alegre es allá, al doblar, + En la barranca de todos! + + Dicen que suenan las olas + Mejor allá en la barranca, + Y que la arena es muy blanca + Donde están las niñas solas. + + Pilar corre a su mamá: + --«¡Mamá, yo voy a ser buena: + Déjame ir sola a la arena: + Allá, tú me ves, allá!» + + --«¡Esta niña caprichosa! + No hay tarde que no me enojes: + Anda, pero no te mojes + Los zapaticos de rosa.» + + Le llega a los pies la espuma: + Gritan alegres las dos: + Y se va, diciendo adiós, + La del sombrero de pluma. + + ¡Se va allá, donde ¡muy lejos! + Las aguas son más salobres, + Donde se sientan los pobres, + Donde se sientan los viejos! + + Se fue la niña a jugar, + La espuma blanca bajó, + Y pasó el tiempo, y pasó + Un águila por el mar, + + Y cuando el sol se ponía + Detrás de un monte dorado, + Un sombrerito callado + Por las arenas venía. + + Trabaja mucho, trabaja + Para andar: ¿qué es lo que tiene + Pilar que anda así, que viene + Con la cabecita baja? + + Bien sabe la madre hermosa + Por qué le cuesta el andar: + --«¿Y los zapatos, Pilar, + Los zapaticos de rosa? + + «¡Ah, loca! ¿en dónde estarán? + ¡Di dónde, Pilar!»--«Señora», + Dice una mujer que llora: + «¡Están conmigo: aquí están! + + «Yo tengo una niña enferma + Que llora en el cuarto oscuro + Y la traigo al aire puro + A ver el sol, y a que duerma + + «Anoche soñó, soñó + Con el cielo, y oyó un canto: + Me dio miedo, me dio espanto, + Y la traje, y se durmió. + + «Con sus dos brazos menudos + Estaba como abrazando; + Y yo mirando, mirando + Sus piececitos desnudos. + + «Me llegó al cuerpo la espuma, + Alcé los ojos, y vi + Esta niña frente a mí + Con su sombrero de pluma. + + --«¡Se parece a los retratos + Tu niña!» dijo: «¿Es de cera? + ¿Quiere jugar? ¡si quisiera!... + ¿Y por qué está sin zapatos?» + + «Mira: ¡la mano le abrasa, + Y tiene los pies tan fríos! + ¡Oh, toma, toma los míos: + Yo tengo más en mi casa!» + + «No sé bien, señora hermosa, + Lo que sucedió después: + ¡Le vi a mi hijita en los pies + Los zapaticos de rosa!» + + Se vio sacar los pañuelos + A una rusa y a una inglesa; + El aya de la francesa + Se quitó los espejuelos. + + Abrió la madre los brazos: + Se echó Pilar en su pecho, + Y sacó el traje deshecho, + Sin adornos y sin lazos. + + Todo lo quiere saber + De la enferma la señora: + ¡No quiere saber que llora + De pobreza una mujer! + + --«¡Sí, Pilar, dáselo! ¡y eso + También! ¡tu manta! ¡tu anillo!» + Y ella le dio su bolsillo, + Le dio el clavel, le dio un beso. + + Vuelven calladas de noche + A su casa del jardín: + Y Pilar va en el cojín + De la derecha del coche. + + Y dice una mariposa + Que vio desde su rosal + Guardados en un cristal + Los zapaticos de rosa. + +P/ + + + + +La última página + + +Este es el número de _La Edad de Oro_, donde se ve lo viejo y lo nuevo +del mundo, y se aprende cómo las cosas de guerra y de muerte no son tan +bellas como las de trabajar: ¡a saber si el tiempo del Padre las Casas +era mejor que el de la Exposición de París! ¿Y quién es mejor: Masicas, +o Pilar? Sólo que en todo lo de esta vida hay siempre un desventurado. Y +el desventurado de _La Edad de Oro_ es el artículo sobre la _Historia +de la Cuchara_, _el Tenedor y el Cuchillo_, que en cada número se +anuncia muy orondo, como si fuera una maravilla, y luego sucede que no +queda lugar para él. Lo que le está muy bien empleado, por pedante, y +por andarse anunciando así. Las cosas buenas se deben hacer sin llamar +al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque +allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha +dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil. +Los niños debían echarse a llorar, cuando ha pasado el día sin que +aprendan algo nuevo, sin que sirvan de algo. + +¡Quién sabe si sirve, quién sabe, el artículo de la Exposición de París! +Pero va a suceder como con la Exposición, que de grande que es no se la +puede ver, toda, y la primera vez se sale de allí como con chispas y +joyas en la cabeza, pero luego se ve más despacio, y cada hermosura va +apareciendo entera y clara entre las otras. Hay que leerlo dos veces: y +leer luego cada párrafo suelto: lo que hay que leer, sobre todo, con +mucho cuidado, es lo de los pabellones de nuestra América. Una pena, +tiene _La Edad de Oro_; y es que no pudo encontrar lámina del pabellón +del Ecuador. ¡Está triste la mesa cuando falta uno de los hermanos! + + + + +Un paseo por la tierra de los anamitas + + +Cuentan un cuento de cuatro hindús ciegos, de allí del Indostán de Asia, +que eran ciegos desde el nacer, y querían saber cómo era un elefante. +«Vamos, dijo uno, adonde el elefante manso de la casa del rajá, que es +príncipe generoso, y nos dejará saber cómo es.» Y a citas del príncipe +se fueron, con su turbante blanco y su manto blanco; y oyeron en el +camino rugir a la pantera y graznar al faisán de color de oro, que es +como un pavo con dos plumas muy largas en la cola; y durmieron de noche +en las ruinas de piedra de la famosa Jehanabad, donde hubo antes mucho +comercio y poder; y pasaron por sobre un torrente colgándose mano a mano +de una cuerda, que estaba a los dos lados levantada sobre una horquilla, +como la cuerda floja en que bailan los gimnastas en los circos; y un +carretero de buen corazón les dijo que se subieran en su carreta, porque +su buey giboso de astas cortas era un buey bonazo, que debió ser algo +así como abuelo en otra vida, y no se enojaba porque se le subieran los +hombres encima, sino que miraba a los caminantes como convidándoles a +entrar en el carro. Y así llegaron los cuatro ciegos al palacio del +rajá, que era por fuera como un castillo, y por dentro como una caja de +piedras preciosas, lleno todo de cojines y de colgaduras, y el techo +bordado, y las paredes con florones de esmeraldas y zafiros, y las +sillas de marfil, y el trono del rajá de marfil y de oro. «Venimos, +señor rajá, a que nos deje ver con nuestras manos, que son los ojos de +los pobres ciegos, cómo es de figura un elefante manso.» «Los ciegos son +santos», dijo el rajá, «los hombres que desean saber son santos: los +hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin preguntar, +ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar +otros: vayan los cuatro ciegos a ver con sus manos el elefante manso.» +Echaron a correr los cuatro, como si les hubiera vuelto de repente la +vista: uno cayó de nariz sobre las gradas del trono del rajá: otro dio +tan recio contra la pared que se cayó sentado, viendo si se le había ido +en el coscorrón algún retazo de cabeza: los otros dos, con los brazos +abiertos, se quedaron de repente abrazados. El secretario del rajá los +llevó adonde el elefante manso estaba, comiéndose su ración de treinta y +nueve tortas de arroz y quince de maíz, en una fuente de plata con el +pie de ébano; y cada ciego se echó, cuando el secretario dijo «¡ahora!», +encima del elefante, que era de los pequeños y regordetes: uno se le +abrazó por una pata: el otro se le prendió a la trompa, y subía en el +aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro +tenía agarrada un asa de la fuente del arroz y el maíz. «Ya sé» decía el +de la pata: «el elefante es alto y redondo, como una torre que se +mueve.» «¡No es verdad!», decía el de la trompa: «el elefante es largo, +y acaba en pico, como un embudo de carne.» «¡Falso y muy falso!», decía +el de la cola: «el elefante es como un badajo de campana» «Todos se +equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve», +decía el del asa de la fuente. Y así son los hombres, que cada uno cree +que sólo lo que él piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa +que no se debe creer sino lo que él cree, lo mismo que los cuatro ciegos +del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cariño lo que +los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver +que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el +mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los +hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, +y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y +peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento. + +También, y tanto como los más bravos, pelearon, y volverán a pelear, los +pobres anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten de seda, +allá lejos, en Asia, por la orilla del mar, debajo de China. No nos +parecen de cuerpo hermoso, ni nosotros les parecemos hermosos a ellos: +ellos dicen que es un pecado cortarse el pelo, porque la naturaleza nos +dio pelo largo, y es un presumido el que se crea más sabio que la +naturaleza, así que llevan el pelo en moño, lo mismo que las mujeres: +ellos dicen que el sombrero es para que dé sombra, a no ser que se le +lleve como señal de mando en la casa del gobernador, que entonces puede +ser casquete sin alas: de modo que el sombrero anamita es como un +cucurucho, con el pico arriba, y la boca muy ancha: ellos dicen que en +su tierra caliente se ha de vestir suelto y ligero, de modo que llegue +al cuerpo el aire, y no tener al cuerpo preso entre lanas y casimires, +que se beben los rayos del sol, y sofocan y arden: ellos dicen que el +hombre no necesita ser de espaldas fuertes, porque los cambodios son más +altos y robustos que los anamitas, pero en la guerra los anamitas han +vencido siempre a sus vecinos los cambodios; y que la mirada no debe ser +azul, porque el azul engaña y abandona, como la nube del cielo y el agua +del mar; y que el color no debe ser blanco, porque la tierra, que da +todas las hermosuras, no es blanca, sino de los colores de bronce de los +anamitas; y que los hombres no deben llevar barba, que es cosa de +fieras: aunque los franceses, que son ahora los amos de Anam, responden +que esto de la barba no es más que envidia, porque bien que se deja el +anamita el poco bigote que tiene: ¿y en sus teatros, quién hace de rey, +sino el que tiene la barba más larga? ¿y el mandarín, no sale a las +tablas con bigotes de tigre? ¿y los generales, no llevan barba colorada? +«¿Y para qué necesitamos tener los ojos más grandes», dicen los +anamitas, «ni más juntos a la nariz?: con estos ojos de almendra que +tenemos, hemos fabricado el Gran Buda de Hanoi, el dios de bronce, con +cara que parece viva, y alto como una torre; hemos levantado la pagoda +de Angkor, en un bosque de palmas, con corredores de a dos leguas, y +lagos en los patios, y una casa en la pagoda para cada dios, y mil +quinientas columnas, y calles de estatuas; hemos hecho en el camino de +Saigón a Cholen, la pagoda donde duermen, bajo una corona de torres +caladas, los poetas, que cantaron el patriotismo y el amor, los santos +que vivieron entre los hombres con bondad y pureza, los héroes que +pelearon por libertamos de los cambodios, de los siameses y de los +chinos: y nada se parece tanto, a la luz como los colores de nuestras +túnicas de seda. Usamos moño, y sombrero de pico, y calzones anchos, y +blusón de color, y somos amarillos, chatos, canijos y feos; pero +trabajamos a la vez el bronce y la seda: y cuando los franceses nos han +venido a quitar nuestro Hanoi, nuestro Hue, nuestras ciudades de +palacios de madera, nuestros puertos llenos de casas de bambú y de +barcos de junco, nuestros almacenes de pescado y arroz, todavía, con +estos ojos de almendra, hemos sabido morir, miles sobre miles, para +cerrarles el camino. Ahora son nuestros amos; pero mañana ¡quién sabe!» + +Y se pasean callados, a paso igual y triste, sin sorprenderse de nada, +aprendiendo lo que no saben, con las manos en los bolsillos de la blusa: +de la blusa azul, sujeta al cuello con un botón de cristal amarillo: y +por zapato llevan una suela de cordón, atada al tobillo con cintas. Ese +es el traje del pescador; del que fabrica las casas de caña, con el +techo de paja de arroz; del marino ligero, en su barca de dos puntas; +del ebanista, que maneja la herramienta con los pies y las manos, y +embute los adornos de nácar en las camas y sillas de madera preciosa; +del tejedor, que con los hilos de plata y de oro borda pájaros de tres +cabezas, y leones con picos y alas, y cigüeñas con ojos de hombre, y +dioses de mil brazos: ése es el traje del pobre cargador, que se muere +joven del cansancio de halar la _djirincka_, que es el coche de dos +ruedas, de que va halando el anamita pobre: trota, trota como un +caballo: más que el caballo anda, y más aprisa: ¡y dentro, sin pena y +sin vergüenza, va un hombre sentado!: como los caballos se mueren +después, del mal de correr, los pobres cargadores. Y de beber clarete y +borgoña, y del mucho comer, se mueren, colorados y gordos, los que se +dejan halar en la _djirincka_, echándose aire con el abanico; los +militares ingleses, los empleados franceses, los comerciantes chinos. + +¿Y ese pueblo de hombres trotones es el que levantó las pagodas de tres +pisos, con lagos en los patios, y casas para cada dios, y calles de +estatuas; el que fabricó leones de porcelana y gigantes de bronce; el +que tejió la seda con tanto color que centellea al sol, como una capa de +brillantes? A eso llegan los pueblos que se cansan de defenderse: a +halar como las bestias del carro de sus amos: y el amo va en el carro, +colorado y gordo. Los anamitas están ahora cansados. A los pueblos +pequeños les cuesta mucho trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado +siempre defendiendo. Los vecinos fuertes, el chino y el siamés, lo han +querido conquistar. Para defenderse del siamés, entró en amistades con +el chino, que le dijo muchos amores, y lo recibió con procesiones y +fuegos y fiestas en los ríos, y le llamó «querido hermano». Pero luego +que entró en la tierra de Anam, lo quiso mandar como dueño, hace como +dos mil años: ¡y dos mil años hace que los anamitas se están defendiendo +de los chinos! Y con los franceses les sucedió así también, porque con +esos modos de mando que tienen los reyes no llegan nunca los pueblos a +crecer, y más allá, que es como en China, donde dicen que el rey es hijo +del cielo, y creen pecado mirarlo cara a cara, aunque los reyes saben +que son hombres como los demás, y pelean unos contra otros para tener +más pueblos y riquezas: y los hombres mueren sin saber porqué, +defendiendo a un rey o a otro. En una de esas peleas de reyes andaba por +Anam un obispo francés, que hizo creer al rey vencido que Luis XVI de +Francia le daría con qué pelear contra el que le quitó el mando al de +Anam: y el obispo se fue a Francia con el hijo del rey, y luego vino +solo, porque con la revolución que había en París no lo podía Luis XVI +ayudar; juntó a los franceses que había por la India de Asia: entró en +Anam; quitó el poder al rey nuevo; puso al rey de antes a mandar. Pero +quien mandaba de veras eran los franceses, que querían para ellos todo +lo del país, y quitaban lo de Anam para poner lo suyo, hasta que Anam +vio que aquel amigo de afuera era peligroso, y valía más estar sin el +amigo, y lo echó de una pelea de la tierra, que todavía sabía pelear: +sólo que los franceses vinieron luego con mucha fuerza, y con +cañones en sus barcos de combate, y el anamita no se pudo defender en el +mar con sus barcos de junco, que no tenían cañones; ni pudo mantener +sus ciudades, porque con lanzas no se puede pelear contra balas; y por +Saigón, que fue por donde entró el francés, hay poca piedra con que +fabricar murallas; ni estaba el anamita acostumbrado a ese otro modo de +pelear, sino a sus guerras de hombre a hombre, con espada y lanza, pecho +a pecho los hombres y los caballos. Pueblo a pueblo se ha estado +defendiendo un siglo entero del francés, huyéndole unas veces, otras +cayéndole encima, con todo el empuje de los caballos, y despedazándole +el ejército: China le mandó sus jinetes de pelea, porque tampoco quieren +los chinos al extranjero en su tierra, y echarlo de Anam era como +echarlo de China: pero él francés es de otro mundo, que sabe más de +guerras y de modos de matar; y pueblo a pueblo, con la sangre a la +cintura, les ha ido quitando el país a los anamitas. + +Los anamitas se pasean, callados, a paso igual y triste, con las manos +en los bolsillos de la blusa azul. Trabajan. Parecen plateros finos en +todo lo que hacen, en la madera, en el nácar, en la armería, en los +tejidos, en las pinturas, en los bordados, en los arados. No aran con +caballo ni con buey, sino con búfalo. La tela de los vestidos la pintan +a mano. Con los cuchillos de tallar labran en la madera dura pueblos +enteros, con la casa al fondo, y los barcos navegando en el río, y la +gente a miles en los barcos, y árboles, y faroles, y puentes, y botes de +pescadores, todo tan menudo como si lo hubieran hecho con la uña. La +casa es como para enanos, y tan bien hecha que parece casa de juguete, +toda hecha de piezas. Las paredes, las pintan: los techos, que son de +madera, los tallan con mucha labor, como las paredes de afuera: por +todos los rincones hay vasos de porcelana, y los grifos de bronce con +las alas abiertas, y pantallas de seda bordada, con marcos de bambú. No +hay casa sin su ataúd, que es allá un mueble de lujo, con los adornos de +nácar: los hijos buenos le dan al padre como regalo un ataúd lujoso, y +la muerte es allá como una fiesta, con su música de ruido y sus cantares +de pagoda: no les parece que la vida es propiedad del hombre, sino +préstamo que le hizo la naturaleza, y morir no es más que volver a la +naturaleza de donde se vino, y en la que todo es como hermano del +hombre; por lo que suele el que muere decir en su testamento que pongan +un brazo o una pierna suya adonde lo puedan picar los pájaros, y +devorarlo las fieras, y deshacerlo los animales invisibles que vuelan en +el viento. Desde que viven en la esclavitud, van mucho los anamitas a +sus pagodas, porque allí les hablan los sacerdotes de los santos del +país, que no son los santos de los franceses: van mucho a los teatros, +donde no les cuentan cosas de reír, sino la historia de sus generales y +de sus reyes: ellos oyen encuclillados, callados, la historia de las +batallas. + +Por dentro es la pagoda como una cinceladura, con encajes de madera +pintada de colores alrededor de los altares; y en las columnas sus +mandamientos y sus bendiciones en letras plateadas y doradas; y los +santos de oro, familias enteras de santos, en el altar tallado. Delante +van y vienen los sacerdotes, con sus manteos de tisú precioso, o de seda +verde y azul, y el bonete de tejido de oro, uno con la flor del loto, +que es la flor de su dios, por lo hermosa y lo pura, y otro cargándole +el manteo al de la flor, y otros cantando: detrás van los encapuchados, +que son sacerdotes menores, con músicas y banderines, coreando la +oración: en el altar, con sus mitras brillantes, ven la fiesta los +dioses sentados. Buda es su gran dios, que no fue dios cuando vivió de +veras, sino un príncipe bueno, tan fuerte de cuerpo que mano a mano +echaba por tierra a leones jóvenes, y tan hermoso que lo quería como a +su corazón el que lo veía una vez, y de tanto pensamiento que no podían +los doctores discutir con él, porque de niño sabía más que los doctores +más sabios y viejos. Y luego se casó, y quería mucho a su mujer y a su +hijo; pero una tarde que salió en su carro de perlas y plata a pasear, +vio a un viejo pobre, vestido de harapos, y volvió del paseo triste: y +otra tarde vio a un moribundo, y no quiso pasear más: y otra tarde vio a +un muerto, y su tristeza fue ya mucha: y otra vio a un monje que pedía +limosnas, y el corazón le dijo que no debía andar en carro de plata y de +perlas, sino pensar en la vida, que tenía tantas penas, y vivir solo, +donde se pudiera pensar, y pedir limosna para los infelices, como el +monje. Tres veces le dio en su palacio la vuelta a la cama de su mujer y +de su hijo, como si fuera un altar, y sollozó: y sintió como que el +corazón se le moría en el pecho. Pero se fue, en lo oscuro de la noche, +al monte, a pensar en la vida, que tenía tanta pena, a vivir sin deseos +y sin mancha, a decir sus pensamientos a los que se los querían oír, a +pedir limosna para los pobres, como el monje. Y no comía, más que lo que +un pájaro: y no bebía, más que para no morirse de sed: y no dormía, sino +sobre la tierra de su cabaña: y no andaba, sino con los pies descalzos. +Y cuando el demonio Mara le venía a hablar de la hermosura de su mujer, +y de las gracias de su niño, y de la riqueza de su palacio, y de la +arrogancia de mandar en su pueblo como rey, él llamaba a sus discípulos, +para consagrarse otra vez ante ellos a la virtud: y el demonio Mara huía +espantado. Esas son cosas que los hombres sueñan, y llaman demonios a +los consejos malos que vienen de lado feo del corazón; sólo que como el +hombre se ve con cuerpo y nombre, pone nombre y cuerpo, como si fuesen +personas, a todos los poderes y fuerzas que imagina: ¡y ése es poder de +veras, el que viene de lo feo del corazón, y dice al hombre que viva +para sus gustos más que para sus deberes, cuando la verdad es que no hay +gusto mayor, no hay delicia más grande, que la vida de un hombre que +cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas!: ¿pero que es +mas bello, ni da más aromas que una rosa? Del monte volvió Buda, porque +pensó, después de mucho pensar, que con vivir sin comer y beber no se +hacia bien a los hombres, ni con dormir en el suelo, ni con andar +descalzo, sino que estaba la salvación en conocer las cuatro verdades, +que dicen que la vida es toda de dolor, y que el dolor viene de desear, +y que para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo, y que el dulce +nirvana, que es la hermosura como de luz que le da al alma el +desinterés, no se logra viviendo, como loco o glotón, para los gustos de +lo material, y para amontonar a fuerza de odio y humillaciones el mando +y la fortuna, sino entendiendo que no se ha de vivir para la vanidad, ni +se ha de querer lo de otros y guardar rencor, ni se ha de dudar de la +armonía del mundo o ignorar nada de él o mortificarse con la ofensa y la +envidia, ni se ha de reposar hasta que el alma sea como una luz de +aurora, que llena de claridad y hermosura al mundo, y llore y padezca +por todo lo triste que hay en él, y se vea como médico y padre de todos +los que tienen razón de dolor: es como vivir en un azul que no se acaba, +con un gusto tan puro que debe ser lo que se llama gloria, y con los +brazos siempre abiertos. Así vivió Buda, con su mujer y con su hijo, +luego que volvió del monte. Después sus discípulos, que eran muchos, +empezaron a vivir de lo que la gente les daba, porque les hablasen de +las verdades de Buda, y de sus hazañas cuando era príncipe, y de cómo +vivió en el monte; y el rey vio que en el nombre de Buda había poder, +porque la gente miraba todo lo de Buda como cosa del cielo, tan hermoso +que no podía ser hombre el que vivió y habló así. Mandó el rey juntar a +los discípulos, para que pusiesen en libros la historia y los sermones y +los consejos de Buda; y puso a los discípulos a sueldo, para que el +pueblo viese juntos el poder del rey y el del cielo, de donde creía el +pueblo que había venido al mundo Buda. Hubo unos discípulos que hicieron +lo que el rey quería, y salieron con el ejército del rey a quitarles a +los países de los alrededores la libertad, con el pretexto de que les +iban a enseñar las verdades de Buda, que habían venido del cielo. Y hubo +otros que dijeron que eso era engaño de los discípulos y robo del rey, y +que la libertad de un pueblo pequeño es más necesaria al mundo que el +poder de un rey ambicioso, y la mentira de los sacerdotes que sirven al +rey por su dinero, y que si Buda hubiera vivido, habría dicho la verdad, +que él no vino del cielo sino como vienen los hombres todos, que traen +el cielo en sí mismos, y lo ven, como se ve el sol, cuando, por el +cariño a los hombres y la honradez, llegan a ser como si no fuesen de +carne y de hueso, sino de claridad, y al malo le tienen compasión, como +a un enfermo a quien se ha de curar, y al bueno te dan fuerzas, para que +no se canse de animar y de servir al mundo: ¡ése sí que es cielo, y +gusto divino! Pero los discípulos que estaban con el rey pudieron más; y +el rey les mandó hacer pagodas de muchas torres, donde ponían a Buda de +dios en el altar, y los discípulos se mandaron hacer túnicas de seda y +mantos con mucho oro y bonetes de picos, y a los discípulos más famosos +los fueron enterrando en las pagodas, con sus estatuas sobre la +sepultura, y les encendían luces de día y de noche, y la gente iba a +arrodillarse delante de ellos, para que les consolaran las penas que da +el mundo, y les dieran lo que deseaban tener en la tierra, y los +recomendaran a Buda en la hora de morir. Miles de años han pasado, y hay +miles de pagodas. Allí van los anamitas tristes, que ya no encuentran en +la tierra ayuda, y la van a pedir a lo desconocido del cielo. + +Y al teatro van para que no se les acabe la fuerza del corazón. ¡En el +teatro no hay franceses! En el teatro les cuentan los cómicos las +historias de cuando Anam era país grande, y de tanta riqueza que los +vecinos lo querían conquistar; pero había muchos reyes, y cada rey +quería las tierras de los otros, así que en las peleas se gastó el país, +y los de afuera, los chinos, los de Siam, los franceses, se juntaban con +el caído para quitar el mando al vencedor, y luego se quedaban de amos, +y tenían en odio a los partidos de la pelea, para que no se juntasen +contra el de afuera, como se debían juntar, y lo echaran por entrometido +y alevoso, que viene como amigo, vestido de paloma, y en cuanto se ve en +el país, se quita las plumas, y se le ve como es, tigre ladrón. En Anam +el teatro no es de lo que sucede ahora, sino la historia del país; y la +guerra que el bravo An-Yang le ganó al chino Chau-Tu; y los combates +de las dos mujeres, Cheng Tseh y Cheng Urh, que se vistieron de +guerreras, y montaron a caballo, y fueron de generales de la gente de +Anam, y echaron de sus trincheras a los chinos; y las guerras de los +reyes, cuando el hermano del rey muerto quería mandar en Anam, en lugar +de su sobrino, o venía el rey de lejos a quitarle la tierra al rey Hue. +Los anamitas, encuclillados, oyen la historia, que no cuentan los +cómicos hablando o cantando, como en los dramas o, en las óperas, sino +con una música de mucho ruido que no deja oír lo que dicen los cómicos, +que vienen vestidos con túnicas muy ricas, bordadas de flores y pájaros +que nunca se han visto, con cascos de oro muy labrados en la cabeza, y +alas en la cintura, cuando son generales, y dos plumas muy largas en el +casco, si son príncipes: y si son gente así, de mucho poder, no se +sientan en las sillas de siempre, sino en sillas muy altas. Y cuentan, y +pelean, y saludan, y conversan, y hacen que toman té, y entran por la +puerta de la derecha, y salen por la puerta de la izquierda: y la música +toca sin parar, con sus platillos y su timbalón y su clarín y su +violinete; y es un tocar extraño, que parece de aullidos y de gritos sin +arreglo y sin orden, pero se ve que tiene un tono triste cuando se habla +de muerte, y otro como de ataque cuando viene un rey de ganar una +batalla, y otro como de procesión de mucha alegría cuando se casa la +princesa, y otro como de truenos y de ruido cuando entra, con su barba +blanca, el gran sacerdote y cada tono lo adornan los músicos como les +parece bien, inventando el acompañamiento según lo van tocando, de modo +que parece que es música sin regla, aunque si se pone bien el oído se ve +que la regla de ellos es dejarle la idea libre al que toca, para que se +entusiasme de veras con los pensamientos del drama, y ponga en la música +la alegría, o la pena, o la poesía, o la furia que sienta en el corazón, +sin olvidarse del tono de la música vieja, que todos los de la orquesta +tienen que saber, para que haya una guía en medio del desorden de su +invención, que es mucho de veras, porque el que no conoce sus tonos no +oye más que los tamborazos y la algarabía; y así sucede en los teatros +de Anam que a un europeo le da dolor de cabeza, y le parece odiosa, la +música que al anamita que está junto a él le hace reír de gusto, o +llorar de la pena, según estén los músicos contando la historia del +letrado pobre que a fuerza de ingenio se fue burlando de los consejeros +del rey, hasta que el consejero llegó a ser el pobre,--o la otra +historia triste del príncipe que se arrepintió de haber llamado al +extranjero a mandar en su país, y se dejó morir de hambre a los pies de +Buda, cuando no había remedio ya, y habían entrado a miles en la tierra +cobarde los extranjeros ambiciosos, y mandaban en el oro y las fábricas +de seda, y en el reparto de las tierras, y en el tribunal de la justicia +los extranjeros, y los hijos mismos de la tierra ayudaban al extranjero +a maltratar al que defendía con el corazón la libertad de la tierra: la +música entonces toca bajo y despacio, y como si llorase, y como si se +escondiese debajo de la tierra: y los actores, como si pasase un +entierro, se cubren con las mangas del traje las caras. Y así es la +música de sus dramas de historia, y de los de pelea, y de los de +casamiento, mientras los actores gritan y andan delante de los músicos +en el escenario, y los generales se echan por la tierra, para figurar +que están muertos, o pasan la pierna derecha por sobre la espalda de una +silla, para decir que van a montar a caballo, o entran por entre unas +cortinas el novio y la princesa, para que se sepa que se acaban de +casar. Porque el teatro es un salón abierto, sin las bambalinas ni +bastidores, y sin aparatos ni pinturas: sino que cuando la escena va a +cambiar, sale un regidor de blusa y turbante, y se lo dice al público, o +pone una mesa, que quiere decir banquete, o cuelga una lanza al fondo, +que quiere decir batalla, o sopla el alcohol que trae en la boca sobre +una antorcha encendida, lo que quiere decir que hay incendio. Y este de +la blusa, que anda poniendo y quitando, sale y entra entre los que hacen +de príncipes de seda y generales de oro, de mil años atrás, cuando los +parientes del príncipe Ly-Tieng-Vuong querían darle a beber una taza +de té envenenado. Allá adentro, en lo que no se ve del teatro, hay como +un mostrador, con cajas de pintarse y espejos en la pared, y un rosario +de barbas, de donde el que hace de loco toma la amarilla, y la colorada +el que hace de fiero, y la negra el que hace de rey hermoso, y el que +hace de viejo toma la barba blanca. Y se pinta la cara el que hace de +gobernador, de colorado y de negro. Por encima de todo, en lo más alto +de la pared, hay una estatua de Buda. Al salir del teatro, los anamitas +van hablando mucho, como enojados, como si quisieran echar a correr, y +parece que quieren convencer a sus amigos cobardes, y que los amenazan. +De la pagoda salen callados, con la cabeza baja, con las manos en los +bolsillos de la blusa azul. Y si un francés les pregunta algo en el +camino, le dicen en su lengua: «No sé». Y si un anamita les habla de +algo en secreto, le dicen: «¡Quién sabe!» + + + + +Historia de la cuchara y el tenedor + + +¡Cuentan las cosas con tantas palabras raras, y uno no las puede +entender!: como cuando le dicen ahora a uno en la Exposición de París: +«Tome una _djirincka--¡djirincka!--y_ vea en un momento todo lo de la +Explanada»: ¡pero primero le tienen que decir a uno lo que es +_djirincka_! Y por eso no entiende uno las cosas: porque no entiende uno +las palabras en que se las dicen. Y luego, que no se lo han de decir a +uno todo de la primera vez, porque es tanto que no se lo puede entender +todo, como cuando entra uno en una catedral, que de grande que es no ve +uno más que los pilares y los arcos, y la luz allá arriba, que entra +como jugando por los cristales; y luego, cuando uno ha estado muchas +veces, ve claro en la oscuridad, y anda como por una casa conocida. Y no +es que uno no quiere saber; porque la verdad es que da vergüenza ver +algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar baste que no +entienda todo lo que ve. La muerte es lo más difícil de entender; pero +los viejos que han sido buenos dicen que ellos saben lo que es, y por +eso están tranquilos, porque es como cuando va a salir el sol, y todo se +pone en el mundo fresco y de unos colores hermosos. Y la vida no es +difícil de entender tampoco. Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo +que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo, +siente uno deseos de hacer más que ellos todavía: y eso es la vida. +Porque los que se están con los brazos cruzados, sin pensar y sin +trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, ésos comen y beben como los +demás hombres, pero en la verdad de la verdad, ésos no están vivos. + +Los que están vivos de veras son los que nos hacen los cubiertos de +comer, que parecen de plata, y no son de plata pura, sino de una mezcla +de metales pobres, a la que le ponen encima con la electricidad uno como +baño de plata. Esos sí que trabajan, y hay taller que hace al día +cuatrocientas docenas de cubiertos, y tiene como más de mil +trabajadores: y muchos son mujeres, que hacen mejor que el hombre todas +las cosa de finura y elegancia. Nosotros, los hombres, somos como el +león del mundo, y como el caballo de pelear, que no está contento ni se +pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y cañones. +La mujer no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla +así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere +pronto, lo mismo que las flores. Para lo delicado tienen mujeres en esas +obras de platería, para limar las piezas finas, para bordarlas como +encaje, con una sierra que va cortando la plata en dibujos, como esas +máquinas de labrar relojes y cestos y estantes de madera blanda. Pero +para lo fuerte tienen hombres; para hervir los metales, para hacer +ladrillos de ellos, para ponerlos en la máquina delgados como hoja de +papel, para las máquinas de recortar en la hoja muchas cucharas y +tenedores a la vez, para platearlos en la artesa, donde está la plata +hecha agua, de modo que no se la ve, pero en cuanto pasa por la artesa +la electricidad, se echa toda sobre las cucharas y los tenedores, que +están dentro colgados en hilera de un madero, como las púas de un peine. + +Y ya vamos contando la Historia de la Cuchara y el Tenedor. Antes hacían +de plata pura todo lo de la mesa, y las jarras y fruteras que se hacen +hoy en máquina: no más que para darle figura de jarra a un redondel de +plata estaba el pobre hombre dándole con el martillo alrededor de una +punta del yunque, hasta que empezaba a tener figura de jarrón, y luego +lo hundía de un lado y lo iba anchando de otro, hasta que quedaba +redondo de abajo y estrecho en la boca, y luego, a fuerza de mano, le +iba bordando de adentro los dibujos y las flores. Ahora se hace con +maquina todo eso, y de un vuelo de la rueda queda el redondel hecho un +jarro hueco, y lo de mano no es más que lo último, cuando va al dibujo +fino de los cinceladores. De esto se puede hablar aquí, porque donde +hacen los jarros, hacen los cubiertos; y el metal, lo mismo tienen que +hervirlo, y mezclarlo, y enfriarlo, y aplastarlo en láminas para hacer +un jarrón que para hacer una cuchara de té. Es hermoso ver eso, y parece +que está uno en las entrañas de la tierra, allá donde está el fuego como +el mar, que rebosa a veces y quiere salir, que es cuando hay terremotos, +y cuando echan humo y agua caliente y cenizas y lava los volcanes, como +si se estuviera quemando por adentro el mundo. Eso parece el taller de +platería cuando están derritiendo el metal. En un horno se cocinan las +piedras, que dan humo y se van desmoronando, y parecen cera que se +derrite, y como un agua turbia. En una caldera hierven juntos el níquel, +el cobre y el zinc, y luego enfrían la mezcla de los tres metales, y la +cortan en barras antes que se acabe de enfriar. No se sabe qué es; pero +uno ve con respeto, y como con cariño, a aquellos hombres de delantal y +cachucha que sacan con la pala larga de un horno a otro el metal +hirviente; tienen cara de gente buena, aquellos hombres de cachucha: ya +no es piedra el metal, como era cuando lo trajo el carretón, sino que lo +que era piedra se ha hecho barro y ceniza con el calor del horno, y el +metal está en la caldera, hirviendo con un ruido que parece susurro, +como cuando se tiende la espuma por la playa, o sopla un aire de mañana +en las hojas del bosque. Sin saber por qué, se calla uno, y se siente +como más fuerte, en el taller de las calderas. + +Y después, es como un paseo por una calle de máquinas. Todas se están +moviendo a la vez. El vapor es el que las hace andar, pero no tiene cada +máquina debajo la caldera del agua, que da el vapor: el vapor está allá, +en lo hondo de la platería, y de allí mueve unas correas anchas, que +hacen dar vueltas a las ruedas de andar, y en cuanto se mueve la rueda +de andar en cada máquina, andan las demás ruedas. La primera máquina se +parece a una prensa de enjugar la ropa, donde la ropa sale exprimida +entre dos cilindros de goma: allí los cilindros no son de goma, sino de +acero; y la barra de metal sale hecha una lámina, del grueso de un +cartón: es un cartón de metal. Luego viene la agujereadora, que es una +máquina con uno como mortero que baja y sube, como la encía de arriba +cuando se come; y el mortero tiene muchas cuchillas en figura de +martillo de cabeza larga y estrecha, o de una espumadera de mango fino y +cabeza redonda, y cuando baja el mortero todas las cuchillas cortan la +lámina a la vez, y dejan la lámina agujereada, y el metal de cada +agujero cae a un cesto debajo: y ése es la cuchara, ése es el tenedor. +Cada uno de esos pedazos de metal recortados y chatos de figura de +martillo es un tenedor; cada uno de los de cabeza redonda, como una +moneda muy grande, es una cuchara, ¿Que cómo se le sacan los dientes al +tenedor? ¡Ah! esos recortes chatos, lo mismo que los de las cucharas, +tienen que calentarse otra vez en el horno, porque si el metal no está +caliente se pone tan duro que no se le puede trabajar, y para darle +forma tiene que estar blando. Con unas tenazas van sacando los recortes +del horno: los ponen en un molde de otra máquina que tiene un mortero de +aplastar, y del golpe del mortero ya salen los recortes con figura, y se +le ve al tenedor la punta larga y estrecha. Otra máquina más fina lo +recorta mejor. Otra le marca los dientes, pero no sueltos ya, como están +en el tenedor acabado, sino sujetos todavía. Otra máquina le recorta las +uniones, y ya está el tenedor con sus dientes. Luego va a los talleres +del trabajo fino. En uno le ponen el filete al mango. En otro le dan la +curva, porque de las máquinas de los dientes salió chato, como una hoja +de papel. En otra le liman y le redondean las esquinas. En otra lo +cincelan si ha de ir adornado, o le ponen las iniciales, si lo quieren +con letras. En otra lo pulen, que es cosa muy curiosa, parecida a la de +las piedras de amolar, sólo que la máquina de pulir anda más de prisa, y +la rueda es de alambres delgados como cabellos, como un cepillo que da +vueltas, y muchas, como que da dos mil quinientas vueltas en un minuto. +Y de allí sale el tenedor o la cuchara a la platería de veras, porque es +donde les ponen el baño de la electricidad, y quedan como vestidos con +traje de plata. Los cubiertos pobres, los que van a costar poco, no +llevan más que un baño o dos: los buenos llevan tres, para que la plata +les dure, aunque nunca dura tanto como la plata que se trabajaba antes +con el martillo. Como las cucharas, pues: antes, para hacer una cuchara, +no había máquinas de aplastar el metal, ni de sacarlo en láminas +delgadas como ahora, sino que a martillazo puro tenía que irlo +aplastando el platero, hasta que estaba como él lo quería, y recortaba +la cuchara a fuerza de mano, y a muñeca viva le daba al mango el doblez, +y para hacerle el hueco le daba golpes muy despacio, cada vez en un +punto diferente, encima de un yunque que parecía de jugar, con la punta +redonda, como un huevo, hasta que quedaba hueca por dentro la cuchara. +Ahora la máquina hace eso. Ponen el recorte de figura de espumadera en +uno como yunque, que por la cabeza, donde cae lo redondo, está vacío: de +arriba baja con fuerza el mortero, que tiene por debajo un huevo de +hierro, y mete lo redondo del recorte en lo hueco del yunque. Ya está la +cuchara. Luego la liman, y la adornan, y la pulen como el tenedor, y la +llevan al baño de plata: porque es un baño verdadero, en que la plata +está en el agua, deshecha, con una mezcla que llaman cianuro de +potasio--¡los nombres químicos son todos así!: y entra en el baño la +electricidad, que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y +calor, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los +metales, y a unos los separa, y a los otros los junta, como en este baño +de platear que, en cuanto la electricidad entra y lo revuelve, echa toda +la plata del agua sobre las cucharas y los tenedores colgados dentro de +él. Los sacan chorreando. Los limpian con sal de potasa. Los tienen al +calor sobre láminas de hierro caliente. Los secan bien en tinas de +aserrín. Los bruñen en la máquina de cepillar. Con la badana les sacan +brillo. Y nos los mandan a la casa, blancos como la luz, en su caja de +terciopelo o de seda. + + + + +La muñeca negra + + +De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el +cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen riéndose, como dos +muchachones. Vienen de la mano, como dos muchachos. El padre viene +detrás, como si fuera a tropezar con todo. La madre no tropieza; porque +conoce el camino. ¡Trabaja mucho el padre, para comprar todo lo de la +casa, y no puede ver a su hija cuando quiere! A veces, allá en el +trabajo, se ríe solo, o se pone de repente como triste, o se le ve en la +cara como una luz: y es que está pensando en su hija: se le cae la pluma +de la mano cuando piensa así, pero enseguida empieza a escribir, y +escribe tan de prisa, tan de prisa, que es como si la pluma fuera +volando. Y le hace muchos rasgos a la letra, y las oes le salen grandes +como un sol, y las ges largas como un sable, y las eles están debajo de +la línea, como si se fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin +de la palabra, como una hoja de palma; ¡tiene que ver lo que escribe el +padre cuando ha pensado mucho en la niña! El dice que siempre que le +llega por la ventana el olor de las flores del jardín, piensa en ella. O +a veces, cuando está trabajando cosas de números, o poniendo un libro +sueco en español, la ve venir, venir despacio, como en una nube, y se le +sienta al lado, le quita la pluma, para que repose un poco, le da un +beso en la frente, le tira de la barba rubia, le esconde el tintero: es +sueño no más, no más que sueño, como esos que se tienen sin dormir, en +que ve uno vestidos muy bonitos, o un caballo vivo de cola muy larga, o +un cochecito con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra +azul: sueño es no más, pero dice el padre que es como si lo hubiera +visto, y que después tiene más fuerza y escribe mejor. Y la niña se va, +se va despacio por el aire, que parece de luz todo: se va como una nube. + +Hoy el padre no trabajó mucho, porque tuvo que ir a una tienda: ¿a qué +iría el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de atrás entró +una caja grande: ¿qué vendrá en la caja?: ¡a saber lo que vendrá!: +mañana hace ocho años que nació Piedad. La criada fue al jardín, y se +pinchó el dedo por cierto, por querer coger, para un ramo que hizo, una +flor muy hermosa. La madre a todo dice que sí, y se puso el vestido +nuevo, y le abrió la jaula al canario. El cocinero está haciendo un +pastel, y recortando en figura de flores los nabos y las zanahorias, y +le devolvió a la lavandera el gorro, porque tenía una mancha que no se +veía apenas, pero, «¡hoy, hoy, señora lavandera, el gorro ha de estar +sin mancha!» Piedad no sabía, no sabía. Ella sí vio que la casa estaba +como el primer día de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las +hojas a los árboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella noche, +todos. Y el padre llegó muy temprano del trabajo, a tiempo de ver a su +hija dormida. La madre lo abrazó cuando lo vio entrar: ¡y lo abrazó de +veras! Mañana cumple Piedad ocho años. + +El cuarto está a media luz, una luz como la de las estrellas, que viene +de la lámpara de velar, con su bombillo de color de ópalo. Pero se ve, +hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la ventana entra la +brisa, y parece que juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello +dorado. Le da en el cabello la luz. Y la madre y el padre vienen +andando, de puntillas. ¡Al suelo, el tocador de jugar! ¡Este padre +ciego, que tropieza con todo! Pero la niña no se ha despertado. La luz +le da en la mano ahora; parece una rosa la mano. A la cama no se puede +llegar; porque están alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas En +una silla está el baúl que le mandó en pascuas la abuela, lleno de +almendras y de mazapanes: boca abajo está el baúl, como si lo hubieran +sacudido, a ver si caía alguna almendra de un rincón, o si andaban +escondidas por la cerradura algunas migajas de mazapán; ¡eso es, de +seguro, que las muñecas tenían hambre! En otra silla está la loza, mucha +loza y muy fina, y en cada plato una fruta pintada: un plato tiene una +cereza, y otro un higo, y otro una uva: da en el plato ahora la luz, en +el plato del higo, y se ven como chispas de estrella: ¿cómo habrá venido +esta estrella a los platos?: «¡Es azúcar!» dice el pícaro padre: «¡Eso +es, de seguro!»: dice la madre, «eso es que estuvieron las muñecas +golosas comiéndose el azúcar.» El costurero está en otra silla, y muy +abierto, como de quien ha trabajado de verdad; el dedal está machucado +¡de tanto coser!: cortó la modista mucho, porque del calicó que le dio +la madre no queda más que un redondel con el borde de picos, y el suelo +está por allí lleno de recortes, que le salieron mal a la modista, y +allí está la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a una +gota de sangre. Pero la sala, y el gran juego, está en el velador, al +lado de la cama. El rincón, allá contra la pared, es el cuarto de dormir +de las muñequitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores, +y al lado una muñeca de traje rosado, en una silla roja: el tocador está +entre la cama y la cuna, con su muñequita de trapo, tapada hasta la +nariz, y el mosquitero encima: la mesa del tocador es una cajita de +cartón castaño, y el espejo es de los buenos, de los que vende la señora +pobre de la dulcería, a dos por un centavo. La sala está en lo de +delante del velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un +carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de nácar, con una jarra +mexicana en medio, de las que traen los muñecos aguadores de México: y +alrededor unos papelitos doblados, que son los libros. El piano es de +madera, con las teclas pintadas; y no tiene banqueta de tomillo, que eso +es poco lujo, sino una de espaldar, hecha de la caja de una sortija, con +lo de abajo forrado de azul; y la tapa cosida por un lado, para la +espalda, y forrada de rosa; y encima un encaje. Hay visitas, por +supuesto, y son de pelo de veras, con ropones de seda lila de cuartos +blancos, y zapatos dorados: y se sientan sin doblarse, con los pies en +el asiento: y la señora mayor, la que trae gorra color de oro, y está en +el sofá, tiene su levantapiés, porque del sofá se resbala; y el +levantapiés es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un +sillón blanco están sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos +hermanas de loza. Hay un cuadro en la sala, que tiene detrás, para que +no se caiga, un pomo de olor: y es una niña de sombrero colorado, que +trae en los brazos un cordero. En el pilar de la cama, del lado del +velador, está una medalla de bronce, de una fiesta que hubo, con las +cintas francesas: en su gran moña de los tres colores está adornando la +sala el medallón, con el retrato de un francés muy hermoso, que vino de +Francia a pelear porque los hombres fueran libres, y otro retrato del +que inventó el pararrayos, con la cara de abuelo que tenla cuando pasó +el mar para pedir a los reyes de Europa que lo ayudaran a hacer libre su +tierra: ésa es la sala, y el gran juego de Piedad. Y en la almohada, +durmiendo en su brazo, y con la boca desteñida de los besos, está su +muñeca negra. + +Los pájaros del jardín la despertaron por la mañanita. Parece que se +saludan los pájaros, y la convidan a volar. Un pájaro llama, y otro +pájaro responde. En la casa hay algo, porque los pájaros se ponen así +cuando el cocinero anda por la cocina saliendo y entrando, con el +delantal volándole por las piernas, y la olla de plata en las dos manos, +oliendo a leche quemada y a vino dulce. En la casa hay algo: porque si +no, ¿para qué está ahí, al pie de la cama, su vestidito nuevo, el +vestidito color de perla, y la cinta lila que compraron ayer, y las +medias de encaje? «Yo te digo, Leonor, que aquí pasa algo. Dímelo tú, +Leonor, tú que estuviste ayer en el cuarto de mamá, cuando yo fui a +paseo. ¡Mamá mala, que no te dejó ir conmigo, porque dice que te he +puesto muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo, porque te he +peinado mucho! La verdad, Leonor: tú no tienes mucho pelo; pero yo te +quiero así, sin pelo, Leonor: tus ojos son los que quiero yo, porque con +los ojos me dices que me quieres: te quiero mucho, porque no te quieren: +¡a ver! ¡sentada aquí en mis rodillas, que te quiero peinar!: las niñas +buenas se peinan en cuanto se levantan: ¡a ver, los zapatos, que ese +lazo no está bien hecho!: y los dientes: déjame ver los dientes: las +uñas: ¡Leonor, esas uñas no están limpias! Vamos, Leonor, dime la +verdad: oye, oye a los pájaros que parece que tienen baile: dime, +Leonor, ¿qué pasa en esta casa?» Y a Piedad se le cayó el peine de la +mano, cuando le tenía ya una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba +toda alborotada. Lo que pasaba, allí lo veía ella. Por la puerta venía +la procesión. La primera era la criada, con el delantal de rizos de los +días de fiesta, y la cofia de servir la mesa en los días de visita: +traía el chocolate, el chocolate con crema, lo mismo que el día de año +nuevo, y los panes dulces en una cesta de plata: luego venía la madre, +con un ramo de flores blancas y azules: ¡ni una flor colorada en el +ramo, ni una flor amarilla!: y luego venía la lavandera, con el gorro +blanco que el cocinero no se quiso poner, y un estandarte que el +cocinero le hizo, con un diario y un bastón: y decía en el estandarte, +debajo de una corona de pensamientos: «¡Hoy cumple Piedad ocho años!» Y +la besaron, y la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron, +con el estandarte detrás, a la sala de los libros de su padre, que tenía +muy peinada su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy despacio, +y redondéandole las puntas, y poniendo cada hebra en su lugar. A cada +momento se asomaba a la puerta, a ver si Piedad venía: escribía, y se +ponía a silbar: abría un libro, y se quedaba mirando a un retrato, a un +retrato que tenía siempre en su mesa, y era como Piedad, una Piedad de +vestido largo. Y cuando oyó ruido de pasos, y un vocerrón que venía +tocando música en un cucurucho de papel, ¿quién sabe lo que sacó de una +caja grande?: y se fue a la puerta con una mano en la espalda: y con el +otro brazo cargó a su hija. Luego dijo que sintió como que en el pecho +se le abría una flor, y como que se le encendía en la cabeza un palacio, +con colgaduras azules de flecos de oro, y mucha gente con alas: luego +dijo todo eso, pero entonces, nada se le oyó decir. Hasta que Piedad dio +un salto en sus brazos, y se le quiso subir por el hombro, porque en un +espejo había visto lo que llevaba en la otra mano el padre. «¡Es como el +sol el pelo, mamá, lo mismo que el sol! ¡ya la vi, ya la vi, tiene el +vestido rosado! ¡dile que me la dé, mamá: si es de peto verde, de peto +de terciopelo! ¡como las mías son las medias, de encaje como las mías!» +Y el padre se sentó con ella en el sillón, y le puso en los brazos la +muñeca de seda y porcelana. Echó a correr Piedad, como si buscase a +alguien. «¿Y yo me quedo hoy en casa por mi niña», le dijo su padre, «y +mi niña me deja solo? «Ella escondió la cabecita en el pecho de su padre +bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la levantó, aunque ¡de veras! le +picaba la barba. + +Hubo paseo por el jardín, y almuerzo con un vino de espuma debajo de la +parra, y el padre estaba muy conversador, cogiéndole a cada momento la +mano a su mamá, y la madre estaba como más alta, y hablaba poco, y era +como música todo lo que hablaba. Piedad le llevó al cocinero una dalia +roja, y se la prendió en el pecho del delantal: y a la lavandera le hizo +una corona de claveles: y a la criada le llenó los bolsillos de flores +de naranjo, y le puso en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y +luego, con mucho cuidado, hizo un ramo de nomeolvides. «¿Para quién es +ese ramo, Piedad?» «No sé, no sé para quién es: ¡quién sabe si es para +alguien!» Y lo puso a la orilla de la acequia, donde corría como un +cristal el agua. Un secreto le dijo a su madre, y luego le dijo: +«¡Déjame ir!» Pero le dijo «caprichosa» su madre: «¿y tu muñeca de seda, +no te gusta? mírale la cara, que es muy linda: y no le has visto los +ojos azules». Piedad sí se los había visto; y la tuvo sentada en la mesa +después de comer, mirándola sin reírse; y la estuvo enseñando a andar en +el jardín. Los ojos era lo que le miraba ella: y le tocaba en el lado +del corazón: «¡Pero, muñeca, háblame, háblame!» Y la muñeca de seda no +le hablaba. «¿Conque no te ha gustado la muñeca que te compré, con sus +medias de encaje y su cara de porcelana y su pelo fino?» «Sí, mi papá, +sí me ha gustado mucho. Vamos, señora muñeca, vamos a pasear. Usted +querrá coches, y lacayos, y querrá dulce de castañas, señora muñeca. +Vamos, vamos a pasear.» Pero en cuanto estuvo Piedad donde no la veían, +dejó a la muñeca en un tronco, de cara contra el árbol. Y se sentó sola, +a pensar, sin levantar la cabeza, con la cara entre las dos manecitas. +De pronto echó a correr, de miedo de que se hubiese llevado el agua el +ramo de nomeolvides. + +--«Pero, criada, llévame pronto!»--«¿Piedad, qué es eso de criada? ¡Tú +nunca le dices criada así, como para ofenderla!»--«No, mamá, no: es que +tengo mucho sueño: estoy muerta de sueño. Mira: me parece que es un +monte la barba de papá: y el pastel de la mesa me da vueltas, vueltas +alrededor, y se están riendo de mí las banderitas: y me parece que están +bailando en el aire las flores de zanahoria: estoy muerta de sueño: +¡adiós, mi madre!: mañana me levanto muy tempranito: tú, papá, me +despiertas antes de salir: yo te quiero ver siempre antes de que te +vayas a trabajar: ¡oh, las zanahorias! ¡estoy muerta de sueño! ¡Ay, +mamá, no me mates el ramo! ¡mira, ya me mataste mi flor!»--«¿Conque se +enoja mi hija porque le doy un abrazo?»--«¡Pégame, mi mamá! ¡papá, +pégame tú! es que tengo mucho sueño.» Y Piedad salió de la sala de los +libros, con la criada que le llevaba la muñeca de seda. «¡Qué de prisa +va la niña, que se va a caer! ¿Quién espera a la niña?»--«¡Quién sabe +quien me espera!» Y no habló con la criada: no le dijo que le contase el +cuento de la niña jorobadita que se volvió una flor: un juguete no más +le pidió, y lo puso a los pies de la cama y le acarició a la criada la +mano, y se quedó dormida. Encendió la criada la lámpara de velar, con su +bombillo de ópalo: salió de puntillas: cerró la puerta con mucho +cuidado. Y en cuanto estuvo cerrada la puerta, relucieron dos ojitos en +el borde de la sábana: se alzó de repente la cubierta rubia: de rodillas +en la cama, le dio toda la luz a la lámpara de velar: y se echó sobre el +juguete que puso a los pies, sobre la muñeca negra. La besó, la abrazó, +se la apretó contra el corazón: «Ven, pobrecita: ven, que esos malos te +dejaron aquí sola: tú no estás fea, no, aunque no tengas más que una +trenza: la fea es ésa, la que han traído hoy, la de los ojos que no +hablan: dime, Leonor, dime, ¿tú pensaste en mí?: mira el ramo que te +traje, un ramo de nomeolvides, de los más lindos del jardín: ¡así, en el +pecho! ¡ésta es mi muñeca linda! ¿y no has llorado? ¡te dejaron tan +sola! ¡no me mires así, porque voy a llorar yo! ¡no, tú no tienes frío! +¡aquí conmigo, en mi almohada, verás como te calientas! ¡y me quitaron, +para que no me hiciera daño, el dulce que te traía! ¡así, así, bien +arropadita! ¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la lámpara baja! +¡y a dormir, abrazadas las dos! ¡te quiero, porque no te quieren!» + + + + +Cuentos de elefantes + + +De África cuentan ahora muchas cosas extrañas, porque anda por allí la +gente europea descubriendo el país, y los pueblos de Europa quieren +mandar en aquella tierra rica, donde con el calor del sol crecen plantas +de esencia y alimento, y otras que dan fibras de hacer telas, y hay oro +y diamantes, y elefantes que son una riqueza, porque en todo el mundo se +vende muy caro el marfil de sus colmillos. Cuentan muchas cosas del +valor con que se defienden los negros, y de las guerras en que andan, +como todos los pueblos cuando empiezan a vivir, que pelean por ver quién +es más fuerte, o por quitar a su vecino lo que quieren tener ellos. En +estas guerras quedan de esclavos los prisioneros que tomó en la pelea el +vencedor, que los vende a los moros infames que andan por allá buscando +prisioneros que comprar, y luego los venden en las tierras moras. De +Europa van a África hombres buenos, que no quieren que haya en el mundo +estas ventas de hombres; y otros van por el ansia de saber, y viven años +entre las tribus bravas, hasta que encuentran una yerba rara, o un +pájaro que nunca se ha visto, o el lago de donde nace un río: y otros +van de tropa, a sueldo del Khedive que manda en Egipto, a ver como echan +de la tierra a un peleador famoso que llaman el Mahdí, y dice que él +debe gobernar, porque él es moro libre y amigo de los pobres, no como el +Khedive, que manda como criado del Sultán turco extranjero, y alquila +peleadores cristianos para pelear contra el moro del país, y quitar la +tierra a los negros sudaneses. En esas guerras dicen que murió un inglés +muy valiente, aquel «Gordon el chino», que no era chino, sino muy blanco +y de ojos muy azules, pero tenía el apodo de chino, porque en China hizo +muchas heroicidades, y aquietó a la gente revuelta con el cariño más que +con el poder; que fue lo que hizo en el Sudán, donde vivía solo entre +los negros del país, como su gobernador, y se les ponía delante a +regañarlos como a hijos, sin más armas que sus ojos azules, cuando lo +atacaban con las lanzas y las azagayas, o se echaba a llorar de piedad +por los negros cuando en la soledad de la noche los veía de lejos +hacerse señas, para juntarse en el monte, a ver cómo atacarían a los +hombres blancos. El Mahdí pudo más que él, y dicen que Gordon ha muerto, +o lo tiene preso el Mahdí. Mucha gente anda por África. Hay un Chaillu +que escribió un libro sobre el mono gorila que anda en dos pies, y pelea +a palos con los viajeros que lo quisieren cazar. Livingstone viajó sin +miedo por lo más salvaje de África, con su mujer. Stanley está allá +ahora, viendo cómo comercia, y salva del Mahdí, al gobernador Emín +Pachá. Muchos alemanes y franceses andan allá explorando, descubriendo +tierras, tratando y cambiando con los negros, y viendo cómo les quitan +el comercio a los moros. Con los colmillos del elefante es con lo que +comercian más, porque el marfil es raro y fino, y se paga muy caro por +él. Ese de África es colmillo vivo; pero por Siberia sacan de los hielos +colmillos del mamut, que fue el elefante peludo, grande como una loma, +que ha estado en la nieve, en pie, cincuenta mil años. Y un inglés, +Logan, dice que no son cincuenta mil, sino que esas capas de hielo se +fueron echando sobre la tierra como un millón de años hace, y que desde +entonces, desde hace un millón de años, están enterrados en la nieve +dura los elefantes peludos. + +Allí se estuvieron en los hielos duros de Siberia, hasta que un día iba +un pescador por la orilla del río Lena, donde de un lado es de arena la +orilla, y de otro es de capas de hielo, echadas una encima de otra como +las hojas de un pastel, y tan perfectas que parecen cosa de hombre esas +leguas de capas. Y el pescador iba cantando un cantar, en su vestido de +piel, asombrado de la mucha luz, como si estuviese de fiesta en el aire +un sol joven. El aire chispeaba. Se oían estallidos, como en el bosque +nuevo cuando se abre una flor. De las lomas corría, brillante y pura, un +agua nunca vista. Era que se estaban deshaciendo los hielos. Y allí, +delante del pobre Shumarkoff, salían del monte helado los colmillos, +gruesos como troncos de árboles, de un animal velludo, enorme, negro. +Como vivo estaba, y en el hielo transparente se le veía el cuerpo +asombroso. Cinco años tardó el hielo en derretirse alrededor de él, +hasta que todo se deshizo, y el elefante cayó rodando a la orilla, con +ruido de trueno. Con otros pescadores vino Shumarkoff a llevarse los +colmillos, de tres varas de largo. Y los perros hambrientos le comieron +la carne, que estaba fresca todavía, y blanda como carne nueva: de +noche, en la oscuridad, de cien perros a la vez se oía el roer de los +dientes, el gruñido de gusto, el ruido de las lenguas. Veinte hombres a +la vez no podían levantar la piel crinuda, en la que era de a vara cada +crin. Y nadie ha de decir que no es verdad, porque en el museo de San +Petersburgo están todos los huesos, menos uno que se perdió; y un puñado +de la lana amarillosa que tenía sobre el cuello. De entonces acá, los +pescadores de Siberia han sacado de los hielos como dos mil colmillos de +mamut. + +A miles parece que andaban los mamuts, como en pueblos, cuando los +hielos se despeñaron sobre la tierra salvaje, hace miles de años; y como +en pueblos andan ahora, defendiéndose de los tigres y de los cazadores +por los bosques de Asia y de África; pero ya no son velludos, como los +de Siberia, sino que apenas tienen pelos por los rincones de su piel +blanda y arrugada, que da miedo de veras, por la mucha fealdad, cuando +lo cierto es que con el elefante sucede como con las gentes del mundo, +que porque tienen hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma +hermosa, sin ver que eso es como los jarrones finos, que no tienen nada +dentro, y una vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras +polvo. Con el elefante no hay que jugar, porque en la hora en que se le +enoja la dignidad, o le ofenden la mujer o el hijo, o el viejo, o el +compañero, sacude la trompa como un azote, y de un latigazo echa por +tierra al hombre más fuerte, o rompe un poste en astillas, o deja un +árbol temblando. Tremendo es el elefante enfurecido, y por manso que sea +en sus prisiones, siempre le llega, cuando calienta el sol mucho en +abril, o cuando se cansa de su cadena, su hora de furor. Pero los que +conocen bien al animal dicen que sabe de arrepentimiento y de ternura, +como un cuento que trae un libro viejo que publicaron, allá al +principiar este siglo, los sabios de Francia, donde está lo que hizo un +elefante que mató a su cuidador, que allá llaman cornac, porque le había +lastimado con el arpón la trompa; y cuando la mujer del cornac se le +arrodilló desesperada delante con su hijito, y le rogó que los matase a +ellos también, no los mató, sino que con la trompa le quitó el niño a la +madre, y se lo puso sobre el cuello, que es donde los cornacs se +sientan, y nunca permitió que lo montase más cornac que aquél. + +La trompa es lo que más cuida de todo su cuerpo recio el elefante, +porque con ella come y bebe, y acaricia y respira, y se quita de encima +los animales que le estorban, y se baña. Cuando nada ¡y muy bien que +nadan los elefantes! no se le ve el cuerpo, porque está en el agua todo, +sino la punta de la trompa, con los dos agujeros en que acaban las dos +canales que atraviesan la trompa a lo largo, y llegan por arriba a la +misma nariz, que tiene como dos tapaderas, que abre y cierra según +quiera recibir el aire, o cerrarle el camino a lo que en las canales +pueda estar. Nadie diga que no es verdad, porque hay quien se ha puesto +a contarlos: como cuarenta mil músculos tiene la trompa del elefante, la +«proboscis», como dice la gente de libros: toda es de músculos, +entretejidos como una red: unos están a la larga, de la nariz a la +punta, y son para mover la trompa adonde el elefante quiere, y +encogerla, enroscarla, subirla, bajarla, tenderla: otros son a lo ancho, +y van de las canales a la piel, como los rayos de una rueda van del eje +a la llanta: ésos son para apretar las canales o ensancharlas. ¿Qué no +hace el elefante con su trompa? La yerba más fina la arranca del suelo. +De la mano de un niño recoge un cacahuete. Se llena la trompa de agua, y +la echa sobre la parte de su cuerpo en que siente calor. Los elefantes +enseñados se quitan y se ponen la carga con la trompa. Un hilo levantan +del suelo, y como un hilo levantan a un hombre. No hay más modo de +acobardar a un elefante enfurecido que herirle de veras en la trompa. +Cuando pelea con el tigre, que casi siempre lo vence, lo echa arriba y +abajo con los colmillos, y hace por atravesarlo; pero la trompa la lleva +en el aire. Del olor del tigre no más, brama con espanto el elefante: +las ratas le dan miedo: le tiene asco y horror al cochino. ¡A cuanto +cochino ve, trompazo! Lo que lo gusta es el vino bueno, y el arrak, que +es el ron de la India, tanto que los cornacs le conocen el apetito, y +cuando quieren que trabaje más de lo de costumbre, le enseñan una +botella de arrak, que él destapa con la trompa luego, y bebe a sorbo +tendido; sólo que el cornac tiene que andar con cuidado, y no hacerle +esperar la botella mucho, porque le puede suceder lo que al pintor +francés que, para pintar a un elefante mejor, le dijo a su criado que se +lo entretuviese con la cabeza alta tirándole frutas a la trompa, pero el +criado se divertía haciendo como que echaba al aire fruta sin tirarla de +veras, hasta que el elefante se enojó, y se le fue encima a trompazos al +pintor, que se levantó del suelo medio muerto, y todo lleno de pinturas. +Es bueno el elefante de naturaleza, y se deja domar del hombre, que lo +tiene de bestia de carga, y va sobre él, sentado en un camarín de +colgaduras, a pelear en las guerras de Asia, o a cazar el tigre, como +desde una torre segura. Los príncipes del Indostán van a sus viajes en +elefantes cubiertos de terciopelos de mucho bordado y pedrería, y cuando +viene de Inglaterra otro príncipe, lo pasean por las calles en el +camarín de paño de oro que va meciéndose sobre el lomo de los elefantes +dóciles, y el pueblo pone en los balcones sus tapices ricos, y llena las +calles de hojas de rosa. + +En Siam no es sólo cariño lo que le tienen al elefante, sino adoración, +cuando es de piel clara, que allí creen divina, porque la religión +siamesa les enseña que Buda vive en todas partes, y en todos los seres, +y unas veces en unos y otras en otros, y como no hay vivo de más cuerpo +que el elefante, ni color que haga pensar mas en la pureza que lo +blanco, al elefante blanco adoran, como si en él hubiera más de Buda que +en los demás seres vivos. Le tienen palacio, y sale a la calle entre +hileras de sacerdotes, y le dan las yerbas más finas y el mejor arrak, y +el palacio se lo tienen pintado como un bosque, para que no sufra tanto +de su prisión, y cuando el rey lo va a ver es fiesta en el país, porque +creen que el elefante es dios mismo, que va decir al rey el buen modo de +gobernar. Y cuando el rey quiere regalar a un extranjero algo de mucho +valor, manda hacer una caja de oro puro, sin liga de otro metal, con +brillantes alrededor, y dentro pone, como una reliquia, recortes de pelo +del elefante blanco. En África no los miran los pueblos del país como +dioses, sino que les ponen trampas en el bosque, y se les echan encima +en cuanto los ven caer, para alimentarse de la carne, que es fina y +jugosa: o los cazan por engaño, porque tienen enseñadas a las hembras, +que vuelven al corral por el amor de los hijos, y donde saben que andan +una manada de elefantes libres les echan a las hembras a buscarlos, y la +manada viene sin desconfianza detrás de las madres que vuelven adonde +sus hijuelos: y allí los cazadores los enlazan, y los van domando con el +cariño y la voz, hasta que los tienen ya quietos, y los matan para +llevarse los colmillos. + +Partidas enteras de gente europea están por África cazando elefantes; y +ahora cuenta los libros de una gran cacería, donde eran muchos los +cazadores. Cuentan que iban sentados a la mujeriega en sus sillas de +montar, hablando de la guerra que hacen en el bosque las serpientes al +león, y de una mosca venenosa que les chupa la piel a los bueyes hasta +que se la seca y los mata, y de lo lejos que saben tirar la azagaya y la +flecha los cazadores africanos; y en eso estaban, y en calcular cuándo +llegarían a las tierras de Tippu Tib, que siempre tiene muchos colmillos +que vender, cuando salieron de pronto a un claro de esos que hay en +África en medio de los bosques, y vieron una manada de elefantes allí al +fondo del claro, unos durmiendo de pie, contra los troncos de los +árboles, otros paseando juntos y meciendo el cuerpo de un lado a otro, +otros echados sobre la yerba, con las patas de atrás estiradas. Les +cayeron encima todas las balas de los cazadores. Los echados se +levantaron de un impulso. Se juntaron las parejas. Los dormidos vinieron +trotando donde estaban los demás. Al pasar junto a la poza, se llenaban +de un sorbo la trompa. Gruñían y tanteaban el aire con la trompa. Todos +se pusieron alrededor de su jefe. Y la caza fue larga; los negros les +tiraban lanzas y azagayas y flechas: los europeos escondidos en los +yerbales, les disparaban de cerca los fusiles: las hembras huían, +despedazando los cañaverales como si fueran yerbas de hilo: los +elefantes huían de espaldas, defendiéndose con los colmillos cuando les +venía encima un cazador. El más bravo le vino a un cazador encima, a un +cazador que era casi un niño, y estaba solo atrás, porque cada uno había +ido siguiendo a su elefante. Muy colmilludo era el bravo, y venía feroz. +El cazador se subió a un árbol, sin que lo viese el elefante, pero él lo +olió enseguida y vino mugiendo, alzó la trompa como para sacar de la +rama al hombre, con la trompa rodeó el tronco, y lo sacudió como si +fuera un rosal: no lo pudo arrancar, y se echó de ancas contra el +tronco. El cazador, que ya estaba al caerse, disparó su fusil, y lo +hirió en la raíz de la trompa. Temblaba el aire, dicen, de los mugidos +terribles, y deshacía el elefante el cañaveral con las pisadas, y +sacudía los árboles jóvenes, hasta que de un impulso vino contra el del +cazador, y lo echó abajo. ¡Abajo el cazador, sin tronco a que sujetarse! +Cayó sobre las patas de atrás del elefante, y se le agarró, en el miedo +de la muerte, de una pata de atrás. Sacudírselo no podía el animal +rabioso, porque la coyuntura de la rodilla la tiene el elefante tan +cerca del pie que apenas le sirve para doblarla. ¿Y cómo se salva de +allí el cazador? Corre bramando el elefante. Se sacude la pata contra el +tronco más fuerte, sin que el cazador se le ruede, porque se le corre +adentro y no hace más que magullarle las manos. ¡Pero se caerá por fin, +y de una colmillada va a morir el cazador! Saca su cuchillo, y se lo +clava en la pata. La sangre corre a chorros, y el animal enfurecido, +aplastando el matorral, va al río, al río de agua que cura. Y se llena +la trompa muchas veces, y la vacía sobre la herida, la echa con fuerza +que lo aturde, sobre el cazador. Ya va a entrar más a lo hondo el +elefante. El cazador le dispara las cinco balas de su revólver en el +vientre, y corre, por si se puede salvar, a un árbol cercano, mientras +el elefante, con la trompa colgando, sale a la orilla, y se derrumba. + + + + +Los dos ruiseñores + +_Versión_ _libre de un cuento de Andersen_ + + +En China vive la gente en millones, como si fuera una familia que no +acabase de crecer, y no se gobiernan por sí, como hacen los pueblos de +hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador, y creen que es +hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si fuera el sol, con mucha +luz por junto a él, y de oro el palanquín en que lo llevan, y los +vestidos de oro. Pero los chinos están contentos con su emperador, que +es un chino como ellos. ¡Lo triste es que el emperador venga de afuera, +dicen los chinos, y nos coma nuestra comida, y nos mande matar porque +queremos pensar y comer, y nos trate como a sus perros y como a sus +lacayos! Y muy galán que era aquel emperador del cuento, que se metía de +noche la barba larga en una bolsa de seda azul, para que no lo +conocieran, y se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo +sacos de arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los niños, y +leyendo, en aquellos libros que empiezan por la última página, lo que +Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno de las +culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria sin preguntar por +qué, que no son leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino +lechones flacos, con la cola de tirabuzón y las orejas caídas, que van +donde el porquero les dice que vayan, comiendo y gruñendo. Y abrió +escuelas de pintura, y de bordados, y de tallar la madera; y mandó poner +preso al que gastase mucho en sus vestidos, y daba fiesta donde se +entraba sin pagar, a oír las historias de las batallas y los cuentos +hermosos de los poetas; y a los viejecitos los saludaba siempre como si +fuesen padres suyos; y cuando los tártaros bravos entraron en China y +quisieron mandar en la tierra, salió montado a caballo de su palacio de +porcelana blanco y azul, y hasta que no echó al último tártaro de su +tierra, no se bajó de la silla. Comía a caballo: bebía a caballo su vino +de arroz: a caballo dormía. Y mandó por los pueblos unos pregoneros con +trompetas muy largas, y detrás unos clérigos vestidos de blanco que iban +diciendo así: «¡Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe +salir a buscarla a caballo!» Y por todo eso querían mucho los chinos a +aquel emperador galán, aunque cuentan que eran muchas las golondrinas +que dejaba sin nido, porque le gustaba mucho la sopa de nidos; y que una +vez que otra se ponía a conversar con un frasco de vino de arroz: y lo +encontraban tendido en la estera, con la barba revuelta en el suelo, y +el vestido lleno de manchas. Esos días no salían las mujeres a la calle, +y los hombres iban a su quehacer con la cabeza baja, como sí les diera +vergüenza ver el sol. Pero eso no sucedía muchas veces, sino cuando se +ponía triste porque los hombres no se querían bien ni hablaban la +verdad: lo de siempre era la alegría, y la música, y el baile, y los +versos, y el hablar de valor y de las estrellas: y así pasaba la vida +del emperador, en su palacio de porcelana blanco y azul. + +Hermosísimo era el palacio, y la porcelana hecha de la pasta molida del +mejor polvo kaolín, que da una porcelana que parece luz, y suena como la +música, y hace pensar en la aurora, y en cuando empieza a caer la tarde. +En los jardines había naranjos enanos, con más naranjas que hojas; y +peceras con peces de amarillo y carmín, con cinto de oro; y unos rosales +con rosas rojas y negras, que tenían cada una su campanilla de plata, y +daban a la vez música y olor. Y allá al fondo había un bosque muy grande +y hermoso, que daba al mar azul, y en un árbol de los del bosque vivía +un ruiseñor, que les cantaba a los pobres pescadores canciones tan +lindas, que se olvidaban de ir a pescar; y se les veía sonreír del +gusto, o llorar de contento, y abrir los brazos, y tirar besos al aire, +como si estuviesen locos. «¡Es mejor el vino de la canción que el vino +de arroz!» decían los pescadores. Y las mujeres estaban contentas, +porque cuando el ruiseñor cantaba, sus maridos y sus hijos no bebían +tanto vino de arroz. Y se olvidaban del canto los pescadores cuando no +lo oían; pero en cuanto lo volvían a oír, decían, abrazándose como +hermanos: «¡Qué hermoso es el canto del ruiseñor!» + +Venían de afuera muchos viajeros a ver el país: y luego escribían libros +de muchas hojas, en que contaban la hermosura del palacio y el jardín, y +lo de los naranjos, y lo de los peces, y lo de las rosas rojinegras; +pero todos los libros decían que el ruiseñor era lo más maravilloso: y +los poetas escribían versos al ruiseñor que vivía en un árbol del +bosque, y cantaba a los pobres pescadores los cantos que les alegraban +el corazón: hasta que el emperador vio los libros, y del contento que +tenía le dio con el dedo tres vueltas a la punta de la barba, porque era +mucho lo que celebraban su palacio y su jardín; pero cuando llegó adonde +hablaban del ruiseñor: «¿Qué ruiseñor es éste, dijo, que yo nunca he +oído hablar de él? ¡Parece que en los libros se aprende algo! ¡Y esta +gente de mi palacio de porcelana, que me dice todos los días que yo no +tengo nada que aprender! ¡Venga ahora mismo el mandarín mayor!» Y vino, +saludando hasta el suelo, el mandarín mayor, con su túnica de seda azul +celeste, de florones de oro. «¡Puh! ¡puh!» contestaba el mandarín, +hinchando la cabeza, a todos los que le hablaban. Pero al emperador no +le decía ni «¡puh!» ni «¡pih!»; sino que se echaba a sus pies, con la +frente en la estera, esperando, temblando, hasta que le decía +«¡levántate!» el emperador. + +--¡Levántate! ¿Qué pájaro es este de que habla este libro, que dicen que +es lo más hermoso de todo mi país? + +--Nunca he oído hablar de él, nunca--dijo el mandarín, arrodillándose en +el aire, y con los brazos cruzados:--no ha sido presentado en palacio. + +--¡Pues en palacio ha de estar esta noche! ¿Que el mundo entero sabe +mejor que yo lo que tengo en mi casa? + +--Nunca he oído hablar de él, nunca--dijo el mandarín: dio tres vueltas +redondas, con los brazos abiertos, se echó a los pies del emperador, con +la frente en la estera, y salió de espaldas, con los brazos cruzados, y +arrodillándose en el aire. + +Y el mandarín empezó a preguntar a todo el palacio por el pájaro. Y el +emperador mandaba a cada media hora a buscar al mandarín. + +--Si esta noche no está aquí el pájaro, mandarín, sobre las cabezas de +los mandarines he de pasear esta noche. + +--¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé!--salió diciendo el mandarín mayor, que iba +dando vueltas, con los brazos abiertos, escaleras abajo. Y los +mandarines todos se echaron a buscar al pájaro, para que no pasease a la +noche sobre sus cabezas el emperador. Hasta que fueron a la cocina del +palacio, donde estaban guisando pescado en salsa dulce, e inflando +bollos de maíz, y pintando letras coloradas en los pasteles de carne: y +allí les dijo una cocinerita, de color de aceituna y de ojos de +almendra, que ella conocía el pájaro muy bien, porque de noche iba por +el camino del bosque a llevar las sobras de la mesa a su madre que vivía +junto al mar, y cuando se cansaba al volver, debajo del árbol del +ruiseñor descansaba, y era como si le conversasen las estrellas cuando +cantaba el ruiseñor, y como si su madre le estuviera dando un beso. + +--¡Oh, virgen china!--le dijo el mandarín:--¡digna y piadosa virgen!: en +la cocina tendrás siempre empleo, y te concederé el privilegio de ver +comer al emperador, si me llevas adonde el ruiseñor canta en el árbol, +porque lo tengo que traer a palacio esta noche. + +Y detrás de la cocinerita se pusieron a correr los mandarines, con las +túnicas de seda cogidas por delante, y la cola del pelo bailándoles por +la espalda: y se les iban cayendo los sombreros picudos. Bramó una vaca, +y dijo un mandarincito joven:--«¡Oh, qué robusta voz! ¡qué pájaro +magnífico!»--«Es una vaca que brama»,--dijo la cocinerita. Graznó una +rana, y dijo el mandarincito:--«¡Oh, qué hermosa canción, que suena como +las campanillas!»--«Es una rana que grazna», dijo la cocinerita. Y +entonces rompió a cantar de veras el ruiseñor. + +--¡Ese, ése es!--dijo la cocinerita, y les enseñó un pajarito, que +cantaba en una rama. + +--¡Ese!--dijo el mandarín mayor:--nunca creí que fuera una persona tan +diminuta y sencilla: ¡nunca lo creí! O será, mandarines amigos ¡sí, debe +ser! que al verse por primera vez frente a nosotros los mandarines, ha +cambiado de color. + +--¡Lindo ruiseñor!--decía la cocinerita:--el emperador desea oírte +cantar esta noche. + +--Y yo quiero cantar--le contestó el ruiseñor, soltando al aire un +ramillete de arpegios. + +--¡Suena como las campanillas, como las campanillas de plata!--dijo el +mandarincito. + +--¡Lindo ruiseñor! a palacio tienes que venir, porque en palacio es +donde está el emperador. + +--A palacio iré, iré--cantó el ruiseñor, con un canto como un +suspiro:--¡pero mi canto suena mejor en los árboles del bosque! + +El emperador mandó poner el palacio de lujo: y resplandecían con la luz +de los faroles de seda y de papel los suelos y las paredes; las rosas +rojinegras estaban en los corredores y los atrios, y resonaban sin +cesar, entre el bullicio del gentío, las campanillas: en el centro mismo +de la sala, donde se le veía más, estaba un paral de oro, para que el +ruiseñor cantase en él: y a la cocinerita le dieron permiso para que se +quedase en la puerta. La corte estaba de etiqueta mayor, con siete +túnicas y la cabeza acabada de rapar. Y el ruiseñor cantó tan dulcemente +que le corrían en hilo las lágrimas al emperador: y los mandarines, de +veras, lloraban: y el emperador quiso que le pusieran al ruiseñor al +cuello su chinela de oro: pero el ruiseñor metió el pico en la pluma del +pecho, y dijo «gracias» en un trino tan rico y vigoroso, que el +emperador no lo mandó matar porque no había querido colgarse la chinela. +Y en su canto decía el ruiseñor: «No necesito la chinela de oro, ni el +botón colorado, ni el birrete negro, porque ya tengo el premio más +grande, que es hacer llorar a un emperador.» + +Aquella noche, en cuanto llegaron a sus casas, todas las damas tomaron +sorbos de agua, y se pusieron a hacer gárgaras y gorgoritos, y ya se +creían muy finos ruiseñores. Y la gente de establo y cocina decía que +estaba bien, lo que es mucho decir, porque ésa es gente que lo halla mal +todo. Y el ruiseñor tenía su caja real, con permiso para volar dos veces +al día, y una en la noche. Doce criados de túnica amarilla lo sujetaban +cuando salía a volar, por doce hilos de seda. En la ciudad no se hablaba +más que del canto, y en cuanto uno decía «rui...» el otro decía «...señor». +Y llamaban «ruiseñor» a los niños que nacían, pero ninguno cantó +nunca una nota. + +Un día recibió el emperador un paquete que decía «El Ruiseñor» en la +tapa, y creyó que era otro libro sobre el pájaro famoso; pero no era +libro, sino un pájaro de metal que parecía vivo en su caja de oro, y por +plumas tenía zafiros, diamantes y rubíes, y cantaba como el ruiseñor de +verdad en cuanto le daban cuerda, moviendo la cola de oro y plata: +llevaba al cuello una cinta con este letrero: «¡El ruiseñor del +emperador de China es un aprendiz, junto al del emperador del Japón!» + +«¡Hermoso pájaro es!» dijo toda la corte, y le pusieron el nombre de +«gran pájaro internacional»: porque se usan estos nombres en China, +pomposos y largos: pero cuando puso el emperador a cantar juntos al +ruiseñor vivo y al artificial, no anduvo el canto bueno, porque el vivo +cantaba como le nacía del corazón, sincero y libre, y el artificial +cantaba a compás, y no salía del vals. + +--¡A mi gusto! ¡esto es a mi gusto!--decía el maestro de música; y cantó +solo el pájaro de las piedras, tan bien como el vivo. ¡Y luego, tan +lleno de joyas que relumbraban, lo mismo que los brazaletes, y los +joyeles, y los broches! Treinta y tres veces seguidas cantó la misma +tonada sin cansarse, y el maestro de música y la corte entera lo +hubieran oído con gusto una vez más, si no hubiese dicho el emperador +que el vivo debía cantar algo. ¿El vivo? Lejos estaba, lejos de la corte +y del maestro de música. Los vio entretenidos, y se les escapó por la +ventana. + +--¡Oh, pájaro desagradecido!--dijo el mandarín mayor, y dio tres vueltas +redondas, y se cruzó de brazos. + +--Pero mejor mil veces es este pájaro artificial--decía el maestro de +música:--porque con el pájaro vivo, nunca se sabe cómo va a ser el +canto, y con éste, se está seguro de lo que va a ser: con éste todo está +en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas de la música. + +Y el emperador dio permiso para que el domingo sacase el maestro al +pájaro a cantar delante del pueblo, que parecía muy contento, y alzaba +el dedo y decía que el con la cabeza; pero un pobre pescador dijo «que +él había oído el ruiseñor del bosque, y que éste no era como aquél, +porque le faltaba algo de adentro, que él no sabía lo que era». El +emperador mandó desterrar al ruiseñor vivo, y al otro de la caja se lo +pusieron a la cabecera, en un cojín de seda, con muchos presentes de +joyas y de argentería, y lo llamaban por título de corte «cantor de +alcoba y pájaro continental, que mueve la cola como el emperador se la +manda mover.» Y el maestro de música se sintió tan feliz que escribió +un libro de veinticinco tomos sobre el ruiseñor artificial, con muchos +esdrújulos y palabras de extraña sabiduría; y la corte entera dijo que +lo había leído y entendido, de miedo de que los tuviesen por gente fofa +y de poca educación, y de que el emperador se pasease sobre sus cabezas. + +Pasó un año, y emperador, corte y país conocían como cosa de sí mismos +cada gorjeo y vuelta del «pájaro continental»; y como que lo podían +entender, lo declaraban magnífico ruiseñor. Cantaban su vals los +cortesanos todos. Y los chicuelos de la calle. Y el emperador lo cantaba +también, y lo bailaba, cuando estaba solo con su vino de arroz. Era un +vals el imperio, que andaba a compás, con mucho orden, al gusto del +maestro de música. Hasta que una noche, cuando estaba el pájaro en lo +mejor del canto, y el emperador lo oía, tendido en su cama de randas y +colgaduras, saltó un resorte de la máquina del ruiseñor; como huesos que +se caen sonaron las ruedas, y paró la música. Se echó de la cama el +emperador, y mandó llamar a un médico. El médico no supo qué hacer: y +vino el relojero. El relojero, mal que bien, puso las ruedas locas en su +lugar, pero encargó que usasen del pájaro muy poco, porque estaban +gastados los cilindros, y el ruiseñor aquel no podía en verdad cantar +más de una vez al año. El maestro de música le echó encima un discurso +al relojero, y le dijo traidor, y venal, y chino espurio, y espía de los +tártaros, porque decía que el pájaro continental no podía cantar más que +una vez. En la puerta iba ya el relojero, y todavía le estaba diciendo +el maestro de música malas palabras: «¡traidor! ¡venal! ¡chino espurio! +¡espía de los tártaros!» Porque estos maestros de música de las cortes +no quieren que la gente honrada diga la verdad desagradable a sus amos. + +Cinco años después había mucha tristeza en la China, porque estaba al +morir el pobre emperador, tanto que tenían nombrado ya al nuevo, aunque +el pueblo agradecido no quería oír hablar de él, y se apretaba a +preguntar por el enfermo a las puertas del mandarín, que los miraba de +arriba abajo, y decía: «¡Puh!» «¡Puh!» repetía la pobre gente, y se iba +a su casa llorando. + +Pálido y frío estaba en su cama de randas y colgaduras el emperador, y +los mandarines todos lo daban por muerto, y se pasaban el día dando las +tres vueltas con los brazos abiertos, delante del que debía subir al +trono. Comían muchas naranjas, y bebían té con limón. En los corredores +habían puesto tapices, para que no sonara el paso. No se oía en el +palacio sino un ruido de abejas. + +Pero el emperador no estaba muerto todavía. Al lado de su cama estaba el +pájaro roto. Por una ventana abierta entraba la luz de la luna sobre el +pájaro roto, y el emperador mudo y lívido. Sintió el emperador un peso +extraño sobre su pecho, y abrió los ojos para ver. Vio a la Muerte, +sentada sobre su pecho. Tenía en las sienes su corona imperial, y en una +mano su espada de mando y en la otra mano su hermosa bandera. Y por +entre las colgaduras vio asomar muchas cabezas raras, bellas unas y como +con luz, otras feas y de color de fuego. Eran las buenas y las malas +acciones del emperador, que le estaban mirando a la cara. «¿Te +acuerdas?» le decían las malas acciones. «¿Te acuerdas?» le decían las +buenas acciones. «¡Yo no me acuerdo de nada, de nada!» decía el +emperador: «¡música, música! ¡tráiganme la tambora mandarina, la que +hace más ruido, para no oír lo que me dicen mis malas acciones!» Pero +las acciones seguían diciendo: «¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?» «¡Música, +música!» gritaba el emperador: «¡oh, hermano pájaro de oro, canta, te +ruego que cantes! ¡yo te he dado regalos ricos de oro! ¡yo te he colgado +al cuello mi chinela de oro! ¡te ruego que cantes!» Pero el pájaro no +cantaba. No había uno que supiera darle cuerda. No daba una sola nota. + +Y la Muerte seguía mirando al emperador con sus ojos huecos y fríos, y +en el cuarto había una calma espantosa, cuando de pronto entró por la +ventana el son de una dulce música. Afuera, en la rama de un árbol, +estaba cantando el ruiseñor vivo. Le habían dicho que estaba muy enfermo +el emperador, y venía a cantarle de fe y de esperanza. Y según iba +cantando eran menos negras las sombras, y corría la sangre más caliente +en las venas del emperador, y revivían sus carnes moribundas. La Muerte +misma escuchaba, y le dijo: «¡Sigue, ruiseñor, sigue!» Y por un canto, +le dio la Muerte la corona de oro: y por otro, la espada de mando: y por +otro canto más, le dio la hermosa bandera. Y cuando ya la Muerte no +tenía ni la bandera, ni la espada, ni la corona del emperador, cantó el +pájaro de la hermosura del camposanto, donde la rosa blanca crece, y da +el laurel sus aromas a la brisa, y dan brillo y salud a la yerba las +lágrimas de los dolientes. + +Y tan hermoso vio la Muerte en el canto a su jardín, que lo quiso ir a +ver, y se levantó del pecho del emperador, y desapareció como un vapor +por la ventana. + +--¡Gracias, gracias, pájaro celeste!--decía el emperador.--Yo te +desterré de mi reino, y tú destierras a la muerte de mi corazón. ¿Cómo +te puedo yo pagar? + +--Tú me pagaste ya, emperador, cuando te hice llorar con mi canto: las +lágrimas que arranca a las almas de los hombres son el único premio +digno del pájaro cantor. Duerme, emperador, duerme: yo cantaré para ti. + +Y con sus trinos y arpegios se fue durmiendo el enfermo en un rueño de +salud. Cuando despertó, entraba el sol, como oro vivo, por la ventana. +Ni uno solo de sus criados, ni un solo mandarín, había venido a verlo. +Lo creían muerto todos. El ruiseñor no más estaba junto a su cama: el +ruiseñor, cantando. + +--¡Siempre estarás junto a mí! ¡En el palacio vivirás, y cantarás cuando +quieras! ¡Yo romperé al pájaro artificial en mil pedazos! + +--No lo rompas en mil pedazos, emperador: él te sirvió bien mientras +pudo: yo no puedo vivir en el palacio, ni fabricar entre los cortesanos +mi nido. Yo vendré al árbol que cae a tu ventana, y te cantaré en la +noche, para que tengas sueños felices. Te cantaré de los malos y de los +buenos, y de los que gozan y de los que sufren. Los pescadores me +esperan, emperador, en sus casas pobres de la orilla del mar. El +ruiseñor no puede ser infiel a los pescadores. Yo te vendré a cantar en +la noche si me prometes una cosa. + +--¡Todo te lo prometo!--dijo el emperador, que se había levantado de su +cama, y tenía puesta la túnica imperial, y en la mano su gran espada de +oro. + +--¡No digas que tienes un pájaro amigo que te lo cuenta todo, porque le +envenenarán el aire al pájaro!--Y salió volando el ruiseñor, y echando +al aire un ramillete de arpegios. + +Los mandarines entraron de repente en el cuarto, detrás del mandarín +mayor, a ver al emperador muerto. Y lo vieron de pie, con su túnica +imperial; con la mano de la espada puesta al corazón. Y se oía, como una +risa, el canto del ruiseñor. + +--¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé!--dijo el gran mandarín, y dio dieciocho +vueltas seguidas con los brazos abiertos, y se echó por tierra, con la +frente a los pies del emperador. Y a los mandarines, arrodillados en el +aire, les temblaba en la nuca la cola. + + + + +La galería de las máquinas + + +Los niños han leído mucho el número pasado de _La Edad de Oro_, y son +graciosas las cartas que mandan, preguntando si es verdad todo lo que +dice el artículo de la _Exposición de París_. Por supuesto que es +verdad. A los niños no se les ha de decir más que la verdad, y nadie +debe decirles lo que no sepa que es como se lo está diciendo, porque +luego los niños viven creyendo lo que les dijo el libro o el profesor, y +trabajan y piensan como si eso fuera verdad, de modo que si sucede que +era falso lo que les decían, ya les sale la vida equivocada, y no pueden +ser felices con ese modo de pensar, ni saben como son las cosas de +veras, ni pueden volver a ser niños, y empezar a aprenderlo todo de +nuevo. + +¿Que si es verdad todo lo de la Exposición? Una señora buena le armó una +trampa al hombre de _La Edad de Oro_. Iban hablando del artículo, y ella +le dijo: «Yo he estado en Paris.» «¡Ah, señora, qué vergüenza entonces! +¡qué habrá dicho del artículo!» «No: yo he estado en París, porque he +leído su artículo.»Y otro señor bueno, que está en París, dice «que a él +no lo engañan, que _La Edad de Oro_ estuvo en París sin que él la viera, +porque él se pasaba la vida en la Exposición y todo lo que había en la +Exposición que ver está en _La Edad de Oro_.» + +Pero el señor bueno dice que faltó un grabado, para que los niños vieran +bien toda la riqueza de aquellos palacios; y es el grabado de la +«Galería de las Máquinas», que era el corredor adonde daban las puertas +diferentes de las industrias del mundo, y allá al fondo tenía el +edificio más hermoso, donde estaban en hilera, como elefantes +arrodillados, las máquinas de todo lo que el hombre sabe hacer. Quien ha +visto todo aquello, vuelve diciendo que se siente como más alto. Y como +_La Edad de Oro_ quiere que los niños sean fuertes, y bravos, y de bueno +estatura aquí está, para que les ayude a crecer el corazón, el grabado +de La Galería de las Máquinas. + + + + +La última página + + +Los padres se lo quieren dar todo a sus hijos, y si ven un caballo +hermoso, con la cola que le reluce y el pelo como seda, no piensan en +montarse ellos, como señorones, y salir trotando por la alameda, donde +van de paseo por la tarde los coches y los jinetes, sino que piensan en +sus hijos los padres, y se ponen a trabajar todavía más, para comprarle +al hijito el caballo hermoso. Si pasa un niño en un velocípedo, con su +vestido de terciopelo y su cachucha, y tan de prisa que todo el mundo se +para a verlo, el padre no piensa en comprarse un velocípedo él, sino en +que su hijito estará lindo de veras cuando vaya como el niño de +terciopelo y la cachucha, en sus dos ruedas que dan como una luz cuando +andan, y van casi tan de prisa como la luz, que es lo que anda más +pronto en el mundo. La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase +la luz, se rompería el mundo en pedazos, como se rompen allá por el +cielo las estrellas que se enfrían. Así hay muchas cosas que son verdad +aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que +no es verdad sino lo que se ve con los ojos. ¡Como si alguien viera el +pensamiento, ni el cariño, ni lo que, allá dentro de su cabeza canosa, +va hablándose el padre, para cuando haya trabajado mucho, y tenga con +qué comprarle caballos como la seda o velocípedos como la luz a su hijo! + +El hombre de _La Edad de Oro_ es así, lo mismo que los padres: un +padrazo es el hombre de _La Edad de Oro_: como una estatua que hay del +río Nilo, donde hace de río un viejo muy barbón, y encima de él saltan, +y juegan, y dan vueltas de cabeza los muchachos traviesos, lo que no +quiere decir, por supuesto, que el río Nilo sea un viejo de verdad, ni +que sus cien hijos jugaran así encima de él, sino que el río Nilo es +como un padre para toda aquella gente de las tierras de Egipto, porque +les humedece los sembrados cada vez que baja de los montes con mucha +agua, y así las siembras les dan mucho fruto: por eso quieren al río los +egipcios como si fuera persona, y lo pintan tan viejo, porque desde hace +miles de años ya hablaban del Nilo los libros de entonces, que estaban +escritos en unas tiras largas que hacían de una yerba, y luego las +enrollaban alrededor de una varilla, y las metían en su nicho, como los +que tienen ahora los escritorios para guardar los papeles. Y los +egipcios le rezaban al Nilo, como si fuera un dios, y le componían +versos y cantos; y como que nada les parecía mejor que una joven +hermosa, sacaban de su casa una vez al año a la egipcia más linda, y la +echaban al agua, como regalo al río viejo, para que se contentase para +el año, con aquella hija que le daban, y bajase del monte con más agua +que nunca. + +Así son los padres buenos, que creen que todos los niños son sus hijos, +y andan como el río Nilo, cargados de hijos que no se ven, y son los +niños del mundo, los niños que no tienen padre, los niños que no tienen +quien les dé velocípedos, ni caballo, ni cariño, ni un beso. Y así es el +hombre de _La Edad de Oro_, que en cada número quisiera poner el mundo +para los niños, a más de su corazón; pero en la imprenta dicen que el +corazón cabe siempre, y el mundo no, ni el artículo de _La Luz +Eléctrica_, que cuenta cómo se hace la luz, y qué cosa es la +electricidad, y cómo se enciende y se apaga, y muchas cosas que parecen +sueño, o cosa de lo más hondo y hermoso del cielo: porque la luz +eléctrica es como la de las estrellas, y hace pensar en que las cosas +tienen alma, como dijo en sus versos latinos un poeta, Lucrecio, que +hubo en Roma, y en que ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos +los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio +ni ruido, ni noche ni día, sino un gusto de vivir, queriéndose todos +como hermanos, y en el alma una fuerza serena, como la de la luz +eléctrica. Con todo eso, no cupo el artículo, y hubo que escribir otro +más corto, que es ese que habla de la caza del elefante, y el modo con +que venció el niño cazador al elefante fuerte. Nadie diga que el cambio +no fue bueno. Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a +trabajar, y hacer que la electricidad que mata en un rayo, alumbre en la +luz. Pero el hombre ha de aprender a defenderse y a inventar, viviendo +al aire libre, y viendo la muerte de cerca, como el cazador del +elefante. La vida de tocador no es para hombres. Hay que ir de vez en +cuando a vivir en lo natural, y a conocer la selva. + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicación mensual de +recreo e instrucción dedicada a los niños de América., by José Martí + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA EDAD DE ORO *** + +***** This file should be named 19898-8.txt or 19898-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/1/9/8/9/19898/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La Edad de Oro: publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América. + +Author: José Martí + +Release Date: November 23, 2006 [EBook #19898] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA EDAD DE ORO *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + +</pre> + + +<p><span style="font-size: 250%;"><b>La Edad de Oro:</b></span> +<span style="font-size: 150%;"><b>publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América.</b></span></p> + +<h3>por</h3> +<h2>José Martí</h2> +<h3>1889</h3> +<hr style="width: 65%;" /> + +<div class="center"><img src="images/001.jpg" alt="imagen" /></div> +<hr style="width: 65%;" /> + +<p><a name="toc" id="toc"></a></p> +<table summary="toc" cellspacing="0" cellpadding="0"> +<tr><td style="font-size: 150%;"> +<a href="#A_los_ninos_que_lean_La_Edad_de_Oro"><b>A los niños que lean «La Edad de Oro».</b></a><br /> +<a href="#Tres_heroes"><b>Tres héroes</b></a><br /> +<a href="#Dos_milagros"><b>Dos milagros</b></a><br /> +<a href="#Menique"><b>Meñique</b></a><br /> +<a href="#Cada_uno_a_su_oficio"><b>Cada uno a su oficio</b></a><br /> +<a href="#La_Iliada_de_Homero"><b>La Ilíada, de Homero</b></a><br /> +<a href="#Un_juego_nuevo_y_otros_viejos"><b>Un juego nuevo y otros viejos</b></a><br /> +<a href="#Bebe_y_el_senor_don_Pomposo"><b>Bebé y el señor don Pomposo</b></a><br /> +<a href="#La_ultima_pagina1"><b>La última página</b></a><br /> +<a href="#La_historia_del_hombre_contada_por_sus_casas"><b>La historia del hombre, contada por sus casas</b></a><br /> +<a href="#Los_dos_principes"><b>Los dos príncipes.</b></a><br /> +<a href="#Nene_traviesa"><b>Nené traviesa.</b></a><br /> +<a href="#La_perla_de_la_mora"><b>La perla de la mora</b></a><br /> +<a href="#Las_ruinas_indias"><b>Las ruinas indias.</b></a><br /> +<a href="#Musicos_poetas_y_pintores"><b>Músicos, poetas y pintores.</b></a><br /> +<a href="#La_ultima_pagina2"><b>La última página</b></a><br /> +<a href="#La_exposicion_de_Paris"><b>La exposición de París.</b></a><br /> +<a href="#El_camaron_encantado"><b>El camarón encantado</b></a><br /> +<a href="#El_Padre_las_Casas"><b>El Padre las Casas.</b></a><br /> +<a href="#Los_zapaticos_de_rosa"><b>Los zapaticos de rosa</b></a><br /> +<a href="#La_ultima_pagina3"><b>La última página</b></a><br /> +<a href="#Un_paseo_por_la_tierra_de_los_anamitas"><b>Un paseo por la tierra de los anamitas</b></a><br /> +<a href="#Historia_de_la_cuchara_y_el_tenedor"><b>Historia de la cuchara y el tenedor</b></a><br /> +<a href="#La_muneca_negra"><b>La muñeca negra</b></a><br /> +<a href="#Cuentos_de_elefantes"><b>Cuentos de elefantes</b></a><br /> +<a href="#Los_dos_ruisenores"><b>Los dos ruiseñores</b></a><br /> +<a href="#La_galeria_de_las_maquinas"><b>La galería de las máquinas</b></a><br /> +<a href="#La_ultima_pagina4"><b>La última página</b></a><br /> +</td></tr> +</table> + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="A_los_ninos_que_lean_La_Edad_de_Oro" id="A_los_ninos_que_lean_La_Edad_de_Oro"></a><a href="#toc">A los niños que lean «La Edad de Oro».</a></h2> + + +<p>Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin +las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El +niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser +hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno, +inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello +que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su +amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la +ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para +caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para +conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de +mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos +lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para +decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo +lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, +con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está +hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres +hasta ahora.</p> + +<p>Para eso se publica <i>La Edad de Oro</i>: para que los niños americanos +sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás +tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las +máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que +cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la +piedra, y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los +libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los +pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, +donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de +magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo +que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les +contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan +estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños +trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños +son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como +cosa de su corazón.</p> + +<p>Cuando un niño quiera saber algo que no esté en <i>La Edad de Oro</i>, +escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le +contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía. +Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien +escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para que +se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parece, y si +les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que +escribirían. Por eso <i>La Edad de Oro</i> va a tener cada seis meses una +competencia, y el niño que le mande el trabajo mejor, que se conozca de +veras que es suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplares +del número de <i>La Edad de Oro</i> en que se publique su composición, que +será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque +para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos +que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo +digan bien: hombres elocuentes y sinceros.</p> + +<p>Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con +ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el +hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las +mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas. +Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, y +para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque <i>La Edad de +Oro</i> tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las +niñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andan +curioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para que +las leyesen los colibríes, si supiesen leer. Y les diremos cómo se hace +una hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja, +cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también +pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y +mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. ¡De +seguro que van a ganar las niñas!</p> + +<p>Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de +nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América +por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga +donde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de <i>La Edad de Oro</i> fue mi +amigo!»</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Tres_heroes" id="Tres_heroes"></a><a href="#toc">Tres héroes</a></h2> + + +<p>Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin +sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, +sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el +viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba +frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se +le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos +deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que +pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos: +al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta +hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su +patria.</p> + +<p>Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y +a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar, +ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo +que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal +gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre +honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y +permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, +no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en +todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con +honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y +debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su +alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es +como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de +ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las +bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere +tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y +se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone más carga de la +que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como +el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad +como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la +carga, o morir.</p> + +<p>Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que +padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su +alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de +haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay +siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los +que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los +pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos +hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad +humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: +Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de +México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron +fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el +sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene +manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los +agradecidos hablan de la luz.</p> + +<p>Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las +palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando +siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, que +le pesaba en el corazón, y, no le dejaba vivir en paz. La América entera +estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo +entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y +que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que +consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos +hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de +Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando +parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo +habían echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, +a pensar en su tierra.</p> + +<p>Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió +un día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientos +libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó +al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de +Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos. +Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales +peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes. +Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor, en el mundo por la libertad. +Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a +gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los +envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón, +más que de mal del cuerpo, en la casa de un español en Santa Marta. +Murió pobre, y dejó una familia de pueblos.</p> + +<p>México tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero valían +por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de +hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de +una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un +cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, +de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala. +Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían +pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo dieciocho, que +explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar +sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio +maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre +ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio +aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la +seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba +fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho de +cuando en cuando los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, que +sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de +Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, a +hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora. +Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro +trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su +pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los +caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los +indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le +unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los +españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día +juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer. +El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y +echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libres +a los negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó un +periódico que llamó El <i>Despertador Americano</i>. Ganó y perdió batallas. +Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo +dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y +para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles que +si los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría en su casa +como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a +que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su +compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el mando a Allende. +Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les +cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo, +los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le +dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la +sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la +colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo +su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es +libre.</p> + +<p>San Martín fue el libertador del Sur, el padre de la República +Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo +mandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró +en España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad, +los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, las +mujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo huir una +noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde un rincón del +monte: al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; pero +tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento. +San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailén, y lo hicieron +teniente coronel. Hablaba poco: parecía de acero: miraba como un águila: +nadie lo desobedecía su caballo iba y venía por el campo de pelea, como +el rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerse +libre, vino a América: ¿qué le importaba perder su carrera, si iba a +cumplir con su deber?: llegó a Buenos Aires: no dijo discursos: levantó +un escuadrón de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable +en mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy +seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin +bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban venciendo: a +Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estaba +muerto: O'Higgins salió huyendo de Chile: pero donde estaba San Martín +siguió siendo libre la América. Hay hombres así, que no pueden ver +esclavitud. San Martín no podía; y se fue a libertar a Chile y al Perú. +En dieciocho días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos: +iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muy +abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones. San +Martín se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla de +Maipú, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a +Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero en el Perú +estaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste, +y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento en una +cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le habían +regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro +siglos, y él le regaló el estandarte en el testamento al Perú. Un +escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: pero +esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieron +algunas veces lo que no debían querer; pero ¿qué no le perdonará un hijo +a su padre? El corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos +fundadores. Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos +libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran +verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros +pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no +son héroes, sino criminales.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Dos_milagros" id="Dos_milagros"></a><a href="#toc">Dos milagros</a></h2> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i3">Iba un niño travieso<br /></span> +<span class="i3">Cazando mariposas;<br /></span> +<span class="i3">Las cazaba el bribón, les daba un beso,<br /></span> +<span class="i3">Y después las soltaba entre las rosas.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i3">Por tierra, en un estero,<br /></span> +<span class="i3">Estaba un sicomoro;<br /></span> +<span class="i3">Le da un rayo de sol, y del madero<br /></span> +<span class="i3">Muerto, sale volando un ave de oro.<br /></span> +</div></div> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Menique" id="Menique"></a><a href="#toc">Meñique</a></h2> + +<p class="center">(Del francés, de Laboulaye)</p> + +<p><i>Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique, y +se ve que el saber vale más que la fuerza.</i></p> + + +<h3>—I—</h3> + +<p>En un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que tenía +tres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de cara +colorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y paliducho, lleno +de envidias y de celos; Juancito era lindo como una mujer, y más ligero +que un resorte, pero tan chiquitín que se podía esconder en una bota de +su padre. Nadie le decía Juan, sino Meñique.</p> + +<p>El campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía +alguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro; y no +tenían cómo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron bastante +crecidos, el padre les rogó por su bien que salieran de su choza +infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les dolió el corazón de dejar +solo a su padre viejo, y decir adiós para siempre a los árboles que +habían sembrado, a la casita en que habían nacido, al arroyo donde +bebían el agua en la palma de la mano. Como a una legua de allí tenía el +rey del país un palacio magnífico, todo de madera, con veinte balcones +de roble tallado, y seis ventanitas. Y sucedió que de repente, en una +noche de mucho calor, salió de la tierra, delante de las seis ventanas, +un roble enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dejó a oscuras +el palacio del rey. Era un árbol encantado, y no había hacha que pudiera +echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro del tronco, y +por cada rama que le cortaban salían dos. El rey ofreció dar tres sacos +llenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel arbolón; +pero allí se estaba el roble, echando ramas y raíces, y el rey tuvo que +conformarse con encender luces de día.</p> + +<p>Y eso no era todo. Por aquel país, hasta de las piedras del camino +salían los manantiales; pero en el palacio no había agua. La gente del +palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel. El rey +había prometido hacer marqués y dar muchas tierras y dinero al que ha +abriese en el patio del castillo un pozo donde se pudiera guardar agua +para todo el año. Pero nadie se llevó el premio, porque el palacio +estaba en una roca, y en cuanto se escarbaba la tierra de arriba, salía +debajo la capa de granito. Como una pulgada nada más había de tierra +floja.</p> + +<p>Los reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto. +Mandó pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos de +su reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofrecía casar a +su hija con el que cortara el árbol y abriese el pozo, y darle además la +mitad de sus tierras. Las tierras eran de lo mejor para sembrar, y la +princesa tenía fama de inteligente y hermosa; así es que empezó a venir +de todas partes un ejército de hombres forzudos, con el hacha al hombro +y el pico al brazo. Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y +todos los picos se rompían contra la roca.</p> + + +<h3>—II—</h3> + +<p>Los tres hijos del campesino oyeron el pregón, y tomaron el camino del +palacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino que +encontrarían entre tanta gente algún trabajo. Los tres iban anda que +anda, Pedro siempre contento, Pablo hablándose solo, y Meñique saltando +de acá para allá, metiéndose por todas las veredas y escondrijos, +viéndolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada paso tenía algo +nuevo que preguntar a sus hermanos: que por qué las abejas metían la +cabecita en las flores, que por qué las golondrinas volaban tan cerca +del agua, que por qué no volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba +a reír, y Pablo se encogía de hombros y lo mandaba callar.</p> + +<p>Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un +monte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que +caían allá en lo más alto.</p> + +<p>—Yo quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña—dijo +Meñique.</p> + +<p>—Todo lo quiere saber el que no sabe nada—dijo Pablo, medio gruñendo.</p> + +<p>—Parece que este muñeco no ha oído nunca cortar leña—dijo Pedro, +torciéndole el cachete a Meñique de un buen pellizco.</p> + +<p>—Yo voy a ver lo que hacen allá arriba—dijo Meñique.</p> + +<p>—Anda, ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te +dicen tus hermanos mayores.</p> + +<p>Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde +venía el sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte? Pues un +hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muy +recio.</p> + +<p>—Buenos días, señora hacha—dijo Meñique;—¿no está cansada de cortar +tan solita ese árbol tan viejo?</p> + +<p>—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el +hacha.</p> + +<p>—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.</p> + +<p>Y sin ponerse a temblar, ni preguntar más, metió el hacha en su gran +saco de cuero, y bajó el monte, brincando y cantando.</p> + +<p>—¿Qué vio allá arriba el que todo lo quiere saber?—preguntó Pablo, +sacando el labio de abajo, y mirando a Meñique como una torre a un +alfiler.</p> + +<p>—Pues el hacha que oíamos—le contestó Meñique.</p> + +<p>—Ya ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores—le +dijo Pedro el gordo.</p> + +<p>A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido que +venía de lejos, como de un hierro que golpease en una roca.</p> + +<p>—Yo quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras—dijo Meñique.</p> + +<p>—Aquí está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca +al pájaro carpintero picoteando en un tronco—dijo Pablo.</p> + +<p>—Quédate con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpintero +que picotea en un tronco—dijo Pedro.</p> + +<p>—Yo voy a ver lo que pasa allá lejos.</p> + +<p>Y aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique, +oyendo como se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y qué encontró Meñique +allá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba +abriendo la roca como si fuese mantequilla.</p> + +<p>—Buenos días, señor pico—dijo Meñique:—¿no está cansado de picar tan +solito en esa roca vieja?</p> + +<p>—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el +pico.</p> + +<p>—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.</p> + +<p>Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los metió +aparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozando +y cantando.</p> + +<p>—¿Y qué milagro vio por allá su señoría?—preguntó Pablo, con los +bigotes de punta.</p> + +<p>—Era un pico lo que oímos—respondió Meñique, y siguió andando sin +decir más palabra.</p> + +<p>Más adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era +mucho el calor.</p> + +<p>—Yo quisiera saber—dijo Meñique—de dónde sale tanta agua en un valle +tan llano como éste.</p> + +<p>—¡Grandísimo pretencioso—dijo Pablo;—que en todo quiere meter la +nariz! ¿No sabes que los manantiales salen de la tierra?</p> + +<p>—Yo voy a ver de dónde sale esta agua.</p> + +<p>Y los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó a andar +por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que +no era más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando llegó al fin? +Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía a borbotones el agua +clara chispeando al sol.</p> + +<p>—Buenos días, señor arroyo—dijo Meñique;—¿no está cansado de vivir +tan solito en su rincón, manando agua?</p> + +<p>—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el +arroyo.</p> + +<p>—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.</p> + +<p>Y sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió bien en musgo +fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero, +y se volvió por donde vino, saltando y cantando.</p> + +<p>—¿Ya sabes de dónde viene el agua?—le gritó Pedro.</p> + +<p>—Sí, hermano; viene de un agujerito.</p> + +<p>—¡Oh, a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!—dijo +Pablo, el paliducho.</p> + +<p>—Yo he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber—se dijo +Meñique a sí mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos.</p> + + +<h3>—III—</h3> + +<p>Por fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía más que nunca, el +pozo no lo habían podido abrir, y en la puerta estaba el cartel sellado +con las armas reales, donde prometía el rey casar a su hija y dar la +mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble y abriese el pozo, +fuera señor de la corte, o vasallo acomodado, o pobre campesino. Pero el +rey, cansado de tanta prueba inútil, había hecho clavar debajo del +cartelón otro cartel más pequeño, que decía con letras coloradas:</p> + +<p>«Sepan los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen rey +que es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del mismo +roble al que venga a cortar el árbol o abrir el pozo, y no corte, ni +abra; para enseñarle a conocerse a sí mismo y a ser modesto, que es la +primera lección de la sabiduría.»</p> + +<p>Y alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas, +cortadas por la raíz de la piel a quince hombres que se creyeron más +fuertes de lo que eran.</p> + +<p>Al leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes, se +miró los brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas, le dio al +hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe echó abajo una +de las ramas más gruesas del árbol maldito. Pero enseguida salieron dos +ramas poderosas en el punto mismo del hachazo, y los soldados del rey le +cortaron las orejas sin más ceremonia.</p> + +<p>—¡Inutilón!—dijo Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortó +de un golpe una gran raíz. Pero salieron dos raíces enormes en vez de +una.</p> + +<p>Y el rey furioso mandó que le cortaran las orejas a aquel que no quiso +aprender en la cabeza de su hermano.</p> + +<p>Pero a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima.</p> + +<p>—¡Quítenme a ese enano de ahí!—dijo el rey—¡y si no se quiere quitar, +córtenle las orejas!</p> + +<p>—Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, +señor rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya +tendrás tiempo de cortarme las orejas, si no corto el árbol.</p> + +<p>—Y la nariz te la rebanarán también, si no lo cortas.</p> + +<p>Meñique sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de +cuero. El hacha era más grande que Meñique. Y Meñique le dijo: «¡Corta, +hacha, corta!»</p> + +<p>Y el hacha cortó, tajo, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco, +arrancó las raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a +izquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio se +calentó con el roble todo aquel invierno.</p> + +<p>Cuando ya no quedaba del árbol una sola hoja, Meñique fue donde estaba +el rey sentado junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía.</p> + +<p>—¿Dígame el rey ahora dónde quiere que le abra el pozo su criado? Y +toda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo. +El rey subió a un estrado más alto que los asientos de los demás; la +princesa tenía su silla en un escalón más bajo, y miraba con susto a +aquel hominicaco que le iban a dar para marido.</p> + +<p>Meñique, sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió el +mango en el pico, lo puso en el lugar que marcó el rey, y le dijo: +«¡Cava, pico, cava!»</p> + +<p>Y el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menos +de un cuarto de hora quedó abierto un pozo de cien pies.</p> + +<p>—¿Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?</p> + +<p>—Es hondo; pero no tiene agua.</p> + +<p>—Agua tendrá—dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero, le +quitó el musgo a la cáscara de nuez, y puso la cáscara en una fuente que +habían llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro de la tierra, +dijo: «¡Brota, agua, brota!»</p> + +<p>Y el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullo +refrescó el aire del patio, y cayó en cascadas tan abundantes que al +cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir un canal que +llevase afuera el agua sobrante.</p> + +<p>—Y ahora—dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla,—¿cree mi rey +que he hecho todo lo que me pedía?</p> + +<p>—Sí, marqués Meñique—respondió el rey,—y te daré la mitad de mi +reino; o mejor, te compraré en lo que vale tu mitad, con la contribución +que les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarán mucho de pagar +porque su rey y señor tenga agua buena; pero con mi hija no te puedo +casar, porque ésa es cosa en que yo solo no soy dueño.</p> + +<p>—¿Y qué más quiere que haga, rey?—dijo Meñique, parándose en las +puntas de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la +princesa cara a cara.</p> + +<p>—Mañana se te dirá, marqués Meñique—le dijo el rey;—vete ahora a +dormir a la mejor cama de mi palacio.</p> + +<p>Pero Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos, +que parecían dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.</p> + +<p>—Díganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de +dónde venía el agua.</p> + +<p>—Fortuna no más, fortuna—dijo Pablo.—La fortuna es ciega, y favorece +a los necios.</p> + +<p>—Hermanito—dijo Pedro,—con orejas o desorejado creo que está muy bien +lo que has hecho, y quisiera que llegara aquí papá para que te viese.</p> + +<p>Y Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro y +a Pablo.</p> + + +<h3>—IV—</h3> + +<p>El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que le +tenía despierto, sino el disgusto de casar a su hija con aquel picolín +que cabía en una bota de su padre. Como buen rey que era, ya no quería +cumplir lo que prometió; y le estaban zumbando en los oídos las palabras +del marqués Meñique: «Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un +hombre es ley, rey».</p> + +<p>Mandó el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podían +decir quiénes eran los padres de Meñique, y si era Meñique persona de +buen carácter y de modales finos, como quieren los suegros que sean sus +yernos, porque la vida sin cortesía es más amarga que la cuasia y que la +retama. Pedro dijo de Meñique muchas cosas buenas, que pusieron al rey +de mal humor; pero Pablo dejó al rey muy contento, porque le dijo que el +marqués era un pedante aventurero, un trasto con bigotes, una uña +venenosa, un garbanzo lleno de ambición, indigno de casarse con señora +tan principal como la hija del gran rey que le había hecho la honra de +cortarle las orejas: «Es tan vano ese macacuelo—dijo Pablo—que se cree +capaz de pelear con un gigante. Por aquí cerca hay uno que tiene muerta +de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines +todas sus ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que él +puede echarse al gigante de criado.»</p> + +<p>—Eso es lo que vamos a ver—dijo el rey satisfecho. Y durmió muy +tranquilo lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonreía en sueños, +como si estuviera pensando en algo agradable.</p> + +<p>En cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda su +corte. Y vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el cielo, +galán como una flor.</p> + +<p>—Yerno querido—dijo el rey,—un hombre de tu honradez no puede casarse +con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande, con +criados que la sirvan como se debe servir en el palacio real. En este +bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un buey +entero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar. Figúrate qué +hermoso criado no hará ese gigante con un sombrero de tres picos, una +casaca galoneada, con charreteras de oro, y una alabarda de quince pies. +Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidirse a casarse +contigo.</p> + +<p>—No es cosa fácil—respondió Meñique,—pero trataré de regalarle el +gigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince pies, y +su sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con charreteras de +oro.</p> + +<p>Se fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada, +un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se echó el saco a la +espalda, y salió andando por el bosque, mientras Pedro lloraba, y Pablo +reía, pensando en que no volvería nunca su hermano del bosque del +gigante.</p> + +<p>En el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver, y se +puso a gritar a voz en cuello: «¡Eh, gigante, gigante! ¿dónde anda el +gigante? Aquí está Meñique, que viene a llevarse al gigante muerto o +vivo».</p> + +<p>—Y aquí estoy yo—dijo el gigante, con un vocerrón que hizo encogerse a +los árboles de miedo,—aquí estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado.</p> + +<p>—No estés tan de prisa, amigo—dijo Meñique, con una vocecita de +flautín,—no estés tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar +contigo.</p> + +<p>Y el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quién le hablaba, +hasta que le ocurrió bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito como un +pitirre, vio a Meñique sentado en un tronco, con el gran saco de cuero +entre las rodillas.</p> + +<p>—¿Eres tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño?—dijo +el gigante, comiéndoselo con los ojos que parecían llamas.</p> + +<p>—Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mío.</p> + +<p>—Con la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido del +cuervo, para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin +licencia en mi bosque.</p> + +<p>—No estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mío como tuyo; y +si dices una palabra más, te lo echo abajo en un cuarto de hora.</p> + +<p>—Eso quisiera ver—dijo el gigantón.</p> + +<p>Meñique sacó su hacha, y le dijo: «¡Corta, hacha, corta!» Y el hacha +cortó, tajó, astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces, +limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los árboles +caían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en el +temporal.</p> + +<p>—Para, para—dijo asustado el gigante,—¿quién eres tú, que puedes +echarme abajo mi bosque?</p> + +<p>—Soy el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mi +hacha te corta la cabeza. Tú no sabes con quién estás hablando. ¡Quieto +donde estás!</p> + +<p>Y el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientras +Meñique abría su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso y su +pan.</p> + +<p>—¿Qué es eso blanco que comes?—preguntó el gigante, que nunca había +visto queso.</p> + +<p>—Piedras como no más, y por eso soy más fuerte que tú, que comes la +carne que engorda. Soy más fuerte que tú. Enséñame tu casa.</p> + +<p>Y el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta que +llegó a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco de tres +palos, y un balcón como un teatro vacío.</p> + +<p>—Oye—le dijo Meñique al gigante:—uno de los dos tiene que ser amo del +otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas, yo +seré criado tuyo; si tú no puedes hacer lo que haga yo, tú serás mi +criado.</p> + +<p>—Trato hecho—dijo el gigante;—me gustaría tener de criado un hombre +como tú, porque me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya, +pues; ahí están mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.</p> + +<p>Meñique levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos +tanques, de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. Más fácil +le era a Meñique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.</p> + +<p>—¡Hola!—dijo el gigante, abriendo la boca terrible;—a la primera ya +estás vencido. Haz lo que yo hago, amigo, y cárgame el agua.</p> + +<p>—¿Y para qué la he de cargar?—dijo Meñique.—Carga tú, que eres bestia +de carga. Yo iré donde está el arroyo, y lo traeré en brazos, y te +llenaré los cubos, y tendrás tu agua.</p> + +<p>—No, no—dijo el gigante,—que ya me dejaste el bosque sin árboles, y +ahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que yo +traeré el agua.</p> + +<p>Meñique encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue +echando el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de +nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de tiempo en +tiempo espumaba el guiso con una sartén, y lo probaba, y le echaba sal y +tomillo, hasta que lo encontró bueno.</p> + +<p>—A la mesa, que ya está la comida—dijo el gigante;—y a ver si haces +lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a ti +de postres.</p> + +<p>—Está bien, amigo—dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajo +de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del +pescuezo a los pies.</p> + +<p>Y el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo que no +echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y los +pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.</p> + +<p>—¡Uf! ¡ya no puedo comer más!—dijo el gigante;—tengo que sacarme un +botón del chaleco.</p> + +<p>—Pues mírame a mí, gigante infeliz—dijo Meñique, y se echó una col +entera en el saco.</p> + +<p>—¡Uha!—dijo el gigante;—tengo que sacarme otro botón. ¡Qué estómago +de avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer +piedras.</p> + +<p>—Anda, perezoso—dijo Meñique,—come como yo—y se echó en el saco un +gran trozo de buey.</p> + +<p>—¡Paff!—dijo el gigante,—se me saltó el tercer botón: ya no me cabe +un chícharo: ¿cómo te va a ti, hechicero?</p> + +<p>—¿A mí?—dijo Meñique;—no hay cosa más fácil que hacer un poco de +lugar.</p> + +<p>Y se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de +cuero.</p> + +<p>—Ahora te toca a ti—dijo al gigante;—haz lo que yo hago.</p> + +<p>—Muchas gracias—dijo el gigante.—Prefiero ser tu criado. Yo no puedo +digerir las piedras.</p> + +<p>Besó el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó en +el hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas de oro, +y salió andando por el camino del palacio.</p> + + +<h3>—V—</h3> + +<p>En el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meñique, ni de +que le debían el agua y la luz; cuando de repente oyeron un gran ruido, +que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa sacudiese el +mundo. Era el gigante, que no cabía por el portón, y lo había echado +abajo de un puntapié. Todos salieron a las ventanas a averiguar la causa +de aquel ruido, y vieron a Meñique sentado con mucha tranquilidad en el +hombro del gigante, que tocaba con la cabeza el balcón donde estaba el +mismo rey. Saltó al balcón Meñique, hincó una rodilla delante de la +princesa y le habló así: «Princesa y dueña mía, tú deseabas un criado y +aquí están dos a tus pies».</p> + +<p>Este galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de la +corte, dejó pasmado al rey, que no halló excusa que dar para que no se +casara Meñique con su hija.</p> + +<p>—Hija—le dijo en voz baja,—sacrifícate por la palabra de tu padre el +rey.</p> + +<p>—Hija de rey o hija de campesino—respondió ella,—la mujer debe +casarse con quien sea de su gusto. Déjame, padre, defenderme en esto que +me interesa. Meñique—siguió diciendo en alta voz la princesa,—eres +valiente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres.</p> + +<p>—Ya lo sé, princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad, y +obedecer sus caprichos.</p> + +<p>—Veo que eres hombre de talento—dijo la princesa.—Puesto que sabes +adivinar tan bien, voy a ponerte una última prueba, antes de casarme +contigo. Vamos a ver quién es más inteligente, si tú o yo. Si pierdes, +quedo libre para ser de otro marido.</p> + +<p>Meñique la saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver la +prueba a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el +suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas, porque +no cabía en la sala de lo alto que era. Meñique le hizo una seña, y él +echó a andar acurrucado, tocando el techo con la espalda y con la +alabarda a rastras, hasta que llegó adonde estaba Meñique, y se echó a +sus pies, orgulloso de que vieran que tenía a hombre de tanto ingenio +por amo.</p> + +<p>—Empezaremos con una bufonada—dijo la princesa.—Cuentan que las +mujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una +mentira más grande. El primero que diga: «¡Eso es demasiado!» pierde.</p> + +<p>—Por servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré la verdad +con toda el alma.</p> + +<p>—Estoy segura—dijo la princesa—de que tu padre no tiene tantas +tierras como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras +de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otro +pastor.</p> + +<p>—Eso es una bicoca—dijo Meñique.—Mi padre tiene tantas tierras que +una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera +cuando sale por la otra.</p> + +<p>—Eso no me asombra—dijo la princesa.—En tu corral no hay un toro tan +grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos no +pueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno.</p> + +<p>—Eso es una bicoca—dijo Meñique.—La cabeza del toro de mi casa es tan +grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que está +montado en el otro.</p> + +<p>—Eso no me asombra—dijo la princesa.—En tu casa no dan las vacas +tanta leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada mañana veinte +toneles, y sacamos de cada ordeño una pila de queso tan alta como la +pirámide de Egipto.</p> + +<p>—Eso es una bicoca—dijo Meñique.—En la lechería de mi casa hacen unos +quesos tan grandes que un día la yegua se cayó en la artesa, y no la +encontramos sino después de una semana. El pobre animal tenía el +espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvió +de espinazo nuevo. Pero una mañanita le salió un ramo al espinazo por +encima de la piel, y el ramo creció tanto que yo me subí en él y toqué +el cielo. Y en el cielo vi a una señora vestida de blanco, trenzando un +cordón con la espuma del mar. Y yo me así del hilo, y el hilo se me +reventó, y caí dentro de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratones +estaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos +viejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas +hasta que se le caían a tu padre los bigotes.</p> + +<p>—¡Eso es demasiado!—dijo la princesa.—¡A mi padre el rey nadie le ha +tirado nunca de las orejas!</p> + +<p>—¡Amo, amo!—dijo el gigante.—Ha dicho «¡Eso es demasiado!» La +princesa es nuestra.</p> + + +<h3>—VI—</h3> + +<p>—Todavía no—dijo la princesa, poniéndose colorada.—Tengo que ponerte +tres enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida nos +casamos. Dime primero: ¿qué es lo que siempre está cayendo y nunca se +rompe?</p> + +<p>—¡Oh!—dijo Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es la +cascada!</p> + +<p>—Dime ahora—preguntó la princesa, ya con mucho miedo:—¿quién es el +que anda todos los días el mismo camino y nunca se vuelve atrás?</p> + +<p>—¡Oh!—dijo Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es el sol!</p> + +<p>—El sol es dijo la princesa, blanca de rabia.—Ya no queda más que un +enigma. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿qué es lo que yo pienso, y +tú no piensas? ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni yo?</p> + +<p>Meñique bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara el +miedo de perder.</p> + +<p>—Amo—dijo el gigante;—si no adivinas el enigma, no te calientes las +entendederas. Hazme una seña, y cargo con la princesa.</p> + +<p>—Cállate, criado dijo Meñique;—bien sabes tú que la fuerza no sirve +para todo. Déjame pensar.</p> + +<p>—Princesa y dueña mía—dijo Meñique, después de unos instantes en que +se oía correr la luz.—Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque +veo en él mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres +decir, y tú piensas en que yo no lo entiendo. Tú piensas, como noble +princesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno de ser tu +marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y en lo que ni yo ni +tú pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz tienen tan +pobres...</p> + +<p>—Cállate—dijo la princesa;—aquí está mi mano de esposa, marqués +Meñique.</p> + +<p>—¿Qué es eso que piensas de mí, que lo quiero saber?—preguntó el rey.</p> + +<p>—Padre y señor—dijo la princesa, echándose en sus brazos;—que eres el +más sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.</p> + +<p>—Ya lo sé, ya lo sé—dijo el rey;—y ahora, déjenme hacer algo por el +bien de mi pueblo. ¡Meñique, te hago duque!</p> + +<p>—¡Viva mi amo y señor, el duque Meñique!—gritó el gigante, con una voz +que puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del techo, e +hizo saltar los vidrios de las seis ventanas.</p> + + +<h3>—VII—</h3> + +<p>En el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular, +porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino luego, +cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y +quieren bien, o si son egoístas y cobardes. Pero el que cuenta el cuento +tiene que decir que el gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su +amo que les iba poniendo su sombrero de tres picos a todos los árboles +que encontraba, y cuando salió el carruaje de los novios, que era de +nácar puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se echó el carruaje +a la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y dando vivas, hasta +que los dejó a la puerta del palacio, como deja una madre a su niño en +la cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días.</p> + +<p>Por la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas a +los novios, y lucecitas de color en el jardín, y fuegos artificiales +para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores. Todos +cantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos, bailaban +con mucha elegancia y honestidad al compás de una música de violines, +con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito de violeta en el +ojal de la casaca. Pero en un rincón había uno que no hablaba ni +cantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho, el desorejado, que no +podía ver a su hermano feliz, y se fue al bosque para no oír ni ver, y +en el bosque murió, porque los osos se lo comieron en la noche oscura.</p> + +<p>Meñique era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio si +debían tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero con su +bondad y cortesía se ganó el cariño de su mujer y de la corte entera, y +cuando murió el rey, entró a mandar, y estuvo de rey cincuenta y dos +años. Y dicen que mandó tan bien que sus vasallos nunca quisieron más +rey que Meñique, que no tenía gusto sino cuando veía a su pueblo +contento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo para +dárselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachines +que lo defienden de los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey +tan bueno como Meñique.</p> + +<p>Pero no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser un +hombre de ingenio tan grande; porque el que es estúpido no es bueno, y +el que es bueno no es estúpido. Tener talento es tener buen corazón; el +que tiene buen corazón, ése es el que tiene talento. Todos los pícaros +son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga. Y el que saque de +este cuento otra lección mejor, vaya a contarlo en Roma.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Cada_uno_a_su_oficio" id="Cada_uno_a_su_oficio"></a><a href="#toc">Cada uno a su oficio</a></h2> + +<p class="center">Fábula nueva del filósofo norteamericano Emerson<br /><br /></p> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i0">La montaña y la ardilla<br /></span> +<span class="i0">Tuvieron su querella:<br /></span> +<span class="i0">—«¡Váyase usted allá, presumidilla!»<br /></span> +<span class="i0">Dijo con furia aquélla;<br /></span> +<span class="i0">A lo que respondió la astuta ardilla:<br /></span> +<span class="i0">—«Sí que es muy grande usted, muy grande y bella;<br /></span> +<span class="i0">Mas de todas las cosas y estaciones<br /></span> +<span class="i0">Hay que poner en junto las porciones,<br /></span> +<span class="i0">Para formar, señora vocinglera,<br /></span> +<span class="i0">Un año y una esfera.<br /></span> +<span class="i0">Yo no sé que me ponga nadie tilde<br /></span> +<span class="i0">Por ocupar un puesto tan humilde.<br /></span> +<span class="i0">Si no soy yo tamaña<br /></span> +<span class="i0">Como usted, mi señora la montaña,<br /></span> +<span class="i0">Usted no es tan pequeña<br /></span> +<span class="i0">Como yo, ni a gimnástica me enseña.<br /></span> +<span class="i0">Yo negar no imagino<br /></span> +<span class="i0">Que es para las ardillas buen camino<br /></span> +<span class="i0">Su magnífica falda:<br /></span> +<span class="i0">Difieren los talentos a las veces:<br /></span> +<span class="i0">Ni yo llevo los bosques a la espalda,<br /></span> +<span class="i0">Ni usted puede, señora, cascar nueces.»<br /></span> +</div></div> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_Iliada_de_Homero" id="La_Iliada_de_Homero"></a><a href="#toc">La Ilíada, de Homero</a></h2> + + +<p>Hace dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de la +Ilíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba de +rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al compás de +la lira, como hacían los aedas de entonces. Otros dicen que no hubo +Homero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores. +Pero no parece que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde no +cambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos, y +donde desde el principio hasta el fin se ve tan claro el carácter de +cada persona que puede decirse quién es por lo que dice o hace, sin +necesidad de verle el nombre. Ni es fácil que un mismo pueblo tenga +muchos poetas que compongan los versos con tanto sentido y música como +los de la <i>Ilíada</i>, sin palabras que falten o sobren; ni que todos los +diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos de +Homero, donde parece que es un padre el que habla.</p> + +<p>En la <i>Ilíada</i> no se cuenta toda la guerra de treinta años de Grecia +contra Ilión, que era como le decían entonces a Troya; sino lo que pasó +en la guerra cuando los griegos estaban todavía en la llanura asaltando +a la ciudad amurallada, y se pelearon por celos los dos griegos famosos, +Agamenón y Aquiles. A Agamenón le llamaban el Rey de los Hombres, y era +como un rey mayor, que tenía más mando y poder que todos los demás que +vinieron de Grecia a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey +troyano, del viejo Príamo, le robó la mujer a Menelao, que estaba de rey +en uno de los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenón. Aquiles era +el más valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y culto, que +cantaba en la lira las historias de los héroes, y se hacía querer de las +mismas esclavas que le tocaban de botín cuando se repartían los +prisioneros después de sus victorias. Por una prisionera fue la disputa +de los reyes, porque Agamenón se resistía a devolver al sacerdote +troyano Crises su hija Criseis, como decía el sacerdote griego Calcas +que se debía devolver, para que se calmase en el Olimpo, que era el +cielo de entonces, la furia de Apolo, el dios del Sol, que estaba +enojado con los griegos porque Agamenón tenía cautiva a la hija de un +sacerdote: y Aquiles, que no le tenía miedo a Agamenón, se levantó entre +todos los demás, y dijo que se debía hacer lo que Calcas quería, para +que se acabase la peste de calor que estaba matando en montones a los +griegos, y era tanta que no se veía el cielo nunca claro, por el humo de +las piras en que quemaban los cadáveres. Agamenón dijo que devolvería a +Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que él tenía en su +tienda. Y Aquiles le dijo a Agamenón «borracho de ojos de perro y +corazón de venado», y sacó la espada de puño de plata para matarlo +delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que estaba invisible a su +lado, le sujetó la mano, cuando tenía la espada a medio sacar. Y Aquiles +echó al suelo su cetro de oro, y se sentó, y dijo que no pelearía más a +favor de los griegos con sus bravos mirmidones, y que se iba a su +tienda.</p> + +<p>Así empezó la cólera de Aquiles, que es lo que cuenta la <i>Ilíada</i>, desde +que se enojó en esa disputa, hasta que el corazón se le enfureció cuando +los troyanos le mataron a su amigo Patroc quemándoles los barcos a los griegos y los +tenía casi vencidos. No más que con dar Aquiles una voz desde el muro, +se echaba atrás el ejército de Troya, como la ola cuando la empuja una +corriente contraria de viento, y les temblaban las rodillas a los +caballos troyanos. El poema entero está escrito para contar lo que +sucedió a los griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:—la disputa +de los reyes,—el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los +dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la ofensa de +Agamenón a Aquiles,—el combate de Paris, hijo de Príamo, con Menelao, +el esposo de Helena,—la tregua que hubo entre los dos ejércitos, y el +modo con que el arquero troyano Pandaro la rompió con su flechazo a +Menelao,—la batalla del primer día, en que el valentísimo Diomedes tuvo +casi muerto a Eneas de una pedrada,—la visita de Héctor, el héroe de +Troya a su esposa Andrómaca, que lo veía pelear desde el muro,—la +batalla del segundo día, en que Diomedes huye en su carro de pelear, +perseguido por Héctor vencedor,—la embajada que le mandan los griegos a +Aquiles, para que vuelva a ayudarlos en los combates, porque desde que +él no pelea están ganando los troyanos,—la batalla de los barcos, en +que ni el mismo Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta +que Aquiles consiente en que Patroclo pelee con su armadura,—la muerte +de Patroclo,—la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva que +le hizo el dios Vulcano,—el desafío de Aquiles y Héctor,—la muerte de +Héctor,—y las súplicas con que su padre Príamo logra que Aquiles le +devuelva el cadáver, para quemarlo en Troya en la pira de honor, y +guardar los huesos blancos en una caja de oro. Así se enojó Aquiles, y +ésos fueron los sucesos de la guerra, hasta que se le acabó el enojo.</p> + +<p>A Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa del +mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extraño, porque todavía hoy +dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene de +Dios, que es lo que llaman «el derecho divino de los reyes», y no es más +que una idea vieja de aquellos tiempos de pelea, en que los pueblos +eran nuevos y no sabían vivir en paz, como viven en el cielo las +estrellas, que todas tienen luz aunque son muchas, y cada una brilla +aunque tenga al lado otra. Los griegos creían, como los hebreos, y como +otros muchos pueblos, que ellos eran la nación favorecida por el creador +del mundo, y los únicos hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres +son soberbios, y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o +más inteligente que ellos, cuando había un hombre fuerte o inteligente +que se hacía rey por su poder, decían que era hijo de los dioses. Y los +reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes +decían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos y +los ayudaran. Y así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.</p> + +<p>Cada rey tenía en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o +nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo, +según le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos o pocos; y +el sacerdote decía que el dios estaba enojado cuando el regalo era +pobre, o que estaba contento, cuando le habían regalado mucha miel y +muchas ovejas. Así se ve en la <i>Ilíada</i>, que hay como dos historias en +el poema, una en la tierra, y en el cielo otra; y que los dioses del +cielo son como una familia, sólo que no hablan como personas bien +criadas, sino que se pelean y se dicen injurias, lo mismo que los +hombres en el mundo. Siempre estaba Júpiter, el rey de los dioses, sin +saber qué hacer; porque su hijo Apolo quería proteger a los troyanos, y +su mujer Juno a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y había +en las comidas del cielo grandísimas peleas, y Júpiter le decía a Juno +que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano, el cojo, +el sabio del Olimpo, se reía de los chistes y maldades de Apolo, el de +pelo colorado, que era el dios travieso. Y los dioses subían y bajaban, +a llevar y traer a Júpiter los recados de los troyanos y los griegos; o +peleaban sin que se les viera en los carros de sus héroes favorecidos; o +se llevaban en brazos por las nubes a su héroe para que no lo acabase de +matar el vencedor, con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la +figura del viejo Néstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a +Agamenón que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el +enemigo Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva a +Paris por el aire. Venus también se lleva a Eneas, vencido por Diomedes, +en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva guiando el carro de +pelear del griego, y Apolo viene contra ella, guiando el carro troyano. +Otra vez, cuando por engaño de Minerva dispara Pandaro su arco contra +Menelao, la flecha terrible le entró poco a Menelao en la carne, porque +Minerva la apartó al caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de +la cara una mosca. En la <i>Ilíada</i> están juntos siempre los dioses y los +hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas lo mismo +que en la tierra; como que son los hombres los que inventan los dioses a +su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades +que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora +en los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo +crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de +rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la +vida. El cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Júpiter +mismo es como un rey de reyes, y una especie de Agamenón, que puede más +que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de oírlos y +contentarlos, como tuvo que hacer Agamenón con Aquiles. En la <i>Ilíada</i>, +aunque no lo parece, hay mucha filosofía, y mucha ciencia, y mucha +política, y se enseña a los hombres, como sin querer, que los dioses no +son en realidad más que poesías de la imaginación, y que los países no +se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y +respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el +modo con que quiere que lo gobiernen.</p> + +<p>Pero lo hermoso de la <i>Ilíada</i> es aquella manera con que pinta el mundo, +como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado para +otro llorando de amor, con los brazos levantados, preguntándole al cielo +quién puede tanto, y dónde está el creador, y cómo compuso y mantuvo +tantas maravillas. Y otra hermosura de la Ilíada es el modo de decir las +cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les +suenan bien; sino con palabras muy pocas y fuertes, como cuando Júpiter +consintió en que los griegos perdieran algunas batallas, hasta que se +arrepintiesen de la ofensa que le habían hecho a Aquiles, y «cuando dijo +que sí, tembló el Olimpo». No busca Homero las comparaciones en las +cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que él +cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido delante de +los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada hombre iba de +soldado a defender a su país, o salía por ambición o por celos a atacar +a los vecinos; y como no había libros entonces, ni teatros, la diversión +era oír al aeda que cantaba en la lira las peleas de los dioses y las +batallas de los hombres; y el aeda tenía que hacer reír con las maldades +de Apolo y Vulcano, para que no se le cansase la gente del canto serio; +y les hablaba de lo que la gente oía con interés, que eran las historias +de los héroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda decía +cosas de médico y de político, para que el pueblo hallase gusto y +provecho en oírlo, y diera buena paga y fama al cantor que le enseñaba +en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra cosa que entre +los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se tenía como hijo de un +dios al que hablaba bien, o hacía llorar o entender a los hombres. Por +eso hay en la <i>Ilíada</i> tantas descripciones de combates, y tantas curas +de heridas, y tantas arengas.</p> + +<p>Todo lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, está en la +<i>Ilíada</i>. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que iban de pueblo +en pueblo, cantando la <i>Ilíada</i> y la <i>Odisea</i>, que es otro poema donde +Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y más poemas parece que compuso +Homero, pero otros dicen que ésos no son suyos, aunque el griego +Herodoto, que recogió todas las historias de su tiempo, trae noticias de +ellos, y muchos versos sueltos, en la vida de Homero que escribió, que +es la mejor de las ocho que hay escritas, sin que se sepa de cierto si +Herodoto la escribió de veras, o si no la contó muy de prisa y sin +pensar, como solía él escribir.</p> + +<p>Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un +monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la +<i>Ilíada</i>, que parecen de letras de piedra. En inglés hay muy buenas +traducciones, y el que sepa inglés debe leer la <i>Ilíada</i> de Chapman, o +la de Dodsley, o la de Landor, que tienen más de Homero que la de Pope, +que es la más elegante. El que sepa alemán, lea la de Wolff, que es como +leer el griego mismo. El que no sepa francés, apréndalo enseguida, para +que goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducción de +Leconte de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de +mármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay, que es de +Hermosilla; porque las palabras de la <i>Ilíada</i> están allí, pero no el +fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema en +que parece que se ve amanecer el mundo,—en que los hombres caen como +los robles o como los pinos,—en que el guerrero Ajax defiende a +lanzazos su barco de los troyanos más valientes,—en que Héctor de una +pedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, en que los dos caballos +inmortales, Xantos y Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo +Patroclo,—y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un +carro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que un +hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde el +ciclo se junta con el mar.</p> + +<p>Cada cuadro de la <i>Ilíada</i> es una escena como ésas. Cuando los reyes +miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenón, Aquiles va a +llorar a la orilla del mar, donde están desde hace diez años los barcos +de los cien mil griegos que atacan a Troya: y la diosa Tetis sale a +oírlo, como una bruma que se va levantando de las olas. Tetis sube al +cielo, y Júpiter le promete, aunque se enoje Juno, que los troyanos +vencerán a los griegos hasta que los reyes se arrepientan de la ofensa a +Aquiles. Grandes guerreros hay entre los griegos: Ulises, que era tan +alto que andaba entre los demás hombres como un macho entre el rebaño de +carneros; Ajax, con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de +bronce; Diomedes, que entra en la pelea resplandeciente, devastando como +un león hambriento en un rebaño:—pero mientras Aquiles esté ofendido, +los vencedores serán los guerreros de Troya: Héctor, el hijo de Príamo; +Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedón, el más valiente de los reyes +que vino a ayudar a Troya, el que subió al cielo en brazos del Sueño y +de la Muerte, a que lo besase en la frente su padre Júpiter, cuando lo +mató Patroclo de un lanzazo. Los dos ejércitos se acercan a pelear: los +griegos, callados, escudo contra escudo; los troyanos dando voces, como +ovejas que vienen balando por sus cabritos. Paris desafía a Menelao, y +luego se vuelve atrás; pero la misma hermosísima Helena le llama +cobarde, y Paris, el príncipe bello que enamora a las mujeres, consiente +en pelear, carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo: +vienen los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para +ver quién disparará primero su lanza. Paris tira el primero, pero +Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco de la +barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la tregua; hasta +que Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor, le aconseja con +alevosía a Pandaro que dispare la flecha contra Menelao, la flecha del +arco enorme de dos cuernos y la juntura de oro, para que los troyanos +queden ante el mundo por traidores, y sea más fácil la victoria de los +griegos, los protegidos de Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenón +va de tienda en tienda levantando a los reyes: entonces es la gran pelea +en que Diomedes hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos +terribles en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur; +entonces es la hermosa entrevista de Héctor y Andrómaca, cuando el niño +no quiere abrazar a Héctor porque le tiene miedo al casco de plumas, y +luego juega con el casco, mientras Héctor le dice a Andrómaca que cuide +de las cosas de la casa, cuando él vuelva a pelear. Al otro día Héctor y +Ajax pelean como jabalíes salvajes hasta que el cielo se oscurece: +pelean con piedras cuando ya no tienen lanza ni espada: los heraldos los +vienen a separar, y Héctor le regala su espada de puño fino a Ajax, y +Ajax le regala a Héctor un cinturón de púrpura.</p> + +<p>Esa noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes +asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a espiar lo +que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con los caballos y el +carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla es en el murallón que han +levantado los griegos en la playa frente a sus buques. Los troyanos han +vencido a los griegos en el llano. Ha habido cien batallas sobre los +cuerpos de los héroes muertos. Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con +su escudo, y los troyanos le caen encima como los perros al jabalí. +Desde los muros disparan sus lanzas los reyes griegos contra Héctor +victorioso, que ataca por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y +los de Grecia, como los pinos a los hachazos del leñador. Héctor va de +una puerta a otra, como león que tiene hambre. Levanta una piedra de +punta que dos hombres no podían levantar, echa abajo la puerta mayor, y +corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano lleva una +antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado de matar, ya +no puede resistir el ataque en la proa de su barco, y dispara de atrás, +de la borda: ya el cielo se enrojece con el resplandor de las llamas. Y +Aquiles no ayuda todavía a los griegos: no atiende a lo que le dicen los +embajadores de Agamenón: no embraza el escudo de oro, no se cuelga del +hombro la espada, no salta con los pies ligeros en el carro, no empuña +la lanza que ningún hombre podía levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega +su amigo Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir +a pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de los +mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras de un +muro, se echan atrás los troyanos miedosos. Patroclo se mete entre +ellos, y les mata nueve héroes de cada vuelta del carro. El gran +Sarpedón le sale al camino, y con la lanza le atraviesa Patroclo las +sienes. Pero olvidó Patroclo el encargo de Aquiles, de que no se llegase +muy cerca de los muros. Apolo invencible lo espera al pie de los muros, +se le sube al carro, lo aturde de un golpe en la cabeza, echa al suelo +el casco de Aquiles, que no había tocado el suelo jamás, le rompe la +lanza a Patroclo, y le abre el coselete, para que lo hiera Héctor. Cayó +Patroclo, y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a +su amigo, se echó por la tierra, se llenó de arena la cabeza y el +rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando le +trajeron a Patroclo en un ataúd, lloró Aquiles. Subió al cielo su madre, +para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el dibujo de la tierra +y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y todos los astros, y una +ciudad en paz y otra en guerra, y un viñedo cuando están recogiendo la +uva madura, y un niño cantando en una arpa, y una boyada que va a arar, +y danzas y músicas de pastores, y alrededor, como un río, el mar: y le +hizo un coselete que lucía como el fuego, y un casco con la visera de +oro. Cuando salió al muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron +en tres oleadas contra la ciudad, los caballos rompían con las ancas el +carro espantados, y morían hombres y brutos en la confusión, no más que +de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza que +resplandecía como el sol de otoño. Ya Agamenón se ha arrepentido, ya el +consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al ver muerto a +Patroclo, porque fue amable y bueno.</p> + +<p>Al otro día, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que +escapan del incendio, entra aterrada en el río, huyendo de Aquiles, que +mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro se lleva a +doce cautivos. Tropieza con Héctor; pero no pueden pelear, porque los +dioses les echan de lado las lanzas. En el río era Aquiles como un gran +delfín, y los troyanos se despedazaban al huirle, como los peces. De los +muros le ruega a Héctor su padre viejo que no pelee con Aquiles: se lo +ruega su madre. Aquiles llega: Héctor huye: tres veces le dan vuelta a +Troya en los carros. Todo Troya está en los muros, el padre mesándose +con las dos manos la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y +suplicando. Se para Héctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para +que no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo +de Héctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo. Pelean. +Minerva está con Aquiles: le dirige los golpes: le trae la lanza, sin +que nadie la vea: Héctor, sin lanza ya, arremete contra Aquiles como +águila que baja del cielo, con las garras tendidas, sobre un cadáver: +Aquiles le va encima, con la cabeza baja, y la lanza Pelea brillándole +en la mano como la estrella de la tarde. Por el cuello le mete la lanza +a Héctor, que cae muerto, pidiendo a Aquiles que dé su cadáver a Troya. +Desde los muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos +vienen sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un +lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos, y +metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en el carro, +arrastrando.</p> + +<p>Y entonces levantaron con leños una gran pira para quemar el cuerpo de +Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesión, y cada guerrero +se cortó un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre el cadáver; y +mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra y dos perros; y Aquiles +mató con su mano los doce prisioneros y los echó a la pira: y el cadáver +de Héctor lo dejaron a un lado, como un perro muerto: y quemaron a +Patroclo, enfriaron con vino las cenizas, y las pusieron en una urna de +oro. Sobre la urna echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y +Aquiles amarraba cada mañana por los pies a su carro a Héctor, y le daba +vuelta al monte tres veces. Pero a Héctor no se le lastimaba el cuerpo, +ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban de él +Venus y Apolo.</p> + +<p>Y entonces fue la fiesta de los funerales, que duró doce días: primero +una carrera con los carros de pelear, que ganó Diomedes; luego una pelea +a puñetazos entre dos, hasta que quedó uno como muerto; después una +lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida de a pie, que +ganó Ulises; y un combate con escudo y lanza; y otro de flechas, para +ver quién era el mejor flechero; y otro de lanceadores, para ver quién +tiraba más lejos la lanza.</p> + +<p>Y una noche, de repente, Aquiles oyó ruido en su tienda, y vio que era +Príamo, el padre de Héctor, que había venido sin que lo vieran, con el +dios Mercurio,—Príamo, el de la cabeza blanca y la barba +blanca,—Príamo, que se le arrodilló a los pies, y le besó las manos +muchas veces, y le pedía llorando el cadáver de Héctor. Y Aquiles se +levantó, y con sus brazos alzó del suelo a Príamo; y mandó que bañaran +de ungüentos olorosos el cadáver de Héctor, y que lo vistiesen con una +de las túnicas del gran tesoro que le traía de regalo Príamo; y por la +noche comió carne y bebió vino con Príamo, que se fue a acostar por +primera vez, porque tenía los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no +debía dormir entre los enemigos, y se lo llevó otra vez a Troya sin que +los vieran los griegos.</p> + +<p>Y hubo paz doce días, para que los troyanos le hicieran el funeral a +Héctor. Iba el pueblo detrás, cuando llegó Príamo con él; y Príamo los +injuriaba por cobardes, que habían dejado matar a su hijo; y las mujeres +lloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa. Y +lo pusieron en su cama de dormir. Y vino Andrómaca su mujer, y le habló +al cadáver. Luego vino su madre Hécuba, y lo llamó hermoso y bueno. +Después Helena le habló, y lo llamó cortés y amable. Y todo el pueblo +lloraba cuando Príamo se acercó a su hijo, con las manos al cielo, +temblándole la barba, y mandó que trajeran leños para la pira. Y nueve +días estuvieron trayendo leños, hasta que la pira era más alta que los +muros de Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron +las cenizas de Héctor en una caja de oro, y cubrieron la caja con un +manto de púrpura, y lo pusieron todo en un ataúd, y encima le echaron +mucha tierra, hasta que pareció un monte. Y luego hubo gran fiesta en el +palacio del rey Príamo. Así acaba la <i>Ilíada</i>, y el cuento de la cólera +de Aquiles.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Un_juego_nuevo_y_otros_viejos" id="Un_juego_nuevo_y_otros_viejos"></a><a href="#toc">Un juego nuevo y otros viejos</a></h2> + + +<p>Ahora hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el +juego del <i>burro</i>. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas en una +casa, es que están jugando al <i>burro</i>. No lo juegan los niños sólo, sino +las personas mayores. Y es lo más fácil de hacer. En una hoja de papel +grande o en un pedazo de tela blanca se pinta un burro, como del tamaño +de un perro. Con carbón vegetal se le puede pintar, porque el carbón de +piedra no pinta, sino el otro, el que se hace quemando debajo de una +pila de tierra la madera de los árboles. O con un pincel mojado en tinta +se puede dibujar también el burro, porque no hay que pintar de negro la +figura toda, sino las líneas de afuera, el contorno no más. Se pinta +todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo de +papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola de +verdad. Y ahí está el juego, en poner la cola al burro donde debe estar. +Lo que no es tan fácil como parece; porque al que juega le vendan los +ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo andar. Y él anda, anda; y +la gente sujeta la risa. Y unos le clavan al burro la cola en la pezuña, +o en las costillas, o en la frente. Y otros la clavan en la hoja de la +puerta, creyendo que es el burro.</p> + +<p>Dicen en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha +habido antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina +ciega. Es muy curioso; los niños de ahora juegan lo mismo que los niños +de antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca, juegan a +las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos y de los romanos, que +vivieron hace dos mil años; pero los niños romanos jugaban a las bolas, +lo mismo que nosotros, y las niñas griegas tenían muñecas con pelo de +verdad, como las niñas de ahora. En la lámina están unas niñas griegas, +poniendo sus muñecas delante de la estatua de Diana, que era como una +santa de entonces; porque los griegos creían también que en cielo había +santos, y a esta Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir y +las tuviese siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevaban +los niños, porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa con +cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana se +monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que salía todas las +mañanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni hubo ninguno de los +otros dioses a que les rezaban los griegos, en versos muy hermosos, y +con procesiones y cantos. Los griegos fueron como todos los pueblos +nuevos, que creen que ellos son los amos del mundo, lo mismo que creen +los niños; y como ven que del cielo vienen el sol y la lluvia, y que la +tierra da el trigo y el maíz, y que en los montes hay pájaros y animales +buenos para comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al +sol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura +humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y que +deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte. En el museo +del Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Diana +cazando con su perro, y está tan bien que parece que anda. Las piernas +no más son como de hombre, para que se vea que es diosa que camina +mucho. Y las niñas griegas querían a su muñeca tanto, que cuando se +morían las enterraban con las muñecas.</p> + +<p>Todos los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muñecas, +ni como el cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como los +saltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace como mil años que +se juega en Francia. Y los niños no saben, cuando les vendan los ojos, +que este juego se juega por un caballero muy valiente que hubo en +Francia, que se quedó ciego un día de pelea y no soltó la espada ni +quiso que lo curasen, sino siguió peleando hasta morir: ése fue el +caballero Colin-Maillard. Luego el rey mandó que en las peleas de +juego, que se llamaban torneos, saliera siempre a pelear un caballero +con los ojos vendados, para que la gente de Francia no se olvidara de +aquel gran valor. Y ahí vino el juego.</p> + +<p>Lo que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversión en que +están entretenidos los amigos de Enrique III, que también fue rey de +Francia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV de Navarra, que +vino después, sino un hombrecito ridículo, como esos que no piensan más +que en peinarse y empolvarse como las mujeres, y en recortarse en pico +la barba. En eso pasaban la vida los amigos del rey: en jugar y en +pelearse por celos con los bufones de palacio, que les tenían odio por +holgazanes, y se lo decían cara a cara. La pobre Francia estaba en la +miseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribución, para que +el rey y sus amigos tuvieran espadas de puño de oro y vestidos de seda. +Entonces no había periódicos que dijeran la verdad. Los bufones eran +entonces algo como los periódicos, y los reyes no los tenían sólo en sus +palacios para que los hicieran reír, sino para que averiguasen lo que +sucedía, y les dijesen a los caballeros las verdades, que los bufones +decían como en chiste, a los caballeros y a los mismos reyes. Los +bufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, o +jorobados. Uno de los cuadros más tristes del mundo es el cuadro de los +bufones que pintó el español Zamacois. Todos aquellos hombres infelices +están esperando a que el rey los llame para hacerle reír, con sus +vestidos de picos y de campanillas, de color de mono o de cotorra.</p> + +<p>Desnudos como están son más felices que ellos esos negros que bailan en +la otra lámina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los niños, +necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho y +dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se +quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, +como una locura. Los moros tienen una fiesta de caballos que llaman la +«fantasía». Otro pintor español ha pintado muy bien la fiesta: el pobre +Fortuny. Se ve en el cuadro los moros que entran a escape en la ciudad, +con los caballos tan locos como ellos, y ellos disparando al aire sus +espingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales, besándolos, +mordiéndolos, echándose al suelo sin parar la carrera, y volviéndose a +montar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de +la pólvora. Los hombres de todos los países, blancos o negros, japoneses +o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y +movimiento, como esa danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. En +Nueva Zelandia hay mucho calor, y los negros de allí son hombres de +cuerpo arrogante, como los que andan mucho a pie, y gente brava, que +pelea por su tierra tan bien como danza en el palo. Ellos suben y bajan +por las cuerdas, y se van enroscando hasta que la cuerda está a la +mitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo mismo que un +columpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de la +rodilla. Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos +a otros y se abrazan.</p> + +<p>Los indios de México tenían, cuando vinieron los españoles, esa misma +danza del palo. Tenían juegos muy lindos los indios de México. Eran +hombres muy finos y trabajadores, y no conocían la pólvora y las balas +como los soldados del español Cortés, pero su ciudad era como de plata, +y la plata misma la labraban como un encaje, con tanta delicadeza como +en la mejor joyería. En sus juegos eran tan ligeros y originales como en +sus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una diversión de +mucha agilidad y atrevimiento; porque se echaban desde lo alto del palo, +que tenía unas veinte varas, y venían por el aire dando volteos y +haciendo pruebas de gimnasio sin sujetarse más que con la soga, que +ellos tejían muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremecía +ver aquel atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era «horrible y +espantoso, que llena de congojas y asusta el mirarlo».</p> + +<p>Los ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos no +más saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que empuñan +por una punta y por el medio; o con la porra, que juegan muy bien. Los +isleños de las Canarias, que son gente de mucha fuerza, creen que el +palo no es invención del inglés, sino de las islas; y sí que es cosa de +verse un isleño jugando al palo, y haciendo el molinete. Lo mismo que el +luchar, que en las Canarias les enseñan a los niños en las escuelas. Y +la danza del palo encintado; que es un baile muy difícil en que cada +hombre tiene una cinta de un color, y la va trenzando y destrenzando +alrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse +nunca. Pero los indios de México jugaban al palo tan bien como el inglés +más rubio, o el canario de más espaldas; y no era sólo el defenderse con +él lo que sabían, sino jugar con el palo a equilibrios, como los que +hacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van cinco pueblos +que han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva Zelandia, los +ingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota, +que todas los pueblos la juegan, y entre los indios era una pasión, como +que creyeron que el buen jugador era hombre venido del ciclo, y que los +dioses mexicanos, que eran diferentes de los dioses griegos, bajaban a +decirle cómo debía tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que es +muy curioso, será para otro día.</p> + +<p>Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indios +hacían con él, que eran de grandísima dificultad. Los indios se +acostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a +jugar a las bolas o al barril; y en el palo, atravesado sobre las +plantas de los pies, sostenían hasta cuatro hombres, que es más que lo +de los moros, porque a los moros los sostiene el más fuerte de ellos +sobre los hombros, pero no sobre la planta de los pies. <i>Tzaá</i> le decían +a este juego: dos indios se subían primero en las puntas del palo, dos +más se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hacían sin caerse +muchas suertes y vueltas. Y los indios tenían su ajedrez, y sus +jugadores de manos, que se comían la lana encendida y la echaban por la +nariz: pero eso, como la pelota, será para otro día. Porque con los +cuentos se ha de hacer lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala:</p> + +<p>—¿Chichá, por qué te comes esa aceituna tan despacio?</p> + +<p>—Porque me gusta mucho.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Bebe_y_el_senor_don_Pomposo" id="Bebe_y_el_senor_don_Pomposo"></a><a href="#toc">Bebé y el señor don Pomposo</a></h2> + + +<p>Bebé es un niño magnífico, de cinco años. Tiene el pelo muy rubio, que +le cae en rizos por la espalda, como en la lámina de los <i>Hijos del Rey +Eduardo</i>, que el pícaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres, +para hacerse él rey. A Bebé lo visten como al duquecito Fauntleroy, el +que no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con los +niños pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ceñidos a la rodilla, y +blusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, y +medias de seda colorada, y zapatos bajos. Como lo quieren a él mucho, él +quiere mucho a los demás. No es un santo, ¡oh, no!: le tuerce los ojos a +su criada francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó una +vez en visita con las pierna cruzadas, y rompió un día un jarrón muy +hermoso, corriendo detrás de un gato. Pero en cuanto ve un niño descalzo +le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva azúcar todas las +mañanas, y lo llama «caballito de mi alma»; con los criados viejos se +está horas y horas, oyéndoles los cuentos de su tierra de África, de +cuando ellos eran príncipes y reyes. Y tenían muchas vacas y muchos +elefantes: y cada vez que ve Bebé a su mamá, le echa el bracito por la +cintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente cómo +crecen las flores, y de dónde le viene la luz al sol y, de qué está +hecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la +hacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijo +ayer en la sala aquel señor de espejuelos. Y la madre te dice que sí, +que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda, largas y +redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como +los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos +mariposas.</p> + +<p>Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse con sus +mediecitas caídas, y su color de rosa, como los niños que se bañan +mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de las +pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy +fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Y +da brincos y vueltas de carnero, y salta en el colchón con los brazos +levantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que está pintada en +el techo. Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer como que cepilla +la baranda de la cama, porque va a ser carpintero; o rueda por la cama +hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias +coloradas. Pero esta noche Bebé está muy serio, y no da volteretas como +todas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mamá para que no se +vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del +gran comelón que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los +ojos; pero no está dormido. Bebé está pensando.</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>La verdad es que Bebé tiene mucho en qué pensar, porque va de viaje a +París, como todos los años, para que los médicos buenos le digan a su +mamá las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Bebé +no le gusta oír: se le aguan los ojos a Bebé en cuanto oye toser a su +mamá: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla. +Esta vez Bebé no va solo a París, porque él no quiere hacer nada solo, +como el hombre del melón, sino con un primito suyo que no tiene madre. +Su primito Raúl va con él a París, a ver con él al hombre que llama a +los pájaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a los +niños, y el teatro Guiñol, donde hablan los muñecos, y el policía se +lleva preso al ladrón, y el hombre bueno le da un coscorrón al hombre +malo. Raúl va con Bebé a París. Los dos juntos se van el sábado en el +vapor grande, con tres chimeneas. Allí en el cuarto está Raúl con Bebé, +el pobre Raúl, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito, +ni lleva medías de seda colorada.</p> + +<p>Bebé y Raúl han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mamá a ver a +los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muy +altas: han ido a la calle de los periódicos, a ver como los niños pobres +que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos después, +y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azul +y pantalón amarillo, a ver a un señor muy flaco y muy estirado, el tío +de mamá, el señor Don Pomposo. Bebé está pensando en la visita del señor +Don Pomposo. Bebé está pensando.</p> + +<p>Con los ojos cerrados, él piensa: él se acuerda de todo. ¡Qué largo, qué +largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina tan +grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote tan feo, +como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! ¡Y a mamá no la +dejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda, y le puso una +banqueta en los pies. Y le hablaba como dicen que les hablan a las +reinas! Bebé se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente +le habla así a mamá, porque mamá es muy rica, y que a mamá no le gusta +eso, porque mamá es buena.</p> + +<p>Y Bebé vuelve a pensar en lo sucedió en la visita. En cuanto entró en el +cuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a +los papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa +santa, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a la +cara, como si fueran manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saludó, ni +le quitó el sombrero, ni le dio un beso. Raúl estaba metido en un +sillón, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes. Y +entonces se levantó Don Pomposo del sofá colorado: «Mira, mira, Bebé, lo +que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que +quieras mucho a tu tío». Y se sacó del bolsillo un llavero como con +treinta llaves, y abrió una gaveta que olía a lo que huele el tocador de +Luisa, y le trajo a Bebé un sable dorado—¡oh, que sable! ¡oh, qué gran +sable!—y le abrochó por la cintura el cinturón de charol—¡oh, qué +cinturón tan lujoso!—y le dijo: «Anda, Bebé: mírate al espejo; ése es +un sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el niño». Y Bebé, +muy contento, volvió la cabeza adonde estaba Raúl, que lo miraba, miraba +al sable, con los ojos más grandes que nunca, y con la cara muy triste, +como si se fuera a morir:—¡oh, que sable tan feo, tan feo! ¡oh, qué tío +tan malo! En todo eso estaba pensando Bebé. Bebé estaba pensando.</p> + +<p>El sable está allí, encima del tocador. Bebé levanta la cabeza poquito a +poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puño brillante como si fuera de +sol, porque la luz de la lámpara da toda en el puño. Así eran los sables +de los generales el día de la procesión, lo mismo que el de él. El +también, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de dril +blanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detrás, y él en un +caballo morado, como el vestido que tenía el obispo. El no ha visto +nunca caballos morados, pero se lo mandarán a hacer. Y a Raúl ¿quién le +manda hacer caballos? Nadie, nadie: Raúl no tiene mamá que le compre +vestidos de duquecito: Raúl no tiene tíos largos que le compren sables. +Bebé levanta la cabecita poco a poco: Raúl está dormido: Luisa se ha ido +a su cuarto a ponerse olores. Bebé se escurre de la cama, va al tocador +en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no haga +ruido... Y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡va riéndose, va riéndose el +pícaro! hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable dorado +en la almohada.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_ultima_pagina1" id="La_ultima_pagina1"></a><a href="#toc">La última página</a></h2> + + +<p><i>La Edad de Oro</i> se despide hoy con pena de sus amigos. Se puso a +escribir largo el hombre de <i>La Edad de Oro</i>, como quien escribe una +carta de cariño para persona a quien quiere mucho, y sucedió que +escribió más de lo que cabía en las treinta y dos páginas. Treinta y dos +páginas es de veras poco para conversar con los niños queridos, con los +que han de ser mañana hábiles como Meñique, y valientes como Bolívar: +poetas como Homero ya no podrán ser, porque estos tiempos no son como +los de antes, y los aedas de ahora no han de cantar guerras bárbaras de +pueblo con pueblo para ver cuál puede más, ni peleas de hombre con +hombre para ver quién es más fuerte: lo que ha de hacer el poeta de +ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lo +hermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si estuviera +pintado con colores, y castigar con la poesía, como con un látigo, a los +que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pícaras +el dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su país les +obedezcan como ovejas y les laman la mano como perros. Los versos no se +han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para +ser útil al mundo, enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vida +es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni +acobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el ciclo, y +amigos, y madres. El que tenga penas, lea las <i>Vidas Paralelas</i> de +Plutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes, y mejor, +porque ahora la tierra ha vivido más, y se puede ser hombre de más amor +y delicadeza. Antes todo se hacía con los puños: ahora, la fuerza está +en el saber, más que en los puñetazos; aunque es bueno aprender a +defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque la +fuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando un +pueblo ladrón quiera venir a robarnos nuestro pueblo. Para eso es bueno +ser fuerte de cuerpo; pero para lo demás de la vida, la fuerza está en +saber mucho, como dice Meñique. En los mismos tiempos de Homero, el que +ganó por fin el sitio, y entró en Troya, no fue Ajax el del escudo, ni +Aquiles el de la lanza, ni Diomedes el del carro, sino Ulises, que era +el hombre de ingenio, y ponía en paz a los envidiosos, y pensaba +pronto, lo que no les ocurría a los demás.</p> + +<p>Con esta última página está sucediendo lo que con el primer número de +<i>La Edad de Oro</i>; que no va a caber lo que el amigo de los niños les +quería decir, y es que en el número de agosto se publicará una +<i>Historia</i> <i>del Hombre, contada por sus casas</i>, que no cupo esta vez, +historia muy curiosa, donde se cuenta cómo ha vivido el hombre, desde su +primera habitación en la tierra, que fue una cueva en la montaña, hasta +los palacios en que vive ahora. Ni cupo tampoco una explicación muy +entretenida del modo de fabricar <i>Un cubierto de mesa</i>. Porque es +necesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que no +sepan explicar. Para eso se publica <i>La Edad de Oro</i>. Y para todo lo que +quieran preguntar, aquí está el amigo.</p> + +<p>Estas últimas páginas serán como el cuarto de confianza de <i>La Edad de +Oro</i>, donde conversaremos como si estuviésemos en familia. Aquí +publicaremos las cartas de nuestras amiguitas: aquí responderemos a las +preguntas de los niños: aquí tendremos la <i>Bolsa de Sellos</i>, donde el +que tenga sellos que mandar, o los quiera comprar, o quiera hacer +colección, o preguntar sobre sellos algo que le interese, no tiene más +que escribir para lograr lo que desea. Y de cuando en cuando nos hará +aquí una visita El <i>Abuelo Andrés</i>, que tiene una caja maravillosa con +muchas cosas raras, y nos va a enseñar todo lo que tiene en La Caja de +las Maravillas.</p> + +<p><i>La Edad de Oro</i>.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_historia_del_hombre_contada_por_sus_casas" id="La_historia_del_hombre_contada_por_sus_casas"></a><a href="#toc">La historia del hombre, contada por sus casas</a></h2> + + +<p>Ahora la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patios +enlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de años los +hombres no vivían así, ni había países de sesenta millones de +habitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no había libros que +contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, los +instrumentos de trabajar son los que enseñan cómo vivían los hombres de +antes. Eso es lo que se llama «edad de piedra», cuando los hombres +vivían casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando con las fieras del +bosque, escondidos en las cuevas de la montaña, sin saber que en el +mundo había cobre ni hierro allá en los tiempos que llaman +«paleolíticos»:—¡palabra larga esta de «paleolíticos»! Ni la piedra +sabían entonces los hombres cortar: luego empezaron a darle figura, con +unas hachas de pedernal afilado, y ésa fue la edad nueva de piedra, que +llaman «neolítica»: <i>neo</i>, nueva, <i>lítica</i>, de piedra: <i>paleo</i>, por +supuesto, quiere decir viejo, antiguo. Entonces los hombres vivían en +las cuevas de la montaña, donde las fieras no podían subir, o se abrían +un agujero en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramas +de árbol; o hacían con ramas un techo donde la roca estaba como abierta +en dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los forraban con +las pieles de los animales que cazaban: grandes eran entonces los +animales, grandes como montes. En América no parece que vivían así los +hombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos en pueblos, y no en +familias sueltas: todavía se ven las ruinas de los que llaman los +«terrapleneros», porque fabricaban con tierra unos paredones en figura +de círculo, o de triángulo, o de cuadrado, o de cuatro círculos unos +dentro de otros: otros indios vivían en casas de piedra que eran como +pueblos, y las llamaban las casas-pueblos, porque allí hubo hasta mil +familias a la vez, que no entraban a la casa por puertas, como nosotros, +sino por el techo, como hacen ahora los indios zuñis: en otros lugares +hay casas de cantos en los agujeros de las rocas, adonde subían +agarrándose de unas cortaduras abiertas a pico en la piedra, como una +escalera. En todas partes se fueron juntando las familias para +defenderse, y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos, +que es lo que llaman ciudades lacustres, porque están sobre el agua las +casas de troncos de árbol, puestas sobre pilares clavados en lo hondo, o +sujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese a flote las casas: +y a veces juntaban con vigas unas casas con otras, y les ponían +alrededor una palizada para defenderse de los vecinos que venían a +pelear, o de los animales del monte: la cama era de yerba seca, las +tazas eran de madera, las mesas y los asientos eran troncos de árboles. +Otros ponían de punta en medio de un bosque tres piedras grandes, y una +chata encima, como techo, con una cerca de piedras, pero estos dólmenes +no eran para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a oír a +los viejos y los sabios cuando cambiaba la estación, o había guerra, o +tenían que elegir rey: y para recordar cada cosa de éstas clavaban en el +suelo una piedra grande, como una columna, que llamaban «menhir» en +Europa, y que los indios mayas llamaban «katún»; porque los mayas de +Yucatán no sabían que del otro lado del mar viviera el pueblo galo, en +donde está Francia ahora, pero hacían lo mismo que los galos, y que los +germanos, que vivían donde está ahora Alemania. Estudiando se aprende +eso: que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la +misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que +la de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra de +árboles y de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene más +cosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve el cielo +oscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende, y es que donde +nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo, +empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de años. +Junto a la ciudad de Zaragoza, en España, hay familias que viven en +agujeros abiertos en la tierra del monte: en Dakota, en los Estados +Unidos, los que van a abrir el país viven en covachas, con techos de +ramas, como en la edad neolítica: en las orillas del Orinoco, en la +América del Sur, los indios viven en ciudades lacustres, lo mismo que +las que había hace cientos de siglos en los lagos de Suiza: el indio +norteamericano le pone a rastras a su caballo los tres palos de su tipi, +que es una tienda de pieles, como la que los hombres neolíticos +levantaban en los desiertos: el negro de África hace hoy su casa con las +paredes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes, +y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen +las serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos los +pueblos vivían a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce, cuando +los hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra edad de hierro. +Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en lo más hermoso de la edad +de hierro, con su torre de Eiffel que se entra por las nubes: y otros +pueblos que viven en la edad de piedra, como el indio que fabrica su +casa en las ramas de los árboles, y con su lanza de pedernal sale a +matar los pájaros del bosque y a ensartar en el aire los peces voladores +del río. Pero los pueblos de ahora crecen más de prisa, porque se juntan +con los pueblos más viejos, y aprenden con ellos lo que no saben; no +como antes, que tenían que ir poco a poco descubriéndolo todo ellos +mismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los hombres +andaban errantes huyendo de los animales, y vivían hoy acá y mañana +allá, y no sabían que eran buenos de comer los frutos de la tierra. +Luego los hombres encontraron el cobre, que era más blando que el +pedernal, y el estaño, que era más blando que el cobre, y vieron que con +el fuego se le sacaba el metal a la roca, y que con el estaño y cobre +juntos se hacía un metal nuevo, muy bueno para hachas y lanzas y +cuchillos, y para cortar la piedra. Cuando los pueblos empiezan a saber +cómo se trabaja el metal, y a juntar el cobre con el estaño, entonces +están en su edad de bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad de +hierro sin pasar por la de bronce, porque el hierro es el metal de su +tierra, y con él empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo había +cobre ni estaño. Cuando los hombres de Europa vivían en la edad de +bronce, ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectas +como las de los peruanos y mexicanos de América, en quienes estuvieron +siempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con pedernal +cuando ya tenían sus minas de oro, y sus templos con soles de oro como +el cielo, y sus huacas, que eran los cementerios del Perú, donde ponían +a los muertos con las prendas y jarros que usaban en vida. La casa del +indio peruano era de mampostería, y de dos pisos, con las ventanas muy +en alto, y las puertas más anchas por debajo que por la cornisa, que +solía ser de piedra tallada, de trabajo fino. El mexicano no hacía su +casa tan fuerte, sino más ornada, como en país donde hay muchos árboles +y pájaros. En el techo había como escalones, donde ponían las figuras de +sus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de niños, y +piernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras labradas, y +con fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando las grecas y +fimbrias que les bordaban sus mujeres en las túnicas: en las salas de +adentro labraban las cabezas de las vigas, figurando sus dioses, sus +animales o sus héroes, y por fuera ponían en las esquinas unas canales +de curva graciosa, como imitando plumas. De lejos brillaban las casas +con el sol, como si fueran de plata.</p> + +<p>En los pueblos de Europa es donde se ven más claras las tres edades, y +mejor mientras más al Norte, porque allí los hombres vivieron solos, +cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron a vivir +por el mismo tiempo, se nota que aunque no se conocían unos a otros, +iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando capas conforme van +pasando siglos: la tierra es como un pastel de hojaldres, que tiene +muchas capas una sobre otra, capas de piedra dura, y a veces viene de +adentro, de lo hondo del mundo, una masa de roca que rompe las capas +acostadas, y sale al aire libre, y se queda por encima de la tierra, +como un gigante regañón, o como una fiera enojada, echando por el cráter +humo y fuego: así se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas de +la tierra es por donde se sabe cómo ha vivido el hombre, porque en cada +una hay enterrados huesos de él, y restos de los animales y árboles de +aquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un lugar con +las de otro se ve que los hombres viven en todas partes casi del mismo +modo en cada edad de la tierra: sólo que la tierra tarda mucho en pasar +de una edad a otra, y en echarse una capa nueva, y así sucede lo de los +romanos y los bretones de Inglaterra en tiempo de Julio César, que +cuando los romanos tenían palacios de mármol con estatuas de oro, y +usaban trajes de lana muy fina, la gente de Bretaña vivía en cuevas, y +se vestía con las pieles salvajes, y peleaba con mazas hechas de los +troncos duros.</p> + +<p>En esos pueblos viejos sí se puede ver cómo fue adelantando el hombre, +porque después de las capas de la edad de piedra, donde todo lo que se +encuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la edad de bronce, +con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre y estaño, y luego vienen +las capas de arriba, las de los últimos tiempos, que llaman la edad de +hierro, cuando el hombre aprendió que el hierro se ablandaba al fuego +fuerte, y que con el hierro blando podía hacer martillos para romper la +roca, y lanzas para pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra: +entonces es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios y +cuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre otras +sin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos y llanos: +lo que sí se ve es que desde que vino al mundo le gustó al hombre copiar +en dibujo las cosas que veía, porque hasta las cavernas más oscuras +donde habitaron las familias salvajes están llenas de figuras talladas o +pintadas en la roca, y por los montes y las orillas de los ríos se ven +manos, y signos raros, y pinturas de animales, que ya estaban allí desde +hacía muchos siglos cuando vinieron a vivir en el país los pueblos de +ahora. Y se ve también que todos los pueblos han cuidado mucho de +enterrar a los muertos con gran respeto y han fabricado monumentos +altos, como para estar más cerca del cielo, como nosotros hacemos ahora +con las torres. Los terrapleneros hacían montañas de tierra, donde +sepultaban los cadáveres: los mexicanos ponían sus templos en la cumbre +de unas pirámides muy altas: los peruanos tenían su «chulpa» de piedra +que era una torre ancha por arriba, como un puño de bastón: en la isla +de Cerdeña hay unos torreones que llaman «nuragh», que nadie sabe de qué +pueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras enormes sus +pirámides, y con el pórfido más duro hicieron sus obeliscos famosos, +donde escribían su historia con los signos que llaman «jeroglíficos».</p> + +<p>Ya los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse «tiempos históricos» +porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos: esos +otros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos «prehistóricos», +de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad es que en +esos mismos pueblos históricos hay todavía mucho prehistórico, porque se +tiene que ir adivinando para ver dónde y cómo vivieron. ¿Quién sabe +cuándo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus caminos y sus +calzadas en el Perú; ni cuándo los chibchas de Colombia empezaron a +hacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qué pueblo vivió en Yucatán +antes que los mayas que encontraron allí los españoles; ni de dónde vino +la raza desconocida que levantó los terraplenes y las casas-pueblos en +la América del Norte? Casi lo mismo sucede con los pueblos de Europa; +aunque allí se ve que los hombres aparecieron a la vez, como nacidos de +la tierra, en muchos lugares diferentes; pero que donde había menos frío +y era mas alto el país fue donde vivió primero el hombre: y como que +allí empezó a vivir, allí fue donde llegó más pronto a saber, y a +descubrir los metales, y a fabricar, y de allí, con las guerras, y las +inundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando los hombres por +la tierra y el mar. En lo más elevado y fértil del continente es donde +se civilizó el hombre trasatlántico primero. En nuestra América sucede +lo mismo: en las altiplanicies de México y del Perú, en los valles altos +y de buena tierra, fue donde tuvo sus mejores pueblos el indio +americano. En el continente trasatlántico parece que Egipto fue el +pueblo más viejo, y de allí fueron entrando los hombres por lo que se +llama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron a Grecia, buscando la +libertad y la novedad, y en Grecia levantaron los edificios más +perfectos del mundo, y escribieron los libros más bien compuestos y +hermosos. Había pueblos nacidos en todos estos países, pero los que +venían de los pueblos viejos sabían más, y los derrotaban en la guerra, +o les enseñaban lo que sabían, y se juntaban con ellos. Del norte de +Europa venían otros hombres más fuertes, hechos a pelear con las fieras +y a vivir en el frío: y de lo que se llama ahora Indostán salió huyendo, +después de una gran guerra, la gente de la montaña, y se juntó con los +europeos de las tierras frías, que bajaron luego del Norte a pelear con +los romanos, porque los romanos habían ido a quitarles su libertad, y +porque era gente pobre y feroz, que le tenía envidia a Roma, porque era +sabia y rica, y como hija de Grecia. Así han ido viajando los pueblos en +el mundo, como las corrientes van por la mar, y por el aire los vientos.</p> + +<p>Egipto es como el pueblo padre del continente trasatlántico: el pueblo +más antiguo de todos aquellos países «clásicos». Y la casa del egipcio +es como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riquísimo el Egipto, +como que el gran río Nilo crecía todos los años, y con el barro que +dejaba al secarse nacían muy bien las siembras: así que las casas +estaban como en alto, por miedo a las inundaciones. Como allá hay muchas +palmeras, las columnas de las casas eran finas y altas, como las palmas; +y encima del segundo piso tenían otro sin paredes, con un techo chato, +donde pasaban la tarde al aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcos +que iban y venían con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde, +que es de color de oro y azafrán. Las paredes y los techos están llenos +de pinturas de su historia y religión; y les gustaba el color tanto, que +hasta la estera con que cubrían el piso era de hebras decolores +diferentes.</p> + +<p>Los hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran los +que mejor sabían hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad, hicieron +sus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes, y el techo era de +vigas de sicomoro, que es su árbol querido. El techo tenía un borde como +las azoteas, porque con el calor subía la gente allí a dormir, y la ley +mandaba que fabricasen los techos con muro, para que no cayese la gente +a tierra. Solían hacer sus casas como el templo que fabricó su gran rey +Salomón, que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechas +por la comisa, y dos columnas al lado de la puerta.</p> + +<p>Por aquellas tierras vivían los asirios, que fueron pueblo guerreador, +que les ponía a sus casas torres, como para ver más de lejos al enemigo, +y las torres eran de almenas, como para disparar el arco desde seguro. +No tenían ventanas, sino que les venía la luz del techo. Sobre las +puertas ponían a veces piedras talladas con alguna figura misteriosa, +como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza con alas.</p> + +<p>Los fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar, +que ponían unas sobre otras como los etruscos; pero como eran gente +navegante, que vivía del comercio, empezaron pronto a imitar las casas +de los pueblos que veían más, que eran los hebreos y los egipcios, y +luego las de los persas, que conquistaron en guerra el país de Fenicia. +Y así fueron sus casas, con la entrada hebrea, y la parte alta como las +casas de Egipto, o como las de Persia.</p> + +<p>Los persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en que +todos esos pueblos de los alrededores vivían como esclavos suyos. Persia +es tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas de los +caballos, los puños de los sables, todo está allí lleno de joyas. Usan +mucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo les gusta de mucho color, +y muy brillante y esmaltado. Les gustan las fuentes, los jardines, los +velos de hilo de plata, la pedrería fina. Todavía hoy son así los +persas; y ya en aquellos tiempos eran sus casas de ladrillos de colores, +pero no de techo chato como las de los egipcios y hebreos, sino con una +cúpula redonda, como imitando la bóveda del cielo. En un patio estaba el +baño, en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas había patios +cuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente, entre +jarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y dibujos, +pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel hecho con cuerpos +de animales, de pecho verde y collar de oro.</p> + +<p>Junto a Persia está el Indostán, que es de los pueblos más viejos del +mundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las platerías +la filigrana, y otros templos cavados en la roca, y figuras de su dios +Buda cortadas a pico en la montaña. Sus templos, sus sepulcros, sus +palacios, sus casas, son como su poesía, que parece escrita con colores +sobre marfil, y dice las cosas como entre hojas y flores. Hay templo en +el Indostán que tiene catorce pisos, como la pagoda de Tanjore, y está +todo labrado, desde los cimientos hasta la cúpula. Y la casa de los +hindús de antes era como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, con +los techos y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entrada +la escalinata sin baranda. Otras casas tenían torreones en la esquina, y +el terrado como los egipcios, corrido y sin las torres. Pero lo hermoso +de las casas hindús era la fantasía de los adornos, que son como un +trenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas.</p> + +<p>En Grecia no era así, sino todo blanco y sencillo, sin lujos de +colorines. En la casa de los griegos no había ventanas, porque para el +griego fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no debía mirar el +extranjero. Eran las casas pequeñas, como sus monumentos, pero muy +lindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y dentro el +corredor de columnas, donde pasaba los días la familia, que sólo en la +noche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El comedor y el corredor +era lo que amueblaban, y eso con pocos muebles: en las paredes ponían en +nichos sus jarros preciosos: las sillas tenían filetes tallados, como +los que solían ponerles a las puertas, que eran anchas de abajo y con la +cornisa adornada de dibujos de palmas y madreselvas. Dicen que en el +mundo no hay edificio más bello que el Partenón, como que allí no están +los adornos por el gusto de adornar, que es lo que hace la gente +ignorante con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de una +especie de música que se siente y no se oye, porque el tamaño está +calculado de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que no +sea precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienen +alma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que las ve. +Se entran como amigas por el corazón. Parece que hablan.</p> + +<p>Los etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas, +y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religión, y un +arte parecido al de los griegos, aunque les gustaba más la burla y la +extravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban, como los persas; +y en las paredes de sus sepulturas hay caballos con la cabeza amarilla y +la cola azul. Mientras fueron república libre, los etruscos vivían +dichosos, con maestros muy buenos de medicina y astronomía, y hombres +que hablaban bien de los deberes de la vida y de la composición del +mundo. Era célebre Etruria por sus sabios, y por sus jarros de barro +negro, con figuras de relieve, y por sus estatuas y sarcófagos de tierra +cocida, y por sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Pero +con la esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus dueños los +romanos. Vivían en palacios, y no en sus casas de antes; y su gusto +mayor era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era de +un piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros caídos. +Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos y +caricaturas, y sabían dibujar sus figuras como si se las viera en +movimiento.</p> + +<p>La casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro luego +conocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en todo. El atrio +al principio fue la casa entera, y después no era más que el portal, de +donde se iba por un pasadizo al patio interior, rodeado de columnas, +adonde daban los cuartos ricos del señor, que para cada cosa tenía un +cuarto diferente: el cuarto de comer daba al corredor, lo mismo que la +sala y el cuarto de la familia, que por el otro lado abría sobre un +jardín. Adornaban las paredes con dibujos y figuras de colores +brillantes, y en los recodos había muchos nichos con jarras y estatuas. +Si la casa estaba en calle de mucha gente, hacían cuartos con puerta a +la calle, y los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abierta +se podía ver hasta el fondo del jardín. El jardín, el patio y el atrio +tenían alrededor en muchas casas una arquería. Luego Roma fue dueña de +todos los países que tenía alrededor, hasta que tuvo tantos pueblos que +no los pudo gobernar, y cada pueblo se fue haciendo libre y nombrando su +rey, que era el guerrero más poderoso de todos los del país, y vivía en +su castillo de piedra, con torres y portalones, como todos los que +llamaban «señores» en aquel tiempo de pelear; y la gente de trabajo +vivía alrededor de los castillos, en casuchos infelices. Pero el poder +de Roma había sido muy grande, y en todas partes había puentes y arcos y +acueductos y templos como los de los romanos; sólo que por el lado de +Francia, donde había muchos castillos, iban haciendo las fábricas +nuevas, y las iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas y +templos, que es lo que llaman «arquitectura románica» y del lado de los +persas y de los árabes, por donde está ahora Turquía, les ponían a los +monumentos tanta riqueza y color que parecían las iglesias cuevas de +oro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que cuando los pueblos +nuevos del lado de Francia empezaron a tener ciudades, las casas fueron +de portales oscuros y de muchos techos de pico, como las iglesias +románicas; y del lado de Turquía eran las casas como palacios, con las +columnas de piedras ricas, y el suelo de muchas piedrecitas de color, y +las pinturas de la pared con el fondo de oro, y los cristales dorados: +había barandas en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todos +los metales, que lucía como fuego: era feo y pesado tanto adorno en las +casas, que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que están +vacías.</p> + +<p>En España habían mandado también los romanos; pero los moros vinieron +luego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llaman +mezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sueño, como si ya no +se viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje y de flores: las +puertas eran pequeñas, pero con tantos arcos que parecían grandes: las +columnas delgadas sostenían los arcos de herradura, que acababan en +pico, como abriéndose para ir al cielo: el techo era de madera fina, +pero todo tallado, con sus letras moras y sus cabezas de caballos: las +paredes estaban cubiertas de dibujos, lo mismo que una alfombra: en los +patios de mármol había laureles y fuentes: parecían como el tejido de un +velo aquellos balcones.</p> + +<p>Con las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblos +diferentes, y cuando ya el rey pudo más que los señores de los +castillos, y todos los hombres creían en el cielo nuevo de los +cristianos, empezaron a hacer las iglesias «góticas» con sus arcos de +pico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y sus pórticos +bordados, y sus ventanas de colores. Y las torres cada vez más altas; +porque cada iglesia quería tener su torre más alta que las otras; y las +casas las hacían así también, y, los muebles. Pero los adornos llegaron +a ser muchos, y los cristianos empezaron a no creer en el cielo tanto +como antes. Hablaban mucho de lo grande que fue Roma: celebraban el arte +griego por sencillo: decían que ya eran muchas las iglesias: buscaban +modos nuevos de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera de +fabricar parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del +«Renacimiento»: pero como en el arte gótico de la «ojiva» había mucha +beldad, ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que las +adornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los balcones +elegantes de la arquitectura gótica. Eran tiempos de arte y riqueza, y +de grandes conquistas, así que había muchos señores y comerciantes con +palacio. Nunca habían vivido los hombres, ni han vuelto a vivir, en +casas tan hermosas. Los pueblos de otras razas, donde se sabe poco de +los europeos, peleaban por su cuenta o se hacían amigos, y se aprendían +su arte especial unos de otros, de modo que se ve algo de pagoda hindú +en todo lo de Asia, y hay picos como los de los palacios de Lahore en +las casas japonesas, que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas de +jugar, con sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o de +estera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvas +revueltas y los techos de punta de los pueblos hindús. En nuestra +América las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano +era el pueblo español que mandó en América, y echó abajo las casas de +los indios. Las echó abajo de raíz: echó abajo sus templos, sus +observatorios, sus torres de señales, sus casas de vivir, todo lo indio +lo quemaron los conquistadores españoles y lo echaron abajo, menos las +calzadas, porque no sabían llevar las piedras que supieron traer los +indios, y los acueductos, porque les traían el agua de beber.</p> + +<p>Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en +cada pueblo hay su modo de fabricar, según haya frío o calor, o sean de +una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su +manera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y +griegas, y góticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara el +tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se van +juntando.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Los_dos_principes" id="Los_dos_principes"></a><a href="#toc">Los dos príncipes.</a></h2> + +<p class="center"><i>Idea de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson</i><br /><br /></p> + + +<div class="poem"><div class="stanza"> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">El palacio está de luto<br /></span> +<span class="i0">Y en el trono llora el rey,<br /></span> +<span class="i0">Y la reina está llorando<br /></span> +<span class="i0">Donde no la pueden ver:<br /></span> +<span class="i0">En pañuelos de holán fino<br /></span> +<span class="i0">Lloran la reina y el rey:<br /></span> +<span class="i0">Los señores del palacio<br /></span> +<span class="i0">Están llorando también.<br /></span> +<span class="i0">Los caballos llevan negro<br /></span> +<span class="i0">El penacho y el arnés:<br /></span> +<span class="i0">Los caballos no han comido,<br /></span> +<span class="i0">Porque no quieren comer:<br /></span> +<span class="i0">El laurel del patio grande<br /></span> +<span class="i0">Quedó sin hoja esta vez:<br /></span> +<span class="i0">Todo el mundo fue al entierro<br /></span> +<span class="i0">Con coronas de laurel:<br /></span> +<span class="i0">—¡El hijo del rey se ha muerto!<br /></span> +<span class="i0">¡Se le ha muerto el hijo al rey!<br /></span> +<span class="i0">En los álamos del monte<br /></span> +<span class="i0">Tiene su casa el pastor:<br /></span> +<span class="i0">La pastora está diciendo<br /></span> +<span class="i0">«¿Por qué tiene luz el sol?»<br /></span> +<span class="i0">Las ovejas, cabizbajas,<br /></span> +<span class="i0">Vienen todas al portón:<br /></span> +<span class="i0">¡Una caja larga y honda<br /></span> +<span class="i0">Está forrando el pastor!<br /></span> +<span class="i0">Entra y sale un perro triste:<br /></span> +<span class="i0">Canta allá adentro una voz<br /></span> +<span class="i0">«¡Pajarito, yo estoy loca,<br /></span> +<span class="i0">Llévame donde él voló!»:<br /></span> +<span class="i0">El pastor coge llorando<br /></span> +<span class="i0">La pala y el azadón:<br /></span> +<span class="i0">Abre en la tierra una fosa:<br /></span> +<span class="i0">Echa en la fosa una flor:<br /></span> +<span class="i0">—¡Se quedó el pastor sin hijo!<br /></span> +<span class="i0">¡Murió el hijo del pastor!<br /></span> +</div></div> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Nene_traviesa" id="Nene_traviesa"></a><a href="#toc">Nené traviesa.</a></h2> + + +<p>¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe +mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugar +a «mamá», o «a tiendas», o «a hacer dulces» con sus muñecas, que dar la +lección de «treses y de cuatros» con la maestra que le viene a enseñar. +Porque Nené no tiene mamá: su mamá se ha muerto: y por eso tiene Nené +maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar: ¿y por +qué será?: ¡quién sabe! Será porque para jugar a hacer dulces le dan +azúcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la +primera vez: ¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedir +azúcar dos veces. Y se conoce que Nené no les quiere dar trabajo a sus +amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre +llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez +le sucedió a Nené una cosa muy rara: le pidió a su papá dos centavos +para comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó en el camino, se le olvidó +como si no hubiera pensado nunca en comprar el lápiz: lo que compró fue +un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces sus +amiguitas no le dicen Nené, sino «Merengue de Fresa».</p> + +<p>El padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no +había visto por la mañana a «la hijita». El no le decía «Nené», sino «la +hijita». Cuando su papá venía del trabajo, siempre salía ella a +recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alas +para volar; y su papá la alzaba del suelo, como quien coge de un rosal +una rosa. Ella lo miraba con mucho cariño, como si le preguntase cosas: +y él la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar. +Pero enseguida se ponía contento, se montaba a Nené en el hombro, y +entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre traía el +papá de Nené algún libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras; +y a ella le gustaban mucho unos libros que él traía, donde estaban +pintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y allí +decía el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de la +azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean por +el cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero no: lo mismo no: +porque las niñas andan en los jardines de aquí para allá, como una hoja +de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van +siempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: ¿quién +sabe?: puede ser que haya por allá arriba quien cuide a las estrellas, +como los papás cuidan acá en la tierra a las niñas. Sólo que las +estrellas no son niñas, por supuesto, ni flores de luz, como parece de +aquí abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas +hay árboles, y agua, y gente como acá: y su papá dice que en un libro +hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. «Y dime, +papá», le preguntó Nené: «¿por qué ponen las casas de los muertos tan +tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me +toquen la música, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul.» +«¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?» Y Nené le dijo a su +papá:—«¡Malo, que crees eso!» Esa noche no se quiso ir a dormir +temprano, sino que se durmió en los brazos de su papá. ¡Los papás se +quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! Las niñitas +deben querer mucho, mucho a los papás cuando se les muere la madre.</p> + +<p>Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro +muy grande: ¡oh, cómo pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayó +con el libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado, +y los zapaticos negros de otro. Su papá vino corriendo, y la sacó de +debajo del libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavía +y quería cargar un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y no +le habían salido barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, pero +el viejito tenía una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo +que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los +viejos: «Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo»: eso dice la +muestra de escribir. Nené se acostó muy callada, pensando en el libro. +¿Qué libro era aquél, que su papá no quiso que ella lo tocase? Cuando se +despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere saber qué libro es +aquél. Ella quiere saber cómo está hecho por dentro un libro de cien +años que no tiene barbas.</p> + +<p>Su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la +niña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a +la niña vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de +dinero, no vaya a ser que se muera el papá, y se quede sin nada en el +mundo «la hijita». Lejos de la casa está el pobre papá, trabajando para +«la hijita». La criada está allá adentro, preparando el baño. Nadie oye +a Nené: no la está viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuarto +de los libros. Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche en +la mesa de escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis, +siete... ya está Nené en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosas +que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su silla +el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acercó +Nené, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con las +manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nené el libro: +verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo tocase.</p> + +<p>El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las +hojas, pero ésas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el gigante que +está pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de +esmalte que lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora no +pintan los libros así! El gigante está sentado en el pico de un monte, +con una cosa revuelta, como las nubes, del cielo, encima de la cabeza: +no tiene más que un ojo, encima de la nariz: está vestido con un blusón, +como los pastores, un blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellas +pintadas, de plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, que +llega al pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo un +hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo. +¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de la +silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede ver bien +todo. Ya está el libro en el suelo.</p> + +<p>Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con +botas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las barbas!: +otro es como indio, sí, como indio, con una corona de plumas, y la +flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va +con un traje como de señora, todo lleno de flores: el otro se parece al +chino, y lleva un sombrero de pico, así como una pera: el otro es negro, +un negro muy bonito, pero está sin vestir: ¡eso no está bien, sin +vestir! ¡por eso no quería su papá que ella tocase el libro! No: esa +hoja no se ve más, para que no se enoje su papá. ¡Muy bonito que es este +libro viejo! Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y como si +quisiera hablarle con los ojos.</p> + +<p>¡Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no más +se rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. ¡Ahora +sí que está bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de +Noé. Aquí están pintados todos los animales del mundo. ¡Y con colores, +como el gigante! Sí, ésta es, ésta es la jirafa, comiéndose la luna: +éste es el elefante, el elefante, con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh, +los perros, cómo corre, cómo corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voy +a pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nené, por supuesto, arranca +la hoja. ¿Y qué ve mi señora Nené? Un mundo de monos es la otra pintura. +Las dos hojas del libro están llenas de monos: un mono colorado juega +con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un mono +tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negro +está jugando en la yerba con otro amarillo: ¡aquéllos, aquellos de los +árboles son los monos niños! ¡qué graciosos! ¡cómo juegan! ¡se mecen por +la cola, como el columpio! ¡qué bien, qué bien saltan! ¡uno, dos, tres, +cinco, ocho, dieciséis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola! +¡se van a tirar al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos! +Y Nené, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas. ¿Quién llama a +Nené, quién la llama? Su papá, su papá, que está mirándola desde la +puerta.</p> + +<p>Nené no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho, +que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del monte, +que su papá es un monte que se le viene encima. Está callada, callada, +con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las +manos caídas. Y su papá le está hablando:—«¿Nené, no te dije que no +tocaras ese libro? ¿Nené, tú no sabes que ese libro no es mío, y que +vale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no sabes que para pagar ese libro +voy a tener que trabajar un año?»—Nené, blanca como el papel, se alzó +del suelo, con la cabecita caída, y se abrazó a las rodillas de su +papá:—«Mi papá», dijo Nené «¡mi papá de mi corazón! ¡Enojé a mi papá +bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a la +estrella azul!»</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_perla_de_la_mora" id="La_perla_de_la_mora"></a><a href="#toc">La perla de la mora</a></h2> + + +<div class="poem"><div class="stanza"> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Una mora de Trípoli tenía<br /></span> +<span class="i0">Una perla rosada, una gran perla:<br /></span> +<span class="i0">Y la echó con desdén al mar un día:<br /></span> +<span class="i0">—«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!»<br /></span> +<span class="i0">Pocos años después, junto a la roca<br /></span> +<span class="i0">De Trípoli... ¡la gente llora al verla!<br /></span> +<span class="i0">Así le dice al mar la mora loca:<br /></span> +<span class="i0">—«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!»<br /></span> +</div></div> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Las_ruinas_indias" id="Las_ruinas_indias"></a><a href="#toc">Las ruinas indias.</a></h2> + + +<p>No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la +historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores +y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de +pergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y de +sus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres. +Unos vivían aislados y sencillos, sin vestidos y sin necesidades, como +pueblos acabados de nacer; y empezaban a pintar sus figuras extrañas en +las rocas de la orilla de los ríos, donde es más solo el bosque, y el +hombre piensa más en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de más +edad, y vivían en tribus, en aldeas de cañas o de adobes, comiendo lo +que cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran ya +pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas, y palacios +adornados de pinturas de oro. Y gran comercio en las calles y en las +plazas, y templos de mármol con estatuas gigantescas de sus dioses. Sus +obras no se parecen a las de los demás pueblos, sino como se parece un +hombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles. Ellos +imaginaron su gobierno, su religión, su arte, su guerra, su +arquitectura, su industria, su poesía. Todo lo suyo es interesante, +atrevido, nuevo. Fue una raza artística, inteligente y limpia. Se leen +como una novela las historias de los nahuatles y mayas de México, de los +chibchas de Colombia, de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuas +del Perú, de los aimaraes de Bolivia, de los charrúas del Uruguay, de +los araucanos de Chile.</p> + +<p>El quetzal es el pájaro hermoso de Guatemala, el pájaro de verde +brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo, +o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es un pájaro que +brilla a la luz, como las cabezas de los colibríes, que parecen piedras +preciosas, o joyas de tornasol, que de un lado fueran topacio, y de otro +ópalo, y de otro amatista. Y cuando se lee en los viajes de Le Plongeon +los cuentos de los amores de la princesa maya Ara, que no quiso querer +al príncipe Aak porque por el amor de Ara mató a su hermano Chaak; +cuando en la historia del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes y +ricas, a las ciudades reales de México, a Tenochtitlán y a Texcoco; +cuando en la «Recordación Florida» del capitán Fuentes, o en las +Crónicas de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal Díaz del +Castillo, o en los Viajes del inglés Tomás Gage, andan como si los +tuviésemos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos de la mano, +recitando versos y levantando edificios, aquellos gentíos de las +ciudades de entonces, aquellos sabios de Chichén, aquellos potentados de +Uxmal, aquellos comerciantes de Tulán, aquellos artífices de +Tenochtitlán, aquellos sacerdotes de Cholula, aquellos maestros amorosos +y niños mansos de Utatlán, aquella raza fina que vivía al sol y no +cerraba sus casas de piedra, no parece que se lee un libro de hojas +amarillas, donde las eses son como efes y se usan con mucha ceremonia +las palabras, sino que se ve morir a un quetzal, que lanza el último +grito al ver su cola rota. Con la imaginación se ven cosas que no se +pueden ver con los ojos.</p> + +<p>Se hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. Allí hay héroes, y +santos, y enamorados, y poetas, y apóstoles. Allí se describen pirámides +mas grandes que las de Egipto; y hazañas de aquellos gigantes que +vencieron a las fieras; y batallas de gigantes y hombres; y dioses que +pasan por el viento echando semillas de pueblos sobre el mundo; y robos +de princesas que pusieron a los pueblos a pelear hasta morir; y peleas +de pecho a pecho, con bravura que no parece de hombres; y la defensa de +las ciudades viciosas contra los hombres fuertes que venían de las +tierras del Norte; y la vida variada, simpática y trabajadora de sus +circos y templos, de sus canales y talleres, de sus tribunales y +mercados. Hay reyes como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sus +hijos porque faltaron a la ley, lo mismo que dejó matar al suyo el +romano Bruto; hay oradores que se levantan llorando, como el tlascalteca +Xicotencatl, a rogar a su pueblo que no dejen entrar al español, como se +levantó Demóstenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo; +hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de los +chichimecas, que sabe, como el hebreo Salomón, levantar templos +magníficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justicia +entre los hombres. Hay sacrificios de jóvenes hermosas a los diéses +invisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran tantos +a veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar para la nueva +ceremonia, porque el montón de cenizas de la última quema era tan alto +que podían tender allí a las víctimas los sacrificadores; hubo +sacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que ató sobre los +leños a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos, porque creyó +oír voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo al hijo, cosa de +tener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo sacrificios en masa, +como los había en la Plaza Mayor, delante de los obispos y del rey, +cuando la Inquisición de España quemaba a los hombres vivos, con mucho +lujo de leña y de procesión, y veían la quema las señoras madrileñas +desde los balcones. La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los +hombres en todos los pueblos. Y de los indios han dicho más de lo justo +en estas cosas los españoles vencedores, que exageraban o inventaban los +defectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataron +pareciese justa y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo que +dice de los sacrificios de los indios el soldado español Bernal Díaz, y +lo que dice el sacerdote Bartolomé de las Casas. Ese es un nombre que se +ha de llevar en el corazón, como el de un hermano. Bartolomé de las +Casas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado, y de mucha +nariz; pero se le veía en el fuego limpio de los ojos el alma sublime.</p> + +<p>De México trataremos hoy, porque las láminas son de México. A México lo +poblaron primero los toltecas bravos, que seguían, con los escudos de +cañas en alto, al capitán que llevaba el escudo con rondelas de oro. +Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron del Norte con fuerza +terrible, vestidos de pieles, los chichimecas bárbaros, que se quedaron +en el país, y tuvieron reyes de gran sabiduría. Los pueblos libres de +los alrededores se juntaron después, con los aztecas astutos a la +cabeza, y les ganaron el gobierno a los chichimecas, que vivían ya +descuidados y viciosos. Los aztecas gobernaron como comerciantes, +juntando riquezas y oprimiendo al país; y cuando llegó Cortés con sus +españoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros +indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos +oprimidos.</p> + +<p>Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los españoles no +amedrentaron a los héroes indios; pero ya no quería obedecer a sus +héroes el pueblo fanático, que creyó que aquéllos eran los soldados del +dios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería del +cielo a libertarlos de la tiranía. Cortés conoció las rivalidades de los +indios, puso en mal a los que se tenían celos, fue separando de sus +pueblos acobardados a los jefes, se ganó con regalos o aterró con +amenazas a los débiles, encarceló o asesinó a los juiciosos y a los +bravos; y los sacerdotes que vinieron de España después de los soldados +echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo de +su dios.</p> + +<p>Y ¡qué hermosa era Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas, +cuando llegó a México Cortés! Era como una mañana todo el día, y la +ciudad parecía siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, y de +tierra otras; y las plazas espaciosas y muchas; y los alrededores +sembrados de una gran arboleda. Por los canales andaban las canoas, tan +veloces y diestras como si tuviesen entendimiento; y había tantas a +veces que se podía andar sobre ellas como sobre la tierra firme. En +unas venían frutas, y en otras flores, y en otras jarros y tazas, y +demás cosas de la alfarería. En los mercados hervía la gente, +saludándose con amor, yendo de puesto en puesto, celebrando al rey o +diciendo mal de él, curioseando y vendiendo. Las casas eran de adobe, +que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto, si el dueño era rico. Y en +su pirámide de cinco terrazas se levantaba por sobre toda la ciudad, con +sus cuarenta templos menores a los pies, el templo magno de +Huitzilopochtli, de ébano y jaspes, con mármol como nubes y con cedros +de olor, sin apagar jamás, allá en el tope, las llamas sagradas de sus +seiscientos braseros. En las calles, abajo, la gente iba y venía, en sus +túnicas cortas y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas, +y unos zapatos flojos, que eran como sandalias de botín. Por una esquina +salía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de fruta, o +tocando a compás en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde +aprendían oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y +flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo: porque todo hombre ha +de aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propias +manos, y a defenderse. Pasaba un señorón con un manto largo adornado de +plumas, y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado +de pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para que +al cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces. Detrás +del señorón venían tres guerreros con cascos de madera, uno con forma de +cabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de tigre, y por afuera la +piel, pero con el casco de modo que se les viese encima de la oreja las +tres rayas que eran entonces la señal del valor. Un criado llevaba en un +jaulón de carrizos un pájaro de amarillo de oro, para la pajarera del +rey, que tenía muchas aves, y muchos peces de plata y carmín en peceras +de mármol, escondidos en los laberintos de sus jardines. Otro venía +calle arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores que +salían con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de punta a la +tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios. En el quicio de su +casa cantaba un carpintero, remendando con mucha habilidad una silla en +figura de águila, que tenía caída la guarnición de oro y seda de la piel +de venado del asiento. Iban otros cargados de pieles pintadas, parándose +a cada puerta, por si les querían comprar la colorada o la azul, que +ponían entonces como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Venía +la viuda de vuelta del mercado con el sirviente detrás, sin manos para +sujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de un +cuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de un espejo +de piedra bruñida, donde se veía la cara con más suavidad que en el +cristal; de una tela de grano muy junto, que no perdía nunca el color; +de un pez de escamas de plata y de oro que estaban como sueltas; de una +cotorra de cobre esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y las +alas. O se paraban en la calle las gentes, a ver pasar a los dos recién +casados, con la túnica del novio cosida a la de la novia, como para +pregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte; y detrás les +corría un chiquitín, arrastrando su carro de juguete. Otros hacían +grupos para oír al viajero que contaba lo que venía de ver en la tierra +brava de los zapotecas, donde había otro rey que mandaba en los templos +y en el mismo palacio real, y no salía nunca a pie, sino en hombros de +los sacerdotes, oyendo las súplicas del pueblo, que pedía por su medio +los favores al que manda al mundo desde el cielo, y a los reyes en el +palacio, y a los otros reyes que andan en hombros de los sacerdotes. +Otros, en el grupo de al lado, decían que era bueno el discurso en que +contó el sacerdote la historia del guerrero que se enterró ayer, y que +fue rico el funeral, con la bandera que decía las batallas que ganó, y +los criados que llevaban en bandejas de ocho metales diferentes las +cosas de comer que eran del gusto del guerrero muerto. Se oía entre las +conversaciones de la calle el rumor de los árboles de los patios y el +ruido de las limas y el martillo. ¡De toda aquella grandeza apenas +quedan en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo, de +obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitlán no existe. +No existe Tulán, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, el +pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de las +ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, y +mientras las ruinas no les quedan atrás, no se ponen el sombrero. De ese +lado de México, donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua y +familia que se fueron ganando el poder por todo el centro de la costa +del Pacífico en que estaban los nahuatles, no quedó después de la +conquista una ciudad entera, ni un templo entero.</p> + +<p>De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dejó asombrado a +Cortés, no quedan más que los restos de la pirámide de cuatro terrazas +dos veces más grande que la famosa pirámide de Cheope. En Xochicaleo +sólo está en pie, en la cumbre de su eminencia llena de túneles y arcos, +el templo de granito cincelado, con las piezas enormes tan juntas que no +se ve la unión, y la piedra tan dura que no se sabe ni con qué +instrumento la pudieron cortar, ni con qué máquina la subieron tan +arriba. En Centla, revueltas por la tierra, se ven las antiguas +fortificaciones. El francés Charnay acaba de desenterrar en Tula una +casa de veinticuatro cuartos, con quince escaleras tan bellas y +caprichosas, que dice que son «obra de arrebatador interés». En la +Quemada cubren el Cerro de los Edificios las ruinas de los bastimentos y +cortinas de la fortaleza, los pedazos de las colosales columnas de +pórfido. Mitla era la ciudad de los zapotecas: en Mitla están aún en +toda su beldad les paredes del palacio donde el príncipe que iba siempre +en hombros venía a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo el +dios que se creó a sí mismo, el Pitao-Cozaana. Sostenían el techo las +columnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han caído +todavía, y que parecen en aquella soledad más imponentes que las +montañas que rodean el valle frondoso en que se levanta Mitla. De entre +la maleza alta como los árboles, salen aquellas paredes tan hermosas, +todas cubiertas de las más finas grecas y dibujos, sin curva ninguna, +sino con rectas y ángulos compuestos con mucha gracia y majestad.</p> + +<p>Pero las ruinas más bellas de México no están por allí, sino por donde +vivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder, y recibían +de los pueblos del mar visitas y embajadores. De los mayas de Oaxaca es +la ciudad célebre de Palenque, con su palacio de muros fuertes cubiertos +de piedras talladas, que figuran hombres de cabeza de pico con la boca +muy hacia afuera, vestidos de trajes de gran ornamento, y la cabeza con +penachos de plumas. Es grandiosa la entrada del palacio, con las catorce +puertas, y aquellos gigantes de piedra que hay entre una puerta y otra. +Por dentro y fuera está el estuco que cubre la pared lleno de pinturas +rojas, azules, negras y blancas. En el interior está el patio, rodeado +de columnas. Y hay un templo de la Cruz, que se llama así, porque en una +de las piedras están dos que parecen sacerdotes a los lados de una como +cruz, tan alta como ellos; sólo que no es cruz cristiana, sino como la +de los que creen en la religión de Buda, que también tiene su cruz. Pero +ni el Palenque se puede comparar a las ruinas de los mayas yucatecos, +que son mas extrañas y hermosas.</p> + +<p>Por Yucatán estuvo el imperio de aquellos príncipes mayas, que eran de +pómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora. En Yucatán +están las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres pisos, y con su +escalera de diez varas de ancho. Está Labná, con aquel edificio curioso +que tiene por cerca del techo una hilera de cráneos de piedra, y aquella +otra ruina donde cargan dos hombres una gran esfera, de pie uno, y el +otro arrodillado. En Yucatán está Izamal, donde se encontró aquella Cara +Gigantesca, una cara de piedra de dos varas y más. Y Kabah está allí +también, la Kabah que conserva un arco, roto por arriba, que no se puede +ver sin sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades que +celebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg y +de Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del francés Nadaillac, +son Uxmal y Chichén-Itzá, las ciudades de los palacios pintados, de las +casas trabajadas lo mismo que el encaje, de los pozos profundos y los +magníficos conventos. Uxmal está como a dos leguas de Mérida, que es la +ciudad de ahora, celebrada por su lindo campo de henequén, y porque su +gente es tan buena que recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmal +son muchas las ruinas notables, y todas, como por todo México, están en +las cumbre de las pirámides, como si fueran los edificios de más valor, +que quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones de +fábrica más ligera. La casa más notable es la que llaman en los libros +«del Gobernador» que es toda de piedra ruda, con más de cien varas de +frente y trece de ancho, y con las puertas ceñidas de un marco de madera +trabajada con muy rica labor. A otra casa le dicen de las Tortugas, y es +muy curiosa por cierto, porque la piedra imita una como empalizada, con +una tortuga en relieve de trecho en trecho. La Casa de las Monjas sí es +bella de veras: no es una casa sola, sino cuatro, que están en lo alto +de la pirámide. A una de las casas le dicen de la Culebra, porque por +fuera tiene cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le da +vuelta sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de la +pared una corona hecha de cabezas de ídolos, pero todas diferentes y de +mucha expresión, y arregladas en grupos que son de arte verdadero, por +lo mismo que parecen como puestas allí por la casualidad; y otro de los +edificios tiene todavía cuatro de las diecisiete torres que en otro +tiempo tuvo, y de las que se ven los arranques junto al techo, como la +cáscara de una muela cariada. Y todavía tiene Uxmal la Casa del Adivino, +pintada de colores diferentes, y la Casa del Enano, tan pequeña y bien +tallada que es como una caja de China, de esas que tienen labradas en la +madera centenares de figuras y tan graciosa que un viajero la llama +«obra maestra de arte y elegancia», y otro dice que «la Casa del Enano +es bonita como una joya».</p> + +<p>La ciudad de Chichén-Itzá es toda como la Casa del Enano. Es como un +libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas en +la maraña del monte, manchadas de fango, despedazadas. Están por tierra +las quinientas columnas; las estatuas sin cabeza, al pie de las paredes +a medio caer; las calles de la yerba que ha ido creciendo en tantos +siglos, están tapiadas. Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve o +se toca, nada hay que no tenga una pintura finísima de curvas bellas, o +una escultura noble, de nariz recta y barba larga. En las pinturas de +los muros está el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos, +que se pelearon por ver quién se quedaba, con la princesa Ara: hay +procesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece que +miran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, de +negros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color tan fresco +y brillante como si aún corriera sangre por las venas de los artistas +que dejaron escritas en jeroglíficos y en pinturas la historia del +pueblo que echó sus barcos por las costas y ríos de todo Centroamérica, +y supo de Asia por el Pacífico y de África por el Atlántico. Hay piedra +en que un hombre en pie envía un rayo desde sus labios entreabiertos a +otro hombre sentado. Hay grupos y símbolos que parecen contar, en una +lengua que no se puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispo +Landa, los secretos del pueblo que construyó el Circo, el Castillo, el +Palacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios, lleno en +lo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza endurecida de +los cuerpos de las vírgenes hermosas, que morían en ofrenda a su dios, +sonriendo y cantando, como morían por el dios hebreo en el circo de Roma +las vírgenes cristianas, como moría por el dios egipcio, coronada de +flores y seguida del pueblo, la virgen más bella, sacrificada al agua +del río Nilo. ¿Quién trabajó como el encaje las estatuas de +Chichén-Itzá? ¿Adónde ha ido, adónde, el pueblo fuerte y gracioso que +ideó la casa redonda del Caracol; la casita tallada del Enano, la +culebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? ¡Qué novela tan +linda la historia de América!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Musicos_poetas_y_pintores" id="Musicos_poetas_y_pintores"></a><a href="#toc">Músicos, poetas y pintores.</a></h2> + + +<p>El mundo tiene más jóvenes que viejos. La mayoría de la humanidad es de +jóvenes y niños. La juventud es la edad del crecimiento y del +desarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginación y el ímpetu. +Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien +se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste. Bien dijo el +poeta Southey, que los primeros veinte años de la vida son los que +tienen más poder en el carácter del hombre. Cada ser humano lleva en sí +un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una +estatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo. +La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. El +cuerpo es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sin +cesar, y se enriquece y perfecciona con los años. Pero las cualidades +esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se deja +ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.</p> + +<p>En el mismo hombre suelen ir unidos un corazón pequeño y un talento +grande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por +respeto a sí propio y al mundo. Lo general es que el hombre no logre en +la vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperar +con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca. El ser bueno da gusto, +y lo hace a uno fuerte y feliz. «La verdad es—dice el norteamericano +Emerson—que la verdadera novela del mundo está en la vida del hombre, y +no hay fábula ni romance que recree más la imaginación que la historia +de un hombre bravo que ha cumplido con su deber.»</p> + +<p>Es notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la fuerza +del talento. «Hay algunos—dice el inglés Bacon—que maduran mucho antes +de la edad y se van como vienen», que es lo mismo que dice en su latín +elegante el retórico Quintiliano. Eso se ve en muchos niños precoces, +que parecen prodigios de sabiduría en sus primeros años, y quedan +oscurecidos en cuanto entran en los años mayores.</p> + +<p>Heinecken, el niño de la antigua ciudad de Lubeck, aprendió de memoria +casi toda la Biblia cuando tenía dos años; a los tres años, hablaba +latín y francés; a los cuatro ya lo tenían estudiando la historia de la +iglesia cristiana, y murió a los cinco. De esa pobre criatura puede +decirse lo de Bacon: «El carro de Faetón no anduvo másque un día.»</p> + +<p>Hay niños que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones de la +precocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su infancia. En +los músicos se ve esto con frecuencia, porque la agitación del arte es +natural y sana, y el alma que la siente padece más de contenerla que de +darle salida. Haendel a los diez años había compuesto un libro de +sonatas. Su padre lo quería hacer abogado, y le prohibió tocar un +instrumento; pero el niño se procuró a escondidas un clavicordio mudo, y +pasaba las noches tocando a oscuras en las teclas sin sonido. El duque +de Sajonia Weissenfels logró, a fuerza de ruegos, que el padre +permitiera aprender la música a aquel genio perseverante, y a los +dieciséis Haendel había puesto en música el <i>Almira</i>. En veintitrés días +compuso su gran obra <i>El Mesías</i>, a los cincuenta y siete años, y cuando +murió, a los sesenta y siete, todavía estaba escribiendo óperas y +oratorios.</p> + +<p>Haydn fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece años ya había +compuesto una misa; pero lo mejor de él, que es la <i>Creación</i>, lo +escribió cuando tenía sesenta y cinco. A Sebastián Bach le fue casi tan +difícil como a Haendel aprender la primera música, porque su hermano +mayor, el organista Cristóbal, tenía celos de él, y le escondió el libro +donde estaban las mejores piezas de los maestros del clavicordio. Pero +Sebastián encontró el libro en una alacena, se lo llevó a su cuarto, y +empezó a copiarlo a deshoras de la noche, a la luz del cielo, que en +verano es muy claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubrió, y +tuvo la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada le +valió, porque a los dieciocho años ya estaba Sebastián de músico en la +corte famosa de Weimar, y no tenía como organista más rival que Haendel.</p> + +<p>Pero de todos los niños prodigiosos en el arte de la música, el más +célebre es Mozart. No parecía que necesitaba de maestros para aprender. +A los cuatro años cuando aún no sabía escribir, ya componía tonadas; a +los seis arregló un concierto para piano, y a los doce ya no tenía igual +como pianista, y compuso la <i>Finta Semplice</i>, que fue su primera ópera. +Aquellos maestros serios no sabían cómo entender a un niño que +improvisaba fugas dificilísimas sobre un tema desconocido, y se ponía +enseguida a jugar a caballito con el bastón de su padre. El padre anduvo +enseñándolo por las principales ciudades de Europa, vestido como un +príncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo, +sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detrás como +las pelucas. El padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, que +no era buena, sino de sacar de él cuanto dinero podía. Pero a Mozart lo +salvaba su carácter alegre; porque era un maestro en música, pero un +niño en todo lo demás. A los catorce años compuso su ópera de +<i>Mitrídates</i>, que se representó veinte noches seguidas; a los treinta y +seis, en su cama de moribundo, consumido por la agitación de su vida y +el trabajo desordenado, compuso el <i>Requiem</i>, que es una de sus obras +más perfectas.</p> + +<p>El padre de Beethoven quería hacer de él una maravilla, y le enseñó a +fuerza de porrazos y penitencias tanta música, que a los trece años el +niño tocaba en público y había compuesto tres sonatas. Pero hasta los +veintiuno no empezó a producir sus obras sublimes. Weber, que era un +muchacho muy travieso, publicó a los doce sus seis primeras fugas, y a +los catorce compuso su ópera <i>Las Ninfas del Bosque</i>: la famosísima del +<i>Cazador</i> la compuso a los treinta y seis. Mendelessohn aprendió a tocar +antes que a hablar, y a los doce años ya había escrito tres cuartetos +para piano, violines y contrabajo: dieciséis años cumplía cuando acabó +su primera ópera <i>Las Bodas de Camacho</i>; a los dieciocho escribió su +sonata en si bemol; antes de los veinte compuso su <i>Sueño de una Noche +de Verano</i>; a los veintidós su <i>Sinfonía de Reforma</i>, y no cesó de +escribir obras profundas y dificilísimas hasta los treinta y ocho, que +murió. Meyerbeer era a los nueve pianista excelente, y a los dieciocho +puso en el teatro de Munich su primera pieza <i>La Hija de Jephté</i>; pero +hasta los treinta y siete no ganó fama con su <i>Roberto el Diablo</i>.</p> + +<p>El inglés Carlyle habla en su <i>Vida del Poeta Schiller</i> de un Daniel +Schubart, que era poeta, músico y predicador, y a derechas no era nada. +Todo lo hacía por espasmos y se cansaba de todo, de sus estudios, de su +pereza y de sus desórdenes. Era hombre de mucha capacidad, notable como +músico; como predicador, muy elocuente; y hábil periodista. A los +cincuenta y dos años murió, y su mujer e hijo quedaron en la miseria.</p> + +<p>Pero Franz Schubert, el niño maravilloso de Viena, vivió de otro modo, +aunque no fue mucho más feliz. Tocaba el violín cuando no era más alto +que él, lo mismo que el piano y el órgano. Con leer una vez una canción, +tenía bastante para ponerla en música exquisita, que parece de sueño y +de capricho, y como si fuera un aire de colores. Escribió más de +quinientas melodías, a más de óperas, misas, sonatas, sinfonías y +cuartetos. Murió pobre a los treinta y un años.</p> + +<p>Entre los músicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa, +hijo de un zapatero remendón, era autor a los diecinueve de <i>La Baronesa +de Stramba</i>. A los ocho tocaba Paganini en el violín una sonata suya. El +padre de Rossini tocaba el trombón en una compañía de cómicos +ambulantes, en que la madre iba de cantatriz. A los diez años Rossini +iba con su padre de segundo; luego cantó en los coros hasta que se quedó +sin voz; y a los veintiún años era el autor famoso de la ópera +<i>Tancredo</i>.</p> + +<p>Entre los pintores y escultores han sido muchos los que se han revelado +en la niñez. El más glorioso de todos es Miguel Ángel. Cuando nació lo +mandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero, por lo que +decía él después que había bebido el amor de la escultura con la leche +de la madre. En cuanto pudo manejar un lápiz le llenó las paredes al +picapedrero de dibujos, y cuando volvió a Florencia, cubría de gigantes +y leones el suelo de la casa de su padre. En la escuela no adelantaba +mucho con los libros, ni dejaba el lápiz de la mano; y había que ir a +sacarlo por fuerza de casa de los pintores. La pintura y la escultura +eran entonces, oficios bajos, y el padre, que venía de familia noble, +gastó en vano razones y golpes para convencer a su hijo de que no debía +ser un miserable cortapiedras. Pero cortapiedras quería ser el hijo, y +nada más. Cedió el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller del +pintor Ghirlandaio, quien halló tan adelantado al aprendiz que convino +en pagarle un tanto por mes. Al poco tiempo el aprendiz pintaba mejor +que el maestro; pero vio las estatuas de los jardines célebres de +Lorenzo de Médicis, y cambió entusiasmado los colores por el cincel. +Adelantó con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho años +admiraba Florencia su bajorrelieve de la <i>Batalla de los Centauros</i>; a +los veinte hizo el <i>Amor Dormido</i>, y poco después su colosal estatua de +<i>David</i>. Pintó luego, uno tras otro, sus cuadros terribles y magníficos. +Benvenuto Cellini, aquel genio creador en el arte de ornamentar, dice +que ningún cuadro de Miguel Ángel vale tanto como el que pintó a los +veintinueve años, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el baño +por sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos.</p> + +<p>La precocidad de Rafael fue también asombrosa, aunque su padre no se le +oponía, sino le celebraba su pasión por el arte. A los diecisiete años +ya era pintor eminente. Cuentan que se llenó de admiración al ver las +obras grandiosas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y que dio en voz +alta gracias a Dios por haber nacido en el mismo siglo de aquel genio +extraordinario. Rafael pintó su <i>Escuela de Atenas</i> a los veinticinco +años y su <i>Transfiguración</i> a los treinta y siete. Estaba acabándola +cuando murió, y el pueblo romano llevó la pintura al Panteón, el día de +los funerales. Hay quien piensa que <i>La</i> <i>Transfiguración</i> de Rafael, +incompleta como está, es el cuadro más bello del mundo.</p> + +<p>Leonardo de Vinci sobresalió desde la niñez en las matemáticas, la +música y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pintó un ángel +de tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior al +discípulo, dejó para siempre su arte. Cuando Leonardo llegó a los años +mayores era la admiración del mundo, por su poder como arquitecto e +ingeniero, y como músico y pintor. Guercino a los diez años adornó con +una virgen de fino dibujo la fachada de su casa. Tintoretto era un +discípulo tan aventajado que su maestro Tiziano se enceló de él y lo +despidió de su servicio. El desaire le dio ánimo en vez de acobardarlo, +y siguió pintando tan de prisa que le decían «el furioso». Canova, el +escultor, hizo a los cuatro años un león de un pan de mantequilla. El +dinamarqués Thorwaldsen tallaba, a los trece, mascarones para los barcos +en el taller de su padre, que era escultor en madera; y a los quince +ganó la medalla en Copenhague por su bajorrelieve del <i>Amor</i> en +<i>Reposo</i>.</p> + +<p>Los poetas también suelen dar pronto muestras de su vocación, sobre todo +los de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los nueve años +escribía versos a la niña de ocho años de que habla en su <i>Vida Nueva</i>. A +los diez años lamentó Tasso en verso su separación de su madre y +hermana, y se comparó al triste Ascanio cuando huía de Troya con su +padre Eneas a cuestas; a los treinta y un años puso las últimas octavas +a su poema de la <i>Jerusalén</i>, que empezó a los veinticinco.</p> + +<p>De diez años andaba Metastasio improvisando por las calles de Roma; y +Goldoni, que era muy revoltoso, compuso a los ocho su primera comedia. +Muchas veces se escapó Goldoni de la escuela para irse detrás de los +cómicos ambulantes. Su familia logró que estudiase leyes, y en pocos +años ganó fama de excelente abogado, pero la vocación natural pudo más +en él, y dejó la curia para hacerse el poeta famoso de los comediantes.</p> + +<p>Alfieri demostró cualidades extraordinarias desde la juventud. De niño +era muy endeble, como muchos poetas precoces, y en extremo meditabundo y +sensible. A los ocho años se quiso envenenar, en un arrebato de +tristeza, con unas yerbas que le parecían de cicuta; pero las yerbas +sólo le sirvieron de purgante. Lo encerraron en su cuarto y lo hicieron +ir a la iglesia en penitencia, con su gorro de dormir. Cuando vio el mar +por primera vez, tuvo deseos misteriosos, y conoció que era poeta. Sus +padres ricos no se habían cuidado de educarlo bien, y no pudo poner en +palabras las ideas que le hervían en la mente. Estudió, viajó, vivió sin +orden, se enamoró con frenesí. Su amada no lo quiso y él resolvió morir, +pero un criado le salvó la vida. Se curó, se volvió a enamorar, volvió +la novia a desdeñarlo, se encerró en su cuarto, se cortó el pelo de raíz +y en su soledad forzosa empezó a escribir versos. Tenía veintiséis años +cuando se representó su tragedia <i>Cleopatra</i>: en siete años compuso +catorce tragedias.</p> + +<p>Cervantes empezó a escribir en verso, y no tenía todo el bigote cuando +ya había escrito sus pastorales y canciones a la moda italiana. Wieland, +el poeta alemán, leía de corrido a los tres años, a los siete traducía +del latín a Cornelio Nepote, y a los dieciséis escribió su primer poema +didáctico de <i>El Mundo Perfecto</i>. Klopstock, que desde niño fue +impetuoso y apasionado, comenzó a escribir su poema de la <i>Mesíada</i> a +los veinte años.</p> + +<p>Schiller nació con la pasión por la poesía. Cuentan que un día de +tempestad lo encontraron encaramado en un árbol adonde se había subido +«para ver de dónde venia el rayo, ¡porque era tan hermoso!» Schiller +leyó la <i>Mesíada a</i> los catorce años, y se puso a componer un poema +sacro sobre Moisés. De Goethe se dice que antes de cumplir los ocho años +escribía en alemán, en francés, en italiano, en latín y en griego, y +pensaba tanto en las cosas de la religión que imaginó un gran «Dios de +la naturaleza», y le encendía hogares en señal de adoración. Con el +mismo afán estudiaba la música y el dibujo, y toda especie de ciencias. +El bravo poeta Koerner murió a los veinte años como quería él morir, +defendiendo a su patria. Era enfermizo de niño, pero nada contuvo su +amor por las ideas nobles que se celebran en los versos. Dos horas antes +de morir escribió El <i>Canto</i> de <i>la Espada</i>.</p> + +<p>Tomás Moore, el poeta de las <i>Melodías Irlandesas</i>, dice que casi todas +las comedias buenas y muchas de las tragedias famosas han sido obras de +la juventud. Lope de Vega y Calderón, que son los que más han escrito +para el teatro, empezaron muy temprano, uno a los doce años y otro a los +trece. Lope cambiaba sus versos con sus condiscípulos por juguetes y +láminas, y a los doce años ya había compuesto dramas y comedias. A los +dieciocho publicó su poema de la <i>Arcadia</i>, con pastores por héroes. A +los veintiséis iba en un barco de la armada española, cuando el asalto a +Inglaterra, y en el viaje escribió varios poemas. Pero los centenares de +comedias que lo han hecho célebre los escribió después de su vuelta a +España, siendo ya sacerdote. Calderón no escribió menos de cuatrocientos +dramas. A los trece años compuso su primera obra <i>El Carro del Cielo</i>. A +los cincuenta se hizo sacerdote, como Lope, y ya no escribió más que +piezas sagradas.</p> + +<p>Estos poetas españoles escribieron sus obras principales antes de llegar +a los años de la madurez. Entre los poetas de las tierras del Norte la +inteligencia anda mucho más despacio. Molière tuvo que educarse por sí +mismo; pero a los treinta y un años ya había escrito El <i>Atolondrado</i>. +Voltaire a los doce escribía sátiras contra los padres jesuitas del +colegio en que se estaba educando: su padre quería que estudiase leyes, +y se desesperó cuando supo que el hijo andaba recitando versos entre la +gente alegre de París: a los veinte años estaba Voltaire preso en la +Bastilla por sus versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en +Francia: en la prisión corrigió su tragedia de <i>Edipo</i>, y comenzó su +poema la <i>Henriada</i>.</p> + +<p>El alemán Kotzebue fue otro genio dramático precoz. A los siete años +escribió una comedia en verso, de una página. Entraba como podía en el +teatro de Weimar, y cuando no tenía con qué pagar se escondía detrás del +bombo hasta que empezaba la representación. Su mayor gusto era andar con +teatros de juguete y mover a los muñecos en la escena. A los dieciocho +años se representó su primera tragedia en un teatro de amigos.</p> + +<p>Víctor Hugo no tenía más que quince años cuando escribió su tragedia +<i>Irtamene</i>. Ganó tres premios seguidos en los juegos florales; a los +veinte escribió <i>Bug Jargal</i>, y un año después su novela <i>Han de +Islandia</i>, y sus primeras <i>Odas y Baladas</i>. Casi todos los poetas +franceses de su tiempo eran muy jóvenes. «En Francia», decía en burla el +crítico Moreau, «ya no hay quien respete a un escritor si tiene más de +dieciocho años.»</p> + +<p>El inglés Congreve escribió a los diecinueve su novela <i>Incógnita</i>, y +todas sus comedias antes de los veinticinco. A Sheridan lo llamaba su +maestro «burro incorregible»; pero a los veintiséis años había escrito +su <i>Escuela del Escándalo</i>. Entre los poetas ingleses de la antigüedad +hubo muy pocos precoces. Se sabe poco de Chaucer, Shakespeare y Spencer. +El mismo Shakespeare llama «primogénito de su invención»al poema <i>Venus +y Adonis</i>, que compuso a los veintiocho años. Milton tendría veintiséis +años cuando escribió su <i>Comus</i>. Pero Cowley escribía versos mitológicos +a los doce años. Pope «empezó a hablar en versos»: su salud era mísera y +su cuerpo deforme, pero por más que le doliera la cabeza, los versos le +salían muchos y buenos. El que había de idear <i>La Borricada</i> volvió un +día a su casa echado de la escuela por una sátira que escribió contra el +maestro. Samuel Johnson dice que Pope escribió su oda a <i>La Soledad</i> a +los doce años, y sus <i>Pastorales</i> a los dieciséis: de los veinticinco a +los treinta, tradujo la <i>Ilíada</i>. El infeliz Chatterton logró engañar +con una maravillosa falsificación literaria a los eruditos más famosos +de su tiempo: rebosan genio la oda de Chatterton a la <i>Libertad</i> y su +<i>Canto del Bardo</i>. Pero era fiero y arrogante, de carácter descompuesto y +defectuoso, y rebelde contra las leyes de la vida. Murió antes de haber +comenzado a vivir.</p> + +<p>Robert Burns, el poeta escocés, escribía ya a los dieciséis años sus +encantadoras canciones montañesas. El irlandés Moore componía a los +trece, versos buenos a su Celia famosa. Y a los catorce había empezado a +traducir del griego a Anacreonte. En su casa no sabían qué significaban +aquellas ninfas, aquellos placeres alados, y aquellas canciones al vino. +Moore se libró pronto de estos modelos peligrosos, y alcanzó fama mejor +con los versos ricos de su <i>Lalla Rookh</i> y la prosa ejemplar de su <i>Vida +de Byron</i>.</p> + +<p>Keats, el más grande de los poetas jóvenes de Inglaterra, murió a los +veinticuatro años, ya célebre. Pero nadie hubiera podido decir en su +niñez que había de ser ilustre por su genio poético aquel estudiantuelo +feroz que andaba siempre de peleas y puñetazos. Es verdad que leía sin +cesar; aunque no pareció revelársele la vocación hasta que leyó a los +dieciséis años la <i>Reina Encantada</i> de Spencer: desde entonces sólo +vivió para los versos.</p> + +<p>Shelley sí fue precocísimo. Cuando estudiaba en Eton, a los quince años, +publicó una novela y dio un banquete a sus amigos con la ganancia de la +venta. Era tan original y rebelde que todos le decían «el ateo Shelley», +o «el loco Shelley». A los dieciocho publicó su poema de la <i>Reina Mab</i>, +a los diecinueve lo echaron del colegio por el atrevimiento con que +defendió sus doctrinas religiosas; a los treinta años murió ahogado, con +un tomo de versos de Keats en el bolsillo. Maravillosa es la poesía de +Shelley por la música del verso, la elegancia de la construcción y la +profundidad de las ideas. Era un manojo de nervios siempre vibrantes, y +tenía tales ilusiones y rarezas que sus condiscípulos lo tenían por +destornillado; pero su inteligencia fue vivísima y sutil, su cuerpo +frágil se estremecía con las más delicadas emociones, y sus versos son +de incomparable hermosura.</p> + +<p>Byron fue otro genio extraordinario y errante de la misma época de +Shelley y de Keats. Desde la escuela se le conoció el carácter +turbulento y arrebatado. De los libros se cuidaba poco; pero antes de +los ocho años ya sufría de penas de hombre. Tenía una pierna más corta +que la otra, aunque eso no le quitaba los bríos, y se hizo el dueño de +la escuela a fuerza de puños, como Keats: él mismo cuenta que de siete +batallas perdía una. Cuando estaba en Cambridge de estudiante, tenía en +su casa un oso y varios perros de presa, y cada día contaban de él una +historia escandalosa: aquél era sin embargo el niño sensible que a los +doce años había celebrado en versos sentidos a una prima suya. Leía con +afán todos los libros de literatura, y a los dieciocho años publicó para +sus amigos su primer libro de versos: <i>Horas de Ocio</i>. La <i>Revista de +Edimburgo</i> habló del libro con desdén, y Byron contestó con su célebre +sátira sobre los <i>Poetas Ingleses y los Críticos de Escocia</i>. Cumplía +los veinticuatro cuando salió al público el primer canto de su poema +<i>Childe Harold</i>. «A los veinticinco años», dice Macaulay, «se vio Byron +en la cima de la gloria literaria, con todos los ingleses famosos de la +época a sus pies. Byron era ya más célebre que Scott, Wordsworth, y +Southey. Apenas hay ejemplo de un ascenso tan rápido a tan vertiginosa +eminencia.» Murió a los treinta y siete años, edad fatal para tantos +hombres de genio.</p> + +<p>Coleridge, escribió a los veinticinco su himno del <i>Amanecer</i>, donde se +ven en unión completa la sublimidad y la energía. Bulwer Lytton tenía +hecho a los quince su Ismael. A los diecisiete había publicado su +primer tomo la poetisa Barrett Browning, que desde los diez escribía en +verso y prosa. Robert Browning, su marido, publicó el <i>Paracelso</i> a los +veintitrés. A los veinte había escrito Tennyson algunas de las poesías +melodiosas que han hecho ilustre su nombre. Se ve, pues, que en el fuego +tumultuoso de la juventud han nacido muchas de las obras más nobles de +la música, la pintura y la poesía. Suele el genio poético decaer con los +años, aunque Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta. +Es seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces, +habrían imaginado después obras más perfectas que las de su juventud. La +fuerza del genio no se acaba con la juventud.</p> + +<p>Pero las dotes especiales que hacen más tarde ilustres a los hombres se +revelan casi siempre entre los diecisiete y veintitrés años. Puede irse +desarrollando poco a poco el talento poético; pero el que es poeta de +veras, siempre lo mostrará de algún modo. Crabbe y Wordsworth, que +descubrieron el genio tarde, escribían versos desde la niñez. Crabbe +llenó de versos toda una gaveta, cuando estaba de aprendiz de cirujano; +y Wordsworth, que era agrio y melancólico de niño, empezó a hacer +cuartetas heroicas a los catorce. Shelley dice de Wordsworth que «no +tenía más imaginación que un cacharro», lo que no quita que sea +Wordsworth un poeta inmortal. No fue precoz como Shelley; pero creció +despacio y con firmeza, como un roble, hasta que llegó a su majestuosa +altura.</p> + +<p>Walter Scott tampoco fue precoz de niño. Su maestro dijo que no tenía +cabeza para el griego, y él mismo cuenta que fue de muchacho muy +travieso y holgazán; pero gozaba de mucha salud, y era gran amigo de los +juegos de su edad. En lo primero en que se le vio el genio fue en su +gusto por las baladas antiguas, y en su facilidad extraordinaria para +inventar historias. Cuando su padre supo que había estado vagando por el +país con su camarada Clark, metiéndose por todas partes, y posando en +las casas de los campesinos, le dijo:—«¡Dudo mucho, señor, de que sirva +Ud. más que para cola de caballo!» De su facilidad para los cuentos, el +mismo Scott dice que en las horas de ocio de los inviernos, cuando no +tenían modo de estar al aire libre, mantenía muchas horas maravillados +con sus narraciones a sus compañeros de escuela, que se peleaban por +sentarse cerca del que les decía aquellas historias lindas que no +acababan nunca.</p> + +<p>Dice Carlyle que en una clase de la escuela de gramática de Edimburgo +había dos muchachos: «John, siempre, hecho un brinquillo, correcto y +ducal; Walter, siempre desarreglado, borrico y tartamudo. Con el correr +de los años, John llegó a ser el Regidor John, de un barrio infeliz, y +Walter fue Sir Walter Scott, de todo el universo.» Dice Carlyle, con +mucho seso, que la legumbre más precoz y completa es la col. A los +treinta años no se podía decir de seguro que Scott tuviera genio para la +literatura. A los treinta y uno publicó su primer tomo del <i>Cancionero +de Escocia</i>, y no imprimió su novela <i>Waverley</i> hasta los cuarenta y +tres, aunque la tenía escrita nueve años antes.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_ultima_pagina2" id="La_ultima_pagina2"></a><a href="#toc">La última página</a></h2> + + +<p>Hay un cuento muy lindo de una niña que estaba enamorada de la luna, y +no la podían sacar al jardín cuando había luna en el cielo, porque le +tendía los bracitos como si la quisiera coger, y se desmayaba de la +desesperación porque la luna no venía; hasta que un día, de tanto +llorar, la niña se murió, en una noche de luna llena.</p> + +<p><i>La Edad de Oro</i> no se quiere morir, porque nadie debe morirse mientras +pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas, que no debe +deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer +lo que no se puede volver a hacer. El que se mata, es un ladrón. Pero +<i>La Edad de Oro</i> se parece a la niñita del cuento, porque siempre quiere +escribir para sus amigos los niños más de lo que cabe en el papel, que +es como querer coger la luna. ¿No les ofreció la <i>Historia de la +Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo</i> para este número? Pues no cupo. Ni +otras muchas cosas más que les tenía escritas. Así es la vida, que no +cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer. Los niños debían +juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quien podían +hacerle algún bien, todos juntos.</p> + +<p>Y ahora nos juntaremos, el hombre de <i>La Edad de Oro</i> y sus amiguitos, y +todos en coro, cogidos de la mano, les daremos gracias con el corazón, +gracias como de hermano, a las hermosas señoras y nobles caballeros que +han tenido el cariño de decir que <i>La Edad de Oro</i> es buena.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_exposicion_de_Paris" id="La_exposicion_de_Paris"></a><a href="#toc">La exposición de París.</a></h2> + + +<p>Los pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en París. +Hasta hace cien años, los hombres vivían como esclavos de los reyes, que +no los dejaban pensar, y les quitaban mucho de lo que ganaban en sus +oficios, para pagar tropas con que pelear con otros reyes, y vivir en +palacios de mármol y de oro, con criados vestidos de seda, y señoras y +caballeros de pluma blanca, mientras los caballeros de veras, los que +trabajaban en el campo y en la ciudad, no podían vestirse más que de +pana, ni ponerle pluma al sombrero: y si decían que no era justo que los +holgazanes viviesen de lo que ganaban los trabajadores, si decían que un +país entero no debía quedarse sin pan para que un hombre solo y sus +amigos tuvieran coches, y ropas de tisú y encaje, y cenas con quince +vinos, el rey los mandaba apalear, o los encerraba vivos en la prisión +de la Bastilla, hasta que se morían, locos y mudos: y a uno le puso una +mascara de hierro, y lo tuvo preso toda la vida, sin levantarle nunca la +máscara. En todos los pueblos vivían los hombres así, con el rey y los +nobles como los amos, y la gente de trabajo como animales de carga, sin +poder hablar, ni pensar, ni creer, ni tener nada suyo, porque a sus +hijos se los quitaba el rey para soldados, y su dinero se lo quitaba el +rey en contribuciones, y las tierras, se las daba todas a los nobles el +rey. Francia fue el pueblo bravo, el pueblo que se levantó en defensa de +los hombres, el pueblo que le quitó al rey el poder.</p> + +<p>Eso era hace cien años, en 1789. Fue como si se acabase un mundo, y +empezara otro. Los reyes todos se juntaron contra Francia. Los nobles de +Francia ayudaban a los reyes de afuera. La gente de trabajo, sola contra +todos, peleó contra todos, y contra los nobles, y los mató en la guerra +y con la cuchilla de la guillotina. Sangró Francia entonces, como cuando +abren un animal vivo y le arrancan las entrañas. Los hombres de trabajo +se enfurecieron, se acusaron unos a otros, y se gobernaron mal, porque +no estaban acostumbrados a gobernar. Vino a París un hombre atrevido y +ambicioso, vio que los franceses vivían sin unión, y cuando llegó de +ganarles todas las batallas a los enemigos, mandó que lo llamasen +emperador, y gobernó a Francia como un tirano. Pero los nobles ya no +volvieron a sus tierras. Aquel rey del oro y la seda, ya no volvió +nunca. La gente de trabajo se repartió las tierras de los nobles y las +del rey. Ni en Francia, ni en ningún otro país han vuelto los hombres a +ser tan esclavos como antes. Eso es lo que Francia quiso celebrar +después de cien años con la Exposición de París. Para eso llamó Francia +a París, en verano, cuando brilla más el sol, a todos los pueblos del +mundo.</p> + +<p>Y eso vamos a ver ahora, como si lo tuviésemos delante de los ojos. +Vamos a la Exposición, a esta visita que se están haciendo las razas +humanas. Vamos a ver en un mismo jardín los árboles de todos los pueblos +de la tierra. A la orilla del río Sena, vamos a ver la historia de las +casas, desde la cueva del hombre troglodita, en una grieta de la roca, +hasta el palacio de granito y ónix. Vamos a subir, con los noruegos de +barba colorada, con los negros senegaleses de cabello lanudo, con los +anamitas de moño y turbante, con los árabes de babuchas y albornoz, con +el inglés callado, con el yanqui celoso, con el italiano fino, con el +francés elegante, con el español alegre, vamos a subir por encima de las +catedrales más altas, a la cúpula de la torre de hierro. Vamos a ver en +sus palacios extraños y magníficos a nuestros pueblos queridos de +América. Veremos, entre lagos y jardines, en monumentos de hierro y +porcelana, la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho +desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega por lo alto +del aire y lo hondo de la mar. En un templo de hierro, tan ancho y +hermoso que se parece a un cielo dorado, veremos trabajando a la vez +todas las máquinas y ruedas del mundo. De debajo de la tierra, como de +un volcán de joyas, vamos a ver salir, en lluvias que parecen de piedras +finas, trescientas fuentes de colores, que caen chispeando en un lago +encendido. Vamos a ver vivir, como viven en sus países de luz, al +javanés en su casa de cañas, al egipcio cantando detrás de su burro, al +argelino que borda la lana a la sombra del palmar, al siamés que trabaja +la madera con los pies y las manos, al negro del Sudán, que sale +ojeando, con la lanza de punta, de su conuco de tierra, al árabe que +corre a caballo, disparando la espingarda, por la calle de dátiles, con +el albornoz blanco al viento. Bailan en un café moro. Pasan las +bailarinas de Java, con su casco de plumas. Salen de su teatro, vestidos +de tigres, los cómicos cochinchinos. Hombres de todos los pueblos andan +asombrados por las calles morunas, por las aldeas negras, por el caserío +de bambú javanés, por los puentes de junco de los malayos pescadores, +por el jardín criollo de plátanos y naranjos, por el rincón donde, de su +techo labrado como un mueble rico, levanta su torre ceñida de serpientes +la pagoda. Y para nosotros, los niños, hay un palacio de juguetes, y un +teatro donde están como vivos el pícaro Barba Azul y la linda Caperucita +Roja. Se le ve al pícaro la barba como el fuego, y los ojos de león. Se +le ve a la Caperucita el gorro colorado, y el delantal de lana. Cien mil +visitantes entran cada día en la Exposición. En lo alto de la torre +flota al viento la bandera de tres colores de la República Francesa.</p> + +<p>Por veintidós puertas se puede entrar a la Exposición. La entrada +hermosa es por el palacio del Trocadero, de forma de herradura, que +quedó de una Exposición de antes, y está ahora lleno de aquellos +trabajos exquisitos que hacían con plata para las iglesias y las mesas +de los príncipes los joyeros del tiempo de capa y espadón, cuando los +platos de comer eran de oro, y las copas de beber eran como los cálices. +Y del palacio se sale al jardín, que es la primera maravilla. De rosas +nada más, hay cuatro mil quinientas diferentes: hay una rosa casi azul. +En una tienda de listas blancas y rojas venden unas mujeres jóvenes las +podaderas afiladas, los rastrillos de acero pulido, las regaderas como +de juguete con que se trabaja en los jardines. La tierra está en +canteros, rodeados de acequias, por donde corre el agua clara, haciendo +a los canteros como islotes. Uno está lleno de pensamientos negros; y +otro de fresas como corales, escondidas entre las hojas verdes; y otro +de chícharos, y de espárragos, que dan la hoja muy linda. Hay un cantero +rojo y amarillo, que es de tulipanes. Un rincón es de enredaderas, y el +de al lado de helechos gigantescos, con hojas como plumas. En un +laberinto flotan sobre el agua la ninfea, y el nelumbio rosado del +Indostán, y el loto del río Nilo, que parece una lira. Un bosque es de +árboles de copa de pico: pino, abeto. Otro es de árboles desfigurados, +que dan la fruta pobre, porque les quitan a las ramas su libertad +natural. Dentro de un cercado de cañas están los lirios y los cerezos +del Japón, en sus tibores de porcelana blanca y azul. Al pie de un +palmar, con las paredes de cuanto tronco hay, está el pabellón de Aguas +y Bosques, donde se ve cómo se ha de cuidar a los árboles, que dan +hermosura y felicidad a la tierra. A la sombra de un arce del Japón, +están, en tazas rústicas, la wellingtonia del Norte, que es el pino más +alto, y la araucaria, el pino de Chile.</p> + +<p>Por sobre un puente se pasa el río de París, el Sena famoso, y ya se ven +por todas partes los grupos de gente asombrada, que vienen de los +edificios de orillas del río, donde está la Galería del Trabajo, en que +cuecen los bizcochos en un horno enorme, y destilan licor del alambique +de bronce rojo, y en la máquina de cilindro están moliendo chocolate con +el cacao y el azúcar, y en las bandejas calientes están los dulceros de +gorro blanco haciendo caramelos y yemas: todo lo de comer se ve en la +Galería, una montaña de azúcar, un árbol de ciruelas pasas, una columna +de jamones: y en la sala de vinos, un tonel donde cabrían quince +convidados a la mesa, y un mapa de relieve, que todos quieren ver a un +tiempo, donde está todo el arte del vino,—la cepa con los racimos, los +hombres cogiendo en cestos la uva en el mes de la vendimia, la artesa +donde fermenta la vid machucada, la cueva fría donde ponen el mosto a +reposar, y luego el vino puro, como topacio deshecho, y la botella de +donde salta con su espuma olorosa el champaña. Cerca está la historia +entera del cultivo del campo, en modelos de realce, y en cuadros y +libros; y un pabellón de arados de acero relucientes; y una colmena de +abejas de miel, junto al moral de hoja velluda en que se cría el gusano +de seda; y los semilleros de peces, que nacen de los huevos presos en +cajones de agua, y luego salen a crecer a miles por la mar y los ríos +Los más admirados son los que vienen de ver las cuarenta y tres +Habitaciones del Hombre. La vida del hombre está allí desde que apareció +por primera vez en la tierra, peleando con el oso y el rengífero, para +abrigarse de la helada terrible con la piel, acurrucado en su cueva. Así +nacen los pueblos hoy mismo. El salvaje imita las grutas de los bosques +o los agujeros de la roca: luego ve el mundo hermoso, y siente con el +cariño deseo de regalar, y se mira el cuerpo en el agua del río, y va +imitando en la madera y la piedra de sus casas todo lo que le parece +hermosura, su cuerpo de hombre, los pájaros, una flor, el tronco y la +copa de los árboles. Y cada pueblo crece imitando lo que ve a su +alrededor, haciendo sus casas como las hacen sus vecinos, enseñándose en +sus casas como es, si de clima frío o de tierra caliente, si pacífico o +amigo de pelear, si artístico y natural, o vano y ostentoso. Allí están +las chozas de piedra bruta, y luego pulida, de los primeros hombres: la +ciudad lacustre del tiempo en que levantaban las casas en el lago sobre +pilares, para que no las atacasen las fieras; las casas altas, cuadradas +y ligeras, de mirador corrido, de los pueblos de sol que eran antes las +grandes naciones, el Egipto sabio, la Fenicia comerciante, la Asiria +guerreadora. La casa del Indostán es alta como ellas. La de Persia es ya +un castillo, de rica loza azul, porque allí saltan del suelo las piedras +preciosas, y las flores y las aves son de mucho color. Parece una +familia de casas la de los hebreos, los griegos y los romanos, todas de +piedra, y bajas, con tejado o azotea; y se ve, por lo semejantes, que +eran del país la casa etrusca y la bizantina. Por el norte de Europa +vivían entonces los hunos bárbaros como allí se ve, en su tienda de +andar; y el germano y el galo en sus primeras casas de madera, con el +techo de paja. Y cuando con las guerras se juntaron los pueblos, tuvo +Rusia esa casa de adornos y colorines, como la casa hindú, y los +bárbaros pusieron en sus caserones la piedra labrada y graciosa de los +italianos y los griegos. Luego, al fin de la edad que medió entre +aquella pelea y el descubrimiento de América, volvieron los gustos de +antes, de Grecia y de Roma, en las casas graciosas y ricas del +Renacimiento. En América vivían los indios en palacios de piedra con +adornos de oro, como ese de los aztecas de México, y ese de los incas +del Perú. Al moro de África se le ve, por su casa de piedra bordada, que +conoció a los hebreos, y vivió en bosques de palmeras, defendiéndose de +sus enemigos desde la torre, viendo en el jardín a la gacela entre las +rosas, y en la arena de la orilla los caprichos de espuma de la mar. El +negro del Sudán, con su casa blanca de techo rodeado de campanillas, +parece moro. El chino ligero, que vive de pescado y arroz, hace su casa +de tabla y de bambú. El japonés vive tallando el marfil, en sus casas de +estera y tabloncillo. Allí se ve donde habitan ahora los pueblos +salvajes, el esquimal en su casa redonda de hielo, en su tienda de +pieles pintadas el indio norteamericano: pintadas de animales raros y +hombres de cara redonda, como los que pintan los niños.</p> + +<p>Pero adonde va el gentío con un silencio como de respeto es a la torre +Eiffel, el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el +portal de la Exposición. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios, +sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta +el segundo estrado de la torre, alto como la pirámide de Cheops: de allí +fina como un encaje, valiente como un héroe, delgada como una flecha, +sube más arriba que el monumento de Washington, que era la altura mayor +entre las obras humanas, y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo +azul, con la campanilla, como la cabeza de los montes, coronado de +nubes.—Y todo, de la raíz al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo +apenas se levantó por el aire. Los cuatro pies muerden, como raíces +enormes, en el suelo de arena. Hacia el río, por donde caen dos de los +pies, el suelo era movedizo, le hundieron dos cajones, les sacaron de +adentro la arena floja, y los llenaron de cimiento seguro. De las cuatro +esquinas arrancaron, como para juntarse en lo alto, los cuatro pies +recios: con un andamio fueron sosteniendo las piezas más altas, que se +caían por la mucha inclinación: sobre cuatro pilares de tablones habían +levantado el primer estrado, que como una corona lleva alrededor los +nombres de los grandes ingenieros franceses: allá en el aire, una mañana +hermosa, encajaron los cuatro pies en el estrado, como una espada en una +vaina, y se sostuvo sin parales la torre: de allí, como lanzas que +apuntaban al cielo, salieron las vergas delicadas: de cada una colgaba +una grúa: allá arriba subían, danzando por el aire, los pedazos nuevos: +los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero al +cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabellón de la +patria en el asta enemiga: así, acostados de espalda, puestos de cara el +vacío, sujetos a la verga que el viento sacudía como una rama, los +obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban en invierno, en el +remolino del vendabal y de la nieve, las piezas de esquina, los +cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre el universo, como si +fuera a colgarse del cielo, aquella blonda calada: en su navecilla de +cuerdas se balanceaban, con la brocha del rojo en las manos, los +pintores. ¡El mundo entero va ahora como moviéndose en la mar, con todos +los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre en el +mástil! Los vientos se echan sobre la torre, como para derribar a la que +los desafía, y huyen por el espacio azul, vencidos y despedazados.—Allá +abajo la gente entra, como las abejas en el colmenar: por los pies de la +torre suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores +inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos, +hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre el +tejido como en grandes triángulos azules de cabeza cortada, de picos +agudos. Del Primer estrado abierto, con sus cuatro hoteles curiosos, se +sube, por la escalinata de hélice, al descanso segundo, donde se escribe +y se imprime un diario, a la altura de la cúpula de San Pedro. El +cilindro de la prensa da vueltas: los diarios salen húmedos: al +visitante le dan una medalla de plata. Al estrado tercero suben los +valientes, a trescientos metros sobre la tierra y el mar, donde no se +oye el ruido de la vida, y el aire, allá en la altura, parece que limpia +y besa: abajo la ciudad se tiende, muda y desierta, como un mapa de +relieve: veinte leguas de ríos que chispean, de valles iluminados, de +montes de verde negruzco, se ven con el anteojo; sobre el estrado se +levanta la campanilla, donde dos hombres, en su casa de cristal, +estudian los animales del aire, la carrera de las estrellas, y el camino +de los vientos. De una de las raíces de la torre sube culebreando por el +alambre vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro +que derrama sobre París sus ríos de luz blanca, roja y azul, como la +bandera de la patria. En lo alto de la cúpula, ha hecho su nido una +golondrina.</p> + +<p>Por debajo de la torre se va, sin poder hablar del asombro, a lo +jardines llenos de fuentes, y rodeados de palacios, y el más grande de +todos al fondo, donde caben las muestras de cuanto se trabaja en la +humanidad, con la puerta de hierro bordado y lleno de guirnaldas, como +se labraba antes el oro de los ricos; y sobre el portón, imitando la +bóveda del cielo, la cúpula de porcelanas relucientes; y en la corona, +abriendo las alas como para volar, una mujer que lleva en la mano una +rama de oliva: a la entrada del pórtico está, con una mano en la cabeza +de un león, la Libertad, en bronce. Y delante de la gran fuente, donde +van por el agua los hombres y mujeres que los poetas de antes dicen que +hubo en la mar, las nereidas y los tritones, llevando en hombros, como +si fueran en triunfo, la barca donde, en figuras de héroes y heroínas, +el progreso, la ciencia, y el arte dan vivas a la república, sentada más +alta que todos, que levanta la antorcha encendida sobre sus alas. A cada +lado del jardín desde el palacio grande hasta la torre, hay otro palacio +de oros y esmaltes, uno para las estatuas y los cuadros, donde están los +paisajes ingleses de montes y animales, las pinturas graciosas de los +italianos, con campesinos y con niños, los cuadros españoles de muertes +y de guerra, con sus figuras que parecen vivas, y la historia elegante +del mundo en los cuadros de Francia. De las Bellas Artes le llaman a +ése, y al del otro lado, el palacio de las Artes Liberales, que son las +de los trabajos de utilidad, y todas las que no sirven para mero adorno. +La historia de todo se ve allí: del grabado, la pintura, la escultura, +las escuelas, la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de +todo, entre agujas y ruedas de reloj. Allí se ve, en miniatura de cera, +a los chinos observando en su torre los astros del cielo; allí está el +químico Lavoisier, de medias de seda y chupa azul, soplando en su +retorta, para ver como está hecho el pedrusco que cayó a la tierra de +una estrella rota y fría; allí, entre las figuras de las diferentes +razas del hombre, están sentados por tierra, trabajando el pedernal, +como los que desenterraron en Dinamarca hace poco, cabezudos y fuertes, +los hombres de la edad de bronce.</p> + +<p>Y ya estamos al pie de la torre: un bosque tiene a un lado, y otro +bosque al otro. Uno tiene más verde, y es como una selva de recreo, con +su casa sueca de pino, llenas de flores las ventanas, a la orilla de un +lago; y la isba de puerta bordada y techo de picos en que vive el +labrador ruso; y la casa linda de madera, con ventanas de triángulo, en +que pasa los meses de nevada el finlandés, enseñando a sus hijos a +pintar y a pensar, a amar a los poetas de Finlandia, y a componer el +arpón de la pesca y el trineo de la cacería, mientras talla el abuelo el +granito como ópalo, o saca botes y figuras de una rama seca, y las +mujeres de gorro alto y delantal tejen su encaje fino, junto a la +chimenea de madera labrada. Hay teatro allí, y lecherías, y una casa de +anchos comedores, y criados de chaqueta negra, que pasan con las +botellas de vino en cestos a la hora de comer, cuando los pájaros cantan +en los árboles. Pero al otro lado es donde se nos va el corazón, porque +allí están, al pie de la torre, como los retoños del plátano alrededor +del tronco, los pabellones famosos de nuestras tierras de América, +elegantes y ligeros como un guerrero indio: el de Bolivia como el casco, +el de México como el cinturón, el de la Argentina como el penacho de +colores: ¡parece que la miran como los hijos al gigante! ¡Es bueno tener +sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan! El de Brasil está allí +también, como una iglesia de domingo en un palmar, con todo lo que se da +en sus selvas tupidas, y vasos y urnas raras de los indios marajos del +Amazonas, y en una fuente una victoria regia en que puede navegar un +niño, y orquídeas de extraña flor, y sacos de café, y montes de +diamantes. Brilla un sol de oro allí por sobre los árboles y sobre los +pabellones, y es el sol argentino, puesto en lo alto de la cúpula, +blanca y azul como la bandera del país, que entre otras cuatro cúpulas +corona, con grupos de estatuas en las esquinas del techo, el palacio de +hierro dorado y cristales de color en que la patria del hombre nuevo de +América convida al mundo lleno de asombro, a ver lo que puede hacer en +pocos años un pueblo recién nacido que habla español, con la pasión por +el trabajo y la libertad ¡con la pasión por el trabajo!: ¡mejor es morir +abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los +brazos cruzados! Una estatua señala a la puerta un mapa donde se ve de +realce la república, con el río por donde entran al país los vapores +repletos de gente que va a trabajar; con las montañas que crían sus +metales, y las pampas extensas, cubiertas de ganados. De relieve está +allí la ciudad modelo de La Plata, que apareció de pronto en el llano +silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes, y +escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve allí, y +todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia: mil cueros, mil +lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca en la sala de +enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, paños. Cuanto el hombre ha +hecho, el argentino lo intenta hacer. De noche, cuando el gentío llama a +la puerta, se encienden a la vez, en sus globos de cristal blanco y +azul, y rojo y verde, las mil luces eléctricas del palacio.</p> + +<p>Como con un cinto de dioses y de héroes está el templo de acero de +México, con la escalinata solemne que lleva al portón, y en lo alto de +él el sol Tonatiuh, viendo como crece con su calor la diosa Cipactli, +que es la tierra: y los dioses todos de la poesía de los indios, los de +la caza y el campo, los de las artes y el comercio, están en los dos +muros que tiene la puerta a los lados, como dos alas; y los últimos +valientes, Cacama, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, que murieron en la pelea, o +quemados en las parrillas, defendiendo de los conquistadores la +independencia de su patria: dentro, en las pinturas ricas de las +paredes, se ve como eran los mexicanos de entonces, en sus trabajos y en +sus fiestas, la madre viuda dando su parecer entre los regidores de la +ciudad, los campesinos sacando el aguamiel del tronco del agave, los +reyes haciéndose visitas en el lago, en sus canoas adornadas de flores. +¡Y ese templo de acero lo levantaron, al pie de la torre, dos mexicanos, +como para que no les tocasen su historia, que es como madre de un país, +los que no la tocaran como hijos!: ¡así se debe querer a la tierra en +que uno nace: con fiereza, con ternura! Las cortinas hermosas, las +vidrieras de caoba en que están las filigranas de plata, los tejidos de +fibras, las esencias de olor, los platos de esmalte y las jarras de +barniz, los ópalos, los vinos, los arneses, los azúcares; todo tiene por +adorno letras y figuras indias. Vivos parecen, con sus trajes de cuero +de flecos y galones, y sus sombreros anchos con trenzado de plata y oro, +y su zarape al hombro, de seda de color, vivos como si fueran a montar a +caballo, los maniquíes del estanciero rico, del joven elegante que cuida +de su hacienda, y sabe «voltear» un toro. A la puerta, a un lado, +troncos colosales de madera fina repulida; y al otro, de color de rosa y +verdemar, la pirámide del mármol transparente de la tierra, del ónix que +parece nube cuajada de la puesta de sol. Del techo cuelga, verde y +blanca y roja, la bandera del águila.</p> + +<p>Y juntos como hermanos, están otros pabellones más: el de Bolivia, la +hija de Bolívar, con sus cuatro torres graciosas de cúpula dorada, lleno +de cuarzos de mineral riquísimo, de restos del hombre salvaje y los +animales como montes que hubo antes en América, y de hojas de coca, que +dan fuerza al cansado para seguir andando: el del Ecuador, que es un +templo inca, con dibujos y adornos como los que los indios de antes +ponían en los templos del Sol, y adentro los metales y cacaos famosos, y +tejidos y bordados de mucha finura, en mostradores de cristal y de oro: +el pabellón de Venezuela, con su fachada como de catedral, y en la sala +espaciosa tanta muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros +de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos: el pabellón de +Nicaragua con su tejado rojo, como los de las casas del país, y sus +salones de los lados, con los cacaos y vainillas de aroma y aves de +plumas de oro y esmeralda, y piedras de metal con luces de arco iris, y +maderos que dan sangre de olor; y en la sala del centro, el mapa del +canal que van a abrir de un mar a otro de América, entre los restos de +las ruinas. Tiene ventanas anchas como las casas salvadoreñas, y un +balcón de madera muy hermoso, el pabellón del Salvador, que es país +obrero, que inventa y trabaja fino, y en el campo cultiva la caña y el +café, y hace muebles como los de París, y sedas como las de Lyon, y +bordados como los de Burano, y lanas de tinte alegre, tan buenas como +las inglesas, y tallados de mucha gracia en la madera y en el oro. Por +un pórtico grandioso se entra, entre sacos de trigo y muestras de +mineral, al palacio de hierro de Chile: allí la madera fuerte de los +bosques del indio araucano, los vinos topacios y rojos, las barras de +plata y oro mate, las artes todas de un pueblo que no se quiere quedar +atrás, la sal y el arbusto colorado del desierto: al fondo hay como un +jardín: las paredes están llenas de cuadros de números.</p> + +<p>Y allí, al lado de Chile, entraríamos ahora al Palacio de los Niños, +donde juegan los chiquitines al caballito y al columpio, y ven hacer +barcos de cristal de Venecia, y las muñecas que hace el japonés, +envolviendo con el palitroque alrededor de una varita las pastas blandas +de colores diferentes: y hace un daimio con su sable, y un Mikado de +ahora, con su levita a la francesa: ¡oh, el teatro! ¡oh, el hombre que +está haciendo los confites! ¡oh, el perro que sabe multiplicar! ¡oh, el +gimnasta que anda a caballo en una rueda! ¡y el palacio es de juguetes +todo por afuera, desde el quicio hasta los banderines del techo! Pero, +si no tenemos tiempo, ¿cómo hemos de pararnos a jugar, nosotros, niños +de América, si todavía hay tanto que ver, si no hemos visto todos los +pabellones de nuestras tierras americanas? ¿Y esta casa de madera tan +franca y tan amiga, que convida a la gente a entrar a ver todo lo que da +la tierra volcánica de su país, uva y café, enredaderas y tigres, cocos +y pájaros, y los lleva a su colgadizo con cortinas, a tomar en jícaras +labradas su chocolate de espuma?: es el de Guatemala ese pabellón +generoso. Y ese otro elegante, con tantas maderas, es el de la tierra +donde se saben defender con ramas de árboles de los que vienen de afuera +a quitarles el país: de Santo Domingo. Ese otro es del Paraguay, ese de +la torre de mirador, con las ventanas y puertas como de nación de mucho +bosque, que imita en sus casas las grutas y los arcos de los árboles. Y +ese otro suntuoso que tiene torres como lanzas y alegría como de salón; +ese que ha dado una parte de sus salas a dos pueblos de nuestra +familia,—a Colombia, que tiene ahora mucho que hacer, al Perú, que está +triste después de una guerra que tuvo,—ése es el pueblo bravo y cordial +de Uruguay, que trabaja con arte y placer, como el de Francia, y peleó +nueve años contra un mal hombre que lo quería gobernar, y tiene un poeta +de América que se llama Magariños: vive de sus ganados el Uruguay, y no +hay pueblo en el mundo que haya inventado tantos modos de conservar la +carne buena, en el tasajo seco, en caldos que parecen vino, en la pasta +negra de Liebig, y en bizcochos sabrosos: y en la torre, que se parece a +una lanza, flota, como llamando a los hombres buenos, la bandera del +sol, de listas blancas y azules.</p> + +<p>¡Y tener que pasar tan de prisa por los palacios de una tierra enana +como Holanda, donde no hay holandés que no sea feliz, y viva como en +pueblo grande, por su trabajo de marino, de ingeniero, de impresor, de +tejedor de encajes, de tallador de diamantes; de un pueblo como Bélgica, +que sabe tanto de cultivos, y de hacer carruajes, y casas, y armas, y +lozas, y tapices, y ladrillos! No podemos ver el pabellón de Suiza, con +su escuela modelo, sus quesos como ruedas y su taller de relojes; ni el +de Hawai, que es país donde todos saben leer, y trabaja el hombre de la +isla, al pie del volcán de fuego, la lava y la pluma; ni el de la +República de San Marino—¿quién sabe dónde está San Marino?—con sus +cristales pintados famosos y sus familias de escultores. Esa de la +puerta tallada de colores es Servia, de cerca de Rusia, donde hacen +tapicería fina y mosaicos, y ese comedor, con su techo de aleros, es de +Rumania, donde el más pobre viste de paños bordados, y comen la carne +casi cruda con mucha pimienta en platos de madera, y beben leche de +búfalo. Está llena de sedas con recamos de flores y pájaros, llena de +palanquines y colmillos de elefante, esa casa de dos techos de Siam, el +pueblo de la ceremonia y del arroz. ¿Y a China quién no la conoce, con +su pabellón de tres torres, donde no caben las cortinas con árboles y +demonios de oro, ni las cajas de marfil con dibujos de relieve, ni el +tapiz donde están, con los siete colores de la luz, los pájaros que van +de corte por el aire, cuando llega el mes de mayo, a saludar al rey y la +reina, que son dos ruiseñores que fueron al cielo a ver quién se sienta +en las nubes, y se trajeron un nido de rayos de sol? ¡Oh, cuánto hay que +ver! ¿Y el palacio hindú, de rojo oscuro con los ornamentos blancos, +como los bordados de trencilla en un vestido de mujer, y tan tallado +todo, las ventanas menudas y la torre, como la fuente de mármol, las +columnas de pórfido, los leones de bronce que adornan la sala, colgada +de tapicerías? ¿Y el Japón, que es como la China, con más gracia y +delicadeza, y unos jardineros viejos que quieren mucho a los niños? ¿Y +Grecia, esa de la puerta baja con un muro a cada lado, con la historia +de antes en uno, antes de que los romanos la vencieran cuando fue +viciosa, y la vida del trabajo de hoy, en antigüedades, en mármoles +rojos, en sedas finas, en vinos olorosos, desde que resucitó con la +vuelta a la libertad, y tiene ciudades como Pireo, Siracusa, Corfú y +Patras, que valen ya por lo trabajadoras tanto como las cuatro famosas +de la Grecia vieja: Atenas, Esparta, Tebas y Corinto? ¿Y Persia, con su +entrada religiosa de mezquita, de techo de azul vivo, y adentro, entre +colgaduras verdes y amarillas, las cazoletas cinceladas de quemar los +olores, los chales de seda que caben por una sortija, los alfanjes de +puño enjoyado que cortan el hierro, las violetas azucaradas y las +conservas de hojas de rosa? ¿Y el bazar de los marroquíes, con su +arquería blanca que reluce al sol, y sus moros de turbante y babucha, +bruñendo cuchillos, tiñendo el cuero blando, trenzando la paja, labrando +a martillazos el cobre, bordando de hilo de oro el terciopelo? ¿Y la +calle del Cairo, que es una calle egipcia como en Egipto, unos comprando +albornoces, otros tejiendo la lana en el telar, unos pregonando sus +confites, y otros trabajando de joyeros, de torneros, de alfareros, de +jugueteros, y por todas partes, alquilando el pollino, los burreros +burlones, y allá arriba, envuelta en velos, la mora hermosa, que mira +desde su balcón de persianas caladas?</p> + +<p>¡Oh, no hay tiempo! Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el +atrevimiento que ablanda al verlo el corazón, y hace sentir como deseo +de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos. Volvamos al jardín. +Entremos por el pórtico del Palacio de las Industrias. Pasemos, con los +ojos cerrados, por la galería de las catorce puertas, donde cada palo +exhibe sus trabajos mejores, y cada industria compuso la puerta de su +departamento, la platería con platas y oros y dos columnas de piedra +azul, la locería con porcelana y azulejos, la de muebles con madera +esculpida como hojas de flor, y la de hierro con picos y martillos, y la +de armas con ruedas, cureñas, balas y cañones, y así todas. Por un +corredor que hace pensar en cosas grandes, se va a la escalera que lleva +al balcón del monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de +sol, una sala de hierro en que podrían moverse a la vez dos mil +caballos, en que podrían dormir treinta mil hombres. ¡Y toda está +cubierta de máquinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que +echan luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por +debajo de la tierra! En cuatro hileras están en el centro las máquinas +mayores. De un horno rojo les viene la fuerza. Viene por correas, que no +se ven de lo ligeras que andan. De cuatro filas de postes cuelgan las +ruedas de las correas. Alrededor, unidas, están todas las máquinas del +mundo, las que hacen polvo de acero, las que afilan las agujas. Unas +mujeres de delantal colorado trabajan el papel holandés. Un cilindro, +que parece un elefante que se mueve, está cortando sobres. Un mortero +separa el grano de trigo de la cáscara. Un anillo de hierro está en el +aire por la electricidad, sin nada que lo sujete. Allí se funden los +metales con que se hacen las letras de imprimir, allí se hace el papel +de tela o de madera, allí la prensa imprime el diario, lo echa del otro +lado, lo devuelve, húmedo. Una máquina echa aire en el pozo de una mina, +para que no se ahoguen los mineros. Otra aplasta la caña, y echa un +chorro de miel. ¡Pues da ganas de llorar, el ver las máquinas desde el +balcón! Rugen, susurran, es como la mar: el sol entra a torrentes. De +noche, un hombre toca un botón, los dos alambres de la luz se juntan, y +por sobre las máquinas, que parecen arrodilladas en la tiniebla, derrama +la claridad, colgado de la bóveda, el ciclo eléctrico. Lejos, donde +tiene Edison sus invenciones, se encienden de un chispazo veinte mil +luces, como una corona.</p> + +<p>Hay panoramas de París, y de Nápoles con su volcán, y del Mont Blanc, +que da frío verlo, y de la rada de Río Janeiro. Hay otro que es en el +centro como un puente de un buque, y parece por la pintura que está allí +el buque entero, y el cielo y el mar. Hay el palacio de las pinturas +finas de los acuarelistas, y otro, con adornos como de espejo, de los +que pintan al pastel. Hay los dos pabellones de París, donde se aprende +a cuidar una ciudad grande. Hay talleres por los arrabales de la +Exposición, donde se ve, ¡para que el egoísta aprenda a ser bueno!, el +trabajo del hombre en las minas de hulla, en el fondo del agua, en los +tanques donde hierve, como fango, el oro. Hay, allá lejos, negras y +feas, las hornallas donde echan el carbón para el vapor los hombres +tiznados. Pero adonde todos van es al campo que tiene delante el palacio +donde los soldados mancos y cojos cuidan la sepultura de piedra de +Napoleón, rodeada de banderas rotas: ¡y en lo alto del palacio, la +cúpula dorada! Todos van, a ver los pueblos extraños, a la Explanada de +los Inválidos. De paso no más veremos el palacio donde está todo lo de +pelear: el globo que va por el aire a ver por donde viene el enemigo: +las palomas que saben volar con el recado tan arriba que no las alcanzan +las balas: ¡y alguna les suele alcanzar, y la paloma blanca cae llena de +sangre en la tierra! De paso veremos, en el pabellón de la República del +África del Sur, el diamante imperial, que sacaron allá de la tierra, y +es el más grande del mundo. Aquí están las tiendas de los soldados, con +los fusiles a la puerta. Allí están, graciosas, las casas que los +hombres buenos quieren hacer a los trabajadores, para que vean luz los +domingos, y descansen en su casita limpia, cuando vienen cansados. Allí, +con su torre como la flor de la magnolia, está la pagoda de Cambodia, la +tierra donde ya no viven, porque murieron por la libertad, aquellos +Kmers que hacían templos más altos que los montes. Allí está, con sus +columnas de madera, el palacio de Cochinchina, y en el patio su estanque +de peces dorados, y los marcos de las puertas labrados a punta de +cuchillo, y, en el fondo, en la escalinata, dos dragones, con la boca +abierta, de loza reluciente. Parece chino el palacio de Anam, con sus +maderas pintadas de rojo y azul, y en el patio un dios gigante del +bronce de ellos, que es como cera muy fina de color de avellana, y los +techos y las columnas y las puertas talladas a hilos, como los nidos, o +a hojas menudas, como la copa de los árboles. Y por sobre los templos +hindús, con sus torres de colores y su monte de dioses de bronce a la +puerta, dioses de vientre de oro y de ojos de esmalte, está, lleno de +sedas y marfiles, de paños de plata bordados de zafiros, el Palacio +Central de todas las tierras que tiene Francia en Asia: en una sala, al +levantar una colgadura azul, ofrece una pipa de opio un elefante. Allá, +entre las palmeras, brilla, blanco y como de encaje, el minarete del +palacio de arquerías de Argel, por donde andan, como reyes presos, los +árabes hermosos y callados. Con sus puertas de clavos y sus azoteas, +lleno de moros tunecinos y hebreos de barba negra, bebiendo vino de oro +en el café, comprando puñales con letras del Corán en la hoja, está, +entre bosques de dátiles, el caserío de Túnez, hecho con piedras viejas +y lozas rotas de Cartago. Un anamita solo, sentado en cuclillas, mira, +con los ojos a medio cerrar, la pagoda de Angkor, la de la torre como la +flor de magnolia, con el dios Buda arriba, el Buda de cuatro cabezas.</p> + +<p>Y entre los palacios hay pueblos enteros de barro y de paja: el negro +canaco en su choza redonda, el de Futa-Jalón cociendo el hierro en su +horno de tierra, el de Kedugú, con su calzón de plumas, en la torre +redonda en que se defiende del blanco: y al lado, de piedra y con +ventanas de pelear, ¡la torre cuadrada en que veintiséis franceses +echaron atrás a veinte mil negros, que no podían clavar su lanza de +madera en la piedra dura! En la aldea de Anam, con las casas ligeras de +techo de picos y corredores, se ve al cochinchino, sentado en la estera +leyendo en su libro, que es una hoja larga, enrollada en un palo; y a +otro, un actor, que se pinta la cara de bermellón y de negro; y al bonzo +rezando, con la capucha por la cabeza y las manos en la falda. Los +javaneses, de blusa y calzón ancho, viven felices, con tanto aire y +claridad, en su kampong de casas de bambú: de bambú la cerca del pueblo, +las casas y las sillas, el granero donde guardan el arroz, y el tendido +en que se juntan los viejos a mandar en las cosas de la aldea, y las +músicas con que van a buscar a las bailarinas descalzas, de casco de +plumas y brazaletes de oro. El kabila, con su albornoz blanco, se pasea +a la puerta de su casa de barro, baja y oscura para que el extranjero +atrevido no entre a ver las mujeres de la casa, sentadas en el suelo, +tejiendo en el telar, con la frente pintada de colores. Detrás está la +tienda del kabila, que lleva a los viajes: el pollino se revuelca en el +polvo: el hermano echa en un rincón la silla de cuero bordado de oro +puro: el viejito a la puerta está montando en el camello a su nieto, que +le hala la barba.</p> + +<p>Y afuera, al aire libre, es como una locura. Parecen joyas que andan, +aquellas gentes de traje de colores. Unos van al café moro, a ver a las +moros bailar, con sus velos de gasa y su traje violeta, moviendo +despacio los brazos, como si estuvieran dormidas. Otros van al teatro +del kampong donde están en hileras unos muñecos de cucurucho, viendo con +sus ojos de porcelana a las bayaderas javanesas, que bailan como si no +pisasen, y vienen con los brazos abiertos, como mariposas. En un café de +mesas coloradas, con letras moras en las paredes, los aissauas, que son +como unos locos de religión, se sacan los ojos y se los dejan colgando, +y mascan cristal, y comen alacranes vivos, porque dicen que su dios les +habla de noche desde el cielo, y se los manda comer. Y en el teatro de +los anamitas, los cómicos vestidos de panteras y de generales, cuentan, +saltando y aullando, tirándose las plumas de la cabeza y dando vueltas, +la historia del príncipe que fue de visita al palacio de un ambicioso, y +bebió una taza de té envenenado. Pero ya es de noche, y hora de irse a +pensar, y los clarines, con su corneta de bronce, tocan a retirada. Los +camellos se echan a correr. El argelino sube al minarete, a llamar a la +oración. El anamita saluda tres veces, delante de la pagoda. El negro +canaco alza su lanza al cielo. Pasan, comiendo dulces, las bailarinas +moras. Y el cielo, de repente, como en una llamarada, se enciende de +rojo: ya es como la sangre: ya es como cuando el sol se pone: ya es del +color del mar a la hora del amanecer: ya es de un azul como si se +entrara por el pensamiento el cielo: ahora blanco, como plata: ahora +violeta, como un ramo de lilas: ahora, con el amarillo de la luz, +resplandecen las cúpulas de los palacios, como coronas de oro: allá +abajo, en lo de adentro de las fuentes, están poniendo cristales de +color entre la luz y el agua, que cae en raudales del color del cristal, +y echa al cielo encendido sus florones de chispas. La torre, en la +claridad, luce en el cielo negro como un encaje rojo, mientras pasan +debajo de sus arcos los pueblos del mundo.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="El_camaron_encantado" id="El_camaron_encantado"></a><a href="#toc">El camarón encantado</a></h2> + +<p class="center"><i>Cuento de magia del francés Laboulaye.</i></p> + + +<p>Allá por un pueblo del mar Báltico, del lado de Rusia, vivía el pobre +Loppi, en un casuco viejo, sin más compañía que su hacha y su mujer. El +hacha ¡bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que quiere decir «fresa +agria». Y era agria Masicas de veras, como la fresa silvestre. ¡Vaya un +nombre: Masicas! Ella nunca se enojaba, por supuesto, cuando le hacían +el gusto, o no la contradecían; pero si se quedaba sin el capricho, era +de irse a los bosques por no oírla. Se estaba callada de la mañana a la +noche, preparando el regaño, mientras Loppi andaba afuera con el hacha, +corta que corta, buscando el pan: y en cuanto entraba Loppi, no paraba +de regañarlo, de la noche a la mañana. Porque estaban muy pobres, y +cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor. De veras +que era pobre la casa de Loppi: las arañas no hacían telas en sus +rincones porque no había allí moscas que coger, y dos ratones que +entraron extraviados, se murieron de hambre.</p> + +<p>Un día estuvo Masicas más buscapleitos que de costumbre, y el buen +leñador salió de la casa suspirando, con el morral vacío al hombro: el +morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las papas que +le daban de limosna. Era muy de mañanita, y al pasar cerca de un charco +vio en la yerba húmeda uno que le pareció animal raro y negruzco, de +muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande por cierto: era un +enorme camarón. «¡Al saco el camarón!: con esta cena le vuelve el juicio +a esa hambrona de Masicas; ¿quién sabe lo que dice cuando tiene +hambre?»Y echó el camarón en el saco.</p> + +<p>Pero ¿qué tiene Loppi, que da un salto atrás, que le tiembla la barba, +que se pone pálido? Del fondo del saco salió una voz tristísima: el +camarón le estaba hablando:</p> + +<p>—Párate, amigo, párate, y déjame ir. Yo soy el más viejo de los +camarones: más de un siglo tengo yo: ¿qué vas a hacer con este carapacho +duro? Sé bueno conmigo, como tú quieres que sean buenos contigo.</p> + +<p>—Perdóname, camaroncito, que yo te dejaría ir; pero mi mujer está +esperando su cena, y si le digo que encontré el camarón mayor del mundo, +y que lo dejé escapar, esta noche sé yo a lo que suena un palo de escoba +cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas.</p> + +<p>—Y ¿por qué se lo has de decir a tu mujer?</p> + +<p>—¡Ay, camaroncito!: eso me dices tú porque no sabes quién es Masicas. +Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz, y uno se +deja llevar: Masicas me vuelve del revés, y me saca todo lo que tengo en +el corazón: Masicas sabe mucho.</p> + +<p>—Pues mira, leñador, que yo no soy camarón como parezco, sino una maga +de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentará, y si no me oyes, +toda la vida te has de arrepentir.</p> + +<p>—Tú contenta a Masicas, y yo te dejaré ir, que por gusto a nadie le +hago daño.</p> + +<p>—Dime qué pescado le gusta más a tu mujer.</p> + +<p>—Pues el que haya, camarón, que los pobres no escogen: lo que has de +hacer es que no vuelva yo con el morral vacío.</p> + +<p>—Pues ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di: +«¡Peces, al morral!»</p> + +<p>Y tantos peces entraron en el morral que casi se le iba Loppi de las +manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro.</p> + +<p>—Ya ves, leñador—le dijo el camarón,—que no soy desagradecido. Ven +acá todas las mañanas, y en cuanto digas: «¡Al morral, peces!» tendrás +el morral lleno, de los peces colorados, de los peces de plata, de los +peces amarillos. Y si quieres algo más, ven y dime así:</p> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i3">«Camaroncito duro,<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0"><i>Sácame del apuro»</i>:<br /></span> +</div></div> + +<p>y yo saldré, y veré lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio, y +no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy.</p> + +<p>—Probaré, señora maga, probaré—dijo el leñador; y puso en la yerba con +mucho cuidado el camarón milagroso, que se metió de un salto en el agua.</p> + +<p>Iba como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba, +pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya no podía +más de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar, primero un lucio +como de una vara, luego una carpa, radiante como el oro, luego dos +truchas, y un mundo de meros. Masicas abrazó a Loppi, y lo volvió a +abrazar, y le dijo: «¡leñadorcito mío!»</p> + +<p>—Ya ves, ya ves, Loppi, lo que nos sucede por haber oído a tu mujer y +salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y tráeme unos +ajos y cebollas, y tráeme unas setas: anda, anda al monte, leñadorcito, +que te voy a hacer una sopa que no la come el rey. Y la carpa la +asaremos: ni un regidor va a comer mejor que nosotros.</p> + +<p>Y fue muy buena por cierto la comida, porque Masicas no hacía sino lo +que quería Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoció, que era +como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al otro día no le +hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados. Y al otro, se puso a +hablar sola. Y el sábado, le sacó la lengua en cuanto lo vio venir. Y el +domingo, se le fue encima a Loppi, que volvía con su morral a cuestas.</p> + +<p>—¡Mal marido, mal hombre, mal compañero! ¡que me vas a matar a pescado! +¡que de verte el morral me da el alma vueltas!</p> + +<p>—Y ¿qué quieres que te traiga, pues?—dijo el pobre Loppi.</p> + +<p>—Pues lo que comen todas las mujeres de los leñadores honrados: una +sopa buena y un trozo de tocino.</p> + +<p>«Con tal—pensó Loppi—que la maga me quiera hacer este favor.»</p> + +<p>Y al otro día a la mañanita fue al charco, y se puso a dar voces:</p> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i1">«Camaroncito duro,<br /></span> +<span class="i0">Sácame del apuro.»<br /></span> +</div></div> + +<p>y el agua se movió, y salió una boca negra, y luego otra boca, y luego +la cabeza, con dos ojos grandes que resplandecían.</p> + +<p>—¿Qué quiere el leñador?</p> + +<p>—Para mí, nada; nada para mí, camaroncito: ¿qué he de querer yo? Pero +ya mi mujer se cansó del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo de +tocino.</p> + +<p>—Pues tendrá lo que quiere tu mujer—respondió el camarón.—Al sentarte +esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo meñique, y di a cada +golpe: «¡Sopa, aparece: aparece, tocino!»Y verás que aparecen. Pero ten +cuidado, leñador, que si tu mujer empieza a pedir, no va a acabar nunca.</p> + +<p>—Probaré, señora maga, probaré—dijo Loppi, suspirando.</p> + +<p>Como una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro día en +la mesa Masicas, que comió sopa dos veces, y tocino tres, y luego abrazó +a Loppi, y lo llamó: «Loppi de mi corazón».</p> + +<p>Pero a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa, se +puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los puños alzados:</p> + +<p>—¿Hasta cuándo me has de atormentar, mal marido, mal compañero, mal +hombre? ¿que una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca?</p> + +<p>—Pero ¿qué quieres, amor mío, qué quieres?</p> + +<p>—Pues quiero una buena comida, mal marido: un ganso asado, y unos +pasteles para postres.</p> + +<p>En toda la noche no cerró Loppi los ojos, pensando en el amanecer, y en +los puños alzados de Masicas, que le parecieron un ganso cada uno. Y a +paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del día. Y las +voces que daba parecían hilos, por lo tristes, por lo delgadas:</p> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i1">«Camaroncito duro,<br /></span> +<span class="i0">Sácame del apuro.»<br /></span> +</div></div> + +<p>—¿Qué quiere el leñador?</p> + +<p>—Para mí, nada: ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se está cansando +del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, señora maga. Pero mi mujer +se ha cansado, y quiere algo ligero, así como un gansito asado, así como +unos pastelitos.</p> + +<p>—Pues vuélvete a tu casa, leñador, y no tienes que venir cuando tu +mujer quiera cambiar de comida, sino pedírselo a la mesa, que yo le +mandaré a la mesa que se lo sirva.</p> + +<p>En un salto llegó Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y tirando +por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mesa de platos, cuando él +llegó, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra +de estaño: y el ganso con papas, y un pudín de ciruelas. Hasta un frasco +de anisete había en la mesa, con su forro de paja.</p> + +<p>Pero Masicas estaba pensativa. Y a Loppi ¿quién le daba todo aquello? +Ella quería saber: «¡Dímelo, Loppi!»Y Loppi se lo dijo, cuando ya no +quedaba del anisete más que el forro de paja, y estaba Masicas más dulce +que el anís. Pero ella prometió no decírselo a nadie: no había una +vecina en doce leguas a la redonda.</p> + +<p>A los pocos días, una tarde que Masicas había estado muy melosa, le +contó a Loppi muchos cuentos y le acabó así el discurso:</p> + +<p>—Pero, Loppi mío, ya tú no piensas en tu mujercita: comer, es verdad, +come mejor que la reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi, como +la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga no te tendrá a +mal que quieras vestir bien a tu mujercita.</p> + +<p>A Loppi le pareció que Masicas tenía mucha razón, y que no estaba bien +sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre. Pero la voz se +le resistía cuando a la mañanita llamó al camarón encantado:</p> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i1">«Camaroncito duro,<br /></span> +<span class="i0">Sácame del apuro.»<br /></span> +</div></div> + +<p>El camarón entero sacó el cuerpo del agua.</p> + +<p>—¿Qué quiere el leñador?</p> + +<p>—Para mí, nada; ¿qué puedo yo querer? Pero mi mujer está triste, señora +maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su señoría me dé poder +para tenerla con traje de señora.</p> + +<p>El camarón se echó a reír, y estuvo riendo un rato, y luego dijo a +Loppi: «Vuélvete a casa, leñador, que tu mujer tendrá lo que desea.»</p> + +<p>—¡Oh, señor camarón! ¡oh, señora maga! ¡déjeme que le bese la patica +izquierda, la que está del lado del corazón! ¡déjeme que se la bese!</p> + +<p>Y se fue cantando un canto que le había oído a un pájaro dorado que le +daba vueltas a una rosa: y cuando entró a su casa vio a una bella +señora, y la saludó hasta los pies; y la señora se echó a reír, porque +era Masicas, su linda Masicas, que estaba como un sol de la hermosura. Y +se tomaron los dos de la mano, y bailaron en redondo, y se pusieron a +dar brincos.</p> + +<p>A los pocos días Masicas estaba pálida, como quien no duerme, y con los +ojos colorados, como de mucho llorar. «Y dime, Loppi», le decía una +tarde, con un pañuelo de encaje en la mano: «¿de qué me sirve tener tan +buen vestido sin un espejo donde mirarme, ni una vecina que me pueda +ver, ni más casa que este casuco? Loppi, dile a la maga que esto no +puede ser.»Y lloraba Masicas, y se secaba los ojos colorados con su +pañuelo de encaje: «Dile, Loppi, a la maga que me dé un castillo +hermoso, y no le pediré nada más.»</p> + +<p>—¡Masicas, tú estás loca! Tira de la cuerda y se reventará. Conténtate, +mujer, con lo que tienes, que si no, la maga te castigará por ambiciosa.</p> + +<p>—¡Loppi, nunca serás más que un zascandil! ¡El que habla con miedo se +queda sin lo que desea! Háblale a la maga como un hombre. Háblale, que +yo estoy aquí para lo que suceda.</p> + +<p>Y el pobre Loppi volvió al charco, como con piernas postizas. Iba +temblando todo él. ¿Y si el camarón se cansaba de tanto pedirle, y le +quitaba cuanto le dio? ¿Y si Masicas lo dejaba sin pelo si volvía sin el +castillo? Llamó muy quedito:</p> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i1">«Camaroncito duro,<br /></span> +<span class="i0">Sácame del apuro.»<br /></span> +</div></div> + +<p>—¿Qué quiere el leñador?—dijo el camarón, saliendo del agua poco a +poco.</p> + +<p>—Nada para mí: ¿qué más podría yo querer? Pero mi mujer no está +contenta y me tiene en tortura, señora maga, con tantos deseos.</p> + +<p>—¿Y qué quiere la señora, que ya no va a parar de querer?</p> + +<p>—Pues una casa, señora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser +princesa del castillo, y no volverá a pedir nada más.</p> + +<p>—Leñador—dijo el camarón, con una voz que Loppi no le conocía:—tu +mujer tendrá lo que desea.—Y desapareció en el agua de repente.</p> + +<p>A Loppi le costó mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiado +todo el país, y en vez de matorrales había ganados y siembras hermosas, +y en medio de todo una casa muy rica con un jardín lleno de flores. Una +princesa bajó a saludarlo a la puerta del jardín, con un vestido de +plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas: «Ahora sí, Loppi, que +soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga es muy buena.»Y Loppi se +echó a llorar de alegría.</p> + +<p>Vivía Masicas con todo el lujo de su señorío. Los barones y las +baronesas se disputaban el honor de visitarla: el gobernador no daba +orden sin saber si le parecía bien: no había en todo el país quien +tuviera un castillo más opulento, ni coches con más oro, ni caballos más +finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus gallinas +de Guinea, sus faisanes de Terán, sus cabras eran suizas. ¿Qué le +faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar? Se lo dijo a +Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas quería algo más. Quería +ser reina Masicas:«¿No ves que para reina he nacido yo? ¿No ves, Loppi +mío, que tú mismo me das siempre la razón, aunque eres más terco que una +mula? Ya no puedo esperar, Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina.»</p> + +<p>Loppi no quería ser rey. Almorzaba bien, comía mejor; ¿a qué los +trabajos de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas decía a querer, no +había más remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol, +limpiándose los sudores, y con la sangre a medio helar. Llegó. Llamó.</p> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i1">«Camaroncito duro,<br /></span> +<span class="i0">Sácame del apuro.»<br /></span> +</div></div> + +<p>Vio salir del agua las dos bocas negras. Oyó que le decían «¿qué quiere +el leñador?»pero no tenía fuerzas para dar su recado. Al fin dijo +tartamudeando:</p> + +<p>—Para mí, nada: ¿qué pudiera yo pedir? Pero se ha cansado mi mujer de +ser princesa.</p> + +<p>—¿Y qué quiere ahora ser la mujer del leñador?</p> + +<p>—¡Ay, señora maga!: reina quiere ser.</p> + +<p>—¿Reina no más? Me salvaste la vida, y tu mujer tendrá lo que desea. +¡Salud, marido de la reina!</p> + +<p>Y cuando Loppi volvió a su casa, el castillo era un palacio, y Masica +tenía puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes, con sus +medias de seda y sus casaquines, iban detrás de la reina Masicas, +cargándole la cola.</p> + +<p>Y Loppi almorzó contento, y bebió en copa tallada su anisete más fino, +seguro de que Masicas tenía ya cuanto podía tener. Y dos meses estuvo +almorzando pechugas de faisán con vinos olorosos, y paseando por el +jardín con su capa de armiño y su sombrero de plumas, hasta que un día +vino un chambelán de casaca carmesí con botones de topacio, a decirle +que la reina lo quería ver, sentada en su trono de oro.</p> + +<p>—Estoy cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos +hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres. Ve a +ver a la maga por última vez. Ve: dile lo que quiero.</p> + +<p>—Pero ¿qué quieres entonces, infeliz? ¿Quieres reinar en el cielo donde +están los soles y las estrellas, y ser dueña del mundo?</p> + +<p>—Que vayas te digo, y le digas a la maga que quiero reinar en el cielo, +y ser dueña del mundo.</p> + +<p>—Que no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura.</p> + +<p>—Soy tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten la +cabeza.</p> + +<p>—Voy, mi reina, voy.—Y se echó al brazo el manto de armiño, y salió +corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba como si +le corrieran detrás, alzando los brazos, arrodillándose en el suelo, +golpeándose la casaca bordada de colores: «¡Tal vez—pensaba Loppi—tal +vez el camarón tenga piedad de mí!» Y lo llamó desde la orilla, con voz +como un gemido:</p> + +<div class="poem"><div class="stanza"> +<span class="i1">«Camaroncito duro,<br /></span> +<span class="i0">Sácame del apuro.»<br /></span> +</div></div> + +<p>Nadie respondió. Ni una hoja se movió. Volvió a llamar, con la voz como +un soplo.</p> + +<p>—¿Qué quiere el leñador?—respondió otra voz terrible.</p> + +<p>—Para mí, nada: ¿qué he de querer para mí? Pero la reina, mi mujer, +quiere que le diga a la señora maga su último deseo: el último, señora +maga.</p> + +<p>—¿Qué quiere ahora la mujer del leñador?</p> + +<p>Loppi, espantado, cayó de rodillas.</p> + +<p>—¡Perdón, señora, perdón! ¡Quiere reinar en el cielo, y ser dueña del +mundo!</p> + +<p>El camarón dio una vuelta en redondo, que le sacó al agua espuma, y se +fue sobre Loppi, con las bocas abiertas:</p> + +<p>—¡A tu rincón, imbécil, a tu rincón! ¡los maridos cobardes hacen a las +mujeres locas! ¡abajo el palacio, abajo el castillo, abajo la corona! ¡A +tu casuca con tu mujer, marido cobarde! ¡A tu casuca con el morral +vacío!</p> + +<p>Y se hundió en el agua, que silbó como cuando mojan un hierro caliente.</p> + +<p>Loppi se tendió en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levantó, +no tenía en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo el +manto de armiño, ni vestía la casaca bordada de colores. El camino era +oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados y pinos enfermos +eran la única arboleda. El suelo era, como antes, de pozos y pantanos. +Cargaba a la espalda su morral vacío. Iba, sin saber que iba, mirando a +la tierra.</p> + +<p>Y de pronto sintió que le apretaban el cuello dos manos feroces.</p> + +<p>—¿Estás aquí, monstruo? ¿Estás aquí, mal marido? ¡Me has arruinado, mal +compañero! ¡Muere a mis manos, mal hombre!</p> + +<p>—¡Masicas, que te lastimas! ¡Oye a tu Loppi, Masicas!</p> + +<p>Pero las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron, y +cayó muerta, muerta de la furia. Loppi se sentó a sus pies, le compuso +los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada el morral vacío. Por +la mañana, cuando salió el sol, Loppi estaba tendido junto a Masicas, +muerto.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="El_Padre_las_Casas" id="El_Padre_las_Casas"></a><a href="#toc">El Padre las Casas.</a></h2> + + +<p>Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos años. Cuatrocientos años hace +que vivió el Padre las Casas, y parece que está vivo todavía, porque fue +bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque +con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era +hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de +tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa. Y +otras veces se levantaba del sillón, como si le quemase: se apretaba las +sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parecía +como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro +famoso de la <i>Destrucción de las Indias</i>, los horrores que vio en las +Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se le encendían +los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena +de lágrimas. Así pasó la vida, defendiendo a los indios.</p> + +<p>Aprendió en España a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y +vino con Colón a la isla Española en un barco de aquellos de velas +infladas y como cáscara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con muchos +latines. Decían los marineros que era grande su saber para un mozo de +veinticuatro años. El sol, lo veía él siempre salir sobre cubierta. Iba +alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero desde que +llegó, empezó a hablar poco. La tierra, sí, era muy hermosa, y se vivía +como en una flor: ¡pero aquellos conquistadores asesinos debían de venir +del infierno, no de España! Español era él también, y su padre, y su +madre; pero él no salía por las islas Lucayas a robarse a los indios +libres: ¡porque en diez años ya no quedaba indio vivo de los tres +millones, o más, que hubo en la Española!: él no los iba cazando con +perros hambrientos, para matarlos a trabajo en las minas: él no les +quemaba las manos y los pies cuando se sentaban porque no podían andar, +o se les caía el pico porque ya no tenían fuerzas: él no los azotaba, +hasta verlos desmayar, porque no sabían decirle a su amo donde había más +oro: él no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio +de la mesa no pudo con la carga que traía de la mina, y le mandó cortar +en castigo las orejas: él no se ponía el jubón de lujo, y aquella capa +que llamaban ferreruelo, para ir muy galán a la plaza a las doce, a ver +la quema que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los +cinco indios. El los vio quemar, los vio mirar con desprecio desde la +hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso más que el jubón negro ni +cargó caña de oro, como los otros licenciados ricos y regordetes, sino +que se fue a consolar a los indios por el monte, sin más ayuda que su +bastón de rama de árbol.</p> + +<p>Al monte se habían ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban +en la Española. Como amigos habían recibido ellos a los hombres blancos +de las barbas: ellos les habían regalado con su miel y su maíz, y el +mismo rey Behechío le dio de mujer a un español hermoso su hija +Higuemota, que era como la torcaza y como la palma real: ellos les +habían enseñado sus montañas de oro, y sus ríos de agua de oro, y sus +adornos, todos de oro fino, y les habían puesto sobre la coraza y +guanteletes de la armadura pulseras de las suyas, y collares de oro: ¡y +aquellos hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus +indias, y sus hijos; los metían en lo hondo de la mina, a halar la carga +de piedra con la frente; se los repartían, y los marcaban con el hierro, +como esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel +país de pájaros y de frutas los hombres eran bellos y amables; pero no +eran fuertes. Tenían el pensamiento azul como el cielo, y claro como el +arroyo; pero no sabían matar, forrados de hierro, con el arcabuz cargado +de pólvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no se puede +atravesar una coraza. Caían, como las plumas y las hojas. Morían de +pena, de furia, de fatiga, de hambre, de mordidas de perros. ¡Lo mejor +era irse al monte, con el valiente Guaroa, y con el niño Guarocuya, a +defenderse con las piedras, a defenderse con el agua, a salvar al +reyecito bravo, a Guairocuya! El saltaba el arroyo, de orilla a orilla; +él clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la +cabeza iba él; se le oía la risa de noche, como un canto; lo que él no +quería era que lo llevase nadie en hombros. Así iban por el monte, +cuando se les apareció entre los españoles armados el Padre las Casas, +con sus ojos tristísimos, en su jubón y su ferreruelo. El no les +disparaba el arcabuz: él les abría los brazos. Y le dio un beso a +Guarocuya.</p> + +<p>Ya en la isla lo conocían todos, y en España hablaban de él. Era flaco, +y de nariz muy larga, y la ropa se le caía del cuerpo, y no tenía más +poder que el de su corazón; pero de casa en casa andaba echando en cara +a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas; iba a +palacio, a pedir al gobernador que mandase cumplir las ordenanzas +reales; esperaba en el portal de la audiencia a los oidores, caminando +de prisa, con las manos a la espalda, para decirles que venía lleno de +espanto, que había visto morir a seis mil niños indios en tres meses. Y +los oidores le decían: «Cálmese, licenciado, que ya se hará justicia»: +se echaban el ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los +encomenderos, que eran los ricos del país, y tenían buen vino y buena +miel de Alcarria. Ni merienda ni sueño había para las Casas: sentía en +sus carnes mismas los dientes de los molosos que los encomenderos tenían +sin comer, para que con el apetito les buscasen mejor a los indios +cimarrones: le parecía que era su mano la que chorreaba sangre, cuando +sabía que, porque no pudo con la pala, le habían cortado a un indio la +mano: creía que él era el culpable de toda la crueldad, porque no la +remediaba; sintió como que se iluminaba y crecía, y como que eran sus +hijos todos los indios americanos. De abogado no tenía autoridad, y lo +dejaban solo: de sacerdote tendría la fuerza de la Iglesia, y volvería a +España, y daría los recados del cielo, y si la corte no acababa con el +asesinato, con el tormento, con la esclavitud, con las minas, haría +temblar a la corte. Y el día en que entró de sacerdote, toda la isla fue +a verlo, con el asombro de que tomara aquella carrera un licenciado de +fortuna: y las indias le echaron al pasar a sus hijitos, a que le +besasen los hábitos.</p> + +<p>Entonces empezó su medio siglo de pelea, para que los indios no fuesen +esclavos; de pelea en las Américas; de pelea en Madrid; de pelea con el +rey mismo: contra España toda, él solo, de pelea. Colón fue el primero +que mandó a España a los indios en esclavitud, para pagar con ellos las +ropas y comidas que traían a América los barcos españoles. Y en América +había habido repartimiento de indios, y cada cual de los que vino de +conquista, tomó en servidumbre su parte de la indiada, y la puso a +trabajar para él, a morir para él, a sacar el oro de que estaban llenos +los montes y los ríos. La reina, allá en España, dicen que era buena, y +mandó a un gobernador que sacase a los indios de la esclavitud; pero los +encomenderos le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos, y su +porción en las ganancias, y fueron más que nunca los muertos, las manos +cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se echaban de cabeza +al fondo de las minas. «Yo, he visto traer a centenares maniatadas a +estas amables criaturas, y darles muerte a todas juntas, como a las +ovejas.»Fue a Cuba de cura con Diego Velázquez, y volvió de puro horror, +porque antes que para hacer casas, derribaban los árboles para ponerlos +de leñas a las quemazones de los taínos. En una isla donde había +quinientos mil, «vio con sus ojos»los indios que quedaban: once. Eran +aquellos conquistadores soldados bárbaros, que no sabían los +mandamientos de la ley, ¡y tomaban a los indios de esclavos, para +enseñarles la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche, +desvelado de la angustia, hablaba con su amigo Rentería, otro español de +oro. ¡Al rey había que ir a pedir justicia, al rey Fernando de Aragón! +Se embarcó en la galera de tres palos, y se fue a ver al rey.</p> + +<p>Seis veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre que «no +probaba carne». Ni al rey le tenía él miedo, ni a la tempestad. Se iba a +cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el día en +el puente, apuntando sus razones en papel de hilo, y dando a que le +llenaran de tinta el tintero de cuerno, «porque la maldad no se cura +sino con decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo +donde no me la pueda negar nadie, en latín y en castellano». Si en +Madrid estaba el rey, antes que a la posada a descansar del viaje, iba +al palacio. Si estaba en Viena, cuando el rey Carlos de los españoles +era emperador de Alemania, se ponía un hábito nuevo, y se iba a Viena. +Si era su enemigo Fonseca el que mandaba en la junta de abogados y +clérigos que tenía el rey para las cosas de América, a su enemigo se iba +a ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista Oviedo, +el de la «Natural Historia de las Indias», había escrito de los +americanos las falsedades que los que tenían las encomiendas le mandaban +poner, le decía a Oviedo mentiroso, aunque le estuviera el rey pagando +por escribir las mentiras. Si Sepúlveda, que era el maestro del rey +Felipe, defendía en sus «Conclusiones»el derecho de la corona a repartir +como siervos, y a dar muerte a los indios, porque no eran cristianos, a +Sepúlveda le decía que no tenían culpa de estar sin la cristiandad los +que no sabían que hubiera Cristo, ni conocían las lenguas en que de +Cristo se hablaba, ni tenían más noticia de Cristo que la que les habían +llevado los arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las cejas, +como para cortarle el discurso, crecía unas cuantas pulgadas a la vista +del rey, se le ponía ronca y fuerte la voz, le temblaba en el puño el +sombrero, y al rey le decía, cara a cara, que el que manda a los hombres +ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y +que lo había de oír en paz, porque él no venía con manchas de oro en el +vestido blanco, ni traía más defensa que la cruz.</p> + +<p>O hablaba, o escribía, sin descanso. Los frailes dominicanos lo +ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho años, +escribiendo. Sabía religión y leyes, y autores latinos, que era cuanto +en su tiempo se aprendía; pero todo lo usaba hábilmente para defender el +derecho del hombre a la libertad, y el deber de los gobernantes de +respetárselo. Eso era mucho decir, porque por eso quemaban entonces a +los hombres. Llorente, que ha escrito la «Vida de Las Casas» escribió +también la «Historia de la Inquisición» que era quien quemaba: el rey +iba de gala a ver la quemazón, con la reina y los caballeros de la +corte: delante de los condenados venían cantando los obispos, con un +estandarte verde: de la hoguera salía un humo negro. Y Fonseca y +Sepúlveda querían que «el clérigo»las Casas dijese en sus disputas algún +pecado contra la autoridad de la Iglesia, para que los inquisidores lo +condenaran por hereje. Pero «el clérigo»le decía a Fonseca: «¡Lo que yo +digo es lo que dijo en su testamento la buena reina Isabel; y tú me +quieres mal y me calumnias, porque te quito el pan de sangre que comes, +y acuso la encomienda de indios que tienes en América!»Y a Sepúlveda, +que ya era confesor de Felipe II, le decía: «Tú eres disputador famoso, +y te llaman el Livio de España por tus historias; pero yo no tengo miedo +al elocuente que habla contra su corazón, y que defiende la maldad, y te +desafío a que me pruebes en plática abierta que los indios son +malhechores y demonios, cuando son claros y buenos como la luz del día, +e inofensivos y sencillos como las mariposas.»Y duró cinco días la +plática con Sepúlveda. Sepúlveda empezó con desdén, y acabó turbado. El +clérigo lo oía con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se le veía +hincharse la frente. En cuanto Sepúlveda se sentaba satisfecho, como el +que hincó el alfiler donde quiso, se ponía el clérigo en pie, magnífico, +regañón, confuso, apresurado. «¡No es verdad que los indios de México +mataran cincuenta mil en sacrificios al año, sino veinte apenas, que es +menos de lo que mata España en la horca!» «¡No es verdad que sean gente +bárbara y de pecados horribles, porque no hay pecado suyo que no lo +tengamos más los europeos; ni somos nosotros quién, con todos nuestros +cañones y nuestra avaricia, para comparamos con ellos en tiernos y +amigables; ni es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes, +y poetas, y oficios, y gobierno, y artes!» «¡No es verdad, sino, +iniquidad, que el modo mejor que tenga el rey para hacerse de súbditos +sea exterminarlos, ni el modo mejor de enseñar la religión a un indio +sea echarlo en nombre de la religión a los trabajos de las bestias; y +quitarle los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar de la +carga con la frente como los bueyes!»Y citaba versículos de la Biblia, +artículos de la ley, ejemplos de la historia, párrafos de los autores +latinos, todo revuelto y de gran hermosura, como caen las aguas de un +torrente, arrastrando en la espuma las piedras y las alimañas del monte.</p> + +<p>Solo estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo +atrever, ni quería descontentar a los de la conquista, que le mandaban a +la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de niño lo oyó con +veneración, pero lo engañaba después, cuando entró en ambiciones que +requerían mucho gastar, y no estaba para ponerse por las «cosas del +clérigo» en contra de los de América, que le enviaban de tributo los +galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe II, que se gastó un reino en +procurarse otro, y lo dejó todo a su muerte envenenado y frío, como el +agujero en que ha dormido la víbora. Si iba a ver al rey, se encontraba +la antesala llena de amigos de los encomenderos, todos de seda sombreros +de plumas, con collares de oro de los indios americanos: al ministro no +le podía hablar, porque tenía encomiendas él, y tenía minas, o gozaba +los frutos de las que poseía en cabeza de otros. De miedo de perder el +favor de la corte, no le ayudaban los mismos que no tenían en América +interés. Los que más lo respetaban, por bravo, por justo, por astuto, +por elocuente, no lo querían decir, o lo decían donde no los oyeran: +porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza +con su virtud o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en +su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de él, o +dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y le van +clavando la puñalada en la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de +ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le +ayuden, porque estará siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien, +que se parece al cielo de la mañana en la claridad!</p> + +<p>Y como él era tan sagaz que no decía cosa que pudiera ofender al rey ni +a la Inquisición, sino que pedía la bondad con los indios para bien del +rey, y para que se hiciesen más de veras cristianos, no tenían los de la +corte modo de negársele a las claras, sino que fingían estimarle mucho +el celo, y una vez le daban el título de «Protector Universal de los +Indios», con la firma de Fernando, pero sin modo de que le acatasen la +autoridad de proteger; y otra, al cabo de cuarenta años de razonar, le +dijeron que pusiera en papel las razones por que opinaba que no debían +ser esclavos los indios; y otra le dieron poder para que llevase +trabajadores de España a una colonia de Cumaná donde se había de ver a +los indios con amor, y no halló en toda España sino cincuenta que +quisieran ir a trabajar, los cuales fueron, con un vestido que tenía una +cruz al pecho, pero no pudieron poner la colonia, porque el «adelantado» +había ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos +disparaban sus flechas de punta envenenada contra todo el que llevaba +cruz. Y por fin le encargaron, como por entretenerlo, que pidiese las +leyes que le parecían a él bien para los indios, «¡cuantas leyes +quisiera, pues que por ley más o menos no hemos de pelear!», y él las +escribía, y las mandaba el rey cumplir, pero en el barco iba la ley, y +el modo de desobedecerla. El rey le daba audiencia, y hacía como que le +tomaba consejo; pero luego entraba Sepúlveda, con sus pies blandos y sus +ojos de zorra, a traer los recados de los que mandaban los galeones, Y +lo que se hacía de verdad era lo que decía Sepúlveda. Las Casas lo +sabía, lo sabía bien; pero ni bajó el tono, ni se cansó de acusar, ni de +llamar crimen a lo que era, ni de contar en su «Descripción» las +«crueldades», para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por +la vergüenza de que las supiera el mundo. El nombre de los malos no lo +decía, porque era noble y les tuvo compasión. Y escribía como hablaba, +con la letra fuerte y desigual, llena de chispazos de tinta, como +caballo que lleva de jinete a quien quiere llegar pronto, y va +levantando el polvo y sacando luces de la piedra.</p> + +<p>Fue obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino de +Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, vivían los indios en +mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los indios; pero no sólo a +llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence a los pícaros, sino a +acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no +cumplían con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a +hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez +tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los +árboles cuando ha pasado el vendabal. Pero los encomenderos podían más +que él, porque tenían el gobierno de su lado; y le componían cantares en +que le decían traidor y español malo; y le daban de noche músicas de +cencerro, y le disparaban arcabuces a la puerta para ponerlo en temor, y +le rodeaban el convento armados,—todos armados, contra un viejo flaco y +solo. Y hasta le salieron al camino de Ciudad Real para que no volviera +a entrar en la población. El venía a pie, con su bastón, y con dos +españoles buenos, y un negro que lo quería como a padre suyo: porque es +verdad que las Casas por el amor de los indios, aconsejó al principio de +la conquista que se siguiese trayendo esclavos negros, que resistían +mejor el calor; pero luego que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y +decía: «¡con mi sangre quisiera pagar el pecado de aquel consejo que di +por mi amor a los indios!» Con su negro cariñoso venía, y los dos +españoles buenos. Venía tal vez de ver cómo salvaba a la pobre india que +se le abrazó a las rodillas a la puerta de su templo mexicano, loca de +dolor porque los españoles le habían matado al marido de su corazón, que +fue de noche a rezarles a los dioses: ¡y vio de pronto las Casas que +eran indios los centinelas que los españoles le habían echado para que +no entrase! ¡El les daba a los indios su vida, y los indios venían a +atacar a su salvador, porque se lo mandaban los que los azotaban! Y no +se quejó, sino que dijo así: «Pues por eso, hijos míos, os tengo de +defender más, porque os tienen tan martirizados que no tenéis ya valor +ni para agradecer.» Y los indios, llorando, se echaron a sus pies, y le +pidieron perdón. Y, entró en Ciudad Real, donde los encomenderos lo +esperaban, armados de arcabuz y cañón, como para ir a la guerra. Casi a +escondidas tuvo que embarcarlo para España el virrey, porque los +encomenderos lo querían matar. El se fue a su convento, a pelear, a +defender, a llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa y +dos años.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Los_zapaticos_de_rosa" id="Los_zapaticos_de_rosa"></a><a href="#toc">Los zapaticos de rosa</a></h2> + +<p class="center"><i>A mademoiselle Marie: José Martí</i><br /><br /></p> + + +<div class="poem"><div class="stanza"> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Hay sol bueno y mar de espuma,<br /></span> +<span class="i0">Y arena fina, y Pilar<br /></span> +<span class="i0">Quiere salir a estrenar<br /></span> +<span class="i0">Su sombrerito de pluma.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">—«¡Vaya la niña divina!»<br /></span> +<span class="i0">Dice el padre, y le da un beso:<br /></span> +<span class="i0">«Vaya mi pájaro preso<br /></span> +<span class="i0">A buscarme arena fina.»<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">—«Yo voy con mi niña hermosa»,<br /></span> +<span class="i0">Le dijo la madre buena:<br /></span> +<span class="i0">«¡No te manches en la arena<br /></span> +<span class="i0">Los zapaticos de rosa!»<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Fueron las dos al jardín<br /></span> +<span class="i0">Por la calle del laurel:<br /></span> +<span class="i0">La madre cogió un clavel<br /></span> +<span class="i0">Y Pilar cogió un jazmín.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Ella va de todo juego,<br /></span> +<span class="i0">Con aro, y balde, y paleta:<br /></span> +<span class="i0">El balde es color violeta:<br /></span> +<span class="i0">El aro es color de fuego.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Vienen a verlas pasar:<br /></span> +<span class="i0">Nadie quiere verlas ir:<br /></span> +<span class="i0">La madre se echa a reír,<br /></span> +<span class="i0">Y un viejo se echa a llorar.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">El aire fresco despeina<br /></span> +<span class="i0">A Pilar, que viene y va<br /></span> +<span class="i0">Muy oronda:—«¡Di, mamá!<br /></span> +<span class="i0">¿Tú sabes qué cosa es reina?»<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Y por si vuelven de noche<br /></span> +<span class="i0">De la orilla de la mar,<br /></span> +<span class="i0">Para la madre y Pilar<br /></span> +<span class="i0">Manda luego el padre el coche.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Está la playa muy linda:<br /></span> +<span class="i0">Todo el mundo está en la playa:<br /></span> +<span class="i0">Lleva espejuelos el aya<br /></span> +<span class="i0">De la francesa Florinda.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Está Alberto, el militar<br /></span> +<span class="i0">Que salió en la procesión<br /></span> +<span class="i0">Con tricornio y con bastón,<br /></span> +<span class="i0">Echando un bote a la mar.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">¡Y qué mala, Magdalena<br /></span> +<span class="i0">Con tantas cintas y lazos,<br /></span> +<span class="i0">A la muñeca sin brazos<br /></span> +<span class="i0">Enterrándola en la arena!<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Conversan allá en las sillas,<br /></span> +<span class="i0">Sentadas con los señores,<br /></span> +<span class="i0">Las señoras, como flores,<br /></span> +<span class="i0">Debajo de las sombrillas.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Pero está con estos modos<br /></span> +<span class="i0">Tan serios, muy triste el mar:<br /></span> +<span class="i0">¡Lo alegre es allá, al doblar,<br /></span> +<span class="i0">En la barranca de todos!<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Dicen que suenan las olas<br /></span> +<span class="i0">Mejor allá en la barranca,<br /></span> +<span class="i0">Y que la arena es muy blanca<br /></span> +<span class="i0">Donde están las niñas solas.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Pilar corre a su mamá:<br /></span> +<span class="i0">—«¡Mamá, yo voy a ser buena:<br /></span> +<span class="i0">Déjame ir sola a la arena:<br /></span> +<span class="i0">Allá, tú me ves, allá!»<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">—«¡Esta niña caprichosa!<br /></span> +<span class="i0">No hay tarde que no me enojes:<br /></span> +<span class="i0">Anda, pero no te mojes<br /></span> +<span class="i0">Los zapaticos de rosa.»<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Le llega a los pies la espuma:<br /></span> +<span class="i0">Gritan alegres las dos:<br /></span> +<span class="i0">Y se va, diciendo adiós,<br /></span> +<span class="i0">La del sombrero de pluma.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">¡Se va allá, donde ¡muy lejos!<br /></span> +<span class="i0">Las aguas son más salobres,<br /></span> +<span class="i0">Donde se sientan los pobres,<br /></span> +<span class="i0">Donde se sientan los viejos!<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Se fue la niña a jugar,<br /></span> +<span class="i0">La espuma blanca bajó,<br /></span> +<span class="i0">Y pasó el tiempo, y pasó<br /></span> +<span class="i0">Un águila por el mar,<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Y cuando el sol se ponía<br /></span> +<span class="i0">Detrás de un monte dorado,<br /></span> +<span class="i0">Un sombrerito callado<br /></span> +<span class="i0">Por las arenas venía.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Trabaja mucho, trabaja<br /></span> +<span class="i0">Para andar: ¿qué es lo que tiene<br /></span> +<span class="i0">Pilar que anda así, que viene<br /></span> +<span class="i0">Con la cabecita baja?<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Bien sabe la madre hermosa<br /></span> +<span class="i0">Por qué le cuesta el andar:<br /></span> +<span class="i0">—«¿Y los zapatos, Pilar,<br /></span> +<span class="i0">Los zapaticos de rosa?<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">«¡Ah, loca! ¿en dónde estarán?<br /></span> +<span class="i0">¡Di dónde, Pilar!»—«Señora»,<br /></span> +<span class="i0">Dice una mujer que llora:<br /></span> +<span class="i0">«¡Están conmigo: aquí están!<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">«Yo tengo una niña enferma<br /></span> +<span class="i0">Que llora en el cuarto oscuro<br /></span> +<span class="i0">Y la traigo al aire puro<br /></span> +<span class="i0">A ver el sol, y a que duerma<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">«Anoche soñó, soñó<br /></span> +<span class="i0">Con el cielo, y oyó un canto:<br /></span> +<span class="i0">Me dio miedo, me dio espanto,<br /></span> +<span class="i0">Y la traje, y se durmió.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">«Con sus dos brazos menudos<br /></span> +<span class="i0">Estaba como abrazando;<br /></span> +<span class="i0">Y yo mirando, mirando<br /></span> +<span class="i0">Sus piececitos desnudos.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">«Me llegó al cuerpo la espuma,<br /></span> +<span class="i0">Alcé los ojos, y vi<br /></span> +<span class="i0">Esta niña frente a mí<br /></span> +<span class="i0">Con su sombrero de pluma.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">—«¡Se parece a los retratos<br /></span> +<span class="i0">Tu niña!» dijo: «¿Es de cera?<br /></span> +<span class="i0">¿Quiere jugar? ¡si quisiera!...<br /></span> +<span class="i0">¿Y por qué está sin zapatos?»<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">«Mira: ¡la mano le abrasa,<br /></span> +<span class="i0">Y tiene los pies tan fríos!<br /></span> +<span class="i0">¡Oh, toma, toma los míos:<br /></span> +<span class="i0">Yo tengo más en mi casa!»<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">«No sé bien, señora hermosa,<br /></span> +<span class="i0">Lo que sucedió después:<br /></span> +<span class="i0">¡Le vi a mi hijita en los pies<br /></span> +<span class="i0">Los zapaticos de rosa!»<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Se vio sacar los pañuelos<br /></span> +<span class="i0">A una rusa y a una inglesa;<br /></span> +<span class="i0">El aya de la francesa<br /></span> +<span class="i0">Se quitó los espejuelos.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Abrió la madre los brazos:<br /></span> +<span class="i0">Se echó Pilar en su pecho,<br /></span> +<span class="i0">Y sacó el traje deshecho,<br /></span> +<span class="i0">Sin adornos y sin lazos.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Todo lo quiere saber<br /></span> +<span class="i0">De la enferma la señora:<br /></span> +<span class="i0">¡No quiere saber que llora<br /></span> +<span class="i0">De pobreza una mujer!<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">—«¡Sí, Pilar, dáselo! ¡y eso<br /></span> +<span class="i0">También! ¡tu manta! ¡tu anillo!»<br /></span> +<span class="i0">Y ella le dio su bolsillo,<br /></span> +<span class="i0">Le dio el clavel, le dio un beso.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Vuelven calladas de noche<br /></span> +<span class="i0">A su casa del jardín:<br /></span> +<span class="i0">Y Pilar va en el cojín<br /></span> +<span class="i0">De la derecha del coche.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +<span class="i0">Y dice una mariposa<br /></span> +<span class="i0">Que vio desde su rosal<br /></span> +<span class="i0">Guardados en un cristal<br /></span> +<span class="i0">Los zapaticos de rosa.<br /></span> +</div><div class="stanza"> +</div></div> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_ultima_pagina3" id="La_ultima_pagina3"></a><a href="#toc">La última página</a></h2> + + +<p>Este es el número de <i>La Edad de Oro</i>, donde se ve lo viejo y lo nuevo +del mundo, y se aprende cómo las cosas de guerra y de muerte no son tan +bellas como las de trabajar: ¡a saber si el tiempo del Padre las Casas +era mejor que el de la Exposición de París! ¿Y quién es mejor: Masicas, +o Pilar? Sólo que en todo lo de esta vida hay siempre un desventurado. Y +el desventurado de <i>La Edad de Oro</i> es el artículo sobre la <i>Historia +de la Cuchara</i>, <i>el Tenedor y el Cuchillo</i>, que en cada número se +anuncia muy orondo, como si fuera una maravilla, y luego sucede que no +queda lugar para él. Lo que le está muy bien empleado, por pedante, y +por andarse anunciando así. Las cosas buenas se deben hacer sin llamar +al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque +allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha +dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil. +Los niños debían echarse a llorar, cuando ha pasado el día sin que +aprendan algo nuevo, sin que sirvan de algo.</p> + +<p>¡Quién sabe si sirve, quién sabe, el artículo de la Exposición de París! +Pero va a suceder como con la Exposición, que de grande que es no se la +puede ver, toda, y la primera vez se sale de allí como con chispas y +joyas en la cabeza, pero luego se ve más despacio, y cada hermosura va +apareciendo entera y clara entre las otras. Hay que leerlo dos veces: y +leer luego cada párrafo suelto: lo que hay que leer, sobre todo, con +mucho cuidado, es lo de los pabellones de nuestra América. Una pena, +tiene <i>La Edad de Oro</i>; y es que no pudo encontrar lámina del pabellón +del Ecuador. ¡Está triste la mesa cuando falta uno de los hermanos!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Un_paseo_por_la_tierra_de_los_anamitas" id="Un_paseo_por_la_tierra_de_los_anamitas"></a><a href="#toc">Un paseo por la tierra de los anamitas</a></h2> + + +<p>Cuentan un cuento de cuatro hindús ciegos, de allí del Indostán de Asia, +que eran ciegos desde el nacer, y querían saber cómo era un elefante. +«Vamos, dijo uno, adonde el elefante manso de la casa del rajá, que es +príncipe generoso, y nos dejará saber cómo es.» Y a citas del príncipe +se fueron, con su turbante blanco y su manto blanco; y oyeron en el +camino rugir a la pantera y graznar al faisán de color de oro, que es +como un pavo con dos plumas muy largas en la cola; y durmieron de noche +en las ruinas de piedra de la famosa Jehanabad, donde hubo antes mucho +comercio y poder; y pasaron por sobre un torrente colgándose mano a mano +de una cuerda, que estaba a los dos lados levantada sobre una horquilla, +como la cuerda floja en que bailan los gimnastas en los circos; y un +carretero de buen corazón les dijo que se subieran en su carreta, porque +su buey giboso de astas cortas era un buey bonazo, que debió ser algo +así como abuelo en otra vida, y no se enojaba porque se le subieran los +hombres encima, sino que miraba a los caminantes como convidándoles a +entrar en el carro. Y así llegaron los cuatro ciegos al palacio del +rajá, que era por fuera como un castillo, y por dentro como una caja de +piedras preciosas, lleno todo de cojines y de colgaduras, y el techo +bordado, y las paredes con florones de esmeraldas y zafiros, y las +sillas de marfil, y el trono del rajá de marfil y de oro. «Venimos, +señor rajá, a que nos deje ver con nuestras manos, que son los ojos de +los pobres ciegos, cómo es de figura un elefante manso.» «Los ciegos son +santos», dijo el rajá, «los hombres que desean saber son santos: los +hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin preguntar, +ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar +otros: vayan los cuatro ciegos a ver con sus manos el elefante manso.» +Echaron a correr los cuatro, como si les hubiera vuelto de repente la +vista: uno cayó de nariz sobre las gradas del trono del rajá: otro dio +tan recio contra la pared que se cayó sentado, viendo si se le había ido +en el coscorrón algún retazo de cabeza: los otros dos, con los brazos +abiertos, se quedaron de repente abrazados. El secretario del rajá los +llevó adonde el elefante manso estaba, comiéndose su ración de treinta y +nueve tortas de arroz y quince de maíz, en una fuente de plata con el +pie de ébano; y cada ciego se echó, cuando el secretario dijo «¡ahora!», +encima del elefante, que era de los pequeños y regordetes: uno se le +abrazó por una pata: el otro se le prendió a la trompa, y subía en el +aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro +tenía agarrada un asa de la fuente del arroz y el maíz. «Ya sé» decía el +de la pata: «el elefante es alto y redondo, como una torre que se +mueve.» «¡No es verdad!», decía el de la trompa: «el elefante es largo, +y acaba en pico, como un embudo de carne.» «¡Falso y muy falso!», decía +el de la cola: «el elefante es como un badajo de campana» «Todos se +equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve», +decía el del asa de la fuente. Y así son los hombres, que cada uno cree +que sólo lo que él piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa +que no se debe creer sino lo que él cree, lo mismo que los cuatro ciegos +del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cariño lo que +los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver +que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el +mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los +hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, +y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y +peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.</p> + +<p>También, y tanto como los más bravos, pelearon, y volverán a pelear, los +pobres anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten de seda, +allá lejos, en Asia, por la orilla del mar, debajo de China. No nos +parecen de cuerpo hermoso, ni nosotros les parecemos hermosos a ellos: +ellos dicen que es un pecado cortarse el pelo, porque la naturaleza nos +dio pelo largo, y es un presumido el que se crea más sabio que la +naturaleza, así que llevan el pelo en moño, lo mismo que las mujeres: +ellos dicen que el sombrero es para que dé sombra, a no ser que se le +lleve como señal de mando en la casa del gobernador, que entonces puede +ser casquete sin alas: de modo que el sombrero anamita es como un +cucurucho, con el pico arriba, y la boca muy ancha: ellos dicen que en +su tierra caliente se ha de vestir suelto y ligero, de modo que llegue +al cuerpo el aire, y no tener al cuerpo preso entre lanas y casimires, +que se beben los rayos del sol, y sofocan y arden: ellos dicen que el +hombre no necesita ser de espaldas fuertes, porque los cambodios son más +altos y robustos que los anamitas, pero en la guerra los anamitas han +vencido siempre a sus vecinos los cambodios; y que la mirada no debe ser +azul, porque el azul engaña y abandona, como la nube del cielo y el agua +del mar; y que el color no debe ser blanco, porque la tierra, que da +todas las hermosuras, no es blanca, sino de los colores de bronce de los +anamitas; y que los hombres no deben llevar barba, que es cosa de +fieras: aunque los franceses, que son ahora los amos de Anam, responden +que esto de la barba no es más que envidia, porque bien que se deja el +anamita el poco bigote que tiene: ¿y en sus teatros, quién hace de rey, +sino el que tiene la barba más larga? ¿y el mandarín, no sale a las +tablas con bigotes de tigre? ¿y los generales, no llevan barba colorada? +«¿Y para qué necesitamos tener los ojos más grandes», dicen los +anamitas, «ni más juntos a la nariz?: con estos ojos de almendra que +tenemos, hemos fabricado el Gran Buda de Hanoi, el dios de bronce, con +cara que parece viva, y alto como una torre; hemos levantado la pagoda +de Angkor, en un bosque de palmas, con corredores de a dos leguas, y +lagos en los patios, y una casa en la pagoda para cada dios, y mil +quinientas columnas, y calles de estatuas; hemos hecho en el camino de +Saigón a Cholen, la pagoda donde duermen, bajo una corona de torres +caladas, los poetas, que cantaron el patriotismo y el amor, los santos +que vivieron entre los hombres con bondad y pureza, los héroes que +pelearon por libertamos de los cambodios, de los siameses y de los +chinos: y nada se parece tanto, a la luz como los colores de nuestras +túnicas de seda. Usamos moño, y sombrero de pico, y calzones anchos, y +blusón de color, y somos amarillos, chatos, canijos y feos; pero +trabajamos a la vez el bronce y la seda: y cuando los franceses nos han +venido a quitar nuestro Hanoi, nuestro Hue, nuestras ciudades de +palacios de madera, nuestros puertos llenos de casas de bambú y de +barcos de junco, nuestros almacenes de pescado y arroz, todavía, con +estos ojos de almendra, hemos sabido morir, miles sobre miles, para +cerrarles el camino. Ahora son nuestros amos; pero mañana ¡quién sabe!»</p> + +<p>Y se pasean callados, a paso igual y triste, sin sorprenderse de nada, +aprendiendo lo que no saben, con las manos en los bolsillos de la blusa: +de la blusa azul, sujeta al cuello con un botón de cristal amarillo: y +por zapato llevan una suela de cordón, atada al tobillo con cintas. Ese +es el traje del pescador; del que fabrica las casas de caña, con el +techo de paja de arroz; del marino ligero, en su barca de dos puntas; +del ebanista, que maneja la herramienta con los pies y las manos, y +embute los adornos de nácar en las camas y sillas de madera preciosa; +del tejedor, que con los hilos de plata y de oro borda pájaros de tres +cabezas, y leones con picos y alas, y cigüeñas con ojos de hombre, y +dioses de mil brazos: ése es el traje del pobre cargador, que se muere +joven del cansancio de halar la <i>djirincka</i>, que es el coche de dos +ruedas, de que va halando el anamita pobre: trota, trota como un +caballo: más que el caballo anda, y más aprisa: ¡y dentro, sin pena y +sin vergüenza, va un hombre sentado!: como los caballos se mueren +después, del mal de correr, los pobres cargadores. Y de beber clarete y +borgoña, y del mucho comer, se mueren, colorados y gordos, los que se +dejan halar en la <i>djirincka</i>, echándose aire con el abanico; los +militares ingleses, los empleados franceses, los comerciantes chinos.</p> + +<p>¿Y ese pueblo de hombres trotones es el que levantó las pagodas de tres +pisos, con lagos en los patios, y casas para cada dios, y calles de +estatuas; el que fabricó leones de porcelana y gigantes de bronce; el +que tejió la seda con tanto color que centellea al sol, como una capa de +brillantes? A eso llegan los pueblos que se cansan de defenderse: a +halar como las bestias del carro de sus amos: y el amo va en el carro, +colorado y gordo. Los anamitas están ahora cansados. A los pueblos +pequeños les cuesta mucho trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado +siempre defendiendo. Los vecinos fuertes, el chino y el siamés, lo han +querido conquistar. Para defenderse del siamés, entró en amistades con +el chino, que le dijo muchos amores, y lo recibió con procesiones y +fuegos y fiestas en los ríos, y le llamó «querido hermano». Pero luego +que entró en la tierra de Anam, lo quiso mandar como dueño, hace como +dos mil años: ¡y dos mil años hace que los anamitas se están defendiendo +de los chinos! Y con los franceses les sucedió así también, porque con +esos modos de mando que tienen los reyes no llegan nunca los pueblos a +crecer, y más allá, que es como en China, donde dicen que el rey es hijo +del cielo, y creen pecado mirarlo cara a cara, aunque los reyes saben +que son hombres como los demás, y pelean unos contra otros para tener +más pueblos y riquezas: y los hombres mueren sin saber porqué, +defendiendo a un rey o a otro. En una de esas peleas de reyes andaba por +Anam un obispo francés, que hizo creer al rey vencido que Luis XVI de +Francia le daría con qué pelear contra el que le quitó el mando al de +Anam: y el obispo se fue a Francia con el hijo del rey, y luego vino +solo, porque con la revolución que había en París no lo podía Luis XVI +ayudar; juntó a los franceses que había por la India de Asia: entró en +Anam; quitó el poder al rey nuevo; puso al rey de antes a mandar. Pero +quien mandaba de veras eran los franceses, que querían para ellos todo +lo del país, y quitaban lo de Anam para poner lo suyo, hasta que Anam +vio que aquel amigo de afuera era peligroso, y valía más estar sin el +amigo, y lo echó de una pelea de la tierra, que todavía sabía pelear: +sólo que los franceses vinieron luego con mucha fuerza, y con +cañones en sus barcos de combate, y el anamita no se pudo defender en el +mar con sus barcos de junco, que no tenían cañones; ni pudo mantener +sus ciudades, porque con lanzas no se puede pelear contra balas; y por +Saigón, que fue por donde entró el francés, hay poca piedra con que +fabricar murallas; ni estaba el anamita acostumbrado a ese otro modo de +pelear, sino a sus guerras de hombre a hombre, con espada y lanza, pecho +a pecho los hombres y los caballos. Pueblo a pueblo se ha estado +defendiendo un siglo entero del francés, huyéndole unas veces, otras +cayéndole encima, con todo el empuje de los caballos, y despedazándole +el ejército: China le mandó sus jinetes de pelea, porque tampoco quieren +los chinos al extranjero en su tierra, y echarlo de Anam era como +echarlo de China: pero él francés es de otro mundo, que sabe más de +guerras y de modos de matar; y pueblo a pueblo, con la sangre a la +cintura, les ha ido quitando el país a los anamitas.</p> + +<p>Los anamitas se pasean, callados, a paso igual y triste, con las manos +en los bolsillos de la blusa azul. Trabajan. Parecen plateros finos en +todo lo que hacen, en la madera, en el nácar, en la armería, en los +tejidos, en las pinturas, en los bordados, en los arados. No aran con +caballo ni con buey, sino con búfalo. La tela de los vestidos la pintan +a mano. Con los cuchillos de tallar labran en la madera dura pueblos +enteros, con la casa al fondo, y los barcos navegando en el río, y la +gente a miles en los barcos, y árboles, y faroles, y puentes, y botes de +pescadores, todo tan menudo como si lo hubieran hecho con la uña. La +casa es como para enanos, y tan bien hecha que parece casa de juguete, +toda hecha de piezas. Las paredes, las pintan: los techos, que son de +madera, los tallan con mucha labor, como las paredes de afuera: por +todos los rincones hay vasos de porcelana, y los grifos de bronce con +las alas abiertas, y pantallas de seda bordada, con marcos de bambú. No +hay casa sin su ataúd, que es allá un mueble de lujo, con los adornos de +nácar: los hijos buenos le dan al padre como regalo un ataúd lujoso, y +la muerte es allá como una fiesta, con su música de ruido y sus cantares +de pagoda: no les parece que la vida es propiedad del hombre, sino +préstamo que le hizo la naturaleza, y morir no es más que volver a la +naturaleza de donde se vino, y en la que todo es como hermano del +hombre; por lo que suele el que muere decir en su testamento que pongan +un brazo o una pierna suya adonde lo puedan picar los pájaros, y +devorarlo las fieras, y deshacerlo los animales invisibles que vuelan en +el viento. Desde que viven en la esclavitud, van mucho los anamitas a +sus pagodas, porque allí les hablan los sacerdotes de los santos del +país, que no son los santos de los franceses: van mucho a los teatros, +donde no les cuentan cosas de reír, sino la historia de sus generales y +de sus reyes: ellos oyen encuclillados, callados, la historia de las +batallas.</p> + +<p>Por dentro es la pagoda como una cinceladura, con encajes de madera +pintada de colores alrededor de los altares; y en las columnas sus +mandamientos y sus bendiciones en letras plateadas y doradas; y los +santos de oro, familias enteras de santos, en el altar tallado. Delante +van y vienen los sacerdotes, con sus manteos de tisú precioso, o de seda +verde y azul, y el bonete de tejido de oro, uno con la flor del loto, +que es la flor de su dios, por lo hermosa y lo pura, y otro cargándole +el manteo al de la flor, y otros cantando: detrás van los encapuchados, +que son sacerdotes menores, con músicas y banderines, coreando la +oración: en el altar, con sus mitras brillantes, ven la fiesta los +dioses sentados. Buda es su gran dios, que no fue dios cuando vivió de +veras, sino un príncipe bueno, tan fuerte de cuerpo que mano a mano +echaba por tierra a leones jóvenes, y tan hermoso que lo quería como a +su corazón el que lo veía una vez, y de tanto pensamiento que no podían +los doctores discutir con él, porque de niño sabía más que los doctores +más sabios y viejos. Y luego se casó, y quería mucho a su mujer y a su +hijo; pero una tarde que salió en su carro de perlas y plata a pasear, +vio a un viejo pobre, vestido de harapos, y volvió del paseo triste: y +otra tarde vio a un moribundo, y no quiso pasear más: y otra tarde vio a +un muerto, y su tristeza fue ya mucha: y otra vio a un monje que pedía +limosnas, y el corazón le dijo que no debía andar en carro de plata y de +perlas, sino pensar en la vida, que tenía tantas penas, y vivir solo, +donde se pudiera pensar, y pedir limosna para los infelices, como el +monje. Tres veces le dio en su palacio la vuelta a la cama de su mujer y +de su hijo, como si fuera un altar, y sollozó: y sintió como que el +corazón se le moría en el pecho. Pero se fue, en lo oscuro de la noche, +al monte, a pensar en la vida, que tenía tanta pena, a vivir sin deseos +y sin mancha, a decir sus pensamientos a los que se los querían oír, a +pedir limosna para los pobres, como el monje. Y no comía, más que lo que +un pájaro: y no bebía, más que para no morirse de sed: y no dormía, sino +sobre la tierra de su cabaña: y no andaba, sino con los pies descalzos. +Y cuando el demonio Mara le venía a hablar de la hermosura de su mujer, +y de las gracias de su niño, y de la riqueza de su palacio, y de la +arrogancia de mandar en su pueblo como rey, él llamaba a sus discípulos, +para consagrarse otra vez ante ellos a la virtud: y el demonio Mara huía +espantado. Esas son cosas que los hombres sueñan, y llaman demonios a +los consejos malos que vienen de lado feo del corazón; sólo que como el +hombre se ve con cuerpo y nombre, pone nombre y cuerpo, como si fuesen +personas, a todos los poderes y fuerzas que imagina: ¡y ése es poder de +veras, el que viene de lo feo del corazón, y dice al hombre que viva +para sus gustos más que para sus deberes, cuando la verdad es que no hay +gusto mayor, no hay delicia más grande, que la vida de un hombre que +cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas!: ¿pero que es +mas bello, ni da más aromas que una rosa? Del monte volvió Buda, porque +pensó, después de mucho pensar, que con vivir sin comer y beber no se +hacia bien a los hombres, ni con dormir en el suelo, ni con andar +descalzo, sino que estaba la salvación en conocer las cuatro verdades, +que dicen que la vida es toda de dolor, y que el dolor viene de desear, +y que para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo, y que el dulce +nirvana, que es la hermosura como de luz que le da al alma el +desinterés, no se logra viviendo, como loco o glotón, para los gustos de +lo material, y para amontonar a fuerza de odio y humillaciones el mando +y la fortuna, sino entendiendo que no se ha de vivir para la vanidad, ni +se ha de querer lo de otros y guardar rencor, ni se ha de dudar de la +armonía del mundo o ignorar nada de él o mortificarse con la ofensa y la +envidia, ni se ha de reposar hasta que el alma sea como una luz de +aurora, que llena de claridad y hermosura al mundo, y llore y padezca +por todo lo triste que hay en él, y se vea como médico y padre de todos +los que tienen razón de dolor: es como vivir en un azul que no se acaba, +con un gusto tan puro que debe ser lo que se llama gloria, y con los +brazos siempre abiertos. Así vivió Buda, con su mujer y con su hijo, +luego que volvió del monte. Después sus discípulos, que eran muchos, +empezaron a vivir de lo que la gente les daba, porque les hablasen de +las verdades de Buda, y de sus hazañas cuando era príncipe, y de cómo +vivió en el monte; y el rey vio que en el nombre de Buda había poder, +porque la gente miraba todo lo de Buda como cosa del cielo, tan hermoso +que no podía ser hombre el que vivió y habló así. Mandó el rey juntar a +los discípulos, para que pusiesen en libros la historia y los sermones y +los consejos de Buda; y puso a los discípulos a sueldo, para que el +pueblo viese juntos el poder del rey y el del cielo, de donde creía el +pueblo que había venido al mundo Buda. Hubo unos discípulos que hicieron +lo que el rey quería, y salieron con el ejército del rey a quitarles a +los países de los alrededores la libertad, con el pretexto de que les +iban a enseñar las verdades de Buda, que habían venido del cielo. Y hubo +otros que dijeron que eso era engaño de los discípulos y robo del rey, y +que la libertad de un pueblo pequeño es más necesaria al mundo que el +poder de un rey ambicioso, y la mentira de los sacerdotes que sirven al +rey por su dinero, y que si Buda hubiera vivido, habría dicho la verdad, +que él no vino del cielo sino como vienen los hombres todos, que traen +el cielo en sí mismos, y lo ven, como se ve el sol, cuando, por el +cariño a los hombres y la honradez, llegan a ser como si no fuesen de +carne y de hueso, sino de claridad, y al malo le tienen compasión, como +a un enfermo a quien se ha de curar, y al bueno te dan fuerzas, para que +no se canse de animar y de servir al mundo: ¡ése sí que es cielo, y +gusto divino! Pero los discípulos que estaban con el rey pudieron más; y +el rey les mandó hacer pagodas de muchas torres, donde ponían a Buda de +dios en el altar, y los discípulos se mandaron hacer túnicas de seda y +mantos con mucho oro y bonetes de picos, y a los discípulos más famosos +los fueron enterrando en las pagodas, con sus estatuas sobre la +sepultura, y les encendían luces de día y de noche, y la gente iba a +arrodillarse delante de ellos, para que les consolaran las penas que da +el mundo, y les dieran lo que deseaban tener en la tierra, y los +recomendaran a Buda en la hora de morir. Miles de años han pasado, y hay +miles de pagodas. Allí van los anamitas tristes, que ya no encuentran en +la tierra ayuda, y la van a pedir a lo desconocido del cielo.</p> + +<p>Y al teatro van para que no se les acabe la fuerza del corazón. ¡En el +teatro no hay franceses! En el teatro les cuentan los cómicos las +historias de cuando Anam era país grande, y de tanta riqueza que los +vecinos lo querían conquistar; pero había muchos reyes, y cada rey +quería las tierras de los otros, así que en las peleas se gastó el país, +y los de afuera, los chinos, los de Siam, los franceses, se juntaban con +el caído para quitar el mando al vencedor, y luego se quedaban de amos, +y tenían en odio a los partidos de la pelea, para que no se juntasen +contra el de afuera, como se debían juntar, y lo echaran por entrometido +y alevoso, que viene como amigo, vestido de paloma, y en cuanto se ve en +el país, se quita las plumas, y se le ve como es, tigre ladrón. En Anam +el teatro no es de lo que sucede ahora, sino la historia del país; y la +guerra que el bravo An-Yang le ganó al chino Chau-Tu; y los combates +de las dos mujeres, Cheng Tseh y Cheng Urh, que se vistieron de +guerreras, y montaron a caballo, y fueron de generales de la gente de +Anam, y echaron de sus trincheras a los chinos; y las guerras de los +reyes, cuando el hermano del rey muerto quería mandar en Anam, en lugar +de su sobrino, o venía el rey de lejos a quitarle la tierra al rey Hue. +Los anamitas, encuclillados, oyen la historia, que no cuentan los +cómicos hablando o cantando, como en los dramas o, en las óperas, sino +con una música de mucho ruido que no deja oír lo que dicen los cómicos, +que vienen vestidos con túnicas muy ricas, bordadas de flores y pájaros +que nunca se han visto, con cascos de oro muy labrados en la cabeza, y +alas en la cintura, cuando son generales, y dos plumas muy largas en el +casco, si son príncipes: y si son gente así, de mucho poder, no se +sientan en las sillas de siempre, sino en sillas muy altas. Y cuentan, y +pelean, y saludan, y conversan, y hacen que toman té, y entran por la +puerta de la derecha, y salen por la puerta de la izquierda: y la música +toca sin parar, con sus platillos y su timbalón y su clarín y su +violinete; y es un tocar extraño, que parece de aullidos y de gritos sin +arreglo y sin orden, pero se ve que tiene un tono triste cuando se habla +de muerte, y otro como de ataque cuando viene un rey de ganar una +batalla, y otro como de procesión de mucha alegría cuando se casa la +princesa, y otro como de truenos y de ruido cuando entra, con su barba +blanca, el gran sacerdote y cada tono lo adornan los músicos como les +parece bien, inventando el acompañamiento según lo van tocando, de modo +que parece que es música sin regla, aunque si se pone bien el oído se ve +que la regla de ellos es dejarle la idea libre al que toca, para que se +entusiasme de veras con los pensamientos del drama, y ponga en la música +la alegría, o la pena, o la poesía, o la furia que sienta en el corazón, +sin olvidarse del tono de la música vieja, que todos los de la orquesta +tienen que saber, para que haya una guía en medio del desorden de su +invención, que es mucho de veras, porque el que no conoce sus tonos no +oye más que los tamborazos y la algarabía; y así sucede en los teatros +de Anam que a un europeo le da dolor de cabeza, y le parece odiosa, la +música que al anamita que está junto a él le hace reír de gusto, o +llorar de la pena, según estén los músicos contando la historia del +letrado pobre que a fuerza de ingenio se fue burlando de los consejeros +del rey, hasta que el consejero llegó a ser el pobre,—o la otra +historia triste del príncipe que se arrepintió de haber llamado al +extranjero a mandar en su país, y se dejó morir de hambre a los pies de +Buda, cuando no había remedio ya, y habían entrado a miles en la tierra +cobarde los extranjeros ambiciosos, y mandaban en el oro y las fábricas +de seda, y en el reparto de las tierras, y en el tribunal de la justicia +los extranjeros, y los hijos mismos de la tierra ayudaban al extranjero +a maltratar al que defendía con el corazón la libertad de la tierra: la +música entonces toca bajo y despacio, y como si llorase, y como si se +escondiese debajo de la tierra: y los actores, como si pasase un +entierro, se cubren con las mangas del traje las caras. Y así es la +música de sus dramas de historia, y de los de pelea, y de los de +casamiento, mientras los actores gritan y andan delante de los músicos +en el escenario, y los generales se echan por la tierra, para figurar +que están muertos, o pasan la pierna derecha por sobre la espalda de una +silla, para decir que van a montar a caballo, o entran por entre unas +cortinas el novio y la princesa, para que se sepa que se acaban de +casar. Porque el teatro es un salón abierto, sin las bambalinas ni +bastidores, y sin aparatos ni pinturas: sino que cuando la escena va a +cambiar, sale un regidor de blusa y turbante, y se lo dice al público, o +pone una mesa, que quiere decir banquete, o cuelga una lanza al fondo, +que quiere decir batalla, o sopla el alcohol que trae en la boca sobre +una antorcha encendida, lo que quiere decir que hay incendio. Y este de +la blusa, que anda poniendo y quitando, sale y entra entre los que hacen +de príncipes de seda y generales de oro, de mil años atrás, cuando los +parientes del príncipe Ly-Tieng-Vuong querían darle a beber una taza +de té envenenado. Allá adentro, en lo que no se ve del teatro, hay como +un mostrador, con cajas de pintarse y espejos en la pared, y un rosario +de barbas, de donde el que hace de loco toma la amarilla, y la colorada +el que hace de fiero, y la negra el que hace de rey hermoso, y el que +hace de viejo toma la barba blanca. Y se pinta la cara el que hace de +gobernador, de colorado y de negro. Por encima de todo, en lo más alto +de la pared, hay una estatua de Buda. Al salir del teatro, los anamitas +van hablando mucho, como enojados, como si quisieran echar a correr, y +parece que quieren convencer a sus amigos cobardes, y que los amenazan. +De la pagoda salen callados, con la cabeza baja, con las manos en los +bolsillos de la blusa azul. Y si un francés les pregunta algo en el +camino, le dicen en su lengua: «No sé». Y si un anamita les habla de +algo en secreto, le dicen: «¡Quién sabe!»</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Historia_de_la_cuchara_y_el_tenedor" id="Historia_de_la_cuchara_y_el_tenedor"></a><a href="#toc">Historia de la cuchara y el tenedor</a></h2> + + +<p>¡Cuentan las cosas con tantas palabras raras, y uno no las puede +entender!: como cuando le dicen ahora a uno en la Exposición de París: +«Tome una <i>djirincka—¡djirincka!—y</i> vea en un momento todo lo de la +Explanada»: ¡pero primero le tienen que decir a uno lo que es +<i>djirincka</i>! Y por eso no entiende uno las cosas: porque no entiende uno +las palabras en que se las dicen. Y luego, que no se lo han de decir a +uno todo de la primera vez, porque es tanto que no se lo puede entender +todo, como cuando entra uno en una catedral, que de grande que es no ve +uno más que los pilares y los arcos, y la luz allá arriba, que entra +como jugando por los cristales; y luego, cuando uno ha estado muchas +veces, ve claro en la oscuridad, y anda como por una casa conocida. Y no +es que uno no quiere saber; porque la verdad es que da vergüenza ver +algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar baste que no +entienda todo lo que ve. La muerte es lo más difícil de entender; pero +los viejos que han sido buenos dicen que ellos saben lo que es, y por +eso están tranquilos, porque es como cuando va a salir el sol, y todo se +pone en el mundo fresco y de unos colores hermosos. Y la vida no es +difícil de entender tampoco. Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo +que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo, +siente uno deseos de hacer más que ellos todavía: y eso es la vida. +Porque los que se están con los brazos cruzados, sin pensar y sin +trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, ésos comen y beben como los +demás hombres, pero en la verdad de la verdad, ésos no están vivos.</p> + +<p>Los que están vivos de veras son los que nos hacen los cubiertos de +comer, que parecen de plata, y no son de plata pura, sino de una mezcla +de metales pobres, a la que le ponen encima con la electricidad uno como +baño de plata. Esos sí que trabajan, y hay taller que hace al día +cuatrocientas docenas de cubiertos, y tiene como más de mil +trabajadores: y muchos son mujeres, que hacen mejor que el hombre todas +las cosa de finura y elegancia. Nosotros, los hombres, somos como el +león del mundo, y como el caballo de pelear, que no está contento ni se +pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y cañones. +La mujer no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla +así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere +pronto, lo mismo que las flores. Para lo delicado tienen mujeres en esas +obras de platería, para limar las piezas finas, para bordarlas como +encaje, con una sierra que va cortando la plata en dibujos, como esas +máquinas de labrar relojes y cestos y estantes de madera blanda. Pero +para lo fuerte tienen hombres; para hervir los metales, para hacer +ladrillos de ellos, para ponerlos en la máquina delgados como hoja de +papel, para las máquinas de recortar en la hoja muchas cucharas y +tenedores a la vez, para platearlos en la artesa, donde está la plata +hecha agua, de modo que no se la ve, pero en cuanto pasa por la artesa +la electricidad, se echa toda sobre las cucharas y los tenedores, que +están dentro colgados en hilera de un madero, como las púas de un peine.</p> + +<p>Y ya vamos contando la Historia de la Cuchara y el Tenedor. Antes hacían +de plata pura todo lo de la mesa, y las jarras y fruteras que se hacen +hoy en máquina: no más que para darle figura de jarra a un redondel de +plata estaba el pobre hombre dándole con el martillo alrededor de una +punta del yunque, hasta que empezaba a tener figura de jarrón, y luego +lo hundía de un lado y lo iba anchando de otro, hasta que quedaba +redondo de abajo y estrecho en la boca, y luego, a fuerza de mano, le +iba bordando de adentro los dibujos y las flores. Ahora se hace con +maquina todo eso, y de un vuelo de la rueda queda el redondel hecho un +jarro hueco, y lo de mano no es más que lo último, cuando va al dibujo +fino de los cinceladores. De esto se puede hablar aquí, porque donde +hacen los jarros, hacen los cubiertos; y el metal, lo mismo tienen que +hervirlo, y mezclarlo, y enfriarlo, y aplastarlo en láminas para hacer +un jarrón que para hacer una cuchara de té. Es hermoso ver eso, y parece +que está uno en las entrañas de la tierra, allá donde está el fuego como +el mar, que rebosa a veces y quiere salir, que es cuando hay terremotos, +y cuando echan humo y agua caliente y cenizas y lava los volcanes, como +si se estuviera quemando por adentro el mundo. Eso parece el taller de +platería cuando están derritiendo el metal. En un horno se cocinan las +piedras, que dan humo y se van desmoronando, y parecen cera que se +derrite, y como un agua turbia. En una caldera hierven juntos el níquel, +el cobre y el zinc, y luego enfrían la mezcla de los tres metales, y la +cortan en barras antes que se acabe de enfriar. No se sabe qué es; pero +uno ve con respeto, y como con cariño, a aquellos hombres de delantal y +cachucha que sacan con la pala larga de un horno a otro el metal +hirviente; tienen cara de gente buena, aquellos hombres de cachucha: ya +no es piedra el metal, como era cuando lo trajo el carretón, sino que lo +que era piedra se ha hecho barro y ceniza con el calor del horno, y el +metal está en la caldera, hirviendo con un ruido que parece susurro, +como cuando se tiende la espuma por la playa, o sopla un aire de mañana +en las hojas del bosque. Sin saber por qué, se calla uno, y se siente +como más fuerte, en el taller de las calderas.</p> + +<p>Y después, es como un paseo por una calle de máquinas. Todas se están +moviendo a la vez. El vapor es el que las hace andar, pero no tiene cada +máquina debajo la caldera del agua, que da el vapor: el vapor está allá, +en lo hondo de la platería, y de allí mueve unas correas anchas, que +hacen dar vueltas a las ruedas de andar, y en cuanto se mueve la rueda +de andar en cada máquina, andan las demás ruedas. La primera máquina se +parece a una prensa de enjugar la ropa, donde la ropa sale exprimida +entre dos cilindros de goma: allí los cilindros no son de goma, sino de +acero; y la barra de metal sale hecha una lámina, del grueso de un +cartón: es un cartón de metal. Luego viene la agujereadora, que es una +máquina con uno como mortero que baja y sube, como la encía de arriba +cuando se come; y el mortero tiene muchas cuchillas en figura de +martillo de cabeza larga y estrecha, o de una espumadera de mango fino y +cabeza redonda, y cuando baja el mortero todas las cuchillas cortan la +lámina a la vez, y dejan la lámina agujereada, y el metal de cada +agujero cae a un cesto debajo: y ése es la cuchara, ése es el tenedor. +Cada uno de esos pedazos de metal recortados y chatos de figura de +martillo es un tenedor; cada uno de los de cabeza redonda, como una +moneda muy grande, es una cuchara, ¿Que cómo se le sacan los dientes al +tenedor? ¡Ah! esos recortes chatos, lo mismo que los de las cucharas, +tienen que calentarse otra vez en el horno, porque si el metal no está +caliente se pone tan duro que no se le puede trabajar, y para darle +forma tiene que estar blando. Con unas tenazas van sacando los recortes +del horno: los ponen en un molde de otra máquina que tiene un mortero de +aplastar, y del golpe del mortero ya salen los recortes con figura, y se +le ve al tenedor la punta larga y estrecha. Otra máquina más fina lo +recorta mejor. Otra le marca los dientes, pero no sueltos ya, como están +en el tenedor acabado, sino sujetos todavía. Otra máquina le recorta las +uniones, y ya está el tenedor con sus dientes. Luego va a los talleres +del trabajo fino. En uno le ponen el filete al mango. En otro le dan la +curva, porque de las máquinas de los dientes salió chato, como una hoja +de papel. En otra le liman y le redondean las esquinas. En otra lo +cincelan si ha de ir adornado, o le ponen las iniciales, si lo quieren +con letras. En otra lo pulen, que es cosa muy curiosa, parecida a la de +las piedras de amolar, sólo que la máquina de pulir anda más de prisa, y +la rueda es de alambres delgados como cabellos, como un cepillo que da +vueltas, y muchas, como que da dos mil quinientas vueltas en un minuto. +Y de allí sale el tenedor o la cuchara a la platería de veras, porque es +donde les ponen el baño de la electricidad, y quedan como vestidos con +traje de plata. Los cubiertos pobres, los que van a costar poco, no +llevan más que un baño o dos: los buenos llevan tres, para que la plata +les dure, aunque nunca dura tanto como la plata que se trabajaba antes +con el martillo. Como las cucharas, pues: antes, para hacer una cuchara, +no había máquinas de aplastar el metal, ni de sacarlo en láminas +delgadas como ahora, sino que a martillazo puro tenía que irlo +aplastando el platero, hasta que estaba como él lo quería, y recortaba +la cuchara a fuerza de mano, y a muñeca viva le daba al mango el doblez, +y para hacerle el hueco le daba golpes muy despacio, cada vez en un +punto diferente, encima de un yunque que parecía de jugar, con la punta +redonda, como un huevo, hasta que quedaba hueca por dentro la cuchara. +Ahora la máquina hace eso. Ponen el recorte de figura de espumadera en +uno como yunque, que por la cabeza, donde cae lo redondo, está vacío: de +arriba baja con fuerza el mortero, que tiene por debajo un huevo de +hierro, y mete lo redondo del recorte en lo hueco del yunque. Ya está la +cuchara. Luego la liman, y la adornan, y la pulen como el tenedor, y la +llevan al baño de plata: porque es un baño verdadero, en que la plata +está en el agua, deshecha, con una mezcla que llaman cianuro de +potasio—¡los nombres químicos son todos así!: y entra en el baño la +electricidad, que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y +calor, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los +metales, y a unos los separa, y a los otros los junta, como en este baño +de platear que, en cuanto la electricidad entra y lo revuelve, echa toda +la plata del agua sobre las cucharas y los tenedores colgados dentro de +él. Los sacan chorreando. Los limpian con sal de potasa. Los tienen al +calor sobre láminas de hierro caliente. Los secan bien en tinas de +aserrín. Los bruñen en la máquina de cepillar. Con la badana les sacan +brillo. Y nos los mandan a la casa, blancos como la luz, en su caja de +terciopelo o de seda.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_muneca_negra" id="La_muneca_negra"></a><a href="#toc">La muñeca negra</a></h2> + + +<p>De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el +cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen riéndose, como dos +muchachones. Vienen de la mano, como dos muchachos. El padre viene +detrás, como si fuera a tropezar con todo. La madre no tropieza; porque +conoce el camino. ¡Trabaja mucho el padre, para comprar todo lo de la +casa, y no puede ver a su hija cuando quiere! A veces, allá en el +trabajo, se ríe solo, o se pone de repente como triste, o se le ve en la +cara como una luz: y es que está pensando en su hija: se le cae la pluma +de la mano cuando piensa así, pero enseguida empieza a escribir, y +escribe tan de prisa, tan de prisa, que es como si la pluma fuera +volando. Y le hace muchos rasgos a la letra, y las oes le salen grandes +como un sol, y las ges largas como un sable, y las eles están debajo de +la línea, como si se fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin +de la palabra, como una hoja de palma; ¡tiene que ver lo que escribe el +padre cuando ha pensado mucho en la niña! El dice que siempre que le +llega por la ventana el olor de las flores del jardín, piensa en ella. O +a veces, cuando está trabajando cosas de números, o poniendo un libro +sueco en español, la ve venir, venir despacio, como en una nube, y se le +sienta al lado, le quita la pluma, para que repose un poco, le da un +beso en la frente, le tira de la barba rubia, le esconde el tintero: es +sueño no más, no más que sueño, como esos que se tienen sin dormir, en +que ve uno vestidos muy bonitos, o un caballo vivo de cola muy larga, o +un cochecito con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra +azul: sueño es no más, pero dice el padre que es como si lo hubiera +visto, y que después tiene más fuerza y escribe mejor. Y la niña se va, +se va despacio por el aire, que parece de luz todo: se va como una nube.</p> + +<p>Hoy el padre no trabajó mucho, porque tuvo que ir a una tienda: ¿a qué +iría el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de atrás entró +una caja grande: ¿qué vendrá en la caja?: ¡a saber lo que vendrá!: +mañana hace ocho años que nació Piedad. La criada fue al jardín, y se +pinchó el dedo por cierto, por querer coger, para un ramo que hizo, una +flor muy hermosa. La madre a todo dice que sí, y se puso el vestido +nuevo, y le abrió la jaula al canario. El cocinero está haciendo un +pastel, y recortando en figura de flores los nabos y las zanahorias, y +le devolvió a la lavandera el gorro, porque tenía una mancha que no se +veía apenas, pero, «¡hoy, hoy, señora lavandera, el gorro ha de estar +sin mancha!» Piedad no sabía, no sabía. Ella sí vio que la casa estaba +como el primer día de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las +hojas a los árboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella noche, +todos. Y el padre llegó muy temprano del trabajo, a tiempo de ver a su +hija dormida. La madre lo abrazó cuando lo vio entrar: ¡y lo abrazó de +veras! Mañana cumple Piedad ocho años.</p> + +<p>El cuarto está a media luz, una luz como la de las estrellas, que viene +de la lámpara de velar, con su bombillo de color de ópalo. Pero se ve, +hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la ventana entra la +brisa, y parece que juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello +dorado. Le da en el cabello la luz. Y la madre y el padre vienen +andando, de puntillas. ¡Al suelo, el tocador de jugar! ¡Este padre +ciego, que tropieza con todo! Pero la niña no se ha despertado. La luz +le da en la mano ahora; parece una rosa la mano. A la cama no se puede +llegar; porque están alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas En +una silla está el baúl que le mandó en pascuas la abuela, lleno de +almendras y de mazapanes: boca abajo está el baúl, como si lo hubieran +sacudido, a ver si caía alguna almendra de un rincón, o si andaban +escondidas por la cerradura algunas migajas de mazapán; ¡eso es, de +seguro, que las muñecas tenían hambre! En otra silla está la loza, mucha +loza y muy fina, y en cada plato una fruta pintada: un plato tiene una +cereza, y otro un higo, y otro una uva: da en el plato ahora la luz, en +el plato del higo, y se ven como chispas de estrella: ¿cómo habrá venido +esta estrella a los platos?: «¡Es azúcar!» dice el pícaro padre: «¡Eso +es, de seguro!»: dice la madre, «eso es que estuvieron las muñecas +golosas comiéndose el azúcar.» El costurero está en otra silla, y muy +abierto, como de quien ha trabajado de verdad; el dedal está machucado +¡de tanto coser!: cortó la modista mucho, porque del calicó que le dio +la madre no queda más que un redondel con el borde de picos, y el suelo +está por allí lleno de recortes, que le salieron mal a la modista, y +allí está la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a una +gota de sangre. Pero la sala, y el gran juego, está en el velador, al +lado de la cama. El rincón, allá contra la pared, es el cuarto de dormir +de las muñequitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores, +y al lado una muñeca de traje rosado, en una silla roja: el tocador está +entre la cama y la cuna, con su muñequita de trapo, tapada hasta la +nariz, y el mosquitero encima: la mesa del tocador es una cajita de +cartón castaño, y el espejo es de los buenos, de los que vende la señora +pobre de la dulcería, a dos por un centavo. La sala está en lo de +delante del velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un +carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de nácar, con una jarra +mexicana en medio, de las que traen los muñecos aguadores de México: y +alrededor unos papelitos doblados, que son los libros. El piano es de +madera, con las teclas pintadas; y no tiene banqueta de tomillo, que eso +es poco lujo, sino una de espaldar, hecha de la caja de una sortija, con +lo de abajo forrado de azul; y la tapa cosida por un lado, para la +espalda, y forrada de rosa; y encima un encaje. Hay visitas, por +supuesto, y son de pelo de veras, con ropones de seda lila de cuartos +blancos, y zapatos dorados: y se sientan sin doblarse, con los pies en +el asiento: y la señora mayor, la que trae gorra color de oro, y está en +el sofá, tiene su levantapiés, porque del sofá se resbala; y el +levantapiés es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un +sillón blanco están sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos +hermanas de loza. Hay un cuadro en la sala, que tiene detrás, para que +no se caiga, un pomo de olor: y es una niña de sombrero colorado, que +trae en los brazos un cordero. En el pilar de la cama, del lado del +velador, está una medalla de bronce, de una fiesta que hubo, con las +cintas francesas: en su gran moña de los tres colores está adornando la +sala el medallón, con el retrato de un francés muy hermoso, que vino de +Francia a pelear porque los hombres fueran libres, y otro retrato del +que inventó el pararrayos, con la cara de abuelo que tenla cuando pasó +el mar para pedir a los reyes de Europa que lo ayudaran a hacer libre su +tierra: ésa es la sala, y el gran juego de Piedad. Y en la almohada, +durmiendo en su brazo, y con la boca desteñida de los besos, está su +muñeca negra.</p> + +<p>Los pájaros del jardín la despertaron por la mañanita. Parece que se +saludan los pájaros, y la convidan a volar. Un pájaro llama, y otro +pájaro responde. En la casa hay algo, porque los pájaros se ponen así +cuando el cocinero anda por la cocina saliendo y entrando, con el +delantal volándole por las piernas, y la olla de plata en las dos manos, +oliendo a leche quemada y a vino dulce. En la casa hay algo: porque si +no, ¿para qué está ahí, al pie de la cama, su vestidito nuevo, el +vestidito color de perla, y la cinta lila que compraron ayer, y las +medias de encaje? «Yo te digo, Leonor, que aquí pasa algo. Dímelo tú, +Leonor, tú que estuviste ayer en el cuarto de mamá, cuando yo fui a +paseo. ¡Mamá mala, que no te dejó ir conmigo, porque dice que te he +puesto muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo, porque te he +peinado mucho! La verdad, Leonor: tú no tienes mucho pelo; pero yo te +quiero así, sin pelo, Leonor: tus ojos son los que quiero yo, porque con +los ojos me dices que me quieres: te quiero mucho, porque no te quieren: +¡a ver! ¡sentada aquí en mis rodillas, que te quiero peinar!: las niñas +buenas se peinan en cuanto se levantan: ¡a ver, los zapatos, que ese +lazo no está bien hecho!: y los dientes: déjame ver los dientes: las +uñas: ¡Leonor, esas uñas no están limpias! Vamos, Leonor, dime la +verdad: oye, oye a los pájaros que parece que tienen baile: dime, +Leonor, ¿qué pasa en esta casa?» Y a Piedad se le cayó el peine de la +mano, cuando le tenía ya una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba +toda alborotada. Lo que pasaba, allí lo veía ella. Por la puerta venía +la procesión. La primera era la criada, con el delantal de rizos de los +días de fiesta, y la cofia de servir la mesa en los días de visita: +traía el chocolate, el chocolate con crema, lo mismo que el día de año +nuevo, y los panes dulces en una cesta de plata: luego venía la madre, +con un ramo de flores blancas y azules: ¡ni una flor colorada en el +ramo, ni una flor amarilla!: y luego venía la lavandera, con el gorro +blanco que el cocinero no se quiso poner, y un estandarte que el +cocinero le hizo, con un diario y un bastón: y decía en el estandarte, +debajo de una corona de pensamientos: «¡Hoy cumple Piedad ocho años!» Y +la besaron, y la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron, +con el estandarte detrás, a la sala de los libros de su padre, que tenía +muy peinada su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy despacio, +y redondéandole las puntas, y poniendo cada hebra en su lugar. A cada +momento se asomaba a la puerta, a ver si Piedad venía: escribía, y se +ponía a silbar: abría un libro, y se quedaba mirando a un retrato, a un +retrato que tenía siempre en su mesa, y era como Piedad, una Piedad de +vestido largo. Y cuando oyó ruido de pasos, y un vocerrón que venía +tocando música en un cucurucho de papel, ¿quién sabe lo que sacó de una +caja grande?: y se fue a la puerta con una mano en la espalda: y con el +otro brazo cargó a su hija. Luego dijo que sintió como que en el pecho +se le abría una flor, y como que se le encendía en la cabeza un palacio, +con colgaduras azules de flecos de oro, y mucha gente con alas: luego +dijo todo eso, pero entonces, nada se le oyó decir. Hasta que Piedad dio +un salto en sus brazos, y se le quiso subir por el hombro, porque en un +espejo había visto lo que llevaba en la otra mano el padre. «¡Es como el +sol el pelo, mamá, lo mismo que el sol! ¡ya la vi, ya la vi, tiene el +vestido rosado! ¡dile que me la dé, mamá: si es de peto verde, de peto +de terciopelo! ¡como las mías son las medias, de encaje como las mías!» +Y el padre se sentó con ella en el sillón, y le puso en los brazos la +muñeca de seda y porcelana. Echó a correr Piedad, como si buscase a +alguien. «¿Y yo me quedo hoy en casa por mi niña», le dijo su padre, «y +mi niña me deja solo? «Ella escondió la cabecita en el pecho de su padre +bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la levantó, aunque ¡de veras! le +picaba la barba.</p> + +<p>Hubo paseo por el jardín, y almuerzo con un vino de espuma debajo de la +parra, y el padre estaba muy conversador, cogiéndole a cada momento la +mano a su mamá, y la madre estaba como más alta, y hablaba poco, y era +como música todo lo que hablaba. Piedad le llevó al cocinero una dalia +roja, y se la prendió en el pecho del delantal: y a la lavandera le hizo +una corona de claveles: y a la criada le llenó los bolsillos de flores +de naranjo, y le puso en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y +luego, con mucho cuidado, hizo un ramo de nomeolvides. «¿Para quién es +ese ramo, Piedad?» «No sé, no sé para quién es: ¡quién sabe si es para +alguien!» Y lo puso a la orilla de la acequia, donde corría como un +cristal el agua. Un secreto le dijo a su madre, y luego le dijo: +«¡Déjame ir!» Pero le dijo «caprichosa» su madre: «¿y tu muñeca de seda, +no te gusta? mírale la cara, que es muy linda: y no le has visto los +ojos azules». Piedad sí se los había visto; y la tuvo sentada en la mesa +después de comer, mirándola sin reírse; y la estuvo enseñando a andar en +el jardín. Los ojos era lo que le miraba ella: y le tocaba en el lado +del corazón: «¡Pero, muñeca, háblame, háblame!» Y la muñeca de seda no +le hablaba. «¿Conque no te ha gustado la muñeca que te compré, con sus +medias de encaje y su cara de porcelana y su pelo fino?» «Sí, mi papá, +sí me ha gustado mucho. Vamos, señora muñeca, vamos a pasear. Usted +querrá coches, y lacayos, y querrá dulce de castañas, señora muñeca. +Vamos, vamos a pasear.» Pero en cuanto estuvo Piedad donde no la veían, +dejó a la muñeca en un tronco, de cara contra el árbol. Y se sentó sola, +a pensar, sin levantar la cabeza, con la cara entre las dos manecitas. +De pronto echó a correr, de miedo de que se hubiese llevado el agua el +ramo de nomeolvides.</p> + +<p>—«Pero, criada, llévame pronto!»—«¿Piedad, qué es eso de criada? ¡Tú +nunca le dices criada así, como para ofenderla!»—«No, mamá, no: es que +tengo mucho sueño: estoy muerta de sueño. Mira: me parece que es un +monte la barba de papá: y el pastel de la mesa me da vueltas, vueltas +alrededor, y se están riendo de mí las banderitas: y me parece que están +bailando en el aire las flores de zanahoria: estoy muerta de sueño: +¡adiós, mi madre!: mañana me levanto muy tempranito: tú, papá, me +despiertas antes de salir: yo te quiero ver siempre antes de que te +vayas a trabajar: ¡oh, las zanahorias! ¡estoy muerta de sueño! ¡Ay, +mamá, no me mates el ramo! ¡mira, ya me mataste mi flor!»—«¿Conque se +enoja mi hija porque le doy un abrazo?»—«¡Pégame, mi mamá! ¡papá, +pégame tú! es que tengo mucho sueño.» Y Piedad salió de la sala de los +libros, con la criada que le llevaba la muñeca de seda. «¡Qué de prisa +va la niña, que se va a caer! ¿Quién espera a la niña?»—«¡Quién sabe +quien me espera!» Y no habló con la criada: no le dijo que le contase el +cuento de la niña jorobadita que se volvió una flor: un juguete no más +le pidió, y lo puso a los pies de la cama y le acarició a la criada la +mano, y se quedó dormida. Encendió la criada la lámpara de velar, con su +bombillo de ópalo: salió de puntillas: cerró la puerta con mucho +cuidado. Y en cuanto estuvo cerrada la puerta, relucieron dos ojitos en +el borde de la sábana: se alzó de repente la cubierta rubia: de rodillas +en la cama, le dio toda la luz a la lámpara de velar: y se echó sobre el +juguete que puso a los pies, sobre la muñeca negra. La besó, la abrazó, +se la apretó contra el corazón: «Ven, pobrecita: ven, que esos malos te +dejaron aquí sola: tú no estás fea, no, aunque no tengas más que una +trenza: la fea es ésa, la que han traído hoy, la de los ojos que no +hablan: dime, Leonor, dime, ¿tú pensaste en mí?: mira el ramo que te +traje, un ramo de nomeolvides, de los más lindos del jardín: ¡así, en el +pecho! ¡ésta es mi muñeca linda! ¿y no has llorado? ¡te dejaron tan +sola! ¡no me mires así, porque voy a llorar yo! ¡no, tú no tienes frío! +¡aquí conmigo, en mi almohada, verás como te calientas! ¡y me quitaron, +para que no me hiciera daño, el dulce que te traía! ¡así, así, bien +arropadita! ¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la lámpara baja! +¡y a dormir, abrazadas las dos! ¡te quiero, porque no te quieren!»</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Cuentos_de_elefantes" id="Cuentos_de_elefantes"></a><a href="#toc">Cuentos de elefantes</a></h2> + + +<p>De África cuentan ahora muchas cosas extrañas, porque anda por allí la +gente europea descubriendo el país, y los pueblos de Europa quieren +mandar en aquella tierra rica, donde con el calor del sol crecen plantas +de esencia y alimento, y otras que dan fibras de hacer telas, y hay oro +y diamantes, y elefantes que son una riqueza, porque en todo el mundo se +vende muy caro el marfil de sus colmillos. Cuentan muchas cosas del +valor con que se defienden los negros, y de las guerras en que andan, +como todos los pueblos cuando empiezan a vivir, que pelean por ver quién +es más fuerte, o por quitar a su vecino lo que quieren tener ellos. En +estas guerras quedan de esclavos los prisioneros que tomó en la pelea el +vencedor, que los vende a los moros infames que andan por allá buscando +prisioneros que comprar, y luego los venden en las tierras moras. De +Europa van a África hombres buenos, que no quieren que haya en el mundo +estas ventas de hombres; y otros van por el ansia de saber, y viven años +entre las tribus bravas, hasta que encuentran una yerba rara, o un +pájaro que nunca se ha visto, o el lago de donde nace un río: y otros +van de tropa, a sueldo del Khedive que manda en Egipto, a ver como echan +de la tierra a un peleador famoso que llaman el Mahdí, y dice que él +debe gobernar, porque él es moro libre y amigo de los pobres, no como el +Khedive, que manda como criado del Sultán turco extranjero, y alquila +peleadores cristianos para pelear contra el moro del país, y quitar la +tierra a los negros sudaneses. En esas guerras dicen que murió un inglés +muy valiente, aquel «Gordon el chino», que no era chino, sino muy blanco +y de ojos muy azules, pero tenía el apodo de chino, porque en China hizo +muchas heroicidades, y aquietó a la gente revuelta con el cariño más que +con el poder; que fue lo que hizo en el Sudán, donde vivía solo entre +los negros del país, como su gobernador, y se les ponía delante a +regañarlos como a hijos, sin más armas que sus ojos azules, cuando lo +atacaban con las lanzas y las azagayas, o se echaba a llorar de piedad +por los negros cuando en la soledad de la noche los veía de lejos +hacerse señas, para juntarse en el monte, a ver cómo atacarían a los +hombres blancos. El Mahdí pudo más que él, y dicen que Gordon ha muerto, +o lo tiene preso el Mahdí. Mucha gente anda por África. Hay un Chaillu +que escribió un libro sobre el mono gorila que anda en dos pies, y pelea +a palos con los viajeros que lo quisieren cazar. Livingstone viajó sin +miedo por lo más salvaje de África, con su mujer. Stanley está allá +ahora, viendo cómo comercia, y salva del Mahdí, al gobernador Emín +Pachá. Muchos alemanes y franceses andan allá explorando, descubriendo +tierras, tratando y cambiando con los negros, y viendo cómo les quitan +el comercio a los moros. Con los colmillos del elefante es con lo que +comercian más, porque el marfil es raro y fino, y se paga muy caro por +él. Ese de África es colmillo vivo; pero por Siberia sacan de los hielos +colmillos del mamut, que fue el elefante peludo, grande como una loma, +que ha estado en la nieve, en pie, cincuenta mil años. Y un inglés, +Logan, dice que no son cincuenta mil, sino que esas capas de hielo se +fueron echando sobre la tierra como un millón de años hace, y que desde +entonces, desde hace un millón de años, están enterrados en la nieve +dura los elefantes peludos.</p> + +<p>Allí se estuvieron en los hielos duros de Siberia, hasta que un día iba +un pescador por la orilla del río Lena, donde de un lado es de arena la +orilla, y de otro es de capas de hielo, echadas una encima de otra como +las hojas de un pastel, y tan perfectas que parecen cosa de hombre esas +leguas de capas. Y el pescador iba cantando un cantar, en su vestido de +piel, asombrado de la mucha luz, como si estuviese de fiesta en el aire +un sol joven. El aire chispeaba. Se oían estallidos, como en el bosque +nuevo cuando se abre una flor. De las lomas corría, brillante y pura, un +agua nunca vista. Era que se estaban deshaciendo los hielos. Y allí, +delante del pobre Shumarkoff, salían del monte helado los colmillos, +gruesos como troncos de árboles, de un animal velludo, enorme, negro. +Como vivo estaba, y en el hielo transparente se le veía el cuerpo +asombroso. Cinco años tardó el hielo en derretirse alrededor de él, +hasta que todo se deshizo, y el elefante cayó rodando a la orilla, con +ruido de trueno. Con otros pescadores vino Shumarkoff a llevarse los +colmillos, de tres varas de largo. Y los perros hambrientos le comieron +la carne, que estaba fresca todavía, y blanda como carne nueva: de +noche, en la oscuridad, de cien perros a la vez se oía el roer de los +dientes, el gruñido de gusto, el ruido de las lenguas. Veinte hombres a +la vez no podían levantar la piel crinuda, en la que era de a vara cada +crin. Y nadie ha de decir que no es verdad, porque en el museo de San +Petersburgo están todos los huesos, menos uno que se perdió; y un puñado +de la lana amarillosa que tenía sobre el cuello. De entonces acá, los +pescadores de Siberia han sacado de los hielos como dos mil colmillos de +mamut.</p> + +<p>A miles parece que andaban los mamuts, como en pueblos, cuando los +hielos se despeñaron sobre la tierra salvaje, hace miles de años; y como +en pueblos andan ahora, defendiéndose de los tigres y de los cazadores +por los bosques de Asia y de África; pero ya no son velludos, como los +de Siberia, sino que apenas tienen pelos por los rincones de su piel +blanda y arrugada, que da miedo de veras, por la mucha fealdad, cuando +lo cierto es que con el elefante sucede como con las gentes del mundo, +que porque tienen hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma +hermosa, sin ver que eso es como los jarrones finos, que no tienen nada +dentro, y una vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras +polvo. Con el elefante no hay que jugar, porque en la hora en que se le +enoja la dignidad, o le ofenden la mujer o el hijo, o el viejo, o el +compañero, sacude la trompa como un azote, y de un latigazo echa por +tierra al hombre más fuerte, o rompe un poste en astillas, o deja un +árbol temblando. Tremendo es el elefante enfurecido, y por manso que sea +en sus prisiones, siempre le llega, cuando calienta el sol mucho en +abril, o cuando se cansa de su cadena, su hora de furor. Pero los que +conocen bien al animal dicen que sabe de arrepentimiento y de ternura, +como un cuento que trae un libro viejo que publicaron, allá al +principiar este siglo, los sabios de Francia, donde está lo que hizo un +elefante que mató a su cuidador, que allá llaman cornac, porque le había +lastimado con el arpón la trompa; y cuando la mujer del cornac se le +arrodilló desesperada delante con su hijito, y le rogó que los matase a +ellos también, no los mató, sino que con la trompa le quitó el niño a la +madre, y se lo puso sobre el cuello, que es donde los cornacs se +sientan, y nunca permitió que lo montase más cornac que aquél.</p> + +<p>La trompa es lo que más cuida de todo su cuerpo recio el elefante, +porque con ella come y bebe, y acaricia y respira, y se quita de encima +los animales que le estorban, y se baña. Cuando nada ¡y muy bien que +nadan los elefantes! no se le ve el cuerpo, porque está en el agua todo, +sino la punta de la trompa, con los dos agujeros en que acaban las dos +canales que atraviesan la trompa a lo largo, y llegan por arriba a la +misma nariz, que tiene como dos tapaderas, que abre y cierra según +quiera recibir el aire, o cerrarle el camino a lo que en las canales +pueda estar. Nadie diga que no es verdad, porque hay quien se ha puesto +a contarlos: como cuarenta mil músculos tiene la trompa del elefante, la +«proboscis», como dice la gente de libros: toda es de músculos, +entretejidos como una red: unos están a la larga, de la nariz a la +punta, y son para mover la trompa adonde el elefante quiere, y +encogerla, enroscarla, subirla, bajarla, tenderla: otros son a lo ancho, +y van de las canales a la piel, como los rayos de una rueda van del eje +a la llanta: ésos son para apretar las canales o ensancharlas. ¿Qué no +hace el elefante con su trompa? La yerba más fina la arranca del suelo. +De la mano de un niño recoge un cacahuete. Se llena la trompa de agua, y +la echa sobre la parte de su cuerpo en que siente calor. Los elefantes +enseñados se quitan y se ponen la carga con la trompa. Un hilo levantan +del suelo, y como un hilo levantan a un hombre. No hay más modo de +acobardar a un elefante enfurecido que herirle de veras en la trompa. +Cuando pelea con el tigre, que casi siempre lo vence, lo echa arriba y +abajo con los colmillos, y hace por atravesarlo; pero la trompa la lleva +en el aire. Del olor del tigre no más, brama con espanto el elefante: +las ratas le dan miedo: le tiene asco y horror al cochino. ¡A cuanto +cochino ve, trompazo! Lo que lo gusta es el vino bueno, y el arrak, que +es el ron de la India, tanto que los cornacs le conocen el apetito, y +cuando quieren que trabaje más de lo de costumbre, le enseñan una +botella de arrak, que él destapa con la trompa luego, y bebe a sorbo +tendido; sólo que el cornac tiene que andar con cuidado, y no hacerle +esperar la botella mucho, porque le puede suceder lo que al pintor +francés que, para pintar a un elefante mejor, le dijo a su criado que se +lo entretuviese con la cabeza alta tirándole frutas a la trompa, pero el +criado se divertía haciendo como que echaba al aire fruta sin tirarla de +veras, hasta que el elefante se enojó, y se le fue encima a trompazos al +pintor, que se levantó del suelo medio muerto, y todo lleno de pinturas. +Es bueno el elefante de naturaleza, y se deja domar del hombre, que lo +tiene de bestia de carga, y va sobre él, sentado en un camarín de +colgaduras, a pelear en las guerras de Asia, o a cazar el tigre, como +desde una torre segura. Los príncipes del Indostán van a sus viajes en +elefantes cubiertos de terciopelos de mucho bordado y pedrería, y cuando +viene de Inglaterra otro príncipe, lo pasean por las calles en el +camarín de paño de oro que va meciéndose sobre el lomo de los elefantes +dóciles, y el pueblo pone en los balcones sus tapices ricos, y llena las +calles de hojas de rosa.</p> + +<p>En Siam no es sólo cariño lo que le tienen al elefante, sino adoración, +cuando es de piel clara, que allí creen divina, porque la religión +siamesa les enseña que Buda vive en todas partes, y en todos los seres, +y unas veces en unos y otras en otros, y como no hay vivo de más cuerpo +que el elefante, ni color que haga pensar mas en la pureza que lo +blanco, al elefante blanco adoran, como si en él hubiera más de Buda que +en los demás seres vivos. Le tienen palacio, y sale a la calle entre +hileras de sacerdotes, y le dan las yerbas más finas y el mejor arrak, y +el palacio se lo tienen pintado como un bosque, para que no sufra tanto +de su prisión, y cuando el rey lo va a ver es fiesta en el país, porque +creen que el elefante es dios mismo, que va decir al rey el buen modo de +gobernar. Y cuando el rey quiere regalar a un extranjero algo de mucho +valor, manda hacer una caja de oro puro, sin liga de otro metal, con +brillantes alrededor, y dentro pone, como una reliquia, recortes de pelo +del elefante blanco. En África no los miran los pueblos del país como +dioses, sino que les ponen trampas en el bosque, y se les echan encima +en cuanto los ven caer, para alimentarse de la carne, que es fina y +jugosa: o los cazan por engaño, porque tienen enseñadas a las hembras, +que vuelven al corral por el amor de los hijos, y donde saben que andan +una manada de elefantes libres les echan a las hembras a buscarlos, y la +manada viene sin desconfianza detrás de las madres que vuelven adonde +sus hijuelos: y allí los cazadores los enlazan, y los van domando con el +cariño y la voz, hasta que los tienen ya quietos, y los matan para +llevarse los colmillos.</p> + +<p>Partidas enteras de gente europea están por África cazando elefantes; y +ahora cuenta los libros de una gran cacería, donde eran muchos los +cazadores. Cuentan que iban sentados a la mujeriega en sus sillas de +montar, hablando de la guerra que hacen en el bosque las serpientes al +león, y de una mosca venenosa que les chupa la piel a los bueyes hasta +que se la seca y los mata, y de lo lejos que saben tirar la azagaya y la +flecha los cazadores africanos; y en eso estaban, y en calcular cuándo +llegarían a las tierras de Tippu Tib, que siempre tiene muchos colmillos +que vender, cuando salieron de pronto a un claro de esos que hay en +África en medio de los bosques, y vieron una manada de elefantes allí al +fondo del claro, unos durmiendo de pie, contra los troncos de los +árboles, otros paseando juntos y meciendo el cuerpo de un lado a otro, +otros echados sobre la yerba, con las patas de atrás estiradas. Les +cayeron encima todas las balas de los cazadores. Los echados se +levantaron de un impulso. Se juntaron las parejas. Los dormidos vinieron +trotando donde estaban los demás. Al pasar junto a la poza, se llenaban +de un sorbo la trompa. Gruñían y tanteaban el aire con la trompa. Todos +se pusieron alrededor de su jefe. Y la caza fue larga; los negros les +tiraban lanzas y azagayas y flechas: los europeos escondidos en los +yerbales, les disparaban de cerca los fusiles: las hembras huían, +despedazando los cañaverales como si fueran yerbas de hilo: los +elefantes huían de espaldas, defendiéndose con los colmillos cuando les +venía encima un cazador. El más bravo le vino a un cazador encima, a un +cazador que era casi un niño, y estaba solo atrás, porque cada uno había +ido siguiendo a su elefante. Muy colmilludo era el bravo, y venía feroz. +El cazador se subió a un árbol, sin que lo viese el elefante, pero él lo +olió enseguida y vino mugiendo, alzó la trompa como para sacar de la +rama al hombre, con la trompa rodeó el tronco, y lo sacudió como si +fuera un rosal: no lo pudo arrancar, y se echó de ancas contra el +tronco. El cazador, que ya estaba al caerse, disparó su fusil, y lo +hirió en la raíz de la trompa. Temblaba el aire, dicen, de los mugidos +terribles, y deshacía el elefante el cañaveral con las pisadas, y +sacudía los árboles jóvenes, hasta que de un impulso vino contra el del +cazador, y lo echó abajo. ¡Abajo el cazador, sin tronco a que sujetarse! +Cayó sobre las patas de atrás del elefante, y se le agarró, en el miedo +de la muerte, de una pata de atrás. Sacudírselo no podía el animal +rabioso, porque la coyuntura de la rodilla la tiene el elefante tan +cerca del pie que apenas le sirve para doblarla. ¿Y cómo se salva de +allí el cazador? Corre bramando el elefante. Se sacude la pata contra el +tronco más fuerte, sin que el cazador se le ruede, porque se le corre +adentro y no hace más que magullarle las manos. ¡Pero se caerá por fin, +y de una colmillada va a morir el cazador! Saca su cuchillo, y se lo +clava en la pata. La sangre corre a chorros, y el animal enfurecido, +aplastando el matorral, va al río, al río de agua que cura. Y se llena +la trompa muchas veces, y la vacía sobre la herida, la echa con fuerza +que lo aturde, sobre el cazador. Ya va a entrar más a lo hondo el +elefante. El cazador le dispara las cinco balas de su revólver en el +vientre, y corre, por si se puede salvar, a un árbol cercano, mientras +el elefante, con la trompa colgando, sale a la orilla, y se derrumba.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="Los_dos_ruisenores" id="Los_dos_ruisenores"></a><a href="#toc">Los dos ruiseñores</a></h2> + +<p class="center"><i>Versión</i> <i>libre de un cuento de Andersen</i></p> + + +<p>En China vive la gente en millones, como si fuera una familia que no +acabase de crecer, y no se gobiernan por sí, como hacen los pueblos de +hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador, y creen que es +hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si fuera el sol, con mucha +luz por junto a él, y de oro el palanquín en que lo llevan, y los +vestidos de oro. Pero los chinos están contentos con su emperador, que +es un chino como ellos. ¡Lo triste es que el emperador venga de afuera, +dicen los chinos, y nos coma nuestra comida, y nos mande matar porque +queremos pensar y comer, y nos trate como a sus perros y como a sus +lacayos! Y muy galán que era aquel emperador del cuento, que se metía de +noche la barba larga en una bolsa de seda azul, para que no lo +conocieran, y se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo +sacos de arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los niños, y +leyendo, en aquellos libros que empiezan por la última página, lo que +Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno de las +culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria sin preguntar por +qué, que no son leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino +lechones flacos, con la cola de tirabuzón y las orejas caídas, que van +donde el porquero les dice que vayan, comiendo y gruñendo. Y abrió +escuelas de pintura, y de bordados, y de tallar la madera; y mandó poner +preso al que gastase mucho en sus vestidos, y daba fiesta donde se +entraba sin pagar, a oír las historias de las batallas y los cuentos +hermosos de los poetas; y a los viejecitos los saludaba siempre como si +fuesen padres suyos; y cuando los tártaros bravos entraron en China y +quisieron mandar en la tierra, salió montado a caballo de su palacio de +porcelana blanco y azul, y hasta que no echó al último tártaro de su +tierra, no se bajó de la silla. Comía a caballo: bebía a caballo su vino +de arroz: a caballo dormía. Y mandó por los pueblos unos pregoneros con +trompetas muy largas, y detrás unos clérigos vestidos de blanco que iban +diciendo así: «¡Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe +salir a buscarla a caballo!» Y por todo eso querían mucho los chinos a +aquel emperador galán, aunque cuentan que eran muchas las golondrinas +que dejaba sin nido, porque le gustaba mucho la sopa de nidos; y que una +vez que otra se ponía a conversar con un frasco de vino de arroz: y lo +encontraban tendido en la estera, con la barba revuelta en el suelo, y +el vestido lleno de manchas. Esos días no salían las mujeres a la calle, +y los hombres iban a su quehacer con la cabeza baja, como sí les diera +vergüenza ver el sol. Pero eso no sucedía muchas veces, sino cuando se +ponía triste porque los hombres no se querían bien ni hablaban la +verdad: lo de siempre era la alegría, y la música, y el baile, y los +versos, y el hablar de valor y de las estrellas: y así pasaba la vida +del emperador, en su palacio de porcelana blanco y azul.</p> + +<p>Hermosísimo era el palacio, y la porcelana hecha de la pasta molida del +mejor polvo kaolín, que da una porcelana que parece luz, y suena como la +música, y hace pensar en la aurora, y en cuando empieza a caer la tarde. +En los jardines había naranjos enanos, con más naranjas que hojas; y +peceras con peces de amarillo y carmín, con cinto de oro; y unos rosales +con rosas rojas y negras, que tenían cada una su campanilla de plata, y +daban a la vez música y olor. Y allá al fondo había un bosque muy grande +y hermoso, que daba al mar azul, y en un árbol de los del bosque vivía +un ruiseñor, que les cantaba a los pobres pescadores canciones tan +lindas, que se olvidaban de ir a pescar; y se les veía sonreír del +gusto, o llorar de contento, y abrir los brazos, y tirar besos al aire, +como si estuviesen locos. «¡Es mejor el vino de la canción que el vino +de arroz!» decían los pescadores. Y las mujeres estaban contentas, +porque cuando el ruiseñor cantaba, sus maridos y sus hijos no bebían +tanto vino de arroz. Y se olvidaban del canto los pescadores cuando no +lo oían; pero en cuanto lo volvían a oír, decían, abrazándose como +hermanos: «¡Qué hermoso es el canto del ruiseñor!»</p> + +<p>Venían de afuera muchos viajeros a ver el país: y luego escribían libros +de muchas hojas, en que contaban la hermosura del palacio y el jardín, y +lo de los naranjos, y lo de los peces, y lo de las rosas rojinegras; +pero todos los libros decían que el ruiseñor era lo más maravilloso: y +los poetas escribían versos al ruiseñor que vivía en un árbol del +bosque, y cantaba a los pobres pescadores los cantos que les alegraban +el corazón: hasta que el emperador vio los libros, y del contento que +tenía le dio con el dedo tres vueltas a la punta de la barba, porque era +mucho lo que celebraban su palacio y su jardín; pero cuando llegó adonde +hablaban del ruiseñor: «¿Qué ruiseñor es éste, dijo, que yo nunca he +oído hablar de él? ¡Parece que en los libros se aprende algo! ¡Y esta +gente de mi palacio de porcelana, que me dice todos los días que yo no +tengo nada que aprender! ¡Venga ahora mismo el mandarín mayor!» Y vino, +saludando hasta el suelo, el mandarín mayor, con su túnica de seda azul +celeste, de florones de oro. «¡Puh! ¡puh!» contestaba el mandarín, +hinchando la cabeza, a todos los que le hablaban. Pero al emperador no +le decía ni «¡puh!» ni «¡pih!»; sino que se echaba a sus pies, con la +frente en la estera, esperando, temblando, hasta que le decía +«¡levántate!» el emperador.</p> + +<p>—¡Levántate! ¿Qué pájaro es este de que habla este libro, que dicen que +es lo más hermoso de todo mi país?</p> + +<p>—Nunca he oído hablar de él, nunca—dijo el mandarín, arrodillándose en +el aire, y con los brazos cruzados:—no ha sido presentado en palacio.</p> + +<p>—¡Pues en palacio ha de estar esta noche! ¿Que el mundo entero sabe +mejor que yo lo que tengo en mi casa?</p> + +<p>—Nunca he oído hablar de él, nunca—dijo el mandarín: dio tres vueltas +redondas, con los brazos abiertos, se echó a los pies del emperador, con +la frente en la estera, y salió de espaldas, con los brazos cruzados, y +arrodillándose en el aire.</p> + +<p>Y el mandarín empezó a preguntar a todo el palacio por el pájaro. Y el +emperador mandaba a cada media hora a buscar al mandarín.</p> + +<p>—Si esta noche no está aquí el pájaro, mandarín, sobre las cabezas de +los mandarines he de pasear esta noche.</p> + +<p>—¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé!—salió diciendo el mandarín mayor, que iba +dando vueltas, con los brazos abiertos, escaleras abajo. Y los +mandarines todos se echaron a buscar al pájaro, para que no pasease a la +noche sobre sus cabezas el emperador. Hasta que fueron a la cocina del +palacio, donde estaban guisando pescado en salsa dulce, e inflando +bollos de maíz, y pintando letras coloradas en los pasteles de carne: y +allí les dijo una cocinerita, de color de aceituna y de ojos de +almendra, que ella conocía el pájaro muy bien, porque de noche iba por +el camino del bosque a llevar las sobras de la mesa a su madre que vivía +junto al mar, y cuando se cansaba al volver, debajo del árbol del +ruiseñor descansaba, y era como si le conversasen las estrellas cuando +cantaba el ruiseñor, y como si su madre le estuviera dando un beso.</p> + +<p>—¡Oh, virgen china!—le dijo el mandarín:—¡digna y piadosa virgen!: en +la cocina tendrás siempre empleo, y te concederé el privilegio de ver +comer al emperador, si me llevas adonde el ruiseñor canta en el árbol, +porque lo tengo que traer a palacio esta noche.</p> + +<p>Y detrás de la cocinerita se pusieron a correr los mandarines, con las +túnicas de seda cogidas por delante, y la cola del pelo bailándoles por +la espalda: y se les iban cayendo los sombreros picudos. Bramó una vaca, +y dijo un mandarincito joven:—«¡Oh, qué robusta voz! ¡qué pájaro +magnífico!»—«Es una vaca que brama»,—dijo la cocinerita. Graznó una +rana, y dijo el mandarincito:—«¡Oh, qué hermosa canción, que suena como +las campanillas!»—«Es una rana que grazna», dijo la cocinerita. Y +entonces rompió a cantar de veras el ruiseñor.</p> + +<p>—¡Ese, ése es!—dijo la cocinerita, y les enseñó un pajarito, que +cantaba en una rama.</p> + +<p>—¡Ese!—dijo el mandarín mayor:—nunca creí que fuera una persona tan +diminuta y sencilla: ¡nunca lo creí! O será, mandarines amigos ¡sí, debe +ser! que al verse por primera vez frente a nosotros los mandarines, ha +cambiado de color.</p> + +<p>—¡Lindo ruiseñor!—decía la cocinerita:—el emperador desea oírte +cantar esta noche.</p> + +<p>—Y yo quiero cantar—le contestó el ruiseñor, soltando al aire un +ramillete de arpegios.</p> + +<p>—¡Suena como las campanillas, como las campanillas de plata!—dijo el +mandarincito.</p> + +<p>—¡Lindo ruiseñor! a palacio tienes que venir, porque en palacio es +donde está el emperador.</p> + +<p>—A palacio iré, iré—cantó el ruiseñor, con un canto como un +suspiro:—¡pero mi canto suena mejor en los árboles del bosque!</p> + +<p>El emperador mandó poner el palacio de lujo: y resplandecían con la luz +de los faroles de seda y de papel los suelos y las paredes; las rosas +rojinegras estaban en los corredores y los atrios, y resonaban sin +cesar, entre el bullicio del gentío, las campanillas: en el centro mismo +de la sala, donde se le veía más, estaba un paral de oro, para que el +ruiseñor cantase en él: y a la cocinerita le dieron permiso para que se +quedase en la puerta. La corte estaba de etiqueta mayor, con siete +túnicas y la cabeza acabada de rapar. Y el ruiseñor cantó tan dulcemente +que le corrían en hilo las lágrimas al emperador: y los mandarines, de +veras, lloraban: y el emperador quiso que le pusieran al ruiseñor al +cuello su chinela de oro: pero el ruiseñor metió el pico en la pluma del +pecho, y dijo «gracias» en un trino tan rico y vigoroso, que el +emperador no lo mandó matar porque no había querido colgarse la chinela. +Y en su canto decía el ruiseñor: «No necesito la chinela de oro, ni el +botón colorado, ni el birrete negro, porque ya tengo el premio más +grande, que es hacer llorar a un emperador.»</p> + +<p>Aquella noche, en cuanto llegaron a sus casas, todas las damas tomaron +sorbos de agua, y se pusieron a hacer gárgaras y gorgoritos, y ya se +creían muy finos ruiseñores. Y la gente de establo y cocina decía que +estaba bien, lo que es mucho decir, porque ésa es gente que lo halla mal +todo. Y el ruiseñor tenía su caja real, con permiso para volar dos veces +al día, y una en la noche. Doce criados de túnica amarilla lo sujetaban +cuando salía a volar, por doce hilos de seda. En la ciudad no se hablaba +más que del canto, y en cuanto uno decía «rui...» el otro decía «...señor». +Y llamaban «ruiseñor» a los niños que nacían, pero ninguno cantó +nunca una nota.</p> + +<p>Un día recibió el emperador un paquete que decía «El Ruiseñor» en la +tapa, y creyó que era otro libro sobre el pájaro famoso; pero no era +libro, sino un pájaro de metal que parecía vivo en su caja de oro, y por +plumas tenía zafiros, diamantes y rubíes, y cantaba como el ruiseñor de +verdad en cuanto le daban cuerda, moviendo la cola de oro y plata: +llevaba al cuello una cinta con este letrero: «¡El ruiseñor del +emperador de China es un aprendiz, junto al del emperador del Japón!»</p> + +<p>«¡Hermoso pájaro es!» dijo toda la corte, y le pusieron el nombre de +«gran pájaro internacional»: porque se usan estos nombres en China, +pomposos y largos: pero cuando puso el emperador a cantar juntos al +ruiseñor vivo y al artificial, no anduvo el canto bueno, porque el vivo +cantaba como le nacía del corazón, sincero y libre, y el artificial +cantaba a compás, y no salía del vals.</p> + +<p>—¡A mi gusto! ¡esto es a mi gusto!—decía el maestro de música; y cantó +solo el pájaro de las piedras, tan bien como el vivo. ¡Y luego, tan +lleno de joyas que relumbraban, lo mismo que los brazaletes, y los +joyeles, y los broches! Treinta y tres veces seguidas cantó la misma +tonada sin cansarse, y el maestro de música y la corte entera lo +hubieran oído con gusto una vez más, si no hubiese dicho el emperador +que el vivo debía cantar algo. ¿El vivo? Lejos estaba, lejos de la corte +y del maestro de música. Los vio entretenidos, y se les escapó por la +ventana.</p> + +<p>—¡Oh, pájaro desagradecido!—dijo el mandarín mayor, y dio tres vueltas +redondas, y se cruzó de brazos.</p> + +<p>—Pero mejor mil veces es este pájaro artificial—decía el maestro de +música:—porque con el pájaro vivo, nunca se sabe cómo va a ser el +canto, y con éste, se está seguro de lo que va a ser: con éste todo está +en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas de la música.</p> + +<p>Y el emperador dio permiso para que el domingo sacase el maestro al +pájaro a cantar delante del pueblo, que parecía muy contento, y alzaba +el dedo y decía que el con la cabeza; pero un pobre pescador dijo «que +él había oído el ruiseñor del bosque, y que éste no era como aquél, +porque le faltaba algo de adentro, que él no sabía lo que era». El +emperador mandó desterrar al ruiseñor vivo, y al otro de la caja se lo +pusieron a la cabecera, en un cojín de seda, con muchos presentes de +joyas y de argentería, y lo llamaban por título de corte «cantor de +alcoba y pájaro continental, que mueve la cola como el emperador se la +manda mover.» Y el maestro de música se sintió tan feliz que escribió +un libro de veinticinco tomos sobre el ruiseñor artificial, con muchos +esdrújulos y palabras de extraña sabiduría; y la corte entera dijo que +lo había leído y entendido, de miedo de que los tuviesen por gente fofa +y de poca educación, y de que el emperador se pasease sobre sus cabezas.</p> + +<p>Pasó un año, y emperador, corte y país conocían como cosa de sí mismos +cada gorjeo y vuelta del «pájaro continental»; y como que lo podían +entender, lo declaraban magnífico ruiseñor. Cantaban su vals los +cortesanos todos. Y los chicuelos de la calle. Y el emperador lo cantaba +también, y lo bailaba, cuando estaba solo con su vino de arroz. Era un +vals el imperio, que andaba a compás, con mucho orden, al gusto del +maestro de música. Hasta que una noche, cuando estaba el pájaro en lo +mejor del canto, y el emperador lo oía, tendido en su cama de randas y +colgaduras, saltó un resorte de la máquina del ruiseñor; como huesos que +se caen sonaron las ruedas, y paró la música. Se echó de la cama el +emperador, y mandó llamar a un médico. El médico no supo qué hacer: y +vino el relojero. El relojero, mal que bien, puso las ruedas locas en su +lugar, pero encargó que usasen del pájaro muy poco, porque estaban +gastados los cilindros, y el ruiseñor aquel no podía en verdad cantar +más de una vez al año. El maestro de música le echó encima un discurso +al relojero, y le dijo traidor, y venal, y chino espurio, y espía de los +tártaros, porque decía que el pájaro continental no podía cantar más que +una vez. En la puerta iba ya el relojero, y todavía le estaba diciendo +el maestro de música malas palabras: «¡traidor! ¡venal! ¡chino espurio! +¡espía de los tártaros!» Porque estos maestros de música de las cortes +no quieren que la gente honrada diga la verdad desagradable a sus amos.</p> + +<p>Cinco años después había mucha tristeza en la China, porque estaba al +morir el pobre emperador, tanto que tenían nombrado ya al nuevo, aunque +el pueblo agradecido no quería oír hablar de él, y se apretaba a +preguntar por el enfermo a las puertas del mandarín, que los miraba de +arriba abajo, y decía: «¡Puh!» «¡Puh!» repetía la pobre gente, y se iba +a su casa llorando.</p> + +<p>Pálido y frío estaba en su cama de randas y colgaduras el emperador, y +los mandarines todos lo daban por muerto, y se pasaban el día dando las +tres vueltas con los brazos abiertos, delante del que debía subir al +trono. Comían muchas naranjas, y bebían té con limón. En los corredores +habían puesto tapices, para que no sonara el paso. No se oía en el +palacio sino un ruido de abejas.</p> + +<p>Pero el emperador no estaba muerto todavía. Al lado de su cama estaba el +pájaro roto. Por una ventana abierta entraba la luz de la luna sobre el +pájaro roto, y el emperador mudo y lívido. Sintió el emperador un peso +extraño sobre su pecho, y abrió los ojos para ver. Vio a la Muerte, +sentada sobre su pecho. Tenía en las sienes su corona imperial, y en una +mano su espada de mando y en la otra mano su hermosa bandera. Y por +entre las colgaduras vio asomar muchas cabezas raras, bellas unas y como +con luz, otras feas y de color de fuego. Eran las buenas y las malas +acciones del emperador, que le estaban mirando a la cara. «¿Te +acuerdas?» le decían las malas acciones. «¿Te acuerdas?» le decían las +buenas acciones. «¡Yo no me acuerdo de nada, de nada!» decía el +emperador: «¡música, música! ¡tráiganme la tambora mandarina, la que +hace más ruido, para no oír lo que me dicen mis malas acciones!» Pero +las acciones seguían diciendo: «¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?» «¡Música, +música!» gritaba el emperador: «¡oh, hermano pájaro de oro, canta, te +ruego que cantes! ¡yo te he dado regalos ricos de oro! ¡yo te he colgado +al cuello mi chinela de oro! ¡te ruego que cantes!» Pero el pájaro no +cantaba. No había uno que supiera darle cuerda. No daba una sola nota.</p> + +<p>Y la Muerte seguía mirando al emperador con sus ojos huecos y fríos, y +en el cuarto había una calma espantosa, cuando de pronto entró por la +ventana el son de una dulce música. Afuera, en la rama de un árbol, +estaba cantando el ruiseñor vivo. Le habían dicho que estaba muy enfermo +el emperador, y venía a cantarle de fe y de esperanza. Y según iba +cantando eran menos negras las sombras, y corría la sangre más caliente +en las venas del emperador, y revivían sus carnes moribundas. La Muerte +misma escuchaba, y le dijo: «¡Sigue, ruiseñor, sigue!» Y por un canto, +le dio la Muerte la corona de oro: y por otro, la espada de mando: y por +otro canto más, le dio la hermosa bandera. Y cuando ya la Muerte no +tenía ni la bandera, ni la espada, ni la corona del emperador, cantó el +pájaro de la hermosura del camposanto, donde la rosa blanca crece, y da +el laurel sus aromas a la brisa, y dan brillo y salud a la yerba las +lágrimas de los dolientes.</p> + +<p>Y tan hermoso vio la Muerte en el canto a su jardín, que lo quiso ir a +ver, y se levantó del pecho del emperador, y desapareció como un vapor +por la ventana.</p> + +<p>—¡Gracias, gracias, pájaro celeste!—decía el emperador.—Yo te +desterré de mi reino, y tú destierras a la muerte de mi corazón. ¿Cómo +te puedo yo pagar?</p> + +<p>—Tú me pagaste ya, emperador, cuando te hice llorar con mi canto: las +lágrimas que arranca a las almas de los hombres son el único premio +digno del pájaro cantor. Duerme, emperador, duerme: yo cantaré para ti.</p> + +<p>Y con sus trinos y arpegios se fue durmiendo el enfermo en un rueño de +salud. Cuando despertó, entraba el sol, como oro vivo, por la ventana. +Ni uno solo de sus criados, ni un solo mandarín, había venido a verlo. +Lo creían muerto todos. El ruiseñor no más estaba junto a su cama: el +ruiseñor, cantando.</p> + +<p>—¡Siempre estarás junto a mí! ¡En el palacio vivirás, y cantarás cuando +quieras! ¡Yo romperé al pájaro artificial en mil pedazos!</p> + +<p>—No lo rompas en mil pedazos, emperador: él te sirvió bien mientras +pudo: yo no puedo vivir en el palacio, ni fabricar entre los cortesanos +mi nido. Yo vendré al árbol que cae a tu ventana, y te cantaré en la +noche, para que tengas sueños felices. Te cantaré de los malos y de los +buenos, y de los que gozan y de los que sufren. Los pescadores me +esperan, emperador, en sus casas pobres de la orilla del mar. El +ruiseñor no puede ser infiel a los pescadores. Yo te vendré a cantar en +la noche si me prometes una cosa.</p> + +<p>—¡Todo te lo prometo!—dijo el emperador, que se había levantado de su +cama, y tenía puesta la túnica imperial, y en la mano su gran espada de +oro.</p> + +<p>—¡No digas que tienes un pájaro amigo que te lo cuenta todo, porque le +envenenarán el aire al pájaro!—Y salió volando el ruiseñor, y echando +al aire un ramillete de arpegios.</p> + +<p>Los mandarines entraron de repente en el cuarto, detrás del mandarín +mayor, a ver al emperador muerto. Y lo vieron de pie, con su túnica +imperial; con la mano de la espada puesta al corazón. Y se oía, como una +risa, el canto del ruiseñor.</p> + +<p>—¡Tsing-pé! ¡Tsing-pé!—dijo el gran mandarín, y dio dieciocho +vueltas seguidas con los brazos abiertos, y se echó por tierra, con la +frente a los pies del emperador. Y a los mandarines, arrodillados en el +aire, les temblaba en la nuca la cola.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_galeria_de_las_maquinas" id="La_galeria_de_las_maquinas"></a><a href="#toc">La galería de las máquinas</a></h2> + + +<p>Los niños han leído mucho el número pasado de <i>La Edad de Oro</i>, y son +graciosas las cartas que mandan, preguntando si es verdad todo lo que +dice el artículo de la <i>Exposición de París</i>. Por supuesto que es +verdad. A los niños no se les ha de decir más que la verdad, y nadie +debe decirles lo que no sepa que es como se lo está diciendo, porque +luego los niños viven creyendo lo que les dijo el libro o el profesor, y +trabajan y piensan como si eso fuera verdad, de modo que si sucede que +era falso lo que les decían, ya les sale la vida equivocada, y no pueden +ser felices con ese modo de pensar, ni saben como son las cosas de +veras, ni pueden volver a ser niños, y empezar a aprenderlo todo de +nuevo.</p> + +<p>¿Que si es verdad todo lo de la Exposición? Una señora buena le armó una +trampa al hombre de <i>La Edad de Oro</i>. Iban hablando del artículo, y ella +le dijo: «Yo he estado en Paris.» «¡Ah, señora, qué vergüenza entonces! +¡qué habrá dicho del artículo!» «No: yo he estado en París, porque he +leído su artículo.»Y otro señor bueno, que está en París, dice «que a él +no lo engañan, que <i>La Edad de Oro</i> estuvo en París sin que él la viera, +porque él se pasaba la vida en la Exposición y todo lo que había en la +Exposición que ver está en <i>La Edad de Oro</i>.»</p> + +<p>Pero el señor bueno dice que faltó un grabado, para que los niños vieran +bien toda la riqueza de aquellos palacios; y es el grabado de la +«Galería de las Máquinas», que era el corredor adonde daban las puertas +diferentes de las industrias del mundo, y allá al fondo tenía el +edificio más hermoso, donde estaban en hilera, como elefantes +arrodillados, las máquinas de todo lo que el hombre sabe hacer. Quien ha +visto todo aquello, vuelve diciendo que se siente como más alto. Y como +<i>La Edad de Oro</i> quiere que los niños sean fuertes, y bravos, y de bueno +estatura aquí está, para que les ayude a crecer el corazón, el grabado +de La Galería de las Máquinas.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="La_ultima_pagina4" id="La_ultima_pagina4"></a><a href="#toc">La última página</a></h2> + + +<p>Los padres se lo quieren dar todo a sus hijos, y si ven un caballo +hermoso, con la cola que le reluce y el pelo como seda, no piensan en +montarse ellos, como señorones, y salir trotando por la alameda, donde +van de paseo por la tarde los coches y los jinetes, sino que piensan en +sus hijos los padres, y se ponen a trabajar todavía más, para comprarle +al hijito el caballo hermoso. Si pasa un niño en un velocípedo, con su +vestido de terciopelo y su cachucha, y tan de prisa que todo el mundo se +para a verlo, el padre no piensa en comprarse un velocípedo él, sino en +que su hijito estará lindo de veras cuando vaya como el niño de +terciopelo y la cachucha, en sus dos ruedas que dan como una luz cuando +andan, y van casi tan de prisa como la luz, que es lo que anda más +pronto en el mundo. La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase +la luz, se rompería el mundo en pedazos, como se rompen allá por el +cielo las estrellas que se enfrían. Así hay muchas cosas que son verdad +aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que +no es verdad sino lo que se ve con los ojos. ¡Como si alguien viera el +pensamiento, ni el cariño, ni lo que, allá dentro de su cabeza canosa, +va hablándose el padre, para cuando haya trabajado mucho, y tenga con +qué comprarle caballos como la seda o velocípedos como la luz a su hijo!</p> + +<p>El hombre de <i>La Edad de Oro</i> es así, lo mismo que los padres: un +padrazo es el hombre de <i>La Edad de Oro</i>: como una estatua que hay del +río Nilo, donde hace de río un viejo muy barbón, y encima de él saltan, +y juegan, y dan vueltas de cabeza los muchachos traviesos, lo que no +quiere decir, por supuesto, que el río Nilo sea un viejo de verdad, ni +que sus cien hijos jugaran así encima de él, sino que el río Nilo es +como un padre para toda aquella gente de las tierras de Egipto, porque +les humedece los sembrados cada vez que baja de los montes con mucha +agua, y así las siembras les dan mucho fruto: por eso quieren al río los +egipcios como si fuera persona, y lo pintan tan viejo, porque desde hace +miles de años ya hablaban del Nilo los libros de entonces, que estaban +escritos en unas tiras largas que hacían de una yerba, y luego las +enrollaban alrededor de una varilla, y las metían en su nicho, como los +que tienen ahora los escritorios para guardar los papeles. Y los +egipcios le rezaban al Nilo, como si fuera un dios, y le componían +versos y cantos; y como que nada les parecía mejor que una joven +hermosa, sacaban de su casa una vez al año a la egipcia más linda, y la +echaban al agua, como regalo al río viejo, para que se contentase para +el año, con aquella hija que le daban, y bajase del monte con más agua +que nunca.</p> + +<p>Así son los padres buenos, que creen que todos los niños son sus hijos, +y andan como el río Nilo, cargados de hijos que no se ven, y son los +niños del mundo, los niños que no tienen padre, los niños que no tienen +quien les dé velocípedos, ni caballo, ni cariño, ni un beso. Y así es el +hombre de <i>La Edad de Oro</i>, que en cada número quisiera poner el mundo +para los niños, a más de su corazón; pero en la imprenta dicen que el +corazón cabe siempre, y el mundo no, ni el artículo de <i>La Luz +Eléctrica</i>, que cuenta cómo se hace la luz, y qué cosa es la +electricidad, y cómo se enciende y se apaga, y muchas cosas que parecen +sueño, o cosa de lo más hondo y hermoso del cielo: porque la luz +eléctrica es como la de las estrellas, y hace pensar en que las cosas +tienen alma, como dijo en sus versos latinos un poeta, Lucrecio, que +hubo en Roma, y en que ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos +los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio +ni ruido, ni noche ni día, sino un gusto de vivir, queriéndose todos +como hermanos, y en el alma una fuerza serena, como la de la luz +eléctrica. Con todo eso, no cupo el artículo, y hubo que escribir otro +más corto, que es ese que habla de la caza del elefante, y el modo con +que venció el niño cazador al elefante fuerte. Nadie diga que el cambio +no fue bueno. Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a +trabajar, y hacer que la electricidad que mata en un rayo, alumbre en la +luz. Pero el hombre ha de aprender a defenderse y a inventar, viviendo +al aire libre, y viendo la muerte de cerca, como el cazador del +elefante. La vida de tocador no es para hombres. Hay que ir de vez en +cuando a vivir en lo natural, y a conocer la selva.</p> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicación mensual de +recreo e instrucción dedicada a los niños de América., by José Martí + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA EDAD DE ORO *** + +***** This file should be named 19898-h.htm or 19898-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/1/9/8/9/19898/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/19898-h/images/001.jpg b/19898-h/images/001.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..4d5f306 --- /dev/null +++ b/19898-h/images/001.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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